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LO NEGRO DEL NEGRO DURAZO - JOSE GONZALEZ G.

parte1

Yo, Pepe González, naci el año en que mataron al general Álvaro Obregón; vi la primera luz el día 26 de julio
de 1928, en el seno de un bogar católico; mis padres fueron oriundo de las montañas de Santander, España,
donde nació mi hermano Antonio, quien fue el único de mis hermanos nacido allá. Debido a mi origen
hispánico creo haber heredado el gusto por la lectura y la escritura.
Mis progenitores, Ignacio y Ángeles, ambos apellidados González., por lazos familiares establecidos en
México quisieron venir a radicar a esta buena tierra; y sin saber en las que iban a molerse, decidieron llevar a
cabo ese proyecto. Sin embargo, primero tuvieron que irse a Francia y radicar allá un tiempo. Mi padre
Trabajo de minero para reunir de nuevo suficiente; mientras tanto, nacieron mis hermanas Mercedes e Ivette
en Los Pirineos, es decir, las áreas mineras de Francia... Estoy hablando del primer tercio do los años veintes,
o sea, cuando Europa se rehacía de la gran masacre que fue la Primera Guerra Mundial, donde murieron
tantos seres humanos. Ya con dinero suficiente, mis padres hicieron el viaje y se trasladaron a Torreón,
Coahuila, pues era el tiempo de la “Jauja” del algodón y había mucho español en dicha ciudad. Ahí
precisamente se estableció mi familia, y con ayuda de nuestros parientes, mi padre abrió una cantina.
Conocí la Muerte Desde muy Niño.
Yo creo que mi destino ha sido el enfrentarme con la muerte desde muy pequeño, pues cierto desgraciado
día, cuando mi padre salía de su taberna, le llegaron por atrás y a mansalva lo asesinaron de una puñalada,
sin darle tiempo a defenderse. Yo creo que ahí se sembró en mi alma el desprecio por la vida de los demás y
mi afán de desquite. Ese drama ocurrió precisamente cuando tenía un año de nacido, o sea que puede
decirse que ni siquiera conocí a mi padre. En ese ambiente de privaciones, de carencia absoluta de lo más
elemental, se desenvolvieron los primeros años de mi vida. Mi madre, gran conocedora de la cocina española,
tuvo que emplearse como cocinera en algunas casas de asistencia o en pensiones públicos, especialmente
para españoles, donde se les daba como abonados casa y los tres alimentos. Al no ver mi madre futuro en la
provincia para mis hermanos y yo, tomó la decisión de radicar con nosotros en la capital de la República,
donde también consiguió trabajo de cocinera.
Me Rompieron Ia Quijada
Cuando yo tenía ocho años de edad llegamos a México y al principio mi madre sufrió bastante para
colocarse; incapaz también de mantenernos unidos. Carecíamos de lo más indispensable y mis hermanos y
yo debimos repartirnos entre varias amistades. O sea que crecí sin un afecto paterno. Mis hermanas se
emplearon como sirvientas y mi hermano y yo trabajamos en la panadería “La Única de Guerrero” y luego en
la llamada “Campo Florido”, ubicada en la colonia de Los Doctores. Teníamos que madrugar, lo cual es un
gran sacrificio cuando no se tiene la costumbre; tener que sufrir el frío de invierno y la escarcha... Pero ni
modo, había que vivir. En las panaderías trabajábamos de dependientes, o sea que recibíamos el pan de los
tahoneros, lo acomodábamos, repartíamos los canastos para los distribuidores, que se los llevaban en
bicicleta y después atendíamos al público. El trabajo nos ocupaba de las cuatro de la mañana á las diez de la
noche, en que se cerraba la panadería, con una hora para cada alimento. 0 sea que aquello era tremendo.
Por ser el más chamaco de la familia se me tenía la consideración de permitirme asistir a clases en el centro
escolar “Benito Juárez”, donde también estudiaron José López Portillo, Luis Echeverría Álvarez, Arturo el
Negro Durazo (desde esos años ya le aplicaban el apodo del “Negro” por razones Obvias) y otras personas de
mucho nombre. Dicho plantel estaba donde hoy se encuentra el Multifamiliar Juárez y con anterioridad el
Estadio Nacional. Donde concluí mis estudios elementales fue en la escuela primaria “Manuel López Cotilla”,
situada en la Plaza Mira valle de la colonia roma. Para poder asistir a mis clases, el dueño de la panadería, el
vasco don Pedro Irigaray, me vendió una bicicleta que me descontaba de mi sueldo; así llegaba rápido a la
escuela y de allí al trabajo. Cierta vez este señor, que era un abusivo con toda la barba, me quebró la quijada
por una distensión sin importancia, relacionada con mis labores. Desde ese momento, rompí con las
panaderías de por vida.
Fui Revendedor
Como primero es ser y luego la manera de ser, me dediqué a la labor de revendedor de boletos, en la ya
derruida plaza de toros “El Toreo”, de la Condesa; pero en esa actividad no todo es coser y cantar, sino que
había que formarnos desde la noche anterior, comprar los boletos y revenderlos al día siguiente. La cosa era
arriesgada pues había que huirle a la policía, porque si te agarraban, te quitaban boletos y dinero; así que a
veces era de balde la malpasada. Abordé la reventa para completar mis gastos de estudiante fui bachillerato,
cosa que pude hacer debido a que nos cayó, como llovido del cielo, un buen mexicano, el ingeniero José
Favela Ramírez, quien se casó con mi hermana mayor Mercedes, que contaba con 15 años de edad; nos
llevó a vivir a todos a su casa, excepto a mi hermano, que siguió trabajando en las panaderías. Así pude
concluir la secundaria y la preparatoria, habiéndome ayudado con lo que ganaba cuidando carros y trabajando
en la plaza de toros. Luego de terminar mi prepa, entré a la Facultad de Comercio y Administración de la
Universidad Nacional Autónoma de México, carrera que trunqué porque contrale matrimonio en primeras
nupcias. Apenas tenía 18 años cuando nació mi primer hijo “llamado Pepe, igual que yo—, lo que me obligó a
buscar un trabajo formal.
También fui Chofer Materialista
En la época en que más desprestigiados estaban los choferes materialistas por atropelladores, busca líos y
broncudos, tuve que dedicarme a ese trabajo, pues fue lo primero que encontré y había que vivir. Así duré
ocho años y me percaté que mientras más grande el camión, más se pagaba; por eso me especialicé un el
manejo de tráileres en la carretera; es ahí donde se endurece el carácter y donde se la tiene uno que rifar con
el más valiente a punta de puñetazos. En ese desempeño ocupé diversos puestos, principalmente en la
CEIMSA (ahora CONASUPO), a donde llegué incluso a ser jefe de choferes. Con el propósito de mejorar mis
ingresos tome cursos de capacitación en la Goodrich Euskadi, donde Aprendí fabricación de llantas y
sistemas de vulcanización, y en la Walter Kide, donde me impartieron un curso sobre equipos contra
incendios. Después de eso, alguien me propuso hacer rutas para la venta de leche a domicilio, a lo cual la
gente no estaba acostumbrada y le tenía desconfianza; prefería ir por ella al expendio o al establo.Para
cumplir con este nuevo trabajo conseguí un carro Hudson modelo 1942 que estaba hecho una auténtica
carcacha; era una dizque convertible y cuando llovía se le colaba el agua por todos lados; así que llenaba la
cajuela con las botellas de leche, pero como el caño estaba dado a la tristeza, en la casa de mi hermana, que
vivía en Ciudad Jardín, Tlalpan, diariamente tenía que “hacer talacha”. Cierta vez cambié yo solo el
diferencial.
Me Vigilaban insistentemente
En la esquina donde yo reparaba mi vehículo se detenía un ostentosísimo carro Packard. Aunque me sentía
observado, no me importaba y seguía dándole a la “talacha”, Una de tantas veces, precisamente cuando yo
cambiaba el diferencial de mi carcacha, se baló del Packard el chofer del señorón al que transportaba y me
dijo:—Oiga, ahí le hablan. Yo pensé que me querían para algún mandado, y al llegar ante ese personaje, me
dijo: —Oye güero, ¿eres mecánico? Le conteste que no, que lo hacía por necesidad. Reviró con: — ¿Cuánto
ganas, en qué trabajas? Le respondí, y entonces me preguntó si quería ganar tres veces más, sin tener que
ensuciarme ni hacer ese tipo de trabajo. Le dije que sí. De vil papel de estraza, el señorón aquel tenía
confeccionado un block que colgaba del asiento delantero; también había un lápiz que colgaba de un hilo.
Anotó algo, firmó, me extendió el papel y me dijo que lo fuera a ver al Departamento Central. Firmaba como
Ernesto P. Uruchurtu. Hastíese momento, yo ignoraba quién era señor que me había estado observando
durante tantas tardes.
Un Cañonazo de 25 000 Pesos
Al otro día, limpiecito, pero de chamarra y pantalón vaquero, fui a verlo a esa dirección, que era nada menos
la Regencia de la Ciudad. Yo dudaba que ahí fuera la cita, pero al ver ese papel de estraza, el empleado de la
receptoría supo de qué se trataba. Entré al “despachón” del licenciado Uruchurtu, y al verme le dio bastante
gusto. Me saludó afectuosamente y luego oprimió un timbre pura llamar al contralor Eduardo Viese, a quien le
dijo que iba a hacerme cargo del puesto de supervisor mecánico de la Contraloría General del Departamento
Central, para la fiscalización de los Talleres Generales del mismo Departamento. Tan amolado me vio el
contralor, que en principio dudó que yo fuera ocupar ese cargo.—Pinche güero, te ves muy jodido. A ver, que
te den 25 000 pesos —de ese tiempo, hagan cuentas—. Quiero que te compres trajes, corbatas, camisas,
zapatos y lo que necesites, pues quiero que mañana vengas “de pura línea”. Listo me dijo Uruchurtu, ante su
secretario particular, quien me dio, por orden suya, In cantidad mencionada, y agrego: —De todo lo que llagas
me vas a tener que dar un informe diario, pues de lo que se trata es que se evite el robo de las refacciones,
que las reparaciones estén bien hechas y se agilicen los trabajos, ya que hay muchos vehículos del
Departamento inactivos.
De Amolado a funcionario
Puso a mi servicio una camioneta Guayín último modelo(1957), que era con la que me desplazaba a todos
huía;. Así sorprendí a todos aquéllos que antes no me bajaban de “mediocre”; fue mi turno de bajar muchos
humos y puse a mucha gente en su sitio, abandonándolos en el fango de la envidia. En mi nuevo cargo
apliqué todos mis conocimientos de trailero, mismo que los cursos que había tomado sobre vulcanización y
fabricación de llantas. Con base en ello, reestructure todos los talleres del Departamento, incluyendo la
instalación de una planta de renovación de llantas, en la que pudieron atenderse hasta trolebuses. Asimismo,
obtuve en la Contraloría otros conocimientos y gracias a ello, fui nombrado delegado, contador fiscal, jefe de
supervisores, jefe de servicios de la Contraloría y, por último, jefe de la Oficina de Vehículos y Combustibles
del propio Departamento.Cuando por causas conocidas el licenciado Uruchurtu dejó el Departamento Central
en 1967, y dados los conocimientos generales que yo tenía sobre la Contraloría, por recomendación del
general de división don Antonio Nava Castillo se me nombró ayudante personal del general brigadier Renato
Víctor Amador, quien fuera director general de Tránsito y, posteriormente, jefe de Policía y Tránsito del Distrito
Federal, Además de ocupar el cargo de su ayudante personal —pistolero— fui jefe de un grupo especial...
muy especial.
Era un pistolero nato
Para ese trabajito de despachar cristianos al otro mundo, descubrí que había aprendido el manejo de las
armas cuando dentro de la controlaría tuve que hacer delicadas Investigaciones, debido a las cuales
Uruchurtu incluso tuvo que dar de bala a varios de sus amigos, como por ejemplo a don Pancho López
Palafox y a J. Carpió Mendivil, quienes controlaban a todos los pepenadores de la ciudad, con el propósito de
vender la basura, uno vez seleccionada, a las industrias, labor que realizaban los propios pepenadores, a los
que se les compensaba con cantidades ínfimas. Opinen ustedes: por una tonelada de basura —ya fuera de
vidrio, hueso, papel, etcétera— con la que llenaban un camión, les pagaban como 100 pesos de los actuales
(1983). Era un verdadero abuso contra esa pobre gente que vive en el lodo y la inmundicia. El precio que
pagué por defender al débil fue alto: me propinaron una golpiza en toda forma, tumbándome casi todos los
dientes de enfrente. Ese fue el precio de la primera diligencia escabrosa que efectuó contra funcionarios; los
de este caso ordenaron a sus pistoleros eliminarme. Los siniestros sujetos me interceptaron cuando crucé en
mi auto la calzada de la Viga; a la altura de la colonia 201, se me cerraron e inmediatamente se balaron y me
dieron una golpiza despiadada. Me hicieron heridas contundentes con sus armas, me patearon y si no
pudieron matarme, fue porque se percataron a tiempo de que una patrulla se aproximaba; así que se dieron a
la fuga. Sin embargo, creo que pensaron que ya me habían eliminado. Pero esta humilde persona, todavía
tenía que dar mucha lata. Estando todo golpeado y más muerto que vivo, fui reconocido por los patrulleros,
pues para esos días ya era yo un funcionario muy popular. Trataron de conducirme al hospital para
recuperarme; les agradecí el detalle, pero me opuse, profiriendo que me llevaran a mi casa pensando que los
gatilleros que ya me habían dado por difunto se percatarían de que estaba encamado, y quizás presten dieran
rematarme. Uruchurtu se enteró de la golpiza que me propinaron, e indignándose por el atentado dispuso que
se me dieran las seguridades del caso. Así pues, sobrevino el cese fulminante de ese par de funcionarios que
buscaron mi “liquidación” a pesar de la amistad que los había unido al regente. A fin de evitar otra golpiza y
para que no me agarraran distraído, con varios compañeros de trabajo, entro ellos el doctor Carlos Ruiz.
Salazar, puse un stand de tiro en la calle de Chimalpopoca número 100, donde en ese entonces se
encontraba el Batallón Motorizado de la Policía (las patrullas); de esa forma, me inicié en el conocimiento de
las armas y las prácticas de tiro. Desgraciadamente, como los pianistas natos que desde el primer contacto
con el piano saben para qué nacieron, así yo me percaté que tenía una puntería natural, pues acertaba casi
en el momento de desenfundar, casi sin necesidad de apuntar. Mi destreza con el gatillo, o sea mi formación
como hombre de armas, no paso desapercibida para muchos políticos; por eso se me nombró ayudante
personal (pistolero) del general Renato Vega Amador, con quien además formé un grupo de Investigaciones
Especiales de la Jefatura de Policía, encauzado a “resolver” los problemas suscitados por el movimiento
estudiantil de 1968. Por supuesto, “actuamos” en la plaza de Tlatelolco, donde la represión del gobierno fue
brutalmente violenta y cobró cientos de víctimas.
Formé los “Halcones”
Debido a mi trayectoria como gatillero, se me comisionó para organizar ese grupo de camorristas
profesionales conocido como los “Halcones”, Primero fueron 100, pero después se le heredaron al
Departamento del Distrito Federal y llegaron a ser 1 000, aunque para ese entonces ya estaban fuera de
nuestro control. Los comandaba el coronel Díaz Escobar, quien en esos días era director de los Servicios
Generales del DDF, ya que todos los “Halcones” cobraban su sueldo en las nóminas de Limpia, Parques y
Jardines. Así pues, llamando a las cosas por su nombre, participé en la matanza de Tlatelolco y con “mi
negra” mando a varios sujetos al otro mundo. Participé asimismo en otros enfrentamientos de la época, donde
había que tener los pantalones bien fajados porque los problemas eran muy fuertes. Posteriormente, dada mi
preparación de gatillero, al ingresar a la Jefatura de Policía el general Renato Vega Amador, se me nombró
jefe de Ayudantes del presidente de la Gran Comisión de la H. Cámara de Diputados y responsable de la
seguridad de la XLVIII Legislatura de la misma Cámara. Luego fui responsable de la seguridad en la campaña
política pura gobernador de Guanajuato, del licenciado Luis H. Ducoing. Al concluir dicha misión, en tanto
tomaba posesión de la gubernatura dicho personaje, me nombraron secretario auxiliar del oficial mayor del
DDF, el ingeniero Renato Vega Alvarado, hijo del general Vega; y a los cuatro meses, jefe de Ayudantes del
gobernador electo del estado de Guanajuato, o sea el licenciado Luis H. Ducoing. El cuatrerismo (abigeato)
dejaba muchos billetes a los grupos que lo practicaban, y como dicho delito estaba en todo su apogeo por
esos días, me nombraron jefe de la Policía Fiscal Ganadera del estado de Guanajuato. Luego de varios
enfrentamientos logré terminar con el problema, habiendo tenido en mi corporación tres difuntos, aunque a las
bandas de delincuentes les matamos nueve hombres, logrando también muchos detenidos. Por cierto que en
Guanajuato se castiga el abigeato como si fuera homicidio calificado, es decir con 40 años de cárcel; por eso
es que se defienden tan bien los “batos”. Igualmente logré interceptar contrabandos de armas en campos de
aviación ilegales ubicados en la entidad así como muchos contrabandos de drogas heroicas y alambiques
clandestinos. Entre otros delitos también detectamos la falsificación de vinos de la Casa Domecq, con mezcal
de panela fabricado en la sierra; esto lo hacía el representante de dicha firma en el estado, asociado con el
capitán Vega y otros de menor importancia pero de igual peligro.
II
Reencuentro con el Negro
Al tristemente célebre Arturo “Negro” Durazo Moreno lo volví a encontrar precisamente cuando yo ocupaba el
puesto de jefe de Ayudantes del gobernador Luis H. Ducoing, es decir, cuando iniciaba su campaña política
por Guanajuato el entonces candidato a la Presidencia de la República, José López Portillo. En las escalinatas
de la Universidad de Guanajuato, Ducoing y López Portillo sostuvieron una charla amistosa con los
estudiantes El Negro acompañaba al candidato, y éste a su vez se hacía acompañar de un gran amigo y
estupendo militar hoy general brigadier por su trayectoria (en ese momento era coronel), Rodolfo Robles
Dibella.
Al verme, Durazo me dijo: —Quihubas pinche flaco, qué estás haciendo por este pinche rancho. A lo que le
conteste, en el mismo tono: —Y tú, comandante de cagada, qué chingados “andas haciendo por acá”. Y me
respondió que por ser muy buen amigo de José López Portillo desde la infancia, el candidato le había
encargado su seguridad personal durante la campaña. El Negro añadió que al terminar ese trabajo ocuparía
un “hueso” muy importante dentro del próximo gobierno. Al oír esto de inmediato pensé: “Pobre de México,
por eso andamos como andamos Me indicó que posiblemente sería director general de Aduanas pero fuera lo
que fuera, en cuanto yo supiera su destino por la prensa, sin mayores aclaraciones me presentara con él para
trabajar juntos.
Ya mencioné que al Negro Durazo lo conocí desde mis años adolescentes, pero quisiera dar una versión más
precisa de cómo era en esos lejanos ayeres.
Retrato de Arturo Durazo
El Negro Durazo era un verdadero gandalla siempre de muy bajo nivel económico y nula formación intelectual.
Tenía fama de golpeador, pero ni siquiera a pistolero llegaba. Cuando lo conocí le servía de guardaespaldas a
uno de los más grandes hampones que se han dado en México, a quien por diversos delitos se le encarceló
junto con Hugo vera en el “Palacio Negro” de Lecumberri. ¿Su nombre? Manolo Prieto. Durazo siempre quiso
esconder su incierto origen, por lo que jamás mencionaba el lugar de su nacimiento ni su ascendencia
familiar; nunca vivió con su familia ni se le conocieron parientes cercanos. Siempre estaba solo y vivía en una
modestísimo vecindad destartalada, encajonada en la cerrada de Antonio Maceo número 43, en Tacubaya,
Distrito Federal. Vivía prácticamente en la miseria, corriendo la suerte de los perdonavidas arrabaleros en
sitios de “rompe y rasga”. Su ambiente siempre fueron los cabaretuchos y los salones de baile populacheros,
donde se preciaba de ser el mejor “descontonero” (el que golpea a traición) del país. Y es cierto, porque no
era honesto para pelear; siempre fue lo que popularmente se conoce como “gandalla” es decir, un barbaján.
Con él había que estar siempre “a las vivas”, pues aunque aparentemente fuera uno su amigo, en cualquier
momento podía agredir en forma cobarde y ventajosa.
De “Saca maloras “a Matasellos
En virtud de esos “atributos”, el señor Manolo Prieto lo tuvo a su servicio durante mucho tiempo y le cobró
afecto. Frecuenté al Negro porque antes de que Manolo fuera detenido y procesado por los delitos que había
cometido, éste iba al domicilio de su mamá de Manolo Fábregas (Manuel Sánchez Navarro Schiller), o sea de
la extinta actriz de origen judío Fanny Schiller. Su hija Virginia y otra joven de nombre Irene (que fue mi
cuñada) eran amigas de Manolo Prieto. Yo andaba por ahí, así que me relacioné con el señor y su
guardaespaldas. En ese trabajo, el Negro Durazo funcionaba nada más para trabajos sencillos: chofer,
mensajero, “saca maloras”, etcétera; o sea que al servicio de Manolo Prieto ejercía labores muy modestas.
Posteriormente, ya con Manolo Prieto en la cárcel, me enteré que el Negro había conseguido un trabajo de
matasellos en una administración de Correos, colocándose después como empleado modesto en un banco; si
mal no recuerdo, fue en el de Comercio. Quizás por esa proximidad que tuvo con el dinero en su juventud, le
agarró tanto cariño. Cuando trabajaba en esos menesteres vivía con un gran amigo, Enrique Rúelas Leal, con
quien incluso intercambiaba los únicos trajes que ambos poseían; así no iban al trabajo siempre con la misma
ropa. Compartían también los sueldos que devengaban por partes iguales. Pero cuando el Negro Durazo se
encumbró, con su característico despotismo lo único que le concedió a su “amigo del alma” fue el grado de
mayor habilitado, degradándolo al poco tiempo como teniente de la Dirección General de Policía y Tránsito;
hasta la fecha el buen amigo Rúelas Leal desempeña ese puesto en la Oficina de Inspección General de
Policía. Con el tiempo, el Negro logró ingresar en el engranaje del gobierno como inspector de Tránsito
durante la gestión del general Antonio Gómez Velasco, siendo su pareja en dicha función el agente Miguel
Armentia, actualmente mayor y segundo comandante de la Brigada de Motociclistas. Más tarde, encontré al
Negro en la recién fundada Dirección Federal do Seguridad, dependiente de la Secretaría de Gobernación;
ahí fue aceptado por sus “dotes” personajes. Después pasó a servir a muchos funcionarios de la época, hasta
llegar a ser agente de la Policía Judicial Federal.*
También le hizo al Galán
Ya para entonces tenía ciertas dificultades con los hermanos Arturo y Hugo Izquierdo Ebrard, los famosos
asesinos del senador Angulo y reconocidos gatilleros en el mundo del hampa. El Negro se había casado
precisamente con la hermana de estos pistoleros y luego la había abandonado. En muchas ocasiones me
tocó estar presente cuando varios amigos mutuos lo alertaban: “Ponte buzo caperuzo porque ahí andan los
Izquierdo, no te vayan a poner en la madre” Ya para entonces, Durazo andaba con una chica de Chihuahua
llamada Silvia Garza. Por cierto que mientras el Negro y varios cuates nos la pasábamos “bebiendo como
cosacos” en varios cabarets como Los Globos, El Terrazza Cassino, La Fuente, La Concha y otros más, Silvia
Garza lo esperaba afuera en el carro. Durante la parranda alguno a veces le decía; “Oye, por qué no subes a
la vieja, no la dejes en el coche de a perro”. A lo cual, el Negro contestaba con su peculiar estilo: “No que,
pinche puta, que se chingue la cabrona. Si le conviene que espere, y si no que se vaya a chinear a su perra
madre”. Esa señora con el correr del tiempo y para mi total sorpresa resultó ser la respetabilísima Silvia Garza
de Durazo, quien de hecho se convirtió en la mandamás dentro de la DGPT del Distrito Federal. Para muestra
un botón: durante su “gestión” la señora colocó en puestos muy especiales donde se “recaudaban
ilegalmente” grandes cantidades a un sujeto de nombre Isidro Valdés Norato. Hasta antes de trabajar en la
policía, las únicas actividades de este señor habían sido regentear cabarets y la trata de blancas en la
frontera. Otro dato: su esposa era amiga íntima de Silvia Garza. Pues bien, entre otras cosas, la esposa de
Durazo le consiguió a Valdés Norato el puesto de director general de Servicios al Público de la DGPT; esa
dependencia abarca las oficinas de Antecedentes Penales, Licencias, Control de Vehículos, Peritos de
Revista de Taxis y Camiones, etcétera. De esta enumeración puede deducirse lo que sacaba de dinero ese
individuo, a quien por cierto el Negro odiaba. A pesar de todo, Durazo nunca lo pudo perjudicar, aunque
ganas no le faltaron. Y esto fue así porque lo protegía la que, ya para entonces, era la patrona de todo.
Sirvió a los Trouyet
Ya como agente de la Policía Judicial Federal, dependiente de la Procuraduría Federal de la República,
debido a los contactos que siempre tuvo el Negro con los traficantes de drogas del país, rápidamente ocupó la
comandancia de dicha corporación en el aeropuerto internacional de la ciudad de México. En dicho cargo se
dedicó a servirle a políticos y connotadas personalidades para introducir grandes contrabandos al país; entre
esas personalidades se encontraban los miembros de la familia Trouyet. Así, el afamado magnate don Carlos
siempre lo protegió, usando para ello sus influencias y su dinero; le pagaba espléndidamente por sus
aptitudes tan “especiales”
Humilló a Fidel y al Che
Antes de cambiarse a la Dirección Federal de Seguridad, Durazo intervino en la detención y “calentada” de
Fidel Castro Ruz y Ernesto “Che”; Guevara, a quienes golpeó brutalmente. Este trabajo lo realizó con mucho
agrado, pues abusar de los detenidos indefensos era una de sus “especialidades”. Les propinó una felpa a
manos llenas en forma salvaje, inhumana y despiadada. En medio de risotadas y como si hubiera hecho una
gracia, siempre se jactó de haber vejado a los dos personajes. Decía que les había metido un palo de escoba
por el ano. Un día me comentó: “Pinche flaco, hubieras visto, hasta los ojitos se les botaban a los cabrones y
la cerilla se les salía por las orejas”. Entre tragos de alcohol y “pericazos” de coca, lo contaba como si hubiera
hecho algo digno de aplauso. En una ocasión, cuando ya era titular de Policía y Tránsito e íbamos en pleno
vuelo, me dijo que si alguien secuestraba el avión y lo desviaba a Cuba, mejor se cortaba las venas en el
trayecto, pues sabía lo que allá le esperaba. Estaba convencido de que tenía una cuenta pendiente con
Castro. Me contó que entre las torturas que les hizo al “Che” y a Castro en la cárcel de Sadi Camot de la DFS,
estuvieron los toques eléctricos en los testículos con macana electrónica para arriar ganado, así como las
famosas “pozoleadas”, que consisten en desvestir por completo al detenido, vendarle los ojos y amarrarlo con
firmeza a una tabla, la cual queda en la orilla de una pileta de agua. En dicho recipiente se va introduciendo al
individúo, hasta el grado de que está a punto de quedar ahogado o asfixiado por no respirar. De la pileta
sacan a la persona, la reviven dándole bebidas fuertes como tequila, mezcal o alcohol de caña, y si al
recobrar el conocimiento no se declara culpable, se vuelve a reanudar el procedimiento. Hay casos en que
basta que apliquen los toques una vez para causar esterilidad de por vida.
Danzón Dedicado a la “Escritora”
¿Se imaginan al Negro echándose unos quiebres al ritmo de un danzón nada menos que con la “escritora”
Margarita López Portillo, cuando ésta era una muchacha? Pues así fue. Sucede que Durazo frecuentó mucho
a la familia López Portillo que entonces no era tan connotada como ahora”, al grado que llevaba a bailar a las
muchachas Margarita y Alicia a los tugurios que el acostumbraba frecuentar, como El Chamberí, El Pigalle, El
Mar y Cell, etcétera. A mí nadie me lo contó, lo vi personalmente, pues también me encantaba bailar. Y por
ello asistí a esos lugares. Recuerdo especialmente los clásicos concursos de baile; a los ganadores los
premiaban con un cartón de cervezas frías (para el caballero) y unas medias de nylon (para la dama), que
eran el último alarido de la moda. El Negro se la “sacaba” en la danza, y ambos, él y doña Margarita,
reventando el talonazo llegaron a ganar varias veces los envidiados premios. Alicia también se defendía en la
pista y llegaron a dominar los ritmos tropicales de la época, principalmente el danzón “Nereidas”, pues esa
melodía nadie se la ganaba al Negro. A Margarita la “escritora”, le fascinaba también la música caliente.
Después vino el swing y demás ritmos americanos, pero siempre destacaban con la música tropical de la
época: guaracha, rumba, conga, y son; el mambo no, porque llegó muy tarde para nosotros, aunque
realmente este ritmo no nos convenció porque no era baile de inspiración. Lo que brillaba era el danzón, en el
cual uno ni se movía, la chica era la que debía bailar alrededor del varón; pero eso sí, respetando el ritmo que
uno le marcaba. El hermano de estas chicas Margarita y Alicia, o sea José López Portillo, nunca le reclamaba
al Negro, ya que éste siempre lo protegía de los problemas en que aquél se metía; el Negro defendía de sus
broncas a José y a otro amigo de ambos, Luis Echeverría Alvares, a cambio de que lo dejaran copiar en los
exámenes, porque siempre fue muy malo para los estudios. Cómo ya lo hemos dicho, el Negro Durazo fue
muy bueno para los mamporros al estilo “descontón” y un pésimo estudiante.
“La Casita” de Durazo
Por esos lejanos años, el Negro comenzó a construir su “modesta casita” del kilómetro 23.5 de la carretera
México Cuernavaca, en donde adquirió, por conducto de sus amistades influyentes, 10 000 metros cuadrados
en el predio de un cerro, retirado a más de 1 000 metros de la carretera, donde había que entrar por una
brecha. De esto me enteré porque el Negro, sabiendo que yo era amigo de Tony Nava, hijo del general Nava
Castillo, quien era jefe de la oficina que concedía las autorizaciones para las tomas de agua en el Distrito
Federal (era la regencia del general Alfonso Corona del Rosal), aprovechando esta situación me dijo: Oye
pinche flaco, tráete a ese Tony porque quiero construir unos cuartitos, y aquí el agua está de la chingada para
conseguirla. Voy a traer buen vino, “coquita” de la buena, putitas, y a ver si lo convencemos para que me
autorice mi tomita de agua. Luego de una pequeña orgía a campo abierto, con todo lo prometido y teniendo a
nuestros pies la hermosa ciudad de México, el Negro logró su propósito. En mi vida me imaginé que esa
“pequeña propiedad” pudiera, el día de mañana, estar ocupada por instalaciones que costarían más de diez
millones de pesos. Para el Negro, ese momento fue clave, pues se le fijó el capricho de construir ahí un
castillo, cosa que logró, como es público y notorio, pero sin medir las bajezas ni las miserias humanas de las
que tuvo que valerse para llevar a cabo “sus planes”. Logró lo que se propuso ¿pero a qué costo? Al precio de
la ignominia y la degradación de cientos de hombres que estuvieron a su mando.
III
Acudí a la Cita con el Negro
Recordando la promesa que el negro me hizo en Guanajuato ante un testigo de calidad como el general
Rodolfo Robles Dibella, en cuanto me enteré de su designación como director de Policía y Tránsito del Distrito
Federal, inmediatamente renuncié a mí cargo de jefe de la Policía Fiscal Ganadera del estado de Guanajuato
y me trasladé a la ciudad de México para presentarme ante él. Pero, con gran sorpresa de mi parte, al llegar a
la ayudantía de su despacho me topé con más de 50 sujetos que no conocía y quienes impedían hasta el
paso del aire. Así que no pude entrevistarme con el Negro ese día ni los 15 siguientes. Posteriormente logre
ver a uno de sus ayudantes principales, de apellido Sicaldi, al que conocía por haber sido agente de la Policía
Judicial Federal; él me dijo:—Mira pinche Pepe, mi general Durazo me comunicó que te vayas a ver al
arquitecto Rossell de la Lama que fue nombrado secretario de Turismo, para que le formes su equipo de
seguridad. Como tenía la imperiosa urgencia de trabajar, y además ya había colocado a varios de mis
compañeros con ese funcionario, no me quedó más remedio que ir a verlo. Dada mi fama de buen gatillero, el
arquitecto Rossell me aceptó de inmediato como jefe de ayudantes, cargo que ocupé de diciembre de 1976
hasta noviembre de 1977; fue entonces cuando un gran amigo que en ese momento influía bastante en las
decisiones del Negro, el teniente coronel Francisco Sánchez Torres, me habló de la conveniencia de
integrarme al equipo de Durazo Moreno, a lo que accedí con buena disposición, sobre todo porque
consideraba que el Negro era mi “cuate”, y creía poderme identificar con él plenamente. Sin embargo, me
esperaba otra sorpresa. El día que fui a verlo con el propósito de reingresar a la Policía del Distrito Federal, el
Negro se me quedó mirando despectivamente, y dirigiéndose a su secretario particular, el coronel Cabrera, le
comentó:
Oye, pues creo que a este pinche flaco sí lo conozco. Es cabrón. Mándalo a la Oficina de Inspección General.
Y así fui integrado a esa dependencia con mi antiguo grado de capitán, Pero esto sólo duró hasta el 29 de
agosto de 1978, cuando Durazo tuvo grandes dificultades internas, principalmente con un coronel de la Policía
apellidado Corona Morales; resulta que por “puntada” el Negro ascendió a este hombre al grado de general,
junto con el también coronel Mena Hurtado, sólo que esas plazas no existían en la nómina presupuestal de la
Dirección de Policía y Tránsito; por ese motivo se vio obligado a degradarlo nuevamente a coronel.
El Miedo no Anda en Burro
El problema consistía en que Corona Morales, policía de carrera, hombre íntegro y con mucha vergüenza
profesional cosa de la que no me cabe duda—, se negó a aceptar la degradación por considerarla una
auténtica burla. Entonces el Negro, con su acostumbrada y arbitraria Forma de ser, trató de mandar con cajas
destempladas al coronel, sin pensar que éste, dadas sus atributos de hombre con suficiente dignidad y
valentía, le respondería debidamente, llegando incluso a sacar la pistola y amagarlo en su propio despacho,
sin que nadie de los que rodeaba al Negro hubiera tenido, el valor de impedírselo. El asunto le produjo un
tremendo pavor al Negro y recuerde que alguien comentó: “El miedo no anda en burro”. Este fue motivo más
que suficiente para que, al enterarse rancho Sahagún Baca del amague con tamaño pistolón, le comentara a
Durazo: —Patrón —porque así le decía—, pa” qué se expone usted. Aquí hay un cabrón huevudo que usted
conoce muy bien, y que nunca permitirá que ningún hijo de su chingada madre se atreva a amenazarlo, por
muy chingón que se crea. Me refiero a Pepe González, al que usted mandó a la Oficina de Inspección
General. En ese momento, fui llamado al despacho del Negro, quien me dijo: —A partir de esta fecha te
quedas aquí conmigo, cabrón, como mi ayudante personal, jefe de mí seguridad y la de mi familia, porque
esta bola de putos no sirven más que para chingadas madres. De ahí en adelante no me volví a separar del
Negro ni un solo minuto. Desde las seis de la mañana, en que yo llegaba a esperarlo a su domicilio del
kilómetro 23.5, hasta que se acostaba nuevamente, cuidaba con verdadero celo sus espaldas. Fue así como
me enteré de todo y viví el extremo grado de corrupción, prepotencia, despilfarro y podredumbre humana que
imperaba en su medio, y que a continuación tratare de dar a conocer. Haciendo cálculos muy conservadores y
por primeras providencias, pude apreciar que su despacho, privado y cometer de la DGPT, tenían un costo
muy superior a los 20 millones de pesos, entre muebles, alfombras, adernos superfluos y demás. Todo lo cual
no estaba de acuerdo con el vetusto y deteriorado edificio, a punto de derribarse, con que cuenta dicha
dependencia gubernamental.
Cuestión de Grados
Otro de los aspectos que me permitió conocer un cambio radical que se había operado en el Negro fue el trato
que daba a sus inferiores; hacía tal ostentación de su cargo que denotaba una total falta de proporción con la
realidad, pues ya se consideraba una especie de semidiós o “príncipe heredero”. Esto de momento me
sorprendió, pues yo lo conocí cuando andaba “amoladón” o sea que tenía una imagen del Negro totalmente
distinta y errónea, como pude comprobar al tratarlo de nuevo. Algo parecido me sucedió con el señor
Presidente López Portillo, a quien yo consideraba una persona vertical y honesta; pero cuál no sería mi
sorpresa cuando en los primeros días de mi función, me tocó acompañar al Negro a Los Pinos sin previa cita,
nomás porque tuvo la ocurrencia de irle a pasar un chisme a López Portillo; comprobé entonces con cuánta
facilidad llegaba hasta el Primer Mandatario sin ningún protocolo ni nada que se le pareciera; esa vez le
dijo:—Señor, discúlpeme que le caiga así de golpe (en público le hablaba de usted, y en privado de
Pepe).López Portillo le contestó:—Pinche Negro, no seas payaso hijo de tu pinche madre. Ya te dije, y te lo
reitero, que ésta es tu casa a la hora en que se te pegue tu rechingada gana. Claro que mientras dure este
sexenio; no vayas a venir después, porque te andarán rompiendo la madre. Festejaron ambos la “puntada”
con grandes risotadas, y como yo apenas estaba enchanchándome, no me enteré bien de qué se trataba el
“chisme” que le llevaba el Negro.
Ese poder que inexplicablemente y en mal momento López Portillo le dio al Negro Durazo, llegó a grados tales
como lo que narro a continuación: Estaban un día en el monumento a la Independencia con motivo de un acto
oficial, y a fin de quedar bien con el Negro, Francisco Sahagún Baca, en un gesto muy de su estilo, le dio al
Negro la siguiente noticia:—Patrón, el señor Presidente le nombró a usted general de división. Así que le quitó
las insignias de general de la policía, que consisten en dos estrellas rodeadas de laureles doradas, y le colocó
las del Ejército Nacional, que son tres estrellas y un águila de plata y oro, respectivamente; éstas sólo pueden
ser usadas por los generales de carrera del Ejército. Prepotente, engreído y presuntuoso, Arturo Durazo las
aceptó con mucho agrado y con ello dio motivo para que en dicho acto, el general de división diplomado del
Estado Mayor, Félix Galván López, se le arrimara discretamente y le dijera: —Señor director, a mí se me hace
que el señor Presidente se equivocó con usted.
En ese preciso momento llegaba López Portillo descendiendo de su vehículo, y el Negro, ni tardo ni perezoso,
tomando fuertemente del brazo al general Galván López y jalándolo en forma enérgica, le dijo: —Pues fíjese
mi general, que yo pienso exactamente lo mismo, pero a mí se me hace que con quien se equivocó el señor
Presidente fue con usted. Pero para salir de dudas, ahorita mismo se lo preguntamos. Ante esa situación,
entre bochornosa y absurda, el general Galván López se desprendió ridículamente del Negro y evitó
aproximarse a López Portillo. Entonces Durazo tomó del brazo al Presidente, se subió al presídium y se sentó
atrás de él. A pesar de la importancia que revestía el acto, ahí mismo le comunicó a López Portillo el
incidente. Al concluir la ceremonia, el Primer Mandatario ya no se despidió del secretario de la Defensa
Nacional, Félix Galván López.

LO NEGRO DEL NEGRO DURAZO - JOSE GONZALEZ G. parte2

Pleito de Comadres
Yo, Pepe González, cuánto hubiera deseado que ese “detalle” el Negro se lo hubiera hecho a un señor
general con toda la barba, como lo fue don Marcelino García Barragán, quien sin más trámites ni formación de
causa en ese preciso momento le hubiera pegado un balazo, para que se dejara de bromitas humillantes; y en
un descuido, chance y hasta al propio López Portillo le hubiera soltado otro plomazo. Sin embargo, siendo el
general Galván López un militar de espada virgen (o sea al que nunca ha estado en combates), pusilánime y
falto de carácter, lo único que se le ocurrió para opacar las tres estrellas y el águila del Negro fue inventar que
el señor secretario de la Defensa Nacional debía tener cuatro estrellas y un águila. Así, suponía el, iba a
diferenciarse claramente del “general Durazo Moreno. Asimismo, Galván López recurrió a un hijo del general
García Barragán para que “limara asperezas” con Durazo, ya que, según trascendió en el mundillo de la
política nacional, Galván comentó así el incidente: —Se siente de la chingada que el señor Presidente le quite
a uno el saludo. El licenciado García Paniagua logró que el Negro fuera a desayunar a la residencia oficial de
la Secretaría de la Defensa Nacional, con el fin de dar por terminadas las fricciones, ya que según comentó:—
Todos vamos en el mismo tren y servimos al mismo hombre. Para cimentar esa reconciliación, el general
Galván López invitó al Negro a la boda de su hija en Chihuahua. Durazo, por supuesto, accedió. Para asistir a
dicho acontecimiento, nos trasladamos, como era su costumbre, en uno de los aviones Presidenciales.
Un Trago Negado
Ahí en la ciudad de Chihuahua fungía como comandante del Resguarde Aduanal un viejo amigo del Negro y
también mío, apellidado Torres Pita, quien nos recibió en el aeropuerto local. De inmediato nos proporcionó
seguridad, vehículos, alojamiento, coca, obviamente “carne para el hambriento” (prostitutas) y todo lo
necesario. Con el comandante Torres Pita, el Negro se pasó horas enteras recordando sus tiempos de
gandalla. A la hora del banquete en la residencia del general Félix Galván López, nos presentamos Durazo y
yo, quedándose afuera Torres Pita con sus gentes para esperar. Hasta ese momento había poca gente en los
jardines, donde iba a celebrarse el banquete. El Negro escogió una mesa y se sentó, e inmediatamente me
dijo:—Oye cabrón, ya me está haciendo esta chingada cruda. Tráeme un vodka con quina. Fui a la barra, que
obviamente estaba atendida por elementos del Ejército, y pedí lo que necesitaba el Negro; pero el encargado
me dijo: —Discúlpeme, pero aquí no se sirve nada hasta que llegue el señor secretario de la Defensa. Pero yo
insistí:—Hombre no la chingue. El que está solicitando la bebida es el señor director de Policía y Tránsito del
Distrito Federal, Invitado especial del señor secretario de la Defensa. A lo que el uniformado me respondió: —
Discúlpeme, yo sólo soy tropa y nada más cumplo órdenes. Vea usted al mayor que está en aquel rincón y
pídasela a él. En ese momento, el Negro me llamó: Óyeme cabronsísimo, ¿pues qué changados pasa aquí
con el cabrón alcohol?
Le expliqué lo que había ocurrido, y me contestó: —Mándalos a chingar a su reputísima madre y dile a Torres
Pita que me mando rápido una botella de Wyborowa, unas quinas, unos hielos y unos limones, pero en
chinga, que es para ahorita. De inmediato llegó la botella y el servicio solicitado, y procedí a servirle su trago.
En ese momento llegaba el general Galván López. Mostrando gran sorpresa al ver que yo, ayudante personal
del Negro, le estaba sirviendo a éste su bebida con abastecimiento del exterior, el general Galván le preguntó:
“¿Qué pasa, señor director no lo atienden? A lo que respondió Durazo: —No se preocupe, general, que ya
mandé a traer mi pomo. El secretario de la Defensa se sentó en la mesa principal y de inmediato mandó
llamar al Negro para que lo acompañara en el sitio de honor; Durazo accedió, no sin antes ordenarme: Tráete
mi botella, mi quina, mis hielos y mis limones, y sírveme tú exclusivamente de lo que trajimos. Así lo hice
hasta que terminó el festejo. El general Galván López estaba bastante molesto; pero así se las gastaba el
Negro y así acabó aquella fiesta en Chihuahua.
Otra Trastada del Negro
Otra de las jugarretas que Durazo le hizo al general Galván López con el afán de demostrar su poder, fue el
hecho de cambiar al general Montelongo, subdirector de Policía y Tránsito, quien siendo un verdadero militar
de carrera, con trayectoria honesta y vida sin tacha, no se podía ajustar a los procedimientos que ya
comenzaba a implantar el Negro en la dependencia. Necesitaba sacarlo de la jugada. Por tal motivo inventó
ante López Portillo que Montelongo era un traidor que pasaba información a la Secretaría de la Defensa y que
se dedicaba exclusivamente a “fiscalizarlo”, por lo que consideraba que no era conveniente mantenerlo en el
puesto, López Portillo le dijo: —Mira pinche Negro, vamos a quitarlo, pero para no tener dificultades con el
Ejército, escógete otro general de carrera militar. El Negro pensó entonces en el general Navarro, jefe del
Estado Mayor de la Fuerza Aérea Mexicana, hombre muy adicto al vino, de poco carácter y fácilmente
manejable. Durazo lo conocía de tiempo atrás, por lo que, pasando por encima de todos los conductos y
barreras oficiales, mandó un oficio al secretario de la Defensa en el que le informaba sobre la bala del general
Montelongo y solicitaba en su lugar al general Navarro. Pasándose de gentil o de ingenuo —según quiera
verse este caso— ya que no estaba obligado a contestarle a un funcionario de menor nivel, Galván López le
comunicó que no era posible acceder a sus deseos, pues la comisión que desempeñaba en esos momentos
el general Navarro no podía suspenderse de un día para otro. Esta contestación, que le llegó un sábado,
según recuerdo, indignó totalmente al Negro Durazo, por lo que me dijo:—Pinche flaco, te preparas mañana
domingo temprano a las siete de la mañana en mi casa, para irnos a ver a López Portillo.
Y precisamente eso fue lo que hicimos. Encontramos al Presidente en los jardines de Los Pinos, vestido de
pants y haciendo ejercicio. Y el Negro, abordándolo sin más trámites, le mostró la contestación de Galván
López:—Mira mano, estos cabrones se pasan tus órdenes por los güevos. La reacción de López Portillo fue
instantánea; muy molesto, llamó a uno de los oficiales del Estado Mayor Presidencial, ordenándole que se
volteara. Le pidió al militar su pluma y, apoyándose en su espalda, atravesó todo el oficio con su puño y letra,
escribiendo: ¡Esto es una orden! Después puso su firma con tanto coraje que incluso desgarró el papel.
Entregándoselo al Negro, le dijo: —A ver si con esto no te hacen caso esos hijos de su chingada madre.
Obviamente, el general Navarro tomó posesión del cargo de subdirector general de Policía y Tránsito, con la
consecuencia de que el general de cuatro estrellas, Félix Galván López, tuvo que tragarse su coraje.
Las “Corrientadas” de un Presidente
A propósito de la anécdota anterior, creo que debo añadir algo más sobre lo que yo llamo las “Corrientadas”
de López Portillo; se manifestaban sobre todo en relación con el personal de motociclistas que le servía de
escolta junto con su chofer personal, Pancho Ramírez, así como con el mayor Efraín de la Concha Gómez, el
teniente Abel Romero Avilés y otros de menor jerarquía, a los que permitía todo género de indisciplinas. Por
ejemplo, recuerde un acto oficial en el Palacio de Bellas Artes, al que asistí en mi carácter de “protector” del
Negro Durazo. Esa vez, al iniciarse la función, los aludidos me dijeron: —Vente, pinche Pepe, vámonos a
desayunar, al fin que este acto va a tardar de horas y media; además, estos ojotes del Estado Mayor nos
tienen que localizar con oportunidad cuando termine. Hay que aclarar que el Negro Durazo iba a estos actos
sólo a dormirse, haciendo el ridículo a lo grande, pues siempre asistía crudo. Yo acepté la invitación y Pancho
Ramírez, con la prepotencia que siempre denotaba en su trato con gente del Estado Mayor, le ordenó a los
oficiales que cuando el acto estuviera a punto de terminar, lo buscaran en el Sanborn’s de Madero; había
dejado el automóvil de López Portillo cerrado con llave y con las motocicletas atravesadas delante de él.
Cuando íbamos en camino, alguien le dijo al chofer: —Oye Pancho, el Sanborn’s está repinche, todo sabe a
comida gringa; mejor vámonos aquí al mercado y nos echamos unos tacos de buche y de nana, porque yo ahí
tengo un cuate que nos atiende a toda madre. Me pasa la onda vamos a los tacos respondió el chofer
Presidencial. Por ese motivo, el Estado Mayor Presidencial perdió nuestra pista. Además, por razones
imprevistas, el acto en Bellas Artes se acortó casi 45 minutos; así, al salir López Portillo encontró su coche
cerrado, las motos atravesadas y todo el Estado Mayor Presidencial haciendo maroma y teatro; estaban
tratando de acercarle al “patrón” el vehículo auxiliar con que siempre se cuenta para las contingencias
imprevistas. De ese problema salí bien, porque el Negro, siempre solícito, se fue con el Presidente a Los
Pinos por su lado; nosotros regresábamos del desayuno y nos dimos cuenta de lo que se había armado; por
mi parte reaccioné de inmediato haciéndeme cargo de la escolta de Durazo y nos fuimos a Los Pinos,
llevándonos a Pancho Ramírez, que iba con mucho miedo. A pesar de tal contingencia, López Portillo tomó a
broma lo que había pasado, hasta que el general Godínez, el jefe del Estado Mayor Presidencial, le dijo muy
enojado: Señor Presidente, me va usted a disculpar pero a los señores hay que darlos de bala, porque no le
fallaron a José López Portillo, sino al señor Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. Esta
aclaración hizo recapacitar a López Portillo, quien conservando hasta el final su detalle de amigo, ordenó: Que
Pancho quede suspendido tres meses. Luego se volvió hacia el Negro y le dijo:—A los motociclistas ahí te los
concentro, pero trátamelos bien. Ese era nuestro Presidente de la República del pasado sexenio.Otra de las
cosas que observé sobre la forma “campechana” y “deportista” en que actuaba López Portillo, era su
costumbre de brincar de los camiones descubiertos; en lugar de balarse por la escalera que se colocaba con
tal fin, brincaba desde las redilas. Incluso a veces caía sobre mí, apoyándose en mis hombros. También
brincaba de los templetes en los actos públicos, aunque algunos tuvieran hasta dos metros y medio de alto,
saltando como “karateca” por donde no había escalera; con ello obligaba a los demás dado el servilismo de
nuestros políticos— a que lo imitaran, y como no todos tenían la condición física de López Portillo, algunos se
causaban roturas de huesos y de costillas, todo esto, con tal de no quedarse atrás de su Presidente.
La Cabaña de la Ignominia
Por este tiempo, Durazo y su esposa, quienes ya habían perdido toda proporción de la realidad debido al
poder que tenían y las cantidades tan fabulosas de dinero que ilegalmente estaba recibiendo el Negro,
tuvieron como un detalle chusco la ocurrencia de comprar unos terrenos ejidales en la parte más alta del
Ajusco. Su propósito era hacer una Cabaña tipo los Alpes suizos, complemento perfecto de su “casita” del
kilómetro 23.5 de la carretera federal a Cuernavaca. Lo que sea de cada quien, para tal efecto el Negro les
pagó a los ejidatarios más de lo que valían sus terrenos, y para evitarse problemas posteriores y cuidarse las
espaldas, los involucró en sus “tranzas” Les decía: —Mire don Chón mire don Juan, ya le pagué su terrenito
muy bien; pero además, ¿tiene usted un hijo o una hija? Qué bueno, porque se lo voy a dar de alta en la
policía, nomás para que vaya a cobrar.
Por razones naturales, todos aceptaban, pero a la cuarta o quinta quincena el Negro llamaba a los ejidatarios
y Ies decía con su característica “gandallez”:—Mire den Fulano, o mire den Zutano, no me vaya a armar pedo
con sus terrenitos, porque sus hijos están cometiendo un delito al haber cobrado un sueldo del gobierno sin
trabajar, y en cualquier momento yo se los mando al Reclusorio. Y esto se lo digo nomás por si algún día
quiere usted dejar de ser mi cuate. Lógicamente, esa pobre gente impreparada, sin apoyo ni auxilio, tenía que
aceptar tal situación sin quejarse. Una vez adquiridos los terrenos, recuerde que el Negro Durazo, su esposa
Silvia, el arquitecto Vázquez —en ese tiempo jefe de la Oficina de Seguridad Urbana de la DGPT—, sus
asesores y yo, fuimos a caballo para reconocer el terreno donde se iba a iniciar la construcción de la mentada
Cabaña. La señora, con esos complejos de arquitecta que para entonces ya tenía muy arraigados, puesto que
la “casita” del kilómetro 23.5 tenía obras en construcción por miles de millones de pesos —casino, hipódromo,
discoteca, lagos artificiales, cortijo, etcétera—, se puso a indicar cuál sería la distribución de su Cabaña.
Durazo le dijo al arquitecto Vázquez: —A ver cabrón, ¿cuánta gente necesitas?
—Señor, pues para el tiempo en que quiere la señora que se termine (unos ocho meses), necesito mínimo
150 trabajadores.
—Para mañana, tienes aquí 650 policías. —Perfecto, mi general —le dijo el arquitecto, y agregó:—Entonces,
¿dónde quiere usted la carretera, para iniciar la brecha y poder subir el material? Debo aclarar que la
carretera más próxima a los terrenos de la Cabaña está a casi un kilómetro de distancia. Pero la señora
Durazo intervino:¡No, no, no arquitecto! Yo aquí no quiero carretera porque donde hay carretera todo se llena
de “humanos”. Entonces el arquitecto aclaró: —Señora, ¿es que no sabe usted la cantidad de material que
tenemos que subir aquí para hacer lo construcción? Al no haber carretera, se tendrá que subir a lomo de
humano.
—Eso a mí me importa una chingada, para eso le pusieron 650 cabrones, ¡ese es su problema! El inicio de la
obra me hizo evocar las pirámides de Egipto; había que ver las largas filas de policías cargando los diferentes
y pesadísimos materiales para la construcción de la Cabaña. Era una hilera interminable de policías pagados
por el gobierno mexicano —con nuestros impuestos—, descuidando la seguridad de la ciudadanía; ellos
hacían las veces de los esclavos que trabajaron hasta desfallecer para sus amos egipcios. Sólo que ahora los
policías debían llevar su propia comida, y la única atención que se les daba, consistía en que eran llevados y
traídos por los transportes del Departamento; con esto se ocasionaba otro gran problema, ya que la
gendarmería necesitaba de transportes para servicios oficiales en manifestaciones, desfiles, actos cívicos,
etcétera. Por oso, tenían que requisarse camiones de pasajeros de las líneas urbanas, con los consiguientes
perjuicios para la ciudadanía. Y lógicamente, el Negro no les pagaba ni un centavo de su bolsillo, ya que las
requisas a base de igualas las tenía que pagar el DDF. Esos trabajadores policías albañiles, a pesar de
sentirse degradados, molestos y minimizados por su situación, no podían reclamar, porque al que se quejaba,
el omnipotente Negro lo perjudicaba; a unos los mandaba a cuidar lumbreras a los cerros o a los llanos, y a
otros les inventaba delitos, para consignarlos o darlos de bala. Para cumplir estas órdenes contaba con la
servil colaboración de Pancho Sahagún Baca. Otra cosa que molestaba a ese personal, era que la señora de
Durazo no les festejaba el Día del Policía (22 de diciembre) sino el Día de los Albañiles (3 de mayo). Muchos
de ellos me comentaron:—Mi jefe, no somos albañiles, nosotros somos policías. Pero eso sí, les tocaba su
barbacoa, sus camitas y una cerveza por cabeza. Lo que además era pagado por algún jefe de área de la
Policía, pues el Negro no pagaba de su bolsa ni un sólo centavo. Ya para terminarse la Cabaña, y al no ser
necesario un número tan elevado de trabajadores, mandaron aproximadamente a 150 a Zihuatanejo, para la
construcción del ya famosísimo 1”Partenón”. Los demás continuaron con las fastuosas obras de la casa del
kilómetro 23.5, que como acabo de decir se encuentra a un kilómetro de la carretera federal. Se nota muy
claramente la entrada porque la carretera que construyó el Negro para Llegar a su mansión es casi del doble
de ancho que la federal, y Además tiene un gran letrero, que dice “Kilómetro 23 y medio”, puesto ahí para que
se orientaran sus invitados. La construcción de la Cabaña, duró poco más de ocho meses. Para decorarla, se
“importaron” todos los motivos interiores de una auténtica cabaña de los Alpes suizos, los que
conservadoramente considero costaron más de 100 millones de pesos —de los anteriores a las dos
devaluaciones López portillístas.
El Primer Invitado a la Cabaña
Una vez terminada la Cabaña, y antes de que los “humanos” osaran poner sus vulgares pies en ese lugar, el
primer Invitado fue López Portillo, al que obviamente hubo que trasladar en helicóptero único medio de
transporte por carecerse de carretera; Cuando el Presidente vio la construcción, se quedó perplejo y le dijo a
Durazo: —Pinche Negro, te volaste la barda. Hazme una igual, no seas hijo de tu chingada madre. Casi
inmediatamente, el Negro dio principio a la construcción de la tristemente célebre “Colina del Perro Negro”,
que ya terminada dejó muy atrás al fastuoso “Partenón” de Zihuatanejo. Cabe mencionar que cuando al Negro
Durazo se le pegaba su real gana llevaba a José López Portillo y a su hijo José Ramón a practicar tiro en su
casa del kilómetro 23.5; en ese entonces, aún no construían las bardas que limitan la propiedad. Mientras
tiraba, el Negro le decía:—Ya verás, Pepe, cómo voy a dejar este pinche terreno, porque tengo pensado que
cuando nadie te recoja por ahí, tú puedas vivir en el lugar más lujoso de México. El Presidente siempre lo
animaba. ¡Y Durazo cumplió! Porque con el procedimiento usual adquirió una mayor extensión de terreno, y a
base de sus malas artes con los ejidatarios, construyó inmediatamente después de lo que era su casa un
casino con sala de juegos, alberca interior y discotheque; por cierto que como a su hijo Yoyo, en un viaje que
hizo a Nueva York le gustó el famoso “Studio 54”, el Negro ordenó a su personal que fuera a comprar réplicas
exactas de todos los aparatos electrónicos y luces de la discotheque para instalarlos en su casino. El costo,
según recuerde, fue de 58 millones de pesos, al tipo de cambio de ese tiempo. Aparte de lo anterior, la casa
del kilómetro 23.5 comprende las caballerizas, el cortijo, canchas deportivas, galgódromo ,hipódromo, y otras
lujosas instalaciones, tal y como acertadamente las describió la revista Proceso que dirige el señor Julio
Scherer García (según reportajes descritos por Andrés Campuzano, Ignacio Ramírez, y Miguel Cabildo en el
número 351, del 25 de julio de 1983).Como complemento a esa información, me permito añadir algunos otros
detalles: Por mediación de López Portillo y no obstante su carácter de simple director dependiente del
Departamento del Distrito Federal —jerárquicamente estaba por debajo del oficial mayor, del contralor
general, de los secretarios de gobierno, del tesorero y, por razón natural, del regente—, Durazo Moreno
manejaba el presupuesto íntegro de la Policía para usarlo de la manera que él consideraba pertinente. Con
esa cantidad de miles de millones de pesos, además de sus “extras”, el Negro Durazo logró estas
“proezas”:Nunca volvió a proporcionar refacciones, lian ipst aceites, combustibles (reducidos), aditivos y
demás a las” unidades de servicio como patrullas, camionetas, motos, grúas, etcétera; la orden para el
personal que utilizaba todo esto era:—Si quieres patrulla, para “trabajar” en la calle (léase extorsionar), tu
tendrás que pagar todos tus gastos. Tampoco se entregaron dos uniformes por año, como era costumbre;
además un uniforme constaba de zapatos, corbata, calcetines y fornituras. Por ese motivo, siempre fue
público y notorio que en la calle, los uniformados parecían vestidos de “chile, de dulce y de manteca”, pues
cada quien se compraba lo que podía. Debían comprar también sus placas y herrajes, lo mismo que sus
credenciales, y todo esto lo cobraba Durazo del presupuesto para la Policía. Así mismo, le tenían que
devolver el dinero de aproximadamente 1 000 vacantes de sueldos, para que él los aplicara donde se le
ocurriera; además dejaba un promedio de 2 000 vacantes pendientes de bala, cuyo trámite no llegaba a la
oficina de personal del DDF y obviamente los sobres con esos emolumentos seguían llegando a la DGPT,
como si el personal estuviera activo. En este caso, la Dirección Administrativa de la propia Dirección
destacaba personal exclusivo con el fin de seleccionar el dinero y clasificarlo. Era una cantidad que
conservadoramente, calculando a 10 000 pesos por sobre de 2 000 elementos, arroja una cifra de 20 millones
de pesos mensuales; y eso el director del DGPT lo utilizaba nada más para sus “chuchulucos”, o sea, para
sus gastos menores. También tenía un medio muy eficaz para disponer de dinero destinado a “gastos
imprevistos”; cuando de momento no había efectivo, ordenaba que por los vales de gasolina para las
unidades, que podían ser de 20 o 30 litros por turno, las gasolineras no despacharan más de 15 o 20, según
el caso. Y que los cinco o diez litros restantes, se los entregaran en efectivo. Si usted multiplica por 3,800
vehículos aproximadamente, en tres turnos diarios, averiguar; la fabulosa cantidad que se embolsaba el Negro
ladrón para atender sus “imprevistos”. Es decir a razón de siete litros promedio por vehículo tenemos un
humilde ingreso diario de 332 00 pesos; y por mes, de 15 millones 960 mil pesos. ¿Cuánto le dejaba al año?
Por otra parte, y hablando de los centenarios que recibía cada quincena, había órdenes ya establecidas de
que tanto la Policía Auxiliar como la Sanearía, jefes de áreas y directores, le llevaran su “entre” quincenal en
oro o dólares; nunca aceptaba billetes mexicanos ni cheques. ¿Las cantidades? Mentiría si diera cifras
pretendidamente exactas, pero puede asegurar que quincenalmente y en forma muy discreta, acompañado
sólo por su chofer y yo, balábamos tres maletas de viaje —de las grandes a la cajuela de su automóvil, y nos
trasladábamos a la casa matriz del Banco de Comercio, en cuyo sótano nos estaba esperando el hijo de don
Manuel Espinosa Iglesias; acompaña de de este personaje y de varios policías bancarios el Negro subía con
sus maletas por el elevador privado. El chofer y yo nos quedábamos esperándolo en el sótano. En esas
ocasiones, y porque lo presumido nunca se le ha quitado, el Negro, al subirse al auto con las maletas, me
decía:—Mira pinche flaco, aprende hijo de tu chingada madre. ¿Cuántos años te has jodido y no tienes ni en
dónde caerte muerto? Yo en cambio, ya soy accionista principal de este pinche changarlo y no se los compro
completo porque sería mucha pinche ostentación. Por otra parte, volviendo a la información de la citada
revista Proceso, y con todo el respeto que el escultor Ponzanelli me merece, yo fui testigo cuando
personalmente él le iba a ofrecer sus obras, e incluso le hizo un busto para ponerlo en el centro de un museo
que llevaba su nombre en Cumpas, Sonora; Durazo se las compraba por decenas, y ordenaba que se las
pagara, en mi presencia, el entonces director de Servicios Administrativos de la DGPT, Carlos Castañeda
Mayoral. Tocante al calificativo de “ignorante” que aplica a Durazo el afamado Ponzanelli, le dey todo mi
crédito y respaldo.
Las Fiestas de la Cabaña
Las fiestas en la Cabaña se iniciaban normalmente los fines de semana y duraban hasta el domingo en la
noche; con el fin de transportar invitados de la casa del kilómetro 23.km a la réplica de chalet suizo, se usaban
des helicópteros de la policía pues, tomo ya dije, no había camino alguno para llegar a dicho lugar. El número
de invitados oscilaba entre 200 a 300 personas.La Cabaña no cuenta con cocina, porque la señora Durazo
opinaba que donde hay cocina todo huele a grasa; por tal motivo, se colocaron en el exterior grandes parrillas,
asaderos de carne y mesas campestres, a fin de preparar ahí todo lo necesario; por otra parte, las viandas,
incluyendo las bebidas (todas de importación), eran adquiridas y pagadas por algún jefe de Arca mediante
desembolsos que se “rolaban” entre todos sus subordinados. El personal para atender a los invitados —
cocineros, meseros, garroteros y demás gente de servicio— estaba enteramente formada por elementos de la
policía que trabajan en el Servicio de Alimentación de la Brigada de Granaderos, a cuyo frente se encontraba
la mayor Guillermina Martínez de Ijar. Como detalle chusco, citaré lo que algunos de estos elementos me
llegaron a comentar: Jefe, si hay fiesta en la Cabaña, prefiero cortarme las venas. Y es que ellos no tenían la
suerte de subir en helicóptero para llevar todos los implementos indispensables para dar servicio (platos,
peroles, manteles, cuchillería, etcétera), sino que cubrían a pie el kilómetro de cerro para llegar a su objetivo.
Posteriormente, una vez terminado el festejo, a eso de las tres o cuatro de la mañana, sólo quedaban en la
Cabaña personas de mucha confianza. Entonces me llamaba el Negro y me ordenaba:—Oye pinche flaco, ya
retira al personal y mañana nos vemos a las siete. Arregla lo de la seguridad. Esto último consistía en rodear
materialmente el cerro con elementos del Regimiento Montado de la Policía, armado con metralletas. Así las
cosas, se iniciaba el regreso del personal completamente a oscuras y lógicamente había lastimados por
caídas, ya que en los alrededores se carece de luz eléctrico, no así en la Cabaña. A este respecto, cabo
aclarar que so instaló una línea de más de 100 postes para conducir la corriente eléctrica; todo esto
obviamente se pagó del presupuesto de la DGPT. Al día siguiente, y previas órdenes que por radio me daba
Durazo, se volvía a iniciar la heroica peregrinación de los muchachos cargando a lomo pancita, chilaquiles y
todo lo necesario para “curar” una “cruda”. A mediodía se repetía la carne asada, barbacoa, carnitas y
tamales, el platillo favorito de la señora Durazo, así como un tipo especial de pasteles de “El Globo”; porque
hay que agregar que cada fin de semana llegaban a la casa del señor 40 charolas de pasteles y entre ellas
había una clase especial que le fascinaba a la señora; de ésos no llegaban más de cinco o seis. Esto me
recuerda que en una de tantas fiestas los invitados se comieron precisamente esos pasteles destinados al
consumo exclusivo de la señora; quienes lo hicieron ignoraban el tremendo problema en que estaban
metiendo al personal de servicio, pues cuando ella se dio cuenta de que sus pasteles se habían “esfumado”,
me llamó y me dijo:—Mire Pepe, en cuanto termine la fiesta, se lleva usted a los meseros a los separos,
porque estos cabrones nomás por chingarme se tragaron mis pasteles. A mí no me quedó más remedio que
cumplir las órdenes, ratificadas por el Negro, y siete inocentes policías del Servicio de Alimentación se
echaron quince días en los separos, a pesar de que ellos me confiaron:—Mire jefe, cómo cree que nosotros
nos íbamos a comer los pasteles que sabemos que le gustan a la señora. Lo que pasó fue que los invitados
se los comieron, y ya ve usted la clase de cabrones invitados que tiene el jefe Durazo; y si según la señora,
nos manda 15 días a los separos por comemos los pasteles, si algún Invitado le dice que se los negamos, nos
cuelga de los güevos.Cabe mencionar que a la casa de Durazo todo lo comestible llegaba en cantidades
industriales: piernas de jamón serrano español, quesos holandeses y de todos tipos, caviar, conservas,
mazapanes, ultramarinos y demás, a tal grado que se echaban a perder al no consumirse; pero ni Durazo ni
su esposa permitían que se tirara nada, hasta que efectivamente estuvieran las cosas en perfecto Estado de
descomposición. ¿Cómo no se les ocurrió, con esas grandes cantidades de alimentos, socorrer a toda la
pobre gente que vivía a sus alrededores? Se acumulaba tanta comida que había cuatro congeladoras
gigantescas; y cuando llegaban los pavos de Navidad nos encontrábamos con el problema de que los
refrigeradores todavía estaban repletos de los pavos de la Navidad anterior. Hasta que los alimentos estaban
totalmente agusanados era cuando los señores se decidían a tirarlos, sin socorrer a hospicios, asilos o casas
de asistencia que tanto los necesitaban. Los Durazo eran tan miserables que al personal la estaba prohibido
pedir una taza de café, y todos teníamos que llevar a su casa nuestros propios alimentos. ¡Cuidado con que
un mesero llevara comida al personal de vigilancia! El responsable era sancionado severamente y confinado
en los separos por tiempo largo. Las fiestas se realizaban cada fin de semana, y a ellas asistían
personalidades como el licenciado Salvador Martínez Rojas, en ese tiempo presidente del Tribunal Superior
de Justicia del Distrito Federal; Antonio Lukini Mercado, jefe de la Oficina de Licencias y administrador de
algunos negocios del Negro; Arturo Marbán, director operativo; Pancho Sahagún Baca, director de la División
de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia; Carlos Castañeda Mayoral, director administrativo;
también llego a asistir el presidente de la Yamaha, de Japón, de la que el Negro es uno de los accionistas
mayoritarios; Andrés Ramírez Maldonado, al que nombró coronel y director de los Servicios al Público, pero
que en su vida privada fue hotelero, lenón y traficante de drogas (incluso, estando en funciones fue ejecutado
por la mafia en San Antonio, Texas, y Durazo lo hizo enterrar en la ciudad de México, rindiéndole honores
como a los policías que mueren en el cumplimiento de su deber); Isidro Valdés Norato, quien antecedió en el
cargo a Ramírez Maldonado y al que ya entonces Durazo había degradado como jefe de peritos de vehículos;
Gastón Alegre López, abogado establecido en Montreal, Canadá, y especializado en negociar ciertas
situaciones jurídicas de país a país, y además dueño ancestral de casi todos los terrenos del Ajusco; Alejo
Peralta, a cuyo hijo, el Negro, por atención al padre, nombró capitán y piloto para que atendiera
exclusivamente los teléfonos de sus coches; Pablo Fontanet, con quien hizo la gran “tranza” del panteón
Mausoleos del Ángel, y de cuyas ganancias iniciaron el proyecto de Reino Aventura; además de otras
personas de menor importancia. Como ya dije, la decoración de la Cabaña se realizó de acuerdo con los
gustos de la señora, y por conducto del arquitecto Carreño, que era su decorador personal, se trajeron en
avión desde Suiza los materiales, cuyo costo considero superior a los 100 millones de pesos; era importante
para los Durazo que el sitio tuviera toda la ambientación alpina que tanto les fascinaba; y recuérdese que la
Cabaña estaba en el sitio más alto del Ajusco.
IV
“Los Manejos de Durazo“
Para tener control absoluto del presupuesto que ya el Negro Durazo manejaba íntegramente, pues el profesor
Hank González se lo había entregado por órdenes de López Portillo, el profesor Molina, su secretario
particular, hombre muy audaz, le sugirió: Señor, para que usted pueda manejar el presupuesto a su antojo,
necesitamos legalmente al aval de la Contraloría General del DDF. Y lo primero que debe usted hacer es
remover al actual contralor general, Salvador Mondragón Rodríguez, porque esto no se va a ajustar a
nuestras situaciones, y tratar de que en su lugar quede el sub contralor, Jaime Porter Samanillo; creo que si
usted le avienta a Porter un “disparo” de cuatro o cinco millones de pesos para empezar, va agarrar la pichada
y se va a prestar para lo que usted mande. —Primero voy a calar a Porter Samanillo —dijo Durazo. Y lo citó
discretamente para desayunar en la DGPT. Le pidió que le diera de bala cosas que no se habían comprado,
pero que se habían pagado, según facturas; y efectivamente, le dio un “disparo” de adelanto en mi presencia,
diciéndole: Toma, autorízame esto otro, porque me cae en los güevos que gentes como tú, tan serviciales,
andan tan jodidas. Por lo pronto, voy pagándote este favor; toma estos centavos —y le dio en dólares el
equivalente a cinco millones de pesos, ya que, como aclaré, no le gustaba manejar moneda nacional—.
Porque además —agregó—, para demostrarte mi estimación, quiero que usando tu puesto me consigas
documentación en la que esté involucrado tu jefe, Salvador Mondragón Rodríguez y el profesor Hank
González; y el día que la tengas, sin importarte la hora, me lo comunicas para que de inmediato te lleve yo
con el señor Presidente. Y si tú cumples lo que te estoy pidiendo, te puede asegurar que en ese preciso
momento vas a ser el contralor general del DDF. ¿Cumpliría el Negro con la promesa? La tarde del día
siguiente, mientras Durazo descansaba en su privado, recibí una llamada. Era Porter Samanillo:—Despiértelo
“Güero”, porque esto es muy urgente.
—Discúlpeme señor Porter, pero ya sabe usted que cuando el jefe se acuesta sólo se le molesta si lo llama el
señor Presidente de la República.—Alabo su apego a las órdenes del jefe, pero le garantizo que hasta lo va a
felicitar si usted lo despierta ahorita porque yo tengo órdenes de él muy especiales al respecto. En vista de lo
anterior, entré al privado de Durazo y lo desperté:—Disculpe señor, pero el señor Porter insiste en hablar con
usted para una cosa muy urgente.—Pásame la llamada— dijo el Negro.
Y esto fue lo que alcancé a escuchar: —Muy bien Jaime te felicito; mañana te espero en mi casa del 23.5 a
las siete de la mañana. Vas a conocer al señor Presidente de la República y te garantizo además que de Los
Pinos sales nombrado contralor general del Departamento. Tal como el Negro se lo prometió, Porter estuvo en
dicho puesto los últimos cuatro años del sexenio. Cuando Porter tomó posesión, le asignó a la DGPT dos
“valiosos” elementos: Abraham González Castañeda y Francisco Cuevas Días, ambos contadores; el primero
estaba ahí para avalar los desmedidos gastos del Negro y el segundo para dar de baja lo que a su juicio ya no
funcionara en la DGPT. Con esto el señor director Durazo lograba, por ejemplo, lo siguiente: Factura: ocho
millones de pesos. Concepto: platos y cubiertos para el servicio de alimentación de la DGPT. Avala el gasto:
Abraham González Castañeda. Á los cinco días los trastos se daban “de baja” por inservibles. Avalaba la baja:
Francisco Cuevas Díaz. Por supuesto, lo comprado físicamente nunca existía, o sea que sólo se manejaba el
papeleo y los policías seguían comiendo sin platos ni cubiertos. Igualmente se negociaba con peroles, estufas
y otros utensilios, y lo mismo pasaba con las llantas de las patrullas, aceites, aditivos, acumuladores,
uniformes, zapatos, gorras, camisas, corbatas, insignias, etcétera. Por eso, el Negro se daba el lujo de
alardear; recuérdese aquel mencionado reportaje de la revista Proceso, donde llegó a decir con cinismo: “Que
me hagan las auditorías que quieran”. Sabía a la que se atenía, pues estaba seguro que con ese
procedimiento tendría que salir bien librado.
Ladrón que Roba a Ladrón
Para controlar las entradas ilícitas del dinero proveniente del presupuesto, Durazo lógicamente debía tener
gente de confianza; así que al primer director administrativo que designó para organizar sus maniobras ilícitas
fue a su cuñado Federico Garza Sáenz. Durazo lo coloco respondiendo a las “sugerencias” de su esposa,
pues ella quería estar siempre enterada de las entradas ilícitas de dinero. En principio, Garza Sáenz le
funcionó al Negro; pero al enterarse el cuñadito de las cantidades exorbitantes que se manejaban, inició por
su cuenta robos contra el “patrimonio” de Durazo; así pude comprarse una Isla en Zihuatanejo, Guerrero, y se
convirtió en vecino del general Durazo, por aquello del “Partenón”. En el centro de la isla, que tuvo un costo
superior a los 500 millones de pesos, construyó un restaurante a todo lujo. Sin embargo, el restaurante nunca
entró en funciones, porque el Negro se dio cuenta de que “le estaban dando machetazo a caballo de
espadas”, y de inmediato suspendió a su cuñado, con el consiguiente escándalo familiar. Durazo lo sustituyó
con su íntimo amigo, Carlos Castañeda Mayoral, sedicente licenciado, quien durante muchos años fungió en
la Procuraduría General de la República como jefe de personal, y con quien lo ligaban nexos ilícitos, incluso a
nivel de mafia: drogas, trata de blancas, contrabando, etcétera. Con este individuo aumentaron las entradas
de dinero, porque era capaz para su negocio y sabía manejar muchos recursos ilícitos disfrazándolos de
legales; pero además, sabía lo que al Negro le gustaba: lo halagaba a tal grado que caía en las situaciones
más absurdas y grotescas. Por ejemplo, le pagaba a un tal teniente Nieto para que fuera a Estados Unidos a
traerle al Negro cigarrillos de marcas extrañas o clamatos (jugo de tomate con concentrado de ostión y
almeja) para Bloody Maries que yo irremediablemente tenía que prepararle; a propósito de este detalle, yo
quedé muy bien con José Ramón López Portillo al prepararle sus tragos, sólo que éste se los tomaba sin
vodka. Por cierto que pata no molestar al Negro, Castañeda Mayoral le llenaba todos los sillones de su
despacho con “altas” de elementos que ingresaban constantemente a la policía para que las firmara; eran
auténticos regalos que en un momento dado podían sumar hasta 1 000 policías en funciones, quienes en
tanto no tuvieran firmados sus papeles, no podían cobrar su sueldo. Y como a veces la firma se tardaba hasta
tres o cuatro meses, no había forma de que pudieran cobrar sus salarios. Castañeda sólo se concretaba a
preguntarle: —Patroncito, ¿no me firma? El Negro, invariablemente le contestaba;—No estés chingando, hijo
de tu chingada madre. Durazo no acostumbraba delegar la firma (ocho por cada expediente), porque pensaba
que si les dejaba a otros el trámite no le iban a dar participación de la tranza de dichas “altas”, pues partía de
la base de que todo ahí tenía un precio, Para halagar a Durazo cuando supo Castañeda Mayoral que una
señora llamada Lidia Murrieta Encinos se le había “metido” bien al Negro, aprovechó que éste tenía grandes
dificultades con su esposa Silvia (duraron separados como año y medio) y le propuso:—Vamos a hacerle una
casa a la muchacha para que llegue usted a gusto. El Negro accedió, y compró inmediatamente y al contado
—30 millones de pesos— la casa que está enclavada en la calle de Fuente bella número 54, en la colonia
Fuentes del Pedregal, frente al Pedregal de San Ángel.
Al principio, la señora Murrieta era una persona dócil qué por todos los medios trataba de congraciarse con el
Negro; pero al sentir que olla podría ser la número uno, perdió la proporción de las cosas, y como sabía que
existía la orden de que se le atendiera en todo lo que quisiera, usó una clave para hacer todas los peticiones
de sus gastos a la DGPT; así que llamaba por teléfono y decía:
—Habla el ingeniero Murrieta. Castañeda Mayoral le había asignado dos arquitectos para verificar la
remodelación de su casa. Se trataba de Juan José Díaz Infante y Alfredo Hernández, quienes hicieron gastos
por 28 millones de pesos sólo en adaptaciones; y todos los muebles, a petición de la Murrieta, fueron
adquiridos en Francia e introducidos a México por vía marítima y a través del Puerto de Coatzacoalcos, donde
era administrador aduanal Sigfredo Durazo Moreno, hermano mayor del Negro. Distrayendo a su jefe con este
“pasatiempo”, Castañeda Mayoral también se fue sobre los bienes, y en tan sólo ocho meses se construyó
dos casas con valor muy superior a los 40 millones de pesos, sin contar los muebles. En esas casas
albergaba a sus dos “frentes”; una de ellas estaba en Tecamachalco y la otra en Fuente luna, de la misma
colonia Fuentes del Pedregal. Fue entonces cuando el Negro se percató de que este sujeto lo estaba
traicionando, por lo que le ordeno hacer la investigación correspondiente y pudo comprobar también otros
hechos. Efectivamente, las dos casas tenían el costo que mencioné, pero ya amuebladas superaban los 50
millones de pesos cada una. Además logré comprobar que independientemente de sus casas “uno” y “dos”,
Castañeda Mayoral tenía la “tres”, pues había “adoptado” a la artista brasileña Gina Montes, a quien le puso
inmediatamente un departamento con renta mensual de 50 000 pesos en las calles de Eugenia 701, interior
502, de la colonia del Valle. Aparte, se le pagaban otros 50000 pesos por el uso del teléfono, ya que ella
acostumbraba hablar a Brasil a su mamita para saludarla; también le compraba un fastuoso vestuario para
sus actuaciones (cada vestido sobrepasaba los 100 000 pesos) y le firmaba sus cuentas en el centro nocturno
donde trabajaba, “El Marraquesh”, para que ella quedara bien con los periodistas de la fuente o con sus
amistades. Todas las noches, invariablemente, Castañeda Mayoral iba por ella, llevando a dos o tres invitados
y con todos ellos se gastaba diariamente un promedio de 100 000 pesos, según las notas. Este dinero lo
robaba directamente de las entradas de Durazo, por lo cual, una vez verificado todo lo anterior, fue cesado.
También se le comprobó a Castañeda Mayoral que en la nómina de honorarios, con sueldos mínimos de 40
000 a 50 000 pesos mensuales, había incluido a sus dos esposas y a sus hijos (tres y uno, cuatro por todos),
permitiendo también que su segundo de a bordo, José Luis Echeverría, agregara en la misma nómina a su
esposa, hermano, papá, y tío; además, con lo que le tocaba de las tranzas, en cinco meses ya se había
edificado una casa de tres niveles en el kilómetro 23 de la Carretera México Cuernavaca, (a medio kilómetro
de la que tenía el Negro) cuyo costo en un cálculo conservador era de 15 millones de pesos, sin contar el
mobiliario. Asimismo, Castañeda Mayoral había permitido al teniente coronel Alberto Paz Martínez, jefe de la
oficina de vehículos oficiales, cometer irregularidades con la gasolina: hacía efectivos los vales de vehículos
pendientes de baja, lo cual representaba más de 300 millones de pesos anuales. También le permitía a
Echeverría y Paz, atrasar hasta un mes los pagos a las gasolineras, permitiéndoles “jinetear” cantidades
fabulosas que depositaban en el banco a plazo fijo. Para saber a cuánto ascendían hay que multiplicar 60
litros diarios por aproximadamente 3 800 unidades, lo que dará un total cercano a los 82 millones de pesos
mensuales, tomando en cuenta que la gasolina en ese tiempo costaba 12 pesos por litro. ¿Qué cantidades tan
estratosféricas robaría Durazo, que todas esas fugas las detectó hasta después de un año, cuando hice la
investigación? En cuanto quedaron debidamente comprobados estos hechos. Lo único que ordeno Durazo fue
la baja inmediata de Carlos Castañeda Mayoral, José Luis Echeverría, Alberto Paz Martínez y el personal
menor allegado a los tres. El asunto había trascendido a los alias esfera; políticas, y concretamente a la
Secretaría de Programación y Presupuesto Sin embargo, el Negro delegó el ofrecimiento del nefasto Pancho
Sahagún Baca, quien de inmediato le había propuesto servilmente:—Patrón, usted nomás me ordena y
mañana los quiebro. Durazo tuvo que recurrir nuevamente a la gente que ya estaba identificada con el
sistema que él usaba para robarse el presupuesto, y a instancias de la señora Garza de Durazo, hizo
reaparecer a su cuñado al que ya había corrido por rata. Así fue como Federico Garza Sáenz volvió a hacer
de las suyas en los pocos meses que faltaban para entregar la administración los del nuevo sexenio;
concretamente, vendió las últimas plazas de jefes, cuyos costos eran, de capitán a mayor, de 500 000 pesos;
de mayor a teniente coronel, de 100 000 pesos; y de teniente coronel a coronel, de 1 500 000 pesos. Cabe
señalar que Castañeda Mayoral participó en un estudio que hizo Durazo con el fin de que le aprobaran 600
millones de pesos para la reconstrucción del edificio de la DGPT; pero dicha cantidad únicamente se usó para
construir unas barracas junto al primer templo que edificaron los españoles en México: la iglesia de
Tlaxcoaque. Y con el remanente, Durazo construyó a su nombre un edificio en Insurgentes sur esquina con la
avenida Río San Ángel, que pretendió alquilar al DDF para que fuera ocupado por la DCPT, a cambio de una
renta mensual de diez millones de pesos y un contrato mínimo de diez años. Sin embargo, Hank González no
aceptó el trato, pues ese “negocio” era tan oscuro como el propio Durazo.

LO NEGRO DEL NEGRO DURAZO - JOSE GONZALEZ G. parte3

El Negro y los Joyeros


En su desmedida ambición, el Negro trataba constantemente de adquirir joyas, a cuenta de exorbitantes
erogaciones, para regalárselas a su esposa, a la mencionada Murrieta y a todas las señoras de mala nota que
llegaban a convivir con él; para tal efecto, Carlos Castañeda Mayoral, Federico Garza Sáenz y Pancho
Sahagún Baca, ya tenían ubicados a los joyeros Federico G. Astorga, en Motolinía 25-302 y Miguel Vargas V.,
en Hamburgo 98-F; pero los principales surtidores eran los Cassab, Alfonso y su padre, quienes cuentan con
dos joyería, una en Polanco y otra en Isabel La Católica, ambas llamadas. El Aderezo. Todos ellos se
prestaban para diseñar alhajas, cada una con valor superior al millón y medio de pesos; pero como casi
siempre se trataba de joyas sugeridas por el pésimo gusto de Pancho Sahagún Baca, quien buscaba quedar
bien con su patrón, los trabajos perdían validez por ridículos, excéntricos y ostentosos. Concretamente
recuerde un collar de perlas naturales que estaba engarzado en oro de 24 kilates y que le regaló a la
“escritora” Margarita López Portillo, pero cuyo broche de platino era realmente estrafalario y de mal gusto;
tenía las siglas MLP en brillantes, pero bastante desproporcionadas en relación al resto del trabajo. Sahagún
Baca se defendió diciéndole a Durazo:—Patrón, para que vean que aquí hay muuucha lana. Posiblemente la
“escritora” aprovechó los materiales, pero cambió el diseño por otro menos “ranchero”. Todos estos trabajos
eran cobrados por los mencionados joyeros en la Dirección Administrativa de la DGPT con facturas que
amparaban compras de tela para uniformes, gorras, zapatos, etcétera, para el uso de la policía; por eso cabe
aclarar que durante todo el sexenio a la gendarmería nunca se le dotó del equipo necesario para desempeñar
sus funciones.
Los Regalos Perdurables
El Negro Durazo siempre quiso que sus obsequios o sus “regalos perdurables”, como él los llamaba, se
recordaran toda la vida y dada su gran debilidad por los centenarios, sugirió a los joyeros mencionados que
borraran una de las caras de dos centenarios y los unieran con una bisagra para poder escribir en las partes
lisas del interior algo así como: “Para el licenciado equis, con motivo de su cumpleaños”. Y completaba el
texto agregando: “De parte del general Arturo Durazo Moreno”. Añadía fecha y lugar. Encabezaban la larga
lista de beneficiados por dicho regalo: López Portillo, Hank González, el alcalde de Montreal, Canadá; el
entonces presidente del PHI, Gustavo Carbajal Moreno; los jefes de la policía de Los Ángeles, Houston,
Nueva York, Montreal, París; la banda de música de la policía de Inglaterra, el jefe de la policía montada de
Canadá, el presidente del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, Salvador Martínez Hojas; y
muchísimas personas más. Desde luego, al costo de los centenarios debe añadirse el de la mano de obra,
siempre tan cara, y el de los estuches, que debían estar acordes con la importancia del obsequio. Quizá por
eso, el Negro siempre me comentaba: —Te juro, pinche Pepe, que no hay en el mundo quien tire centenarios
acoplados; se acordarán de mi mientras vivan y todavía se los dejarán de herencia a sus pinches nietos.
Policías que nunca fueron policías
Para integrar su equipo, una auténtica banda de delincuentes como los que voy a mencionar, Durazo dio
nombramientos a gente que nunca estuvo ligada a la policía (o que lo estuvo sólo cuando cometía algún
delito):
Arturo Marbán Kurczyn, a quien conocí en el año 67 68, cuando nos servía de mandadero al Negro, otros
amigos y a mí, durante las parrandas que nos corríamos en cabarets como La Fuente, El Terrazza Cassino,
Los Globos, La Concha y otros. Durazo nombró primero a Marbán Kurczyn jefe de la Oficina de Antecedentes
Penales; después, jefe de la Oficina de Licencias para Manejar y, por último, director operativo de la DGPT.
Todo esto lo logró porque en ese entonces ya se había casado con una hija del “segundo frente” del coronel
Carlos I. Serrano 11 amada, Candy. El Coronel colocó en una envidiable situación económica a su yerno,
entre otras cosas, porque tenía mucho peso político y mucho dinero. El coronel Serrano decía que él era
coronel, pero hacía generales; los candidatos a gobernadores iban a verlo para que los ayudara en sus
campañas.
Antonio Lukini Mercado, lotero de coches usados, “chuecos” (robadas), “chocolates” (ilegales) y demás, a
quien Durazo designó jefe de la Oficina de Licencias, y administrador de muchos de sus bienes.
Emilio García Lobato, de quien sólo recuerde que era un auténtico vividor y explotador de mujeres, y a quien
el Negro nombró jefe de la Oficina de Seguridad Urbana.
Isidro Valdez Norato, hotelero y lenón en la frontera norte, a quien primero le dio plaza de director de
Servicios al Público y, posteriormente, cuando cayó de su gracia (por haberle robado), jefe de Inspección de
Vehículos (taxis, camiones de carga, etcétera). Este último cargo lo obtuvo gracias a la intervención de la
señora Durazo, íntima amiga de él y de su mujer.
Andrés Ramírez Maldonado, hotelero, lenón y traficante de drogas al que, como hemos dicho, la mafia mató
por una vendetta en San Antonio, Texas; fue inhumado por Durazo con todos los honores, como si hubiera
muerto en actos de servicio.
Carlos Humberto Toledo Moreno, nombrado director de Servicios al Público después de la muerte de Andrés
Ramírez, y quien además era sobrino del Negro.
Jesús María Lerma Durazo, esposo de su hermana mayor, Teresa, a quien designó jefe de Corralones.
Gerardo Durazo, también sobrino suyo, se convirtió en jefe de Almacenes de la DGPT.
Gustavo Ortiz de la Peña, al que hizo coronel y jefe del Area Venustiano Carranza, donde está incluida la
zona de La Merced, lo que le dejaba a Durazo un millón de pesos diarios; tal ganancia la obtuvo durante toda
su gestión. Respecto a la “honestidad” del “coronel” Ortiz de la Peña pude averiguar que era propietario de
joyerías en Tépito y comprador de “chueco”; además, para cerrar con broche de oro sus negocios, se auto
robó con el fin de hacer efectivos seguros por cantidades superiores las que él realmente había manifestado.
Orlando Calderón Guerrero a quien le dio una de las unidades policíacas que más dinero ilegal dejaba: la
Unidad de Grúas y Mini grúas, de tan nefastos antecedentes.
Federico Garza Sáenz, su cuñado, a quien Durazo impuso contra viento y marea por sugerencia de su
señora, Silvia Garza; el único mérito de su carrera en el gobierno consistió en haber desempeñado el cargo de
inspector de pulques de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. El Negro, como ya dijimos, lo nombró
director administrativo de la DGPT, para de esa manera poder mover el presupuesto a su antojo.
Carlos Castañeda Mayoral, sustituto del anterior, quien fue tinterillo en la oficina de personal de la
Procuraduría General de la República, y con quien Durazo siguió controlando el presupuesto de la Dirección.
José Luis Echeverría Nota, segundo de Castañeda Mayoral en la Dirección Administrativa, y de quien nunca
encontré el menor antecedente de una trayectoria policiaca.
Rubén Durazo, su primo, a! que nombró jefe de Vehículos Oficiales, o sea, que era él quien controlaba, la
dotación de gasolina, llantas, refacciones y demás mantenimientos y servicios que necesitaban las unidades
de la DGPT.
Vicente Alarcón Heras, cuyo único mérito consistía en haber sido chofer de Durazo, y al que primero designó
jefe de una Oficina Auxiliar de Licencias y después ascendió al grado de coronel y jefe de área; a la fecha, y
no obstante lo anterior, Alarcón Heras ha dado la espalda a Durazo “agachándose” ante las nuevas
autoridades de Policía y Tránsito y comunicándoles los trafiques, enjuagues y demás delitos cometidos por el
Negro durante su pasada gestión administrativa.
Antero Cabrera, quien fue su “cachanchán” en la Policía Judicial Federal, y al cual premió inicialmente
nombrándolo su secretario particular; pero como demostrara incapacidad para el cargo, lo designó después
coronel y subdirector de Servicios al Público; a la fecha, al igual que Alarcón Heras, se mantiene en la DGPT
a cambio de proporcionar información sobre todo lo que hacía el Negro Durazo.
Armando López Santibáñez, a quien el Negro conoció como el ministerio público federal en la PGR, pero
quien sacrifico ese nombramiento por uno de los puestos más productivos de la DGPT: el de director de
Autotransportes y estacionamientos, de Un deplorable memoria. López Santibáñez controlaba a todos los
taxis tolerados, los colectivos, los camiones de carga, los autobuses escolares, etcétera, y además era juez y
parte, pues levantaba infracciones, calificaba y cobraba, incluso haciendo a un lado a la Tesorería del Distrito
Federal.
Mario González, cuñado del mencionado José Luis Echeverría, a quien Durazo designó como jefe de la
Selección de Personal para el Colegio de Policía; él establecía las tarifas, de acuerdo a la “petición del
cliente”, ya que a los reclutas les aclaraba:

—Si quieres ser policía de crucero, te va a costar 5 000 pesos, si quieres ser patrullero o “gruyero”, 15 000; si
quieres ser motociclista, 25 000; si quieres ser inspector de autotransportes o de estacionamientos, 40 000; y
si quieres ser agente de la DIPD, 50 000 pesos.El capitán Juan Germán Anaya, a quien el negro conoció
como oficial del Estado Mayor Presidencial durante la campaña de López Portillo, Anaya supo ganarse a
Durazo con actitudes serviles y logro que lo designara primeramente jefe de ayudantes, antes de mi, pero el
Negro de dio cuenta de sus raterías y lo relego a la segunda sección del Estado Mayor, de la misma DGPT. El
capitán Anaya quiso traicionar los principios elementales de la milicia y convenció a Durazo, mediante un
proyecto escrito, de que se convirtiera en un efectivo general de división; y al Negro le resultó tan importante
este estudio, que se lo presentó al Presidente López Portillo, para que éste a su vez lo turnara a las Cámaras
de Diputados y Senadores, buscando su aprobación. Sin embargo, con el tiempo el Presidente “denegó” el
aberrante proyecto a pesar de la gran estimación que le tenía al Negro. De cualquier manera, Durazo premió
al capitán Anaya, nombrándolo coronel de la Policía y director del Colegio de la misma, otorgándole todas los
prerrogativas a efecto de que se robara el presupuesto. Obviamente Anaya, debía guardarle al Negro su parte
respectiva; por ejemplo, de 1 750 000 pesos destinados a gastos mensuales del plantel, Anaya sólo recibía
los 750 000 o sea que a su jefe le correspondía para su uso y abuso, el millón restante. Más adelante, el
inefable capitán Anaya convenció a López Portillo de que lo recomendara con el actual gobernador del Estado
de México, Alfredo del Mazo González, para el puesto de director de Policía y Tránsito en la entidad; hoy,
inexplicablemente, todavía desempeña ese cargo.
El profesor Daniel Molina Miranda, a quien Durazo saco del Reclusorio, donde purgaba una pena por
homicidio. Antes de cometer ese delito, había sido secretario particular del profesor Enrique Olivares Santana,
cuando este era presidente de la Gran Comisión de la Cámara de Senadores. Además de Sacarlo de la
cárcel, Durazo nombró a Molina Miranda secretario auxiliar, pero dada su “capacidad para interpretar los
malos manejos de su jefe, fue ascendido a secretario particular; el Negro incluso llegó a proponérselo al
propio López Portillo para ocupar la gubernatura de su Estado natal, Guerrero. El Primer Mandatario aceptó
que Molina Miranda participara en las temas de finalistas para dicho cargo; sin embargo, el dedazo fue para
Cervantes Delgado.
Este nefasto sujetó logró, a base de recursos maquiavélicos, ganarse la confianza del Negro para “alinear” a
todos los altos jefes de la DGPT; llegó a ser tan temido que todos procuraban halagarlo con grandes sumas
de dinero o regalos ostentosos; se trataba de no caer de su gracia, pues eso significaba caer
automáticamente de la gracia de Durazo.Y como Molina Miranda tenía una gran influencia sobre el Negro,
pudo amasar una inmensa fortuna. Aparte de eso, era un hombre ventajoso, de mirada torva y mentalidad
homicida (según lo demuestra el hecho de que siempre ordenaba a sus ayudantes que nadie absolutamente
entrara armado a su oficina); era de los que a la primera desavenencia con cualquiera de sus interlocutores,
sacaba la pistola y se las poma en la cara. Sobre esto último, recuerde a dos personas que sufrieron la
agresividad de Molina, como Octavio Menduet Félix, jefe de Eventos Especiales, y mi entrañable amigo y gran
periodista Víctor Payan, a quien por azares del destino le tocó ser jefe de Prensa y Relaciones Públicas de la
DGPT.Entre otras de sus grandes “cualidades”, Molina tenía una muy especial: cualquier empleada de la
Dirección que le gustara se tenía que acostar con él. La que aceptaba se convertía en su “ahijada”, y bajo ese
título inmediatamente era transferida a oficinas donde hubiera “entradas” de dinero extraoficiales. Por el
contrario, la que se negaba, era relegada de inmediato a puestos ínfimos o acusada de faltas inexistentes,
para luego causar bala; y si por desgracia estaba casada con alguno de los elementos de la corporación,
hasta a su marido llegaban las represalias.
Manuel Cervantes Cisneros, dado de alta como mayor por ordenes de la señora Durazo, fue el verdugo de
todo el personal que tuvo la desgracia de trabajar en las fastuosas obras del kilómetro 23.5, el Partenón de
Zihuatanejo y la Cabaña del Ajusco; aparte de supervisar el avance de las obras, controló a cocineros,
meseros, jardineros, electricistas, plomeros, mecánicos, perreros, caballerangos y demás, a los que por la
mínima falta mandaba recluir a los soparos de la nefasta DIPD, por términos que podían variar de 72 horas
hasta 15 días. Asimismo, traicionando a sus antiguos patrones, sigue aferrado en conservar el puesto que
inexplicablemente le han sostenido las actuales autoridades de la DGPT. ¿Hasta cuándo lo tendrán ahí, en la
Brigada de Granaderos? ¡exacto! Hasta que ya no les sea útil, y empiece a “quemar” a sus actuales patrones.
Coronel Joel Marín Lara, a quien por recomendaciones de Pancho Sahagún Baca, el Negro Durazo nombró
jefe de Inspección General; su misión consistía en presionar al personal realizando sanciones, detenciones y
hasta consignaciones de los policías que “no le entraban con su cuerno”; de esa manera, el Negro se
“adornaba” con la prensa:
—Miren a cuántos malos elementos he consignado y arrestado.
La vileza de las actuaciones de este sujeto puede comprobarse preguntando a cualquier policía que usted se
encuentre en la calle.
Alberto Soberanos Azar, dueño del “mirador” de la Torre Latinoamericana, y de otros muchos restaurantes,
a quien le concedió Durazo la oficina de Medición y Diagnóstico (Contaminación Ambiental); usó a una buena
parte del personal femenino con que contaba, para poner salones de belleza y atender sus negocios
personajes, a otras les impuso “cuotas” para ponerse a detener vehículos bajo el pretexto de la
contaminación. Las que salieran a la vía pública, tenían que regresar mínimamente con diez citas o
requerimientos de vehículos para presentarse a los centros de diagnóstico —donde los manejadores eran
extorsionadas por los peritos respectivos—, más su cuota de 1 000 pesos diarios en efectivo, provenientes de
sus “buscas”.
Germán López Vié, de quien desconozco antecedentes, fue nombrado jefe de la Oficina de Antecedentes
Penales, cuya recaudación diaria siempre fue incalculable.
Juan Felipe Astorga Maycotté, dado de alta como teniente coronel y jefe de! Grupo Bilingüe; fue
recomendado por la entonces secretaria de Turismo, Rosa Luz Alegría; Astorga Maycotté mane jaba a los
guías ilegales de turistas que estafaban a los viajeros extranjeros y a los comercios relacionados con el
turismo.
También había mucho personal de inferior jerarquía, como fue el caso de muchas mujeres de la vida galante,
que al quedar bien con los jefes, principalmente con Durazo, automáticamente eran dadas de alta como
peritos de las oficinas de licencias o de vehículos, “para que se ayudaran”, y siempre con grados de oficiales
(de tenientes para arriba). Con esta actitud se ofendía gravemente a los elementos de auténtica carrera
policiaca que entregaron muchos años de esfuerzo sin haber alcanzado siquiera el grado de cabos. Había
quienes tenían hasta 25 o más años de antigüedad.
Este “equipo de trabajo” tan selecto facilitó al Negro Durazo la obtención de incalculables ganancias ilícitas,
verdaderas agresiones a la ciudadanía que ocurrieron durante la tenebrosa administración de López Portillo, y
en particular durante la gestión de! titular de la DGPT.
V
El Negro y el Moro de Cumpas
Fue tal el apoyo del presidente para el Negro Durazo, que este se dejó convencer por sus secuaces —Pancho
Sahagún, el profesor Molina y Castañeda Mayoral principalmente— de que debía ser gobernador de “su”
Estado, Sonora. Y desde la campaña Presidencial, el candidato López Portillo so aventó la puntada de
ordenar que se hiciera un alto en Cumpas, exclusivamente para que el Negro pronunciara un discurso en su
pueblo natal; por razones obvian, dada la “preparación” de Durazo, todo quedó en perorata; y lo más chusco
fue que para terminar sólo se le ocurrió decir:- Voten por mi amigo Pepe López Portillo, porque es tan bueno
que en la escuela hasta a mí me hacía las tareas.Atizado por esos recuerdos, se lanzó a ver a su amigo Pepe
a Los Pinos, no sin antes haber festejado entre todos sus allegados y conocidos la decisión que había
tomado: ser gobernador de “su” Estado.
Por lo pronto, se había mandado hacer un busto con Octavio Ponzanelli, por supuesto— para colocarlo en
una vieja casona del centro de Cumpas, Sonora. Además, ya que él todo lo hacía a muy alto costo, dispuso el
montaje de todo un museo dedicado a rendir culto a su personalidad; con este fin se imprimieron grandes
posters con pasajes de su vida, y se adquirieron aparatos parlantes de procedencia norteamericana para que
con sólo apretar un botón se narraran dichos pasajes; también ordeno la inmediata adquisición de dos
patrullas, una ambulancia y otros vehículos para ser donados a la que según él es su tierra natal.Todo hace
suponer que “adoptó” al pueblo de Cumpas, porque se le cita en un corrido de caballos que le gustaba mucho;
y como en su letra original se habla de una competencia que pierde el “Negro” de Cumpas, obligó a los grupos
artísticos dependientes de la DGPT, como son las Tenientes del Anáhuac (a los cuales ascendió a capitanes),
la Guardia Nacional, y otros, que cambiaran la letra del corrido e hicieran ganador al “Moro” de Cumpas. Para
él, la palabra derrota no podía estar en su diccionario.
Una Gubernatura Fallida
Fue en los jardines de Los Pinos donde le comunicó a López Portillo su deseo de ser gobernador; pero éste le
replicó:—No la chingues, pinche Negro, me metas en una bronca. ¿No ves que ese Estado es muy
conflictivo? Tengo grandes compromisos ahí que debo balancear. — ¡Qué chinga me pones con mis amigos y
mis conocidos, pues a todos les había yo asegurado que iba a ser gobernador de mi Estado! ¿Ora qué
changados les digo?—No te preocupes por eso, te vas a adornar con todo mundo, porque vas a ver lo que te
voy a dar. Lo vas a colgar en tu despacho y todos lo podrán ver. Entonces, le hizo un oficio con papel
membretado de la Presidencia de la República, donde letras más, letras menos, se leía: “C. Gral. De División,
Arturo Durazo Moreno, director de Policía y Tránsito del Distrito Federal. Presente. Te hago patente mi
agradecimiento, mi estimado amigo Arturo, él haber denegado el ser gobernador del Estado de Sonora, en tu
afán de seguirme sirviendo tan cercanamente. Estos son hechos, mi hermano, que no se olvidan. Con el
afecto de siempre. El Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, licenciado José López
Portillo”. Pero el Negro todavía pidió más, y también le fue concedido: que el doctor Samuel Ocaña, candidato
oficial del PRI al gobierno de Sonora, fuera a agradecerle hasta su despacho, el haberse retirado de la
contienda electoral, reconociendo que, de lo contrario, hubiera “perdido” estruendosamente. Esa visita la hizo
efectiva el candidato oficial, en compañía de su señora esposa, a la oficina de Durazo, en la DGPT. De este
modo, el monumental ego del Negro quedó satisfecho una vez más.
El Renegado
A esas alturas, ya se sentía merecedor de grandes puestos políticos, y como se apenaba de su origen
humilde, el Negro negó a sus padres y “adoptó” a uno de sus tíos, el general revolucionario Francisco Durazo,
quien solamente había tenido dos hijas: Tota y Elena. Asimismo, el Negro “desconoció” a todos sus
hermanos: Edelmira, Teresa, Raúl, Sigfredo y Oscar, todos ellos hermanos carnales e hijos de don Jesús
Durazo y Doña Josefa Moreno, quien aún vive; por cierto que en su afán de negarla (ella es invidente), la
confinó en una casa del Estado de Morelos. El Negro, incluso, “echó maromas” para poder conseguir la
fotografía de su tío, haciéndelo pasar como su padre. Doña Josefa Moreno vivía soterrada en una modesta
casa de una sola planta, atendida por enfermeras particulares; la acompañaba su hijo Raúl, quien estaba
perturbado de sus facultades mentales debido a que se cayó de un caballo; después murió, en 1978. Pero a
ella, en las contadas ocasiones en que la visitó el Negro y en las que yo estuve presente, siempre se le notó
triste y decepcionada, porque sentía el abandono de su hijo, sabiendo que él vivía en una situación de
privilegio. Durazo creía que llegaba a “cubrir el expediente”, no porque le naciera visitar a su progenitora sino
porque hacía que le llevaran regalos, manjares, música y todo lo necesario para un banquete formal, aunque
durante esas visitas nunca se hacía acompañar ni de amigos ni de colaboradores.
Doctor Honoris Causa que Aspira a Senador
y... Presidente
Faltaba poco para que terminara el sexenio López-portillista, cuando el negro fue nuevamente azuzado por
sus serviles corifeos, Sahagún Baca, el profesor Molina, Castañeda Mayoral y compañía. Una mañana, al salir
de su casa del kilómetro 23.5 rumbo a la DGPT, le dijo a Sahagún Baca:— ¿Sabes qué, Pancho? Con el
poder que tengo y la estimación que me tiene Pepe López Portillo, a mí realmente no me hace falta más que
algún título para que me herede la Presidencia de la República. Yo estuve a punto del infarto, al oír la
seriedad con que dijo esto; pero Sahagún Baca, como era su costumbre, le siguió la corriente;—Fíjese patrón
que esa sería la mejor medida que podría tomarse en este momento en el país, porque usted con sus
güevotes pondría en orden a toda esta bola de cabrones. Después, encarrilado Durazo con esta “brillante”
idea, la consultó con el profesor Molina, su “cerebrito”, quien ni tarde ni perezoso se entusiasmó: Magnífica
idea, mi general; por lo pronto, y para que vaya aumentado su currículum, háblele a este viejito pendejo de
Martínez Rojas, para que lo haga “doctor honoris causa “ de algo. Inmediatamente, el Negro se puso en
contacto con Salvador Martínez Rojas, presidente del Tribunal Superior de Justicia, quien dado su poco
carácter y los intereses que lo ligaban al jefe de la Policía, accedió de muy buena gana. El acto se llevó a
cabo el cuatro de febrero de 1982 en los salones del Tribunal; Durazo recibió, acompañado por todos los
fotógrafos y reporteros de la fuente, habidos y por haber, la toga, el birrete y su título respectivo. Nadie lo
“aguantaba”, después de que salió. Otra vez había satisfecho su ego, aparte de burlarse de todos. Al canto,
no tardó en llegar la primera felicitación por parte de... ¡José López Portillo! Sin embargo, parece que siempre
se cuidó de hacerle creer al Negro que podía ser presidenciable. Posteriormente, el Negro pensó que sería
bueno cubrirse las espaldas, y le solicitó a López Portillo que por lo menos lo hiciera senador: —Mira Pepe, si
me haces senador, me dejas con fuero seis años pá cubrirme las espaldas. No se me vaya a voltear el
pendejo que dejes en tu lugar. Pero como eso era imposible, el Presidente le expuso la serie de problemas
políticos con los que se tendría que enfrentar y el proyecto quedó en el olvide. Finalmente, frustradas todas
sus pretensiones de obtener poder político, siguiendo las maquiavélicas instrucciones de Molina Miranda y ya
enterado oportunamente por López Portillo de que estaba en puerta la nacionalización de la banca, Durazo
retiró a tiempo sus riquezas y envió gran parte de ollas a Japón, Canadá y San Diego, California, donde sus
hermanas y sus hijos del primer matrimonio tienen grandes inversiones.Mientras tanto, el Negro, Pancho
Sahagún, el profesor Molina y Federico Garza Sáenz debidamente asesorados elaboraron cada quien su
respectivo curriculum falso, a efecto de que el Presidente los nombrara directores de los bancos que iban a
ser expropiados; pero ese capricho ya no tuvo la menor trascendencia, porque la sucesión Presidencial
estaba a la vuelta de la esquina. Imagínense lo que hubiera pasado con la banca nacionalizada, de haber
caído en manos de esos hampones...
Compra Fraudulenta de Grúas
En el articulo “Durazo, el pobre de la palomilla, huye de la Ley, forrado de millones de pesos”, escrito por el
reportero Juan Hernández Jiménez y publicado en el número 102 del semanario Quehacer Político, que dirige
don Miguel Cantón Zetina, se lee textualmente:“Mas no era todo, el teniente coronel Paz Martínez, a las
ordenes de Castañeda Mayoral, jefe administrativo, obtenía millonarias ganancias en cada una de las
adquisiciones de equipo para la policía (1982), como las que seguramente obtuvo en el “Año de Hidalgo de la
Policía, con la importación de 300 motocicletas, 84 grúas, 250 patrullas y 17 500 armas de largo alcance y
equipo de radiocomunicación, 685 radios y dos torres telescópicas para bomberos, que estaban en la lista de
compras de la Dirección de Policía y Tránsito, el año pasado”. Con todo respeto, me permito aclararles,
distinguidos señores Cantón Zetina y Hernández Jiménez, que sí bien su trabajo es producto de una
estupenda investigación periodística, digna de todo encomio, adolece de algunos datos, como los que a
continuación expongo: El día nueve de agosto de 1983, cuando estaban en proceso estas páginas, me vino a
ver el coronel Orlando Calderón Guerrero, solicitando mi consejo, pues intentaba presentarse con el general
Ramón Mota Sánchez a efecto de aclarar las irregularidades que existieron en la compra de equipo
(concretamente las grúas, cuya brigada en ese tiempo estaba bajo su responsabilidad), operación en la que
intervinieron Carlos Castañeda Mayoral, el coronel Mario Mena Hurtado y el mayor Carlos Ayala Espinosa (la
participación de este último fue exclusivamente en su carácter de técnico calificado, y a quien por cierto las
actuales autoridades no le han hecho justicia). Con el propósito señalado, Castañeda Mayoral ya había hecho
contacto en San Antonio, Texas, con un intermediario que iba a arreglar la facturación e introducción del
equipo al país, pero, desde luego, abultando enormemente los costos; este intermediario, Hugo Pimentel
Mercado, hombre de gran influencia ante altas autoridades del DDF, nos trasladó a Tennessee para cerrar el
trato y después entregar el equipo en Laredo, Texas. El temor de Orlando Calderón obedecía a que el ocho
de agosto de 1983, el Negro Durazo le había llamado desde Francia, donde se encontraba en compañía de
López Portillo, para decirle que hasta allá le habían llegado las noticias de que éstos hechos ya se estaban
investigando en la ciudad de México; y por haber sido Calderón Guerrero el encargado del área, lo hacía
responsable para arreglar esa situación a nivel personal, costara lo que costara. Calderón me confesó que él
no estaba dispuesto a pagar lo que no había hecho, y que quería declarar en contra de su ex jefe Durazo, ya
que en la transacción la ganancia quedó entre Castañeda Mayoral y el Negro Durazo. Le recordé que él
también tenía responsabilidad, pues 80 de esas unidades se compraron exclusivamente con caseta y Chasis,
y él había seleccionado a 160 policías, a los que había exigido 100 000 pesos por pareja a fin de instalar en
las unidades la plataforma y el winch o polea para levantar los vehículos. Al hacer su desembolso, todas las
parejas de policías adquirían, por “razón natural”, el “derecho” de extorsionar sin limitaciones a la ciudadanía;
tanto así, que sobraron voluntarios para regentear aquellas grúas. También le dije a Calderón que eso fue otro
auténtico fraude, pues yo recuerde que Pancho Sahagún Baca consiguió facturas apócrifas de esas
adaptaciones, y 20 millones de pesos más se cargaron al presupuesto de la DGPT. Además, e! pago íntegro
se había hecho con anterioridad, en la compra original, cuando las grúas aparecían como si hubieran llegado
completas. Este es un hecho que se le puede comprobar con mucha facilidad tanto al Negro como a sus
cómplices. De todos modos. Orlando Calderón me dijo:—Por lo que a mí me corresponde, no hay problemas,
pues los que lo “entraron” con su dinero y recibieron su grita para “trabajar”, nunca pegarán de gritos. Con
ellas robaron mucho dinero y recuperaron con creces “su inversión”. Los que pagaron por todo esto,
obviamente, resultaron ser los ciudadanos que fueron atracados materialmente por los elementos de la
Brigada de Grúas del DF, con la cínica complacencia del Negro. ¿O no lo cree usted así, mi estimado don
Miguel Cantón Zetina? Además, con esto se demuestra que en esta “chulada” de país existen mejores
inversiones que Cetes, Petrobonos, Bonos del Ahorro Nacional o inversiones a plazo fijo, pues como dice
nuestro amigo el “coronel” Orlando Calderón Guerrero: —Además de recuperarse la inversión, se obtienen
pingües ganancias.
Quizá esto sea el sistema ideal para pagar nuestra abultada e inflacionaria deuda exterior.
Contactos de Durazo con la Mafia
En el citado artículo del número 102 de Quehacer Político, con el subtítulo de “Dirigentes del narcotráfico
mundial”, el reportero Juan Hernández hace alusión a un tema sobre el que me gustaría abundar. En uno de
sus párrafos, el reportero dice:“En 1982 los Estados Unidos y Europa se conmovieron al conocer, a través de
sus principales diarios, la noticia de que el entonces jefe de la policía de México, Arturo Durazo Moreno, era el
principal introductor de estupefacientes en Norteamérica, y contaba para esto con grandes relaciones con la
mafia internacional. Algunas publicaciones como The New York Times, se preguntaban preocupadas sobre
cómo era posible que el jefe de la policía mexicana tuviera relaciones comprometedoras con el narcotráfico
mundial. La justicia mexicana, comandada por Oscar Flores Sánchez, nada investigó al respecto de esta
denuncia en contra de Durazo”. A propósito, me permito recordarle al director de Quehacer Político, don
Miguel Cantón Zetina, que antes de iniciarse la campaña política de López Portillo, Francisco Sahagún Baca
era comandante de la Policía Judicial Federal en Guadalajara, Jalisco, y personalmente salvó a traficantes
muy conocidos en el hampa internacional de un cerco que les había preparado el comandante Florentino
Ventura; este magnífico policía, de una limpia e intachable trayectoria en contra del narcotráfico, nunca
hubiera pensado que uno de sus más estrechos colaboradores lo traicionaría tan vilmente. Una vez que
Sahagún Baca llevó a los traficantes a una pista clandestina de aterrizaje para que huyeran en una avioneta
previamente preparada, se dio a la fuga y abandonó el país, refugiándose en España; esto ocurrió durante el
tiempo que duró la campaña de López Portillo. En ese entonces, Durazo convenció a López Portillo de que se
le perdonaran a Pancho Sahagún esas “pequeñas fallas”, ya que “un error cualquiera lo tiene”; pero la
realidad era que Sahagún le significaba al Negro un con lacto de oro con la mafia internacional. Hasta la toma
de posesión de López Portillo, no fue posible la extradición de Sahagún Baca pues como todos sabemos
todavía no existían relaciones diplomáticas con España; cuando se reanudaron Pancho Sahagún ya había
sido amnistía de José López Portillo así que no tuvo ninguna dificultad en volver al país e integrarse en
seguida al equipo del Negro. Ya en funciones con el Negro Durazo, Pancho Sahagún se pitorreaba y hacía
mofa del comandante Florentino Ventura. Por otra parte, se aventaba la puntada —”esto lo sé bien, porque
incluso a mí me tocó— de que cuando le sobraba cocaína en su despacho, por conducto de su secretario
particular, el mayor Miguel Ángel Fernández Serratos, llamaba a los jefes de brigada de la DIPD y les
comunicaba: —Sobró mucho “perico” cabrones, y el jefe Sahagún ordena que hay que hacer una vaquita
entre todos. La onza de coca pura en ese tiempo costaba entre 80 y 90 000 pesos. Estando en esas
condiciones de pureza puede tolerar hasta cuatro cortes o sea que cuadruplica su cantidad, bajando
obviamente su calidad. De acuerdo con la cantidad, a cada jefe de brigada de la DIPD nos tocaba pagar de 50
a 60 000 pesos, y entonces nos entregaban nuestro “tamal” (así se le dice porque parece un tamal
oaxaqueño). Por cierto que jamás me imaginé que la venta de enervantes se llevara a cabo entre los mismos
elementos de la policía. Cabe mencionar que durante más de 20 años que conocí el Servicio Secreto de la
Policía (que se convertiría posteriormente en la DIPD), era contado el elemento que manejaba cocaína, pues
el tráfico de este tipo de enervantes es un delito que sólo la policía federal debe perseguir. En el servicio
secreto era común hablar de marihuana o pastillas psicotrópicas, pero jamás de cocaína. Sin embargo, con
Sahagún Baca se llegó a tales extremos de cinismo que en los mismos pasillos del edificio de la DGPT,
algunos agentes perdían las proporciones y me llegaban a decir:— ¿Cómo anda, mi jefe, no gusta un
“pericazo”? Posteriormente, en los viajes que como jefe de seguridad de Durazo llegué a efectuar a Estados
Unidos, me percaté de que Sahagún Baca seguía manteniendo contactos con la mafia; en cuanto llegábamos
a las principales ciudades de ese país, los primeros en reportarse eran los mañosos: en Las Vegas, Luis
Krasnic, Alex Colombo y Germán Fernóla; en Nueva Orleans, Merci Manjarrez; en San Antonio, Armando
Rivera y Alberto Zepeda; en Houston, Juan Walezok; y en Los Ángeles, Baltasar Yáñez y Sergio y Kiko
Villagrán; por cierto que estos últimos disfrazan sus negocios ilícitos como salones de belleza un box y
agencias de alquiler de limosinas de lujo.
¿Cómo la ve desde ahí, mi estimado don Miguel Cantón Zetina?
Entra Barrios Gómez en la Jugada
En la portada de) mismo número de la muí tiritada revista Quehacer Político, se lee: “El Negro huye de la ley y
busca otra nacionalidad”. Sobre ese asunto, también escribió José Luis Mejías una nota en su columna “Los
Intocables”, publicada en Excélsior el 27 de julio de 1983.El reportero Juan Hernández escribe al respecto:
“Ahora que Díaz Serrano está en la cárcel, en espera de lo que resulte responsable y que es bastante, otro de
los miembros de la palomilla gruesa de la colonia del Valle, el pobre de la banda, remoja sus barbas, mientras
espera burlar la justicia mexicana, cambiando de ciudadanía o nacionalidad”.
Por su parte, José Luis Mejías hace la siguiente referencia: . .después de haber comprobado la excelente
labor que desarrolló al frente de la embalada de México en Canadá, nos parece sin embargo que Barrios
Gómez encontró al fin su vocación y que siguiéndola, se desempeñara con acierto, demostrando así, por una
parte, que el hombre es proclive al error y que a menudo interpreta equívocamente las lecciones que le
dispensa el mundo, pero que tiene en sí, con que conocer y en ocasiones con qué rectificar sus propios
errores. Y demostrando por la otra, que el mejor actor fracasa, cuando no le ofrecen un papel adecuado. De
todos modos, nos dicen que el embajador recibió, acomodo y le gestionó la nacionalidad canadiense al
general Durazo, los cual nos permite comentar, que Dios los cría y ellos se juntan”. Días después, en la
sección de cartas titulada “Foro de Excélsior” del mismo diario aparece una aclaración de Agustín Barrios
Gómez, que a la letra dice:“Señor director; Leí con interés la nota de José Luis Mejías, aparecida en Excélsior,
el miércoles 27 de julio del presente año, en la que hace alusión a mi persona. Respeto su criterio, tanto en lo
favorable cómo en lo que significa crítica, pero me apresuro a desmentir la información de que contribuí a que
el general Arturo Durazo cambiara de nacionalidad y sea ahora ciudadano canadiense. Nunca gestionó
Durazo tal acción conmigo (cabe mencionar con qué familiaridad se refiere al Negro), y durante los seis años
que fui embajador en Ottawa, jamás propuse, actué en favor y siquiera sugerí, el que algún compatriota mío
cambiase a la nacionalidad canadiense. Mucho le agradeceré, señor director, la publicación de esta
aclaración. Atentamente. Agustín Barrios Gómez. Berna, Suiza”. En apoyo a lo publicado en Quehacer
Político y en la acreditada columna del señor José Luis Mejías, que me perdone el señor Agustín Barrios
Gómez con su “aclaración”, pero a continuación relataré lo que yo viví: El 20 de julio de 1979, luego de previa
preparación con grandes aspavientos para un viajo a Montreal, Canadá, a fin de visitar al jefe de la policía y al
director de tránsito de esa ciudad (los cuales ni enterados estaban de esa visita), llegamos a dicha ciudad. Por
supuesto, el director de tránsito canadiense se negó a recibirnos, a pesar de los grandes regalos que llevaba
Durazo; por su parte el jefe de la policía, acicateado quizás porque se enteró de que le llevábamos regalos de
oro y plata de artesanías mexicanas, nos recibió después de dos días y sólo durante breves minutos.
Pero ya desde antes de la salida, había escuchado que el Negro le comentaba a Sahagún Baca:—Pancho,
júntame dos onzas de cocaína de la buena, porque en este viaje mi meta principal es entrevistarme con
Barrios Gómez, a quien se la voy a regalar porque quiero ir tramitando mi cambio de nacionalidad, no sea que
al terminar el sexenio nos andan rompiendo la madre. También estoy en tratos con Gastón Alegre, para
comprar algunas propiedades en ese país. Esa cocaína, yo mismo la trasladé desde México hasta Montreal;
tenía instrucciones de Pancho Sahagún de ponerla en la maleta de artículos personajes del Negro. Con ese
cargamento nos trasladamos hasta Ottawa, donde tuvo lugar la entrevista con Barrios Gómez. Únicamente
asistieron el Negro Durazo, su esposa y Gastón Alegre. Mi asistencia a ese viaje se puede comprobar con el
registro que aparece en mi pasaporte, y cuya fecha es la misma que debe tenor el de mi buen amigo Víctor
Payan, reportero de Excélsior, quien entre otras personalidades nos acompañó a Canadá. No sé si el Negro
logró o no su propósito, poro lo que sí obtuvo para justificarse ante la prensa mexicana, fue que Barrios
Gómez le consiguiera una entrevista con el gobernador de Montreal, al cual, como era su costumbre, le llevó
los famosos centenarios, o sea, sus “regalos perdurables”. Sólo para complementar la información diré que en
dicho viaje nos acompañaron personas como Octavio Menduet Félix, el coronel Mario Mena Hurtado, el
ingeniero Batuel, Arturo Marbán Kurczyn, el licenciado Armando López Santibáñez y otros de menor
categoría. Huelga decir que el tremendo gasto de dicho viaje, los regalos, el hospedaje, el alquiler de
limousinas lujosísimas con choferes canadienses bilingües y demás, le costó al erario varios millones de
pesos; dinero que pagó el sufrido pueblo mexicano. Por lo anterior, creo que estamos de acuerdo, mi
estimado señor Cantón Zetina y mi admirado José Luis Mejías, en que cuando el río suena, agua lleva.
El Bote de Sahagún Para Durazo
Este tipo de viajes, que frecuentemente organizaba el Negro con el pretexto de relacionarse con las policías
extranjeras, eran aprovechadas por Sahagún Baca (quien nunca lo acompañaba, porque se quedaba al frente
de la “miscelánea”, según decía el Negro), para ponerse en movimiento con su característico servilismo.
Entonces procedía a cambiar totalmente la decoración, alfombras, mobiliario, cortinas, etcétera, del despacho
de su “patronato” el Negro, así como del privado y del comedor, todo ello en el vetusto edificio de la DGPT.
Con tal propósito, contrataba a un nutrido grupo de personal calificado, e incluso decoradores profesionales,
como un arquitecto de apellide Carreño; el costo total de dichos gastos corría por cuenta de los jefes de
brigada de la DLPD, quienes a su vez recolectaban el dinero entre sus agentes, los que por obvias razones lo
sacaban de la propia ciudadanía, cometiendo para ello auténticas arbitrariedades. El costo de estas
“modificaciones” nunca sumaba menos de ocho o diez millones de pesos, y eran efectuadas invariablemente
en cada viaje que Durazo hiciera fuera del país, sin importar el lapso de tiempo entre salida y salida. En
relación al servilismo de Sahagún Baca, cabe mencionar que frecuentemente, antes de que su amo saliera en
público se hincaba para limpiarle los zapatos con su pañuelo inmaculado, “gesto” que al Negro lo dejaba muy
satisfecho. También se preocupaba Sahagún Baca, porque a la hora del desayuno de su jefe, que casi
siempre se realizaba en el comedor de la DGPT, hubiera quesos de Sahuayo Ha tierra de Sahagún—,
tamales y todo tipo de antojitos que él mismo le servía, partía y preparaba en su plato, sin importarle las
personas que estuvieran invitadas a su mesa.
La Seguridad del Negro Durazo
Los problemas de circulación que ocasionaba el gran despliegue de fuerza, destinado a cubrir la seguridad del
Negro Durazo, creo que todos los ciudadanos llegaron obviamente a resentirlo. Muy contados automovilistas y
peatones, de los millones que hay en el DF, lograron salvarse de tal caos vial. Pero para ilustrarlos mejor voy
a hacer una pequeña descripción de este tremendo aparato modelo de presunción y prepotencia. Desde las
siete de la mañana, diariamente, se instalaba la seguridad de la siguiente manera: Dos patrullas en el
kilómetro 23.5 de la carretera federal México Cuernavaca, para detener la circulación en ambos sentidos
cuando el convoy que trasladaba al Negro entrara a la cinta asfáltica; y desde ahí, hasta la Plaza de
Tlaxcoaque (donde se inicia la avenida 20 de Noviembre), se colocaban dos policías en cada crucero para
impedir el tránsito de vehículos hasta que pasara la comitiva. Había dos policías más en cada paso a desnivel
de peatones, desde la calzada de Tlalpan y a lo largo de todo el viaducto del mismo nombre, hasta el edificio
de la DGPT; también se cubrían todas las azoteas de los edificios que se encuentran frente a la entrada del
sótano de dicha Dirección; se mandaba con un margen de tres a cuatro minutos, una patrulla con cuatro
elementos armados con metralletas alemanas, pero se utilizaba también como avanzada una patrulla
disfrazada de taxi, para que en caso de que notara alguna irregularidad, lo comunicara por radio de inmediato.
Tres motociclistas iban de punteros, abriendo la circulación al vehículo del Negro; dos patrullas más cada una
con cuatro elementos también armados con ametralladoras, aparecían como escoltas inmediatamente atrás
del automóvil de Durazo; y más atrás, a una distancia razonable (la correspondiente a seis o siete carros), iba
otra patrulla también disfrazada de taxi con cuatro elementos, invariable y perfectamente armados con
ametralladoras; por último cerraban el despliegue otras cuatro motocicletas con personal también muy bien
armado, cuya misión era impedir que algún coche rebasara al convoy. En el carro principal, siempre junto al
chofer, se sentaba el Negro Durazo. Yo iba en la parte de atrás, con una metralleta alemana de alto poder,
calibre 2.23, con silenciador integrado de fábrica y con adaptación de rayos láser. Aquí podemos recordar
aquella frase de Obregón: “El arma está de acuerdo al tamaño del miedo”.
Tal despliegue de fuerza, acorde a su prepotencia, desgraciadamente lo teníamos que realizar in el uso
cuando íbamos a tos más lujosos restaurantes de la ciudad, a los que el Negro asistía casi a diario. En esos
casos, yo tenía que estar ubicado en el lugar más próximo a él, pero de manera que no le diera la espalda a
ninguno de los asistentes, para que al mismo tiempo tuviera oportunidad de observar a la gente que entraba.
Además, Durazo contaba con otros dos ayudantes, que se cambiaban muy seguido por motivos de seguridad,
pero que siempre eran escogidos entre el personal más selecto, es decir, de la mejor brigada con que cuenta
la DGPT, y a cuyos sufridos elementos nunca se les ha hecho justicia: la Brigada de Granaderos. Un
elemento más debía permanecer en la puerta de los sanitarios, en espera de mi señal; esta la daba yo cuando
el Negro me indicaba que iba a requerir ese servicio. Entonces, este elemento se metía en el baño para
asegurarse de que no hubiera nadie; luego entraba Durazo acompañado por mí y en ese instante, dos
elementos de la seguridad se paraban en la puerta e impedían el acceso a cualquier otra persona. Nadie
podía entrar hasta que el Negro, después de darse su pase de cocaína, lavarse la cara o hacer sus
necesidades, salía; este hecho, lógicamente, entrañaba una gran arbitrariedad, y quienes contribuíamos a
llevarlo a cabo lo hacíamos con disgusto. No se trata de justificar a los que servimos en este tipo de trabajos,
pero lamentablemente, ordenes son ordenes y el que paga manda. En otras ocasiones, también en esos
restaurantes lujosísimos a los que él acostumbraba ir, llegó a presentarse el caso de que cuando lo
acompañaba su esposa se imaginaba que los hombres de otras mesas le dirigían a ella miradas procaces ( o
simplemente no le gustaban los tipos); inmediatamente, me llamaba y me decía:—Saca a esos hijos de su
chingada madre de aquí, rápido. Yo llamaba al gerente del negocio y le comunicaba la decisión del Negro,
solicitándole que los señores que estaban en tal mesa se retiraran y que su cuenta la cargaran a la de Durazo:
—Pero adviértales que en caso de que se nieguen a salir, mando traer a varios elementos de vigilancia, de los
que están en la calle, para que les busquen una bronca y los golpeen. Afortunadamente, en todos los casos
que se dio esta absurda situación, los interpelados accedieron a retirarse, aun contra su voluntad; pero
cuando menos, se fueron sin pagar la cuenta, hubieran o no terminado de consumir sus alimentos.
Gastos del Alarde de Seguridad
Con el propósito de desglosar en sueldos el costo aproximado de los elementos que utilizaba Durazo para su
exclusiva seguridad personal, expongo lo siguiente: Tomando en cuenta que el interior de su suntuosa
residencia estaba seguro con la presencia de la policía montada, que vigilaba absolutamente todos los
alrededores, en cuanto el Negro salía a su carretera privada que entronca con la carretera federal México
Cuernavaca, se repartían 20 policías Montados armados con fusiles R15, dando la espalda al camino y
apuntando hacia los cerros (diez elementos de cada lado); mientras tanto, en la federal se encontraban dos
patrullas que impedían la circulación de los vehículos en ambos sentidos, hasta que no pasara el convoy. El
próximo entronque era el de San Andrés Totoltepec y luego el de San Pedro Mártir, que era cubierto por dos
elementos de a pie de la policía, debidamente armados; su misión era detener el paso de todo vehículo.
Luego, en el empalme de la carretera federal con la autopista había tres patrullas convenientemente
distribuidas, con un total de ocho elementos equipados con armas de largo y corto alcance. En seguida, a lo
largo de todo el viaducto Tlalpan, como ya dije, se cubrían todos los puentes de peatones, con siete policías
de a pie y cuatro motocicletas; su objetivo: tapar todos los accesos a los transeúntes, pues se trataba de que
nadie caminara por un puente mientras el convoy de Durazo circulaba por esa vía rápida. En el entronque con
la colonia El Reloj (sobre la calzada de Tlalpan), se colocaban dos motociclistas y tres policías; en Tlalpan y
División del Norte, una patrulla con seis elementos y tres motociclistas; frente a los Estudios América
esperaban un motociclista y tres policías de a pie. En el crucero de Xotepingo, cuatro motociclistas y cinco
elementos más; en Taxqueña y Tlalpan, tres motociclistas; en Río Churubusco, dos motociclistas; en Ermita
Ixtapalapa, cinco policías de a pie; y de allí hasta el paso a desnivel de Tlaxcoaque, siempre sobre la calzada
de Tlalpan, 20 policías de a pie, evitando que cruzaran los vehículos mientras pasaba el convoy; en el paso a
desnivel que conduce al sótano de la DGPT había cinco elementos más; y en los edificios que están frente a
la jefatura de policía, había repartidos diez hombres más con armas de largo alcance. A todo lo anterior hay
que agregar la escolta directa de Durazo, que constaba de dos patrullas disfrazadas de taxis, que
transportaban a ocho hombres; dos patrullas del servicio secreto de escolta, con ocho elementos más; tres
motociclistas de punteros, abriendo el paso del convoy, y cinco a la retaguardia; más el auto principal, donde
íbamos el chofer particular del Negro, un teniente del ejército y yo. Todo este aparato de seguridad requería
diariamente un número aproximado de 140 elementos; partiendo de un promedio de 8 000 pesos quincenales
de sueldo por cada elemento, leñemos un total de un millón 200 mil pesos quincenales. Y aquí no contamos el
desgaste y depreciación de 15 patrullas y 28 motocicletas, así como su mantenimiento: gasolina, refacciones,
aceite, líquido de frenos, etcétera. Por otra parte, todo ese aparato funcionaba en forma regular dos y hasta
tres veces a la semana, no obstante que el Negro, sin previo aviso, a veces me ordenaba: Mira pinche flaco,
para destantear al enemigo ordena que venga el helicóptero por nosotros. Y entonces, en cinco minutos
íbamos del kilómetro 23.5 a su oficina de la Plaza Tlaxcoaque. Por cuenta de Durazo, la ya desquiciada
ciudad de México sufría graves perjuicios en horas hombre, pues este aparato de seguridad que funcionaba
por lo menos tres horas diarias, alteraba !a rutina de miles y miles de personas que se dirigían a sus trabajos.
Pero como el Negro se las gastaba, llegó a informarle al reportero Sergio Mora Flores del periódico la Prensa
(10 de agosto de 1979) lo siguiente: “Durazo reconoció que el equipo humano y material de la DGPT es
insuficiente”. Asimismo, Excélsior del 17 de agosto de 1979, el reportero Luis Segura informaba a sus
lectores: “Durazo declara no contar con presupuesto para pagar a la policía. Y además, reconoció que el
equipo material y humano es insuficiente. Esto declaraba Durazo en 1979, cuando en la calle hacía tal alarde
de seguridad; y eso que en nuestras cuentas anteriores no consideramos a los 50 policías que prestaban
servicio en la casa del kilómetro 23.5 como cocineros, meseros, jardineros, plomeros, carpinteros,
caballerangos, etcétera, representando un total de sueldos en tomo a los 800 000 pesos mensuales. También
habría que añadir a las cuentas la seguridad de su familia: dos patrullas y ocho hombres de la DIPD como
escoltas de sus hijos mayores, Jesús y Arturo; para su hijo Paco había dos patrullas con nueve elementos
también de la DIPD; para su hija Yoya, una patrulla con cuatro policías; para su esposa Silvia Garza, una
patrulla con cuatro miembros de la DIPD; para sus hermanas Edelmira y Teresa, entre cocineros, meseros,
choferes y ayudantes, dos patrullas con 18 policías; para su mamá, cocinero, mesero y jardinero, dos
elementos de seguridad, y una patrulla; para su amante Lidia Murrieta Encinas, chofer, tres elementos de
escolta, cocinero y tres elementos de servidumbre, con una patrulla permanente en la casa de Fuente bella
número 54, colonia Fuentes del Pedregal. Además, “de calón” había tres patrullas azules y dos de la DIPD en
su casa del kilómetro 23.5, que estaban ahí exclusivamente para atender los “mandados”, mensajerías y
cosas parecidas; sumaban diez elementos en total. Considerando el sueldo oficial de todo este otro personal
de servicio y seguridad del Negro, tenemos una cantidad aproximada a los 960 000 pesos consume, sin
contar, como en el caso anterior, los gastos de 15 patrullas. Aparte, hay que tomar en cuenta los 650
elementos repartidos en sus obras de la Cabaña, el Partenón, y el kilómetro 23.5, los cuales suman 10
millones cuatrocientos mil pesos en sueldos, más el gasto de cuatro camiones. Por otra parte, todas las pipas
de la Central de Bomberos del Distrito Federal eran ocupadas ex elusivamente para acarrear agua a las
cisternas de la casa de Durazo, causando con ello, como ya lo ha declarado el jefe de H. Cuerpo de
Bomberos, graves problemas a la ciudadanía en muchos casos de siniestros; ocurrió varias veces que no se
contó con agua para apagar incendios, pues “la estaba usando el jefe”.
La Señora También Cooperó a los Ingresos
El jueves 23 de agosto de 1979, la señora Silvia Garza de Durazo hizo al diario La Prensa la siguiente
declaración: “Se construirá un asilo para policía jubilados, con Inversión superior a los 10 millones de pesos
provenientes de actos sociales y ayuda del sector privado, así como 16 estancias infantiles para la policía, con
terrenos donados por el DDF”. En la Prensa del siete de septiembre de 1979, su columnista Mora Flores,
mencionó: “Asilo para ancianos policías y estancias para los hijos de los policías”. Y ahí se informó que las
instalaciones costarían 96 millones de pesos, aunque en el mismo artículo la señora Durazo y el propio Negro
declaran: “Nos allegaremos fondos en actos sociales, espectáculos y donativos, ya que no tenemos
subsidios”. Entre otras cosas, la señora Garza de Durazo anualmente exigía que entre los jefes de área,
directores y jefes de oficina, se vendieran 10 000 boletos anuales, a 1000 pesos cada uno, para el Baile Anual
de la Policía, que no costaba nada a la DGPT, ya que la alimentación, los vinos, los meseros y los “shows”
eran conseguidos o pagados por los jefes ya mencionados. Si se multiplican 10 000 por 1000, resultan 10
millones de pesos, cantidad que la señora Durazo reunía cada año; y esto sin contar los donativos de la
iniciativa privada, que probablemente igualarían esa suma, más las cantidades que se reunían de diferentes
actos que organizaba la señora durante todo el año: festivales, premieres cinematográficas y eventos
sociales. La venta de boletos para todas estas celebraciones estaba garantizada de antemano, ya que Silvia
Garza de Durazo tenía la costumbre de vendérselos íntegramente a los jefes de área, directores y jefes de
oficina; éstos lo consideraban una obligación, pero tenían el recurso de exigirles lo mismo a sus subordinados.
En base a lo anterior puede calcularse las “modestas” entradas anuales que lograba la señora Durazo.
Colaboraban con ella, en la recaudación de estos fondos, tres señoras “respetabilísimas”, conocidas en los
medios policiacos como Emma Vieyra Huacuja, Ernestina Martínez. Valencia y Candy Serrano de Marbán, la
hija del “segundo frente” del coronel Carlos Serrano (el que hacía generales); esta última también
acompañaba a Silvia Garza en todas sus correrías (léase orgías).Si usted o las actuales autoridades se toman
la molestia de cotejar mis datos, comprobarán que la obra benéfica de la señora Durazo fue prácticamente
nula. Hallarán la misma guardería infantil con que siempre ha contado la DGPT, junto a la Brigada de
Motociclistas en los cuarteles de Balbuena; y mucho les agradeceré que me informen si encuentran en alguna
parte del Distrito Federal el asilo para policías ancianos, o cualquier otra de las instalaciones que tanto
anunció la señora Durazo que edificaría.
El dinero, por obvias razones, creo que ya está invertido en Canadá o cualquier otro lugar, no mexicano.
Otra “Entrada” de “mi General”
En un artículo publicado en IM Prensa del cuatro de octubre de 1979, el reportero Augusto Cabrera M.
informaba:“La DGPT acordó ayer adquirir un edificio de dos pisos de altura con capacidad para varios miles
de urnas de la empresa Mausoleos del Ángel, con la que se pretende resolver el problema durante 40 años
para los deudas de la corporación que tallecieran en ese periodo.
“El monto de la operación no fue revelado, pero se sabe que asciende a varios millones de pesos, por lo que
Mausoleos del Ángel se comprometió a construir, gratuitamente por esa concesión, una escuela, una estancia
infantil o un asilo, según la decisión del general Durazo al respecto.“Asimismo, absorberá los gastos de
mantenimiento del edificio, y levantará dos salas vejatorias exclusivas para la DGPT, con lo que los servicios
de esta naturaleza serán gratis para los deudas, quienes así evitarán desembolsos fuertes”.!Qué preciosidad
de planes! Yo lo único que sé, y lo que sabe toda la Policía, es que de noviembre de 1979 hasta marzo de
1983, sin pedirnos ninguna autorización, se nos descontaron a cada uno de los 27000 elementos de la
corporación, aproximadamente 57 pesos quincenales, lo que daba un total de 36 millones 936 mil pesos
anuales. Y los beneficios reales que recibimos como consecuencia de esos bellísimos planes fueron los
siguientes: sólo podía ser enterrado el policía que falleciera en actos de servicio; su familia no tenía ningún
derecho a utilizar esa prestación; si el elemento causaba bala, no tenía ninguna posibilidad de recuperar su
inversión, pues como todo lo que hacía el Negro Durazo no tenía regreso, había una cláusula donde, se
mencionaba que el policía dado de baja cedía su fondo para los que seguían “prestando sus servicios en la
DGPT”. Pero aun habiendo caída en el cumplimiento de su deber, hubo muchos y lamentables casos en que
no se logró la inhumación de dichos compañeros bajo estas condiciones, ya que cuanto más humilde era el
policía ultima de un servicio, más trabas se le ponían; incluso recuerde que una viuda prefirió recurrir a la
caridad de los compañeros policías para poder enterrar a su esposo, diciendo nos con los ojos llorosos: Mi
marido y se me está apestando en la casa y no tengo con qué enterrarlo. No creo, y a las pruebas me remito,
que en todo ese tiempo se haya inhumado a más de 50 policías, rasos o de tropa; eso sí, cuando se trataba
de jefes o allegados a Durazo, el junto era muy diferente, como fue el caso del hijo de Castañeda o el de
Andrés Ramírez Maldonado, enterrados con grandes honores, cuando que este último, como ya dijimos,
murió por traidor a manos de la mafia de San Antonio, Texas, y no precisamente en el cumplimiento de su
deber. Yo me enteré de todo este fraude desde el principio, porque en el privado de Durazo conocí a Pablo
Fontanet, propietario de Mausoleos del Ángel; entre trago y trago, y “pericazo” y “pericazo”, este señor a
carcajada abierta le decía al Negro: Te traigo un estudio para ganarnos, de la manera más rápida del mundo,
100 millones de pesos. Y Durazo, ni tarde ni perezoso, aceptó con agrado una idea tan burda; el plan era tan
desesperado que cuando me tocó acompañarlo con el regente Hank González para su aprobación, éste le
dijo: —No el chingue Arturo, yo esto no lo firmo. A lo que Durazo le contestó:—Para mañana te lo voy a traer
autorizado aquí a tu despacho, por don Pepe López Portillo. Y así fue. En realidad, con esta “recaudación” de
fondos se pretendía iniciar, sólo iniciar, el famoso centro de diversiones Reino Aventura, cuyo costo total fue
de miles de millones de pesos. Además, fue Durazo quien logró la autorización de López Portillo para
usufructuar durante 99 años los terrenos que ocupa dicho centro recreativo. Vencido este plazo, deberán
pasar a ser propiedad de la Nación, junto con todas sus instalaciones. Entre los socios que integraron este
supe negocio, además del Negro Durazo y el propio Fontanet, recuerde a Carlos Hank González y a Gastón
Alegre. Respecto al fraude de los “mausoleos” para los policías, debo reconocer que la administración actual
atendió el gran número de quejas por parte de los compañeros; así, los descuentos quincenales fueron
suspendidos, aunque hasta la fecha nadie sabe qué medidas se tomarán para la recuperación de osa fortuna
que corresponde a nuestro peculio como policías en funciones.
Se Quedó con el Stand de Tiro Electrónico
El 17 de diciembre de 1979, nuestro amigo Sergio Mora Flores, del diario La Prensa, citó unas declaraciones
del Negro Durazo relacionadas con la adquisición de un stand de tiro electrónico, similar al que tiene el FBI en
los Estados Unidos; estaba equipado con los últimos adelantos en la materia, y el costo, desde luego, fue
elevadísimo. Efectivamente, dicho stand se adquirió y se instaló... pero en la casa del Negro Durazo, donde
ningún miembro de la DGPT osaba poner los pies, ya que eso privilegio estaba reservado exclusivamente a
José López Portillo, su hijo Ramoncito y otros invitados especiales. El modesto stand de tiro para los
miembros de la DGPT, puede verse en las instalaciones de Balbuena: es exactamente el mismo con que
contamos desde hace 35 o 40 años. También señalaba Mora Flores, en La Prensa del día 18 de diciembre de
1979, que por conducto del coronel Mena Hurtado, el Negro Durazo anunciaba la adquisición de 7 000
semáforos electrónicos, cuyo costo era de grandes proporciones.
¿Ha visto usted en esta ciudad algún semáforo electrónico? Todos son los mismos de antes, ¿o no?
VI
El Nepotismo de Durazo
haciéndole eco a López portillo, quien colocó en puestos envidiables a todos sus parientes (Margarita de RTC;
Alicia, de secretaria particular, su cuñado Martínez Vara, oficial mayor de la CFE; su hijo Ramoncito,
subsecretario de Programación y Presupuesto; su primo Guillermo, en el INDE; su yerno De Teresa es
actualmente cónsul de México en Nueva York, con un sueldo de dos millones de pesos mensuales; y su otro
yerno, Pascual Ortiz Rubio, en la Secretaría del Deporte, entre otros), Durazo no se quiso quedar atrás c
incluyó en la nómina de honorarios de la DGPT a sus hijos: Jesús, Arturo y Paco; a sus hermanos: Sigfredo,
Gilberto (que ya murió) y Oscar; a sus hermanas: Edelmira y Teresa; a sus sobrinos y sobrinas; pero también
en un afán de ayudar a sus “incondicionales”, incluyó en la nómina a la esposa e hijos de Car los Castañeda
Mayoral, así como a la amante de éste con sus respectivos hijos; pero Castañeda Mayoral no quería ser
menos y logró la autorización de Durazo a fin de agredir a los parientes cercanos y lejanos de José Luis
Echeverría, su segundo. Cabe aclarar que los que acabamos de mencionar prestaban servicios en la casa de
Castañeda Mayoral, como cocineros, meseros, choferes, ayudantes, jardineros, etcétera; por otra parte, su
amante contaba con ocho o diez mujeres policías de la Oficina de Contaminación para atender un salón de
belleza.
¡Qué chulada de país!
Un Fontanero Titulado Para el Negro
El afamado otorrinolaringólogo Manuel Rosete —cuyo consultorio se encuentra en las calles de Tuxpan No.
16, despacho cuatro, en la colonia Roma— es quien atiende a los cocainómanos de todo el medio artístico (él
mismo es adicto); y por cierto también se ocupaba del Negro Durazo por recomendaciones de su amigo íntimo
Pancho Sahagún Baca. Este se alarmaba al ver los graves padecimientos de su “patrón”, quien por el abuso
de esa droga Llego a ponerse bastante mal y a tener fuerte resequedad y hemorragias. Tantos problemas
sufría el Negro por abusar de la coca, que debíamos llevarlo por lo menos cada quincena para que el doctor le
aplicara varias sondas y le lavara todos los conductos; de ahí que todos los otorrinolaringólogos conozcan a
Rosete como el “Fontanero”, pues sólo se dedica a “destapar caños”. Por cierto que, con su característico
buen humor, el doctor Rosete le comentaba a Sahagún Baca, sin que lo oyera Durazo: —Ay, cabrón Pancho.
Todo lo que le saqué a Durazo lo voy a secar ahorita y te garantizo que, cuando menos, junto una onza de
cocaína pa’l “recalentado”. El doctor, obviamente, no le cobraba a Durazo por sus servicios, pero Sahagún
Baca lo retribuía las atenciones “en especie”, o sea, dándole la coca que necesitaba para su consumo
personal. Rosete atendía a Durazo con la mayor reserva del mundo, pues el Negro entraba por una puerta
privada, directamente al cubículo donde estaba el instrumental médico, y al que sólo tenían acceso el
paciente, el médico y una enfermera. Nosotros nos quedábamos afuera vigilando, y el aparato de seguridad
cubría todos los puntos de posible entrada al consultorio, pues la consulta se pedía previamente y toda la
guardia se retiraba del lugar hasta que el Negro lo abandonaba.
La Infraestructura de Protección
El Negro ha tratado, por todos los medios, de permanecer cerca de López Portillo, lo mismo que el ya
solicitado por la justicia mexicana, Roberto Martínez Vara, sobrino preferido del ex presidente; de este modo,
Durazo supone que no será reclamado por la justicia de la Nación. Por otra parte, Pancho Sahagún Baca,
sigue órdenes expresas de Durazo y continúa residiendo en varios Jugares de la República Mexicana:
Sonora, Guadalajara (donde viven su esposa e hijos), Sahuayo (donde tiene una granja) y la ciudad de
México, donde tiene una “casa de seguridad” (así les llaman a los refugios de los guerrilleros) ubicada en la
avenida Alborada No. 43, en la colonia Parques del Pedregal, frente al centro comercial Peri sur. AHÍ es
donde se oculta Durazo, cuando en forma subrepticia llega a venir al país. Sahagún Baca ha mantenido hasta
la fecha a elementos de su confianza incrustados en las diferentes dependencias oficiales, sobre todo en la
PGR; lo que pretende con ello es recabar información que en algún momento le pueda servir a él o su jefe. Se
reúne periódicamente con estos individuos en el restaurant “Anderson’s”, de Paseo de la Reforma. Además,
cuenta con un grupo de más de 50 ex elementos de la DIPD y de la Brigada Blanca, a los que se dotó desde
un principio con modernas armas adquiridas por la DGPT de Durazo en Alemania. Con ellas, estos ex policías
delincuentes cometen asaltos a bancos y a otras instituciones, con el fin de poner en predicamento la
seguridad pública y justificar así la ausencia de Durazo al frente de la policía. Esta terrible banda, aparte de
contar con la protección de otros que están incrustados en los diferentes cuerpos policiacos del país, tiene
refugios proporcionados por el propio Sahagún Baca, quien también la usa como medio de persuasión contra
los posibles denunciantes de su “patrón” Durazo Moreno. Y por si fuera poco, Sahagún y sus secuaces tienen
a su servicio los más modernos medios de comunicación, para pasar información a López Portillo y a Durazo,
en cualquier lugar del mundo en que ellos se encuentren.
Sus Incondicionales y sus Victimas
Dentro de la actual administración de justicia, Durazo también cuenta con incondicionales, como el ministro de
la Suprema Corte de Justicia, Salvador Martínez Hojas, cuyo puesto le consiguió el Negro con López Portillo,
en agradecimiento a los “servicios” que le prestó en su carácter de presidente del Tribunal Superior de Justicia
del Distrito Federal. Como ya dijimos, Martínez Rojos fue quien se prestó a la farsa de nombrar “doctor
honoris causa” al Negro Durazo, y a mandar al Reclusorio a dos coroneles de la Policía que no se “alinearon”
a la medida de sus pretensiones; se trata de Fernando Medina y Faustino Delgado Valle, a quienes no pude
dar de bala recurriendo a los procedimientos legales de la policía (como, por ejemplo, la Junta de Honor), y
tras de haberlos tenido durante más de un año, al lado de otros jefes “irreverentes”, en el Regimiento Montado
de Policía, por sugerencias de Sahagún Baca les “fabricó” un supuesto fraude y fueron confinados al
Reclusorio. A pesar de su inocencia, Delgado Valle pude conseguir su libertad bajo fianza, no así Fernando
Medina, quien todavía permaneció recluido otro año, pues por órdenes de Martínez Rojas, el juez
correspondiente “congeló” su expediente. Uno de los que abogaron por Fernando Medina fue su cuñado
Gabriel Álvarez Suárez, al/as el “Polio”, quien se presentó ante Durazo y le suplicó: —Mi general, perdone a
Fernando, ya casi tiene un año en la cárcel. —Yo de ese cabrón lo único que quiero es su renuncia. Que te la
hagan ahorita, se la llevas al Reclusorio para que la firme, y en cuanto tú me la traigas, delante de ti, le ordeno
Martínez Rojas que lo ponga inmediatamente en libertad.El cuñado de Medina trató de cumplir con lo que
ordenaba el Negro, pero Fernando, haciendo gala de la valentía que siempre lo ha caracterizado, le dijo a su
cuñado: —Dile que vaya y chingue a su puta madre; prefiero quedarme en el Reclusorio hasta que termine el
sexenio, que darle gusto a ese pinche vicioso de cagada. Afortunadamente para él, cuando Durazo logró que
Martínez Rojas pasara a la Suprema Corte de Justicia, el nuevo ministro del Tribunal no aceptó esta
irregularidad e inmediatamente Fernando Medina logró su libertad; y además, el amparo de la justicia para
reincorporarse con su grado de coronel, a la DGPT, donde hasta la fechase encuentra. Otra de las “proezas”
del Negro Durazo, consistió en ordenarle a Martínez Rojas que reuniera a todos sus “pinches ministros” (sic)
para una comida en el “Restaurante Del Lago”, en el Bosque de Chapultepec, manifestándole con sus
características y corrientes carcajadas: —Para que me vayan conociendo toda esa bola de pendejos. La
reunión se llevó a cabo según lo planeado; pero la única persona que no se ajusto a la pretendida
manipulación de Durazo, tratando incluso de hacerlo potente, fue nuestra actual Procuradora General de
Justicia del DF.

LO NEGRO DEL NEGRO DURAZO - JOSE GONZALEZ G. parte4

¡Levántate, Negro!
Por otra parte, cuando al entonces Procurador de Justicia del DF, Agustín Alanís Fuentes, le dio por
convertirse en coordinador de todos los Procuradores del país, al Negro también le dio por conseguir ante
López Portillo el nombramiento de coordinador general de todas las Policías del país; de ese modo, en los
viajes que Alanís Fuentes hacía con frecuencia a los diferentes Estados de la República, se veía obligado a
hacerse acompañar por Durazo. Cuando ocurría esto, el Negro inmediatamente hacía notar su presencia, con
detalles como éste: en el hotel donde nos hospedábamos, según el programa, debía concentrarse el
contingente de Procuradores de la 2ona, además de los invitados, para que el traslado a los lugares donde se
llevarían a cabo los diversos eventos (desayunos, conferencias, concordatos, etcétera), se efectuara en los
camiones preparados para tal fin. Y las citas, normalmente, eran a las ocho de la mañana en el lobby del
hotel. Pero, como a eso de las siete de la mañana, el jefe de ayudantes de Alanís Fuentes me buscaba y me
decía: —Oye mano, ¿ya se estará arreglando el general? Porque el señor Procurador ya está casi listo.
Entonces yo entraba a la habitación de Durazo y Je comunicaba lo que me habían preguntado.
—Manda a chingar a su madre a ese pinche borracho. Si tiene mucha pinché prisa que se largue solo el
cabrón. Tráeme café, ponle coñac y a ver si consigues periódicos de este pinche rancho. Esas dos cosas,
periódico y coñac, las tenía yo preparadas desde que salíamos del Distrito Federal; y sobre todo, el coñac, ya
que so pena de ser seriamente amonestado, antes que acomodar las maletas de su ropa, tenía yo que subir
otra “maleta” o “cantina ambulante”, que contenía invariablemente vodka, whisky y coñac. Todo importado,
lógicamente. Y por supuesto, nunca faltaba en su maleta de efectos personajes, una buena datación de
cocaína, qué Sahagún Baca previamente le había suministrado a su “patrón”. Así pues, yo salía y trataba de
justificarlo:—Ya se está preparando “el general”, ya no tarda. Pero esto nunca ocurría; y así, fallando diez
minutos para la iniciación de los actos, ol propio Alanís Fuentes me insistía: —Güero, ¿no me hace el favor de
avisar a mi general que ya estoy listo? Pero el Negro, “desparramado” en la cama, seguía en su rutina:—Ya te
dije que le digas a ese pinche borracho de cagada, que se vaya a su acto y que yo ahí lo alcanzo. Y yo le
decía al Procurador:—Señor, mi “general” todavía no se acaba de arreglar, que por favor se adelante y que
ahí lo alcanza. Pero Alanís Fuentes, con cara de sufrimiento, ahí, en pleno pasillo del hotel, me decía todo
compungido: —Dígale que de ninguna manera, que aquí lo espero hasta que él salga. Yo volvía con el Negro,
y lo encontraba en las mismas, estirándose de placer.—Bueno, pues allá él —decía; e iniciaba su “aseo
personal”, terminando normalmente una hora después, mientras en el pasillo esperaba el procurador, y abajo,
la comitiva en pleno. Al fin, el Negro salía. ¿Y qué creen que le decía? “Apúrese, porque ya se nos hizo tarde.
Cuando empezaba la jornada, nos encontrábamos, lógicamente, con que el desayuno estaba frío o
recalentado. Para entonces, ya Durazo me tenía bien aleccionado, pues como desde muy temprano
comenzaba a beber, me decía:—Oye pinche flaco, cuando lleguemos a desayunar, no importa donde
estemos, si te digo: “Da me café con azúcar, quiere decir que me lo des con coñac”. Pero como era
polifacético para la tomada, lo mismo me podía decir: “Mi jugo de toronja o de naranja, me lo das con azúcar”.
Y eso significaba que debía ponerle vodka. Después de la primera junta de procuradores, normalmente
llegaba la hora de la comida, y entonces el Negro me ordenaba:—Mira pinche flaco, mándate alguien para
que en el restaurante donde vayamos haya el suficiente alcohol, porque estoy que me lleva la chingada por
echarme un trago y éstos no hablan más que puras pendejadas. Todo se cumplía al pie de la letra. Y después
de la comida no había otra junta sino hasta la hora de la cena, sólo para reiniciar la parranda. Así eran los
actos oficiales a que asistía el Negro. Durazo también hizo gala de prepotencia ante el propio Alanís; cuando
éste por decreto Presidencial logró que se quitaran las rejas para los detenidos en las agencias del Ministerio
Público y los separos en la Procuraduría, Durazo reaccionó inmediatamente ordenándole a Sahagún:—Mira
Pancho, el pinche briago del procurador, creo que ahora ya tiene delirium tremens. Ya convenció a López
Portillo de que quiten las rejas en las delegaciones. Tú, por lo pronto, refuerza bien las rejas que tenemos en
los separos. Voy a invitar a ese pendejo para que vea que yo no me ajusto a sus tarugadas. Y lo invitaba de
veras. Y lo que es peor, Alanís asistía. Otro detalle ilustrativo ocurrió cuando también el procurador logró con
López Portillo que desaparecieran las famosas “charolas” con placa; el Negro reacciono incluso haciendo
declaraciones a la prensa: —Un policía sin “charola” no es policía. Y posteriormente le ordeno a Sahagún
Baca: —Mira pinche Pancho, las próximas credenciales las mandas hacer más grandes y con la placa al
doble del tamaño que tienen actualmente, porque este pendejo ya está viendo elefantes de colores volando
de flor en flor. Como es fácil adivinar, ni desaparecieron las rejas ni las charolas, y de ello se jactaba incluso
en presencia del propio López Portillo, quien lo festejaba como si se tratara de una gracia.
Las Cuentas Claras,..
En relación al botín que el “general”. Durazo repartió entre su familia, merece comentario aparte la concesión
de los “corralones”. El beneficiario fue el “coronel” Lerma Durazo, esposo de su hermana Teresa Durazo de
Lerma (los apellidos coinciden porque eran primos). Pero, una vez obtenido ese “obsequio” jamás se
preocupó por “despachar” en las oficinas de los “corralones”. ¿Entonces dónde “despachaba” el “coronel”
Lerma Durazo? Lo hacía en su domicilio particular y siempre a través del “mayor” Silva Tonchi, su
representante, quien desde ese momento se comprometió a entregarle 200 000. Pesos semanales. Además,
por órdenes expresas de Durazo, Silva Tonchi también se comprometió —y cumplió— a entregar un promedio
de 160000 pesos diarios por cada uno de los siete “corralones”, cantidad que su ayudante Joaquín Zen dejas
recababa entre los responsables de cada uno de esas sitios donde se concentraban todos los vehículos
detenidos en el DF. Para que el ingreso de vehículos a los “corralones” fluyera debidamente y en gran
cantidad, se recurrió al coronel Fulvio Jiménez Turengano, comandante de la Brigada Vial; éste tenía a su
cargo casi la totalidad de las grúas, todos los motociclistas y casi la mitad de las patrullas con que contaba la
DGPT. A quienes estaban bajo sus órdenes, Jiménez Turengano los obligaba a conducir a los “corralones” un
mínimo de mil 200 vehículos. Esta exigencia la había establecido el propio Durazo, y el coronel era muy
cumplido en sus funciones. Tanto así, que como premio Silva Tonchi le daba, por disposición del Negro, 100
pesos por cada uno de los vehículos que su personal metiera a los “corralones”; y como la tarifa era de mil
200 vehículos, su gratificación no balaba de 120 000 pesos diarios. Fulvio sólo se embolsaba el 50 por ciento
de esa cantidad, porque debía entregarle el 50 por ciento restante a Panchito Ramírez, el chofer de López
Portillo; de este modo tenía garantizada la conservación de su “envidiable” posición, de que Ramírez tenía
una gran influencia sobre Durazo. Sobre este manejo de los “corralones” es oportuno llamar la atención del
actual Procurador de la República, Sergio García Ramírez y del contralor General de la federación, Francisco
Rojas. Sí al Negro Durazo le entregaban 150 000 pesos diarios por cada uno de los “corralones” existentes en
ese tiempo, lo que da un total de un millón cincuenta mil pesos diarios, ¿acaso no será posible averiguar qué
cantidad exacta ingresaba a la Tesorería del DF por concepto de pago de infracciones a vehículos detenidos?
Siguiendo con este planteamiento propuesto a quienes actualmente combaten la corrupción, cabe
preguntarse: ¿acaso no hay manera de averiguar por qué en la Dirección de Informática (control de
computación) de la DGPT, donde se supone que debe encontrarse archivada toda la información relativa a
vehículos dados de alta en el Distrito Federal, licencias de manejo concedidas, etcétera, las computadoras
están prácticamente fuera de servicio? Hasta donde yo sé, estas computadoras tienen más de un año de
retraso en la información sobre vehículos y licencias, ya que a la compañía que le corresponde el
mantenimiento de ese equipo, el Negro Durazo le quedó a deber 28 millones de pesos, y al parecer la actual
administración no tiene fondos para cubrir esa cantidad. Otro pequeño detalle, que podrían investigar los
funcionarios responsables de detectar corruptelas pasadas y presentes, es el famoso canje de placas. No
creo que ningún ciudadano propietario de un vehículo se haya salvado de la extorsión al tratar de cumplir con
este trámite, A continuación, me permito explicar el procedimiento: Platicando con un ex compañero de la
policía, el licenciado Germán López Vié, a quien el Negro nombró jefe de la “productiva” Oficina de
Antecedentes Penales, supe que dado su “alto rendimiento”, Durazo lo había nombrado simultáneamente jefe
del Canje de Placas para el bienio 82-83. Según sus propias palabras, esto fu lo que ocurrió: “Mira mi Pepe,
con este canje me hice de 300 millones de pesos. Ya los tengo en Hawái, donde hice mis inversiones, y no
tarde en irme a vivir allá con mi mamá, (pues soy soltero). Eso me lo gané porque Durazo dijo: “El que quiera
el canje de placas, a mí me va a entregar 1000 pesos porcada vehículo que haga ese trámite,
independientemente de los pagos a la Tesorería. Para tal efecto, ustedes podrán presionar a los causantes
con los argumentos que se les pegue su chingada gana inventar: les falta el sello, no coincide su domicilio, no
trae los documentos originales, la placa que está entregando tiene un agujerito de más, su placa trae un
rayón; lo que sea”. Con base en eso, acepté ser el jefe del canje, durante el cual se tramitan más de un millón
600 mil vehículos; esto hace un total muy conservador del 600 millones de pesos para Durazo,
independientemente de lo que se haya ganado el personal encargado del canje; y que a su vez tuvo que
comprar el puesto en cantidades que fluctuaban, según el cargo, entre 50 y 100000 pesos por cada uno.
Como dato complementario señalaremos que una de las presiones de que se valieron para extorsionar con el
canje tenía su base en el Reglamento de Tránsito, pues según éste la placa extraviada o destruida tiene que
ser pagada. Durazo, por supuesto, estableció arbitrariamente la cantidad: 2500 pesos. Bajo esas condiciones,
el personal comisionado se excedió en el afán de cubrir las cuotas y abundaron los casos en que al
entregarse las placas vencidas, se exigía el pago de 2500 pesos porque llevaban un agujero de más (para los
tornillos) o porque las perforaciones originales no coincidían con el porta placas del vehículo, o porque
estaban golpeadas, o porque mostraban raspones o abolladuras sin que todo esto, claro está, afectara su
identificación. Pero qué magníficos pretextos para obtener los 2500 pesos exigidos por los jefes. De este
dinero, vuelvo a preguntar: ¿cuánto ingresó a la Tesorería del Distrito Federal? Existieron muchas quejas al
respecto, pero ninguna trascendió, porque todo lo que ocurría en el canje de placas era consigna del Negro
Durazo, el hombre más prepotente del sexenio pasado, con la consabida complacencia del señor López
Portillo.
VII
Mientras sus Esbirros Tranzan, el Negro se Divierte
Como ya estaba organizada y en funciones su equipo de “sinvergüenzas con placa”, de “asaltantes
oficializados”, el Negro se divertía. Una de sus “distracciones” preferidas consistía en introducir a su privado a
gran número de mujeres de dudosa calidad; y todo para hacer gala de su virilidad. Sin embargo, yo era quien
tenía que sufrir las consecuencias cuando el Negro se divertía de esta manera. Como la señora Durazo podía
llegar en cualquier momento al despacho de su marido, y no admitía que a su paso hubiera alguna puerta
cerrada, tenía uno que estar muy pendiente para abrir todas las que se encontraban desde el elevador privado
del Negro hasta la cocina, donde se le hacía de comer. Así pues, y en virtud de que tres o cuatro veces al día
entraban al privado del Negro las mujeres de bala categoría que tanto le gustaban, yo tenía que cerrar la
puerta del pasillo y quedarme exactamente frente a la puerta de su privado, vigilando por la ventana la posible
llegada de su esposa; pero para tener mayor seguridad, ordené la instalación de un timbre en La caseta de
vigilancia del sótano, con el fin de que los policías de guardia lo tocaran en cuanto vieran entrar a la señora.
timbre sonaba en el interior del privado del Negro y, para no despertar sospechas cuando ahí se encontraban
otro tipo de personas, el sonido se transformaba en una especie de “canto de pajaritos”, pasando inadvertida
a los visitantes, aunque no para el Negro; él siempre sabía que se trataba de una señal de emergencia. Para
redondear la seguridad en este aspecto, se instaló una puerta secreta en el privado, que bien podría
compararse con la de una cala de caudales; dicha puerta daba a la peluquería privada de Dura20. Había
también otra puerta que desembocaba a la cocina y, de ahí, a la escalera de servicio del edificio. No se
imaginan cuántas veces me tocó sufrir con el famoso sonido de los pajaritos, a cuyo influjo, según las ordenes
del Negro, tenía que entrar a su privado, tomar a la dama en turno, normalmente sin ropa, sacarla por el
pasadizo referido junto con sus prendas personajes y esperar a que se vistiera en la peluquería, para luego
ponerla en la escalera de escape; pero, antes de todo, mandaba a alguno de mis ayudantes para que le
franqueara todas las puertas a la señora Durazo. En realidad, la esposa del Negro lo presionaba
constantemente, tratando de encontrarlo en una situación embarazosa con alguna damisela, y así tener
pretexto para irse de inmediato (a Zihuatanejo o a Canadá) y hacer su vida aparte junto con su amiga Candy,
esposa del “coronel” Arturo Marbán. Por fortuna, dentro de esta farsa, nunca tuve el infortunio de que la
señora Durazo sorprendiera a su marido con “malas compañías”, aunque el directamente afectado fui yo,
porque debía hacer circo, maroma y teatro para salvar al Negro de tan críticas situaciones. De todos modos,
no me explico por qué Durazo adaptaba esas actitudes al grado de introducir diariamente a tres o cuatro
mujeres a su despacho, pues según me llegaron a comentar, difícilmente les cumplía. Incluso una de sus
amantes a quien le puso casa, lidia Murrieta, me llegó a decir:—Pinche pendejo impotente. Yo no sé pata qué
quiere tanta vieja, si ya como hombre no funciona. Era tal su complejo por afirmar su machismo que me obligó
a instalarle un circuito cerrado de televisión; las cámaras daban a la sala de espera de su secretaria particular
y de su ayudantía, y tenía dos pantallas receptoras con controles instalados en su escritorio. El equipo estaba
tan oculto que quienes se encontraban en audiencia con él no se imaginaban siquiera que el Negro estaba
“monitoreando” los despachos vecinos en busca de mujeres. Si el Negro notaba, por cualquiera de las
pantallas, la presencia de alguna mujer más o menos atractiva para sus gustos, me llamaba de inmediato y
discretamente, en una tarjeta para que no se dieran cuenta sus interlocutores, me indicaba: “En la audiencia
de la ayudantía hay una dama, pásala a mi privado, atiéndela y en seguida voy para allá”; yo debía cumplir
estas órdenes al pie de la letra. Era difícil que alguna de las “damas” se negara a pasar a su privado, ya que
todas sabían que la que entrara con el Negro iba a salir con una buena cantidad de dinero en efectivo o su
televisión a colores y de control remoto, su equipo modular americano, etcétera. Y a la que llegaba a
“despuntar” hasta coche le mandaba comprar con Pancho Sahagún Baca, de la marca y del color que ella
quisiera. Cabe mencionar que, adjunto al privado de Durazo, había una bodega repleta con todo tipo de
aparatos americanos, cuya existencia era surtida diariamente por Sahagún Baca de los artículos de
contrabando que decomisaba todo el tiempo en Tépito. Allí en la bodega, que tenía aproximadamente 15
metros cuadrados, aparte de una gran variedad de aparatos electrónicos había toda clase de vinos
importados con que se surtía el bar privado de Durazo. Había otro tipo de mujeres que entraba para abogar
por sus propios maridos, pertenecientes a la corporación; los motivos eran de lo más variado: para que los
ascendiera, para obtener un mejor horario, para que les quitaran castigos, etcétera; otras iban porque
conocían a Durazo desde sus años mozos; otras más iban a verlo porque supuestamente eran sus sobrinas o
parientes en segundo y tercer grado y le solicitaban puestos para sus hijos o esposos. Pero entre todas,
destacaban las que le llevaba una tal señora Manuela Lorenzo de Fernández, directora de tos Bastoneras de
Veracruz, quien por obvias razones contaba con un espléndido elenco de mu chachitas de 16 a 20 años,
todas en plenitud de belleza; a esta señora Lorenzo de Fernández, el Negro la premiaba constantemente con
contratos para venir al Distrito Federal junto con su grupo y cubrir los actos del Colegio de Policía, los desfiles
del 20 de noviembre y demás. A ella y a su personal les pagaba el hospedaje, generalmente en el Hotel de
México, lo mismo que un vestuario nuevo en cada visita. Además, Doña Manuela y su compañía le cobraba a
Durazo un mínimo de 500 000 pesos por presentación.Quien necesite bastoneras con las características ya
anotadas, puede solicitarlas a los siguientes teléfonos: 514-54-64 y 514-83-87.Podemos añadir que de esas
guapas chicas, Doña Manuela no respetaba ni a su propia hija, Alba Lorenzo, quien además de ser la
capitana del grupo y de tener la medida del Negro, se había convertido en su mejor “conseguidora”, tanto así
que Durazo usó su influencia para que se presentara en “Siempre en domingo”, “Hoy mismo” y otros
programas.
El Negro Repartía Impunidad
Otra de las “gracias” del Negro consistía en obsequiar credenciales de la policía y pistolas a cuanto amigo le
iba a visitar. Entre los afortunados se puede contar, de hecho, a todos los artistas de nuestra farándula: Flavio,
Pepe Jara, Chucho Salinas, Héctor lechuga, el “Loco” Valdés, “Chabelo”, Luis Demetrio, Carlos Lico, Nelson
Ned y su hermano, Enrique Guzmán, Manolo Muñoz, Antonio Aguilar y muchos más. Pero sus mayores
“atenciones las reservaba para los jefes de policía y miembros de la comitiva, provenientes de diferentes
partes del mundo, a los que invitaba para sentir a su alrededor una aureola de hombre importante; pero la
verdad es que venían al país acicateados por el hecho de que en las invitaciones que se les mandaban, se les
garantizaba que tanto los pasajes de avión como la estancia y todos los gastos adicionales serían pagados
por la DGPT. Y para que su estancia fuera inmejorable se contaba con los mejores hoteles de la ciudad: el
María Isabel Sheraton, el Camino Real, el Presidente Chapultepec, el Fiesta Palace y otros. Así vinieron
policías de Francia, los Ángeles, Houston, Canadá, Inglaterra, Alemania Federal, y en todos los casos, Durazo
cometió el contrasentido de darles credenciales mexicanas a policías extranjeros. Por cierto que al haberlos
obsequiado a Nelson Ned y a su hermano sendas pistolas de alto calibre y credenciales, les provocó un grave
problema en el aeropuerto de Brasil, por lo que se vio obligado a elaborar un oficio justificando su extraña
actitud ante las autoridades brasileñas. No obstante ello, las armas les fueron incautadas, ya que su
influencia en aquel país era nula. Para las autoridades brasileñas resultaban más importantes sus leyes que
las poses del señor feudal de la policía mexicana. Otro ejemplo de la impunidad que el Negro repartió en
forma irresponsable, regalando armas y charolas a diestra y siniestra, es el caso del conocido baladista
Enrique Guzmán, quien siendo normalmente persona pacífica, al sentirse armado y protegido por Durazo
agredió con lujo de violencia al encargado de unos departamentos amueblados. Hecho por el que fue
consignado penalmente. Este y muchos otros delitos que pusieron en jaque a la ciudadanía se deben cargar
también a la cuenta del Negro Durazo. Es importante mencionar, para conocimiento de mi general Juan
Arévalo Gardoqui (actual secretario de la Defensa Nacional, del que siempre guardaré gratos recuerdos por
su gran calidad de hombre y amigo), que todas las armas que requisó en el sexenio anterior, con intervención
del capitán Juan Germán Anaya (actual director general de Policía y Tránsito del Estado de México, y
entonces colaborador del Negro), fueron usadas en beneficio exclusivo de Durazo y de él mismo; ¿de este
modo violaron los preceptos constitucionales que señalan que en este tipo de requisas debe intervenir,
invariablemente, la Secretaría de la Defensa Nacional. En un artículo publicado en La Prensa del cinco de
noviembre de 1980, Julián Fajardo López coméntalo siguiente:“Defiende a mafiosos un jefe policiaco; el
licenciado Eduardo Ferrer Mc Gregor fue presentado ante las autoridades federales por intento de soborno a
un juez de distrito, exigiendo la libertad de peligroso narcotraficante, mediante la cantidad de 500 000 pesos.
Mc Gregor fue aprehendido por un grupo de la Policía Judicial Federal, al mando del comandante Florentino
Ventura.“El magistrado del tribunal unitario del Noveno Circuito, con residencia en Mazatlán, Sinaloa,
licenciado Darío Maldonado Zambrano, lo acusa por tratar de sobornarlo, para lograr la libertad del traficante
de heroína de apellide Echagoyan, consignado según acta número... (Ilegible)”.Dos días después, en el
mismo diario, Fajardo López escribe:“Investigan a altos funcionarios, encubridores de narcotráfico; el jefe de la
Oficina Jurídica de la DGPT, Eduardo Ferrer Mc Gregor, acusó ante el Ministerio a altos funcionarios de esa
dependencia policiaca”. Antes de entrar en materia, debo recordar que al licenciado Ferrer Mc Gregor se le
llegó a conocer en el país como “el incorruptible”, dada su probada honestidad en el desempeño de sus
funciones como administrador de justicia. Yo, en lo personal, tengo el honor de conocerlo desde hace muchos
años y en mi modesta opinión es un hombre íntegro, que además ha llevado una vida con su familia sin lujos
superfluos ni presiones económicas. Su única desgracia fue el haberse hecho amigo del Negro Durazo desde
hace mucho tiempo, motivo por el cual llegó a la jefatura de la Oficina Jurídica de la DGPT. Un día Durazo se
enteró que Echagoyan, uno de sus amigos de la “maña”, iba a ser sentenciado en Sinaloa por delitos contra la
salud, y le ordeno a Mc Gregor que interviniera en el asunto, entregándole 500 000 pesos para que sobornara
a ese “pinche juececito provinciano” que. era Darío Maldonado; Mc Gregor se negó rotundamente a acatar
dicha orden, pero por las presiones acostumbradas del Negro, no tuvo más remedio que cumplirla; además
Sahagún Baca ya le tenía prepa rada una escolta de tres agentes de confianza de la DIPD para que lo
trasladaran a Mazatlán. Lo que siguió después, todo el mundo lo conoce: Durazo quedó “limpio de culpa”,
amparado en la hombría y la imagen respetada de Mc Gregor, ya que éste bajo ningún tipo de presión aceptó
haber cumplido tan deshonestas ordenes; hago constar lo anterior para satisfacción del propio don Eduardo y
de su distinguida familia. Y para que comprueben que todavía hay personas, como un servidor, que
reconocen sus altas prendas morales. Así como Durazo arruinó a la familia Mc Gregor, entre otras, también
desgració las vidas de dos humildes y honestos trabajadores: León Sandoval Tableros y Javier Pérez
Mancera, nombres que tal vez no representen nada, pero que designan a das víctimas inocentes de Durazo.
El ocho de julio de 1980, la Prensa informaba por medio de su reportero Augusto Cabrera M.:
“El vigilante que estuvo de guardia la noche del seis de octubre de 1978 en la residencia de los Flores Muñoz,
desapareció desde hace ocho días cuan de varios sujetos desconocidos a borde de dos vehículos grandes sin
placas, lo sacaron de su casa y lo llevaron con rumbo desconocido.“La señora Virginia Yáñez de Pérez,
esposa del secuestrado Javier Pérez Mancera, policía bancario comisionado en la casa de don Gilberto Flores
Muñoz el día de su asesinato, levantó el acta número 26/240/80 por el delito de secuestro”. En el mismo
diario, y en primera plana, se leía:“Sucia maniobra a favor del nieto; desaparecen al velador, testigo de cargo,
que estuvo de guardia la noche del crimen, a casa su afligida esposa”. Igualmente, el reportero Tomás Aranda
L. informaba el 11 de julio de 1980 en FM Prensa:“Dejan al nieto sin acosadores. Cinco sujetos Armados
secuestraron el día primero del actual al segundo testigo de cargo del homicidio de la familia Flores Muñoz
Izquierdo”. Y esto decía La Prensa, el 19 de julio de 1980:“Dan millones por liberar al nieto. No pudieron
sobornar a los testigos de cargo y entonces lron para que aceptaran que ellos asesinaron a Gilberto Flores
Muñoz. “Aparecen los testigos y dicen que el nieto es el asesino. “Narran sus ocho días de tortura y presiones
para que se declarasen culpables; fueron abandonados en la sierra de Puebla”. Entrevistados por los
representantes de todos los periódicos los aludidos informaban que todas sus torturas para declararse
culpables fueron dirigidas por un “abogado”. Lo anterior, lamentablemente no causó impacto en los habitantes
de nuestra gran ciudad, cuya mayoría lucha desde el amanecer para conseguir el sustento de los suyos; pero
esos jefes de familia agredidos, humillados y amenazados, que además perdieron sus honorables fuentes de
trabajo, deben haber sufrido (a gran impotencia del que nada puede hacer contra un “sistema” que sólo le da
la razón al que está dentro de él. Con la honradez con que he tratado de informar a lo largo de estas páginas,
acerca de las injusticias y prepotencias de nuestras autoridades, haré historia de mi participación en estos
hechos, tratando de aclarar la realidad de los mismos. Era la noche del cinco de julio de 1980, cuando fui
llamado a la oficina del “coronel” Sahagún Baca; lo encontré acompañado del licenciado Adelfo Aguilar y
Quevedo, connotado penalista y, para desgracia del pueblo mexicano y vergüenza de la profesión, presidente
de la Barra de Abogados según me lo presentó Sahagún Baca:“Mire don Pepe, el señor licenciado, como
usted sabrá, es amigo personal del señor Presidente de la República y de mi general Durazo, por lo cual
tenemos que servirlo ampliamente.—Pues mi “coronel”, usted nada más ordene.—Mire don Pepe, tenemos
dos detenidos a los cuales el señor licenciado Aguilar y Quevedo considera responsables de la muerte de don
Gilberto Flores Muñoz y su señora esposa; ya los “interrogó” el mayor Carlos Bosque Zarazúa y no logró
sacarles nada. En su lugar mandé a mi jefe de ayudantes, Eugenio Barraza Islas, que es muy cabrón y sabe
dar la “fórmula” (tortura) a toda ley, pero tampoco logró nada positivo; entonces mi general Durazo ordeno que
usted se hiciera cargo del asunto porque para “calentar” nadie le gana.En ese momento el licenciado Aguilar y
Quevedo trató de indicarme cómo podría yo obtener las respuestas que a él le interesaban; pero fue tal mi
enojo, que le dije: —Mire licenciado, usted ya los interrogó en compañía del mayor Bosque y del capitán
Barraza, cosa que en mi opinión no debe hacerse porque en estos casos el policía interroga para encontrar a
los verdaderos responsables y nunca en presencia de un acosador o de alguien que trata de desvirtuar los
hechos. En este aspecto, y para su conocimiento, yo estuve presente en el momento en que fue detenido
Gilberto Flores Álavez, y este, en presencia de varios compañeros, aceptó haber matado a sus abuelos,
indicando además el lugar donde había escondido los machetes que ocupó para cometer los homicidios (se
encontraron atrás del refrigerador). También confesó que esos instrumentos las había comprado en compañía
de su amigo Anarcos Peralta Torres, tipo de costumbres raras igual que Gilberto, al que le dijo que los usaría
en la construcción de una cabaña, arriba de un árbol. También le recordé al licenciado Aguilar y Quevedo, que
al ser detenido, Gilberto impidió con sus influencias que se siguiera interrogando a todos los implicados,
incluyendo a narcos, solicitando a Durazo que de inmediato se le pusiera a disposición de la Procuraduría de
Distrito Federal.(Aguilar y Quevedo pensaba que lograría la libertad de Gilberto en la Procuraduría, pero no
contó con que, tras brillante investigación, el director de la Policía Judicial del DF, capitán Jesús Miyazahua
.Álvaro acumularía tal cantidad de pruebas en contra de su defenso que fueron suficiente para su
consignación ante un juez penal).No obstante mi alégalo, Sahagún Baca me dijo muy molesto:—Le suplico
don Pepe que cumpla usted con las ordenes de mi patrón, el general Durazo, y no discuta tonterías con el
señor licenciado Aguilar y Quevedo. Entonces me trasladé con mi personal a una granja deshabitada, ubicada
en avenida Morolas No. 15, en el perímetro de la Delegación de Cuajimalpa donde el capitán Eugenio Barraza
me entregó a los detenidos y se retiró del lugar, no sin antes decirme:—Estos pobres cabrones no son
responsables de nada; les dimos una soberana chinga nada más “de barbas”, pero en fin, a ver si usted les
saca algo. Pasé al cuarto donde tenían a los detenidos, y los hallé esposados, con los ojos vendados; estaban
tirados sobre unos trapos sucios en el suelo y su Estado era deplorable: por debajo de las vendas de los ojos,
les escurría pus, porque desde que los detuvieron, y a pesar de haberlos sumergido en una pileta de agua
sucia para que confesaran, no les habían cambiado las vendas en cinco días. Convencido desde el principio
de que estos inocentes trabajadores no tenían nada que ver con el homicidio de don Gilberto Flores Muñoz y
su esposa, ordené a mis hombres que fueran a comprar medicamentos, vendas y comida buena y abundante,
ya que presentaban señales inequívocas de inanición. Una vez curados y alimentados (las curaciones, por
razones obvias, se las hicimos deslumbrándolos con una lámpara eléctrica, para que al quitarles las vendas
de los ojos no nos reconocieran), esperé al día siguiente para entrevistarme con Sahagún Baca y explicarle
que los “detenidos” no eran responsables del asunto. Lleno de furia, me gritó:—Mire don Pepe, a mí me
importa una pura chingada si son o no son responsables, lo que quiero es que me traiga ¡ya! una confesión
firmada por esos cabrones. De regreso a la granja, seguí atendiendo a los “detenidos” junto con mí personal.
Al otro día le llamé a Sahagún Baca para decirle que lo quería ver, junto con el licenciado Aguilar y Quevedo;
aceptó, pensando quizá en que ya le tenía las confesiones. En el despacho de Sahagún Baca encontré al
licenciado Aguijar y Quevedo apoltronado en un lujoso, cómodo y mullido sillón; tenía en la diestra una gran
copa generosamente servida de coñac, y en su cara la expresión de superioridad y prepotencia de quien está
apoyado por grandes influencias. Me lanzó una mirada despectiva y me preguntó:—A ver, amiguito, ¿cómo
quedamos con esos homicidas? Yo le conteste:—Mire licenciado, esos infelices no son responsables de
ningún homicidio y creo infantil obligarlos a firmar confesiones falsas que no tendrán ninguna validez cuando
ellos estén ante las autoridades judiciales; yo sólo quiero pedir ordenes para dejarlos en libertad y terminar
con esta injusticia. Sahagún Baca me escuchaba con una expresión demente, acentuada por el alcohol y las
drogas que hasta ese momento había consumido; pero me dijo: —No la chingue don Pepe, que fácil la ve; si
los soltamos, imagínese la bronca que van o armar y eso perjudicará al señor licenciado Aguilar y a su caso.
Fue cuando Aguilar y Quevedo lo interrumpió, para dirigirse a mí:—En mi vida había yo visto tal ineptitud. Ya
desgració usted el asunto, y ahora ya no queda más remedio que matar a esos cabrones para evitar mayores
problemas. Entonces, fuera de control ante sus alardes, le conteste: —Está usted pendejo licenciado; ya se
siente usted Dios Padre para resolver sobre la vida y la muerte de la gente, y piensa que yo voy a cumplir
órdenes de esa magnitud, provenientes de un pinche loco como usted. Aguilar y Quevedo, en actitud
amenazante y Lleno de indignación, se dirigió a Sahagún Baca y le indicó:—Quiero ver a Durazo de inmediato
para que quede resuelto este asunto y si él lo puede resolver, que me lo haga saber para ver a López Portillo.
Antes de que salieran, me dijo Sahagún Baca: —espere órdenes aquí, don Pepe. Regresaron como a la
media hora. Aguilar y Quevedo esbozaba una gran sonrisa de triunfo, pero Sahagún Baca se veía serio,
aunque sus facciones seguían revelando los efectos de la droga y el alcohol:—Por orden de mi general
Durazo, llévese a esos dos cabrones a la sierra donde colindan Puebla y Veracruz y truénelos; no les deje
ninguna identificación y tírelos en algún lugar despoblado para que cuando los encuentren ya estén
irreconocibles. Sí, las aves de rapiña harían el resto. Iba a negarme, pero inmediatamente me acordé que de
todos modos esos infelices iban a morir; si yo no iba, mandarían a otro. Así que no dije nada. Trasladé
durante la noche a León Sandoval y a Javier Pérez hasta la sierra de Puebla, evitando pasar por casetas de
peaje o por lugares con retenes del ejército, ya que si me hubieran sorprendido con dos individuos atados y
vendados de los ojos, cualquier justificación saldría sobrando. Ya en plena sierra, deje a esos dos infelices
separados como 50 kilómetros uno del otro, pero vivos y próximos a la carretera, con el propósito de que
rápidamente fueran encontradas y auxiliadas. Así ocurrió. De regreso a la capital, le ordenen mí segundo en el
mando:—Pancho, tú llegas aparte a la oficina y estás muy pendiente si Durazo ordena que nos detengan; si
esto sucede, vas inmediatamente con los amigos periodistas de la “fuente” y les platicas los hechos para que
se arme la “gran bronca”, Pero antes de que Durazo le diga a Sahagún que nos mate. Ya en la oficina de
Sahagún Baca, al enterarse éste de cómo había resuelto el “caso”, obviamente estuvo a punto de infartarse.
Máxime, cuando le revelé las medidas que había tomado para garantizar la integridad de mis muchachos y la
mía.
A partir de esa fecha me vi sujeto a constantes represalias y presiones; incluso, ya próximos a dejar el poder,
Durazo y sus cómplices me transfirieron a la Brigada de Granaderos, donde debía permanecer todo el día
permanentemente vigilado y sin cumplir ninguna función, no obstante mi grado de teniente coronel en la
policía. Espero sinceramente que tanto León Sandoval Tableros como Javier Pérez Mancera, en compañía de
sus apreciables familias, hayan logrado rehacer sus vidas olvidando las tremendas experiencias que vivieron
en ese tiempo; sé bien que sus quejas siempre encontraron los oídos sordos de las autoridades.
LO NEGRO DEL NEGRO DURAZO - JOSE GONZALEZ G. parte5

¡Hijo de Tigre, Pintito¡


Me supongo que a estas alturas usted se preguntará quién es el consentido en la familia Durazo; es un
troglodita que cuando yo lo conocí tenía escasos 17 años; se llama Francisco Durazo Garza, pero el Negro y
su esposa le dicen cariñosamente yoyo Voy a relatar algunas de sus “proezas”. Siempre con ojos vidriosos y
dilatados por él uso de enervantes, el Yoyo es un tipo que se la pasa odiando a todo el mundo y haciendo
gala de sus grandes influencias, ya que su mamita Silvia Garza de Durazo se desvivía constantemente por
fomentarle su absoluta superioridad sobre los demás seres humanos —léase nosotros—, es decir, cualquiera
que no se apellidara Durazo Garza. Con base en esta “educación”, el Yoyo se recreaba a costa de los demás,
sin que hubiera poder que lo apaciguara. Por lo pronto, se acompañaba mínimamente de dos patrullas de la
DIPD con ocho agentes “escogidos”, o sea, de los más agresivos e impreparados de la corporación. Su coche
debía estar supe reforzado por todas partes, ya que no admitía que nadie se interpusiera a su paso, pues el
que osaba hacerlo se veía necesariamente embestido por ese “tanque de guerra” disfrazado de automóvil;
además, el muchachito se sentía muy bien apoyado por ocho pistoleros armados con metra lletas de
fabricación alemana y con patrullas reforzadas con defensas “tumba burros”, las que en un Momento dado
arlaban el “golpe de gracia” a quien se atreviera a protestar contra las arremetidas de su patroncito, ¿A usted
no le tocó enfrentarse con el energúmeno júnior, por ejemplo en el Anillo Periférico, la vía que usaba
diariamente para llegar al Colegio Irlandés, allá por el rumbo de Tecamachalco? A propósito de! Colegio
irlandés, de gran renombre sobre todo entre nuestros políticos encumbrados, recuerde una anécdota sobre el
Yoyo que revela la animalidad de este sujeto, y al mismo tiempo la sumisión y el oportunismo de quienes, por
una u otra razón, se relacionaban con el Negro. Un día de junio o julio de 1978, me habló el Yoyo a la oficina
de Durazo:
—Oye pinche teniente coronel, acabo de desmadrarle el coche a uno de los profesores de mi escuela, Porque
el cabrón reprobó a uno de mis amigos, así es que si se van a quejar con mi papá, no los dejes pasar. ¿Qué
había hecho en realidad el simpático Yoyo? Pues nada, que cuando el profesor aludido abordó su coche
particular para salir del colegio, el Yoyo lo interceptó con sus ayudantes, y tomando una de las metralletas se
dedicó a romperle vidrios, cofre, carrocería y llantas, mientras el profesor permanecía preso de angustia en el
interior del vehículo, con los seguros puestos; terminada su gracia, el Yoyo se fue con sus ayudantes y
amigos, jactándose de su proeza. Al día siguiente de los hechos se presentó en la oficina del Negro Durazo el
director del Colegio Irlandés, un cura (precisamente irlandés) acompañado por el profesor agredido y otros
tres curas también irlandeses, con el objeto de presentar su queja. Le comuniqué al Negro los motivos de la
visita, y me dijo:—Mira pinche flaco, llama a Sahagún y trae de la caja verde que tengo en el armario de mi
privado, 500 000 pesos, y luego pásame a esos pendejos. Yo esperaba una auténtica reclamación por la
gravedad de los hechos, pero el director del Colegio Irlandés salió con otra cosa:—Mi general, no sabe la
pena que me da molestarlo con estas “naderías” pero tenemos que preocuparnos por la educación de su hijo
“Paquito”, que es tan brillante.—Mire padre, no hay nada en la vida que no tenga remedio, por lo pronto ya te
ordené al coronel Sahagún, aquí presente, lo compra un automóvil del año, de la marca y del color que escoja
el profesor; y para usted, aquí le tengo un pequeño óbolo de 500 000 pesos para su colegio, a fin de que nos
siga favoreciendo al impartir educación a nuestros hijos, ya que como usted sabe nuestras escuelas
mexicanas están muy atrasadas y no hay ni señas de que se pueda componer. El cura irlandés, el profesor
agredido y acompañantes se retiraron del lugar totalmente satisfechos, máxime que Sahagún Baca,
interpretando el sentir de su patrón, ya les había comunicado que en el sótano les estaban esperando con una
televisión a colores de control remoto y unos aparatos de sonido para cada uno de ellos, como prueba de su
afecto. Otra de las proezas del Yoyo ocurrió cuando se encontraba en su casa del kilómetro 23.5 de la
carretera a Cuernavaca, acompañado por sus amigos. Aburrido, sin nada qué hacer, les ordeno a sus
“ayudantes” que detuvieran a los meseros y los Cocineros para inyectarles coca cola en las regiones glúteas,
mientras él y sus amigos esperaban a ver cómo reaccionaba esa pobre gente. De todo esto podría informar
más ampliamente un mesero apodado el “Grande”, quien actualmente es jefe del servicio del comedor del
general Ramón Mota Sánchez, actual director de la DGPT. Para otra de sus diversiones favoritas, el Yoyo y
sus amigos mandaban comprar gran cantidad de huevo, y junto con sus amigos ponía un letrero que decía:
péguele al policía. Y después de compartir mariguana, cocaína y pastillas sicotrópicas rebajadas con Amareto
todos se dedicaban a acribillar con huevos al personal uniformado que se encontraba de guardia en la casa;
obviamente, los policías tenían que soportar esta degradación, so pena de ser sancionados por la señora
Durazo si dejaban de complacer a su “bebé”, como ella lo llamaba. Sólo en 1979, el intrépido Yoyo mató a un
ciclista que se “atravesó” en su camino, a una viejecita en un tianguis, a la cual embistió a pesar del gran
número de gente que ahí se encontraba, y a un compañero de escuela cuando se volcó en el Periférico con
un automóvil deportivo en el que corría a más de 250 KPH; por supuesto, estos hechos de sangre no tuvieron
mayor trascendencia, gracias a la intervención de papá Durazo. Cuando regresaba de su escuela,
acompañado como siempre de amigos de su misma calaña, otra de sus “gracias” consistía en ordenar a sus
ayudantes que bloquearan con las patrullas a su servicio la circulación del Anillo Periférico, a la altura del
canal 8 de televisión; su único fin al hacer esto era tener completa libertad para realizar acrobacias en su
motocicleta sport y así quedar bien con una modelo que trabajaba en ese canal. Obviamente, no le importaba
la desesperación e impotencia de las personas que a esa hora de intenso tráfico quedaban varadas hasta que
el Yoyo terminaba su espectáculo. Pero nadie se atrevía a proferir ninguna queja, ante la presencia de ocho
gorilas vigilantes armados hasta los dientes. Cierta ocasión en que salía para el puerto de Acapulco,
acompañado de sus amigos, el Yoyo logró suspender un vuelo de Mexicana de Aviación con todos los
pasajeros a bordo, porque con su acostumbrada prepotencia ofendió gravemente a una dama que iba a
abordar el mismo avión; sin embargo, resultó ser la esposa del capitán del vuelo, quien al enterarse de la
“gracia” trató de llamar la atención al causante, sin saber de quién se trataba. Lo único que logró fue una
salvaje golpiza que le propinaron los ayudantes del Yoyo, teniendo que ser atendido en un hospital. Ante tal
escándalo, los agentes de la Policía Judicial Federal de Servicios en el Aeropuerto Internacional detuvieron al
agresor y a sus ayudantes, a los que tuvieron que dejar en libertad cuando Durazo tuvo conocimiento de los
hechos. La única reacción de la señora Durazo, al llegar su “bebé” a Casa después del desaguisado, fue
llamarme para decirme:—Mire Pepe, a mi hijo ningún pistolero barbaján e impreparado de los que usted le
pone para cuidarlo va a causarle un trauma ni a frustrarle su viaje; ordénele a ese pendejo de Sahagún Baca
que mande por el Yoyo y alquile un jet ejecutivo para que lo lleven al puerto de Acapulco con sus amiguitos.
Por supuesto, así se hizo. Y el Negro por su parte, para justificarse con los dirigentes del Sindicato de Pilotos
de Mexicana de Aviación, los invitó a un desayuno en el comedor de su despacho y les regaló a todos
credenciales de policía y otros presentes. Así quedó arreglado aquel “pequeño incidente”.
VIII
La Nefasta DIPD de Sahagún
Quiero manifestarles que dentro de mi carrera policiaca varias veces serví en c) entonces Servicio Secreto
(transformado posteriormente en División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia, DIPD), y
siempre me sentí orgulloso de ello, pues a este cuerpo se le reconocía, incluso a nivel mundial, por su
capacidad en la lucha contra la delincuencia organizada.Hablo, desde luego, de cuando esta unidad estaba
integrada por grandes investigadores como don Rafael Rocha Cordero, quien a base de méritos propios
obtuvo el grado de coronel y actualmente es subdirector de la Policía Judicial Federal. El, precisamente
cuando Durazo llegó a la DGPT, fue presionado en tal forma que hubo de renunciar a la dirección de la DIPD,
pues dada su reconocida integridad optó por no prestarse a los malos manejos que le propuso el Negro
Durazo; ante tal oportunidad, éste lo sustituyó por su “colaborador” y cómplice preferido, el “coronel” Francisco
Sahagún Baca. Volviendo a los grandes investigadores con que en otros tiempos estuvo integrada la
recientemente desaparecida DIPD, podría enumerar a los mayores Roberto Cuevas Aatolín, Rosendo Páramo
Aguilar, —uno de los mejores investigadores de homicidios—; los hermanos Islas Rueda, Facundo Godínez;
Fidel Malpica Urite —uno de los más capaces investigadores para la localización de vehículos robadas,
reconocido en toda la República, aunque lamentablemente continúa desaprovechado hasta la fecha, y quien
también prefirió solicitar su bala de la DGPT antes de aceptar ser “protector de robacoches, según se lo
propuso Sahagún Baca—; Silvio Brusolo —viejo conocedor del hampa—; el mayor Jorge Udave —todo un
caballero y magnífico detective—; y tantos más que de momento no vienen a mi memoria, pero todos ellos
verdaderos policías de carrera que tendrán siempre mi reconocimiento y respeto. Sé que fueron marginados
por Durazo a pesar de su gran trayectoria policiaca, porque él estaba consciente de que con ellos no lograría
sus nefastos propósitos: seguir controlando el tráfico de drogas en el país, el contrabando a gran escala de
productos extranjeros y la realización de todo tipo de actividades delictivas. Una vez que Durazo y Sahagún
lograron nulificar a este personal, colocaron en sus puestos a los siguientes hampones, todos ellos amplia y
tristemente reconocidos a lo largo de nuestro territorio:
Carlos Bosque Zarazúa, nombrado “mayor” y jefe de la Brigada Especial que se componía de 16 grupos de
25 agentes, es decir, un grupo por cada delegación del DF; su consigna principal consistía en controlar el
tráfico de todo tipo de estupefacientes en la metrópoli.
Carlos Arturo Cisneros Schafer, especialista en efectuar secuestros y extorsionar a personas pudientes,
principalmente de origen árabe y judío; también lo utilizaron para fabricar supuestos fraudes en contra de
connotados industriales y comerciantes, con lo que generaba enormes ganancias para sus patrones.
Adrián Carrera Sánchez, uno de los más funestos colaboradores de Sahagún, quien, entre otras
concesiones, tenía la de controlar aproximadamente a 3 000 doctores y parteras dedicados a practicar
legrados (muchos de los cuales causaron la muerte a sus clientas, quedando impunes estos homicidios); ellos
debían entregar 150 000 pesos mensuales para poder “trabajar” con toda impunidad. Como dato curioso, sólo
por este concepto el dúo Durazo Sahagún recibía 450 millones de pesos cada mes.
Cabe hacer notar que el personal comisionado al “Plan Tépito” sólo permanecía un máximo de tres o cuatro
meses en su cargo pues en ese corto tiempo amasaba una gran fortuna y había que seguir “premiando” otros
de los que hubiesen hecho suficientes “méritos” con Durazo o con Sahagún.
Roberto Reta Ochoa; jefe de una Brigada Blanca “particular” de Durazo y que “trabajaba” con toda impunidad
a lo largo de todo nuestro territorio, cometiendo un sinfín de extorsiones y arbitrariedades bajo el pretexto de
perseguir a guerrilleros, aunque la verdad es que para tal fecha éstos ya no existían en el país; para su
operaciones contaba con la complacencia de las autoridades federales, las que nada podían hacer ante el
poder omnipotente que López Portillo había otorgado al Negro Durazo. Reta Ochoa fue muerto junto con los
agentes Valentín Rigoberto Martínez Cuevas y Gregorio Galván Dorantes, al cometer una de sus tantas
fechorías en la ciudad de Abaxolo, Guanajuato; en ese mismo enfrentamiento, Francisco Candiam) Zamora
resultó gravemente herido (no recuerde si posteriormente murió). A todos ellos los enterró Durazo con todos
los honores en la ciudad de México, como si hubieran caído en actos heroicos de servicio.
Manuel Cavazos Juárez; era el jefe del grupo “Zona Rosa”, cuya misión principal era controlar la prostitución
y la venta de todo tipo de estupefacientes en esa área desde luego, extorsionar a propietarios de restaurantes,
bares y cabarets del lugar.
Hubo muchos más, miles de hampones con negros antecedentes, quienes únicamente se dedicaron a atracar
a la ciudadanía vejándola y extorsionándola con mayor crueldad cuando no tenía posibilidad alguna de
defenderse (pienso en obreros y trabajadores modestos, así como en gente del campo que tenía la desgracia
de llegar a la capital).
“Eres Buen Ratero, Pero.”
Todos los jefes de Brigada de la DIPD tenían que ceder la mitad de sus ganancias a Sahagún Baca; pero
además, para “gastos del patrón” debían entregar 100 000 pesos quincenales. En un principio eran nueve
brigadas normales con cuatro grupos cada una, sin contar la “especial” de las Delegaciones, que debía
entregar 400 000 pesos diarios, más “Plan Tépito” y “Zona Rosa”; asimismo, la Brigada de Guardia debía
entregar para gastos de cocina, bar y “varios” de la parejita Durazo Sahagún, la cantidad de 50 000 pesos
diarios; todo lo cual hacía. Un total de cuatro millones 500 mil pesos mensuales, independientemente de lo
recaudado en los “grandes golpes”, que pertenecía íntegramente al Negro. Si algo hay que reconocerle a
Durazo es su talento especial para hacerse de dinero, a costa de lo, que fuera; un ejemplo de ello lo
constituye este cambio de impresiones que tuvo con Sahagún Baca a propósito de las Brigadas: —Pinche
Pancho, eres buen ratero pero no buen administrador, ¿No se te ha ocurrido que si con nueve brigadas y otra
de Delegaciones recaudan cuatro millones quinientos mil pesos mensuales, por qué no hacer 18 Brigadas y
una más de Delegaciones? Las formas con sólo dos grupos cada una, en lugar de cuatro, y la de
Delegaciones con dos Brigadas de ocho grupos; así, además de doblar las entradas, recaudarás una cantidad
extra por ascender a 10 elementos a jefes de Brigada. Este ascenso, por cierto, costaba un millón de pesos.
Por eso, ni tardo ni perezoso, Sahagún Baca reconoció su falta de tacto: —Patrón, de veras que soy pendejo.
¿Qué haría yo sin sus consejos? Por eso lo respeto y lo quiero más que a mi propio padre. Sería bueno añadir
que esta confesión, en la que hasta su padre salía involucrado, se la hacía Sahagún Baca a todo el que lo
quisiera oír. Y bien, al día siguiente de este ilustrativo diálogo se aumentó el número de las Brigadas de la
DIPD y se “ascendió” a los elementos más capaces$$$, con lo que se duplicaron las ganancias. Sin embargo,
la desmedida ambición del Negro y Sahagún Baca fue la causa de que murieran varios agentes y jefes de la
DIPD; ya cité el caso de Reta, y ahora describiré otros que viví de cerca.
Una emboscada en Guerrero
El tres de octubre de 1979, los diarios informaban de la muerte de cuatro agentes de la DIPD a manos de
traficantes de drogas en la sierra de Guerrero; se trataba de Juan Ayala Ángeles, Miguel Rodríguez
Rodríguez, Carlos Órnelas Rivas y José Luis Rodríguez Ángeles. Con el fin de localizar y rescatar los cuerpos
de dichos elementos, fui enviado a la sierra junto con el teniente coronel Reynaldo López Malváez, entonces
subdirector de la DIPD, más un grupo de aproximadamente 30 agentes, todos voluntarios, dado el riesgo que
implicaba una misión de este tipo. Según los antecedentes del caso, resulta que los agentes habían conocido
en la ciudad de México a dos mujeres de la vida galante que “adoptaron” como amantes. Ellas eran oriundas
del Estado de Guerrero y conocían a la querida de un tal Zenón “N”, quien junto con su gavilla traficaba con
drogas en la sierra del Estado. Las mujeres les propusieron a los agentes trasladarse hasta Chilpancingo para
detener a la amiga de Zenón, pues sabían que por ser también intermediaria en el tráfico de enervantes,
siempre tenía en su domicilio grandes cantidades de dinero y “mercancía”. Con estos datos, los agentes
pidieron a su jefe inmediato, el “mayor” Adrián Carrera Sánchez, autorización para actuar, y éste a su vez
consiguió el permiso de Sahagún Baca, quien ordeno que en los informes oficiales se mencionara que el
personal iba a Chilpancingo para recuperar automóviles robados. De ese modo se disfrazaba la verdadera
finalidad (de la misión: descubrir traficantes que no tenían localizados y apoderarse de su “mercancía”. Una
vez en Chilpancingo los agentes decidieron proteger a las mujeres que los acompañaban haciéndolas
aparecer como detenidas, y sin pedir apoyo a la Policía Judicial del Estado arrestaron inmediatamente a la
amante de Zenón “N” en su propio domicilio: la mujer les propuso la entrega de un millón de pesos y un
kilogramo de heroína que era todo lo que tenía, para que la soltaran. Ellos aceptaron. Se comunicaron con
Adrián Carrera para saber si Sahagún Baca estaba de acuerdo con su regreso; pero éste con su insaciable
sed de “ganancia”, ordeno que los agentes y las detenidas fueran a la sierra por Zenón “N”, ya que ahí,
seguramente, el botín sería mucho más sustancioso.
Así, en un acto de absoluta irresponsabilidad, los cuatro agentes y las mujeres se internaron en lo más
abrupto de la sierra guerrerense, a donde sólo se llega después de 12 horas de camino: siete de ellas
atravesando brechas en vehículo, y cinco más a pie o a caballo. Iban prácticamente inermes, pues sólo
llevaban sus pistolas con una carga de cartuchos (armas inútiles en esos lugares) y una carabina 30M-1 con
sólo 15 proyectiles. En ese tiempo, ni siquiera el Ejército disponía de vigilancia en aquella zona, pues se
concretaba a poner retenes en algunos accesos al área ir hasta eso, muy retirados del lugar de los hechos.
Obviamente, cuando los agentes llegaron a la parte controlada por el tal Zenón “N” (su gavilla, según nos
informamos, rebasaba los 30 individuos), fueron salvajemente masacrados. Nosotros al rescatar sus cuerpos,
apreciamos que el menos sacrificado tenía alrededor de 30 balazos de varios calibres. Además, antes de
asesinarlos los habían obligado a cavar su propia tumba: poro logramos encontrar los cadáveres gracias a
que los traficantes dejaron con vida a las mujeres pensando que los agentes las llevaban detenidas. De no ser
por ellas, nunca se hubiera sabido el fin de esos pobres infelices. Pero estos crímenes, como tantos otros,
sólo pueden deberse a la enfermiza ambición de Durazo y Sahagún Baca.
A la Caza de un “arsenal”
Un caso similar ocurrió en 1979, en un edificio de la avenida Chapultepec 596, esquina con Agustín Melgar,
frente al Bosque de Chapultepec. Ahí, según informes “fidedignos”, el “mayor” Bosque Zarazúa había
localizado un arsenal perteneciente a algún grupo subversivo. Sahagún Baca ordeno entonces, sin previa
investigación, que se allanara el domicilio. Para ello, se comisionó al comandante José de Jesús Cruz Mares y
a tres de sus agentes, quienes al tratar de entrar por la fuerza fueron recibidos a tiros, muriendo
instantáneamente los cuatro. La triste realidad de los hechos la conocí porque esa misma madrugada
Sahagún Baca me Llamo de urgencia, pues me encontraba de guardia:—Don Pepe, nos acaban de matar a
Mares y a tres de sus agentes; acompáñeme al lugar porque creo que nos metimos en un broncón de la
rechingada. Al llegar al edificio encontramos en las escaleras, casi frente a la puerta de uno de los
departamentos, a los compañeros muertos. De pronto, me di cuenta que en el interior había un individuo y le
disparé de inmediato, hiriéndolo en un brazo; cayó desmayado sobre una mesa de vidrio, momento que
aprovechó Bosque Zarazúa para entrar al departamento y dispararle, al hombre caído y desarmado, hasta en
dos ocasiones, sin que por fortuna lograra matarlo (qué valiente y buen tirador el “mayor” Bosque, ¿verdad?);
fue entonces cuando escuché los lamentos y los gritos de una mujer y dos jóvenes que decían:— ¡Asesinos!,
¿por qué quieren matar a mi papa? Me volví inmediatamente al herido, quien continuaba desmayado, y me
Lleve una terrible sorpresa: era un conocido amigo mío, Gustavo Olguín, gran deportista y en ese entonces
colaborador de Alicia y Margarita López Portillo. Me di cuenta, además, que no existía tal acopio de armas y
explosivos como había informado Bosque Zarazúa, sino una caja con dos o tres pistolas deportivas, todo lo
cual contaba con la respectiva promoción de la Secretaria de la Defensa, ya que Olguín practicaba el tiro y,
para desgracia del comandante Mares y sus hombres, había demostrado ser buen tirador. La triste verdad fue
que Gustavo Olguín, al sentir con toda razón que su hogar era arbitrariamente allanado, trató de defender la
integridad de su familia, usando sus armas contra los sujetos que ya habían logrado destrozar la puerta, sin
identificarse en ningún momento como policías, Le di un informe de lo ocurrido a Sahagún Baca, quien había
permanecido mientras tanto a prudente distancia, dentro de su vehículo.— ¿Está usted seguro de lo que me
está diciendo, don Pepe? Porque si es así, mejor de una vez lo rematamos y nos quitamos de pendejadas,
pues esto va a traer graves consecuencias.— ¡No la chingue, mi coronel! Le respondí molesto—, Tendríamos
que matar a toda la familia. ¿Y qué justificación podría haber para tal masacre? Sin más remedio, le llamó a
su “patrón” Durazo para comunicarle lo sucedido, y el Negro ordeno que nos lleváramos a Gustavo Olguín y a
toda su familia al “corralón” de Tlaxcoaque, donde hay un puesto de socorro. Mientras tanto, él se comunicaba
a Los Pinos con Margarita López Portillo. Cuando Gustavo Olguín era atendido, Durazo se presentó nada
menos que con Doña Margarita. Luego de una breve conferencia entre ellos, Sahagún Baca me llamó: —Mire
don Pepe, esto hay que tratarlo con discreción. No lleve a ningún agente; sólo el “coronel” .Mantecón, usted y
yo vamos a llevar a este cabrón al hospital “Santa Elena” para quesea atendido. Pasadas las cinco de la
madrugada, Olguín fue intervenido y colocado en un cubículo de terapia intensiva, Sahagún Baca decidió
retirarse:—Ahí” lo dejo, don Pepe; lo hago responsable de que este pincho homicida permanezca aquí, hasta
que el señor Presidente ordene lo que debemos hacer. Al rato le mando refuerzos. Sí, llegaron los refuerzos,
pero hasta el otro día. Mientras tanto, pasé verdaderos momentos de angustia, porque la esposa y los hijos de
Gustavo me estuvieron insultando todo el tiempo; además, con toda razón. Pero él nunca me reconoció,
afortunadamente, por el Estado tan penoso en que se encontraba. Incluso, en un momento dado se
presentaron miembros del Estado Mayor Presidencial diciendo que por ordenes de Alicia López Portillo se
llevarían al lesionado; pero yo lo impedí, excediéndome en el cumplimiento de las órdenes recibidas, pues
como vi que eran demasiados, le apunté al herido con mi pistola y le dije a quien estaba al mando:—Mire
oficial, usted como militar está acostumbrado a cumplir órdenes; por eso, usted comprenderá que yo también
como policía sé cumplirlas. En este caso hay cuatro muertos, y se me ordeno que el herido permanezca aquí
hasta que mis superiores no decidan lo contrario. Pero si usted quiere hacerlo de otro modo, aquí nos lleva la
chingada a todos, y el primero que se va a morir es este cabrón (perdón, Gustavo Olguín).No es difícil
imaginar los improperios que recibí en ese momento por parte de la esposa y los hijos de Olguín, quienes
además suplicaban a los elementos del Estado Mayor Presidencial: — ¡Rescátenlo de manos de ese asesino,
por favor! Afortunadamente, hizo su aparición el secretario particular de Alicia López Portillo, Carlos García
Sancho, quien me reconoció al instante y ordeno: —Señores, el teniente coronel José González sólo está
cumpliendo órdenes, aquí no va a pasar nada hasta que no recibamos instrucciones superiores; luego se
volvió a mí y me dijo: —No te preocupes mi Pepe, aquí no va a pasar nada, cumple con tu deber. Le agradecí
su intervención y esperé hasta que fui relevado, cosa que sucedió mucho tiempo después, cuando llegó
Bosque Zarazúa con 20 agentes; vi que tomaba por asalto el hospital, como era su costumbre, y sólo me
concreté a mentarle la madre, y me retiré del lugar. ¿Qué pasó después? Yo me pregunto lo mismo, pues me
enteré que Gustavo Olguín había quedado libre, con toda justicia. Los muertos fueron debidamente
enterrados y todos contentos, con Sahagún Baca y Bosque Zarazúa “trabajando” en bien de la ciudadanía.
Sólo espero que sí Gustavo Olguín llega a leer estas líneas, me disculpe y trate de comprender, aunque
seguramente le será muy difícil, mi participación en este vergonzoso caso.
El Caso Sulaimán
Seguramente usted recordará que el mes de agosto de 1982 los medios de comunicación conmovieron a la
opinión pública, porque el Negro Durazo y Francisco Sahagún Baca dieron a conocer la captura de un gran
“saqueador” de nuestras riquezas arqueológicas, al que presentaron con lujo de prepotencia y heroísmo; se
trataba del licenciado José Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo (CMB).A propósito de éste tan
sonado caso, me voy a permitir exponer la triste realidad de lo ocurrido, haciendo la observación de que todo
se debió a la inestabilidad mental del Negro Durazo y Sahagún Baca, acrecentada por los excesos en la
combinación de droga y alcohol, misma que les hizo arruinar al licenciado Ferrer Mac Gregor y casi acabar
con deshonestos trabajadores León Sandoval Tableros y Javier Pérez Mancera. Sahagún Baca estaba, por
esas fechas, en una de sus clásicas y continuas reuniones en su priva de, acompañado por gente del medio
artístico y señoras de la vida galante, ingiriendo grandes cantidades de alcohol acompañadas con
inhalaciones de cocaína y cigarros de vacerola; de pronto me mandó llamar y me dijo: —Mire don Pepe, por
unanimidad mis invitados y yo pensamos que ese tal Sulaimán es un pinche payaso, así que lo vamos a poner
en orden organizándole un gran pedo. Ahorita me están informando que en su domicilio particular tiene una
gran colección de piezas arqueológicas, y con ese pretexto hay que detenerlo, para acusarlo de robo a la
Nación y lo que resulte. Quiero balarle los humos. Traté de explicarle que en esas condiciones nosotros no
podíamos intervenir legalmente, ya que era un asunto de carácter federal; además, le dije que según mi
opinión no existía delito; si el señor Sulaimán tenía las piezas como coleccionista, y no había antecedentes de
que intentara sacarlas del país o venderlas, en caso de que no las tuviera registradas ante las autoridades
correspondientes, sólo incurría a lo máximo en una omisión. No en un delito. En ese momento se presentó a
la “fiesta” el Negro Durazo quien al oír parte de mi perorata, preguntó: — ¿Qué tanto niega este pendejo,
Pancho? Sahagún Baca le explicó a grandes rasgos en qué consistía el asunto, y el Negro se volvió furioso
hacia mí:-Sácate de aquí, pendejo, las leyes las hago yo; y para mañana tengo en los separos a ese cabrón.
Efectivamente así ocurrió, para satisfacción de las amistades de Sahagún Baca. Por fortuna, y no obstante el
giro sensacionalista que Durazo quiso darle al asunto, el señor José Sulaimán logró demostrar su inocencia
ante las autoridades competentes, reivindicándose ante una acusación inventada. Pero cabe preguntar,
¿cuántos otros no pudieron ponerse a salvo de las “ocurrencias” del Negro y sus secuaces? ¿Cuántos siguen
todavía encerrados, pagando condenas por no haberse ajustado a las pretensiones de Durazo y compañía?
El Caso de los Muertos del rio Tula
A principios de julio de 1982, el reportero Ignacio Ramírez del semanario Proceso tuvo una entrevista con
Durazo en el despacho de éste; le preguntó sobre la muerte violenta de 14 individuos, al parecer
sudamericanos ilegales en el país, cuya actividad era la de “asaltabancos”, asunto en el que la opinión pública
lo involucraba. Estas fueron las respuestas de Durazo: —Es un “boleto” que no me competía ni me compete a
mí. Todas las policías estamos trabajando en eso. —Dice usted que sigue la investigación del caso Tula. —
Eso sigue y tiene que salir. No puede quedar pendiente. Sabemos cómo anda la cosa más o menos. —
¿Cómo anda la cosa?—La conclusión es ésta: fue un broncón entre gente subversiva, como un reto entre sí,
además por la manera asquerosa como los aventaron al río. A este respecto, me permito exponer la realidad
de los lechos según yo la viví: Era conocido de todas las corporaciones policiacas el lecho de que Sahagún
Baca, con autorización de Durazo, protegía junto con sus hombres de confianza (Carlos Bosque, Carlos
Arturo Cisneros, Adrian Carrera y otros) a delincuentes sudamericanos que ingresaban al país en forma ilegal;
éstos carecían de antecedentes en los cuerpos policiacos y eso les permitía operar con mayor seguridad.
Contando con la protección de Sahagún Baca, dichos maleantes formaron bandas para efectuar robos a gran
escala en la industria, casas habitación, y principalmente en instituciones bancarias, siendo la banda de los
“muertos del río Tula” la más activa de esos grupos; se calcula que sólo de los asaltos bancarios que llevaron
a cabo durante los últimos meses de su actividad delictiva lograron un botín superior a los 180 millones de
pesos. Como ya estaba próximo el cambio de administración en el gobierno, Durazo y Sahagún Baca,
acostumbrados ya a su prepotencia con impunidad absolutas, gracias al inexplicable apoyo que les daba
López Portillo, acordaron primero “calentar” a los delincuentes y quitarles el botín; esto último obviamente
deben haberlo logrado, sólo que también decidieron eliminarlos. Sabían que ninguno de ellos tenía
antecedentes en el país y nadie los reclamaría. Además, al “borrarlos del mapa” no correrían el riesgo de que
posteriormente fueran detenidos por otras policías y confesaran sus nexos con la DIPD. Al principio todo les
salió bien, pero no contaron con el detalle de que entre los 14 “muertitos” estaba incluido un taxista mexicano,
Armando Magallón Pérez, quien participaba en los lechos delictuosos de los sudamericanos, dado que
conocía perfectamente la ciudad; este hombre fue identificado por su señora madre y un hermano, quienes
manifestaron que la última vez lo habían visto acompañado de un “grupo de turistas colombianos”. Pero la
mamá y el hermano también dijeron que varias veces Armando Magallón había sido detenido por agentes que
decían pertenecer a la DIPD, aunque siempre lo dejaban en libertad sin mayores problemas. Pero al correrse
el rumor en la prensa de que el crimen había sido cometido por policías, la madre de Armando Magallón se
presentó en la Oficina de Inspección General de la DIPD, de la cual yo era subjefe en ese momento,
solicitando acceso a los ficheros de los agentes para ver si reconocía a los que con frecuencia detenían a su
hijo. Durante la revisión de las fotografías noté que la señora se ponía muy nerviosa, y al rato me dijo:—Aquí
hay tres que se parecen mucho a los que iban por Armando. Como en ese momento había en la oficina
personal incondicional de Sahagún Baca, pensando un el riesgo que corría la señora le dije que se fuera de
allí rápidamente y levantara un acta:—De preferencia recurra a la policía federal de seguridad para que la
proteja, pues se encuentra usted en peligro de que la maten si éstos se dan cuenta de que ha identificado a
personal de la corporación.
Y no la volví a ver.
En este caso no me quedó duda, porque vi los cadáveres de los delincuentes y tenían señales inequívocas de
haber sido torturados con procedimientos policiacos; asimismo, tenían las marcas de las vendas que les
habían colocado en los ojos y en las manos para amarrarlos, así como los certeros disparos que les hicieron
para matarlos. Sin embargo, y de seguro por consignas autorizadas, ninguna corporación policiaca investigó
el asunto.
Nerón Tocaba su Guitarra
Mientras en las calles de la ciudad de México, y en algunos casos en el interior de la República, morían
agentes policiacos y civiles inocentes en actos fuera de la ley; mientras la ciudadanía sufría constantes y
arteras agresiones personajes y a sus bienes, sin que hubiera término a extorsiones y vejaciones constantes
por parte del personal de la DGPT, Sahagún Baca se preocupaba por debutar como “compositor” en el festival
OTI, versión 1982.Sin lira, pero sí con guitarra, se dio cuenta de que su privado era insuficiente para recibir a
la pléyade de cantantes y compositores que se afanaba en asesorarlo; así que mandó construir un lujoso
restaurante bar al que denominó “El Perro Negro” (en honor de la colina que ustedes saben), ubicado en la
colonia Postal. El chistecito le costó más de 25 millones de pesos, y el día de la inauguración pasó ahí revista
casi la totalidad de los artistas y luminarias del cine nacional, entre los que estaban Mario Moreno “Cantinflas”
y Marta Félix. Obviamente, todos estos aparatosos preparativos contaban con el aplauso del Negro Durazo,
quien no vacilaba en decirle a López Portillo y a otras amistades:
—Vieran qué inspirado es este cabrón Pancho; va a ser el primer policía que triunfe en el festival OTI. Lo que
pasaba en realidad, es que los cantantes y compositores que lo “asesoraban” capitalizaban esta faceta de
Sahagún Baca porque así tenían garantizado el abasto de cocaína y marihuana, sin contar las grandes sumas
de dinero que les podían caer y la impunidad; pues eran generosamente dotados de credenciales de la
policía, con grados de capitán para arriba. Pero a fuerza de ser sinceros, las reuniones causaban tristeza, ya
que tanto Sahagún Baca como sus invitados participaban en ellas completamente drogados y alcoholizados.
Así permanecían hasta 48 y 72 horas continuas, garabateando ridículas letras para canciones que todos
festejaban jubilosamente, creyendo verlas convertidas en grandes éxitos; pero como después de estas orgías
ninguno de los asistentes se volvía a acordar de las grandes “composiciones”, había que repetir la fiesta para
nuevamente conseguir “inspiración”. No obstante, Sahagún Baca vio coronados sus esfuerzos, pues entre
varios cantantes, entre ellos Pepe Jara, le hicieron creer en sus grandes dotes de “compositor”. Fue el propio
Pepe Jara quien, apoyado por una gran publicidad, defendió la “canción” en el Festival OTI de 1982; para
desgracia de Sahagún Baca y seguidores, y a pesar de los gastos e influencias puestos en juego, la “canción
cita” no logró calificar. ¡Cuánta podredumbre y prepotencia! ¡Y todo, con el beneplácito de José López,
Portillo!
“Contacto” en la DIPD
Ya hice referencia a la forma en que Durazo y Sahagún Baca implantaron como obligación de los agentes de
la DIPD el consumo de cocaína que, por supuesto, ellos les vendían. El medio que usaron para establecer
este otro sistema de explotación fueron los jefes de Brigada, quienes “voluntariamente” tenían que adquirir la
droga para poner el ejemplo entre sus subordinados.
Recordemos que en ese tiempo la cocaína pura costaba, a precio de distribuidor, 80 y 90 000 pesos la onza.
Así que, como ya dijimos, cada uno de los 11 o 12 jefes “elegidos” teníamos que entregar una “cooperación”
personal de 50 o 60 000 pesos semanales. Como dato curioso, sería bueno aclarar que esta pequeña venta
dejaba ganancias por más de tres millones de pesos; es decir, sólo a nivel de jefes. Así pues, para recuperar
desahogadamente la inversión, Sahagún Baca ordenaba que la droga se distribuyera entre el personal de
agentes, obviamente “rebajada” (recuérdese que la coca pura soporta hasta cuatro “cortes” sin perder
totalmente su efectividad), a fin de permitir que los jefes de Brigada y comandantes obtuvieran sus ganancias.
De esa manera la inversión se cuadruplicaba. Por todo esto, había pequeños laboratorios en casi todas las
oficinas de jefes y comandantes; así podían comprobar la pureza de la droga y adulterarla sin que perdiera su
“poder”. Una vez adulterada, la cocaína era vendida entre todo el personal, lo que ocasionó que en poco
tiempo la mayoría de los agentes se hicieran adictos; tanto así, que le rogaban a sus jefes les proporcionaran
más droga cuando se les terminaba, sin importarles lo que hubiera que pagar Atento a esto, Sahagún Baca
creaba en determinados momentos, una escasez ficticia. Y cuando la “mercancía” llegaba nuevamente al
“Mercado”, se vendía en mayor cantidad y a mayor precio.
La ley de la oferta y la demanda, ¿o no?
Un excelente complemento de la cocaína, lo constituyen las bebidas alcohólicas (coñac o brandy, de
preferencia), pues si se inhala sola provoca tremendas resequedades en la garganta, la lengua y la boca, sin
que el agua o ningún otro líquido semejante las pueda aliviar. Está acostumbrada combinación les dará la
respuesta cuando ustedes se pregunten el por qué de tantos abusos y desmanes por parte de los elementos
de la DIPD en el “cumplimiento de su deber”.
Lo que saque la mano
Otra de las cosas que no se le puede negar a Durazo es su sentido (involuntario) del humor ni sus
afortunados y oportunos —aunque crueles— “puntachos”. Un día, allá por 1978, el Negro llegaba a la DGPT,
cuando se dio cuenta que Sahagún Baca lo estaba esperando, como siempre, en el estacionamiento del
sótano; le abrió solícito la portezuela y le comentó, con cara de niño contento:—Patrón, le tengo una gran
sorpresa. Evitamos el robo de una camioneta de “Cometra”, pero aunque los presuntos responsables se nos
dieron a la fuga, logramos recuperar dentro de uno de los automóviles que se usaron para el atraco, sobres
con sueldos de los empleados del DDF. —Eres cabrón, pinche Pancho —le contestó el Negro.
Y luego de “felicitarlo” de este modo, me ordeno que llevara las tres bolsas de sobres a su privado. Después
de desayunar, en su comedor de la DGPT, fue a ver las bolsas y empezó a revisar el contenido; entonces,
esbozando una maquiavélica sonrisa, me preguntó: — ¿Cómo andas de “lana”, pinche flaco? Porque te veo
medio jodido; tírale un manotazo a las bolsas y lo que saque la mano, nada más, eso es para ti. Únicamente
que cuando saques el dinero de los sobres, rompe los recibos, no vayan a aparecer luego por ahí y nos metan
al bote. Con una de sus grandes risotadas festejó la última frase. Desde entonces, hasta que se agotó el
contenido de los sacos, lo cual sumaba varios millones de pesos, el Negro encontró la diversión ideal para
recrearse con todas las “damas” que pasaban a su privado, pues al grito de “órale vieja, lo que saque la
manita es para ti”, gozaba ampliamente al verlas abalanzarse sobre el dinero. Eso sí, estaba pendiente de lo
que pudiera venir: —Oye flaco, que no se vayan a llevar ningún recibo estas pinches viejas. ¿Cómo la ven
desde ahí, mis queridos y nunca bien ponderados burócratas?
IX
Así dan Ganas de ser Financiero
al ponerme a analizar y calcular las “entradas” que logró Durazo, con la complacencia de José López Portillo,
no pude más que dar cauce a mis complejos de financiero, por lo que me permití reunir las siguientes cifras,
para cuyo total no encontró espacio en mi pequeña sumadora:

Área Venustiano Carranza Mensual


Aquí se incluye la zona de “La Merced”, obviamente antes de ser
trasladadas sus bodegas a la Central de Abastos; redituaban un millón
de pesos diarios, ti decir, una cantidad mensual de: …………………… $ 30 000 000
los Siete “corralones”, llenos a su máxima capacidad por decreto del
Negro: 150 000 pesos por cada uno; por todos, un millón 50 mil pesos. Y
mensuales: …………………… $ 31 500 000
Dirección de Autotransportes y estacionamientos

Ahí Infraccionaba, calificaba y cobraba, sin dar la participación


correspondiente a la Tesorería del Distrito Federal; además se
concedían permisos a taxis tolerados y placas para taxi y permisos
especiales de carga. Hay que contar ademas, los 1000 pesos que cada
uno de los 100 000 inspectores “aportaba” diariamente para salir a
“trabajar”, todo lo cual daba ganancias mensuales por:
…………………… $ 30 000 000
Policía Bancaria e Industrial
Entregaba 100 centenarios mensuales (cuyo valor es de 50 000 pesos
cada uno) que hacen un total de: …………………… $ 5 000 000
Policía auxiliar
Entregaba 200 centenarios mensuales; Total en 30 días: …………………… $ 10 000 000

Dirección de Servicios al Público


Estas oficinas realizaban, entre otras operaciones: control de vehículos,
licencias para manejar, inspección de vehículos, antecedentes penales y
otras, que dejaban ganancias mensuales por: …………………… $ 50 000 000
Policía uniformada
Quince áreas, una por cada Delegación Política de la policía uniformada,
cada una de las cuales generaba un promedio mensual de: …………………… $ 15 000 000
Placas
Dos temporada de cambio de placas le redituaban mil 600 millones de
pesos cada una: …………………… $ 3 200 000 000
Colegio de Policía
Esta Institución educativa tenía que Entregarle: …………………… $ 1 000 000

Oficina Técnica de Seguridad Urbana


Un total de: …………………… $ 6 000 000
Brigada de Grúas y Mini grúas
Algo así como: …………………… $ 10 000 000
Brigada Mixta Vial
Aproximadamente: …………………… $4 000 000
Control de Contaminación Ambiental y Centros de medición y
Diagnóstico
Un total de: …………………… $ 8 000 000

Oficina de Personal, Altas y Ascensos


Un total de: …………………… $ 1 000 000
Sueldos
Dos mil sobres de sueldos pendientes Baja: …………………… $40 000 000
Vales de gasolina
Rebajas de cinco litros por vales de gasolina u cada una de las unidades
al servicio de In DGPT, Contando a 12 pesos el litro: …………………… $6 840 000
TOTAL MENSUAL …………………… $ 726 340 000

Si este total mensual lo traducimos en letras, quiere decir: setecientos veintiséis millones, tres cientos
cuarenta mi! pesos; mismos que al año se convertían en; $ 8 716 080 000. Leyó usted bien: ocho mil
setecientos dieciséis millones, ochenta mil pesos. Y si a esta cantidad la multiplicamos por cinco años,
considerando que el primero fue de ajustes y control en la DGPT, sabremos que el Ne gro se embolsó algo
así como: 46 mil 780 millones 400 mil pesos. Bonita cantidad que me permito poner con letra, una vez más,
para que no se le olvide: cuarenta y seis mil setecientos ochenta millones, cuatrocientos mil (ahora muy
devaluados) pesos, Aún falta agregar los “ganancias” de la DIPD, para cuyo cálculo me declaro incompetente,
pues como ustedes recordarán, sólo por el control de médicos clandestinos se recogían 450 000 000
(cuatrocientos cincuenta millones) de pesos mensuales; por “colaboraciones” de los jefes de Brigada para
gastos de los “patrones”, 9 000 000 (nueve millones) de pesos mensuales; imagínese las cantidades que
dejaba el control de tráfico de drogas, el contrabando, la “protección” de asaltabancos, etcétera. Pero hay más
todavía: falta calcular el monto de casi la totalidad del presupuesto asignado a la DGPT, y que manejó Durazo
a su antojo sin adquirir más que una mínima parte de los artículos necesarios para el servicio, como son
llantas, refacciones, uniformes, zapatos, placas, credenciales, pintura, etcétera; pues como quedó establecido,
estos gastos siempre corrieron por cuenta del personal. Y como mencionaba antes, con una frase que le robé
a un hombre de toda mi estimación y respeto: ¡qué chulada de país tenemos! ¿O no, mis queridos
conciudadanos? Sigo sin entender cómo con estos grandes financieros en el gobierno, tenemos una deuda
externa tan grande, pues en última instancia uno solo de ellos casi podría cubrirla sin quedarse pobre.
Como Dice el Cuento: “Aquí la va a Pagar el más Pendejo”
“¿Y yo por qué?”, pregunta la mayor parte de los policías que tiene de 15 a 25 o más años de servicio, ya que
al cambio de gobierno, el objetivo principal fue: “¡Chinguen a los cuerpos de seguridad!” ¿Por qué no a Durazo
y su gavilla o a López Portillo y su camarilla? o los que la deban, en última instancia. Pero no: hay que
perjudicar a todos los policías, cuya inmensa mayoría siempre ha tenido que “bailar al son que le tocan”, so
pena de ser agredida. Con esa consigna llegaron los militares nuevamente a la policía, buscando rescatar el
baluarte que perdieron con Durazo y tratando de desquitarse de las ofensas que les hizo durante su gestión
(las cuales, por cierto no reclamaron en su momento); ahora buscan desquite con los policías de carrera que
no teníamos ninguna culpa en el asunto. Bajo esta tónica, el personal de policía con antigüedad y capacidad,
sin calificar o evaluar su experiencia o méritos acumulados durante su carrera, fue inmediatamente retirado
del servicio en la vía pública y recluido en las distintas oficinas de la DGPT. Incluso, a todo el personal le
cambiaron los grados (para diferenciarlos con los del Ejército), pues los militares siguen ofendidos por el uso
que les dio Durazo con la complacencia de López Portillo; pero cuando al Negro lo convirtieron en “general de
división”, tampoco reclamaron. Estas diferencias han ocasionado, como es obvio, que de un día para otro la
ciudad haya quedado a merced del hampa. Además, con todo el respeto que me merecen los miembros de
nuestro glorioso Ejército, les están pagando por aprender a ser policías, a costa del erario (ya que también
cobran en la Secretaría de la Defensa Nacional) y del sufrimiento de la ciudadanía. Y para muestra basta un
botón: en un lapso que va del 13 de diciembre de 1982 al 27 de julio de 1983, fueron asaltados sólo en el DF
35 bancos, que dejaron un botín de 158 573 700 (ciento cincuentaiocho millones, quinientos setentaitrés mil
setecientos) pesos. Eso, sin contar los asaltos a la industria y comercio organizados; o lo que es peor, a casas
habitación, donde los hampones se ensañan matando y robando impunemente a la ciudadanía. Mientras
tanto, en las oficinas de la Policía permanecen haciendo “estudios” —que además nunca son aceptados por el
general de división Ramón Mota Sánchez— un promedio de 18 coroneles, 25 tenientes coroneles y otros
tantos mayores, más un sinfín de oficiales conocedores de los problemas urbanos; pero también están
causando una doble erogación: la de los policías “en la banca” y la de los militares en funciones de policías.
Una Gota más....
Me he permitido agregar, para que ustedes puedan comparar cifras y sacar sus conclusiones personales
sobre las actividades del Negro y su gavilla, una lista de los presupuestos que durante el sexenio de López
Portillo fueron destinados, año con año, al DDF y a la DGPT; aparte de las cantidades, también estoy
mencionando cuáles fueron las metas que se perseguían al aprobarse dichos presupuestos. Año 1977
Presupuesto para el DDF…………….23 452 320 000 pesos. Presupuesto para la DGPT……………. 1 504
405 215 pesos. Entre las metas por alcanzar, estaban: Optimización de la vigilancia en las zonas críticas de
la ciudad, brindando protección a 10 millones de habitantes en su persona, en sus bienes y en sus derechos;
todo esto, en un área de 1 500 kilómetros cuadrados. Control del tránsito de vehículos y peatones en los 14
000 cruceros existentes. Expedición de 750 000 licencias de conducir. Control y registro de un millón 665 mil
vehículos. Y expedición de 250 000 cartas de antecedentes penales. De la manera en que se manejó todo
esto y de las extorsiones que hubo, únicamente los sufridos ciudadanos podrán hablar y contar. Año 1978
Presupuesto para el DDF……………..29 461 093 000 pesos. Presupuesto para la DGPT…………….1 910
209 538 pesos. Las metas que se perseguían eran las siguientes: Procurar mayor vigilancia en los 14 000
cruceros de la ciudad, para que sea más fluido el tránsito. Registrar un millón 800 mil nuevos vehículos
automotores, tanto de la ciudad como de los Estados vecinos. Vigilar las nuevas zonas comerciales y las
concentraciones de gente en los centros urbanos de transportación. Lograr que los 1 099 elementos de la
policía estén asignados en los puntos críticos, para dar el máximo de seguridad a la población. Localizar
personas u objetos robadas o extraviadas, y complementar las órdenes de presentación solicitadas o
requeridas por las autoridades competentes. Prestar auxilio a la población en casos de desastre y en bancos,
centros comerciales, cines, teatros, parques y jardines, para lo cual se disponía de 2 276 agentes. Dar a
conocer al ciudadano el reglamento de tránsito, mediante campañas de educación vial. Optimizar los
procedimientos administrativos de los servicios públicos, reduciendo tiempo para su obtención: Trámite de
registro y Control de vehículos…………………..… 600 000 solicitudes.Expedición de
licencias……………….… 750 000 solicitudes. Permisos para cuestiones menores……….40 000
solicitudes. Además, coordinar la desconcentración de los servicios públicos en las Delegaciones políticas,
para una mayor atención al público. En éste, como en el caso anterior, toca a los lectores hacer los mejore
comentarios. Año 1979 Presupuesto para el DDF……………..38 594 179 000 pesos. Presupuesto para la
DGPT…………….2 173 577 754 pesos. Metas perseguidas: Mantener la seguridad y el orden público,
prevenir In realización de delitos y hacer respetar la moral y las buenas costumbres, así como auxiliar al
Ministerio Público. Procurar mayor vigilancia en 15 680 cruceros de la ciudad, para que sea más fluido el
tránsito. Registrar dos millones 16 mil nuevos vehículos automotores, tanto de la ciudad como de las
entidades vecinas. Vigilar las nuevas zonas comerciales y las concentraciones de gente en los centros
urbanos de transportación. Lograr que un total de 1 099 elementos (los mismos que el año anterior), estén
asignados en los puntos críticos, para dar el máximo de seguridad a la ciudadanía. Localizar personas u
objetos robados o extraviados. Y complementar las órdenes de presentación solicitadas por las autoridades
competentes. Prestar auxilio a la población civil mediante 2 550 agentes, en casos de desastre y en bancos,
centros comerciales, cines y teatros, parques, y jardines. Dar a conocer a la ciudadanía el reglamento de
tránsito, a través de campañas de educación vial. Optimizar los procedimientos administrativos, reduciendo
tiempo para su obtención. En este punto, sólo me gustaría preguntar: ¿el Negro Durazo, Sahagún Baca y
demás secuaces, estaban realmente capacitados para mantener la seguridad y el orden público, prevenir la
realización de delitos y hacer respetar la moral y las buenas costumbres?
Ustedes tienen la respuesta Año 1980 Presupuesto para el DDF……………………65 363 000 000 pesos.
Presupuesto para la DGPT……………………3 244 196 000 pesos. En cuanto a las nietas trazadas,
podemos hablar de: Prevenir y conservar el orden público. Reforzar el servicio contra incendios. Proporcionar
imagen urbana, saneamiento ambiental y limpieza. Atender la semaforización y la señalización. Fijar una
estación de medición y diagnóstico. Adquirir infraestructura y equipamiento para la vialidad. Sin comentarios.
Año 1981 Presupuesto para el DDF………….…105 180 600 000 pesos. Presupuesto para la
DGPT………………3843 495 000 pesos. Metas: Preservar la seguridad y el orden público. Aplicar y hacer
cumplir las leyes. Optimizar la vigilancia policiaca, haciendo de ésta una verdadera muestra de honestidad,
que oriente y entienda al ciudadano prestándole toda su colaboración y entusiasmo. Ya ni la burla perdonaba
el Negro Durazo; pero a estas alturas del sexenio había llegado ni colmo de la desfachatez. Obviamente,
porque se sentía respaldado. Año 1982 Presupuesto para el DDF……………. 1144 552 107 000 pesos.
Presupuesto para la DGPT…………………5713 113 000 pesos. Las metas a lograr eran las mismas del
año anterior. Y así, en medio de constantes llamadas de alarma por lo que pasaba en la dirección de la DGPI
terminó el sexenio para ventura y alivio de los ciudadanos. Y el Negro Durazo (al igual que su compinche
Sahagún Baca) huía junto con su gran amigo y protector José López Portillo más allá de nuestras fronteras,
dejando un lastre de podredumbre y corrupción, du prepotencia y de escándalo. Obviamente, no le importa el
juicio de la historia; y menos el de los mexicanos: usted, yo, nosotros, los de “la solución somos todos”...