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CORTE SUPREMA DE JUSTICIA

SALA DE CASACIÓN CIVIL

Magistrada Ponente
RUTH MARINA DÍAZ RUEDA

Bogotá, D. C., veintiocho (28) de septiembre de dos


mil nueve (2009).

Ref: Exp. N° 1523831030032001-00002-01

Decide la Corte el recurso de casación interpuesto por


la demandada frente a la sentencia de 25 de abril de 2006,
proferida por la Sala Única del Tribunal Superior del Distrito
Judicial de Santa Rosa de Viterbo, dentro del proceso
ordinario seguido por José de Jesús de los Dolores Vásquez
Vargas contra Lucrecia González Alvarado.

I.- EL LITIGIO

1.- Pide el actor, en ejercicio de la acción


reivindicatoria y aduciendo la calidad de propietario de los
inmuebles denominados “Los Cerezos” y “La Loma”,
localizados en la vereda Toibita del municipio de Paipa,
Boyacá, los que individualiza por sus características y
linderos, que se condene a la contradictora a restituírselos
junto con los frutos civiles y naturales producidos o que hayan
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podido producir estando en su poder, los que estima a la


fecha de presentación de la demanda en la suma de treinta
millones de pesos ($30´000.000) o en la que se determine
por medio de peritos, que será actualizada conforme al IPC
certificado por el DANE, “so pena de condenarse tácitamente
a pagar intereses moratorios certificados por la
Superintendencia Bancaria”.

2.- La causa petendi admite el siguiente compendio:

a.-) El demandante es propietario de los predios “La


Loma”, según sentencia de declaración de pertenencia
dictada el 3 de marzo de 1994 por el Juzgado Tercero Civil
del Circuito de Duitama, confirmada en segunda instancia el
17 de agosto de 1994 por el Tribunal Superior del Distrito
Judicial de Santa Rosa de Viterbo y no casada por la Corte
Suprema de Justicia, y “Los Cerezos” adquirido a través de
E.P. N° 327 de 3 de febrero de 1958 de la Notaría Séptima
de Bogotá, matriculados en los folios inmobiliarios 074-68510
y 074-19069, respectivamente.

b.-) La accionada prevalida de maniobras engañosas y


burlando providencias judiciales, tomó posesión de “Los
Cerezos” el 7 de diciembre de 1987, lo que repitió en marzo
de 1994 insistiendo en la comisión de vías de hecho respecto
de “La Loma”, una vez se enteró del proferimiento del fallo de
pertenencia, lo que se manifiesta con la explotación de los
mismos mediante cultivos propios de la región, pastoreo y
otras actividades, privando a su dueño de los frutos

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generados por ellos y causándole graves perjuicios


patrimoniales y morales.

3.- Notificada la contradictora, se opuso a la


prosperidad de los pedimentos y formuló las defensas que
denominó, en su orden, “carencia de los presupuestos
axiológicos de la reivindicación” en lo que atañe a “Los
Cerezos” y, “carencia de causa” frente a “La Loma”.

4.- El Juzgado de conocimiento le puso fin al proceso


en primera instancia mediante providencia en la que acogió la
reivindicación deprecada respecto de ambos predios, dispuso
su restitución al accionante, condenó a la contradictora a
reconocerle y pagarle a éste los frutos “naturales y civiles
producidos por los dos inmuebles” desde que entró en
posesión el “07 de diciembre de 1987” y hasta cuando se
produzca la entrega “conforme se determinaron en la prueba
pericial practicada”, suma que se actualizará en consonancia
con el índice de precios al consumidor determinado por el
DANE; decisión que fue confirmada en su integridad por el
superior al desatar los recursos de alzada interpuestos por la
perdedora y el Procurador Judicial Agrario de Boyacá.

II.- FUNDAMENTOS DEL FALLO IMPUGNADO

Admiten la siguiente síntesis:

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1.- Reunidos se encuentran los presupuestos


procesales y no hay motivo de nulidad que imponga retrotraer
lo rituado a etapa anterior.

2.- La inconformidad planteada por la recurrente se


centra en que el a quo no apreció la prueba documental
demostrativa que sobre el predio “Los Cerezos” existía una
falsa tradición, y en lo referente a “La Loma”, si bien fue
adquirido por los medios legales a través de la respectiva
sentencia que acogió la usucapión, no se consideró que
“ésta fue inscrita con posterioridad a la posesión que ostenta
la demandada”.

3.- En este caso están plenamente acreditados en


referencia a los dos inmuebles objeto de la presente acción,
los requisitos exigidos por la jurisprudencia para la
prosperidad de la reivindicación, como son: derecho de
dominio en cabeza del actor; posesión de la demandada;
identidad entre lo poseído y lo pretendido; y singularidad,
como pasa a destacarse:

a.-) En la anotación número uno (1) del certificado de


tradición 074-19069 de la Oficina de Registro de Instrumentos
Públicos de Duitama, Boyacá, correspondiente a “Los
Cerezos”, consta que el 12 de marzo de 1958 se inscribió la
E.P. N° 397 de 3 de febrero de dicha anualidad relativa a la
compraventa de Rosendo A. Vásquez Vargas a José de
Jesús Vásquez Vargas, en el que bajo la “X” que allí aparece
éste quedó figurando “como propietario”; título en relación
con el cual aquél funcionario público (folios 46 a 47 del

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cuaderno de segunda instancia), “aclaró que la escritura


pública N° 327 y 397 de fecha 3 de febrero de 1958
corresponde a la misma, ya que por error se incurrió en ésta
falta, pero que en su esencia ese título `fue registrado como
es´ y que el negocio jurídico es compraventa”. De donde
emana indiscutible la prueba del derecho de dominio del
actor, la que no aparece desvirtuada porque entre él y la
contradictora existiera algún vínculo contractual y tampoco
ésta exhibió otro “título de la misma calidad que pueda
anteponerse al que presenta el actor”.

En cuanto a “la falsa tradición a que hace referencia el


apelante, sí lo es del predio denominado `El Terreno´”,
inmueble éste que no se pretende recuperar, “pero que el
accionado quiere incluir en estas diligencias, debiéndose
tener en cuenta que `Los Cerezos´ corresponde al folio de
matrícula N° 074-19069 y `El Terreno´ al N° 074-18945”.

La posesión de la opositora se comprobó con los


testimonios de Teresa Toba de Barón (folios 3 a 4 del
cuaderno de pruebas); Aristarco Ochoa Pérez (folio 5) y
Jaime Valderrama Ayala (folio 11). Igualmente se hallan
establecidos los restantes elementos de identidad y
singularidad, los que fueron verificados durante la inspección
judicial con intervención de peritos.

En cuanto a la aseveración de la recurrente de que el


predio “Los Cerezos” no puede ser objeto de reivindicación
por existir una falsa tradición, la que no es título de dominio
por hacer referencia a “derechos y acciones”, no se puede

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acoger porque “la inscripción en el folio de matrícula


inmobiliaria N °074-19069 en su anotación N° 1 se especifica
una compraventa de Rosendo Vásquez Vargas a José de
Jesús Vásquez Vargas, y su correspondiente escritura N°
327 del 3 de febrero de 1958 alude: `por medio del presente
instrumento público transfiere a título de venta real y
perpetua enajenación a favor de José de Jesús Vásquez
Vargas, cuyas condiciones civiles se anotan más adelante, el
pleno derecho de dominio y propiedad, que junto con su
posesión vincula el exponente sobre los siguientes bienes…
una finca denominada Cerezos´”.

La falsa tradición que se menciona sí existe pero


respecto del predio denominado “El Terreno”, que es
diferente, lo que se comprueba con “el escrito allegado por el
Registrador de Instrumentos Públicos de Duitama (fl. 46 C
segunda instancia) cuando indica que los folios de matrícula
inmobliaria tanto de `Los Cerezos´ como `El Terreno´ no se
desmembraron de ningún otro”. Lo que se ratifica
confrontando los certificados de tradición que cada uno tiene
de manera independiente, éste el N° 074-19069 y aquél el N°
074-18945.

b.-) El derecho de propiedad del lote “La Loma” lo tenía


el promotor de la reclamación como mínimo desde el 15 de
febrero de 2001, fecha en la que se introdujo la demanda, y
20 de marzo de la misma anualidad, momento en el que se
estructuró la relación jurídico procesal con la notificación del
auto admisorio de ésta, como consta en la sentencia de
declaración de pertenencia de 3 de marzo de 1994,

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confirmada por Tribunal el 16 de agosto de ese año, decisión


que recurrida de modo extraordinario no fue casada por la
Corte el 14 de julio de 2000, lo que consta documentado en el
certificado de tradición 074-68510.

Lo atinente al señorío, singularidad e identidad, aparece


acreditado con las pruebas similares que sirvieron para
arribar a igual conclusión frente al lote Los Cerezos.

El tema relativo a la alegación de que el ánimo de


señora y dueña de la demandada era anterior a la inscripción
del fallo estimativo de la usucapión no es de recibo porque de
ser ello cierto debió “demostrar su derecho derivado de la
posesión dentro del respectivo proceso, o mediante un
proceso judicial idóneo que protegiera la tenencia de la cosa
con ánimo de señora y dueña, a efecto de evitar la
declaratoria de dominio en cabeza de la aquí demandante
(art. 951 C.C.)”.

4.- Precisa que como los argumentos expuestos por el


Ministerio Público para enervar el fallo recurrido son
semejantes a los formulados por la accionada, ellos quedan
refutados con las motivaciones aquí consignadas.

5.- Indica que no es necesario hacer pronunciamiento


alguno respecto del escrito presentado por Manuel Antonio
Pedraza Barón, “por cuanto éste no es parte procesal en éste
asunto”.

III.- LA DEMANDA DE CASACIÓN

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Los dos cargos apoyados en la causal primera


reglamentada en el artículo 368 del Código de Procedimiento
Civil se resolverán conjuntamente porque ameritan las
mismas motivaciones dada su íntima conexión.

CARGO PRIMERO

Se acusa la sentencia de violar indirectamente por falta de


aplicación y a causa de la comisión de errores probatorios,
los artículos 2, 4, 13, 29, 53, 83, 228 y 230 de la Constitución
Política; 4, 6, 174, 175, 176, 187, 251, 252, 254, 256, 258,
265 y 304 del Código de Procedimiento Civil y 749, 752, 669,
950 y 982 del Código Civil.

En la sustentación se exponen los argumentos que


pasan a compendiarse:

1.- No se tuvo en cuenta en la providencia que quien


reivindica tiene la carga procesal de probar el derecho de
dominio.

2.- Examinados los títulos aportados se observa que el


actor no puede reputarse como propietario de la totalidad de
Los Cerezos, ya que en el año de 1958 su tradente y
progenitor Rosendo Vásquez no los podía vender en su
integridad por estar “claramente demostrado que éste señor
había adquirido en el año de 1955 solo derechos y acciones
a título universal representados en dos fanegadas” en él,
“conforme a la escritura N° 230 de agosto 2 de 1955, dichos

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derechos fueron adquiridos por compra a Ester Díaz, Rosa


María Alvarado Rincón, Clementina Alvarado Rincón”; fuera
de lo anterior, “la Ley 228 de 1932, vigente para la época de
la enajenación de los derechos y acciones que se efectuara
entre Rosendo Vásquez y José de Jesús de los Dolores
Vásquez, eso es 1958, prohibía la venta entre padres e hijos
so pena de nulidad del acto”. El tradente únicamente tenía
una cuota parte del bien mencionado, razón por la cual no
podía enajenar, como lo hizo al accionante, la totalidad del
mismo.

3.- El ad quem no vio que la prueba con la que se


buscó demostrar la calidad de dueño de José de Jesús de los
Dolores del fundo “La Loma”, providencia proferida por el
Juzgado Civil del Circuito de Duitama, el 3 de marzo de 1994,
a través de la cual accedió a la declaración de pertenencia e
inscrita el 14 de noviembre de 2000 en la oficina de Registro
de esa población, carecía de idoneidad para acreditar dicha
circunstancia, en atención a que el señorío le fue arrebatado
“antes de haberse proferido y registrado” ésta, circunstancia
que genera la improcedencia de la reclamación “por ser la
posesión anterior al título”.

4.- En síntesis “la sentencia recurrida recae en error por


la vía indirecta porque los errores planteados anteriormente
tienen su fuente en la prueba, esto es, en la falta de cuidado,
análisis y valoración en el estudio de los títulos escriturarios
que fundamentan este cargo como son las escrituras Nos.
382 de 25 de septiembre de 1924; 383 de 25 de septiembre
de 1924 (contrato de anticresis); 230 de 2 de agosto de 1955

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por medio de la cual el padre del demandante adquiere solo


media fanegada de tierra del predio Los Cerezos; la de 3 de
febrero de 1958 por medio de la cual el padre del
demandante le vende el 100% del predio denominado Los
Cerezos, y por otra parte respecto del predio La Loma no se
tuvo en cuenta la fecha en que quedó ejecutoriada la
sentencia proferida por el Juzgado 1° Civil del Circuito de
Duitama de fecha 3 de marzo de 1994, la fecha demostrada
en que mi mandante tomó posesión de dicho bien, la fecha
en que el demandante registró la sentencia (14 de noviembre
de 2000) y la fecha en que inició el reivindicatorio”.

5.- No estando comprobado que el accionante tenía la


condición de propietario no podían prosperar los pedimentos
reivindicatorios de ninguno de los dos predios.

CARGO SEGUNDO

Se ataca la providencia por violar, a causa de idénticos


yerros de facto en la estimativa probatoria, los mismos
artículos denunciados en la anterior acusación con la única
diferencia que en aquélla se cita el 304 y en éste el 306 del
Código de Procedimiento Civil.

La fundamentación es similar también a la que se hace


en la primera acusación ya compendiada, pero con el
agregado orientado a que como secuela de la omisiva
valoración de la prueba documental reseñada, el juzgador no
concluyó, como debió hacerlo, “que había una falta de

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legitimación en la causa por activa en razón a que la


propiedad del predio Los Cerezos no estaba en cabeza de
Jesús de los Dolores Vásquez y respecto del predio La Loma
no se configuraban los requisitos para poder acceder a la vía
reivindicatoria por las citaciones ya anotadas”.

CONSIDERACIONES DE LA CORTE

1.- El actor, alegando ser el propietario de los inmuebles


“Los Cerezos” y “La Loma”, situados en la jurisdicción rural
del municipio de Duitama, Boyacá, pretende que la
demandada, quien los detenta como poseedora, se los
restituya y en consecuencia, ésta sea condenada a
reconocerle y a pagarle los frutos producidos o que hayan
podido “producir” desde el momento en que los ha tenido en
su poder hasta cuando se produzca la entrega.

2.- El ad quem, confirmó la decisión de primera


instancia que acogió la reivindicación deprecada
argumentando, en esencia, frente a cada uno de los predios
objeto de reclamación lo siguiente:

a.-) “Los Cerezos”: Con la escritura pública N° 327 de 3


de febrero de 1958 e inscrita en el folio inmobiliario N° 074-
19069 el 12 de marzo de la misma anualidad en la “anotación
N° 1”, se acredita la calidad de dueño del accionante, puesto
que contiene el contrato de compraventa celebrado por él
como adquirente y el vendedor Rosendo Vásquez Vargas;
descartó la invocada falsa tradición con el texto literal del

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certificado de tradición que inequívocamente hace referencia


a una “compraventa”, e indica la persona que figura como
propietaria; complementariamente, halló establecidos los
restantes requisitos de procedibilidad de la acción.

b.-) “La Loma”: La condición de dueño del actor se


prueba con la sentencia ejecutoriada dictada por el Juzgado
Primero Civil del Circuito de Duitama de 3 de marzo de 1994,
confirmada por el Tribunal Superior del Distrito Judicial de
Santa Rosa de Viterbo y no casada por la Corte Suprema de
Justicia, inscrita en el folio N°074-68510, con posterioridad a
la posesión de la demandada; cualquier discusión sobre
dicho señorío debió plantearse en el interior del proceso
reivindicatorio o en actuación judicial independiente
encaminada a protegerlo con el fin de evitar “la declaratoria
de dominio en cabeza del aquí demandante” y también no
halló reparo frente a los otros elementos que solventan la
misma.

3.- La censura focaliza el ataque, en contra de lo


sostenido por el Juzgador de segundo grado, de la siguiente
forma:

a.-) En lo que atañe a “Los Cerezos”, señala que no se


probó el dominio porque lo que está acreditado es que José
de los Dolores Vásquez Vargas, adquirió de su tradente en la
escritura pública N° 327 de 3 de febrero de 1958 “acciones y
derechos” que éste le había comprado a Esther Díaz, Rosa
María y Clementina Alvarado Rincón, según escritura pública
N° 230 de 2 de agosto de 1955.

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b.-) Respecto de “La Loma”, no se podía tener en


cuenta la sentencia de declaración de pertenencia de 3 de
marzo de 1994, toda vez que fue despojado de la posesión
mucho tiempo antes de que procediera a la inscripción de
dicho fallo el 14 de noviembre de 2000, circunstancia que
hacía improcedente la reivindicación “por ser la posesión
anterior al título”.

4.- En los autos se encuentran debidamente


acreditados los siguientes hechos que tienen relevancia con
la decisión que se está adoptando:

a.-) En Relación con el predio “Los Cerezos”:

1°) Que mediante la escritura pública N° 327 de 3 de


febrero de 1958 Rosendo Vásquez Vargas le vendió a “José
de Jesús Vásquez Vargas” el citado bien (folios 41 a 44del
cuaderno de segunda instancia).

2°) Que el aludido instrumento se inscribió en la Oficina


de Registro de Instrumentos Públicos de Duitama, el 12 de
marzo de esa anualidad, pero incurriéndose en equivocación
al indicarse como número el 397 y no el 327 (folio 42).

3°) Que el funcionario encargado competente hizo


constar frente a la mencionada equivocación que
“seguramente el escribano de ese entonces incurrió en error
al transcribir el título y cambió el 2 por un 9, pero en su
esencia el título escriturario fue registrado como es (…) el

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negocio jurídico es compraventa (…) los folios 074-19069 y


074-18945 no se desmembraron de ningún otro” (folio 46).

4°) Que en la matrícula inmobiliaria 074-19069 de la


misma dependencia oficial, en la anotación primera, aparece
inscrita la “compraventa” obrante en la E. P. N° 327 de 3 de
febrero de 1958 por medio de la cual “Vásquez Vargas
Rosendo” le transfirió el dominio a “Vásquez Vargas José de
Jesús”, reseñándose éste con una X, y la explicación de que
ella indica “la persona que figura como propietaria” (folios 39
a 40).

5°) Que mediante la E. P. de 2 de agosto de 1955,


“Esther Díaz viuda de Alvarado, Rosa María Alvarado,
Clementina Alvarado y Concepción Alvarado transfirieron “a
título de venta real y efectiva a favor del señor Rosendo
Vásquez Vargas (…) los derechos y acciones que a título
universal y sin reserva alguna les corresponda o pueda
corresponderles, la primera como gananciales en el
matrimonio con el finado esposo Eulogio Alvarado, muerto
hace 8 años y las otras tres por la herencia de su finado
padre el mismo Alvarado Rincón, y en la misma forma vende
por medio de esta escritura a favor del mismo comprador la
pequeña cuota que pueda corresponderles por herencia de
su tío Juan Alvarado Rincón, muerto hace 7 años, sucesiones
ambas que aun no han sido liquidadas judicialmente,
vinculados tales derechos y acciones única y exclusivamente
en un terreno denominado `Los Cerezos´, ubicado en la
vereda de Toibita de esta jurisdicción”.

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b.-) Respecto de “La Loma”:

1°) Que por medio de la sentencia dictada por el


Juzgado Primero del Circuito de Duitama, Boyacá, el 3 de
marzo de 1994, se declaró que José de Jesús de los Dolores
Vásquez Vargas adquirió el referido predio por prescripción
extraordinaria de dominio (folios 21 a 39 del cuaderno
principal).

2°) Que el 17 de agosto de la misma anualidad, la Sala


Civil del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Santa Rosa
de Viterbo, confirmó en su integridad la anterior providencia
(folios 40 a 64).

3°) Que esta Corporación, en sentencia de 14 de julio


de 2000, no casó la del ad quem (folios 65 a 102).

4°) Que la demanda de declaración de pertenencia se


presentó el 14 de abril de 1988 (folio 65).

5°) Que en el trámite de la usucapión intervino la aquí


demandada Lucrecia González, hasta el punto de haber sido
la persona que instauró los fallidos recursos de apelación y
extraordinario de casación (folio 65 a 67).

6°) Que en la matrícula inmobiliaria N° 074-68510 de la


Oficina de Registro de Instrumentos Públicos de Duitama, se
inscribió, el 14 de noviembre de 2000, el fallo ejecutoriado de
declaración de pertenencia (folio 9).

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5.- El artículo 946 del Código Civil establece que “La


reivindicación o acción de dominio es la que tiene el dueño
de una cosa singular, de que no está en posesión, para que
el poseedor de ella sea condenado a restituirla”.

A su vez, el artículo 762 del mismo estatuto dispone


que “La posesión es la tenencia de una cosa determinada
con ánimo de señor o dueño, sea que el dueño o el que se
da por tal, tenga la cosa por sí mismo, o por otra persona que
la tenga en lugar y a nombre de él (…) El poseedor es
reputado dueño, mientras otra persona no justifique serlo”.

6.- Esencialmente, con la acción reivindicatoria se


busca, en desarrollo del más característico atributo de los
derechos reales como es el de persecución, obtener que el
poseedor de un bien se lo restituya a su propietario que ha
sido despojado de su señorío por parte de aquél, a quien el
legislador, en principio, reputa y protege como dueño hasta el
momento que otra persona demuestre tener sobre él mejor
“derecho”.

Igualmente, es pacífico que la jurisprudencia haya


decantado a lo largo de muchos años como elementos
axiológicos de esta clase de reclamación los siguientes: a)
dominio en el demandante; b) posesión material en el
demandado; c) cosa singular reivindicable o cuota
determinada de cosa singular; y d) identidad entre lo
pretendido por el actor y lo poseído por el opositor.

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Es sabido que, en principio, el poseedor está


privilegiado por el legislador puesto que su ánimo de señor y
dueño prevalece, aún frente al mismo titular del derecho de
dominio, si su posesión es anterior a la prueba de la
propiedad que exhiba y presente la persona que reclama la
devolución de la cosa.

Sobre este aspecto se ha pronunciado esta Sala así:

“No violó, por lo visto, el Tribunal, el artículo citado por


el recurrente –se refiere al 762 del Código Civil-, contentivo
de una de las grandes presunciones del derecho civil, y antes
bien aparece que lo interpretó con acierto jurídico y le dio una
interpretación que no merece reparo alguno. Aducir una
presunción es plantear un problema predominante de
derecho probatorio, porque cuando una situación de hecho
está regida por una presunción, sea legal o de derecho, el
favorecido con ella tiene mucho ganado en el terreno de las
pruebas judiciales. Así, según el artículo 762 del C. C., en
juicio en el que se controvierta el dominio, el poseedor no
necesita demostrarlo sino que le basta el hecho de su
posesión como primera defensa, que puede llegar a ser
genitivamente eficaz en la decisión del litigio si su posesión
comenzó antes que la titularidad dominal del reivindicante y
éste no aduce en el desarrollo del proceso un título anterior al
inicio de esa posesión, que lo coloque en mejor situación
jurídica respecto al derecho o la cosa contestada. Todo esto
como una consecuencia de la regla de derecho procesal que
enseña y manda que incumbe y corresponde probar al que
pretende modificar un estado de cosas actualmente

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establecido. En el caso de la reivindicación tal estado actual


para el poseedor demandado es hallarse en contacto
material con la cosa, con voluntad de dueño y con ánimo
precario. Quien pretende, pues, modificar ese estado es el
reivindicante y a su cargo está, por consiguiente, justificar un
mejor derecho con mérito probatorio bastante para destruir la
presunción de la ley y desposeer al demandado” (Casación
de 18 de noviembre de 1949, G.J. Tomo XLIV, páginas 799 a
802).

Dentro del proceso reivindicatorio se pueden presentar


varias circunstancias relacionadas con los contrincantes y,
especialmente respecto de la forma en que cada uno de ellos
afronta el litigio. La primera, alude a que solo el demandante
esgrime en su pro la existencia de título de propiedad para
oponerlo a la mera posesión que tiene en su favor el
contradictor y la segunda, se configura cuando ambas
presentan “títulos” de dominio.

La Corporación sobre el punto dijo:

“Como al demandado poseedor lo ampara la


presunción de dueño de que trata el artículo 762 del Código
Civil, esa presunción para que triunfe el demandante, tiene
que ser destruida, por un título de dominio del demandante
que sea anterior a la posesión del demandado. Cuando el
poseedor presenta un título inscrito, entonces surge el
problema de la confrontación del título o títulos del
demandante con los del demandado para determinar a cuál
de ellos asiste mejor derecho. Mas en este caso también la

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posesión material juega primordial papel, porque entonces


los títulos del demandante deben comprender un período
mayor al de la posesión del demandado” (Sentencia de
casación de 7 de junio de 1938, G.J. Tomo XLVI, Pág. 626).

Importa destacar que la circunstancia que viabiliza la


reivindicación cuando el reclamante aduce “título”
demostrativo del derecho de dominio con suficiencia para
destruir la posesión del accionado tiene efectos meramente
relativos, esto es, entre las partes enfrentadas en el
respectivo litigio, que no se extienden a terceras personas no
intervinientes en el proceso y que tampoco atribuyen de
manera absoluta la propiedad a la parte actora vencedora. En
esta clase de acciones no se trata de establecer la suficiencia
de los “títulos” de propiedad del actor mediante la verificación
de la existencia, validez y eficacia de las diferentes
transferencias de la propiedad referidas al inmueble cuya
restitución se depreca, sino simplemente de poner en
contradicción o enfrentar la posesión del accionado con la
calidad de dueño que ostenta el demandante, produciendo
protección y prevalencia el que logre comprobar mayor
antigüedad.

La Corte en las providencias que se citan a


continuación ha afirmado lo siguiente:

a.-) “El carácter de dueño, exigido por el artículo 946


del Código Civil, y la noción de propiedad prescrita por el
artículo 950 de la misma obra, son figuras especialmente
relativas. Aunque el dominio es un derecho sin respecto a

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determinada persona, suficiente para que su titular goce y


disponga de la cosa mientras no atente contra la ley o contra
derecho ajeno, la existencia del que compete al reivindicador,
origen de la acción real de dominio, no se refiere sino al
poseedor, y se prueba solo frente a éste. La declaración de
propiedad, que en juicio reivindicatorio precede a la entrega,
no da ni reconoce al reivindicador un dominio absoluto o erga
omnes. Apenas respectivo o relativo, es decir, frente al
poseedor. Y la sentencia de absolución proferida en juicio de
esta clase no constituye título de propiedad para el
demandado absuelto”. (casación G.J. Tomo 43, pág. 339).

“En la prueba del derecho de propiedad, pueden


contemplarse varias situaciones que interesa estudiar: a) las
dos partes presentan para acreditar sus derechos, títulos de
propiedad. Si éstos emanan de la misma persona, se
resolverá en principio, según la prioridad de la inscripción del
título en la oficina de registro. Si emanan de personas
distintas, el demandado debe ser mantenido en la posesión,
por la presunción de dueño que ésta establece, a menos que
el reivindicante logre demostrar que su autor le hubiera
ganado al título del demandado, en caso de que el litigio se
hubiere entablado entre ellos; b) como segunda hipótesis, se
presenta el caso de que una sola de las partes tiene título. Si
esta parte es el demandado, permanecerá naturalmente en
posesión. Si es el actor, obtendrá la restitución de la cosa
reclamada, a condición de que su título sea anterior a la
posesión del demandado” (Casación de 18 de agosto de
1948, G.J. Tomo XLIV, páginas 714 a 718).

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b.-) “Esta Sala de casación ha sostenido en numerosos


fallos que para el ejercicio de la acción reivindicatoria no es
necesario presentar ni exhibir el certificado del Registrador,
sobre la suficiencia de una titulación de propiedad, a que se
refiere el artículo 635 del Código Judicial, porque en esta
clase de controversias no se trata de apreciar ni demostrar la
existencia o validez de las sucesivas transferencias del
dominio de la fincas reivindicadas en espacio mayor de
treinta años, sino únicamente de enfrentar el título de dominio
del actor con los del demandado o con la posesión que éste
pretende, para decidir en cada caso y sólo entre las partes,
cuál de esas situaciones debe ser preferida y respetando en
el orden prevalente la antigüedad. Si el título del actor
reivindicante es anterior al título o a la posesión que alega,
debe prosperar la acción y ordenarse la restitución del bien
al que aparece con mejor derecho entre las dos para
conservar su dominio y su goce, en orden a la mayor
antigüedad” (Casación de 24 de marzo de 1943, G.J. Tomo
LV, páginas 242 a 248).

c.-) “No procede la consideración de los reparos que en


torno de esta titulación formula en su escrito de réplica en
casación el apoderado de los demandados, porque no
habiendo aducido la parte que representa títulos de ninguna
naturaleza, sino su mera posesión, carece de interés para
analizar y hacer observaciones en torno de remotas
tradiciones antecedentes del dominio que la actora ha
demostrado que le pertenece. `A quien alega el dominio
como base de reivindicación –ha dicho la Corte-, le basta
presentar títulos anteriores a la posesión del demandado, no

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 21


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contrarrestados por otros que demuestre igual o mejor


derecho del poseedor no amparado por la prescripción. La
presunción de dominio establecida en el artículo 762 del
Código Civil, desaparece en presencia de un título anterior de
propiedad, que contrarreste la posesión material, pues el
poseedor queda en el caso de exhibir otro título que acredite
un derecho igual o superior al del actor (Gaceta Judicial,
Tomo XLIII, página 593)´”, Casación de 11 de septiembre de
1943, G.J. LVI, páginas 117 a 122.

d.-) “…Por regla general para acreditar los actos y


contratos sujetos a la solemnidad de la escritura pública es
bastante la presentación del correspondiente instrumento en
copia con nota de haberse hecho el registro en la forma
debida; pero existen casos en que la ley exige que además
de la presentación de este título registrado se acredite su
suficiencia, como sucede entre otros, en los contemplados en
los artículos 998, 1135 y 1189 del C.J. Esta forma de
acreditar el dominio que como se ve es solamente sumaria,
procede legalmente cuando es necesario demostrar la
propiedad en juicio en que ese derecho no es el objeto de la
controversia; por ejemplo, para reclamar indemnización y
pago en caso de expropiación de una propiedad cuya
titularidad queda así suficientemente acreditada, o para
iniciar un acción de deslinde o una divisoria de bienes
comunes, o para demandar el desembargo en el caso del
artículo 1008 del C.J., o para acreditar la solvencia de un
fiador, etc. Pero no es de ley exigir que se acredite la
suficiencia del título en juicio de reivindicación, en los que no
se trata de demostrar sumariamente el dominio, sino

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justificar, con relación al demandado, el derecho que se tiene


para que la cosa que éste posee pase a poder del
demandante, estableciendo probatoriamente, con una
confrontación de títulos, una situación jurídica más arreglada
a derecho, como acontece en este caso en relación con los
fenómenos operados por la reforma legislativa en el régimen
de la sociedad conyugal (…) Ya en la sentencia publicada en
el Tomo LXIII de la G.J., página 339 ya había dicho: `El
carácter de dueño, exigido por el artículo 946 del Código
Civil, y la noción de propiedad prescrita por el artículo 950 de
la misma obra, son figuras especialmente relativas. Aunque
el dominio es un derecho sin respecto a determinada
persona, suficiente para que su titular goce y disponga de la
cosa mientras no atente contra la ley o contra derecho ajeno,
la existencia del que compete al reivindicador, origen de la
acción real de dominio, no se refiere sino al poseedor, y se
prueba solo frente a éste. La declaración de propiedad, que
en juicio reivindicatorio precede a la entrega, no da ni
reconoce al reivindicador un dominio absoluto o erga omnes.
Apenas relativo, es decir, frente al poseedor. Y la sentencia
de absolución proferida en juicio de esta clase no constituye
título de propiedad para el demandado absuelto´” (Casación
de 20 de mayo de 1949, G.J. Tomo LXVI), las subrayas no
son del texto.

8.- Si bien los cargos se acumularon para ser


despachados conjuntamente, el estudio se hará por separado
respecto de cada uno de los inmuebles sobre los cuales se
está ejerciendo la pretensión reivindicatoria, precisando de
entrada que la confrontación entre el reclamante y la

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demandada involucra únicamente el título exhibido por aquél


con la posesión que detenta ésta, ya que en ningún momento
la accionada adujo o presentó similar instrumento para
oponer al allegado.

a.-) Inmueble “Los Cerezos”:

La controversia en relación con este predio en cuanto al


presente recurso extraordinario, se circunscribe al reproche
que se le hace al Tribunal por haber concluido que el
demandante demostró el derecho de dominio sobre el
inmueble, sin tener en cuenta que dicha calidad no se
acreditó porque, según se desprende del título anterior su
tradente en el año de 1955 únicamente había adquirido
respecto de él “derechos y acciones” sobre el mismo.

Procesalmente quedaron comprobados como hechos


ciertos y para los efectos propios del presente litigio ordinario,
la calidad de dueño en cabeza de José de Jesús de Los
Dolores Vásquez Vargas con la escritura pública N° 327 de 3
de febrero de 1958, la que se inscribió en la Oficina de
Registro de Instrumentos Públicos de Duitama el 12 de marzo
de esa anualidad, así como también la posesión que detenta
sobre él Lucrecia González Alvarado desde 1986, tal como lo
admite ella expresamente al contestar la demanda.

La condición de dueño del reclamante es perfectamente


oponible a la contradictora porque, ciertamente, en el citado
instrumento público se menciona que el vendedor le hizo
transferencia clara y específica de la propiedad vinculada al

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aludido lote, situación jurídica a la que se le dio la respectiva


publicidad mediante la inscripción en la oficina encargada de
llevar el registro de los bienes raíces.

En adición, con la certificación del funcionario


competente se clarificó el equívoco que podría suscitarse
porque en algún momento se aludió a la E.P. 397 cuando
necesariamente tenía que hacerse referencia a la 327 que
correspondía a la que contenía la negociación celebrada
entre las partes y que fue objeto de matrícula, siendo todo un
simple lapsus calami cometido por el empleado de dicha
dependencia que efectuó la anotación respectiva.

La validez y eficacia del “derecho de dominio”, el que


data desde 1958, en este caso no ofrece ninguna dificultad
porque basta, como acá ha ocurrido, que el reivindicador lo
compruebe con la anterioridad suficiente para desvirtuar la
presunción de dueño que ampara a la poseedora, que funge
como tal apenas a partir de 1986.

La controversia se plantea exclusivamente entre tales


personas, esto es, el propietario frente a la “poseedora”. No
se le puede exigir a aquél bajo ningún punto de vista, ante la
ausencia de título de “dominio” a nombre de aquélla, que
demuestre cómo se hizo dueño su predecesor, ya que esto
significaría retrotraer tal probanza hasta el infinito, como si se
tratara de la ya desterrada prueba diabólica. Lo anterior se
explica por los efectos relativos que tiene la sentencia
proferida en esta clase de asuntos, que no es obstáculo para
que en el futuro, pese a su ejecutoria, cualquier tercero con

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mejor derecho promueva con éxito la correspondiente


reclamación.

El conflicto en este caso, se repite, únicamente es entre


José de Jesús de los Dolores Vásquez Vargas, propietario
inscrito desde 1958, y Lucrecia González Alvarado,
poseedora material, a partir de 1986, circunstancia que hace
predominar el título anterior frente al señorío posterior, sin
que sea lícito hacer las inquisiciones que pretende la
opositora sobre otros aspectos concernientes a si Rosendo
Vásquez Vargas era verdaderamente el propietario de lo que
dijo vender en la citada escritura pública 327 de 3 de febrero
de 1958.

La contienda reivindicatoria no es un asunto de


prevalencia de títulos con secuelas absolutas o frente a todo
el mundo, puesto que comprobado por el demandante la
propiedad sobre el predio objeto de discusión y que su título
es anterior a la posesión de la persona que lo tiene en su
poder llamándose dueña, o en todo caso como algunos lo
sostienen, por encima del plazo previsto en la legislación
aplicable para la prosperidad de la prescripción extraordinaria
de dominio, no se le puede exigir similar probanza atinente a
que su causante también tuviera tal carácter, porque, se
insiste, el derecho de dominio que enerva los que surgen de
la presunción iuris tantum que beneficia a la poseedora
únicamente tiene como alcance para demostrarlo es a ésta y
no respecto de otras personas, aunque ellas hayan sido sus
tradentes.

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En suma, lo que es motivo de estudio o de


confrontación dadas las cuestiones analizadas en este caso,
consiste en determinar quién, entre las partes intervinientes
en la pendencia, tiene mejor “derecho para poseer”, en
atención, se repite, a la relatividad de los efectos que un fallo
estimatorio produce en estos casos.

Sobre el punto es conveniente traer a colación, fuera de


las providencias de la Corporación ya citadas, las siguientes:

“Aun cuando en su concepción abstracta, el dominio es


un derecho de naturaleza absoluta, que habilita a su titular
para gozar y disponer del objeto que le pertenece, sin otras
limitaciones que las originadas en la misma ley o en el
derecho ajeno, dentro del concepto de la acción
reivindicatoria tiene sin embargo un sentido meramente
relativo, frente al poseedor con quien se controvierte el mejor
derecho, para que, en su caso, sea condenado a restituirlo,
como lo establece el artículo 946 del C.C. Por esto, es
sabido, la acción reivindicatoria no es una acción de
prevalencia de títulos entre actor y demandado, en la que
forzosamente deben triunfar los que de quien demuestre
dominio o posesión más antigua. `Al dueño que quiere
demostrar propiedad, ha dicho la Corte, le toca probar su
derecho, pero exhibido el título no hay por qué exigirle la
prueba del dominio de su causante, cuando la fecha del
registro de tal título, es anterior a la posesión del reo. Si se
pide esa demostración, lógicamente podría obligársele
también a comprobar la solidez de todas las piezas que
componen una cadena infinita. Sería la probatio diabólica,

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que el buen sentido rechaza, como necesaria para decidir


conflictos sobre propiedad privada entre particulares.
(Casación, febrero 26 de 1936. G. J., número 1907, pág. 339)
´”, Casación de 17 de abril de 1953, Tomo LXXIV, páginas
673 a 679. El destacado no está en el original.

No le era dable al Tribunal, teniendo en cuenta lo


expuesto hasta este momento, remontar o retrotraer el
escrutinio del título exhibido por el demandante a los de su
causante inmediato y sucesivamente a cada uno de los
antecesores. El problema propio de la reivindicación sometida
a su composición quedaba resuelto, como lo entendió y lo
decidió, con la demostración idónea de su “derecho de
dominio” anterior a la posesión de la contradictora, puesto
que así quedó plenamente probado en el proceso y con
efectos relativos entre los contendientes el derecho a que se
le restituyera el inmueble por haber demostrado frente a ésta
la calidad de dueño. No necesitaba, por consiguiente,
adentrarse o hurgar si verdadera y realmente el vendedor a
quien el accionante compró el bien era o no su propietario y si
tenía o no el “derecho” que enajenó.

Por consiguiente, el sentenciador de segundo grado no


pudo incurrir en los yerros que le atribuye la censura, toda
vez que aquí se limitó, previa confrontación de la escritura
inscrita de 1958 con la posesión material de 1986, a proteger
la situación jurídica más añeja.

En suma, el juzgador, dadas las circunstancias


expuestas, no estaba obligado a analizar el punto relativo a

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que si lo realmente adquirido por el reivindicante de parte de


su causante eran “acciones y derechos” sobre el inmueble o
la propiedad integral de éste, por cuanto su deber procesal y
jurisdicción se agotaba con la prueba pertinente de la calidad
de dueño, que se insiste obraba idóneamente incorporada a
los autos con la escritura pública debidamente inscrita en la
oficina correspondiente, y con la acreditación de que la
misma era anterior a la posesión de la demandada, como lo
ha enseñado la jurisprudencia esbozada, y en todo caso
superior el término exigido por el ordenamiento jurídico para
el buen suceso de la prescripción extraordinaria de dominio.
El debate, la controversia y la disputa era entre ellos, o sea,
el sedicente propietario y la poseedora, y así se definió,
naturalmente con efectos relativos. Los derechos de terceros
siempre quedan a salvo para ser reclamados por las
personas legitimadas en cualquier momento, según la
preceptiva legal vigente, a menos que se extingan por
prescripción.

b.-) Inmueble “La Loma”:

El cargo concreto en lo que atañe a este predio, se


hace consistir en que la sentencia dictada por el Juzgado
Primero Civil del Circuito de Duitama, Boyacá, el 3 de marzo
de 1994, confirmada por la Sala Civil del Tribunal Superior del
Distrito Judicial de Santa Rosa de Viterbo, el 17 de agosto de
la misma anualidad, y no casada por esta Corporación en
fallo de 14 de julio de 2000, mediante la cual se reconoció a
favor de José de Jesús de los Dolores la declaración de
pertenencia del mencionado bien por prescripción adquisitiva

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extraordinaria de dominio, no le es oponible a Lucrecia


González Alvarado porque apenas se inscribió en la Oficina
de Registro de Instrumentos Públicos competente el 14 de
noviembre de esa última anualidad, y su señorío es anterior
tanto a la fecha de ejecutoria como a la de “registro” de dicha
providencia.

El punto principal que debe dilucidarse para despachar


la presente acusación es el concerniente a cuáles son los
efectos que produce la providencia que reconoce la
usucapión a favor de una persona.

La decisión jurisdiccional que accede a reconocer una


prescripción adquisitiva extraordinaria no es constitutiva sino
meramente declarativa, ya que se contrae, verificando la
consolidación y estructuración de sus elementos axiológicos,
posesión de las características exigidas por el legislador y el
tiempo de veinte años para la época en que acaecieron los
hechos, a reconocer una situación jurídica atributiva del
derecho de dominio reclamado.

En este sentido se ha pronunciado la Sala, entre otras,


en sentencia de casación N° 011 de 6 de abril de 1999,
cuando destacó sobre el particular:

“Desde luego que el raciocinio de la Corte, se presenta


diáfano si se entiende, como desde antaño lo predica su
jurisprudencia, que quien ostente por el tiempo legal una
posesión material idónea para la prescripción adquisitiva de
dominio, se hace dueño del bien, per se y con independencia

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del pronunciamiento judicial, porque la sentencia que en


estos casos se profiere es meramente declarativa, pues ella
se limita a verificar y declarar la existencia de la determinada
situación jurídica atributiva del derecho de dominio, como
hecho consumado, radicando ahí la justificación de la
procedencia de la prescripción extintiva como excepción,
porque si el demandante no es dueño, entonces carece de la
acción reivindicatoria que hubo de proponer”.

La secuela de la inscripción de una sentencia de


declaración de pertenencia en la oficina encargada del
registro de la propiedad inmueble, contrario a lo aseverado
por la impugnante, no tiene la virtualidad de ser una tradición,
toda vez que se trata de dos modos diferentes de adquirir el
dominio. Ésta sirve para concretar y materializar el
cumplimiento de las obligaciones de dar, al paso que aquélla
conduce simplemente a suministrar publicidad frente a
terceros de la ocurrencia de unos hechos a los cuales el
ordenamiento jurídico le ha otorgado unas secuelas propias
que se consuman y tienen eficacia con prescindencia tanto
de un fallo judicial o de la anotación que se haga en dicha
dependencia oficial.

La Corporación, en casación N° 029 de 29 de julio de


1999, expediente 5074, precisó sobre tales aspectos lo que
seguidamente se reproduce:

“Debe concluirse, subsecuentemente, que la sentencia que


se profiera dentro del juicio de pertenencia correspondiente, es
de carácter meramente declarativo, o sea que está

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encaminada a reconocer jurídicamente una situación fáctica


preexistente que no resulta alterada por la decisión judicial que
así lo admita. De ahí que se diga que se hace propietario de
un inmueble por usucapión, quien se encuentre en las
circunstancias atrás señaladas, independientemente de que se
le haya declarado judicialmente como tal o no. De igual modo,
la inscripción de la sentencia estimatoria de las pretensiones
del poseedor en la Oficina de Registro pertinente, tiene una
preponderante finalidad de publicidad que le permite al
poseedor legitimarse para actuar en el tráfico jurídico como
dueño, generando, por tanto, la seguridad suficiente frente a
los terceros, quienes, en ese orden de ideas, podrán tener
certeza de la calidad con la que obra el actor, sin que pueda
decirse, entonces, que esa inscripción ostente el carácter de
tradición, desde luego que, como es palpable, se trata de
distintos modos de adquirir el dominio, pues mientras ésta, la
tradición, es la forma como se cumplen las obligaciones que
tienen por objeto prestaciones de dar, la usucapión es la
forma de hacerse dueño mediante la posesión en los términos
y circunstancias prescritos por la ley, de manera que cuando
se profiere la sentencia estimatoria de las pretensiones del
actor, el modo ya se ha operado mediante la prescripción
adquisitiva (…) Como es ampliamente conocido -ha dicho la
Corte-, reunidos los requisitos legales para la operancia de la
prescripción adquisitiva, ella ‘se efectúa por ministerio de la ley
una vez poseído el mueble o raíz durante el tiempo que
establece la ley en cada caso’, cual lo tiene dicho la Corte
Suprema de Justicia, en sentencia de casación del 1° de mayo
de 1928, G.J. XXXV, pág. 254. Es decir, que la jurisdicción del
Estado, por conducto del funcionario competente, no crea con

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la sentencia que en el respectivo proceso de pertenencia se


profiera, el derecho real que ya había sido adquirido por el
prescribiente si este así lo demuestra, sino que tan solo tiene
carácter declarativo del mismo, jamás constitutivo del derecho´
(G.J. 219 Pág.332). Esta que ha sido la doctrina constante de
la Corte, la ha reiterado en distintas sentencias de casación,
entre otras, en la de 7 de octubre de 1997 y 6 de abril de
1999”.

Fácilmente, se puede concluir que no le asiste razón


alguna a la recurrente en cuanto le endilga al sentenciador
yerro consistente en no haber tenido en cuenta que la
inscripción del fallo que declaró la pertenencia en pro del
accionante se efectuó con posterioridad (14 de noviembre de
2000) a la época en la cual ella entró en posesión del inmueble
(“agosto de 1986”), lo anterior por cuanto, tal como se
desprende de lo analizado, la adquisición del dominio por la vía
de la prescripción extraordinaria estaba consolidada desde
antes de la introducción del libelo a través del cual se formuló
la respectiva reclamación (14 de abril de 1988) y dicha
anotación no tiene alcances de determinar la fecha a partir de
la cual se adquiere la propiedad así obtenida, sino que es una
actuación que confiere publicidad a una situación jurídica ya
consumada y que le permite actuar frente a todo el mundo
como dueño.

Igualmente, no puede pasar desapercibido que la persona


que funge aquí como impugnante también estuvo vinculada al
proceso de declaración de pertenencia que tuvo por objeto el
referido bien raíz, hasta el punto que fue la misma que

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interpuso con resultados adversos los recursos de apelación y


de casación. Por consiguiente, si se observa que la
reclamación se presentó el 14 de abril de 1988, es razonable
concluir, conforme aparece en las providencias de fondo
pronunciadas por las distintas autoridades judiciales, que el
término habilitante para que la posesión produjera el
advenimiento del dominio había corrido plenamente antes de
dicha calenda.

Además, también debe recordarse que el éxito de lo


pretendido tiene como significado específico que los jueces
admitieron, previa la correspondiente valoración probatoria,
que el señorío que detentaba tenía la eficacia suficiente para
abrirle paso al indicado modo de obtención de la propiedad.

Consecuentemente, a juicio de la Sala, la alegación de la


accionada en cuanto que su posesión es anterior al título de
adquisición del dominio del demandante fue un asunto que
quedó dilucidado y esclarecido dentro del proceso de
declaración de pertenencia en el que se dio el debate
correspondiente, hasta el punto que en las providencias
judiciales en las cuales se analizó la situación jurídica expuesta
se concluyó que efectivamente éste tenía el ánimo de señor y
dueño suficiente para declarar la operancia de la usucapión.

Y en oposición a lo aseverado por el ad quem en el sentido


de que la discusión sobre la posesión alegada por la
demandada tiene otro escenario, debe afirmarse que no es así
por cuanto lo que ciertamente aconteció fue que tal debate se
dio con infructuoso resultado para la contradictora.

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9.- Los cargos, entonces, no están llamados a prosperar.

IV.-DECISIÓN

En mérito de las consideraciones anteriores, la Corte


Suprema de Justicia, Sala de Casación Civil, administrando
justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley,
NO CASA la sentencia de 25 de abril de 2006, proferida por
la Sala Única del Tribunal Superior del Distrito Judicial de
Santa Rosa de Viterbo, dentro del proceso ordinario seguido
por José de Jesús de los Dolores Vásquez Vargas contra
Lucrecia González Alvarado.

Costas a cargo de la parte recurrente, las que serán


liquidadas por la Secretaría.

Notifíquese y devuélvase

WILLIAM NAMÉN VARGAS


(Aclaración de voto)

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR


(Con salvamento de voto)

RUTH MARINA DÍAZ RUEDA

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PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA

ARTURO SOLARTE RODRÍGUEZ


(Aclaración de voto)

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE


(Con salvamento de voto)

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA

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SALVAMENTO DE VOTO
EXPEDIENTE NÚMERO 2001-0002-01

Con el acostumbrado respeto por la mayoría de la Sala,

enseguida paso a exponer las razones por las que estimo debo salvar

mi voto.

Mi discrepancia, en concreto, es frente a la


definición que en la sentencia de la que me aparto le da a la
pretensión relacionada con el predio “Los Cerezos” y, por
ende, a las razones con base en las cuales en el punto se
desestimó la impugnación extraordinaria, la cual, por los
motivos que aquí me empeño en exponer, al contrario de lo
que determinó la mayoría, debió salir avante.

Para desestimar la acusación alrededor del


particularizado tópico, apoyada en añeja posición
jurisprudencial la Sala argumenta que como la acción de
dominio, cuando el actor aduce título de propiedad para
destruir la posesión, tiene efectos meramente relativos entre
las partes así enfrentadas, no era necesario hurgar para
establecer si la persona de la que éste adquirió la cosa era
propietario o no, si tenía el derecho que enajenó o no, y que
por ello mismo el juzgador no estaba obligado a estudiar si lo
adquirido por el promotor del proceso eran “acciones y
derechos” puesto que “su deber procesal y jurisdiccional se
agotaba con la prueba pertinente de la calidad de dueño”,
mas sucede que con tal fundamento, como se verá en las

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líneas que se avecinan, terminó reputándolo como verdadero


propietario de aquella heredad, cuando lo cierto es que esa
importantísima condición, relativa a uno de los presupuestos
basilares de la acción reivindicatoria, el mismo en realidad
nunca la ha tenido, siendo que fue casualmente esa, que no
ninguna otra, desde luego, la calidad que él adujo para
promover el reclamo restitutorio.

1. En efecto, como es suficientemente conocido,


el negocio jurídico a través del cual se enajena un bien raíz
no transmite, per se, el dominio sobre la cosa de que se trate,
es decir, que un acto de tal naturaleza no tiene la virtud de
transferir, por sí solo, la propiedad del bien, pues, cual
contrato obligatorio que es, por regla de principio general está
llamado a producir meras obligaciones, por lo menos en lo
que tiene que ver con las prestaciones a cargo del
enajenante, que concretamente consisten en hacer la
tradición a favor del adquirente; lo dicho es así no sólo
porque el artículo 1849 del Código Civil lo prevé de tal
manera al prescribir que “la compraventa es un contrato en
que una de las partes se obliga a dar una cosa …” (he
subrayado), sino por razón de que los artículos 740 y 745
ibídem, al tiempo que implícitamente permiten ver la
diferencia entre título y modo, afianzan este raciocinio al
preceptuar que la tradición –que no la venta– “es un modo
de adquirir el dominio de las cosas, y consiste en la entrega
que el dueño hace de ellas a otro, habiendo por una parte la
facultad e intención de transferir el dominio”, y que “para que
valga la tradición se requiere un título traslaticio de dominio”,
como el acabado de nombrar. Es palmario entonces que el

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sujeto que se desprende de un efecto, mediante convenio de


compraventa por ejemplo, antes que transmitir su dominio
adquiere la particular obligación de poner al adquirente en
posesión real, material y efectiva en torno de él, pero a la vez
la de hacerle la tradición del mismo; ésta –si no la
principalísima, por lo menos si una de las más importantes–
que en el actual régimen legal patrio se realiza, como se
sabe, mediante la inscripción del título en el respectivo folio
de matrícula inmobiliaria en la competente oficina de registro
de instrumentos públicos (art.756, ib.).

Lo expuesto traduce que el comprador en un acto


bilateral como el que viene referido no será propietario
mientras el contrato de compraventa de rigor no sea inscrito
en la mencionada oficina pública, desde luego que tal calidad,
en términos de la normatividad jurídica, la obtendrá
únicamente a partir del momento en que la tradición del
dominio se efectúe de la forma ya señalada, mas siempre y
cuando su antecesor haya sido el verdadero dueño de la
cosa, ya que, de lo contrario no la adquirirá, como así lo
prescribe el artículo 752 ejusdem, al disponer que “si el
tradente no es el verdadero dueño de la cosa que se entrega
por él o a su nombre, no se adquieren por medio de la
tradición otros derechos que los transmisibles del mismo
tradente sobre la cosa entregada”, valga decir, para que el
adquirente, cuyo título de enajenación haya sido registrado
de la manera ya explicada, pueda ser considerado como
legítimo titular del dominio sobre el predio que le fue vendido,
es menester que su predecesor, esto es, aquel de quien
adquirió, asimismo haya sido el legítimo propietario de tales

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derechos, por cuanto si resulta que quien dijo vender no


ostentaba, en verdad, tales derechos, él tampoco podría
trasladar aquello de lo que no era titular. En suma, para que
el vendedor pueda traspasar la propiedad, necesita ser el
dueño de ella en el momento en que es realizada la
correspondiente tradición, habida cuenta que si en el instante
de realizarla no es, le resultará absolutamente imposible
hacerlo, por supuesto que nadie puede transmitir a otro
derecho que no tiene (nemo plus juris ed alium transferre
potest quam ipse habet).

En este sentido es abundante, consistente y


uniforme la doctrina jurisprudencial. Así, en sentencia de 15
de septiembre de 1955 la Corporación hizo ver cómo “la
tradición, según la definición del artículo 740 del Código
Civil, es un modo de adquirir el dominio de las cosas y
consiste en la entrega que el dueño hace de ellas a otro,
habiendo por una parte la facultad e intención de transferir el
dominio y por otra la capacidad e intención de adquirirlo, de
tal suerte que quien no es dueño no puede efectuar una
verdadera tradición: con razón expresó la Corte en fallo de 28
de junio de 1937: ‘la tradición exige en el tradente estas
condiciones subjetivas: propiedad de la cosa, facultad de
transmitir su dominio, intención de enajenar; si falta una de
estas condiciones no hay tradición y por lo mismo no hay
enajenación” (G. J., t. LXXXI, pag.133; subrayas fuera de
texto).

También ha puesto de presente cómo “nuestra


legislación distingue, en toda tradición, entre el acto de

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entrega, que tratándose de bienes raíces se efectúa por la


inscripción del título en el registro, y ese título, que es la
causa jurídica que sirve a la entrega de antecedentes y
fundamento. La validez del acto, título de la tradición, es
independiente de la del modo de transmitir, a consecuencia
de ese acto, el derecho de dominio. En nuestra legislación, el
dominio y los demás derechos reales no se adquieren por el
solo efecto de los contratos; la venta de cosa ajena vale,
precisamente, porque la venta, por sí sola, no trasmite el
dominio de la cosa vendida al comprador, sino que sólo es
título de esa transferencia que el vendedor debe hacer en
cumplimiento de su obligación contractual” (G. J., t. LXXVII,
pag.386).

En ocasión más reciente igualmente apuntó que


“título y modo son dos conceptos claramente diferenciados en
el ordenamiento jurídico patrio, que no pueden ser
confundidos so capa de la complementariedad que existe
entre ellos. El primero… cumple la función de servir de fuente
de obligaciones, por lo que, desde la perspectiva del
acreedor, únicamente lo hace titular de derechos personales.
De él es ejemplo elocuente el contrato (art. 1495 C. C.). El
segundo, por el contrario, guarda relación con los
mecanismos establecidos en la ley para adquirir un derecho
real, entre los que se cuenta la ocupación, la accesión, la
tradición, la usucapión y la sucesión por causa de muerte (art.
673 ib.)”; es precisamente por ello “que el simple título –en
Colombia– no afecte derecho real alguno, por ejemplo, la
propiedad, pues apenas si genera, en el caso de los llamados

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títulos traslaticios (inc. 3º, art. 765 C. C.), la obligación de


hacer dueño al acreedor, por el modo de la tradición (arts.
740, 654 y 756, ib.). Pero éste, a su turno, tampoco se basta
para demostrar el dominio sobre una cosa, dado que la
propiedad requiere la conjunción de uno y otro, al punto que
el artículo 745 del Código Civil establece que ‘para que valga
la tradición se requiere un título traslaticio de dominio, como el de
venta, permuta, donación, etc.’” (sentencia 234 de 16 de
diciembre de 2004, exp.#7870).

Asimismo ha expresado que el “título no dice sino


que un sujeto se obligó; que restringió su libertad en la
medida en que hoy está sujeto a una determinada actitud,
que consiste en dar, hacer o no hacer una cosa. El que
contrata, es cierto, simplemente es un contratante; hay que
suponer que allí necesariamente surgieron obligaciones, pues
que el contrato es por antonomasia, bien pudiera decirse, la
gran fábrica de obligaciones. Hasta ese momento para nada
se ha rozado el concepto del derecho real; porque para que
éste brote o simplemente mude, es menester que ocurra algo
más que el simple título: en términos concisos, que quien
resultó obligado por ese titulo, cumpla; esto es, extinga la
obligación. Así, el vendedor, el mero contratante, no hace que
el dominio se radique desde ya en cabeza del comprador,
porque hasta allí no han realizado más que el simple título.
Ese algo más, que de menos se echa, es que el vendedor
cumpla la obligación de transferir el dominio; lo que
acontecido validamente, toma el nombre de tradición, que es
precisamente el modo que hasta entonces se echaba de
menos. Por manera que solamente cuando a la realización

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del título se suma la del modo, prodúcense ahí sí


consecuencias jurídicas en punto de los derechos reales. El
propietario anterior, quien entre tanto era apenas vendedor, al
realizar el modo de la tradición, deja de serlo, porque tal
derecho real de dominio se ubica entonces en cabeza del
adquirente, quien, correlativamente, en el entretanto, no fue
más que un mero comprador o simple contratante” (sentencia
074 de 20 de junio de 2000, exp.#5617). Es palmario, por
tanto, que “tratándose de bienes inmuebles, la obligación del
vendedor de efectuar la tradición de la cosa vendida no
queda cumplida con el simple registro de la escritura en que
conste el contrato; tal obligación solo se cumple mediante
una tradición válida y eficaz, o sea proveniente del verdadero
dueño” G. J., t. LXXXI, pag.134; subrayas fuera de texto).

2. Esas liminares nociones encuentran su razón


de ser en que si “para reivindicar se exige en forma ineludible
que el demandante pruebe ser dueño del objeto en litigio,
excepto cuando invoque meramente su calidad de poseedor
que esté en vía de ganar el dominio por prescripción” (G. J., t.
CXLII, pag.17), si la reconocida en el fallo del que me aparto
frente al inmueble denominado “Los Cerezos” es precisamente
la mencionada acción de dominio, y si además el actor la
promovió aduciendo expresamente ser el propietario del
nombrado predio, y no amparado en una eventual condición
de poseedor, emerge incontrastable afirmar, contrariamente
de lo que se sostiene en el fallo objeto de esta salvedad de
voto, que entonces éste sí estaba precisado a probar, en los
puntuales términos atrás reseñados, que en su cabeza
radicaba esa específica calidad, para lo cual debía no sólo

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arrimar el título contentivo del negocio jurídico por el que


hubiese adquirido tal bien, sino establecer que la cosa así
comprada le fue transferida de su verdadero dueño, pues,
como arriba se expuso con suficiente amplitud, para adquirir
la condición de legítimo titular de los derechos de dominio de
un bien raíz no basta que el respectivo título haya sido
debidamente inscrito en la competente oficina registro de
instrumentos públicos, ya que junto a ello también es de
cardinal importancia que la tradición así sentada provenga, a
su turno, del verdadero dueño, desde luego que si emana de
quien acorde con los cauces legales no lo era, aquél que de
él hubiese adquirido no será propietario ni ostentará las
prerrogativas, a las que accedería, por supuesto, quien
hubiera recibido la tradición del legítimo titular.

3. En el asunto es punto pacífico que Rosendo


Vásquez Vargas, mediante contrato de compraventa
contenido en la escritura 327 de 3 de febrero de 1958,
enajenó en favor del demandante aquella finca, situación que
hacía suponer que éste, a partir del momento en que dicho
título fue inscrito en la competente oficina registro, adquirió la
calidad de dueño de la misma y, con ello, todos los derechos
que de ella se derivaran conforme a la ley. Acontece, sin
embargo, que tal condición él en puridad no la adquirió –y no
la podía adquirir– por la sencilla razón de que aquel de quien
la obtuvo, el nombrado Vásquez Vargas, nunca fue
propietario de “Los Cerezos”, dado que en cuanto hace a dicho
bien lo que éste compró, según lo informa el convenio vertido
en el instrumento público 230 de 2 de agosto de 1955, no

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pasó de ser simples “derechos y acciones a título universal


representados en dos fanegadas”, y no realmente la propiedad
inherente al mismo, a más que tal cosa el mentado Rosendo
no la obtuvo de quien para entonces era el verdadero titular
del dominio, sino de Ester Díaz, Rosa María Alvarado Rincón,
Clementina Alvarado Rincón, quienes a la sazón no lo eran,
acorde con lo que se dicen de los particularizados títulos así
como del correspondiente certificado de tradición. Al estudiar
un caso de connotación similar a éste, la Corte señaló:

“El tribunal… dio por demostrado el dominio actual


de Boquerón y bubeta en cabeza de los demandantes con las
hijuelas de las adjudicaciones que se les hicieron en las
sucesiones de Paredes y Giraldo, una vez que en tales actos
aparece que la totalidad del predio en cuestión les fue
adjudicado a los demandantes. Y agrega que la tradición
anterior sobre dichos inmueble… se comprobó… con las
otras cuatro escrituras…y también con el certificado de
propiedad y libertad… . Sin embargo, ninguno de estos
últimos documentos… hace referencia a la enajenación de la
totalidad de la finca o una cuota determinada de ella. En
todos ellos aparecen ventas de ‘derechos y acciones’ sobre el
predio, sin precisar o determinar la cuota de tales derechos
en relación con todo el inmueble. Es por tanto ostensible el
error de hecho del sentenciador al ver en esos documentos la
tradición completa de Boquerón y Bubeta, siendo así que
ellos solo mencionan transferencias de indeterminados
‘derechos y acciones’ en ese predio. Una tradición que en
verdad… arranca de indeterminados ‘derechos y acciones’

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sobre un cuerpo cierto, no puede llegar a ser prueba del


dominio de la totalidad del bien, a menos que estuviera
demostrado que todos los derechos sobre el mismo hubieran
sido adquiridos por el actual propietario. Al no ser esto así, el
título de los antecesores o causantes de los esposos
Marulanda, no ha llegado a configurarse”(G. J., t. CXLII,
pag.17).

De cara a tan inocultable circunstancia, en el fallo


objeto de esta disensión, contrariamente la mayoría exhibe
como argumento el hecho de que, por el predicado carácter
relativo de la acción de dominio, no sólo podía sustraerse de
analizar si en el actor residía la verdadera condición de titular
del dominio, que adujo como sustento para evidenciar la
legitimación en su pretensión de recobro, como correspondía
acorde con las normas contenidas en los artículos 756 y 946
del Código Civil, entre otras disposiciones sustantivas, sino
que no estaba obligada a estudiar si lo adquirido por aquél
eran “acciones y derechos” por cuanto su deber procesal se
agotaba con la prueba de la calidad de dueño,
desconociendo así que justamente porque el tradente del
actor nunca tuvo en su cabeza dicha condición, él, cuando
dijo venderle al éste, no le pudo trasmitir al mismo aquel
derecho que invocó sobre la cosa en cuestión y que, por,
ende José de Jesús de los Dolores tampoco podía ser el
propietario de la misma.

Ha de quedar claro, eso sí, que no es que se


desconozca el mentado ámbito relativo que en los fallos

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citados se le ha dado a la súplica reivindicatoria, pues lo que


ocurre es que tal circunstancia no habilita al juez para dejar
de reparar si en el demandante, cuando éste asiste a la
controversia prevalido de la calidad de titular del domino de la
res vincatio, conforme a las prescripciones legales concurre
dicha condición, en orden a lo cual tendrá que constatar,
necesariamente, si aquel sujeto de quien la adquirió era el
verdadero propietario, pues no otra cosa es lo que indican los
cánones, según ha quedado expuesto en precedencia. No se
pierda de vista que cuando la Corte anotó, como lo hizo en la
sentencia de 26 de febrero de 1936, que “al ‘dueño’ que
quiera demostrara ‘propiedad’ le toca probar su derecho, pero
exhibiendo el título no hay por qué exigirle la prueba del
dominio de su causante, cuando la fecha del registro de tal
título es anterior a la posesión del reo” y que “si se pide esa
demostración … podría obligársele también a comprobar la
solidez de todas las piezas que componen una cadena
infinita”, lo cual “sería la probatio diabólica, que el buen
sentido rechaza” (G. J., t. XLIII, pag. 339), debe entenderse
en aquellos casos en los que ese demandante ha probado
haber adquirido la cosa del verdadero dueño, como lo exige
el artículo 756 del Código Civil; pero un postulado de esa
índole no podría comprender circunstancias que no encajaran
dentro de la acabada de reseñar, desde luego que a ellas
tampoco alude en mencionado precedente jurisprudencial, y
no lo podía hacer dado que, visto el mismo en su total
dimensión, una temática como la que aquí se plantea en
torno de “los Cerezos”, en el caso del que allí se trató no fue
formulada.

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Y tampoco lo fue en los restantes precedentes en


que se apoya la decisión de la que ahora me aparto, pues el
fallo de 18 de agosto de 1948 (G. J., t. LXIV, pags. 715-717),
tuvo como base la alegación del recurrente acerca de que el
demandado tenía derecho a permanecer en el predio por
haberlo adquirido mediante promesa de compraventa; en el
de 24 de marzo de 1943 (G. J., t. LV, pag. 247), la
problemática resuelta giró alrededor del certificado de
tradición así como de la existencia y validez de las
transferencias; la providencia de 21 de marzo de 1936 (G. J.,
t. XLIII, pags. 592-596), es “un auto para mejor proveer”; en la
sentencia de 11 de septiembre de 1943 (G. J., t. LVI, pags.
118-122), el debate se desenvolvió en torno del hecho de que
la parte demandada reconoció en el actor la condición de
dueño de la cosa y que por ello su pretensión de dominio no
había prescrito, a la vez que efectuó el estudio de la cadena
de títulos para concederle a éste la reivindicación pedida; en
la de 20 de mayo de 1949 (G. J., t. LXVI, pags. 84-85), el
análisis buscó hacer ver en qué juicios se debe aportar el
certificado de tradición, para significar que en los
reivindicatorios bastaba arrimar el título respectivo. Es más,
en la de 6 de octubre de 1969, de igual modo no se habló del
tema aquí comprometido en tanto que en éste lo que echaba
de menos el recurrente era el titulo originario del Estado (G.
J., t. CXXXIII, pags. 14 y 15).

Por las razones anteriores considero que respecto


del indicado bien debió reconocérsele mérito a la acusación.

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Fecha ut supra

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE

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SALVAMENTO DE VOTO

Referencia: C-1523831030032001-00002-01

Como la ponencia presentada, en lo que respecta al


inmueble “Los Cerezos”, no así en lo que concierne al predio “La
Loma”, fue derrotada, paso, con el respeto acostumbrado por la
decisión de la mayoría de la Sala, a exponer las razones por las cuales
la sentencia del Tribunal debió ser casada parcialmente, para en su
lugar, negar, en ese preciso punto, la reivindicación.

1.- En los términos de la sentencia, cuando el demandante


aduce título de dominio registrado, anterior a la posesión del
demandado, no hay que hurgar en las tradiciones antecedentes para
establecer su existencia, validez y eficacia, dados los efectos relativos
de la decisión. Esto, por supuesto, es de recibo, pero en presencia de
un verdadero título de propiedad, como se acepta en otro apartado, al
decirse que en el caso el problema suscitado quedaba resuelto con la
“demostración idónea” por parte del demandante de su derecho de
dominio.

En la tesis de la mayoría, cuando formalmente el título


habla del derecho de propiedad y así se refleja en la tradición, esto
sería suficiente para acceder a la acción de dominio, con independencia
que se demuestre que el causante del demandante había adquirido
simples derechos y acciones. La contradicción, entonces, brota de
bulto, en lo cual, precisamente, radica la discrepancia, porque nunca
puede haber “demostración idónea” del derecho de dominio en los
casos en que se prueba contra el título aducido por el actor, pues si su
inmediato antecesor no era propietario, como ocurre cuando era titular
de meras expectativas, es claro que no puede ni podía transmitir
derechos que no tenía.

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 50


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Además, pese a que se insiste en la relatividad de la


decisión, aspecto que es cierto, se termina abrigando una tesis
absoluta, porque la prueba del derecho de dominio que adujo el
demandante, a la postre se impuso igualmente de esa manera, en tanto
no se permitió oponer a la misma ningún hecho impeditivo, pero sin
alusión a la norma legal que así lo consagra, como la falsa tradición
alegada, inclusive por el Ministerio Público, amén de probada por la
parte demandada.

De otra parte, no existe restricción legal para que la parte


contra la cual se opone el título de dominio aparentemente idóneo
pueda desvirtuarlo. Es más, corresponde al sentenciador reconocer
oficiosamente los hechos impeditivos permitidos, siempre y cuando se
encuentren probados.

Así lo ha reconocido la Corte en época no muy lejana, en


donde se declaró la excepción de simulación del título presentado para
probar el derecho de dominio, inclusive hurgando el pasado, al decir
que cuando la “reivindicación se propone, como ejercicio del derecho
real de dominio, por razón de lo consagrado por los artículos 946 y 950
del Código Civil, la jurisprudencia de esta Corporación ha predicado
reiteradamente, que uno de los elementos estructurales de la acción es
el derecho de dominio como atributo patrimonial de quien funge como
demandante, quien por lo demás corre con la carga de su
demostración. De manera que ese derecho de dominio por tocar con la
legitimación del demandante, pues su titularidad es la que le confiere la
tutela que hace valer, hace parte del thema decidendum, así las partes
no lo hayan propuesto expresamente, o no haya sido objeto de reparo o
reproche por parte del demandado, pues con independencia de su
actitud, más, tratándose de bienes inmuebles, como en el caso sucede,
donde se está frente a una prueba legal, el sentenciador debe abordar
su examen, porque como ya se anotó, el dominio de la parte
demandante es el pilar de la acción reivindicatoria (de dominio), del
cual deriva su legitimación en la causa.

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“En el anterior orden de ideas, si al efectuar el análisis


probatorio en los términos señalados por el artículo 187 del Código de
Procedimiento Civil, el fallador descubre los elementos estructurales de
una excepción cuya expresa invocación no reclama la ley, que como
resultado arroja la infirmación del título aducido por el actor para
justificar el derecho de dominio que invocó como pilar de la pretensión,
está en el deber de reconocerla, acogiendo la regla de procedimiento
consagrada en el artículo 306 del Código de Procedimiento Civil (….).

“En el caso sub-lite, al indagar por la existencia del


derecho de dominio en el demandante, respecto del bien pretendido en
reivindicación, el Tribunal halló la prueba de un hecho indicador de la
ausencia de tal derecho, como es la simulación del título del cual
pretende derivar los efectos reclamados, y la del título de su antecesor,
circunstancia que al erigirse en hecho impeditivo de la pretensión
formulada, debía oficiosamente reconocer (…). ‘Porque
verdaderamente sería un contrasentido que si el juzgador encuentra
demostrada la simulación con arreglo a derecho, tenga sin embargo
que reconocerle plenitud de efectos, en perjuicio del demandado, a un
acto ciertamente ficticio, como si fuese real y válido’”1 (subrayas
extexto).

2.- Distinto es que el actor, sin ser propietario, haya tenido


la falsa apariencia de serlo y se hubiere comportado, en todo caso,
como propietario presunto, por haber ejercitado la posesión material por
el término necesario para usucapir, desde cuando su antecesor, es
decir, su padre, en 1958, le enajenó un derecho que no había adquirido
y que, por tanto, no tenía, hasta 1987, época en la cual le fue
arrebatada por la parte demandada.

Por supuesto que como lo ha sostenido la Sala, el


“demandante en la acción reivindicatoria puede ser un poseedor con

1
Sentencia 146 de 30 de julio de 2001, expediente 5672, citando G.J. T. CIII, pág
255, y CV, pág. 263.

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veinte años de posesión, es decir, con el tiempo legal suficiente para


alegar la prescripción extraordinaria, como modo para adquirir el
derecho de dominio”. En ese caso, para el éxito de la pretensión, no
sólo debía alegar y probar los requisitos de la “prescripción adquisitva
extraordinaria”, sino también los “propios de la reivindicación”2.

Sin embargo, al margen de si el demandante, respecto del


inmueble “Los Cerezos”, era poseedor material en la forma dicha, antes
de la posesión de la demandada, la Corte, de cara a la sentencia
sustitutiva, ante la existencia de los errores probatorios denunciados por
la parte demandada, tampoco podía pronunciarse sobre el particular,
por respeto al principio de la congruencia, porque como se observa en
la demanda, la pretensión reivindicatoria se fundamentó en el título que
ha quedado desvirtuado y no en el modo de la prescripción.

3.- Así las cosas, considero que, con relación al indicado


bien, la acusación debió tener éxito, para en su lugar, negar la
pretensión reivindicatoria.

Fecha ut supra

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR


Magistrado

2
Sentencia 051 de 30 de julio de 1996, CCXLIII-154/155.

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ACLARACIÓN DE VOTO

Ref.: 15238-3103-003-2001-00002-01

Aun cuando comparto la parte resolutiva de la


sentencia proferida por la Sala en este asunto, en cuanto que
no procedía casar la sentencia emitida por la Sala Única del
Tribunal Superior del Distrito Judicial de Santa Rosa de
Viterbo, considero pertinente hacer explícitas las razones
particulares que me motivaron a acompañar la decisión
contenida en el proyecto sustitutivo que fue sometido a
consideración de la Sala:

1. En relación con el presupuesto de la


reivindicación atinente a la necesidad en que se encuentra el
actor de demostrar que es el titular del derecho de dominio
del bien objeto de su pretensión, la sentencia proferida por la
Corte, siguiendo ciertamente la Jurisprudencia tradicional
sobre la materia3, sostiene en síntesis lo siguiente:

3
Contenida, entre otras, en las sentencias de 30 de septiembre de 1919, 26 de
febrero de 1936, 7 de junio de 1938, 18 de mayo de 1940, 12 de agosto de 1940, 13
de mayo de 1942, 24 de marzo de 1943, 11 de septiembre de 1943, 26 de marzo de
1946, 30 de julio de 1947, 18 de agosto de 1948, 18 de noviembre de 1949, 24 de
junio de 1950, 23 de septiembre de 1950, 2 de junio de 1958, 2 de diciembre de 1970,
21 de febrero de 1991 y 8 de septiembre de 2000.

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 54


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1.1. La reivindicación, como expresión del


atributo de persecución inherente a los derechos reales,
busca que el poseedor del bien se lo restituya al titular del
derecho real –ordinariamente el propietario- que ha sido
despojado de la detentación de la cosa que le pertenece.

1.2. El poseedor, de conformidad con lo


establecido en el artículo 762 del Código Civil, se presume o
se reputa propietario “mientras otra persona no justifique
serlo”.

1.3. Corresponde al actor en la acción


reivindicatoria demostrar que es el titular del derecho de
dominio sobre el bien que pretende recuperar. Dada la
presunción de propiedad radicada en el poseedor, al
demandante se le exige acreditar que es titular del dominio
del bien a través de la presentación de títulos de propiedad
anteriores a la posesión del demandado, con el fin de romper
o desvirtuar la presunción dominical que lo ampara.

1.4. La jurisprudencia tradicional de la Corte en


la materia –que distingue entre conflictos en los que se
debaten los títulos del actor frente a posesión del demandado
de aquellos en los que ambos contendientes esgrimen títulos
para sustentar su posición-, concluye que se debe preferir en
este tipo de controversias a aquel de los litigantes que pueda
“acreditar un mejor derecho” a detentar la cosa materia del
litigio.

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 55


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1.5. Este aserto se corrobora señalando que los


efectos de la sentencia estimatoria de la pretensión
reivindicatoria no son de carácter absoluto y que la demanda
no está encaminada a que se declare dueño al demandante,
sino que, por el contrario, el fallo surte efectos
eminentemente relativos entre reivindicante y poseedor y su
propósito es, simplemente, de carácter restitutorio en relación
con la cosa materia de la disputa. Por esta razón, se afirma
en la sentencia, no corresponde al juez verificar “la
existencia, validez y eficacia de las diferentes transferencias
de la propiedad referidas al inmueble cuya restitución se
depreca”.

1.6. Se señala, igualmente, que por las


características de la acción antes mencionadas no se puede
exigir al demandante en reivindicación que acredite una
cadena infinita de transferencias, a la manera de una
probatio diabolica, en la que correspondería a éste acreditar
su titularidad con una secuencia ininterrumpida de títulos e
inscripciones hasta arribar a la primigenia ocupación del bien
en tiempos posiblemente inmemoriales.

2. Ciertamente, resulta trascendente en


materia de acción reivindicatoria que el demandante
demuestre ser el titular del derecho real respecto de la cosa
de cuya desposesión se duele. Dicha relevancia deriva, ni
más ni menos, de que así lo exige la ley sustancial cuando
establece, v.gr., en el artículo 946 del Código Civil, que “[l]a
reivindicación o acción de dominio es la que tiene el dueño
de una cosa singular (…)” y mas adelante, en el artículo 950

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 56


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ibidem se indica que la mencionada acción “corresponde al


que tiene la propiedad plena o nuda, absoluta o fiduciaria de
la cosa” (se subraya).

3. En tal contexto, corresponde al demandante


acreditar que antes de que el demandado hubiera entrado en
posesión de la cosa, él había adquirido la propiedad –o el
derecho real de que se trate (art. 948 del C.C.)- por haber
obrado alguno de los modos de adquirir que el sistema
jurídico establece para el efecto (art. 673 del C.C.), los
cuales, bien se sabe, pueden ostentar naturaleza originaria o
derivativa.

4. La demostración de la adquisición de la
propiedad por modo originario no ofrece, en principio,
dificultad, pues corresponderá al demandante acreditar la
ocupación, accesión o prescripción que en su momento obró
respecto del bien que ahora detenta el poseedor. Por su
parte, si el demandante adquirió el correspondiente derecho
real en forma derivativa (tradición o sucesión por causa de
muerte), la situación adquiere una mayor complejidad “por
virtud del riguroso principio de que nadie puede transferir mas
derechos que el que él mismo tenga”, lo que hace que tales
modos de adquirir “condicionan o subordinan la existencia del
dominio del adquirente a la del de su causante. En
consecuencia, la prueba del dominio adquirido
derivativamente supone demostrar no sólo la adquisición
válida del actual titular, sino también el derecho del causante
que se lo transfirió o transmitió, y el del causante de este
causante hasta llegar al antecesor que adquirió el dominio

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 57


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por un modo originario”4, situación ésta que conduce,


ciertamente, a que el demandante se vea abocado a una
labor demostrativa en extremo exigente, cuando no
imposible, hasta alcanzar al primigenio ocupante, labor que,
con razón, se ha denominado desde el medioevo como la
probatio diabolica, que, en realidad, ningún ordenamiento en
la actualidad exige.

5. La mencionada circunstancia, tratándose de


adquisiciones derivativas, ha llevado, según una tradición
histórica que viene desde el derecho romano, a considerar
que la más idónea prueba de la propiedad es la demostración
de la prescripción adquisitiva del correspondiente derecho
real. Autorizada doctrina nacional señalaba al respecto que
“[q]uien obtiene la posesión de una cosa mediante un título
de adquisición, si no adquiere la propiedad, por lo menos
adquiere una posesión en nombre propio (art. 753), y la
adquiere aunque el causante o tradente no fuere propietario.
A este dato seguro e incontrovertible, debe agregarse el
siguiente: la posesión de propietario engendra la propiedad
por el transcurso del tiempo (usucapión o prescripción
adquisitiva); por tanto, la prueba mas eficaz de la propiedad
en el derecho positivo es la usucapión o prescripción”5.
Importante resulta precisar a este respecto, que en estos
eventos la prescripción actúa como medio de prueba y no
como modo de adquirir el derecho real.

4
Alessandri Rodríguez, Arturo y Somarriva Undurraga, Manuel. Curso de Derecho
Civil, Tomo II. De los bienes. Editorial Nascimento. Santiago – Chile, 1957. Pág. 798.
5
Valencia Zea, Arturo. Derecho Civil. Tomo II. Derechos Reales. Cuarta Edición.
Editorial Temis. Bogotá, 1973. Págs. 272 y 273.

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 58


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6. La Jurisprudencia colombiana, a partir de


importantes sentencias de la Corte Suprema de Justicia que
datan de las primeras décadas del siglo veinte, ha
estructurado un muy completo conjunto de reglas aplicables a
los distintos supuestos que se pueden presentar en este tipo
de controversias, reglas que, como lo señalan autorizados
expositores, han sido tomadas de la doctrina y la
jurisprudencia francesas, las cuales, a su vez, las acogieron
siguiendo las enseñanzas de Pothier 6. Se hace referencia a
un conjunto de presunciones judiciales7, cuyo propósito es
desvirtuar la presunción legal según la cual el poseedor se
reputa propietario mientras otra persona no justifique serlo
(art. 762 del C.C.). Las mencionadas presunciones se
desprenden de los títulos de adquisición de los
contendientes, en su caso, de la fecha de su otorgamiento y
de si existe un antecesor común o no, o, incluso, derivan de
las sucesivas posesiones que las partes hayan detentado,
entre otros aspectos. Las citadas inferencias conducen,
obviamente, a un resultado eminentemente relativo. Al
respecto se ha indicado que la jurisprudencia francesa “ha
moldeado diversas presunciones del dominio para resolver
todas las hipótesis que pueden presentarse, y las aplica
como verdaderas leyes en los conflictos que surgen. Así, por

6
Rocha, Antonio. De la prueba en Derecho. Universidad Nacional de Colombia.
Sección de extensión cultural. 1949. Págs. 296 y ss. Papaño, Ricardo José; Kiper,
Claudio Marcelo; Dillón, Gregorio Alberto y Causse, Jorge Raúl. Derechos Reales.
Tomo III. Ediciones Depalma. Buenos Aires. 1993. Págs. 143 y ss. Pothier, R.J.,
Tratado del Derecho de Dominio de la Propiedad. Núms. 323 y ss. Págs. 243 y ss.
Colin, Ambrosio y Capitant, Henri. Curso Elemental de Derecho Civil. Tomo Segundo,
Volumen II. Editorial Reus. Madrid. 1923. Págs. 1186 y ss. Planiol, Marcelo y Ripert,
Jorge. Tratado Práctico de Derecho Civil Francés. Tomo III, Los Bienes. Cultural S.A.,
La Habana. 1940. Págs. 306 y ss. Mazeaud, Henri, Leon y Jean. Lecciones de
Derecho Civil. Parte Segunda, Volumen IV. Ediciones Jurídicas Europa América.
Buenos Aires 1960. Págs. 356 y ss.
7
Alessandri Rodríguez, Arturo y Somarriva Undurraga, Manuel. Op. Cit. Págs. 800 y
ss.

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 59


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ejemplo, estatuye que cuando el reivindicador de un inmueble


hace valer un título y el poseedor no opone ninguno, aquél se
presume dueño si su título es anterior en fecha al comienzo
de la posesión del demandado. El razonamiento que conduce
a esta solución se sintetiza así: es de suponer que el día en
que se confirió el título, la posesión estaba en manos del
tradente, pues lo normal es que se venda un bien de que se
está en posesión, y el que posee y vende es ordinariamente
dueño; por tanto, lo mas probable es que después la
posesión haya sido arrebatada al adquirente por un
usurpador y viniera a parar de este modo en el poseedor
demandado”8.

7. No obstante lo anterior, y reconociendo la


importancia que el mencionado conjunto de reglas ha tenido
en el derecho colombiano, lo cierto es que el mismo ha sido
“trasplantado” del derecho francés, en el cual, no se puede
desconocer, el sistema de adquisición de derechos reales
difiere en forma importante del derecho colombiano, y, tal
vez, en un aspecto menos explorado, dicho conjunto de
presunciones soluciona adecuadamente los diferentes
supuestos de hecho que se presentan en ordenamientos en
los que no se consagran separadamente la acción
reivindicatoria y la acción publiciana, razón ésta por la que,
finalmente, la controversia se define, en todos los casos, en
favor de aquel de los contendientes que tenga “un mejor
derecho a poseer la cosa”.

8
Ibidem. Pág. 801.

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Al respecto es bien ilustrativa la opinión de Puig


Brutau, quien, haciendo referencia al ordenamiento español,
señalaba que “[e]n nuestro Derecho ha de estimarse que la
acción publiciana está comprendida en la reivindicatoria, al
quedar atenuada en ésta la exigencia de la plena prueba del
dominio del actor”, afirmación que realiza luego de señalar
que “[e]n el fondo, cuando la jurisprudencia, a base de aplicar
a la reivindicatoria criterios tomados de la antigua acción
publiciana, reduce los términos de la discusión a una prueba
relativa o de mejor derecho, demuestra que (…) en Derecho
el pasado jamás está por completo superado, pues ciertas
formas pretéritas, como la concepción de la propiedad a
manera de un mejor derecho a poseer, muestran de nuevo su
eficacia en la ocasión mas imprevista”.9
8. Así las cosas, la pregunta que surge,
obviamente, es si en el sistema colombiano de acciones
judiciales para recuperar la posesión, en el que se consagran
separadamente la acción reivindicatoria, por una parte, y la
acción publiciana, por la otra, resulta adecuado que el
tratamiento de los presupuestos de ambas acciones,
particularmente en lo que tiene que ver con la legitimación
por parte activa, se rijan por los mismos criterios, en cuanto a
la necesidad en que está el demandante de acreditar,
simplemente, “un mejor derecho a poseer”. En mi opinión,
respetando obviamente las ideas divergentes, la respuesta
debe ser negativa.

9. Las ideas antes esbozadas son el


fundamento de la posición particular que sostengo en relación
9
Puig Brutau, José. Fundamentos de Derecho Civil. Tomo III. Derecho de Cosas.
Bosch. Barcelona. Págs. 146 y 147.

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con la prueba del derecho de dominio en la acción


reivindicatoria (artículo 946 del C.C.), en cuanto que, en
concepto de quien suscribe, la demostración de dicha
titularidad deberá seguir los criterios planteados en los
numerales 3, 4 y 5 anteriores, y, particularmente, que
tratándose de adquisiciones derivativas, la acreditación de la
secuencia de títulos e inscripciones –en el caso de los
inmuebles, obviamente- si bien no debe implicar un esfuerzo
equivalente al de una prueba diabólica, sí exige que se
allegue al proceso no sólo el título del actor anterior a la
posesión del demandado, sino, además, una cadena
ininterrumpida de transferencias –existentes, validas e
idóneas [arts. 742 y ss. del C.C.], en cuanto que el artículo 58
de la Constitución Política protege la propiedad adquirida con
arreglo a las leyes civiles- que abarque, como mínimo, el
plazo correspondiente a la prescripción adquisitiva de
dominio. De esta manera, de conformidad con lo establecido
en el artículo 753 ibidem, el reivindicante demostrará la
titularidad del dominio que alega no sólo con la exhibición de
su título de adquisición debidamente registrado, sino que,
además, de existir cualquier debilidad en la cadena de títulos
de sus antecesores, confirmará su calidad de propietario a
través de la prescripción adquisitiva ordinaria o extraordinaria,
según el caso.

Ahora bien, quien pretenda recuperar el inmueble


poseído por otro y que afirma le pertenece, si no está en
posibilidad de acreditar la propiedad en la forma antes
reseñada, pero tiene justo título y buena fe, podrá recuperar
la posesión regular que ha perdido, a través de la

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 62


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instauración de una acción publiciana, en los términos del


artículo 951 del Código Civil, según el cual “[s]e concede la
misma acción –la reivindicatoria- aunque no se pruebe el
dominio, al que ha perdido la posesión regular de la cosa, y
se hallaba en el caso de poderla ganar por prescripción. Pero
no valdrá ni contra el verdadero dueño, ni contra el que posea
con igual o mejor derecho” (se subraya). De esta disposición
se desprende que en este tipo de controversias sí resulta
idóneo y pertinente el debate sobre cual de las partes tiene el
mejor derecho a poseer la cosa objeto de la controversia.

10. En el caso del proceso de la referencia, el


demandante, en cuanto hace al predio “Los Cerezos”, aportó,
con fines de acreditar la propiedad del mismo, copia de la
escritura pública No. 327 otorgada el 3 de febrero de 1958 en
la Notaría Séptima de esta ciudad, contentiva de la
compraventa del bien que a su favor le hizo su progenitor,
señor Rosendo Vásquez Vargas, y demostró el registro de tal
instrumento en el folio de matrícula inmobiliaria 074-19069,
que corresponde al del mencionado inmueble, efectuado el
12 de marzo del citado año, como título traslaticio de dominio
en tanto que le confirió la calidad de dueño.

La demandada, al oponerse a la pretensión


reivindicatoria formulada en su contra por el actor, respecto
de la finca “Los Cerezos”, cuestionó la condición de
propietario del accionante, afincada en que el título esgrimido
por éste no es traslaticio de dominio, toda vez que quien
efectuó la venta allí declarada al aquí demandante, señor
Rosendo Vásquez Vargas, sólo había adquirido las “acciones

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 63


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y derechos” que a las señoras Esther Díaz viuda de Alvarado,


Rosa María, Clementina y Concepción Alvarado se les
reconocieran sobre el predio en la sucesión del causante
señor Eulogio Alvarado, esposo y padre de ellas,
respectivamente, y, por ende, sólo pudo transmitir a aquél
similares “acciones y derechos”, mas no el dominio, siendo
este, por tanto, un caso de “falsa tradición”.

Dado que esa es, en lo medular, la controversia


que sostuvieron las partes de este proceso en relación con el
ya varias veces mencionado inmueble, debe advertirse que la
fecha de la escritura pública 327 -3 de febrero de 1958- y la
de su inscripción en la matrícula inmobiliaria -12 de marzo de
1958-, son anteriores en mas de veinte (20) años al inicio de
la posesión por parte de la demandada (7 de diciembre de
1987), entendiéndose que en el citado lapso -mas de
veintinueve (29) años- la posesión pacífica e ininterrumpida
sobre el bien la ostentó el demandante, razón por la cual está
acreditado, con amplitud, el derecho de domino del
reivindicante sobre el bien inmueble objeto de la mencionada
controversia.

11. En este orden de ideas, si bien comparto la


decisión de no casar la sentencia impugnada
extraordinariamente, el fundamento de mi voto afirmativo
presenta matices en relación con la posición sostenida en la
ponencia aprobada por la Sala, razón ésta que me ha
obligado a presentar la presente aclaración de voto en los
términos que aquí dejo consignados.

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 64


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Fecha ut supra

ARTURO SOLARTE RODRÍGUEZ


Magistrado

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SALA DE CASACIÓN CIVIL

ACLARACIÓN DE VOTO

Referencia: Expediente 1523831030032001-00002-01

Con respeto hacia los restantes integrantes de la


Sala, consigno las razones de nuestro voto aclaratorio:

1. La acción reivindicatoria o de dominio, “es


la que tiene el dueño de una cosa singular, de que no está en
posesión, para que el poseedor de ella sea condenado a
restituirla”, es decir, el “que tiene la “propiedad plena o nuda,
absoluta o fiduciaria de la cosa” (artículos 946 y 950 Código
Civil).

Hay, sin embargo, una excepción, concediéndose


“la misma acción aunque no se pruebe el dominio, al que ha
perdido la posesión regular de la cosa, y se hallaba en el
caso de poderla ganar por prescripción. Pero no valdrá ni
contra el verdadero dueño, ni contra el que posea con igual o
mejor derecho” (artículo 951, ibídem).

Puede reivindicar, por lo tanto, el dominus y el


poseedor regular de todo el tiempo para la usucapión, o sea,
quien adquirió la posesión con justo título, buena fe inicial, y

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 66


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tradición si aquél es traslaticio de dominio, consumado el


plazo legal para la adquisición de la propiedad por
prescripción no declarada judicialmente (cas.civ. marzo 3 de
1954, LXXVII, Nos. 2138-2139, p. 75).

En uno u otro caso, es menester la prueba idónea


de la calidad invocada definitoria de la legitimatio ad causan
activa y la concurrencia de las exigencias axiológicas
inherentes a la reivindicación (cas. civ. sentencia 031 de 30
de julio de 1996, CCXLIII, pp. 154 ss.).

Por consiguiente, ejercida la actio reivindicatio por


el dueño de la cosa, sobre éste gravita la carga probatoria de
su propiedad con los títulos adquisitivos de dominio
debidamente inscritos en el folio de registro inmobiliario (arts.
43 y 54 del D. 1250 de 1970; cas. civ. 30 de julio de 2001,
Exp. 5672) y, en cuanto respecta a la actio publiciana, el
poseedor tiene la de probar su posesión regular (art. 764,
Código Civil) durante el plazo legal para adquirir por
prescripción.

2. La acción reivindicatoria, de otra parte, se


dirige contra el poseedor de la cosa (art. 952, Código Civil)
“reputado dueño, mientras otra persona no justifique serlo”
(artículo 762, ibídem) y su finalidad consiste en recuperar la
posesión perdida por el dueño, ora por el poseedor anterior
(artículos 946, 950 y 951 Código Civil), quienes deben probar
un mejor derecho al efecto respecto del que la ejerce

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 67


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Por ello, el dueño debe acreditar que es dueño y


que su derecho está amparado por un título precedente a la
posesión del demandado, aniquilando la presunción legal que
lo ampara y prevaleciendo excepto cuando ha ganado el
dominio por prescripción, “la cual estaría llamada a
prevalecer contra aquel título” (cas. 19 de agosto de 1969,
CXXXI, 157).

3. Cuestionado por el poseedor demandado en


reivindicación, el título y el modo invocado por el dueño al
ejercer en su contra la reivindicación, el juzgador no puede
rehusarse a analizar y decidir la censura.

Contrario sensu, el juez tiene el deber legal de


constatar aún ex officio la legitimación en causa, interés o
aptitud jurídica del propietario.

A este propósito, “una pretensión de tal índole, en


su núcleo gira alrededor de la situación que establece el Art.
762 de la misma codificación, que consagra la presunción
legal de dominio a favor del poseedor, cuya destrucción
únicamente puede darse en presencia de un título de
propiedad, claro, preciso y ajustado a las exigencias de ley,
que por ser anterior, en cuanto atañe a su registro, tenga la
virtud de contrarrestar la posesión material del demandado”
(Se subraya, CCLXI, Vol. II, 1119).

Del mismo modo, tiene dicho la jurisprudencia


inalterada de esta Sala, para “cuando el actor en
reivindicación acude, amén del suyo propio, a otros títulos

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 68


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que en el pasado legitimaron a quienes le precedieron, está


resuelto a demostrar que su derecho no surgió a la hora de
nona sino que una secuencia articulada lo torna sólido y
vigoroso, en el entendido de que también los anteriores
adquirentes tuvieron en verdad el derecho que transmitieron.
Al fin, ese es el verdadero y genuino sentido de la palabra
tradición, vale decir, que una labor de enlace revela lo
armonioso que se muestran el pasado y el presente. Es obvio
que para hurgar el pasado con dicha teleología, se imponga,
además con necesidad absoluta, el allegamiento de los
títulos contentivos de los negocios jurídicos mismos, para ver
de establecer su contenido, sus alcances, efectos, reservas
por las que hayan pasado los contratantes, circunstancias
estas que bien pueden incidir en la condición verus domino
en los eslabones de la cadena; y bien es verdad que son
cosas todas que ni se barruntan con su sola referencia en el
certificado del registrador” (Se subraya, CCLXI. Vol. II, 1357),
reiterada en cas.civ. sentencia de 12 de agosto de 2005,[SC-
211-2005], exp. 4948).

4. Nuestro sistema jurídico acogió la antigua


doctrina del título (titulus) y el modo (modus) acquirendi, y a
diferencia del francés (arts. 711 y 1138 del Code Civil; “[p]or
el solo cambio de consentimientos, la propiedad es
transferida”, H. L. et J. MAZEAUD, Leçons de droit civil, T.
2e. París, 1956, No. 1617, p. 1248) e italiano (art. 922 del
Codice Civile; P. RESCIGNO, Obbligazioni, nozione generali,
Enciclopedia del diritto, XXIX, Milano, Doot. A Giuffré, No. 55,
p. 190), la adquisición de la propiedad de inmuebles por acto
dispositivo intervivos, presupone un título traslaticio de

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 69


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dominio (arts. 765 [2], 764 [4] y 745 [1], Código Civil), y la
tradición (art. 740 Código Civil), en cuyo caso, es necesaria la
existencia del derecho de dominio en el solvens, su poder
dispositivo y la capacidad de las partes.

Por esta inteligencia, el tradente, debe ostentar la


titularidad del derecho a transferir o tener poder (arts. 1633 [1
y 2] y 744 c.c.) y disponibilidad de aquél, por cuya carencia
nada transfiere, ni el accipiens adquiere más derechos de los
de su seudo-tradente (nemo plus iuris in alium transferre
potest quam ipse habet, o nemo dat quod non habet; art. 752
Código Civil).

Empero, el legislador para tutelar los derechos de


quien actúa con buena fe, disciplina la validez del acto “sin
perjuicio de los derechos del dueño de la cosa vendida,
mientras no se extingan por el lapso del tiempo” (Se subraya,
art. 1871, Código Civil) previendo la falsa tradición (art. 7º del
Decreto 1250 de 1970, in fine) y una verdadera hipótesis de
legitimación dispositiva por la apariencia de la titularidad del
derecho, su disponibilidad y la confianza justificada del
accipiens.

5. En este contexto, no obstante compartir la


decisión de la Sala, disiento de la consideración mayoritaria
según la cual, controvertida por el demandado la suficiencia
del título inscrito del propietario, no es necesario probar
“cómo se hizo dueño su predecesor, ya que esto significaría
retrotraer tal probanza hasta el infinito, como si se tratara de
la ya desterrada prueba diabólica” dados “los efectos

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 70


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relativos” de la “sentencia proferida en esta clase de asuntos”


y “la contienda reivindicatoria no es un asunto de prevalencia
de títulos con secuelas absolutas”.

Exactamente, la legitimación para ejercer la


acción reivindicatoria en la hipótesis anotada, está reservada
al dueño, propietario o titular del derecho real de dominio y,
esta calidad jurídica, tratándose de adquisición traslaticia
derivativa por acto entre entre vivos, además de la tradición,
exige “un título justo, legítimo, eficaz y de mejor condición y
origen” (cas.civ. de 12 de agosto de 2005,[SC-211-2005], exp.
4948), lo que implica su existencia, validez, eficacia y
prevalencia.

En tal virtud, la condición jurídica de dueño no


sólo debe concurrir realmente en quien invocándola ejerce la
reivindicatio, sino demostrarse plena e idóneamente, por
manera que, tratándose de la transferencia y adquisición del
dominio por acto dispositivo entre vivos, supone el “título
traslaticio” o negocio jurídico generatriz de la prestación de
dar (dare rem) y el modo de la tradición en la cadena
secuencial de tradentes y adquirentes.

En efecto, el solvens transfiere el derecho del cual


es titular, tiene poder y disponibilidad, y el accipiens,
únicamente adquiere lo que éste tenía y le ha transferido, por
manera que, no siendo aquél su titular mal puede transferirlo
y, tampoco, el adquirente lo adquiere.

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República de Colombia

Corte Suprema de Justicia


Sala de Casación Civil

Lo expuesto permite entender porque la


adquisición de un derecho a título traslaticio derivativo por
sucesivas y concatenadas tradiciones, supone una cadena
entre los antiguos titulares y los sucesivos adquirentes, a
punto que careciendo alguno de aquéllos del dominio, no lo
traslada, y tampoco se adquiere.

Distinto es que, por efecto de la protección de la


apariencia, buena fe y confianza, se valide la disposición de
cosa ajena, y a consecuencia de ésta, extinguidos los del
legítimo dueño por el paso del tiempo, se consolide el de
quien lo hubo de persona distinta.

6. Como corolario y en obsequio de la


brevedad, por análogas razones a las expuestas por el
Magistrado Arturo Solarte Rodríguez, a las que adhiero,
ejercida acción reivindicatoria por el dueño de la cosa, el
juzgador debe verificar esta calidad y, por lo tanto, examinar
la cadena secuencial de títulos y tradiciones del derecho
durante todo el lapso de la prescripción, la cual a más de
extinguir los derechos del legítimo dueño, apuntala el dominio
del adquirente y sanea toda deficiencia en la validez del
negocio jurídico.

Fecha ut supra,

WILLIAM NAMÉN VARGAS


Magistrado

R.M.D.R. Exp. Exp. N° 1523831030032001-00002-01 72

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