Está en la página 1de 15

Poder aos putos!

Apontamentos sobre la ciudad encallada 1

Ciudad encallada.--Porto es La Ciudad Despaldas, de espaldas a la conmoción del tiempo.

Porto vive su tiempo de siempre, estanco, apenas sacudido por los vaivenes meteorológicos, pues al otro lo
mejor que le ha pasado es ir enmoheciendo. Y se alimenta chupando de su atmósfera desasistida,
encostrada en cada uno de sus becos; muy a pesar de que tanto jerifaltes de antaño como publicistas de
hogaño, desde despachos de ciberdiseño, arenguen ripiosos: "¡Portugal ya es digital!" (y traigan enchipzado
el uniforme progreso que rasera made in USA, tratando de imponerlo, aquí como en todas partes, y barrer la
escoria, restregarnos la mugre y vaciarnos de paso el bolsillo y la calavera, por intereses especulativos
varios, cada vez más violentamente, imponiendo un tiempo ajeno, global, el de la pantalla Microsoft que en
todo el mundo marca la hora actual), sigue siendo éste de piedra un pueblo doble, triplemente de espaldas:
a su supuesta condición de urbe, primero; no ha querido competir en capitalidad, lo suyo es estarse
alrededor del puchero donde se cuecen sus famosas tripas; y luego por hallarse situado en el entrecejo
peninsular (más mostrenco que ibérico), de espaldas al resto de la península y de espaldas también al mar,
a ese océano que no es salida sino barrera, imposición de la nada de frente.

Así que Porto es como una isla –a la que hemos venido a naufragar un tiempo– circundada de un lado por
un río, de otro por unos bosques, de otro por un océano, y que se mira hacia dentro, soñando sus afueras.

Porto fluvial, más que marinero, vive su idiosincrasia de escotillón dourado , en torno a la desembocadura
meándrica del Douro, recogido entre repliegues para no encontrarse así, de sopetón, con el océano y tener
que cederle aguas. Se resiste.

Page 1
Porto le da la espalda; prefiere amancebarse en el mogollón endogámico de ruas, esquinas y escadas de
piedra ennegrecida. Tal vez lo único pulido aquí sean estas barandas y pasamanos que el pueblo abrillanta a
su paso al ascender y descender sin pausa por entre una concatenación de predios desiguales. En
primavera, a las pecheras embaldosadas de estos predios aguerridos les sale una exhuberante pelambrera
vegetal. Es una virilidad que exhiben verano, y que en otoño se alimenta de la bruma. Cuando ésta se
despeja, en algunas mañanas claras de invierno, aparece la ciudad desnuda en toda su abigarrada y dura
belleza; laboriosa, ocupada de sí misma. Desde esta balconada la guerra de Irak parece desarrollarse más
lejos que en ninguna otra parte, como en otro planeta, en otra galaxia, mucho más allá incluso de la de
nuestro sistema solar televisivo.

Un imaginario astrolabio nos condujo hasta aquí, nos extravió; y en eso pareció consistir su principal misión.
Rehenes de estas ruas, a pesar de ellas, nos abandonamos a su misma dejadez pedregosa y ponemos a
solazar el esqueleto, como las panzas a remojo de los barcos semihundidos en la Foz, donde ya Porto deja
de ser Porto y sucumbe a su derrota oceánica.

Ciudad encallada (y encanallada), de la que, más que la Ribeira, la torre dos Clérigos y otros lugares
marcados por los ruteros turísticos, resultan secretamente significativos los senderos invisibles que cruzan
de parte a parte Porto, una ciudad que casi no tiene arterias; su sangre espesa de azúcares se arrastra
subiendo y bajando por multitud de venas: callejones que aparecen y desaparecen de los mapas, crispación
de cartógrafos meticulosos que aún no han podido dibujar uno que se esté quieto; en cuanto lo doblamos,
nos hace el lío, como los trileros, cambiando las calles de sitio bajo sus plegaduras. Y allí donde aparecía
una rua de comercios ultramarinos y cafés fin de sécle , nos traga sin venir a cuento un pasadizo que, entre
muros de piedra, zigzagueando, baja en empinada escada hasta el río, dejando atrás ruas emparedadas por
almacenes de colchones y predios abandonados de camas; los olvidados escritorio junto a las vías del tren,
los caserones fantasmales, contrapunto de las resabiadas glorietas, hasta dar en el café de Lourdinhas,
donde pasó sus últimas tardes Archie Pereira, el último guitarrista hawaiano, testigo octogenario de un
mundo irremediablemente ya extinguido.

Page 2
Las plazas.--Calles de luz húmeda y cenicienta, de un amarillo turbio los domingos, cuando abate la ola de
calor veraniego sobre las plazas, de Mártires da Patria a las ruas de Heroísmos varios; Praça de una
Liberdade encallecida, donde se marchitan los claveles revolucionarios, sepultada ahora entre las zanjas
que abre el progreso ordenado en un despacho de Bruselas; museos modernistas isolados por barricadas
de escombros.

En esta Praça central da Liberdade, desasistida por un quehacer centrífugo –pero sólo hasta sus propios
límites–, ante el inminente combate europeo de fútbol, han colocado unos gigantescos carteles luminosos
con el eslogan: "Portugués: Confianza y Optimismo"... ¡Siempre lo mismo! La hinchada acude en masa. Y el
resto de plazas se engalana con los colores de la ignominia nacional. Se vive en bloque momentos de
euforia socializante... Concebimos aquí la idea de montar un Club de Amigos do Jogo, Inimigos do Deporte,
al que nadie por supuesto acudiría, demasiado hipnotizados los domingos frente a los televisores con
pantallas estampadas de verde-hierba-campo-de-futebol.

Transcurrido el campeonato balompédico, las plazas están ahora como siempre, tan concurridas de vivos
como los cementerios, que en Porto son de andar por casa, con mujeres que entran y se salen de ellos
varias veces al día, como de un bar en busca y captura del esposo borrachín.

Este portuense anonadado de adega en adega, anda aún subsumido en los vapores etílicos de la nacional
conciencia, herencia salazarista del “vivir en lo habitual”; el fadario o destino fatal de miles de operarios
portuenses que “manhana a manhá às nove e meia” (si no antes) tomarán estas plazas, ahora desiertas,
para ir a ponerle un dique más a un país que no tiene pensado todavía, a pesar de todo, desbordarse;
recostado de pie, con su fisonomía frontal erosionada por un mar que va arañándole implacablemente
centímetros de tierra de a poco, y que así se venga de tanto siglo de catecismo y tanto saqueo perpetrado a
través de él bajo excusa evangélica, expedicionaria o colonial. La burocracia consiste aún en vivir
habitualmente adiestrados en el acuse de recibo, en no saltarse los pasos de un horario, un escalafón y
unas normas preteritamente establecidas, nadie es ya capaz de decir cuándo. La autoridad, aquí, no se sabe
discutir. La catástrofe de lo establecido no como dogma o como decreto-ley sino tradicionalmente asumido
sin preguntarse por qué y para qué; la hecatombe habitual, donde la oxidación se produce en el marchar sin
más diario; como el triste socavón, erosión practicada por el cráneo de nuestro portuense medio en el
cabecero de madera de la piltra conyugal a fuerza de quedarse despierto hasta las tantas leyendo
sistemáticamente el deportivo Bola . Y ese bajorelieve en el que ha ido hundiéndose la testa paterna –o que
la testa ha ido horadando– domingo a domingo, a su hija le parece algo definitivamente conmovedor... Me la
imagino ahora, a María Jo ã o (tal vez el padre haya muerto, yo no sé), tan sentimental como era, pasando

Page 3
las yemas de los dedos por esa sutil concavidad producida por la mollera del paterfamilias de tanto empujar
hacia atrás, mientras repasaba los ojos de noche por los eventos deportivos de la jornada impresa.

También hay que decir que, como estas concavidades que todos los varones portuenses van haciendo en
los cabeceros de sus camas Bola en mano, las plazas de Porto son de formas desiguales y no parecen
plazas. Entre las abigarradas callejas de piedra, en descenso a los urinarios, en ascensión a los cafés con
billares, a veces se abren unos claros amorfos, de superficie desigual y a distintos niveles, y estos claros son
llamados plazas porque los días que no hay fútbol a ellos vienen a concurrir solamente las ruas, como
tentáculos a la inversa; o al doblar una esquina surge un pilón recoleto y circular o una fontinha musgosa,
donde los putos que moran lejos del río se bañan en gayumbos las tardes de verano.

Aquí ya no quedan plazas donde esculpir lirios (¡qué distintas de las de Lisboa, Cesariny!), pero sí plazas
donde ya no había nadie antes de marcharse el último; donde a veces y sólo por hábito de esperar lo que
nunca ha de llegar resbalan los pellejos de algunos viejos operarios confundidos con mendigos, maleantes,
desocupados y borrachos lentos con emanaciones etílicas, que son las de las uvas a las que sólo se les
puede sacar ya unas gotas de aguardiente que aquí llaman bagaço y es más fuerte que en ningún otro lugar
de la península. Son estos fumadores de gorra los principales moradores de las plazas de Porto. Llegaron a
ellas antes de que trajesen los bancos donde hoy dormitan y a los que, se diría que contratados ex profeso,
dan sentido.

Lo mejor de Porto es cómo la han ido dejando estar, por sí sola, su mácula milenaria, su mugre necesaria .
La roña es su auténtica piel. Así como en las plazas el portuense arrojado a la rua es la piel del banco, que a
su vez es su esqueleto. Y una vez restregada esta mugre, como pretende la autoridad, no va a quedar de
Porto más que una postal ajena que se deslucirá sin cópula que venga a escribirla, aunque sea por detrás.

Los cafés.--En Porto ya van quedando pocos cafés, pero todavía subsisten tres o cuatro de esos en los que
anidan piolhos y aranhas , parroquianos que en su juventud vieron florecer la hierba de los tapetes de billar,
cuando –aún les decían también a ellos putos – se agarraban a los tacos como si fuesen lanzas y que hoy,
ya mustios, van dejando caer con parsimonia los naipes de sus manitas arrugadas, absortos en una suerte
mil veces barajada que no acabará nunca de afortunarles. Mezclada con estos vejestorios, la nata de la
canalla, la estirpe más ociosa y desabrida de la malta portuense, ralea de chulos y camellos y hombrecitos
que aparentan ser hombretones y hombretones que son hombrecitos.

Las mayúsculas de los neones alicaídos de los letreros luminosos de estos cafés portuenses parpadean con
indolencia supina sus estertores lúgubres, delante de una ristra de a intervalos fundidas minúsculas, como si
a esos letreros se les hubiera caído el pelo, calvos de luz, o como mucho con una luz de azules, verdes y
rosas encanecidos; los neones del Aviz, el Ceuta, el Áncora de Douro, el Faial, el Yakarta, el Goa...

Al entrar en uno de estos cafés-islas, el intruso puede demorarse un buen rato escogiendo dónde va a posar
el culo entre las 138 sillas idénticas y melancólicas, y las 47 mesas vacías, tristes en ausencia de alcoholes,
de mármoles curvilíneos pingados de restos de café. Están estas mesas y sillas siempre dormitando o
abstraídas, y al sentarse uno crujen sobresaltadas, porque se les obliga a prestar un servicio que en sus
sueños reservaban a culos mejores.

Page 4
El simiesco criado parece un viejo general decimonónico. Avanza su cojera mecánica por entre el laberinto
de mesitas redondas y los pasillos alineados de sillas inmóviles, firmes a duras penas al paso de su revista,
como un ejército diezmado. En la retaguardia de la infantería ligera de sillas y mesas, arrimados a las
paredes, los divanes, de obtusos terciopelos, armamento pesado de los cafés, con las espaldas blindadas
por los espejos murales que a cada lado proyectan el reflejo de una invisible clientela.

Estas lunas oscuras, que escupen hasta el infinito el amplio interior diáfano del Café Ceuta incrustándolo al
fondo de un túnel especular, tienen talladas escenas de gloriosas conquistas y odiseas coloniales que se
resisten a pasar definitivamente del otro lado, a ser reflejos sin origen de un pasado que ya le viene pesando
a la fragilidad de las lunas y amenaza con quebrarlas y hacer añicos la historia.

En el Café Ceuta existe una mesa que, noche tras noche, está preparada con mantel, platos, copos y
cubiertos, para una cena que no habrá de servirse, pues jamás nadie se ha sentado allí... Una noche, al
entrar, hemos pensado ocuparla, pero no lo hemos hecho por temor a que nos sirvieran los callos ya fríos,
como le sucedió al ingeniero y poeta futurista Álvaro de Campos; los callos –que aquí se dicen directamente
tripas– á moda do Porto han de servirse bien calientes y humeantes.

Otro día entramos y nos encontramos que el universo inmutable del café portuense ha sido trastocado, pues
hay un cliente sentado a esa mesa eternamente vieja y virgen que, de entre todas, no sabemos por qué, nos
era favorita. Son momentos de confusión, casi de zozobra, en los que no nos decidimos a quedarnos,
reculamos hacia la puerta giratoria, pues las restantes setenta y nueve mesas vacías no nos ofrecen el
misterio silencioso que nos ofrecía ésta .

Si hemos hablado de criados es porque así se les llama en los cafés portuenses a los camareros, "criados" o
"funcionarios"; y se les dice bien (si nos atenemos a una antigua acepción, al menos en castellano), porque
debieron ser clientes sin blanca que un día, no pudiendo pagar la cuenta infinitesimal, se vieron abocados al
uniforme, la bandeja y la bayeta. Nunca más salieron del café.

El criado del Ceuta, con una soñolencia que le recorre de punta a punta el uniforme, opera en solitario, como
un insomne al que aqueja el espectro del patrón inexistente y acata con prestancia la comanda de
ultratumba. O fue él mismo capitán de una nave que hubo de abandonar el día que se desató la peste, y vino
a naufragar en el fondo de uno de los espejos. Dejada a su suerte, la tripulación, desde entonces, espera,
esperamos, preguntándonos si no será él el encubierto patroncito Don Sebastián.

Tan presto con el cenicero como quien se desamodorra para cumplir funcionarialmente su destino, toda la
vida viene a pasarle de largo, la ve escalar su cuesta afuera, del otro lado de los ventanales, incapaz de
convidarla a pasar, ponerle unos cubitos y bebérsela de pronto.

Page 5
Pues lo que en estos cafés siempre falta es gelo . Las mesas no quieren ya más cafés solos, ni pingados ,
ni meias de leite siempre mornas .. . ¡Quieren cócteles sorpresa!, música de copos llenos de gelos... ¡Gelo,
gelo, gelo a mansalva!, dan ganas de gritar al entrar en el imperturbable café portuense. ¡Mares de gelo en
los que desemboquen ríos de güisqui, de ron y de gin! Quieren bailar las tazas y también las cucharillas.
Quieren espuma de cerveza en los días las jarras arañadas, divorciarse del estropajo que las espera celoso
en el fregadero cuando vuelven tarde de su farra por las mesas; y en las noches bailar en la bandeja y
dejarse besar por todos los labios sedientos como ante un espejismo aún no adivinado... ¡No quieren más
llovizna!... ¡Que les visite la tromba de licores desconocidos! Hasta la vajilla del café quiere probar en qué
consiste eso de sonrojarse con los vinos de oporto, tan taninos, que aquí en el café apenas se sirven;
desembarazarse del ponche melifluo, quieren... ¡no estar seguras de nada! Que llegue uno y pida algo
distinto, por esta vez.

Y en los platos, siempre ocupados de acá para allá por las tremebundas francesinhas (emparedado típico
consistente en una mole de embutidos bajo una salsa picante, bomba a prueba de estómagos, sólo apta
para portuenses: para serlo hay que zamparse al menos una francesinha al día, preferentemente para cenar
y poder tener luego sueños sólidos), no pocas veces echamos en falta esa delicatesen castiza que son los
boquerones limpios y blancos con su ajo su perejil y su vinagre.

Ahora que, de aquí a nada, absolutamente nada de estos viejos cafés portuenses va a quedar, en una
ciudad revuelta en reformas y lavados de cara; ninguna de estas salas de billar que ocupan los sótanos,
entrepisos y sobrepisos de los cafés, con sonido entrechocante de bolas y chasquidos de fichas de dominó
al fondo, donde se trajina cada vez menos con los tacos, excusado será decir que pantomima para otros
tejemanejes; tapadera para el necesario trapicheo, que es la economía sumergida e indispensable de este
puerto fluvial, sin línea de horizonte ni murmullo de olas.

En estos cafés desolados de juventud, sobresaltados los viernes a lo sumo unos pocos por causa de
vocinglera estudiantina, en estas islas inmensamente indolentes el resto de la semana, que han ido
quedando encajonadas en una porción de tiempo inquebrantable, se tiene la sensación de que cualquier día
le van a anunciar a uno que ya no hay siquiera café; y entonces –porque hasta el café en estos cafés, a fin
de cuentas, es lo de menos– le traerán a uno una cucharilla para dar vueltas al vacío de la taza, pues de lo
que se trata es de remover con parsimonia el tiempo, viendo cómo da vueltas sobre sí mismo en su ir
agazapándose.

Saliendo del Ceuta, dejando atrás la Praça da Liberdade, nos sale al paso el águila imperial que,
desplegando sus alas de bronce, daba antiguamente la bienvenida al desaparecido Café Imperio – á
portuguesa –, hoy transformado en un lúgubre establecimiento de la cadena McDonald. Luego de zafarnos,
emprendemos la subida por la empinada rua Formosa, rememorando la fiesta secreta del café portuense.

La siesta atlántica.--Porto sin puerto, ciudad fluvial sin ruido de mar, océano distante, inaudible canto de
sirenas por el que debería uno dejarse atrapar, paradójica posibilidad de escape de Domingos adormecidos
dentro del coche pegados a la parienta parapetándose con un periódico de frente y de espaldas un océano
que en domingo es sala de estar provinciana a la inglesa Atlántico de andar por casa Último telón de fondo

Page 6
ante el que se representa la pantomima arrastrada de la vida indolente Un océano que va arañando
centímetros a la tierra, en una venganza silenciosa de siglos

En domingo el portuense no hace nada cumpliendo así píamente la normativa religiosa del trabajo mandado
y aceptado, y así de obligado descanso Más que ningún otro día de la semana en Domingo se ven por todas
partes desocupados Básicamente el límite consiste en la mirada detenida en el otro desocupado que como
el uno parece muy ocupado en nada, deambular por una plaza o sencillamente estarse allí fumando y
mirando el resto como en un pueblo triste y sin aliento Aparece un coche Se le ve, se le mira como mucho
alejarse Ahora otro A dónde irán todos esos automóviles que pasan en caravana lenta, amodorrada?

El domingo es día de bloqueo por antonomasia No hay excusas para el siguiente ritual: El portuense se
monta en su coche y permanece allí dentro con el motor apagado o al ralentí esperando a la parienta (que
salga de misa o de la pastelaria ) mientras pasa las mismas páginas del Bola o el dominical de la semana
anterior Hasta que por fin arrancan los carros (que en Porto siguen pareciendo tirados por bueyes, por
bueyes beodos) y luego de marear un rato las glorietas se dirigen despacito hacia la Foz, donde el océano
les hace detenerse, quedando los autos alineados en batería y de espaldas a ese océano que opera como
un stop, un paso a nivel infranqueable Una vez el portuense se cerciora de que sigue allí donde lo dejó
meciéndose el domingo anterior, se da la vuelta, se arrellana en el asiento de su automóvil (que ha ido
cogiendo ya la forma de un bajorrelieve fetal) y se echa la siesta molusca Siesta atlántica, oceánica Siesta
inmensa, en el descolladero occidental de la península.

Al ver estas familias y parejas eternas de novios allí encapsuladas, con las portezuelas y ventanillas de sus
carros cerradas a cal y canto y una sensación de absoluta indiferencia hacia todo lo que no sea estarse allí,
sin mirarse ni decirse nada, respirando ese aire familiar y maloliente de palabras estancadas, una mirada de
fuera tiene la misma sensación que ante el escaparate de la tienda de mascotas, animales drogados e
inutilizados, sólo que aquí el dominguero portuense viene a enjaularse por convencimiento ceremonial propio
Y este estar sin más roncando y sin decirse nada de 15.00 a 18.00 es todo un acto social, la verdadera
liturgia del portuense creyente, en la que participa con el hábito que da una pila de domingos amontonados
como estratos de una francesinha ya rancia

La francesinha viene a ser la ostia de toda esta celebración del día del Señor (que es Dios por ser el Señor,
el Patrón, y no al revés) En domingo hay que hacer así, que es lo que hace todo el mundo Y todos hacen su
ceremonia de nada Y nada dicen Ni siquiera ese mar, repleto de olas mudas que avanzan y callan

A callar Que así es el domingo portuense (no vaya a despertarse)

Los quintales.--Porto chiere a eucalipto y a incendio a distancia en noches calientes y húmedas de verano
ahogado en molho verde.

Page 7
Acorda exuberante de pobreza y miseria rica en improvisaciones constructivas, colgando cascadas de cuasi
chabolos, desordenados quintales, regueros de basuras que van deshaciéndose por las laderas como
magma fértil, volviéndolas más verdes. Tienen estas faldas, como pliegues, una serie de terrazas naturales a
distintos niveles y, por entre cruzando las vías férreas, caminos poco frecuentados, comunicados por medio
de escadas que solamente pueden conducir a perderse y adentrarse más todavía en el maremagno vegetal.

Conforme el río regresa, Porto cae en frondosa cascada vegetal, despeñándose sobre ese Douro que de
Tras-Os-Montes para acá ha ido perdiendo sus credenciales hispánicos hasta ser patrimonio único de esta
ciudad, que es porto fluvial y lo es todo a costa de él.

Porto jardín del abandono botánico, inmenso en su dejadez, tiene árboles antiguos, exóticos, traídos de
expediciones de ultramar por honorables filántropos, ingenieros de floresta que soñaron y diseñaron jardines
hoy olvidados, con rosaledas soleadas y galerías panorámicas con techumbre arborescente de camelios
bajo los que pasea junto a su dóberman Rodolfo la dama solitaria que cada otoño hace reflorecer aquí sus
mejores épocas sepias.

Los quintales son los jardines sin fama. Tienen enmarañadas melenas de buganvillas y enredaderas
trepando por sus muros, estos patios de piedra con algo de jardincillo descuidado e invariablemente una pila
de lavar, un taller caótico como un bricabraque , alguna casetucha o un mirador volado de madera y
acristalado, una galería cubierta de chapa, apéndices de las casas siempre desiguales y curiosas que no
son los clásicos predios de Porto cubiertos de azulejos para ocultar sus tripas carcomidas; esos predios
desvencijados ya nada más venir al mundo, apoyados unos en otros como comadres, con sus costados
chapados y sus ventanales a la inglesa enmarcados en piedra, sus balconadas de hierro salido de forja con
pátina de óxido. Los miradores, empañados de un polvo centenario, anuncian de antemano al que se asoma
un día gris o blanquecino afuera, y a los que pasamos por la rua nos invita a infiltrar la vista en los cuartos,
antiguos y empapelados, los almacenes de paños, oscuros y kilométricos como túneles sin fondo.

Nos saludan las fachadas fantasmales de viejas fábricas y cines abandonados de las que apenas ya si
quedan dos o tres paredes y adentro crecen hierbajos, plantas altas, y las enhiestas escaleras son árboles
que aún no han pasado por la carpintería, y así habría de subirse al segundo piso trepando por sus troncos a
impulsos, como en las fiestas de pueblo. Predios desmemoriados, desconcurridos, desasistidos, caserones
antiguos, consulados regentados hoy por yonkis incontinentes que, haciendo gala de su arte escatológico,
alfombran de cagarrutas los pasillos donde ser sirvieron cocktails y se discutieron tratados comerciales de
suma importancia. Mansiones de alegre pesadumbre, palacetes sumidos soñando el sueño ligero de la
piedra; juega allí la neblina, moviéndose lenta, entre las greñas de los sauces, los castaños y el tupidaje de
zarzamoras, vestigios de un porto sin majestad pero que, misteriosamente, a día de hoy progresa así,
volviéndose hermosamente viejo, amarillo, castaño y verde charca.

Page 8
Hay en Porto otros árboles gigantes y extraños que han ido pasando desapercibidos al portuense a costa de
crecer durante decenios a su lado; árboles que han dado su verde y su amarillo, su sombra y su oxígeno, y
que ahora son amputados de cuajo, en pleno verano para no despertar dos o tres voces de protesta.
Ausencia. Sol a bocajarro. Defenestración imperdonable de eso que ha sido sustantivizado por orden
gubernativa como arbolado, pues mañana HAY que inaugurar un túnel de silencioso cemento por donde
entren y salgan, salgan y entren las cápsulas motorizadas que se dirigen a echarse su siesta atlántica.

Porto de mugre necesaria... La floresta es, aquí, como la mugre, indispensable para entender la savia férrea
e industriosa de un pueblo con un esqueleto algo oxidado ya por la lluvia insistente de los días únicos e
iguales; y para guarecer la esencia de lo portuense que radica precisamente en su superficie de tripas, de
piedra al descubierto. Piedra húmeda y boscosa.

Las ruas.--Porto deriva por Porto Massarelos Porto Miragaia Porto Bomfin Porto Cedofeito Porto Batalha
Porto Campanha Porto Freixo Porto Boavista Porto Pombal Porto Foz Porto Afurada... Idas, venidas,
perdidas, zigzagueos bajo la lluvia y por entre la niebla, sorteando putos novos e putas velhas y ya familiares
como porteras de esquinas.

Vagabundeos por Porto sin puerto por Porto apático Porto peor que Nausea de Sartre peor que Nada de
Laforet.

Porto paredes pintadas, muros donde la malta estampa sus plantillas, si no a spray pues a brochazo limpio,
para despabilarle la modorra al portuense que regresa de su siesta atlántica y ceporra y espetarle que mate
al “bush” que pueda haberle poseído. Ahí está la pintada que exige una restitución inmediata del poder
arrebatado a los putos.

¿Qué no sabéis, a estas alturas, quiénes son esos a quienes llaman así? ¡Andaos con mil ojos, pringaos!,
pues os putos son los reyes de las ruas. Presos de noche en la que se embozan, seca la sonrisa, seca la
voluntad, sacan la lengua a la luz húmeda, a reventar de saudosa vaguedad, aquí donde un atraco se
resuelve sin importancia enseñando no más la pistola por el cañón que en lugar de mano asoma de una
manga; y vale, y basta, sobraban razones, lo que tu quieras, nene, todo tuyo...

A poco que te descuidas, los putos del barrio te hacen un corrillo nada simpático y, si traes un amigo de
fuera, como ya te conocen preguntan con sorna: –¿Y éste...? –señalando al embarazado ejemplar de
españolito con el dedo–, ¿de dónde lo habéis sacado?... Y ante la indisposición del azorado camarada, les
respondemos: –Pues, ¿a vosotros qué os parece?, del bosque; y cuidadito, que muerde... Se rascan
entonces la coronilla y se echan a reír, los muy putos, y aún nos siguen un buen rato como moscas en
indiferente algazara, interponiéndose, pinchando, saltando alrededor.

Page 9
De los balcones y las ventanas cuelga la ropa puesta a secar en la noche húmeda: mudas, bragos y
sábanas de fantasmas que son como banderas ululantes llorando detergente. En los escaparates apagados
de las floristerías, las flores no sirven ya sino a los muertos de las funerarias contiguas, donde las cajas de
pino expuestas y mirando desde enormes ventanales al río esperan eternamente el barnizado final; los
claveles mustios de estas floristerias parecen haberse dado por vencidos y ya no sueñan más engalanar la
fiesta revolucionaria sin resaca triste... Como las vitrinas donde se exhiben miembros ortopédicos,
escobones, maniquíes, exvotos y cabezas inmóviles que vigilan con envidia de cera nuestro paseo
noctívago, rememorando en silencio carnosas primaveras.

En otoño, las ruas se ven alfombradas de camelias que se suicidan romántica, portuguesamente,
arrojándose desde los quintales olvidados de fiesta; esos dantescos infiernillos de desperdicios y chatarra,
tan confundida con la floresta que hasta sus miembros parecen de un extraña clase de hierro vegetal.

Porto remodelado vs. Porto abandonado. Porto sorpresa en insospechados recovecos, ocultos rincones,
becos, buraços e travessas sin salida donde os pueden acorralar los putos. O Porto entre sembrados y
barbechos, huertas frondosas, envalentonadas gallinas y correrías de perros sin amo, por donde derivan
caminos que pierden al que se deje por ellos llevar vete a saber dónde. Algunos comienzan en la mismísima
Praça da Liberdade y, zigzagueando por entre un racimo de callejuelas, de barriadas, un laberinto de quintas
tupidas con promesas de más y más floresta, van a dar al campo abierto, después a la playa, franja de arena
gruesa, estrecha e interminable como un jazigo con vistas al mar.

Porto corral, todo gallinero. Porto pacato Porto paleto Porto pueblerino pelintro pardo Porto tripeiro, todo él
hecho de tripas.

Ruas das Adegas, de tabernáculos estrechos con barras de pasto y repasto, churrasquerías y casas de
comidas donde sirven polvo por pulpo. Veinticinco mandíbulas batientes se las entienden con el cefalópodo
fileteado, cuando una langosta hace su aparición por la ventana abierta del comedor. Un orondo portuense
de mostachos como los de un levantador de pesas deja a un lado su cuchara, se descalza, luego se levanta
parsimonioso bota en mano y estampa al desdichado bicho contra la pared... –¡No sea que luego me cobréis
el caldo verde como sopa de langosta!

Porto espabilado y Porto drogado en pensiones y prostíbulos mohosos, en garajes de pisos más negros,
talleres anegados, lojas cubiertas de un polvo espeso y pringoso, guaridas de chamarileros, chatarreros,
ejércitos de salvación, trapisondas, almacenes de borrachas , tuberías, serrerías, livrarias de papel mojado.

Porto de snack-bar funcionariales y adegas proletarias donde no se bebe porto, sino vinho verde tinto y
meias de leite mornas con una cruda tapa de presunto (¿será realmente esto jamón?) o un bolo de arroz tan
denso como para obstruirle la memoria al mismísimo Marcel.

De madrugada, la niebla toma la ciudad, cayendo espesamente sobre las callejuelas como si quisiera ocultar
esta mugre acumulada durante siglos de riqueza y pobreza industrial; memoria de mugre necesaria la de

Page 10
nuestra Ciudad Encallada, cuya bituminosa historia de epidemias, de conatos de revueltas siempre
fracasadas, de vivir en la habitual ración de tripas y bagaços, se desenvuelve familiarmente en aquella
bruma nocturna.

Entre ella caminamos de vuelta a casa, tras dejar al Archie a expensas de su patrón (aquí todos parecen
tener uno) en el número 92 de la rua Conde de Vizela; el portal de la pensión siempre iluminado con una
cadeneta parpadeante de lucecitas anunciando irónicamente: RESIDENCIAL NOVO MUNDO; la escalera
hacia el cubículo recepcional despidiendo a distancia un olor ácido, a preservativos usados y pólvora
quemada, la que se gasta en las 35 habitaciones en guerra cada noche.

De estos cuartos salen cada hora mujeres robustas y peludas que parecen pescaderas y son putas teñidas
de rubio intentando pescar un escurridizo elástico de media o un botón casquivano, seguidas de sus clientes
ebrios y desencajados, tambaleantes, con los que nos vemos obligados a bailar, sorteándolos, abriéndonos
paso hasta la esquina... una cantinela de monsergas en portugués con aliento de 60 grados.

A las tres de la madrugada nos dejamos caer hasta la Praça da Liberdade, donde los taxis esperan
inútilmente poder arrancar sus motores tartamudos, de tanto permaner al ralentí durante horas y horas; esas
horas dobles, por borrachas y porque aquí, luego de mirarse al espejo, transcurren como si fuesen dos, la
una y su reflejo, al ralentí en cualquier caso... Ralentí, como ritmo mayor de la Ciudad Encallada.

Y enfilamos con valentía acostumbrada la pendiente hacia Poveiros, dejando atrás el esqueleto de ese Cine
Águia que alojó un café de igual nombre donde, hace más de un siglo, o sea ayer, el poeta internacionalista
y libertario Antero de Quental esperaba cada tarde la llegada de los acólitos del plumífero republicano Teófilo
Braga que andaban a su procura por estas mismas ruas, por causa de desavenencias indisociables,
artísticas y políticas. Este teatro del águila caída debe conservar en alguna parte de su interior venido abajo
el negativo no revelado de aquella pelea inútil, así como de todas las historias de pandilleros, de putos de
barrio bajo, cuyas trifulcas se celebran sólo para pasar el rato. Ciudad postergada, ésta; postergado el
acontecimiento verdaderamente extraordinario, revolucionario; postergado el NOVO MUNDO que, mal
jodiendo y bien jodido en su pensión barata, prefiere irse de putas, y perderse en la noche de Porto.

Gatos pingados.--siempre existe alguien por encima de la cabeza real, siquiera la guadaña, por encima de
la gorra que es la corona del puto. una zarpa se avecina sobre ella dispuesta a hacerla rodar. el amo y señor
de la rua no es el puto sino el gato. uno cualquiera, que tiene su palacio en los quintales y caseros
abandonados.

los gatos de Porto maúllan poco, saben pasar elegantemente desapercibidos. se diría que no, pero... ¡ pelos
tomates que aquí hay gatos!

los hay a rayas y listas y a veces (muchos) pingados. sin nombre, sin papeles, por predios abandonados:
desordenada comuna, en comandita de gatos.

pandillas de gatos nas tapias, vacilando al cão atado entre los barrotes de un balcón distante y triste, reja de
prisión perruna, que ladra viendo a los gatos sin amo: ¡qué suerte poder ser gato!

rezongando en las vallas desvencijadas, a ratos tísico-elegantes o en las últi mas... ¡Don Gatos! gatos
ariscos y tristes, alegres y desconflautados, aprovechando las barrigas que les salen a las tapias entre los
quintales húmedos, yendo y viniendo en silencio – por elegancia, ya dijimos, que no ocultación, recato – por
las fronteras de los muros, las cuerdas tiesas de ropa, cobijándose a la sombra de un níspero o de un
banano. de tejado en tejado, de ventanuco en buraco... ¡gateras mil y una en esta ciudad portuense de
gatos!

gatos faltos de poemas... ¡ni falta que hace!, maúllan dos de ojos desviados, tuertos, vueltos incluso, panza
arriba y aun de lado.

Page 11
gatos malucos, malandros , ¡muertos entre los carros! eso de las siete vidas es una invención del tato; sólo
vivimos una, multiplicada por siete, los gatos. si acontece una caída, cosa improbable, o más bien un
atropello, con sardinas se recobran, con rojões e figados .

gatos de la basura pesquisando si hay pescado (pues el pescado aquí – mal que les pese – es todito él
congelado, y lo trincan las gaviotas)... ¿a ver qué nos han tirado...? ¡puag! ¡puag! ¡requetepuag!... id a
decirle a esa vieja, pelleja con su canario, que nos deje mejor tentempié, no estas sobras para chuchos,
¡más sardinha da pequena , o una raspita sabrosa, o un esparguete aliñado! ¡vaya bruja con bigode que
prefiere a un cão mellado!

¿no os sobra un poco de atún para este gato esmirriado? ¿un pitéu , o un petisco ? ¡qué roñosos estos
amos!

gatos caídos de bruces, gatos repanchigados. gatos recogidos como bolas tristes de billar peludas y aún
palpitantes... ¡qué flacos! gatos hechos polvo, gatos mugrientos... farrapos! gatos despanzurrados. gatos de
becos, de avenidas, gatos middle-class , don gatos, que tienen cola y no rabo; y gatos okupas sin rastas de
predios desalojados, de fabricabandonada; y gatos barriobajeros, chungos... ¡al loro con esos gatos!

gatos a la caza de ratitas presumidas de su encanto, y gatas celosas y henchidas, parturientas con
placentas llenas de gatitos nuevos, luego a la rua arrojados. gatos sin cascabel, gato de repente y ya ¡va
saltando los tejados!

gatuna fauna fluvial, gateril malta de gatos con un marramamiau por fado. desolación gatuna ¡ay! ¡miau!
¡pero qué saudades tengo yo de ser un gato!

gato pobre y a su suerte en esta ciudad barrio-bajo, ciudad portuense y gata, minina en sus barrios altos.
¿cómo que te has olvidado de tu camada de gatos? ¿que inundan Porto de orín? ¡qué dices tú! ¡fuera ¡largo!
gatos de aquí y de allí, irreconocibles, mil x mil veces mezclados.

gatos sean como sean, o como puedan ser si les dejan, en esta ciudad en que el ser más libre es gato.

Porto fluvial.--Porto motor de autos locos de época todavía en uso que asaltan la ciudad en repentinas y
absurdas carreras, haciendo vibrar el empedrado.

Porto feria internacional de colombofilia para descrédito de la gaviotería foránea.

Porto del olvidado y destartalado, “único en europa”, Museo da Imprensa, junto al puerto deportivo con yates
carcomidos por la bicha del Douro. Hay un hombre sin nombre y en mono que aún sabe cómo poner estos
paquidermos tipográficos en funcionamiento. Puede vérsele aparecer una vez por semestre, nunca se sabe
cuándo. En una adega de Bomfin le ponen antes un plato de tripas á moda do Porto para que no se le
atasque el seso ni se le cale la mano. Pero, oiga, ¿imprimen todavía algo estas maquinotas espantosas e
inconmensurables?, ¿algún libelo, algún encomio? –Han aparecido por Porto unas folhas volantes en las
que nos ponen anónimamente en guardia contra esos desalmados comerciantes chinos que están
colonizando lentamente, con el gota a gota de esa tortura milenaria inventada por ellos, el
planeta: ¡português, consume produtos nacionais! –Así que estas maquinotas cumplen un deber patriótico...
–Es para salvar la economía nacional, ¿o es que en su país de usted no harían lo mismo? –¡Y pensar que
las tripas y rodillos de estos mismos ingenios escupieron las octavillas que pusieron en pie al operario
portuense en tantas huelgas hasta hoy inconclusas!

Aire fresco. Porto del Douro, cementerio fluvial donde los cascos de las barcazas, vueltos del revés, asoman
su panza carcomida entre el agua marrón con manchas deslizantes de aceites vertidos.

Page 12
Porto Ganduflo, Porto Rio, club nocturno y flotante en cuyas bodegas ruge el rock & roll portuense pasado
por agua, para regocijo de peces insomnes.

Porto de refinadoras fantasmales, de enormes almacenes de pedernal inamovible.

Porto de viejos teatros y cinemas huecos.

Porto dragado decadente decrépito digital de nuevo de a diario.

Porto de pescadores domingueros deportivos desplegados a lo largo de la marginal del río con sus cañas
extendidas a la espera de la bicha mesma.

Miasma de Porto de los seis puentes, de hierro, de hormigón armado, según se mire de derecha a izquierda
de izquierda a derecha, de una orilla a otra, de Porto a Gaia; al otro lado, pues Porto no quiso extenderse
hacia allá y deja de ser Porto al cruzar el río Douro.

Porto oasis impredecible de los paseos por caminos sin asfaltar junto al río, vaciado de minutos a todas
horas. Porto solar, de rosaleda y viñas entre vías de carriles de ferro en desuso.

Douro ya sin transporte fluvial de caldos, de las bodegas de oporto a la Alfandega, para ser embarcados
rumbo a los soporíferos y burgueses salones londinenses, parisinos, berlineses, neoyorquinos. Douro de
piragüistas tullidos; de barquitos donde los turistas sacan a pasear sus cámaras de fotos; de yates
energúmenos en cuyas cubiertas transformadas en discotecas posan maniquíes, una
pasmarótica yetset copa en mano, que enseguida entran en pánico cuando los putos, encaramados como
micos al más famoso y bello puente de hierro de Porto, les escupen lapos sabrosos y densos como molho
de fancesinha... El ritual del escupitajo portuense, rico en regurgitaciones, habilísimo en sus órbitas
circenses antes de ir a estamparse en el empedrado o en el zapato del transeunte desprevenido. Pero
quienes mejor saben escupir en Porto no son los putos, son las viejas. El viajero sabe que ya está de vuelta
en Porto sólo cuando oye cuspir así.

Vandoma.--Sábado de madrugada: cita en Vandoma; ya inevitable para nosotros, tan atractiva por el
interesante movimiento de gentes en intercambio y la cantidad de pequeños, ínfimos hallazgos que aún
pueden encontrarse como tesoros entre las lonas y mantas desperdigadas a lo largo y ancho del innoble y
bellísimo Largo das Fontinhas, parapetado de árboles antiguos que han visto bajo sus copas frondosas toda
clase de tejemanejes, con sus abrevaderos de caños rotos, su piso amarillo de tierra como serrín mojado y
su mirador elevado sobre el río Douro a su paso por la zona más desprestigiada de la ciudad; este zoco que
la municipalidad quiere echar abajo, regular, remozar, limpiar de canalla, de traficantes, de estraperlo nas
trevas .

Sin embargo, y contrariando los más prudentes consejos, a Vandoma es preferible acudir de madrugada,

Page 13
justo un poco antes del amanecer, y a ser posible con una linterna o un mechero con mucho gas para atisbar
el piélago de misteriosas mercancías, muchas de ellas afanadas o de procedencia incierta y por eso
expuesto a la luz moralmente variable de la luna. A estas horas, entre dos luces, que es cuando operan los
ladrones y otros trabajadores de la noche, es cuando le tratan mejor a uno, por madrugar o no dormir y venir
en cualquier caso temprano a unirse a la confabulación de la oscuridad y el comercio no regulado de lo que
sea, pues de todo se compra y vende o se trueca en Vandoma

Nada es repudiado, despreciado, tirado o abandonado. Aquí todo adquiere su valor, un valor que puede
cambiar de precio en cuestión de horas, minutos, tal se dé la faena, según el interés o desinterés que deje
entrever el primo. Disimulo. Regateo. Tira y afloja hasta que la cuerda se rompe, pues ha de romperse, y el
Objeto que sea cambia de manos, la plata de bolsillos. Lo que sirvió a unos puede servir ahora a otros.

De Vandoma uno siempre se va sin quererlo con algo, una navajita, una cajita con minas de cores , unas
copas talladas con oficio, una máquina de escribir portátil, verde y sin eñe, por unos papeles de nada...
aunque uno cometa la estupidez de llegarse tarde, con la legaña puesta a eso del mediodía pasado, cuando
ya en la recogida de enseres es impensable encontrarse con nada ni nadie, sólo malandros y morralla y
merodeadores de ocasión.

Vandoma es un Rastro como el que hubo hace mucho en Madrid. Un lugar de encuentro y una improvisada
feria noctívaga y mañanera de compra-venta e intercambio de pacotilla, morralla, de viejos enseres
gloriosamente inútiles y directamente mágicos. Y en esa última hora, como también en la primera, de
madrugada, ¡qué de sorpresas vandomeras y qué de tesoros por cerosetentaycinco o a lo sumo un
miserable euro! ¡Chupitas de cuero ajustadas en perfecto estado, camisas rojas a estrenar, caisinhas
chinesas y de tabacos de enrolar, libracos y libritos, comics, almanaques y romances de saldo venidos de
livrarias alfarrabistas, o hasta del Brasil, de la ilustrada Francia, con tapas desechas y páginas pintadas al
hongo; una gramática deshojada y extranjera para señoritas ávidas de flirteos internacionales junto a un
manual porcicultor, mil y una postales de lugares inexistentes, pedazos de estatuas de escayola que
reclaman dueños de carne y hueso, bolas que harían inflarse como globos aerostáticos los mofletes de don
Ramón G. S., jaulas rotas para aves migratorias, muñecos amputados por criançinhas metidas a cirujanos,
la escafandra silenciosa de un buzo, extraviadas fotos de fadistas y singles pop con tipografías rotuladas a
mano, curiosos catalejos y prácticos ceniceros ¡Qué más práctico que un cenicero?, incluso para quien no
fuma... ¿Y hoje ? ¡Oye! Una lamparilla portátil que cabe en un bolsillo y cuatro "diez pulgadas", el tamaño
más coquetuelo para esos vinilos de los que se enamoran siempre los tocadiscos al primer roce de aguja.

Esta mañana de sábado que amanecía hemos tratado de buscar al senhor Miguele, que le suministraba
atuendo a nuestro patético guitarrista hawaiano-indiano y portuense Archie Pereira, pero nos ha sido
imposible localizarle entre el revuelo de agitadores de prendas textiles en busca del chollo, del pingo
morrocotudo, del jersey de cuello vuelto años 70 que, para sorpresa de la menina, no ha sido pasto de
polillas...; entre los corros de platicantes, con intercambio de soplos y avisos, entre compartición de tabaco.
Un contubernio que se arma y se desarma, siempre al quite.

Se regatea, se grita, se pasea, se mira y remira aquí en Vandoma, donde cualquier tesoro se cambia por una
insignificante y vil moneda. Vandoma también cumple su función de abastecimiento de copias y
reproducciones de productos culturales y de ocio de la gran industria a precios razonables: donde come 1,
comen 20. Para luego tomar un botellín de Super-Bock en el colmado cercano. Y todo este festivo
despliegue en el inigualable paseo das Fontinhas.

Page 14
Al alejarnos, entre dos coches, junto a la biblioteca municipal, un gato pardo muerto. Hoy, también de
mañana pero en mitad de la acera, un pajarillo igualmente sin vida. Ambos con la cabeza vuelta,
con vergonha de ficar mortos a plena luz y en plena rua, un sábado tan alegre (siempre resultan alegres las
mañanas de los sábados en Vandoma).

Vadoma resume todo Porto, todo el oficio de su mugre necesaria, de su luz incierta, su bruma hospitalaria,
su fuerte carácter tripeiro, su empinado y pedregoso populacherismo, su belleza hosca, su trato de floresta
enmarañada, su boscoso pedernal. ¿De veras, como aseguran sus señorías, Portugal es aquí ya Digital?

Rão Cuter, Porto, 2005.

Page 15