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©Alba Lía Barrios


©Fundación Editorial El perro y la rana, 2009
©Universidad Nacional Experimental de las Artes, 2009
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EDICIÓN AL CUIDADO DE

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Fundación Editorial El perro y la rana

HECHO EL DEPÓSITO DE LEY

Nº LF 40220098002084

ISBN 978-980-14-0537-5

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Sainetes
venezolanos
Estudio preliminar y selección de Alba Lía Barrios

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COLECCIÓN ENTRADA LIBRE
Teatro no es solo representación, detrás de la máscara sabemos que
hay un grito, la magia del desdoblamiento, el paso real seguido del
paso en falso, la pupila dilatada bajo el párpado cerrado. El ser
humano en su afán de manifestarse se ha procurado los más
delicados medios y tratando de encontrarse a sí mismo se ha
vestido de otros. La colección Entrada Libre es el anfiteatro donde
caben todos los espectadores del mundo, aquí confluyen desde los
más representativos dramaturgos de todos los tiempos hasta los
que han sido soslayados por la academia. El espacio de las tablas
no está limitado, esta colección brinda a través de sus cuatro series
un boleto de acceso a quien desee ser tribuna de las más diversas
funciones. La serie clásicos se viste de gala y expone a los autores
que han marcado la historia de la dramaturgia, ofrece una línea
sólida y completa de las obras que son pilar del teatro universal;
contemporáneos presenta los dramaturgos que a partir del siglo
XIX han sorprendido al público más crítico y han propuesto
diferentes perspectivas al mundo teatral; abre el telón es la serie que
concentra su luz en los escritores que nunca habían sido iluminados
y muestra sus obras en estreno, dejando de esta manera butacas
reservadas a la sorpresa y la novedad.
La última serie teoría y crítica puede considerarse el proscenio de
la colección, pues en ella está concentrada la mirada más enfática
de los críticos y teóricos del teatro de diferentes épocas.
Esta colección es pues una Entrada Libre al maravilloso mundo de
las tablas.

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Andares y desandares del sainete 1

Género chico, género menor, género inferior

Entre 1924 y 1926, después de una larga y oscura tradición en corrales,


plazas de mercado o en mal iluminados teatrillos como El Conde y Made-
rero, llega el sainete venezolano a su punto culminante en cuanto a número
de temporadas, estrenos y éxito de público. Se recuerda de modo especial
la jornada de agosto del 26, pues se hicieron más de cincuenta funciones
consecutivas con salas abarrotadas. En los años siguientes la producción
nacional decae vertiginosamente2, nunca más el sainete volverá a pros-
perar de la misma manera, a partir de entonces sus reapariciones serán
de forma aislada y esporádica. Podríamos decir que el año 1926 es el año
de “despedida” triunfal del sainete: tiempo de su mayor florecimiento y, a
la par, comienzo de su declinación. Es dable especular sobre una relación
entre ese fenómeno y la situación política que, desde el año 27, entra en una
etapa tensa y represiva. El sainete y su hermano menor el “a propósito”, en
razón de sus acostumbradas morcillas —improvisaciones con frecuencia
alusivas a hechos o comidillas de actualidad—, entraron más de una vez en
la categoría de sospechosos cuando arreció la actividad de La Sagrada. No
es casual que, paralelamente, por esos años, aumente el número de espectá-
culos importados, los cuales, por supuesto, estaban fuera de toda sospecha
pues, más bien, contribuían con su ‘espectacularidad’ a prestarle oropeles
a la dictadura. No debe pensarse, sin embargo, que después de esos años
1924-1926 el sainete desaparece de la escena; seguirán por mucho tiempo
apareciendo sainetes en forma esporádica e incluso, como veremos más
adelante, se producirán ciertas manifestaciones que constituyen novedosas
variaciones —o evoluciones— del género. Inevitablemente, sin embargo,
la modernización afectó las formas de producción y recepción propias del
género, consustanciales a lo que más adelante hemos llamado la experiencia
1 En este trabajo se amplía nuestra investigación en torno al sainete contenida en un pano-
rama de la dramaturgia venezolana entre 1900-1945 (Barrios, 1997) y, por su conexión
temática, también se vincula con el estudio del primer costumbrismo venezolano en
donde abordamos los llamados cuadros o artículos de costumbres (Barrios, 1994).
2 Sólo en 1933 tendremos nuevamente una temporada de teatro criollo.

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

del sainete, caracterizada por su muy particular espontaneidad y hasta alea-


toriedad, su cargado juego de alusiones sobre el presente del país, y su diná-
mica interactiva con el espectador. Experiencia imitable, nunca igualable.
Pero el espíritu del sainete es terco y busca otras maneras de sobrevivir
más allá de sus límites. Cuando los medios de comunicación radioeléc-
tricos se adueñan del entretenimiento doméstico, primero la radio desde los
treinta y luego la televisión desde los cincuenta, al sainete y al melodrama
les corresponderá adaptarse a los nuevos géneros. El melodrama a las radio-
novelas y telenovelas; el sainete a los programas cómicos. Conservarán
éstos muchos de sus rasgos genéricos, humor, enredo, criollidad, y perderán
buena parte del significado y sabor originales que dependían de sus condi-
ciones de recepción —sobre todo de la presencia cercana del público— y de
producción que, en el caso del sainete, fueron particularmente precarias.
Por otra parte, el humor saineteril se ha convertido en vital ingrediente
tanto de la comicidad chacaitesca —término acuñado por Edgar A. Moreno
Uribe para referirse al teatro frívolo comercial— como de algunos altos
vuelos de la tragicomedia nacional. Por ejemplo, no podríamos comprender
a fondo. El día que me quieras o Acto cultural, de José Ignacio Cabrujas,
confeso admirador del género, sin apreciar la fusión de rasgos saineteriles
con una escéptica exploración postmoderna rica en entresijos históricos y
existenciales que dejan muy atrás las restricciones del típico sainete. Bás-
tenos, por ahora, esta referencia. Sería materia de un largo ensayo repasar
la dramaturgia venezolana de la segunda parte del siglo XX y lo que va del
presente a la luz del aporte sainetero, pues tal indagación, estamos seguros,
nos llevaría a considerar su presencia en obras de nuestros más connotados
autores. El sainete desanda la escena nacional.
Mirando hacia atrás, y con la debida cautela que nos impide fijar
comienzos del género en Venezuela 3, preferimos poner de relieve el hecho
documentado de la creciente producción sainetera en las últimas décadas
del siglo XIX. De entonces sobresalen nombres como el de Nicanor Bolet
Peraza, quien por académico preservó su obra, y de los teatreros Rafael
Otazo y Carlos Ruiz Chapellín, referencias ineludibles a pesar de que su

3 José Rojas Uzcátegui señala la pieza El café de Venezuela, montada en 1822, como nuestro
primer sainete y, curiosamente, también como “el primer gran fracaso escénico de un
autor venezolano” (26)

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SAINETES VENEZOLANOS

extensa producción, salvo algunas páginas, se encuentra extraviada, junto


con la mayoría de nuestras piezas decimonónicas. Aquellos saineteros
de finales del XIX y primeras décadas del XX dejaron pocas letras, pero a
cambio nos regalaron un sinfín de anécdotas y crónicas como las de Juan
José Churión 4 y otras más adustas, que a pesar del tono admonitorio con
que acusan improvisaciones y vulgaridades de la escena sainetera, nos pro-
vocan hoy en día un cierto regusto transgresor.
La crítica del XIX anticipó los tópicos recurrentes en los comienzos del
XX: ramplonería y vulgaridad. Hoy la perspectiva otorgada por el tiempo
nos permite otra forma de mirar aquellas chapucerías y atrevimientos contra
el buen gusto de un género tildado de menor, no sólo por su brevedad sino,
ante todo, por su inferioridad frente al teatro de prestigio, particularmente
el de las compañías extranjeras, que ocupaba las grandes salas y obtenía
jugosos subsidios y ganancias de taquilla. Desigualdad de condiciones entre
el teatro importado y el criollo, dentro del cual el sainete representó el flanco
más débil mientras, por ejemplo, las piezas de labrado estilo neoclásico o de
imitación de los maestros del Siglo de Oro de reconocidos escritores como
Domingo Navas Spínola y Heraclio Martín de la Guardia fueron tratadas con
respeto. Sin duda porque a través de ellas el teatro como institución cumplía,
con rigor, su función didáctica en la conformación de un ciudadano acorde
con el proyecto civilizador de las élites ilustradas del siglo XIX. Tal y como
lo demuestra Dunia Galindo, en su estudio del teatro de la época paecista
(1830-1845), el papel civilizador del teatro no sólo se desprende de la presencia
de mensajes aleccionadores en las piezas, sino del mismo hecho que signifi-
caba acudir debidamente trajeado y obligado a comportarse respetando los
preceptos de la urbanidad con toda su carga ideológica. Es decir, el asistir el
teatro —al teatro de postín, sobra decirlo—, ingresar a la edificación y cum-
plir con los obligados rituales de la cortesía, conllevaba una suerte de ejercicio
disciplinario en la puesta en escena por parte del público del ideal progre-
sista de ciudadanos racionales y educados, dóciles y urbanos, al modo de las
metrópolis culturales, opuestos, por tanto, al enemigo interno que enfren-
taban las nacientes repúblicas de corte positivista: barbarie y atraso. Resulta
obvio, pues, que la tosquedad de la representación sainetera no armonizaba
con el proyecto civilizador ilustrado.
4 Muchas de ellas recogidas en El teatro en Caracas.

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

¿Qué significado tienen entonces los géneros menores (populares,


pobres) simbolizados por aquellos rústicos teatros El Conde5 y Maderero?
Recordemos primero algunos rasgos a través de la sabrosas descripciones de
Bolet Peraza y Juan José Churión: teatro a cielo abierto, hediondo a fritangas
y esperma de velas, frecuentado por mocitas de partido y mujeres de “rompe y
rasga” cuyo público, a pesar de la obligada presencia policial, continuamente
interrumpía la actuación con groseras rechiflas y objetos contundentes6

Los silbos estallan, los gritos atruenan, las sillas vuelan por el
aire, las mujeres chillan, los chicos se esmorecen, las candilejas
se apagan, el infierno se desborda (…) (Bolet Peraza, 209).

Difícil concebir mayor incivilidad, y aun cuando nos haga sonreír no deja
de recordarnos aquella horda de “El matadero”, de 1836, del argentino Esteban
Echeverría, relato emblemático de la representación literaria de la barbarie. El
teatro popular del siglo XIX, desde luego, se halla en la acera opuesta del Teatro
de prestigio respondiendo más bien a la caracterización del Teatro tosco7, sin
mayores aspiraciones y recursos, pero vital y desenfadado. Con fruición car-
navalesca se apropia de expresiones culturales, como en Nacimientos y Jeru-
salenes, para reconstruirlas de un modo en que lo grotesco no se encuentre
reñido con ternura y devoción; representaciones equivalentes a esas figuras
ingenuas de barro o madera de la artesanía folklórica. Apropiación simbólica
de elementos culturales, los religiosos entre otros, a través de su conversión a
códigos propios lo cual funciona, si se quiere, como una forma de traducción,
por una parte. Por otra, esa misma apropiación también entraña otro sentido
de signo contrario orientado hacia la resistencia popular frente a la alta cul-
tura. Dicho de otro modo, los símbolos transformados —transculturados—
esconden un gesto de insubordinación contra el calco fiel de patrones ajenos.
5 A El Conde le corresponde un sitial pionero del teatro en Caracas, construido en 1783
entre las esquinas de El Conde y Carmelitas fue derribado por el terremoto del 26 de
marzo de 1812. Sólo tenía techo en parte, tema que ironiza Humboldt: “el patio, en el cual
estaban separados los hombres de las mujeres, estaba descubierto, y se veían a un tiempo
los actores y las estrellas […]” (Churión: 54)
6 En este aspecto siguiendo la tradición del viejo teatro El Conde en donde, según Chu-
rión, ya fueran “buenos o malos los cómicos, volantines o saltimbanquis, los apedreaban o
naranjeaban (sic) sin piedad […]” (Id: 57)
7 Teatro de prestigio y Teatro tosco según la categorización de Peter Brook.

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SAINETES VENEZOLANOS

Así pues, mutatis mutandi, con este tipo de dicotomía entre un espec-
táculo elitesco y otro tosco proseguimos durante las primeras décadas en el
siglo XX aunque, en verdad, nunca más las crónicas registrarán aquel regoci-
jado primitivismo del Teatro del Maderero. No pasó en vano el afán moder-
nizador del guzmancismo, no sólo plasmado en lujosas edificaciones, entre
ellas el Teatro Municipal, sino también expresado en nuevas ordenanzas
destinadas al orden y limpieza de la ciudad, y en el énfasis puesto en la edu-
cación y el comportamiento público y privado del ciudadano. Por ello no es
de extrañar que, a imitación del decimonónico Manual de urbanidad, de
Manuel Antonio Carreño (1853), todavía vigente en la primera parte del siglo
XX, se publiquen otras preceptivas, incluso una especialmente destinada a
disciplinar la conducta en el ámbito teatral. Se trata del opúsculo Arte y urba-
nidad (1906), de Benedicto Peña, quien en graciosos versos predica elemen-
tales consejos, como no dar golpes con tacones, no fumar, no llegar tarde, etc.
Resulta evidente que el sainete de las primeras décadas del XX, con sus
aventuras y desventuras sigue el hilo conductor de aquel barro criollo del
teatro popular de siglos anteriores. Mientras, preciso es advertirlo, el sai-
nete en España, de tradición juglaresca, se presentaba para entonces en las
mejores salas con escenarios a la italiana, montado por compañías profesio-
nalizadas y contando con el bagaje de una tradición de renombrados autores,
que pasa por hitos célebres como los entremeses de Lope de Rueda y las
piezas de Ramón de la Cruz, quien le da su forma más acabada a este género
chico. De hecho, los sainetes españoles traídos por las grandes compañías se
montaron en las salas más reputadas y se tomaban como un teatro ligero, de
divertidos rasguños, pero nunca tosco o primitivo como el nuestro.
Lo fundamental del sainete clásico español, sin embargo, se conserva
entre nosotros: costumbrista, breve, de humor, cuya etimología sain —“boca-
dito de gusto”, “pedacito de gordura de tuétano” con que los halconeros
regalan a sus aves de cetrería, carnada o anzuelo para atraer o distraer—
remite a algo sabroso y carnal, más que de espíritu; algo que hace cosquillas
y provoca risas a través de la ridiculización de las costumbres. Teatro parro-
quial, de personajes criollos estereotipados: el sastre, el barbero, el campesino
en la capital, la chismosa, etc.; de lenguaje autóctono y obligados enredos
en una trama rica en equívocos y casualidades. En suma, cruce de comedia
y costumbrismo con su equipaje de tipos, tópicos y dialectos nacionales

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

adonde el humor y la ironía liviana se solazan a placer dejando, al mismo


tiempo, una enseñanza didáctica o moraleja, por lo general simplista.
El ingrediente costumbrista busca aprehender lo cotidiano de una nacio-
nalidad. No pocos pensaron en el siglo XIX que las costumbres podrían
revelar el espíritu nacional, “las costumbres de los pueblos son, como las del
individuo, el remedo de su carácter, de su índole, el remedo de sus creencias,
el remedo de sus goces, en una palabra: son su manera de ser”, declara Daniel
Mendoza en 1845. Espacio para mirarse, forma que aunque limitada por los
estereotipos del género invitaba a conocerse como ente colectivo. “Realismo
que consiente la época” (5), acota Picón Salas8 encarando las limitaciones del
costumbrismo en cuanto exploración de la vida social. Realismo precario
que asume un fin ulterior didáctico: el costumbrista en general invita al lector
a tomar distancia y ver con sentido crítico, teñido de ironía, aquello que le
es cercano. Propósito que se cumple en el sainete, aun a pesar de que ciertos
aspectos, en particular los dobles sentidos del lenguaje, puedan algunas veces
atentar contra “lo moralmente correcto”.

Miserias y fulgores del sainete

Como decíamos antes, entre 1924 y 1926 el sainete alcanza su ápice, lle-
gando entonces a representar al teatro nacional en condiciones muy desiguales
frente a las compañías extranjeras, asiduas visitantes de nuestras mejores
salas, amparadas por el presupuesto oficial. Nunca, por ejemplo, la inicia-
tiva criolla llegó a percibir, ¡ni lejanamente!, lo que a la compañía española de
ópera de Américo Marín, auspiciada por el gobierno, le fuera concedido en
1910: “subvención de doscientos mil bolívares en dinero efectivo, teatro gratis,
alumbrado, pasajes desde Puerto Rico a Caracas y exoneración de impuestos”
(Salas, 1974: 101). Teatro de prestigio que de antemano tenía ganados subsi-
dios y éxito en el Municipal o el Nacional, en contraste con nuestro teatro tosco
montado en escenarios improvisados o corrales y, cuando más, en las edifica-
ciones menos ostentosas como el teatro Calcaño o el Olimpia.
Faltaban recursos y sobraba mística. Aquellos cruzados del teatro
nacional, Rafael Guinand, Leoncio Martínez (Leo). Francisco Pimentel (Job
8 Se refiere concretamente a artículos de costumbres, pero bien puede aplicarse a la drama-
turgia costumbrista.

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SAINETES VENEZOLANOS

Pim) y Leopoldo Ayala Michelena fijaron cuartel general en la sede de la


revista Fantoches, fundada en 1923, desde donde dirigieron toda una cam-
paña en pro del teatro criollo y con grandes esfuerzos fomentaron compa-
ñías que, aunque efímeras, significaron una valiosa resistencia frente a los
montajes extranjeros. En verdad, en aquellos días, ser actor profesional como
Guinand, Antonio Saavedra, Aurora Dubaín, María Donis, Ramón Ojeda,
Luis Plaza, entre otros, más que proeza era temeridad. Su épica menuda se
convirtió en fuente de comidillas humorísticas por esa mezcla de idea-
lismo y candidez empresarial de las temporadas caraqueñas y giras por pro-
vincia, verdaderas aventuras quijotescas que terminaban con frecuencia con
autores, directores y actores magullados, empobrecidos y hasta endeudados:

[…] excursiones hambrientas por provincia para dejar los baú-


les de rehenes y sacarlos con los primeros bolos del Calcaño, el
san Juan, el Pastora o el Catia” (Sin firma. “Comedias y artistas
criollos”, (Fantoches, 1-9-1925. s. p.)

Pero las dificultades no sólo se apostaban afuera, las peores se alojaban


adentro. La escasez de recursos se reflejaba en escenografía, iluminación y
vestuario, tramoya y actores, en muchos casos meros repetidores de aquello
que les dictaban desde la “concha de apuntador” o “inspirados” cómicos
envanecidos de talento que, para desgracia de los autores, no se tomaban
siquiera la molestia de mirar el libreto o atender al pobre apuntador que
enronquecía articulando parlamentos. Se enseñoreaba así la improvisación,
asunto que suscitó no pocos denuestos contra los cómicos:

Debieran comprar su vagón y su bombo e irse a tartamudear


sus sandeces literarias por esos pueblos de Dios. ¡Uno menos
malo que otro, todos son mediocres de solemnidad! (Sin firma.
“Comedias y artistas criollos”, Fantoches, 1-9-25. s. p.).

En relación con la puesta en escena de una obra suya, Las dos llaves
(192?), Juan José Churión comenta:

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

Pero lo que sí resultó espantoso fue la ejecución por parte de los


actores, fue una verdadera ejecución capital. Fuera de Teófilo Leal,
ninguno se había molestado en ver sus papeles, creemos que ni se
distribuyeron para su estudio cabal, pues ni para el traspunte se
sacó copia. Poseídos de sus grandes facultades, confiáronlo todo al
apuntador y a un ligero ensayo en el día de autos. Las acotaciones
para la debida presentación de las escenas y colocación de las par-
tes no fueron observadas y todo eso desbarató el conjunto. (133)

Aquí vale aquello de reír para no llorar.


Sin embargo el ánimo no decae y, conscientes del poder de la prensa,
desde Fantoches, arengan al público con enguerrillado acento nacionalista 9:

Hermanos, en nuestra querida Venezuela fervorosamente armo-


nizados autores y actores vamos a emprender una campaña tea-
tral venezolana [...] Tenemos la convicción de que ustedes her-
manos, público, se contagiarán de nuestra esforzada idealidad
y acudirán como a toque de somatén a construir nuestro teatro.
(Sin firma. “Al levantar el telón”, Fantoches. 21-10-1924. s. p.).

Todo es netamente venezolano en este teatro venezolano. Es el


comienzo indirecto de una campaña contra el snobismo y el exo-
tismo falso y huero que amenaza buena parte de nuestras artes litera-
rias. Es un regreso a la propia personalidad, sin parches de importa-
ción. (Sin firma. “Sobre teatro venezolano”, Fantoches, 4-11-24, s. p.).

En anuncio destacado:

Concurrir al Teatro Venezolano es


ayudar al Arte Patrio

9 La lucha por un teatro nacional se inscribe en una polémica mucho más amplia entre lo
nacional y extranjero, a su vez imbricada con la disyuntiva entre lo tradicional y lo nuevo,
que se extendió a todos los campos de la cultura desde el siglo XIX, cobrando especial
relieve en los intelectuales y artistas del modernismo finisecular latinoamericano. En este
sentido, y en nuestro patio, son famosas las polémicas recogidas en Cosmópolis (1894-
1895).

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SAINETES VENEZOLANOS

Vaya usted a las funciones del


Teatro Calcaño
(Fantoches, 11-8-26. s. p.).

Naturalmente que el éxito de estas arengas fue escaso entre la clase


pudiente. Apenas con espíritu y mística no podía ganarse la pelea frente a
la distracción “espectacular” de operetas, zarzuelas, revistas musicales,
magos, clarividentes que llegaban con lujo y fama, además de gran des-
pliegue publicitario. Nuestro público à la mode acostumbrados a coristas,
cupletistas, bailarinas de french can can, empezaba apenas a descubrir el
cine y sus nuevos ídolos, pero todavía,

[las] grandes estrellas como Chaplin, Mary Pickford, Douglas


Fairbanks, John Gilbert o Rodolfo Valen­tino no habían
logrado desplazar el viejo gusto caraqueño por las buenas
temporadas de género chico en el Nacional, ni su caballeresca
devoción por las coupletistas y tonadilleras españolas, que aún
en plena efervescencia del charleston siguieron deleitándoles
con sus anticuados repertorios de “Es mi hombre” y el pasodo-
ble “La hija del carcelero”. (Nazoa, 160).

Pasaría algún tiempo antes de que la corista, tonadillera o bailarina


de french can can con medias de malla fueran desplazadas por el erotismo
rubio de Hollywood. Las fantasías masculinas estuvieron largo tiempo atra-
padas (Sarita Montiel en los 50 es vestigio de ello) por esas damas garbosas,
un tanto entradas en carnes, con arreboles de peinetas, encajes, medias
sujetas con rizados ligueros y faldas volanderas que ejercían, entre pudores
simulados y reales, una coquetería al más puro estilo andaluz. En el lado
opuesto del ring, el teatro nacional, y particularmente el sainete, carecía de
prestigio y de imán erótico y era —ya lo sabemos— demasiado pobre, parro-
quial y rudimentario, ¡además de moralista!, para competir en ese terreno.
Era otro su terreno: teatrillos improvisados, corrales de provincia, el
Olimpia o el Calcaño, con un entusiasta público popular que iba a verse
reflejado en las tablas, a reírse de sí mismo y disfrutar los dobles sentidos de
la representación.

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

El Olimpia era un solar que para Guinand y Saavedra era muy


bueno porque ellos trabajaban teatro popular. Allí la entrada
valía un bolívar y los lunes un real. Y yo recuerdo que bajaba
todo el cerro del Guarataro a ver a Guinand. Era el cerro el que
llenaba los lunes populares (Salas, 1978: 37).

La complicidad con el público merece destacarse como clave impor-


tante de la popularidad del sainete. Una vez nos comentó el actor Rafael Bri-
ceño que su formación se la debía a la “escuela del sainete” adonde había
aprendido a pulsar la respira­ción de la audiencia, y entender intuitivamente
la forma de comunicar el “otro” sentido de las frases de acuerdo al momento
y al público particular de cada función. Así, las entrelíneas, las sugerencias
del gesto, se convertían en la malicia que capturaba la atención creando
una corriente de empatía a través de ese “otro sentido” que muchas veces
apuntó hacia ciertos temas sociales (sufridos, prohibidos, por lo tanto muy
presentes), a los cuales sólo hacía falta rozarlos para convocarlos. Mensajes
altamente dependientes del contexto, diría un semiólogo. Estilo de comu-
nicación que, por lo demás, nos viene de atrás, de nuestro ingenio colonial y
su regusto por gracejos, ironías, alusiones con piquete, ingredientes activos
de aquellos “vejámenes” y “pasquinadas” que deleitaron a nuestros ante-
pasados. Géneros menores que, burla burlando, significaron un desahogo
subrepticio ante el autoritarismo reinante.
Cabe pensar que todo aquello que de improvisación y de descuido tuvo
nuestro sainete, manifestado en tropiezos, incoherencias, equivocaciones
—en suma lo aleatorio como ingrediente— suscitaba acaso el placer de lo
que está a nuestra altura, es decir de lo que está a nuestro alcance juzgar
por no hallarse tan encumbrado como el “gran teatro” —entronizado por el
canon estético—, al que sólo es permitido admirar. Cotidiano, defectuoso,
sin vergüenza, humilde, allí en el sainete hay algo cercano, de la parroquia
misma, de lo nuestro. Es imaginable que una comicidad no intencional
(errores, resbalones, caídas, miserias de los trajes, apagones, costuras que
revientan en escena, pantalones brinca pozos o que arrastran, faldas que
se enredan, maquillajes chorreados, parlamentos equivocados, en fin…)
hiciera las delicias de la audiencia. La esperaban, la deseaban. Otra clave del
éxito del sainete.

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SAINETES VENEZOLANOS

También vale el humor, muchas veces grosero, de carcajada amplia que


libera tensiones. Reírse de otros, reírse de sí mismo, reírse de todo, debió sig-
nificar un anzuelo —o carnada— de particular sabrosura que atrapa por su
fuerte sabor carnavalesco.
El hecho es que su éxito popular nunca ha sido igualado, ni antes ni
después. Paradoja: más tarde apareció un teatro volcado hacia lo social10,
insistiendo en la toma de conciencia y en la función de agitación, armado
de seductoras y novedosas técnicas dramatúrgicas y de montaje y susten-
tado por importantes sistematizaciones ideológicas sobre la opresión de
las clases populares y el colonialismo que no logró, sin embargo, alcanzar
la efervescencia de público popular conquistada por el sainete. Este nuevo
teatro social no consiguió acercarse a ese pueblo a quien dirigía el men-
saje, y en su lugar terminó encerrado con una élite iniciada en vericuetos
de modernas estéticas e ideologías. Atrás quedaron “los lunes de a real”,
cuando todo el Guarataro venía a ver a Guinand.

Tiempo y espacio del sainete

Caracas, 1924. Retretas en la plaza Bolívar y arreos de burros por las


calles. Las grandes orejas de la dictadura obligan a bajar la voz en las
esquinas, a doblar el sentido de las frases, a la reticencia elocuente. Por un
lado, miseria y cárceles; por otro, zarzuelas y operetas importadas, desfiles y
sainetes. Hombre serio, sencillo y observador, Rafael Guinand deambulaba
por aquella ciudad con un “sin embargo” entre su naturaleza melancólica y
su extraordinaria capacidad para suscitar la risa, nuestra risa. “Barbero de a
real, maestro de escuela, botiquinero y boticario” (Salas, 1974: 91) y, dentro
del teatro, desde dramaturgo hasta utilero y actor tanto del Teatro Nacional
como de algún corral provinciano de generosas sábanas: “trabajábamos
sobre escenarios que nosotros mismos habíamos construido la víspera de la
función” (Id.: 89). Ninguno como Guinand representó nuestro sainete.
Después de Cipriano Castro y su célebre atrevimiento nacionalista
frente a las potencias acreedoras, el país pasa, por madrugonazo histórico,
a otra dictadura más sombría y campesina. El nuevo dictador, Juan Vicente
10 Ni siquiera el Teatro Obrero de finales de los años treinta, que contó con notables éxitos de
público, logró igual entusiasmo en las clases más desposeídas.

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

Gómez (1908-1935), entrega el petróleo a las compañías extranjeras y con-


vierte en prioridad el pago de la deuda externa, en una Venezuela analfabeta,
palúdica y hambrienta. Hechos, cifras y testimonios refrendan la visión de
un país sofocado por un gobierno que triunfa sobre el caudillismo y, siempre
en guardia, hace de la represión (Rotunda, Puerto Cabello, o exilio) fun-
damento de un régimen adonde el jefecivilismo se entroniza. Se cuentan
más de treinta mil presos políticos, cuatro mil de los cuales mueren en pri-
sión. Solamente en el estado Táchira, cerca de 25.000 familias se exiliaron
en Colombia. Hitos claves como el de “La generación del veintiocho” son
escapes de una indignación contenida, que caracterizó esos años de silencio.
La situación no permite denuncias explícitas. O la dramaturgia calla,
tocando en su lugar temas livianos o exóticos o habla con cautela en len-
guaje de sobrentendidos, comprendido por el público de entonces gracias
a la complicidad creada por la represión compartida. El mismo escrúpulo
generalizado de omitir referencias directas al poder bien puede interpretarse
como una forma tácita de acusar su ejercicio tiránico. En forma directa, la
irrupción de mensajes de denuncia, ya no en el texto sino en las acostum-
bradas improvisaciones o “morcillas”, se convirtieron en ocurrencias fre-
cuentes en el espectáculo saineteril, hecho revelador de un gesto insumiso.
Rebeldía temerosa de quien “tira la piedra y esconde la mano”, pero rebeldía
al fin. Lamentablemente estos “gestos” rara vez pasaron al papel, a la litera-
tura dramatúrgica, quedando sólo como materia de crónicas y de charloteos
memoriosos sobre los tiempos aquellos. Una anécdota contada por Rafael
Briceño resulta elocuente sobre la particular contextualización del mensaje
en la experiencia del sainete y, desde luego, sobre sus auda­cias: Se ofrecía una
función especial para los jerarcas de la dictadura, en cuyo programa cons-
taba “El hecho del día”11, a cargo del conocido actor Celestino Riera. Llegó
su turno y el actor se hacía esperar y esperar. En el Teatro Nacional crecía
la im­paciencia y Guinand, quien era el responsable de la función se con-
sumía de nervios. Las autoridades, no acostumbradas a retardos de esa natu-
raleza, lo mandan a buscar con el edecán quien sorprende al cómico, muy
tranqui­lo, tomándose unos tragos en el botiquín de la esquina de Miracielos.
La fuerza entra en acción. Se produce una persecución del unifor­mado tras
11 Entra en la categoría del “A propósito”, suerte de subgénero: breve sketch referido a un
hecho muy cercano en el tiempo (“del día”).

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SAINETES VENEZOLANOS

el actor cayéndo­se de borracho, y de esa forma, correteando el uno al otro,


entran los dos sin proponérselo en el escenario, momento que aprovecha
Guinand para ordenar subir el telón anunciando a viva voz: “El hecho del
día”. Huelgan los comentarios.
Por otra parte, el petróleo a partir de aquel histórico estallido del pozo
Barroso Nº 2 en Mene Grande, el 14 de diciembre de 1922, que hizo disparar
las cifras de barriles de exportación, va a determinar cambios importantes a
lo largo de la primera mitad de esta centuria. El país agrícola, el país del café
—y del cacao en el siglo pasado— comienza a convertirse en país petrolero
dependiente de la explotación extranjera. Poco a poco el agro va despoblán-
dose por la fuerte migración rural hacia ciudades y enclaves petroleros, y se
conforma una nueva clase social: el proletario urbano. Asimismo, el aumento
de los ingresos públicos redunda en un crecimiento de la burocracia estatal,
y un sector de la clase dominante, conectado a las transnacionales y la banca,
empieza a sobresalir. Se está gestando la llamada “cultura del petróleo”, a
pesar de que el general Gómez desde Las Delicias vigila el hato y cuida sus
bestias con las cuales solía dialogar, según afirmaba la superstición popular.
La provincia entra en etapa de progresivo deterioro lo cual se convierte
en persistente temática a lo largo de las primeras décadas del siglo, muchas
veces conjugando la idealización de la naturaleza, de tradición romántica y
modernista, con la denuncia social respecto al abandono y depredación. No
es coincidencial que sea ésta la época de la llamada Novelística de la Tierra
donde confluyen, en unidad ambivalente, símbolos positivos de fuerza
y renovación y negativos de miseria y atraso en relación con el campo y/o
la provincia. Allí chocan y se dan la mano la romántica conmoción ante la
naturaleza y el temor a la barbarie; el regodeo en lo tradicional y rudimen-
tario y, a la vez, su rechazo por significar una actitud recalcitrante frente a la
racionalidad moderna. Cohabitan dos pulsiones opuestas: amor al campo
y temor de él; idealización y denuncia por su abandono y miseria. En las
primeras décadas, la mejor representación dramática de esta desolación la
constituye El motor (1910), de Rómulo Gallegos; más tarde, Mala siembra
(1940), de Luis Peraza, Macaurel (1943), de Aristyde Calcaño y El pueblo
(1942), de Víctor Manuel Rivas, entre otras. Acompañando a la Novelística
de la Tierra, incluso antecediéndola como en el caso de El motor, el tema de
la desolación de provincia fue principal en la dramaturgia realista —llamada

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

entonces comedia dramática— que paralelamente al sainete va desarrollán-


dose hasta alcanzar su etapa de mayor producción en los treinta y cuarenta.
El auge del sainete coincide con los comienzos de la explotación petro-
lera y el consecuente aceleramiento del abandono del agro. Sin embargo, al
contrario de la Novelística de la Tierra y de la dramaturgia realista rural, el
sainete, ante todo urbano, va a situarse en la ciudad recién crecida la cual,
aparte de los monumentos de la decoración guzmancista y algunas calles
cosmopolitas, sigue siendo pobre y aldeana, receptáculo de una migración
depauperada y montaraz. El sainete prefiere el tema suburbano, parro-
quial, como en “Campeón de peso bruto” (1920), de Rafael Guinand, “Salto
atrás” (1924), de Leoncio Martínez, “La taquilla”, de Leopoldo Ayala Miche-
lena (1921) o las “Comedietas absurdas”, de Rafael Michelena Fortoul (alias
Chicharrita) publicadas por Fantoches, entre 1926 y 1927; frecuente es la
presencia del campesino extrañado, descolocado en la ciudad, encarnado
en el Perucho Longa (1917), de Guinand, pariente del Palmarote de Daniel
Mendoza12. El espacio del sainete resulta, más bien, una especie de híbrido: ni
ciudad, en el sentido que usualmente le damos al término, ni tampoco campo
o pueblo. Pareciera pues que el espacio del sainete no se prestase para ser tra-
tado desde las oposiciones esquemáticas campo/ciudad, más le conviene el
término de parroquial puesto que sus temas suelen nutrirse de la anécdota
o chisme de vecindario, refugio del charloteo pueblerino. Zona periférica
de confluencia entre lo provinciano y lo urbano (el campo en la ciudad) que
se resiste a la modernidad, a esa urbe que se cosmopolitiza en sus avenidas
y calles centrales. De esa ciudad con devaneos cosmopolitas se ocupa, y se
ocupará más en las siguientes décadas, otra dramaturgia —realismo urbano
podría llamarse— que se abre a otros tópicos y espacios, a personajes más
sofisticados e íntimos, a explotaciones como la del obrero y a otras insurrec-
ciones como la femenina. Obras como Gesta magna (1912) y Llegará un día

12 En “Un llanero en la capital” (1859). Palmarote, Perucho Longa o Juan Bimba —parien-
tes todos— representan símbolos del llanero que ha dejado atrás su imagen de salvaje,
aquel que muestran semidesnudo recorriendo la sabana a lomo de bestia, ya sea luchando
valientemente por causas realistas o patriotas (con Bobes o Páez), o como nómada, can-
tador y jugador trashumante, sin amor ni respeto por las posesiones. Los Palmarotes, en
cambio, representan al llanero que ha entrado en la horma republicana, pasando a tener
un perfil de ser “razonable”, respetuoso de la ley y el orden del proyecto civilizador de
corte positivista.

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SAINETES VENEZOLANOS

(1918), de Ángel Fuenmayor, Los ídolos, (1910)13, de Rómulo Gallegos, Al dejar


las muñecas (1913) y Almas descarnadas (1921), de Leopoldo Ayala Miche-
lena son muestras tempranas de esa inquietud por la vida moderna. Parale-
lamente, audaces intelectuales cosmopolitas exploran estilos vanguardistas,
desligados de su entorno: Pedro Emilio Coll en Homúnculus (1909), Arturo
Uslar Pietri en E Ultreja (1927) y La Llave (1928), ejemplos adelantados o
raros para su momento14. Y en el extremo opuesto, algunos rezagados todavía
cultivan viejas comedias y melodramas románticos e incluso esmeradas
piezas neoclásicas.
Este contexto dramatúrgico, en donde el realismo rural y urbano
todavía no se ha desarrollado plenamente y la vanguardia es un vicio secreto
sin acceso a los escenarios, hace que el sainete sea percibido por buena parte
de crónicas y críticas como el género que identifica las primeras décadas del
siglo. Como si el esplendor del sainete de los veinte hubiese dejado en som-
bras interesantes fenómenos teatrales ocurridos antes de la mítica fecha de
1945, fecha en que marca un viraje con la llegada de los grandes maestros
extranjeros, Albertos de Paz y Mateos, Jesús Gómez Obregón, Juana Sujo,
Horacio Peterson y Francisco Petrone, generadores de transformaciones
modernizadoras en nuestra dramaturgia.

En el banquillo de los acusados

Acabamos de decir que el floreciente sainete de los veinte se convirtió


en una suerte de símbolo de las primeras décadas del siglo XX, y la mayoría
de las veces cuando la crítica se refiere al Teatro Nacional no apunta a los
autores y obras de teatro “serio”, a los que se afanaban en preciosismos
neoclásicos o búsquedas realistas, sino al humilde sainete contra el que dis-
paran una previsible ristra de adjetivos: vulgar, ramplón, chabacano, procaz
...De allí el provocativo título defensivo de un artículo de Leoncio Martínez,
“El teatro nacional, la vulgaridad y yo” (Fantoches, 25-5-1927. s. p.).
13 Obra de la cual sólo conocemos copia del manuscrito fechado en 1910.
14 En poesía de entonces tenemos fenómenos como José Antonio Ramos Sucre con su pri-
mer poemario Trizas de papel (1921) y Salustio González Rincones con Trece sonetos con
estrambote (1922) quienes desde varios años antes ya habían dado a conocer la novedad de
sus voces a través de publicaciones periódicas. También conviene mencionar El círculo de
Bellas Artes, fundado en 1912, centro irradiador de la modernidad literaria y pictórica.

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

En el siglo XIX, el sainete comparte la suerte de toda la dramaturgia


nacional en el balance general de Eugenio Méndez y Mendoza, incluido en esa
suma finisecular que es el Primer libro venezolano de literatura, ciencias y bellas
artes (1895), en el que afirma con dejo irónico: “sólo valiéndonos de un lenguaje
metafísico” podemos utilizar la expresión de Teatro Nacional (XXVI).
En nuestro siglo esa sensación de carencia llega a convertirse en verda-
dera obsesión: en 1909, una nota en La Alborada califica al teatro nacional
de “página de desastres [...] hay que hacerlo desde el principio, porque no hay
nada, nada, nada, hecho en esta materia” (Sin firma. “Teatro Nacional”, La
Alborada, Nº IV, 28-2-1909); cuatro décadas después, como si tampoco nada
hubiera pasado en este tiempo, Fernando Cabrices afirma con desafiante
convicción: “El teatro venezolano no existe” (“Contrarréplica y proposición
a Luis Peraza, El Nacional, 8-2-1925. s. p). Entre tanto, Churión habla de
“penuria dramática” (34) y lo convierte en blanco de su aguda pluma.
Esta condena llega a su ápice a finales de los cuarenta y comienzos de
los cincuenta, cuando el tema se coloca en un primer plano a través de un
sondeo de opinión a connotados intelectuales en el cual aflora una suerte
de consenso al respecto: se acusa a nuestra dramaturgia de poco relevante
por pobre, provinciana y vulgar. ¿A cuál género colocan especialmente en el
banquillo de los acusados? ¿Hace falta decirlo?
César Rengifo se refiere a un criollismo “chabacano y vulgar” (“Perspec-
tivas teatrales”, El Nacional, 16-2-1948. s. p.), Ramón Díaz Sánchez advierte
que el teatro venezolano “ha estado a punto de perecer liquidado por la vulga-
ridad que hizo presa de él en los primeros años de nuestro siglo” (Díaz Sosa,
Carlos. “¿Qué pasa con el teatro?”, El Nacional, 10-9-1950. s. p.) y Aquiles
Nazoa, en 1951, a pesar de su inveterado tradicionalismo, arremete contra:

Esas cosas polvorientas y un poco sórdidas que se llama “tea-


tro nacional”, a saber “La gota de agua”15, “La respuesta del otro
mundo”16, etc. cocinado a base de situaciones y personajes falsos
y de mal gusto —como cierta viejita que en una obra de Ayala
Michelena echa una gallina con “ñemas de gallineta”— ese tea-
tro va dirigido a un público artesanal suburbano y sin ubicación
15 Comedia de Luis Peraza de 1944.
16 Sainete de Leopoldo Ayala Michelena, de 1926.

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SAINETES VENEZOLANOS

histórica (tabaqueros, galleros, fabricantes de cohetes) que cada


día abundan menos entre nosotros. (Díaz Sosa Carlos, “Tres opi-
niones sobre el teatro venezolano”, El Nacional, 22-7-1951. s.p.).

En 1958 Arturo Uslar Pietri observa “que el costumbrismo, el loca-


lismo, el provincialismo pueden llegar a ser obstáculos y desviaciones en el
camino de crear un teatro venezolano” (12).
El juicio prosigue por mucho tiempo, las acusaciones se repiten: teatro
provinciano, típico, anecdótico y superficial. Sólo a partir de los ochenta
aparecerán críticas orientadas más bien hacia lo ideológico. Susana Cas-
tillo, en 1980, plantea la “separación tan grande entre las obras y la realidad
social política venezolana” (39), aludiendo con ello a la “crítica [social] epi-
dérmica” del costumbrismo y Elizabeth Raab, en 1989, lo califica de “arte
populista tranquilizador de las masas” (“Las relaciones pragmáticas del
teatro costumbrista venezolano” Letras, Nº 46, 1989. 25).
Resultaría difícil refutar estas últimas acusaciones si nos atenemos a los
pocos textos conservados. En efecto, restringidos a ese escaso número de
ejemplares que han llegado a nuestras manos es justo admitir que no se distin-
guió el sainete por sus valientes denuncias o por profundas indagaciones en
la trama social o existencial. Su temática, más bien trivial, vertida en tópicos
de vecindario se percibe con frecuencia sobrecargada de un didactismo sim-
plista, dirigido a fustigar cotidianas hipocresías, pequeñas deshonestidades,
engreimientos, ridiculez de las nuevas modas, prejuicios sociales en el seno
familiar y, con singular sagacidad, la viveza criolla. El sainete quiere hacernos
reír tanto de la cándida picardía del campesino llegado a la ciudad, como del
remilgado citadino; ni lo vulgar o inculto, ni lo falso o supuesto escapan a la
ironía costumbrista que pareciera plantear que en la naturalidad tradicional,
recatada y respetuosa de las buenas costumbres se encuentran los verdaderos
valores. Nada encrespa más nuestro sainete que la falsedad y la modernidad
de las costumbres, verdaderas obsesiones del género. Son menos frecuentes
y tardíos los que tocan temas de alcance sociopolítico. En el mismo sentido,
respecto a los tipos populares del sainete hay que destacar que su caricaturi-
zación, imbuida de romanticismo, hace de estos personajes criaturas simples,
incapaces de extrema maldad o rebeldía, cuya miseria es presentada en forma
jocosa y sin conflictos. Seres ingenuos, pícaros, fundamentalmente alegres:

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

suerte de “paraíso perdido de las clases altas” (Kaiser: 6). A esto se suman sus
finales felices, como si esa sociedad que representa el sainete no confrontase
sino problemas de poca monta y desenlace doméstico.
Sin embargo, otra cosa fue la experiencia del sainete. De hecho, el sai-
netero no parece haber producido sus obras para la posteridad, sino para
su momento y circunstancia. No aspiraba al Parnaso ni sus piezas nacieron
con las contracciones de alumbramiento del Arte Mayor. Por el contrario,
el sainete se concibió efímero, transitorio; Rafael Guinand, por ejemplo,
tuvo temporadas en que estrenaba uno cada semana “y si no pegaba había
que montar otra [obra] a base de apuntador” (Salas, 1978: 38). En muchos
casos no pasaron de ser un manojo de borradores, partes disgregadas en
manos de los actores. Publicar, trascender, no constituía un desvelo para
los saineteros. Lo importante era la dinámica entre escenario y público. Lo
más valioso del sainete se hizo en la representación; no frente al auditorio
sino con él. Allí hay que imaginar el humor disparando sus dardos fuera
de escena, tirando y escondiendo la mano, pues otra cosa no podía hacerse
sin arriesgar el pellejo17. No son pocas las anécdotas que se refieren a las insi-
nuaciones políticas de morcillas y gestos. La denuncia no estuvo excluida
del sainete como experiencia; cautela sí, mas no indiferencia por el drama
social y la represión política. Por otra parte, es justo reconocer que su acer-
camiento al tema popular, rudimentario e ingenuo si se quiere, significa el
debut en la escena teatral de nuestros tipos y temas, antes excluidos.
No podemos pues reducir el sainete al texto, como tampoco podríamos
con otras tantas manifestaciones populares que no pueden entenderse, ni
justipreciarse a cabalidad, fuera de su contexto y sus modos de producción,
transmisión y recepción.

Sobre lenguaje y humor

Humor caricaturesco, paródico, basado en tipos —personajes y situa-


ciones— criollos que juega en el nivel argumental con los consabidos
recursos de la comedia: remarcados contrastes, en especial entre lo popular
y lo culto, equívocos (quidproquo), casualidades y sorpresas. Siempre la con-
fusión del equívoco y la risa que produce el enredo en que se meten tanto
17 La cosa era en serio. En varias oportunidades terminaron presos los saineteros.

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SAINETES VENEZOLANOS

los engañados como los engañadores, actuando ambos disparatadamente,


aquellos porque están tomando una cosa por otra y estos por tratar, a todo
evento, de no ser descubiertos. Desfilan, pues, charlatanes, embaucadores,
tramposos pero también abundan las circunstancias fortuitas en las que
nadie es responsable del embrollo que a todos envuelve.
En el nivel del lenguaje se cultiva el gracejo del dialecto vernáculo —prosi-
guiendo así el rescate de vocablos, sonoridad y giros sintácticos del habla popular
iniciado por el costumbrismo decimonónico—, mientras el teatro de categoría
sólo, si acaso, daba acogida a algunos rasgos de este tipo de oralidad en la boca de
personajes secundarios de función bufonesca. Nunca con el desparpajo regiona-
lista de un Perucho Longa, personaje principal, que hace su entrada así:

Perucho: ¡Mira!, ¡mira, piazo e fresco! Sí, tú, tú… ’Tas muy
viejo pa la gracia, ¿sabes? ¡Caray!, que entre estos caraqueños es
que hay hombres sinvergüenzas! Y el viejo éste que hasta nietos
tendrá ya poniéndome sobrenombres. ¡Pero el peñonazo que le
zumbé, si lo cojo lo estapono. (p.e.:143 ).18

Ni con el desenfado desplegado en la transcripción de la oralidad, para


enfatizar el carácter popular —iletrado— del parlamento, como en “Edu-
vigis y el compadre”, también de Guinand:

Eduvigis: ¡Pare, pare, pare! ¿Qué? Valla usted a la porra, que se


monte su agüela, condenao, negro el diablo, malaya sea hasta
su estampa, permita Dios y la Encarnación que contra el cují se
desmorgalle el perol ése... Pues señor, eso no es con la motolita,
no se ponga una a montarse donde ellos quieran, yo me monto
donde me da la gana, pa’ eso pago lo mío. (p.e.:207).

Además, en las mejores obras, desde A falta de pan buenas son tortas,
de Bolet Peraza, “El discurso del doctor Ningüín” y Yo también soy candi-
dato, de Guinand, a Venezuela güele a oro de Andrés Eloy Blanco y Miguel
Otero Silva, se advierte un particular regodeo en la prestidigitación verbal
18 Con las siglas p.e. (presente edición) señalaremos las referencias de las obras incluidas en
este volumen.

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valiéndose de la utilización efectista de toda clase de juegos de palabras:


contraste de registros —un habla ridículamente culta alternando con otra
chabacana—, libre mezcolanza de homónimos y parónimos, convertidos,
con atrevimiento lúdico, en sinónimos, por aquello de que todo lo que suene
parecido debe ser lo mismo o tener algo en común:

Gorg.— […] Jamás debemos consentir que el doctor Berruga


se siente en el hemiciclo.
Berr.— ¿En el hemiciclo? Y ¿qué es eso, Espinosa?
Cele.— ¿Hemiciclo? Pues… hemiciclo viene a se una cosa así
como… hemostático, como… hermenéutico, como hemorrói-
dico. (p.e.:270).

O como:

Hera.— (Extrañado) ¿Quién, yo? No señor ¿por qué razón? Si


yo he venido a votar porque en el voto es que está la salvación.
Gor.— Eso será en el voto de castidad, mi amigo.
Hera.— ¿Entonces, hay otros votos?
Gor.— ¡Ay! Mijito, hay una pila. Mire: (Tomando del suelo los
peroles y poniéndolos en los brazos de Heraclio que va recibiendo
todo como alelado) (Dándole la almohada) Voto de aplauso,
(Dándole el pan) Voto de gracia, (Dándole la cafetera) Voto de
censura, (Dándole la cobija) Voto de confianza, y el mío. Que es
voto de agradecimiento. Sígame […]. ( p.e.:282-283).

La parodia del habla ilustrada, o la jerga profesional, en forma de


jeringonza inextricable, que no sólo entremezcla registros, sino que tam-
bién engendra palabras con la deformación popular de términos cultos, la
encontramos bien ejemplificada al inicio de “El discurso del doctor Nin-
güin”, según algunos antecedente del habla cantinflérica. Oigamos:

Voces de La Muchedumbre: ¡Que hable! ¡Que hable el


dotol Nigüín!

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SAINETES VENEZOLANOS

Nigüín: Señores, la Midicina es una gran confabulación ner-


vática que no puede vituperarse por el simple achatamiento de
las ideas. El cuelpo del hombre es numismático, y la Midicina
nos prueba que sería una quirupéltica duodal pretender que el
hombre fuera un mozambique.
Muchedumbre: ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Así se habla!
Nigüín: Los honorables cólegas aquí presentes se oponen a que
el cardomomo de mis ideas llegue hasta ustedes, realizando de
este modo una vacuidad anodina que indudablemente tiene
que producir un chinchonal. (p.e.:215).

Y en Venezuela Güele a oro el desenfado llega en varias oportunidades


al vértigo, como en lo que a continuación transcribimos:

Morrockobrero: ¿Que le explique yo? Bueno, jalar es


un verbo. La primera persona del singular es el que jala.
La segunda persona es el jalao; la tercera persona es la que
embroma, porque el jalao, después de la jaladora, pone al jala-
dor y quita la tercera persona del singular del presente indica-
tivo. Los verbos neutros se presenta así, de repente, y le arrean a
uno un copretérito perfecto, que lo dejan a uno en el infinitivo,
señora, y no le queda a uno más remedio, que olvidar el parti-
cipio pasado y dedicarse al imperativo categórico, por si se des-
cuida, lo llevan a uno a que hable con el pluscuamperfecto del
Departamento Vargas, y entonces, el sustantivo Galavís se con-
funde con la declinación del sujeto y le plantan el subjuntivo en
la puerta de la comandancia y no lo dejan salí. Mire lo mejor es
que vayamos buscar a Mujiquita. (p.e.:450).

¡Para enloquecer al más ecuánime de los gramáticos!


Con frecuencia, asimismo, el sainete se permite picardías sexuales que
traspasan los linderos de la decencia convencional. Cuando por ejemplo
Berruga, azorado, se da cuenta de que por equivocación ha golpeado a su tío,
el sacerdote Aniceto, mientras éste dormía:

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

Berr.— ¿Por dónde, tío?


Anic.— (Tocándose más debajo de la cintura) Por detrás, gra-
cias a que yo duermo boca abajo, que si hubiese estado boca
arriba, me fracturas. (p.e.:307).

Esta veta humorística, tocante al cuerpo y la sexualidad, significa un


rescate de la chispa obscena del venezolano, excluida entonces de la dra-
maturgia de las mejores salas. Después autores como Román Chalbaud o
Rodolfo Santana, entre otros, la naturalizarán con soltura y poeticidad.
Pero, sin duda, queda para los saineteros la audacia primera en rela-
ción con el uso de ese lenguaje censurado en las creaciones de mayores
vuelos.

Críticos, grotescos, mágicos y vanguardistas

Ciertos esbozos en los 20 y piezas de acabada factura y más largo aliento


hacia mediados de los treinta y en los cuarenta se distancian, cada cual a su
manera, del modelo ortodoxo del sainete. Vale la pena considerarlos pues
dan cuenta de las posibilidades del género.
Algunas obras menores introducen rasgos de lo que en Argentina se
ha llamado Grotesco Criollo cuyo autor más renombrado fue Armando
Discépolo. Esta modalidad del Grotesco Criollo no floreció en Venezuela,
sin embargo de forma embrionaria, entre los años 26 y 27, en­contramos
algunos pocos y breves escarceos en Fantoches. Se trata de una serie titulada
Comedietas absurdas (sin firma), de Rafael Michelena Fortoul, mejor cono-
cido como “Chicharrita”.
La importancia del grotesco criollo se percibe en su distancia radical de
tipo ideológico respecto al sainete convencional. En efecto, según Claudia
Kaiser, especialista en el tema, se trata de una “forma problematizada del
saine­te” (45). Este sainete grotesco también utiliza personajes populares
y situaciones típicas, pero cambia substancialmente la percepción de los
mismos al desfigurarlos con una fuerte dosis de “realismo sucio”. Ya no
tenemos la miseria jocosa y sin conflictos del típico costumbrismo, ni aque-
llas almas pícaras e ingenuas, menos aun el humor festivo y el didactismo
simplista; ahora se muestra el lado oscuro de la miseria.

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Se remacha con tintes fuertes la sordidez de ambiente y personajes, pro-


vocando una risa turbia mezclada con apren­sión y hasta con asco. No hay
lección acerca de hipocresía, racismo o pedantería. Tampoco hay cabida
para las candidez de Palmarotes o Juan Bimbas, ni siquiera para picarones
escarmentados como Esparragosa. La estética deformadora del grotesco les
amarga el gesto a los graciosos del sainete. Pierden la fachada pintoresca y la
jocosidad acos­tumbrada.
Otro cambio resulta también fundamental: ya no se recurre al final
característico del sainete de ‘orden restablecido’ y todos contentos. En el
Grotesco Criollo se entroniza el pesimismo. Finales sin solución ni mora-
leja, destinados más a repugnar que a desenredar y aliviar. Los “aprove­
chadores” de “Viva la juventud”, por ejemplo, caen después de una golpiza
en las garras de la autoridad. Algo similar le ocurre al mozo atrevido de
“Aventuras cinegéticas”. El clásico patiquin­cito que vive a expensas de su
madre, en “De pura penca”, termina agradeciéndoselo así:

Misia sale de su cuarto.


—¡Hijo mío! Dios te bendiga.
—¡Qué hijo ni qué hijo! Toma vieja estúpida.
Panchito sacude el bastón y sobre la cabeza de la venerable
matrona cae el más formidable aguacero de palos. No se
oye sino el jua-jua, gritos, alaridos desgarradores y la voz de
Panchito que ruge desaforada:
—Traíganme un tigre cebado pa’ comémelo en guasa­caca
(p.e.:334).

TELÓN VIOLENTO

Un caso especial de sordidez y amargura es el titulado “Una historia


grotesca”, epíteto ya de por sí alusi­vo, cuya acción transcurre en Maracaibo,
“la tierra del calor, del petróleo y de los poetas”19. Allí la miseria se convierte
en protagonista y el final nos deja esta imagen:

19 Constituye la primera mención del petróleo que hemos hallado en nuestra dramaturgia.

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

Lo noté envejecido, arruinado. Hablamos de mil tonterías, me dio


detalles de su vida... Tenía tres retoños, todas hembras... El sueldo
apenas si me alcanza para vivir. Esto es horroroso, ho­rroroso y
señalaba hacia el fondillo de su pantalón donde se adivinaba un
trozo de su piel. (Sin firma, Fantoches, 22-9-1926, s.p.).

No abundan los ejemplos, esta corriente, como hemos dicho, no llegó a


desarrollarse del todo. Acaso pudiésemos encontrarla en germen en Campeón
de peso bruto (1920), de Guinand, por su trasfondo de miseria y el sabor más
amargo de lo usual en el género, o en los esbozos de “Come­dias desagrada­
bles” (1937), publicadas por Elite. Aunque escasa, su existencia resulta inte-
resante por la nueva actitud que asoma. Especialmente si se relaciona con
la situación socio política de los veinte y se lee, en su asco y descontento la
rebeldía de los fantocheros, como Leo, que conocieron mordaza y cárcel.
Yo también soy candidato, de Guinand, merece un comentario par-
ticular por representar el ejemplo más acabado del sainete que hace de lo
político un tema principal. En este sentido muy pocas otras piezas pueden
mencionarse20: desde luego A falta de pan buenas son tortas (1873), el sketch
Un diputado modelo (1940) 21, de Rafael Otazo y La sagrada familia (1936), de
Antonio Saavedra y José Mora.
Ni A falta de pan buenas son tortas, clásico del género por el equilibrio
de su forma, la gracia de sus enredos y lenguaje que con chispeantes indi-
rectas señala las trapacerías de la burocracia gubernamental; ni el sketch
de Otazo, también pródigo en travesuras verbales contra la corrupción del
poder y, menos aun La sagrada familia, poseen el particular interés como
pieza crítica de Yo también soy candidato, suerte de panorama de las ten-
dencias y tensiones claves del país post gomecista. Sin apartarse, de ningún
modo, de los lineamientos básicos del sainete, Yo también soy candidato
consigue una mayor complejidad crítica muy superior a la de sus congé-
neres, aunque desde el punto de vista ideológico no llegue a deslindarse de
ciertos preconcepciones del costumbrismo, en particular de su apego a la
tradición y rechazo de lo nuevo.
20 Sin embargo, esta temática había sido frecuentada por la generación de los primeros arti-
culistas de costumbres del siglo XIX. No descartamos, por supuesto, la posibilidad de que
sean rescatadas otros sainetes del tema político.
21 Sólo conocemos la primera escena incluida en esta selección.

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SAINETES VENEZOLANOS

Desde 1936 el país vive una etapa de movilización política y cultural.


Son tiempos de apertura y manifestación callejera, de lucha sindical, de
creación de partidos políticos y asociaciones femeninas, de agitación en
prensa y radio22, en suma de “liberación del miedo”23. Las crónicas de Elisa
Lerner sobre estos años nos hacen respirar un aire entre rancio y nuevo.
Época de transición. En este marco, Yo también soy candidato focaliza su
atención en la efervescencia causada por las elecciones de concejos muni-
cipales y asambleas legislativas, que despiertan un clima ambivalente, de
anhelos y temores, en torno a esos primeros pasos democráticos.
Dejando para otro momento los pormenores del análisis, en esta obra
de Guinand llama la atención cómo la sátira de diversos modos y desde dis-
tintos flancos parece ensañarse contra aquella democracia incipiente. Las
críticas más fuertes recaen sobre Berruga, candidato a diputado y su secre-
tario Celedonio, caricaturas del político corrupto que bordean lo grotesco.
En cambio resulta tenue la ironía contra don Eligio, el casero víctima de las
tramposerías de Celedonio, quien se encuentra desubicado en los nuevos
tiempos y lo único que le importa es que “no me toquen lo mío” y se queja
abiertamente de la democracia: “Pues señor, ahora sí que la hemos puesto de
oro con la fulana democracia […]. La guachafita de hoy son las elecciones”
(p.e.: 278). Mientras Carlos, el joven defensor de la democracia y abande-
rado de los nuevos tiempos, “Yo represento el presente; soy la juventud que
avanza” —opuesto al “viejo decrépito [Eligio], que representa el pasado”
(p.e.:279) sí que recibe una mayor dosis de ridículo por su “tono de oratoria”,
quedando como un teórico ajeno a la realidad criolla. Por último, no podía
faltar la víctima a quien la caricatura dulcifica: Heraclio (otro llanero en la
capital) que resume la representación de un pueblo ingenuo, crédulo frente
los políticos, que viene a votar con la esperanza de solucionar sus pro-
blemas, “porque en el voto es que está la salvación” (p.e.: 282), pero descubre
que “donde quiera me encuentro con lo mismo. Nada, está visto: la carga
siempre quien la soporta es Juan Bimba” (p.e.: 283). Innecesario decir que
Heraclio es la víctima por excelencia del engaño democrático. En conjunto,
se pinta un país de bribones, pragmáticos apolíticos e idealistas irreales cuya
22 Donde, por cierto, se transmite por esos años el famoso programa de corte saineteril “La
familia Buchipluma”, de Carlos Fernández, que captó una masa de oyentes.
23 “La liberación del miedo” es el título usado por Manuel Caballero al referirse a esta etapa
(1999) .

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

víctima, la encarnación de la tradición campesina, representa al excluido


y sus valores de pureza y bondad. Llama la atención, como decíamos más
arriba, esta anticipada denuncia de la democracia en un momento en el que
precisamente ese sistema constituía la esperanza de buena parte del país
político que elevaba la voz después de la dictadura. Este aspecto reclama,
sin duda, una mayor indagación para articularlo, no sólo con la herencia
costumbrista y su rechazo a la modernidad, sino con su momento y, dentro
de él, los sectores recelosos de las transformaciones.
Por el momento lo que deseamos subrayar en Yo también soy candi-
dato es, más bien, la capacidad para superar las restricciones temáticas del
típico sainete de los veinte, reacio a proyectarse críticamente hacia visiones
de alcance panorámico Pareciera, pues, que la cambiante situación estuviese
exigiendo del humilde sainete una mirada más amplia. Cosa que no es de
extrañarse, pues durante esa misma época se incrementa la producción de
obras dramáticas que abren el foco sobre el país intentando diagnósticos y, en
algunos casos, proponiendo soluciones. Hablamos de esa obra tan singular
—y tan olvidada— como es La república de Caín (1936), de Julio Planchart,
y del lado de la solución y el optimismo, de piezas como El puntal (1933), de
Víctor Manuel Rivas y El hombre que se fue (1938), de Luis Peraza, ambas
imbuidas de esperanza respecto al resurgimiento de la economía agrícola.
Prosiguiendo con el sainete, esta superación hacia horizontes más
amplios también la encontraremos en Parásitas negras (1939) y Venezuela
güele a oro (1942), piezas, que además de corresponder con esa búsqueda de
mayores proporciones, plantean otras importantes diferencias respecto al
sainete tradicional.
Parásitas negras, de Julián Padrón, ya no es un sainete netamente urbano
(o parroquial) pues se divide entre el campo-pueblo y la ciudad, entre Tapipa
y Caracas. El viaje de los personajes hacia Caracas y de regreso al pueblo es
el hilo que une y confronta los añejos antípodas campo Vs. ciudad. Se pro-
ducen más cambios de escenografía que lo habitual en el género, remarcán-
dose así la intención de abarcar más espacios representativos de la nación:
“Una pulpería a la entrada de un pueblo venezolano”, “Una plaza de pueblo”,
“Una redacción de periódico caraqueño”24, “La plaza Bolívar [de Caracas]”,
24 Allí, por cierto, la ironía alcanza uno de sus mejores momentos afilándose contra la “mer-
cancía” informativa.

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SAINETES VENEZOLANOS

entre otros y al final un idílico paisaje con “árboles florecidos”, “montañas


verdes y azules” “surcadas de caminos“ y desfile de “parejas que ríen y cantan
coplas”. Se está hablando pues del país en general y el final, que no puede ser
más optimista, nos remite a esa confianza en el futuro, y en el campo, que
tuvo diversas expresiones en aquel tiempo de cambios25.
¿Pero en qué más se diferencia de los otros sainetes? La diferencia reside,
sobre todo, en la utilización de lo insólito, recurso emparentado con lo que
más tarde se llamaría Realismo Mágico: Lo extraño en lo cotidiano, lo invero-
símil compartiendo con lo verosímil. Un burro se traga unos billetes y el caso
se convierte en tema nacional, los periódicos lo colocan en primera plana; se
hace un juicio al pie de la estatua de Bolívar; interviene el clero e incluso —¡no
podía faltar!— un gringo, mister Linaza, que huele el negocio en la popu-
laridad del animal (“Yo sacar este burro mucho mina de oro”). En fin, un
mundo patas arriba y todo por un borrico engullidor de billetes. Algo se ha
roto con respecto al realismo del sainete convencional y es que lo insólito —en
este caso la conmoción que causa un hecho anodino— rompe, por exagera-
ción, con el estereotipo del género. La seguidilla de reacciones que como una
ola va creciendo y creciendo termina conformando algo extraño, anómalo,
que llega a su ápice en la sesión solemne ante la estatua del Libertador adonde,
con pompa oficial, se responde a las demandas contra el burro culpable:

El Secretario: (Leyendo) “En la muy noble y antigua San-


tiago de León se ha constituido la Junta de Suplicaciones, con la
atribución de resolver las demandas que todos los ciudadanos
presentes contra el burro que, en el vecino pueblo de Tapipa, se
comió cinco billetes de veinte bolívares, visto que, a pesar de
todos los esfuerzos hechos por la ciencia, no ha reintegrado el
dinero ingerido, y vista la necesidad perentoria de que el ani-
mal vuelva a sus pastos, en consecuencia y por autoridad de la
Ley, este Tribunal estudiará las demandas presentadas y resol-
verá sobre ellas. En Santiago de León a tanto de tanto de mil
tanto” (p.e.:390).
25 La novelística galleguiana había adelantado esta esperanza pero es en estos años cuando se
consolida el sólido prestigio del autor. En la dramaturgia nacional esta actitud la desarrolla
de modo paradigmático El hombre que se fue (1938), de Luis Peraza, obra cuyo éxito (más de
150 funciones) delata el entusiasmo provocado entonces por este tipo de mensajes.

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

Estamos ante un tipo distinto de sainete que ha sobrepasado las fron-


teras realistas hasta entonces respetadas, eso sí manteniendo tipos, humor,
enredos, moraleja y el gracejo del lenguaje vernáculo.
Acaso la exageración, recurso clave por el cual lo extraño se incrusta en la
cotidianidad del país pueblerino de Parásitas negras, podría ser considerada
como una intención paródica del género mismo. De hecho se trata de ele-
mentos que, en dosis más comedida, pueden encontrarse en otros sainetes,
pero su excesiva acumulación en este caso provoca un cambio cualitativo.
Pero si hablamos de parodia del sainete, el ejemplo más claro e irreve-
rente es, sin duda, Venezuela güele a oro (1942), en donde el humor y la versa-
tilidad de Andrés Eloy Blanco y Miguel Otero Silva se las ingenian para con-
vocar a los más diversos estratos del país, hacerlos entrar en la más delirante
de las intrigas e irrespetar los cánones del realismo tanto en la anécdota
como en la concepción escénica. Allí los muertos resucitan; las personas se
esfuman o aparecen como por arte de magia; comparten el espacio perso-
najes de la más diversa índole y procedencia: Mujiquita, sí, el de gallegos,
junto a Joan Crawford, los poetas del grupo Viernes con Sherlock y Morroc-
kobrero; muy pirandelianamente el personaje se revierte en su actor —en
este caso Saavedra—, incluso el apuntador resulta interpelado o a alguien
del público se le asigna una intervención. Todo ello en un ritmo acelerado
ocasionado por el permanente desplazamiento de la acción de un lugar a
otro. Diez escenas con sus respectivos espacios que, de un modo similar a
lo observado en Parasitas negras, buscan a través de la diversidad de con-
textos una visión amplia del tema nacional. Sólo que aquí la aceleración, la
diversidad y los contrastes están deliberadamente acentuados: La Guaira, El
Silencio, un bar, la sede del grupo Viernes, Puente Hierro, la casa de Muji-
quita y paremos de contar. Pasamos de uno a otro sin gran trajín esceno-
gráfico gracias a los artilugios verbales de Chang, el maestro de escena, con
la cooperación de unos cuantos elementos de utilería, lo demás —como en
toda escenografía minimalista— lo pone la imaginación del lector-espec-
tador a veces ayudada por la mímica del actor. Así, por ejemplo, La Guaira
llega a escena cuando Chang muy sobriamente frente al público: “vierte un
poco de agua de la jarra en el suelo, respira fuerte, se seca el sudor” y decreta:

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SAINETES VENEZOLANOS

Esto es La Guaira (vuelve a su silla). (p.e.: 414).

Y jugando con la fórmula de la metáfora surrealista propuesta por André


Bretón, la sede del grupo Viernes se hace presente con estos elementos:

ESCENA VIII
(Chang saca una mesa, la coloca en el centro de la escena y le
monta encima un caucho de automóvil, un florero con calcetines
colgando, un par de alpargatas con un lazo azul y un vaso de
noche con crisantemos) (p.e.: 444).

La fragmentación, originada por los cortes bruscos entre escenas, como


en tantas obras vanguardistas es el principio que rige la estructura. El argu-
mento, por tanto resulta débil: la inverosímil historia que se cuenta funciona
más bien como un pretexto para pasearse por toda clase de escenarios de la
ciudad a la búsqueda del oro (léase petróleo) y de Joan Crawford, móviles
de la acción. Este notorio predominio del tema —que en este caso es el país
mismo— sobre la trama accional también coloca a Venezuela güele a oro del
lado de la vanguardia.
Comentario aparte merecería el lenguaje y el arsenal de parodias a can-
ciones y piezas poéticas con el irreverente estilo que caracterizó a ambos
autores. Una verdadera fiesta de alusiones y referencias a textos, temas
del momento y personas muy conocidas de la vida pública que incitan sin
descanso a una lectura contextualizada la cual, para realizarse a plenitud,
requiere de una buena dosis de información sobre la época. Notemos que este
último rasgo formaba parte de la experiencia del sainete, de las “morcillas”,
y aquí pasa al texto dramático. Asimismo, aquello que era una ocurrencia
esporádica aquí se multiplica profusamente a todo lo largo de la obra.
Sainete vanguardis­ta, sainete surrealista, aunque la paradoja parezca
des­cabellada. Parodia del sainete en clave surrealista. Del sainete no faltan
los personajes, o mejor decir el tratamiento de los personajes, pues respe-
tando la tradición del género todos ellos adquieren un perfil caricaturesco,
tampoco faltan las situaciones, el lenguaje criollo y el sketch como unidad
cómica. De la otra parte, la impresión de discurso fragmentado, el dispara-
tado collage que audazmente junta lo distinto y distante (sobre todo en los

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ANDARES Y DESANDARES DEL SAINETE

personajes) y la profusión de referencias al contexto, antes comentada. Pare-


ciera como si la materia prima del sainete estuviese sometida a un nuevo
tratamiento que sin embargo, como hemos visto, guarda correspondencia
con recursos básicos del género pero aquí llevados a la exageración. Parodia
del sainete: sainete capaz de burlarse del género al cual pertenece y con-
jugar —siguiendo el mejor estilo de la parodia literaria— la deformación del
modelo y el reconocimiento del mismo como veta expresiva.
Desde A falta de pan buenas son tortas, en 1873, a Venezuela güele
a oro, en 1942, han transcurrido casi setenta años, tiempos de mudanzas
en los que el sainete tradicional dejó de tener vigencia y dio paso a nuevas
modalidades. Del auge del sainete y su público popular que colmaba las
salas llegamos al 42 con una obra lúdica y estridentemente ingeniosa como
Venezuela güele a oro, que pide otro público capaz de descifrar la riqueza
de sus alusiones culturales y políticas. Después del 45 y el desarrollo del
teatro contemporáneo, quedó atrás el sainete como una referencia obligada
de la escena de los tiempos aquellos. Pero, sin embargo, aquel viejo sainete
sigue teniendo la mala costumbre de desandar en las tablas colándose,
como ingrediente, en obras de evidente contemporaneidad. Interesante,
por demás, sería rastrear en forma sistemática la presencia del sainete en la
escena hasta nuestros días. También estudiar, a través del bagaje de los Estu-
dios Culturales, la vigencia del sketch sainetero en los programas humorís-
ticos televisivos. En fin, el humilde sainete y su evolución, no lo dudamos,
esconde claves de ciertos apegos de nuestra idiosincrasia.

Unas palabras para terminar…

La selección del presente libro no ha sido regida por criterios estricta-


mente antológicos. Pues dado el descuido que ha pesado sobre esta zona de
nuestro quehacer cultural y los pocos sainetes conservados, hemos también
considerado la necesidad de rescatar obras que no alcanzaron publicación
alguna y su único manuscrito conocido se encuentra hoy bastante deterio-
rado, como Campeón de peso bruto, o ciertas piezas de una sola y lejana edi-
ción cuyos escasos ejemplares se encuentran casi todos perdidos. Asimismo,
pusimos especial interés en brindarle al lector una muestra suficiente para

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SAINETES VENEZOLANOS

que pudiese apreciar por sí mismo la variedad tanto del sainete tradicional,
como de sus posteriores derivaciones.
Por último, no dejaremos de cumplir con la buena costumbre de agra-
decer a quienes han velado por la realización de este proyecto: José Gabriel
Núñez y Humberto Orsini, y a quienes sabia y diligentemente contribu-
yeron con la trascripción y corrección de los textos, Beatriz Núñez y Claudy
De Sousa.

Alba Lía Barrios


Caracas, 10 de julio de 2007

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A falta de pan
buenas son tortas
Comedia de costumbres de Nicanor Bolet Peraza 26

26 Nicanor Bolet Peraza (Caracas, 1838-Nueva York, 1906). Periodista, escritor político y
diplomático. En el campo de batalla alcanzó el grado de general de brigada y como político
detentó una curul en el congreso, fue secretario del Ministerio de Interiores y ministro
plenipotenciario de Venezuela en Washington. De su persistente actividad periodística
destacan la dirección de La Tribuna Liberal y la fundación de la prestigiosa revista latinoa-
mericana Las Tres Américas. En el campo literario se le reconoce como una de las más finas
e irónicas plumas del cuadro de costumbres, aunque también escribió cuentos, ensayos y
piezas teatrales. En el arte teatral obtuvo renombre con A falta de pan buenas son tortas
(1873), considerado un clásico del sainete venezolano, y Luchas del hogar (1875).

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El teatro representa una tienda de sastrería, con un maniquí, roperos,
un escritorio y demás enseres.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena I

Don Toribio, doña Bibiana.

Tor: (Leyendo un periódico) ¡Pues, señor, no hay ya nada que esperar de


esta situación! ¡Cuando don Cirilo ha llegado a ser ministro! Un
hombre que ayer no más era un pelagatos, y que solo a fuerza de
intrigas y de bajezas ha podido conseguir una posición política hasta
cierto punto envidiable... Si no digo yo...
Bib: Y bien, ¿qué tienes tú que decir? ¿Acaso puedes censurar en los
demás aquello en que justamente estás incu­rriendo? Te parece muy
extraño, y lo criticas, que don Cirilo sea lo que es, y tú estás deseando
para ti otro tanto; y no sé si hay diferencia entre tus merecimientos y
los suyos...
Tor: ¿Quiere usted callar, señora ignorante? ¡Qué sa­bes tú lo que dices!
Yo critico que don Cirilo sea ministro, no porque se haya elevado
hasta esa magistratura, de la nada en que vivía, sino porque no puede
alegar servicios de ningún género en esta situación que otros han
creado y de la cual él solo se engulle la miel que produce, en tanto que
los otros nos chupamos el dedo.
Bib: Pues bien; esa es la política. Aquel que más hace menos merece;
pero a ti ni te va ni te viene nada en el asunto, pues que no has hecho,
ni haces, ni te propones hacer nada en favor de ningún gobierno,
pasado, presente ni futuro. Sastre eres, y sastre serás hasta que venga
la tierra y el pisón.
Tob: ¡Basta, basta, mujer!, ahora no extraño yo que los gobiernos echen
en olvido los servicios de sus defensores, cuando esta desgraciada...
¡Esto es el colmo de la ingratitud! Suficiente motivo sería este para
que ahora mismo tomase mi carabina y me fuese a una punta de
cerro a enarbolar el estandarte de la rebelión.
Bib: Si no coges la vara de medir, que es la única arma que te he visto
manejar, y enarbolas algún retazo de pantalón, que es el estandarte
que te viene de perilla...

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

Tor: Mira, Bibiana, no me calientes los cascos, porque aun no me cono-


ces mis arranques marciales. Es preciso que sepas que dentro de este
pecho, que ahora ves cubierto de alfileres y agujas, late un corazón
que ya envidiarían muchos generales que yo conozco y que jamás
han hecho la guardia ni a un monumento, ni han visto el plomo sino
en el enconductado de las calles. Tu hermano, por ejemplo, aquel
moji­ganga que carga más galones que el Nazareno de San Pablo y
más estrellas que el manto de la Soledad; tu hermanito, digo, es uno
de esos que si oye sonar un triquitraque es ca­paz de...
Bib: ¡Vas a callarte si no quieres haya hoy las de San Quintín! Deja a mi
hermano tranquilo y ocúpate de corregirte a ti mismo. Bien dice el
refrán: que nadie ve la viga en su ojo.
Tor: ¡Bien! Tú lo has querido. ¡Poner en duda mis ser­vicios a la patria!
¡Decir que nada le debe esta república a don Toribio Zurcetelas!
¡Ah!, porque no salgo echando bandos por esas calles de Dios, como
muchos hacen, refiriendo sus hazañas y proezas... No, señor. Tú
sabes, Bibiana, que ni en mi juventud fui ambicioso. Ahora dime,
mujer vendida a la ingratitud, ¿qué hubiera sido de la nave del Estado
si cuando el gobierno dejó de pagar el presupuesto tres años con sus
días y sus noches, no le hubiera yo abierto mi tienda a los pobres
empleados? ¿Y aquel uniforme que hice para el general Celedonio
Tragalanzas; y aquel voltear de levitas para los secretarios, que daba
gusto verlos con sus bolsillos a la izquierda?...
Bib: No sigas, hombre, no sigas, que según te vas expli­cando, tu hoja de
servicios es más ilustre y más gloriosa que la del Cid Campeador.
Tor: Pues sí, señora, no lo diga usted con esa sorna. Todos los ciudada-
nos sirven a su patria de diversas maneras. Unos, con la espada, otros
con la pluma, estos con el hisopo, aquellos con el bisturí y la lanceta,
los otros con sus caudales, y yo, señora mía, la he servido...
Bib: ¿Con qué, vamos a ver, con qué la has servido tú?
Tor: ¡Con mi tijera! ¡Cuántos prójimos he conocido yo que a falta de otro
instrumento cortante la han servido con las uñas!
Bib: En fin, Toribio, dejemos estas discusiones polí­ticas que no hacen sino
amargar nuestra vida conyugal. Tú no has de ser empleado, ni cosa
parecida; con que, abandona esa manía y dedícate a cortar bragas y

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SAINETES VENEZOLANOS

chalecos, que al fin es un medio seguro de ganar la vida. (Aparte) No sé


cómo pueden vivir las mujeres de los empleados, pendientes siempre del
presupuesto... que hace que la pobre mujer esté siempre como a quien le
tiran de los pelos de las sienes.
Tor: Ya tú ves, mujer, que estás desbarrando como una cotorra. Eso
sucede cuando los gobiernos echan mano de hombres como don
Cirilo, por ejemplo, un quídam, que ni teneduría de libros sabe,
excepto aquello de “aprovechamientos, traslación de caudales”
(Hace como que se echa algo en los bolsillos), y otras partidas por este
tenor. Pero ¡qué diferencia, si un gobierno justo y honrado sacase
sus ministros de entre aquellos ciudadanos que vivimos lejos de la
intriga y de la adulación!
Bib: Y hay quien soporte semejante majadero...
Tor: Si verbigracia, y esto no es sino una suposición, me llamase el
gobierno y me dijese: “Don Toribio, usted es el hombre que necesita
la hacienda para salir del caos en que está sumergida. Haga usted el
sacrificio patriótico de aceptar la cartera de finanzas por algunos
meses y ofrende a la patria sus talentos administrativos…”, porque
los tengo, Bibiana, los tengo.
Bib: ¡Ah, sí! (Aparte) como que necesita que Emilia le lleve las cuentas de
la sastrería...
Tor: Entonces sería otro cantar. Todo abundancia, todo contento. ¿El
tesorero? Pila de agua bendita en que todo fiel cristiano tendría el
derecho de mojar su dedo. ¿Las aduanas? Temperamentos mejores
que El Valle y Antímano. Eso sí; allí estaría siempre mi vigilancia
para decirle al que estuviese ya gordo de panza y grueso de carrillos:
deja entrar a este otro prójimo que es un espárrago, y que engorde,
que la patria es para todos. Desengáñate, criatura: si la tesorería
fuera una mujer de carne y hueso y pudiera hablar, tú verías cómo le
faltaba voz para responder a todo el que se arma de un trabuco o de
una lanza, o se monta en una tribuna a lla­marla con estos nombres
(Llamando) ¡Constitución!, ¡libertad!, ¡orden!, ¡garantías!, ¡morali-
dad!, ¡sufragio! y etc.
Bib: ¿De modo que tú también eres de los que le haces esas llamaditas,
cuando te pones a hacer oposición y a vomitar disparates?...

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46

A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

Tor: ¡Calla, mujer! Yo estoy hablando en ministro y no en Toribio!


Bib: Está visto que te has propuesto perder la chaveta y volverme loca a
mí también. Y para que duela más, el tra­bajo parado. Ya vendrá don
Narciso a medirse la casaca y no has dado puntada. Me voy y te dejo
solo, a ver si así acabas esa obra. (Aparte) Pero si le dejo los periódicos
se pasará el día leyendo noticias y nombramientos. (Toma los periódi-
cos).
Tor: ¿Qué haces, mujer?
Bib: Nada; necesito estos papeles para sacar unos mol­des. (Vase).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena II

Toribio solo, después Perico.

Tor: Anda ahí, mujer antipatriótica, que así ves con indiferencia los
sagrados intereses de la patria de tu marido. Coser, coser, pegar boto-
nes, zurcir medias, remendar trapos: eso es una mujer. Sáquenlas de
allí y no valen maldita la cosa.
Per: (Entrando con un periódico en la mano) Señor Toribio, aquí han tirado
por la ventana El Cañón rayado; tómelo usted.
Tor: ¡Ah! Dame acá. (Desdoblándolo) ¡Cañón de mi alma!, ¡rayado de
mis entrañas! Este si que es todo un órgano del país. ¡Qué oposición
tan vigorosa!, ¡qué independencia tan... tan buena!, ¡qué valor civil y
qué patriotismo! Pero, ¿qué veo? ¿Será cierto? (Limpia los espejuelos,
se los coloca y lee en alta voz con dificultad) “Por fin la administración,
oyendo nuestras indicaciones ha torcido...”. (Aparte) ¡Torcido! ¿Por
qué no te han torcido a ti el ombligo?, ¡veleta! (Lee) “…el rumbo en su
marcha, y hoy se encamina a todo trapo a los puertos de la Libertad”.
(Aparte) ¡Esto no es posible! Don Facundo está loco, o ha cedido la
redacción a algún muerto de hambre. Pero prosigamos (Lee), “La paz
es una necesidad ingente del país, y si antes predicábamos la guerra
era por­que el gobierno se apartaba...”. ¡Vamos, esto es insoportable!
¿Y qué le habrá dado a este don Facundo?
Per: Pregunte usted más bien qué le habrán dado...
Tor: ¡Cómo! Perico, tú crees que don Facundo...
Per: Yo no creo nada... pero...
Tor: Acaba, ¿qué ibas a decir?
Per: Pues sepa usted que se ha descubierto que don Facundo era ventrí-
locuo.
Tor: ¡Ventrílocuo! ¿Y qué empleo es ese?, ¿qué sueldo tiene?
Per: No es empleo, pero sí un medio de pescarlo. Es simplemente una
facultad por la cual se habla por el estómago. ¡Ay, señor don Toribio!,
la oposición muchas veces no es sino una sociedad de ventrílocuos
consumados.

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

Tor: De manera que yo también soy... (Tocándose el estómago).


Per: Lo más fácil es. Dígame, don Toribio, ¿siente usted que su patrio-
tismo le sale alguna vez de estos vecin­darios? (Señala al vientre).
Tor: Casi siempre, Perico, casi siempre. No sé si lo que me digo.
Per: ¡Pues ventrílocuo de primera fuerza!
Tor: (Viendo el periódico) ¡Está visto! ¡Ya no hay de quién fiarse! ¡Todo el
mundo es Popayán! ¡Ah!, dime, Perico, y ahora, ¿qué va a hacer don
Facundo con el título de su periódico? Le tendrá que cambiar por
otro menos fac­cioso...
Per: Eso estaría bueno si don Facundo fuera de los que se maman el
dedo. Cañón rayado se llama y Cañón rayado se habrá de quedar.
Sólo que en vez de disparar la metralla sobre el gobierno, la vomitará
sobre la oposición. ¿No sabe usted que los cañones rayados son gira-
torios?
(Don Toribio se queda inmóvil, Perico se retira diciendo)
Per: Con este golpe es capaz de tirar piedras. (Vase).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena III

Don Toribio y narciso, luego Emilia.

Nar: Felices días, don Toribio. Pero, qué pensativo está usted, no parece
sino que le ocurre a usted algo muy grave.
Tor: Dios guarde a usted, señor Narciso; no tengo nada, no, señor. No
hay motivo para que esté triste. Si todo marcha a pedir de boca, si el
gobierno es muy bueno, y sobre todo, ha oído las indicaciones de la
prensa ilustrada, como dice ese miserable de don Facundo.
Nar: Pero, bien, ¿qué sucede?
Tor: Nada, nada. Usted es un ministerial de capa ra­jada y lo verá todo
color de rosa. Pero doblemos la hoja. Me había olvidado de que debía
usted venir a medirse la casaca; sírvase esperar un instante que ya
estará lista. (Toma la casaca y le pega una falda, mientras tanto Narciso
toserá tres veces para que aparezca Emilia hasta la puerta lateral).
Nar: Emilia, amada Emilia, ¿no me has oído?
Em: Sí, Narciso; pero estaba procurando distraer a mamá que está muy
preocupada con la manía que ha cogido el pobre papá de que ha de
ser empleado.
Tor: (Cosiendo) Si no hay qué esperar ya. ¡No sé cómo no están peleando
en las calles, y ocupando el Calvario, y atrincherado el gobierno, y
tronando el cañón, y embargando los burros, y pegándole fuego al
demonio! (Distraídamente toma el periódico y lo cose junto con la otra
falda).
Nar: No temas por eso, Emilia, yo hallaré el medio para que su locura
cese y sea propicio a nuestro amor.
Em: Pero, ignoras que te tiene ojeriza...
Nar: Lo sé, pero no importa. Hoy mismo sabrá de mis propios labios mis
intenciones respecto a ti.
Tor: ¡No, no; esto no puede durar! ¡Don Cirilo, Mi­nistro!, ¡don Facundo
ventrílocuo del gobierno! Todo el mun­do en candelero y yo... ¡Toda-
vía en palmatoria!

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

Nar: Le hablaré hoy mismo, bien mío, no tengas cui­dado, y fía en este
corazón que es todo tuyo. Hasta luego.
Em: No tardes mucho, que me mata la incertidumbre. (Vase).
Tor: Venga usted, don Narciso, puede probarse la casaca.
Nar: (Probándosela) Las solapas están buenas. (Se toca las faldas) Pero,
¿qué es esto? ¿Se ha vuelto usted loco, don Toribio?, esto es una
casaca de Judas.
Tor: ¡Maldito sea el gobierno!... Perdone usted, don Narciso, ¡tengo la
cabeza hecha una maraca! Deme usted acá. (Le quita la casaca a don
Narciso y arroja al suelo el periódico).
Nar: Recobre usted la calma, don Toribio. Mire que en política los hom-
bres exagerados son los que menos medran.
Tor: Eso no es así, don Narciso. Aquí tiene usted a don Facundo, que
ayer no más era un energúmeno, que pre­dicaba la guerra, la rebe-
lión... y hoy lea usted, lea usted...
Nar: Conozco ya la evolución de don Narciso Veleta.
Tor: ¡Maldito sea ese alemán!... ¿Cómo lo llaman, don Narciso?
Nar: ¿A quién?
Tor: A ese que inventó la imprenta...
Nar: ¡Ah!, el gran Gutenberg.
Tor: ¡El diablo cargue con ese franchute! No hay re­medio. Yo no podré
escribir periódicos; si apenas alcanzo a leerlos... Es verdad que talento
no me falta, pero en un talento... así... al mazo, lo que llaman talento
práctico, no de papelerías... ¡Dios eterno, y con su plan tan bonito
entre la cabeza!
Nar: (Dándole palmaditas en el hombro) Hay otros medios, don Toribio,
hay otros medios...
Tor: Serán demasiado bajos, cuando yo no...
Nar: Si usted contase con una persona amiga que le recomendase al pre-
sidente...
Tor: ¡Amigos!... ¿Por qué no me propone más bien coger cabañuelas?
Nar: Porque es más fácil muchas veces encontrar un amigo; aquí tiene
usted delante al que necesita.
Tor: ¡Usted, don Narciso!

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SAINETES VENEZOLANOS

Nar: Tengo un pariente de mucho influjo en el gobierno que no se


negará a interesarse por usted.
Tor: ¡Joven generoso, patriota sin igual, salvador de su país, déjeme que
le ahogue mi gratitud! (Le abraza)
Nar: Me voy, don Toribio. Desde ahora mismo pongo en juego mis
resortes y no temo asegurar a usted que los diarios de mañana regis-
trarán su nombramiento. (Vase)
Tor: (Acompañándole hasta la puerta) ¿De verás, hombre?, espérese usted,
no se marche... sí, sí, márchese usted pronto... (Con efusión) ¡Qué
cosa, Dios mío!, ¡qué alegría! Pero, señor, ¿para cuándo serán los
sofocones y los patatús? ¡Hace rato que yo debía estar desmayado!

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

Escena IV

Don Toribio solo, Perico que entra después.

Tor: Sí; él lo ha dicho (Con alegría) en los diarios de mañana. (Repasando


en el periódico que está en el suelo y cogiéndole con cariño) ¡Ven a mis
brazos, Facundo de mi corazón!, veamos, veamos lo que hablas, pico
de plata... (Lee), “El gobierno como que ha oído al fin”... ¡Ay!, ¡pues
cómo no ha de oír!
Per: (Entrando) La señora le espera para almorzar.
Tor: ¡Déjate de almuerzos, Perico! ¡Estoy repleto, no tengo hambre!
Per: ¿Se habrá comido los retazos que estaban en el cajón? (Se dirige a ver
el cajón donde se guardan los retazos) Yo he sabido de locos que le ha
dado por ahí.
Tor: (Le detiene) ¡Oye! ¿No ves en mi rostro re­tratada la felicidad?
Per: Yo no entiendo jota en materia de caricaturas... Pero, ¿qué es lo que
ocurre, maestro?
Tor: Llámame don Toribio por ahora, que más tarde tendrás que lla-
marme señor ministro, señor tesorero... o algo por esa vitola.
Per: (Aparte) ¡Pues señor... de remate! (Dirigién­dose a la puerta lateral y
hablando alto hacia el interior) ¡Que traigan el zamuro y los sinapis-
mos!
Tor: ¿Qué estás ahí rezando? ¿Todavía no tengo sino síntomas de minis-
tro y ya comienza a rugir la oposición? Ciudadano Perico (Le agarra
por el brazo), sepa usted que para los tumba—gobiernos tengo yo un
buen remedio. ¡Les abro un ojal en las tragaderas y van a que San
Pedro les corte bragas!
Per: (Aparte) No hay remedio. Tendré que ser el Sancho Panza de este
Quijote. (A don Toribio) Estoy dis­puesto a seguirlo, don Toribio,
pero ¿cuándo me compra el burro?
Tor: ¡Qué burro ni qué niño muerto! Mira, voy a ha­certe aguar la boca.
Don Narciso que tiene parientes y amigos en el gobierno me hará
nombrar ministro.
Per: Sí; ya comprendo; lo que llaman alguacil.

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SAINETES VENEZOLANOS

Tor: ¡Eh!, ¡no seas tonto!, ministro de Estado, ministro de Hacienda.


Mira, acaban de salir de aquí más de doscientas personas del pueblo
que han venido a pedirme per­miso para darme una serenata.
Per: ¿Ahora, a mediodía?
Tor: ¡No señor! Esta noche. Ya verás que la cosa cuaja.
Per: (Aparte) Lo que estoy viendo es que no entiendo ni palabra...
Tor: Cuenta pues con que te nombraré...
Per: (Tirando al aire la gorra) ¡Portero del minis­terio!, ¡vivaaa!
Tor: ¡Quita allá, majadero! EI hombre sin ambición es inútil para su
patria. Serás mi secretario.
Per: Yo... ¿su... secretario...? ¿Y qué sé yo de secretarías? Si ni mis propios
secretos sé guardar...
Tor: ¡Qué de disparates! Secretarios he conocido yo que sumaban con
los dedos...
Per: Ya lo creo; si los ministros restaban con las uñas...
Tor: Vamos, no te discuto el punto. Ayudemos a don Narciso en su noble
empresa. Tú que tienes algún talento (Al que anda con la miel algo se le
pega), escribe allí, en esa mesa, un artículo para El Cañón rayado en
que muchos ciu­dadanos me recomienden para el ministerio.
Per: Pero, ¿y dónde reclutamos esos muchos ciuda­danos? Si a los mis-
mos gobiernos les cuesta trabajo para coger a salto de mata algunos
voluntarios...
Tor: ¡Bah, bah, bah!, si eres un tonto de capirote. Esos muchos ciudada-
nos son como la mayor parte de los sufra­gantes en una elección de
diputados. Entes imaginarios, seres impalpables.
Per: Serán entonces angelitos. Mire usted la doctrina de Ripalda lo dice:
(Remedando a los muchachos de escuela) ¿Qué cosa son los ángeles?
Unos espíritus puros que no tienen cuerpo.
Tor: Las más veces son difuntos que aun con siete pies debajo de la tierra
siguen dando su voto y su opinión con entera libertad. ¡Pocos muer-
tos del cólera morbus he visto yo firmando votos de gracia, felicita-
ciones y pronunciamientos!
Per: Pues convenido, firmaremos por esos patriotas.
Tor: Vamos al título. Esto decide casi siempre el éxito de un escrito. Bus-
quemos un título bien sonoro, bien retum­bante...

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

Per: Sí; busquemos. (Don Toribio se pone a pensar, con el dedo en la frente y
Perico le remeda; de repente exclama Perico).
Per: ¡¡¡Al público!!!
Tor: ¡Eh!... no seas babieca. Eso es un lugar común. No hay impertinente
que quiera decir alguna necedad, que no salga con eso de ¡al público!
Déjame buscar yo... (Piensa, un momento y de repente exclama:)
¡¡¡Terremoto!!!
Per: (Cayendo de rodillas y elevando con terror los ojos al cielo) ¡Misericor-
dia! ¡Misericordia!
Tor: (Cayendo también de rodillas y golpeándose el pecho, con espanto) ¡Mise-
ricordia! ¡Dios mío! ¡Misericordia! (Con contrición)

El trisagio que Isaías


Escribió con grande celo,
Lo oyó cantar en el cielo...

(A Perico), pero, dime, Perico, ¿fue muy fuerte la os-ci-la-ción?

Per: Si yo no he sentido nada.


Tor: Y ¿cómo pedías misericordia y me has hecho caer de rodillas y
hasta comenzar a rezar el trisagio?
Per: (Levantándose y don Toribio hace lo mismo) Pues, hombre. Si usted
grita de repente ¡Terremoto!, como si ya tuviera media casa encima.
Tor: Siempre la ignorancia haciendo de las suyas. ¿No sabías que bus-
caba un título bien retumbante? Pues ese fue el que encontré...
Per: ¿Cuál? ¿El de... terremoto? Pues más retum­bante no lo inventaría el
mismo Lucifer.
Tor: Pues bien, Perico, cuando ese efecto nos ha cau­sado a nosotros,
¿cómo será el que produzca en las masas po­pulares? ¡Cuándo el
perro muerde a su amo!... Escribe, escribe, hijo.
Per: (Escribiendo) ¡Terremoto!
Tor: Ponle diez admiraciones.
Per: Ya están. ¿No le ponemos de una vez un par de misericordias y unos
cuantos golpes de pecho?

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SAINETES VENEZOLANOS

Tor: Vamos, no te chancees, que es cosa seria. Ahora, mientras yo voy a


almorzar, escribe... lo que te parezca sobre mi recomendación; eso sí,
nada de exagerar, que con la ver­dad que digas tienes para hacer un
libro.
Per: Descuide usted, que lo voy a poner como un frasco de panacea...
(Vase Toribio).

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

Escena V

Perico solo.

Per: ¡Vaya una manía la de don Toribio! Querer hacerse ministro un


hombre que no sabe leer en letra de carta y que con mil trabajos
descifra la de Catón; que el día en que las gallinas no dejan grano
de maíz en la casa, no hay forma de que saque las cuentas, y que ni
para cortar un pantalón vale gran cosa. Pero escribamos el dichoso
artículo (escribiendo) Bien... muy bien... magnífico, soberbio... ¡des-
comunal!... Me parece que ha quedado a pedir de boca. (Lee) “¡¡Terre-
moto!!” (Ave María purísima) “Tiempo es ya de que en la Hacienda
pública tenga efecto un verdadero terremoto que derribe las carco-
midas ideas sobre las que se han basado hasta la fecha las operacio-
nes fiscales. Un nuevo plan, una nueva organización se necesita; y
sólo un hombre puede realizar tan estupendo prodigio y éste es don
Toribio Zurce­telas, patriota acrisolado, estadista profundo que ha
pasado la mitad de su vida tomando medidas (esta es la única verdad
del cuento), para llegar a combinar un sistema administrativo que
habrá de ser el pasmo del presente y la maravilla de las generacio-
nes futuras. Esperemos que el gobierno aprove­che los grandes talen-
tos del ciudadano Zurcetelas nombrán­dole Ministro de Hacienda si
quiere que ésta se salve de la bancarrota. Muchos ciudadanos”.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena VI

Perico, don Toribio.

Tor: (Entrando) ¿Has concluido, Perico?


Per: Sí, señor; lea U...
Tor: No; no es necesario; tengo confianza en tu ta­lento..., y como el
asunto se presta...
Per: Voy a leerlo; es corto.
Tor: No te molestes, que tenemos que ganar tiempo. ¡Ah! He estado
pensando mientras almorzaba, que sería de mejor efecto, que firmá-
semos a cada uno de esos ciudadanos por sus nombres y apellidos...
Eso así... en bloque, parece siempre escrito por uno mismo. Ya la
gente está muy avisada, Perico.
Per: Pero, ¿y cómo nos componemos para eso? don Toribio. Usted
mismo dice que son entes imaginarios...
Tor: Pues por lo mismo. Los bautizamos con nombres imaginarios.
Escribe y verás qué bien salimos. Si creerás que esto es nuevo... Mira,
el año del 46 fui yo miembro de la junta electoral de mi parroquia, y
era un gusto ver cómo bautizábamos a los sufragantes. ¡Ja, ja, ja! De
entonces acá no hay junta de elecciones que no tenga su cura para los
bautis­mos y su obispo para las confirmaciones. Ahora verás. Yo voy
dando los nombres y tú los apellidos; (Se sientan a la mesa de escribir)
para más facilidad tomaré el almanaque ( Lo toma).
Per: Ya estoy listo; venga el nene que ya tengo el agua bendita.
Tor: (Después de ponerse los espejuelos) ¡Sandalio!
Per: ¡Jaramillo!
Tor: ¡Bueno, ese es el golpe! ¡Cornelio!
Per: ¡Monteverde!
Tor: Procura huir de los apellidos muy conocidos. Siem­pre hacen mejor
efecto los nombres del pueblo. ¡Ciríaco!
Per: Espérese, que no se me ocurre ninguno. Maldita memoria la
mía. Les pondremos apellidos de cosas. Comen­zaré con las frutas.
Vamos, ¿cómo dijo usted?

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

Tor: iCiríaco!
Per: ¡Naranjo!
Tor: iCeledonio!
Per: ¡Piña!
Tor: ¡Pantaleón!
Per: ¡Lima!
Tor: ¡Raimundo!
Per: ¡Guanábana!
Tor: ¿Qué apellido es ese?
Per: Apellido indio. Esas gentes del pueblo, y princi­palmente de los pue-
blos, se ponen nombres de lo primero que encuentran. ¡Raimundo
Guanábana! Este debe ser de Los Teques...
Tor: Escribe, pues, Ambrosio.
Per: Se me han agotado las frutas, sigamos ahora con los animales...
¿Cómo dijo usted?
Tor: ¡Ambrosio!
Per: ¡Toro!
Tor: ¡Emeterio!
Per: ¡Vaca!
Tor: ¡Mamerto!
Per: ¡Lagartija!
Tor: ¿Quién es ese?
Per: Otro indiecito. Ahora comienza a bajar la gente de Los Altos.
Tor: Vamos, con esos basta.
Per: ¡Qué lástima! Cuando iba a entrar con las legum­bres y las made-
ras. Tenía en la punta de la lengua un Policarpo Rábano, un Tristán
Pepino, un Romualdo Pardillo, un Salustiano Vera, y así un millón...
Me parece que son pocos, don Toribio...
Tor: Para eso se le pone ahora... escribe... “Siguen mil quinientas fir-
mas”.
Per: (Con asombro) Usted es un hombre extraordi­nario, don Toribio.
¡Cómo lo allana usted todo! (Escribe).
Tor: Vete pronto; lleva a don Facundo el manuscrito, y dile que esos
señores desean ver hoy mismo eso en letra de molde.

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SAINETES VENEZOLANOS

Per: Por supuesto, le diré también que les pase la cuenta a esos ciudada-
nos firmantes.
Tor: Ya se arreglará eso. Todos se la tragarán menos el impresor. Vete.
(Vase Perico).

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

Escena VII

Don Toribio solo.

Tor: Ahora solo me resta, para completar el efecto que habrá de producir
el artículo de esos patriotas, que yo me vaya a casa del presidente,
le haga una visita y le deje entrever mis profundos conocimientos...
Vamos, pongámonos un traje aparente para el objeto... Esta levita me
va bien; es de un jefe de sección que tiene mi mismo cuerpo. Pero
no, la levita no es de buen tono... Esta casaca... Ah, sí; la casaca del
diputado Botalón. ¡Un tesoro de elocuencia! En cada Con­greso le
remiendo diez o doce veces el asiento de los pantalones. Este sí que
es un traje diplomático. Vamos, venga el sombrero. Ajajá. Ahora sí
que estoy hecho todo un legislador. Pero, ¿cómo saludaré al presi-
dente?, ¿qué le diré? Ensayemos primero. (Busca con la vista algo y ve
el maniquí) Hagá­monos el cargo de que este maniquí es el presidente.
¡Cuántos presidentes han hecho el papel de maniquíes! (Coloca el
maniquí frente a él) ¡Buenos días caballero!... ¿Cómo está su Exce-
lencia? (Cambia la voz) A la orden de usted, señor mío. (Aparte) ¡Ay!,
y qué amable es el presidente. ¡Si no hay como rozarse con los que
mandan para conocerlos y estimarlos! (Cambia la voz) Siéntese usted,
y sírvase decir en qué puedo servirle. (Aparte) Vamos con tiento; no
esperaba yo tanta aquella… ¡y yo que le he hecho la oposición! El
deseo de ofrecer a Vuecencia mis más profundos respetos a la vez
que...

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena VIII

Toribio y Bibiana.

Bib: (Entrando) A la vez que tu simpleza y tu locura.


Tor: ¡Cómo Bibiana! ¿Te atreves a hablar así delante del presidente? Mira
que no estás en tu juicio...
Bib: El que no está en el suyo eres tú. ¿Creerás por ventura que ese
muñeco es el presidente?
Tor: (Azorado) Es verdad; me había parecido... ya se ve; no está uno acos-
tumbrado a las altas recepciones...
Bib: Y bien, ¿para qué te has disfrazado con ese ves­tido?
Tor: ¿Cómo que para qué? ¿Ignoras que no volveré a ponerme esa cha-
queta, y que voy a dar al traste con todos esos avíos? Señora ministra,
señora tesorera. Prepare usted la comida a su señor esposo, que ven-
drá fatigado y con hambre de la oficina. (Vase saludando).

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

Escena IX

Doña Bibiana, luego Emilia.

Bib: ¡Dios eterno! Si ha perdido a la vez todas las clavijas del cerebro.
señora ministra... señora tesorera... ¡señor simplón! Buen tesoro he
de tener yo que guardar... Un loco a quien habrá que rapar la cabeza
y ponerle una cadena. Cielo santo, dale fuerzas a esta infeliz mujer.
(Ve que Emilia se acerca) Llegas a tiempo, hija, para que cuides de la
tienda; yo no puedo tenerme en pie. Las cosas de tu padre me causan
una terrible angustia. (Vase).
Em: Es verdad... la pobre mamá... (Se pone un mo­mento triste) El corazón
me dice que Narciso no debe tardar. ¡Y pensar que papá no le mira
con buenos ojos porque es amigo del gobierno! ¡Puede que lleve su
pasión política hasta causar nuestra desgracia! Pero, ¿no es mucho
pretender que una pobre muchacha se resigne a seguir los caprichos
de un padre que no piensa sino en sus politiquerías y en sus maja­
derías...? No, señor. Yo amo a Narciso como puede y debe amar una
muchacha honrada. ¿Y qué hacer si papá no con­siente en nuestro
matrimonio...?

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena X

Emilia y Narciso.

Em: ¿De veras? ¿Y se lo has dicho todo?


Nar: Sí, consentirá, querida Emilia. Tu padre y yo so­mos los mejores
amigos.
Em: ¿De veras? ¿Y se lo has dicho todo?
Nar: No, aún no ha llegado la oportunidad. Yo te pro­meto que no pasará
el día de hoy sin que lo sepa.
Em: Si así lo cumples, hoy mismo se lo confesaré yo también a mamá.
Mira, mira cómo me salta de gozo el cora­zón. (Se pone la mano en el
pecho).
Nar: ¿A ver...? (Estira la mano).
Em: Alto allí, señor mío; ¿de cuándo acá se ha metido usted a médico?
Nar: Pero si tú misma...
Em: ¿No te he dicho que esta mano te pertenece? Pues lo que ella sienta es
como si tú lo sintieras, porque es tuya, solamente tuya.
Nar: Un hombre con tres manos es un fenómeno, hija. Deja que me
coma a besos mi tercera mano, dame acá. (Le toma la mano y se la
besa).
Em: Piensa que papá puede llegar de un momento a otro y hallarnos
solos.
Nar: Voyme, pero volveré en breve. Tú sabes que no puedo vivir lejos de
ti un instante.
Em: ¿Volverás cuando papá haya regresado?
Nar: Sí, Emilia, hasta luego. (Le da la mano).
Em: Vete, vete... Si encuentras a papá en la calle, díceselo... revélaselo
todo... ¿me lo ofreces?
Nar: Descuida ¡Adiós!

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

Escena XI

Emilia sola se sienta a escribir.

Em: ¡Qué feliz voy a ser, Dios mío! ¿Y qué dirán las Ortices y las Oliva-
res?, que me decían que Narciso me engañaba. El pobre papá que
tanto me quiere y le voy a dejar; y mamá, que me mima tanto. Pero
vendremos todas las noches a verlos y así será menos sensible la sepa-
ración. (Sigue escribiendo).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena XII

Emilia, don Toribio.

Tor: (Entrando) ¡Uf!, ¡qué fatalidad! No he podido hablar al presidente.


Aquel demonio de portero de Hacienda, que es un completo cancer-
bero, me ha tirado la puerta en los hocicos. Ese bribón está sostenido
por don Cirilo. Le juro por mi abuelo que la primera resolución que
he de tomar será deponiendo a ese canalla. ¿Eres tú, hija?
Em: Sí, papá; estoy asentando las cuentas de la semana.
Tor: Deja, hija; deja ese trabajo. Ya tú no te emba­durnas de tinta los
dedos escribiendo cuentas, números y medidas. No, nada de esas
porquerías.
Em: (Aparte) ¡Ah, Dios mío! Ya lo sabe todo. Narciso se lo ha dicho en
la calle. Sí, papá; pero no vaya usted a creer que no lo siento; porque
al fin, cuando hay que abandonar aquello que le ha rodeado a una
desde la niñez...
Tor: Calla, calla, hija. Pues no concibo cómo puedes sentir que cambie
tu posición. Pasar de repente de la nada a la opulencia y a las conside-
raciones sociales...
Em: (Aparte) ¿Conque Narciso era rico? ¡Y nada me había dejado sospe-
char! (A Tor.) Es que yo no me pago de las riquezas, papá.
Tor: Pues, señorita, hay que pagarse de ellas, porque ya que la fortuna las
trae...
Em: Sin embargo, papá... ¿Cómo quiere usted que yo no sienta dejar a
mamá...?
Tor: ¡Y qué! ¿Piensas acaso que yo he de consentir en que tu madre se
quede en este chiribitil? ¡Nada de eso! Bi­biana vivirá con nosotros,
mal que le pese a sus escrúpulos antipolíticos.
Em: ¿Juntos todos, papá de mi alma? ¿Y se lo ha pro­metido así Narciso?
¡Qué felicidad!
Tor: ¿Te imaginas por un momento que yo lo aceptaría con la condi-
ción de separarme de mis afectos de familia? ¡De ninguna manera!

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

(Aparte) Cualquiera que me oyera diría que ya tengo el nombra-


miento.
Em: ¡Virgen santa!, ¡qué dicha!, ¡cuánto quiero a mi querido papá de mi
corazón! (Le abraza).
Tor: Y mucho más me habrás de querer, cuando seas la esposa de algún
ministro o de algún tesorero. Sí, hija, sí; cuando a uno le cae la lote-
ría, saca también hasta las apro­ximaciones...
Em: (Aparte) ¿Qué jerigonza es esta? Ya veo que Narciso no le ha dicho
nada. ¡Me ha engañado, el pérfido!
Tor: Vamos, hija, no charlemos más. Falta algo que hacer todavía. Tie-
nes que escribir el programa administra­tivo que debo presentar al
aceptar la cartera.
Em: ¿Qué cartera, papá?
Tor: Pues, ¿cómo tienes la cabeza? ¿Se te ha olvidado que voy a ser minis-
tro de Hacienda?
Em: ¿De cuál hacienda, papá?
Tor: ¿De cuál va a ser, niña?, de la hacienda de nos­otros, del gobierno y
mía.
Em: (Aparte) ¿Qué enredo es este? ¡Ah!, ya recuerdo. Pero Narciso le ha
visto y nada le ha dicho; esto me deses­pera...
Tor: Escribe, hija, escribe; no perdamos tiempo. Toma, aquí hay papel.
Tan luego como esté el programa lo daré a don Narciso para que lo
presente al gobierno.
Em: (Aparte) ¡Ah!, ¡qué oportunidad para echarle en cara su conducta!
Voy a escribirle todo lo que siento. (A Toribio) Ya estoy pronta, papá.
Tor: (Dictando, se pasea) Programa que presenta el ciudadano Toribio
Zurcetelas al aceptar el ministerio de Ha­cienda.
Em: De hacienda.
Tor: Artículo 1°: Aumento de un sesenta por ciento en los derechos de
importación. (Aparte) Yo he abogado por la rebaja, pero una cosa
es estar fuera y otra el estar adentro. Artículo 2°: Sobresueldo a los
ministros. (Aparte) Cuando se sirve a la patria se debe estar bien
remunerado. Artículo 3°: Todos los ministerios se refunden en uno
solo: en el de Ha­cienda, el cual quedará dotado con los sueldos y
sobresueldos de los ministros eliminados. (Aparte) La economía es

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SAINETES VENEZOLANOS

la base de todo gobierno regular. Ahora comprendo el verdadero sig­


nificado de la palabra economía. Artículo 4°: El actual ministro no
reconoce créditos viejos. (Aparte) Olvido de lo pa­sado; y el que venga
atrás, que arree.
Em: Ya está terminado, papá, (Le da el papel) Usted le dará el programa a
don Narciso para que lo vea, ¿no es verdad?
Tor: Sí, hija; él será el portador de esta maravilla que hará que estén
hablando de tu padre por lo menos diez siglos.
Em: Me voy, papá; debo vestirme.
Tor: Anda, hija, y ponte bien galana. Y sobre todo, la cola bien larga y el
tontillo si es posible sobre la nuca, eso da cierta importancia...
Em: No tengas cuidado papá, que voltearé el baúl. (Aparte) Quiero que
me encuentre bien hermosa Narciso, para que vea lo que pierde, el
ingrato. (Vase).

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

Escena XIII

Don Toribio, después Perico.

Tor: ¡Qué efecto va a producir en el gobierno mi pro­grama! Ya me


parece estar oyendo a don Cirilo decir, con un tono de envidia mal
reprimida,... sí,... está bueno... aunque no contiene nada nuevo... ¡Bri-
bón! ¡Si la patria con­tara con carabineros como tú... ya...!
Per: (Entrando con un pantalón en la mano) Las tra­billas, don Toribio; ya
está el pantalón.
Tor: ¡Trabillas tienes tú en la mollera, bestia! En vez de estar estudiando
el archivo del que vas a hacerte cargo muy pronto.
Per: (Dejando caer el pantalón) ¿Qué dice usted de archivo?
Tor: Que ya vendrá por ahí mi nombramiento de ministro, y que tú
debieras estar extendiendo el tuyo de secre­tario.
Per: ¡Virgen de Coromoto! ¿Conque era cierto?
Tor: Tan cierto como que aquí tienes el programa que he dictado a Emi-
lia y que entregaré a don Narciso para su presentación al gobierno.
Per: (Tomando el papel y leyendo para sí) ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!
Tor: ¿De qué te ríes, miserable?
Per: De nada, señor, de nada; son ataques de nervios. (Aparte) ¿Conque,
mientras el papá está pensando en ser empleado, la niña se emplea
con don Narciso?
Tor: Lee en alta voz por si faltare alguna coma.
Per: (Aparte) Pero, ¿cómo voy a comprometer a esta locuela de Emilia?
No; excusemos la lectura. Perdóneme usted, don Toribio, pero me
hace daño leer en alta voz; tengo el pecho malo y...
Tor: Ya comprendo. Ese es achaque de los secretarios. Lee y no te esfuer-
ces mucho. ¡Eso sí, dale entonación!
Per: (Aparte) Pues ya que se empeña, riamos un poco a su costa. (Lee)
“Programa que presenta el ciudadano Toribio Zurcetelas al aceptar
el Ministerio de Hacienda. Artícu­lo 1º: Disponer de todos los fondos
en beneficio propio”.

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SAINETES VENEZOLANOS

Tor: ¿Cómo?, ¿cómo es eso? Yo no he dictado semejante cosa, al menos


con esa claridad y desparpajo. ¿Te burlas?
Per: No, señor; si así está escrito; lea usted, lea usted.
Tor: Es inútil. Bien sabes que me marea la letra de carta. Pero sigue a ver
si todo está equivocado.
Per: “Artículo 2°: La mitad de ese apartado será para mi secretario”.
Tor: ¡Ladronazo! ¡Tragaldabas!, dame acá. Ese no es mi programa; ese
es el programa común de los aspirantes a ministerios. Yo he introdu-
cido reformas sustanciales. Está visto que hoy estás de chancitas. (Le
quita el papel).

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

Escena XIV

Dichos, Don Narciso.

Nar: Dios guarde a usted, don Toribio.


Tor: ¡Ah!, ¿es usted, amigo mío? ¡Cuánto placer en verle en este instante!
Y ¿cómo marcha el asunto?
Nar: Bien; muy bien; pero no hay que apurarlo. Las cosas de palacio
andan despacio.
Tor: ¿Sabe usted que ya he escrito mi programa? Véalo usted y deme su
opinión con franqueza. (Le da el papel).
Nar: (Aparte) ¿Qué es esto? (A don Toribio) ¿Lo ha escrito Emilia?
Tor: Sí, señor; ¿buena letra, eh?
Nar: (Aparte) ¡Qué loca es esta Emilia!, ¡en qué com­promiso me pone!
(Leyendo en alta voz) “Programa que pre­senta el ciudadano Toribio
Zurcetelas al aceptar el Ministerio de Hacienda...”.
Tor: Siga usted que ya llega lo bueno.
Nar: (Aparte) Salgamos del paso como podamos. (Lee en alta voz) “Artí-
culo 1°: Libre importación y exportación”.
Tor: ¿Libre exporta... qué? Repita usted, don Narciso.
Nar: “Libre importación y exportación”; con todas sus letras.
Tor: ¡Pero eso no puede ser! Seguramente Emilia ha estampado mis
ideas de cuando yo era de la oposición. Si por el contrario, yo pido un
aumento de sesenta por ciento.
Per: (Aparte) Cuarenta para él y veinte para el go­bierno.
Nar: Y no hay duda. Eso es lo que aparece escrito; pero deje usted que yo
lo corregiré. (Trata de guardarse el papel, pero don Toribio se lo quita)
Tor: ¡No, señor!, deme usted acá. (Llama) ¡Emilia! ¡Bibiana!

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena XV

Dichos, Emilia, Bibiana.

Em: ¿Qué es, papá? (Viendo a Narciso) Buen día, caba­llero. (Aparte) ¡Sí
habrá leído, el muy pícaro!
Nar: Beso a usted los pies, señorita Emilia.
Bib: Dios guarde a usted, don Narciso.
Nar: A los pies de usted, señora.
Bib: ¿Qué ocurre, Toribio?
Tor: Quiero que me saques de este berenjenal. Tú no puedes engañarme.
Lee a ver qué dice este papel. (Le da el papel y ella lee para sí).
Nar: (Aparte) Pues, señor, me ha ahorrado la intro­ducción.
Em: (Aparte) ¡Cielo santo! Estoy sudando frío; pero él tiene la culpa.
(Viendo a Narciso).
Bib: ¿Qué quiere decir esto, Emilia?
Per: (Aparte) ¡Adiós! ¡Ya van a bailar los títeres!
Em: (Bajando los ojos) Mamá...
Tor: (Dando una patada en el suelo) Pero, ¿qué es lo que dice, Bibiana?
Bib: Oye, Toribio; he aquí el castigo de tus majaderías y locuras. Mien-
tras tú perdías el tiempo en buscar empleos y cometiendo ridicu-
leces, estos señoritos se han estado en trapicheos amorosos; y sin
que tú ni yo lo supiésemos, teníamos en la casa una tierna Eloísa y
entraba en ella un apasionado Abelardo.
Nar: Perdone usted, señora; no hemos sido sino Pablo y Virginia.
Tor: ¿Será posible? ¿Usted, don Narciso, usted se ha burlado de mí de
una manera tan ruin? ¡Ah! ¡Debí sospe­charlo! ¡Esta es una venganza
del gobierno dirigida por don Cirilo! ¡No debí olvidar que usted era
ministerial! Pero yo sabré vengarme.
Nar: Cálmese usted, don Toribio; yo le explicaré todo.
Bib: ¡Toribio!
Em: ¡Oiga usted, papá!
Tor: No quiero explicaciones. Ya nos veremos las caras. Dentro de un
par de horas estaré ocupando a Baruta con dos mil hombres. ¡Y sepa

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A FALTA DE PAN BUENAS SON TORTAS

usted señor mío, que yo soy terrible, inexorable! ¡Sistema de guerri-


llas, peajes y guerra a muerte!
Bib: Oigamos a don Narciso...
Nar: Sí, señora. Ni Emilia ni yo somos culpables. Tén­gase la bondad de
leerle a don Toribio lo que dice ese papel. (Don Toribio estará pensa-
tivo).
Bib: Dice... atiende, Toribio, (Lee en alta voz) “Pro­grama que presenta el
ciudadano Toribio Zurcetelas al acep­tar el Ministerio de...”.
Tor: ¡Eh!... deje eso y lea la parte dispositiva.
Bib: (Leyendo) “Art. 1°: Querido Narciso. Me prometiste hablar a papá
sobre nuestro enlace y no lo has hecho; lo cual prueba que no me
quieres ni pizca. Art. 2°: Es una iniquidad burlarse así de una pobre
muchacha. Art. 3°: Cuando usted quiera, venga por sus cartas y su
pelo, y su retrato y su sortija. No quiero que me escriba más. Esta es
mi última carta. La contestación puede mandarla con la sirvienta o
traérmela usted mismo. Su Emilia”.
Nar: Ya ve usted, señora; ya ve usted, don Toribio. Yo ofrecí hablar a
usted para pedir en matrimonio a su hija; pero no pude hacerlo antes
de ahora. Ya que la desconfianza de Emilia ha precipitado los acon-
tecimientos, aprovecho esta oportunidad para pedir a sus padres su
adorable mano.
Bib: ¡Don Narciso; usted es todo un caballero! Yo no puedo negar a usted
lo que pide. Sea usted el esposo de Emilia.
Em: Gracias, mamá querida.
Tor: (A Narciso) De manera que aquello del destino era...
Nar: No, señor; lo que ofrecí a usted se lo he cumplido. Aquí está el nom-
bramiento. (Saca un pliego y se lo entrega).
Tor: Ven a mis brazos, hijo mío. (Abraza a Narciso).
Per: Pero veamos qué nombramiento es ese...
Tor: Toma, léelo para aguarle la boca a esta incrédula de Bibiana que me
llamaba loco y majadero. Si no hay como un gobierno justo...
Per: (Leyendo en alta voz) “Estados Unidos de Vene­zuela. Ministerio de
Guerra y Marina. Sección tercera. Caracas, enero...” aquí la fecha.
“Ciudadano Toribio Zurcete­las. En esta fecha ha tenido a bien este
Ministerio nombrar a usted...”.

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SAINETES VENEZOLANOS

Tor: ¿Cómo? ¡El Ministerio de Guerra!, pues no com­prendo. Si yo sigo la


carrera de hacienda...
Per: (Lee) “Nombrar a usted director...”.
Tor: Sí, ya sé; director de la Academia de Matemá­ticas... en fin...
Per: (Lee) “¡Director de la maestranza de vestuarios de tropa!”.
Tor: ¿Qué has dicho, tunante?
Nar: Escúcheme usted, don Toribio; al ofrecer a usted mi recomen-
dación para que obtuviese un empleo, tuve la idea de que fuese en
consonancia con sus aptitudes. El presente nombramiento le pone
a usted en capacidad de ganarse honra­damente un pequeño capital
sin que le atraiga el ridículo sobre su persona. Vea usted a don Cirilo,
que es la burla de todo el mundo; pues bien; yo le hablo con la fran-
queza de un hijo; usted en un Ministerio, no sería sino un don Cirilo.
Per: ¡O un don Ciruelo!
Bib: Ya ves, Toribio, don Narciso opina con mucho juicio. Acepta ese
nombramiento que está con tus aptitudes y no pienses en lo que no
puedes alcanzar.
Em: Sí, papá, acepte usted.
Tor: Pues bien, ya que todos lo quieren, acepto... Pero este demonio de
Perico se va a reír; (Viendo al lado opuesto a Perico) díganme, por
Dios, si se está riendo...
Per: (Adelantándose) Señor don Toribio; su secretario presenta su dimi-
sión y le ruega también que acepte; porque... al fin, “¡a falta de pan
buenas son tortas!”.

CAE EL TELÓN

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Salto atrás
Sainete en un acto de Leoncio Martínez 27

Acto único
Cuadro único

27 Leoncio Martínez (Leo) (Caracas 1888-1941). Periodista, humorista, caricaturista,


músico, poeta, cuentista, escenógrafo y dramaturgo. Fundador junto con Francisco
Pimentel (Job Pim) en 1923, del semanario humorístico Fantoches, del cual fue direc-
tor y colaborador asiduo. También colaborador de El Cojo Ilustrado, El Nuevo Diario y
Pitorreos, entre otros. Hoy se le reconoce como uno de los grandes caricaturistas del país.
Durante los gobiernos de Juan Vicente Gómez y de Eleazar López Contreras, Leoncio
Martínez fue encarcelado varias veces, por sus fuertes intervenciones políticas. Miembro
del Círculo de Bellas Artes. Como escenógrafo se menciona en especial la realizada para
la zarzuela Alma Llanera, de Rafael Bolívar Coronado y Pedro Elías Gutiérrez. En drama-
turgia cultivó en especial el humor costumbrista en piezas como Bartolo, La Chirulí, Los
patiquines de seda y oro y su más reconocido sainete Salto atrás, estrenado en 1924.

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La escena, una sala en casa de gente acomodada. Puertas: una al fondo, dos en
cada lateral. A la izquierda hay una mesa y poltrona delante. Sillas en fila
al fondo, otras dispersas a la derecha; demás muebles de sala.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena I

Doña Elena, luego Brígida.

Elena: (A la puerta del fondo) ¡Brígida!... ¡Brígida!... ¡Anda, por Dios


mujer; eres una posma!
Brígida: ¡Voooy!... Tengo las manos mojás, porque estaba fre­gando.
Elena: Anda, que a quien sea tú no le vas a saludar sino con la cabeza,
(Viene al centro de la escena) ¡Sécate en el delantal!
Brígida: (Apareciendo en la puerta del fondo) Señora, mande usted.
Elena: Que vayas a ver quién es, porque van a tumbar la puerta o a secar
la pila del timbre. Si es el padre Castrillo, lo pasas inmediatamente,
pero cualquiera otra persona vienes antes a avisarme. (Medio mutis
de Brígida). ¡Eh! ¿Qué es eso? Estoy cansada de decírtelo: en mi casa
se acostumbra que el servicio antes de retirarse de la presencia de sus
amos haga una incli­nación con la cabeza.
Brígida: ¡Guá! Como usté estaba tan apurá. Pero eso no es una impedi-
menta. (Se inclina con exageración).
Elena: No hay disculpas para olvidar las buenas formas. (Brígida se
inclina más exageradamente aún) Así no, más moderada. Con razón
me dijo tu madre al entregárteme que tenías muy malas inclinacio-
nes. (Suena largo el timbre) Corre, corre a ver quién es. (Mutis de Brí-
gida).

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SALTO ATRÁS

Escena II

Doña Elena, sola.

Elena: No será el padre Castrillo; él no toca con tanto apuro sino cuando
viene a recoger la contribución de la obra pía. ¡Quién sabe quién
será!... ¡Qué romería de gente, Señor, qué pere­grinación! ... ¡Cuándo
pensé yo que mi primer nieto, al venir al mundo, diera tanto de que
ocuparse! Si lo exhibimos junto con la madre en el Nuevo Circo, a
medio la entrada, hacemos una fortuna.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena III

Doña elena y Brígida.

Brígida: (En el fondo) Señora, no es el cura, sino una niña que creo que es
Sumoza.
Elena: ¿Cómo dices, atrevida?
Brígida: Digo, que creo que es Sumoza el apellido de la señorita que
pregunta por usté, una amiga suya que se emperifolla con muchos
perendengues y que habla más que un loro en ayunas.
Elena: ¡Ah! Belencita Sumoza. Otra que no viene sino a curio­sear, pero
hay que recibirla, porque si no, ¡quién la aguanta! (Brígida hace por
detrás reverencias ridículas. Doña Elena se vuelve) ¡Eh! ¿Qué haces? Ve
y dile a esa señorita que pase.
Brígida: ¡Ya está aquí!... (Mutis).

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SALTO ATRÁS

Escena IV

Doña Elena y Belén.

Belén: (Entrando) ¡Elenita! ¡Déjame que te abrace!... ¡y que te bese!... ¡Ya


eres abuela, mijita!
Elena: ¡Abuela ya!
Belén: ¡Cuando lo supe, no te figuras qué contenta me puse! No estaba
sino esperando unos días para venir a verlas y conocer al niño.
Elena: Ya tiene veinte días... y esta es tu casa.
Belén: Es cierto. Yo debía haber venido antes del acontecimiento, en el
acontecimiento, y después del acontecimiento, pero no lo supe sino
después.
Elena: Más vale tarde que nunca.
Belén: Y... ¿Qué resultó? ¿Hembra o varón?
Elena: Varón.
Belén: ¡Barón como su padre!
Elena: Claro está, no podía ser hijo de dos señoras.
Belén: Quiero decir que será el heredero del título de su padre: los Baro-
nes von Genius... ¡Barón dos veces! ¿Por supuesto, que el angelito
será rubio como el oro?...
Elena: (Con desazón) Sí... sí... rubio... mejor dicho... no se puede definir,
porque... tú sabes que los recién nacidos son siempre indefinibles.
Belén: ¿Tendrá los ojos azules?
Elena: (Más inquieta) No sé... No se los he visto. (Por salir el paso) No los
ha abierto todavía.
Belén: ¿A los veinte días no ha abierto los ojos? ¡Irá a ser ciego!
Elena: Sí, ya los abrió, pero se la pasa durmiendo y... no me he fijado.
Belén: ¡Jesús, qué indiferencia de abuela! ¡Si Dios me hubiera concedido
la dicha de un nieto, ya se lo habría visto todo y registrado todo!
Elena: Aún hay tiempo.
Belén: ¡Niña! ¿A mi edad y soltera? Si lo sospecho cuando joven hago
una locura.

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SAINETES VENEZOLANOS

Elena: ¿Pero no tienes una sobrina que es como tu hija y que se casó
hace poco?
Belén: Carmelina. Hace mes y medio que se celebró la boda y ya estoy...
esperando.
Elena: ¿Tú?
Belén: Ella... bueno, yo; yo estoy esperando que ella, o más que ellos... ¡tú
me comprendes! Un hijo de ellos me parecería nieto mío, pero... ¡no
es lo mismo! ¡Ay, por qué no hice yo una locura! (Pausa) ¡No hable-
mos de cosas tristes! (Pausa) ¿Vamos a ver al catirito?
Elena: ¿Qué catirito?
Belén: Niña, Witremundo.
Elena: ¿Qué Witremundo?
Belén: Tu nieto.
Elena: ¡Ah! ¿Mi nieto se llama Witremundo? ¡No lo sabía!
Belén: Supongo que le pondrán un nombre alemán: Sigfrido, Rigoberto,
Godofredo... ¿Vamos a ver a Godofredito?
Elena: ¡Ahora se llama Godofredito!
Belén: ¡Qué encanto! Debe ser lindo. Sangre alemana por un lado, y por
ustedes, ¡no se diga!, por todas partes le viene su sangre muy limpia:
por los Torresveitía, por los del Hoyo, por los Sampayo, de los funda-
dores de Cumaná... Vamos a verlo.
Elena: Ahora no se puede.
Belén: ¿Por qué no?
Elena: ¡Porque no! Con mucho sentimiento te digo que ahora no se
puede ver a Godofredo Witremundo Sigfrido.
Belén: ¿Y por qué?
Elena: Pues... porque el médico lo ha prohibido; le duele la cabeza,
padece de jaqueca.
Belén: ¿Tan chiquito?
Elena: Es muy delicado: le estorba la bulla.
Belén: ¿De veras? Los nobles son flores de estufa... Mira, yo te prometo
no hablar.
Elena: Le molesta hasta el aliento.
Belén: Me tapo las narices.

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SALTO ATRÁS

Elena: No insistas, Belén, ahora no es posible.


Belén: Entonces... me voy.
Elena: ¿Tan pronto?
Belén: Me voy con una espina clavada en el corazón. (Inicia el mutis).
Elena: No te pongas así, no hay motivo,
Belén: Que tú, mi amiga íntima, mi hermana casi, me niegues ver un
niño... a quien yo debí haberle cortado el ombligo.
Elena: Pero, mujer, si tú supieras...
Belén: (Llorosa) Ya no tienes confianza en mí.
Elena: Óyeme, no llores como una tonta.
Belén: Lloro de sentimiento, me voy... me voy resentida contigo. Adiós.
Elena: Adiós, no dejes de volver por aquí.
Belén: ¡No volveré nunca! ¡No lo veré nunca! ¡No lo conoceré nunca!
¡Adiós para siempre!... (Desde el fondo) ¡Elena!
Elena: ¿Qué?
Belén: No puedo... a pesar de lo que has hecho, no puedo irme sin
demostrarte una vez más mi amistad sincera.
Elena: Jamás he dudado de tu noble amistad.
Belén: Vine a tu casa con un solo propósito: salvarles a ustedes.
Elena: ¿Salvarnos? ¿De qué?
Belén: ¡De una calumnia!
Elena: ¿Una calumnia?
Belén: (Volviendo al centro de la escena) Sí. Vine con el objeto de conven-
cerme de que no es cierto lo que dice y repite todo Caracas, cercio-
rarme con mis propios ojos de la verdad y des­mentir con mis propios
labios a todos esos infames lenguas largas.
Elena: Por Dios, Belén, no me asustes... ¿Qué se dice en Caracas?
Belén: Una cosa horrible, un baldón, una mancha, una infamia sobre tu
casa, sobre tu nombre, sobre los tuyos.
Elena: ¡María Santísima!... Belén, amiga mía, mi hermana, dime: ¿qué
es lo que dicen?
Belén: No. No me atrevo.
Elena: ¡Habla! Yo tendré valor.
Belén: Dicen por ahí que tu hija no ha dado a luz un niño, si­no... ¡una
mazorca de cacao!

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SAINETES VENEZOLANOS

Elena: ¿Cómo una mazorca de cacao?


Belén: ¡Un negro! ¡Un niño negro!
Elena: Un... ¡ay, ay, ay, ayayay!… (Convulsa cae desvanecida en un sillón).
Belén: ¡Como que es verdad! (Va hacia Elena y trata de ayudarla a reaccio-
nar) Elena, hija mía, vuelve en ti. ¡Qué angustia!... ¿Llamaré gente?...
Yo no creí que lo del negrito le iba a impresionar tanto. Pero, este ata-
que es delator; no me cabe duda. ¡Elena! (Sacudiéndola) ¡Elena!... ¡El
muchacho debe ser un talmone!
Elena: (Suspira profundamente) Señor...
Belén: ¡Elena, resucita!
Elena: ¡Señor, ten piedad de nosotros!
Belén: No hagas caso de la gente.
Elena: ¡Una mancha sobre nuestra familia! ¡Un alemán negro!
Belén: No te desesperes; eso no será verdad. ¿Verdad que no es verdad?
Elena: No se puede quitar su alimento a la murmuración.
Belén: ¡Claro! ¡Envidia, murmuraciones, mentiras!
Elena: No, Belencita, no son mentiras. Un misterio inexplicable, un
caso extraordinario, un absurdo, pero el niño...
Belén: ¿Es pasado de horno?
Elena: Es negro... ¡negro como una maldición!
Belén: ¡Qué extravagancia de la naturaleza! ¿Y no temes que en esto
haya...?
Elena: Silencio. (Aparece Brígida al foro).

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SALTO ATRÁS

Escena V

Dichas y Brígida.

Brígida: Señora, el padre Castrillo.


Elena: ¿Viene solo?
Brígida: Sí, señora.
Elena: Hágalo pasar. (Brígida hace unas reverencias y mutis).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena VI

Elena, Belén y a poco el padre Castrillo.

Elena: He mandado llamar al padre Castrillo para que hable con Julieta.
Belén: ¿Con qué objeto? ¿Para que le saque el diablo?
Elena: El diablo ya está afuera. Ahora se necesita saber por qué mi nieto
me ha salido como el hollín.
Belén: ¡Sin duda fue hechura del demonio!
Padre Castrillo: (En la puerta del foro) En el nombre del Pa­dre, del Hijo
y del Espíritu Santo...
Elena: Por los siglos de los siglos.
Belén: Amén.
Elena: Adelante, padre, tome asiento.
Padre Castrillo: (Entrando) Señorita... Doña Elena, beso a usted la
mano. (Se sienta) ¿Se puede saber a qué debo el alto honor de pisar
una vez más esta digna mansión?
Elena: Sí, hablemos de una vez; le he mandado a llamar por­que al pre-
sente conturba nuestra casa un grave problema de familia. Necesita-
mos que nuestra hija Julieta nos diga la verdad en el asunto y yo creo
que si usted la confesara...
Padre Castrillo: Señora, usted bien sabe que nos está prohi­bido...
Elena: No se trata de un secreto de confesión, sino de que sus santas y
sabias palabras logren convencerla.
Padre Castrillo: Gracias, usted me honra.
Elena: El esposo de mi hija puede regresar de un momento a otro.
Belén: ¿Von Genius no está en Caracas?
Elena: No, está para el oriente de la república y Trinidad en asun­tos
comerciales. Pero, ¡qué hombre para estar ilusionado con el naci-
miento de su hijo! De cada población, un telegrama todos los días, y
cuando le anunciamos que había venido al mundo un varón, respon-
dió que se embarcaría en la primera oportunidad posible. Dígame si
llega aquí de repente, cómo le pre­sentamos. .. ¡eso que ha nacido!

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SALTO ATRÁS

Belén: Envuelto en papel plateado, como los marrón glacés.


Elena: Belén..., mira que estoy muy angustiada; padre, ya no tengo pala-
bras con qué hablarle a Julieta y le confío mi última esperanza.
Padre Castrillo: ¿Cree usted que tenga más confianza en mí que en su
propia madre?
Elena: Usted al menos posee la gran arma del temor de Dios. (Pausa).
Padre Castrillo: ¿El padre del niño es alemán, según tengo enten-
dido?
Elena: Alemán por descendencia.
Belén: Pertenece a la aristocracia limeña. Es noble.
Elena: Hijo del Barón von Genius, Consejero Imperial de Berlín,
Comendador de la Orden del Águila Doble, miembro de varios insti-
tutos científicos.
Belén: ¡Una notabilidad!
Padre Castrillo: Usted perdone, doña Elena, pero cada vez que una
oveja de mi redil se casa con un extranjero, tiemblo.
Belén: ¿Por qué? Los extranjeros son mucho mejores que los nuestros.
Créamelo, padre, el venezolano es sinvergüenza de na­cimiento.
Padre Castrillo: ¿Usted nació en San Petersburgo?
Belén: No, señor, en El Volcán, cerca de Chacao.
Padre Castrillo: Entonces no se ofenderá si le digo que, para mí, de
cada cien aventureros desconocidos, noventa y nueve si no han
estado en Cayena es porque se fugaron durante el viaje.
Elena: ¡Qué horror!
Padre Castrillo: Y ustedes las mujeres pierden la cabeza por un nom-
bre que les suene a París, Berlín o Nueva York, y us­tedes las madres
entregan sus niñas al primer extranjero sin pensar que detrás de
unos ojos azules o de un bigote rubio puede esconderse un alma de
instintos tan oscuros como oscura es la piel que tuesta el sol de nues-
tra tierra y a la que ustedes les hacen asco más por honrada que por
fea.
Elena: No se trata ahora de eso. Mi yerno es una persona de­cente.
Padre Castrillo: Ni yo lo digo por él... No es mi intención faltar a
quien tanto estimo.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena VII

Dichos y Fulgencio.

Fulgencio: (Entrando violentamente) ¡Elena!... Elena. Padre... Señora.


Belén: Señorita...
Fulgencio: ¡Ya está preso! ¡Ya está preso! Lo traerán amarrado codo con
codo.
Padre Castrillo: ¿A quién?
Belén: ¡Pobrecito!
Elena: ¿A quién?
Fulgencio: Al mayoral del Rosario.
Elena: ¿A Cándido?
Fulgencio: Sí. Puse la denuncia ayer y me acaban de avisar por teléfono
que ya le echaron el guante. Ese hombre es un criminal.
Belén: ¿Mató a alguno?
Fulgencio: No ha matado a nadie, que yo sepa, pero es un cri­minal.
Padre Castrillo: Y tan humilde que parecía, tan servicial, tan simpá-
tico.
Elena: Así es esa gente.
Fulgencio: Bajo un aire estúpido de bondad ocultan los más feroces
instintos bestiales.
Belén: Pero, ¿qué hizo?
Padre Castrillo: ¿Qué hizo?
Fulgencio: Ese hombre debe saber por qué ha nacido un negro en nues-
tra familia.
Padre Castrillo: Pero, ¿qué culpa puede tener ese infeliz en el asunto
de ustedes?
Fulgencio: Desde chiquita, él le hacía muchos cariños a Julieta; le traía
pájaros y flores, se la sentaba en las piernas, la apurru­ñaba...
Padre Castrillo: Me parecen más bien demostraciones cari­ñosas.
Fulgencio: Y yo se lo decía a esta: no me gusta que Cándido tenga esas
confianzas con mi sobrina.
Elena: Es verdad.

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SALTO ATRÁS

Fulgencio: Después, Von Genius se empeñó en ir a pasar la luna de miel


a la hacienda donde tenemos a Cándido.
Belén: ¿Y él?
Fulgencio: ¡Quién sabe, quién sabe!
Belén: ¿Usted cree que Julieta puede haberse enamorado del negro?
Fulgencio: ¡Hay aberraciones, hay aberraciones!
Elena: Fulgencio, no te exaltes, recuerda que es mi hija. Yo pienso otra
cosa: me parece que en esto hay algo de brujería.
Padre Castrillo: ¡Doña Elena, usted, un alma cristiana!
Elena: Sí, la india Agustina me lo dijo antier: quién sabe si a la niña
Julieta la han “compuesto”.
Belén: ¿Cándido sabe componer?
Fulgencio: Como toda la gente del campo.
Belén: Pues yo no me quedo sin verlo cuando lo traigan: ¡ay, si pudiera
componerme a mí!
Padre Castrillo: Doña Elena, don Fulgencio, ¿ustedes suponen que
ese infeliz...?
Fulgencio: No sé lo que supongo, pero que le dé gracias a Mo­nagas por-
que en tiempos de mi abuelo hubiera muerto a palos o lo hubieran
quemado como un judas en el medio del patio de la trilla... Elena,
tengo que hablarte a solas, con perdón de los presentes. (Mutis
segunda izquierda)
Elena: Voy. Con permiso, un instante. Padre, no olvide a Julieta. (Mutis
por donde mismo. El Padre Castrillo le acompaña hasta el dintel)
Belén: Yo aprovecho ahora y me cuelo en el cuarto. (Mutis segunda dere-
cha)
Padre Castrillo: (Volviéndose) ¿Qué le parece, señorita Belén?... ¿En?...
¿Dónde se habrá metido la cotorra? ¿Belén, Belén?... Bueno, voy a
cumplir como amigo y como capellán. Indudable­mente en esta casa
se ha metido Lucifer. (Mutis por la segunda derecha)

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena VIII

Arturo, solo.

Arturo: Creí haber oído voces en la sala. Pero no hay nadie. Al con-
trario, se siente un silencio como de iglesia. Parece men­tira, pero
estoy emocionadísimo; en este recogimiento palpita algo de misterio
y de grandeza. Indudablemente la maternidad es santa. Ay, Julieta,
prima Julieta, no quisiste que yo fuera tu Romeo y ahora ese hijo de
tus entrañas, en lugar de llamarse en musiú, se llamaría Arturito...
porque de seguro le van a poner un nombre de perros.

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SALTO ATRÁS

Escena IX

Dicho, el padre Castrillo dentro y luego Belén.

Padre Castrillo: Basta, Belén, basta; mire que exponer a Ju­lieta a una
crisis nerviosa. Salga usted, se lo ruego.
Belén: (Saliendo) Pero ya lo vi, ya lo vi y ya lo vi, que era lo que yo que-
ría... ¡Ah, buenos días, Arturo!
Arturo: Buenos días. ¿Viene usted de conocer a mi nuevo primito?
Belén: ¿Su primito? ¿Ya lo conoce usted?
Arturo: Aún no, pero es lindo, ¿verdad? Se parecerá a mí.
Belén: ¡Ya quisiera!
Arturo: ¿Es mejor que yo?
Belén: ¡Qué va! Mire: le ponen el gorro y parece una chirimoya vestida.
Arturo: ¿Eh?
Belén: Hijo, ¡es morado! Imagínese cuando crezca: el pobrecito no va a
servir ni para fotógrafo, porque se pierde en la cámara oscura.
Arturo: No entiendo.
Belén: Usted sabe que a mí no me gusta murmurar, pero, por pertenecer
a la familia, se lo digo: tiene usted un primito negro.
Arturo: Imposible.
Belén: Sí, señor, el hijo de Julieta parece una nota musical, no se le ve
sino la cabeza y un palito.
Arturo: Repito que imposible.
Belén: ¡Créalo!
Arturo: ¡Oh, crueldad del destino! Ella, a quien quise yo tanto, a quien
amo todavía; ella a quien le escribí quince sonetos llamándola paloma,
azucena, nieve de los Alpes, edelweis. No pue­de ser que la paloma críe
un tordo, la azucena se convierta en guácimo y la nieve en betún...
Belén: No se aflija, poeta.
Arturo: Yo amaba tiernamente a mi prima, ¿sabe usted?
Belén: ¿Qué hay en el mundo que yo no sepa?
Arturo: Soñaba con hacerla mi esposa.

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SAINETES VENEZOLANOS

Belén: Y si se casa con ella, usted lo hubiera hecho mejor.


Arturo: ¡Buh! ¡Ya lo creo!
Belén: Al menos usted es un sello de garantía.
Arturo: ¡Y de los de relieve!... Pero no me quiso porque le parecí poco
para sus ideales. ¡No sabe ella lo que tengo escon­dido! Aquí soy todo
corazón, aquí todo pensamiento, un volcán, una fragua... Toque
para que se queme.
Belén: ¡Échele agua!
Arturo: Sin embargo, mi tía me dijo que yo no era sino un cualquiera,
un Pérez... Le contesté que también era del Hoyo y me prohibió que
me firmara con mi apellido completo, pues como me llama “orfe-
bre”, dice que el hoyo que queda [es] grande.

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SALTO ATRÁS

Escena X

Dichos, Fulgencio y Elena.

Fulgencio: (Por segunda izquierda) Sí, ese es el último recurso.


Elena: Disimula... Arturo. ¿Qué tal, Arturito? Supongo que ha­brás
venido a felicitarnos.
Arturo: Tía, hay felicitaciones que se dan con el luto en el brazo.
Fulgencio: ¿Eh?
Elena: Tú... ¡también lo sabes!
Arturo: Ya me lo había dicho Belén.
Belén: ¡Cállese, imprudente!
Elena: Pues me alegro de que hayas venido, puesto que también eres de
la familia.
Belén: A los orfebres no se les puede decir ni un secreto.
Elena: Ay, Fulgencio, ya lo va a saber todo Caracas.
Fulgencio: Pocos lo ignoran.
Elena: Belén es un periódico de gran circulación.
Fulgencio: Pero de muy mal formato.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena XI

Dichos y Jerónimo.

Jerónimo: (Por el foro) Buenos días todos.


Fulgencio: Llegas a tiempo.
Elena: ¿Qué has pensado?
Jerónimo: ¿Qué voy a pensar, mujer? ¡Nada!
Elena: Contigo no se puede contar ni para los casos más graves.
Fulgencio: Tú, el jefe de la familia, el que tiene mayor responsa­bilidad
en el asunto, el padre de la madre, el abuelo del niño…
Jerónimo: ¿Qué quieren que haga? ¿Que lo destiña?
Arturo: Que lo lave con lejía.
Elena: Date cuenta de esta tragedia.
Fulgencio: Mide las consecuencias de lo que pudiera ocurrir.
Jerónimo: Yo espero con calma los acontecimientos. Entre tanto tengo
que comunicarles algo de interés... privado.
Belén: No se preocupe por mi presencia, yo soy una tumba.
Arturo: Y yo un ciprés.
Jerónimo: Acabo de recibir un telegrama de Herman.
Belén: ¡Von Genius!
Arturo: ¡El marido!
Jerónimo: Llegó esta mañana a La Guaira y dentro de algunos mi­nutos
llegará aquí.
Fulgencio: ¡Llegará!
Elena: ¡Llegará!
Belén: ¡Llegará!
Arturo: ¡Llegará!
Elena: Es necesario proceder cuanto antes.
Fulgencio: Pues bien, Jerónimo, nosotros, que sí estamos directa­mente
interesados en todo cuanto toque a nuestro nombre y pueda nublar
el lustre de nuestro apellido, hemos pensado dete­nidamente esta
cuestión.
Jerónimo: Vamos a ver... ¿Y qué has pensado?

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SALTO ATRÁS

Elena: No sólo hemos pensado, hemos procedido. Ahí tenemos al padre


Castrillo hablando con Julieta, convenciéndola, conmi­nándola a que
confiese.
Jerónimo: Esa pobre niña...
Fulgencio: Tiene que saber algo.
Elena: Y en caso de que no ceda a las insinuaciones del sacerdote...
Jerónimo: ¿Qué?
Fulgencio: Un consejo de familia.
Jerónimo: Un consejo de guerra, di más bien.
Belén: ¡La fusilan!
Arturo: Yo le escribiré una elegía.
Jerónimo: Pues oigan: Yo no consentiré en semejante tribunal; yo no
humillo a mi hija, no la rebajo porque la nobleza de nues­tra raza no
está en la sangre sino en el espíritu, que ni se doblega ni se rinde. Si
Julieta es culpable, que tenga hasta la altivez de su culpa, y cuando
llegue el momento de la expiación, si todos la menospreciaran, aun
le quedarían los brazos de su pa­dre para acogerla en su dolor y mi
pecho para que lo humedezca con sus lágrimas.
Belén: ¡Se paró el viejo!
Arturo: ¡Qué elocuencia!
Fulgencio: Eso es literatura, Jerónimo, pura literatura.
Jerónimo: Ustedes pasan más allá de lo que pudiera sospecharse.
Jerónimo: Si Julieta ha faltado, debe eliminarse de nuestra fa­milia.
Elena: Si ha faltado, ¡y con un negro!, no la reconozco como hija.
Fulgencio: Además, estamos discutiendo en balde; ya avisé a Pedro y
a Daniel, nuestros hermanos, y deben hallarse en ca­mino para acá.
(Aparece el Padre Castrillo, segunda derecha).
Belén: ¡Chist! El sacerdote.

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SAINETES VENEZOLANOS

EscenA XII

Dichos y el padre Castrillo.

Elena: Padre... ¿Qué dice?


Padre Castrillo: Nada... No hace sino llorar y repetir que es inocente.
Jerónimo: ¿Lo ven ustedes?
Fulgencio: ¡Las mujeres, las mujeres!
Belén: No todas, Fulgencio.
Padre Castrillo: He empleado todos los recursos de que dis­pone la
Iglesia, desde la persuasión cariñosa hasta las llamas del infierno y el
crujir de dientes, y no he logrado sacarle sino sollozos.
Jerónimo: Pero, ¿a ustedes no se les ocurre un medio menos vio­lento? El
esposo ya está aquí.
Belén: Dispensen que yo me meta en el asunto, pero se me ha ocurrido
un medio que puede ser eficaz.
Todos: ¿Cuál?
Belén: Cambiarle el niño.
Arturo: Eso o cambiarle el marido.
Belén: Sí, cambiarle el niño por uno blanco.
Padre Castrillo: ¡Están locos! ¡Están locos!
Fulgencio: No es mala la idea.
Padre Castrillo: ¿Ustedes creen que haya una madre en el mun­do
capaz de abandonar a su hijo por otro?
Elena: Hay gente capaz de todo.
Arturo: Yo creo que no haya quien se transe; sobre todo, sí ven la mer-
cancía.
Belén: No se trata sino de un cambio temporal, y con dinero se arregla
todo.
Jerónimo: ¿Y después? ¡Quedaríamos en lo mismo!
Belén: Pero por el momento se sale del apuro.
Fulgencio: Repito que no me parece mal lo que dice Belén.
Jerónimo: Eso es una infamia.
Padre Castrillo: Un absurdo.

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SALTO ATRÁS

Fulgencio: El honor lo impone.


Elena: ¿Dónde?... ¿Dónde podremos conseguir un niño blanco, aunque
sea prestado?... ¡Ah! (Yendo a la puerta del foro) ¡Brígida! ¡Brígida!
Padre Castrillo: Bien, yo he cumplido con mi deber. Me retiro; que
Dios les conceda la paz que todos anhelamos.
Voces: Amén. Padre Castrillo. (Al salir, a Elena) Calma, calma, hija mía,
medita bien lo que vas a hacer. (Mutis por el foro).

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SAINETES VENEZOLANOS

EscenA XIII

Brígida y los demás, menos el padre.

Brígida: (Por el foro) Señora...


Elena: Dime... entre tus amigas de por aquí, ¿no hay alguna que tenga
un niño que nos preste?
Fulgencio: O que nos lo alquile.
Brígida: Un niño... un niño...
Elena: Sí, un niño catire.
Brígida: ¡Ah!, Norberta la isleña tiene uno catirito.
Elena: Corre, mujer, corre, dile que nos lo preste por un mo­mento, por
medio día, y le daremos una buena gratificación.
Fulgencio: Particularmente a ti, si lo consigues, te regalaré dos fuertes.
Brígida: ¡Carache! Por dos juertes le traigo el Asilo de güérfanos. (Hace
una reverencia).
Elena: Corre ligero. Por hoy puedes suprimir las reverencias.
Brígida: (Hace mutis y grita de adentro) Aquí están don Daniel con otros
dos señores.
Jerónimo: ¡Todavía más! ¡Vamos a ver hasta dónde llegan!

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SALTO ATRÁS

EscenA XIV

Dichos (Menos Brígida) y Daniel , Pedro y Saturnino.

Pedro: Salud.
Daniel: Buen día.
Saturnino: Bueno.
Todos: Buenos días.
Elena: Pasen adelante.
Pedro: Pasemos adelante.
Saturnino: Aprobado.
Pedro: Por la calle encontramos a Saturnino, que también es pa­riente.
Daniel: Y como nos dijeron que se trataba de un asunto de familia,
resolvimos traerlo.
Saturnino: Aprobado.
Fulgencio: Tomen asiento.
Elena: Sentémonos.
Saturnino: Aprobado.

Se sientan en la siguiente disposición: a la izquierda Fulgencio, ante la


mesa como presidiendo la sesión; a su lado, Elena, de frente al público.
A la izquierda, al fondo pero de modo visible, y entre sillas en fila, Pedro,
Daniel y Saturnino. A la derecha, de frente, y dejando espacio entre ellos
y el lateral, Belén y Arturo. Jerónimo queda en pie hacia la derecha y a
ratos se pasea impaciente; su figura debe predominar en la escena.

Fulgencio: ¿Tú no te sientas?


Jerónimo: Yo no me hago cómplice de disparates.
Fulgencio: ¡Llámalo como quieras! Elena, tú, como la más alle­gada,
explícales el objeto de la reunión.
Elena: Explícaselo tú.
Fulgencio: Pues bien: todos los aquí presentes somos del Hoyo, Torres-
veitía, del Álamo, Sampayo o Costillares, y lo que le duele a los Torres
mortifica a los del Hoyo o lo sienten los Costillares.

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SAINETES VENEZOLANOS

Saturnino: Aprobado.
Belén: (A Arturo) ¿Quién es ese señor que todo lo aprueba?
Arturo: Un congresante. Es primo mío, por si va a hablar mal de él.
Belén: ¡Dios me valga!
Fulgencio: Hay ahora algo que nos hiere a todos y hiere a cada uno de
nuestros apellidos.
Jerónimo: Fulgencio, ¿qué tiene que hacer esta gente con las co­sas de mi
casa?
Elena: Cállate tú.
Jerónimo: Por dárselas de guardadores de honras lo que hacen es echar
en tiras nuestro nombre a la murmuración callejera.
Fulgencio: Reserva tus discursos para luego; tengo yo la palabra.
Pedro: Tiene la palabra Fulgencio.
Daniel: Es necesario que nos explique.
Saturnino: Aprobado.
Fulgencio: Estamos reunidos en consejo de familia y yo opino que pri-
mero que nada debe llamarse a la rea.
Saturnino: Aprobado. (A Daniel) ¿Quién es la rea?
Daniel: Yo no sé... ¿usted qué aprueba?
Saturnino: Yo tampoco sé.
Fulgencio: Elena, llama a la niña.
Jerónimo: ¿A quién?
Elena: (Levantándose) A Julieta.
Jerónimo: ¡No! ¡Ya he dicho que no!
Elena: Es necesario, Jerónimo.
Jerónimo: Ya he dicho que no consentiré que se ultraje a mi hija con una
inquisición indigna.
Fulgencio: Todos aquí somos de su sangre.
Elena: Yo soy su madre...
Jerónimo: Y yo su padre... ¡si tú no has dispuesto otra cosa!
Elena: ¡Jerónimo, me ofendes!
Jerónimo: Más se me ofende a mí arrojando una sombra sobre el honor
de mi hija.
Fulgencio: También es algo mío.
Elena: Tiene autoridad.

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SALTO ATRÁS

Jerónimo: ¡No!... Cuando ni tú ni yo como padres tenemos derecho a


mezclarnos aun en este asunto, mucho menos deben venir manos
extrañas a revolver el lodo en nuestro hogar.
Arturo: (A Belén). Diga usted algo.
Belén: ¿Ahora? Ahora me pegan.

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SAINETES VENEZOLANOS

EscenA XV

Los mismos y Brígida.

Brígida: (A la puerta del foro). Señora.


Elena: ¿Qué hay?
Brígida: Ahí está hace rato lo que usted me encargó.
Elena: Tráncalo en la galería hasta que yo te avise.
Jerónimo: No, señor; llévese eso de aquí.
Elena: Obedezca lo que yo le mando.
Brígida: Está bien, señora, aquí pasa algo gurdiño. (Mutis).

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SALTO ATRÁS

EscenA XVI

Todos menos Brígida.

Jerónimo: Se me rebosa la paciencia, ¡caray! Elena, hija mía, en­tra en


razón. Siéntete madre, pon el corazón por encima del orgullo: cuando
venga el marido, con ella se entenderá frente a frente y ella le dirá lo
que deba decirle.
Elena: ¿Por qué calla ahora?
Jerónimo: Porque es a su esposo únicamente a quien tiene obli­gación de
rendirle cuentas.
Fulgencio: ¿Y sí von Genius no reconoce como suyo ese hijo?
Jerónimo: Ahí están los tribunales, el divorcio...
Fulgencio: ¿Y el escándalo?
Jerónimo: Peor que el escándalo es el crimen que ustedes pre­tenden.
Fulgencio: ¿Y si la rechaza?
Elena: ¿Y si la desprecia?
Jerónimo: Entonces... Entonces, sí: aquí quedaremos tú y yo, Elena, para
recibirla y consolarla o llorar junto con ella. En­tonces no necesita-
mos de ninguno de ustedes.
Fulgencio: ¡Jerónimo!

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SAINETES VENEZOLANOS

EscenA XVII

Dichos y Julieta.

Julieta: (Saliendo con ímpetu) ¡Gracias, papaíto, gracias! Yo sabía que tú


eras el único capaz de salvarme. (Se acoge en sus brazos) Sostenme.
Belén: Esto se está volviendo un drama.
Elena: (Acercándote al grupo de Julieta y Jerónimo) ¡Hija mía...
Julieta: Mamá, eres mala conmigo.
Jerónimo: Déjala, Elena.
Arturo: Julieta, mi querida Julieta, mi querida prima, en los mo­mentos
en que el furioso vendaval...
Julieta: (Rechazándole con el pie) Quítate.
Arturo: (Regresa cojeando a su puesto) ¡Carrizo! Me dio en la espinilla y
me partió en dos el vendaval de la desgracia... ¡Una frase tan bonita!
Fulgencio: Sobrina, tú comprenderás.
Julieta: (Irguiéndose) Sí... lo comprendo todo; lo que no adi­vino es quién
los ha llamado a ustedes, quién les autoriza para venir a juzgarme.
Saturnino: Aprobado.
Julieta: (A Fulgencio) ¿A usted quién lo llamó?
Fulgencio: A mí tu madre me pidió consejos.
Elena: Yo no, tú viniste por tu propia cuenta, a decirme que si la honra,
que si el nombre, que si la familia...
Jerónimo: Tú eres el principal autor del alboroto!... ¡No sé cómo no te
pego un silletazo!
Fulgencio: ¡Jerónimo, esas armas de villano! (A Julieta) Tú compren-
derás que a mí me duele...
Julieta: ¿Puede usted haber sentido dolores más grandes que los míos?
Fulgencio: ¿Yo?... ¡Dios me ampare!
Belén: Y me favorezca.
Julieta: Sin embargo, ¿pretende usted que después de haber llevado un
hijo en mis entrañas y haberlo nutrido con mi ser, después de darle a
la vida cumpliendo con la sentencia divina, cuando llevo mis senos
a sus labios y por primera vez conozco ese algo sagrado que llaman

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SALTO ATRÁS

amor maternal, vaya a despren­derme de él por complacerlos a uste-


des, por satisfacer necias vanidades sociales? ¡No, no y no!
Belén: Se despepitó la muchacha.
Arturo: ¡Le sale la cría!
Julieta: Sépanlo bien: me lo quitan ustedes y lo tiran debajo de un
puente y debajo de un puente voy a llevarle la vida, lo echan por un
barranco y me lanzo barranco abajo a salvarlo... ¡Qué me importa a
mí que sea negro, blanco, verde o colorado!, es mi carne, es mi hijo y
ante la inmensidad de esta palabra: ¡mi hijo!, ya no hay nada grande
para mí en la tierra.
Arturo: ¡Caray!, se me están aguando los ojos.
Belén: Debe ser de la patada en la espinilla.
Julieta: El que quiera quitármelo que pruebe: lo muerdo, lo araño, lo
descuartizo.
Daniel: No la conozco: es una fiera.
Pedro: Una tigre.
Saturnino: Aprobado.
Elena: Cálmate, hija mía.
Julieta: ¡Mama! ¡Mamaíta!
Elena: Tranquilízate: esas son hipocresías de Fulgencio.
Fulgencio: ¡Mías solas no!
Elena: Sí, tuyas.
Jerónimo: ¿Cómo allá, en la hacienda, cuando la cosecha, no te fijabas
de qué color eran las escogedoras de café?
Fulgencio: ¿Yo?
Jerónimo: Sí, tú; allá en la hacienda tienes una familia que parece un
rabo de mono.
Arturo: ¡Ja, ja! A mí me han dicho que tiene un hijo de cuadritos blan-
cos y negros.
Belén: Así se divierte jugando damas sin necesidad de tablero.
Fulgencio: ¡Un momento! No consiento que se burlen de mis mucha-
chos.
Arturo: ¿Qué importa? Si son naturales.
Fulgencio: Aunque fueran artificiales.

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SAINETES VENEZOLANOS

Jerónimo: ¿Lo ves?


Julieta: ¿Lo ve usted, tío? Y sin embargo, pretenden que yo... ¡Ja, ja!
Canallas, convencionalistas, hipócritas.
Pedro: Me parece que nos insulta.
Daniel: Y a mí también me parece.
Saturnino: Yo salvo mi voto.
Julieta: Por otra parte, usted doña Correveidile...
Belén: ¿Hablas conmigo?
Julieta: Sí, con usted, que no tiene más oficio que andar ras­treando la
vida ajena.
Belén: Pero, chica, si yo no me he metido en nada...
Jerónimo: Calma, hija mía, calma.
Elena: Serénate, Julieta, por Dios.
Jerónimo: Vamos a tu cuarto. Tú no resistes conmoción se­mejante ...
Elena: (Acercándosele) Apóyate en mi brazo.
Julieta: ¡Con el de papá me basta! (Jerónimo lleva a Julieta hasta la
puerta de su cuarto), segunda derecha.
Elena: (A Fulgencio) Tú eres responsable de que mi hija llegue a
cogerme odio.
Fulgencio: Sí, ¡oh! Ahora échenme a mí todas las culpas.
Elena: Jerónimo, tengo miedo.
Jerónimo: Hasta yo estoy asustado...
Pedro: Ya nosotros no representamos nada aquí. ¿Nos vamos?
Daniel: Vámonos.
Saturnino: Aprobado. (Se levantan a una y se disponen a mar­charse,
cuando se oye la voz de Von Genius).
Von Genius: (Adentro) ¡Brígida! Haga pasar las maletas a mi habitación.
¿Dónde está la gente de aquí? ¿Como que no hay nadie en esta casa?
Elena: ¡Von Genius!
Belén: ¡Ahí está el hombre!
Fulgencio: ¡Se presentó el conflicto que yo temía!
Arturo: Yo como que me marcho.
Belén: Yo no me voy, yo gozo la película hasta el rabo.

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SALTO ATRÁS

EscenA XVIII

Dichos y Von Genius.

Von Genius: (Entra con entusiasmo y abrazando los presentes a medida que
los nombra) ¡Julieta! ¡Julieta! ¿Mi hijo?... Mamá Elena... Papá Jeró-
nimo... ¡¡¡Qué felicidad!!!
Belén: (A Arturo) No sabe lo que le espera.
Von Genius: ¡Belén... Arturo... tío Fulgencio!
Fulgencio: Chico, a mí no me llames tío.
Von Genius: Bueno, lo llamaré compadre, porque usted va a ser el
padrino.
Fulgencio: ¡Eso no más me faltaba!
Arturo: (A Belén) Lo toqué por detrás y trae revólver.
Belén: ¡Qué miedo!
Von Genius: ¡Pedro!... ¡Daniel!... ¡Ilustre primo! Cuánto placer verlos a
todos celebrando este momento.
Pedro: Felicitaciones.
Daniel: Parabienes.
Saturnino: Ídem, ídem.
Elena: Jerónimo, ¿qué hacemos?
Jerónimo: No me lo preguntes a mí.
Belén: Trae revólver, mejor es que no vea al niño todavía.
Elena: Pero...
Belén: Enséñale el otro.
Von Genius: Bueno. ¿Dónde está mi hijo? Quiero verlo. ¿Dónde está
Julieta?
Jerónimo: Julieta está recogida.
Von Genius: ¡Ah! ¡En su cuarto! (Inicia el mutis hacia la segunda derecha)
Elena: (Deteniéndolo) No pases todavía.
Jerónimo: No, no pases.
Von Genius: ¿Por qué?... Necesito ver a mi hijo, quiero cono­cerlo,
besarlo...

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SAINETES VENEZOLANOS

Elena: Haré que te traigan el niño... (Va a la puerta del foro). ¡Brígida,
tráigale el catirito al señor Herman!
Von Genius: ¿Ah, es catirito? ¡Debe parecer un lucero! En mis baúles le
traigo maracas, ropa, juguetes, zapatos.
Belén: ¿Zapatos?
Von Genius: Para cuando crezca y empiece a caminar.
Arturo: ¿Y no le trae también una cadena?
Jerónimo: Me falta valor en el momento decisivo.

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SALTO ATRÁS

EscenA XIX

Los mismos, Brígida, un muchacho y luego Julieta.

Brígida: (Trayendo de la mano un muchacho como de doce años y que se


resiste a entrar) Aquí está er niño.
Muchacho: Yo dentro, pero que me despachen ligero, que tengo que
dime a vendé mis melcochas.
Todos: ¡Ooooh!
Von Genius: ¡Oh! ¿Este es mi hijo? ¡Esto es un fenómeno! ¡Veinte días de
nacido y ya habla! Este no puede ser mi hijo.
Muchacho: No, señor. Yo soy hijo de Norberta la durcera.
Todos: ¡Oh!...
Brígida: ¡Acércate, muchacho!
Muchacho: ¡Uh, uh! Ese señor me va pegá.
Von Genius: Explíquenme qué significa tanto misterio, semejante
comedia... ¡Me voy a volver loco!
Muchacho: Yo quiero díme. ¡Me van a encerrá otra vez allá ajuera!
Jerónimo: Toma, niño, un bolívar; vete y dile a tu madre que muchas
gracias.
Muchacho: ¡Ay, turura! Ya me voy a desquitá comiendo rule. (Sale en
carrera)
Elena: (A Brígida) ¡Estúpida! ¿Cómo se te ocurre traer un niño tan
grande?
Brígida: ¡Guá, yo qué sé! A mí me encargaron a un niño catire, pero no
me dijeron de qué tamaño. Yo creí que era para un mandao.
Elena: Quítese de mi presencia. (Mutis de Brígida al foro).
Von Genius: ¡Basta! Basta de farsa, díganme pronto qué su­cede.
Jerónimo: Yo te explicaré luego.
Von Genius: No, inmediatamente.
Elena: Sucede, querido yerno, que el niño... el niño...
Von Genius: ¿Murió?
Fulgencio: ¡Ojalá!
Elena: No; algo peor: no es catire... Es...

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SAINETES VENEZOLANOS

Von Genius: ¡Qué importa! Yo lo quiero como sea... (Yéndose alejando)


¡Julieta!... ¡Mi hijo!...
Julieta: (Saliendo con un niño negrísimo en brazo) Aquí está.
Von Genius: ¡Mi vida!
Julieta: ¡Amor mío!
Belén: Nos mata a todos. Ya va a sacar el revólver.
Belén: Pero, ¿su abuelo no era alemán?
Von Genius: Por la línea paterna, sí; pero, mi padre, cuando estuvo de
explorador en el Perú, se casó con su cocinera. Usted sabe que a los
alemanes les gustan mucho las negras.
Arturo: (Por Fulgencio) Y a los que no son alemanes tam­bién.
Fulgencio: Jovencito, no acepto indirectas.
Elena: ¡Ay, Jerónimo! Nuestro yerno, hijo de una cocinera. ¡Nos ha
engañado!
Jerónimo: Él, no: la necia vanidad de un título fue la causa del engaño.
Von Genius: Yo no he engañado a nadie: me preguntaron si era Barón y
creo que lo he probado... ¿verdad, Julieta?
Julieta: ¡Esposo mío!
Von Genius: Nadie me preguntó por mi madre; si me pre­guntan, no la
niego.
Belén: ¡Qué cosa! Y usted salió completamente rubio.
Von Genius: Pero mi hijo ha dado el salto atrás.
Fulgencio: ¡Y qué salto!
Arturo: ¡Un salto mortal!
Belén: ¡Y con trampolín!

Telón

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La taquilla
De Leopoldo Ayala Michelena . Caracas 1950
28

28 Leopoldo Ayala Michelena (Caracas 1897-1962). Dramaturgo y ferviente defensor de


la causa del teatro criollo. En 1944, fue proclamado por Luis Peraza “El padre del teatro
nacional”. En 1957 el Concejo Municipal de Caracas le rinde homenaje y publica su Tea-
tro seleccionado. Ese mismo año obtiene el Premio Nacional de Literatura. Paralelamente
a su producción sainetera, Ayala Michelena desarrolló una dramaturgia realista indaga-
dora de la intimidad familiar y psicológica de los personajes hasta entonces poco cultivada
en nuestro medio. Lector de Ibsen y Strindberg valora la fuerza dramática de aconteci-
mientos y gestos aparentemente insignificantes. Así, en 1914, su obra primera Al dejar las
muñecas deslumbró por el fino tratamiento de lo cotidiano. Probablemente sus búsquedas
psicologistas opacaron su producción de humor costumbrista. Sin embargo, dejó sabrosos
sainetes que representan bien al género en nuestro país, entre ellos La taquilla (1921), La
perra (1921), La barba no más (1922) y La respuesta del otro mundo (1925).

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Personajes

Taquillero

Melchor

Comprador 1

Comprador 2

Comprador 3

Comprador 4

Comprador 5

Comprador 6

Tercio

Compañera (Del Comprador 6)

Compañero 1 (Del Comprador 6)

Compañero 2 (Del Comprador 6)

Compañera (Del Comprador 2)

Compradora 1ra

Compradora 2da

Er Gazpacho

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Escritor

Muchacho

Caramelero

Portero 1

Portero 2

Director

Operador

Algunos del público

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SAINETES VENEZOLANOS

Acto único

Vestíbulo de un teatro de variedades. Comienza en una lateral, saliente,


allí en primer término una taquilla con rejilla para que se vea
el taquillero; el sa­liente forma ángulo hasta el centro de la
escena; segundo término, puerta de arcada practicable que da
acceso a la sala; pasada esta puerta, pequeño corredor remata
en angosto pasadizo al foro. Otro ángulo partiendo de la puerta
hacia el foro, forma el corredor de entrada; en esas paredes car-
telones anunciadores de películas y en caballete, retrato grande
de una cupletista; fronteriza, y en segundo término lateral,
puerta que da entrada de la calle.

(Antes de alzar el telón oiranse voces del público comprando: un


patio.— Dos plateas.— Mira, chico, el palco 50, apartado.— Me ha
pisado Ud.— Ta­quillera, un patio.— Me falta un bolívar.— Cámbieme
ese número.— Atién­dame, hombre, que tengo una hora aquí.— Una
platea.— Dos delanteras para damas; jovencito, más respeto.— A ver,
hijo, deme un patiecito. Je, je, je)

(Alzado el telón, apresuramiento de gente saliendo al foro. Oirase algo


retirado un pasodoble, cesando al comenzar los diálogos. Aplausos)
(Un muchacho ofreciendo caramelos, con una lata en las manos; a
intervalos pregona: de menta, piña, vainilla)

Portero 2: (Recibiendo la papeleta al último que compraba al alzar el telón y


entra apresurado) ¡Roscas! hermano... (Alzando el pie).
Uno del Público: ¿Qué fue?, portero.
Portero 2: Que me ha dao usted en el ojo...
Uno del Público: Cómo en el ojo, si fue en el pie...
Portero 2:: En un ojo de pollo que tengo inflamado.
Uno del Público: Dispense (Mutis foro).

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118

LA TAQUILLA

Taquillero: Ah gente fiera esta, pero conmigo amellan. ¡Hacen habla


más... esa lengua seca! (Mirando receloso a todos lados desenvuelve una
media botella y se embucha un trago largo).
Portero 2: (Reparándolo) Tari, tari, tata, taa. ¡Cárgalo!
Taquillero: ¡Yaas! Una limonadita que me traje... Ah, Bufo, Tiburcio:
¿qué les parece la entradita?
Portero 1: Buena, casi un lleno.
Portero 2: Veremos si ahora cobramos los piquitos viejos.
Taquillero: (Saliendo hasta un sitio no muy retirado) Alégrate que a los
nuevos suel­dos no les suceda lo mismo que a las garrapatas: que al
arrancarlas, dejan el piquito.
Portero 2: Me equivoqué. “La Cosquilla” ha agarrado al público.
Portero 1: Te lo decía. ¡Ahí falta una golosina así!
Taquillero: Y todavía don Melquíades bravea si lo mando a comprar
coloretes finos...
Portero 2: Es antirreumática la cupletista esa.
Taquillero: ¿Y ese yodurismo que le encuentras?
Portero 2: Fíjese qué cantidad de setentones vienen; antes, cuando era
solo películas, ¡qué raro!, de cuando en cuando un viejo salteaon;
caminaban poco a poco, doloridos; dilataban para llegar a la taqui-
lla, aquí; ahora ¡colcho!, hay que cobrarles y apartarse porque se lo
llevan a uno por delante. ¡Se traen una agilidad!
Taquillero: Y eso que “La Cosquilla” no les ha hecho sino la mitad del
repertorio.
Portero 1: Y dicen que en la otra mitad tiene una tonadilla, ¡ay!, que ha
producido vahídos en otros teatros.
Portero 2: (Por Portero 1) No te digo. Ahí viene el tercio de la otra
noche, arruga la cara. (Gesto hosco, ambos). (Entrase el Taquillero).
Tercio: (Entrando lateral. Directamente hacia los porteros, carraspeando,
enfáticamente) Amables cerberos del Templo de Talía, ¡salud! (Hace
ademán de entrar. Porteros ciérrenle el paso).
Portero 2: ¿Su papeleta?
Tercio: ¿Todavía estamos en esa?... No tengo, ni necesito. Desde tiempos
remotos soy amigo del director de este teatro y mi amistad ha conti-
nuado fiel, inalterable hasta el presente. ¿No es suficiente credencial?

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119

SAINETES VENEZOLANOS

Mi palabra vale más que un miserable papelucho. Pongo en cuenta al


director y des­pedidos ambos.
Portero 1: Usted debe tener tarjeta personal.
Tercio: ¡Cómo iba a ocuparme de esa minucia! Mañana... para que no
vuelvan a cometer el desliz, ¡que hoy les perdono!, de detenerme a la
puerta de este teatrucho. (Ademán de entrar)
Portero 2: No entra sin papeleta.
Tercio: ¡Insolente!
Portero 2: ¡Rufo, llama ahí a un policía!
Tercio: Un momento, Rufo; no hace falta... Ya verás... Ya verás, ya verás;
busca otra colocación (Encaminándose hacia la taquilla) Falló el
heroico; cambiemos de tono con ese. (Al taquillero) ¡Se saluda al
muy complaciente y amable joven!... Distraiga, querido, su atención
un instante para escu­charme dos palabras... Antes de responderme,
me mirará, las pesará y así podrá medir todo el amargo esfuerzo
que hago para pronunciarlas; fíe­me una miserable entrada (alarga
la mano; el taquillero permanece impasible; Comprador 1 que ha
entrado calle, se coloca en espera) No te mo­lestes escogiendo mucho, de
cualquier parte vese bien.
Taquillero: De ese precio... agotadas las entradas.
Comprador 1: ¡Qué broma! ¡Por retardarme! yo que quería ver a la
cupletista.
Taquillero: Era agotamiento particular para este caballero. ¿Qué loca-
lidad deseaba?
Tercio: (Volviéndose y casi abrazando a Comprador 1) Felicísimo encuen-
tro, Gonzalito, chico, ¿qué tal?
Comprador 1: Usted sufre una equivocación... Mi apellido es Bermejo.
Tercio: Bermejo... ¡Sí, hombre! ¡Bermejo! ¿Pero dónde tengo la memo-
ria? Estás hecho un hombrazo, fuerte.
Comprador 1: Señor... yo, la verdad...
Tercio: Por más esfuerzos que hagas no me conoces, imposible; estabas
muy pequeño. ¡Qué alegría para mí que te cargué, verte hecho un
hombrazo! ¿Y mi queridísimo compañero, tu viejo?
Comprador 1: ¿No sabe? murió de resultas de una herida.

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120

LA TAQUILLA

Tercio: Era presumible, chico; aquello fue un héroe, fue un bravo. Había
que verlo subiendo en una carga, ¡qué ímpetu!
Comprador 1: Fue en una carga, pero fue bajando.
Tercio: ¡Ah! bajando chico...
Comprador 1: Sí. En el palio de la quinta hay una mata de mandari-
nas que había echado una gran carga, papá fue y se montó y cuando
venía bajando con la carga, en un canasto lleno... ¡plum!... una laja le
abrió la cabeza...
Tercio: ¡Oh! chico; ¡por qué no estaba yo bajo esa mata para haber evi-
tado un accidente tan deplorable!
Comprador 1: Ya hace cuatro años...
Tercio: Cómo pasa el tiempo. Y ve tú si yo quería a tu padre; tú me invi-
tas ahora a la función y... bueno, acepto por no despreciarte, pero me
la pasaré apenado, recordándolo.
Comprador 1: (Con aflicción) A mí recordarlo siempre me...
Tercio: Hay que resignarse, chico, hay que resignarse... Compra dos
entradas a patio. (Comprador 1 permanece pensativo) A patio, chico,
dos... ¡Bermejito, un hombrazo!
Comprador 1: ¡Ah, sí! Deme dos patios.
Tercio: (Haciéndole del brazo hacia la puerta) Ya verás, chico, qué dislo-
camiento de cupletista... y el nombre al pelo: “La Cosquilla”. Porque
es una cosquilla hecha con una escobilla electrizada. Te chuparás...
digo chu­par. ¡Caramelero! (Acercándose el Caramelero) Compra
un paquete de los grandes, se siente menos el calor evitando la sed y
además son buen aperitivo para cenar luego. (Recibiendo el paquete)
Déjame guardarlo no vaya a en­suciarte el bolsillo. (Al entregar las
papeletas) Quita los talones para evitar diferencias con los sirvientes
del teatrucho este. (Vanse foro) Bermejito, ¡un hombrazo!
Taquillero: Ahí les va eso; un derroche de sinvergüenzura talentosa
por una en­trada a patio.
Portero 2: Si mañana vuelve con brinquitos lo voy a hacer rodá.
Portero 1: Una entrada a patio, un bojote de caramelos y la cena y hasta
el desa­y uno, porque el tipo ese es muy capaz de ir a dormir a la casa
del pobre joven.
Caramelero: Valecito, cámbiame ese realito.

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SAINETES VENEZOLANOS

Taquillero: Este realito está muy liso.


Caramelero: ¡Guá! Si no estuviera liso no te lo cambiaba.
Comprador 2: (Entra dando el brazo a Compañera, macfarlán, sombrero
un poco ladeado y un asta inquietante por bastón, pero sin exageraciones)
Gumersinda, si ese chofer me tose siquiera, lo apeo del volante...
Caramelero: De menta, piña, de vainilla...
Comprador 2: ¡Apártese! (A los porteros) ¿Dónde, la boletería?
Portero 2: Allí, al frente.
Comprador 2: (A Portero 1) Y ¿usted por qué no me responde?
Portero 1: Como ya lo hizo mi compañero...
Comprador 2: El que no sabe, indaga... ¿Parece que les disgusta?
Portero 1: No, señor, ¿por qué?
Comprador 2: Creía. (Hacia la taquilla) Y, tú, párate aquí; nada de empe-
zar con miraditas para todos lados. ¿Oíste?
Compañera: Cualquiera que te oyera...
Comprador 2: ¡Silencio! (Al taquillero, este habla al teléfono que ha lla-
mado) ¡Bo­letero!... ¡Boletero! (Acompáñase de fuertes golpes de bastón
sobre la taquilla).
Taquillero: (Al teléfono) Sí, señora, habla con el salón “Murciélagos”...
De sofá... están apartados... Faltarán diez minutos para empezar, o
quince... Imposible, señora, si usted llega tarde qué le vamos a hacer...
Yo no puedo retardar...
Comprador 2: (Golpeando) ¡Boletero! haga punto final a ese diálogo
telefónico...
Taquillero: Me permitirá, señora, hay gente esperando aquí... ¿Cómo
voy a contar­le el argumento de la película...? No, señora, ese no es
mi deber... ¡Muchas gracias, seré un grosero! (Cuelga la bocina) ¿Qué
deseaba?
Comprador 2: ¡Por fin se digna usted atenderme!
Taquillero: No oyó; culpa de una señora fastidiosa.
Comprador 2: Eso se cuelga la bocina, amiguito... ¡No arrugue la cara!
Deme dos entradas a palco, hacia el frente, no muy retirado del esce-
nario. Conste (Golpea) que mi respetable señora va conmigo, conste.
(Golpea) Quiero decir: que tenga cuidado con venderle el resto del
palco a gente de poco más o menos. El 65. Ahí tiene. ¡Cuidado con

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122

LA TAQUILLA

olvidarse! (Dando el brazo a Compañera) Demonio, creo que me suce-


den tantos contratiempos por este carácter tan suave que tengo (A
Caramelero) ¡Le dije que se apartara, ahorita le tiro la latica en medio
de la calle! (A un portero) Tome, joven. (Al otro) Tenga la bondad de
recoger la pierna, la señora no es volatín para saltar. (Vanse foro)
Caramelero: Guá, debía tomá agua de papelón con limón pa’ refrescarse.
Taquillero: ¡Qué paciencia para ganar diez bolívares!...
Portero 2: Dan ganas de ponerle un taburete de pumpá...
Portero 1: Debe ser traficante en maderas, te fijaste en el anuncio que
llevaba por bastón...
Portero 2: Me da mala espina: pue es latío de perro chiquito.

(Entra Comprador 3 viejo esmirriado de indumentaria algo mal-


trecha y Compradoras 1 y 2. Ninfas a la primera vista por colorete
pronunciado, traje, etc., etc. Comprador 3 sigue hacia la taquilla y
compradoras detiénense delante del retrato)

Compradora 1: Fíjate, Pirulí, lo que decía Felipe anoche...


Compradora 2: Verdad, un tipo que no tiene nada de particular... Pero
dicen que le sobra gracia.
Compradora 1: ¡Qué va, chica! Cuatro zoquetes como Miguelito que se
andan babeando...
Compradora 2: Y no lees los elogios. Hasta versos le han dedicado.
Compradora 1: Mira, chica, a las mujeres como a las bombas, las can-
dilejas las favo­recen mucho, llegan a aparecer luceros y no son sino
¡bombas!
Compradora 2: Tienes unas cosas (Van hacia la taquilla).
Comprador 3: (Camina lentamente, hace cuentas con los dedos, consulta el
bolsillo, dando tiempo a dirigirse al taquillero cuando Compradora 1
y 2 hacen cola, con voz débil). Taquillero, dime: ¿cuánto vale un metro
de casinete?... Respóndeme...
Taquillero: En cualquier tienda le pueden informar.
Comprador 3: Ya lo sé, taquillero. Precisamente no voy a comprarte a
ti el metro de casinete. Y que yo necesito —no empujar— más de un
metro de casinete, ¿sabes? Porque ahí verás —no empujar— según

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SAINETES VENEZOLANOS

lo que cuesta un metro de casinete que yo —no empujar— para


hacerme —no empujar— unos pan­talones...
Taquillero: Hay gente esperando, eso se lo va contar usted... a otro.
Quiere un pa­tio, una platea...
Comprador 3: No te violentes, taquillero... Aguarda un momento, voy a
retirarme aquí a un lado a sacar la cuenta que puede descomplementár-
seme lo del casinete... (Compradoras 1 y 2 le dan paso reprimiendo la risa).
Compradora 1: (Bajo) Pirulí y tú embromándolo.
Compradora 2: Sin embargo, me da lástima...
Compradora 1º: Y a mí. Vamos a obsequiarle la entrada.
Taquillero: Muy bien hecho, pobre viejo...

(Entra Comprador 4 fumando tabaco; lanza con espaciada deleita-


ción la bocanada)

Compradora 2: Bueno, chica, pregúntale.


Compradora 1: Señor… caballero.
Comprador 4: ¡Lucrecia, Pirulí!
Compradora 1: ¡Lucho!
Compradora 2: ¡Entusiasmo!
Comprador 4: Vengo a mirar esa salina bailadora.
Compradora 1: Como si no vinieras todas las noches. Tú debes ser uno
de los apavados...
Compradora 2: Entusiasmo, turnando fino y de flor en el ojal...
Compradora 1: ¿Estamos sonantes, terminando de sonar o empezando
a sonar?
Comprador 4: Empezando, pero con murga cañoneril. El puro fue
escamoteado al bejuco de sobremesa; su calidad aguilezca no balan-
cea el exiguo peso de las placas metálicas.
Compradora 1: Siempre pichirre.
Comprador 4: ¡Ojalá!, sería millonario.
Compradora 1: Aprende (tirando del brazo a Comprador 3) Señor...
Caballero; usted nos dispensará, pero nosotras...
Comprador 3: (Que se halla contando y recontando) ¡Me iba usted
haciendo botar!

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124

LA TAQUILLA

Compradora 1: Díceselo tú...


Compradora 2: Mire: nosotros quisiéramos obsequiarle la entrada, y
así tendrá usted para comprar hasta el chaleco de casinete.
Comprador 3: ¿Qué ustedes quieren a mí...?
Compradora 1: Obsequiarle la entrada.
Comprador 3: ¿Y quién les está pidiendo que le obsequien entrada...?
Vayan a divertirse... así pobre como ustedes me ven, ¡de mí no se
burla nadie!
Compradora 2: Ninguna intención de burla, señor, al contrario...
Compradora 1: Pida la entrada que quiera... Taquillero, dele una
entrada al señor.
Comprador 3: ¡Ustedes se han equivocado, yo no soy pordiosero! Yo
trabajo de seis a seis y a nadie molesto… ¿Yo les he pedido algo? ¿Por
qué me vienen a dar limosna?
Compradora 2: Dispense, señor...
Comprador 4: No hemos dicho nada, amigo.
Compradora 1: ¡Ante todo se tiene agradecimiento por la intención!
Que mal aviado esta usted: miseria y orgullo.
Comprador 3: Yo soy como me da la gana; no tengo que darle cuenta a
nadie, ya estoy muy viejo para que me salgan mamás en la calle.
Compradora 2: (Ademán de apelucharlo) Este mostrenco...
Compradora 1: ¡Pirulí... estamos en la puerta del teatro!
Comprador 3: La culpa la tiene usted taquillero.
Taquillero: Ahora conmigo, veo...
Comprador 3: Sí; ¡usted, usté! Si no hubiera sido por su impaciencia yo
saco mi cuenta callado y nadie se impone de mis interioridades. ¡Para
venirme a vejar! (Encaminándose) Me voy por evitar una cuestión
seria, ¡Porque uno es pobre, porque uno es pobre, lo vienen a vejar!
Caramelero: Caramelos de vainilla, muy buenos.
Comprador 3: ¡Qué vainilla, ni qué vainilla! (Sale lateral).
Comprador 4: (Riendo) Una tigra recién enfamiliada es una monja
junto a ese hombre...
Compradora 1: Si hubiera sido en otra parte le doy dos zarandeadas... y
tiene que comprarse hasta el saco de casinete.
Compradora 2: Ni de mi abuelito me conduelo más.

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SAINETES VENEZOLANOS

Compradora 1: Al primer pobre que vaya pidiendo limosna le doy un


escobazo por la nariz.
Comprador 4: Parece mentira que el orgullo que es una cosa tan lujosa,
esté dentro de un estuche tan maltrecho... Y pagó con el taquillero.
Taquillero: Ustedes no saben la paciencia que hay que tené pa’ el pues-
tecito este. La gente como que cree que uno es una máquina, ¡o que
uno es un animal! Con más miramientos se trata al cochero y al sir-
viente. Es muy raro el que llama por teléfono y llega ahí a la taquilla y
no adopta una actitud gro­sera, así sea un señorón o una señorona...
Uno viene a sé el felpudo del teatro. Cualquier tercio que en el día ha
hecho un mal negocio, o acaba de pelear con la suegra y la mujer, o
le está doliendo alguna parte del cuerpo, se viene a distraer al teatro,
¡ah! pero primero a descargá la calentazón con el taquillero por la
menor tontería; será para asistir alegre y sonriente a la función.
Compradora 1: Sí que es una vidita... Denos dos palcos en un buen sitio.
Compradora 2: ¿Y el de éste?
Compradora 1: Me olvidaba...
Comprador 4: No, no...
Compradora 2: ¿Te contagiaste?
Compradora 1: ¿También orgulloso?... ¡Luchito!
Comprador 4: Decía que no me fueran a comprar palco, un modesto
patiecito, en voz baja.
Compradora 1: (Riendo) ¡Ah!... ¿Tan enorme te parece sentarte a nues-
tro lado?
Compradora 2: Cuestión de sitio, ¿verdad? Porque en coche y automó-
vil...
Comprador 4: ¡Por mí... dormido! Si fuera en una conferencia, o en un
recital, pase, no había peligro. Pero Cosquilla... público de honora-
bles, de honorables amigos de mi papá que han venido a ver la pelí-
cula. Van y se lo soplan y encerrona por dos meses.
Compradora 1: ¡Eres una anguila para escurrirte! Un patio también.
Compradora 2: ¿De qué número te dio el palco?
Compradora 1: El 65.
Compradora 2: ¿Bueno, taquillero?
Taquillero: De frente, más cerca que retirado.

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LA TAQUILLA

Compradora 2: Me gusta.
Compradora 1: (A Comprador 4) Toma, el 13.
Compradora 2: ¡Lagarto! No, devuélvelo.
Comprador 4: Ríete de pavitas; que yo cargo la piedra del zamuro.
(Mutis los tres). (Los tres hacia los porteros).

(Entra por lateral, Melchor, As... de copas. Consuetudinario, por lo


tanto el actor se cuidará de desagradables balanceos y solo marcará la
curda en los ojos, manos y ligeras inclinaciones de cabeza y principal-
mente en la voz. Pronuncia Güirirí con voz atiplada y Terrpinol con
voz ronca y haciendo sonar las ere)

Melchor: ¡Acelera ya...! ¡Acelera ya...! He llegado. ¡No, pues! Terrpinol


(Miran­do el retrato de La Cosquilla) Güirirí. Ya estamos. ¡Ampliación!
¡No pues! Si el Sumo Hacedor me hubiera hecho una fachada como
a ti y un interior ibídem. ¡Güirirí! Comería gallinas. ¡No pues! ¡Terr-
pinol! Dígame yo de cupletista... ¡No me piques, Güirirí! En vez de
as de copas, sería asa. ¡Bicha er demonio!... Llegaste con un trajecito
de lana que tendría un lustroso. Ahora crujimos de lo andante a lo
pensante y andamos con los dedos tiesos pa’ que mejor alumbren los
farolillos. ¡Yect Terrpinol! (Quédase mirando el retrato).
Portero 2: Oye, Melchor... Oye, Melchor... Hay que publicar eso: el
triunfo más ruidoso de La Cosquilla, Melchor, anzuelado...
Melchor: Desconéctame, desconéctame... a mí yeec. ¡Terrpinol! (Lle-
gándose a los porteros) Me preocupan los problemas sociales... Yeeec.
Pensaba qué aceite estará engrasando este fonógrafo... ¡No, pues!
Portero 1: Qué ganas de murmurar las suyas, Melchor, lo que tiene lo
ha compra­do con el dinero ganado en su contrato.
Melchor: Dispénsame, amigo Rufo, el comentario. Y reciba mi felici-
tación porque pronto comprará casa en Agua Saín, ya que don Mel-
quíades, el director. Se ha puesto tan espléndido.
Caramelero: (A Melchor) Compre caramelos: de menta, pina, vainilla...
Melchor: ¿Qué yo...? ¡No me piques! Güirirí. Mira niño: a mí no me
ofrezcas nada hecho con azúcar o papelón, ¡porque soy enemigo
declarado de ambos!

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SAINETES VENEZOLANOS

Portero 2: Lo creo; si te comes un pedazo de azúcar o papelón, areopla-


nizas.
Melchor: Concepto errado. Tiburcio, ¿has visitado un trapiche?...
¿Conoces el mo­liente procedimiento? ¿Sabes lo que es la caña?
¿Caña? ¿La dulce caña?
Taouillero: (Guasón, por la nariz) Creo que sí...
Melchor: (Por Taquillero) ¡Guaacharandón! ¡Yeeect! ¡Terrrpinol!
¡Cómo te entusiasmas con solo mentarla! (Por el público) Oye, los
guacharandones esos también entusiasmaos. ¡¡Bicha er demonio!!
Figúrate, Tiburcio: pasa por el martirio de las mazas todo un tablón
de canutos para que le expriman la preciosa materia prima. Después
de exprimida..., en ese momento comienza mi enemistad. Con-
tinúa figurándote, hermanito, si en vez de apartar de ese melao las
tres cuartas partes, para hacerlo azúcar o papelón, lo llevaran todo
a purificarse en el alambique... ¡Terrrpinol! Continúa figurándote,
hermanito: con tristes diez guasos, ¡qué garrafón le darían a uno!
¡Qué garrafón! ¡Bicha er demonio! ¡Terrpinol!
Comprador 5: (Entrando, a los porteros, voz afeminada y ademanes tam-
bién, pero sin meneos procaces de las nalgas. Suena el timbre la segunda
llamada) Portero, ¿ese timbre anuncia que alzaron el telón?
Portero 1: Es el segundo aviso.
Comprador 5: (Encaminándose hacia la taquilla) ¡Ay! ¡Ay! Yo venía atro-
pellando a la gente por esas calles de Dios.
Melchor: Yo mandaría darles morcilla (En falsete) por esas calles de
Dios.
Comprador 5: (Al taquillero) Rojo... rojo debo estar, taquillero, con lo
fatigado que vengo. Dame dos, sabes, taquillero, preferencia delante-
ras, uno para dama y otro para niño... Percibe y cóbrate.
Taquillero: Está completo.
Comprador 5: Ay, yo creí... Entonces me quedo sin helado a la salida...
(Volviendo puerta lateral) ¡Exausperio! Exausperio, niño, entra, va a
comenzar, estoy oyendo bordonear el arpa. (Da la mano al chico) ¿Por
qué te quedaste rezagado?
Muchacho: Brujuleando, tío. . . No vido que le estaba asujetando el
caballo a un señor.

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LA TAQUILLA

Comprador 5: Y ¿cuánto te dio por el servicio?


Muchacho: ¡Un clavo!
Comprador 5: ¡Zoquetón! ¡Un clavo! ¿De la herradura?
Muchacho: No; der borsillo.
Portero 2: (Al recibir las papeletas) ¡Esto no es aquí!
Comprador 5: ¿Qué?, hijo.
Portero 2: Esta amarilla es una entrada para dama y me parece...
Comprador 5: Qué poca vista tienes... (Ademán de entrar).
Portero 2: Con esta no entra; tome, cámbiela.
Comprador 5: Dame acá... Euxasperio, hijo, espérate un momentico.
Melchor: Lástima de un tropezoncito con un automóvil en tercera...
Comprador 5: (Hacia la taquilla torciéndole los ojos a Melchor) ¡Juuuuu!
(al taquillero) ¿qué diferencia hay entre una dama y un caballero?
Taquillero: Según y cómo.
Comprador 5: Vas a tener la molestia de cambiármela por una de caba-
llero. Toma la diferencia y dame el vuelto. Y un programa.
Taquillero: Completo.
Comprador 5: ¿Otra vez? Taquillero, qué poca vista tiene ese portero
que está senta­do a la siniestra ¿verdad? Fíjate: debo abultar menos
que una señora. Si desde que no me pongo las ampolletas de caco-
dilato... estoy en el güeso. (Al portero 2) Aquí tienes... estás compla-
cido, impertinente, (Traspone la puerta).
Melchor: ¡Güirirí!
Comprador 5: Beodo inmundo, ¿por qué te metes cuando a propósito
ni la mirada te he dirigido?
Melchor: ¡No me piques, güirirí!
Comprador 5: Entremos, Euxasperio, ¡que quien le tira piedras al lodo,
alguna man­cha le cae! (Mutis foro con muchacho).
Portero 2: Bueno, Melchor, entra un rato a la función... pero eso sí, te
estás callado.
Melchor: Gracias, hermanito. Las películas me enritan la visual y los
cuplés me enritan el genio.
Portero 1: Será usted el único, Melchor, que no le gustan los cuplés.
Melchor: ¡Jeeec! Bueno, ¿y qué?, seré el único. Me llama bastante la aten-
ción esto: va uno por la calle un día más enlastrao que de costumbre

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SAINETES VENEZOLANOS

y lo empie­zan a embromar los muchachos y se le sale a uno un bollito


y empiezan todos los transeúntes: ¡cállese, grosero, inmoral, que
pueden oírlo las familias!... Y nadie se pone bravo ni se escandaliza
oyendo un cuplé que son ¡bollotes con música!
Escritor: (A los porteros, atildado, corbata de lazo no muy largo, habla enfá-
tico y despectivo) ¿Llegó el director?
Portero 2: Todavía.
Escritor: ¿Y aquel joven que tienen la nariz algo coloreada y la boca casi
grande?
Melchor: ¿La nariz algo colorada, dice usted?... Ese debe ser el taqui-
llero... (Escritor viene a la taquilla, engolado) Ni las gracias por la
pronta indicación... Ahí voy también. (Lo hace).
Escritor: (Al Taquillero) ¿Puso en manos del director, el libreto?
Melchor: ¡Terrrpinol!
Escritor: ¿Decía usted?
Melchor: ¿Yo? ah, sí; una explosión habitual que lancé: ¡Terrrpinol!
Escritor: ¿Sabe del libreto de que le hablo?
Taquillero: El que dejó hace días. Don Melquíades se lo llevó...
Escritor: Ese. Yo soy el autor de ¡La puñalada!
Melchor: ¡Caray! ¿Y anda suelto? ¿Y lo dice así tan duro?
Escritor: Oiga, mi amigo: es un drama, en un prólogo, cinco actos, y un
epílogo.
Melchor: ¡Caracoles! Güirirí!
Escritor: ¿Usted se mofa?
Melchor: Nada de eso, respetable autor. Otra expresión habitual que
lancé. No me puede contener, sabe usted, porque me pareció larga
una puñalada en un epílogo, cinco actos y un prólogo...
Escritor: ¡Por Shakespeare! Pero, si usted invierte lastimosamente la
división del drama.
Melchor: No crea que lo hago por ignorancia; pongo el epílogo primero
porque es más que suficiente pa’ darle a uno una puñalá y sobra todo
lo otro, in­clusive el prólogo.
Escritor: ¿Sucede acaso en mi drama el hecho salvaje y criminal de
hundir el ace­ro en un pecho?... Ingenios como el mío nunca llegan a
la acción material, baja, instintiva... Mi drama es simbólico.

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LA TAQUILLA

Melchor: Ah, simbólico.


Escritor: Desde el título, hasta el instante culminante en que un inge-
nio poderoso asaetea...
Melchor: Bueno, pero: ¿es con saeta o puñal?
Escritor: Quise hablarle más estilizado... apuñalea, pues, con un epi-
grama, a un tonto que lo reta...
Melchor: Yo le aseguro, respetable autor, que como el apuñaleado es un
tonto no entiende el epigrama: ¡lo mismo que si no lo hubiera dicho!
¡No pues! ¡Terrpinol!
Escritor: He perdido mi tiempo.
Melchor: ¡Me parece, porque lo que es un tonto no entiende epigramas!
Escritor: Me refería por haberle insinuado a un hombre como usted;
¡qué puede usted comprender!
Melchor: Más que usted y más que muchos he comprendido de la vida,
tanto, que la miro a través del líquido. ¡Bicha er demonio! Y así bailo-
tea y se deforma y todo se caricaturiza y tengo motivo siempre para
estarme riendo hasta de lo que a otros hace llorar... No pretenda,
joven, que por sabé escribir ya tiene monopolizado el entendimiento
humano. ¡Qué va! Cuestión de machacar y machacar todos los días.
Yo vengo ahorita y le doy a usted una guitarra y le digo: puntéeme ahí
un corrido y usted se queda alelado y cualquier cañonero lo puntea.
Escritor: Y qué quiere decir que yo no sepa pulsar ese instrumento
populachero.
Melchor: Quiere decir: que porque usted sabe escribir no hay que alzar
tanto los hombros, ni andar con tantos amapuches. Porque ustedes
los escritores vienen a ser ¡guitarristas del cerebro! ¡No, pues!
Escritor: (Despreciativo) ¡Eh!... Taquillero, dígale al director que Cán-
dido Aspeitúa vino a recordarle su asunto...
Melchor: Ah, usted es Cándido Aspeitúa. ¡El joven maestro!... Usted
salió antier retratado en un periódico... sí, la mismita carabina. Por
cierto, yo me la pasé largo rato repitiendo aquello que decía bajo el
retrato: ¡Impecable estilista! ¡Güirirí! ¡Impecable estilista!
Escritor: (Hacia lateral) Entonces, ya sabe usted quién soy... (Sale).

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SAINETES VENEZOLANOS

Melchor: ¡Cómo no! Terrpinol! (Al Taquillero) Ah, hermanito, si el


guacharandón ese hubiera estado presente en el lance aquel de Cristo
y la adúltera a peñonazo se lleva la mujé.
Taquillero: ¿Por qué, Melchor?
Melchor: Guá, tú no ves que como Cristo dijo: “El que se halle sin
pecado”... ¡y él es impecable! Tenía derecho a ¡mandarle ese guara-
tazo! (A intervalos óyese el golpeteo del público con los bastones, impa-
cientes porque empiece la función).
Portero 2: Melchor, la pusiste de oro con lo de la guitarra.
Melchor: (En la portería) Es que ese guacharandón (Agachándose a reco-
ger la cola del tabaco lanzada por comprador 4 al mismo tiempo que el
caramelero) Un momento, mijito... no me vayas a colear...
Portero 2: ¿Plata?
Melchor: No; este medio fandango...
Caramelero: Yo lo vi primero…
Melchor: Qué vas a ver, si hace rato que me está haciendo morisquetas
con su sortija dorada.
Caramelero: Cójaselo... Yo no tengo hambre de una cola...
Melchor: Ya lo sé: Tú tienes hambre de toa la gallina (Er gazpacho,
torero andaluz, algo viejo, sombrero cordobés, pantalón de talle, etc.
Mirando el retrato).
Gazpacho: La gachí tié ange... Ella dize que ez española y malagueña.
¡Congrio! Por dezenzia quizá... Lo que zí es verdá que apaña tendío y
ligero: Ya tié más oro corgao, que ezvoto tié La Pilarica... (A los porte-
ros) Güenas, amigoz.
Portero 1: Buenas.
Portero 2: Salú.
Gazpacho: ¿Encuéntranze perfectoz?
Portero 1: ¿Y a usted, cómo le ha ido?
Gazpacho: Ahí vamoz, compare, ar hilo’e la tabla...
Melchor: Saluqui... saluqui...
Gazpacho: Bien llegao er compañero.
Melchor: ¿Usted es torero?
Gazpacho: Naturá; pa’ zervile; ¿no me conoze? Gazpacho, ¡er mataó de
la afizión!

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LA TAQUILLA

Melchor: Me parece: porque como sigas toreando, por to’ público en er


circo er directó téznico. Maestro Gazpacho y argunos dicen por ahí
que... que usted es una cosa de esas de las que cargan los viajeros.
Gazpacho: Tontinas, zabe usté, tontinas... ¿amigoz dan permizo? (Ade-
mán de entrar).
Portero 1: Lo sentimos, maestro, pero tenemos orden del director de
no dejarlo entrar.
Gazpacho: ¿Ze podrá zabé?...
Portero 2: Porque puede seguir el público el jaleíto del domingo.
Gazpacho: Tontinas, zabe, usté unos chiquiyos choteaorez...
Melchor: Esta gente es maluca, maestro: es decir que vinieron a conti-
nuar aquí la pita del circo.
Gazpacho: ¡Cóngrio! No fue pita; unos chiquíyos choteaorez, veme y
empezá a gritá: que baile er Gazpacho er garrotín y otro puallá... lo
mesmito que lo haze con la muleta y otro puacá: que zuba er Gazpa-
cho ar tablao a acompaña a La Cosquilla...
Melchor: Los ha podido complacer, maestro, a usted le debe ser tan
fácil bailá el garrotín...
Portero 2: Lo malo fue que La Cosquilla se puso brava.
Gazpacho: Pobre chiquiya: ¿creyó que iba con ella er achuchón?
Melchor: Si usted es torero de verdad, desquítese el domingo dibu-
jando una co­rrida que quede grabá en los anales taurómacos...
Gazpacho: Ah, er domingo, compare, va usté a vé canela, ¡van a zabo-
reá coza rica! ¡Va a sé er delirio! Er domingo tengo una tarde iguá, a
mi úrtima’e Méjico. Me zortaron unos animales, sobre to’ er úrtimo,
compare, una ¡torre! be­rrendo en cárdeno y con ca’ cuerno compare...
Melchor: Y yo he visto aquí, estimable mataor, que los más cornudos
son los más manzos.
Gazpacho: Zerán los cornúos de aquí, porque en Méjico... aquer animá
ze las traía, como me guztan toreá a mí; enemigo ’e verdá, de podé...
a toos los peones los hizo apartá... Me voy sobre er bicho, er público,
un ciminterio... Empieza lo güeno, compare... en toos los medios
le marqué ziete verónicas... ¡Ziete verónicas sin corregí a la fieraza!
y dejé ar bicho con ziete de chipén no más, porque yo en er cuerpo
no tenía taleguilla, toíta la tenía en ca cuerno embutía er animá... Er

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SAINETES VENEZOLANOS

público un patio e locos por entusiasmo... To­mo los palos ¡qué par!,
los puze de podé a podé...
Melchor: ¿No pudo usté?
Gazpacho: Naturá que pude; dezía de podé a podé... Zeguía delirando
er rezpetable... Zuena er clarín, la hora zuprema, ¡hubiera osté estao
allí! Había en un parco una gachí, a ella le brindo, me voy sobre er
bicho, abro la franela, y... er paze è tanteo, un paze naturá! ¡y otro
paze naturá!... ¡y otro paze natura!
Melchor: ¡Terrpinol!
Gazpacho: Hay que vé la mano izquierda...
Melchor: Esos naturales deben ser cosa muy fácil.
Gazpacho: ¡Fazi un paze naturá!
Melchor: Naturalmente, estimable mataor, yo las cosas naturales las
hago sin pensá (ademán de empinar el codo).
Gazpacho: Vamos, compae, ta’ osté guazón... Despué de pecho de pitón
a pitón, ¡de toas las marcas! Compare y perfile por temó de que er
público ze congestionara... Perfilo aquella torre y corto, mu corto,
buuu!... rueda aquella tore como media, con media ná maz.
Melchor: Pobre toro, estimable mataor, con el apresuramiento de
echarlo pá fuera no lo dejaron poner zapatos, cuando rodó con
medias na’ más.
Gazpacho: Media estocá, dezía. Catorce vezes güerta ar ruedo, puros,
abanicos, sombreros...
Melchor: (Y un jamón)... Maestro Gazpacho, to’ eso ta’ muy bien, y yo
no lo dudo, pero ¡pasó en Méjico! Aquí, aquí es que hay que hacerlo
ahora.
Gazpacho: ¡Vaya osté er domingo pá que lo vea! Er domingo, compare,
er domin­go... ¡¡¡zargo en hombros!!!
Melchor: En hombro e los monos para la enfermería,
Gazpacho: ¿Quié osté llegá hasta er café a toma un chatito?
Melchor: Este sí que es un fenómeno... En un solo tiempo, estimable
mataor, pá que no tenga que repetirlo.
Gazpacho: (En voz baja a Melchor) Óigame, compare: poezta noche
pagará osté... poique ze me quedó er dinero en er horté... Mañana
zeré yo...

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LA TAQUILLA

Melchor: Casi había consentío, estimable mataor, y de repente me


acordé de este padecimiento del hígado mío... me tienen prohibido
probá gota e li­cor...
Gazpacho: Entoncez... Con Dió... zeñores... (Mutis lateral).
Melchor: Con Dió y la Virgen... Camará, con el mataorcito, me citó a
banderi­llas y si no salto el tranquero, me clava... ¡No, pues! ¡Terrpi-
nol!
Portero 2: (Llamando bajo) Melchor... oye.
Melchor: (Acercándose) Oigo.
Portero 2: El tercio de la reja tiene líquido.
Melchor: ¡Bicha er demonio! Ya voy a está allí en el apamate. (En la
taquilla) Hermanito, (olfatea) aquí hay rastro fresco, hermanito.
Taquillero: Un buchito que cogí ahora rato, porque una muela me
tiene embromao.
Melchor: Ay, hermanito, yo tengo toas las muelas malas. Préstame acá
ese dentrífico.
Taquillero: Toma medio y ráspate, que puede llegar el director.
Melchor: Venga... Adiós, hermanito. (Hacia la puerta).
Portero 2: ¿Qué hubo, Melchor?
Melchor: ’Ta cerrao el hombre.
Portero 2: ¿Te vas?
Comprador 5: Ujú, hermanito. To’ en la vida tiene clases, superiores
e inferiores, ¡has­ta los borrachos! Yo pertenezco a la clase superior,
los que sabemos apreciar el instante en que empezamos a estorbar y
teloneamos la persona.
Portero 2: ¿Y los otros?
Melchor: Esos mapujarras impertinentes... prostituidores del líquido
santificado por su descubridor Noé. (Acercándosele) Ahora que digo
Noé. ¿Saben ustedes que sucedió en una gran ciudad?: que se reunie-
ron todos ¡los her­manitos! y telefonearon, y telegrafiaron, y telegra-
miaron a los cofrades más reconocidos del orbe, con el objeto de
subsanar un malagradecimiento de la humanidad. En un conside-
rando, decía: Dios crio al mundo; bueno, pero Noé crio el vino, que
hace llevaderas las penas de ese mundo y hay que le­vantarle una gran

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SAINETES VENEZOLANOS

Catedral al Santo Padre Noé. Y llovieron giros, monedas, cheques...


¡una plata!...
Portero 2: Pero que yo sepa, no levantaron catedral ninguna.
Melchor: ¡Qué van a levantar! Los guacharandones esos lo que hicie-
ron con la plata recibida del mundo entero, fue cogé una rasca, ¡¡¡de
seis meses seguíos!!! ¡¡¡Ahora que no se pue’ negá que una rasca de
seis meses seguíos es una ras­ca catedralicia!!! ¡No, pues! Terrpinoll
(Mutis lateral).
Director: (Entra tosiendo) ¡Caramba! Este catarrito molesta más que
un vecino aprendiendo clarinete. (Avecinándose a la taquilla, entre la
puerta y la taquilla) ¿Qué tal la entrada?
Taquillero: Mejor que ayer. Casi un lleno.
Director: Ese casi va a acabar conmigo. (A los porteros) ¿Ustedes como
que se están durmiendo? Un lleno de gente que se les ha pasado.
Portero 2: Don Melquíades, por aquí sin papeleta no pasan ni las mos-
cas. Este usa un cosmético que las ahuyenta.
Director: (Yéndose por el foro) Mucha vista, pues.
Portero 1: A mí no me tomes el pelo delante de don Melquíades.
Portero 2: No se caliente, viejo, que lo único que le he tomado es el cos-
mético.
Comprador 6: (Tipo de campesino tuyero, igual que los acompañantes, en
traje de ciudad que les queda grotesco). (Paño) Dentren, ¡pues!... ¿Como
que los encandila la luz eléctrica? (Entran compradores 1 y 2 y la
pareja de papás, algo entrados en años) Aguaiten la mujé que vamos a
ve’ maromea. (Forman círculo los Compañeros junto a la Compañera
en torno al retrato) ¡Pa’ lante, pues!
Compañera: ¡Esú, Paulo!
Comprador 6: (Al portero) Cuñao, ¿adónde es que venden la dentrá?
Portero 1: Allí, al frente.
Compañero 1: Papá, pregunte primero pónde se dentra.
Comprador 6: Eso es aluego, muchachos. (En grupo a la taquilla) Salú,
cuñao, ¿cómo laido?
Taquillero: Bien.
Comprador 6: Aquí venimos pal tiatro. ¡Ay, mi mango! ¡Hay que apro-
vechá, hermanito! Una hija desta... y mía también, por si acaso, que

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LA TAQUILLA

se trajo una familia del Tuy, ¡porque nosotros somos tuyeros!, va pa’
cuatro años, se enfiestó con un patiquincito. No sé si usté lo conoce,
de apelativo Robledales que trabaja en la alpargatería del señor
Morales... vino y se enfiestaron, y la muchacha como que era de ave-
ría, porque el muchacho mordió el peine y antier se casaron; por
supuesto, nosotros avisados por letra de aquí, nos venimos pa’ sistí a
los sacramentos y hoy yo le dije a estos: ¡Hay que apro­vechá, mucha-
chos! ¡Ay, mi mango! Ya que hemos gastaó estos puyeros en estos
vestíos semanasanteros y nos encontramos aquí en Caracas, ¡hay
que aprovechá, muchachos! ¡Vámonos pal tiatro! ¡Ay, mi mango!
Compañero 2: Papá..., papá, yo me voy.
Comprador 6: ¿Cómo te vas a dir, animal? ¿Tas tan lanúo que te esgarita
la gente?
Compañero 2: Toy sudando frío, papá, y no es diambre.
Comprador 6: ¿Fiambre? Arguna apotegía es que te va a dá. Te zam-
paste cuarenta y tres centavos en la cena.
Compañero 2: Es de abajo. Los bichos estos me tienen las patas maguyás.
Compañero 1: Aguanta, chico. Aguáitame a mí derechito como una
mata’e maría, por­que encuantico meneo aunque sea asina una ñin-
guitica la cabeza, me ca­maronea el pezcuezo el botoncito este ¡y ya
me tiene mataó!
Comprador 6: Ten malicia, Usebio. Van a da proyectascopia también.
Bueno, mijo, en lo que apaguen, disimuladamente te echas ese par ’e
jalones y pones a un lao los brejeteros.
Taquillero: Va a empezar la función.
Compañera: Caramba, Paulo. Dice er señó que cinches ligero que va
empezá la junción.
Comprador 6: Cómo no, cuñao. Denos las entrás, pues, ’e las más baratas.
Taquillero: Entrada a platea. ¿Cuántos son?
Comprador 6: Poaquí, cuatro. Ahora en la ranchería quedaron otros
cuatro, la mita del arria que jué lo que trajimos.
Compañera: Esú, ¡Paulo! Contigo no se pue’ dir a ninguna parte.
Comprador 6: No jiles, mujé, que ha sío una chercha. ¡Pela po el pañuelo!
Compañera: (Sacándose del seno un gran pañuelo de madrás con las puntas
amarradas) Pregunta cuánto es.

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SAINETES VENEZOLANOS

Taquillero: Cuatro bolívares.


Comprador 6: A esta háblale de centavos... esta mujé es muy bruta,
ochenta centavos, mujé...
Compañera: Esú, Paulo. No veo la necesiá de gastá esa centavá.
Comprador 6: ¡Qué va centavá, saca la plata ligero!
Compañera: (Desanudando el pañuelo con los dientes) ’Ta trincao... (Con-
tando duro al principio y luego en silencio) Dos... cuatro... (Suena el
timbre la tercer llamada, otro pasodoble en la orquesta y un aplauso que
indica que alzaron el telón).
Comprador 6: ¡¡¡Oído!!! Anda, mujé; anda, mujé.
Compañero 2: Esú, Paulo. Me vas hace equivocá otra vuelta... Son cua-
renta, y cuarenta de la bamba son ochenta, ¿no, señó?
Compañero 1: Ande, mamá, pues.
Comprador 6: Anda, mujé.
Compañera: (Después de anudarse y guardarse el pañuelo) Aquí tienen los
papeles pa’ que se les acabe la agonía.
Comprador 6: Palante, ¡¡palante, pues!! (A los porteros) ¿Poaquí e la
entrá? Anda, Usebio. (Las compañeras trasponen la puerta) ¡¡¡Zám-
pense poai pa’ den­tro!!! (Entrega las papeletas y al hacer mutis).
Portero 1: Mire, ¡que deja los talones!
Comprador 6: (Devolviéndose) ¿Aónde, aónde? Esos deben sé de mijo
Usebio ¡Usebio!
Portero 1: Son los números de las papeletas, hombre.
Comprador 6: Ah, caramba, como Usebio me dijo que le dolían las
patas, creíba que se le habían caído los talones. Déme. (Empujándoles
de nuevo) Dentren, dentren ligero, muchachos, ¡que perdemos cinco
guasos de junción! (Mutis por el foro).
Portero: (Se oyen gritos y silbidos) ¡Pathé accidentado!
Taquillero: ¿Cuándo se romperá el aparatico ese? Ahí tienen lo que
producen las lecherías.
Operador: (En mangas de camisa, saliendo por la puerta del foro) ¡Mar-
dita sea! Esa ancianidad de aparato y ahora un circuitocorto, que
se alarga bastante. Présteme acá... la botella, digo, el destornillador
grande.
Taquillero: Yo que tú...

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LA TAQUILLA

Operador: Los hubieras acabao de romper, ¿no es verdá? Y tendré que


romperle también de un puñete las dos planchas a don Melquíades
para hacerlo ca­llar. (Al hacer mutis arrecian los gritos) ¡Chillen! ¡Gri-
ten! Lástima de una laringitis aguda y epidémica... (Mutis por el foro).
Comprador 5: (Del foro) ¿Diez minutos de interrupción? Cualquiera los
pasa allá dentro para asarse. Y con este vecino tan repugnante que
me ha tocado. (Paséase abanicándose con un programa doblado).
Comprador 4: (Entrando) ¿Diez minutos al lado de esa cotorra? ¡Lagarto!
¡Y con el calorcito que hace allá dentro! Esos ventiladores de nuestros
teatros, obran por sugestión. (Al portero) Deme una contraseña.
Portero 2: Puede salir.
Comprador 4: (Enciende un cigarrillo y buscando con la vista en el suelo)
No en balde dicen que el águila es la reina del aire, por eso la cola que
lancé aquí voló y eso que no era sino la cola. (Paséase y forma corro
igual que otros del público que salen).
Comprador 2: (Entra seguido de su Compañera que trata de sujetarlo y agi-
tando la tranca) Suéltame, Gumersinda, suéltame, ¡porque puedes ser
tú la pri­mera aporreada! ¡Tomas un coche y a casa! ¡Ese mequetrefe
lo escarmiento yo para toda su vida! ¡Mientras viva se va a acordar de
Gaspar Roca! (Todos miran al grupo, extrañados)
Comprador 2: (Llegándose a la taquilla, casi ahogándose por la furia)
Usted... es un cretino... usted... es un imbécil... mire, taquillero, usted
es un imbécil... ¿Cómo ha tenido usted la avilantez de venderle el
palco número 65 a dos damas pálidas?...
Comprador 4: Pirulí y Lucrecia, dice pálidas y tienen más colorete...
Comprador 2: No se lo advertí varias veces, ¡imbécil!
Taquillero: (Con calma cómica) Mire, señor, sobra el ahogo y las demás
palabras; yo aquí cuando estoy vendiendo, ni en las caras me fijo, y
aunque me fijara, a nadie le pregunto su estado social.
Comprador 2: Usted se hace el nene... ¡Por el perfume...! ¡Por todo! se
conocen esas mujeres. Usted lo hizo a propósito, y me va a dar cuenta
ya, ¡ya! (Dando con el bastón en el suelo). (Salen los tuyeros. Usebio con
los zapatos en la mano)
Compañera: No te comprometas, Gaspar, ¡por Dios!

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SAINETES VENEZOLANOS

Comprador 2: ¡Le dije que raspara pa’ casa! ¡No me venga con zoqueta-
das, que esta es una cuestión muy seria, aquí!
Taquillero: ¡Hágale caso a la señora! No se acalore tanto, que a la salida
puede co­ger una pulmonía... y un pequeño consejito, cuando usted
quiera que en un teatro, al palco que ocupe no le entre más nadie,
cómprelo (haciendo sonar como un pito la Í) ¡íntegro!
Comprador 2: ¡Maldita sea tu estampa! ¡Se está burlando también!
¡Maldita sea su estampa! ¡Salga pa’ fuera, pa’ pegale!...
Taquillero: ¿Entonces lo que usted quiere es pelear? (Abre violenta-
mente la puerta y lanza un cabezazo volado a Comprador 2 que cae de
lado. Tumulto, voces y empujones) Vuélvete a parar.
Comprador 5: ¡¡Dos hombres matándose!! Apártenlos, ¡por Dios apár-
tenlos! Y yo que me traje mi reliquia.
Comprador 2: (Incorporándose con una mano en el ojo) ¡Sujeten ese hom-
bre! Sujétenlo.
Taquillero: (Forcejeando, sujeto por varios) ¡Suéltenme, compañeros,
suéltenme! Vuélvete a parar pa’ darte por el otro ojo!
Comprador 2: Llévenme, llévenme a una botica que estoy viendo fue-
gos artificiales por el ojo aporreado.
Compañera: Este hombre tan sinvergüenza, ¡venirle a dar a mi marido
ese golpe, por un simple reclamo!
Comprador 4: ¿Simple reclamo? ¡Ahí viene la policía! (Mirando hacia el
foro).
Portero 2: (Sopesando el asta) No lo dije, ¡latío de perro chiquito!
Melchor: (Apareciendo por puerta lateral) ¡No, pues! ¡Terrpinol!

Telón rápido

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Perucho Longa Sainete de Rafael Guinand 29

29 Rafael Guinand (Caracas 1881-1957). Dramaturgo, director, actor y gran luchador por la
causa del teatro nacional. Se le considera la figura más importante del sainete de las prime-
ras décadas del siglo XX. Asimismo, entre los saineteros, es de Rafael Guinand de quien
se conservan más obras. Se hizo famoso, además, por las parodias de personajes célebres
como don Juan Tenorio y por sus criollísimos programas radiales en donde con frecuencia
hizo lecturas dramatizadas de sainetes. Varias de sus piezas se han convertido en clásicos
del género: El rompimiento (1917), Perucho Longa (1917), El dotol Nigüín (1919) y Yo tam-
bién soy candidato (1939). En nuestros días, las obras de Guinand siguen formando parte
del repertorio tanto del teatro aficionado como de compañías profesionales.

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SAINETES VENEZOLANOS

Perucho: ¡Mira!, ¡mira, piazo ‘e fresco! Sí, tú, tú... ’Tás muy viejo pa’
la gracia, ¿sabes? ¡Caray, que entre estos caraqueños es que hay
hombres sinvergüenzas! Y el viejo este que hasta nietos tendrá ya,
poniéndome sobrenombres. ¡Pero el peñonazo que le zumbé, si
lo cojo lo estapono!... (Transición) ¡Guá, Gregoria, dame un abrazo
muchacha! ¡Qué gorda estás!
Gregoria: ¡Ay, Perucho, condenao! ¿Cuándo viniste, mi negro?
Perucho: Me faltan dos días para un mes. ¡Ay, pero me ha pesado,
mijita!
Gregoria: ¡Adiós peroles! ¿Y por qué?
Perucho: Porque yo no me hallo aquí en Caracas. La gente no me hace
sangre.
Gregoria: ¡Guá, niño! y eso ¿por qué?
Perucho: ¡Qué sé yo, chica! Pero me parecen falsos, chismosos y embus-
teros.
Gregoria: ¡No hombre, no digas eso, que aquí hay mucha gente buena!
Perucho: Uhm, será pa’ ti, mijita, que has encontrado tu acomodo. Yo,
desde que llegué a esta maldita Caracas vivo como un querre querre.
Gregoria: ¿Y por qué? Estarás enfermo. Yo te veo muy barrigón.
Perucho: ¡No, niña, qué enfermo voy a estar yo! Que yo soy un hombre
serio, Gregoria, y aquí todo es una chercha, una mamadera de gallo.
Gregoria: ¿Y qué, se han metido contigo?
Perucho: ¡Jesús, chica, cada ratico! Y no solo de palabra. Suponte que los
muchachos se han atrevido en la calle a tocarme... hasta el sombrero.
Gregoria: ¿Y quién va a hacerle caso a muchacho?
Perucho: ¡Adiós, si la gente grande está lo mismo! Mira: la otra tarde fui y
saludé a un señor de respeto en la esquina de Los Isleños, y no me con-
testó; pero apenas había andado yo como un cuarto de cuadra, chica,
cuando va y me pega ese leco: Quique / “¡Adiós, cabeza e’ ñaure!”
Gregoria: ¡Ja, ja, ja, ja! Eso sería por cariño.
Perucho: ¿Cariño? ¿De cuándo a dónde?
Gregoria: ¡Quién sabe! Será algún señor que te conoce de atrás. Es
decir, desde hace tiempo.

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PERUCHO LONGA

Perucho: ¡Uhm, barajo! Tú me conoces y sabes que amigos tengo muy


pocos.
Gregoria: ¿Bueno, y qué? ¿No te has concertado?
Perucho: ¡Cómo no!, casi al llegar me concerté; me concerté en casa de
las Morgallete. Pero me fui a los tres días.
Gregoria: ¿Y por qué, ah?
Perucho: Porque no me gustó el modo de ser de aquella gente, mijita: la
casa una guachafita; a la vieja le faltaba tiempo para estarse viendo
en el espejo pintándose las ojeras y echándose colorete; las mucha-
chas muy zafadas, viviendo siempre en la calle; por la mañana en las
tiendas, de tarde en las vespertinas y de noche con los novios. Y el
viejo, ¡ay, mijita!, un señor llamado don Plácido, que me resultó un
marrajo.
Gregoria: ¿De veras?
Perucho: Como lo oyes, Gregoria. Además, que una se contrata, chica,
para una sola cosa, y después quieren que lo haga todo.
Gregoria: Ah, sí es verdad.
Perucho: Guá, un día me dijo don Plácido que le diera una fricción.
Gregoria: ¿Y se la diste?
Perucho: No, niña, si era una fricción en la cabeza, para la caspa y que
después se la peinara.
Gregoria: ¿Y se la diste, ah?
Perucho: ¡No hombre, te digo que no! ¡Qué voy a darle yo fricción! Le
formé un seis por ocho. Le dije que era muy fresco, que habilidad
debía tener para decirles a las hijas que no se pusieran esos descotes
tan bajos, que iban siempre por la calle emborrachando a los hom-
bres.
Gregoria: ¡Muy bien hecho!
Perucho: ¡Mijita!... Me citó a la jefatura.
Gregoria: ¿Y qué te hicieron, ah?
Perucho: A mí, nada; me preguntaron de dónde era; les dije de Villa
de Cura. Después me preguntaron mi nombre, y al decirles Pedro
Longa, la gran mamadera de gallo.
Gregoria: ¡Guá!, ¿Y por qué?

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SAINETES VENEZOLANOS

Perucho: Porque dijeron, chica, que y que Longa y que no era apellido,
sino una abreviatura de longaniza.
Gregoria: Ja, ja, ja, ja, ja, ja......

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El rompimiento
Sainete de Rafael Guinand

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Personajes:

Misia Ramona

Tomasita

Catalina

Maestro Hilario

Esparragosa

Braulio

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La acción en Caracas. Época actual

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SAINETES VENEZOLANOS

Acto único

La escena representa una sala pobre caraqueña. En el centro, una mesa


redonda de madera, cubierta por un cobertor o carpeta; en el
centro de la mesa una lám­para con su globo, y alrededor de esta
muchos adornitos de gala. Seis sillas y dos mecedoras, todo de
medio uso y de esterilla; en una silla, una cesta con la­bor; en las
paredes, retratos y cuadros. Foro izquierda puerta que da hacia
1a calle, foro derecha ventana; derecha e izquierda puertas. Al
levantarse el telón, aparece Tomasita asomada a la ventana, es
un tipo de muchacha pobre cara­queña, como de veinte años, y
Ramona, señora de cuarenta y cinco, terminan­do de arreglar la
lámpara.

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EL ROMPIMIENTO

Escena I

Ramo: (Sin reparar en Tomasa) Déjame arreglar temprano esta lám-


para, porque de seguro que hoy se mete Esparragosa aquí en lo que
os­curezca. No vaya a pasarme lo del otro día, que estaba yo de lo más
tranquila en la cocina creyendo que no había venido todavía, y no
sabe que hacía más de media hora que él estaba zampado en la sala
conversando con Tomasita; y no era nada que conversaran, sino que
aquello estaba muy oscuro y... francamente, la oscuridad no es buena
y para los enamorados menos.
Toma: (Reparando en Ramona) ¿Qué es, tía? ¿Usted como que está
hablando sola?
Ramo: No, que decía que iba a arreglar esta lámpara temprano, no vaya
a venir Esparragosa a la noche y encuentre la sala oscura, porque la
oscuridad es mala consejera.
Toma: (Acercándose) Ah! ¿Usted lo dice por lo del otro día? Lo que es por
ese lado, tía, puede usté dormir tranquila, porque Esparragosa será
todo lo que se quiera, pero como respetuoso es número uno; ¡ah, sí!
En dos años que tenemos de amores, nunca ha intentado faltarme al
respeto.
Ramo: Bueno, eso será verdá, pero lo que no se hace en dos años, se hace
en un día, porque el amor, mijita, es como los muchachos malcria-
dos, que se portan bien mientras tienen esperanza de que les den
algo, pero al fin y al cabo se impacientan y le faltan al respeto a cual-
quiera, queriendo coger entonces por las malas lo que no le han que-
rido dar por las buenas.
Toma: Sí; pero usté no tiene por qué pensar que Esparragosa sea así.
Ramo: No, si yo no creo que él sea así; tú sabes que él más bien me es
a mí muy simpático, porque me parece un buen muchacho, pero…
francamente, a veces tengo mis dudas, porque… qué se yo, pero esta
juventud de hoy, por más que digan no es como la de antes: los mozos
de hoy están muy corrompidos.

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155

SAINETES VENEZOLANOS

Toma: Yo no sé, tía, usté sabe de eso más que yo porque usté es ya mayor,
pero francamente a mí me parece que siempre ha habido hombres
malos y hombres buenos.
Ramo: ¡No, no, no mijita! ¡Cuándo! Los hombres de antes eran mejo-
res que los de ahora, y tenían que ser; no existían mujeres malas, ni
el fulano Puente de Hierro; tampoco habían automóviles, que tam-
bién han contribuido mucho en la corrupción. Toda la diversión de
entonces, era irse en las noches de luna a pie, a tomarse un vaso de
leche con pan de horno de los que hacía Chepa tan sabrosos, en el
Puente de los Suspiros. Pero ahora, qué distinto, ahora no se escu-
cha hablar nada más que de la guasa, el macán, la tocoquera, que si
fulanito corrió un trueno anoche, que si el Gordo aporreó a uno en el
maví, ¡Dios mío, qué es esto! Y lo mismo sucede en todo. Mira en mi
tiempo, no salía una muchacha sola con su novio ni de casualidad,
hoy en día eso y andar de manos cogidas es lo más natural. El marido
mío (que en paz descanse) antes de casarse conmigo no supo nunca
lo que fue ponerme un dedo encima.
Toma: Sí; pero después que se casó, usté misma me ha contado que le
puso toda la mano. (Haciendo ademán de pegar).
Ramo: Sí; pero eso eran cuestiones de familia.
Toma: Yo lo que creo, tía, es que cada uno tiene que acostumbrarse al
tiempo en que vive.
Ramo: Ya lo creo, eso me pasa a mí, sin querer me he acostumbrado a
estas costumbres de ahora, de tal manera que muchas veces se me
sale una palabra de esas vulgares que a mí me da pena. Bueno, ¿y tú
qué haces en la ventana por la mañana?
Toma: Pues pa’ decirle la verdá, viendo a ver si veía a Esparragosa, tía,
porque él me dijo que iba a venir un rato hoy en el día, porque quizás
esta noche no iba a poder venir.
Ramo: Hum, en qué mal día se ha antojado de venir, y tú por qué no le
quitaste esa idea, tú no sabes que hoy es lunes, que hoy no trabaja
Hilario, que es día de pasársela metido en casa y que a él no le gusta
Esparragosa.
Toma: Sí, tía, pero yo creo que si viene, estará aquí nada más que un
ratico y se irá antes de que venga mi tío Hilario.

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EL ROMPIMIENTO

Ramo: Yo no sé, mijita, pero yo los lunes le huyo a Hilario, porque se


pone muy fastidioso.
Toma: Sí, pero eso es cuando va a La Estrella, que se encuentra con ami-
gos y se pone a jugá metra.
Ramo: ¿Cómo a jugá metra?
Toma: Bueno, a beber, tía, es que así me ha dicho Esparragosa que le
dicen a todos los que beben, porque siempre están palo y palo.
Ramo: Mira, lo que debes hacer es irte para allá adentro, porque va a
venir Hilario, te va a encontrar en la ventana, tan por la mañana y va
a decir, como lo ha dicho otras veces, que yo te alcagüeteo tus amores
con Esparragosa.
Toma: Pero Jesús, tía, qué tiene que yo esté aquí en la sala con usted.
Ramo: Nada, que te vayas pa’ adentro niña, yo sé lo que te digo.
Toma: (Disgustada) Caramba, no puede estar una ni en la sala. (Mutis
izquierda).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena II

Ramo: (Viéndola irse) Ay Dios mío, deseo que Esparragosa se acabe de


casar, para quitarme de encima estas calentazones de cabeza. Yo no
sé, pero yo tengo mi idea: pa’ mí el hombre que lleva a su novia al
cinematógrafo, al circo, no tiene buenas intenciones y este es uno de
ellos. Él no invita nunca a Tomasita nunca a otra parte sino al circo;
¡ah! hombrecito pa’ gustarle la oscuridá, parece familia de aguaita-
camino. No, pero ya yo le he parao el trote a las idas al cinemató-
grafo; desde que me pasó lo que me pasó una noche, juré no volver
más y lo he cumplido. Usté sabe lo que es, que llego yo una noche
al circo y me siento de lo más tranquila a ver mis películas y no han
hecho más que apagar la luz, cuando aí mismo siento un curucuteo
por detrás de mí; me volteo, y veo un hombre parao atrás de mi silla:
le digo, ¿qué se le ofrece? y me dice: no es con usté, señora; no es con-
migo y me está usté agarrando; total que el hombre se cortó todo y
no halló otra cosa que decirme, sino que él era acomodador y que
quería que yo me levantara pa’ verme el número. ¿Verme el número?
Usté lo que es, es muy atrevido y muy grosero —le dije— yo soy una
señora, no se equivoque. Total que aquello me puso los nervios de
tal manera, que me levanté, agarré por un brazo a Tomasita y salí del
circo jurando no volver en los días de mi vida al fulano cinemató-
grafo.

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EL ROMPIMIENTO

Escena III

Hila: (Por el foro entra mirando a todos los lados de la sala; trae un bollo
de pan bajo el brazo, y en la mano un mazo de cebollas y otro de berros).
¿Dónde está Tomasita?
Ramo: Allá adentro, ¿por qué?
Hila: Porque ahí en la esquina acabo de ver al sinvergüenza ese del
Esparragosa y de seguro que tiene intenciones de venirse a meter
aquí tan temprano, y hoy estoy de a toque, cará. Si se mete aquí, a
plan lo voy a sacá pa’ la calle.
Ramo: No hombre, quién sabe si no vendrá pa’ acá, tú sabes que él siem-
pre se reúne en la esquina de Santa Rosa con sus amigos.
Hila: Yo no sé qué le ha visto Tomasita a ese hombre tan reantipático pa’
enamorarse de él. Algo le ha visto esta muchacha a ese hombre; por-
que de otro modo yo no me explico que una muchacha de las condi-
ciones de Tomasita, se enamore de un vagabundo como Esparragosa.
Ramo: Mira, Hilario, ¿por qué no te acuestas un rato?
Hila: Sí; si a eso vengo, a acostarme, porque esta es mi casa, pero antes
tengo que hablar contigo muy largo, porque de estos amores de
Tomasita hay que ponerle término hoy mismo, o si no aquí va a habé
un muerto, ¡ah sí!
Ramo: Sí, hombre, acuéstate y más tarde hablamos.
Hila: Porque tú sabes lo que me dijo la difunta antes de morirse: Hila-
rio, tú haces con Tomasita lo que tú quieras; sin embargo yo, nada,
tú que eres mi hermana lo sabes; quiero decí que nunca me he metío
en sus asuntos, pero ya las cosas se están poniendo muy feas porque
ese bandido se la pasa en ese botiquín de Santa Rosa alabándose de
Tomasita, varios amigos me lo han dicho.
Ramo: Quién sabe si eso no es verdá, Hilario, tú sabes que la gente es
muy calumniadora.
Hila: ¿Calumniadora? No, no, no, no. Mira: eso es tan verdá… como
que este es un kilo frío. (Mostrándole el pan) Además, el sábado en
la noche, escuché yo en ese botiquín muchas cosas feas referentes a
nosotros y a ese hombre.

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SAINETES VENEZOLANOS

Ramo: Bueno, pero eso se puede arreglar de otro modo.


Hila: No, eso del único modo que se arregla es poniéndole yo a él el
cuerpo con más nudos que un saco de papas. Yo sé que él tiene fama:
sus amigos dicen que por la chirimoya es una enfermedá, bueno, yo
le zumbo de plan y si me veo muy comprometido, lo hinco. Lo que es
de hoy no pasa. Mire: por la Virgen de Coromoto que hoy le pruebo
yo a ese zángano que el cambur verde mancha. (Hace mutis derecha
dejando lo que ha traído en la mesa).
Ramo: Ay, Virgen del Carmen, evítanos una desgracia, que no venga
Esparragosa.

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EL ROMPIMIENTO

Escena IV

Espa: (Por el foro. Es un tipo de veintisiete años, muy vivo). Buenos días,
misia Ramona. ¿Cómo le ha ido?
Ramo: (Aparte) (Se presentó y dijo) Buenos días, Esparragosa, ¿cómo está?
Espa: Yo estoy como siempre, entre fuerte y durce como el guarapo. ¿Y
Tomasita ande está?
Ramo: Pues por allá adentro debe está.
Espa: ¿Y el maestro Hilario ’ta bueno? Ahora rato lo vi pasá por la
esquina de Santa Rosa, y como que venía medio metío entre el litro.
Ramo: Sí; usté sabe que él se emparranda to’ los lunes, como buen zapa-
tero, allá adentro debe está acostao.
Espa: (Sacando dos tabacos del bolsillo) Hombre, misia Ramona, por
aquí le tengo un regalito para usté: dos tabaquitos muy buenos, los
compré ayer en la Rinconada y desde ese instante dije: pa’ mamá
Ramona; así es que quiero que se los fume en el nombre de Narciso
Esparragosa.
Ramo: Bueno, Esparragosa, muchas gracias.
Espa: (Pasándole el brazo) Ah vieja pa’ querela yo esta, cará. ¿Por qué la
querré yo a usté tanto, misia Ramona?
Ramo: Quién sabe.
Espa: No, yo sí sé; cómo no voy a querela, cará, sería yo un malagrade-
cido si no quisiera a esta familia; entre usté y Tomasita me han sacao
a mí de esa vida de bandolero que llevaba yo antes, ¿no es verdá misia
Ramona?
Ramo: Sí, lo hemos aconsejado mucho porque le tenemos cariño.
Espa: Yo era un individuo que no salía de esa esquina de La Gorda:
pastoreando mi gente de La Gorda a San Pablo y de San Pablo a
La Gorda. Que había macán, desde las ocho estaba yo pegao, cará
(Haciendo como que baila) hasta por la mañana, yo y el Gordo éramos
los últimos que salíamos siempre. Sin embargo hoy ya ve usté, otra
vida completamente distinta, como del cielo a la tierra; no hago más
que vení aquí, hago mi visita, salgo a las diez, me pego dos o tres pali-
lleros en la esquina y me voy a acostá. ¿No es verdá vieja?

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SAINETES VENEZOLANOS

Ramo: Sí es verdá. (Como preocupada).


Espa: Pero, ¿qué tiene usté hoy, misia Ramona? la noto… qué sé yo, toa
cascorva.
Ramo: Usté sabe que yo todos los lunes estoy así, porque a mí no hay cosa
que me disguste más que ver a Hilario mareado, yo soy enemiga acé-
rrime del aguardiente.
Espa: Eso es porque usté no lo ha probado, pero mire: yo le doy a usté
entre once y doce del día, cuando el estómago no ha sentido todavía
el peso del almuerzo, en un vasito bien limpio, una cañita doble, pero
eso sí, de Ibarra legítima y… francamente… no hay ni palo floreao,
yo creo que hasta el doctor se zumba.
Ramo: Quién sabe: se zumbará él, lo que soy yo no me zumbo.
Espa: ¡Ah! Misia Ramona, cará. Bueno, y Tomasita ¿dónde está? ¿Por qué
no sale?
Ramo: De seguro que no sabe que usté está aquí, déjeme irla a llamar.
(Aparte) Ay, Dios mío, que no salga Hilario, porque es capaz de for-
mar aquí un alboroto. (Mutis izquierda).

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EL ROMPIMIENTO

Escena V

Espa: Cará, pobre vieja, a veces me da hasta lástima; ella cree firme-
mente que yo me voy a casá con Tomasita. Casarme yo, ni a tiros;
lo que es Narciso Esparragosa no se tira por ese cacho de agua, pero
tengo que aparentá que me lo tiro; por eso desde que yo empecé a
enamorá a Tomasita fue con una palabra de matrimonio. Mis pri-
meras visitas fueron por la ventana, escondido de la vieja y del maes-
tro Hilario, hasta que un día dije que me casaba, e inmediatamente
me mandaron a pasá adelante. Desde ese día he ido preparando
mi terreno como lo he hecho en otras partes, es decir, batiendo el
melao hasta darle consistencia, y este melao de aquí ya está a punto
de melcocha… ¡ay!, mi amigo. Lo que es la vieja, esa está de mi parte,
la tengo que comprá a fuerza de tabacos; ¡ah vieja pa’ gustale echá
humo! Chupa más que un murciélago. Mire: en dos años que hace
que conozco a Tomasita, yo calculo que misia Ramona me ha costao
más de treinta pesos en tabacos de a dos por puya. Al que sí no he
podido catequizá nunca es al maestro Hilario, ese viejo es la malicia
andando; en lo único en que le he podío pegá el machete es en dos
remontas que me ha hecho, y que no se las he pagao, ni pienso. Des-
pués de todo él tiene la culpa de lo que está pasando; o mejor dicho,
de lo que pasa, porque pa’ nosotros, en voz baja: esto lo hago yo por
llevarme un punto. El maestro Hilario dijo al principio de mis amo-
res con Tomasita, que lo que era Narciso Esparragosa no entraba en
su casa ni entrando, y yo le voy a probá, que no solamente entré, sino
que voy a salí cargao.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena VI

Toma: (Saliendo medio disgustada) ¿Qué hay, cómo te ha ido?


Espa: Bien y turiara.
Toma: Yo, muy mal.
Espa: Y eso ¿por cuá?
Toma: Sí, hombre, por cuá, hazte ahora el musiú.
Espa: ¿El musiú? ¿Qué me quieres decí con eso? No te entiendo.
Toma: ¿De veras? Qué inocente; no salgas a la calle solo porque te van a
engañá.
Espa: Pero bueno, ¿qué es lo que es? Dale contra el suelo.
Toma: Contra el suelo; contra el suelo te diera yo a ti por embustero y sin-
vergüenza, muy bueno que lo has hecho, ¡ay!, la has puesto de oro…
Espa: Pero la he puesto de oro ¿con qué?
Toma: ¿Qué me dijiste tú anoche?
Espa: (Aparte) Una pila de embustes como siempre. Yo no me acuerdo.
Toma: Pues yo sí me acuerdo: me dijiste que te ibas a acostar porque te
tenía loco el pestón, y el pestón fue que amaneciste bailando cas’e las
Pacheco.
Espa: ¿Cas’e las Pacheco yo?
Toma: Sí tú, tú; no te hagas el zoquete; yo lo sé todo, toda la noche te
la pasaste bailando con la flacuchenta de Carmelita Soto y por la
mañana la fuiste a acompañar hasta su casa y le brindaste arepitas en
la esquina de “El Chimborazo”.
Espa: ¿En “El Chimborazo”?, tú deliras.
Toma: (Sollozando) Yo no sé si deliro, pero yo lo que veo es que tú no
haces más que mortificarme a mí, basta que yo te suplique una cosa
pa’ que tú no me complazcas, y en cambio yo, siempre complacién-
dote y desviviéndome por ti. (Llora).
Espa: Pero, ¿qué te pasa?
Toma: Que yo soy muy desgraciada.
Espa: Pero, ¿por qué?
Toma: Porque sí, dos años y medio que hacen que te conozco; dos años
y medio de luchas y de martirios para mí, aguantando regaños y

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EL ROMPIMIENTO

maltratos de mi tío Hilario, y ¿para qué? Para nada, porque el pre-


mio de tantos sufrimientos no llega nunca.
Espa: Ya llegará, ya llegará, ten calma que las cosas no pueden ser así
de golpe y porrazo; precisamente yo venía hoy con la intención de
tocarte ese punto…
Toma: ¿Cuál?
Espa: Ese, sobre lo que hablamos el otro día; sobre el depósito.
Toma: ¡Ah!
Espa: Yo te saco de aquí si tú quieres esta misma noche, te deposito cas’e
mi madrina y… lo demás es posterior. Así es que si quieres no tienes
más que decímelo.
Toma: (Pensativa) ¡Ay! No, ¿y si me descubren?
Espa: No, hombre, ¿qué te van a descubrí? (Pausa). Mira, eso lo podemos
arreglá del modo siguiente: nos hacemos los disgustados ahora; yo
llamo al maestro Hilario y a misia Ramona, pa’ ponerlos en conoci-
miento que nuestro compromiso ha concluido porque tú me pones
unas condiciones que yo no puedo aceptar. Que tú me has dicho que
o me caso contigo entre dos meses, o todo se ha acabado entre noso-
tros, y que yo no pudiendo aceptar esa condición he optado por aca-
bar. Yo me hago el serio y el resentido, tú sollozas, y lloras; en fin,
todo lo que hacen las mujeres en estos casos; misia Ramona se asom-
bra, el maestro Hilario se alegra, y yo aprovechando esta confusión
me despego a la francesa, ¿qué te parece?
Toma: A mí me parece bien, pero yo como que no tengo valor pa’ pre-
sentá esa comedia.
Espa: No digas eso, hombre, que tú tienes más valor que un brillante.
Bueno, ahora falta la segunda parte: esta noche entre dos y tres de la
madrugada me dejo yo chorreá por aquí con la guitarra después que
hayan cerrao el botiquín de la esquina; al tú sentí que registran la
bicha, ese soy yo; te preparas, ya yo tendré a Zorrillo el cochero con la
lechuza atrás de la esquina; yo digo una letra y, al terminar, tú sales;
nos montamos y como dicen en “El Puñao”, a la felicidá. ¿Qué hay?
¿Te decides?
Toma: (Con indecisión) Ay, Esparragosa, pero y si… (Quedan hablando en
voz baja, Esparragosa en una posición descompuesta).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena VII

Hila: (Desde la puerta, señalando a Esparragosa) Ahí lo tiene usté, vea si


es verdá lo que digo: ¿usté cree que esa posición es pa’ hablá con una
niña en la sala de una casa de familia? (Se aclara el pecho).
Toma: (Azorada) Mi tío.
Espa: Bueno, sí o no.
Toma: Sí.
Hila: (Acercándose) Buenos días, joven.
Espa: (Sin variar de posición) Hola, maestro Hilario, ¿cómo le va?
Hila: (Con mucha sorna) A mí como siempre: muy bien, ¿y a usté?
Espa: Pues a mí, regularón.
Hila: (Con sorna) Yo no sé si estaré equivocao, pero… a mí me parece
que no está usté bien sentao.
Espa: (Haciéndose el que no entiende) Como no, estoy firme. (Tocando la
silla)
Hila: No, si me refiero a la posicioncita esa que… francamente, no me
parece propia pa’ sentarse en una sala: esa es una posición de cine-
matógrafo.
Toma: (Aparte a Esparragosa) No le hagas caso.
Espa: ¡Ah!, maestro Hilario, cará, es verdad, dispense, una distracción.
(Sentándose bien).
Hila: Pues trate de no distraerse, porque hay distracciones que perjudi-
can.
Espa: Caramba, maestro, yo no sé qué le pasa a usté conmigo, pero siem-
pre lo noto como preparao en contra mía; yo quisiera que usté me
hablara con franqueza.
Hila: (Después de una pausa) Pues ya que llegó el momento y usté lo
desea, se lo voy a decí: Tomasita, váyase pa’ dentro.
Espa: ¿Por qué?, déjela, maestro: yo creo que ella puede oír lo que noso-
tros hablemos.
Hila: No, señor, no quiero que ella se imbuya en nuestra hablitud. Ade-
más, puedo violentarme, y yo cuando me violento me oscenizo, es
decir me pongo osceno y no quiero que ella escuche oscenidades.

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EL ROMPIMIENTO

Espa: Yo no lo creo a usté capaz.


Hila: Bueno, bueno no alarguemos: que se vaya.
Toma: (Levantándose. Aparte a Esparragosa) Tenle paciencia, está jumo.
(Mutis izquierda).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena VIII

Hila: (Después de sentarse con mucha calma) Esparragosa: yo soy zapa-


tero…
Espa: Ya lo sé. (Aparte) ¡Noticia fresca!
Hila: Y lo mismo le elaboro una bota de angola 30 que de canguerete31.
Espa: Bueno y qué…
Hila: Óigame: soy calvo, como está a la vista; y no porque me hayan
tomado la cerda de la cabeza, ni por el microbio turco, sino por
debilidá del cuero… cabelludo: porque yo soy de los que no se deja
arrancar las hebras, ni soplándolas. Tengo cincuenta y cuatro años
y medio, y en los cincuenta y cuatro no he encontrao a nadie que se
burle de mí, pero en el medio, en el medio, lo he encontrado a usté.
Espa: Pero bueno, maestro, explíquese mejor, porque francamente yo no
sé a qué viene esto.
Hila: Pues esto viene a demostrarle a usté que yo no tengo cataratas en
ninguno de los ojos, y por lo tanto veo aunque sea un jeme más allá
de mis narices…
Espa: Bueno, celebro mucho su largo alcance visual.
Hila: Gracias. Usté, Esparragosa, tiene ya dos años…
Espa: Un momento, maestro, yo tengo veintisiete.
Hila: Tienes ya dos años de amores con Tomasita, y sin ningún resul-
tado.
Espa: Hombre, no ha sido falta de ganas, ella bien sabe que hace ya bas-
tante tiempo que deseo tirarme al agua.
Hila: Mire, socio, usté no se tira al agua ni con vejiga, porque no sabe
nadar; usté es de los que se van a fondo.
Espa: Bueno, si me voy a fondo no es culpa mía, maestro.
Hila: Usté ha venido a enamorá a Tomasita con intenciones perversas;
usté pretende cometer una fechoría en esta casa, como las que ha
cometido en otras partes, y eso no Esparragosa, eso no. (Levantán-
dose) Aquí hay un hombre varón, y le digo a usté una cosa: o se casa
30 Posiblemente sea “angora”
31 ¿Se referirá a piel de canguro?

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EL ROMPIMIENTO

con Tomasita cuanto antes, o no pone más sus chancletas en esta


casa. Ese soy yo.
Espa: (Pausa) Caramba, maestro, ¿qué es esto? Me ha dejao usté más frío
que el guarapo ‘e Las Matrices.
Hila: (Paseándose) Pues caliéntese.
Espa: No, señor, es que usté está hoy, maestro, como si se hubiera dao un
pinchazo con la lezna.
Hila: Es probable.
Espa: Si usté no puede penetrar en mis intenciones para con Tomasita.
Hila: Hay cosas que se adivinan.
Espa: Si yo quiero a Tomasita como no he querido nunca a una mujer.
Mire: yo he tenido amores con media parroquia de San José, pues
por ninguna he sentido lo que siento por Tomasa.
Hila: ¿Por qué no se casa, pues?
Espa: Hombre, porque las cosas no pueden hacerse así tan de reventón
como usté quiere.
Hila: Cómo que no, el matrimonio tiene que hacerse en caliente.
Espa: Bueno, es verdá, pero siempre hay que pensarlo.
Hila: Hombre me parece que en dos años… ni que usté fuera un pensa-
dor.
Espa: Pero no es eso, maestro.
Hila: Bueno, y entonces ¿qué es?
Espa: Nada, siéntese un momento.
Hila: ¿Para qué?
Espa: Pero siéntese, maestro.
Hila: (Sentándose) Vamos a ver.
Espa: (Pausa). (Brindándole un cigarro) Fúmese un cigarro que usté verá
que nos vamos a entender.
Hila: (Tomando el cigarro de mala gana) Quién sabe, pue’ suceder.
Espa: (Con mucha calma después de brindarle fuego) ¿Por qué está tan
bravo, maestro? Mire: yo no soy lo que usté piensa, usté tiene un cri-
terio erróneo de mí.
Hila: ¿Erróneo?
Espa: Sí, los hombres hay que conocerlos antes de expresarse en esa
forma… más que dura, tiesa en que usté se ha expresado de mí.

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SAINETES VENEZOLANOS

Hila: Pero si es verdá lo que le digo, amigo mío; dos años y pico calen-
tándole las orejas a Tomasita, diciéndomele… zoquetadas, que es lo
que conversan todos los enamorados y nada, el horizonte oscuro y
pendiente de que cualquier día o cualquier noche pare usté el rabo y
no se le vea la brújula; no, hombre, las cosas no son así.
Espa: (Medio disgustado) Pero… hábleme en otros términos, maestro
Hilario, yo le estoy hablando en serio y… eso de que pare el rabo,
francamente no me hace gracia, empezando porque yo no tengo
rabo.
Hila: ¡Ah! ¿Usté es chucuto? No, hombre, no diga eso, aquí todos tene-
mos rabo.
Espa: Bueno, dejemos el rabo y vamos a lo que importa: (Aparte. Con
audacia) ¿Lo que usté pretende es que yo le fije el plazo para casarme
con Tomasita?
Hila: Naturalmente.
Espa: Bueno, (Con resolución) entre seis meses me caso.
Hila: Ya eso es otra cosa; (Levantándose) déjeme llamar a Ramona para
que se entere de esto que a ella también le interesa. Ramona, Ramon-
cita, Monchita: ven acá, hazme el favor. Yo creo que esta es la primera
vez en su vida que usté habla en serio.

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EL ROMPIMIENTO

Escena IX

Ramo: (Desde la puerta) ¿Qué hay? ¿Qué quieres? ¿Todavía conversan


ustedes?
Espa: Todavía, doña Ramona, acérquese.
Hila: Bueno, Esparragosa ofrece casarse con Tomasita entre seis meses,
¿qué te parece?
Ramo: Guá, me parece muy bien, ¡hasta cuándo!
Espa: Si ninguno más que yo hace tiempo lo desea, pero es que ha habido
circunstancias poderosas que lo han impedido.
Ramo: Es verdá, todo lo que se quiere no se puede.
Espa: Una de ellas ha sido, que yo no quería casarme sin tener asegurado
mi rancho.
Hila: Muy bien pensado, porque un matrimonio sin rancho se desba-
rata.
Espa: No, si no me refiero a esa clase de rancho, me refiero a una casa,
donde meterme con la mujer y los hijos que de seguro se aparecen
cuando uno menos lo espera.
Hila: ¡Ah! No se preocupe por eso, usté métase en cualquiera, y la paga
cuando pueda y si no puede, no la paga, eso lo hace hoy medio Cara-
cas.
Espa: Por lo demás, todo lo tengo comprado: cama, mesa, escaparate y
hasta objetos de cocina.
Ramo: (Con alegría) ¿De veras, Esparragosa? Y qué callado lo tenía.
Espa: Sí, yo soy muy reservado, usté lo sabe.
Ramo: Sí es verdá, le gusta a usted reservarse para después sorprender.
Espa: Ya lo creo, las sorpresas me seducen.
Ramo: ¡Ay! La pobre Tomasita, lo que se va a alegrar cuando lo sepa.
Espa: Bueno, una idea maestro, mojemos este fausto acontecimiento con
algo ¿no le parece?
Hila: Usté lo hace; a usté le toca el mojarlo y remojarlo porque está duro
todavía.
Espa: (Aparte) No lo sabes tú bien.
Ramo: Qué felicidad, Dios mío: voy a darle la noticia a Tomasita.

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SAINETES VENEZOLANOS

Espa: Mándese a la esquina, doña, por una botella de ron. (Dándole


dinero).
Ramo: Por fin me oyó San Onofre. (Mutis izquierda).

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EL ROMPIMIENTO

Escena X

Espa: Ya usté ve, maestro, que fácilmente nos hemos entendido.


Hila: Ya lo veo, hablando es que se entienden los hombres, y eso es lo
que usté no hacía; usté hablaba con Tomasa, pero ni a mí ni a Mon-
chita nos decía una palabra.
Espa: Pero es que lo que le he dicho, don Hilario, no porque yo no pen-
sara casarme con Tomasita, sino que yo quería tener algo que ofre-
cerle, un modesto porvenir, no hacer lo que han hecho muchos que
se casan y al día siguiente amanecen sin el diario.
Hila: En esto tiene razón; pero, amigo, entonces no enamorarse, porque
después que el amor ha llegado a cierto grado, hay que… caerse o
arrancar la macota.
Espa: Es verdá.
Hila: Por otra parte, las murmuraciones; que la gente es muy perversa,
en cuanto ven que un hombre y una mujer tienen dos años de amo-
res, ya empiezan a murmurar; que si lo vieron salir a las cinco de la
mañana, que si le lavan la ropa, que si le planchan los cuellos, que
vive en la misma casa, pues le han alquilado una pieza con el pre-
texto de guardar los muebles del matrimonio, y así la mar de calum-
nias que perjudican el honor de una familia.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena XI

Ramona saliendo con Braulio, sirviente como de treinta años, medio tonto;
no es afeminado.

Ramo: (Desde la puerta, a Esparragosa) ¿Ron, fue lo que usté me dijo?


Espa: Sí, señora, ron del bueno.
Ramo: Bueno ande ligero, Braulio, al botiquín de la esquina.
Brau: Sí, señor, en un saltico. (Mutis foro).
Ramo: (Acercándose) Pero qué niña más zoqueta es Tomasita al darle la
noticia, por poco se me desmaya.
Espa: Eso son los nervios; báñela por la mañana.
Ramo: ¡Niño! Si esa es un pato pal agua, a la seis ya está en la pipa.
Hila: Y toma los cinco fluidos.
Espa: Y, ¿qué es eso?
Hila: Kola, quina, koka, nuez vómica y serpentaria.
Espa: ¡Ah! Eso dicen que es muy bueno.
Ramo: Ya lo creo, inmejorable.
Espa: Pues volviendo a nuestro asunto; yo creo que las calumnias, maes-
tro, es mejor despreciarlas.
Hila: Amigo, pero a veces no se puede. Mire: una de las causas que me
han hecho dar este paso con usté, han sido las calumnias y murmu-
raciones que escuché en ese botiquín de la esquina el sábado en la
noche referente a Tomasita y usté.
Espa: ¿A nosotros?
Ramo: Sí, señor, y no se crea que esta es la primera vez; esa cuerdita que
se reúne en el botiquín de la esquina tiene incendiado el vecindario.
Espa: Pero, bueno, ¿qué decían?
Hila: Jesucristo, una pila de disparates.
Espa: Pero ¿a usté se lo contaron o fue que usté lo escucho?
Hila: Me lo contaron; lo oí. (Pausa) Supóngase usté que el sábado venía
yo de entregá casa de Boccardo, por aí… a las nueve y media, y al
pasar por ese botiquín de la esquina, (cosa rara en mí) me entran

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EL ROMPIMIENTO

ganas de comé dulce; entro y pido un papeloncito, y cuando me lo


estoy comiendo, oigo que en el reservado aquel, que está atrás de la
armadura, nombraban a Tomasita y a usté; paro la oreja, y escucho
que decían un bojote de cosas feas: que si el año pasao en las misas de
aguinaldo, que si ustedes iban solos al cinematógrafo del circo, que
si usté era un sinvergüenza porque comía siempre aquí, que Ramona
y Tomasita le lavaban y planchaban, que yo lo calzaba a usté; y por aí
un mar de horrores.
Espa: Pero no serían amigos míos los que me descuartizaban así.
Hila: Cómo no, amigos suyos, los mismos que se reúnen con usté ahí
todas las noches.
Espa: Caramba, se me hace duro.
Ramo: ¿Y usté está creyendo en amigos, Esparragosa? La amistá verda-
dera es ilusión; ella cambia, se aleja y desaparece con los giros que da
la situación.
Espa: Es verdá, doña Ramona.
Hila: No, no, no; no vengas aquí con canciones que estamos hablando
en serio.
Ramo: Pero si es verdad, el que nada atesora nada vale.
Hilario: Y ¿vas a seguí?
Ramo: (Yendo hacia el foro) Guá y ese hombre no viene ¿habrá cogido
para otra parte?
Espa: Bueno, y usté ¿qué hizo, maestro?
Hila: Yo, venime pa’ mi casa, porque yo me conozco mi carácter, y si yo
entro al reservado, espaturro a cuatro, a cinco con la mochila de las
hormas.
Espa: Entonces más vale así.
Ramo: Aquí viene el hombre ya.
Brau: (Entregando la botella a Ramona) Aquí está, señora Ramona; me
dilaté porque no me quería dar mi ñapa.
Ramo: Bueno, dígale a Tomasa que me traiga acá los vasos, y usté friegue
aquellos platos.
Brau: Sí, señor, en un saltico. (Mutis izquierda).
Espa: ¿Como que tiene sirviente, doña Ramona?

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SAINETES VENEZOLANOS

Ramo: Sí, tengo desde ayer a ese hombre que se presentó por ahí
pidiendo servicio.
Espa: Jumm, tenga mucho cuidado.
Hila: Ya se lo dije yo a ella.
Ramo: No, si yo lo conozco mucho, era marchante de aquí cuando ven-
día majarete; además, ese hombre es tonto; supóngase que se fue de la
casa donde estaba, porque como lo vieron así… medio azoquetado,
lo iban a poner a cargar a un niñito.
Espa: No embrome, doña Ramona; entonces no es tonto el hombre.
Ramo: Sí, niño, como lo oye.

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EL ROMPIMIENTO

Escena XII

Toma: (Entrando con cuatro vasos limpios) Aquí están los vasos, tía.
Espa: Bueno, tomemos pues. (Sirviendo en los vasos, alza el suyo y se dirige a
Hilario) Por la felicidad de su familia…
Hila: (Interrumpiendo) Y de la suya.
Espa: (Gracias) A la cual voy pronto a pertenecer, y particularmente por
Tomasita, para quien deseo todo género de venturas.
Ramo: (Después de una pausa) Contesta, Hilario.
Hila: Me extraña, tú sabes que yo no soy hombre de eso, que a mí no me
gusta contestarle a nadie, y además yo tomo siempre en silencio; de
casualidad se escucha el garganteo.
Ramo: (Levantando su vaso) Porque a todos nos acompañe el ángel de la
felicidad. (Todos beben).
Hila: Bueno, Tomasita: yo creo que estás en cuenta de que entre seis
meses te casas.
Toma: Sí, tío, me lo ha dicho tía Ramona.
Hila: Yo creo que desde ahora te debes ir acomodando. El paso que vas
a dar es un paso serio, no hay que tomarlo como lo toman algunos,
como un paso de comedia o un pasodoble.
Ramo: Sí, señor, a ser una buena esposa, a querer mucho a sus hijos.
Toma: (Avergonzada) Tía, por Dios.
Ramo: Jesús, niña, qué tonta eres, si eso es lo más natural.
Espa: Ya lo creo.
Ramo: (A Esparragosa) Y a usté también se lo digo: a ser un marido
bueno; a querer mucho a Tomasa, a considerarla mucho porque ella
es muy delicada.
Espa: Lo que es conmigo, vieja, eso está de más; porque usté sabe que
yo a la mujer la respeto, y más aún la venero; Eva para mí es lo más
grande que tiene la antigüedad.
Hila: Ya lo creo, y Adán lo mismo, y hasta más, porque Adán fue como
el tronco de donde salió la humanidad.
Espa: Caramba, maestro, eso es bueno, merece que lo repitamos.
Hila: Eso lo hace usté.

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SAINETES VENEZOLANOS

Espa: Con gusto. (Llenando los vasos).


Toma: Yo no quiero, me da dolor de cabeza.
Ramo: A mí me sirve muy poco.
Hila: A mí me lo echa completo.
Ramo: (A Tomasa) Hilario la va a empatar.
Toma: Eso estoy yo presintiendo.
Espa: Bueno, maestro, que se enfría.
Ramo: Hilario, no tomes mucho, que el licor es mal amigo.
Hila: (Después de beber) Tú dices eso, Monchita, porque tú no tienes
penas.
Toma: Y, ¿usté tiene penas, tío? Primera vez que lo oigo decir eso.
Hila: ¡Ay!, mijita, muy grandes y muy hondas.
Ramo: No seas embustero, Hilario, si hay algún hombre feliz, ese eres tú.
Hila: ¿Feliz yo? Ahí está el error, que lo que soy es reservado, que sufro
callado de la boca porque no me gusta pregonar a los cuatro vientos
mis dolores.
Espa: Quién sabe, misia Ramona, puede que tenga sus penas.
Ramo: Penas Hilario, ¿de qué?
Espa: Alguna herida de amor.
Ramo: ¿Amores en esa edad? Esos amores tardíos son ridículos.
Espa: Ridículos, pero existen.
Ramo: Y si fue en su juventud, no tuvo una novia nunca.
Hila: ¿Tú, qué sabes? (Se queda pensativo).
Toma: Eso es, tía, usté qué sabe.
Ramo: Cómo no voy a saber, si este ha sido toda la vida lo mismo: un
hombre seco y muy tonto.
Toma: Hay tontos que se enamoran.
Ramo: Pero este no ha sido de esos.
Brau: (Desde la puerta) Señora Ramona, ya aquello está espalillao: venga
pa’ que vea.
Ramo: Bueno, espérame allá fuera.
Brau: Sí, señor, en un saltico. (Mutis izquierda).
Ramo: Bueno, amigo Esparragosa, me retiro a mis quehaceres.
Espa: Tómese el último trago.
Ramo: No, porque me da la jaqueca. (A Tomasa) ¿Te quedas, niña?

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EL ROMPIMIENTO

Toma: Sí, tía, dentro de un momento voy…


Ramo: (A Esparragosa) No me le dé más al hombre (Mutis izquierda).
Espa: No tenga cuidado, vieja.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena XIII

Toma: Tío, por Dios, no piense tanto.


Espa: Déjalo que piense, chica, que sus razones tendrá: quien sabe qué ha
recordado.
Hila: ¡Ay!, amigo Esparragosa, usté sí que me comprende, son recuerdos
del pasado que vienen a la mente en estos momentos de expansión.
Espa: Peguémonos otro trago que el ron ahuyenta las penas. (Sirven y
beben).
Toma: No seas malo, Esparragosa.
Espa: Y esos recuerdos, maestro, de seguro son de amor.
Hila: De amor, y de muchas cosas.
Toma: Guá, míralo, nunca había oído a mi tío hablar de esa manera.
Hila: Esparragosa: yo lo quiero a usté mucho; y lo quiero porque usté es
un hombre bueno, y se va a casá con mi sobrina entre seis meses, y
por eso usté también es sobrino mío.
Espa: Cómo no, y a mucha honra.
Hila: Honra no, porque yo no soy doctor, general, ni sacerdote; pero sí
soy un hombre que conozco mi oficio, y que gano doce reales muy
completos.
Toma: Jesús, tío, por Dios, no se ponga impertinente.
Hila: Esparragosa: yo no he querido en la vida más que a una mujer y a
un hombre: la mujer me traicionó, era una mujer muy ruin, y se fue
con un cochero, (Sollozando) y el hombre… el hombre fue el que me
crió desde ocho días de nacido.
Espa: ¿Y a usté lo crio un hombre?
Hila: Es decir, me recogió; porque yo quedé huérfano de ocho días y con
mocezuelo.
Espa: Ja, ja, ja, no me haga reír, maestro.
Hila: De ahí en fuera, yo no he querido a más nadie, descontando a mi
familia por supuesto.
Espa: Ya lo creo.
Toma: (Disgustada) Me retiro, Esparragosa.
Espa: No, hombre, por qué te vas, tenemos que hablar muy largo.

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EL ROMPIMIENTO

Hila: Largo y ancho, como quieran, el que se ausenta soy yo.


Toma: (A Esparragosa) Es que cuando tío las coge lloronas, se pone muy
fastidioso.
Espa: Mira, aquello que te dije, no va a poder ser esta noche, luego habla-
remos.
Hila: (Aparte) Yo no los dejo aquí solos. Esparragosa, acompáñame a mi
cuarto.
Espa: Como no, maestro, con gusto.
Hila: (Pasándole el brazo a Esparragosa) Esparragosa, yo lo quiero a
usté bastante, esa acción que usté ha hecho hoy, es una deuda que yo
tengo con usté.
Espa: No, hombre, maestro por Dios, yo soy el que le debe a usté mucho.
Hila: A mí, dos remontas, pero yo no se las cobro porque sería una inde-
cencia.
Espa: Bueno, maestro, muchas gracias.
Hila: Tomasa, dile a Ramona que me haga café cerrero y que me mande
un limón. (Mutis, los dos derecha).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena XIV

Toma: (Viéndolos irse) (Con tristeza) Qué le parece, el respeto de una casa
pidiendo café cerrero; demasiado es que Esparragosa no ha abusado
conmigo, y así como mi tío hay muchos, que se quieren imponer en
sus casas no sé con qué autoridad. (Tocan a la puerta de la calle).
Brau: (Saliendo) Señor.
Toma: Vaya a ver quién es.
Brau: Sí, señor, en un saltico.
Toma: Este hombre debe haber sido volatín, todo lo hace en un saltico.
¿Quién será? Con seguridad que es Marcelina que viene a buscar los
moldes, por un tris presencia la gran película.
Brau: (Saliendo) Es una mujer que pregunta por la señora Ramona.
Toma: ¿Una mujer? ¿Será una señora?
Brau: Señora no me parece, porque viene de andaluza.
Toma: Bueno, avísele a mi tía, y dígale que dice tío, que le haga un café
cerrero y que le mande un limón.
Brau: Sí, señor, en un saltico. (Mutis izquierda).
Toma: Yo voy a estar al cuidado, no vayan Esparragosa y mi tío a come-
ter una imprudencia. (Mutis derecha. Desde adentro) Adelante; pase y
siéntese, que ya le va a atendé.

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EL ROMPIMIENTO

Escena XV

Catalina, señora como de cuarenta y cinco años, un poco arruinada; lleva


andaluza y carriel muy usado: entra y se sienta escudriñando
todo con la mirada.

Cata: Guá y tienen una sala muy arregladita, como que no están tan
arruinadas como me han dicho: ¡ah! Gente pa’ hablá mijito; en lo
demás que dicen de ellas sí creo que tengan razón, porque esta gente
(Refiriéndose a las de la casa) nunca ha sido muy bendita.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena XVI

Ramo: (Saliendo izquierda) Buenos días.


Cata: Buenos días (Levantándose) ¿Cómo que no me conoces?
Ramo: (Pausa) No recuerdo.
Cata: Niña, no te acuerdas ya de Catalina Mijares.
Ramo: (Abrazándola) ¡Catalina! Cómo no, niña; que iba a conocerte si
estás muy acabada. (Se sientan).
Cata: Mijita, los sufrimientos.
Ramo: ¡Ay! Por Dios de eso no me hables.
Cata: Pero a ti te encuentro yo lo mismo.
Ramo: Qué va, si yo estoy muy flaca.
Cata: (Pausa) ¡Cuántos años sin vernos, ah!
Ramo: Como doce.
Cata: Qué va niña, mucho más; estaban empezando a hacer la Casa
Madre, yo me acuerdo que ibas tú con Tomasita, chiquita, por la
mañana a pasear, vivían ustedes entonces en San Enrique y nosotras
al voltear.
Ramo: Sí, es verdá, hace ya bastante tiempo.
Cata: ¿Y Tomasita e Hilario?
Ramo: Están bien, Tomasita si la ves no la conoces, está hecha una mujer.
Cata: ¿De veras? Me lo supongo.
Ramo: Y tú, ¿dónde te la has pasado todo este tiempo?
Cata: Jesús mijita, danzando, unas veces en Caracas y otras en los alre-
dedores; hemos vivido en todas partes: en Sarría, en El Recreo, en
Caracas, en El Rincón, en El Valle, hasta en Los Lechosos, que fue
donde nos fue mejor. Ahora estamos aquí mismo en Pueblo Nuevo.
Ramo: ¿Y cómo supiste la casa?
Cata: Guá, niña, preguntando: suponte que ayer estuvieron las Urquisa
en casa, y hablando de amigas viejas, saliste tú en danza; les pregunté
si te conocían, si vivías todavía en la parroquia San José, me dijeron
que sí, me dieron las señas de tu casa y aquí me tienes.
Ramo: ¿Las Urquisa? (Recordando) Ah, sí, ellas hace tiempo que no vie-
nen por aquí.

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EL ROMPIMIENTO

Cata: Pobrecitas, esa gente está muy mal, yo creo que ni comen, niña.
Ramo: ¡Válgame Dios! ¿Y el hermano?
Cata: Jesucristo, hecho un perdido, el licor y las mujeres lo han deci-
dido.
Ramo: Pero él era muy formal y muy trabajador.
Cata: Sí, cómo no, era chofer, pero desde que estropeó el perro del
ministro, se anuló; y como era un perro grande.
Ramo: Ya lo creo, pobre gente. Bueno y a ti ¿qué te trae por aquí? porque
esto ha sido un milagro.
Cata: Pues, mijita, verte a ti y a los tuyos lo primero, y lo demás una sim-
pleza, se trata de una limosna.
Ramo: ¿Una limosna? ¿Para quién?
Cata: Para mí. Es una misa, niña, que he prometido a Nuestra Señora
del Perpetuo Socorro y que se va a decir el viernes en San José y cuyo
importe he ofrecido recogerlo entre mis amistades.
Ramo: Y esa misa, mijita, ¿es de salud o de qué?
Cata: ¡Ay! Mijita, esa misa es por una necesidad muy grande que hay en
casa y que está a punto de remediarse.
Ramo: Bueno, niña, cómo no.
Cata: Gracias, mijita, no sabes cuánto te lo agradezco.
Ramo: Hombre, por Dios, no digas eso.
Cata: (Pausa) Me vas a regalar un poquito de agua, Ramona, porque
tengo una sed grande.
Ramo: Sí, hombre, cómo no: (Llamando) Braulio, Braulio.
Brau: (Saliendo) Señor.
Ramo: Traiga un poco de agua.
Brau: ¿Del bernegal o de la pipa?
Ramo: Del bernegal, no sea bruto.
Brau: Como dice un poco de agua.
Ramo: No señor, un vaso de agua, vaya ligero.
Brau: Sí, señor, en un saltico.
Cata: Desde que salí de casa esta mañana, me he tomado más de ocho
vasos de agua, y es el ajetreo, niña, tanto caminar pa’ arriba y pa’
abajo, y no es nada sino que salí sin desayuno; no lo creerás pero no
tengo en mi estómago sino una tacita de café y una arepita.

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SAINETES VENEZOLANOS

Ramo: Niña, y ¿por qué sales así?


Cata: Ah, porque yo quería dejar arreglado hoy eso de la misa, y ya está,
no me falta sino hablar con el padre, pero voy a esperar un rato por-
que seguro que ahora está desayunándose.
Ramo: Pero despójate, niña, y así reposas un rato.
Cata: (Quitándose la andaluza) De veras, que hace un calor; y de un
momento a otro tiembla, porque el cerro y que se la ha pasao ron-
cando todas las noches.
Brau: (Saliendo con un vaso de agua) Aquí está el agua: tómesela asen-
taíta. (Pausa) Y va a tené que comprá una piedra de destilá, señora
Ramona; porque aquí en Caracas en cuanto llueve no se puede beber
agua; lo que viene por esos tubos es tierra; abre usté, y sale ese chorro
de pantano, cará.
Ramo: Sí, hombre, la compraremos: vea si aquella agua está hirviendo y
cuéleme aquel café.
Brau: Sí, señor, en un saltico. (Mutis izquierda).
Cata: Bueno, y ¿dónde está Tomasita? Llámala, que quiero verla.
Ramo: (Levantándose y llamando por la derecha) Tomasita, Tomasita.
Toma: (Dentro) Ya voy, tía.
Ramo: Ven acá, niña, un momento. Está atendiendo a Hilario.
Cata: Y ¿está enfermo?
Ramo: Enfermo, no… quebrantado; (Indicándole que ha bebido) él los
lunes se quebranta.
Cata: No vengas, niña, con eso.
Ramo: ¡Ay! Esa es mi cruz, Catalina.
Toma: (Saliendo) ¿Qué es, tía?

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EL ROMPIMIENTO

Escena XVII

Ramo: (Aparte a Tomasa) ¿Cómo están?


Toma: (A Ramona) Dormidos están los dos.
Ramo: Mira, que aquí está una amiga que te quiere conocer.
Cata: Niña, si es un mujerón.
Toma: (Dándole la mano) Tomasa Mota, una servidora.
Cata: Catalina Mijares, amiga vieja de ustedes; en Pueblo Nuevo nos
tiene.
Toma: ¿Sí?
Ramo: Sí, niña, ella te vio a ti chiquita.
Cata: (Contemplando a Tomasa) Dios mío, cómo pasa el tiempo. ¿De
seguro tendrá novio?
Ramo: Tiene y no tiene mijita, porque es muy sin fundamento.
Cata: Así están hoy todos los hombres, pero hay que tenerles calma y
llevarlos con paciencia que entren por el aro.
Toma: Ja, ja, ja, sí, es verdad.
Cata: Ella se ríe, esa como que es su táctica.
Toma: Guá, ya lo creo.
Cata: Yo sé mucho de eso, mijita, no ve que en casa tenemos un caso
igual.
Ramo: ¿Sí?
Cata: Sí, niña; la hermana mía Pilar.
Ramo: Pero, y ¿ella no enviudó?
Cata: Pues por eso, quiere volverse a casar; mucho más que quedó con
tres muchachos.
Toma: Y que además le fue [bien] en su primer matrimonio.
Cata: Bien no le fue, regular, pero así somos nosotras.
Ramo: Sí, es verdad.
Cata: Y ¿eso de Tomasita es viejo, o amores que empiezan?
Ramo: No, niña, más de dos años.
Cata: ¿De dos años? Pues ya es tiempo.
Ramo: Precisamente, hoy lo llamó al orden Hilario, y le pidió que fijara
un plazo.

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SAINETES VENEZOLANOS

Cata: Y, ¿lo fijó?


Ramo: Sí, dijo que dentro de seis meses se casaba.
Cata: Muy bien hecho, así es que se hace.
Brau: (Entrando con una taza de café) Aquí está el café, señora Ramona,
no tiene ni pizca de dulce.
Ramo: Así es que se necesita, pero yo no se lo mandé a traer para acá.
Brau: (Con risa de idiota) Bueno, pero yo lo traje, no ve que yo sé pa’ lo
que es.
Ramo: Llévaselo tú, Tomasa, y usté, vigílame aquello.
Brau: Sí, señor, en un saltico. (Mutis izquierda).
Toma: Con permiso. (Mutis derecha).
Cata: Sí, mijita, que le asiente.

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EL ROMPIMIENTO

Escena XVIII

Ramo: De manera que ¿Pilar vuelve a casarse?


Cata: Dios mediante, creo que sí, porque no anda jugando. Es un mozo
muy bueno, pero nunca decía nada.
Ramo: Y tú, ¿le hiciste hablar?
Cata: Ya lo creo: le dije que ya era tiempo, que llevaba año y medio de
amores y que por lo mismo que Pilar era una mujer ya viuda, pues se
prestaba más a las murmuraciones.
Ramo: Así es.
Cata: Me dijo que dentro de poco se casaba, que a más tardaría seis
meses, que ya él todo lo tenía, cama, sillas, escaparate y hasta objetos
de cocina.
Ramo: Y ¿es constante?
Cata: Muy constante: los martes, jueves y sábados, que son los días
señalados para su visita, no ha faltado nunca.
Ramo: ¿Tres veces a la semana?
Cata: Sí, y el domingo en la tarde, que ese lo ha cogido él por su cuenta.
Ramo: Ese es el mejor sistema, ese gorro es una lidia; así es el de aquí,
miércoles, viernes y domingo, porque el lunes es de Hilario; sin
embargo, él a veces se hace el tonto y se lo coge también.
Cata: Si es que están reabusadotes y hay que pelarles el ojo, porque si
una se descuida…
Ramo: ¿Y tiene algo? (Refiriéndose a dinero).
Cata: No, niña; es un hombre pobre, creo que no tiene ni oficio, eso sí,
muy buscador: suponte que en año y medio de amores no le ha hecho
a Pilar ni un regalo que merezca la pena; lo único que le lleva todos
los domingos en la tarde, son tres dulces de a medio y un real de cla-
veles.
Ramo: Pobrecito.
Cata: Eso sí, muy amoroso y muy lleno de ilusiones, por eso creo que se
case; y ya que se llegó el caso te lo voy a decir: esta es la necesidad tan
grande que hay en la casa y por la cual he ofrecido la misa a la vir-
gen del Socorro, porque se case Pilar, mijita, porque ya las calumnias

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SAINETES VENEZOLANOS

y murmuraciones han llegado a un extremo que no es posible. ¡Ay,


Ramona, si yo te contara a ti los horrores que nos han acumulado
con los dichosos amores de Pilar!
Ramo: Me lo supongo, mijita.
Cata: Suponte que han llegado a decir que Pilar… (Le habla al oído).
Ramo: (Con asombro) ¡Jesucristo!
Cata: (Llorando) Dime tú, Ramona, decir eso de nosotras, que habremos
tenido de todo, pero hemos sido muy honradas; lo que es la familia
Mijares, mijita, muy pobres pero muy digna.
Ramo: Pues, hija, aquí nos hallamos en un caso parecido: el novio de
Tomasita lleva dos años y medio mangüareando y la gente hablando;
pero ahora sí creo yo que las cosas tomen otro rumbo primeramente
Dios, ya Hilario le habló bien claro, le dijo que, o se casaba cuanto
antes o se retiraba.
Cata: (Llorosa) Ninguna necesidad tenía Pilar de eso, niña: una mujer
con tres hijos que desde que murió el marido ha vivido de su trabajo,
pero eso se lo debemos al cinematógrafo del circo.
Ramo: Mijita, no me hables de eso, que de ahí salió el de Tomasa tam-
bién.
Cata: Pues, mijita, que se avispe, porque esos novios de cine son terri-
bles.
Ramo: Juum, y si son del circo más.
Cata: ¡Ay! Mijita, que ese circo ha dao qué hacer ¿por qué no lo cerra-
rán?
Ramo: Qué va, si van a hacer otro. (Viendo a Tomasa que sale) ¿Se tomó el
café?

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EL ROMPIMIENTO

Escena XIX

Toma: No lo quiso, yo se lo dejé en la mesa.


Ramo: Y ¿cómo está?
Toma: Jesús, vuelto mantequilla.
Cata: Qué cosa esa de Hilario, ¿tú no le has hecho remedio?
Ramo: Jesús, hija, a ese le he hecho cuanto hay.
Cata: Dale huevos de lechuza.
Ramo: Se lo ’e dado, mijita, fritos, duros, en tortilla; eso no tiene reme-
dio, si él mismo lo dice: que él dejará de beber el día que lo lleven a
enterrar, y que si acaso es en tarima, todavía tiene esperanza.
Cata: Qué desgracia: eso mismo decía el marido de Pilar.
Toma: ¿Bebía mucho?
Cata: Ya lo creo, no veía el sol, y el aguardiente lo mató; murió de cirro-
sis hepática, una enfermedad que dicen que pone el hígado como
una parapara.
Ramo: Pobrecito: y el novio que tiene ahora ¿no toma?
Cata: Yo no lo he visto mareado, pero tomará sus copas porque eso está
generalizado, ya no hay quien no beba, niña. Lo que sí sé yo es que
es un poco enamorado; precisamente en esta cuadra, o en la otra, le
dijeron a Pilar que tenía unos amores.
Ramo: ¿En esta cuadra?
Cata: Sí, en esta, o en la otra; alguna pobre muchacha que estará per-
diendo el tiempo porque, mijita, está loco por Pilar.
Ramo: En ésta quizás no sea, porque por aquí son muy contadas las casas
donde se reciben visitas, no ve que hay pocas muchachas; creo que
son tres las casas ¿no Tomasita?
Toma: Creo que sí, e’ pa’ ve: (Acordándose) las Longa, las Margado, y aquí;
sí, tres son; y los novios Barroso, el turco y Esparragosa.
Cata: (Con extrañeza) ¿Esparragosa? ¿Qué Esparragosa?
Toma: Guá, Narciso Esparragosa, mi novio.
Cata: (Con asombro) ¿Narciso Esparragosa? No, niña, no puede ser.
Toma: ¿Que no puede ser? ¿Por qué?
Cata: Si Narciso Esparragosa es el novio de mi hermana.

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SAINETES VENEZOLANOS

Ramo: No, hija, ese será otro.


Cata: ¿Cómo otro? No, Narciso Esparragosa, de los Esparragosa del
sombrero, un mozo alto, no mal parecido.
Toma: Ay, tía, lo que sospecho.
Ramo: Pero será posible, Dios mío, ¡ese hombre será capaz!
Toma: Ya lo vamos a saber.
Cata: ¿Cómo?
Toma: (Fuera de sí) Llamándole.
Cata: Y ¿está aquí? (Con asombro).
Toma: Sí, pero déjenme sola con él, quiero verle la intención: usté y tía
ocúltense en ese cuarto. (Indicando a la izquierda).
Ramo: Pero, niña, si no se sabe si es él.
Toma: Sí, es él, me lo dice el corazón.
Cata: (Haciendo mutis izquierda) ¡Ay! Dios mío, qué golpe para Pilar.
Ramo: (Haciendo mutis izquierda) Señor, esto es fin de mundo.
Toma: Esparragosa, Esparragosa.
Espa: (Dentro) Voy, mijita.
Toma: Hágame el favor un momento. (Viniendo hacia la mesa) ¡Qué ban-
dido! (Se pasa la mano por la frente) ¡Ay! A mí me va a dar algo. (Se
sienta, apoya los codos en la mesa y llora con la cara entre las manos) Dios
mío, quiera usté un hombre para esto.

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EL ROMPIMIENTO

Escena XX

Espa: (Saliendo) ¿Qué hay? ¿Qué quieres, Tomasita?


Cata: (Aparte. Desde la puerta) Él es, Dios mío.
Espa: ¿Cómo que te duele la cabeza?
Toma: Sí.
Espa: Ese fue el poquito de ron.
Toma: (Levantando la cabeza con dignidad) Es probable.
Espa: (Reparando que ha llorado) ¿Qué tienes tú? ¿Por qué lloras?
Toma: (Disimulando) No, es el humo, que me metí en la cocina y el humo
me hizo llorar. Siéntese.
Espa: (Aparte. Sentándose) Jun, aquí hay gato enmochilado.
Toma: (Pausa. Mirándolo fijamente) Dígame una cosa: ¿desde cuándo no
va usté por Pueblo Nuevo?
Espa: (Disimulando) ¿Yo? ¿Hablas conmigo?
Toma: No sé con quién voy a hablar.
Espa: Pues, hablándote con franqueza, no sé ni dónde me queda; sé que
eso es por allá abajo; pero nunca voy por ahí.
Toma: ¿De veras?
Espa: Sí, con franqueza.
Toma: Sí, yo sé que usté es muy franco.
Espa: Hombre, contigo lo he sido.
Toma: Sí, cómo no. (Pausa) Y ahora dígame otra cosa: ¿qué le gustaría a
usté más para casarse: una soltera o una viuda?
Espa: (Escamado) Y ¿a qué viene esa pregunta?
Toma: No haga caso a lo que viene y conteste.
Espa: Pues… la viuda si está fondeada me agrada; pero si no, la soltera:
además esto no es más que un decir, porque tú debes estar conven-
cida de que para mí en el mundo no existe más sino tú.
Toma: (Con sorna) Cómo no, convencidísima.
Espa: No, no lo digas así, yo creo que te lo he probado.
Toma: Sí, cómo no, muchas veces: si yo estoy satisfecha. (Pausa) Y
dígame: ¿desde cuándo no ve usté a Pilar Mijares?

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SAINETES VENEZOLANOS

Espa: (Cínicamente) ¿Pilar Mijares? No conozco a esa señora.


Cata: (Aparte. Que ha estado oyendo) Esto no lo aguanto yo.
Toma: Esparragosa: no lo creí a usté tan cínico. (Llora abatida).
Espa: Cínico, ¿por qué, Tomasa?

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EL ROMPIMIENTO

Escena XXI

Cata: (Saliendo) Conque no conoce usté a Pilar, so bandido.


Espa: Se hundió Coro y parte de Paraguaná.
Ramo: (Saliendo) Qué bandido va a ser ese, los bandidos son personas
delante de este condenao.
Espa: (Aparte) Qué aguacero de improperios.
Ramo: Esparragosa: usté es bien sinvergüenza.
Espa: (Aparte) (Con audacia) Señora, no sé por qué se permiten ustedes
ese lenguaje conmigo.
Cata: (Amenazándole) Usté es un bicho, un cualquiera. Pero, ¿qué pre-
tendía usté?, desgraciado, enamorando a mi hermana y a esta niña:
¿se iba a casar con las dos?
Espa: Hombre, a mí me gustaría, pero sé que no me dejan.
Ramo: (Fuera de sí) Usté se burla, caray, porque somos tres mujeres (Yén-
dosele a las barbas) grosero, fresco, atrevido, mal hombre, barriga
verde. (En ese momento aparece Braulio en el dintel de la puerta).
Cata: Mírenle el arte, canalla. (Se sienta) Ay, cuando Pilar lo sepa.
Espa: Pero un momento, señoras.
Toma: Ya basta, tía, ya basta; deja a ese hombre que se vaya, eso no es
más que un andrajo; usté no es hombre, usté es cosa.
Espa: Qué cosas tiene esta niña.
Ramo: Salga ahora mismo de aquí, desocúpeme mi casa, o llamo a Hila-
rio pa’ que lo eche a empujones para la calle: Hilario, Hilario. (Lla-
mando).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena XXII

Hila: (Saliendo) ¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí?


Ramo: Que este bandido engañaba a Tomasita.
Hila: Pero, cómo la engañaba.
Ramo: Con una hermana de la pobre Catalina, a quien había dado pala-
bra como aquí de matrimonio.
Hila: (A Esparragosa) Es posible, Esparragosa: ¿conque asando dos cone-
jos?
Brau: (Acercándose) Dos conejos no, son tres, ahora lo estoy conociendo;
ese es el novio de mi hermana.
Hila: ¿De tu hermana? ¿Quién es esa?
Brau: Una que está de sirvienta en la esquina de las Peláez.
Espa: Deslices, maestro, deslices.
Toma: Qué le parece, Dios mío.
Cata: Qué canalla.
Ramo: Sinvergüenza.
Hila: Conque deslices, pues deslícese ahora mismo pa’ la calle.
Espa: Pero, escúcheme, maestro.
Hila: No me diga una palabra.
Espa: (A Catalina) Yo pensé romper aquí y después casarme allá.
Hila: Conque romper, so canalla, apártese de mi vista, usté no tiene
familia, malaya sea hasta su estampa.
Espa: (Desde el foro) Bien, maestro, muchas gracias. (Aparte) Te salvaste,
Esparragosa. (Mutis foro).
Hila: Qué hombrecito tan terrible, si me horroriza pensar que echamos
un sueño juntos; pero él no tiene la culpa; las culpables de todo esto
son ustedes.
Ramo: ¿Nosotras?, la culpa es tuya, por tu maldito aguardiente que no
hay respeto en la casa.
Hila: También te cabe derecho; no bebo más: pero ustedes háganme la
caridad de no volver al maldito cinematógrafo.

Telón

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Discurso de orden
Monólogo de Rafael Guinand

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SAINETES VENEZOLANOS

Orador: Estimables damas de este pénsil chucupitatense, honorables


caballeros de esta curta población y demás parroquias foráneas y
extemporáneas, el hecho de que ustedes me aigan descogido para
llevar la palabra en este acto curtural, alto exponente del desarrollo
alcanzado por la Sociedad Manufacturera de Bodegueros y demás
Comestibles, hacen que la emoción me embarace y con los ojos
embriagados de lágrimas, suplico a las musas que se me adentren
y hagan salir por mi boca palabras dignas de tan alta y prominente
concurrencia. Dicen que en toda familia hay un gallo pelón, y aun-
que yo soy el único miembro de mi familia, quiero aprovechar esta
oportunidad para demostrarles que los errores de la juventud son
descusables cuando se hayan disculpados por la ignorancia que pro-
duce en los niños menores, los pocos años de la edad infantil de los
muchachos. Sí, señores, y no hay demostración más evidente de lo
que he dicho, que el hecho de que no hay muchacho que no juegue
papagayo con puntilla, que no le amuele el clavo al trompo, y que
no haga trampa jugando quema. Pero bueno, yo no he venido aquí a
hablar de cosas tristes, y trataré más bien de darles algunos consejos
nacidos de mi larga práctica detrás de un mostrador, por el que he
despachado desde conservas de La Cojita hasta Brandy Courvoisier,
y desde chicharrones frescos hasta Agua Florida. He aquí algunos
datos útiles: ¿Que cómo se rinden los carbones? Echándoles piedra.
¿Que cómo se rinde el peso? Pegándole un pellejo por debajo de los
platillos. ¿Que cómo se rinde el aguardiente? Echándole agua. Sí,
caballeros y caballeras… digo, damas.
Pero yo no he venido aquí… no quiero pasar por alto, mejor dicho, la
parte más importante de nuestra misión en la tierra, que es la brega
de las maritornas y cocineras, o de las sirvientas de adentro y de
afuera, o de cualquier miembro del serso débil que pase por nuestro
radio de acción. Una de las obras de misericordia es enseñar al que
no sabe, entonces, ¿cómo negar nuestros profundos conocimien-
tos amorosos a esas inocentes damas que acuden a solicitarlos, aun
cuando no lo parezca?

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DISCURSO DE ORDEN

(Las damas del público interrumpen al orador airadamente)

¡Silencio! ¡Silencio! ¡¡Que se callen, animales!! Cállense la boca carrizo,


cómo me interrumpen ustedes caray, la parte más importante de mi
peroración científica, no comprenden ustedes que han roto el hilo
invisible de la inspiración sagrada, que nace en el momento propicio
en que las ideas espontáneas se condensan en la masa encefálica del
animal más inteligente de la creación, llamado en latín humus, que
significa polvo eres y polvo tragarás, y que las ideas se van cuando no
son interpretadas a tiempo.

Pero, ultimadamente, pues, ya que ustedes por lo visto no quieren aten-


der a mi adusta palabra, no continuaré mi peroración científica
caray, porque yo no estoy acostumbrado a hablar frente a públicos
incurtos e ignorantes. ¡¡¡¡Acúñenle maestros cañoneros inconscien-
tes¡¡¡¡

(Suena música cañonera)

Telón

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Inauguración de
un monumento
Monólogo de Rafael Guinand

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SAINETES VENEZOLANOS

Presentador: Ahora, damas y caballeros, antes de descorrer el velo al


monumento que hoy vamos a inaugurar, oiremos la palabra de don
Crepuncio Tiburcio, que nos dará a conocer los orígenes de este
suceso que marca época en los anales científicos.
Crepuncio Tiburcio: (Carraspea antes de comenzar a hablar) Ciuda-
dano jefe civil, honorable cura párroco, señor farmaceuta, damas
y señoritas, caballeros y otros señores, muchedumbre. La influen-
cia de los rayos polares en las antípodas, producen conmociones
cerebrales que analizadas detenidamente demuestran, que…
que… (Tose) la concentración musical, no, qué digo, muscular del
hombre, es decir, de cualquiera de los sexos, al adoptar ciertas posi-
ciones sísmicas, producen fosforescencias radiales y ocasionales
que viajan en proporción inversa a la parábola del círculo o tan-
gente de la industria de la Remolacha. (Aplausos) Gracias, muchas
gracias, muchachos, gracias; así dijo Shakespeare en la Cortá del
Guayabo. Ahora bien, nos hemos amalgamado, sí, amalgamado,
esa es la palabra; nos hemos amalgamado en este sitio para honrar
la memoria de uno de los hijos más terstitóreos de esta población,
digno de figurar al lado de Sherlock Holmes, Buffalo Bill, Tom
Mix, Lohengrin, D’Annunzio, Sancho Panza, los Hermanos Nibe-
lungos y Leo. (Aplausos) Muchas gracias, viejitos, muchas gracias.
¿De quién se trata?, me diréis. Yo mismo no lo sé, pero desde que la
figura de un bípedo se esculpe en guaratara veteada, es porque es
un personón, viejito, ah sí; y ya que escultores de la talla de Villa-
espesa y Tito Schipa han inclinado la mandarria para cincelar la
piedra bruta, si señor, muy bruta, esto sin ofender a los presentes,
las imágenes de Tosca, Aída, Chateau, Margot y La Dama de las
Camelias, es una concordancia apolínea y semiolíptica producida
por la efervescencia mía, en la rapsodia desbordante del progreso
interplanetario. (Aplausos) Gratitud, señores, gratitud, ahora que
las blancas manos de las trigueñas hijas de este pueblo van a colo-
car en la base que sostiene la fotoestereotipia del susodicho y emi-
nente benefactor de la humanidad, el ramillete de flores silvestres,

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INAUGURACIÓN DE UN MONUMENTO

recogidas en los jardines de nuestra fértil campiña, donde destacan


los ñaragatos, cundiamores, la espadilla, el heliotropo, el llantén,
el algarrobo y la flor de la batatilla. (Aplausos) Bueno, muchachos,
antes de terminar les diré a ustedes que aquí se trata de glorificar,
sí, de glorificar al vagabundo, al sinvergüenza, sí, al sinvergüenza
que se comió el primer aguacate ¡¡¡He dicho!!!
(Aplausos y vivas)

Telón

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Eduvigis y el Compadre Sainete de Rafael Guinand

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SAINETES VENEZOLANOS

Eduvigis: ¡Pare, pare, pare! ¿Qué? Vaya usted a la porra, que se monte su
agüela, condenao, negro ‘el diablo, malaya sea hasta su estampa, per-
mita Dios y la Encarnación Divina que contra el cují se desmorgalle
el perol ese. Pues, señor, eso no es con la motolita; no se ponga una
a montase donde ellos quieran, yo me monto donde me da la gana,
pa’ eso pago lo mío. No me avergüencen... yo, paren, paren... y ellos,
pa’ lante, como si estuviera hablando con mis patas, y pa’ completá,
voltea pa’ case mí, ve y él riéndose, y dice, móntese usted en el pote;
tu madrina es la que se va a montá en el pote, condenao. Yo no sé,
mijita, de qué vamos a vivir los pobres aquí en Caracas, porque esto
se está poniendo bien delgadito. Por otra parte, las cosas buenas que
habían en Caracas, esas se acabaron; porque donde no se disgusta el
rico en la casa porque la carne está flaca, se disgusta la señora, por-
que las remolachas están secatas.

(Aparece Eduvigis)

Compadre: Qué veo, ¿como que es mi comaíta Eduvigis?


Eduvigis: La misma. ¿Qué hay compadre?
Compadre: Caramba, feliz encuentro, y por allá cómo están. ¿To’ esa
gente ‘ta buena?
Eduvigis: Alentada. La más enferma soy yo, y ya ve usted toy pará.
Compadre: ¿Y usted qué tiene ahora?
Eduvigis: Esa puntá ciática que no me deja...
Compadre: Ayayayy, ese es el hígado, comadre.
Eduvigis: No, hombre, qué hígado ‘e mis tormentos.
Compadre: Sí, hombre, cómo no, mire, casi todas las cocineras mueren
del hígado.
Eduvigis: Y pa’ completá me dejo el mardito tranvía y quién sabe si voy
a tené que pegame ese jalón hasta San José.
Compadre: Caramba, comadre, como que se lo va a tené que pegá, por
que ese que pasó como que es el último. Así que vamos a tené que
sentanos, comadre.

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EDUVIGIS Y EL COMPADRE

Eduvigis: ¿Y dónde, compadre?


Compadre: Aquí...
Eduvigis: ¿En la acera?
Compadre: Ya lo creo.
Eduvigis: ¿Pero, y cómo?
Compadre: ¿Cómo? Así. Carapacho, esto sí que pesa. ¿Qué lleva usted
aquí, comadre?
Eduvigis: Como siempre, lo que sobra.
Compadre: Será lo que sobra aquí, pero es lo que falta allá.
Eduvigis: Compadre, usted sabe mucho.
Compadre: Voy a ve, con su permiso.
Eduvigis: Compadre, no sea curioso.
Compadre: Comadre, qué fino es esto: dos chuletas, ¿son de cochino o
de marrano?
Eduvigis: De lechón...
Compadre: Es lo mismo. ¿Y estos riñones?
Eduvigis: Salteaos.
Compadre: Pero aquí los veo seguidos. ¿Y este trozote de asado? ¿Qué
carne es esta tan fina?
Eduvigis: Es de muchacho.
Compadre: Comadre, que rolo ‘e muchacho más apetitoso. Bueno, sién-
tese, comadre; no tenga miedo, la calle está solitaria. Pero, comadre,
este diario está suculento.
Eduvigis: Le diré, según como estén las cosas, pero alcanza.
Compadre: Ah... vamos, serán muy pocas personas.
Eduvigis: Ah muy poquitas, diez na’ más con la sirvienta de adentro.
Compadre: Comadrita, diez personas, no harán más que almorzá.
Eduvigis: Compadre, desayuno, almuerzo y cena.
Compadre: Hum, eso será un simulacro.
Eduvigis: Pues, compadre, en ninguna casa en que he estado última-
mente hacían ese mismo simulacro; la masa no está pa’ bollo.
Compadre: Y eso que hay cosas baratas.
Eduvigis: Qué va, compadre, por Dios, si to’ está por las nubes.
Compadre: Los granos están bajando.
Eduvigis: Mire, compadre, usted no sabe de eso.

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SAINETES VENEZOLANOS

Compadre: ¿Le parece a usté? Mire, comadre, yo he cocinao más que


una olla; me he visto con más manteca que algunos empleados
públicos. Usted no sabe, comadre, las longanizas que han pasado por
estas manos y el lomo que han tasajeao. Mire, yo en materia ‘e sopa le
preparo a usted... desde el minestrón hasta la sopa juliana, sin contá
el sancocho, que por su mérito como hombre de bien se ha hecho
sagrado, yo le guiso a usted cuanto hay, yo le abizcocho una lengua,
yo le cubro a usted los sesos, también se los pongo al aire; en cuestión
de guisos, lo conozco todo, desde los boquerones fritos en aceite,
hasta las negras fritas en manteca y con quesos que les tiro en troci-
tos. Usted no me ha visto a mí con un sartén en la mano, ni bregando
con un huevo en un tenedor. Yo soy cocinero a bordo, lo mismo le
cocino con leña que con carbón, a mí no hay quien me dé lo vuelto...
Eduvigis: Bueno, bueno, ya lo sé, compadre, pero hablemos de otra cosa,
¿cómo está Paulina?
Compadre: Mire, comadre, si usted no quiere entibiá esta amistad que
nos une, no me nombre esa mujé.
Eduvigis: Compadre, no diga eso, si ella es muy buena, ¿qué mal le
puede haber hecho?
Compadre: ¿Qué mal?... ¡Darme seis hijos en cinco años! ¿Quiere más,
como está la situación?...
Eduvigis: No, compadre, no se aflija, usted sabe que ca’ muchacho que
nace trae su arepa bajo el brazo.
Compadre: Hum, esos serán otros, comadre, lo que son los míos no
traen ni una hallaquita.
Eduvigis: Ja, ja, ja, no me haga reí, compadre.
Compadre: Ay, comadre, si fueran veinte años atrás, en vez de encontrar
a Paulina, la encuentro a usted... hago mi juego; hubiéramos trillado
juntos el escabroso sendero de la vida.
Eduvigis: Bueno... Bueno... ¿De qué vive ahora, compadre?
Compadre: De lo que viven muchos aquí en Caracas, de no hacé na’.
Eduvigis: ¿Y se siente bien así?
Compadre: ¡Aaaah! cómo no, inmejorable, Caracas es una gran cosa,
no salgo de ella aunque me echen.

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EDUVIGIS Y EL COMPADRE

Eduvigis: ¿Una gran cosa Caracas? pa’ usted será, lo que es pa’ mí nada
decente.
Compadre: Porque usted tendrá vergüenza.
Eduvigis: Ya lo creo, ¿y usted no?
Compadre: Yo tenía, pero yo ya me dejé de eso, eso era una zoquetá,
aquí en Caracas, hay que hacer su fechoría pa’ que se recuerden de
uno, pa’ que lo tomen en cuenta; aquí el que hace una mala se hace
acreedor a un premio, pasa de chivo a chivato.
Eduvigis: Dígame algunas de las casas en que he estao, y donde ha visto
tan malos ejemplos. En casa de las Morgalleta se robaban las galli-
nas, robaban al panadero y si alguno reclamaba, siempre le echaban
el muerto a la sirvienta de adentro.
Compadre: Muy bien hecho, así es que se hace pa’ no quedá al descu-
bierto.
Eduvigis: ¡Ay!, compadre, si yo echara todo lo que llevo aquí dentro...
Compadre: Échelo pa’ ve, comadre, que yo le guardo el secreto.
Eduvigis: Ahorita es muy tarde, compadre, en otra ocasión veremos.
Acompáñeme hasta mi casa, si es que no hay impedimento.
Compadre: Por mi parte no hay ninguno... ¿y si me salen los perros?
Eduvigis: Ah... ya caigo, compadre... No se preocupe, que eso se acabó
hace tiempo.
Compadre: Usté ‘ta mamando gallo, usted no está hablando en serio.
Eduvigis: En serio le estoy hablando.
Compadre: ¿Y eso, por qué fue, comadre?
Eduvigis: Porque se llegó el momento, y yo en materia de cariño he sido
muy exigente: pa’ mí, el hombre que prepare una ensalada, que aun-
que sea la más sabrosa, si está falla de pimienta por ejemplo, o falla de
sal, de aceite o de vinagre, yo, mijito..., ni la pruebo.
Compadre: Bueno... ¿y un hombre pa’ que va a necesita eso?
Eduvigis: Guá... la sal porque sazona, porque es la gracia del cuerpo,
el vinagre porque es ácido, y como ácido estimula, el apetito se
entiende; y el aceite porque es grasa y afloja to’ lo que toca…
Compadre: Pues, comadre, yo saco la que tenga alguna, hasta el vina-
gre también; así, cuando me molesto, que salga hasta la cebolla, y su

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SAINETES VENEZOLANOS

ajito, por supuesto; pero aceite, ¡¡¡ja!!! Comadrita...., lo que es grasa,


toy fregao, toy lo mismo que la leche condensada, desgrasao.
Eduvigis: Pues aquel muere por una ensaladita que a mí nunca me ha
gustao.
Compadre: Diga pa’ sabé, comadre..., ¿de qué era esa ensaladita?
Eduvigis: Pues compadre, de vainita.
Compadre: Hay comadre, ya lo sé, a mí tampoco me gusta.
Eduvigis: Tampoco le gusta a usted. Compadre, nuestros gustos son los
mismos.
Compadre: No se lo dije al principio, échele pa’ lante, comadre, que lo
que yo con usted... no digo hasta San José, voy hasta la casa madre.
Eduvigis: Jesuuuu... eso está muy arriba.
Compadre: No se preocupe por eso. Comadre, la cosa esa, lo demás es
de usted.
Eduvigis: Usted contento, compadre, eso sí que es sacrificio; se parece
usted un patriota.
Compadre: Un patriota no... un patricio.
Eduvigis: Bueno, pa’ casa Reinaldo...
Compadre: Tú por delante, Eduvigis, ¿qué es esto? ¡Virgen María! San
Lucas Evangelista. No te pares en ninguno. Epa socio... mucha vista.
Esto es hecho, desahuciada... pero mucha vigilancia porque la mujer
es frágil y el mundo en el vaivén, lo que estoy haciendo ahora... me lo
hacen a mí también.

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Discurso del dotol Nigüín Monólogo de Rafael Guinand

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SAINETES VENEZOLANOS

Voces de la muchedumbre: ¡Que hable! ¡Que hable el dotol Nigüín!


Nigüín: Señores, la midicina es una gran confabulación nervática que
no puede vituperarse por el simple achatamiento de las ideas. El
cuelpo del hombre es numismático, y la midicina nos prueba que
sería una quirupéltica duodal pretender que el hombre fuera un
mozambique.
Muchedumbre: ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Así se habla!
Nigüín: Los honorables cólegas aquí presentes se oponen a que el car-
domomo de mis ideas llegue hasta ustedes, realizando de este modo
una vacuidad anodina que indudablemente tiene que producir un
chinchonal.
Muchedumbre: Bueno, bueno, ¡así se habla!
Nigüín: No es con monosílabos escuálidos con lo que se alcanza la
maceración senil, no, señores. Es con pernambúquicos azares y con
masteletes palúrdicos con los que la midicina puede alcanzar un
grado pantagruélico y formólico.
Muchedumbre: ¡Bueno, bueno! ¡Así se habla Nigüín!
Nigüín: Si nos remontamos a la edad panálgica encontramos inme-
diatamente el enchorizamiento de las ideas. ¿Y por qué? Porque el
patagrismo huye cuando se centralizan las orquídeas en las orifla-
mas celestes.
Muchedumbre: Bueno, bueno. ¡Así se habla! ¡Adelante!
Nigüín: La ciencia médica, señores, nace gerúndica; los bolondrones del
pecado la narvatizan. Pero ahí está el hombre, cerecere angular de
todos los tiempos, para sacarla a flote con su fragmatismo cerebral,
su obturismo moderno y su caducidad tetánica.
Una voz femenina: ¡¡¡Acuña, Nigüín, acuña!!!
Nigüín: ¡¡Toy acuñando, mijita, toy acuñando!! Y la saca, señores, sí. Y
la saca de su oscurantismo hidráulico para hacerla brillar amórfica,
etiópica y dinámica en la serenidad pasmosa del cenobismo renal.
Otra voz femenina: ¡¡¡¡Métele, métele Nigüín, métele!!!!
Nigüín: ¡¡Le toy metiendo, mijita, le toy metiendo!! ¿Cómo, pue, permi-
tir que se mascullen los atavismos balúndricos, caray? ¡¡¡No, no y mil

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DISCURSO DEL DOTOL NIGÜÍN

veces no!!! Debemos paniaguarnos sobre las cabañuelas del pasado;


influir en las cavilaciones tiroideas; no dejar que el narvatismo
mesentérico se adueñe del chupanismo científico, porque eso sería
descender a las profundidades caóticas de un carburismol sensual.
Así, pues, señores, unámonos todos en este desrengamiento cletó-
nico, pacuchemos las grandes chamaguinas del pasado; no permi-
tamos el barrigonismo científico, alcémonos como un solo hombre
contra las pejigueras cunénicas; demos la espalda a las traumatiza-
ciones del dolor, y así, de tumbo en tumbo, pero con paso firme y
político, habremos llevado la ciencia a una altura berrúgica, y todos
ganaremos porque con nuestro conocimientos pleuróticos habre-
mos espantado para siempre el chapapote de las violencias y el sorro-
cloco de la enfermedades.
Una voz masculina: ¡¡Así se habla, caray!!
Nigüín: Y para terminar, señores, yo calculo…
Otra mujer: Nigüín, Nigüín, y ¿qué me dices de ese cálculo que acaba
de echar don Críspulo?
Nigüín: Ved, señores, antes de calcular viene un cálculo en mi poyo.
Este cálculo biliario extraído de un paciente.
Voz de un médico: ¡¡¡Falso, colega, falso!!!
Nigüín: No, señores, es auténtico, ¡¡caray!! Esto los convencerá, de que
la midicina es puro cálculo, más o menos aproximado, porque las
quirupérticas del tiempo y los caparazones de la distancia se resisten
a creer que pueda haber exactitud macaliéndrica mientras los gurru-
parchos del organismo alberguen obstáculos de esa naturaleza. He
dicho.

(Aplausos eufóricos)

Telón

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Un campeón de peso bruto
Apropósito disparatado en dos actos, el segundo dividido en dos cuadros,
original de Rafael Guinand. Caracas, julio de 1930

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SAINETES VENEZOLANOS

Acto primero

La escena representa un restaurante decente. Dos puertas a la derecha, dos


a la izquierda y una al foro; la primera derecha y la primera
izquierda con cerraduras, las otras dos pueden tener cortinas.
Cuatro mesas con manteles y sillas. La sala alumbrada por
bombillas eléctricas. En la pared del foro un gran cartel que
diga: “Boxeo Cumbre: Chichón vs. Rabopelado. Dos prelimi-
nares. Una semifinal”. Al levantarse el telón, Fernández está
tomando la sopa. Ezequiel de pie junto a la mesa. Son las siete
de la noche.

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Escena I

Fernández y Ezequiel.

Fer: ¿De qué es esta sopa, Ezequiel?


Eze: De rabo, señor Fernández. ¿No le gusta?
Fer: No, al contrario. La encuentro muy agradable.
Eze: ¿Le damos el segundo toque?
Fer: No, dame otra cosa.
Eze: ¿Qué cosa será esa?
Fer: ¿Qué te queda por ahí?
Eze: (Tomando la carta de otra mesa) Pues me queda… (leyendo) Guisao
de carne con papas, revoltillo de chorizos, berenjena musulmana y...
Fer: ¿Qué berenjena es esa?
Eze: Ese es un plato oriental. Lo inventó Kemal Pachá.
Fer: ¡Ah! ¿Ese lo inventó Kemal? ¡Caray! ¡Qué mal debe saber eso!
¡Bueno! Sigue, ¿no hay más nada?
Eze: ¡Cómo no!, si me quedan los tres platos principales: riñón en petipuá,
albóndigas de lapa y lengua a la francesa. ¿Le pongo los riñones?
Fer: No, riñón no, dame la lengua.
Eze: En un brinco. (Gritando hacia dentro) ¡Una lengua con su correspon-
diente lechuga!
Fer: Dime una cosa Ezequiel...
Eze: Y dos también, señor Fernández.
Fer: ¿Molinita como que no viene por aquí ahora?
Eze: ¿Qué Molinita?
Fer: Ricardito Molina, aquel muchacho que andaba mucho conmigo.
Eze: ¡Ah, sí!, ya yo sé quién es. Sí viene, pero muy de tarde en tarde. Él se
ha retirao de aquí.
Fer: Y, ¿por qué?
Eze: Guá, porque me montó un mono de cincuenta y dos mil bolívares y
un día, porque le cobré, se calentó y no volvió.
Fer: ¿Y cuánto tiempo hace de eso?

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SAINETES VENEZOLANOS

Eze: Hará como... unos tres meses; no, pero después de eso, él ha vuelto
por aquí; muy rara vez, pero ha vuelto.
Fer: ¿Y te ha abonado?
Eze: ¡Qué va! Siempre que viene me da un caldito de sustancia, y yo me
lo tomo, pero el día menos pensao me va a cojé atravesao y le va a caé
esta mandarria en la cabeza, pa’ que se acuerde de lo que debe.
Voz: (Dentro) La lengua.
Eze: Anjá, allá voy. (Mutis segunda izquierda, volviendo enseguida) Mire,
señor Fernández, qué lengua más provocativa. Está pidiendo un
mordisco.
Fer: Sí, tiene buen aspecto.
Eze: No, y lo bien condimentada. Tengo ahora un cocinero maracucho,
señor Fernández, que vale lo que pesa.
Fer: Bueno, pero volviendo a Molinita, ¿desde cuándo no lo ves?
Eze: Guá, hace tres días estuvo aquí con dos mujeres, y comieron en
aquella mesa.
Fer: ¿Y pagó?
Eze: ¿Él? ¡Qué va!, pagaron ellas.
Fer: ¡Caray con Molinita!, ¡siempre el mismo!
Eze: Ahora me dijeron a mí ique estaba de fuelle de un boxeador.
Fer: ¿Cómo de fuelle?
Eze: Bueno, de esos que le soplan a los boxeadores cuando no pue’ res-
pirá.
Fer: ¡Caramba! Quién sabe si Molinita no irá a venir.
Eze: ¿Y usted lo citó aquí?
Fer: Sí, hombre, convinimos en encontrarnos aquí esta noche, justa-
mente para hablarle de un asunto de boxeo.
Eze: ¿Va a subí al ring Molinita?
Fer: No, qué va. Es un encuentro que tengo organizado para mañana
con un boxeador formidable, mister Chichón, una especie de Primo
Carnera, pero esta es la hora en que no tengo el contendor.
Eze: ¿Y eso por qué?
Fer: Porque el púgil que se iba a medir con Chichón, a última hora ha
cogido miedo y se ha enfermado. Le ha dado una especie de cólera
morbo asiático que han tenido que llevarlo al hospital. Ahora rato

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

pregunté por teléfono cómo seguía y me dijeron que malo; que ano-
che se había dado veintisiete levantadas y que hoy todo el día se la
ha pasado delirando, viendo chichones por todas partes y diciendo:
“chichón a mí, basirruque”.
Eze: ¡Qué sinvergüenza!
Fer: Dame café.
Eze: ¿Con leche o solo?
Fer: Con leche.
Eze: ¡Un con leche! Bueno, ¿y qué piensa hacer, señor Fernández?
Fer: ¿Yo?, buscarle un contendor a Chichón, porque lo que es esa entrada
no la pierdo. Suponte que está vendido todo el circo.
Eze: ¿Y para eso es que busca usted a Molinita?
Fer: Ya lo creo. Molinita es el único que puede encontrar ese contendor.
Y si no lo encuentra, lo fabrica.
Eze: ¿Y se la tragará el público, señor Fernández?
Fer: Ya lo creo que se la traga. Además, nadie conoce a Rabopelao, que
así se apoda el sinvergüenza que está en el hospital, y así lo rezan los
carteles: “Chichón vs. Rabopelao. Cualquiera que suba a ring con
Chichón es Rabopelao.
Voz: El café.
Eze: (Trayendo el café) Caray, el apuro es gordo, señor Fernández.
Fer: ¡Que si es gordo!... Pero yo tengo fe en Molinita. (Saca unos papeles
del bolsillo y se pone a hacer cuentas).
Voz: Don Ezequiel, lo llama el maestro Epaminondas.
Eze: Allá voy. Con permiso, señor Fernández. (Mutis segunda a izquierda).
Fer: Hasta ahora, Ezequiel.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena II

Fernández , Baldomera y Palomo.

Bal: (Por el foro con maleta, mirando a todas partes) Aquí es, pero no lo veo.
Buenas noches.
Fer: (Sin verla) Buenas noches.
Bal: Dígame: ¿este es el restaurante de Ezequiel Gallardo, no?
Fer: (Mirándola fijamente) Ezequiel se llama el dueño; pero yo no sé si es
Gallardo.
Bal: ¿Aquí es donde suele venir un tal Molinita?
Fer: ¿Molinita?
Bal: Sí, Ricardo Molina.
Fer: Creo que sí. Justamente yo lo estoy esperando.
Bal: Entonces no hay que darle vuelta, aquí es. (Yendo al foro) Entra
Palomo. (Palomo aparece en el foro y mira a todas partes. Tipo serio y
mal encarado. Lleva un garrote grueso) Entra y siéntate aquí. (Señalando
la mesa de la derecha. Palomo entra pausadamente y se sienta) ¿Qué vas
a tomar?
Pal: Ponche crema.
Bal: Me agradaría que tomaras algo más enérgico.
Pal: (Clavándole la vista) Ponche crema.
Bal: (Palmoteando) ¡A ver!... ¿No hay quien atienda aquí?
Fer: Tenga la bondad de esperar un momento, señora, que a Ezequiel lo
ha llamado Epaminondas.
Bal: ¿Y quién es Epaminondas?
Fer: El cocinero.
Bal: ¡Ah! ¿Se llama Epaminondas?
Fer: Creo que sí.
Bal: Ese es maracucho.
Fer: ¿Y usted busca a Molinita por algún negocio?
Bal: Sí... para... un negocio.
Fer: ¿Negocio religioso, seguramente? Porque como él también se ocupa
de cantar en las iglesias...

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224

UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Bal: Sí, justamente. Yo lo busco para que cante.


Fer: Ojalá venga, el pobre, para que consiga algo, porque me han dicho
que está muy mal.
Bal: En lo que yo voy a proponer, consigue; ahora, que como el asunto es
religioso, lo que va a conseguir son algunos cardenales. (Se dirige a la
mesa de Palomo y se sienta).
Fer: (Aparte) Estos traen mala intención con Molinita y me van a estro-
pear lo mío. Si yo pudiera evitarlo… Señora, tenga la bondad.
Bal: (Levantándose y yendo a la mesa de Fernández) ¿Qué se le ofrece?
Fer: ¿Usted tiene algún asunto pendiente con Molinita?
Bal: ¡Ya lo creo! Un asunto más pendiente que la bajá de Bolero.
Fer: ¿Pero es un asunto de honor, o simplemente monetario?
Bal: Las dos cosas.
Fer: ¿Cómo es eso?
Bal: Ese bandido perjudicó no hace mucho a mi hermana Carmelita.
Pal: (Levantándose y volviéndose a sentar) A nuestra hermana.
Fer: ¡Ah! ¿El señor es hermano suyo?
Bal: Sí, señor.
Pal: (Levantándose) Melquíades Galarraga, alias Palomo Serradero a San
Juan, diecisiete. (Se sienta).
Fer: Muchas gracias.
Bal: Pues como le iba diciendo; perjudicó a Carmelita, que es una mujer
ya vieja, a los quince días de amores, abandonándola a los tres meses.
Pal: (Levantándose y volviéndose a sentar) Tres meses y nueve días.
Bal: Hace ocho, desapareció de la casa, después de haberla puesto en
ridículo.
Fer: ¿Cómo en ridículo?
Bal: Sí, porque le hizo salir a la calle con sandalia y media corta, le hizo
vestirse por la rodilla, le hizo cortarse el pelo a la garzón y le hizo...
le hizo un chichón en este ojo (Por el izquierdo) que es probable que lo
pierda.
Pal: Y si lo pierde, se goza; porque el ojo de mi hermana vale mucho.
Fer: ¿Y ustedes no se han quejado?

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SAINETES VENEZOLANOS

Bal: ¡Cómo no! Ese asunto estaba en manos del jefe civil, pero esta
mañana nos ha dicho el secretario que necesitaba cincuenta bolíva-
res pa’ estampillas, como si uno fuera a poné un bulto postal.
Pal: Y además dos pares de fuertes, no sé pa’ que otras minucias.
Fer: Bueno, ¿y qué?
Pal: Hombre, que yo al oír lo de los pares lo dije ahí mismo que nones:
entonces se molestó y nos dijo que hiciéramos lo que nos diera la
gana; y por eso hemos venío esta noche aquí, dispuestos a hacernos
justicia por nuestra mano, suceda lo que suceda.
Bal: Eso en cuanto a lo moral, que en cuanto a lo material es cosa aparte.
Pal: Muy aparte.
Fer: ¿Pero hay más?
Bal: ¡Jesucristo! Yo, como podrá usted verlo por la maleta que porto,
soy vendedora por cuotas. (Abriendo la maleta) Mire usted: aquí llevo
polvos, extractos, medias, pañuelos, ligas, sostenes, lociones, panta-
letas, cinturones, alisadores, piojina y, en fin, todo lo que pidan lo
doy mediante una cuota adelantada.
Fer: Sí, ya comprendo.
Bal: Pues bien, el tal Molinita, valiéndose del medio parentesco que nos
unía, me hizo un mono, que ríase usted del orangután, el chimpancé
y el gorila.
Fer: ¡Es posible!
Pal: No lo conoce usted bien.
Bal: Aquí debo tener su cuenta. (Saca una libreta y lee) “Maulas”, aquí
debe estar... “González, Pérez, Rodríguez, Candelaria la isleña, el
chofer, el policía, Ramón el parigüelero, el Silencio, Aguacate, Laza-
rinos, María Millares, Carmen al Puente”. (A Palomo) Hombre, y
esta María Millares dijo que pagaba hoy; hay que cobrarle.
Pal: ¿En dónde dices que vive?
Bal: (Leyendo) Carmen al puente.
Pal: Esa déjamela a mí.
Bal: “Ricardo Molina”, aquí está: (Leyendo) “Día 8, media docena de
pantaloncillos de hilo, tres corbatas y un litro de agua de colonia de
don Juan María Fariña”, (Leyendo) “Día 11, una bata de baño, un par
de pantuflas y un juego de ollas de aluminio”.

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Fer: ¡Caramba!
Bal: No, si ahora es que viene lo gordo. Fíjese: “Día 19, dos cortes de casi-
mir, seis franelas de seda y un borsalino. Día 17, diez bolsas de agua
caliente, un impermeable y una faja abdominal”.
Pal: Ese día se lo dedicó al caucho, el sinvergüenza.
Bal: “Día 31, seis carrieles, efectivo quince bolívares”. ¿Qué le parece?
Fer: Bueno, pero, ¿y qué hacía Molinita con todo eso?
Pal: ¿Que qué hacía? Venderlo y disponer de los reales.
Bal: Yo, pensando que el muy zángano quería trabajar, lo ayudaba de ese
modo, y cuando le pedía cuenta, me decía que todo estaba fiado pa’ el
día último, y como todo fue en un mes, me trabajó.
Pal: Yo se lo vivía diciendo a esta: “no te confíes, Baldomera, te estás
metiendo muy hondo, ese tercio te está mamandito el gallo”; por-
que a cada paso le decía a esta: “doña Baldomera, no se asuste, caray,
que aquí estoy yo. Duerma tranquila, que el día último usted coge su
mascá”. ¡Su mascá!... ¡A él me lo voy a mascá yo como no le pague a
esta!
Fer: ¡Quién sabe! Puede que pague sin que sea necesario acudir a la vio-
lencia. Molinita es buscador y de un momento a otro puede conse-
guir dinero y satisfacer la deuda.
Bal: Yo me conformaría con recuperar esos corotos.
Fer: También sería una solución, pero lo veo muy difícil.
Pal: Pues lo que me debe a mí, o lo paga o lo devuelve.
Fer: ¿Y con usted tiene una deuda aparte?
Pal: Casi, casi, porque eso de las bolsas de agua caliente es cosa mía.
Fer: ¿Cómo cosa suya?
Pal: Cosa mía, sí señor; porque yo salí responsable en el almacén de dro-
gas donde las pidió, y estoy resuelto a no perderlas. Así es que, o paga,
o me da las bolsas.
Bal: Ayer me dijeron que andaba buscando un sastre que le hiciera los
dos cortes.
Pal: Que no se moleste mucho, que esos se los hago yo en cuanto lo vea.
Fer: Pues mire, yo creo que eso puede tener una solución pacífica y
amistosa.
Pal: Por mi parte no hay más que una. El dinero o los corotos.

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SAINETES VENEZOLANOS

Fer: Quién sabe, quién sabe... Yo soy muy amigo de Molinita y quiero
ser un buen mediador en este asunto. Vamos a pasar a un reservado
y allí trataremos con más calma la cuestión. (Llamando) ¡Ezequiel!
¡Ezequiel!... Todo tiene remedio en este mundo, doña Baldomera.
Bal: Menos la calvicie y los callos.

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Escena III

Dichos, y Ezequiel , ¿por dónde se fue?

Eze: (Con candil) Dispénseme señor Fernández, pero es que al cocinero


le dan unos ataques de paludismo tremendos; y ahora estaba pre-
parando una cabeza de cochino para hornearla, ya tenía el horno
caliente, pero en el momento de meter la cabeza le entró el frío y cayó
como una bola.
Fer: ¡Pobrecito!
Eze: Y es claro, he tenido yo que entendérmelas con la cabeza.
Fer: Oye, quisiera pasar a un reservado, donde poder tratar un asunto
con los señores.
Eze: (Señalando la primera izquierda) Aquí mismo, señor Fernández, ahí
no los molesta nadie.
Fer: Bueno, entremos, mándanos un botellón y tres vasos.
Pal: Dos no más.
Fer: ¿Por qué? ¿No toma usted nada?
Pal: Cerveza no, porque embucha. Me trae una menta doble.
Bal: ¿Menta?
Pal: Sí, menta, menta. Necesito prepararme por si tengo que mentar
algo.
Eze: En un brinco. (Mutis segunda izquierda).
Fer: Bueno, entremos. (Mutis los tres por primera izquierda).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena IV

Don Cándido, luego Ezequiel.

Don C: (Por el foro. Tipo viejo. Pasa de los cincuenta. Flaco y arruinado. Des-
pués de mirar a todas partes, se sienta en la mesa de la derecha) Sí, esta
es la mejor solución: desaparecer, borrarme del mundo de los vivos,
o como dice el vulgo: “panquear”, más aún, cargar “el magüey”.
¿Qué es la vida?... Un temperamento corto; pues lo temperamentos
cuando no asientan, cuanto más cortos mejor. Ocho días hace hoy
precisamente que mis labios no reciben la caricia de una sopa, que
mis muelas no trituran un bisté; en fin, que por mi güergüero no
pasa una papa. Ocho días en que he vivido como el azulejo: cam-
bur por la mañana, cambur por la tarde y cambur por la noche. Hoy,
por ejemplo, no ha caído en mi estómago más que un topocho, que
por cierto no ha sido bien recibido por mi víscera estomacal, por-
que todo el día he estado sintiendo el topocho que me sube y que me
baja. ¿Para qué vivir así? He buscado la muerte de todos modos; pero
ahora que me empeño en solicitarla no aparece por ninguna parte.
La semana pasada insulté a un boxeador para que me matara de un
puñetazo, lo apostrofé duramente, y cuando yo esperaba un corto
al estómago o un recto a la mandíbula, lo que hizo fue abrazarme
y decirme que me fuera a dormir porque yo estaba rascado. Luego
insulté a un chofer sin motivo y me mandó a meter en el carro: me
metí pensando que me llevaría a El Calvario para degollarme allí;
pero nada, me llevó a un restaurante y mandó que me sirvieran un
almuerzo bien gurdiño porque dijo que yo lo que tenía era hambre.
Me he lanzado adrede en las bocacalles de más tráfico, pero nada.
Los tranvías detienen su marcha para dejarme pasar, las motocicle-
tas me consideran y los autobuses me tratan con un respeto que casi
es veneración. ¡Ah!, pero hoy he salido a la calle esperanzado; me
han dicho que la policía va a envenenar esta noche y tengo la firme
resolución de colocarme en un sitio oscuro y ladrar dos o tres veces,
a ver si un guardia me hace la caridad de darme la morcilla. Sí, por

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

morir estoy dispuesto a todo. ¿Qué hay ya para mí en la vida? ¡Nada!


¿Qué hay más allá? ¡Nada! ¿Qué hay arriba?... ¡Nada! ¿Qué hay abajo?
¡Nada!
Ric: Palomo, yo soy un hombre.
Pal: ¿Un hombre?... Pues, entiéndete como hombre. (Dándole una trom-
pada en la cara y llevándose la mano a la cintura para sacar un cuchillo.
Ricardo se abraza a él, ambos luchan y caen al suelo tumbando mesas y
sillas).
Ric: ¡Auxilio! ¡Socorro!... ¡Que me matan! (A las voces de Ricardo acuden
todos).
Bal: (Levantando una silla para golpear a Ricardo) ¡Dale duro a ese ban-
dido!
Fer: (Sujetando el brazo armado) ¡Qué es eso! ¿Qué va usted a hacer?
Aur: (Con gran desesperación) ¡Quítenselo, que lo mata! […]: ¡Ay, dios
mío! Un policía... (Yendo al foro grita) ¡Policía!... ¡Policía!...
Car: ¡Asesino!
Alf: No lo mates.
Eze: (Enfrentándose a Palomo) ¿Qué hubo? ¿Qué es lo que pasa?
Pal: (Amenazador, blandiendo el cuchillo) ¡Al que se acerque lo mato!
(Todos retroceden. Molinita continúa en el suelo sin conocimiento).
Don C: (Aparece. Al oír las últimas palabras de Palomo, dice) ¡Esta es la
mía! (Tira el… y la camarita al suelo y se va resuelto hacia Palomo. Con
gran entereza).
Todos: ¡¡¡Eh!!!
Don C: ¡Suelta esa arma miserable! (Palomo deja caer el cuchillo) Y tú,
“levántate y anda” (A Ricardo levantándole por el cuello).
Poli: (Entrando por el foro precipitadamente) ¿Qué hubo? ¿Qué pasa aquí?
Bal: Ese sinvergüenza... (Por Ricardo).
Don C: ¡Silencio! (al policía) Lleve a ese hombre de orden mía. (Seña-
lando a Palomo).
Poli: (Empujándolo) ¡Eche pa’ lante!
Bal: No lo empuje. (Mutis Palomo y policía).
Car: Lo menos sus treinta días se gana ese bandolero.

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SAINETES VENEZOLANOS

Bal: (Cogiendo la maleta desde el foro) ¿Treinta días?... Eso sería si no


tuviera yo influencia. Mi hermano en la policía es como la avena
quáquer: tres minutos.
Car: (Abrazando a don Cándido que se ha quedado atónito) ¡Bravo, don
Cándido, bravo!
Fer: (Aparte) ¡Este es el hombre que yo necesito! Don Cándido, usté es
mi hombre. Mañana sube usté al ring en el Metropolitano. Gane o
pierda cobrará dos mil bolívares, ¿acepta?
Don C: Convenido.
Fer: (Levantándole el brazo) Señores, he aquí Rabopelao, el contendor de
Chichón en la pelea de mañana.
Don C: (Levantando los brazos) ¡Señor! ¡Que Chichón me mate!

Telón rápido

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Acto segundo
Cuadro primero

Fachada y vestíbulo del Metropolitano. En la calle mucha gente que entra


aceleradamente al circo.

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Escena I

Carlos y Alfredo.

Alf: (Saliendo por la derecha) Me parece a mí que esta tarde va a ser una
bronca en el circo.
Car: (Saliendo del circo) ¿Qué hay Alfredo?
Alf: Nada, vale. ¿Cómo está eso?
Car: Hasta el tope. Y eso que todavía falta como una hora y ya la gente
no cabe. Yo salí a ver si veía a Fernández, que creo que me anda bus-
cando para que sirva de réferi esta tarde, porque Machado está en
Macuto.
Alf: Pero a esta hora Fernández estará allá adentro.
Car: No, porque me dijeron que había salido, a comprar unas flores,
creo que para tirárselas a Rabopelao.
Alf: A Rabopelao lo que le deben tirar es una gallina.
Car: ¡Pobrecito!
Alf: Bueno, chico, ¿cómo te explicas tú eso de don Cándido? Subir a un
ring un hombre que no boxea y además, un hombre viejo.
Car: Estará obstinado. Además, eso de que no boxea nadie lo puede ase-
gurar, porque quién sabe cuánto tiempo tiene ese hombre entrenán-
dose con el hambre, que es un contendor terrible.
Alf: ¿Y ese hombre no tendrá familia?
Car: Vale, no insulte al caído.
Alf: No, te lo pregunto en serio.
Car: ¡Qué sé yo!
Alf: La verdad es que salvó a Molinita anoche, porque si no interviene él
tan a tiempo, Galarraga se lo pega.
Car: ¡Quién sabe! Casi todos esos zonconetes son lo mismo. Mucha len-
gua, y a la hora de hacer la tortilla no tienen huevos.
Alf: ¿Lo habrán soltado?
Car: Es probable. Tú oíste lo que dijo la vieja Baldomera, que ella tenía
influencia, y que su hermano, cuando caía en la policía era como la
avena quáquer, que duraba tres minutos.

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SAINETES VENEZOLANOS

Alf: Sí, hombre, a mí me hizo mucha gracia.


Car: El que se portó como un desgraciado fue Molinita. En cuanto vio el
peligro cerca, se accidentó como Valbuena.
Alf: No, yo creo que se privó de verdad.
Car: Qué va, vale; usted no conoce a Molinita privándose. Mire, Moli-
nita le finge a usted una catalepsia mejor que cualquier faquir.
¿Recuerdas al faquir Raca?
Alf: Cómo no.
Car: Pues ese contrató a Molinita pa’ que se muriera en el Teatro Nacio-
nal, y Molinita se murió y estuvo muerto por más de veinticuatro
horas, por cien bolos.
Alf: ¿Y lo examinaron?
Car: ¡Cómo no!, y los médicos certificaron la defunción a tal punto que
hubo algunos que querían mandarle a decir una misa.
Alf: ¡Qué brutos! No, pero lo de anoche yo creo que no fue fingido, por-
que yo le toqué la nariz y la tenía como un posicle y el corazón con un
pumpuneo que parecía que estaba bailando joropo.
Car: Cuidadosamente, callejones, que allá viene.
Alf: Y enyuntao con su vejuca.
Car: ¡Ah, ya lo creo! A esa no la afloja ahora hasta que no le saque el
último churupo: mujer que cae en manos de Molinita, si tiene plata,
la limpia.
Alf: Entonces es una especie de jabón “Raxblú”.
Car: Más o menos.
Alf: ¿Y de dónde sacaría Molinita esa gallineta?
Car: Quién sabe. Fíjate en cómo camina.
Alf: Esa vieja no debe ser de Caracas.
Car: ¡Qué va! Las viejas de Caracas, casi todas son alegres. Además
esta mujer tiene un aspecto algo hombruno. Pa’ mí esta vieja es de
Machurucuto.
Alf: Sí, a esta vieja se le ve el interior a leguas. Anoche decía Paulita que
parecía un chinche. ¿De dónde sacaría Molinita ese chinche?
Car: Del interior.

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Escena II

Dichos, Ricardo y Auristela.

Ric: (Saliendo, lleva del brazo a Auristela) Hola, Carlos. ¿Qué hay,
Alfredo? (Auristela hace una reverencia ridícula).
Alf: ¿Qué hubo?
Car: Aquí, doctor, esperando que suene la hora pa’ ve qué se traen en el
bagaje Chichón y Rabopelao.
Ric: A eso no hay que darle vueltas. Esa pelea es de Chichón.
Alf: De Chichón no, de chichones.
Ric: Sin embargo, a mí me han dicho que don Cándido le hacía manda-
dos a Armando Best y le servía de manager. A lo mejor ese viejo sabe
más de boxeo de lo que uno se imagina.
Aur: Yo lo que lo veo es muy flaco.
Car: En eso no se fije, señora, hay flacos que dan duro y no se cansan.
Además, ese viejo es muy meneao y si no lo fuera, en lo que le metan
el primer corto se menea.
Ric: Lo creo. Se menea y se cae.
Alf: ¿Y lo habrán pesado?
Car: Yo creo que anoche mismo lo pesó Fernández y pesó veintitrés
kilos sin contar la camarita ni los zapatos.
Aur: ¡Veintitrés kilos nada más! Caramba es muy poquito, yo peso
sesenta y cinco.
Car: ¡Ah, ya lo creo! Es que usted es casi peso completo. En cambio el
doctor es mosca.
Aur: ¿Cómo mosca?
Ric: Valecito, le voy a suplicar que no me llame doctor porque estoy con-
vencido de que eso empava. Eso fue lo que me enmabitó anoche, que
si no soy tan meneao hasta pierdo la vida a manos de aquel desgra-
ciado.
Aur: ¡Ay, no, Ricardo, qué horror!
Alf: ¿Y en qué paró eso?

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SAINETES VENEZOLANOS

Ric: En nada, en que está preso y en que por más que la vieja esa cara ‘e
plato hable necedades, lo que es Palomo se pega sus tres meses de
policía. Yo también tengo amistades, valecito. Yo no soy perro sin
amo. Lo que es que yo nunca ando hablando pistoladas en los boti-
quines. Yo soy Ricardo Molina, hijo de Pantaleón Molina y nieto de
Juan Bernardo Molina, prócer de la Federación, pa’ que lo sepa.
Car: Sí, pero con eso y todo, don Cándido lo salvó a usted, vale. Si no es
por ese viejo, a estas horas estaría usted en el plano astral.
Ric: ¡Qué va, chico! Si cuando intervino en la cuestión ya yo le había
dado el cabezazo a Palomo.
Car: ¿El cabezazo?
Ric: Sí, el cabezazo.
Car: ¿En dónde?
Ric: En las narices.
Car: Caray, viejo, entonces yo estaba ciego, porque yo cuando salí lo vi a
usté en el suelo.
Ric: Ya lo creo. Buscando mi alfiler de corbata que se me había caído en
la refriega.
Alf: Pues yo, salvo mejor opinión, valecito, creo que usté tiene una
deuda de… Con don Cándido.
Ric: Qué va, chico.
Aur: Bueno, no discutas más, Ricardo; para mí te portaste como un
hombre y eso basta.
Ric: Gracias, mijita.
Car: (A Alfredo) Caray, y Fernández no aparece vale, yo tengo ganas de
volvernos a ir pa’ dentro. Tengo a Paulita sola en un palco y en el de al
lado hay un viejo que hace tiempo la persigue con intenciones sinies-
tras. Ya le ha ofrecido esta tarde, por dos veces, chicle y pastillas de
limón, y si me descuido es capaz de darle hasta un posicle y a ella lo
frío no le asienta.
Ric: Oye, Carlos, ¿cómo estará la cuestión de la entrada? ¿Tú crees que
me dejarán pasar?
Car: Compadre, yo creo que no. Ahora rato fue a pasar el manager de
Chichón, uno que llaman “El Agachao”, y lo pararon.
Aur: Mejor es comprar, Ricardo. Así entramos con derecho.

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Ric: Bueno, dame acá pa’ comprar dos entradas.


Aur: (Abriendo el carriel y dándole un billete) Toma.
Ric: Bueno, hasta la vista pues. (Mutis hacia la taquilla).
Car: Si Dios quiere.
Alf: Adiós, Molina.
Car: (Contemplándolos por detrás) ¡Qué pareja, valecito! Hay que conve-
nir en que Molinita es de los que toman sulfato y se sonríen. Yo no
me embarco en ese hidroavión, ni de aquí a El Valle.
Alf: Lo cierto es que se encontró su manteca.
Car: Ya lo creo. ¡Y qué manteca! De esta fecha Ricardito se repone por-
que esa mujer lo cría. ¿Tú no entras?
Alf: Ahora vuelvo, voy aquí a Puerto Escondido.
Car: Guá... (Con intención) ¿Vu parlé francés?
Alf: Barajo, eso no es conmigo... (Mutis Carlos, foro. Alfredo izquierda).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena III

Baldomera y Palomo.

Por la derecha aparece Palomo y Baldomera. Vienen vestidos de día


domingo. Baldomera lleva sombrero muy ridículo. Palomo viste
de casimir, sombrero tirolés alón y bastón. Ambos llevan la ropa con
mucha ordinariez.

Bal: Anda ligero, Melquíades, mueve los pies, que vienes caminando
como un equilibrista.
Pal: (Saliendo) Un momento, Baldomera; tú sabes por lo que camino así
(Señalando los zapatos) Son treinta y ocho y mi pie es cuarenta y uno
anchito.
Bal: ¿Pa’ qué los compraste, pues?
Pal: Porque el que me los vendió me dijo que me servían.
Bal: Pero, ¿y no te los mediste?
Pal: ¡Ah, me los iba a medí sin media! Por eso a mí no me gusta comprá
zapato en chivera.
Bal: Bueno, entra y compra las entradas.
Pal: Mejor que las compres tú, porque si yo me meto en ese barullo ‘e
gente y algún condenao me pisa, se la gana.
Bal: Bueno, ¿qué compro?
Pal: Compra dos entrás a palco, porque yo en lo que me siento me quito
los zapatos.
Bal: Si te sientes mal, no entremos. Tú sabes que a mí el fulano boxeo ni
me hiede ni me huele; vengo más porque te vean que estás en la calle
y libre, pa’ que se convenzan todos de que la Baldomera Galarraga
tiene palancas muy buenas.
Pal: A quien yo quisiera echale la vista encima es al condenao viejo ese
que me hizo dormí en Las Monjas.
Bal: Pues yo con quien quisiera tropezarme es con el tal Ricardito pa’
decirle cuatro frescas aunque fuera en plena plaza Bolívar. Él de
seguro se figura que este asunto terminó, que me voy a conformá y él

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

se va a quedá con lo mío. Pues ‘ta muy equivocao, caray, porque estoy
resuelta a todo: o me paga o le quito los corotos.
Pal: Bueno, arrímate a la taquilla, pues, y a ver si compras ligero, que
estos sujetos me tienen viendo más estrellas que brillan.
Bal: Bueno, no te muevas de aquí. (Mutis foro).
Pal: Pa’ onde me voy a mové, ahí no puedo. Caray, parece mentira, al
estao que he llegao yo: a tener que vestirme y que calzarme en las
chiveras, es decir, a echame encima peroles que otro ya ha usao.
¡Cuándo si ahora hubiera juego iba yo a está como estoy! Bendita sea
la ruleta. La ruleta me puso a mí a viví como un pachá. Seis años
estuve empleao en el casino ‘e la Bolsa; no hacía nada, pero cogía mis
cuatro lajones diarios, aparte de otras cositas que caían de cuando
en cuando. Y ese Daniel; a Daniel le debo yo muchas horas de ale-
gría y de tristeza también. Me parece que estoy viendo esa mesota
redonda con una docena ‘e tercios de codos en la mesa y las manos
en la cara, y por detrás como cincuenta mirones, y ese Daniel en la
corná, (Haciendo como si jugara a los dados) pinto, topo, cinco y seis.
Caray, andaba yo como un clavo. Seis fluces de casimir, once pares
de zapatos, tres sombreros, pantaloncillos de hilo, franelas de pura
seda, medias finas, un pilón; corbatas, docena y media; cuellos,
como tres docenas; liga, elásticas, pañuelos y, sobre todo, un mujerío
detrás de mí, compadre, que pa’ podé hablá conmigo tenía que darles
audiencia. Y hoy, ya ve usted; vistiéndome de desecho y viviendo de
mi hermana Baldomera; nada, reducido a cero; hoy soy yo un cabeza
‘e níspero.
Bal: (Saliendo muy agitada) Anda, vámonos pa’ dentro.
Pal: ¿Qué es? ¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?
Bal: Nada, que ahí va entrando el sinvergüenza de Ricardo con su vieja.
Pal: ¿Qué vieja?
Bal: La vieja d’él.
Pal: ¿Y te dijo algo?
Bal: Me miró y apuró el paso y ella me torció los ojos.
Pal: Bueno, entremos. (Dirigiéndose a la entrada).
Bal: (Desde la puerta) ¡Ay!, Dios quiera que no se me pongan cerca, por-
que a él me voy a quitá el zapato y con el tacón le voy a dá por la ingle.

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SAINETES VENEZOLANOS

Pal: Cuidao como le das más abajo, porque es sucio.


Bal: Yo lo limpio. Y a ella, aunque sea en pleno circo, si se mete, la des-
nudo. (Mutis foro).

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242

UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Escena IV

Don Cándido.

Don C: (Saliendo por la derecha. Trae la cabeza cubierta con una boina y
haciendo desplantes como si boxeara, ya marcando el sitio de los golpes de
acuerdo con lo que dice) Corto. Recto a la mandíbula. Golpe al brazo.
Golpe al hígado. Al corazón. Al estómago. Martilleo a los riñones,
más abajo, golpe sucio. Juego de cuerdas. (Lo imita) Yo creo que con
estas lecciones que me ha dado Paloma Blanca podré aunque sea
defenderme de los golpes de Chichón, y si el señor tiene dispuesto
que bese la lona, besarla con dignidad. Ahora me pasa lo más raro,
y es que a medida que se acerca mi última hora me va entrando una
cosa que no sé si será miedo, pero es un friíto en el estómago, así
como si me estuvieran meciendo en un trapecio. Lo que es el dinero:
el pensar que voy a ser dueño de dos mil bolívares me está haciendo
amar la vida. Pero si no peleo, no los gano. (Pausa) ¿Y quién será ese
Chichón? ¿Y por qué voy yo a pelear con Chichón si a mí no me ha
hecho nada? Yo que soy un hombre más pacifista que Briand, que en
mi vida no recuerdo haber peleado sino dos veces, y por cierto que
por causas parecidas. La una fue a los catorce años con un condiscí-
pulo que me levantó una calumnia, diciendo que yo le registraba el
bolsillo de atrás al maestro; y la otra, hará dos años, con un alemán
de apellido Falkenjostun, el cual, estando una noche reunidos en
su casa, para entretenernos puso un juego en que todos llevábamos
nombres de animales y a mí me dijo: “Usté es puto”. (Se oyen gritos y
silbidos dentro del circo).
Voz: (Dentro) ¡Son las cuatro!
Don C: Caray, parece que hay bastante gente.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena V

Don Cándido, Fernández y voces dentro.

Fer: (Saliendo del circo precipitadamente) ¿Qué hay don Cándido? Son las
cuatro y lo estamos esperando.
Don C: ¿Las cuatro ya?
Fer: Pasaditas.
Don C: ¡Caray, cómo corre el tiempo!
Fer: Vámonos por este lado (Indicando hacia la izquierda) para que entre
por detrás.
Don C: ¿Yo por detrás? No, señor; por detrás no quiero nada. Yo me
meto por delante, entro por la puerta grande o no entro.
Fer: Bueno pues, como usted quiera, pero rápido.
Don C: Un momento, no se apure, para morir siempre hay tiempo.
Fer: Sí, pero es que el público se impacienta. Además, usted tiene que
cambiarse de traje y ponerse en manos del barbero.
Don C: (Extrañado) ¿Del barbero?... ¿Y para qué?
Fer: Pa’ que lo raspen, antes de subir al ring.
Don C: ¡Ah! ¿Me van a raspar también?
Fer: Ya lo creo, ningún boxeador sube al ring sin que lo raspen.
Don C: ¿Así es la cosa? ¿Y quién es el atrevido barbero que se va a llevar la
gloria de profanarme la cabeza?
Fer: Carlos del Vecchio, que además de ser un buen barbero es un mucha-
cho decente y lo tratará con consideración.
Don C: ¡Todo sea por Dios!
Voces: (Dentro) ¿Qué hubo, pues, son las cuatro y cuarto?
Fer: Las cuatro y cuarto, don Cándido. (Agarrándolo por un brazo)
Don C: (A quien le tiemblan las piernas, con voz trémula) No me agarre, que
yo voy.
Voces: (Dentro, dando golpes en las sillas) ¡Que salga Rabopelao!
Fer: Oiga cómo lo aclama esa gente.
Don C: ¿Me aclaman?... ¡Pues al ring y que sea lo que Dios quiera!
Fer: Es bueno que haga su entrada dándose un poco de tono.

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Don C: ¿De tono? También lo creo. Solo que yo en vez de tono entraré
con tongoneo. (Se recoge hacia arriba las faldas del chaqué y entra al
circo moviendo rítmicamente las caderas, seguido de Fernández).

Telón rápido

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SAINETES VENEZOLANOS

Cuadro segundo
Interior del circo Metropolitano. En el centro del escenario un ring; alre-
dedor de este muchas sillas y bancos ocupados por numerosa y
alegre concurrencia. Multitud de personas cruzan de un lado
a otro de la escena presas de indescriptible entusiasmo. Mucha
animación. Alfredo en mangas de camisa está sobre el ring
examinando las cuerdas.

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Escena I

Alfredo, Fernández y público en general.

Fer: (Por la derecha, con precipitación) ¿Dónde está Carlos?


Alf: En este momento ha ido con un muchacho a llevarle un whisky a
Chichón.
Fer: Caramba, y ya van cinco. Ese hombre se va a rascar y va a matar a
ese viejo.
Alf: (Bajando del ring) ¿Y ya llegó Rabopelao?
Fer: Acaba de entrar conmigo. Allá adentro lo dejé en manos del bar-
bero, que ya le pasó la cero y está ahora oxigenándole la cabeza.
Alf: ¿Y eso para qué?
Fer: Para desfigurarlo un poco y evitar que lo conozcan. ¿Cómo está
Chichón?
Alf: Como un toro. Ahora rato, cuando se tomó el segundo whisky, le
vino un acceso de tos y empezó a echar espuma por la boca. Yo creí
que le iba a dar un ataque de epilepsia.
Fer: Eso fue lo que lo regañó el palo, seguramente. ¿Todo está listo?
Alf: Todo.
Fer: ¿Trajeron las ampolletas de aceite alcanforado?
Alf: Sí señor; y el circulatorio de Ciriaco Arismendi.
Fer: ¿Y eso para qué?
Alf: Yo no sé. Eso lo pidió don Cándido. Además dijo que le tuvieran
preparado el aparato con un litro de agua hervida y una cucharada
de bicarbonato.
Fer: Bueno, hay que estar prevenidos para cualquier desastre.
Alf: Me parece muy bien pensado. Es más, yo tendría la ambulancia
preparada en Puente Nuevo.
Fer: No creo que lleguemos a tanto.
Alf: Quién sabe. Yo creo que don Cándido, a muy buen salir, lo sacan
del ring en estado comatoso.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena II

Dichos y Carlos.

Car: (Por la izquierda, en mangas de camisa, precipitadamente dirigiéndose


a Fernández) Dice Alexis que vaya un momento allá adentro, porque
don Cándido se niega rotundamente a desvestirse, alegando que no
tiene calzoncillos.
Fer: ¿Y cómo está de ánimo?
Car: Decaído por completo, a tal punto que ha habido que darle dos
veces valerianato y además tiene otra cosa para la cual quién sabe si
va a ser necesaria la intervención de la emetina.
Fer: ¿Él no ha visto a Chichón?
Car: No. Hemos tenido el cuidado de que no lo vea hasta el momento de
encontrarse sobre el ring.
Fer: Vuelvo enseguida. (Mutis izquierda)
Alf: ¿Tú crees que don Cándido llegue vivo al ring?
Car: Ya lo creo. Lo que dudo es que salga vivo del ring. Aunque si te he de
hablar con franqueza, esa gente anémica cuando reacciona es temi-
ble.
Alf: Pero de todos modos, yo no creo que ese viejo le resista ni un solo
round a Chichón.
Car: ¡Quién sabe! No te creas tampoco que Chichón es una cosa inven-
cible, ahora rato le oí yo decir al doctor Iturrieta que lo examinó esta
mañana, que Chichón tenía un punto vulnerable muy delicado.
Alf: ¿Y qué punto será ese?
Car: El ombligo. Dijo que el cuero del ombligo de Chichón era más
delgadito que una bombita de a locha y que si el puño del contrario
lograba darle en el clavo podría sobrevenirle un derrame hidrose-
roso, que indudablemente determinaría lo que llaman los científicos
un “nocau barriguero”.
Alf: ¿Y tú le has visto el ombligo a Chichón?

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Car: Cómo no; es como decía ayer Molinita, un coco de agua; pero por
debajo tiene un hueco, que según Iturrieta, ahí es que está el punto
vulnerable.
Alf: Cará, pues yo siendo tú se lo decía a don Cándido pa’ que le buscara
el hueco a Chichón.
Car: No, si yo pienso decírselo; lo que es que no he tenido oportunidad
de hablar a solas con él. Además, ¿él no es Rabopelao? Pues nada
tiene de particular que rabopelao busque un hueco.
Alf: Ya lo creo, y hasta se encueve.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena III

Dichos, Fernández y dos ayudantes.

Por la izquierda entran dos ayudantes en mangas de camisa con paño


de mano en el hombro, cada uno de los cuales trae además un balde
de agua, una esponja y una botella, también con agua, todo lo cual
colocan en el suelo, en dos de las esquinas del ring, retirándose por
donde entraron.

Fer: (Saliendo por la izquierda. A Carlos y Alfredo) Bueno, muchachos,


vamos al semifinal. (Carlos y Alfredo sacan de bajo del ring cuatro
guantes de boxeo que tiran sobre la lona, subiendo enseguida al ring.
Luego sale por la izquierda un boxeador que sube al ring ocupando una de
las esquinas. A poco otro, que ocupa otra de las esquinas. Luego de poner-
les el vendaje y los guantes, Carlos los coloca en el centro del ring , simula
darles una breve explicación sobre los golpes. Un ayudante pone pez rubia
pulverizada en las dos esquinas del ring y, en fin, toda la ceremonia que
precede a una pelea, después de lo cual los dos boxeadores regresan a sus
esquinas hasta que suena el gong , campana o pito y empieza la lucha).
Car: (Momentos antes de empezar, en voz alta) ¡Semifinal! (Señalando
respectivamente a cada uno de los boxeadores) Ruperto Inojosa, alias
Merecure, venezolano, 117 libras. Kid Mochila, trinitario, 119. (Esta
pelea durará dos rounds terminando con el “noqueo” de Mochila, decla-
rando Carlos vencedor a Merecure, con el signo de costumbre en medio
de los aplausos y gritería del público).
Fer: (Saliendo por la derecha. A Alfredo) Vea si está todo listo para el
“main bout”.
Alf: Al momento. (Mutis izquierda. Se ve a muchas personas del público
sacar billetes de las carteras para celebrar apuestas).
Fer: (A Carlos) ¿Cómo están las apuestas?
Car: Me parece que la proporción es de cinco a uno. Todo el mundo está
cargado a Chichón.
Fer: Es natural.

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Car: Como no nos tenga preparada alguna sorpresa don Cándido.


Fer: ¡Qué va! Ese viejo sale esta tarde del ring, lo menos con dos accesos
hepáticos, fractura doble de columna, amén de contusiones graves
generalizadas.
Car: Caray, entonces va a quedar de recogerlo con cucharilla.
Fer: Más o menos.
Car: Quién sabe si a lo mejor vamos a presenciar una buena pelea.
Fer: Qué va, eso es imposible; don Cándido no sabe ni siquiera defen-
derse, si en el primer asalto no lo noquea Chichón es porque no
quiere, y porque yo mismo le he dicho que alargue un poco para que
no termine tan pronto el espectáculo.
Car: ¡Pobre viejo! Debe estar verdaderamente obstinado cuando se
sirva a subir a un ring sin tener conocimientos de boxeo.
Fer: Y no solamente eso, sino echarse encima un paquete tan serio como
Chichón.
Car: Y seguramente que su familia no sabrá nada.
Fer: Creo que no tiene a nadie. Esta mañana me dijo que lo único que le
quedaba en el mundo era una sobrina, pero de quien no sabía desde
hace mucho tiempo.
Alf: (Saliendo izquierda) Todo está listo. Chichón se está poniendo la
bata para salir al ring.
Fer: ¿Está animoso Chichón?
Alf: Pues la verdad, lo veo más bien un poco afligido.
Fer: ¿Y eso a qué se deberá?
Alf: Yo creo que sea a que ha oído las amenazas de don Cándido, a quien
le ha entrado ahora una risa nerviosa y hace poco le daba cabezazos a
la puerta del cuarto donde está encerrado, lanzando gritos espanto-
sos y echándole bollos a Chichón.
Car: ¿Y qué decía?
Alf: Que él estaba cansado de desbaratar chichones con un centavo
negro, pero que a este lo iba a pulverizar con el puño.
Fer: Ojalá se pare, porque así puede que dure el encuentro un poco más.
(Hay un rumor en el público).
Alf: (Viendo hacia la izquierda) Ahí viene Chichón. (Por la izquierda
aparece Chichón, seguido de dos ayudantes. Es un hombre gordo, fuerte

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251

SAINETES VENEZOLANOS

y muy mal encarado, viene envuelto en una bata de baño, atraviesa la


escena con paso firme y en medio de estruendosos aplausos sube al ring ,
yendo a sentarse en una esquina. Los aplausos continúan y Chichón,
muy serio, avanza al centro del ring , se quita la bata y da las gracias
con un ligero movimiento de cabeza. Al quitarse la bata deja vérsele el
ombligo,sumamente grande y levantado, Auristela y Ricardo habrán
ocupado un palco en la sala… antes que…).

Aur: (En un arranque de entusiasmo al ver desnudo a Chichón) ¡Dios mío,


qué hombre tan hermoso!
Ric: Cállate chica; qué hermoso va a ser ese hombre con ese ombligo que
parece una chirimoya.
Pal: (Quien ha ocupado otro palco con Baldomera, al oír la voz de Ricardo)
¡Anjá, sinvergüenza!.... ¡Ya sé and’e vivos!
Bal: (Buscando con la vista) ¿En dónde están? ¿Dónde están?
Pal: (Señalándoselos) Míralos allá, sentaos.
Bal: ¡Ah, sí; ya los divisé!
Ric: Chist... ¡que se calle esa mujé!
Bal: ¿Que se calle esa mujé? (Amenazándolo) En la calle va a habé otro
boxeo ahora.
Aur: ¿Es con nosotros, Ricardo?
Ric: Sí, hombre; es Palomo y Baldomera, pero no les hagas caso.
Alf: (Viendo hacia la izquierda) Aquí viene Rabopelao. (Envuelto en una bata
de baño aparece don Cándido. Viene medroso, mirando a todos lados, menos
al sitio donde está Chichón. Fernández le indica que suba al ring, don Cán-
dido vacilante sube al tablado sin reparar en Chichón que está sentado en su
esquina. Al llegar arriba se oyen grandes aplausos, gritos, silbidos y toda demos-
tración de alegría. Don Cándido se adelanta, se quita la bata y da las gracias
con exageradas inclinaciones de cabeza, quedando de espaldas a Chichón).
Car: (Que está también sobre el ring , trae a Chichón al centro y tocando en el
hombro a don Cándido le dice haciendo la presentación) Su contendor,
mister Chichón.
Don C: (Al verlo se desmaya en los brazos de Carlos, luego reacciona, da la
mano a Chichón y con voz trémula) Cándido Cordero, Rabopelao (A
Carlos) ¿Dónde está Fernández?

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Car: (Indicándole el sitio) Allí está.


Don C: Quiero hablar con él. Vamos pa’ llá. (Cándido y Carlos salen del ring)
Fer: ¿Qué pasa?
Don C: (Llevando aparte a Fernández) ¿No podríamos dejar esta pelea
para mañana?
Fer: ¡Cómo! ¿Usted está loco, don Cándido? ¿Y el público?
Don C: Es que no me siento bien. No estoy en condiciones; me estoy sin-
tiendo un ruido sordo en el cuerpo y como soy tan nervioso, temo
que se me salga… alguna mala palabra.
Fer: No, hombre; eso no importa. El público no se fija en eso. Ande,
ande.
Don C: ¿Por qué no le dice a Chichón que me tire como las mujeres, con
la mano abierta?
Fer: Cordero, no sea gallina.
Don C: (Llamando a Carlos) Carlos, ven acá, haz el favor.
Car: ¿Qué desea, don Cándido?
Don C: (Aparte) Hacerte una confesión.
Car: ¿Qué será?
Don C: Que tengo miedo. He visto de cerca de ese hombre y tiene cara de
asesino.
Car: Ríase de eso don Cándido; las apariencias engañan.
Don C: No. Tengo la convicción de que ese hombre al darme el primer
golpe me va a rajar como una tapara.
Car: Qué va. Ese hombre es pesado, y esté usted seguro de que en los pri-
meros golpes se cansa, y una vez que esté cansao, ya es suyo; entonces
lo coge usté de atrás pa’ lante.
Don C: No, ni de chiripa. Si a lo que más le temo con ese hombre es al
chinche.
Car: ¿Por qué?
Don C: Porque le he visto el ombligo, y debajo de él tiene así como una
puya que al me clava.
Car: (Misteriosamente) ¿Usted quiere que le dé una piedra para que gane?
Don C: ¡Ah, cómo no! Esa sí sería mi solución, porque con una piedra le
doy en la cabeza bien duro; pero no me lo permiten.
Car: No, si la piedra que le digo es un consejo.

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SAINETES VENEZOLANOS

Don C: ¡Ah! ¿Un consejo? ¿Y cuál es?


Car: Usted búsquele a todo trance el ombligo, y como logre tocarle el
vacío que tiene atrás, verá cómo lo tumba redondito como un plomo.
(Quedan hablando en voz baja).
Pal: (En voz alta) ¿Qué hubo pues?... Esa conferencia está muy larga.
Ric: ¡Saquen a ese hombre para afuera!
Aur: ¡Por Dios, Ricardo, que la gente se está fijando en uno!
Pal: Al petardista ese, que le voy a tené que da su merecido.
Bal: Tuviéramos en la calle otro gallo cantara. (Pausa) ¿Sabes una cosa,
Melquíades? Que me estoy fijando que ese viejo boxeador como que
es el que te mandó anoche a la policía.
Pal: Ya yo me había fijao, pero no te había querío decí na’. Si es él ojalá lo
maten.
Voz: ¿Qué hubo pues?...
Fer: Vamos, don Cándido, al ring, que el público se impacienta.
Don C: Bueno, ya lo sabes, Carlos. Si me ves muy apurado, que tiren la
servilleta. (Se dirige al ring acompañado de Carlos, quien le ayuda a
subir).
Fer: ¡Por fin! (Mientras colocan los guantes a los boxeadores, Fernández y
Alfredo van de un lado a otro como dando órdenes).
Don C: (A Alfredo) ¿Trajeron el yodo?
Alf: Todo está listo, don Cándido.
Don C: (Aparte a Alfredo) No se alejen mucho del ring si me “noquea”,
porque este hombre me parece a mí caníbal, y si me dejan solo, me
come.
Alf: No se preocupe, don Cándido, que las simpatías del público están
con usted.
Don C: Si yo pudiera decirle a este hombre que no me pegara duro, o al
menos que evitara darme en el estómago.
Alf: Aunque se le dijera, no lo entendería, porque ese hombre no habla
una papa de castellano.
Don C: ¡Ah! ¿No entiende nada de castellano?
Alf: En absoluto.
Don C: ¿Y de dónde es ese condenao?
Alf: Ese hombre es sueco.

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Don C: ¿Pero es sueco, o se hace el sueco?


Alf: No, es sueco de verdad.
Don C: ¿Y tú estás seguro de que no entiende nada, nada de castellano?
Alf: Segurísimo, don Cándido, como que para todo lo que se ha hablado
con él se ha necesitado intérprete.
Don C: Caray, ¿conque así es la cosa? (Viendo con provocación a Chichón)
¡Maldita sea hasta su alma! (Chichón permanece indiferente) Le voy
a poné el cuerpo más abollao que una mochila de alpargatas; y el
maruto ese que tiene ahí (Por el ombligo) se lo reviento esta tarde, y
de aquí va usted a salir, si queda vivo, más planchao que una hueva,
sinvergüenza, cara ‘e diablo, musiú, barriga ‘e mero.
Car: (A Fernández) Ya estamos listos.
Fer: Pues a empezar enseguida.
Don C: (Aparte) ¡Ay, mi madre!
Car: (Trayendo ambos boxeadores al centro del ring. En voz alta, señalando a
Chichón) Mister Chichón, sueco, 172 libras y media. Cándido Cor-
dero, Rabopelao, de Yaguaraparo, 169 y cuarto.
Pal: ¡Qué va, viejo! Esa romana es ladrona. Ese viejo llegará a sesenta y
nueve y gracias.
Don C: Un momento (Tocando a Chichón por todas partes).
Ric: ¡Epa!... ¿Qué hubo?
Don C: Este es un round de tanteo.
Car: (Pisando a don Cándido) Bueno, basta, don Cándido. (Los coloca
uno detrás del otro y simula hacerles algunas advertencias después de …
rodillas y exclama levantando los brazos…).
Don C: ¡Señor, ponme los puños de bronce y el cuerpo de balatá!
Car: Alma arriba, don Cándido. (Don Cándido se levanta decidido, va a
su esquina, frota los pies sobre la pez rubia con entusiasmo y agarrando
las cuerdas con ambas manos se pone a hacer alardes de fuerzas sin hacer
caso a las rechiflas del público, hasta que suena el gong , campana o pito
y empieza la pelea en medio de un entusiasmo general, manifestado en
aplausos, gritos, silbidos y voces que gritan: “Mátalo, Mátalo, Mátalo”.
Durante la pelea, los asistentes estarán en sus puestos hasta que llegue la
hora de intervenir con masajes, aire, agua, etc. Alfredo llevará la cuenta
del tiempo, dando la señal de principio y final de cada round).

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SAINETES VENEZOLANOS

Pal: (En momentos en que golpean recientemente a don Cándido) Mátalo,


pa’ que respete a los hombres.
Fer: Caray, el viejo tiene resistencia. (A mitad del primer round don Cán-
dido cae en la lona hasta la cuenta de ocho. Al caer, Auristela lanza un
grito espantoso).
Aur: ¡Lo mató! (Levantándose angustiadísima) ¡Ay, vámonos, Ricardo,
vámonos, que me voy a desmayar!
Ric: (Entusiasmadísimo, apretando los puños y gesticulando) ¡Caray, se vol-
vió a pará! Ese viejo tiene guáramo, ese cordero es un tigre.
Aur: (Poniéndose el abrigo con angustia) Por Dios, Ricardo, si no te vas, me
voy sola.
Ric: No, lo que soy yo no me voy sin verle el resultado a esta pelea.
(Echando a andar por delante de Auristela) Vente conmigo, vamos a
bajar al ring.
Aur: ¿Bajar al ring? ¡Ay! ¡Qué horror! ¡Para qué vine al boxeo! (Mutis los dos).
Bal: (A Palomo) Mira, el sinvergüenza de Ricardo ya se va.
Pal: ¿Se va? (Levantándose) Pues vámonos nosotros también, no lo per-
damos de vista, porque esta tarde, aunque sea un… le doy. (Hacen
mutis precipitadamente los dos hacia el sitio por donde se han ido
Ricardo y Auristela. La pelea ha continuado con gran animación en la
escena. Al sonar la campana terminado el primer round, los boxeadores
van a sus esquinas y son asistidos por los ayudantes quienes les dan aire
con las toallas, los masajean y les echan agua con la boca).
Don C: No me eche agua amigo, que yo tengo catarro. (Después del des-
canso reglamentario, suena nuevamente la campana y empieza el segundo
round, durante el cual don Cándido logra darle a Chichón un fuerte
golpe en el ombligo, noqueándolo por completo. Chichón se retuerce y don
Cándido quiere golpearlo en el suelo).
Car: (Que está contándole los segundos) Váyase a su esquina, amigo.
Don C: No me voy. Yo quiero está aquí cerquita pa’ volvele a da bien duro.
Car: (Después de contar hasta diez, levantando el brazo a don Cándido) Rabo-
pelao ha triunfado. (Don Cándido se desmaya en los brazos de Carlos,
quien le ayuda a descender del ring en medio de una estruendosa ovación.
Ricardito, Auristela, Palomo y todos los personajes lo rodean junto con el
público).

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UN CAMPEÓN DE PESO BRUTO

Pal: (Abrazándolo) Le perdono el policiazo de ayer, porque ya veo que


usté es macho.
Ric: (Abrazándolo) ¡Don Cándido, usted es un hombre!
Bal: (Con intención) Muy completo.
Ric: Eso sí no lo sé yo.
Aur: (Contemplándolo) ¡Qué fuerte es! (Tocándole la barbilla y suspirando)
¡Ay, Rabopelao, si yo fuera gallina!...
Fer: (Sacando de la cartera un cheque y entregándoselo a don Cándido) Don
Cándido, lo prometido. Aquí están dos mil bolívares.
Don C: Para qué quiero dinero, si estoy… del público. Pero usté sí que
es…

Este boxeador enjuto


Que aplaudas como tú quieras
A “un campeón de peso bruto”.

Telón

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Yo también soy candidato Sainete en un acto y tres cuadros de Rafael Guinand

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Personajes:

Gorgonia

Ramona

Berruga

Celedonio

Don Eligio

El padre Aniceto

Heraclio

Carlos

Un detective

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SAINETES VENEZOLANOS

Cuadro Primero

La escena representa una sala modestamente amueblada. Sillas, una


poltrona, una mesa a la derecha y otra a la izquierda; en la de
la izquierda, papeles, periódicos, tres telegramas en sus sobres
cerrados, una carta cerrada y un gancho de guindar papeles en
la pared.
Al levantarse el telón Berruga, el negro, aparece dormido en un sillón con
los pies en una silla. Viste pantalón negro y saco de pijama.
Despertándose, se sopla con las manos.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena I

Berruga, solo.

Berr: Cónfiro, ¡qué calor! (Limpiándose el sudor) Estoy sudando más que
un maracucho. (Tocándose con el respaldo de la mano) ¡Caray!, y estoy
más caliente que un concejal. (Llamando) ¡Gorgonia, Gorgonia!
Gorg: (Dentro) Un momento, que ahora estoy ocupada.
Berr: Pues desocúpese rápidamente y venga a atenderme incontinenti.
(Pausa) Esta Gorgonia que estoy lla­mando es mi esposa, es decir, mi
esposa no, mi... mi compañera, mi... mi... mi adjunta. Yo la quiero
mucho, pero he resuelto tratarla con carácter, porque desde que llegó
la democracia he notado que me está perdiendo el respeto.

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263

SAINETES VENEZOLANOS

Escena II

Berruga, Gorgonia, saliendo.

Gorg: ¿Qué quieres?


Berr: (Señalándole el abanico que habrá en la mesa) Coja el abanico y
cumpla con su obligación. Deme aire. Empiece por las extremida-
des inferiores; deténgase muy brevemente en las rodillas, describa
un corto rodeo antes de entrar en la caja torácica; luego elévese a la
región del pensamiento y allí deme aire indefinidamente hasta que
se me refresque el bulbo capilar.
Gorg: Pero si es que...
Berr: No hay pero que valga, proceda incontinenti; mis decisiones no
se discuten. (Gorgonia empieza a darle aire en los pies) Yo le iré indi-
cando el camino que debe recorrer según las sinuosidades de mi
cuerpo. (Pausa) Pierna derecha y pierna izquierda, pero dele más a
la iz­quierda que a la derecha. Espinilla. Batata. Centro, pase de largo.
Barriga, poca cosa, no me meta mucho aire en la barriga que es peli-
groso. Pecho… cara... cabeza. Deténgase ahí hasta que yo le avise.
(Pausa) ¿No ha venido nadie buscándome?
Gorg: Nadie. El que vino fue el repartidor del telégrafo y el cartero, y
te dejaron tres telegramas y una carta que ahí están sobre la mesa.
(Señalándole la mesa de la izquierda).
Berr: Luego me enteraré. (Pausa) ¡Qué silencio! ¡Ah! Ni un grito, ni un
triquitraque. Parece mentira que estemos en plenas elecciones; qué
orden, qué disciplina, qué moralidad, y todavía hay vagabundos que
dicen que no estamos preparados.

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264

YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena III

Gorgonia. Ramona entrando y Berruga.

Ramo: Buenos días.


Gorg: Qué hay, Ramona.
Ramo: ¿Qué haces, mujer?
Gorg: Aquí, mijita, soplando este carbón a ver si prende.
Ramo: Caray, Gorgonia, parece mentira que una mujer como tú, que
todavía sopla, te hayas entregado en cuerpo y alma a ese negro. Parece
cosa de brujería.
Berr: No señor, nada de eso, simpatía y nada más que simpatía; corrien-
tes magnéticas, atractivos invisibles que subyugan. Todos los de mi
casa somos así. Bueno, basta, Gorgonia, que ya estoy frío. (Tocándose
la cabeza) ¡Caray! me has dejao la cabeza como un posicle.
Gorg: Será un posicle de caraotas negras.
Berr: (A Ramona) Bueno, ¿y ya tú sabrás que soy candidato a diputado?
Ramo: Sí, ya lo sé.
Berr: Y con muchas probabilidades de salir; pa que te en­teres, me apo-
yan los partidos más enteros: el J.Q.S.L., Juventud que se levanta; el
M. del M., Mujeres del mercado; y el J. de M., Jaladores de mecate,
que me dicen que son numerosos. Yo creo que con estas agrupacio-
nes mi triunfo es seguro.
Ramo: Ya lo creo.
Berr: Así es que el año que viene, si Dios quiere, me tienes en el con-
greso, luchando denodadamente por los intereses del pueblo y
cogiendo ochenta bolos dia­rios... y lo que chorrea.
Gorg: ¡Qué te parece, chica, sí tendrá suerte este hombre!
Ramo: (Sentándose) Ya lo creo que la tiene: con tal que se acuerde de
nosotras cuando esté arriba, que Dios se la conserve y se la aumente.
Berr: Gracias. Ya lo creo que me acordaré. Ustedes vivirán en mi pensa-
miento, o como dice el vulgo: las tendré siempre en la cabeza.
Gorg: Acuérdate de lo que me tienes ofrecido si sales diputado.
Berr: ¿Qué cosa?

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SAINETES VENEZOLANOS

Gorg: Guá, chico, legitimar nuestra unión.


Berr: ¡Ah! Ya lo creo. Ese será uno de mis primeros actos, porque un
diputado, entreverado, no conviene.
Ramo: Yo, conque me consigas la pensión a que tengo legítimo derecho,
por los sacrificios de mi padre, me conformo.
Berr: La tendrás. Y como pienso ocuparme de eso, sería bueno que me
dieras algunos datos.
Gorg: Qué datos te va a dar Berruga, si la vida de ese hombre la conoce
todo el mundo. Veinticuatro años lidiando con fardos, pasajeros y
equipajes.
Berr: ¿Tenía hotel?
Gorg: No, hombre, qué hotel de mis tormentos, administrador de
aduana.
Berr: (Asombrado) ¡Veinticuatro años de administrador de aduana! ¡Un
mártir!
Ramo: (Sollozando) No, catorce nada más, porque los últimos diez fue
presidente de Estado.
Berr: ¿Y murió en la presidencia?
Ramo: No; murió en la calle, de una angina de pecho. (Llora).
Berr: (Compadecido. Con ironía) ¡Pobre hombre!; un apóstol; veinticua-
tro años entra la aduana y el Estado. (A Gorgonia) De seguro que
cuando murió dejó la Aduana en mal estado.
Gorg: No lo tomes a guasa, chico, que la vida de ese hombre fue un cal-
vario.
Berr: (Con sorna) Esa es la palabra: Un calvario: escalina­tas... pa’ que
otros suban. El aserradero, donde se tronchan las energías. El silen-
cio es lo mejor, la calle de la amargura.
Gorg: (Consolándola) No llores más, mujer, y anímate, que pronto sal-
dremos de abajo.
Ramo: ¡Ay, Berruga! (Levantándose, intenta abrazar a Be­rruga).
Berr: (Conteniéndola) Efusividades no. Suénate la nariz y sécate esas
lágrimas. Acuérdate de aquello de la Ma­rina que dice: “Seca tus
lágrimas, cese la causa de tu aflicción”. (Tocan a la puerta).
Gorg: ¿Quién es?
Cele: (Dentro) Gente de paz.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Berr: (A Gorgonia) Ve quién es, y si es algún diplomático le dices que


no estoy visible. (Vase Gorgonia. A Ramona) Esto es lo que me des­
agrada a mí de la política. En cuanto le huelen a uno que está abo-
cado a figurar ya empiezan a visitarlo.
Gorg: (Saliendo) Es un hombre que pregunta por el doctor Berruga.
Berr: Ese soy yo; dile que pase.
Gorg: (Desde la puerta) Que pase, caballero.
Berr: Bueno, y ustedes dos, elimínense.
Gorg: Vámonos, chica, que tiene visita el soberano de Etiopía.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena IV

Berruga y Celedonio.

Cele: (Desde la puerta, abriendo los brazos) ¡Compadre Berruga!


Berr: ¡Celedonio, viejo!, eres tú, pasa, pasa.
Cele: (Abrazándolo) ¡Caray, chico, estás gordísimo! (Oliéndolo) Pero,
¿qué sé yo? Te noto un olor a chiqui chiqui, muy penetrante.
Berr: ¡Ah! Sí, eso debe ser un baño que me dio mi mujer esta mañana
para enderezarme. Pero siéntate. (Se sientan).
Cele: ¿Tu mujer has dicho? ¿Pero te casaste?
Berr: Casi, casi; estoy como dicen, al borde del precipicio.
Cele: Bueno. ¿Pero has conseguido plata? Porque veo que vives con cierta
comodidad.
Berr: Qué va, viejo; todo esto es ajeno, en cualquier momento se lo lle-
van. Ahora te digo una cosa y es que no pasan seis meses sin que yo
esté nadando en la opulencia, porque ahora sí es verdad que he des-
cubierto el gran negocio: (Con misterio) la política.
Cele: ¡Ah! Tú estás conmigo, viejo; el otro día se lo juré a la Coromoto
en Naiguatá: que en lo que le ponga la mano a un puesto público,
aunque haya contraloría, me llevo hasta el perol de la basura.
Berr: Bueno, y tú, ¿qué has hecho? ¿Dónde has estado?
Cele: He estado tres veces en la isla del Burro.
Berr: Sí, y, ¿por qué?
Cele: Porque aquí no se puede vivir, compañero. Si uno no trabaja, es
vago, y si trabaja y consigue un negocito fácil y productivo le desba-
ratan el nido. El otro día falsifiqué unos quintos de lotería y dijeron
que yo era ladrón.
Berr: Pues, compadre, usted ha llegado oportunamente porque yo estoy
necesitando un hombre de mi con­fianza que se haga cargo de todos
mis asuntos: polí­ticos, sociales, económicos y amorosos; una especie
de secretario, mucho más hoy que, como usted sabrá, estoy abocado
a figurar en la política, a ser un hombre público y usted sabe que un
hombre público sin se­cretario es como un ciego sin bastón.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Cele: ¡Caray! Me gusta la comparación; quiere decir que tú serás el ciego


y yo seré tu bastón.
Berr: Ni más ni menos; y que usté debe ser competente para eso, com-
padre, porque reúne las tres condicio­nes que se necesitan para ser un
buen secretario: adu­lante, chismoso y sinvergüenza.
Cele: Favor que usted me dispensa, doctor.
Berr: Bueno, manos a la obra, instálese en aquella mesa. (Señalándose la
mesa de la izquierda) Hágase cargo de un puesto ahora mismo, y ya lo
sabe: no lo afloje ni que yo le pida la renuncia.
Cele: (Dirigiéndose a la mesa) Muy bien doctor, seré su secretario vitali-
cio. ¡Ah, doctor! Me va a permitir que me quite el paltó porque hace
mucho calor.
Berr: Quítese lo que quiera, hoy hay mucho secretario que anda en
mangas de camisa. (Se sienta en la poltrona) Vea qué correspondencia
hay sobre la mesa y deme cuenta.
Cele: Aquí hay tres telegramas. (Rompe los sobres y los coloca uno sobre
otro. Leyendo) Uno es de El Baúl.
Berr: De El Baúl. Ciérrelo. (Celedonio lo dobla y lo guarda en el sobre).
Cele: (Leyendo) Otro de El Sombrero.
Berr: ¿De El Sombrero? Cuélguelo. (Celedonio lo cuelga en un gancho).
Cele: (Leyendo) Y este último que es de La Horqueta.
Berr: Léame ese.
Cele: (Leyendo) “La Horqueta, 7 de noviembre, 8 a.m. Río desbordado,
pueblo inundado, jefe civil asustado, todo el mundo enjorquetado.
Esperamos resultado, su ahijado, Estanislao”.
Berr: Ese es un telegrama muy aguado, no me interesa.
Cele: Aquí hay también una carta, y el sello dice: (Leyendo) “La Puerta.”
Berr: ¡Ah! ¿De La Puerta? No la abra. Tengo que irme poniendo en los
palitos en todas estas cosas porque lo que soy yo llego a presidente de
estado, y si yo agarro una presidencia de estado, entonces sí que me
acomodo.
Cele: Nos acomodamos, compadre, porque ahí voy yo pegado.
Berr: Ya lo creo. Hombre, y a propósito, porque todo es bueno preverlo.
Si llega el caso, ¿qué estado crees tú que me convendría?

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SAINETES VENEZOLANOS

Cele: Pues compadre, yo le voy a hablar con franqueza: por su aspecto,


por sus ademanes y hasta por su color, usté es candidato por Mona-
gas.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena V

Los mismos y Gorgonia, saliendo con un periódico.

Gorg: Oye, Berruga, lo que dice este periódico. (Reparando en Celedo-


nio) ¡Ah, caballero!
Cele: Señora, mis respetos. (Haciendo una reverencia).
Berr: Es mi secretario desde hace unos minutos.
Cele: Celedonio Espinosa, hombre íntegro, demócrata has­ta la cacha.
(Acercándose y dándole la mano).
Gorg: Gorgonia de Berruga.
Berr: (Aparte) ¡Barajo!
Cele: Para todo cuanto me crea útil estoy a sus órdenes: una correspon-
dencia, un telegrama, un discurso, un mandado, un chisme, una
calumnia, en fin, un secre­tario completo.
Gorg: Muchas gracias.
Berr: Bueno, a ver, ¿qué es lo que dice el papel ese?
Gorg: Es un artículo muy largo, todo referente a ti, donde después de
que dijo el muy grosero, hablando de tu cabeza: “¿Que qué puede
producir una tapara cubierta de chicharrones?”, termina con estas
palabras que son casi una invitación al hospital: (Leyendo) “Ese
Berruga debe retirarse del palenque electoral, pues de lo contrario
le administraremos unas cucharadas de jarabe de araguaney con la
cual le convertiremos la berruga en lobanillo y quién sabe si hasta en
un acceso hepático. ¡Jamás debemos consentir que el doctor Berruga
se siente en el hemiciclo!
Berr: ¿En el hemiciclo?, ¿qué es eso, Espinosa?
Cele: ¿Hemiciclo? Pues... hemiciclo viene a ser una cosa así como…
hemostático, como... hermenéutico, como... hemorróidico.
Berr: (Asustado) Ya ve, eso si está malo.
Gorg: Ya lo creo, y tan malo como que ya me está sonando en los oídos
la sirena de la ambulancia pidiendo paso, contigo dentro en estado
comatoso.

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SAINETES VENEZOLANOS

Berr: (Asustado) Caray, Gorgonia, tienes una manera tan clara de decir
las cosas que el aire me huele a yodo, siento el frío de la mesa operato-
ria y tú me pareces una enfermera y Celedonio un bachiller.
Cele: No se aflija, compañero, esos son altibajos que tiene la política;
además, esa es prensa asalariada, y con­viene que lo ataquen porque
su nombre cobra im­portancia y usted va ganando puntos.
Berr: Sí, como no; puntos de sutura.
Gorg: ¡Ay!, Berruga, quiera Dios que la fulana política no te deje un mal
recuerdo.
Cele: ¡Ah!, eso sí, algo le deja, (Aparte) aunque sea un chichón en la
cabeza.
Gorg: Apártate de eso, chico; deja esa maldita chifladura, quítate esa
venda que tienes en los ojos.
Berr: La venda ya no me la quito de encima, Gorgonia, lo que hará será
cambiar de sitio: hoy la tengo en los ojos, mañana la tendré en un
parietal.
Cele: Compadre, noto con tristeza que a usted se le está enfriando el
guarapo.
Berr: Se me está enfriando no, Celedonio, ya lo tengo completamente
frío.
Cele: Eso es fatal.
Gorg: Si este hombre no sirve para político.
Cele: ¿Que no sirve? No diga eso: si este hombre se pro­pone, llega; tiene
la gran condición para ser un gran político: que es muy embustero.
Berr: (Acobardado) Celedonio, yo creo que debo retirarme.
Cele: Me parece lo mejor: descanse un rato y tómese unas gotas de ser-
pentaria.
Berr: No; si digo retirarme del palenque, como dice el papel ese.
Cele: Eso nunca. Un hombre de los quilates de usted debe conservarse
fuerte; no se doblegue, aprenda de mí que aún en los trances más
apurados he conservado siempre mi verticalidad.
Berr: Yo creo que eso de la verticalidad entre nosotros, Celedonio, son
cuentos de camino. Aquí el político que conserva la verticalidad, es
porque tiene la bisagra oxidada; en cuanto le untan grasa (Haciendo
ademán de dinero) se doblega.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Gorg: Eso que dice Berruga, es verdad.


Cele: Sí, se han dado casos, pero el doctor es de otra cepa. Berruga es un
hombre íntegro.
Berr: (Viéndose el cuerpo) Hasta el momento, sí; ahora como están las
cosas, ¡no sabemos si mañana estaré descalabrado!
Cele: Descalabrado, jamás, doctor; mi pecho será un ba­luarte para
escudarlo, cualquiera que sean las armas que esgriman sus ene-
migos: desde la pluma del escritor culto y decente, hasta el vulgar
pellejo de indio, con el que quieren algunos imponer su ideología.
Berr: Gracias, Celedonio.
Gorg: Caballero, ¿usted ha sido campanero alguna vez?
Cele: Señora, no comprendo a qué viene esa pregunta.
Gorg: A que, mi amigo, jala usté el mecate de una manera admirable.
Cele: ¿Quiere decir que no ve usted sinceridad en mis palabras?
Gorg: Lo que veo es que usted con sus ideas está poniendo a mi esposo a
bailar en un tusero, y quiera Dios que no se resbale y caiga.
Cele: No, señora, no lo crea, Berruga triunfará, porque lo acompaña el
voto popular.
Berr: Celedonio, tus palabras son para mí como el aceite alcanforado;
me reaniman. (En ese momento se oye rumor de voces en la calle: silbidos
y gritos de “Viva el doctor Berruga”).
Gorg: ¿Y qué es eso?
Cele: Esas son las masas.
Gorg: ¿Y qué quieren?
Cele: Eso es difícil averiguarlo; nunca saben lo que quieren.
Berr: ¿Qué hago Celedonio? (Se mueve frotándose las manos nerviosa-
mente).
Cele: Calma, calma y cordura.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena VI

Los mismos y Ramona.

Ramo: ¡Gorgonia! ¡Gorgonia! (Saliendo agitadísima).


Gorg: ¿Qué pasa?
Ramo: Que en la calle hay un gentío, y discuten acalora­damente.
Berr: ¿Y qué dicen?
Ramo: No pude enterarme de nada, porque al asomarme a la ventana un
muchacho me ha dado con esta pepa en la cabeza. (Mostrando una
pepa de aguacate).
Cele: A ver, ¿de qué es la pepa?
Ramo: De aguacate. (Mostrándosela).
Cele: No tiene importancia. (Arrecia el escándalo en la calle).
Gorg: Yo creo que debes ocultarte, Berruga.
Berr: ¿Qué te parece, Celedonio?
Berr: Ocultarse, nunca. Yo creo que ha sonado la hora de que usted
muestre lo que vale. Yo creo que ha sonado, (Suena un tiro en la calle)
yo creo que ha sonado un tiro.
Gorg: ¡Jesucristo! (Angustiada).
Ramo: ¡Virgen María! (Angustiada).
Cele: Calma, calma (Decrece el escándalo. Pausa).
Berr: (Prestando atención) Como que se alejan, Celedonio.
Cele: Serénese doctor, serénese.
Berr: (Con voz trémula, fingiendo serenidad) No, si yo es­toy sereno. Otro
que no fuera yo quién sabe cómo estaría, otro... (Suena otro tiro dis-
tante) Otro tiro. (Pausa).
Cele: Yo creo que el peligro ha pasado, la autoridad debe haberlos dis-
persado.
Gorg: Ojalá.
Ramo: Qué desastre. La fortuna que yo no tengo hombres en la calle.
(A Gorgonia) Ay, mijita, cuando veo estas cosas me contento de no
haber tenido hijos.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena VII

Dichos y un detective.

(Detective viste de paisano, sombrero de fieltro, ala ancha. Desde la


puerta sin quitarse el sombrero, dice:)

Dete: Buenas tardes. (Todos lo miran con asombro).


Berr: Buenas tardes. ¿Qué se le ofrece?
Dete: ¿El doctor Berruga?
Berr: Yo soy. (El detective interroga con la mirada a Celedonio).
Cele: El señor es el doctor Berruga. (Señalando a Berruga).
Dete: (A Berruga) Tenga la bondad de acompañarme.
Berr: ¿A dónde?
Dete: No tengo que darle explicaciones: póngase el saco y el sombrero.
Gorg: Pero, ¿qué es esto? (Asombrada).
Berr: Esto es un atropello, yo estoy en mi hogar doméstico.
Dete: Lo siento mucho, pero es orden superior.
Berr: ¿Es cuestión política?
Dete: Creo que sí.
Berr: ¡Ah! Eso es asunto de secretaría. (Señalando a Celedonio).
Cele: Qué va, doctor, eso no entra en mis atribuciones.
Dete: Bueno, estamos perdiendo el tiempo, póngase el saco y el som-
brero.
Berr: Tráeme el saco y el sombrero. (A Gorgonia).
Gorg: ¡Ay, Dios mío, en qué irá a parar todo esto! (Mutis derecha).
Ramo: Pobre Gorgonia, las angustias que está pasando.
Berr: El señor es mi secretario y si pudiera acompañarme, me agrada-
ría. (Señalando a Celedonio).
Dete: No me es posible complacerlo.
Gorg: (Saliendo) Aquí tienes el saco y el sombrero.
Berr: Búsqueme un carro, Celedonio. (Poniéndose el saco y el sombrero).
Dete: No es preciso, en la puerta está la jaula.

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SAINETES VENEZOLANOS

Gorg: ¿Cómo? ¿Mi marido en jaula? Eso nunca. ¿Qué dice usted a esto,
Celedonio?
Cele: Señora, cuestiones de la política; pisó el peine, entró en la jaula.
Berr: ¡Qué desastre! Yo enjaulado.
Cele: No se aflija, doctor, acuñe y suba el cerro.
Berr: Sí, el cerro... del obispo. (Abrazando a Gorgonia) Hasta la vista
Gorgonia. (Abrazando a Celedonio) Celedonio, quedas en tu casa.
Cele: Gracias, doctor, muchas gracias.
Berr: Adiós Ramona. (Abrazando a Ramona).
Ramo: Adiós, Berruga.
Dete: (Disgustado) Bueno, ¿qué hubo pues, sale o no sale?
Berr: No se altere, amigo, no se altere.
Dete: Qué cuento de que no me altere, vámonos, vámonos. (Con carác-
ter).
Ramo: No te aflijas, mujer. (Consolando a Gorgonia que llora).
Cele: (Consolándola) No se aflija, misia, no se aflija. (Señalando hacia la
puerta del foro) Tenga fe en Venezuela y en sus productos.

Telón

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Cuadro segundo

Decoración de calle. Al levantarse el telón, se oye hacia la izquierda un


rumor sordo de voces, como el que produce un gentío aglome-
rado. Eligio saliendo por la izquierda; es un viejo como de 60
años, pero entero y fuerte.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena I

Don Eligio y Carlos.

Elig: Pues, señor, ahora sí que la hemos puesto de oro con la fulana demo-
cracia. Todos los días hay un miriñaque nuevo: que si la demanda,
que si el juicio, que los bienes de la nación, que los bonos, que el plan
trienal, que la contraloría. ¡Jesucristo! Un ver­dadero zaperoco en el
cual ya nadie sabe de dónde viene, ni pa dónde va, ni cómo se llama,
ni cómo está. (Mirando hacia la puerta) La guachafita de hoy son las
elecciones. Míreme eso: una porción de hombres hechos y dere-
chos, ahora ique votando; y pa’ na’, porque al paso que vamos eso
de las elecciones va a quedá pa’ los muchachos. (Se queda mirando y
moviendo la cabeza con desencanto).

(Sale Carlos por la derecha)

Carl: Hola, don Eligio.


Elig: Guá, Carlitos, ¿qué hay?
Carl: ¿Está usted recriándose en los torneos de la democracia?
Elig: Ujúm chico; muy bonito para una película.
Carl: ¿Cómo? ¿Para una película?
Elig: Bueno, para un trailer, como dicen por acá los in­gleses de alpar-
gata.
Carl: Caramba, don Eligio, veo con tristeza que usted no es republi-
cano.
Elig: Yo no soy nada, mi amigo: yo he sido toda la vida un hombre tra-
bajador, que no he tenido nada que hacer con política, y se me han
dado tres pitos que mande Pedro o que mande Juan; que se vaya o
que se quede, con tal de que no me toquen lo mío lo demás me tiene
sin cuidado.
Carl: Me aflige, don Eligio, oírlo hablar de ese modo. Hoy los tiempos
han cambiado y todos debemos hacer algo por la patria y por los pue-
blos.

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SAINETES VENEZOLANOS

Elig: Lirismo.
Carl: No, no es lirismo, es convicción, don Eligio. Todos debemos votar
porque de ese modo llevaremos al congreso los hombres que pueden
hacer la felicidad de la patria.
Elig: Qué inocente.
Carl: ¿De manera que usted cree que el voto no vale nada?
Elig: Yo no sé si valdrá, mi amigo; pero yo estoy con­vencido de que con
votar no se consigue nada. Y si no, fíjese: los hombres que han votado
más en Venezuela son los del aseo urbano, ¿y qué han conseguido?
Basura.
Carl: (Disgustado, con tristeza) Ya veo, don Eligio, que usted me quiere
mamar el gallo, pero yo se lo per­dono porque usted es viejo y decré-
pito.
Elig: (Disgustado) ¿Decrépito yo?
Carl: Sí, usted. (Con carácter, encarándosele) Usted es un viejo decrépito
que representa el pasado. (Eligio empieza a retroceder de espaldas hacia
la derecha) Yo represento el presente; soy la juventud que avanza.
(En tono de oratoria) Usted, don Eligio, es un mue­ble viejo que sólo
guarda en su seno las trazas del interés, el comején de la intolerancia
y la polilla de la incomprensión. Retírese.
Elig: (Con sorna) Bueno pues. Adiós, líder. (Mutis derecha).
Carl: (Mirando hacia donde se ha ido Eligio y moviendo la cabeza con tris-
teza) Yo, yo voy a votar. (Mutis izquierda).

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena II

Heraclio y Gorgonia.

(Heraclio, por la derecha; tipo de campesino inocente, lleva alpar-


gatas y sombrero de cogollo, habla con mucha calma viendo hacia la
izquierda)

Hera: Anjá, ahora sí como que di en el clavo; allá como que es la cosa.
Caray, pero qué gentío. (Haciendo un mohín de desagrado) Eso sí que
no me gusta: yo le tengo más miedo a la gente que a los tigres de la
montaña. Yo vengo a esto a la juerza, casi obligao, porque me han
dicho que en el voto ique está la salvación, pero yo no lo creo. Son
muchas las pro­mesas que le han hecho a uno y nada se cumple, todos
son ofrecimientos. Magínese que allá en el pueblo no tenemos ni
agua. Un día dijeron que iban a poné unos pozos: y llegó un médico,
y llegó un abogao, y llegó un alginiero, y llegó un musiú y llegaron
unos hierros; todo llegó, lo que no llegó fue el agua. Por eso es que
ya yo estoy desengañao. Mire, ya yo no creo ni en la creolina. Bueno,
vamos a ve si Dios quiere que de esto salga algo bueno. (Inicia el mutis
hacia la izquierda deteniéndose al oír la voz de Gorgonia).

(Gorgonia por la derecha con sombrero ridículo y llevando una


almohada, una cobija, un pan largo y una cafetera. Poniéndolo todo
en el suelo y fijándose en Heraclio)

Gorg: Ay, gracias a Dios que encuentro quien me ayude a llevar la cruz,
porque este hombre tiene aspecto de Cirineo. (Llamando) Mire,
amigo.
Hera: Señor.
Gorg: Acérquese, no tenga miedo. Es una mujer completa quien lo
llama.
Hera: Aquí estoy. ¿Qué se le ofrece? (Acercándose y quitándose el som-
brero).

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SAINETES VENEZOLANOS

Gorg: ¿Cómo se llama usted?


Hera: Heraclio Cordero, pa’ servirle.
Gorg: (Aparte) ¿Cordero? Me conviene. ¿Usté es de Caracas?
Hera: No, señor, yo soy de Corozopando, pero tengo tres meses aquí en
Caracas; vine a da mi voto porque me han dicho que en el voto ique
está la salvación.
Gorg: Algunas veces. ¿Y usted sabe leer y escribir?
Hera: Sí, señor, aprendí el año pasao, y más vale que no hubiera apren-
dío porque me he enterao de una pila e cosas desagradables.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena III

Dichos y Carlos que sale por la izquierda.

Carl: Hola, doña, ¿qué se sabe del doctor Berruga?


Gorg: Guá, que le van a seguí un juicio. (Muy secamente).
Carl: ¿Y por qué?
Gorg: Por perturbador del orden. (Con ironía).
Hera: No ve, los dotores siempre están perturbando el orden.
Carl: ¿Y este amigo? (A Gorgonia).
Gorg: El señor es un votante, que viene a votar desde Corozopando.
Hera: Sí, señor; porque en el voto es que está la salvación.
Carl: ¿Y en su pueblo no hay elecciones?
Hera: No, señor, iba a haber, pero se presentaron una pila e dificultades
y no hubo; aunque sí hubo pa’ algunos; bueno, pa’ mejor decir, no
hubo.
Carl: Bueno. ¿En qué quedamos? ¿En su pueblo hay o no hay?
Hera: En mi pueblo hay y no hay. Por ejemplo: no hay agua, no hay luz,
ni hay higiene, ni hay escuelas; eso es lo que no hay; y lo que sí hay es
paludismo, anquilostomo, viruela y jefe civil.
Carl: (Dándole golpecitos en el hombro) No jorobe, com­pañero. (Viendo lo
que está en el suelo) Bueno, doña, ¿y esto qué es?
Gorg: Guá, los peroles de Berruga que me los mandó a pedir.
Carl: (Carlos fingiendo compasión) Pobrecito, cará. Bueno, dígale que
no se aflija, que tenga fe y que espere. (Mutis, derecha).
Gorg: Sí, que espere: ustedes son, condenaos, los que tienen la culpa de
que Berruga esté preso. (Viendo por donde se ha ido).
Hera: Bueno, ¿y quién es Berruga?
Gorg: Mi marido.
Hera: Caray, que apellido tan raro.
Gorg: Bueno, coja eso. (Señalando lo que está en el suelo)
Hera: (Extrañado) ¿Quién, yo? No señor, ¿por qué razón? Si yo he venido
a votar, porque en el voto es que está la salvación.
Gorg: Eso será en el voto de castidad, mi amigo.

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SAINETES VENEZOLANOS

Hera: ¿Entonces hay otros votos?


Gorg: ¡Ay mijito, hay una pila! Mire: (Tomando del suelo los peroles y
poniéndolos en los brazos de Heraclio, que va recibiendo todo como ale-
lado. Dándole la almohada) voto de aplauso, (Dándole el pan) voto de
gracia, (Dándole la cafetera) voto de censura, (Dándole la cobija) voto
de confianza, y el mío que es voto de agradecimiento. Sígame. (Mutis
izquierda).

(Heraclio se ha quedado como atontado en el centro de la escena


iniciando el mutis hacia la izquierda)

Hera: Bendito sea Dios, donde quiera me encuentro con lo mismo. Nada,
está visto: la carga siempre quien la soporta es Juan Bimba. (Mutis
izquierda).

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SAINETES VENEZOLANOS

Cuadro tercero

La misma decoración del primero. Al levantarse, aparece Celedonio sen-


tado en el sillón, dormido, en la misma postura en que apareció
Berruga en el cuadro primero y con la pijama de este puesta. Es
de mañana.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena I

Celedonio y luego Gorgonia.

Cele: (Desperezándose) Caray, ¿qué horas serán? (Llaman­do) Gorgonia,


Gorgonia; misia Gorgonia.
Gorg: ¿Qué hay? (Dentro, con acritud).
Cele: ¿Qué horas marca su cronómetro?
Gorg: Son las 9, ¿por qué? (Dentro, con aspereza).
Cele: Hombre, porque no veo movimiento de desayuno; y ya se lo he
dicho en varias ocasiones; que no me gusta esperar. Además usted
sabe que soy demócrata, y los demócratas nos desayunamos tem-
prano. Así es que muévase, y en cuanto lo tenga listo deme un aviso
para pasar al comedor a alimentarme. (Pausa suspirando) ¡Ay! Que
comida tan amarga la que me gano yo en esta casa. Pero en fin, todo
sea por Berruga y por la democracia. Lo que me aflige es que esto voy
a tener que soportarlo por algún tiempo, porque lo que es Berruga,
lo menos que está de obispo son tres meses. (Gorgonia saliendo por la
derecha y señalando hacia el interior).
Gorg: Está servida, su excelencia.
Cele: (Levantándose) Gracias. ¿Pusiste un huevo?
Gorg: (Con ironía) No señor, estoy clueca.
Cele: No, digo, ¿que si pusiste un huevo en el menú?
Gorg: (Irónica) Sí, señor. Tiene usted allí un huevo frito, caraotas ídem,
pan, queso, mantequilla y café con leche.
Cele: Está bien; un desayuno sacerdotal. (Mutis derecha. Gorgonia
viendo hacia donde se ha ido Celedonio).
Gorg: Bendito sea Dios, adonde nos han llevado las chifla­duras políti-
cas de Berruga. Quince días tiene hoy el pobre hombre privado de
su libertad, quince días que tiene este zángano metido aquí dándose
vida de cónsul venezolano. No asoma las narices ni a la puerta por-
que dice que está en lista y que lo mejor es no cometer imprudencias.
Gracias a que me están ayudando algunos partidarios de Berruga,
que si no, me hubiera quedado anémica con esta sanguijuela. Y no

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SAINETES VENEZOLANOS

es nada, sino que no puedo pro­ceder contra él, me tiene chiquitica,


con el alma en un hilo, porque dice que tiene unos secretos políticos
de Berruga y que a la menor amenaza lo denuncia. Pero ya, primera-
mente, Dios, muy pronto se le va a acabar la manteca, porque según
me ha dicho el abogado, el doctor Zancadilla, Berruga sale hoy.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena II

Gorgonia y Ramona por el foro muy alegre.

Ramo: Buenos días, Gorgonia.


Gorg: Guá, ¿y ese milagro, tan temprano?
Ramo: Que supe anoche una noticia, y he querido venir a saber si es
cierta. ¿Es verdad que Berruga sale hoy?
Gorg: (En voz baja) Es muy probable, mijita, pero no te des por entendida
porque no quiero que el sinver­güenza del Celedonio se entere.
Ramo: ¿Y dónde está?
Gorg: Dónde va a estar, en el comedor, comiendo.
Ramo: Y, ¿quién ha conseguido la libertad de Berruga? ¿El abogado?
Gorg: No, niña, que abogado de mis tormentos: ese doctor Zancadilla
no ha hecho más que pedir para papel sellado y estampillas y no ha
hecho nada. Pero siéntate.
Ramo: (Sentándose) Bueno, ¿y entonces cómo has conse­guido que lo
suelten, cuando decían que le iban a seguir un juicio?
Gorg: (Sentándose) Mira, Ramona, la libertad de Berruga, si es que se
consigue, se la debe a un tío.
Ramo: ¿A un tío de quién?
Gorg: De Berruga.
Ramo: ¿Y Berruga tiene un tío?
Gorg: Guá, niña, cómo no; Berruga es sobrino del pres­bítero Aniceto
Berruga, que está hace años de cura en El Manteco.
Ramo: (Extrañada) Niña, y yo no lo sabía.
Gorg: Pues bueno, yo le telegrafié hará cosa de diez días, diciéndole lo
que pasaba, y me contestó inmediata­mente un telegrama dicién-
dome que no me preocupa­ra, que ese mismo día iba a gestionar la
libertad de Berruga desde allá, y que si acaso no tenían resultado sus
gestiones él tenía que venir a Caracas muy pronto y aquí se ocuparía
del asunto.
Ramo: ¿Y tú crees que venga?
Gorg: Yo sí lo creo, mijita, porque él quiere mucho a Berruga.

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SAINETES VENEZOLANOS

Ramo: Qué va, chica: (Con intención) cura, y en El Manteco, ese no se


mueve de allá.
Gorg: Quién sabe.
Ramo: Bueno, chica, y la prisión de Berruga, ¿por qué es?
Gorg: Pues, mijita, nadie sabe: unos dicen que si es esto, otros que si es
aquello; para mí, tengo que son chis­mes, porque han llegado hasta
decir que Berruga es... (Le habla al oído).
Ramo: Qué va, niña, pobrecito.
Gorg: Lo cierto es que el hombre lleva ya quince días de obispo y no hay
poder humano que le quite la mitra de la cabeza. Y mientras tanto,
yo aquí sufriendo esa garrapata (Señalando hacia donde está Celedo-
nio) que se me ha pegado y no logro arran­cármela ni con kerosén.
Ramo: Pero, ¿por qué no lo echas de tu casa? Mira que ese hombre aquí
metido no te conviene por ningún respecto; la gente es muy perversa
y en cualquier momento van a empezar a murmurar.
Gorg: Si es que no puedo, Ramona.
Ramo: (Extrañada) ¿Que no puedes? ¿Por qué?
Gorg: Pero, ¿tú no sabes lo que ha hecho ese bandido? Imagínate que a
cuenta de secretario se ha puesto a registrar los papeles de Berruga, y
como Berruga es tan bregador, pues encontró una carta firmada por
una tal Olga Tatiana donde le habla de unos zapatos de piel de Rusia,
y eso ha bastado para que este bandolero diga que Berruga lleva rela-
ciones con la gente aquella, amenazándome con que si yo lo aban-
dono, el canta la bicha; así mismo dice.
Ramo: ¡Qué canalla! Total que a cuenta de miedo se está dando la gran
vida.
Gorg: Ya lo creo. Y yo me veo a vapores, porque ima­gínate que no le
gustan sino huevos fritos, pargo a la vinagreta, bacalao a la vizcaína,
y en tocante a carnes: lomo encebollado, punta de atrás, a la parrilla y
muchacho sudado.
Ramo: Caray, chica, Berruga no te paga con nada las angus­tias que estás
pasando.
Gorg: Qué va a pagarme, en cualquier momento me da la gran patada
y cuidado si es pronto, porque a mí me han dicho que piensa casarse

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

con una tal Adolfina, una rubia de Berlín, porque ahora se le ha


metido en la cabeza que él ique es ario.
Ramo: Niña, ¿Qué es eso? (Extrañada)
Gorg: Yo que sé mijita, locuras que viven inventando ahora (En ese
momento tocan a la puerta) ¿Quién? (Eligio dentro con voz meliflua).
Elig: Gente de paz.
Gorg: Adelante.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena III

Dichos y Eligio.

(Eligio saliendo con paraguas desde la puerta foro)

Elig: Muy buenos días.


Gorg: (Secamente) Buenos días. (Aparte, a Ramona) El casero. Pase y
siéntese.
Elig: (Sentándose) No está Berruga, ¿no es verdad?
Gorg: No señor, no está.
Elig: Como siempre.
Gorg: Pero está su secretario, con quien va usted a enten­derse ahora
mismo.
Elig: ¿Cómo su secretario? ¿Y Berruga tiene secretario?
Gorg: Sí señor, ¿le extraña a usted?
Elig: No mijita, a mí ya no me extraña nada, cosas peores se están viendo
en esta democracia.
Ramo: ¿Qué vas a hacer? (Aparte, a Gorgonia).
Gorg: (Aparte, a Ramona) Voy a llamar al sinvergüenza ese (Por Celedo-
nio) a ver si este viejo le indigesta el desayuno. (Llamando) Espinosa...
Espinosa.
Cele: (Dentro) Anjá.
Gorg: Haga el favor un momento.
Cele: (Dentro) Allá voy.
Elig: Bueno y de mudanza, ¿qué? Ya son tres meses y no resolvemos
nada.
Gorg: El señor Espinosa le dirá.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena IV

Dichos y Celedonio.

(Saliendo con un tabaco encendido)

Cele: ¿Qué le duele, misia? (Reparando en Ramona) Hola, doña, ¿cómo


está usted? (Dándole la mano).
Ramo: Yo estoy bien, muchas gracias.
Gorg: Aquí el señor (Señalando a Eligio que se levanta), que viene a tratar
un asunto con Berruga, y como no está…
Cele: ¿Un asunto? ¿Será algo del proceso? (Gorgonia le hace señas de
callar) (Disimulando) del proceso... electoral.
Elig: (Que se ha dado cuenta) No, del proceso trimestral.
Gorg: El señor es el dueño de esta casa y viene a hablar sobre un pico que
hay atrasado.
Elig: Sí, un piquito de tres meses.
Cele: ¿Tres meses? Siéntese.
Elig: Gracias. (Sentándose).
Gorg: (Desde la izquierda) Vente Ramona (Aparte) que van a con­versar
dos almas cándidas.
Cele: Sí, déjenme solo con este caballero a ver cómo arreglamos este
asunto.
Ramo: (Aparte) Lo que es éste, mijita, no se indigesta ni con tasajo. (Mutis
las dos, izquierda).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena V

Celedonio y Eligio.

Cele: (Sentándose) Conque usted es el casero; el amable casero.


Elig: Así es señor. (Con sonrisa fingida).
Cele: Caramba, cuánto me alegra el haberme tropezado con usted, que
indudablemente podrá darme infor­mes sobre algo que me interesa.
Elig: Con mucho gusto: usted dirá.
Cele: ¿Qué se ha hecho la ley de inquilinato?
Elig: ¿La ley de inquilinato? Pues no sé. (Enseriando la cara).
Cele: Porque me han dicho que ahora el congreso del año 39 va a darle la
segunda discusión, el del año 40 la tercera y que quién sabe si hasta le
darán la cuarta.
Elig: Es probable; (Estornuda) caramba, como que me he resfriado.
(Poniéndose el sombrero) Con su permiso voy a cubrirme, porque este
frío que está haciendo en estos días me tiene acogotado.
Cele: ¿Lo embroma mucho el frío?
Elig: ¡Oh! Muchísimo, yo soy muy friolento.
Cele: ¿Y usted viene a cobrar?
Elig: Eso pienso.
Cele: Usted está helado. (Agarrándole la mano).
Elig: Sí, no le digo, el frío me pone como un posicle.
Cele: Pues voy a hablarle con franqueza, don Clemente.
Elig: No, Clemente no, Eligio; Eligio Campomanes, para servirle.
Cele: Muchas gracias; Celedonio Espinosa… Pues bueno, Campomanes,
yo le voy a hablar con fran­queza: Berruga no tiene un centavo, está en
la inopia más absoluta, o como dice el vulgo: en la carraplana. Pero
como él está por coger una herencia, usted no debe preocuparse.
Elig: ¿Una herencia? ¿Y de quién? (Con interés y sorpresa).
Cele: Del padre. Mejor dicho, no es propiamente una herencia, es una
demanda que ha intentado el padre contra los herederos del hombre
aquel, de los 27 años, y de cuyo producto el padre ha ofrecido darle la
mitad a Berruga.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Elig: Pero, ¿eso es cierto? (Con duda).


Cele: Señor Campomanes, no dude nunca de la veracidad de mis pala-
bras, yo soy un hombre íntegro. (Fingiendo dignidad).
Elig: No, si no dudo, pero la verdad me sorprende, por­que conozco a
Berruga hace algún tiempo, y nunca he oído hablar de eso.
Cele: Pues es cierto.
Elig: Bueno, ¿y por qué demanda?
Cele: Pues a derechas, por nada, pero usted sabe que así ha habido
muchas reclamaciones. Es más, dicen que el padre figuró en el viejo
régimen y que cogió bastante porque el jefe lo distinguía mucho,
porque decía que era un apóstol de la lealtad y un sacerdote del deber.
Elig: Y entonces, ¿por qué reclama?
Cele: Yo creo que es porque no lo dejaron coger más.
Elig: ¿Y eso será para pronto? (Con interés).
Cele: Ya lo creo; eso es ya. Y la pelota es gorda, creo que pasa de cin-
cuenta mil. En estos días sale la sen­tencia favorable. Eso no se ha
solucionado más pronto por la limpieza de Berruga. Supóngase que
tenemos 3 días consiguiendo cien bolívares que ha pedido el abo-
gado, y no hemos encontrado quien nos los preste, y eso que hemos
ofrecido darle doscientos a los ocho días.
Elig: Caramba... si yo supiera que es una cosa segura.
Cele: Don Eligio, eso es tan seguro como una agua de carabaña. (Pausa).
Elig: Bueno, y, ¿en las elecciones, por fin? ¿No salió Berruga?
Cele: Sí, salió a ochenta.
Elig: ¿Cómo a ochenta? ¿No consiguió nada?
Cele: Sí, consiguió que lo guardaran, es decir, que lo re­servaran para
otra ocasión. (Pausa).
Elig: Pobre negro (Compadeciéndolo).
Cele: Esa es una novela de Rómulo Gallegos.
Elig: ¿Cómo dice?
Cele: No, creí que estaba usted recordando.
Elig: Bueno, entonces, ¿usted cree que al coger me abonará?
Cele: Incontinenti.
Elig: ¿Y lo que hace falta son cien bolívares?
Cele: Sí, señor.

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SAINETES VENEZOLANOS

Elig: ¿Para dar cuánto?


Cele: Doscientos.
Elig: Bueno, yo los voy a prestar. Tome (Sacando la cartera, dándole un
billete). Hago este sacrificio por el pobre Berruga.
Cele: Y se lo agradecerá. (Guardándose el billete).
Elig: (Levantándose) Bueno, me retiro porque tengo otros cobritos que
hacer. Yo puede que vuelva por aquí más tarde, me agradaría hablar
con él.
Cele: Más tarde me parece que no estará, pero si usted quiere volver,
vuelva, esta es su casa. (Acompañán­dolo hasta la puerta).
Elig: Ya lo creo. Bueno, hasta otro día. (Mutis foro).
Cele: Adiós don Eligio (Viendo el billete). Caray, qué fácil se gana la vida
en Caracas. (Siente ruido y guarda el billete rápidamente. Gorgonia sale
con sombrero dirigiéndose al foro) ¿Cómo que va usted a salir, doña?

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena VI

Celedonio y Gorgonia.

Gorg: (Groseramente) Sí, señor, voy a salir. ¿Y qué? ¿No sacó usted nada
de la entrevista?
Cele: Nada, ese viejo es implacable. Dijo que si de aquí al domingo no
paramos el rabo, el lunes le pega un candado a la puerta y desente-
cha.
Gorg: Bueno, ya lo sabe.
Cele: ¿Y cuánto tiempo estaré solo? (Insinuante).
Gorg: Poco tiempo, yo estoy de vuelta en seguida. Además no queda
solo, allá adentro está Ramona remendán­dole unos interiores a
Berruga.
Cele: Hombre, a propósito de interiores, yo también tengo unos allá
dentro que quisiera que me le pegaran un parcho.
Gorg: (Amenazante midiéndolo con la mirada) Ese parcho se lo pegaré yo
a usted cuando regrese. (Mutis foro).

(Celedonio, que se ha quedado pensativo)

Cele: Caramba, eso de pegarme el parcho como que lo ha dicho con


intención. En fin, si así fuere, soportaré lo que venga sin que de mis
labios salga ni la más pequeña ofensa, porque ya lo dijo el poeta:
“ofender a una mujer, ni con un pétalo de rosa”. (Mutis derecha).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena VII

Ramona, luego el padre Aniceto.

(Ramona, saliendo izquierda, cosiendo una malla de color rojo que


simula ser unos interiores largos)

Ramo: Caray, parece mentira que todavía haya seres humanos que usan
estas cosas. Yo tenía a Berruga por un hombre más moderno, pero
ya veo que no lo es, mijita. Ahora me explico por qué no triunfó en
las elecciones; claro, qué iba a triunfar. Los pueblos quieren hombres
que tengan ideas avanzadas, y un hombre que use esta guarandinga
tiene que ser por fuerza cavernícola, retardatario y quién sabe si
hasta troglodita. Yo te hablo con franqueza: a mí me sale ese negro
a media noche con estos bichos y me privo: ¡ah, sí! Porque no puede
ser otro, sino el espíritu malo en calzoncillos. (Se santigua) Ave María
purísima. Vade retro satanás.

(En este momento aparece en la puerta del foro el padre Aniceto.


Es un cura de pueblo, negro o zambo, de edad indefinida. Lleva una
maleta y habla con reposo)

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena VIII

Ramona y Aniceto.

Anic: (Desde la puerta) Muy buenos días.


Ramo: (Levantándose asustada) ¿Quién?
Anic: (Desde la puerta) Soy yo, hija mía.
Ramo: ¿Qué desea?
Anic: Saber si es aquí donde vive el doctor Pradelio Berruga.
Ramo: Sí, señor, aquí es, pase adelante.
Anic: (Entrando) Ay, gracias a Dios que por fin he llegado. (Quitándose la
teja) Yo soy el tío de Pradelio.
Ramo: (Con alegría) ¡Ah! ¿Usted es el tío de Berruga?
Anic: Sí, señor.
Ramo: Caramba, siéntese, siéntese.
Anic: (Sentándose) Gracias, hija, muchas gracias. (Pausa) Y qué, ¿tú eres
la esposa de mi sobrino? Y no te extrañe la pregunta, porque hace
más de catorce años que no nos vemos.
Ramo: No, señor. La esposa de él ha salido, es Gorgonia.
Anic: Anjá. ¿Gorgonia qué?
Ramo: Gorgonia Monteagudo (Pausa).
Anic: ¿Tú sabes si ella recibiría un telegrama mío?
Ramo: Creo que sí lo recibió.
Anic: Te pregunto porque yo recibí en días pasados un telegrama de ella,
y como ahora hay tanto empleado de telégrafos que no sabe ni escri-
bir, en vez de Agudo, puso Aguado, y yo naturalmente le contesté a
Gorgonia Monteaguado.
Ramo: Sí, ella lo recibió.
Anic: Bueno, y de mi sobrino, ¿qué se sabe? ¿Todavía nada?
Ramo: Nada. Precisamente hoy espera ella que lo suelten, porque así se
lo ofreció el abogado, el doctor Zanca­dilla.
Anic: ¿Zancadilla? ¿Qué Zancadilla será ese? Porque yo conocí ahora
años, aquí en Caracas, a un doctorcito muy pícaro llamado Mamerto
Zancadilla, que vivía tumbando gente.

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SAINETES VENEZOLANOS

Ramo: No sé si será ese, yo no lo conozco. (Pausa).


Anic: Bueno, ¿y se demorará mucho Gorgonia?
Ramo: Yo creo que no, ella me dijo que volvía pronto.
Anic: ¿Y tú vives aquí con ella?
Ramo: No señor; vengo con mucha frecuencia a ayudarla en los queha-
ceres de la casa; mucho más ahora que con la prisión de Berruga está
pasando unos días la pobre.
Anic: ¿Y eso qué es? (Reparando en los interiores).
Ramo: Esto es de Berruga, que Gorgonia me encargó que se los remen-
dara. (Aniceto tomando los interiores y levantándolos en alto).
Anic: ¡Cómo! ¿Y mi sobrino es volatín?
Ramo: (Sonriendo) No, señor, es que los usa largos, según me ha dicho
ella, porque sufre de artritismo.
Anic: Caramba, y tan joven. Aunque bien mirado, Pradelio ya va sobre
los 40; lo que pasa es que a los negros nunca se nos ve la edad. Ya vea,
yo mismo: tengo 68 y aparento mucho menos.
Ramo: Ya lo creo.
Anic: Y me siento ágil y fuerte. Allá en El Manteco a las cinco estoy en
pie: ordeño, siembro, subo un palo, monto a caballo, en fin, todo lo
que hacen hom­bres más jóvenes. Por eso me molesté mucho ahora
días cuando un periodiquito, de esos vulgares que se publican ahora,
con objeto de hacerme daño salió diciendo que ya yo no soplo. (En
este momento se oye la voz de Celedonio dentro).
Cele: (Dentro) Misia, ¿no ha llegado aún Gorgonia?
Ramo: No señor, todavía no ha regresado.
Anic: (Extrañado) Esa es una voz masculina.
Ramo: Sí señor, es la voz de Espinosa.
Anic: Caramba, a mí se me pareció a la voz de Lara; un compadre que
tengo allá en El Manteco.
Ramo: Es la voz de Celedonio Espinosa, el secretario de Berruga. Voy a
llamarlo para que lo conozca.
Anic: Cómo no, con mucho gusto.
Ramo: (Acercándose a la derecha y llamando) Espinosa, Espinosa.
Cele: (Dentro) Diga lo demás.
Ramo: Hágame el favor, un momento.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Cele: (Dentro) Ahora voy.


Ramo: (Volviendo al lado de Aniceto) Este hombre acompa­ña a Berruga
desde hace unos quince días.
Anic: Tiene voz como de pagador de ruleta.
Ramo: Quién sabe, porque ese hombre parece que ha hecho de todo.
Anic: ¿Y vive en la casa?
Ramo: Sí, señor, porque Berruga tiene mucha confianza en él, y el día
que se lo llevaron lo dejó encargado de todos sus asuntos.
Anic: Debe ser buena persona.
Ramo: Así parece.
Anic: Sin embargo, en estos tiempos, mijita, hay que vivir, como dicen,
con un ojo cerrado y el otro abierto porque hay mucho espía. Imagí-
nate que en El Manteco, el año pasado, me denunció un monaguillo.
Ramo: (Asombrada) ¿De veras?
Anic: Como lo oyes, mijita: un monaguillo, y ahijado mío para colmo.
Imagínate que fue y le dijo al jefe civil, que yo debía ser... (Le habla
al oído) y todo porque le mandé a dar una mano de bermellón a san
Roque. (Quedan hablando en voz baja).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena IX

Dichos y Celedonio.

(Por la derecha deteniéndose en la puerta)

Cele: (Aparte) Caracoles, un presbítero. Se habrá muerto Berruga. (Acer-


cándose y haciendo una reverencia) Se saluda.
Anic: Muy buenos días, amigo.
Ramo: El señor es el tío de Berruga, el padre Aniceto.
Cele: (Dándole la mano) Tanto gusto; Celedonio Espinosa, católico,
apostólico y romano.
Anic: (Levantándose y dándole la mano) Me gusta, me gusta. Aniceto
Berruga para lo que se te ofrezca.
Cele: Muchas gracias. Siéntese, padre, siéntese (Ambos se sientan).
Anic: Pues aquí me tienes, hijo, en Caracas después de catorce años de
ausencia, metido en El Manteco, sin po­der desprenderme.
Cele: Sí, yo siempre lo he dicho: que ese debe ser un pueblo muy sabroso,
porque de El Manteco son pocos los que se desprenden.
Anic: Así es. Yo mismo no habría hecho este viaje a no ser por la prisión
de mi sobrino.
Ramo: (Levantándose) Bueno, con permiso, padre.
Anic: Lo tienes hija, lo tienes.
Ramo: Ya Gorgonia no debe dilatar.
Anic: No te preocupes, mijita.
Ramo: Bueno, hasta ahora. (Mutis izquierda).
Anic: Que Dios te acompañe, hija. (Pausa) Bueno, y de mi sobrino: ¿qué
se sabe? Usted que es su secretario debe estar enterado. ¿No hay espe-
ranzas de que salga?
Cele: Ninguna. Berruga a muy bien salir se pega sus tres meses.
Anic: ¿Y de dónde le saldría a mi sobrino esa idea de meterse en la polí-
tica?
Cele: Esa es una idea muy noble, padre, que anida en todo pecho vene-
zolano: servirle a la patria… y conseguir. Porque usted sabe que la

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302

YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

política es un negocio, que si usted es meneao y habilidoso, a los seis


meses ya está del otro lao. (Ramona saliendo con sombrero y una carta,
se dirige al foro).
Ramo: Bueno, hasta luego. Voy un momento al correo a poner esta carta
de Gorgonia. (Mutis foro).
Cele: Adiós, misia.
Anic: Hasta luego, hija. (Pausa).
Cele: Bueno, padre, ¿y usted no piensa despojarse y descansar?
Anic: Sí, pero luego, quiero esperar a Gorgonia.
Cele: Ya no debe dilatar. (Pausa).
Anic: Pues yo, a pesar de lo que me dices, pienso hacer gestiones mañana
mismo a ver si consigo la libertad de mi sobrino.
Cele: Idea muy noble, padre.
Anic: Pero quisiera saber con exactitud cuál fue la causa inmediata de su
arresto.
Cele: La causa inmediata de su arresto, fue… ¿Usted conoce a Francisco
del Otro Lao?
Anic: No. ¿Quién es ese señor?
Cele: Ese es un son que está ahora muy en boga.
Anic: Bueno, ¿y qué?
Cele: Pues que varios enemigos políticos de Berruga, esto se ha sabido
después, pagaron a unos cantadores del radio para que vinieran, en
son de mamadera e gallo, a cantarle ese son a Berruga en el zaguán
de la casa.
Anic: Anjá.
Cele: Y sucedió que cuando los tercios estaban más entusiasmados en
aquello de (Cantando)

¡Ay! Francisco, ¡ay! Francisco


Quién me dará los besitos,
Quién me sacará la yuca.

...Llegaron varios partidarios de Berruga y se formó la gran paliza;


sonaron dos tiros y a poco se pre­sentó un detective que cargó con su
sobrino por perturbador del orden. Eso es todo.

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SAINETES VENEZOLANOS

Anic: Bueno, bueno, ahora sí estoy enterado; eso era lo que yo quería
saber. (Pausa) Bueno, ¿y qué filiación política es la de mi sobrino?
Cele: El es zurdo y es zurdo por testarudo, porque yo bastante se lo dije:
doctor, no se defina, porque eso no le conviene, acostúmbrese al vai-
vén. Acuérdese de aquello de un tirito al gobierno y otro a la revo­
lución.
Anic: No, no, no, eso es indigno de un Berruga.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena X

Dichos y Gorgonia. Aparece foro.

Cele: Aquí está ya doña Gorgonia. (Ambos se levantan).

(Gorgonia yendo hacia el padre y abrazándolo emo­cionada)

Gorg: Padre Aniceto, por fin se resolvió usted a venir. (Llora).


Anic: (Emocionado) Por fin, hija, por fin. (Quedan abrazados. Celedonio
enjugándose una lágrima fingida)
Cele: Qué cuadro tan conmovedor.
Anic: (Consolándola) Bueno, bueno, ya pasó. Ahora vamos a ver mañana
qué se hace. (Se sientan).
Gorg: Ramona fue la que me dio en la calle la noticia de su llegada.
Anic: Sí, yo llegué hace como media hora. (Pausa) Bueno, y según me
dice aquí el amigo, (Por Celedonio) ¿no hay trazas de que lo suelten?
Gorg: Yo no sé, padre, pero yo tengo idea de que Berruga sale hoy.
Anic: Ojalá.
Gorg: A mí me dijo ahora un policía que lo había visto en la lista.
Anic: ¿En qué lista?
Gorg: No sé, pero debe ser en la de los que van a poner en libertad.
Cele: (Aparte) Pobrecita: a lo mejor es una lista para la Isla del Burro.
Gorg: Bueno, padre, usted necesitará lavarse y descansar.
Anic: Sí, hijita, sobre todo descansar. Tengo dos noches que no sé lo que
es pegar los ojos. Salí de El Manteco para Bolívar ayer a las tres de la
mañana, en un condenado burro que no hacía sino rebuznar y que
me sacó tres veces.
Cele: (Aparte) Ese burro es izquierdista.
Anic: Luego el viaje en el avión que me ha dejado molido.
Gorg: Bueno, por lo pronto se acomodará en la cama de Berruga,
y usted, Espinosa, se irá a dormir allá afuera. (Indicándole hacia la
izquierda).
Cele: Cómo no, misia, donde usted diga.

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SAINETES VENEZOLANOS

Anic: No, hija, por mí no molestes al señor; yo en cual­quier parte me


acomodo.
Gorg: No, señor, usted en la cama de su sobrino, no falta­ba más.
Cele: Así es, padre, usted lo merece todo.
Anic: Gracias, hijo, muchas gracias.
Gorg: Qué sorpresa tan grande la que va a recibir Berruga cuando lo
vea. Ayer no más convinimos yo y Ramona en que si usted venía no
decirle nada a Berruga hasta que se encontraran frente a frente.
Anic: Ya ni nos conoceremos; son catorce años de ausencia.
Gorg: Bueno, padre, cuando quiera puede irse a descansar.
Anic: (Levantándose) Manos a la obra. ¿Por dónde?
Cele: Por aquí. (Señalándole hacia la derecha).
Gorg: ¿Esta es su maleta?
Anic: Sí, tráela acá. (Tomándola) Hasta luego.
Cele: Hasta luego, padre, que descanse.
Anic: Gracias, hijo.
Gorg: Ahí lo tiene todo, padre Aniceto: paño, agua y jabón; luego le
arreglaré un colgador.
Anic: Ya ves, eso sí que no, yo no uso ese adminículo; esta sotana no me
la quito ni para dormir. (Mutis derecha).
Gorg: (A Celedonio) Y usted, acomódese con tiempo, mi amigo, porque
lo van a coger los nazarenos. (Mutis izquierda. Celedonio, que se ha
quedado ensimismado).
Cele: Bueno pues; me desalojan. Pero no aflojo el puesto, caray. Ya me lo
dijo a mí Berruga: no lo afloje, ni que yo le pida la renuncia. Vamos a
arreglar mis nuevas habitaciones. (Mutis izquierda).

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Escena XI

Berruga, solo.

(Por el foro aparece Berruga. Viene cabizbajo, silencioso y trágico.


Viste con desaliño, las manos metidas en los bolsillos del saco. Se
detiene en la puerta y escruta la escena con la mirada).

Berr: ¡Nadie! (Entrando) ¡Qué tristeza! (Pausa). Esto me hace recordar


los versos aquellos que dicen:

Silencio y soledad, calma y misterio


reinan doquiera que la vista giro;
todo tiene quietud de cementerio
y es triste hasta el ambiente que respiro (Se sienta).

Y más triste va a ser dentro de un rato como llegue a ser verdad lo que
me dicen en esta carta: (Saca una carta y lee): “Dos letras tan solo te escribo”.
Bueno, esto es de un cuplé, pero no tiene que ver: (Leyendo) “Dos letras tan
solo te escribo, y ellas son suficientes para enterarte de lo que te interesa: Tu
mujer te engaña con un albañil. Ya lo sabes todo. En su casa la tienes muy con-
tenta con su maestro de albañilería, mientras tú te pudres en el presidio. Tu
amiga, Zoila Cabeza de Ñaure”. (Guarda la carta) Eso de podrirse en el pre-
sidio lo he oído yo en Juan José. Ahora, que yo no conozco a ninguna Cazeba
e Ñaure. Sea como sea, algo hay de cierto. A mí me huele aquí a gato enmo-
chilao; este silencio me lo dice. Y como llegue a ser cierto, ¡Ay!, mi amigo,
la sampablera va a ser gorda, va a llevar leña to el mundo. Aquí como en el
refrán, hasta el cura bebe caldo. (Mutis derecha. Momentos de silencio.
Dentro) ¿Qué es esto? ¿Un cura durmiendo en mi cama? Toma, canalla,
bando­lero, sinvergüenza. (Se oyen golpes de palos y un disparo de revólver).

(Aniceto, dentro, lanza un grito agudo)

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SAINETES VENEZOLANOS

Anic: (Dentro) ¡Ay, mi madre! (Saliendo aterrorizado hacia la izquierda, en


plantillas de medias, con una mano en la cintura y llevando los botines
en la otra) ¡Auxilio! ¡Socorro, que me matan! (A los gritos de Aniceto
salen alarmados por la izquierda Gorgonia, Ramona y Celedonio, que
amparan a Aniceto, en tanto que Berruga aparece en la derecha, con
cara feroz, blandiendo un garrote y un revólver).
Gorg: ¿Qué pasa?
Ramo: ¿Qué es esto?
Cele: ¿Qué sucede?
Berr: (Fuera de sí) ¿Qué hace ese cura en mi cuarto?
Gorg: Berruga, por Dios, que es tu tío.
Berr: ¿Qué tío?
Gorg: Tu tío Aniceto que ha llegado.
Berr: ¿De dónde?
Cele: De El Manteco.
Berruga: (Serenándose) ¿Es posible?
Anic: Y tan posible, hijo, como que he venido desde El Manteco a hacer
por tu libertad. (Acercándose cautelosamente).
Berr: (Con desconfianza) ¿Pero es cierto? ¿Usted es mi tío Aniceto?
Anic: El mismo, mijito, el mismo.
Berr: Tío, perdón (Botando las armas y abrazándolo. Celedonio contem-
plando a los dos hombres abrazados).
Cele: Esto me hace acordar de la ruleta cuando decían: 2 negro.
Anic: Hijo, por Dios; por poco me matas.
Berr: ¿Y le hice daño, tío?
Anic: Un palo nada más lograste darme.
Ramo: Pobrecito.
Berr: ¿Por dónde, tío?
Anic: (Tocándose más abajo de la cintura) Por detrás: Gracias a que yo
duermo boca abajo, que si hubiera estado boca arriba me fracturas.
Gorg: A ver, don Aniceto, ¿dónde ha sido?
Anic: Aquí (Tocándose el sitio).
Cele: A ver; esa es la región mastoidea. (Acercándose y tocando).
Gorg: (A Berruga) Caramba, con el susto ni me he ocupado de ti.
Berr: (Con acritud) Ni falta que hace.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Anic: Eh, qué es eso. (Reprendiéndolo).


Berr: Es que estoy como loco, tío.
Anic: Claro, hijo, la política: la política enloquece a las criaturas.
Berr: No tío, no es la política, es que esa mujer me engaña. (Señalando a
Gorgonia).
Gorg: (Asombrada) ¡Qué!
Ramo: (Asombrada) ¡Cómo!
Cele: (Indignado) ¿Misia Gorgonia? Eso es falso.
Berr: ¡Falso! (Dándole la carta a Aniceto) Entérese de esta carta, tío, y ya
verá que es verdad lo que le digo.
Anic: Déjame sentarme. (Se sienta) Déjame calzarme. (Al ir a ponerse los
zapatos no puede hacerlo quejándose del palo que le dio Berruga) ¡Ay!,
no puedo calzarme.
Cele: A ver, yo lo calzo, padre.
Anic: No, prefiero que me calce mi sobrino.
Berr: (Tomando los zapatos) A ver, tío. (Se arrodilla y lo calza) Ya está, y
ahora lea, tío, lea y dígame si no tengo razón en lo que digo.
Anic: (Leyendo) Tu mujer te engaña con un albañal, digo, con un albañil.
Gorg: (Asombrada) ¿Que yo engaño a Berruga?
Ramo: (Indignada) Mentira.
Cele: Calumnia.
Gorg: (Tratando de coger la carta) A ver, ¿quién es el autor de semejante
infamia?
Anic: La señora de Ñaure. (Leyendo).
Gorg: ¿Y quién es la señora de Ñaure?
Anic: No sé. (Leyendo la firma) Aquí dice: Zoila Cabeza de Ñaure.
Gorg: (En una explosión de llanto) Qué horror, Dios mío, qué horror; una
mujer que no ha hecho sino sacrifi­carse y sufrir; Ramona lo sabe, y
ese mismo hombre (Señalando a Celedonio) es testigo. (Llora apoyada
en el hombro de Ramona).
Cele: Es verdad: esa mujer y yo hemos sido dos mártires en esta casa.
Berr: (Que ha permanecido lloroso con la carta en las manos) Qué desastre,
tío, qué desastre, yo verme suplantado en el amor de Gorgonia por
un albañilete que probablemente no sabrá ni coger una gotera.
Anic: Pero serénate, hijo, serénate.

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SAINETES VENEZOLANOS

Berr: No puedo serenarme, tío, no puedo.


Cele: (Aparte) Tendrá gripe.
Anic: (Con dulzura) Y, ¿por qué?
Berr: Porque desde que leí esa carta no veo por todas partes sino el anda-
mio, la regla, la plomada, y sobre todo la cuchara y el adoboncito.
Gorg: No insista, padre, no insista, sus palabras no harán mella en el
corazón de ese hombre. Me siento desam­parada. El único refugio
que me queda es su cariño, padre. (Cayendo de rodillas y apoyando la
cabeza en las piernas de Aniceto) Yo me voy con usted para El Man-
teco.
Cele: (Cayendo de rodillas ante el padre Aniceto) Y yo tam­bién me voy
con usted para El Manteco, padre, porque yo no sé vivir al lado de los
ingratos.
Ramo: ¡Ah! Yo no soy la de menos. (Acercándose y cayendo de rodillas ante
el padre Aniceto) Padre, yo también me voy para El Manteco.
Anic: (Con carácter) Ea, basta ya. A levantarse todo el mundo. (Todos se
levantan) Aquí nadie va para El Manteco. ¿Qué han creído ustedes?
¿Que El Manteco está realengo? Y tú (A Berruga) acércate, que en
esta querella matrimonial voy a terciar, porque en concreto…
Berr: Tío, por Dios, no me hable de terciar ni de concreto, porque me
parece que va a hablar el albañil.
Anic: No, el que va a hablar soy yo. (Levantándose. Con carácter) Tú haces
las paces con tu mujer ahora mismo; porque todo esto, (Mostrando
la carta) es una calumnia vil; una maniobra de algún sinver­güenza,
amigo tuyo, que quiere distanciarte de Gorgonia para alcanzar sus
favores, creyéndola mujer liviana.
Cele: Muy bien dicho.
Anic: Y apréndelo, ahora que te has dedicado a la política. Esa misma
táctica siguen muchos en política: sembrar la discordia entre los
pueblos para ellos aprovechar.
Ramo: Así es.
Cele: Caray, este hombre es un púlpito, debe se una co­sa seria.
Berr: ¿De manera que usted asegura que Gorgonia es inocente?
Anic: Completamente.
Berr: Sus palabras son para mí el Evangelio, tío, porque usté es un santo.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Cele: Sí, será san Benedito.


Anic: Bueno, se acabaron los disgustos, y que reine la paz en esta casa.
(Levantando las manos).
Cele: Caray, si este hombre fuera blanco, diría que era Chamberlain.
Berr: (Abriendo los brazos a Gorgonia que ha permanecido abatida) Gor-
gonia, ven a los brazos de tu negro.
Gorg: (Abrazándolo efusivamente) Ay, Berruga, qué peso me has quitado
de encima. (Quedan en el centro de la escena estrechamente abrazados).

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena XII

Dichos y don Eligio, foro.

Elig: (Desde la puerta) Buenos días.


Cele: Adelante don Eligio, llega usted a la hora del whisky.
Elig: ¿Cómo del whisky?
Cele: (Señalándole el grupo de Berruga y Gorgonia) Guá, no lo vé: blanco
y negro.
Elig: (Aparte) Este clérigo debe ser el de la demanda, ya estará al coger la
pelota de los cincuenta mil.
Ramo: Siéntese, don Eligio.
Elig: Gracias, hija. (Hace una gran reverencia a Aniceto).
Gorg: (Presentándoselo) Don Eligio, el padre Aniceto.
Anic: Tanto gusto: Aniceto Berruga. (Dándole la mano).
Elig: El gusto es para mí, padre; Eligio Campomanes. (Le besa la mano, y
ambos se sientan).
Berr: (A Aniceto) El señor es el dueño de la casa.
Anic: Anjá.
Elig: Sí, señor. (Con sonrisa fingida).
Cele: (Que ha estado hablando con Ramona) Bueno, pa­dre, y misia
Ramona y yo, ¿cuándo haremos las paces?
Anic: Quién sabe. (Con sonrisa bondadosa).
Ramo: ¡Zape! (Separándose).
Elig: (A Aniceto) Bueno, ¿y su asunto se arregló?
Anic: Ya lo ve usted, favorablemente.
Elig: (Aparte, a Celedonio que se ha sentado a su lado) Aconséjele que no
acepte el dinero en bonos por­que se le vuelve sal y agua.
Cele: (Aparte a Eligio) Es verdad, se lo diré, muchas gracias.
Anic: (Levantándose) Bueno y ahora sí me voy a descansar un rato.
Berr: Muy bien, tío.
Anic: Y abandona la política, hijo, que eso no te llevará a ninguna parte;
para el efecto: que ninguno en esta casa le hable a mi sobrino de polí-
tica.

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YO TAMBIÉN SOY CANDIDATO

Gorg: Me debes una mortificación muy grande, Berruga. (Reconvinién-


dolo cariñosamente).
Cele: Y a mí también; y al padre Aniceto un susto.
Anic: No, no, no; aquí nadie le debe a nadie.
Elig: (Levantándose rápido) A mí sí, padre: el señor (Señalando a Celedo-
nio) me debe cien bolívares.
Cele: Don Eligio, tengo amnesia.
Elig: ¿Y qué es eso?
Cele: Pérdida de la memoria.
Elig: (A Berruga) Y usted, tres meses de casa.
Berr: Pero don Eligio, usted es bien porfiado. No ha oído lo que acaba de
decir mi tío; que no me hablen de política.
Elig: ¡Ah! ¿Esto quiere decir que yo no cobro?
Cele: No, señor; esto quiere decir que no pagamos, pero usted puede
seguir cobrando.
Elig: (Con profunda extrañeza a Ramona y a Gorgonia) Y, ¿ustedes qué
dicen a esto?
Gorg: Yo no puedo opinar porque soy parte interesada.
Ramo: Y yo salvo mi voto, don Eligio.
Elig: (A Aniceto, casi suplicante) ¿Y usted, padre?
Anic: Hijo, no conozco ese pescado.
Elig: (Con indignación) Pero esto es un atropello, un reparto que ustedes
hacen de lo mío, de lo que me pertenece.
Anic: Resignación, hijo mío, resignación.
Cele: Sí, resígnese don Eligio, resígnese; y conduélese pen­sando que
igual le pasó a Checoslovaquia, y nadie dijo nada.
Berr: Bueno, y hemos terminado. Usted, tío, a descansar, y tú, Celedo-
nio, ya puedes ir arreglando tus peroles, afloja el puesto, porque ya
no necesito secretario.
Cele: ¿Quién, yo? Usted está pelao conmigo, viejo. Recuerde que usté
me dijo que no aflojara el puesto ni que usted me pidiera la renuncia.
Además, tenga en cuenta una cosa, compadre, que yo soy venezo-
lano; y un venezolano no renuncia nunca.

Telón. Fin de la obra

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Un diputado modelo
Sainete en un acto y tres cuadros, original de Rafael Otazo32. Inédito.

32 Rafael Otazo (Caracas 1872-1952). Dramaturgo, director y empresario teatral. De su


intensa vida y prolífica obra dedicada al teatro ha quedado muy poco. Sin embargo su
nombre fue presencia obligada en la prensa y crónicas de la época, adonde encontramos
referencias a su labor iniciada desde fines del siglo XIX y prolongada hasta comienzos de
los cuarenta. Como empresario teatral, junto con el entonces muy reconocido Miguel Lei-
cibabaza, desarrolló una incesante actividad trayendo permanentemente actores y com-
pañías de ópera, zarzuela y dramas que animaron la escena caraqueña. Su especialidad
como autor fue el sainete y se dice que escribió más de ochenta, de los cuales hasta ahora
sólo hemos podido rescatar esta escena primera de “Un diputado modelo”, escrita en 1937
y publicada en la revista Élite, en 1940. Los sainetes de Rafael Otazo gozaron de éxito y
consiguieron llenar las salas en funciones consecutivas. Entre sus títulos conocidos, ade-
más de su primera pieza Los apuros de un jefe civil (escrito en 1898), contamos entre otros
con El rapto (1899), Una viuda Comilfó (1914) —que alcanzó más de 200 presentaciones—,
Perolería artística (1904), Sancocho e´gallina (1924), Soirée frappé (1924) y, un caso espe-
cial, Ño Leandro Tajamajaca (1924), que antes, en 1915, había servido de guión a la primera
película de ficción venezolana titulada Don Leandro el inefable, según investigaciones de
Ambretta Marrosu en el Ininco.

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SAINETES VENEZOLANOS

Escena inicial

Sala amueblada decentemente, indispensable un diván. Al foro, puerta


que se supone da a la calle. A la derecha, puertas en primero y
segundo término. A la izquierda, puertas con cortinas. Sube el
telón y están en el escenario Luz, Paz y Blas, limpiando y aco-
modando los muebles. Repican campanas y suenan disparos
(cámaras, cohetes).

Paz: (Al terminar el repique) ¿Oíste el tercer repique?


Luz: Sí, mamá, lo oí.
Paz: ¿Y te has dado cuenta de que nos cogieron los nazarenos?
Luz: Lo sé. ¡Estamos cruditas!
Paz: ¡Y yo estoy medio muerta! ¡Ya no puedo más! ¡Toda la noche lle-
nando hallacas, colando carato y lavando mondongo!
Luz: ¡Toda la noche, no!
Paz: ¿Cómo que no?
Luz: Porque en la madrugada te fuiste a misa.
Paz: Y al terminar me vine volando a meterme de nuevo en la cocina.
Luz: Y si no lo haces así, quedamos en ridículo.
Paz: Estas ferias deben suprimirlas. ¡San Serapio nos deja reventadas!
Luz: El pobre san Serapio no se mete con nosotras. El año pasado bas-
tante gozamos, y sin trabajar nada. Pero este año, como papá ha
salido electo diputado, quiere ganar popularidad obsequiando a
todo el mundo; y nosotras hemos pagado el pato.
Paz: Dígame eso: ¡Jobo diputado! ¿Qué sabrá burro de freno?
Luz: Mamá, papá no es tan burro. ¡Se ha pulido mucho!
Paz: Ahora, con la democracia, se ha metido en la cabeza todo lo que en
los periódicos se publica sobre los intereses de la comunidad.
Luz: ¡Él no es comunista!
Paz: Ni lo quiera Dios; pero si se descuida, ¡lo van a enredar!
Blas: ¡Ay, mi mamá! (Llevándose las manos a la cabeza).
Paz: ¿Qué te pasa?
Blas: Que me he olvidao limpiá los zapatos de don Jobo.

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UN DIPUTADO MODELO

Paz: ¡Si son nuevos! Se los puso ayer para pisarlos.


Blas: Y los empantanó... ¡Están asquerosísimos!
Paz: ¿Y cómo fue eso?
Blas: Persiguiendo un toro en los potreros se metió en un charquero.
Paz: ¿Y para qué se metió a perseguir toros?
Blas: Porque es uno de los más bravos que van a toreá esta tarde y se
salió de la madrina cuando los traían pa’ el corral.
Paz: ¡Pues límpiaselos en cuanto termines aquí!
Luz: ¡Ay!... ¡Ay!... ¡Ay!...
Paz: ¿También te quejas?
Luz: Sí, mamá, porque no he arreglado la ropa que se va a poner papá.
Paz: ¡Válgame el calvario! Eso es grave. Si va a vestirse y no encuentra
todo preparado nos amargará el día.
Luz: (Dándose golpes en el frente) ¡Pero, no!... ¡Pero, sí!...
Paz: ¿En qué quedamos?
Luz: En que tengo la cabeza mala.
Paz: ¿Y ahora lo sabes?
Luz: Es que no me acordaba que anoche se lo preparé todo y le limpié los
zapatos.
Blas: Muchas gracias, señorita, porque estaba temblando.
Paz: ¡Ay!... ¡Ay!... ¡Ay!...
Luz: ¿Te llegó el turno de lanzar el quejido?
Paz: Porque se me olvidó una cosa importantísima... ¡Blas!
Blas: Mande, misia.
Paz: Ve a la casa de Patricia, y que me mande el casabe y las naiboas que
le encargué.
Blas: Voy, misia. (Medio mutis).
Paz: Pasa por el rancho de Gregoria y tráete las hallaquitas.
Blas: Sí, misia, voy volando. (Mutis foro).
Paz: ¡Luz!
Luz: ¿Qué quieres mamá?
Paz: ¿El carato estará bueno de dulce?
Luz: Sí, mamá.
Paz: Cuídate de que el tequiche no se le pegue a Inés.

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317

SAINETES VENEZOLANOS

Luz: Sí, mamá. ¿Y qué más?


Paz: Que le hemos de echar agua y papelón al barril de la madre.
Luz: ¿La madre de quién?
Paz: La madre del guarapo fuerte.
Luz: Ya Blas lo preparó.
Paz: Si te parece, dile a Inés que haga también arroz con coco.
Luz: ¡Cómo no!
Paz: Ya sabes que Jobo es un foribundo criollista. Todo lo que obsequia
tiene que ser criollo y popular. Ha declarado guerra a muerte a los
bombones porque dice que son importados o falsificados.
Luz: Su grillo es lo criollo. Por él encargué a la panadería acemitas, besi-
tos, almidoncitos y gorfiados.
Paz: Va a presentarse una gran variedad de granjerías criollas, porque el
chingo Ruperto está haciendo gofios, melcochas, huecas, torrejas y
guargüeros.
Luz: Me parece que para tan poca comida hay mucho dulce.
Paz: ¿Poca comida? Hay mondongo, chicharrones, pernil horneado,
parrilla gorda, hallacas, bollos y tostones.
Luz: Pero en pocas cantidades, y papá quiere dar de comer a todo el pue-
blo.
Paz: El pueblo tiene su ternera; aquí no pasan de doce los invitados.
Luz: ¿Y se puede saber quiénes son?
Paz: Los miembros del Concejo Municipal.
Jobo: (Por segunda derecha) Sí señor, los que me han elegido diputado al
Congreso Nacional. Los que me llevan a las cámaras legislativas para
que luche por la causa del pueblo.
Paz: Tú no estás ya para luchar, sino para descansar.
Luz: ¡Déjalo que luche, mamá!... Y me voy yo a luchar con la cocinera.
(Mutis).
Jobo: Tu hija tiene más inteligencia que tú. Sólo a ti se te ocurre decir que
debo descansar cuando el país evoluciona políticamente y la reac-
ción marcha a pasitrote para lograr el triunfo de la justicia. Ahora
es que estoy resuelto a acuñar y echar pa’ lante. Ya verás lo que es un
diputado elegido por el pueblo y no fabricado en Maracay!
Paz: Tú no puedes ser diputado porque nunca has sido político.

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UN DIPUTADO MODELO

Jobo: Te equivocas; mis características de hombre público son notables.


¡Seré un diputado modelo!
Paz: ¡Qué equivocado estás!
Jobo: ¡Soy un hombre de conducta intachable, de vida austera y sencilla!
Paz: ¡Que te crees tú eso!
Jobo: ¡Sí, señora, soy incapaz de ensuciar mi apellido cometiendo
indignidades! Mi pueblo sabe que voy a trabajar en pro de los inte-
reses de la comunidad porque no necesito explotar ni extorsionar a
nadie; tengo el riñón bien cubierto, con plata ganada con mi trabajo,
regando mis campos con el sudor de mi frente.
Paz: Me dejas asombrada. ¡Jamás te he oído hablar así!
Jobo: Si antes de ahora hubiera echado fuera lo que tenía dentro del
buche habría ido a amansar un par de grillos en el castillo.
Paz: ¡No seas exagerado!
Jobo: ¿Exagerado? Recuerda que me vigilaban de día y de noche.
Paz: ¿Y eso por qué?
Jobo: Porque reconocían la gran dosis de valor cívico que hay dentro de
mi ser.
Paz: Pero tú no protestabas, te callabas.
Jobo: Mi patriotismo me obligaba a callar ante las imposiciones del
momento que vivíamos y a esperar que llegara este otro momento de
verdadera justicia social.
Paz: Más patriota que Arévalo González no ha habido otro y vivió pro-
testando; su patriotismo no le obligó a callar.
Jobo: No tuve valor para sacrificarme como él... fui cobarde. ¡Pero ya ves
que llegó el día en que voy a trabajar por el engrandecimiento de mi
pueblo!

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Almuerzo de familia Rafael Michelena Fortoul, Chicharrita 33

33 Rafael Michelena Fortoul, alias Chicharrita (Barquisimeto 1890-Los Teques 1933). Escri-
tor y humorista en verso y prosa. Se consigue poca documentación sobre su vida y obra.
Colaboró en Fantoches entre 1924 y 1930. Particularmente resalta su humor, según Aqui-
les Nazoa, en relación con los temas de la gastronomía criolla y con el trasfondo de un
mundo sórdido y desamparado, rasgos que pueden detectarse en estas comedietas absur-
das publicadas en Fantoches.

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11 de la mañana. Bullicio gradillero. Alfredito, quien la noche anterior gastó
15 bolos. Robertico, quien anduvo con él. El joven Rodríguez, recién
llegado del interior, quien tiene plata, llega después. Todos se reúnen en
Las Gradillas

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323

SAINETES VENEZOLANOS

Alfredito: ¡Qué ratón tan horroroso!


Robertico: ¡Cónfiro! ¡Y la pila de puyas que gastamos!
Alfredito: ¿Y no te quedó nada?
Robertico: ¡Ni uno!
Alfredito: ¿Y cómo hacemos pal palito?
Robertico: ¡Eso se presenta!

Llega Rodríguez, un poco cohibido. Se acerca al mostrador del boti-


quín y pide discretamente:

Rodríguez: Un vermouth preparado.

Alfredito y Robertico deciden ponerse atacones pa’ lante.

Alfredito: Ven acá, compadre.


Robertico: Acércate, viejito.

Rodríguez se aproxima y manda la parada.

Rodríguez: ¡Para los señores lo que pidan!

Se sirven los palos

Robertico: ¡Qué hambre tengo!


Alfredito: ¡Si anoche no comimos!
Rodríguez: Eso no es óbice; yo tengo para los troncos.

En este momento hace su aparición un literato en cuya casa se puede


comer. Se acerca con aire caviloso al grupo. Tiene un aspecto de encar-
gado de restorán y una cara triangular de caja registradora. Sobre la
nariz, donde alternan el rojo rábano y el morado remolacha, cabalgan
unos quevedos de carey ahumado. Los ojos no se distinguen por los
quevedos, pero se supone que estén también rojos y con sus lagañitas.

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324

ALMUERZO DE FAMILIA

El literato: (Exclama) ¡Están bregando los muchachos! Yo tengo un


duro. Pela y se le ve laja.
Robertico y Alfredito: (A un tiempo) ¡Eso es con nosotros! ¡Venga de
ahí maestro!
Rodríguez: No beban tanto, vamos a tirarnos el taco.
El literato: Mejor es que vayamos a casa, que hay un almuercito fami-
liar. Lo que falta es el vino...
Rodríguez: (Entusiasmado) ¡Y una latas!
Alfredito: (En el colmo del entusiasmo) Y un aguacate.
Robertico: ¡Yo pongo el apetito!
El literato: Hoy debe estar suculento ese gran hervido picado hecho
personalmente por mi señora, que le pone buen lagarto, buena carne
de pecho, huesos sustanciosos y demás yerbas aromáticas.
Un poeta oyente: ¡Ah mundo!
Alfredito: ¿Bueno, porque no nos echamos otro palito?
El literato: No, vámonos a la almorzadera. No hay sino que comprar
dos botellas de vino. Vino bueno, y hielo. Y una botella de brandy
por sí o por no.
Rodríguez: ¡Vengan latas: antipasto, anchoas, patefuagrás, patagrás,
mules, lo que haiga!
El literato: ¡Venga todo! ¡Estos son muchachos decentes! Cada quien
coja su pote. Yo llevo las botellas.

Se inicia una marcha triunfal

El literato: Raspemos hacia La Natividad, y de paso nos compramos


dos kilos de chuletas que nunca están demás. El palo de rigor será en
“El Japonés”. Más arriba hay una blanquita...
Robertico: ¡Un coche!
Alfredito: ¡Un auto!
Rodríguez: ¡Un autobús!
El literato: Vámonos a pie.

Todos desfilan parsimoniosamente detrás del anfitrión. Se oye la voz


de un cochero.

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325

SAINETES VENEZOLANOS

Cochero: Basirruque.

Han caminado más de quince cuadras y ya están en la casa

El literato: Pueden quitarse el saco, vulgo paltó. ¿Dónde están las


botellas?
Los demás: ¡Aquí están! ¡Aquí están!

Depositan sobre la mesa cebolla, ajos, tomates, chorizos, huevos


duros, y morados y una longaniza

El literato: ¿Y las latas?

El poeta que se ha colado:

Las latas son indigestas.


Voy a dar un recital
con las rimas superpuestas
de mi cosecha ideal.

Uno: ¡Premeditación y seña!


Otro: ¡Elaborémosle un bollo!
Alfredito: ¡A mí me traes una caña!
Robertico: ¡Y a mí me traes un repollo!
El literato:
Esos versos son muy malos
poeta cucarachón.
Entrémosles a los palos
y ataquemos el jamón.
Todos: ¡Y un jamón! ¡Y un jamón!
La señora (Entrando):
Yo aquí no quiero rascados;
¡quieren comerse el jamón!
¡Pobrecitos ambilados
que no tienen ni un simón!

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ALMUERZO DE FAMILIA

Rodríguez:
Cierra ese pico, cotorra,
y no metas más la pata:
¡Yo tengo bastante plata
y no he venido a la gorra!

La señora se agarra con Rodríguez y le da un mordisco en una


oreja. El literato se refugia en el último cuarto de la casa. Alfre-
dito, Robertico y el poeta colado huyen despavoridos. Rodríguez
noquea a la feroz consorte del anfitrión, coge los paquetes y las botellas
y, con la rapidez del rayo, para esa cola... El literato sale cauteloso,
recoge lo que se quedó en la mesa y dice con resignación:

El literato: Voy a tirarme en voz baja mis tronquitos.

Telón ultrarrápido

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De pura penca
Rafael Michelena Fortoul, Chicharrita

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La acción en Caracas. Hogar respetable. Panchito Lamota vive con su
mamá, la honorable matrona misia Casimira de Lamota, en uno de
los barrios más aristocráticos de la Catedral. Panchito es hijo único, y
la autora de sus días, quien lo produjo en colaboración con un caballero
italiano, lo adora y mima como a un pavo chiquito. Y Panchito es un hijo
modelo, como se verá en el curso de la comedieta.

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SAINETES VENEZOLANOS

Cuadro primero

Es día domingo, las ocho de la mañana. Panchito se desayuna en unión


de su anciana madre. Un desayuno hogareño, consistente en
caraotas fritas, perico de huevos con chorizo, queso de mano y
arepas calientes. No quiere salir porque prefiere dedicarle el día
a su viejita.

Al levantarse el telón, Panchito y su mamá aparecen sentados a la


mesa. Panchito luce su elegante gorro estilo turco, con bordado de
flores, frutas y pájaros. Misia Casimira viste bata verde rameada y
con alegres pinturas. Departen cordialmente.

Casimira: Hijo mío, me tienes muy contenta con tu comportamiento,


así me gusta. (Lo besa con ternura).
Panchito: Gracias, mamá, y hoy pienso dedicarte todo el día; aunque
torea Sananes y hay función en el teatro Calcaño, no salgo. Pasaré el
domingo a tu lado.

Terminado el desayuno, se levantan y salen a dar un paseo por el


jardín, para luego leer la prensa: La Religión, El Mensajero del
Hogar y El Amigo de los Niños. Panchito da el brazo a su madre
y se pierde la feliz pareja por entre los rosales floridos. A lo lejos, muy
tenuemente, se oye la voz de Panchito que musita:

Panchito: Di, madre, ¿por qué la flor/ hoy tan fragante y lozana/, habrá
de perder mañana/, su perfume y su color?

Y la voz maternal de la vieja que le responde:

Casimira: Hijo, porque en este mundo/ todo es traición y mentira; /todo


es según el color/ del cristal con que se mira.

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DE PURA PENCA

Cuadro segundo

Después del almuerzo, cuando Panchito se dispone a dormir la siesta, llega


un caballero preguntando por él. Panchito sale a recibirlo y,
¡oh, sorpresa! Resulta ser un amigo de la infancia, Antonio
Topia, quien viene de Barquisimeto. Se abrazan, casi lloran de
alegría, y pasan a arreglar asuntos de importancia.

Antonio: Bueno vale, Panchito, quiero proponerte un negoción.


Panchito: Eche por esa boca, compadre.
Antonio: Pues, yo tengo en Quibor como 500 barriles de cocuy, ¡pero
qué palo de cocuy! Y como tú estás establecido aquí, pues, quiero
hacerte un negocio.
Panchito: ¿Y qué tal es el cocuycito?
Antonio: ¡Delicioso! Si quieres vamos al hotel para que lo pruebes;
tengo cuatro litros de muestra.

Panchito da excusas evasivas, pero le agrada el negocio y al fin cede.


Después de despedirse tiernamente de su mamá, sale todo júbilo en
compañía del señor Topia. Ya en el zaguán, se oye la voz de misia
Casimira que dice:

Casimira: Que Dios me lo bendiga, mi hijito.


Panchito: Y me ampare y me favorezca.
Casimira: ¡Amén!

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333

SAINETES VENEZOLANOS

Cuadro tercero

En el hotel donde vive Topia, Panchito Lamota, con su litro y medio de


cocuy en el buche, está como loco. Rojo, con los ojos desorbi-
tados, erizados los mostachos, arma un escándalo feroz en el
hotel, de donde sale en hombros después de darle un cabezazo
al portero. Ya en la calle, seguido de Topia, que tiene un ojo a la
vinagreta, se abre y desafía a todo el mundo:

Panchito: Salgan pa’ pegarme con todo.

Pero Topia logra dominarlo y se lo lleva hacia su casa dentro de una


lechuza.

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DE PURA PENCA

Cuadro cuarto y último

Al llegar a su hogar doméstico, Topia lo afloja en el zaguán:

Antonio: ¡Váyase a dormir, valecito!


Panchito: ¿A dormir? ¡Vas a ver lo que es bueno! ¡Ya sabrán quién es el
león de Payara!

Topia hace mutis rápido. Lamota blande su bastón y golpea estrepito-


samente el anteportón

Panchito: Abran ligero que aquí está Panchito.

En cuanto abre la sirvienta, Panchito le da un empujón y entra


gritando:

Panchito: ¿Dónde está la vieja?


Misia Casimira: (Saliendo de su cuarto) Hijo mío, Dios te bendiga.
Panchito: ¡Qué hijo ni qué hijo! Toma, vieja estúpida.

Panchito sacude el bastón y sobre la cabeza de la venerable matrona


cae el más formidable aguacero de palos. No se oye sino el jua-jua, gri-
tos, alaridos desgarradores y la voz de Panchito que ruge desaforada:

Panchito: Tráiganme un tigre cebado pa’ comémelo en guasacaca.

Telón violento

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Cabras y candeleros Rafael Michelena Fortoul, Chicharrita

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Gran salón del club-casino-restorán La Piedra de Tranca. A la entrada lucen las
armaduras del botiquín, bien surtido de exquisitos licores. En el mostrador,
cubiertos con tela metálica, platos y bandejas con carnes y ensaladas,
arepas con sardinas, empanadas, etcétera. Al fondo, el largo mesón de la ruleta,
otra pequeña de animalitos y varias mesas de dominó chiquito. En torno a
estas, grupos de caballeros que se divierten viendo rodar la bola o correr
los huesitos. Es la hora de comenzar el trajín. En la vitrola suena el flamenco
pasodoble Gitanillo.

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SAINETES VENEZOLANOS

Un tercio: ¡Concha! ¡Toda la noche apuntando al 17 negro, y ahora que


lo jugué me echan cero! ¡Qué erradera!
Tercio 2º: Póngale una locha al 29; ahora viene la tercera.
Un Tercio: ¡No me hable en tiro, valecito, que eso es guiña! (Le pone la
locha al 14 rojo).
Bolero: ¡29 negro!
Un Tercio: ¡Maldita sea!
Tercio 2º: ¿No le dije? ¡Yo no tengo la vista por adorno!
Tercio 3º: (A uno que lo acompaña) Tengo una combinación para sacarle
cuatro duros diarios a la ruleta; préstame un fuerte.
Tercio 4º: (Dándole la moneda) ¡Y si te da, ponemos la fiesta!

En el silencio apestante a humo de cigarrillos, sólo se oye el rodar de


la bola y el traqui-traqui de la corna. La voz del bolero domina en el
ambiente:

Bolero: ¡Nadie más! ¡El 8 negro!

En las mesas del monte hay puntos gananciosos; uno ha cogido la rufla
de ases —vinieron veinte— y sale como loco.

Uno: Qué búfalo, compae Carautica, ¿no me va a librá?


Carautica: ¡Comonié! ¡No ve que cuando yo pierdo me libran a mí!
¡Pídele a la vieja!
Uno: Serrucho, pata e zamuro y arpón de…
Un patiquín perdidoso: Se empaña este reloj. ¡Es magnífico! Se deja
hasta ver si me desquito por veinte bolívares.
Uno: Le doy diez pa’ da doce.
El patiquín: Le arranco el brazo porque he perdido mil bolívares. ¡Ven-
gan las dos lajas! (Vase murmurando) ¡Lo envenené! ¡Mañana le ama-
nece negro!

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CABRAS Y CANDELEROS

Entran dos ciudadanos que hablan en voz baja:

Uno: Bueno, ya tú sabes cómo va la bolada. Tú vas pa’ el monte a cogé


cabras, que yo me quedo en la ruleta poniendo candeleros.
Otro: ¡Ese es el tiro!

Pero, por detrás de ellos, surge la voz de un inspector que ruge:

Inspector: ¿El tiro? ¡Cuatro tiros es lo que se les pue’ da a este par de
carrizos! ¡Raspen pa’ fuera!, ¡ámonos!, ¡ámonos!

Se forma el consiguiente bululú. Vuelan cabezazos; rosnan los foles.


En medio del general desconcierto se oye una voz ambigua que grita:

Voz: ¡Vente, Belarmino, no te metas en zaperocos!

Se recogen los fondos; todo el mundo sale a la calle. Amanece. En el azul


matinal vuelan aves pálidas...

Telón lento

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Aventuras cinegéticas Rafael Michelena Fortoul, Chicharrita

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La acción se desarrolla en un salón de cine donde reina profunda oscuridad.
Son los personajes una “pupucita” acompañada por sus ancianos padres,
y todos los concurrentes al local. Momentos más tarde ya comenzaba la
película, entra un lindo vitoco cucarachón que toma asiento al lado de
la “pupucita”, y le da conversación luego de ofrecerle un caramelo con las
siguientes galantes frases:

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345

SAINETES VENEZOLANOS

Vitoco: ¿Señorita, le gustan las bolas americanas?


Pupucita: ¡Ay, me encantan!
Vitoco: Pues, entonces, ¡péguese del apamate! Y le da la bolita de azúcar
y limón.
Pupucita: Gracias.
Vitoco: No hay de qué.

Por supuesto que esta conversación no es oída por los Vejaranos, que
están interesadísimos con el argumento del dramón gelatinoso. El
barbilindo cucarachoncito detiene el ameno curso de la charla con
la intención de palpar, ansioso, las morbideces y turgencias de su
bella vecina; como distraídamente aventura las manos en la discreta
penumbra; toca en firme, agarra... y la niña lanza un grito estridente
que corta el silencio como un grillo estridulante:

Pupucita: ¿Ay, qué es? ¡Papá, mamaíta, que este señor me apurruñó!

La vieja, furiosa, alza paraguas para descargarlo sobre el atrevido,


pero el viejo la detiene:

Papá: ¡Espérate ahí, Casimira!

Con los ojos fuera de las órbitas y las mandíbulas contraídas de


cólera, pela por la vera, y sacude un magnífico palo barriguero sobre la
trémula humanidad del vitoco, que se ha puesto de pie, todo temble-
que. En ese instante fatal, la segunda parte ha terminado, se enciende
la luz, y puede verse la gran película: al cucarachoncito saltando por
sobre las sillas, seguido del papá, de la mamá, de la muchacha y de los
espectadores. Se oyen voces de:

Voces: ¡Canalla, bandido, desgraciado! Cojan, o, qué va loco. ¡Párate


sinvergüenza! Etcétera.

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AVENTURAS CINEGÉTICAS

Ya en el vestíbulo, tropieza con un vendedor de caramelos y cae de


platanazo. Luego, sobre el pobre tenorio cinegético, llueven palos como
sobre un saco de aserrín; le zumba el papá, le zumba la mamá... y la
“pupucita” lo pellizca. El bululú es indescriptible. Dentro se oye el
sabroso “ juanestep”. Pinocho...

Telón violento

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Almuerzo de flor
Rafael Michelena Fortoul, Chicharrita

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SAINETES VENEZOLANOS

El angosto salón del restorán La Flor de Nápoles presenta hoy, acaso porque
es domingo, un aspecto alegre. Un aseo previo y los manteles
limpios de colores vivos, risueños y flores puestas en las bocas de
las pimpinas le han quitado el aire lúgubre de los días corrien-
tes.
El dueño, un musiú retaco y peludo, se pasea a lo largo del local espantando
las moscas con un trapo porque no permite bichos tan cochinos
en su establecimiento. El musiú chupa su cachimbo, mientras la
casa va llenándose de clientes.
Musiú Chiripa está contento. Los domingos se redobla el número de
comensales y hoy no va a quedar ni un retallón porque la carta
está suculenta. Hay, como plato fuerte, el gran mondongo de
cochino; le siguen un menestrón de ponchas y unos raviolis a la
napolitana que quitan el sentido, y luego continúa una chorrera
de platicos menores, tales como cabeza con repollo, corazón
encebollado, negritas fritas, arroz con chorizo, morcilla en
vino, plátanos horneados, etcétera. ¡Y todo a precios democrá-
ticos! Sin contar los extras, entre los cuales figuran el bisté de
lomo, las chuletas y los divinos espaguetis, únicos en su género,
de pura penca itálica.
Hay también un delicioso guarapo helado — ¡barril de a dos con tolete!—
para atenuar la sed de los gastrónomos enratonados y procurar-
les una digestión placentera.

¡Todo por tres reales podridos!

Este domingo ha sido de honda pesadumbre, rayana en la desespera-


ción, para Miguelito Mandanga, gran aficionado al torquemada y
al dominó de huesito. La noche del sábado fue de aquelarre, lo cogió
el toro y después lo raspó el mocho Mandinga en un solo topo a todo.
¡Ocho lajas y el menudo! ¡Maldita sea su alma!

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350

ALMUERZO DE FLOR

Y ahora, errante, a las doce de un domingo resplandeciente, topándose


a cada rato con gente que irá a la corrida, con amigos embisoñados,
con mujeres provocativas...

El ratón lo trae como loco y los tres o cuatro lepes que se ha echado a
la gorra le han abierto monstruosamente el apetito. ¡Y el almuerzo a
cincuenta kilómetros de la dentadura!

De repente, una idea salvadora; la idea luminosa que surge en medio


de las grandes catástrofes.

En casa de musiú Chiripa hay hoy almuerzo de lujo y... ¡Ya Migue-
lito sabe cómo puede tirarle el carro!

Miguelito Mandanga ha tomado asiento en una de las mesitas más


elegantes de La Flor de Nápoles. Adopta una actitud de persona distin-
guida y luego de leer con detenimiento el menú pide en tono amable:

—Me traes un mondonguito, espaguetis, me mandas a preparar una


chuleta y unas negras refritas. ¡Ah!, tráeme media botella de vino
tinto.

El italiano dirige miradas y sonrisas a un joven tan fino y que, por


las trazas, va a gastar como un fuerte.

Miguelito engulle con disimulada voracidad las viandas, entre sor-


bos de vino, y, al tocarle su turno a las refritas, que dejó para lo último,
extrae discretamente del bolsillo algo que allí llevaba oculto para dar
el golpe. Con arte de prestidigitador lo echa en el centro del plato y,
armado del tenedor, se dispone a devorar las mantecosas negritas. Va
a aprovechar el instante sublime cuando el restorán está pleno y da un
pequeño grito, un gritico sólo perceptible para musiú Chiripa.

—¡Uy!...

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351

SAINETES VENEZOLANOS

El musiú acude, solícito, preguntando:

—Eh, ¿qué le pasa, siñore?

Mandanga, un poco pálido pero sonriente, responde en bajo tono:

—Casi nada, señor. Chiripa: ¡que por poco me masco esta cucaracha
conchuda que me trajeron en las refritas!

Aún más a media voz, el italiano, rojo como un pimentón de su


tierra, suplica:

—Ah, mío caro, per la tua mama, non dica niente; ío non te cobra lu qui
ha manyato... ¿E cuanti?
—Hombre, —dice Miguelito, con gesto de perdonador— pues, mon-
dongo, chuleta, espaguetis, media botellita de vino, pan francés y…
la porquería esta.
—Bono, bono, non mi debe niente; toma café e un tabaquito y non mi
debe niente, mío carísimo.

Dos minutos después sale Miguelito echando humo y silbando un


pasodoble. Camino de su casa piensa:

—¡Caray, en lo que tenga un apuro me consigo otra cucaracha!

Telón

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Parásitas negras
Sainete en 3 actos y 7 cuadros. De Julián Padrón34
Caracas 1939

34 Julián Padrón (Monagas, 1910-Caracas, 1954), novelista, cuentista, ensayista, poeta, dra-
maturgo, abogado y diplomático. Colaborador de diversos diarios y revistas. En 1935 funda,
junto con Arturo Úslar Pietri, Pedro Sotillo y Alfredo Boulton, la revista literaria El inge-
nioso Hidalgo, y participa en las actividades del grupo Viernes (1939). A principios de 1936
funda y edita el diario Unidad Nacional. Fue colaborador de El Nacional y funcionario del
Ministerio de Relaciones Exteriores. De 1937 a 1944 se desempeña como presidente de la
Asociación de Escritores de Venezuela. Se le asocia con un criollismo poético en sus nove-
las La guaricha (1934), Madrugada (1939), Clamor campesino (1945) y cuentos Candelas de
verano (1937), entre otros títulos. En su poesía se advierten los aires vanguardistas, así como
también en sus obras dramáticas Fogata (1938) y La vela del alma (1940). Con Parásitas
negras (1939) incursiona en el sainete.

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Personajes:
(Por el orden de su aparición en escena)

Pedro

Pablo

Andrés

Ramón

Un viajero a caballo

Un viajero a pie

Petronila

Candelario

Evangelista

El boticario

Mujer 1

Mujer 2

El jefe civil

El cura

El director de El País

El redactor

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El gacetillero

Un joven

Una señorita

El traductor

El jefe de talleres

Un señor

Un repartidor

Señor 1

Señor 2

Simón, el limpiabotas

El presidente de la junta de suplicaciones

El vicepresidente

El secretario

La multitud

Un billetero

El mielero

Un pregonero

La grandísima

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Míster linaza

El loco

Policía 1

Policía 2

Yaguarín, el curandero

Una mujer

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La acción se desarrolla en Venezuela durante los últimos días del mes de
diciembre de 1935. Los personajes y sucesos que figuran en esta obra son
creaciones de la fantasía del autor. Cualquier coincidencia con personas
vivas o muertas será pura imaginación del lector.

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361

SAINETES VENEZOLANOS

Acto primero
Cuadro primero

Una pulpería a la entrada de un pueblo venezolano: El Último Palo, detal


de licores. Ambiente de traba­jadores campesinos. El camino
real pasa al lado, bajo unos árboles. Al fondo, las montañas
verdes y azules con los conucos y ranchos de los campesinos
surcados de ca­minos. El camino que sale del pueblo asciende
tortuoso sobre el cerro. Pedro, el pulpero, detrás del mostrador.
Pablo, Andrés y Ramón, peones, conversan agachados con
gallos en las manos. Bajo los árboles, más allá, cuatro hombres
juegan bolas.

Pedro: Cará, ya vamos pal mediodía y toavía na’ que llega esa gente.
Pablo: Es que aseguramente los galleros de La Fila tienen el miedo
hereje a los pollitos de poaquí.
Andrés: ¿Y qué quiere usté, compay? Entoavía se estarán echando sal-
muera pa’ aliviase la paliza que les dimos en el último desafío.
Ramón: Compay Pedro, sirva unos traguitos pa’ los cuatro y acuérdese
que usté me ofreció llevame un bolíva en ca’ pelea.
Pablo: Vaya que a alguno de nosotros se le ocu­rrió algo útil. Ya se me
estaba tostando el gañote con tantas ganas.
Pedro: Caray, qué ron tan bueno. Dan ganas de no vendelo. Aguaiten
pal cerro a ve si se ven bajando los fileros.
Un viajero a caballo: Adiós, muchachos. Adiós, compay Pedro.
Los Galleros: Que Dios lo lleve.
Pedro: Adiós, pues. ¿No quiere echase un traguito antes de seguí
camino?
El viajero: No, gracias. Que les aproveche. (Sale).
Pablo: Por to’ ese camino pa’ bajo no se aguaita sino el peladero asoleao.
Andrés: To’ lo que se ve es esa pobre soledá roja como una candela.
Ramón: Allá viene el compay Candelario montao en su burro, por allá
lejazo, por la pata del cerro.

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PARÁSITAS NEGRAS

Pedro: Seguro que esa gente de La Fila se em­borrachó anoche en el velo-


rio de la mujé del compay Ba­silio, porque hasta aquí vinieron a com-
pra ron pal joropo con que iban a honrá a la difunta.
Un viajero a pie: Salú, amigos.
Los galleros: Que en salú se conserve, cuñao.
El Viajero: (Silba) ¡Qué sol más templao!
Pablo: Mejor es que repose el sol pa’ que siga con la fresca.
Andrés: ¿No quiere echase un traguito?
Ramón: Córtese ese sudor con un palo.
El Viajero: Han llegao ustedes a buen tiempo, porque yo no sé despreciá.
Pedro: ¿Qué va a toma el amigo?
El Viajero: De kerosén pa’ rriba lo que me echen.
Los Galleros: ¿Entonces se queda? (Salen),
El Viajero: (Raspándose la garganta después de tomar) ¡Brrrr!
Pedro: ¿Cómo que lo regañó ese palo, amigo?
El Viajero: ¡Cará, me quemó la barriga! Ahora lo que me pide el cuerpo
es un camino. Bueno, adiós, pues. (Al pulpero) Saludos a su familia.
(Sale).
Pedro: A la suya, por si acasón.
Petronila: (Entrando) Jum. Zapateen pa’ otro lao, que vengo muy apurá
y necesito que me despachen ligero.
Pedro: Yo sabía que iba a cosechá flor. El per­fume me lo dijo.
Petronila: Mire, déjese de cosas conmigo. Acuérdese que soy ajena.
Pedro: ¿Por qué estas hoy tan buenamoza y tan apurá, Petronila? ¿Como
que vienes a esperá aquí al compay Candelario?
Petronila: Mire, no me endulce los oídos, que va a perdé su tiempo en
conuco ajeno. Despácheme ligero es lo que es.
Pedro: ¿Pero cómo te voy a despachá, si tú no me has comprado ni yo
quiero que te vayas?
Petronila: Véndame medio ‘e jabón de olor, un paquetico ’e polvos
sonrisa y una locha de agua floría.
Pedro: ¿Te vas a bañá y a perfumate pa’ que el compay Candelario te
encuentre bien sabrosa? ¡Ah compay más sortario! ¿Qué te ha hecho
ese hombre tan feo pa’ que te enamores del y no me quieras oí a mí?
Petronila: Eso, pue, preguntáselo a él.

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SAINETES VENEZOLANOS

Pedro: (Tratando de agarrarla) ¡Está revientacincha, esta diabla!


Petronila: (Evadiendo) Mire, Pedro, mejor es que me despache, porque
si no me voy a dí sin comprale na’.
Pedro: Si los corotos son pa’ lucile a Candelario, prefiero no vendételos.
Petronila: Por fortuna que con eso ni usté quiebra ni yo pierdo na’,
porque no necesito de esas cosas pa’ que Candelario me quiera.
Pedro: Mira que por el pueblo andan diciendo que Candelario te tiene
así porque te ha echao brujería.
Petronila: ¿Brujería? Si fuera por brujería ya hubiera conseguío de
mí otras cosas que me ha pedío tanto, que ya me se está poniendo la
boca reonda de tanto decile que no.
Pedro: Jum. Eso no me costa. En cambio es mucha la gente que dice que
te tiene amarrá.
Petronila: Esos son chismes porque ique Candelario vive en la mon-
taña cazando parásitas.
Pedro: ¿Y tú nunca has pensao que pue’ habé algo de verdá en lo que
chismea la gente?
Petronila: ¿Yo? ¿Y ese no es su trabajo, pues?
Pedro: Pero es que dicen que Candelario es faculto en yerbas preparás.
Petronila: Yo nunca le he visto na’.
Pedro: ¿Nunquita? ¡Ah Petronila, bien zoqueta!
Petronila: Pedro, ¿y usté cré que pue’ habé algo de verdá en la brujería
de Candelario?
Pedro: Pero, muchacha, tú andas bien ciega por ese hombre. Si no fuera
porque te pue’ imaginá que es por interés mío, yo te dijera.
Petronila: (Como indiferente) ¡Qué pue’ sabé usté!
Pedro: Mira, muchacha, tú eres muy inocente aunque te la echas de
viva. ¿Te has fijao en unas ma­tas de parásita que tiene Candelario en
su rancho, y que nunca le ha querío vendé a nadie?
Petronila: Sí, señor, yo misma las he cuidao.
Pedro: ¿Y sabes tú por qué no quiere vendelas a ningún precio?
Petronila: Candelario me dice que ique es por­que son unas parási-
tas raras que no se consiguen por estos montes. Él las jalló cuando
estuvo internao por las sel­vas de la Parima y las conserva pa’ cogeles
cría.

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PARÁSITAS NEGRAS

Pedro: ¡Ah, Candelario vagabundo! Cómo te has dejao engatusá por ese
hombre. Por algo estuvo metío en las selvas de Guayana viviendo con los
indios.
Petronila: ¿Y qué cree usté que son esas ma­tas, Pedro?
Pedro: Mira, Petronila, pa’ que veas que te quie­ro te voy a contá una cosa, pero
me guardas el secreto. Esas matas que Candelario tiene como niñas boni-
tas son de las que llaman parásita negra. Esto no me lo creas a mí, lo con-
versa la gente. Y dicen que la parásita ne­gra da al que la carga el poder de
enamorá a la mujer que le guste. Y que las mujeres se aquerencian con ese
hombre con sólo que les eche la vista encima, después de pasala por la flor.
Candelario: (Cantando afuera, mientras amarra el burro)

Dicen que en la tierra negra


se da el fruto muy bonito.
Yo tengo mi amor sembrado
en un color trigueñito.

Petronila: (Asustada) ¡Candelario!


Pedro: Avance, compadre, que aquí lo vinieron a esperá.
Candelario: Quien me llama no me engaña.
Pedro: Ni quien lo espera se va.
Candelario: (Entrando, a Petronila) ¿Qué hacés aquí, condená?
Petronila: Sembrando una malamaña.
Pedro: Apiése y échese un palo, compay Candelario, que debe usté traé
el gañote más tostao que len­gua ‘e loro. (Mutis detrás del armario).
Candelario: Prepárate, Petronila, que por fin este mes que viene nos
vamos a viví juntos pal rancho de las parásitas. Por to’ ese camino
solo y asoleao no he hecho sino pensá en que al fin se van a cumplí
mis deseos. Y de estampía, con ese maldito relente, ca’ mata de la ori-
lla se me aparecía como si fueras tú mismita.
Petronila: Escucha una cosa, Candelario, déjate de estame viendo enmatá,
porque pue’ sucede que el es­panto te deje en las manos el camisón.
Candelario: Oye, Petronila, déjate de estame amenazando con espan-
tos, porque tú sabes que a Cande­lario Sotillo no lo asustan muertos.
Y menos muertos encamisolaos.

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SAINETES VENEZOLANOS

Petronila: Sí, ya sé que tú has andao las no­ches de tu vida por esa tie-
rra sola. Y que has trillao las selvas de Guayana y los montes de la
Parima. Pero donde hallaste parásitas raras puedes di a buscá la que
te hace falta.
Candelario: ¿Qué quieres tú decí con to’ eso que estás diciendo?
Petronila: Quiero decí que tú eres muy malu­co, Candelario Sotillo. Y
que ahora no me arrepiento de mi mezquindá. Afortunamente, por-
que lo que tú me pides, no lo haces porque me quieres sino pa’ date el
gus­to de ensayá tu brujería.
Candelario: Mujé, ¿pero quién te ha metío ese ovillo en la cabeza?
Petronila: ¿Ovillo? ¿A que no me sabes decí por qué no vendes aquellas
parásitas que tienes en el rancho? ¿Por qué me engañas con que ique
son pa’ cogé hijos?
Candelario: No juegue contigo, Petronila.
Petronila: (Amenazante) ¡No juegues conmigo, Candelario Sotillo!
Candelario: Y tú, ¿qué te has imaginao?
Petronila: Na’ de imaginaciones. Que sé que aquellas matas que no
quieres vendé a ningún precio son de parásita negra.
Candelario: ¡Tírale aunque no le pegues!
Petronila: Y que sé que el hombre que tiene la parásita negra no hace
sino poné su pensamiento en una mujé pa’ que ella lo siga como la
sombra al cuerpo.
Candelario: ¡Goza del sol mientras vivas!
Petronila: Ahora te burlas, después que te has enraizao a mí como una pará-
sita. Seguro que me aban­donarás cuando me seques como los matapalos.
Candelario: Pero, Petronila, si las parásitas no se chupan el jugo de las
otras matas. Viven del aire co­mo la sombra.
Petronila: ¿Y la parásita negra de qué vive?
Candelario: Esa es una leyenda de los caza­dores de parásitas, muchacha.
¿Tú no sabes que hay que alimentarles a los compradores la jaba de que
hay una especie rara, pa’ que puean compra los mayos? La parásita negra
es una leyenda como la de que los muertos salen. A propósito de espan-
tos, te voy a contá el cuen­to de uno que me salió a mí. Una noche venía
yo por una salineta de esas que hay embullá por la costa de Guanta. La
noche estaba clarita, con una luna grandota que quería desprenderse

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PARÁSITAS NEGRAS

sobre la tierra. El playón lucía blanquito, como un espejo bajo el cielo,


cuando la luna se alumbraba en ca’ granito de arena. Blanquito y solito.
Yo iba acompañao de mis pensamientos y de los cujíes que alcanzaba,
cuando escucho un leco que venía del medio ‘e la sabana. Un leco como
de una persona que estuvieran ahorcando: ¡Ay, mamai! El grito se po­nía
más lastimoso contimás el viento soplaba fuerte sobre la salineta: ¡Ay,
mamai! Por tres veces seguías lo escuché y a la tercia ya tenía tos’ los
pelos del cuerpo clavaos en el flux: ¡Ay, mamai! Pero toavía tuve coraje
pa’ decime: Candelario Sotillo, lo que es este espanto va a pasá mucho
trabajo contigo esta noche, porque este playón esta muy solo y tú no tie-
nes pa’ onde corre ni a quién pedí socorro.
Petronila: (Interesada) ¡Ay, Candelario! ¿Y qué hiciste?
Candelario: ¿Qué, qué? De pronto aguaité cerquita un cují grandote,
con las ramas tan desparramás que le llegaban al suelo, y metí los
ojos debajo porque de ahí me pareció que salían los lamentos.
Petronila: ¿Y qué viste, Candelario?
Candelario: Pues na’, lo que sucedía, que los gritos del ahorcao salían
de bajo ‘e las ramas del cují.
Petronila: ¿Y no sentiste miedo?
Candelario: ¿Miedo? No, mujer. Yo estaba temblando, pero no era de
miedo, porque no lo conozco. Era de que no fuera muerto sino vivo.
Pero como los gritos seguían lequeando y yo no veía ninguna boca
que los diera, me metí bajo la ramazón del cují. ¿Y a que tú no te ima-
ginas quién daba los lecos?
Petronila: ¿La Llorona, Candelario?
Candelario: Pues verás. Resultaba que el vien­to meneaba las ramas del
cují, y en la punta de una había una espina que rozaba un piazo ‘e
disco ‘e fonógrafo que estaba sobre la arena. Toavía yo creía que era
un grillo. Pero al tocalo lo recogí y era na’ menos que un piazo ‘e la
rumba Mamá Inés. Cuando el viento balanceaba la rama, la espina ‘e
cují tocaba en el piazo ‘e disco: “¡Ay, mamá Inés!”.
Petronila: Mira, Candelario, no seas tan requetesinvergüenza! (Sale corriendo).
Candelario: (Con acento triste, después de reírse) ¡Parásita negra! Esa
Petronila no se apercibe que ella es la flor de la parásita negra. Los
indios me con­taban que habían visto la mata encaramá en la horqueta

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SAINETES VENEZOLANOS

de los cucharos más alevaos de la Parima. Aquellos ra­cionales me


decían que no la habían cogío porque los cu­charos se alevaban en unos
farallones donde no había pisao planta ‘e cristiano. ¡Parásita negra!
Ella es la flor de la parásita negra, pegá en mi pecho como un matapalo,
porque toavía no la he podío cazá. Pero, ¡go­za del sol mientras vivas!
Pedro: (Saliendo detrás del armario) ¡Epa, compay Candelario!, ¿como
que está hablando solo? Déjese de esa mala costumbre que eso no lo
hacen sino los que tienen pacto con el diablo.
Candelario: Santísima cruz, las tres divinas personas. ¡Creo en Dios
Padre!
Pedro: Métase que se moja, compay Candelario, y venga a echase un
palo pa’ que se corte el sudor del camino.
Candelario: ¿Parásita negra? (Señalando hacia el burro amarrado) ¡Ahí
entro el morral llevo flore­cías en lechugas!
Pedro: ¿Qué hubo, compadre, como que se lo quiere llevá Mandinga?
Candelario: ¡Señor mío, Jesucristo! (Dirigiéndo­se a los galleros que están
afuera) Epa, amigos, choquen el tranquero. Vengan a echase un palo
con Candelario Sotillo. (Entran los galleros. Al pulpero) Sirva, compadre.
Pablo: ¿Qué hay, compay Candelario?
Andrés: ¿Candelario, usté como que nos llamó?
Pedro: Cará, como que están oliaos.
Ramón: ¿Cómo le fue en el negocio, compay?
Candelario: Pues imagínese que en dos días vendí en Caracas toa la
carga de parásitas que llevaba. Esos mantuanos se vuelven locos por
lo que nosotros tenemos aquí como monte.
Pedro: Es que aquella gente ha tumbao toas sus matas pa’ sembrá casas.
Pablo: Candelario, ¿usté no fue a la gallera ‘e la capital a coge de a dieces?
Pedro: Pero, compay, ¿por qué no les trajo a los muchachos un gallo de
la cuerda del general pa’ que co­gieran cría?
Candelario: Yo no tuve tiempo sino pa’ mi ne­gocio, pues necesito
reuní una platica contimás.
Andrés: ¿Y cómo quedó la capital de la repúbli­ca, compaíto?
Ramón: Puye, compay Pedro.
Candelario: La dejé en el mismo lugar, com­paíto. Con los pies en el
Guaire y la cabeza en la Silla.

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PARÁSITAS NEGRAS

Pedro: Pues entonces a mí me habían engañao. Me quisieron hacé ve


que la estaban mudando pa’ Maracay.
Andrés: Pero deja contá su cacho al compay Candelario mientras nos
tomamos el otro palito.
Pedro: Bueno, me dejan brindá este, no vaya a se que lo que alegre al
compay me atriste a mí.
Candelario: Pues yo no tengo ningún cacho que echales, aunque lo que
yo relato es purita historia. Lo que sí voy a aprovechá la oportunidá pa’
narrales una noticia buenaza. ¿Ustedes se acuerdan de aquellas pará-
sitas que yo tenía en el rancho y que no floreaban? Bueno, yo decía que
no las quería vendé porque y que eran pa’ cogeles hijos. Pero la verdá
era que tenía armá mi trampa pa’ vendelas como parásita negra.
Pedro: Cómo no, compay Candelario, ¿y qué ha sucedío?
Candelario: ¡Pues ná! Que en este viaje me las llevé pa’ Caracas. Ya había
hecho regá la noticia entre mis marchantes, pero cuando fui a vendé-
selas me remordió la conciencia pues iban a echá de ve el engaño.
Pablo: ¿Y cómo se manejó, compay?
Candelario: Pues, que Dios protege la inocen­cia. Cuando estaba en la
playa del mercao, descargan­do mi burro, pasaron puahí unos hom-
bres coloraos, de­ pantalón enrollao y en mangas de franela, y unas
catirruanas feísimas con más pecas que un huevo ‘e pájara. A estos
disfraces los mentaban los turitos.
Pedro: Serán los turistas, compay Candelario.
Candelario: Bueno, como usté le de la gana ‘e mentalos. Lo cierto fue
que se me acercaron echándome unas lenguarás que yo no había
oído en tuitica mi vida. Pero les adiviné la intención y les saqué las
parásitas macho diciéndoles que echaban la flor negrita. Los tu­ristas,
como usted mienta, se llevaron las cuatro matas y me dieron un
papel que después cambié en una tienda turca por cinco billetes de
banco parecíos a hojas de le­chuga fresca. Y aquí tienen ustedes a
Candelario Sotillo más rico que un millonario.
Ramón: ¡Ah compay, bien sortario!
Pedro: ¿Y aónde carga los billetes, compaíto?
Candelario: Pues ahí en un pañuelo, más marrao por las cuatro puntas
que un preso peligroso.

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SAINETES VENEZOLANOS

Andrés: Compay, ¿y qué piensa hace con ese bojote ‘e papel?


Candelario: Pues ya lo traigo decidío por tuel camino: sacame a Petro-
nila. Con esos cinco billetes de cinco pesos y los diez que me ade-
lantó Evangelista por el burro, tendremos pa’ poné el joropo y pagale
sus sie­te pesos y medio al cura pa’ que nos deje multiplicá tran­quilos.
Sírvanos el de la despedida, compay Pedro.
Andrés: Por su salú, compaíto.
Pablo: Felicidá.
Ramón: Prosperidá.
Pedro: Compay, por su salú.
Candelario: Por la suya, compay. Y por los que estamos vivos.
Todos: ¡Por la salú de todos!
Candelario: ¿Cuánto es el daño, compay Pedro?
Pedro: Diez puyas, nomás, compay Candelario.
Candelario: Déjeme sacá los reales del morral. (Sale hacia el burro y
luego regresa tirando una mo­neda sobre el mostrador) Páguese, com-
paíto.
Pablo: Candelario, el burro se está comiendo su pañuelo.
Candelario: ¡‘Ta borracho!
Pedro: ¡Pero, compay, le está mascando las le­chugas!
Candelario: ¿Las lechugas? ¡Mis billetes! (Co­rriendo hacia el animal)
Burro, ¡cará! (Agarra el burro por el bozal y forcejea)
Andrés: Caray, pero, ¡ah burro bien malamañoso!
Candelario: (Entrando con el pañuelo en las manos) ¡Y con mamaera
‘e gallo y to este condenao se tragó las hojas de lechuga! Los reales
con que me iba a sacá a Petronila. Mire usté qué desgracia, caray.
¡Cuan­do mismamente yo creía que iba a empezá un tiempo mejor,
acompañao de esa mujé y entregao con funda­mento a mi trabajo!
Pedro: Pero esto no se pué quedá así, compaíto. Vamos a buscá la
manera de sacale los billetes a ese piazo ‘e burro.
Ramón: Esos reales no están perdíos, porque es­tómago ‘e burro no está
acostumbrao a comé de esa yerba.
Candelario: ¡Qué buena broma, caray!
Pablo: Yo creo que debemos andale alante a este burro, no vaya a se cosa
que se le antoje mandá esos papeles pal lugar de la basura.

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PARÁSITAS NEGRAS

Pedro: Ese piazo ‘e burro no cuesta más de diez pesos. ¿No será mejor
abrile la barriga pa’ sacale vein­ticinco?
Candelario: No, caray, lo que es esa lavativa si no la consiento yo. Yo
quiero mucho a ese animal pa’ asesinalo por dinero. Además, ese
burro ‘ta vendío y hoy deben vení a buscalo.
Andrés: Pero, compay, usté no pue’ mancá su suerte por un piazo ’e
burro.
Candelario: Este desgraciao venime a amargá la miseria. ¡Cómo no
te has embarrancao en tanto farallón que tiene el camino! Quién
hubiera sabío la cochiná que me ibas a hacé pa’ haber dejao que el cura
te matara a tanto trabajo y palo como te dio cuando te tenía alquilao.
Pedro: Sabe, compay Candelario, ¿por qué en vez de estanos lamen-
tando no llevamos el burro pal pueblo pa’ que el jefe civil resuelva?
Ramón: Si es verdá, el coronel es un hombre muy entendío en cuestiones
de animales.
Candelario: Con tal de que este piazo ‘e burro me devuelva mis reales,
soy capaz hasta de matalo.
Pablo: La esperanza es lo último que se pierde, compay Candelario, y
usté sabe que de eso estamos ricos los pobres.
Pedro: Echen pa’ lante, pues. Coja usté el burro de diestro, compay
Andrés. Nosotros arriamos, y ojo ‘e garza, por si acasón.
Candelario: ¡Maldito animal este! Venime hoy precisamente a amargá
la miseria. Mismamente cuando Petronila ya estaba palabreá, y con-
venía pa’ ise a viví conmigo al rancho de las parásitas. ¡Burro conde-
nao! Cualquiera cree que es que lo tengo pasando hambre y no le doy
que comé. ¡No haberte muerto en manos del cura ni de la grandí-
sima…! Ni siquiera en poder del co­ronel, que te reclutó pa’ date más
palo y más trabajo que lo que te mereces. ¡Desgraciao! En cambio
comeme a mí mis realitos y no hacele ninguna porquería al comisa­
rio, que te pide prestao ca’ vez que le da la gana pa’ hace sus necesi-
dades. ¡Arre, burro, cara! Ahora vas a sabé lo que es bueno. (Dándole
una patada por detrás, al sa­lir) ¡Maldita sea tu estampa, condenao!

Telón de cuadro

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SAINETES VENEZOLANOS

Cuadro segundo

Una plaza de pueblo. Al fondo se divisan los techos de las casas. La acción
se desarrolla bajo el frondoso sa­mán que está sembrado en el
centro de la plaza. Al le­vantarse el telón aparece Petronila en
escena, oteando hacia un extremo de la calle real.

Petronila: ¡Ah hombres bien sinvergüenzas! Mire que ique cogé tuel
domingo pa’ arranchase en esa maldita pulpería, na’ más que bebiendo
aguardiente. Es­te pueblo ‘ta perdío. Los hombres toa la semana con el
lomo doblao sobre la tierra pa’ ganase apenas la comía, y al amanecé el
domingo se ponen a endeudase por culpa del maldito ron. (Volviendo
al centro) ¡Y el sinvergüenza de Candelario no se aparece por ninguna
parte! De na’ me valió ilo a espera a la entrá’ del pueblo pa’ ve si me lo
traía. ¡Pero qué va! En cuantico no más llegó y vio a sus compañeros
bebiendo miche se arrocheló ahí y entoavía no ha encontrao el camino
‘e salía. (Oteando hacia la pulpería) ¡Ah, Candelarioooo! (Al centro)
Ahora se me aparece ajumao, a que le prepare un sancocho y un laíto
donde acostase. Por cierto que cuando está bebío se pone más liso que
una mariquita de a medio. (Oteando hacia la pulpería) Condenao, ojalá
te des una caída cuando resuelvas venite, que te rompa el alma. (Al cen-
tro) El otro día el muy desvergonzao se quiso propasá aprovechándose
de que estaba medio jumo. Afortunamente me le pude salí del cuarto
y toavía me está esperando. (Oteando hacia la pulpería) ¡Sinvergüenza,
borrachín, deslenguao! Ojalá que te murieras de esta bebezón. (Al cen-
tro) La verdá verdá es que a pesar de to’ yo tengo más ganas del que él
de mí. (Viendo hacia la pulpería) Aja, allá viene. Adiós, cará, ¿no decía
yo? Ya se ajumaron porque hasta Pedro viene con ellos. (Al centro) Pero
lo que es aquí no me consigue, no vaya a quererse propasá conmigo en
la calle. (Hacia la pulpería) ¡Condenao! (Sale).
Candelario: (Entrando) Bueno, ya llegamos. Mucho cuidao con lo que
se les va a ocurrí con mi burro.
Pedro: Despreocúpese, compay Candelario, que ya vamos a salí de este
atolladero.

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PARÁSITAS NEGRAS

Andrés: Los entendíos del pueblo deben danos una luz en este asunto.
Candelario: Na’ de luces, pa’ luces estamos aquí nosotros, que somos unos
iluminaos. Lo que necesitamos es un individuo faculto en expulsiones.
Pablo: En último caso le abrimos la barriga a este muérgano y le saca-
mos la plata.
Pedro: Guarde esa navaja, compay, que usté la necesita pa’ amolale las
espuelas a sus patarucos.
Candelario: Mire compay, déjese de mala vo­luntá con el burro, porque
si sigue apegao a la sangre nos vamos a quedá sin joropo.
Ramón: Bueno, ¿por qué no mandamos a llamá al cura y al jefe civil?
Pedro: ¡Lagarto! ¿Pa’ que se queden con el bu­rro y nos manden pal cala-
bozo ‘e la sacristía?
Andrés: No sea hereje, compay, mire que ahora es cuando necesitamos
de mucha fe pa’ creé en esa gente.
Candelario: ¿Pero no habíamos quedao en que al llegá aquí íbamos a
mandá a llamá al boticario?
Pablo: Sí, hombre, ahora que me acuerdo, ese individuo sabe afeita más
que el barbero.
Pedro: Que vaya uno a llamarlo, mientras nos­otros nos quedamos aquí
cuidando el burro.
Andrés: Yo voy (Sale).
Candelario: El condenao animal éste se quiere volvé un entierro.
Ramón: Bueno, ya tenemos mucho tiempo paraos y el burro tendrá ganas
de echase. Vamos a amarralo en el samán, mientras viene el dotol.
Pedro: ¿No decía que estábamos iluminaos? Yo acompaño a Ramón y el
compay Candelario se que­da aquí esperando el boticario. (Saliendo).
Candelario: ¡La picha!
Ramón: ¡Compay!
Pedro: Compaíto, no sea desconfianzúo, que dende aquí pue’ aguaita la
operación. Vamos, compay Ramón. (Salen).
Candelario: Bueno, pónganme el burro a la sombra, que en cuantico no
más lo vea con ganas de corré le atiesto una guaratara. (Salen Pedro y
Ramón). ¡En qué lío me ha metió el burro este! Comese los billetes y
ahora no querelos soltá. ¿Qué estará haciendo ahora el bruto con esos
papeles en la barriga? (Mirando hacia el samán) ¡Quién le iba a decí a

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SAINETES VENEZOLANOS

Candelario Sotillo que después de está tan contento esta mañana se


iba a poné más triste que un día lluvioso, con hambre y sin comía!
Evangelista: (Entrando) Amigo Candelario, ¿es usté, hombre? Al fin lo
encuentro. He pasao toa la mañana esperándolo en su rancho. Ven-
gan esos cinco.
Candelario: ¿Esos cinco? Pues, amigo Evange­lista, pídaselos a mi burro.
Evangelista: Con casualidá, a eso mismo viene un servidor. Usté recor-
dará que le alanté los diez pesos de su valor, y quedamos conveníos
en que me lo entregaría este domingo. Y como lo estoy necesitando
pa’ lleva al mercao unas carguitas e mai, vengo a buscarlo.
Candelario: En qué mal tiempo ha llegao usté, amigo. Imagínese que esta
mañana me ha sucedío una desgracia. Resulta que el burro me comió
cinco billetes de cinco pesos que saqué afuera pa’ pagales unos palos a los
muchachos. Y hasta la fecha el condenao animal no ha querío echá na.
Evangelista: Pero, amigo Candelario, ¿usté va a espera que el burro le
devuelva su plata pa’ entregámelo?
Candelario: ¿Y usté se imagina que yo le he vendío una alcancía?
Evangelista: ¿Usté como que está loco, Candelario?
Candelario: Na’ de eso, Evangelista. Ese burro tiene que devolveme
mis veinticinco pesos. ¿Usté ha visto alguna vez un animal que haya
digerío papel. Los burros podrán hacé con la yerba lo que les dé la
gana, hasta cambiala por cagajón, pero lo que es con billetes ‘e banco
ellos no saben leé en ese papel. ¡Ni de cuiva! Esos billetes vienen pa’
fuera en la primera remesa.
Evangelista: Bueno, ¿y dónde está el burro?
Candelario: Mírelo ahí, amarrao en la pata del samán.
Evangelista: Pero, amigo, vamos a precipitá los acontecimientos.
Candelario: No se apure mucho, amigo, que cuando los demás van ya
Candelario Sotillo está de vuelta. Ahorita mismo mandé a busca al
boticario pa’ que me le dé una toma al animal ese.
Evangelista: Bueno, le participo que no regre­so a La Fila sin el burro, a
menos que usté me pague los daños.
Candelario: Paciencia piojo, que la noche es larga. (Viendo hacia la
calle) Mire, no hay como men­tá al diablo pa’ que yeda a azufre. Aquí
llega el boticario.

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PARÁSITAS NEGRAS

Pablo: (Entrando) Compay Candelario, aquí tie­ne al dotol. (Entra el Boticario).


Candelario: (Poniéndose de pies) Señol dotol...
El boticario: No me diga lo que sufre, amigo, pues por algo me ha man-
dado usted a llamar. Además, ya todo el vecindario sabe el suceso de
su burro. ¿Y podría saberse dónde se encuentra el paciente?
Candelario: Ahí mismito, dotol. Amarrao en el samán y bajo el cuido
de aquellos dos amigos que usté ve sentaos en la yerba.
El boticario: (Mirando hacia el fondo) Ajá, bien. Pues lo prescrito
en estos casos es aplicar una ayuda, lavativa o lavado. En mi larga
práctica profe­sional he tenido ocasión de comprobar los beneficios
de esta terapéutica, con los muchachos de este pueblo que se tapan
durante la cosecha de guayabas. Pero como en el presente caso se
trata de un irracional, aplicaremos una medicina mucho más drás-
tica, consistente en una purga o purgante.
Evangelista: ¿No serán buenas unas píldoras rosadas, dotol?
El boticario: La miel no se ha hecho para la boca del asno. ¿Y usted se
atreve a darme consejos ignorando que no se dice píldoras rosadas
sino del doc­tor Ross? Además, las píldoras son un laxante y no un
purgante.
Candelario: Dotol, su boca es la medía.
El boticario: Como se trata de una expulsión importante le aplicare-
mos al paciente una dosis de cua­tro cucharadas de sulfato de soda,
sal de higuera o sal de Epson.
Candelario: ¿Saldeso, dotol?
El boticario: Saldrá de eso con cuatro cucha­radas de sulfato de soda
diluidas o disueltas en un litro de agua destilada o no. Lo que en el
tecnicismo moderno suele nombrarse pluto.
Pablo: ¿Hay en la botica, dotol?
El boticario: Adelantándome al diagnóstico he entregado a su manda-
dero la medicina preparada.
Candelario: ¿Y cuánto es el daño, dotol?
El boticario: Mis honorarios montan o ascienden a la suma o adición de dos
lajas, fuertes u ojos de buey. Y el valor de la medicina es de dos simones.
Candelario: Dotol, va a tené la bondá de fiame eso hasta que el pur-
gante obre, pues el burro me em­barcó to’ el capitalito que tenía.

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SAINETES VENEZOLANOS

El boticario: En ese caso agregaremos el va­lor del cristal. Recuérdole


que la medicina debe ser administrada por la vía bucal o bocal. Si yo
mismo tengo que aplicarla, entonces cobro honorarios más altos. En la
farmacia espero su cancelación. Al paciente le doy de plazo una hora.
(Sale).
Candelario: Bueno, vamos a ve si es verdá que el burro va a seguí resis-
tiéndose a devolvé lo ajeno. Ustedes me ayudan a tumbalo y cuando
lo tengamos en el suelo el compay Pedro y Evangelista me le sujetan
la trompa; los otros le aguantan las patas. Entonces yo le meto el pico
‘e la botella hasta que se trague to’ el contenío. (Sale).
Evangelista: Manos a la obra, pues. (Sale).
Pablo: ¡Obre Dios y María santísima! (Sale).
Mujer 1: (Como recogiendo algo del suelo) ¡Aho­ra no se halla en esta plaza
ni una guayaba pa’ aplacá el hambre!
Mujer 2: (Mirando hacia arriba) Ni en el suelo ni en las matas. Parece
como si la necesidá se hubiera comío hasta las flores.
Mujer 1: Mire que hemos andao to’ el pueblo buscando oficio y tené que
ponenos a viví de la caridá del monte porque no se consigue trabajo.
Mujer 2: Este pueblo tenemos que abandonalo porque ya casi to’ el
mundo se ha ido y nos vamos a quedá solas.
Mujer 1: Hasta los animales se han cogío la plaza pa’ ellos, pues no hay
quien la cuide. ¡El Señor nos proteja! (Sale).
Mujer 2: Bajo del samán han amarrao un burro que parece que lo fue-
ran a matá pa vendé la carne. ¡Dios nos acompañe! (Sale).
El jefe civil: (Entrando) Dende hace rato estoy viendo mucha gente
llegá a la plaza. Aquí como que quieren poneme hoy el bochinche.
Pero lo que es al coronel Mapire no le forman desórdenes en poblado.
Y menos en la plaza pública.
El cura: (Detrás) Mi buen coronel, desde la iglesia estaba viendo la gente
que se ha reunío aquí. Parece que discutían sobre un humilde ani-
mal del señor.
El jefe civil: Seguramente que son los ociosos del pueblo que me quie-
ren alterá el orden público. Pero mejor es que no me hagan calentá
porque hoy no estoy pa’ aguantale lavativas a nadie. Y si me sulfuran
mu­cho soy capaz de suspende las consideraciones.

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PARÁSITAS NEGRAS

El cura: Todo se puede hacer con salivita y pa­ciencia. Son palabras del
Evangelio. No se caliente, mi buen coronel. Tenga calma y el machete
se desenvainará solo.
El jefe civil: Yo soy capaz de hacé toas las cosas por las buenas, padre.
Pero si me jeringan mucho también las sé hacé por las malas.
El cura: Mire, coronel, ¿no le decía yo? En lo que usted empezó a calen-
tarse buenamente la gente co­menzó a marcharse. Allí vienen.
El jefe civil: ¿Aónde, aónde?
El cura: Por el samán, mi buen coronel.
El jefe civil: Vamos a dejalos solos pa’ que formen la guachafita y des-
pués les aplicamos las sancio­nes. Los espiaremos desde la sacristía.
El cura: Mejor es prevenir que curar. Son pa­labras de la Biblia. Mi buen
coronel, castíguelos antes de formar el desorden para que no lo for-
men y para que sientan su mano fuerte y buena.
El jefe civil: Mire, padre, no me invada la jurisdicción. (Sale).
El cura: La casa de Dios es mía y suya también, mi buen coronel. (Sale).
Candelario: (Entrando delante de todos) ¡Aho­ra sí hemos perdío las
esperanzas! Burro sinvergüenza y malagradecío ese. Después de
haberlo tratao con tan­ta consideración vení ahora a dejame en la
miseria. ¿Usté buscó bien, compay Pedro?
Pedro: Compaíto, yo me volví un gavilán, y pa’ ná. De casualidá no me
arrastró los ojos la corriente.
Evangelista: Yo creo que si a ese animal le hubiera dolío la barriga la
habría echao también, por­que echó hasta los rebuznos.
Pablo: El compay Andrés y yo sondeamos la bosta con unos palos porsia
los papeles se hubieran ido al fondo.
Andrés: Asina fue.
Ramón: Yo, por meteme tanto, me salpicó el charco.
Candelario: ¿No cree usté que en alguna tri­pa se quedó encallá esa
barca ‘e papel, compay Pedro?
Pedro: Claro, compaíto, si no la echó es porque la tiene adentro.
El jefe civil: (Entrando con el Cura, machete desenvainado en mano y gesto
amenazador) ¡Todos ustedes están presos! (Se oyen cornetazos de disper-
sión).
Todos: ¡Coronel Mapire!

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SAINETES VENEZOLANOS

El cura: No hagan resistencia, hermanos míos, que es la autoridad.


Candelario: Mi coronel, nosotros no hemos faltao.
El jefe civil: Aquí el único que sabe si han faltao soy yo, que soy la auto-
ridá.
Pedro: Déjeme explicarle, coronel Mapire.
El jefe civil: ¡Yo no necesito que nadie me dé explicaciones!
Evangelista: Coronel, nosotros somos trabajadores. El señor cura le
responderá.
El cura: Hijos míos, mi autoridad termina fuera de la iglesia. Hoy es día
del señor y ustedes no han debido trabajar. Sea lo que Dios quiera.
El jefe civil: ¡Amén, caray!
Pablo: Es que, coronel...
El jefe civil: Es que na’. Ya la autoridá está en cuenta de lo que ustedes
tramaban. Desde esta ma­ñana anda el rumor por el pueblo y por su
culpa se me ha alterado el orden público. Además, por mis propios
ojos y por los del padre, he visto el atentado que us­tedes hacían con
un humilde animal del señor.
Evangelista: Mío, coronel.
Candelario: Del señor no, coronel, mío. Toda­vía no se lo había entre-
gao.
El jefe civil: Bueno, dejen la discusión. Con la autoridá no se discute.
To’ está resuelto.
Candelario: Qué va, coronel, toavía no ha echao na’ a pesar del sulfato.
El cura: Sigan la corriente, hermanos míos.
El jefe civil: ¡Resuelto, caray! Yo, coronel Ma­pire, primera autoridá civil
de este municipio, resuelvo pasar este asunto a jurisdicción del gober-
nador del distrito. Tos ustedes van presos pa’ Caracas. Ahorita mismo
telegrafiamos al gobernador, dándole la novedad. Vamos a la jefatura y
al que se resista le cai el plan. ¡Presos pa’ la jefatura! (Alzando el machete)
¿Como que no oyen? ¡Caminen, cará! (Salen todos delante del jefe civil).

Telón de acto

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SAINETES VENEZOLANOS

Acto segundo
Cuadro primero

Una redacción de periódico caraqueño. Tres escritorios provistos de sendas


máquinas de escribir. Frente a ellos el director, el redactor y
el gacetillero en man­gas de camisa, a excepción del primero.
Ambiente desor­denado de cuartillas, periódicos y muebles. EI
teléfono en la pared.

El director: Material, material, necesito mate­rial para la última página.


El redactor: Tendremos que esperar a ver si de aquí a la noche cae un
crimen o un robo, porque pare­ce que no sucedió nada ayer.
El director: ¿Cómo se atreve a decir eso un periodista nuevo? En mi
época los del oficio solíamos tener imaginación.
El redactor: Es que la imaginación necesita su comida.
El director: Precisamente, usted debe inspirar­se en los otros colegas.
Mi lema de periodista es: “a un periódico lo hacen los otros periódi-
cos”. ¡Las tijeras, la goma! ¡Oh, el poder de la goma y las tijeras! (Al
gacetillero) ¿No hay ningún hecho de sangre que sirva de pregón?
El gacetillero: A pesar de que ayer fue do­mingo no hubo muertos,
heridos, ni contusos en la Roca Tarpeya, ni en El Silencio, ni siquiera
en la Cueva del Guácharo.
El redactor: (Tarareando) Imaginación, ¿por qué te has ido? (Al gaceti-
llero) Pásame las tijeras que se me van las ideas.
El director: Que venga el traductor de cables.
El gacetillero: (Saliendo) Periodismo de in­vención extranjera.
Un joven: (Entrando) ¡Buenos días!
El gacetillero: (Regresando, al joven) ¿Llegas o te vas?
El joven: Necesito que me enfermes siquiera por un mes. Los ingle-
ses me tienen más acosado que un puercoespín. Hazme el favor de
ponerme esta socialita in­formando que estoy muy delicado de salud.
El gacetillero: Con mucho gusto, chico. ¿Pu­siste muchos adjetivos?
Mira, y no dejes de avisarme cuando te pongas bueno.
El joven: Gracias, mi vale. (Sale).

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PARÁSITAS NEGRAS

El gacetillero: (Escribiendo) Graves dolencias mantienen postrado en


cama al distinguido caballero...
El director: ¡Ah, el periodismo moderno! Lás­tima que las jóvenes
generaciones no conocieran nuestros primeros órganos, aquellos de
título sonoro como La Ja­lea, El Rayo, El Sincamisa, y luego los otros:
El Trabuco, La Centella, El Mecate. ¡Oh, nuestros gran­des periodis-
tas! Esos sí que lo eran. Es necesario fundar una escuela de perio-
dismo.
El redactor: ¿Y en qué escuela de periodismo se educaron ustedes? En
este país nunca ha existido nin­guna. A menos que se quiera usted
referir a la escuela de La Jalea y El Mecate.
El director: Sí señor, a esa me refiero. La úni­ca que ha habido en nues-
tro país y en la que todos los pe­riodistas actuales nos hemos for-
mado. Yo soy un vetera­no del periodismo nacional.
El redactor: Ah, ¿usted es de los del aplausito? Debe tener callos en las
manos.
Una señorita: ¿Podría ver al redactor de las sociales?
El gacetillero: (Meloso) El gusto es para mí, señorita.
La señorita: Quisiera que me publicara una nota diciendo que voy a
pasar el weekend a Macuto.
El gacetillero: Con mil amores, señorita.
La señorita: Es usted muy amable (Sale).
El gacetillero: Es mucho el sol que va a coger el domingo en la azotea
de su casa.
El traductor: (Entrando) A la orden, señor director.
El director: (Al traductor) Dígame qué sucede en el mundo.
El traductor: Hasta ahora, sequías en los Esta­dos Unidos. Inundacio-
nes en China. Miles de hindúes muertos por los ingleses. Huelgas
obreras en todos los centros industriales del mundo. Peregrinación
del hambre a tra­vés de los cinco continentes.
El director: Nada de importancia. Yo soy ro­mántico y necesito una
noticia conmovedora. Eso no inte­resa. ¿Cómo sigue el emperador
del Japón?
El redactor: El último boletín dice que ya el mariscal del imperio le
envió el clásico ramo de uvas.

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SAINETES VENEZOLANOS

El director: ¿Qué significa eso?


El traductor: (Pasándose el índice por la garganta) ¡Panqueabundo!
El director: Eso sí es romántico e interesa al mundo. Cuando llegue la
noticia de su muerte me avisa inmediatamente.
El redactor: Le dedicaremos toda nuestra pri­mera plana.
El traductor: Al llegar, señor director. (Sale).

(El teléfono suena)

El gacetillero: (Hablando por teléfono) ¿Ajá?... El País... (Enrollándose


meloso como un acordeón) A la orden, señorita... ¿Una social?... Con
mucho gusto... Diga usted, señorita... (Escribiendo) Nena Pomarrosa,
linda damita del pénsil avileño, quien contraerá nupcias el próximo
sábado a las 8 p.m... Muy bien, señorita... Con mucho gusto. A la
orden, señorita.
El jefe de talleres: (Entra vestido con mono azul y todo embarrado de
tinta de imprenta) No hay material en las cajas.
El gacetillero: Toma, aquí tienes los hechos de sangre, el hampa tra-
baja, se solicita un loco fugado del manicomio, se cayó de un anda-
mio, niña que se muer­de el dedo gordo del pie, madre desnaturali-
zada bota su hijo recién nacido en el pote de la basura. Todo para la
última.
El director: Aquí tienes el título del editorial: “Paralelo entre el general
y Napoleón. Házmelo a cuatro columnas”.
El gacetillero: Mucho cuidado con quien sale ga­nando en el para-
lelo, señor director. (Al jefe de talleres) Toma. Este cliché a una
columna. Es un hombre importante, pero no se puede hacer a dos
porque publicó un estudio verdadero sobre nuestra situación econó-
mica. Oye, por orden del director, funde inmediatamente el in­forme
de la comisión Rockefeller que te di ayer, en el cual se afirma que fue
encontrado un pueblo de cinco mil habitantes en Venezuela donde
no hay una sola persona sana.
El director: A propósito, carpetea la exposición de la sociedad de
maestros, en la que se demuestra el pésimo estado de la enseñanza en
nuestro país.

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PARÁSITAS NEGRAS

Un señor: (Entrando airado y esgrimiendo una vera) ¿Quién es el socialista


de este diario?
El gacetillero: Un servidor.
El señor: ¡Usted es un canalla! Salga a la calle para que se tire unos palos
conmigo.
El gacetillero: Gracias, yo no puedo tomar.
El Señor: (Tirando un periódico sobre la mesa y se­ñalando con la vera) ¡Lea
esa social!
El gacetillero: (Leyendo) Alegran el hogar de los esposos señor Luis
Fernández Remos y de su señora Lastenia Moreno de Fernández,
distinguidos elementos pertenecientes a la alta sociedad capitalina,
las sonrisas de un hermoso niño. Felicitamos a los alegres padres y
deseá­mosle larga vida al recién nacido. (Al señor) ¿Y qué le pasa?
El señor: ¿Y todavía pregunta usted qué me pasa? El nombre que apa-
rece allí como de la madre es el de mi querida. Y la que tuvo el niño
fue mi señora.
El gacetillero: No se caliente, señor. Fue una mala información. Pero
eso se puede arreglar.
El señor: ¿Que no me caliente? Mi señora no sabía nada y ahora lo sabe
todo. ¿No ve que estamos ha­ciendo el ridículo ante la sociedad?
El gacetillero: Estoy dispuesto a hacer las aclaratorias que usted desee.
El señor: Mire, joven, cuidado como se le ocurre rectificar. Sería hacer
que se divulgara más el asunto. Y entonces sí es verdad que lo mata-
ría a palos.
El gacetillero: ¿Entonces, qué quiere usted que haga?
El señor: (Sale tirando furiosamente la puerta) ¡Malditos periodistas!
¡Ojalá los parta un rayo!
Un repartidor: (Entrando) ¡Telegrama!
El gacetillero: Entrégueselo al director.
El redactor: ¿De Miraflores a Caracas?
El repartidor: No, de Tapipa. (Sale).
El redactor: ¡Qué lástima!
El director: (Con el telegrama abierto ante los ojos) ¡Oh! Al fin tenemos la
información sensacional de la tarde. ¡Admirable! Oh, maestros, ilu-
minadme para hinchar la noticia.

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SAINETES VENEZOLANOS

El redactor: (Acercándose) ¿Murió el Empe­rador?


El gacetillero: (Acercándose) ¿Qué ocurre? ¿Qué acontece?
El director: ¡Oh, admirable, admirable! Llamen al traductor, al jefe
de talleres, a todos. Ahora sí vamos a tener unos días de periodismo
nacional, de verdadero periodismo nacional.
El gacetillero: (Asomándose al fondo) ¡Epa, vengan todos! Orden del
director. (Entra el traductor, el jefe de talleres).
El director: (En medio de la escena) El orador no se interrumpe. Oid: “Telé-
grafos Nacionales. De Tapipa a Caracas, el... de... de... Señor direc­tor de
El País. Pláceme comunicarle que ayer remitiéronse a las autoridades de
ese distrito, por el jefe civil de esta localidad, unos individuos sospecho-
sos de querer matar un burro porque comióle al supuesto dueño cinco
billetes de veinte bolívares. Con los sindicados viaja cuerpo delito.
Deben arribar esas playas mañana mediodía. Corresponsal”.
Todos: (Mirándose asombrados) ¡Señor director!
El director: ¡Oh! ¿Pero no se emocionan uste­des? ¡Cómo ha degene-
rado nuestro periodismo! (Se sienta al escritorio. Por el jefe de imposi-
ción) Haz­me este título a las cuatro columnas restantes y me lo pones
al lado del paralelo del editorial. (Escribe).
Todos: (Entre aplausos) ¡Muy bien! ¡Muy bien!
El redactor: Cuidado como nos coge la güilson con el paralelo de los
títulos y la expulsión del burro.
El director: Siempre usted dudando de mi veteranía periodística. (Al
Gacetillero) Traiga la pizarra y escriba esos títulos para el pregón.
Mañana se agota El País. (Al Redactor) Abra una encuesta invitando
a todos los venezolanos a exponer su opinión sobre el caso y ofrezca
un premio consistente en un diploma a quien pre­sente la mejor solu-
ción para que el burro expulse los billetes.
El gacetillero: (Con la pizarra) ¡Ah, este es mi fuerte! ¡Mi letra
expuesta a la vista del público! (Leyendo a medida que escribe) “Sen-
sacional acontecimiento en un pueblo del interior. Un burro vene-
zolano se come cinco billetes de veinte bolívares. La comisión porta-
dora del asno se dirige a la capital para hacer que el animal expulse
los billetes. Los visitantes se hallan a las puertas de la ciudad”. (Va a
colgar la pizarra en un ángulo frente al público).

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PARÁSITAS NEGRAS

El redactor: (Leyendo a medida que escribe) “El País abre una sensa-
cional encuesta entre sus lec­tores sobre el burro venezolano que se
comió los billetes. Se otorgará un diploma caligrafiado al que pre-
sente el mejor medio de expulsión”.
El director: ¡Admirable, admirable! Llámenme al jefe de talleres. Ya
van a saber mis colegas y las nuevas generaciones lo que es perio-
dismo.
El gacetillero: (Asomándose al fondo) ¡Que venga el jefe de talleres!
El traductor: (Entrando) Señor director, ¿no le parece a usted que
debiéramos trasmitir esta impor­tante noticia a las agencias cable-
gráficas del mundo?
El director: ¡Pues ya lo creo, hombre! Es ne­cesario que el orbe sepa que
en Venezuela también sucede algo sensacional.
El redactor: Y que en Venezuela también los burros comen billetes.
El traductor: Es usted genial, señor director. (Sale).
El jefe de talleres: (Entrando) A la orden del director.
El director: Necesitamos sacar una edición ex­traordinaria. Debemos
adelantarnos a nuestros colegas. Ya verán lo que yo represento en el
periodismo nacional.
El jefe de talleres: Pero, señor director, si ahora es que vamos a empe-
zar a parar.
El redactor: Ahora es cuando.
El director: Entonces, que nadie se vaya a al­morzar hasta que no esté
parado todo el material.
El jefe de talleres: (Saliendo) El que va a parar la cola soy yo, si esto se
repite. (Afuera) ¡Sacapruebas, tráeme un sángüiche de a real!

(El teléfono suena)

El redactor: (Por teléfono, imitando al gacetillero) ¿Ajá?... A la orden,


señorita... Un redactor, se­ñorita... ¿Que en qué la conozco? Pues en
su bellísima voz... Encantadora... Me gustaría tratarla... No, usted
no puede temer que me desencante... porque debe ser usted muy
bella... No, señorita, el que hace aquí las sociales es el director... Cur-
sis no, señorita, es que él tiene un noble temperamento romántico...

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SAINETES VENEZOLANOS

Llámeme cuan­do usted quiera... Al contrario, su voz será para mí


un oasis... Adiós, señorita.
Dos señores: (Entrando) Buenos días.
El gacetillero: Buenos días.
Señor 1: Señor director, venimos a felicitarlo por la noticia que aparece
en la pizarra.
El director: Tengan la bondad de sentarse.
Señor 2: Hacía tiempo que carecíamos de periodismo nacional. Puro
cable y artículos extranjeros. Esto sí es notable.
El director: Gracias.
El redactor: Son ustedes muy amables.
Señor 1: ¿No se ha fijado en el numeroso público que llena la calle
leyendo la pizarra? La ciudad está con­movida.
El director: No es para menos, señores. Uste­des saben que El País
posee el mejor servicio informa­tivo, extranjero y nacional.
Señor 2: Los otros diarios no saben nada todavía sobre este asunto.
El redactor: Esta es una noticia exclusiva de El País.
El director: Espero que ustedes sean los prime­ros en opinar sobre la
cuestión.
Señor 1: Justamente veníamos cambiando ideas sobre ello. Mañana
traeremos nuestra humilde colabora­ción.
El director: Sería un honor para El País la opinión de personas tan
honorables.
Señor 2: Gracias. Venimos, además, a participarle que se está constitu-
yendo una junta para recibir la comisión del burro a las puertas de la
ciudad. Es necesario que El País envíe su representación.
Señor 1: Nosotros somos los organizadores y la presidiremos, pues que-
remos darle la bienvenida y condu­cirla a un hotel.
El director: Mil gracias por la invitación. (Diri­giéndose a la redacción)
¿Quién de ustedes desea llevar la representación del periódico?
El gacetillero: Yo tengo que terminar la cró­nica de los sucesos.
El redactor: Nadie más llamado a eso que el señor director.
El director: Gracias. Entonces iré yo. Como di­cen ustedes, ninguno
más llamado que el director cuando se trata de un suceso de esta
naturaleza.

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PARÁSITAS NEGRAS

Señor 1: Es usted muy amable en acompañarnos.


Señor 2: Encantados. Y nos vamos ya, no vaya la comisión a entrar a la
ciudad sin recibir nuestro saludo y bienvenida.
El director: Aguárdenme un instante mientras doy algunas órdenes.
Señor redactor, queda usted con todo el peso y responsabilidad del
periódico. Es necesario que la edición salga primero que la de los
demás diarios.
El redactor: Descuide, señor director.
El director: (Al gacetillero) Usted agregue a la noticia de la pizarra la
información de que salió una junta a recibir la comisión del burro. Y
hasta la tarde. (Sale).
Los dos señores: Adiós. (Salen).
El gacetillero: Adiós. (Se levanta y alcanza la pizarra para traerla a la
mesa).
El redactor: ¡Mucho éxito, señores! (Levántase y le quita la pizarra al
gacetillero) No. Espera. Permíteme que mi bellísima letra luzca
a los ojos del público en este tremendo momento que un crítico se
atrevió a calificar como la cima de la estupidez nacional. Yo no debo
ser el de menos. (Leyendo lo escrito por el gacetillero) “Sensa­cional
acontecimiento en un pueblo del interior. Un burro venezolano se
come cinco billetes de veinte bolívares. La comisión portadora del
asno se dirige a la capital para ha­cer que el animal expulse los bille-
tes. La comisión se halla a las puertas de la ciudad”. (Leyendo al mismo
tiempo que escribe) “Una junta de notables de la ciudad se dirige a
recibir y dar la bienvenida al primer burro venezolano que se comió
unos billetes. La comisión será conducida a un alojamiento propio,
debidamente dotado de pasto para el burro y las personas. El País
está repre­sentado en este acto por la ilustre persona de su director.
Detalles completos en nuestra edición vespertina”.

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387

SAINETES VENEZOLANOS

Cuadro segundo

La Plaza Bolívar. La acción al pie de la estatua del Libertador. En uno de


los ángulos del fondo se yergue la torre de Catedral. Pregones
de vendedores de periódicos, billeteros, etcétera. Candelario,
Evangelista, Pedro y Pablo en escena.

Candelario: Ya no me está gustando este jueguito. Primero el coro-


nel Mapire me manda preso pa’ cá y el gobernador me suelta porque
no encuentra causa. Y ahora estos patiquincitos caraqueños se han
metío y que pa’ reclamale los daños y perjuicios a la autoridá. Total
que el sinvergüenza del burro no me ha devuelto mis reales; aura no
más estoy perdiendo el tiempo de trabajá, arranchao aquí sin hacé
na’ y hediondo a viví de la vagancia. Pa’ colmo, una partía ‘e gente
que no ha hecho toa su vida sino medrá a mi sombra y viví de mi
burro reclama una parte del animal, yo no sé con qué derecho.
Evangelista: Compay, por la parte que me toca, usté sabe que me ven-
dió ese burro y yo le aboné su valor.
Pablo: A mí me puen registrá, compaíto.
Pedro: Compay Candelario, nosotros no hemos venío voluntarios con
usté, sino que nos han traído presos.
Candelario: No, compaítos, si yo no lo digo por ninguno de ustedes. Yo
sé que a ustedes les debo manque sea una totuma de agua, un plato
‘e comía o un palo ‘e ron. ¿Pero cómo voy a convení en que el cura, el
comi­sario y la grandísima esa hayan venío y que a reclamá su parte?
Pablo: No se preocupe, compaíto, vamos a ve si salimos con vida de este
embarrancadero, con el favor de Dios.
Evangelista: A mí lo que me duele es que es­tos patiquincitos lo que
quieren es poné la fiesta con la celebridá ‘e mi burro.
Pedro: Paciencia, piojo, que la noche es larga.
Candelario: ¿Ustedes saben una cosa, compaítos? Yo estoy pensando si
no será mejor que cojamos las capoteras y nos marchemos pa’ Tapipa.
Pedro: ¡Ni de cuiva, nosotros tenemos que vele el hueso a este rabo!
Pablo: Después de perdé el tiempo mejor es seguilo peldiendo.

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PARÁSITAS NEGRAS

Evangelista: Guá ¿y pa’ qué estamos en la suidá?


Candelario: Bueno, compaítos, ya que estamos aquí tenemos que
buscá la manera de viví como los mantuanos, porque acuérdense
del refrán. Asina que mejor es esperá que goteen los mangos. Ya esa
gente que se ha encargao de nosotros y del animal no debe dilatá en
vení aquí a resolvé el pleito de las suplicaciones. ¡La cantidá ‘e supli-
cantes que ha venío a esperá que mi burro eche la mercancía embo-
jotaíta en billetes! Asina que mientras ustedes van a vigilalo yo me
queo esperando la junta esa.
Pedro: ¿No será mejor que yo lo acompañe, compay Candelario?
Candelario: Haga lo que le digo. Váyase con Pablo y Evangelista. Y
oigan un consejo: cuando se sientan perdíos enfílense por las canales
de hierro, esas que van por tuel medio de la calle.
Pablo: Si es verdá. Vamos a cuidá el burro, no vaya a se cosa.
Evangelista: Pique alante, pues.
Pedro: Hasta la vista, compay Candelario. (A los otros) Vámonos. (Salen).
Candelario: Ya saben, mucho cuidao con perdese. Echen puahí
pa’ bajo hasta onde vean aquella tablillita de metal parecía a la de
madera que el compay Pe­dro tiene en la pulpería.
Un limpiabotas: ¿Piá, dotol?
Candelario: ¿Dotol? No juegue, muchacho, que no conozco ni la “O”
por lo redondo. ¿Y pa’ qué cargas tú ese cajoncito guindao del hom-
bro?
El limpiabotas: Mi leva, ¿usté como que es de Baruta? Yo soy un lim-
piabotas.
Candelario: Ah, tú eres de esos que se agachan en la plaza a toca una
musiquita en los pies de la gente?
El Limpiabotas: ¿Musiquita? Con eso ganamos pa’ los troncos y pa’
jugá chapita.
Candelario: ¿Y tú como que me querías lim­piá las alpargatas?
El limpiabotas: No, mi leva, es que como uno está acostumbrado a
decile piá a to’ el que pasa, sin fijase si tiene pies o los lleva en el suelo,
yo lo invité.
Candelario: ¿Y eso de dotol fue mamadera de gallo?

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SAINETES VENEZOLANOS

El Limpiabotas: Eso pa’ nosotros es como decí piá. Uno le dice dotol a
to el mundo. Y ya que usté se ha vuelto un cura, dígame una cosa y
perdone. ¿Usté no es el dueño del burro ese que se comió los billetes?
Candelario: ¿Soy? Era, compaíto, porque aho­ra se ha adueñao de mi
pobre animal una cantidá ‘e gen­te que no va a alcanzá ni a piacito.
Oiga, ¿y en qué lo conoce usté?
El limpiabotas: Pues le voy a hablá con fran­queza: por el retrato que
publicaron los periódicos. Pero dígame otra cosa: ¿ese cuento es his-
toria?
Candelario: (Descubriéndose) ¡Por Dios santísimo!
El limpiabotas: No jure, mi leva, que se con­dena.
Candelario: ¡Qué va, compaíto, yo me quité el sombrero!
El limpiabotas: (Sentándose sobre la caja) Mire, amigo, usté me ha caído
simpático y le voy a se­guí hablando con sinceridá. Cuando leí la noti-
cia esa y lo vi retratao con su burro, creí que era una trampa pa’ coge
real. Por esos pueblos del interior hay más gente viva que aquí en la
capital. Acuérdese de la santa que hacía milagros en Manches. Hizo
un puyero.
Candelario: Pues si usté piensa esa herejía de mí no vamos a intimá,
compaíto. Porque yo en vez de ganá estoy perdiendo. Allá dejé mi
trabajo abandonao y el burro se ha trancao y por na’ quiere devol-
veme lo que se comió.
El limpiabotas: Bueno, pues si usté no es un vivo, lo siento por usté.
Candelario: Mire, joven, yo no seré un vivo como usté se lo había ima-
ginao; pero tampoco soy un penepén guayabita. Candelario Sotillo,
un servidor, no está ganando, pero tampoco está exponiendo na’.
Y en cambio estoy aprendiendo más que un loro en una jugá. Ya lo
sabe, pa’ que no se confunda.
El limpiabotas: No se caliente, amigo Candela­rio. Yo me llamo Simón
y estoy del lao suyo contra el otro. No me quería comé el trazo sino
prevenilo, y ayudalo si usté consiente.
Candelario: Ese es otro cantar. Venga esa ma­no y cuente con un amigo
en toas partes de la tierra don­de me pare.

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PARÁSITAS NEGRAS

El limpiabotas: Chóquela, mi vale. Na’ le pueo ofrece sino mi caja y mis


conocimientos. Porque mi casa es la plaza Bolívar, que es mía y suya
también.
Candelario: Concha, compay Simón, ¿y usté no tiene dónde dormí?
El limpiabotas: Una mala noche se pasa en cualquier parte. Mis deseos
serían dormí aquí, a los pies de mi tocayo, pero los policías no me
dejan.
Candelario: Compaíto, y ¡tanta tierra buena y sin gente como hay por
mis campos! ¿Por qué usté no se viene conmigo a hacese un hombre
en ella?
El limpiabotas: Ya veremos, mi leva. Por ahora vamos a esperá que se
resuelva su asunto. (Se oyen voces de la multitud) ¿Y ese ruido, mi leva?
Candelario: Ese debe sé mi burro que viene pa’ la plaza.
El limpiabotas: ¿Y qué vienen a hace con él aquí?
Candelario: Seguro que se lo vienen a repartí. Porque, ¿usté no sabe
que ahora ha llegao una gentá que quiere que mate el burro pa’ que le
dé su parte?
El limpiabotas: Cará, ¿y serán capaces de vení a descuartizalo junto al
Libertador? (En este momento la multitud entra en la plaza y se aglomera
alrededor de la estatua con gran vocerío. Luego entran los miembros de la
junta de suplicaciones que se colocan en un escalón del pedestal).
El presidente: ¡Hagan silencio, señores!
La multitud: ¡Sssit! ¡Sssit! ¡Sssit!
El presidente: Se declara instalada la junta de suplicaciones. El secreta-
rio dará lectura al acta de cons­titución.
El secretario: (Leyendo) “En la muy noble y antigua Santiago de León
se ha constituido la junta de suplicaciones con la atribución de resol-
ver las demandas que todos los ciudadanos presenten contra el burro
que, en el vecino pueblo de Tapipa, se comió cinco billetes de veinte
bolívares; visto que, a pesar de todos los esfuerzos hechos por la cien-
cia, no ha reintegrado el dinero ingerido, y vista la necesidad peren-
toria de que el animal vuelva a sus pastos, en consecuencia y por
autoridad de la ley, este tribunal estudiará las demandas presentadas
y resolverá sobre ellas. En Santiago de León, a tanto de tanto de mil
novecientos tanto”.

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SAINETES VENEZOLANOS

Un billetero: El 1935, suma 18.


El presidente: Que comparezca el dueño del burro.
Candelario: A su mandá, señor presidente.
El presidente: Muéstreme los documentos que acreditan su propiedad.
Candelario: Mucho cuidao con decime groserías. (La multitud ríe).
El presidente: (Después de ordenar silencio) Le digo que me enseñe su
hierro.
Candelario: ¡Ese es otro cantar! Yo no uso hierro porque no soy cria-
dor. Pero a to’ Tapipa le consta que ese burro es mío.
El presidente: Ciudadano, si usted no tiene hie­rro no puede ser el
dueño. (A la multitud) De acuerdo con lo que ha leído el secretario
se considera al pueblo suficientemente informado y se procederá al
juicio. Que comparezca el primer suplicante.
La Grandísima: Yo, caballero. Me llamo La Gran­dísima.
El mielero: ¡Miel de abeja! ¡En barquilla!
El presidente: ¿En qué funda usted sus dere­chos?
La Grandísima: Pues, señor presidente, me considero con más dere-
chos que nadie sobre ese animal. Durante mucho tiempo lo tuve
comiendo en mi pesebre.
El secretario: Se le acusa a usted, Misia, de haber recibido el pasto
necesario y dinero por sus servicios.
La Grandísima: Señor presidente, ese dinero era por mis trabajos de
vigilancia.
La multitud: ¡Espía! ¡Espía! ¡Espía! (Pitos).
El presidente: Hagan orden, señores, porque me veré en el caso de
hacer despejar. Que comparezca el tercer suplicante.
Un hombre: Yo soy el comisario de Tapipa.
El presidente: ¿Cuáles son sus títulos?
Un pregonero: ¡“La Esfera”, con el crimen del Pavo!
El comisario: Pues escuche usté, suidadano presidente. Resulta que de
to’ aquel potrero que yo ma­yordomeaba se ha perdío un pollino que
tiene el hierro del general, y como yo he sabío que aquí se trata de
repartí un burro que se comió unos reales he pensao que ese debe se
el burro de mi compay. Porque ha de sabé us­té que por to’ esta tierra
no hay burros más aprendíos que los del general.

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PARÁSITAS NEGRAS

La multitud: ¡Muy bien! ¡Muy bien! (Risas).


El comisario: Si me se dejara examiná el burro yo podría echá de ve si
tiene la “G” del hierro de mi com­pay.
El secretario: Está prohibido enseñarle el bu­rro porque es público y
notorio que todos los animales tienen ese hierro.
El presidente: En vista de que la junta de su­plicaciones no tiene sufi-
cientes elementos para decidir, que hable el pueblo.
El vicepresidente: ¡El pueblo está callado!
Candelario: Ese burro es mío.
Evangelista: Yo soy el segundo que tiene más derechos sobre el burro.
Y pa’ que este asunto se arregle y nos dejen dir a trabajá tranquilos,
abandono mi recla­mo y que se quede el compaíto con su burro.
La multitud: ¡Que le den el burro a su dueño! ¡Que le den el burro a su
dueño!
Pedro: ¡Asina se hace, compay Evangelista!
Pablo: ¡Usté es un palo de hombre, compaíto!
El limpiabotas: Leva Candelario, ese hombre sí lo quiere. ¡Viva El
Libertador!
La multitud: ¡Que le den el burro a su dueño! ¡Que le den el burro a su
dueño!
El vicepresidente: ¡Eso no está de acuerdo con la ley!
La mujer: ¡No! ¡No!
El comisario: ¡No! ¡No! ¡No!
La multitud: ¡Que le den el burro a su dueño! ¡Que le den el burro a su
dueño!
El presidente: ¡Que se le dé el burro a su dueño!
La multitud: ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo! (Atrona­dores aplausos).
El cura: Honorable señor presidente de la junta de suplicaciones, en
nombre de La Grandísima, del comi­sario y de este humilde siervo
del señor, pido a usted se sirva concedernos prestado el burro para
hacer una exposición a beneficio de los pobres.
El vicepresidente: Aprobado.
El presidente: ¡Concedido!

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SAINETES VENEZOLANOS

La multitud: ¡Viva! ¡Viva! (Aplausos y pitos. En este momento se oyen


sucesivamente los tres toques de corneta de dispersión y la multitud se dis-
persa).
Candelario: Algo es algo, compaíto.
El limpiabotas: Si no es por don Simón lo perdemos todo, mi leva.

Telón de acto

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SAINETES VENEZOLANOS

Acto tercero
Cuadro primero

Una cochera caraqueña en El Paraíso. Noche de lu­na. El burro está en un


pesebre. Candelario aparece dor­mido en el suelo. La escena en
semipenumbra.

El limpiabotas: (Entrando) ¿Dónde estará ese Candelario a estas horas?


¡Ah hombre, bien bueno! Es un corazonzote. Cualquiera que no lo
conoce se come el trazo, pero después se da cuenta de que es más
zorro que tío conejo. ¿Dónde se habrá metío, que lo ando buscando
deje que se terminó la guarandinga ‘e fiesta esta y toavía no lo hallo?
A lo mejor esas mujeres se lo han llevao pa’ beneficialo, como hicie-
ron con su burro. ¡Concha, y qué sola está esta cochera pa’ dormí sin
que lo molesten a uno los policías! (Tropezándose con Candelario).
¡Epa, mi leva, como que es usté!
Candelario: (Levantándose) ¿Quién molesta, caray?
El limpiabotas: No tire, mi leva, que es su compay Simón.
Candelario: Ah, yo creía. Concha, me rindió el sueño. Por más que lo
luché y le aspavilé los ojos pa’ que no me tumbara, me cogió sin espe-
juelos.
El limpiabotas: Bueno ¿y qué hace usté aquí a estas horas?
Candelario: Pues siguiendo sus consejos, com­paíto. Pastoriando mi
burro.
El limpiabotas: ¿Pastoriando? No se duerma, mi leva, mire que le van
a poné el burro de carga y lo van a echá por delante sin que usté se
cimbre.
Candelario: Compaíto, usté es bien mal pensao!
El limpiabotas: ¿Mal pensao? Yo lo que soy es optimista.
Candelario: Dígame una cosa, compaíto, ¿usté como que no piensa
dormí esta noche?
El limpiabotas: Si usté supiera, mi leva, esta noche me siento medio
romántico. Y cuando yo me pongo así lo que me pide el cuerpo es ile
a tocá la puerta a una polla que vive en el Guarataro.

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PARÁSITAS NEGRAS

Candelario: Cará, compay Simón, lástimamente que yo no sepa


poneme como usté. Pero lo que le digo es otra cosa. Cuando yo veo
esa luna grandota sobre las matas me acuerdo de Petronila y me dan
ganas de ime pa’ mi pueblo.
El limpiabotas: ¡Usté sí que quiere a esa mujé, mi leva!
Candelario: Sabe una cosa, compaíto, ahora que estoy lejos della
barrunto que me tiene la palizá contra el suelo.
El limpiabotas: ¿Usté como que me oculta algo, leva Candelario?
Candelario: Mire, compaíto, pues le voy a confe­sá la verdá. Aquí cargo
un papel que me mandó Petro­nila con unos arrieros que vinieron de
allá.
El limpiabotas: ¿Y qué le dice, si se pue’ sabe?
Candelario: Entoavía no lo he leído.
El limpiabotas: Será que usté no sabe leé, leva Candelario.
Candelario: Yo no se leé, pero me escriben.
El limpiabotas: Ah, así sí canta mi gallo. Présteme acá pa’ hacele el favor.
Candelario: ¿Y usté sabe, compay Simón?
El limpiabotas: Por lo menos la letra ‘e los pe­riódicos.
Candelario: (Dándole el papel) Entonces adiví­neme lo que dicen esos
garabatos.
El limpiabotas: (Abriéndolo) Cónfiro, mi leva, esa Petronila hace unos
palotes más gruesos que un poste ‘e la luz eléctrica.
Candelario: Deben se las mismas rayas con que apuntaba las matas ‘e
parásita sobre la vara ‘e majagua. ¿Y qué dice, compaíto?
El limpiabotas: (Leyendo lentamente) “Cande­lario de mi alma: puaquí e
sabío tus triunfos y los del bu­rro. Me he reído de tu estampa en unos
papeles que tienen el pueblo alborotao a pura carcajá. Los aires de la
suidá como que te han vuelto más capachero que tu condená sinver-
güenzura...”.
Candelario: (Interrumpiendo) ¡Esa es purita Petronila, caray!
El limpiabotas: No me ataje, mi leva, que esta mujé escribe lo mismito
que la mía. (Continuando la lectura) “Mejor es que te quedes po’ allá,
porque seguro vas a vení más pretensioso que lo que te fuiste. Salu-
dos a Pedro, Pablo, Evangelista y toas tus nuevas amistades. Des-
preocúpate de vení que aquí no te quiere nadie. P.”.

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SAINETES VENEZOLANOS

Candelario: Mire si es buena esa Petronila, compay Simón, que no se


olvidó ni de usté.
El limpiabotas: Lástimamente, como dice usté, que mi mujé está
caliente conmigo, mi leva. Y to’ por celos de una galfara de El Silen-
cio. Si no esta noche lo llevara pa’ que la conociera.
Candelario: ¡Ay, Candelario, qué estará hacien­do Petronila con ese
lunota! Mire, compay Simón, en mi pueblo cuando hay luna llena se
ve bajita sobre las matas y encima ‘e la casa. Aquí apenitas se ve vagá
por el fir­mamento.
El limpiabotas: Culpa de la electricidá, mi leva. Y ya que hablamos de
luna, ¿usté no quiere echase unos palos esta noche? ¡Lo que soy yo
me saco este guayabo!
Candelario: Cará, compay, usté si que es adi­vino. Me quitó la palabra
‘e la boca. Dende que llegué aquí no me he sacudío el cuerpo con un
guamazo. Y si usté está enguayabao, como dice, yo tendré sembrao
en el pecho un jobo. Pero, ¡goza del sol mientras vivas!
Pedro: (Entrando) Compay Candelario, nos hemos cansao de buscalo
por toas partes. (Por los de afuera) Entren muchachos, que aquí está
el compay Candelario. (Entran Pablo y Evangelista) Ya creíamos que
usté se había salío de las canales de hierro y había cogió pa’ Tapipa.
(Por Simón) ¿Y quién es el amigo?
El limpiabotas: Amigo de los amigos. (Dándole la mano) Simón Tenía
pa’ tuel mundo.
Pedro: Servidor. (Estrechándole la mano).
Pablo: A su orden.
Evangelista: A su mandar. ¿Y ahora no tiene?
Candelario: Trátenlo como a un hermano.
Todos: Igualmente.
El limpiabotas: De ustedes, atento seguro ser­vidor y amigo.
Pedro: Compay Candelario, usté debe está muy contento. ¡Qué gentío pagó
na’ más que pa’ ve su burro! Lo que fue esa beneficencia hizo un centavero.
Candelario: Sí, hombre, lástima que to’ sea pa’ beneficiase otros.
El limpiabotas: Pero no se ponga triste, mi leva, que yo también hice
mis puyas en la fiesta. Imagínese que desde que se abrió la exposición

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PARÁSITAS NEGRAS

me instalé en la puerta con mi caja y fue mucho el gusto que me di


limpiando.
Evangelista: ¿El amigo como que también es conuquero?
Candelario: No, compay Pedro, Simón es lim­piabotas, pero en cuan-
tico nos vayamos se viene con nos­otros a limpia la tierra.
Pablo: ¡Y cómo queda con las espuelas!
Evangelista: Simpático que parece el amigo.
El limpiabotas: No me den tantas vueltas que me marean, y vamos
a celebrá esta amistá con una fiestecita. Justamente antes de llegá
ustedes mi leva Candelario y yo íbamos a echa una recorría por esos
arrabales. ¡Vámonos, compaítos!
Candelario: Ahí lo tiene, pues, cójame ese trompo en la uña.
Pedro: (Saliendo con Simón) Dirija, mi vale.
Pablo: (Saliendo con Evangelista) ¡Tírale aunque no le pegues!
Candelario: ¡Lo que soy yo, esta noche saco un tablero de este guayabo!
(Sale).
Mister Linaza: (Entrando. Viste flux de dril blan­co, sombrero de corcho
y Kodak al hombro) ¡Nadie saber para quién trabaja! Yo sacar a este
burro mucho mina oro. (Volviéndose a la derecha) ¡Epa, tú, acércate!
El loco: (Entrando con un movimiento en las manos como el de un cajero
que contara un fajo de billetes) ¿Me llamaba usted, mister? Caramba,
ni siquiera me deja contar este fajo de billetes que se me quedó en el
bolsillo.
Mister Linaza: (En voz baja) Sí, hombre, ya saber cuál ser tu manía.
Todos tienen una. Unos decir son Napólion y otros comer tierra. Tú
creer tienes millones en billetes de banco y no acabar de contarlos
nunca.
El loco: ¿Cuánto decía usted que necesita? Yo le puedo prestar lo que
quiera, mister. El inconveniente es que no puedo ofrecerle plata por-
que todo mi capital lo tengo en billetes.
Mister Linaza: Bueno, mira, a mí no venir a demostrar que fuiste
millonario.
El loco: Veinte de a cien hacen dos mil. (Gesto de guardárselos).
Mister Linaza: ¡Córrela! Como dicen los carraqueños.
El loco: Bueno, cerrada la caja. ¿Comansabá, mister?

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SAINETES VENEZOLANOS

Mister Linaza: Aquí, veriueleandito. (Aparte) En buena compañía


haberme metido. Ahora lo que fal­tar es que este tipo le entre la manía
cuando vaya a hacer la operación.
El loco: No, mister, ahora sí se acabó. Ya le he referido lo que me pasa.
Quitándome eso soy una persona tan cuerda como esas que andan
por las calles.
Mister Linaza: ¿Usted prometerme tratar de dominarse y si oír hablar
de billetes no ponerse a contar?
El loco: Mister, no desconfíe de mí. Yo soy tan cuerdo como usted.
Aunque no tengo la culpa si los de­dos se me ponen a contar. Tenga
piedad de mí.
Mister Linaza: ¿Pero qué historia de mil demo­nios ser esa?
El loco: Entonces, mister, se la voy a referir por primera vez…
Mister Linaza: No, no. No ponerse contar ahora.
El loco: Mister, le ruego que no sea usted cruel conmigo. Mi historia es
muy dolorosa. Aquí donde usted me ve, yo tengo mi titulito. Cuando
me debatía en la pobreza un amigo me consiguió un puesto público.
Hice política y fui ascendiendo hasta que llegué a ministro. Por mis
manos pasaba tanto dinero que poco a poco me fui haciendo amigo
de lo ajeno. De todo el dinero que pasaba por mis manos yo sustraía
la mitad para mí.
Mister Linaza: Usted es un... Usted es el hombre que yo necesitar.
El Loco: No se arrepienta, mister. Quiere usted llamarme ladrón. Llá-
meme. Es verdad, soy un ladrón. Pero el orador no se interrumpe.
Mi codicia fue creciendo con los años. Un día, no contento de robar
sólo la mitad, entré a las cajas subterráneas, donde se guardaba el
tesoro, con el objeto de robármelo todo. Allí me puse a contar, a con-
tar, a contar, a contar. El oro no me atraía, mister, es tan pesado y tan
escandaloso. En cambio los billetes son mudos y livianos. Cuando
me había llenado todos los bolsillos con fajos de billetes sentí un
golpe en la puerta de la caja fuerte. Era que el em­pleado la cerraba
creyendo que no había nadie dentro. Imagínese usted, mister, mi
desesperación, mi angustia al sentirme preso. Me imaginé ham-
briento, asfixiado, muerto con los bolsillos llenos de billetes. Golpeé
la puerta, empecé a pasearme y para tranquilidad de mi conciencia

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PARÁSITAS NEGRAS

contaba, contaba, contaba. (Como poseído por un ata­que epiléptico


empieza a hacer el gesto de contar los billetes).
Mister Linaza: Por favor, señor, cálmese. Nos van descubrir. (Sujétale
las manos).
El loco: (Llorando) ¡No! ¡No abra usted la puerta! (Calmado) Perdón,
mister ¿Qué es lo que debo hacer? Aquello fue cuando estuve loco.
Ahora soy un hombre cuerdo. Hoy amanecí agachado sobre el
tinajero.
Mister Linaza: Taim is mony. ¿Dejó usted cerca la burra?
El loco: Sí, señor, aquí mismo.
Mister Linaza: Entonces usted traerla, entrar por la puerta de atrás, ir
al pesebre y cambiarla por burro. Yo esperarlo en la calle.
El loco: ¿Me asegura usted que haremos mucho dinero? Es necesario,
mister, porque no podré descansar mientras no restituya el dinero
robado. Hasta que no pueda entrar en aquella caja fuerte y salir con
los bolsillos vacíos, sin el temor de que se me cierre la puerta. (Sale).
Mister Linaza: (Observando la maniobra) Ah, carramba, no me ir este
loco a echar perder la operación con su manía de contar. Pero bueno,
un cuerdo no prestarse para esta bolada. Ni yo tiro esta parada si no
encontrar un tipo de esta calaña que me ayude. Si salimos con for­
tuna yo llevarme ese burro comedor de billetes y dar función por
esos pueblos. Después quedarme con reales y con burro. (Aparte)
¡Ahí como que ya viene el hombre!
El loco: (Entra contando, atraviesa la escena y se para frente a Mister
Linaza) ¡Listo! (Sale contando).
Mister Linaza: (Al principio retrocede ante el loco y luego le sigue los
pasos) ¡Este ser palo ‘e loco, caray! Si pueblo descubrirme yo dejarle
su burro hambriento. (Sale detrás. En el mismo momento se escuchan los
toques de corneta de dispersión).
Policía 1: (Entrando delante de Candelario, Pedro, Pablo, Evangelista y
Simón) ¿Dónde está el burro?
Candelario: Pues allá en aquel pesebre lo tenían ique en exposición.
Policía 2: (Entra detrás) Diga la verdá porque si no va a se pior pa’ usté.
Pedro: ¡Por Dios santo!...
Policía 1: No jure na’ que no le están preguntan­do a usté.

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