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Estilos, líneas de pensamiento y novela por entregas

Son muchas las similitudes entre Víctor Hugo y Dostoievski o entre Los miserables y
Los hermanos Karamázov, ya hemos apuntado algunas, como también sus diferencias,
pero si hay algo que los distingue claramente es su estilo. La prosa de Víctor Hugo,
romántico por excelencia, es “recargada”, ampulosa, con tintes cercanos al sermón; en
ella abundan los latinismos, las metáforas, las hipérboles, es más, parece que en
ocasiones, la historia es solo un pretexto para lucir su exagerada, porque es exagerada,
virtuosidad verbal. En Los miserables no hay sitio para la omisión, y si lo hay, es por
puro capricho del narrador. Cualquier escusa es buena para desplegar sus armas
verbales, si es París, se hablará de París con la mayor elocuencia y conocimiento
posibles, si es Napoleón, Waterloo será la escusa para el sermón, la intrusión, y por qué
no, la floritura. Exacto, el narrador es, en la novela de Hugo, y no llegamos a exagerar,
el personaje más importante. Él hace y deshace, el da, con su falsa modestia, la virtud a
quien la merece y la condena a quien cree condenable. No tiene reparos en dejarse ver
continuamente entre los diálogos de los personajes o en reproducir sus pensamientos. Él
lo sabe todo, pasado, presente y futuro; sin embargo, nos dice que los hechos le han sido
trasmitidos por tal o cual fuente. Hace lo que quiere con el lector, y hasta que no se
comprende esa virtud, su estilo puede llegar a incomodar, principalmente a los
“defensores” de la narrativa actual (como les gusta denominarla a ellos mismo). Pero
fuera de gustos o de “malos gustos”, no se le puede negar el talento a este narrador
omnipresente. Su estilo es el resorte de su obra, no un mero elemento de transmisión de
una idea, y más aún, cuando lo ideológico tiene un peso descomunal en el trasfondo de
la novela. Idea y elocuencia, filosofía y arte, todo se presenta bajo la barita mágica de
este narrador-dios, que como el propio Hugo, tiene que luchar con su ego para no salir
perjudicado en ciertas ocasiones. Su calidad literaria o al menos gran parte de ella (la de
Los miserables) se escapa a la belleza de sus personajes, y no está en el descaro y la
pillería del niño Gavroche, ni en las parábolas de Monserñor Bienvenido, tampoco en
los soliloquios de Jean Valjean, ni en las arengas de los revolucionarios en las
barricadas, su grandiosidad, y quizá por ello su inmortalidad, recae en gran medida en
ese personaje invisible que habla, habla y habla, que opina, que alecciona, que intenta
quitarse importancia, para después dejarnos claros que es él y solo él, el verdadero
protagonista de Los miserables.