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critica analítica serie crítica analí^

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&
Leer Lacan es ante todo, leer el discurso por el
cual se ha planteado la cuestión de una verdadera
relación entre el psicoanálisis y el orden "teórico” -
en general.
La ciencia y la filosofía —o las autoridades cons­
tituidas con tales denominaciones— han compartido
su acogida” al psicoanálisis entre algunas de las
actitudes clásicas del silencio, de la hostilidad de­
clarada, de la anexión, de la confiscación o de la
consagración a los fines inmutables de tal o cual
aparato teórico.
La intervención de Lacan consistió en romper con
el sistema de la "acogida”, para hacer intervenir el
el titule
psicoanálisis mismo en un campo teórico, hasta

de la letr<
llegar a proponer un nuevo trazado de la entera
configuración del uno y el otro, y de uno en el otro.
Ue t i Titulo de la Letra ha dicho Lacan:
«-yo haría todo lo posible por alentar su difu­
sión De algún modo, puedo decir que, si se trata
de leer, nunca he sido tan bien leído... digamos que
es un modelo de buena lectura, hasta tal mmt., que
puedo decir que lamento no haber- de
aquellos que me son cercanos, nada
(Seminario N.° 20, Encoré, 1972-197;
una lectura de lacan,

jean-luc nancy
phíppe lacoue-labarthe
Título original:
Le titre de la letre
© Editions Galilée,
París, 1973.

Diseño de la cubierta: ACLARACION


Roberto López Migueli

Traducción: Marco Galmarini

Producción: ARGOT, Cía. del Libro


Hay una única razón para que las páginas que habrán
de leerse aparezcan en forma de “libro” : su número,
que excede los límites de una publicación en revista. Es
inevitable que esta presentación (por poco voluminosa
que sea) corra el riesgo de producir uno de los efectos
que nuestra cultura atribuye al “libro” , aun en su mis­
ma materialidad (¿o a partir de ella?), es decir, una
suerte de efecto de encuadernación (por cierto que en
sentido totalmente metafórico...), y que esta circuns­
© de todos los derechos en lengua castellana tancia haga pensar que la intención fue hacer “un li­
Ediciones Buenos Aires, S. A. bro sobre Lacan” .
Sicilia, 174, l.°, 2.“
BARCELONA-13, España Esperemos que la lectura disipe tal efecto. No hay
aquí nada que vaya más allá —salvo por indicaciones o
Ediciones Buenos Aires, S.R.L. sugestiones— del ejercicio de desciframiento de un tex­
Casilla de Correo, 75, Suc. 12 B to de Lacan. Esto significa, en particular, que este mis­
1412 BUENOS AIRES, Argentina mo texto no ha interrogado ni se ha planteado temas
que estuvieran más allá de los límites de su situación
ISBN: 84-85989-00-7 propia: ante todo, en la cronología de las obras de La-
Depòsito Legal: 37052-1981 can, pero también en lo que respecta a su posición o a
Impreso en Gráficas Porvenir. Lisboa, 13 su función de texto “teórico” , en el sentido en que es­
Barberà del Vallès (Barcelona) te término aparecerá más adelante. Todo ello remitirá
Impreso en España - Printed in Spain al aspecto universitario del texto como a la articulación

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El título de la letra Aclaración
que allí produce el objeto—del discurso psicoanalíti- so del trabajo se vieran obligados, aquí y allá, a redac­
co sobre el discurso científico y filosófico. Sólo el tar ciertos pasajes en común, inclusive con intervencio­
cumplimiento de esta función legitimará y limitará nes puntuales de un “estilo” en el otro. En ese juego
nuestro trabajo.
de escrituras, cuyas diferencias más marcadas son bas­
Por otra parte, se advertirá que no hay nada que su­ tante notables, se podrá leer que este trabajo, más que
ponga —ni siquiera provisionalmente, pese tal vez a las un “libro” , es, en cierta manera, una lectura simple.
apariencias la idea u horizonte de una ^interpreta­
ción” exhaustiva y sistemática de la obra de Lacan. O,
si se prefiere, nada que indique en el sentido de su ago­ Pero antes de comenzar la lectura, habida cuenta de
tamiento o su saturación significante (¿con qué dere­ los sacrificios que imponen las leyes del género, es
cho, en qué discurso se arriesgaría tal cosa?). Las indi­ necesario aún poner en claro lo que viene a cumplir la
caciones que aquí o allá se dan sobre otros textos de
función de título de este trabajo: El título de la letra.
Lacan sólo conservan validez dentro del régimen que Evidentemente, un título es necesario. Pero sabemos
nosotros hemos querido darle, el de las notas múlti­
también que ya no es posible, en nuestros días, propo­
ples y dispersas. En efecto, la indecibilidad de (o en)
la cuestión de la “interpretación” de Lacan (es decir ner un título sin dejar al descubierto toda su riqueza
aunque no inmediatamente, la de Freud), es lo que semántica. Por otra parte, ¿sería posible resignarse a
elegir un título por otros motivos? En consecuencia, si
sirvió como estímulo del presente trabajo. Y en tales hemos adoptado éste es porque nos pareció ofrecer
términos se mantuvo.
cierto número de ventajas. Entre otras, la acepción de
la palabra título en el sentido de documento que esta­
blece un derecho, atestigua una propiedad o una cuali­
Lo que permite la “ubicación” más adecuada de es­ dad; en efecto, es este título de la letra lacaniana lo
tas páginas es, esta vez al menos, el conocimiento de que habrá que producir, descifrar, autentificar. Y ade­
ciertos detalles empíricos. En un primer momento, se más, la acepción de título, en tanto designa el tenor de
trató de un trabajo propuesto en el seno del Grupo de oro o de plata de una moneda; y bien sabemos que si la
investigaciones acerca de las teorías del signo y del tex­ palabra es plata, el silencio, pese a todo, es oro...
to, de la Universidad de Ciencias Humanas de Estras­
burgo, en febrero de 1972. El segundo momento, fue Sin embargo, todo esto puede leerse muy sencilla­
la presentación en un seminario a cargo de Jacques De­ mente: el título de la letra —o: acerca de la letra—, lo
rrida, en la calle Ulm, en mayo de 1972. La versión fi­ que es una manera como cualquier otra de anular nues­
nal sufrió únicamente las modificaciones que impusie­ tro título al dejarlo que se identifique con el título del
ron las condiciones, algo diferentes, de la publicación. texto de Lacan que habremos de leer.
Por esta razón dejaremos aquí el tema del “título” ,
para no volver (casi) a ocuparnos de él. El umbral de
Ambos autores elaboraron el presente texto en for­ este trabajo estará indicado únicamente por el subtí­
ma conjunta. El hecho de haberse repartido la redac­ tulo:
ción definitiva por capítulos no impidió que en el cur­ (Una lectura de Lacan)
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7
Un estilo de lectura

“Usted me demuestra haber


leído mis Ecrits, lo que, según
parece, no equivale necesaria­
mente a que se me comprenda. ”
J. Lacan; “Radiophonie”, Sci-
licet n.° 2/3, p. 55.

La publicación de Iqs Ecrits fue, como puede leerse,


un pedido de lectura*. Pero esta lectura, después de to­
do, queda todavía por hacerse. El tiempo de la lectura
es siempre tardío, y el de Lacan no escapa a esta regla,
tanto más cuanto que, en este caso, el fenómeno se ha
visto retardado por todo lo que, en los Ecrits o alrede­
dor de ellos, pudo convertir el pedido en deseo, es de­
cir, frenar o prohibir la lectura misma; esto es, la auto­
ridad —exenta de misterio—del análisis, la constitución
de una Escuela, la producción por último, o la repeti­
ción, por la palabra lacaniana, de esos mismos efectos.
Sin embargo, no se tratará de satisfacer el deseo -d e
fijar una significación de Lacan- sino más bien de pro­
curar obedecer a la doble ley por la cual el “texto” se
da a leer, y aleja o convoca incesantemente las condi­
ciones de su lectura. Operando de tal modo, uno espera
mostrar que no es posible, en efecto, prescindir del des­
vío mediante la lectura —en el sentido más simple y
más paciente del término—, ni siquiera para desbordar
poco a poco su curso único y forzado, pues la lectura
deviene ella misma tal desborde, en (o por) el texto lec­
tor, del texto leído.1
1. Cf. también, “La méprise du sujet supposé savoir”, y “Raison d’un
echec”, en Scilicet, n.° 1, Seuil, 1968.

■ M R n ü
El título de la letra
JJn estilo de lectura
Semejante lectura no carece de “razones” , aun cuan­ regional, sumisa, aun cuando sólo fuese por anticipa­
do no se trate de una simple justificación por medio de ción, a otras jurisdicciones teóricas3.
un gesto que, necesariamente, nos lleve fuera de sí mis­ La intervención de Lacan consistió en romper con el
mo, y, ante todo, fuera del orden y de la autoridad a sistema de la “acogida” , para hacer intervenir, precisa­
las que se somete el comentario clásico (el cual tiene mente, el psicoanálisis mismo en un campo teórico,
sus razones, o sólo tiene una, que la lectura conoce, pe­ hasta llegar a proponer un nuevo trazado de la entera
ro que no es la única que conoce...). Por ello no nos ne­ configuración del uno y el otro, y de uno en el otro.
garemos a producir, como es debido, al menos algunas
de nuestras razones” , aunque debamos fingir que an­ En realidad, sabemos que se trataba, ante todo, de
ticipamos aquello que sólo su lectura puede mostrar. replantear o de rectificar la práctica psicoanalítica, en
¿Por qué (y cómo) leer a Lacan? ¿Por qué (cómo) la medida en que ésta, de vuelta de su exilio fuera de
leer un texto de Lacan?
Europa, seguía el camino de un “refuerzo del yo”4bajo
la férula del psicologismo y del pragmatismo anglosa­
jón, ^es decir el camino del refuerzo de las resistencias
Leer Lacan es, sin duda, leer ante todo el discurso del “narcisimo” o de la intimación de sus “identifica­
por el cual se ha planteado (por fin) la cuestión de una ciones imaginarias”4 y en que su finalidad social y po­
verdadera relación entre el psicoanálisis y el orden “teó­ lítica era la del alma-a-alma liberal” acondicionada a
rico” en general.
la europea, esto es, a la “ comprehensión jasperiana” y
Hasta él, efectivamente, se sabe (aunque es menester al “personalismo de pacotilla” 5.
decir que en gran parte le debemos tal saber...) que la Para liberar al psicoanálisis de esta función ortopédi­
ciencia y la filosofía —o las autoridades constituidas ca, era necesario reajustarlo a sí mismo. Por esta razón,
con tales denominaciones- han compartido su “acogi­ la tarea práctica implicaba una reconstrucción teórica.
da” al psicoanálisis entre algunas de las actitudes clási­ Al menos, asi se instituyó el discurso de Lacan: según
cas del silencio (desconocimiento o negación), la hosti­ el régimen de una articulación de lo “teórico” sobre lo
lidad declarada, la anexión, la confiscación o la consa­ práctico , y según el movimiento de una reconstitu-
gración a los fines, inmutables, de tal o cual aparato
teórico. Más precisamente, a una justificación, a una 3. No cabe duda de que aquí sólo se trata del discurso más manifiesto de
verdad, lo que equivale a decir también, casi siempre, a Freud, y dentro de ese discurso, de los efectos de una cierta prudencia
una norma2 . deliberada. Pero no se trata, aquí, de una verdadera dedicación a leer
Freud.
El mismo Freud, pese a sus declaraciones acerca del 4. “El psicoanálisis y su enseñanza”. Ecrits, pag. 454. Cf. todo este tex­
carácter revolucionario del análisis, ha sostenido esta to. Las referencias a los Ecrits remiten a la edición completa apareci­
afirmación, en lo esencial, en el nivel de una ciencia da en Seuil (colección “Le champ freudien”) en 1966. En adelante,
las citaremos E, y no las remitiremos a notas cuando conciernan al
texto que leeremos. Todo lo que sigue supone que a cada instante se
Pueda releer, en el texto mismo, tan pronto lo hayamos citado. [Hay
2. Por supuesto, hay que exceptuar en esta evocación a quien y a quienes versión en castellano: Escritos I y Escritos II, Siglo XXI. En algunos
ya se han comprometido en una subversión de la autoridad teórica co­ casos se agregaran las correspondientes referencias a esta edición. Asi­
mo tal, íueran las que fuesen, por otra parte, sus relaciones con el psi­
coanálisis. Nombramos ante todo a Georges Bataille cuyo nombre mismo, los títulos de artículos o seminarios se citan según dicha ver­
sión. (IV. del 3".)]
aparecerá en nuestra lectura. 5. “La ciencia y la verdad”, E. 867.

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El título de la letra
Un estilo de lectura
ción de la identidad propia por un regreso a los
orígenes. tiene su origen en una razón de competencia, pero lam-
Son bien conocidos los grandes rasgos de esta insti­ bién, y en primer lugar, en una razón del texto mismo
tución: la verdad de Freud exigía, para estar articulada, de Lacan, así como del pasaje (por lo) filosófico que en
el recurso a otras ciencias fuera de las que parecían él se cumple7. La “verdad freudiana” , fórmula que vol­
delimitar su campo (biología y psicología). Por lo tan­ veremos a encontrar, sólo puede darse en ese texto
to, fue menester construir, para constituir el discurso mismo: no es posible presuponerla, únicamente es posi­
psicoanalítico en general, todo un sistema de présta­ ble descifrarla en él. Ya veremos cómo, en cierto mo­
mos de la lingüística, la etnología estructural, la lógica do, tan sólo más allá de sí mismo este trabajo se abrirá
combinatoria. Pero este procedimiento hacía necesario a una lectura de Freud, y mucho más de lo que haya
el discurso acerca de su propia legitimidad, esto es, un podido suponerse.
discurso epistemológico; o más bien, en la medida en Se trata, en consecuencia, de examinar lo que produ­
que se veía constituir así no solamente una ciencia, si­ ce el análisis cuando ocurre en el campo teórico, a fin
no una cientificidad inédita, un discurso sobre la epis­ de poder preguntar qué hay en él de empresa que no se
temología. Y el conjunto de la operación representaba da tanto en la subordinación a lo “teórico” como en la
en definitiva un pasaje explícito del discurso del análi­ intervención en tal teórico, a partir de un “afuera” que
sis por el discurso filosófico, pasaje que el mismo quiere interpelar e inspeccionar la teoría misma.
Freud, por mucho que lo haya evocado o indicado im­
plícitamente, jamás lo practicó como tal. No cabe duda de que podríamos conducir este exa­
men a lo largo de todos los textos de Lacan, lo que vol­
Justamente ese pasaje es el tema que nos ocupará a vería a presuponer en ellos un sistema, legible o más
continuación. Siempre que nos entendamos. bien visible como tal, más allá de la diversidad de los
Esto no quiere decir que tengamos que apreciar las textos que se tratara. Ya nos encontraremos en su mo­
modalidades de este pasaje para evaluar su legitimidad mento con la cuestión de una sistematicidad lacaniana
o para medir su pertinencia. Ello supondría que dispu­ (por lo menos en el interior de un escrito). Para abor­
siéramos de algo así como una verdad de Freud. Ahora dar la lectura sólo necesitamos otros presupuestos, di­
bien, no solamente no habrá nada semejante que guíe ferentes a los de Lacan mismo, como ser, en particular:
nuestra lectura, sino que ésta tampoco apelará en ab­ — la voluntad de desplazar (¿o de superar?) el dis­
soluto al dominio propio del análisis mismo, y menos curso sistemático de la teoría, en nombre de una revo-
aún a su práctica, o —como la denomina Lacan— a la ción lacaniana, es evidente que este límite sólo lo es en el sentido en
que “trataremos” únicamente “un aspecto” de esta operación. Si de­
“clínica” 6. Esa situación, que no deja de ser paradojal, be esfumarse la pura jurisdicción de lo teórico, tampoco tenemos que
reconocer su alter ego: lo que quisiera presentarse como la pura auto­
6. Es también, por cierto, el límite propio de nuestra lectura, del que se ridad de la “práctica” en sí.
ha hablado más arriba. En consecuencia, en lo que hace al discurso 7. Es así como Lacan mismo especifica sus Ecrits en relación con el con­
más específicamente clínico de Lacan, no se prejuzgará absolutamen­ junto de su enseñanza: los Ecrits “tratan de encontrar lo esencial de la
te nada. Sólo se descifrará lo que haga posible la ulterior determina­ materia de (sus) seminarios” , e “introducen lo esencial de esta materia
ción de una “clínica” por y en el discurso teórico, la teoría del análi­ en el contexto de una crítica epistemológica desde el punto de vista
sis y el análisis como teoría. (Esto según un proceso que habrá que psicoanalítico de la época sobre el dominio estudiado”. (Conversación
analizar). Pero, dado precisamente el juego de conjunto de la opera- con J. Lacan, en: Rifflet-Lemaire, A,; Jacques Lacan, Bruxelles, Des-
sart, 1970, pag. 405).
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El título de la letra Un estilo de lectura

lución freudiana que impone “la necesidad de abatir la ¿qué hay en ella de Lacan? —¿se trata realmente de un
soberbia propia de todo monocentrismo” 8. En tal senti­ textol ¿en qué sentido, si es que hay aquí un “senti­
do, Lacan puede declarar que “sus enunciados no tie­ do” ? —¿y hasta dónde?
nen nada en común con una exposición teórica que
consista en la autojustificación de una clausura” 9 ;
- la voluntad, en consecuencia, de producir cada in­ Leeremos La instancia de la letra en el inconsciente
tervención como una unidad acabada de palabra o de o la razón desde Freud.
texto, que reúna en su enunciación, cada vez, todo el Este escrito11 se destaca tanto por su fecha como
trabajo puesto en juego, y difiera, en el mismo instan­ por su circunstancia. Pronunciado y redactado en 1957,
te, la totalización de los enunciados. se sitúa casi a mitad del período en cuyo transcurso,
entre dos exclusiones sucesivas provocadas por las so­
Es mejor, por tanto, leer un texto de Lacan. Esto ciedades psicoanalíticas a la sazón, el trabajo de Lacan
quiere decir que en cierto sentido, es mejor leer cada ha producido sus efectos de ruptura más evidentes en
uno de sus textos en tanto centro de concentración e el campo de la práctica y de la institución psicoanalíti-
instancia de repetición de todos los otros, y es mejor ca. En el mismo año apareció, en el número anterior de
leer uno como el texto único que pretender ser, con la Psychanalise,el “ Seminario sobre ‘La carta robada’ ”,
aquello que una voluntad semejante no puede dejar de texto capital que abrirá los Ecrits12.
connotar; el recurso al acontecimiento, a la proferación En La instancia Lacan propone esta vez para un pú­
circunstancial, y, en consecuencia, a la palabra10. blico de universitarios, integrado por los estudiantes
de la Sorbona que lo habían invitado13, la carta que
había extraído de Poe para su auditorio de analistas. Se
Se tratará, pues, de descifrar lo que, de un modo que trata pues, de la primera verdadera intervención de La-
se quiere inédito, culmina en lo teórico. La lectura se can en la Universidad, y en cierto modo constituye el
dirigirá a un “texto” cuya ubicación y régimen propio
ignora al comienzo, y al cual se verá forzada a plantear­ 11. Que Lacan ha recordado en varias oportunidades con una cierta insis­
le la pregunta -s i es que esto todavía puede ser objeto tencia. Cf. en particular “Radiophonie”, pássim, y “Lituraterre” en Lit-
térature, N° 3, Larousse, 1971, pag. 5: “ ¿Sería letra muerta la que
de una pregunta— por su naturaleza y su riesgo en tan­ hubiese puesto como título a uno de los fragmentos que he llamado
to texto. Ecrit..., de la letra la instancia, como razón del inconsciente?”, etc.
Indiquemos muy brevemente que no se trata para nada de privilegiar
Dicho de otra manera, la lectura tratará de obedecer este escrito. Otros escritos, con diversos títulos, son indudablemente
a ese estilo que envuelve toda “cuestión” de lectura: tan importantes como aquél en el dispositivo lacaníano (“La carta ro­
bada”, “La significación del falo”, “Subversión del sujeto”, por ejem­
8. Radiophonie, Scilicet, n° 2/3. pag. 73. [Hay versión castellana: fladzo- plo). Sin embargo, sin aquél, los últimos resultan difícilmente legibles
foma y televisión, Anagrama, Barcelona. en cuanto al discurso que los sostiene; y por otra parte, nuestra lectu­
9. Conversación con A. Rifílet-Lemaire. op. cit., pag. 405. ra se aplica a la propiedad (y no al “privilegio”) teórica de este escrito,
10. El lugar del discurso de Lacan es el seminario, y no el “escrito”, co­ es decir, al estilo propio que allí toma o el papel que desempeña en éi
mo tendremos ocasión de volver a decirlo. Cuando hablamos del dis­ lo teórico.
curso de Lacan, hay que entender siempre a la vez la determinación 12. Este texto, tomado de un seminario de 1955, lleva, como lo señala La-
teórica del lugar y del lazo de los conceptos, y el “discurso” en el sen­ can (£', 61), las marcas de la teoría tal como fuera elaborada en la épo­
tido lingüístico de “palabra entendida” (cf, Barthes R., Eléments de ca de su redacción, que precede en algo a la de La instancia.
sémiologie, I. 1. 3.). 13. Cí.E. 908.

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El título de la letra Un estilo de lectura

símbolo -casi el acto m ism o- del pasaje a lo “teórico” puede decirse— de otros dos discursos, este discurso
(¿podríamos arriesgamos a decir: el pasaje al a c to - el es también un discurso a los analistas (y, en tanto tal,
acting-out— teórico?). En La Instancia, el psicoanálisis discurso “de formación” , id.). Y es esa mediación la
articula su teoría por sí mismo, en el campo teórico que otorga todo su peso a la ocasión en la que Lacan
considerado como tal, o bien se articula sobre la teoría. ha sabido encontrar la línea para su discurso. La “uni­
Veremos cómo debe leerse este escrito como el texto versitas litteratum”, en donde se comunica un cierto
de la articulación. saber de las letras, es el lugar que quiso Freud para la
formación previa del analista, y es precisamente desde
En todo caso, esa es la posición que le otorga su ese lugar desde donde el discurso puede pretender pro­
preámbulo, redactado para la publicación. Precisamen­ ducir “la verdadera” identidad (id. ) del psicoanálisis.'
te por medio del desciframiento de lo esencial de ese
preámbulo comprometeremos nuestra lectura; por este Lo que está en juego es, pues, principalmente, un
pre-texto que es él mismo una lectura, por el propio discurso que cumpla con las exigencias de la universE
Lacan, de la ocasión de su discurso, o una inscripción tas y de la ciencia. El texto de Lacan se inscribe él mis­
del discurso en su ocasión. mo como discurso, tanto explícitamente como entre lí­
Esta inscripción se realiza en un triple registro: neas. Si Lacan pudo decir: “ Siempre pongo balizas pa­
1. ° La instancia es un discurso universitario —o, al ra quienes vuelvan a hallarse en mi discurso14” , esto
menos, dirigido a universitarios, según la universitas de significa que es posible —aunque no fácil—descubrir el
una cierta comunicación, la “generalidad necesaria” rumbo y el itinerario del concepto (de los procedimien­
(E., 494; ed. cast. 180)—, presupone desde ya que La- tos, importaciones o producciones propiamente con­
can no se dirige solamente a los técnicos del análisis; al ceptuales).
mismo tiempo, el discurso queda especificado por la De tal modo, la menor paradoja de este texto dedi­
“ calificación... literaria” (id.) de sus oyentes. Así, cado a la subversión de la autoridad “ clásica” del dis­
aquello que la Universidad designa como letras, y en curso no reside en esta suerte de reconstrucción de
particular como literatura, demostrará convenir a la otro discurso clásico, del cual parece proceder por todo
elaboración lacaniana de la “letra” . su movimiento. Es necesario aún leer esa paradoja y
2. ° Al mismo tiempo, es un discurso científico; o, al comenzar con ello por no negar nada a la lectura uni­
menos, y más ampliamente, un discurso construido se­ versitaria, es decir, al comentario, pese a todo lo que
gún el orden del saber, y para ser el discurso de una pueda haber de pesado e ingrato en su transcurso, de
cierta verdad-, en todo caso, de un cierto “verídico” reductor incluso, o de extenuante, en relación a los
(id.). Al poner un prefacio al comienzo de su exposi­ efectos más sobresalientes de la palabra lacaniana. De
ción, Lacan descarta de cuajo el mal (el falso) saber de esta manera podremos asegurarnos al menos no equi­
referencia que podría ser, en particular, la etnolingüísti- vocarnos demasiado ni por exceso ni por defecto, acer­
ca de Sapir y de Jespersen. Asigna a su propósito la fi­ ca de las determinaciones más decisivas.
nalidad de denunciar y de recusar toda “ falsa identi­ Así, el “texto” de Lacan encuentra para nosotros
dad” (id.) del psicoanálisis.
3. ° En consecuencia, sólo por la mediación —si así 14. Radiophonie, Scilicet, n° 2/3, pag. 13.

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El título de la letra Un estilo de lectura
en ese régimen, su primer nivel: el que conviene a la co” . (E., 494; ed. cast. 179). En consecuencia, habrá
fórmula y al modo del “comentario de texto” . Por es­ que leer entre la audición (del discurso) y la lectura
ta razón comenzaremos por comentar, y elegimos para (del texto). Para nuestra lectura, el texto de Lacan —o lo
ello la primera parte de la exposición (“ El sentido de la que al menos interrogaremos como tal texto, en el
letra” ), en donde se instala la teoría de la letra. “sentido más duro” de la palabra, como suele decirse,
Pero más allá de tal comentario, se tratará de desci­ (aunque aquí, precisamente, en el sentido menos deter-
frar lo que sólo puede aparecer como una repetición de minable según una lógica discursiva del sentido)—debe­
la primera parte en las dos siguientes (“La letra en el rá buscarse en esta separación, o como esta semi-ausen-
inconsciente — La letra, el ser y el otro”), repetición cia que se anuncia a descifrar entre líneas o mejor entre
destinada a permitir la articulación de la teoría de la le­ frases. Con más exactitud tal vez, la cuestión del texto
tra sobre el psicoanálisis mismo, es decir, como se verá, deberá convertirse en la de la separación o no separación,
la articulación de Saussure y de Lreud, articulada ella en esta exposición de Lacan, entre el discurso dado a
misma, al fin de cuentas, sobre otro registro, o por otro escuchar (a comprender, a descifrar, quizá a creer) y el
personaje, otro nombre propio que aparecerá en su mo­ texto dado a leer.
mento. A partir de entonces, la lectura deberá compli­ Habrá entonces, por supuesto, que destruir a su vezls
car su estilo exactamente en la misma medida de ese nuestro comentario, reconstrucción y transcripción en
juego de la repetición y de la articulación. un discurso resueltamente manifiesto. No nos prestare­
Es decir que tendrá que ocuparse, en particular, de mos a su marcha simplemente para resignarnos a ella,
lo que el preámbulo da como un régimen doble, o mix­ sino que habremos de trabajar los resultados del co­
to, de esta exposición. mentario para sobrepasar (en todos los sentidos del tér­
Eso, dice Lacan, no es un “escrito” (E., 493; ed. mino) el nivel de la lectura, al obedecer al motivo com­
cast. 179) si el escrito “se distingue por un predominio pleto del “texto” lacaniano, se verá precisada a arries­
del texto” (id.) y si tal texto -ese “factor del discurso” gar, sin que sea posible indicar por adelantado a qué
(id.) que permanece suspendido entre el mensajero de estilo, es decir a qué texto podrá dar lugar tal destruc­
correo y el parámetro matemático, y cuya misma ex­ ción, ni si la misma habrá de producirse a causa del
posición promete darnos el “sentido” (id .)- está él texto de Lacan o a pesar de él, o según alguna otra
mismo especificado por “el apretamiento... que no deja figura menos simple.
al lector otra salida que su entrada” (id.). Entendámo­
nos: en la medida en que el “texto” permite entender,
en que la palabra “texto” oculta el valor de lo ideal
(del absoluto) del discurso tras la necesidad apremiante
15. Respecto a los comentarios que se han producido hasta ahora acerca
de su proceso conceptual y tras la circularidad sin resto de Lacan, hay que decir al menos que no se han propuesto precisa­
que de ello resulta, y en la medida en que ese ideal, aquí, mente como comentarios en el “texto” que se proponían interpretar
no debe “prevalecer” . o repetir. Es evidente que no nos referimos aquí a textos o exposicio­
nes que, aún cuando se presenten expresamente bajo la constante refe­
La exposición estará, pues, “ entre el escrito y la pa­ rencia a Lacan, hasta una suerte de “repetición” de sus temas, no se
labra” (id.) puesto que “las medidas diferentes [de esta propusieron, sin embargo, ser comentarios. Así en particular, Safouan,
M., “De la structure en psychanalyse”, en Qu’est-ce que le structura-
última] son esenciales al efecto de formación que bus­ lisme?, Seuil, 1968.

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El título de la letra
Un estilo de lectura

Al obrar así, reconoceremos finalmente que la lectu­ “ ...nos vemos forzados a trabajar con los térmi­
ra debe pasar por el desciframiento de un cierto juego nos Termini científicos, es decir, con la lengua
de la metáfora en el texto de Lacan. Es esta metáfora figurada propia die eigene Bildersprache de la
precisamente, la que en el epígrafe del preámbulo {E.\ psicología (más exactamente, de la psicología de
493; ed. cast. 179), domina por adelantado todo el las profundidades). Sin ello, no podríamos des­
texto de La instancia. cribir absolutamente nada de los procesos corres­
Extraído de las Profecías de Leonardo da Vinci, este pondientes y ni siquiera hubiéramos podido per­
epígrafe pertenece a un conjunto de textos (de un gé­ cibirlos. Es muy probable que las carencias de
nero desconocido) cuyos títulos sabemos que funcio­ nuestra descripción se esfumarían si pudiéramos
nan constantemente como metáforas del contenido de sustituir los términos psicológicos por términos
la profecía. Aquí, los “niños en pañales” metaforizan fisiológicos o químicos. Estos no pertenecen segu­
uña servidumbre, marcada por el esclavizamiento de ramente más que a una lengua figurada, pero a
una “lengua” de pasiones. La profecía es para Lacan, a una lengua que nos es familiar desde hace ya mu­
su vez, metáfora o alegoría tanto del inconsciente en cho tiempo, y que tal vez sea igualmente simple.”
tanto lenguaje, como de la represión social (y psicoa- Freud, S., Más allá del principio del placer, en
analítica, en el sentido de los psicoanálisis de “ falsa G. W ,X III,p. 65.
identidad”) del mismo inconsciente, o más aún, de
la verdad que se enuncia en Freud, y en Lacan.
Que sólo en la metáfora produzca su “sentido” el Sin duda, ahora es posible (re)comenzar a leer. El
inconsciente, es justamente lo que establecerá la expo­ primer momento —el del comentario— será, si se nos
sición. El texto de Lacan se previene, en el epígrafe, permite retomar una fórmula producida en otra parte
de aquello que debe exhibir y trabajar. Por otra parte, para intitular la teoría lacaniana en su conjunto“6, el
que el epígrafe sólo se torne legible a lo largo del texto de una lógica del significante.
del cual es, siempre, una cierta figura, es precisamente
la situación y la función clásica del mismo. Pero que
esta legibilidad reconduzca, como a su régimen propio,
al funcionamiento mismo -m etafó rico - del epígrafe,
o a una literalidad de la metáfora, es lo que parece
señalar la dirección del discurso de Lacan en este tropo
en sí mismo. También el último “estado” del “texto”
lacaniano, que dominará el último estilo de la lectura,
tendrá que ser esa suerte de metaforicidad generalizada,
o de identificación con (y de) la metáfora. 16. J. A. Miller; “La suture. Eléments pour une logique du signifiant”, Ca­
hiers pour l'analyse, n° 1. (Hay version en castellano: “La sutura. Ele­
Por el momento, sólo la tomaremos como ocasión mentos de la lógica del significante”, en Significante y sutura en el psi­
para inscribir aquí, a nuestra vez sin pronunciarnos to­ coanálisis, Siglo XXI, Buenos Aires, 1973). Con excepción de la con­
davía acerca de su funcionamiento, el epígrafe de densación, esta formula obedece a la letra de Lacan: cf. por ejemplo
nuestra lectura: E. 468 y 469, etc.

20 21
Primera parte

LA LOGICA DEL SIGNIFICANTE


r

Puesto que ahora se trata de descifrar, tomemos, pa­


ra empezar, el subtítulo con el que se anuncia esta pri­
mera parte: “ El sentido de la letra” .
No cabe duda de que conviene entender este subtí­
tulo en varios sentidos; es decir (aun cuando parezca
algo forzado) según el sentido que se quiera dar al tér­
mino sentido y, estrictamente, al valor que se atribuya
al genitivo. Sea, y para insistir pesadamente en lo mis­
mo, la significación del concepto de letra, o bien, el
sentido que produce la letra (y aun el sentido que es la
letra), o inclusive tener el sentido de la letra, así como
se dice “tener el sentido-de los negocios” . Pero es evi­
dente que resulta indispensable también hacer la refe­
rencia al título general La instancia de la letra en el in­
consciente o la razón desde Freud, del cual no es aque­
llo más que, por así decirlo, la primera acuñación.
El comentario de un título supone siempre la lectura
completa previa del texto que él encabeza. No es, pues,
cuestión de arriesgarse, ni siquiera por astucia. Sin em­
bargo, puesto que es menester al menos, situar el texto
que habremos de leer (es una regla clásica), nos permi­
timos dos observaciones previas acerca del título en
cuestión:
— La primera se refiere a la utilización del término,
o del concepto, de instancia, porque hemos entendido,
si se nos permite anticipar algo, que hablar de concep­
to exigirá en adelante una cierta cantidad de precaucio­
nes, toda vez que sea cierto que en Lacan el concepto
í puede resultar construido, como en el presente caso,
El título de la letra La lógica del significante

mediante un juego de palabras, por no decir mediante concepto capital del discurso lacaniano: es el concepto
un juego de su palabra. En efecto, sabemos que instan­ mediante el cual se señala la especificidad de la cadena
cia designa primitivamente, según Littré, una solicita­ significante como, para decirlo rápidamente, la inmi­
ción urgente (se pide insistentemente...), un argumen­ nencia, es decir, la reaparición indefinida del sentido
to, o aun un proceso (en la medida en que un proceso que se halla en el principio del automatismo de repeti­
supone acusación y defensa y que, en consecuencia, en ción, del Wiederholungszwang de Freud2 . La instancia
él se dan argumentos opuestos). De donde se deriva, de la letra sería pues también, en este sentido, su insis­
por extensión, el sentido fijado en adelante, en la len­ tencia, algo así como la suspensión del sentido. Todo
gua clásica, de autoridad judicial (es decir: un juez, un lo cual no deja de complicar, por cierto, la interpreta­
tribunal de instancia). Sin embargo, en la lengua co­ ción del subtítulo de la primera parteá .
rriente de hoy en día, esta precisión del término se ha — La segunda observación que quisiéramos hacer se
perdido en mayor o menor medida, y ya el término ins­ refiere a la duplicación del título: la instancia de la le­
tancia no se utiliza en otro sentido que el muy amplio tra... o la razón desde Freud. Duplicación completa­
de autoridad que tiene poder de decisión (sentido, por mente clásica, lo que con toda verosimilitud equivale
lo demás, que el Littré ignora y que el Robert da como a decir, completamente paródica. Duplicación que en
neologismo). La instancia de la letra es, por lo tanto, todo caso, exige atención al deslizamiento de sentido
la autoridad de la letra. Además, si es verdad que en el a que puede dar lugar (premeditadamente). Allí se mar­
uso contemporáneo, que no es necesariamente un mal ca al menos esto: el que, después de Freud, después de
uso, resuena todavía el eco del primer sentido del latín una cierta ruptura o de un cierto corte que tuvo lugar
instare (estar encima), este valor se ve aun reforzado y con Freud, la razón ya no volvió a ser lo que antes se
el título apuntaría aquí a la posición dominante de la
letra, la ubicación principal que tiene, lo cual le otorga 2. Cf. por ejemplo: E. 11, 557.
3. En efecto, todo esto se puede sostener a condición de no dejar de de­
poder de decisión y la convierte en autoridad desde cir que un año antes (en 1966), Benvéniste había propuesto el concep­
donde, dicho de otra manera, rige y legisla. Pero hay to de “instancia del discurso” para designar “los actos discretos y
que contar también con la posibilidad de un Witz, de únicos en cada momento, por los cuales la lengua es actualizada en pa­
labra por un locutor”. Problèmes de linguistique générale, pag. 251.
una palabra: instancia [instance] en efecto, es casi la Ahora bien, esta definición servía precisamente, como es sabido, pa­
palabra insistencia [insistance], con la sola diferencia ra dirigir el análisis de “la naturaleza de los pronombres”, en la que se
constituía, en homenaje a R. Jakobson, que volverá a formularla más
[en francés (N. del 7))] de una sílaba, que es la del fre­ tarde (les Embrayeurs..., en Essais de linguistique genérale, pags. 178
cuentativo. Por otra parte, en su primer sentido, insistir y ss. Hay versión en castellano: Ensayos de lingüística general, Seix
es hacer instancia, perseverar en la demanda. Según Barrai, Barcelona, 1974), la teoría de la enunciación y de los “indica­
dores” del discurso, de lo cual, por supuesto, volveremos a hablar. Pe­
nuestro conocimiento, Lacan no ha subrayado explíci­ ro tampoco olvidaremos la oposición al razonamiento de un adversa­
tamente en ninguna parte, la palabra1. Sin embargo, la rio (Retórica, II, 25, 1402a); cf. Primeros analíticos, II, 26, Tópicos,
insistencia aparece, como veremos, en el texto mismo VIII 2? 157 ab. Esta “instancia” (en Aristóteles,è^raSic) designaren
la teoría de la refutación, al obstáculo que consiste en particular en
(E., 502; ed. cast. 188.) y sabemos que se trata de un que la excepción se oponga a una predicación universal. He aquí un
ejemplo de este topos, que se apreciará en su “justo” valor: “en cier­
tos lugares, está bien sacrificar al padre, como, por ejemplo, en la vi­
1. Salvo, recientemente, en “Lituraterre”, en Littérature, n° 3, octubre da tribal; pero esto no quiere decir en absoluto que sea un bien” (Tó­
1971, pag. 5. picos, II, 1 1 ,115b).

26 27
El título de la letra
La lógica del significante
descubría bajo esa palabra, sino que es, en el incons­
ciente, la instancia (o la insistencia) de la letra. Esto La primera de estas partes ocupa las dos primeras pá­
equivale a decir dos cosas: la razón es la letra y lo que ginas del texto, desde la página 495 hasta la primera lí­
ocuire, desde entonces, en y por el inconsciente (el nea de la página 497 (ed. cast. 180-183). Titularemos
electo estilístico que aquí se apunta era, evidentemen­ al comentario: la ciencia de la letra.
te, el de la antítesis, en el sentido retórico de la pala-
bra). Aun^cuando se la agregara por mero juego, esta
precisión confirma en todo caso lo que ya se ha po­
dido leer, al pasar, en el preámbulo, a saber, que desde
un comienzo, y abiertamente, se propuso este texto co­
mo un texto filosófico. Una cierta visión del incons­
ciente, una cierta visión en el inconsciente, de lo que
en el predomina y, como tal, le determina, la conside­
ración de la letra y de lo que en ella se juega en cuanto
al sentido, todo ello hace a la definición de la razón en
general, ratio o logos, y esto es, en resumen, el aconte­
cimiento, la mutación o la subversión, que el texto se
da como objeto.
De este modo, en la perspectiva así abierta del doble
juego del titulo y del subtítulo, insertaremos el comen­
tario de esta primera parte. Por comodidad de la expo­
sición, y también porque, como en todo comentario, se
trata de trabajar en la reconstrucción, para presentar su
ordenación, de una lógica (ya veremos hasta dónde es
esto posible...), propondremos una división grosera del
texto en cuatro partes que correspondan a sus articula­
ciones mas visibles. Se anunciará cada una de estas par-
tes con un titulo, que, por otra parte, no indicará tanto
el objeto como lo que nosotros trataremos de leer en él4.

4. Igualmente hubiera sido posible preguntarse, a propósito de la “ins- frar: la proposición (el enunciado, el discurso) que, en el inconsciente,
ta'iaalabra n o V ™ "“0 P°,hicieTa ninguna aluslón a eUo. si aes- es la instancia de una letra, que no es un símbolo cualquiera, sino h
L v J . . corresponderá el sentido que le ha dado Quine en su letra, o la literalidad misma (lo simbólico mismo). Todo el texto será
lógica. Se trata entonces -e n el caso más simple y más general- déla puesto así bajo el signo de una desviación de la lógica de la que habrá
proposición o las proposiciones que pueden fustL irsegpor una Tena que volver a hablar. (Agregemos que el uso que hace Quine del térmi­
que se emplea como símbolo en el calculo. “Toda proposición es la no proviene de la conservación, más marcada en inglés que en francés,
" 2n pL0lei Z an é/L eP“ c o l£ de los valores compfendidos en la instancia de la escolástica, como
l¿ ’ pag‘ 74)- tltul0 de Lacan tendría pues, el objetivo de desci- ejemplo en apoyo de una aserción, instrumento de prueba o de mani­
festación en general, signo o marca.)
28
29
1. La ciencia de la letra

Es verdad que no veremos a esta ciencia constituirse


de golpe. Previamente, se tratará - lo que es el objeto
de estas páginas— de definir su objeto, es decir, el con­
cepto de letra. Para recomponer esquemáticamente es­
ta definición, se podría proponer lo siguiente:
— en primer lugar, esencialmente, la letra designa la
estructura del lenguaje en tanto en ella está implicado
el sujeto. Esta implicación, cualesquiera que sean sus
modalidades, no es sólo inicial,'sino que es fundante de
toda la lógica que habrá de instalarse. Decir que la letra
es lo que implica al sujeto es, aún antes de “tomar la le­
tra al pie de la letra” (según la expresión de la página
495; ed. cast. 181), tomar el sujeto en la letra, lo que
es de suponer que muy pronto aparecerá como una ma­
nera de tomar el sujeto al pie de la letra.
Esta literalización del sujeto, si se nos permite la ex­
presión, es doble.
Por una parte, “el lenguaje con su estructura preexis­
te a la entrada que en él hace el sujeto en un momento
de su desarrollo mental” (E. , 495; ed. cast. 181). Es es­
to lo que explica la referencia a Jakobson y, en particu­
lar, la utilización del célebre texto sobre la afasia (Dos
aspectos del lenguaje y dos tipos de afasia), puesto que

31
E l título de la letra
La lógica del significante
- a l menos es lo que Lacan toma por el m om ento- la
afasia, cuya causa puede muy bien ser totalmente ana­ que es siempre, extrañamente, una “ falta en su lugar” ,
tómica, se encuentra más fundamentalmente determi­ si es que el lugar debe designar un sitio en la realidad
nada por la estructura del lenguaje, es decir, de manera objetiva- y su carácter insecable, localización e inseca-
no-anatomica, y de tal suerte que la instancia sea aquí bilidad que atribuyen al significante una materialidad
la estructura misma. 4 singular (así traduce Lacan el inglés odd). Materiali­
Por otra parte, la literalización estriba en que el suje­ dad ella misma singular puesto que es incuantificable3 .
to, como locutor, da a la estructura del lenguaje el so­ En el otro texto, “Función y campo de la palabra”, a par­
porte material de su discurso: “llamamos letra, dice La- tir esta vez de la cuestión de la relación del lenguaje
can, a ese soporte material que el discurso concreto to­ con el cuerpo, se designa al lenguaje negando su carác­
ma del lenguaje” (£., 495 ed. cast. 181). Entran aquí ter inmaterial (“ Es cuerpo sutil -dice Lacan— pero es
en juego dos conceptos. En primer lugar, el concepto cuerpo” 4 .); lo cual autoriza ciertas formas de somati-
de discurso concreto, que se determina, a su vez en re­ zación, histérica por ejemplo (“las palabras se toman
lación al lenguaje como estructura y a la palabra (en el en todas las imágenes corporales que cautivan al sujeto;
sentido saussuriano, como ejecución individual de la pueden engrosar lo histérico, identificarse con el obje­
lengua) para conservar el elemento común a ambos. Es­ to del penis-neid, etc.” ), como la posibilidad, para las
te elemento, a su vez, está doblemente especificado (v palabras, de “padecer lesiones simbólicas” , de “cumplir
aquí tomaremos ciertas formulaciones del texto titula­ los actos imaginarios cuyo paciente es el sujeto” (co­
do Función y campo de la palabra y del lenguaje en mo, por ejemplo, en El hombre de los lobos, la palabra
psicoanálisis ) en intersubjetividad de la palabra” en Wespe [avispa] castrada de su W. inicial para hacer, pre­
la interlocución, y en “transindividualidad” del lengua­ cisamente, las iniciales, S. P., del sujeto).
je (y del sujeto): “sus medios -dice Lacan del psico­ Decir que la letra es el soporte material que el dis­
análisis— son los de la palabra en tanto ésta otorga un curso concreto toma del lenguaje quiere decir pues, en
sentido a las funciones del individuo; su dominio es el estas condiciones, es decir, a condición de tener en
del discurso concreto en tanto campo de la realidad cuenta el desplazamiento de que Lacan hace objeto a
transindividual del sujeto” 1. El segundo concepto en cada uno de estos términos: por una parte (y según una
juego es el de soporte material. Nos referiremos a dos formulación clásica), que el sujeto abreve, en ocasión
textos; el seminario sobre “ La carta robada” , en don­ del acto de elocución (que es el acto de la relación con
de, como sabemos a partir de la carta (la misiva) que el otro), en el material constituido que el lenguaje le
da titulo a la novela de Poe y que —es necesario recor­ proporciona; por otra parte, quer el sujeto entre en la
darlo- se encuentra oculta en un lugar tan evidente transindividualidad sólo en la medida en que ya está
que nadie la ve, Lacan llama materialidad del signifi­ implicado en el discurso que él mismo sostiene, es
cante tanto a la aptitud del significante para la localiza­ decir, él mismo determinado por la instancia de esa ma­
ción, su relación al lugar” 2 —pero una localización terialidad singular que es la letra.
El acento puesto en la materialidad es, al menos, el
1- E., 257; ed. cast. 78.
signo de una doble negativa: la negativa a asignar al len-
2. E„ 23. 3. E., 23, 24.
4. £'., 301.
32
33
El título de la letra La lógica del significante

guaje un origen tanto en la idealidad del sentido como el discurso mismo. Para Lacan no hay sujeto que no sea
en su simple reverso, una materialidad somática por ya, siempre, sujeto social, es decir, sujeto a la comuni­
ejemplo. En consecuencia, ni idealismo ni materialis- cación en general, lo que Lacan describe en términos fi­
mo, pese a poner el acento más bien sobre el segundo nalmente muy cercanos a los del discurso clásico de la
que sobre el primero, aunque después de haberlo ladea­ antropología filosófica. El sujeto de la comunicación
do. rista doble negativa, que compromete toda la deter­ es, en efecto, el sujeto de un contrato mediante el cual
minación idiomàtica del inconsciente, será el corolario se garantiza la palabra. Es así como en la tercera divi­
de otra negativa relativa a la posición del inconsciente sión del texto, “La letra, el ser y el otro” , cuando se
mismo. El inconsciente ya no será el asiento de los ins­ trata de definir el Otro (con una O mayúscula) cuyo in­
tintos. Si hay, pues, una materialidad del lenguaje co- consciente es el discurso, es decir, cuando se trata de
mo del inconsciente, en ningún caso hay que pensar tal arrancar el sujeto del inconsciente a toda identidad de
materialidad, al menos según lo que se hace decir al sí, y a toda simple alteridad, para designarlo en su “ex­
materialismo clásico, como una materialidad sustancial. centricidad” y su “heteronimia” radicales, Lacan, si­
ria letra es materia, pero no sustancia. Y es justamente guiendo de muy cerca, como lo hace con frecuencia, la
este término incalificable, irreductible aparentemente dialéctica hegeliana del deseo, del conflicto y del reco­
a todas las oposiciones de la conceptualidad filosófica nocimiento, distorsiona el proceso y perturbará sus
tradicional, lo que ocupará en adelante el “lugar domi­ efectos mediante un recurso simultáneo a la teoría de
nante (si es que todavía se puede hablar así) en lo los juegos y a esta doctrina del contrato, de tal manera
que, después de Freud, se indica con el nombre de in­ que el reconocimiento pueda aparecer como el recono­
consciente. cimiento de la palabra, que no supone al Otro como un
origen sino como la regla misma del funcionamiento
— pero esta teoría de la letra compromete también, del lenguaje, a partir de lo cual puede el lenguaje deter­
en un segundo momento, la preinscripción del sujeto' minarse en su doble función de verdad y de engaño. El
por su nombre propio, en el discurso: sujeto, por tanto, será instalado por el Otro en el seno
del lenguaje como “convención significante” (E ., 525;
ed. cast. 210), convención cuyas reglas determinarán el
“Y también el sujeto, si puede parecer siervo del lenguaje, lugar del sujeto mismo y garantizarán, aunque fuese en­
lo es más aún de un discurso en el movimiento universal gañadora, la verdad de su palabra, puesto que la menti­
cuyo lugar está ya inscripto en el momento de su naci­
miento, aunque sólo fuese bajo la forma de su nombre ra no tienen nada de animal, nada que pueda reducirse
propio.” a la ficción natural al servicio de la necesidad.
E., 495; ed. cast. 181. La literalización remite también, entonces, a una
teoría del contrato, del pasaje convencional de la ani­
Esta preinscripción agrava la implicación, ya recono-, malidad a la humanidad. Si se quiere, se trata de un
cida, del sujeto en el lenguaje, y refuerza su literaliza- rousseauismo, con la diferencia de que la célebre difi­
cion. El sujeto del discurso concreto no sólo se ve servi­ cultad del segundo Discurso relativo a la anterioridad
do por el lenguaje como estructura, sino, más aún, y del lenguaje o del estado de sociedad, se zanja aquí a
previamente a ello, por la realización de un lenguaje en favor del lenguaje, con lo cual la dificultad queda anu-

34 35
E l título de la letra La lógica del significante

' a^ a', P?r 1(? d®m,ás’, es eso’ Justamente, lo que marca como ciencia. Evocación que se formula en los térmi­
toda claridad el pasaje que nos interesa: este se- nos de la epistemología contemporánea, es decir, a la
gundo servilismo del sujeto que representa su pre-ins- vez en la evocación de la experimentación en lingüísti­
cnpcion nominal no se funda en la anterioridad de la ca, garantía de la cientificidad de su objeto (E. , 496;
comunidad o de la sociedad en relación al individuo si­ ed. cast. 182), y en la aplicación del concepto bachelar-
no en la anterioridad del lenguaje en relapión al indivi­ diano de ruptura5 al gesto fundador de Saussure. Preci­
duo La socialidad del sujeto lacaniano se confunde samente sobre esta “emergencia” de la lingüística, que
con la primitividad radical de la letra. Ahí reside su li- constituye una “revolución del conocimiento” , es so­
teralidad. De ahí deriva el recurso al concepto de una bre la que hay que ajustar, en tanto desordena y vuelve
tradición originaria, instauradora, anterior a la misma a ordenar la ciencia, uña teoría del sujeto sin relación
historia y producida por el discurso (E., ed. cast. 182). con ninguna clase de antropología o de psicología. A
De ahí deriva también, en el segundo parágrafo de la menos que se trate del movimiento inverso y que la
misma pagina la referencia implícita a Lévi-Strauss, es producción de otra ciencia del sujeto deba surgir del
decir, al desplazamiento de la antigua oposición natu- desplazamiento introducido por la linagüística. Reci­
raleza/sociedad en la tripartición naturaleza/sociedad/ procidad imposible de destruir por ahora; lo único que
cultura, en donde la cultura, que se reduce al lenguaje se puede hacer, si hemos de seguir paso a paso el mo­
es precisamente la encargada de asegurar el reparto en­ vimiento de este texto, es observar que la lingüística,
re naturaleza y sociedad. De ahí deriva, por último la al constituirse progresivamente, va constituyendo tam­
alusión al debate soviético, zanjado, como se sabe, por bién la ciencia del sujeto.
btahn, a proposito de la superestructura del lenguaje. En la segunda parte trataremos de reconstruir esa
constitución, recortada entre las páginas 497 y 501 (ed.
cast., 182-187) del texto, y que hemos titulado: el al­
En conjunto, estas precisiones apuntan a recusar to- goritmo y la operación.
da inflexión etno-hngüística de la teoría del sujeto pe­
ro desde ya se comprende que todo este contractualis-
mo solo tiene la finalidad de preparar la instalación de
la teoría del sujeto en el seno de la única ciencia que
pueda convenirle. H
Esta ciencia, tal vez es la ciencia de la letra. Pero el
hecho de que haya que fundarla no quiere decir que ca­
rezca de origen ni que, en cierta manera, no esté ya
constituida. La ciencia de la letra no está exenta de re­
laciones con la lingüística, al menos en la medida en
que la teoría del sujeto debe pasar necesariamente por
una teoría del lenguaje. Por esto se puede considerar
que esta primera parte se cierra con la evocación que 5 Más exactamente, la alusión de Lacan remite, indudablemente, a una
combinación de los conceptos de refundición y de ruptura, tal como
Lacan hace de la fundación saussuriana de la lingüística se los encuentra en Bachelard. E., 496-97, ed. cast. 182-183.

36 37
2. El algoritmo y la operación

Se trata, pues, de tematizar, en la lingüística que ha


abierto Saussure, la ciencia de la letra.
Del concepto de ruptura epistemológica al cual se
refiere implícitamente, Lacan retiene el elemento según
el cual se requiere una ciencia que no suija del simple
tratamiento de un nuevo objeto empírico, sino de la
determinación previa de un modo de cálculo (y de
una conceptualidad correspondiente), a partir de la
cual, y solamente de ella, se pueda construir un objeto
de ciencia.
Esta es la determinación que Lacan interpreta como
la posición inaugural de un algoritmo:
“Para señalar la emergencia de la disciplina lingüística, dire­
mos que consiste, caso que es el mismo para toda ciencia
en el sentido moderno, en el momento constituyente de
un algoritmo que la funda.”
i?., 497; ed. cast. 182.

Pero utilizar este término implica, al menos, desple­


gar todos los conceptos de la epistemología bachelardia-
na. Efectivamente, si el algoritmo designa, en su primer
sentido, un procedimiento de cálculo algebraico, sabe-

39
E l titulo de la letra
La lógica del significante

cunstancia de que la enseñanza de Saussure es “una


enseñanza digna de tal nombre, es decir, que sólo po­
demos detenernos sobre su propio movimiento” .
En efecto, entre muchos otros, encontramos en Sau­
=«g jS a S
’ SSSSS ssure el siguiente esquema,1 que es, sin duda, el más
aproximado al algoritmo lacaniano:

R ¡s t= E “ i
S o ' r “ ep! f ">“« « > «al como lo d e n n f ?Ór e!¡m
Significado
^Significante,
Si lo comparamos con el algoritmo, notaremos que
que instaura la lingüística como cien o " Pero e n ta l'™ el significante aparece aquí debajo de la barra (por lo
demás, desde este punto de vista, todos los esquemas
SO la notación que propone Lacan: -f,só lo sería una de Saussure son idénticos), y que, aun tomando en
cuenta la simbolización que Barthes atribuye a Saussu­
re-JíÍIIlÍ£i que ^vierte el esquema saussuriano (pese a
‘ Signdo.
que Barthes lo interpreta en términos estrictamente
saussurianos2), jamás nos encontramos, en realidad,
con algo más que un cómodo procedimiento de nota­
ción. El algoritmo, por el contrario, se distingue por
í i s s s r » r ? f°;ay
e, momento es n ^ t o S
cuatro características píincipales, que son:
1. La desaparición de un cierto paralelismo entre los
términos de uno y otro lado de la barra, puesto que no
sólo se debe leer, como lo indica Lacan, “significante
sobre significado” , sino “S grande” sobre “s chica”
= * S S 2 ,: ; ~ - ~ í (que, además, se escribe en bastardilla).
será práctfcameme ta p S e 1 ‘ S ’ ^ ^ r« ió n , 2. La desaparición de la elipse saussuriana, jamás au­
sente y que simboliza, como se sabe, la unidad estruc­
f c a t < " K to - tural del signo.
3. La sustitución de la fórmula saussuriana de dos
caras del signo, por la designación de dos etapas del
algoritmo.
tica generar (E. 497- ed casi i x n p de.lmSuis-
como dice Lacan,
Taran «uA ,? autorizado
183)- Forzamiento, o 1. Cours, pag. 159. (Hay version en castellano: Curso de lingüistica gene­
orno dice homenaje”, por la cir­ ral, Losada, Buenos Aires).
2. Eléments de sémiologie, II, 4.
40
41
El título de la letra La lógica del significante

4. Por último, el acento que se carga sobre la barra relación del significante y el significado, en resumen la
que separa S de s. (El algoritmo se lee: “significante so­ producción de la significación misma, jamás serán evi­
bre significado, en donde el sobre responde a la barra dentes, y esto es lo mínimo que se puede decir. El des­
que separa ambas etapas” .) plazamiento que se ha operado con respecto a Saussure
Esto es por otra parte, lo que el mismo Lacan ex­ no consiste en primer lugar y simplemente, como tantas
presa en el comentario que propone a propósito de este veces se ha dicho en la autonomización del significante.
algoritmo: La autonomía del significante es efectiva, pero segunda.
'La temática de esta ciencia [la lingüística] estásuspen- Depende - y el texto que acabamos de citar lo indica
dida desde ese momento de la posición primordial del explícitamente de un párrafo al otro—de la resistencia
significante y del significado como órdenes distintos y se­ misma. Lo primordial (y fundador), es en realidad la
parados inicialmente por una barrera resistente a la signifi­ barra. El corte por el cual se instaura la ciencia de la
cación.” letra no es otra cosa que el corte introducido (o, al me­
E.,A91\ ed. cast. 183.
nos, acentuado) en el signo.
Pero en seguida agrega:
En un único movimiento, la ciencia de la letra se ins­
“Esto es lo que hará posible un estudio exacto de los lazos tala en la lingüística y a la vez la destruye. Posición pa-
propios del significante y de la amplitud de su función en radojal y, llevada al límite, insostenible. ¿Cómo fundar
la génesis del significado.” una ciencia si se destruye su elemento fundante? ¿Cómo
destruir una ciencia si se mantienen todos sus concep­
En consecuencia, la posición de los dos órdenes tos? ¿Acaso es posible, ya que de eso se trata, re-fundar,
distintos del significante y del significado, no sólo con­ o refundar una ciencia ya constituida mediante el ata­
duce al endurecimiento de una oposición indudable­ que, en sus propios términos, a lo que la constituye en
mente efectiva en Saussure, aun constantemente corre­ tanto ciencia? Más que una posición insostenible, ésta
gida por la idea de una relación constitutiva del signo es una tarea imposible. La ciencia de la letra sería este
en su indisociabilidad (la célebre imagen, por ejemplo, imposible: una lingüística sin teoría del signo. ¿Cómo
del anverso y el reverso de una misma hoja, o bien la podría darse esto, cómo podría funcionar?
doble flecha invertida que encuadra, en la mayoría En realidad, no funciona. Por lo menos, no de esa
de los casos, el esquema del signo3), sino que, en manera. No es casual que en este punto del texto se
sentido más radical, la separación de estos dos órdenes abra una suerte de paréntesis que difiere o suspende
por una barrera resistente a la significación invierte to­ la demostración por una página, retorcida y difícil.
talmente la concepción saussuriana del signo. Allí don­ Aparentemente se trata de marcar, como al margen, el
de lo inicial, para Saussure, es la relación (o la recipro­ alcance exacto de la ruptura que se ha introducido en
cidad, o la asociación), Lacan introduce una resistencia, el pensamiento del signo; nada menos -s e d irá - que el
y una resistencia tal que la transposición de la barra, la cierre, y la condenación, de toda la problemática filo­
sófica del signo. En realidad, el movimiento que se
3' n /^gnificadoX
V^ignificante/
anuncia aquí es mucho más complejo o, si se prefiere,
más equívoco.
42 43
El titulo de la letra La lógica del significante

^Problem ática filosófica del signo es la cuestión de ble rayo divergente de la causa en la que se ha refugia­
f V « ¡ » d o n primordial [el corte del do en nuestra lengua y de la nada a la que ha abando­
signo] va mas alia -dice Lacan- del debate sobre lo ar­ nado su ropaje latino [rem].'n,E., 498;ed. cast. 184).
bitrario del signo tal como se ha elaborado desde la re­ Aquí no es casi posible, en otros términos, ir más
flexión antigua... (E., 497; ed. cast. 183). Falso deba- allá de un reconocimiento de la necesaria unión, dado
ícuestión
n ^ A e b todas
i V Tlas’ respuestas
PU6St° que’ en pueden
la clausura lo arbitrario del signo, entre significante y significado.
darsede “nos
esta
que Y es precisamente en este reconocimiento, que más o
desvian del lugar desde donde el lenguaje nos interro­ menos explícitamente recubre hasta nosotros todo el
ga acerca de su naturaleza” (E„ 498; ed. cast. 184) campo de la metafísica, en donde la lingüística queda
¿Pero por qué exactamente? atrapada. La lingüística, o su doble torpemente filosó­
En realidad, lo que está en cuestión no es lo arbitra- fico, el neopositivismo lógico. Esta es, por otra parte,
no del signo como tal. Y no sólo eso, sino que, en el la razón por la cual Lacan no se refiere directamente a
imite, tal vez podamos preguntarnos si no habría que Saussure (cuya duda acerca de lo arbitrario es conoci­
d e c lr mas bien al contrario. Pues lo que está en discu- da), sino a las rectificaciones posteriores, de las que no
sion es una cierta manera de plantear la cuestión de lo podemos decir que se trate de efectos de algún retraso
rbitrano, o, mas exactamente, el tratamiento del len­ de la lingüística sobre su propia cientificidad. Así, por
guaje al que obliga una cierta posición de lo arbitrario ejemplo —y esta es una alusión a la inmotivación de
Esta posición de lo arbitrario es el reconocimiento di- Benvéniste5— esta comprobación que rige la dificultad
gamos post-cratileano, de la aporta de la referencia: de lo arbitrario del significante, “que no hay lengua
El estancamiento -dice L acan- desde la misma épo­ existente para la cual se plantee la cuestión de su insu­
ca, Probo que se opone a la correspondencia bi-unívo- ficiencia para cubrir el campo del significado, ya que es
ca de la palabra y la cosa, aunque fuera en el acto de un efecto de su existencia de lengua el que responda a
denominación {E., 497; ed. cast. 183). Todo el “mal” todas las necesidades” (E., 498; ed. cast. 183); así tam­
por así decirlo, proviene de que se ha pensado el len­ bién, en el positivismo lógico, es lo que obliga a la du­
guaje en relación con la cosa. Pues a partir de la ruptu- plicación de la cuestión del sentido, “a la búsqueda del
ra entre el signo y la cosa, ya es casi imposible ir más sentido del sentido” (E., 498; ed. cast. 184), es decir, a
alia de la respuesta agustiniana4 (ninguna “significa- plantear la cuestión del sentido de un sistema de signi­
cion se sostiene sino por remisión a otra significación” , ficaciones cerrado sobre sí mismo.
E., 498; ed. cast. 183) o de la solución conceptualista En consecuencia, no hay que pensar el lenguaje a
y nominalista (“ Si pretendemos encontrar en el lengua­ partir del signo. Por esta razón, desde el. pensamiento
je la constitución del objeto, sólo podremos comprobar del signo, es decir, desde este pensamiento que “des­
que únicamente se halla en el nivel del concepto, muy motiva” el signo para “ motivar” mejor el significante
distinto de todo nominativo, y que la cosa, al reducirse en su relación con el significado, no es posible transgre­
con toda evidencia- al nombre, se quiebra en el do- dir la ley de la representación : esta ley es la ilusión
misma.
4. Lacan se refiere aquí al De Magistro. 5. Cf. “Nature du signe linguistique” (1939), en Problèmes de linguisti­
que generale, pag. 49 y ss.

44 45
E l titulo de la letra
La lógica del significante
el filié ^sideraciones, P°r muy existentes que sean para
it f° ’ n° S Í eSVlan del lu8ar desde donde el lenguaje Por esta razón la operación consiste en hacer la dis­
nos interroga sobre su naturaleza. Y nadie dejará de Iraca tinción entre el esquema saussuriano del signo y el es­
sar si sostiene su cuestión, mientras no nos hayamos des­ quema del algoritmo. Lo que prueba, esta vez en forma
prendido de la ilusión de que el significante responde a la
función de representar al significado, T l a m ^ s meio definitiva, que el algoritmo no es, en tanto tal,
que el significante deba responder de su existencia a título comparable al esquema de Saussure. Solamente le es com­
de una significación cualquiera.” 0
E., 498; ed. cast. 184. parable su ilustración.
El esquema de Saussure elegido por Lacan es el es­
quema del árbol. Saussure, como sabemos, lo dibujaba
qque
u f sentidnd
sentido, aafríin^ deQUe ah°ra la86ciencia
comPre*de
asegurar de la mejor
letra en
se
trata de arrancar a la lingüística de la filosofía del sig­
no, en que sentido hay que destruir el signo. La tare& a
consiste en trabajar el signo hasta destruir en el mismo
toda función representativa, es decir, la propia relación
de significación. Es este, precisamente, el papel v la Lacan lo reproduce invirtiendo y suprimiendo en él
unción del algoritmo. El algoritmo no es el O la elipse y las dos flechas de la asociación:
mejor aun el algoritmo es el signo en tanto n o t i f i c a
ARBOL
ignif cante) O, t repreHsentación del significado por el
significante). Quiza podríamos arriesgamos a escribir-
el algoritmo es el signo (tachado). Antes s in o tachado
que signo destruido. Signo que no funciona No desa
parece ninguno de los conceptos de la teoría del signo
significante, significado, significación, subsisten. Pero Luego le pone el esquema del algoritmo (esquema
su sistema esta invertido, pervertido. que ahora nos interesa reproducir —en seguida veremos
por qué—, comprendidos los picaportes):
Precisamente esta perversión del sistema del signo es
CABALLEROS DAMAS
Fnq¡¡f iUHdu 3 operacion montada sobre el algoritmo
En realidad, una vez instalado el corte en el signo
(acentuada la barra), la operación recae esencialmente
sobre el significante: se trata de hacer padecer al signi
ficante un desplazamiento tal que ya no sea posible
v r o v o n S n element0 SÍgn° ’ Sin° ^ ue «ea necesano Esto constituye una suerte de doble parodia del es­
re n ta r , arar; sobre el antiguo nombre, un con- quema saussuriano. ¿En qué consiste precisamente la
siifsigiu^cación06" 05 P" ad°ja' : el de u" M e a n t e diferencia?
6. Cours, pag. 99.
46
47
El título de la letra La lógica del significante

ranrp f acan~ sin extender demasiado el al­ que simbolizan con la cabina [la indecibilidad está aquí
cance del significante interesado en la experiencia me­ en el “con” ]... el imperativo, etc.” Volveremos en se­
diante la simple duplicación de la especie nominal por la guida sobre este equívoco. Digamos simplemente aquí
mera yuxtaposición de dos términos cuyo sentido comple­ que en el lugar del significado se introduce la simboli­
mentario parece deber consolidarse por ella sorprende zación de una ley, que es una ley de segregación sexual,
una precipitación del sentido no esperada: en k £?gen de
las dos puertas gemelas que simbolizan, con el lugar excu­ y de la cual Lacan indica muy bien que es prácticamen­
sado que se ofrece al hombre occidental para satisfacer sus te universal, y comparable en ello a las leyes generales
narerírdes Rurales fuera de su casa, el imperativo que de la cultura.
S l ! mp COn 3 P n may°ria de las comunidades 3. Por último, el pasaje del significante en esta sim­
primitivas y que somete la vida pública a las leyes de la se­ bolización (el equivalente, en consecuencia, del proce­
gregación urinaria.” y a se so por el cual se engendra la significación) es dado co­
E., 500; ed. cast. 185. mo una “precipitación del sentido” . Notable formula­
ción, una vez más, ya que se presta al menos a tres in­
Descompongamos: terpretaciones, divertidas por otra parte: 1) puede que­
rer decir que el sentido cae por su propio peso (y no se
dice dónde...); 2) o que el sentido va demasiado rápido
1- Dos términos se inscriben por encima de la barra y que pone en corto circuito al significado (el hombre
de baussure) PnÍ8nÍfíCante (° dede13la‘W n a c úlasdu­
S’ y la mujer, en tanto conceptos, apenas resultan audi­
Pnmer momento operación: bles sólo a través de la puerta; 3) por último, que el
plicación del significante o, más exactamente, la intro­ sentido se precipita en la acepción química del térmi­
ducción de una dualidad en el significante, es decir, de no, es decir, que se deposita, como tal, en el medio o la
una diferencia. En el sistema saussuriano, esta yuxtapo­ solución del significante.
sición (evidentemente posible) hubiera otorgado a la De ahí en adelante vemos que la “sideración” (me­
diferencia la función de consolidación del valor de cada diante un golpe bajo) del debate nominalista (E., 500;
uno de ambos términos, y, en consecuencia, de su valor ed. cast. 185), consiste en suprimir pura y simplemente
complementario. Pero precisamente este esquema no es toda la cuestión de la referencia (comprendida como
saussunano. En efecto: determinante la posición del significado) para sustituir­
2. En el lugar del significado (o del concepto) espe­ la con un “acceso” del significante al significado (E.,
rado por ejemplo, las siluetas masculina y femenina- 501; ed. cast. 186), una “entrada” del significante en el
se encuentra la imagen de dos puertas” . O bien el es­ significado (E., 500; ed. cast. 185) a través o más bien
quema en su totalidad reproduce o figura un dispositi­ mediante el juego del significante y sólo de él, que aquí
vo real (un mingitono público, o al menos su fachada) se ve conformado en su triple determinación: materiali-
e" el del significado, y borrándolo, se ha dad/localización/simbolización.
introducido otra función. Lacan, en una formulación
particularmente ambigua (que aparentemente impide
que podamos decidirnos entre el símbolo y lo real) Ahora se trata de reconstruir justamente ese proceso
habla de simbolización: “La imagen de dos puertas... de la “significación” ; al menos el primer tiempo de este
48 49
E l titulo de la letra
La lógica del significante

£ r a qr sPp ^ andén a lo largo del cual el tren se detiene: “ ¡Mira, dice el


hermano, estamos en Damas! A lo que la hermana respon­
de: ¡Imbécil! ¿No ves que estamos en Caballeros?”
como tal- s“ “Aparte de que, en realidad, los rieles materializan en
n n í S ,c“ junt0 d? este funcionamiento se podría pro­ esta historia la barra del algoritmo saussuriano en una for­
s e a m o s :eSqUema“ 2M ° " aProximativa que" aquí j £ . ma perfectamente elegida para sugerir que su resistencia
pueda ser de naturaleza no dialéctica, habría que ser ciego
—que es la imagen más conveniente— para confundirse
acerca del lugar respectivo del significante y el significado,
y no advertir de qué centro de irradiación refleja su luz el
primero en las tinieblas de las significaciones incompletas.”
E., 500; ed. cast. 186.

Así, el hecho de que ambos niños elijan, como nom­


bre de la parada (sin descifrar, en consecuencia, el sig­
nificado), la inscripción que corresponde al lugar de ca­
da uno, se debe a que ocupan lugares distintos y opues­
tos. Cada inscripción (o cada lugar), excluye a la otra.
Así, cada vez, la elección que se realiza resulta ser la
del sexo opuesto. Es esto lo que Lacan relaciona inme­
diatamente con la castración (el agujero, el centro irra­
diante) y lee como su inscripción —aunque a condición
de pensar la castración misma como relacionada, en úl­
tima instancia, tal cual lo veremos, al agujero (del) sig­
nificante. En otros términos, un uso meramente signi­
ficante, puramente toponímico, corresponde a una po­
sición de la diferencia de los sexos a partir de lo que la
vai?ioUemae CÍÓn que’ en caso de no ser engañosa determina, es decir, la presencia/ausencia del pene (pe­
este ;°„ qul ™ ' enn ™ «enf a l las esquem atizaos“ ro a condición, esta vez, de relacionar esta alternativa
• P ' ero úue no vale, de todos modos la ilustra­ con la alternativa estructural en la que, como se dice
ción que propone Lacan puesto nnp “nn u ’ también en el “seminario sobre ‘La carta robada’ ” , “la
construido que pueda igualar el relieve que se enc™en° presencia y la ausencia se convocan recíprocamente” 7).
tra en lo vivido de la verdad” . Y en realidad • En consecuencia, únicamente de este “centro” se pue­
de acceder al significado, el que, por otra parte, aquí
sólo se indica del lado de las tinieblas, el inacabamien­

s S i - s s to. Los niños permanecen simbólicamente separados de

7. E„ 46.
52
53
El título d e la letra La lógica del significante

la significación por las vías, o si se prefiere, las vías im­ “El algoritmo, en tanto no es otra cosa que mera función
del significante, sólo puede revelar una estructura de sigm
piden (pues no son “dialécticas”) que la significación
se cumpla. Además, el comentario que sigue inmediata­ ficante a tal transferencia.”
E., 501; ed. cast. 187.
mente establece con claridad que la diferencia animal
natural de los sexos, no es la diferencia y que sólo eí
uso del significante puede inscribirla como tal, lleván­ Esta fórmula, como se advierte, no es clara ni unívo­
dola a la Disensión (el mitema de la Ept? primordial) ca. Pues lo que aquí constriñe, lo que domina todo el
donde se engendra la guerra sin medida de la tragedia proceso, es que el propio algoritmo sea puia función
o la irreductible dualidad de las patrias platónicas ’ del significante” . Ahora bien, esto puede entenderse de
dos maneras: . . .
- o bien, función del significante quiere decir sim­
Ahora comprendemos mejor qué es el significado pa­ plemente que el algoritmo está escrito en función del
ra Lacan, o mejor aún, cuál es exactamente el despla­ significante o, más precisamente, que es la notación de
zamiento que Lacan le imprime (“ ...he definido el sig­ la posición y del proceso del significante. Esto a su vez,
nificante como nadie se ha atrevido a hacerlo” 8). Ya es como decir que el algoritmo vale aquí por su conte­
no es la otra cara del signo respecto del significado y nido, tal como ha sido previamente determinado. Pero
cuya existencia se agota en tal asociación, sino el or­ dada esta formulación, se ve reforzado (por la pureza
den del espacio según el cual la ley se inscribe, se marca de la función) el predominio del significante. Si el algo­
como diferencia. O, inclusive, como ahora vemos que ritmo debe leerse únicamente como notación del signi­
hay que nombrarlo, ese agujero estructural según el ficante y de una operación para la cual es suficiente, si
cual Ja ley se marca como diferencia. el algoritmo sólo se escribe para indicar la primariedad
Dicho esto, queda aún por producir la operación autosuficiente del significante, el significado que en él
Hay que asegurar el funcionamiento del algoritmo es figura (o mejor, que en él tiene lugar) sólo esta allí a
decir, en realidad, permitir al significante único que’so- modo de recuerdo o a título de efecto segundo, deriva­
porte el peso de tal funcionamiento, puesto que la “sig­ do de la operación significante de la que no es contem­
nificación no debe pasar por el significado. Esto es poráneo de ninguna manera y de la que no participa.
abrirse una “entrada” en el significado, pero sin apo­ Pero ya sabemos que es imposible leer de esa manera
yarse, en ningún momento, en ningún significado. En el algoritmo. , , , . ..
ios términos de la ilustración ferroviaria -observemos, - o bien la fórmula pura función del significante in­
de paso, que el equívoco del simbolismo prosigue— se dica que el significante funciona como algoritmo, es
trata de que el significante franquee las vías y que acce­ decir, según la naturaleza algorítmica del algoritmo. El
da a los niños (por la puerta, el pasillo o la tubería del algoritmo, en efecto, según la expresión de la página
vagón). 498 (ed. cast. 183). no tiene ningún sentido. Esta au­
La “fórmula” de esta operación es la siguiente: sencia de sentido estriba en el funcionamiento autóno­
mo de la cadena algorítmica, mientras se la conciba co­
mo una cadena de marcas diferenciales, es decir de
8. “Radiophonie”, Scilicet, n° 2/3, pag. 65. marcas que no marcan nada por sí mismas, a no ser sus

54 55
El titulo de la letra
La lógica del significante

siss/ars sMrsywi— ■ de posibilidad de la palabra, es porque, previamente,


tiene algo de significante originario a partir del cual se
teje la combinación significante. Pero justamente bajo
la condición de no ser nada por sí mismo, y nada al
extremo de no admitir a su vez un Otro, será el Otro

kS sS S ^ del Otro, Dios, si se quiere, o un símbolo O. Al contra­


rio, a partir del significante de la falta de tal símbolo
(¿y de Dios?), puede articularse la cadena de significan­

íiiil? = p s s tes. Es el significante “a falta del cual todos los otros


no representarían nada” , pura separación del signifi­
cante en general. De ahí la necesidad de esta tercera
cita:
s i i i P P i “Ahora bien, puesto que la batería de significantes, en
cuanto que es, está por eso mismo completa, este signifi­
cante sólo puede ser un rasgo que se traza de su círculo sin
poder contarse en él. Simbolizable por la inherencia de un
(—1) al conjunto de los significantes.
Como tal, es impronunciable, aunque no lo es su ope­
ración...11”

g S “ S = “==S En consecuencia, nos encontramos aquí con algo así


como una operatividad en el principio de lo que Lacan
É ^ g 2S S S denominará muy pronto la significancia, sin que por
ello quede explícitamente tematizado el valor de ope­
ración (de mecanismo) como el momento del sentido y
de la operación. Volveremos sobre este punto. Por
ahora contentémonos con observar que de allí la opera­
^ S S S S S iS ción extrae su propia posibilidad, y que así se funda la
lógica del significante, es decir a la vez su autonomía y
su funcionamiento paradojalmente “centrado” en un
conjunto. Un significante aue ufr'01*!?13 el jue8° en su
ficante de la falta en el Otrn q denom,lna el siSni- agujero, en la falta.
e. Otro es Podría pensarse entonces que, por último, es posi­
ble, después de un cierto tiempo, previamente anuncia­
in' 806 ; ed. casi. 317. do, asegurar esta entrada en el significado. Sin embargo,
10. E., 801 ;ed. cast. 313.
11. E., 819; ed. cast. 330.

56
57
El titulo de la letra

no hay nada de eso; ello tiene lugar aún. Todavía es


necesario mostrar que el sentido puede producirse
efectivamente, a partir de la mera letra. Todavía hav
que mostrar hasta qué punto se puede prescindir del
signo. Ese es el objeto de lo que determinaremos como
tercera parte de este texto, a la que hemos dado un tí­
tulo que dejara de sorprender a las pocas páginas. Helo
aquí: el árbol del significante.
3. E l árbol del significante

La fórmula que acabamos de comentar (“ pues el al­


goritmo, en tanto no es otra cosa que mera función del
significante, sólo puede revelar una estructura de signi­
ficante a tal transferencia”), definía la forzosidad o las
condiciones propiamente estructurales del funciona­
miento significante. Esta estructuralidad del significan­
te es lo que Lacan propone como articulación:
“Ahora bien, la estructura del significante consiste, co­
mo se dice comúnmente del lenguaje, en su articulación.”
E., 501 ;ed. cast. 187.

Lo que quiere decir dos cosas:


1. Que las unidades significantes, desde el punto de
vista de sus “englobamientos crecientes” (es decir, en
lenguaje saussuriano, desde el punto de vista del siste­
ma), se descomponen en “elementos diferenciales últi­
mos” (id.) que son los fonemas de la fonología y a pro­
pósito de los cuales Lacan subraya exclusivamente su
carácter de “acoplamiento diferencial” .
Ahora se comprende por qué se otorga un cierto pri­
vilegio a la ipcóvrj , que la predestina, precisamente, a
la escritura alfabética. De ahí el uso de la palabra letra,
58
59
El titulo de la letra
La lógica del significante
reúne en la figura de los caracteres tipográficos los
r :frnSneSenCia es del siSnifícante: por un lado su mate co, las condiciones de posibilidad que proporciona la
ro ld a d y su aptitud para la localización • D o r o tr n T r ^ estructura ceden lugar a la producción del sentido.
su estructura diferencial. 5P° r otro lado> De esta manera, revela Lacan -e n la dimensión hori­
zontal o lineal del discurso—no la realización o la fija­
.P?r lo c¥al se ve que un elemento esencial en la Dalabra ción definitiva del sentido (puesto que “ninguno de los
elementos de la cadena consiste en la significación de
Q u e t t £ ? r ad0 a d,eslizarse en los caracteres móviles
la que es capaz en ese momento” [E., 502; ed. cast.
188]), sino la perpetual anticipación del significante so­
3 ñ - J & S * '* «"■*" bre el sentido. De allí la utilización de frases incomple­
E-, 501 ;ed. cast. 187. tas: siempre es..., yo jamás..., quizá todavía..., que pro­
ducen efecto significante toda vez que dejan de plantear
signos y suspenden el sentido. Esta utilización re­
Esta descomposición en elementos define en general mite, por ejemplo, al análisis del Presidente Schreber,
el orden del léxico, es decir “el orden de los e S K tal como los había desarrollado Lacan dos años antes
mientos constitutivos del significante” rm/o i , v T “
p en o res “la locución verbal”" ^ - y tal como vuelve a tomarlo en el texto titulado: “De
una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de
puntoQde v í,a Tde mas la psicosis”2.
punto de vista sus “ usurpaciones
Ídí“ies desdeíes
recíprocas” el
Lacan refiere esta anticipación a la teoría saussuria-
decir, en lenguaje saussuriano, desde el punto de visS na de los “dos reinos flotantes” . Mas cabe la sospecha
den cerrado
cerrado” ((E de que, dado lo que es menester obtener de ella, lo ha­
aen £ , ^ 501;
? ° ed.
T cast.
“Se8“186).
" lasLacan
'» V ddefine
e un or-
es- ce al menos para forzarla. Sabemos que para Saussure3
b in a S " n r ™ , se trata de describir la formación del signo como el cor­
te simultáneo de dos masas flotantes, la de los sonidos
y la de los pensamientos, en cuyo interior ni los soni­
dos ni los conceptos aparecen en tanto tales antes del
corte que es el de la lengua. De donde el bien conocido
esquema:
ía frase 68 * U" &d inmediatamente superior a (ideas confusas)
La articulación significante puede describirse enton i A
sS e m T p e ro s ó ? 8 ^ Saussurianos del sintagma y del
, ‘ ro scdo si se mantiene el funcionamiento de
la pura estructura significante más allá del punto en
nde, desde un punto de vista estrictamente^ingüístb

1. Le langage, pag. 56.


(sonidos confusos)
2. E„ 539-540.
3. Cours, pag. 155-156.
60
61
El titulo de la letra
La lógica del significante

UustoCt“e|dL r te esql!ema d¡ce U a n 9ue el mismo al menos, del efecto de significación o de sentido? Al
postergar, lo mismo que al imitar, por otra parte, el
propio movimiento que se trata de pensar; al postergar,
decimos, la posición de esta cuestión o, más precisa­
m o^se^icm di^el^igno^uerainM te^ob^kís^ie^sí'se mente, el tratamiento de esta cuestión, se ha consegui­
pechoe™ Hablar
pecnosa. ÍÍab k í‘der H* V f6lmu,a tan
de deslizamiento de fam<
uno >de
sa M
los »térmi­
sos- do también (hasta cierto punto) hacer posible la opera­
nos en vez de hablar del flujo de los dos V* * ción de perversión, o, como dice Lacan, de rodeo del
puesto, mucho más que forzar o invertir. N otólo por­ sistema saussuriano. Y, por otra parte, como se verá en
que el significado, una vez más, soporta todo el peso de seguida, una vez que la falla descubierta queda precipi­
tada, alusivamente cerrada, esta situación se prolongará
a u T s é T v tr 0 POrqUe la “ima®en” que por un tiempo. Pero el esquema de los “reinos flotan­
m ieíto de ese tin?, p Pres,ta> y con razón> a u” «rata-
miento de ese tipo. Por otra parte, también por esto a tes” resiste. El esquema de los “reinos flotantes” , es
ñn de enunciar su fragilidad, Lacan simula tomarla nre decir, el esquema que no sólo da cuenta del signo en
ci^am enepor una imagen simple: “imagen que se pa­ general, sino también del funcionamiento concreto de
rece d ice- a las dos sinuosidades de las Aguas sune la lengua misma, lo que, como sabemos, obliga a pasar
de la significación al valor4 .
deT céL T is6 oDoble
uei orenesis. íb le 6!! ^ cuyas
flujo miniaturf de lo« son
referencias manuscritos
alm Se sabe que la “ solución” es la teoría que se conoce
como delgadas rayas de lluvia que en el esquema^stán como de los “puntos de almohadillado” , que aquí —en
dibujadas con punteados verticales que, se supone lh La instancia- sólo es nombrada, o invocada. Según es­
ta teoría, para recordar brevemente su esencia, para
S stani888)ment° S dC corresP °ndencia” (& 502-503; ed. que una significación se produzca en un momento da­
do, es necesario que, en general, el significante inte­
todSa, ^dí experiencia...
e x p K c r e^ ).° Es
p e necesario
Una CrítÍCa(“Contraestova
mantener la inHe rrumpa aquí y allá el deslizamiento del significado co­
pendencia y la preexistencia del significante contra el mo por un fenómeno de anclaje que da lugar a la pun­
tuación “donde la significación se constituye como
s S c “ S Ty ddel
sigmricante ? u significado
T r ' *Ul’°,rdina
al corte laprevio
constitución
del signodev producto terminado” 5. Véase, entre las páginas 805 y
que plantea la coextensión de la cadena de los signfíca^ 808 de los Ecrits, (ed. cast. 316-320), cómo se monta
el gráfico de el “punto de almohadillado” ; o bien susti-
s X a significado
. n, sades " ifirPero, ,e ' curiosamente,
De aw ei sh
parece que túyase simplemente el “río ” del esquema saussuriano
de los “reinos flotantes” por una suerte de almohada,
hasta H °S a<1U1 f n forma bm tal con una dificultad que vista en un corte.
hastci el momento se había soslayado o postergadoq Sí
En realidad, habría que recordar que Lacan nos da
Í " f lfÍCad° - n? deja de ocultarse a la captación de el punto de almohadillado como mítico, de tal manera *
significante, si el significante no consiste jamás en tal o
cual significación puntual, si nada detiene™qUí v al á que no hay significación que no esté, siempre deslizán-
el movimiento de un sentido siempre despeado de sí
nnsmo, remtüdo fuera de st mismo"¿cómo X cuente 4. Cours, pag. 157-158.
5. Subversión del sujeto..., E., 806; ed. cast. 317.
62
63
El título de la letra La lógica del significante
dose fuera de su sentido pretendidamente propio. Es en este punto, se trata de rodear ese cierto “posilivis
lo que subraya el siguiente texto, perteneciente a un se­ mo” de Saussure, si así puede llamarse, que, desde el
minario que data del 22 de enero de 1958, y que cita momento en que se trata del signo como tal (y no sola
Laplanche en ocasión del coloquio de Bonneval sobre mente del significante y del significado “considerados
el inconsciente:
por separado”), o sea, desde el cuarto parágrafo del ca­
pítulo IV, corrige la teoría de las puras diferencias (en
Entre las dos cadenas... la de los significantes en rela­ la lengua no hay otra cosa que diferencias) en beneficio
ción a todo lo que circula de significados ambulantes por­ de una doctrina de la combinación concebida como un
que están siempre en estado de deslizamiento, el prender
con alfileres, e inclusive el punto de almohadillado, es mí­ “hecho positivo” , y por otra parte, “la única clase de
tico, ya que nadie ha podido sujetar jamás una significa- hechos que comporta la lengua” : “cuando compara­
cion a un significante. Al contrario, lo que se puede ha­ mos los signos entre ellos —términos positivos— ya no
cer es sujetar un significante a un significante y ver qué podemos hablar de diferencias”8. Pero, cabe preguntar­
pasa. Pero en este caso, siempre se produce algo nuevo... se, ¿basta esto para explicar que la única necesidad re­
esto es, el deslizamiento de una nueva significación6.” conocida a la linealidad se defina sólo por la orienta­
ción temporal que impone el discurso, reconocimiento
La dificultad se recorta así claramente, por lo menos que parecería más bien salvarla in extremis, permitien­
en forma provisoria. Ello no impide que, durante el pa­ do, a este respecto, que se la tome “como factor signi­
rágrafo y como por accidente, haya atacado la lineali- ficante” , al menos en las lenguas en las que la distin­
dad discursiva de la demostración. Ahora bien, esta ción gramatical del objeto y del sujeto autoriza a que,
linealidad saussuriana es la que, precisa y paradojalmen- cuando se invierten los términos de la proposición (Pa­
te, perturba el discurso. Si consideramos este pasaje co­ blo pega a Pedro, en lugar de Pedro pega a Pablo) se
mo un “comentario” , en diagonal, del capítulo IV del produzca una inversión del tiempo, puesto que, como
Lours, no es indiferente señalar desde ya, lo que no bien se sabe, todo depende de “quién ha comenzado” ?
quita que insistamos más adelante, que, pese a todo la En realidad —acerca de este esfuerzo volveremos a ha­
linealidad constituye el principio de la lengua como sis­ blar—si la linealidad no es suficiente, es porque “basta
tema de diferencias “sin términos positivos” y que (subrayamos nosotros) escucharla poesía... para que en
también por esta razón ofrece este “término de’compa- ella se oiga una polifonía y para que todo discurso se
racion que es la escritura material de las letras7. Dice descubra alineado sobre los varios pentagramas de una
Lacan: la linealidad que F. de Saussure considera partitura” (E 503; ed. cast. 189). Lo que constituye
constituyente de la cadena del discurso, conforme a su esencialmente el discurso no es, pues, la articulación
emisión por una sola voz y en la horizontal en la que se sintagmática, la horizontalidad sintácticá de la cadena,
inscribe en nuestra escritura, si bien es necesaria, no es sino la profundidad paradigmática o sistemática, el jue­
suficiente (E„ 503; ed. cast. 188). Por un instante ha­ go de las correlaciones semánticas o lexicales. En 1a, me­
bría que conjurar la linealidad. Es verdad que, también dida en que la linealidad presenta problema, en esa
6' L»planche-Leclaire:¿ ’Inconscient, une étude psychanalytiaue Ac
medida se tornaobvia la verticalidad (tierra prometida..).
tes du colloque, D. de Brouwer, pag 118 AC
7. Cours, pag. 165-166.
8. Cours, pag. 166-167.

64 65
El titulo de la letra La lógica del significante

Y no es azaroso que se introduzca aquí mediante una “De esta manera, si retomamos nuestra palabra, árbol
ora’, y Un? me^ ^ ora 0 a analogía de la música) -no ya en su aislamiento nominal, sino al término de una
que es tal vez, la metáfora de la metaforicidad en ge­ de sus puntuaciones-, veremos que su superación del algo
neral. Es de sospechar que, de tal giro, derivarían con­ ritmo saussuriano no se efectúa sólo a favor del hecho de
secuencias considerables cuyos efectos habremos de que la palabra barra sea su anagrama.”
medir progresivamente. Pero antes es necesario anali- E„ 503 ;ed. cast. 189.
zar. ¿Que ocurre, en realidad?
Lo que ocurre, simplemente, es que la dificultad Se trata de pura precaución restrictiva. Pues en se­
referente a la linealidad y que imponía, contra todo lo guida sigue, a propósito de este árbol, una suerte de de­
esperado (es decir, pese a la férrea voluntad de poster- mostración, poética en sí misma, acerca del poder poé­
gar aun la superación de la barra y la entrada en el sig­ tico o -com o se dice en los manuales de literatura-
nificado para asegurar la posibilidad de una pura signi­ dcl poder evocador de la palabra. Habría que cuidarse
ficancia), que imponía pues el “almohadillado” y la aquí de creer desplazada tal referencia, siempre que
puntuación, esta dificultad, decimos, autoriza y funda sea verdad que todo ejercicio se apoya, en última ins­
el enfoque poético del lenguaje. tancia, en lo que la posteridad del simbolismo (y sabe­
mos hasta dónde llega...) llamará la alquimia del verbo
o la hechicería evocadora. No es cuestión de comentar
^'?.ha.y cadena significante que no sostenga todo lo que ese texto; pero consultad por lo menos el diccionario
se articula de los contextos comprobados, en la vertical si a propósito de la palabra árbol. Sería mejor brindarlo
se puede decir, como suspendido de la puntuación (subra­ nuevamente para una re lectura, es decir, más que nun­
yamos nosotros) de cada una de sus unidades, de este pun­ ca en toda esta exposición, para una comprensión del
to (subrayamos otra vez nosotros).” ^
E., 503; ed. cast. 189). mismo. Helo aquí:
“Pues descompuesta en el doble espectro de sus vocales y
m e n tí Parte( eS/ St° lo que hace posible inmediata­ de sus consonantes, llama con el roble y con el plátano a
mente retomar la desviación de Saussure, tratamiento las signficaciones con que se carga bajo nuestra flora, de
que no podemos definir de otro modo que por su ca- fuerza y de majestad. Drenando todos los contextos sim­
bbra).
r S VE\ bólicos en los que se lo toma en el hebreo de la Biblia, yer­
El Wit (enr d Sdel
Witz gráfico Hn,tld° máS romántico
esquema se sustituyedepor
la otro
pala­
gue en la colina sin frondas la sombra de la cruz. Luego se
reduce a la Y mayúscula del signo de la dicotomía que, en
?e árbol VCrba1’
del árbol -Y fU9ndad° S° bre el
saussunano9. (barra) la imagen que historia el escudo de armas, no debería nada
al árbol, por muy genealógico que se pretenda. Arbol
circulatorio, árbol de vida del cerebelo, árbol de Saturno o
9' s^sobre i 3" clase
? 1' a<de
] uí’anagrama
d Pasar>que el »queo estáSaussure pu- de Diana, cristales precipitados en un árbol conductor del
o s°bre el tapete otra (en el interesado rayo, ¿es vuestra figura la que traza nuestro destino en la
otro inconsciente), y que podríamos interrogar a esta empresa para
escama quemada de la tortuga, o vuestro relámpago el que
w l h u t a ,dT de ? ° .ha sid0 Planteado como otra d e s v i S u otro
f ? “ |l’re la lingüistica. Esto producirá una dificultad suplementaria hace surgir de una innumerable noche esa lenta mutación
y singular en las relaciones de Saussure y Lacan, que aquí comenza- del ser en el flaWa del lenguaje:
mos a ver como se entrecruzan inextricablemente.

66 67
El título de la letra

¡No!, dice el Arbol, dice: ¡No! en el centelleo


De su cabeza soberbia
versos que consideramos tan legítimos escuchados en los
armónicos del árbol como su inverso:
Que la tempestad trata umversalmente
como lo hace con una hierba.
Pues esta estrofa moderna se ordena según la misma ley
del paralelismo del significante, cuyo concierto rige la pri­
mitiva gesta eslava y la poesía china más refinada. 4. La significancia
Como se ve en el modo común del ente donde son esco­
gidos el árbol y la hierba, para que en ellos advengan los
signos de contradicción del: decir “ ¡No!” y del: tratar co­
mo, y que a través del contraste categórico del particula­
rismo de la soberbia con el universalmente de su reduc­
ción, termina en la condensación de la cabeza y de la tem­
pestad el indiscernible centelleo del instante eterno.” Se ha descrito y puesto en su lugar el dispositivo ar­
E., 504; ed. cast. 189-90. ticulado de la letra, en tanto confiere su estructura al
significante, o en tanto constituye, estructuralmente,
En consecuencia, es éste el modo, o el estilo, en que el significante. Olvidemos por un instante el giro poéti­
se opera de hecho la trasposición de la barra, aún antes co mediante el cual tal significante viene a trasponer la
de ser expuesta. Es decir, la producción del sentido. barra, puesto que, como se vera, el mismo no tardara
Sentido que se dará anteriormente al enunciado de su
propia posibilidad, puesto que, desde el punto de vista en reaparecer.
de la demostración, queda todo por hacer. Tal vez ahora se vea mejor cómo la descripción de la
Por eso, terminada la estrofa del árbol, cumplido el articulación no ha dejado de estar distribuida, todo el
giro, es menester aún trabajar en la producción de la tiempo, en dos registros, que corresponden a un doble
operación significante. De ahí la última parte, que al valor del término “significante” . ,, .
fin nos será dado titular: la significancia. Por una parte, nunca abandonamos el orden del sig
niñeante como algoritmo, es decir, de una unidad en
cierto modo autosuficiente, y que, una vez planteada,
desarrolla autárquicamente sus propiedades, sobre el
modo combinatorio y “localizado (£., 501, ed. cast.
187)
Por otra parte, tampoco dejamos nunca de encarar,
pero como al sesgo, la operación significante por la
cual el algoritmo, en definitiva, tiene que funcionar. La
operación significante es el mantenimiento paradojal,
por debajo del significante: “significante al menos de

68 69
E l título de la letra La lógica del significante

una parte de su concepto lingüístico, es decir, el con­ toca lo que hasta aquí Lacan ha excluido del orden sig­
cepto saussuriano de la “imagen acústica” (o secunda­ nificante. , .
riamente, gráfica) en tanto parte del signo, y, en conse­ Pero ésta es también la razón por la cual e trata­
cuencia, en tanto elemento de (y: en) la significación. miento de la significancia habrá de cubnr, en el borde
i>e trata, pues, del valor activo, productivo, implicado mismo de la significación, todo el valor autónomo y au-
en el participio presente sobre el cual se forma la pala- lárquico del significante (o sea, como ya se ha dicho,
ra significante , y es ese valor el que determinará, al en última instancia todo el valor resistente de la barra),
fin y al cabo (al fin del cálculo algorítmico), lo que La- valor al que, con todo rigor, podremos nombrar no-sig-
can habra de llamar un poco después (E, 510- ed nificante. ..................... _ , ,
cast. 195), la “significancia”*. En conformidad con la literalidad del significante, la
De esta operación debemos ocupamos ahora especí­ producción del sentido debe darse sin tomarse en cuen
ficamente. Pero, como esto se decidirá muy pronto, es ta el significado. Hay que entender, pues, en la fórmula
precisamente la propiedad o lo propio de semejante que abre en cierta manera esta parte del texto ( t áU4,
operación -d e lo que el mismo Lacan denomina “la ed. cast. 190), que “pasar al nivel del significado , es
ío m 10n Pr°Piame,nte significante” (E., 505; ed. cast. siempre y no puede dejar de serlo, pasar al limite del
190)— lo que será cuestionado en su mismo estableci­ significado; dicho de otra manera, sin trasponer ese li­
miento. mite (o: habiéndolo excedido, pero de tal suerte que
La significancia, en efecto, es la operación del signi­ el significado quede en seguida agotado, que la puntua­
ficante cuando “se lo pasa al nivel del significado” , co­ ción se disuelva y que el deslizamiento se perpetúe), n
mo dice Lacan (E., 504; ed. cast. 190), y cuando viene consecuencia, habría que mantener juntas - lo que en
asi a cargarse de significación” (id.). La significancia verdad, no deja de plantear dificultades- estas dos te­
no es, absoluta, rigurosa y simplemente la significación sis: la significancia traspone la barra, y la signficancia
misma, pero tampoco es lo que hace posible la signifi­ sólo se desliza a lo largo de la barra.
cación, ni lo que tiende a constituirla. El término signi-
ficancia aparece en La instancia allí donde acabamos Ya la composición del texto en este pasaje da testi­
de encontrarlo (E., 510; ed. cast. 195), para tradu­ monio de tal operación antinómica (E., 504-509; ed.
cir la Deutung de la Traumdeutung de Freud. En ale­ cast. 189-194). . . . . . . .
mán, hace falta el prefijo be para formar bedeutung, Efectivamente, ya en la introducción del sujeto en la
la significación, en donde el prefijo sirve para mar­ problemática, se anuncia la operación del significante.
car el acto o la operación de dar sentido, de hacer
significante, en el sentido ordinario de la palabra. En “Pero todo ese significante, se dirá, sólo puede operar si
francés, hace falta una desinencia para pasar de la “sig- se hace presente en el sujeto.”
nificancia a la “significación” . La significancia opera E., 504; ed. cast. 190.
así al menos al borde de la significación, es decir, que
En Ia .traducción castellana de T. Segovia, Siglo XXI, se ha traducido
Ahora bien, apenas si se dedica media página a este
sigmjiance por significación. Aquí se ha preferido el término signifí- “sujeto” . A Lacan le basta haber acordado que el sen­
d d T .\ Para marCar maS claramente la originalidad del concepto W.
C tido no puede tener lugar más que para y por el sujeto

70 71
El título de la letra
La lógica del significante
-determinación de la que hay que decir que no sólo es
clasica , sino que es inherente a los términos oue la to que función referencial). Por esa misma razón puede
com ponen-, para valorar en seguida toda la produc­ reservar el nombre de “signo” —según la definición qui­
ción del sentido a cuenta de una trópica, la de la meto­ se acaba de recordar— para la pura función indicativa
nimia y la de la metáfora, en donde la subjetividad ya que es aquella que corresponde a lo que Lacan llama
no interviene y que ocupa toda la continuación del pa­ “el lenguaje-signo” de los animales2. El “signo” de La
saje, formando a mismo tiempo la conclusión de esta can abarca, pues, el concepto del signo referido, y, gra­
primera parte de la exposición. cias a una insistencia discreta, pero tenaz, por parte de
Solo por el tratamiento al que se lo somete puede Lacan, sobre el motivo de una referencialidad directa,
comprenderse el giro efectuado en el sujeto. En conse­ casi inmediata (recuérdese la exclusión de la “ cosa” , y
su corolario, la voluntad de sustraerse a toda tradición
an T , Comenzar Por detenemos en filosófica del signo, y véase, más adelante, cómo fun­
aquel, con la salvedad de que daremos al comentario
proporciones inversas a las del texto. ciona tal motivo en la constitución de los tropos); gra­
cias a esa insistencia, decimos, Lacan habrá de identifi­
car el signo con la simple señal, o aun con el índice en
“een nel dsujeto
S ’?es 1lo
! C° m° en
“presf ncia” sedel significante el sentido que le da Peirce. El signo, así considerado,
que, realidad, hallaba impli­
cado, mas arriba, en la idea de un acceso al significado es la pura referencia, es decir, aquello contra lo cual se
o de una entrada del significante en el significado, en­ ha puesto la resistencia de la barra, con la autonomía
trada cuya exhibición, necesariamente, se había póster- del significante.
gcido. Este último, por el contrario, cumple la función de V
Que el lugar de la signficación sea el sujeto, queda significancia, en la que no tendría la representación o
suficientemente indicado en la definición del signo tal la indicación del referente, del “algo” . Pero al abando­
como la da La can tan a menudo: nar el “algo” , el significante abandona necesariamente
también su correlato, el “alguien” . Si bien en la signifi­
Signo es aquello que representa algo para alguien.”1 cancia no hay presentación del referente, tampoco ve­
remos presentarse aquella para la cual puede (o debe)
En cuanto al “algo” , esta definición marca lo que ya haber referencia en general; más exactamente, no vere­
emos observado, y que ahora es necesario recordar - a mos presentarse a aquello que, relacionado con la refe­
saber: que Lacan, pese a tomar los elementos de su te- rencialidad, toma al mismo tiempo la forma y la posi­
matica (el significante, el significado, etc.) del signo lin­ ción de un “aquel que” , de un sujeto.
güístico (saussunano), separa la función en la cual v También Lacan prolonga, en la página que hemos ci­
por la cual esos elementos, en la lingüística, se dispo- tado, su definición del signo mediante el complemento
nen en conjunto y como tales, es decir, la función de que sigue:
signo, o la función de significación, en tanto función
representativa (que lo implica, al fin y al cabo, en tan- “pero la posición de este alguien es incierta”.

1. Por ejemplo, “Posición del inconsciente”, Ü., 840. 2. Cf. en particular “Función y campo de la palabra”, E., 296 ss.; ed.
cast. 114.
72
73
El titulo de la letra
La lógica del significante
Precisamente esta “incertidumbre” del sujeto es lo
que tenemos que encarar ahora, en el mismo momento “yo” el que aquí es el sujeto de todas las acciones, es
en que este sobrevive en nuestro texto. Tendremos oca­ decir, de las operaciones significantes: “ yo” puedo
sión, de esta manera, para una doble determinación: “significar” y “ser entendido” . Pero es necesario de­
cir inmediatamente que este sujeto no es el sujeto laca
“significación” ? / ^ ? SUJet0 de « significación, de esta niano.
para “carear?” e n ? f ° S’ CU^ S palabras” están listas Para dar cuenta de esta paradoja debemos considerar
*(E +504
j
ed cast 1«Q ?6"3010,11 PU[amente Unificante
tC <Vcast' 189), no es la subjetividad dueña dpi
el doble registro sobre el cual se desarrolla aquí el tex­
to y que es necesario descomponer en:
™ ™ ° h U presencia” <1=1 significante “en el S t o ”
p de ser, pues, según las intenciones de Lacan una
inversión de los papeles, la subordinación del primero 1. En un primer registro, el texto procede a una
al segundo. El sujeto está más bien dominado C ío suerte de escenificación de un sujeto en el sentido clá­
sico del término (connotado, por lo demás, en el modo
nifícante “suietrf” n‘a Y f 1 “se1«<io” lacaniano del Sig existencial, puesto que se comporta como un persona­
macante sujeto es mas bien el de lugar -tópico v va
je), es decir, de un sujeto capaz de significación, o de
L ? S ? “s é S ° „ ” M SÍg7 fica" te 10 5ue vol°ve)¡ayaa querer-decir (presente aquí en la forma del “querer ser
l a ' S S ^ S S t é m¡sma^UC1T « entendido” [E., 505;ed. cast. 191]).
■ 2- Pero> por otra parte, también es necesario enun­ Aun desde el punto de vista clásico, el querer decir
ciar la reciproca de esta primera proposición el W se mide por su contrario, el no-querer-decir (esto es, en
del significante lacamano es, a pesar de todo, el suieto nuestro texto, los términos “ocultar” [E., 504; ed. cast.
Fundamentalmente, y a pesar de la brevedad de las in­ 190] o “disfrazar” [E., 505; ed. cast. 190]). Es decir,
dicaciones del texto en este pasaje, la lógica del signi que se mide siempre en relación con una verdad como
ficante se deposita aquí en una teoría del Sujeto. § sentido propio, o como adecuación del sentido a una
propiedad.
Pero lo que retiene Lacan no es esta relación en tan­
delPterxto0lT
Vnr a Cll° ’ tenef os clue Partir nuevamente to tal. Al menos sólo le interesa en la medida en que,
del texto. Lo que sorprende en las cuatro líneas aue se
consagran al sujeto (E„ 504-505; ed. cas?. 190) esaue en el interior del motivo de la relación de adecuación,
e proceso de la significación sólo se describe allí como sea posible, en cierta manera, aislar ésta respecto de la
referencia (es decir, de la “cosa” en vista de la cual la
to só "o e ? eT “otSe Pr° dujera f!uera del suJeto. En efec- relación pueda ser adecuada o no, apropiada o no), y
trabajar o hacer jugar la intención comparativa por sí
misma. Recordando la anécdota de los dos niños, La-
S o r qUe' Si" emba,;80' * anun’cia can precisa que la misma seguiría siendo verdadera aun
No cabe duda de que el texto refiere esta función a cuando no hubiera ningún acceso posible al significado
las intenciones y a las capacidades de un sujeto de por parte de los niños, como ocurriría si, supongamos,
este sujeto que “yo” soy, “en la medida en que la len­ CABALLEROS-DAMAS estuviera escrito en un idioma
gua me es común con otros sujetos” (id.). Es este desconocido. Dice Lacan que la “querella de las pala­
bras” no sería menos susceptible de “cargarse de signi-
74
75
La lógica del significante
El título de la letra

ficación” (E., 504; ed. cast. 190). (Agreguemos, de pa­ la retórica como significante (en sentido lingüístico)'.
so, que la posición de “sujetos” de los niños se vuelve En este régimen habrá de desarrollarse la continuación
problemática a partir de este momento, y, de todos del texto: la significancia funcionará como una genera
modos, desplazada.) Así, sólo del juego de los signifi­ lización regulada de la connotación -q u e tendrá que
cantes puede - ¿ o debe?—esperarse que suija la signifi­ ser, a la vez, la desrregulación de la significación y de la
cación. Lo significado, como término de comparación, función del sujeto.
queda al margen. Lo que se retiene es, si se quiere, la Sin embargo, lo que aún retiene el poder de conno­
función de adecuación, abstraída de su contexto, o tación en el interior del querer decir (de donde, en teo­
más bien despojada de toda adecuación o apropiación ría clásica, no podría evadirse, y del que es una modali­
a otra cosa que su propio juego, y en tanto este juego dad particularmente acentuada, si se puede decir), o
hace posible, en su funcionamiento autónomo, una —lo que es lo mismo— aquello que lo reduce a mero
marginación o una alteración por la combinación de corolario del poder de denotación (de adecuación), es
significantes. “En la medida en que una lengua me es esta entrada en escena de un sujeto que puede “saber la
común con otros sujetos” —es decir, en la medida del verdad” : en efecto, puedo, “si sé la verdad, hacerla oír a
contrato y la garantía, tratados ya más arriba-, el que­ pesar de todas las censuras entre líneas” (E., 505; ed.
rer decir puede utilizar esta lengua “para significar muy cast. 190).
otra cosa que la que dice” (E., 505; ed. cast., 190). “ Saber la verdad” es, justamente, lo que el sujeto la-
caniano no puede. Y es semejante sujeto, privado de
El “muy otra cosa” viene a caracterizar la función este saber, quien puede ser el sujeto de una connota­
significante, a calificar su calidad, si todavía podemos ción pura y simplemente destacada o demarcada de la
expresamos de este modo, en el lugar del “algo” que denotación (puesto que, como vemos, mediante tal fór­
determinaría la función del signo. mula se puede dar cuenta de la significancia).
Es, por ejemplo (si bien sabemos que se trata de mu­
cho más que de un ejemplo), lo que viene aquí a desa­ 2. En este punto debemos pasar al segundo registro,
rrollar un nuevo ejercicio acerca de las inagotables posi­ esta vez implícito, de este texto, pasaje que obliga a ha­
bilidades del significante “árbol” . Decir: “trepar al ár­ cer referencia a otros textos de los Ecrits.
bol” {grimper a l ’arbre), en vez de decir “ser engaña­ Si la teoría de la letra requiere un sujeto, éste debe
do” (étre dupe)\ o decir “enarbolar” (arborer) en vez de haber estado hasta aquí, necesariamente, enmascara­
de “llevar” iporter), es producir, más allá del “comuni­ do por aquél que habría que designar más bien como el
cado de los hechos” (y la comunicación se refiere a, o personaje del querer-decir. Este sujeto es el sujeto por
constituye, el sujeto clásico) y a pesar de él, el efecto el cual la única verdad no es ya la verdad de una signifi­
suplementario de burla. Esto es “hacer entender la ver­ cación, o de una adecuación resuelta, sino la que se
dad entre líneas por el único significante” (E 505; ed. anuncia a sí misma en la famosa prosopopeya (que da­
cast. 190). ta de 1956, año precedente al de La instancia) 4 :
Hay que destacar que estas “acrobacias” , como las
denomina Lacan, vuelven a definir, o por lo menos a 3. Cf. R. Barthes. Eléments de sémiologie, IV. 2.
describir, la connotación, esto es, todo lo que tiene a 4. ‘La cosa freudiana”, E., 409; ed. cast. 153.

76 77
El titulo de la letra La lógica del significante

“Yo, la verdad, hablo...” adecuación a alguna cosa —y en particular a un espu i


tu ”— se trata sí de la adecuación [verdad] de la letra a
Esta verdad —cuya teoría domina a su vez la teoría un gesto permanente y radical de in-adecuación.)
del sujeto—no es aquella que un sujeto pueda saber. Es El sujeto no podría “significar” el “muy otra” sin al­
anterior o exterior a todo saber, puesto que hay que terarse y, si nos atrevemos a hablar así, a alienarse lo­
entenderla —tal como Lacan la precisara5 — como_la—, mando su lugar, a su vez, en la única estructura signifi­
identificación de la verdad en la palabra misma, sin cante.
otra referencia, y en particular con la exclusión de to­
do metalenguaje, es dedr, de todo sentido del sentido. Nos conformaremos por ahora con señalar rápida­
Esta verdad, que “se funda en que habla” (id.), sólo mente este lugar -e sta otra localización del agujero
consiste en la palabra y en ninguna otra cosa que se tra­ por medio de grandes rasgos con cuyo trazado descu­
tara de designar. Únicamente se da en el espacio de la briremos, fuera de La instancia, lo estrictamente ne­
estructura significante, o en el agujero. cesario:
Y es justamente ese agujero el que se ve afectado al El sujeto se define como “lo que el significante re­
sujeto por el texto, cuando la función de “significar presenta” 6, lo cual debe entenderse del siguiente mo­
muy otra cosa” se presenta como una función que no do: si el sujeto es la posibilidad de la palabra, y si esta
sirve para “disfrazar el pensamiento (casi siempre inde­ palabra se realiza como cadena significante, a partir de
finible) del sujeto” , sino para “indicar el lugar de dicho ese momento la relación de un significante con ^otro
sujeto en la búsqueda de lo verdadero” (E., 505; ed. significante, o lo que un significante representa , co­
cast. 190). No se trata de “disfrazar” aquello que no se mo dice Lacan, para otro significante -esto es, la es­
deja definir, es decir, que el sujeto no tiene propiedad, tructura misma de la cadena—, es justamente lo que
y menos aún interioridad, que ocultar. (Y, en este sen­ tenemos que llamar “sujeto” .
tido, la verdad lacaniana se separa por completo de la De allí derivan las dos definiciones que componen
verdad como adecuación, de la que hablábamos antes.) el círculo en donde la lógica del significante y la teo­
La función de “significar muy otra cosa” sólo obedece ría del sujeto se implican una en la otra:
al modelo del “desenmascaramiento” para “desenmas­
carar” “nada”, una ausencia, según el proceso del p “ei significante, es el que representa un sujeto para
“muy otra” que es el de una alteridad y una alteración otro significante” 7;
reconducidos indefinidamente a lo largo de la cadena 2o “el sujeto, es lo que el significante representa, y no
significante. El “muy otra” es la misma palabra, es de­ podría representar más que para otro significante8.
cir, la verdad. (Y, en este sentido, se advierte que esta Esta posición del sujeto en la cadena —y, en cierto
verdad no se aleja del modelo de la adecuación más que modo como la función de su concatenación misma, o
si se utiliza este último como para pervertirlo y alejar­ como la “razón” de esta serie-, se le aparece a Lacan
lo. Es lo que, por ahora, se podría tratar de formular en particular en aquello que la lingüística designa con
de esta manera: si bien para la letra no se trata de la
6. “Posición del inconsciente” , E., 835.
7. Por ejemplo, “Subversión del sujeto”, E., 819; ed. cast. 33U.
5. “La ciencia y la verdad”,Ti., 867-868; ed. cast. 351. 8. “Posición del inconsciente”, E. 835.

78 79
La lógica del significante
El título de la letra

el nombre de shifter [en francés: embrayeur; en caste­ “Ejemplo de ello es la teoría de los juegos, mejor llamada
llano: embrague, conexión]9. Los embragues son, para estrategia, donde se aprovecha el carácter enteramente cal­
citar a Jakobson, “una clase especial de unidades gra­ culable de un sujeto estrictamente reducido a la formula
maticales” , “cuya significación general no puede defi­ de una matriz de combinaciones significantes.
nirse fuera de una referencia al mensaje” (o sea, en tér­
minos lacanianos, a la secuencia significativa). El ejem­ Ahora bien, este sujeto de la « tra te s» " ° es
plo más notable de embrague, como dice Jakobson, es nue el Otro mismo si se puede decir asi. este Utro n
el pronombre personal: “Yo” , en el código, no tiene es nada más que el puro sujeto de la moderna estrategia
significación completa sin remisión al mensaje en don­ de los juegos"12 o “la sede piwta del puro,sujeto del
de puede figurar como sujeto del enunciado. Pero, en significante” 12 ; es decir, que es el < del que
tanto sujeto del enunciado, no significa sujeto de la recordamos que es “impronunciable como tal .
enunciación, la designa sin significarla10. Cuando digo
“ yo” , este “yo” no me significa. El sujeto lacaniano, pues, se encuentra instituido en
Así, el sujeto que entra en escena en el texto de La-
can —en un primer registro—, como sujeto de la enun­ y por el significante. Así es como se repite¡y se teonza
ciación, tiene que ser remitido a este otro sujeto, aquel la pre-inscripción del sujeto por su nom . t P Lf teo!
que, tomado en la separación entre el sujeto del enun­ tal como lo evocara la pnmera pagina del texto La
ciado y el de la enunciación, se plantea o se impone co­ ría de la letra se engarza bien en una teoría del sujeto.
La entrada en el sujeto sólo puede ser, en adelante, una
mo puro significante, o como lo que “representa” un entrada en el significante, mientras que el sujeto signifi­
significante, y una “representación” que, en conse­ cado se desliza fuera de sí, y que su teoría se engarza a
cuencia, no es una referencia. su vez en la de la letra. De esta manera nos vemos nue­
Agreguemos lo que, en Lacan, culmina esta destruc­
ción-reconstrucción del concepto de sujeto en el signi­ vamente llevados al significante. La, pU? X “Zrúñc™ -
jeto -e n consecuencia, la puntuación de la significan
ficante. En la identificación de tal sujeto en tanto su­ cia” misma o la significancia en tanto p u n tu a- es tam­
jeto de la teoría de los juegos, es decir —en lo opuesto
de toda identidad subjetiva- como puro lugar o puro bién “mítica” , y el sujeto lacaniano excluye el sujeto
pivote de un cálculo: SU ATmenos!es menester agregar inmediatamente, que
queda excluido en tanto sujeto psicológico, existencia!
9. E., 535. Ver aquí también la referencia al texto de Jakobson, que cita­ o antropológico. Puesto que, como podemos sospe­
mos. Hay que señalar que Lacan evita, con frecuencia, traducir la charlo desde ya, es conveniente preguntarse también
palabra shifter, solución sin duda más conveniente, tanto al valor acerca de aquell¿ que, pese a todo, podría mantenerse
“propio” de ese término como al uso al que lo destina Lacan. En efec­
to, suprime “la extraña metonimia automovilística con la que el tra­
ductor francés de Jakobson ha deslizado el shifter (que, como se sa­
be, traduce por ‘embrayeur’ [embrague]) del cambio de relación al
embrague. El término que dice el deslizamiento y el desfasaje se car­ 11. “La ciencia y la verdad^ , E., 860; ed. cast. 345.
ga de connotaciones que dicen la captación y el anclaje” (Pierre Kuen- 12. “Subversión del sujeto 806; ed. cast. 318.
tz, “Parole/discours”, en Langue française, n° 15, sept. 1972, pag. 27).
10. “Subversión del sujeto” , E., 800; ed. cast. 311-12. 13. Ibid., 807; ed. cast. 318.

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El título de la letra La lógica del significante

manteniendo el nombre de “sujeto” , y por la articula­ designar una cierta perturbación entre la taxonomía de
ción expresa de una teoría del sujeto como tal14 . la retórica clásica y el análisis jakobsiano de dos “as­
Pero para poder pasar a esta interrogación, es necesa­ pectos del lenguaje” , como un uso figurado, en el dis­
rio desplegar por completo lo que la teoría domina en curso lacaniano, de los términos de metonimia y de
cuanto al tuncionamiento mismo de la significación. metáfora. Ni uno ni otro se toman aquí, como vere­
mos, en una acepción retórica estricta, ni siquiera de
fácil descubrimiento.
Por lo tanto, volvamos a nuestro texto. El pasaje por
el sujeto nos ha introducido en “la función propiamen­ A la metonimia, en primer lugar, se la introduce me­
te significante” . Esta función es, pues, la que el sujeto diante el famoso paradigma de las “treinta velas” . Fon-
articula, es decir la representación de un significante tanier ha clasificado estas velas como una sinécdoque
por otro , o el funcionamiento paradojal de la signifi­ de la parte, y, en consecuencia, fuera de la metonimia.
cación en el significante único. La verdadera función Lo que Lacan señala con el nombre de metonimia es la
del sujeto es, asi, la que se analiza en los dos elementos serie que Jakobson ilustra con este tropo, que es la se­
de la connotación que son la metonimia y la metáfora. rie de los términos de la combinación del lenguaje; es
(Desde el punto de vista que hemos adoptado hasta el discurso en tanto concatenación de entidades sucesi­
aquí, asi como desde el punto de vista de esta primera vas, en tanto contextura de las relaciones in praesentia,
parte del texto, estos dos tropos habrán de intervenir en tanto que preponderancia de la contigüidad. La me­
tan solo para articular con más precisión un juego sig­ tonimia así entendida es, podríamos decir, el tropo sin­
nificante [un juego en lugar de “yo” *] cuyas reglas tagmático, o inclusive la figura del sintagma.
esenciales ya han sido íntegramente enunciadas Sin
embargo, desde otro punto de vista -e s decir, desde el Esta figura, en el ejemplo “repetido” (cf. E., 505;
punto de vista que designaremos como la articulación ed. cast. 191) de las “treinta velas” , se da a la lectura
de la lógica del significante en la teoría freudiana- la como un “barco” , según el juego de palabras malicioso
metonimia y la metáfora exigirán una relectura, en la en el que Lacan encierra la definición. Esta especie,
medida en que es justamente en ellas donde la lógica aceptablemente retorcida, de abismo en la ilustración
del significante se descubre como lógica del deseo y en de la figura, sirve para marcar que, en la metonimia, “la
consecuencia, que esta trópica, que parece cerrar y co- cosa” no debe ser “tomada como real” ; pues un navio
ronar la estricta teoría de la letra y que la arrastra inte-' tiene de ordinario más de una vela. El barco no es,
gramente a un nuevo régimen, nos conduce directa­ pues, el significado del giro metonímico; es el giro mis­
mente a la articulación de que aquí estamos tratando.) mo, es decir, la conexión del significante “navio” y el
significante “vela” , que es lo que Lacan denomina el
En la presentación que realiza Lacan de estos dos “palabra a palabra”.
tropos, se observará desde un comienzo que es posible Se observará que esta fórmula es susceptible de
transcripción en los términos de la lingüística a la que,
14. Un cierto mantenimiento (conversación y comportamiento) del sujeto
gobernara otra lectura. Cf. infra pag. 128 ^ en realidad, obedece: lo que conduce la figura es la co­
* En francés: un jeu en lugar de “j e ” (N. del T ). nexión de signos y no la de referentes. La realidad del

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El titulo de la letra La lógica del significante

aparejo de los navios no forma figura, por cierto15. Sin te que el mismo Lacan, algunos años antes, en Fun­
embargo, al absorber el significado en este referente, y ción y campo de la palabra” , clasificaba conjuntamente
al alejarlo con él, Lacan quiere eliminar de la figura el la metonimia y la metáfora como “ condensaciones se­
sentido con la realidad. El "palabra a palabra” es el de­ mánticas” , mientras que otra lista de términos reton­
letreo de las unidades discretas de la frase antes de (o cos ordenaba los “ desplazamientos sintácticos . 8i
sin) la captación de su sentido, o bien es la traducción en La instancia lo sintáctico y lo semántico están con­
palabra a palabra, de la que se sabe que no tiene senti­ fundidos antes que distinguidos, no cabe duda de que
do, o que tiene poco sentido, y es también el palabra en ello hay que leer, fundamentalmente, que única­
por palabra, es decir, la literalidad. Esta literalidad que mente a partir del tropo de palabra, de la figura Resen­
hay que atribuir paradojalmente a la figura, es, para La- tido, o del sentido figurado, debe pensarse la significan­
can, el “poco de sentido” , cómo dirá en esta frase de cia como agotamiento o exclusión del significado.)
“ La dirección de la cura” :
En cuanto a la metáfora, el ejemplo que Lacan toma
La metonimia es, como yo les enseño, ese efecto posi­ de Víctor Hugo via Quillet, es el siguiente:
ble gracias a que no existe significación alguna que no re­
mita a otra significación, y en donde se produzca su más “Su gavilla no era avara ni rencorosa... ”
común denominador, a saber, la poquedad de sentido.” 16 E., 506; ed. cast. 192.

Parece difícil poder clasificar esta cita como ejemplo


En consecuencia, la metonimia no es una figura co­ de metáfora en sentido estricto, si bien puede descu­
mo ornamento o moda que conservaría a salvo el senti­ brirse la composición de por lo menos dos metonimias,
do. Es el sintagma como eje o giro según el cual el sen­ una de la causa instrumental (la gavilla por Booz), la
tido se empobrece o se agota en la letra del discurso. otra del efecto (la gavilla por la tierra, o por la econo­
También es, por lo tanto, la realización de este giro, mía de Booz). De la metáfora, en realidad, parece con­
o de este golpe, asestado por Lacan, como se recordará’ servarse aquí el rasgo que constituye el pasaje de lo ani­
a la linealidad saussuriana. La linealidad del sintagma mado a lo inanimado. Quillet y Lacan son fieles, pues,
es, sin duda, lo que más resiste la automatización del al empleo habitual muy amplio del termino metáfora ,
significante tal como lo encara Lacan. Por esta razón la transporte o tropo por excelencia, designación del elec­
metonimia es, eñ cierto modo, el giro que rompe el sin­ to de sentido figurado en general.
tagma y lo pulveriza en significantes aislados, cada uno Esta “metáfora” apunta pues aquí a la otra sene de
de los cuales remite a otro significante, y según un tro­ Jakobson, la de los términos que marcan el lenguaje en
po que no es otra cosa que una metáfora en sentido tanto selección-, es el discurso como concurrencia de
muy amplio que Lacan le adjudicará en sentido de un
tropo paradigmático. (Podemos observar, por otra par-
18'. Cf. por ’o tr a e r te , Fontaniei: “la Metáfora, cuyo nombre, tan conoci­
do tal vez más conocido que la cosa misma, ha perdido, como lo ob-
15. Si bien en la epoca de Homero, y a menudo también en la de Quinti­ ser’v f Laharpe toda su gravedad escolástica” (Les figures du discours,
liano, un navio sólo tenía, por lo común, una vela... Flammarion, p. 99). Para volver a encontrar este tema consultar G.
16. E., 622; ed. cast. 254. Genette, “La réthorique restreinte , en Figures III, Seuil.

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El título de la letra La lógica del significante

entidades simultáneas, como sustitución sobre el fondo metáforas” (E., 507; ed. cast. 193) tejido de cabo a ra­
de relaciones in absentia, como preponderancia de la si- bo en una poética de la metáfora.
milandad. Ahora, la metáfora es el tropo paradigmáti­ La metáfora se articula en el juego de la sustitución
co, o bien la figura de la alternación por la cual el men­ de un significante por otro. Según la misma lógica que
saje descubre en el código los paradigmas de su mani­ la que se ha usado para la metonimia, Lacan evita pre­
festación. sentar esta figura como un procedimiento que conser­
No es para nada casual que Lacan, además de la vara intacto el sentido. Por el contrario, el sentido pro­
aceptación corriente de la palabra “metáfora” , recoja pio —y en especial, en el ejemplo de Booz, el sentido
el género literario en el que aparece de ordinario el lu­ ejemplar del nombre propio, es decir, hay que recor­
gar de ejercicio privilegiado de aquella, esto es, la poe­ darlo, del significante que prescribe un sujeto-, queda
sía, y más precisamente, la poesía que circunscriben es- “abolido” (E., 508;ed. cast. 194). Lo que queda “abo­
tas dos referencias: Hugo, y el surrealismo (E., 506 a lido” no “resurge” (id.) jamás en persona; sólo median­
508 ; ed. cast. 192-194). Es decir, la poesía que se pue­ te la abolición misma puede ocurrir un paradojal retor­
de designar, en sus propios términos, como la del Ver­ no de lo abolido, en la figura que ocupa su lugar. La
bo —de la Palabra o de la palabra [de la Parole ou de la abolición es, pues, “ sinsentido” , y es la que autoriza el
ParoJe]-, y del “poder” o de la “magia” de las palabras sentido:
lmitosJ . Toda una poética de este orden, y toda una
practica poética de este estilo, subtienden el texto de “La metáfora se ubica en el punto preciso en que el sen­
Lacan, tanto aquí como en otros lugares, en sus refe­ tido se produce en el sinsentido.” (id.)
rencias literarias, en sus propios efectos de estilo, y,
por último, en su articulación teórica. Como vimos ya Como se ve, este sinsentido debe entenderse no tan­
el episodio decisivo de la estrofa del árbol, ve ahora có­ to como nonsense, nombre inglés del sentido absurdo,
mo se reproducen los efectos específicos de una inter­ sino como negativo del sentido, momento de su pérdi­
vención de lo poético en lo teórico, o en tanto teórico. da o de su ausencia, cuya dialéctica articula el sentido.
Asi descubrimos que las referencias literarias y el estilo Si Booz es ejemplar, no lo es sólo en tanto nombre pro­
o la retórica de Lacan no son mero adorno, sino que pio, sino también en tanto nombre de un padre, es de­
pertenecen a la constitución más decisiva de su discur­ cir, de aquel a quien hay que matar, de acuerdo con “el
so —discurso que, cuando determina la instancia teóri­ acontecimiento mítico en el que Freud reconstruyera
ca de la metáfora, invita con el mismo gesto a su lector la marcha del misterio paternal en el inconsciente de
(o a su oyente) a “producir... un tejido rebosante de todo hombre” - o de la “significación de la paterni­
dad” (id.). „
* En francés se distingue entre parole y mot, que en castellano se tradu- La significación de Booz como padre en su gavilla
fuerte de S nSahí,6 ¡ T S“ embar8°- P^ole lleva el sentido más pone en claro la paternidad de toda significación: efec­
de “ PaLbra pronunciada y asumida -e n el sentido en que se dice tivamente, ésta se engendra en el sinsentido, es decir,
persona de palabra , empeñar la palabra”- , en cambio mot tiene el
traT fuera del significado, y en el puro significante. La fór­
™ s; Peroatamb?én0sf6
P , ° ta>?lbien significa - yC°en
m° este
merosentido
conJunto significativo
¡a toma Lacan de leí
como mula de Lacan para la metáfora —es decir, para el tro­
del T ) preslon conclsa. sorprendente, ingeniosa, de un pensamiento (N.
po o el giro del discurso en tanto cadena de unidades

86 87
El título de la letra La lógica del significante

o L ” (Sd)°_ 68 h siguiente; “una PaM ra [mot] por teoría del sujeto, comprendida la teoría de la verdad
con ella relacionada— implica toda la lógica de la letra
paJ abra P °r otra quiere decir una palabra en lu- en una nueva articulación del discurso, puesto que 1 a
f / , d otra -u n a sustitución de significantes-, pero can la llama:
también una palabra en vista de otra, una suerte de
teleología interna del orden significante; esta teleología “La verdad freudiana.”
metafonca es aquella por la cual el sujeto insiste en el E., 509; ed. cast. 194.
Slgmb!cante>Puesto que; como sabemos, es “lo que un
significante representa para otro significante” . Y esto
aun cuando esta teieoiogía esté dedicada a perpetuarse
sin que jamas advenga el telos que sería un sujeto sus­
tancial, un señor del sentido.
La metáfora reúne, pues, la función del sujeto y la
de la palabra [mot]; es el lugar donde la segunda se
laPr0l1teml1Saí
literalidad ntmer°
trópica,Y oIo significante.
“ literaliza” ’ La
según una Angu­
lar palabra plan­
teada asi en su bstancia suprema, es “ ‘la palabra’ [mot]
por excelencia (E,, 508; ed. cast. 193), el Witz tal co-
‘vítro natd ha Sabld° ee.T ° ’ Ia palabra que, por no tener
otro patronazgo que el significante del espíritu (id) es
amb'et¡ !a letra en su literalidad misma. Esta palabra
es de tal manera, el primer motivo por el cual Freud
interviene en el texto de Lacan, y el último elemento
de la exposición teórica de la letra.

Es necesario aún que esta letra pase. Lo que la meto-


táfóm eVOCada para finalizar> indica, junto con la me­
táfora, es que el una palabra por otra” debe tom ar
pafa, pr,?d“ cirse’ los giros y los desvíos del “palabra a
palabra . Como “arte de escribir” en su relación con
‘W íT ^ k10” P°1í tlCa’ la metonimia manifiesta una
servidumbre (id.) inherente al orden significante pa-
™ q,ue 6 Sentld° te"§a Iu8ar; y la metonimia es la argu­
cia de esta servidumbre. 6
Ta pUe 6iS esclava. la. letra? De una verdad, nos dice
Lacan. Pero la enunciación de esta verdad - a partir de
a cual se ordena todo el juego trópico, y con él toda la

88 89
Segunda Parte

LA ESTRATEGIA DEL SIGNIFICANTE


Hemos leído la primera parte del texto (hemos in­
tentado su desciframiento) hasta el punto en que, al
terminarse, vuelve a llevar la ciencia de la letra a la
“verdad freudiana” , es decir —puede sospecharse—a su
verdad.
Releamos.
“ ¿Pero no sentimos acaso desde hace un momento que,
por haber seguido los caminos de la letra para alcanzar la
verdad freudiana, ardemos, que su fuego se prende por do­
quier?”
E., 509; ed. cast. 194.

Por un instante, evitemos la metáfora. Es el momen­


to preciso de una articulación. Articulación estricta,
clásica, gobernada en efecto, desde el comienzo del
texto, por el título mismo (“ Nuestro título da a enten­
der que.... lo que la experiencia psicoanalítica descubre
en el inconsciente es toda la estructura del lenguaje”
[E., 495; ed. cast. 180]), preparada y progresiva y cui­
dadosamente conducida a lo largo de esta última pági­
na por un deslizamiento controlado en la cual, en la re­
capitulación de la trópica general de la letra, el nombre
de Freud comienza a hacerse oír y, con él, comienzan
a instalarse, como dobles de la terminología lingüística
o retórica, algunos de los conceptos del psicoanálisis; el
Witz, la censura, el deseo...
No cabe duda que este pasaje tiene un tono alusivo
y que simplemente se trata de marcar aquí que, acerca

93
El titulo de la letra La estrategia del significante

de la letra, no se. dirá nada extraño a Freud, lo cual no que suponer una verdad tal (si bien oculta, inaccesible,
impide que, al menos hasta cierto punto, esté operando prohibida, y poderosa en su retiro) que no sólo no se
aquí una lógica precisa (retorcida, pero precisa), ni que de, sino que, al rehusarse, obligue a la inscripción de su
haya que recompensar por ello, siquiera brevemente, al negativa. Sería menester, pues, reconstituir toda la doc­
movimiento. trina de la verdad, y de la verdad en su relación con el
Se trata, pues, de articular en conjunto lingüística y deseo, gracias a lo cual comprenderíamos que el deseo,
psicoanálisis. Por otra parte, esta misma articulación es en tanto se halla obligado precisamente por esa inacce­
la que funda, hablando con precisión, lo que hemos po­ sible verdad, debe tomar obligatoriamente el desfile
dido nombrar ciencia de la letra. Pero ¿cómo lograr tal metonímico, diferirse indefinidamente o diferir indefi­
articulación? ¿Dónde, más exactamente, puede tener nidamente su “fin” . También habría que medir exacta­
lugar? El texto responde: en una cierta relación entre mente la desviación que se introduce en relación con la
la letra y la verdad, bien que en ello esté implicado el utilización, que hace Freud, de este mismo “modelo”
deseo. Por esta razón se desplaza el acento, in fine, so­ de la censura.
bre la metonimia (que es, ya lo veremos, el tropo del Ahora bien, es esto precisamente lo que falta.
deseo). La metonimia, en efecto, tiene relación con la En el anteúltimo parágrafo habrá una vuelta a este
censura. Ella misma es, comúnmente el instrumento motivo de la relación entre la letra y la verdad. Pero
privilegiado que da el “poder para salvar los obstáculos ello ocurrirá indirectamente, por medio del adagio,
de la censura social” (E., 508; ed. cast. 194). Dicho de también totalmente alusivo, en el que Lacan reencuen­
otra manera, en el “palabra a palabra” puede venir a tra, precisamente, como sabe, en la letra que “materia­
inscribirse una verdad prohibida. Pero toda la dificul­ liza la instancia de la muerte” 1, la verdad del deseo que
tad proviene de que en la realidad es necesario invertir es el de ser, como en seguida se brindará a la lectura,
esa relación simple. Lo que se censura no es la verdad, “un deseo muerto” (E., 518; ed. cast. 203): “Cierta­
sino más bien a la inversa, la verdad es la que censura; mente, la letra mata...” . Y si hay que oponer, adagio
la que funda la verdad, o la que obliga a censurar. Por obliga, esta muerte literal a la vida del espíritu, sólo es
otra parte, es justamente por eso por lo que la metoni­ para volver a dar a entender —pero esta vez como lo
mia, como el arte de escribir, es servil: “esta forma propio del “descubrimiento” freudiano- el enunciado
-d ice Lacan- que da su campo a la verdad en su opre­ de esta ley de la significancia que hemos visto cons­
sión, ¿no manifiesta acaso alguna servidumbre inheren­ truirse a partir de Saussure: “ Las pretensiones del espí­
te a su presentación?” (id.). No es indiferente, sin du­ ritu permanecerían, sin embargo, irreductibles, si la le­
da, que resuija aquí el modelo de la escritura, y que re- tra no hubiese dado pruebas de que produce todos sus
suija en el llamado de la “connaturalidad” (E., 509; ed. efectos de verdad en el hombre, sin que el espíritu in­
cast. 194) de la escritura y de la persecución. La escri­ tervenga en ello lo más mínimo. Esta revelación se le
tura, si se comprende bien, ama la persecución, así co­ presentó a Freud, quien llamó a su descubrimiento, el
mo la metonimia ofrece a la verdad la ocasión de ejer­ inconsciente.” (E., 509;ed. cast. 194).
cer un dominio implacable. “Efecto -dice brutalmente
Lacan—de la verdad sobre el deseo” (id.).
Para que todo sea inteligible, es evidente que hay 1. Cf. “Seminario sobre ‘La carta robada’ ” (E., 24).

95

L.jaj\
El titulo de la letra La estrategia del significante

Por lo tanto, la articulación falta. que destruye todo edificio arquitectónico en donde,
por tradición, se refugia el comentario. De esta mani­
No es una casualidad que, apenas se pronuncia la pa­ rá, hemos llevado el comentario al límite máximo del
labra deseo (sobre la cual ha de anudarse la articula­ hogar donde se concentra un fuego totalmente dispues­
ción), la verdad se vuelve tan imperiosa, y el objeto to a consumir el discurso. Emprender la superación de
oculto, que habría que buscar, tan cercano que “nos dicho límite, aun esbozar, simplemente, el gesto de
quema” , como se dice en el juego llamado cache-tam- sobrepasarlo, equivale, en consecuencia, a una inmedia­
pon. Precisamente esta metáfora es lo que ahora tene­ ta incineración del comentario. Y decir que el comen­
mos que aclarar. Pues esta verdad, cuya “revelación” tario ha quedado incinerado puede entenderse en el
es inminente, no sólo es —si se puede decir a s í- lo que sentido en que, según un cierto uso de la lengua, es po­
tapona la letra, sino también su fuego, que nos que­ sible decirlo de los indicadores o los agentes de infor­
ma y que estalla brutalmente “prendiéndolo todo” . Se mación.
sabe que la Revelación se inscribe en letras de fuego. O Pero, ¿podemos al menos designar la inversión que
por lo menos que lo que se revela es fuego. Pero el que se introduce en la economía general del texto? Si el
este fuego arda y devaste no es otra cosa que la articu­ compromiso de lo que nosotros llamaremos, por como­
lación misma. Allí donde debería producirse la con­ didad, la “articulación” (o la (in)articulación), consiste
junción sistemática de Saussure y de Freud, allí arde, en soldar lingüística y psicoanálisis en una unidad,
y de tal manera que corremos el riesgo de que, de aque­ ¿qué es lo que impide el funcionamiento de la articu­
lla constitución de la ciencia de la letra, sólo disponga­ lación? Sin embargo, desde el comienzo parecía posible
mos de cenizas para descifrar. la instauración de una relación simple entre Freud y
Cualesquiera que sean, por lo tanto, las consecuen­ Saussure. Aparentemente, bastaba leer, en la lingüísti­
cias de este incendio, hay algo cierto por lo menos: se ca, el descubrimiento de Freud. Y desde ese momento
trata de que la rupturá textual que sobrevive es tan ne­ la articulación sólo tendría que recordar, para termi­
ta y profunda que, en adelante, prácticamente impide nar, algo así como el telos de esta empresa (“Ya os lo
el comentario, el simple desciframiento. Es menester dije, se trataba de Freud” ), para producir, a posteriori, J
rectificar la fórmula con la que introdujimos, al co­ su posibilidad. Si no ocurre nada de esto, si al menos
mienzo, el nuevo desarrollo. No decir: en esta primera cada cosa viene a complicar ese movimiento o a blo-"^
parte hemos llevado el comentario hasta el punto en quear ese pasaje, es porque el asunto no es tan simple.
que la ciencia de la letra se reinscribe en la verdad freu- ¿Por qué? Al menos por la siguiente razón: A lo lar­
diana. Sino decir: del conjunto del texto, es imposible go de este primera parte no ha dejado de producirse lo
sostener el comentario más allá del punto donde sobre­ que creimos que podíamos denominar, apoyándonos
viven ocultándose, como la verdad que la funda, una
“articulación” (en adelante entre comillas) que, puesto
en el propio Lacan2, una desviación de la lingüística.
Pero esta desviación, nada la autoriza en verdad, a no y
que se descubre incapaz de llenar la función de la arti­ ser un cierto uso de Freud, cierta manera de proyectar,
culación, no se deja dominar por el comentario, sea más o menos explícitamente en la lingüística saussuria-/
porque excede los recursos (produciendo una econo­
mía más compleja que la economía discursiva), sea por- 2. Cí.E., 821 ;ed. cast. 333.

96
El titulo de la letra La estrategia del significante

na, para perturbar su funcionamiento, todo un aparato gen, un arjé. ¿Por dónde comenzar, por Saussure o poi
conceptual que proviene del psicoanálisis. Y no cabe Freud? Esta falta de origen, así como el movimiento
duda que, desde este punto de vista, habría que releer que gobierna paradojalmente, será un tema que tendre­
el texto a fin de descubrir en él, con toda precisión, los mos que examinar aún. Por ahora contentémonos con
lugares de intervención del psicoanálisis. Segunda lec­ marcar que si bien afecta el curso del texto, perturba,
tura inevitable, y que obligaría a retomar las cosas des­ a la vez, el comentario.
de el comienzo, desde la introducción, bajo la autori­ A este movimiento, en su duplicidad, le llamaremos
dad de Saussure, del algoritmo, enteramente construi­ ahora estrategia. Comenzaremos por explicarnos.
do sobre una barra resistente donde sabemos que pode­
mos reconocer la barra simbólica de la represión.
En esta segunda lectura resulta inevitable que ni el
mismo Lacan pueda sustraerse al tema y que la segunda
parte del texto {La letra en el inconsciente) se abra pre­
cisamente sobre la lectura “lingüística” del texto de
Freud, que repite palabra por palabra, al menos duran­
te un tiempo, la lectura freudiana de la lingüística, de
la que ella misma era condición. Referencia al límite
indescriptible y que, si bien no se niega por completo
al análisis, se resiste al mismo. Justamente por eso no
se produce la articulación. En efecto, ¿en qué lógica es
posible articular que hay que leer a Freud según Sau­
ssure, el cual ha de haberse leído a su vez, según
Freud? ¿Es esto reductible a alguna dialéctica, a la dia­
léctica misma? ¿Se puede hablar de términos de circu-
laridad hermenéutica? Aun cuando, de una u otra ma­
nera, fuera posible probarlo, precisamente es lo que
Lacan se propone evitar. O bien lo que, más exacta­
mente, el texto no da a leer, pero que arde, cualquiera
sea el origen del fuego.
Por lo tanto, hay aquí, legible en un “accidente”
textual, un giro que viene a afectar el discurso de la le­
tra y que obliga a esta extraña repetición. Repetición
que, como en seguida lo veremos, deberá repetirse
una vez más. Pues lo que falta, en la ausencia de la ar­
ticulación (o en la ausencia de articulación), lo que ha­
ce que la articulación sólo produzca, después de todo,
un mero simulacro de telos, es un fundamento, un ori­

98 99
1. La estrategia

Antes de definir esta palabra —más aún en la medida


en que, como veremos, la misma implica varios senti­
dos— es necesario insistir acerca de la duplicidad del
movimiento que designa. Al hablar de estrategia alu­
diremos a dos cosas: por una parte, la estrategia de La-
can, y por otra parte, de un modo mucho más comple­
jo, algo así como una cierta estrategia respecto del tex­
to de Lacan. Una estrategia de la lectura, si se quiere,
puesto que debemos abandonar el comentario. No se
trata de hacer la guerra, ni tampoco (para utilizar otro
recurso metafórico, que, desde el comienzo, gobierna
nuestro trabajo) de jugar sucio en tom o del texto.
Estrategia designará, más bien, el giro obligado de lo
que en adelante quiera inscribirse al margen del texto
de Lacan.
Por eso, para hablar con propiedad, no se tratará
tanto de una pluralidad de sentidos como de un cierto
uso, o más exactamente, de una multiplicidad de usos
posibles de la estrategia. Y si, en realidad, una plurali­
dad de sentidos —puesto que es semántica— aparece
siempre centrada, entonces una pluralidad de usos, con
una cierta oportunidad, debería poder quedar relativa­
mente dispersa.

101
El título de la letra
La estrategia del significante
Pero hay que comenzar por el “sentido” . tades que no dejaría de acarrear, habría que tratar de
Para empezar, se sabe, como ya hemos tenido oca­ evitar una definición, cualquiera que fuese. Por otra
sión de marcarlo, que la estrategia es una de las piezas parte, es esto lo que indica como surgido de otra suer­
claves de la sistemática lacaniana. Por tanto, la palabra te de sistema, antes combinado que construido. Y si la
no está ausente, y si bien Lacan la utiliza, lo hace en estrategia ha de recubrir la combinación, designará
tanto sinónimo de la teoría de los juegos, para indicar esencialmente dos cosas: por una parte, un conjunto
la posición posible de un sujeto no subjetivo; es decir, de procedimientos de desviación, y por otra, el mante­
de un sujeto plural, combinatorio, no presente, a la nimiento de la pluralidad, como tal, de los procedi­
vez, a sí mismo (no tiene conciencia) y en un lugar de­ mientos (y, en consecuencia, de los dominios o de las
terminado (puesto que se reduce el cálculo aleatorio). regiones a partir de las cuales hay desviación).
Pero al realizar el balance de la presencia de la pala­ Por lo demás, tal vez sea posible definir esta estrate­
bra, en este sentido, no es imposible hacerla designar gia de la desviación por diferencia de lo que la episte­
otra cosa, que no carezca de pertinencia. Y ante todo mología contemporánea designa como importación del
el modo de composición de lo que podríamos llamar concepto. Si la importación toma una unidad o un
—con el único ejemplo de la primera parte de este tex­ rasgo conceptual para hacerlo entrar, de acuerdo a cier­
to — el “sistema” lacaniano. Sistema hecho de présta­ tas reglas, en un nuevo juego sistemático, la desviación,
mos, o más bien sistema de préstamos que ha querido en cambio, tomaría un concepto sin trabajarlo, y para
ilustrarse en la constitución de una trópica significan­ ponerlo al servicio de otros fines. Por definición, la des­
te, montada, o fabricada, a partir de la retórica clásica viación sería impura, y de una impureza tal, por otra
a la vez que de la lingüística jakobsoniana, de la poéti­ parte, que podría llegar a minar o desviar la importa­
ca post-simbolista o surrealista, etc.. La estrategia de ción misma.
extenderse, pues, como una técnica o como un “arte” Esto quiere decir, en realidad -p ara utilizar una dis­
de la sistematización que no presenta su propia ley tinción cóm oda-, que si la importación procede co­
de composición como ley de una arquitectura. En efec­ mo un pasaje de denotación a denotación (y capaz de
to, para que haya un sistema arquitectónicamente denotar el pasaje mismo), la desviación es un desliza­
construido -e s decir, un sistema en el sentido clásico miento connotativo, lo cual, por cierto, tendrá sus con­
y absoluto del término—, es menester que se de como secuencias. Es, en todo caso, lo que permite explicar
una construcción por posición de conceptos. Estos, si que, en la desviación, las regiones de donde se toman
bien no son íntegramente producidos en el sistema, ex­ los préstamos no desaparecen del horizonte del nuevo
hiben el menos como sus leyes las reglas según las cua­ sistema. Por esta razón, en lugar de presentarse desde
les han sido tomadas de otros sistemas, en relación a las un comienzo como una nueva región teórica, se insta­
cuales se las ha trabajado nuevamente. Aun en el su­ la, si es posible decirlo, en un espacio intermediario, en
puesto de que esta arquitectónica sólo sea un mero una intersección de regiones o en una circulación per­
ideal del teórico, habría que comprobar al menos que manente entre las regiones. Los conceptos desviados
el discurso lacaniano no se define en referencia a ese conservan así la carga de una referencia plural.
ideal. En general, este discurso no se plantea como
obligado a definirse; por el contrario, dadas las dificul-
102
103
E l título de la letra La estrategia del significante

Pero la idea de estrategia implica siempre la idea Lacan no sería, pues, otra cosa que la ílaióeiá o su rea
de una operación finalizada o “interesada” Por eso no parición en la Bildung de las Luces (a la que Lacan in
se ve claro en nombre de qué podría dejar de tenérsela voca explícitamente1) y del Idealismo alemán. Tampo­
en cuenta. Lo que en realidad interesa a Lacan, en el co faltaría, y con razón, esta segunda “duplicación”
sentido mas fuerte del término, es liberar al psicoanáli­ teórica de la filosofía que se anuda casi siempre al pro­
sis de todo lo que pudo y podría todavía, práctica y yecto pedagógico mismo, y que es la duplicación medi­
teóricamente, comprometerlo, debilitarlo, privarlo de ca. Pues la formación es formación para el análisis, for­
su poder de “corte” o desafilarlo. Esto es, y tal vez an­ mación de analistas, aun cuando no esté reservada ex­
tes que nada, su función (política) de adaptación so­ clusivamente a sus practicantes, es decir a los médicos
cial, de integración del yo, etc. (y en ello al menos es níti­ y únicamente a ellos. Razón por la cual el psicoanálisis
do el sesgo político), lo cual constituye un peligro tan podría aparecer como una suerte de medicina generali­
inminente y constante que impone una incesante lucha zada, la paideia de todas las paideiav, esto es, si puede
teonca contra todas las formas filosóficas del “subjeti­ decirse así, el desfile paidético que en adelante será ine­
vismo operante en la psicología clásica, en la antropo- vitable. Y el psicoanalista acumularía en sí las tres fun­
ogia, hasta en la fenomenología husserliana y en sus ciones, como dice Lacan, de “sabio” , de “mago y de
derivados más o menos sentimentales. “mége”2 (E., 521; ed. cast. 206), triple función a cuyo
,, alV Proviene la investigación que Lacan llama título, entre otros, ha podido mantenerse en la Univer­
(desde el preámbulo, como se recordará), efectos de sidad, y en el discurso universitario, la exposición que
formación. Esta investigación gobierna, hay que insistir intentamos leer.
en ello, un cierto recurso a la palabra, una cierta utili­ Aquí, lo importante es que este motivo de la forma­
zación de la eficacia propia de la palabra y de su poder ción (que, sin embargo, es más que un motivo3) pueda
—digamos— persuasivo. Es esto, precisamente, lo que presentar también la estrategia lacaniana según un mo­
anima y domina toda la estrategia de Lacan y da cuen­ delo especular (en donde la teoría apunte a formar al
ta, hasta cierto punto, de la nebulosidad, de los giros v analista que, al practicar el análisis, hace a su vez posi­
las rupturas que afectan el hilo demostrativo de su dis­ ble la teoría) o inclusive según el modelo, también ri-
c u to . Una suerte de pre-texto pedagógico no deja de
trabajar, aun cuando parece ausente, el texto teórico
no deja de volver, en particular - y a lo habíamos entre- 1. Cf. por ejemplo el ruego de insertar los Ecrits.
2. Puesto que el mége no es otra cosa -¿e s necesario decirlo. - que el
V1S o >puesto que se trata de Freud, como una obsti­ que cuida; mégier, en francés antiguo, significa cuidar, y deriva del la­
nada escansión del propio texto. El que se trate de libe­ tín medicare. . . . . . ....
rar al psicoanálisis de una cierta ortopedia no impide 3. Aunque más no sea que porque implica, indudablemente, en ultima
instancia, la cuestión que podríamos indicar con la fórmula muy gene­
al contrario, que el proyecto, en su conjunto, no sea ral del psicoanálisis en lo político y de lo ^político en el psicoanálisis.
también el ortopédico. Se trata, si se quiere, de una or­ Es evidente que no podemos elaborar aquí semejante cuestión. Unica­
mente nos es posible señalar que la estrategia lacaniana permitiría tal
topedia antiortopédica, o contrapedagógica, que tiene vez abordar, tanto acerca de un punto como del otro, la complejidad
sus vinculaciones, incluyendo su voluntad crítica, con problemática, la cual no podría reducirse, en todo caso, a ninguna
la intención tal vez más fundamental de toda la filoso- simple “política del psicoanálisis”, así como tampoco a un simple
“psicoanálisis de la política”, cualesquiera fueran las referencias o pre­
tia después de Sócrates. La formación de la que habla ferencias de una y otra.

104 105
E l titulo de la letra La estrategia del significante

gurosa y profundamente filosófico, del abismamiento, de infidelidad alguna al rigor epistemológico, así tam
abismamiento en el que, necesariamente, está implica­ bién como el de las libertades que se toma respecto de
do el estilo de Lacan. La vía de la “vuelta a Freud” la lingüística científica5. Nuestra lectura, por el contra­
aparece enunciada al final de “ El psicoanálisis y su en­ rio, debe obedecer a las desviaciones, a los desplaza
señanza , es la única formación que podemos preten­ mientos de que está tejido el discurso lacaniano. Se­
der transmitir a aquellos que nos siguen. Se llama: un guirlos o acompañlos, abrazar lo más estrechamente
estilo”4. Y la única razón para llamarle estilo es la presen­ posible el dibujo complejo, lo que no significa una sim­
cia de un circuito , cuyo recorrido podríamos reconsti­ ple y pura repetición de los mismos (es decir, repeti­
tuir secamente invocando el hecho de que si bien la ción devota), sino investigar en ellos precisamente su
teoría engendra el concepto del sujeto que rige el suje­ lógica, es decir, la intención estratégica misma, para
to del análisis, éste puede instaurarse, a partir de enton­ experimentar su eficacia “desplazante” y medir sus
ces, como el sujeto del discurso, o, dicho de otra ma­ efectos, en cuanto al exceso que allí se anuncia en rela­
nera, tomai el lugar de Lacan mismo, o, si se prefiere, ción a la ciencia y a la filosofía.
el de aquel que forma sujetos de análisis. Por lo tanto! Es evidente que la promesa de un exceso de este ti­
cuando habla Lacan, quien habla sería el Otro, que ha­ po, más prudente de lo que se cree, es lo que, a condi­
bla acerca de sí mismo. ción de mantener hasta el final la forma de esta dupli­
Se advierte que éste es sólo uno de los recorridos po­ cación, hace que el discurso de Lacan se preste a una
sibles. Lo que adelantamos respecto de la estrategia es estrategia sobre su propia estrategia. Pero la estrategia
demasiado rápido y esquemático; no cabe duda de que es discursiva; pertenece necesariamente, siempre ha
habría que leer más detenidamente un texto como, por pertenecido, al orden filosófico del discurso. La guerra
ejemplo, La dirección de la cura, por lo menos en sus es filosófica, y sea el que fuera su poder destructor, ja­
dos primeras divisiones. Sin embargo, no quisimos in­ más excede los límites de los filosófico. Habría que pa­
fringir a tal punto la ley a la que intentamos someter­ sar, por lo tanto, por algo que no sea ni una estrategia
nos hasta ahora, que nos impone limitar en lo posible de la estrategia, ni, en rigor, una contraestrategia. En
las incursiones fuera del texto cuya lectura hemos ele­ consecuencia, y por razones obvias, hablaremos de de­
gido. construcción, si la deconstrucción, que es, en efecto,
Sin embargo, ya hemos hablado lo suficiente como discursiva, y estratégica, gravita siempre, si se puede
para dar a entender que no es deseable, ni posible, des­ decir así, en el exceso de sí misma, y no deja de des­
prenderse de esta estrategia, y que, en consecuencia, es hacer en sí lo discursivo y lo estratégico. De tal modo,
preciso llevar la lectura del texto según las exigencias o al discurso, tal como ya lo anunciamos, opondremos
los requisitos de la estrategia misma. Por esta razón no el tex to 6, aun cuando resulte necesario, aquí y allá,
se trata de criticar a Lacan, es decir, de ejercer sobre su complicar esta distinción, o, más exactamente, regu-
discurso la jurisdicción sistemática del discurso mismo.
Esto, como se verá, excluye en particular el reproche 5. Como, también, del “texto” de Freud.
6. Remitimos, aquí, globalmente, al conjunto de la obra de Jacques De­
rrida y, si se quiere, más en particular a las precisiones que se pueden
4. E..4SS leer en “Positions” (en Promesse n° 30/31, otoño-invierno 1971, re­
tomado en Positions, Ed. de Minuit, 1972).

106 107
El título de la letra La estrategia del significante

larla sobre la figura que toma en Lacan, puesto que los momentos de desborde que vienen a agitar y a re­
muy bien podría ocurrir (ya adelantamos algo al res* mover, aquí y allá, el curso del texto, como a otros
pecto) que el texto —tal como lo concibe Lacan— no tantos índices seguros de un camino en el cual compro­
sea otra cosa que el discurso mismo, impecable y cir­ meterse.
cular, el orden significante como tal y como se inscri­ En este sentido nos dedicaremos en adelante a la es­
be en Freud (o aun en Lacan en la medida en que con­ trategia. Es decir, a la deconstrucción. El desborde del
fiesa tematizar también el “texto”), en resumen, la texto nos forzará a ello. En consecuencia, se tratará
verdad en su Logos; y que la palabra, por el contrario, exactamente de releer. Si el desborde legible en la (in)
sea ella misma el texto para Lacan (texto inconcluso), articulación perturba el texto, si comunica al edificio
el “discurso” perpetuamente pendiente de la inicia­ discursivo una cierta quiebra, si, por poco que sea, des­
ción, de la incitación y de la exhortación, propia a es­ plaza sus piezas o sus partes, es menester seguir la traza
timular, a hacer jugar o a intrigar, pero sin fijar jamás de las fisuras y obstinarse no en descubrir el plan, la
x un saber de la verdad. La diferencia entre la estrategia disposición fundadora y estructural, sino en repetir el
y lo que nosotros tratamos de apuntar aquí estribaría, hilo o la línea de solicitación que la afecta.
en resumen, en lo que podríamos llamar separación de Ahora bien, el principio de esta segunda lectura, ya
dos formas de desborde. En efecto, al desborde laca- lo vimos, gobierna la economía misma del texto, aun­
niano, es decir, el desborde que afecta al discurso, o que por razones propias. Si la falta de articulación es
que el discurso sufre, hasta la inarticulación, como la un índice es porque exhibe en forma paradojal la extra­
insoportable irrupción de una verdad demasiado po­ ña circularidad que se instala entre Freud y Saussure y
derosa, demasiado ansiosa por querer decirse para po­ fuerza a repetir, sobre Freud, la lectura freudiana de
der decirse —el “incendio” de hace un momento era un Saussure. Segunda navegación, que tendremos que em­
ejemplo de lo que decimos-, a ese desborde lacaniano, prender en su momento.
decimos, habría que oponer la lectura que desborda Por esta razón la lectura estratégica se abrirá con el
minuciosamente el cauce del texto (o del discurso...) motivo de la repetición.
cuya lectura emprende7, y recurriera, por privilegio, a
7. En esta distinción juega la construcción de una doble metáfora. Resul­
ta imposible no destacarlo ahora. De un lado, el fuego, el desborde so­ En cierta manera, es indudable que no hay nada que
lar de la luz; de otro (más bien), el agua, la inundación, y ante todo la
infiltración. Pero se comprenderá que no podemos decir nada más, distinga el trabajo que ahora se anuncia, al menos en su
puesto que para ello sería necesario, en rigor, volver a llevar el fuego al comienzo, en su primer “momento” , del trabajo de
padre (al hombre), y el agua, tal vez (pero sólo tal vez) a la “madre”
(a la mujer). Quedaría por tejer -lo que sobrepasa nuestras intencio­ desciframiento intentado acerca de la primera parte del
nes—todo esto con el motivo <jue parece dominar, en su parte final, texto. Se tratará, simplemente, de descifrar la repeti­
un texto como “La significación del falo” : “Correlativamente se en­ ción (o, lo que viene a ser lo mismo, de comentarla).
trevé la razón de ese rasgo nunca elucidado en que una vez más se mi­
de la profundidad de la intuición de Freud: a saber por qué sugiere Trabajo idéntico, por tanto, a la misma lentitud, pues­
que no hay más que una libido, que, como lo demuestra su texto, él to que, después de todo, lo esencial ya ha sido íntegra­
concibe como de naturaleza masculina. La función del significante fá- mente adquirido; o casi.
lico desemboca aquí en su relación más profunda: aquella por la cual
los antiguos encarnaban en él el Noü<r y ellAcoró”. (£’., 695;ed. cast. Pero las cosas, en realidad, no son tan sencillas, y
289) muy bien sabemos, por lo demás, que la repetición no
108 109
El titulo de la letra La estrategia del significante

es la mera duplicación de lo idéntico. Y el texto de La- bemos perfectamente que la misma está siempre, pese
can no puede dejar de obedecer, precisamente, a esta a todo, a la espera de una respuesta8.
ley. Por esto la repetición no es simple. Efectivamente En consecuencia, no hay “solución” , sino, por el
a partir del momento en que la necesidad se inscribe en contrario, repetición del mismo gesto que inauguraba
el texto (y se sabe ahora que esto se produce desde la la lectura de Saussure, y mediante el cual se habrá de
misma iniciación, si es posible concebirlo, antes de que comenzar ahora la lectura de la Traumdeutung (tradu­
comience el texto, como su más rigurosa prescripción) cida, no por casualidad, la significancia del sueño, co­
ei desequilibrio que se introduce de esta manera hace mo ya lo hemos observado), o por lo menos de su capí­
que la repetición se exalte, se repita nuevamente y no tulo VI: en efecto, es necesario tomar, como se debía
deje de repetirse. Proceso infinito, en verdad, y que só- —lo recordamos—, “la letra a la letra” , y puesto que en
° un S°lPe de fuerza puede llegar eventualmente a blo­ la Traumdeutung “no se trata en todas las páginas sino
quear, y eso sólo provisionalmente. Es lo que en el de lo que llamamos la letra del discurso” (E 509; ed.
texto, habrá de tomar la forma no sólo de una repeti­ cast. 194-195), tomar la letra de Freud a la letra, leer
ción explícitamente lingüístico-freudiana de Freud (si Freud a la letra, lo que equivale exactamente a (re)leer
es posible hablar así), sino de una repetición filosófi­ la letra en Freud. La letra en el inconsciente: el título
ca, abiertamente filosófica, de tal repetición, en la me­ habla por sí mismo.
dida en que toda una intención filosófica, confesa una El principio de esta (re)lectura es doble: por una
y otra vez, trabajaba la empresa de la desviación freu- parte, puesto que se trata de descubrir “la instancia en
diana de la lingüística y procuraba, tal vez, darse como el sueño de esta misma estructura literante (llamada, de
6 J—i101*510’ la resolución (¿el relevo?) del intercambio otro modo, fonemàtica) en la que se articula y se anali­
infinito que relaciona a Freud y a Saussure el uno con za el significante en el discurso” (E., 510; ed. cast. 195),
el otro. hay que reconocer en los modelos que utiliza Freud (el
En tales condiciones, no es asombroso que toda la jeroglífico, la escritura jeroglífica) los rasgos esenciales
segunda parte del texto {La letra en el inconsciente) es­ de un puro juego del significante distinto de todo sim­
te ocupada ante todo por la obsesión de esa relación. bolismo analógico; por otra parte, y más precisamente,
JNo debe enganarnos el aire perentorio del texto. En se trata de identificar en todos los elementos del traba­
electo m la declaración preliminar (“La obra comple­ jo del sueño, los elementos o las funciones de la letra
ta de breud nos presenta una página de cada tres de re­ misma. Uno y otro principio implican, en consecuen­
ferencias filológicas, una página de cada dos de inferen­ cia, la sustitución del desciframiento por la decodifica­
cias lógicas, y en todas partes una aprehensión dialécti­ ción y el reconocimiento que el sueño no es una simple
ca de la experiencia, ya que la analítica del lenguaje re­ pantomima o una imaginería simbólica, sino un verda­
tuerza en ella más aún sus proporciones a medida que dero “sistema de escritura” (E., 511 ; ed.'cast. 196), en­
f r mcno SC15nte qu,c da, más directamente interesado.” tendiéndose que el que rige aquí el concepto de estruc-
;- b 5,09; ed' c?;st; 194J)> ni tal o cual proposición acer­
ca del avance de la formalización freudiana sobre las
formahzaciones de la lingüística (E., 512-513;ed. cast 8. Aludimos, por ejemplo, a “Radiophonie” (p. 55 ss.), donde la respues­
ta no es menos problemática en la fórmula: “El inconsciente es la con­
1 •'«), permiten anular la cuestión. Por el contrario sa­ dición de la lingüística” (p. 58).

110 11 )
El título de la letra La estrategia del significante
tura es el modelo fonético, el ideal, en fin, de la escri­ 4. Por último, la elaboración secundaria, o bien es
tura alfabética9. despreciable en tanto pertenece al proceso consciente,
De ahí deriva la transcripción literal de las piezas o bien proporciona elementos que vienen a integrarse
principales del aparato conceptual freudiano. Recor­ al juego significante del pensamiento inconsciente (y
demos lo esencial de ellas: se trata, propiamente, del pensamiento del sueño,
1. La Entstellung (esto es, según las traducciones, la Traumgedanke) (E., 511-512; ed. cast. 197).
trasposición o la deformación) debe interpretarse por
lo que “más arriba fue designado con Saussure” como A partir de entonces, asegurada la traducción del lé­
el deslizamiento del significado por debajo del signifi­ xico freudiano, o, si se prefiere, demostrado que Freud
cante. habla el lenguaje mismo de la ciencia de la letra, ya no
2. La Verdichtung (condensación) remite a la metá­ sólo resulta imposible leer en el texto de la Traumdeu­
fora10; la Verschiebung (desplazamiento) a la metoni­ tung la novela experimental de un inconsciente psíqui­
mia. co (es decir, la novela psicológica del inconsciente), si­
3. La Rücksicht a u f Darstellbarkeit, la consideración no que no podemos dejar de (re)encontrar en ella un
de la figurabilidad (lo que Lacan traduce por égard aux puro funcionamiento formalizable según las reglas de la
moyens de la mise en scène [ed. cast, deferencia a los formalización lingüística. “ Se trata, pues, de definir la
medios de la puesta en escena]), y que, según Freud tópica de ese inconsciente. Digo que es la misma que
(Traumdeutung, VI, 4) es un proceso que duplica el define el algoritmo.” (E., 515 ed. cast. 199). Fórmula
trabajo de condensación y el desplazamiento para po­ que, desarrollada según el principio de “la incidencia
sibilitar la figuración del contenido del sueño, es irre­ del significante sobre el significado” , puede engendrar
ductible a cualquier puesta en imagen, pero debe leer­ las fórmulas de la metáfora y de la metonimia. Sean,
se como una condición que surge del “sistema de la sucesivamente, tres fórmulas que no es posible leer co­
escritura” . mo verdaderas fórmulas lógicas (pues no suponen ni
9. He aquí la razón de la insistencia con que Lacan, para subrayar que
autorizan ningún cálculo), cuya traducción propone
el valor del significante de la imagen (del sueño) no tiene nada que Lacan una y otra vez. Así se obtiene:
ver con la significación”, toma el uso que realiza Freud de la presencia
del determinativo en la escritura jeroglífica (Traumdeutung, VI), “para 1 La fórmula general:
conducirnos mejor al hecho de que estamos en la escritura donde in-
,_ eluso el pretendido “ideograma” es una letra.” (E., 510;ed. cast. 195).
10. Que la Verdichtung reniita a la metáfora, y, en consecuencia, de allí f(S) I
al escucha de la poesía”, es precisamente lo que indica también en la s
condensación que se produce en la Dichtung. Invocación homoní-
mica que no podría justificarse de ninguna manera, dice J.-F. Lyotard
en Discours figure “Letravail du reve ne pense pas”, p. 239 ss.;puesto que puede leerse: la función del significante es poner
que la Dichtung de la Verdichtung -la condensación, el espesamien­ un término sobre una barra resistente a la significación;
t o - es pariente etimologico de la Dichtung “diciente” de la ficción o
de la poesía. Se trata, pues, de un motivo crítico, en relación al cual
puede destacarse la separación de la lectura a que nos vemos aboca- 2. La fórmula de la metonimia:
dos, en particular cuando se trata de la interpretación lacaniana de
Freud acerca de la cual, por razones que ahora resultan evidentes, no f (S...S’) S = S (—) s
habremos de pronunciarnos en este lugar.

112 113
El título de la letra La estrategia del significante
que puede leerse.- la función significante de conexión “Esta trasposición expresa la condición de paso del sigm
de los significantes entre sí equivale al mantenimiento ficante al significado cuyo momento señalé más arriba
de la barra que retiene el significado fuera de la capta- confundiéndolo provisoriamente con el lugar del sujeto.
cion del significante. El significado así “elidido” puede “Es en la función del sujeto, así introducida, en la que
ignar ahora el objeto del deseo como “la falta del debemos detenemos ahora, porque está en el punto cru­
ser , gracias a la cual el deseo es condenado a funcio­ cial de nuestro problema.”
nar como la devolución, a lo largo de la cadena de la E., 516;ed. cast. 200.
metonimia de esta falta; "a, ae la
Se recuerda que aquello que trabajaba en toda la pri­
3. Por último, la fórmula de la metáfora: mera parte, al punto de diferir, prácticamente hasta el
f ( |o Sí= S (+) s final, la trasposición de la barra, provoca ahora la repe­
tición del mismo Freud, puesto que todavía es necesa­
rio regular la cuestión acerca de lo que la primera par­
que puede leerse: la función significante de sustitución te había resuelto (provisionalmente, dice Lacan) pensar
a título del “pasaje en el sujeto” , de la “presencia” del
de un significante por otro significante eqSvale a la significante en el sujeto (cf. E., 504; ed. cast. 190). Sin
trasposición de la barra (de donde el signoq + ) 11 en la
embargo, el texto de Freud por sí mismo no permite
cíd fes
uda u n eefecto
es un efectS1SnifitaCÍÓa
poético den - significación.
U Úgniñc¡íci™ Enasí prodi-
otros tér­ volver a la cuestión del sujeto. Es menester pasar por
minos, se mantiene en el registro de la connotación en otro texto, distinto a la vez del texto lingüístico y del
onde se encuentra de inmediato entregada al desl’iza- texto freudiano, y que es el texto filosófico. Repeti­
™ „nto Permanente de su significado. Este pasaje es ción de la repetición que comienza con el nombre de
Descartes.
p e rm m ° - ailtes En efecto, hay que partir del cogito. Puesto que,
aún aquí, se halla en juego la misma lógica, hay que
subvertir también el cogito (para apelar a otro título
de Lacan: “ Subversión del sujeto y dialéctica del de­
m i uñ amente en este punto es donde se produce lo seo” , que, al menos en parte, programa el itinerario
que hay que comprender como otra ruptura. Runtura
producida por la íorzosidad repetitiva que en adelante filosófico que tendremos que recorrer). Subvertir el
domina necesariamente el texto. Por eso no es una ca cogito es, en realidad y esencialmente, reducirlo, ex­
suahdad que Lacan la señale en estos términos: tenuarlo hasta no retener de él más que la pura posi­
ción del sujeto como tal. En consecuencia, “desus­
tanciarlo” , según un gesto ya clásico, pero acentuado
aquí, puesto que no se dirije solamente al espesor psi­
cológico que una cierta tradición había creído poder
retener (después de haberla agregado, desde afuera,
al cogito cartesiano), sino también a la pura transpa­
rencia en sí de la subjetividad trascendental, en la me-
114 115
El título de la letra La estrategia del significante
dida en que conserva el sujeto, en realidad, en el hori­ por esta razón el mecanismo de la repetición se habrá
zonte de la presencia-ante-sí-mismo en general Por esta" de acelerar. El vaivén entre los tres textos (el de la lin
razón, por una parte, resulta necesario inclinar d c o íf güística, el del psicoanálisis, el de la filosofía) será ca
b ra n d e la t ? 6*0 f <°> sin J” 5 ° dé Paía- da vez más rápido, como si se debiera al efecto de un
toril’ d t n ,a de los juegos, o aun de una combina­ latido precipitado entre ambos límites de una distancia
se^hah?16 HVOCf ba 31 instante las fórmulas lógicas que dada. En un sentido, no habrá nada nuevo. Pero este
se habían dejado a un lado), y, por otra parte setrata “nada nuevo” contiene en realidad la posibilidad de
de descentrar el sujeto con relación al sujeto clásico” una proliferación de referencias filosóficas. Puesto que
exce; S a mdeSe?VeS -f r^Pero
d qUÍ6n P erm iL comprender
P -s -e s ta si se mantiene bloqueada la relación entre Freud y Sau-
excentricidad del cogito. es necesario ssure, la única posibilidad que queda de introducir un
aun que no solo es indispensable el basamento cartesia desequilibrio capaz de mover uno de los dos “términ-
no para medir el rodeo que introduce el psSoanáSs" nos” es acentuar la insistencia, explícita o no, de lo fi­
sino que la excentncidad misma, que Freud procura losófico. Este nuevo giro que toma el texto nos llevará
manifestar en la relación del sujeto consigo mismo só en adelante de Descartes a Heidegger.
e n t m d L i Z T í 516 en 108 términos la diferenda' Para describirlo esquemáticamente, este proceso
ciado De puede descomponerse en tres momentos:
ciaao. L>e aM
ahí ilaf ddoble
hienfformulación
nCiaCl°n y eldelsujeto del enun-
“cogito” fren 1. La “máquina” freudiana toma definitivamente el
ria) “No asoy PaiHddd’ d 6ntiende’ es ent°nces necesa- lugar del sujeto. La metáfora y la metonimia, que la
mtento” “Pil’ d° nde SOy el Juguete de mi pensa- lingüística había ubicado en el lugar donde debía pro­
pem a?’ (F ??? J ° qU® Soy’ allí donde no pienso ducirse el sujeto, deportadas a la conceptualidad freu­
j i , ■’ ^, y >gd- cast. 202), que en realidad deriva diana, forman “ mecanismos” tales que permiten some­
ertto ¿ el T’’nShnPC1Ón de la fórmula cartesiana ( “cogito ter el sujeto a la maquinaria de la “otra escena” . En la
ergo sum ubi cogito, ib i sum [E ., 516;ed. cast 2011 metáfora, en realidad, “se determina el síntoma” (E
retranscripcion tal que en ella se indica la diferencia deí 518; ed. cast. 203) como la sustitución de un signifi­
enunciado respecto a la enunciación. Esta es la diferen cante reprimido por otro significado corporal), sustitu­
cía que ahora puede comprenderse como la L t S c " ción que torna “inaccesible la significación al sujeto
braja! ^iel d ^ S f 5" d<í! SUJ? ° al QUe aPrisiona o resque- consciente” (id.). En cuanto a la metonimia, es porta­
“e x i n e n c l ” anqrt- advenido empíricamente en la dora del deseo, como perpetuo “deseo de otra cosa” ,
te X su e n ca r r .f ' ,Dese? qUe Se deflne dnicamen- condenando así al deseo a darse siempre como muerto
cante (de f 3” ' 6" 10 sobre un rechazo del signifi­ y retenido en una memoria puramente maquinal. Esta
cante (de donde la necesidad de la sustitución metafó memoria permite comprender la repetición freudiana
d í í r i 0 ]8? 16!11113 ausencia del ser (de donde la necesi­ en tanto resuelve las aporías de la reminiscencia filosó­
dad del desplazamiento metonímico, en el que se anu fica. Pues si la reminiscencia choca con la dificultad in­
da la insatisfacción del deseo). que se anu- superable de tener que invertir el sentido de un proceso
de generación12, la repetición freudiana, en la medida
A partir de este momento se puede considerar
12. Tal como ocurre en la ley hólderliana del retorno; pero no en la repe­
esta enjuego el sistema de la repetición PrnciSmeSe tición kietkegaardiana: “Habiendo partido así del raSrof holderliano,

116 117
El titulo de la letra
La estrategia del significante

«O M D a m i e n - Lacan no la abatiera brutalmente sobre la relación


En adelante, el sujeto es el ,W r, ’ qUe* ” °, es onglnaria- contractual.
nación, es decir T 3. Queda aún por captar lo propio de la “revolu­
tea la cuestión” ( E , 520 ed nVt w a r eI ser P,aiî'
- ción freudiana. La fórmula es simple, por grande que
nada más que el ser que falta al â ' J ^ ' Este Ser no es sea la sutileza del desvío por el ejemplo de Erasmo que
razón, “sólo aparece el re lá m n l i ° y que’ P°r esta permite producirla15: consiste en sustraer el incons­
vacío del verbo ser” (E ^ -f° d + ^ in s ta n te en el ciente a la dominación de la conciencia y en arrancar
to del significante1 2051 Puro efic­ la locura a la captación del logos.
iencias propias de la m a rc h a , ! :/ UCir P ° r las “resis-
3 * * . f ” la retórica del t a S S e '- * - la s ? ^ “*” “Locura, no eres ya objeto del elogio ambiguo en que el
sabio dispuso la guardia inexpugnable de su temor. Si, des­
2 . TodoJ e‘s t e T 0 resiste" cia narcísistica del y™ pués de todo, no está tan mal alojada allí, es porque el
como “la excentricídádradtai'de sí respecto dren-deníe agente supremo que cava desde siempre sus galerías y su
dédalo, sirve en realidad a la razón misma, al mismo logos.”
E., 527; ed. cast. 211.
que es la del Ofio ¿ómn ^ r ° “ h“na mediaclón”,
quien instituye el contrato de lí° S^b,emos’ el ° tro es En su simplicidad, o aun en su evidencia, esta fór­
mula podría cerrar el texto. En efecto, la misma “mar­
n io s- en este punto 5eUex?o^aJ alabra’ y ~ ya lo
el nombre de Rousseau^ Cnn* tlnscunbe en fíliSrana ca” que es de la “razón después de Freud” , es decir, de
inmediatamente el de He^ 1 ° tamblen se inscribe, la instancia de la letra” , y enuncia, en consecuencia,
dique el más aUá en do„fe e f ' ^ ? ue- d Otro V “la verdad inmensa en la que Freud trazó una vía pu­
seo se anuda al deseo Hei reconocimiento del de- ra” (E., 527; ed. cast. 212).
ed. cast 2031 d ^ ° d rec°nocimiento” (E. 574- Sin embargo, nada de eso ocurre. Lejos de terminar,
el texto prosigue aún una página más, donde, como es
una dialéctica’ que se S a ^auténticamente
que sena u té ^ f'00™0 eI mediador
hegeliana de
si debido, todo vuelve a su lugar. Pues la verdad del des­
cubrimiento freudiano se relaciona allí con otra ver­
ür dTi menos de vein-
;™«s,TLs.ïyS itrrss e is . “ Si no, cómo concebir que un erudito, tan poco dotado para los com­
promisos que lo solicitaban en su tiempo como en cualquier otro, co­
mo lo estaba Erasmo, haya ocupado un lugar tan eminente en la revo­
lución de una Reforma en la que el hombre estaba tan interesado en
cada hombre como en todos?
a retracción, la negación, la ¿ r e f e ’/®,susP,ensiô n ,<a anticipación “Es que al tocar, por poco que sea, la relación del hombre con el sig­
nificante, aquí conversión de los procedimientos de la exégesis, se
cambia el curso de la historia modificando las amarras de su ser.” \E ,
526-527; ed. cast. 211).
Erasmo es, pues, el ambiguo panegirista de la locura, que citamos
14 K™stl(iue eneróle, pp. 75 y ss. ’ ' Benveiuste, Problèmes de Lin- luego, pero cuya sabia sumisión al Logos no pudo impedir (por el con­
ut- vi. supra, pag. 31 trario, si es la razón la que se compromete en el desorden de la locura)
que, al tocar al significante del Libro (de la Letra) del Occidente, co­
mience la subversión de esta sabiduría y de esta razón.
118
119
El titulo de la letra La estrategia del significante
dad, a la que al comienzo no le prestamos atención es- Antes de poder decir qué produce en el cálculo del
la y,erda? heideggeriana, que es, como se sabe, la conjunto dicha operación, tenemos que contar esta ver
aletheia. Pero la relación entre una y otra, como es de dad —alétheia—en la lógica de la estrategia lacaniana.
sospechar, no sólo no resulta evidente, sino inclusive de Para ello, como se comprende, es preciso empezar
una complejidad tal que amenaza con implicar una por examinar el funcionamiento de dicho conjunto co­
lógica que no se pueda reducir completamente a la ló­ mo tal.
gica de la repetición que hasta ahora hemos creído po­
sible seguir, que amenaza, pues, con desbordarla, for­
zándonos, en consecuencia, con diferir su análisis al
menos provisionalmente.
Por esta razón nos contentaremos con señalar ñor el
momento dos cosas:
-A l menos por la sorpresa que provoca, la irrupción
del nombre de Heidegger parece pertenecer a la serie
de las rupturas, de los accidentes que no han dejado de
desviar la lógica simple del recorrido de Lacan. Más en
profundidad, en la medida en que Heidegger indica “un
cuestionamiento de la situación del hombre en el ente
tal como la han supuesto hasta ahora todos los postula­
dos del conocimiento” (£., 527; ed. cast. 212), su in­
tervención parece amenazar todos los recursos filosófi­
cos que se han podido utilizar en ese mismo recorrido.
—Pero, por otra parte, la verdad heideggeriana pare­
ce culminar la lógica del texto. Inmediatamente, la le­
tra se relaciona con el ser, con un ser que es necesario
entender como el de la “cuestión” heideggeriana del
Ser«' ,Y es„a esta cuestión” , en efecto, que termina
por aliarse la metáfora; o mejor, en las fórmulas de
la ciencia de la letra, donde se combinan el léxico de la
lingüistica y el del psicoanálisis, es donde el significan­
te heideggenano del ser viene a imprimir el sello de su
verdad:

Porque el síntoma es una metáfora, querámoslo o no


decírnoslo, como el deseo es una metonimia, aun cuando
el hombre se mofe de él.”
E„ 528;ed. cast. 212.

120 121
2. El sistema y la combinación

Por lo tanto, la estrategia es la que dispone y gobier


na este aparato de repeticiones intrincadas y encajadas
unas en otras.
Por ahora se traía de exhibir esta estrategia por sí
misma, o de producir sus efectos específicos. Es decir,
es preciso releer el texto de Lacan —o repetir su lectu­
ra—, y ello, como se verá, varias veces.
Esta estrategia es, ante todo, una estrategia de con­
junto, a la que obedece el texto íntegro de Lacan, tan­
to en su economía como en su estructura; o, más preci­
samente, a la que el texto debe su economía y su es­
tructura, en el sentido exacto de los términos, esto es,
en su sentido “estricto” .
Según esta estrategia de conjunto, el texto abraza si­
multáneamente un doble motivo; esta dualidad, o du­
plicidad, es, como ya sabemos, el régimen mismo de la
estrategia, y la razón de la repetición de la lectura.
Efectivamente, por una parte, este texto opera una
suerte de combinación de gestos de préstamo, de per­
versión, de subversión o de repetición mediante las cua­
les se instituye. En esta medida hemos podido decir
que su movimiento corresponde, globalmente, a un
procedimiento de desviación.
123
El título de la letra
La estrategia del significante
Pero esta desviación, cuya naturaleza queda aún por
captar, utiliza además otro movimiento. Se trata, si así de este modo, el sistema —es decir, en griego, la posi­
podemos decir, de la estrategia de un movimiento gira­ ción combinatoriai— de una cierta identidad de la arli
torio, merced al cual, en el curso mismo de la palabra culación del discurso; es el “arjé” y el “telos” de una
lacaniana, en sus rupturas y en sus suspensiones algo se lógica.
instala, se realiza y se cierra con todos los caracteres de Después de haber “deletreado” hasta ahora la siste­
la sistematicidad. maticidad en nuestra lectura, nos permitiremos ofrecer­
la a la vista, en el esquema propuesto2.
Tenemos que intentar discernir ese doble movimien­
to y descifrar su ley, lo que equivale a decir que tendre­
mos que plantearnos la cuestión de si esta duplicación Pero no comentaremos dicho esquema sin hacerlo
estratégica se mantiene hasta el final, si es el “lugar” preceder, como para duplicar su figura, de dos textos.
doble del texto de Lacan, o si uno de sus aspectos tiene Y, puesto que la sistematicidad es griega —como acaba
lugar en el otro; entonces tenemos que preguntarnos de recordarse—, y procede de una imperiosa exigencia
también si la desviación llega a desviar el sistema que del discurso, ante todo del siguiente:
parece (re)constituirse en el discurso lacaniano, o si, al
contrario, semejante (re)constitución convierte en sis­ “He aquí cuál es el giro ( rporoc ) -pues es necesario no'
tema a la propia desviación. A menos, por supuesto, enunciar menos que esto: todo lo que es descrito y figura­
que se revele que esta alternativa tampoco puede deci­ do (5taypappa) todo sistema de numeración ( ápiflpbc ),
dirse absolutamente. toda combinación ( ovoraoif ) de armonía, y la homolo­
gía de la revolución de los astros, todo eso debe producir
Con estas cuestiones - ta l vez demasiado sencillas- a plena luz su unidad para quien se instruye según el giro.”
podemos encarar la lectura de los efectos estratégicos
del discurso, comenzando por el efecto de sistema. que es un texto del Epinomis3, del cual no hemos exa­
minado la totalidad de los elementos, ni hemos visto a
toda su lógica circular por el perímetro de nuestro es­
Ya se ha podido apreciar, tanto en la construcción quema.
de su primera parte como en la repetición de esta cons­ En consecuencia, circulará allí también este otro
trucción en toda una serie de motivos y de instancias texto, que podría ser (que es, en realidad, aun cuando
teóricas, que el texto es sistemático (que este “texto”, ese no sea su propósito explícito) el comentario del an­
por lo tanto, es plenamente también un “discurso”)’ terior, y del que la circunstancia de ser de Heidegger no
o al menos da lugar a un sistema. Nos toca ahora de­
tenernos en esta sistematicidad misma, es decir, en el
discurso que sostiene el texto de Lacan, en tanto que,
de acuerdo con la exigencia fundamental, y fundado­ 1. Esta “traducción” debe indicar la delgadez y la fragilidad del desvío
ra, del discurso científico y/o filosófico, se cumple por que separa el sistema de la combinación desviante. Desplazarse, a pe­
sí mismo en un orden cerrado sobre sí, orden que no sar de todo, en este desvío, y tal vez desplazarlo, tal es la apuesta, la
doble jugada del texto.
deja nada fuera de su circunferencia sin ordenarlo ri­ 2. Cf. infra pag. 118.
gurosamente a dicha circunferencia. Todo sistema es, 3. 991e; carece de importancia aquí el conocido debate acerca de si este
texto debe atribuirse a Platón o no.
124
125
El título de la letra La estrategia del significante

es indiferente, habida cuenta de cierto punto acerca de esquema sería entonces la repetición, tanto “literal”
la clausura de nuestro gráfico. Helo aquí: como “metafórica” , de este recurso que la palabra de
Lacan, tal como ella misma lo dejara entender en el
“El sistema no es en absoluto únicamente, ni en primer preámbulo, agota en ocasión de un “discurso” en el
lugar, una ordenación de la materia disponible del saber, y sentido oratorio del término, es decir, en ocasión de
de lo que merece ser sabido, en vista de la comunicación una captación única, de una aprehensión directa (si
correcta de tal saber; el sistema, muy al contrario, es la ar­ bien no simple), inmediata y, por ello mismo, sensible,
ticulación (.Fügung) interna del cognoscible, el despliegue tal como Lacan lo ofreciera un día a un auditorio uni­
y la configuración (Gestaltung) que lo fundan, y aun más
precisamente, el sistema es la articulación conforme al sa­ versitario, antes de brindarlo aquí, en los Ecrits, que es,
ber de la conjugación ( Gefüge) y de la agregación (Fuge) no hay que olvidarlo, “un título mucho más irónico de
del ser mismo4 lo que se cree” 5.
Inmediatamente, este esquema puede sostenerse me­
Aunque estas inscripciones liminares puedan hacerlo diante una conformidad al procedimiento, no menos
pensar (o creer), por el momento, semejante esquema “jugado” , de la representación gráfica tal como el mis­
no puede tener otras pretensiones que las de cualquier mo Lacan la ha utilizado en otros textos6, sin que estos
representación gráfica en la que el grafismo no es el lu­ “gráficos” tengan la menor coherencia con el concepto
gar ni el objeto de un proceso científico, de una topo­ de la teoría matemática que lleva el mismo nombre. El
logía. Este esquema tiene únicamente los caracteres “gráfico” lacaniano pertenece también a la estrategia
completamente empíricos de la comodidad y del recur- de la desviación.
so a Ja intuición sensible. Tampoco puede el mismo En consecuencia, se trata, imitando sus procedimien­
prescindir de su propio comentario. Para nosotros, co­ to ^ de intentar una representación espacial de esta es­
mo se ha comprendido ya, el uso de una figura como trategia, a fin de observar qué forma permite —o exi­
esa no es más que un juego. (Al menos resulta necesa­ ge— engendrar: encontramos así que esta forma es la
rio decir que tanto el efecto propio de este tipo de del círculo y, hasta un cierto punto al menos, del
práctica sigue siendo un efecto serio, en una cultura círculo, como es debido, sin defecto, o sin resto. Esto
permanentemente obsesionada por el mos geometri- equivale a decir la forma del anillo de la que habla La-
cum.) Sólo que ese juego, al igual que otros, no deja can cuando, utilizando un juego más, evoca la “ambi­
de contener enseñanzas. güedad de la sortija” según la cual “huye bajo nuestras
Es indudable que el empleo de un esquema no care­ manos el anillo del sentido sobre la cuerda verbal” (E.,
ce de justificaciones en nuestra lectura, así como que 517; ed. cast. 202)7, lo que hace que si el anillo del
no deja de ser adecuado al texto que se trata de leer. sentido huye, ello ocurra a lo largo de otro anillo, el
Tal vez, dar a ver la unidad sistemática del discurso del círculo de los jugadores.
sólo sea una manera de repetir la unidad que ha queri­
5. Lituraterre, en Littérature, n° 3, pag. 4.
do dar a entender en el momento de su enunciación. El 6. Cf. E„ 48, 50, 53, 56-57, 548, 571, 673, 674, 680, 774, 778, 805,
808, 815, 817; y seminarios inéditos, passim. Las precauciones nece­
sarias relativas a la naturaleza de esos “gráficos” pueden verse en J.A.
4. Schellings Abhandlungen über das Wesen der menschlichen Freiheit Miller: Cahiers pour l ’analyse, n° 1/2, 1966, pag. 171.
Tubmga, 1971, pag. 34. 7. Esta sortija insiste en Lacan: cf. E., 259 (ed. cast. 79).

126 127
El título de la letra La estrategia del significante
Si tenemos en cuenta la circunferencia más pequeña
del esquema, podemos hacer girar dicho círculo a par­ “ Sistema” de La instancia de la letra o:
tir de uno cualquiera de sus puntos. Sea, por ejemplo, De revolutionibus orbium litteralium8.
la letra. Es lo que, al instituirse como materialidad de
un lugar, pre-inscribe el sujeto “en su lugar” , que es el
de un significante. Pero también es aquello cuya insti-
tución sólo se produce por el Otro, cuyo contrato ins­
cribe la letra en la palabra, es decir, en la capacidad de
verdad, de esa verdad que hemos visto caracterizarse
por la adecuación (adaequatio u homoiosis, de la que,
por supuesto, habrá que volver a hablar). Pero esta mis­
ma letra se inscribe también - y se oculta- en una alé-
theia, verdad última de la que ya hemos visto que el
texto obliga a tener en cuenta al menos, por el momen­
to, como verdad freudiana ’, esto es, al menos como
esta verdad que oprime el deseo (la que, además, el su-
jeto no puede saber, y que se identifica con el rodeo
significante de [en] la palabra, o mejor, que se identi­
fica enunciándose como tal rodeo, o como agujero. Es­
te gesto es, así, el gesto por el cual el ser viene a faltar
tres veces sobre el círculo: a la palabra (metonimia),
por la palabra {metáfora), en la palabra (el verbo ‘‘ser’’).
Al faltar, el ser ocupa otro lugar del Otro, esto es, Otra
Escena, que es, pues, la misma, y, por ello mismo, en el
circulo. De allí el ser gobierna, por la letra y su circui­
to, al sujeto que, con su ausencia, fija el círculo literal.
En lo que toca a la circunferencia, bastará con ha­
berla lanzado de este modo. Cualquiera puede verla
luego fijarse sobre otro de sus puntos, en donde cada
uno puntúa, de cierta manera, la “misma” ausencia, la
misma alteración, o altera idénticamente su iden­
tidad.

8. Cf. E., 401, 506 (ed. casi. 145, 191), y “Radiophonie”, pag. 82.

128 129
El título de la letra
La estrategia del significante
El interior del círculo repite la clausura de su traza­
do. En efecto, dicho interior está dividido por la divi­ El proceso de la palabra, en su doble serie, tiene
sión misma de la palabra, es decir, por el agujero que por otra parte— un “sentido” : va hacia la denomina­
la letra cava en su círculo. Así, la palabra no “sobrepa­ ción y la significación del sujeto (el genitivo, por lo de­
sa la barra resistente a la significación sino sustituyen- más, es aquí doble). Pero el sujeto produce en la supe­
do al primer significante (el que domina la barra) poi ración de la barra —es decir, a través de un doble juego
el significante metafórico (el que supera la barra, que de resistencias: la del significante oprimido por la ver­
es aquel con el que siempre-ya hay que tratar, y que se dad, y la del significado imaginario del sujeto—, en
observa, pues ha sustituido a otro, S’9). Este último donde el sujeto no puede ser otra cosa que un sujeto
que no adviene, y que no es, a su vez, más que un pun­
se ve inmediatamente arrastrado en la cadena metoní- to sobre la circunferencia donde le falta el ser y donde
nuca. Asi, la palabra da lugar a la doble serie, indefini-
damente abierta, de los deslizamientos del significado la letra lo divide (por eso el arco que lo sostiene se tra­
(en el orden de la metáfora, gobernada por la máquina za en punteado, sin afectar en nada a la clausura del
que, de da otra escena oculta al sujeto su lugar y su pro­ círculo).
pio), y las conexiones del significante en donde insiste
el poco sentido” de un deseo oprimido por la verdad La circularidad del círculo es, pues:
(orden de la metonimia, pues, gobernado por esta loca­ — la simetría de las operaciones de la palabra,
lización de la letra que asigna al sujeto el “lugar” en — la simetría de la organización “literal” y de la or­
donde se oculta a sí mismo). ganización “inconsciente” ,
Pero esta dualidad irreductible también es, como se — la identidad de todos los términos cardinales que,
ve, lo que llena y encierra el círculo, gracias a la sime­ sobre la circunferencia, dominan todas esas sime­
tría que, en adelante, es posible descubrir a ambos la­ trías.
dos de la barra. El ser cuya falta la cadena metonimiza A lo que hay que agregar:
es el ser que se desliza, en un “relámpago” , fuera de su — la identidad de la circunferencia misma y de las
propio verbo. El nombre del sujeto es el que, signifi­ operaciones que contiene.
cado, queda abolido. Ese sujeto, así paradojalmente Los términos de la circunferencia se comportan en­
pre-inscnto (pre-proscripto), es aquel cuyo lugar es tre sí como metáforas en el sentido de Lacan: la letra,
ocupado por la operación de la máquina. Y la maquina- la verdad, el Otro, el ser del sujeto, forman aquí siste­
cion del asesinato del padre no es más que la de la sus­ ma en la medida en que la función de cada uno consis­
titución del significante. También el lugar de la máqui­ te en ocupar su “lugar” para un otro; y la cadena circu­
na, la “otra escena” de Freud, sobre la cual “la máqui­ lar de esas funciones, regulada por la posición de no ad­
na rige al réggisseur (E , 519; ed. cast. 204), es la escena venimiento del sujeto (o del ser...) es, sin duda, una ca­
del Otro, es decir, una vez más, el círculo de la letra- dena metonímica.
la escena circular donde la letra pone en juego su ins­
tancia. Pero la circulación de tal “identidad” exige, para su
círculo, un centro. En esta necesidad del centro se
9. Cf. las fórmulas deE„ 515 (ed. cast. 200), ya citados. puede ver cómo la figura que es el esquema ejerce la
dominación más decisiva sobre aquello que ella figura.
130
131
El titulo de la letra La estrategia del significante

Iruir, de recentrar lo que la crítica lacaniana del “ mo-

S S iS S S 'r nocentrismo” 10 quiere destruir o exceder.


De esta manera, la barra, al operar a modo de cen
tro, puede engendrar otro círculo: el círculo circuns
crito al círculo del sistema, y que es el de sus orígenes.
S o É S K 1^ “ ’ La barra es la que traza o construye el algoritmo al tra­
tar a Saussure en la lógica simbólica y viceversa; es la
d e b e r í a T h í l e ^ J Z F l ? el ’“f ' En tant0 <»">. barra la que repite a Rousseau en un contrato de la pa­
también la identidad del c i r c u l e ^ 0 -centralb 9uebrar labra, la que toma sus recursos de una poética de la me­
táfora, la que asigna Descartes al lugar del sujeto impo­
sible, y Hegel en la ley del deseo. Es ella, por último
(o para empezar) la que lleva Freud y Heidegger sobre
el mismo círculo, uno para fundar la barra, aun antes
de su letra, en la experiencia y la ciencia; el otro, para
significar el modo de verdad de tal teoría.
rcmoj. ün esta detención se centra v el rentm «o in Todos esos nombres (propios) circulan a su alrede­
arra misma, cuyo espesor aparece ocultando un nun dor según la ley del primer círculo, que sostiene que
son metáforas los unos de los otros, en una suerte de
proyección sincrónica y de repetición indefinida de la
rwLÜ u i y las, relaciones de una lógica del sisnif - historia del pensamiento occidental (no se olviden,
ante, la cual, según esta relación es sin duda f, c{ por lo demás, todos los nombres, de Platón a Hólder-
desviación alguna, fónica a secas ’ y m lin, que el texto ha pronunciado); todos ellos for­
man el círculo de la razón “ desde Freud” ; y su cade­
na metonimiza la teoría o el sistema de la letra, aun­
5 f # 152 S S S w que el telos de esta metonimia advenga, puesto que es
el sistema mismo, o al menos su posibilidad inscrita
como ley del discurso que aquí se sostiene. También
SSSSSSSS
de S g ü ’o’
ujigcn o Ícentro.
^ T Y S asi
" vemos
* ^ 4que
i d te
d anatehrn
d ° “ nP
k
S t;T
É por esto el sistema, lo mismo que un centro, tiene un
nombre propio: el de Lacan11 .

c S “ “e S te u efeCt° S de.disP™tó» ° de d f s W
10. Cf. esta “necesidad de abatir la soberbia propia de todo monocentris-
mo”, que ya hemos citado más arriba, pag. 10.
11. Como lo indica, aquí y allá, en este y en otros textos, la inscripción de
su nombre en su discurso, o el uso frecuente de la primera persona,
shifter que asegura, a pesar de todo, el enunciado en la enunciación, y
recíprocamente.

132 133
El titulo de la letra
La estrategia del significante
En todos estos respectos -esto es, a un solo respec- serva y acerca de lo cual no decimos nada por ahora, a
pese a fid o 1111T’ ^ ^ fUndÓn d®Centro cumPIida aquí saber: la doble inscripción que ha habido que hacer de
más c JS rn 2 ,Lacan compone un sistema en el sentido la alétheia una vez, latinizada, sobre el círculo, y otra
mas clasico del termino. La revolución lacaniana que
retoma, vía Freud, la imagen kantiana de la “revolu­ vez, en griego, fuera del círculo. Para leer esta doble
inscripción hay que considerar toda la estrategia de 1al­
ción copermcana” 12, procede quizá a la in v em de ean, hay que discernir si la inscripción está desdoblada
mTrín En !ugar de distender el círculo hasta transfor­ por ella o fuera de ella, gracias a ella o a pesar de ella.
marlo en elipse de dos focos -u n o de los cuales, por lo
dmu7aVeSp ana 1 3C1° 7 V°,lverá a llevar a una revolución Un segundo recorrido del sistema, considerado esta
«n ni tuP?r 6Sta raZOn 6 esquema puede correr el ries­ vez como combinación de desplazamientos, nos permi­
go de titularse, con una parodia del título de Copér- tirá descubrir una nueva duplicación: en un mismo ges­
f ‘ que hay. que entender asi: la letra del texto de to, la combinación radicaliza el alcance del sistema, e
acan (expresión cuyo equívoco se conservará cuida­ intenta trasladarse a otra parte. Avancemos por etapas:
dosamente) produce sus efectos según los giros concén­
tricos de un discurso literalmente sistemático
La estrategia se inauguró con un cierto tratamiento
S>i Lacan pudo decir que sus “enunciados no tienen de la lingüística. Este tratamiento es una desviación,
nada en común con una exposición teórica que consis­ como tan claro se vió en la manera de utilizar a Saussu-
ta en la autojustiñcación de una clausura” 13 vemos re a pesar de las críticas radicales que se le dirigían co­
que en este estadio, al menos, de nuestra lectura la de­ mo así también en la atribución que se le hace de un al­
claración debe leerse más bien en el espacio qué sena- goritmo que él ignorara por completo. Agreguemos que
ra un efecto producido y la voluntad de destruir o de la metáfora y la metonimia, tomadas de Jakobson, per­
subvertir dicho efecto. Esta es la razón por la cual por dieron su carácter de “aspectos” complementarios del
tra parte como lo anunciáramos—, no es seguro' aue lenguaje, cuya respectiva preponderancia puede variar
el sistema funcione simplemente así como sistema según los géneros literarios, por ejemplo, para conver­
Efectivamente, en la medida en que éu siSemáüca se tirse en dos entidades autónomas cuya asociación cons­
produce en una combinación de desviaciones múltiples tituye la ley del lenguaje como ley del deseo.
extravía Como sabemos, todo este tratamiento apuntaba a re­
extravia ^o o 7desarregla
’T " ,ladÓnde la función Al
de menos
desviación
sistematicidad. no lacionar la función lingüística a Freud, pero a un Freud
es indiferente a este título que un sistema barra su cen- descifrado en términos de lingüística. Círculo oscuro
puntoUn CUand° CSta b a m n° S6a también más que un en donde hemos visto producirse la “articulación” , o la
(in)articulación del texto de Lacan. Nosotros reunire­
este" sis°te™”enCÍa’ 68 necesaria una doble lectura de mos esta articulación, pero solamente por el largo des­
este sistema es preciso volver la página del esquema
pero no sin antes observar lo que fígíra en él S o r í vío que aquí comenzamos.
Efectivamente, por el momento podemos compro­
12' 2 0 1 )7 refetenCÍaS d d 6SqUema’ y La instancia, pag. 516 (ed. casi.
bar simplemente algo: en sentido estricto, no hay rigor
13. Cf. más arriba pag. 10. lingüístico que pueda objetarse a Lacan. Justamente
porque no formula sus “ críticas” a Saussure en carác-
134
135
El título de la letra
La estrategia del significante
ter de lingüista (críticas que son, más bien, separacio­
nes o derrapes, indiferentes a su eventual alcance críti­ forma se abren en el intervalo del enunciado y de la
co), la lingüistica no puede criticarle nada a Lacan enunciación, como lo dice un texto que, si bien no per­
quien la ha transcrito íntegramente en términos freu- tenece al propio Lacan, figura en este volumen que fir-
dianos. Esta transcripción, por lo menos hasta un cier­ ma, “para hablar con propiedad” , solamente Lacan ' \
to punto, queda al margen de la autoridad lingüística. El shifter, simple propiedad observable en la lingüis­
(Aquí se confirma lo que adelantáramos: que la estra­ tica, queda así alterado, marginado irremediablemente
tegia se oculta, como tal, a la jurisdicción crítica, y que entre el enunciado —orden de marcas, de inscripcio­
el movimiento con el que se ofrece es otro, un movi­ nes— y la enunciación, que es la imposible identifica­
miento que confirma y desmonta a la vez las operacio­ ción del sujeto que habla. De un lado, las marcas, las
nes estratégicas.) letras, la literatura; del otro lado, el inhallable autor
Como contrapartida, y desbordando la crítica, se o locutor. Pero esta marginación, como ya sabemos,
plantea una cuestión: ¿por qué, aunque transcrita, la también es el hecho de la letra, que desarticula la pa­
lingüistica mantiene, al menos una parte de ella, si bien labra desde el momento en que la abre, que divide así
no la menor, sus conceptos y su léxico14 ? su sujeto, o que, al dividir el sujeto, desarticula la pa­
Es que, en la desviación y en la relativa bruma de labra.
conceptos que de ella resultan, algo debe mantenerse Sea de una manera, sea de la otra, esa separación ex­
algo que no pertenece tanto al contenido de la discipli­ trae su valor de la relación con aquello de lo cual se
na lingüistica como a aquello que la funda y la delimi­ separa, o con aquello de lo que está separada. Es de­
ta, en su etapa saussuriana y en las etapas ulteriores cir, del lugar vivo de un sujeto presente. Este sujeto
que dependen, fundamentalmente, de ésta. Ese “algo” imposible y ese lugar inasignable son la referencia ne­
podría indicarse, indudablemente, de muchas maneras, gativa de la separación literal, pero son también su
recurriendo a diversos momentos del texto de Lacan. momento constitutivo, o, por qué no, su sustrato. Son
Eero al menos podemos designar el elemento en el que imposibles, pero el orden significante no es posible sin
en dos oportunidades, la teoría depositaría de una de­ su “presencia” en la separación que le (y que él) abre.
terminación esencial: hablamos del sujeto. Se ve, pues, lo que, aun en su desviación, ha podido
" Todo el aparato lingüístico se ha alterado a fin de retenerse de la lingüística: hablamos de aquello mismo
(re)producir —y tal vez ante todo— la separación del de lo que procede, y que la domina, el modelo del su­
y la enunciación. En esa separación, el jeto de la conciencia trasparente a sí misma en sus sig­
shifter lingüístico viene a alojar la “matriz de combi­ nificaciones, en el que la lingüística explora tardíamen­
naciones significantes” que reduce en ella el “sujeto” te, según un modo científico, el reverso de lenguaje re­
es decir, que aloja también el proceso del sujeto, sí conocido e interrogado —o reducido— por la filosofía
oda la dialéctica del deseo, y la red de marcas que desde hace mucho tiempo. Es este modelo el que con­
vierte a la lingüística, y a la saussuriana entre otras, en
14. O si se prefiere, ¿cuál es, en Lacan, la ubicación de semejante mante- una lingüística de la palabra (y, en consecuencia, de la
ne e s ^ r ir n ^ n ñ " ? “meV?ta^le? Desviar^ mantener: ¿que relación tie- comunicación).
ne este p ío con el suprimir y conservar” de UAufhebung heeeliana''
Es otra forma de la cuestión del sistema. g
15. Scilicet, n° 2/3, “Pour une logique du fantasme”, pag. 238.
136
137
El título de la letra La estrategia del significante

™otlvo filosófico de la lingüística queda así trans­ No se trata de utilizar la lógica como instrumento, lo
portado a la lógica del significante. El sujeto cae en un que condenaría a la ciencia de la letra, dada su radicali-
agujero, pero ese agujero, la palabra -intacta de algu­ dad, a volver a plantear todos los problemas que surgen
na m anera- dibuja su contorno. ’ g de la lógica cuando, para establecerse como verdad, de­
Así, rápidamente, puede caracterizarse el primer mo- be remitir fuera de sí misma, abriendo la cuestión del
memo de la combinación estratégica. Notemos de na “sentido del sentido” tal como los diversos empirismos
mJVZ
mal de las de alSUna manera
operaciones va a » la
siguientes: n sregla
t i t u de
S regla fo .
un gesto
o positivismos lógicos pudieron formularla, y tal como
Lacan, precisamente, la rechaza (cf. E., 498; ed. cast.
doble respecto del elemento marginado, que se encuen­ 184).
tra cada vez destruido en el mismo movimiento. Más bien se trata de identificarse con la lógica en su
autonormatividad, allí donde, para volverse resoluble,
zanfientrf 68 ° bjeto todavía d* «tro despla- se instituye como ciencia de la lógica, según el título
tifiíiHai aiS c° mbma con un régimen general de cien- de Hegel, o bien se produce como esa característica
el modelo deUL nm8Una epistemologm formada sobre con que soñaba Leibniz, que debía ser una escritura
! u d\ ciencias exactas ha reconocido hasta universal de “figuras significantes por sí mismas” 17. En
ahora. Ahora bien, como se recordará, para Lacan Sau todo caso, el proyecto fundamental es el mismo, y
ssure se convierte en el fundador de una ‘‘ciencia «n tiende a reducir el signo (su dualidad, su opacidad). El
sentido moderno” (E„ 497; ed. cast. 183)medkTte la ideal de una lengua pura, paradojalmente extraña al
formalizaron lógica y la epistemología bachelardiana juego de la significación, se confunde con el de un
La situación es compleja. Por una parte, Saussure que cálculo divino, que es la medida de una g>ojvrj CTr/pavrixh
no produjo ningún algoritmo, fue extraño a toda for- creadora del mundo, y del propio signo.
mahzacion en sentido lógico. Por otra parte, la episte- No cabe duda de que Lacan, por su parte, reconoce­
Sda° Hp dlSta f » cho de remitir exclusivamente, para rá más bien esa lógica en el fracaso de su clausura o de
oda ciencia, al momento constitutivo de un algorit­ su decibilidad, en “la inutilidad del esfuerzo para sutu­
mo Ese, en rigor, es sólo el caso de la lógica Pero la rar (el sujeto de la ciencia)” que demuestra “el último
epistemología de la lógica tiene la propiedad de con­ teorema de Gódel” 18. Pero sabemos que se puede con­
fundirse con la lógica misma, precisamente en la época siderar —o interpretar— dicho teorema como la falla
“ ‘t 6b ^ ma’ M 13 86 “ ula “a^ por donde la lógica, al “ faltarle” una “marca” de su
plenitud, debe convertir esa falta en recurso (o en des­
treza...) metafísica. Será la lógica metafísica en sus es-
el lugar de la circularidad donde la lógica no surge más nes en su texto, cuando habla de la “experiencia” analítica. Esas indi­
que de si misma. Y es esto, en efecto, lo que ocurre en caciones, connotadas antes que denotadas, remitirían a una desviación
del concepto científico de la experiencia, pero son demasiado vagas, y
tífica. Í óanera’ segun la “fogica” de esta fundación cien- connotan con tal frecuencia una apelación a la autoridad empírica de
la “experiencia”, que resulta adecuado detenerse en ello más tiempo.
17. Nouveaux Essais, IV. 6. 2. ¿Es necesario recordar que el primero (y
16.
- “n“ *»»>*»i KMár&ssssií
No prestaremos atención aquí al otro modelo el de U . (último) modelo de la característica es unv4rs combinatoria?
18. “La ciencia y la verdad” 861; ed. cast. 346.

138 139
El titulo de la letra
La estrategia del significante
pedes modernas, en tanto quede librada a tal interpre­ fuera de la buena fe del Otro, y en caso extremo no las
tación19. En verdad, no habremos de participar aquí
en el debate. Basta que esta interpretación —la más utilizaré, si lo juzgo apropiado o si me obligan a ello,
sino para divertir a la mala fe22.” Es justamente por es
clásica , y del mismo Gódel, por otra parte—sea tam­ to por lo cual las fórmulas de “ coherencia” que tía La
bién la de Lacan, es decir, que la lógica invocada por instancia para la metáfora y la metonimia deben tomar
este ultimo, sobre el modo negativo, la “ciencia de la se, como todo el proceso algorítmico y todos los cálcu­
lógica misma, o la “ciencia” del abismo de la lógica, o los a los que puede dar lugar, entre el juego y la fic­
aun el cálculo divino de un dios ausente. ción, en donde el mismo Lacan prohibe sumarse al jue­
Sin embargo, Lacan no se limita simplemente a to­
mar en cuenta esta lógica. En él, el cálculo es precisa- g o23.
Pero esta determinación de una suerte de parodia ló­
mente el objeto de la desviación más comprobado. gica no es única, ni unívoca. Por empezar, las fórmulas
Efectivamente, a propósito de dicho cálculo pronuncia de Lacan varían, y, como pudimos ver, toda la algorít­
Lacan el término, —que nos sentimos por tanto autori­ mica de La instancia se da, aparentemente, a título de
zados a usar—de desviación:
la más “seria” de las ciencias. Luego, aun cuando, por
razones circunstanciales, se disimule la parodia, habría
“...hemos indicado, a reserva de incurrir en alguna des­ que preguntar: ¿no es, precisamente, una “ ciencia” ne­
gracia, hasta dónde hemos podido llevar a desviación del
algoritmo matemático para nuestro uso: el símbolo J ~ \ 2o gativa, pero todavía una ciencia de la lógica)
que también se escribe i en la teoría de los números com­
plejos, sólo se justifica evidentemente no aspirando a nin­ Por ahora no respondemos a la pregunta. Considere­
gún automatismo en su empleo subsiguiente21.” mos, más bien, como un tercer momento estratégico,
que el motivo de la ciencia es tomado “en serio” al me­
Es evidente, entonces, puesto que él lo dice, que la nos en que la “reflexión sobre las condiciones de la
lógica de Lacan no es seria: “Lo que llaman lógica o ciencia” (E 516; ed. cast. 2Q1) produce, en su “apo­
derecho no es nunca nada más que un cuerpo de reglas geo histórico” , una vez más, esa “ función del sujeto”
que fueron laboriosamente ajustadas en un momento que se encuentra “ en el punto claye de nuestro proble­
de la historia... No esperaré pues nada de esas reglas ma (id.). Ahora hay que detenerse en la función filosó­
fica de la ciencia —en los valores del genitivo—, esto es,
19. Es uno de los resultados del análisis que A. Badiou consagró al teore- en el cogito de Descartes.
ma de Godel en Lacan en Marque et manque: á propos du zéro” Ca-
hiers pour lanalyse, n° 10. Nuestro trabajo sólo coincide con el de Hemos reconocido que ese cogito representaba, en
Badiou acerca de este punto, cuya pertinencia tal vez se encuentre tanto que “apariencia filosófica” (id.), “ el espejismo
acentuada aquí. Por otra parte, observemos que el artículo de Badiou que da al hombre moderno tanta seguridad de ser él
si se lo lee como un análisis del discurso de Lacan invertido pero si-
metrico al nuestro, en cuyo caso el eje de simetría pasaría entre una mismo” (E., 517; ed. cast. 202). Es el Narciso resisten­
cuestión planteada a la lógica (o a la ciencia) y una cuestión plantea-
cía. a.1 texto.
te que la subversión freudiana desarraiga, y lo hace mo­
20. Este símbolo acaba de designar el significado en su relación con el vida por una finalidad esencialmente ambigua:
L - ,?ue y a, ernos cbado, del significante de una falta en el otro
( raíz metafórica...). 22. “La cosa freudiana”, E., 431 ;ed. cast. 173.
21. “Subversión del sujeto”, E., 821; ed. cast. 333. 23. Cf. Subversión del sujeto, E., 819, 821 (ed. cast., 331, 333) y Radio-
phonie, pag. 68.
140
141
El título de la letra La estrategia del significante

finalidad es de reintegración y de concordancia so en lo que soy, allí donde no pienso pensar.”


dire incluso de reconciliación” (£., 524; ed. cast. 208)’ 517-518;ed. cast. 202).
así comenta Lacan el “Wo es war, solíIch xverden” de Se advierte que, en tales fórmulas, se trata de enun­
Freud. Pero esta reconciliación debe hacerse en el seno ciados que desplazan o desalojan el sujeto, pero que no
de la excentricidad radical de sí respecto de sí mismo son por ello menos enunciaciones del yo, y por las cua­
con la que se enfrenta el hombre” {id.). Ese doble ni­ les ese yo conserva el dominio de una certidumbre que,
vel de la reconciliación domina el doble tratamiento de a pesar de su contenido, no le cede en nada al del “ yo
Descartes. pienso” . El rodeo del shifter juega aquí, en el límite,
En efecto, las ‘apariencias filosóficas” no deben ser­ como un suerte de confirmación del sujeto, que adhie­
vir para “eludir” el cogito. Lejos de quedar fuera de re a su propia certidumbre por la certidumbre de su se­
juego, el sujeto más bien regula el juego: paración de sí mismo.
“Pues la noción de sujeto es indispensable para el mane­ La “excentricidad radical” de este sujeto debe com- y»
jo de una ciencia como la estrategia en sentido moderno, prenderse según esta doble relación con Descartes. El
cuyos cálculos excluyen todo ‘subjetivismo’.” sujeto, por cierto, queda en posición excéntrica respec­
E., 516; ed. cast. 201. to del’círculo, o en la esfera de la subjetividad, pero es
también un excéntrico, es decir un “mecanismo conce­
Si bien se recusa la sustancialidad del cogito, se man­ bido de tal manera que el eje de rotación de la pieza
tiene en cambio a Descartes por dos aspectos: una pun­ motriz no ocupa el centro” (Robert). Pese a todo, es
tualidad del sujeto, y una relación decisiva —y aún motor de una rotación.
decisoria— con la ciencia como cálculo. Lacan hace re­
ferencia al Discurso de Descartes; pero se sabe que bas­
ta leer las Regulae24 para descubrir en el fundamento El sujeto es descentrado por su deseo, o bien su de­
del cogito un sujeto articulado por y en la matemática. seo sólo puede ser un proceso excéntrico. Con el deseo,
Así pues, en cierta forma es el mismo Descartes, la ar­ el que interviene en el texto, como ya dijimos, es He-
ticulación esencial de su discurso, lo que aquí aparece gel, si bien lo hace anónimamente.
al mismo tiempo excluido y repetido. No llegaremos al punto de leer este anonimato de
Más curiosamente todavía —o más estratégicamen­ Hegel como una metaforicidad asesina del padre de es­
te— está repetido dos veces: la primera vez en el yo de te escrito. Sin embargo, preguntaremos si su nombre
las resistencias, tal como “ Freud (lo) ha hecho entrar no debe ser muerto en razón de su excesiva proximi
en su doctrina” (E., 520; ed. cast. 205); la segunda vez dad, en la medida en que, como habrá de verse, el do­
en los enunciados que componen finalmente lo que La- ble gesto estratégico alcanza la mayor amplitud cuando
can denomina el “misterio de dos caras” (E., 518; ed. a él se lo refiere. Compartiría así la posición con Rous­
cast. 202) del sujeto, y que ya hemos recordado: “No seau, otro “nombre” que insiste en el texto, y del que
soy allí donde soy el juguete de mi pensamiento; pien-24 tendremos que volver a hablar.
Como quiera que, en la medida de lo posible, es ne­
24. Tanto da que el comentario general del cogito, en este punto, sea de
oueroult o de Heidegger. cesario aclarar lo implícito de La instancia, en el sujeto

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El titulo de la letra La estrategia del significante

de Hegel, con otros textos de Lacan (y son muchos, si de la conciencia... sigue siendo suspensión de un sa
bien sólo citaremos algunos25), podemos poner de ma­ ber” 29, del saber absoluto, que no puede dejar de ser
nifiesto por lo menos lo que sigue: excluido para el sujeto del significante.
La excentricidad del sujeto lacaniano siempre se ha Sin embargo, como lo mostraba la primera de las
planteado con referencia a Hegel. De otro modo, “a la fórmulas citadas, hay que partir de la dialéctica hegolia-
existencia, en la que se mide el genio de Hegel, de la na Es ella la que engendra, en La instancia el nudo del
identidad de lo particular y lo universal” , es a lo que “reconocimiento del deseo con el deseo del reconoci­
“el psicoanálisis... aporta su paradigma al liberar la es­ miento” (E., 524; ed. cast. 209), que hace poco Lacan
tructura en la que esa identidad se realiza como desu­ atribuía expresamente a su autor30, y también hay que
niente del sujeto” 26. Esta fórmula marca la doble rela­ volver a la dialéctica hegeliana, o mejor aun, en ella hay
ción con Hegel que se halla aquí enjuego. En efecto, se que permanecer, si “la dialéctica que sostiene núes ra
la ha construido para presentar el cumplimiento ejem­ experiencia... nos obliga a comprender el yo de cabo a
plar, en el “sujeto” del psicoanálisis, de la dialéctica he- rabo en el movimiento de alienación progresiva en don­
geliana de la conciencia. Al mismo tiempo, lo que de se constituye la conciencia de sí en la fenomenolo­
enuncia al final - la desunión del sujeto- tiene el ob­ gía de Hegel”31. La ley del proceso del sujeto se formu­
jetivo de quebrar esa dialéctica, o mejor, de suspender lará siempre “literalmente” en términos hegelianos.
su curso antes de su culminación. Así, el texto titulado “ Subversión del sujeto y dialécti­
En efecto, Lacan rechaza de Hegel la totalización, ca del deseo” terminará con esa frase que clarifica, al
esa “Aufhebung logicizante” 27, según la cual “la ver­ menos en un aspecto, la sujeción del deseo a la verdad
dad está en reabsorción constante en lo que tiene de que surgía en la (in)articulación de nuestro texto. La
perturbador” 28 y donde, en consecuencia, “la desdicha castración quiere decir que es preciso que el goce sea
rechazado, para que pueda ser alcanzado en la escala
25. Habría que seguir la historia de las relaciones entre Lacan y Hegel de­
cisiva, por cierto, para un desciframiento filosófico del discurso de invertida de la Ley del deseo. 32
los Ecnts, y hasta cierto rechazo muy vivaz opuesto a Jean Wahl que
el había calificado de hegeliano (Subversión del sujeto, E., 804- ed Ya sea que Freud suspenda la dialéctica, o bien que
cast. 315): el texto merecería una lectura atenta.
Si bien no es éste el lugar apropiado para ello, tal vez lo sea, en cam­ se lea a Hegel como una dialéctica perpetua, sin culmi­
bio, para señalar al menos lo siguiente: se ha podido escribir: “Lacan nación, el hecho, como se ve, es el mismo. O, mas pre­
se contenta con reescribir Hegel y Freud, lo cual no justifica tanto ai- cisamente, es un mismo proceso de alienación, de na-
boroto.” (P. Trotignon, en l ’A rc n° 30, pag. 30) Que “eso” no merez­
ca alboroto, de acuerdo. Pero que en una “reescritura” no pase nada, gatividad, que no debe ser comprendido simplemente
o bien que no haya en ella nada que no sea simple, está lejos de ser (si se puede decir) en referencia al Absoluto, smo al
evidente. Si eso no estuviera en juego, Lacan no querría una lectu­
ra; es decir, si no se planteara también la cuestión de saber qué hay
de ello en los textos de Hegel, de Freud, entre otros (y, en consecuen­ Es así como la dialéctica puede atravesar La instan­
cia, como pueden ocurrir, desplazarse, ser deformados o desviados, re­ cia de la letra, donde califica “la aprehensión freudia-
conducidos o reinscritos en otra parte; y también, en cierta medida,
medrante que vías estos textos programaron, o no, tal o cual lectura
que puede hacerse hoy, etc.). 29. Ibid., 799 (ed. cast. 310).
26. “Función y campo de la palabra”, E., 292 (ed. cast. 111) 30. Cf. Propos sur la causalite psychique, £., 181.
27. Subversión del sujeto, E„ 795 (ed. cast. 307). 31. Introducción al comentario de Jean Hyppolite,f!., 374.
28. Ibid., 797 (ed. cast. 309). 32. E„ 827 (ed. cast. 338).

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E l título de la letra
La estrategia del significante
na “de experiencia” (E., 5 0 9 -ed eact
con su sentido el de la “analítica del f e í eo s- obliga en efecto a formular esta pregunta el
otorga su atractivo más secrptn” i i™ r ® '!&.), “más allá” (E., 524; ed. cast. 209) que es el Otro, ¿es
inconsciente (E„ 513 ed casi 108 f° rma“ ones del fundamentalmente otro que el otro que se presenta en
el deseo hegeliano? Cuando, en Hegel, la conciencia,
descubre que la supresión que ella desea para su salís
facción implica que el “otro también debe sei , st k
hace evidente lo siguiente: “ La esencia del deseo es, en
realidad, un otro que la autoconciencia35. Y esta alteri-
dad (que, entiéndase bien, es preciso no interpretar en
fícado, si se desliza, termina por ser punteado en lame el registro antropológico) domina la estructura, si se
puede decir, del goce: “ El placer (Lust) gozado tiene,
9 P7 o°nsiePetÍda tTes veces en la página 5 2 4 (ed sin duda, la significación positiva de haber devenido sí
207-208), rigurosamente hegeliaía puesto que esta mismo como autoconciencia objetiva, pero también la
mediación psicoanalítica” es el hecho del o t i l “
significación negativa de haberse superado a sí mismo...
Posición de mediación en relación a m? p r l S desdo" en esta experiencia, la realidad alcanzada de la singula­
blamiento con respecto a mí mismo”33.
ridad de la conciencia de sí ve cómo es aniquilada...36”
,e punto de almohadillado se deshace ñ o r sí mis No cabe duda, puesto que es necesario recorrer to­
nto al menos en este otro significante q u flo a c ó m p S ' dos los desvíos, que Lacan objetará el saber absoluto
(edqUcasetS 208 0¡nTJ FOif,i,a,’’ de las pá8inas 524 V 525 que debe finalizar por conducir a término el proceso.
Pero ¿no es acaso precisamente una fórmula hegeliana,
y que no carece de afinidades con el saber absoluto, la
s s s & i& é s s s s g que, para concluir, da a la ciencia de la letra, si Freud
Lacan i n t e r n e ta£ ™ ° por su descubrimiento hizo entrar dentro del círculo
gia de Bataille no será extraña a la de la “ le tra ” m de la ciencia esa frontera entre el objeto y el ser que
Pesar de todo Lacan mantiene k mediación y un^ me­ parecía señalar su límite” (E., 527; ed. cast. 212)?
diación simplemente planteada y admitida 'para míe Dejemos que la fórmula se comente a sí misma. La ^
desviación de Hegel que realiza Lacan consiste, al me­
S r q u e eS e erH " , ,eXt0 eS" nos al comienzo, en un retomo, en un discurso negati­
Que se retenga la mediación dialéctica - o que en es vo, de la dialéctica del deseo (y, en consecuencia, del
saber). La dialéctica lacaniana regularía así uña despro-
te texto, se trate de un cierto manlen¡mien?"¿aUcü-

a m r.je„£3'íííe?;’° ~
a s s z g z
la “certeza sensible” de HegelP S 18 Cd’ cast' 203->- Remitimos a
35. Phénoménologie de l ’esprit, trad. Hyppolite, I. p. 152-153. Hay ver­
sión en castellano: Fenomenología del espíritu, trad. VV. Roces, t-Cb,
México, pag. 112. , , ,
Textualmente: “Es, en realidad, un otro que la autoconciencia, la

asir424*•,a '¿rsífí esencia de la apetencia.” (N. del T.).


36. Ibid., p. 299; ed. cast., pag. 215. . . . . . .
Textualmente: “ ...donde la realidad alcanzada de su singularidad ve
cómo es aniquilada” (TV. del T ).
146
147
El título de la letra La estrategia del significante

pom oii constante del sujeto, sobre el fondo de ausen principio o de origen que salva, también ella, con la os­
cilación permanente que retiene el Contrato social en
tre el proyecto político y la idealidad fundamental. (Se
sabe que Rousseau, al comienzo del Contrato, confiesa
de S A - f S f iJ £ su incapacidad para describir una historia, esto es, para
reintegración y la concordancia” (E., 524) como Dudí él, un origen.)
Si el motivo del contrato es una manera de cuestio­
qU°e en'
que, en Heeel
Hegel,^ conviene
PrÍndpÍO defin:
a tal su movimiento
la mediaciónes aquel
7 en nar - o , al menos, de dejar en suspenso- la simplicidad
consecuencia, la Aufhebung. Por último y tal vez so del origen, hay que decir que Lacan oscila entre Rous­
bre todo, si este principio permanece, en Lacan afecta seau releído de esta manera (pero acerca del cual no es­
do por una negatividad que parece rehusarse a la con clarece ningún rasgo), y un rousseaumamsmo como
versión positiva con la que se opera el progreso de ks' contractualismo metafísico. ., .
Ahora bien, ese contrato es la “ convención signifi­
segtratSaddp ^ COnciencia en He§el (o si, más brevemente cante (E„ 525; ed. cast. 210), y, en consecuencia, el
rata de un proceso de ¿«consciente), tal determina’
cion no podra impedir, bien lo sabemos que s e a d gesto que concierne a Rousseau se repite en la teoría
pre posóle y necesario preguntar si este cüscurso S - ' del signo. “El origen de la lengua” , si se puede decir
isí se refiere, para Lacan, al ‘núcleo de nuestro ser
su discurso un d T ^ ,P °r í*egel y p r e n d i d o en tE 526; ed. cast. 211) que retoma a Freud, del que
Pie que pudiera “ da testimonio” (id.) la retórica del inconsciente. Es­
d e c id !™ '™ 1» dialéctica hegeliana es donde V h a ta retórica es primera, porque hay, detrás de ella, insti­
decidido el nivel discursivo de la negatividad37. tuyéndola y fundándola en tanto retórica o trópica, un
propio que permanece inaccesible: ‘ aquello... que hace
Sin embargo, Hegel también es arrastrado fuera de «r mi ser” no es “aquello que pueda ser objeto de un co­
nocimiento” (id. ). . . .
Es así como la estrategia de Lacan viene a culminar
en una operación sobre la teoría metafísica del signo.
Recordemos su epígrafe, que metaforizaba la lengua
r p T fp a S S S / l e S 1^ RZ reprimida como lengua de niños y de afectos. Citemos
dado salvada por Lacan. Hay que agregfr que al mismo a Rousseau: “ Es de suponer que las necesidades dicta­
mpo, el contrato se ve asignado en una posición de ron los primeros gestos, y que las pasiones arrancaron
las primeras voces” 38. Muy bien podría ser también el
texto de Rousseau lo que el epígrafe de Lacan metato-
3?‘ tPu°rr 4 aHPeS% ^C x7en t Con la salvedad de que el signo que Lacan ha des­
truido, perdió su referente, su propio. O más bien, que
ceso ya es, por lf‘C
Q1re" ecoclf dad que,este pro­
yugado por el sujeto que no advierte ln’m íí ^ contrario, esta tan sub­
do procura separarse de Hegel? que conserva del mismo cuan- 38. Essai sur l ’origine des langues, Dueros,#ag. 141.

148 149
El título de la letra La estrategia del significante
ahora su propiedad es la de no referir(se) más historia mayor de la ontología metafísica: todos los
agujero. Pero la propiedad de la referencia misma n rasgos esenciales de esta última están aquí señalados, al
giro queesoC,pol ¿ f f t! 'saiticulad0’ Nada m c „ a ,w - punto que la fórmula desarrollada de la combinación
debería ser la de una onto-teo-semio-logía.
Por cierto, se trata de una ontología negativa. Lo
que designa el centro es un agujero; ese agujero ordena
“E n^yo s X T „ aS ° d e T a V s ta g 0uays-^“ X a ,a d o " la circunferencia, ante él es preciso estar con los ojos
de la lengua original (del) Otro” 39. datado bien abiertos” (£., 500; ed. cast. 186 [y nota al pie]).
Pero el trazado del agujero es también el trayecto de
una ontología, de esa ontología en donde la letra, a la
tadosVe8 todo ^el arP
°Pera? ÓnenP°cuyo
dem°entero
S reunir los resul- que falta el “ser” , “ dibuja” “el borde del agujero en el
duos ae todo recorrido, saber” , como dice Lacan al recordar, precisamente, La
instancia40.
Una ontología abierta - y fundada, lo que significa,
necesariamente, clausurada— sobre una hiancia, que
,a oculta su fondo pero deja ceñir su contorno, no care­
ce de ejemplo en la tradición metafísica, especialmente
Un sujeto en el agujero, calculado por un dios desa en la forma de una “teología negativa” . El efecto últi­
parecido, gira en una rotación excéntrica que describe mo de la estrategia lacaniana, al menos en lo que tiene
el circulo de su ciencia, es decir, de una dialéctica n ía de estrategia del sistema y de la combinación, sena,
tiva de su deseo, sellado por el contrato de una palabra pues, la repetición, sorpresiva pero rigurosa, de la teo­
que refiere a su agujero; tal “es” la combinación logía negativa; es decir, también de lo que inclusive ya
Hegel repetía y desplazaba41. Pero con Hegel, pasare­
mos muy cerca de Bataille. Salvo, precisamente, para
señalar que una ateologia lacaniana, en conformidad
^ o n t o t ó ^ g T s í S ; ed* M ) quí con el proceso, tal como acabamos de seguirlo, de su
dar ~ y
de la letra en el im o m c iZ e ’ qU e “ ms,mcla 40 Liturateire, en Littérature, n° 3, pag. 5. .
41 Es decir tal vez, lo que Lacan ha podido llamar Dio-logia, como una
Efectivamente, se trata de una ontologia como n..P disciplina distinta de la teología que es la Theoria, sea esta cristiana
de esperarse después de haber visto còm i la estratega o “atea” -Dio-logia que designa precisamente la teología negativa o la
mística: “Para la Dio-logia... cuyos Padres se extienden de Moisés a Ja­
tomaba tantos elementos para su com W naeSÍ e n '^ mes Joyce, pasando por Maister Eckart, nos parece que Freud es
quien mejor marca su lugar.” - y esto, en Lacan, se encuentra en una
teoría que incluye una falta que debe encontrarse en todos los nive­
*' ftSÜ’E¡SÉíKsS: I r J X í = , s p“ “ ‘v *
es, al fin de cuentas, lo que m porta para el s Z t n nl ’ per? real’ que
les”. (“La méprise du sujet suppose savoir , Scilicet, n i, pags. iv-
40). Habría que leer todo el texto, que, entre otros atribuye ese lu­
gar de Dios-el-Padre” en la cuestión del Nombrenlel-Padre (pag. 39)
K A t esto es en la cuestión en la cual Lacan, después de la exclusión de
Santa Ana, ha querido diferir sine die la exposición en sus seminarios.

150 151
El titulo de la letra La estrategia del significante

d e p íte to m e ^ fT 6^ 13 SU amb^ e d a d estratégica La (in)articulación es, por tanto, también él régimen


epíteto metafisico y seria una “ateología negativa” singular de esta ontología inédita que hemos creído po­
der (re)articular. Y por allí el discurso metafísico de
Lacan vuelve a lanzarse inmediatamente fuera de sí
mismo, fuera de la clausura ontológica en cuyo inte­
rior, a pesar de todo, se ha inscrito rigurosamente. Por
lo menos es hora ya de tener en cuenta lo que manifies­
ta semejante deseo.
Pues la letra, es esa de Freud, es decir, una potencia
“ subversiva” (E., 517;ed. cast. 202) respecto de la filo­
re c o S o m c „ amq„U' j ^ intendó" 1“ e “bría este sofía entera; y el ser es ese de Heidegger, esto es, el de
za d e t e n í a Fste L Ve' “ estra,egia fe elLacan radicali- la empresa de destrucción {Destruktion: que según el
za ei sistema Lste ya no es únicamente campo cerra­ valor de este término en alemán, es más bien decons­
rle £°deado de referencias que un esquema podía tratar trucción) de la ontología.
de figurar; sino que es, por una combinación que insti- Queda por desbordar, todavía, o bien por desviarse
uye una clausura más secreta y más fundamental íde hacia ese doble fuera de la ontología. A menos que se
,PIÍmf ra)' 13 eepeticton de” e x 'g e í trate, circularmente, de completar la relectura de nues­
m i Uet f (df a voluntad’ o del deseo filosóficos) tro esquema, fijándolo en los nombres de Freud y de
S sistdemarmonl r®Specto del discurso: la aspiración Heidegger... que hasta aquí se han dejado en suspenso...
ccidad,
dad en La duplicidad se repite. La estrategia no se ha com­
en la medida en601"11611'
la m d l118^ 0 qUe ejerce
que exponen la sistemati-
la exigencia de un pletado. Tal vez sólo esté comenzando. Después de to­
Logos íntegramente fundado y articulado por sí o oue do, todavía no hemos dicho nada acerca de su verdad...
^ S3?- 3; ° 1Uní ad d d Sí (siquiera fuera d “yo° Tu­
ya identidad no deja de abolirse en lo imaginario v 1
discuTo1,ent° d d SlgnifÍCad° } de aPropiarse a sí como

e s S L S T Í m0d° ’ 13 duaIidad ^ organiza toda esta


curso -m ip ° ígamza ®n este desdoblamiento del dis-
discuV oT e Ta1

gpaque l ^ Z ' o p S “ Pr° PÍ° C° nCePt° ^ Una len'

ser, lengua que, cuando lo necesita, sólo consigne na


ra producirse, es decir, para combinar los t é S o s ma­
yores de su discurso, proferirse en una (^articulación.

152 153
3. La verdad “homologada”

...No se trata de hallar ahora “toda la verdad acerca


de la estrategia de Lacan. Tal proyecto sena demasiado
ingenuo; y si se lo creyera realizable, requeriría por lo
menos tantas y tantas incursiones en el conjunto de los
Ecrits (y en otros lugares) que excedería, de todos mo­
dos, los límites que hemos asignado a este trabajo.
Pero aclarado esto, (o nuevamente aclarado) se en­
cuentra que nuestra lectura, al surgir mas de cerca a
trama del texto, ya nos ha llevado -reserva hecha de la
enigmática subinscripción que hace las veces de men­
ción de origen y que sella/oculta lo innombrable del
sentido en la evidencia algo ostentosa de su secreto ,
el texto concluye y se cierra, efectivamente, con una
página íntegramente dominada, hasta sus ultimas li­
neas, por la temática heideggeriana. Es decir, por a

190).
El título de la letra
La estrategia del significante
cuestión de la verdad, del ser de la verdad y de la ver­
dad del ser. de evitar o de negarse a leerla (pero, además, ¿puede
Es hora, pues, de interrogar más precisamente esta leerse la palabral)3. Igualmente, se podrá decir que en
posición de Heidegger. ello hay cierta ligereza (o demasiada habilidad)en pa­
sar así, tan fulgurantemente, de un plano al otro, y a
Pues se trata, antes que nada, de una posición: pura resolver “milagrosamente’ toda la dificultad de la sig­
evocación, si se prefiere, puro “llamado” ; pero aparen­ nificancia en una innovación, por pura que sea. Pero
temente nada que se parezca a un uso, es decir, a una hay algo aquí de un movimiento de ese tipo, si se tra­
lectura. Efectivamente, apenas evocado el filosofema ta, de todos modos, de una conclusión, de una solu­
heideggenano de “el hombre en el ente” (E., 527; ed. ción (en donde se detiene y se fija todo lo diferido a
cast. 212), si Lacan aleja toda referencia doctrinal a lo lo largo del texto), nada impide que sea también -p o r
que, peyorativamente, denomina un “heideggerianis- última vez, sin duda, y como si, paradojalmente, se
mo no lo hace, contrariamente a lo que declara, en pudiera tocar el fondo, la necesaria repetición de ese
nombre de una reflexión que debiera (o que pudie­ abismamiento que, como ya vimos, domina en su es­
ra) emprenderse de inmediato, sino, simplemente para tructura y en sus efectos más notables, todo el texto
plantear el nombre de Heidegger, es decir, Heidegger de Lacan. Aquel caso podría parecer, al fin y al cabo,
mismo, como el de alguien de quien hay que “hablar” , como la maquinación de una larga cadena metoními-
porque él es quien, ejemplarmente, habla: ca en la que Heidegger sería el último nombre, y el Lo­
gos la última palabra, o, si se prefiere, la palabra-clave.
“Cuando hablo de Heidegger, o más bien lo traduzco, me Por otra parte, es la razón por la cual no hay que
esfuerzo en dejar a la palabra que profiera su significación desdeñar ninguna referencia al texto Logos (ni a su
soberana. traducción). Es decir, implícitamente o por alusión, a
E., 528; ed. cast. 212. los conceptos de logos y de traducción. Pues la signifi­
cancia misma tal vez no sea extraña ni al uno ni a la
Es verdad que esta declaración hace referencia sim­ otra; tal vez sólo sea pensable, más exactamente, a par­
plemente a la traducción que da Lacan en el primer nú­ tir de la relación enigmática que el logos, como tal, ha
mero de la Psychanalyse (1956) del texto de Heidegger mantenido siempre con la idea de traducción. No hay
titulado Logos2. En sí mismas, la traducción y la publi­ duda de que es azaroso pretender, sin más precaucio­
cación antedichas no son indiferentes ni despreciables nes, que la cuestión del logos (digamos, para abreviar,
Pero tampoco es indiferente, sobre todo -e s lo menos
que se puede decir- que sea precisamente esa signifi- 3. Suponiendo que no se haya leído a Heidegger en La instancia o que
caricia que el texto buscara en toda su extensión lo que no haya dirigido la lectura un cierto llamado al texto Logos. La des­
se diga que pertenece a la palabra” heideggeriana. Ex­ composición significante del árbol (E., 504; ed, cast. 190), en donde
ya hemos entendido, por así decir, como la significancia tranquea la
traño desplazamiento del tema a un texto tutor. Se di­ barra ;no culminaba acaso en una vocación que la lenta madura-
rá que se trata de una manera de no leer esa palabra, ción del ser en el ¡ v nama del lenguaje”, fórmula en la que se puede
reconocer, en efecto, un eco de la traducción y del tratamiento hei-
deggeriano de Heráclito (cf. Essais et Conférences, en particular pp.
2' ar"gl0958 Andlé P°dlá 166186 en Essais et 226-271)? Heidegger estaba, pues, y si se puede arriesgar la expresión,
ya oculto en el árbol...
156
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E l título de la letra La estrategia del significante

del ser y del sentido, o del ser como sentido) habrá de to, anidaba toda la dificultad de lo que hemos podido
ser comprendida siempre en una economía general del llamar la (in)articulación del texto, y que se veía obli­
intercambio, de la equivalencia, de la adecuación en gada a traducir, en la conceptualidad lingüística (ya tra­
una suerte de sistema, menos simple de lo que parece bajada por Freud), el conjunto de la conceptualidad
d a v rÍd dUhC1tble T d p l0 intraducible>de la transparen- freudiana que se tiene en cuenta. Pero, mutatis mutan­
£ia y ,del obstacul°- pero íes posible al menos recordar, dis, esta práctica de la traducción reproduce, en su mis­
por ahora, que esta cuestión de la traducción atraviesa ma circularidad, la práctica heideggeriana de la traduc­
precisamente, y como una de las cuestiones fundamen­ ción (por ejemplo, para insistir aún en ello, el “tradu­
tales de su propia constitución, el conjunto del texto cir del griego en griego” practicado en Logos (y en
heideggenano. Lo que no puede dejar de implicar a su otras partes4, funda y hace imposible, en el límite, la
vez, la traducción de Logos por parte de Lacan y mu­ traducción del griego al alemán). Por lo demás, no es
cho menos aun en la media en que Logos, como se sos­ exagerado reconocer el juego del modelo heideggeria-
pecha es uno de esos textos enteramente ocupados por no en la violencia que Lacan impone al texto freudia-
un (el) problema de (la) traducción. Ahora bien sabe­ no, en la aparente arbitrariedad o en la libertad del tra­
mos que este problema es, precisamente, en su ambiva­ tamiento al que lo somete. En realidad, lo que está en
lencia, el que obliga a Heidegger, por una parte, a pul­ juego aquí es toda una práctica de la lectura comenta­
verizar la traducción de la palabra de Heráclito que es da por el motivo de lo impensado. Así, como Heideg­
? qUe 6S la que’ desde el comienzo, se ger intenta descifrar lo impensado de la filosofía, así
S í t d i traducil> y Ror otra parte, y sobre todo, a neu­ también Lacan se esfuerza en descubrir en Saussure y
tralizar la pulverización o el estallido dejando, lisa y lla­ en Freud (y en algunos otros) lo impensado común que
namente, la palabra sin traducir. En consecuencia funda la posibilidad de su relación. Y todo eso, sin du­
ciTsoberana” ^ Palabra” de H ddegger “su significan- da, más gustosamente (aquí también entra en juego el
soberana , Lacan preserva también el suspenso de paradigma especular) en la medida en que de lo impen-
la traducción; y al traducir, traduce lo intraducibie. O
al menos hay que suponer, al término del recorrido
que la traducción erige definitivamente (/’absolutamen­
te.) en intraducibie el Logos tomado del texto heideg-
genano. Y, por otra parte, para respetar esta segunda 4. También se encontrará, entre otras, una justificación “teórica” (o una
larga “meditación”, como se quiera) en la parte del curso ¿A qué se
ambivalencia, hablaremos en adelante de la (in)traduc- llama pensar? consagrada a Parménides. Asi, por ejemplo, en este tex­
cion de Heidegger. to: “ La cuestión relativa al Eso que llama al pensamiento pone a nues­
tro cargo la traducción de las palabras éo'v é/r/revai . ¿Pero desde hace
nwP! irr0 ‘a“ b,é" es traducir el trabajo que se trata de mucho tiempo se las tradujo mediante el latín ens y esse, es decir,
operar en Freud. El mismo, como se recuerda, comien- “ente” y “ser”? En efecto, es superfluo traducir éov emievaí en latín o
en nuestra lengua. Pero nos es necesario traducir finalmente esas pala­
sueñoT(F ™ tm T.mum^ n g Por Significancia del bras en griego. Tal traducción sólo es posible como TRA-ducción a lo
! i I T £ " ' 5 0) d' casi. 195). Traducir, si bien se en- que se expresa en estas palabras. Esta TRA-ducción sólo se resuelve
nde, quiere decir aquí, lo mismo que en lo concer­ por un salto, una suerte de salto en el que eso salta a los ojos en un
instante, lo que las palabras éw e>¡nevai escuchadas a la manera griega
n í / texto. de Heidegger, traducir del alemán. Pero quieren decir.” (Traducido de la traducción francesa de Becker-Granel
se sabe que en la inocencia aparente (o relativa) del ges- P.U.F., 1960, pag. 213).

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El titulo de la letra La estrategia del significante

sado a lo inconsciente (¿o de lo inconsciente a lo im­ bra del Logos que Heidegger ha designado. En su prin­
pensado?) no hay, si puede decirse, más que un paso5. cipio, la desviación queda anulada: la resolución de la
bl resultado al que se llega, muy simple, es que resul­ traducción suprime toda posibilidad de medir la evita
ta necesario- complicar aún más el dispositivo de la (in) ción de un fraude que desvía, de una infidelidad, cual­
articulación, e introducir, entre Freud y Saussure, un quiera que sea. Sólo reina, y en forma exclusiva, el
tercer personaje” , por no decir, más estrictamente principio de una pura fidelidad en la transparencia y
tal vez, el Deus ex machina. Y de tal manera que la re­
ciproca traducibilidad de Freud y Saussure se apoye m Pero indiferencia, aquí, no designa nada que pueda
en definitiva, sobre esta (in)traducción de Heidegger de parecerse a quién sabe qué práctica anárquica de los
la que acabamos de hablar. textos Al contrario. Más bien se trata de reservar ng
En la posición de Heidegger se puede reconocer, rosamente, en esta invocación al logos (y, ya lo vere­
pues, la ultima repetición de la in(articulación), es de- mos, a la verdad), la posibilidad, ultra-texto (y, en con­
cir el ultimo efecto de la quemadura6. Y es del agujero secuencia, también ultra-sistema) de una suerte de
del texto, así quemado, de donde se “profiere” lo que “medio” de equivalencia en donde desaparezca toda
en adelante se habrá de comprender como “la signifi­ cuestión de traducción de Saussure en Freud, de Freud
cancia soberana” . Voz de ultra-texto que no es, sin em­ en Hegel (o en Rousseau, o en Descartes), de cada uno
bargo, ‘la voz de persona” ; y que si no es la del Deus de los nombres (o mejor de cada uno de los textos) en
ex machina, es al menos la del apuntador... Con más se­ todos los otros. Y en el “texto” mismo, en adelante
riedad, todo eso equivale a decir que lo que creimos el ultra-texto, es decir la significancia, autoriza todas
poder retomar en el concepto de desviación está regi­ las operaciones. La estrategia, por lo tanto, habra cum­
do, desde lejos y desde lo alto, por el mismo Heidegger. plido todo su movimiento, puesto que anula la desvi
O, para ser más precisos aún, digamos que la operación ción que ha operado de la lógica simbólica, termina por
montada sobre Heidegger es la que al mismo tiempo ri­ reproducir el ideal de la lógica, es d e c r de la lengua
ge y desvía la desviación misma, puesto que en el fon­ transparente de un intercambio universal y sin resto.
do termina por reabsorber toda la dificultad de la tra- Por eso funciona todo, y funciona perfectamente.
ducibihdad, y que, al resolverse en la pura denomina­ Pero esto no es todo. Freud, a su vez, se da ultra-tex­
ción del gesto heideggeriano, remite como a una suerte to- o bien cubre, más justamente, una operación tam­
de lengua primera que garantiza todos los intercam­ bién ella, en esta última página, sin lectura en sentido
bios, a esa autotransparencia, a esa presencia sin som­ estricto (lo que permanece en el orden o el registro de
la simple designación). Inmediatamente después d
haber apelado a Heidegger, Lacan dice de la misma ma­
5' w t , ^ ! - la„ analoSla T s,ea tan “i n s t a n te ”, sería útil marcar las di­ nera, pero esta vez para sobrepasar toda relación con el
ferencias. por ejemplo, la negativa heideggeriana, sin relación con
nuestro conocimiento, a leer Freud o hasta a tener en cuenta -siquie­ texto de Freud:
ra sea en algo- la aparición y la existencia del psicoanálisis; a la inver­
sa, el acento que Lacan pone sobre los motivos epistemológico y cien-
tifico, en detrimento de la ontologia (explícitamente al menos, o más “Si hablo de la letra y del ser, si distingo al otro y al
bien oficialmente). Pero esas diferencias son demasiado visibles dema­ Otro, es porque Freud me los indica como los términos a
siado conocidas, para que se insista en ellas.
6. Cf. supra pag 96 los que se refieren esos efectos de resistencia y de transfe­

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E l titulo de la letra
La estrategia del significante
rencia con los que he tenido que medirme desigualmente ce, cada vez, en el mismo punto o en el mismo momen­
S T 6 l0S T 6 hC tCnÍd0 p e d i r m e d e s i g u S e " to, cuando haga falta producir la significancia misma
Dosible to T tepian° SquUChaCe qUC ejerzo esta Práctica (im- para atravesar la barra manteniéndola.
de « d d 'p íJ Ü S » “ “ ",PU" “ ” ■*“ ><■“ >>"* Mas si todo esto es así, sólo puede querer decir una
E., 528; ed. cast. 212. cosa- como el logos (la verdad), la experiencia (el de­
seo), es también (ella también) perfectamente (in tra ­
ducibie, es decir, inmediatamente equivalente a su pura
ran^lí«!íra^t DCt0 6S’ pues’ la exPeriencia, o la práctica enunciación. El deseo (freudiano) ocupa en consecuen­
la v e rd a d í'P n r0 ¿qUé relf lón mantienen con d logos, cia la misma posición que la verdad (heideggeriana). el
la verdad! ¿Por que se introducen aquí? ; Es necesario ultra-texto es el lugar (más bien el no-lugar) en donde
acaso, concluir que Heidegger no desempeña ef n a íS se reúnen y componen el deseo y la verdad. Doble (in)
noeJe^FreudS P° d<Jrle
(tantnque “T " ? que
¿ ° bie" el retar- traducible que, con todo, articula el discurso^de Lacan,
no ae hreud (tanto complique, complete o pese a que, en este discurso, se “articula” , “habla la
que exphque el dispositivo) deja en el fondo sin cam- verdadera voz del deseo (o la voz deseosa de la verdad).
bio alguno la posición de Heidegger?
Pero vemos que este “aparato” únicamente puede
Ya hemos destacado (por lo menos en dos oportuni­ funcionar a condición no sólo de suponer la problemá­
dades) que la experiencia se ha invocado justamente en tica de la verdad en la invocación al logos, y la cuestión
lugares estratégicos bien precisos (cuando su motivo no del deseo en el llamado a la experiencia (lo que es rela­
sim o, como ya lo señalamos, para evocar un modelo tivamente fácil, sino además (y sobre todo) a condición
nUmeCi etaí)emvesetei Ph°C° PreCÍ ° de la cientifímdad expe- de que el deseo y la verdad se identifiquen recíproca­
^ e n ta l), y ¥ lnvocado Para quebrar, con autori- mente, y de que se los oiga hablar juntos (sin que la
de contornea??/ ^ f Un,text°- La Primera vez, se trataba emisión pierda claridad) como la significancia misma
de ™™tion del corte simultáneo cuya liberación final clausura el texto y decide, retros­
ae ios dos reinos del significante y del significado pectivamente, su economía de conjunto y su estructu­
que Saussure postulaba como principio del funcio­ ra. Pero antes de poder afirmar de manera perentoria
namiento de la lengua. Y era para introducir la teoría (o sumaria) que el deseo es la verdad ( ¿hasta qué pun­
del almohadillado (E., 503; ed. cast. 188)7. La segunda to es posible deducir la esencia de la posición, el con­
vez, se trataba de “subvertir” la seguridad de la identi- cepto de la estructura?) tal vez sea útil escuchar esa voz
ad consigo mismo que el cogito cartesiano había sos- del deseo. Pero lo que precisamente se encuentra es
per esa ‘?videnS H a”° S; V !° ^ entonces a rom- que esa voz no habla, que no articula verdaderamente.
517 ed casf ?n?i» T / empilncidad deI deseo (E, Grita. Y eso podría oírse (si bien no estrictamente es­
„ ’ ea. cast. 202)8. Tanto en el texto de la lingüística cucharse). Pero ocurre que no se puede oír ese grito,
como en el de la filosofía, la irrupción de la experíen- pues es improferible, es el grito del síntoma (E 519,
ia (y la experiencia es aquí -siem p re- el deseo) se ha­ ed. cast. 204)9. La voz del deseo es áfona. El deseo no
7. Cf. supra pags. 62-63.
8. Cf. supra pag. H6. 9 “Lo que el sujeto grita por medio de síntoma es la verdad de que el
deseo ha estado en su historia, del mismo modo que Cristo dijo que
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El titulo de la letra
La estrategia del significante
Í “!’ 1“' “ maniflesta. ¿Cómo podemos hablar entonces
su pura y literal significancia (es decir, en su verdad).
lo afd ble v |Sm‘ ?mM? iCómo puedM juntarse aqu Lo que Lacan, por otra parte, no deja de subrayar in­
da voz'y e, fenómeno” ' 0? C™ ddÍr mediatamente:
4 Se s^ e la respuesta: el síntoma es una metáfora-
metáfora en la que la carne o bien la función están tn- “Y así, para que los invite a indignarse de que después de
tantos siglos de hipocresía religiosa y de fanfarronería filo­
w r f SpC° m° elemento significante” (E 518 - ed. cast sófica, todavía no se haya articulado válidamente nada de
03). Pero esta respuesta nos remite atrás más acá dei lo que liga a la metáfora con la cuestión del ser y a la me­
momento último en que se libera la sTgñifícanda A tonimia con su ausencia, etcétera.”
neas°deHexto u ? si ^el síntoma E., 528;ed. cast. 212-213 (Subrayado nuestro).
neas üel texto,Tque 86 haC£ en las
es una últimas nn
metáfora ^
es una metáfora decirlo, del mismo modo que no ló es
Formula notable incluso en su desequilibrio, pues si
528
ir ed Tcast-
,8 ’ ed- a t 212). O h°
aunmbre
que 68
“ elUna metoninua”
síntoma es una (E.,
me la metonimia está ligada como tal a una falta del ser, la
tafora, queramos o no decírnoslo, como el deseo es cuestión del ser a la que está ligada la metáfora no es
(id \ T onimia’ aun cuando el hombre se mofe de él” más que la presencia del ser, sea que se la piense, como
m . Pues en este verbo subrayado al que se retira de se verá, en su duplicidad fundamental (presencia no
una vez, todo su poder metafórico (más aún T e en la simple, que incluye la falta, del mismo modo en que la
metáfora domina, funda y precede la metonimia).
la T e f ’ neces.ana’ que se da aquí a la metáfora sobre En consecuencia, en la medida en que se la piensa
un
un relámpago”
relámpago 1(E„? T520;
ú ? 6ed.
T cast.
' ^ 205),
c&x el
“elserinstante
mismo ende según la oposición (no simple) de la metáfora y la me­
tonimia, se comprende el deseo en una ontología gene­
ral, y se lo piensa, al fin de cuentas, según las oposicio­
hubieran hecho las piedras si los niños de Israel les hubiesen dado su nes clásicas: ausencia/presencia, manifestación/retiro,
etc. Es evidente que no se puede pensar el deseo como
con la ideaüdadde í a m z ^ r a 'd e ’la^J o n é ^ d ^ “l 0? 10 del deseo la verdad. El deseo es la verdad (a la manera en que el
5 * 4 síntoma es la metáfora). Pero esto equivale a decir
que, en última instancia, es menester referir el deseo a
un elemento c u y T f e T o m e n S Í n o T e ^ T k forma dTla""“5 ‘V “ la verdad.
dad. La voz es el nombre de este elempnu, / t , torma de Ia mundam-
Esta es la razón por la cual Freud no ocupa exacta­
mente la misma posición que Heidegger en el dispositi­
vo final. Si, como se ha visto, el principio que regula a
Pero esta paradoja, in d u d a S C e n te se ^ e su e ív e (pagq85)' fondo el dispositivo (y, por lo tanto, todo el texto) es
el del abismamiento, no tiene nada de asombroso -lo
que es muy revelador—que, en la misma página, la re­
modelo lingüístico como^ el modo L „ el PnvlleS10 de un cierto volución inaprehensible pero radical de Freud se de
como “el síntoma... de un recuestionamiento del hom­
bre en el ente” (£., 527; ed. cast. 212). Si “el hombre
164
165
El título de la letra La estrategia del significante

en el ente” es un filosofema heideggeriano (como lo es, Sin embargo, queda por saber qué ha sido de aquella
en el modo crítico, la referencia de las últimas líneas al verdad. No se trata de preguntarse si es o no la verdad
“hombre del humanismo”) eso equivale a decir, senci­ de Heidegger (inclusive puesto que Heidegger sirve para
llamente: Freud, síntoma de Heidegger. No tanto por fundar la práctica de la desviación, si esa cuestión de
el hecho de que Freud designe (o permita designar) en la fidelidad del texto de Heidegger es o no indiferente^
Heidegger la huella, el eco o el trabajo del deseo, co­ Antes bien, se trata de comprender que tipo de lectura
mo porque la verdad heideggeriana permite en realidad está implicada en todo esto, es decir, que tipo de lectu­
“descifrar” (traducir) en Freud, el síntoma como “len­ ra sostiene, silenciosamente, esta suerte de encanta
gua” o voz verdadera, aunque áfona, del deseo. Y pues­
to que en el fondo no hay (siempre que se mantenga la miA1esta pregunta, por cierto, podría proponerse una
fidelidad a Heidegger)11 funcionamiento metafórico de respuesta brutal. En efecto, si se ha podido justificar
la metáfora, decir que Freud es el síntoma (la metáfo­ que Heidegger domina en última instancia (y se nos
ra) de Heidegger, es reconocer finalmente que Heideg­ creerá que no empleamos este termino al azar) toda la
ger mismo es, literalmente, la verdad de Freud, o, si se estrategia de Lacan, y si esta estrategia consiste por ul­
prefiere, lo propio de la letra freudiana. timo en una “destrucción” de la ontologia del signo
El movimiento que acabamos de realizar se reúne, in mismo (después y a través de una reconstitución des­
extremis, en la punta de una “palabra” en la metáfora. viada o desviante de todo el sistema de la ontologia),
Esto es, se reúne en la imposibilidad, cuando se trata entonces no sólo se trata de una lectura fiel, sino de
del deseo (de la verdad) de tratar metafóricamente la una lectura que llegará a acompañar, en uno de su pro-
metáfora. Lo que quiere decir, también, en la tesis de gresos más decisivos, a toda la empresa de la destruc­
la verdad heideggeriana. Y por allí, por último, el texto ción” heideggeriana de la metafísica. Al menos desde
se “almohadilla” 12* un cierto punto de vista. Todo ello, pese a que la estra­
tegia heideggeriana implica, abiertamente, la destruc­
ción” de la sistemática del signo como tal (lo que, es
11. O, más precisamente, y para explicitar lo más brevemente posible es­ cierto, no puede decirse sin precauciones, dado el cui­
ta indicación, si se conserva ante todo (y permaneciendo fieles a lo
que Lacan da a entender por su manera de evocar a Heidegger) en los dado con que el trabajo de Heidegger sobre la cuestión
textos de Heidegger todo lo que hay allí de empresa de relectura (por del lenguaje evita el ataque frontal a la cuestión del s g-
la “etimología”, la “tra-ducción”, etc.) de la lengua filosófica “origi­ no). En todo caso, podemos decir en toda la operación
nal”, del griego, bajo el signo de una literalidad fundamental que se
trata de entender nuevamente, más bien que bajo el de una metafori-
cidad que habría que descifrar. De ello dará fe, entre tantos otros, pre­
cisamente el texto Logos.
12. Almohadillado del discurso que forma sistema, gracias a la preferen­
cia (contra la diferencia, en suma) por la metáfora, con la elección
del eje paradigmático (vertical) del lenguaje contra la linealidad sin­
tagmática, y, en consecuencia, con la referencia fundamental a la poe­
sía, o el recurso, no menos fundamental, a un estilo poético (cf. su-
pra ). La poesía es este deseo, o esta voluntad de una lengua al­ k t m Es x u m . i2 » :
mohadillada. De donde, además, la desviación final de la desviación en el interior de las fronteras de la metafísica. Remitimos, para todo
(es decir su re-torno y su anulación), que corresponde, como veremos, esto, a la “Mythologie blanche” de J. Ve™ fa ,P o e th w u n 5,1971,
al movimiento de reapropiación que aquí se inicia y se funda, y gra- incluido enMarges de la philosophie, ed. de Mmuit, 1972.

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La estrategia del significante

Entonces, lo que el texto termina por entregar a la


lectura, y (si pese a todo conviene aquí el aumentativo)
por dar a entender claramente en el discurso, es porque
la alétheia, por una parte, no se reduce sin duda a la
unidad simple de la explicitación y de la reserva, del
ocultamiento y el desocultamiento, etc.14, y por otra
parte, tampoco es lo que un “accidente” histórico de­
terminado, acaecido, hubiese rechazado hacia la ho-
moíosis. Se trata de algo que se da como contraparti­
da porque a la verdad, (la alétheia) “como tal” (si es­
to aún puede querer decir algo) “ siempre” se la consi­
derará en la interpretación homoiotica —o al menos se
la comprenderá según esta interpretación, que en reali­
dad es lo impensado de la filosofía (incluyendo el pen­
samiento griego, en sentido estricto prefilosófico, es
decir preplatónico), y es aquello a partir de lo cual,
precisamente, puede emprenderse la deconstrucción de
la ontología en la repetición de la metafísica15.
Es por esto por lo que podría decirse que en la lectu­
ra de Freud que practica Lacan, éste refiere el incons­
ciente a lo impensado (así definido) exactamente en la
medida en que refiere el deseo a la verdad. Sin embar­
go, Lacan no imita a Heidegger hasta esta complicación
laboriosa, pero sistemática, de la oposición homoiosis/
alétheia. Muy por el contrario, la endurece, puesto que
del rigor de esta oposición depende, por lo menos para
él, la destrucción del signo. En otras palabras, Lacan

14. No es oportuno dar aquí la demostración. Pero, al menos, se puede


indicar que, si se leen de cerca los textos más “audaces” de Heidegger,
siempre se advierte que entre el esclarecimiento y la reserva, en (entre)
su unidad, se introduce un rasgo suplementario, especialmente desig­
nado por ejemplo para remitir a un texto conocido, en la tercera parte
de l ’Origine de l ’oeuvre d ’art : es la atracción (Zug) de la verdad res­
pecto de la obra lo que está en la “esencia de la verdad” (Chemins qui
ne mènente nulle parte, trad. Brockmeier, Gallimard, 1962, p. 49).
15. Habrá que ajustarse, entre otras cosas, a las “correcciones” realizadas
en el texto sobre Platón que citáramos antes, en la conferencia titula­
da: “La fin de la philosophie et la tâche de la pensée” (en Kierkegaard
vivnnt 19661.
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permanece, si se quiere, en la determinación (más) sim­ irremediable separación del sujeto respecto de sí mis­
ple de la alétheia: la unidad de la diferencia velo/no-ve- m o - se profiere (¿a sabiendas?) en/como una perfec­
lo, es decir, también, en la determinación (más) dialéc­ ta adecuación de su enunciado a su enunciación (“ ...yo
tica, en sentido hegeliano, de la verdad. Por eso no re­ hablo...” , y Lacan: “ Si yo hablo de la letra y del ser...”
sulta asombroso ver, en el proceso final de la literaliza- E., 528; ed. cast. 212)16. Por último, fue ella la que
ción (de la presentación), cómo traspone la metáfora, aseguró, pese a todo, la reapropiación del sentido de la
que se anula al duplicarse, sobre la metonimia. Tampo­ metáfora, pues si la gavilla no es Booz, la abolición del
co resulta asombroso que se pueda inscribir, en el círcu­ hombre es literalmente el asesinato del padre. Y el títu­
lo del sistema, dos “instancias” de la verdad, una que lo de la letra es precisamente esa verdad.
es la homíosis que garantiza el contrato (el Otro), y la
segunda que es la alétheia en la presencia-ante-sí misma
de la pura concordancia de la enunciación (“Yo, la ver­ Tal vez en adelante se vea que sólo aquello que hubo
dad, hablo...”), es decir en su presencia ultra-lenguaje. que inscribir en reserva, fuera del sistema, la ¿Xr¡deia
Y, sobre todo, tampoco es asombroso que se pueda que, desde el texto de Heidegger, inquieta, desencade­
leer, en ‘La carta robada” , una proposición como ésta: na o fisura el discurso de la metafísica, sólo eso deci­
mos, podría desordenar, paradojalmente, la reapropia­
“Además, cuando nos abrimos a entender la manera en ción de la que acabamos de hablar.
que Martín Heidegger nos descubre en la palabra el
juego de la verdad, sólo reencontramos un secreto en el Pero ahora ya no se trata de la verdad. Por lo demás,
que ésta ha iniciado siempre a sus amantes, y en lo que se es imposible decir de qué se trata precisamente. Habla­
apoyan para sostener que al hecho de ocultarse se debe el remos, para terminar, de texto, que precisamente (es el
que se les ofrezca lo más verdaderamente”.
E., 21. que) resulta imposible comprender en la economía de
la verdad. Nada, pues, que se relacione con ese “texto”
Al repetir en sí su propia verdad, la alétheia se deja que, por el sentido que le da Lacan, hemos tenido que
identificar como homoíosis, lo que, como se ve, es una calificar de discurso. Sino el texto que, a pesar de todas
cosa completamente diferente de pensar (o de producir las rupturas de enunciación, los cortes de su lenguaje,
en el límite extremo del pensamiento) la alétheia como las desviaciones de su proceso, el discurso de Lacan no
si “jamás” hubiera escapado a la determinación meta­ logra reunir, o más bien, en el cual jamás se pierde. Es
física de la homoíosis. En consecuencia, La instancia indudable que todo discurso siempre es también un
de la letra habrá estado íntegramente dominada por la texto. Pero como discurso, no puede “ser” el texto que
homoíosis “misma” , por la alétheia homoíotica. En el no deje de decir: no quiero saberlo, refiriéndose al tex­
apólogo de los dos niños, quien asignaba al hermano y to que implica, si se permite aquí demarcar el texto
a la hermana su justo lugar era precisamente ella. Y ella freudiano en el discurso que sostenemos (inevitable­
también la que, al instituir el signo como algoritmo, lo mente), o en el cual estamos inmersos. ¿No es esta “ne­
inscribía^ en el discurso de la ciencia. Gracias a ella la gación” precisamente, lo que cierra el texto (discurso)
“verdad” del discurso de Lacan -q u e enuncia o que
anuncia, a través del modelo lingüístico del shifter, la 16. Cf. supra, pag. 72.

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El título de la letra

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Y, sobre Aclaración.................................................................... 5
leer, en ‘ Un estilo de lectura.................................................... 9

Primera parte
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jue¡ LA LOGICA DEL SIGNIFICANTE.............................23
que
ape 1. La ciencia de la le tra .............................................. 31
qu
1 2. El algoritmo y la operación..................................... 39
Al r< 3. El árbol del significante........................................... 59
identif: 4. La significancia....................................................... 69
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en el 1: Segunda parte
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física LA ESTRATEGIA DEL SIGNIFICANTE................. 91
de la 1
homo 1. La estrategia............................................................. 101
apólo; 2. El sistema y la combinación................................... 123
a la h 3. La verdad “homologada” .......................................155
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“verd 17’ en Lacan: cf. por ejem-
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172 173