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El jinete de las tormentas

Annabel Murray

El Jinete de las Tormentas (1988)


Título Original: Dear green isle (1984)
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección: Julia 280
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Alastair Callum “Mac” MacAlastair y Dayle Abercrombie

Argumento:
Dayle Abercrombie presentó un ultimátum a su padre para detener el
monótono desfile de pretendientes que le presentaba como prospectos
matrimoniales.
Nunca imaginó que un cazafortunas sin escrúpulos la secuestraría y la
llevaría a una isla desierta para obligarla a cumplir su palabra. Mac habría
de convertirse en la única persona en su vida y el único hombre en su
corazón.
Mac enseñó a Dayle a sobrevivir sin tener casi nada; pero, ¿había
aprendido a sobrevivir sin su amor?
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Capítulo 1
—¿Otro día que termina, Dayle? —dijo Jenny Spencer a su amiga, que estaba
reclinada en la media puerta de la caballeriza del Mayor.
Dayle Abercrombie asintió moviendo la cabeza.
—Así es, ya he dado de comer a los cerdos y he ordeñado las vacas. ¡Ahora
necesito un baño!
—Entonces te acompaño —Jenny cogió a Dayle del brazo y fueron hasta la casa
que compartían en los límites del Parque Campestre Barnet. ¿Quién se habría
imaginado hace un año que tendríamos que trabajar para ganarnos la vida?
—Nadie —replicó Dayle, entristecida.
—Recuérdalo —añadió su amiga—: tú no necesitas trabajar.
—No porque necesite dinero, pero sí por orgullo…
Cansadas, pero satisfechas por haber cumplido con su deber, las dos chicas
entraron en la casa, se ducharon y después se sentaron a cenar.
—Eres una excelente cocinera, Dayle —comentó Jenny cuando se disponía a
levantarse de la mesa—. Tú has preparado la cena, así que ahora me toca a mí fregar
los platos.
Dayle se estremeció; al recordar en ese momento algo que trataba de olvidar.
—Me gustaría ayudarte —replicó—. Me desagrada no tener nada que hacer.
Jenny se quedó mirando a su amiga.
—¿Cuánto tiempo crees poder seguir así? No descansas ni un minuto, creo que
lo que te ocurre es que te da miedo tener tiempo para pensar.
Sí, Jenny tenía razón y Dayle había comprobado que en parte el hecho de
trabajar constantemente le ayudaba a lograrlo; ya que la mayoría de las noches el
agotamiento la vencía, haciéndola caer en un sueño profundo. Sin embargo, durante
el día, el remedio no era tan eficaz.
El comentario de Jenny le hizo pensar durante toda la noche acerca de su
situación. Sus vidas eran muy diferentes, desde hacía poco más de un año. Eran
amigas desde la infancia; hijas de padres acomodados, habían vivido con toda clase
de comodidades, de lujos, y siempre habían compartido los mismos intereses. Pero el
padre de Jenny perdió su fortuna en una serie de malas inversiones y la joven había
tenido que unirse a aquellos que tienen que ganarse la vida.
Por el contrario, el padre de Dayle seguía siendo tan rico como siempre, pero
hacía dos o tres meses que ella había salido de su casa, prometiendo no volver jamás
y no aceptar ni un centavo de la fortuna de su padre.
Dayle estaba maravillada de cómo había cambiado, en cuanto a su manera de
vivir; pero sabía que el cambio como persona había sido aún más importante. Todo
había comenzado aquella noche de junio, un año antes, cuando decidió

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independizarse. Ella y su padre no solían estar en desacuerdo… excepto en un


tema…

—¿Por qué nunca aceptas los consejos de nadie? —murmuró Angus


Abercrombie, que se encontraba frente a su hija.
Dayle y su padre tenían un carácter muy parecido, por lo cual no se llevaban
demasiado bien.
—Yo lo que no acepto son tus consejos —replicó ella—. ¡Y no hay necesidad de
que grites! —añadió, enfurecida.
Angus se quedó mirándola exasperado. Excelente orador en la sala de
reuniones del consejo, siempre se quejaba de no poder hablar frente a la terca
resistencia que le oponía su hija.
—Por lo menos conoce al muchacho… y veremos qué piensas de él.
—Hasta ahora he conocido a más de una docena de candidatos para casarse
conmigo; todos cortados por el mismo patrón.
—¡Al menos tienen mejor porvenir que todos tus amigos del club de yates!
Ese era un tema sobre el que discutían constantemente Dayle Abercrombie y su
padre. Angus, que se había convertido en un hombre rico trabajando duro, estaba
decidido a que su única hija se casara con un hombre de la misma situación
económica y con la suficiente habilidad e inteligencia para administrar la fortuna que
algún día sería de ella; y periódicamente le presentaba un número de candidatos.
—Todos son iguales —insistió.
—¡Está bien! ¡Está bien! —exclamó su padre—. Pero éste es diferente.
—¿Es parte integrante de uno de sus malditos consejos directivos?
—Si, él…
—¿Es rico?
—Por supuesto, yo…
—¿Eficiente y capacitado para administrar tu dinero?
—Sí, sí; de otro modo, él no…
—¿Entonces dónde está la diferencia?
—Bueno, por una parte es escocés… como yo —agregó Angus con cierto
orgullo.
Dayle soltó una carcajada.
—Y un exiliado de por vida, supongo.
—Un hecho irrelevante —contestó su padre—. ¿Qué importa que yo nunca
haya estado al norte de Carlisle? Mi padre era de Edimburgo y mi bisabuelo materno

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de las islas Shetland; lo que cuenta es lo que se lleva en la sangre; iré a Escocia… y a
Shetland, cuando tenga tiempo… para descubrir mi verdaderas raíces.
Dayle también deseaba conocer los lugares en los que habían vivido sus
antepasados, pero siempre y cuando no tuviera que permanecer allí.
—Sólo conoce a Callum —suplicó su padre—; quizá llegue a gustarte. Es muy
atractivo. Toda mujer que le conoce cae rendida a sus pies.
Angus no pudo haber escogido una frase más acertada para hacer que su hija
reafirmara su decisión. Si había algún tipo de hombre que ella detestara, era aquel
que hacía que las mujeres se rindieran a sus pies.
—Parece insufrible —contestó ella con frialdad—; y qué nombre tan ridículo
tiene… Callum. Creo que se lo debería cambiar —sonrió irónicamente.
Hasta que Dayle no alcanzó la mayoría de edad, Angus Abercrombie no se
percató de que había echado a perder a su hija huérfana.
Como tenía mucho dinero se había dedicado a complacerla en todo, a darle
todo lo que le pedía. Sin embargo, a sus diecinueve años, Dayle tenía un gran control
de sí misma, resultado típico de su estancia en una de las escuela privada de Suiza;
en ocasiones Angus se preguntaba, preocupado, si no habría sido más práctico darle
una educación más de acuerdo con la realidad. ¿Qué habría dicho su desaparecida
esposa, si hubiera sabido que su hija no era capaz siquiera de freír un huevo?
—Conocerás a Callum y, lo que es más, serás cortés con él; vendrá a cenar con
nosotros dentro de dos semanas, con otras personas. Te aviso con suficiente
antelación, así que no aceptaré ninguno de tus trucos… ahora no podrás decirme que
tienes otro compromiso.
—Dado que soy tu anfitriona, por supuesto que seré cortés con todos tus
invitados —respondió Dayle con aparente tranquilidad, signo inequívoco de que
estaba a punto de explotar—. Pero adviértele a ese hombre que no se haga muchas
ilusiones.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Angus palideciendo.
—Quiero decir que no está en mi lista de candidatos.
—¡Maldita sea! —explotó Angus—. ¿Qué tienes en su contra, si ni siquiera lo
conoces?
—¿Un cazador de mujeres ricas? —preguntó con sarcasmo—. ¿Alguien que está
dispuesto a arrastrarse frente a su jefe para conocer a su hija? Te diré algo, papá.
Antes de casarme con alguno de los que tú me propones, aceptaré al primer hombre
sin dinero que me lo pida… ¡y no creas que lo digo a la ligera, lo digo en serio!
Después de decir eso, Dayle salió del estudio de su padre, dejando a Angus
Abercrombie con la desagradable tarea de ponderar sus palabras. Sabía muy bien
que cuando algo se le metía en la cabeza a su hija, nadie podía hacerla cambiar de
opinión.
Dayle, totalmente enfurecida, subió los escalones y se dirigió hacia su recibidor,
que había sido decorado y amueblado a su gusto. Todavía disgustada por los

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absurdos intentos de su padre se dejó caer en el sofá, sin poder dejar de pensar en
ello.
No tenía la menor duda de que todos los hombres ricos son iguales, de que sólo
tenían una meta en la vida… incrementar la riqueza y casarse con una persona de su
misma condición. Sin embargo, ella era distinta, prefería casarse con un hombre
pobre y ser feliz a unirse a un hombre rico al que despreciara.
Dayle no podía permanecer durante demasiado rato tranquila. Estaba
acostumbrada a hacer todo lo que le apetecía y apenas tenía tiempo para descansar.
Se trasladó al dormitorio contiguo y abrió el guardarropa, que estaba lleno de
vestidos de calle diseñados por Mary Quant y Emanuel, y de trajes largos diseñados
por Balmain, Cardin o Givenchy. Después se miró en el espejo, pero no vio en su
aspecto nada que llamara la atención.

Volviendo a la realidad, Dayle lanzó un suspiro nostálgico. Sus ingresos no le


permitían asistir a salones de belleza y ahora llevaba el pelo recogido con una cinta.
Tampoco había en su guardarropa costosos vestidos, sino pantalones vaqueros y
camisetas de algodón, además de algunas blusas y faldas.

Dayle no culpaba a aquellos jóvenes por estar dispuestos a plegarse a los deseos
de su padre, sino que comprendía muy bien sus ambiciones y anhelos de casarse con
una mujer rica, sobre todo si era atractiva. Sonriendo se acercó al espejo, y contempló
sus facciones, reconociendo, con orgullo, que se parecía a su madre. Eran tantas las
personas, especialmente hombres, que le habían dicho que era hermosa, que ya lo
daba por hecho, esperando siempre que se le rindiese el homenaje debido a su
belleza. Y estaba segura de que Callum, el nuevo hombre que su padre iba a
presentarle, no sería la excepción. Sería seguramente tan aburrido como los demás.
Cuando la joven llegó al club de yates, fue recibida con entusiasmo por la media
docena de muchachos que charlaban en el salón del club, si bien las mujeres
mostraron menos entusiasmo, pues sólo Jenny Spencer la recibió con gran afecto.
Está era amiga de la infancia; habían ido a la escuela juntas y recientemente habían
ingresado a una asociación juvenil de ornitólogos, ya que tenían un gran interés en
observar a los pájaros. Además, la belleza de Jenny sí podía compararse con la de
Dayle. Jenny era morena, fuerte, mientras que Dayle era rubia y esbelta.
—Hola, querida ¿cómo estás?
—¡Muy mal! ¡Mi venerado padre está sacando otro caballero de la caballeriza
de las salas de consejo para ser inspeccionado!
—¿Algo que valga la pena? —preguntó Jenny interesada.
Dayle se encogió de hombros.

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—Aún no le conozco. Le veré dentro de dos semanas, pero parece que es como
los demás. ¡Ya sabes cuál es la idea de papá sobre el esposo perfecto!
—Supongo que te habrás opuesto, como de costumbre.
—¡Por supuesto! Lo mismo haría cualquier mujer que se respete a sí misma; yo
pienso escoger a mi propio esposo; así se lo he hecho saber a mi padre. Le he
asegurado que me casaré con el primer hombre sin dinero que me lo pida.
—¿Es cierto eso? ¡Qué maravilloso! —exclamó Jenny feliz—, ¡Hey muchachos!
¡Escuchad lo que nuestra Dayle ha hecho ahora!
Cuando sus compañeros se enteraron de lo ocurrido pensaron que era una
broma e incitaron a Dayle para que la continuase; las chicas se mostraron un tanto
asombradas y llenas de envidia por su atrevimiento.
—¿Y si llega a dejarte sin un centavo? —preguntó una de ellas.
—No lo hará —respondió Dayle moviendo la cabeza.
Durante la mañana todo el mundo lo pasó muy bien, imaginando versiones
exageradas de lo que el futuro de Dayle sería si se casara con un hombre sin dinero, y
cuando ésta volvió a casa, lo hizo con una amplia sonrisa de satisfacción en el rostro,
por la determinación que había tomado de llevar a cabo su promesa a cualquier
precio.
Para su sorpresa, su padre no volvió a hacer referencia a la cena en los días
siguientes. Normalmente, cuando estaba a punto de presentarle algún posible
pretendiente, pasaba los días anteriores vigilando el más mínimo detalle de los
preparativos… hasta el punto de sugerirle qué debía ponerse… recomendación pocas
veces seguida; pero en esa ocasión, todo parecía haber sido planeado de forma
diferente.
A pesar de estar ocupada en sus propios asuntos, Dayle no dejó de observar un
creciente decaimiento en el ánimo de su padre; parecía estar angustiado por algo. En
una o dos ocasiones le preguntó qué le ocurría, pero le aseguró que todo funcionaba
muy bien.
La actitud de su padre le resultó a Dayle muy extraña, ya que estaba
acostumbrada a que él le hablara acerca de todos los problemas relacionados con el
trabajo. Ahora empezaba a darse cuenta de que bajo su aparente falta de interés,
existía un sincero afecto por Angus, junto a una fuerte inclinación e interés por sí
misma. ¿Tendría su padre problemas financieros? Era cierto que le había asegurado,
en un momento de enfado, que no se casaría con un hombre adinerado, pero no
había querido decir con eso que se opusiera rotundamente a ser una mujer rica.

Dayle no podía conciliar el sueño, pensando una vez más en lo mucho que
había cambiado su vida. Alguien la había acusado un año antes de ser un parásito, y
estaba muy orgullosa de que en esos momentos nadie pudiera hacerle el mismo
reproche.

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Entonces su única preocupación eran los negocios de su padre, por los efectos
que en ella pudieran tener. Llegó incluso a imaginarse la situación en la que su
progenitor le decía que ya no les quedaba un centavo, viéndose obligada a sufrir la
humillación de renunciar a todos los clubes a los que pertenecía y de comprarse ropa
en tiendas de descuento.
Llegó a estar tan obsesionada que decidió vigilar a su padre con el mayor
cuidado, percatándose de que estaba dedicando un interés desacostumbrado a su
correspondencia. Normalmente toda la correspondencia del día era examinada
tranquilamente por la noche, pero, entonces pudo comprobar que, por algún motivo
desconocido por ella, la revisaba antes de salir de casa y que, casi a diario cogía un
sobre, que guardaba en un bolsillo de su chaqueta.
Una mañana, Angus Abercrombie examinó la correspondencia con menor
cuidado y Dayle reconoció el sobre que ya le era familiar, pero no hizo ningún
comentario acerca de él.
Tan pronto como el Rolls de su padre se alejó, separó la carta del resto y la llevó
a su dormitorio. Allí tenía una cafetera y tardó sólo un momento en abrir el sobre con
vapor. No sabía con qué iba a encontrarse, pero jamás había imaginado lo que esa
carta decía. Era evidente que el mensaje había sido escrito por una persona sin
cultura, pues estaba llena de faltas de ortografía.

Eres un ombre rico, Abercrombie, asique paga si no quieres que tu ija dezaparesca o algo
pior te pasará a ti.

La primera reacción de Dayle fue de asombro. ¡Esto era increíble! Era algo que
podía ocurrirle a otras personas… a los políticos, a las estrellas de cine, a los
millonarios, pero no a una familia como la suya.
Luego, con una fría sensación, se percató de que su padre era millonario y que,
a menos que esa carta fuese una terrible broma, estaba realmente en peligro.
¿Qué mensaje había en las cartas anteriores? ¿Qué había hecho su padre con
ellas? ¿Había entregado algún dinero… o había avisado a la policía? Debía
preguntárselo.
Volvió a pegar el sobre y fue a colocar la carta en el estudio. Desde que había
visto la carta, Dayle estaba muy preocupada y la cena de esa noche transcurrió en
silencio. Mientras tomaba el café, miró a su padre de soslayo y Angus reaccionó de
pronto.
—¡Dayle!
—¿Sí, papá? —respondió inmediatamente.
—He estado un poco preocupado últimamente. He tratado de no demostrarlo,
pero…
Dayle esbozó una sonrisa amarga; su padre era muy mal actor.

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—Ya me he dado cuenta. ¿Quieres que hablemos de ello? —contuvo el aliento,


rogando para que le hablara abiertamente del asunto que los preocupaba.
Angus titubeó y luego movió la cabeza.
—No… no, probablemente las cosas se solucionen solas. Pero, Dayle, cualquier
cosa que suceda, recuerda siempre que tus intereses son lo primero para mí. Siempre
has estado en primer término y siempre lo estarás. Sólo… sólo cuídate mucho, ¿de
acuerdo?
El corazón de Dayle se contrajo y por primera vez en su vida se sintió culpable.
El pobre hombre no quería que ella se enterara de las amenazas; se molestaría
muchísimo si supiera que había abierto esa horrible carta. ¿Iría a pagarles a esos
terribles hombres? La enfurecía la idea de que alguien estuviera chantajeando a su
padre. Era muy rico, pero le había costado mucho trabajo hacer su fortuna; no le
agradaba la idea de que cayera en manos de alguien que quizá nunca en su vida
había trabajado honradamente.
—Tú también cuídate papá —le dijo con cariño.
Dayle se sintió muy nerviosa al día siguiente. Era cierto que la servidumbre
estaba a su alrededor y que nadie se atrevería a secuestrarla en su propia casa, pero
era obvio que no se arriesgaría a salir.
—¿Has salido a algún sitio? —preguntó Angus cuando regresó a casa esa
noche, mostrándose sorprendido al enterarse de que no había sido así—. ¿Has visto
algún extraño por aquí?
Un profundo estremecimiento recorrió el cuerpo de Dayle.
—No… no… ¿por qué lo preguntas?
—Simple curiosidad —su tono de voz era demasiado casual—; ha habido
algunos robos últimamente, no sobran las precauciones.
Durante los tres días siguientes, no llegó ninguna otra carta sospechosa, pues de
lo contrario ella se habría dado cuenta. Además Angus parecía estar más tranquilo, y
ya era el mismo de siempre, pues había comenzado a bromear y a reírse de nuevo
con ella durante las comidas.
Dayle se sorprendió al darse cuenta de que ya sólo faltaban dos días para la
reunión y aún no había hecho nada en cuanto a preparativos. Había estado
demasiado preocupada por el asunto de las cartas. Era tan agradable volver a
sentirse segura, que se dedicó con más ahínco a la tarea de lo que normalmente
hubiera hecho, hasta enloquecer a los empleados de la casa con sus constantes
exigencias.
Así, cuando llegó la noche de la cena, Dayle estaba segura de que su padre no
tendría motivo por el cual avergonzarse.
—¿Está todo listo para esta noche? —preguntó Angus esa mañana antes de salir
de casa—. Callum está ansioso de conocerte.

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—¿De veras? —una vez que Dayle recobró la tranquilidad, había vuelto a ser la
misma de siempre—. No veo por qué. Estoy segura de que se quedará muy
decepcionado.
El salón estaba casi vacío, sólo había mesas y sillas a ambos extremos; así las
conversaciones sostenidas en cada uno de los lados no interferirían con las del otro.
Puesto que había trabajado mucho en preparar la cena y arreglar la casa, Dayle
consideró que también debía vestirse a la altura de las circunstancias. Ese hombre no
le interesaba en lo más mínimo, pero debía complacer a su padre en la medida en
que le fuera posible.
El mono de seda color naranja que eligió se ajustaba a su cuerpo marcando sus
senos y su delgada cintura y combinaba muy bien con sus nuevos zapatos de piel y
tacón alto, que la hicieron parecer mucho más esbelta.
—Después de maquillarse un poco y perfumarse se puso unos caros pendientes
a juego con una pulsera, y se miró en el espejo.
—Que la envidia te corroa, Callum —dijo en voz alta.
Parecía increíble que ese estilo de vida la hiciera sentirse satisfecha, cuando su
mínima obligación, como hija de un hombre rico, era supervisar la servidumbre, los
menús acordados con el chef francés y unos cuantos arreglos sin importancia.

Dayle siempre se había sentido orgullosa de su puntualidad y estaba en su sitio


cinco minutos antes de que los invitados empezaran a llegar. Con divertido cinismo,
pensó que el tal Callum sería el primero en llegar, ya que desearía con impaciencia
conocer a la hija de su jefe.
Cuando el momento esperado llegó, Dayle empezó a consultar su reloj, primero
con nerviosismo y luego con creciente enfado. Al ver que ni los invitados ni su padre,
ni siquiera la encargada de servir las bebidas habían hecho acto de presencia, empezó
a sentirse incómoda y molesta.
Se dispuso a buscar a la persona que debía encargarse de los preparativos de la
cena, cuando un ruido en una de las ventanas abiertas la hizo volverse. Un hombre
acababa de entrar y se encontraba con las manos en la espalda, frente a ella, por lo
que la luz del exterior hacia que su rostro permaneciera entre sombras. Aun cuando
la joven no podía verle la cara, por su vestimenta dedujo que no se trataba de
ninguno de sus invitados. Era alto y de hombros anchos, y vestía un pantalón viejo y
una camisa de manga corta.
—¿Sí? ¿Qué sucede? —preguntó Dayle frunciendo el ceño.
—¿La señorita Abercrombie? —preguntó el hombre—. ¿La señorita Dayle
Abercrombie? —su voz era profunda, agradable.
Dayle asintió con la cabeza.
—La puerta de servicio está a un lado de la casa, si es que va a entregar algo.

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—No vengo a entregar nada —replicó él con tranquilidad—; vengo a recoger.


Luego, antes de que Dayle pudiera darse cuenta de sus intenciones, avanzó
hacia ella con agilidad y le pasó un brazo por los hombros, mientras que con la mano
le cubrió la nariz y la boca con un pañuelo, haciéndole perder el sentido
inmediatamente.

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Capítulo 2
Dayle luchó para recuperar el sentido. Tenía un fuerte dolor de cabeza y la boca
seca. ¿Se habría desmayado? Con una sensación de pánico, recordó al hombre y el
maloliente trapo. Estaba oscuro y no podía respirar bien, ni moverse; algo se lo
impedía y sentía el rostro tirante y extraño.
Trató de mover una mano, pero no lo consiguió.
Conforme intentaba aclarar su mente, después de haber desaparecido los
efectos del cloroformo, se fue dando cuenta de la situación. No podía moverse
porque estaba atada de pies y manos, amordazada y cubierta por algo pesado…
probablemente una manta de coche, ya que parecía que se encontraba en un vehículo
en movimiento.
El temor y la indignación se mezclaban en su interior al analizar su situación.
¡Las notas arrugadas! No habían sido simples amenazas, ni su padre había logrado
alejar su peligro. Había sido secuestrada a plena luz del día, en su propia casa y sólo
minutos antes de llegar los invitados de su padre.
Su temor aumentó y con él la desesperación al percatarse de que estaba
indefensa. No podía hacer nada. No sabía dónde se encontraba, ni quién era la
persona que la había amordazado, ni hacia dónde se dirigían. Solo albergaba la
esperanza de que su padre no permitiera que permaneciese en esa situación mucho
tiempo. Una vez que recibiese la nota del rescate Angus pagaría para que la
liberaran. ¡A menos… a menos que la cantidad solicitada fuese demasiado alta!
De pronto deseó que el viaje terminase, para poder enfrentarse a su
secuestrador, decirle lo que pensaba… y exigirle que le confesara sus planes.
De pronto, advirtió que podía golpear con los pies una de las puertas del coche,
lo cual quedó confirmado cuando una voz profunda protestó:
—¡Deje de golpear mi coche, o yo la golpearé a usted!
Era la misma voz, la voz del hombre que la había secuestrado. Y, al parecer
estaba solo. Dayle sintió renacer sus esperanzas. Tendría mejor oportunidad de
liberarse si se trataba de un solo hombre, y no pensaba obedecerle en nada. Al
menos, su actitud había producido una respuesta y la repetiría hasta irritarlo hasta
tal punto que se viera obligado a liberarla. Así, a pesar de la enorme tensión que
sentía en los músculos del estómago, siguió golpeando con los tacones tratando de
hacer el mayor daño posible a ese maldito coche.
Después de transcurridos cinco minutos, le oyó maldecir en voz baja. De
repente, el coche se detuvo.
Su corazón comenzó a latir con fuerza cuando sintió que la puerta del
conductor se abría y volvía a cerrarse y vio que el hombre se dirigía hacia el otro lado
del coche. La puerta posterior se abrió con fuerza y el objeto que la cubría fue
retirado. Dayle cerró los ojos. Ya era de día, al darse cuenta de que acababa de
amanecer, supuso que había estado inconsciente toda la noche. Cuando logró

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enfrentarse a la mirada del desconocido, ya la había levantado y la había acomodado


en el asiento delantero, pero sin desatarla ni quitarle la mordaza.
Dayle miró a su alrededor. No había a la vista ningún otro vehículo ni nadie
que pasara a pie; tampoco vio ninguna señal que le indicara dónde se encontraba.
—Creo que ha llegado el momento de dar explicaciones —la voz del hombre
era tranquila y profunda y tenía un ligerísimo acento que no lograba identificar.
Ella le miró fijamente, con los ojos muy abiertos, mientras trataba de articular
alguna palabra; él levantó una mano y su boca esbozó una sonrisa irónica.
—Oh, no, no te libraré de la mordaza… todavía. Una mujer enfadada habla
mucho y, por el momento, yo seré quien hable.
Dayle observó que sus ojos eran de un verde muy intenso y que la examinaban
amenazadoramente, además de con una expresión de deseo. Reconoció que era un
hombre muy atractivo, a pesar de que tenía una cicatriz desde la nariz hasta la boca.
Su pelo era de color castaño oscuro, casi pelirrojo y su aspecto daba la impresión de
ser despiadado, inflexible y de estar muy seguro de sí mismo.
—Supongo que estará preguntándose de qué se trata todo esto.
«¡Por supuesto que no!», pensó Dayle, enfurecida. Al menos tenía algo a su
favor. Ese desconocido era la persona despreciable que le había enviado a su padre
esas cartas amenazadoras, pero se expresaba como un hombre educado.
—Me imagino que usted es una chica razonable e inteligente aunque toda su
vida haya sido una niña malcriada.
Dayle se sintió molesta e indignada al oírle hablar de ese modo y al advertir que
no tenía ninguna intención de dejarla expresarse. Era típico de esa clase de hombres,
insultar a las personas cuando no podían hacer nada para defenderse.
—Dado que no quiero que se le vaya a reventar una vena —continuó él
mientras los ojos seguían posados en la delgada tela de su traje de noche—, le diré
que tendrá oportunidad de opinar, dentro de algunos minutos… aunque no tengo
ninguna duda de que se limitará a insultarme.
«Sí, incluso lamentará haberme dejado hablar», pensó Dayle, al darse cuenta de
que le había perdido el miedo a su adversario.
—Iré directamente al punto más importante. Lo primero que debo decirle es
que todo depende de su buen comportamiento. Cuando la desate, lo cual haré
enseguida, cualquier intento de su parte de escapar, tratar de llamar la atención sobre
nosotros… gritos, chillidos, o cualquier otra artimaña pondrá en peligro la vida de su
padre —dijo el hombre chasqueando los dedos.
¿También tenían a su padre? Por eso no se había presentado a la cena. ¿Pero
cómo habían logrado que no aparecieran el resto de los invitados, los sirvientes… y
quiénes eran ellos? ¿Quienes eran realmente sus secuestradores?
—¿Comprende lo que le estoy diciendo?

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Dayle asintió, furiosa consigo misma porque sentía que los ojos se le llenaban
de lágrimas. ¿Qué les ocurriría a ella y a su padre? ¿Qué deseaban de los
Abercrombie? ¿Sólo deseaban dinero, o algo más? En ese momento, Dayle se habría
cambiado por cualquier otra chica del mundo… la más fea, la más pobre. Después de
todo, la apariencia física y la riqueza no eran las posesiones más preciadas; la más
valiosa era la tranquilidad, el saber que las personas queridas estaban bien… y Dayle
quería a su padre.
Al ver que estaba llorando, él le limpió con un dedo las lágrimas y le dijo.
—Vamos, no hay necesidad de esto. No les ocurrirá nada ni a usted ni a su
padre si hace lo que le indique… ¿está bien?
Ella volvió a asentir de nuevo.
El hombre le desató las manos y los pies y durante un instante ella pensó en
darle una patada y lastimarle lo suficiente para poder huir del coche, pero tenía las
piernas muy entumecidas para moverse con agilidad y además se encontraba a
varios kilómetros de cualquier pueblo o ciudad. Además tampoco podía permitir que
se vengaran en su padre.
El hombre dudó un momento antes de quitarle la mordaza y Dayle adivinó que
no estaba dispuesto a soportar la menor impertinencia de su parte. Ahora que estaba
libre, los insultos que iba a proferir le parecieron infantiles y todo lo que hizo fue
permanecer inmóvil y mirarle a los ojos con furia.
—Esto sí que no lo esperaba —comentó—, ¡pensé que toda esa furia contenida
caería sobre mí! —rió.
—¡Cerdo! —murmuró de pronto—. ¿Quién es usted? ¿Qué quiere y qué ha
hecho con mi padre?
—Por el momento no necesita saber la respuesta a las dos primeras preguntas; y
en cuanto a su padre, yo le he dicho que no le ocurrirá nada si usted se comporta
bien.
—¿Pero dónde estamos? ¿A dónde me lleva? —insistió ella—. ¿Y cómo puedo
saber que lo que me dice de mi padre es cierto?
—En lo que se refiere a nuestro destino, deberá esperar para averiguarlo, ¿no
cree? Pero haré un trato con usted. Si promete ser buena, en la próxima cabina
telefónica podrá hablar con su padre.
No podía hacer otra cosa por el momento sino aceptar; pero sin poner en
peligro la seguridad de su padre, se convertiría en el mayor problema que pudiera
para este hombre. No tenía un plan de acción, pero lo trazaría tan pronto como
hablase con su padre. ¿Cuánto tiempo le permitiría hablar con su padre? ¿Sería el
suficiente para que Angus le dijera qué hacer?
El coche se detuvo al llegar a la primera cabina telefónica.
—Si me dice a qué número debo llamar… —empezó a decirle.
—Por supuesto que no —él rió irónicamente—. Yo marcaré el número por
usted.

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—No hay espacio para dos personas en la cabina —protestó ella.


En realidad sí lo había, pero le desagradaba mucho la idea de estar tan próxima
a un hombre al que apenas conocía, aunque no podía negar que, en otras
circunstancias, le habría parecido atractivo, pues era muy diferente a los hombres con
los que acostumbraba a reunirse.
Como Dayle había temido, estaban muy juntos y mientras él marcaba el
número, sus hombros le impedían ver los números, así que esperó, conteniendo la
respiración, hasta que su secuestrador le pasó el auricular.
—¡Hola! ¿Papá?
—¿Dayle? —la voz de su padre estaba llena de ansiedad—. ¿Dónde estás?
—No… no lo sé —sollozó—. ¡Ph, papá! ¿Estás bien? Él ha dicho… ¿Te… te han
lastimado? ¿Quiénes son y qué quieren?
Se produjo un silencio que a la chica pareció interminable y luego Angus
Abercrombie replicó con un tono desacostumbradamente rudo.
—Sí, estoy bastante bien; pero escúchame, Dayle… es muy importante que…
que no les desobedezcas… quiero que hagas todo lo que te pidan… ¡cualquier cosa!
¿Me comprendes?
—¿Cual… cualquier cosa? —preguntó con voz ahogada.
—No te lo pediría si no fuera de importancia vital.
—¿Durante cuánto tiempo, papá? ¿Cuándo vas a sacarme de esto? ¿Es… es
dinero lo que quieren, o?…
De pronto el auricular fue arrancado de sus manos.
—¡Está bien, ya es suficiente! Ya ha comprobado que su padre se encuentra
bien; ya le ha indicado lo que tiene que hacer.
—Pe… pero aún no lo ha hecho…
Dayle intentó coger el aparato de nuevo, pero él se lo impidió cortando la
comunicación. Ella le dio un puntapié y sintió una gran satisfacción al oírle emitir un
gemido de dolor. A continuación el desconocido la cogió de los hombros y, por
primera vez en su vida, fue sacudida con tal fuerza que pensó que la cabeza se le
desprendería del cuello.
—¡Parece que tiene mala memoria! —comentó él disgustado cuando la soltó al
fin—. Su padre acaba de decirle que siga mis instrucciones. En esta ocasión ha salido
bien, pero cualquier otro incidente como éste y se arrepentirá. A partir de este
momento hará exactamente lo que yo le diga… ¡lo que sea y cuando sea!
Mientras regresaban al coche, Dayle comenzó a experimentar una profunda
angustia. ¿Qué iría a exigirle ese hombre? Su padre le había pedido que hiciese todo
lo que le pidiera… Se estremeció al pensar en lo peor que podría ocurrirle.
¡Seguramente su padre habría incluido… eso!
Dayle seguía preguntándose qué concesiones esperaba su padre que hiciera a
este desconocido, cuando el coche arrancó. Después de recorrer unos cuantos

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kilómetros por caminos rurales entraron en una autopista. Por fin pudo averiguar
dónde se encontraban. ¡Estaban a treinta kilómetros de Aberdeen! ¡No era posible! Su
secuestrador había estado conduciendo durante toda la noche. ¿Qué hacían tan al
norte? ¿A dónde se dirigían? Ansiaba saberlo pero se prometió que no preguntaría
nada a ese… a esa persona ¡ni siquiera le dirigiría la palabra!
En cuanto a escapar, podía hacerlo cuando él estuviera dormido. No podía
vigilar cada minuto del día y de la noche; tendrían que pasar por alguna población…
detenerse para comer… para otras necesidades. Pero cualquier acción de su parte
significaría un perjuicio para su padre. Ella conseguiría escapar, pero todo lo que ese
hombre tendría que hacer sería una llamada telefónica a alguno de sus cómplices
para vengarse de ella haciéndole sufrir a su padre.
—¿Ya lo ha analizado todo, no es así? —preguntó él, con aparente furia—. ¿Ya
ha decidido que no vale la pena arriesgarse?
Respiró hondo y se mordió el labio inferior. No respondería a su pregunta.
—Quizá esté interesada en saber a dónde nos dirigimos y desee saber cómo me
llamo; después de todo, estaremos juntos durante mucho tiempo.
A Dayle no le importaba su nombre, sólo quería saber cuánto tiempo duraría
esa situación.
—Mis amigos me llaman Mac —continuó él con voz tranquila. Ella permaneció
en silencio. Conocía a algunos hombres extraordinarios que tenían voces muy
desagradables, pero a ese hombre le ocurría justamente lo contrario. Era una persona
despreciable con una voz muy dulce.
—Es curioso lo equivocado que puede estar uno —dijo el hombre tratando de
mantener la conversación—. Creí que usted era una persona muy comunicativa…
aunque supongo que como todas las personas de su clase, apenas podría hablar de
cosas importantes y trascendentes.
En ese momento Dayle se vio obligada a responder.
—Pero supongo que usted tiene pocas oportunidades de relacionarse con
personas de mi clase —replicó con ironía, dirigiéndole una mirada de desprecio—. Es
evidente que no pertenecemos a la misma clase social ¿no cree usted?
—Así que esa es su forma de pensar —comentó él con cierta indiferencia—. No
parece estar muy interesada en saber cuál es el lugar de destino…
—Por supuesto que no —le interrumpió.
Él continuó como si no la hubiese escuchado.
—De cualquier manera le diré que nos dirigimos a las islas Shetland.
—¡Las Shetland! —gritó alterada—. ¿Y para qué?
—No creo que deba revelarle todo de un solo golpe —se burló—. Será mejor
que le dé tiempo para asimilar toda la información poco a poco.
Aquello era una extraña coincidencia, que no dejó de sorprender a Dayle.

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Ella sabía poco de las Shetland hasta que su padre le habló de ellas al referirse a
sus antepasados. Su curiosidad la había llevado a la biblioteca más próxima y había
descubierto algunas cosas sobre ese lugar. Ahora sabía que Shetland constaba de más
de cien islas, de las cuales sólo veinte estaban habitadas… También había aprendido
que, con el Atlántico a un lado y el Mar del Norte al otro, la Corriente del Golfo les
ofrecía un clima bastante llevadero, con inviernos templados y noches largas,
iluminadas por los fastuosos despliegues de las luces de la Aurora Boreal, mientras
que las noches de verano eran más cortas.
—Pronto llegaremos a Aberdeen —comentó Mac interrumpiendo sus
pensamientos: de allí volaremos a la isla principal. Recuerde, durante algún tiempo
estaremos entre otras personas… compórtese con naturalidad, como si fuésemos
buenos amigos… no quiero que intente nada.
—¿Sabe… sabe mi padre a dónde me llevan? —preguntó con nerviosismo.
—¿Me cree capaz de revelarle eso? —se burló Mac—. ¿Qué podría hacer su
padre si supiera dónde encontrarla?
—¿Podré hablar con él por teléfono?
—No. No puedo arriesgarme a que usted le diga dónde estamos.
Ella no le rogaría… su orgullo le impedía hacerlo, Dayle luchó contra la ola de
angustia y desesperación que amenazaba con invadirla, pero no logró reprimir un
sollozo.
Cuando el secuestrador volvió a dirigirle la palabra, su voz era mucho más
suave.
—No debe tener miedo. No soy tan mala compañía; si usted quiere nos
llevaremos muy bien, se lo aseguro.
—¡Nunca! —exclamó ella instintivamente—. ¡Y se lo advierto, a la primera
oportunidad que tenga de vengarme, lo haré!
Mac lanzó una carcajada.
—A diferencia de usted, no me asusto fácilmente.
—No… no… estoy… asustada —tartamudeó Dayle—, sólo…
Cuando Dayle se detuvo, Mac se volvió hacia ella y fijó la mirada en su rostro.
—Está aterrorizada.

No podía creer que ese hombre la hubiera asustado tanto, pero le había sido
imposible confiar en él. En ese momento, ella se encontraba entre la multitud que
estaba en el aeropuerto, aún le temía, incluso le odiaba… pero por motivos
diferentes…

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Era frustrante saber que había tantas personas a su alrededor y que no podía
pedir ayuda. Mac la cogió del brazo y la obligó a seguirle hasta el avión que la
llevaría a un lugar lejano y totalmente desconocido para ella.
—Será un vuelo corto —comentó Mac abrochándose el cinturón de seguridad—
. No está nerviosa, ¿verdad?
—Probablemente he volado más veces que usted —replicó Dayle, apartando la
mano de Mac, que intentaba ayudarla a abrocharse el cinturón—. Puedo
arreglármelas sola.
—¿Alguna vez dice «por favor» o «gracias»? —preguntó él.
—No a gentes como usted —respondió bruscamente.
El viaje no le resultó a Dayle demasiado largo, pues no tardaron mucho tiempo
en llegar. Cuando bajaron del avión, Mac la condujo hacia una fila de automóviles
aparcados y, abriendo la puerta de uno de ellos, le indicó que subiera. Las llaves de
arrancar ya estaban en su sitio, por lo que ella supuso que se trataba de un vehículo
alquilado.
A pesar de su resolución, le era difícil reprimir su curiosidad, y no preguntar
hacia dónde iban. Las señales de la carretera indicaban rumbo a Lerwick y, por el
momento, prefería pensar que se dirigían allí.
Avanzaron hacia el norte. La larga península, con sus rugosas proyecciones al
este y al oeste, era un escenario de cambios constantes, a veces cortada por entradas
de agua tranquila y serpenteante o pequeñas bahías flanqueadas por acantilados
impresionantes que habían sido golpeados incesantemente durante siglos por los
enfurecidos mares hasta formar arcos o fisuras.
Dayle sabía que la mayoría de los habitantes de la isla eran pescadores y
artesanos, con poca agricultura y sólo unas cuantas cabezas de ganado vacuno y
lanar, debido a las agrestes condiciones del terreno.
—Nos detendremos en Lerwick para adquirir provisiones —dijo Mac, hablando
por primera vez después de su brusco intercambio de palabras en el avión—. Usted
tendrá que hacer algunas compras.
«Compras… ¿qué tipo de compras y con qué dinero?», se preguntó Dayle.
—Tendrá que comprarse algunas prendas adecuadas… pantalones vaqueros,
camisetas, impermeables y botas para las lluvias; yo le daré dinero suficiente, por
supuesto.
Aparte de molestarle el hecho de aceptar cualquier dinero que él le diera, Dayle
no comprendía la necesidad de adquirir los artículos que había mencionado.
—Las Shetland son menos cálidas en el verano que a lo que usted está
acostumbrada; además, el verano no durará siempre.

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Capítulo 3
La respuesta de Mac la dejó con la boca abierta. Apenas estaban en junio… el
clima no cambiaría en tres o cuatro meses. Quiso decirle algo pero se contuvo.
—Hemos llegado a Lerwick —anunció Mac unos momentos más tarde.
Lerwick, la capital de las Shetland, era un lugar muy bonito. En la parte más
antigua de la ciudad había una larga y serpenteante calle empedrada que estaba llena
de tiendas construidas en ángulos de altura irregular; muchas de ellas tenían en
exhibición las obras de sus más afamados tejedores. El extremo norte la calle
terminaba en muelles, en los que se podían ver constantemente buques pesqueros de
muchas naciones.
Pero Dayle no tuvo oportunidad de disfrutar todo aquello, a pesar de sentirse
inclinada a hacerlo. Estaba segura de que las cosas habrían sido muy diferentes de
haber ido allí con su padre.
—Lewirck se ha convertido en un próspero lugar debido a las instalaciones de
la Petrolera del Mar del Norte —comentó Mac.
Mac la obligó a ir a varias tiendas. A pesar de lo desarreglado de su vestimenta,
la billetera que Mac guardaba en un bolsillo de su pantalón, estaba repleta de billetes.
Dayle se preguntaba a quién habría secuestrado antes para conseguir esa cantidad de
dinero.
Después de guardar las compras en el coche, fueron a buscar algo para comer y
al darse cuenta de la gran cantidad de alimentos que habían comprado, Dayle
supuso que permanecería allí durante varios días.
De pronto, Dayle sintió hambre. No había probado alimento desde la comida
del día anterior, pero era demasiado orgullosa para decirle a Mac que deseaba comer,
aunque él no dejaba de mirar a los cafés situados frente a los muelles.
Fue un alivio, por tanto, descubrir que él también era un ser humano; sin
embargo no sugirió llevarla a un restaurante. En vez de eso, compró emparedados y
empezó a comérselos durante el trayecto, aconsejando a Dayle que hiciera lo mismo.
A la joven la desagradaba la sensación de manchar sus ropas de migajas, pero
tuvo que admitir que no tenía otra alternativa. Además, lo que él estaba comiendo
parecía tener muy buen aspecto.
Cuando salieron de Lerwick, Mac condujo sin apartarse de la costa, por lo que
pudieron contemplar el mar, que en algunos lugares se introducía tierra adentro. En
cierto momento la isla casi se dividió en dos al estrecharse el terreno a un tramo de
poco menos de cien metros.
El pequeño coche dejó el camino en la costa para tomar otro en dirección a un
pequeño pueblo en la costa occidental. ¿Sería allí donde se dirigían? Dayle anhelaba
poder estirar las piernas, limpiarse las molestas migajas y darse un baño. Nunca se
había sentido tan desaliñada. El nuevo y tieso pantalón vaquero que Mac había

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insistido en que se pusiera, le hacía sentirse muy incómoda, y lo mismo le ocurría


con los calcetines de lana y las botas que él le había comprado.
Pero, para su sorpresa, no tardó en comprobar que la suposición no era cierta,
ya que Mac cruzó el pequeño pueblo sin detenerse hasta llegar a un estrecho muelle,
ante el cual se mecía un bote pesquero de grandes dimensiones al ritmo marcado por
la marea.
—Ayúdeme a bajar las cosas del coche —le ordenó Mac abriendo el maletero.
—No estoy acostumbrada a cargar cosas pesadas —protestó Dayle.
—Entonces ha llegado el momento de que aprenda a hacerlo —contestó él
bruscamente mientras le pasaba una caja llena de alimentos—. Llévela al otro
extremo del muelle y désela a Simón.
Simón era un hombre de edad avanzada y con el rostro bronceado. Al parecer
era el capitán de la nave que se llamaba El Jinete de las Tormentas. Disgustada, recorrió
el muelle una y otra vez hasta que el coche quedó completamente vacío.
—Suba a bordo —le indicó Mac.
Dayle miró titubeando la embarcación que se mecía. No le resultaba fácil
obedecerle y se quedó parada durante unos segundos. De repente, él la cogió en sus
brazos y la arrojó por el aire hasta la tambaleante cubierta, donde Simón la recibió sin
la menor delicadeza.
—¡Esto es insoportable! —exclamó, Dayle, enfurecida.
—Acomódese en algún sitio donde no estorbe y cállese —le indicó Mac—.
Simón necesita concentrarse para pasar por los arrecifes.
Dayle se sentó sobre un tramo de cuerda enrollado, con los puños apretados.
Por nada del mundo le diría a ese bruto arrogante, dictatorial y sin principios, que
odiaba viajar en barco. Era probable que se mareara, pero no le importaba lo que Mac
pensara de ella.
Una vez que cruzaron el arrecife, Dayle pensó que tal vez lograría mantenerse
tranquila hasta llegar a la isla que los hombres habían escogido como destino final.
Pero conforme se alejaban, pudieron sentir la marejada del Atlántico; la proa de la
embarcación se elevaba al cielo, quedaba suspendida en el aire para luego caer
bruscamente en el mar, con tal fuerza que hacia que la popa se levantara.
—¿Está bien? —preguntó Mac con cierta indiferencia.
—Por supuesto —contestó ella, con voz triste.
Pero los movimientos de la embarcación y el penetrante olor a pescado hicieron
que el estómago de Dayle se revolviera, y unos minutos después estaba vomitando
por la borda, sintiéndose tan mal que se olvidó de poner en práctica su venganza,
agradeciendo por el contrario, que él la sostuviera con fuerza.
Estaba demasiado débil para que le importara o le interesara el que Simón
anunciara tierra.
—¡La isla de Haa frente a nosotros!

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En ese momento Mac la soltó, dejando que se las arreglara sola y Dayle
permaneció inmóvil, mientras sus compras eran trasladadas de la embarcación a una
pequeña lancha de remos que Mac llevó hábilmente hacia la playa. Todavía se
encontraba en la misma posición cuando él volvió, después de descargar la lancha.
—Su turno —dijo, y sin hacer ningún otro comentario, la llevó a la lancha sin
ninguna consideración.
Esta vez fue Simón quien cogió los remos para llevarlos a la orilla. Con la ayuda
de Mac, Dayle bajó de la lancha y luego se volvió para ver a Simón alejarse remando.
Los abandonaba. Los dejaba solos en una isla que apenas era más grande que el
terreno en el que estaba construida la casa de su padre.
—¡Se lleva la lancha!
—Por supuesto. La necesita.
—¿Pero… pero cómo saldremos de la isla?
—No lo haremos… al menos durante bastante tiempo.
Dayle se quedó mirándole sorprendida. La isla de Haa no estaba muy alejada
de la isla principal, pero sin transporte era igual que si estuviese aislada del resto del
mundo.
—Eso significa que estamos solos aquí… só… sólos usted y yo.
—No es necesario ser muy inteligente para llegar a esa conclusión —contestó
Mac con sarcasmo.
—No… no esta bien que yo esté sola aquí con usted.
—¿Teme poner en peligro su reputación? —preguntó él con aparente interés—.
No puedo creer que piense que tengo intenciones de seducirla… ¡una chiquilla inútil,
grosera y sin educación!
—¿Y cómo voy a saberlo? —replicó ella—. Mi padre me ha dicho que debo
hacer todo lo que usted me pida —insistió—. No estoy segura de lo que eso significa.
—Lo ignora, ¿no es así? —comentó Mac con satisfacción—. Pues tendrá que
esperar para enterarse.
—Si… si pensara que su intención es ponerme un solo dedo encima, ¡pre…
preferiría suicidarme!
—¿De verdad? —murmuró él con incredulidad—. ¡Qué dramático! Me
pregunto si alguna vez tendré oportunidad de recordarle su amenaza. Pero vamos,
ya hemos perdido mucho tiempo. Debemos subir todas las provisiones hasta la casa
y tendremos que hacer dos o tres viajes.
—Tendrá que hacer usted cuatro o cinco —dijo ella con frialdad—, ¡porque yo
no llevaré nada!
Dayle se dio la vuelta con la intención de caminar delante. Ahora que estaba en
tierra firme, había recobrado su altivez y seguridad en sí misma. Sin embargo, Mac le
hizo detenerse y la arrastró hasta donde se encontraban los víveres.

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—¡Mientras esté en esta isla, querida, realizará el trabajo que le corresponda, y


no quiero que me cause problemas.
—Entonces no ha debido traerme. Yo no deseaba venir a este horrible lugar.
—Bien —dijo Mac, sonriendo—, veamos las cosas por el lado positivo; después
de algunos meses quizá le guste —dijo mientras la obligaba a coger unos paquetes.
Dayle no podía creer lo que ese hombre acababa de insinuar. A pesar de su
desconsiderado comportamiento, estaba convencida de que su secuestrador no la
retendría tanto tiempo allí.
Aunque no se encontraba demasiado animada para contemplar el paisaje echó
un vistazo a su alrededor, a medida que avanzaba no pudo hacer otra cosa sino
reconocer la belleza de todo lo que la rodeaba, principalmente la de la ladera, que
estaba cubierta de flores.
Mac la alcanzó enseguida, sin hacer esfuerzo, aunque iba más cargado que ella.
—Aquí está la casa —le dijo—; su hogar durante los próximos meses.
—Dayle se paró y se enfrentó a él.
—Sigue usted hablando de meses. ¿Qué le hace pensar que estaremos aquí
durante tanto tiempo? Mi padre no lo permitirá. Si lo que quiere es dinero, él lo
pagará. Él…
—Existen en la vida otras cosas, además del dinero —la interrumpió
bruscamente. Vamos, tenemos que guardar todo y después podrá preparar algo para
comer.
Dayle permaneció inmóvil, contemplándole con la boca abierta.
—¿Yo? ¿Cocinar… para usted? Yo…
Estuvo a punto de decirle que nunca había cocinado nada en su vida, pero su
orgullo le impidió hacerlo.
—No tengo ninguna intención de cocinar para usted.
—Entonces pasará hambre —le aseguró—; porque si guiso yo, lo será sólo para
mí. No soy su sirviente, señorita Abercrombie. Recuérdelo siempre.
Cuando dijo eso prosiguió la marcha, no dejándole a Dayle más alternativa que
seguirle.
La casa se encontraba en la ladera de un pequeño monte, en el lado opuesto de
la isla, y daba a una playa de poco más de cien metros de largo.
—No está mal, ¿no le parece? —preguntó Mac con evidente orgullo—. Hace un
año estaba en condiciones deplorables. Tuve que transformarla por completo. Fue un
trabajo muy arduo.
—¿Usted… ha trabajado alguna vez? —se burló Dayle—. Pensé que vivía del
dinero obtenido de otras personas… ¡dinero pagado por rescates!
—Todavía hay mucho por hacer —continuó él, ignorando su interrupción—,
bastante trabajo para otra persona.

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—Pues no será para mí —replicó ella.


Mac se quedó mirándola con los paquetes todavía en la mano.
—Por ahora son sólo adornos inútiles —dijo—, pero pronto arreglaremos todo
esto.
Dayle fue a abrir la puerta principal, enseguida comprobó que no estaba
cerrada.
—No es necesario —explicó Mac—, nadie viene por aquí nunca.
A cada lado de la puerta había dos habitaciones casi vacías, una era una sala y
la otra una cocina, ambas iluminadas por dos enormes lámparas de petróleo. En el
recibidor había una escalera muy empinada.
—Esta escalera conduce a los dormitorios —hizo una pausa y luego añadió—:
Sí, hay dos dormitorios, así que no debe preocuparse.
Mac se dirigió a la cocina, dejando caer los paquetes al suelo.
—Encontrará suficiente espacio en las alacenas para guardar los víveres. Hay
que traer el agua desde el arroyo con ese cubo, pero tenemos una cocina de gas para
cocinar.
Dayle nunca había visto en su vida una cocina de gas y mucho menos las había
utilizado. Sintió un inmenso deseo de tirarse al suelo y gritar y patalear. ¡Era ridículo
que alguien pudiera vivir en esas condiciones!
Apretando la boca, se dispuso a guardar en las alacenas la comida que habían
comprado y luego, desconsolada, se dirigió a la sala que parecía haber sido
amueblada sin el menor cuidado. Al ver que las ventanas no tenían cortinas, hizo un
comentario al respecto y Mac sonrió.
—Nunca he sentido necesidad de ocultarme de nadie. Aquí solamente la verían
ovejas y vacas. Oh, eso me recuerda algo… tendrá que aprender a ordeñarla.

A pesar de la felicidad que siempre la invadía cuando recordaba aquellos días


en la isla Haa, Dayle no lograba reprimir una ligera sonrisa, en especial en el
momento de ordeñar, al recordar el horror que había sentido ante las palabras de
Mac. Ahora, cuando debía trabajar en la Granja Familiar del Parque, tenía que
ordeñar media docena de vacas dos veces al día y no le producía ninguna impresión;
pero en aquel entonces, se había negado rotundamente, contemplando a Mac
asombrada.

—¡Primero me iré al infierno! —le gritó—. ¡Ordeñe usted a su maldita vaca!


Yo… yo voy… —la voz se le quebró y sintió el deseo de estar sola, de poder llorar
desesperadamente para desahogarse—… yo me voy a la cama —se dio la media
vuelta y se dirigió hacia la escalera. Mac estaba sentado, pero su reacción fue rápida.

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—Oh, no, ¡no lo hará! Tengo hambre, si es que usted no. Comeremos algo
primero y luego le diré dónde está guardada la ropa de cama para que las haga —le
obligó a ir hasta la cocina—. Ya que está tan cansada —añadió—, me conformaré con
un par de huevos duros. Llámeme cuando estén listos.
Dayle se quedó mirando la cocina de gas. ¿Cómo diablos funcionaría ese
maldito aparato? Tenía la clara impresión de que si intentaba encenderla la casa se
incendiaría. En ningún momento de su vida se había sentido tan inútil. Le molestaba
la expresión que pondría Mac cuando se enterara, pero debía confesarle que no sabía
guisar.
—No sé cómo encender el fuego —dijo con nerviosismo.
Mac movió la cabeza, con expresión de lástima.
—Su educación ha dejado mucho que desear —señaló.
—¿Mi educación? ¿Sobre cómo encender aparatos como ese? La gente de mi
posición social jamás ha tenido necesidad de hacerlo.
Mac se quedó mirándola, irónicamente.
—Pues compadezco a las personas que pertenecen a su clase social.
Pasó rápidamente junto a ella, dirigiéndose a la cocina para encender uno de los
quemadores.
Cuando estuvo sola de nuevo, Dayle llenó un cazo con agua que cogió de un
cubo y echó en él cuatro huevos. No sabía cuánto tiempo se necesitaba para cocer un
huevo, así que estuvo comprobando la temperatura constantemente.
—Tomaré tres rebanadas de pan con mantequilla, con los huevos —dijo él
desde la otra habitación—. Más vale que aproveche el pan fresco. Una vez que se
acabe, tendrá que meter al horno más.
Dayle sintió un fuerte deseo de gritar. La había secuestrado, insultado, y ahora
la consideraba una inútil… Era evidente que ese hombre no tenía sentimientos… Con
el ceño fruncido, empezó a cortar el pan. Las rebanadas eran desiguales, pero al fin
consiguió lo que pretendía. De pronto, recordó que estaban los huevos en el fuego y
horrorizada, vio que se habían reventado y que la clara se había escurrido y pegado a
la parte exterior del cascarón. Cogió una cuchara y los sacó uno a uno del agua, los
limpió y los colocó en varios platos. Luego los llevó con cuidado a la mesa.
—Ya están los huevos —dijo con sequedad desde la puerta.
Mac llegó y se sentó a la mesa. Muy serio, echó un vistazo al plato y a Dayle le
pareció que fruncía la boca ligeramente. Sin hacer ningún comentario, cogió un
cuchillo y partió por la mitad uno de los huevos.
Dayle hizo lo mismo, en silencio. El huevo de Dayle estaba muy duro y
sospechaba que el de él resultaría igual, pero no dijo nada al respecto.
Un fuerte olor a quemado, hizo que Mac se levantara apresuradamente y se
dirigiera a la cocina.

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—Se supone que debe apagar el gas cuando termine de cocinar. Tiene suerte de
que no se quemara el fondo del cazo… ¡el agua se ha evaporado! Le costará mucho
limpiar toda esta porquería.
Eso fue lo que la hizo estallar. Ya se había roto dos uñas, se había cortado la
yema de un dedo con el cuchillo del pan y ahora él esperaba que fregara ese maldito
cacharro. Estaba tan enfurecida que se puso de pie, y llorando desesperadamente,
dijo:
—¡No lo haré! ¡No lo haré! ¡No soy su criada! ¡No voy a convertirme en su
esclava! ¡Usted me ha traído aquí… usted quiere que yo permanezca aquí… usted
puede hacer todas esas tareas horribles! Yo no le pedí que me trajera a este lugar
dejado de la mano de Dios. Estoy cansada; me siento sucia, hace casi dos días que no
pruebo una comida decente… y… y quie… quiero irme a casa.
—Muy bien —comentó él, con cierta indiferencia—, quizá ya ha sido suficiente
por hoy.
—¿Por hoy? —repitió con nerviosismo—. ¡Y por el resto de mi vida!
—Ahora está exagerando —la reprendió—; aunque eso es muy típico de todas
las mujeres. No me lleve demasiado lejos. Permitiré que descanse esta noche. Vamos
arriba, supongo que tendré que enseñarle a preparar una cama.
Le costaba un gran esfuerzo subir las escaleras. Era consciente de la presencia
del hombre que la seguía a su dormitorio y eso la hizo sentir un ligero
estremecimiento. No importaba que él fuese el secuestrador y ella la secuestrada, o
que las camas no estuviesen hechas. Era el hecho de entrar en la misma habitación lo
que la abrumaba haciendo recordar las palabras de su padre: «haz todo lo que te
indique».
Cuando vio los dos dormitorios se confirmaron todos sus temores. Las puertas
estaban aseguradas con una aldaba anticuada. El decorado la deprimió todavía más.
Las alcobas tenían un riel fijado en una de las paredes en el que había unas cuantas
perchas para colgar ropa. Tampoco se veían cortinas ni alfombras y la cama era muy
rústica. Las sábanas y mantas se encontraban almacenadas en el armario del
diminuto corredor.
—¡Qué bien que estamos en verano! —comentó Mac con entusiasmo—; no
parecen estar húmedas.
Después de sacar las sábanas del armario, le enseñó a poner la ropa en la cama;
Dayle se sintió aliviada al ver que Mac no la obligaba a que lo intentase ella, aun
cuando estaba segura de que tarde o temprano tendría que hacerlo.
—¿Cuál de las habitaciones prefiere?
Dayle frunció el ceño con incredulidad. Él estaba hablando como si aquello
fuera un hotel de cinco estrellas.
—Me da lo mismo —contestó, encogiéndose de hombros—. Tan mala es una
como la otra.

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—Como usted prefiera. En una de ellas las ventanas suenan cuando sopla el
viento, y en la otra hay goteras en el techo. No he tenido mucho tiempo para hacer
reparaciones desde… —se detuvo, pero Dayle estaba demasiado cansada para que le
importara lo que había evitado decir.
—Entonces, yo ocuparé está —indicó señalando a la que se encontraba a la
derecha de la escalera.
—Está bien; buenas noches —dijo él y se fue a la otra habitación.
Cerrando la puerta de la suya, Dayle no se molestó en contestarle. Buscó algo
en la habitación con lo cual asegurar la puerta, pero no encontró nada.
De repente, se percató de que en su lista de compras no había incluido ropa
para dormir. ¿Debería dormir con toda su ropa puesta, o en ropa interior? ¿O quizá
sin nada? ¿Y si tenía que ir al baño durante la noche? Su malestar aumentó al darse
cuenta de que ni siquiera sabía dónde estaba. Abrió la puerta con determinación y
apresuradamente se dirigió al dormitorio de Mac. Con los nudillos llamó a la puerta.
Está se abrió en seguida y Dayle se estremeció sorprendida al verle. Debía haberse
imaginado que él estaría casi desnudo. Por fortuna todavía no se había quitado el
pantalón, pero estaba descalzo… no llevaba puesta la camisa. Ya se había percatado
de que tenía una buena constitución física, pero no estaba preparada para soportar el
deseo que podía llegar a provocarle su piel desnuda. Apartó la vista de su cuerpo, y
lo miró a los ojos fascinada.
—¿Qué sucede? ¿Acaso ya ha empezado a sentirse sola? —preguntó él.
Dayle se sintió horrorizada al oírle hablar de ese modo.
—No me ha dicho dónde… dónde está el baño.
—Aquí no hay baño… acostumbramos a bañarnos en el arroyo en el verano y
un balde grande, frente a la chimenea, en invierno.
—No me refería a eso… ¡y usted lo sabe!
—¡Ya veo! —exclamó sonriendo irónicamente. En la parte posterior hay una
letrina pegada a la pared. ¿Quiere que vaya con usted?
—No —replicó ella con brusquedad, no será necesario. Sólo quería saberlo por
si… por si… —sonrojándose aún más, regresó a su habitación y cerró la puerta de un
golpe.
Dayle decidió dormir en ropa interior. Se desnudó a la luz de la luna que se
filtraba por la ventana. Logró introducirse entre las mantas que Mac le había
preparado. Intentó relajarse, pero no lo consiguió. Su mente estaba muy confusa.
Todo el temor y la desesperación del día empezaron a atormentarla. Mac era un
villano dominante, irritante y sin principios… y de eso no tenía ninguna duda.
Mientras se movía inquieta en la incómoda cama, sintió que las lágrimas se
deslizaban por sus mejillas. ¡Si pudiese volver hacia atrás! Sólo dos semanas antes
había desafiado a su padre, negándole su derecho a disponer de su vida. Si entonces
hubiera sabido lo que ahora sabía… habría aceptado casarse con aquel tipo, Callum,

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aun sin conocerle. Ni siquiera eso podría haber sido peor que la situación en la que se
encontraba.

«Es sorprendente cómo podemos adaptarnos a las situaciones, si no se cuenta


con otra alternativa», pensó Dayle mientras llenaba las ollas de la pequeña cocina de
la cafetería.
Frecuentemente pensaba en ello, reconociendo que sus experiencias en la isla
Haa, lugar que recordaba con nostalgia y gratitud por todo lo que allí había
aprendido, habían sido lo único positivo de su vida. Aunque también era consciente
de que jamás habría necesitado esas experiencias si Mac no la hubiera secuestrado.
De no haberla sacado de su ambiente, ese día de junio hacía aproximadamente
un año, nunca se habría percatado de lo vacía e inútil que había sido su vida hasta
entonces. Por ese motivo, cuando regresó a la casa de su padre, y descubrió que no
podría seguir viviendo así, decidió independizarse, sin aceptar apoyo económico de
su progenitor.
Por simple coincidencia, ya que no había visto a su amiga en varios meses, se
enteró de la situación en la que vivía Jenny Spencer. La familia se había mudado a
otra parte y ella se encontraba a unos sesenta y cinco kilómetros de distancia, en el
campo de Hertfordshire. Cuando Dayle le escribió, Jenny contestó a su carta
inmediatamente. Le decía que estaba deseando volver a verla, y le aseguraba que
podía conseguir un trabajo, si pasaba las pruebas de selección de personal.
En ese momento, Jenny desconocía los detalles de la forzada estancia de Dayle
en la isla, donde había aprendido lo que significaba el trabajo arduo, donde las
condiciones de vida eran, más que todo, primitivas.

Cuando despertó, Dayle no podía creer que se hubiera que dado


profundamente dormida en esa cama tan incómoda, a pesar de todas las dudas y
temores que la atormentaban. En ese momento se encontraba muy cómoda y no tenía
ganas de levantarse. ¿Y por qué habría de hacerlo? Cuanto más tiempo estuviera en
la cama, menos tendría que soportar la presencia de Mac.
Las cosas ya no le parecían tan tétricas esa mañana. Obviamente Mac era un
hombre sin escrúpulos, pero no era el tipo des cuidado que había imaginado al leer
aquella carta en la que amenazaba a su padre. Hablaba muy bien y, a pesar de sus
ropas viejas daba la impresión de que pertenecía a una clase social media-alta.
Dayle llegó a la conclusión de que posiblemente ese hombre estaba pasando por
momentos difíciles, sin embargo no era motivo para asaltar a otras personas más
acomodadas. De su conversación del día anterior, había deducido que solía
frecuentar ese lugar.
De pronto llamaron a la puerta y Dayle volvió a la realidad.

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—Ya es hora de levantarse —dijo Mac. Deliberadamente se abstuvo de


contestarle. Si fingía estar dormida, quizá se marchara; pero él volvió a llamar.
—¡Vamos! Aquí no podemos respetar los horarios de la gente rica; hay que
alimentar a los pollos y ordeñar a la vaca.
La puerta se abrió y Dayle dejó de fingir que estaba dormida.
—¡Salga de mi habitación!
—No hasta que se levante.
—No voy a levantarme —le dijo bruscamente.
Dayle no pensaba levantarse hasta que él no se hubiese marchado. Mac cruzó la
habitación de dos zancadas y cogiendo una de las patas de la cama, la volcó,
haciéndola caer al suelo; desesperada, trató de cubrirse con las mantas, pero fue
inútil.
Mac soltó una carcajada, pasó por encima de las mantas y la sabana y le tendió
una mano para ayudarla a ponerse en pie.
Dayle se acurrucó, atemorizada, en un rincón.
—¡No se atreva a ponerme ni un dedo encima! —exclamó. Mac retiró la mano,
pero no se alejó, sino que permaneció con los ojos fijos en ella, como si no pudiera
apartarlos. Dayle trató de alcanzar las mantas, pero le fue completamente imposible,
ya que Mac estaba encima de ellas.
—¡Salga —murmuró—, váyase de aquí!
Mac ignoró la orden.
—No me había percatado de lo hermosa que es, Dayle Abercrombie —dijo
sonriendo.
Dayle comenzó a temblar, al darse cuenta de que no podía hacer nada para
defenderse si él intentaba aprovecharse de ella.
Como si hiciera un esfuerzo, Mac apartó su mirada del rostro de ella y se dio la
vuelta, dirigiéndose a la puerta.
—¡Póngase algo encima —añadió—, y agradezca a su buena estrella que soy un
caballero!
Dayle abrió la boca para replicarle, para expresar sus dudas en cuanto a esta
última afirmación, pero al darse cuenta de que sus reproches no tenían sentido, ya
que no servirían de nada, permaneció en silencio.
—¡Muy bien! Veo que al menos ya ha aprendido una lección —comentó antes
de salir de la habitación.
Dayle se vistió por si decidía regresar a molestarla; pero una vez arreglada,
intentó hacer tiempo, reacia a bajar y enfrentarse con él; todavía tenía presente el
recuerdo de esa atracción sexual que había visto reflejada en sus ojos… Además no
deseaba realizar las tareas que él la había encargado, pues jamás trabajaba como
criada de nadie y menos aún de él.

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—¡Dayle! —gritó Mac desde abajo—. ¡Venga inmediatamente! —gritó Mac


desde abajo—. ¡Venga inmediatamente si no quiere sufrir las consecuencias!
Ella sintió ganas de decirle: «Venga y oblígueme a obedecerle», pero, sabiendo
que era capaz de hacer cualquier cosa, prefirió ser prudente y no dejarse llevar por
sus emociones. No volvería a olvidar que ese desconocido era enemigo… suyo y de
su padre.

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Capítulo 4
Siguiendo el delicioso aroma a comida, Dayle entró en la cocina, quedándose
muy sorprendida al encontrarla en perfecto orden y sobre todo al ver que él estaba
friendo huevos y bacon para el desayuno.
Mac llevaba puesto el mismo pantalón y los mismos zapatos que el día anterior,
pero se había cambiado de camisa. Estaba de espaldas a ella, sin embargo no tardó en
advertir su presencia.
—Tiene tiempo para darse un baño en el arroyo, antes del desayuno —comentó
él.
—No, gracias.
Entonces se dio la vuelta y frunció el ceño.
—Supongo que tendrá que hacerlo. Esto no es el Ritz, pero debemos mantener
ciertas reglas de limpieza.
—Prefiero bañarme con agua caliente —replicó ella con sequedad.
—Está bien —contestó él riendo— pero tendrá que subir el agua desde el arroyo
e ingeniárselas para calentarla. El balde está colgado de un clavo afuera, junto a la
puerta.
Dayle permaneció en silencio durante un rato ¿podría llevar agua suficiente?
Además, calentarla en la pequeña cocina de gas resultaría muy difícil. Tampoco le
atraía la idea de bañarse en un balde dentro de la casa donde las puertas no tenían
cerradura. Suspirando profundamente se marchó.
—Encontrará toallas en el armario de la ropa —comento Mac al ver que se
alejaba—. ¡Lamento no poder ir a lavarle la espalda!
Dayle prefirió no responder.
Cuando llegó hasta el arroyo, la joven vio que éste bajaba del monte y
atravesaba el campo de hortalizas. Al percatarse que Mac no podría mirarla, se quitó
la ropa y se metió en el agua.
Estaba muy fría y permaneció en ella el tiempo estrictamente necesario; pero
mientras se secaba, experimentó una agradable sensación, algo muy diferente al
bienestar que solía invadirla después de un largo baño en agua caliente y perfumada
al que estaba acostumbrada.
—Ha sido muy rápida —comentó Mac cuando regresó a la cocina—. ¿Cuántos
huevos quiere?
—Dos, por favor —contestó con una humildad que no solo sorprendió a Mac
sino también a ella misma.
—Insisto en la idea de que las tareas de la casa deben ser compartidas —dijo
Mac unos minutos más tarde, mientras colocaba frente a ella un plato con dos huevos
fritos y un trozo de bacon—; cuando usted cocine, yo limpiaré y viceversa.

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El desayuno estaba delicioso pero Dayle no quería alabar las cualidades


culinarias de Mac y buscó otro tema de conversación.
—Parece haber por aquí una gran variedad de aves —preguntó de repente.
—Haa es un santuario para las aves.
—Supongo… supongo que no tendrá unos prismáticos.
—¿Está interesada… en las aves?
—Así es —replicó—; muy interesada.
Dayle no sabía nada acerca de cocinar ni de muchas otras cosas, pero era una
gran experta en todo lo referente a las aves. Sus expediciones con el grupo de Jóvenes
Ornitólogos le había enseñado mucho.
—Qué bien —señaló él con sequedad—: por lo menos tendrá algo en qué
ocupar su tiempo libre… aunque dudo que le quede mucho.
Dayle se quedó mirándole con incredulidad. Seguramente, las horas
trascurrirían con pasmosa lentitud en un sitio como ese… no había tiendas, ni teatros
en los cuales se pudieran pasar las horas; tampoco tenía con quién charlar aparte de
los animales salvajes y los pocos domésticos que Mac había mencionado.
—Tenemos que aprovechar al máximo la luz del día. Hay que atender las
hortalizas, recoger musgo… y quiero que la casa esté totalmente arreglada antes de
que llegue el invierno.
—¿Entonces vive aquí todo el año? —preguntó Dayle, olvidándose de nuevo de
que este hombre era su enemigo.
—Espero poder hacerlo algún día —respondió él de forma un tanto brusca,
mientras se ponía de pie—. Bien —añadió cambiando de tema—. Le toca lavar. Yo iré
a ver a los pollos… ya he ordeñado la vaca, pero no crea que se escapará de hacerlo.
El próximo día la ordeñará usted.
Dayle se enfrentó a él, dispuesta a aclarar su situación.
—¿Y por qué tengo yo que hacer esas cosas? —preguntó—. ¿Qué le importa a
usted si sé o no cocinar, si puedo o no puedo ordeñar una vaca, o…?
Mac la miró detenidamente.
—Sólo digamos —arrastró las palabras— que no puedo tolerar a los parásitos
que esperan que otros satisfagan todas sus necesidades.
¿Cómo se atrevía a llamarla parásito? Él era el que estaba dispuesto a obtener el
dinero de su padre mediante el chantaje.
—¿Pero por qué yo? —insistió acalorada—. ¿Por qué me ha escogido a mí para
llevar a cabo sus planes?
—Porque usted… estaba disponible —replicó Mac.
—¿Pero esto qué tiene que ver con mi padre… el dinero?… No creo que espere
que le crea que me secuestró sólo para…

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—Hace demasiadas preguntas —la interrumpió—. Tengo mis motivos… y dado


que usted está aquí, ¿por qué no habría de matar dos pájaros de un tiro? Cuando se
vaya será un miembro más útil para la sociedad —y después de decir esto, salió
cerrando la puerta y dejando a Dayle que aplacara su furia mientras fregaba los
platos.
Ese comentario de Mac, acerca del día que se marchara de allí, hizo que Dayle
volviera a recobrar la esperanza de ser libre de nuevo, y se sentía profundamente
aliviada.
Mac volvió en el momento en que terminaba de secar los platos.
—¿Quiere dar un paseo?
—¿Un paseo?
¿A dónde podrían ir? El lugar no parecía muy grande.
—Pensé que le gustaría conocer los alrededores de su nuevo hogar —contestó él
encogiéndose de hombros.
—Querrá decir mi prisión.
A pesar de su aparente indiferencia, Dayle deseaba conocer el resto de la isla ya
que el hecho de estar familiarizada con el terreno podría serle útil, si alguna vez tenía
oportunidad de escapar.
—Pero no es necesario que me acompañe —le advirtió a Mac dirigiéndose hacia
la puerta— puedo ir sola —añadió, aunque sabía muy bien que no la perdería de
vista.
Juntos ascendieron la rocosa montaña que había visto desde la ventana de su
dormitorio y, más próxima a ella, pudo observar el arroyo de la ladera. Siguieron
trepando y Dayle pudo ver que ésta era la elevación más importante de la isla. La
cumbre tenía una vista panorámica de toda la isla, incluso de la isla principal. El día
estaba muy despejado y parecía que esta se encontraba muy cerca, sin embargo, para
ella era completamente inalcanzable.
Unas cuantas ovejas pastaban más abajo y ella se quedó inmóvil, mirándolas
con cierto interés.
—Son ovejas Soay —dijo Mac adivinando su curiosidad—, una variedad que ha
logrado sobrevivir a través de los siglos.
—¿Quién las cuida?
—Se cuidan solas.
En el otro extremo de la isla encontraron rastros de los primeros ocupantes,
como Mac ya le había señalado. Antiguos muros de ladrillo cubiertos de líquenes,
algunas paredes no muy altas y restos de lo que fueron cabañas.
Aun cuando nunca lo reconocería delante de Mac, Dayle tenía que admitir que
aquel lugar era realmente maravilloso. Se trataba de una extraña mezcla de rocas y
vegetación, olía a tierra y a hierbas marinas. Además las aves del mar volaban por
todas partes.

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Nunca se había sentido tan extraña, tan perturbada y, a la vez, tan curiosamente
contenta. El lugar era tranquilo; nunca había experimentado tanta paz y aunque
estaba completamente sola, no la había invadido ni la tristeza ni la desesperación.
Entre las piedras y el musgo, todavía podían distinguirse los límites de lo que
una vez habían sido jardines bien cuidados. Podía imaginarse la tranquila
conversación, las risas ocasionales, el calor, la felicidad… el amor de la vida familiar
de sus antepasados.
Dayle nunca había tenido una verdadera familia, a pesar de que Angus había
hecho todo lo posible para ser padre y desempeñar al mismo tiempo las funciones de
madre.
—Doy un centavo por sus pensamientos —comentó Mac.
—Me preguntaba lo que sería… vivir aquí para siempre.
Mac frunció el ceño.
—¿Ya se ha enamorado de este lugar? ¿Usted? ¿La niña mimada que estaba
acostumbrada a otro tipo de vida?
—¡No! —contestó bruscamente—. Por supuesto que no. Sólo me preguntaba
cómo serían las personas que vivieron en estas casas… ¿Cree usted que se sentirían
solas?
—Tenían a sus familias… a sus amistades.
Dayle le miró con curiosidad.
—¿Pero serían felices?
—Seguramente, pues de no haber sido así, habrían intentado cambiar. ¿Estaba
usted satisfecha con la vida que llevaba? —le preguntó a su vez—. ¿O habría
intentado también cambiar si las circunstancias no la hubieran obligado a hacerlo?
—Este no es un cambio permanente —le recordó—. Pero sí… sí estaba contenta,
aunque en algunas ocasiones…
—Continúe, por favor —le pidió con la mirada fija en ella.
—Algunas veces no podía dejar de sentir curiosidad… sobre las vidas de otras
personas… en especial las de las chicas de las tiendas, las que están detrás de los
mostradores… y me preguntaba lo que sería ser como ellas.
—Pero estoy convencido de que no le habría gustado encontrarse en el lugar de
esas jóvenes.
—¡Por supuesto que no! —exclamó, estremeciéndose—. Odio ser pobre, y tener
que trabajar para ganar dinero. Pero siempre he tenido la sensación de que, a pesar
de todo, son más libres que yo… libres para escoger a sus amigos, a sus novios… a
sus maridos:
Dayle miró a Mac, entristecida.
—¡Pobre niña! Quizá todavía exista una esperanza para usted —comentó él
sonriendo.

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—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Dayle inmediatamente, arrepentida


de haberle contado a ese desconocido sus problemas más íntimos.
—Me sorprende descubrir que usted también tiene sus propias ideas, a pesar de
que físicamente es un tanto inútil.
—Quizá no esté acostumbrada a trabajar —replicó disgustada—, pero soy
capaz de sacar mis propias conclusiones y tomar decisiones… incluyendo la de
escoger marido —añadió, sin pensar lo que estaba diciendo—, cuando llegue el
momento, aun cuando papá…
—Entonces no está comprometida —dijo él—. ¿Nunca ha estado enamorada?
—No, no estoy comprometida. ¿Enamorada? Creo que no he estado.
—Yo estoy seguro de que no ha querido a ningún hombre, ya que eso no se
olvida jamás —expresó él de forma categórica.
¿Acaso él sí había estado enamorado? Era muy probable… después de todo,
debía de tener más de treinta años. De nuevo Dayle se percató de lo poco que sabía
acerca de Mac. No hablaba sobre sí mismo.
Siguieron andando hasta llegar a la parte norte de la costa occidental, donde
había altos acantilados cuyas bases estaban labradas por grandes brazos de mar.
Dayle pensó que algún día regresaría sola para contemplar las aves, criaturas
que siempre le habían llamado la atención, pues sería una tonta si desaprovechara
esa magnífica oportunidad.
Emprendieron el camino de regreso a la cabaña, llegando poco más tarde, hasta
la playa. Era el momento de la marea baja, y las piedras y rocas que había aún
mostraban un brillante, casi traslúcido, color verde; entre ellas deambulaban en
busca de alimentos algunas especies menores de aves.
—Las gaviotas vienen aquí para anidar, durante la primavera y parte del
verano —comentó Mac.
—Parece que sabes mucho sobre las aves —dijo Dayle, tuteándole.
—Pasé mi infancia en un sitio no muy diferente a este. Allí era posible escapar
de la civilización, subir hasta la cumbre de los montes para observar a los pájaros y
asaltar sus nidos. ¿Has comido huevos de gaviota?
Horrorizada, Dayle negó con la cabeza.
—No hagas gestos —le recomendó—; quizá tengamos que recurrir a ellos si las
gallinas dejan de poner.
—¡Nunca! —exclamó con firmeza—. Jamás conseguirá que coma huevos de
gaviota.
—Son muy buenos; y se parecen a los de gallina. Solía comer muchos cuando
era niño.
Durante un instante, su sonrisa maliciosa le hizo cambiar de expresión, y Dayle
pudo imaginarse al niño que una vez fue, con el pelo alborotado y el rostro lleno de

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pecas. Sería fácil, en otras circunstancias, llegar a apreciar a este hombre, estaba
convencida de ello.
—Parece que te agradan los lugares solitarios; ¿no te gusta estar cerca de la
gente? —preguntó Dayle.
—Puedo prescindir de ella. Son muy pocas las personas a las que necesito. —Al
ver que Dayle le escuchaba atentamente él continuó—: mi madre y mis hermanas,
algunos amigos…
—¿Y alguna chica en especial? —preguntó ella.
—De vez en cuando sí.
Dayle estaba convencida de que había habido en su vida más de una mujer,
pues era consciente de que cualquier mujer se sentiría atraída por un hombre tan
bien parecido. Se sonrojó ante la idea. Debía dejar de pensar en Mac, y en su atractivo
físico y no olvidarse de que ese hombre la había secuestrado para conseguir algo que
aún no sabía lo que era.
—Háblame de tu hogar —le dijo mientras se acercaban a la casa.
Mac le dio la mano para ayudarla a subir desde la playa; sus dedos eran fuertes
y cálidos, y, al sentir su contacto, ella experimentó un ligero placer.
Cuando llegaron Mac se sentó en el pastizal que rodeaba la casa.
—Era muy parecido a éste —comentó y, mirando a su alrededor añadió—, sólo
que un poco más grande… se trataba de la casa de un agricultor. Mis abuelos fueron
a vivir allí nada más casarse y mi padre la heredó.
—¿Y ahora?
—Mi madre todavía vive allí. Mis hermanas, las dos casadas y mayores que yo,
viven una en Canadá y la otra en Australia.
—¿Vives con tu madre?
—No; sólo mi hermano menor vive con ella, pero la visito siempre que puedo.
—¿Es un lugar tan primitivo como este? —preguntó Dayle interesada.
Mac sonrió.
—No, pero también te resultaría incómodo. Es una de muchas propiedades que
fueron sometidas a mejoras a principios de siglo bajo la Ley de Salubridad Pública.
Mi abuelo aprovechó la ocasión e hizo levantar las paredes para añadir dos
habitaciones en la planta alta e instalar una verdadera chimenea. Antes de eso, el
humo escapaba por un agujero en el techo.
—¿Tu familia era muy pobre? —Dayle estaba segura de que podría llegar a
perdonar a Mac si realmente la había secuestrado para mejorar las condiciones de
vida de su madre.
—No pasábamos hambre, si eso es lo que quieres decir. Mi padre trabajaba la
granja y todos teníamos que ayudar… Cuando cumplí trece años, ya sabía esquilar
las ovejas.

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—¿Y quién cuida de la granja ahora, si tú ya no vives allí?


Mac se entristeció.
—Las tierras se vendieron cuando murió mi padre. Yo tenía quince años
entonces. Mi madre hizo todo lo que pudo para que yo recibiera una buena
educación.
—¿Qué tipo de educación?
—Estudios en escuelas públicas, y luego Oxford —le dijo él, levantándose—.
Pero ya no hablaré más de mí, así que no más preguntas.
—Sólo una más —suplicó Dayle, poniéndose también de pie.
—¿Y bien?
—Después de todos los sacrificios realizados por tu madre, ¿por qué la estás
engañando de esta forma? No aprobaría lo que estás haciendo.
Esperaba tocarle en su punto débil con ese comentario, quizá hacerle sentirse
avergonzado, pero su expresión no se alteró.
—Quizá no apruebe el método, pero aplaudirá el resultado —dijo sonriendo.
Dayle permaneció en silencio, sin saber qué decir. Después de todos sus
intentos, no había descubierto nada. Y peor aún, consideraba que debido a sus
preguntas había hecho que empeorara su situación.
Reflexionando sobre ello, Dayle se dio la vuelta y se dirigió hacia la casa,
decidida a no manifestar ningún interés por la vida de ese hombre, que aún era para
ella un completo desconocido. ¿Qué le importaban a ella sus antecedentes, su
familia? Todo lo que debería importarle era cuándo podría salir de allí.
—Ya que estamos aquí, es conveniente que conozcas la huerta —murmuró
cuando se acercó a ella y la cogió del brazo. Si fuese tan falto de principios como
indicaba su conducta, automáticamente debería sentir repulsión por él. ¿Por qué,
entonces, se aceleraba su pulso cuando él la tocaba?
El área cultivada, ubicada en la parte posterior de la casa, estaba rodeada por
vallas de poca altura.
—La brisa del mar perjudica a los cultivos, así que construimos estos muros de
piedra alrededor de nuestras cosechas. Es sorprendente la protección que ofrecen. De
esta forma cuando sopla el viento apenas se siente.
Dayle le escuchaba en silencio.
—Tuve que acarrear varias carretillas con piedras —continuó Mac—; fue un
trabajo agotador. Espero poder cercar más tierras este verano para incrementar el
área de cultivo. Un par de manos más serán muy útiles.
Dayle apretó los labios; no estaba dispuesta a discutir, pero no tenía ninguna
intención de transportar piedras.
De pronto, Dayle vio una vaca que estaba pastando sola, y sonrió al darse
cuenta de que parecía un animal inofensivo.

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—No es muy grande —comentó Mac adivinando sus pensamientos—, pero da


buena leche. Esta tarde le enseñaré a ordeñarla.
—No tengo ningún deseo de aprender a ordeñarla —manifestó Dayle.
—Me temo que es indispensable. Quizá tenga que alejarme de aquí en alguna
ocasión y, además de que sería cruel dejar al animal desatendido, tú necesitarás su
leche.
—¿Piensas marcharte y dejarme aquí sola?
Dayle no podía creerlo ¿Acaso a ese hombre no se le había ocurrido pensar que
podría ocurrirle algo mientras él se encontraba fuera? Si esperaba obtener un rescate
por ella, ¿no debería tener más cuidado? Sin embargo cuando le advirtió que dejarla
sola podría ser peligroso, Mac no se manifestó preocupado.
—Quizá tenga que ir a la isla más próxima, pero si no se aleja de aquí, no tiene
por qué ocurrirle nada.
—No me quedaré sola… no lo haré —le aseguró.
—Creo que no tendrá otra alternativa.
A partir de ese momento, Dayle decidió no separarse demasiado de Mac y si
intentaba salir de la isla, se pegaría a él como una lapa. Le demostraría que era muy
difícil separarse de ella.

Y ahora estaba separada de Mac para siempre, a cientos de kilómetros de


distancia de él. Ella le había abandonado. Sus recuerdos seguían tan vivos como dos
o tres meses antes.
El cielo se había nublado y, al parecer, se avecinaba una fuerte tormenta. Dayle
había logrado dominar casi todos sus temores, pero aún tenía miedo a las tormentas,
ante las que se comportaba como una histérica.

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Capítulo 5
Dayle debía de reconocer que había aprendido muchas cosas desde su llegada a
la isla de Haa, hacía ya una semana. Había descubierto que el trabajo la ayudaba a
pasar el tiempo y que varias tareas le resultaban agradables. Una de ellas era la de
ordeñar a Shula. Al principio, Mac la había obligado a realizar esa tarea pero después
encontró un extraño placer en hacerlo.
Sin embargo, otro tipo de trabajo, como arrancar hierbas y acarrear piedras para
levantar la cerca proyectada por Mac no le gustaba tanto, pero había terminado
también acostumbrándose a él.
A mediodía se levantó un fuerte viento anunciando la tormenta que ya habían
presentido las ovejas y las gaviotas, ocultas en sus respectivos refugios.
—No tiene sentido trabajar afuera hoy —dijo Mac—; cuando comience a llover
la tormenta durará un buen rato. Nos espera mal tiempo.
Entraron en la casa y él cerró las contraventanas.
—¿Será… será muy fuerte? —preguntó Dayle nerviosa.
—¿Acaso estás asustada? —Mac le puso las manos sobre los hombros.
—No… no, por supuesto que no —se separó inmediatamente de él—; sólo…
sólo quiero saberlo, eso es todo.
A pesar de las contraventanas, el viento entraba por todas partes, y el ruido del
mar llegaba hasta ellos.
—¿Pueden… pueden las olas llegar hasta aquí? —Dayle estaba muy pálida.
—Desde luego —replicó él haciendo que se sintiera aún más nerviosa.
Siempre la habían asustado las tormentas, pero en ese momento su temor era
mayor, ya que no ignoraba el peligro que suponía el hecho de encontrarse cerca del
mar. Jamás podría olvidar todo lo que había oído y leído sobre las marejadas que
destruían todo a su paso para luego arrastrar a sus víctimas hasta el océano.
—No es bueno permanecer sentados, preocupándonos —comentó Mac—; es
mejor mantener las manos y la mente ocupadas.
—¿Quién está preocupada? —preguntó ella en un débil intento de aparentar
serenidad.
Mac se dirigió hacia la puerta.
—¿A… a dónde vas? —preguntó con voz trémula.
—Sólo a ver a los animales —contestó—, los vientos tan fuertes pueden llevarse
las gallinas y hay que traer a Shula al establo. ¿Quieres venir?
La pregunta la cogió por sorpresa, y se quedó pensativa durante un rato,
considerando los pros y los contras. ¿Qué sería peor… salir a la tormenta, o quedarse
sola imaginándose que Mac era abatido por un rayo, o arrastrado por el viento?

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—Iré contigo —decidió, sin preguntarse por qué le importaba tanto la


seguridad de ese hombre.
Se puso el impermeable y le siguió. La situación afuera era más terrible de lo
que se había imaginado, por lo que se vio obligada a colgarse del brazo de Mac en
busca de apoyo.
Por fortuna, las gallinas habían seguido el ejemplo de los de más animales y se
habían refugiado en el establo, donde llevaron inmediatamente a Shula.
—Esto no ayudará en nada a los cultivos —señaló Mac preocupado.
Todo lo que Dayle deseaba era regresar a la cabaña. No podía comprender por
qué Mac se detenía para contemplar el mar, si todo señalaba que el mal tiempo
seguiría.
—Al menos habrá muchas algas marinas allí abajo mañana —Mac parecía
encontrar en ello cierta satisfacción—. Son un magnifico fertilizante.
—¿Ya podemos regresar? —preguntó Dayle.
Él la contempló con expresión burlona.
—No te gusta estar al aire libre, ¿no es así?
—Nunca he tenido necesidad de hacerlo —admitió con cierta humildad. Le era
difícil mantener su actitud arrogante frente a los elementos de la naturaleza.
El viento soplaba a sus espaldas y cuando abrieron la puerta de la casa ella no
pudo reprimir un ligero temblor.
—Ahora debes dedicarte a las actividades de la casa. Esto te mantendrá
ocupada y no pensarás en la tormenta, y además, creo que hay que aprovechar el
tiempo al máximo.
—¿Es cierto que el diablo encuentra trabajo para las manos ociosas? —dijo
Dayle mirándole con detenimiento.
—Es probable. Por supuesto —agregó con un extraño fulgor en su verde
mirada—, si fuésemos… una pareja casada, por ejemplo… habría otras actividades
más placenteras para pasar el tiempo dentro de la casa.
Dayle bajó la mirada, sin atreverse a pensar en lo que Mac había querido decir.
—¿Qué debo hacer, entonces…? —murmuró.
Para su desesperación le encomendó tejer una alfombra, tarea que implicaba el
cortar tiras de tela de colores y anudarlas. Entretanto, Mac revisaba y limpiaba en la
sala una estufa de hierro negro que, según él, había sido muy útil en el invierno para
calentar el ambiente y para cocinar.
—Quizá pueda ser utilizada de nuevo —comentó mientras le echaba un vistazo.
—¿De veras te gustaría quedarte a vivir aquí? —preguntó sin levantar la
mirada.
—Creo que sí —contestó convencido—, aunque tendría que viajar de vez en
cuando para atender personalmente mis negocios.

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Este comentario le hizo levantar a Dayle la cabeza con curiosidad.


—¿Tienes negocios?
Mac evitó su mirada, volviendo su atención a la estufa.
—No he querido decir eso —contestó titubeante—; quería decir, por supuesto,
que sería necesario contar con otras fuentes de ingresos.
—¿Por qué? —preguntó Dayle bruscamente—. Tú mismo dijiste que hace
muchos años la gente acostumbraba a vivir así… Tus antepasados y los míos parece
que pudieron sobrevivir muy bien.
—¿Los tuyos? —Mac volvió a sentarse.
—Al menos según mi padre. Su familia, o una parte de ella, es originaria de las
Shetland. No sé exactamente de qué isla.
—Eso es muy interesante —comentó él—. De modo que tú crees que es posible
ganarse la vida aquí.
—No veo por qué no —dijo ella—. ¿Qué hicieron nuestros antepasados que no
podamos hacer ahora?
—¿Te gustaría intentarlo? —preguntó él, poniéndose de pie y limpiándose las
manos con un trapo viejo.
—¿Qué quieres decir? —al hablar no pensaba en ella, sino en él.
—Exactamente lo qué he dicho. De todos modos, tú vas a pasar aquí mucho
tiempo. El suficiente para aprender a mantenerte por ti misma. Podríamos hacer un
arreglo de tipo permanente.
—Yo… yo… —balbuceó ella.
Mac suspiró y se quedó mirándola.
—Tal como pensaba, todo es palabrería, ¿no es así? Es muy fácil hablar, sugerir
a otras personas que hagan algo, pero cuando se trata de uno mismo…
—No todo son palabras —replicó acalorada—; podría hacerlo, si tuviera
necesidad de ello. No soy tan débil como crees. Pero no tengo necesidad de
permanecer aquí. Voy a regresar a casa algún día, cuando mi padre… Volveré, ¿no es
cierto? —preguntó, de repente, en tono de súplica.
Él volvió a suspirar.
—Espero que sí.
—¿Qué quieres decir? —le gritó, poniéndose de pie de un salto y dejando que el
tejido cayera al suelo—. Me lo prometiste. ¡Tú dijiste…!
Con nerviosismo dio un paso hacia adelante, tropezó con la alfombra y
comenzó a tambalearse, pero él la sujetó antes de caer al suelo. Dayle se apoyó en él
un momento y su corazón empezó a latir con fuerza, al sentir el contacto de sus
manos. Sin embargo, inmediatamente recordó quién y qué era y luchó por soltarse.
Durante un instante, Mac trató de retenerla.

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—Así que no quieres quedarte aquí, tratar de vivir una vida sencilla.
—No… por supuesto que no. ¿Por qué debería hacerlo? ¿Cómo podría hacerlo?
—sintió una extraña sensación de ahogo.
Mac permaneció en silencio durante un instante; luego el añadió algo que dejó a
Dayle muy sorprendido.
—Podrías hacerlo… si te casaras conmigo.
—¿Ca… casarme contigo? ¿Yo? ¿Casarme contigo?
Mac no la había soltado y ella se quedó mirándolo con incredulidad.
—¿Acaso eso es algo imposible?
—Sí; por supuesto que sí. Yo… ¡Yo soy tu prisionera! ¡Jamás he oído que una
mujer se haya casado con su secuestrador!
Mac sonrió con malicia.
—Tú puedes ser la primera.
—¡No! —se apartó de él instintivamente—. ¡Sólo estás diciendo tonterías! Más
vale que no vuelva a hablar de ello. ¿Por qué no negocias cuanto antes con mi padre
para que pueda volver a casa? Supongo que quieres el dinero para terminar de
arreglar todo esto y cuando lo obtengas ya no me necesitarás aquí.
—Yo no estoy de acuerdo —replicó él en voz baja—. Tú has cambiado bastante
en estos últimos días. En realidad te has transformado en alguien muy útil en la casa.
No obstante, sigues siendo una terrible cocinera, aunque reconozco que no cuentas
con lo necesario. Una vez que funcione la cocina…
—¿Eso es todo lo que quieres de mí, no es cierto? —Le retó Dayle—. Tú sólo
deseas que te ayude a arreglar y a ordenar la casa —Dayle hizo una pausa y luego
añadió—: Bien, no necesitas una esposa para realizar esas labores, lo que necesitas es
un hombre que haga todo… Y si quieres vivir como ermitaño, ¡has elegido a la chica
equivocada!
—¿Ah, sí? Lo dudo —sonrió de nuevo.
—Mi padre pagará lo que pidas… pero te buscará hasta el fin del mundo si se
entera de que… de que has…
—¿He besado a su hija?
—Bien sabes que no me refería solamente a eso —Dayle no pudo aclarar lo que
había querido decir—, pero tampoco se te ocurra intentarlo —le previno al verlo
dirigirse hacia ella.
—Ya sabía que eras frígida.
Dayle golpeó el suelo con un pie.
—¡No lo soy! Pero no necesito besarte para demostrarlo. Además, no podría
hacerlo.
—Me desprecias, ¿no es así?

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—¡Sí —replicó desafiante—, así es!


Sin decir nada más, Dayle se dio la vuelta y se dirigió hacia su habitación.
Cuando llegó a ella empezó a sentirse muy sola y deseó no haber subido tan
apresuradamente.
Se quitó la ropa y se acurrucó en la cama, tratando de cubrirse el rostro, para no
tener que ver el resplandor de los rayos a través de las ventanas.
De pronto, oyó que Mac subía la escalera y entraba en su habitación. Nada más
dejar de oírlo volvió a sentirse desesperadamente sola, pues estaba convencida de
que él no tardaría en dormirse. El sólo hecho de pensar que ella era la única persona
que se encontraba despierta en la casa le producía un profundo terror.
Debió quedarse dormida, a pesar de todo, ya que su reloj marcaba las dos de la
mañana cuando despertó muy asustada. De pronto el viento golpeó con fuerza los
cristales de las ventanas y Dayle no pudo soportar más. Gritando desesperadamente
saltó de la cama, salió de su habitación y se metió en la de Mac sin molestarse en
llamar primero. Al entrar no vio la cama, que estaba cerca de la puerta y cayó encima
de él, que se despertó de inmediato.
—¿Qué diab…? —Mac se incorporó con las manos extendidas.
—¡Mac! ¡Mac! —sollozó—. ¡No puedo soportarlo! ¡No puedo!
Sin pronunciar palabra, Mac la cogió en sus brazos y la llevó a la planta baja,
para acostarla en el viejo sofá. Cuando encendió la lámpara, vio que ella sólo llevaba
puesta la ropa interior.
Al verla casi desnuda, lanzó un juramento y salió de la habitación, regresando
con una manta para que se cubriera.
—¿Siempre duermes así? —preguntó Mac con voz ronca.
—Por supuesto que no —replicó.
—¿Por qué diablos no te compraste algo para dormir… cuando estuvimos en
Lerwick? ¡Yo no puedo pensar en todo!
—¡Porque no me acordé! En ese momento era incapaz de pensar ya que estaba
muerta de miedo después de ser secuestrada.
—¡Ah, así que sí tenías miedo!
—Por supuesto que sí… ¿qué chica no lo tendría?
—Hay muchas formas de dominar a los hombres.
—Ya sé qué quieres decir —contestó furiosa—, ¿pero esperabas que me arrojase
a tus pies… que te suplicara?
—Yo no me refería a eso.
—Bueno, pues no conseguirás de mí la otra —replicó Dayle—. Si eso es lo que
quieres, será mejor que hagas un viaje a la isla principal, porque yo no he de
complacerlo.

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—Esa es una buena idea —dijo Mac como si su sugerencia le hubiera hecho
recordar algo —y por supuesto que no te importará quedarte aquí sola.
Dayle abrió los ojos, temiendo que estuviera hablando en serio.
—¡No te preocupes! —dijo adivinando los pensamientos de Dayle—. Cuando
vaya a tierra firme, te llevaré conmigo.
—¿Cuándo? —gritó ella emocionada—. ¿Cuándo será? ¿Eso significa que me
pondrás en libertad?
—Todavía no has estado aquí el tiempo suficiente para terminar la cura.
—¿Cura? ¿Qué cura?
—La cura de tu maldita soberbia, no estoy dispuesto a que me sigas tratando
como si fuese basura entre tus pies…
—¡Vaya! —Dayle dio un salto y se puso de pie. Prefería estar sola en su
dormitorio que quedarse allí soportando sus insultos.
—¡Siéntate! —le ordenó—. Voy a prepararte algo caliente y a darte una pastilla.
Después, dormirás mucho mejor.
Dayle obedeció sin protestar. La idea de tomar algo caliente le agradaba, pues
como Mac había dicho la ayudaría a conciliar el sueño.
—Si cuando tú salgas de aquí yo decido ir contigo… ¿Podré llamar a mi padre?
—No —replicó él con firmeza.
—Oh, pero…
—Solo iremos hasta la isla más próxima. Hay allí un pueblo pequeño, que tiene
una tienda en la que habitualmente obtengo mis provisiones; no acostumbro a ir
hasta Lerwick.
—¿Pero no hay allí un teléfono?
—Sí, pero no vas a utilizarlo.
—¡Eres… muy cruel! —exclamó emitiendo un gemido.
—En ocasiones es necesario ser cruel para ser justo —repuso él.
—Y tú crees que eres justo conmigo, cuando…
—Quisiera ser amable contigo, Dayle —añadió con voz suave—; no tienes idea
de lo amable que me gustaría ser…
—No empecemos con eso de nuevo —le suplicó ella—. No… no estoy…
—No estás capacitada para ello —la interrumpió suspirando—, ya lo sé. Vamos,
vuelve a la cama.
La pastilla que le dio debía de ser muy fuerte, ya que cuando intentó ponerse de
pie sintió que sus piernas se debilitaban. Al ver que apenas podía moverse, Mac la
levantó en brazos y la llevó hasta su dormitorio, donde la echó en la cama y la cubrió
con las mantas.

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Dayle se estiró perezosamente y se frotó la frente con el dorso de las manos.


Entonces Mac se inclinó y la besó ligeramente en los labios.
Asombrada y casi dormida, Dayle se quedó mirándole. No había sido una
sensación desagradable, de hecho le había provocado un gran placer. Ella sonrió y
Mac volvió a besarla; abrazándola con fuerza contra su pecho. Con un suspiro, la
joven le rodeó el cuello y empezó a acariciarle el pelo suavemente.
—¿Mac? —murmuró cuando sus labios se separaron.
—¿Sí? —dijo mientras le acariciaba el lóbulo de la oreja.
—Si no me hubieras secuestrado, creo que yo podría… podría…
—Continúa por favor —la alentó —y, de pronto él vio que se había quedado
dormida.
A la mañana siguiente, al recordar lo ocurrido la noche anterior, Dayle atribuyó
el incidente a su temor a los rayos y truenos, además de al efecto de la pastilla… ya
que no era posible que ella llegara a amar realmente a ese hombre.

Después de limpiar la cafetería y de dejar todo recogido, cerró y cruzó


apresuradamente el patio para dirigirse a la oficina y entregar las llaves.
—Has hecho bien trayéndome las llaves, Dayle —comentó Tony Ashworth el
gerente del Parque—, ya no tendremos más visitantes hoy.
—¿Quieres que me quede para ayudarte con el papeleo? —se ofreció Dayle, ya
que no le gustaba estar a solas durante mucho tiempo.
—Creo que serías más una distracción que una ayuda. Pero hablando en serio…
te diré que puedes irte. Supongo… —titubeó durante un momento —supongo que
no querrás salir a cenar conmigo esta noche.
Apesadumbrada, Dayle negó con la cabeza. Era consciente de que Tony se
había sentido atraído por ella desde el primer día, cuando la entrevistó para ocupar
un puesto en el Parque Campestre; y a partir de entonces ella intentaba mantenerse
alejada de él.
Jenny también había interrumpido sus actividades.
—Espero que el día esté mejor mañana —comentó Dayle mientras preparaba la
mesa para servir el té—. Me corresponde estar en la tienda de regalos y es muy
aburrida cuando hace mal tiempo… No hay clientes… y estoy allí sin hacer nada y…
—Pensando en el pasado —Jenny terminó la frase—. Dayle —le rogó—, ¿por
qué no te pones en contacto con Mac y le das la oportunidad de aclarar las cosas?
Todo puede haber sido una mala interpretación.
Ella negó con la cabeza.
—Por supuesto que no. Me ha engañado y eso es todo… nunca le perdonaré
por ello, ¡nunca!

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—Y nunca dejarás de amarle, ¿no es cierto? —preguntó Jenny.


—Es probable que no; pero no hay necesidad de que él se entere y venga a
atosigarme.
—Dayle, te conozco desde hace mucho tiempo, pero, a pesar de eso, todavía no
te entiendo. Si yo estuviese en tu lugar, intentaría aclarar la situación para saber con
exactitud en qué situación me encuentro —hizo una pausa y añadió—: ¡Oh, Dayle,
piensa en lo que te estás perdiendo!
Dayle sonrió con tristeza. Aparte de Mac, nunca volvería a haber otro hombre
en su vida, aunque había tardado mucho tiempo en comprenderlo… y hacérselo
saber a Mac.

Dayle volvió a pensar de nuevo en esa mañana en la que se comportó fríamente


con Mac para que no se hiciese ilusiones, a pesar de que tuvo que librar una batalla
desesperada con la pretensión de ocultar sus verdaderos sentimientos.
La joven no podía creer que ese hombre fuera realmente un animal. Una
persona que se dedicara a secuestrar mujeres ricas, difícilmente trabajaría tanto como
lo había hecho Mac, días después de la fuerte tormenta, que provocó muchos
destrozos en la isla.
Mac no sólo era buena compañía, sino un hombre de profunda cultura y que
además tenía un gran interés por las aves, tema preferido de Dayle.
—Algún día —le prometió— te llevaré a Noss. Está cerca de la costa oriental de
la isla más importante y es mucho más gran de que Haa.
Dayle no confiaba demasiado en sus promesas, ya que ni si quiera había
cumplido la de llevarla a la isla más próxima… aunque ya disponían de un bote. Dos
días después de la tormenta, Simón había llegado con provisiones y un bote de
remos.
Dayle contempló la embarcación con ciertas dudas; no parecía muy grande.
—Es justo lo que necesitamos —le dijo Mac.
Dayle todavía, de vez en cuando, pensaba en su liberación, aunque a medida
que pasaba el tiempo, le resultaba más difícil recordar que era una prisionera. Sólo
deseaba que su padre supiera que ella se encontrara bien, para que no sufriese por su
culpa.
—¿Te has puesto en contacto con mi padre desde que llegamos aquí? —
preguntó ella una noche.
—No.
—¿No? ¿Por qué no? —exclamó indignada—. Si no le llamas, ¿cómo puede
rescatarme? ¿Y qué ocurre con el dinero?
—¿Qué dinero?

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Exasperada, Dayle le miró fijamente.


—El dinero que vas a pedirle para liberarme.
—No quiero ningún dinero —contestó él tranquilamente.
—¿No quieres… de qué estás hablando?
—Ya te he insinuado qué es lo que quiero. Deseo casarme contigo.
Dayle, ignorando su absurda afirmación añadió:
—Si no quieres dinero, entonces, ¿qué hago aquí? ¿Por qué te molestaste en
secuestrarme? ¡Mac, contéstame!
Mac volvió la cabeza hacia ella.
—Lo siento, Dayle, pero esa es una pregunta que no estoy dispuesto a
contestar… no sin consultarlo con… con alguien más.
El corazón de Dayle dio un vuelco. Acababa de descubrir que Mac no actuaba
solo sino que, al parecer cumplía órdenes de otra persona que estaba por encima de
él y esto contribuía a empeorar aún más la situación de ella, que cerró los ojos
mientras intentaba ver con más claridad.
Si no era una cuestión de dinero, entonces sería algo relacionado con los
negocios de su padre… ¿espionaje industrial? ¡Pensar que había estado a punto de
llegar a querer a ese hombre! De pronto sintió deseos de apartarse de él, de alejarse
tanto como le fuese posible.
—Me voy a la cama —le dijo a Mac con sequedad.
Mac se limitó a asentir con la cabeza.
—Creo que yo haré lo mismo. Quiero partir con la marea mañana.
—¿La marea? —Dayle se detuvo en la puerta.
—Así es… Ah, ¿no te lo había dicho? Voy a ir a la otra isla mañana a buscar un
par de cosas que necesitamos.
—¿Puedo… puedo ir contigo?
—Me temo que no… en esta ocasión es imposible —respondió Mac poniéndose
de pie—. Todavía no has terminado tu… tu entrenamiento.
—¿Y qué quieres decir con eso? —preguntó Dayle muy sorprendida—. ¿Qué
otras actividades has planeado para mí?
—Vuelve a sentarte un momento —le pidió, haciendo él lo mismo.
—Sólo contesta mi pregunta.
—Si me lo exiges en ese tono, no lo haré —dijo él con voz suave.
Dayle le contempló furiosa; pero sabía que cualquier tipo de resistencia por su
parte resultaría inútil.
—Por favor —añadió con voz suplicante.
—Muy bien —cruzó las piernas, en actitud relajada.

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Ella le miró de nuevo y tuvo que reconocer que era el hombre más atractivo que
ella había visto en su vida, aunque lo que más deseaba en ese momento era odiarle.
—Creo —empezó él—, que aún no te has adaptado bien a este tipo de vida.
—¿Y qué importa eso?
—¿No lo sabes?
—¡Por supuesto que no! —replicó ella—. ¿Lo preguntaría si lo supiera?
—¿Ya has olvidado tu ambición —señaló— de casarte con un hombre sin
dinero?
—¿Qué sabes tú de eso?
—Sólo lo que he oído decir a un amigo común.
—¿Tenemos un amigo en común? —preguntó incrédula, sentándose.
—Tenemos varios.
—¿Quién te ha hablado de mí?
—¿A cuántas personas les confiaste tus intenciones?
Dayle había dicho lo que pensaba acerca del matrimonio y de su idea de casarse
con un hombre pobre a muchas personas. De pronto, recordó aquella mañana en el
club de yates en la que por lo menos dos docenas de personas la habían oído hablar.
Cualquiera podía conocer a Mac. ¿Pero eso por qué había de interesarle a él?
—¡Así que eso es todo! —se puso de pie de un salto, al empezar a
comprender—. Por eso es por lo que insistes… en que me case contigo. Crees que
porque dije que me casaría con un hombre sin dinero, tú podías aspirar a ese puesto.
Déjame decir te algo… ¡tú eres la última persona con quien me casaría!
—No puede ser —la contradijo—, porque entonces estarías rompiendo tu
juramento —al ver que ella se quedaba mirándole sin comprenderle, continuó—:
porque juraste que te casarías con el primer hombre que te lo pidiera… y yo lo he
hecho antes que ninguno.
Con los puños cerrados, Dayle comenzó a temblar. Si no cumplía su juramento
quedaría en ridículo frente a sus amistades, y eso la preocupaba, aunque no había
ninguna razón para ello. Ya se había percatado de que la mayoría de los que
consideraba sus mejores amigos no valían nada… En realidad había sido Mac quien
le había hecho ver que la gente que pertenecía a su misma clase social apenas sabía
hacer nada. Y ahora estaba completamente convencida de ello.
También estaba convencida de que los motivos de Mac para secuestrarla eran
diferentes de los que había imaginado. Era evidente que, al enterarse de sus
intenciones había planeado el secuestro con la intención de ser el primero en pedirle
que se casaran. Era una forma un tanto dramática… una forma drástica de lograrlo,
sin embargo, él no necesitaba saber si ella podía adaptarse a su forma de vida, ya que
si llegaban a contraer matrimonio no vivirían precisamente en la pobreza, ya que ella
tenía mucho dinero.
—¡Gigoló! —exclamó en voz alta.

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—¿Disculpa? —Mac la había estado observando durante los últimos minutos,


pero fue evidente que su exclamación le sorprendió.
—¡He dicho «gigoló»! Así se les llama a los hombres que se aprovechan de las
mujeres adineradas, ¿no es así? No me sorprende que no te molestaras en pedirle
dinero a mi padre, ya que tu intención era la de casarte conmigo… con la esperanza
de quedarte con todo algún día, cuando mi padre… —su voz se interrumpió por un
sollozo—. ¡Eres despreciable! ¡Qué bajo has caído… basura! Bien, ya no es necesario
que pierdas el tiempo. Busca otra heredera, porque aunque me mantengas aquí
durante cincuenta años, ¡no me casaré contigo!
—Sería muy afortunado —comentó él con expresión seria—, porque dudo de
que todavía te desee dentro de cincuenta años.
—¡Maldito seas!
Se dio la vuelta y corrió escaleras arriba, preguntándose por qué se sentía
desilusionada cuando ya conocía los verdaderos motivos que le habían llevado a
secuestrarla.
Dayle pasó una mala noche y era más tarde que de costumbre cuando se
despertó. En un principio no podía imaginar por qué se sentía inquieta, luego
empezó a recordar todo. Mac estaba presionándola para que se casaran. Ahora que
ella sabía la verdad, ¿cambiaría de táctica? ¿Se abriría la capa y trataría de
conquistarla utilizando su innegable y poderosa masculinidad?
Hizo acopio de valor para bajar y enfrentarse a él, pero en seguida descubrió
que no había nadie. Mac no estaba en ningún sitio. De pronto recordó que había
dicho que iría a la otra isla. Por primera vez en varias semanas se había quedado sola
pero, ¿durante cuánto tiempo estaría él fuera? No tenía idea del tiempo que tardaría
Mac en llegar hasta la otra isla y volver, ni cuánto tiempo permanecería allí.
Salió apresuradamente de la casa. ¿Sería demasiado tarde? ¿Ya habría partido?
¿Podría persuadirle de que la llevara con él? No quería permanecer allí sola, sin saber
si él estaba a salvo.
—¡Mac! —gritó corriendo por la vereda—. ¡Espérame!
Mac ya estaba en el bote y se despidió levantando una mano antes de apartarse
de la orilla. Dayle sintió un agudo dolor al ver que la dejaba atrás y corrió hasta la
orilla del agua.
—¡Mac! ¿Cuándo volverás?
—No lo sé —su voz se oía claramente—; depende del tiempo…
—Déjame ir contigo.
—Esta vez no… y no deambules por aquí. Quédate en la cabaña… hay muchas
cosas que debes hacer allí.
Dayle había cambiado mucho pero no estaba dispuesta a soportarle más. Mac
había cometido un terrible error táctico. Le había dado órdenes.

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—¡Que me parta un rayo si me quedo todo el día encerrada en tu maldita casa!


—le gritó y, sin importarle que Mac ya no pudiera oírla, añadió—: Y cuando
regreses… ¡quizá ya no me encuentres!

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Capítulo 6
Dayle estaba dispuesta a tomarse el día libre, ya que era una maravillosa
oportunidad para hacer algo que se había prometido a sí misma desde hacía mucho;
se prepararía la comida y luego iría a sentarse en las cumbres de la parte norte de la
isla, desde donde podía observar detenidamente las aves. La única condición que se
puso fue la de estar de regreso antes de las cuatro, para ordeñar a Shula.
Cuando llegó al lugar donde había planeado ir, se sentó a contemplar los
pájaros durante más de media hora. Pero nada más terminar de comer, empezó a
sentirse sola y aburrida.
Su curiosidad la hizo acercarse más a donde anidaban los pájaros, para
observar a los polluelos. Esa sería una hazaña que podría contarle a Jenny… si es que
volvía a ver a su amiga.
Desde donde estaba, parecía fácil acercarse a uno de los nidos. Sin embargo,
una vez que emprendió camino, se dio cuenta de que la tarea no sería tan fácil como
había imaginado; la ruta que tenía que seguir era peligrosa en extremo. La estrecha
vereda era muy peligrosa y un paso en falso podría lanzarla al vacío.
Lentamente caminó ladera abajo. En varias ocasiones tuvo que retroceder y
buscar otra ruta. Una o dos veces se sintió tentada a detenerse y regresar al punto de
partida; pero, al mirar hacia atrás, ya no recordaba por dónde había ido y le pareció
más fácil seguir bajando, a pesar de que la invadió un profundo temor. Lo que desde
arriba había parecido sencillo, de cerca resultaba imposible de lograr.
Siguió avanzando despacio y más de una vez tuvo que descolgarse de saliente
en saliente y buscar el siguiente punto de apoyo sólo con los pies.
¿Qué sucedería si se caía? De repente, miró su reloj. Era increíble, pero Mac sólo
hacía cuatro horas que se había marchado y era probable que no regresara hasta por
la noche. Si se caía, podría permanecer allí durante horas antes de que él fuera a
buscarla, o podría caer en el mar. En ese caso, Mac nunca sabría qué había sido de
ella.
Intentó dominar el pánico. No iba a caerse y encontraría la forma de volver sana
y salva. Estaría de regreso en la casa mucho ante de que Mac volviera.
Unos minutos más tarde ya había llegado al primero de los nidos… Con
cuidado, se acercó emocionada, olvidándose de todos sus temores. Cuando los
pájaros empezaron a dar muestras de agitación para defender a sus polluelos, no
pudo seguir manteniendo el equilibrio y comenzó a tambalearse.
Parecía imposible avanzar puesto que el nido bloqueaba la punta de la saliente
y, al mirar hacia atrás, descubrió que el otro extremo se hacía cada vez más estrecho.
Su única salida era hacia abajo, ruta que consistía en una cuesta empinada,
pedregosa, que terminaba en rocas grandes y afiladas. Con las piernas suspendidas
en el espacio, se arrastró despacio hasta que llegó a uno de los bordes. Con las
piernas colgando, las movió hasta que los pies encontraron dónde pisar. De allí en

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adelante, sólo tuvo que deslizarse hacia abajo, utilizando los talones para frenar su
descenso.
Finalmente llegó a las rocas, bañadas por el mar, en la base del acantilado. Casi
toda el área era rocosa, por lo que tendría que realizar un largo y penoso recorrido
entre las rocas antes de llegar a un terreno en el que pudiera caminar sin arriesgarse.
Amargada, pensó en Mac, que en esos momentos estaría en la otra isla, disfrutando
de condiciones más civilizadas… estableciendo contacto con sus amigos… e
ignorando lo que ella hacía en su ausencia.
No había forma alguna de rodear la punta de la isla y llegar a la seguridad
representada por la playa occidental de la isla. Después de varios e infructuosos
intentos, Dayle se vio obligada a aceptar que no podría moverse de allí hasta que
Mac fuese a buscarla, pero… ¿cuánto tiempo pasaría hasta entonces?
Hacía frío y sólo llevaba unos pantalones vaqueros y un suéter muy fino, por lo
que se sintió muy afortunada por haber encontrado la cueva.
Dio con ella accidentalmente en un último y frenético intento de cruzar el área
rocosa. Las cuevas siempre la habían fascinado; y ésta le hizo recordar multitud de
historias que había leído en su infancia. Esta cueva era fría y oscura y tenía un fuerte
olor a algas marinas, pero al menos podría protegerse.
La cueva estaba enclavada en el acantilado, oscura, misteriosa, casi
fantasmagórica y profundamente silenciosa ya que no se oía ni el viento ni el mar.
Dayle se estremeció. Hacía frío, pero al menos no se ahogaría. Decidió esperar y
poco a poco cayó en un profundo sueño.
Cuando despertó, aproximadamente a las seis, estaba helada hasta los huesos.
A las ocho descubrió la cueva. Si Mac había regresado el día anterior, ya había
podido darse cuenta de su ausencia. Seguramente la estaría buscando, aunque
también existía la posibilidad de que se hubiese encogido de hombros y se hubiese
ido a dormir.
Su refugio ya no le parecía ideal. Mientras estuviera oculta, Mac no podría
encontrarla y, puesto que no oía nada, no se daría cuenta de si la llamaba.
Apresuradamente, se dirigió hacia la luz de la mañana.
Estaba lloviendo, y a lo lejos, el cielo y el mar tenían un tono grisáceo.
¿Y si el mar había estado igual de picado la noche anterior, al regreso de Mac?
¿Y si su bote hubiera volcado? ¡Cómo se arrepentía de haber dicho que esperaba que
se ahogara! Toda su vida viviría con la idea de que ella había provocado el accidente
con sus horribles deseos. Durante más de una hora permaneció sentada bajo la lluvia,
sin atreverse a regresar a la cueva. De pronto, oyó algo por encima del rugir de las
olas. Al mirar a su alrededor, vio que habían removido algunas piedras, que cayeron
a un lado de ella con gran estrépito.
Dirigió la vista hacia arriba y vio el rostro de Mac. En un principio no logró
comprender lo que él decía, debido a la fuerza con que soplaba el viento, pero por fin
logró entenderle.
—¿Sabes dónde está la cueva?

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Ella pudo asentir con la cabeza.


—Refúgiate en ella —logró añadir Mac— y adéntrate tanto como puedas.
Dayle se sentía muy confundida, pero obedeció.
La boca de la cueva que daba al mar, tenía una altura de un metro ochenta, pero
más adentro el techo descendía mientras que el piso era cada vez más alto, hasta tal
punto que Dayle tuvo que avanzar sobre las manos y las rodillas. A pesar de la fatiga
y una sensación de malestar, intentó convencerse de que, con toda seguridad, Mac
conocía otra salida.
Cuando Dayle reconoció que ya no podía seguir avanzando, alcanzó a
distinguir una luz que se filtraba de otra cueva más pequeña, cuya entrada estaba
bloqueada por rocas; pero podía ver el cielo, oír la voz de Mac y arrastrarse. Ahora
comprendía que Mac no había podido llegar hasta ella porque no había logrado
cruzar la entrada, ni avanzar por el túnel estrecho que ella acababa de recorrer.
Cuando, al fin, se encontró junto a él, Dayle sintió un gran alivio, y no dudó en
responder a su abrazo cuando la oprimió contra su pecho.
—¡Eres una suicida! —gritó, enfurecido—. ¿Cómo se te ocurrió venir sola hasta
aquí? —añadió mientras avanzaban con dificultad—. No me explico cómo te
atreviste a salir así… después de que te advertí del peligro… eres una
irresponsable…
Tenía la impresión de que nunca llegaría a la casa y no podía recordar el
momento en que Mac la cogió en sus brazos para llevarla. Sólo se percató, más tarde,
de que había sido cubierta con una manta y que se encontraba acostada frente al
fuego. Sorprendida, volvió la cabeza, se encontraba en la sala de la casa y la vieja
estufa estaba encendida.
Mac, que se había sentado frente a ella, con una taza en la mano, volvió a
exclamar:
—¡Te marchas y dejas todo lo de la casa sin hacer! No has ordeñado la vaca ni
has dado de comer a las gallinas…
—¿Acaso sólo te preocupa eso? —protestó Dayle débilmente, sintiéndose
terriblemente mal—. ¿Y qué hay de mí? Sé muy bien que ocupo uno de los últimos
lugares en tu lista de prioridades, pero…
—¡Efectivamente!
—¡Eres un… hombre sin sentimientos!

Pero realmente no pensaba eso de él. Mac casi había enloquecido cuando llegó y
no la encontró; sin embargo, ella tardó mucho tiempo en averiguar cuánto le
importaba a ese hombre, porque no sólo se sintió mal, sino que estuvo muy enferma
varios días.

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Por fortuna su enfermedad sólo fue un fuerte resfriado y algo de fiebre; de otro
modo los resultados de su aventura hubieran sido desastrosos ya que el mal tiempo
impidió durante varias semanas que nadie pudiera llegar ni salir de la isla.
Mac la atendió como lo hubiera hecho la mejor enfermera. Cuando se dio
cuenta de lo mal que estaba Dayle, cesó de regañarle. Le bajó su cama a la sala, cerca
del fuego y la obligó a permanecer allí cerca de dos semanas.
Dayle apenas se dio cuenta de lo ocurrido durante los primeros siete días,
después del accidente. Sólo recordaba confusamente fuertes dolores de cabeza, la
garganta irritada y una molesta tos. Tampoco se percató hasta mucho más tarde, de
que Mac y sólo Mac había sido quien la había cuidado con el mayor cariño y respeto
del mundo.
Al final de la segunda semana ya pudo sentarse y enterarse de lo que sucedía a
su alrededor, pero aún estaba demasiado débil: sin embargo, no tanto como para no
reconocer lo que ese hombre había hecho por ella. Además de vigilarla de día y de
noche, había realizado todas las tareas de la casa y había logrado hacer de la sala un
lugar más confortable. Había colgado unas cortinas y había tapizado el sofá
consiguiendo que ese lugar pareciera mucho más agradable.
Ahora que ya funcionaba la cocina, los alimentos calientes eran más variados y
una tarde, Mac le descubrió otra de sus muchas habilidades: hacer pan.
—Compré los ingredientes y pensaba enseñarte a hacerlo —murmuró mientras
colocaba harina, mantequilla, sal y levadura en la mesa que había llevado de la
cocina.
Era la primera alusión que hacía a su viaje y ya no volvió a hacerle ningún
reproche por haberse escapado. Dayle se sentía muy avergonzada, y deseaba volver
a ganarse su confianza, demostrarle que no era una joven tonta e irresponsable, a
pesar de que él estuviera convencido de ello.
—Se trata de una receta muy sencilla —continuó Mac— y muy útil cuando es
imposible conseguir pan recién hecho.
Dayle le observó con cuidado mientras medía los ingredientes y los mezclaba.
Quería aprender para, en la siguiente ocasión en que Mac tuviera necesidad de salir,
poder sorprenderle.
—Lo mejor es amasarlo todo con las manos hasta que se obtenga una masa
buena y suave.
A Dayle le resultaba muy extraño el hecho de verle realizar la labor de una
mujer; sin embargo, reconocía que no era menos hombre por ello, al igual que ella no
se consideraba menos femenina por haberle ayudado en sus labores.
Nadie podría tachar a Mac de falta de masculinidad. Podría ser rudo y
despiadado, demasiado confiado en sí mismo, lógico y eficiente, pero no era
insensible. Nunca había sido desconsiderado con ella y cuando se enfadaba siempre
había una justificación. Sin embargo, nunca había recibido de él ningún halago. Era
absurdo, pero Dayle anhelaba hacer algo bien, algo por lo que ese hombre la
valorara.

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Sobresaltada, trató de concentrarse de nuevo en lo que Mac estaba haciendo.


Cuando llegó al punto deseado, él añadió un poco de agua. Dayle observó
preocupada la resultante mezcla pegajosa. Seguramente ya se había estropeado todo.
Mac la vio y, ante su expresión, rió divertido.
—¡No desesperes! Hay que seguir amasando, pase lo que pase. Tarde o
temprano obtendremos una masa agradable.
Finalmente procedió a formar pequeñas bolas con la masa. Las puso en una
cacerola de barro, que colocó al fuego, y les dio varias vueltas hasta que, después de
treinta minutos, le mostró el maravilloso resultado.
—Debe comerse el mismo día —dijo—; eso es lo único malo de esto. El pan
elaborado de este modo se echa a perder muy fácilmente.
Al probar el pan, Dayle volvió a pensar en el extraño carácter de ese hombre,
que era al mismo tiempo arrogante, inteligente, amable y gentil. Si podía ser así con
alguien que le desafiaba y disgustaba, ¿cómo sería con la persona que amara?
Qué irónico era que deseara que su secuestrador no pensara mal de ella. Se
preguntaba si bajo otras circunstancias hubieran llegado a ser amigos. Suponiendo
que, debido a su reciente enfermedad, pudiera jugar con sus sentimientos, ¿lograría
convencerle de que le permitiera regresar al lado de su padre? Una vez que volviera
a su ambiente familiar, quizá podría hacer algo por él… o más bien, convencer a su
padre de que le ayudara.
Angus encontraría trabajo para Mac en una de las muchas empresas que
controlaba. Con el tiempo, quizá Mac lograría llegar a ocupar un puesto en el consejo
de administración… entonces ya no se opondría a casarse con uno de los directores
de las empresas de su padre. De pronto se dio cuenta de lo que estaba pensando y se
sintió muy avergonzada.
—¿Dayle? —la voz profunda de Mac la sobresaltó, haciéndole volver a la
realidad.
—Lo… lo siento, ¿me preguntabas algo? Estaba pensando y…
Para su sorpresa, Mac se levantó y se dirigió hacia ella.
—Y, a juzgar por tu expresión, pensabas en algo muy interesante. ¿Quieres
compartirlo?
—Oh… no.
—¿Estás segura de ello? —estaba de pie, contemplándola fijamente.
—Por supuesto —replicó con aparente convencimiento.
—¡Vaya!
—Todavía no te he dado las gracias por haberme rescatado… y por haberme
cuidado durante todo este tiempo —Mac no dijo nada, esperando que continuase—,
pero te estoy muy agradecida. Pude haber muerto.
—Desde luego —contestó Mac con voz suave—. Espero que no vuelvas a
asustarme así.

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—¿Tú… tú estabas…?
—¡Por supuesto que sí! —exclamó enfurecido—. Cómo crees que me habría
sentido al presentarme ante tu padre y darle la noticia de que… —se detuvo
bruscamente.
Dayle se quedó mirándole, incrédula. ¿Qué le importaban a él los sentimientos
de su padre?
—Sería conveniente que mañana te levantaras e intentaras caminar para
recuperar las fuerzas. Es necesario que estés bien cuanto antes.
—¿Necesario? —le miró con expresión dudosa. ¿Querría decir con eso que
harían un viaje? ¿Podría… ser posible que la fuera a llevar a tierra firme? Quizá se
había preocupado tanto por su reciente enfermedad, que había pensado devolverla a
su padre. Después de todo, si hubiera muerto estando en sus manos, le podrían
haber acusado de asesinato.
Para su sorpresa, un pensamiento que antes la habría llenado de satisfacción, de
profunda emoción, ahora empezaba a preocuparla. Por supuesto que quería ir a su
casa, ver a su padre… pero no para quedarse. Una vez que se asegurara de que
estaba bien, deseaba volver allí, ya que no podía tolerar la idea de no ver jamás a ese
hombre.
—Sí —contestó él sin dejarle hablar—, quiero que te pongas bien para que te
quedes sola durante algún tiempo.
—¿Quedarme sola? ¿Vas a… a dejarme sola otra vez? —preguntó sin poder
ocultar su temor.
—No te preocupes; creo que ya has aprendido la lección. Además no estaré
fuera mucho tiempo. Es necesario que haga un viaje más antes de que el invierno nos
aísle. Una vez que llegue, pasarán tres o cuatro meses antes de que pueda volver a
utilizar el bote.
—¿Quie… quieres decir que pasaremos aquí todo el invierno?
—Por supuesto —dijo Mac con cierta indiferencia—; sólo conoces la isla en
verano… cuando está mejor, y así nunca sabrás si realmente te gusta o no.
—¿Gustarme? ¿Por qué tiene que gustarme?
—Tienes que conocerla bien antes de que te cases conmigo.
Dayle permaneció en silencio, pensando en lo que acababa de oír. Si de verdad
quería casarse con ella… si ese era el único motivo por el cual la había secuestrado,
¿por qué él no había intentado conocerla en una situación normal y luego le había
propuesto matrimonio? ¿Acaso sabía que su padre la iba a obligar a casarse con otro
hombre?
Suponiendo que aceptara su propuesta de matrimonio, lo cual le producía una
sensación de entusiasmo, tendría que ser con una condición: él debería prometerle
que su padre estaba en libertad.
—Supongo que deseas casarte conmigo por mi dinero, ¿no es así?

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Mac se quedó contemplándola tanto tiempo, que Dayle pensó que no le


contestaría. Pero, en realidad, no necesitaba hacerlo. Había estado tan tranquilo, tan
seguro de sí mismo en todo momento que sabía muy bien que sólo le había pedido
que se casase con él para apoderarse de la fortuna de su padre. Si hubiera otro
motivo… si abrigara cualquier chispa de un sentimiento hacia ella, lo habría
adivinado.
—¡Naturalmente! ¿Qué otra cosa esperabas? —dijo Mac finalmente.

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Capítulo 7
Dayle continuaba pensando en Mac esa noche, mientras se daba un baño,
cuando oyó que Jenny aporreaba la puerta.
—¿Ya estás lista, Dayle?
—Casi, dame uno o dos minutos más.
Diez minutos más tarde se reunió con su compañera, que la esperaba
impaciente.
—Supongo que estabas soñando de nuevo. Dayle, ¿cuánto tiempo piensas
seguir viviendo en el pasado? Dices que quieres olvidar a Mac, y sin embargo, sé que
piensas en él constantemente. ¿Por qué no sales con Tony Ashworth, el gerente?
Sabes que correrá a tu lado con sólo pedírselo.
—Así es, pero no sería justo —replicó Dayle— ya que no siento nada por él.
—Pero es posible que llegue a gustarte. ¿Qué hay de malo en él?
—No hay nada malo en Tony —dijo Dayle, sonriendo—. Incluso le quiero…
pero le quiero demasiado para hacerle daño, para darle esperanzas cuando no estoy
libre.
—Podrías obtener el divorcio.
El divorcio parecía ser la única solución y Dayle no ignoraba que tendría que
llegar a ese extremo algún día, si encontraba la forma de lograrlo sin enfrentarse a
Mac, porque, después de todo, se había casado con él, sabiendo que no era
correspondida, y no debía culparle de nada.

Una vez que estuvo seguro de que Dayle ya estaba bien, Mac realizó su viaje a
la otra isla, haciendo caso omiso a todas sus súplicas de que la llevara con él.
—Te llevaré en la primavera. Si decides casarte conmigo, necesitaremos…
—¿En la primavera? —Dayle no logró ocultar su asombro.
—Todavía no estás dispuesta a casarte, ¿no es así?
Ella no sabía lo que había querido decir con eso. ¿No le había dado pruebas
suficientes de que era más fuerte de lo que él creía? ¿No había cumplido con éxito
todas las tareas que le había encomendado? Dayle intentó convencerse de que no
debería temer a ese hombre, ya que no se trataba de ningún criminal, sin embargo,
algo en su interior seguía atormentándola.

Estaba reflexionando sobre sus propios sentimientos cuando le dio un vuelco el


corazón. ¿Y si realmente estaba enamorada de él? Tenía que aclarar lo antes posible

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sus emociones y, si llegaban a confirmarse sus dudas, debía tomar rápidamente una
firme decisión, a pesar de ser consciente de que eso no le resultaría fácil.
Comenzó a temblar, al oír que él se aproximaba, y no pudo ocultar su
nerviosismo cuando dijo:
—Ho… hola, tu comida está casi lista. ¿Has tenido un buen viaje?
Él se acercó a mirar el contenido de la cazuela y, consciente de su presencia,
Dayle trató de comportarse con naturalidad, pues de lo contrario Mac no tardaría en
percatarse de que no le era indiferente, y eso sería horrible para ella.
—He hablado con tu padre por teléfono —le comentó mientras comía.
Dayle dejó caer su tenedor, completamente sorprendida.
—¿Y bien, no quieres saber cómo está? —preguntó Mac irritado—. Eso fue lo
primero que él hizo, preguntarme por ti.
—Yo… yo… por supuesto. ¿Cómo está? ¿Dónde está?
—Tu padre está en su casa, goza de buena salud y…
—Ah, ya veo —lo interrumpió ella—: y así, estará, siempre y cuando siga todas
tus instrucciones.
—No olvides que esto lo has dicho tú, no yo —contestó él encogiéndose de
hombros.
Ella se quedó esperando que añadiera que una de sus condiciones era que
aceptara casarse con él. Pero Mac no dijo nada al respecto ni volvió a mencionar el
tema durante todo el invierno.

Dayle se sentó al lado de Jenny en el pequeño Mini rojo que habían comprado
entre las dos, se dirigían a un baile que se iba a celebrar en el pueblo más próximo.
Dayle no quería bailar ni ser abrazada por otro hombre. Pero esa noche Jenny logró
convencerla, diciéndole que no tenía acompañante y que no le apetecía ir sola.
Durante el viaje estuvo recordando esos cuatro meses, en los que había vivido
en una constante tensión, su amor por Mac era cada vez más profundo.
Cada noche, en la íntima atmósfera de la sala, tenía que hacer un gran esfuerzo
para no rozarse con él y evitar enfrentarse a su mirada, por miedo a revelarle la
intensidad de sus sentimientos, aunque, en el fondo, deseaba que volviese a sacar a
colación el tema del matrimonio.
Una vez que se recuperó, volvió a encargarse de todos los trabajos de la casa.
Se trataba de una rutina monótona, pero había que cumplirla y, a pesar de su
casi constante preocupación mental por sus sentimientos hacia Mac, era consciente
de que la vida debería continuar.
Después del otoño llegó el invierno… Era difícil determinar dónde empezaba y
terminaba la noche, cuando los días parecían estar en una penumbra perpetua.

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—No tendremos más que lluvias y rachas de viento hasta la primavera —le dijo
Mac—. Debemos economizar en todo si queremos que nuestras provisiones nos
alcancen.
El bote de Mac tuvo que ser llevado hasta la cumbre y atado y asegurado con
piedras grandes ya que, según le explicó, incluso embarcaciones más pesadas
podrían ser levantadas y arrastradas por los fuertes vientos.
El hecho de salir al establo suponía una incómoda y molesta tarea; había que
vestirse como si fuera a emprender una excursión de varios kilómetros, bien
abrigados y protegidos con impermeables y botas para el agua, ya que la tierra estaba
empapada por la constante lluvia.
Sin embargo, también había momentos placenteros, noches en las que la lluvia
y el viento se calmaban. Aprovechaban esas raras ocasiones para salir a respirar aire
puro y contemplar el mar a la luz de la luna.
En momento como esos, ella se sentía más cercana a Mac, su sentido de
percepción se agudizaba y una vez, cuando descuidadamente él posó uno de sus
brazos sobre sus hombros, se sintió temblar de placer… sensación seguida de un
fuerte impulso de deseo, que tuvo que ocultar.

Mac le había confesado, después de la boda, que durante esas largas semanas la
había deseado profundamente, aunque había ocultado muy bien sus emociones. Sin
embargo, eso le hacía comprender ahora algo que entonces pasó desapercibido para
ella.
Una noche en la que Mac se fue temprano a la cama, Dayle aprovechó la
oportunidad para darse un baño. Calentó el agua y llenó el balde, sintiéndose muy a
gusto al poder estar tranquila y relajarse, sin que nadie la molestara.
Adormecida por el baño caliente y el calor de la estufa, no oyó que la puerta se
abría, pero sí la despertó la exclamación de Mac; que se encontraba frente a ella
vestido solamente con un albornoz.
Sin dejar de mirarla, avanzó un poco y, de pronto, se detuvo. Mac abrió la boca
como si fuese a decirle algo, pero sólo logró emitir un sonido gutural antes de darse
la vuelta y salir de la habitación dando un portazo.
Dayle permaneció inmóvil sintiendo que subía las escaleras después de haber
estado un rato junto a la puerta. Pasaron unos instantes antes de que ella reaccionara
y cogiera una toalla, para secarse rápidamente y encerrarse cuanto antes en su
dormitorio.
Durante su segundo viaje, él había comprado un cerrojo para la habitación de
Dayle, pero ella no lo había utilizado hasta esa noche, en que se sintió impulsada a
hacerlo. Una media hora después, cuando estaba a punto de quedarse dormida
advirtió que su secuestrador intentaba abrir la puerta, lanzando una maldición al ver
que estaba cerrada.

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Sí, esa había sido la única ocasión en la que Mac casi había claudicado… y no
dejaba de preguntarse qué habría ocurrido si la puerta no hubiera estado segura.

El salón de baile estaba lleno cuando las dos jóvenes llegaron y, como de
costumbre, parecía haber una abrumadora mayoría de mujeres, aunque eso no le
preocupaba a Dayle. No le importaba que nadie la invitara a bailar, pero sabía que a
Jenny sí; así que se sintió complacida al ver que Tony Ashworth se encontraba allí. Al
menos él acompañaría a su amiga.
Sin embargo, se quedó muy pálida cuando Tony se acercó y la invitó a ella a
bailar y no a Jenny. Sólo dudó un instante. Aunque no quería aceptar, sabía que no
podía negarse, ya que no tenía motivo para ello. Con una sonrisa se disculpó con
Jenny al levantarse y permitir que Tony la envolviera en sus brazos.
—Nunca te había visto por aquí —comentó él.
—No… apenas salgo a bailar, pero…
—¿Por qué, Dayle? —preguntó Tony con curiosidad—. Bailas bien, eres joven y
atractiva —se acercó más a ella—. No eres tímida, ¿verdad?
—No —contestó tranquila—, no soy tímida, Tony.
—¿Pero es que no quieres conocer a nadie… tener amigos… casarte? —insistió
él intrigado.
Dayle no fue capaz de decirle la verdad y se limitó a sonreír. Cuando terminó la
música. Tony la llevó hasta su mesa, como éste no parecía tener prisa en retirarse,
Jenny le invitó a unirse a ellas, lo cual él aceptó gustoso.
Durante el resto de la velada tuvo buen cuidado de dedicar igual atención a las
dos jóvenes, pero era obvio que era Dayle la que más le interesaba. Como era de
suponer, mientras bailaban, le había preguntado si podría llevarla a casa, pero ella se
había negado sin dudarlo un solo momento.
—He venido con Jenny y no puedo permitir que regrese sola.
Pero ella se dio cuenta de que su explicación no lo satisfizo y, a la mañana
siguiente, él le recriminó su comportamiento cuando acudió a la oficina.
—Lo siento, Tony —murmuró— pero ahora no puedo entretenerme. Yo…
—Está bien —contestó él— pero tenemos que hablar en algún momento. Sal
conmigo esta noche y…
—No. No puedo. Yo…
—¡Dayle! ¡Por Dios Santo! ¿Qué te sucede? —en esta ocasión sí levantó la voz y
Dayle se percató de que varias personas los observaban con curiosidad, mientras se
alejaba.
Dayle no quería hablar con nadie sobre su vida antes de llegar al Parque, pero si
Tony insistía demasiado se vería obligada a decirle que estaba casada.

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Al pensar en el baile de la noche anterior le recordó una situación parecida: la


recepción para celebrar su matrimonio… vieja costumbre de los habitantes de las
Shetland, según le había dicho Mac.
Ya estaban a principios de marzo cuando Mac volvió a tocar el tema del
matrimonio; pero entonces Dayle había experimentado todos los rigores del clima
que la isla podía ofrecerle.
—Pronto podremos volver a usar el bote —comentó una mañana.
—¿Podremos? —se aventuró a preguntar Dayle.
—Efectivamente. Iremos a la otra isla durante unas semanas —hizo una pausa y
luego añadió con firmeza—: Tenemos que cumplir con el requisito de permanecer
tres semanas en la isla para que nos casen en su iglesia.
Hacía tanto tiempo que no tocaba ese tema, que Dayle se quedó muy
sorprendida, sintiéndose incapaz de contestarle.
—¿Debo entender que no tienes ninguna objeción? —continuó él, al ver que
Dayle permanecía en silencio.
—En eso estás equivocado —replicó ella—; todo lo das por hecho, aunque
jamás he dicho que me casaría contigo.
—Ah, pero creo que sí lo harás.
—No te he dado ningún motivo para pensarlo.
—Quizá no —admitió él—, pero estoy seguro de que llegarás a cualquier
extremo para garantizar la seguridad de tu padre.
Dayle se sintió tensa.
—Creí que mi padre ya estaba en su casa. Me dijiste…
—¡Cálmate! No te mentí. Tu padre está en su casa… siempre lo ha estado.
Podrás llamarlo cuando estemos en la otra isla.
—¿Y qué esperas que diga mi padre cuando le digas que quieres casarte
conmigo?
—No creo que se oponga —comentó Mac sonriendo.
—Querrás decir que no se atreverá a hacerlo —gritó furiosa—. ¿Qué clase de
vida esperas que llevemos, si me obligas a casarme contigo?
—Ya te obligué a venir aquí y la situación no ha sido tan mala.
—¿Para quién? Quizá estés acostumbrado a esta vida, pero yo no lo estaba… y
no me refería a nuestra forma de vida, me refería a la forma en que… a cómo nos
sentimos uno respecto del otro.
—¿Cómo nos sentimos uno respecto al otro? —preguntó Mac, poniendo las
manos en la parte superior de sus brazos para mirarle a los ojos.
—Te he hecho una pregunta.
—¡Ya lo sé! —replicó ella.

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—Pero no estás segura de la respuesta —dijo con una sonrisa irónica en los
labios.
—Estoy muy segura de mis sentimientos —trató de separarse de él, pero Mac se
lo impidió, haciendo que su furia aumentara—: Te desprecio.
—Ya veo —murmuró él con voz débil—. ¿Y qué supones que siento yo hacia ti?
Dayle permaneció en silencio.
—Vamos —insistió—, pensaba que tenías más imaginación.
¡Maldición! ¿Por qué no la dejaba en paz, por qué no le daba oportunidad de
controlarse? Era la primera vez en varias semanas en que se acercaba a ella… que la
tocaba y esto había despertado todas sus emociones más íntimas. Pero tenía que
contestarle. Cuanto antes lo hiciera, más pronto quedaría libre…
—Me imagino que no sientes nada por mí —se obligó a decir—; sólo es el
dinero lo que te interesa, ¿no es así?
Sus palabras surtieron el efecto deseado; Mac la apartó de su lado con tal
fuerza, que Dayle chocó contra el sofá y cayó sentada.
—Es evidente que en éstos meses no has aprendido nada acerca del
compañerismo, de la mistad… del respeto mutuo…
Dayle frunció el ceño, un poco molesta, pues sabía muy bien que lo que ese
hombre decía no era cierto. Ella había aprendido a valorar la compañía de Mac y no
sólo había llegado a respetar le sino también a quererle más que a nadie en su vida.
—¿De modo que no tenemos nada sobre lo cual basar nuestro matrimonio? —
preguntó él.
—Aunque lo hubiera, ¿sería suficiente? —le desafió—. Cuando pienso en el
matrimonio, espero de él algo más que… —calló al ver la expresión de Mac.
—Recuerda que fuiste tú quien habló de un matrimonio de conveniencia.
—Lo sé, y… —Dayle trató de apartarse.
—Por supuesto que si has cambiado de opinión… No me agrada la idea de que
pienses que estoy totalmente ajeno a tus atractivos —añadió con ironía.
—Yo… yo… no…
—Y creo que debo demostrártelo, por lo menos una sola vez…
—Oh, no… no…
Pero era demasiado tarde para protestar, ya que él la estrechó con fuerza y unió
su boca a la de ella en un beso apasionado. En ese momento podía Dayle sentir la
respiración agitada de Mac al mismo tiempo que este intentaba introducir la mano
por debajo de su suéter para acariciar suavemente su piel. Ella no pudo reprimir ni
ocultar su respuesta, pero cuando se disponía a confesarle su amor y a decirle lo
mucho que le necesitaba, Mac se apartó inmediatamente, poniéndose de pie.

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Dayle se quedó mirándole atónita, casi temblando, percatándose de que estaba


muy alterado. Tuvo que luchar para no saltar y arrojarse en sus brazos y pedirle que
siguiera haciéndole el amor.
—¿Mac? —pronunció su nombre con tono interrogante.
—¿Eso te ha convencido? —preguntó Mac con la voz alterada.
—¿Convencido?
—Acerca de las ventajas del matrimonio.
Dayle siguió con los ojos fijos en los de él, pero con la mirada perdida. ¡Así que
eso era lo que parecía interesarle… una ciega gratificación de los sentidos…! ¿Serían
todos los hombres iguales? ¿Acaso no había oído hablar del verdadero amor?
Dayle sabía que ella nunca estaría satisfecha con el simple placer sensual; ya
que significaría la profanación de todos sus sueños juveniles. Sería mejor el
matrimonio de conveniencia, basado exclusivamente en la necesidad de su dinero…
En cuanto a ella concernía, ni siquiera tendrían necesidad de vivir juntos una vez
celebrada la boda. ¿Pero cómo podía decirle eso cuando en realidad se sentía
profundamente atraída por él?
—Bien, ¿qué será, negocio… o placer? —preguntó Mac, facilitándole las cosas.
Por fin Dayle logró hablar aunque no parecía demasiado convencida:
—Negocio, gracias; ¡si eso es lo que llamas placer!

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Capítulo 8
Dayle no deseaba volver a la oficina de Tony al terminar la jornada, ya que
estaba segura de que éste no consentiría ser rechazado de nuevo, sin embargo, no
tuvo otra alternativa.
—No te vayas, Dayle —le pidió—, necesito hablar contigo.
Ella no podía negarse. Administrativamente, Tony era su superior, él la había
contratado y, por lo tanto, podía despedirla cuando quisiera. Ahora estaba
convencida de que para conservar su trabajo debía contarle la verdad.
—Tony, me… me imagino para qué quieres hablar conmigo, lamento que me
consideres como una maleducada y que estés molesto conmigo por lo de anoche,
pero hay algo que debes saber.
—Puedo imaginarlo —Tony se puso de pie y se acercó a ella—, es obvio que
alguien te ha hecho mucho daño. Pero, tarde o temprano, tendrás que olvidarlo,
Dayle, no todos los hombres somos canallas.
—Mac no es un canalla. Él…
Dayle se detuvo. ¿No lo era? ¿No era esa la etiqueta que le había adjudicado
cuando le dejó?
—Bueno, aunque no lo sea, debe haberte hecho pasar malos momentos; y al
hacerlo, es imposible que estuviese enamorado de ti. Nadie que te ame, es capaz de
hacerte daño.
Dayle reconoció que Tony tenía razón. Mac no la amaba. Lo había intentado
cuando vio que nada más lo llevaría a lograr su objetivo, pero era sólo del dinero de
su padre de lo que estaba enamorado.
—¿Por qué no tratas de olvidarle, darle la oportunidad a otro para que trate de
hacerte feliz? Me… me gustaría ser yo quien…
—¡Tony, por favor! Todo esto no tiene sentido. Tú… —se detuvo y dio un paso
atrás…
—Siempre he creído que te agradaba —Tony parecía decepcionado, y Dayle se
sintió muy desgraciada.
—Me agradas mucho, Tony, y por ello voy a decirte la verdad. No soy libre.
Estoy casada… separada de mi marido.
Después de un corto silencio, él añadió con aparente incredulidad:
—No llevas anillo.
—Sólo lo llevé puesto unas cuantas horas —replicó.
—¿Acaso nada más casarte te diste cuenta de que te habías equivocado? —
preguntó Tony.

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Dayle movió la cabeza. No tenía ninguna duda de que se había equivocado,


pero no en cuanto a sus sentimientos hacia Mac, sino en cuanto a los sentimientos de
Mac hacia ella. Su error había estado en creer que, de alguna manera, él también la
quería.

A pesar de que le había asegurado que prefería un matrimonio de conveniencia,


Mac no olvidó la idea de casarse con ella, sino que siguió adelante, así que un par de
días después partieron hacia la otra isla.
—¿Quién va a cuidar de los animales? —preguntó ella cuando le confirmó que
pronto se marcharían de allí.
—Tengo un amigo que se hará cargo de todo.
Dayle le miró con un gesto de desprecio.
—¿Y si yo no estuviese de acuerdo con todo esto? —las palabras eran una
extensión de sus pensamientos—. Supongamos que yo me niego a casarme contigo;
no puedes obligarme a hacerlo.
—Pero tú si vas a estar dispuesta, ¿no es cierto? ¿O tengo que recordarte la
situación en que se encuentra tu padre?
Dayle guardó silencio durante un rato. No podía permitir que le ocurriera nada
malo a Angus. Además, ¿quería negarse? ¿No deseaba realmente a ese hombre? ¿No
anhelaba que llegara a apreciarla a ella misma y no sólo al dinero que a través de ella
obtendría?
—Está bien; puedes obligarme… ¡Podrás casarte con el dinero, Mac, pero jamás
conmigo! —Dayle se sintió muy satisfecha al verle sonrojarse.
Apenas hablaron durante los preparativos del viaje, y Dayle tampoco hizo
ningún esfuerzo para romper el silencio cuando emprendieron el viaje.
—El desembarcar en Slu-Voe con un bote cargado puede ser peligroso —señaló
Mac—. Era la primera vez que Dayle oía el nombre de la isla vecina—. Todo depende
del momento… de la marea…
Mac se echó al agua y aseguró el bote y luego, mientras ella todavía dudaba, la
cogió en brazos y la llevó por encima de las olas. Era la primera vez que la tocaba
desde aquella vez que la había besado. Sus rostros estaban muy próximos, y Dayle
experimentó un ligero temblor al sentir la respiración de él en su mejilla.
Cuando llegaron a la playa, la dejó en el suelo y continuaron la marcha por la
vereda que llevaba a la pequeña población.
Mac siguió ascendiendo por la ladera hasta llegar a una cabaña.
—Hannah y Fergus Blain son viejos amigos míos; nos darán alojamiento hasta
el día de la boda —anunció él.
—Entonces… entonces, ¿les has hablado de mí? —preguntó Dayle.

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Mac asintió.
¿Qué era lo que sabían?, se preguntó Dayle. Si se trataba de personas decentes,
Mac seguramente no les habría dicho cómo había llegado allí, ni que su matrimonio
no sería un acontecimiento normal.
Después de llamar a la puerta, entró en la casa.
—¿Hannah? ¿Fergus? ¡Soy yo… Mac!
—Puedes pasar —dijo alguien desde dentro.
Dayle contuvo la respiración al entrar, ya que, en ese momento empezó a
sentirse como en su propia casa. Enseguida, Mac le presentó a una mujer corpulenta,
de mejillas rosadas, que estaba en un cómodo sillón a un lado de la estufa.
—Hannah, esta es Dayle —se detuvo un instante y luego añadió—: mi
prometida.
—Por favor, no se levante —dijo Dayle al ver que la mujer dejaba a un lado un
tejido.
La mujer le cogió la mano cálidamente.
—No hay problema, pequeña. Estoy segura de que tendrás hambre. Mac, lleva
a esta jovencita al dormitorio para que descanse mientras llamo a Fergus.
Al ver que el dormitorio al que la llevó Mac estaba tan bien arreglado y
confortable como la sala sintió un gran alivio.
—Dejaremos las maletas aquí, de momento. La comida estará preparada en
seguida.
Fergus, el marido de Hannah era un hombre más bien bajo, de pelo corto y
nariz afilada. Cuando Dayle le miró, advirtió que la examinaba detenidamente.
—¿Iréis a la iglesia esta tarde y luego a ver al ministro? —sugirió Hannah
mientras comían.
Mac asintió.
—¿Y luego iréis de compras?
—No.
—¿No? —Hannah parecía sorprendida—. No querrás que esta jovencita se case
vestida con un pantalón vaquero y un suéter, ¿verdad?
Mac se sentía incómodo, pero permaneció firme en su decisión.
—Nos quedaremos aquí hasta después de la boda.
Hannah guardó silencio, pero observaba a Dayle con tal intensidad que la hizo
sonrojarse. ¿Qué pensaría de ella la pareja de ancianos…? La verdad era que
resultaba muy extraño que una novia no hubiera preparado nada para su boda.
—Sé sensata, mujer —comentó Fergus—. ¿Dónde hubiera guardado los
vestidos durante todos estos meses? Además, tampoco veo necesario que se

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arriesgue a ir hasta tierra firme —añadió, inclinando la cabeza contemplando a su


esposa sonriendo—. Hannah, ¿crees que tú puedes hacer algo?
—Es probable —contestó con sequedad, y volviéndose hacia Mac le dijo—:
Creo que debéis ir a casa del ministro antes de que se acueste a dormir la siesta.
Aunque Dayle trataba de hablar lo menos posible con Mac, no logró evitar
interrogarle acerca de la adorable pareja que acababa de conocer.
—¿Hace mucho que los conoces?
—Desde que era niño. Hannah es amiga de mi madre desde siempre.
—¿Qué… qué saben… sobre nosotros… sobre mí?
—Lo suficiente.
Aunque su respuesta no le decía nada a Dayle, la joven prefirió no seguir
hablando de ese tema.
No había nada que distinguiera la casa del ministro de las de su congregación y
él no tenía ninguna apariencia de predicador, pues llevaba puesto un pantalón de
trabajo viejo y un suéter desgastado. Cuando llegaron, les hizo sentarse para tomar
sus datos personales.
—¿Dayle Abercrombie? —repitió el ministro—. ¿Nombre escocés?
—Como el mío… pero algunos de sus antepasados también eran de las
Shetland —intervino Mac.
—Y Alastair MacAlastair —continuó el ministro, moviendo la pluma con
lentitud en la hoja de papel.
Dayle reprimió la risa. ¡Vaya nombrecito!
—Ahora sabes por qué mis amigos me llaman Mac —añadió él, sonriendo.
—Jovencita, ¿así es que tus antepasados eran de las islas Shetland? —preguntó
el ministro una vez que terminó de escribir—. ¿Y recuerdas cuál era su apellido?
—El apellido de soltera de mi abuela era Magnusson.
—Ah, la vieja herencia escandinava —exclamó complacido—. Más tarde te
enseñaré algo que quizá te interese. Pero lo primero es lo primero; ¿quieres casarte
con el joven Mac aquí presente?
En ese instante se produjo un largo silencio. Dayle no esperaba esa pregunta,
aunque suponía que era parte de la ceremonia, y no supo qué contestar. De pronto,
sintió un profundo alivio. No mentiría, ya que, sin importar la impresión que
quisiera causar en Mac, sí quería casarse con él. Abrió la boca para contestar, pero el
ministro se adelantó.
—Por supuesto que sí, querida, o no estarías aquí. Debe parecerte una pregunta
tonta, pero tenemos que hacer las cosas ordenadamente.
Continuó murmurando algo sobre los arreglos: la fecha, la hora… Y no pareció
sorprendido de que fuera una ceremonia tan íntima.

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—¿Y estará tu padre aquí para entregarte? —preguntó.


—Yo… —miró a Mac con desesperación.
—No —contestó él—, el señor Abercrombie no puede venir, pero mi prometida
quiere hablar con él por teléfono, me preguntaba si…
—¡Por supuesto, por supuesto! —el anciano señaló el aparato que había encima
de su escritorio—. Puedes hacerlo.
Aunque allí no podía hablar en privado, Dayle agradeció que Mac marcara el
número. El viejo ministro se dispuso a salir de la habitación, pero Mac lo detuvo con
toda cortesía.
—Estoy seguro de que Dayle no tiene nada que decir que no podamos oír
nosotros —comentó él.
La voz de su padre sonaba muy lejana.
—¿Dayle? ¿Estás… todavía estás con… Mac?
—Sí, papá —no sabía qué más decir. ¿Cómo diría a su padre que iba a casarse
con el hombre que la tenía secuestrada?
—¿Estás bien, pequeña? Parece que…
—Sí, sí estoy bien, pero, ¿tú cómo estás?
Angus permaneció en silencio durante un momento y Dayle se percató de que
no quería hablar. ¿Acaso los estaba escuchando alguien más?
—Supongo que estarás haciendo todo lo que te ordenan, ¿no es así?
—Sí, papá, pero yo…
—¿Todavía os lleváis bien tú y ese hombre?
—Supongo que sí, papá —hizo una pausa y luego añadió—: ¿Recordarás que
me ordenaste… —lanzó una rápida mirada a los dos hombres, que estaban hablando
y bajó el tono de voz—, me aconsejaste que hiciera cualquier cosa?
—¿Qué dices, Dayle? Habla más fuerte, cariño, no te oigo.
Dayle repitió lo que acababa de decir.
—Sí, lo recuerdo.
—Mac me ha pedido que me case con él —añadió Dayle, conteniendo la
respiración.
—Y habrás aceptado, ¿no es así?
—¿Te… te parece bien, papá?
Cuando el predicador hizo un comentario acerca del respeto que ella sentía
hacia su padre, Mac sonrió irónicamente.
—¿Estás dispuesta a hacerlo? De ser así yo no tengo por qué oponerme,
querida.

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—Sí, papá —repuso, cansada—, estoy… estoy dispuesta a hacerlo —sabía que
tenía que poner fin a la conversación, de lo contrario comenzaría a llorar
desesperadamente—. Tengo que colgar, papá. A… adiós.
—Adiós, Dayle. Cuídate. Que Dios te bendiga.
Cuando colgó el auricular, Dayle se dio la vuelta para enfrentarse a Mac,
reprimiendo las lágrimas que amenazaban con escapar.
—Entonces ya está arreglado todo —comentó el ministro—. Ahora, pequeña —
le dijo a Dayle—, una sorpresa.
El anciano les condujo por una puerta lateral hasta el patio de la iglesia.
—No te mostraré la iglesia en esta ocasión, pero hay algo aquí que quiero
enseñarte.
Cruzó el cementerio hasta un rincón aislado. Cerca de la barda limítrofe, había
un grupo de lápidas más antiguas que las demás; ya era difícil leer sus inscripciones,
pero el ministro las señaló con orgullo.
—¡Allí está! Conozco cada lápida de este cementerio. He reconocido el apellido
enseguida. Allí están los Magnusson, querida… probablemente tus antepasados.
Dayle le miró con incredulidad, antes de inclinarse para examinar las lápidas.
Tenía razón. Las cerca de doce lápidas tenían labradas nombres y fechas que se
remontaban hasta el siglo XVIII. Esos podían ser los familiares de su abuela.
De pronto, se volvió hacia Mac, con los ojos brillantes, pero no por las lágrimas,
sino de emoción.
—Tendré que regresar y copiar las inscripciones para mi padre. Siempre tuvo la
intención de buscar a sus antepasados, pero… —se volvió hacia el ministro—. ¿Hay
forma de comprobar si estos fueron realmente los antepasados de mi abuela? ¿Habrá
algún registro de ella aquí?
—Seguro, seguro, hija mía. Si nació aquí, su nombre sería registrado al ser
bautizada.
—Su nombre de pila era Kirstane —exclamó Dayle, emocionada—. ¿Podríamos
comprobarlo ahora, por favor?
El anciano negó con la cabeza.
—Tendré que mirar en los registros antiguos. Están guardados. Pero buscaré la
fecha correcta tan pronto como pueda y te daré una copia… como regalo de bodas,
¿te parece bien?
—¿Queda… queda alguno de los Magnusson que viva todavía aquí?
—Lamentablemente, no. Ya han desaparecido todos.
Ella y Mac regresaron al cementerio una semana después, y mientras Dayle
dictaba, él escribía la historia de la familia de su abuela… ya que Kirstane sí estaba en
los registros. La joven pensó darle la información a su padre, pero todavía la tenía
guardada en un cajón, porque era su único recuerdo de Slu-Voe, el sitio en el que
durante unas breves semanas había sido feliz. También era el único recuerdo tangible

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que tenía de Mac, aunque mirar su letra era algo que sólo se podía permitir de vez en
cuando, ya que le traía a la memoria una imagen demasiado vívida del hombre con
el que se había casado.

—¡Podrías divorciarte de él! —la voz de Tony le hizo regresar al presente—. Si


tu matrimonio no se consumó…
—Pero sí se consumó —dijo Dayle suavemente, estremeciéndose.
—¡Pobre chica! Tuviste suerte de no quedarte embarazada.
¿Realmente había tenido suerte?, se preguntó. Si en esas primeras y horribles
semanas que pasaron después de que se separó de Mac hubiera descubierto que
llevaba un hijo suyo en las entrañas, ¿no habría sido motivo suficiente para tragarse
su orgullo, volver a su lado y enfrentarse a la situación haciendo a un lado todas sus
mentiras y su traición? ¿Si hubiera llevado en su seno un hijo de él, no habrían
cambiado las cosas entre ellos?
—¿Cómo pudiste casarte con un canalla como él?
Dayle soltó una amarga carcajada. Todo parecía una historia fantástica que ni
ella misma podía creer.
—Sería muy largo de contar, Tony.
—Dispongo de mucho tiempo —replicó él ansioso—; ven a mi apartamento a
tomar café y…
—No —contestó moviendo la cabeza.
Dayle había abrigado la esperanza de que al enterarse de que estaba casada,
Tony dejaría de acosarla, pero no fue así.
—Quiero terminar de preparar la cena y dedicarme a repasar mis notas sobre la
historia del lugar —añadió.
—Ya la sabes de memoria —comentó él, soltándola y, con un suspiro de alivio,
Dayle salió de la oficina y regresó a su casa.
—Me da la impresión de que no te encuentras bien —comentó Jenny mientras
se sentaba a la mesa—. ¿Se trata de Tony?
—Así es. Le he hablado acerca de Mac. Pensé que podría…
—¿Alejarle? —Jenny movió la cabeza—. Eres una ingenua. En realidad está
muy interesado en ti. Él… —dudó un instante— él será un buen marido, Dayle. Al
menos eso es lo he creído siempre —por su manera de hablar, era evidente que Jenny
estaba enamorada de ese hombre.
—En cuanto a mí concierne —dijo con indiferencia—, puedes quedarte con él.
Dayle era consciente de que después de Mac nadie podría calmar la fuerte
ansiedad de su cuerpo.

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***
Durante mucho tiempo había sido consciente de su respuesta física hacia Mac y
en aquellas tres semanas, antes de la boda, éste se dedicó a despertar aún más sus
emociones.
Después de hablar con el predicador, volvieron a casa de Hannah y Fergus, y
pasaron la velada todos juntos charlando, hasta que la anfitriona decidió retirarse:
—No sé lo que vosotros pensaréis, amigos, pero yo me voy a la cama. Fergus
tiene que levantarse temprano —dijo sonriendo a Dayle—; supongo que ya sabes a
qué me refiero —luego se dirigió a Mac—: Lamento que no tengamos espacio
suficiente… en esta casa sólo hay una habitación para las visitas, pero supongo que
no os importa compartirla.
Después de decir eso, se encaminó hacia la puerta, y Fergus la siguió.
—Apaga las lámparas, por favor, Mac —agregó Hannah.
Dayle estaba muy asustada y comenzó a temblar.
—¿Qué… qué ha querido decir con eso de un solo dormitorio…?
—Ya veras —Mac se levantó y apagó las lámparas. En la oscuridad, cogió a
Dayle de la mano para obligarla a que le siguiera. El contacto de su mano y las dudas
que empezaban a surgir en su mente la hicieron estremecerse.
—¿Tienes frío? —Mac la atrajo a su lado mientras iban al dormitorio—. Pronto
entrarás en calor.
La lámpara del dormitorio estaba encendida y Dayle se dio la vuelta esperando,
anhelando que le diera las buenas noches y se marchara, pero en vez de ello, él cerró
la puerta.
—¿Qué… qué haces?
—Cerrar la puerta. ¿O prefieres que esté abierta durante toda la noche?
Dayle le miró, desafiándole.
—¿Dónde vas a dormir tú?
—Aquí, por supuesto.
—¡Por supuesto que no!
—Dame un buen motivo por el cual no deba hacerlo.
Dayle se desplomó.
—Yo… Hannah no ha querido decir…
—Pero lo ha dicho —hizo una pausa y luego añadió—: Mi querida niña, ¿qué
supones que creen que hemos estado haciendo durante los últimos seis o siete
meses?
—¿Quieres decir que tú…?
—Creen que, por fin, he decidido hacer de ti una mujer honesta.

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Al oírle hablar de ese modo, Dayle se ruborizó. No podía acostarse con ella, le
había dicho claramente antes de que salieran de la isla Haa que no sucedería nada…
nada de eso, aun después de que estuvieran casados.
—No voy a acostarme contigo.
—Creo que hay sitio suficiente para ambos —dijo desviando la mirada hacia la
cama.
—¡Yo no me refiero a eso! —exclamó ella. Mientras Mac se quitaba la ropa, los
dos permanecieron callados, hasta que, finalmente, él rompió el silencio:
—Tú haz lo mismo y métete allí —indicó, señalando la cama.
—¡No! Yo…
—¿O tendré que desnudarte yo?
—¡No te atrevas!
Esto no podía estarle sucediendo a ella, pensó alarmada, al menos le resultaba
difícil creerlo.
—No estés tan asustada —sonrió irónicamente—. Sólo pretendo compartir la
cama contigo.
—¿Compartir?
—El compartir es una vieja costumbre. En las grandes familias, que vivían en
casas pequeñas, era frecuente que las parejas que se cortejaban no tuvieran tiempo
para estar solos. Así que inventaron el «compartir», se permitía que los enamorados
pasaran la noche en la cama de la novia, pero vestidos.
—Estoy segura de que no era eso todo —comentó Dayle con cierta indiferencia.
Mac parecía divertido.
—Quizá no. Debía ser muy difícil, en especial si estaban enamorados; pero
nosotros no tenemos ese problema, ¿verdad? Ahora —añadió con voz suave—,
metámonos en la cama, ¿no?
Dayle contempló la posibilidad de resistirse, pero sabía que sería inútil. Mac la
cogería en sus brazos y la echaría en la cama, y peor aún, llevaría adelante su
amenaza de desvestirla, así que, con dedos temblorosos se despojó de los zapatos y
calcetines, pero cuando se dispuso a quitarse el suéter, empezó a titubear.
—Vamos —comentó él impaciente—, no puedes dormir con eso puesto.
Se lo quitó lentamente y luego cruzó los brazos tratando de protegerse. Después
volvió a contemplar la cama, consciente de que una vez que se acostara, sería
atrapada por el enorme cuerpo de Mac.
—Mé… métete tú primero —le indicó.
—¿Para que puedas escaparte en el momento en que me que de dormido?
¡Nunca! Tú primero.

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Entonces Mac hizo lo que ella temía, la levantó, y se encaminó con ella hacia la
cama. Retiró la colcha y la acostó. El espacio de que disponían para los dos parecía
muy estrecho y no había posibilidad de que sus cuerpos no se tocasen. Cuando él
apagó la lámpara y comenzó a deslizarse junto a ella, Dayle sintió que se ponía
rígida.
—¿De qué lado duermes normalmente? —preguntó él, después de un corto
silencio.
—No… no lo sé —estaba tan confundida que no era capaz de recordar nada.
—Bueno, no podemos quedarnos de espaldas toda la noche —comentó Mac—;
de modo que o tú duermes del lado izquierdo y yo me acomodo a tus espaldas, o lo
hacemos al contrario.
—Date la vuelta tú —dijo ella finalmente.
Dayle jamás había compartido la cama con ningún hombre, por eso le estaba
costando un gran esfuerzo tranquilizarse.
—¡Relájate! —le ordenó él.
Aunque intentó hacerlo, la joven siguió en estado de tensión largo raro. Sin
embargo, cuando estuvo segura de que Mac había conciliado al sueño, ella también
se quedó completamente dormida.

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Capítulo 9
No hacía mucho tiempo que se había dormido, cuando Dayle abrió los ojos,
sobresaltada. En un principio pensó que estaba soñando… pero al ver a Mac, que se
había dado vuelta para quedar frente a ella, comprobó que no era así.
De pronto, él se acercó aún más y la estrechó con fuerza. La pasión que Mac
despertaba en ella era algo vivo y doloroso y la joven intentó transmitirle su anhelo
de ser poseída cuando él empezó a susurrarle al oído palabras de amor, que hicieron
que la invadiera un intenso placer.
Suspiró profundamente al pensar en las tres semanas siguientes, en la dicha que
sentirían al hablarse de su amor, viendo que el día de su consumación se
aproximaba. ¿Cómo podrían controlarse hasta entonces? Si tenían que dormir así
todas las noches, sería para los dos una tortura intolerable pues sabía que Mac sentía
el mismo dolor que la abrasaba a ella… ya que su cuerpo también le traicionaba.
—¿Dayle? —Mac pronunció su nombre en tono de súplica.
—¡No, Mac… por favor! —con desesperación luchó contra ese placer que la
envolvía, apartando las manos de él, inmediatamente.
—¿Por qué, Dayle? Tú me amas… Tu cuerpo no puede mentir aunque tus
labios lo nieguen. Nuestro matrimonio no será solamente un arreglo de conveniencia,
¿no es así?
—No, no, por supuesto que no… y… y sí que te amo, Mac —Dayle se
estremeció de nuevo—. Pero, deseo esperar hasta… hasta…
—¿Tres semanas? —exclamó con un gemido de agonía—. ¿Dayle, realmente te
importa tanto cuando de todos modos vamos a casarnos?
—Sí —murmuró débilmente— sí me importa. Mac, por favor, ayúdame.

Para sorpresa de Dayle, Mac respetó su deseo de que su amor no se consumara


hasta que estuvieran casados.
Desde ese día, no volvieron a acostarse juntos. Sin embargo, ninguno de los dos
dijo nada a Hannah ni a Fergus; ese era un problema que sólo a ellos concernía. Cada
noche, Mac dormía en un saco en el suelo, pero el hecho de que ambos estuvieran en
la misma habitación, era una dura prueba para ambos.
Después de haber permanecido tan aislados en Haa, Slu-Voe les parecía
enorme. Los habitantes de la isla estaban encantados de conocer a la futura esposa de
Mac y era evidente que sentían por él el mayor afecto y respeto que se podía tener
hacia una persona.
Mac enseñó a Dayle a pescar desde las rocas, método útil en condiciones
adversas de clima, cuando salir en un bote sería casi suicida. Fue una actividad a la
que la joven se aficionó.

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Hannah no había olvidado la sugerencia de Fergus y una noche llamó a Dayle,


pidiéndole que la siguiera hasta el dormitorio principal. Allí, sobre la antigua cama,
había un vestido largo color crema, de encaje de Shetland.
—Este es el vestido que usé el día de mi boda —le comentó—. Yo misma lo
diseñé. Creo que para ti es un poco grande, pero podremos arreglarlo.
—¡No podría! —protestó Dayle—. Es su vestido de bodas… ¡y lo ha tenido
guardado todos estos años!
—Dios te bendiga, pequeña. Nunca podré volver a usarlo. A mi edad, ¿qué
podía hacer con un vestido como éste? Fergus y yo no tenemos hijos, así que no
tenemos a nadie a quien pasárselo. Mac es a la persona a quien más quiero en el
mundo y me gustaría que su novia lo usara el día de su boda.
—En ese caso no tengo otra alternativa —dijo Dayle sonriendo.
Las dos mujeres tardaron varias horas en arreglar el vestido. Dayle era mucho
más alta que Hannah y el traje le quedaba un poco corto, sin embargo le sentaba muy
bien.
Desde hacía tiempo Dayle había notado que la anciana parecía bastante
interesada en sus relaciones con Mac, aunque sus buenos modales le habían
impedido satisfacer su curiosidad; sin embargo, mientras cosían el vestido, fue
inevitable que la conversación se centrara en la boda.
—Ya no falta mucho —comentó Hannah una tarde, mientras Dayle se probaba
el vestido—. ¿Estás nerviosa?
—Sí… supongo que lo estoy —reconoció.
No era la primera vez que se preguntaba qué era lo que en realidad sabía esa
mujer acerca de su verdadera situación, pero no se atrevía a interrogarla ante el
temor de ser indiscreta.
—Te irá bien con Mac —le aseguró Hannah con tono reconfortante y bien
intencionado—. Es un buen chico; ha sido un buen hijo con su padre y se ha portado
muy bien conmigo.
Dayle estaba segura de que Hannah ignoraba a qué se había dedicado Mac
durante los últimos meses y se entristeció al pensar en la desilusión de esas buenas
personas si llegaran a descubrir la verdad. A pesar de todo, sabía que, de no estar
enamorada de Mac, habría solicitado la ayuda de la anciana para escapar del
matrimonio. Ese era el motivo por el cual Mac no la había llevado a Slu-Voe antes.
Hannah la observaba detenidamente y, después de un corto silencio, añadió:
—Mac es un buen hombre. No dejes que nada ni nadie trate de convencerte de
lo contrario, pequeña, ni te dejas engañar por tus propias dudas.
—Hannah, ¿trata usted de insinuar algo?
La otra mujer negó con la cabeza, pero en seguida dijo:

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—Sí, quizá sí… a mi manera. Trato de hacerlo, sin traicionar un secreto. Es


difícil, pero recuerda esto… las cosas no son siempre como parecen y, si amas a un
hombre, debes tener confianza en él.
Ese era el problema. Estaba convencida de que amaba y deseaba a Mac, pero
¿confiaba realmente en él?
—Estate quieta, pequeña, o te clavaré un alfiler. No debes preocuparte, Mac te
dirá todo lo que quieres saber cuando lo juzgue conveniente —Hannah hizo una
pausa y agregó—: Ya he dicho todo lo que tengo de decirte. Ahora vete y descansa.

Dayle deseaba que el día de su matrimonio fuese un día hermoso… y se sintió


desdichada al despertar temprano ese día ante los inequívocos sonidos de una
tormenta que azotaba toda la isla.
—¡Mac! —gritó—. ¡Está lloviendo!
Mac salió de su saco de dormir y se asomó a la ventana.
—Tienes razón —se limitó a decir.
—¡Pero Mac, es horrible! Yo quería que todo fuera perfecto el día de mi boda.
Él se acercó a ella, inclinándose para besarla en la nariz.
—Todo saldrá perfecto —Dayle se sonrojó, alegrándose de que la oscuridad del
amanecer aún invadiera la habitación.
—Está bien —comentó tratando de sonreír—; será mejor que tratemos de
dormir unas cuantas horas más.
Dayle esperaba que Mac regresara a su saco de dormir, pero en vez de eso, se
sentó en la cama y se inclinó hacia ella. Al adivinar sus pensamientos, ella intentó
decir algo:
—Mac —dijo titubeando, pero los labios de él se posaron en los suyos,
impidiéndole continuar.
Luego, en silencio, deslizó las manos hasta sus senos y los acarició suavemente.
Dayle deseó profundamente abandonarse a ese infinito placer, pero sabía que eso no
debía ocurrir todavía.
—Dayle… hoy nos casaremos. ¿Importa mucho que…?
—Sí, a mí me importa mucho… ¡por favor!

Aún llovía cuando Dayle decidió levantarse. El hecho de pensar que ese era el
día de su boda provocaba en ella extrañas emociones, por lo cual apenas podía
dormir y relajarse. Temía enfrentarse a Mac, después de haberse alejado, disgustado,

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al no haberle permitido ella hacerle el amor; pero él cuando fue a desayunar parecía
alegre y tranquilo.
Ella suponía que la ceremonia, que se iba a celebrar por la tarde, sería íntima, ya
que ninguno de los dos tenía familiares en la isla. Probablemente sólo estarían
presentes Hannah y Fergus, que, por supuesto, sería quien la entregara. Sin embargo,
se quedó muy sorprendida cuando, al llegar a la iglesia, vio a todo el pueblo de Slu-
Voe.
Dayle se detuvo, aferrándose al brazo de Fergus, para contemplar el interior de
la iglesia.
—¡Qué hermosa! ¡Qué amables son todos! —exclamó, sintiendo que estaba a
punto de llorar.
—Sí, está muy bonita —dijo Fergus—. Pero deberías verla durante el Festival de
la Cosecha… Entonces sí que está preciosa.
Dayle levantó la cabeza para continuar su camino hasta el altar al lado de
Fergus, vestida con el elegante traje de Hannah.
La ceremonia fue muy sencilla, pero extrañamente conmovedora y cuando el
ministro les deseó que fueran muy felices, Dayle supo que hablaba con sinceridad.
Al final, en el registro, Dayle miró con curiosidad la firma de su marido: «A. C.
MacAlastair».
—¿Qué significa la C? —preguntó.
Mac la miró divertido.
—El Alastair te sorprendió mucho. No creo que estés preparada para una
segunda sorpresa.
Y ella, inocentemente, rió con él.
Entre los secretos que ocultaron a Dayle, estaba la fiesta que siguió a la
ceremonia.
La pequeña sala de reuniones de la villa, cuya existencia ignoraba, ya que
estaba detrás de la iglesia, había sido alegremente decorada. Después de que todos
comieron y bebieron hasta la saciedad, se pronunciaron alegres discursos y brindis,
seguidos de divertidas danzas.
El baile fue precedido de los acordes de la Marcha Nupcial y, sin hacer ninguna
pausa, el violinista comenzó a tocar los compases de una danza escocesa. Dayle se
vio arrastrada a un sinnúmero de bailes, hasta que se sintió mareada, pero ni siquiera
la concentración necesaria para seguir los pasos del baile podía apartar de su mente
la idea de que pronto, muy pronto, ella y Mac serían «una sola carne».
Hacia la madrugada, Mac y ella salieron por una puerta lateral.
—Esto seguirá hasta el amanecer —murmuró él—. Supongo que no quieres
quedarte aquí hasta entonces.
Avergonzada, le miró a los ojos.

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—No —contestó ella—, no… no quiero quedarme —Dayle le siguió sin


protestar, hasta la casa.
Esa noche Dayle no puso ninguna objeción respecto a la cama… no había
necesidad de permanecer vestidos, de mantener la supuestamente respetable
tradición del «compartir». Con manos temblorosas, se despojaron uno al otro de sus
ropas, de teniéndose de vez en cuando para acariciarse y besarse lenta y suavemente.
Luego Mac la levantó en sus brazos, y la echó con cuidado encima de la cama.
Después de contemplarse durante un rato, se entregaron el uno al otro, satisfaciendo
el mutuo deseo que los invadía.
La intención de Mac era, según le comentó a Dayle la mañana siguiente, cuando
tuvieron oportunidad de hablar, la de pasar su luna de miel en la isla más importante
de todas.
—Hay muchas cosas allí que quiero enseñarte. Deseo que conozcas a mi
madre… y a mi hermano. También me gustaría que conocieras a mis hermanas,
quizá algún día iremos a visitarlas, cuando… —se detuvo bruscamente y, en ese
momento, Dayle recordó de nuevo la situación en que se encontraba.
Cuando terminaron de desayunar, Mac dijo a Dayle que deberían darse prisa,
ya que Simón pasaría por ellos para llevarlos a la isla principal.
Sólo tuvieron tiempo para despedirse y agradecerles a Hannah y Fergus sus
atenciones, prometiéndoles que pronto volverían a visitarles; momentos después,
Dayle estaba contemplando la isla en la que había encontrado la felicidad.
—Pasaremos un par de días en Lerwick, para conocernos mejor —comentó
Mac, haciendo que ella se ruborizara—. Luego nos dirigiremos al sur, hasta Escocia
—continuó—, quiero visitar a mi madre.
—¿Sabe ella algo de mí? —preguntó Dayle asombrada.
—Todavía no… ¡Pero qué sorpresa tan agradable se va a llevar!
En la isla principal los estaba esperando un coche que les llevó hasta Lerwick.
Dayle era una persona distinta a la chica que había pasado por allí seis meses antes.
Durante ese tiempo había descubierto el amor, el deseo y la excitante experiencia de
entregarse a un hombre del que estaba profundamente enamorada.
Sin embargo, no dejaba de sentir cierto temor… temor de que todo acabara en
cualquier momento; le resultaba muy difícil sobreponerse y, sin embargo, sabía que
debía hacerlo. No tenía ninguna otra alternativa.
El hotel que Mac escogió era más bien modesto… su elección mostraba una
restricción en gastos que ella no pudo menos que aprobar, aunque en el fondo de su
corazón clamaba por una suite matrimonial en algún lugar romántico y distante. De
cualquier forma no debía preocuparse por eso, ya que no permanecerían allí durante
mucho tiempo, pues pronto se dirigirían hacia otro lugar.
Mac le sugirió salir a recorrer la ciudad después de comer.
—Después de todo, la viste en circunstancias muy diferentes —comentó.
Dayle asintió, sonriendo.

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—Entonces bajaré para pedir la comida. Allí te espero.

Nada más terminar de arreglarse, Dayle salió de la habitación y se dispuso a


bajar la escalera. Cuando iba por la mitad, oyó unas voces masculinas.
—¡Vaya si es el viejo MacAlastair! ¿Dónde te has metido todos estos meses? No
es frecuente que vosotros los ricos, os alejéis de la civilización —dijo el hombre,
bromeando—. Debo decirte que me ha sorprendido tu nueva compra.
—¡Callum MacAlastair, lo veo y no lo creo! —exclamó otra voz, totalmente
desconocida para Dayle—. ¡El niño consentido del viejo Abercrombie!
La joven se detuvo sin atreverse a seguir adelante. En un principio se negaba a
creer lo que estaba oyendo, pero la ira le hizo sobreponerse. ¿Por qué ese hombre le
había hecho creer que no tenía dinero? Era evidente que Mac no era más pobre que
su padre.
Mientras reflexionaba acerca de lo que acababa de descubrir, se le ocurrió algo
en lo que hasta ese momento no había pensado, ¿sabía Angus desde un principio
quién la había secuestrado y por qué? Pero, ¿qué tipo de hombre sería capaz de hacer
que deliberadamente una chica se enamorara de él, sólo porque era la hija de un
hombre adinerado? Al percatarse de cómo se había desnudado hasta el alma frente a
él y había dejado ver cuánto le amaba, Dayle se estremeció. ¿Cómo esperaba Mac que
esa relación pudiera prosperar? No era ningún tonto, de modo que sabía que su
engaño sería descubierto algún día.
—¿Y cómo iba a hacer frente a esa situación? ¿O simplemente esperaba que ella
llegara a depender totalmente de él, de tal forma, que entonces no sería capaz de
protestar? Si era así, la había subestimado demasiado. Le amaba, pero jamás llegaría
a depender de nadie.
Dayle no estaba segura de cuánto tiempo permaneció inmóvil en la escalera,
pero de pronto pensó que Mac perdería la paciencia y que era probable que subiese a
buscarla. Sin embargo, no la encontraría. Como una fiera herida, todo lo que su
instinto le indicaba era que tenía que huir, ocultarse para lamerse las heridas.
Agradecida por llevar en el bolso el dinero que le había dado para algunas compras,
atravesó la recepción corriendo, como si la persiguiesen y salió a la calle.
Paró un taxi e indicó al conductor que la llevara al primer sitio que vino a su
mente:
—Al aeropuerto… ¡y dése prisa!
Todo el recorrido lo pasó volviendo la vista hacia atrás, temiendo que la
siguieran. ¿Ya habría descubierto Mac que había desaparecido? ¿Sospecharía que
había huido, o creería que había salido de compras?
Pasado un rato empezaría a preocuparse, pero eso no le importaba a ella.
Ninguna preocupación sería suficiente para hacerle pagar por todo lo que la había
hecho sufrir.

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De pronto, Dayle comenzó a sentir aún más nervios. ¿Y si no había vuelos


regulares a Aberdeen? Dayle no tenía ni idea de cuánto costaba el pasaje. Quizá ni
siquiera tenía suficiente dinero. El hecho de verse obligada a esperar en el aeropuerto
hasta que Mac la encontrara, sería intolerable. Como temía, tuvo que gastar casi todo
su dinero para pagar el pasaje y sólo le quedó lo justo para comprar comida para uno
o dos días.
Cuando se encontró sentada en el avión, Dayle cerró los ojos, pues no deseaba
ver por última vez las islas Shetland.
—¡Oh, Mac… Mac! —exclamó en voz baja—. ¿Por qué tuvo que ser así? ¿Por
qué no nos conocimos y enamoramos en otras circunstancias? ¿Por qué tuviste que
mentirme y engañarme? ¿Cómo has podido fingir que me amabas cuando ni siquiera
necesitabas mi dinero?

—Creo que eso es lo que más me intriga —le comentó Dayle a Jenny—. ¿Por
qué aceptó hacerlo, si no necesitaba el dinero?
—¿No se lo preguntaste a tu padre?
—No, no se lo pregunté. Después de que me confesó su participación, no quise
volver a hablar con él. Todo lo que hice fue llenar una maleta y sacar dinero de mi
cuenta para tener con qué vivir mientras encontraba un trabajo. Una vez que papá lo
admitió todo, sólo quería alejarme de allí. No deseaba volver a ver a ninguno de los
dos: ni a mi padre, ni a Mac.
—¿Y todavía piensas igual?
—No lo sé. Ya me he tranquilizado un poco y hay momentos en los que echo de
menos a papá… solíamos ser muy buenos amigos. Supongo que es por eso por lo que
me dolió tanto que me hiciera una jugarreta tan sucia. No puedo perdonarle por lo
que hizo. Pero me alegro de que esté a salvo… No es posible dejar de amar a alguien
así como así, ¿no te parece?
—¡Entonces tampoco puedes dejar de amar a Mac! —contestó Jenny—. Sólo por
curiosidad, ¿cuál de los dos crees que es más culpable?
Dayle miró a su amiga con expresión preocupada.
—Eso es lo más extraño. Ahora que sé que todo fue idea de papá, debería sentir
mayor enfado con él, pero… pero no es así. Estoy furiosa con Angus, pero odio a Mac
por haber estado de acuerdo y participado en su plan.
Jenny asintió con astucia.
—¡Tal como pensaba! Todavía estás muy enamorada.
—¿Cómo has llegado a esa conclusión?
—¡Vamos, Dayle, actúa como una persona adulta! Si no quisieras a ese hombre,
no te importaría lo que hizo. Te conformarías con despreciarlo, ahora que ya te has

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divorciado de él. Pero dices que le odias… y ese es un cambio de emociones muy
violento, ¿no te parece? ¿No tienes que odiarlo, para dejar de amarlo?
Jenny tenía razón y Dayle lo reconoció sin la menor timidez.
—Tienes razón —admitió—; creo que lo he sabido todo el tiempo, y que he
estado tratando de convencerme de que todo no era más que el recuerdo de la… de
la atracción física, tú lo sabes…
Jenny asintió, sonriendo.
—No puedo negar que has tenido que enfrentarte a una situación difícil,
querida, pero has tenido suerte de que, después de todo, tú te encuentres bien.

Cuando llegó a la casa de Angus estaba cansada, hambrienta, sucia y sin


ánimos de enfrentarse a su padre, así que sintió alivio al ver que estaba en su oficina.
Después de bañarse y descansar un poco, decidió hablar con él.
Se encontraba en su habitación, cuando oyó el ronroneo del Rolls-Royce.
Cuando salió al corredor de la planta alta el ama de llaves le estaba diciendo a Angus
que su hija había llegado.
—La señorita Dayle ha regresado, señor.
—¿Dayle? ¿Aquí? —repitió sorprendido—. ¿Sola?
No había tono de alivio en su voz. No hablaba como si hubiera sido
secuestrada. Sin importar cuál era el dominio que Mac ejercía sobre él, su padre
conocía la identidad de su secuestrador.
Dayle había tenido tiempo suficiente para pensar en la situación durante su
largo viaje. Por algún motivo… probablemente financiero, Mac, o Callum como
ahora debía llamarle, había querido conocerla, con miras a casarse con ella. Su padre
le había hablado de su abierto rechazo a establecer contacto con él y de su amenaza
de casarse con el primer hombre sin dinero que se lo pidiera y… por ese motivo, los
dos le habían preparado esa trampa.
Bajó la escalera para enfrentarse a su padre y, aunque las piernas le temblaban
un poco, hizo todo lo posible para estar tranquila.
—¡Dayle! ¡Qué alegría verte! —Angus fue hacia ella con los brazos abiertos,
pero Dayle sólo le presentó una mejilla para que la besara—. ¿Qué haces aquí? Pensé
que estarías en tu viaje de luna de miel.
—¿Pasamos a tu estudio? —preguntó secamente.
Entró antes que Angus y esperó a que éste cerrara la puerta.
—¿Y bien, papá? —al ver que Angus fruncía el ceño con expresión interrogante,
continuó—: Vamos, papá, no finjas que no tienes muchas explicaciones que darme.
Él tomó asiento frente a su escritorio de caoba.
—¿Qué quieres saber? —preguntó cauteloso.

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—Todo —respondió ella con voz firme—. Supongo que sabrás que ya he
descubierto la verdadera identidad de Mac… Alastair Callum MacAlastair —
pronunció el nombre con desprecio—. ¿Qué control ejerce sobre ti, que no te has
atrevido a denunciarlo a la policía?
—¿Control? ¿Sobre mí? ¿De qué hablas?
—¡Papá! ¡Deja de hacerte el tonto! ¿No te das cuenta de que tengo que saber la
verdad… toda?
—¿Os habéis casado? —preguntó mientras intentaba comprobar si llevaba el
anillo de casada.
—Sí —contestó con amargura, levantando la mano izquierda para
enseñársela—, sí nos casamos; pero no llevo el anillo, me lo he quitado.
—¿Y qué piensas de Callum…? Vamos —añadió al ver que titubeaba—, si
quieres averiguar toda la verdad tienes que contestarme.
—¡Está bien! —exclamó—. Me enamoré de él… pero no tienes por qué
festejarlo, porque no puedo seguir amando a un hombre que me ha engañado. Le…
le desprecio y… ¡le odio!
—Entonces, debes sentir lo mismo contra mí —señaló Angus con tristeza.
—¿Contra ti? ¿Por qué debo despreciarte y odiarte? —la voz de Dayle se quebró
cuando empezó a sospechar lo que había ocurrido.
—¡Porque yo arreglé todo! No… —levantó una mano al ver que Dayle abría la
boca—, primero escúchame. Dayle, me hiciste perder los estribos cuando amenazaste
con casarte con cualquiera que no tuviera dinero… y no con el marido que elegí.
—Yo tenía el derecho de escoger a mi esposo —afirmó Dayle disgustada—;
pero probablemente no habría cumplido mi amenaza. ¿Qué oportunidades tenía de
conocer a un hombre así?
—No podía correr el riesgo —respondió Angus, entristecido—. Siempre has
sido muy voluntariosa. El que estés aquí lo confirma; y sabía que Callum era el
hombre indicado, el que podía dominarte…
—¡Dominarme! —exclamó con desesperación.
—Así es —añadió Angus con firmeza—. Me percaté de que eras presa fácil para
cualquier pillo sin escrúpulos; además, siempre existe la posibilidad de que no seas
rica toda la vida. Las inversiones pueden fracasar; ya le ocurrió al viejo Spencer. Lo
mismo podría ocurrirme a mí.
—¿Spencer? ¿Te refieres al padre de Jenny Spencer?
Angus asintió.
—Al parecer realizó una serie de inversiones desafortunadas.
Aproximadamente un mes después de que Callum fingió secuestrarte me enteré que
había quebrado; era demasiado tarde para ayudarle. Se fueron de aquí, y él y su
esposa, creo que están en la región central de Inglaterra. Tienen allí un hermano que
ha prometido ayudarle.

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—¿Y donde está Jenny? —preguntó Dayle.


—Consiguió un trabajo; no sé dónde.
—Pobre Jenny —comentó con tristeza—, ¡qué situación tan horrible!
—Así es; bien, tú también podías estar ahora en su lugar, hija mía…
—De modo que tú lo arreglaste todo —le acusó.
—Hice lo que consideré que era mejor para ti —dijo Angus con un tono un
tanto suplicante—. Mac y yo éramos amigos desde hacía tiempo, a pesar de la
diferencia de edades.
—¿Quieres decir que no tiene ningún poder sobre ti?
—¡Cielos, no! Él…
—¿Pero qué hay de las cartas… las amenazas…?
Angus sentía una mezcla de pena, vergüenza, aunque, por extraño que
pareciera, en el fondo estaba muy orgulloso.
—Las escribía yo mismo, para que no sospecharas nada… más tarde, cuando te
secuestraran. Sabía que si fingía estar preocupado y luego dejaba olvidada por
descuido una de las cartas, no serías capaz de resistir…
—¡Vaya treta sucia y asquerosa! —Dayle se puso de pie de un salto—. ¿Acaso
no te importaba que yo sufriera por ti? —su voz se quebró—. Supongo que los dos os
habréis divertido mucho conmigo.
—No, no ha sido así. Cuando me llamaste por teléfono y tuve que fingir… me
sentí un despreciable, pero…
—Y Mac, quiero decir Callum… cuando pienso en cómo… Ningún hombre
decente se habría prestado para secuestrar a una chica que no conocía, que no le
importaba un rábano, dispuesto a casarse sin haberla visto. Supongo que fue un buen
incentivo, el convertirse en el heredero de los millones de Abercrombie.
—¡Cielo Santo! —exclamó Angus incrédulo—. ¿Quieres decirme que él no te lo
ha dicho? Estás en un error… Callum no…
Pero Dayle ya no escuchaba.
—Ya no tiene sentido, papá. Ya no quiero saber nada de ese asqueroso asunto;
y, sobre todo, no quiero discutirlo con él.
—Por lo menos, déjame explicarte.
—¡No, no, no! —exclamó, aún más enfurecida.
—Espera, Dayle, tienes que escucharme hasta el final —le dijo Angus, pero ella,
sin hacer el menor caso, se dirigió hacia la puerta del estudio.
No se detuvo hasta que llegó a su dormitorio, que cerró de un portazo pasando
el cerrojo, y, a pesar de las súplicas de Angus, se negó a salir.

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Esa noche, cuando todos dormían, Dayle se escapó de la casa, llevándose


solamente su ropa y su libreta de cheques. Tenía que alejarse antes de que Mac la
localizara allí… tenía que estar a solas para poder pensar.
Al día siguiente, sacó el dinero suficiente para cubrir sus gastos unos días y
envió a su padre el talonario de cheques por correo. Ese dinero era de él, no se lo
había ganado ella y en el futuro no quería tener nada que no se hubiera ganado con
su propio esfuerzo. Desde un teléfono público llamó a todos sus amigos hasta que
logró saber el paradero de Jenny.
Se alojó en un hotel barato mientras aguardaba la respuesta de Jenny a su carta.
Finalmente le escribió diciéndole que le había conseguido una entrevista con Tony
Ashworth y, a partir de ese momento, inició su nueva vida.

—Siempre te agradeceré que me consiguieras este empleo, Jenny.


—Pero se trata de algo transitorio —insistió su amiga—. ¿O realmente quieres
quedarte aquí hasta que estés vieja y cansada?
—Supongo que no.
—Entonces decide lo que vas a hacer. No me agrada la idea de que te quedes
sola, mientras yo estoy fuera.
—¿Vas a marcharte? —Dayle estaba sorprendida.
—Así es. Mamá y papá celebrarán sus bodas de plata dentro de dos semanas.
Quieren que pase con ellos unos días. La situación ya empieza a mejorar para ellos.
Nunca volverán a ser ricos, pero contarán con lo suficiente… y supongo que después
de tocar fondo y volver a salir, sí se merecen una celebración.
—Me alegro por ellos —comentó Dayle con sinceridad.
—Así que tienes que resolver tus problemas antes de que me vaya. Sólo así
podré marcharme tranquila —le confesó Jenny.

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Capítulo 10
A pesar de las exigencias de Jenny, Dayle aún no había tomado una decisión,
dos semanas más tarde, mientras le ayudaba a guardar su equipaje, el regalo para sus
padres y otras cosas en el Mini.
Sonriendo, la despidió con la mano y entró en la casa, sintiéndose
completamente sola.
Fregó los platos del desayuno y recogió la cocina. Luego, después de cerrar la
casa, se dirigió a la oficina. Encontró a Tony que la esperaba impaciente.
—¿Puedes hacerte cargo de la oficina esta mañana? —le preguntó—. El director
quiere verme. ¿Crees que no tendrás problemas?
Al asegurarle Dayle que estaba más que capacitada para resolver cualquier
problema durante unas horas, él continuó:
—No hay ningún problema importante pendiente. Sólo deberás apuntar las
llamadas telefónicas.
—¡Deja de preocuparte, Tony! —le indicó Dayle—. No es la primera vez que me
quedo sola en la oficina.
—Tienes razón. Ya me voy. Ah, pero antes, en mi escritorio hay una carta para
ti. Parece que andaba extraviada; el matasellos tiene fecha de hace dos semanas.
Tony se alejó y Dayle se sentó frente a su escritorio. Cogió la carta sin el menor
interés, pero, al verla, se quedó muy sorprendida. Era de su padre. El sobre contenía
algo grueso y cuando lo abrió vio qué era: otro sobre, con una nota firmada por Mac.
Primero leyó la carta de su padre, que decía:

Querida Dayle, me encontré con una amiga que te vio en el sitio donde trabajas.
Le estoy muy agradecido por darme tu dirección. Es obvio que no se te ocurrió que
pudiera estar preocupado por ti y en particular por tu matrimonio.

Dayle sonrió irónicamente. Seguramente Angus estaba más preocupado por sus
asuntos de negocios con Callum MacAlastair que por ella.

Debiste haberme dado la oportunidad de explicarte todo ampliamente… acerca de la


participación de Callum en los planes que yo tenía para ti. No creo que nunca hayas sido justa
con el joven. Por supuesto que ya se ha puesto en contacto conmigo; estaba muy preocupado
por ti hasta que le dije que te había visto y que estabas bien.

¿Estaba Mac realmente preocupado por ella, por el fracaso de su planeado


matrimonio de conveniencia…? Dayle ya no es taba segura de nada.

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***
Quizá se dé el caso de que no te molestes en leer esta carta. Dado tu estado ánimo
cuando volviste a casa, no me sorprendería que la hagas pedazos. Pero en el caso de que hayas
decidido leerla, creo que debes saber toda la verdad.
Está bien, me arrepiento de haberte asustado, de las cartas anónimas y de todo lo
demás… y de todo el innecesario trabajo que te impuse para que prepararas la fiesta. Ya
habrás imaginado que la cancelé para dejarle a Callum el campo libre; esa noche permanecí en
la oficina hasta que consideré que ya habíais partido… di el día libre a la servidumbre.
Sabía que estarías a salvo con Callum y él me prometió que no te sucedería nada malo
sino que te haría descubrir algo que jamás habías experimentado en tu vida.

Al parecer, también le había prometido casarse con ella. Pero, ¿cómo había
podido hacerlo? Ahora que conocía a Callum Mac Alastair, no podía imaginárselo
como una persona dispuesta a casarse por conveniencia. Era demasiado… hombre,
para unirse a alguien a quien no deseara.
Después de reflexionar un rato continuó leyendo la carta.

Pensé que unas cuantas semanas de vida difícil te harían recuperar el buen sentido…
que te harían olvidar todas tus ideas alocadas. Después de todo es igual de fácil enamorarse de
un hombre rico que de uno pobre.
Callum vino hace unos días. Tiene que emprender un viaje de negocios al extranjero y
esperaba que yo tuviera noticias tuyas antes de partir.

Dayle contuvo la respiración y siguió leyendo apresuradamente, temiendo que


Angus le hubiera revelado dónde estaba.

Pero todavía no había visto a tu amiga, por lo que no pude serle de mucha utilidad. Le
pedí que te escribiera en caso de que te localizara. Probablemente él te explicaría todo mejor
que yo; pero creo que merece que le des la oportunidad de reunirse contigo para que aclaréis
las cosas. Es tu esposo y es digno de tu consideración después de todo lo que hizo por ti… así
es que lee su carta.

Si Angus no hubiera terminado su carta de esa manera, Dayle habría abierto el


otro sobre, pero como no deseaba sentirse obligada por su progenitor, no lo hizo.
Frunció el ceño al contemplar la carta de Mac y su primera reacción fue la de
destruirla sin abrirla, pero algo en su interior se lo impidió, e instintivamente, la
guardó en su bolso de mano, posponiendo una vez más el tomar una decisión.
¿Y qué había de la carta de su padre? ¿Debería contestarle… o llamarle por
teléfono para pedirle que guardara en secreto su paradero? ¿Pero lo haría? Por su
parte, Dayle sabía que estaba de parte de Mac, aunque no le sorprendía nada, ya que

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al defenderle justificaba su propio comportamiento. Además, era probable que ya le


hubiera dado la información, así que debía marcharse antes de que Mac apareciera.
Sin embargo, por su contrato de trabajo, estaba obligada a renunciar a él con un mes
de anticipación.
Pero si no podía dejar su trabajo, ¿qué haría? Si Mac se presentaba en Parque
Campestre, podría negarse a recibirle en su casa; o podría enfrentarse a él y decirle
que no quería verle más… que lo único que deseaba era el divorcio. ¿Pero sería capaz
de hacerlo, de convencerle? Suponiendo… suponiendo que intentara acariciarla,
incluso besarla, estaría perdida aun antes de que la batalla comenzara.
Había otra forma de protegerse: pretender que ya había alguien más en su vida.
Tony estaría dispuesto a desempeñar el papel de novio, sin embargo, no le parecía
demasiado justo obligarle a hacer algo así, cuando sabía que ya estaba medio
enamorado de ella.
Varias veces sacó la carta de Mac de su bolso y le dio vueltas en sus manos,
preguntándose cuál sería su contenido. ¿Serían palabras de amor o de
recriminación… una acusación por su comportamiento, o una súplica para que
volviera a su lado?
Al ver que Tony había regresado, sintió un profundo alivio.
—Bueno —dijo él mientras Dayle le dejaba su escritorio—, el condado sí que ha
guardado bien este secreto. Me alegro de que nos enteráramos de él antes. Nos ha
evitado muchas preocupaciones.
—¿Qué secreto había aquí escondido? —preguntó Dayle con curiosidad.
—Parece que todos hemos estado a punto de quedarnos sin trabajo, pero, como
han resultado las cosas, a la larga estaremos mejor.
—Tony, vamos al grano —le rogó.
—¡No! Creo que te mantendré en suspenso un poco más.
—¡Tony! —gimió—. ¡Eres imposible!
—Haré un trato contigo —le indicó—: ven conmigo a cenar esta noche y te
contaré toda la historia… antes que al resto del personal.
—Oh, pero… no creo…
—¡Si no me acompañas a cenar no te contaré nada! —la amenazó—. Y te
advierto que lo lamentarás… porque es una noticia de primera plana.
Dayle se quedó pensativa durante un momento. Estaría muy sola en la casa esa
noche y temía que Mac se presentara en cualquier momento. En ese caso se
encontraría a su merced; pues sabía muy bien que no la dejaría escapar sin que
escuchara lo que tuviera que decirle.
—Está bien, Tony, y… gracias.
Cuando llegó el momento, se puso un vestido de color azul, que le sentaba muy
bien, y su esfuerzo fue recompensado por las alegres miradas de Tony.

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—He esperado mucho tiempo para esta oportunidad —señaló mientras la


llevaba del brazo hasta su automóvil—, pero, ¡ha valido la pena la espera!
Dayle se detuvo, observándole con curiosidad.
—No te hagas ilusiones, Tony. Esto es sólo… una salida amistosa para hablar
de negocios.
Él suspiró.
—¡Ya lo sé, ya lo sé! No tengo contigo ninguna esperanza; pero al menos
permíteme que esta noche me sienta feliz, viendo cómo me convierto en la envidia de
todos los hombres que me vean contigo.
Tony se dirigió a un lujoso restaurante, anexo a un motel.
Mientras tomaban un aperitivo antes de la cena, Dayle le pidió de nuevo que le
revelara el secreto, tal y como le había prometido.
—Es obvio que tiene que ver con el Parque Campestre, ¿no es así?
—Efectivamente —dijo, frunciendo el ceño—. Habrás oído que los Concejos en
general están haciendo recortes presupuestales debido a la recesión… lo cual incluye
el Parque Campestre Barnet. Como tú sabes el lugar es un centro que está al servicio
de colegios y universidades; el museo, las visitas de estudiantes de agricultura y todo
eso.
Dayle asintió.
—El Concejo consideró que el Parque no tenía ingresos suficientes para el
mantenimiento de los animales; si se eliminara la Granja Familiar, significaría el
cortar un buen número de plazas del personal.
—Pero la Granja Familiar es muy importante —protestó Dayle.
—¡Para ti…! Oh, perdona —Tony hizo una pausa y luego añadió—: No has
oído toda la historia. Tú no habrías sido la única persona que hubiera protestado.
Imagínate la expresión de la señorita Wilson al enterarse de que sus preciosos
jardines tendrían que desaparecer.
—¿Por que hablas en pasado, debo entender que las autoridades del condado
han cambiado de opinión?
—No, no han cambiado de opinión, siguen pensando que no hay forma de que
el Parque sea autofinanciable, pero… —se inclinó hacia adelante—, han encontrado
un comprador dispuesto a adquirir todo, hasta el último clavo.
—¿Pero seguirá abierto al público? —preguntó ella con ansiedad, pensando en
los cientos de personas que diariamente lo visitaban.
—Así es… y se mantendrá en sus puestos a todo el personal.
—Eso es maravilloso —murmuró Dayle.
—¿Verdad que sí? —Tony estaba entusiasmado—. ¿Ahora ves por qué pensaba
que debíamos celebrar algo? Pero no digas nada hasta que la operación sea aprobada
y anunciada oficialmente.

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Dayle lo prometió y entonces los dos comenzaron a degustar la excelente cena.


Luego, ya en el café, Tony añadió:
—Parece que el individuo que va a comprar es un hombre muy poderoso, pero
también un gran ecologista. Piensa que puede hacer que el Parque sea autosuficiente.
—Espero que no haga instalar algo horrible… como juegos y otro tipo de cosas
parecidas —comentó Dayle—; eso echaría a perder el ambiente.
—Es seguro que habrá cambios —señaló Tony.
—Me encanta el Parque tal como está. Si se hacen demasiadas alteraciones,
quizá me vaya, en vez de quedarme a ver cómo lo arruinan.
—Al menos permanece aquí hasta que veas cómo resulta todo —le pidió
Tony—. Eres buena en tu puesto y sé que te gusta.
—Es cierto, pero… Bueno, Tony, con toda franqueza creo que ha llegado el
momento de que ponga mi vida personal en orden.
—¡Perfecto! ¿Por qué no? Deja todos tus asuntos personales arreglados, es
fundamental. Pero eso no significa que tengas que irte.
—Quizá lo sea. Debo conseguir un trabajo con mejor sueldo.
—¿Por qué no esperas? —repitió—. Si este tipo tiene grandes ideas, quizá esté
dispuesto a pagar mejor. Pero ya hemos hablado bastante de negocios, aunque antes
de cambiar de tema, deseo que me prometas que no harás nada apresurado.
—No haré ninguna promesa —le dijo con sequedad mientras él la llevaba a la
pista de baile.
—He sido informado de que el posible comprador estará por aquí dentro de
uno o dos días —añadió él—. Reuniré a todo el personal para decírselo. Tendremos
que esmerarnos en el orden y limpieza de todo.

Una vez que dio el primer paso, el segundo fue más fácil. Así que cuando Tony
le pidió que lo acompañara el sábado a una cena en el Club Campestre, ella aceptó.
Hablaron de todo, desde los nuevos proyectos para el Parque hasta de cómo estaría
disfrutando Jenny de su descanso.
—¡Mira allí hay una interesante pareja —señaló Tony refiriéndose a unos recién
llegados, y Dayle volvió la cabeza.
Después de una rápida mirada, desvió inmediatamente la vista, alegrándose de
que Tony estuviera hablando con el camarero.
Era Mac… vestido de forma impecable, y Dayle se sintió celosa al verle junto a
la elegante mujer que le acompañaba.
—Tony, ¿tenemos que cenar aquí? ¿No podemos ir a otra parte?
Él la miró incrédulo.

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—¡Pero Dayle, no podemos irnos! ¿Qué tiene de malo este sitio?


—Nada —replicó tensa—, no es el lugar. Es… es la gente. Tony, ese hombre…
el que acaba de llegar. Él… él es mi esposo.
—¡Dios Santo! —exclamó Tony asombrado—. ¡Qué horrible coincidencia!
—No es una coincidencia —dijo Dayle con tristeza—, creo que ha venido a
buscarme.
—¿De modo que crees que ha venido a buscarte? —Tony empezaba a mostrarse
preocupado—. ¿Acaso crees que está celoso y que es capaz de armar un escándalo?
—¿Por que estoy contigo? No lo sé. Verás, no leí su carta. Puede que haya
venido para hablar del divorcio —tragó saliva—. ¿Puedes… puedes ver dónde se ha
sentado? No quiero volverme.
—Se encuentra en una mesa en el otro extremo del salón. ¿Crees que nos habrá
visto?
—No, pero me gustaría retirarme tan pronto como terminemos de cenar.
Lamento estropearte la velada, Tony, pero no me atrevería a bailar.
Tony aceptó, decepcionado.
—Me gustaría permanecer aquí toda la noche, contigo. Sin embargo, no deseo
que ese hombre me aplaste la nariz de un golpe. Cenaremos y nos iremos. Podremos
salir a bailar otra noche.
Dayle presintió que ya no tendrían otra oportunidad de salir; sabía que sus días
en el Parque Campestre Barnet estaban contados ahora que Mac había descubierto su
paradero. Presentaría su renuncia antes de que tomara posesión el nuevo propietario.
Así tendría cerca de un mes para encontrar un nuevo trabajo lo más lejos posible. Tal
vez fuera bueno seguir la sugerencia de Jenny, buscar un empleo en el extranjero.
Mac podría divorciarse de ella alegando que le había abandonado y su presencia no
sería necesaria en los tribunales…
—No estás cenando —le reprochó Tony.
—Lo siento, pero no puedo, me atragantaría.
—¿Por qué ha tenido que aparecer por aquí ese maldito? —exclamó Tony
furioso—. Antes de llegar te estabas divirtiendo, lo sé.
Tony terminó de cenar apresuradamente y se puso de pie.
—¡Vámonos! —exclamó con furia—. Salgamos de aquí.
—¿Podrías… podrías asegurarte de que el campo está libre antes de que me
levante? —le suplicó Dayle.
—Su mesa está vacía. Deben haberse ido.
—No… estaban vestidos de etiqueta.
—Pues no los veo por aquí. Estarás a salvo.
—¿No están bailando?

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Tony maldijo en voz baja.


—No los veo —insistió.
—Entonces, salgamos.
—Pero si ya se han ido, ¿no crees que podemos quedarnos a bailar? —preguntó
Tony esperanzado.
—No sería muy buena compañía, Tony.
—Creo que todavía estás enamorada de ese tipo —la acusó mientras cruzaban
el salón—; apenas sé nada de todo esto, sin embargo…
—¡Por supuesto que no! —le interrumpió Dayle, bruscamente.
Sintiéndose completamente nerviosa, se dirigió al guardarropa por su abrigo,
para reunirse de nuevo con su acompañante. Pero al bajar la escalera se encontró con
la persona que menos deseaba ver y se quedó inmóvil, sin saber qué decir.
Mac la contempló durante unos segundos y ella, haciendo un gran esfuerzo,
volvió a la realidad, bajando la cabeza. «¿Qué le iría a decir? ¿Qué haría», se
preguntó, mientras el silencio se prolongaba como si el tiempo se hubiera detenido.
—¿Y bien, Dayle? —dijo él por fin—. ¿No tienes nada que decirme después de
tanto tiempo?
—No —murmuró ella—, nada… nada en absoluto.
—Ya veo —Mac hablaba con aparente tranquilidad—. Bien, pero yo sí tengo
muchas cosas que decirte. ¿Has recibido mi carta?
Durante un instante pensó negarlo, pero detestaba las mentiras.
—Sí —desafiante, Dayle volvió a levantar la cabeza—, pero no la he leído.
Los músculos de la mandíbula de Mac se endurecieron.
—Ya veo. Entonces es necesario que hablemos. ¿Adónde podemos ir?
—¡A ninguna parte! No iré contigo a ningún sitio. Estoy aquí… con un amigo.
Ya nos marchábamos —Dayle sacó fuerzas para acercarse a Tony y pasarle una mano
por el brazo—. Lamento haberte hecho esperar, Tony querido, pero me he
encontrado con un viejo conocido.
Mac los contemplaba a los dos con furia y Dayle advirtió que tenía los puños
apretados. Tony empezó a alejarse, arrastrando a Dayle con él.
—Me alegro de haberte visto —dijo Mac con tono sarcástico—; la próxima
ocasión no será después de tanto tiempo.
Mientras que Tony le abría la puerta del coche, Dayle temblaba sin poder
evitarlo, debido a la furia y al temor que la invadían en ese momento.
—¡Vaya! ¡Qué situación tan comprometida! —exclamó Tony poniendo el
vehículo en marcha—. ¿Crees que te dejará tranquila?
—¡Qué va! No conoces a Mac. Pronto volveremos a verle.

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***
Dayle no pudo dormir esa noche. Después de que Tony la dejó en su casa, se
encerró y se metió en la cama. No sabía si Mac conocía su domicilio exacto, pero no
quiso arriesgarse a dejar la puerta abierta. Todavía temblaba ante el recuerdo de su
encuentro y las inevitables emociones que su presencia había despertado. ¿Por qué el
destino la había obligado a verle de nuevo? Se movió en la cama; deseaba estar cerca
de Mac, entregarse a él; y aún había más que tendría que soportar. Mac no se iría tan
fácilmente. No descansaría hasta que pudiera hablar con ella.
Dayle empezó a repasar en su mente lo que ella tenía que decirle, los
argumentos que tendría que utilizar frente a sus intentos de justificación.
Pero quizá él no buscaba justificarse. ¿Cómo podría hacerlo sin mentirle?
Posiblemente había ido a pedirle el divorcio. Al pensar en eso, la imagen de la
hermosa morena apareció en su mente y entonces, emitió un suave gemido, tratando
de reprimir el trémulo y traicionero deseo de su cuerpo.

Al presentarse a trabajar al día siguiente, pálida y ojerosa, encontró a Tony


trabajando mucho.
—El comprador vendrá esta mañana. Dayle, tú cubrirás los recorridos… Quiero
que quede impresionado.
Ella había querido hablar sobre la noche anterior con Tony, pedirle unos días
libres para desaparecer del Parque, posponer ese enfrentamiento definitivo con
Mac… pero Tony estaba muy nervioso por la inminente visita para prestarle atención
a sus problemas y, obviamente, en esas circunstancias, el permiso quedaba
descartado.
Esperó al primer grupo de turistas, rogando poder realizar bien su trabajo, ya
que Tony confiaba en ella.
—Las estancias campestres de las épocas victoriana y eduardina eran
consideradas para quienes en ellas vivían lo máximo —les dijo Dayle—, no dudaban
de que esta situación duraría para siempre y hay aquí…
En ese momento Dayle se dio cuenta de que alguien más se había unido al
grupo y se detuvo. ¡Se trataba de Mac! ¿Cómo se atrevía a perseguirla de esa forma?
Y ese día, cuando era imprescindible que todos se esmeraran. Temblando de nervios
e indignación, logró terminar su recorrido.
Cuando el grupo se alejó, se dirigió a Mac, enfurecida.
—¿Qué estás haciendo aquí? Estoy trabajando y creí haberte dicho que no tengo
nada de qué hablar contigo.
Nunca llegó a averiguar cuál sería la respuesta de Mac, ya que un adusto
caballero que rondaba por allí se acercó y la reprendió:

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—Señorita… cualquiera que sea su nombre, tendrá que disculparse


inmediatamente. El señor MacAlastair se encuentra aquí analizando la posibilidad de
adquirir esta propiedad. Si desea conservar su puesto, ¡le sugiero que corrija sus
modales!

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Capítulo 11
Mientras tomaba algo caliente esa noche, Dayle pensó en el incidente ocurrido
con Mac, quien había tenido que hacer un gran esfuerzo para explicarle al presidente
del Concejo Municipal que eran viejos amigos e impedir que perdiera su empleo en
ese mismo momento. La enfurecía saber que estaba en deuda con él; pero al menos
no la había humillado delante de todos manifestando que era su esposa.
Pasó el resto del día y la velada en un estado de trepidación constante,
esperando en cualquier momento que Mac llamara a su puerta, ya que, cuando se le
alejaba después de la embarazosa escena con el presidente, la había sujetado por el
brazo, diciéndole:
—Te veré más tarde, Dayle.
—No te tomes esa molestia —replicó ella con sequedad.
—Puedes estar segura de que nos veremos —insistió él.
¿Por qué no se presentaba? ¿Habría cambiado de opinión? No era común en
Mac, ya que se aferraba tanto a sus ideas, como un perro a su presa; sin embargo, ella
ya no estaba segura de nada.
Después de ducharse se puso a buscar un vestido en el guardarropa. Aparte del
día de su boda, Mac nunca la había visto con nada que no fueran pantalones
vaqueros y suéter. De modo que se puso un vestido que sabía que le quedaba muy
bien. Pero resultó un esfuerzo vano… ya que Mac no se había presentado para verla;
y ahora ya era tarde, demasiado tarde para que fuera a visitarla. Eso era un alivio, sin
embargo, se sentía un tanto defraudada.
De modo que se puso el camisón y la bata y bajó para prepararse un chocolate
caliente antes de dormir.
Iba a fregar la taza cuando llamaron a la puerta. Dayle se quedó inmóvil
durante un momento, convencida de que era Mac, y cuando insistieron de nuevo, fue
a abrir:
—¡Oh! —exclamó—. ¡Tony! ¡Eres tú! —no sabía si reír o llorar, de alivio o
decepción—. ¿Qué haces por aquí a esta hora de la noche.
—¿Puedo pasar? —preguntó—. Dayle, es importante.
—Está bien; pero date prisa. Ya estaba a punto de irme a la cama.
Ella le siguió hasta la sala.
—Más vale que te sientes, tengo malas noticias. Pensé que era necesario
informarte en seguida. Me temo que ha habido un accidente.
Dayle se levantó instintivamente.
—Ha sido un choque —continuó Tony—, los… los frenos han fallado.
La joven apenas podía pronunciar las palabras.

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—¿Ha sido muy grave? ¿Está él… está él…?


—¿Él? —exclamó Tony—. Me refiero a Jenny.
Durante un instante, Dayle no podía creer lo que acababa de oír, luego, el temor
y una sensación de alivio se mezclaron en el torrente de vergüenza y alegría que la
invadió.
—¿Jenny? Ella… ella no se…
—¡Cielos! ¡No! ¡Qué estúpido soy! —Tony fue a sentarse a su lado, pasándole
un brazo por los hombros en actitud reconfortante—. Jenny está muy grave y el
coche está completamente destrozado, pero…
Dayle empezó a sollozar y apoyó la cabeza en el hombro de Tony.
—¡Oh, Tony, gracias a Dios! Primero pensé que te referías a Mac… que se había
matado o algo parecido… y luego, al decir que se trataba de Jenny… Tony, ¿estás
seguro de que está bien?
—Sí lo estoy —le dio un apretón con el brazo para tranquilizarla y luego rió
apenado—. Cuando su padre me ha contado lo ocurrido y me ha dicho que no
vendrá la semana próxima a causa… he pensado lo mismo que tú. Me ha dado un
vuelco el corazón —titubeó y luego continuó con mayor firmeza—: Algo extraño me
ha ocurrido, Dayle. Ha sido como si el miedo me sacudiera el cerebro, poniendo mis
ideas en orden. De pronto me percaté de lo buena que es Jenny… de lo horrible que
sería que algo le sucediera. Debo… creo que me importa más de lo que imaginaba.
Estoy seguro de que debes pensar que he perdido la chaveta, pero…
Dayle se irguió y se quedó mirándole con los ojos todavía llenos de lágrimas.
—¡Tony! —exclamó—. Eso… eso es maravilloso, porque estoy segura de que
Jenny piensa igual de ti. Nunca me ha dicho nada al respecto y nunca deberás decirle
que yo… ¡Oh, Tony! ¡Me alegro mucho! —impulsivamente, le lanzó los brazos al
cuello y lo besó, sin pensar en cuál era el motivo de ese gesto.
Tony sonreía cuando ella se echó hacia atrás.
—Y creo que estoy enamorado… muy enamorado esta vez.
—¡Qué conmovedor!
Sobresaltados, los dos dirigieron la mirada hacia la puerta. Mac estaba en el
umbral. Dayle nunca le había visto tan enfadado… Irritado, sí, incluso acalorado,
pero nunca en ese estado de furia.
—¡Mac, yo… nosotros…!
Dayle estaba a punto de darle una explicación sobre la situación, cuando de
repente se contuvo. ¿No era esto lo que deseaba? ¿Darle a Mac la impresión de que
estaba interesada en alguien más?
Al ver a Mac, Tony se había apartado de ella y ya estaba de pie.
—Bueno —dijo con tono nervioso—, creo que debo marcharme…

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—¡Sí, sería mejor que lo hiciera! —asintió Mac con un tono tan frío como su
mirada—. ¡Antes de que lo saque de aquí a golpes!
—Mire, amigo —protestó Tony—, las cosas no son como usted piensa…
—¡Fuera!
Al oírle gritar de ese modo, Tony no trató de defenderse más.
Dayle tuvo la impresión de que el portazo que Tony dio al salir, era el ruido de
las rejas de una prisión que se cerraban, pues se sentía atrapada con Mac.
—¡Ya es demasiado tarde! —exclamó desafiante.
—¿Demasiado tarde para qué? ¿O es que tú y ese…?
—He querido decir que ya es demasiado tarde para hacer visitas —lo
interrumpió apresurada—; ya me iba a la cama.
—Podemos continuar esta discusión allí —respondió con voz amenazadora.
Dayle contuvo la respiración ante el insulto.
—¡Eres… tú no vas a acercarte a mi cama!
—¿Por qué no? Soy tu marido.
—Sólo… sólo de nombre.
—Reconozco que no nos hemos visto desde hace tiempo, pero, si la memoria no
me falla, creo que sí llegamos a consumar nuestra unión.
Dayle empezaba a sentir un vacío en la boca del estómago.
—Bien sabes que así es, pero eso no volverá a ocurrir —le aseguró.
—Yo no estaría muy seguro de ello —contestó Mac con aparente
convencimiento.
Lamiéndose los labios, con nerviosismo, Dayle apartó la vista. Pero él la obligó
a mirarle, cogiéndola de los hombros y haciéndola ponerse de pie.
—Hay dos formas para arreglar este problema, Dayle. La más rápida consiste
en que subamos juntos a la cama y empecemos de nuevo. La otra es que hablemos
tranquilamente. ¿Cuál prefieres?
—¡Ninguna de las dos! —exclamó con un grito ahogado, tratando de soltarse—.
Nunca volveré a compartir mi cama contigo… Y no tengo nada que decirte, excepto
que puedes iniciar los trámites de divorcio.
—¡El divorcio? —su voz se endureció—. ¿Para que puedas casarte con ese
cobarde que acaba de salir sin defenderse?
Dayle titubeó. Pero no recurriría a la mentira.
—No, Tony está enamorado de Jenny… mi mejor amiga. Se ha dado cuenta de
eso esta noche al enterarse de que ella ha sufrido un accidente.
—Ya veo —contestó él soltándola—; de modo que esa pequeña escena…
—Era inocente… además eso no es de tu incumbencia.

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—No estoy de acuerdo. Eres mi esposa hasta que nos divorciemos.


¡De modo que estaba dispuesto a divorciarse! Dayle se dejó caer en el sofá
desvanecida, y él se sentó a su lado y con una mano le levantó la frente.
—¡Estás bien? —preguntó con sequedad.
—Sí —contestó temblorosa, pero luego, con voz más firme, añadió—: y estaré
mejor cuando te marches y me dejes en paz.
—Voy a dejar algo muy claro, Dayle —la voz profunda de Mac era tranquila
pero firme—: no voy a marcharme. Tendrás que explicarme tu imperdonable
comportamiento, aunque tenga que obligarte a hacerlo.
—¿Mi comportamiento? ¿Mi imperdonable comportamiento? ¿A qué diablos te
refieres? ¿Y qué me dices de tu comportamiento?
—Me refiero a la forma en que me engañaste… fingiste estar enamorada de mí.
Fue algo muy cruel, ¿no te parece? Casarte conmigo… en el sentido más amplio de la
palabra, sólo para volver a tierra firme y poder escapar de mi lado.
Dayle guardó silencio. ¿Realmente era eso lo que creía que había sucedido?
¿Cómo podía pensar que hubiera recurrido a un truco tan bajo para obtener su
libertad?
—Ya lo he dicho. No tengo nada más que hablar. Quédate aquí sentado toda la
noche si quieres, pero eso no cambiará las cosas.
Mac se puso de pie bruscamente.
—¿Sientes mucho aprecio por el Parque y por tus amigos de aquí?
Intrigada por el cambio de tema, ella asintió.
—Supongo que no te gustaría verlo vendido para urbanizarlo, los animales
sacrificados y tus amigos sin trabajo —no aguardó su respuesta, sino que planteó su
ultimátum—: O te comportas como una persona adulta y aceptas que hablemos
claramente sobre nuestra situación, o llamaré a los miembros del Concejo para
decirles que el trato queda revocado…
Dayle saltó, indignada.
—¡No lo harás! ¡Ni siquiera tú serías capaz de tal villanía!
—¿Por qué no? —preguntó. ¿Qué significan para mí estos terrenos? Para mis
propósitos, puedo adquirir varios sitios como éste.
—¿Entonces por qué estabas dispuesto a comprarlo? —le retó.
—Esa es otra historia —replicó él, enfurecido—, que no afecta a mi decisión de
comprar o no.
—Hablas en serio, ¿no es así? —preguntó ella incrédula.
—Yo siempre cumplo lo que digo… a diferencia de otras personas.
—¡Eso es un chantaje!
—Efectivamente —aceptó—; ahora está en tus manos. ¿Hablamos o no?

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—Hablaremos si no tengo otra alternativa —dijo ella—, pero no nos llevará a


ninguna parte. No me disculpará por algo que me vi obligada a hacer. Tú tampoco te
has disculpado por haberme secuestrado.
—No —comentó él—, porque no lamento haberlo hecho… o no lo lamentaba
hasta que…
—Hasta que encontraste a otra mujer —agregó ella con frialdad.
—¿Otra mujer? —parecía intrigado—. Ah, te refieres a anoche… Se trataba de la
esposa del consejero Roberts. Él tenía una reunión importante, por lo que su señora
se ofreció a acompañarme.
—¿Esa adorable morena está casada con ese horrible hombre gordo?
—Recuerda que los gustos son muy personales —su tono era insultante.
—Entonces, ¿por qué quieres el divorcio?
Mac lanzó una carcajada que más bien parecía un ladrido.
—¿Te gustaría estar casada con alguien que te hubiera mentido… y te
abandonara a la mañana siguiente de la boda? —al recordar que ella había
mencionado el divorcio, añadió—: De cualquier forma, ¿quién ha dicho que quiero el
divorcio?
—¡Tú! Y no, no me gustaría estar casada con un mentiroso, que es el motivo por
el cual te abandoné. Me engañasteis tú y mi padre.
—Tú has sido quien ha hablado de divorcio —insistió él y, después de una
pausa, continuó—: Ahora aclaremos el asunto del nombre de una vez por todas. No
quise decirte que mi segundo nombre es Callum. ¿Y eso qué? Sólo lo utilizo para
cuestiones de negocios. Además casi todos me conocen por Mac.
—Mi padre no… y tú no me dijiste que tu nombre era Callum —le acusó—
porque sabías que lo reconocería como el del hombre con quien mi padre había
decidido que me casara.
—¡Qué!
—No finjas. Desde que cumplí dieciocho años mi padre me ha estado
presentando proyectos matrimoniales. Tú fuiste el último de una larga lista. No sé
qué recompensa te ofreció para que me secuestraras… para que te casaras conmigo,
pero…
—¿Recompensa? ¿Por casarme contigo?
—¡No me lances esa mirada inocente!
—En lo único en que te engañé —recalcó Mac— fue en hacerte creer que tu
padre estaba también en mi poder, y eso lo acordamos los dos, ya que era la única
forma para doblegarte…
—¡Doblegarme! ¿Y qué pensabais que era, un perro?
—Yo diría perra —comentó él, cogiéndola por un brazo cuando Dayle le lanzó
una bofetada—. Y no intentes resistirte. No te servirá de nada.

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—No, ese es el problema contigo… sabes que eres más fuerte que yo, pero que
sea más débil que tú, no significa que no tenga cerebro…
—¡Entonces, úsalo! —replicó Mac.
—Lo estoy haciendo. Dices que tú planeaste con mi padre engañarme… ¡Es
probable! Pero también intentasteis decidir mi futuro… arreglar todo para que tú
tuvieras control sobre mí y mi dinero, casándote conmigo.
Mac frunció el ceño.
—No doy ni esto por tu dinero. Te lo he dicho muchas veces, hay otras cosas en
la vida además de la riqueza.
—¡No hagas eso! —exclamó Dayle saltando para ponerse de pie—. Y no te creo.
Quizá no sabes que mi padre lo puso todo por escrito. Bien, te lo demostraré. ¡No te
muevas de aquí!
Subió la escalera hasta su habitación y se puso a buscar en el cajón en donde
había guardado las cartas de su padre y Mac.
El crujir de una baldosa del suelo la sobresaltó y, al volverse, se dio cuenta de
que Mac estaba muy cerca de ella.
—Te he dicho que esperaras abajo. ¿Cómo te atreves a venir aquí?
—Pensé que nos ahorraría tiempo —sonrió con ironía—, por que habremos de
acabar aquí, ¿no crees?
Ella le arrojó las dos cartas.
Ahí tienes, te devuelvo la tuya… ya puedes leer la de mi padre; así verás lo
inútil que es que trates de negar sus estratagemas.
—¿No has leído la mía? —preguntó mientras le daba vueltas en las manos.
—Ya te lo he dicho. Y ahora, si me disculpas, voy para abajo.
—No, no lo harás —se dirigió hacia la puerta, cerró y guardó la llave en el
bolsillo.
—Dame esa llave. No tienes ningún derecho… —Dayle se enfureció aún más al
verle sentarse en su cama y los dos permanecieron en silencio mientras el leía la carta
de Angus.
—En ninguna parte dice que yo estuviera de acuerdo en casarme contigo —
señaló mientras volvía a guardar los pliegos en el sobre—. Tu padre no dice nada
acerca de que los dos conspiráramos contra ti.
Dayle se sabía la carta de memoria.
—Dice que estaría a salvo contigo, que le habías prometido que me harías
experimentar algo que jamás habría sentido. Ciertamente nunca había
experimentado antes una seducción como la tuya. Incluso… —dejó escapar un
sollozo—… incluso me dijiste que… que me amabas.
—Según recuerdo, tú me dijiste lo mismo.

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—Pero tú lo dijiste primero, tú… —Dayle se detuvo, pues se dio cuenta de que
estaba a punto de llorar.
Cuando Mac se acercó a ella, le rogó que no la tocara, pero, ignorando sus
protestas posó las manos en sus hombros acercándola contra su cuerpo; luego
empezó a acariciarle los senos y hundió el rostro en su pelo.
—Pobre niña rica —murmuró Mac.
Ella trató de dominar el profundo dolor que sentía en su interior.
—Ya no lo soy —dijo sonriendo—. No voy a pedirle nada a mi padre; no quiero
su dinero. Viviré con el dinero que pueda ganar. Así que ya ves, no estás casado con
una rica heredera. Y si intenta dejármelo… lo cederé a instituciones de caridad.
—¿De verás crees que eso me preocupa? —preguntó con voz dulce—. ¿No crees
que podría sobrevivir casi sin nada? Pero ese no es el problema. Cuando tenga la
edad de tu padre, tendré más dinero del que ahora tiene… por mi propio esfuerzo.
No necesito una esposa con dote… ningún hombre que se respete a sí mismo la
necesita.
—Ningún hombre que se respete a sí mismo haría lo que tú hiciste —le
reprochó, tratando con desesperación de apartar sus dedos de su cuerpo—:
secuestrarme… obligarme a casarme.
—No te obligué… tú aceptaste casarte conmigo —sus manos seguían
recorriendo el cuerpo de Dayle, quien deseaba gritar de deseo.
—Mac, por favor, suéltame —exclamó con un murmullo ahogado—. No, no…
no es justo…
—En el amor… todo está permitido.
—¡Pero no es amor! Lo que me estás provocando es solamente pasión y yo no…
yo no…
Sus palabras terminaron en un gemido cuando Mac la hizo darse la vuelta,
aumentando aún más su intenso deseo.
—Hay momentos para hablar y momentos para actuar —le dijo—. Ya hemos
hablado… demasiado para los pocos resultados obtenidos.
Con una mano la tenía oprimida contra él, mientras que con la otra la obligó a
levantar el rostro para poder apoderarse de sus labios temblorosos.
Dayle trató de apartarse, pero todo fue inútil. Mac siguió besándola hasta que la
resistencia de la joven empezó a flaquear. Entonces él comenzó a quitarle la bata.
—Mac… está bien, me rindo… hablaremos.
—Ya no tenemos necesidad de hablar —comentó él con voz seductora mientras
le desabrochaba el camisón—. Sabes que de seas que hagamos el amor tanto como
yo.
Era cierto, pero ella no estaba dispuesta a admitirlo.

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—Eres capaz de hacer que el cuerpo de una mujer responda al tuyo, pero no has
sido capaz de convencerme de que no eres un mentiroso, un… un marido comprado.
—¡Maldita seas, Dayle! Estás poniendo a prueba la paciencia de un santo, ¡y no
soy ningún santo! —Mac la arrojó sobre la cama con fuerza—. ¿Qué quieres saber…?
Y sé breve.
—No necesito saber nada. Ya sé que le aseguraste a mi padre… que harías que
me casara contigo, por las buenas o por las malas.
Mac, hizo un gran esfuerzo para mantener el control y se sentó en la cama.
—Está bien. Escúchame atentamente porque no tengo ninguna intención de
repetirlo, ni ahora, ni nunca. Tu padre es muy buen amigo y compañero mío. Acudió
a mí, bastante preocupado para pedirme consejo. Me dijo que tenía una hija joven
que estaba decidida a echar a perder su vida por capricho y que no sabía cómo
impedirlo.
Dayle abrió la boca para protestar, pero él se lo impidió, poniéndole una mano
en los labios.
—He dicho que me escuches… tendrás que escucharme hasta el final, por
amargo que sea. Tu padre me contó su historia, discutimos el problema y resolvimos
que lo mejor era sacarte de tu medio ambiente natural, alejarte de todos tus tontos
amigos que te apoyaban.
Dayle tenía que hablar, de modo que le mordió; y mientras él maldecía y se
examinaba la herida, ella aprovechó la ocasión para hablar.
—¿Quién te crees que eres para insultar así a mis amigos, para decidir lo que es
bueno para mí… qué diablos te importaba a ti mi decisión acerca de cómo pasar el
resto de mi vida?
Mac ni siquiera se molestó en contestarle. En vez de eso la colocó sobre sus
rodillas y, como si fuera una niña, le dio unos cuantos azotes para desquitarse del
mordisco, y sólo cuando empezó a llorar desesperadamente la soltó.
—Esto es algo que tu padre debía haber hecho —comentó con expresión seria—
. Y ahora escúchame, sin interrupciones, a menos que quieras que vuelva a hacer lo
mismo.
Al ver que guardaba silencio, asintió con la cabeza y continuó:
—Hace poco que compré la isla Haa con la idea de convertirla en un refugio
para las aves. Había algunas labores que hacer allí y ya había hecho arreglos para
alejarme de mis negocios… una especie de descanso sabático. Así que sugerí
llevarme a la problemática hija de Angus conmigo para mantenerla ocupada y
alejada del peligro. Tu padre comentó que no irías voluntariamente, por lo que se nos
ocurrió la idea de secuestrarte.
Dayle seguía contemplándole. Sin dejar de llorar hasta que él la obligó a
apoyarse en sus hombros para que se tranquilizara.
—Cuando llegué a tu casa esa noche, esperaba salir con una quinceañera y, al
verte estuve a punto de dar marcha atrás… pero había dado mi palabra a Angus de

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que le ayudaría y no me gusta romper mis promesas. Nunca podrás imaginarte la


sorpresa que me llevé… —le oprimió el brazo con fuerza—. Fue sólo el hecho de
saber que eras una criatura bastante sumisa lo que me contuvo… durante un tiempo.
Dayle permaneció en silencio, invadida por un profundo deseo.
—Después de los primeros días… cuando empezaste a colaborar, comencé a ver
que en ti había algo más que un cuerpo fantástico y un rostro hermoso. ¿Tienes idea
de lo que pasé… encerrado en una isla con una mujer tan apetecible? ¿Recuerdas la
noche en que te sorprendí en el baño? Me sentía muy mal… pero no era nada
comparado con la fiebre que ardía en mi sangre… ¡y tú cerraste tu puerta con llave!
Dayle sintió que un estremecimiento la recorría. ¿Qué habría sucedido si no
hubiera utilizado el cerrojo que él mismo instaló?
—En ese momento supe que me estaba enamorando de ti.
Dayle se movió inquieta y se quedó mirándole como si estuviese a punto de
hablarle, pero él se lo impidió con un movimiento de cabeza.
—Déjame terminar… Sabía que me estaba enamorando, pero no quería
aprovecharme, traicionar la confianza que tu padre había depositado en mí; así que
decidí que fuéramos a Slu-Voe… para llamarle por teléfono. Con franqueza, te diré
que estaba muy asustado cuando decidí confesarle que quería casarme con su hija. Y
que pensé que consideraría que trataba de aprovecharme de la situación, sin
embargo, se sintió muy feliz.
—¡Por supuesto que se sentiría muy feliz! —Dayle no pudo contenerse—.
Precisamente era eso lo que buscaba desde un principio…
Mac la apartó un poco, para mirarla a los ojos, y le habló muy serio.
—Te juro, Dayle, que yo no sabía nada de eso. Me enamoré de ti sin ser
alentado por tu padre. Pero, si no estás dispuesta a creerme…
Dayle deseaba creerle. Por supuesto que su padre se alegraría si ella capitulaba,
pero ¿qué importaba eso? comparado con su propia felicidad. ¿Qué importaba que
Angus se hubiera salido con la suya, si después de todo estaba en lo cierto? Al menos
había descubierto su amor por Mac ella misma, cuando aún ignoraba quién era en
realidad. De pronto, un gran suspiro escapó de sus labios… un suspiro de alivio y de
deseo.
—Te… creo —murmuró.
—¿Y regresarás conmigo, sin reservas… vaya a donde vaya?
—¡A cualquier parte! —exclamó—. Aunque se trate de una roca pequeña en
medio del océano…
Ahora anhelaba ser abrazada por él, recibir una manifestación de su amor, pero
Mac permanecía inmóvil.
—Más vale que acabemos de aclarar todo, ya que no creo que tengamos más
oportunidades de hablar en lo que resta de esta noche…
Dayle se estremeció al oírle hablar de ese modo.

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—Acerca de la isla Haa… no pienso que realmente tengamos que pasar allí el
resto de nuestros días. Sólo la época del verano —Mac la contempló con admiración.
Dayle le devolvió la mirada, tratando de transmitirle en ella todo lo que sentía
por él.
—No me importa dónde viva, siempre y cuando estemos juntos.
Mac intentó acercarse a ella, pero se contuvo.
—¿No hay nada más que quieras decirme antes…? —desvió los ojos hacia la
cama.
Dayle sabía que todavía insistía en su derecho de recibir una disculpa, pero ya
no le molestaba dársela.
—Sólo… sólo que… que te amo y que lamento haber dudado de ti —murmuró,
tendiéndole los brazos instintivamente.
Con la mirada fija en ella, Mac se despojó de sus ropas antes de aceptar su
invitación. Luego, la despojó a ella de su camisón, antes de que los dos se fundieran
en un abrazo.
Conociendo la urgencia, la necesidad que los poseía a ambos, Dayle esperaba
que su unión sería rápida; pero él, con su experiencia, le reservaba algo mejor.
Mac comenzó a besarla y a acariciarla suavemente, y Dayle se sintió en éxtasis
cuando se apoderó de sus senos, controlando su propia pasión hasta hacerla gemir
de deseo. Por fin, cuando los dos llegaron a límites intolerables, intensificó sus
movimientos y se entregaron completamente el uno al otro.
Poco tiempo después, se quedaron inmóviles, todavía unidos en un abrazo.
—¿Dónde pasaremos lo que falta de nuestra demorada luna de miel? —
murmuró Mac sin dejar de besarla.
Dayle se quedó pensativa durante un rato, pero en seguida añadió:
—Creo que sabes a dónde me gustaría ir… a un sitio en el que podamos estar
solos mucho, mucho tiempo —murmuró contra sus ya ávidos labios.
—¿A excepción de unos cuantos millares de aves? —bromeó Mac, pero la
respuesta de Dayle se perdió en un gemido de placer al entregarse a él una vez más.

Fin

Escaneado por Julia y Mariquiña y corregido por Paris Nº Paginas 102-102