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Mateo 6:9

Para el pueblo judío, los nombres eran una expresión de la naturaleza misma de la
persona así llamada, o de su posición, etc. esto era así a tal punto que, con frecuencia, cuando los
hechos respecto de un hombre sufrían algún cambio importante, se le daba un nuevo nombre.
¿Recuerdan la historia en la que Saulo recibe el nombre de Pablo, en la que Simón recibió el
nombre de Pedro? Lo mismo sucedía a veces con los nombres de las ciudades. Estos son
ejemplos muy claros de lo importante que eran los nombres y sus respectivos significados para el
pueblo judío.
Hoy en día continúa siendo así, es normal que algunos padres escojan nombres bíblicos
para sus hijos, otros escogen nombres que tengan significados bonitos porque saben que estos
podrían marcarlos de por vida, ya sea para bien o para mal. Algunos hijos crecen inconformes y
se cambian el nombre, otros viven reprochándole a sus padres porque no les pusieron otro
nombre. Conozco a chicos muy jóvenes que aún no se casan, no tienen trabajo, no terminan de
estudiar y ya tienen pensando al menos 3 posibles nombres para sus hijos, personalmente me
parece un poco exagerado adelantarse tanto a los tiempos, pero así de importantes son los
nombres.
Sin embargo, esto no es válido solamente para los nombres de las personas o ciudades,
etc., es especialmente valido con respecto a los nombres de Dios. ¿Por qué? Porque el nombre o
los nombres de Dios vienen a ser el equivalente de Dios mismo revelándose en todas sus obras,
es decir, que los nombres de Dios nos revelan lo que Él es. A los largo de todo el AT como el NT
podemos ver claramente la gran diversidad de nombres que tiene y le hemos dado a Dios, por
ejemplo: 1) El-Shaddai, que significa Dios todopoderoso, 2) Elohim, que se refiere a Dios en la
plenitud de su poder, 3) Elyon, que indica a Dios como el Altísimo, 4) Adonai, que lo señala
como amo y señor, etc. También están las combinaciones como: 1) Jehová es mi bandera, 2)
Jehová tu sanador, 3) Jehová es paz, 4) Jehová es mi pastor; solo por nombrar algunos,
seguramente ustedes han leído o escuchado más nombres de Dios.
En el AT este tema era tan delicado que a veces incluso se prefería no nombrar los
nombres de Dios. Por eso cuando Jesús viene y dice “así es como deben orar”, “tienen que
llamarlo Padre” a los sacerdotes, a los escribas y a los fariseos se les voló la cabeza y
seguramente se llenaron de ira, por creer que Jesús estaba enseñándole al pueblo a faltarle el
respeto a Dios.
Cada vez que oramos usamos algunos de estos nombres o combinación de nombres,
piensen por unos segundos ¿Cuáles son los nombres con los que comúnmente se suelen dirigir a
Dios en oración? Muchos les llamamos Padre, como en esta oración, otros le llaman Dios, Rey,
Todopoderoso, Señor; cada una de las veces en las que oramos y usamos alguno de estos
nombres estamos reconociendo lo que Dios es para nosotros. Aquí podemos encontrar algo muy
poderoso y es que la virtud o el nombre que le reconozcamos a Dios será también como Él
actuará en nuestras vidas, es decir, que, si le llamamos admirable, sus maravillas vienen a
nosotros, cuando le llamamos consejero, sus consejos vienen a nosotros, cuando decimos fuerte
Dios, su fortaleza viene sobre nosotros, cuando decimos padre eterno, el suple todas nuestras
necesidades.
Cada vez que pronunciamos estas palabras “santificado sea tu nombre” estamos
expresando respeto y reverencia ante Él y ante su nombre, y más que una petición, estamos
expresando un deseo, este deseo expresado por la persona que ora es nace en la intimidad del
corazón, tal y como decía el apóstol Pedro “santificad a Dios en vuestros corazones” 1P. 3:15.
Debemos tener cuidado de no profanar el nombre de Dios, la única forma de santificar el nombre
de Dios es viviendo bajo su voluntad, porque no es que nosotros podamos decir “señor yo
santifico tu nombre” como les decía, esto es un deseo que debe estar en nosotros, pues solo el
tiene el poder de santificar su nombre, según el profeta Ezequiel “Y santificaré mi grande
nombre, profanado entre las naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas; y sabrán
las naciones que yo soy Jehová, dice Jehová el Señor, cuando sea santificado en vosotros delante
de sus ojos” (36:23)
Por medio de esta oración, Jesús nos enseña que el propósito de la oración está
supeditado a glorificar a Dios, mucho más que a recibir un beneficio o una bendición personal;
cada vez que oremos, preguntémonos si aquello por lo que estamos intercediendo glorifica a
Dios, como si dijéramos “Padre, lo que hagas por mí, lo que me des conforme a tu voluntad, que
sea para gloria de tu nombre”. Señor perdónanos por las veces en las que sin querer hemos
profanado tu santo nombre, por las veces en las que te hemos llamado Señor, pero no hemos
vivido conforme a tu voluntad, por las veces en las que te hemos llamado Padre, pero hemos
dudado de tu providencia, de que tu cuidas de nosotros, de que tú nos levantas y de que nos
sostienes. Por eso hoy clamamos así mi Dios, Admirable consejero, fuerte Dios, Padre eterno, te
necesitamos…