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DOS

HÉROES
o
Admirable vida de los PP.
Francisco de Jesús
y
Vicente de San Antonio,
agustinos recoletos
DOS HEROES
O

ADMIRABLE VIDA
de los

PP. FRANCISCO DE JESUS y VICENTE DE SAN ANTONIO


A G U S T IN O S RECOLETOS

Por el

P. GREGORIO OCHOA DEL CARMEN

de la misma orden.

ZARAG O ZA
Industrias G rá fic o s : U n o rte . • P la z o d e l Pilar, 12
1934
Nihil obstat
Dr. Auguslinus G ericó

Caesaraugustae 2 Februarii 1934


Imprimatur
Rigobertus, Archiepiscopus Caesaraugustanus
V

A l lector:
Oculta en los anaqueles de loa archivos y desperdigada en
multifud de documentos antiguos de viejos legajos estaba la
admirable vida de los PP. Francisco de jesús y Vicente de
San Antonio, que ahora sale a la luz pública. No ha sido pre­
ciso más que extraer y coordinar esos amarillentos y carco­
midos papeles, para que apareciesen nimbados de gloria esos
DOS HEROES ante el asombro y la admiración universal.
Decir de ellos que fueron mártires reconocidos por la
Iglesia, es ya decir que fueron santos; y decir que fueron san­
tos es también afirmar que fueron héroes; porque el único
heroísmo verdadero es la santidad, que conquista el trono in­
mortal de la gloria.
£sos otros héroes, esos otros mártires, que inmolan sus
vidas en aras de un ideal idolátrico, reciben el título y el
homenaje de muchos que, como elfos, nada ven más allá d<i
sacrificio personal; pero no merecen el nombre de tales.
Martyrem non fácil poena, sed causa; ha dicho el Aguila de
los doctores% San Agustín: y sólo cuando la causa está limpia
de toda mácula, la vida que acaba en la tierra es principio
de una vida eternamente feliz en e! cielo: sólo cuando tiene
por objeto a Dios y su santa ley , el sacrificio lleva en sí por
legítima conquista el título y los honores de mártir.
Pero , aun con ser la santidad la única que va marcada
con el sello indeleble del heroísmo, hay tanta multitud y va-
VI

ríedad de vías para escalar su cima, que parece que Dios, al


establecerlas, se ha complacido en hacerlas practicables a toda
clase de personas; y éstas, a! observarlas, han tenido el aliento
generoso de recorrerlas durante la larga sucesión de los siglos.

En esa cumbre gloriosa se han encontrado todos: allí des­


cansan sobre el trono de la suprema felicidad sin la inquietud
de perderlo.

Sin embargo, a nuestra vista, unos aparecen con claridades


de sol; otros, con esplendores de luna; y otros, con fulgores
de estrellas.

Es que unos han subido por camino fácil; otros lo encon­


traron difícil; muchos tuvieron que superar grandes fragosidades;
y no pocos lo hallaron tan abrupto, escabroso y erizado de
obstáculos que sólo han podido vencerlo con un esfuerzo gi­
gantesco y con una invencible voluntad.

En el mismo ejército victorioso de los mártires, se obser­


va una gama de matices tan amplia y tan variada, que permite
distinguir y calificar a simple vista Jos numerosos grados de
su completa jerarquía.

Todos ellos han dado su sangre y su vida por Cristo:


pero allí se ven soldados rasos, que sucumbieron sin lucha en
el momento mismo en que sonaba el clarín que los lanzaba al
combate Se ven otros, que con las cicatrices gloriosas mues­
tran brillantes insignias ganadas en luchas cien veces repetidas.
Y se admiran no pocos condecorados con los blasones de los
coros de los apóstoles, de los confesores y de las vírgenes,
entrelazados con las preciosas gemas de la rutilante corona
del martirio, conquistada en incontables y cruelísimas batallas.

A éstos se les ve formar el cuadro de honor en torno a


su invencible jefe Cristo Jesús, que es su galardón y su gloria.
V il

Estos, más que ningún otro, merecen e! nombre de héroes:


y a este grupo pertenecen los bienaventurados PP. Francisco
de Jesús y Vicente de San Antonio.
Nueve años en un país desconocido, idólatra y esclavo de
todos ios vicios en lucha tenaz y sin treguas con enemigos
ios más poderosos e implacables, ejerciendo el divino aposto-
lado con indomable tesón, confesando a Cristo y predicando
su ley santa en toda oportunidad, conservando impolutos e in­
cólumes los tres votos de su profesión religiosa, derribando
ídolos, destruyendo abominaciones, iluminando entendimientos,
purificando conciencias, convirtiendo los corazones paganos en
altares de la cruz redentora, regenerando aquella corrompida
sociedad y colocándola en el camino de la verdadera dicha, y
abriendo a millares y millares de almas las puertas del cielo; y todo
esto a costa de indecibles privaciones y penalidades, enferme­
dades y dolores, persecuciones y sobresaltos, calumnias y
ultrajes, cárceles y tormentos y, al fin, el completo holocausto
de sus cuerpos; y todo ello sin exhalar una queja, sin perder
¡a paz del alma, entre visibles manifestaciones de alegría y de
más vivos anhelos de padecer; todo esto justifica plenamente
su inscripción en el Estado Mayor del ejército de Jos mártires
y la posesión del título de héroes, que aparece grabado en sus
frentes con caracteres de luz y de gloria.
Por eso a esta narración de su admirable vida hemos
puesto por título DOS HEROES. E l lector. después de leer sus
páginas, dirá si tos P P . Francisco de Jesús y Vicente de San
Antonio lo merecen.
La publicación ahora de sus hazañas no es más que un
pobre, pero ferviente homenaje de veneración, que en el Tercer
Centenario de su glorioso marlirio les ofrenda de rodillas

EL A U TO P .
3 septiembre 1952.
DOS HÉ RO E S
C A P ÍT U L O I

El P. Francisco de Jesús

Sumario: Sus padrea.— Su patria .— Incertidumbre.— Su na­


cimiento.— Regocijo popular.— Su partida de bautismo.

E ra la hora del crepúsculo vespertino del primer día de


junio de 1590. En aquellos momentos en que las flores
se cierran y las aves callan y la quieta placidez de
la naturaleza invita al reposo, entre aquel augusto si­
lencio, a la puerta de una gran casa de labranza del
pueblo de Villamediana de Patencia se oyó el siguiente
diálogo :
— Santas y buenas noches nos dé Dios,— dijo un
joven labriego, sin apearse de la briosa muía en que
cabalgaba.

— Buenas y santas, — contestó su hermano D. Cosme,


joven sacerdote, que hacía rato le ebperaba.

— ¿Hace mucho que has llegado?— interrogó Pedro,


apeándose.
— 10 -

— A las seis: y suponía encontrarte en casa, dado


el estado de tu mujer y el aviso que me enviaste.
— Y o quería venir pronto: pero en esta época las
labores del campo nos apremian; la siega está en toda
marcha; y María me ha dicho que me fuese tranquilo.
Por eso he salido antes del alba, y vuelvo empujado
por la noche E l sol, al salir y al ponerse, me ha
visto con la hoz en la mano.
— Que Dios bendiga tu trabajo.
— E n El espero. ¿Y cómo está María? ¿La has
visto?
— S í: está tranquila y confiada: pero no me gusta
su aspecto.
— Por desgracia, no tiene buena salud. Desde que,
hace un mes, la sorprendió en el campo un aguacero
con relámpagos y truenos, y un rayo partió el árbol
bajo el cual se cobijó y chamuscó su falda y la dejó
sin sentido, no ha tenido un día bueno.
— Supongo que la habrá visto el médico.
— Muchas veces.
— ¿ Y qué dice?
— A l principio decía que no era nada: pero van
pasando los dias sin mejorar; y ahora se ve aquejada
de una tosecilla que me inspira cuidado, y me hace
temer que sea ei principio de un funesto desenlace.
Veremos lo que dice ahora el médico Dicho esto,
despojó a la caballería de sus arreos y la llevó al
pesebre, donde le preparó una abundante ración de
forraje.
- 11 —

En estos momentos llegó el médico; el cual, des­


pués de saludarlos cariñosamente, dijo: — V o y a ver-
la: — y subieron los tres a la habitación de la enferma.
Esta los recibió con amable sonrisa, que llenó de
satisfacción a su marido, el cual le preguntó anhelante :
¿Cóm o has pasado el día? ¿Te sientes mejor? ¿Te
han servido bien los de casa?
— Muy bien,— contestó ella;— no me ha faltado nada;
apenas he tosido en todo el día, y me encuentro mucho
mejor que antes.
— iBendito sea Diosí— dijeron a la vez Pedro y su
hermano.
— No os inquietéis, prosiguió María, afable y ri­
sueña, por mi salud : tengo el presentimiento de que
Dios tiene predestinado el fruto de mis entrañas para
grandes cosas, para que sea un instrumento de su glo­
ria; y E l se encargará de que eso se realice, aunque
sea contra toda esperanza humana.
— ¿ Y en qué fundas ese presentimiento? — le pre­
guntó D. Cosm e.
— En la bondad de Dios. ¿Véis ese cuadro de la
Virgen del Carmen? Pues todo el día he estado mi­
rando al Niño y a su Madre, y he rezado mucho y
les he pedido muchas cosas. E l Niño y la Madre pa­
rece que me sonreían y me llenaban de bienestar. Pero
ha habido un rato que me quedé traspuesta; y enton­
ces parece que he oído la voz dulcísima de la Virgen
que me decía: — Todo lo pides para tí y tu familia:
— 12 —

¿y no querrás ofrecer nada a mi Hijo Jesús, que dió


su vida por todos?
Entonces yo le contesté: — Madre mía, para vues­
tro Hijo será todo, como lo es ahora: disponed de
nuestra hacienda y de nuestras personas; disponed, sobre
todo, del fruto de mis entrañas, que desde ahora os
lo consagro, y luego disponed de mi vida, si así os
place.
Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas de
Pedro, su joven y cariñoso marido, al oir las últimas
palabras de María.
— Bien, bien;— interrumpió el galeno.— Ahora vamos
a lo nuestro. Enseguida la auscultó, le hizo las pre­
guntas necesarias para formular su diagnóstico, y des­
pués de animarla con frases de consuelo que denun­
ciaban su optimismo con relación a su salud, pasaron
los tres a otra habitación.
— Y bien, doctor, — inquirió, ansioso Pedro, — ¿qué
me decís de mi mujer?
— Que el alumbramiento vendrá antes de diez o
doce horas.
— ¿Con qué resultado probable?
— C on éxito féliz para la criatura y para la madre,
por ahora.
— Parece que habéis dicho p o r a ho ra con algo de
retintín......
— S í; porque, aunque María ha mejorado mucho,
esa función fisiológica podría debilitarla, y hasta pro­
ducir consecuencias lamentables.
— 13 -

— Doctor,— repuso Pedro emocionado, — es preciso


evitar toda desgracia a María; y si para ello es nece­
sario hacer gastos extraordinarios, contad con toda mi
hacienda, que no es p o c a : llamad al mejor médico
de Palencia para que os ayude, y haced lo que me­
jor os parezca para salvarla.
— Nada de eso es necesario. Ahora conviene pre­
parar todo para el caso inminente, y ..... esperar.
— Espero y confío en Dios y en usted.
— Nada más. Hasta mañana, si Dios quiere.— Y se fué.
— Adiós, doctor,— contestaron Pedro y D. Cosme.
A la mañana del día siguiente, que fué el 2 de
junio de 1590, todo era regocijo y alborozo en la mag­
nífica casa solariega de Pedro Terrero de Ortega y
María Pérez del pueblo de Villamediana, en Castilla la
Vieja, diócesis de Palencia.
La joven y piadosísima esposa de Pedro había dado
a luz un robusto niño con toda felicidad, a las cua­
tro de la madrugada: y desde ese momento el ajetreo
era constante, no sólo en la casa, si no en todo el
pueblo; por el cual corrió la noticia como reguero de
pólvora, despertando en los vecinos sentimientos de
alegría, fundados en frecuentes motivos de gratitud y
en la esperanza de algún nuevo beneficio.
Porque la casa de Terrero de Ortega, desde tien^po
inmemorial, fué siempre el granero y la despensa de
todos los vecinos de Villamediana. Sus puertas estu­
vieron siempre abiertas para socorrer toda necesidad
y para enjugar las lágrimas de toda aflicción.
— 14 —

Afianzada sobre una extensa y productiva propiedad


de tierras y ganadería, sus dueños fueron comunicando
a sus sucesores el hábito de una activa laboriosidad,
acompañada de profundos sentimientos cristianos, de
una piedad sincera y de una caridad sin límites, que
atraían en abundancia sobre sus bienes y sobre sus
personas las bendiciones de Dios y la gratitud cordial
y expansiva de todo el vecindario.
Los actuales señores conservaban fielmente en to­
dos sus aspectos la tradición de sus ascendientes; y
si Pedro no tenía a menos laborar las tierras con sus
propias manos, María llevaba personalmente la direc­
ción de la casa, ayudando a su marido en todas sus
faenas.
Puesta su esperanza en Dios, miraban al porvenir
con absoluta confianza: y ahora veían desvanecidos
todos los recelos e inquietudes ante el nuevo vástago
con que Dios bendecía su matrimonio.

Nada, pues, debe extrañar que en la casa reinase


la alegría, y que el pueblo acogiese la noticia del su­
ceso con vivas muestras de satisfacción.
— Ya está asegurada la casa, — decía un labriego
en un grupo de hombres. — Hijo hacía falta, y Dios
les ha dado hijo: que E l se lo conserve para bien
de todos.
— Bien lo merece esa santa mujer, — comentaba otra
entre comadres. — ¿Qué sería del pueblo, si ella no tu­
viese las arcas llenas y las manos rotas?
- 15 -

— ¿Cuándo es el bautizo? — inquirían varios.


— Esta tarde a las seis.
— Pues hay que ir. Debe ir todo el pueblo: y si
no pueden ir los hombres por estar en el campo, de­
bemos ir todas las mujeres. — Que vean los señores
que nos alegramos con ellos y que sabemos ser agra­
decidos.
En este momento llegaba de fuera y pasaba junto
a ellas un sacerdote llamado D. Blas Pérez, al que
se acercaron atropelladamente las mujeres gritando: —
Enhorabuena, D. Blas: Hijo, hijo es lo que ha tenido
su hermana: lo que más necesitaba la casa para que
siga como hasta ahora.
— jBendito sea Diosl Me alegro mucho,— replicó el
hermano de María: y después de agradecerles su buena
voluntad, se dirigió a la casa.
Desde la puerta observó el ajetreo de todos en los
preparativos para celebrar, con el esplendor digno de
la familia, la solemne ceremonia del bautismo del nuevo
sobrino.
Saludó a todos con efusión, y pasó a felicitar a
su hermana, a la que encontró rebosanie de gozo: y
después de contemplar al infante sano y robusto, pre­
guntó a M aría:— ¿Qué nombre le vais a poner?
— Yo deseo que se llame Francisco.
— ¿Francisco? ¿Por qué?
— E n recuerdo de nuestro buen padre, que esté en
la gloria.
— ¿Está conforme Pedro?
— 16 -

— No hemos hablado todavía sobre eso. Llámale.


Salió D. Blas, y al poco rato volvió con sus her­
manos políticos Pedro y D. Cosm e, que a la vez
preguntaron:— ¿Qué ocurre?
— ¿Os parece bien que el nene se llame Francisco?
— interrogó ella.
— Si a tí te gusta, y así lo deseas, no hay más
que decir;— dijo Pedro.
— S i lo dejas a mi elección, que se llame Fran­
c is c o ;- replicó María agradecida.
— Conformes, añadieron todos.

* **

Eran las siete de la. tarde de aquel mismo día,


cuando en la casa de Terrero de Ortega se veía en­
trar y salir una multitud de personas de todas clases,
que acudían a dar el parabién a la familia por el
fausto suceso.
En la iglesia parroquial de Santa Colomba acababa
de ser bautizado solemnemente el hijo de la familia
más querida del pueblo; y éste, que había asistido a
la ceremonia, había regresado a la casa en alegre co­
mitiva, para hacer llegar a la madre sus sinceros vo­
tos de felicidad.
En el interior de la casa se manifestaba la alegría
de los visitantes en muy variadas formas, que eran
agradecidas con agasajos de la más franca cordialidad.
En la calle, ante la puerta de la casa, era de ver
una turba de chiquillos desharrapados, gritando sin
— 17 —

cesar: — ¡Echen, echen,! — los cuales se agazapaban y


reñían y forcejeaban y se herían y luchaban feroz­
mente por coger los confites variados, que en abundancia
arrojaban desde el balcón D. Cosme y D. Blas : lucha
que degeneraba en batalla campal cada vez que el
mismo jefe de la familia lanzaba puñados de monedas
de cobre con algunas de plata; porque en esos casos,
repetidos con alguna frecuencia, se arrojaban las mu­
jeres y hasta los mozos a la captura de la presa,
formando un remolino y una polvareda semejantes a
un cuerpo a cuerpo entre dos ejércitos enemigos.
En este cómbale les sorprendió la noche y todos
se retiraron alegres a sus casas.
En libro de bautismos de la iglesia parroquial de
Santa Colomba en Villamediana, dejó el párroco con­
signada la siguiente partida, tan lacónica como era
costumbre en aquellos tiempos.
«En V illa m e d ia n a , e l 2 ju n io 1590, y o D iego C o­
r r a l, p á rro c o , he b a u tiza d o a F ra n c is c o t h ijo de P edro
T errero y de M a ría Pérez».
Al margen de esta partida se lee escrito con dis­
tinta letra: M á rtir ilu s tre d e l Japón.
Y más abajo en nota también marginal se lee : P a ­
d eció el m a rtirio y fué R e lig io so A gu stin o Descalzo.
No hay que decir que ambas notas fueron escritas
después de la muerte del que en la partida consta
como recién bautizado.
CAPITULO 11

Sum arlo: Orfandad. — Nuevas nupcias.- Cualidades de Fran­


cisco.— Muerte de su padre.

I? edro Terrero de Ortega y María Pérez se consi­


deraban felices con la compañía de su angelical hijo
Francisco, para el cual todos los cuidados y mimos
les parecían pocos.
Los dos cónyuges no cesaban de dar gracias a
Dios por el favor recibido de su bondad, y ya empe­
zaban a formar planes para el porvenir.

E l niño iba creciendo poco a poco; y en propor­


ción de su desarrollo corporal iba apuntando un carácter
apacible y tranquilo, una risueña docilidad y una clara
actividad de ingenio.

Apenas comenzó a balbucir alguna palabra, su buena


madre tuvo empeño en que la primera que pronunciase
íntegra y perfectamente fuese Jesús: y el niño no tardó
en decirla y repetirla con alegre desembarazo, que
hacía las delicias de su madre.
- 19 -

— F ra n c is c o de Jesús, has de ser, hijo mío — decía


ella, dirigiéndose al pequeñuelo;— porque así me lo pidió
la santísima Virgen, cuando la invoqué en mi trance
más apurado, y porque entonces te ofrecí y te con­
sagré a su divino Hijo Jesús.
A estas palabras parece que el niño asentía, aca­
riciando con sus manecitas su rostro y enviándole
deleitosas sonrisas.
La manifiesta precocidad del hijo estimulaba a la
madre a tener en ejercicio constante la curiosa atención
de aquél: y por ese procedimiento pedagógico, tan
innato como eficaz en las madres, fué inculcándole
poco a poco las primeras y más dulces oraciones del
cristiano, que el pequeñuelo lograba repetir con agrado
antes de contar los dos años de su existencia.

***

Plenamente satisfechos estaban Pedro y María, viendo


a su hijito desarrollarse en condiciones que presagiaban
un risueño porvenir.
Gozaba de plena y robusta salud; su carácter apa­
recía suave, dócil, pacífico y alegre: su inteligencia iba
despertando y manifestándose con rasgos que hacían
augurar un ingenio poderoso y fecundo. ¿Qué más
podían desear sus padres? Con respecto al niño, nada.
Sin embargo, en la casa no era completa la ale­
gría; más bien, dominaba la tristeza y la incertidumbre.
- 20 -

Hacía cuatro meses que María no se sentía bien.


Hacendosa por temperamento, apenas emprendía alguna
labor, desfallecían sus fuerzas; y aunque trataba de
sacar energías de su propia flaqueza, muy pronto tenía
que rendirse a la fatiga. Sus manos no podían dar
movimiento por mucho rato a la aguja ni al ganchillo.
Hasta el peso de su querido hijo, que hasta entonces
había sido para ella como un par de alas que la ayu­
daban a zarandearlo y llevarlo a todas parles, resultaba
ahora superior a su cariño, y la obligaba a deposi­
tarlo en brazos mercenarios.
E l médico había agotado todos los recursos de la
ciencia sin lograr contener el avance de la enfermedad:
y como el interés por salvar a la enferma era tan
grande como el cariño que profesaba a la familia, dijo
a su marido:— Co n harta pena me creo en el deber
de manifestar a usted que el caso de María es grave:
ese corazón no funciona bien: y, a pesar de todo mi
empeño, no consigo normalizar sus movimientos.
— Lo temía;— contestó secamente Pedro.— ¿Y no hay
ningún recurso a la esperanza?
— Solamente uno: la consulta de médicos: que ven­
gan otros más competentes y con más medios que yo,
y ellos dirán la última palabra.
— Llame usted a los dos mejores de Palencia— dijo
Pedro.
E l médico cumplió inmediatamente el encargo; y
algunas horas más tarde estaban los doctores en pre­
sencia de la enferma.
- 21 -

E l examen fue detenido, escrupuloso, como lo exigía


el caso.
Luego pasaron a otra habitación, donde los esperaba
Pedro, al cual dieron cuenta detallada de cuanto habían
observado en la paciente, concluyendo que la lesión
del corazón era incurable y que la muerte podía llegar
en cualquier momento.
Despidiéronse los médicos; y Pedro, sin poder ocul­
tar en su rostro la amargura que inundaba su corazón,
penetró en el cuarto de su mujer.
— No te aflijas, Pedro,— dijo, al verle, su esposa;— sin
necesidad de médicos sé yo que mis horas están con­
tadas. Sólo te pido que cuides mucho a nuestro hijo
Francisco, y que me perdones, si en algo te he ofen­
dido. Yo estoy en todo conforme con la voluntad de
Dios, al cual he recibido esta mañana, poniéndome en
sus manos. Ahora tráeme al niño.
Llamado por su padre, entró Francisquito alegre y
gozoso y se fué corriendo a los brazos de su madre.
— Hijo m ío,— díjole ésta emocionada:— Me llama Dios,
y te dejo en el mundo bajo su amparo y el de tu
padre: sé bueno: ya sé que lo serás; porque tengo el
presentimiento de que has de dar mucha gloria a Dios
en el mundo: Has de ser F ra n cisco de Jesús.
Y dijo estas palabras con emoción tan intensa que
paralizó su corazón.
Murió besando a su hijo.
Este sólo contaba dos años de edad.
- 22 —

* * *

Ta n profunda fué la triste impresión que causó en


el ánimo de Pedro la muerte de su esposa, que durante
algún tiempo parecía ensimismado. Nada le consolaba,
nada le distraía: entregado a un total abandono de sí
mismo, todo lo miraba con imperturbable indiferencia,
de la cual no lograban sacarle ni las reflexiones de
sus amigos ni el empeño de sus próximos parientes.
Así pasaban las semanas y los meses; hasta que
su hermano don Cosme, observando el visible que­
branto de la hacienda, que Pedro no vigilaba ni diri­
gía personalmente, se resolvió a emplear su influencia,
y le hizo ver en términos enérgicos las fatales conse­
cuencias que podían sobrevenir de su permanencia en
aquella actitud.
— Tienes razón— le dijo Pedro:— pero no soy ya el
mismo de antes: las fuerzas físicas me abandonan;
quiero y no puedo; el corazón a ratos me falla: creo
que tengo la misma enfermedad de mi mujer, y que
no he de vivir mucho tiempo. Y no lo siento por mí,
sino por este hijo, a quien quiero más que a mi vida.
— No te preocupes del hijo, por ahora, sino de tí,
de tu salud,— repuso don Cosme — A tu hijo no le fal­
tará nada. Blas y yo seremos tus servidores; y creo
que puedes tener confianza en nosotros.
— Absoluta— replicó Pedro:— si no la tuviera, no os
hubiera nombrado tutores legales, cumpliendo los deseos
de mi mujer.
- 23 -

— En ese caso -añadió don C osm e— no hay que


hablar más del hijo: lo que importa ahora es que tú
hagas vida normal, la de antes, la de siempre.
— Eso no es tan fácil: falta la mujer que dirigía la
casa.
— También ese obstáculo se puede vencer fácilmente:
¿acaso no se puede encontrar otra mujer que la dirija?
— Cosm e, no me hables de eso. ¿Qué diría María
desde el cielo? ¿Qué diría el pueblo entero?
— María se alegrará indudablemente de tu bienestar
y del de su hijo en la tierra: y en cuanto al pueblo...
¿Sabes lo que me está diciendo el pueblo a todas horas
y en todos los tonos?
— ¿Qué dice?
— Que debes casarle cuanto antes; porque ya hace
dos años que eres viudo, porque eres joven, y porque
en esta casa hace falta una mujer buena, que cuide
de su marido, de su hijo y de su hacienda.
— ¿Eso dicen?
— Todos: y lo dicen porque te quieren como a ver­
dadero padre; y temen que esta casa, que ha sido
siempre la de ellos, se venga abajo, y se vean pri­
vados de tantos beneficios.
— Y a tí ¿qué te parece?
— Que tiene razón el pueblo.
— En ese caso tú resolverás: en tus manos queda
el asunto.
***
Seis meses habían transcurrido desde que tuvo
- 24 -

lugar esta conversación entre los dos hermanos, y ya


la casa de Terrero de Ortega presentaba el aspecto
de sus mejores tiempos.
Una mujer virtuosísima, hacendosa, de gran capa­
cidad intelectual, e impuesta en todas las labores fe­
meninas, llamada Leonor Avendafio, gobernaba la casa
y hacienda con el interés y competencia de una se­
ñora, y educaba y acariciaba al pequeñuelo Francisco
con la ternura y efusión de madre.
Leonor Avendaño y Pedro Terrero de Ortega habían
contraído matrimonio, con el beneplácito entusiasta de
todo el vecindario de Villamediana, pero sin manifes­
taciones exteriores de regocijo, accediendo a la súplica
de los contrayentes, por respeto al luto de la casa.
— E l niño Francisco, ya por no haberse dado cuenta
del cambio, ya por su índole natural, suave y pací­
fica, ya por la ternura afectuosa de Leonor, recibía
con igual agrado las caricias de su madrastra que si
fueran de su propia madre.
Obediente, dócil, sumiso, de ingenio claro y pers­
picaz, curioso y anhelante por saberlo todo, pregun­
taba el por qué de cuanto se presentaba a sus ojos,
inquiría la razón de cuanto escuchaba, con no pe­
queño apuro de los interrogados, que muchas veces
se veían precisados a hacer increíbles equilibrios men­
tales para dar una respuesta satisfactoria a tan ines­
peradas preguntas.
Persuadidos sus padres de que era necesario cul­
tivar aquella tierna inteligencia, trataron de darle una
- 25 -

ocupación constante, que fuese alimento sano y nutri­


tivo para aquella alma angelical : y fue la misma
Leonor la que se constituyó en maestra del niño, en­
señándole con tanto cariño como habilidad los rudi­
mentos de lectura y escritura, que no tardó en apren­
der el aprovechado discípulo.
Alternando con estos ejercicios, le enseñaba la há­
bil maestra el catecismo; al cual cobró el niño tanta
afición que, lejos de necesitar estímulo para apren­
derlo, él mismo se dió prisa para leerlo con soltura
y corrección y para fijarlo en su memoria y grabarlo
en su corazón.
Cortas explicaciones necesitaba para comprenderlo
y ninguna excitación, y menos amenaza, para practicarlo.
Dios le había dotado de una alma buena; y aque­
llas verdades de fe, tan sencillamente expuestas, y
aquellas normas de conducta, tan conformes a la ra­
zón, la mejoraban y robustecían de tal modo que para
él era tan repugnante obrar el mal como fácil y agra­
dable practicar el bien.
En este sentido se puede afirmar que Francisco
crecía en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los
hom bres: atrayendo hacia sí de tal manera la estima­
ción de propios y extraños que para él sólo había
elogios y caricias.
Su padre se consideraba dichoso, y con razón, con
la posesión de este hijo; y ya comenzaba a planear
proyectos sobre el mismo, viendo en él un inmejora­
ble administrador futuro de su casa y hacienda, un
- 26 -

excelente padre de familia y un modelo de honradez


y de bondad para todos los vecinos del pueblo.
Pero ¡cuán diferentes son los juicios de Dios de
los de los hombres!
E l padre trazaba una senda, por la que pensaba
conducir a su hijo hasta lograr la plenitud de sus
deseos, hasta verle en un estado en el cual se sintiese
feliz e hiciese felices a los demás. Proyecto digno
de encomio, saturado de amor paternal, que sólo an­
hela la felicidad terrena; pero marcado con el sello
del egoísm o: porque en él entraba en proporciones
iguales el futuro bienestar del hijo y del padre. Y , en
cambio, ni siquiera cruzó por la imaginación de éste
el pensamiento de consultar la voluntad de aquél o
de obrar en consonancia con su inclinación natural,
claramente manifestada en sus obras y en sus gustos.
Pero Dios le había trazado otra senda en dirección
opuesta a la anterior, por la cual le había de condu­
cir al triunfo más glorioso, ayudándole a recorrerla
sin desmayo; aunque la había de encontrar cuajada
de zarzas y espinos, entre los cuales había de ir de­
jando, hechos girones, todos los afectos terrenos.
Una vez más se cumplió que el hombre propone
y Dios dispone.
Una tarde del mes de julio de 1598 se retiró a
casa Pedro, antes de lo acostumbrado, exhausto de
fuerzas y agobiado por una opresión de pecho.
— Me siento mal - dijo a su esposa, al entrar.
— ¿Qué tienes?— preguntó ésta.
— 27 —

— No sé: pero hace tres días que me fatigo por


cualquier cosa: y aunque hago esfuerzos por soste­
nerme, hoy ya no puedo más. E s mejor que venga
el- médico.
Su mujer mandó llamarlo enseguida. Vino aquél y,
después de examinar al paciente, le manifestó que te­
nía pulmonía doble.
— ¿ Y no hay remedio?— preguntó el enfermo.
— No sé qué decirle— contestó el médico: — ya sabe
que haré el máximo esfuerzo para que lo haya: pero
eso presenta mal cariz.
— Entonces,— dijo Pedro— que sea lo que Dios quiera.
Y haciéndose cargo de su situación, como buen
cristiano, pidió que se le administrasen los santos sa­
cramentos, que recibió con gran fervor, entre las lá­
grimas de los suyos y las manifestaciones de condo­
lencia del vecindario, que acudió en masa.
Entretanto llegaron D. Cosme y D. Blas a fin de
recibir las últimas disposiciones del enfermo, si éste
no lograba vencer el pe ligro : y como este aumentaba,
llamaron a Leonor, y en presencia de ésta quedó
arreglado todo lo referente a los bienes muebles e in­
muebles y a la situación de Francisco, su hijo.
A los cuatro días, después de una escena de honda
amargura y de intenso dolor, Pedro expiró en el Señor
con la muerte del justo. Francisco Terrero de Ortega
y Pérez tenía entonces ocho años de edad.
CAPITULO 111

Sum ario: Educación de Francisco. — Diálogo con su maes­


tro .-S u s juegos infantiles.— Su primera comunión.

D on Cosme y don Blas, tíos y tutores de Francisco,


se hicieron cargo de éste, a la muerte de su padre,
y se lo llevaron a su casa.
Algo extrañó el niño el cambio y, sobre todo, la
falta de su padre: pero, como era de buena índole, y
por otra parte, conocía bien a sus tíos y los quería
con sincero afecto por los frecuentes agasajos y cari­
cias que de ellos había recibido, pronto olvidó lo pa­
sado y se adaptó de buen grado al nuevo género de
vida.
Este no podía ser más conforme a sus gustos e
Inclinaciones.
Sus tíos, que los conocían muy bien, empezaron a
desarrollar su plan preconcebido con tanta suavidad y
dulzura que el niño rebosaba de alegría y gratitud,
Bajo la acertada dirección de don Cosme empezó
a perfeccionarse en lectura y escritura, en las que hizo
tan rápidos progresos que al poco tiempo leía con
perfecto sentido todo cuanto se le presentaba, y escri­
bía con soltura, presentando excelente carácter de letra.
— 29 —

Luego aprendió con gran provecho la gramática, la


aritmética, la geografía, sin que jamás en sus lecciones
mereciera una reprensión de su maestro.
Pero lo que estudiaba con verdadera avidez era la
asignatura de religión, para la cual sólo tenía el lexto
del catecismo: pero el buen don Cosme se veía obli­
gado a explicárselo con tanta amplitud que abarcaba
las asignaturas de historia sagrada y eclesiástica, en
las cuales el discípulo parece que encontraba especial
placer; pues no se cansaba de hacer innumerables
preguntas sobre cada tema propuesto.
Era entonces una época en que florecía con todo
su esplendor en las Ordenes religiosas españolas el
celo por la gloria de Dios mediante la conversión de
las almas; y el buen tío refería a su sobrino las mu­
chas expediciones de religiosos que salían de España
con rumbo a América y a las islas Filipinas; y le ex
ponía con gran lujo de detalles los muchos trabajos
que allí sufrían los misioneros, por mar y tierra, y es­
pecialmente en su convivencia con aquellos indios sal­
vajes: y tanta fuerza imprimían en su ánimo aquellas
relaciones y tanto le agradaban, que un día dijo a su
maestro:— Yo quisiera ser misionero.
— Eres muy niño todavía para pensar en eso — re­
plicó su tío.
— Bien; cuando sea mayor. ¿Qué se necesita para
eso?.
— Tener vocación.
— ¿Y qué es vocación?
- 30 -

— Llamamiento de Dios. La empresa del misionero


es muy difícil y arriesgada; porque, como aquellos in­
dios no quieren sujetarse a ningún extranjero y tienen
leyes y costumbres muy crueles, el misionero expone
a cada momento su vida y muchas veces la pierde.
— ¿ Y cómo llama Dios para ser misionero?
— A los que E l escoge los llama, unas veces, por
inspiración interior; otras, por medio de desengaños,
de contrariedades y desgracias en la vida; y siempre,
comunicándoles un verdadero deseo y preparándoles
por mil medios el camino para llegar a serlo.
— ¿ Y a quién escoge Dios?
— A quien quiere. Lo mismo escoge entre los buenos
que entre los malos, dando antes a éstos la gracia de
ia conversión. Pero ordinariamente escoge a los bue­
nos, a los que le aman y sirven con fidelidad.
— Entonces, si yo soy bueno, ¿puedo ser llamado
y escogido por Dios?
— Sin duda alguna.
- ¿Se necesita saber mucho para convertir a los
indios?
— N o, querido. Para convertir a los indios, es de­
cir, para hacerles cambiar su falsa religión por la única
verdadera, que es la católica, y sus leyes crueles por
leyes justas y suaves, y sus depravadas costumbres
por otras morigeradas y conformes a la recta razón
y a la dignidad humana, sólo se necesita conocer y
saber explicar bien el catecismo.
— ¿Sólo el catecismo?
- 51 -

— Con el puedes convertir no sólo a los indios,


sino a todos los sabios del mundo rebeldes a Dios.
Porque el catecismo responde satisfactoriamente a to­
das las cuestiones que interesan a la humanidad. El
catecismo da solución plena a todas las preguntas
sobre el origen del mundo, sobre el principio de la
especie humana, sobre las diferentes razas, sobre el
fin del hombre, sobre los medios para conseguir ese
fin, sobre la vida eterna después de la muerte» y el
destino de cada uno en esta y en la otra vida, so­
bre las relaciones del hombre con Dios, sobre los de­
rechos del hombre sobre las criaturas y sobre los
derechos y deberes recíprocos de unos hombres con
otros: todo lo explica el catecisino. ¿No sabrías tú
contestarme a estas preguntas?
— A todas: a todo lo que el hombre debe creer,
debe orar, debe obrar y debe recibir para salvarse.
— De eso se trata; de salvar a aquellos infelices
indios, y a todos los que no son indios, pero viven
alejados de Dios.
— Pues eso ya lo sé yo.
— Pues ya tienes la ciencia suficiente para conver­
tir infieles.
— ¿Puedo ya ser misionero?
-Puedes serlo: y quizá lo seas. Ahora sólo falta
que te hagas digno de ello ante Dios, para que El
te ame y te escoja.
— ¿Qué debo hacer?
— Ser bueno para con Dios, para con tus semejan­
— 32 —

tes y para contigo mismo. Ahora vete a jugar un rato


con tus compañeros.
Francisco salió gozoso a encontrarse con sus ami­
gos, que correteaban alegres por la plaza del pueblo
Con ellos tomaba parte en todos sus juegos y entre­
tenimientos inocentes, equiparándose a todos en agili­
dad, ingenio, destreza y jovialidad. Era uno de tantos
en las diversiones propias de su edad; y muchas ve­
ces él las animaba y las daba amenidad con sus ocu­
rrencias y con su gracejo natural, con el cual se ha­
bía captado las simpatías de todos.
Aceptaba y procuraba superar cualquier riesgo que
se presentase en la contienda; y sentía el mismo es­
tímulo que los demás para salir en ella victorioso.
Dos cosas no pudieron ver jamás en él sus com­
pañeros: que se enfadase o riñese con ninguno de
ellos, aun cuando ellos le diesen motivo con alguna
trampa; o que tomase parte en alguna travesura puni­
ble, aunque fuera de poca importancia.
S i alguna vez se presentaba alguno de estos casos,
tenía la rara habilidad de retirarse con cualquier pre­
texto, o de seguir entreteniéndolos con la narración de
algún cuento.
Con estas narraciones cautivaba la atención de
todos ellos: y eran muchas las veces que, dejando
el juego, se acurrucaban en torno suyo y le instaban
a que les refiriese alguna historieta. Y como él sólo
sabía las muchas cosas buenas que había aprendido
de su tío, alguna de estas era siempre el tema de su
—as­

edarla, por medio de la cual ejercía, sin darse cuenta


de ello, una especie de apostolado con aquellos ra-
pazuelos, que, también sin pretenderlo, sentían depo­
sitarse en sus almas infantiles la buena semilla de la
verdad y del bien.
Estas condiciones morales le habían elevado a un
nivel muy superior, desde el cual procuraba utilizar su
ascendiente sobre los demás para darles lecciones prác­
ticas de cultura y piedad. Siempre que de los labios
de sus compañeros brotaba alguna palabra soez o en
pugna con las normas gramaticales o malsonante a los
oídos piadosos, la corregía con tal donaire que el éxi­
to de la corrección era completo.
N o faltaron ocasiones en que aparecía en las calles
del pueblo algún mendigo transeúnte, que, por la mu­
tilación de sus miembros, por sus andrajos y su as­
pecto miserable, excitaba la curiosidad de todos y la
befa de los picaros: pero apenas el más osado iniciaba
su vil faena, él acudía rápido a impedirla y lograba
anularla, depositando en manos del harapiento una mo­
neda y un ósculo saturados de cariño.
Eso le había enseñado su tío don Cosme, al en­
cargarle la distribución de la limosna a los pobres,
que acudían a su casa todos los sábados; y con tanto
placer y generosidad cumplía el encargo, que atraía
sobre sí las bendiciones de Dios por boca de los
agradecidos menesterosos.
Satisfecho estaba el tío de todos los procederes de
su sobrino fuera de casa, y mucho más satisfecho de
— 54 —

su natural y sólida piedad, que él mismo había com­


probado, observándole, sin ser visto, en multitud de
actos religiosos, que parecían impropios de su corta
edad, ya ante un altarcito que él había hecho en su
casa y que adornaba con primoroso gusto, ya, sobre
todo, ejerciendo el oficio de monaguillo y ayudándole
a misa, en cuyo acto se conducía con tanto fervor y
acatamiento que causaba admiración a cuantos le veían.
Viéndole ya preparado y dispuesto conforme a sus
deseos, le dijo un día:— Francisco; he pensado en que
hagas tu primera comunión: ya tienes doce años; y a
esa edad es costumbre que la hagan todos los niños
del pueblo. ¿Quiéres hacerla?
— Con mucho gusto, querido tío — replicó el niflo
rebosando de gozo.
— Hace mucho tiempo que no deseo otra cosa; pero
esperaba que usted me lo ordenase.
— ¿Has pensado bien en la importancia de ese acto?
— N o he olvidado nada de cuanto usted me ha ex­
plicado: y todos los días, cuando le ayudo a usted a
misa, le tengo mucha envidia, porque no puedo recibir
a Jesús. ¿Cuándo será?
— E l día de la Ascensión, que es el señalado para
todos los niños y niñas.
— ¡Cuánlo deseo que llegue ese día!
— Ahora es preciso que le prepares bien y te hagas
digno de que Dios descanse en tu corazón como en
un trono de pureza y de amor.
— Bien quisiera yo ser como los ángeles: pero......
- 55 —

— Dios te considerará como uno de ellos, si le re­


cibes con el alma limpia de todo pecado, y con vivos
deseos de amarle siempre sobre todas las cosas.
— Eso sí lo haré; se lo prometo.
Llegó el día de la Ascensión del Señor del año-
1602. E l sol esplendoroso inundaba de luz y de alegría
las calles del pueblo, cuyos vecinos se agitaban a im­
pulsos de un doble gozo espiritual, el de la festividad
del día y el de la primera comunión de varios niños
y niñas.
Reunidos éstos, a la hora designada, en el zaguán
de la Casa de la Villa, y formados en dos grupos,
se dirigieron a la iglesia, de dos en dos, y penetraron
en ella entonando con todo el brío y entusiasmo de
sus voces infantiles un enternecedor cántico eucarístico.
Cesaron las voces, y comenzó el santo sacrificio
de la misa con toda la solemnidad propia del gran
misterio que se celebraba. Alternando con el coro, don
Cosme dirigía a los niños tiernos fervorines, que no
solamente captaban su atención, sino que conmovían
profundamente a todos los demás fieles, que llenaban
la iglesia por completo.
Llegó el momento solemne; entre cánticos de amor
fueron comulgando los niños y niñas y con ellos todos
sus familiares. Francisco, atrayendo la atención de to­
dos por su modestia y fervor, como la hubiera atraído
un ángel, se postró de rodillas, después de comulgar,
con las manos cruzadas sobre su pecho, y así per­
maneció hasta el final de la misa.
— 36 -

Cuando su tío don Cosme fué a recogerlo para


llevarlo a casa, lo encontró como absorto; y, al to­
marle del brazo, le oyó decir estas últimas palabras:
— Jesús mío, quiero dar mi vida por Vos.
Dos lágrimas rodaron por las mejillas del tío, que
humedecieron las del sobrino, al juntarse en un beso
de ternura que aquél estampó emocionado, mientras
decía:— Dios te ayude, ángel mío, a cumplir tus san­
ios deseos.
CAPITULO IV

S u m arlo : Leonor Avendaño.— Nobles proyectos.Solución


p ro v is i o n a / .— Contrariedades. — Administrador modelo.— Nuevo
sondeo. - Resolución definitiva.

L eonor A v e n d a ñ o , segunda esposa de Pedro Terrero


de Ortega, había quedado sin prole a la muerte de
éste; y no queriendo contraer nuevas nupcias, recon­
centró todo su cariño en Francisco, a quien amaba
con afecto verdaderamente maternal. Para él eran to­
dos sus mimos y todos sus obsequios; y su mayor
alegría era tenerlo en su compañía como a su hijo.
Ella le había regalado el hermoso traje blanco de
primera comunión, con su ancha banda de seda que
cruzaba su pecho, su gran medalla de plata con la
Virgen del Carmen, sujeta a la solapa izquierda, y
su precioso crucifijo con cadena de plata pendiente del
cuello, y el rizado cirio rodeado de rosas y azucenas:
y así le había visto acercarse al altar, mientras le
saltaba el corazón del pecho a impulsos de un deseo
— 58 —

vehementísimo de abrazar a aquel ángel en forma de


niño.
— No hay otro como él— se decía a sí misma, llena
de satisfacción.
— Si Dios quisiera conservármelo a mi lado mien­
tras me dure la vida, sería la mujer más dichosa del
mundo.
Y así se lo pedía al Señor cada día con toda el ansia
de su corazón.
E l niño, por su parte, le correspondía plenamente,
la amaba con toda la efusión de su candorosa alma
y la respetaba y obedecía como a verdadera madre.

A sí crecía el huérfano sin sentir los efectos de su


orfandad, y así había llegado a la edad de catorce
años bien cumplidos, con una euforia a toda prueba y
con un desarrollo físico superior ai normal.
S u tío y su madrastra (que nada tenía de tal sino
de buena madre), aparte cada uno y por su cuenta,
viendo que el joven estaba en la época crítica de em­
prender el camino que le había de conducir a su elec­
ción de estado, habían planeado en su mente señalarle
el rumbo que debía seguir, conforme a sus deseos,
antes de investigar la tendencia de su voluntad, per­
suadidos de que su simple indicación sería un agra­
dable mandato para el dócil huérfano. Pero antes les
pareció a ambos muy natural y conveniente comuni­
carse mutuamente sus proyectos y ponerse de acuerdo
sobre la ruta que le habían de indicar, ya que nin­
- 39 —

guno de ellos tenía derecho para imponer su plan, que


podría parecer interesado.
Tom ada esta resolución, Leonor se presentó en casa
de don Cosme, y le d ijo : — Vengo a hablar a usted
de un asunto muy importante.
— Usted dirá:— dijo el sacerdote.— ¿Ocurre algo grave?
— Se trata de Francisco.
— Supongo que no viene usted a denunciarlo por
alguna picardía.
— ¿Picardías en Francisco? jSi es un ángel!
— Y no permita Dios que se desvíe de ese camino
que le hará feliz.
— Precisamente de eso se trata; de su porvenir.
— ¿Tiene usted algún proyecto sobre el?
— E l que le voy a explicar a usted. Francisco vá
a cumplir quince años; está muy desarrollado, y ya
no hace más que perder el tiempo.
— No pierde un minuto: se lo aseguro a usted.
— Quiero decir que lo aprovecharía mejor, si tu­
viera un empleo, una colocación fija, que fuese la
base segura para resolver con seguridad de éxito el
futuro problema de su vida.
— ¿ y usted le proporciona esa colocación?
— Con la garantía de mi hacienda y de mi vida.
— Mucha garantía me parece Expliqúese usted.
— Usted sabe que Dios me ha favorecido con abun­
dantes bienes de fortuna; que, en cambio, me ha pri­
vado de tener sucesión : que por este motivo todas
mis fincas rústicas son laboreadas por jornaleros, que
— 40 —

no las hacen rendir el fruto que darían, si fueran cul­


tivadas por mano interesada. Por otra parte, usted
sabe, porque tiene abundantes pruebas de ello, que yo
quiero a Francisco como su propia madre. Pues bien :
yo le propongo a usted que Francisco venga a mi
casa como verdadero hijo, con todos los derechos que
le da este carácter; que se vaya imponiendo en todos
los detalles de la administración de mi hacienda; y
cuando llegue a la edad competente, o en el momento
en que haya contraido matrimonio, él quedará consti­
tuido en condueño y administrador de todos mis bie­
nes, los que pasarán a su exclusiva propiedad en vir­
tud del testamento que haré a su favor para el mo­
mento de mi muerte. ¿Qué le parece a usted?
— E l proyecto es inmejorable; y yo le agradezco a
usted en lo mucho que vale su cariño y su genero­
sidad para con mi sobrino. Pero me ocurre una pe­
queña dificultad.
— ¿Cuál?

— Que el chico no quiera pasar a vivir en casa de


usted; no por temor a recibir peor trato que en la
mía, sino por no querer tomar el nuevo rumbo que
en la suya se le señala.

— Por eso le expongo a usted mi plan; para que


usted influya eficazmente en su ánimo y mueva su vo­
luntad a aceptarlo.
— Permítame que le diga que, tratándose de un
asunto tan trascendental, yo no le puedo obligar a que
— 41 —

-acepte esa solución, en la que vá encerrado el por­


venir de su vida.
— Pero es un porvenir risueño y halagador, que le
asegura un bienestar completo para mientras viva: y
usted no necesita imponerle su autoridad de tío y tu­
tor, sino que basta que le haga ver y comprender
las muchas veníalas exentas de inconvenientes de este
plan, para que él lo reciba de buen grado.
— N o tengo inconveniente en hacerlo. Pero hay otra
duda que resolver. Usted supone como cierto que
Francisco contraerá matrimonio: ¿y si no lo hiciera?
— ¿Qué va a hacer el chico, cuando tenga edad,
sino casarse? E s el más completo en cualidades físicas
y morales, no sólo en el pueblo sino en cien leguas
a la redonda: todos los vecinos lo alaban y admiran;
todos tienen pueslos sus ojos en él; y hasta de Pa-
Jencia le han de llover proposiciones ventajosas para
el caso.
— Nada de eso niego. Pero si, a pesar de todo,
él no quiere casarse......
— Aunque ahora no piense en ello, de los quince
a los veinte años puede cambiar de opinión.
— ¿ Y si no cambia?
— Queda firme todo lo propuesto. Será durante su
vida dueño de mi casa y hacienda: porque estoy se­
gura de que nadie como él podrá administrarlas con
mayor capacidad y honradez, aun después de mi
muerte.
— En ese caso, nada tengo que objetar: quedaré
— 42 —

tranquilo en cuanto al porvenir de mi sobrino. Hoy


mismo le hablaré. Pero antes, para que vea usted que
nada le oculto, y a fin de que no reciba usted una
posible ingrata sorpresa, debo manifestarle que nada
me extrañaría que el chico se sintiese resueltamente
inclinado a seguir la carrera de sus tíos, a ser
sacerdote.
— ¿Le ha dicho a usted algo en ese sentido?
— Nada, formalmente: pero, atendidas sus cualidades
angelicales, a nadie puede extrañar que su corazón
se dirija únicamente hacia Dios, y busque el modo de
servirle uniéndose a E l por los vínculos del sacerdocio.
— Tam poco a mí me extrañaría: pero usted no le
hable de eso, sino de mi plan; y hágalo con mucho-
entusiasmo, que ya sabe usted que le quiero mucho^
Adiós, don Cosm e. En usted confío.
— Vaya usted con Dios, Leonor.

***

Media hora había transcurrido desde que tuvo lugar


esta conversación, cuando llegó a casa Francisco, y
se presentó tan risueño y jovial como respetuoso a
contar a su tío todas las peripecias de los juegos en
que se había entretenido aquella tarde con los demás
muchachos del pueblo.
Escuchóle el tío, como siempre, complacido; pues
en estas narraciones, que venían a ser una como
cuenta de conciencia, veía siempre flotar el espíritu de
— 45 —

cándida sencillez y de rectitud y nobleza de corazón


del sobrino.
Luego aprovechó la oportunidad que le deparaba
el momento para hablarle de cuanto proyectaba su tía
Leonor (así llamaba a su madrastra), con respecto a
él; y le manifestó todo cuanto ésta había dicho.
Le hizo ver la importancia y trascendencia del plan,
Je explicó al detalle cada una de sus cláusulas, llevó a
su mente la persuasión de un porvenir tan bien ci­
mentado como brillante, en el que podría desplegar
iodos los buenos sentimientos de su corazón; y cuan­
do creyó que no tenía más que decirle, le preguntó:
— Qué te parece?
Francisco, que le había escuchado con suma aten­
ción, se sintió sorprendido por la pregunta. Hasta
entonces nunca su tío le había preguntado nada: y él
se consideraba feliz y dichoso obedeciéndole en todo
y ejecutando con diligencia y presteza cualquiera in­
sinuación suya. Por eso permaneció vacilante y sin
-saber qué contestar. Ante esta actitud le dijo su tío:
— Quiero que sepas que en este asunto yo no te obli­
g o a nada, no te mando nada, ni siquiera me pro­
pongo indicarte cuál es mi opinión: te dejo en absoluta
libertad para que aceptes o rechaces lo propuesto:
teniendo entendido que, lo mismo en un caso que en
otro, nada perderás ante mi estimación; y sólo deseo
que no te resuelvas por temor a mí ni a nadie, sino
libremente por lo que sea más conforme a tu voluntad
y a tus inclinaciones.
— 44 —

— ¿A usted qué 1c parece?— preguntó el sobrino al tío.


— A mí, nada,— replicó vivamente el tío.
— ¿Qué me aconseja usted?
— Nada: tú lo has de resolver con entera confianza
y libertad. ¿Has pensado alguna vez en seguir alguna
carrera o en aprender algún oficio?
— N o , señor.
— ¿Ni en ser sacerdote?— se le escapó al tío.
— E so me gustaría mucho; pero es una cosa tan
grande que no me atrevo a pensar en ello.
— E s verdad: eres joven: ahora puedes empezar a
pensar en algo. La tía te deja en libertad para tu elec­
ción de estado; de modo que, cuando tú quieras, po­
drás aspirar a ser lo que más te agrade. Además, ya
sabes que tu tía Leonor es para tí una verdadera
madre.
— Lo sé; y como a tal la quiero. De modo que,
si a usted no le disgusta, acepto su proposición.
— M u y bien. Que Dios te bendiga y te ayude a
cumplir los deberes que te impones.
A l día siguiente por la mañana fué Leonor a casa
de don Cosme, y sin apenas saludar, le preguntó an­
siosa:— ¿Qué hay?
— To d o está arreglado conforme a sus deseos— le
contestó el sacerdote.
— ¿De modo que el chico viene contento?
— C om o a casa de su buena madre. Y yo le ruego-
a usted que lo sea siempre para él: porque tengo un
presentimiento de que muy pronto le va a faltar su tío*
- 45 -

— jPor Dios, don Cosme, no diga usted esoí


— Sí: el mal que me aqueja hace tiempo se me ha
recrudecido; y hoy me siento muy mal. Veremos qué
dice el médico, a quien he mandado llamar. Entre
tanto, mande trasladar a su casa todo lo de Fran­
cisco, del cual puede usted hacerse cargo desde este
momento. En sus manos lo deposito con absoluta
confianza y plena tranquilidad de conciencia. En Dios
y en usted confío.
— Bien sabe usted que puede quedar tranquilo con
respecto a Francisco: pero lo que me extraña es su
pesimismo con respecto a la salud de usted.
— Y o sé lo mal que estoy. En cualquier evento
todo lo tengo dispuesto y arreglado: no encontrará
usted ningún entorpecimiento. Cúmplase en todo la
voluntad de Dios.
Don Cosm e llamó a su sobrino, se despidió de él
con ternura de padre, y lo entregó a Leonor. Ense­
guida salieron estos para su casa, mientras don Cosm e,
siguiéndolos con la vista les decía:— Dios os bendiga.
AI poco rato llegó el médico; y, después de es­
cuchar y examinar a don Cosm e, le dijo:— N o puedo
ocultar a usted la verdad.
— Yo soy el que le suplico que no me la oculte,
por amarga que sea,— replicó el enfermo.
— Pues bien; el caso es claro, y el remedio ha de
ser urgentísimo: usted necesita sufrir una operación,
que yo no puedo hacérsela por falta de medios. La
antigua hernia se le ha estrangulado. Sin perder m i-
— 46 —

ñuto nos ponemos en camino para ver si llegamos a


íiempo. Y o le acompaño.
Y diciendo y haciendo, tomaron lo indispensable
para el camino y emprendieron velozmente el viaje hacia
la capital.
Cuatro días después regresó al pueblo el médico,
tiayendo la infausta noticia de la muerte de don Cosm e,
producida por la ineficacia de la operación.
— Ha muerto como un santo,— decía a Leonor y Fra n ­
cisco, al referirles los detalles y el resultado de la
operación,— nombrándolos muchas veces, y encargán­
dome que les diga que desde el cielo intercederá por
los dos.
— ¡Pobre don Cosm el— suspiró Leonor.
— ¡Pobre tíoí— dijo Francisco entre sollozos y lá­
grimas.
Lo primero que hicieron ambos, apenas se fué el
doctor, fué escribir a don Blas Pérez, tío materno de
Francisco, comunicándole la triste nueva e invitándole
a los funerales que se iban a celebrar en sufragio del
alma del difunto: pero hubieron de celebrarse sin su
presencia; porque en contestación a la suya recibieron
una carta firmada por aquél, pero escrita por mano
ajena, en la que, después de lamentar la desgracia,
manifestaba que le era imposible trasladarse al pueblo,
a pesar de sus vehementes deseos, porque hacía tiempo
que se hallaba postrado en cama, víctima de penosa
enfermedad, que le hacía temer un próximo y fatal
desenlace: y que por esta razón suplicaba encarecida­
— 47 -

mente a Leonor que cuidase a Francisco como a ver­


dadero hijo, ya que estaba seguro de que éste le había
de corresponder con cariño filial.
Acongojados quedaron al enterarse de esta misiva:
pero su espíritu profundamente religioso se elevó hasta
el trono de Dios, para ofrecerle con resignación tantas
y tan graves contrariedades y pedirle una vez más su
protección y ayuda para hacer frente sin claudicacio­
nes a lodos los embates de la vida.
Entonces fué cuando vio Francisco toda la ampli­
tud y trascendencia de su situación: ante sus ojos se
abrió el horizonte de su porvenir, nebuloso, incierto,
lacrado con el sello de una incógnita imposible de
descifrar por el momento, pero que él creyó poder
llegar a despejarla muy pronto con su voluntad tesonera
y su hombría de bien, dirigidas por su clara y po­
derosa inteligencia.
Hasta entonces la senda de la vida había sido para
él un delicioso camino real bordeado de flores, for­
mado por la obediencia ciega, pronta y alegre a las
insinuaciones de sus padres y tutores: pero nunca
éstos le habían señalado el hito hasta el cual debía
llegar. Ahora se sentía dueño de sus destinos: pero
se le había indicado una ruta inicial, que él volunta­
riamente y sin coacción alguna había prometido se­
guir, y en ella entró resuelto y confiado.
El aparcero y los gañanes de su tía Leonor no
necesitaron mucho tiempo para rendirse a la simpatía,
honradez y generosidad de Francisco, en cuya juven­
— 48 —

tud veían una sensatez viril y una facilidad extraor­


dinaria para comprender la dificultad de cualquier
asunto relacionado con la hacienda y para darle la me­
jor solución: y reconociendo estas dotes de inteligencia
y de corazón, todos ellos acabaron por prestarle una
ayuda sincera, positiva, eficaz; con la cual logró él
en breve tiempo conocer todos los secretos y manejar
todos los resortes de la dirección y administración que
su tía le había encomendado.
Al influjo de sus certeras iniciativas iban aumentando
en progresión ascendente los productos del campo y
los ahorros y el bienestar de todos sus jornaleros, a
los cuales aplicaba los mayores beneficios del trabajo.
Con ellos había logrado formar como una gran
familia, a la cual, satisfecha en el orden material, ha­
bía comunicado sin gran esfuerzo su espíritu religioso,
que se manifestaba en una conducta ejemplar.
E l pueblo entero, tranquilo y feliz, recordaba con
gratitud los nombres de sus padres; pero, al establecer
comparación con su hijo, llenaba a este de elogios y
bendiciones, mostrándose siempre dispuesto a cualquier
sacrificio en su favor.
Su tía Leonor rebosaba de gozo, al ver no sola­
mente cómo prosperaba su hacienda, sino también cómo
Francisco se había captado las simpatías de todos,
cómo se desarrollaba con perfecta salud y, sobre todo,
cómo cultivaba su espíritu, entregándose con el ma­
yo r fervor a las prédicas religiosas y huyendo en ab­
soluto de las diversiones mundanas.
— 49 —

Una paz octaviaría reinaba entre todos los vecinos,


merced a los buenos oficios y a la pródiga genero­
sidad de los que aquéllos llamaban sus señores: en
casa de éstos abundaban los motivos de satisfacción
y de alegría: ¿qué más podía desear Leonor? Sin em­
bargo, sobre ese plano corrían veloces los días y los
¿ños; y hubo un momento en que ella se reconcentró
en sí misma, y pensó:— Francisco ha cumplido ya los
diecinueve años; está formado física y moralmente;
alto, robusto, sin indicios de achaque alguno, simpá­
tico, de agudo ingenio, de nobilísimo corazón, de
sentimientos religiosos profundamente arraigados, un
perfecto caballero, el verdadero ideal para ¡efe de fa­
milia. ¿Se le habrá ocurrido pensar en elegir estado?
Y si lo ha pensado, ¿se habrá decidido por el matri­
monio? ¿Intentará ser sacerdote? ¿ O querrá permanecer
soltero, atento sólo a su tranquilidad y al bien de sus
semejantes? i Es cosa raraí Su pecho, tan jovial y
efusivo con todos y en todas las circunstancias de la
vida, sólo permanece herméticamente cerrado cuando
se hace relación a ese asunto tan importante. Es in­
dudable que debe casarse. Un joven dotado de tan
ricas prendas no puede hacer otra cosa. Además, ¡si
parece que Dios le ha puesto en su camino la mujer
que ha de ser su esposa! Inés, mi sobrina, la hija
de mi difunto hermano, es la mujer ideal para él.
Com o guapa, es más bella que las tres hijas que tuvo
el santo Job después de la prueba: ¡y eso que la sa­
grada Escritura afirma que no hubo mujeres más her­
— 50 -

mosas en toda la íierra! Es, además, muy inteligente,


hacendosa, activa, impuesta en todos los menesteres
de una casa, tiene la misma edad que él, y, sobre
todo, es una santa que nunca se cansa de rezar en
la iglesia. Lo malo es que ni de Inés, que viene to­
dos los días a vernos, ni de ninguna otra muchacha
hace caso alguno. De todos modos yo necesito intro­
ducir la sonda en ese corazón, que parece un lago
tranquilo, a ver si encuentro en su fondo alguna re­
solución concreta. Y levantándose rápida, mandó a
una de las sirvientas que fuese a casa de su hermana
política y le dijese que quedaban invitadas a comer
al día siguiente, domingo, y que viniesen sin falta ella
y su hija Inés.
Ambas fueron gustosas, como lo hacían otras mu­
chas veces: y llegado el momento, se sentaron a la
mesa los cuatro con la confianza que les daba la fa­
miliaridad. Poco rato llevaban saboreando las viandas,
cuando Leonor, previamente convenida con Gertrudis,
madre de Inés, dijo, dirigiéndose a Fra ncisco :— C o rre
por el pueblo el runrún de que te vas a casar.
— ¿De veras?— dijo indiferente Francisco.
— Por varios conductos ha llegado a mis oídos: y
añaden que será pronto.
— ¡Hola!
— Y hasta dicen con quién.
— ¡Caracoles! ¡Pues ya es sabert
— N o lo disimules. ¿Quiéres que te diga el nom ­
bre de ella?
- 51 —

— Com o usted quiera: de todos modos, jlo ha de


decir! porque veo que para usted el rumor es un a r­
tículo de fe.
— No tanto: pero cuando el río suena, agua lleva.
— Cierto: pero el sonido del río llega a todo el
que no es sordo: y hasta mí no ha llegado.
— Ya lo estás oyendo.
— Es verdad: y supongo que tendrán ustedes un
fundamento sólido, como el agua que produce el ruido
en el río, para dar alas al runrún.
— De verlo confirmado por el interesado se trata.
— En ese caso, ya puede usted llamar en otra
puerta.
— No hay necesidad, porque es ya un secreto a
voces. Se asegura que te casas, pronto, y con Inés.
— Primita, ahí llaman:— dijo, dirigiéndose a la que
llamaba su prima.
Esta se puso roja como la amapola; y en su azo-
ramiento se le escapó:— Y o no sé nada de eso.
— Ya ha oído usted lo que quería saber; la con­
firmación definitiva del rumor — dijo Francisco con
retintín.
Silenciosa y profundamente contrariada quedó Leonor,
al oir estas palabras; ya que veía desvanecidos para
siempre sus inás gratos proyectos e ilusiones: pero
pronto quebrantó este silencio Francisco, diciendo:— Ya
que ha salido esta cuestión, y puesto que estamos reu­
nidos los de la familia, a fin de desvanecer por com­
pleto ese rumor y de impedir que circule ningún otro,
— 52 —

quiero hablarles con toda sinceridad y exponerles la


resolución que he tomado. He decidido consagrarme a
Dios y comenzar desde ahora a poner los medios para
llegar a ser sacerdote. E l mundo me hastía, me re­
pugna: y en cambio, Dios me atrae hacia sí tan suave
como irresistiblemente: su religión y su culto me se­
ducen: quiero entregarme por completo al servicio de
Dios: y para ello he resuelto trasladarme a Palencia
para hacer los estudios necesarios.
Desconcertadas, atónitas quedaron las tres comen­
sales, al escuchar esta determinación; pero, sobre todo,
Leonor que, estallando en lágrimas y sollozos, le dijo: —
Pero, hijo mío, ¿tan mal te he tratado? ¿Tienes alguna
queja contra mí, para abandonarme ahora que eres más
necesario que nunca y que te creía más seguro en la
familia?
— No sólo no tengo queja alguna contra usted ni contra
nadie,— respondió Francisco— s in j que le estoy suma­
mente agradecido y que no olvidaré nunca que ha sido
usted para mí una buena y santa madre: pero estará
usted conforme conmigo en que es preciso obedecer
a Dios antes que a los hombres.
— Sin duda: pero ¿acaso no sirves a Dios y pue­
des seguir sirviéndole en esta casa? ¿Quién te lo
impide?
— Nadie; es verdad: al contrario; ustedes son para
mí un constante ejemplo y estímulo para servirle y
amarle: pero Dios me llama y me manda dejar el
mundo.
- 55 —

— ¿Es que le has disgustado por la broma que me


he permitido sobre tu matrimonio con Inés? Perdóna­
mela, y cambia tu resolución.
— No le he dado importancia alguna: únicamente la
he aprovechado como ocasión oportunísima para ma­
nifestarle mi plan, que vengo acariciando desde mi niñez
y que he estado madurando desde la muerte de mi tío
Cosm e, durante cinco años. Ahora comprenderá usted
que lo tengo bien pensado; y por eso voy a empezar
a ejecutarlo en esta misma semana.
— jDios míot ¡Que contrariedad tan grande!
— E s el único fruto que dá el mundo en abundan­
cia aun a los más halagados por la fortuna. Ofrézcala
con generosidad a Dios, que es el único que no falla,
que no engaña, que nos dá siempre lo mejor para
nuestra vida inmortal.
— E s verdad, — dijo resuelta Inés. — ¡Com o que yo
pienso hacer lo mismo que Francisco!
— ¿ Tú , monja?— preguntó angustiada su madre.
— Y muy pronto, con la ayuda de Dios — repuso
Inés: y aprovecho también la oportunidad para comu­
nicarle que todo lo tengo preparado, y que estoy ya
admitida en el convento de Santa Teresa.
— ¡Dios mío! |Eso me faltaba! — sollozó su madre.
— ¡S í que hemos hecho buen matrimonio!— concluyó
Leonor.
Y sin más hablar, se levantaron de la mesa los
cuatro comensales, entregado cada uno a sus propias
impresiones.
CAPITULO V

Sum ario: A Patencia.— En las auiaa.— Lucha constante.— A


VaHadolid.— Estudios superiores.— Triunfos escolares.— Su popu­
laridad.— La Tuna Vallisoletana.— Su vida espiritual.

E ra la última semana de septiembre, y todo quedaba


ultimado: la recolección se había hecho con rapidez, y
las trojes estaban ya repletas de cereales, y los silos*
exuberantes de toda clase de productos del campo.
Las viñas empezaban ya a pedir la mano del vendi­
miador, y los olivos mostraban ya en esperanza el
fruto cierto.
Pero en medio de esta abundancia y ante la pers­
pectiva de las ópimas cosechas pendientes, Leonor se
sentía afligidísima, inconsolable, al verse privada de la
compañía de Francisco. A ello contribuían los comen­
tarios de la gente del pueblo, que, sin intentarlo»
amargaban más su existencia; porque no había persona
que no se acercase a ella con pretexto de consolarla,
pero en realidad estimulada por su egoísmo, para em­
pezar por sentir y lamentarse de la marcha de Fran-
- 66 —

cisco y terminar por poner de relieve su ingratitud


para con ella.
Pero Leonor era demasiado buena para tolerar» ni
aun en sus tristes circunstancias, que el buen nombre
de Francisco quedase empañado ni aun por las apa­
riencias de mancha culpable.— No, no:— decía a todos
tos que le hablaban del asunto,— no hay que repro­
charle nada en su conducta: yo la esperaba siempre;
y si ha desgarrado mi alma su separación, ha sido
por lo mucho que le quería: pero comprendo que yo
no era digna de tenerlo siempre a mi lado: era de
Dios, y se ha ido para entregarse totalmente a Dios.
A sí logró que se desvaneciese todo motivo de mur­
muración en las tertulias del pueblo y que todos si­
guiesen bendiciendo como antes el nombre de Francisco.
Este, después de arreglar todos sus asuntos con
Leonor y de haber convenido con ella en el uso de
su patrimonio, había partido para Palencia, a donde
llegó aquella misma semana.
Allí sintió el desconsuelo, apenas llegado, de asistir
a la muerte y funerales de su tío don Blas, que no
pudo resistir más al rigor de su antigua dolencia: y
•este nuevo golpe descargado sobre su corazón, que le
dejaba sin pariente alguno en el mundo, fué para él
un nuevo acicate para realizar con más gusto su p ro ­
pósito.
Se instaló en un pensionado anejo a un colegio de
la Compañía de Jesús, y se matriculó en éste para
cursar las asignaturas de latín y humanidades.
- 57 -

E l primer cuidado que tuvo fué el de buscar y es-


coger un buen director espiritual; y, después de varias
pesquisas, investigaciones y experiencias, lo encontró*
entre los muchos sacerdotes que había en Palencia, en
un Padre de la Compañía de Jesús, docto y experi­
mentado, al cual encomendó la dirección de su espíritu
con voluntad ciega y plena confianza.
Com enzó sus estudios con el ahinco que le infundía
la persuasión del cumplimiento de un deber fundamen­
tal: pues no ignoraba que la piedad y la. ciencia, ín­
timamente enlazadas, constituyen el cimiento sólido sobre
el cual descansa, se eleva y produce orientaciones y
frutos de vida eterna el sacerdocio católico.
N o tenía que esforzarse mucho para asimilarse las
explicaciones que escuchaba en las aulas: pues con su
ingenio claro y penetrante dominaba todas las dificul­
tades; y como a esto añadía una labor de largas horas
de estudio, sus triunfos se contaban por sus interven­
ciones en el palenque estudiantil. No había torneo
escolar en que no fuese proclamado campeón.
Pero esto, que aumentaba el número de sus amigos
y admiradores, fué el origen de una lucha constante,
que se vió obligado a sostener contra todos ellos.
E n Palencia, como en todas partes, entonces, como
ahora y siempre, la vida estudiantil era un perpetuo
holgorio. Los estudiantes, casi todos en aquella época
jóvenes de dieciocho a veintidós años, limitaban su
actuación escolar a la asistencia, poco frecuente, a las
aulas. Lo restante del día y de la noche lo conside­
— 68 —

raban necesario para emplearlo en juegos, deportes,


músicas, libaciones y otros excesillos más o menos
culpables. De todos ellos huía Francisco con verdadera
repugnancia, porque no veía en ellos la inocencia de
los juegos infantiles: y de aquí la lucha heroica que
se veía precisado a sostener, acaso entre burlas y me­
nosprecios. E l era siempre de los primeros invitados,
y siempre su agudo ingenio le sugería un pretexto para
quedar exento de la invitación. Pero no faltaban oca­
siones en que algunos, émulos o perversos, se proponían
corromperlo, intentando con astucia arrastrarlo hasta la
tasca, para que su vida ejemplar no fuese un conti­
nuo reproche a sus excesos; y entonces, cuando no
eran aceptadas sus excusas, salía victorioso por su
energía de carácter, despreciando los denuestos con
que salpicaban su honra y las ironías picarescas con
que trataban de humillarlo.
No poca virtud se necesitaba para desligarse, im ­
poluto, de aquella turba de picaros; pero él la tenía,
adquirida desde su niñez, y procuraba conservarla y ro­
bustecerla, acudiendo con frecuencia a beber en el ma­
nantial de vida espiritual, Jesús sacramentado, y prote­
giéndose con el escudo de una tierna y acendrada
devoción a la Santísima Virgen María.
Del lugar del peligro, y apenas había roto el lazo
engañoso, corría anhelante al centro de su refugio, a
la iglesia de la Compañía; y allí, depositando sus cuitas
e incertidumbres a los pies de su director espiritual,
sentía al momento reconfortado su espíritu, y salía con
- 59 —

el corazón enardecido para librar las más rudas bata­


llas y con la firme esperanza de salir siempre triun­
fante de todas ellas.

Conociendo su director el fondo de aquella alma


angelical, y enterado por el mismo Francisco de que
aspiraba al sacerdocio, fué desde el principio dirigien­
do su rumbo hacia el seno de la Compañía de Jesús*
con ánimo de hacerlo miembro de la misma; bien per­
suadido de que aun en el mundo de las almas religiosas
se dan muy pocas como aquella, de tan pura raigam­
bre espiritual, de inocencia tan perfecta desde los mis­
mos albores de su vida, de corazón tan saturado y
anhelante a la vez de amores divinos, de sentimientos
tan nobles y generosos en favor de todos sus seme­
jantes, de disposiciones intelectuales poco comunes, de
perfecta y sana contextura física y, sobre todo, de un
anhelo tan constante como vehemente de llegar a ser
sacerdote, para entregarse sin reservas a propagar la
gloría de Dios mediante la conversión de las almas.
Todas estas cualidades reunidas en un sujeto bien
merecían que el Padre jesuíta desplegase todo su inte­
rés para que aquél figurase entre los hijos de San Ig­
nacio, si así Dios lo disponía.

C on este fin tan plausible el buen Padre tenía fre­


cuentes conferencias con Francisco, en las cuales le
explicaba el fin y objeto de la Compañía, en todo
conforme a sus aspiraciones, su régimen interior, su
norma de vida, y todo lo que creía necesario para
— 60 -

que Francisco obrase en definitiva con pleno conoci­


miento de causa y plena libertad.
Francisco le escuchaba con tanta atención como
complacencia; y cada vez se sentía más animado y
decidido a trabajar por la gloria de Dios: y para ase­
gurar más su resolución, en sus comuniones y en los
ratos que en la iglesia dedicaba a la oración, su más
ferviente súplica era:— Señor, dadme a conocer vuestra
voluntad.
Entregado a este método de vida, llegó el año 1612,
en el cual terminó los estudios de latín y humani­
dades con sobresaliente resultado.
E l acababa de cumplir los veintidós años de edad;
y todavía la incertidumbre lo mantenía perplejo e irre­
soluto con respecto a su elección. Las conferencias
de su director no acababan de inclinar su voluntad;
antes al contrario, cuanto más se esforzaba él por
aceptar sus indicaciones, tanto menos le atraía la
Com pañía de Jesús.
En ese estado de duda, optó por lo más seguro,
que fué aplazar su resolución; mientras con todo el
fervor de su alma pedía a Dios, a la Virgen y a los
santos de su devoción que desvaneciesen aquellas ti­
nieblas y le iluminasen el camino por el cual debía
dirigir sus pasos.
Puesta su confianza en el cielo, fué a despedirse
de su director: y después de agradecerle lo mucho que
había hecho por él durante los tres años, ayudándole
eficazmente a triunfar en las luchas de la vida y a
- 61 -

conservarse incólume en medio de tantas y tan astutas


emboscadas como le había preparado el enemigo in­
fernal, le dijo:— Me voy a Valladolid, para empezar
este mismo curso los estudios superiores: mientras los
hago, tengo tiempo suficiente para pensar en mi asun­
to; y espero que Dios me ayudará.
— No me parece mal: pero no olvides nunca los
consejos que te he dado— le dijo el Padre.
— Gracias a ellos he triunfado, y con ellos confío
seguir triunfando.
— En cualquier caso, ya sabes que las puertas de
este colegio están siempre abiertas para tí.
— Gracias, Padre — Y besándole la mano, salió del
colegio.
Al día siguiente emprendió el viaje a Valladolid,
provisto de buenas cartas de recomendación, a donde
llegó con ánimo jovial y esperanzado.
Allí ingresó en un pensionado de toda confianza,
al cual había sido previamente recomendado por su
director de Palencia, y enseguida comenzó a orientarse
en la ciudad, a fin de fijar su método de vida.
Su corazón se dilató de gozo, al ver establecidos
por toda la ciudad varios conventos de Ordenes reli­
giosas, que le ofrecían gran facilidad para sus ejercicios
de devoción y para fomentar sus fervorosas aspira­
ciones.
— ¿Quién sabe— se decía a sí mismo— si Dios me
llama a alguno de estos centros de virtud y ciencia,
y en él acaban mis inquietudes?
— 62 —

Luego en tiempo oportuno fué a la Universidad y


se matriculó en derecho canónico: y con el principio
de curso comenzó su vida estudiantil con un interés
siempre creciente por adquirir la ciencia necesaria para
su ministerio.
Impulsado por la fuerza del deber, del cual tenía e\
concepto más riguroso y elevado, era asiduo a las
aulas, en las cuales escuchaba con suma atención las
explicaciones de los catedráticos, y tomaba abundantes
notas, que luego rehacía y completaba en su tiempo
de estudio; logrando así estar siempre preparado para
cualquier evento en la clase.
Muy pronto se dió a conocer entre sus condiscípu­
los por sus raras dotes de ingenio, que le atraían la
admiración de muchos y las simpatías de todos. Pero
como al mismo tiempo su conducta era ejemplar fuera
de las aulas por su vida devota y alejada de todas
las diversiones mundanas, su nombre se hizo tan po­
pular como respetado entre toda la turba estudiantil.
Extrañaba, sin embargo, a los estudiantes que, sien­
do de un carácter tan simpático y jovial, no pertene­
ciese a ningún gremio o grupo escolar formado por
ellos con fines exclusivamente recreativos; y no dejaron
de intentar su adhesión.
La Tuna V a llis o le ta n a , estudiantina famosa, inte­
grada por unos cien alumnos provistos de instrumentos
de cuerda, viento y percusión, recorría con frecuencia
las calles de la población, llenando el ambiente de
alegría, y daba agradables conciertos con aplauso ge­
- 65 -

neral, a fin de recaudar fondos con que subvenir a las


necesidades de los estudiantes pobres; y apenas había
persona que se resistiese a depositar su óbolo en el
azafate que le presentaban con amable sonrisa.
¿Por qué Terrero de Ortega no había de pertenecer
a la T unat cuando ella estaba formada, según ellos,
por lo más selecto de la Universidad? Y un buen día
le pasaron su invitación, acompañada de los mayores
elogios a su persona, invocando sus sentimientos hu­
manitarios y apelando a la reconocida generosidad de
su corazón.
Francisco, que conocía las alegres aveniuras de los
iunosy se excusó alegando que no sabía música.
— No importa:— le replicaron aquellos— puedes formar
en el grupo de los cantores, o tañer castañuelas o hie-
rrillos: que para eso no se necesita solfa.
— Os estropearía el ritmo.
— En último caso, puedes encargarte de un azafate.
— Sufriría la recaudación por mí poca maña.
— Pues ven, aunque sólo sea para formar número.
— Es que necesito el tiempo para otras cosas Lo único
que haré con gusro es daros una cuota mensual; y me
dejáis en paz.
— jBien por Terrero de Ortega! - gritó el grupo, y
se alejó.
Efectivamente, Francisco hubiera tenido como cargo
de conciencia el emplear el tiempo en serenatas y fri­
volidades, cuando todo le parecía poco para dedicarlo
al cultivo de su inteligencia y de su corazón.
— 64 —

Esclavo de su deber como estudiante, agotaba su


capacidad intelectual no sólo en el estudio de las asig­
naturas que cursaba, hasta lograr dominarlas por com­
pleto, sino en la adquisición de toda clase de conoci­
mientos divinos y humanos. Los libros eran sus ami­
gos predilectos, con cuya ayuda formaba su caudal
científico, que lo elevaba sobre todos sus condiscípu­
los y arrancaba a sus catedráticos cálidas frases de
elogio.
Con la misma intensidad con que cultivaba las cien­
cias atendía a la formación y consolidación moral de
su espíritu. Además de la frecuente recepción de los
santos sacramentos de penitencia y eucaristía, aprove­
chaba cuantas ocasiones se le presentaban para nutrir
su espíritu con la palabra de Dios: y estas eran tantas
que bien podía saciarse, acudiendo a las muchas igle­
sias de religiosos que había en la ciudad. Estas le
atraían de una manera especial; y en ellas comenzó
a sentir reposo, que él comenzó a interpretar como
una inspiración del cielo, que en alguna de ellas le
fijaba su destino
Acariciando esa idea, procuró y logró fácilmente el
trato familiar con los religiosos de las distintas comu­
nidades: y a fin de informarse bien del espíritu y mé­
todo de vida de cada una, se resolvió a frecuentarlas
todas por separado; y una temporada iba solamente
a los carmelitas, otra a los dominicos, después a los
trinitarios, luego a los agustinos recoletos, después a
los agustinos calzados, a los jerónimos, a los fran-
— 65 —

císcanos, a rodos los conventos. En ellos se Infor­


maba de su regla y constituciones, veía con sus pro­
pios ojos la observancia regular, observaba sus virtu­
des y sus defectos y se formaba cabal idea del estado
moral y material de cada Orden religiosa.
Con este conocimiento se postraba luego a los pies
de Jesús sacramentado y le pedía con fervor que le
diese a conocer su voluntad.
Simultaneando sus estudios con su vida piadosa,
en la cual lo que más le preocupaba era el conoci­
miento de la voluntad divina para resolverse a tomar
uno de los varios caminos que se le presentaban,
pasaron dos años completos. Durante los cursos de
1612-1614 había estudiado con extraordinario aprove­
chamiento y brillantez la carrera de derecho canónico;
y entonces creyó ya llegado el momento de consa­
grarse a Dios por medio de los votos religiosos.
Había terminado su carrera: y una fuerte emoción
Interior le empujaba hacia una Congregación religiosa
con preferencia a las demás.
En esta había visto algo que no había en las otras,
algo que se adaptaba mejor a su alma candorosa, a
la humildad de su espíritu, al total desasimiento de
las cosas del mundo; y todo esto era para él indicio
cierto de que allí debía sufrir la última prueba, la del
noviciado.
S i la superaba, estaba seguro de que allí le lla­
maba Dios.
CAPITULO VI

Sum arlo: E l convento de Agustinos Recoletos de Vallado-


lid .—Despedida. — En el noviciado. — Prueba durísima. — Triunfó
heroico.

H abía en Valladolid, en la calle del Perú, un pequeño


convento de Agustinos Recoletos, que tenía por titular
al famoso taumaturgo San Nicolás de Tolentino, de
pobre apariencia exterior, pero que guardaba en su
interior riquísimos tesoros de todas las virtudes. Era
a la sazón Prior del Convento el R. P. Fr. Valerio
de la Concepción» y Maestro de novicios el Predica­
dor mayor R. P. Fr. Luis de San Agustín; y comple­
taban la comunidad doce religiosos sacerdotes, seis
novicios y seis hermanos legos; haciendo un total de
veintiséis religiosos.
Francisco conocía este convento y la vida de sus
moradores desde la temporada que, en turno con otros
conventos, había dedicado a sus observaciones, muy
justificadas para resolver con acierto sobre su porve­
nir: y tal impresión produjo en su alma el modo de
- 68 -

ser de los agustinos recoletos, que, después de com­


pararlo detenidamente con el de las demás Ordenes
religiosas, lo prefirió al de todas sin más titubeos ni
cavilaciones.
Desde ese momento el convento pequeño de San
Nicolás le atraía como un poderoso imán: y a él vol­
vió con satisfacción íntima, persuadido de que aque­
lla atracción unida a la simultánea desaparición de sus
dudas e incertidumbres era una señal clara de que
Dios lo llamaba para servirle durante su vida en la
Recolección Agustiniana.
Así lo manifestó al virtuoso P. Prior, al presen­
tarse de nuevo a él con el corazón rebosante de ale­
gría: pero el Prior, sin dejar de animarle a seguir
en sus propósitos, le hizo ver la conveniencia de que
antes observase por sí mismo las mortificaciones y
penalidades de aquella vida que deseaba abrazar, para
que después no se llamase a engaño.
No deseaba el aspirante otra cosa que esta auto­
rización, no limitada como en la temporada anterior,
para comenzar a vivir con el deseo la vida religiosa.
Desde entonces comenzó a palpar con fruición el burdo
sayal que constituía el hábito de los monjes; participó
de su sobria y, a veces, poco apetecible comida; asis­
tió a las largas horas de meditación y a los maitines de
media noche; observó el continuo e imponente silen­
cio que se guardaba; escuchó en las noches de los
miércoles, viernes y sábados de cada semana desde
la sacristía el espantoso ruido, semejante a una fuerte
- 69 —

granizada, que en la iglesia producían los canelones


de las disciplinas al caer sobre las carnes de los
monjes, mientras éstos entonaban un salmo de penitencia;
vió la diligencia y solicitud con que, a la mañana
siguiente de cada uno de esos tres días, el her­
mano sacristán iba limpiando con paños empapados
de agua las grandes manchas de sangre que hallaba
esparcidas por el pavimento de la iglesia, antes que
la gente entrase en el templo; él mismo sorprendió,
sin pretenderlo, a un religioso con unos alicates en la
mano restaurando un gran cilicio de cintura cubierto
de sangre ennegrecida; él admiró el ajuar de cada cel­
da, que consistía en una cama, formada por dos ban­
quillos de hierro, tres tablas, un jergón de paja, dos
mantas de estameña y una almohada también de paja;
una mesa con un crucifijo y algunos libros; una silla,
un trípode de madera con su albornía, un cantarillo,
una toalla de lino y un velón; él vió a los sacerdo­
tes y a los novicios hacer el aseo de sus celdas y
de los claustros, manejando la escoba con la misma
alegría con que luego manejaban la pluma para escri­
bir admirables conferencias y tratados; él asistió a sus
recreaciones, en las que siempre observó que la más
sana alegría se rezumaba de su interior en forma de
amenas charlas y edificantes optimismos, no obstante
la dureza de vida a que estaban sometidos. Y todo
esto cautivó más y más su corazón profundamente hu­
milde y abnegado.
— Con estos muros de defensa, se decía a sí mismo,
— 70 —

es imposible que el enemigo pueda abrir brecha para


asaltar el castillo de los votos religiosos. Aquí el alma
busca con afán las humillaciones: no puede rebelarse
contra la autoridad. El cuerpo goza en atormentarse:
no puede correr peligro la castidad. La privación y
el desprecio de toda comodidad flotan en todo el am­
biente como airón de gloria: está bien asegurada la
pobreza. La alegría ilumina los rostros y brota en
frases de cordial simpatía: la caridad reina con abso­
luto dominio. Aquí me llama Dios.
Libre de toda duda, y convencido de que con el
auxilio divino tenía fuerzas suficientes para sobrellevar
las asperezas de vida de los Agustinos Recoletos, se
presentó al P. Prior, y con tanta humildad como anhelo
le suplicó que se dignase admitirle para empezar el
noviciado.
El P . Prior, que lo conocía no sólo por el trato
que había tenido con él y por sus propias observa­
ciones sino también por los informes que había aa“
quirido de multitud de personas, le otorgó su consen­
timiento con visible satisfacción; porque en él veía un
futuro religioso que había de dar mucho honor al hábito
y mucha gloría a Dios.
Admitido como candidato por los Padres conven­
tuales del Consejo, procedieron éstos a realizar las
informaciones canónicas del caso, las cuales dieron el
resultado más favorable; en vista del cual fué admitido
por unanimidad para vestir el santo hábito.
Mientras la comunidad tramitaba estas diligencias,
— 71 —

é\ realizó las suyas, a fin de que todos sus asuntos


quedasen plenamente solucionados.
Informó a su tía Leonor sobre esta su resolución
definitiva por medio de un escrito que rezumaba la
alegría de su corazón, su gratitud sin límites a Dios
y su reconocimiento por lo mucho que aquélla se ha­
bía afanado en su favor: y al mismo tiempo ordenaba
lo preciso para la disposición de sus bienes, dejando
todo arreglado conforme a ley. Además le encargaba
que se despidiese en nombre suyo de todos los del
pueblo, y les pidiese oraciones para alcanzarle el don
de la perseverancia en su nuevo estado, prometiéndoles
en retorno las suyas, y aplazándolos a todos hasta el
cielo.
Con lágrimas de cariñosa emoción leyó Leonor la
carta; y le faltó tiempo para comunicarla a todos los
vecinos. Y era de ver la impresión que causó y los
comentarios que Inspiró la noticia en todas las tertulias-
— ¡Era un santol—decían.— A nadie que lo haya
tratado le puede extrañar que se haya hecho fraile.
JA ese lo hemos de ver en los altares!

* * *

Hechos los preparativos del caso, llegó el día 10


de noviembre de 1614; y previo el toque de campana,
se reunió la comunidad en el centro de la iglesia; y
tras corta oración, apareció el P. Maestro de novicios
Fr. Luis de San Agustín conduciendo a Francisco y
cinco jóvenes más, todos los cuales pasaban de los
— 72 —

veinte años de edad, como era lo ordinario en aque­


llos tiempos. A una indicación del P. Maestro, se pos­
traron los seis ante el P. Prior Fr. Valerio de la
Concepción, el cual les preguntó:— ¿Qué pedís?
— La misericordia de Dios y vuestra compañía.—
respondieron todos.
Entonces les dirigió una fervorosa exhortación, ex­
poniéndoles las asperezas y dificultades de la vida
religiosa y animándolos a perseverar en sus buenos
propósitos y afianzarse en su vocación por su coope­
ración a la gracia divina.
Luego mandó despojarlos de la capa exterior que
cubría su cuerpo y les fué vistiendo el santo hábito,
mientras pronunciaba la fórmula ritual y los declaraba
admitidos a la prueba de su vocación en el noviciado. (1).
Considerados desde aquel momento como miembros
de la comunidad, el P. Prior les dijo que, ya que
vestían como religiosos, debían también llamarse como
tales; para lo cual les invitó a que escogiesen y ma­
nifestasen el nombre con que querían llamarse.
E l más antiguo, andaluz, dijo que quería llamarse
Fray Lesmes de las Angustias. Francisco Terrero de

(1) Según la partido de bautismo, nació Francisco el 2 de junio de 1590: se­


gún una relación autobiográfica escrita por el mismo P. Francisco, cuyo copla
se conserva en nuestro archivo de Manila, formando parte del expediente de
beatificación realizado en Macao el año 1632, vistió el hábito de Agustino Re*
coleto en Vallndo'ld el dfa 10 de noviembre de 1614: y según la partida de
profesión religiosa firmada por él mismo, profesó el 11 de noviembre de 1615.
E s, pues, evidente que tomó el hábito a los 24 aflos y profesó a los 25 de edad;
y que, por tanto, estén equivocadas las lecciones históricas del Breviario, que
afirman que Ingresó en la Orden a los 17 anos de edad.
- 75 —

Ortega quiso denominarse Fray Francisco de Jesús: y


así continuaron los demás manifestando su nombre de
religión.
Con ese acío solemne comenzó para ellos el no­
viciado; es decir, el aprendizaje teórico-práctico del
ejercicio de todas las virtudes para aspirar a la per­
fección, y la prueba y experimento de fuerzas físicas
y morales para merecer ser inscritos definitivamente
como miembros de la Recolección Agustiniana.
Tan animoso y esforzado se sintió fray Francisco
desde el primer momento, que no solamente no encon­
traba dificultad en el cumplimiento exacto de lodo
cuanto preceptuaban la regla y constituciones, sino que
todo le parecía poco a su deseo de hacer mucho y
de subir con rapidez los peldaños de la perfección.
Acostumbrado a obedecer con alegría a sus edu­
cadores y maestros desde la infancia, la más leve
insinuación era ahora para él un verdadero mandato,
que se adelantaba a cumplir gozoso.
El despego de todo lo superfluo y aun de muchas
cosas útiles y convenientes en su época de libertad,
le hacía ahora agradable el verse privado aun de lo
más necesario.
La vigilante precaución con que procuró siempre
que ni el vaho de una mirada, de una lectura, de una
conversación o de un chiste empañase el brillo corus­
cante de su pureza, le facilitaba ahora su custodia
tranquila con la defensa de la modestia dominadora de
— 74 —

sus sentidos y con la ayuda eficaz de la mortificación


corporal, de la cual se sentía insaciable.
E l mejor condimento de su escasa comida era dis­
minuirla, dejando lo más sabroso de ella para los
pobres.
El ayuno trisemanal de todo el afio hubiera querido
él ampliarlo para sí sólo a diario, como lo hacía la
comunidad en cuaresma y adviento, si no fuera por
evitar singularizarse y porque no quería ni debía lla­
mar la atención de sus connovicios en las horas de
refección.
A las displinas señaladas por la ley añadía él otras
cruentas; y ceñía su cuerpo de áspero cilicio; aunque
esto lo hacía siempre con la venia del P. Maestro y
por consejo y con la limitación impuesta por su con­
fesor.
Se holgaba en llevar el hábito más viejo y pobre,
que él mismo se cuidaba de remendar, y en ejerci­
tarse en los menesteres más viles y despreciables que
exigían el aseo y la higiene del convento.
Este implacable rigor con su cuerpo procedía del
vil concepto que tenía de todo su ser; con el cual
lograba dominar todas las sublevaciones de su amor
propio y derruir por completo desde sus cimientos el
castillo del orgullo con los repetidos y formidables
arietazos de la paciencia, de la humildad, de la man­
sedumbre y de la caridad: y precisamente por esa ra­
zón, cuanto más riguroso era consigo mismo, tanta
— 76 —

más afable, benigno, generoso y servicial era con los


demás.
Jamás la adversidad o la prueba pudieron borrar
de su rostro la dulce serenidad, indicio cierto de la
quietud de su espíritu.
E l P. Maestro veía con íntima complacencia estas
manifestaciones de vocación cierta de Fr. Francisco;
y más de una vez alabó su conducta ante los demás
novicios; pero más que para proponerlo como modelo,
para probar la solidez de aquellas virtudes que apa­
recían tan arraigadas.
Como maestro experimentado, lo sometió a muchas,
muy variadas y muy duras pruebas; y de todas ellas
sacó la convicción de que aquella floración espléndida
y precoz había de dar ubérrimos frutos de virtud y
santidad.
Pero una de las pruebas, acaso la más hiriente, la
decisiva por su continuidad no interrumpida, a que se
halló sometido contra la voluntad del P. Maestro y
sólo por permisión divina, fué la de contar entre sus
connovicios a fray Lesmes de las Angustias.
Era este joven de carácter violento, orgulloso, pen­
denciero, corto de ingenio y largo de ambición, des­
provisto de preparación intelectual y moral, que, sin
duda, en un momento de alucinación o de arrebato se
resolvió a probar la vida religiosa.
En ésta encontró, como los demás, todos los me­
dios para destruir esas cualidades nada honrosas y
para convertirlas en preseas de honor y de gloria;
— 76 —

pero no prestó a esos medios su indispensable coope­


ración, y su reforma interior fué nula, con sólo las
apariencias de observancia exterior.
Poco le preocupaban los demás connovicios: pero
como fray Francisco era su verdadera antítesis, no
podía tolerar que éste le superase ni en los lances de
ingenio ni en los actos de virtud ni mucho menos en
el desempeño de cualquier oficio con visos de honorí­
fico, que se le confíase.
La envidia había nacido desde el principio en su
corazón; y, en vez de destruirla, la fué alimentando
hasta alcanzar lamentables proporciones.
Cualquier pretexto le servía para presentar en se­
creto al P. Maestro una denuncia contra fray Fran­
cisco; y cuando no hallaba pretexto, lo inventaba.
Las denuncias llovían; y llovían también las repren­
siones ásperas y las penitencias del P. Maestro sobre
el denunciado; el cual las aceptaba y cumplía humil­
demente sin desplegar sus labios en defensa propia.
De este medio se servía el P. Maestro para acri­
solar la virtud de su ejemplar novicio: pero después
de probada ésta, volvía siempre por el buen nombre
del humillado, para que los demás no se escandaliza­
sen teniendo como ciertas las faltas a él atribuidas, y
siempre le preguntaba ante todos:— ¿Es cierto, Fr. Fran­
cisco, que ha cometido esa falta? Y el aludido, hin­
cándose de rodillas, contestaba con candorosa since­
ridad:— No, padre.
La intención del denunciante aparecía entonces, ante
— 77 —

todos, en toda su repugnante desnudez, como un mo­


nitor que reclamaba cautela para no caer en la sima
de la envidia, en que se hallaba el falso acusador.

El P. Maestro, lamentando la triste y perniciosa


cualidad de éste, apuraba todos los medios para des­
truirla: pero ni sus amorosas exhortaciones ni sus re­
convenciones enérgicas ni los remedios más eficaces
podían curar aquella lepra del alma.

Fr. Francisco, por su parte, no había dado impor­


tancia alguna a nada de cuanto le sucedía; y mucho
menos había pasado por su mente suponer en su
connovicio inquina contra él. En esta persuasión le
trataba con la misma cordial afabilidad que a los de­
más, y con él alternaba en las inocentes recreaciones,
con la sencillez que le caracterizaba, y en las discu­
siones anodinas que suscitaba la casualidad.
En éstas, sin embargo, tenía que ceder siempre y
rendirse al criterio de Fr. Lesines; porque éste Jamás
consintió en aparecer vencido, aunque su derrota era
evidente en todos los casos.
Pero un día Fr. Francisco, olvidándose por aquel
momento del carácter irascible de su contrincante, y po-
seido de la certeza de lo que defendía, sostuvo con
ingenua convicción que la traducción al castellano que
él hacía de un pasaje de Cicerón era exacta, propia,
verdadera, conforme a todas las leyes gramaticales; y
que, por consiguiente, la que había hecho el otro era
incorrecta y defectuosa.
— 78 —

Se agrió Fr. Lesmes, defendiendo su opinión en


forma descompuesta.
Replicó Fr. Francisco con suma dulzura, mante-
teniendo la suya.
Apeló aquel al juicio de los demás, que le fué ad­
verso.
Y entonces Fr. Lesmes, en un ímpetu de ira, des­
cargó sobre el rostro de Fr. Francisco una gran
bofetada.
Rápido como un relámpago y sereno como un án­
gel, Fr. Francisco se hincó de rodillas y ofreció a su
agresor la otra mejilla para que repitiese el golpe.
Fr. Lesmes, corrido de vergüenza, bajó la cabeza.
Entonces se levantó Fr. Francisco y le dió un fuerte
abrazo, al mismo tiempo que imprimía dos besos de
ángel en las dos mejillas de su agresor.
— «jOh caso maravilloso y digno de toda pondera­
c ió n !» — exclama aquí el autor de la crónica, de la
»cual tomamos los datos de esta historia—(1)— «Acción
»fué ésta que causó general admiración a todos, y que
»causa hoy confusión a los que a ella se hallaron
^presentes; que aún viven algunos, cuando esto se
rescribe».
E l P. Maestro, que vigilaba a los novicios sin ser
visto por ellos, y que escuchaba la discusión, recibió
un amarguísimo disgusto al presenciar los efectos de
la ira de un novicio: pero fué intensamente com pen­

(1) Arch. Prov. Carp. 14—legr. 3.


- 79 —

sado por la honda satisfacción que le produjo el des­


agravio de Fr. Francisco, que con tanta perfección ha­
bía practicado la doctrina del divino Maestro Jesús.
Pocos días después el P. Maestro llamaba a Fray
Lesmes de las Angustias a su celda; y después de
exhortarle a no olvidar lo mucho y bueno que había
aprendido en el noviciado y a ser un buen cristiano,
le despojó del hábito religioso y le vistió el traje de
seglar, diciéndole conmovido:— Toma lo que es tuyo y
vete de nuestra compañía. Que Dios te ayude y te
bendiga.
La salida de Lesmes fué un nuevo motivo para
que los novicios redoblasen su fervor y practicasen
con mayor rigidez la observancia religiosa. Y nadie
como Fr. Francisco sintió el despido de aquél; porque
su ausencia le privaba de ejercitarse constantemente en
muchas virtudes y de atesorar méritos de vida eterna.
CAPITULO VII

Sum arlo: Ultima prueba.—Su profesión religiosa.—Acta de


Ja misma.—Júbilo espirituai.

C^ on la expulsión del novicio sin vocación ni en­


mienda quedó el noviciado tranquilo. Ya no tenían los
novicios enemigo visible con quien luchar; porque nun­
ca habían ellos provocado la lucha, sino que más bien
la habían rehuido: pero no por eso aflojaron en la
aplicación de los medios para adquirir la costumbre
de practicar todas las virtudes.
Por su parte el P. Maestro, al faltarle el incons­
ciente ejecutor de pruebas, no se descuidó en seguir
haciéndolas por sí mismo con todos ellos, y en espe­
cial con Fr. Francisco, en el cual veía algo extraño,
algo como dispuesto y predestinado por Dios para
edificar al mundo con sus ejemplos.
Aprovechó la circunstancia de la salida del novicio
como ocasión oportuna para enfervorizar su espíritu; y
tomando como tema aquellas palabras del divino Maes­
tro «Muchos son los llamados , pero pocos los esco-
- 82 —

gidos», les dirigió una plática emocionante, capaz de


sacudir con vibraciones intensas todas las fibras de
su corazón.
Los novicios la escucharon con tanto recogimiento
como agrado, mientras experimentaban en su interior
una fuerza poderosa, que les daba bríos más que su­
ficientes para llevar a cabo la obra emprendida.
El P. Maestro terminó su instrucción con esta pre­
gunta:— ¿Están todos resueltos a vivir sin desmayos
esta vida de sacrificio?
— Sí, Padre— contestaron todos.
—Fr. Francisco,— añadió, dirigiéndose a éste;—¿se
cree con méritos suficientes para hacer entre nosotros
su profesión religiosa?
— Quisiera tenerlos— respondió éste, hincándose de
rodillas.
— ¿Reconoce, pues, que no los tiene?
— Lo reconozco: pero estoy dispuesto a hacer todo
lo que me mande la obediencia para hacerme digno
de la profesión.
— ¿Y si la obediencia le manda que deje el hábito
y se vuelva a su casa?
— Cumpliré ciegamente el mandato.
—¿Y se irá tan tranquilo a vivir con su familia?
— Con la tranquilidad que dá la obediencia.
— Eso demuestra el poco cariño que tiene al hábi­
to y el ningún interés por ser profeso de nuestra
Congregación.
- 83 —

— Estoy dispuesto a hacer cualquier sacrificio por


vivir y morir siendo Aguslino Recoleto.
— ¿Pues cómo dice que se ¡ría tan tranquilo, si lo
despidiesen?
—Porque Dios haría que volviese a ser admitido.
— ¿Y si Dios no lo hiciese?
— El dispondría de mí. Yo no quiero hacer sino
su santa voluntad.
El P. Maestro, lleno de gozo interior, acabó de
convencerse de que aquella alma era escogida por Dios
para servirle en la religión, y tal vez predestinada pa­
ra ser instrumento de su gloria.
Entre tanto, había llegado el tiempo prescrito por
el derecho canónico para tratar decisivamente de la
admisión o dimisión de los novicios en orden a la
profesión religiosa; y a fin de cumplir las disposiciones
legales, el P. Prior Fr. Valerio de la Concepción ex­
pidió un decreto, autorizando al P. Maestro y Predi­
cador mayor Fr. Luis de San Agustín, para que, en
nombre de aquél y con todas las facultades requeridas
para el caso, fuese a la villa de Villamediana y en
ella hiciese información acerca de las costumbres, vida
y linaje del novicio Fr. Francisco de Jesús, que quería
profesar; y ordenándole que dicha información se ajus­
tase en todo a lo dispuesto por el sagrado concilio
de Trento, los sagrados cánones y las constituciones
de la Orden, examinando los testigos que fuesen ne­
cesarios y deponiendo todo afecto de odio, amor, in­
terés o súplica.
— 84 —

En virtud de este decreto, fechado en el convento


de San Nicolás de Tolentino de Agustinos Recoletos
de la ciudad de Valladolid a 20 de octubre de 1615,
salió el P. Luis a ejecutar su comisión y se presentó
en Viliamediana.
Enterado allí de cuáles eran las personas que me­
jor habían conocido a su familia, escogió tres de ellas
para que le facilitasen los informes necesarios, y pro­
cedió a la información canónica.
El día 25 del mismo mes, previamente convocados,
se presentaron a él como testigos Alonso Terrero, Juan
Barba y Alonso González, vecinos de Viliamediana; y
después de haberles leído un interrogatorio que cons­
taba de ocho preguntas, contestaron a ellas satisfac­
toriamente, manifestando los tres que habían conocido
muy bien a Francisco Terrero de Ortega y Pérez, así
como a sus padres Pedro y María y a sus abuelos,
todos los cuales descendían de limpio linaje; que Fran­
cisco era hijo legítimo de legítimo matrimonio, que no
conocían en él ningún defecto físico o moral y que
su conducta había sido siempre inlachable.
Cumplida su comisión, el P. Luis regresó a Valla­
dolid, y presentó al P. Prior su información escrita,
que, examinada por él mismo y por los PP. José de
San Agustín y Francisco de San Nicolás, fué aprobada
por encontrarla hecha conforme a derecho.
Reuniéronse después todos los Padres que formaban
el Capítulo conventual, y después de escuchar los
grandes elogios que hizo el P. Maestro de novicios
— 85 —

de Fr, Francisco de Jesús, fué este admitido con uná­


nime alegría a ia profesión religiosa.
Llegó el día 11 de noviembre del año 1615, y ya
desde muy temprano se notaba en el convento el aje­
treo de preparativos para una gran solemnidad. En el
centro de la capilla mayor se había colocado una al­
fombra con una almohada de estameña, y en el fondo,
mirando al altar, una mesa sobre la cual se veían el
ceremonial, las constituciones, el libro de los evangelios
y el de profesiones, más el recado de escribir.
A la hora competente, tres toques de la campana
del claustro interior convocó a la comunidad, la cual,
reunida en la sacristía, salió formando dos filas y se
dirigió a ocupar sus asientos preparados en la capilla.
Hecha una breve oración, apareció el P. Maestro de
novicios y detrás de él Fr. Francisco de Jesús, mos­
trando en su misma modestia angelical el placer místico
que embargaba todo su ser. Fué derecho hacia la me­
sa ocupada por el P. Prior, y allí postrado en tierra
pidió con íanta humildad como anhelo la misericordia
de Dios y la admisión definitiva en la Recolección
Agustiniana.
El P. Prior le contestó que indudablemente la mi­
sericordia de Dios había descendido sobre él, puesto
que había superado con facilidad durante un año to­
das las asperezas, mortificaciones y pruebas de la
vida religiosa; y que, en vista de ello, la comunidad
experimentaba suma complacencia en admitirlo como
miembro de la misma, si por su parte no había im­
— 86 —

pedimento alguno que lo estorbase. Entonces le mandó


poner su mano diestra sobre los evangelios y le sometió
al interrogatorio legal, al cual contestó satisfactoria­
mente el novicio bajo juramento. Y llegó el mo­
mento emocionante. Fr. Francisco, puesta su mano
diestra sobre el libro de los evangelios e hincado de
rodillas, leyó con voz velada por la emoción el acta
de profesión en latín, que pueden ver los lectores en
fotografía aparte, tomada de su original, y que aquí
ponemos en castellano: es como sigue:
»En el nombre de nuestro Señor Jesucristo ben-
»difo: Amén.
y>EI ano de la natividad de Nuestro Señor m il
»seiscientos quince, el día once del mes de noviem -
»Z>re, yo , Fray Francisco de Jesús, hijo legítimo de
»Pedro Terrero de Ortega y de María Pérez su le -
vigitima consorte, natural de la villa de Viliamediana,
»de la parroquia de Santa Columba , de la diócesis
*de Patencia , hago solemne, libre y espontánea pro-
»fesiónt y prometo obediencia a Dios omnipotente y
»a la bienaventurada siempre Virgen M aría y a nues-
»tro bienaventurado Padre Agustín, y a tí reverendo
»Padre F ra y Valerio de la Concepciónt P rior de
veste convento de San Nicolás de Toientinc de la
»Orden de los Descalzos de nuestro Padre San
»Agustín, en nombre y representación de nuestro re­
verendísim o Padre Nicolás del Santo Angel, Prior
^General de toda i a Orden de nuestro Padre San
»Agustín y de sus sucesores canónicamente estable-
}* \ . , ' .‘ ' ■__¿jm
nauuiitt/á^ V(fnnn> Jaa&if&m
yh ZW Vná^ivtJfnrnj^(^^íy^ &A* fhr/rr,
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Oírunt. Saník^T. WAtJguant. Qtmm*, AV/M
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íJ k
/I?

A c t a o rig in a l d e la p ro fe s ió n r e lig io s a del


P. F r a n c i s c o d e J e s ú s
— 88 -

y>cidost y vivir sin cosa propia y en castidad hasta


»/a muerte, según la regla de nuestro Padre San
»Agustín. En fe de todo lo cual suscribí mi nombre.—
»Francisco de Jesús. (Rubricado). — Fr. Valerio de la
» Concepción, Prior. (Rubricado) . — Fr. Luis de San
»Agustín > Predicador Mayor y Maestro de novicios .
yi(Rubricado) .»
Firmada el acta, Fr. Francisco, conducido por el
P. Maestro, fué al centro de la capilla, y tendido so­
bre la alfombra con los brazos en cruz y el rostro
apoyado sobre la almohada, permaneció dando gracias
a Dios por aquel singular beneficio, mientras toda la
comunidad, puesta en pie, cantaba con entusiasmo el
Te Deum laudamus, entre torrentes de armonía, que
el órgano desgranaba llenando toda la amplitud del
templo.
Terminado el cántico de acción de gracias, invocó so­
lemnemente el P. Prior las bendiciones del cielo sobre el
nuevo profeso, y entre la emoción y las lágrimas de los
concurrentes le dió un abrazo fraternal, abrazo que fué
recibiendo de todos y cada uno de los religiosos de
la comunidad, mientras el órgano acompañaba estas
manifestaciones de alegría con melodías que indicaban
el gozo que por este acto reinaba en los cielos.
Cesó el órgano; y a una señal del P. Prior salió
la comunidad de la iglesia. Los novicios se dirigieron
al oratorio del noviciado con el P. Maestro y el nuevo
profeso, y allí cantaron el himno Mague Pater Augus-
— 89 -

tine% terminándolo con las preces y oración de cos­


tumbre.
Luego el P. Maestro tomó del altar una corona de
flores naturales y la colocó sobre la cabeza del recién pro­
feso arrodillado, diciéndole: Recibe esta corona como
presagio de la corona de gloria , con que te ha de co­
ronar el Señor, por convertir en flores de méritos
de vida eterna las espinas de las tribulaciones de
la viday que encontrarás en la salvación de tas almas.
Resonaron enseguida efusivos parabienes entre fra­
ternales abrazos, y Fr. Francisco de Jesús salió del
noviciado conducido por el P. Maestro para ocupar
su celda entre los profesos.
CAPITULO VIII

Sum arlo: Satisfacción interior.—Tierno monólogo.—Estudio


en Pedrosa. — Pasa a Nava de! Bey. — Se ordena de sacer­
d o te—Graves escrúpulos — Celebra su primera misa.

D esde el momento de su profesión religiosa no sabía


Fr. Francisco cómo dar gracias a Dios por aquel fa­
vor tan extraordinario. Ya se habían disipado todas
las nubes de sus dudas e incertidumbres; ya no tenía
necesidad de preguntar cuál era la vereda que debía
tomar para llegar al término de su viaje; ya no sentía
aquellas inquietudes que le turbaron durante tantos
años por el deseo de acertar en su elección de estado;
ya sentía en su corazón el gozo inefable de ver col­
madamente salisfechos los anhelos de loda su vida;
ya era de Dios. A Dios había consagrado todo su
ser; a El se había unido con el triple vínculo de los
votos de obediencia, pobreza y castidad; y ahora del
fondo de su corazón brotaba un nuevo motivo, para
él acaso más poderoso que todos los demás, el de la
gratitud, que le impelía con tan dulce como irresistible
— 92 —

violencia a cuilivar en el campo inmenso de su espí­


ritu la semilla de todas las virtudes, para ofrendarlas
a Dios como diadema de perlas luminosas, como guir­
nalda de inmarchitables flores.
Ahora sabía él algo de las nitideces del alma pura,
en que se albergaba la castidad como en corola
de fragante azucena, cuyos aromas ascienden, como
desde rico pebetero, hasta mezclarse con el ambiente
que satura las mansiones celestiales. Ahora experimen­
taba él algo de las harturas del corazón henchido de
los efluvios de la pobreza evangélica, desdeñosa de
todos los bienes terrenos, que en su desprecio lleva
la carencia de toda necesidad. Ahora saboreaba él los
goces de una voluntad saciada y satisfecha en todos
sus anhelos, que con libertad libérrima había escogido
la ruta segura y recta de la obediencia, por la cual
se camina con estimulante suavidad y se llega sin fa­
tiga y con gloria a la cumbre del inmortal destino.
La observación natural le había enseñado que cuanto
más alto es un edificio tanto más profundos cimientos
necesita; que para que una semilla produzca agradables
flores o sabrosos frutos, necesita antes pudrirse bajo
la tierra; que el artista no presenta a la admiración
de los demás una estatua primorosa, sin que antes
haya sometido el bloque de mármol o de madera a
los duros y repetidos golpes del buril o del cincel,
que lo desbastan y perfeccionan; que los más exqui­
sitos perfumes no se obtienen sino sometiendo las de­
licadas flores a los extremados rigores del alambique;
- 93 -

que el rosario que llevaba pendiente de su correa y


el cilicio que ocultaba bajo su hábito no los había he­
cho tan perfectos sino después de retorcer y cortar
muchas veces el alambre y de aprisionar una a una
sus cuentas. Todo en la naturaleza le decía que, para
ser perfecto, debe sufrir antes el hiriente ataque del
instrumento que lo despoje de su imperfección.
Tenía además muy presente que el P. Maestro les
había explicado muchas veces que lo que sucede en
el orden de la naturaleza se realiza igualmente en el
de la gracia; y que en éste más que en aquél tiene
que estar el alma siempre vigilante, y frenar.do los
ímpetus violentos de las pasiones, que tienden a des­
peñarse velozmente hasta el abismo por los derrumba­
deros de los instintos viciados.
Sobre todo eslo, tenía los ojos de su espíritu
siempre fijos en el divino modelo Cristo Jesús, a quien
por tantos años había buscado con afán, y al cual se
había consagrado con íanto placer; y estaba resuelto
a cumplir fielmente su palabra. A sus divinos pies
crucificados se abrazaba temblando de amorosa emo­
ción, para pedirle que le quitase la vida antes que
manchase su alma con la nota de perjurio.
— No, Jesús mío, no lo permitáis —le decía en fer­
voroso monólogo. — Me habéis otorgado el privilegio
incomparable de la profesión religiosa, de este segundo
bautismo que ha dejado mi alma limpia y coruscante
como la gracia: no permitáis que la empañe el vaho
de la más ligera infidelidad. Me habéis admitido en
— 94 -

vuestra gloriosa milicia, vistiéndome con la librea de


vuestros aguerridos soldados: haced que nunca me
arredre el temor de pelear vuestras batallas y de man­
tener siempre inmaculado vuestro nombre, defendiendo
hasta morir vuestros derechos sacrosantos.
Con este temple de alma y con estos propósitos,
forjados a fuego de amor divino en su corazón, salió
del noviciado y comenzó la nueva vida de los profe­
sos. Jamás pudo pensar que su profesión religiosa y
la seguridad que esta le daba de no poder ser des­
pedido fácilmente de la comunidad despertasen en él
anhelos de libertad perjudiciales a la observancia reli­
giosa. Si en el noviciado se creía obligado a demos­
trar con obras su vocación, en el constado le urgía
el deber ineludible de confirmar su elección.
Sería refinada hipocresía,— pensaba él— y repugnante
vileza y grave cargo de conciencia hacer hincapié en
la profesión religiosa para abrir brecha en los votos
y en la observancia regular, dejando rienda libre a los
malos instintos, hipócritamente aprisionados durante un
año. Eso sería burlarse de Dios y aparecer en su di­
vina presencia como reo del más infamante perjurio
No: eso no podía suceder más que en seres demen­
tados.
Con esta convicción íntima dedicó todos sus es­
fuerzos a cultivar la semilla de todas las virtudes, que
con tanto cariño había depositado durante el noviciado
en el bien preparado agro de su alma: pero dos de
aquellas cultivaba con singular esmero y marcada pre­
— 95 —

dilección: la humildad y la mortificación. El había ob­


servado en propia experiencia que, si la primera se
asienta sobre un cimiento profundo y sólido, todas las
demás van brotando con exuberante profusión y des­
cansan inconmovibles y se elevan como árboles g i­
gantescos cargados de frescas y aromáticas flores y
de sabrosos y deleitables frutos: y había comprendido
que, siendo el cuerpo uno de los mayores enemigos
del alma, el mejor modo de prepararle una resurrec­
ción gloriosa era tenerlo sometido a perpetua servi­
dumbre, impidiendo que se convirtiese en director el
que había sido formado de vil y corruptible materia.
La humildad y la mortificación tanto interior como
exterior venían a constituir el alimento de su alma,
con el cual nutría a la vez y conservaba en toda su
pomposa lozanía a la obediencia, la pobreza, la cas­
tidad, la paciencia, la mansedumbre, la caridad y las
demás virtudes en todas sus múltiples formas y ma­
nifestaciones: ambas eran para él como dos alas po­
derosísimas con las cuales se despegaba de la tierra
y, sacudiendo las salpicaduras de los afectos munda­
nos, se elevaba hasta los vergeles paradisiacos del reino
de Dios.

* * *

En el mes de diciembre de 1615, al mes de haber


hecho su profesión religiosa, recibió orden de sus su­
periores de trasladarse al convento de Pedrosa, pe-
— 96 —

quefia villa de la provincia de Valladolid, para que


allí empezase los estudios de la carrera eclesiástica.
Con el mismo gozo con que había vivido en la
casa-noviciado salió de ella y entró en el diminuto
convento de Pedrosa. Era la obediencia la que lo dis­
ponía, y a Dios hay que servirle siempre con alegría.

Comenzó a estudiar artes con sus connovicios, ya


profesos: pero como su grado de instrucción estaba
a un nivel mucho más alto que el de éstos, por ha­
ber cursado latín y humanidades en el colegio de Pa­
lencia, pronto los dejó atrás en su carrera; y en me­
nos de ocho meses de repaso de asignaturas quedó
en disposición de pasar a estudios superiores.

Nueve meses estuvo en el pequeño convento de


Pedrosa, sirviendo de poderoso estímulo a sus compa­
ñeros para el estudio y la observancia regular con
sus edificantes ejemplos, y siendo para todos el ángel
de paz.
En septiembre de 1616 fué destinado al colegio de
Nava del Rey, populosa villa de la provincia de Va­
lladolid, con objeto de dedicarse al estudio de la sa­
grada teología y demás ciencias que debe saber todo
sacerdote: y si en todas las cosas ponía su mayor
ahinco para su exacto cumplimiento, porque así se lo
mandaba la dulce e irresistible voz del deber, en el
estudio de las ciencias eclesiásticas desplegó un inte­
rés extraordinario y una labor sin medida; porque en
ellas encontraba nuevas satisfacciones a su espíritu,
— 97 —

más amplios y risueños horizontes a su inteligencia,


más ardientes focos de vida amorosa a su corazón.
Con este amor al estudio, unido a su gran capa­
cidad intelectual, obtenía fácilmente el dominio de las
asignaturas, que su mente buscaba y perseguía con
impetuosa avidez: y a ese dominio, demostrado en
fustas literarias y disertaciones científicas, se agregaba
naturalmente, como espontáneo galardón, la gloria de
los elogios que profesores y condiscípulos le ofrecían
como ofrenda de admiración, que él sepultaba al ins­
tante bajo el cimiento de la humildad, mientras su
corazón lo ofrecía íntegro a la suma bondad de Dios.
Mientras él se entregaba por completo a la adqui­
sición de las ciencias y al ejercicio práctico de todas
las virtudes, llegó el tiempo que los superiores consi­
deraron oportuno para que Fr. Francisco de Jesús re­
cibiese el sagrado orden del presbiterado; y previo exa­
men de suficiencia y de vida y costumbres, en que
fué aprobado por unanimidad y elogiado por jueces y
capitulares, fué presentado al ilustrísimo Sr. Obispo
de Valladolid don Francisco Sobrino, que había anun­
ciado Ordenes mayores.
Eran las témporas de la Santísima Trinidad del
año 1618, y Fr. Francisco acababa de cumplir vein­
tiocho años de edad. Con él se reunieron en Valla­
dolid, procedentes de distintos conventos, veintidós
aspirantes al sacerdocio; parre de ellos, Agustinos Re­
coletos; y los demás, Carmelitas Observantes. El día
anterior a la ordenación se presentaron todos en el
— 98 —

palacio episcopal para sufrir el examen de suficiencia:


los Agustinos Recoletos fueron presentados al señor
Obispo por el P. Prior del Convento de Valladolid
Fr. Benito del Espíritu Santo, a quien acompañaba el
P. Diego de San José; y los Carmelitas, por el Pa­
dre Maestro Avendaño. Pero el prelado, que sabía por
experiencia que los religiosos que solicitaban recibir
órdenes sagrados iban siempre perfectamente instruidos
en las ciencias que exigen las disposiciones eclesiás­
ticas» no quiso examinarlos por sí mismo, sino que
en un rasgo de delicadeza mandó al P. Agustino Re­
coleto Fr. Benito del Espíritu Santo que examinase a
los religiosos carmelitas; y al Carmelita P. Avendaño
que examinase a los agustinos recoletos. El resultado
del examen lo declara Fr. Francisco de Jesús en una
de sus cartas con la ingenuidad infantil que siempre
le caracterizó, diciendo textualmente: «Por lo cual,
como el examen fuese de tafelán% todos salimos
aprobados». Suave como la seda, de que está for­
mado el tafetán, le pareció el examen a él, que estaba
muy bien preparado para sufrirlo muy riguroso.
Ordenado de sacerdote, regresó al convento de
Nava del Rey, donde no pensó en otra cosa que en
prepararse para celebrar su primera misa.
Oración prolongada, disciplinas, ayunos, cilicios,
mortificación de todos los sentidos y actos de profunda
humillación propia, por él mismo preparados, fueron
los peldaños por los cuales quiso subir hasta el trono
del altar, para ofrecer por primera vez el incruento sacrificio.
— 99 —

En estos preparativos llegó el día deseado, que


era el segundo domingo de junio. La iluminación es­
pléndida de un sol sin celajes, la temperatura prima­
veral tibia y suave, el ambiente saturado del perfume
de ¡numerables flores, la algarabía bulliciosa y rego­
cijante de las canoras aves, la canción rítmica y emo­
cionante del volteo de las campanas del convento de
Agustinos Recoletos, todos estos elementos parece que
se habían concertado aquella mañana para solemnizar
el gran misterio y para saludar al nuevo ministro del
Señor; lodos ellos parece que invitaban jubilosos a
los vecinos de Nava del Rey a participar de la ale­
gría de aquella fiesta religiosa. Y al convento acudie­
ron endomingados y gozosos, como acuden los hijos
al gran festín del padre de familias.
Momentos antes de la hora prefijada, el P. Prior
del convento, que iba a ser su padrino en tan solemne
acto, fué a la celda del P. Francisco para bajar con
él a la sacristía. Llamó a la puerta, y no escuchó
respuesta. Abrió suavemente y se encontró al nuevo
sacerdote arrodillado al pie de la mesa con los co­
dos apoyados sobre ella y sus manos sobre sus sie­
nes, ante un devoto crucifijo, derramando abundantes
lágrimas y diciendo entre sollozos: — ¡No soy dignol
iNo soy dignol
— P. Francisco,— !e dijo el P. P rio r,—vamos, que
ya es la hora.
— P. P rio r,— contestó aquél de rodillas y enjugán­
dose las lágrimas, — yo no puedo celebrar la santa misa.
— 100 —

— ¿Por qué?
— Porque no soy digno.
— Nadie hay en el mundo que sea digno de tan
augusto misterio: el único verdaderamente digno es
Jesucristo: pero El instituyó el sacerdocio, y dispuso
que sus ministros hiciesen y administrasen ese divino
sacramento.
— Los demás sacerdotes pueden hacerlo; pero yo......
— ¿Vuestra reverencia cree de coiazón que no es
digno?
— ¡Absolutamente!
— Pues yo le digo que, ante Dios, aquel es menos
Indigno que se considera a sí mismo más indigno.
— Pero yo estaría más tranquilo pasando a ser
hermano de obediencia.
— Sacerdotes y legos, somos todos hermanos e hi­
jos de la obediencia: y ahora ésta le manda celebrar
su primera misa.
Apenas el P. Francisco oyó la voz de la obedien­
cia, se levantó rápido y, adquiriendo repentinamente
su serenidad y su sonrisa habituales, bajó con el Pa­
dre P rior a revestirse de los ornamentos sagrados.
Llegado a las gradas del altar con sus ministros,
comenzó la solemne ceremonia con majestad soberana;
y desde aquel momento su rostro aparecía como trans­
figurado, absorto y abstraído de todo lo terreno y
atento únicamente a la ejecución de las sagradas ce­
remonias y al espíritu de las preces que iba recitando.
E l fervor del nuevo celebrante, que semejaba algo
- 101 —

así como una adoración angélica, fué prendiendo como


fuego divino en el corazón de iodos los concurrentes.
Los ministros se sintieron dominados por la más
santa emoción: los fieles fijaban en él sus ojos, como
atraídos por un halo de luz que penetraba en sus al­
mas purificando todos sus afectos: el mismo coro,
hondamente afectado por aquel dejo de su entonación
inefable, contestaba a la voz de sus oraciones litúr­
gicas con matices de perfecta armonía espiritual.
Llegó el momento solemne: tomó entre sus manos
la hostia bendita; y él, que temblaba antes de espanto
por considerarse el más indigno, ahora, sereno, tran­
quilo, como contando con la ayuda visible de un
ejército invisible de innumerables ángeles, pronunció
las palabras de la consagración, mientras su rostro
aparecía transfigurado por los fulgores apacibles de
la pureza y por el carmín abrasado del amor.
Reconcentrado en sí mismo y envuelto en una
placidez angelical continuó las ceremonias del gran
sacrificio; y al llegar a su consumación, recitó las
palabras Señor, no soy digno con tanta intensidad y
tan profunda convicción que las lágrimas de sus ojos
cayeron sobre los corporales, como si salieran del
alma después de haberla lavado de la más ligera
mancha.
Recibió a Dios que, a su humilde voz, se dignó
descender por vez primera a la hostia santa; y con
tan amorosa fuerza se unió a El, que desde entonces
nada le movía sino su amor y su gloria.
— 102 —

Terminado el augusto sacrificio, descendió con los


ministros hasta las gradas del presbiterio; y mientras
el coro cantaba con entusiasmo el magnífico himno
de acción de gracias, la muchedumbre se acercó a
besar sus manos ungidas y a dedicarle sinceres fra­
ses de felicitación.
Sólo una mujer no pudo articular palabra. Llegó
la última, besó sus manos, depositó en ellas dos
gruesas lágrimas ardientes de cariño, y se retiró en­
tre suspiros y sollozos de la más pura emoción, sos­
tenida por algunas señoras de Viliamediana.
Era su tía Leonor.
A le g o ría m isional
CAPITULO IX

Sum arlo: Anhelos de misionero.—Pasa a Salamanca.—Se


alista para Filipinas.—Su viaje a Cádiz.—Su vida en el m ar.—
En Méjico.—Su llegada a Manila.—Misionero en Tambales.—
Subprior y Maestro de novicios en M anila.—Es designado para
i r a l Japón.

•S u majestad católica el rey Felipe III había otorgado


una real cédula, fechada en Valladolid a 3 de abril
de 1605, a petición del venerable P. Provincial Fray
Juan de San Jerónimo, por la cual autorizaba a los
PP. Agustinos Recoletos para pasar a las Islas F ili­
pinas, fundar allí conventos y dedicarse a la evange-
lización y conversión de aquellos indígenas.
Esta autorización suscitó entre todos los religiosos
de los conventos de España vehementes deseos de
pasar a las misiones de ultramar; pero no todos se
sentían con fuerzas físicas suficientes para comenzar
la vida de misionero, que entonces, tanto o más que
ahora, era vida de continuo sacrificio: y entre los que
se ofrecían voluntariamente, por estar dotados de to-
- 105 —

das las condiciones físicas y morales, se hacía una


escrupulosa selección, designando únicamente a los
que habían dado pruebas inequívocas de poseer una
verdadera vocación misionera.
Así escogidos, fueron saliendo de España para las
misiones filipinas, desde el mismo año de 1605, varios
religiosos procedentes de distintos conventos.
Los misioneros, situados ya en su campo de ac­
ción, enviaban a sus compañeros de España detalladas
relaciones de su vida apostólica, fundadas en los he­
chos que les suministraba su propia experiencia, y los
animaban a seguir su ejemplo, porque la mies era
mucha y los operarios muy pocos.
Pero para animarlos a tan ardua empresa no tra­
taban de engañarlos con risueñas perspectivas, sino
que describían en sus cartas todo lo que sus ojos
veían, todo lo que la realidad les presentaba: y ésta
no era otra cosa que una serie no interrumpida de
privaciones, de disgustos, de incomodidades, de des­
precios y persecuciones, de todo lo que puede saturar
de mortificación la vida de un hombre; pero, eso sí,
todo conllevado, sostenido y dulcificado por la bondad
infinita y la ayuda eficaz de Dios, que no los desam­
paraba un momento y que inundaba sus corazones
de alegría cada vez que lograban una conquista es­
piritual, aunque no fuera más que la de bautizar a
un infante o a un adulto moribundo, a los cuales
abrían las puertas del cielo.
— Que vengan,— decían al final de sus cartas—que
— 106 —

vengan, si puede ser, muchos a ayudarnos; pero que


vengan los valientes, los abnegados, los héroes. Los
cobardes, los comodones, los egoístas no tienen lugar
en las misiones: que se queden ahí y que rueguen
por nosotros.
Estas cartas eran esperadas en los conventos de
España con acuciadora avidez y leídas con honda
emoción; y sus copias pasaban de unas comunidades
a otras como circulares de máxima importancia.
Desde que el P. Francisco de Jesús oyó la primera
lectura de ellas, sintió que nacía en su corazón un
vivo deseo de trabajar en aquella remota porción de
la viña del Señor, y comenzó a examinarse a sí mis­
mo, sometiendo sus propias fuerzas a la más alta
tensión del rigor.
Su cuerpo no le amenazaba con rendirse a los
repetidos y duros trances de la lucha, porque lo tenía
totalmente sometido a servidumbre. La comida, poca,
desabrida o nula, no le había de producir enervante
anemia hasta hacerle desmayar, porque ese era su
banquete diario, con el cual se mantenía tan enjuto
como fuerte. La carencia de comodidades y de enseres
útiles y aun necesarios en la vida ordinaria no sería
capaz de desmedrarlo ni abatirlo, porque lo tenía
acostumbrado a toda incomodidad y privación. Las
fatigas del trabajo y los rigores de la persecución no
podrían mellar su serenidad y fortaleza, porque día y
noche estaba bajo la áspera presión de los instru­
mentos de mortificación voluntaria. Su cuerpo, pues.
- 107 -

no había de rehusar ni aun extrañar la nueva vida


de abnegación y sacrificio.
¿Y su espíritu? ¿Arrostraría con calma y sin des­
mayo los furiosos ataques de la envidia, de la male­
dicencia, de la injuria, del ultraje, de la calumnia, de
la deshonra y humillación en todas sus formas?
Para luchar con estos enemigos había manejado él
con tanto valor como destreza unas armas, que siem­
pre le habían dado la victoria y en las cuales con­
fiaba para lo porvenir, y que él designaba con los
nombres de humildad, paciencia, mansedumbre y cari­
dad. ¿Por qué, manejadas siempre con el mismo tesón
y acierto, no le habían de llevar al triunfo?
Para ello contaba siempre con la ayuda divina,
que imploraba día y noche, postrado ante el sagrario
de la iglesia o ante el devoto crucifijo de su celda,
de donde le parecía que escuchaba siempre voces de
aprobación, de aliento y de victoria.
y para seguir las normas de la prudencia en asun­
to tan trascendental, expuso sus deseos y sus dudas
a su confesor y director espiritual, rogándole que le
manifestase en conciencia su parecer.
— ¿Lo ha pensado bien?— le preguntó su director.
— Hace tres anos que lo vengo pensando,— repuso
el P. Francisco:— desde el mismo día que hice mi
profesión religiosa he sentido deseos de hacerlo.
—¿Lo ha consultado con Dios?
— Todos los días le pido humildemente que me dé
a conocer su voluntad.
— 108 —

— ¿Y se siente inclinado a ello?


— Decidido, resuelto, anhelante.
— Entre el fervor de la vida del claustro es muy
fácil creerse capaz de llevar a cabo cualquier empresa;
pero las cartas que de allí se reciben declaran que
hay muy grandes obstáculos que vencer.
— No me asustan; más bien me atraen esos obs­
táculos.
— No olvide que de allí piden héroes.
— Yo no soy héroe; pero creo que podré hacer lo
que ellos hacen.
— Es que hay que ir allí dispuesto al sacrificio.
Ya sabe que, al año de llegar allí nuestros primeros
misioneros, o sea, el año 1607, el P. Miguel Bombau
de la Madre de Dios, zaragozano, estando en M ari-
veles predicando a los salvajes aetas , estos le ata­
caron furiosos arrojando contra él un toibellino de
piedras, como a San Esteban, muriendo muy pronto
a causa de las heridas. Y sabe también que, el año
1612, el P. Alonso de San Agustín, gaditano, murió
en Masínloc de un terrible golpe de machete que le
dió en el cuello un indio zambaleño, mientras el Pa­
dre catequizaba a los indios de Cigayán. Dos márti­
res en cinco años.
— Sí; lo tengo muy presente, y les envidio la suerte.
— ¿De manera que está dispuesto a dar su vida
por aquellos indios?
— El día de mi primera comunión ofrecí al divino
— 1C9 -

Jesús mi vida enlera. Ahora la daría muy a gusto


por la salvación del alma de un sólo indio.
— Dios le bendiga, P. Francisco. Pida, pida a los
superiores que le manden a misiones. Dios le ha es­
cogido para misionero.
Besó humilde y agradecido el P. Francisco la mano
de su director, y se retiró a su celda rebosando de
gozo, dispuesto a solicitar ser incluido en la primera
lista de misioneros para Filipinas.
Pero los superiores, que tenían abundantes prue­
bas de sus excelentes cualidades, habían formado, sin
duda, sobre él muy distintos proyectos: y en septiem­
bre del año 1618 le dieron orden de que se trasla­
dase al convento de Salamanca, para perfeccionarse
en la teología y ampliar sus estudios de derecho
canónico.
Obediente y dócil a la voz de la obediencia, sa­
lió tranquilo y sereno de Nava del Rey para su nuevo
destino; y comenzó el curso con el mismo afán e in­
terés que si se tratara del principio de su carrera.
Comprendió, sin embargo, que el exacto cumpli­
miento de la orden recibida no era obstáculo para
presentar su solicitud a los superiores, en súplica de
que le autorizasen pasar a misiones, acompañada de
las muchas razones que su encendido corazón, más
que su clara inteligencia, le inspiraba; y así lo hizo.
Había llegado por entonces al convento de Sala­
manca la carta-circular que enviaba a España el Padre
superior de Filipinas, refrendada con el visto bueno
- 110 -

del reverendísimo P. Vicario General de la Congre­


gación, que lenía por objeto hacer la leva de religiosos
para aquellas misiones ultramarinas.
Los que se sentían con vocación para ello se ins­
cribían voluntariamente; y la lista, así integrada por
religiosos de todas las casas de España, era presen­
tada para su aprobación al Rvmo. P. Vicario General,
el cual la confirmaba o la modificaba, según los in­
formes secretos que recibía de los superiores locales
sobre cada uno de los inscritos.
El P. Francisco de Jesús firmó el documento el
primero con pulso firme y sincero gozo de su alma.
Corrió la lista, de mano en mano; y, al enterarse
todos de que aquel religioso ejemplar se trasladaba a
tan lejanas tierras, nadie pudo oponer un pero a su
resolución; pero se manifestó enseguida un sentimiento
general de pena por la separación del hermano, a
quien todos distinguían con frases de la más alta
estimación.
Pronto, sin embargo, renació la placidez de espíritu,
impuesta por una convicción íntima, que salía de todos
los labios como condensada en estas palabras:— De­
jadle que vaya. Ese ha de brillar como héroe en el
cielo del cristianismo. Lleva en sus venas sangre de
mártir.
Obtenida la necesaria autorización, comenzó el Padre
Francisco a hacer sus preparativos de viaje: y como
no sentía afecto alguno a las cosas materiales, se
preocupó únicamente de fortificar su espíritu con las
— 111 -

armas de una más intensa y prolongada oración y de


una más dura y constante mortificación y penitencia.
Acostumbrado ya a manejar esas armas invencibles
y tan necesarias para triunfar en los combates que le
esperaban, salió radiante de gozo del convento de
Salamanca el día 19 de abril de 1619 con dirección
a Madrid, para continuar desde allí a Sevilla y Cádiz,
en cuyo puerto debía embarcar para Filipinas.
En aquella época el traslado personal a grandes
distancias era un problema erizado de dificultades y
molestias, que apenas se puede comprender, sobre
todo, si se compara con los abunfantes, rápidos y có­
modos medios de locomoción y transporte que existen
en la actualidad.
Por caminos sin apisonar, surcados de baclies y
estriados por las llantas, pasaban al ritmo lento del
paso de las caballerías de tiro entoldados carros y
galeras, o corrían más veloces encascabeladas mulillas
arrastrando una diligencia, abarrotados aquellos y esta
de personas, cestas y hatos, y envueltos todos por
nubes de polvo o aguantando los rigores de la lluvia
o de la nieve.
A largos trechos se encontraban a la vera del ca­
mino amplios mesones, que servían para reparar las
fuerzas de los viajeros, dejar unos, tomar otros, y
cambiar de tiro para continuar el viaje.
Las jornadas en esa forma eran largas y fatigosas
en extremo, pero ineludibles, si se había de establecer
contacto entre personas o lugares distantes.
— 112 —

Veintitrés días tardó el P. Francisco en su viaje


de Salamanca a Sevilla, a donde llegó el día doce
de mayo.
En Sevilla se reunieron todos los demás religiosos
agustinos recoletos que, entre los muchos ofrecidos,
habían sido designados para ir a las misiones, y que
completaban el número de dieciocho.
Se detuvieron allí el tiempo necesario para que en
la oficina de contratación los inscribiesen en la lista
oficial de expedicionarios de ultramar, después de con­
signar sus nombres, los de sus padres, pueblo de
origen, edad, estatura del cuerpo, color y demás da­
tos necesarios para identificar en cualquier caso sus
personas; requisito exigido por su majestad el Rey,
porque él contribuía con una importante cantidad a
sufragar los gastos del viaje marítimo de los misioneros.
Cumplido ese requisito, se trasladaron a Cádiz; y
el día 24 de mayo de 1619 se embarcaron los die­
ciocho en aquel puerto, presididos hasta Méjico por
el P. Comisario Fr. Cristóbal de San Agustín (a) de
la Peña.
Dos días estuvieron en aguas del puerto embar­
cados en la nave, mientras en esta se hacían las
provisiones necesarias para tan largo viaje: y el día
veintiséis el galeón se hizo a la vela con tiempo bo­
nancible.
Los hombres de ciencia no habían soñado siquiera
todavía en separar los continentes de Asia y Africa,
unidos por el istmo de Suez, y en convertir este en
— 115 —

canal navegable que uniese el Mediterráneo con el


mar Rojo: por eso el viaje de España a Filipinas se
realizaba atravesando el océano Atlántico, Méjico y el
gran océano Pacífico.
Viéndose el P. Francisco en medio del Atlántico»
no sabía cómo alabar a Dios, a quien reconocía en
la soberana inmensidad del mar, en el fragor de las
olas, en el rugido de las tormentas, en el fulgor de
los relámpagos, en el ímpetu del huracán, en el vai­
vén de la nave, en la serenidad de la calma chicha,
en el espejo terso del agua, en la infinita variedad
de las ondas, en las bellísimas irisaciones de la luz,
en la multitud y diversidad de formas de los peces,
y en el grandioso espectáculo de ver al sol emerger
de las aguas y sumergirse en su abismo insondable.
Ante tanta magnificencia su espíritu se remontaba
hasta el trono de Dios para adorarle de rodillas, y
de allí descendía luego resuelto a comunicar a los
demás el fervor que encendía su corazón.
N o contento con seguir a la comunidad en todos
los actos (que ésta practicaba con el mayor rigor lo
mismo que en los conventos, cuando el tiempo y el
mar lo permitían), él se mezclaba entre los pasajeros,
que eran muchos y de muy distinlas ideas e inclina­
ciones, y sobre ellos derramaba en amenas charlas y
disertaciones la semilla de la verdad y del bien, con
tanto éxito que aun a los más reacios veía rendirse
a su simpatía y a sus razones y cumplir fervorosos
sus deberes de cristianos.
- 114 -

Pero había otros en la nave que le atraían acaso


con más fuerza; eran los que formaban la tripulación,
los grumetes, los galeotes, todos aquellos que estaban
sometidos a una labor constante y ruda, a un trabajo
tan duro como mal remunerado, que a veces les obli­
gaba a maldecir de su destino.
A estos se acercaba con carino fraternal, con efu­
siones de padre; y les hablaba y los animaba y los
obsequiaba con regalos que él pedía a los pasajeros
y con viandas que él recogía o se quitaba de su
boca.
En los días de completa calma, en aquellas mor­
tales horas en que faltaba en absoluto el viento que
hinchase las velas y empujase la nave, él descendía
al antro de los galeotes, y sustituía en el manejo del
remo a los más fatigados o los más rebeldes, mien­
tras vertía sobre ellos el bálsamo de la resignación
cristiana y lograba que brillase en sus mentes la luz
de la doctrina evangélica.
Desde los primeros días del viaje se propuso es­
tablecer la catequesis entre los grun eles y no tardó
mucho tiempo en conseguir su objeto.
Los domingos, en los ratos libres de servicio, los
convocaba y les dirigía sabrosas y amenas pláticas,
que al mismo tiempo ilustraban sus inteligencias y
enternecían sus corazones. Al principio hubo muchos
que se resistieron a acudir a su invitación y no po­
cos que despreciaban sus enseñanzas: pero tenía tal
donosura en la exposición de la divina palabra y
— 115 —

tanta simpatía en su trato, que poco a poco logró


ver reunidos a todos: y al final del viaje fueron ellos»
todos, los que le buscaban para que los instruyese,
para hacer con él una dolorosa confesión de sus pe­
cados y para lamentar su próxima separación; senti­
miento que expresaron colectivamente el último día,
haciéndole objeto de una tierna manifestación de
despedida.
Después de serios contratiempos, de largas calmas,
de horribles tormentas y de graves averías, ancló
la nave en el puerto de Veracruz el día 24 de agosto
del mismo año, a los tres meses justos de haber
embarcado en Cádiz los pasajeros.
En Veracruz desembarcaron todos: y mientras los
mercaderes se dedicaban afanosos a colocar su an­
cheta, los misioneros acudieron solícitos al templo
para dar gracias a Dios por haberlos librado de todo
mal durante tan penosa y larga navegación.
Después de descansar unos días, continuaron la
ruta de su destino, y llegaron a la ciudad de Méjico
el día 12 de septiembre del mismo año.
Como la navegación directa de Méjico a Filipinas
era entonces tan rara que apenas la hacían uno o
dos barcos al año, todos los que habían de atrave­
sar el océano Pacífico se veían precisados a esperar
en Méjico la oportunidad de embarque.
Por esta razón el P. Francisco y sus compañeros
tuvieron que permanecer en Méjico cerca de siete
meses: tiempo que él aprovechó para enfervorizar más
— 116 —

y más su espíritu, para evangelizar a los indígenas


con su palabra y con su ejemplo y para prepararse
mejor para la campana que en otras regiones le
esperaba.
Com o los Agustinos Recoletos no tenían todavía
allí convento donde aposentarse (ya que fundaron la
Casa-Hospicio de Méjico el año 1657), fueron cariño­
samente recibidos y fraternalmente hospedados en el
convento de los Agustinos Calzados; los cuales apre­
ciaron muy pronto en el P. Francisco el gran tesoro
de virtudes, que él conservaba entre asombrosas pe­
nitencias.
M alinalco, primero, y después Ocuila fueron testi­
gos del ardiente celo por él desplegado en la salva­
ción de las almas. La predicación a los adultos, la
catequesis a los niños, las visitas a los enfermos, las
limosnas a los pobres, la ayuda personal a los des­
amparados ancianos, eran los medios de que se valía
para establecer en todas partes el reinado de Cristo:
y luego, cuando la voz de la obediencia le obligaba
a volver al convento después de una labor incesante
y ruda, daba por reposo a su espíritu la quietud de
una larga oración, y a su cuerpo el consuelo de la
más hiriente mortificación, unida a) más exacto cum­
plimiento de la observancia regular.
No es extraño, en vista de esto, que aquellos fer­
vorosos Padres Agustinos Calzados se honrasen y
gozasen con su huésped, que lo distinguiesen con su
efusivo cariño y santa admiración, y que la fama de
- 117 -

sus virtudes perdurase entre ellos y entre todos los


seglares por muchos años, después de su partidat
como un vivo despertador de sus piadosos anhelos.
Cuando más entretenido estaba en su ajetreo apos­
tólico, recibió orden de agregarse a los demás mi­
sioneros y de ponerse en ruta para continuar el viaje.
Llegaron pronto a Acapulco, que era el puerto de
embarque, pero no todos; porque de los dieciocho
que salieron de España, cinco quedaron en Méjico
por disposición de los superiores, con encargo de
fundar conventos de la Orden en Nueva España; y
cuatro estaban impedidos por el rigor de grave en­
fermedad.
Reuniéronse, pues, en Acapulco nueve religiosos
bajo la presidencia del P. F r. Onofre de la Madre de
Dios; y el día 9 de abril de 1620 se embarcaron con
rumbo a las islas Filipinas.
Durante la travesía volvió a ejercer el P. Francisco
su apostolado entre los pasajeros y entre todos los
individuos de la tripulación con edificante abnegación
propia y con abundante fruto espiritual.
El viaje a través del mar Pacífico, sobre un ga-
l:ón pequeño y desprovisto de toda comodidad, fué
fecundo en averías, calmas, tempestades y contratiem­
pos de toda clase. No parece sino que todos los ele­
mentos se habían confabulado contra aquel insignifi-
canre n^vío, perdido en la inmensidad del mar, para
impedir que llegase a su destino.
Entretanto el P. Francisco, fuerte e impertérrito
— 118 —

como un cantil, acudía con solicitud de madre a los


que yacían sobre sus literas sujetos por la garra del
mareo, de la fiebre o de cualquiera otra afección-
maligna.
Verdadero artífice espiritual, él ponía paz en las
contiendas, luz en las dudas, seguridad de triunfo en.
los peligros, esperanza en las inceríidumbres, valor
en los decaimientos, alegría en las nostalgias, dina­
mismo en las indolencias y calor y salubridad en todas
las manifestaciones de la vida de a bordo. El contri­
buía eficazmente con su amorosa actividad a borrar
la monotonía de tan larga y penosa navegación.
Entre tantas molestias e inquietudes, por fin, la
nave fondeó en el puerto de Manila el día 16 de
agosto del mismo año, después de cuatro meses y
una semana de incierta y agitada travesía.
El galeón lanzó al viento la señal de su llegada*
y pronto salieron del muelle lorchas y botes llevando
a las autoridades de la ciudad, que habían de auto­
rizar el desembarco, y a buen número de españoles
y de indios, que iban, los unos para abrazar a sus
amigos, y estos para desembarcar el equipaje y la
carga del navio.
Apenas vió el P. Francisco a los indios legítimos,,
tal como él se los había figurado en sus ratos de
meditación, casi desprovistos de vestidos, tostados por
el sol, con sus facciones típicas y con todo su as­
pecto semisalvaje, se le fueron los ojos, el corazón
y las piernas tras ellos, y comenzó a acariciarlos y
- 119 -

hasta intentó dar principio a su conquista con las pri­


meras palabras del catecismo. Pero la palabra ambut,
(no sé), repetida por todos ellos con marcada indife­
rencia, le dejó frío y le convenció de que necesitaba
aprender su dialecto para no perder el tiempo.
Saltaron todos a tierra y se dirigieron al convento
de San Nicolás de Tolentino de Agustinos Recoletos,
donde, acompañados de la comunidad, dieron gracias
a Dios públicamente por el feliz éxito del viaje.
Un mes llevaba en el convento el P. Francisco,
entregado a sus austeridades y al estudio del tagalo,
cuando recibió orden de trasladarse a Cavite Puerto;
a donde pasó el 16 de septiembre, sin duda, para
descansar y reponer sus fuerzas debilitadas por la
aclimatación.
Pero como su único anhelo era la conversión de
las almas, pidió con insistencia a los superiores que
le enviasen a un centro de misiones vivas; y como
las más difíciles y peligrosas eran entonces las de
Zambales por el carácter fiero de los indios zamba-
leños, por su vida montaraz, por el apego a sus de­
pravadas costumbres, por el fervor a su vergonzosa
idolatría, por su oposición a todo trato con blancos,
por el amor a su independencia salvaje y por el fu­
ror bélico contra cualquier extraño, estas fueron ex­
presamente designadas en su petición: y a ella acce­
dieron de buen grado los superiores, que conocían
muy bien las dotes de misionero que adornaban al
humilde súbdito.
— 120 —

No había terminado septiembre, cuando ya se tras­


ladó a Masínlog, que era como el cuartel general de
los misioneros, desde el cual salían a hacer sus co­
rrerías de investigación por las selvas y los montes.
Con el Padre misionero de Masínlog estudió el
dialecto regional, al mismo tiempo que de aquel reci­
bía, como preparación necesaria para su ministerio,
informes detallados acerca de la vida, carácter, usos
y costumbres de los zambaleños, y prudentes normas
y consejos sabios para poder acercarse y convivir
con ellos.
A los tres meses ya estaba en disposición de en­
tenderse con los indios; y a fines de diciembre del
mismo año 1620 fué destinado a Bolinao, donde co­
menzó su vida activa de misionero.
Haciéndose todo para todos, no se daba punto de
reposo en la evangelización de aquellos infieles, en
busca de los cuales penetraba en las más enmaraña­
das fragosidades de los bosques, hasta que lograba
su contacto en misérrimas madrigueras. Su presencia
en estas era frecuentemente recibida con visible hos­
tilidad, manifestada en el brillo de afilados bolos y
campilanes que blandían expertas manos en actitud
hosca y recelosa: pero su rostro risueño y atrayente,
su atuendo humilde y sencillo y su voz dulce y per­
suasiva embotaban el filo de aquellas armas, paraliza­
ban los músculos de aquellos brazos y trocaban aque­
llos instintos de agresión en quietudes de calma sedante
y curiosa, que le facilitaban el camino para establecer
— 121 —

una mutua corriente de simpatía, por la cual dejaba


caer en abundancia la semilla de la verdad y del bien.
No le faltaban ocasiones en que todos sus recursos
invenciones se estrellaban contra la roca de la su­
perstición fanática de algún dios-dios erigido en sumo
sacerdote, o de la bárbara tiranía de algún reyezuelo
de Iribú o jefe de aefas. Insumisos e irreductibles
estos ante todas las apariencias del bien que les ofre­
cía el misionero, le daban a entender con feroces
gestos y amenazadores ademanes que sólo con la
huida podía salvar su cabeza. Pero él, impertérrito y
sereno, llevando hasta el último límite la prueba de
resistencia, insistía en proponerles la aceptación de
unas verdades sencillas, que llevaban aneja la práctica
de unas costumbres más suaves y provechosas, y de
una vida más confortable y feliz: y cuando él hala­
gaba la idea de que la convicción empezaba a posarse
sobre aquellos ásperos cerebros, se sentía acometido
y obligado a huir en rápida carrera, dejando entre
las breñas y el boscaje girones de su vestido y sal­
picaduras de su sangre, al mismo tiempo que su co­
razón palpitaba violento y anhelante por la fatiga y
oprimido y doliente por el fracaso de su labor.
Como ciervo acosado por la jauría, buscaba refu­
gio en su humilde choza de caña y ñipa; que no
otra cosa era su convento de Bolinao; y allí, jadeante
y exrenuado, sin cuidarse de sí mismo ni de reparar
sus fuerzas, se postraba de hinojos ante la imagen
de jesús crucificado, y con la frente apoyada sobre
- 122 -

el suelo, elevaba su pensamiento y su corazón hasta


el trono de Dios, pidiéndole en oración ferviente que
ablandase con su gracia aquellos empedernidos cora­
zones; y luego con prolongadas y sangrientas disci"
plinas imploraba que descendiese sobre aquellos ciegos
infelices la luz esplendorosa de la fé.
De la oración y de la penitencia y, sobre todo,
del santo sacrificio de la misa, que celebraba todos
los días con fervor seráfico, acompañado de abundan­
tes y tiernas lágrimas, salía tan robustecido y resuelto
para la lucha que, encoraginado por las mismas de­
rrotas recibidas por él del enemigo infernal, iba de
nuevo a su mismo campo a provocarle al combate.
Pero ahora su ingeniosa caridad le había sugerido,
como a buen pescador de almas, atraer a estas con
cebo: y unos abalorios, unos rosarios y unas cintas
de colorines chillones, distribuidos a los montaraces
rapazuelos, despertaron la codicia de sus madres, y
acabaron por captar la curiosidad y luego la benevo­
lencia de aquellos hombres indómitos; a los que, poco
a poco, y con rasgos incesantes de abnegación y
generosidad fué atrayendo al redil de Jesucristo.
Lo que no habían logrado otras Ordenes religiosas,
como las de los jesuítas y dominicos, que se habían
visto obligados a abandonar los campos zambaleños
por su absoluto fracaso» lo consiguió el P. Francisco
con su caridad inagotoble y con su labor abnegada y
perseverante; dejando el camino expedito para que sus
sucesores y hermanos del mismo temple misionero que
— 125 -

él, los PP. Agustinos Recoletos, convirtiesen aquel erial


en amenísimo jardín de virtudes cristianas.
Nunca pueden olvidar los hijos de Bolinao la gratí­
sima memoria del P. Francisco de Jesús, a quien re­
conocen como el fundador de su hoy flloreciente civi­
lización.
Afanado se hallaba en tan fructuosa y noble em­
presa, cuando recibió orden de sus superiores de tras­
ladarse a Manila: y aunque él sentía en el progreso
espiritual de aquella viña del Señor una esperanza
cierta de la total conversión de aquellos indios, ren­
dido a la voz de la obediencia, salió de Bolinao para
la capital del archipiélago el día 2 de septiembre de
1622.
Demacrado, denegrido, extenuado por el trabajo y
las privaciones le vieron llegar al convento de San
Nicolás de Manila los superiores: y comprendiendo que
necesitaba descanso para reponer sus fuerzas, le exi­
mieron de obligaciones penosas, a fin de utilizarlo lue­
go en beneficio de la comunidad Pero él, que consi­
deraba el trabajo y la mortificación como alimento, no
acertaba a usar de la exención; y, sin darse cuenta,
seguía a los demás religiosos en todas las prácticas
conventuales.
Honda satisfacción producía en los superiores el
proceder del P. Francisco, a quien calificaban de mo­
delo perfecto de religiosos: y con esta convicción, sin
tener en cuenta que apenas llevaba cuatro años de
sacerdote, porque sus virtudes le daban el valor de
— 124 —

larga y edificante edad, determinaron ponerlo sobre el


candelabro, para que la luz de sus santos ejemplos
iluminase a todos sus hermanos: y con fecha 21 de
octubre de 1622 fué nombrado Subprior del Convento
de San Nicolás de Manila y Maestro de novicios.
Asombrado de tal designación, opuso a ella todas
las armas de su humildad; pero ante el ímpetu arro­
llador de la obediencia se vló obligado a ceder, y a
aceptar tan honroso cargo: y muy pronto se vió que
el honor recibido, lejos de aflojar los resortes de su
espíritu, cimentó más sólida y profundamente sus vir­
tudes características, su humildad, su penitencia, su ab­
negación y su laboriosidad.
Incansable en el ejercicio de los más viles menes­
teres, él era el primero con su acción personal en la
limpieza del convento, sin excluir los lugares comunes,
en la reforma y decoración de las oficinas, en la res­
tauración de todo lo averiado, en el uso propio de lo
más abyecto, en la privación de lo más necesario para
sí mismo, y, al mismo tiempo, en el desprendimiento
más amplio y generoso para con los demás.
Todo esto lo sazonaba con las caricias de un áspero
cilicio y con el ropaje de una modestia tan ejemplar
como risueña y atractiva, que arrastraba dulcemente a
todos a seguir sus huellas.
Su descanso, más que el sueño, que él lo hacía
corto y modificador, era la oración; en la cual recon­
centraba su espíritu con tanta fuerza que parecía un
cuerpo inerte. De ella salía como rejuvenecido y con
— 125 -

bríos poderosos para el ejercicio incesante de todas las


virtudes. De ella se trasladaba al altar a celebrar e)
santo sacrificio de la misa; y aquí era, en cambio»
donde su espíritu salía al exterior en manifestaciones
de abundantes y ardientes lágrimas, en espontáneos y
fervorosos suspiros y en pausas de tan sensible inten­
sidad amorosa que comunicaba la emoción a todos los
circunstantes.
Entre ese ajetreo de actos de virtud, una idea fija
era la obsesión de su mente, uno sólo era el deseo
de su corazón: la conversión de los pecadores, la sal­
vación de las almas. Todos sus actos no tenían otro
objeto que procurar hacerse digno ante Dios de que le
concediese la gracia de ir como apóstol a las misio­
nes más difíciles: y Dios escuchó sus plegarias.
Cuatro meses no cumplidos llevaba en el convento
de Manila como Subprior y Maestro de novicios, lle­
nando el ambiente con el perfume de sus heroicas vir­
tudes, cuando el P. Provincial Fr. Andrés del Espíritu
Santo, accediendo a sus reiteradas súplicas, le autori­
zó para ir a las misiones del Japón, donde se des­
arrollaba entonces la más feroz persecución contra la re­
ligión cristiana.
Desde ese momento se dedicó totalmente a dar gra­
cias a Dios por favor tan señalado y a prepararse
con vida más austera y mortificada, para sostener con
valor las formidables luchas que le esperaban entre los
idólatras japoneses.
Y mientras llega el momento de su partida, dejé­
mosle en Manila, para presentar a su compañero de
misión el P. Fr. Vicente de San Antonio.
CAPITULO X

El P. Vicente de San Antonio


Sum arlo: Su patria.— Sus p a d re s .-S u nacimiento.— E ra es­
pañol.— Su carácter.— Conflictos domésticos.

L a parte más meridional de la república portuguesa


está formada en toda su anchura por la provincia de
Algarbe, que es la más pequeña de las ocho en que
se divide el territorio portugués.
Algarbe es una modificación del nombre árabe E l
Gharb , que significa País de Poniente , y que le fué
impuesto por los árabes durante su larga dominación
del territorio desde el siglo octavo hasta el décimo-
tercero.
E l reino moro se extendió hasta el litoral marroquí,
con los nombres de Algarbe Aiem-mar y Algarbe
Aquem-mar> correspondientes a la costa de Europa y
a la de Africa: y por eso se usó también a veces el
plural Algarbes.
Durante el siglo xv tuvo extraordinaria importancia,
por haberse establecido el infante don Enrique en S a -
— 128 —

gres, desde donde preparó aquellas famosas expediciones


ultramarinas, que dieron a Portugal tanta gloria como
provecho. Por eso, sin duda, el heredero de la corona
de Portugal llevaba el nombre de Príncipe de los
Algarbes.
En el límiie meridional de la provincia de Algarbe,
situado en la misma costa marítima, hay un pueblo
limpio y coquetón, que semeja con sus casas una ban­
dada de blancas palomas, posadas como vigías del
horizonte, y arrulladas por la sinfonía, a veces grata
y a veces salvaje, de las olas y del viento.
Ese pueblo es Albufeira ; bella población marítima
de unos seis mil habitantes que dista unos treinta ki­
lómetros al O N O de Faro, que es la sede episcopal
y la capital de la provincia. Tiene estación de ferro­
carril en la línea de Lisboa a Faro, y una amplia
rada, que es un buen fondeadero. Por aquella parte
del mar abundan los atunes, de los cuales se hace
gran pesca con no poco provecho para los habitantes
del pueblo, que en ello tienen una fuente de riqueza.

Por los afios de 1590 vivía en Albufeira un matri­


monio, que llevaba fama de ser el más rico del pue­
blo, y que era indudablemente el más querido y res­
petado por todos sus habitantes.
Poco más de dos años hacía que había llegado
allí el arrogante y gallardo joven Antonio Simoens,
después de terminar brillantemente su carrera de me­
dicina en la Universidad de Lisboa, presentando al
- 129 —

alcalde el título de licenciado en medicina y el nom­


bramiento de médico titular del pueblo.
Su prestancia personal, su carácter jovial y simpá­
tico, su don de gentes, su afecto a los humildes y,
sobre todo, su ojo clínico y su infalible acierto en el
diagnóstico y en la curación de las enfermedades, que
demostró muy pronto en varios casos de manifiesta
gravedad, le captaron la admiración y el cariño de
todos los vecinos.
Uno de esos casos fué la curación rápida y com­
pleta de Catalina Pereyra, joven de veinticinco años,
hija única de la casa más principal y aristocrática, que
no encontraba remedio a su dolencia. Y este éxito fij6
definitivamente el rumbo de su vida.
Los padres de Catalina y, sobre todo, esta no sa­
bían cómo agradecer a Antonio el beneficio de la fe­
licidad completa que él había llevado a la familia; y
las relaciones familiares, que desde aquel fausto su­
ceso se establecieron entre ellos, no tardaron en vin­
cular los apellidos Simoens y Pereyra con el lazo
indisoluble del sacramento del matrimonio.
E l esplendor de la casa Pereyra se acrecentó por
medio de esa unión sagrada con la aportación del tí­
tulo de nobleza y de la cuantiosa dote matrimonial de
Antonio Simoens: y como, entre otras muchas bellas
cualidades que poseían, los nuevos cónyuges estaban
adornados de una acrisolada virtud y, sobre todo, de
una pródiga generosidad con los menesterosos, el pue­
— 150 —

blo entero les rendía continuo homenaje de gratitud y


los envolvía en frases de sincero cariño.
Estas manifestaciones populares constituían para los
jóvenes esposos el galardón que más henchía de gozo
sus almas y que les servía de acicate para fomentar
la gran obra de misericordia de socorrer al prójimo
por Dios. Y Dios, que se complacía en la rectitud y
pureza de intención del ejercicio de aquellas virtudes,
quiso aumentar sus alegrías bendiciendo sus santos
amores.
El día 5 de abril de 1590, entre los alegres cánti­
cos de las aves que en la risueña y apacible albo­
rada saludaban al espléndido sol del nuevo día, An­
tonio y Catalina tuvieron la dicha de contemplar con
emoción sagrada el primer fruto de su matrimonio: y,
como buenos cristianos, aquella misma tarde lo lleva­
ron al templo y lo ofrecieron a Dios; en ofrenda al
cual fué bautizado en la parroquia de la Concepción
de Albufeira, con el nombre de Vicente Simoens y
Pereyra.
Com o se ve, Vicente nació y fué bautizado en A l­
bufeira, Portugal. Pero por una de tantas vicisitudes
de la vida de las naciones, de que la historia nos
ofrece innumerables ejemplos, Portugal entonces perte­
necía a España, y todas sus ocho provincias eran otras
tantas provincias de España, como, por ejemplo, la de
Zaragoza, y, por consiguiente, Vicente Simoens y Pe­
reyra fué español: con la notable circunstancia de que,
mientras éste vivió, o sea, desde diez años antes que
— 131 —

naciese y hasta ocho años después de su muerte,


Portugal fué español.
Porque, como es sabido, el año 1580, Felipe II,
rey de España, se apoderó del reino de Portugal por
derecho de conquista; derecho entonces universalmente
reconocido: y mantuvo sobre él su imperio con pleno
ejercicio de sus derechos por medio de representantes
suyos, que gobernaban sus provincias; por medio del
ejército, que defendía el honor de la bandera espa­
ñola; y por medio de auxiliares burocráticos que con­
servaban expedita y normal la vida civil de las nuevas
provincias.
Fueron reyes de España y Portugal a la vez Fe­
lipe II, Felipe III y Felipe IV, con los nombres respec­
tivamente de I - II y III de Portugal.
La nación portuguesa, pues, fué española durante
el reinado de estos tres monarcas, o sea, por espacio
de sesenta años; hasta el año 1640, en que los por­
tugueses se sublevaron contra España; y, sin que esta
pusiese empeño en conservar su soberanía, aquellos
recobraron su independencia, y proclamaron su rey al
duque de Braganza, que reinó con el nombre de Juan IV.
N o hay, pues duda de que Vicente, que nació en
1590 y murió en 1632, fué verdaderamente español, de
la provincia española de Algarbe.
)Bien se notó después en su Juventud su conviven­
cia con los españoles!
Enriquecidos sus padres con este nuevo vástago.
— 152 —

se consideraban dichosos al verlo crecer tan robusto


de cuerpo como despierto de inteligencia.
N o tenía aún cuatro años, cuando ya se mostraba
inquieto, revoltoso, alegre, emprendedor. E n sus juegos
infantiles se veía su habilidad y destreza; en sus pre­
guntas, su insaciable curiosidad; en sus respuestas, su
rápida comprensión; y en todas sus actividades, una
extraordinaria precocidad de ingenio.
Pero en medio de tanto movimiento muscular y
mental, aparecía siempre dócil, sumiso, obediente a la
primera indicación de sus padres y bien inclinado a la
religiosa piedad.
Este conjunto de bellas cualidades aumentaba más
y más el cariño de sus padres; pero fué como la causa
determinante de una oposición de conducta de estos
con respecto a su hijo.
Durante los primeros años, los dos aplaudían y
celebraban unánimes las travesuras de su hijo, las que
calificaban de gracias de su precoz ingenio. Pero des­
pués, cuando aquellas traspasaban la linde de lo justo
y razonable, el niño observaba que, mientras su padre
se mostraba complacido y satisfecho y se las premiaba,
por lo menos, con sonoras carcajadas, su madre, con
seriedad y dulzura a la vez, las reprobaba por com­
pleto y le prohibía su repetición.
Este diferente modo de obrar de los padres, obe­
decía, sin duda, al distinto temperamento y al carácter
peculiar de cada uno de ellos.
Los dos se proponían, conforme a sus convicciones
— 155 —

profundamente cristianas, modelar el carácter de su hijo


según las normas de la recta conciencia y de la más
estricta moral: pero él era alegre, jovial, campechano,
optimista y enemigo de toda cohibición, especialmente
a los niños, en cuyas más arriesgadas travesuras no
reconocía malicia sino aventurera inconsciencia. Ella, en
cambio, era grave, serena, ecuánime, recta sin ondu­
laciones en las normas del bien y del mal y previso­
ra de posibles consecuencias en los actos de menor
importancia. De ahí que muchas veces aprobaba el pa­
dre lo que reprobaba la madre: y el niño, como es
natural, escudado por la benevolencia de su padre,
cuyas cualidades había heredado con largueza, fué en­
sanchando los límites de su voluntad caprichosa, sin
temor a salir malparado en ningún conflicto.
Y conflictos los había entre los cónyuges, origina­
dos por la conducta del hijo: pero como en este no
se veía malicia, sino una superabundancia de vida fí­
sica e intelectual, la virtud de la esposa lograba que
la paz, por un momento turbada, recobrase su sobe­
ranía en el hogar.
Entre tanto, el niño crecía en desarrollo corporal y
en el aprendizaje de las primeras letras, hacia las cua­
les mostraba una tendencia codiciosa, una capacidad
extraordinaria y una asombrosa retentiva.
En la escuela del pueblo ya no podía aprender más;
porque, como él decía con infantil ingenuidad, sabía
lodo lo que les enseñaba el maestro. En Albufeira no
había más medios de ampliar y mejorar la instrucción
— 154 —

de Vicente, que cada día manifestaba mayores deseos


de estudiar y de saberlo todo. Era, pues, preciso pen­
sar en dar una buena solución al caso.
E l problema se presentó a sus padres con el ca­
rácter de muy importante y además urgente: y con­
vencidos de la trascendencia del asunto, se dedicaron
a excogitar los medios más conducentes para resolverlo
conforme a sus ulteriores proyectos.
Famosa pagoda
CAPITULO XI

Sum ario: Una travesura seria.— Se traslada a Lisboa.— Sus


estudios en esta ciudad. — Excelente artista. — Rondas y aven­
turas.— Director de la Tuna Lusitana.— Danza y esgrima.—Mé­
dico — Labor de su madre.

(C orría el año 1604. Vicente Simoens había cumplido


los catorce años; y ya se resistía a presentarse al
maestro, de quien nada nuevo aprendía.
Su madre intentaba en vano retenerlo en casa, se­
ñalándole nuevas lecciones de lectura, escritura, cate­
cismo y aritmética; porque en breve rato se le presentaba
a examen con la seguridad de obtener la nota de
sobresaliente.
Por otra parte su vigorosa robustez corporal recla­
maba un continuo ejercicio físico: y el resultado inevi­
table era la escapatoria diaria al mar, donde él tenía
sus delicias, mientras su madre gemía en constante
sobresalto.
Entre todas las diversiones infantiles prefería las de
la playa: el mar le atraía con fuerza irresistible: y, au­
daz y vigoroso, se acostumbró a luchar con las olas,
- 137 —

entre las cuales adquirió pleno dominio de la natación.


Pero este arriesgado jugueteo en medio del peligro
no satisfacía sus aventureras ansias. E l veía que las
aguas rebasaban la línea del horizonte: que los pesca­
dores con sus lorchas y falúas desaparecían en el mar
ante sus ojos asombrados, y que luego tornaban al
fondeadero sanos y alegres y con abundante cantidad
de pesca: y esto acuciaba su curiosidad y le excitaba
a lanzarse mar adentro, para ver lo que había muy
lejos de la playa.
Aprovechando la baja de la marea, se había aven­
turado, con más valor que inconsciencia, a llegar a nado
hasta los corrales de pesca, en los cuales vió con
cuánta facilidad quedaban aprisionados los peces. Pero
observó que éstos no eran, en general, de gran tama­
ño; no eran como aquellos enormes atunes, que el veía
descargar en el puerto: y perdió su entusiasmo por la
visita a los corrales, aunque estaban bastante distantes
de la costa.
E l quería ir con los atuneros, lejos, muy lejos,
hasta donde no se viera más que mar y cielo, como
le habían dicho; y allí conocer y observar el mar a
su placer.
N o tardó mucho en realizar su hazaña. Vió que un
barco estaba para salir a la pesca del atún, y mien­
tras la tripulación andaba ajetreada en el manejo de
jarcias y velas, resuelto y decidido, se escabulló rápi­
do, trepó por la escalera de cuerda y, sin ser visto
— 138 -

por nadie, se escondió bajo una lona en la parte de


popa.
Al poco rato salió suavemente el barco con las ve­
las henchidas del viento de popa, que le hacían surcar
las aguas con gran velocidad y con mayor satisfac­
ción de los tripulantes.
E l intruso tuvo la suerte de que a bordo no hu­
biese necesidad de utilizar la lona bajo la cual se co­
bijaba: y allí aguantó impávido y sereno por espacio
de dos horas: y cuando comprendió que la nave estaba
muy lejos de Albufeira, salió de su escondite y con
toda tranquilidad se presentó a los marineros.
Asombrados estos de verle allí, lo llevaron a pre­
sencia del patrón, el cual con severidad y enojo le
preguntó:— ¿Cóm o es esto?
— Ya lo ve usted,— respondió sereno Vicente.
— ¿Cóm o has venido aquí?
— Entré por la escalera de cuerda, cuando ustedes
trabajaban.
— ¿Dónde te has ocultado?
— Debajo de aquella lona grande.
— ¿A qué has venido?
— A conocer bien el mar, porque en la playa se le
vé muy poco, y a ver cómo pescan ustedes esos atu­
nes tan grandes.
— ¿Quién eres tú? ¿Cóm o te llamas?
— S o y el hijo del médico; y me llamo Vicente S i­
moens y Pereyra.
— ¿ T ú eres el hijo de don Antonio?
- 139 -

— S í, señor.
— ¿Sabe él que has hecho esto?
— N o, señor.
— jDesgraciado! ¿Y te has atrevido a hacer este
disparate sin su permiso? ¿No temes al castigo que
te espera?
— Mi padre es muy bueno. Mi madre es la que me
castigará: pero ya le diré que no lo haré más. Yo
quería estar una vez siquiera mar adentro.
— ¿Pero no sabías que tenemos que estar en el mar
varios días sin volver al pueblo?
— Mejor: así conoceré bien el mar y la pesca del
atún.
— ¿ Y no consideras lo mucho que han de sufrir tus
padres, al no verte en casa y al pensar en tu des­
aparición?
— S i, señor: lo siento mucho: pero ya no hay
remedio.
— ¿Conque no hay remedio? jVaya si lo hay! ¿Sa­
bes nadar?
— C om o los peces.
— Pues ahora mismo te echamos al agua; y, si
puedes, ganas a nado la costa de Albufeira; y si no,
los peces darán cuenta de tí.
— Tiene usted cara de hombre bueno para hacer
mal a nadie.
— Ahora lo verás.
Y sujetándolo, entre él y un grumete, de brazos y
— 140 —

piernas, lo sacaron fuera de la borda» como resueltos


a arrojarlo al mar.
N o ofreció la mínima resistencia el muchacho, ni
salió de sus labios una palabra de súplica o perdón.
C o n rostro sereno creyó verse zambullido en el agua;
pero persuadido de que al instante le arrojarían el cable
de salvación, por el cual trepase a bordo.
La sola posibilidad de esta aventura produjo repen­
tinamente tan grata impresión en su alma quet sol­
tando una risotada, les dijo:
— ¡Ahora! ¡Hombre al agua!
— ¡Ya se conoce que eres hijo de tu padre! — dijo
el patrón, al mismo tiempo que lo izaban y dejaban
a bordo, absuelto de su falta.
La nave, entretanto, seguía su rumbo con viento
bonancible: y la fortuna hizo que se les presentase la
pesca en las condiciones más favorables.
Tres días estuvieron dedicados a tan interesante
faena; en la cual el intruso les ayudaba cuanto podía,
convertido en un verdadero grumete; al mismo tiempo
que rebosaba de gozo, al ver entrar en el seno del
barco multitud de enormes peces todavía palpitantes,
que agonizaban entre violentas contorsiones.
Entre tanto sus padres, abrumados de angustia
desde que notaron su ausencia, inquirían por todas
partes acerca del paradero de su hijo, del cual nadie
les daba razón.
La madre, inconsolable, que conocía la excesiva
afición de su hijo al mar, lo creía ya víctima de sus
- 141 —

impetuosas ondas. E l padre, siempre optimista, no había


perdido la esperanza: más bien tenía como indudable
que tan larga ausencia era una nueva travesura, pero
de marca patentada.
De esta aflictiva incertidumbre los sacó de pronto,
trocándola en intensa alegría, la presencia del patrón
de la nave, que llevaba de la mano a Vicente.
Este, apenas se vió ante sus padres, se puso de
rodillas y avergonzado y lloroso les pidió perdón de
su falta.
Aquél les narró brevemente todo lo acaecido y se
retiró entre las manifestaciones de gratitud de los con­
solados consortes.
Este episodio determinó la rápida solución del pro­
blema de la educación de Vicente.
— E s preciso que nos traslademos cuanto antes a
Lisboa,— dijo a su mujer don Antonio; quien, por otra
parte, ya estaba cansado de tantos años en Albufeira:
y, puestos de acuerdo, hicieron en breve tiempo las.
diligencias necesarias para su traslado definitivo, y pa­
saron a Lisboa el mismo año 1604.
La vista de Lisboa produjo tan grata impresión en
Vicente que muy pronto se olvidó de los atractivos
del mar de su pueblo.
Aquellas calles amplias, aquellos grandes y hermo­
sos edificios, aquellos lujosos escaparates, aquellos
jardines, aquellos artísticos monumentos, aquel hormi­
guero de gentes por todas partes, aquellos policroma­
dos uniformes del ejército, aquel lujo en el vestir.
— 142 —

aquellas músicas, aquellas nuevas diversiones, aquella


animación y alegría constantes le parecieron cosas de
un mundo nuevo que colmaban todas sus aspiraciones.
Pero no había ido a la capital de Portugal para
perder el tiempo en frivolidades. Por orden de sus
padres comenzó aquel mismo año el estudio de artes,
que abarcaba los principales conocimientos de las le*
tras humanas: y como estaba dotado de un ingenio
clarísimo y de una gran capacidad intelectual, unido
esto a su deseo inmoderado de saberlo todo, demos­
tró en breve sus extraordinarios progresos en el apren­
dizaje de todas las asignaturas.
Para él no había dificultad insoluble ni escasez de
tiempo para resolverla: y siempre en las aulas satis­
facía las exigencias del más descontentadizo profesor.
En su afán de aprender y de saber de todo, y
sintiendo una vehemente afición a la música y al di­
bujo, manifestó a sus padres el deseo de estudiarlos;
y estos que no deseaban otra cosa sino que su hijo
adquiriese una amplia ilustración y que estuviese siem­
pre bien ocupado, le proveyeron de todos los medios
necesarios para que realizase sus deseos.
Con tanto gusto como aprovechamiento simultaneaba
el estudio de humanidades y de las bellas artes: y de
tal manera llegaba a dominarlas, que en todas las
manifestaciones escolares, en todos los torneos artís­
ticos y literarios él era siempre proclamado campeón
indiscutible.
En el período de seis años, que invirtió en sus
— 143 —

estudios, fueron tan resonantes sus triunfos, que todos


lo señalaban como un gramático perfecto, un poeta
admirable, un notable matemático, un orador elocuente,
un pendolista genial y un inspiradísimo músico.
De todo ello había dado evidentes pruebas en abun­
dancia: porque, si dominaba el portugués, como su
lengua patria, con la misma facilidad, soltura y ele­
gancia hablaba el latín y el castellano.
En los tres idiomas componía y declamaba con
arte arrebatador soberbios discursos y magníficas poe­
sías. Con la misma propiedad, entonación y exactitud
recitaba de memoria cantos enteros de Las Lusiadas
de Camoens, que las rotundas estrofas La Arau­ de
cana de Ercilla, las Odas de Horacio, La Eneida de
Virgilio y los Discursos de Cicerón.
En la ciencia de los números no había problema
que se le propusiese al cual no diera una solución
tan rápida como exacta. A él encomendó su padre
toda su contabilidad y la de la hacienda de su madre:
y no eran pocos los amigos que acudían a sus cono­
cimientos matemáticos en sus operaciones financieras.
Su pluma era un pincel en manos de un genial ar­
tista, que bordaba de primores sus escritos. Una sim­
ple carta, a vuela pluma, dejaba ver unos caracteres
caligráficos que causaban admiración.
Pero lo que más le satisfacía, conforme a su tem­
peramento elegre, era la música; para la cual demos­
tró poseer tan exquisitas facultades que, no contento
con dominar su teoría en todos sus aspectos y el
- 144 -

ejercicio vocal, dominó también prácticamente el meca­


nismo de varios instrumentos; a todos los cuales pre­
firió, al fin, la guitarra. Esta la tañía con la destreza
de un mago.
Com o no todo era estudiar, porque le sobraba tiempo
para lodo, su carácter jovial, expansivo, audaz y aven­
turero le ayudó a conocer los lugares de la ciudad
donde se cultivaban las bellas artes; pero sin que ja­
más sintiera escrúpulos para descender de un centro
de alta cultura a aspirar el ambiente enrarecido de una
inmunda tasca.
C on la misma serenidad y alegría tomaba parte en
actos literario-musicales, y declamaba bellísimas poesías
o arrancaba dulcísimos sonidos a su guitarra, que se
acompañaba de esta mientras cantaba cien coplas de
su invención en lugares de bullicio y de holgorio.
Mozo de ronda y jefe de cuadrilla, no eran pocas las
noches en que se veía obligado a dispersarse el grupo
por las callejas oscuras, perseguido por los corchetes,
después de haber logrado que todos los vecinos se
asomasen a las ventanas, atraidos por los encantos
de su guitarra, de su voz y de sus endechas amoro­
sas; endechas que bien se podían llamar requiebros
amorosos a la luna, y no a alguna beldad femenina;
ya que todas la mujeres le eran absolutamente indife­
rentes: y si su espíritu se refocilaba en estos episo­
dios nocturnos, era en cuanto tenían el carácter de
más o menos peligrosas aventuras.
Elemento destecado de la Tuna Lusitana , a la que
- 145 -

pertenecía, él hizo famosa a aquella estudiantina, desde


el día en que por unanimidad fué nombrado director
de la misma, conquistando las simpatías y los aplausos
de toda la ciudad.
La presencia de la Tuna en las calles de Lisboa
atraía en torno suyo a una multitud de personas de
ambos sexos y de toda edad que, aumentando sin ce­
sar el número, acrecentaba el entusiasmo, y la acom­
pañaba en su paseo triunfal, con el afán de no per­
der ni una sola de aquellas bellezas musicales que
recreabas sus oídos.
A su paso la gente se detenía o se asomaba en
sus casas para ver la maestría con que dirigía a sus
huestes y para saborear la gracia con que lanzaba al
viento con su potente y bien timbrada voz bellísimas
y variadas canciones o dulcísimos arpegios de su gui­
tarra: y las tempestades de aplausos y las ovaciones
clamorosas se sucedían sin cesar; acompañadas de
abundante colecta pecuniaria, que servía para cubrir
las necesidades simbolizadas en la cuchara de madera
que ostentaban en sus bicornios.
Un joven tan gallardo y de familia tan distinguida
no podía carecer de otras dotes, que él, imbuido por
las máximas del mundo, estimaba necesarias para com­
pletar su personalidad; y sin dar conocimiento a sus
padres, como hacía otras muchas cosas, se matriculó
en las asignaturas de baile y de esgrima.
Con su asiduidad acostumbrada acudía a los dos
centros en que se enseñaban esas materias; y, simul­
— 146 —

taneando el estudio de la teoría con la práctica, no


tardó mucho tiempo en llegar a ser en ambas un
maestro consumado. Conocedor práctico de todos los
bailes de la época, aún imprimía nuevos movimientos
a sus pies y nuevas contorsiones a su cuerpo, que
modificaban por completo las normas usuales, y se
imponían de moda. V esgrimía el florete y la espada
con la misma triunfal gallardía con que manejaba la
pluma cuando escribía o dibujaba.
Pertrechado con estos adornos, comenzó a cansar­
se de las aventuras callejeras, que tanto le habían gus­
tado, y se decidió a frecuentar los centros de cultura
y los elegantes salones de sociedad, donde podía bri­
llar con esplendor propio y envidiable, y rendir osten­
toso culto a Terpsícore.
Bajo el influjo de este nuevo ambiente de dignidad
y de elegancia, le costó muy poco refrenar sus bríos,
suavizar sus modales, esquivar las discusiones, prodi­
gar sus obsequios y transformar el carácter de su alegría
bulliciosa y jaranera en simpática y atrayente jovialidad.
Com o había terminado los estudios de humanida­
des, las fiestas literarias, la música, el baile y los es­
pectáculos públicos nutrían todos sus ocios; a los que
dedicaba largas horas del día y de la noche.
Sin embargo, aún le quedaba tiempo y sobrada
afición para revisar los recetarios, apuntes y libros de
medicina de su padre, los que devoraba con ansia
febril y asimilaba con portentosa retentiva.
Estos conocimientos, perfeccionados por las sabias
- 147 —

explicaciones de su padre, le servían para darse aires


de galenista en las tertulias y reuniones, con no poco
beneficio de sus achacosos e improvisados clientes.
En medio de aquel ajetreo de estudios, aulas, tor­
neos, danzas, guitarreos, coplas, estudiantinas, Juergas
y aventuras de todas clases, que constituían toda una
vida alegre, es de notar que en el hogar paterno fué
siempre el hijo cariñoso, sumiso, obediente y obsequio­
so con sus padres, a los cuales Jamás faltó al respeto
ni dió el menor disgusto: porque todo lo que hacía de
puertas afuera de su casa iba como autorizado por el
cariño excesivamente bonachón de su padre, que ocul­
taba a su mujer las francachelas y devaneos de su hijo.
Pero al corazón vigilante de una madre tierna y ca­
riñosa no pasa inadvertida la vida de su hijo. A pesar
del más perfecto disimulo de este, sorprende los más
leves indicios exteriores, y por ellos penetra en el fondo
de su alma y lee sus impresiones más ocultas y dis­
cierne sus alternativas y formula sus diagnósticos, en
ios que rara vez se equivoca.
Aunque tenía pruebas palmarias de sus brillantes
triunfos escolares, notaba en él un desorden en su vida
normal; contaba sus horas de ausencia del hogar du­
rante el día y aun por la noche; observaba su periódi­
ca Inapetencia y su excesivo sueño; y todo esto engen­
dró en ella la suspicacia, que aumentaba su intranquilidad,
hasta obligarla a reprenderle ásperamente todos los días
y a exhortarle con las razones más graves a no des­
viarse nunca del camino de la honradez y de la piedad.
— 148 —

E l se justificaba con un pretexto bien urdido y mejor


explicado, al que acompañaba una serie de zalamerías,
con que lograba siempre desarrugar el ceño de su
madre.
La verdadera defensa estaba siempre a cargo de su
padre, que, alegando imaginarios compromisos sagrados
y altas razones de sociedad, dejaba a su mujer apa­
rentemente tranquila y estimulaba a su hijo a repetir
sus andanzas y correrías, fiando en la impunidad.
Sin embargo, esa labor constante de la madre in­
fluyó eficazmente en el carácter, de suyo bueno y piadoso
por temperamento, del hijo, para que no fuese dege­
nerando y llegase a la depravación de costumbres; ella
fué la que consiguió que sus aventuras no pasasen de
alegres audacias juveniles, sin llevar nunca el estigma
Infamante de la perversidad: ella, en fin, fué la que, si
no pudo evitar que su hijo viviese y se criase en el
ocio y en las delicias, que ofrecía la vida mundana de
Lisboa, logró que no abandonase sus deberes religiosos
ni atrajese sobre su nombre la infamia ni el deshonor.
Desde el momento en que se instalaron en la capital,
tuvo ella especial empeño en que el primer acto en
que tomase parte su hijo le afectase de modo que se
pudiera grabar profundamente en su alma; y este acto
fué el de su primera comunión, al que ella procuró
revestir de la mayor solemnidad externa, para que hirie­
se más vivamente su imaginación.
E l resultado fué conforme a los deseos de la madre;
la cual no encontraba resistencia alguna para ir acom-
- 149 —

paliada de su hijo a la recepción frecuente de los


santos sacramentos y a las fiestas religiosas, que se
celebraban en las distintas iglesias, de las cuales salía
é\ siempre gratamente impresionado.
Después, cuando, fascinado por el brillo de los fes­
tejos profanos y seducido por alegres compañeros, se
vió envuelto entre las frivolidades mundanas, se entibió
bastante su fervor religioso: pero nunca se borró de
su mente la impresión de aquel solemne día, tan hábil­
mente preparado por su madre; nunca omitió el cum­
plimiento estricto de sus deberes de cristiano; nunca
se avergonzó de proclamar en público sus ideas reli­
giosas.
Había heredado las cualidades de su padre; pero no
olvidaba los santos consejos de su madre: y como si
se propusiese armonizar en sí mismo los caracteres tan
distintos de aquéllos, todas sus actividades aparecían
como una mezcla de sagrado y profano, como algo
paradójico, que lo mismo satisfacía sus anhelos en las
atolondradas expansiones del bullicio que en el reco­
gimiento místico de la piedad.
Con la misma naturalidad convidaba a su grupo de
amigos a un lugar de francachelas y de holgorio, que,
terminado aquello, los llevaba como corderos a una
iglesia a oir el sermón. Y no eran pocas las veces
que, al retirarse a casa a altas horas de la noche,
después de alguna aventura, los citaba a un lugar de­
terminado al punto de la mañana para realizar una
gran hazaña; y esta consistía en obligarles a entrar en
— 150 -

una iglesia y confesarse, comulgar y oír misa; en lo


que él era el primero.
E n este ambiente mixto de disipación y religiosidad
vivió los ocho años de sus estudios en Lisboa, desde
el 1604 hasta el 1612.
Pagoda
CAPITULO XII

S u m a rlo .— De Lisboa a Madrid.— Muerte de su padre.— Trascen­


dentales consecuencias.— Estudia la carrera eclesiástica.

D esde que el reino de Portugal perdió su soberanía


y quedo anexionado al de España bajo el cetro sobe­
rano del rey Pelipe II, tuvo éste sumo empeño en que
sus nuevos súbditos estuviesen bien gobernados, e in­
terpuso toda su autoridad para que se enviase de
España personal escogido a todas sus poblaciones
importantes y especialmente a Lisboa
Los deseos del rey se cumplieron; y no tardó en
notarse en la vida pública y privada una compenetra­
ción de sentimientos y de afectos y una mutua asimi­
lación de costumbres, que eran como los cimientos de
un sólido bienestar.
La familia de Simoens, ya por el carácter expansivo
y generoso de su jefe, ya por su calidad d 2 médico,
fué una de las que establecieron trato intimo con los
españoles.
E l hijo, que seguía en todo las huellas de su padre,
— 155 —

y aún las agrandaba y profundizaba más, se sentía tan


atraído por todo lo español, que se lo imponía como
pauta en las más interesantes circunstancias de la vida.
Y para que su adaptación fuera completa, estudió con
tanto ahinco el idioma español que lo prefería ¿il por­
tugués en sus conversaciones y escritos, y llegó a
hablarlo como el mejor de los españoles que allí pa­
saban por buenos hablistas.
Buena prueba de ello es que, al contestar a su
mejor amigo de jaranas y alegrías, que le escribía en
portugués al Japón pidiéndole noticias de su vida, lo
hizo en perfecto castellano desde Nagasaki en una
hermosa carta, que se conserva original; a pesar de
que hacía trece años que faltaba de Portugal y de
que allí no hablaba más que el idioma japonés.
E l trato constante con los españoles excitó su cu­
riosidad y avivó sus deseos de conocer España; por­
que aquellos ponderaban tanto las cosas de su patria,
que bien merecían la molestia de un viaje.
Lisboa, según éllos, no era más que una simple
aldehuela al lado de Madrid: el caudaloso Tajo no
pasaba de un pobre regajo, comparado con el sober­
bio Manzanares.
Exageraciones de tanto calibre, aunque no vencían
su credulidad, acuciaban su capricho, y le empujaron
hasta la decisión de pedir a su padre que hiciesen
ambos un viaje a España, para conocer las maravillas
que de ella le contaban.
E l padre, que, orgulloso de las altas cualidades de
- 1*4 —

su hijo, nunca contrariaba sus deseos, accedió con


gusto a su petición, y fijó la fecha a corto plazo para
realizar la excursión.
Un viaje de Lisboa a M adrid, en los albores del
siglo diecisiete, era algo serio, un verdadero problema
a cuya solución se oponían graves dificultades: pero
la Juventud, fortaleza y buen humor las vencen todas
con facilidad.
Hechos los preparativos necesarios, llegó el día
prefijado para la partida; y Vicente fué el primero que
abandonó el lecho, nervioso por la impaciencia de em­
prender la marcha.
Su madre aprovechó los últimos momentos para
hacerle las más tiernas exhortaciones y para darle los
consejos más saludables, a fin de prevenirle contra
todo mal.
To d o lo escuchó él con docilidad y lo recibió con
agrado, prometiéndola no olvidar nada de cuanto le
había dicho.
Com o ya era la hora de partir, llamó a voces a
su padre apremiándole para que saliese pronto de su
despacho: y aunque no obtuvo contestación, nada le
extrañó su silencio.
Volvió a llamarle poco después, y, como tampoco
le respondiera, intrigado por aquel silencio, penetró en
el despacho de su padre, y lo encontró sentado ante
la mesa con la cabeza hundida- entre los brazos apo­
yados sobre la misma.
Le llamó otra vez, se acercó a él, lo removió con
— 155 —

angustiosa incertidumbre; y entonces observó, horrori­


zado, que no daba señales de vida.
Turbado de espanto y de dolorv salió dando a gri­
tos la noticia, y corrió veloz a traer un médico, mien­
tras su madre y las sirvientas entraban en el despa­
cho y contemplaban sollozantes y llorosas el trágico
espectáculo.
Poco tardó en volver acompañado de un médico: pero
éste no pudo hacer otra cosa que certificar la defun­
ción. Una angina de pecho le había dejado cadáver.
La impresión que esta desgracia produjo en Vicente
fué inenarrable.
Aquel carácter tan jovial y expansivo se trocó de
repente en hosco, esquivo, huraño, silencioso: parecía
que había perdido el habla. Desde aquel momento cortó
en absoluto todas las relaciones de amistad, renunció
a todas las diversiones y frivolidades mundanas, y se
reconcentró en sí mismo para sacar todas las conse­
cuencias de aquel trágico suceso, que tan profunda y
cruelmente había herido su alma.
Reconcentrado a solas en el seno lóbrego de la
amargura inmensa del desengaño, creía escuchar la
carcajada sarcástica del mundo, de la sociedad, de sus
amigos, hasta de su mismo padre, que, inconscientes
o atolondrados, le habían brindado como verdadera
una felicidad saturada de risas, de festines, de armo­
nías y de rosas, que en su misma vida efímera lle­
van el sello de la inconstancia, del desengaño, del
hastío y del remordimiento.
— 156 —

Entonces comprendía la impostura de la sociedad


alegre y frívola, que, ante el golpe aleve de la muerte
de uno de sus miembros, inviraba a otros y los atraía
con sus cantos de sirena, para que continuase el festín
y la música y la danza sobre la tumba de sus víctimas.
¿Qué felicidad era aquella que tan fácil e inespe­
radamente se disipaba, y se convertía en dolor sin
límites y en pena sin consuelo?
IAh! S u padre había vivido engañado: él, tan bueno,
tan honrado, tan recto, tan caritativo, no pudo ver a
través del velo engañoso: su mismo carácter fué
atraído fácilmente al feudo de la ilusión y de la men­
tira; y hacia él arrastró al hijo, creyendo hacerlo feliz.
Pero ya se ha descorrido el velo; ya se desvane­
ció la ilusión.
Así pensaba Vicente entre las inconsolables angus­
tias de su alma.
El único alivio que recibía en su aflicción era el
amor de su madre, como siempre, verdadero, como
siempre, cordial y tierno, como siempre, desinteresado,
como siempre, sabio.
iCuánto lamentaba él no haber correspondido ínte­
gramente a ese amor, sobre todo, con la práctica de
sus consejos!
Pero aún había un remedio: el de quemar las pá­
ginas del libro de su juventud, y escribir con carac­
teres de oro puro un nuevo libro de una nueva vida
orlada de flores y de frutos de perenne perfume y
lozanía.
— 157 —

Esta fué la primera consecuencia que sacó de las


amarguras de su orfandad. Era preciso quemar lo que
hasta entonces había adorado, y adorar lo que había
desdeñado. ¡Fuera ídolos!
Pero ¿cómo convertir en realidad esta resolución?
El horizonte de su porvenir se le presentaba brumo­
so y cerrado. N o había pensado siquiera en él, ata­
rantado por las muchas y variadas emociones del
ajetreo mundano, y persuadido de que a su padre in­
cumbía abrirle las puertas de su destino.
Pero ahora le tocaba a él disipar las brumas del
horizonte, manejar el timón de la nave de su exis­
tencia, designar un puerto fijo y sortear los escollos
y esquivar los arrecifes para una feliz arribada.
Para ayudarle en la empresa, allí estaba su madre,
cuyos santos consejos, si no los había seguido, tam­
poco los había olvidado; y a ella acudió en demanda
de luz que iluminase el camino de su vida.
— Ya has cumplido veintidós años— le decía su bue­
na madre:— has tratado con militares, licenciados, con
personas de todas las clases sociales: por tu prepa­
ración escolar estás en las mejores condiciones de
seguir una carrera; la de las armas, la de letras, la de
medicina, la de leyes, la que quieras. Conoces la vida
de sociedad: sabes lo que el mundo dá de sí.
— Por eso,— replicó Vicente— porque conozco algo
del mundo, no me gusta ninguna de esas carreras,
que tendría que ejercerlas en medio de esa sociedad
frívola y engañosa.
— 168 —

Su madre, al oír esta respuesta, sintió latir con


fuerza su corazón de go zo , porque veía a su hijo
resuelto a no pisar los risueños pensiles de las ilu­
siones mundanas: y con una timidez que expresaba la
convicción de recibir una réplica negativa, se atrevió
a insinuarle:— La carrera eclesiástica......
— No he pensado en ella— le atajó el hijo.
— ¿Pero has pensado en alguna?
— Es verdad; en ninguna: y necesito pensarlo.
— La ocasión se presenta propicia. Mañana empieza
en la iglesia de la Compañía una tanda de ejercicios
espirituales: y nada mejor que esos días de retiro
para resolver un asunto de tania trascendencia. ¿Q uié-
res hacerlos?
— Los haré con mucho gusto.
La madre, al oír esto, sintió en su pecho todo el
consuelo de la espeianza; al mismo tiempo que el co­
razón le decía que no se vería frustrada.
Vicente comenzó los ejercicios con el mayor interés:
y , al terminarlos, parecía ya otro hombre.
Sereno, tranquilo, ecuánime, sin dejo alguno de
amargura por la falta de su padre, y con la expre­
sión viva de la paz y alegría de su alma, se pre­
sentó a su madre y le dijo:
— To d o está resuelto. Contando con su beneplácito,
deseo estudiar la carrera eclesiástica y ser sacerdote.
¿Le parece bien?
Ya sabía él cuánto había de agradar esta solución
- 159 —

a su madre; y así se lo demostró ésta con frases


del más tierno cariño.
Desde ese momento Vicente no pensó en otra cosa
que en acaudalar méritos para subir a la cumbre de
la dignidad sacerdotal.
E l solo recuerdo de su juventud frívola y disipada
removía su conciencia con oleadas de rubor y de
amargura: pero al mismo tiempo le servía de aguijón
que estimulaba sus deseos de borrar todas las hue­
llas del escándalo con actos ejemplares de virtud.
Com enzó con el mayor ahinco los estudios de la
carrera eclesiástica; en la que no encontraba dificultad
alguna, ya por su despejo natural y rapidez de com­
prensión, ya por la sólida preparación adquirida en los
cursos de humanidades.
La adquisición de la ciencia y su primacía en las
aulas las tenía él por descontadas: pero lo que le
preocupaba con honda inquietud era lograr el triunfo
sobre sí mismo ante las probables acometidas de la
ironía y de la irrisión de sus antiguos amigos.
Lisboa lo había visto despreocupado, bullicioso y
jaranero: ahora era preciso que lo viese discreto,
grave y virtuoso.
Las ocasiones para demostrarlo no se hicieron es­
perar. Los encuentros con los antiguos camaradas
eran frecuentes; y él se adelantaba a explicarles bre­
vemente y con tanta sencillez como energía su reso­
lución inquebrantable.
Sus palabras eran acogidas primero con asombro
— 160 —

y estupefacción; luego con carcajadas de incredulidad,


y muchas veces con aceradas e hirientes mofas. Pero
todo lo tenía previsto. Los conocía muy bien, y no
esperaba de ellos actitud más digna. Armado con el
escudo de la paciencia, en él se embotaban todos los
dardos emponzoñados de la seducción y malignidad,
sin que lograsen conmover las delicadas fibras de su
amor propio ni reavivar los antiguos arrestos de su
osadía.
Tranquilo, ecuánime, contestaba a sus burlas con
razones, para ellos nuevas y nunca oídas, pero que
penetraban hasta el fondo de sus almas como punía
de florete, que Ies obligaba a retirarse pensativos y
cabizbajos.
La lucha continuó por algún tiempo sin desmayo
en los combatientes: pero, al fin, él pudo cantar el
himno de la victoria, que en sus notas expresaba no
solamente el honor del propio vencimiento sino la gloria
de la derrota de muchos d$ ellos, que con denuedo
se lanzaron a seguir sus huellas.
La satisfacción de eslos primeros éxitos avivaba sus
deseos de verse pronto investido de la dignidad sa­
cerdotal, para ejercer su apostolado a banderas des­
plegadas: pero entretanto despertó en él vivas ansias
de practicarlo de algún modo en el reducido campo a
que se hallaba constreñido por las circunstancias. Por
eso no se contentaba con hablar a todos con la elo­
cuencia de su vida ejemplar, manifestada en la asis­
tencia asidua a los templos, recepción de sacramentos,
- 161 -

donativos para el culto y pródiga generosidad con los


necesitados; sino que frecuentaba gozoso el hospital y
la cárcel, donde derramaba a manos llenas sobre los
desgraciados los consuelos de la religión y el socorro
abundante de sus bienes de fortuna.
C on el pincel vivo de esta conducta saturada de
luz y bondad trataba de borrar todas las manchas que
afearon el cuadro de su vida inconsciente y disipada;
y nada omitió para conseguirlo.
Capilla Japonesa
CAPITULO XIII

S u m a rlo . — Recibe ei presbiterado.— Una serenata.— Su primera


misa.— Empieza su apostolado.— Sus frutos.

D oña Catalina Percyra, viuda de Simoens, no cabía


de gozo.
Su hijo, que tantas lágrimas le había costado,
constituía ahora toda su felicidad, no sólo porque
adornaba con sus actos el vergel ameno de las vir­
tudes, sino porque había llegado a la cima de la dig­
nidad humana, al sacerdocio.
Por eso quería marcar el año 1617 con la piedra
blanca de sus bendiciones y de su gratitud sin límites.
Cinco años antes, el dolor de la muerte de su
esposo y la pesadumbre del porvenir incierto de su
hijo habían cubierto su corazón de luto y de tristeza:
ahora su resignación cristiana, que nunca se sublevó
por aquella pérdida irreparable, sintió las dulzuras de
la compensación, al verse como sepultada bajo un
alud de satisfacción y de alegría, que saturaba todas
las fibras de su ser.
- 164 -

S u casa, por aquellos días del mes de septiembre


del citado año, parecía un bazar lleno de objetos des­
tinados al culto católico, entre los cuales se admiraban
riquísimas casullas de los colores litúrgicos, de tisú
de oro y plata o primorosamente bordadas en raso,
dos magníficos cálices de plata sobredorada con in­
crustaciones de piedras preciosas, artísticos juegos de
vinajeras, albas de hilo con finísimo encaje, amitos,
purificadores, crucifijos, candelabros, misal, breviarios,
un traje talar completo y otras varias cosas de posi­
tiva utilidad para un sacerdote. Era como la exposi­
ción de los regalos, que las muchas amistades de la
familia habían hecho a su hijo como recuerdo de su pri­
mera misa, y que acudían a contemplarla, al misma
tiempo que daban el parabién a madre e hijo.
Este, por su parte, no sabía cómo dar gracias a
Dios por el beneficio de su vocación sacerdotal: y
sentía que la paz inundaba su alma, porque su con­
ciencia le decía que había puesto todos los medios
y había conseguido por ellos ver realizado su santo
propósito.
Lisboa no solamente había olvidado las locuras de
su juventud, sino que, después de haber observado
durante cinco años los ejemplares rasgos de su vida,
le rendía ahora junto con el tributo de sus simpatías
el homenaje de su respeto y admiración.
Ya el cuadro de su vida aparecía limpio de toda
mancha y bello y fulgurante de luz y de bondad. Ya
— 165 —

podía subir las gradas del altar sin miedo de que la


maledicencia le señalase como indigno.
El mismo señor obispo, que acababa de ordenarle
de presbítero en las Tém poras de San Mateo, había
felicitado a su madre por la brillantísima carrera de
su hijo y, sobre todo, por la solidez de sus virtudes,
de que había dado inequívocas y constantes pruebas.
No es extraño, pues, que doña Catalina se con­
siderase feliz y que hiciese los preparativos para el
día de la gran fiesta con todo el cariño e ilusión de
madre.
Llegó, por fin, el último domingo de septiembre
del año 1617, que era el día señalado para que V i­
cente celebrase su primera misa.
La paz y la tranquilidad reinaban en la urbe como
protectoras del sueño de los ciudadanos. Vicente, des­
pués de una larga velada de familia y del insomnio
natural producido por su excitación nerviosa, logró
conciliar el sueño y dormía con la placidez del justo.
De pronto, al filo de las cuatro de la madrugada,
el rasgueo de los instrumentos de una rondalla le
despertó sobresaltado y le hizo incorporarse en el
lecho, dominado por la sorpresa.— ¿Qué era aquello?—
se preguntaba.— ¿Qué significa una serenata a estas
horas en un día tan reñido con las alegrías mundanas?
Inquieto y turbado, observó sigiloso a través de
las vidrieras de su dormitorio, y vió que era un grupo
de unos veinte jóvenes, a muchos de los cuales reco­
noció como sus antiguos amigos, que con maestría
— 166 —

y entusiasmo le obsequiaban con aquel concierto. ¿Ven­


drían acaso a avergonzarle con el recuerdo de sus
antiguas aventuras? Pronto le sacó de dudas una vo z
fresca y sonora, que lanzó al viento con valentía esta
copla :—No te extrañe que vengamos—a cantarte en
este día .— *5/ nos guiaste en Jas rondas,—hoy con tu
virtud nos guías.
No le pareció mal el concepto: pero una oleada de
rubor se acumuló en su rostro y entristeció su alma,
al agolparse en su mente, como monstruos vengadores,
los excesos de su vida juvenil.
Sus tristes pensamientos vino a cortar la misma
voz, que al poco rato cantaba :— Ya nadie guarda
recuerdo— de nuestros torcidos pasos.—Hoy Lisboa
entera quiere— besar tus ungidas manos.
E l consuelo disipó las nubes de tristeza, y volvió
a renacer la paz en su espíritu.
Se ño r,— decía,— que sea verdad lo que dicen mis
amigos: que nadie se acuerde de mis malos ejemplos;
y, si los recuerda, que los vea borrados por mi
arrepentimiento.
Entretanto la rondalla seguía alegrando el silencio
de la noche con sus preciosas melodías: y otra vez
volvió a cantar la voz: — Queda en paz: pero antes
oye — la canción de despedida:— No olvides a estos
amigos — boy en tu primera misa .
Calló la voz, y poco después, los instrumentos de
la rondalla; y luego el grupo de jóvenes se dispersó
en silencio por las calles de la ciudad.
- 167 -

Vicente volvió a acostarse; pero no pudo conciliar


el sueno. ¡Eran demasiado vivas las impresiones que
le había producido la serenata!
A la hora designada para el acto religioso, el
templo, engalanado como en las mayores solemnida­
des litúrgicas, se hallaba repleto de fieles. Vicente,
visiblemente emocionado, comenzó su primera misa,
al mismo tiempo que el coro ejecutaba magistralmente
la preciosa partitura a él encomendada. Ardientes lá­
grimas de divino amor surcaron sus mejillas al pro­
nunciar la sagrada fórmula de la consagración: mas
traló de reprimirlas y de serenar su espíritu. Pero
pronto volvieron a brotar de sus ojos más abundantes
e irreprimibles, cuando, después de sumir las sagra­
das especies, se volvió a distribuir la sagrada comu­
nión. Primero la dió a su madre; y aunque esto le
enterneció, no le extrañó nada: pero luego siguió dis­
tribuyéndola a los demás fieles, entre los cuales es­
taban veinte jóvenes, algunos de ellos con su uniforme
militar; y entonces fué cuando su mano temblaba de
emoción y las palabras litúrgicas le salían envueltas
entre sollozos de afectos inefables.
Eran los mismos que le habían dado la serenata;
en los cuales reconoció a sus mejores amigos de su
alegre juventud.
N o se había olvidado de rogar con el mayor fervor
por ellos a Dios, cuando lo tenía en sus manos; ya
que consideraba como su principal deber procurar por
todos los medios atraerlos al camino de la piedad:
— 168 -

pero su sorpresa no tuvo límites, cuando los vió ya


regenerados y siguiendo las normas de una vida hon­
rada y laboriosa.
Tam poco ellos quisieron omitir en día tan señalado
el detalle de felicitarle personalmente: y a su casa
fueron, después de la solemne ceremonia, a besar sus
manos consagradas y a darle el abrazo de antigua
amistad, pero transformada y consolidada por vínculos
más santos y más fuertes. A llí supo con íntimo al­
borozo que todos ellos tenían una carrera, un empleo,
un oficio honrosos; que habían tomado estado, en el
cual eran felices; y, sobre todo, que sus almas se
nutrían de la savia de la religión, bajo cuya bandera
militaban gustosos, borrando con sus actos las man­
chas de su vida licenciosa.
Por ello dió rendidas gracias a Dios, considerán­
dolo como el obsequio del día más grato a su corazón.
Desde entonces, comprendiendo toda la trascenden­
cia de su carácter sacerdotal y respondiendo a los
requerimientos de su conciencia, emprendió una cam­
paña de apostolado por todos los sectores de la so­
ciedad. Ya no eran sólo los asilos y los penales el
objeto de su instrucción religiosa y de su inagotable
caridad; su acción apostólica se extendía a los pobres,
a los obreros, a los niños y, sobre todo, a los jó­
venes libertinos y disolutos. A estos buscaba con es­
pecial interés; y como ya conocía todos sus caminos,
los encontraba sin gran dificultad. Algo más le cos­
taba congregarlos, y mucho más convencerlos y re­
- 169 -

ducirlos: pero su grgn caudal de cononocimieníos, su


facundia, su donaire en la expresión, su propia expe­
riencia y su rápida y convincente réplica a has dificul­
tades que se le objetaban hacían tan interesantes sus
conferencias que, sin otro reclamo, lograban que
aumentase la concurrencia, y se veían al fin corona­
das por el éxito.
El fruto espiritual que recogía mediante su labor
pedagógica era abundante: pero nunca lo atribuía a
sus dotes naturales o a su propio esfuerzo. Persua­
dido de la veracidad de las palabras del divino Maes­
tro Cristo Jesús: Sin m ( nada podéis hacer, a El
acudía siempre, antes de salir a la palestra, con fer­
vorosa y prolongada oración, pidiéndole el auxilio y
el triunfo de su gracia: y a fin de que no pudiese ni
aun empañar ligeramente el brillo de su acción rege­
neradora el hálito de la vanidad o de la soberbia, la
defendía con el escudo de la mortificación y peniten­
cia, con el ayuno riguroso y con el punzante y con­
tinuo cilicio, que sofocaban todas las rebeldías de la
carne y del espíritu.
Por cada alma que atraía hacia Dios se imponía
una dura mortificación en acción de gracias y en pe­
tición de nuevo socorro: y así no es de extrañar que
fueran muchas las ovejas descarriadas que volvían
regocijadas al redil del divino Pastor.
El las veía regeneradas y limpias con honda com­
placencia de su alma; y a preservarlas de nueva con­
taminación dedicaba todos sus afanes y cuidados.
— 170 —

S u fervor apostólico, sin embargo, no se sentía


satisfecho: pretendía alejar por compleio a toda la ju­
ventud de las sendas del Iib:rtinaje y atraerla al hogar
tranquilo y carifioso de la vida cristiana: pero pronto
se convenció de que eran muchos y muy fuertes los
obstáculos que había que vencer; de que la seduc­
ción en sus infinitas formas, todas disfrazadas de fe­
licidad, extendía su tupida red hasta los últimos lími­
tes, en la que quedaban prendidos los débiles y los
incautos, que siempre forman legión.
Afligido, pero no desalentado, concibió la idea de
formar otra red de mayor amplitud que la de la se­
ducción, en la cual los abúlicos, los indiferentes, los
despreocupados entrasen sin repugnancia y permane­
ciesen después con agrado: y con la ayuda de sus
compañeros en el sacerdocio logró fundar la Asocia­
ción de jóvenes libres , cuyo lema era vivir en la li­
bertad con que nos engendró Cristo y declarar guerra
a muerte a los explotadores de la ignorancia, de la
pobreza y del vicio.
La variedad de atracciones, que establecía el re­
glamento de la asociación, y las ventajas de orden
económico, de que podían disfrutar sus miembros,
contribuyeron a que ya desde el principio fuese nota­
ble el número de socios y a que más tarde superase
este a los más avanzados cálculos.
Ya esto calmaba algo sus anhelos espirituales, y
le obligaba a postrarse en la presencia de Dios en
- 171 —

rendida actitud de acción de gracias; al mismo tiempo


que le pedía con todo el ardor de su alma que fe­
cundase, conservase e hiciese fructificar en abundancia
aquella semilla que él acababa de sembrar.
C o n la protección de Dios ya no dudó del éxito
de la obra.
CAPITULO XIV

S u m arlo .— Muere su madre.— Vuelve a Albufeira.— Su inagotable


caridad.— Sale para América.— Su vida a bordo — Providencial
encuentro.— Su apostolado en Méjico.— Viste el hábito de Agus­
tino Recoleto.

L a madre de Vicente se consideraba feliz, al ver a


su hijo infatigable en la labor de ganar almas para
Jesucristo; y a ello le ayudaba con sus continuas ora­
ciones y con la aportación pecuniaria de todo cuanto
le pedía, sin regateos ni mermas.
No aminoraba su satisfacción la enfermedad que
hacía tiempo venía ella padeciendo, y que había mi­
nado su naturaleza, porque estaba acostumbrada a s o ­
brellevar las contrariedades de la vida con resignación
cristiana.
Además ahora era el hijo el que fortalecía su es­
píritu y lo inundaba de consuelos con sus palabras
y con su ejemplos, con sus conversaciones saturadas
de savia celestial y con la práctica de rigurosas m or­
tificaciones, con que castigaba su propio cuerpo: y
— 174 —

esto para una alma tan religiosa como la suya era un


iónico reconstituyente, un sabroso manjar.
La única pena, que no disminuía sino que aumen­
taba cada día más, era la de ser causa, por sus
achaques, de la aflicción de su hijo. Este indudable­
mente sentía la amargura de los padecimientos de su
madre, y hubiera querido verla siempre en completa
salud: pero también sabía ofrecer a Dios el obsequio
de su insatisfecha voluntad: y por esta unión de vo ­
luntades con la divina ambos disfrutaban del place1*
inefable de la paz del alma.
Pero llegó un momento en que la madre sintió que
sus fuerzas se agotaban, que su organismo depaupe­
rado funcionaba con gran dificultad; y su corazón le
hizo presentir la proximidad del común desenlace final;
y así quiso manifestárselo a su hijo.
Semejante a Santa Mónica, madre de San Agustín,
le llamó, y, tomándole sus manos, le dijo con ma­
ternal ternura:
— Siento, hijo mió, que Dios me llama: y voy a
presentarme en su divina presencia llena de paz y de
confianza. Ya he cumplido mi misión sobre la tierra,
y ahora espero descansar felizmente en el cielo. A tí'
hijo mió, te he visto convertido de joven despreocupado
en sacerdote ejemplar. ¿Qué más puedo pedir? Ya
nada puedo hacer en el mundo y todo en él me re­
pugna: por eso quiero ir al cielo, desde donde te
ayudaré más que aquí.
— ¡Cúmplase la voluntad de Dios!— sollozó entre
— 175 -

lágrimas el hijo.— También a mí me hastía el mundo,


pero no quisiera dejarlo, hasta que cumpla plenamente
una deuda que tengo contraída con Dios.
— Si es deuda de justicia,— replicó la madre— y lo
mismo, si es de caridad, ahí te quedan todos los
bienes; todos son tuyos: con ellos podrás saldar tus
deudas.
— Mi deuda— repuso el hijo— no se salda con dinero,
sino con la sangre y la vida. Mi único deseo, madre,
es dar mi sangre y mi vida por Jesucristo. Sólo ese
sacrificio me dará la plenitud de la paz con la certeza
de haber raído los desvarios de mi juventud.
La madre fué a replicar, pero no pudo. La honda
emoción producida por las palabras de su hijo la de­
jaron desvanecida.
Pocas horas después recibía con gran fervor los
últimos sacramentos, y al día siguiente moría con la
paz de los justos, bendiciendo a su hijo y recibiendo
las bendiciones de él. Era el año 1618.
Pasados los primeros días de su orfandad, dedi­
cados a ofrecer oraciones y sacrificios por su madre,
Vicente sintió la vehemencia de realizar los santos
deseos de su corazón: y como no había pensado to­
davía en los medios que debía emplear para su logro,
encomendó a Dios la solución; pero poniendo de su
parte más prolongada oración y más ásperas mortifi­
caciones y penitencias.
Al mismo tiempo quiso remover todos los obstáculos
y allanar todos los caminos que pudieran conducirle
- 176 —

a su fin: y después de examinar el testamento de su


madre y todos los documentos con él relacionados,
realizó todos los bienes que poseía en Lisboa, y se
trasladó a Albufeira.
La vista de su pueblo natal, después de catorce
años de ausencia, despertó en él los recuerdos de su
infancia y le produjo intensas y muy variadas emo­
ciones. Allí había sido el niño travieso: ahora se pre­
sentaba con el vestido y el carácter de sacerdote del
Señor. ¡Con cuánto cariño le recordaban sus coetá­
neos las travesuras a que los conducía y, sobre todo,
su última aventura marítima! ¡Con cuánto rubor re­
cordaba él su caudillaje sobre ellos, prevalido de la
influencia de sus padres en el pueblo!

A llí comenzó enseguida a vender los inmuebles que


le pertenecían por parte de su madre: y en esa ope­
ración demostró una vez más toda la extensión de su
inagotable caridad. De acuerdo con la autoridad ecle­
siástica y civil hizo una fundación piadosa para so­
correr a todos los pobres y enfermos de Albufeira, y
la dió el carácter de perpetuidad, dotándola de capi­
tal abundanle, que era el producto íntegro de la rea­
lización de sus bienes.
Pero su celo sacerdotal no se sentía satisfecho con
esta obra de misericordia. E l veía que los niños an­
daban, como en su tiempo, libres, sueltos, expuestos
a todos los peligros y entregados a todas las trave­
suras; y a aquellos rapazuelos convocó los primeros,
— 177 —

y consiguió reunidos durante ocho días con el ali­


ciente de importantes premios.
Durante aquella semana, atemperando sus explica­
ciones a la capacidad infantil de su auditorio, logró
iluminar aquellas inteligencias con los resplandores de
las verdades de la fé, y mover sus tiernos corazones
a la práctica del bien.
El pueblo entero ensalzaba agradecido la obra de
don Vicente; y con eso se creía exento de toda otra
obligación. Pero, acabada la misión a los niños, tocó
el turno a los mayores; y en una serie de conferen
cias, durante otros ocho días, con amor de padre y
con celo de apóstol fustigó los vicios de los jóvenes,
inculcó a los padres de familia sus deberes para con
sus hijos y comunicó a todos la fortaleza saludable
que llevan consigo las verdades eternas.
E l pueblo fué dócil a las inspiraciones de la gra­
cia: y su hijo y misionero se despidió de todos, y
partió de Albufeira con la satisfacción de haber resti­
tuido allí a su verdadero cauce la moral privada y
pública.
Desembarazado de todos sus negocios materiales,
no pensó en Lisboa en otra cosa que en hallar so­
lución al problema de su destino.
Tenía muy presente la máxima de que nadie es
profeta en su palria: y a d e m á s eran demasiado fre­
cuentes las ocasiones que tenía en Lisboa de recordar
lo que tanto le desagradaba de su juventud. Por eso
pensó en salir para siempre de Portugal. ¿ A dónde?
- 178 -

N o lo sabía: pero confiaba en Dios: y a El acudió


de nuevo con más ardientes súplicas y más ásperas
penitencias.
Sabía él que de Lisboa salían de tiempo en tiempo
algunas expediciones con misioneros portugueses para
las costas de Malabar y para las posesiones de M e-
cao en China: pero como quería que su nombre que­
dase desconocido y olvidado de todos, desechó la idea
de ir a misiones portuguesas.
Por aquellos días se encontró en una calle de
Lisboa con un buen amigo suyo español, alto fun­
cionario del Gobierno de España en la capital lusi­
tana, el cual le dijo que aprovechaba la ocasión para
despedirse de él, porque se iba a Madrid, llamado con
urgencia por su Gobierno, para salir después con
rumbo a Méjico, a donde había sido destinado. Y esta
breve conversación fué la ráfaga de luz con que la
divina providencia iluminó su mente, disipó sus dudas
y le señaló la ruta que debía seguir sin vacilaciones.
Recordó entonces lo que tantas veces le habían
contado sus amigos españoles: las épicas hazañas y
las inmarcesibles glorias de los hijos de España en
el nuevo mundo; las heroicas proezas y las brillantes
conquistas espirituales de sus misioneros, y el afán
de todos ellos por llevar hasta los últimos confines
del conlinente americano los beneficios de la civiliza­
ción, basada en las suaves y amorosas máximas del
evangelio: y, como movido por una fuerza invisible,
se dijo a si m ism o:— Allí me llama Dios. El campo
- 179 -

de acción es inmenso e inexplorado; la labor a reali­


zar, ardua y penosa; la mies, mucha; y los operarios,
indudablemente pocos. Pediré, pues, al Señor que me
admita como obrero de su viña y que me facilite el
camino para entrar en ella.
Lo pidió de nuevo en la oración con m ayor ahinco;
y , sintiéndose confirmado en su idea, comenzó a hacer
las diligencias necesarias para llevarla a cabo.
Era aquella la ocasión más propicia para ir a
Madrid y conocer gran parte de España: pero el
recuerdo de la muerte de su padre en el momento
mismo en que iba a satisfacer este deseo le hizo re­
nunciar a él, y ofrecer esta privación como nuevo
tributo de expiación.
Al poco tiempo recibió de su amigo noticias con­
cretas del puerto en que iba a embarcar y de la fecha
de salida del barco para Méjico, y se resolvió defi­
nitivamente a ir con él a Nueva España.
En tiempo oportuno salió embarcado de Lisboa
con rumbo a Cádiz, donde desembarcó, para esperar
la salida del galeón que le había de llevar a América.
Durante su estancia en Cádiz pudo observar por
las calles el paso de algunos grupos de religiosos de
diferentes Ordenes monásticas: eran franciscanos, do­
minicos, agustinos recoletos y jesuítas, que¡ hacía días
que estaban allí, como él, en expectativa de embarque.
S u presencia confortó su espíritu; y el claro indi­
cio de que aquellos iban a ser combarcanos suyos
durante todo el viaje le animó a trabar con ellos
— 180 —

franca conversación, primero, y después, sincera amistad.


Llegó, por fin, el deseado día, que fué el 26 de
mayo de 1619, y la nave zarpó pausada y majestuo­
sa del puerto de C á d iz, llevando en su seno una
multitud heterogénea de eclesiásticos y seglares, que
en su serena incertidumbre encomendaban a Dios y a
la intercesión poderosa de la Virgen santísima el éxito
de su viaje.
Una travesía de tres meses en un barco de vela
por el inquieto Atlántico era de esperar que pusiese a
prueba la robustez del organismo y el temple de es­
píritu de todos los pasajeros: y así fué en efecto.
Bonanzas, calmas chichas, vientos ardorosos, suaves
brisas, tifones, tempestades, tersura en la superficie
del mar, olas gigantescas, averías en la nave, fuego
a bordo, mareos, contusiones, enfermedades, todo lo
experimentaron sin desaliento y sin soltar el timón de
la esperanza.
Entretanto, mientras los grupos de religiosos cum­
plían a bordo la observancia regular casi con la mis­
ma rigidez que en sus conventos, los demás pasaje­
ros se entregaban a honestos pasatiempos y diversiones,
con que aminoraban el aburrimiento y las molestias
del viaje.
Había, sin embargo, uno que se destacaba por su
austeridad, y que nunca tomaba parte en juegos ni
recreaciones. E ra el sacerdote don Vicente Simoens
y Pereyra, que, excepto algunos ratos en que con­
versaba con su amigo, el funcionario del Estado, y su
- 181 —

familia» empleaba los largos ocios en sanas y prove­


chosas lecturas y en intervenir cuanto podía en las
edificantes y amenas charlas de los religiosos. Por
estos sentía una predilección especial; y, previa ins­
tancia, obtuvo de cada uno de los grupos la más
amplia autorización para asistir a los actos de su vida
monástica como si fuese uno de sus miembros.
Por temporadas de una quincena de días seguidos
hacía con cada pequeña comunidad la meditación, los
rezos, la comida, las mortificaciones, todo su régimen
de vida: y por su porte exterior y por los temas de
sus conversaciones penetraba el espíritu que animaba
a cada una de ellas.
En las cuatro Corporaciones religiosas allí repre­
sentadas observó que reinaban un vivo espíritu de
caridad, un ardiente celo por la salvación de las almas
y todas las demás virtudes, que viven con vida exu-
burante en las almas que se han impuesto la obliga­
ción voluntaria de aspirar a la perfección: pero, al
final de la jornada, la más atrayente y simpática para él
era la de Agustinos Recoletos. Acaso esa especial
simpatía nació en él al calor de las excelsas virtudes
que veía practicar a uno de sus religiosos, y que
este las cubría con el velo de la naturalidad, con un
carácter apacible y bondadoso y con una perenne
angelical sonrisa.
Desde que conoció a este Padre, sintió hacia él un
singular afecto, que le impelía a buscar con frecuencia
su trato y conversación. En él veía algo extraño, algo
— 182 -

que comunicaba alientos de vida sobrenatural a sus


palabras y a sus acciones; y tras él iba a observar
con disimulo todas sus actividades en las ausencias
que hacía del gTupo de los suyos. A sí vió con ad­
miración que se mezclaba con los tripulantes, que
aprovechaba todos los ratos libres de servicio de los
grumetes y de los remeros para instruirlos en las
verdades de la religión católica, para infundirles for­
taleza y resignación en las amarguras de su penosa
vida, y para convencerlos de la suprema importancia
del negocio de su salvación eterna. Así pudo com­
probar que la semilla espiritual, depositada por aquel
misionero infatigable en el corazón de los marineros,
fructificaba espléndida y lozana en fervorosos actos
de piedad. E l mismo tuvo ocasiones de escuchar su
palabra evangélica, cuando se dirigía a los pasajeros
seglares reunidos, que brotaba de sus labios como
saeta saturada de divina unción.
¡Con qué santa envidia le escuchaba! ¡Cuánto enar­
decía sus deseos aquel modo de misionar del religioso
recoleto! ¡Qué fuerza extraña daban a sus palabras su
actitud humilde, su energía santa y hasta el hábito po­
bre que vestía! ¡Oh, si el fuera agustino recoleto, y
no un simple sacerdote secular!
Así transcurrieron tres meses entre alternativas de
bonanza y de inquietud; al cabo de los cuales llegó el
navio al puerto de Veracruz, en Méjico, donde fondeó
el día 24 de agosto del mismo año.
El pasaje, cansado de las molestias de tan pro­
— 185 —

longado viaje, se dió prisa para desembarcar, y se


fué cada cual a su destino.
Don Vicente Simoens, antes de dejar el barco, se
despidió efusivamente de todos los religiosos, con los
cuales había convivido durante noventa días en medio
del mar, y se ofreció para cuanto pudiera servirles
en todo tiempo y lugar. Pero cuando llego el turno
al religioso recoleto que había cautivado su afecto, lo
llamó aparte y le dijo:
— Padre: yo vengo a Méjico, olvidando mi patria,
con ánimo de dedicarme como misionero a la conver­
sión de las almas: pero conozco que me falla todo,
excepto la mejor voluntad, para hacer fruto en ellas.
¿Qué me aconseja vuestra paternidad?
— Que no deje la oración— respondió el religioso—
y que trabaje con afán y confianza, sin olvidar aquello
del apóstol: A / el que planta es algo ni el que riega;
sino Dios que dá el incremento.
— Para los religiosos es más fácil y fructífera la
vida misionera;— replicó don Vicente;— pero yo vengo
sólo.
— Todos somos instrumentos de Dios; — repuso el
religioso.— ¡Quién sabe si a los dos nos tiene desti­
nada una misma misión!
— ¡Ojalá sus palabras fueran proféticas!- exclamó el
sacerdote; y se despidió del religioso. Este era el
P. Francisco de Jesús.
Don Vicente salió del barco en compañía de su
amigo el funcionario español y de su familia; y des-
- 184 —

pues de unos días de descanso en Veracruz, empren­


dieron el viaje a Méjico. Allí quedó muy pronto habi­
litado para el ejercicio de su ministerio, merced a la
influencia de su amigo y a los encomiásticos informes
de los religiosos sus combarcanos; y comenzó ense­
guida a desplegar su celo apostólico con actividad
inusitada. Incansable en el ejercicio de la predicación,
recorría todos los lugares donde creía hacía más falta
la instrución religiosa; y en cada uno se detenía lar­
gas temporadas, el tiempo necesario para desarrollar
un completo plan catequístico, y para dejar floreciente
y sólida la moralidad de los indígenas, a los cuales
trataba y socorría con entrañas de amoroso padre.
En la capital de Nueva España se comenzó a pon­
derar la labor de don Vicente, y hasta el mismo pre­
lado eclesiástico quiso adscribirlo a su servicio: pero
él opuso humildemente el único objeto de su ida a
Méjico, y obtuvo amplia autorización para continuar
su campaña.
En medio de las molestias y fatigas de su vida
nómada, la divina providencia se encargaba de depa­
rarle grandes consuelos: y acaso uno de los mayores
para él fué el de poder comunicarse con los Agustinos
Recoletos, que habían sido sus combarcanos.
De los dieciocho que habían salido de Cádiz con
destino a Filipinas, uno, que era el P. Juan de Santa
Clara, quedó por enfermo en Puebla de los Angeles;
y cinco más, que eran el P. Com isario Fr. Cristóbal
de San Agustín, Peña, el cual había presidido la mi­
— 186 —

sión hasta Méjico, y los P P . Juan de la Anunciación,


Castillo; José de la Madre de Dios, Alonso de San
Juan Evangelista y Alonso de San Agustín, se quedaron
en Méjico por orden del Rvmo. P. Vicario General,
con el fin de procurar hacer fundaciones de casas de
la Orden en algunos puntos de Nueva España. Ta n
pronto como lo supo don Vicente, indagó su paradero
y se presentó al P. Com isario para ofrecerle sus ser­
vicios en favor de su deseo.
Desde entonces aprovechaba todas las ocasiones
que le dejaban libre las ocupaciones de su ministerio
para conversar con ellos y para ayudarles en las ges­
tiones de su instalación definitiva: y de tal manera se
iba aficionando a su régimen de vida monástica, que
cada vez prolongaba más su estancia con ellos, y se
cuidaba menos de intensificar la labor que había em­
prendido. Entretanto observaba la exactitud y la alegría
con que los religiosos cumplían todo el rigor de la
observancia regular; y le parecía fácil someterse a ella.
Era que el germen de la vocación religiosa había bro­
tado con gran vigor en el fondo de su alma, y le
hacia apreciar la sumisión de la propia voluntad a la
obediencia como la más amplia y fecunda de las
libertades.
S i hubiera podido consultar al P. Francisco de Jesús,
este le hubiera señalado resueltamente el camino a se­
guir: pero, al preguntar por él, le dijeron que había
embarcado en Acapulco con los demás compañeros
para las misiones del archipiélago filipino. Allí estaba,
— 186 -

sin embargo, el P. Cristóbal de San Agustín, que era


el Superior, hombre fervoroso, prudente y docto, a
quien podía exponer con confianza sus dudas y sus
anhelos: y sin más vacilaciones, después de haber
tratado el asunto con Dios en la oración, se presentó
a él y le manifestó humildemente que deseaba ser
agustino recoleto.
E l P. Cristóbal escuchó sin extrañeza la petición,
porque ya la esperaba, y accedió muy complacido a
ella: pero quiso hacerle esperar algún tiempo, a fin de
probar definitivamente su vocación.

Mientras el aspirante la acreditaba, superando con


facilidad todas las pruebas a que era sometido, llegó
a Méjico una nueva misión de veintitrés agustinos re­
coletos, destinada a Filipinas, y presidida por el C o ­
misario P. Andrés del Espíritu Santo; y este fué el
momento oportuno para que don Vicente viese reali­
zados sus deseos.

Previo el informe favorable que todos los Padres


de Méjico presentaron al P. Andrés, éste dispuso que
fuese admitido en la Congregación: y el día 21 de
septiembre de 1621, don Vicente Simoens y Pereyra
vistió el hábito de Agustino Recoleto en la residencia
de Méjico, de manos del mismo Padre Andrés del E s ­
píritu Santo, a los treinta y un anos de edad. Desde
ese momento (siguiendo la costumbre de que todos los
aspirantes, al tomar el hábito religioso, cambiasen los
apellidos de familia por otros tomados del santoral de
— 187 -

la Iglesia), adopfó el nombre de Fr. Vicente de San


Antonio, por devoción a su compatriota San Antonio
de Padua, que fué natural de Lisboa.
Con él tomó también el santo hábito un joven me­
jicano, natural de Guaxaca, que desde entonces se lla­
mó Fr. Francisco de la Madre de Dios; y los dos
comenzaron aquel día su noviciado religioso.
CAPITULO XV

Sum ario: Pugilato s a n to .-E n ruta para Filipinas.— E i novicia­


do en el m ar.— Escena triste.— Llegada a Manila.— Profesa en
el convento de Manila.— A d a de su profesión.

D esde el año 1605, en que salió de España con


destino a Filipinas la primera expedición de agustinos
recoletos, nunca estos vieron en Méjico aumentado su
número con alguna nueva vocación, a pesar de verse
precisados a permanecer por muchos meses, distribuidos
por los principales pueblos de Nueva España, y de haberse
establecido más tarde en la capital. El primero que
solicitó y vistió el hábito recoleto en Méjico fué Fray
Vicente de San Antonio: y esta circunstancia le pare­
ció a él que le obligaba de un modo especial a sentar
las bases de la más rígida austeridad en el noviciado,
para que sirviese de ejemplo a los que después soli­
citasen su ingreso en la Congregación. Para que no
le faltase el estímulo de la santa emulación, Dios lle­
vó a su compañía, primero, al mejicano Fr. Francisco
de la Madre de Dios, a quien tuvo que esperar para
— 19ü —

tomar el hábiro en el mismo día, y después a dos


españoles, el gaditano, también llamado Fr. Francisco
de la Madre de Dios, que quiso ser lego, y Fr. Fran­
cisco de San Guillermo; a todos los cuales se lo dió
el P. Comisario Fr. Andrés del Espíritu Santo. Pero
además, entre los veintitrés religiosos, que acababan
de llegar de España, había uno que no había hecho
su profesión religiosa: era Fr. Juan de San José, na­
tural de Granada, que había vestido el hábito en el
convento de su ciudad natal.
Este continuó su noviciado en Méjico: y como es­
taba acostumbrado a la rigurosa observancia de los
conventos de España, creyó, sin duda, empresa fácil
vencer a los demás en el pugilato de la santidad, en
la cual los consideraba bisoños: pero pronto se con­
venció de que había un veterano en las lides del es­
píritu, un atleta formidable en el asalto a las trinche­
ras de la virtud. Este era Fr. Vicente de San Anto­
nio, que, sin esperar las lecciones prácticas del viejo
novicio recién llegado, por convicción íntima, por im­
pulso generoso de su propia voluntad, hacía las obras
ordinarias con naturalidad perfecta y fervor edificante,
trataba y servía a los demás con sencillez rebosante
de alegre caridad, castigaba su cuerpo con crueles
mortificaciones, y, sobre todo, lefrenaba las rebeldías
de su amor propio con tal tesón que, a fin de do­
minarlo por, completo, él mismo buscaba las más afren­
tosas humillaciones.
Los demás novicios, estimulados por estos ejemplos,
— 191 -

aguijaban las fuerzas de su espíritu para no quedarse


atrás en su carrera: y así pudo decirse que aquel pe­
queño noviciado, el primero establecido en Méjico, era
una verdadera escuela de perfección.
Poco más de un mes llevaba abierto este noviciado,
cuando ya salió de él un novicio, conforme a las exi­
gencias de la ley. Era el granadino Fr. Juan de San
José, que, transcurrido el tiempo legal, hizo su profe­
sión religiosa ei día 27 de octubre de 1621 ante el
P. Comisario Fr. Andrés del Espíritu Santo.
Continuaban los demás con interés siempre crecien­
te el aprendizaje de la santidad, cuando se recibió la
orden de prepararse para hacer el viaje al archipiéla­
go filipino. Una oleada de alegría invadió el ánimo de
aquellos abnegados religiosos, que deseaban con ansia
verse pronto en el campo elegido para su labor apos­
tólica, y que habían estado forzosamente detenidos du­
rante seis meses en Nueva España
Reuniéronse en el puerto de Acapulco los veintidós
religiosos designados, bajo la presidencia del P. C om i­
sario F r. Andrés del Espíritu Santo, y el día previa­
mente señalado se embarcaron en la nao, que zarpó
del citado puerto con rumbo a Manila el 25 de marzo
de 1622.
De nuevo se vieron los intrépidos misioneros en
medio del mar sobre un pequeño barco de vela, a
merced de las olas y de los vientos. De nuevo em­
pezaron a experimentar las molestias de la estrechez
del lugar, del excesivo número de pasajeros, de la
— 192 —

monotonía de la vida y de la ausencia de toda co­


modidad: pero todo lo recibían como una suave prueba
de lo que les esperaba en los campos de batalla de
los infieles: y no por eso aflojaban en el cumplimiento
de rigurosa observancia de la vida conventual.
F r. Vicente, al ver trasladado su noviciado al medio
del mar, se sintió cohibido por la presencia de los
pasajeros seglares para hacer muchas obras santas, que
nadie le impedía dentro de los muros del retiro claus­
tral: pero explayaba su espíritu en la contemplación de
la majestad infinita de Dios y de su soberana omni­
potencia, manifestada en la formidable actividad de los
vientos y de las aguas, criaturas insensibles, a las
cuales había dotado de una parte casi imperceptible de
su poder.
Durante la larga travesía del océano Pacífico pudo
varias veces observar, anonadado, que una suave brisa
iba aumentando poco a poco su intensidad hasta trans
formarse en fuerte viento y llegar a violentísimo hura­
cán que, azotando la superficie de las aguas, las
removía con furia hasta descubrir sus entrañas y ele­
varlas como enormes montañas, que amenazaban se­
pultar en un momento bajo su ingente masa a la frágil
y diminuta navecilla. E l había sentido el paso del tifón
que hacía estremecer a la nave en doloroso crujido,
que arrancaba velas y jarcias, que tronchaba mástiles,
que lanzaba a las personas contra las paredes, y que
se llevaba a un grumete en una ola gigantesca y lo
sepultaba para siempre en los abismos del mar.
- 195 —

i Cuán grande veía a Dios en sus criaturas irracio­


nales, siempre obedientes a las leyes que E l les había
fijado! |Y cuán pequeño y miserable, al hombre, que,
envanecido con el título de rey de la creación, se
cree superior a todo, y tiembla de espanto ante el ru­
gido de los airados elementos! No: no había que es­
catimar el obsequio de sumisión a un Señor tan pode­
roso que disponía de todas sus criaturas para cortar
tan fácilmente la vida del hombre. Era preciso ofre­
cérsela; era necesario buscar el modo de entregársela
teñida en sangre de amor, para corresponder de algún
modo a la entrega que E l hizo a su eterno Padre de
la suya, enrojecida con la sangre de su infinita caridad.
Así pensaba F r. Vicente ante el emocionante espec­
táculo de la naturaleza bravia: y bien pronto se le
ofreció ocasión de poner a prueba sus propósitos.
Uno de los expedicionarios recoletos era el P. G re­
gorio áz San Guillermo, religioso muy docto, que
había honrado en varias provincias el pulpito español,
y había conquistado con justicia la fama de gran pre­
dicador. Hacía días que se sentía mal; pero, en su
deseo de mortificarse, no quiso dar importancia a su
dolencia Esta, sin embargo, fué aumentado de tal
modo que le obligó a reclamar la visita del médico.
No bien lo hubo examinado, cuando con visible gesto
de contrariedad declaró que aquello era viruela, y que
era necesario trasladar al enfermo a la enfermería y
aislarlo de toda comunicación personal, a fin de evitar
el contagio. Así se hizo. Pero antes de ejecutarse esta
— 194 —

orden, enterado de ella el novicio Fr. Vicente de San


Antonio, se ofreció espontáneamente al P. Superior para
asistir al paciente hasta el fin de la enfermedad, fuese
este cual fuese.
La noticia del caso llevó una angustiosa incerti-
dumbre a la tripulación y mucho más a los pasajeros,
ante el temor de que se desarrollase una epidemia
variolosa, que en aquellas circunstancias de vida podía
tener fatales consecuencias. Tomáronse las precaucio­
nes necesarias; y allí quedaron en un reducido cama­
rote de popa el enfermo y el enfermero, sometidos a
la precisa incomunicación, y entregados plácidamente
a los designios de la divina providencia.
To d o el interés del médico en salvar aquella vida
y todo el cariño y abnegación del enfermero, que le
servía como una tierna madre, no fueron suficientes
para vencer la enfermedad. A los pocos días el Padre
Gregorio de San Guillermo recibía con gran fervor de
manos de su enfermero todos los santos sacramentos,
y poco después expiraba con la paz del justo.
E l capitán dió las órdenes oportunas; y la noche
siguiente, a las tres de la madrugada, cuando todos
los pasajeros estaban entregados al reposo, se vió en
el extremo de la cubierta de popa el espectáculo más
triste y desconsolador. En el suelo yacía el cadáver,
envuelto totalmente en una sábana de lona sujeta por
una cuerda, a la cual habían atado, por la parte de
los pies del difunto, unas arrobas de hierro: alrededor
estaban formados el capitán, los oficiales libres de ser­
— 195 -

vicio, cuatro marineros, el médico y Fr. Vicente. A una


orden del capitán, cesó el ruido de los remos, paró
el barco unos momentos su marcha, colocaron los ma­
rineros el cadáver sobre un ancho tablón en plano
inclinado encima de la borda, y en medio de aquella
majestad soberana del mar y del viento en calma y
del más profundo silencio, dejaron deslizarse el cuerpo
inerte sobre la superficie del mar. Se oyó el chas­
quido de la caída sobre las aguas, se vió desapare­
cer el buho en los abismos, arrastrado por el peso
añadido; y a una nueva orden del capitán, se volvió
a oír el golpe de los remos, y la nave siguió tran­
quila su marcha.
Fr. Vicente, el abnegado y solícito enfermero, dejó
correr amargas lágrimas mezcladas con fervorosas pre­
ces: y allí mismo, postrado de rodillas, siguiendo con
los ojos del alma el itinerario al cielo del espíritu de
su difunto hermano, ofreció de nuevo a Dios el sacri­
ficio de su vida, de una vida más, que tan poca im­
portancia tiene a los ojos de la humanidad.
Los pasajeros seglares lamentaron la desgracia,
pero sintieron la satisfacción de verse libres de una
epidemia; los religiosos experimentaron el luto en el
corazón; y todos continuaron tranquilos el viaje; hasta
que, después de cuatro meses de travesía marítima,
llegaron al puerto de Manila, donde fondearon a fines
de julio de 1622.
Allí salió a recibir a los suyos la Comunidad de
Agustinos Recoletos; y después de dar todos gracias
- 196 -

a Dios por el lérmino de tan largo viaje, el Presidente


de la misión, que iba nombrado Vicario Provincial de
Filipinas, dispuso que el noviciado que llevaba de Mé­
jico continuase bajo la dirección del Maestro de novi­
cios P . Juan de San Antonio.
Durante los dos meses que F r. Vicente permaneció
en el noviciado de Manila, pudieron comprobar todos
los religiosos la solidez de sus virtudes, con las cuales
edificaba a los mismos ancianos: y esto movió a los
PP. Capitulares para aprobarlo por unanimidad a ser
admitido a la profesión religiosa.
Cumplidos previamente todos los requisitos legales,
el día 22 de septiembre de 1622, al año y un día de
haber tomado el hábito, se reunieron en el coro del
convento de San Nicolás de Tolentino, de Manila,
todos los religiosos de la Comunidad (entre los cuales
se hallaba el P. Francisco de Jesús, que acababa de
llegar de Bolinao), bajo la presidencia del P. Vice
Provincial F r. Andrés del Espíritu Santo, y con toda
la solemnidad y formulario litúrgico que prescriben las
Constituciones y el Ceremonial de la Orden, F r. V i­
cente de San Antonio hizo su profesión religiosa, según
el acta en latín escrita y orlada por el mismo Fra y
Vicente, que se puede ver en fotografía aparte, to­
mada del original, y cuya traducción al castellano es
literalmente como sigue.
«En el nombre de nuestro Señor Jesucristo
«,bendito. Amén.
« E l año de la natividad del mismo m il seiscientos
- 197 -

« veintidós, el día veintidós del mes de septiembre,


«yo, Fr. Vicente de San Antonio , hijo legitimo de
«Antonio Simoens y de Catalina Pereyra , sz/ legítima
« esposa, natural de la villa de Albufeira , efe ¡a p a ­
rro q u ia de la Concepción%hago profesión y prometo
« obediencia a Dios omnipotente, y a ¡a bienaventu­
r a d a siempre Virgen M aría , a nuestro bienaven­
tu ra d o Padre Agustín, 7 a //, reverendo Padre F ray
«Andrés del Espíritu Santo, Rector Vice Provincial
<¿de esta Provincia de San Nicolás , e/7 nombre y vez
«de nuestro reverendísimo Padre Maestro Fray Ful­
g en cio de Monte Georgio, Prior General de la Orden
«de Ermitaños de nuestro Padre San Agustín, y </e
sucesores que canónicamente entraren, y r/V/r
«sin propio y en castidad , según esta Regla del
«mismo nuestro Padre San Agustín, hasta la muerte
/ r . Andrés del Espíritu Santo ,
Wce Provincia!.
(Rubricado).

Fr. Vicente de San Antonio.


(Rubricado).

Fr. Juan de San Antonio .


Maestro de novicios.
(R ubricado).

A confinación escribió el notario el siguiente tes­


timonio:
«Digo yo, Fray Lorenzo de San Facundo, Lector
«de Teología, notario nombrado por nuestro Padre
«Rector Vice Provincial Fr. Andrés del Espíritu Santo ,
— 198 -

«que doy fe que el padre Fr. Vicente de San Antonio ,


«contenido en esta profesión , profesó en manos del
€dicho nuestro Padre , en el coro de este Convento
«de San Nicolás de M anila , estando presentes todos
«los religiosos de este Convento; y por ser verdad
«lo firmé hoy en 2 2 de septiembre, año 1622».
«.F r . Lorenzo de San Facundo , Notario ».
Terminada la solemne ceremonia, el P. Vicente re­
cibió los parabienes de toda la Comunidad; de los
cuales acaso el más efusivo fué el del P. Francisco
de Jesús, que, reconociendo en aquel al joven y ejem­
plar sacerdote que había sido su combarcano desde
Cádiz hasta Veracruz, creyó ver en este encuentro
fraternal algo que los había de unir a los dos en los
designios de la divina providencia.
E l P. Vicente, por su parte, sintió una gran satis­
facción, al encontrarse después de tres años con aquel
P. Francisco, a quien tanto quería y admiraba, y mucho
más, al poder llamarle con verdad hermano en religión.
Los dos continuaron siendo modelos vivos de virtud:
y compenetrados de la misma idea, que con la frecuente
comunicación crecía y se exaltaba, los dos se resol­
vieron a no cejar hasta conseguir dar su vida por
Jesucristo.
— 199 —

t/«M x jj h *á ttiíi/a a v ,\.Á W J^ÚalíéirctusSaGÍbu

¿»a¡KrtÚ ‘■ j^fo'RvfEl/uUfr yííí'^1^(tüfíJüJwaí


p n a f ñ l ' í f i EíJttftfíílf v«a r¿4j ¿mrrdióp&Ji Ú JÍk i
|i^ l^ tíLí -»íípjas™&3?ír¿tenn^J'
ft»C? %¿n¿
U¿VWtnxiBKxaTtJ/iSUa
JrVTtaífoinA'^i'i í^ j£ ^ í¿ a ¿ ^ ía íá ^ u p ic x £iauufj?fc<^w
I wa u t íHar^ Jh«l*sí^k¿n CriW¿íír4*áwcWíawtgu.
I L a * DtuiJíflY 1Tj.fn4«-\¿*2W^1v^-áV.? >ífr-LÍí/ n otlí^a* #w J
\ v>v J^ X /^?¿^^^Trí2a¡í'üí Jí5JÍmwíj/

A c t a o r i g i n a l d e la p r o f e s i ó n r e l i g i o s a
del P. V i c e n t e d e S a n A n t o n i o .
CAPITULO XVI

Sum arlo: Origen de la persecución contra los misioneros.


— Loa P P . Francisco de Jesús y Vicente de San Antonio salen
para e/ Japón — Viaje accidentado.— Relato del mismo p o r el
P . Vicente.

L a semilla que el gran apóstol de las Indias sembró


en los antiguos reinos del Japón, fué fecunda en fru­
tos de bendición.
Llegó el gran misionero a la isla japonesa llamada
Congoxim a (1) el 15 de agosto de 1549, acompañado
de dos jesuítas y tres neófitos de Goa, todos los
cuales fueron bien recibidos por el rey de Satsuma,
el cual les autorizó para predicar entre sus súbditos
el evangelio de Jesucristo. C o n esta licencia recorrió
en paz, durante veintisiete meses, o sea, hasta noviem­
bre de 1551, varios de aquellos reinos, en los cuales
logró convertir a multitud de paganos al catolicismo.
Murió él en Sancián el 5 de diciembre de este último
citado año; pero sus hermanos en religión, y luego

(1) H o y so lla m a K a g o s h im a . Es la parte más m e rid io n a l de l Ja p ó n .


- 201 —

otros sacerdotes de varias Ordenes religiosas acudieron


a continuar la obra de San Francisco Javier; y en
menos de cincuenta años había ya en el Japón un
millón y ochocientos mil cristianos, se había estable­
cido la jerarquía eclesiástica, el culto era público y
sin trabas ni hostilidades, y el entonces obispo del
Japón don Luis Sequeyra, portugués, visitaba pública­
mente las iglesias católicas, entre el respeto de los
mismos infieles. La propagación de la fé católica en
el Japón iba viento en popa.
Pero un accidente fortuito fué ocasión para que co*
menzase la hostilidad contra aquella: fué el siguiente:
En julio de 1596, un galeón español, que iba de
Manila a Méjico, batido por una furiosa tempestad, se
perdió en las costas del reino de To sa en la isla ja
ponesa llamada Shikoku, y se refugió, maltrecho, en
el puerto de Kochi. E l galeón, según las leyes enton­
ces vigentes en aquel país, debía ser confiscado por
el emperador. Pero el capitán del barco se opuso re­
sueltamente a entregarlo: y para exigir el respeto de­
bido al rey de España, dijo a los japoneses que su
rey era el más poderoso del mundo; y, sacando un
mapa universal, les mostró todos los reinos y nacio­
nes sometidos al cetro de España. Entonces un oficial
del emperador Taicosama, maravillado de la extensión
de los dominios españoles, le preguntó:
— ¿Cóm o ha podido el rey de España someter a
tantas naciones en Europa, Asia, Africa, América y
Oceanía?
- 202 -

— C on las armas y con la religión— contestó el ca­


pitán: y añadió:
— Nuestros misioneros preparan el camino, convir­
tiendo las naciones al cristianismo: y luego nos es
muy fácil someterlas a España.
Esta respuesta, tan arrogante como imprudente, lo­
gró la libertad del navio: pero, transmitida por el ofi­
cial al emperador Taicosama, desagradó a este y des­
pertó en él» primero, desconfianza contra los misioneros
españoles y los cristianos, y más tarde el odio y la
más cruel persecución.
A fomentar esta contribuyó, pocos años depués de
este episodio, la entrada en el Japón de navios ingle­
ses y holandeses, cuyos tripulantes estaban todos in­
fectados de la herejía protestante: y como iban resuel­
tos a quitar el comercio marítimo a los portugueses y
españoles, que eran católicos, dirigieron al emperador
la acusación de que los españoles querían someter el
japón a España por medio de sus misioneros. Le aña­
dían que muchos reyes de Europa, especialmente los
de Alemania e Inglaterra, los habían desterrado de sus
dominios; y que, si quería conservar el trono y tener
paz en el imperio, era preciso que los desterrase y
no admitiese en adelante a ningún español.
Los holandeses lograron su objeto. C on fecha 27
de diciembre de 1615 el emperador Daifusama expidió
un decreto por el cual desterraba a todos los misione­
ros españoles; y daba como razón de tan extremada
medida que, así como los europeos los desterraban de
— 205 —

Europa, él no los agraviaba al desterrarlos del Japón.


No contento con eso, y siempre hostigado por los
herejes holandeses, con fecha 12 de febrero de 1614,
mandó publicar un bando por todo el Japón, en el que
ordenaba a todas las autoridades que destruyesen to­
das las iglesias, imágenes, cruces, libros y demás ob­
jetos religiosos de los cristianos, y que quemasen vivos
a todos los cristianos, fuesen extranjeros o japoneses,
si no renegaban de su religión.
Daifusama murió el 1616; pero su hijo y sucesor
Xongusama reiteró las órdenes de su padre con mayor
refinamiento de crueldad.
Este reinó hasta el año 1634; y durante esos die­
ciocho años fué cuando la Iglesia católica tuvo en el
Japón mayor número de mártires.
Su sucesor, queriendo suprimir todos los testigos
de vista de tantas injusticias y de tan fiera mortandad,
publicó un edicto en virtud del cual obligaba a salir
del Japón a todos los extranjeros sin excepción algu­
na; y disponía además que, si en adelante algún ex­
tranjero quería entrar en aquel imperio, había de ser
con la condición precisa de pisotear la imagen del
crucifijo cristiano en el mismo momento de desembarcar.
Condición tan satánica fué rechazada con indigna-
clón por todas las naciones europeas. Unicamente los
holandeses aceptaron y practicaron esa condición sacri­
lega y denigrante; y siguieron comerciando con los
japoneses. Las demás naciones cortaron todo trato co­
mercial con el Japón: y desde el año 1646, en que
— 204 -

salieron, y en que fué abandonada aquella cristiandad por


falta absoluta de misioneros, hasta el año 1857, o sea,
por espacio de doscientos y once años, en el Japón
no entraron más que herejes holandeses que se bene­
ficiaban con su comercio.
E l año 1857, el comandante Perry logró establecer
un tratado de comercio y borrar por completo tan ini­
cua condición: y desde esta fecha entró el Japón en
el concierto de las naciones civilizadas.
Desde que se dió el decreto de expulsión de los
misioneros el año 1615, los cristianos japoneses que­
daron afligidos y desamparados: y con el bando de
1614 se vieron obligados a ocultar sus creencias y sus
ritos. Es verdad que algunos misioneros abnegados
no salieron del país, y que otros volvieron disfraza­
dos: pero la persecución era tan feroz que, por temor
a ser descubiertos, vivían escondidos con gran per­
juicio espiritual para los cristianos. Estos, resueltos a
no perder su fe aun a costa de su vida, se dirigieron
por escrito a sus antiguos misioneros, que se refugia­
ron en Filipinas, y les pidieron con vivas instancias
que volviesen al Japón a correr el riesgo que merecía
la doctrina que les habían predicado.
Las Ordenes religiosas españolas de Filipinas en­
contraron enseguida entre sus miembros fervorosos vo­
luntarios para aquella difícil empresa, que empezaron a
realizar con más voluntad que éxito.
Los Agustinos Recoletos eran todavía muy pocos
en el archipiélago filipino, y estaban colocados en las
— 205 —

regiones más remotas y rebeldes a la civilización cris­


tiana: y aunque muchos de ellos, enterados de la an­
gustiosa situación del imperio japonés, se ofrecieron
gustosos a ir a trabajar en aquella perseguida Cristian-
dad, los superiores no estimaron prudente abandonar a
unos infieles para ir a socorrer a otros. Pero cuando,
en julio de 1622, llegó a Manila una expedición de
veintiún recoletos, aunque todos hacían falta en las
misiones filipinas, determinaron enviar, por lo pronto,
dos al Japón, con ánimo de enviar después algunos
más.
Al conocer esta decisión los religiosos, todos se
ofrecieron voluntarios: pero los superiores, después de
examinar las condiciones físicas y, sobre todo, las
virtudes de cada uno, escogieron y designaron al Pa­
dre Francisco de Jesús y al P. Vicente de San Anto­
nio; dando al primero, como más antiguo en religión,
el nombramiento y las facultades de Vicario Provincial
en la nueva misión japonesa.
Si grandes eran los méritos reconocidos en el Pa­
dre Francisco, ¡cuáles serían en el P. Vicente, que sólo
contaba cuatro meses de profeso en la Recolección
Agustiniana!
Sin embargo, veamos cómo sentía de sí mismo el
P. Vicente por una carta que escribió desde la cárcel
de Nagasaki a un amigo suyo de Macao con fecha
22 de julio de 1632: dice así:
«E n el año del Señor de 1622 ordenaron los pre­
lados de mi Orden de ios Descalzos de nuestro Padre
- 206 —

San Agustín abrir el camino para la conversión de


estos reinos del Japón; porque aunque los de otras
religiones había años que lo tenían hecho, nosotros,
por ser modernos en aquellas partes, aún no lo tenía­
mos hecho hasta entonces.
«A yudó mucho a este buen intento la relación, que
aquel año llegó de aquellas partes, del glorioso m ar­
tirio que hubo el año antes: con las cuales nuevas
hervían los ánimos de los religiosos por padecer.
«jBien fuera estaba yo de tanto bien! Pues por una
parte veía mis deméritos; y por otra, el ser moderno
en la religión: y habiendo muchos más antiguos y
doctos y bien probados en virtud y santidad, estaba
yo en mi recogimiento, y con suspiros de lo íntimo
de mi corazón pedía al Señor que (aun) cuando no
fuese entonces, en algún tiempo me lo concediese.
«O y ó el Señor mis humildes ruegos: y cuando más
descuidado estaba de tanto bien, me fué notificado que
me embarcase; señalando conmigo otro religioso, que
en compañía salimos aquel año a fundar en estas
partes».
Los dos religiosos recibieron la designación con
inmenso júbilo, y no cesaban de dar gracias a Dios,
a quien ofrecieron su sangre y su vida por la salva­
ción de las almas.
Después de una tierna y emocionante despedida de
la Comunidad, con el fin de guardar el secreto ante
los seglares y de evitar ser delatados por los espías
japoneses, el día 16 de febrero de 1625 salieron de
— 207 -

Manila para Bolinao, Zambales, para ultimar allí los


preparativos necesarios y esperar el barco que los había
de transportar hasta el Japón.
Com o todas las precauciones eran pocas para bur­
lar la inicua ley, que prohibía bajo pena de muerte la
entrada de misioneros extranjeros en aquel Imperio, sa­
lieron ya de Manila disfrazados con trajes de merca-
deres; y llegaron sin novedad a Bolinao.
Un mes llevaban allí de estancia, ocupados en dis­
poner su equipaje, y en preparar su alma para los
futuros combates con la oración, disciplinas y ayunos,
cuando a fines de marzo un horroroso incendio casual
arrasó el convento en que se hospedaban; del cual
pudieron salvar con grandes esfuerzos todo su escaso
equipaje.
Por esta contrariedad y por despistar más su salida,
el 23 de abril se trasladaron a Matabang, convento
de agustinos recoletos en tierra firme de Luzón, dis­
tante una legua de Santiago de Bolinao; y allí se les
agregaron los demás compañeros de viaje, que eran
dos franciscanos, dos agustinos calzados y cuatro
dominicos.
Estando todo ya dispuesto, y puesta su confianza
en Dios, el día 28 de abril de 1623, salieron de M a­
tabang en un barco de madera, pequeño y viejo (por
el cual, sin embargo, habían pagado las cuatro C o r-
paraciones religiosas que lo utilizaban muchos miles
de pesos), y antes de tiempo; es decir, con viento
- 208 —

contrario, porque dominaba todavía la monzón del norte,


y su travesía era toda hacía el norte.
En estas condiciones era fácil presagiar un viaje
accidentado y lleno de peligros, como lo confirmó la
realidad.
Subieron toda la costa noroeste de la isla de Luzón,
la provincia de llocos sur y norte, doblaron el cabo
Bojeador, y se dirigieron a las islas Babuyanes, que
están al norte de Luzón, enfrente de Cagayán, con
objeto de hacer nuevas y necesarias provisiones: pero
una via de agua que se abrió en el barco les obligó
a detenerse en una de aquellas islas largo tiempo
para repararla.
Pero nadie mejor que el mismo P. Vicente de San
Antonio nos puede detallar las incidencias del viaje:
por eso preferimos transcribir literalmente una carta
suya, empezada el ocho y terminada el dieciocho de
enero de 1624, dirigida al entonces Vicario Provincial
de Filipinas P. Pedro de la Madre de Dios, que
dice así: (1).
«A nueslro Padre F r Pedro de la Madre de Dios,
Vicario Provincial de los Descalzos de nuestro Padre
San Agustín, en Manila.— De Japón».
«Loado sea el Santísimo Sacramento».
Secunda via: ocho de enero de mil seiscientos
veinte y cuatro.

(I) A rc h . Prov. «elación del trá n s ito que hicieron a las Indias los PP. A g u s ­
tinos Descalzos de España el año 1605, y progresos que han tenido en entram bas
hasta el año 1630: p o r el P. Pedro de S antiago, rol. 20 vto. y s ig r.
— 209 —

«Padre nuestro: de Babuyanes escribí largo a V . R :


y ahora lo hago de nuestro viaje de la misma manera:
que si fuere prolijo, es porque él lo ha sido tanto,
que sólo Dios, por quien hemos venido, nos puede
dar paciencia para sufrirlo, allanando nuestros ánimos
y alegrando nuestros corazones con las esperanzas del
fruto de tantos trabajos, que era por entonces el buen
suceso de nuestro viaje, tan Heno de milagros y ma­
ravillas como se espera de su mano poderosa*.
«E n veintiocho de abril partimos de Matabang, tan
alegres y contentos como lo pedia la empresa que
pretendíamos alcanzar, con intento de llegar a Babu­
yanes, adonde tomamos puerto al cabo de cinco
días, obligados de una agua que se nos abrió en la
proa de nuestra vieja barca».
«Fuim os bien recibidos, aunque con grande sobresalto
de los vecinos de la isla, imaginando seríamos otros.
Allí reparamos el navio, y las personas de paciencia:
y fué este el primer lugar donde quiso nuestro Señor
empezarnos a armar de ella por medio de algunos
sucesos que allí pasaron».
«De aquí nos partimos en diez de mayo, siguiendo
nuestro viaje con buen viento y mejor ánimo: pero la
fortuna y el enemigo, envidiosos, trocaron el tiempo a
la tercera noche con un baguio (1) no muy recio: pero
como a descuidados, nos tuvo un gran rato zozobra-
dos (inclinados de un lado). Corrim os los rumbos de

(1) Huracán.
- 210 -

la aguja (1); y con votos de arribarnos (2), abonanzó.


Fuimos adelante, desviándonos de las islas tanto, que
vino tiempo en que deseábamos ver tierra, o saber
dónde estábamos, y no^ fué posible en todo el mes de
mayo: porque ya puestos en altura de veinticinco
grados (3), volvimos a arribar con un grande norte;
y a medio camino volvimos a hacer viaje (y esto fué
por tres veces), con tan grandes tormentas y en tanta
altura que nos helábamos de frío».
«Empezamos entonces a importunar a Dios y a los
santos con votos de que nos diese lo que más con­
venía. Salió de su alto juicio que arribásemos a China.
Hicímoslo sin contradicción alguna ni de nuestras vo­
luntades ni del tiempo; porque hasta que llegamos a
estar en la costa nos fué favorable».
«E n treinta y uno de mayo dimos fondo en un
puerto bueno (4) de la provincia de Tangua. Aquí,
pues, aguardamos buenos tiempos, y reparamos otra
agua que cerca de la aguja en que encara el timón
se nos abrió, tan grande que, a no haber topado con
la tierra, fueran muy peligrosas nuestras vidas».
«E s esta tierra de China desgraciada, sin árboles,
pero de muy buenas aguas y fuentes. Ya en este
tiempo era el mantenimiento poco, y se comía con
mucha regla; por lo cual salíamos muy de mañana

(1) Del viento.


(2) Delarse lle v a r po r la dirección del viento y volverse atrás.
(3) De latitud norte.
(4) E l de S om bor.
— 211 —

todos a mariscar (1). La leña, ninguna; y padecíamos


mucha falta de ella. Deseábamos descubrir algún monte
que la tuviese, y no era posible ver un palo. Mas
como en el mayor aprieto suele Dios acudir, lo hizo
en esta ocasión, como en todas, milagrosamente; en­
viándonos con las corrientes hacia donde estábamos
un medio navio quebrado, que luego deshicimos; dando
gracias a quien con tanta sobra de provisión acudía a
sus desconsolados soldados».
«Veíamos en tierra rastro de gente y caminos
abiertos, y por la mar muchas embarcaciones que,
viéndonos, atravesaban huyendo de isla a isla con
suma presteza. Afligíanos esto: y al ver que se nos
acababa la comida, sin remedio de poder dar noticia
a aquellos bárbaros, acudimos a Dios, e hicimos una
cruz muy hermosa: y a los ocho de este mes la fuimos
como en procesión a poner en un alto, que bien se
veía de todas las partes de mar y tierra, pidiéndole
cada uno y todos juntos nos sacase del aprieto en
que estábamos».
«E n este mismo día, recogidos que fuimos a nues­
tra embarcación, estando rezando las letanías, vimos
que iban entrando unas seis galeotas de sangleyes
(2) que, acosadas del tiempo vuelto a su furia anti­
gua, se recogían al abrigo. Pero al momento que nos
descubrieron, se tornaron a salir no muy lejos a otro
puerto; a donde deseosos de saber, fué uno de la

( l ) C oger en la playa m ariscos.


(?) B arco» trip ulado s p o r chinos.
— 212 —

compañía franciscana, perito en la lengua, y sacó de


ellos, aunque con grande dificultad, dónde estábamos;
porque hasta entonces no fué posible saberlo de cier­
to. N o se fiaron los sangleyes de las galeotas, y con
toda aquella tormenta se volvieron a salir a buscar
otra guarida.»
«C re ció el tiempo y tormenta de hambre, y nos
obligó a zarpar, y entramos tierra adentro (1); donde
a poco tiempo nos habíamos arrepentido; porque eran
tan grandes las corrientes entre aquellas islas, que no
podíamos ir sino dando vueltas en redondo ya sobre
esta isla ya sobre aquella, con las ondas en la mano.
Y lo que más es que, abarbados (2) con la tierra,
no hallábamos fondo en cien brazas; tormenta mayor
que ninguna hasta allí».
«Eran entonces las peticiones más eficaces, por ser
más cierto el peligro de las vidas, viéndonos embar­
cados entre tanta máquina de islas de bárbaros, sin
gobierno de timón, sino a donde querían las corrien­
tes y los escarceos de ellas nos echaban. Al fin quiso
Dios acudir a sus desconsolados soldados. A I cabo
de gran rato de la noche echamos acaso el escandallo,
(5) y hallamos buen fondo; y le dimos luego, apro­
vechando la ocasión, hasta el día, en que empezaron
las fortunas de nuevo a seguirnos, y el enemigo a

(1) A l refugio de fas Islas más próxim as a fierra.


<2) E stando a nivel de tie rra y casi tocándola.
<&) La sondo.
- 213 —

«armar sus redes de nuevo, con que nos hiciese per­


der la confianza que teníamos en Dios».
«Llegó, pues, la mañana, en que nos vimos con
•algunos champanes (1), que* pescando estaban, bien
«ajenos de que por allí podía ir quien no supiese la
tierra. Echamos la chalupa con un camarada que sa­
bía la lengua y otros dos marineros españoles, y con
-sus arcabuces hicieron camino hacia ellos; los cuales
■al momento se pusieron en huida. Apretaron los nues­
tros, y les hicieron bajar a tierra dejando la embar­
cación. Los nuestros, por obligarles a que vinieran,
saltaron en su champán, y largando la vela, venían
hacia donde nosotros estábamos bien a la mira, aun­
que lejos. Valiéronse los sangleyes de sus Armadas (2),
que para esto tienen; y pensando seríamos ladrones,
com o lo parecíamos, salieron por detrás de otra isla
con seis galeotas y tres navios grandes, que cual­
quiera de ellos podía meter el nuestro dentro de sí,
y bien armados de gente y fuego salieron a los nues­
tros; y es cierto que nos vimos ya casi debajo sin
remedio>.
«Pero como había de ser viaje de milagros, aun­
que no era este el primero, escaparon los nuestros
tirando mosquetazos; y nosotros, levando el ancla por
favorecerlos, lo hicimos; y dentro que los tuvimos,
era poco el viento, y sus embarcaciones todas de
remo nos daban caza, tirando versos (disparos de

(!) Pequeños barcos chinos.


(?) G rupos de barcos arm ados.
— 214 —

pequeños cañones), bombas y otros instrumentos de


fuego que traían».
«Deseábamos huir la furia de estos bárbaros, y
puesta una imagen de nuestra Señora en la jarcia, le
pedíamos todos nos librase de este peligro. Hízolo
así la Virgen; porque luego nos dió un tiempo tan
recio que nos hizo vencer las corrientes, y fuimos
saliendo sin saber por donde, tirando algunos mos­
quetazos ád ferrorem , que por tenerlo ellos bien poco,
nos venían siguiendo como podían>.
«Y cuando menos nos catamos, estábamos ya en
la boca por donde habíamos entrado, donde calmó el
viento, y volvimos de nuevo a temer las furias de
las corrientes, que no tardó (faltó) mucho que nos
pusiesen en tierra encima de una peña, ya sin espe­
ranzas de vida; porque era ya fuera en la mar; y las
peñas, cortadas; y cercados de enemigos, que aun
estaban casi con la presa en las manos. Aquí no sé
que nos ayudase alguno; sino que claramente se vió
ser libres de este peligro como de los demás mila­
grosamente.»
«Salim os; y como la tormenta no cesaba, nos fui­
mos a recoger entre otras islas, seis u ocho leguas
abajo de este puerto, hacia Chincheo; pensando esta­
ríamos seguros de que no nos volverían a inquietar.
Pero no fué asi: porque en el día siguiente entraron
por entre estas islas ocho galeotas bien equipadas, y,
llegando a conocer nuestra flaqueza, enterados bien de
que no queríamos más que paz, volvieron detrás de
— 215 -

una de aquellas islas, y vueltos con los mismos na­


vios grandes, empezaron de nuevo a perseguirnos».
«A q uí dijimos todos que esto lo permitía Dios para
que, acosados de estos, viniésemos a buscar el tiempo
que, fuera del abrigo de la costa, había bueno. V i­
nieron dándonos caza por barlovento (1); y nosotros,
levando el ancla, y tirando todos como podíamos. Y
en verdad que no había quien no se valiese de pól­
vora y de plomo y buenos ejercicios, por ver la fuerza
de los enemigos. Pero quiso nuestra desgracia que,
al tiempo de largar el trinquete (2), como está bras-
cado (3) por sotavento, no acudió a ello, sino al lla­
mamiento que hizo la ancla: y así tomando por da-
vanfe (4), cayó sobre los enemigos, tan sobre ellos
que fué fuerza tirarnos todos una rociada. Fuéronse
retirando, y nosotros saliendo; y ellos otra vez sobre
nosotros. Acaso se derramó una poca de pólvora en
el combés cerca del fogón, que o de él o de alguna
centella (chispa) se le pegó fuego, y de aquí a un
mosquete (arma de fuego), que un marinero había
dejado allí cerca por acudir a marear (manejar las
velas); y disparándose (cosa lastimosa y de llorar),
fué a dar, cerca del palo mayor, en Fra y Diego de
Ribera en la pierna izquierda; y pasándole tres balas
la pantorrilla, dieron en la estragada de la driza m a-

(t) Parte de donde viene el viento. S otavente, le con traria .


(2) Pa’.o que gira hacia el trinquete grande para el fuego de velas.
C oloca do.
(4/ Desviándose de au dirección.
— 216 —

yo r (1), y por poco no cayó de romanía (2), y así


matara a los que estaban debajo; como, amainando,
llegarían los enemigos, y sería lo mismo».
«Libronos Dios; y fuimos navegando aquel día,
alegres por haber escapado de aquellos infieles, y bien
tristes por el mal suceso de nuestro camarada y buen
amigo; en quién cargó tanto la enfermedad, que la
víspera del Corpus, catorce de junio, le hubieron de
cortar la pierna por la rodilla. Sufriolo el siervo de
Dios con tanto ánimo, como se echó de ver en su
feliz muerte, que fué pocas horas después en el mismo
día. Llevó Dios el consuelo de nuestros trabajos y el
que hasta allí nos había sido fiel compañero (3).
«E n el mismo día en que lo echamos a la mar
nos dió un vendeval como hasta allí no habíamos te­
nido: con que nos consoló nuestro Señor, estando
afligidísimos de la pérdida pasada. Duronos este tiempo
hasta llegar a las islas Organos y Santa Clara, que
fué el 18 de junio: y como ya tan llegados (p ró x i-

(1) C ilin d ro ol que se a rro lla el cabo con que se Izan o arrían las vergas.
(2) C aer a plom o.
(3) B ale P. Diego era dom inico, am igo del P. R e c íte lo R odrigo de 5 . M iguel:
el cual en su Conversión de Filipinas y Japón. § X X 'll, dice: «D isparó el m os­
quete y pasó una pierna al Padre Pr. Diego de «Ib era de la O rden de S onto
D om ingo. Leyó muchos años de teología; y en este ejercicio le dejé, cuando
e l afto de 22 salí de M a n ila *.—E l P. H errera en su Alphabútum Augustinianum,
pág. 235, da a entender que este P. Diego era Recoleto; pues a él y al P. V i­
cente de S . A ntonio los designa com o socios del P. P ranclsco de Jesús en su
via je al Japón, sin más aclaración; y esta es necesaria. — En la misma página
afirm a el P. Herrera qu¿ el P. u te£o m urió el año 1624; y, según el testigo
o cu la r P. Vlceníe. m urió <1 16'3. En l i misma página el P. H errera llam a al
P. F rancisco de J2s¿m, Franciscus de S. Fuigentio, alias de Jesu: y no hay
ra tó n alguna para llam a rlo así.
- 217 —

mos) a fierra del Japón, volvió el tiempo al terral;


conque nos detuvimos los días siguientes>.
Este viaje tan accidentado y lleno de peligros no
era más que el preludio de los trabajos y amarguras
que les esperaban en el Japón. Pero los dos héroes
invictos, PP. Francisco de Jesús y .Vicente de San A n ­
tonio, lejos de acobardarse y de sentir el menor des­
fallecimiento de ánimo, se crecieron a prueba tan dura
y cobraron nuevos bríos para pelear las batallas del
Señor, en quien tenían puesta toda su confianza. Dios los
había ayudado a vencer contra toda esperanza hu
mana en un viaje de dos meses, a bordo de un
barquichuelo pequeño y desvencijado y viejo, sobre un
mar alborotado y batido por violentos huracanes y
horrorosas tormentas; Ies había librado de las furio­
sas acometidas de una poderosa escuadra china, de
las m u:has que tenía siempre prevenidas el empera­
dor contra los corsarios: y les había dado fuerzas
para acallar los gritos y superar las exigencias del
hambre, que los había escogido como víctimas: y Dios
ios conduciría, en los combates que se ofreciesen, al
término de su empresa.
CAPITULO XVII

Los PP. Francisco de Jesús y Vicente de


San Antonio en el Japón.
Sum ario: Idolatría grotesca.— Dificultades.- En Kagoshima
— Llegan a Nagasaki.— Estudian el idioma japonés — Graves pe­
ligros del P . Vicente.

A la vista de tierra japonesa, sus corazones se


dilataron de gozo, y se manifestaron en rendidas gra­
cias a Dios por haberlos llevado ilesos al deseado
campo de su apostolado. Com o nadie podía entrar en
el puerto de Nagasaki, que era el lugar de su des­
lino, sin obtener previamente la correspondiente licen­
cia de la autoridad, optaron por desembarcar en el
puerto de Co xi, llamado hoy Ichiki, situado enfrente
de las pequeñas islas de Koshiki, muy próximas al
reino de Satsuma, en su parte occidental; y desde
allí hacer todas las diligencias necesarias para entrar
en Nagasaki. C o n este acuerdo previo desembarcaron
en Koshiki: pero a pesar de toda su actividad para
conseguir su objeto, no pudieron lograrlo hasta des-
- 220 -

pués de cualro meses. El día 14 de octubre de 1623


entraban, por fin, en Nagasaki: habiendo salido de
Mafabang de Luzón el 28 de abril, y de Manila, el
16^ de febrero.
Pero continuemos la carta del P. Vicente, comen­
zada en el capítulo anterior, donde relata su entrada
en el Japón. Dice así:
«E n veinte de (unió entramos en el puerto de
C o x i o Focatagaura, reino de Satsuma: fuimos bien
recibidos d¿ los naturales: y con muchas visitas de
uno y otro género daban a mostrar su natural; ellos,
soberbios; y ellas, lascivas y deshonestas en sumo
grado*.
«E n el dÍ3 siguiente determinó el piloto partirse
a la Corte (1); y eligió para llevar consigo a F r. D o ­
mingo de Erquicia de la Orden de Santo Dom ingo;
y efectuóse su partida con consejo de todos».
«Partidos que fueron los do$, determinamos los que
quedábamos ver los lugares a donde más cerca es­
tuviesen; y así nos fuimos a To m ary, lugar cerca de
nuestro buen puerto: y fué tan buena la ocasión que,
no digo nosotros, sino los más antiguos (misioneros)
del Japón la estimaran encontrar. Y fué que, habién­
donos recibido un sangley, que allí estaba casado, en
su casa, con grande amor, estando en buena conver­
sación, oyeron cierta señal los de esta casa y fuera

(1) Kagoshim a era la corte d * l rey de S atsum a, en tierra firm e. E l re in o


de Satsum a está situado en el e x lrc tm sur del Japón. Uey aquí significa G o­
b e rn a d o r del reino.
— 221 —

B o n zo japonés
— 222 —

de ella (1), y se aprestaron las damas con galas y


afeites; y saliéndose, sin más, nos fuimos tras de la
turba para ver el fin. Y pasado el pueblo, llegaron
a una pequeña ermita, que en su lengua se dice Thera ,
y puestas todas debajo de uno como jacal (2), y es­
tando todas sentadas (3) salió el ermitaño, que llaman
Yamabuxi, viejo y cargado de canas, calzóse unos
calzones de lienzo crudo y grueso, y púsose una
mitra de cuero negra; y arrodillado al pie de su
Fotoque (4), hizo una profunda reverencia y pequeña
oración. Levantóse, y tocó una pequeña caldera que
para esto tenía colgada (5), y luego sacó la llave y
abrió la primera puerta, donde apareció una tosca
cortina como de angeo (lienzo basto), la cual no fué
posible hacerla descubrir; aunque cierto curioso que
quedó más cerca vió un gallo pintado dentro».
«S a có el buen viejo un rosario, que es como los
nuestros, mas sin cruz; y hechas con él muchas in ­
venciones (ceremonias), sacó un mosqueador de papel
como de pastelero, puesto en un palo, y con él bajó
a los que allí habían ido, y poniendo uno a uno el
mosqueador sobre la cabeza, les iba santificando a su
modo. Volvió al gallo, y allí dijo algunos responsos
cantados».

(1) Lo s sefla'es se hacían golpeando con un mazo un gran p la tillo metálico*


(9) C obe rtizo de canas y paja.
(9) E s ta r sentadas era a llí signo de respeto, como de ro d illa s entre los
cristia n o s.
(4) Ido lo.
(5) Las prim eras cerem onias se hacían en el a trio; y luego se abría e
Th era o tem plo, pero nadie entraba en su Interior.
— 225 -

«Ofreciéronle vino, dinero y arroz, que todo lo


metió debajo de la cortina, y lo envió para casa;
salvo que del arroz echó un poco por tres veces
hacia atrás, y dió como pan bendito unos granitos a
cada uno, lo cual comieron. Y vuelto a cerrar, se
vino a sentar en medio de los demás enfrente de un
atambor (tambor) que le quedó entre las piernas, y
cogidos los palos, le empezó a tocar con tanta fuerza
que, a no ser el pergamino tan grueso, se rompiera».
«A los primeros golpes salió un muchacho a dan­
zar, con una ropa larga y un manojo de cascabeles
grandes en la mano: y aunque duró rato la danza,
más duró lo que se seguía: porque, puestos los palos
del tambor a un lado, empuñó una taza el buen vie­
jo, y fueron saliendo los repuestos que cada cual ha­
bía llevado; y él, brindando a cada una de las damas,
y ellas a él, con tanto brío que a poco espacio había
bebido trece o catorce escudillas.»
^Espantados nosotros de tal juego, nos fuimos;
porque no tenía traza de acabarse tan presto. Sabido
de un cristiano, que con nosotros fué, era la fiesta
por el mal de las viruelas, que había muchas en el
pueblo, volvimos a nuestro pueblo; y ellas segunda vez al
buen viejo, a que importunase a aquel gallo con nuevos
dones de vino. Rogamos a Dios nuestro Señor por ellos;
y V. R. haga lo mismo, para que les abra los ojos,
y conozcan ritos tan fuera de propósito y tan desviados
del camino de la salvación.»
«Luego el 26 de este mes (junio) recibí una carta
— 224 —

de un navio de Macao (China), que con otro había


arribado a esta misma costa, desviándose de los de­
más: imaginando que el nuestro sería alguno de su
compañía, me escribía. Respondíle: con que salió en
busca de los suyos. Supimos después que habían en­
trado los seis en Nagasaki; y uno, arribado a esta
ciudad; porque a ellos los habían alcanzado los mis­
mos tiempos que a nosotros; y así padecieron aquel
trabajo.»
*En este mismo día llegó el piloto con su com pa­
ñero, diciendo que el To n o (1) había subido a la corte
del emperador, y que por entonces habían quedado
unos gobernadores que ellos llaman Bungios (2). A
estos, pues, volvieron al día siguiente con un presente
^regalo), donde entró el vino que traíamos para las
misas y candelas y otras más cosas. Idos que fueron,
saltamos a tierra, y tomamos posadas donde mejor
podíamos.»
«E n 5 de julio llegó Fray Domingo de Congoxima
(Kagoshima), que así se llama la ciudad en que vive
el To n o , y con nuevas de que se había negociado
bien, y el piloto se había partido de allí a Nagasaki
a sacar licencia del Konvoko (5), para dejar ir allá
con el navio; por ser ley que todos se presenten ante
ellos en Nagasaki. Llegó (el piloto) en 30 de julio
(habiéndose despachado nuestro negocio), con dos al-

(1) G obernador del reino.


(2) C onsejeros del go bern ado r, su* suplente*.
(3) D ire c to r de ra vegacló n.
— 225 —

guaciles a que nos llevasen: lo que no tuvo efecto,,


por haber llegado (el permiso) a tiempo. Es ley en
este reino que no salga persona alguna ni funea (1)
sin licencia del To n o , que llaman chapa (2). Y su­
puesto esto, fué necesario, para sacar las haciendas (3)
que aquí no se vendían, ir a Kagoshima; para lo cual se
despachó uno de la compañía de los seglares».
«E n tres de agosto, con la ida de este, se vino
al concierto de los alquileres de las casas: y no fal­
tó a estos bárbaros más que desollarnos; porque por
cada mes pedían diez taeles (4) de plata, por la vi­
vienda solamente de un español. Caso fuerte, que nos
obligó a quejarnos a los Bungíos; para lo cual se
despacharon dos de los nuestros el seis de este (mes),
con certidumbre de que les haría justicia; que por
esta los tienen muy sujetos a todos. Quiso nuestra
ventura que los Bungíos habían bajado a visitar unos
dos navios de China, que cerca de este puerto habían
surgido (5). Supímoslo, y luego despachamos al mis­
mo piloto para que, como más conocido de ellos, se
fuese a quejar; y así se partió, a ocho de este, y fué
bien recibido de ellos y mejor despachado; porque
donde habían pedido diez taeles, se contenieron a mal
de su grado, con cinco reales.»
*Con esto volvió el piloto; y como ya no había

(1) Pequefla em barcación ¡aponesa.


(2) La licencia de salida se llama allí chapa.
(3i Las mercancías.
( ) Moneda de plata, que h->y llam an Ye7. casi equivalente al duro español.
Si A nclado,
— 226 -

menester, los dos que habían ido a Kagoshima, volvieron


a 14 de este mismo mes con el negocio de los alqui­
leres concluido. Quedaba el seglar aguardando a los
Bungíos para el despacho de las haciendas: subieron
ellos, y volvió luego bien despachado en 16 de este.>
«Después de esto determinamos salir de este pueblo
para Kagoshima tres compañeros, de los cuales fui
yo uno; y partimos del puerto por tierra en 28 de
agosto, y llegamos al otro día tarde. Son los cami­
nos malos, la piedra dobladísima y áspera; hay infi­
nitos ríos; los caballos son baratos, y a cada pueblo
se mudan. Usan unas como sillas sin freno ni estribos,
(aunque los graves lo tienen de madera), y falsa rienda
sin bocado: hay algunos de buen paso, pero feos de
crin y cabo.»
«La ciudad de Kagoshima, es grandísima; las calles,
grandes y anchas; el mantenimiento mucho y barato;
frutas en cantidad, castañas, bellotas, melones, peras,
sandías, higos y algunas uvas. Hay en esta ciudad
grandiosas casas de bonzos (1), que, como atrás dije,
se llaman Theras; y vamos a verlas de cuando en
cuando, porque suelen tener el mejor sitio, y así son
buenas las salidas hacia donde están.»
«Luego que llegamos a esta la ciudad, de allí a tres
días llegaron otros tres camaradas a decir que las
funeas y la hacienda y dueños de ella se habían par­
tido a Nagasaki, entre los cuales fué un religioso lego
de la Orden del Padre San Francisco a dar nuevas
( l) Sacerdotes de loa Theras o tem plos de los Ido los.
- 227 —

a los suyos; y para mejor disfraz llevaba nuestra


mercadería. A este tiempo no habían venido a N aga­
saki nuevas más que por un español, que los Padres
dominicos habían despachado a buscar los suyos, a
que se respondió negando.
«Paseábamos los seis en Kagoshima esperando la
hora, porque uno de los seglares de nuestro navio se
descubrió a otro amigo suyo español, y así se divulgó
entre los cristianos nuestra venida; a cuya causa te­
míamos ser descubiertos. Saliendo una tarde acaso,
vimos que corría mucha gente a pie y a caballo, por
mar y por tierra, unos cargando a otros sillas de
mujeres infinitas, hombres y niños, nobles y bajos,
todos con sus ofertas de dinero, hacía el remate de
la ciudad. Y como deseábamos ver cosas, salimos tras
de ellos, que apenas podíamos romper con los que
iban y venían; y llegados que fuimos a una Thera,
había como jubileo plenísimo. Estaban enfrente de uno
como altar dos bonzos, uno a un lado y otro a otro,
con lámparas encendidas y unas cajas. En el medio
tenían dos mosqueadores de papel, como el que atrás
dije, e iban santificando a todos, poniéndoselos sobre
las cabezas, !o cual recibían de rodillas con tanta
sumisión y modestia que espantaba; y luego echaban
la limosma en la caja; y hecha una breve oración,
se volvieron a sus casas a poner luminarias que du­
raban toda la noche. Decían ser fiesta hecha a la
luna».
«O tro día salimos a ver unas que llaman Beconen,
- 228 —

(Bicuni) que son como monjas; y es cierto que no se


diferencian de los bonzos más que en el género (sexo);
porque andan la cabeza rapada como ellos; chimón
(1) blanco y otro negro encima plegado de la cintura
abajo: salen y andan y viven en unas casas cerca de
un Thera, y todas se sirven por una puerta. E s este
sitio famoso; y nos cupo por suerte, echándola para
esto entre los compañeros: y quedó tomada la pose­
sión para cuando Dios quiera destruir los que la
habitan» (2).
«De aquí bajamos a otro Thera, donde había
ochenta bonzos; casa tan grande y bien asentada que
entiendo no hay otra igual a ella en aquel reino. Esta
se señaló a los P P. dominicos, por ser un poco
hacia el monte y retirada para estudiar. Otra hay en
una alameda de pinos tan juntos y espesos, que com­
piten con lo mejor de España en hermosura. Está
cerca del mar; y esta se señaló a los PP. Franciscanos.
En todas ellas tienen los Tonos sus entierros tan
grandes y hermosos que alegran los ojos de los que
los miran. Ibamos casi todos los días a estas nuestras
casas, por quebrar los ojos al diablo, viendo en ellas
seis sacerdotes de Cristo tan hermanados para des­
truirlos como ciertos de su pena».
«E n 5 de septiembre nos enviaron un recado de

(t) K im ono.
(a) E charon suertes sobre las pagodas, persuadidos de que pronto log ra rla »
c on vertir a tq u e llo s Idólatras a la religión verdadera; y entonces tra nsform arían
tos Ib e ra s en lem p lcs del S eflor, y los bonzo-los, en conventos de r e llg ío o s
m ision ero s de las distintas O rdenes que representaban.
— 229 —

palacio que fuéramos allá. Causonos el recado algún


sobresalto; pero unánimes y conformes adversan d o
iorí, seu certae occumbere moríi , salimos, al fin; y
-en el camino, que fué lo peor, nos dijeron que habían
venido ciertos soldados de Nagasaki. Llegamos, y
hartos de aguardar cercados de infinita gente, porque
en saliendo de casa casi siempre lo estábamos, salió
uno de los Grandes y preguntó por una carta que se
le había dado allí, que era la que había llegado a
Nagasaki, y cómo, si la había presentado, no volvía
a verse con el Konvoko. E n este tiempo había el
piloto d?sbaratado la fragata y andaba ocupadfsimo
con obras: y así se lo respondimos; pero que le es­
cribiríamos que cúmplese su palabra. Salimos de palacio
tan alegres como entramos; porque, según estamos
-dispuestos, no hay cosa que nos entristezca».
«Ya enfadados de aguardar nuevas de Nagasaki,
nos salimos cuatro de esta ciudad para Coxi (lchiki)
nuestro puerto; dejando a dos camaradas, por si
viniesen por allá algunas nuevas. En pocos días des­
pués llegó un mensajero de los PP. dominicos a Ka­
goshima, y luego nos dieron aviso en C o xi. Partióse
Fray Domingo, porque el suyo le llamaba de N a ­
gasaki; y como es menester licencia, se fué por
Kagoshima. Los dos que allá habían quedado, viendo
que sus esperanzas habían surtido efecto, se partieron
para Coxi. Llegaron en 20 de septiembre; y juntos
que fuimos todos, empezamos a esperar de nuevo; a
•que acudió nuestro Señor, como siempre».
— 230 —

«E n 23 de septiembre llegó el hermano lego, que


había ido a Nagasaki, con su comisario, que de hecho-
venía a buscar a los suyos. Tra jo una carta del
P. F r. Bartolomé Gutiérrez, de la Orden de nuestro
Padre San Agustín. C o n esto partióse uno a la Corte
por licencia; y trayéndola, se embarcaron todos los
de aquella cuadrilla, por ir a dar principio a su buena
obra muy contentos».
«Quedamos cuatro: los dos de Santo Domingo y
el Padre Fray Francisco y yo aguardando al suyo,
que había ido a Nagasaki. V aunque fueron muchos
los ofrecimientos de los PP. franciscanos, no los
aceptó mi compañero; porque primero lo habían hecho
los nuestros por cartas: y así quedamos para ir en
su compañía>.
«E n el mismo día llegó Fr. Domingo de Nagasaki,
que por Kagoshima había venido por sacar chapa (li­
cencia): y el domingo siguiente nos llamó el dicho
Fra y Domingo por una carta: con que nos partimos
por tierra, porque él nos aguardaba en una funea
que había traído de Nagasaki, en un puerto llamado
Xengue, dos días de camino. Llegamos, encontrando
al piloto en el camino, de quien nos despedimos para
siempre».
«Em barcam os miércoles 11 de octubre, navegando
hacía Nagasaki. E l segundo día de viaje, entre unas
islas, se nos abrió la funea, a las ocho de la noche,
lejos de tierra. Llamamos al glorioso San Nicolás, y
haciendo los japoneses (marineros) lumbre con unas
— 251 —

pajas y gritando, nos socorrió otra Cunea con tanta


presteza que, a no serlo, nos ahogábamos iodos. Pa­
samos a ella cuando ya la nuestra se iba a pique;
y dándole un remo, la llevaron a tierra, y sacamos
la ropa toda perdida».
«D e aquí fuimos adelante en la funea que de nuevo
nos había acogido: y llegamos a Nagasaki a 14 de
octubre, de noche. Aguardábannos en este tiempo
muchos espías de los PP. dominicos y oíros del
P. Bartolomé: luego nos guiaron unos por un lado y
oíros por otro. Vimonos con el dicho (P. Bartolomé)
aquella misma noche: y al día siguiente, como en una
casa no se puede estar más de una noche (1), fué
fuerza despedirnos. Y así llamó a un español práctico
en esta ciudad, a quien nos entregó; y con este nos
vimos y nos paseamos en Nagasaki los cuatro o cinco
dias siguientes, en que visité a algunos compatriotas
míos (2), descubriéndome a ellos; los cuales me obli­
garon a qeudar hasta que se partieron las geleotas
en la primera monzón, que fué en 10 de noviembre
(5). Mi compañero (el P. Francisco de Jesús) se recogió
al monte, donde el P. Fray Bartolomé tiene una casa,
y allí empezó a estudiar la lengua; y yo, en Nagasaki;
y estaba oculto; porque, si no es de noche, no salía
haciendo mi oficio, de que no vagaba» (4).

( i) Porque los m isionero» eran vig ila d o s y m uy perseguidos.


(¿) P ortugueses que hablan ido de Macao.
•A) Monzón del] norte; viento dom inante, continuo y fuerte, de esa reglón.
(4) No perdía ocasión de eje.-c¿r el oficio de m isionero.
- 252 -

«Había subido el Konvoko a la corte del emperador


a su llamamiento con otro gobernadorcillo de Nagasa­
ki, llamado Figo, renegado, que es el mayor perse­
guidor que tenemos; y después de haber entre los dos
grandes dares y tomares (1) delante del emperador
sobre si hay cristianos o no, afirmando siempre el
renegado que los hay, obligó a que se resolviese el
emperador a echar de esta ciudad a todos los espa­
ñoles, hasta los casados en la misma ciudad; para la
cual se despachó un propio a promulgar este mandato».
«Hízose así: empezaron a alistar la gente, y fueron
a dar conmigo, que faltó poco para no caer en la
red. Záfeme: y entonces con más resguardo me em­
pecé a encubrir; y los portugueses con mucho temor
me tenían consigo: hasta que, estando el día de
To d o s los Santos para decir misa en un alto donde
estaba un portugués, entró el casero despavorido dando
voces, diciendo: M i padre , que esta aq u íia Xoya; que
son los verdugos de esta ciudad (2). Luego se quitó todo
el aparato; y yo me salí vestido a lo portugués casi
por medio de ellos, y me embarqué en una funea; y
pasando a la otra banda del río, estuve el día de
To d o s los Santos con harto desconsuelo, aunque
acompañado de un español y de un portugués, que
no lo estaban menos».
«De aquí volvimos, cerrada la noche, a Nagasaki;
y por orden del Padre dominico que allí me había

( t) Dimes y diretes, discusión.


(2) X oya o S h i y j significa recaudador de rentas y contribuciones.
— 253 —

visto muchas veces, salf hasta casi fuera de la ciudad,


para ir al monte donde el Padre Fray Francisco es­
taba; porque al Padre Fray Bartolomé no se le po­
día dar alcance; que era menester esconderse muy
bien, por el impedimento de ser él muy grueso y
fácil de conocer».
«A l fin, con una guía salí a casa de una japona
cristiana; y aunque pretendió encubrirme con quimón
y catanas (1), que me puse dos, y un paño atado en
la cabeza no fué posible esconderme a nadie; porque
la luna era grande y la ciudad andaba muy revuelta;
porque cada día bajaba un correo nuevo con nuevos
mandatos contra los cristianos: y yendo saliendo de
la ciudad, acompañado de mi español, que no me
perdía de vista, yendo hacia adelante, topé por di­
versas veces con japones que, pasando yo, me decían:
Este debe ser Padre: hasta que, al entrar en el campo,
me encontré con una tropa de veinte o más japones,
que todos me vieron bien; y así dieron aviso a la
Ayasa para que viniesen en mi alcance (2). Yo me
subí a caballo, despidiéndome de mi español, fiel
compañero y amigo de ser mártir, para lo que tiene
ya a cuenta algunos palos de la revuelta pasada. Y
volviéndose este a su casa, topó con la Ayasa , y
asiendo de él. le dijeron: Tú eres el Padre que ahora
5alió por aquí: y disculpándose el pobre, se enco­
mendó a sus pies y se les escapó; (que, a darme yo

( l) K im ono y una eapecle de blusa larga.


(i) A>asa: la justicia o aus agentes.
- 234 -

un poco de espacio, no saliera de esta), al fin, Dios


sabe para cuándo».
«Llegué al monte, y fui bien recibido por mi com­
pañero (el P. Francisco), que, durmiendo en profundo
sueño, estaba bien fuera de mis trabajos y afliccio­
nes. Aquí estuve ocho días: y viniendo el Padre C o ­
misario de los PP. Franciscanos por allí, que venía
de otro monte de acomodar a los suyos, nos visitó,
y forzó a mi compañero a que fuese yo en su com­
pañía por otro monte, donde tenía a dos de los nue­
vos; porque allí era pequeño lugar para los tres; en­
tendiendo vendría el Padre Fray Bartolomé».
«Partimos los dos, el Padre Comisario y yo para
su monte en 8 de noviembre, y llegamos la misma
noche al monte, que está tres leguas de Nagasaki.
Aquí tenemos cada día nuevas frescas. Unas veces
dicen: Ahora quemaron Jas cruces de los entierros
(i) de los cristianos. Ahora quitaron los rosarios a
los cristianos. Ahora queman a los que están presos.
Ahora han de poner fuego a cuantos hay . Damos
gracias a nuestro Señor por tantas mercedes como
nos ha hecho en traernos a donde oigamos tantos
trabajos por su am or».
«Luego fuimos avisados del dominico Baqueano que,
pues las galeotas (goletas) se iban, sería bueno em­
barcarnos todos: y con salir (volver) después, quedaría
el piloto del todo libre de nosotros, (porque es ley

(1) Sepulcros.
— 255 —

que dé cuenta al partir de los que con él vinieron),


y nosotros con más sana conciencia podríamos ocul­
tarnos. Pareció bien este parecer, aunque llegó tarde:
y así solos ellos lo ejecutaron, alistándose los tres y
embarcándose con tanto riesgo, que ciegos los cono­
cieran, por lo menos a los dos. En fin, embarcáronse:
y vueltos al monte (1), está uno tan cerca de donde
yo estoy que nos vemos algunas veces, y son muchos
los ofrecimientos de su parte. A todos les debo mucha
ceridad; y V. R. por amor de nuestro Señor se lo
agradezca por mí a sus prelados, así de San Fran­
cisco como de Santo Dom ingo».
«La lengua es terrible, y cuesta muchísimo trabajo
a ingenios tan toscos como el mío. Dios se acuerde
de mí, para que sepa yo enseñar su santa doctrina a
estos necesitados. Messís qtiidem mulla , operarii au-
lem pauci: son tantos los cristianos que para un Padre
son pocos 5.000: y así no sobra tiempo ni de día ni
de noche a los que por acá vienen.»
«Anímense los que oyeren esto; que el fruto es
grande: y tengan por cierto que el poco tiempo que
acá vivieren verán logrado el fruto de sus obras, con
tantas sobras, que hacen ventaja a los cristianos de
otras cualesquier partes: y así, ¡buen ánimo!; y envíe
V . R. quien nos ayude a llevai este peso, que es
suave para todos. A todos los santos religiosos de esa
Provincia, yo, el menor hijo de ella y de V . R., me
encomiendo en sus oraciones santas.»
( ') Salieron em barcadas del puerto, y « corta distancia se pasaron a u a
tunca >d prevenida, y desem barcaron en la costa.
- 236 -

« E l día de Santa Catalina (25 de noviembre) vinie­


ron nuevas de la ciudad de Yedo (To k y o ), que es la
corte del emperador, que había un Padre de la C o m ­
pañía y setenta cristianos, y que los había entregado
un Doxico (1) del Padre, que había renegado: y lue­
go se dijo con la bajada de Figodono (2) a Nagasa­
ki, de la corte, que era cierto haber prendido al Padre
Angeles de la Compañía; y de San Francisco, al
P. F r. Francisco Gálvez con otros muchos cristianos,
de quienes no se dice en cierto el nombre. Nuestro
Señor les dé su gracia y esfuerzo, y a nosotros áni­
mo para esperar otro tanto, cuando el Señor sea
servido.»
«E n 18 de enero llegó la nueva cierta de estos
presos, y que a los 4 del noviembre pasado quema­
ron vivos a los dos santos religiosos y con ellos cin­
cuenta y cuatro cristianos, por la confesión de nuestra
santa fe de Jesucristo. Y así mismo vino nueva que
en el reino de Buzen había comenzádose una gran
persecución.»
«Fecha en 18 de enero de 1624.— Obediente hijo de
V . R., Fr. Vicente de San Antonio, Religioso Descalzo
de N. P. S . Agustín.»
Hasta aquí la carta del P. Vicente, que hemos que­
rido transcribir íntegra, porque contiene los detalles de
los primeros meses de estancia en el Japón de los dos
primeros heroicos misioneros agustinos recoletos.
(1) C ristia n o , ayúdame de los m isioneros com o catequista.
(2) Señor o G obernador del re in o de H igo, situado entre los de Hlzen y
S atsum a, al s u r del japó n.
CAPITULO XVIII

Sum arlo: Leyea inicuas.— Labor apostólica dei P. Francisco.


Dos casos de ingeniosa virtud.— Dá hábitos de Terciarios Pe-
coletos y hace cofrades de la Santa Correa.— Fuerte contra­
dicción.

A penas fondeó en el puerto de Nagasaki el desven­


cijado navio que había transportado a los PP. Fran­
cisco y Vicente, corrió la voz de que había llegado
un barco de Manila Heno de religiosos. E l que dió la
falsa noticia era un doshico, cristiano y catequista ayu­
dante de los misioneros que habían sido desterrados
el año 1614, que había renegado de la religión cató­
lica, y se había ofrecido al emperador Xongusama
para denunciar a todos los religiosos. Por su traición
recibió del emperador mil ducados: y como conocía a
todos los misioneros y cristianos y los lugares, tiem­
pos y modos de celebrar sus juntas, desde aquel mo­
mento fué un lobo carnicero, que hizo estragos en el
rebaño de Jesucristo.
Por la denuncia de Figodono (que así se llamaba
el doshico renegado, por haber ascendido a goberna-
— 259 —

dorcillo del reino de H igo), el emperador, persuadido


de que, mientras hubiese en el Japón españoles o por­
tugueses comerciantes, no faltarían misioneros, que se
disfrazasen de seglares, promulgó un edicto por el cual
desterraba a todos los españoles y portugueses, aun­
que estuviesen casados con japonesas; y obligaba a
estas a quedarse en el Japón con sus hijas, aunque
quisiesen Ir con sus maridos; y a estos, a llevarse a
sus hijos, aunque se empeñasen en vivir con sus ma­
dres. La orden se ejecutó con el mayor rigor: y por
ella fué dos veces perseguido el P. Vicente y estuvo
a punto de caer en manos de los esbirros.
Cuando el tirano creía que ya no había ni un cris­
tiano en su imperio, le comunicaron que en el mismo
To k io , cerca de su palacio, habían sido apresados dos
religiosos, uno jesuíta, el P. Angeles; y otro, francis­
cano, el P. Gálvez; los cuales habían logrado muchas
conversiones en la misma corte imperial. Encendido en
ira, porque sentía más que hubiese uno solo en la
corte que un millón esparcidos por el imperio, los
condenó a ser quemados vivos con todos los cristia­
nos que se hallasen, sin exceptuar a su primo herma­
no Fara Mondondono, al cual tenía preso en la cárcel
y le había mandado cortar todos los dedos de pies y
rnanos, por haberse hecho cristiano. La sentencia se
ejecutó con toda su crueldad: pero el tirano no se dió
por satisfecho. E l renegado Figo siguió denunciándole
que había muchos cristianos: a los cuales, sobre todo
a las mujeres, se les conocía por su modestia exterior
— 240 —

en el vestir, en el mirar y en lodos sus aclos: y el


tirano entonces inventó un medio de acabar con toda
la cristiandad.
Promulgó un fato o bando por el cual condenaba
a todos loa cristianos al destierro; y mandaba a sus
esbirros que, al ejecutar la sentencia en cada caso»
despojasen a todo desterrado, hombre o mujer, de todo
cuanto tenían y los dejasen con la sóla prenda inte­
rior; y que, al salir de las puertas de sus casas, los
marcasen a fuego en la frente con una cruz de hierro,
cuyo modelo le había presentado el renegado Figo.
Muchos fueron los cristianos que, no pudiendo ocul­
tarse, salieron a vivir en los montes con aquella glo­
riosa señal, contentos y orgullosos de ostentarla en
sus frentes como blasón divino, con el cual se sen­
tían más obligados y resueltos a no abandonar al di­
vino Pastor de las almas.
Ante estas leyes tan inicuas no es de extrañar que
los misioneros católicos anduviesen errantes por los
montes, buscando guaridas donde cobijarse, y haciendo
una vida de salvajes, alejados de toda humana comu­
nicación y alimentados por tubérculos y frutos silves­
tres, que a nadie niega la pródiga naturaleza.
E l P. Francisco de Jesús, después de pasar cinco
días en Nagasaki en compañía del P. Vicente de Sen
Antonio, se fué a Conga, lugar situado en lo más
intrincado del monte, donde tenia su vivienda el Padre
Bartolomé Gutiérrez, agustino calzado, que se había
ofrecido a enseñar al primero el idioma japonés. Llegó
— 241 — ‘

a la morada de su profesor el día 20 de octubre de


1623; y desde el primer momento dedicó todos sus
afanes y toda su aptitud, que era mucha, a aprender
la lengua del país. Esta se le hizo muy difícil, por
no tener absolutamente ninguna relación con la espa­
ñola ni con ninguna de las europeas en cuanto a bu
parte gramatical, ni en la pronunciación ni mucho me­
nos en la escritura, E l, no obstante, se imponía a
todas las dificultades y trabajaba sin descanso para
conseguir su objeto. Pero la caverna que habitaban,
impropia de seres humanos y apta solamente para al­
bergar fieras, era tan reducida que apenas podían los
dos acomodarse. Por otra parte, los PP. Franciscanos
le habían invitado con insistencia a que fuera a vivir
con ellos para aprender la lengua: y como estos la
poseían mejor que el P. Bartolomé, porque eran mu­
cho más antiguos que él en el Japón, y el discípulo
no deseaba otra cosa que ponerse cuanto antes en
condiciones de ejercer su ministerio, el día 8 de enero
de 1624 se trasladó a Namexi para seguir estudiando
con dos PP. Franciscanos. Con estos aprendió no
sólo la lengua sino también el carácter y las costum­
bres de los nipones, y adquirió las instrucciones ne­
cesarias para dedicarse a la conversión de los infieles
y a la conservación de los cristianos ocultos, sin ne­
cesidad de exponer tan pronto su vida, que era tan
necesaria en aquellos momentos de cruel persecución
y de tanta escasez de misioneros.
A primeros de julio del mismo año, después de
— 242 —

nueve meses escasos de constante estudio, creyéndose


bastante impuesto en el idioma, quiso acostumbrar su
oído a la pronunciación de los indígenas, y se trasladó
a la isla de Piraxima (Hirashima), próxima a Naga­
saki, donde, vestido de japonés, y entre una vida mi­
sera y llena de privaciones, sentía el placer de prac­
ticar el idioma con aquellos isleños y de conocer sus
usos y costumbres, que tanto le había de facilitar su
labor futura.
A los dos meses y medio salió de la isla y entró
en la gran ciudad de Nagasaki, que ya entonces tenía
unos cincuenta mil habitanles, la mayoría cristianos, y,
como dice él en una Relación escrita por él mismo y
que se conserva en el archivo provincial de agustinos
recoletos de Manila, a 23 de septiembre comenzó a
administrar, aunque con mucho trabajo y no menos
escrúpulo, por estar corto en la lengua.
Su profunda humildad le tenía convencido de que
no sabía nada de nada; y hubiera deseado hablar el
japonés con la mayor soitura y perfección: pero pronto
se disiparon sus escrúpulos, al ver que todo lo en­
tendía y era entendido por todos.
Desde aquel momento su vida estuvo en actividad
constante. Vestido siempre de japonés, recorría las ca­
sas, acudía a los campos; y cuando, previa la con­
traseña secreta que tenían los cristianos para recono­
cerse, no había ningún espía que lo estorbase, les di­
rigía claras y fervorosas instrucciones sobre todas las
verdades de la religión católica, los confesaba, les
— 245 —

decía misa, les administraba la sagrada comunión, y


cuando era necesario, los sacramentos del matrimonio
y de la extrema unción, consolaba y medicinaba a
los enfermos, socorría en cuanto podía a los necesi­
tados, catequizaba con dulzura paternal a los niños, y
en todas partes dejaba un ambiente saturado de paz
interior, que ahuyentaba los temores de la persecución
del tirano.
Com o, por el miedo de que se malograse su apos­
tolado, se veía obligado a actuar casi siempre de no­
che, empleaba el día en largas horas de oración, en
el rezo del oficio divino, en darse cruentas disciplinas,
en apretar más a su cuerpo el áspero cilicio, y en
hacer él mismo cilicios y disciplinas para satisfacer
los deseos de aquellos fervorosos cristianos que en gran
número se los pedían.
Preocupado únicamente por la salvación de las al­
mas, apenas se acordaba de las exigencias de su
cuerpo; al cual había acostumbrado a tan malos tratos
que le negaba el sueño necesario, y le daba por todo
alimento cada día una escudilla de habas, frijoles o
arroz, por variar, sin más sustancia ni acompaña­
miento que el agua en que hacía la cocción, seguido
el banquete de un buen vaso de agua.
Los días festivos, sin embargo, le gustaba celebrar­
los, y hacía una excepción en la comida, añadiendo
a la escudilla de legumbres una o hasta un par de
sardinas saladas.
A pesar de este método de vida, era incansable en
— 244 —

atender a las necesidades espirituales de aquella opri­


mida grey, sin que jamás le amedrentasen las amena­
zas del tirano. Lo único que contristaba su espíritu
era el ver que no Ies podía venir socorro humano de
ninguna parte, por la ley que prohibía la entrada en
el Japón a todo extranjero. Pero otra vez, como
siempre, Dios vino a sacarles de aquella precaria si­
tuación.
E l año 1625 llegó a Nagasaki un navio español,
mandado por el capitán Alonso García de la Vega,
que iba como embajador del gobernador general de
Filipinas don Fernando de Silva, a fin de conseguir
del emperador del Japón la libre entrada en sus puer­
tos de los españoles, y de establecer entre las dos na­
ciones un tratado de comercio.
Se dió aviso de la llegada del embajador al em­
perador Xongusama; pero este, creyendo, sin duda,
que en el barco venían religiosos misioneros, dando
una nueva prueba de su odio al cristianismo, contestó
ordenando que nadie desembarcase del navio, y que
este debía volver por donde había venido.
Inútil fué que el capitán don Alonso asegurase bajo
su palabra de honor que en el barco no había ve­
nido ningún religioso ni persona alguna indeseable al
emperador o a los intereses de su nación; el tirano
se negó a toda conversación y trato con el navio
español.
E l caballero don Alonso, persona dignísima, sintió
herido y humillado el honor de España en tan brutal
- 245 -

repulsa; pero se limitó a dar cuerna del fracaso de


su embajada al gobernador don Fernando de Silva.
Traía el capitán, autorizado por el gobernador ge­
neral, muchas cartas y documentos oficiales y algunas
cantidades de dinero, que le habían encomendado los
superiores de las distintas Ordenes religiosas de F ili­
pinas, para que lo entregase todo a sus respectivos
súbditos misioneros en el Japón, que se hallaban en la
mayor necesidad, porque durante más de dos años no
habían recibido nada, y lo habían perdido todo en la
persecución: pero rechazado por el tirano» sentía una
gran contrariedad, al verse obligado a devolverlo todo
«a Manila.
Ya iba a levar anclas el barco, cuando observa que
venia un esclavo negro remando en una funea, en la
que llevaba frutas del país, verduras y legumbres: y
como a los esclavos nadie les prohibía acercarse a los
barcos a vender su modesta mercancía, los tripulantes
del navio español lo recibieron con regocijo, para tener
el gusto de probar aquellas frutas y mucho más para
divertirse un rato a costa del esclavo.
Subió este a bordo llevando en un cesto su pobre
mercancía; y apenas se vió rodeado de marineros es­
pañoles, risueño y algarero, con la altanería y desen­
fado que usaban los japoneses con los extranjeros,
comenzó a vocear sus artículos de venta en un lenguaje
mezclado de japonés y español, pero que se dejaba
entender por los compradores. Estos pedían precios;
y el buen negro los complacía fijándolos exagerada­
— 246 —

mente altos: por una fruta, que a lo más valía un


sen (cinco céntimos), les pedía cuatro yens (cuatro
duros). Indignados los grumetes, le rociaban con una
lluvia de dicterios, llamándole perro japonés, tizón del
infierno, y otras semejantes; al mismo tiempo que lo
maltrataban a empellones, bofetadas, pescozones y pun­
tapiés, que lo hacían tambalearse y rodar por el suelo;
momentos que ellos aprovechaban para robarle cuanto
querían en medio de una algazara general. E l negro
se levantaba impávido, y, lejos de enojarse por aquellos
ultrajes y aquel saqueo, con sonrisa plácida y serena
volvía a ofrecerles sus cosillas, pero sin enmendarse
en la exageración de precios. Volvían a menudear los
insultos, las bofetadas y los hurtos de los marineros;
y él volvía impertérrito y sonriente a tratar de negociar
con ellos con lo poco que le habían dejado. La ope­
ración se repitió varias veces.
E l capitán del barco, que, acodado sobre la borda
de popa, presenciaba aquella escena, asombrado de la
invicta paciencia del negro ante tan graves atropellos,
llamó a este a su presencia; y llevándolo a solas a
su camarote le dijo:— He visto los malos tratos que
te han dado y tu paciencia y serenidad ¿Quién eres?
E l negro, sonriente, sacó de la costura interior de
su andrajoso kimono un papelito, y se lo mostró al
capitán, diciéndole:— S o y el P. Fr. Francisco de Jesús,
Agustino Recoleto: ahí podéis comprobarlo.
E l capitán, confuso y enternecido, se arrojó a sus
pies y se los besó repetidas veces entre abundantes
- 247 —

lágrimas, mientras le decía:— ¿Por qué no dijisteis quién


érais, y yo os hubiese evitado tantas injurias?
— ¡Bah!— contestó el P. Francisco— No os preocupéis
de eso, que no tiene importancia alguna: mucho más
me merezco y deseo: que para eso he venido a estas
tierras.
— ¿Pero así andais siempre en tierra?— inquirió el
capitán.
— N o :— replicó el religioso:— pero supimos que había
Ifegado barco de Manila y que se iba a volver allí,
sin desembarcar nadie: y como suponíamos que nos
traería algún socorro, que tanto necesitamos, me tizné
todo de negro, me vestí de esclavo, que son los úni­
cos que pueden vender en los barcos, alquilé una
funea, compré esa miserable mercancía, y vine aquí
confiado en que Dios nos había de socorrer.
— ¿Pero cómo disteis lugar a que los grumetes os
atropellasen?
— ¿Porque el barco está rodeado de espías, y sabía
yo que a mí también me espiaban: por eso mis actitudes
arrogantes y mis precios excesivos; para que los es­
pías que me veían nada sospechasen de mí.
— Dios os ha inspirado — dijo el capitán: — porque
traigo documentos y dinero para todos: y mi mayor
disgusto hubiera sido no poder entregarlo. Tom adlo
todo, y tened la bondad de distribuirlo según las
indicaciones que van escritas.
Enseguida le hizo entrega de todo; que el P. Fra n ­
cisco guardó bajo su averiado kimono; al mismo tiempo
— 248 —

que el religioso le entregaba un paquete de cartas,


suplicándole que las entregase a sus superiores. Diéronse
los dos un efusivo abrazo de despedida: se hincó luego
el capitán de rodillas pidiéndole perdón por los insultos
recibidos de su tripulación, y el P. Francisco le dio
la bendición, suplicándole que no le acompañase, para
despistar a los espías.
Salió el negro, cogió su cesta casi vacia, y se fué
a tierra en su ligera barquichuela, dando gracias a
Dios por tan señalado favor, mientras oía los gritos
desaforados de los grumetes españoles, que lo despe­
dían con denuestos, improperios y maldiciones.
Cuando el capitán llegó a Manila, le faltó tiempo
para contar este episodio en todas partes: pero antes
lo había explicado a su tripulación; la cual se arre­
pintió sinceramente de su indigna conducta.
Poco tiempo después tuvo ocasión de repetir su ha­
zaña en análogas circunstancias, aunque por distinto
motivo.
Había salido de Manila el galeón oficial del Go­
bierno, que hacía su travesía a Acapulco. Al llegar a
las islas de Riu-Kiu, en la ruta al Japón, se sintió
enfermo el capellán de a bordo; y en vista de que
empeoraba, a pesar de los medicamentos, el capitán
determinó hacer escala en el puerto de Nagasaki, a
petición del mismo capellán, que deseaba recibir los
últimos sacramentos, Ancló la nave; y como subsistía
la prohibición de desembarcar los españoles, pidió por
los signos de banderas la necesaria autorización. Pero
- 249 -

los japoneses, al reconocer por el pabellón de popa


la nacionalidad española del barco, no hicieron caso
alguno de la llamada. Hubo sin embargo, estivadores
del puerto, cristianos ocultos, que avisaron al P. Fran­
cisco que habla llegado un galeón español y que pedía
comunicación con tierra. Movido el religioso por ins­
piración secreta, rápidamente se embadurnó de negro
todo el cuerpo, se vistió de esclavo, adquirió una
cestilla de castañas, alquiló una funea, y ya se iba a
embarcar en ella, cuando unos guardas del puerto le
echaron el alto diciéndole:—¿A dónde va el esclavo?
—A ganarme la vida— replicó el aludido.
—¿Dónde?
—En ese barco extranjero. A los esclavos nos va
bien con los españoles: se tienen por listos, pero
cualquiera de nosotros los engaña. Con cincuenta sen
de castañas pienso sacarles para comer yo una semana.
—Y si se las das envenenadas, mejor:— replicaron los
guardas, mientras le hacían un signo de cabeza para
que se fuese.
Batió los remos el esclavo, y pronto se encontró
en el barco. Apenas se vió a bordo, comenzó a ofre­
cer sus castañas con palabras y ademanes de arro­
gancia japonesa. No sentó bien esto a los grumetes:
pero cuando se atrevió a pedir por una pequeña me­
dida cinco yen (cinco duros), uno de aquellos le dió
lan tremenda bofetada que cayó rodando con todas
sus castañas. Levantóse el esclavo y con sonrisa an­
gelical le dijo:— iGracias!
- 250 -

Sorprendido el agresor de tanta mansedumbre y


humildad, y reparando que, aunque negro, la nariz, los
labios, los pómulos y el cabello del esclavo no eran
de negro, sospechó que pudiera ser algún misionero
español de los que por allí andaban disfrazados, y con
tono cariñoso le preguntó:
—¿Quién eres tú?
—Vamos a parte y te lo diré—contestó el esclavo.
Confirmado el grumete en su sospecha, lo condujo
al interior; y entonces se le declaró el P. Francisco.
Avergonzado aquel de su ultraje, fué a arrodillarse y
pedirle perdón: mas el religioso lo impidió rápido,
diciéndole.—No me descubra: hay espías por todas
partes, y si hace eso me cuesta la vida. Quiero ver
al capitán y preguntarle si puedo servirle en algo.
E l grumete lo condujo y lo presentó a aquel; el
cual, admirando la virtud del humilde religioso, lo
acompañó al camarote del capellán gravemente enfer­
mo. Enseguida el P. Francisco confesó a este y le
prodigó los auxilios espirituales con visible alegría del
doliente, y se volvió a tierra. E l galeón al poco rato
levó anclas y zarpó con rumbo a Acapulco.
Rasgos de celo por la asistencia espiritual a las
almas, semejantes a este, y grandes apuros y sobre­
saltos motivados por la persecución, eran ordinarios
en el P. Francisco. No pasaba día en que no corriese
grave riesgo su vida. Sin embargo, en medio de
tantos azares, no solamente catequizaba y convertía a
los idólatras, regeneraba a los catecúmenos con el
— 251 -

agua del bautismo, robustecía en su fé a los neófitos


e infundía a todos su tesón para defender sus creen­
cias; sino que, anhelando hacerlos participantes de las
innumerables indulgencias y gracias espirituales conce­
didas a la Recolección agustiniana, a la que él per
tenecía, lo llevó a efecto por medio de las formas
legales autorizadas por la Iglesia.

Era vicario Provincial de todas las misiones del Japón,


y como tal y Superior mayor estaba investido de to­
das las facultades establecidas en el derecho de regu­
lares y las especiales otorgadas por el P. Provincial
de Filipinas y por el Rvmo. P. Vicario General Fray
Jerónimo de la Resurrección, exclusivamente para esas
misiones. Esas facultades que le fueron comunicadas
primeramente por el Vicario Provincial en Manila Fray
Andrés del Espíritu Santo, le fueron confirmadas por
el primer Provincial de Filipinas nombrado el 6 de
febrero de 1624, que él recibió el 1625, y por todos
sus sucesores; como lo confirma él mismo por carta
que escribió desde la cárcel de Omura el 18 de oc­
tubre de 1651 por estas palabras:

*La patente que ahora nos envía V. R. y la que


venía ahora dos años, cuando N. Padre Fr. Andrés
nos envió, nos las dió muy a su tiempo a ambos
sucesivamente: y el año de 25 la recibimos de Nues­
tro Padre Fr. Onofre de la Madre de Dios, primer
Provincial de esa Provincia, en que nos comunicaba
todas sus veces, así para la administración de los
- 252 —

santos sacramentos como para las cosaa tocantes a


1a Religión».
En virtud de estas facultades, que, como él dice,
vió corroboradas en las Quaestiones regulares de
Manuel Rodríguez, y que derribaron todos sus escrú­
pulos, estableció la Cofradía de la Cinta o de la Santa
Correa. En ella inscribía a los casados de irreprocha*
ble conducta moral, si estos se lo pedían, y les im­
ponía la sagrada Cinta o Correa de San Agustín: y
cuando algún soltero de probada virtud lo solicitaba,
le vestía el hábito de agustino recoleto, le daba las
normas para hacer el noviciado, y, terminada la prueba
£ su entera satisfacción, le admitía a la profesión
religiosa.
Por este medio logró no solamente enfervorizar el
espíritu de los cristianos, sino crear un glorioso núcleo
de Terciarios Agustinos Recoletos y de Cofrades de
Ja santa Correa, que animaban y fortalecían a los de
más cristianos, y además dar a conocer el hábito de
agustino recoleto, del cual andaba siempre despojado
en público, como también se lo quitaban para el trato
social los que de él lo recibían.
Todo su anhelo era arbitrar medios para arrebatar
esclavos a la idolatría e inscribirlos en el catálogo de
hijos de la Iglesia católica, dotándolos de espirituales
armas suficientes para arrostrar todos los peligros y
para triunfar en todos los combates.
Dios, sin duda bendecía sus esfuerzos; porque en
circunstancias tan difíciles de implacable persecución vió
— 253 -

que su semilla fructificaba en proporciones que él no había


podido imaginar: pero quiso probar su virtud con una
nueva e inesperada contradicción, para que no atribu­
yese los dones divinos a su propio esfuerzo.
El P. Bartolomé Gutiérrez, agustino calzado, criollo
natural de Méjico, y que había cursado algunos estu­
dios en la Universidad de Bolonia, encontró ocasión
para hablar al P. Francisco, y le dijo que no podía
hacer lo que estaba haciendo en relación con los Ter­
ciarios y la Cofradía de la santa Correa, porque él
era el Superior de todos los religiosos agustinos del
Japón, así calzados como descalzos o recoletos; y que
él sólo poseía esas facultades, que no las había dele­
gado a ningún recoleto. Con la mayor humildad le
expuso el P. Francisco las razones y motivos que jus­
tificaban su actuación; y le hizo ver, sobre todo, que
por ninguna razón estaba sometido a su autoridad.
Pero el P. Bartolomé no quiso convencerse, y se re­
tiró reprobando la conducta del P. recoleto, hasta quer
después, éste le mostró una comunicación oficial de
su Provincial, que sirvió para llevar la convicción al
equivocado Padre, y para que renaciese la paz en mal
hora perturbada. Así lo explica el mismo P. Francisco
en carta de 18 de octubre de 1651, escrita desde la
cárcel de Omura, con estas palabras: «Solamente
nuestro compañero en este lugar (la cárcel), el Ob­
servante (P. Bartolomé), decía que él era el tronco
y el totum continens de ¡a Religión de San Agustín
en Japón; y que nosotros éramos allá las ramillas
- 264 -

o las hojas de ella; y que sólo su Reverencia podía


hacer y deshacer, dar hábitos y bendecir Cintas y
poner cofradías, etc., etc.: y no es mucho lo dijera él;
porque como este siervo de Dios, aunque criollo de
M éjicoy cursó y se graduó en la Academia Botonen-
se, con argumentos de su escuela pretendía alterar
nuestra paz. Pues ahora mostró gran deseo de ver
la de V. /?.; como su prelado ni los suyos no le
escribieron, dejésela de buena gana para que la leyera:
donde al día siguiente vino a pedirnos perdón de
las cosas que el año pasado habían pasado entre
nosotros acerca de la data de los hábitos a los
Hermanos Terceros.»
A los santos es acaso a quien más guerra hace
el demonio para derribarlos: pero en este caso nada
consiguió.
O r a n d o e n u n c e m e n t e r io J a p o n é s
CAPITULO XIX

Sum arlo .— Cizaña peligrosa.—Dificultades y sobresaltos.—


Su viaje a Figashi.—Grandes trabajos y abundantes frutos.—
Más de siete mil bautizados.—Ruda oposición. —La isla Formosa.

E l emperador del Japón había dado orden de que


todos los barcos extranjeros, que viniesen a su Imperio
con cualquier objeto, se presentasen en el puerto de
Nagasaki, a los efectos de ser autorizados o no para
desembarcar su pasaje y mercancías. Esta circunstancia
y la de ser cristianos la inmensa mayoría de los
habitantes de esa gran ciudad contribuían a que los
misioneros españoles se quedasen casi todos en ella o
esparcidos por el reino de Hizen y sus limítrofes, en
los cuales aún eran pocos todos ellos para el creciente
número de necesidades espirituales a que era preciso
atender. E l progreso espiritual era incalculable: pero
por lo mismo no podía faltar la tenaz y sañuda opo­
sición del demonio, que tantas derrotas sufría. Para
ello se valió no solamente de la persecución fiera
y sin treguas que inspiró a los tiranos, sino de otro
— 257 —

ardid, que pudiera haber tenido fatales consecuencias;


pero que produjo mayores bienes por intervención divina.
E l ardid consistió en sembrar la cizaña entre aquellos
santos misioneros.
Movió a los PP. jesuítas a que se quejasen al obispo
del Japón de la permanencia de los religiosos de otras
Ordenes en aquella región, que ellos habían evangeli­
zado los primeros y la habían elevado a aquel alto
grado de prosperidad. Reconoció el prelado la prioridad
de su derecho; y con este abono la cizaña comenzó a
producir sus frutos; que Dios aprovechó para que fuesen
evangelizadas otras regiones muy distantes, que estaban
desamparadas. Así lo dice claramente el franciscano
P. Diego de San Francisco, (1) al determinarse a ir
al norte del Japón: «Por no meter la hoz en mies
«ajena estándonos siempre en estos reinos alrededor
«de Nagasaki, que es conversión de la Compañía,
«contra su voluntad y la del obispo de Japón, dándoles
«pena: porque cuando haya paz, y aun ahora, los
«trabajos de nuestra Religión en sus cristianos no
«parecerán trabajos nuestros sino de la Compañía:
«porque sin llamarnos para tirar su red, antes recu-
«sándonos, esto es, el obispo y sus curas, nos metemos
«a tirar la red de quien no nos llama, dejando la
«nuestra llena de pescados».
Esto mismo confirma el P. Francisco de Jesús, al
contestar a su Provincial, (que le daba noticia de que
habían fracasado dos intentos de enviar más religiosos
(1) Uelaclenes de Pr. Dleao de Son Fra n c'sco - M ad rid — lmp. de Gabriel
López de* H ,rno. 1914. pég. 10.
- 268 —

al Japón), por estas palabras: «No es mucho que los


«Padres de la Compañía hiciesen contradicción a V. R ¡
«que sería por echar por el atajo: que si acá nos
«hacen no pequeña guerra a los Prades (que así nos
«llaman), viniendo tan buen número como el que venía,
«era tener muchos enemigos». (1).
Dios permitía estas querellas y disgustos entre aque­
llos varones verdaderamente apostólicos para que, ante
las acometidas de la envidia y del orgullo, reconociesen
sus imperfecciones y se humillasen en la divina pre­
sencia: y de aquellas sacó incalculables bienes.
La razón principal que movió el espíritu, todo de
Dios, del P. Francisco de Jesús para separarse de su
compañero el P. Vicente de San Antonio, y trasladarse
a la parte septentrional del Japón, fué el ver que la
región meridional, Nagasaki y sus reinos e islas ad­
yacentes, estaban relativamente bien atendidos espiri­
tualmente por los misioneros; mientras había muchos
reinos enteros privados de todo auxilio expiritual. Como
el único objeto de su estancia en el Japón era la
salvación de las almas, enterado de que los francis­
canos intentaban ir a Figashi, sin haberles indicado
siquiera su deseo de misionar en aquellas latitudes,
dispuso, como superior, que el P. Vicente se quedase
en Nagasaki; y él se resolvió a poner los medios
para ir al norte.
La empresa era arriesgada por el desconocimiento

(1) Arch. Prov. Carta desde Omura de 18 de octubre de 1651.


- 259 —

completo del lugar y por la gran distancia de Naga­


saki: pero Dios manifestó visiblemente que era de todo
su agrado; como lo declara el citado P. Diego de
San Francisco por estas palabras: — «Me determiné a
ir a los reinos del Figashi, llevando conmigo algunos
religiosos: y por ser cosa grave, y de peligro el ca­
mino de mar y tierra tan largo y entre gentiles, lo
he encomendado a Dios cuatro meses todos los dfas
y hecho encomendar a otros religiosos con largos
ratos y horas de oración (1)».
Entretanto el P. Diego adquirió una pequeña embar­
cación, piloto, marineros y todo lo necesario para decir
misa, y comD compañeros consiguió dos religiosos de
su Orden franciscana: luego añade: «Yo dije: ya tenemos
dos para llevar. S i Dios quisiere darnos otro o más
para esta su santa obra, tendrelo por voluntad de
Dios si algún sacerdote, sin rogárselo yo ni hablarle
palabra en ello, él me rogare a mí que le lleve. Y
con esto lo encomendamos a Dios y dijimos para ello
algunas misas».
«Y como ocho o diez días pasados después de esta
determinación, me escribió el P. Francisco de Jesús, pre­
lado y religioso de la Orden de San Agustín de los
Descalzos, que me rogaba y suplicaba le trújese conmigo
a estos reinos del Figashi, porque deseaba emplearse en
la buena conversión de aquellos reinos. Yo, leída su carta
y considerándola atentamente, dije: Yo, cuando hice el
( l) Relaciones de Fr. Diego de San Pranclsco.-M adrid__ Gabriel López del
Horno.-1914-pág. l l .
— 260 —

asiento en mi corazón, no atendí ni hice diferencia de


sacerdotes de nuestra religión ni de otra, ni advertí
en eso: y asi me pareció que, aunque no era de
nuestra religión el sacerdote que me pedía le llevase
conmigo, era con todo eso escogido por Dios: y
como yo creyese que esta era obra Dios, que no
hace excepción de personas, luego determiné de lle­
varle conmigo, como perseverase en su vocación y
buenos deseos».
«Yo determiné de vencer cualquier dificultad que
hubiese en llevarle: y luego el demonio la levantó tal
y tan buena de los domésticos japones, piloto y ma­
rineros, diciendo que el navio que yo tenía ya pre­
parado era pequeño para tanta gente y cuatro sacer­
dotes, y que, si no buscaba otro, no se embarcarían
por ninguna vía».
«Yo, conociendo que esta dificultad no se podía
vencer sino dando gusto a los que nos habían de lie*
var, porque no se me fuesen y me dejasen sólo, bus­
qué otro navio de la manera que ellos le pedían; que
no fué pequeña dificultad hallarle en tiempo que aca­
baban de prender al P. Provincial de la Compañía de
Jesús y otros tres religiosos de la misma Orden; que
con esto y otras revueltas de prisiones de españoles,
todo Nagasaki estaba lleno de temor, y se daba por
casi muerto el que hablaba con religioso o sacerdote».
«Finalmente, vencida esta y otras dificultades, junté
toda la gente, tres sacerdotes a un pueblo llamado
Nana/su-gama, 13 leguas de Nagasaki, y allí nos em­
— 261 —

barcamos, miércoles santo, 8 de abril de 1626; y nos


partimos jueves santo por la mañana, dando principio
-a nuestro viaje, que fué de 440 leguas de Japón por
mar, y 50 por tierra (1)».
Admitido el P. Francisco de Jesús por el P. fran­
ciscano para ir al norte del Japón, dió cuenta de ello
•a su Provincial de Manila con la siguiente carta (2):
«Jesús, María, sea siempre en nuestras almas.—
Padre nuestro: en el Patache (navio) que de aquí vol­
vió, escribí largo a V. R., cuyo pliego lleva Juan
Martín; y por serlo entonces, no lo seré ahora. Sólo
servirá de dar cuenta a V. R. cómo estoy de partida
para el reino de Bojó (Boxú), cuyo rey es Makamo-
siey, el que envió la embajada a España con el santo
Sotelo (5)*».
«Voy en compañía de tres religiosos franciscos, a
causa de los pocos ministros que por allá hay. E s ­
criben haber por allá gran conversión, y piden (ios
franciscanos) con mucha instancia compañeros. E s de
los últimos reinos del Japón: está a la banda del
norte; y así es tierra frígidísima. Miden desde esta
ciudad como 500 leguas. E s camino de muchos peli­
gros y trabajos, por ser grandes las corrientes que
desembocan al mar de la Nueva España (el Pacífico).
No obstante los muchos que nos significan, tomamos
este camino de buena gana, sacrificándonos a Dios

(t) Loe. cli. pég. 19 y siguientes.


(2) Carta de Nagasaki ■ 25 de marzo de 1626.
<5) E l P . Luis Sotéis, franciscano, después mártir.
— 262 —

nuestro Señor con voluntad. Voy gozosísimo, porque


tengo por cierto es del servicio suyo; según que lo
ha manifestado con un suceso milagroso, que me ha
comunicado uno de los religiosos del glorioso Padre
San Francisco».

«Es el caso que el dicho Padre había muchos días


que tenía deseo de hacer esta jornada, por parecerle
había de ser de importancia para la honra de Dios;
pero no se atrevía a ponerla en ejecución, por no
saber de cierto si acertaba a servir a su Majestad divina
en ella. Estando un día en oración (habiendo hecho
muchas penitencias a este intento), le dijo a Dios:
«Señor; dos compañeros están determinados a hacer
este viaje: (y era así que ya tenía hablado a dos de
su Orden): si hubiese otro que, sin hablarle yo, se
moviese a ir en mi compañía, tendré por cierto que
es vuestra santa voluntad que yo vaya».

«Hecho este concierto con Dios, a pocos pasos que


había dado del lugar donde había estado orando, llegó
un japonés con una carta mía, en la que le declaraba
los intentos que tenía de hacer aquella jornada, y le
pedía muy encarecidamente me aconsejase lo mejor,
sin haberle antes comunicado, ni saber yo que él tenía
la misma intención. Con esto el religioso Padre cono­
ció ser voluntad de Dios el emprender aquel camino:
y con amorosas palabras, llenas del espíritu del cielo,
me respondió fomentando mis buenos deseos y admi­
tiéndome en su compañía. Todo lo referido me comu­
- 265 -

nicó con una sania llaneza, después que nos juntamos


y vimos».
A continuación refiere que sigue muy viva la per­
secución a los cristianos, la prisión del Provincial y
tres Padres más jesuítas, el derribo de muchas casas
en Nagasaki por sospechar que en ellas eran recibidos
los misioneros, y otras muchas crueldades: y continúa
así:
«A mí me cogió el rayo en esta ciudad: que por
no poder huir a los montes, como los demás, me fa­
vorecí de una estrecha cueva, que para estas ocasiones
estaba hecha dentro de la misma casa, tan estrecha
que era menor que una sepultura, donde estuve cinco
días sin ver apenas luz, que para rezar me la metían
por una tronera hecha con sutil artificio. Al cabo de los
cuales (cinco días), una noche bien oscura, en hábito
de mujer, en compañía de otros me escapé, llevándome
hasta donde me pude embarcar»,
• Por lo que a mí toca, bien deseaba yo que diesen
conmigo; pues faltó poco: que en los días que allí
estuve fué la casa escudriñada tres veces; y oía yo a
los ministros (alguaciles) decir: Parre, Parre: y si como
el escondite estaba debajo de tierra, lo estuviera en el
hueco de dos paredes (como lo están todos los de
esta ciudad), infaliblemente dieran conmigo; pues derri­
baron tres dindines (tabiques): pero tiene un hombre
que llevar consigo todos los de la casa y sus vecinos; y
así no es permitido hacer demostraciones; fuera de que sin
necesidad no es virtud En efecto, no quiso Dios que
- 264 -

por entonces me hallasen: sería porque no lo merecía,


y no por que de mi espera su divina Majestad algún
servicio; pues por mi pobreza y miseria no valgo para
nada: por lo cual temo que no me lo ha de conceder.
Hágase su divina voluntad».
Depués de haber huido de Nagasaki, disfrazado de
mujer japonesa, y de sufrir continuamente otros muchos
sobresaltos por los montes, pudo llegar al punto citado de
Nanafsugama: y allí se embarcó con los tres francis­
canos el día 8 de abril de 1626, y salieron en la ma­
ñana del día 9, Jueves santo, con rumbo a Figashi.
En Figashi (que en japonés significa región orien­
tal, como Nishi significa región occidental), está situado
el reino de Bojó o Boxú, que es uno de los sesenta
y seis del Japón y el mayor de todos; ocupa toda la
parte nordeste de la gran isla Honshiu, que ellos llaman
Niphon y los demás, Nipón. Tiene una extensión de
cuatrocientas millas de longitud por unas trescientas de
anchura. Su clima es templado en la parte meridional;
pero en la parte norte es tan frío que la nieve cubre
la superficie de la tierra desde noviembre hasta abril.
A ese reino se trasladó el P. Francisco con tres fran­
ciscanos, de los cuales era el superior el P. Diego de
San Francisco, que describe así el viaje: (1).
«Y porque este camino fué navegado la primera
vez ahora de religiosos, y le tenían por imposible de
navegar, y nos contaban ya entre los muertos a los

(I) Op. clt. pág. 20 y siguientes.


— 2*5 -

que le navegamos, que todo creo era traza del de­


monio, para que se impidiese el mucho fruto que por
este camino se puede hacer a Dios, viniendo los mi­
nistros (misioneros) embarcados, rodeando toda la isla
del Japón o la mayor parte de ella sin mucha dificul­
tad, escribiré aquí sus puertos y cosas notables, que
pueden ser a propósito para navegarle con más faci­
lidad, cuando fuere necesario; que lo será de aquí en
adelante. Para traer no sólo fos religiosos, mas el hato
y ropa, se lleva desde el último puerto de Sacata, un
río arriba, en barco3 hasta Nakano, dos leguas de
Yamagata, corte del reino de Mogami, sin tener nece­
sidad de caballos.»
«El viaje es de esta manera. Desde Nagasaki hasia
Mirado, 26 leguas de Japón: desde Hirado hasta Na•
goya puerto navegamos 13 leguas: desde Nagoya has­
ta Aynoxima, 21: desde aquí a Ginoxima, 7: desde
aquí a F in jo , 25: desde aquí a Kayoi, 13.— Kayoi es
famoso puerto; caben y pueden estar muchos navios
de alto bordo.— De aquí a Fanguit 3: de aquí a fia -
mada, 18.— Es tan buen puerto como Kayoi y hay
una buena fortaleza.—De aquí a Lirio, 25: de aquí a
Mionoseki, 23: de aquí a Zunacaque, 35: de aquí a
Moroiso, 13: de aquí a Inenoura, 13: de aquí a Va-
casano Vobama, 18.—De aquí a Meaco (Kyoto) hay
por tierra 13 leguas, aunque esto no hace a nuestro
camino.— Desde Vacasano Vobama hasta Zurunga, 17:
de aquí a Amicuni, 15.— E l puerto es río, págase de
cada marinero un real: no visitan el navio,— De aquí
- 266 -

a Fucura% 35: de aquí a Minazuki, 8: de aquí a Va-


xima, 8.—Es grande lugar, mal puerro. D- aquí se
apartan a la isla de Sado como 30 leguas a la ban­
da del norte de Sado, la isla grande de Japón a la
banda del Sur; y aunque era camino dererho ir a esta
isla, no fuimos a ella, porque es isla de minas de
plata, y a todos los navios que toman puerto en ella
los visitan y miran hasta las cajas:—y así, por librar­
nos de este peligro, fuimos desde Vaxima a Tacoxima,
15: desde aquí a Funai, 30: de aquí a Izumozaquiy
13:—es grande pueblo:— de aquí a Niigata, 13: de aquí
a Xenami 13: de aquí a Sakata, 20.— Este fué el úl­
timo puerto de nuestra navegación, que desde Naga­
saki hasta Sakata es una costa apacible.»
«Venimos casi siempre viendo la tierra, fuera de dos
veces que la perdimos de vista, por ser el tiempo
bueno y galerno; que si no lo fuera, no la perdiéra­
mos de vista, por ser los japones malos marineros y
los navios sin cubierta, que no pueden engolfarse;
(esto es, los ordinarios barcos con que navegan su
costa). Todas las noches tomábamos puerto; fuera de
dos que, como dije arriba, por ser el tiempo bueno,
dormimos en la mar.»
«La costa es de montes vistosos, muchos de ellos
llenos de mil flores, lirios, mosquetas. Toda la costa
y orilla del mar está poblada de muchos pueblos, y
algunos, grandes.»
«Finalmente, después de setenta y tres días de na­
vegación, llegamos a dicho puerto de Sakata. Y aun­
- 267 —

que gastamos setenta y tres días, el camino es de


treinta días: mas por haber salido muy temprano, no
tuvimos viento Sur, que es el que de ordinario corre
a los primeros de mayo, y con este viento se navega
este camino. Y yo de propósito salí temprano, temien­
do no mudasen de parecer los marineros y domésticos
con las malas nuevas que les daban del camino y
otras persuasiones de temores y peligros: y por esta
causa fué más largo el camino, deteniéndonos, aguar­
dando viento en los puertos muchos días. Con todo
eso, después de haber llegado, se nos hizo corto y
fácil, viendo que no eran las dificultades tan grandes
como nos habían dicho en Nagasaki. Bendito sea Dios.»
«Venimos sin peligro y sin mucha dificultad, no
obstante que había peligros y dificultades. Con todo
eso, la mayor que sentimos fué la estrechura del
estrecho lugar donde veníamos escondidos en el na­
vio, y los temores de los marineros y domésticos
que, temiendo ser quemados, nos afligían de día y
de noche, diciendo que no hablásemos alto, que no nos
asomásemos por los agujeros, porque nos verían la
gente de otros navios que estaban en los puertos
junto de nuestra embarcación: y aunque muchas veces
no había de qué temer, por no exasperarlos ni dar
muestras de poca paciencia, la teníamos estrechándo­
nos: pero finalmente, llegando al dicho puerto deseado,
quedamos todos consolados en el Señor».
Llegaron a Sakata el 21 de junio; pero permane­
cieron seis días dentro de la embarcación, mientras
— 268 -

el P. Diego envió al japonés León Shirobioye al reino


de Mogami, veinte leguas lierra adentro, a pedir a
alguno de los dos franciscanos que alli había que
les enviase algunos guías. Cuando estos llegaron, salió
primero el P. Diego con un franciscano, y después
el otro franciscano con el P. Francisco de jesús, cada
pareja con su guía cristiano. En distinto tiempo y
barco fueron seis leguas aguas arriba de un gran
río hasta el pueblo de Tsurugaoka, de donde salieron
■a primeros de julio para el reino de Mogami, donde
el P. Diego, como superior de la expedición, señaló
a cada uno los lugares en que debía misionar.
El P. Francisco se quedó en Nakano (1) hasta el
8 de octubre, en que comenzó a recorrer todo el
reino de Nangaxi, y a recoger abundantísimos frutos
espirituales, especialmente en YonezBwa.
Durante su largo recorrido por tierra pudo obser­
var que en los pueblos los idólatras perseguían a los
pocos cristianos, hechos por los franciscanos, unas
veces por no pagarles sus deudas; otras, por ganar­
les los pleitos; y siempre, porque hasta allí habían
llegado las órdenes inicuas de los tiranos. También
observó la gran fertilidad de la tierra, en la que cul­
tivaban en abundancia arroz, trigo y cáñamo; y que
producía exquisitos frutos en variedad de árboles,
como perales, manzanos, nogales, duraznos, ciruelos,
priscos, avellanos; y rosas, mosquetas y toda clase

(1] A dos liguas de Yamagata, que ea la corte de Mogami.


- 269 -

de flores a las orillas de los ríos que descienden de


altas sierras nevadas.
Notó asimismo que la gente era muy belicosa;
pues hasta los labradores iban al campo con sus
armas.
Sin dar descanso a su cuerpo, comenzó a desple­
gar su celo entre aquellos gentiles con tan lisonjero
éxito que ya desde el principio recogió no escasos
frutos, que le estimularon a continuar henchido de
esperanzas. Los obstáculos a su campaña, si no eran
tan grandes como en la parte meridional, tampoco
eran despreciables; pues ya había visto desterrar a
seis cristianos, para despojarlos de cuanto tenían; y
observaba que la avaricia dominaba a los poderosos
contra los débiles, excitando a estos a cruentas ven­
ganzas. Era allí ordinario que los llamados señores
cobrasen el setenta por ciento de los frutos de los
agricultores, y no contentos con esto, los obligaban
a otros muchos servicios y trabajos, sin darles ni
aún lo necesario para su sustento. Esa injusticia ha­
bía ocasionado un estado de miseria entre los labra­
dores, que eran la inmensa mayoría, que parece in­
creíble: no comían estos casi todo el año sino ver­
duras y algo de cebada; pero no probaban el arroz
ni el trigo sino cuando lo recolectaban para entre­
garlo. Las tierras, las casas, todo era de los señores:
y estos vendían todos los días los hijos y las muje­
res de sus esclavos por cuarenta o cincuenta reales.
Y cuando a los labradores no les quedaba más que
— 270 —

su cuerpo para pagar sus deudas, los señores los


ataban a un palo, desnudos, y así los tenían muchos
días expuestos a la nieve y a la lluvia (1).
En este ambiente de pobreza y de crueldad, era
muy difícil hacerles aceptar la doctrina de la religión
católica: pero lo que es imposible a los hombres es
facilísimo a Dios: y El se complació en bendecir y
fecundar el activo apostolado de su siervo con nu­
merosas conversiones, que le compensaban con super­
abundancia de las amarguras de la persecución y de
las continuas privaciones en la comida, en el sueño,
en la tranquilidad y en el vestido, que era de indi­
gente japonés.
Nueve meses llevaba ocupado en sus tareas apos­
tólicas, cuando encontró disponibles unos momentos
para comunicar sus impresiones al P. Provincial por
medio de una carta, en la que le decía, entre otras
cosas, lo siguiente.
— «Luego que llegué el año pasado de 1626, a los
primeros de julio, a estos reinos que llaman del
Figashi, quinientas leguas de Nagasaki (2), escribí a
V. R. los muchos trabajos que en el camino tuve, y
las grandes ayudas de costas con que nos socorrió
en ellos su divina Majestad, que siempre acude en
semejantes aprietos, dándome ánimos para sufrirlos con
tanta paciencia y valor, que al paso que iban acre-

(1) Op. el!, pég. 5 '.


(!) E n el tomo de las Crónicas, pag. 181, dice el cronista que no son
tantas: pero es porque no tenía a la vista los datos que hemos presentado.
— 271 —

centando se aumentaba el deseo de padecer más por


su divina Majestad. El sea bendito por todo; que bien
se echa de ver que todos son efectos de su divina
gracia; pues de mi cosecha no tengo nada bueno, y
soy el más miserable de todos. Y juntamente avisé a
V. R. del motivo que tuve para venir a estas partes
y apartarme tan lejos de mi amado compañero el
P. Vicente (que no poco hemos sentido entrambos
esta división), que fué el mucho fruto que en estos
reinos se hace: pues los cuatro religiosos, después
que vinimos, hemos bautizado al pie de seis mil indios
(infieles); y de estos los que yo he hecho cristianos
llegan a mil quinientos; que para ser yo nuevo en la
tierra, no ha sido poco número. Pero no he llegado
a la medida de mis deseos; que si en mi mano es­
tuviera, no hubiera alma que no redujera al verdadero
conocimiento de la fe de Cristo Señor nuestro; pagán­
dole con esto alguna parte de lo mucho que su divina
Majestad padeció por el género humano».

«Es esta tierra frígidísima; tanto que acaece muchí­


simas veces helarse el vino en el cáliz y vinajeras,
diciendo misa. Nieva todos los años una pica en alto.
Los vientos, que a tiempos hay, son terribles y frígi­
dos en extremo; y por esta causa, grandísimos los
trabajos y descomodidades que tenemos los religiosos,
que, como andamos siempre escondidos y recelándonos
de que no nos cojan, muchas veces sucede habitar y
dormir en partes tan desabrigadas y expuestas a las
- 272 -

inclemencias del cielo, que milagrosamente sustentamos


las vidas».
«Pero lo que nos sirve de abrigo y defensa en
semejantes calamidades es considerar que es su divina
Majestad por quien las padecemos; y armados con
esta consideración, todo se nos hace fácil y gustoso;
y estimamos más estos trabajos que cuantos regalos
y pasatiempos tiene el mundo».
*Es la gente buena; y los que se bautizan buscan
con grandísimas ansias la salvación. Podré decir con
verdad que, de los que he hecho cristianos, los más de
ellos en un mes aprendieron casi todas las oraciones:
que no es de poco consuelo ver cuán a pechos lo
toman, después de haberse determinado a dejar sus
errores».
«Ahora nuevamente ha enviado el emperador man­
datos apretadísimos a los señores de estos reinos,
para que hagan en ellos pesquisa de los ladrones es­
pirituales. Su divina Majestad nos ayude y socorra
en semejantes aprietos y persecuciones, como ha he­
cho en otras: y si fuere de su servicio, dispuesto es­
toy con el alma y la vida a padecer cuantos incendios
y tormentos pueda el tirano imaginar ni inventar. Pero
soy tan miserable y malo que no mereceré que Dios
me haga tanta merced y señalado favor que llegue a
dar la vida por su amor.»
♦ Estamos todos los ministros cada cual en su reino,
y algunos acuden a dos o tres: y si hubiera cin­
cuenta ministros más, hubiera bien en qué ocuparse.
- 275 —

Son raras las veces que nos vemos, porque los tiem­
pos y las ocasiones no nos dan lugar a ello».
«Cuando salí el año pasado de Nagasaki, dejé
orden a mi compañero para que, de la pobreza que
le quedaba, acudiera con su parte a la costa que los
religiosos habían de hacer en el viaje que se trataba
a esa tierra (Manila), enviando allá de estos reinos
navio y marineros. Escríbeme el P. Fr. Vicente que
no tuvo efecto el viaje. Confío en nuestro Señor que
V. R. nos socorrerá con algunos compañeros que nos
ayuden a trabajar en esta viña, donde es tan cono­
cido el fruto que se hace».
«Y no le atemoricen a nadie los trabajos y perse­
cuciones que en ella se pasan, para no venir; pues
comparados con los regalos y consuelos que su divina
Majestad comunica, todos son gustosos y llevaderos.
Y cuando la consideración de las descomodidades que
por acá hay les resfriase el espíritu, foméntenlo con­
siderando cuán lastimosa cosa es el que se pierdan
tantos millares de almas, por no haber quien les en­
señe el camino de la salvación; y de cuánto mere­
cimiento sea la conversión de una alma sola, y las
ventajas con que nuestro Señor paga cualquier trabajo,
por pequeño que sea, padecido por este respeto».
<¡Ea, mis queridos Padres y hermanos! Atropellemos
con los de la carne y sangre, y no se nos ponga
nada por delante para no emprender tan heroica em­
presa. Esto quisiera persuadir a cada uno en particular
con lágrimas nacidas de lo íntimo de mis entrañas;
- 274 -

porque sé lo mucho que conviene el que haya mi­


nistros del santo evangelio en esta tierra, respecto del
mucho fruto que se hace; y de cuánta gloria es de
nuestro Señor los trabajos y persecuciones que pasan
los religiosos».
<De Nagasaki escribirá el P. Fr. Vicente, como
quien los experimenta. Acá hubo nuevas, aunque in­
ciertas, de que el gobernador (de Filipinas) había
tomado la isla Formosa, echando de ella al holandés.
S i es verdad, suplico a V. R. con el encarecimiento
que puedo, envíen allá un par de religiosos que funden:
que hay esperanzas que en pocos años se hará una
ciudad tan buena como Manila: y habiendo allí reli­
giosos, podremos con facilidad ser socorridos los des­
terrados en estos valles de lágrimas; pues está en el
medio camino. Esto pido y suplico con grandísimas
veras».
«Guarde nuestro Señor a V. R. y dele mil años
de vida para bien y aumento de esta pequeña planta.
A todos mis padres y hermanos quisiera escribir en
particular; mas ya he dicho que el tiempo no me dá
lugar. A todos envío mis saludos, y a todos pido
con encarecimiento no se olviden de este pobre de
toda virtud en sus santos sacrificios y devotas ora­
ciones.— Hoy a 26 de marzo de 1627.— De este reino
de Nagay (Nangaye o Nangaxi). — Humilde hijo de
V. R., Fulgencio Ortega; alias Fray Francisco de Jesús (1)».
0 ) Crón. í. 2.®. pág. 182.-Plrma Fulgencio Oriega. porque asi lo hacía cu
las cartas a los misioneros, para no ser descubierto, al las secuestraban: lo
que era frecuente.
— 275 —

¡Cómo se ve por esta caria que la mies era mucha y


pocos los obrerosl ¡Con cuánto empeño suplica a su
superior de Manila que envíe más religiosos! ¡Y con
qué fervor anima a estos a despreciar las contrarie­
dades por el sumo gozo de la salvación de una sóla
alma! Infatigable en su labor, él, tan enemigo de la
mentira como de la vanidad, Ies manifiesta, para ani­
marlos, que en solos nueve meses había hecho mil
quinientos cristianos. ¡Cuántos no haría en los dieci­
ocho siguientes que permaneció en aquella región!
El P. Provincial de Filipinas Fr. Andrés del Espí­
ritu Santo, en una carta que escribió al Vicario G e­
neral, con fecha 28 de julio de 1629, informándole
sobre los sucesos del Japón, le dice: D e sólo uno,
que es el Padre Fra y Francisco de Je sú s, hemos
visto, en relaciones que han lenido los Padres de
San Fra ncisco, que él sólo ha bautizado más de
siete mil japones. jOh varón verdaderamente celoso
de la gloria de Dios! No declara él la cifra; la de­
claran sus compañeros de una Orden distinta, para
que no haya lugar a duda. Más de siete mil cate­
quizados y bautizados por él, son más de siete mil
títulos conquistados para reinar con Cristo en la glo­
ria, en frase de San Agustín, que afirma que el que
salva una alma tiene ya la suya predestinada.
¡Cuántos trabajos, privaciones y sobresaltos supone
esa vida constante de apostolado! Porque aunque en
aquellos reinos de oriente la gente era buena, como
él dice, sin embargo, llegaban hasta allí las órdenes
- 276 -

de persecución de los íiranos del centro y del sur­


oeste: y si los Tonos o gobernadores no querían
ejecutarlas, por su bondad natural, no faltaba pretexto
para mortificar a los misioneros.
En diciembre de 1627, el P. Francisco había lle­
gado en sus correrías misioneras hasta Wakamatsu,.
en el reino de Iwashiro; y con su actividad y celo
consiguió hacer cristianes a todos los habitantes del
pueblo. El bonzo o sacerdote de los ídolos observó
que nadie acudía a su pagoda; y viéndose privado
hasta de lo más necesario para la vida, porque sus
antiguos feligreses se negaron a socorrerle con sus
limosnas, se presentó al Tono a decirle que se mo­
ría de hambre y que, o castigase a los nuevos cris­
tianos o se encargase él de sustentarle. El Tono le
respondió que se hiciese labrador para ganarse el
sustento; ya que había demostrado que no sabía en­
señar ni convencer al pueblo de que no se hiciese
cristiano. Sin embargo, temiendo el Tono ser acu­
sado ante el emperador de que no cumplía sus man­
datos, declaró la persecución intimada, pero sólo con
apariencias de tal y sin ningún rigor.
Más rigurosa fué la persecución que estalló el 18
de abril de 1628 en Yonezawa, donde tanto había
trabajado el P. Francisco: pues no solamente deste­
rraron a muchos cristianos y los despojaron de sus
bienes, sino que el Tono publicó un bando, en el que
prometía ciento cincuenta taeles (duros españoles) al
que le entregase al misionero que los hacía cristia­
— 277 —

nos. En estos y otros muchos casos semejantes el


P. Francisco se veía obligado a huir a toda prisa,
siempre con lo puesto, pues no tenía más, y disfra­
zado de mujer o de mendigo, bajo la protección deci­
dida de sus leales convertidos.
Esta serie de persecuciones, aun en las regiones
más pacíficas del Japón, impedían o, a lo menos, mer­
maban en grandes proporciones el fruto espiritual,
que con tanta abnegación procuraban los misioneros.
Pero no era esto, con ser tan desagradable, lo que
más les afligía. Era otra, de muy distinta índole, la
persecución que sufrían, y de la cual temían los más
funestos resultados.
Como desde que murió el obispo del Japón, don
Luis Sequeira, no había entrado en el imperio su su­
cesor, por los decretos de feroz persecución iniciada
el 1613, actuaba de Vicario del obispo el superior de
los jesuítas; y estos, sin que nadie pudiese explicarse
la razón, estaban empeñados en que saliesen del Ja­
pón todos los misioneros de las demás Ordenes reli­
giosas, para quedarse ellos solos, con gran detrimento
del progreso espiritual y de la caridad cristiana.
«Creo,—dice el P. Diego de San Francisco en sus
»Relaciones citadas—(1), Dios lo permite para nuestro
«ejercicio; pues tantos años há que porfían para echár­
onos del Japón; como aparece por los Breves que han
»procurado para ello, y por el memorial que, dice

lU 34. O p . cil.
— 278 —

•nuestro hermano Fr. Pedro Bautista, que dio el Padre


»Pedro Morejón tres o cuatro años há al Rey, de que
»ahora más que nunca convenía que se pusiesen en
»ejecución los Breves de Gregorio XIII, para que no
»vengan religiosos a Japón de otras Ordenes, etcéte­
r a . Querrá Dios que algún día caigan en la cuenta,
»y cesen de darnos pleitos con el Rey y con el Papa
»y aquí con los cristianos.»
Pero a pesar de esta oposición lamentable, como los
misioneros no recibieron orden de abandonar el campo
de su legítima autoridad eclesiástica, continuaron tra­
bajando con tesón inquebrantable, puesta su confianza
en Dios. Y Dios salió por ellos: pues poco tiempo
después el Papa Urbano VIII mandó al Superior G e­
neral de los Agustinos Recoletos que enviase más re­
ligiosos al Japón, en vista del mucho fruto espiritual
obtenido por los P P . Francisco y Vicente.
Entre tanto, el P. Francisco no se limitaba a con­
vertir idólatras, sino que les proporcionaba armas es­
pirituales para conservar su fé y defenderla contra
todos sus enemigos. Para ello establecía en todas
partes la Cofradía de la Cinta, como la llamaban en­
tonces, o de la Santa Correa: y con ese distintivo y
con las prácticas espirituales, que lleva anejas, se
enfervorizaban y robustecían de tal manera, que mu­
chos de ellos, de ambos sexos, y de toda edad y
condición, buscaron y encontraron alegres la palma
del martirio.
No cesaba de dar gracias a Dios el P. Francisco
- 279 -

por los numerosos Iriunfos de su divina gracia; pero


insaciable en sus deseos de conquista, lamentaba no
poder multiplicarse para atender a mayor número de
almas: y enterado de que los españoles habían tomado
la isla de Pormosa, que está a la mitad de camino
en la ruta de Manila al Japón, lo primero que le su­
girió su deseo fué pedir al P. Provincial que fundase
convento en dicha isla para el mejor servicio espiritual
del Japón. Era verdad lo primero; pero no se pudo
lograr lo segundo por inescrutables juicios de Dios.
El Gobernador General de Filipinas, don Alonso
Fajardo de Tenza, enterado de que los holandeses
ejercían la piratería en los mares de China y del Japón
y de que impedían roda comunicación comercial con
estos imperios, se resolvió a tomar la isla Formosa
y a fortificarla, porque desde ella podía un barco en
pocas horas ir a fondear en un puerto chino o japo­
nés. Ordenó que se hiciesen los preparativos del caso,
pero se malogró su intento, porque murió a los pocos
días.
Su sucesor en el gobierno, don Fernando de Silva,
recogió y aprobó el proyecto de su antecesor; y con
una fuerte Armada tomó posesión de Formosa el año
1625, fundó una ciudad y una fortaleza, y las dejó
guarnecidas con trescientos españoles armados; y ade­
más señaló lugares, para que en ellos pudiesen fundar
conventos todas las Ordenes religiosas que había en
Manila, como se lo habían suplicado sus respectivos
superiores. Del lugar señalado para r convento de
- 280 —

agustinos recoletos, tomó posesión, en nombre del


Provincial, el capitán Carrefio de la misma Armada.
Entró después don Juan Niño de Tabora en Manila,
nombrado Gobernador del Archipiélago, quien quiso
perfeccionar y ultimar lo hecho por su antecesor; y
despachó para Formosa otra fuerte Armada al mando
del Almirante don Andrés de Esguerra, en la cual iba
el P. agustino recoleto Fr. Antonio de la Madre de Dios
con otro religioso~compañero, a fin de fundar convento
en la isla. Pero cuando la Armada estaba doblando el
cabo Bojeador, fué sorprendida por tan violento tifón
que la inutilizó para el viaje, y con grandes dificulta­
des pudieron salvarse las personas.
Esta desgracia quebrantó el ánimo de los españo­
les hasta el punto de abandonar la empresa; y des­
pertó la codicia de los holandeses, que se apoderaron
de la isla.
No pudo, pues, cumplirse el deseo del P. Francis­
co; aunque el P. Provincial no perdonó medio para
que fuese una realidad.
CAPITULO XX

Sum arlo: Sale de Figashi para Nagasaki.—Se detiene en


la isla Firaxima. —Reliquias de mártires.—Labor constante.—E s
detenido.—A la cárcel.

M el P. Francisco recorría la parte norte


ie n t r a s

del Japón, trabajando sin descanso en la conversión


de los gentiles, en el extremo suroeste, en los reinos
próximos a Nagasaki la persecución a todo lo cristia­
no arreciaba de manera alarmante. Algunos misione­
ros y seglares convertidos habían sufrido los rigores
del martirio; y todos los demás andaban huidos y
ocultos sin poder dedicarse a sus faenas espirituales.
Ante esa disminución de operarios evangélicos el
P. Vicente de San Antonio escribió al P. Francisco,
dándole cuenta del estado ruinoso de aquella cristian­
dad y suplicándole encarecidamente que regresase del
Figashi, porque hacía mucha más falta en Nagasaki.
Por esta y otras muchas razones, como dice el mismo
P. Francisco, sin expresarlas en ninguna de sus cartas,
determinó regresar al lugar de su partida; se despidió
— 283 -

del franciscano P. Diego, le dejó en agradecimiento


de sus bondades casi cuatro chinantas de cera (unos
veinticuatro kilos de velas), más de arroba y media
de vino de Castilla para celebrar misa y una frazada
o manta peluda para su servicio. Le dejó además dos
recados de decir misa, que estaban integrados por
casulla, alba, misal, cáliz, vinajeras, etc., para que
los guardase, en previsión de que más adelante pu­
diesen venir agustinos recoletos; y el día 22 de sep­
tiembre de 1628 salió de Nagaye par a Ximo, donde
se detuvo hasta el 8 de octubre para catequizar y
bautizar: luego pasó a Usaca (Wakasa), donde tam*
bién estuvo ocho días entregado a sus santas ocu­
paciones; y saliendo de este punto el 16 de octubre,
llegó a Firaxima (Hirashima), isla próxima a Nagasa­
ki, el 4 de noviembre, después de treinta y un meses
de ausencia.
Cuando llegó a la citada isla, el corazón le em­
pujaba y los brazos se le abrían para dar a su que­
rido hermano y abnegado compañero el P. Vicente el
saludo de un abrazo fraternal; pero sintió con amar­
gura desvanecerse sus deseos ante los formidables
obstáculos que le oponía la persecución. Todo lo en­
contró cambiado, todo maltrecho, todo derruido. Tomó
para albergue una choza de paja en los montes de
Firaxima, isla del reino de Onura, distante treinta le­
guas de Nagasaki: y allí fué reconocido por los cris­
tianos fugitivos por medio de la contraseña que usa­
ban. Por ellos supo la feroz crueldad con que eran
— 284 —

perseguidos, y ellos le disuadieron de ir a unirse con


el P. Vicente, por el peligro cierto que corría de per­
der su vida.
Ante esta nueva contrariedad, se resignó a no ver
y abrazar por entonces a su compañero; y ¿>e limitó
a escribirle anunciándole su regreso del Oriente y su
escondite en aquellos montes y pidiéndole noticias de
la situación. No faltó un japonés, que se ofreció a
llevar la misiva al P. Vicente y a traerle su contes­
tación, y que con todas las precauciones del caso
logró llevar a efecto sin grandes contratiempos.
Por este medio supo que el gobernador Kawachi-
dono (1) mandó que ninguno saliese de los términos
de Nagasaki ni entrar en ellos sin renegar primero de
su fe católica; que no se diese alojamiento a ningún
español ni chino; que no entrase cristiano alguno en
Jas casas de los españoles ni de los chinos, ni estos
en las de los cristianos; que ninguno recibiese objetos
de otros para su custodia sin declararlo antes al jefe
de su calle; y que el que tenía algún depósito lo
manifestase y entregase. Con esta disposición preten­
dían apoderarse de todos los objetos del culto.
Luego llamó a los regidores y jefes o cabezas de
cada una de las calles de la ciudad, y les obligó a
renegar de su fé, ofreciéndoles grandes bienes si lo
hacían, y amenazándoles con la muerte si lo rehusaban.
Ordenó además, para evitar las fugas o entradas noc­

ió D jn o slgn flca señor. Kawachl- dono, señor de Kawacbl.


— 285 —

turnas, que las puertas de la ciudad permaneciesen


cerradas desde la puesta del sol hasta su salida.
A pesar de estas órdenes tan vejatorias, no pasaron
de diez los que renegaron; y esos lo hicieron para
verse libres del pago de sus deudas, como se lo
habían ofrecido.
Airado Kawachi por su fracaso, mandó martirizar
juntos a tres sacerdotes y un lego, jesuítas, y cinco
japoneses cristianos: y el día 20 de junio de 1626
fueron todos quemados vivos. Con estos debían haber
muerto Alvaro Muñoz, Baltasar de Souza y Juan de
Acosta; pero los tres renegaran aquel mismo día; y
las tres columnas dispuestas para ellos quedaron vacías.
Estos y Diego de Acosta, que había renegado unos
días antes, fueron después los verdaderos Judas que
más daño hicieron en aquella cristiandad.
Como tampoco con este escarmiento lograron au­
mentar el número de renegados, el gobernador encargó
a los cuatro Judas, bien retribuidos, que formasen
varias cuadrillas de cinco individuos, y que recorriesen
todas las casas, calles y caminos exteriores, para
prender y despojar a todos los cristianos.
Enterado de esta violenta persecución el P. Fran­
cisco, renunció con harto sentimiento de su corazón
a trasladarse a los montes donde se ocultaba el Padre
Vicente; y convinieron en comunicarse por cartas.
Entre tantas malas noticias recibió del P. Vicente
una que inundó de alegría su corazón. Tres japoneses,
a los cuales el P. Francisco había catequizado y bau­
— 286 —

tizado, y por su probada virtud les había vestido el


hábito de Mantelatos o Terciarios agustinos recoletos,
habían dado gloriosamente su vida por Jesucristo. Eran
las primicias triunfantes de su apostolado; y se lla­
maban: Paulo, natural de Namexi, que fué decapitado
el 4 de mayo de 1628: Simón, natural de Yenoxima,
que fué quemado vivo el 15 de septiembre de 1628:
y Andrés, natural también de Yenoxima, que fué que­
mado vivo con el anterior el 15 de septiembre de 1628.
Como eran sus primeros hijos espirituales que ha­
bían recibido la corona del martirio, ya que no los
vió triunfar, como los vió el P. Vicente, quiso recoger
sus sagrados restos y los de otros mártires que triun­
faron con ellos, a fin de que se les diese el honor
del culto público que la Iglesia rinde a los mártires
de Jesucristo.
Tal empeño en aquellas circunstancias parecía una
gran temeridad: pero el P. Francisco, que tenía por
compañera y amiga inseparable a la adversidad, y que
estaba acostumbrado a vencer obstáculos casi insupe­
rables, juzgó sencilla aquella empresa, a la que dedicó
desde el primer momento todas sus energías y todo
su escasísimo caudal.
Conoció por el testigo de vista P. Vicente el lugar
donde habían sido arrojados y sepultados los cuerpos
de los mártiies, y hacia él desplazó algunos cristianos
japoneses para que unidos a los demás testigos, que
ya habían recogido algunos y sabían el punto exacto
y los nombres de los restantes, los fuesen colocando
— 287 -

en sitio seguro y en condiciones de ser transportados.


Innumerables fueron las diligencias que tuvo que hacer
para lograr el reconocimiento fiel y verdadero de los
ocho cuerpos que consiguió reunir, como también ios
trabajos, fatigas, apuros y sobresaltos que hubo de
experimentar en sus gestiones, junto con los recursos
que se vió precisado a arbitrar para cubrir los cuan­
tiosos gastos que reclamaba la empresa.
Pero todo lo venció su tesón indomable y su exal­
tado anhelo de glorificar la memoria de sus primeros
hijos espirituales, que con tanta gallardía habían ru­
bricado con su sangre la verdad de las enseñanzas
que de él habían recibido.
En sus gestiones le ayudó eficazmente una vieja
japonesa, llamada Catalina, Manrelata o Terciaria pro­
fesa agustina recoleta, a la cual él mismo había dado
el hábito y profesión, y a la que llamaban Bicuni,
que equivale a nuestra palabra monja, porque era la
presidenta de todas las Terciarias y Cinturadas reco­
letas del Japón.
Acompañado de esta iba él, unas veces disfrazado
de esclavo; otras, de mujer como ella; ya de simple
japonés o también de mísero mendigo. Bajo estos
disfraces hacía a su sabor las investigaciones que de­
seaba: y aunque no faltaron ocasiones en que estuvo a
runto de ser detenido, porque su mismo aspecto ex­
terior o su acento extranjero le denunciaban, por esos
medios consiguió apoderarse de los cuerpos o huesos
principales de ocho mártires, transportarlos ocultos
— 288 —

entre cargas de leña o sobre sus propios hombros,


colocarlos en cajoncillos en cuyo interior dejaba testi­
monio escrito y firmado por él mismo del nombre y
reliquias del mártir que cada uno contenía, y deposi­
tarlos en lugar seguro, únicamente conocido por la
fervorosa y leal Bicuni Catalina.
Así consiguió recoger los restos de los cuerpos de
los tres Terciarlos recoletos Paulo, Simón y Andrés
y los de cinco mártires más que murieron con ellos.
Los acondicionó en doce cajoncillos; y como entonces
le fué imposible enviarlos a Manila, a fin de que no
desapareciesen entre las ruinas de la persecución, es­
cribió después al Provincial con fecha 26 de octubre
de 1650, y le decía: «Aquí en dos lugares dejamos de~
opositados once cuerpos de santos mártires, que no
»nos costó pequeño trabajo y plata el agregarlos. S I
»alguno de nuestros hermanos viniere por acá algún
^tiempo, Catalina la Bicuni de los Descalzos Agustinos
»(que por este nombre la sacarán de rastro), dará
«cuenta de ellos.»
Aquí dice once cuerpos; pero Indudablemente quiere
decir once bultos con restos de cuerpos; y aun des­
pués rectifica el número once por doce: pues dos años
después, cuando los envió a Manila en un barco de
su amigo el capitán Jerónimo de Macedo, le escribía
al Provincial con fecha 2 de abril de 1632, y le decía:
»Por vía del capitán Jerónimo de Macedo van doce
»cajoncillos de santos cuerpos de mártires dentro de
»ellos; y en las cartas va la declaración de qué santos
— 289 -

•son, con el mejor modo que pudimos averiguar. E s ­


apero en nuestro Señor que, por intercesión de los
«santos, cuyos cuerpos van para ser venerados y hon­
rados (esta es la gloria y honra de nuestro Señor),
»han de llegar a salvamento; para que esa Provincia
»y los de España gocen de la preciosa fruta que en
»esta tierra se recoge. Y yo, por el trabajo que así
*en juntarlos como en enviarlos me ha costado fuera
»y en estas prisiones y cárceles, confío en particular,
»lo uno ser favorecido y socorrido de los santos már­
tires; y lo otro, de todas las oraciones devotas y
«►santos Sacrificios de todos nuestros Padres y Her­
m anos de nuestra sagrada Religión.»
Llegó el junco (barco) del capitán Macedo sin novedad
a Manila el año 1632, y toda la ciudad presidida por
las autoridades civiles, militares y eclesiásticas salió a
recibir las sagradas reliquias: el capitán Macedo hizo
entrega de estas ante el escribano real con todos los
requisitos del derecho, y fueron llevadas en manifesta­
ción pública y con grandes muestras de regocijo al
convento de Agustinos Recoletos, donde quedaron de­
positadas.
El año 1633, trajo al convento de Madrid tres de
los cuerpos el P. Francisco de la Purificación: y loa otros
cinco están en el oratorio del convento de Manila, con
un traslado auténtico de la información que se hizo
para reconocerlos enseguida que llegaron, ante el obispo
de Cebú don Pedro de Arce, y las tres certificaciones
originales y firmadas por el P. Francisco de Jesús,
— 290 —

que dicen así: «Este es el cuerpo del santo mártir


»Paulo, natural de Namexi. Fué degollado in odium
»Christi a cuatro de mayo del año de mil y seiscien­
t o s y veinte y ocho. Y por verdad lo firmé de mi
•nombre. Fray Francisco de Jesús».—«Este es el cuerpo
»del santo mártir Simón, natural de Yenoxima. Fué
•quemado vivo in odium Chrisíi a quince de setiem­
b re , el año de mil y seiscientos y veinte y ocho. Y
•por verdad lo firme de mi nombre. Fray Fran­
cisco de Jesús».— «Este es el cuerpo del santo mártir
•Andrés, natural de Yenoxima. Fué quemado vivo in
'stodium Chrisíi a quince de setiembre de mil seiscientos
•y veinte y ocho. Y por verdad lo firmé de mi
•nombre. Fray Francisco de Jesús».
Afanoso andaba todavía en la piadosa tarea de
embalar las sagradas reliquias de los mártires, cuando
le llegaron noticias de Figashi dándole cuenta de un
nuevo brote de persecución en aquellos reinos. Sesenta
y cuatro cristianos habían sufrido con valentía los más
crueles martirios, en Nagaye, donde él trabajó tanto:
y de ellos la mayor parte eran hijos suyos espirituales:
y este nuevo triunfo no solamente le compensaba de
todos sus trabajos y penalidades, sino que despertaba
en él una santa envidia y le estimulaba a una mayor
actividad con total desprecio de sus perseguidores. Las
victorias de los suyos eran tan numerosas como ro­
tundas: y si la tristeza obnubilaba a veces su alegría
hasta hacerle derramar amargas lágrimas por cobardes
apostasías de algunos, aunque no catequizados por él,
— 291 —

su espíritu se reanimaba y se confortaba en Dios ante


casos como el de Yedo (Tokio), en que un criado del
mismo emperador no pudo ser derribado con los ma­
yores halagos y tentadoras promesas, y sufrió impá­
vido el tormento de aserrarle de hombros abajo, du­
rante tres días, con sierras de caña, hasta derrotar al
tirano con su muerte. E l adulador Arimadono (señor
de Arima) quiso halagar al emperador sometiendo al
mismo suplicio a tres súbditos suyos: pero también
triunfó la gracia divina sobre la malicia del tirano. Así
iba creciendo el número de mártires, que aquel año
llegaba a ciento cuarenta.

En la misma proporción que desaparecían de la


tierra los triunfadores, aumentaban en el P. Francisco
los grados de celo para producir otros nuevos. Tam­
bién en Firaxima y sus contornos encontró algunos
huidos que empezaban a flaquear en sus creencias y
no pocos que por el temor de verse despojados de
todo y de experimentar tan horribles suplicios habían
desertado del ejército cristiano; y a estos comenzó a
buscar con especial solicitud, y los exhortaba y los
robustecía y los animaba a sufrir unos fugaces tor­
mentos a cambio de una vida eternamente feliz. Con
estos empleaba todos los recursos materiales que ob­
tenía de limosnas, todo su cariño, toda la fuerza viva
de su persuasión; y consolidaba a los unos y recon­
quistaba a los otros y los vestía con la vestidura de
salud del hábito de Terciarios recoletos o de cofrades
- 292 -

de la santa Correa, que no estaba tan floreciente como


al principio por el rigor de la persecución.
Esta vida agitada, inquieta, febril, infundía extraor­
dinario valor a los tímidos; pero a él lo ponía en
grave riesgo de perder su libertad. Cuatro semanas
estuvo una vez escondido en el hueco de una como
pequeña sepultura, en la que apenas cabía sentado,
mientras los esbirros olfateaban como hienas y remo­
vían la maleza alrededor en busca de su presa. Pero
estos apuros y sobresaltos ya no le hacían mella al­
guna; los calificaba de episodios sin valor alguno para
lo que él deseaba; y ya no sabía qué hacer para
hacerse digno de que Dios accediese a sus deseos.
Pensó entonces no volver a huir ni ocultarse: pero
creyó que acaso esta resolución no agradaría a Dios
por privar a las ovejas de su pastor: y cuando estaba
en esta incerlidumbre, tuvo indicios claros de que se
aproximaba el término de su campaña.
Era una noche del mes de junio de 1629: en una
casa bastante amplia de la isla de Firaxima se habían
reunido muchos cristianos con las debidas precaucio­
nes para escuchar la divina palabra, recibir los sacra­
mentos y oir la santa misa. A las dos de la madru­
gada había terminado el P. Francisco de confesar a
todos, y empezó el santo sacrificio de la misa, ayu­
dado por el dueño de la casa, un piadoso portugués
de Macao, llamado Roberto de Payva. S i siempre la
decía con suma devoción y reconcentrado fervor, aque­
lla noche, en que le pedía a Dios el honor del mar­
— 293 -

tirio, parecía anegado en el divino amor. Llegó a la


parte de la ablución de las manos; y al pronunciar
las palabras litúrgicas: Lavabo inter inocentes manus
m east notó que de sus manos brotó sangre en can­
tidad que tiñó de ella toda la toalla o cornejal» sin
tener herida alguna, y que cesó de repente. E l ayu­
dante Roberto, emocionado ante el caso, guardó el
cornejal con suma devoción, como preciosa reliquia de
aquel a quien todos tenían por santo. Algún tiempo
después dió un pedacito del mismo, en Macao, al
P. Agustín de Jesús María, que fué comisionado por
nuestro P. Provincial para gestionar con el señor
obispo de Macao la entrega de los procesos de bea­
tificación de nuestros mártires del Japón, allí incoados;
y tanto entonces como cincuenta años después, dice
un cronista, estaba la sangre como recién vertida sobre
el cornejal.
E l P. Francisco, que vió en aquel suceso la con­
cesión misericordiosa de Dios que había escuchado
su ruego, rompió en íntimas acciones de gracias,
•acompañadas de abundantes lágrimas, que brotaban de
sus ojos ardientes y amorosas: luego dió la sagrada
comunión a todos los concurrentes y, terminada la
misa, volvió a exhortarlos a la perseverancia y a se­
guirle a él en la jornada que pronto iba a terminar.
Salieron aquellos fervorosos cristianos como salían los
primitivos de las catacumbas, con la mente puesta en
Dios y el corazón en llamas para ofrendar su vida
en testimonio de su fe.
— 294 —

No podía ya el P. Francisco estar más tiempo sin


ver a su querido compañero el P. Vicente, y le llamó
por carta para comunicarle sus impresiones y para
darle acaso el último abrazo de despedida.
Muy difícil y arriesgado era para el P. Vicente
acudir a la cita, porque todas las entradas y salidas
de Nagasaki y sus alrededores estaban tomadas por
los esbirros; pero, echando el resto, como él dice, y
ayudado por los cristianos, se embarcó y llegó a la
isla de Firaxima (donde había amainado la persecu­
ción), el día 27 de agosto de 1629. AUí se dieron los dos
héroes el abrazo fraternal, efusivo, tierno, lloroso,
prolongado, después de tan larga ausencia; y juntos
estuvieron todo el día siguiente celebrando espiritual­
mente la fiesta de N. P. San Agustín en mutua co­
municación de impresiones y en pláticas saturadas de
celestial perfume; aunque en lo material no les faltó
la correspondiente escudilla de arroz y la sardina, que
les proporcionó una buena cristiana.
Al día siguiente se despidieron; pero viendo el Pa­
dre Vicente que no podía entrar en Nagasaki, se pasó
al reino de Arima, donde recibió carta del P. Fran­
cisco en que le anunciaba su llegada al pueblo de
Mixe, distante cinco leguas de Nagasaki. Allí se vie­
ron de nuevo y se consolaron: pero como los cris­
tianos manifestaban gran temor de ser detenidos, por
no comprometerlos, se separaron al día siguiente. E n ­
tonces supieron que acababan de apresar al P. Bar­
tolomé, agustino calzado: y con este motivo se alejaron
— 295 —

más. E l P. Francisco fué al pueblo de Yokinowra, a


nueve leguas de Nagasaki, y allí se guareció en los
montes.

Recorría por entonces aquellos lugares un japonés,


apóstata, que había sido doshico o ayudante del je­
suíta P. Benito Fernández, y que buscaba a este por
el gran premio ofrecido por el tirano: sabía que el
P. Benito había estado escondido en los montes de
Yokinowra; y acompañado de una cuadrilla de infieles
iba examinando todos los escondrijos con exagerada
minuciosidad. Desconfiado ya de conseguir su objeto,
iba ya a desistir de sus pesquisas, cuando de pronto
y sin pretenderlo sorprendieron al P. Francisco de Je­
sús, postrado en tierra, que en fervorosa oración ofre­
cía alegre a Dios el sacrificio de su vida. Era el día
18 de noviembre de 1629.

Rugiendo de alegría, como fieras hambrientas al


devorar su presa, lo ataron cruelmente, y a la mañana
siguiente lo condujeron a Nagasaki entre burlas, ul­
trajes y empellones. E l P. Francisco, acostumbrado a
las mayores penalidades, recibía estas como un nuevo
don de Dios; y alegre y risueño iba entre sus verdu­
gos predicando en alta voz las verdades de la fe ca­
tólica y condenando los errores de la idolatría. Era
inútil que le mandasen callar: cada vez predicaba con
mayor entusiasmo, y cada vez recibía mayor número
de bofetadas y de palos. Sabía él que ningún fruto
habían de producir sus palabras; pero iba tan gozoso
- 296 —

a la cárcel, que buscaba nuevos méritos para hacerse


digno de la corona del martirio.
Llegaron al palacio del gobernador de Nagasaki; y,
al verse en presencia del tirano, lo primero que hizo
el P. Francisco fué besar el suelo, mientras decía en
voz alta que lo besaba por reverencia a los muchos
mártires que lo habían pisado. Luego habló al tirano
en nombre de Dios, manifestándole sus errores y re­
prochándole sus injusticias con lanta unción y vehe­
mencia que en todos los oyentes se hizo visible la
emoción. Sólo el juez inicuo permaneció impávido, y
mandó que lo metiesen en la cárcel que había en el
mismo palacio. En ella encontró al P. Bartolomé G u­
tiérrez, agustino calzado, y al P. jesuíta japonés An
ionio Pinto y además muchos cristianos seglares. Con
él entró preso su fiel doshico Sampe.
Su entrada en la cárcel fué algo semejante a lo que
debe de ser la entrada en la sala de espera del paraíso. Una
explosión de alegría, con aplausos, enhorabuenas, abrazos
y cánticos de acción de gracias, conmovió todo el re­
cinto carcelario. Eran los soldados de Cristo que re­
cibían a uno de sus jefes, y que ya consideraban como
segura la corona de la gloria después del último com­
bate que anhelaban con vehemencia.
Luego le pusieron grillos en los pies; y allí que­
dó el P. Francisco dando gracias al Señor por lo
que siempre había deseado. Y puesto que ya no ha
de salir de la cárcel sino para el cielo, dejémosle por
ahora, para buscar al P. Vicente de San Antonio.
Id o lo ja p o n é s
CAPITULO XXI

Sum arlo: Labor apostólica del P . Vicente.—Médico afamado.


Brotes de su ingenio.—Presencia un martirio. — Cruel persecu­
ción.—Proyectos frustrados. — Se reúnen tos PP. Francisco y
Vicente.—E s preso el P . Vicente.

A los ocho días de estar Juntos los PP. Francisco


y Vicente en ei monte donde renía su cabaña el Padre
Bartolomé, llegó allí el Superior de los franciscanos;
y viendo que en aquella humilde choza no podían vi­
vir los tres por su angostura, consiguió tras prolongada
porfía que el P. Francisco autorizase al P. Vicente
para que se fuese a vivir con aquél en otro monte,
donde tenía más amplia guarida. En virtud de ese
acuerdo, el día 8 de noviembre de 1623 salieron de allí
el P. Superior de los franciscanos y el P. Vicente, y
aquella misma noche llegaron a una parte de un mon­
te distante tres leguas de Nagasaki, donde había una
pobre vivienda capaz para ellos dos y otros dos fran­
ciscanos que habían ido de Manila con el P. Vicente
A corta distancia en el mismo monte tenía su morada
un P dominico, que también se les había ofrecido
— 299 —

para todo; y no era de poco consuelo para todos el


poder verse con frecuencia y asistirse en sus necesi­
dades espirituales.
Allí, entre el boscaje y la espesura de las jaras,
escondido como si fuera delincuente, comenzó el Padre
Vicente a aprender el idioma japonés, que le era ab­
solutamente necesario para su ministerio. Terrible y
muy difícil de aprender, dice él en su humildad que
era para ingenios tan toscos como el suyo. E s natural
que al principio encontrase grandes dificultades en su
aprendizaje, porque aquel idioma no tiene relación al­
guna con ninguna de las lenguas europeas: pero su
gran capacidad intelectual y su constancia en el estudio
superaron todos los obstáculos y le pusieron pronto en
condiciones de entenderse con todos los indígenas.
Su carácter resuelto y emprendedor y su vivo anhelo
de hacer bien a las almas lo lanzaron muy pronto a
la vida activa, en la cual estaba seguro de conocer
más fácilmente las costumbres del país y de poder lle­
gar a dominar el idioma: y comenzó a bajar a Na­
gasaki, disfrazado unas veces de japonés rico; otras,
de pobre; algunas, de portugués; nunca, como es na­
tural, con su hábito religioso; porque hubiera sido
detenido.
En traje de portugués comenzó a adquirir amistad
con los muchos de Macao, que allí se habían esta­
blecido como comerciantes, que habían formado su
hogar y familia, y que eran todos ellos buenos cris­
tianos. A estos se descubrió como religioso agustino
— 500 —

recoleto; y de todos obtuvo el sincero ofrecimiento de


su ayuda material y de su segura defensa en sus casas.
Disfrazado de japonés rico, se dedico a observar
a los de esta ciase y a conocer sus ideas religiosas
y su influencia en los diferentes sectores de la ciudad
y, sobre todo, cerca de las autoridades, para preca­
verse de todo peligro.
Como japonés pobre y como esclavo se enteró de
las costumbres de los cristianos, que lo eran en su
mayoría, de sus escondrijos, de sus juntas, del santo
y seña para reconocerse en caso de paz y de perse­
cución y de los medios más a propósito para atender
a sus necesidades espirituales.
Fué un sondeo en toda regla, amplio, minucioso,
detallado, el que hizo por todo Nagasaki y sus arra­
bales: y de él sacó la convicción de que para su labor
espiritual lo mejor y más seguro era ir vestido de
pobre o de esclavo. Y en esta forma comenzó su cam­
paña misionera.
Sin otro domicilio que su choza del monte, a tres
leguas de la ciudad, y que sólo visitaba cuando la
necesidad le urgía, tan pronto dormía en el centro
como en cualquiera de los extremos de la urbe; puede
decirse que todas las casas eran suyas: y como su
comida se reducía a un poco de arroz, o frijoles o
verdura o algún pescadillo, en todas partes se la daban
con generosidad, porque ya sabían que él luego la
pegaba con creces. Para estos pagos y para las con­
tinuas limosnas con que socorría a los enfermos y
— 501 —

menesterosos acudía a sus amigos los portugueses, que


con la mayor satisfacción le daban siempre más de lo
que pedía.

Para poder obrar con mayor libertad y disimulo,


adquirió una pequeña cesta; la ocupaba con frutas,
verduras, pescado u otras cosas que le daban sus
amigos, y recorría las calles anunciando su mercancía
a grito pelado; con el cual pretexto penetraba en todas
partes sin mayores molestias. Estas eran las ocasiones
que él aprovechaba para hacer su propaganda religiosa.
Entonces catequizaba a los paganos y los iba prepa­
rando para recibir el bautismo: entonces instruía a los
neófitos, bautizaba a los niños de los cristianos y a
los adultos convertidos, confesaba a todos los que lo
deseaban, celebraba misa, administraba la sagrada co­
munión, y cuando había algún enfermo grave, lo con­
fortaba con los santos sacramentos de penitencia, viático
y extrema unción y no se apartaba de su lecho hasta
que expiraba plácidamente entre sus fervorosas exhor­
taciones y plegarias. Entonces celebraba aquellos ma­
trimonios cristianos, que después admiraban los gentiles
por su indisolubilidad y por sus virtudes cívicas y
religiosas, que transmitían a su prole como rica herencia.
Entonces y por esos medios atraía a numerosas ovejas
descarriadas al redil del buen Pastor; y nutría con
abundantes y saludables pastos a las que pertenecían
a su rebaño.

Una circunstancia especial contribuía poderosamente


- 502 —

a su conquista de tantas almas: la curación de muchos


cuerpos.
No había olvidado la profilaxis, diagnóstico, y re­
medios de muchas enfermedades, que había aprendido
de las explicaciones, libros y cartapacios de su padre:
y como en todo momento se le presentaban ocasiones
de practicar aquellos conocimientos, la caridad le obligó
a aplicarlos a los pobres enfermos; y lo hizo con
éxito tan rotundo que parecía que Dios se complacía
en poner el sello de su virtud divina en todas sus
intervenciones. Para aquellas pobres gentes sumidas en
la ignorancia no había remedio humano en muchas en­
fermedades, que para la ciencia lo tenían fácil y se­
guro. No es, pues, de extrañar que calificasen de
prodigiosas muchas curaciones del P. Vicente, que éste
realizaba por los simples remedios científicos, y que fue­
se tenido y admirado co»no un ser sobrenatural el
humilde misionero médico.
El entusiasmo de los cristianos crecía y se des­
bordaba en elogios al mago de las curaciones; y, sin
darse cuenta del peligro que preparaba, llegó hasta la
indiscreción de publicar su nombre, que rebasó rápi-
mente los linderos de la cristiandad y resonó como
grito de ventura en el campo de la idolatría. De aquí
comenzaron a solicitar sus servicios; y a los idólatras
fué con la esperanza puesta en Dios de curar con su
divino auxilio muchos cuerpos, pero muchas más almas.
La primera llamada fué a casa de un rico japonés,
muy amigo del gobernador de Nagasaki y muy ene­
— 303 -

migo de la religión católica, el cual, recién casado,


veía con honda amargura que su joven esposa se mo­
ría, a pesar de los remedios empleados por los más
acreditados galenos del país. Acudió el P. Vicente, y
a los quince días de su acertada intervención, la señora
hacía su vida ordinaria en perfecto estado de salud.
E l asombro de los esposos no tuvo límites; y su grati­
tud no hallaba modo adecuado de recompensar tan ex­
traordinario beneficio.
—Sólo un hijo de Shinto o de Buda puede hacer
las maravillas que tú haces—decía el esposo al médi­
co:—¿cómo podremos pagarte dignamente este servicio?
—Aquí no hay más Shinto ni más Buda—replicó el
misionero —que el único Dios verdadero, uno y trino,
cuyo unigénito, Jesucristo, se hizo hombre y murió en
una cruz para salvar a todo el género humano.
—No entiendo ese lenguaje;— dijo el pagano.—¿Eres
cristiano?
—S í;— contestó el misionero:—soy cristiano: y en
nombre de ese Jesucristo crucificado he curado a tu
esposa. E l único pago que aceptaré por su curación
es que me permitas venir a tu casa para explicaros
despacio este lenguaje que no entiendes.
— Mi casa y mi mesa quedan abiertas para tí siem­
pre día y noche: puedes disponer de mí en todo cuanto
puedo y valgo.
Al poco tiempo eran bautizados no solamente los
esposos sino todos los miembros pertenecientes a su
familia, y quedaban convertidos en fervorosos cristia­
- 304 -

nos y en intrépidos propagandistas de la doctrina del


misionero.
Los casos como este se repetían: la cristiandad aumen­
taba en proporciones consoladoras; y el misionero médico
no cesaba de dar gracias a Dios, a quien trataba de
tener propicio con su inagotable caridad. El mismo ha­
cía las curas a los enfermos, limpiaba sus llagas, re­
cogía sus inmundicias, les proporcionaba las medicinas
y alimentos convenientes, les velaba el sueño y los
cuidaba con solicitud maternal. Con estas armas no le
era difícil asaltar las trincheras del espíritu y rendir
las almas rebeldes al yugo suave de la ley divina.
La fama de sus curaciones corporales y espiritua­
les llenó los ámbitos de Nagasaki y Omura, donde
él principalmente misionaba, y de todo el Hizen y de­
más reinos circunvecinos; y, como era natural, llegó
al palacio del gobernador de Nagasaki, que recibió la
noticia con rugidos de fiera. Resuelto a apoderarse del
misionero a toda costa, para descargar sobre él su
saña diabólica, nombró un gran número de espías es­
pléndidamente retribuidos, a los cuales dió órdenes se-
verísimas de vigilarlo, y les fijó un corto plazo para
presentárselo.
Dos amigos del gobernador, pero más amigos del
P. Vicente, porque los había bautizado y eran piado-
sos cristianos ocultos, llamados Mokoshiío y Ashikaga,
le dieron aviso de lo tramado y hasta le manifestaron
los nombres y señas personales de los espías, para
que se precaviese de ellos Le aconsejaron además
— 508 —

que, para mayor seguridad, se refugiase en los montes


por una temporada, al cabo de la cual ellos se en­
cargaban de comunicar al gobernador con toda clase
de detalles que había muerto.
Agradeció el Padre el aviso, y los despidió con su
bendición Pero entonces demostró una vez más lo que
era: entonces sintió de repente hervir en su interior el
carácter alegre, decidido y despreocupado de su juven­
tud. Dejó el disfraz de japonés, por el que era más
conocido, y se vistió de portugués. Lejos de acobar­
darse, parece que se propuso burlarse del tirano y sus
espías. Sereno e impávido continuó su campaña espi­
ritual y siguió curando a los enfermos con mayor
solicitud que antes, como si ningún peligro le amena­
zase. Con la contraseña secreta para reconocerse los
cristianos iba por todas partes, entraba en todas las
casas, y tenía en ellas como siempre las reuniones
nocturnas para los actos religiosos.
Los espías avizoraban con tanto disimulo como im­
paciencia; y él, que se hacía pasar por un comerciante
de Macao, observó que aquellos se habían fijado en él,
y que no se apartaban de una casa en la que con
frecuencia se reunía con los cristianos. Seguro de que los
esbirros la iban a asaltar aquella noche, si antes le
veían entrar, se fué a ella con entera despreocupación.
Todavía no había tenido tiempo para empezar a pre­
venir a los reunidos, cuando penetraron seis hombres
que lo cercaron, mientras le preguntaban:— ¿Quién
eres tú?
- 306 —

— |HoIa, señores!— contestó impertérrito el Padre.—


Me alegro de que hayáis venido: porque yo soy el
mejor prestidigitador del mundo; y vais a ver cosas
maravillosas.

Y sin darles tiempo para continuar su interrogatorio,


colocó su sombrero sobre una mesita, sacó su pa­
ñuelo, hizo unas piruetas grotescas en torno de aque­
lla, pidió a uno de ellos una moneda, y con mucha
gracia y limpieza y charla ininterrumpida ejecutó una
serie de juegos de manos que los dejó boquiabiertos.
Escamoteó la moneda: pero no se contentó con ello.
Pidió otra distinta a cada uno de los otros cinco,
ponderándoles las grandes dificultades que había en el
manejo de las cinco a la vez. Se las dieron, y con
ellas los entretuvo en hábiles combinaciones y trucos,
hasta que las monedas desaparecieron. Ya estaba sa­
tisfecho; porque, sin darse ellos cuenta, les había co­
brado la entrada.

— No os vayais,— Ies dijo enseguida;—que vais a


oir al mejor guitarrista que ha habido jamás entre los
hijos de Shinto y Buda. Y tomando una guitarra, que
había enviado días antes de casa de un amigo portugués,
comenzó a tañerla con tal maestría y entusiasmo que
los espías fueron los primeros que le obsequiaron con
sus aplausos. A éstos correspondió él con la siguiente
copla (en correcto japonés, que aqui se traduce), can­
tada con sonora voz y gusto artístico:
— 307 —

E n ios mares del Japón


H ay unos peces ian raros,
Que hacen caer en la red
A los que van a pescarlos.
A los cristianos les salieron los colores al rostro, y
sintieron interiormente las inquietudes del temor: pero
este se disipó, cuando vieron que los espías, sin com­
prender la intención de la copla, rompían en estrepi­
tosos aplausos.
Siguió el Padre tañendo maravillosamente la gui­
tarra con visible agrado y regocijo de los espías, que
no se cansaban de escucharle; porque mientras tocaba,
ilustraba sus acordes con unos guiños y unos gestos
de rostro y cabeza, que eran capaces de desorientar no
sólo a los espías, sino a los mismos cristianos. Asom­
brados estos de lo que veían y oían, no sabían qué
hacer ni pensar: tan pronto temblaban de miedo a un
final trágico, como pensaban si el Padre habría per­
dido el juicio, o si haría acaso todo aquello por des­
pistar por completo a los espías.
Insaciables estos, le pidieron más canto: y el P a ­
dre, complaciente, les dijo:—Allá vá el último. Y cantó
así:
Nadie fíe de apariencias;
Que pueden dar grandes chascos:
Que muchos que van p or lana
Suelen salir trasquilados.
Otra salva de aplausos de los esbirros, más cá­
lida y entusiasta que las anteriores, demostró plena-
— 508 —

mente que ellos, aunque bien pagados, no servían para


sabuesos. Tenían entre sus garras la presa, que se
atrevía a hurgarlos, y no la olfateaban.
Cesó la música: los seis hombres se iban satisfe­
chos y agradecidos; pero él los detuvo diciéndoles: —
No habéis visto lo mejor. Yo soy nieto de Terpsícore.
—¿ Y quién es ese?—preguntaron ellos
—E s la diosa del baile:—replicó:—Ahora vereis
bailar lo mismo que bailan los dioses en el Olimpo
los días de fiesta. Y comenzó a danzar con tanta agi­
lidad y gallardía y con tan múltiple variedad de mo­
vimientos y posturas de pies, piernas, brazos, ojos*
cabeza y cuerpo entero, que no había gimnasta que le
igualase.
Atónitos, estupefactos, presenciaban la escena los
cristianos, y pedían a Dios que aquello terminase
pronto, para salir de dudas. Los esbirros llegaron a
considerarlo como un ser superior, y lo admiraban con
respeto y veneración.
Por fin, terminó el espectáculo; y los espías se
despidieron, diciéndole:—Sólo el nieto de una diosa
puede hacer lo que tú haces.
Apenas se alejaron de la casa, el P. Vicente se
postró en tierra, y dió gracias a Dios por haberlo li­
brado del peligro. Luego les explicó que había hecho
todo * aquello por despistar a los espías que habían
Ido a prenderle, y todos recobraron la tranquilidad.
Desde ahora, Ies dijo, podremos tener las reuniones con
más sosiego; porque es seguro que en una temporada
- 509 -

no han de venir a buscarme a esta casa: los exhortó


a permanecer firmes en la fe, y se fué a descansar
a un domicilio oculto.
No fué esta la principal ni única vez que se vió
sorprendido por los espías del tirano: ocasiones hubo
en que sólo la rapidez y fecundidad de su ingenio le
libró de las manos de sus enemigos: y su osadía
llegó en un caso hasta el extremo de entrar en una
casa, en que él sabía que estaban reunidos varios es­
pías adquiriendo noticias de sus confidentes, y con su
prestidigitación y su guitarra y sus fuegos de esgrima
y su amenísima charla consiguió ahuyentar de él en
absoluto toda sospecha, y además enterarse de todas
las maquinaciones secretas preparadas para su captura.
Tampoco faltaron ocasiones en que el único recurso
que tuvo para librarse de ser preso fué el de huir ves­
tido de mujer.
Incansable en su labor apostólica, también corres­
pondía a esta el fruto espiritual que recogía cada vez
más abundante. Así adquirió un alto grado de pros­
peridad ia Cofradía de la Cinta o sagrada Correa,
que, como el P. Francisco, procuraba extender por
todas partes.
Entre tanto, el plazo fijado a los yokomes o es­
pías para capturarlo se había cumplido cien veces, sin
que estos lograsen su intento. E l tirano entonces,
viéndose burlado, rugiendo de furor, publicó otro falo
o bando mucho más riguroso que el anterior, por el
cual se propuso acabar con todos los cristianos. Para
- 510 -

vencer a estos por el terror, mandó que cuatro jesuítas


con sus ayudantes y con los cristianos que les habían
dado albergue, que llevaban más de un año en la
cárcel entre horribles tormentos, padeciesen el último
suplicio.
Divulgada la noticia» se preparó el lugar de la eje­
cución en un ancho campo, que fué cercado por una
empalizada de estacas: y el día 20 de junio de 1626
sufrieron valerosamente el martirio ante una muche­
dumbre de gentiles y cristianos. Entre estos se hallaba
el P. Vicente, vestido de japonés; que, sabiendo que le
esperaba el mismo fin, había acudido para probar su
vigor espiritual. Al ver llegar a las víctimas, acompa­
ñadas de sus verdugos, sintió no el escalofrío del te­
rror sino un vehemente impulso de declararse pública­
mente como lo que era, para embriagarse de gozo en
las oleadas de su propia sangre, que tanto deseaba
verter por Jesucristo.
S e contuvo, sin embargo, porque creyó que aún
era necesario a aquella cristiandad: y con santa envi­
dia contempló aquel horrible espectáculo, que le infun­
dió un valor indomable para las futuras batallas.
Allí vió que, entre imprecaciones y blasfemias de
los verdugos, los cuerpos de las víctimas ardían como
antorchas y se consumían en holocausto al Dios ver­
dadero. Allí vió, como dice él en carta de 5 de oc­
tubre de 1626, a una mujer, llamada Susana, que ha­
bía estado en la cárcel con una argolla al cuello
sujeta al techo por una cadena, que sólo le permitía
- su —

estar sentada para dar su pecho a una nina que


amamantaba, fijar su dulce mirada en el cielo en el
momento en que segaban su cabeza. Allí presenció
con lágrimas de ternura que el niño Luis, de cinco
años de edad, cogía flores del campo y las iba arro­
jando sobre los cuerpos de su madre y de las otras
mujeres ya decapitadas, hasta que un golpe de catana
o machete hizo rodar su cabecifa por el suelo. La
crueldad inspiró a los verdugos matar a las mujeres
en presencia de sus maridos para que estos renega­
sen: pero permanecieron constantes junto a los palos,
donde fueron luego quemados vivos.
Allí vió con asombro que uno de esos hombres»
llamado Juan, de cincuenta años de edad, se separó
de la columna y, llegando al cuerpo de su mujer de­
capitada, la abrazó» mojó sus dedos en la sangre que
brotaba de su cuello y se santiguó con ella; operación
que repitió con todas las martirizadas y con un tal
Mando, que había muerto en la cárcel, pero lo habían
llevado allí para quemarlo; luego Juan los felicitó por
haberle precedido en el martirio, se despidió de los
espectadores proclamando la verdad de la religión
cristiana, y volvió a su palo, aproximando él mismo
la leña encendida, que pronto consumió su cuerpo.
Esta entereza en la fe y estos rasgos sublimes de
los mártires, en vez de amansar la furia del perseguidor,
la exacerbó más y le movió a dar órdenes más tirá­
nicas. Cuatro enumera el P. Vicente en su carta.
La primera fué llamar a presencia del gobernador
- 812 —

de Nagasaki a todos los que habían denunciado los


espías como cristianos y encubridores de ios misioneros,
y obligarlos a apostatar a la fuerza. Más de cuatro­
cientos fueron conducidos ante el tirano; pero fueron
pocos los que renegaron, obligados por la pérdida de
su hacienda y por los tormentos con que los amena­
zaban. Los demás, aun obligados a firmar con un sello,
que valía por firma, protestaron de la coacción, y
fueron arrojados de sus casas y compelidos a vivir en
el campo sin lo más preciso para su sustento.
La segunda fué despojar de todos sus bienes a los
ricos: y de estos hubo muchas más defecciones; aunque
no faltaron bastantes en número, que antes poseían
muchos miles de taeles, y por su constancia en la fe
quedaron privados hasta del arroz cuotidiano, que no
faltaba a los mendigos.
La tercera fué que ningún cristiano trabajase en su
oficio, y que nadie les diese medio alguno de ganarse
su manutención, para que pereciesen de hambre.
La última prohibía ceder casas en alquiler a los
portugueses y chinos, porque ocultaban a los cristianos.
E l apóstata Diego de Acosta, portugués, que conocía
a la mayor parte de los cristianos y los lugares donde
se reunían y los medios de ocultarse, porque había
vivido con ellos, presentó al gobernador un padrón con
los nombres y señas personales de todos, para que
mandase prenderlos: y el tirano se dió prisa para pu­
blicar el padrón, amenazando a todos con la pena de
muerte. La inquietud de los cristianos fué intensa, y
— 513 —

les obligó a tomar extraordinarias medidas de precair


ción. Los misioneros se ocultaron: pero comprendiendo
el P. Vicente que en aquellas circunstancias tan críticas
era más necesaria que nunca su presencia para animar
y conservar la fortaleza de los fieles perseguidos, con
desprecio de todas las amenazas y con evidente riesgo
de su vida halló el modo de entrevistarse con los
pocos misioneros que quedaban, y les aconsejó pre-
senlarse en público. Aceptado el consejo, lo fueron
comunicando a los cristianos: pero estos, agradecidos
y valientes, les suplicaron que guardasen sus vidas
hasta que Dios dispusiese de ellas.
Con rabia satánica las buscaba Kawachi-dono. el
gobernador tirano; y como vió que en el padrón de
Acosta figuraban con signos especiales los nombres
del P. Francisco y del P. Vicente, repetía con exal­
tado furor:— A este Vicente y a este Francisco ¿dónde
los cogeré? Y mandó esbirros al Figashi para prender
a éste; pero no lograron su objeto; y aumentó el nú­
mero de espías para capturar al P. Vicente; pero este
tomaba sus precauciones. Sin embargo, entonces estuvo
en inminente peligro de ser capturado. Se había refugiado
en casa de Gaspar Váez, que no infundía sospechas por no
ser todavía cristiano (aunque después lo fué y sufrió
el martirio): allí podía estar tranquilo; pero como tenía
numerosa familia, creyó prudente no exponer a tantos
a un peligro cierto, y se resolvió a refugiarse en el
monte. Apenas había salido por la puerta falsa, cuando
entraron por la principal varios esbirros a registrar la
- 514 —

casa y a sus moradores. Por desgracia dieron con


unos papeles que allí había ocultado un P. franciscano,
en los cuales constaba el nombre y número de cris­
tianos y sus domicilios en varías regiones, más los
objetos del culto que guardaban.
Eslo movió al tirano a ordenar por pregón público
que iodo el que tuviese cualquier cosa de los misio­
neros la entregase en el término de dos días, bajo
pena de muerte: y ante tamaña iniquidad todo lo per­
dieron los sacerdotes, porque no hubo nadie que no
entregase lo que ocultaba. Fué lo peor que la orden
se publicó también en el próximo reino de Omura,
en el cual se refugiaban los perseguidos, porque hasta
entonces había permanecido tranquilo; y desde entonces
desapareció toda seguridad.
El pretexto de la entrega sirvió para declarar cóm­
plices y encubridores a rodos los que la hacían y para
recrudecer la persecución.
Comenzó el registro domiciliario y con él la prisión
de muchos cristianos. Decapitaban a los que querían,
sin fijarse en sexo ni edad, entre otros a dos niños
de siete y ocho años. Arrastraron por las calles des­
nuda a una valiente cristiana, llamada Catalina, pró­
xima a dar a luz, y luego la quemaron viva junto
con su marido, su suegro y todos sus parientes. Las
cárceles se llenaron; y los que no cabían en ellas,
en número de casi quinientas personas de ambos se­
xos y de toda edad y condición, fueron unos arro­
jados al campo, donde no pocos sucumbieron por el
— 515 —

hambre y las inclemencias del tiempo; y oíros, encar­


celados en sus casas, cuyas puerías clavaron para
que pereciesen.
En el reino de Omura, que había sido el más pa­
cífico, apostataron muchos; más por temor que de
corazón, pues pedían oraciones por ellos a los Padres,
y después volvieron al seno de la Iglesia católica. En
cambio de estas eposlasías, Dios Ies dió el consuelo
de que sufriesen gozosos el martirio un P. dominico
y tres franciscanos con sus doshicos o catequistas y
sus caseros hasta el número de veinte.
En el reino de Arima la crueldad llegó a inconce­
bibles extremos. A los que confesaban valerosamente
la fe de Cristo los colgaban de unas cruces y les
aplicaban a los costados hachas encendidas; y, sin
acabarlos de matar, los paseaban por las calles para
infundir terror a los demás. A otros atravesaban sus
cuerpos con palos y los asaban sobre brasas, dán­
doles vueltas, como si fueran aves para un banquete.
A otros los ataban desnudos a un leño, especialmente
a las mujeres, y con hierros candentes les quemaban
las partes que recata la honestidad y con garfios les
arrancaban trozos de carne. A otros cortaban las na­
rices, orejas y manos y los arrojaban a una laguna
de agua sulfúrea tan corrosiva que quedaban muy
pronto descarnados y entre horribles dolores perecían.
A oíros ataban por el cuello a unas funeas o em­
barcaciones ligeras y los arrastraban por el mar a
íoda velocidad.
- 316 —

Ni Nerón ni ninguno de los perseguidores de los


primeros siglos de la Iglesia pudo siquiera imaginar
medios de tan excesiva y refinada crueldad.
En medio de lanía angustia el P. Vicente no des­
perdiciaba un momento para consolar, animar y dar
fortaleza a los afligidos cristianos; aunque él no podía
comer ni dormir ni estar seguro en punto alguno.
Pero aún le sobraron arrestos para llevar a cabo una
empresa, que era de suma importancia para ellos. Ha­
bían sucumbido a la voracidad del fuego o a los
golpes de catana buen número de misioneros: queda­
ban ya muy pocos, y todos ellos con la salud que­
brantada y la seguridad de su muerte más o menos
próxima. Aníe esta Iriste realidad, burló a todo el
espionaje, y logró entrevistarse con los Superiores de
los dominicos y de los franciscanos, a los cuales
propuso la necesidad de construir un barco, para que
fuese a Manila a traer misioneros; ya que las Ordenes
religiosas de Filipinas habían intentado siempre en­
viarlos al Japón en las mejores condiciones y, por
haber fracasado, habían desistido de su interno. Acep­
tado el proyecto, mandaron construir un navio de re­
gulares dimensiones, que les costó más de seiscientos
taeles (cantidad entonces muy importante), para cuyo
pago a prorrata tuvo el P. Vicente que entregar lo
poco que tenía y pedir limosna a sus amigos.
Satisfechos de su obra, contrataron marineros de
su confianza muy prácticos en la navegación, y se
encargó del mando de la nave un hermano lego fran­
— 317 -

ciscano, excelente piloto. Como éste conocía bien to­


dos los recodos, ensenadas y escondrijos de la costa,
pudo salir de noche sin licencia ni conocimiento de
nadie; pero apenas había navegado unas millas, se
levantó tan furiosa tempestad que amenazaba sepultar
la nave en los abismos del mar alborotado. Con gran
dificultad pudo su pericia llevar la nave a la costa,
y anclar hasta que abonanzase el liempo. Pasada la
tormenta y sosegadas las olas, volvió a zarpar tran­
quilo y confiado; pero de nuevo un violento íifón los
combatió con tal ímpetu que estuvieron en gran peli­
gro de zozobrar. Regresó con grandes apuros a la
costa, y ya no quiso embarcarse. Se ofreció entonces
a dirigir el barco el P. Antonio de San Buenaventura,
también franciscano, y salió con rumbo a Manila,
puesta su esperanza en Dios: pero, por lo visto, no
agradaba a Dios esta expedición; porque cuando ya
habían navegado más de cien millas, la furia del tem­
poral los obligó a retroceder y a desistir de la em­
presa.
Para mayor desdicha, uno de los marineros pidió
por el viaje fracasado una cantidad exorbitante para
sus negocios; y como los Padres no se la podían dar
porque nada tenían, denunció al gobernador todo el
asunto del barco; que fué motivo de más detenciones
y de mayores estragos. Los dos pilotos franciscanos y
casi todos los grumetes sufrieron después el martirio.
E l P. Vicente, en medio de los grandes consuelos
que experimentaba, al ver que muchos hijos suyos es­
— 518 —

pirituales entraban en el cielo con la gloriosa corona


del martirio, sentía amarga aflicción porque el Japón se
quedaba sin misioneros: y fracasado su intento de ir
por ellos a Manila, escribió una carta (y obligó al P.
Francisco a hacer lo mismo), al P. Provincial, supli­
cándole con el mayor encarecimiento que enviasen re­
ligiosos al Japón, para que no se extinguiese aquella
cristiandad. El P. Provincial con su Consejo comenzó
con la mayor actividad sus diligencias; y empezó por
enviar un informe al Sumo Pontífice por conducto de
la sagrada Congregación de Propaganda F*idet que
decía así:
«Este año de 1628 ha tenido esta Provincia cartas
así del Padre Vicario Provincial Fray Francisco de Jesús
como también del Padre Fray Vicente de San Antonio,
su compañero, religiosos que están en la conversión
del Japón, las cuales no van copiadas a la letra por
no causar a VV. Ilustrísimas. En suma contienen el
inumerable fruto de su predicación, que es grande. Y
como por haber hallado el emperador del Japón una
Memoria que contenía el número de todos los religio­
sos que había encubiertos en su imperio, con sus pro­
pios nombres, y de los lugares y provincias donde
estaban y administraban, y otras cosas tocantes a la
conversión de los infieles, que la había escrito con buen
celo un Padre de San Francisco, para dejar noticia de
todo a otro sucesor suyo religioso, al cual prendió el
tirano sin darle lugar para romperla; por esta causa
se ha encrudelecido notablemente la persecución: y es
— 319 -

de suerte que en las cavernas más hondas no están


seguros los ministros del evangelio; donde padecen
cruelísima hambre y sed. Y lo que más sienten es la
falta del consuelo que solían tener buscándose unos a
otros para examinar y animar su espíritu y ejercitar
su oficio como antes. De manera que en la ciudad de
Nagasaki, que solía ser Corte cristiana, apenas en ella
ni en sus rededores se halla un ministro: que por ha­
berlo visto el Padre Fray Vicente de San Antonio, re­
ligioso nuestro, dice que no ha de desamparar aquel
puesto; a quien nominatim busca el emperador con ex­
traordinarias diligencias. Pero él está tan fiado en las
de Dios, de quien tiene tanta experiencia, que no sólo
no teme, antes bien con nunca visto brío corre aque~
lia tierra acudiendo a la conversión de los infieles, y
acá con cartas llenas de lágrimas, pidiendo socorro de
ministros que le ayuden. Y aunque es verdad que la
ejecución de esto la pudiera retardar el tener el em­
perador todos los puertos cerrados y tomados por mar,
y otros medios para que no vayan religiosos, y el ser
nuestro Instituto tan pobre y el gasto de este despacho
tan grande, y ser tan pocos los religiosos de esta
Provincia para la administración de tan grandes con­
versiones como tiene a su cargo en estas islas Fili­
pinas; con todo eso y con haber pocos días que se
r¿cibieron las cartas, está de secreto navio prevenido,
y la mayor parte del gasto hecho para esta misión,
donde irá el mayor número de religiosos que fuere
posible, escogiendo de los muchos, que pretenden ir,
- 520 -

lo más fino: que, a no atender a lo mucho que acá


queda de conservar, pasaran de veinte los que de pre­
sente se enviaran: para lo cual se ha determinado que
se vendan los ornamentos y cálices, si fuere necesario »
Y después de haber dado cuenta del fruto de nues­
tros religiosos en el Japón, concluye:
«Y así suplicamos a VV. Ilusirísimas se sirvan am­
parar (como acostumbran) esta pobre religión, y prin­
cipalmente en estas partes, escribiendo a la majestad
de nuestro Rey católico envíe crecidos números de re­
ligiosos; (que viendo el reverendísimo Obispo de Cebú
esta falta, y los progresos que en las conversiones se
hacen, suplica lo mismo); que con tal medio espera­
mos ver cumplidos nuestros deseos.—Manila treinta de
Julio de 1628.»
Contestó la S . Congregación en nombre de su S a n ­
tidad elogiando el celo de los misioneros y concedién­
doles especiales gracias y privilegios: y el Papa escri­
bió a su Nuncio en España para que solicitase eficazmente
del Rey el envío de misioneros para el Japón.
Sin pérdida de tiempo, en el navio secretamente
preparado y costeado por las cuatro Corporaciones
de dominicos, franciscanos, agustinos calzados y agus­
tinos descalzos o recoletos, se embarcaron veinticuatro
religiosos, de los cuales eran agustinos recoletos los
seis siguientes: P P. Gaspar de Santa Mónica, Juan
de San Antonio, Miguel de Santa María, Pedro de
Santo Tomás, Martín de San Nicolás, que después
fué mártir en el Japón, y Melchor de San Agustín,
- 32! -

también mártir con el anterior. Zarpó el barco con


rumbo al Japón de un puerto de Pangasinán, donde
se habían ido reuniendo en secreto: y después de
muchas averías, cuando distaban de Manila unas cien
millas, por un descuido grave del piloto encalló la na­
ve sobre un arrecife próximo a la costa; se salvaron
con gran dificultad las personas, y luego el viento
arrojó la nave con gran violencia contra el acantilado,
haciéndola pedazos y perdiéndose todo cuanto lleva­
ban. Con el equipaje de los misioneros se perdieron
cuatro mil pesos, que a prorrata había pagado la Pro­
vincia de Recoletos para fletar la nave.
Contrariados pero no vencidos, los Superiores de
las tres Corporaciones de dominicos, franciscanos y
agustinos recoletos, haciendo un supremo esfuerzo eco­
nómico, fletaron un champán (barco), y dispusieron
que saliese de un puerto secretamente: pero cuando
ya se iban a embarcar los religiosos, llegaron tropas
del gobierno con orden del gobernador general de que
no se hiciese el viaje y de que el champán fuese lle­
vado a Manila.
Los dos intentos quedaron frustrados. Sin duda,
Dios en sus inescrutables juicios no quería que en­
tonces entrasen más misioneros en el Japón.
Mientras esto sucedía en Manila, el P. Vicente no
se daba tregua ni reposo en su labor apostólica.
Siempre perseguido, pero siempre impávido, él hallaba
medios y disfraces para burlar la tenaz vigilancia de
los espías, y para seguir exhortando a los valerosos
- 322 -

cristianos y para administrarles los santos sacramentos.


Sin embargo, su vida era demasiado ajetreada para
que no se resintiese su robusta salud. El se veía obli­
gado a huir con frecuencia al monte, a cruzar arro­
yos, pantanos y ríos o a recibir abundantes lluvias
sin poder secarse la ropa del cuerpo; a comer poco
y malo, como hierbas y raíces, y a dormir en cuevas
inmundas. El tuvo que permanecer una noche entera
en un cenagal, zambullido hasta el cuello, para li­
brarse de los malsines que ya le daban alcance. El,
en fin, llevaba una vida saturada de fatigas, priva­
ciones y penalidades, que llegaron a minar la robustez
de su cuerpo. Pero como, a pesar de tantas tribula­
ciones, su espíritu permanecía cada día más vivo y
encendido en el fuego de la caridad, todavía se cas­
tigaba con cruentas disciplinas, para atraer sobre sí
y sobre todo el Japón las misericordias del Señor; en
cuyo ejercicio de mortificación era imitado por no po­
cos fervorosos japoneses, que asf se preparaban para
el último combate.
Eran, sin embargo, tantas y tan duras las pruebas
a que sometió su cuerpo, que éste se vió acosado
de dolencias, y llegó a quedar como tullido de pies
y manos, con tan fuertes dolores que no le dejaban
sosegar. No obstante todo esto, no abandonó un ins­
tante a sus cristianos, a los cuales procuraba mante­
ner siempre firmes con sus exhortaciones y con los
santos sacramentos, sobre todo, con la santa comu­
nión, que les administraba durante la misa, que cele­
- 325 —

braba casi todas las noches con seráfico fervor en


lugares que semejaban cuevas de fieras o nidos de
águilas. En aquellas circunstancias los antros más
ocultos eran su domicilio cuotidiano: ¡y cuántas veces,
rendido a la debilidad, se vió precisado a pedir ali­
mento a sus amigos por medio de los leprosos, para
no sucumbir!
Cuando empezaba a arreciar la persecución, el P.
Vicente escribió al P. Francisco que saliese del oriente
y viniese cuanto antes a Nagasaki, porque se iban
quedando sin misioneros. El P. Francisco llegó a la
isla de Firaxima, distante treinta leguas de Nagasaki,
el 4 de noviembre de 1628; pero se quedó allí porque
necesitaba curarse de sus muchos y graves achaques,
y porque era casi imposible entrar en Nagasaki a
ningún misionero. Por eso no pudieron verse y abra­
zarse hasta el 27 de agosto de 1629, en que el Padre
Vicente, exponiendo su vida o, como él dice, echando
el resto, pudo ir a la isla. Porque en ese tiempo la
persecución había llegado a tal extremo de crueldad,
que preferimos dejar su descripción al mismo P. Vi­
cente, que en carta de 22 de julio de 1632, dirigida
a un amigo suyo, dice, entre otras cosas lo siguiente:
«El ano de 1629, en los primeros de agosto, entró
en el gobierno de Nagasaki un tirano llamado Uneme-
dono (1), persiguiendo la cristiandad con tanto rigor,
que no quedó en ella ni en sus alrededores cosa que

;1) Seflor de Uneme.


— 324 —

no padeciese su furor: porque ya con fuerzas de tor­


mentos, ya con amenazas, ya con otras trazas del
infierno, derribó a todos los hombres y mujeres, pe­
queños y grandes: y fué tal y tan extraordinaria la
persecución que en este reino hubo en esta misma
era y tiempo, que no quedó criatura sensible o in­
sensible, muerta o viva y aun por nacer, a quien no
llegase: sintiéndolo las unas y dando señal las otras
de la horrible persecución que contra la fe católica y
contra sus hijos se hacía».
«Porque los montes llenos de perseguidores con
sus gritos y bramidos temblaron de temor: las pie­
dras, quebradas por no dar acogimiento a algún cris­
tiano: los bosques y llanos, por no ser amparo a los
perseguidos, se quemaban: y los árboles padecían el
rigor del fuego porque con sus hojas y ramas no
amparasen a los acosados. A las aguas no se les
permitía tener en sí las embarcaciones, porque no re­
cogiesen en sí a los que a ellas se recogían: los ríos
y arroyos, corriendo sangre, sentían el rigor de los
tiranos: los animales y brutos, desamparando sus
cuevas y huyendo de los bosques, daban señal de
tan horrible persecución: los lugares, aldeas y villas
eran desamparados de sus moradores. Los hombres,
mujeres y niños, robados. Unos, despreciados y mal­
tratados, eran presos: otros, quemados vivos: otros,
aserrados con sierras de cañas: otros, alanceados:
otros, degollados: y con notables géneros de tormentos,
aunque perseguidos, fueron a gozar de la divina gloria».
— 325 —

«Mas lo que hay más de sentir y es mucho para


llorar es que no sólo los vivos fueron perseguidos,
sino que los muertos, que hacía muchos años que
eran difuntos, fueron desenterrados y les quemaban
los huesos».
*Mas ¡ay! que lo que sobre todo se debe llorar
con lágrimas de sangre es que no sólo hacían rene­
gar a las madres con muchos y varios géneros de
tormentos, sino que aun a los hijos que tenían en
sus entrañas los hacían protestar por las bocas de
sus madres que vivirían en la gentilidad en naciendo>.
«Fué el bramido de este león tan grande que ate­
morizó a los reinos vecinos, siguiéndole sus Tonos (1)
con la máxima crueldad y molestia: de manera que
aquel año fué la persecución universal en estas pro­
vincias de Ximo (Nishi) (2), es a saber, Nagasaki,
Omura, Hirando, Goto, Arima, Amacusa, Hiño, Fi-
gen, etc.»
Treinta mil cristianos que había en Nagasaki, des­
aparecieron bajo la ferocidad de tan cruel e inaudita
persecución, muchos huidos y otros muertos.
A pesar de ella, el P. Vicente permanecía firme
en su puesto por los montes de Nagasaki: y ahora
se comprenderá las dificultades que tuvo que vencer
para ir a Firaxima a abrazar al P. Francisco.
Allí celebraron los dos, con la abundancia de una

(1) Gabernadorclllos.
(2) Poniente, o más bien, luroeste.
- 526 —

completa escasez de todo, la fiesta de N. P. San


Agustín: pero ya no pudo regresar a Nagasaki, donde
ardía el furor de la persecución.

E l día siguiente de San Agustín, 29 de agosto,


el P. Vicente, después de aconsejar al P. Francisco
que no saliese de la isla, por ser lugar más seguro,
partió de Firaxima a la costa de tierra firme, con
objeto de recoger los ornamentos y- demás cosas del
servicio de altar que había enterrado en el monte: pero
una vez allí, creyendo que encontraría lugar donde
poner los pies después de aquel diluvio de sangre,
fué al contrario; porque ya no podía internarse ni
salir al mar. Entonces pasó al reino de Arima: y
allí entre mil trabajos esperaba que pasase la tor­
menta, cuando recibió carta del P. Francisco en que
le anunciaba su visita, en la persuasión de que se
había calmado la furia del tirano. El P. Vicente le
contestó citándole al pueblo de Mixe, distante cinco
leguas de Nagasaki, en su costa, y allí fué a espe­
rarlo, caminando de noche, a pié, y por lo más
abrupto de los montes. En Mixe se vieron y se con­
solaron: pero como los cristianos manifestaron su gran
temor de tenerlos ocultos, al día siguiente se fueron
por distintos caminos.

Pocos días después de apartarse, supieron la prisión


del P. Bartolomé, calzado, y se apartaron más para
no _ ser detenidos. El P. Francisco se quedó en el
pueblo de Yokinoura, a nueve leguas de Nagasaki,.
— ¿27 —

donde lo prendieron con su doshico Sampe, el 18 de


noviembre de 1629.
El P. Vicente fué a la isla Firaxima, con intención
de trasladarse a Xami, si en ella no encontraba segu­
ridad; pero no pudo hacerlo. Un Judas, el doshico
apóstata del P. Fernández, supo que por allí andaban
dos Padres, y torturando a unos labradores, lograron
averiguar que el uno estaba en Yokinoura y el otro
en la isla de Firaxima.
Resuelto el Judas a prender a toda costa al Padre
Vicente, rodeó toda la isla, que es muy pequeña» pues
apenas tiene dos leguas de periferia, con treinta y
tantas funeas (barcos ligeros) y sesenta hombres, traídos
de Omura y Nagasaki, en la noche del lunes 19 de
noviembre. La algarabía y la algazara de los sitiado­
res sonaron en los oidos del P. Vicente como clarín
de guerra; pero no llevaron el espanto ni la angustia
a su corazón. Sereno, impertérrito, ofreció gozoso por
milésima vez a Dios el sacrificio de su vida, y se
puso en sus divinas manos.
Guiado por un hombre principal de aquella isla,
llamado Yosimón Pedro, llegó al lugar más abrupto
del monte en dos jornadas nocturnas, pues durante el
día decansaron ocultos: y cuando lo dejó en lugar
seguro, por ser accesible sólo a los cóndores, se fué
a refugiar en otra guarida para evitar ser capturado
por ferviente cristiano.
Escondido en la cumbre de un peñasco permaneció,
sin comer ni beber, desde el lunes a mediodía, que
- 328 -

comió algo, hasta el sábado siguiente; excepto el vier­


nes que, registrando la mochila en que llevaba el ser­
vicio para decir misa, encontró tres hostias y se las
comió. Allí sufrió las molestias de un frío intenso;
pues al huir no se llevó más ropa que el kimono que
le cubría, y era la época de los grandes fríos del
japón.
Los sitiadores, entre tanto, por no tomarse la mo­
lestia de meterse por las fragosidades del monte con
grave daño para sus cuerpos, y por considerarlo como
medio más sencillo para acabar con todo, prendieron
fuego a la isla de fuera adentro en todo su circuito,
y esperaban que apareciese el Padre huyendo del
incendio para cazarlo como a un conejo. Las llamas
iban arrasando todo cuanto encontraban a su paso,
y llegaron hasta el nido de piedra en que se ocultaba
el P. Vicente: ya sentía este el calor del fuego y
respiraba el humo que subía en abundancia: pero al
llegar allí, cesó el incendio.
— Gracias a Dios,—decía el impávido misionero,—
que me envía este calor para no quedar aterido de frío.
Segunda y tercera vez llegaron hasta allí las llamas,
y otras tantas se apagaron; «sin que el fuego, como
dice él mismo, pasase a él, que con grande ánimo
lo esperaba».
Mientras los sicarios incendiaban la isla, el leal
guía del Padre, Yosimón Pedro, andaba errante por lo
más intricado del monte buscando algo que comer, y
se encontró con su suegro Pedro Casuque, que hacía
— 529 —

lo mismo: y temiendo ser capturados, como fervientes


cristianos resolvieron los dos ir al escondriio del Padre,
con objeto de, si le hallaban vivo, confesarse para
morir. Vivo le hallaron todavía, aunque desfallecido y
casi pasmado a causa de la falta de alimento durante
cinco días y de la copiosa lluvia que había caído
sobre él durante todo el día anterior, viernes, calando
su kimono y empapando todo su cuerpo.
El Xoya o cobrador de contribuciones, que era el
jefe del pueblo, los vió, sin duda, trepar por la peña,
y aprestó su gente para asaltarla: y aquel mismo día,
sábado, 24 de noviembre, a las diez de la mañana
fué apresado el P. Vicente de San Antonio junto con
los dos cristianos que le acompañaban.
Los rugidos de feroz alegría del doshico renegado
y de los demás sicarios hicieron estremecer la isla de
espanto; pero no llevaron el desaliento al esforzado
espíritu del P. Vicente; el cual, entre una lluvia de
golpes, de insultos y de ultrajes, con invicta manse­
dumbre y enardecido corazón se ocupaba sólamente en
dar gracias a Dios porque le daba fuerzas para sufrir
por su amor.
Cuando los esbirros se cansaron de golpear y herir
su cuerpo, le ataron las manos, le echaron una soga
al cuello y lo bajaron medio arrastrando a una in­
munda cloaca, donde lo tuvieron hasta el martes si­
guiente; porque las funeas no pudieron hacerse antes
a la vela por el fuerte temporal reinante en el mar.
Cuando este amainó, lo transportaron a Nagasaki, lo
- 550 —

pasearon por las calles de la ciudad entre befas e in­


sultos y con gritos de alegría que decían: Este es el
famoso Vicente que se burlaba de todos; y lo pre­
sentaron al tirano Uneme-dono, gobernador de aquel
reino, que lo recibió con una serie de improperios y
burlas, que manifestaban el gozo satánico de su co­
razón de hiena.
No se amilanó el valeroso preso; antes bien, sa­
cando fuerzas de la debilidad de su cuerpo maltrecho
y agotado, con enérgica serenidad le echó en cara
todos sus crímenes e injusticias, y le conminó con la
terrible justicia de Dios, si no se convertía. El tirano
contestó dando orden de que lo metiesen en la cárcel:
y aquel mismo día, martes, 27 de Noviembre de 1629,
entró el P. Vicente en el Mandokoro o cárcel que
había en el mismo palacio del gobernador, donde en­
contró al P. Bartolomé Gutiérrez, calzado, al P. An­
tonio Pinto, jesuíta japonés, y al P. Francisco de Jesús,
su superior y compañero, aherrojados con grillos en
los pies, excepto el japonés que además estaba atado
con una argolla al cuello.
Entre lágrimas y sollozos de pena y de alegría a
la vez se dieron el abrazo fraternal, lamentando la ruina
de aquella cristianidad por falta de sacerdotes, y ale­
grándose de ser ellos víctimas escogidas para el mar­
tirio. Luego llevaron a otro departamento al P. Vi­
cente, le pusieron grillos en los pies, y allí quedó en­
jaulado, separado de los demás.
CAPITULO XXII

Sum arlo: En ia cárcel de Om ura.—Su vida en !a misma.


— Conversión de un bonxo.—E I capitán Jerónimo de Macedo.

E l mandokoro o cárcel en que aherrojaron con


grillos a los PP. Francisco y Vicente, era un gran
corral, anejo a la casa del bugyo o gobernador de
Nagasaki, cubierto, y cercado por una empalizada de
gruesos troncos de árboles, con varias divisiones para
separar a los presos; sucio, húmedo y tan inmundo
que carecía por completo de lugar común. Era cárcel
de paso para otras mucho peores, que abundaban en
el Japón.
E l gobernador tenía obligación de ir a la corte de
Yedo (Tokio) a principios de cada mes, para dar
cuenta al emperador del estado de su reino o pro­
vincia: pero como había comenzado a prender misio­
neros, retrasó su viaje hasta ver si lograba capturar
algunos más, a fin de proporcionar mayor alegría al
emperador y asegurarse él más en su gobierno.
Cuando los espías le dijeron que ya no daban con
- 533 —

rastro alguno de aquellos, resolvió subir a la corte»


después de dar las órdenes oportunas para que los
Padres presos fueran trasladados a la cárcel de Vo-
mura (hoy Omura).
Así se hizo: él salló de Nagasaki el día 11 de
diciembre, y los Padres entraron en la cárcel (que
ellos llamaban tronco, por estar cercada de troncos
de árboles), de Omura el 12 del mismo mes de 1629.
En esta cárcel estuvieron hasta el día 26 de no­
viembre de 1651, dos años menos unos días, espe­
rando la sentencia de muerte que, cuanto más la
deseaban, más tardaba en llegar: tiempo que ellos
aprovecharon para adquirir méritos con duras y ás­
peras mortificaciones y hacerse dignos de conquistar
la corona del martirio.
La cárcel de Omura estaba destinada únicamente
para albergar a los religiosos misioneros y a sus
doshicos y caseros; y esa es la razón de que estu­
viese en lugar seguro y llena de incomodidades. El
P. Vicente la describe, diciendo: «Este lugar, en que
estamos presos por amor de Dios, está debajo de un
monte alto, al cual cortaron al modo de una roca
viva, que tendrá de alto dos lanzas. Debajo de esta
roca estamos; y de una parte y otra hay muchos ma­
nantiales de agua: y como está tan hondo, con poca
lluvia revienta por debajo de donde estamos.» Estaba
todo el presidio cercado de íroncos; y en su interior
tenía departamentos, a modo de jaulas, tan estrechos
que sólo contenían dos taíamis o esteras hechas de
- 334 -

paja o aneas, de una braza de largo cada una, en


cada uno de los cuales colocaron dos religiosos, que
no se podían apenas mover, porque, además, como
detalla el mismo Padre, tenían el lugar común dentro.
Por todo alimento les daban cada día una pequeña
escudilla de arroz cocido en agua, y alguna rara vez,
una sardina; y para bebida, agua caliente, según la
costumbre de los japoneses. Nada les preocupaba la
comida a aquellos abnegados héroes, que estaban acos­
tumbrados a carecer de todo.
Su principal alimento era hacer la voluntad de Dios
y sufrir por El, para hacerse de El dignos. Entonces
más que nunca tenían presentes aquellas palabras de
N. P. San Agustín: (1) —«Recibid gustosos el bien, y
sufrid con paciencia el mal; que importa mucho para
que seáis mejores. S i habéis de llegar a ser oro,
considerad que este mundo es como el crisol de un
platero. Tres cosas hay en él: oro, carbón y fuego.
Aplícase el fuego al carbón y al oro; este se purifica;
aquel se quema y consume. Leña son las persecucio­
nes; fuego es la rabia del tirano: dichoso el que lo
padece todo; pues se aquilata como el oro en el crisol.
Estad de buen ánimo en el Señor. Más poderoso es
Dios que nos llama, que el enemigo que atormenta:
no hay que temer sus rigores. Sufrid sus tiranías: así
teneis por quién orar. Si sois plata, así llegareis a
ser oro.»

(1) Tom . 10. Saim . 6 de Verb. Domlrl.


— 335 -

Entonces recordaban estas otras del mismo doctor:


(1):—«Los mártires no padecen sólo para sí; padecen
para todos. Padecen para sí en cuanto al mérito; pa­
decen para todos en cuanto al ejemplo. Para sí soli­
citan el eterno descanso a costa de sus penas; para todos
solicitan la eterna salud por medio de su enseñanza.»
Con estas y otras semejantes consideraciones ali­
mentaban y robustecían su espíritu, hasta olvidar por
completo las privaciones del cuerpo, que allí les pa­
recían comodidades, comparadas con las que habían
experimentado durante seis años de correrías apostó­
licas. Ahora en la cárcel estaban quietos, tranquilos,
con la única preocupación de que se les intimase la
sentencia de muerte, que tenían por descontada y que
deseaban con el más vivo anhelo; no por acabar de
padecer, sino para ofrecer a Dios la mayor prueba
de su amor.
Su salud corporal, que en los dos estaba en rui­
nas, comenzó a mejorar con la sola medicina del re­
poso carcelario, y llegó casi a adquirir su primitiva
robustez; aunque no pudieron verse libres por completo
de serios achaques que habían minado la raíz de su
organismo. Dios había permitido esta dura y larga
prisión, a fin de que los dos recobrasen las fuerzas
perdidas, que habían de necesitar en los momentos de
más rudos combates.
Creyó el tirano Uneme-dono que, habiendo encar-

1) Tom. 8, S e rir. 3 de 5cep*. Fraír. Mech.


- 336 -

celado a los religiosos misioneros, ya había acabado


de destruir la crisíianidad en sus dominios; y ya no
se preocupó de dar ninguna orden de excepción contra
aquellos para tenerlos incomunicados. Pero se equivo­
có: la palabra de Dios no puede estar atada; no re­
conoce diques ni fronteras; vuela libremente por el es­
pacio con la velocidad y eficacia que le comunica su
divino autor.
Sometidos los dos presos a la ley común, comen­
zaron a recibir visitas de sus adictos y, sobre todo,
de algunos portugueses ricos de Macao, que estaban
afligidísimos por la desgracia del P. Vicente, a quien
querían con verdadero cariño por sus excelentes dotes
personales. Les facilitaba sus visitas a la cárcel la
circunstancia de que enfrente de los dos presos había
otros cincuenta y cinco cristianos, colocados en dos
jaulas de a seis talamis o esteras cada una, a los
cuales habían apresado por ayudar, favorecer o haber
dado hospedaje a los Padres: y como entraba mucha
gente a visitar a los japoneses, mezclados con estos
visitaban a los misioneros.
Convinieron estos con los portugueses en gratificar
espléndidamente a los guardianes de la cárcel, para
que permitiesen a los presos vivir su vida religiosa,
sin intento ni peligro alguno de fuga: y como los
pobres carceleros percibían del gobierno un sueldo
irrisorio para sus necesidades, aceptaron muy gustosos
la oferta, y se constituyeron en protectores de los presos
y en vigilantes de los inspectores, que enviaban los
— 557 —

bugyos para que se apoderasen de todo objeto de culto


que hallasen en el presidio.
Cerrado el contrato, los portugueses proveyeron a
los misioneros de lodo el servicio de altar y de bre­
viarios, que habían guardado ocultos, y comenzó la
vida religiosa con gran consuelo de todos. Celebraban
misa todos los días con abundantes lágrimas de amo­
rosa emoción: para lo cual extendían un lienzo y colo­
caban el altar portátil en la parte más visible, a fin de
que todos los presos asistiesen a ella desde sus jaulas.
Rezaban todo el oficio divino, el santo rosario y otras
muchas devociones con ejemplar fervor; y siguiendo la
piadosa costumbre que habían practicado con los cris­
tianos, tomaban las precauciones necesarias y castigaban
sus cuerpos con prolongadas y cruentas disciplinas,
que hacían derramar a los enfervorizados presos lá­
grimas de compunción.
E l pan de los ángeles que recibían en la santa
misa los hacía verdaderamente dichosos, y les ponía
en sus labios con mutuo consuelo aquellas palabras
del gran doctor San Agustín:^-«Este pan, que bajó del
cielo, es el que hace valerosos y fuertes a los mártires;
porque es pan que confirma el corazón del hombre».
(1). Fortalecidos ellos, procuraban fortalecer a los
demás, que se hallaban más debilitados.
Entonces se demostró una vez más que la palabra
de Dios no puede estar atada o inactiva. De la mente

1J Tom. 10, Homll. 14.


- 3*8 -

y del corazón de los dos misioneros salía, como ráfaga


de fuego que ilumina y abrasa, ya por medio de sus
exhortaciones y consejos y de su predicación constante,
ya también por medio de su pluma, que lanzaba al
exterior cartas saturadas de divinos afectos y enseñan­
zas. Los cristianos acudían, aunque siempre con la
debida cautela, cada vez en mayor número, a instruirse,
a fortalecerse, a animarse, a limpiar sus conciencias
y a conservar el valor necesario para triunfar en las
más graves contingencias.
Eran tantas, a veces, las personas que a ellos
acudían, que apenas tenían tiempo suficiente para oirías
en confesión y para remediar sus necesidades espiri­
tuales y aun corporales. Los cristianos, dispersos*
empobrecidos, vejados, heridos en los sentimientos más
gratos a su corazón, no queriendo permanecer bajo
tamaña opresión, reaccionaron vivamente y empezaron
a despreciar las amenazas del tirano: y la cárcel de
Omura era el crisol donde quedaban purificados for­
mando el glorioso grupo de los selectos.
La gloria de Dios obraba maravillas por medio de
sus siervos en la cárcel de Omura: y no es la menor
la que obró por medio del P. Vicente de San Antonio.
Había llegado a Nagasaki un bonzo de Cochinchina
con ánimo de establecerse en el Japón. Se puso en­
seguida en comunicación con los bonzos japoneses, y
fué admitido en su gremio: pero pronto observó que
estos eran de costumbres tan corrompidas que supe­
raban a los seglares más pervertidos en sus vicios y
- 559 -

torpezas: notó que hacían todo lo contrario de lo que


enseñaban y predicaban a los demás; y que, siendo
sacerdotes de los dioses, se burlaban de estos y sólo
guardaban respeto exterior ante la gente a sus ídolos o
imágenes. Esta conducta engendró en él un sentimiento de
repugnancia hacia sus compañeros y al mismo tiempo una
duda entre la verdad de su religión y la de los cris­
tianos, de los cuales había oido referir heroicos actos
de virtud en el mismo Nagasaki.

Dios infundió en su mente un rayo de su divina


luz y le inspiró la idea de exponer sus dudas a algún
sacerdote de los cristianos. Preguntó por ellos, y le
dijeron que muchos habían muerto por orden del em­
perador; otros, desaparecido; y los últimos, que estaban
presos en la cárcel de Omura, para ser pronto que­
mados vivos.
Sin más vacilaciones se trasladó a la cárcel de
Omura y se presentó a los misioneros; les expuso sus
dudas e inquietudes y el origen y fundamento de ellas,
y les suplicó que le resolviesen las dificultades, si
sabían hacerlo, ya que él sólo deseaba conocer la ver­
dad para ponerse a su servicio.
Tomó la palabra el P. Vicente, y con cariño de
madre, con sencillez y claridad meridiana, con aquel
gracejo de expresión que le era peculiar y con aquella
simpatía personal que rezumaba todo su ser, pulverizó
en un momento las objeciones del bonzo, le inició en
los principales misterios de la religión católica y lo
— 340 —

situó en el camino llano y luminoso que conduce a


la posesión de la verdad.
Conforme iba hablando el misionero, sentía el bon-
zo Iluminarse su mente con desconocidas llamaradas
de luz y moverse su corazón a impulsos de eficaces
latidos de la gracia: y satisfecho y agradecido, y co­
mo subyugado por la elocuencia del P. Vicente, se
despidió de éste diciéndole: — Volveré mañana.
En la primera conversación había quedado prendido
en la red tejida por el P. Vicente con multitud de hi­
los de razones y argumentos de inconmovible consis­
tencia: y dulcemente atraído por éstos, volvió al día
siguiente y otros muchos días, hasta que confesó sin­
ceramente la verdad de la religión católica, abjuró y
condenó todos los errores y prácticas de la idolatría,,
y solicitó con vivas instancias ser bautizado y perte­
necer a la Iglesia fundada por Jesucristo.
Dió gracias a Dios el catequista por aquel nuevo
favor; pero sometió a prueba la conversión del cate­
cúmeno, dilatando por algún tiempo su ingreso en Id
Iglesia católica. La prueba dió tan excelentes resultados
que, con grande alegría de Jos misioneros y entre
cánticos de alabanzas al Señor entonados a coro por
todos los presos en masa, recibió el bautismo en la
cárcel de manos del P. Vicente.
Desde aquel momento demostró tan vivos deseos
de predicar a los infieles, para atraerlos al seno de
la religión verdadera, que pidió autorización a los Pa­
dres misioneros para hacerlo: y éstos, que no dudaban
— 511 —

ya de la sinceridad de sus propósitos, se la otorgaron


lan amplia como podían.
Comenzó su campana con celo de apóstol y con
no escaso fruto espiritual; ya que la circunstancia de
ser bonzo convertido daba una fuerza especial a los
argumentos que presentaba a los gentiles: pero los
bonzos le declararon guerra a muerte, y lo denunciaron
al gobernador. Este mandó prenderle; y cuando lo tu­
vo en su presencia, le reprochó que, siendo bonzo,
hubiese renegado de la ley de Buda por seguir la de
Cristo.
No se turbó el nuevo crisliano; antes bien, con va­
ronil entereza le dijo: — «Cristiano soy; y me ufano
de ello: si tú lo quisieras ser, entrarías por el camino
verdadero: porque solamente hay salvación en la ley
que enseñan los Padres que tienes presos.»
Indignado el tirano por la respuesta, ordenó a sus
esbirros que lo metiesen en la cárcel común, y que
allí tratasen de hacerle apostatar con halagos y pro­
mesas de grandes bienes. Pero todo intento fué inútil;
como lo fueron los tormentos que le infligieron y la
pena de muerte con que le amenazaron Indómito pero
no inactivo, quiso continuar en la cárcel su labor
apostólica; y sin temor a nadie ni a nada, predicaba
en voz alta a los presos, para que lo oyeran también
sus guardianes, las divinas enseñanzas de Jesucristo,
y enseñaba a los niños las primeras oraciones y los
preceptos del decálogo, que repetían candorosas las
lenguas infantiles.
— 342 —

Denunciado de nuevo al tirano por el desprecio de


sus mandatos, fué llamado a su presencia; lo que
nunca hizo con ningún otro prisionero: pero lo hizo
porque sabía que la mayor parte de los japoneses no
cristianos estaban a favor del nuevo convertido, y que­
ría evitar acaso una sublevación. Le recibió con afable
calma, y le dijo que, ya que era cristiano, lo fuese
sólo para sí mismo, y no exhortase a serlo a los
demás.
— «Soy cristiano por la gracia de Dios,— respondió
él con entereza, — y no cesaré de predicar su santa
ley y de inducir a todos a que la sigan hasta la
muerte.*
Frenético de cólera el tirano ante esta viril respuesta,
lo condenó allí mismo a ser quemado vivo. Fijó el
día de la ejecución de la sentencia, y la mandó pu­
blicar para infundir terror a los cristianos: y a fin de
que la ejecución fuese un verdadero espectáculo que
llenase de espanto a los concurrentes, dispuso que con
el nuevo converso fuesen quemados vivos otros varios
cristianos, que había en la cárcel.
Más de diez mil personas acudieron a presenciar el
sacrificio de las víctimas. E l antiguo bonzo no cesó
un momento de exhortar a todos con palabras de fuego
a que se hiciesen cristianos, hasta que el humo sofocó
su respiración y el fuego consumió su cuerpo. Entonces
el tirano aprovechó la ocasión de haberle reunido tan
numerosa concurrencia y de haber quedado tan triste­
mente impresionada, para publicar allí mismo un bando,
— 343 —

que decía— «Todo el que favorezca a los cristianos


morirá enseguida como estos». Apenas llegó esta terrible
amenaza a los oídos de los concurrentes, de más de diez
mil gargantas salió imponente y repetido este grilo:
«Yo soy cristiano: yo soy cristiano*. Confuso y aco­
bardado el tirano, al ver que, por unos pocos que
morían, se declaraban cristianos tantos millares, procuró
escabullirse como pudo y renunció a sus crueles ame­
nazas.
Llegó a la cárcel la noticia del glorioso triunfo de)
bonzo converso y de los demás sacrificados; y de los
labios de todos los presos brotó un cántico de acción
de gracias. El P. Vicente, sobre todo, sintió el alma
inundada de consuelo, al ver confirmadas una vez más
aquellas frases del gran San Agustín: — «Mueren los
mártires para que se multiplique la Iglesia. Su santa
sangre vertida fecundó la sementera. Llega la muerte
de los mártires, y se aumentan más y más los cris­
tianos». (1). La palabra de Dios, al parecer recluida en
el antro de una hedionda cárcel, seguía produciendo
ubérrimos frutos dentro y fuera de ella; y dulcificaba
a sus administradores las muchas amarguras de la pri­
sión. Una sola idea los tenía tristemente preocupados:
la suerte futura de aquella cristiandad.
E l P. Francisco de Jesús, en carta de 26 de mayo
de 1650, dirigida desde la cárcel de Omura al Padre
franciscano Diego de San Francisco, después de re­

to Tom. S. sobre el Salm. 40, In praef.


— 544 —

ferirle la forma en que fueron presos él y el P. V i­


cente, le dá cuenta de que el hermano franciscano
Fr. Gabriel de la Magdalena, denunciado por un doshico
antiguo de los P P. dominicos, fué preso en los montes
de Ykiriki y llevado a la cárcel el 20 de marzo, donde
está con ellos, y luego continúa así: «Es cosa lasti­
mosa ver cómo está todo destruido y asolado. El tirano,
con grandes ansias por borrar del Japón este nombre
de cristianos: los renegados de estos reinos casi todos
son Judas declarados y otros embozados y todos so­
bornados: mucho el miedo y temor de los tormentos
que en todos ha entrado: que, como muchachos de
escuela, que de sólo ver la palmatoria se acusan unos
a otros, dicen cuanto les preguntan y más de lo que
saben: por lo cual el tirano ha desenterrado, sin dejar
nada, cuanto había de Padres».
«Cuantos por estas partes andábamos hemos sido
tan perseguidos que, como liebres huyendo de los
galgos, aquí nos cogen, aquí nos escapamos, caímos
en la red: y está el negocio tan sangriento que, si
Dios no lo remedia, en mucho tiempo no puede nadie
parecer por aquí, sin que caiga en la red luego. Sea
nuestro Señor siempre alabado y glorificado, que tan
misericordiosamente se ha habido conmigo; que, en lugar
de castigarme por mis pecados, me ha puesto en este
lugar entre sus siervos. Pero juzgo que, como a otros
lo dá por premio de sus trabajos, a mí por penitencia
de mis pecados. Y supuesto que el Señor me lo con­
cedió sin yo merecerlo, sea su nombre bendito. Yo,
— 345 —

viendo la falta de ministros, procuraba esconderme,


mas pues el Señor me manifestó, yo estoy muy con­
tento de ello. Quiera su divina Majestad sacarnos de
aquí para confesar su sanio nombre, triunfando del
tirano y sus secuaces.»
Hasta aquí el P. Francisco. El P. Vicente, en carta
dirigida al mismo P. Diego, de fecha 25 de julio de
1630, le dice, entre otras cosas: «Padre de mi alma:
ahora que el Señor me ha traído a este puesto tan sin
merecerlo, escribo esta despidiéndome de V. 2.; pues,
según la presente justicia, serán pocos los días de mi
vida».
«Lo primero, agradezco a V. R. la mucha caridad
y amor con que me trató, estando por esos barrios;
con cuya presencia de Padre mío no me faltó nada,
en particular en los principios de mi venida a estos
reinos.»
«Sangrienta vá la cosa: acuda el Señor y dé a V.
R. salud y lo guarde para que junte a su rebaño, que
tan esparcido lo ha puesto este lobo hambriento. jOh
misericordia de Dios! jOh inescrutables juicios! ¿Quién
hay que los pueda dar alcance? Pues a un pobre pe­
cador como yo me ha puesto en este astillero, donde
con su ayuda y favor espera hacer feliz viaje esta
pobre barquilla, que por verme tan falto de matalotaje,
suplico a V. R. me ayude con sus devotas oraciones.
A todos los soldados (súbditos) de V. R. pido lo mismo
humildemente. Júntenos el Señor en su reino para el*
cual nos crió.—25 de Julio de 1630.—De V. R. hijo
— 346 -

humilde—Fr. Vicente de San Antonio, preso por Jesu­


cristo.» (1).

Mezclados se agitaban en el corazón de los dos


misioneros afectos tan opuestos como la tristeza por la
ruina espiritual de tantas almas y la alegría por sufrir
las molestias de la prisión como víctimas destinadas
al sacrificio: y Dios, que no abandona nunca a los
suyos, y que veía en sus almas la rectitud y pureza
de intención de todos sus afectos, no dejó un momento
de acompañarlos en medio de sus aflicciones.
Entre otras varias personas que los socorrían y con­
solaban en la cárcel, había un hidalgo portugués, l'a-
mado Jerónimo de Macedo, que, apenas supo la llega­
da del P. Vicente al Japón, trabó con él sincera amistad
por considerarlo paisano suyo y por sus bellas dotes
personales.

Era el señor Macedo un hombre de negocios, que


con naves fletadas por él mismo traficaba con los puer­
tos de Macao, Manila y Nagasaki; tan caballero y tan
cristiano que ayudaba y favorecía extraordinariamente a
todos los misioneros en todas sus empresas y dificul­
tades. E l P. Francisco y el P. Vicente, sobre todo, no
hubieran podido realizar con tanta eficacia su labor
apostólica, durante los seis años que estuvieron libres,
si no hubiera sido por las gruesas sumas de dinero
que les daba el señor Macedo y por el auxilio eficaz

(1) Relociones, ele., pág. 71 y siguleofes.


— 347 —

que de él recibían en todos los apuros de su agitada


vida: ya que las cantidades en metálico y los efectos
en especie, como vino para misas, cera y otros nece­
sarios, que les envió en varias ocasiones el P. Pro­
vincial de Manila, no llegaron nunca a sus manos.

La importancia de los negocios y la honradez y


seriedad en cumplir sus contratos dieron gran influencia
al señor Macedo sobre los comerciantes, y engendra­
ron amistad con las autoridades japonesas, especial­
mente con Uneme dono, cuando todavía no era gober­
nador de Nagasaki. Pero un día una mano envidiosa
secuestró su correspondencia, en la cual se encontró
una carta, que la malicia interpretó torcidamente, y en
la que creyó hallar motivos suficientes para denunciar
al portugués como protector manifiesto de los misione­
ros españoles. Se hizo la denuncia; y de nada sirvie­
ron las explicaciones del acusado. Triunfó la envidia;
y el buen portugués fué recluido en una cárcel por
orden del mismo emperador. Cinco o seis años estuvo
en ella: y acaso no hubiera salido, si su amigo Uneme-
dono, al tomar posesión del gobierno de Nagasaki, no
hubiera negociado personalmente y conseguido su libertad.

Tan constante fué su afecto a los dos misioneros,


que desde la cárcel (distinta de la que estos ocupaban),
los socorría por medio de sus agentes: y apenas fué
puesto en libertad, era él mismo el que los visitaba y
les llevaba el socorro del cuerpo y el consuelo del
alma, y el que les informaba de los propósitos que
— 548 —

su amigo el cruel tirano Uneme-dono tenía con respec­


to a los cristianos.
E l fué el instrumento escogido por Dios para sua­
vizar las penas de los dos benditos prisioneros.
CAPITULO XXIII

Sum arlo: Profesión de Donados y Terciarios en la cárcel.—


S u martirio.—Carta de! P. Vicente.—Nueva malicia del tira n o .-
Cartas desde la cárcel.—Más frutos sazonados.

E n la cárcel de Omura habían ido entrando presos,


traídos precisamente de los lugares catequizados por
los PP. Francisco y Vicente, en tal número, que es­
taban hacinados y rebasaban la capacidad del lugar.
No preocupaba este hacinamiento al tirano, que más
bien se complacía en ver sufrir a los desgraciados:
pero un mal día, molestado por el aviso de los car­
celeros de que ya no cabían más cristianos, dió orden
de que fuesen sacrificados todos menos los cinco
misioneros.
Aquel mismo día fué a visitar a éstos el capitán
Jerónimo de Macedo, y les comunicó la noticia con el
detalle de que la ejecución de la sentencia estaba fi­
jada para el día 28 de septiembre. Un rudo golpe de
tristeza los dejó abrumados, al verse exceptuados del
combate para ganar la corona del martirio: pero pronto
— 551 —

reaccionó su espíritu y se puso en las manos de Dios


con acto sincero de conformidad absoluta con la vo­
luntad divina. Por consejo de Macedo ocultaron la no­
ticia a los interesados: pero pocas horas habían trans­
currido, cuando se presentó en la cárcel un esbirro,
y notificó a todos la sentencia. Un grito de júbilo,
capaz de avergonzar a las fieras, aunque no a Uneme*
dono, llenó todos los ámbitos de la inmensa jaula; al
que siguieron tiernas plegarias implorando el auxilio
divino y un ferviente cántico de acción de gracias por
tener la dicha de cambiar sus penas por una vida
eternamente feliz.
Los verdugos intensificaron sus esfuerzos para ha­
cerles renegar de su fe y librarlos de la muerte y de
la cárcel; pero ni uno solo hubo que se rindiese a sus
halagos y promesas. El gobernador de Omura, llama'
do Fikoyemon, sometido en todo a Uneme-dono de
Nagasaki y acaso más cruel que éste, tuvo el mayor
empeño en cumplir las órdenes recibidas del de Naga­
saki, que le había dicho: «Antes la apostasía que la
muerte.» Por eso les intimó la sentencia como últi­
mo recurso. Pero al ver defraudados sus intentos, de
acuerdo con Uneme-dono, mandó ejecutar la sentencia.
Era el día 26 de septiembre, y faltaban dos para
el martirio. Los condenados, que lo esperaban con
verdadera ansia, se preparaban con oraciones, ayunos
y con toda clase de mortificaciones. Aquel mismo día, de
madrugada, trajeron más presos a la cárcel desde sus
pueblos: eran las mujeres e hijos de los penados, que
— 352 —

iban a morir con ellos, porque la sed de sangre del


tirano no se saciaba con la de solos los detenidos, y
quería vengar su rotundo fracaso en hacerles renegar.
Los misioneros andaban emocionados y solícitos pre­
parándolos con santa envidia para el último combate,
y escuchándolos a todos en confesión por última vez.
Las plegarias salían de todos los labios sonoras y ju­
bilosas sin dejo de temor o de tristeza, y los ósculos
estallaban al contacto con los diminutos crucifijos, con
la sagrada correa o con los escapularios de la Virgen de
la Consolación, como explosiones de amor comprimido.

Entonces fué cuando el P. Francisco de Jesús,


viendo que no había tiempo que perder, se resolvió a
dar la profesión a tres cristianos, a quienes hacía tiem­
po había vestido el hábito de Hermanos Donados de
la Recolección Agustiniana; y a otros veintitrés, la de
Terciarios o Mantelatos de la misma Congregación,
que así se lo pedían. Recordó la solemnidad que hubo
en su profesión religiosa en el convento de Vallado-
lid, y, aún más feliz y animoso que entonces, quiso
solemnizar aquellos momentos.

Tenía por comunidad de religiosos otra más nume­


rosa de heroicos cristianos; por iglesia, la cárcel san­
tificada por los sacramentos y las plegarias; por órga­
no, los grillos y cadenas que, al arrastrarse por el
suelo, parecían armonías celestiales al abrirse las
puertas de la gloria; y por candidatos, los proscritos
que iban a lavar las vestiduras de su vida en la
— 353 —

sangre del Cordero para ser felices ante el trono de


Dios.
Tres eran los novicios Donados: Yoiemon, que
cambió su nombre por Pedro del Santísimo Sacramen­
to; de cincuenta y cinco años de edad, natural de F i­
raxima, coadjutor del P. Vicente y preso con él: Luis
de San Miguel, llamado antes Fakiro, natural de este
pueblo, y de sesenta años de edad: y Luis de San
Agustín, llamado antes Kixiro, de treinta y cuatro años
de edad, y natural de Ykiriki. Los tres habían entra­
do en la cárcel con los Padres, y llevaban diez me­
ses de torturas y privaciones por permanecer constan­
tes en la fe cristiana.
Entre un silencio de profundo respeto y tierna de­
voción se arrodillaron ante los PP. Francisco y Vicente*
leyeron y firmaron uno tras otro la fórmula de la pro­
fesión, escucharon la emocionante plática que les dirigió
el P. Francisco, y después de recibir el abrazo de
felicitación, se retiraron a sus jaulas entre el rechinar
de las cadenas arrastradas por sus pies, que entonces
resonaban como himno de triunfo.
S e acercaron después los dos Padres a un grupo
en donde se habían reunido veintitrés personas de
ambos sexos, novicios Terciarios agustinos recoletos,
y el P. Francisco recibió la profesión de todos ellos
con las mismas ceremonias y las mismas abundantes
lágrimas de consuelo.
Todos los demás condenados a muerte, en número
de cuarenta y uno, eran ya cofrades de la Cinta o
— 554 —

Correa: pero pidieron con tan vivas instancias al Padre


Francisco renovar su inscripción, que este accedió
gustoso a ello, y los empadronó de nuevo y les dió
a todos la cinta o distintivo, para que lo ostentasen
en sus pechos al ser conducidos al martirio.
Honda emoción produjo en los dos Padres este acto
de piedad colectiva realizado en la cárcel; y de él
quisieron dejar constancia por escrito en los siguientes cer­
tificados, que figuran en un proceso oficial de beatificación:
— «Fray Francisco de Jesús, indigno religioso
Agustino Descalzo y Vicario Provincial en estos reinos
del Japón, por nuestro Padre Fray Andrés del Espíritu
Santo, Provincial de la Provincia de San Nicolás en
las islas Filipinas, etc. Preso en esta cárcel de Omura
por predicador del santo evangelio; Certifico que a
veinte y seis días del mes de septiembre de mil y
seiscientos y treinta años, recibieron en esta dicha
cárcel la profesión de Hermanos Donados, el Hermano
Pedro del Santísimo Sacramento, y el Hermano Luis
de San Miguel y el Hermano Luis de San Agustín;
siendo testigo el Padre Fray Vicente de San Antonio,
mi compañero. Y por verdad lo firmo de mi nombre
hoy, dicho d ía —Fray Francisco de Jesús.—Fray V i­
cente de San Antonio».
«Item. Certifico que hoy veinte y seis del dicho mes
y año, en este dicho lugar y cárcel recibieron la pro­
fesión de Hermanos Terceros de mi Orden e Instituto
las personas contenidas en las espaldas de esta, siendo
testigo el dicho Padre Fray Vicente, mi compañero. Y
— 555 —

por verdad lo firmo de mi nombre hoy, dicho día, mes


y año.—Fray Francisco de Jesús.— Fray Vicente de
San Antonio».
Desde aquel momento todo era Júbilo en la cárcel.
Después de los actos de piedad, que dedicaban a la
oración mental, el rezo en voz alta del santo rosario
y de otras oraciones vocales, resonaban sin cesar
cánticos de penitencia mezclados con otros de alabanza
y acción de gracias al Señor por el don inapreciable
de haberlos escogido para morir por su santa ley; se
felicitaban unos a otros por su próximo triunfo, y ben­
decían a los dos misioneros a quienes debían la dicha
de entrar pronto en el cielo.
En este ambiente de paz y de alegría amaneció el
día 28 de septiembre de 1630. En un ancho campo
llamado Foconofaru, distante de la ciudad de Omura
un cuarto de legua, habían clavado en tierra, formando
fila, veinte columnas o gruesos troncos, a distancia de
dos brazas unos de otros; habían cercado con estacas
el campo en una grande extensión, y estaban hacinando
junto a los postes enormes montones de leña.
Mientras se hacían estos preparativos en el campo,
el P. Francisco celebraba con angelical fervor el santo
sacrificio de la misa, que oian todos los que iban a
morir, con lágrimas, suspiros y sollozos de ternura, de
consuelo, de esperanza y de supremo gozo. Llegó el
momento de la sagrada comunión, y el previsor cele­
brante pudo administrarla a todos, sin que quedase uno
sin recibir el adorable Cuerpo de Cristo. ¡Con qué
- 356 —

emoción tan intensa latían todos los corazones! Era eP


momento sublime en que los cuerpos sanos y fuertes
recibían el sanio Viático para hacer su viaje al cielo,
rompiendo antes las rechinantes cadenas que los suje­
taban a la tierra.
Pocas horas después llegaban a la cárcel los esbi­
rros y daban la orden de salir para el lugar del
sacrificio. Despojaron a los presos de los grillos y
cadenas y los fueron atando por grupos con gruesos
cordeles.
Mientras hacían esta operación, una de las mujeres»
que había ingresado en la cárcel dos días antes, se
presentó en medio de todos vestida y adornada con
sus mejores galas y joyas y con el distintivo japonés
de las que van a contraer matrimonio; y al mismo
tiempo cantaba alabanzas al Señor con indecible entu­
siasmo. Los malsines la tuvieron por loca: los cris­
tianos extrañaron aquella presentación: y entonces ella
dijo con firme voz: «No puede haber en la vida mejor
ocasión que esta para vestirme de gala: voy a verme
y desposarme con mi celestial esposo Jesús, que me
ha de hacer feliz por toda la eternidad.»
Al oír esta declaración, los malsines quedaron co­
rridos de vergüenza; los cristianos prorrumpieron en
gritos de alegría; y los dos misioneros lloraban de
ternura, de emoción y de consuelo, al ver a sus dis­
cípulos tan firmes en las creencias que ellos les habían
inculcado.
A una voz de mando, se dispusieron a salir los
— 367 —

presos; pero antes se hincaron de rodillas pidiendo a


ios Padres su bendición. Estos se la dieron repetidas
veces entre abundantes lágrimas, mientras los exhorta­
ban a conquistar la victoria y les pedían que rogasen
por ellos en el cielo.
—hasta luego en el cielo— Iban diciendo todos
por despedida: y desde las puertas de la cárcel em­
pezaron a entonar a Dios cánticos de alabanza, que
alternaban con encendidas exhortaciones a los gentiles
•que presenciaban su paso, para que se hiciesen cris­
tianos. Todos llevaban a la espalda una caña con un
cartel, en el cual se leía: «Mueren por ser cristianos
y desobedecer al emperador, que lo prohíbe.»
Cuando llegaron al lugar del suplicio, cesaron de
cantar, se despidieron unos de otros hasta luego en
W cielo, y se entregaron a los verdugos. Estos colo­
caron a cuarenta de aquellos en veinte postes, dos en
cada uno, de espaldas uno a otro y alados con cor­
deles: enseguida arrimaron la leña y le prendieron fue­
go. Las víctimas elevaron sus ojos y sus brazos ai
cielo; y en esta actitud las llamas abrasaron sus cuer­
pos, mientras sus almas entraban triunfantes en la gloria.
Al mismo tiempo que cuarenta eran quemados vi­
vos, los verdugos cortaron las cabezas a los otros
veintisiete restantes con enormes catanas o alfanjes: y
así en breve espacio de tiempo pasaron de la tierra
al cielo sesenta y siete cristianos japoneses, pertene­
cientes todos a la gloriosa Orden de Agustinos Reco­
letos, como Donados o Terciarios profesos de la misma
- 868 —

o como cofrades de la Cinta o Correa de San Agus­


tín, catequizados todos por los abnegados misioneros
Francisco de Jesús y Vicente de San Antonio.
Ejecutada la inicua sentencia, los verdugos arrojaron
las cabezas y cuerpos de los decapitados y los restos
de los quemados al fondo de un enorme precipicio:
pero los cristianos se dieron prisa y hallaron medios
para recoger multitud de sus sagradas reliquias, que
fueron distribuidas en Manila, Macao y otras ciudades*
para recibir el homenaje debido a la heroica santidad.
Cuando los dos misioneros supieron el heroico va­
lor y la augusta serenidad con que sus hijos espiri­
tuales habían sufrido la última pena, no cesaban de
dar gracias a Dios y de pedirle para sí mismos la
misma gracia y fortaleza. E s que entonces conocieron
por varios testigos de vista algunos detalles, que ma­
nifestaban el temple de acero de las víctimas.
Simón Yofiyoye, que acababa de hacer en la cár­
cel su profesión de Terciario Recoleto, hacía dos anos
que, seducido por un gobernador llamado Tobinoga,
había apostatado de la fe cristiana que había recibido.
Pero poco después, arrepeniido de su pecado, lo lloró-
amargamente, hizo rigurosa penitencia, y empleó todos
sus bienes y su persona en servicio de los misione­
ros, en especial de su maestro el P. Vicente. Enterado
el gobernador, lo llamó a su presencia y trató de re­
conquistarlo con halagos y amenazas: pero viendo que
todo era inútil, lo mandó llevar a la cárcel, donde
estuvo con los antes mencionados. Al llegar con éstos
— 359 —

al lugar del martirio, el gobernador, sediento de ven­


ganza, lo mandó desnudar por completo y adaptarle
un vestido de paja, al que pegaron fuego. Se consu­
mió la paja, y apareció su cuerpo asado, pero vivo.
E l mártir no lanzó ni un quejido; y permaneció impa­
sible sin hacer un gesto de dolor. E l gobernador en­
tonces mandó romperle la cabeza con un palo: y como
después de los golpes aún vivía, lo llevaron al poste
donde estaba su mujer Gracia, y, atándolo de espaldas
a ella, fueron ambos consumidos por las llamas.
Estando presos en la cárcel Pedro Yaxichiro y su
mujer Magdalena, ambos Terciarios Recoletos, el go­
bernador mandó llevar a esta a su presencia, porque
era una verdadera belleza japonesa, y la prometió grandes
riquezas y los más altos honores, si renegaba de la
religión cristiana. Pero como ella lo rechazó todo con
indignación, mandó llevarla otra vez a la cárcel, donde
continuó su asedio con el mismo resultado negativo.
Llegó con los demás al lugar del martirio; y, al verse
de nuevo acosada por los agentes del tirano, dijo re­
suelta: «Prefiero ser hecha pedazos por Cristo a todas
las riquezas, honores y placeres del mundo.» Encole­
rizado el tirano con esta respuesta, sin consideración
a su avanzado estado interesante, mandó quemarla viva
con su marido: los ataron de espaldas al poste, y el
fuego consumió en dos personas tres víctimas.
También dieron gloria a Dios en el campo de los
mártires dos niños, hijos de Gregorio Rucozeimon, Ter­
ciario, y de Margarita su mujer, Cinturada o Cofrade
- 360 -

de la Cinla, como sus hijos. Eran estos Miguel, de I I


años, y Domingo, de 7 años de edad. Los verdugos
tuvieron empeño en colocarlos cerca de sus padres,
que estaban atados a un poste; y cuando el fuego los
hubo consumido, los dos niños, serenos y fuertes, se
acercaron a los verdugos y les dijeron: «Ahora nos­
otros.» Corridos de vergüenza aquellos malvados, al
sentirse tan briosamente vencidos por la indomable
constancia infantil, cogieron a los dos valientes niños,
y de dos furiosos golpes de catana hicieron rodar sus
cabezas por el suelo.
Derrotado quedó igualmente el orgullo satánico de
los sicarios por un joven de 16 años, llamado Cristóbal,
Cinturado, natural del pueblo de Xeto, que, al recibir
de rodillas una furiosa lanzada en el pecho, levantando
sus brazos en cruz, con sonrisa angelical les dijo:
/Mala puntería!: y elevando sus ojos al cielo, recibió
un formidable golpe de catana que cercenó su cabeza.
La relación de estos ejemplos heroicos hacía derra­
mar a los P P. Francisco y Vicente abundantes lágri­
mas de consuelo, y daba nuevos bríos a su espíritu
para la gran batalla que esperaban por momentos.
A los tres días, o sea, el día primero de Octubre
de 1630, entraron en la cárcel de Omura un matrimo­
nio con tres hijos, todos cofrades de la Correa. E l
marido, llamado Pedro, natural de Yklriki, daba siempre
hospedaje a los misioneros y a sus doshicos o ayu­
dantes; y la mujer y los hijos les ayudaban y favore­
cían en todo cuanto podían. A las pocas horas salían
- 561 —

de la cárcel; y, por orden del tirano, no satisfecho con


Ja horrible hecatombe anterior, fueron los cinco deca­
pitados en el mismo campo ensangrentado de Foco-
nofaru.
En tres días había enviado el tirano al cielo a se­
tenta y dos mártires, pertenecientes todos a la Orden
de Agustinos Descalzos o Recoletos.
Los nombres de estos setenta y dos héroes del
cristianismo, que el P. Francisco decía que tos manda­
ba escritos en el reverso de su certificado de profesión
de los Donados, los dejó consignados el P. Vicente
en una carta que escribió a su Provincial de Filipinas:
y la copia que aquí transcribimos íntegra está tomada
directamente de su original; del cual damos aparte una
reproducción fotográfica.
Al final de ella y para su mejor inteligencia hace
notar que los mártires cuyos nombres llevan una es­
trella o asterisco eran Hermanos Donados profesos; los
que llevan una cruz, eran Terciarios profesos; y los
demás, Cofrades de la Cinta o Correa. Advierte que
los que llevan la letra F, inicial de fuego, fueron que­
mados vivos; y los que llevan la C, inicial dé cabeza,
fueron decapitados. En esta copia se ha sustituido la
ortografía antigua por la moderna; algunas palabras en
abreviatura, de difícil lectura, se han escrito íntegras;
y otras, resabiadas de la escritura portuguesa, han re­
cibido la forma española: y en vez de poner, como
él lo hace, por ejemplo, Coye pueblo, Miye pueblo, se
pone Pueblo de Coye, etc.
— 262 —

La caria y la lista de los mártires, escritas en la


cárcel de Omura, son del tenor siguiente:
«A nuestro Padre Fr. Andrés del Espíritu Santo,
Provincial de los Recoletos de Nuestro P. S . Agustín,
de la Provincia de las Islas Filipinas, Manila.
Laus Sanctissimo Sacramento. = Padre N u estro :
Porque en la que escribo por via de Macao soy largo,
no lo seré en esta, tan fuera de haber tiempo para
escribirla como ocasión para enviarla, siendo así que
estaba por cosa asentada el no haber trato de este
Reino a ese jamás: pero así ordenó nuestro Señor el
despacho de este navio para consuelo de ese Reino,
como el dilatar el tirano la sentencia de los que esta­
mos presos, para provecho nuestro y mejor preparación
y disposición para la empresa que por horas esperamos,
y, como dicen, ya con el pie en el estribo aguardamos:
porque el tirano lo está también para la Corte; donde
se sigue que antes de su partida dará fin a nuestro
negocio.
Fué, pues, el caso que, como apretó tanto la persecución
el año pasado de 1629, apenas había lugar donde nos
recogiésemos los religiosos, si no es en los montes,
y esto con mucho peligro, como se vé de la prisión
de los cuatro que aquí estamos de Europa; que, des­
pués de recogidos a los montes, nos sacaron de ellos;
salvo el Padre Japón de la Compañía, que fué preso
en la ciudad de Nagasaki.
Con todo, pasada ya la furia de la tormenta dentro
y en los arrabales de Nagasaki, caidos todos, cuyo
— 363 —

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- 566 —

número digo en la otra, hombres, mujeres, niños, di­


funtos y por nacer (porque todos padecieron su trabajo
y en su modo), yo lo pasé mediocremente: así que,
apartado del P. Fr. Francisco de Jesús, a quien dejé
el día después de nuestro Padre en una isla llamada
Firaxima, y me vine a la parte de la tierra, por salvar
algunas cosas que con el aprieto habían enterrado: pero
entendiendo estar todo ya en paz el P. Francisco,
habiéndole avisado que no se volviese del puesto, por
ser bueno, para Fizocu, se vino a la parte de la tierra
y me llamó para que nos viésemos; a lo que yo acudí
con mucho trabajo, por estar lejos y con recelo de lo
que sucedió; por ser muchos los malos que con las
promesas del tirano se hicieron peores, buscándonos
con mucha diligencia: de que después de estarnos
juntos y consolados, tuvimos noticia porque ya habían
preso al P. Fr. Bartolomé Gutiérrez de la Observancia,
y después a un mozo nuestro.
Conque nos apartamos, llevando yo mi derrota a la
dicha isla de Firaxima, que está distante de Nagasaki
30 leguas, por ver si podía estar hasta Navidad; y el
P. Francisco se quedó en la costa, aunque 9 leguas
de la ciudad.
Hubo soplo; y buscando al P. Benito Fernández de
la Compañía, hallaron al P. Fr. Francisco en un monte de
un lugar llamado Yuquinoura; y luego se partieron a
buscarme, de que tuve aviso, estando ya los bun-
guios en el puerto: y como encerrado en una isla, no
tuve orro refugio sino el monte, adonde estuve cinco
— 567 -

días sin comer ni beber, rodeado de guardas de noche


y de día; que, como no me hallaban, ponían fuego a
los montes: de que estuve bien cerca de no llegar a
este lugar.
Pero el Señor de misericordias, que todo lo dispone
para provecho nuestro, me quiso dar lugar, dándole a
mis enemigos para que me hallasen; que fué en sábado
a las diez del día 24 de noviembre de 1629.
Preso que fui, me embarcaron, y bien acompañado
de funeas, porque fueron más de 30 con 60 hombres,
me entregaron al tirano: donde hallé ya al P. Fr. Bar­
tolomé y al P. Fr. Francisco y al P. Antonio Pinto,
japón, de la Compañía.
Estuvimos presos en el Mandocoro, casa donde
asiste el tirano, con grillos en los pies; y de aquí nos
pasaron a la cárcel de Vomura; donde estamos los
cuatro con un Hermano de San Francisco que después
prendieron.
Aguardamos por momentos la sentencia, alegres y
contentos con nuestra suerte; tal que de mí digo no
la merecía al Señor, pues jamás le hice servicio al­
guno. Permita su divina Majestad que el pequeño que
le quiero hacer de dar mi vida por su ley y por su
santa fe, me le reciba en descuento de mis pecados,
y permita juntarnos a todos en la gloria.
Mis recomendaciones a todos mis Padres y Her­
manos de esa Provincia, cuyo hijo soy indigno y de
V. R . a quien rindo las gracias de la grande merced
que me hizo en enviarme a este reino, sin pretenderlo
— 368 —

ni solicitarlo más que con Dios, cuyas misericordias


no tienen número.=25 de octubre de 630 afios.=Hijo
indigno de V. B .,= Fr. Vicente de San Antonio.

PUEBLO DE COYE

f Antonio M a g o sq u e ...................................F. xoya.


Catalina, su m u je r .................................. F.
Juan, su hijo ......................................... C.
Luis, su h ijo ............................................. C.
Luis Goixichi . . • .................................. F.
f Pablo, Xinemon, mi casero..................... C.

PUEBLO DE TEGUMA

f Ingacio Tenqueyemon............................... F.
Miguel Magozeimon ............................... F.
María, su m u je r ..............■ .................... F.
Domingo, su h i j o .................................. C.
Domingo, Jin e m o n .................................. C.

PUEBLO DE MIYE

f Simón, Yofiyoye, mi casero y dueño de la fuñe F.


t Gracia, su m u jer...................................... F.
Juan, su hijo de siete a ñ o s ................. C.
f Pedro Yaxichiro, dueño de la fuñe . . . F.
f Magdalena, su mujer, p r e ñ a d a .............. F.
f Miguel Xichisque, mi c a s e r o ................. F.
f Marta, su m u je r ...................................... F.
Luis Gozeimon, su suegro..................... C.
f Juan Cabiyoye, rem ero............................ C.
— 369 —

f Luis Gonemon, remero............................ C.


Pablo, su hijo, de catorce años . . . . C.
Miguel, su hijo, de siete a ñ o s .............. C.
Francisco, su hijo, de cinco años . . . C.
f Tomé Yaquichi, remero............................ C.
t Miguel Feisaqu, r e m e r o ........................ C.
t Gaspar Sacuzó, r e m e r o ........................ C.
t Pedro Fazuque, remero............................ C.

PUEBLO DE CAX1YAMA

f Miguel Jiflyoye, mi c a s e r o ........................ F.


Marina, su m ujer...................................... ... F.
f Miguel F u q u e z o ...................................... ... F.
Rufina, su m u je r...................................... ... F.
Pedro, su hijo, de cinco a ñ o s .................. C.

PUEBLO DE NAGATA

f Domingo Cofiyoye, mi casero . . .


Marina, su m ujer............................
Su h i j o .........................................

PUEBLO DE CUROSAQUl

Jacobo Ficozeimon, mi casero . .


María, su m u j e r ............................
Alejo, su h i j o ...............................

PUEBLO DE X1TCU

Juan C h in g ir o ...............................
Juana, su m u j e r ............................
— 370 —

PUEBLO DE YGEXIMA

Juan F iy o y c m o n ...................................... .... F.


Rufina, su m u je r...................................... .... F
Fioquichi, su h i j o ....................................... C.

PUEBLO DE XETO

Cristóbal, de dieciseis años, alanceado . C.

PUEBLO DE YENOXIMA

Martín Jirobiyoye, mi casero.........................F.


Catalina, su m u je r .......................................F.
Migruel Jiemon, su h ijo ................................ C.

PUEBLO DE FIRAXIMA.

* Pedro Yoyemon, mi gruía al monte . . . F.


* Luis Fachiro, mi casero, coreano . . . . ....F.
t Pedro Cazuque, mi compañero en el monte. F.
f María, su m u je r ...................................... ... F.
Pablo Teuquegoro, su h ijo ..................... ....C.

PUEBLO DE CUR0CUCH1
«

f Miguel Risque, mi c a s e r o ........................ F.


f Clara, su m u j e r ...................................... F.

PUEBLO DE SASOCO

t Gregorio Rocuzeimon, mi casero . . . . F.


Margarita, su m u j e r ............................... ...F.
Miguel, su hijo, de once a ñ o s ................. C.
Otro hijo de siete a ñ o s ........................ ... C.
— 571 —

PUEBLO DE YKIRIKI

Domingo Y o f iy o y e ................................... F.
Magdalena, su m u je r............................... F.
Tomé N iz o ................................................. F.
* Luís Q i u j l r o ............................................. F.

Pedro, casero de Hermanos . . . . . . C.


Con tres h ijo s.......................................... C.
j

Y su m u j e r ............................................. C.
Estos cinco, cortados padres e hijos, fueron después
del martirio grande, tres días.
PUEBLO DE NICUMIGANACHI

Miguel Ychizeimon, mi c a s e r o .............. F.


Isabel, su m u je r ...................................... F.
Pablo, su h i j o ............................... C.
Otro su h ijo ............................. . . . C.
Fué este glorioso martirio en este Reino de Vo~
mura, cerca de esta ciudad un cuarto de legua, en
un campo llamado Foconofaru, a 28 de septiembre de
1650, gobernando a Nagasaki el tirano Voneme Dono,
el segundo ano de su gobierno.
Todos estos santos mártires murieron cofrades de
la Cinta: y los que llevan esta señal * murieron Her­
manos Donados de los Descalzos de N. P. San Agus­
tín; y los que llevan f murieron Terciarios profesos
de la misma Orden.
Los que llevan esta letra F fueron quemados vi­
vos, dos a dos, atados en un palo; y los que llevan
«sta letra C fueron cortados degollados.
— 372 —

Los más de estos santos fueron nuestros compa­


ñeros en esta cárcel. Los demás, hijos y mujeres, los
llamaron de sus pueblos dos días antes del martirio.
Gloria al Señor en sus santos. Permita su divina
Majestad juntar en su gloria. Amén.
Fr. Vicente de San Antonio.» (1)
Después de estos horribles martirios la cárcel de
Omura quedó casi vacía; y los guardianes, que se­
guían siendo bien retribuidos por el hidalgo capitán
Jerónimo de Macedo, tuvieron el rasgo humanitario de
trasladar tres meses después a los misioneros a otra
jaula más amplia, donde estaban con más desahogo
y comodidad. Quedaban con ellos un buen número de
niños, hijos de los mártires, diez o doce muchachas
jóvenes, hijas también de éstos, traídas de Firaxima»
y otras cuantas traídas de Mixe o Miye, recién ca­
sadas, y ya viudas por el martirio de sus maridos.
Tanto los niños como las jóvenes estaban contentos
bajo la tutela paternal y las exhortaciones de sus
maestros los PP. Francisco y Vicente; y únicamente
sentían la ausencia de sus padres y maridos, cuya
suerte envidiaban y a los cuales estaban resueltos a
seguir a pesar de las mayores torturas.
Pero la malicia satánica del tirano excogitó un me­
dio de frustrar sus santos deseos y de ponerlos en
el camino de perdición. Sacó de la cárcel a los ni­
ños, y los fué entregando a distintas familias, enemi-
(1) N O T A .- A l primero de la lisia le 'pone al Jmarfcen Xoya, porque era
oficial recaudador de rentas.
— 373 —

gas del nombre cristiano, para que los prohijasen y


lograsen borrar de sus almas infantiles hasta el re­
cuerdo de la religión de sus padres. A las jóvenes,
■solteras y viudas, las vendió como esclavas a hombres
corrompidos, sin honor y sin decoro, a fin de que
su honradez y sus sentimientos cristianos quedasen
sepultados bajo el fango de la inmoralidad. {Oh! ¡Có­
mo torturó esta infamia el corazón de las víctimas y
■el de los benditos Padres!
«Aquí —dice el P. Francisco en carta a un amigo
portugués— llegó nuestro dolor y sentimiento a lo que
se puede significar, considerando cómo aquellos angé­
licos, que ayer cantaban, cuando íbamos a su pueblo,
con nosotros salmos e himnos, con que recreaban el
■espíritu (y dábamos por bien empleado el trabajo que
padecíamos, viéndolos cantar a coros, y sus almas
sinceras cual palomas sin hiel), verlos hechos esclavos
de un tirano, que sólo pretende tiranizar los cuerpos
y almas.» «Y lo que de llorar es, que a las de me­
jor gracia (comidos del interés), las venden a gente
ruin y bellaca, que sólo intentan ganar con ellas; y
las compran para ponerlas en casas públicas. ¿A quién
no quebrantará el corazón de dolor?»
Más que los tormentos y privaciones del cuerpo
sentían los buenos Padres este asalto infernal a las
almas de sus hijos espirituales: por eso su dolor no
se redujo a lamentaciones y plegarias; sino que en el
mismo momento desplegó briosamente las alas del celo
de su inagotable caridad, y se lanzó al rescate de
— 374 -

los afligidos cautivos. Enviaron enseguida cartas y


avisos al capitán Macedo y a otros amigos afortuna­
dos y generosos, lograron reunir dinero suficiente, y
la mayor parte de aquellas inocentes víctimas fueron
redimidas y quedaron entregadas a familias sólidamente
cristianas, que habitaban en otros reinos, libres de
toda persecución.
Solos quedaron en la cárcel los misioneros: y en­
tonces fué cuando, esperando con fundamento ser lle­
vados al martirio en cualquier momento, multiplicaron
sus oraciones y penitencias. Como si estuvieran tran­
quilos en un convento, fijaron la distribución de horas
del día, y las empleaban en celebrar con fervor ex­
traordinario la santa misa, y en hacer en comunidad
la oración mental, el oficio divino, el santo rosario y
otras muchas devociones, a las que sñadían cruentas
y prolongadas disciplinas. E l tiempo libre lo dedicaban
a escribir a sus amigos y, sobre todo, a informar a
sus Superiores de su vida y sucesos del Japón, como
lo tenían mandado.
E l espíritu de que estaban animados en medio de
tantas penalidades se manifiesta en sus propias cartas
mejor que en cualquier otro documento extraño: sirvan
algunas de muestra.
En la que escribió el P. Francisco con fecha 26
de octubre de 1630, dirigida a todos los religiosos de
la Provincia de San Nicolás de Filipinas, dice así:
«Laus sanctissimo Sacramento.—Y la gracia del
muy Alto sea en nuestras almas, mis amadísimos Pa­
— 376 —

dres y Hermanos.—El amor fraternal, que siempre Ies


tuve a VV. RR. y tengo, me dieron atrevimiento para
darles a entender las misericordias de nuestro buen
Dios y Señor en habernos traído a este santo lugar
(la cárcel), yo, menos digno de él como más (digno)
de mil infiernos, en castigo justo de mi grande ne­
gligencia en el servicio de un tan buen Señor: y cuando
permita su divina Majestad sacarnos de él, sea por
quien El es para confesar su santísimo nombre, dando
por su amor nuestra sangre y vida: y entonces será
nuestra suerte dichosa del todo.»
«Ruego a V V. R R. y Caridades celen mucho la
honra de nuestro buen Dios y Señor, buen crédito y
nombre de la religión, a donde por su divina Provi­
dencia han sido traidos y entresacados de los trabajos
e inumerables peligros del mundo, y puestos en puerto
seguro, para que de él miren y estén en perpetua
centinela, así del bien común como del particular: y
de no hacerlo así, podrán temer el ¡Vae qui come-
dunt peccaía populorum!: y considerando lo que, para
consuelo de los religiosos, con espíritu profético nos
dejó escrito el gran profeta rey: Elegí estar despre­
ciado en i a casa de m i Dios, y no vivir en ios pa­
lacios de los pecadores.»
«Y créanme V V. R R. y Caridades que se hallarán
muy adelante, cuando ponderando el gran beneficio
recibido de nuestro Señor, repitieren muchas veces lo
que decía San Bernardo: ¿A qué viniste a la Reli­
gión? Mas ¡ay de mít ¡Cuánto mejor me estuviera
- 576 -

tomar para mí con silencio lo que bien me esíá, que


no predicar a quien tanto sabe! Perdónenme VV. RR.
y Caridades por reverencia de Dios; que como estoy
en la cárcel más preso de carne y sangre que cerca­
do de palos, y vestido con el ropaje largo de mi padre
Adán, tentado del vicio de la soberbia, presumí de
mí que podía dar consejo a quien y de quien podía
ser mínimo discípulo. Pero si pareciere atrevimiento,
púdome cegar el bien sumo que a todos V V. R R. y
Caridades deseo, en cuyo retorno pretendo oraciones.»
«Y si por la misericordia de nuestro buen Dios,
cuando esta llegue a sus manos, no tendré de ellas
necesidad, por haber ya pasado de la mortalidad de
esta miserable carne a la inmortal y eterna vida, ser­
virán a esta afligida Iglesia. No digo más: pues con
lo dicho podrá decir alguno que fuera mejor gastar
este tiempo en disponerse quien tan cerca está del
fuego que ya se quema. Quiera nuestro Señor nos
juntemos en su ciudad de gloria. Amén. De esta cárcel
de Omura, hoy 26 de Octubre 1630.—Su mínimo hijo
y hermano, Fr. Francisco de Jesús.»
Con la misma fecha escribe al P. Provincial de
Manila, y le dice lo siguiente:
«Laus sanctissimo Sacramento.— Padre nuestro: la
gracia del muy Alto sea en nuestras almas: y permi­
ta nuestro Señor halle esta a V. R. con todos nues­
tros Padres con tanta salud cuanta le desea este su
mínimo hijo.»
«Hemos sido en este lugar (la cárcel) muy conso­
— 377 -

lados por un hidalgo portugués, Jerónimo de Macedo,


que en esta ciudad (Omura), aunque en diferente cárcel,
ha estado preso seis años, por cierta carta mal inter
pretada por favor de los Padres; aunque hoy está libre
-en Nagasaki.»
«De un mes a esta parte hemos recibido mil nuevas:
ya que nos envían desterrados a Macao; ya que se
dilata nuestra muerte hasta el año que viene; ya que
nos matarán luego; ya que el tirano pretende derri­
barnos y acomodarnos como a sus bonzos en su ce­
guera. Y cuando andaban fluctuando nuestras espe­
ranzas en las dudas del temor de perder lo que tanto
deseábamos, nos avisó este hidalgo, que digo, cómo
nuestra fiesta y tálamo era cierto este año; y que así
lo había oido de la boca del tirano, con quien pro­
fesa mucha familiaridad, que fué quien le negoció su
libertad.»
«Fué esta nueva para nosotros de sumo consuelo
y alegría, cual no sabré significar con palabras. De
manera que, a buena cuenta, a los primeros de No­
viembre, Deo auspice, según fuimos avisados, ¡vere­
mos el fin cumplido de nuestros deseos! ¡Oh! ¡Bendito
seáis, mi Dios y buen Señor, pues tal pago teneis
determinado darme a quien nada os tiene obligado,
mas antes infinitas veces ofendido!»
«Ese mismo día entiendo morirán con nosotros otros
quince, que están presos en Nagasaki; entre los cuales
están nuestros doshicos: tres a quienes tengo dado el
hábito de Hermanos legos, y ya tienen hecha profesión;
- 378 -

la cual revalidarán en el lugar del martirio, si es junta nues­


tra suerte. Llámanse Fr. Agustín de Jesús María, Fray
Pedro de la Madre de Dios y Fr. Lorenzo de San
Nicolás. También están presos allí otros tres Herma­
nos Donados, digo, Terciarios, ya profesos, Sebastián,
Paulo y Juan Vonuju».
«En esta ciudad, cerca de nosotros, desde el prin­
cipio de nuestra prisión estuvieron presos cincuenta y
cinco cristianos, entre hombres y mujeres; entre los
cuales di el hábito de Terciarios a veinte y tres, y a
tres el hábito de Donados; todos los cuales profesaron.
De estos presos estaban algunas mujeres e hijos de­
positados en casas particulares, por no caber todos en
el tronco (cárcel) que digo. A veinte y ocho de sep­
tiembre, víspera del glorioso San Miguel, martirizaron
de estos sesenta y siete, entre hombres, mujeres y
niños; cuarenta, quemados vivos; y los restantes, de­
gollados. Nuestros hermanos Donados, el Hermano
Pedro del Santísimo Sacramento, el Hermano Luis de
San Miguel y el Hermano Luis de San Agustín, que­
mados vivos: y de los Terciarios, veinte y tres. Y
porque va ahí la lista de ellos escrita por el P. Fray
Vicente, mi compañero, no los nombro».
«Los demás todos eran cofrades de la Cinta; a
quienes, no obstanre que ya lo eran de antes, los
empadroné de nuevo y di cintas a todos a costa de
la Orden. De manera que después acá que llegamos
a esta tierra mi compañero y yo, bien han sido al pie
de trescientos mártires que ha habido de la Cinta de
— 379 —

nuestras Cofradías: fuera de otros muchos que tendrán


nuestros Padres Observantes (los agustinos calzados)» (1).
«Esto de las cofradías hemos puesto los dos dili­
gencia en ponerlas y levantarlas en muchas partes, por
ver cuán caído estaba y que apenas conocían la Co­
fradía de la Cinta en Japón. Y asimismo, deseoso del
buen nombre de nuestra Religión y en particular del
Instituto que profeso, he dado en este Jugar el hábito
de Hermanos a los que digo arriba y a los Tercia­
rios; no obstante que el P. Fr. Bartolomé lo extrañó
mucho y aun quiso contradecir, hasta que le satis-
ficimos».
«De donde aquí y en oirás partes lo he dado a
treinta y seis personas; de las cuales, como digo, a
veinte y tres dichosos e insignes mártires; y otros
in via (de serlo), y otros están libres. Estos que digo
martirizaron fueron los aprehendidos por caseros o
fautores de los Padres; por lo cual mataron a fuego
a los más con las mujeres y sus hijos mayores. A los
de menos culpa y los restantes hijos y criados los
van hoy juntando y entrando en esías cárceles para hacer­
los esclavos; cosa nunca vista hasta hoy en Japón».

(1) Nos parece Innegable lo que aquí afirma y firma de tu puno y letra
el P. Francisco de Jesús. Sin duda no conocían estoa hechos el P. Herrera en
la Vida del Beato Bartolomé Gutiérrez y otros escritores agustinos calzados, que
se apropian y atribuyen a su Orden todos los Donados, Terciarlos y Clnfurados
del Japón; fundándose, tal ve/, en que el Beato Gutiérrez se Opuso a que nues­
tros Beatos los hiciesen; aunqjc sin razón alguna. E l hecho es claro. Todos los
citados por el P. Pranclsco pertenecen a la Orden de Agustinos Descalzos o
Recoletos. Ellos, los ca'zados, llenen otros. Lo declara el P. Francisco con la
frase exceptiva: fu era de otros muchos que tendrán nuestros Padres Obser-
vanres. —Véase Alphabetum Augustinianum del P. herrera, phg. 111.
— 580 —

«Por la vía de Macao va nuestro pliego más


extenso que este; y juntamente irá este recado con
que hoy en este lugar celebramos (que es acomodado
al lugar y tiempo), con unas crismeras de plata y lo
que se pudo escapar de otro recado; que, porque no
se pierda con lo demás que la fortuna se llevó, lo
enviamos».
— Como nuestros Padres creían que iban a morir
a primeros de noviembre, aprovecharon la ida a M a­
nila de un criado del capitán Macedo para enviar allí
el recado o servicio de altar que tenía algún valor;
y fué lo siguiente: Un cáliz con su patena, un atril
para misal, un hostiario, un par de vinajeras con su
platillo, un par de candeleros con sus despabiladeras,
unas crismeras; todos estos objetos de plata; y además,
una ara consagrada y un misal. Todo llegó al con­
vento de Recoletos sin novedad; y el que esto escribe
ha tenido la dicha de celebrar misa en Manila sir­
viéndose de esas santas reliquias.—La carta continúa
así:
«El portador de esta es un criado del señor Jeróni­
mo de Macedo, que dije arriba; a quien V. R. hará
por caridad el agasajo posible, por lo bien que su
amo lo ha hecho con nosotros, después que a estas
tierras llegamos, dándonos gruesas limosnas; y en este
lugar (la cárcel) nos ha sido más que padre; sin tener
respeto a que, si el tirano oliera algo, tenía su hacienda,
que es mucha, perdida junto con la vida, con el cas-
figo que a nosotros se nos dá».
— J81 —

«Ha permitido nuestro Señor que nuestro negocio


se dilate, para disponernos mejor para el batallón que
esperamos. Así como el tirano, aunque solapadamen­
te, ha dado permiso al capitán Jerónimo de Macedo
para que envíe ahí ese Junco (nave); que será sin duda
para esa tierra de sumo contento.»
«Confieso, Padre nuestro, que hasta estar en este
lugar, viéndome muy apurado y alcanzado de cuentas,
me torcí muchas veces la oreja por haber venido a
esta tierra; por andar de ordinario luchando con el
temor de perderme con las ocasiones que el demonio
y mis miserias me ofrecían. Mas para quitarme nues­
tro Señor de tantas congojas y trabajos, más espi­
rituales que corporales, permitió por su gran clemen­
cia y bondad infinita que el tirano diese conmigo y
me arrinconase en este estrecho y santo lugar, tan
indigno de él como digno de mil infiernos. Pero des­
pués que me vi aquí, y más con las primicias que
nuestro Señor ha tenido por bien dar a nuestra Reli­
gión con los tres hermanos Donados, santos e insig­
nes mártires, y veinte y tres Terceros (como digo),
todos profesos dos días antes de su glorioso marti­
rio; los cuales (aunque inútil instrumento), por mi di­
ligencia yendo por delante, honran nuestra Religión,
que ha sido para mí de no pequeño consuelo, doy
ya por bien empleada mi venida.»
«De todo lo cual, como origen y principio de este
bien singular rindo a V. R. las gracias; con compro­
miso de que, si nuestro Señor me concede lo que.
— 532 —

mucho deseo y pretendo, sacándome de este lugar para


confesar su santísimo nombre, se lo he de pagar
delante de nuestro Señor siéndole fiel abogado, para
que todos nos veamos en su ciudad de gloria y go­
zarnos en su divina Majestad, que a V. R. guarde
y dé mil bienes del cielo con mil años de vida para
bien y aumento de esta nueva planta. De esta cárcel
de Vomura (Omura), hoy 26 de octubre de 1630.—
De V. R. mínimo hijo e inútil siervo—Fr. Francisco
de Jesús.»
«La cera y vino que V. R. decía en la suya, que­
dó en Macao. Llegaron acá los 200 pesos, que aun
hoy están por cobrar. Dejamos orden al P. Vicario
Provincial de los dominicos para que, cobrándolos,
•con ellos redima a algunas personas, que en esta oca­
sión las han hecho esclavas por nuestra causa.»
«En la que vá por la vía de Macao escribí a V. R.
que no era de parecer que en dos o tres años tra­
tase de enviar religiosos a esta tierra: díjelo por pa-
recerme ser imposible poder entrar en paz en ella, por
ser grande el rigor del tirano en Nagasaki; el cual
parecía llevar adelante por algunos años su rigor.
Ahora digo que me parece que ha amansado; pues
•este año no ha bullido con nada, y parece disimular
■con algo en adelante. Mas sea lo que fuere, por la
experiencia que tenemos de muchos cristianos, es me­
jor que vengan luego y fomenten esto: porque en mu­
chos reinos ha sucedido, por dilatarlo para mejor
tiempo, que cuando quisieron volver a ellos los mi­
— 383 -

nistros, hallaron la puerta cerrada Y así se ha perdido


omnino en ellos la cristiandad, después que ellos los
dejaron resfriar. Sólo es bien que, para entrar con
seguridad, vengan y entren del modo que allí digo.
Y en tanto, Adiós, adiós.—Francisco, pecador».
Al leer estas cartas, nadie dirá que están escritas
por un recluido en una dura cárcel, abrumado de pe­
nalidades, que ni siquiera menciona, y seguro de su­
frir el más cruel martirio, que es lo único que desea.
Sobre todos los conceptos vertidos flota la serenidad
de espíritu, la humildad más profunda, el celo por la
salvación de las almas y el consuelo de haber sido
el instrumento escogido por Dios para llevar a mu­
chas de éstas al cielo. Lo refiere complacido a su
Superior, porque han sido gloriosos mártires, y como
tales irradian esplendores de luz y de gloria sobre la
Recolección Agustiniana, a la cual pertenecían. Con
la misma complacencia le da cuenta de que tiene otros
hijos espirituales, que están libres en lugar seguro,
lejos de la jurisdicción del tirano; y de que otros es­
tán in via, en camino de ser mártires; porque sabe
que están presos en la cárcel de Nagasaki, esperando
la ejecución de la sentencia de muerte. Lo que no le
anuncia, porque lo ignoraba, es que esta ejecución
tendría lugar a los dos días de firmar él su carta.
El día 28 de octubre de 1630, la labor apostólica
de los PP. Francisco y Vicente recogió de nuevo en
Nagasaki frutos sazonados.
Hacía once meses que en la cárcel de Nagasaki,
- 584 —

llamada Cruzmachi, estaban presos, por ser cristianos


y catequistas ayudantes de los Padres, tres hermanos-
legos Donados y otros tres Terciarios, agustinos re­
coletos, a quienes antes habían dado el santo hábito
nuestros dos misioneros.
6n la redada que mandó tirar el tirano para cap­
turar a éstos, cayeron también aquéllos; y a pesar
de los tormentos que les infligieron para que descu­
briesen el lugar donde los Padres se escondían, sólo
escucharon los esbirros manifestaciones viriles de pro­
fesión católica; y con la esperanza de hacerlos apos­
tatar por medio de promesas o torturas, los llevaron
a cárcel distinta de sus maestros, en la cual entraron
tranquilos el día 20 de noviembre de 1629.
Los hermanos legos Donados eran: Fr. Pedro de
la Madre de Dios, de treinta y un años de edad, na­
tural de Maiezowa, en el reino de Oxú. Su padre
era idólatra y su madre cristiana. Por indicación de
esta y a petición propia fué catequizado por el Padre
Francisco; y más tarde, probada su solidez en las
virtudes cristianas, recibió de este el hábito de Donado
y fué siempre su ayudante y compañero, sobre todo
cuando el P. Francisco andaba errante predicando por
los montes de Yuquinoura.
El segundo se llamaba Fr. Lorenzo de San Nico­
lás, de veinticinco años de edad, natural de Sasoco
en el reino de Omura. Sus padres eran fervorosos
cristianos; y él recibió el hábito de manos del Padre
— 383 —

Vicente, a quien ayudó con grande abnegación en sus


correrías apostólicas.
El tercero fué Fr. Agustín de Jesús María, llamado
antes Mancio. Sus padres eran nobles del reino de
Chikugo, de donde se trasladaron a Nagasaki. Aquí
murió su padre; y entonces él y su madre fueron
desterrados por cristianos. Tenía veinticuatro años de
edad; y escogió vivir en el monte, entregado a la
oración y a la penitencia, en una pobre choza que él
mismo construyó. Pero atraído por las virtudes del
P. Vicente, pidió acompañarle en su predicación, y
recibió de él el santo hábito, que lo honró con su
vida ejemplarmente fervorosa.
l os tres Mantelatos o Terciarios eran: Paulo Nan-
gafi, natural de Cuchinolzu en el reino de Tacú. Sus
padres eran cristianos; y se habían trasladado a Na­
gasaki, para que su hijo se dedicase a la navegación
como marinero. Denunciado como cristiano al gober­
nador, éste le mandó escoger entre la apostasía o la
renuncia de su oficio. Dejó la navegación, y se de­
dicó a ayudar a los misioneros. Entonces trataban
estos de enviar un junco a Manila, para que viniesen
más religiosos, y lo nombraron a él piloto de la nave.
E l viaje fracasó por tres veces; pero el intento llegó
a los oidos del gobernador, que, airado, le condenó
a muerte. Huyó él entonces a los montes, donde se
encontró con el P. Vicente, a quien se ofreció como
compañero, y del cual recibió el hábito de Terciario
recoleto. Al poco tiempo fué hecho preso y torturado
- 386 —

para que descubriese a los Padres; a lo cual se negó


con entereza. Luego trataron de vencerlo con halagos
y promesas tentadoras: pero viendo su invencible cons­
tancia, volvieron a atormentarle con mayor crueldad y
lo encerr^ijpn en la cárcel de Cruzmachi.
Llamábase el segundo Juan; natural de Miye, hijo
de Mancio y Catalina, cristianos; y era tan adicto a los
misioneros, que a él le encomendaban con toda con­
fianza las catequesis que ellos no podían atender. Por
su probada religiosidad mereció vestir el hábito de
Terciario de manos del P. Vicente, y luego ser en­
cerrado en la prisión.
Era el tercero Sebastián, hijo de Cosme y Lucía,
natural de Mogui, cerca de Nagasaki. Era, como los
otros, ferviente cristiano; por lo cual el P. Vicente le
hizo Terciario; y lo tuvo de ayudante en su predica­
ción. Preso por favorecer a los misioneros, le obli­
garon con crueles tormentos a que descubriese sus
guaridas; pero como no lo consiguieron, fué recluido
en la cárcel.
Animados del mismo espíritu de sus maestros, se
ocuparon durante todo el tiempo de su prisión en la
oración mental y vocal, a las que dedicaban largas
horas, en cantar las divinas alabanzas, en el ayuno
riguroso, en mortificar más sus cuerpos con cruentas
penitencias y, sobre todo, en predicar a todos, presos
y visitantes, la verdad de la religión católica. En vano
trataron los carceleros de reducirlos y dominarlos; su
- 357 —

fe se exaltaba cada vez más y se manifestaba en sus


deseos de dar cuanto antes por etia su vida.
Irritado contra ellos el tirano Uneme-dono, fulminó
sentencia de muerte, que les fué comunicada sin pér­
dida de tiempo. Al escucharla, se pusieron de rodillas,
y a grandes voces daban gracias a Dios por tan sin­
gular favor. Los sacaron de la cárcel con otro cris­
tiano, cuyo nombre no consta, pero que era hijo es­
piritual de los P P. Recoletos, y los llevaron al campo
del martirio. Por el camino no cesaban de cantar di­
vinas alabanzas y de predicar a los gentiles con tanto
entusiasmo que los verdugos los mandaron callar; pero
no siendo obedecidos, Ies pusieron en la boca morda­
zas de esparto; y aun con ellas seguían exhortando
como podían: y el hermano Juan repetía: Agustino,
Agustino', publicando satisfecho la Orden a que per­
tenecía.
Llegaron al lugar del suplicio, y arrodillados hicie­
ron fervorosa oración; luego elevaron sus brazos y
ojos al cielo, y en esa actitud fueron recibiendo los
golpes de catana que segaron sus cabezas, el día 28
de Octubre de 1630.
Al hermano Fray Lorenzo de San Nicolás le dió
el verdugo tan formidable tajo, que le cortó de un
golpe la cabeza, un trozo del pecho y el brazo derecho.
Luego los desnudaron por completo, y entonces se
vieron en sus cuerpos las muchas heridas y profundas
llagas que los mártires se habían producido en la
cárcel con la aplicación voluntaria de disciplinas y
- 388 —

cilicios. No satisfechos los verdugos con haber cortado


tan fácilmente las cabezas, apostaron entre sí a ver
cuál de sus catanas cortaba más, y con cruel inhuma­
nidad hicieron menudos pedazos rodos los cuerpos;
enseguida los amontonaron, les prendieron fuego, y
arrojaron sus cenizas al mar, para que los cristianos
no recogiesen sus reliquias.
Pronto llegó a oidos de los P P. Francisco y Vi­
cente la noticia detallada en este martirio, por el cual
dieron gracias a Dios y le pidieron una vez más que
a ellos Ies diese pronto la misma suerte. No dudaban
estos de que sus tres Donados y sus fres Terciarios,
todos profesos agustinos recoletos, habían de triunfar
en la prueba decisiva, aunque estaban lejos de la in­
fluencia de sus maestros; porque conocían su acriso­
lada virtud; pero lamentaron no haberlos acompañado
en el martirio, como ellos lo deseaban, y como lo
había pronosticado el P. Francisco en la carta que
queda transcrita. Los seis murieron con el hábito propio
de su profesión.
Llenos de gozo por el honor santo que los márti­
res daban a la Recolección agustiniana, comunicaron
este nuevo triunfo a sus amigos y Superiores, y les
pedían para sí mismos sus sacrificios y oraciones.
A un hidalgo portugués, residente en Macao, lla­
mado Duarte Correa, que los había socorrido con larga
generosidad, escribe el P. Francisco agradecido y le
dice, entre otras cosas, después de referirle este mar­
tirio: «Para que vuestra merced atabe at Señor, digo
- 389 —

que%después que Ios Descalzos vinimos a esta tierra,


son más de trescientos mártires los que ha habido
en todos estos reinos» Cofrades de la Cinta nues­
tros; fuera de otros muchos que los Padres Obser­
vantes tendrán». Lo mismo le repite al P. Provincial
de Filipinas. En ese número superior a trescientos inclu­
ye todos sus hijos espirituales que fueron martirizados
en el Figashi, donde había bautizado más de siete
mil japoneses, muchos de ellos adultos.
El año siguiente de 1651 se instruyó proceso canó­
nico sobre el martirio de los setenta y ocho mártires
de Omura y Nagasaki, en orden a su beatificación,
en la ciudad de Manila, ante el señor Obispo de Cebú
don Pedro de Arce, que era gobernador eclesiástico
del Arzobispado de Manila.
Eran frutos sazonados de la labor apostólica de los
heroicos misioneros Francisco de Jesús y Vicente de
San Antonio.
CAPITULO XXIV

Sum ario: E l canto de ios pájaros.—Patriotismo.—Prudentes


consejos.—Señales de guerra. —Inform es.—Provincia de la San­
tísima Trinidad del Japón.

/\ unreconociendo las virtudes heroicas que florecían


perennes en el alma de los PP. Francisco y Vicente,
causa verdadera admiración el observar que, después
de un año de cautiverio, ni una sola vez se quejen
de las molestias, penalidades y privaciones que sufrían
en la prisión. E l P. Vicente, después de describirla,
como vimos, en carta a un compatriota suyo, sola­
mente le añade: «Digo esto, porque vea vuestra mer­
ced que con esta humedad, abiertas todas cuatro
bandas, que están cercadas de palos espesos, que
apenas cabe una mano entre uno y otro, hombres
delicados, pasando las nieves y fríos del Japón, ¿cómo
podremos tener selud ni vivir? Sino que nuestro S e ­
ñor por su infinita misericordia nos dá fuerzas para
llevar estos trabajos, con cuya ayuda nos son suaves.*
El P. Francisco la califica siempre de «lugar estrecho
y santo.» Sin embargo, no es inoportuno recordar
- 592 -

que era una gran jaula formada por una empalizada


de troncos, situada en el hueco abierto en la base
de un monte lamido por las olas del mar, y dividida
interiormente en una serie de jaulas más pequeñas,
en las que los presos vivían hacinados, sin más mue­
bles que una estera y el vaso común, expuestos a
todos los vientos, lluvias, humedades, hediondeces,
fríos y calores, y sometidos a una alimentación esca­
sísima y monótona. En esa jaula tan triste vivían
siempre alegres, como si fuesen pájaros felices mima­
dos por el dueño, los dos P P. recoletos: y aunque
en septiembre de 1630 quedó vacía la jaula grande
por el martirio de sus moradores, hasta enero del año
siguiente no tuvieron el alivio de pasar a ella y de
vivir con más holgura.
Sin embargo, como alegres pájaros, cantaban siem­
pre; y sus cánticos resonaban en el exterior, y se
dejaban oír dulces y armoniosos, por medio de sus
cartas, lejos, muy lejos, en Macao, en Filipinas, en
Méjico y en muchas regiones de la madre España.
Ahora seguían solos en la jaula; pero después de
los gloriosos triunfos de sus hermanos en Omura y
Nagasaki y el Figashi, sus cánticos brotan más va­
riados y jubilosos; y unas veces son dulces gorgeos
de paz, de ternura y de amor seráfico; otras veces
suenan como sonoros trinos vibrantes de patriotismo
y de lealtad amorosa a su querida patria; y siempre
van saturados del celo por la gloria de Dios y sal­
vación de las almas.
— 595 —

Oigamos primero al P. Vicente que, en carta de


primero de noviembre de 1630 a unos amigos portu­
gueses, les dice así:
«Loado sea el santísimo Sacramento.— Hoy, día de
Todos Santos, por la mañana, se ha hecho derrama
en esta ciudad y su término, de ochenta cargas de
leña; aunque esíá secreto hasta ahora. El tirano pro­
cura darnos a beber este cáliz poco a poco y en
muchas veces: y ahora, como están vacías las cár­
celes (porque los que en ellas había, así en las de
esta ciudad de Omura como en la de Nagasaki, unos
a fuego, otros por sangre, fueron a gozar de la glo­
ria, premio de sus trabajos), no queda lugar de dudar
de que se prepara para nosotros el cadalso, digo, el
teatro, a donde yo y mis cuatro compañeros haremos
el último sacrificio, dando nuestras vidas por el Re­
dentor.»
«Deseaba yo, hermano mío, que fuese este acto en
esa ciudad (Nagasaki), por ver aunque de lejos a
vuestra merced y a mis hermanos patricios (1) y co­
nocidos: mas pues nuestro Señor así lo ordena, de
aquí me despido por esta de todos, a quienes pido
tengan esta por suya cada uno en particular.»
«Por lo cual, hablando con todos, digo en primer
lugar me ayuden a alabar al Señor Dios de iniseri
cordias, que tantas usa conmigo, inútil siervo suyo,
irayéndome a este lugar; de donde, confiado en su

(i; Ccmpetrlotas.
— 594 —

sagrada pasión, espero salir a dar la vida por el que


primero la dio por mí, pendiente en una cruz. Vicíe-
bu n/ muiti, ei timebnnt, eí sperabunt in Domino, dice
el profeta rey. Como si dijera: Verán muchos y te­
merán y esperarán en nuestro Señor.»
«¿A qué propósito, hermanos míos y patricios, me
vinieron estas palabras, para el estado en que estoy?
Y pues la ocasión me convida, aunque el tiempo me
falta, diré en esta alguna cosa acerca de ellas; si bien
deseaba decirlas cuando nos viésemos en esa ciudad
en ei santo lugar del martirio, a donde salieron mis
hermanos (1) dos veces a ver el glorioso triunfo de
los mártires pasados. Bien puede ser que, viéndolo
todos, les causaría horror y espanto ver los ministros
de maldad encarnizados, como lobos hambrientos, en
las carnes de los corderos de Dios, haciéndolos pe­
dazos, probando sus fuerzeis en aquellos que, ligados
del amor de Dios, sufrieron sin rumor alguno el golpe
del tirano, dando su cuello y vida alegremente».
«Otrosí: causaría pavor ver en la segunda escuadra
a los tres valerosos soldados de Cristo metidos en
medio de las llamas del fuego material, abrasados en lo
interior de él del Espíritu Santo; y como si no sintie-
ran nada, despreciaban con él al tirano y sus minis­
tros; venciendo con su mansedumbre la furia del fuego
y la rabia infernal de los bárbaros».
«Claro está, hermanos míos, que pues lo vieron

(1) Quiere decir compatriotas; pues ¡>e refiere a ios portugueses.


— 395 —

con sus ojos, no hay para qué encarecerlo. Visteis,


hermanos míos, el temeroso y horrendo espectáculo;
y cada uno dirá en su corazón: (Oh cosa rigurosa
para temer! No me negará ninguno que a donde llega
la sombra de la muerte, aunque sea en cama de flores,
causa temor y espanto. Dichosos serían si, viendo,
temieron; y temiendo, esperaron en el mismo Bien. Que
no basta ver solamente; ni yo aconsejo que a seme­
jantes actos vayan sólo a ver. Y si no, pongan los
ojos en el pueblo judáico, que, viendo en Cristo tantos
milagros, no solamente no temieron, pero ni puesto en
la cruz esperaron en El».
«Por lo cual consideren al Redentor en un madero,
rematando cuentas ya en el fin, y dando su alma al
eterno Padre. Entonces, pues, cuando todas las criatu­
ras asombradas salieron de sus quicios a ver a su
Criador, temieron; y a vuelta de ellas llegó un ladrón
a confesarle, acompañado de buenas esperanzas, que
no le salieron vanas: y no solamente fue oida su con­
fesión, sino también en lugar de la penitencia que
hacía, le prometió el reino del cielo».
«¡Oh dichosa esperanza! ¡Oh misericordia de Dios!
¡Oh paciencia infinita! ¡Oh bondad inmensal ¿Quién
hay que no espere en tí? ¿Quién hay que no tema tus
juicios? Y finalmente, ¿quién hay que no te ame hasta
dar la vida por tí?
*¡Oh, hermanos, qué barato se dá el cielo! Pues
un pecador como yo, y aunque, por tal, indigno de
él, espero en las llagas de Jesucristo que, pagando la
- 396 -

moneda debida solamente con un poco de fuego, he


de ir a gozar de su gloria. Permita su Majestad que
en ella nos veamos todos. —De esta cárcel de Omura,
primero de noviembre de 1650.—Fr. Vicente de San
Antonio».
No eran sólo estos cánticos los que salían por
entre las rejas de la jaula de Omura: cuando cesaba
la pluma, comenzaba la boca: y los alegres ruiseñores
recoletos cantaban con fervoroso entusiasmo salmos e
himnos con que alimentaban su espíritu. Llegó a des­
agradar a los carceleros la frecuencia y el brío de
esos cánticos, y dieron órdenes severas de que no se
repitiesen: pero como a los cantores agradaban mucho
más las alabanzas a Dios que lo que les podían afligir
los tormentos del tirano, hicieron caso omiso de las
amenazas, y siguieron cantando con más fervor y for­
taleza. Así lo declara el mismo P. Francisco por estas
palabras: Hannos requerido los Tonos y Bugyos que
no cantemos: pues vemos— dicen ellos—que por vues­
tra causa está revuelto lodo el Reino. Pero como
nosotros miramos diferente respecto que ellos, nos
enmendamos con cantar cada día más alto.
Oigamos ahora al P. Francisco en una carta al
P. Provincial: dice así:
«Laus sanctissimo Sacramento.— Padre nuestro: la
gracia del muy Alto sea en nuestras almas.— Por ha­
berse ofrecido cosas de importancia después que es­
cribí la última a V. R , hago esta, dando a V. R. y a
todos mis padres el parabién de las primicias que
— 397 —

nuestro Señor ha tenido por bien dar a nuestra reli­


gión en esta tierra.»
«Ya escribí a V. R. en las primeras cómo, a vein­
tiocho de septiembre de este de seiscientos y treinta»
habían padecido martirio en esta ciudad de Vomura
sesenta personas, entre hombres, mujeres y niños, par­
te de ellos quemados vivos, y parte degollados, en­
viando ahí por sus nombres el padrón de ellos; entre
los cuales fueron tres hermanos donados nuestros, pro­
fesos en esta cárcel (id est), el hermano Pedro del
Sacramento, Luis de San Miguel y Luis de San Agus­
tín, y veintitrés hermanos Terciarios nuestros, también
profesos; quedando entonces en la de Nagasaki presos
nuestros dóshicos, ya hechos religiosos y profesos le­
gos (id est), el hermano Fr. Pedro de la Madre de
Dios, Fr. Agustín de Jesús María y Fr. Lorenzo de
San Nicolás; y tres hermanos Terciarios (Id est), Sebas­
tián, Paulo y Juan,[ también profesos: todos los cuales
con otros cuatro (y por todos diez), fueron degollados
in odium Chrisii, a veintiocho de octubre de este di­
cho año, en la ciudad de Nagasaki, extramuros, en el
lugar acostumbrado. Entre ellos era uno el dóshico del
P. Fr. Bartolomé Gutiérrez, con el hábito de novicio
suyo.»
«Luego los dos días siguientes hubo otros ocho
mártires, que eran los caseros, hijos y agentes de los
padres de la Compañía: fueron tres quemados vivos,
y cinco degollados.»
«De manera que ya en nuestra prisión llevamos seis
- 398 —

hermanos por delante y veintiséis Terciarios. Quiera


nuestro Señor les imitemos en la muerte y fruto de
ella, que hoy gozan.»

«La pena que hoy tenemos es que nuestro negocio


está muy indeciso; porque el gobernador de Nagasaki
ya se volvió a la corte después de despachados todos
los cristianos que en estas cárceles estaban presos,
sin tratar cosa alguna de nosotros: aunque su secre­
tario, con quien trata mucha amistad el capitán Jeró­
nimo de Macedo, le dijo que nosotros moriríamos, pero
que sería tarde. Ahora lo que se ruge comunmente es
que vamos desterrados en uno de los juncos que van
ahí. Dios sabe la verdad.»

«Lo que sabemos de cierto es que, si quedamos


aquí, no será nuestra muerte hasta la vuelta del tirano;
que será a los primeros de septiembre del año que
viene, a bien negociar: y quizá será nuestra prisión de
algunos años; como otros muchos religiosos la tuvie­
ron antes de nosotros. Po. lo que sucediere, a V. R.
suplico con toda humildad nos mande enviar, a la
vuelta de ese junco del capitán Macedo, cuyo capitán
Ycano (que es un criado de Macedo), es el portador
de esta, dos o tres chinantas de cera y media arroba
de vino de misas; pues cada día celebramos todos
en este santo y estrecho lugar; que al presente anda­
mos a caza de gangas de ello; y todo el vestuario
para los dos, desde túnicas hasta mantos; siquiera por
parecer lo que somos, ya que hasta ahora no se ha
— 599 —

conocido nuestro hábito, por andar siempre como ja­


poneses.»
«En este lugar hemos sido avisados del engaño y
falacia con que pretenden el emperador de esta tierra y
sus consejeros traer aquí algunos navios y españoles,
para tomar en ellos la venganza que su rabiosa sed
tiene, por el navio que los nuestros tomaron de japo­
neses, (hace) ahora tres o cuatro años en Siam. Y
no obstante que habrá otros que lo escriban por allá,
para que V. R. certifique la verdad como pasa al se­
ñor gobernador de esa tierra, deseando yo el bien de
la comunidad de ella, me pareció conveniente darlo a
entender conforme mi corto caudal alcanza.* (1)
«Y así digo que muchos años há que este empe­
rador desea tomar esa tierra: para lo cual ha comu­
nicado sobre ello con algunos japoneses que han pa­
sado allá. Unos se lo facilitan que con quinientos
hombres y tres o cuatro juncos es posible: y el que
con más veras dá este arbitrio dicen es un renegado,
un rapaz, entenado de Antonio de Silva (casado en
esta tierra), llamado Diego de Acosta, bien conocido
en esa ciudad. Esta boa peza (buena pieza) y otros
semejantes facilitan mucho este negocio; aunque no
faltan japoneses de mejor juicio que disuaden al em­
perador, diciendo ser imposible, por ebtar esa tierra
bien guarnecida y los españoles tener otro ardid de
guerra que los japoneses.»

(1) 61 año 1626 l.^s españolea tomaron un birco a los japoneses en Siam.
— 400 —

«Ahora, pues, después que, como digo, los nuestros


tomaron en Siam aquel navio, le ha crecido el deseo:
pero como teme quedar maqueta, que es no salir con
lo que pretende, que es perder in tolum su honra y
fama, habiendo entrado en cónclave con los suyos,
como por lo menos se satisfará del desacato que le
hicieron con la toma del dicho navio, y como los ja­
poneses son gente de gran pundonor, en diciendo que
les han quitado la honra, ellos la han de cobrar por
fas o por nefas, aunque sea con traiciones: y cuando
no pueden por otra vía, la ley que ellos profesan Ies
enseña que, cortándose las barrigas, quedan muy hon­
rados y vengados; de manera que su honra, ad ulti-
mum quod sif, se ha de cobrar matándose así mismos.»
«Mire V. R. cuánto harán por excusarlo. De manera
que en esta ocasión, solapadamente y con capa de
que los tratos y comercio de esa tierra a esta se
abra y corra como antes, el tono de Arima, por ganar
la voluntad al emperador, se habrá ofrecido a tomar
el negocio a su cuenta: para lo cual maliciosamente y
con dolo y engaño envía ahí ese navio con un pre­
sente al señor gobernador, prometiendo el comercio de
esta a esa tierra; y que todos los años venga aquí
un navio o dos de españoles; no siendo otro su in­
tento que cogerlos aquí y quemarlos con sus haciendas
y personas: y luego, con alegar servicios con su as­
tucia y ardid, se satisfizo a la honra del emperador.»
«Por lo cual, V. R. advierta al señor gobernador
que, si puede ser, no les deje entrar de Mariveles
- 401 —

adentro, o al menos, no desembarcar ¡<i gente; tenién­


dolos por exploradores de la tierra con muy buena
vista: aunque les podrá permitir que vendan y compren
dentro del navio, sin hacerles agravio ninguno, anfes
mostrándoles buena cara en ganarles con buenas es­
peranzas; pero siempre con la rienda en la mano de
no asentar con ellos que aquí vengan españoles y sus
navios y haciendas; cuando mucho, asentar con ellos
(por lo bien) que de esta a esa tierra se abran los
tratos y corran entre los japoneses; y fingiendo que,
para venir españoles y sus navios, es necesario dar
parte de ello al rey de España, u otra epiqueya que
allá sabrán dar.»
«Y cuán poco poder tenga el tono de Arima para
abrir el comercio, ni esté a su cargo eso, bien claro
consta: pues dos españoles, que ha seis años que
están aquí presos, no obstante que el gobernador don
Alonso Fajardo los enviaba directamente con su pre­
sente al dicho tono, no los pudo sacar de la cárcel
ni aun cuidó de eso: hasta que este gobernador de
Nagasaki, llamado Uneme-dono, negoció su libertad y
la de los demás portugueses que estaban presos.»
«De manera que, en materia del comercio y los
tratos de esta a esa tierra, con el gobernador de Na­
gasaki (a quien está cometido eso), se ha de nego­
ciar: y a este puerto vienen los extranjeros, y no a
Arima ni a otro puerto alguno: y para dárselo a en­
tender, les podrán decir que sospechan haber engaño:
pues habiendo venido aquí dos navios de españoles
— 402 —

con un honrado presente al emperador, no los quiso


recibir; y sin dejarles vender ni comprar, al menos al
segundo, les mandaron volver: y ahora, sin haberse
alterado las cosas del Japón, pedir que vengan al trato
los españoles, bien claro se muestra que haremos con
vosotros (podrá decir el señor gobernador), lo que
vuestro emperador hizo con los nuestros; y no se des­
cuidar con ellos.»
«Y advierto a V. R. que este es consejo del go­
bernador de Nagasaki, que dió al capitán mayor Jeró­
nimo de Macedo, con quien trata amistad y fué quien
le negocio su libertad. De esto somos avisados del
dicho Jerónimo de Macedo, el cual nos avisa muy a
menudamente todo lo que pasa, para que lo escriba­
mos allá: y con ese fin, más por socorrer a esa tierra
y avisar de lo que pasa, que por el interés que se le
sigue (pues en otra parle lo pudiera tener), ha nego­
ciado con él Uneme-dono el despacho de ese navio.
Y pues eslo es así, se lo podrá pagar el señor go­
bernador en despachar muy bien su navio y agasajarlo
en lo que fuere posible.»
«Yo de mi parte se lo suplico a V. R. lo pida así
al señor gobernador, por la obligación que tenemos al
capitán Macedo, habiéndonos sido en esta tierra más
que padre carnal, acudiendo con mucha vigilancia al
remedio de nuestras necesidades, y en particular en
este lugar y prisión, con mil cartas consolatorias, re­
galos y lo necesario para celebrar; no obstante que,
a haberlo sabido el tirano, le costara con su hacienda.
— 405 —

(que tiene mucha), la vida en fuego vivo. Por lo cual


y por el buen intento con que ahí envía ese navio,
merece ser favorecido de todos en cuanto a su buen
despacho.»
«Este gobernador de Nagasaki, sabido el intento del
1ono de Arima, porque no le arguyesen de pecado de
que, siendo su oficio, no tomaba a su cargo lo que
el de Arima, envía ahí en ese navio del capitán Ma­
cedo cinco Sabarayes, id est, hidalgos honrados,
tonillos, criados suyos; aunque porque allí no entiendan
que va con engaños, los envía disfrazados, con voz
de que van a tratar con el señor gobernador del co­
mercio; no siendo su intento engañar, sino cumplir con
el emperador; y así los envía disfrazados sin presente
ni carta suya. Con todo eso, no obstante que van
disfrazados, les harán aUá muy buena acogida, agasa­
jándolos: porque su amo el gobernador de Nagasaki,
fuera de ser tono y daimio, es muy favorecido y pri­
vado del emperador, con quien podrá negociar cual­
quiera cosa que esté bien a esa tierra». (1).
«Con todo eso, si trataren de abrir el comercio,
sea con cautela, sin asentar con ellos que aquí vengan
españoles ni sus navios; fingiendo (como digo del
navio del de Arima), que para eso hay‘_necesidad de
dar cuenta a nuestro rey: y que, en tanto, corra el
trato entre solos japoneses y sus navios; sin venir
jamás (digo, por algunos años), a esta tierra ni espa­

to Tono: SertTr que posee fierres, rentas y criados.—Dalmto: Príncipe.


— 404 —

fióles ni sus navios ni haciendas, a lo menos, si no


fuere en cabeza ajena: y no les ciegue a español
alguno la ganancia y provecho de este viaje; pues
afirmo que lo ha de perder iodo: y al tiempo doy por
testigo del engaño con que van esos señores, en par­
ticular el de Arima: y con unos y con otros el res­
guardo y vigilancia posible: que estos japoneses son
de corazón muy doblado y guardan un agravio eter­
namente. Y para que patentemente lo ponderen, repare
el señor gobernador y Audiencia que, por aquel navio
de Siam han detenido aquí cinco galeotas tres años,
sin darles licencia hasta este para vender ni se volver.
Y con todo eso, hay fija aquí una con un capitán
mayor y tantos portugueses, sin militar otra razón
alguna que reputarlos portugueses: y aunque alegaron
de su parte que, aunque era todo una corona, pero
que militaban muy diferentes razones entre castellanos
y portugueses, y aunque se allanaban a pagar dos
veces el junco, no se ha dado por satisfecho el em­
perador».
«Pues si esto no satisface quien no pecó, ¿con qué
satisfará quien hizo el pecado, y con qué intención se
puede presumir Ies convidan al comercio y a que
vengan acá españoles? No les crean, no les crean:
créanme a mí que, aunque no há ocho anos enteros
que resido con ellos, les he calado su pecho; y en
materia de que han perdido el membocu, id eslt su
honra y fama, aunque sea un calé (1) lo han de
(I) Moneda de muy poco valor.
— 405 —

cobrar, hasta cortarse las barrigas. Y si no, miren: con


engaños fueron a la isla Hermosa (Formosa), de donde
trajeron un capitán holandés y veinte y tantos hombres,
a quienes tienen hoy presos en cárcel rigurosa aquí
en Omura: y en Arima están sufriendo presos ciento
y tantos, y tres navios varados; con que pagarán su
pecado los cuitados con cárcel perpetua: y esto porque
les achacaron quz tomaron un navio de japoneses.
Y no obstante que lo pagaron, padecen y padecerán
por el crimen lesae Maiesíafis y desacato que hicieron
al emperador en tomarle, con pena de cárcel perpetua,
a bien negociar».

«Otros ejemplos de su pecho doblado pudiera traer:


pero baste lo dicho para ser creído, y ellos tenidos
por quienes son».

«Y si digo, Padre, que no vengan aquí españoles,


con más veras digo que en semejantes navios no trate
ni por pensamiento de enviar religiosos; que por dis­
frazados que vengan, no ha de ser en provecho más
que para, en llegando, ocupar la cárcel. Y si Vuestra
reverencia, con celo de caridad por socorrer a esta
afligida Iglesia, quiere enviar algunos Religiosos, el
mejor medio que yo hallo es, aunándose dos o tres
Religiones, v. g., la franciscana y dominica, hacer un
navio propio al talle y vela del Japón, y marineros
japoneses (aunque encomiendo la paciencia a los que
en ellos se embarcaren); y no dar fondo hasta Osaka;
donde sin ser conocidos ni registrados podrán tomar
— 406 -

puerto; que con el orden que diré en las paradas, no


hallo dificultad».
«No se ofrece ofra cosa, sólo que V. R. nos man­
de encomendar a nuestro Señor que tenga por bien
darnos el fin deseado o aquello que sea más para su
santo servicio, en cuya voluntad y querer estamos muy
resignados. Y con tanto, nuestro Señor guarde a V.
R. para bien y aumento de nuestra sagrada religión
en esa Provincia, y a todos mis Padres, a cuyas ora­
ciones nos encomendamos.»
«De esta cárcel de Omura, noviembre 23 de mil y
seiscientos y treinta. —Inútil siervo de V. R — Fr. Fran­
cisco de Jesús.»
Ante estas manifestaciones, en que el espíritu de
los dos héroes vibra ágil y gozoso, nadie podría sos­
pechar que sus cuerpos, sometidos al yugo del más
penoso cautiverio, estuviesen ruinosos y extenuados.
Pero la divina providencia, que nunca desampara a los
suyos, no cesaba de aliviar sus trabajos en momento
oportuno.
A últimos de enero de 1651 se supo en Nagasaki
la cariñosa acogida que el gobernador general de F i­
lipinas había hecho al navio y tripulación que allí envió
el de Nagasaki y a la embajada del Tono de Arima,
que habían fondeado sin novedad en Manila el día 7 del
mismo mes: y aquellos rumbosos agasajos tributados por
los españoles a los japoneses, lograron aplacar, al menos,
por algún tiempo, la furia persecutoria de los tiranos
nipones.
— 407 -

Por lo pronto cesaron la búsqueda y las detencio­


nes de los cristianos; y a los misioneros detenidos en
Omura los pasaron a la jaula grande, que desalojaron
los mártires. En ella vivían su vida alegres e impá­
vidos entre cánticos, oraciones y penitencias; y desde
ella sigue informando el P. Francisco a su Provincial
de Filipinas de los principales acontecimientos del año
1631, en carta de 18 de octubre del mismo año, que
dice así:
«Laus sanctissimo Sacramento.—Padre nuestro: la
gracia del muy Alto sea en nuestras almas; y permita
el cielo halle esta a V. R. y a todos mis Padres y
hermanos con tanta salud in utroque (1) cuanta les
desea este su mínimo hijo y siervo.»
«Fuenos su muy regalada carta de mucho consuelo,
y en particular a mí, por saber el aumento y buen
nombre y crédito de esa Provincia. Mil gracias sean
a nuestro Señor, que oyó las oraciones de muchos
seculares piadosos que, viendo tanta caída, hacían por
nosotros particular oración. No menos doy a Dios
nuestro Señor y a V. R. mil gracias por el denuedo
con que procuran fomentar y socorrer a esta afligida
Iglesia, procurando enviar a ella obreros que la culti­
ven; que aunque por sus divinos juicios no han tenido
fruto sus ansiosos afectos, pues ambas veces (como
V. R. nos escribe), se deshizo el viaje con pérdida de
tanta plata, nuestro Señor (que sabe mejor lo que con­
viene), pagará con mucho aumen'o tan santo celo.
( I) Quiere decir: aolud corporal y espiritual.
— 408 —

«Y ya lo vemos: pues si VV. RR. enviaban seis


obreros, por ellos nos dió su divina Majestad seis
santos mártires hermanos profesos, y veinte y seis
Terceros, y Corrigeatos otros muchos más: que de
estos hallo por mi cuenta que, después que llegamos
los dos a estos Reinos hasta hoy, pasan de trescien­
tos; fuera de otros muchos que los Padres Observan­
tes tendrán.»
«Volviendo al gran champán (barco), que V. R. dice
se hizo de nuevo, en que venían de las tres Religiones
24 sacerdotes, digo que, siendo el champán de fuerza,
habían de ser los marineros Sangleyes (chinos), y ve­
nir a surgir al puerto de Nagasaki; donde por fato
(bando, orden), del emperador está determinado vengan
los extranjeros, y no a otro; (salvo los holandeses,
que van a Pirando), donde había de ser visitado ri
gurosamente. Por lo cual permitió nuestro Señor no
tuviese efecto ni uno ni otro viaje por muchas razones. >
«Diré las que yo hallo con mi corto talento y si­
niestro juicio; que sin duda sería mejor el de V. R.
con acuerdo de tan prudentes y doctos religiosos; pues
todos convinieron en que se hiciese: pero no me po­
drá negar V. R. que sólo en esto podrá ser mi razón
oída; pues no tenían experiencia de lo que pasaba, ni
cómo estaba esta tierra para saltar en ella con segu­
ridad; siendo así que el año de 629 y 650 estuvo esta
tierra más perseguida del tirano que jamás lo ha es­
tado; siendo muchos los Judas que estaban soborna­
dos con mucha plata para entregarnos en manos del
— 409 -

tirano: tanto que, con ser bien pocos los que estába­
mos en estos reinos comarcanos a Nagasaki, no ha­
llábamos seguridad en los montes más umbrosos ni en
cavernas de la tierra; por lo cual caimos los cinco que
hoy estamos presos; y algunos otros a uña de caballo se
escaparon con buena diligencia. Pues enviarlos al mata­
dero sin fruto de lo que se pretende, ni lo tengo por
acertado, ni esta cristiandad lo había de pasar bien .»
«El tirano se irrita más, lloviendo más ira en los
pobres cristianos, que mil veces les obligará a renegar:
y como el hito del tirano es agotar los manantiales
de esta fuente, que son los sacerdotes, no se contenta
con hacer renegar a los cristianos que nos dan aco­
gida en su casa o nos ocultan en los montes o nos
transponen con funeas o algo que huela a cosa seme­
jante, sino que con exquisitos tormentos les obligan a re­
negar, y luego con el alma les mata el cuerpo; y
luego por sus casas, familias, hijos y parientes (hace)
una destrucción que causa mil lástimas.»
«Por lo cual ha entrado tanto temor en estos afli­
gidos hermanos que, aun cuando llegaran a salvamento
libres los que de ahí venían, no hallarían donde tomar
tierra, ni menos quién una noche los albergara, no
digo a todos, ni a tres solos. Cuanto más que venir
con sangleyes lo tengo por inconveniente no menor;
porque ellos son como mujeres o niños, que por cosas
muy mínimas se encuentran y se acusan unos a otros,
y aun se podía temer que en el mar habían de echar
a pique a los religiosos of en llegando, denunciarlos
— 410 -

ante el tirano, con epiqueya de que fueron forzados o


engañados, por librarse del fuego del tirano. Así que
Dios nuestro Señor sabe lo mejor: y vemos probable­
mente que no quiere su divina Majestad al presente
acabar esto con nuestras fuerzas: pues de nuestra parte
acá también hemos hecho nuestras diligencias, y no
tuvieron efecto.»

«No es mi intención con este punto que digo arriba


macular el santo martirio de los que tenemos por már­
tires en Japón y de nuestros santos compañeros que
el año pasado padecieron: pues aunque es verdad que
algunos de ellos cayeron con exquisitos tormentos, que
les dieron cuando los prendieron, luego que entraron
aquí, se levantaron y confesaron e hicieron gran repa­
ración con ayunos extraordinarios y crueles disciplinas;
hasta que así padecieron valerosamente, así los dego­
llados como los quemados. Y es cierto que nos afirman
los guardas que nos hacen vigía que, amarrados de
dos en dos a las columnas, estuvieron con las manos
y rostros levantados al cielo, sin hacer movimiento ni
sentimiento al fuego más que si fueran piedras, hasta
que dieron sus dichosas almas a su Criador.»

«Ni tampoco pretendo con eslo aguar a VV. RR.


los pensamientos ni disuadirles de que envíen y hagan
diligencias para enviar, a su tiempo y sazón, algunos
obreros a esta heredad del Señor: antes digo lo con­
trario; aunque no soy de parecer que vengan de un
golpe muchos; como las dos veces pasadas intentaron:
— 411 —

basta de cada Religión dos o tres, y no más: con


que se excusan muchos inconvenientes.»
*y para acertarlo, a mi mal juicio* han de hacer
en las partes más remotas de esa ciudad una embar­
cación al talle del Japón y no muy grande; basta de
diez a once paños; y los marineros sean japoneses;
con su cubierta postiza, la cual, llegando a esta tierra,
han de echar a pique; e irán a desembarcar a Vosaca
(Osaka), donde entre infinitas funeas que allí hay, po­
drán estar un mes o cuanto fuere menester, hasta
desembarcarse seguramente. Y para rastrear algún co­
ronado (sacerdote), el mejor medio es por el de los
pobres lázaros (leprosos); que bien saben de los la­
drones espirituales: aunque para esto sería menester
un japonés de gran talento, y con buen modo darles
a entender la verdad: porque los pobres, por la expe­
riencia que tienen, piensan que algún bellaco les va
a engañar, para entregar al Padre al tirano; y así no
dan crédito así como quiera.»
«Holgárame en saber quiénes eran los seis que
venían (1) y luego los tres, que tan poca suerte tuvie­
ron todos.»
Recuerda a continuación a los seis mártires Dona­
dos, y fija la edad de cada uno, por si quisieran
pintar cuadros de ellos, y exclama:
«iAy, mis tantos hermanos! jCómo os tengo mil
envidias! ¡Ah, cuán bien os saben hoy los trabajos y

(L' Va hicimos constar sus nombres en su prcplo lugar.


— 412 —

muerte padecidos por un tan buen Dios y Señor, que


tan colmadamente os ha pagado con el céntuplo el
denario que nec oculus vidit, nec inteUectus perspexit!
\Y ay de mí, que fui ministro de que gozaseis de más
gloria, por el santo hábito y profesión que os di, si
yo no os imito en la muerte y fruto de ella, por un
nescio vos que justísimamente merezco con las vírgenes
locas!.. . Decía San Pablo: F ilii meft gaudium meum,
et cotona mea, quos genui in vinculis mets: tal digo
yo, aunque con diferente espíritu. Hijos míos y santos
hermanos y Padres míos: confieso que, cuando me
miro al espejo de quién fui y he sido, tengo gran
materia de temer perder lo que tanto deseo; aunque
confío mucho mediante la misericordia y bondad de
nueslro buen Dios y Señor, por vuestros ruegos e in­
tercesión, que, como nos gozamos juntos en la con­
versación y prisión, os he de imitar en la muerte y
fruto de ella. Desidería dilatata crescuni: y más los
míos, por vez indeciso el término de nuestra prisión:
y más si es verdad lo que se dice; que, en retorno
del gran agasajo que ahí hicieron a los criados del
gobernador de Nagasaki, nos enviarán desterrados. En ­
tonces será el sentimiento de veras.»
♦Mas considerando que nuestro Señor sabe lo mejor
y que, como piadoso padre, nos dará lo que más nos
convenga, mediarnos hemos con su divina voluntad.
Y aunque es verdad que por mis grandes e inumera-
bles pecados permitirá su divina Majestad perdamos de
entre las manos esta ocasión, no me puedo persuadir
— 415 -

de que el lirano ha de dejar de pasarnos por el ra­


sero de nuestros antepasados, que de este santo lugar
salieron para el fuego. Finalmente el tiempo dirá lo
que ha de ser: y si es que escapamos con vida este
año, y es verdad lo que se dice, será posible salir
libres.»
«Dicen, pues, que se han visto muchas señales de
guerra en esta tierra con portentos y señales del cielo:
diré algunos:»
«En Yedo (Tokio), corte del emperador, haciendo
centinela tres hombres, como es costumbre, sobre la
torre de cierta tierra no se sabe qué vieron, que los
dos bajaron atónitos y espantados y como mudos; no
les pueden sacar respuesta de lo que vieron; y el ter­
cero no pareció más.»
«Viéronse en un campo pelear en el aire como
doscientos mil cuervos en dos escuadrones, quedando
uno vencido y todos los cuervos de él, muertos. Este
es grande agüero de guerra para los japoneses.»
«Hanse visto algunas veces el sol y la luna san­
grientos. Una noche, a siete de luna, duró la luna
toda la noche; y al día siguiente salió a media noche.»
«Por el mes de Junio, donde son grandes los ca­
lores en esta tierra, un monte, que es donde está en­
terrado el cuerpo del emperador, padre de este, ama­
neció cubierto de mucha nieve.»
«Apedreó el cielo una vez muy gruesas piedras,
que mataron muchos animales silvestres (hallaron una
— 414 —

piedra que pesó sesenta cruzados) y otras, a algunos


hombres y animales domésticos».
«El tono de Conga, que es el más poderoso del
Japón, tenía una muy hermosa huerta con muchos ár­
boles y bien cercada; y amaneció un día sin árbol
alguno, sin poder entrar en ella hombre alguno, ni
hallarse rastro de este. De lo cual y de las demás
señales este tono y otros principales de estos reinos
están locos».
«Estas y otras señales de guerra se han visto: de
que, si se siguen guerras, siendo costumbre en Japón
dar libertad a los presos en el principio de ellas, sal­
dremos libres. Pero Dios sobre todo, que permita que
antes de eso sea nuestra fiesta, si nos conviene».
«A los últimos de enero de este año nos pasaron
a los dos rejados que ocuparon el año pasado los santos
mártires, nuestros compañeros; donde estamos de dos
en dos más desahogados, por ser mayores que los que de­
jamos: aunque como son jaulas de gruesos palos abiertas
por todos partes, así el calor en verano como el frío
en invierno se sienten mucho: pero todo es nada res­
pecto de lo mucho que padecieron los santos mártires
nuestros predecesores».
«Estamos todos tan contentos, y lo pasamos con
tanto gusto, que a buen seguro ni por las mejores
mitras del mundo ni aun por la tiara del Papa lo tro­
cáramos. E s Dios nuestro Señor piadoso padre, que
acude a las mayores necesidades con mil consuelos
espirituales y regalos para el alma; y no se olvida de
— 415 —

los del cuerpo, moviendo los corazones a personas


piadosas para que nos envíen algunos regalos».
«Lo que fué el año pasado, que enviamos por la
vía de Macao, no fué recado entero: sólo fué cáliz y
patena de plata, esta dorada y la copa del cáliz, vina-
jeruelas y platillo de lo mismo, y unas crismeras y
atril de plata, estas dos piezas muy curiosas, hostiario
y despabiladeras también de plata. Todo lo habíamos
echado fuera de la cárcel, entendiendo* como se decía,
que nos habían de matar luego: pero nuestra muerte
se dilató por la vuelta a la Corte del gobernador de
Nagasaki Uneme-dono. Tornamos a pedir parte de ello,
diciendo que sólo fuesen a Macao las piezas que he
dicho».
«Juntamente con ellas iba un breviario pequeño,
dedicado a nuestro protector, por haber sido de los
santos mártires y de otro in via; unas disciplinas de
33 ramales, que en este lugar hizo el P. Fr. Vicente
a nuestro P. Vicario General; yo enviaba otras a nues­
tro P. Fr. Andrés del Espíritu Santo; un rosario
pequeño al P. Fr. Nicolás de Tolentino; y a Fr. Mi­
guel de Santa María una cuenta de Santa Juana, en
señal del amor filial que a los Padres contenidos
tengo. Quiera nuestro Señor llegue todo con las cartas
a manos de VV. RR., a quienes pague nuestro Señor
el cuidado que tienen de enviarnos lo necesario a este
5anto lugar».
«La arroba o tibor de vino y cera, que V. R. dice
- 4' 6 —

en la suya nos envía, está en poder del que la trajo,


de quien con facilidad se cobrará; que por ser su
merced tan corlo, no írajo más: que aunque trajera
sayal, no digo para los dos sino para doscientos y
un escritorio de cartas con otras mil cosas, no corriera
peligro ninguno, ni menos, daño; porque el navio no
fué visitado; y la amistad que trata el hidalgo su dueño
con el gobernador de Nagasaki no es cualquiera: así
fuera de arte, que trajera cuanto le dieron».
«Los gentiles y renegados que en esos dos navios
fueron el año pasado, no sé qué vieron u oyeron que
por acá viríbus et posse procuran desapoyar las cosas
de nuestra santa fe católica: dicen cosas mal sonantes,
con que pretenden dar a entender que cuanto les pre­
dicamos es engaño, y con capa de ministros de sal­
vación venimos a quitarles sus reinos. Y no es mucho
que digan esto; porque como instrumentos y ministros
de satanás vuelven la ponzoña de sus rabiosas bocas
a sus criados y sus miembros, y como escorpiones
ponzoñosos pretenden dar letargo mortal a quien a
ellos se junta. Coeci sun/t eí duces coecorum. Todo
es falso, todo es mentira y engaño. Finalmente los
toma el demonio por instrumentos para hacernos cruel
guerra. Dios nuestro Señor se compadezca de nosotros,
y nos saque en paz de esta confusa Egipto, y a ellos
Ies dé a entender la verdad. A V. R. suplico por las
entrañas de nuestro Señor intime grandemente a nues­
tros religiosos den a todos buen ejemplo in Christo;
no tomen estos miserables ocasión en nosotros de las
— 417 -

blasfemias de Dios y su sanio evangelio ¡Vae munao


a sean da lis, et vae il/i per quem scandaium venitt
¡Y ay de mí, que esto escribo; cuánto mejor me fuera
callar, pues tengo bien por qué!»
«La cera y el vino que nos vino, si este año es
nuestra fiesta (que utinam faventibus superis nobis
eveniai), intacto lo dejaremos al P. Vicario Provincial
de Santo Domingo de esta tierra; conque, si gustare
su Religión lo vuelva a V. R.; o si quisiere se guarde
aquí, por si vinieren algunos de nuestros hermanos a
la vuelta de esos navios, V. R. se servirá escribirlo
al otro Padre».
«Hemos sido los más desgraciados los dos, después
que llegamos a esta tierra, en materia de los socorros
que desde ahí se nos han enviado: que si no es dos
tibores de vino, que nos trajo el capitán Alonso de la
Vega, y un cajoncillo de candelas, no hemos recibido
otra cosa alguna. Un tal Delgado, de buena memoria
(que hasta hoy ha estado preso en esta tierra), nos
traía 50 pesos y un tibor de vino: este dijo que en el
mar lo había bebido; y que la plata no la podía dar
por su prisión; y con esto se descargó Ahora cuatro
años nos venían en una galeota un tibor de vino y
cinco cartas y no sé qué más. Perdióse esta galeota
en los Lequios (islas de Riu-Kiu), y así no pareció
nada. E l año de 28 nos venían cien cates de cera
labrada, dos tibores de vino y doscientos pesos: la cera no
parece; los dos tibores vinieron este año; la plata aún
está por cobrar aunque vino ese año. Hemos dado
- 418 —

poder al P. Vicario Provincial de Santo Domingo para


que los cobre, y con ellos libertar a algunas personas
que por nuestra causa y prisión hicieron el año pasa­
do esclavas. V. R. lo tenga por bien.»
«Una hermana de ese japonés que digo va con los
cuerpos (de los mártires), que es nuestra Bicuni, i. e.,
Tercera profesa (Catalina), que ha sido nuestros pies
y nuestras manos en esta tierra, quedó con algunas
alhajas de recados nuestros. S i acaso en adelante vi­
niese alguno, ella dará noticia de ello.»
«Digo, Padre nuestro, que importa muchísimo que
no se quede esto sin algún religioso nuestro: y así,
cuando por otra vía no tenga remedio, soy de parecer
que por la vía de Cambodje (y no de Siam, porque
están en guerra), venga uno siquiera, no dando a en­
tender ni por pensamiento quién es. Y el que es más
a propósito es el P. Fr. Justo de San Nicolás, por­
tugués y piloto, que con achaque de su oficio, fingiendo
que ahí tuvo una pendencia y que le andaban para
matar, por huir de este golpe, se embarcó en la pri­
mera ocasión que halló; y que quiere irse con los
suyos por la vía del Japón, trayendo consigo algunos
instrumentos de piloto y hombre de mar, y de reli­
gioso ni cosa que huela a ello; que acá hallará todo
lo necesario, salvo plata, con que allí podrá emplear
en cueros o chancaca. (1). Traiga la patente bien es­
condida en el forro del vestido: y acá cuando más le

(1). Pan hecho c o i las 2 urrapas del azúcar.


— 419 —

•aprieten, iodo será padecer dos o tres meses trabajos,


hasta que salgan las galeotas para Macao; y entonces
fingiendo que se vuelve en ellos, se embarcará; y a
dos o tres leguas en la mar, cogiéndole en otra em­
barcación, se podrá librar; teniendo para eso hecho
concierto con el dominico, que por nosotros hará lo
que por un hermano suyo. Esto digo porque importa
no dejar desamparado esto de nuestra parte.»
«Hemos puesto a esta Provincia, incoepta, de i a
Santísima Trinidad. Esta salió por suertes entre las
que echamos en este lugar. Lo mismo que nosotros
tienen nuestros Observantes, y llaman a esta su Pro-
vincia del Espíritu Santo. Y así sólo resta que vuestra
reverencia la confirme.»
«Dado caso que nuestra prisión sea larga por dos
o más años, no tenemos necesidad de cera ni vino
de Castilla. »
«Dicen que los holandeses negocian bien y que
corren con Japón como antes; no por el amor que les
tienen, pues saben son ladrones y han hecho buenos
tiros a los japoneses en alta mar; sino porque les
temen en adelante, les dan libertad con seguridad.»
«La persecución está en su punto, haciendo gran­
dísima diligencia por coger los pocos religiosos que
han quedado; teniendo para ello, según dicen, más de
ciento y cincuenta Judas sobornados con mucha plata,
y más en compromiso a quien entregare a algún P a ­
dre. Dios nuestro Señor mire por los pocos que han
quedado; que yo los veo expuestos a gran peligro.»
- 420 —

«De las cosas que yo he renido noticia escribo a


V. R.: otras algunas habrá que por otra vía se tendrá
noticia de ellas. Sólo al presente pido a V. R. con
la humildad posible nos mande encomendar a nuestro
Sefior, para que por sus santas oraciones y sacrificios
tenga por bien nuestro buen Dios y Señor darnos el
fin deseado o aquel que sea más para su santo ser­
vicio.»
«Y con tanto, adiós, adiós, Padre nuestro, a quien
nuestro Señor conceda mil años de vida para bien*
aumento y santidad de toda esa Provincia y consue­
lo de sus religiosos, y permita su divina Majestad
nos veamos y gocemos todos juntos en su ciudad de
gloria. Amén.— De esta cárcel de Vomura (Omura),
octubre 18 de 1631 años,— Mínimo hijo y siervo de
V. R.— Fr. Francisco de Jesús.»
«Si a la vuelta de esos navios aún no hubiéramos
salido de este lugar, se servirá V. R. mandarnos es­
cribir largo de las cosas de esa Provincia y de las
de España para nuestro consuelo.»
«Hemos sabido que a un religioso nuestro hicieron
obispo de Camarines y vino hasta Méjico, donde re­
nunció el obispado. Holgara saber quién era.» (1)
Hasta aquí la carta; que como cántico ameno y
variado de ruiseñor cautivo, semeja unas veces clarín

(1! Se refiere, aln duda,, al P. Gregorio Alarcón de Sania Catalina, que el


arto 1624 fué presentado por el rey Felipe IV pora Obispo de Nuevo Cáceres,
en Filipinos,* y arles de sacar las bulas para este, lo presentó para el obispado
de Santiago de Cuba. Se consagró en Madrid; se embarcó para su diócesis;
pero al llegar a tas costas de Cuba, murió a bardo, sin poder desembarcar.
— 421 —

de guerra contra los enemigos de Dios y su santa


religión; otras, melodías celestiales que saturan de paz
y fortaleza los espíritus más pusilánimes y torturados;
y siempre expresión armoniosa de anhelos divinos
del triunfo de la verdad y del bien sobre el error y
la inmoralidad. Y después de estampar gallardamente
estos conceptos, añade una postdata, en la que en
breves palabras vuelca todas las aspiraciones de su
alma. Los momentos que le queden de vida, que ya
no puede emplear en favor de sus prójimos, porque
está cautivo y sabe que pronto va a morir, quiere ocu­
parlos en conocer la vida de su Provincia de Agustinos
Recoletos y la de su querida patria España. iSiempre
los misioneros españoles heraldos de la religión y de
la patria! iSiempre llevando a los últimos confines del
mundo y realizando a costa de infinitas penalidades
el lema: Por Dios y por la P a íria l
Hacía dos años que los dos benditos Padres esta­
ban en la cárcel; esperaban de un momento a otro
la sentencia de muerte, que había de superar en cruel­
dad a la sufrida por sus compañeros mártires; y sin
embargo, el P. Francisco, sin importarle nada la pró­
xima pérdida de su vida, se acuerda de la vida de su
Provincia religiosa; y, como Superior, propone a su
único súbdito, el P. Vicente, la fundación de una nue­
va Provincia o Vicaría Provincial en el Japón; que, si
ellos mueren, para eso ha pedido más religiosos a
Manila; y escribe en papeletas algunos títulos que po­
dían aplicarse a la nueva Provincia; y después de mez-
— 422 —

ciar y agitar aquellas, extrae una que dice: Provincia


de ia Santísima Trinidad, del Japón. Ya está satisfe­
cho: no tiene facultades para erigirla; pero escribe a
su P. Provincial y le suplica que la erija y la confirme.
No temple de acero, temple de héroes es lo que
tenían los dos Padres para preocuparse en tan críti­
cos momentos, no de sí mismos, sino del porvenir y
del progreso de la gloriosa Orden a que pertenecían.
Por inescrutables juicios de Dios, los deseos de los
dos héroes quedaron frustrados, a pesar de los gran­
des esfuerzos que hizo la provincia de Filipinas para
que fuesen realizados; pero es indudable que ellos
desde el cielo, ahora que las circunstancias son favo­
rables, han de interceder eficazmente para que la glo­
riosa Provincia de San Nicolás de Tolentino vuelva a
establecer sus misiones en el Japón, ya que las tiene
establecidas y florecientes en China.
CAPITULO XXV

Sum arlo: Los PP. Francisco y Vicente pasan a la cárcel


de Nagasaki.—El infierno de Arima.—Horroroso torm ento.— Se
repite varias veces.—Heroísmo y triunfo.— E l tormento de la
tentación.

D o s años llevaba el soberbio y poderoso Uneme-


dono, reyezuelo de Nagasaki y favorito del emperador
del Japón, luchando con dos inermes soldados de Cris­
to y no había podido derrotarlos.
La lucha era muy desigual: para él eran todas las ven­
tajas; para éstos todos los inconvenientes y obstácu­
los. El tenía a su disposición un ejército de esbirros,
a los cuales había dado omnímodas facultades para
atormentar los cuerpos de los dos invictos soldados,
hasta lograr su rendición: éstos yacían aherrojados,
indefensos, extenuados, pero animados de un espíritu
a prueba de las más bárbaras coacciones, que se ma­
nifestaba invencible en la cárcel y que salía, libre como
el viento, por las rendijas de la jaula, a armar con
las verdades cristianas a otros débiles soldados per­
seguidos y dispersos.
— 425 —

Era demasiada humillación para un tirano tan pro­


longada derrota: y como este quería en su odio sa­
tánico a la religión santa del Crucificado, no precisa­
mente la muerte de sus dos cautivos, porque esto lo
podía hacer en todo momento, sino su apostasía y re­
tractación de cuanto habían hecho y predicado, a fin
de que con su excepcional ejemplo renegasen de la fe
cristiana todos los católicos, se resolvió a hacer el
último esfuerzo, y los condenó al horrible tormento
de las aguas del infierno de Arim a, que nunca se
había aplicado a religioso alguno, y cuyo sólo nom­
bre había hecho flaquear en la fe y caer en la apos-
lasía a muchos cristianos.
El día 25 de noviembre de 1631 se presentó en la
cárcel de Omura un agente del tirano, y les intimó la
orden de salir para Nagasaki, de donde serían lleva­
dos a sufrir el tormento de Arima.
La sentencia fué escuchada con profundo silencio;
p 2ro el final fué acogido con un sonoro cántico de acción
de gracias a Dios, que terminó con estas palabras del
P. Francisco:— «Dad las gracias de nuestra parte a
Unemedono: porque ha ya dos años que estamos aquí,
y nuestros ojos se cansaban de ver lo mismo y nues­
tro cuerpo de la misma postura.»
El día siguiente, 26, fueron trasladados al tronco
o cárcel de Nagasaki, llamada Cruzmachi, donde en­
traron tranquilos y serenos.
En ella encontraron a dos mujeres portuguesas,
fervorosas cristianas, llamadas Beatriz de Acosta y
- 426 —

María de Silva, ésta de edad de diez y ocho años,


que eran esposa e hija respectivamente de un hidalgo
portugués, llamado Antonio de Silva, a quien el tira­
no odiaba y perseguía; y, no pudiendo prenderle, des­
cargó su venganza castigando a su mujer e hija.
Ocho días estuvieron en esta cárcel; sin duda, para
que la consideración del horrible tormento afligiese
más su espíritu, y el temor lograse rendir su cons-
íancia. Pero fué ilusión vana: los carceleros no deja­
ron de observar un momento la alegría de sus rostros
y la inquebrantable fortaleza de su espíritu. En vista
de lo cual, como dice el P. Vicente de San Antonio
en carta de 22 de Julio de 1632, «nos volvieron a
sacar a cinco de diciembre, llevándonos a los cinco
religiosos con dos mujeres, rnadre e hija, al tormento
del infierno de Arima: que esto es lo que pretendía
el tirano, y por eso nos dilató la vida: siendo cosa
tan extraordinaria, pues hasta ahora no se usó con
religioso ninguno en Japón.»
Salieron, pues, de Cruzmachi, el día cinco de di­
ciembre de 1631, los PP. Francisco de Jesús., Vicente
de San Antonio, Bartolomé Gutiérrez, agustino calzado,
Antonio Pinto, japonés, jesuíta, Hermano Gabriel de
la Magdalena, lego franciscano y Beatriz de Acosta y
su hija María.
A las puertas de la cárcel y por las calles del
tránsito se había reunido una gran multitud, compuesta
de varios millares de japoneses y portugueses, que
querían acompañar hasta el lugar del iormenio, para
— 427 —

presenciarlo, a los invictos soldados de Cristo, y que,


a su paso, los saludaban con frases de ternura y
compasión.
En este momento llegó un recado del gobernador
para los condenados, en el cual les decía que todavía
estaban a tiempo para renegar de su religión, y que,
si lo hacían, serían admitidos entre los principales
bonzos, y muy honrados y enriquecidos por el mismo
emperador: o, de lo contrario, sufrirían los horribles
tormentos de Arima, que nadie había podido resistir.
— ¡Vengan todos los tormentos del mundo,—gritaron
los siete a la vez—antes que renegar de Cristo!
La multitud quedó asombrada y fortalecida; y el
tirano, nuevamente derrotado.
Partieron, por fin, el día cinco por la mañana; y,
seguidos de muchos amigos y curiosos, llegaron al
puerto de Fogi, donde los embarcaron en una funea
cada uno, para que estuviesen separados, y los sa­
caron fuera del puerto. Entre tanto prepararon una
embarcación mayor, capaz para llevar juntos a con­
denados y verdugos; y cuando estuvo dispuesta, los
trajeron al puerto, los embarcaron en ella, y zarparon
todos con rumbo al puerto de Vokama, que está al
pie del infierno de Arima, a tres leguas de él y a
diez del puerto de Fogi.
No se olvidaron los verdugos de sujetar con gri­
llos a los presos durante las diez horas de travesía
marítima: pero tampoco cesaron estos de cantar himnos
de alabanza y gratitud al Señor.
- 428 —

Mientras eran conducidos al suplicio, el gobernador


y sus principales agentes y amigos estaban tan se­
guros de que los misioneros habían de apostatar, al
ver el lago infernal, que hicieron serias apuestas; una
fué esta.—Estaba el embajador portugués Simón Baz
de Payva viendo pasar a los Padres con dirección al
tormento de Arima, acompañado de un oficial del go­
bernador, cuando este le dijo: Embajador: esta vez
estos Padres tornarán atrás y negarán ta fe de Cristo;
porque los martirios que Íes van a dar son tos ma­
yores que basta ahora se han visto. A lo cual el
embajador, que conocía el temple heroico de los reli­
giosos, contestó: Cuando ios Padres retrocedan, es
que ha faltado ta fe de Cristo: pero que me corten
¡a cabeza, si reniegan. Aceptó el tiranuelo la apuesta;
y prometió cortarle la cabeza, si renegaban: y añadió:
Aguarda, que aiiá voy: y se fué con los presos pa­
ra llevar el tormento hasta el último extremo.
El mismo Unemedono mandó llamar a un sacerdote
japonés apóstata, y en presencia de algunos otros re­
negados que con él estaban, preguntó: ¿Qué os parece?
¿renegarán estos Padres? Y todos unánimes respon­
dieron: No se canse V. S q u e no han de renegar.
—¿Cómo no?— replicó el tirano:— Vereis cómo los hago
renegar en estos tormentos de estas aguas. Y si ai
Dios que adoran lo tuviera aqut\ le obliga ría a re­
negar de sí mismo ¡Oh blasfemia desconocida hasta
en el infierno! Tanta rabia le había producido a aquel
corpóreo satanás la contestación de todos los rene­
— 429 —

gados, que los arrojó de su casa entre imprecaciones


e insultos.
La embarcación llegó al puerto de Vokama al
atardecer del mismo día cinco; y los representantes
del gobernador resolvieron hacer noche y descansar,
antes de subir al lago: y al mismo tiempo mandaron
atar a los presos, brazos atrás, con nuevos cordeles
y apretarlos con tanta fuerza, que en toda la noche
no pudieron hallar un momento de reposo por la In­
comodidad de la postura y la vehemencia del dolor.
A la mañana siguiente, verdugos y víctimas, pro­
vistos de caballos, empredieron la subida hacia el
lago; pero el terreno era tan abrupto y escarpado
que tuvieron que desmontarse de las caballerías y
subir más bien trepando que andando.
A cierta distancia Ies seguían muchos portugueses
y no pocos indígenas, que deseaban ver el tormento
y fortalecerse con el ejemplo de los mártires; y al divi­
sarlos el P. Vicente en el paso de una quebrada, sacó
del pecho un crucifijo y, elevándolo cuanto podía,
exclamó a grandes voces, dirigiéndose a aquellos:
Esta es la bandera verdadera de Cris/o: seguidla
todos. Esto fué motivo suficiente para que los bugyos,
que dirigían la expedición, diesen orden terminante de
que todos los curiosos bajasen al puerto; temiendo
acaso, y no sin fundamento, que el espectáculo del
martirio trajese para ellos fatales consecuencias.
Cuando llegaron a la cumbre del cerro, apareció a
la vista de todos una gran explanada, de la cuaL
— 450 —

surgían multitud de columnas de vapor muy denso,


que semejaban otras tantas chimeneas que arrojaban
por sus bocas la lava ardiente del fuego del infierno.
Su sólo aspecto infundía terror a los ánimos más
viriles y esforzados: pero en nada turbó la paz de los
que iban a experimentar sus rigores.
Al rededor de este valle o explanada brotan muchos
manantiales, unos de agua templada; otros, de agua
fría; y otros la arrojan tan fría que, si alguno metiese
en ella la mano por espacio de un segundo, quedaría
de ella tullido, por la acción congeladora. Hay también
muchas fuentes de agua caliente, que en unas es dulce
y en otras salobre. Se ven igualmente algunos pozos,
a manera de surtidores, que arrojan lava incandescente,
lodo y azufre. Los picos que, a manera de centinelas
o vigías, rodean y guarnecen este cerro, que es uno
de los más altos del Japón, están siempre cubiertos
de nieve: y por esa circunstancia y por ser entonces
el mes de diciembre el frío era intensísimo en aquellas
alturas.
En el centro de esos picos, manantiales, fuentes
y pozos, que parecen eructos del infierno, está situado
el lago o estanque, conocido en todo el Japón y fuera
de él con el nombre de E i infierno de Arima. Tiene
unos cuarenta metros de diámetro, adopta la forma de
un círculo, y en él hierve el agua saturada de azufre
y otras sustancias con tal ímpetu que se eleva a más
de una vara de altura; y el estruendo que produce es
tan imponente que semeja el de una catarata que se
- 451 -

precipita de gran altura, al chocar con el fondo rocoso


del abismo. La acción destructora del agua de este
estanque es tan rápida e intensa que, si se íirroja en
él un cuerpo humano (como lo habían comprobado
con algunos criminales japoneses), en pocos momentos
aparecen los huesos limpios y descarnados; y cuando
la fuerza de la ebullición los torna a agitar y revol­
ver, quedan totalmente consumidos y desaparecen por
completo en muy corto espacio de tiempo. En los
sondeos que han practicado, el escandallo no ha acu­
sado nunca fondo. Y por mucho que hierve y arroja,
como el mar, sus olas a la orilla, nunca aumenta su
caudal; antes al contrario, en la época de invierno»
en que el frío aumenta con las nieves y las lluvias,
hierve con más intensidad y entonces mengua en
gran parte.
El día 6 de diciembre, que fué viernes, a las tres
de la tarde, se reunieron, a distancia de tres tiros
de arcabuz hacia el estanque, los cinco bugyos, en­
cargados de ejecutar la sentencia, y todos los demás
esbirros y gente armada, más dos médicos que habían
sido llevados para impedir que las víctimas muriesen
en el suplicio.
La orden del tirano era de que no matasen, sino
de que obligasen a apostatar a los presos. Estos lo
ignoraban: pero era lo mismo: porque todos ellos des­
preciaban con idéntica gallardía los tormentos y la
muerte.
Después de dar las ómenes oportunas, los cinco bugyos
- 432 —

acompañados de ocho verdugos y los dos médicos


fueron hasta la orilla del estanque, mientras los pre­
sos quedaban custodiados por todos los demás esbi­
rros a la distancia indicada. Luego el jefe de ellos
mandó llamar al P. Francisco de Jesús, que al mo­
mento se presentó ante ellos con las manos atadas a
la espalda. Enseguida le quitaron los cordeles, le des­
pojaron de todos sus vestidos, dejándolo tan desnudo
que solo un pequeño lienzo cubría lo que recata la
honestidad, le ataron cinco cuerdas, una al cuello, dos
a las manos y otras dos a los pies, de las que ti­
raban a su gusto cinco sicarios, y colocado en esta
actitud de crucificado ante aquellos inicuos jueces, co­
menzaron estos a decirle: Reniega, reniega de ia fe de
Cristo: si no, morirás en ese azufre derretido de
fuego.
El lago hervía entonces a borbollones con tal furia,
que era para hacer desmayar al ánimo más valiente
y esforzado; pues las enormes burbujas se elevaban
a más de una vara de altura.
Pero el heroico P. Francisco, que nada confiaba
en sus fuerzas, pero contaba humilde y seguro con
las de Dios, contestó con voz fuerte, no por medio
del intérprete, que era un renegado a sueldo, sino en
vibrante japonés: ¡Jdmás% jam ás! Venga este infierno
mil veces, por el gusto de m orir por Cristo.
Vencidos los bugyos con esta respuesta, apelaron
a otro medio por el cual creyeron vencer. Advirtieron
al P. Francisco que, si se movía del lugar en que estaba al
— 433 —

recibir el tormento, era señal de que renegaba de su


fe. De la constancia quería triunfar la astucia maliciosa;
ya que era muy sencillo para los cinco hombres, que
tenían los cabos de las cinco cuerdas, tirar de golpe
en cualquiera dirección y obligar a la víctima a cam­
biar de sitio. Pero también Ies falló la estratagema.
El P. Francisco replicó con viva entereza: Mi cuerpo
débil y enfermo podrá flaquear: pero sabed desde
ahora para entonces que mi alma permanece inque­
brantable, / que eüa os dice p o r su mensajera la
lengua que, si mii vidas tuviera, las daría gustoso
por la religión de Cristo.
Furioso el tirano por no poder rendir aquella for­
taleza, mandó que el Padre fuese sometido al tormento
de las aguas.
Tomó uno de los esbirros una vara de unas dos
brazas de larga, sujetó a un extremo de ells una va­
sija de unos diez litros de capacidad, la ató por abajo
una cuerda para facilitar el vuelco, y obligando los de
las cuerdas al Padre a estar profundamente inclinado
hacia el suelo, llenó aquel la vasija de azufre hirvien­
do y la fué vertiendo poco a poco sobre las espaldas
de la víctima.
Caía el agua, y la piel se enrojecía, luego se
agrietaba, después se abrían las carnes, se consumían,
y así dejaban ver con espanto los huesos de las cos­
tillas. Los dolores debían de ser horribles; pero no se
manifestaron en forma alguna: ni un gesto, ni una
confracción, ni un quejido, ni siquiera un movimiento de
— 434 —

la víctima denunciaron la intensidad de la tortura.


Dijérase que alguna fuerza misteriosa la había privado
de sensibilidad y movimiento.
Entre tanto los bugyos le cantaban la eterna can­
ción: Reniega, reniega. La víctima callaba.
Con intervalos de algunos minutos se repitió el
vertido del agua infernal segunda y tercera vez, con
absoluta impasibilidad de la víctima. Las espaldas y
parte de las piernas por donde se había escurrido el
agua ofrecían un aspecto tan lastimoso, que hubieran
movido a compasión a las fieras. A aquellos émulos
de lucifer no les movía más que a repetir la odiosa
cantilena: Reniega, reniega, a la que, al fin, contestó
Ja víctima. Temerosos los médicos de que esta llegase
a perder la vida, mandaron suspender el tormento: y
entonces el P. Francisco, dirigiéndose a los tiranos,
dijo, incorporándose y levantando el brazo derecho
cuanto se lo permitía la cuerda que le tiraba: A q u í no
ha llegado el agua: este pobre sobaco se ha quedado
sin bañar.
Enrojecieron de ira los bugyos y prometieron ensa­
ñarse en la víctima con sucesivos tormentos: pero
entonces, por orden de los galenos, le mandaron ves­
tirse el hábito, y lo condujeron a una de las siete
cabañas, que habían construido con ramas de árboles
para los siete presos, y allí lo dejaron con esposas
en las manos y grillos en los pies, tendido sobre un
iatame o esterilla que cubría un fataque o cañizo con
un poco de paja. Aquí cambiaron la alimentación: en
— 435 —

la cárcel les daban, una vez cada día, una escudilla


de arroz o frijoles y de vez en cuando, una sardina:
en la choza del infierno les daban una sardina y, a
veces, un poco de hierba cocida.
Con este alimento, atado de pies y manos, y con
toda la espalda ulcerada hasta verse los huesos, la
vida del P. Francisco era tan penosa y aflictiva que
no encontraba postura para un momento de sosiego
ni para hallar el calmante del sueño. Sin embargo,
las mismas penalidades le servían de alas para ele­
varse hasta Dios, en cuyo manantial inagotable bebía
hasta saciarse de consuelo y fortaleza. De su boca no
salió un quejido ni un lamento; pero, en cambio*
apenas se vió sólo en su chozuela, comenzó a decir
a gritos, para que lo oyesen sus compañeros desde sus
chozas: Hermanos, no tengáis miedo: Dios está con
nosotros: las aguas de este infierno nos ponen en
las puertas del cielo: ¡Animo hasfa el fin!
Estas palabras fueron para sus compañeros como
un grito de victoria, que los animó a sufrir el tor­
mento con tesón inquebrantable, y Ies arrancó esta
briosa respuesta: Todos estamos dispuestos a morir,
antes que renegar.
Apenas dejaron al P. Francisco en su cabaña, los
tiranos, siguiendo el orden del odio que tenían a sus
víctimas, llamaron al P. Vicente de San Antonio, y
con él hicieron lo mismo exactamente que habían hecho
con aquel; así como también fué idéntico el resultado
victorioso de la víctima. Después atormentaron al
— 436 —

Padre japonés Antonio Pinto; luego, al hermano fran­


ciscano Gabriel de la Magdalena; y a continuación, a
las dos mujeres Beatriz de Acosta y su hija María de
Silva. Todos sufrieron el tormento con valerosa ga­
llardía, sin que de sus labios se escapase un jay! de
dolor: todos triunfaron gloriosamente del tirano.
E l único que no fué atormentado este día fué el
P. Bartolomé Gutiérrez, agustino calzado; porque es­
taba tan achacoso y extenuado, que hubiera muerto,
sin duda, al recibir la primera agua infernal.
Sin embargo, pasados algunos días, cuando otros
sufrían el martirio por cuarta y quinta vez, a fin de
cumplir los bugyos la orden de que nadie fuese ex­
ceptuado, le echaron por dos veces un poco de agua
en tan insignificante cantidad que no le hizo mella
alguna.
Después de haber sido atormentados los seis pri­
meros, los colocaron en sus chozas, lo mismo que
al P. Francisco; y desde ellas se animaban en alta
voz unos a otros a luchar hasta morir. Allí estaban
tres días, para que el tormento se prolongase, el áni­
mo desfalleciese y, al fin, se entregasen: pero todo
era inútil.
Cada tres días los sacaban de sus chozas, los
llevaban al lago infernal y los sometían al mismo tor­
mento que el primer día. Pero no todos pudieron re­
sistir la violencia material del tormento; aunque su
espíritu estaba dispuesto a sufrirlo hasta la muerte.
María de Silva, por ser tan joven y estar muy
— 457 —

delicada, el primer día del tormento resistió bien el


primer golpe del agua de los tres que Ies echaban;
pero al segundo, cayó al suelo desvanecida; pero
nunca renegó: sin embargo, los inicuos jueces, inter­
pretando torcidamente la advertencia que habían hecho
de que ninguno se moviera, la declararon renegada;
cuando el culpable era uno de los verdugos, que tiró
con tal violencia de la cuerda de un pie, que la hizo
caer sin sentido. Sin embargo, ordenaron retirarla y
.llevarla a Nagasaki. Cuando la joven comprendió la
malicia de los jueces, protestó que no había renegado
y que quería morir cristiana: pero no le hicieron caso,
y la llevaron a su casa. Allí volvió a repetir lo mis­
mo, y a pedir con vivas instancias que la llevasen
a donde estaban su madre y los religiosos: pero tam­
bién fué en vano. Luego la llamaron ante el gober­
nador de Nagasaki, el cual la quería obligar a firmar
un documento en que declaraba su apostasía: pero se
negó valerosamente a firmarlo. A pesar de lo cual,
la dejaron en libertad: lo cual indicaba que todo había
sido una estratagema del tirano.
Al hermano Gabriel, que había sufrido todo el tor­
mento la primera vez, le apretaron tanto en la segunda,
que por su gran debilidad física cayó desmayado; y
ya no volvieron a atormentarle más.
Al P. Vicente de San Antonio, por parecer más
mozo que los demás, aunque tenía menos fuerzas y
estaba más delicado, le atormentaron cinco veces se­
guidas, con los intervalos establecidos. Pero la quinta
— 438 —

vez, después de sufrir todo el tormento, al ponerse


el hábito para regresar a su choza, cayó desmayado
al suelo; y enseguida se le entumecieron los brazos
y las piernas de tal manera, que todos creyeron que
allí moría. Los médicos le aplicaron un antiespasmódico
y otros medicamentos, y lograron que reaccionase:
pero enseguida los verdugos, dando rienda suelta a
sus feroces instintos, abusando de aquel estado de
agotamiento, le apretaron cruelmente con grillos, y
volvieron a instarle: Reniega, reniega. El P. Vicente,
sacando fuerzas de flaqueza, respondió con brío: ¡Ja­
más, jam ás! ¡Antes morir!: y quedó sin sentido. E n ­
tonces lo llevaron en brazos a su choza, donde quedó
siempre enfermo y desahuciado por los médicos, que
procuraron conservarle la vida.
A Beatriz de Acosta la sometieron al tormento
cinco veces; y las cinco salió triunfante de la prueba.
Pero a quien no se saciaban de atormentar era al
P. Francisco de Jesús. Seis veces le hicieron padecer
aquel martirio en el espacio de veinte días, vertiendo
sobre su llagado cuerpo toda la cantidad de azufre
hirviendo que la vasija podía contener. Aquello, más
que cuerpo humano, parecía un monstruo ulcerado de
pies a cabeza, y que enseñaba por varias partes sus
huesos. Sin embargo, no solamente no flaqueó, sino
que conservó siempre su admirable tesón heroico.
También el japonés P. Pinto padeció seis veces
aquel tormento; pues por ser de su misma raza, te­
nían empeño los verdugos en que apostatase: pero de
— 459 —

iodos ellos triunfó, con grande alegría de sus com­


pañeros.
Derrotados los bugyos en el tormento del lago,
no sabían cómo saciar su venganza en el heroico
P. Francisco, que era el que más hería su orgullo
satánico; y, por fin, encontraron un nuevo modo de
atormentarlo, uniendo en uno solo el martirio físico y
el moral.
Una de aquellas noches últimas del mes de diciem­
bre, en que el suelo estaba cubierto de nieve y el frío
era intensísimo, sacaron de sus chozas al P. Fran­
cisco y a Beatriz de Acosta, y después de desnu­
darlos por completo, los colocaron de pie sobre una
gran piedra de forma redonda, pero erizada de hirien­
tes asperezas, los ataron a dos palos próximos con
un hilo sutil, que podían romperlo fácilmente, les in­
trodujeron a cada uno en la boca una piedra como
un huevo, que se la sujetaron con tiras de lienzo, y
les dijeron que, si se movían o rompían el hilo, era
señal de que renegaban.
¡Caso admirable! E l P. Francisco permaneció in­
móvil toda la noche, hasta que le mandaron bajar de
la piedra e ir a su choza, También la heroica Beatriz
soportó el suplicio sin moverse: pero a la madrugada
la intensidad del frío la hizo caer desvanecida y la
puso en peligro de muerte: y como el tirano no que­
ría que muriesen sino que apostatasen, fué asistida
por los me'dicos, y trasladada abajo, al puerto de Vo-
- 440 —

kama, donde estuvo hasta que bajaron todos los del


lago para regresar a Nagasaki.
Era Beatriz una verdadera heroína de la cristian­
dad, que había deseado ser Mantelata o Terciaria
agustina recoleta, pero no lo había conseguido por el
rigor de la persecución. Por eso, cuando el P. Vicen­
te supo que había padecido, como él, cinco veces el
tormento del lago, le envió un hábito suyo a su cho­
za y la admitió y declaró Terciaria recoleta, con gran­
de alegría de ella.
Antes de retirarse todos del infierno de Arima, que
también llamaban de Ungen, quisieron los bugyos ha­
cer la última prueba con sus cautivos. Llevaron por
última vez a la orilla del lago a los PP. Francisco,
Bartolomé, Pinto y hermano Gabriel; una vez allí, pu­
sieron en el suelo un crucifijo, y les mandaron que
uno por uno fueran pisoteándolo; añadiendo la ame­
naza de que, si no lo hacían, morirían al momento
cocidos en el lago.
Aquellos héroes, que con tanta serenidad y fortaleza
habían padecido los más horribles tormentos, recha­
zaron indignados la propuesta; y en nombre de los
demás dijo el P. Francisco: Arrojadnos ahora mismo
a i lago: que nuestra m ayor gtoria será m orir por
ese Santo Cristo, a quien adoramos. Y postrándose
rápido de rodillas, besó repetidas veces con gozosa
efusión el crucifijo que ellos querían profanar. La rabia
que este acto excitó en los jueces los impulsaba a
arrojar al lago a los cautivos: pero tenían orden de
— 441 —

no matarlos: y se contentaron con llevarlos a golpes


a sus chozas.
AHÍ entraron en la del P. Vicente, que no podía
andar, y le hicieron el mismo requerimiento: pero el
valiente soldado de Cristo, haciendo un gran esfuer­
zo, sacó sus pies llagados y oprimidos por fuertes
grillos, y contestó: Cortádmelos antes que ta! hagan.
— Lo pisarás — replicaron aquellos monstruos, —
porque te levantaremos det lecho y te lo pondremos
debajo de tus pies.
— E n ese caso— replicó el P. Vicente,— Jo pisarán
Jos demonios, que sois vosotros: pero mis pies en­
tonces serán mis labios, que lo besarán con todo el
amor de mi corazón
Persuadidos los bugyos y sus esbirros de que to­
dos sus esfuerzos para quebrantar la resistencia física
y moral de sus cautivos resultaban inútiles, resolvie­
ron dejarlos en paz y les dieron unos días de des­
canso, a fin de que recuperasen algo las fuerzas perdidas
y pudiesen regresar a la cárcel. Ese descanso se re­
ducía a no sufrir otro tormento que el de sus chozas:
pero este era muy suficiente para no tener momento
de reposo: porque cada uno estaba tendido sobre su
esterilla, con esposas en las manos y grillos en los
pies, con la mayor parte de su cuerpo ulcerado, pu­
rulento y dolorido y sujeto a la sensación de una
temperatura glacial.
«Era tanto el frío en aquel lugar — decía después
en la citada carta el P. Vicente— que se gastaron, en
— 442 —

treinta y un días que allí estuvimos, tres mil y sete­


cientas y sesenta y tres cargas de leña: y cuando en
Nagasaki estaba templado el aire y sin nieve, allí em­
pezó a nevar día de San Juan evangelista (27 de di­
ciembre) con tanta furia, que en aquella noche hubo
dos palmos de altura; y nunca más cesó hasta que
tornamos a la ciudad (Nagasaki), donde apenas
había nevado; estando solamente de distancia catorce
leguas.»
No es necesario aclarar que los cautivos no par­
ticiparon nada del beneficio de la quema de tanta leña,
aunque estaban ateridos de frío.
Los primeros días de enero el tirano Unemedono
mandó que todos volviesen a Nagasaki; y él se fué
a Tokio a ver al emperador. (1)
En virtud de esta orden, el día 5 de enero de
1652 bajaron todos del cerro del infierno de Arima al
puerto de Vokama, montados a caballo, porque los
cautivos no hubieran podido bajar a pie: pero el Padre
Vicente estaba tan tullido de las piernas, que tuvieron
necesidad de transportarlo en unas angarillas de caña,
con todas las molestias producidas por lo accidentado

( I ) No es exacto el P. T. Herrera al afirmar en su A/phahetum , pig. 110.


que los cautivos citados padecieron mucho el día 4 de diciembre: pues, como
hemos visto por la carta del P. Vicente, el dfa 5 por la noche llegaron a
Vokama, y el 6 subieron al lago, donde sufrieron «I primer tormento, que fie
repitió sucesivamente en el espacto de veinte días. Tampoco es exacto al decir
en la misma página y la siguiente que todos ios Donados, Terciarlos y Ccrrl-
geatos o Clntufados, que dice sufrieron el martirio, eran agustinos, sin más
aclaración: pues eso es apropiarse todos los mgusrinos descalzos o recoletos
que murieron mártires, a los cuales él alude, y cuyos nombres citamos en su
lugar correspondiente.
— 443 -

del terreno y por la mala voluntad de los portadores


sus verdugos.
Estos y sus señores, no resignándose a presentar­
se en Nagasaki totalmente derrotados por sus cautivos,
resolvieron dar a estos en el camino el último y más
peligroso asalto: ei tormento de la tentación.
Entraron en un establecimiento público, rodeado de
bellos jardines y provisto de salas de baile y de baño,
verdadero lupanar, en uno de cuyos departamentos co­
locaron a todos los cautivos, y mandaron que empe­
zase el asalto. Treinta desgraciadas mujerzuelas apa­
recieron ante ellos ricamente engalanadas; y rezumando
lascivia por todos los poros de sus cuerpos, danzaban
provocativas, se despojaban de sus adornos y, al fin,
totalmente desnudas, penetraron en un baño templado.
Hasta ese extremo llegó la perfidia satánica de los
tíranos. Pero su infinita malicia no era más que una
suprema estulticia: porque sólo a ellos les podía ocu­
rrir que unos hombres que, por no renegar de la ley
santa de Cristo, se habían dejado desgarrar las car­
nes, abrir las venas, abrasar sus cuerpos, tullir sus
piernas y descarnar sus huesos entre los más horri­
bles dolores, llegasen ahora a empañar el brillo ange­
lical de su pureza ni con el más remoto pensamiento
ante unos abortos de satanás disfrazados de elegantes
muñecas. No: no hubo siquiera combate interior. E l
tormento de la tentación se convirtió en ejercicio de
oración. Apenas los siervos de Dios sospecharon el
lazo que se les tendía, cerraron los ojos, elevaron sus
— 444 —

corazones a Dios, y de todos sus labios salió esta


misma plegaria: Señor: aceptad el sacrificio de mi
vida por ia salvación de es fas almas desdichadas.
Derrotados por enésima vez satanás y sus secuaces,
mandaron continuar el viaje; montaron en sus caballos,
colocaron al P. Vicente en las parihuelas, y así entra­
ron en Nagasaki la víspera de los santos Reyes, 5 de
enero de 1652, enlre el asombro y la admiración de
los muchos curiosos y el regocijo de los cristianos
indígenas y portugueses que, perdiendo el miedo al ti­
rano y a los tormentos, celebraban la insigne victoria
de sus maestros en la fe con aclamaciones y vítores
de entusiasmo. Enseguida los encerraron en la cárcel
de Cruzmachi; adonde acudió una multitud de amigos
que, al mismo tiempo que los felicitaban por sus triun­
fos, derramaban lágrimas de compasión, al ver sus
cuerpos tan maltrechos y disfigurados y cubiertos de
llagas vivas y sucias, en muchas de las cuales se veía
la supuración y hasta el movimiento repugnante de los
gusanos.
Sólo Dios, que los había conservado en los tor­
mentos infernales de las aguas de Ungen, podía impedir
ahora la ruina total de aquellos destrozados cuerpos.
Sin embargo, no perdieron ellos ni un momento su
alegría interioi; y la manifestaban con tal viveza que
los carceleros les impusieron silencio entre injurias,
aprobios y amenazas, que los presos despreciaron por
completo.
La victoria de estos héroes invictos tuvo resonancia
— 445 —

extraordinaria, no sólo en Nagasaki sino en todos los


reinos del Japón; con el halagüeño resultado de que los
cristianos se confirmaron en sus creencias y perdieron
el miedo a la muerte, y los renegados volvieron al
seno de la Iglesia, que habían abandonado.
E l bugyo tirano, que había ido con los cautivos,
resuelto a obligarlos a apostatar por todos los medios,
y que había apostado con el embajador portugués
Simón Baz de Payva que lo conseguiría, se presentó
a este, y le dijo: Embajador: y o vengo espantado de
ver la entereza de los Padres. N i una palabra, ni
movimiento alguno he notado en ellos de dejar su
fe. He puesto todos los medios y nada he conse­
guido. Algo grande tiene esa fe, que hasta los ja ­
poneses que ¡a siguen, pierden sus vidas po r ella.
A los quince días, con fecha 20 de enero de 1652,
escribía desde la cárcel de Cruzmachi el P. Francisco
lo siguiente:
«Fué Dios servido de sacarnos con victoria de los
tormentos del tirano, que le parecía que sólo con ver
el lugar del tormento, que llaman del infierno, había­
mos de retroceder».
«De los siete que fuimos al lugar del tormento, yo
fui el que más tormentos y más intensos recibí, que
fueron siete (seis del agua y uno de la piedra): y fué
porque me sintieron brioso, y porque sin rebozo les
decía las verdades, que los japoneses tanto sienten.
Caldeáronme muy bien: o por mejor decir, como la
— 446 —

dolencia de mis enfermedades era mayor, era necesaria


mayor purga».
«Gracias infinitas sean dadas a nuestro buen Dios
y Señor, que piadosamente me ha castigado, y no
como yo merecía por mis graves culpas».
Por su parte el P. Vicente termina así su citada
carta de julio:
«De esta manera éntranos en Nagasaki, víspera de
los Reyes; y nos metieron en el tronco o cárcel de
Cruzmachi, donde nos tienen presos: y aquí estamos
esperando lo que el Señor fuere servido».
«Hasta aquí es sucintamente la relación que vues­
tra merced me pide. Peccaíori auiem dixif Deus:
¿Quare tu en arras jusíiíias meas, ei assumis lesía-
meníum meum per os tuum?, dice el profeta rey: y
por eso recelaba yo y temía ponerme a escribir seme­
jantes cosas, viéndome un vil y mísero pecador: aun­
que por otra parte no me pesa haberlo hecho; pues
en esto no es mi intención más que contar maravillas
del Señor y misericordias suyas, que conmigo usó,
dándome fuerzas para padecer por su amor. Porque
trabajos padecidos por Dios bien es que se cuenten y
se escriban; para que sea el Señor glorificado y en­
salzado y a El solamente se dé la honra y gloría;
que infirma elegit, ut fortia quaeque confunda/; esco­
giéndome a mí, vil gusanillo y humilde bicho, para
confundii la soberbia y poder de un tirano como el
emperador del Japón.®
— 447 —

«¿Quién dijera, señor patricio. (1) que aquel que vi­


vió y se crió en Lisboa en las delicias y ociosidad
de ella, por tan varios caminos e inopinados rodeos
había de llegar a este estado?»
« Omnes viae Dom ini misericordiae. Pero como los
caminos por donde Dios guía una alma son todos de
misericordia, no es mucho que diese conmigo en este
paraíso donde me veo »
«Sea loado y bendito un tan buen Dios como el
que adoramos. ¿Quién hay que por E l no muera y
padezca? Ojalá venga el fuego que quemó a los demás
mis antecesores, y me abrase, y queme mis culpas;
para que, purificada el alma, vaya a gozar de la glo­
ria, donde todos nos veamos.»
«En esta cárcel de Nagasaki, a 22 de julio de 1632
años.—Siervo de vuestra merced—Fr. Vicente de San
Antonio.»
Beatriz de Acosta siguió en la cárcel hasta el año
1634, en que fué desterrada a Macao, China, con su
hija María; y allí vistieron las dos el hábito francis­
cano en el convento de Santa Clara.
Al hacerse monja franciscana, Beatriz envió el há­
bito de Terciaria agustina recoleta, que el P. Vicente
le había dado después de sufrir el tormento de las
aguas de Ungen, al P. Provincial de los agustinos re­
coletos de Filipinas Fr. José de la Anunciación, para
que lo conservase y venerase como reliquia del santo

(l) Qul«re decir compatriota; rúes escr.bc a un amigo suyo portugués.


— 448 —

mártir Vicente de San Antonio, que ya en esa fecha


había muerto gloriosamente por Jesucristo. (1)

(I) E l P. Tomás Herrera en su A iphabeíum , pág. 236, afirma que toa Padres
Pranclsco y Vicente padecieron el referido tormento de las aguas sulfurosas en
Omura, el aflo 1620, atados a una columna, con los pies pendientes sobre el
lago de dichas aguas y que el P. Pranclsco padeció ese tormento siete veces.
Todo el o es Inexacto: pues de la cárcel de Omura, donde llevaban presos
más de dos anos, fueron trasladados a la de Nagasaki. De esta salieron para
la rada de Pogl, y desde aquí fueron embarcados a Vokama, desde donde su­
bieron al cerro de las aguas, distante catorce leguas de Nagasaki. De aquf sa­
lieron el día 5 de diciembre de 1631, y el mismo día llegaron a Vokama, por la
noche. E l dfa 6 subieron al cerro y sufrieron el tormento por primera vez; no
arados a una columna y con los pies pendientes sobre el lego, sino «uletos por
cinco cuerdos al cuello y extremidades, de las que tiraban cinco hombres, colo­
cados tcdos en la mitma orilla del lago, con los médicos. E l P. Pranclsco
padeció el tormento del agua seis vece?; y después una vez el de la piedra,
sobre la cual estuvo de pié. Inmóvil, una noche entera, con temperatura glacial.
Aaf consta por carta del P. Vicente de San Antonio, fechada en la cárcel
de Nagasaki el día 22 de lullo de 1c3.\
Fam osa pagoda
CAPITULO XXVI

fu m a rlo : Son sentenciados a muerte.— Sufren impávidos ei


m artirio.— A la gloria.— Júbilo en Manila.— Procesos canónicos.
Gloriosos en los altares.— Espiritual corona de gloria.

( R uando el gobernador de Nagasaki, Unemedono, re­


gresó de Tokio, a donde había ido para dar cuenta
del estado de su reino al emperador, a quien había
asegurado que renegarían los cautivos condenados al
infierno de Arima, y se enteró de que, lejos de apos­
tatar, habían triunfado gloriosamente de todos los tor­
mentos y continuaban en la cárcel tan impávidos y
contentos como siempre, bramaba de coraje. Dió ór­
denes severísimas de que no se tuviese compasión
alguna con ellos, y prohibió que nadie se acercase a
curar sus llagas o a facilitarles medicinas.
No esperaban otra cosa los siervos de Dios; y de
ello se alegraron, porque de ese modo aumentaban un
nuevo mérito a los ya contraidos. Sus cuerpos, en
realidad, deformados, maltrechos, entumecidos, purulen­
tos, nidos de gusanos, pedían un alivio, un remedio,
— 451 -

alguna medicación o cura que les quitase aquel aspecto


tan lastimoso: pero si sus cuerpos reclamaban lo suyo,
sus almas, acostumbradas a dominarlos bajo el yugo
de una constante mortificación y penitencia, no se pre­
ocupaban del desmoronamiento corporal, y sólo atendían
a la purificación de sus afectos.

La mano de Dios, sin embargo, que cuidaba de


ellos con amorosa providencia, hizo que poco a poco,
en el espacio de ocho meses, las llagas cicatrizasen
y los cuerpos recuperasen su forma y sus fuerzas pri­
mitivas; mientras ellos empleaban el tiempo, como
siempre, en orar, en cantar las divinas alabanzas, en
exhortar a los muchos que iban a visitarlos, en ilu­
minar a los ciegos idólatras, en regenerar a los rene­
gados, en consolar a las víctimas de la persecución t
y en fortalecer a los pusilánimes; prometiendo a todos
por unos breves tormentos una eterna corona de gloria.

Ocupados en esta labor santa y fructífera, llegó el


día primero de septiembre de 1632, miércoles, que fué
de sorpresa para los cautivos. Se presentó ante ellos
un mensajero del tirano y les dijo que en el lugar acos­
tumbrado, que todos llamaban el monte de los santos,
se habían levantado ya seis columnas o troncos, donde,
si no renegaban, serían pronto quemados vivos. Des­
preciaron la amenaza los cautivos: y entonces el men­
sajero se llevó atados al hermano Gabriel, lego fran­
ciscano, al jesuíta japonés P. Antonio Pinto y al Padre
Jerónimo de la Cruz, sacerdote, también japonés y
— 452 —

Terciario franciscano, que hacía poco tiempo que 1q


habían prendido y llevado a la cárcel.
Los P P . Francisco, Vicente y Bartolomé, creyendo
que los llevaban para que muriesen en el tormento
del fuego, comenzaron a gritar que ellos también que­
rían morir con sus hermanos: pero no fueron atendidos,
y permanecieron tranquilos esperando su momento.
Llnemedono estaba persuadido de que todo lo que
hiciese para conseguir la apostasía de estos, sería
perder el tiempo, y ni siquiera lo intentó: pero con­
fiaba rendir al lego y a los dos japoneses; y por esa
razón mandó entregarlos a tres renegados, para que
estos lo intentasen por todos los medios.
E l P. Antonio Pinto fué llevado a casa de un tal
Saqueiyemón, que ocupaba el palacio episcopal, donde
vivió el obispo del Japón don Luis Sequeira. Al her­
mano Gabriel llevaron a casa de otro apóstata llamado
Sazeimón: y el P. Jerónimo fué conducido a la de
Ningui, también renegado furioso. Esos tres señores»
honrados y favorecidos por el tirano, merced a su
apostasía, apelaron a los halagos y a la seducción»
primero; y después, a las más terribles amenazas para
rendir a sus víctimas; pero todo fué inútil ante la in­
quebrantable constancia de los soldados de Cristo.
Ante este nuevo fracaso del tirano fueron de nuevo
conducidos a la cárcel, donde se oyeron a su en­
trada explosiones de alegría por su señalado triunfo,
y por considerar que los seis iban a luchar juntos en
el último combate.
— 453 —

No se hizo esperar la venganza del tirano, Al si­


guiente día, 2 del mismo mes, se presento en la cárcel
un agente del gobernador y les intimó la sentencia de
muerte, que decía así: Manda el emperador que en el
lugar ya preparado sean los seis quemados vivost
si no dejan antes la ley que han predicado: pero si
reniegan de ella, quedarán al momento libres y fa­
vorecidos y honrados p o r el emperador.
Escucharon la sentencia llenos de júbilo, y contes­
taron unánimes: Queremos dar con gusto ta vida
por Jesucristo y su santa ley.
E l emisario salió de la cárcel y fué a comunicar
la respuesta a Unemedono. Enseguida el P. Vicente
escribió en nombre de todos la siguiente acta, dirigida
a sus amigos portugueses, para que estos la comuni­
casen a todos los cristianos:
«Laus sanctissimo Sacramento.—Para honra y gloría
de Dios digo que hoy, jueves, dos de septiembre, llegó
a esta cárcel un recaudo del tirano, en que decía estar
preparado el lugar del martirio, en que mañana o al
otro día se ejecutará la sentencia de quemarnos vivos,
como el emperador lo ordenaba. Con todo eso, nos
advertía que, si renegásemos, seríamos libres y pre­
miados».
«Respondimos todos a una voz, que la vida que
tenemos daríamos a Dios, cuando E l nos la quisiese
quitar; y que estábamos aparejados y alegres para
darla por su amor, por su ley y evangelio. Sea el
S 2ñor loado en las maravillas que usa con nosotros;
— 454 —

tan indigno yo de ellas, cuanto El largo y misericor­


dioso en me las hacer».
«Pedimos todos encarecidamente a vuestras mercedes
nos encomienden a Dios.—Fray Francisco de Jesús -
Fray Vicente de San Antonio.—Fray Bartolomé Gu­
tiérrez.—Fray Gabriel de la Magdalena.—P. Antonio
Pinto.—Jerónimo de la Cruz».
Los portugueses, afligidos, lanzaron la noticia por
todas partes; y muy pronto fué conocida en todo Na­
gasaki y en los reinos circunvecinos: y como cinco
de las víctimas se habían hecho famosos por el valor
demostrado en el infierno de Arima, todos los que
estaban enterados de tan gloriosa hazaña querían ver
cómo padecían el último suplicio del fuego. Por eso
acudieron a presenciarlo más de veinte mil personas.
Como lo esperaban y lo deseaban, el día siguiente,
viernes, 3 de septiembre de 1632, a las diez de la
mañana, fueron sacados de la cárcel de Nagasaki
(después de haber estado presos en esta y en la de
Omura casi tres años), los seis invictos atletas de la
milicia de Cristo. Los llevaron en unas literas cerradas,
llamadas norimonos, para que no pudiesen ver ni ser
vistos de la multitud, y bien esposados para que no
intentasen huir. Al respaldo de cada litera iba sujeta
una caña alta con un cartel, en el cual se leía: Mueren
p o r ser sacerdotes de Jos cristianos, y po r predicar
Ja Jey de Cristo en el Japón.
E l intrépido P. Vicente logró ver por un resquicio
algunos portugueses, y, sin duda, por dar gusto al
— 455 —

tirano que los condenaba a muerte por predicar, co­


menzó a decir a grandes gritos: ¡V iva , viva la fe de
Cristo! Y como nadie respondiese por miedo al cas­
tigo, volvió a clamar: ¿No hay quién me responda?
Entonces se oyó un fuerte ¡v iv a !; y el Padre siguió
repitiendo con más brío: / Viva, viva Cristo y su
santa ley!
Luego ios seis comenzaron a cantar el salmo Laú­
date Dominum omnes gentes; y cantándolo llegaron
al lugar del martirio.
Ofrecía este un aspecto aterrador. En el centro de
un espacio cerrado por un estacada de gruesos tron­
cos se levantaban seis columnas o troncos de árbol,
colocados en hilera y distantes uno de otro como unos
diez palmos. Cada tronco tenía en su parte superior
una abundante enramada en forma de arco, tejida con
ramas verdes, paja empapada en agua de mar y algo
de tierra, a fin de que, ardiendo con dificultad, produ­
jese mucho humo, y el martirio fuese más penoso y
prolongado. A dos brazas de las columnas había sen­
dos montones de leña muy mojada, para que el humo
espeso y el fuego distante hiciesen la agonía más lenta
y angustiosa. Nunca se había usado en el Japón con
los condenados a esta pena este refinamiento de cruel­
dad. Tal honor se inventó sólo para estos heroicos
misioneros.
Apenas llegaron a este monte de los Santos, les
soltaron todas las ligaduras, y se hincaron de rodillas
con los ojos y los brazos levantados al cielo; en cuya
- 456 —

actitud permanecieron algunos momentos, ofreciendo a


Dios el holocausto de su vida y pidiéndole su gracia
para triunfar de todos sus enemigos
Luego se levantaron y, al contemplar aquella mul­
titud de más de veinte mil personas, comenzaron a
predicarles con absoluta libertad, exhortando a los gen­
tiles a abandonar la idolatría; a los cristianos, a cum­
plir la ley santa de Cristo; y a todos, a despreciar
las amenazas del tirano y a conquistar con penas
transitorias la corona de vida inmortal en la gloria.
Terminada su arenga, les dieron repetidas veces su
bendición, que la muchedumbre instintivamente recibió
de rodillas; y enseguida se despidieron los seis unos
de otros con efusivos abrazos y repitiendo esta sola
frase: Hasta luego, en el cielo.
Entonces se les acercaron los verdugos y los llevaron
a las columnas, a las cuales los ataron uno a cada
una con un cordel muy sutil por el dedo pulgar de
la mano; para que, si quisiesen renegar, se soltasen
fácilmente, y quedasen libres.
¡Oh estúpida malicia, que todavía era capaz de so­
ñar en la apostasía de aquellos héroes!
E l primero que ataron fué el P. Vicente de San
Antonio, por haber predicado desde la litera; el se­
gundo, el P. Francisco de Jesús; el tercero el Padre
Antonio Pinto; el cuarto, el P. Jerónimo de la Cruz; el
quinto, el hermano Gabriel de la Magdalena; y el últi­
mo, el P. Bartolomé Gutiérrez.
¡Quién había de decir al P. Bartolomé, cuando pasó
A c t o d e s u f r i r el m a r t i r i o l os P P . F r a n c i s c o y V i c e n t e
- 458 -

de los agustinos calzados a los descalzos o recoletos,


y de estos fué novicio en Manila por espacio de once
meses, y volvió de nuevo a los calzados por cumplir
su deseo de ir a las misiones del Japón, que había
de padecer el martirio con dos agustinos recoletos en
esa región de infieles!
Colocados de pié cada uno en su columna, los
verdugos prendieron fuego simultáneamente a las enra­
madas y a los montones de leña, y los heroicos már­
tires se despidieron y animaron gozosos con la faz
risueña y el corazón rebosante de alegría, que ponía
en todos sus labios la frase: Hasta luego, en el cielo.
E l humo densísimo comenzó a sofocarlos: y enton­
ces el siempre heroico P. Vicente sacó de su pecho
un crucifijo de bronce, y levantándolo cuanto podía
con la mano libre, lo mostraba a sus compañeros, di­
ciendo: ¡V iva la fe de Jesucristo! ¡A n im o , solda­
dos valerosos! i Animo, caballeros de Cristo! / Viva
su fe santa!
E l P. Francisco sacó también del pecho otro cru­
cifijo; pero no habló a los demás; sino que fijó en él
los ojos y le aplicó sus labios, quedando como exta-
siado entre ósculos de infinita ternura.
Los cuatro restantes elevaron sus ojos al cielo, como
adelantándose a llamar a sus puertas, anunciando la
próxima llegada de sus almas.
De pronto una fuerte ráfaga de viento avivó el fuego
y levantó vivísimas llamas, que en breves momentos
redujeron a cenizas los montones de leña, las enra­
— 459 —

madas, las columnas de madera y los cuerpos de los


santos mártires.
Aquel viento providencial privó a los tiranos del
gusto de que se prolongase la agonía de sus víctimas:
pero aun de eso tomaron venganza; pues arrojaron al
mar todas las cenizas, para que ningún cristiano pu­
diese recoger reliquias de los gloriosísimos mártires.
Por esta escala, formada de tantos peldaños cuantos
fueron sus tormentos, entraron en el reino de la eterna
felicidad los dos gloriosos héroes de la Recolección
Agustiniana PP. Francisco de Jesús y Vicente de San
Antonio.
Es fama que, durante el martirio, la muchedumbre
vió un extraordinario resplandor que, atravesando las
densas nubes que cubrían el sol, Inundaba de luz a
los mártires; y que sobre ellos estuvo revoloteando en
caprichosos giros una desconocida ave blanca.
Tan renombrado fué este martirio, y tanta impresión
causó a los espectadores idólatras, que todos se reti­
raron diciendo: ¡Grande es el Señor de los cristianos,
que así ayuda a los que po r E l padecen!
E l P. Domingo Erquicia, dominico, que después fué
también mártir, y que presenció este martirio, escribió
al P. Provincial de Recoletos de Filipinas explicándole
todos los detalles del mismo, como quedan referidos,
y manifestándole su asombro y admiración por el
valor, serenidad y alegría con que los PP. Francisco
y Vicente padecieron tan espantoso suplicio. Le dice
que quiso recoger reliquias de ellos, para remitírselas;
— 460 —

pero que no pudo, porque las arrojaran al mar; y le


añade que conserva con suma veneración como pre­
ciosa reliquia un pañuelo, que el P. Francisco de Jesús
tuvo aplicado a las llagas que le produjeron las aguas
del infierno de Arima, en el cual se veían las costras
de la sangre purulenta.
El capitán Jerónimo de Macedo, tan amigo y bien­
hechor de los Padres, guardaba en gran estima una
imagen, que el P. Vicente: le había dado como recuerdo:
pero después que presenció el martirio de aquellos, la
conservaba y veneraba como preciosa reliquia de santo;
y así lo se lo manifestó a su amigo el tirano Uneme-
dono, añadiéndole que, cuando muriese, se la llevaría
al sepulcro. Murió al poco tiempo; y queriendo Une-
medono honrar a su amigo y, al mismo tiempo, el
valor heroico del P. Vicente, autorizó a los cristianos
(él tan enemigo de ellos), para que enterrasen al ca*
pitán Macedo en lugar sagrado, en un solar de una
iglesia derribada, y llevasen junto a él en la punta de
una caña la imagen sagrada que le había dado el
P. Vicente.
Más de diez mil almas veneraron la reliquia, lle­
vándola procesionalmeníe con el cadáver hasta el lugar
de la sepultura, donde cumplieron la voluntad del
finado.
¡Hasta el mismo tirano Unemedono rindió de este
modo homenaje de admiración al heroísmo de nuestros
mártires!
Dieciocho años de religioso agustino recoleto con­
- 461 —

taba el P. Francisco, y diez el P. Vicente; y los dos,


cuarenta y dos años de edad, cuando recibieron la
corona del martirio.
Apenas llegó a Manila la noticia del martirio, se
conmovió de júbilo toda la ciudad por el glorioso
triunfo de los héroes del cristianismo.
En el convento de San Nicolás de Tolentino de
Agustinos Recoletos se cantó un solemne Te Deum,
al que acudieron el señor Obispo, el gobernador ge­
neral, el Cabildo, la Real Audiencia, representantes de
todas las Ordenes religiosas y numerosísimo pueblo.
Hubo además volteo general de campanas, ilumi­
nación general en la ciudad, músicas, fuegos artificiales
y otras manifestaciones de alegría.
Todos pedían a los religiosos recoletos alguna re­
liquia de los gloriosos triunfadores, a los cuales acla­
maban como santos; y los que consiguieron algún
objeto que perteneció a los mismos, se consideraron
dichosos; por la confianza que tenían de que, por su
intercesión, serían socorridos en sus necesidades.
E l mismo año de 1632 se instruyó el primer pro­
ceso canónico para la beatificación y canonización de
dichos mártires, en Macao, ante el Obispo del Japón
don Diego Valente. E l año 1633 se hizo en Manila;
y después se hicieron otros durante los años 1635-37
y 38; en los cuales declararon muchos testigos, casi
todos portugueses comerciantes entre Macao y Naga­
saki, que habían visto todos los detalles del martirio.
Todos fueron admitidos y aprobados por la Santa
— 462 —

Sede: pero, sin duda, Dios había dispuesto que los


mártires no recibiesen tan pronto el honor de los altares.
La Provincia de San Nicolás, desde el primer mo­
mento, no perdonó medio alguno para conseguir la
inmediata beatificación de sus gloriosos hijos. La Santa
Sede se mostró propicia y dispuesta a examinar los
procesos y a declarar a los mártires dignos de recibir
culto público. Pero otras muchas razones de diversa
índole» como las grandes distancias y dificultades de
los viajes entre Japón, Filipinas, España y Roma y la
escasez de medios económicos para los gastos nece­
sarios, fueron aplazando la realización del anhelo de
todos.
Por otra parte, la administración espiritual de la
Provincia de San Nicolás de Filipinas, era tan extensa,
apartada y dispersa y tan insalubre y difícil, que la
mayor parte de sus religiosos o sucumbían bajo el
furor de los moros o quedaban inutilizados por graves
dolencias, a las que era preciso atender con los es­
casos recursos de que disponía. Sin embargo, nunca
se Interrumpió en ella el deseo tradicional de que fue­
sen beatificados sus hijos mártires. Baste como prueba,
enlre otras muchas, la siguiente.
Con fecha 24 de abril de 1722, el P. ex-Provincial
Fr. Antonio de Santa Mónica dirigió a los PP. reunidos
en Capítulo un informe, en el que daba cuenta de la
donación de cierta cantidad, por cláusula testamentaria
de una persona devota, a favor del convento de Re­
coletos, y suplicaba a los P P . que destinasen una
— 465 —

buena parte para la beatificación de los mártires, con


estas palabras:
«Poner en consideración de W . RR. las vivas an­
sias y encendidos deseos que a todos los religiosos
de toda nuestra Congregación les asiste y tienen de
ver canonizados a dichos venerables mártires, lo tengo
por excusado, siendo a todos tan notorio: pues el más
tibio de los hijos de esta santa Provincia daría gus­
toso la sangre de sus venas, si fuera menester, por
conseguir y dar a toda la ReMgión esta gloria, y a
todos sus hijos este gran consuelo.»
Estimulada la provincia por este noble deseo, logró
reunir la cantidad de catorce mil pesos, y la remitió
a España por medio del P. Comisario; el cual la en­
tregó al Definiforio General: pero este, en vez de de­
dicarla a promover la anhelada beatificación, dispuso
que se distribuyese entre todos los conventos de la
Provincia de Aragón, que se hallaban muy necesita­
dos: y así quedó frustrado el esfuerzo de la colecta.
Pasaron los años, se repitieron los esfuerzos para
]as colectas pecuniarias, se multiplicaron las peticiones
en solicitudes tan razonadas como encendidas en amo­
roso ardor; y, al fin, después de doscientos y treinta
y cinco anos, plugo a Dios satisfacer los anhelos de
todos.
E l día 7 de julio de 1867, el inmortal Pontífice Pío
IX, rodeado de una brillantísima corte de cardenales,
patriarcas, arzobispos, obispos, clero secular y regular
y una muchedumbre de personas de todas las clases
- 464 -

sociales, declaró bienaventurados a los gloriosísimos


mártires Agustinos Recoletos P. Fray Francisco de Je­
sús y P. Fray Vicente de San Antonio, aprobó el
Oficio y Misa en su honor, señalando el día 3 de sep­
tiembre de cada año para ser rezados por todos los
religiosos agustinos, y autorizó a todos los fieles cris­
tianos del orbe para que les rindan culto público y los
Invoquen como a santos en todos sus peligros y ne­
cesidades.
Aunque es indudable que desde el 3 de septiembre
de 1632, en que dieron sus vidas por Jesucristo, go­
zan de la bienaventuranza eterna, pero sólo la decla­
ración pontificia les da derecho a ocupar los tronos
de los altares y a figurar en el martirologio romano
entre los más gloriosos héroes de la santidad.
Con los dos héroes Recoletos fueron beatificados el
mismo día otros doscientos tres mártires del Japón; en
los cuales están incluidos muchos de sus hijos espiri­
tuales, que adornan y abrillantan su corona de gloria
como piedras preciosísimas: y nada nos parece más
oportuno que citar aquí sus nombres, para que sean
el mejor epílogo de la vida que acabamos de trazar,
tejida toda ella de virtudes, bordada primorosamente
de actos heroicos, y saturada de méritos, con los que
conquistaron el trono de la santidad en la tierra y el
de la gloria en el cielo.
He aquí la gloriosa lista de los dichos bien­
aventurados.
— 465 —

MARTIRES DEL JAPON


pertenecientes a nuestra Orden de Agustinos Re­
coletos» como profesos donados, terciarios o
cofrades de la santa Correa, preparados todos
ellos por los Beatos P P . F r. Francisco de Jesús
y F r. Vicente de San Antonio. (1)

MARTIRIZADOS EN NAGASAKI E L AÑO 1628

1 Pa blo, natural de Namexi, Terciario de nuestra


Orden, decapitado el día 4 de mayo.
2 Sim ón, natural de Yenoxima, quemado vivo el día
15 de septiembre.
5 Andrés, natural de Yenoxima, Terciario, quemado
vivo el día 15 de septiembre.
4-5-6-7-8-9-10-11.— Ocho mártires, cuyos nombres se ig­
noran: sus reliquias fueron llevadas a Manila con
las de los tres anteriores: pero las de estos tres
se enviaron a Madrid el año 1633.

MARTIRIZADOS EN FOCONOFARU

que es un lugar que dista de Vomura un cuarto de


legua, el día 28 de septiembre de 1630. De ellos, unos
fueron quemados vivos, atados, dos a dos, a un palo;
y otros fueros decapitados o degollados.

(I) Arch. Prov.-Carp. H. n. 2.


— 466 —

N A T U R A LES D EL PU EBLO DE SASOCO

12 Gregorio, alias, Rocuzeimon, casero del Beato


Vicente, Terciario: quemado.
13 Margarita, su mujer, Cofrade de la Correa o
Cinturada: quemada.
14 Miguel, su hijo, de 11 años, Cinturado! decapitado.
15 Otro hijo, de 7 años, Cinturado: decapitado.

DEL PU E B L O DE YK IRIK I

16 Domingo Yofiyoye, Cinturado: quemado.


17 Magdalena, su mujer, Cinturada: quemada.
18 Thomé, Nizo, Cinturado: quemado.
19 Luis de San Agustín, alias, Quiujiro, Hermano
Donado profeso: el cual hizo su profesión en
manos del Beato Francisco de Jesús, Vicario
Provicial, en la cárcel de Vomura, el día 26 de
septiembre de 1630; esto es, dos días antes de
sufrir el martirio. Contaba 34 años de edad
cuando fué quemado vivo.

D EL PU EBLO DE NICUMIGANACHI

20 Miguel Ychizeimon, casero del Beato Vicente, Cin­


turado: quemado.
21 Isabel, su mujer, Cinturada: quemada.
22 Pablo, su hijo, Cinturado; decapitado.
23 Otro hijo suyo, Cinturado: decapitado.
— 467 —

D EL P U EL O DE YEN O XIM A

24 Martin Jirobiyoye, casero del Beato Vicente, Cin-


turado: quemado.
25 Catalina, su mujer. Cinturada: quemada.
26 Miguel Jemon, su hijo, 12 años, Cinturado: de­
capitado.

D EL PU EBLO DE FIRA X IM A

27 Pedro del Santísimo Sacramento, alias, Yoyemon,


Hermano profeso, guía del Beato Vicente en el
monte, y Dóxico o coadjutor suyo en la predi­
cación del evangelio. Hizo su profesión en manos
del Beato Francisco de Jesús en la cárcel de
Vomura, el día 26 de septiembre de 1650, dos
días antes de ser quemado vivo; y tenía enton­
ces 55 años de edad.
28 Pedro Cazuque, compañero del Beato Vicente en
el monte, Terciario: quemado.
29 María, su mujer, Terciaria; quemada.
30 Pablo Teuquegoro, su hijo, Cinturado: decapitado.
51 Luis de San Miguel, alias, Fakiro, Hermano Do­
nado profeso: hizo su profesión en manos del
Beato Francisco de Jesús en la cárcel de Vomura,
el día 26 de septiembre de 1650, dos días antes
de ser quemado vivo: fué casero del Beato Vi­
cente, y tenía 60 años de edad.

DEL P U EB LO DE M IY E

o2 Simón Yofiyoye; Terciario, casero del Beato Vicen-


— 468 —

te, y dueño de una funea o embarcación en que


habfa viajado este santo mártir. Dos años antes
de sufrir Simón el martirio del fuego, habfa
renegado de la fe, inducido por un gobernador
llamado Tobinoga: pero se arrepintió de su apos­
tasía y confesó de nuevo a Jesucristo, por cuyo
amor dió alegre su vida, siendo quemado vivo.
33 Gracia, mujer del anterior, Terciaria: quemada.
34 Juan, su hijo, de 7 años, Cinturado: decapitado.
35 Pedro Yaxichlro, Terciario, dueño de una embar­
cación: quemado.
36 Magdalena, su mujer, Terciaria. Estaba en cinta al
ser quemada; y así ofreció a Dios un doble
holocausto.
37 Miguel, Xichisque, Terciario, casero del Beato Vi­
cente: quemado.
38 María, su mujer, Terciaria: quemada.
39 Luis Gozeimon, padre de Miguel Xichisque, Cin­
turado: decapitado.
40 Juan Cabiyoye, remero, Terciario: decapitado.
41 Luis Gonemon, remero, Terciario: decapitado.
42 P a blo, su hijo, de 14 años, Cinturado: decapitado.
43 Miguel, otro hijo suyo, de 7 años, Cinturado:
decapitado.
44 Francisco, tercer hijo, de 5 años, Cinturado: de­
capitado.
45 Thomé Yaquichi, remero, Terciario: decapitado.
46 Miguel Feisacu, remero, Terciario: decapitado.
47 Gaspar, Sacuzo, remero, Terciario: decapitado.
— 469 —

48 Pedro, Fazuque, remero, Terciario: decapitado.

D EL PU E B L O DE CAX1YAMA

49 Miguel, Jifiyoye, Terciario, casero del Beato Vicente:


quemado.
50 Marina, su mujer, Cinturada: quemada.
51 Migue/, Fuquezo, Terciario: quemado.
52 Rufina, su mujer, Cinturada: quemada.
55 Pedro, su hijo, de 5 años, Cinturado: decapitado.

DEL P U EB LO DE NAOATA

54 Domingo, Cofiyoye, Terciario, casero del Beato


Vjcente: quemado.
55 Marina, su mujer, Cinturada: quemada.
56 Un hijo de los dos anteriores, Cinturado: decapitado.

D EL PU EBLO DE CU BO SA KI

57 Jacobo Ficozeimon, casero dei Beato Vicente, Cin­


turado: quemado.
58 María, su mujer, Cinturada: quemada.
59 Alejo, su hijo, Cinturado: decapitado.

D EL PU EB L O DE XITC U

60 Juan Chingiro, Cinturado: quemado.


61 Juana, su mujer, Cinturada: quemada.

D EL PU EB L O DE YQ EXIM A

62 Juan Fiyoyemon, Cinturado: quemado.


65 Rufina, su mujer, Cinturada: quemada.
64 ñioqjichi, su hijo, Cinturado: decapitado.
— 470 —

D E L PU E B L O DE XET O

65 Cristóbal, de 16 años, Cinturado: alanceado y des­


pués decapitado.

D EL PU EBLO DE TEGUM A

66 Ignacio Teuqueyemon, Terciario: quemado.


67 Domingo Jinemon, Cinturado: decapitado.
68 Miguel Magozeimon, Cinturado: quemado.
69 M aría, su mujer, Cinturada: quemada.
70 Dom ingo, su hijo, Cinturado: decapitado.

D EL PU EBLO DE COYE

71 Antonio, Magosque, Terciario: quemado.


72 Catalina, su mujer, Cinturada: quemada.
75 Juan, su hijo, Cinturado: decapitado.
74 Luis, otro hijo, Cinturado: decapitado.
75 Pablo Xinemon, Terciario, casero del Beato Vicen­
te: quemado.
76 Luis Goixichi, Cinturado: decapitado.

D EL P U E B LO DE CUROCUCHI

77 Miguel Risque, Terciario, casero del Beato Vicen­


te: quemado.
78 Clara, su mujer, Terciaria: quemada.

M ARTIRIZADOS EN EL MISMO LUGAR DE FOCONOFARU


EL DlA 1 DE O CTU BRE DE 1630
79 Pedro, casero de hermanos dóxicos o catequistas,
Cinturado; decapitado. Era natural del pueblo de
Ykiriki.
- 471 —

80 La mujer del anterior, Cinturada: decapitada.


81-82-83 Tres hijos de los dos anteriores, Cinturados:
decapitados.

MARTIRIZADO S EN N AG ASAKI EL 28 DE O C T U BR E DE 1630

84 F r. Pedro de la Madre de Dios, hermano lego,


natural de Mayezova en el reino de Oxú: su
padre era gentil y su madre cristiana: recibió el
hábito de manos del Beato Francisco de Jesús
en Yoquinoura, y fué su compañero en las fati­
gas del apostolado. Tenía 31 años cuando dió
su vida por Jesucristo: fué decapitado. Le dió
la profesión el B. Francisco de Jesús.
85 F r . Lorenzo de San Nicolás, natural de Sasoco,
reino de Vomura, hijo de padres cristianos y pia­
dosos. De un golpe de catana (alfanje) le cor­
taron la cabeza y un brazo, a la edad de 25
años.
86 Fr. Agustín de Jesús M aría, alias, Mancio, oriun­
do del reino de Chikugo. Fué martirizado a la
edad de 24 años: decapitado.
87 Pablo Nangati, natural de Cuchinotzu, reino de
Tacú, hijo de padres cristianos, Terciario: de­
capitado.
68 Juan, natural de Miye, hijo de Mancio y Catalina,
cristianos muy caritativos, que prestaron excelen­
tes servicios a nuestros misioneros: era Tercia­
rio: decapitado.
— 472 —

89 Sebastián, hijo de Cosme y Lucía, natural de


Mogui, cerca de Nagasaki, Terciario: decapitado.
90 María Magdalena, Terciaria, que consumó su glo
rioso martirio en el tormento de la fosa, llama­
do de las cuevas, en la ciudad de Nagasaki, a
mediados de octubre de 1634.
91 Lorenzo Zizo, Terciario: quemado. (1)
92 Pedro Cuyoe, Terciario: quemado.
93 Tomás Cafioye, Terciario: quemado.

Que todos estos, unidos a nuestros gloriosísimos


hermanos P P . Francisco de Jesús y Vicente de San
Antonio, intercedan por nosotros, a fin de que nos
unamos a ellos un día en la celestial Jerusalén, para
ser felices por toda la eternidad.

F I N

(1) Esle y los dos siguientes constan en el sumarlo de canonización, nú­


mero 77, pág. 28Í; y las tres fueron beatificados por Pfo IX el 7 de julio de
1867.— P. Sádaba - Catál. pág. 76.
APENDICE

Acta de la profesión del P. Prancisco de (esils.

«ln nomine Domini Nostri Jesuchristi Benedicti. Amen.»


«Anno nativitatis Domini Nostri, millessimo sexcen-
tessimo décimo quinto, die undécima menssis Novem-
bris: Ego Frater Franciscus de Sant Martín Jesús, Fi-
lius legitimus Francisci Petri Terrero de Ortega, et
Mariae Perez, eius legiíimae uxoris Opidi, de Villa-
mediana, Parrochiae Sánete Columbe, Diocaesis Pa
lentiae, fació solemnem, liberam, et spontaneam
professionem, et promitto obedientiam omni poten ti
Deo, et Beatae Mariae Semper Virgini, et Beato
Patri nostro Augustino, et tibi Reverendo Patri Fratri
Balerío de la Concepción, Priori huius Conventus
Sancti Nicolai de Tolentino, Ordinis discalciatorum
Sancti P. N. Augustini, Nomine, et vice Reveren-
dissimi P. N. Nicolai de S . Angel Prioris generalis
roiius Ordinis S . P N Augustini, et sucessorum
eius canonice intrantium, et vivere sine proprio,
eí in castitare, usque, ad mortem, Secunduin Regullam
— 474 —

S P N Augustini. In quorum omnium fidem, nomcm


mcum subcripssi.»—
«Fr. Valerio de la Concepción, — Fr. Franus de Jesús.—
Prior.

Fr. Luis de S Agustín


Predicador mayrr y m» de ncvicios.• (l).

En el reverso de esta acia se lee: Vo Fr. F ra n eo


de S. Nicolás Predicador doy fe como Notario se­
ñalado que el hermano contenido en estotra ptana
protessó, en manos dei P . P rio r F r. Balero de la
Concepción. SS° ut supra
Fray F ra n co de San Nicolás.
Y a continuación se lee el siguiente decreto del
Superior General:—
«Fr. Gabriel de Santiago Vicario General de la
«Congregación de Descalzos de ntro. P. S . Agustín
«de España e Indias por las presentes mandamos a
«todos los religiosos de nuestro Convento de Valla-
«dolid asi huespedes como conventuales, en virtud de
«santa obediencia y so pena de excomunión mayor
«latae sententiae trina canónica monitione praemissa,
«que ninguno quite ni corte esta hoja del presente
«libro de profesiones ni borre de ninguna manera pa-
«labra alguna de la profesion en ella contenida, que
«es del P. Fr. Francisco de Jesús, ni firma alguna
«de la dicha profesion ni de la fee a ella concerniente.
«Dada en el dicho nuestro Convento de Valladolid en
M) E s copla literal y exacta del origina1, con todas las faltas de o rto g ra fía
del amanuense, que no son pocas.
— 475 —

«quatro de Noviembre de mil y seisc y quar,a y trea


«años.
«Debajo de la misma censura y obediencia mando
«a todos los religiosos de dicho Convento así hues-
«pedes como conventuales, no solo no la quiten, ni
«borren, pero que ni permitan que persona alguna así
«eclesiástica como seglar, no corte dicha hoja, ni
«parte ninguna della. = iía est. Fr. Gabriel de San-
«tiago Vic. g 1*.»
E l acta anterior con el testimonio del notario y el
decreto del Rvmo. P. Vicario General están tomados
al pie de la letra de su original, que se conserva en
nuestro Archivo Generalicio de Roma, en un cuaderno
de medio folio, forrado de pergamino, que contiene
las actas de las profesiones hechas en nuestro Con­
vento de Valladolid desde el año 1603 hasta el 1615.
Esta ocupa el folio 61 del mismo. Está escrita por
un amanuense (excepto las firmas), como era costum­
bre entonces; el cual tuvo dos equivocaciones, que
fueron enseguida corregidas con tachaduras y enmien­
das: una, Sant Martín, que fué tachada, y se escribió
sobre ella fesus: la otra, Francisci, que también se
tachó, y se puso sobre ella Petri Terrero.
Después de la muerte del glorioso mártir P. Fran­
cisco de Jesús hubo, sin duda, conato de cortar el
folio en que consta el acta de su profesión, para
guardarlo como reliquia de santo; y acaso surgieron
algunas dudas sobre las citadas tachaduras y enmien­
das. Entonces se presentó en el Convento de Valla-
— 476 —

dolid el Rvmo. P. Vicario General, habló con los


P P . y Hermanos que habían presenciado la profesión
del sanio mártir y que habían conocido a sus padres,
examinó todos los documentos que precedieron a la
toma de hábito del mismo, y con todos esos datos
ciertos consignó el decreto que queda copiado, expe­
dido once años después del glorioso martirio.
Por ese decreto consta sin género alguno de duda
que este santo mártir se llamó en la religión F ra y
Francisco de Jesús, y no de San Martín; y que su
padre se llamaba Pedro Terrero de Ortega, y no
Francisco.
Está, pues, en un error el P. Tomás Herrera, al
afirmar en su Alphabetum Augustinianum, pág. 235,
que el P. Francisco de Jesús se llamaba Francisco
de San Fulgencio, alias, de Jesús. No hay razón ni
fundamento alguno para llamarlo así. Como tampoco
lo hay para que el P. Rodrigo de San Miguel le lla­
me varias veces Francisco de Jesús María.
- 477 —

Acta de la profesión del P. Vicente de San Antonia

In nomine Domini nostri Jesu Christi benedicti.


Amen.
Anno nativitatis eiusdem millesimo sexcentesimo vi­
gésimo secundo, die vigésima secunda mensis septem-
bris, ego Fr. Vinceníius de Sancto Antonio, filius
legirimus Antonii Simoens et Calharinae Pereyra, eius
legitimae uxoris, oppidi de Albofeira, parrochiae Con-
ceptionis, fació profesionem, et promito obedientiam
Deo omnipotenti, et Beatae Mariae semper Virgini, et
Beato Patri nostro Augustino, et tibi reverendo Patri
Fratri Andreae del Espíritu Santo, rectcri Vice Provin-
ciali huius Provinciae Sancti Nicolai, nomine ac vice
Reverendissimi Patris nostri Magistri Fratris Fulgentii
de Monte Georgio Prioris Generalis Ordinis Eremitarum
Sancti Patris Nostri Augustini, et succesorum eius ca­
nonice intrantium, et vivere sine proprio, et in castitate,
secundum hanc regulam eiusdem Sancti Patris nosrri
Augustini, usque ad mortem.

Fr. Andrés del Espíritu Santo,


Vice Prcvlnclol.

Fr. Vinceníius de Sancto Antonio.


Fr. Joannes de Sancto Antonio,.
Maestro de novicios. ( ')

(1) Esta Acta fuá escrita integra y orlada por el mismo P. Vicente de Sart
Antonio.
- 478 —

Digo yo Fr. Lorenzo de San Facundo, Lector de


Teología, Notario nombrado por nuestro Padre Rector
Vice Provincial Fr. Andrés del Espíritu Santo, que doy
fe que el Padre Fr. Vicente de San Antonio, contenido
en esta profesión, profesó en manos del dicho nuestro
Padre, en el Coro de este Convento de San Nicolás
de Manila, estando presentes todos los religiosos de
este Convento: y por ser verdad lo firmé hoy en 22
de septiembre año 1622.— Fr. Lorenzo de San Facun­
do. Notario.
Por esta acta consta que el P. Vicente de San
Antonio nació en Albufeira, provincia de los Algarbes
en Portugal, y que era hijo legítimo de Antonio Si-
moens y Catalina Pereyra.
No es, pues, cierto que naciese en Alfama, barrio
de Lisboa, como afirman nuestras Crónicas en el lomo
segundo, página 192, y lo hemos visto repetido en
varias biografías. Este error proviene, sin duda, de
que el P. Vicente, en carta que escribió a un amigo
suyo desde la cárcel de Nagasaki, con fecha 22 de
julio de 1652, le recuerda que vivió y se crió en
Lisboa en i as delicias y ociosidad de ella: pero no
dice que nació; como tradujo erróneamente la palabra
crió un autor italiano Agustino Descalzo. Tampoco es
cierto que fué natural de Méjico, como afirma el Padre
Rodrigo de San Miguel.
En cuanto a la fecha de su nacimiento en 5 de
abril de 1590, no consta claramente de su certeza:
pero la hemos adoptado, entre varias muy poco dife­
— 479 —

rentes que hemos visto, porque, atendidas todas las


circunstancias, parece la más verosímil y conforme a
la verdad histórica.
En busca de su partida de bautismo nos dirigimos
por escrito al señor párroco de Albufeira, P. Carlos
Genuéz Pereira; el cual nos contestó que aquel archivo
parroquial fué quemado por los guerrilhas el año 1833,
y que no existe libro ni documento alguno anterior a
esa fecha.
Como, por otra parte, el P. Vicente sólo vivió
entre nuestros religiosos desde el 21 de septiembre de
1621 hasta el 16 de febrero de 1623, o sea, por es­
pacio de diecisiete meses, y estos distribuidos entre
Méjico, el mar Pacífico y Manila; y como los docu­
mentos de nuestro archivo del Hospicio de Méjico se
perdieron, no ha sido fácil investigar la fecha cierta
de su nacimiento.
INDICE

AL LECTOR

C A P IT U L O I

E l P. Francisco de Jesús.

S u m a rlo : Su s padres.—Su patria.—lncertidumbre.—Su naci­


miento.— Regocijo popular.—Su partida de bautismo . . 9

C A P IT U L O II

S u m a rio : Orfandad.—Nuevas nupcias.—Cualidades de Fran­


cisco.—Muerte de su p a d re .............................................. 18

C A P IT U L O III

S u m a rlo : Educación de Francisco.—Diálogo con su maes­


tro.—Su s juegos infantiles.—Su primera comunión . . 28

C A P IT U L O IV

S u m a rio : Leonor Avendaño.—Nobles proyectos.—Solución


provisional. — Contrariedades. — Administrador modelo.
Nuevo sondeo.—Resolución d e f in it iv a ............................37
CAPITULO V

Su m a rlo : A Palencia.—En las aulas.— Lucha constante.— A


Valladolid. — Esludios superiores. — Triunfos escolares.
Su popularidad. — La Tuna Vallisoletana.—Su vida es­
piritual ...................................................................................

C A P IT U L O VI

S u m a rio : E l convento de Agustinos Recoletos de Valla-


dolid.—Despedida.—En el noviciado. —Prueba durísima.
Triunfo heroico. . . . ..............................................

C A P IT U L O V II

Su m a rio : Ultima prueba.—S u profesión religiosa.—Acia de


la misma.- Júbilo e s p iritu a l..............................................

C A P IT U L O V III

Su m ario : Satisfacción interior.—Tierno monólogo. - Estudia


en Pedrosa. — Pasa a Nava del Rey. — Se ordena de
sacerdote — Graves escrúpulos.—Celebra su primera misa.

C A P IT U L O IX

S u m arlo : Anhelos de misionero.—Pasa a Salamanca.—Se


alista para Filipinas.—Su viaje a Cádiz.—Su vida en el
mar.— En Méjico.—Su llegada a Manila.—Misionero en
Zambales.— Subprior y Maestro de novicios en Manila.
Es designado para ir al Japón.........................................
- 486 -

C A P IT U L O X

E l P. Vicente de San Antonio.

S u m a rlo : Su patria.— Sus padres. — Su nacimiento. — Era


español.—Su carácter —Conflictos domésticos . . . . 127

C A P IT U L O XI

S u m a rlo : Una travesura seria.—S e traslada a Lisboa —Sus


estudios en esta ciudad.—Excelente artista.—Rondas y
aventuras. — Director de la Tuna Lusitana. — Danza y
esgrima.—Médico.—Labor de su madre............................ 136

C A P IT U L O XII

S u m a rty : De Lisboa a Madrid.— Muerte de su Padre.—


Trascendentales consecuencias.— Estudia la carrera ecle­
siástica................................................................................... 152

C A P IT U L O XUI

S u m a rio : Recibe el presbiterado.— Una serenata. Su pri­


mera misa. - Empieza su apostolado.—Sus frutos . . . 163

C A P IT U L O XIV

S u m a rio : Muere su madre.—Vuelve a Albufeira.—S u inago­


table caridad.—Sale para América.—Su vida a bordo.—
Providencial encuentro.—Su apostolado en Mélico.—Viste
el hábito de Agustino Recoleto..........................................175
- 466 -

C A P IT U L O XV

S u m arlo : Pugilato santo. —En ruta para Filipinas.— E l novi­


ciado en el mar.— Escena triste.— Llegada a Manila.—
Profesa en el convento de Manila.—Acta de su profesión 189

C A P IT U L O XVI

Su m a rio : Origen de la persecución contra los misioneros.—


Los PP . Francisco de Jesús y Vicente de San Antonio
salen para el Japón.—Viaje accidentado.— Relación del
mismo por el P. Vicente...................................................200

C A P IT U L O XV II

Los PP . Francisco de Jesús y Vicente de San Antonio


en el Japón.

Su m arlo : Idolatría grotesca.-Dificultades.— En Kagoshima.«-


Llegan a Nagasaki.—Estudian el idioma japonés.- Graves
peligros del P. Vicente....................................................... 219

C A P IT U LO XV111

S u m arlo : Leyes inicuas.— Labor apostólica del P. Francis­


co.— Dos casos de ingeniosa virtud. — Dá hábitos de
Terciarios Recoletos y hace cofrades de la santa C o­
rrea.- Fuerte contradicción.................................................. 238

C A P IT U LO X IX

S u v a r lo : Cizaña peligrosa — Dificultades y sobresaltos.—Su


viaje a Figashi.—Grandes trabajos y abundantes frutos.—
Más de siete mil bautizados.—La isla Formosa . . . 256
— 487 —

C A P IT U L O XX

Sumario: Sale de Figashi para Nagasaki.— S e detiene en


la isla Firaxima.— Reliquias de mártires.— Labor cons­
tante.—E s detenido — A la c á r c e l ..................................... 282

C A P IT U L O XXI

S u m a rio : Labor apostólica del P. Vicente.—Médico afa­


mado.—Brotes de su ingenio.— Presencia un martirio —
Cruel persecución. — Proyectos frustrados. — Se reúnen
los PP. Francisco y Vicente.— E s preso el P. Vicente. 298

C A P IT U L O XXII

S u m a rlo : En la cárcel de Omura.—Su vida en la misma.—


Conversión de un bonzo.—E l capitán Jerónimo de Ma­
cedo ........................................................................................5*2

C A P IT U L O X X III

S u m a rio : Profesión de Donados y Terciarios en la cárcel.—


S u martirio.—Carta del P. Vicente.—Nueva malicia del
tirano.—Carlas desde la cárcel.—Más frutos sazonados. 350

C A P IT U L O X X IV

S u m a rio : E l canto de los pájaros.—Patriotismo.—Pruden­


tes consejos.- Señales de guerra.— Informes.—Provincia
de la Sontísima Trinidad del Ja p ó n ................................ 591
— 488 -

C A P IT U L O XXV

S u m a rlo : Los PP . Francisco y Vicente pasan a la cárcel


de Nagasaki.—£/ infierno de Arima. — Horroroso tor­
mento.—Se repite varias veces.—Heroísmo y triunfo.—
E l tormento de la tentación.............................................. 424

C A P IT U L O X X V I

Su m a rlo : Son sentenciados a muerte. — Sufren impávidos


el martirio.—A la gloria.—Júbilo en Manila.— Procesos
canónicos.—Gloriosos en los altares.—Espiritual corona
de g lo ria ...............................................................................450
Apéndice................................................................. . . . . 475