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Ancho, Largo y Ojos de Brasa

Hubo un tiempo en que los gatos llevaban zapatos, las ranas se tocaban con
cofias de mujer, los asnos hacían resonar sobre el pavimento sus espuelas de
caballeros y las liebres corrían detrás de los perros.

En esa época vivía un rey que tenía una hija tan bella como desdeñosa.

De remotísimas comarcas habían venido a solicitar su mano innumerables


príncipes, jóvenes y apuestos, pero ella rehusó las pretensiones de todos,
declarando, finalmente, que sólo se casaría con el que velara junto a su lecho
tres noches consecutivas sin que ella pudiese escabullirse.

Caso de fracasar en su empresa, el pretendiente a su mano perdería la


cabeza.

Al divulgarse esta noticia por todas las partes del mundo, infinidad de príncipes
y reyes acudieron a probar fortuna.

Pero, uno tras otro, pagaron con su vida sus intentos, pues ni siquiera vieron a
la bella y desdeñosa princesa cuando se les escapaba.

La asombrosa nueva llegó a oídos del príncipe Matías, de sangre real,


vigoroso, gallardo, apuesto y valiente. Por más que intentó el rey, su padre,
disuadirle de su propósito con amenazas, con ruegos, con todos los medios a
su alcance, no pudo conseguirlo. Finalmente no tuvo más remedio que
autorizarle para que intentara la aventura.

Matías llenó de oro su bolsa, colgóse al cinto un sable bien afilado y partió, sin
otra compañía que sus esperanzas, en busca de la fortuna que sonríe a los
temerarios.

No había andado más que una jornada de camino cuando se encontró con un
individuo tan grueso que apenas podía andar.

–¿A dónde vas? –le preguntó el príncipe.

–Voy recorriendo el mundo en busca de felicidad.

–¿Cuál es tu oficio?
–No tengo ninguno, pero sé hacer lo que nadie.

–¿Cómo te llamas?

–Me llaman Ancho, porque puedo dilatar mi vientre hasta el punto de dar

cabida en él a un regimiento de lanceros.

Y así diciendo, se hinchó tanto que el ancho camino quedó completamente


obstruido de un borde a otro.

–¡Magnífico! –exclamó Matías, entusiasmado. –¿Quieres acompañarme? Yo


también busco la felicidad.

–No tengo inconveniente –respondió el otro. Y prosiguieron juntos el camino.

Poco más allá se encontraron con un individuo esmirriado y esquelético, pero


de una estatura prodigiosa.

–¿A dónde vas, buen hombre? –le preguntó el príncipe extrañado ante la

apariencia del hombre.

–Recorro el mundo.

–¿A qué te dedicas?

–A nada, pero sé hacer algo que no todos pueden.

–¿Cómo te llamas?

–Me llaman Largo, y con razón, pues soy capaz de crecer hasta llegar con la
cabeza más arriba de las nubes y entonces con cada paso que doy recorro una
legua.

Y así diciendo empezó a estirarse hasta que su cabeza se perdió en las


alturas, mientras dando una zancada desaparecía de la vista de los
asombrados espectadores.

Cuando regresó, el príncipe Matías le dijo:

–¡Es extraordinario, Largo! ¿Quieres viajar con nosotros?

–¿Por qué no? –respondió el desmesurado esqueleto. –Vamos.


Y los tres continuaron juntos su camino.

Estaban atravesando una selva cuando descubrieron a un individuo que se


dedicaba a colocar troncos de árboles, unos sobre otros, para formar con ellos
una pira.

–¿Qué haces? –le preguntó el príncipe al llegar a él.

–Ahora lo veréis.

–Y esto diciendo, clavó sus ojos llameantes en los leños y la pira se encendió
instantáneamente.

–¡Oh! –exclamaron los tres amigos a la vista de aquel prodigio.

Cuando se hubo recobrado de su asombro, Matías se encaró con el


desconocido y le dijo:

–¿Cómo te llamas?

–Me llaman Ojos de Brasa. Ya has visto por qué.

–¿Quieres venir con nosotros a recorrer el mundo?

–No tengo inconveniente. Cuando queráis.

Echaron a andar los cuatro. Enajenado de alegría por los compañeros que la
suerte le había deparado, el joven príncipe gastaba con largueza, sin rechistar
ante los enormes dispendios que le ocasionaba la extraordinario voracidad de
Ancho.

Al cabo de unos días avistaron el castillo de la princesa. Entonces Matías


enteró a sus compañeros del objeto de su viaje, invitándoles a que le ayudaran
y prometiéndoles recompensarles sus servicios en caso de triunfar en su
empresa.

Los tres compañeros del príncipe aceptaron de buen grado la sugestión y se


dispusieron a cooperar con él en el logro de un objetivo en el que tantos habían
fracasado.

Inmediatamente Matías los hizo vestir con trajes suntuosos, y después de


darles algunas instrucciones sobre el modo de presentarse en la Corte, se hizo
anunciar al Rey, comunicándole su decisión de intentar la aventura; sin
embargo, no quiso decir quién era ni de dónde venía.

El monarca lo recibió con afabilidad, y cuando hubo oído sus


pretensiones, respondió:

–Os aconsejo que reflexionéis detenidamente antes de pasar al camarín de mi


hija, pues si fracasáis podéis contaros con los muertos.

–No temáis por nosotros, señor –respondió Matías. –Tengo fe en mi estrella.

–Yo ya he cumplido con mi deber –dijo el Rey. –Ahora, puesto que veo que
vuestra decisión es inquebrantable, os conduciré a los aposentos de mi hija.

Ante los encantos de la doncella, Matías quedó deslumbrado. Era de una


hermosura angelical, de áureos cabellos, tez nacarada, ojos verdes, de
extraordinario tamaño, dientes blanquísimos y labios rojos como las cerezas en
sazón. Tampoco ella pudo ocultar los sentimientos que le inspiró de repente el
gallardo mancebo, recibiéndole agradablemente e invitando a él y a sus
compañeros a tomar asiento.

Apenas se hubo retirado el Rey, Ancho se acostó en el umbral de la puerta,


mientras Largo y Ojos de Brasa se apostaban cerca de la ventana.

Matías, entretanto, conversaba animadamente con la princesa, bebiendo sus

palabras, sin perder uno solo de sus gestos de diosa.

De repente, ella enmudeció, se frotó los ojos, abrió la boca para lanzar un
bostezo que reprimió con trabajo y exclamó:

–Siento como si cayera sobre mis párpados una lluvia de adoquines.

Y, dejándose caer sobre su riquísimo lecho, cerró los ojos. Un instante después
parecía que dormía profundamente.

Matías, sin hacer el menor ruido, tomó asiento junto a una mesa contigua al
lecho de la princesa, apoyó en aquélla los codos, colocó el mentón sobre las
abiertas palmas

de sus propias manos y, sin darse cuenta, se quedó dormido. Sus tres
compañeros empezaron también a roncar casi al mismo tiempo.
No esperaba otra cosa la princesa. En cuanto oyó los primeros ronquidos, se
transformó en paloma y remontó el vuelo por la ventana.

Sin embargo, a pesar de sus precauciones, no pudo impedir que una de sus
alas rozara levemente el rostro de Largo, despertándole instantáneamente. No
obstante, Largo no habría podido impedir la fuga si no hubiese estado a su lado
Ojos de

Brasa, que, tan pronto como se enteró por su compañero de la dirección en


volaba el ave, echó una ojeada, exactamente igual que una ráfaga de fuego y
le chamuscó las alas. La paloma no tuvo más remedio que posarse en las
ramas de un árbol.

Inmediatamente, Largo dio un estirón y alcanzó al pájaro, poniéndolo en manos


de Matías, que todavía no se había despertado de su sopor.

Al contacto con las manos del joven príncipe, la paloma recobró su forma
natural.

–Habéis triunfado esta noche –dijo la princesa, sonriente. –Ya veremos si


mañana ocurre lo mismo.

El Rey vio asombrado a la mañana siguiente aparecer a su hija rodeada de los


cuatro desconocidos. La princesa le refirió lo sucedido, y él la instó para que
tuviese más cuidado y evitase el triunfo de un hombre cuya fortuna y condición
eran todavía un misterio.

Así prometió hacerlo la princesa... pero fracasó también la segunda noche.

A la tercera, el monarca, desolado, le aconsejó que recurriese a todos los


secretos de su magia para evitar un matrimonio que de ninguna manera le
convenía.

Matías, por su parte, reunió a sus amigos y pronunció la siguiente arenga:

–Compañeros: una noche más y el triunfo es nuestro. Durante dos noches


consecutivas vuestro concurso me ha hecho salir triunfante en una empresa
que mi padre, y yo mismo, si he de decir la verdad, consideraba descabellada...
Mañana, o nuestro éxito ha sido rotundo, o nuestras cabezas rodarán
sangrientas a los pies del verdugo.
–¡Triunfaremos! –exclamaron los otros tres a coro.

Inmediatamente entraron en el dormitorio de la princesa y se apresuraron a


ocupar sus puestos.

Mientras Matías se sentaba frente a la hermosa, con la cabeza entre las


manos, ansiando la llegada del siguiente día y temiéndolo al mismo tiempo, sus
tres compañeros, después de intentar inútilmente rebelarse contra el sopor que
les invadía, quedaron adormecidos.

La princesa también cerró sus maravillosas pupilas y su pecho empezó a

agitarse dulcemente en rítmica respiración.

Matías sintió pesadez en sus párpados; fue a levantarse y no pudo; cerráronse


sus ojos, la cabeza cayó pesadamente sobre sus brazos y quedó dormido
como un bendito.

Instantáneamente, la princesa abrió los ojos, convirtióse en una mosca y salió


volando por la ventana. Luego, al llegar al foso del castillo, se convirtió en pez y
se acurrucó en el fondo. Pero al escapar había rozado la punta de la nariz de
Ojos de Brasa, que se desveló, miró al lecho, y, al verlo vacío, dióse cuenta
inmediata de lo ocurrido.

Entonces dio la voz de alarma y los cuatro descendieron al patio del palacio. El
foso era profundísimo y largo, a pesar de sus estirones y esfuerzos, no logró
encontrar el pececillo.

–¡Déjame a mi! –dijo Ancho.

Y, después de hincharse, se dejó caer de repente sobre la superficie del agua,


quedando el ancho foso casi vacío al desbordarse; pero el pez no salió.

No tuvo más remedio Ancho que darse por vencido. Su propuesta de beberse
el agua no fue aceptada por el príncipe por miedo a que se tragara también a
la

princesa, a quien amaba más que a las niñas de sus ojos.

Tocó entonces el turno a Ojos de Brasa, que, fijando su ardiente mirada en las
aguas del foso, las hizo calentarse y hervir a poco.
Dos minutos después, un pececillo ascendía rápidamente entre las burbujas
provocadas por la ebullición, y, tras saltar a tierra, se convirtió en la
hermosísima princesa, a la cual cogió Matías rápidamente entre sus brazos
para impedirle huir.

La doncella, sin intentar debatirse, le dijo:

–Has vencido, amo y esposo mío. Desde hoy en adelante te pertenezco por
derecho de conquista y por mi propia voluntad.

Pero el Rey no se mostró muy conforme con el triunfo del joven príncipe,
manifestando de tal modo su desagrado, que Matías, llegada la noche, salió del
palacio acompañado de la princesa y de sus tres amigos, y emprendió el
regreso a su país.

Cuando el monarca se dio cuenta de la fuga de nuestros héroes, montó en


cólera, llamó a gritos a sus guardias y les ordenó que trajesen a los fugitivos
vivos o muertos.

Ya había recorrido Matías un buen trayecto con su dulce carga. De repente le


pareció oír el ruido de pasos que se aproximaban y rogó a Ojos de Brasa que
indagara lo ocurrido.

Obedeció Ojos de Brasa y a poco anunció que un escuadrón de caballería del


ejército real se acercaba al galope.

–Son los guardias de mi padre –dijo la princesa. –No podremos escapar.

No obstante, cuando los jinetes se acercaron más, ella se quitó un velo que
llevaba en la cabeza y, tirándolo al aire, exclamó:

–¡Quiero que broten tantos árboles como hilos hay en este velo!

En un abrir y cerrar de ojos alzóse entre los cinco y sus perseguidores un


bosque impenetrable. Antes de que los jinetes pudieran franquear aquel
obstáculo imprevisto, Matías y sus acompañantes ganaron tiempo para alejarse
y reposar un poco.

La misma princesa dio la voz de alarma esta vez, al exclamar:

–¡Alguien viene!
Ojos de Brasa miró hacia atrás y dijo:

–Los guardias de vuestro padre han atravesado ya el bosque y continúan la


persecución.

–No nos alcanzarán –afirmó la bella princesa, vertiendo una lágrima. Pero
antes de que la perlada gota cayera al suelo, dijo:

–¡Lágrima, conviértete en río!

Y al instante, entre perseguidos y perseguidores, se interpuso un río de amplio


cauce, de modo que Matías y los suyos tuvieron tiempo de alejarse antes de
que sus enemigos consiguieran vadearlo.

Pero al cabo de algún tiempo dijo la princesa:

–¿Nos siguen, Ojos de Brasa?

El interpelado volvió la cabeza y contestó:

–Sí, princesa. Vienen muy cerca.

–¡Tinieblas, envolvedlos! –conjuró ella.

Largo, al oír estas palabras empezó a estirarse tanto como podía. Su cabeza
sobresalió por encima de las nubes y con el gorro que llevaba cubrió la mitad
del disco solar, de modo que, del lado donde se hallaban los jinetes del rey,
todo quedó a oscuras, mientras que Matías y los suyos, alumbrados por la otra
mitad del astro del

día, pudieron continuar su camino sin obstáculos.

Cuando sus amigos habían recorrido ya varias leguas, Largo descubrió el sol,
volvió a colocarse el gorro y de diez zancadas se puso a su lado. Ya estaban a
la vista de la ciudad natal de Matías.

Pero, de repente, aparecieron los jinetes corriendo a todo galope.

–¡Dejadme a mí! –dijo Ancho. Continuad vuestro camino, que yo los recibiré
como se merecen.

Y el extraño adefesio aguardó, impávido, la llegada de los jinetes con la boca


abierta de oreja a oreja.
Resueltos a no volver sobre sus pasos sin recuperar a su princesa, los húsares
del Rey avanzaban a bridas sueltas hacia la ciudad, dispuestos a tomarla por
asalto si se les ofrecía resistencia.

Al llegar junto a la boca de Ancho, creyendo que se trataba de una de las


puertas de la ciudad, se precipitaron en ella y desaparecieron todos en el
enorme vientre del amigo de Matías.

Ancho, cerró entonces la boca, y arrastrando la desmesurado panza, avanzó


pausadamente hacia el castillo del padre del príncipe. El suelo temblaba bajo la
presión de su enorme vientre, en el que se hallaba todo un escuadrón de
caballería.

El bravo sujeto oyó las aclamaciones del pueblo congregado alrededor de su


amado príncipe.

Cuando Matías vio acercarse a Ancho, le gritó:

–¡Al fin llegas! ¿Dónde has dejado el ejército?

–¡A...quí! ¡A...quí! –respondió Ancho con gran trabajo, pues estaba


fatigadísimo.

–¡Sácalos ya de su prisión! –dijo el príncipe, riendo a carcajadas y llamando


a los habitantes de la ciudad para que acudieran a contemplar el inusitado
espectáculo.

Ancho se colocó en el centro de la plaza mayor, y apretándose los costados


empezó a toser y a dar arcadas.

Con cada golpe de tos salían por su inmenso gaznate media docena de jinetes
y otros tantos caballos que caían en confuso montón, pisoteándose, saltando
sobre un pie, unos, por tener el otro magullado, y emprendiendo todos la huida,
todos, excepto el último que, más valiente o más atolondrado que los otros, se
agarró a la nariz de Ancho, y éste tuvo que estornudar veinte veces antes de
conseguir quitárselo de encima, Entonces, el jinete sin caballo, puso pies en
polvorosa y no tardó en perderse de vista, siguiendo la misma dirección que
sus compañeros.
Pocos días más tarde se celebró el matrimonio de la princesa y Matías. A la
ceremonia asistió el padre de la princesa, gracias a Largo que, conociendo bien
el camino y con la desmesurada longitud de sus zancos, consiguió llegar al
palacio del airado monarca antes que sus jinetes,

revelándole la identidad de Matías e invitándole a la boda.

A instancias de todos, el monarca concedió el perdón a sus soldados, que ya


pensaba hacerlos decapitar y, cuando efectuada la ceremonia, regresó a su
país, quiso llevarse consigo a Ancho, a Largo y a Ojos de Brasa, con cuya
ayuda Matías había conseguido vencerle en toda la línea.

Pero el príncipe y su esposa se opusieron rotundamente, y los tres extraños


aventureros vivieron junto a los esposos hasta el fin de sus días.-
El castigo del orgullo
En el palacio del rey Miroslav se notaba inusitada agitación. Infinidad de
pintores de todas partes del mundo habían acudido llamados por el soberano
con el fin de hacer su retrato.
El joven monarca, apuesto y gallardo, se había propuesto contraer matrimonio,
y entre los numerosos retratos de princesas y nobles doncellas de todos los
países del mundo que acababa de recibir, había uno que le había llamado
poderosamente la atención, inundando su corazón de un amor sin límites hacia
el original de la pintura, y decidiendo que aquella beldad sin par había de
ocupar con él el trono.
Esta fue, pues, la causa de que convocara a aquella reunión de pintores, al
objeto de elegir entre ellos el que había de dibujar su imagen para enviarla a la
princesa de la que se había prendado, con un pliego escrito de su puño y letra
en el que haría la petición de mano.
Cuando todos los artistas estuvieron reunidos, el joven monarca les dirigió la
palabra, expresándose de este modo:
–Mis queridos amigos, os he llamado para que cada uno de vosotros haga mi
retrato. He de advertimos, empero, que no me agradará que me lisonjeéis con
vuestros pinceles. Prefiero que me pintéis sin favorecerme en absoluto, al
objeto de que la que ha de ser mi esposa no sufra decepción alguna cuando
me vea en carne y hueso.
–Procuraremos –respondió el más anciano de los artistas– que nuestra obra se
ajuste estrictamente a la realidad.
Algunas semanas más tarde, varios retratos del rey fueron expuestos en la
mayor de las salas del palacio real.
El propio soberano, rodeado de sus cortesanos, fue a examinar las pinturas
para elegir la más apropiada para enviar a su amada.
–Me temo –dijo uno de los cortesanos– que ninguno de estos manchalienzos
ha conseguido estampar en la tela toda la magnitud de vuestra sin par y real
belleza, Majestad.
–Esas son las instrucciones que recibieron respondió el monarca.
Eligió el soberano el retrato que menos le favorecía y, después de haberle
hecho encuadrar en un marco de oro cuajado de perlas, despidió a sus
cortesanos, que se pusieron en marcha hacia el reino en que residía la
princesa, cargados a rebosar de regalos para ella y para su padre, así como
llevando también la petición de mano.
Con justificable ansia esperó el joven monarca la vuelta de los comisionados.
Tres semanas después, efectuaron éstos el regreso a la corte, pero con rostros
tan larguiruchos, con expresión tan triste, que el rey Miroslav no tuvo necesidad
de preguntar para adivinar cuál había sido el resultado de su gestión.
–Majestad –dijo el más anciano de los comisionados, –la ofensa que se os ha
inferido en nuestras personas ha sido tan grande, tan inaudita, que temo
provocar vuestra justa cólera si os refiero todo cuanto ha sucedido.
–Habla sin temor –respondió Miroslav, estremeciéndose.
–La recepción que nos tributó el rey y la corte cuando llegamos con nuestra
embajada fue verdaderamente grandiosa. Todos mostraron sinceramente su
alegría al enterarse de que habíais elegido a la princesa Krasomila para que
compartiese con vos el trono real. A la mañana siguiente nos presentamos a la
princesa para rendirle nuestros homenajes, y como hasta el día de la fecha
ningún mortal puede vanagloriarse de haber tocado su mano, a nosotros no
nos fue concedido tampoco tan elevado honor, contentándonos con besar con
unción la orla de su túnica.
Le presentamos, entonces, el retrato de Vuestra Majestad, y después de
haberlo mirando un instante, nos lo devolvió replicando textualmente:
–Decid a vuestro soberano que no es digno de atar la correa de uno de mis
zapatos.
La humillación nos produjo el efecto que podéis suponer. La sangre nos hervía
de indignación y de cólera ante tamaña ofensa. El anciano rey, a quien
comunicamos la conducta incalificable de su hija, nos rogó que no
divulgáramos su comportamiento, añadiendo que el carácter de Krasomila le
hacía sufrir enormemente; no obstante, nos declaró que tal vez consiguiera que
se arreglaran las cosas y que ella diera su consentimiento para vuestro enlace.
–¿Qué respondisteis entonces?
–Nada. Después de deliberar, decidimos que no podía ser una buena madre
para sus súbditos con su orgulloso carácter y emprendimos el regreso para
comunicamos lo sucedido.
–Habéis obrado prudentemente –dijo el rey Miroslav. –Estoy plenamente
satisfecho de vuestra conducta. Yo me encargaré de lo demás.
Las mejillas del soberano ardían por la ira que le produjo el desmesurado
orgullo de Krasomila. Durante largo rato estuvo pensativo, sin saber qué hacer;
pero, finalmente, su sutil ingenio le deparó una idea que decidió poner en
práctica sin perder un momento.
Hizo llamar entonces a su anciano consejero y le participó su plan, que fue
aprobado en el acto por el juicioso cortesano.
Al día siguiente se notaba extraordinaria animación en el palacio con motivo de
la partida del rey. Antes de salir de sus dominios, el soberano confió las riendas
del gobierno a sus consejeros, bajo la dirección del más anciano de todos ellos,
en quien tenía plena confianza.
Tres días después, cuando llegó a los confines de su reino, ordenó a su séquito
que regresara a palacio, y él, provisto de escasa cantidad de dinero y sin más
ropa que la que tenía puesta, prosiguió solo su camino.
Era un hermoso día primaveral. La princesa Krasomila paseábase lentamente
por el jardín de su palacio. Era hermosa sobre toda ponderación, bella como
una diosa, pero su rostro, por lo acerbo de su carácter, se asemejaba a una
rosa sin perfume o a un vergel florecido desprovisto del benéfico influjo de los
rayos del sol.
Sin embargo, su alma era delicada y sensible, como demostraba las lágrimas
que vertía a menudo por las desgracias del prójimo, y por la largueza de las
limosnas que siempre prodigaba.
Y no obstante, no toleraba que ningún mendigo se le acercara, por temor a que
pudiera tocarla con su indigna mano.
Infinidad de soberanos habíanle hecho proposiciones de matrimonio, que ella
recibió con menosprecio, manifestando el desagrado que sus rostros, sus
modales, o alguna otra cosa de sus personas, le producían.
El mismo rey, su padre, tuvo que reprenderla a veces por aquel orgullo
desmesurado, pero ella siempre le respondía serenamente:
–El que quiera llamarse mi esposo, ha de sobresalir por su alcurnia, su belleza
física y moral y por sus cualidades.
Aquel mismo día en que la princesa estaba paseándose por el jardín, el
anciano rey se aproximó a ella y le dijo:
–Hija mía, acabo de tomar a mi servicio un joven a quien he dado el cargo de
primer jardinero, aunque me parece demasiado instruido para ocupar puesto
tan humilde.
He observado que es tan hábil en floricultura como en las letras y en la música,
razón por la cual me he apresurado a aceptar sus servicios... Me atrevo a
asegurar que no hay en todo nuestro reino quien le aventaje en saber, a pesar
de su modesta condición.
La princesa permaneció silenciosa.
–¿No dices nada? –preguntó el rey.
–Verás, padre mío. Pienso que si es verdad lo que dices, cosa que no dudo,
has obrado con gran acierto. La presencia de un hombre así es tan valiosa
como la posesión de una alhaja. Siendo tan hábil en la música, y suponiendo
que sea un hombre de buenos modales, podría sustituir a mi difunto profesor
de arpa. Dile que acuda a verme en el pabellón de verano.
Dos minutos más tarde, Miroslav comparecía ante la princesa, que lo recibió en
el pabellón.
–Permitidme, graciosa señora, que me incline humildemente ante vuestra
radiante belleza. El mismo sol se oculta envidioso ante el brillo incomparable de
vuestros ojos, las rosas se estremecen de rabia bajo los emparrados y el aire
se muestra orgulloso de rodearos y acariciaros con su fresca brisa.
Al mismo tiempo le dirigió una mirada incendiaria que ruborizó a Krasomila,
mientras besaba rendidamente el borde de la túnica de raso.
La orgullosa doncella desvió la mirada y la fijó en una de las rosas que se
erguía por encima de la ventana del pabellón. Dentro de la rosa había un niño
diminuto, con los ojos vendados y un arco en la mano.
Eros, que así se llamaba el niño, sacó una flecha del carcaj que colgaba de su
hombro, la puso en el arco, y la disparó con tal acierto que fue a herir a
Krasomila en el centro del corazón, Una sensación dulcísima invadió el pecho
de la princesa. Se volvió hacia el joven, que continuaba arrodillado a sus pies, y
le preguntó con voz amable:
–¿Cómo os llamáis, apuesto desconocido?
–Miroslav, mi bella soberana –respondió el gallardo mancebo.
–Pues bien, Miroslav, mi padre me ha asegurado que sois un hábil músico, y
como yo he tenido que abandonar el aprendizaje del arpa por el fallecimiento
de mi antiguo profesor, os agradecería que lo reemplazaseis, si os creéis capaz
de enseñarme el manejo de ese melodioso instrumento.
–Procuraré complacemos y me consideraré dichoso si lo consigo.
La princesa levantó la mano y le dio a entender que la audiencia había
terminado, con lo que Miroslav, después de besarle el borde de la túnica por
segundo vez, le hizo un saludo irreprochable y cortesano, y se marchó.
Durante un buen rato permaneció Krasomila aturdida, sin darse cuenta de lo
que le pasaba. En su cerebro percibía extrañas músicas, violentos latidos
martirizaban dulcemente su corazón, la sangre circulaba por sus venas con
inusitado fuego, las manos le temblaban...
Se oyó de súbito un rumor de pasos y Krasomila hizo un esfuerzo para
reponerse de su ensimismamiento.
Era el rey que se acercaba.
–¿Qué te ha parecido Miroslav, hija mía?
Krasomila se ruborizó levemente y repuso con voz insegura:
–Creo que será un buen profesor. Estoy pensando cuándo podremos empezar
las clases.
El soberano, sin parecer fijarse en el trastorno de su hija, añadió:
–¡Oh, ese nombre, Miroslav, me recuerda el del rey que despreciaste! Tengo
un temor invencible a que me declare la guerra por tu conducta incalificable
para con él. Aquel día, hija mía, cometiste una falta imperdonable.
Ella respondió impaciente:
–Está bien, papá. Pero ya no hay remedio. No me casaré con ese Miroslav
aunque poseyera cien coronas en vez de una.
El rey pensativo se alejó malhumorado.
Al día siguiente empezaron las lecciones. Miroslav era un buen profesor y tenía
en Krasomila una alumna inteligente y aplicada. A medida que los días
transcurrían, la capa de hielo que el orgullo había formado alrededor del
corazón de la princesa se iba derritiendo lentamente, como bañada por un rayo
de sol veraniego.
Sus doncellas murmuraban:
–¡Qué enorme transformación se ha operado en nuestra dueña! Antes no
había quien se atreviera a tocar su mano y ahora… Miroslav se la besa cada
vez que se despide.
Era el amor que vencía al orgullo.
Ya había transcurrido mucho tiempo desde la llegada de Miroslav,
conquistándose el afecto de todos, pero en particular el de la princesa
Krasomila, aunque ésta no quería confesarlo.
Cierto día descendió al jardín y saludó orgullosamente al jardinero mayor; pero
no se negó a tomar asiento en un banco del cenador, sobre el cual formaban
un lecho delicioso multitud de flores entrelazadas, que el gallardo Miroslav
había hecho tejer para ella durante la noche anterior.
Emprendieron una conversación, durante la cual la orgullosa princesa le
manifestó sus numerosos deseos y órdenes.
Un caso parecido sucedía en la enseñanza.
Había días en que Krasomila se encontraba de mal humor y mandaba a su
criado que despidiera al profesor, diciéndole que Su Alteza se sentía
indispuesta y renunciaba a la clase.
Miroslav, sonriente, se alejaba, pero al poco rato, el criado, alocado, acudía en
busca suya, transmitiéndole el deseo de la princesa de que volviera al pabellón
para darle la diaria lección.
Fueron muchos las veces en que, para hacer a Miroslav desarrugar su fruncido
ceño a consecuencia de alguna frase mortificante, ella le ofrecía su mano para
que la estrechara, honor que no había concedido jamás ni a los más altos
dignatarios de la corte.
Un atardecer, la princesa, sentada junto a la ventana, tocaba el arpa. Miroslav,
a su lado, contemplaba fascinado el bello rostro de la hermosa, bañado por la
luz del sol poniente que formaba sobre él un halo áureo.
De pronto, la princesa cesó de tocar y tendió el instrumento a su profesor.
–Tocad vos algo ahora –dijo con voz débil, –yo estoy cansada.
El joven tomó el arpa y dijo:
–Si Vuestra Alteza me lo permite, ejecutaré una melodía que he compuesto en
vuestro honor.
–Oigámosla, pues –contestó ella sonriente.
Miroslav empezó a pulsar las cuerdas. Después de una introducción tan dulce
como apasionada, rompió a cantar con voz deliciosamente modulada en la que
descubría el acento anhelante de su amor por la princesa.
Krasomila lo escuchaba embelesada, arrobada, fascinada. Le parecía percibir
el canto lánguido y delicioso de un ruiseñor que la invitaba a descansar en un
lecho de rosas y jazmines, entre los brazos de su amado.
Ya el sol había desaparecido en el horizonte. Con su postrer fulgor fundió la
delgadísima capa de hielo que aún cubría el corazón de la princesa.
Insensiblemente inclinó su áurea cabeza sobre Miroslav, arrodillado a sus pies,
y derramó una lágrima ardiente, que cayó fulgurante en la mano del joven.
Fingiendo no haber notado nada, Miroslav levantó la cabeza, dio fin a su
composición con un armonioso acorde, y poniéndose en pie declaró:
–Ésta, Alteza, ha sido mi canción de despedida... Mañana, si Dios quiere,
abandonaré la ciudad.
Trémula, agitada por la pasión, Krasomila se irguió, y derramando abundantes
lágrimas, repuso:
–¡No os iréis, Miroslav! ¡No quiero que os vayáis!
–No tengo más remedio, Alteza –replicó el supuesto jardinero.
–Y si yo os dijera que...
–¿Qué, Alteza?
En aquel momento se abrió la puerta y entró el rey.
Krasomila, fijó en su padre sus húmedos ojos, cogiendo a Miroslav por la
mano, exclamó:
–¡Papá, éste es el elegido de mi corazón! ¡No podría vivir sin él!
El monarca la miró fríamente y dijo:
–¿No será un capricho tuyo? Reflexiona bien. ¿No te arrepentirás cuando ya
sea demasiado tarde?
Ella se irguió altiva.
–No, porque lo amo.
–¿Sabes que le falta una de las cualidades que tú exigías para tu esposo? –
preguntó el Rey.
–¿Cuál? ¿La noble alcurnia? ¿Qué me importa si su alma es tan noble como la
del que más? ¿Qué me importa el nacimiento o la genealogía cuando se posee
una inteligencia tan clara como la suya? ¡Lo amo, papá! Sólo con él me casaré.
–Bien. No me opongo a que os caséis, pero no puedo consentir que
permanezca viviendo en palacio cuando se convierta en tu esposo. Tan pronto
como se celebre la boda, saldréis de aquí los dos, pues no quiero que me
pongáis en ridículo ante toda la corte.
Miroslav, arrodillándose ante el monarca, exclamó:
–¡Oh, Majestad, no puedo consentir que Su Alteza sea desgraciada por mi
culpa! Seré yo solo el que abandone el país y no tengo la menor duda de que
el tiempo borrará ese capricho que debe ser momentáneo e intrascendente.
Krasomila le dirigió una mirada que expresaba fielmente la magnitud de su
pasión y afirmó con energía:
–Me casaré contigo o con ninguno. Prefiero ser pobre y feliz en tu compañía, a
ser rica y desgraciada entre el vacío lujo de esta corte.
El monarca no dijo una palabra. Salió y regresó a los pocos instantes
acompañado del capellán de palacio y dos cortesanos de confianza, y una hora
más tarde la princesa Krasomila, convertida en señora de Miroslav, vestida con
gran sencillez, abandonaba el palacio donde había transcurrido su niñez,
acompañada de su esposo, después de despedirse tiernamente de su anciano
padre.
Cuando llegaron al confín del imperio que pertenecía al rey padre de Krasomila
los dos esposos descendieron de la carroza que los había conducido hasta allí
y prosiguieron a pie su camino.
–¿Qué haremos ahora, mujercita mía? –dijo Miroslav. –Afortunadamente reside
en la capital de este reino uno de mis hermanos que está empleado en la corte
y tal vez pueda proporcionarnos alguna colocación, pero, hasta que lo consiga,
tendremos que pasar muchas privaciones.
No te preocupes por mí –repuso ella con los ojos arrasados en lágrimas por la
inquietud de su esposo. –Tengo algún dinero y con él podremos mantenemos
hasta lograr un puesto bien remunerado.
Al llegar a la próxima ciudad, Miroslav alquiló un coche para que su mujer, que
no tenía costumbre de viajar a pie, no se fatigara excesivamente.
Por fin llegaron a la capital del reino, donde Miroslav arrendó una modesta
habitación, en la que se estableció en compañía de su esposa. Convinieron en
desprenderse de los lujosos trajes que ésta poseía, trocándolos en otros más
modestos y más adecuados a su nueva posición. Krasomila, para proveer a las
primeras necesidades, tuvo que vender también un anillo, el único que tenía,
que era un regalo de su padre y lo estimaba muchísimo.
Miroslav, después de mirarla alegremente, al ver que no se quejaba de su
suerte, díjole cierto día:
–Voy a ver si te proporciono algún trabajo, así como buscaré una colocación
para mí por mediación de mi hermano.
Se marchó y regresó al cabo de algunas horas con un paquete. Lo desató y
sacó de él un trozo de tela finísima y algunas frutas.
–Aquí te traigo trabajo, querida esposa –le dijo. –Te lo pagarán bien cuando lo
termines. Estos frutos me los ha dado mi hermano... ¡Oh, vida mía, no debí
dejarme convencer para traerte a esta triste situación! ¿No te desespera tener
que trabajar para otros después de la feliz existencia que siempre has llevado?
¿No te asusta la miseria que nos espera?
Y Miroslav cubría de besos las manos de su esposa.
–¿De qué te quejas? –respondió ésta, alegremente, clavando sus ojos en los
de él. –¿No he sido yo misma quien lo ha querido así? No me asusta nada y
nuestro amor nos dará fuerzas para resistir los sinsabores que la vida pueda
ofrecernos.
Luego, cogiendo el trozo de brocado, se puso a bordar en él día y noche, no
descansando más que para preparar la comida a su marido. Dos días después
terminó su labor. Se puso en la cabeza una cofia blanca y sencillísima, con su
obra bajo el brazo, se dirigió a entregarla en compañía de Miroslav.
La casa adonde éste la llevó era un edificio magnífico. Un criado los condujo,
después de atravesar varias estancias riquísimas, a presencia de la primera
camarera de palacio. No obstante su buena disposición, Krasomila se sintió
grandemente humillada cuando la camarera, después de examinar con ojos
perspicaces su labor, le señaló varios defectos de ejecución para regatearle el
precio.
La vergüenza le encendió las mejillas, y ya estaba a punto de echarse a llorar,
cuando, de repente se abrió la puerta de la sala y una dama respetabilísima
surgió en el umbral.
Tras preguntar a la camarera el motivo de la llegada de aquella joven
desconocida, le ordenó que le pagara el precio que ella había pedido después
de examinar personalmente el bordado.
Krasomila le hizo una inclinación de agradecimiento y salió de la estancia,
reuniéndose con su esposo, a quien no quiso decir nada de lo sucedido, ya que
recordó que sus camareras solían dar el mismo trato a las pobres bordadoras
que trabajaban en otro tiempo para ella. Un par de días después, Miroslav
entró en la casa alegremente, anunciando a su esposa que le había encontrado
colocación en casa de una excelente señora donde la tratarían bien.
Krasomila, sin vacilar un momento, se vistió con sus modestas galas, se cubrió
el rostro con un velo, por consejo de Miroslav, y se presentó a la dama.
Ésta, después de examinarla de pies a cabeza, le preguntó sus aptitudes,
satisfaciendo Krasomila sus preguntas tan halagüeñamente que la dama le dijo
que se quedara un par de días a prueba para ver, prácticamente, si estaba
capacitada para aquel trabajo, ¡Cuánto sufrió la pobre Krasomila en aquellos
dos días! Entonces se hizo cargo de las humillaciones que habían de sufrir
diariamente las sirvientas de las caprichosas señoras de la corte.
Durante aquel tiempo reducido, la princesa estuvo corriendo de un lado para
otro, ayudando a vestir a sus amas, cumpliendo las órdenes más absurdas,
oyendo los más atroces e inmerecidos insultos por los motivos más
insignificantes.
Con gran dolor en el corazón, al pensar que nadie está autorizado a hacer
sufrir de ese modo al prójimo, y reflexionando que en la corte del rey, su padre,
ocurría algo parecido, Krasomila no pudo resistir más y abandonó el servicio de
la cortesana.
Algunos días más tarde, Miroslav apareció en la puerta de su casita con el
rostro radiante de alegría y dijo a su esposa:
–¡Albricias, querida! Nuestro soberano acaba de contraer matrimonio y ha
dispuesto para mañana un gigantesco banquete en el palacio para presentar a
sus cortesanos la nueva soberana. Hacen falta, pues, en el palacio infinidad de
doncellas, cocineras y pasteleras, a los que se ofrecen excelentes salarios por
trabajar solamente durante el día de mañana. ¿Por qué no vas a ofrecer tus
servicios, ya que eres una buena cocinera y no creo que el trabajo sea rudo ni
difícil?
–Ya lo creo que iré –respondió alegremente Krasomila.
Al día siguiente, tan pronto como amaneció, se vistió, se ató un pañuelo a la
cabeza a la usanza de la gente sencilla y se encaminó al palacio real
acompañada de su esposo. La condujo Miroslav a la cocina y allí se despidió
de ella, diciendo:
–Voy a procurar ganar yo algo también. A la noche vendré a buscarte.
El mayordomo aceptó inmediatamente los servicios de la joven princesa,
ofreciéndole tres ducados por el trabajo del día, cantidad que a ella le pareció
una verdadera fortuna.
Alborozada, empezó Krasomila su trabajo. Todo le salía maravillosamente bien.
Ruidos de coches que llegaban se percibían incesantemente en el exterior del
palacio.
Krasomila salió de la cocina para busca al jefe de cocineros que había de
transmitirle algunas órdenes, cuando, en el preciso momento en que
atravesaba el corredor, le salió al paso un caballero magníficamente vestido de
oro y plata.
–Hacedme el favor, joven doncella, de buscar a alguien para que me ate el
zapato –le dijo con voz campanuda.
Krasomila le miró de reojo, y al comprobar por su porte que se trataba del
mismo rey en persona, se arrodilló y cumplió el deseo del soberano.
Éste, después de darle las gracias, se alejó sonriendo.
Un momento más tarde, uno de los escuderos del soberano bajó a la cocina y
preguntó por la cocinera que poco antes había atado el zapato de su Majestad,
ordenando que se presentara inmediatamente a la primera camarera en los
aposentos del primer piso.
Obedeció Krasomila, y con gran estupefacción por su parte, la primera
camarera, que la esperaba, se inclinó respetuosamente ante ella.
–Os suplico que me sigáis, señora –dijo con gran deferencia.
La princesa, sin salir de su asombro, examinó aquellas lujosas estancias,
suntuosamente amuebladas y decoradas, donde todo le recordaba su antigua
residencia en la corte de su padre.
Era indudable que aquellas habitaciones estaban destinadas a una princesa
real y Krasomila adivinó que habitaría en ellos la nueva soberana. Lo que no
podía explicarse era el objeto de la llamada y el saludo deferente con que la
recibió la primera camarera.
Llegó finalmente hasta un gabinete donde había varias sillas cubiertas con
trajes preciosísimos y mesitas llenas de alhajas.
–Su Majestad, como recompensa a vuestra cortesía al atarte el zapato en el
pasillo, os permite que elijáis, un traje de éstos que aquí veis y las alhajas
correspondientes. Yo mismo he sido encargada de vestiros.
Krasomila retrocedió asustada.
–¿Queréis decir que he de entrar en la sala de fiestas ataviada de ese modo,
donde, tal vez, me veré obligada a bailar con el mismo soberano sin la
autorización de mi esposo? No... Os ruego que transmitáis mi agradecimiento a
Su Majestad, pero no puedo acceder a su ruego.
–¿Aceptarías si yo te lo pidiera? –dijo desde el fondo de la sala una voz que
Krasomila conocía demasiado bien.
Entonces la princesa, volviéndose asombrada, reconoció a su esposo Miroslav
en el magníficamente vestido caballero a quien ella había atado el zapato poco
antes, confundiéndolo con el rey.
Sorprendida y dolorosamente afligida, Krasomila no pudo por menos que
exclamar:
–¿Por qué has hecho todo esto?
Miroslav, sonriente, respondió, cogiendo de la mano a su mujer:
–¿Has olvidado acaso el desprecio con que trataste a mis cortesanos el día
que fueron a pedir tu mano y te presentaron mi retrato? Aquel día mismo me
prometí humillar tu endiablado orgullo. Lo he conseguido plenamente con la
ayuda de tu padre y secundado por tu propio amor. De no ser por la voluntad
del rey, tu padre, no te habría sometido a tan larga prueba. Puedes tener la
seguridad de que he participado en gran medida de tus sufrimientos y te ruego
que me perdones si me he excedido en algo.
En aquel instante se abrió una puerta y entró el anciano monarca, que había
llegado expresamente de su reino. Se reunieron los tres en estrecho abrazo y
el padre de Krasomila dijo:
–No niego, amada hija mía, que esta prueba ha sido un tanto amarga y
dolorosa, pero debes agradecérnosla por la influencia bienhechora que ha
obrado sobre ti y ha de obrar luego cuando seas madre, sobre tus propios
hijos.
El diablo y el magistrado

Hace muchos años vivía en una ciudad de Bohemia un individuo llamado Hans
Edelstein, que poseía infinidad de cofres llenos a rebosar de oro y piedras
preciosas. No obstante, a pesar de sus riquezas, era tan avaro, tan duro para
con los pobres, que inspiraba horror a sus vecinos.

Edelstein ejercía en la ciudad a que nos referimos el cargo de juez,


aprovechándose de él para cometer toda clase de iniquidades.

Cierta mañana en que había salido para recorrer sus campos, se encontró en
el camino con el diablo vestido de gran señor.

Edelstein le hizo una profunda reverencia y le preguntó cortésmente:

–¿Sois forastero verdad, señor? ¿Queréis dignaros decirme vuestro nombre y


el lugar de vuestra procedencia?

El diablo sonrió y dijo:

–Creo preferible no contestar a vuestras preguntas.

Edelstein se encolerizó y gritó exaltado:

–Exijo que contestéis inmediatamente a lo que os he preguntado si no queréis


ir a dar con vuestros huesos en la cárcel. Habéis de saber que soy el juez de
esta ciudad y nadie se ha atrevido jamás a insolentarse conmigo como lo
habéis hecho vos, sin recibir en el acto el castigo ejemplar.

–En ese caso –respondió el desconocido–, me inclino ante vuestros


razonamientos y no vacilo más en revelaros mi identidad. Soy el Diablo.

–Vade retro –exclamó el juez un tanto asustado. Pero inmediatamente se


rehizo y añadió:

–¿Y qué buscáis por aquí?

–Nada. Hoy es día de feria en vuestra ciudad... Me limitaré a tomar lo que


buenamente me den.

–Haced lo que gustéis –dijo el juez–, pero os acompañaré.


Los dos se dirigieron entonces a la plaza del mercado que estaba llena de
gente. Todos saludaban con respeto al juez y a su compañero.

Edelstein se hizo servir dos vasos de vino y ofreció uno al diablo, diciéndole:

–Bebed a mi salud.

Pero el diablo rehusó dándose cuenta de que el juez no se lo ofrecía de todo


corazón.

Poco tiempo después vieron pasar una aldeana que tiraba con todas sus
fuerzas de un cebadísimo cerdo, pero el condenado animal se negaba a seguir
a su ama. La pobre mujer, después de dar infinitos tirones inútiles de la cuerda
con que llevaba atado al cerdo, exclamó desesperada:

–¡Que el diablo te lleve!

–¿Habéis oído? –preguntó el juez a su compañero–. Ese cerdo es vuestro.

–No –contestó el diablo–. No me lo da de buen grado. Si yo lo tomase, esa


mujer armaría un escándalo espantoso.

Algo más allá una madre reprendía a su desobediente hijo, tan mal educado
que a cada sopapo de su progenitora le sacaba la lengua en gesto de burla,
por lo que la pobre madre, exasperada, le gritó:

–¡Ojalá te lleve el diablo!

El juez dijo en voz baja a su compañero:

–Ese, niño es vuestro, compadre. Ya lo habéis oído.

–Nada de eso –replicó el diablo–. Si me lo llevase, su madre moriría de pena.

Edelstein y su compañero continuaron su paseo.

Vieron a dos trabajadores que disputaban con vehemencia. Uno de ellos,


después de insultar al otro, le dijo:

–¡Ojalá te lleve el diablo!

–Os regalan ese mozalbete –murmuró el juez.

El diablo contestó:
–Así parece, pero no es verdad. Esos dos muchachos se quieren de veras,
pero la cólera y el alcohol los han cegado de tal modo que en este momento no
se dan cuenta de sus verdaderos sentimientos.

En aquel mismo instante, un anciano pálido y demacrado, cuyos harapos


delataban la más horrorosa pobreza, se detuvo ante el magistrado y exclamó:

–¡Maldito seas mil veces! Eres rico, inmensamente rico, mientras que yo soy
pobre, muy pobre. No obstante no has titubeado en quitarme mi vaca, que era
mi único recurso. Jamás te hice mal alguno y te has gozado en hundirme en la
miseria más espantosa. Pero el cielo me hará Justicia... Ojalá castigue Dios tus
continuas iniquidades y el diablo te lleve con él a los infiernos en cuerpo y
alma.

–Este es sincero, dice lo que siente –declaró el diablo al juez–; así, pues, tomo
lo que me ofrecen con tanta franqueza.

Y asiendo al juez por el pescuezo dio una patada en el suelo y se hundió en la


tierra con su presa.
El enano

Hace muchísimos años vivía en un país remotísimo un rey que tenía una hija
tan hermosa, que todos la conocían con el apelativo de Masbella, porque no
había nadie que pudiera igualársele.

Muchos principales habían puesto a los pies de la preciosa doncella su corazón


y su corona, pero ella había preferido entre todos sus pretendientes al príncipe
Masbueno, por lo que, después de participar a su real padre su elección,
obtuvo de él el consentimiento para la boda.

La hermosísima princesa y su afortunado prometido se dirigían al templo donde


el sacerdote había de bendecir su unión, cuando uno de los pretendientes
desairados por la princesa, un enano feísimo, horrible, de apenas medio metro
de estatura, con una joroba descomunal en la espalda y barba de catorce
palmos, pero que era un mago poderosísimo, decidió tomar cumplida
venganza.

A este efecto, cuando el cortejo nupcial se disponía a entrar en el templo, se


convirtió en remolino y se dejó caer sobre la multitud, llenando el aire de
espesa polvareda que cegó a todos.

Luego, aprovechándose del desconcierto, se apoderó de la princesa, remontó


con ella hasta lo más alto de las nubes y entonces descendió hacia su palacio
subterráneo, donde, después de dejar en un diván a su víctima desvanecida,
recobró la forma humana y desapareció.

Pasado un buen rato, la pobre princesa volvió en sí. Se encontró en el centro


de una sala magnífica, rodeada de muebles costosísimos adornados de joyas
de valor incalculable. Llena de curiosidad, se levantó y empezó a recorrer los
aposentos.

Al llegar al comedor, la inmensa mesa cuajada de pedrería, se cubrió como por


arte de magia, de un mantel de brocado y sobre él aparecieron infinidad de
platos y fuentes de oro y plata llenos de manjares apetitosísimos.

Como a pesar de su pena tenía un hambre terrible, la hermosa princesa no


pudo sustraerse a la tentación de probar las viandas y estuvo tomando un
poquito de cada plato hasta saciar su apetito, después de lo cual regresó a la
sala, se tendió en el diván e intentó inútilmente entregarse al sueño.

De repente, se abrió una puerta y entraron por ella cuatro negrazos armados
hasta los dientes, conduciendo sobre sus robustos hombros un enorme trono
de oro macizo en el que iba sentado el ridículo enano.

Llegados al centro del salón, depositaron, con grandes cuidados en el suelo, su


horrible carga, y el enano, saltando de su asiento, se aproximó a la princesa e
intentó abrazarla; pero ella correspondió a tal muestra de cariño con un mojicón
que le hizo ver todo el firmamento.

El adefesio, después de lanzar un grito terrible, se apresuró a salir de la


estancia, pero se le enredaron los pies en la larguísima barba y cayó de
bruces. Se levantó, dando rienda suelta a una sarta de imprecaciones, y
desapareció, pero no se dio cuenta de que se le había caído un gorro de seda
rojo.

Los negros se marcharon detrás de su señor, y cuando la princesa quedó sola,


saltó del sofá y cerró la puerta con llave. Inmediatamente recogió el gorro, se lo
ajustó a su linda cabecita y, mujer al fin, se colocó frente a un espejo para ver
cómo le sentaba.

Júzguese su estupefacción al comprobar que en la brillante superficie no


aparecía imagen alguna. Se quitó el gorro y su esbelto cuerpo, así como su
rostro sin par, se reflejaron en el azogado vidrio. Entonces se dio cuenta de que
el gorro hacía invisible a quien se cubría con él, y gozosa de tal
descubrimiento, volvió a ponérselo en la cabeza y se paseó ufana por toda la
sala.

Un instante después se abrió de nuevo la puerta para dar paso al enano, que
se había echado la barba por encima de los hombros. No encontrando ni
princesa ni gorro, comprendió que se lo había apropiado ella y furiosísimo,
empezó a registrar toda la habitación, metiéndose debajo de los muebles y
hasta de las alfombras.
Entretanto, la princesa, como era ya invisible se escapó al jardín del palacio,
que era extensísimo, y allí fijó su morada, alimentándose de deliciosos frutos y
bebiendo las aguas cristalinas y frescas de un dulcísimo manantial.

El enano deambulaba incesantemente por el jardín intentando encontrarla, pero


ella gozaba lanzándole al feísimo rostro los huesos de las frutas que comía, y
quitándose un instante el gorro para hacerse visible, colocándoselo de nuevo,
acto seguido, entre carcajadas al ver la desesperación que se pintaba en la faz
de su odioso carcelero.

Un día, en que la princesa se entregaba a este juego, tuvo la desgracia de que


el gorro se le enganchara en un cardo espinoso. La demora, con ser pequeña,
fue aprovechada por el enano, que asió a la princesa por un brazo, a tiempo
que se apoderaba del gorro, y ya se disponía a llevar su dulce presa al interior
del palacio, cuando el aire del jardín se estremeció con los vibrantes sones de
un clarín bélico.

El horrible enano dio una patada en el suelo, y al mismo tiempo que lanzaba
mil maldiciones de rabia, sopló sobre la princesa para dormirla, cubriéndola
luego con el gorro mágico para hacerla invisible.

Después se proveyó de un alfanje curvo y afiladísimo y se elevó hasta las


nubes para enfrentarse con su agresor y matarle de un solo tajo. Veamos
ahora quién era su enemigo.

Cuando el huracán, cegando el cortejo nupcial y dispersando a los asistentes,


dio ocasión al enano a apoderarse de Masbella, se alzó un gran tumulto entre
los príncipes y su séquito.

El rey y el príncipe buscaban por todas partes a la hermosa princesa; sobre


todo éste no cesaba de inquirir sobre su paradero, llamándola a gritos tan
desesperada como inútilmente.

El padre de Masbella declaró lleno de cólera que, como no apareciera su hija,


entraría con su ejército en el reino de Masbueno y no dejaría en él piedra sobre
piedra.
Luego prometió a todos los príncipes congregados para la ceremonia, que
aquel que le trajese a Masbella sana y salva, se casaría con ella y él le
entregaría en dote la mitad de su reino.

Llenos de esperanza, todos los príncipes montaron a caballo y se


desparramaron en todas direcciones. Masbueno, abrumado de dolor, los imitó y
emprendió la búsqueda de su amada.

Tres días cabalgó sin comer, sin beber y sin dormir. Al atardecer del tercer día,
completamente agotado por la fatiga, se detuvo su corcel en una pradera, y ya
iba a apearse para reposar un poco, cuando oyó un chillido de pánico y divisó
una liebre sobre cuyo lomo se cernía un enorme búho que le daba crueles
picotazos a tiempo que le arañaba los costados con sus corvas uñas.

Masbueno recogió al azar el primer objeto que halló a su alcance, que era una
calavera, y la arrojó sobre el búho, con tal acierto, que lo dejó muerto en el
acto.

La liebre, salvada de modo tan providencial, llegó hasta los pies del mancebo,
frotó contra ellos su húmedo hocico y reanudó su carrera.

Entonces, el cráneo humano que, sin saberlo, recogiera Masbueno para


utilizarlo a guisa de proyectil contra el pájaro nocturno, habló de este modo:

–Bendito seas, hermoso príncipe, por el favor que acabas de otorgarme.


Pertenezco a un desgraciado que se quitó a sí mismo la vida en un momento
de cobardía, y, como expiación de este horrendo pecado, estaba condenado a
rodar por el barro hasta que pudiera servir para salvar la vida de una criatura
de Dios. Ya hace setecientos setenta y siete años que me pudro sobre la tierra
sin excitar la compasión de nadie, pero tú me has redimido al utilizarme para
salvar la vida de esa pobre liebre. En prueba de agradecimiento te voy a
enseñar el modo de hacer venir a ti un caballo prodigioso, cuyos servicios me
fueron de gran utilidad cuando vivía. Cuando lo necesites no tiene más que
caminar por la llanura, sin mirar atrás, y decir:

"Caballo prodigioso,

tordo de crines áureas,


ven a mí cuanto antes,

volando como un ave

a través de los aires."

–Y ahora –continuó– termina tu obra enterrándome aquí para que repose en


paz hasta el día del juicio final. Luego prosigue tu camino y no pierdas jamás la
fe en Dios.

El príncipe hizo una fosa al pie de un árbol y piadosamente, inhumó en ella el


cráneo, rezando, acto seguido, las oraciones de difuntos. Una llamita azul se
elevó de la calavera hacia el cielo. Era el alma del muerto que, limpia ya de
pecado, iba a ocupar su puesto junto al Todopoderoso.

Tras hacer la señal de la cruz, Masbueno continuó su camino. Cuando hubo


llegado a la mitad de una vasta llanura, se detuvo y dijo sin volver la vista atrás:

"Caballo prodigioso,

tordo de crines áureas,

ven a mí cuanto antes,

volando como un ave

a través de los aires."

Inmediatamente, entre silbidos, relámpagos y truenos, surgió un corcel


maravilloso, ligero como el viento, de pelo tordo y crines flotantes que parecían
de seda y oro. Por los ollares despedía llamas, de los ojos chispas, de su boca
brotaban chorros de vapor y de las orejas nubes de humo.

Se detuvo ante el príncipe y le dijo con voz humana:

–¿Que me ordenas, príncipe Masbueno?

–Quiero que me ayudes, porque soy muy desdichado –respondió el noble


joven.
Y le narró detalladamente todo lo sucedido.

El caballo dijo entonces:

–Entra por mi oreja izquierda y sal por la derecha.

Hízolo así el príncipe y salió de la oreja derecha armado de pies a cabeza,


sintiéndose al mismo tiempo animado de una bravura y una fuerza
sobrehumanas.

Cuando golpeó el suelo con el pie tembló la tierra y se oyó un ruido semejante
al fragor de la tormenta, quedando los árboles despojados de sus hojas.

Inmediatamente interpeló a su corcel:

–¿Qué hago ahora?

El cuadrúpedo respondió:

–Tu amada, la princesa Masbella, ha sido raptada por un horrible enano, de


larguísima barba, cuya joroba pesa ciento veinte kilos. Hay que vencer a ese
mago poderoso que reside a muchas leguas de aquí. Lo malo es que no hay
nada que pueda herirle como no sea el alfanje que custodia su propio hermano,
el monstruo de la cabeza desmesurada y ojos de basilisco. Empecemos, pues
por atacar a éste.

El príncipe brincó de un salto a lomos de su caballo tordo, con crines de oro, y


éste se puso en camino, franqueando las montañas, atravesando bosques,
surcando ríos con la velocidad del pensamiento.

Cuando hubieron llegado a un amplio sembrado de osamentas humanas, al pie


de un monte que se movía, el caballo dijo:

–Ese monte que ahí ves es la cabeza del monstruo de los ojos de basilisco, y
los huesos que blanquean esparcidos por el suelo son los esqueletos
descarnados de sus víctimas. Guárdate de los ojos que dan la muerte. El calor
del sol ha adormecido al monstruo. A su lado verás el temible alfanje de filo
infalible. Tiéndete sobre mi cuello hasta que lleguemos junto al arma; cógela
entonces y no temas. Con ella en tu poder, el monstruo no podrá hacerte nada,
y tendrás su vida a tu merced.
El caballo se aproximó sigilosamente al dormido monstruo. El príncipe,
inclinado sobre el cuello del corcel y asiéndose a las doradas crines, cogió con
destreza el alfanje. Luego, irguiéndose, lanzó un grito tan estridente que
despertó al monstruo.

Éste alzó la cabeza. Un olor pestilente invadió la atmósfera; sus ojos


sanguinolentos se clavaron en los del príncipe; pero al ver en sus manos el
mágico alfanje, dijo con voz dulce:

–¿Tan poco temes a la muerte que te has atrevido a venir aquí, joven
caballero?

Masbueno respondió:

–Guárdate tus arrogancias que están muy fuera de lugar. Estás en mi poder.
Tus miradas han perdido su mortal influjo y este alfanje cortará el hilo de tu
miserable existencia, pero antes quiero saber quién eres.

El monstruo habló de este modo:

–Tienes razón, príncipe, estoy en tus manos; pero te ruego que te muestres
generoso, pues soy en verdad, digno de lástima. Pertenezco a una raza de
gigantes nobles, y si no hubiese sido por la maldad de mi hermano habría sido
feliz. Él, envidioso de mi estatura, ha procurado siempre perjudicarme. Has
de saber que su fuerza, realmente extraordinaria, radica en su barba; pero ésta
no puede ser cortada más que con el alfanje que empuñas ahora. Un día mi
hermano vino a verme y me habló de este modo:

–Mi amado hermano, te ruego que me ayudes a descubrir el alfanje que fue
escondido bajo tierra por un mago enemigo nuestro y que es la única arma que
puede destruirnos a ambos.

Entonces yo lo creí y con una enorme encina estuve cavando en la montaña


hasta que encontré el alfanje. Se originó seguidamente entre nosotros una
tremenda disputa sobre quién era su legítimo propietario, y mi hermano la
zanjó, proponiendo que lo dejáramos a la decisión de la suerte.

Apliquemos los dos la oreja al suelo, y aquel que oiga primero el tañido de las
campanas de la iglesia vecina, será dueño del arma –dijo.
"Lo hice yo así y mi hermano se aproximó sigilosamente adonde yo estaba y,
de un solo tajo, me separó la cabeza del tronco, quedando mi cuerpo
convertido en la montaña que ves; cubierta de árboles, mientras que la cabeza,
dotada de enorme fuerza vital, permanece aquí desde entonces para espantar
a todos cuantos se propusieran apoderarse del mágico alfanje.

El desgraciado, terminó diciendo:

–Te suplico, noble príncipe, que emplees esta arma prodigiosa para vengarme
de mi malvado hermano. Córtale la barba para reducirlo a la impotencia, mátalo
luego y vuelve aquí a quitarme la poca vida que me queda. Me harás un gran
favor.

–Te doy mi palabra de hacerlo así –repuso Masbueno.

Inmediatamente ordenó al caballo tordo, de doradas crines, que le llevara al


reino del enano de la larga barba, llegando allí en el preciso instante en que el
horrible contrahecho acababa de apoderarse de la princesa.

Como ya hemos dicho, el toque del clarín de guerra le obligó a dejarla dormida,
cubierta con el gorro mágico que la hacía invisible.

El príncipe esperaba que el otro respondiera con un toque guerrero a su


desafío, cuando oyó un tremendo estrépito sobre su cabeza. Era que el enano,
en la espera de alcanzar y herir por sorpresa a su enemigo, se había elevado a
gran altura; pero había calculado mal el salto y volvió a caer con tal ímpetu que
se hundió en tierra hasta la cintura.

El príncipe descendió entonces, y asiéndole por la barba, se la cortó de un solo


tajo con el infalible alfanje.

A renglón seguido se ató la barba a su cimera y el enano al arzón de su silla y


penetró en el palacio. Los criados, al verle en posesión de aquella enorme
barba que infundía respeto a todos, se apresuraron a abrirle todas las puertas.

Por más que el joven príncipe buscó y rebuscó a su amada, la princesa


Masbella, no pudo dar con su paradero. Finalmente, cuando paseaba
desesperado por el jardín, dio de repente un tropezón que le hizo caer de
bruces y... ¡oh, sorpresa! la causa del tropezón había sido la misma princesa, a
quien él, con el encontronazo, le quitó el gorro y quedó bien visible a sus ojos,
aunque profundamente dormida.

A pesar de sus esfuerzos no consiguió despertar a la hermosa princesa; por lo


que, volviendo a montar a caballo, con su amada en los brazos, el gorro
mágico en el bolsillo, y el enano colgando del arzón, voló hacia el lugar en que
se hallaba la cabeza del gigante, frente a la cual colocó al horrible engendro.

La cabeza abrió su tremenda boca y se tragó al enano como si hubiera sido un


confite. Luego el príncipe empuñó el alfanje y cortó la cabeza en trozos
diminutos, que espació por el valle, tras lo cual subió a lomos del mágico
corcel, que lo condujo de un vuelo a la llanura donde se encontrara con él por
primera vez.

Entonces el caballo se detuvo y le dijo:

–Ya he cumplido mi misión y ha llegado la hora de separarnos. No estás lejos


de tu destino y tu caballo de viaje te aguarda impaciente. Separémonos; pero
antes entra por mi oreja derecha y sal por la izquierda.

Obedeció Masbueno y salió de la oreja izquierda tal como estaba el día del
rapto de Masbella.

Desapareció el caballo tordo de áureas crines, y cuando el príncipe silbó a su


corcel de viaje, éste acudió dando relinchos de alegría al ver de nuevo a su
amo.

Inmediatamente se pusieron en camino para llegar cuanto antes al palacio del


padre de Masbella; pero sucedió que, como se hiciera de noche y el príncipe se
sintiese muy fatigado, detuvo el caballo, se apeó, y acomodando a Masbella
entre las hierbas, se echó a dormir.

Quiso la fatalidad que pasara por allí uno de los caballeros que salieron en
busca de la princesa, y viendo dormido a Masbueno, lo atravesó con su espada
de parte a parte y, apoderándose de la dormida doncella, montó a caballo, no
tardando en llegar a presencia del rey, a quien dijo:

–Aquí tenéis a vuestra hija y espero que me la daréis por esposa según
prometisteis. Había sido raptada por un terrible mago con quien he sostenido
una empeñadísima lucha que ha durado tres días y tres noches, pero, al fin,
conseguí vencerle.

El rey estaba loco de contento; pero al observar como resistía a sus paternales
caricias el sueño de su hija, se alarmó y preguntó al usurpador qué significaba
aquel extraño sopor.

Entretanto, el príncipe Masbueno se había despertado, y muy débil por la


tremenda herida que le había infligido su rival, pronunció las frases
cabalísticas:

"Caballo prodigioso,

tordo de crines áureas,

ven a mí cuanto antes,

volando como un ave

a través de los aires."

De repente surgió el mágico corcel entre una nube luminosa. Como ya sabía lo
ocurrido, había estado en la montaña de la Vida Eterna donde había recogido
agua de tres clases: el Agua que Vivifica, el Agua que Cura y el Agua que
Fortalece.

Descendió junto al príncipe y lo roció primero con agua vivificadora, luego,


cuando el cuerpo, ya frío, recobró el calor y empezó a circular la sangre en sus
venas, cerró sus heridas con el Agua que Cura y lo bañó con el Agua que
fortalece.

Masbueno abrió los ojos, y lleno de vida y energía exclamó:

–¡Oh, qué bien he dormido!

El caballo le refirió entonces lo sucedido y añadió:

–Tranquilízate, empero. Tu novia sigue dormida y sólo tú podrás despertarla


valiéndote de la barba del enano, pues basta con que la toques con ella e
inmediatamente saldrá de su mágico sopor.
El maravilloso caballo tordo desapareció en una nube y Masbueno continuó su
camino. Al aproximarse a la ciudad en que residía el rey, su padre, vio las
murallas rodeadas de nutrido ejército que se proponía conquistarla al asalto.
Los habitantes, amedrentados, se disponían a rendirse a la superioridad
numérica de los asaltantes, pero Masbueno, poniéndose el gorro que lo hacía
invisible, empezó a repartir mandobles a diestro y siniestro con su mágico
alfanje, con tal saña que los soldados caían como heno segado. Luego de
aniquilar el ejército, el mancebo, todavía invisible, se internó en el
castillo, donde oyó al rey que comentaba asombrado que los asaltantes
sucumbieran sin batalla.

–¿Quién será –preguntaba– el maravilloso guerrero que nos ha salvado?

Todos quedaron silenciosos, pues ninguno lo sabía. Entonces, Masbueno,


quitándose el gorro, se prosternó a los pies del monarca diciendo:

–Yo he sido, señor, el que ha exterminado al enemigo y quien ha salvado a


Masbella. Yo os la traía para recibir el premio a que soy acreedor, cuando un
traidor, viéndome dormido, me traspasó cobardemente con su espada. El
impostor os ha engañado miserablemente, pero yo podré demostraros su
falacia despertando a mi amada Masbella en vuestra presencia.

Al oír estas palabras, el malvado asesino se escabulló y emprendió la fugo, sin


que hasta la fecha se haya podido averiguar su paradero. Masbueno,
e
n
t
r
–¿Dónde estoy?
e
El
t rey, su padre, enajenado de gozo, la colmó de caricias y aquella misma
noche
a se celebró la ceremonia de su matrimonio con el príncipe Masbueno,
cediéndole
n la mitad de su reino y organizando tales festejos que todavía lo
recuerdan
t los más viejos habitantes de aquel dichoso país, asegurando que fue
lo
o más estupendo y magnífico que vieron los siglos.
,

t
o
c
ó
El gaitero y el diablo

Jamás hubo en la región un gaitero más alegre y bullanguero que Swanda.


Siempre tenía la sonrisa en los labios, siempre estaba dispuesto a organizar
juergas en las que tocaba incansablemente su gaita, ejecutando alegres
melodías que encantaban y divertían al auditorio arrancándole lágrimas de
regocijo.

Hombre dotado de óptimo corazón, siempre estaba dispuesto a socorrer al


necesitado, aunque la mayoría de las veces, sobrándole la voluntad, le faltaba
el dinero, pues todo lo que ganaba, y mucho más se lo gastaba en alegres
francachelas.

A pesar de sus buenos propósitos, el bueno de Swanda no había conseguido


nunca sustraerse a la fascinación que el vino ejercía sobre él.

Intentaba con todas sus fuerzas no pasar nunca del primer vaso, pero,
haciendo su vida en lugares de esparcimiento donde se bebía mucho, después
de apurar la primera copa, invitado por un amigo, él tenía que corresponder
invitando con otra para no quedar en mal lugar; el amigo repetía la invitación y
Swanda hacía otro tanto para no ser el último, con lo que al cabo de unas
horas, tanto él como su amigo tenían los bolsillos vacíos y los estómagos
repletos de alcohol.

Y en ésta situación, se organizaban partidas de naipes, y Swanda, tras tocar


algunas piezas en su gaita y hacer la colecta, se sentaba a la mesa de juego y
no se levantaba hasta que había quedado sin un céntimo o el alcohol lo dejaba
dormido como un tronco, teniendo que acostarlo entre los demás jugadores
debajo de la mesa para poder continuar la partida.

Cierta noche se encontraba Swanda en Mokran, donde había tenido lugar una
fiesta de las grandes. El gaitero estuvo soplando desde la mañana hasta la
noche en su instrumento, contratado por el comité de festejos.

Ya llevaba los bolsillos llenos de monedas de plata, pero tenía la boca tan seca
como si fuese de corcho. Se metió entonces en una taberna y se negó a
continuar tocando a pesar de las súplicas y dádivas de las jóvenes parejas que
querían proseguir el baile.
Pidió dos botellas de vino para empezar, bebiéndolas en dos tragos, y cuando
el alcohol se le subió a la cabeza, experimentó un deseo ardiente de jugar.

Entonces buscó con la vista un compañero de juego; pero no lo pudo


encontrar. En la taberna, además de él, no había más personas que el dueño y
un aprendiz.

Al darse cuenta de que tendría que pasar sin jugar, se puso de mal humor y
pidió otra botella. Entraron al poco tiempo varios clientes a los cuales invitó a
jugar, pero todos se negaron con diversos pretextos.

Exasperado, Swanda pagó el vino y salió tambaleándose. El aire fresco de la


calle lo despejó un poco, pero no le hizo perder su deseo de jugar.

De repente se le ocurrió una buena idea.

–En Drazic –se dijo– hay romería y el secretario y el alcalde son dos excelentes
amigos a quienes les agradará una buena partida. Voy a buscarlos y
pasaremos agradablemente la noche.

Ésta era clarísima, brillando en el cielo la luna llena como un inmenso disco
plateado. Las calles del pueblo estaban iluminadas por la argentada luz y
los edificios proyectaban sobre el suelo sus negras y alargadas sombras.

Swanda salió a la carretera, anduvo durante un kilómetro y luego la abandonó


para seguir un sendero que debía acortar considerablemente su viaje a Drazic.

Eran las once de la noche, aproximadamente, y el gaitero contaba con llegar a


su destino alrededor de las doce.

Con la gaita bajo el brazo describiendo pronunciadísimas curvas, Swanda


avanzaba tropezando con todas las piedras del camino, perdiendo de vez en
cuando el equilibrio y midiendo el suelo con su cuerpo. Pero él continuaba su
camino después de palparse los miembros magullados, con la tenacidad propia
de los borrachos.

De repente oyó un rumor de alas. Levantó los ojos y vio una bandada de
cuervos que huían graznando. Se dio cuenta entonces que estaba cerca de
cuatro postes de gran altura, hincados en el suelo formando un cuadrilátero.
Estaban unidos por su extremo superior por cuatro travesaños y del centro de
cada uno de ellos colgaba el cadáver de un ahorcado, ya medio devorados por
los cuervos.

Haciendo un gesto de disgusto y estremeciéndose, iba a continuar su camino,


cuando vio frente a él a un individuo vestido de negro con el rostro palidísimo y
los ojos tan brillantes que parecían carbones encendidos.

La presencia del desconocido le hizo dar una sacudida de sorpresa, pues no lo


había oído venir, pero, en honor a la verdad, hay que reconocer que Swanda
no dio la menor señal de miedo, aunque tal vez esto se debiera a la enorme
cantidad de vino trasegado.

Inmóviles, contempláronse los dos durante algunos segundos y en silencio, que


rompió el desconocido para decir:

–¿A dónde vas a estas horas, amigo gaitero?

–Dime primero quién eres y entonces te contestaré. Tengo la seguridad de que


ésta es la primera vez que te veo.

–Es posible –repuso el desconocido; – pero mi nombre no debe preocuparte.

Contéstame y ten la seguridad de que no pretendo hacerte mal alguno.

–Pues bien –declaró Swanda–, me dirijo a Drazic, donde me esperan.

–¿No te gustaría ganar algún dinero tocando la gaita para unos amigos?

–Hum... La verdad es que ya llevo el bolsillo lleno de monedas. He estado


soplando casi todo el día y ahora lo que tengo es ganas de divertirme.

–Te advierto que mis amigos y yo no pagamos con monedas de plata, sino con
oro.

Y uniendo la acción a la palabra, el desconocido sacó del bolsillo un puñado de


coronas que exhibió ante Swanda. La luz de la luna arrancó de las monedas
áureos reflejos.

Ante aquel argumento, el gaitero no supo qué contestar. Miró atónito a su


interlocutor y ya le pareció un hombre distinguido y hasta simpático. Titubeó un
instante muy corto. Luego, dijo:
–Estoy dispuesto a complaceros, señor.

–Sígueme, pues –repuso el desconocido.

Con la mente turbada por la sorpresa, la emoción y en mayor parte por el


alcohol, Swanda echó a andar detrás de su compañero con la gaita debajo del
brazo, sin fijarse en los lugares que recorría, caminando de un modo instintivo,
sin romper el silencio.

Por fin el extraño se volvió al gaitero y habló así:

–Creo mi deber recomendarte algo muy importante. Los amigos con quien
vamos a reunirnos te ofrecerán muchas veces vino y oro. Acepta ambas cosas
y si se te ocurre darles las gracias, guárdate muy bien de pronunciar para nada
el nombre de Dios. Di únicamente: "Buena suerte, hermano". No te olvides,
porque si no lo hicieras como te aconsejo, podría sucederte algo muy
desagradable.

Swanda comprendió perfectamente lo que le pedían, pues ya parecía haberse


descorrido un tanto el velo que nublaba su inteligencia. Sin embargo, no se dio
cuenta del lugar en que se hallaba ni de lo que le rodeaba. Se vio de repente
en una estancia lóbrega, oscurísima, donde había tres hombres tan pálidos y
enlutados como su acompañante, sentados en una mesa, jugando a las cartas.
La escena estaba iluminada únicamente por el brillo de los ojos de los
jugadores.

Swanda vio sobre la mesa tres grandes montones de monedas de oro y un


enorme jarro de vino del que los extraños personajes bebían sin cesar.

–Hermanos –dijo con voz cavernosa el que acompañaba al gaitero–,


permitidme que os presente a mi querido amigo Swanda, a quien ya conocéis
de oídas por la fama de que disfruta. En este día en que celebramos una fiesta,
me ha parecido conveniente traerlo para que amenice nuestra noche.

–¡Ha sido una idea magnífica! –exclamó entusiasmado uno de los jugadores.

Y alargando el jarro al gaitero, añadió:


–¡Bebe lo que quieras, muchacho! Debes estar sediento.
Swanda vaciló un instante, pues no sentía gran confianza, más, al fin, se
decidió y bebió.

El vino estaba algo caliente, pero no tenía mal sabor, por lo cual repitió la
libación. Luego, dejó el jarro sobre la mesa, se quitó el sombrero, y recordando
la recomendación de su acompañante, dijo limpiándose los labios con el revés
de la manga:

–Buena suerte, hermano.

–Gracias –respondió el jugador.

–Tócanos algo alegre ahora y luego jugarás con nosotros.

Hinchó Swanda la gaita y empezó a interpretar música de baile, graciosa y


juguetona. Jamás, durante toda su vida, alcanzó tanto éxito como en aquella
ocasión.

Cada nota estremecía de placer a los jugadores. Sus ojos lanzaban llamas y se
reían sin mover un músculo, mientras hacían tintinear los ducados sobre la
mesa.

El jarro pasaba sin cesar de una mano a otra, todos bebían, y ¡cosa extraña! el
vino no se terminaba nunca, aunque nadie se preocupaba de llenar el
recipiente.

Cada vez que Swanda terminaba de ejecutar una de sus melodías, los
jugadores le tendían el jarro y él bebía un trago larguísimo. Luego, cuando
volvía a dejar el cacharro sobre la mesa, aquellos hombres extraños le
echaban sendos puñados de monedas de oro en el sombrero, mostrando así el
placer que les había ocasionado con su música.

–Buena suerte, hermanos –respondía él para corresponder a su generosidad,


aturdido por su buena fortuna–. Buena suerte, hermanos.

Inmediatamente rompía a tocar de nuevo canciones cada vez más alegres, no


solamente por sí mismas, sino también por el estado de ánimo en que eran
acogidas.
Duró de este modo la fiesta largo rato, sin que los personajes pálidos dejaran
de mostrar su agrado con sus repetidas dádivas ni se fatigaran por la diversión
continuada.

Swanda empezó a tocar un vals, y a sus notas cadenciosas, los enlutados,


frenéticos y enloquecidos, se levantaron agarrándose unos con otros, formando
parejas, y comenzaron a danzar con una exaltación que contrastaba
singularmente con sus caras heladas e inexpresivas.

De pronto, uno de los que bailaban junto a la mesa tomó el oro que quedaba y
llenó con él los bolsillos y el sombrero del gaitero, –¡Quédate con todo eso! –
dijo–. Todo el oro del mundo no sería suficiente para pagar el placer que nos
estás proporcionando.

Swanda, deslumbrado, fuera de sí ante aquella inmensa riqueza, tan grande


como inesperada, dejó de tocar, y olvidando la recomendación de su
acompañante, exclamó lleno de gratitud y respeto: –¡Qué Dios os bendiga,
bondadosos señores!

A aquellas palabras, los extraños danzantes, la mesa, las sillas, todo cuanto
había en la estancia y la estancia misma, desaparecieron sin dejar rastro.

No obstante, él, sin darse cuenta de nada, prosiguió tocando con gran ardor,
creyendo que todavía estaban escuchando.

Un campesino que pasaba cerca de allí a la mañana siguiente, oyó los sones
de la gaita y se aproximó diciéndose:

–Debe de ser Swanda el que toca. Pero, ¿por qué diablos se le ocurrirá hacer
música a estas horas?

Un momento más tarde descubría al gaitero y el labriego quedó pasmado de


asombro al contemplar la extraña escena.

No era para menos. Swanda, a horcajadas en lo más alto del patíbulo, de


donde colgaban los cuatro cadáveres, proseguía sus acordes con el mayor
entusiasmo, mientras el viento agitaba los ahorcados, dando la impresión de
que bailaban.
–¿Qué diablos haces ahí, Swanda? ¿Desde cuándo te has convertido
en cuclillo? –le apostrofó el aldeano cuando se recobró de la sorpresa.

Estas palabras tuvieron la virtud de despertar al gaitero del extraño sueño en


que se encontraba. Apartó de sus labios la caña de la gaita, abrió los ojos, y
sorprendido, giró la vista a su alrededor, clavando finalmente la mirado en el
campesino que le había dirigido la palabra.

Estremeciéndose de pavor, recordó lo sucedido y se palpó los bolsillos.


Alargándose su rostro a medida que lo hacía, al comprobar con dolorosa
sorpresa que no sólo habían desaparecido las coronas, sino que ni siquiera
conservaba una sola moneda de plata.

El descubrimiento le hizo palidecer; miró la horca, en la que continuaban


balanceándose los cadáveres, se santiguó apresuradamente, y volviéndose al
campesino, que lo contemplaba pasmado, le dijo:

–Vámonos inmediatamente de aquí, por Dios.

Alejáronse apresuradamente de aquel lugar macabro y Swanda no abrió la


boca mientras no perdió de vista la fatídica horca.

Luego, acosado a preguntas por su compañero, le refirió su aventura.

El campesino le dijo:

–Creo, Swanda, que Dios te ha dado al diablo por compañero a causa de tu


desmedida afición por el vino y por el juego.

–Es posible –respondió Swanda sin poder contener un estremecimiento–. Pero


te juro que no volveré a beber ni a jugar más en lo que me queda de vida.

Cuando llegaron al pueblo, el gaitero, que quería liberar su alma del peso que
la oprimía, fue a confesarse con el párroco y a pedirle su opinión.

El ministro de Dios, después de escucharle con gran atención, le dijo:

–Hijo mío. Veo la mano del Altísimo en lo que te ha sucedido. Él, con su infinita
sabiduría, ha querido demostrarte la senda equivocada que seguías. Que te
sirva de escarmiento y te dé fuerzas para perseverar en tu arrepentimiento.
El gaitero reiteró su promesa de corregirse y, no queriendo continuar soplando
en una gaita que había hecho bailar al diablo, la ofreció, por consejo
del sacerdote, al templo del lugar, donde todavía puede verse colgada ante el
altar de la Virgen.

Swanda no faltó jamás a su promesa. Continuó siendo el alegre gaitero que


todos conocían, pero cuando notaba su boca seca, después de haber estado
tocando durante mucho tiempo, no bebía nunca más que agua o a lo sumo, un
vaso de cerveza.

Llegó a ser un hombre respetado por la pureza de sus costumbres, ganando


mucho dinero, que, como ya no lo malgastaba en francachelas ni vicios, pudo
ahorrar en gran parte y llevar una vida cómoda y regalada, gozando, por su
generosidad y sus obras de caridad, del respeto sincero y el agradecimiento de
amigos y conocidos.
El grano de trigo

Érase una vez un niño muy pobre que, a la muerte de su madre, no recibió de
ella en herencia más que un minúsculo grano de trigo. Huérfano y solo en el
mundo, decidió el infeliz muchacho abandonar la aldea que le vio nacer en
busca de fortuna, para lo cual, después de meter el granito de trigo en una
bolsa, se fue al cementerio a rezar sobre la tumba de sus padres y emprendió
la marcha lleno de esperanzas y casi muerto de hambre.

Ya había recorrido un buen trecho cuando se encontró con un anciano tocado


de amplísimo sombrero y cubierto con una capa gris, que le pareció una
excelente persona, por lo que le saludó amablemente diciendo:

–Dios os guarde, abuelo.

El viejo le respondió:

–Igualmente, hijo mío, ¿A dónde te diriges? –Adonde me lleven los pies, buen
anciano. No tengo a nadie en este mundo y voy en busca de fortuna. ¿Quiere
decirme, si no le molesta, si cree probable que alguien me robe lo que llevo en
esta bolsita, que es todo cuando he heredado de mi pobre madre?

–¿Qué es? –preguntó con gran interés, el anciano.

–Un grano de trigo.

El viejo sonrió; acarició paternalmente al muchacho y contestó:

–No tengas miedo, hijo mío. Lo perderás varias veces, pero saldrás beneficiado
en todas ellas.

El muchacho continuó, pensativo, su camino y al llegar la noche se encontró


frente a la casa de un campesino acomodado. Llamó a la puerta y cuando la
esposa del dueño acudió a abrir, le pidió autorización para pasar la noche en el
granero.

Se le concedió de buena gana lo que solicitaba. El mismo labriego lo


acompañó hasta su dormitorio. Cuando el muchacho se estaba desnudando,
sacó la bolsita en que llevaba el grano de trigo y, poniéndola en la ventana, dijo
al rústico.
–Aquí dentro está todo cuanto poseo en este mundo, buen hombre. ¿No habrá
cuidado de que me lo roben? Lamentaría mucho perderlo.

–Duérmete tranquilo, hijo mío. En mi casa no hay ladrones.

Pero a la mañana siguiente, cuando el sol acarició la ventana con sus rayos de
fuego, un hermoso gallo, atraído por el brillo de la bolsa, saltó al alféizar y
empezó a picotearla.

A los pocos instantes había conseguido abrirla y el grano de trigo pasó en un


momento a su buche.

El muchacho, que se había despertado y pudo sorprender al gallo cuando se


tragaba su herencia, empezó a gritar con todas sus fuerzas: –¡Al ladrón! ¡Al
ladrón!

A sus voces acudió el labriego, que le pregunto:

–¿Qué ha sucedido?

–Que el gallo me ha robado mi fortuna y se la ha tragado –respondió el niño


llorando.

El campesino lo acarició y le dijo:

–Seca tus lágrimas. Puesto que el gallo tiene tu propiedad en la barriga, tuyo
es.

El niño cesó de llorar, cogió el gallo, alegremente, y prosiguió su camino dando


brincos de júbilo.

Al anochecer llegó a una aldea y pidió asilo en una posada. El posadero,


después de darle de cenar, le condujo al establo, acondicionándole un montón
de heno para que durmiera.

El huérfano ató las patas al gallo para que no se escapara, lo colocó en un


rincón y dijo al posadero: –Esta ave es todo cuanto poseo en este mundo,
señor. ¿No habrá miedo de que me la roben?

–Nada de eso, hijo mío –repuso el buen hombre, sonriendo. –En mi posada no
puede sucederte nada malo.
Sin embargo mientras que el niño dormía, el gallo se debatió tan
enérgicamente que consiguió libertarse de sus ligaduras, dirigiéndose
inmediatamente al corral a buscar alimento.

Un cerdo que tenía el posadero en el patio, al distinguir el gallo, se abalanzó


sobre él y sin darle tiempo a huir lo mató de un mordisco.

Cuando a la mañana siguiente se levantó el muchacho y vio a su gallo rígido


inmóvil, con la cabeza medio destrozada, adivinó lo sucedido y se echó a llorar
amargente.

El posaderamo acudió al oír sus lamentos.

–¿Qué ha sucedido? –le preguntó.

–Que vuestro cerdo ha asesinado a mi gallo –respondió el niño sin dejar de


llorar.

–Seca tus lágrimas, hijo mío –repuso el bondadoso hombre; –puesto que el
cerdo ha causado la muerte de tu gallo, tuyo es.

Y esto diciendo, ató una cuerda a la pata delantera del puerco y se la entregó
al niño, añadiendo:

–Llévatelo y que Dios te acompañe.

Enajenado de gozo por su buena suerte, el niño prosiguió su camino, llegando


al cabo de muchas horas de viaje a una hermosa casa de campo, en la cual
pidió albergue.

Lo recibió el propietario cariñosamente, y cuando después de haberle dado de


cenar, lo acompañó a la habitación que le había destinado, el niño le dijo:

–Este cerdo que habéis visto, señor, constituye toda mi fortuna ¿No habrá
miedo de que me lo roben?

–Nada de eso –respondió el granjero.

–Duerme tranquilo que en mi granja no puede sucederte nada malo.

Pero, a la mañana siguiente, una vaca traviesa que descubrió al cerdo atado en
un rincón del establo, se lanzó sobre él y lo acribilló a cornadas.
Cuando se despertó el pobre muchacho y fue a dar los buenos días a su
cerdo, comprobó espantado que su querido animal estaba muerto.

Sus gritos desesperados desvelaron al granjero, que acudió corriendo a


preguntar qué sucedía.

–Mirad, señor, lo que ha hecho vuestra vaca –le dijo el zagal vertiendo
amargas lágrimas. –Bien, bien –repuso el buen hombre. –No llores. Puesto que
mi vaca ha asesinado traidoramente a tu indefenso cerdo, tómala, tuya es.

Y así diciendo ató la vaca por los cuernos con una cuerda y entregó el otro
extremo al muchacho, diciéndole:

–Llévatela y buena suerte.

El muchacho continuó su camino cantando alegremente, seguido por la vaca


que lo miraba con sus dulces ojos, como si no hubiera hecho nada malo en
toda su vida, Al atardecer llegó a las puertas de un castillo, donde rogó que le
permitieron pasar la noche, petición que le fue concedida en el acto.

El mismo castellano estuvo hablando con él atentamente, preguntándole el


motivo de su viaje y enterneciéndose al saber que era huérfano de padre y
madre.

–No me queda ya nada más que esta vaca, señor –terminó diciendo el
muchacho.

–¿Verdad que no podrán robármela en vuestro castillo? –Claro que no –


respondió el noble.–Aquí dentro no podrá jamás sucederte nada desagradable.

Tranquilizado, el buen muchacho se fue a dormir en el suntuoso cuarto que el


castellano había hecho preparar para él, mientras un palafrenero conducía la
vaca a la cuadra, donde había varios caballos de pura raza, propiedad del
noble señor del castillo que era muy aficionado a ellos.

Todos dormían, cuando, de repente fueron despertados por un mugido sordo,


seguido de varios golpes que retumbaron en el silencio.
Acudieron a la cuadra, de donde parecían proceder los ruidos y vieron que el
caballo favorito del noble, extrañado de la presencia de la vaca, la había
coceado tan cruelmente que casi le había deshecho la cabeza con sus cascos.

El muchacho, que también había descendido al oír el tumulto, empezó a llorar


con terrible desconsuelo.

–¡Ay, mi vaca! ¡Ay, mi vaca!

El noble castellano, informado de lo que ocurría, se vistió en un santiamén,


bajó al patio y se apresuró a consolar al pobre huérfano diciéndole:

–Vete a dormir tranquilo. Puesto que ha sido mi caballo el que te ha dejado sin
vaca, puedes llevártelo. Voy a dar órdenes para que mañana, tan pronto como
te levantes, lo encuentres ensillado y embridado, con provisiones para el viaje.
Buenas noches y buen viaje, hijo mío.

La alegría apenas dejó dormir al afortunado muchacho. Muy de madrugada se


vistió, bajó apresuradamente al patio y vio al hermoso corcel ensillado y
enjaezado, con dos sacos llenos de provisiones colgados en el arzón y una
bolsa de ducados sobre la silla, acompañada de una carta del castellano en la
que le daba su bendición y excelentes consejos.

Montó de un salto sobre el lomo del noble bruto, agitó una mano en señal de
despedida a los criados que sujetaban el caballo, y emprendió el galope sin
saber exactamente adónde iba.

Por las canciones de los juglares sabemos que tomó parte en heroicas
hazañas, ascendiendo con su caballo a las Montañas de Cristal y libertando a
una princesa que gemía cautiva bajo las garras de un terrible monstruo.

Más tarde se casó con la princesa, y a la muerte del padre de esta última, fue
nombrado rey, viviendo felizmente hasta el fin de sus días, amado y respetado
por sus súbditos.

Y todo esto por haber saludado amablemente a un pobre anciano, que no era
otro que Dios Nuestro Señor, y que, por la inocencia de su alma y la bondad de
su corazón, derramó sobre el héroe de nuestro cuento su divina gracia,
concediéndole las mercedes que habéis escuchado.
El niño perdido

Hubo hace muchísimos años un gran señor que poseía incalculables riquezas,
pero no era feliz por carecer de heredero a quien legárselas a su fallecimiento.

Así llegó a la madurez, sintiéndose cada día más viejo y en este estado de
ánimo acudía semanalmente a misa, acompañado de su esposa, para pedir a
Dios que le concediera un hijo.

En esta triste situación permanecieron muchos años. Finalmente les nació un


robusto niño, pero la noche anterior tuvo el padre un sueño extraño.

Le pareció ver un anciano que le predijo el nacimiento de un varón,


anunciándole que debía procurar que no tocara el suelo con los pies antes de
cumplir los doce años, si no quería que le sucedieran irreparables desgracias.

Innumerables nodrizas a quienes se les confió el cuidado del tierno infante,


recibieron oportunas instrucciones para que no le permitieran tocar el suelo
hasta llegar a la edad fijada.

Ya habían transcurrido once años y once meses desde el día de su nacimiento;


se aproximaba la fecha en que el maleficio fatal dejaría de existir.

Los padres, contentos, se proponían dar una fiesta para conmemorar el fausto
suceso.

De repente, una mañana antes del cumpleaños, hubo un temblor de tierra y la


nodriza que tenía en sus brazos al niño, asustada, lo dejó caer.

Cuando quiso recogerlo no lo encontró. Había desaparecido como si se lo


hubiera tragado la tierra.

Atraídos por sus gritos y lamentaciones, acudieron los demás criados del
castillo y poco después se presentó también el señor.

Muy alarmado, al observar la inquietud de los domésticos, preguntó dónde


estaba su hijo, y la nodriza, temblando como las hojas del álamo y los ojos
arrasados en lágrimas, le refirió lo sucedido.

Fácil es imaginarse la angustia del padre al ver desvanecerse en un instante


sus más caras esperanzas. Inmediatamente despachó varios criados en todas
direcciones, encargándoles que no volvieran sin su desaparecido hijo, rogó,
suplicó, vertió el oro a manos llenas, prometió crecidas recompensas.

Pero todo fue inútil. La tierna criatura no pudo ser hallada. Había desaparecido,
tal vez para siempre.

Pasó el tiempo. Un día el afligido padre se enteró de que en una de las más
amplias salas del castillo percibíase al llegar la medianoche un rumor de pasos
y el sonido inconfundible de quejas amargas exhaladas por una garganta
humana.

Deseoso de averiguar la causa de aquella anomalía, con la intuición de que


aquel descubrimiento podía llevarle tal vez al conocimiento de lo que tan
ardientemente deseaba, hizo pregonar en todas las aldeas de sus dominios
que entregaría trescientas coronas de oro a quien se atreviera a pasar una
noche en el interior de la estancia de referencia.

No faltaron personas que se prestaron a hacer la prueba, pero ninguna llegó al


fin. Cuando, a la medianoche, empezaban a percibirse los gemidos, todos
salían disparados, prefiriendo conservar la vida pobres a arriesgarla por
trescientas coronas.

De ese modo el noble castellano permanecía todavía en la duda de que el

autor de aquellos gemidos fuese su hijo o alguna ánima en pena.

Sucedió, empero, que en las inmediaciones del castillo habitaba una pobre
viuda, molinera de profesión y madre de tres hijas de notable hermosura.

Cuando a la humilde cabaña llegó la noticia de que el señor del castillo ofrecía
trescientas monedas de oro a quien osara dormir una noche en la cámara
donde se percibían los extraños ruidos, la hija mayor dijo a su madre:

–Creo, madre mía, que no tenemos nada que perder. Esas trescientas coronas
aliviarían bastante nuestra miseria. ¿Por qué no me permites que pruebe?

La pobre madre vaciló, pero ante la insistencia de la hija, y sobre todo,


atemorizada por los días de hambre que se le avecinaban, consintió al fin.
Al día siguiente, la mayor de las hijas de la molinera se encaminó
resueltamente al castillo.

–Vengo a dormir esta noche en la cámara de los duendes –dijo al criado que
salió a abrirle la puerta.

El mismo señor salió entonces a recibirla y le preguntó:

–¿No te dará miedo, muchacha?

–¡Bah! Más miedo me da el hambre. Lo único que os ruego es que me


proporcionéis provisiones suficientes para hacerme una buena cena, pues
tengo un apetito de avestruz.

El castellano ordenó que se le facilitara todo cuanto pidiera y la muchacha no


se quedó corta, pues con los víveres que exigió se habrían podido confeccionar
más de doce platos distintos.

Tan pronto como los tuvo en su poder, la garrida moza se encerró en la


habitación, encendió una buena hoguera, puso en ella agua a calentar y luego
puso la mesa y se preparó la cama.

Lentamente fueron pasando las primeras horas de la velada. Finalmente dieron


las doce, y, apenas hubo el reloj desgranado la última campanada de la
medianoche, cuando la molinera percibió los pasos de alguien que se
aproximaba.

Llena de temor, levantó la cabeza y se encontró con un adolescente que la


miraba con fijeza y que le preguntó:

–¿Para quién es esa cena?

Ella repuso secamente:

–Para mí sola.

Se nubló de tristeza el pálido semblante del desconocido. Dirigió una nueva


mirada pesarosa a la muchacha, y tras algunos instantes de mutismo, tornó a
preguntar:

–¿Para quién has servido la mesa?


–Para mí sola –contestó ella con la misma acritud que antes.

La frente del mancebo sé arrugó. Sus hermosos ojos azules se humedecieron.


Con voz trémula, dijo interrogativamente:

–¿Para quién has mullido esa cama?

A lo que ella respondió con la misma indiferencia egoísta:

–Para mí sola.

El desconocido se echó a llorar como una Magdalena, se retorció


desesperadamente las manos y desapareció.

A la siguiente mañana, la mayor de las hijas de la molinera relató al noble


castellano todo cuanto había sucedido durante la noche, sin hacer referencia a
la penosa impresión que la sequedad de sus respuestas había producido al
fantasma.

El desdichado padre pagó religiosamente las trescientas coronas y se regocijó


en medio de su pesar por haber logrado descorrer un tanto el velo del
impenetrable misterio.

Se presentó aquel atardecer la segunda de las hijas de la molinera que había


recibido instrucciones de su hermana sobre lo ocurrido y conocía las preguntas
que el aparecido había de hacerle.

El señor del castillo la acogió con grandes muestras de alegría y ordenó a sus
criados que le facilitasen todo cuanto apeteciera. Inmediatamente se trasladó
ella a la sala, encendió una buena fogata, puso a hervir sus pucheros, cubrió la
mesa con albo mantel, y mientras se hacía la cena, mulló cuidadosamente el
colchón de la cama.

Al dar la medianoche notó los pasos del desconocido, que se aproximó a ella,
sin que la hija de la molinera experimentara el menor temor, y le preguntó:

–¿Para quién has hecho esa cena?

–Para mí sola –respondió ella con la misma sequedad que su hermana.

Con profunda tristeza retratada en su hermoso semblante continuó


preguntando el doncel:
–¿Para quién has servido esa mesa?

–Para mí sola –contestó la muchacha sin volver la cabeza.

El mancebo lanzó un suspiro melancólico.


–¿Para quién has mullido esa cama?
–Para mí sola.
Se retorció desesperado las manos el desconocido y desapareció.
Cuando la segunda de las hijas de la molinera refirió al noble castellano cuanto
había visto, y oído éste le entregó las trescientas coronas estipuladas y quedó
ensimismado en profundos reflexiones.
Pero aquella misma tarde se presentó en el castillo la tercera y más joven de
las hijas de la molinera, que se ofreció a pasar la noche en la cámara de los
misterios, después de haber obtenido la aprobación de su madre, no sin gran
trabajo, pues aquélla amaba a su hija menor mucho más que a sus hermanas.
El señor del castillo la recibió con tanta deferencia como a las mayores y
dispuso que se le diese lo suficiente para dar de comer a seis personas,
eligiendo él mismo los manjares, y entregándole un servicio completo de platos
y cubiertos para dos personas.
–Para mí sola.
Se retorció desesperado las manos el desconocido y desapareció.
Cuando la segunda de las hijas de la molinera refirió al noble castellano cuanto
había visto, y oído éste le entregó las trescientas coronas estipuladas y quedó
ensimismado en profundos reflexiones.
Pero aquella misma tarde se presentó en el castillo la tercera y más joven de
las hijas de la molinera, que se ofreció a pasar la noche en la cámara de los
misterios, después de haber obtenido la aprobación de su madre, no sin gran
trabajo, pues aquélla amaba a su hija menor mucho más que a sus hermanas.
El señor del castillo la recibió con tanta deferencia como a las mayores y
dispuso que se le diese lo suficiente para dar de comer a seis personas,
eligiendo él mismo los manjares, y entregándole un servicio completo de platos
y cubiertos para dos personas.
La muchacha penetró en la estancia encendió el fuego y puso las vituallas a

calentar, haciendo entretanto la cama.

Mientras terminaba de hacerse la cena, la muchacha puso sobre la mesa un


rico mantel, y encima de éste los platos, los cubiertos y las servilletas, así como
los vasos.
Lenta, muy lentamente, sonaron las doce campanadas de la medianoche.
Inmediatamente se percibió un ruido extraño, rumores de pasos, suspiros
entrecortados, quejas, llantos...

Asustada, la molinerita miró en torno suyo, pero no vio a nadie. Ya iba a lanzar
un grito de espanto, por miedo a lo sobrenatural, cuando distinguió de repente
a un pálido mancebo que la miraba con tristes ojos.

Ella le sonrió entonces y lo invitó a sentarse con un gesto, pero él, antes de
aceptar, le preguntó:

–¿Para quién es esa cena que preparas?

–Para nosotros dos –respondió la muchacha sin vacilar.

–¿Para quién has puesto esa mesa?

–Para nosotros dos. ¿No ves acaso los dos cubiertos?

El mancebo, con los ojos brillantes de alegría continuó preguntando:

–¿Para quién es esa cama?

–Para ti solo. Yo dormiré en una silla.

Trémulo de júbilo, el joven se arrodilló a los pies de la molinerita y cubrió de


besos sus manos.

–¡Gracias, muchas gracias! –exclamó.

Luego se levantó y añadió:

–Pero antes de cenar tengo que transmitir mi reconocimiento a mis


bienhechores.

Un soplo de aire fresco inundó de repente la habitación. En el centro de ésta se


había abierto una trampilla por la cual se apresuró a descender el desconocido,
pero la joven molinera, que se sentía invadida por la curiosidad, se agarró al
extremo de su capa y bajó detrás de él.

Llegaron al fondo y allí se desplegó ante los ojos de la muchacha un mundo


extraño.
Corría a su diestra un río de oro líquido, mientras que a su siniestra se alzaban
colinas del mismo resplandeciente metal. Frente a ella se extendía una pradera
vastísima, esmaltada con césped de un verdor deslumbrante y flores
policromas.

A medida que avanzaba el desconocido lo seguía la joven a muy poca


distancia, procurando que él no la descubriera.

Vio ella saludar a las flores del prado, con tanta deferencia y cariño como si
fueran antiguas conocidas, besando a algunas, acariciando a otras,
despidiéndose de ellas con frases amorosas y lisonjeras.

Finalmente penetraron en una selva cuyos árboles eran de oro macizo. Multitud
de pájaros de todas clases y colores empezaron a lanzar armoniosos trinos
cuando distinguieron al pálido mancebo, revoloteando alrededor de él y
posándose familiarmente en su cabeza y hombros, mientras él acariciaba a las
lindas avecillas.

La molinerita quebró una de las ramas de un árbol y se la guardó en el pecho


para tener un recuerdo de aquel reino de maravilla.

Pasaron de la selva de oro a otra cuyos árboles eran todos de plata. Infinidad
de animales de todas especies saludaron con grandes muestras de alegría la
llegada del mancebo, acercándose a recibir sus caricias.

Él les dirigió la palabra a cada uno de ellos, pasándoles las manos por sus
lustrosos lomos, mientras que la molinera, aprovechando el ruido que formaban
con sus voces, quebró una de las argentadas ramas y se la guardó junto con la
otra.

–Así me creerán mis hermanas cuando les cuente todas las preciosidades que
he visto esta noche –se dijo.

Cuando el doncel se hubo despedido de todos sus amigos, volvió sobre sus
pasos por el mismo sendero que tomara a la ida.

La doncella regresó detrás de él, sin que el muchacho se diese cuenta de su


presencia.
Cuando el joven se volvió hacia la chimenea, la doncella estaba sentada ya a la
mesa y le hacía señas de que se acercara.

–Ya me he despedido de todos mis amigos –dijo él con voz alegre. –Ahora
vamos a cenar.

Cuando hubieron aplacado su apetito, propuso el muchacho:

–¿No crees que es hora de descansar?

Ella sonrió y repuso:

–Descansa tú. Yo me acomodaré en una silla junto a la chimenea y dormitaré


un poco. Ya no tardará mucho en amanecer.

–Nada de eso –contestó él, alegremente. –Seré yo quien se coloque junto al


fuego.

Tú dormirás en la cama. Si te hice la pregunta fue para probar tus sentimientos.

La molinerita se dejó caer, vestida, en el blando lecho, mientras que el


desconocido, tomando una silla, se sentó junto a la chimenea, lanzando de vez
en cuando miradas amorosas a la muchacha, que no tardó en dormirse
apaciblemente.

Ya había avanzado mucho la mañana y el noble castellano no podía contener


su impaciencia, pues la hija de la molinera no se había presentado todavía a
cobrar su pago.

Inquieto, se dirigió a la sala y abrió la puerta.

Dos exclamaciones de alegría sonaron al unísono.

–¡Hijo mío!

–¡Padre!

Emocionados, se abrazaron llorando.

La molinera se despertó, se levantó apresuradamente y las dos ramas que


cortara durante su visita al país maravilloso cayeron al suelo con metálico
ruido, El joven se volvió hacia ella, y, al ver las dos ramas, le dijo asombrado:
–¿Me seguiste hasta allá, pícara?

Ruborizada, ella no respondió.

–Pues bien –añadió él–, esas dos ramas se convertirán en dos palacios, uno
de los cuales habitaremos nosotros cuando nos casemos y en el otro vivirá tu
familia.

Y así sucedió.

Los dos jóvenes contrajeron matrimonio dos días después, siendo invitados a
la boda todos los habitantes del lugar, que todavía recuerdan alborozados el
pantagruélico banquete que se sirvió.

Yo, como era pequeñito, me quedé aquella noche solo en la cama, por lo que
pasé un miedo terrible.
El pájaro de fuego y la sirena

Allá por los tiempos de Maricastaña vivía en un pueblecillo de Bohemia un


matrimonio al cual Dios no había querido conceder descendientes. Diariamente
los buenos esposos rogaban fervorosamente al Todopoderoso que les
concediera un hijo, y su súplica debió de llegar el cielo, pues un buen día les
nació un robusto niño.

El feliz padre salió en busca de padrino, mas era tan pobre que no encontró a
nadie dispuesto a complacerle. Lleno de pena volvió a su casa, y ante el
umbral, encontró a un mendigo que le preguntó:

–¿Por qué estás tan triste?

–Porque mi mujer me ha dado un hijo y no encuentro quien quiera apadrinarlo.

–Yo no soy más que un pordiosero, pero si no tienes inconveniente, haré de


padrino, aunque nada puedo regalarte, pues esta moneda de cinco céntimos es
todo cuanto poseo.

–No te pido nada; con que aceptes ser padrino me sobra.

–Ve a tu casa, pues. Yo te esperaré en la puerta de la iglesia.

El buen esposo regresó a su hogar, y muy contento participó a su mujer que ya


había encontrado padrino. Entonces cogieron el niño en brazos y lo llevaron a
la iglesia, donde se le dio el nombre de Juan.

El mendigo que oficiara como padrino le entregó la moneda atada en un


pañuelo, y terminada la ceremonia, lo bendijo y desapareció.

Los padres guardaron la moneda dispuestos a no deshacerse de ella jamás,


pero tampoco les fue necesario, pues desde el nacimiento de Juanito, Dios
parecía derramar su bendición sobre la casa de los pobres aldeanos y nunca
carecieron de lo necesario.

Juanito crecía a ojos vistas, convirtiéndose con el tiempo en un mancebo


apuesto, y gallardo al que sus padres amaban con frenesí. Sin embargo,
aunque él correspondía al cariño de sus abnegados padres, no pudo resistir al
deseo de abandonar la casa paterna para recorrer mundo cuando llegó a la
adolescencia, y dijo un día:

–Ya os habéis preocupado bastante por mí, mis amados padres; ahora quisiera
empezar a ganarme la vida por mi propio esfuerzo, por lo cual os ruego que me
autoricéis a probar fortuna recorriendo el mundo.

Los padres, con lágrimas en los ojos, intentaron disuadirle de su propósito,


pero cuando se convencieron de la firmeza de su decisión se resignaron y
empezaron a disponer las cosas para el viaje de su hijo.

En el mismo instante en que los buenos esposos se lamentaban de que el


jovencito tuviese que marchar a pie, apareció un anciano a la puerta de su
morada con un soberbio potro y les preguntó:

–¿No me compraríais este hermoso caballo?

—¿Cuánto pides por él?

—Cinco céntimos.

–Dale aquella moneda que te regalaron en el bautizo –dijo el padre.

Juanito trajo lo pedido, que todavía se hallaba envuelto en el pañuelo de su


padrino y lo entregó al anciano, recibiendo a cambio el caballo.

El agraciado joven daba cabriolas de alegría al verse en posesión del


hermosísimo potro que le había deparado la suerte. Le dio de comer, lo ensilló,
y después de despedirse de sus padres y recibir su bendición, montó en él de
un salto y empezó su viaje...

Cuando ya se hallaba a bastante distancia de la casa de Juanito, el caballo,


con gran pasmo del jinete rompió a hablar y dijo:

–Procura recoger lo que yo levante con los cascos en caso de que tropiece.

Todavía no se había recobrado Juanito de su sorpresa, cuando el caballo dio


un tropezón, haciendo brotar una chispa del suelo. Cuando el joven se apeó
para examinar el objeto en que había tropezado su corcel, vio que se trataba
de una pluma de oro.

–¿La recojo? –preguntó al caballo.


–Sí –respondió el maravilloso cuadrúpedo, –pero guárdala bien porque es nada
menos que una pluma del Pájaro de Fuego. Al principio te proporcionará
disgustos, pero al fin te hará feliz.

Juanito envolvió la pluma en un pañuelo de seda y se la guardó en su


escarcela.

En su camino pasaron por una ciudad y cabalgando frente al palacio real vieron
al rey asomado a una ventana.

Al observar el monarca la gallarda apariencia del joven y la bella estampa de su


cabalgadura, lo llamó a su presencia y le preguntó:

–¿Adónde te diriges, hermoso mancebo?

–Voy en busca de fortuna.

–¿Quieres quedarte a mi servicio?

–Acepto, con la condición de que me permitáis guardar este caballo, que es, no
sólo cuanto poseo, sino también mi único y más fiel amigo.

Accedió el rey y Juanito entró aquel mismo día a su servicio, quedando


obligado a cuidar de seis hermosos corceles que montaba el mismo soberano.
El chico situó a su potro en un rincón de la cuadra real y siempre dormía a su
lado.

Desde que Juanito entrara al servicio del rey, sus caballos mejoraban de día en
día, aumentando su belleza y adquiriendo su piel un esplendor que le daba
apariencia de terciopelo; les caían las crines por el grácil cuello como cascadas
de oro y en sus ojos brillaba el fuego de su noble raza.

No escaseó el monarca sus elogios al ver el maravilloso resultado conseguido


por Juanito, pero los otros criados comprendieron que allí había gato
encerrado, ya que los caballos comían el mismo pienso que antes.

Entre la servidumbre del monarca había un criado que había concebido por el
apuesto Juanito un odio a muerte, a causa de los favores que el rey
dispensaba continuamente al joven palafrenero, por lo que se propuso
averiguar lo que hacía Juanito a los caballos para darles aquel hermoso
aspecto, y a este objeto, un atardecer penetró furtivamente en la cuadra, y
cubriéndose con un montón de heno que había en un rincón, esperó la llegada
de Juan.

Ya bien cerrada la noche, nuestro héroe entró a oscuras en la cuadra, corrió el


cerrojo y sacó de su escarcela el blanco pañuelo en que llevaba envuelta la
pluma de oro del Pájaro de Fuego.

Luego colocó la pluma sobre la ventana y en el mismo instante una cegadora


claridad iluminó toda la cuadra. Juan se quitó la gorra y la chaqueta y empezó a
peinar y a limpiar los caballos, uno tras otro, tarareando al mismo tiempo
alegres canciones.

Terminada su tarea volvió a guardar la pluma en el pañuelo y éste en su


escarcela y se acostó sobre la paja al lado de su caballo.

Al amanecer, el criado envidioso salió sigilosamente de su escondite y al


observar que Juanito dormía a pierna suelta, le quitó el pañuelo y se alejó tan
furtivamente como había entrado.

A la hora de servir el desayuno al monarca, el perverso criado le entregó la


pluma y le refirió cómo la había encontrado.

Tan pronto como el soberano oyó el relato del sirviente, ordenó que Juan
compareciese ante él.

–Mereces que te condene a muerte por haberme ocultado una pluma tan
magnífica como ésta –le dijo encolerizado.

–¡Oh, señor, os suplico que me perdonéis! Jamás supuse que os agradara


tanto un objeto de mi propiedad.

–Te concedo la vida –declaró el monarca, con la condición de que me traigas el


ave a que pertenece esta pluma. Si no satisfaces mi deseo te haré cortar la
cabeza.

Juanito volvió a la cuadra llorando de desesperación:

–¿Qué te ocurre? –le preguntó el caballo. El muchacho le refirió lo sucedido.


–No te apures –le dijo el potro. –Ya te advertí que esa pluma te proporcionaría
disgustos al principio, pero que después sería la causa de tu felicidad. Di al rey
que te entregue una caja llena de granos de oro, y un hilo de seda, provéete de
víveres en abundancia, y monta en mí.

Hízolo así Juanito, y una hora después, completamente preparado para un


largo viaje, emprendió el camino jinete en su maravilloso corcel.

Al cabo de muchos días de camino, caballero y cabalgadura llegaron, a través


de empinadas montañas, bosques espesísimos, ríos caudalosos y llanuras
desiertas, al Cerro de Oro.

Se detuvo entonces el potro y le dijo a Juanito:

–Teje una red con el hilo de seda y súbete con ella y el trigo de oro a la cumbre
del cerro. Allí verás una fuente donde acostumbran ir a beber los pájaros de
oro. Esparce los granos que llevas alrededor de la fuente, dispón la red, y
cuando las aves empiecen a picotear, procura atrapar una de ellas. Tan pronto
como la tengas en tu poder, llámame.

Obedeció nuestro joven; subió a la cúspide del monte, vio la fuente, esparció el
trigo de oro, y preparó la red, escondiéndose detrás de una roca de oro macizo.

Llegada la medianoche, se iluminó repentinamente todo el cerro, como si el sol


hubiese surgido de improviso. Era el resplandor de los pájaros de oro que
llegaban sedientos. Después de saciar su sed, vieron los granos de oro y
empezaron o picotear alborozados.

Juanito, asombrado ante aquel inusitado espectáculo, no se atrevía ni a


respirar por miedo a asustar a las maravillosas aves; pero, finalmente se
repuso de su estupor, y dando un tirón de la cuerda de la red, atrapó una de
ellas, llamando inmediatamente a su caballo, que acudió en un santiamén,
saltó a su lomo, y sin soltar la presa que se debatía en la red, se alejó al
galope, evitando de este modo que los otros pájaros de fuego lo destrozaran a
picotazos.

El monarca no cabía en sí de gozo al ver la magnificencia del ave que le


llevaba Juanito. Lo colmó de regalos y ordenó que el Pájaro de Fuego fuese
colocado en una pértiga de oro en la más suntuosa de sus habitaciones;
dispuso también que se le alimentar únicamente con granos de oro.

El envidioso criado se mordía los puños de rabia, pero esperó pacientemente la


ocasión de vengarse de Juanito, y un día en que el rey, contemplando el Pájaro
de Fuego, exclamaba:

–¡No hay nada tan hermoso como esta ave!

El malvado criado repuso:

–Sí que lo hay, señor. Asegurase que en el Mar Negro hay una sirena
cuya hermosura no tiene igual. Hasta ahora –prosiguió diciendo el envidioso, –
nadie ha conseguido apresarla, pero Juan, el palafrenero, afirma que él es
capaz de cogerla si se lo propone.

El monarca hizo acudir a Juanito a su presencia y le apostrofó, montando en


cólera:

–¿Cómo no me has dicho nada de esa sirena, menguado?

–¿Qué sirena, señor? –respondió el pobre muchacho temblando.

–Demasiado lo sabes. Tráemela si no quieres perder tu cabeza. ¡Pronto!

Juanito volvió a la cuadra derramando amargas lágrimas.

–¿Por qué lloras? –le preguntó el potro.

El muchacho le refirió lo acaecido.

–No llores más. Es difícil, desde luego, pero no imposible, y con mi ayuda
saldrás airoso en tu empresa. Pide al rey que te entregue una tienda de seda
bordada en oro y una mesita del mismo metal cubierta de vajilla de oro y plata;
además de eso, procúrate un silbato. Cuando lo tengas todo y te hayas provisto
de víveres para el viaje, nos pondremos en camino.

Obedeció Juanito y después de tenerlo todo dispuesto, formó con lo pedido


varios paquetes que cargó sobre el lomo de su caballo, montó en él y
emprendieron la marcha.
Después de atravesar montañas, valles y desiertos, llegaron finalmente a la
orilla del mar.

Se detuvo allí el caballo y dijo:

–Este es el Mar Negro. Monta aquí, en la playa, la tienda. Coloca dentro la


mesita de oro y exhibe en ella todos los objetos que llevas. Luego siéntate a la
puerta de la tienda y espera pacientemente. A mediodía acudirá la sirena, hija
del rey de los mares, que acostumbra a pasearse por estos parajes montada
en una barquilla de oro. Tan pronto como la veas, toca el silbato para llamar su
atención, muéstrale a ella y a sus acompañantes los preciosos objetos de oro y
plata que traes, dile tu nombre y procedencia y asegúrale que eres un
mercader. Cuando ella esté examinando tus mercancías, cógela por la mano
derecha y llámame.

Hízolo así Juan. Montó la tienda dispuso sobre la mesa la vajilla de oro y
demás objetos de arte y se sentó a la puerta. Al mediodía distinguió en el mar
un esquife deslumbrante y empezó a tocar el silbato. Poco tiempo después, el
esquife atracó y descendió de él una sirena de indecible belleza y ricos
vestidos, acompañada de varias otras hermosas también, aunque no tanto
como la primera, que debían ser sus doncellas.

Juan les salió al encuentro e informó cortésmente a la bellísima sirena que era
un mercader y que le agradaría muchísimo que le concediera el honor de
admirar sus mercancías.

Ella aceptó la invitación sin grandes cumplidos, entrando en la tienda


acompañada de su escolta. Las doncellas rodearon la mesita lanzando gritos
de admiración al contemplar todas aquellas maravillas; pero Juan,
aprovechando un descuido de la hija del rey de los mares, la asió por la mano
derecha y llamó a su caballo, montando en él con la sirena en los brazos y
poniéndose a buen recaudo antes de que las asombradas doncellas pudieran
dar la mala nueva a su soberano.

Loco de alegría quedó el rey al contemplar la maravillosa hermosura de la

doncella que le llevaba Juan, pero éste aceptó displicentemente los favores y
agasajos del monarca, pues se había enamorado perdidamente de la
sirena, Esta tampoco se sentía muy satisfecha, y desde que puso el pie en el
castillo no despegó los labios, pasando triste y lánguida de una estancia a otra,
sin llorar, pero sin sonreír jamás.

El rey, que a pesar de su avanzada edad había concebido un gran amor por la
bellísimo cautiva, no podía ocultar su aflicción y diariamente le rogaba que
consintiera en ser su esposa.

Un día la joven despegó los labios ante la insistencia del monarca para
responder:

–No nos uniremos jamás, pues tú eres un anciano, mientras que yo soy casi
una niña.

–A pesar de mi edad, podría amarte tan ardientemente como un joven –


contestó el rey, malhumorado.

–Si tuvieras un poco de elixir de vida, tus mejillas podrían competir con las
mías, tus canosos cabellos se tornarían negros como el ala del cuervo, en tus
ojos volvería a brillar el fulgor de la juventud... Pero así no podría amarte
nunca.

El rey hizo llamar al criado envidioso y le preguntó:

–¿Sabes dónde podría adquirir el elixir de la vida?

–Tal vez Juan pueda conseguíroslo, señor –respondió el otro saboreando su


venganza.

–Que venga Juan inmediatamente –bramó el rey.

Y cuando lo tuvo en presencia, dijo:

–Si dentro de tres días no me has traído el elixir de la vida, cuéntate con los
difuntos.

El pobre muchacho regresó sollozando a la cuadra.

–¿Qué te pasa ahora? –le preguntó el caballo.

Juanito le contó lo sucedido.


–¡Bah! –exclamó el potro. –No te preocupes. Di al rey que te entregue dos
botellas vacías, pero tan livianas, que un ave pueda llevarlas. Provéete también
de víveres y pongámonos en camino inmediatamente.

Cuando todo estuvo dispuesto, el muchacho subió a lomos de su corcel


y emprendió la marcha. Llegados a un bosque espesísimo, se detuvo el
cuadrúpedo y dijo:

–Bájate, Juanito, escóndete detrás de esa haya y yo me tenderé en el suelo


simulando estar muerto. Cuando las cornejas acudan a picotearme, procura
coger uno de aquellos pequeñuelos que veo acá en la copa del árbol. Los
padres quedarán sobrecogidos. No sueltes tu presa y asegúrales que lo
matarás si no te entregan el elixir de la vida. Dales las dos botellitas y conserva
el pequeñuelo en tu poder hasta que te las traigan llenas.

Todo ocurrió como el inteligente corcel había previsto. Las cornejas se


abalanzaron sobre lo que ellas creían un cadáver, mientras que Juanito se
encaramaba al árbol y atrapaba uno de los pequeñuelos, que empezó a dar
grandes chillidos.

–¡Oh, señor, no matéis a nuestro hijo!


–rogó la corneja madre. –Os prometemos satisfacer vuestros deseos siempre
que esté a nuestro alcance si lo dejáis en libertad.

–De acuerdo. Traedme el elixir de la vida y os entregaré a vuestro pequeñuelo.

Aproximáronse las cornejas. Juanito ató al cuello de cada una de ellas las
botellitas y las aves emprendieron el vuelo, desapareciendo a los pocos
instantes.

Inmediatamente se levantó el potro, junto a su amo y le rogó que le diera ya de


comer, pero sin soltar la pequeña corneja. Comieron con gran apetito, dando, al
que después ataron los patas para evitar que se les escapara y se tendieron
migajas al pajarito a dormir. Transcurrió aquella noche sin que vinieran las
cornejas, luego pasó el día, la noche y el día siguiente ... otra noche ... otro día
... Pero en el atardecer de este último, se oyó un batir de alas y vieron las dos
cornejas que venían volando desde Oriente.
Fatigadísimas, las dos aves se dejaron caer el suelo y suplicaron a Juanito que
tomase las dos botellitas y les devolviera su pequeñuelo, pero el muchacho,
siguiendo el consejo de su potro, apretó el cuello de la corneja hasta que hubo
exhalado el último suspiro, y cuando la vio muerta, abrió una de las botellitas y
dejó caer sobre el cadáver unas gotas del líquido maravilloso.

Inmediatamente la cornejita abrió el pico, agitó las alas y pió alegremente


al reconocer a sus padres, alejándose velozmente en su compañía.

Convencido así de que no lo habían engañado, Juanito montó a caballo y


regresó al palacio real, donde el heroico mancebo entregó al monarca las dos
botellitas.

El rey las puso a su vez en manos de la bellísima sirena, y ésta, descolgando


una pesada cimitarra de cortante filo, dijo:

–¡Arrodíllate, oh rey, y deja que Juan te corte la cabeza! Entonces te lavaré yo


con este elixir y renacerás joven y bello.

El monarca, asustado, se negó a hacer el experimento, por lo que la sirena


exclamó:

–¡Cobarde! Juan se encargará de reducir tu miedo dejándose decapitar por ti.

Se arrodilló el muchacho y el rey le cercenó la cabeza de un tajo. Pero apenas


tocó el suelo, la recogió la sirena, lavándola con el agua de una botella, que era
el agua de los muertos, y la dejo en su sitio, derramando después sobre ella
algunas gotas del elixir de la vida, Juan resucitó al punto, más apuesto y
gallardo que nunca. Sólo una débil línea dorada que le daba la vuelta al cuello
marcaba el lugar en que le había herido mortalmente la cimitarra.

Al ver el feliz resultado del experimento, se arrodilló el rey y ofreció el arma a


Juan para que lo decapitara. El muchacho vaciló un instante, mas, a una orden
de la sirena, levantó la pesada cimitarra y la descargó con todas sus fuerzas
sobre el pescuezo del anciano rey, cortándoselo en redondo como si hubiera
sido una caña.
La sirena le entregó entonces el agua de los muertos para que lavase la
cabeza y el tronco y colocara la primera en su sitio, pero, al mismo tiempo,
arrojó por la ventana la botellita en que estaba encerrado el elixir de la vida.

El monarca quedó ya muerto para siempre.

La sirena convocó entonces a toda la Corte, y en presencia de todos, habló así:

–Os he llamado para anunciaros mi boda con este gallardo mancebo, que será
desde ahora vuestro legítimo soberano.

Todos los asistentes prorrumpieron en aplausos y vivas de entusiasmo. El


envidioso criado desapareció del castillo, sin que nadie haya conseguido
averiguar su paradero.

Juan, pasado los primeros momentos de alegría, fue a la cuadra a comunicar la


buena nueva a su maravilloso corcel, pero éste también se había esfumado sin
dejar rastro.

Se celebró la boda con gran fausto y esplendor asistiendo a la ceremonia los


padres de Juan, que ya no los dejó partir, y en su compañía y en la de su
bellísimo esposa la sirena, vivió feliz hasta el fin de sus días.
El pobre y el rico
Érase una vez dos hermanos, de los cuales, mientras que el primero nadaba
en la abundancia, el último se hallaba sumido en la más negra de las miserias.
Un día en que el pobre se encontraba en el campo custodiando las gavillas de
trigo de su riquísimo hermano, vio desde el lugar que había elegido para
dormitar, entre dos haces de paja, una figura femenina que espigaba los surcos
y amontonaba las espigas que recogía sobre las gavillas.
Cuando la mujer pasó junto a él, se levantó de repente, y asiéndola por un
brazo fuertemente, le dijo:
–¿Quién eres tú?
–Soy la Buena Suerte de tu hermano –dijo la desconocida– y recojo las espigas
que han quedado en los surcos para que aumenten su cosecha.
El pobre titubeó un momento, luego preguntó:
–¿Sabrías decirme dónde está mi Buena Suerte?
–Por Levante –contestó enigmáticamente el hada a tiempo que desaparecía.
Inmediatamente el desgraciado decidió emprender un viaje en busca de su
suerte. Muy de madrugada, cuando iba a salir, surgió la Miseria de detrás del
horno y le rogó llorando que se la llevara con él.
–¡Pobrecilla! –exclamó él–. ¿No te das cuenta de que el camino es muy largo y
tú estás muy débil y enteca?
–Quiero ir contigo –insistió ella.
–Bueno, métete en este frasco vacío y te llevaré.
Se metió la Miseria sin vacilar en el frasco y el pobre lo tapó fuertemente;
luego, guardándose el frasco en el bolsillo, emprendió la marcha hacia el lugar
en que salía el Sol.
Anda que te andarás, llegó a la orilla de un pantano en cuyas cenagosas aguas
arrojó el frasco, librándose así de la Miseria.
Algunos días después entró en una gran ciudad, siendo aceptados sus
servicios por un acaudalado noble, que le ordenó que le cavase una cueva
profunda.
–No pienso pagarte nada por tu trabajo –le advirtió el noble–; pero cuanto
encuentres cavando puedes considerarlo tuyo.
El pobre hombre empezó a cavar y a las dos horas tropezó con un terrón de
oro; pero como era un hombre honrado, corrió a entregar a su amo la mitad y
continuó cavando.
Al cabo de algunas horas más, su azadón chocó con un cuerpo duro. Dejó el
utensilio en el suelo, arañó la tierra con las manos y no tardó en descubrir una
pesada puerta de hierro, que abrió con ayuda del pico.
Se encontró en un inmenso subterráneo atestado de monedas de oro y plata y
joyas deslumbrantes de metales y piedras preciosas.
Estaba el pobre hombre contemplando con ojos atónitos aquel inmenso tesoro,
cuando se volvió de repente, presa de pánico, al oír una voz que parecía
provenir de un arca cerrada, que gritaba:
–¡Ábreme! ¡Por Dios, ábreme!
De momento el trabajador se asustó y tuvo intenciones de echar a correr. Pero
luego se dijo que era indigno de un hombre aquel miedo e hizo un esfuerzo
para recobrar la serenidad. Y en cuanto lo hubo conseguido, avanzó hasta el
arca y abrió la tapa. Instantáneamente salió de allí una doncella hermosísima
vestida de blanco, que se inclinó ante él y le dijo:
–Yo soy la que has estado buscando hace tanto tiempo..., tu Buena Suerte.
Desde hoy en adelante no te abandonaré jamás, como tampoco a nadie de tu
familia.
Y tras pronunciar estas palabras desapareció.
El pobre, mejor dicho, el ex pobre, compartió sus riquezas con su señor,
quedándole a pesar de ello una espléndida fortuna que aumentaba
incesantemente. Sin embargo, su actual opulencia no le hizo olvidar sus
tiempos de penuria y socorrió generosamente a sus vecinos pobres.
Un día en que paseaba por la ciudad, se encontró con su hermano, que había
ido a ella en viaje de negocios. Inmediatamente, después de abrazarlo
cariñosamente, lo invitó a comer en su casa y le contó detalladamente todo
cuanto le había acaecido. Lo tuvo hospedado en su hogar durante todo el
tiempo que duró su estancia en la ciudad; luego, al despedirle, le llenó los
bolsillos de oro y lo colmó de ricos presentes para su esposa e hijos.
Pero el hermano rico carecía de sentimientos nobles y concibió una envidia
terrible por el otro.
Camino de su casa daba vueltas a su cabeza buscando un medio de hacer
volver la Miseria junto a su hermano, y cuando llegó al lugar en que aquél
había arrojado el frasco, se desnudó y estuvo buceando en el fango hasta que
consiguió dar con él.
Entonces lo abrió y dio libertad a la Miseria, que, inmediatamente, recobró su
forma natural y empezó a dar saltos y cabriolas, loca de alegría abrazándolo,
besándolo y expresándole de mil modos su agradecimiento.
–Mi reconocimiento será eterno –dijo finalmente–; os prometo no abandonaros
jamás ni a ti ni a tu familia.
Inútilmente intentó el envidioso desembarazarse de aquella importuna,
diciéndole que la había libertado por orden de su antiguo dueño y que, por lo
tanto, era a él a quien debía el agradecimiento y a quien estaba obligada a
acompañar eternamente.
La Miseria le acompañó hasta su hogar, y a partir de aquel momento la suerte
del hermano rico y envidioso cambió por completo. Él ignoraba que la
liberación de la Miseria había de redundar en su propio perjuicio, pues se figuró
que al destapar la botella que sacara del fondo del agua, la Miseria volvería al
lado de su hermano. Pero, como ya se ha dicho, se equivocó. En el camino fue
asaltado por una banda de ladrones que lo despojó de todo cuanto llevaba.
Llegado que fue a su pueblo, encontró su casa convertida en un montón de
cenizas, sus cosechas destruidas por la crecida del río, su familia ahogada en
la inundación.
Y desde aquel momento no le quedó más fortuna ni más amigo que la Miseria.
La muchacha ambiciosa

Hace ya muchos años había a poca distancia de la ciudad de Pribislau un


grupo de casitas tan poco numeroso, que ni siquiera merecía el nombre de
aldea.

Agregada a otra mucha mayor, situada a algunos kilómetros de distancia,


aquella minúscula población no conocía autoridad de ninguna clase, no
poseyendo más edificio decente que una pequeña capilla, o más bien
santuario, que se alzaba solitario a unos ochocientos metros del caserío,
donde los habitantes de éste iban a cumplir sus deberes religiosos.

En una de estas casuchas, en la más mísera y destartalada, vivía una pobre


viuda con su hija, preciosa muchacha de dieciséis años, bella sobre toda
ponderación, pero tan orgullosa como bella, y tan perezosa como orgullosa, por
lo que, mientras que su pobre madre, humilde y modesta, se pasaba el día
entero trabajando para proveer el sustento de ambas, Marienka, que así se
llamaba la muchacha, lo empleaba en mirarse al espejo y en arreglar y adornar
sus pobres trajes; es decir, que no pensaba más que en el modo de realzar sus
ya notables encantos.

A pesar de la relativa soledad y alejamiento que vivían, la fama de la belleza de


Marienka había trascendido y, hallándose en edad de contraer matrimonio,
llovíanle los pretendientes de todas partes.

En su mayoría eran labradores acomodados, con los cuales Mariana habría


podido ser feliz, pero, como ya hemos dicho, la muchacha era extremadamente
orgullosa y desmedidamente ambiciosa, por lo que acogía siempre con burlas
y descortesías a todos cuantos iban a solicitar su mano.

Esta conducta hacía sufrir indeciblemente a su pobre madre, que se habría


dado por satisfecha si su hija hubiese accedido a darle por yerno a cualquiera
de aquellos mozos, buenos chicos en general, y con medios más que sobrados
para proporcionar a la joven una existencia digna y feliz.

Sin embargo, ella los despreciaba o todos, juzgándolos, tal vez, inmerecedores
de poseer su peregrina belleza.
La vida transcurría así para ambas mujeres. La madre continuaba trabajando
incesantemente; la joven proseguía encerrada en su habitación ocupada en
embellecerse, soñando aventuras sin cuento y haciéndose la ilusión de que no
tardaría en presentarse un príncipe encantado a poner a sus pies su corazón y
su corona.

La madre, como es de presumir, se sentía desgraciada con el comportamiento


incomprensible de su hija; queríala mucho y no daba importancia a su pereza,
pero, sin embargo, experimentaba enorme disgusto al darse cuenta de su
ambición y observar cómo rechazaba uno tras otro a todos los honrados
jóvenes de la comarca, cada uno de los cuales habría podido ser un esposo
ideal.

Cierta noche de primavera en que Mariana ya se había acostado, mientras que


su madre continuaba trabajando a la luz de un quinqué, aquélla, que, gracias a
lo reducido de su vivienda, podía oír desde el comedor, donde se encontraba,
todos los movimientos de su hija en el lecho y hasta su respiración, percibió
que Mariana, en su sueño, se reía a mandíbula batiente con argentinas
carcajadas.

–¿Qué cosas agradables soñará para reírse así? –murmuró la madre. –¡Dios la
bendiga!

Prosiguió trabajando todavía un buen rato; luego, cuando ya estaba a punto de


terminarse el petróleo del quinqué, se levantó, subió a su habitación y, después
de rezar sus oraciones, se entregó a un merecido y bienhechor reposo.

A la mañana siguiente, antes que su hija despertara, se levantó y empezó a


limpiar la casa, en tanto que Marienka continuaba en la cama.

Pero una hora después, cuando la anciana viuda tenía preparado el desayuno,
la joven se levantó presuntuosamente y se sentó a la mesa.

Mientras ingerían el café con leche, la viuda observó:

–Anoche, hija mía, debías de tener un sueño muy agradable, pues antes de
acostarme te oí reír.

Marienka respondió:
–¡Oh, sí, mamá! Tuve un sueño precioso. Veía llegar a nuestra morada a un
señor que venía en una carroza de cobre. Tan pronto como el carruaje se
detuvo a la puerta, el caballero se apeó, entró y, acercándose a mí, me puso en
el dedo una sortija, cuya piedra brillaba como las estrellas. Luego,
cuando, poco después, entramos los dos en la iglesia para casarnos, la gente
no tenía ojos más que para la Santísima Virgen y para mí.

La madre exclamó asustada:

–¡Por Dios, hija mía! ¡Es un sueño demasiado ambicioso! ¡Ojalá no nos traiga
un disgusto! Acuérdate que te he reconvenido muchas veces por tu desmedida
ambición. Abandona ya esos sueños de grandezas y acepta por esposo a uno
cualquiera de esos jóvenes que te ofrecen una existencia modesta, sí, pero
libre de escaseces y privaciones.

–¡Oh, mamá, no sigas con tus sermones! –dijo Marienka. –Ya estoy cansada
de escucharte. Déjame a mí; no tardará en presentarse la ocasión de realizar
mis deseos y no la desaprovecharé... Pero no vuelvas a pensar que acceda a
ser la esposa de ninguno de esos miserables aldeanos. Prefiero mil veces la
muerte.

La madre exclamó, santiguándose:

–¡Él dulcísimo nombre de Jesús! ¡Ojalá no tengas que arrepentirte de eso, hija
mía! ¿Por qué no te inspirará Dios otras ideas más modestas?

–Me voy a mi habitación, mamá; tengo mucho que hacer –dijo la joven
levantándose y dirigiéndose a su cuarto apresuradamente, pues preveía la
inminencia de lo que ella llamaba un sermón.

Al cabo de un rato, la madre la oyó cantar alegremente. No había hecho más


que terminar su canción, cuando un carro penetró en el diminuto patio que
había frente a la humilde choza.

Un joven labrador, de porte acomodado y excelente aspecto, echó pie a tierra.


Madre e hija le conocían perfectamente, pues el recién llegado poseía grandes
extensiones de terreno a poca distancia del lugar en que ellas moraban.
El joven fue favorablemente acogido por la anciana viuda, pues sabía que su
intención era pedir la mano de Mariana, pero cuando ésta se vio obligada a
bajar por orden de su madre para escuchar personalmente las proposiciones
del honrado mozo, lo miró con expresión en la que se mezclaban el enojo y el
desprecio, y repuso:

–Aunque vinieses en carroza de cobre y me pusieses en el dedo una sortija


cuya piedra brillase tanto como las estrellas, no te aceptaría por esposo. ¡Mira
si te sería difícil obtener lo que solicitas!

Y dichas estas palabras, la joven dio media vuelta y regresó a su habitación.

El pretendiente y la pobre viuda quedaron sobrecogidos de estupefacción al oír


aquellas palabras. La buena mujer se esforzó en consolar con frases
bondadosas al asombrado mancebo, pero éste, maldiciendo la hora en que se
le había ocurrido dar aquel paso, salió de la casa lanzando invectivas contra el
insoportable orgullo de Marienka.

Durante el resto del día, la madre y la hija apenas cruzaron la palabra.

La buena viuda se hallaba profundamente disgustada por lo ocurrido. Marienka


se había entregado nuevamente a sus sueños de grandeza.

Por la noche, cuando terminaron de tomar la humilde cena, Mariana subió a su


habitación y se acostó. Al poco rato estaba profundamente dormida, mientras la
madre continuaba trabajando como de costumbre.

De repente, una carcajada rasgó el silencio de la noche. Aquella explosión de


hilaridad provenía de la habitación de Mariana, y su madre, suspirando
profundamente, se dijo:

–Seguramente está soñando cosas agradables. ¡Pobre hija mía! ¿Cuándo


querrá nuestro Señor darle ideas más en armonía con su posición? Ya
veremos lo que cuenta mañana...

Al día siguiente, la viuda preguntó a Marienka la causa de aquella risa, y la


joven, que ya había olvidado por completo al pretendiente del día anterior,
respondió con una sonrisa placentera:
–¡Oh, mamá, he tenido un sueño mucho más bonito que el de anteanoche! Vi a
un caballero ricamente vestido que venía a buscarme en una carroza de plata
maciza y me ofrecía una corona de oro. Cuando entramos en la Iglesia para
casarnos, la gente miraba mucho menos a la Santísima Virgen que a mí.

–¡Calla, hija mía, calla, y no blasfemes!, –exclamó la buena madre horrorizada


por lo que acababa de oír, al tiempo que se santiguaba rápidamente. –Reza,
hija mía, y lograrás vencer esa tentación inspirada por el demonio.

–No digas tonterías –repuso Marienka. –Yo sé mejor que tú lo que ha de


suceder. Ya verás cuando me case con un caballero como el que he visto en
sueños. Entonces no te pasarás el día reprendiéndome como ahora.

Y dicho esto, abandonó el comedor y, cantando a grito pelado, volvió a


recluirse en su santuario.

Como si la canción que tremolaba en los labios de Mariana fuese el anuncio de


su llegada, se presentó en aquel instante una carroza, que, después de
detenerse en el patio, frente a la única puerta de la choza, dio salida a un joven
caballero de agradable aspecto, que venía a ofrecer a la joven su corazón y su
fortuna.

La madre, enajenada de alegría al ver la óptima ocasión que se ofrecía a su


hija, la llamó alborozada, completamente persuadida de que Marienka se
apresuraría a aceptar aquella inesperada ocasión.

La muchacha, obedeciendo a la llamada de su madre, descendió al comedor,


escuchó fríamente la proposición de su enamorado, y, haciendo un gesto de
desdén al joven noble, le dijo:

–Podéis estar seguro de que aunque vinieseis en una carroza de plata y me


ofrecieseis una corona de oro, no os aceptaría por esposo.

La madre exclamó, asustada:

–¡Oh, hija mía! ¡No seas tan ambiciosa! Ese orgullo puede llevarte al infierno...

El noble pretendiente, atónito, mudo, en el colmo de la sorpresa, pues había


ido a casa de Marienka persuadido de que aquélla se apresuraría a aceptar tan
buena fortuna, se despidió con un gesto de la atribulada madre y se alejó de la
casa en su carroza, en tanto que Mariana volvía a su habitación murmurando:

–Mi madre no sabe lo que dice. Tengo la absoluta seguridad de que se me


presentara otra ocasión mejor que esta.

A la noche siguiente se repitió la escena de las dos anteriores. Mientras la


madre estaba ocupada en su trabajo, la hija, ya dormida, empezó a reír con
estentóreas carcajadas.

–¡Dios mío! –exclamó la pobre viuda. –¿Qué estará soñando ahora esa ilusa?

Y preocupada, empleó gran parte de la noche en rezar al Altísimo, suplicándole


de todo corazón que interviniese para cambiar el modo de pensar de Mariana.

A la siguiente mañana, cuando la muchacha se levantó, su madre le preguntó:

–¿Qué soñaste anoche, hija mía?

–¿Te enojarás conmigo si te lo digo? –respondió Mariana.

–Aunque así fuese, quisiera saberlo –contestó la madre.

–Como quieras... Verás: he soñado que un noble señor, acompañado de


brillante cortejo, venía a pedir mi mano. A esta casa llegó en una carroza de
oro y me regaló un traje de terciopelo recamado de oro y piedras preciosas.
Luego, cuando entramos en la iglesia a casarnos, la gente no tenía ojos más
que para mí.

Esto ya era el colmo de la ambición y del orgullo.

La indignación y el estupor impidieron a la excelente madre contestar a su hija,


aprovechándose ésta de la estupefacción de la buena viuda para abandonar el
comedor y librarse del sermón.

Subió entonces a su cuarto, poniéndose a cantar como de costumbre, a tiempo


que se contemplaba, coqueta, en su espejo. Apenas había terminado su
canción, penetraron en el patio tres carrozas; una de cobre, otra de plata y la
tercera de oro. La primera iba tirada por dos caballos; la segunda por cuatro y
la tercera por ocho. Todas ellas enjaezadas con arreos de oro y perlas.
De las carrozas de cobre y plata descendieron numerosos pajes vestidos con
calzones escarlata y verdes dormanes, mientras que un caballero joven,
apuesto y elegantísimo, echaba pie a tierra de la áurea carroza.

El joven caballero entró en la choza y, doblando la rodilla, demandó a la


estupefacta madre la mano de su hija. La pobre viuda quedó sin habla, atónita
y maravillada ante el inesperado honor que el apuesto desconocido ofrecía a
Marienka.

Cuando al fin recobró el uso de la lengua, se apresuró a llamar a la joven,


quien, al ver las carrozas y al riquísimo caballero, exclamó extasiada:

–¿Ves, mamá, si tenía yo razón al despreciar a los otros?

El caballero renovó su petición sin dejar de lanzar amorosas miradas a la


doncella, la cual no titubeó en concederle la mano.

Luego, Marienka corrió a su habitación y confeccionó el ramillete de novia que


entregó, sonriente, a su prometido.

El caballero tomó la mano izquierda de Mariana y le puso en el dedo anular una


sortija, cuya piedra brillaba tanto como las estrellas; además, le ofreció una
diadema de oro y un vestido cuajado de encajes del mismo metal precioso.

Ebria de gozo, la ambiciosa Mariana fue a vestirse para la ceremonia. Su


madre, intranquila, advirtiendo instintivamente un peligro, la miraba nerviosa.

Media hora después, Marienka, hermosa como un sol y con una sonrisa de
triunfo en sus rojos labios, subía a la carroza de oro ayudada por su prometido
y, un instante después, se alejaban carretera adelante sin que la ingrata se
acordara de despedirse de su madre ni de solicitar su bendición.

Sin embargo, la excelente viuda salió de su choza y se dirigió a la iglesia, a


donde llegó bastante después que la comitiva. En la nave principal, y desde
lejos, asistió a la boda de Marienka, que salió algo más tarde acompañada de
su esposo sin dignarse dirigir una mirada ni un saludo a su pobre madre.

Subieron los recién casados a la carroza de oro por segunda vez. Los caballos
emprendieron el galope y, sin acortar el paso, continuaron avanzando durante
todo el día.
Llegada la noche, cuando apenas podía distinguirse cosa alguna a una
distancia mayor de diez metros, el coche se detuvo frente a una enorme roca
que tenía una abertura de gran tamaño, semejante a la puerta de una ciudad.

Luego la carroza penetró en una especie de túnel; la tierra se estremeció como


en un sismo y detrás del vehículo se desplomó con estrépito la enorme roca.

Asustada por el estruendo, la recién casada asió la mano de su marido,


chillando aterrorizada, pero el esposo la tranquilizó, diciendo:

–No temas nada, querida. Dentro de poco verás con tanta claridad como a la
luz del sol.

Minutos más tarde, Marienka divisó a través de las ventanillas de la carroza


innumerables llamitas. Al principio le produjeron algún temor, pero a poco se
dio cuenta de que se trataba de los gnomos de las montañas que, con
antorchas encendidas, acudían a dar la bienvenida a su señor el Rey de los
Metales.

Así supo Marienka quién era su esposo y, aunque dudaba si sería un genio
bueno o malo, terminó por resignarse, pensando que, bueno o malo, era
indudable que poseía enormes riquezas.

Cuando hubieron salido al fin de las tinieblas que los rodeaban, atravesaron
bosques blancuzcos, montañas que elevaban al cielo sus cimas cerúleas,
cubiertas eternamente de alba nieve.

Mirando con cuidado, Marienka se dio cuenta de que los álamos, los abetos,
las rocas y las encinas eran de plomo; en el extremo del bosque descubríase
una extensa pradera, cuyas hierbas eran de plata y allá, al fondo, veíase un
soberbio castillo construido con diamantes y rubíes.

Detuviéronse las carrozas ante la puerta de honor. Uno de los lacayos abrió la
portezuela del carruaje que conducía a los dos esposos.

Descendió el Rey de los Metales y ofreció el brazo a Marienka, diciéndole


sonriente:
–Bienvenida a tus Estados, querida. Todo cuanto ves te pertenece en absoluto.
Manda, ordena, pide... Ten la seguridad de que todos mis súbditos se
apresurarán a complacerte.

Ante su buena fortuna, Marienka estuvo a punto de gritar de alegría. No


obstante, como había hecho tan largo viaje sin probar bocado, empezó o notar
como si un gusanillo le royese el estómago.

De pronto brotaron de sus ojos lágrimas de placer al ver que los gnomos de la
montaña disponían una mesa en la que resplandecía el oro, las piedras
preciosas y los cristales de roca.

Cuando dieron la señal de que todo estaba listo, sentáronse a la mesa, donde
sirvieron admirables manjares. Lo triste es que todos los platos estaban
confeccionados con metales y piedras preciosas condimentados de mil modos
distintos.

El Rey de los Metales y sus invitados comían vorazmente de todo aquello, pero
la recién casada, como es natural, no podía imitarlos, ya que esta clase de
alimentos era perniciosa para su organismo.

Convencida, al fin, de que en toda la mesa no había nada comestible para ella,
se volvió a su esposo y le suplicó que le diese un poco de pan.

–Tus deseos son órdenes para mí, hermosa mía –contestó rendido el Rey de
los Metales.

Y luego gritó a sus servidores:

–¡Servid inmediatamente el pan de cobre!

Mariana, como es de presumir, no pudo comerlo.

–¡Que traigan el pan de plata! –ordenó el monarca.

Mariana no intentó siquiera hincarle el diente.

–¡Dadle a probar el pan de oro!

Tampoco éste fue del agrado de la joven. Entonces dijo el Rey de los Metales:

–Lo lamento mucho, hermosa mía, pero no disponemos de otra clase de pan.
La pobre Mariana se echó a llorar, pero su marido, al observarlo, estalló en
carcajadas, pues su corazón, como todo cuanto había en sus inmensos
dominios, era de metal.

–Solloza cuanto quieras –le dijo sin dejar de reír. –No culpes a nadie de lo que
te ocurre, ya que tú misma lo has querido así, sin que nadie te obligara.

La hermosa Marienka se quedó en el palacio, rodeada de aquel lujo y riqueza,


sin poder satisfacer su hambre. En vano buscaba por los alrededores del
resplandeciente edificio una raíz, una planta, con la cual pudiera acallar las
exigencias de su estómago desfallecido.

Evidentemente, todo aquello fue un castigo del Cielo para humillar su soberbia,
pues, a pesar de que estaba hambrienta y débil, no caía enferma, como le
ubiese ocurrido a los demás mortales.

Luego, tres días al año, en la época en que se llevan a cabo las rogativas para
que Dios envíe su benéfica lluvia sobre la tierra, Mariana regresa junto a sus
semejantes.

Vésela entonces cubierta de harapos, casi cadavérica, escuálida, mendigando


de puerta en puerta y mostrando su reconocimiento con frases ardientes y
lágrimas abundantes cuando le dan un poco de pan o se compadecen de su
triste situación