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ANALISIS DE RESPONSABILIDAD

EXTRACONTRACTUAL
1 El fundamento de la distinción entre responsabilidad contractual y extracontractual. Distintas
criterios expuestos en la doctrina. Nuestra opinión. Tradicionalmente, la noción de
responsabilidad se bosqueja en el marco del Derecho Civil con arreglo a una perspectiva
binaria: una de ellas, conexa con las figuras de la obligación y del contrato, en la medida en que
ambos constituyen vínculos que comprometen a los sujetos para realizar una prestación
determinada, con la consiguiente sujeción a efectos desfavorables en caso de incumplimiento(l 1
; la otra, se basa principalmente en la verificación de un daño injusto, frente al cual, de concurrir
ciertos presupuestos, el Derecho intenta reaccionar con la imposición de un deber de
resarcimiento al sujeto causante. Si se aprecia bien, la exigencia y la idea de una distinción de
este tipo surgen, en un primer momento, el solo hecho de contraponer las obligaciones
contractuales y las obligaciones que nacidas de delito; como segundo paso, exigencia e idea son
delineadas con términos más precisos y significativos, mientras que las figuras de la
responsabilidad por incumplimiento y del resarcimiento por hecho ilícito, van hallando sus
respectivas configuraciones, para lo cual siguen un proceso evolutivo paralelo
Como punto final - de acuerdo con el estado actual de la materia y en la línea de partida- el
debate se plantea alrededor del sentido y alcance que sería aceptable atribuir a la distinción entre
las dos formas de responsabilidad, de acuerdo con los objetivos que permiten destacar sus
motivaciones comunes y sus elementos de divergencia, en el cuadro de la noción lata de
responsabilidad civil. El debate se estructura, posteriormente, en cuestiones dogmáticas y
prácticas de no poca importancia, relativas a la rigurosa identificación de los elementos de cada
una de las figuras y de las características distintivas de su regulación; a la delimitación de sus
respectivas esferas de relevancia, con especial atención a ciertas zonas limítrofes, y asimismo -
en las hipótesis de concurrencia de elementos de ambas figuras- a la exclusión, con carácter
alternativo, de una u otra acción de responsabilidad o a la acumulación de las mismas.
En lo que atañe al fundamento de la distinción y a la naturaleza de las responsabilidades,
conviene tener presente, para comenzar, la tendencia predicada por la doctrina dominante, bajo
la persuasión de la creencia, aún acreditada, en el presupuesto unitario de la responsabilidad
aquilina. Nos referimos a la teoría, hasta hoy debatida, según la cual quien causa un daño a otro
comete un ilícito e incurre en la responsabilidad correspondiente, por haber violado el deber
genérico. Esta idea, cuya simetría persuade por seguridad y elegancia, sirve de base al criterio
de distinción que postula que la llamada responsabilidad contractual se funda, por el contrario,
en el incumplimiento de una obligación preexistente y que se determina en función de este
último. Sin embargo, el enfoque del problema de la distinción (entre las formas de
responsabilidad) según el discurso anterior -en el cual los variados términos de la distinción e
identificación de (pretendidos) deberes de comportamiento (del sujeto agente), constituyen una
construcción arbitraria evidente- tiene que ser objetado. Dicho método se muestra aún más
inaceptable si se considera que existen graves dificultades e incertidumbres en torno del sentido
y alcance de la referida distinción entre la obligación en sentido propio y los meros deberes. Si
se repara, además, conforme con una opinión autorizada, igualmente de compartir, en que el
deber de una simple e injustificada ficción constructiva(6 > -en la que se delinea, al margen de
la preexistencia de un vínculo obligatorio preexistente, otra perspectiva de la generación de un
daño injusto en la realidad jurídica, la cual hace surgir un problema diferente, como lo es el de
la reacción del Derecho- es indudable que se debe convenir en repudiar aquel criterio, que ha
obtenido una fortuna, con seguridad, inmerecida. Y no parece merecer una mejor suerte la
versión más moderna de aquella misma tendencia, que parte del carácter relativo o absoluto del
deber violado (o del derecho vulnerado)P>; una versión que se inspira, por tanto, en situaciones
jurídicas subjetivas que representan elementos de significado dudoso para efectos del
conocimiento de las formas de responsabilidad bajo examen y que son identificables, por otro
lado, a partir de rasgos que suscitan, a su vez, graves controversias. Pero se debe admitir, del
mismo modo, que fuera de las tendencias citadas, lo que parece común es que la doctrina no
vaya más allá de una evaluación en términos parciales, demasiado genéricos o ambiguos, de los
diferentes presupuestos de ambas figuras. Esta censura de la parcialidad debe dirigirse, en
especial, contra la concepción, aún acreditada en la doctrina francesa, de que la responsabilidad
contractual se refiere únicamente al incumplimiento de las obligaciones nacidas de contrato. Es
innegable que con dicho parecer se logra una distinción bastante sólida entre las dos esferas de
responsabilidad; sin embargo, ello se produce a costa de sacrificar las razones del sistema y la
lógica misma del Derecho. La verdad es que no se puede comprender cómo y por qué no sería el
deber (obligó), sino la fuente contractual de la obligación -un antecedente más lejano, en otras
palabras- el que puede ejercer una influencia determinante en la calificación de la
responsabilidad; ni cómo y por qué el comportamiento del que incumple una obligación debería
ser evaluado de distinta manera, según el hecho de que el vínculo tenga su origen en la voluntad
o en la fuerza de la ley. Por otro lado, resultan escasamente significativas las propuestas -
difícilmente contestables, además, a causa de la generosidad de su contenido- de que la
responsabilidad contractual atañe a los efectos de la obligación, mientras que la extracontractual
se plantea como fuente de los mismos.

2 LA DISTINTA ACTUACIÓN DE LOS ELEMENTOS Y MOTIVOS


DE LA REGULACIÓN EN CADA UNA DE LAS FIGURAS DE LA
RESPONSABILIDAD:
La acción dañosa y la culpa; el daño y el incumplimiento; el régimen jurídico del resarcimiento.
La distinción propuesta sobre el fundamento y naturaleza de la responsabilidad aquilina y
contractual encuentra confirmación en la diferente forma de actuación de los elementos, así
como en las soluciones dadas en uno y otro campo; los términos adoptados contribuyen, por
otro lado, a hacer más claro el sentido y alcance práctico de la distinción. Para tal fin y
retomando el orden expositivo empleado otro lugar, lo mejor es partir, preliminarmente, de la
evaluación de las hipótesis (subjetivas) de responsabilidad respectivas, sobre la En el mismo
orden de ideas, si se quiere orientar la base de los elementos y requisitos que concurren para
perspectiva hacia los elementos o motivos de fondo constituirlas. En tal sentido, la opinión
tradicional.
Tiende a identificar un significativo y ulterior punto de contacto e interferencia entre las dos
materias en la noción de culpa, la cual pasa a distinguirse, a su vez, en contractual y
extracontractual (es así como se discute, no de responsabilidad, sino de culpa contractual y
extracontractual. Más conviene advertir, de inmediato, que la perspectiva unitaria de la culpa
puede resultar igualmente equívoca en esta aplicación; basta recordar que en la responsabilidad
contractual, el incumplimiento depende, por lo general, del comportamiento del deudor, pero
que también puede encontrar su causa en una falta de cooperación de sus auxiliares, repárese, en
sentido contrario, que en la responsabilidad aquiliana tienen importancia, junto con el acto
doloso o culposo y los llamados actos ilícitos dañosos, todas las demás hipótesis en las que el
sujeto responde por la relación en la que se encuentra respecto de otros, o respecto de la cosa, el
animal, o el edificio, o incluso por el desarrollo de una actividad calificada (actividad peligrosa,
circulación de vehículos). sí es posible trazar con términos bastante certeros y satisfactorios la
línea distintiva de las dos formas de responsabilidad, si el fundamento y la función de cada una
son considerados e ilustrados de manera adecuada Si se limita el análisis a las figuras
adyacentes -y más significativas- del incumplimiento del deudor y del acto culposo del dañador,
continúa siendo posible identificar diferencias de cierta importancia. En la primera hipótesis,
qué duda cabe, se considera el comportamiento del deudor, en relación con la falta de
realización de la prestación debida; un comportamiento que se califica subjetivamente en
función de la voluntad de no cumplir (dolo) o bien por la inobservancia de los criterios de
diligencia,
Prudencia y pericia, a los cuales la prestación tiene que adaptarse (a pesar de que una importante
corriente de opinión ha llegado a refutar la relevancia autónoma de la culpa del deudor que no
cumple. En cambio, lo importante en la otra hipótesis es la acción del hombre, en cuanto causa
de un daño (injusto), y siempre que hubiere concurrido, de parte de aquel, ya la voluntad de
ocasionar el daño, ya la inobservancia de los criterios de diligencia, prudencia, pericia, etcétera,
en los cuales todos los miembros de la sociedad deben inspirar su conducta. De todo ello se
deduce que en materia de incumplimiento la culpa se mide en función de la prestación debida
especialmente, el segundo párrafo del artículo 1176, para las obligaciones inherentes al ejercicio
de la actividad profesional y que el carácter mismo de la diligencia requerida puede variar en
mayor o menor medida según la fuente y objeto de obligación (entre las obligaciones que
requieren un mayor grado de diligencia, por ejemplo, la del porteador, la del hospedante, por el
depósito al que se hace referencia en el artículo 1784, primer párrafo; asimismo, el artículo 789
sobre la donación; el 171 O, primer párrafo, relativo al mandato gratuito; el 1768, segundo
párrafo, relativo al depositario a título gratuito121i. En cambio, en el ámbito de los daños
aquilianos, la culpa se configura en términos unitarios y abstractos, en función de la generación
del daño; ello, aunque no se pueda admitir la opinión tradicional-significativa, en el mismo
sentido- según la cual podría ser suficiente, en este ámbito, la culpa levísima (mientras que en la
responsabilidad contractual se requeriría la culpa media). Hay que precisar, más bien, que aquí
adquiere relevancia cualquier culpa -negligencia, imprudencia, impericia que sea relevante
respecto del parámetro de comportamiento del buen padre de familia; lo que no perjudica que en
hipótesis excepcionales la responsabilidad no esté limitada a la culpa grave por ejemplo, el
artículo 2236, en materia de responsabilidad profesional. Del mismo modo, se explica otra
diferencia de regulación a la cual la doctrina, tradicionalmente, ha otorgado una importancia
fundamental: que el acreedor solamente debe probar el incumplimiento del deudor, mientras que
la víctima del daño debe probar, a tenor de los principios, la existencia de todos los elementos
de la hipótesis resarcitoria, incluida la culpa del dañador. Lo que ocurre, realmente, es que en
todos los casos, el deudor, como tal, está obligado a cumplir o a efectuar, con carácter subroga
torio, el resarcimiento; así las cosas, es coherente que el deudor pueda exonerarse de
responsabilidad sólo si prueba que el incumplimiento o el retardo han sido determinados por
una imposibilidad de la prestación derivada de causa no imputable a él; dicha prueba, según la
opinión referida -pero controvertida, por lo que ya se ha anotado- se identificaría con la (prueba
de la) falta de culpa. Se destaca, finalmente, que la imputabilidad del sujeto asume una
importancia del todo distinta en el campo del incumplimiento, donde el deudor, ciertamente, no
puede exonerarse aduciendo su incapacidad natural.

3 LA DELIMITACIÓN DE LA RESPONSABILIDAD
CONTRACTUAL Y EXTRACONTRACTUAL EN
ALGUNAS HIPÓTESIS FRONTERIZAS. LA ESFERA DE
RELEVANCIA DE LA OBLIGACIÓN (ESPECIALMENTE,
EN RELACIÓN CON LAS OBLIGACIONES
CONVENCIONALES).
La responsabilidad en la formación del contrato (culpa, contrayendo). La destacada diferencia
de naturaleza y régimen de las formas de responsabilidad hace que sea posible advertir la
exigencia de delimitar, con suficiente precisión, sus respectivos confines. Al respecto y a
primera vista, parecería que la presencia de una obligación -que evoca, sobre todo, la
consideración de su fuente, negocia, legal o la inexistencia de la misma, en sentido contrario-
constituye un criterio bastante significativo y riguroso. Según la interpretación acogida, es cierto
que en los casos donde se identifica, en sus términos típicos, la obligación de efectuar una
prestación que luego es incumplida por el deudor, la naturaleza contractual del daño (que
coincide con el incumplimiento) resulta indudable; hay que asumir, a su vez, y sin sombra de
hesitación, que el daño ocasionado por un sujeto totalmente extraño es de naturaleza aquiliana.
Sin embargo, esta alternancia de fundamentos no siempre tiene el valor de una decisión tan clara
como en dichos casos. Basta con pensar, por un lado, en el hecho de que los elementos de
identificación de la obligación en el cuadro -más amplio- de los deberes de comportamiento, no
resultan ser completamente certeros en las hipótesis limítrofes; y con tener en cuenta, por otro
lado, que la idea misma (de la violación) del deber de no dañar como presupuesto de la
responsabilidad aquiliana -criticada líneas arribase replantea con un atractivo particular, cuando
las circunstancias preexistentes del caso concreto permitieran percibir, desde un primer
momento, las ocasiones y las posibles formas de generación del perjuicio. Nos estamos
refiriendo a aquellas hipótesis -muy frecuentes en la vida de relación de los tiempos modernos-
en que el dañador y el lesionado se encuentran distintamente implicados en una situación de
contacto, la cual constituye la fuente del daño; corresponde preguntarse, entonces, si y hasta qué
punto, en el estadio de evolución del Derecho en sentido solidarístico, se puede hacer de cargo
de un sujeto la obligación de comportarse de una forma que permita evitar daños para los
demás; o cómo se puede llevar a cabo, contrariamente y al igual que en una relación de tipo
contractual, una regulación más equitativa del conflicto de intereses. Sobre lo último, es
pertinente advertir que las exigencias de este género no se plantean tanto en conexión con las
hipótesis típicas de obligaciones legales, donde las normas intervienen para dictar, con la
determinación de la prestación debida, la exhaustiva composición de los intereses contrastan. Lo
imperioso según aquella orientación es cuidarse, en todo caso, de no incurrir en la equivocación
de extender la esfera de las obligaciones legales a aquellas hipótesis en las cuales la ley, al
regular una situación de contacto, con la delimitación de los derechos respectivos, establece un
específico deber de resarcimiento. En tales hipótesis -y un ejemplo clásico puede identificarse
en las relaciones de vecindad- no cabe duda de que nos encontramos en el campo de la
responsabilidad aquiliana, si bien en razón de reglas específicas de la ley; reglas que, si se
aprecia bien, más que fijar un deber de comportamiento, están dirigidas, principalmente, a
consagrar una resarcibilidad de daños que, de otro modo deberían considerarse.

4 LA EFICACIA Y EJECUCIÓN DEL CONTRATO Y EL


CONTENIDO DE LA OBLIGACIÓN. LOS DEBERES DE
SEGURIDAD.
El análisis fronterizo propuesto asume un interés mucho mayor en un ámbito distinto, como lo
es el del contenido que puede asumir la relación obligatoria. Aquí conviene señalar que la
dogmática moderna, acogiendo los dictados cada vez más influyentes de la conciencia jurídica,
y a través de una adecuada evaluación de los instrumentos ofrecidos por el derecho positivo,
tiende a extender la esfera de relevancia de la obligación más allá de la prestación fundamental
que se deduce de ella, hasta llegar a considerar todos los deberes que contribuyen al objetivo de
preparar, y a integrar, el cumplimiento, para la plena satisfacción del interés del acreedor; todo,
en el marco de la solidaridad entre las partes. En tal sentido, parecerían concurrir, en efecto y a
la luz de una interpretación desprejuiciada, las normas innovadoras del Código Civil italiano de
1942: el artículo 1175, según el cual deudor y acreedor tienen que comportarse conforme con
las reglas de la lealtad; el artículo 1374, en materia de integración del contrato; y el artículo
1375, sobre la ejecución de buena fe. Hay que tener en cuenta todas estas normas a fin de
establecer si, y hasta qué punto, se puede realizar -sobre la base de los criterios de
comportamiento subrayados- una tutela más amplia de las situaciones dañosas que se verifican,
eventualmente, en conexión con la actuación de la relación; de tal forma, se llega a satisfacer, a
través de instrumentos técnicos más evolucionados y adecuados, la antigua aspiración de lograr,
en virtud del vínculo obligatorio mismo, la seguridad del acreedor (también la del deudor) y de
sus cosas. Para tal efecto, hay que considerar que un resultado similar también puede plantearse
fácilmente en todas aquellas hipótesis en que la misma prestación debida implica, de por sí, la
preservación de los daños contra las cosas ajenas; y aquí se pueden citar los ejemplos de los
contratos u obligaciones que tienen por objeto la custodia. Al margen de estos casos, que son los
más evidentes, la evaluación -según los antedichos principios- de los intereses que se deducen
de la prestación puede conducir, con suficiente certeza, a la afirmación de la existencia de
deberes de protección o de seguridad; ello, sobre el presupuesto, dentro de los límites, y
conforme con la premisa de que existe siempre una conexión bastante estrecha entre la
ejecución de la obligación y la salvaguarda de los bienes. Se debe descartar, por otra parte, que
la obligación se extienda en todos los casos -y por ende, incluso en los supuestos en que la
conexión entre su ejecución y el daño tiene sólo un carácter ocasional- a tutelar a las partes en
contacto. En este punto convendría advertir, de todas maneras, que actualmente y respecto de
una serie de hipótesis, el Código Civil italiano zanja la cuestión mediante disposiciones
específicas; éstas, ciertamente, pueden ser tomadas en cuenta por los elementos que suministran
para efectos de solucionar los eventuales casos dudosos. Así, los artículos 1681, en materia de
contrato de trasporte, en materia de trabajo subordinado, establecen respectivamente y por
encima de todo, el deber de mantener la incolumidad de lo transportado y de los trabajadores. Y
los artículos 1588, en materia de locación; para el transporte de cosas; primer párrafo, en
materia de mandato; 1784 y 1786, para las cosas dejadas en el hospedaje o casa de reposo, en
locales de espectáculos públicos, en establecimientos de los balnearios, etcétera, establecen un
deber de custodia, con la consiguiente responsabilidad que pesa sobre los sujetos a los que se
han confiado las cosas, con miras a la ejecución de la prestación. Ello permite argumentar la
extensión de este tipo de deberes de salvaguarda de los bienes -y la extensión de la
responsabilidad contractual, por tanto a todos aquellos casos en que la naturaleza del contrato.

5 LAS PRESTACIONES AMISTOSAS Y DE CORTESÍA


FRENTE AL HECHO DAÑOSO.
La cuestión adquiere ribetes distintos cuando la actividad de los sujetos que se somete a examen
no tiene la relevancia jurídica de un contrato, a pesar de presentar formas exteriores en algún
modo semejantes. Nos disponemos a afrontar el discurso, harto más amplio y significativo, de la
delimitación entre las esferas del derecho (contractual) y del hecho, la cual vuelve a asumir una
importancia peculiar e innegable, desde la perspectiva de los deberes y responsabilidades que
pueden derivar de tales relaciones, aun en ausencia de actos negociables. En este ámbito
aparecen las denominadas relaciones de cortesía, entre las cuales destaca -dada la importancia
práctica de la cuestión-la hipótesis del transporte amistoso; no es inconveniente detenerse en
este último, a fin de conocer los motivos de contraste y los criterios de solución que pueden ser
válidos, también, para situaciones análogas. Aquí nos encontramos a bastante distancia del
supuesto de concurrencia de una relación precontractual, o de un contrato en toda su eficacia, en
los cuales se entiende que lo necesario es reforzar la tutela de las partes. Así las cosas, en
defecto de un vínculo jurídico, y por desenvolverse la relación en la esfera de la amistad, se
advierte es más bien la conveniencia de mitigar la responsabilidad del que realiza el transporte.
En efecto, la razón de fondo que inspira a una parte de la doctrina a postular, para estos
propósitos, la existencia de un
Contrato de transporte gratuitd59J o bien de un contrato innominado, no es otra que la de
elaborar, por dicho medio, un régimen justo y equilibrado, en el cual logren atemperarse las
posiciones opuestas, de los deberes e intereses de aquel que, en cuanto se ofrece amigablemente
a una prestación en interés de otro, no merece ser tratado como un extraño. Pero hay que
objetar, rápidamente, que según dicho criterio -es decir, cuando se trata de crear un deber en
defecto de un contrato- no cabe dudar que es imposible proceder mediante presunciones y
analogías; en tal forma, una solución del tipo que se ha planteado no parece ser admisible en el
estado actual del derecho italiano. Vale la pena observar, sin embargo, que de todas formas
dicho criterio no consigue satisfacer con certeza la exigencia planteada; ello, si se considera que,
por un lado, el régimen del contrato de transporte gratuito es asimilado al del oneroso y que
siendo así no es posible obtener, por tal vía, el resultado de una atenuación de la
responsabilidad.

ANALISIS FINAL DE LA RESPONSABILIDAD


EXTRACONTRACTUAL
como ya se indicado cuando la acusación de los daños tenga su fundamentación en la
infracción del genérico deber, de no causar daño a nadie e infringiendo este deber se haya
invalido la esfera del interés ajeno, protegido por el derecho, estanos ante la llamada
responsabilidad extracontractual. Lo cual debe quedar debidamente diferenciado de la
atribución de responsabilidad contractual en que lo se trata es de averiguar en qué casos y bajo
que supuestos la falta de actuación de un programa de prestación o la ejecución de una
prestación defectuosa le son imputables al deudor.