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MOS

J Colección
EDITORIAL
' TESTIMONIOS UNIVERSITARIA
El autor del libro y su esposa hacen entrega de
obsequios típicos de Chile a Su Santidad du­
rante una audiencia realizada en el Vaticano,
en noviembre de 1992.

EL AUTOR
Zdzisław Jan Ryn nació en Szczyrk, Polonia,
en 1938. Médico psiquiatra graduado en la
Academia de Medicina de Cracovia, ha ejer­
cido también la docencia universitaria de su
especialidad, tanto en Polonia como en cali­
dad de profesor visitante en The New York
State University at Stony Brook; Instituto
Boliviano de Biología de la Altura, La Paz;
Universidad Autónoma de Puebla, México.
Es miembro de numerosas asociaciones cien­
tíficas entre las que figuran: Academia de
Ciencias Polaca; International Society for
Mountain Medicine; Sociedad Española de
Medicina y Auxilio de Montaña; Société
Européenne de Culture; International College
of Psychosomatic Medicine; Sociedad de
Neurología, Psiquiatría y Neurología de Chi­
le, Academia de Medicina del Instituto de
Chile.
Alpinista y esquiador, ha participado en ex­
pediciones importantes y actuado como
socorrista de montaña.
Autor de numerosas publicaciones científi­
cas, entre sus libros figuran: Medicina y
Alpinismo, Psiquiatría y Psicología Forense
(coautor); Los Andes y la Medicina; Die
Auschwitz-Hefte (coautor); Antonio Kępiński,
autorretrato del hombre.
Desde marzo de 1991, se desempeña como
Embajador de Polonia en Chile.
EL DOLOR TIENE
MIL ROSTROS

Colección
TESTIMONIOS
Título original: Cierpienie ma tysiąc twarzy
Jan Paweł II i chorzy
1989

© ZDZISŁAW JAN RYN

Derechos de edición exclusivos reservados en español por


© Editorial Universitaria, S.A.
María Luisa Santander 0447. Fax: 56-2-2099455
Santiago de Chile
Inscripción Ns 88.596
Santiago de Chile

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o almacenada, sea por procedimientos mecánicos, ópticos,
químicos o electrónicos, incluidas las fotocopias
sin permiso escrito del editor

ISBN 956-11-0969-7
Código interno: 011311-5

Texto compuesto con matrices Garamond 10/12

Se terminó de imprimir esta


PRIMERA EDICIÓN
en los talleres de Editorial Universitaria
San Francisco 454. Santiago de Chile
en el mes de noviembre de 1993

CUBIERTA:
Fotografía de Arturo Mari

Con el patrocinio de

BANCO CONCEPCION
EL BANCO CREADOR

IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE


Z d z i s ł a w J a n R y n

EL DOLOR TIENE
MIL R O S T R O S
JUAN PABLO II Y LOS ENFERMOS

EDITORIAL UNIVERSITARIA
A la memoria de
mis padres
IN D IC E

Presentación 13

Prefacio 15

Introducción 17

P rimera P arte 21

EL AMOR TERAPÉUTICO 23
"No temáis" 23
El poder terapéutico 26
Influencia recíproca 27
Las palabras del Papa a los enfermos 28
"De corazón a corazón" 30
La debilidad en la enfermedad - fuerza en el sufrimiento 32
El pastor de Roma e Italia 33
Año de la Redención 36
El médico y el sacerdote 37
A los enfermos en Polonia. 39
La primera peregrinación 39
La segunda peregrinación, de la esperanza nacional 42
Por toda Europa 46
La vejez es tiempo de cosecha 50
"El amor radiante" 52
Entre los leprosos 54
El hombre para el hombre 55
"Desconocidos transeúntes del absurdo Universo" 59
El atentado 60
El Papa de la gente sufriente 64
El sentido cristiano del sufrimiento 65
El Papa en Chile 68

HOMILÍAS Y DISCURSOS DE JUAN PABLO II


A LOS ENFERMOS
(Selección) 71
Unión con los que sufren
Jasna Góra, Polonia, 4 de junio de 1979 71
Recuerdo para todos los que sufren en cualquier parte del mundo a
causa de los sismos.
Valnerina, Italia, 23 de marzo de 1980 72
La cruz del sufrimiento es fuente de gracia y de salvación
Marituba, Brasil, 8 de julio de 1980 74
Seguir gozosamente al Señor por el camino de la cruz
Osnabrück, Alemania, 16 de noviembre de 1980 78
Buscar al Señor y servirle con fidelidad en las cosas grandes y en las
pequeñas, en la alegría y en el sufrimiento
Munich, Alemania, 19 de noviembre de 1980 81
Ofrecer el sufrimiento por el bien de toda la Iglesia
Manila, 21 de febrero de 1981 88
El sufrimiento aceptado en unión con Cristo
Policlínica Gemelli, Roma, 17 de mayo de 1981 90
El valor del sufrimiento en unión con Cristo por la Iglesia
Policlínica Gemelli, Roma, 21 de julio de 1981 91
Jesús, el enfermo de todos los tiempos.
Homilía del Cardenal Francisco Macharski de Cracovia
Lourdes, Francia, 22 de julio de 1981 93
La experiencia personal de Juan Pablo II en el mundo del sufrimiento
Policlínica Gemelli, Roma, 14 de agosto de 1981 96
El sentido que el sufrimiento tiene para el cristiano
Onitsha, 13 de febrero de 1982 98
En vosotros me encuentro con Cristo que sufre
Zaragoza, España, 6 de noviembre de 1982 100
Misión de los ancianos en la vida familiar y social
Valencia, España, 8 de noviembre de 1982 102
Pensar en los que sufren y rezar por ellos
San José, Costa Rica, 3 de marzo de 1983 104
Presencia especial de Cristo en los enfermos
Roma, 5 de junio de 1983 105
El sufrimiento, participación en la cruz de Cristo y servicio a los hombres
Viena, 11 de septiembre de 1983 108
Ofreced vuestro sufrimiento por la reconciliación de Chile
Santiago de Chile, 3 de abril de 1987 112
Proyecto "Esperanza"
Cracovia, 13 de agosto de 1991 114

S egunda P a rte 119


Testimonios 119

CONSIDERACIONES PREVIAS 121


Algunos relatos 129
EN CRACOVIA 138
Soy una partícula de fuerza (Janina Gołębiowska) 138
No me entrego a las contrariedades (Bogdan Markowski) 139
Quien vivió, casi se paró de cabeza (Anastazja Kosek) 140
Ya no me pregunto: ¿por qué yo? (Józefa) 142
Me he desposeído del miedo al cáncer (Piotr Jedraszczyk) 143
El Papa me despeinó (María) 144
¿Qué te podría decir, Santo Padre? (M.J.) 146
EN VARSOVIA 149
Escribo con el pie, porque... Joanna Pak 149
Siento la crucecita trazada por la mano del Papa
(Hermana María Inmaculada) 150
EN POZNAŃ 156
Más aliviado fue sufrir, amar, confiar (Lucja Mazurkiewicz) 156
¿Qué te diría, Santo Padre? (Aniela Woźniak) 160
El más hermoso día en mi vida (Stefan Grajewski) 161
Tanto amor para cada uno (Ewa Wierzbińska) 161
El Papa nos vacunó con la esperanza (Wacław Doroszewski) 162
Sus palabras llegaron al corazón (Regina Runowska) 163
EN CZĘSTOCHOWA 165
Tienes que ver al Papa (Brygida Rezner) 165
No fui por el milagro de la curación (Honorata P.) 168
EN KATOWICE 173
Soy un testimonio vivo (Teresa Stawecka) 173
Nació la voluntad de vivir (Joanna Gabriel) 174
EN WROCŁAW 175
Lloró el Santo Padre y yo también (Grażyna Urbanik) 175

EN LA MONTAÑA DE SANTA ANA 176


Mi más valioso medicamento (sana) 176
Se interesó con un solo hombre enfermo (Paweł Kałuża) 178

EN EL VATICANO 179
Caso circunstancial de la Divinidad (I.S.) 179
El Santo Padre me tomó de la mano (Agnieszka Zebrowska) 181
Un buen pastor (Leokadia Pospieszyńska) 184

EN LA PEREGRINACIÓN DE RYDER-CHESHIRE 186


Mi resurrección (Zofia Kalinowska) 186
El hombre crece y madura en el sufrimiento (María Sobolewska) 188
He recibido una purificación interna (Andrzej Wroński) 190
Los buenos también están entre nosotros (Stanisław Podlaski) 191

ENCUENTROS ESPIRITUALES 194


Peregrinar con el Santo Padre en los pensamientos (Aleksandra
Wojciechowska) 194
Sé valiente (Krystyna Kasiuchna) 195
Yo soy precisamente este ser feliz (Zofia Blach) 196
Bálsamo para los corazones enfermos (Herta Antończyk) 198
Me aumentó fuerzas la alegría del trabajo (Wanda Ryszewska) 199
13 de mayo de 1981 (optimista) 200
El entusiasmo de millones de personas (Zofia Wyzina) 202
He ofrendado mis sufrimientos por el Santo Padre (Stanisława S.) 203
No estuve en ninguna parte donde estuvo el Santo Padre (María
Brukiewicz) 204
Nuestras miradas se encontraron en el espacio (Zygfryd Dzie­
kański) 205
Gracias a Dios que vivo (Lucja Panek) 206

PALABRAS FINALES 209

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA 211


PRESENTACIÓN

I reo que este libro del embajador Zdzisław Jan Ryn es un documen-
to valioso por varios conceptos.
Sus reflexiones en torno al dolor, entendido como experiencia central
del cristianismo, representan una dimensión enriquecedora, a menudo
subestimada o relegada a un segundo plano, en tributo de concepciones
más complacientes, más gratificantes y menos exigentes de la fe. El dolor
no es una escuela de virtud, pero enseña y templa. En este sentido, siempre
es saludable que se pongan las cosas en su lugar. La Iglesia Católica es la
religión de la Cruz, y quizás nadie está más cerca de su misterio que los
enfermos, los minusválidos y los sufrientes de este mundo. Esta es la
percepción que ha tenido siempre —desde el primer minuto de su pontifi­
cado—Juan Pablo II, y es especialmente esclarecedor seguir al autor de esta
obra —médico eminente, católico consumado y diplomático de excep­
ción— en las verificaciones del infinito cariño y prioridad papal hacia los
sujetos de enfermedad, de incapacidades y sufrimiento.
Este libro es también muy revelador por la vigorosa fe que lo anima.
Sus páginas están atravesadas por creencias y sentimientos religiosos pro­
fundos y antiguos. Polonia, corazón de Europa, tierra del Papa, es sin lugar
a dudas una de las naciones donde el Evangelio de Cristo se vive con
mayor intensidad, tanto en el plano público como en el privado. De otro
modo, quizás nada de lo ocurrido en Europa central en los últimos años
hubiera sido igual. El proceso liberalizador habría tenido no sólo otra
orientación sino también otra velocidad. Pues bien: ese mismo fuego reli­
gioso —como lo reconocerá cualquier lector— está indudablemente aquí.
Y está presente de una manera sencilla, persuasiva y admirable, que honra
profundamente a su autor.
Este es un libro impresionante, además, por los testimonios que con­
tiene. Testimonios no sólo de quien los ha escrito sino también de los
enfermos y minusválidos que tuvieron un encuentro con Su Santidad, y
que respondieron a la encuesta que el autor les dirigió para recoger sus
experiencias. Tal vez lo mejor que puede decirse de estas páginas es que

13
transmiten con singular emoción la fuerza intransferible y convincente de
la vivencia personal.
Por estas tres importantes razones, me honra presentar la edición en
castellano de esta obra de mi amigo el Embajador polaco. Va a constituir
toda una revelación para quienes asocian su nombre exclusivamente al
mundo diplomático. Pero, he aquí un hombre integral, intelectualmente
riguroso y de grandes motivaciones espirituales. Este hermoso libro da
cuenta de su carácter y retrata su sensibilidad de cuerpo entero. Con mucha
transparencia anímica y al margen de toda suerte de pretensión, su autor
nos abre en él las puertas a verdades inmensas y de renovada vigencia.

M anuel F eliú Justiniano


Presidente
Banco Concepción
PREFACIO

T "!
| i scucHAMOS que Juan Pablo II se dirige frecuentemente a los enfer-
mos, va a ellos, ora entre y por ellos, los bendice... En las fotografías
y películas se puede apreciar bien. Todavía más cuando se participa en los
encuentros del Santo Padre con los enfermos, y cuando se conocen las
palabras con las cuales se dirige a ellos.
La enseñanza del Papa y su manera de ser ante quienes están privados
de salud pueden guiarnos tras las huellas de Jesucristo, nuestro Señor. La
relación de Jesús con los enfermos fue un gran signo de que el Redentor
está presente entre Su pueblo: "los invidentes ven, los paralíticos andan,
los leprosos experimentan catarsis, los sordos oyen, los muertos resucitan,
y a los pobres se proclama el Evangelio" (Mt 11,5). Nuestro Señor Jesucristo
transmitió a toda su Iglesia la fuerza de la Buena Nueva, y la curación de
los enfermos fue otra forma de proclamar su presencia.
A través de los siglos, la Iglesia llevó casi toda la carga institucional de
los enfermos. Hoy, cuando las sociedades y naciones han asumido su
cuidado y atención médica, la Iglesia no deja de proclamarles el Evangelio,
destinado tanto al mundo de los enfermos como al resto del mundo, pues
el Evangelio siempre es el mismo, y debe ser interpretado y cumplido en
una situación tan particular como la que crea la impotencia de las fuerzas
humanas. El Santo Padre Juan Pablo II cumple este propósito a cabalidad:
leyendo el Evangelio, lo proclama y al mismo tiempo lo realiza.
El contenido del Evangelio aplicable a los enfermos es mostrado reite­
radamente en la enseñanza papal. Esto nos aproxima a la verdad de la fe,
en cuanto Jesucristo, que se reunió a través de la Encarnación con cada
hombre, quiso estar más cerca de los seres humanos en su impotencia. La
debilidad que Jesucristo tomó voluntariamente para sí mismo, sus heridas,
desnudez, deformación, incapacidad, suplicio y muerte en el sufrimiento,
presentan el verdadero rostro de Dios, el cual es amor (cfr. 1 J 4,8). Y,
simultáneamente, revelan que en esta situación se mostró la fuerza de Dios
de la manera más completa, cumpliéndose el acto de redención.
De aquí que cada aproximación a la enfermedad —en sí mismo y en
otros— es para los cristianos una prueba de su fe en el Evangelio de la Cruz,

15
el cual es fuerza y sabiduría. Es también la prueba de su amor —tanto de
Jesucristo como del hombre. Pero la actitud cristiana ante los enfermos y
ante la enfermedad —en sí mismo y en otros— se transforma para los
no-cristianos en fortalecimiento de su aproximación humana a la gente en
esta situación vital.
Los lectores reciben en este libro una muestra del diálogo del Evangelio
con los enfermos. Es necesario entrar en él para advertir los nuevos estratos
de su fuerza liberadora y su sabiduría. Leyendo las palabras de Juan Pablo
II y de los enfermos, aprendemos de ellas una renovada veneración, respe­
to, delicadeza ante el Dios-Hombre y ante el hombre. Estas palabras son,
entonces, una invocación a la tarea de tomar posiciones y actuar.
La ayuda en la aproximación al secreto de la enfermedad ha guiado la
idea de conjugar las declaraciones del Santo Padre y de los enfermos.
Estamos verdaderamente agradecidos con el autor de este proyecto.
Tan difícil es hablar a los sanos como a los enfermos sobre el sufrimien­
to en la enfermedad. El silencio y las palabras tienen que fluir de una
cordial sabiduría.
Estos textos le sirven muy bien.

F ranciszek M acharski
Cardenal de Cracovia

Cracovia, 30 de junio de 1992


INTRODUCCIÓN

1 Vaticano, Aula Pablo VI, el quinto día de abril de 1984. Bajo una
extensa y calada bóveda se congregaron los enfermos y los minus­
válidos de varios continentes, en total de 31 países, y entre ellos un grupo
de leprosos de la India. En este mosaico de razas, culturas e idiomas se
encontraban también enfermos de Polonia. Un tren especial llevó hasta allí
a 317 personas de los asilos diseminados por Polonia, construidos y dirigi­
dos por la Fundación Británica Ryder Cheshire. Junto a los enfermos y
minusválidos estaba presente también un grupo numeroso de ex prisione­
ros de los campos de concentración hitlerianos. Éstos ya eran de edad
avanzada: el participante más viejo de esa extraordinaria peregrinación
contaba con 80 años.
Todos los enfermos fueron invitados por Lady Sue Ryder y el capitán
Leonard Cheshire también presentes, y organizadores de la Fundación, así
como iniciadores de esta peregrinación llamada La Semana Internacional
de la Familia.
Asistieron igualmente enfermeras, tutores y médicos. Reinaba una
atmósfera de festividad y expectación. En la primera fila, ante el podium,
se congregaron enfermos en sus camas, y personas en las sillas para
inválidos.
Juan Pablo II entró al aula recibido entusiastamente con vivas, gritos
de alegría y cantos. Después de un momento se produjo un silencio lleno
de expectación ante las palabras del Papa:

"¡Queridos Hermanos y Hermanas, compatriotas afligidos por múlti­


ples sufrimientos!
Os doy la bienvenida y cordialmente os saludo como peregrinos del
Año Santo de la Redención, llegados a la Ciudad Eterna para, ante la tumba
de los apóstoles, orar junto con el Papa y recibir la indulgencia conmemo­
rativa.
Anhelaba este encuentro con vosotros —gente sufriente, minusváli­
dos— porque vosotros estáis lo más próximo a la Cruz, en la cual Jesucris­
to, el Redentor del hombre, con su amor, aceptó para sí mismo el sufrimien-

17
to físico y moral de toda la Redención del mundo, la que está de manera
singular arraigada, en el sufrimiento. El sufrimiento de cada hombre, y por
10 tanto, vuestro sufrimiento, encuentra también en ese secreto el punto de
referencia más alto y más pleno.
En el día del recuerdo litúrgico de la Madre de Dios de Lourdes, el
11 de febrero de este año, dirigí a toda la Iglesia y particularmente a
vosotros, amados hermanos y hermanas, una Carta Apostólica especial,
intitulada Salvifici doloris, en la cual expresé mi solidaridad para con voso­
tros, mostrando igualmente el gran valor y sentido cristiano del sufrimien­
to humano, así como vuestra vocación y misión en la Iglesia y en la historia
de la salvación.
Cumplid, pues, con vuestro sufrimiento —como dice San Pablo— 'lo
que falta a las tribulaciones de Cristo' (Col 1,24) coparticipáis ciertamente
en la obra de salvación, de la Redención del hombre.
En esa Carta me dirigí a vosotros igualmente con un llamado, que
ahora reitero: 'Os pido a todos vosotros, los que sufrís, que nos ayudéis.
Precisamente a vosotros, que estáis débiles, os pido que seáis fuente de
vigor para la Iglesia y la humanidad. En la terrible lucha entre las fuerzas
del bien y del mal, de la cual nuestro mundo contemporáneo es escenario
¡que vuestro sufrimiento en la unidad con la cruz de Jesucristo: predomine!
¡Queridos participantes de los sufrimientos de Jesucristo!, aceptad esta
palabra y bendición del Papa, que diariamente ora por vosotros. Llevadla
a vuestros hogares y a todas partes, donde se encuentre un hombre sufrien­
te. Compartid esta palabra y bendición como un pedazo de pan, igualmen­
te con esos que os rodean con amor y ayuda samaritana"1.

De nuevo se escuchan abundantes aplausos, entrelazados con el acom­


pañamiento de la orquesta vaticana y gritos de contento. Los rostros de los
enfermos están llenos de un alegre éxtasis, todos observan la blanca figura
del Santo Padre, el cual después del discurso se levanta y se acerca a ellos.
Primero saluda a los que yacen, enseguida a los que están en sillas de
ruedas, y luego pasa entre las filas de los enfermos que ocupan lugares en
las butacas. Pasó entre setecientas personas, jóvenes y viejos, blancos y de
color, así como entre aquellos que están más cercanos a la patria del Papa.
Juan Pablo II no evita a nadie, saluda a todos, coloca la mano en las
cabezas, hace el signo de la cruz y bendice. Abraza a algunos de ellos, se
inclina ante otros, con algunos intercambia cortas frases. Encontrando a
viejos conocidos de su labor pastoral de Cracovia, se detiene un poco más.

Pielgrzym ka chorych, L'Osservatore Romano. Edición polaca, 1984, N° 4, p. 6.

18
escucha y observa a los enfermos, les ofrenda rosarios y recibe los regalos
de sus corazones: cartas, dibujos, versos.
El Papa pasó entre los enfermos y estuvo con ellos, llevando una carga
particular de energía, alegría y de ánimo. Repartió ademanes de dedicación
y bondad, distribuyó palabras de apoyo y mantenimiento, dio su corazón
y a sí mismo.
Y todos lo tomaron, dando un beso de fidelidad en el anillo papal,
experimentando conmociones imposibles de describir, únicas e irrepeti­
bles. Algunos lloraban de alegría y felicidad, otros quedaron como petrifi­
cados en la impotencia de expresar palabras anteriormente preparadas.
Dio la impresión de que toda el alma sale del cuerpo enfermo, para
expresar alegría y gratitud por este encuentro.
Dos días después el tren con los enfermos polacos regresó, entre los
valles alpinos, a Polonia. Los sacerdotes oficiaron misas en el tren y repar­
tieron la Santa Comunión. Los enfermos compartieron impresiones y lle­
varon su alegría y esperanza también a aquellos que no pudieron acompa­
ñarlos.
Los médicos, en cambio, no ocultaron su profundo asombro: durante
esta peregrinación de nueve días, en el grupo de 300 enfermos no hubo
ningún agravamiento de la enfermedad, ninguna queja, como tampoco fue
necesaria alguna intervención médica. No se pudo dejar de relacionar este
fenómeno con el particular objetivo de la peregrinación: levantar el espíritu
y sanar al encontrarse con Juan Pablo II.

Es difícil hacer un relato de los encuentros sostenidos por Juan Pablo


II con los enfermos en el Vaticano, durante sus viajes apostólicos, su visita
a Polonia. Resulta todavía más difícil tener una idea de cuántos han sido
los enfermos que han escuchado las palabras del Papa a través de la radio
y la televisión.
Ellos constituyen la gran familia de los sufrientes. No los dividen ni las
fronteras nacionales, ni los sistemas políticos, ni las diferencias de idiomas.
En los oscuros secretos del sufrimiento encuentran la luz, en la soledad, un
protector. Éste es el heredero de Jesucristo, el Papa polaco.
De estas consideraciones nació la necesidad de reunir y editar los
discursos de Juan Pablo II, proclamados a los enfermos y sufrientes de
diferentes partes del mundo.
La primera parte del libro contiene una selección de los más importan­
tes discursos del Papa dirigidos a los enfermos, minusválidos, hambrien­
tos, a las víctimas de catástrofes y cataclismos, y a todos los que están
sufriendo necesidades.
Esta selección abarca desde el principio del pontificado hasta la publi­
cación de la Carta Apostólica Salvifici doloris, en febrero del año 1984. Esta

19
extraordinaria Carta resume las reflexiones del Papa sobre el sentido cris­
tiano del sufrimiento y constituye una fuente inagotable de ayuda y espe­
ranza*. La selección de los discursos del Santo Padre está antecedida por
capítulos ilustrativos de las ideas centrales del Papa en tomo al tema,
enlazadas a algunas de sus múltiples experiencias.
La Segunda parte del libro está constituida por las declaraciones y
reflexiones de los enfermos, escritas bajo la influencia del encuentro perso­
nal de Juan Pablo II o bajo la inspiración de la lectura de sus homilías.
Representan, en cierta forma, la respuesta de los enfermos a las palabras
del Papa.
A la Primera parte del libro la podríamos llamar "La semilla", y a la
segunda "La cosecha". La semilla la sembró el Santo Padre, la cosecha la
recogieron los enfermos y afligidos.

*La edición chilena de este libro contiene además el mensaje del Papa a los enfermos y
ancianos en el Hogar de Cristo en Santiago, 3 de abril de 1987, y el discurso en el Hospital
Pediátrico de Cracovia el 13 de agosto de 1991.

20
P ri mera P arte
EL AMOR TERAPÉUTICO

"No temáis "

En casi todas sus audiencias, Juan Pablo II se refiere al sufrimiento humano


y se dirige a la gente que sufre. En cada uno de sus viajes apostólicos, tanto
en Italia como en el extranjero, un lugar importante lo ocupan los encuen­
tros con la gente enferma e inválidos. La atención del Santo Padre está
selectivamente dirigida hacia el sufriente, pero la comprensión del sufri­
miento supera aquí los límites de la enfermedad, ya sea física o mental.
Aunque los afligidos por la enfermedad o invalidez están aquí en
primer lugar, las homilías, sin embargo, abarcan a toda la gente, que sufre
en cualquier forma: a causa de dolor físico, soledad, vejez, hambre o sed,
humillación y opresión, intimidación, pérdida del apoyo familiar o de las
personas cercanas y, finalmente, a los que sufren a causa de accidentes del
destino y catástrofes, como injusticia social, económica, política, terrorismo.
"No temáis", proclamado en el mismo principio del pontificado —28
de octubre de 1978— penetró profunda y permanentemente en el pensa­
miento y corazón humanos:
"No temáis, no estáis solos, estoy con vosotros y vosotros conmigo,
estamos juntos, nos une algo más profundo que la comunidad física, nos
traspasa algo más fuerte que la solidaridad humana común, y por lo tanto
No temáis".
He aquí cómo André Frossard, autor del más bello libro sobre Juan
Pablo II, entendió estas palabras:
"Este no temáis se dirigió probablemente al mundo, donde el hombre
teme al hombre, donde se teme a la vida por lo menos casi tanto o más que
a la muerte, donde se teme a las energías indomables que mantiene a su
disposición, donde se teme a todo, a nada, y algunas veces al propio
miedo"2.

2A ndré F rossard , “N o temáis". Conversaciones con Juan Pablo II, Znak, Kraków 1979,
p.7.

23
Las palabras de Juan Pablo II, "No temáis", tomaron mayor profundi­
dad y encontraron una aclaración más plena en la homilía de la Pascua de
la Resurrección a los habitantes de Turín —también a los enfermos reuni­
dos— 13 de abril de 1980. El Papa inició la homilía con la evocación del
miedo humano, como el que experimentaron los apóstoles después de la
muerte de Jesús y con la noticia de que su tumba estaba vacía.
"El miedo, en el curso de aquel día, fue más fuerte que cualquier
emoción", debido a que no se esperaban nada bueno por aquello que
sucedió. Fue un miedo consecuente a un sentido de amenaza, miedo a sí
mismo. Pero también fue un miedo de alcance más profundo, "fue un
miedo nacido de la muerte de Jesús... El miedo, que abrazaba el corazón de
los apóstoles, tenía sus más profundas raíces en esa muerte: fue un miedo
nacido de la muerte de Dios".
Nos es difícil a los contemporáneos imaginar la fuerza y dimensión de
aquel miedo. Fue horrorizante, paralizante, catastrófico. Y aunque todo
sucedió de acuerdo a lo anunciado, y Jesucristo resucitó, los apóstoles
tuvieron tanto miedo, que fue necesario tranquilizarlos. Para que pudieran
entender qué había sucedido fue necesario liberarlos del sentimiento para­
lizante del miedo. Y entonces Jesucristo les dijo a los sorprendidos apósto­
les: "La paz con vosotros" (J 20,19).
"No temáis", dice Juan Pablo II al mundo contemporáneo; "La paz
contigo, Polonia!", expresa arribando a su patria, hundida en miedo y
temor sobre su presente y futuro... Estas palabras fueron tan necesarias, y
como entonces las necesitamos continuamente.
Con seguridad en ninguna época el hombre ha experimentado un
miedo existencial tan fuerte y masivo como en la actualidad. Juan Pablo II
dijo en su homilía de la Pascua de la Resurrección en Turín, que "probablemente
más profundo lo sienten aquellos que son los más plenamente conscientes
de toda la situación del hombre, y aquellos que simultáneamente acepta­
ron la muerte de Dios en el mundo humano". Este miedo está oculto,
reprimido o compensado de diferentes maneras: psicológicas y técnicas.
Esto encontró expresión en diferentes formas: homo tecnicus, homo economi-
cus, homo politicus, etc., y también en el modelo consumista de vida.
"El hombre se estremece ante la muerte. El hombre teme a la muerte.
El hombre se defiende ante la muerte", dice Juan Pablo II. Pero desdiciendo
esto, en contradicción a su naturaleza y a su miedo, en tanto el ser humano
más teme, tanto más crea un gigantesco y loco potencial de muerte. Para sí
mismo, aunque le parece que es solamente para otros.
El miedo contemporáneo del ser humano es real, como real es el
potencial de amenaza al ser humano y al mundo. Para matar gente no son
necesarias ahora guerras, "Ahora la gente comúnmente se mata entre sí".
Así, no hace mucho la humanidad sufrió anticipadamente una tal

24
visión del mundo: exterminación masiva de gente y naciones en los cam­
pos de concentración hitlerianos.
Una de las aclaraciones de este proceso la encuentra el Santo Padre en
que el hombre contemporáneo "retira a sí mismo y al mundo de Dios"...,
"mata a Dios en sí mismo y en los otros", porque "el hombre que mata a
Dios no encontrará freno decisivo para matar al prójimo"... "La actitud
definitiva frente a los valores y dignidad del hombre, y del sentido de su
vida, está en que es la imagen y semejanza de Dios".
El ser humano teme porque, como resultado de la negación total se
queda al final solo: "solo metafisicamente..., internamente solo".
Al final de esta homilía conmovedora, haciendo un puente entre el
miedo experimentado por los apóstoles y el miedo del hombre contempo­
ráneo, Juan Pablo dijo:
"Precisamente en estos tiempos, en los cuales vivimos, tiempos en que
cuando se abre la posibilidad de la 'muerte del hombre' —originado con la
'muerte de Dios', en el pensamiento humano, en la conciencia humana, en
♦ la actividad humana— precisamente estos tiempos exigen una particular
verdad sobre la resurrección del crucificado. Exigen también un certificado
de resurrección así de elocuente como nunca".
Por eso, la alegría con la que los apóstoles experimentaron la resurrec­
ción de Jesucristo es el modelo de alegría pascual, en la cual el hombre
contemporáneo puede apagar y apaciguar el miedo: el miedo de la con­
ciencia, el miedo a la existencia. En esto se deben ver las nuevas perspecti­
vas para la vida humana.
Varios meses después, en la encíclica sobre la Redención del Hombre,
Redemptor hominis, Juan Pablo II mostró al ser humano contemporáneo como
temeroso consigo mismo y con el resultado de lo que su propia mente creó.
"El hombre actual parece estar constantemente amenazado por eso, que es su
propia obra, que es el resultado del trabajo de sus manos, y asimismo, y más
todavía, del trabajo de su mente, de las aspiraciones de su voluntad... El
hombre cada vez más se encuentra en el miedo. Vive en el miedo que sus
productos puedan ser vueltos de manera radical contra sí mismo. Pueden
convertirse en medios e instrumentos de alguna inimaginablemente directa
autodestrucción, ante la cual todas las ya conocidas por nosotros en la historia
de los cataclismos y catástrofes parecen palidecer". RH, 28.
Las causas elementales de este estado de cosas el Papa las ve en los
siguientes aspectos:
— La irracional explotación y destrucción de la Tierra;
— Un desarrollo inarmónico de la técnica, que amenaza al medio ambien­
te;
— El desarrollo de la técnica carente de ética;
— Atropellos a los derechos del hombre.

25
Juan Pablo II llama a nuestro siglo "el tiempo del gran infortunio del
hombre, en el cual la gente causó al prójimo mucho daño y sufrimientos"3.
Como uno de los remedios para este infortunio el Papa indica el papel
de entrega de la Iglesia: La Iglesia tiene la obligación de servir al hombre y
cuidarlo con todos los medios y posibilidades. Este principio básico de
servicio a la humanidad el Padre Santo lo llama el servicio real, y su
obligación se refiere a todos y a cada uno, sin evitar la propia persona:
"... el Papa, y cada obispo tienen que aplicarla a sí mismos. Los sacer­
dotes, monjas y monjes tienen que ser fieles a este principio. Asimismo
tienen que construir según este principio su vida matrimonial los padres,
mujeres y hombres; gentes de diferentes estados y profesiones, desde las
colocadas socialmente en lo más alto hasta las que cumplen los trabajos
más sencillos. Esto es precisamente el principio de aquel servicio real, que
nos manda a cada uno de nosotros como el ejemplo de Cristo, exigir de sí
mismo; exigir precisamente esto, a lo cual estamos llamados". RH, 21.
Entre los diferentes servicios y distintas vocaciones, se encuentra tam­
bién la ayuda a los enfermos y sufrientes, se encuentra también el servicio
al hombre que padece cualquier amenaza o peligro, humillación y falta de
respeto, desigualdad y hambre, atropello de los derechos humanos e injus­
ticia. De esta manera el servicio al prójimo toma, en la concepción de Juan
Pablo II, magnitud escatològica y se refiere al hombre concreto real en su
completa dimensión: espiritual y corporal.

El poder terapéutico

Los polacos conocemos y recordamos perfectamente la atmósfera de la


estadía de Juan Pablo II en su patria, porque nosotros fuimos el objetivo de
esa visita apostólica.
Las anteriores visitas del Papa, particularmente a México y a otros
países de América Latina, anunciaban de cierta manera lo que se podría
esperar en Polonia.
Estas expectativas fueron superadas, sin embargo, por la realidad. No
sin motivo el verano del año de 1979 fue llamado "el verano del milenio".
Juan Pablo II llevó a sus compatriotas, dos regalos particularmente valio­
sos: la alegría y la esperanza. Desde la perspectiva de los años transcurri­
dos parece que estos dos factores crearon una atmósfera propia de la
peregrinación papal:

3Ver. I. Tokarczuk , Problematyka pastoralna w encyklice "Redemptor hominis", en: Jan


Paweł II, Redemptor hominis. Tekst i komentarze. Lublin 1983, p. 155-171.

26
A cada uno de los participantes en los encuentros con el Papa lo
conmovió su atmósfera emocional; con nada podría compararse lo masivo
de esos encuentros, así como la manera de comunicarse de la multitud con
el Pontífice... La vista de cientos de miles congregados, inclusive millones
de gentes constituyó la fuente de fuertes e irrepetibles impresiones, liberan­
do un gran potencial de energía psíquica y provocando asimismo un
sentido de seguridad y poder, al sentido de pertenencia e identificación con
la incalculable masa de gente, consciente de su fuerza gracias a la unidad
con el objetivo y valores recíprocamente aceptados.
La fuerte radiación de los sentimientos de alegría y de sentido histórico
del momento llegó a su culminación expresándose en las explosiones de
entusiasmo. Se tuvo la impresión algunas veces —como después escribe
Biela— que las masas de gente congregada son cautivadas en un inmenso
océano de sentimientos y que olas de ese océano con una extraordinaria
fuerza se elevan llevándose todo lo que está en el camino; caen de nuevo,
se elevan, se alejan y de nuevo regresan. Cada ola que regresa produce el
crecimiento de otra nueva, después el alejamiento; de esta manera el ciclo
ondulatorio emocional se repite, manteniendo un estado de fuerte tensión.
Es la expresión de una aprobación emocional e intelectual de las palabras
y gestos del Santo Padre y, asimismo, la descarga de una potente eferves­
cencia emotiva.
Hubo interminables aplausos, cantos y vivas.
Igualmente fascinante fue la vista de la gente que llegó desde lejanas
partes de Polonia alegremente vestida con trajes regionales. Queriendo ser
testigos de los encuentros históricos de los compatriotas con "su Papa",
aspiraban a subrayar su propia identidad cultural y social a través del
encuentro con las tradiciones de su región. Este mosaico de colorido folcló­
rico daba su propia belleza a la celebración y animaba la imagen del verano
papal en Polonia. La realidad se mostraba entonces más espléndida que la
imaginación, rebasando los sueños y visiones mesiánicas de nuestros gran­
des poetas de la época del romanticismo4.

Influencia recíproca

Ya en el primer día de la visita se produjo una particular interacción entre


el Papa, a través de sus gestos, sus miradas, con los fieles. Juan Pablo II
percibió cada reacción de la multitud, la notó, vio los diferentes letreros
dirigidos a él y, frecuentemente, los comentó de manera informal.

4A. B iela , Papieskie lato w Polsce. Szkic psychologiczny wizyty i pielgrzymki papieża
Jana Pawia II w Polsce. Londyn 1983.

27
En el transcurso del oficio de las santas misas, durante las oraciones;
los congregados se contagiaron con la particular concentración espiritual
del Papa, bien conocido gracias a los acercamientos en las transmisiones de
televisión.
Las respuestas directas de los fieles fueron gestos y actitudes expresa­
dos en forma más libre que lo ordinario. Los espontáneos vivas, gritos y
cantos, precisamente por primera vez aparecieron durante la peregrina­
ción papal. Esta masividad de los encuentros, no vista hasta entonces, creó
un adecuado idioma de comunicación directa e inmediata con el Papa.
El excelente funcionamiento de los medios de comunicación, la televi­
sión y la radio, provocó un sentido real de presencia y coparticipación con
el Santo Padre. Lo que no pudieron realizar las imágenes de estos encuen­
tros, lo realizaron las palabras del Papa, su voz, su timbre característico, su
melodía y su articulación irrepetible. Lo que provocó quizás la mayor
impresión —aunque quedó para la mayoría fuera del umbral de la concien­
cia— fue el hecho que el Papa habló en polaco. Una fuerza particular de
acción terapéutica emanaba de la personalidad de Juan Pablo II.
"Es verdad —habla sobre él André Frossard5— que el cielo lo colmó
con dos carismas. El primero de ellos es que actúa por su presencia, lo cual
se pudo advertir en el día de su entronización, cuando —todavía antes de
decir tres palabras— se pudo observar a los diplomáticos llorando en las
tribunas oficiales... El segundo don, también determinante del hombre, es
la capacidad de investigación de las causas muy lejanas en la historia y
muy altas en la teología".
Inquiriendo sobre la causa de la popularidad, y sobre todo de la fuerza
de influencia de Juan Pablo II sobre la gente, Frossard considera, que:
..."el esclarecimiento de este fenómeno no se debería buscar en la
psicología de las masas, solamente en la psicología de Juan Pablo II, en la
excepcional coherencia de su persona... En Juan Pablo II, el Evangelio, la
vocación y la persona, son uno en sí mismo —lo que no sucede a menudo
y, precisamente, esta interior coherencia, causa lo que él irradia. Juzgo que
aquí se oculta el secreto de esa fuerza con la que él atrae a las multitudes"6.

Las palabras del Papa a los enfermos

El Papa habla a los enfermos en un lenguaje claro, comprensible, no


dejando ninguna duda; además su discurso lleva una carga emocional que

5F ro ssa rd , op.cit., p. 88.


6F ro ssa rd , op.cit., p. 100-101.

28
no es posible resistir. A pesar de la influencia del tiempo estoy todavía bajo
una gran impresión del discurso de Juan Pablo II a los enfermos, citado en
la introducción.
Gracias a la generosidad del padre Ryszard Karpiríski, nominado
recientemente obispo de la diócesis de Lublin, Polonia, antes de la partida
de Roma recibimos una casete conteniendo la grabación de esta homilía.
Reproduciendo varias veces esta grabación en el tren de regreso a Polonia,
y después regrabando la cinta una y otra vez, a pedido de los enfermos, la
recordé en cada detalle. En la declaración del Papa no hubo la menor
vacilación. El discurso, que llegó a todos los corazones de quienes lo oían,
es, asimismo, una obra de arte oratorio. No es extraño que casi todos los
peregrinos quisieron tener esta grabación en su poder.
El Papa tiene una extraordinaria capacidad de restitución de las pala­
bras en su verdadero y original significado. Sus presentaciones, dirigidas a
los enfermos, están escritas en un idioma de particular valor literario, y a
veces poético. Sin embargo, parece que la verdadera fuerza e influencia de
las palabras papales, está en su congruencia entre la actitud y la convicción
del orador; a esto también contribuye su específica y original estilística.
Las homilías del Papa se distinguen entre otros por su composición
característica como cofactor de su estilo, por su apropiada repetición de
expresiones y fragmentos de oraciones, que armonizan su ritmo con el
intencional subrayado del sentido expreso. Gracias a la aplicación de
repeticiones y a su entonación adecuada logra una intensidad máxima en
la expresión de la palabra7.
Una propiedad sorprendente de las homilías de Juan Pablo II es que
cuando habla a los miles, e inclusive a los millones de fieles reunidos, cada
uno de los participantes tiene la impresión que les habla a cada uno de ellos
de manera individual. Esta impresión la tienen también los oyentes a través
de la radio o televisión. El Santo Padre tiene pues el don de establecer un
contacto visual inmediato con una gran cantidad de oyentes y también el
don de penetración individual con su palabra. Este efecto terapéutico
favorable lo logra gracias a la excelente entonación de las oraciones pro­
nunciadas, a la precisión de su gesticulación y a una simple pero expresiva
mímica, y sobre todo gracias al contenido de sus presentaciones. Juan
Pablo II en muchas ocasiones subraya la necesidad de una llegada indivi­
dual a cada persona. Particularmente se aprecia en las palabras a los
enfermos pronunciadas el 5 de octubre de 1979, en Quigley South Semi-
nary en Chicago, intitulado "Sois de manera singular mis hermanos y
hermanas":

7Jan M iodek , Osobliwości stylu Jana Pawia II, En: Jgzyk polski, 1984, c. 3, p. 173-176.

29
“Quisiera saludarlos, uno por uno, bendecir a cada cual por separado
y hablar a vosotros sobre Jesucristo, el cual tomó para sí mismo todo el
sufrimiento humano, para traer la salvación a todo el mundo... Por dos
motivos sois de manera muy particular mis hermanos y hermanas: a través
del amor de Cristo, el cual nos une, y sobre todo por esto, que tan profun­
damente participáis en el secreto de la Cruz y en la redención de Jesús"8.
Después de esta presentación el Santo Padre se acerca a cada uno de
los enfermos, saludándolos y bendiciéndolos, haciendo el signo de la Cruz
en su frente. Inclusive establece breves conversaciones con algunas perso­
nas. Deja esto la impresión que cada uno de ellos es una figura central de
este encuentro. Sobre este efecto actúa además una particular tensión de los
participantes del evento. El punto culminante es el contacto común físico
del Papa haciendo el signo de la Cruz en la frente o extendiendo la mano,
y a veces besando o abrazando a los enfermos. Un fortalecimiento principal
de estas impresiones son los regalos personales repartidos por el Santo
Padre: rosarios, libros e imágenes de santos.
En los contactos de Juan Pablo II con los enfermos del mundo, de gran
ayuda es la Radio Vaticano. Transmite regularmente cada semana progra­
mas destinados a ellos. Nació ya cierta tradición de estos contactos, cuya
expresión son las cartas enviadas al Papa por los enfermos de todo el
mundo.

"De corazón a corazón"

Juan Pablo II trata su particular inclinación a los enfermos y sufrientes


como una de las más importantes obligaciones de su servicio. A los nume­
rosos enfermos reunidos en Pompeya, cerca de Ñapóles, el 21 de octubre
de 1979, les dijo:
"Anhelaba reunirme con vosotros, para abrazaros con un lazo de
cordialidad paternal, hablar con vosotros directamente de corazón, trasmi­
tir a vosotros la misión de la fe y dirigir a vosotros palabras de valor y
esperanza".
De esta manera natural el Papa formuló el objetivo de su particular
inclinación hacia los enfermos, sus conversaciones "de corazón a cora­
zón".
Hablando sobre el sentido de la enfermedad, subrayó que, entre otros,
de esta manera al hombre se le propone "una extraordinaria ocasión de
lograr la cumbre de las posibilidades humanas: la habilidad de aceptar la

8J a n Paw eł II, O cierpieniu. W arszawa 1985, p. 51.

30
enfermedad, la voluntad de experimentar la enfermedad y los sufrimientos
que la acompañan, como un don de amor espiritual, en una total sumisión
a la voluntad divina"9.
Este tipo de encuentro, este abrazo con un lazo de cordialidad paternal
y este coloquio "directamente de corazón a corazón" es también un requi­
sito elemental que deberá ser cumplido en el proceso de la psicoterapia.
Esta influencia, basada en un particular lazo emocional entre el enfermo y
el terapeuta, es, pues, un proceso bilateral. La entrega de sentimientos
acompaña su aceptación, y el conocimiento del enfermo está equilibrado
por el conocimiento del terapeuta. De aquí resulta esencial la pregunta
formulada por el eminente psiquiatra polaco Antoni Kępiński: Quién logra
más provecho de la psicoterapia, el paciente o el médico?10. La pregunta en
toda su extensión es posible llevarla a las reuniones del Santo Padre con los
enfermos, pues el nivel de estos encuentros es horizontal, el intercambio
emocional-bilateral, y el proceso de conocimiento se refiere también a
ambas partes. Todo esto además se realiza en una específica atmósfera
emocional de colectividad, la cual se acerca a la llamada comunidad tera­
péutica, una realidad elemental en la psicoterapia. Esta específica relación
terapéutica del Papa con los enfermos y sufrientes resulta de una profunda
comprensión y empatia de sus necesidades y cargas; también resulta de
una percepción humanitaria en los enfermos —inclusive en los más dam­
nificados— de valores que no se pueden tomar a la ligera. Con este espíritu
se dirige al personal médico de todos los niveles: "no tomemos a la ligera
la energía humana y espiritual de los enfermos"11.
Este valor terapéutico de la comunidad, el estar juntos y el compartir
su sufrimiento, el Papa lo percibió desde el principio de su servicio pasto­
ral. En uno de los sermones pronunciados todavía en Cracovia habló sobre
este tema:
"Esto lo veo más en la perspectiva de mi labor pastoral, que tenemos
que crearlo juntos. Y pienso que ser pastor significa saber tomar todo esto,
lo que todos entregan; saber tomar, significa en mayor medida saber dar;
saber tomar todo esto, lo que todos entregan, saber coordinar todo esto de
alguna manera conjunta, para que de esto crezca un bien común para
todos; y para que en este bien común de todos haya bien para cada uno,
pues cada uno de nosotros tiene su lugar en la Obra de la Redención, tiene
su lugar en el Plan Divino. Cada uno de nosotros es un gran tesoro"12.

9Ludzie chorzy i starsi w Kościele, W arszawa 1985, p. 26-27


10A. Jakubik, J. M asłowski, A ntoni K epinsk - czlowieki i dzieło. Warszawa, 1981.
11Cierpienie odkupione, L'Osservatore Romano. Edición polaca. Suplemento, 1985, p. 43.
Número especial.
12W ojtyla K.: Kazania 1962 - 1978. W ydawnictwo Znak, Kraków 1979, p. 17.

31
La debilidad en la enfermedad - fuerza en el sufrimiento

La declaración papal sobre el apoyo de su pontificado en los enfermos y


sufrientes no se quedo sólo en palabras pues ya en el segundo día después
de la elección, todavía antes de asumir, rompiendo las tradiciones, Juan
Pablo II se dirigió a la Policlínica Agostino Gemelli, para visitar a su amigo
gravemente enfermo, el padre obispo Andrés Deskur. Se reunió también
con otros enfermos de este hospital y pronunció significativas palabras:
"En el umbral de mi pontificado me quiero apoyar sobre todo en
aquellos que sufren y que sus sufrimientos, sus torturas y dolores los unen
en la oración. Queridísimos hermanos y hermanas, quisiera que oréis por
mí. Juzgando como la gente, sois débiles, enfermos, aunque sois muy
potentes, como potente es Cristo crucificado.
He aquí vuestra fuerza que fluye de vuestro parecido con Él. Procurad
aprovecharla para el bien de la Iglesia, de vuestros vecinos, de vuestras
familias, de vuestra patria y de toda la humanidad. E igualmente con la
intención de servir a vuestro Papa, el cual, en su significado, también es
muy débil"13.
En estas palabras se encuentran dos elementos principales. En primer
lugar, el Santo Padre opuso a la debilidad humana en la enfermedad, la
fuerza y potencia del sufrimiento unido con la oración. Este paradigma
aparece después varias veces en las presentaciones a los enfermos y se
convierte en el eje de las consideraciones sobre el sentido cristiano del
sufrimiento.
En segundo lugar, en esta declaración el Papa estableció un nivel
común de la experiencia del sufrimiento para aquellos que, padeciendo,
ayudan. Pues los débiles también pueden llevar ayuda. A través de la
oración pueden dar fuerza, aunque estén sumidos en la impotencia de la
enfermedad. Apelando a ellos, para que dedicaran su fuerza también en la
intención del Papa, "el cual, en su significado, también es muy débil", Juan
Pablo II creó el nivel horizontal de interacción común. Solamente tal nivel
garantiza el éxito en la influencia psicoterapèutica. En esto se oculta el
siguiente secreto del éxito de las homilías papales a los enfermos. Si alguien
tuvo dudas en esta cuestión, las perdió seguramente después del regreso
del Papa a los encuentros con los fieles, cuando finalizó el tiempo de su
enfermedad y convalecencia luego del atentado.

13P odsiad A., Szafrańska A.: Pierwsze dni pontyfikatu Jana Pawia IL pax . W arszawa
1983, p. 66-67.

32
El pastor de Roma e Italia

En el marco de su servicio, el obispo de Roma Juan Pablo II regularmente


visita las parroquias romanas, y también algunas diócesis italianas. A
petición suya, en esos encuentros casi siempre toman parte enfermos. En
sus visitas de servicio pastoral están incluidos hospitales, clínicas y hogares
de cuidado especial y, algunas veces, establecimientos penitenciarios.
Parecidos son estos servicios del Papa a aquellos que realizó el mismo
Cristo. De Cristo extrae el ejemplo y amor hacia los enfermos y necesitados.
No descuida este deber ni aun durante su reposo en la residencia de verano
en Castelgandolfo.
En las fechas tradicionales de los encuentros con los enfermos fue
incluida, de manera permanente, la Navidad. El 23 de diciembre de 1979
Juan Pablo II visitó a los enfermos en el hospital romano del Espíritu Santo.
Este hospital, localizado cerca del Vaticano —en sus principios hospicio del
Espíritu Santo— se convirtió en el símbolo del testimonio de misericordia
a los enfermos, pobres y necesitados de ayuda. Por este motivo el Papa en
su discurso a los enfermos y personal evocó de manera breve la historia de
este meritorio hospital romano. Llegó allá sobre todo para que los enfer­
mos, a pesar de sus sufrimientos, celebraran la Navidad en el hospital con
gran alegría.
Los motivos de su visita los aclaró de manera breve:
"Conocéis mi inclinación hacia todos aquellos que sufren. Esta es una
actitud que responde a la obligación fundamental y de primer orden de
aquel que es el sustituto de Pedro en la capital Romana y lleva el excelente
título de sucesor de Cristo. Cómo podría representar a Cristo si olvidara su
cuidado permanente sobre los enfermos, sobre su dedicación a ellos, sobre
sus grandes palabras sobre la fe que a ellos dirige, sobre sus inmediatas
intervenciones terapéuticas, cuyas descripciones llenan las cartas del Evan­
gelio... Cómo podría olvidar su 'identificación moral', que Jesús estableció
entre sí mismo y los sufrientes, haciendo de ella un criterio de juicio
—exigente y estricto— en este código, que regula nuestro estado en la
eternidad"14.
Un carácter particularmente festivo y masivo tienen los encuentros del
Santo Padre con los enfermos, inválidos, lisiados que se preparan a las
peregrinaciones tradicionales a Lourdes o participan en ellas. El discurso
del día 11 de febrero del año 1979 el Papa lo tituló de manera significativa:
"La dignidad y majestuosidad del hombre sufriente". Subrayó en él que la
presencia de los enfermos en la Basílica de San Pedro es un honor para el

14Ludzie chorzy i starsi w Kościele, op.cit., p. 29-30.

33
Papa, debido a que de esta manera él se convierte, de algún modo, en
participante de estas peregrinaciones anuales a Lourdes. Pero esto también
es una necesidad de toda la Iglesia y de toda la humanidad, debido a que
el sufrimiento humano tiene un carácter universal y una fuerza específica.
El objetivo del peregrinar de los enfermos incurables y de los mutilados no
es sin embargo solamente una expectativa de un milagro de salud, aunque
la Iglesia “con la mayor gratitud acepta cada restablecimiento de la salud,
aunque sea parcial y gradual". Se trata aquí más bien de aquella transfor­
mación interna del mal, como es el sufrimiento, en un bien espiritual
consagrador del mismo sufriente, y también por su participación con otra
gente.
Interpretando las palabras de Cristo "Ven y sígueme" cfr. Mt 8,22;
19,21; Me 2,14; Le 18,22; Jn 21,22, Juan Pablo II dijo:
"Estas palabras no tienen fuerza terapéutica, no liberan del sufrimien­
to. Tienen en cambio una fuerza transformadora. Son un reto para convertirse
en un hombre nuevo, para de manera particular parecerse a Cristo, para en
este parecido, encontrar a través de la gracia todo el bien interno, igual­
mente eso, que en sí mismo es el mal, que duele, que limita, que quizás
humilla y avergüenza"15.
El Santo Padre igualmente concurre a menudo a los hospitales. En el
hospital de la Reina de los Apóstoles en Albano, cerca de Roma, destinado
principalmente a las monjas, el Papa se reunió con los enfermos a princi­
pios de septiembre del año 1979, hablando sobre el sentido salvador del
sufrimiento:
"La salvación no es algo abstracto, no es elemento de un sistema
filosófico, sino es la Persona: el mismo Jesús, El Mismo, enviado por el
Padre, para realizar la obra de liberación de todos aquellos pobres, oprimi­
dos, presos, enfermos"16.
Pide a las hermanas enfermas, para que con su sacrificio de sufrimien­
to, frecuentemente oculto e íntimo, ayuden a la humanidad en la obtención
de salud interior, sin la cual la salud física no representa mayor valor.
A principios de septiembre del año 1983 el Santo Padre efectuó una
breve visita a los enfermos y personal del hospital Villa Albani en Anzio,
cerca de Roma. Evocando su reciente peregrinación con los enfermos a las
Grutas de Messabielle, en Lourdes, habló sobre la necesidad de fe en el
restablecimiento de la salud, sobre la necesidad de la cooperación con los
médicos en el proceso terapéutico, pero sobre todo, indicó —como muchas
veces anteriormente— el sentido y la utilidad del sufrimiento, que de

15Ja n P aweł II: Nauczanie społeczne, voi. 2, W arszawa 1982, p. 94-97.


16Ibid, p. 24.

34
manera secreta está incluido en el plan de creación y redención de la
humanidad.
"Con seguridad la presencia del mal es un impacto para el hombre,
principalmente cuando infringe su vida, o cuando él se enfrenta ante un
sufrimiento inconmensurable, que abarca la historia humana, pasada y
actual. Aunque la cruz de la fe nos permite ver en el centro del calvario la
Cruz de Cristo: ¡Nadie nunca es olvidado, abandonado o desplazado por
el Altísimo!"17.
Para que oraran colectivamente por la gente sufriente, el Papa estimu­
ló frecuentemente a los congregados en Castelgandolfo, en el período
cuando la gente sana se regocijaba con vacaciones de relajamiento y
alegría. En julio del año 1979 durante la oración del Angelus dijo, entre
otras palabras:
"Hay enfermos, hay enfermos que yacen en sus camas, hay enfermos
incurables. Hay inválidos. Hay gente condenada a desplazarse con la
ayuda de un carrito. Hay gente unida a su cama hasta la muerte.
Quizás precisamente en esta temporada del año, en la cual la gente
sana goza del reposo en las montañas, entre los árboles, en el mar o en los
lagos, esos nuestros hermanos sufrientes, más dolorosamente sienten su
estado. Limitadas son para ellos, muy limitadas, frecuentemente inaccesi­
bles, estas actividades, dignas de la alegría de la vida, de la belleza de los
veranos, del descanso, del relajamiento"18.
Estos recuerdos y consideraciones dedicados a los enfermos, incluso
sin su inmediata presencia, crean para ellos la ocasión de una unión
espiritual —a través de la oración, contemplación y reflexiones intelectua­
les— con el Santo Padre y con los otros enfermos. Como indicarán después
los relatos de los enfermos, este sentimiento de unión es muy fuerte y
algunas veces, con su fuerza, supera los lazos que unen a los enfermos con
sus prójimos.
Entre las peregrinaciones que visitaron al Santo Padre en Castelgan­
dolfo, en el año 1981, se encontraban numerosos grupos de enfermos e
inválidos.
El 17 de septiembre visitaron al Papa los inválidos de la diócesis de
Verona, bajo la dirección del obispo Giuseppe Amari. El Papa con júbilo
recibió la noticia, que en conjunto con el Año Internacional de los Inválidos,
la diócesis de Verona preparó una iniciativa para facilitar la vida social y
parroquial de aquellos que están afligidos por diferentes formas de invali-

17L'Osservatore Romano. Edición polaca, 1983, N° 9, p. 27.


18Aniol Pański z Papieżem Janem Pawiem II. W ydawnictwo Apostolstwa Modlitwy.
Kraków 1983, p. 113-115.

35
dez. Al otorgar la bendición apostólica apeló a los reunidos, para que
siempre, en cada ocasión, diesen prioridad al valor de la persona antes que
a otros valores, en particular ante los de naturaleza económica.
Después de dos semanas el Papa fue visitado por un grupo de inváli­
dos de Suiza, que arribaron a Castelgandolfo, iniciando una peregrinación
a Roma en los carros para inválidos. El Santo Padre en su presentación
mostró su afecto y amor con gran respeto y confianza, como la que pone en
los enfermos y minusválidos, en sus oraciones y sacrificios ofrecidos a
través de su manera paciente y solícita de llevar el sufrimiento. Estimuló a
los inválidos, para que miraran a su destino con ojos de fe y para que no
trataran la invalidez como una trágica desgracia, porque para el hombre
creyente ella deberá convertirse en la tarea más significativa y creativa para
su vida.

Año de la Redención

Los problemas de las carencias y sufrimientos del hombre contemporáneo


fueron presentados también por Juan Pablo II durante la audiencia para los
cardenales y la Curia Romana, el día 23 de diciembre de 1982 en el
Vaticano, en la víspera del Año Conmemorativo de la Redención. Subrayó
que vivimos ahora en un mundo de sufrimiento universal, de miedo y de
dolor.
"Pienso en los enfermos —dijo el Papa—, en la soledad de la gente
anciana, en el miedo de los padres a sus hijos, en el desánimo de los
desempleados, en las frustraciones de tantos jóvenes, a quienes no se les
hizo incorporarse a la vida de la sociedad. Pienso también en cada uno de
los que sufren debido a la violación de sus derechos, realizada con la ayuda
de formas sofisticadas de persecución, e incluso de muerte civil"19.
Con motivo del Año Conmemorativo de la Redención, el Papa estimu­
ló la atención hacia la gente sufriente y asimismo a tener una especial
sensibilidad para sus necesidades, como también un sentido de responsa­
bilidad para con ellos. En el programa de la celebración de dicho Año, en
junio de 1983, Juan Pablo II ofició una misa especial ante la Basílica de San
Pedro para los enfermos de diferentes regiones del mundo. Ellos llegaron
de manera masiva acompañados por sus tutores, médicos y enfermeras. El
Santo Padre les dio el Sacramento de los Enfermos.
La homilía en su totalidad la dedicó al lugar y papel de los enfermos

19Otwórzcie drzw i Odkupicielowi, L'Osservatore Romano. Edición polaca, 1983, N° 1,


p. 6-7.

36
en la Iglesia y al significado de sus sufrimientos, a los cuales llamó voca­
ción. En la comprensión cristiana cada sufrimiento, incluso el más doloro­
so, es solamente una breve prueba, en la perspectiva de la eternidad, a
través de la cual se debería pasar a la obtención de un bien mayor, que
abriera la perspectiva de la salvación definitiva. De aquí el importante
papel que cae en la historia de la humanidad sobre aquellos que sufren.
Igualmente la oración de la Conmemoración de Jasna Góra Częstocho­
wa —santuario mariano en Polonia— intitulada "El sufrimiento del Hijo
del Hombre", que pronunció Juan Pablo II, en la Pascua del año de 1983,
fue dedicada a la teología del sufrimiento.
El Hijo de Dios tomó para sí el sufrimiento y la muerte de manera
voluntaria, no liberó de eso al hombre, para hacer posible su participación
en el sacrificio de la redención. Cristo cambió sin embargo el sentido del
sufrimiento: en lugar de ser castigo por sus culpas, el sufrimiento se
convirtió en materia para la formación de la nueva humanidad.
"El Hijo de Dios, que no mereció el sufrimiento y que pudo evitarlo,
por su amor a nosotros recorrió el camino del sufrimiento hasta el final.
Experimentó todo tipo de penurias tanto de orden físico como moral. Entre
los sufrimientos morales hubo no solamente ultrajes, falsas acusaciones y
desprecios de los enemigos y desilusión debido a la cobardía de sus
discípulos; hubo también secretos, experimentados en la profundidad del
espíritu, desánimo debido al abandono por el Padre. El sufrimiento pene­
tró y abarcó a toda la humanidad del Hijo incorporado"20.
Jesucristo realizó el ideal del hombre, que a través del sufrimiento
"eleva al más alto nivel el valor de la existencia". Los sufrimientos tienen
pues que favorecer el crecimiento del amor, y entonces hacer más noble la
naturaleza humana.

El médico y el sacerdote

Las homilías pronunciadas a los enfermos han sido también dirigidas a sus
tutores, y ante todo a los trabajadores de los servicios médicos. La profe­
sión del médico, considerada por Juan Pablo II más como vocación, es por
él particularmente distinguida y respetada. A los médicos el Papa les dirige
palabras de agradecimiento por el servicio samaritano que realizan.
Los encuentros del Santo Padre con los médicos y con sus diferentes
asociaciones pertenecen a la tradición. Los discursos papales dirigidos a
ellos se refieren usualmente a las cuestiones de las fronteras de la medicina.

20"Cierpienie Syna Człowieczego", L'Osservatore Romano. Edición polaca, 1983, N° 4, p. 8.

37
del derecho y de la filosofía, y en particular de la ética, la deontologia y
derechos del enfermo, aplicación de la eutanasia.
El 28 de diciembre del año 1978, hablando a los congregados en la
asociación de los Médicos Católicos Italianos, Juan Pablo II mostró la
convergencia de los ideales del sacerdote y del médico:
"Acompañar, cuidar, fortalecer, curar el dolor humano, es tarea que en
la fuerza de su nobleza, utilidad y de su ideal está muy cercana a la
vocación sacerdotal. Verdaderamente, tanto en una como en otra la voca­
ción se revela de la manera más clara y directa en el mayor mandamiento
de amor al prójimo, de amor que frecuentemente se realiza de manera que
alcanza un verdadero heroísmo"21.
Entre los encuentros más importantes con los gremios médicos, vale la
pena recordar la presentación del Papa a los participantes del Congreso
Italiano de Cirugía General, en octubre del año 1980, en Roma: Los dere­
chos de los enfermos, experimentos sobre el hombre, de la conferencia
internacional dedicada a la gente sordomuda, enero de 1981 y de la II
Convención Internacional de Radiodiagnóstico y Terapia en Oncología, en
febrero de 1982, un llamado sobre la humanización de la medicina.
En octubre de 1982 en Roma, dirigiéndose a dos mil quinientos médi­
cos participantes en el XV Congreso Internacional de la Federación de
Asociaciones de los Médicos Católicos, el Papa habló sobre la vocación del
médico cristiano. Apeló a la humanización de la medicina y al respeto por
la dignidad de la persona humana en todos sus aspectos.
Dos meses después habló a los participantes del I Congreso Internacio­
nal de Médicos "Movimiento en pro de la vida". Trató los difíciles proble­
mas éticos y los principios obligatorios de los médicos ante la decisión
sobre algunos métodos diagnósticos y terapéuticos: diagnóstico prenatal;
deformación fetal; enfermedades cromosómicas, etc., y advirtió ante los
peligros resultantes de la creciente disociación entre las posibilidades téc­
nicas de la medicina, la moral y las normas éticas.
El Papa pronunció un discurso especial en el Vaticano, en marzo de
1982, con motivo del 50° aniversario de la Fundación de la Unión Italiana
de Transporte de Enfermos a Lourdes.
En esta corriente de obras del Santo Padre, que tienen una relación
directa con los enfermos y con el cuidado profesional de ellos, se encuen­
tran también algunos documentos preparados por la Capital Apostólica.
En mayo de 1980 Juan Pablo II ratificó la llamada "Declaración sobre la
Eutanasia" de la Santa Congregación de la Doctrina de la Fe. Se trata en ella
sobre la responsabilidad del médico relacionada con la defensa de la vida
humana en cada etapa.

21Jan P a w e ł II, O cierpieniu, op. cit., p. 14-15.

38
"La vida humana es la base de todos los bienes, origen y condición
necesaria de cada actividad humana y de cada forma de cohabitación
social. Si la mayoría de la gente considera que la vida es cosa sagrada y que
nadie libremente puede disponer de ella, los creyentes ven en ella igualmente
un don de amor de Dios, y su vocación es conservarla y multiplicarla"22.
Ante el pedido de los participantes en la trigésimo quinta Reunión
Nacional de la Asociación Mundial Médica, realizada en Venecia, en octu­
bre de 1983, Juan Pablo II pronunció un importante discurso sobre la
deontologia médica. Habló en él sobre los derechos del hombre a la vida y
salud, secreto médico y libertad de tratamiento, condiciones de permisivi­
dad, manipulación genética y el respeto a los valores morales del hombre,
en particular al enfermo23.
Las anteriores presentaciones del Santo Padre muestran todavía un
importante nivel de sus actos hacia la gente enferma, gestiones sobre sus
correspondientes derechos y privilegios. La solemnidad de estas presenta­
ciones y de la autoridad moral del Papa en el mundo de la ciencia, también
en el mundo de la medicina, sensibiliza a todos sobre el destino y necesi­
dades de la gente sufriente.

A los enfermos en Polonia

La ya evocada atmósfera de alegría y esperanza ante la primera peregrina­


ción de Juan Pablo II a Polonia fue, ante todo, la participación de la gente
enferma. Para ello, durante ambas visitas del Santo Padre a su patria, se
organizaron especialmente encuentros comunes.
Muchos enfermos y minusválidos conocían al Papa polaco en contac­
tos previos con él: visitas a hogares y otras celebraciones religiosas dedica­
das a los enfermos, y la posibilidad del encuentro con el Sucesor de Cristo
en la Tierra, eran para ellos motivo de anhelo particular. Sin embargo
solamente algunos pudieron realizar este deseo. La mayoría tuvo que
limitarse a contactos con la radio o la televisión, y todavía a otros les quedó
solamente la lectura de los discursos papales.

La primera peregrinación

Juan Pablo II por primera vez se dirigió a los enfermos durante el Llamado
de Jasna Góra, en Częstochowa, el 4 de junio de 1979. El Papa se refirió a

22L'Osservatore Romano. Edición polaca, 1980, N° 8, p. 1 y 2.


23Podstawy deontologii lekarskiej, L'Osservatore Romano, edición polaca, 1983, N° 10, p. 22.

39
su anterior servicio hacia ellos, antes de su entronización en la Capital de
San Pedro. Evocó también las cartas y oraciones escritas a propósito por los
enfermos en Polonia. Les respondió que el encuentro con ellos, en cual­
quier lugar que se efectuara, es para él siempre “fuente de profunda
conmoción del espíritu. Sentí y siento —dijo— cómo es insuficiente cada
palabra con la cual podría expresar, con la cual podría transmitir mi
compasión humana"24.
En la siguiente parte, el Papa se dirigió a los que sirven a los enfermos
y sufrientes, a todos los servicios médicos de Polonia, al servicio pastoral
caritativo y les agradeció por su espíritu de sacrificio. Juan Pablo II terminó
el Llamado de Jasna Góra con este pedido:
"Llevad esta reflexión y este saludo a todos los enfermos y sufrientes,
y también a todos los que ayudan a los enfermos en su enfermedad y a los
sufrientes en su sufrimiento".
A las monjas, que dedican sus energías al cuidado de los enfermos
incurables, de los niños retardados mentales, el Santo Padre las llamó el
signo vivo. Reconoció que todavía más importante que eso que hacen, es
que existen y quiénes son. Su labor, pues, exige una dedicación que raya en
el heroísmo. Recordando las casas de los niños retrasados visitadas en
alguna ocasión, el Papa habló sobre las monjas que allí trabajan: su voca­
ción es "¡Amar al hombre allá, donde otros ya no son capaces de amar"! Su
trabajo puede ser la más bella lección de amor al prójimo:
"¡Que vaya allá el más fanático enemigo de Dios, que se detenga un
momento y que vea! Si hay en él aunque sea un poco de humanidad, debe
salir de allá conmovido hasta el fondo del alma. Y así conmovido simultá­
neamente con la imagen del infortunio del hombre pequeño, del niño; e
igualmente conmovido con quienes a él se dedican... Allá ninguna irá,
...solamente aquella..., que en el hombre, en el más damnificado, ve a
Cristo"25.
"Sois inestimables", "Valéis lo que pesáis en oro", estas definiciones las
utilizó el Santo Padre, dirigiéndose a los enfermos en Częstochowa el día
6 de junio del año 1979 en la homilía intitulada "Aceptad el Evangelio del
sufrimiento".
Solamente a algunos se les hizo participar personalmente en este
encuentro. El Papa sabía, sin embargo, que por intermedio de la radio,
televisión y también a través de la palabra escrita, sus pensamientos llega­
rían a aquellos que no pudieron participar en el encuentro de Jasna Góra.

24Ja n P aweł II: Przemówienia i homilie. Polska 2 VI 1979 - 10 VI 1979. W ydawnictwo


Znak, Kraków 1979, p. 87-90.
25Do sióstr zakonnych. En: Ja n P aweł II, Przemówienia. Homilie. W ydawnictwo Znak,
Kraków 1979, p. 95.

40
Se dirigió a los enfermos polacos con un fervoroso llamado, igual como
después a los enfermos de otras partes del mundo:
''Aceptad este Evangelio del sufrimiento. Aceptadlo con vuestro cora­
zón, vuestra vida, vuestra conciencia, con cada uno de vuestros dolores.
Aceptadlo y apoyad a los sacerdotes, obispos y a mí también. Apoyadnos,
es lo que os pido".
Fue éste el más excelente fortalecimiento que los enfermos pudieron
recibir; y les dio un profundo sentido a cada tipo de sufrimiento y dolor
experimentado de manera humana, como también de manera física. ¿Es
posible no responder al así formulado pedido del Papa polaco?
Unos días después, el 9 de junio de 1979, en Cracovia, en la Basílica de
los Padres Franciscanos, ante los enfermos e inválidos reunidos, Juan Pablo
II llamó a la comunidad de enfermos la Iglesia del sufrimiento. Dijo que
siempre tuvo un profundo sentimiento de verdad sobre la particular pre­
sencia de Cristo en la gente sufriente, y aunque su situación vital desde el
punto de vista humano es dolorosa, en ocasiones humillante, sin embargo
desde el punto de vista sobrenatural puede ser incluso privilegiada.
El sufrimiento, la tristeza, la soledad son estados que particularmente
favorecen la atención en una profunda dimensión de la humanidad. El
Santo Padre puso énfasis sobre la particular acción del Espíritu Santo,
expresando que con su ayuda se realizan sorprendentes transformaciones
internas causantes de que "la gente que sufre mucho sea muy feliz". Esta
es una de las grandes paradojas de la naturaleza y del sufrimiento humano,
difícil de entender por el enfermo, como también sorprendente para el
médico. El sufrimiento o enfermedad no siempre se deben ligar con un
sentimiento de desgracia, puede ser en ocasiones el único camino para
conocerse a sí mismo y a la realidad circundante, puede tener un valor
creativo, constructivo en el desarrollo de la personalidad, en la maduración
interna. Así como también en el curso de la enfermedad, igualmente
psíquica, si solamente no se presenta la psicodegradación, la personalidad
del enfermo frecuentemente se enriquece con valores desconocidos en el
período anterior a la enfermedad.
Para el encuentro con los enfermos en la Basílica Franciscana, el Santo
Padre llegó a pie desde el cercano palacio del obispo. La Basílica Francisca­
na les dio la bienvenida a todos con el frío de los muros y la sombra de sus
vitrales. Actualmente iluminada por los reflectores, es como si fuera más
calurosa. Aunque parece que se redujo un poco: es angosta y sofocante.
Todos sintieron casi inconscientemente, que los periodistas y reporteros
gráficos eran solamente intrusos. Este único encuentro del Papa —encuen­
tro con los enfermos— debería ser de lo más discreto.
La alegría de los enfermos superaba el júbilo de los otros que también
se les invitó a reunirse con el Santo Padre. En este momento pasa la noticia

41
por la multitud de inválidos que el Papa entra al templo. Resuenan cantos,
en los cuales se habla sobre "la espada de dolor", penetrando el corazón
Inmaculado de la Madre de Dios-
Rostros ancianos, surcados por las arrugas y deteriorados por la enfer­
medad. Rostros de gente que incluso no puede moverse por su propia
fuerza. Rostros de gente joven, a quienes la enfermedad irreversible los
postra a la cama. Incluso rostros de niños lisiados. En todos los rostros,
ahora, el dolor y el júbilo se mezclan, se entonan cantos quejumbrosos, de
dolor, de lágrimas, y con pensamientos de esperanza.
El Santo Padre entra a la basílica, camina por el lado izquierdo de las
filas, bendice, abraza y toca tanto a los de pie, como a los sentados en los
carritos, saluda con las manos en alto a decenas y centenas de manos
elevadas que se dirigen hacia él... El Papa habla a algunos de ellos, expresa
que el sufrimiento es el tesoro de la Iglesia, que ellos, precisamente ellos,
los sufrientes y enfermos, colaboran activamente con la Iglesia. A través del
sacrificio del sufrimiento ayudan al Papa en todo"26.
Durante la homilía en la basílica reinaba un silencio extraordinario,
todos escuchaban las palabras del Papa con el aliento contenido. A medida
que transcurría el discurso él estaba cada vez más conmovido, por momen­
tos hablaba con voz vibrante. Se percibía un ambiente especial, de oración
y de sufrimiento físico. Después de dar a todos la bendición apostólica el
Papa se dirigió hacia la salida. Atravesó las filas por el lado derecho,
bendijo, extendió las manos, sonrió a los enfermos. Ante la basílica reitera­
damente lo saludaron calurosas ovaciones. El Santo Padre con las manos
elevadas se dirigió a un "vehículo blanco", que un momento después lo
llevó a un parque de Cracovia conocido como la Błonia.
El contacto personal con los enfermos de Polonia, como el contenido
de los discursos dirigidos a ellos dejaron un permanente valor: determina­
ron el sistema de referencia para los pequeños y grandes sufrimientos y
para las pequeñas y grandes desgracias de los enfermos polacos. Los
recuerdos de estos encuentros y la homilía presentada a los enfermos se
repiten muchas veces y en las diferentes imágenes en las memorias de la
gente sufriente en la segunda parte de este libro.

La segunda peregrinación, de la esperanza nacional

A la segunda visita del Papa a su patria se le fijaron diferentes objetivos.


No cabe duda, sin embargo, que uno de los más importantes fue el propó­
sito de fortalecer la esperanza nacional y el acercamiento, unificación de la

26Gaude Mater Polonia, Kraków 1982, p. 212.

42
sociedad sufriente y desintegrada por motivos políticos. En esto se expresó
el carácter terapéutico de esta peregrinación.
El Santo Padre arribó a Polonia y visitó a sus compatriotas sufrientes,
perjudicados, y algunas veces humillados. Los sufrientes fueron, entonces,
no solamente los enfermos y los inválidos, sino casi todos. A este sufri­
miento Juan Pablo II respondió en todas sus homilías, no solamente en las
pronunciadas en los encuentros con los enfermos. Por eso todas las presen­
taciones del Papa llevan una gran carga de fortaleza, apoyo y ante todo,
esperanza. En sus discursos el Papa indica las maneras de transformación
interna de aquello que viniendo del exterior provoca tormento y frustra­
ción. Anima al propio esfuerzo, para que la realidad interna traumática se
cambie en su interior en una victoria espiritual, para que el sufrimiento
inmediato y el tormento de la vida cotidiana se vean en una perspectiva
temporal más extensa.
El Papa se preparó para su segunda peregrinación a su patria con plena
conciencia de que encontraría a sus paisanos atormentados y cansados con
los acontecimiento de los últimos años. Expresó esto ya en el primer
discurso en el aeropuerto de Okecie, Varsovia, el 16 de junio de 1983,
diciendo:
"Pido por los particularmente cercanos a mí, los que sufren. Pido esto
en nombre de las palabras de Cristo: estuve enfermo, y me visitasteis;
estuve en prisión, y acudisteis a mí, Mt 25,36. Yo mismo no puedo visitar a
todos los enfermos, presos, sufrientes, pero les pido que con su espíritu
estén cerca de mí, para que me ayuden así como siempre lo hacen. Recibo
muchas cartas, que sobre esto testimonian, principalmente en el último
período"27.
Todavía más fuerte acentuó esta conciencia en el discurso de Jasna
Góra, el día 18 de junio de 1983, a los peregrinos de la diócesis de Szczecin-
Kamień Pomorski, Polonia:
"Venís a la Conmemoración de Jasna Góra junto con el Papa y con todo
el pasado difícil de estas tierras y de esta Iglesia, venís principalmente con
nuevas experiencias, de post-guerra, y con esas, con las que nos acostum­
bramos a hablar, de los últimos años. Acudís a la Virgen Negra de Często­
chowa con una herida en el corazón y con dolor"28.
Y después de manera arrebatadora le dijo lo mismo a la juventud
polaca durante el Llamado de Jasna Góra.
"¡Mis jóvenes amigos! Ante nuestra común Madre y Reina de los
corazones, anhelo deciros al final, que conozco vuestros sufrimientos,

27Jan P aweł II, Druga pielgrzymka do Polski. Przemówienia. Homilie, Kraków 1984, p.
14.
28Ibid, p. 77.

43
vuestras dificultades de juventud, vuestro sentido de perjuicio y humilla­
ción, y como tan frecuentemente el sentido de falta de perspectiva para el
futuro —quizás en las tentaciones de vida en algún otro mundo"29.
El Santo Padre con toda claridad percibió las fuentes básicas de los
traumas, a los cuales estuvo expuesto en el último período su país. Durante
la Conferencia del Episcopado en Częstochowa habló sobre ellas claramen­
te y con valor. Indicó también las medidas concretas de acción y defensa:
"El último período abro aquí ante vosotros, queridos hermanos, ante
todos los pastores de almas, y ante toda la comunidad de la Iglesia en
Polonia, grandes tareas. 'A ella entonces —la Iglesia— correspondió la
participación en las visitas a los presos e internados, organizar la ayuda a
sus padres, distribución de víveres y ropa a los necesitados, con particular
consideración a los niños, gente anciana, enfermos, familias numerosas...'
(palabras del obispo Czesław Domin).
Existe una necesidad de cuidar a cada ser humano, de defender a cada
compatriota, de protección de la vida de cada uno y ante la invalidez, que
fácil se produce en caso de ser golpeado, principalmente cuando se trata de
organismos jóvenes y débiles.
Un cuidado similar necesitan la gente vieja, los solitarios, los abando­
nados, los enfermos... La Iglesia en Polonia tiene las manos llenas de trabajo
caritativo. Este amor activo al prójimo transformó el cuadro sombrío y
doloroso de la vida social en muchos aspectos, que se produjo en el espacio
del último año. Sobre este cuadro doloroso cae algún rayo de luz, que trae
el activo amor al prójimo"30.
La dimensión de los sufrimientos del pueblo polaco durante la Segunda
Guerra Mundial la mostró el Papa de la manera más enfática en las homilías
dedicadas a la beatificación y canonización de Maximiliano Kolbe.
"...Maximiliano Kolbe —dijo el Papa, en los campos del monasterio de
Niepokalanów, en junio de 1983— a través de su muerte en el campo de
concentración, en el bunker del hambre, confirmó de alguna manera,
particularmente expresiva, el drama de la humanidad del siglo xx. Sin
embargo el motivo profundo y verdadero parece ser que en esto el sacer­
dote mártir de alguna manera particularmente clara convirtió la verdad
central del Evangelio: la verdad sobre la potencia del amor...
El hijo de la tierra polaca, que cayó en su Calvario, en la celda de
muerte por hambre 'dando la vida por el hermano', regresa a nosotros en
la gloria de la santidad. El amor es más potente que la muerte"31.

29Ibid, p. 85.
30Ibid, p. 117-118.
31Ibid, p. 58.

44
Con particular agradecimiento recibieron estas palabras los ex prisio­
neros de Auschwitz y de otros campos de concentración hitlerianos. La
canonización de su compañero la experimentaron como una compensa­
ción por sus tormentos y sufrimientos.
El encuentro con los enfermos en Jasna Góra durante la segunda
peregrinación a Polonia fue particularmente conmovedor, ya que el Papa
fue rodeado principalmente por gente joven; jóvenes y sufrientes, minus­
válidos.
Este encuentro se llevó a cabo en la catedral de la Santísima Familia.
Después de las palabras de bienvenida pronunciadas por el obispo de
Częstochowa, Stefan Barela, el Santo Padre, rompiendo el protocolo, hizo
a un lado al personal de seguridad y se acercó a la gente, se aproximó a los
carritos de los inválidos, se inclinó sobre los enfermos, y conversó con ellos,
los bendijo. Tomó en las manos a niños inválidos. Estuvo ante eso concen­
trado y completamente entregado a los enfermos, como si quisiera trans­
mitirles, por lo menos, una partícula de su fuerza vital y de su espíritu.
Aquí, entre los enfermos polacos, entre la juventud polaca, rodeado
por obispos y cardenales polacos, el Santo Padre cabalmente regresó al
secreto de la Salvación de Cristo, plenamente extrajo apoyo, para que
pudiera "desde la profundidad de la fe, esperanza y amor, servir a todos
los peregrinos". Los enfermos, sufrientes, minusválidos y sus víctimas de
sufrimiento fueron esta fuente.
Una nueva dimensión adquirió la reflexión sobre el sufrimiento en el
momento culminante de su permanencia en Jasna Góra, el 19 de junio de
1983, en el Llamado de Jasna Góra. Esta vez se refirió el Papa a todo el país
y a su dolorosa historia, su herencia de triunfos, y su herencia de derrotas.
Habló sobre la dimensión del sufrimiento a los más cercanos a su corazón:
"¡Madre de Jasna Góra! En esta hora de la tarde en la cual abro mi
corazón ante Ti, no puedo omitir cuestiones que ocupan muchos corazo­
nes. Creo que mis palabras son simples pues es difícil hablar en voz alta
sobre cuestiones dolorosas. Entonces solamente Te pido, oh Madre de mi
Patria... por aquellos, que sufren y por aquellos, que causan el sufrimien­
to... Pues ¡Tu Hijo no quiere rechazar a nadie!"32.
Al terminar este llamado el Santo Padre se refirió al acontecimiento
sucedido dos años antes en la Plaza de San Pedro, el atentado a su vida. El
año anterior, el 13 de mayo de 1982 el Papa estuvo en Fátima, para
agradecer su salvación. Ahora, en Częstochowa, en Jasna Góra, como un
voto dejó el cinto balaceado de su sotana.
El 20 de junio de 1983 en la Catedral de Katowice, del Rey de Jesús, se

32Ibid, p. 124.

45
reunió gente enferma, inválidos por accidente laboral, y los sordomudos
con sus tutores. Había alrededor de tres mil de ellos. El Papa pasó entre los
enfermos, se detuvo, bendijo, conversó. Los inválidos por accidente laboral
y los sordomudos llegaron al encuentro con el Santo Padre en una peregri­
nación a pie. Para los que esperaban, la santa misa la ofició el secretario del
Apostolado de los Enfermos, el padre Henryk Sobczyk.
A Juan Pablo II le dio la bienvenida el obispo de Katowice, el padre
Herbert Bednorz, anunciando la ejecución de la obra de Wojciech Kielar
intitulada La Victoria, con las palabras del rey polaco Juan III Sobieski:
Venimus, vidimus, Deus vicit.
Hablando a los enfermos reunidos, el Papa se refirió a esta obra. Las
palabras del rey Sobieski las dedicó a los enfermos congregados, deseán­
doles, para que también en sus vidas, llenas de tormentos y sufrimientos,
siempre triunfe Dios.
"Porque para eso es dado el sufrimiento al hombre —dijo el Papa—
para que Dios pueda vencer en la vida humana. El Mismo, este Dios, que
se hizo hombre y murió en la cruz, y triunfó por la cruz. Y triunfa igual­
mente a través de cada cruz humana"33.

Por toda Europa

Al igual que en Polonia, el Papa mantuvo constantes encuentros con los


enfermos en sus viajes a otros países europeos.
En el discurso a los enfermos congregados en el santuario de La Madre
Divina, en Knock, Irlanda, el 30 de septiembre de 1979, Juan Pablo II
expresó su preocupación y entrega de manera hasta entonces no escucha­
da. Este breve discurso constituye una plena afirmación del amor a los
enfermos y a la Iglesia.
"Acudo a vosotros —dijo el Santo Padre— para dar testimonio del
amor con el que os colma Cristo, y para deciros a vosotros, que la Iglesia y
el Papa igualmente os aman, que os obsequian con gran respeto y venera­
ción...
A través de su tortura y muerte Jesús tomó para sí todo el sufrimiento
humano y les dio nuevo valor. Y se puede decir más, que Él llamó a los
enfermos, llamó a cada uno de los sufriente que sufre, a colaborar con Él en
la obra de salvación del mundo.
Por eso también el dolor y el sufrimiento no son algo en vano, que es
necesario llevar en la soledad... Vuestra vocación al sufrimiento exige una

33Pokój Tobie Polsko. Ojczyzno Moja! "Znak", 1983, N° 348-349. p. 1.793-1.794.

46
vigorosa fe y paciencia. Así, es decir, que fuisteis llamados a aquello, para
amar más que otros"34.
El Papa indicó de esta manera, que ningún dolor y ningún sufrimiento
pasa sin huella, que su dimensión rebasa la experiencia personal del hom­
bre, que su sentido puede ser comprendido apenas en una dimensión
trascendental. Para el hombre creyente esto es una verdad vigorosa y
fortalecedora en la supresión de los tormentos, incluso de los más doloro­
sos. Parece que también el no creyente puede, en esta perspectiva, encon­
trar apoyo y consuelo.
El encuentro de Juan Pablo II con los enfermos y minusválidos, como
el que tuvo lugar en Osnabrück, durante la peregrinación a la República
Federal Alemana en 1980, transcurrió bajo el signo de unidad y comuni­
dad, que deberían integrar el mundo de la gente sufriente con el de sus
tutores. En realidad, pues, no es muy grande la diferencia entre enfermo y
sano, sufriente y feliz, diestro y minusválido.
"No puede haber barrera o muros entre la gente sana y ellos —damni­
ficados. Quien ahora parece sano —dijo el Papa— puede en sí mismo llevar
una enfermedad oculta, puede mañana sufrir una desgracia, una invalidez
permanente. Todos somos peregrinos; el camino no es largo, para cada uno
se acaba con la muerte. La mayoría de nosotros también en la salud siente
el peso de las limitaciones y debilidad. Permanezcamos entonces en una
recíproca solidaridad fraternal y de manera fraternal sirvámonos mutua­
mente"35.
En esta dimensión no hay pues una gran diferencia entre enfermo y
sano, así como es inasible algunas veces la frontera entre la salud y la
enfermedad, entre lo normal y lo patológico.
"Así también como gente débil podéis ser santos..." —dijo el Papa
enfáticamente a los enfermos congregados en la Catedral de Osnabrück.
Les indicó además, que a través de la enfermedad o el sufrimiento, el
camino hacia la santidad puede ser más fácil y efectivo. A aquellos que
cumplen un servicio ante los enfermos, profesional o voluntariamente, les
recordó las palabras del Señor: "Recibid la herencia del Reino preparado
para vosotros desde la creación del mundo", cfr. Mt. 25, 34-36.
En la Gran Bretaña, en mayo y junio de 1982, dos discursos del Papa
fueron dirigidos ante todo a los enfermos y débiles.
En la catedral de Southwark, después de la homilía intitulada "El
sufrimiento es una invitación", el Santo Padre dio a los enfermos el sacra­
mento de la extremaunción. Les dijo que aunque las enfermedades y los

34Jan P a w e ł II, O cierpieniu, op. cit., p. 50.


35Ibid, p. 119.

47
sufrimientos aparentemente son contrarios a lo que el hombre valora y que
anhela, éstos, sin embargo, no están en estado —incluso ante la mayor
intensidad— de privarlo de dignidad. "El sufrimiento es una invitación"
—dijo el Papa— para asemejarse en el sufrimiento a Cristo, para imitarlo,
debido a que el sufrimiento así comprendido y experimentado puede
enriquecer al hombre.
El sacramento de extremaunción a los enfermos —en su ritual actual­
mente cambiado— lo presentó el Santo Padre como fuente de fuerza
igualmente para el espíritu, como para el cuerpo, como petición por la
salud, como fortalecimiento principalmente en situaciones subjetivamente
desahuciadas. "Que estés sano, que seas fuerte, que seas salvado!" —estos
llamados recuerdan las oraciones antiguas de los sacerdotes-curanderos, y
las sugestiones de los contemporáneos psicoterapeutas, aplicadas algunas
veces en el tratamiento hipnótico.
La segunda parte de la homilía —junto a expresiones de reconocimien­
to y bendición para los que cuidan a los enfermos— contiene una muy
importante advertencia a los países y sociedades, para que no se opongan
a los valores morales que están arraigados en la naturaleza del hombre. A
fin de que los sistemas sociales no subordinen al hombre bajo el pragma­
tismo o utilitarismo.
El viaje a España, en 1982, igualmente lo resaltaron dos encuentros con
los enfermos y personas de la tercera edad. Se llevaron a cabo entre los días
6 y 8 de noviembre de ese año en Zaragoza y Valencia. Durante toda la
visita a España, acompañaron al Santo Padre un extraordinario entusiasmo
y vivas reacciones emocionales. En la homilía que dirigió a los enfermos de
toda España, dijo que le gustaría tener en este momento mil manos, para
poder alcanzar a todos, abrazar a todos y, aunque sea por un momento,
compartir con ellos sus angustias y sufrimientos. Invocó a los enfermos,
para que despertaran en sí mismos una actitud activa creadora, positiva,
para de esta manera utilizar el sentido evangélico y humano del sufrimien­
to.
En Valencia, en el Santuario de la Madre Divina de los Desamparados,
reunió alrededor de cinco mil personas de edad avanzada, y también
enfermos de diferentes lugares de España. El discurso a ellos lo centró en
el papel de la gente anciana en la familia y en la sociedad. El aumento de
la presencia de esta gente en las sociedades contemporáneas pone la
necesidad de una solución humanitaria y moral de su situación. Llamó
entonces el Santo Padre a que todos ayudaran a la gente de la tercera edad
a mantener sus intereses y lazos emocionales con la generación joven, así
como garantizarles un lugar apropiado en las estructuras contemporáneas
familiares y sociales.
Un especial respeto y agradecimiento expresó a aquellos que se dedi-

48
can al servicio pastoral entre las personas de edad avanzada. Asimismo les
dio a todos la tradicional bendición apostólica.

Analizando el viaje-peregrinación de Juan Pablo II a Austria, en sep­


tiembre de 1983, se puede tener la impresión que su punto culminante fue
el encuentro y el discurso a los enfermos en una casa de cuidado de
ancianos Haus der Bermherzigkeit en Viena. El Papa se dirigió en aquel
entonces a los enfermos residentes en todos los hospitales, casas de cuida­
do y viviendas de Austria. También fue escuchado por los enfermos de
otros países, principalmente de la zona de habla alemana.
El inicio de la homilía, lo que se hizo ya tradición después de mayo de
1981, estuvo dedicado a la experiencia del atentado.
"Esta hora de mi permanencia en Austria os pertenece completamente.
Quiero pasarla con vosotros como emisario de Cristo, como aquel que
anhela causarles alegría y que por algunas semanas él mismo perteneció a
vuestro círculo de sufrientes. Gracias a Dios, a la pericia de los médicos y
al cuidado profesional pude regresar a la salud. Por eso, entonces, estoy
ahora entre vosotros como sano, pero también como aquel a quien no le es
ajeno el sufrimiento. En común hagamos lo posible para que no haya un
abismo entre nosotros y vosotros, entre sanos y enfermos"36.
Se refirió a cómo la gente se necesita mutuamente: los enfermos a los
sanos y, también, los sanos a los enfermos. Esta verdad se revela por lo
general muy tarde, algunas veces apenas en la edad avanzada. Vale la pena
entonces difundirla y transmitirla a los jóvenes. Por eso, los hospitales y los
enfermos son el mejor "sermón" pronunciado por la paciente tolerancia al
sufrimiento.
El Papa se dirigió igualmente a aquellos que desde la infancia sufren
retraso físico o mental, impidiéndoles el mantener un contacto normal con
los demás; también se dirigió a la gente anciana, cuyas facultades psíquicas
han quedado gravemente limitadas. La vista de tal gente y la relación con
ellos sugieren frecuentemente la interrogante, ¿en qué se basa la dignidad
del hombre? Ellos exigen el amor al prójimo, llevado algunas veces a
dimensiones extremas, exigen una determinación colindante con el heroís­
mo. Por eso también —dijo el Papa— el mundo sin gente enferma sería un
mundo pobre, incompleto y privado de aquellos elementos de amor heroi­
co al prójimo. Al final evocó la imagen de Cristo —consuelo en cada
sufrimiento— diciendo:
"De manera particular sois parecidos a El. Aquel que curó a los enfer-

36L'Osservatore Romano, edición polaca, 1983, N° 9, p. 10.

49
mos, también él mismo sufrió. Él mismo experimentó un completo aban­
dono, para que no fuésemos nunca abandonados"37.
Así entendió Juan Pablo II su misión entre todos los enfermos y débiles,
sufrientes y necesitados, y esta misión la cumple todavía y en todas partes,
a donde lo llevan los caminos de la peregrinación terrenal.

La vejez es tiempo de cosecha

Aunque la vejez en sí misma no es enfermedad, y no siempre se tiene que


ligar con el sufrimiento, Juan Pablo II muchas veces se pone a favor de
derechos y privilegios particulares, que a la gente deberían respetárseles,
en la edad avanzada. El cuarto mandamiento de Dios: "Honrarás a tu
padre y a tu madre", lo considera un indicador de las relaciones intergene­
racionales de la familia y la sociedad. El sufrimiento de la sociedad es más
doloroso, cuando a las dolencias físicas se une la falta de comprensión y
agradecimiento de aquellos de los cuales se tiene derecho a esperar.
"Corona de los viejos es la mucha experiencia, y su orgullo es el temor
a Dios", Sir 25, 4-6. De esta máxima extrae Juan Pablo II una reflexión
personal: "precisamente a los viejos tenemos que amarlos con más respeto.
Honrarlos, pues las familias les deben su existencia, educación, manteni­
miento a costa de su pesado trabajo, y algunas veces de muchos sufrimien­
tos.
No pueden ser tratados como si no fuesen necesarios. Aunque algunas
veces les falte fuerza para ejecutar incluso las más sencillas actividades;
ellos tienen experiencias vitales y esa sabiduría que frecuentemente les
falta a los jóvenes"38-
Finalizando su visita pastoral en la República Federal Alemana en
noviembre de 1980, Juan Pablo II se reunió en la catedral Santísima María
de Munich con personas de edad avanzada, enfermos, y también con sus
tutores. Estaban también presentes sacerdotes ancianos que por muchos
años cumplieron entre ellos servicio pastoral.
Hablando entonces sobre la vejez, la comparó con la última partitura
de una gran sinfonía, en la cual los grandes temas de la vida humana
resuenan potentemente. La vejez es tiempo de cosecha, de eso que se
experimentó y se logró; pero también de eso que se sufrió y se resistió. Juan
Pablo II habló aquí de las experiencias de la guerra pasada, así como de los

37Ibid, p. 10.
38Skierujmy nasze myśli ku najstarszym. Anioł Pański z papieżem Janem Pawiem II,
Kraków 1983, p. 37-38.

50
sufrimientos y tormentos particulares asociados a ella, y respecto a una
parte de los presentes, a la experiencia de ambas guerras mundiales.
Mostrando los valores indiscutibles de la edad avanzada, su específica
distancia que le permite al hombre estar por encima de las cosas, la
posibilidad de observar al mundo no solamente con los ojos, sino también
con el corazón, el Papa señaló que a veces es fácil reducir o perder estos
valores por permitir que aparezcan los defectos típicos de la vejez.
Después del excelente himno en honor a la gente de edad avanzada,
Juan Pablo II señaló una serie de problemas asociados con la vejez: la
embotación de los sentidos, la limitación de las habilidades físicas, la
dificultad de comprensión y aceptación del mundo cambiante, el sentido
de extrañeza y de anonimato y la sensación de no ser necesarios, e incluso
de ser rechazados. El sentido del sufrimiento de la vejez lo relacionó al
significado redentor del sufrimiento de Cristo. Utilizó en esto oraciones
bellas y expresivas: "Vuestras lágrimas no las vertéis en la soledad y
ninguna de ellas es en vano", cfr. Ps 56,9; en el fuego se funde el oro, cfr. 1P
1,7; bajo la prensa la uva se cambia a vino". Recomendó igualmente a la
gente anciana la sabiduría contenida en el conocido dicho: "Si estás solo,
visita a aquel que está más solo que Tú!".
Al final trató un tema muy íntimo: el consuelo ante la proximidad de
la muerte.
"Desde el mismo nacimiento nos acercamos a la muerte, pero en la
edad avanzada estamos año a año cada vez más conscientes de su proxi­
midad... El Creador así lo hizo, la vejez de manera natural acostumbra al
hombre a la muerte... La gran escuela de la vida y de la muerte nos conduce
también a la tumba de alguien. Nos manda estar no solamente ante un
lecho mortal... El hombre anciano experimentó más de esas lecciones de la
vida que el joven, y las experimenta cada vez más. Esta es su gran ventaja
en el camino hacia aquel umbral, que frecuentemente nos imaginamos
como un abismo y noche. Esto, que está más allá de aquel umbral, nos
parece nebuloso; sin embargo a aquellos que nos antecedieron Dios les
permite más frecuentemente que lo que nos parece, cuidarnos y acompa­
ñar nuestra vida con su amor"39.
Estas palabras fueron aceptadas con profundo agradecimiento, y el
encuentro lo terminó una oración común.
El tema sobre el cuidado de la gente anciana aparece sistemáticamente
en las presentaciones del Papa. En la oración del Angelus, el 3 de enero de
1982, indicó los particulares problemas y necesidades del hombre anciano.

39Ja n P aweł II: Do ludzi w podeszłym wieku. En: Jan Paweł II w kraju Reformacji. PAX,
W arszawa 1984, p. 248-255.

51
Expresó reconocimiento a todos aquellos, y principalmente a los jóvenes,
que de cualquier manera y en cualquier parte procuran aproximarse a la
gente anciana y mostrarles solicitud. Como fuente básica de estímulo a este
servicio el Papa señaló la fe cristiana, que "en el rostro del hombre que está
en necesidad muestra el rostro del mismo Jesús".
A los enfermos y ancianos del hospital de San Carlos Boromeo en
Onitsha, Nigeria, febrero de 1982, les habló sobre la universalidad del
sufrimiento en la vida humana, sobre esto, que es parte de la condición
humana y resultado del pecado original. Aunque mucha gente sufre ino­
centemente, y particularmente los niños. A ellos les es más difícil que a los
adultos comprender el sentido del sufrimiento. A la gente de edad avanza­
da, reunida en este encuentro, les transmitió un pedido y un deseo, para
que su gran sabiduría, conocimiento y experiencia conquistadas en las
luchas de la vida cotidiana las transmitan pródigamente a la joven genera­
ción.
"Tenéis algo muy importante para ofrecer al mundo, y vuestra contri­
bución está purificada y enriquecida por la paciencia y el amor que poseéis
cuando estáis unidos a Cristo"40.
Con gran aprobación aceptó el Santo Padre la estructura multigenera-
cional de la familia africana, en la cual la gente anciana encuentra su lugar
apropiado. Se preocupó, sin embargo, sobre las algunas veces extraviadas
influencias de la civilización, que apartan a la gente anciana de la familia,
o directamente los elimina del hogar.

"El amor radiante"

Seguramente lo más conmovedor son los encuentros del Papa con los
niños. Miles de fotografías muestran al Santo Padre con niños de diferentes
razas, de diferentes edades y de diferentes continentes. Un amor mutuo
une al Papa y los niños. Su corazón lo abre sin embargo de la manera más
amplia a los niños enfermos y lisiados, a aquellos que sufren desde su
nacimiento, inocentemente y sin entender la fuente y sentido de su sufri­
miento. El Papa defiende la vida y la salud de los niños, y de la manera más
persistente procura la defensa de la vida de los niños no nacidos. Juan
Pablo II, con el niño levantado en sus manos o abrazando a un niño lisiado,
se convirtió en símbolo del más bello lazo interpersonal y de confianza.
No hay manera de contar todos los llamados del Papa sobre el cuidado.

40Ja n P aweł II: Chrześcijański sens cierpienia i starości. L'Osservatore Romano, edición
polaca, 1982, N° 2, p. 5-6.

52
ayuda y educación de los más jóvenes en todo el mundo, principalmente
en los países en desarrollo, donde el destino del niño y su dignidad son
frecuentemente atropellados. Difícil sería, igualmente, describir todos sus
encuentros con los niños enfermos y lisiados. Vale la pena entonces escoger
algunos ejemplos y citar fragmentos de las declaraciones dirigidas a los
niños enfermos.
La figura del Santo Padre despierta interés en los pequeños ante todo
porque les trae sentido de seguridad, gratifica la necesidad de cuidado.
Establece con facilidad contacto con ellos no solamente con las palabras,
sino ante todo con gestos, mímica, y conducta. Los encuentros con ellos
tienen frecuentemente un carácter informal. Algunas veces sin embargo las
visitas a los más jóvenes, por consideraciones objetivas, tienen que ser más
oficiales, por ejemplo en los hospitales, establecimientos de cuidado, etc.
Sus discursos a los niños son habitualmente cortos, sencillos y fácil­
mente llegan a los oyentes.
Durante su breve visita al hospital infantil de México, en enero de 1979,
el Santo Padre se presentó como su amigo: “La enfermedad no os permite
divertiros con vuestros amigos, por eso quería visitaros otro amigo, el
Papa, quien siempre piensa en ustedes y ora por ustedes"41.
Estando en la Gran Bretaña fue al hospital de San José en Roswell,
Edimburgo, en el cual se reunieron niños minusválidos, y también el
personal que cuida de ellos. Su presentación la inició con un saludo, y
posteriormente compartió una observación idiomàtica interesante: en la
antigua lengua céltica para definir a las personas minusválidas se utilizaba
el término expresivo “minusválido de Dios", es decir que vive bajo el
cuidado de Dios. Esta definición mostró la dignidad de cada vida, también
de las personas retrasadas mentales o inválidas. Ampliando este pensa­
miento afirmó que las personas minusválidas desarrollan de manera com­
pensatoria ciertas virtudes y capacidades que rara vez se encuentran en las
personas sanas. "Son tales virtudes —dijo— como el amor radiante, trans­
parente, inocente, y nostálgico, y un anhelo desinteresado y pleno de amor
de solicitud"42.
De acuerdo con el programa de viaje a América Latina, en la primavera
de 1983 visitó el hospital infantil de San José, Costa Rica, dirigiéndose a los
niños como un amigo, que los quería visitar, pues ellos sufrían diversas
limitaciones y dolencias resultantes de la enfermedad o dolor. Dijo que
oraba permanentemente, para que día a día se les diera cariño y cuidado.
A los tutores les sugirió que buscaran el sentido de su labor y de su
profesión en las palabras de Jesús, Nuestro Señor: “Cuanto hicisteis a uno

41} an P aweł II, O cierpieniu..., op. cit., p. 22.


42L'Osservatore Romano. Edición polaca, 1982, N° 10, p. 28.

53
de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis", Mt 25,40. Pues
únicamente de esta manera se puede otorgar un pleno sentido al servicio
profesional, que debería ser el servicio misionero para la exaltación del
hombre.

Entre los leprosos

Los encuentros con los enfermos en los países africanos y en el Amazonas,


principalmente con los leprosos, tuvieron un carácter particular. Su contac­
to con estos enfermos estuvo basado más bien en estar con ellos, que en
pronunciar discursos. Estas visitas preparadas cuidadosamente por el per­
sonal empleado en los leprosarios, constituyeron para el Santo Padre una
ocasión para observar a los enfermos y las condiciones en las que se lleva
su tratamiento y rehabilitación. Por motivos sanitarios se impidió el con­
tacto directo con ellos. A pesar de esto, el mundo vio las fotografías en las
cuales el Papa saluda a los leprosos, los toca, y besa a algunos. Solamente
aquel que se encuentra personalmente con estos enfermos puede apreciar
que también es necesario vencer una barrera de naturaleza estética.
De las descripciones accesibles de estos encuentros es posible concluir
que fueron extraordinariamente importantes, pero también difíciles. Con
seguridad ambas partes —los enfermos y el Santo Padre— experimentaron
durante ellos una ambivalencia específica de sentimientos: de distancia y
proximidad, de necesidad de contacto e imposibilidad de comprenderse,
de necesidad e imposibilidad de acercamiento.
Este mundo lejano nos lo entrega el relato de un testigo ocular de la
visita de Juan Pablo II al leprosario de la Rive en Kinshasa, el 3 de mayo de
1980:
"Veo perfectamente por sobre las cabezas de quienes están parados
ante mí cómo el Santo Padre se detiene, cómo ejecuta tal movimiento, cómo
quisiera entrar entre los enfermos, entre estas bancas, acercarse a un gigan­
te negro leproso, que yace en su camilla, a otros; cómo se detiene en la
mitad de su movimiento. Eleva las manos en el conocido gesto de salud;
ahora seguramente irá más allá. Esta vez no: en esta densa multitud el
Santo Padre permanece con las manos levantadas. Detenido por un largo,
muy largo momento el gesto de saludo se cambia en un gesto oratorio.
Miro al Papa. Ya no procura pasar entre los enfermos, incluso probablemente
en este momento no los ve, o quizás a través de ellos mira allá en alguna
parte; observo: los labios se mueven en la oración. Después todavía una
mirada muy cordial a todos aquellos pobres y el Papa se va"43.

43L'Osservatore Romano, edición polaca, 1980, N° 5, p. 11.

54
Conocemos poco, y resulta difícil sentir las experiencias de los enfer­
mos participantes en tales encuentros; éstas permanecen en ellos como un
gran secreto, y en la memoria se transforman, quizás, en una leyenda.
Sencillo, profundo, inteligente y conmovedor es "el pedido de la valio­
sa ayuda", con la que se dirigió Juan Pablo II a los enfermos leprosos en
Brasil, en Marituba, el 8 de julio de 1980. A estos afligidos y damnificados
enfermos, separados de los contactos sociales ordinarios les dijo que le
gustaría visitarlos a todos, en todos los lugares de residencia en la extensa
Amazonas, pero esto es prácticamente imposible. Por eso también transmi­
tió su anhelo a sus tutores: médico, enfermeras, sacerdotes, y a todos
aquellos que los cuidan diariamente —para que, en su nombre, y así como
él mismo lo haría si pudiera estar con ellos— a fin de que cumplieran
permanentemente su servicio con la mayor dedicación e involucramiento.
Después de presentarse, Juan Pablo II preguntó a los leprosos: "Y vosotros,
¿quiénes sois?", respondiendo por ellos que son ante todo personas huma­
nas, enriquecidos con una dignidad inconmensurable, son amigos del
Papa, y como amigos que tan particularmente han experimentado el desti­
no, les trajo palabras de consuelo, esperanza y confianza.
La segunda recomendación del Santo Padre fue un pedido, y propia­
mente un llamado y estímulo, para que los leprosos no se aíslen debido a
su propia enfermedad. Les pidió calurosamente que respondieran a los
esfuerzos de sus tutores, para que se conozcan mutuamente, para que se
pongan a trabajar y formen un ambiente, como el que ante ellos se abre. En
una palabra, para que se sientan en el mayor grado posible miembros de la
comunidad humana.
"Aquí, en la Amazonas —dijo— donde intensa y beneficiosa es la labor
de los misioneros, de la que recogéis sus frutos, me atrevo a pediros: haced
en vuestra situación de enfermos un gesto misionero de gran importancia,
transformándola en fuente, de la cual los propios misioneros puedan
extraer energía espiritual para su labor"44.
Al final de la visita entre los leprosos el Santo Padre rezó una bella
oración preparada especialmente para esta ocasión.

El hombre para el hombre

La sensibilidad del servicio espiritual papal se manifiesta también en su


desprendimiento y ayuda material a la humanidad, que por causas objeti­
vas se convierte en víctima de accidentes del destino: terremotos, inunda­
ciones, catástrofes de las vías de comunicación, actos terroristas. Muchas

44Jan P a w e ł II, O cierpieniu..., op. cit., p. 98.

55
veces visitó personalmente a los damnificados, llevándoles no solamente
palabras de consuelo sino también ayuda concreta. En el nombre de los
sufrientes de hambre hizo llamados de ayuda y de justo reparto de los
bienes entre el mundo de los ricos y el mundo de los pobres, de los saciados
y de los hambrientos.
A aquellos que cayeron en conflicto con la ley, les mostró misericordia
y les señaló los valores internos que existen algunas veces en sí mismos y
que no sospechaban.
El 23 de marzo de 1980, un poco después del terremoto en Castel Santa
María y Valnerina, Juan Pablo II se encontró entre los habitantes de esta
región y les habló a aquellos que sobrevivieron.
Permaneciendo ante las ruinas de las casas derribadas por el terremo­
to, se dirigió con sus pensamientos a otras regiones del mundo, donde
igual que aquí la gente sufre debido a cataclismos. Junto con aquellos que
sobrevivieron oró por el eterno descanso de aquellos que murieron; por la
fuerza para los que sobrevivieron; por todos, para que traigan ayuda a los
que se encuentran en necesidad.
"Para el hombre sufriente, el hombre sano; para el herido, el médico,
el tutor, el enfermero; para el cristiano, el sacerdote. Así precisamente, cada
hombre para el prójimo. Y cuando mucha gente sufre, es necesaria mucha
gente que esté con ellos, con los que sufren"45.
De esta manera sencilla y conmovedora Juan Pablo II se dirigió a los
habitantes de las aldeas en los alrededores de Potenza, en Italia, afligidos
por el trágico terremoto, en noviembre de 1980, en el que murieron varios
miles de personas y perecieron también algunos fieles congregados en la
iglesia local.
Mientras mayor es la escala de tragedia o infortunio y mayor la ayuda
necesaria, mayor es la impotencia que abraza algunas veces a aquellos que
acuden en ayuda. Esta impotencia la experimentó el Papa en sus encuen­
tros. No encontró palabras adecuadas, porque ninguna fue capaz de for­
mar espíritu y disposición de ayuda a las víctimas del cataclismo. Entonces,
se quedó el mayor valor: presencia, cercanía, presentación de condolencia
humana y cristiana. Así habló a los habitantes de la aldea Baivano:
"Les traigo ante todo un testimonio vivo de mi presencia, de mi
condolencia, de mi corazón y la seguridad, que anhelo conservar en la
memoria la imagen de esta aldea, de todas las aldeas cercanas, de todos los
sufrientes....".

^Terrem oto -trzęsienie ziemi. W szpitalu w Potenzy. L'Osservatore Romano, edición


polaca, 1980, N° 11, p.2.

56
El hombre sufriente es también un hombre perseguido, humillado, que
siente hambre. Juan Pablo II regresa a esta gente muchas veces, les revela
la pobreza y sufrimiento ante el mundo, les reivindica un mejor destino, les
habla con palabras de ánimo, él mismo ora por su intención y estimula a
otros a esta oración.
En el segundo día de la octava de Navidad, el 26 de diciembre de 1979
en el Vaticano, el Papa pronunció la homilía intitulada "Decid el terrible
destino de los refugiados de Kampuchea" en la que describe el destino de
aquellos "que su testimonio dado a Cristo lo pagan con sufrimiento,
lapidación, persecución". A ellos pues, les dirigió palabras de ánimo: "Que
recuerden entonces, todos aquellos que sufren y experimentan persecucio­
nes, que se encuentran en el corazón de la Iglesia...". Enseguida se dirigió
a los millones de gente que sufren hambre. A pesar del progreso de la
civilización, el número de gente hambrienta y agonizante por esta causa
crece constantemente. Pocos saciados se preocupan por esos hermanos y
en compartir con ellos el exceso de alimento. Como un ejemplo positivo el
Papa distinguió y bendijo la actividad de la Madre Teresa de Calcuta y de
su Congregación de las Misioneras del Amor:
"Que el secreto de la Navidad convierta en alegría sus dificultades
cotidianas y el servicio a los más afligidos, a aquellos que mueren de
hambre. La Madre Teresa con toda entrega dedicó su vida a los más
pobres y a los más abandonados, sin vivienda, ciegos, leprosos, huérfa­
nos. Su vida es testimonio de amor profundo hacia los hermanos y una
efectiva inspiración a la auténtica actividad en pro del desarrollo humano
y social"46.
Se calcula que en el mundo mueren de hambre cerca de setecientos
cincuenta millones de gente anualmente, y que en el año dos mil esta cifra
aumentará a mil millones. El Papa constantemente dirige llamados a las
diferentes organizaciones e instituciones, que trabajan en asegurar alimen­
tación al mundo, y sobre su justo reparto.
Habla también en nombre de aquellos que sufren y que no pueden
tomar la palabra en su defensa. Este carácter tuvieron algunos de los
discursos del Santo Padre durante sus viajes africanos. En mayo de 1980 en
Quegadougou, en el Alto Volta, un gran párrafo de la homilía lo dedicó a
las víctimas de la sequía:
"He aquí porque desde este lugar, desde la capital del Alto Volta, me
dirijo a todo el mundo con un solemne llamado. Yo, Juan Pablo II, obispo
de Roma y sucesor de San Pedro, llevo una súplica, pues no puedo callar

46J a n P a w e ł II, Powiedzcie papieżowi, że cierpimy. Anioł Pański z Papieżem. W ydaw­


nictwo Apostolstwa Modlitwy, Kraków 1983, p. 177-178.

57
ante la amenaza de mis hermanos y hermanas. Me convierto en la voz de
aquellos que no tienen voz; en la voz de los inocentes que murieron, pues
no tuvieron agua y pan; en la voz de los padres y madres, que vieron cómo
mueren sus hijos sin poder comprender esto; en la voz de aquellos que van
a tener que mirar las consecuencias del hambre de sus hijos; en la voz de
las generaciones futuras, que no deberían vivir en aquella terrible amenaza
de la existencia. Este llamado lo dirijo a todos"47.
Esta dramática petición, expresada en lo profundo del continente
negro, llegó al mundo civilizado y encontró una reacción humanitaria.
En los viajes por el continente sudamericano, Juan Pablo II concentró
la atención en la gente sufriente debido a la injusticia y desigualdad social
y económica. Llegó a la gente pobre, desnutrida, a los que sufren carencia
en su vida material viviendo en condiciones que ofenden la dignidad
humana. Los contrastes del nivel de vida material se muestran pues, en este
continente de manera no registrada en otras partes del mundo. Por una
parte la ilimitada riqueza y el lujo de la vida cotidiana, y por otra la extrema
pobreza, miseria. Y un gran abismo separando estos dos mundos.
Por eso, el vasto discurso proclamado a los habitantes de la Favela
Vidigal en Brasil, julio de 1980, tenía el título: "Benditos los pobres de
espíritu...".
Los pobres de espíritu son aquellos, de acuerdo con el Papa, que están
más abiertos hacia Dios, y que valoran cada bien, constantemente agrade­
cidos, y finalmente piadosos. Dispuestos a ayudar, ofrendar y compartir
todo. "Pobres y generosos. Pobres y magnánimos".
De acuerdo con Juan Pablo II, las palabras sobre los pobres de espíritu
deberían en el mundo contemporáneo revelar las manifestaciones de injus­
ticia y abrir al hombre hacia su semejante, hacia el prójimo. La lección de
las ocho bendiciones se refiere, pues, a los pobres y a los ricos, aunque a
cada uno de ellos un poco de diferente manera. A los ricos les dice que
deberían compartir con los necesitados, porque "la medida de las riquezas
poseídas, la medida del dinero y del lujo, no es equivalente con la medida
de la verdadera dignidad del hombre"48.
Quien tiene mucho, debería dar mucho y quien mucho significa, debe­
ría servir a muchos, así se podría resumir el conmovedor razonamiento de
Juan Pablo II.
Juan Pablo II visita también a las personas privadas de libertad, no
solamente a los presos políticos, sino también a los criminales. Un valor

47L'Osservatore Romano, edición polaca, N° 6, p. 20.


48Ja n P aweł II, Błogosławieni ubodzy duchem... L'Osservatore Romano, edición polaca,
1980, N ° 8, p. 14-15.

58
particular de gran significado, que creció al rango de símbolo, adquirió el
encuentro en la prisión romana con el autor del atentado a su vida. Aunque
conocemos solamente las circunstancias externas de este encuentro —pues
ni el Papa, ni el autor del atentado revelaron el contenido de la conversa­
ción celebrada en aquel entonces— este acontecimiento conmocionó a la
opinión mundial y conmovió profundamente a la conciencia humana.
En enero de 1980 el Santo Padre visitó a los menores que esperaban el
veredicto en el establecimiento reeducatorio Casal del Marmo. En el dis­
curso intitulado "Creo en vosotros", expresó la fe en el valor de cada
persona, también de aquella que infringió el orden legal y mereció una
pena. En este muy personal y paternal discurso afirmó que le gustaría en
los corazones de los delincuentes menores encender "...este fuego, que
podría apagar las desilusiones vividas y las esperanzas no cumplidas. ...A
cada uno de vosotros —continuó el Papa— quiero decir que es capaz del
bien, de honradez, de laboriosidad; cada uno de vosotros lleva en sí mismo
estas capacidades, realmente y profundamente, aunque incluso la existencia
de ellas no se sospeche"49.
Palabras cordiales dirigió también al personal del establecimiento, y
principalmente a las personas que voluntariamente cooperan en él y pro­
curan tener con los menores un contacto amistoso y familiar, para de esta
manera formarles positivamente su personalidad.

"Desconocidos transeúntes del absurdo Universo"

Juan Pablo II muestra también interés en las manifestaciones de la patolo­


gía social resultante del sufrimiento humano. En múltiples ocasiones se
pronunció sobre el tema de la delincuencia, terrorismo, y también sobre el
cada vez más extenso círculo de la drogadicción.
En agosto de 1980 en Castelgandolfo se reunió con jóvenes miembros
del Comité Italiano de Solidaridad con los Drogadictos.
En la prevención de esta plaga destructora, todos se muestran impo­
tentes, debido a que la dependencia a los narcóticos, igual que a la del
alcohol o a medicamentos, es un fenómeno complejo, multicausal y condi­
cionado también por factores de naturaleza cultural.
El Papa expresó gran agradecimiento a los congregados, por su interés
en la coparticipación en la búsqueda de ayuda y cuidado a aquellos infeli­
ces, las más de las veces jóvenes. Subrayó que "el camino en el cual yacen
tantos heridos y afligidos por los dolorosos golpes de la vida, se ensanchó

49L'Osservatore Romano, edición polaca, 1980, N° 3, p. 19.

59
de manera alarmante, y entonces, más necesitados están de misericordia
samaritana". De acuerdo con las ideas contemporáneas, como las causas
más importantes de la drogadicción se reconocen la ausencia de motivacio­
nes claras y convincentes para la vida; la necesidad de la verdad; una
estructura social insatisfactoria, y también un sentido de soledad e incomu­
nicación gravitando sobre la sociedad alienada y la familia. Si se es "tran­
seúnte desconocido del absurdo Universo" —dijo el Papa—, fácil es tener
un sentimiento de frustración y escape de la vida. Sin profundizar en las
cuestiones relacionadas con los métodos profesionales de tratamiento a los
drogadictos, Juan Pablo II señaló modelos generales de procedimiento,
alcanzando a las fuentes de escape de la vida:
"...el mundo actual necesita amistad ilimitada, comprensión, amor y
piedad. Constantemente entonces, y con sensibilidad, ¡llevad vuestra pie­
dad, vuestro amor, vuestro auxilio! Cada vez es más evidente que el
hombre joven, fascinado en los senderos venenosos de la drogadicción,
tiene que sentirse amado y comprendido, para liberarse y regresar al
camino normal del hombre, aceptando la vida con la perspectiva de la
eternidad. Pero sobre todo sed portadores y testigos del amor y misericor­
dia de Dios, amigo que no engaña, que constantemente ama y confiada­
mente aguarda con esperanza"50.
Si los profesionales que se ocupan de los drogadictos recordaran estos
valores y esta actitud en su proceder cotidiano, los resultados del trata­
miento serían con seguridad más optimistas.

El atentado

Sobre el atentado a la vida de Juan Pablo II se escribió que llamar a este acto
un sacrilegio es decir muy poco. Se señaló que rebasó "la última barrera".
Los autores del libro "Viaje a través del sufrimiento"51 escribieron que la
frase que recorrió el mundo: "Dispararon al Papa", en realidad significó
todo y nada. Los tiros, que fueron dados el 13 de mayo en su persona
parecieron defraudar todo lo que es humano, natural, normal. André
Frossard en su libro, basado en las conversaciones con Juan Pablo II,52
colocó un capítulo intitulado "El atentado", escrito propiamente por médi­
cos, una enfermera y el capellán del Santo Padre, p. Estanislao Dziwisz.
Este capítulo se lee con el corazón oprimido. Este sentimiento no abandona
al lector ante la reiterada lectura, ante cada lectura de este relato.

50Dramat narkomanii, L'Osservatore Romano, edición polaca, 1980, N° 11, p. 11.


51Sergio Trassati, Arturo Mari, Podróż przez cierpienie, Bergamo, 1981.
52Op. cit., p. 248-282.

60
Después de dos años y medio de un pontificado pleno de encuentros
con los enfermos y sufrientes, su pastor se convirtió, él mismo, en enfermo
y sufriente. Tomó un lugar entre aquellos para los que tuvo el corazón lo
más abierto. Seguramente que para todos los enfermos que hasta entonces
había visitado, se convirtió en el más próximo y valioso. Testimoniaron
sobre esto muchas veces y de muchas maneras. Pareció en aquel entonces,
en los primeros días después del atentado, y todavía parece, que junto con
el Papa sufrientes también los no creyentes experimentaron un particular
lazo, el sufrimiento se convirtió en puente.
Del lecho hospitalario, unos días después de ser herido, inició su
particular catecismo del sufrimiento, coronado con la Carta Apostólica
Salvifici doloris.

EL CATECISMO DEL SUFRIMIENTO


Ya el 17 de mayo de 1981 en la policlínica Gemelli se transmitió la oración
del Angelus, en la cual el Papa sufriente pronunció las palabras: "Estoy
particularmente cerca de dos personas heridas junto conmigo, y oro por el
hermano, que me hirió, y al cual sinceramente perdoné".
Una semana después, el 24 de mayo, en el discurso grabado a los
peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, se refirió a su primera
visita en la policlínica Gemelli, realizada el día siguiente después de la
elección en la Capital Sampetrina. Dijo en ese entonces: "Deseo apoyar mi
servicio papal en aquellos que sufren". Ahora enriqueció este pensamiento
diciendo, que "el sufrimiento aceptado en la unión con el Cristo sufriente
tiene una eficacia incomparable con nada en la realización del plan Divino
de salvación" e invitó a todos los enfermos, para que junto con él ofrecieran
su sufrimiento para el bien de la Iglesia y de la humanidad.
En julio de 1981 el Santo Padre todavía se encontraba en la policlínica
Gemelli como paciente, esperando su segunda operación. Desde allá, des­
de la cama del hospital, pronunció un discurso a los fieles.
Tenía la intención en julio de participar personalmente en el congreso
eucaristico internacional en Lourdes. Se preparó para ello pero el trágico
atentado y la enfermedad se lo impidieron. El representante de Juan Pablo
II fue el cardenal Bernardin Gantin, dirigente de la Comisión Papal "Iustitia
et Pax" y del Consejo Papal "Cor Unum". Este cuadragésimo segundo
congreso se celebró en el centesimo aniversario de la iniciativa empezada
en Francia. El 19 de julio, todavía desde la clínica, el Santo Padre transmitió
el discurso intitulado "Hoy nuestros pensamientos se dirigen a Lourdes",
en el cual espiritualmente se unió a los congregados en Lourdes. A los

61
participantes y fieles llegados a la Gruta Mesabielle les envió los mejores
deseos y oró el Angelus.
El día 22 de julio de 1981 los enfermos, inválidos y minusválidos, que
formaban parte del congreso, escucharon el discurso del Papa transmitido
desde la clínica romana, aunque con el pensamiento y la oración el Santo
Padre estuvo particularmente cerca de los sufrientes.
Después, a los enfermos reunidos en Lourdes les habló en nombre de
Juan Pablo II su sucesor cracoviano, el cardenal Francisco Macharski, cfr.
p. 93-96. El Papa, aunque postrado, por la imposibilidad de asistir a Lour­
des después del ignominioso atentado a su vida, estuvo presente igual y de
doble manera: a través de su discurso y de la oración común.
Dos años después, en agosto de 1983, ya personalmente hablando a los
enfermos en Lourdes, el Santo Padre formuló una síntesis de sus reflexio­
nes relacionadas con el sufrimiento humano. Ante los enfermos utilizó la
definición, que sirvió de título a esta parte del libro.
"El sufrimiento siempre es realidad, una realidad de mil rostros"
—dijo, dirigiéndose a los numerosos enfermos en la tradicional peregrina­
ción agostina en 1983. Hablando sobre los rostros del sufrimiento, quiso
decir sus diversas e irrepetibles dimensiones e imágenes subjetivas, así de
diferentes y cambiantes, como diversa es la sensibilidad humana y las
maneras de reaccionar. Cada hombre, pues, ante el mismo estímulo reac­
ciona diferente y específicamente, de acuerdo con sus predisposiciones
individuales. De ahí, entonces "mil rostros del sufrimiento"53.
A los enfermos llegados a Lourdes quiso dejarles "tres lucecitas". La
primera de ellas: una real no disminuida ni aumentada conciencia del
propio sufrimiento; la segunda: una aceptación creativa; y la tercera: un
sacrificio. La consideración de estas tres dimensiones del dolor permite a
cada uno la elaboración de su propio plan individual de transformación del
sufrimiento en valores creativos para sí mismo o para otros; la transforma­
ción del mal, del sufrimiento humano en virtud de amor y, finalmente, la
liberación de las trabas del sufrimiento hacia "la asombrosa libertad inter­
na". Y entonces "las tres lucecitas" para cada uno de los mil rostros del
sufriente humano: conciencia, aceptación y sacrificio.
Esta transformación interna, que es "milagro interior", según el Papa
mayor que el milagro de curación, deseó a los enfermos de la peregrinación
al santuario de Lourdes.
La bienvenida al Santo Padre en la Plaza San Pedro el domingo del 16
de agosto de 1981 fue particularmente entusiasta. El encuentro no duró

53Ja n P aweł II, Cierpienie świadome, przyjęte z wiara i ofiarowane czyni nas w spółpra­
cownikami Chrystusa. L'Osservatore Romano, edición polaca, 1983, N° 7-8, p. 11.

62
mucho. En la despedida dijo: "Hoy en la tarde voy a Castelgandolfo donde
en las siguientes semanas, y de acuerdo con las indicaciones de los médi­
cos, continuaré el período posthospitalario de reconvalescencia".
Luego de regreso al Vaticano Juan Pablo II inició de nuevo las audien­
cias generales, una de las formas básicas de su servicio pastoral. Eso fue el
miércoles 7 de octubre de 1981.
El ciclo de catequesis pronunciadas desde este miércoles a través de las
siguientes audiencias generales abarcó las reflexiones y experiencias, que
fueron el contenido de su vida después del atentado. Al ciclo de esta
enseñanza se le puede llamar catequesis del sufrimiento, donde abrió ante
los fieles y ante el mundo sus pensamientos, sus sentimientos referentes a
la concepción cristiana del sentido del sufrimiento.

LA EXPERIENCIA DE LA GRACIA

"Experimenté una gran gracia: por el sufrimiento y la amenaza a la vida


pude dar testimonio". De esta manera concibió la esencia del atentado a su
vida. Afirmó pues que, más allá de la dimensión humana, este aconteci­
miento tuvo para él ante todo una dimensión de experiencia divina.
En la segunda homilía, pronunciada después del regreso del trata­
miento, durante la audiencia general el día 14 de octubre de 1981, dijo:
"Dios me permitió durante los pasados meses experimentar sufrimien­
tos, me permitió experimentar la amenaza a la vida. Me permitió igualmen­
te claro y profundamente comprender que esto es su gracia particular para
mí mismo como hombre, y simultáneamente desde el punto de vista del
servicio que realizo como Obispo de Roma y sucesor de San Pedro, gracias
para la Iglesia"54.
De esta comprensión del sufrimiento fue la causa de los posteriores
actos del Santo Padre. De esta actitud resulta el gesto de perdón al autor
del atentado, el primero que el Santo Padre realizó después de recupe­
rarse.
Habló sobre esto a todos con un temblor interno, habló sobre esto,
debido a que él mismo en Roma se siente peregrino.
Dijo: "Y yo también siento mi profunda debilidad humana, y por eso
con confianza repito las palabras del Apóstol: 'virtus in infirmitate perfici­
tur' — 'la fuerza... en la debilidad se perfecciona', 2 Cor 12,955.
Así de difícil es comprender las palabras del Papa, cuando habla sobre
el atentado a su vida: "Experimenté una gran gracia...".

^L'Osservatore Romano, edición polaca, 1981, N° 10, p. 5.


55Ibid, p. 5.

63
EL PERDÓN
En la tercera audiencia general, el día 21 de octubre de 1981, se refirió una
vez más al atentado. Trató el tema más importante: el perdón. Recordó lo
que alcanzó a decir poco después de ser herido: "...oro por el hermano que
me hirió, y al cual sinceramente perdoné".
Perdona el hombre perjudicado y que se siente dañado. La palabra
perdón —dijo el Papa— es la palabra del corazón humano. El Santo Padre
confió que durante los meses pasados en el hospital, cuando tuvo lugar la
investigación y el proceso al autor del atentado, cuando el mundo experi­
mentó el horror y la condenación para aquel que levantó la mano en contra
del Papa, muchas veces regresó a su memoria el episodio contenido en la
Biblia sobre Caín, el cual mató a su hermano Abel. Sobre este fondo y en el
fondo de la propia experiencia se refirió a la amenaza contemporánea del
pecado contra la vida del hombre; en contra de los diez mandamientos, que
"escritos están en el corazón del hombre como interna obligación moral del
orden en todo el comportamiento humano".
En un mundo de terror y violencia, en un mundo de guerras y asesina­
tos de gente indefensa, en una proliferación de actos terroristas y vengan­
zas, el gesto de perdón del Papa conmovió al mundo, e incluso despertó
protestas. Algunos exigieron castigo inmediato para el autor del atentado,
y el Papa perdonó.

El Papa de la gente sufriente

El propio sufrimiento unido con la amenaza a la vida es "Experiencia


Divina" como la nombró el Santo Padre, y dejó una gran impresión en los
posteriores encuentros con los enfermos, siendo ellos más intensos y más
densos en contenido emocional. El Papa pareció necesitar menos palabras,
y sobre la esencia del sufrimiento atestiguó toda su persona. Así también
empezaron a advertirlo los enfermos, escucharon pues a Juan Pablo II
como aquel que se acercó recientemente a la muerte, que él mismo sufrió
inocentemente, que perdonó al criminal y que nombró a su tragedia "una
gran gracia". Desde este momento cada palabra y cada gesto mostrados
principalmente a los enfermos y sufrientes, tuvieron un valor particular.
Desde este momento incluso las palabras de las Santas Escrituras sobre el
sufrimiento y la enfermedad adquirieron en las expresiones del Santo
Padre una autenticidad arraigada en su propio sufrimiento. Cada palabra
papal a los enfermos se convirtió en palabra de uno de ellos, sufrientes y
conocedores de la amargura del dolor. Desde este momento no tuvo que
repetir que es y que quiere ser el Papa de la gente sufriente y que en su

64
debilidad apoya su fuerza. Desde este momento ellos, los enfermos, y Él,
su pastor, todavía se unieron más.
Más fácil le fue comprender al Papa a los enfermos: su situación, sus
necesidades. Como que en el nombre de ellos, aunque también en el
propio, formuló los principios generales sobre el respeto a los derechos y
privilegios de la gente que se encuentra en tratamiento y cuidado.
Esta facilidad se ve claramente en el encuentro con los enfermos y con
la gente anciana en Nigeria, África, en febrero de 1982, donde se refirió a
los propios padecimientos.:
"Sé también de la propia experiencia lo que significa ser enfermo y
estar en el hospital por un largo tiempo, y cómo se puede consolar y
levantar en espíritu a los otros, que se encuentran en aislamiento y en el
sufrimiento, cómo es necesario orar por los enfermos y mostrarles sincera
dedicación"56.
El encuentro con los enfermos en la catedral de Southwark en Gran
Bretaña, en mayo de 1982, junto con el otorgamiento del sacramento de los
enfermos, se inició también con una reflexión personal:
"Deseo que sepáis cuánto esperaba este encuentro con vosotros, prin­
cipalmente con aquellos entre vosotros que están enfermos o inválidos. Yo
mismo tuve parte en el sufrimiento y experimenté la debilidad física, que
proviene de la impotencia y de la enfermedad"57
No cabe duda que este período en la vida de Juan Pablo II formó las
bases de la Carta Apostólica Salvifici doloris, sobre el sentido del sufrimiento
humano.

El sentido cristiano del sufrimiento

Las reflexiones de Juan Pablo II, expresadas hasta aquí en muchos discur­
sos y homilías a los enfermos, encontraron su más madura forma en la
Carta Apostólica Salvifici doloris 58. Oficialmente esta carta apareció accesi­
ble a los fieles en Roma el 11 de febrero de 1984, día de la memoria litúrgica
de la Madre Divina de Lourdes, en el sexto año de pontificado de Juan
Pablo II.
Es ésta una carta particular, universal y personal. Universal, porque se
dirige a toda la gente, debido a que cada uno está condenado a experi­
mentar en su vida el sufrimiento, y "el sufrimiento parece pertenecer a la

56Ja n P aweł II, Chrześcijański sens cierpienia i starosci. Op. cit., p. 6.


57Ja n P aweł II, Cierpienie jest zaproszeniem. L'Osservatore Romano, edición polaca, 1982,
N° 6, p. 9-10.
58Jan P aweł II, Carta Apostòlica "Salvifici doloris". Ciudad del Vaticano, 1984.

65
trascendencia del hombre". Personal, porque está dirigida a cada hom­
bre sufriente, con respeto para cada dolor humano, pero también con
referencia a su secreto intocable. Personal también porque está dictada
con la necesidad del corazón, con la más profunda necesidad del cora­
zón del autor.
En el segundo capítulo, intitulado "El mundo del sufrimiento huma­
no", se muestra el amplio espacio de los padecimientos del hombre, dife­
rencial y multidimensional, rebasando más allá de su comprensión médica.
"El sufrimiento es algo más todavía que la enfermedad". El Santo Padre
trata pues sobre el espacio del sufrimiento, que se podría llamar un dolor
de naturaleza espiritual, "y no solamente sobre la dimensión 'psíquica' de
dolor, que acompaña al sufrimiento igualmente moral, como físico".
No es extraño que las Santas Escrituras, el libro de los libros, contenga
numerosas descripciones de los diferentes sufrimientos y debilidades hu­
manas. Analizando la terminología del Antiguo Testamento, "se puede
decir que el hombre sufre cuando experimenta cualquier mal". La diferen­
ciación entre el mal y el sufrimiento fue tratada apenas en el Nuevo
Testamento. Sin embargo en el sentido cristiano de comprensión se explica
a través del mal.
El sufrimiento existe con el hombre y aunque está diseminado crea su
propio mundo de comunidad. El mundo del sufrimiento padece a veces
una cierta condensación. Así sucede —dice el Papa— en casos de catástro­
fes naturales, y de manera especial durante las guerras.
En la búsqueda de respuesta a la interrogante sobre el sentido del
sufrimiento, el hombre se inclina a formular esta pregunta no sólo a otros
hombres, sino también a Dios. Sucede que el sufrimiento a diferencia del
castigo, moralmente entendido, también es sufrimiento inocente. Como
indica el ejemplo de Job, puede ser también una prueba. La repuesta a la
pregunta sobre el sentido del sufrimiento no se puede entonces unir com­
pletamente con el orden moral.
Juan Pablo II extrae de las enseñanzas del Antiguo y Nuevo Testamen­
tos una dimensión particular del sufrimiento: eso es pues lo que puede
servir a la reconstrucción del bien en el sujeto. La esencia del sufrimiento
se puede entender únicamente por el amor; se trata aquí del amor redentor
de Cristo, expresado a través del sufrimiento y muerte; de su dimensión
temporal, a su dimensión eterna. Cristo estuvo constantemente cerca del
mundo del sufrimiento humano.
"Sanó a los enfermos, consoló a los afligidos, alimentó a los hambrien­
tos, liberó a la gente de la sordera, ceguera, lepra, posesión demoníaca y
diferentes invalideces, tres veces regresó al muerto a la vida. Fue sensible
a cada sufrimiento humano, igualmente al sufrimiento del cuerpo, como al
del espíritu".

66
Sin embargo, lo que más lo acercó al sufrimiento fue esto: sin culpa
tomó para sí mismo, voluntariamente, el sufrimiento en su dimensión
definitiva. Su ilustración bíblica y literaria es un canto conmovedor del
Libro de Isaías, citado por el Papa en la Carta.
"El redentor sufrió por el hombre y para el hombre. Cada hombre tiene
su parte en la redención. Cada uno también es llamado a participar en este
sufrimiento a través del cual, cada sufrimiento humano fue también redi­
mido. ...Pues también en su sufrimiento humano cada hombre puede
convertirse en participante redentor del sufrimiento de Cristo".
Esta interpretación encuentra justificación en muchos fragmentos del
Nuevo Testamento, que como ilustración el Papa cita abundantemente. El
punto de salida para posteriores reflexiones son las palabras de San Pablo
en la Carta a los Colosenses. Según ellas, aquel que sufre en la unificación
con Cristo, también llena con su sufrimiento la ausencia de torturas del
Salvador. Precisamente de esta manera se expresa la verdad sobre el
carácter creador del sufrimiento. En eso se expresa su sentido ayer, hoy y
en todos los tiempos. Por eso la Iglesia tanto honra y estima el valor del
sufrimiento.
En la siguiente parte del discurso Juan Pablo II esboza las consecuen­
cias del sufrimiento redentor de Cristo, concibiéndolo en dos capítulos del
evangelio del sufrimiento.
En el primero de ellos se encuentra el sufrimiento de la Madre de Cristo
y de los apóstoles y de todos aquellos que padecieron persecuciones por
Cristo.
El segundo se refiere a aquellos que padecen junto con Cristo, que
buscan y encuentran el sentido de su sufrimiento en la unión con el
sufrimiento de Cristo, y que al final descubren, en su sufrimiento, "la paz
interna, e incluso una alegría espiritual".
Por eso en los sufrientes se encuentra una fuerza particular: para ellos
mismos, para sus propias debilidades y para la debilidad de otros, para las
debilidades y carencias del mundo.
El modelo de la actitud contemporánea ante el sufriente debería ser
una misericordia samaritana. Lo recuerda el Papa en el séptimo capítulo de
la Carta Salvifici doloris:
"Un samaritano piadoso es cada hombre que se detiene ante el sufri­
miento del prójimo, cualquiera que éste sea... Es esto una apertura de una
disposición interna del corazón, que también tiene su expresión emocional.
Un samaritano piadoso es cada hombre sensible al sufrimiento ajeno,
hombre, que 'se conmueve' con la infelicidad del prójimo".
Un samaritano es un hombre que ofrece ayuda en el sufrimiento, que
da un don de sí mismo.
Terminando estas bellas reflexiones, Juan Pablo II advirtió que el

67
sufrimiento así entendido, omnipresente en la vida humana bajo múltiples
formas, es necesario también para liberar amor en el hombre, "precisamen­
te aquel don desinteresado del propio 'yo' en pro de otra gente. ...El mundo
del sufrimiento humano invoca permanentemente al otro mundo: el mun­
do del amor humano —y ante este amor desinteresado, que se despierta en
su corazón y actos, el hombre ciertamente agradece al sufrimiento".
La actividad samaritana del hombre en el espacio de los siglos escribió
su más bella carta en la historia de la humanidad y eficazmente se opone
al elemento del mal humano.
Hablando sobre las diferentes formas institucionales de ayuda y cuida­
do a los enfermos y sufrientes, Juan Pablo II advierte que ninguna de ellas
sustituye "al corazón humano, a la compasión humana, al amor humano,
a la iniciativa humana, cuando se trata de una salida en frente del sufri­
miento del prójimo".
Al final el Papa afirma, que "el sufrimiento existe en el mundo para que
libere amor, para que genere actos de amor al prójimo, para que transforme
a toda la civilización humana en 'la civilización del amor' ", y pide humil­
demente a todos los sufrientes, porque a ellos dedicó su misión terrenal.
Los fragmentos y pensamientos de esta Carta Apostólica los citó Juan
Pablo II en múltiples ocasiones durante sus posteriores encuentros con los
enfermos en Roma y en los lejanos senderos de sus peregrinaciones; segu­
ramente volverá a citarlos en su futuro servicio a aquellos que sufren y que
a través del sufrimiento son sus hermanos.

El Papa en Chile

Juan Pablo II vino a Chile el día 1 de abril de 1987 como mensajero de la


vida, del amor, de la reconciliación y de la paz. En su amplia gira por el
territorio nacional desde Antofagasta hasta Punta Arenas, ganó el afecto de
todos los chilenos.
Directamente después de aterrizar en Pudahuel y besar el suelo de la
noble tierra chilena, expresó su saludo especial y afecto a los pobres, a los
enfermos, a los marginados, a cuantos sufren en el cuerpo o en el espíritu.
"Sepan que la Iglesia está muy cercana a ellos, que los ama, que los
acompaña en sus penas y dificultades, que quiere ayudarles a superar las
pruebas y que les anima a confiar en la Providencia divina y en la recom­
pensa prometida al sacrificio"59.

59J u a n P a b lo II, Discurso en Pudahuel. En: Juan Pablo II en Chile. Texto completo de los
mensajes pronunciados por el Santo Padre durante su paso por el territorio nacional. El
Mercurio, 8 de abril de 1987, p. 4.

68
A los sacerdotes y religiosos ha dicho que “Cristo ha bajado hasta la
profundidad del corazón del hombre con el arma más poderosa: el amor,
que es más fuerte que la muerte", cf. Cant 8, 660.
A los pies de la imagen de la Inmaculada, en el Cerro San Cristóbal, el
Papa saludó y bendijo a todos los chilenos, especialmente a las poblaciones
marginales, a las comunidades indígenas, a quienes han sufrido los estra­
gos de la violencia, a los enfermos, a los ancianos y también a los chilenos
que desde tantas partes del mundo miran con nostalgia a la patria lejana.
A los pobladores de la Zona sur de Santiago, reunidos en el parque La
Bandera, el jueves 2 de abril, dijo: "No puedo ocultaros que una inmensa
conmoción invade mi corazón (...). Conozco vuestros sufrimientos, y vues­
tro clamor de esperanza ha llegado a mis oídos (...). Por tanto, os digo:
Contad siempre con esta solicitud maternal de la Iglesia que se conmueve
ante vuestras necesidades, por vuestra pobreza, por la falta de trabajo, por
las insuficiencias en educación, salud, vivienda (...); ella se solidariza con
vosotros cuando os ve padecer hambre, frío, abandono"61.
En La Serena apeló para que la imagen divina grabada en el alma del
hombre "no quede dañada por el odio o la violencia dirigidos contra la
misma vida (...), ni por la perversión de las costumbres o las falsas evasio­
nes que proporcionan los señuelos de la droga o del desorden sexual; ni
tampoco abandonada a merced de las presiones de ideologías materialis­
tas, sean del signo que fueren, que hieren y ahogan en su fundamento la
misma dignidad de la persona humana"62.
El Papa se reunió también con los reclusos en el Centro de Readapta­
ción Social de Antofagasta y les expresó: "Sé que os encontráis en una
situación difícil y dolorosa... Me imagino cuántas cosas agitan vuestro
corazón, y cuántos incumplidos deseos lo llenan de dolor y nostalgia...
Tengan la certeza de que, junto con la riqueza de vuestros sentimientos,
quedará al descubierto la gran humanidad que se esconde en cada uno de
vosotros"63.
Para terminar su discurso a las familias chilenas en el aeropuerto
Rodelillo impartió su Bendición Apostólica a todas ellas, y especialmente
a los niños, a los ancianos y a los enfermos.

60Ju a n P ablo II, Reunión con el Clero. En: Juan Pablo II en Chile. El Mercurio, 8 de abril
de 1987, p. 5.
61Ju an P ablo II, Encuentro con el m undo de los pobres. En: El Papa en Chile. El Mercurio,
8 de abril de 1987, p.6.
62Juan P ablo II, Religiosidad popular y devoción mariana. En: El Papa en Chile. El
Mercurio, 8 de abril de 1987, p. 24.
63Jua n P ablo II, Encuentro con los reclusos. En: El Papa en Chile. El Mercurio, 8 de abril
de 1987, p. 25.

69
Finalmente, dirigiéndose a los enfermos del Hogar deCristo, les expre­
só su amor en Cristo y su cercanía en el sufrimiento.
Al despedirse de todos los chilenos en Antofagasta, el Santo Padre
dirigió las siguientes palabras: "Oremos por todos los habitantes de esta
tierra noble y sufrida; del norte y del sur, del campo y de la ciudad, del mar
y de la montaña... Quisiera que vuestro recuerdo de mi peregrinación
apostólica sea un llamado a la esperanza, una invitación a mirar hacia lo
alto, un estímulo para la paz y la convivencia fraterna"64.

64Ju a n P ablo II, Despedida de Chile. En: El Papa en Chile. El Mercurio, 8 de abril de 1987,
HOMILÍAS Y DISCURSOS DE JUAN PABLO II
A LOS ENFERMOS
(Selección)

Unión con los que sufren

Discurso a los enfermos en el


santuario de Jasna Góra.
Polonia. Lunes 4 de junio de
1979.

No podían faltar, durante ésta mi peregrinación en Polonia, unas palabras


dirigidas a los enfermos, que están tan cerca de mi corazón. Sé, queridos
míos, que frecuentemente, en las cartas dirigidas a mí, afirmáis que ofrecéis
por mis intenciones esa gran cruz de la enfermedad y del sufrimiento, que
lo brindáis por mi misión papal. Que el Señor os lo pague.

LA CRUZ DE CRISTO SOBRE LAS ESPALDAS DEL HOMBRE

Durante el Angelus Domini, cada vez que lo repito —mañana, mediodía y


al atardecer— siento, queridísimos connacionales, vuestra particular cerca­
nía. Me uno espiritualmente con todos. Y de modo especial renuevo esta
unión espiritual que me acerca a todo hombre que sufre, a todos los
enfermos, a todos cuantos yacen en el lecho de un hospital, a todos los
inválidos obligados a utilizar una silla de ruedas, a todos los hombres que,
en cualquier modo, han encontrado su cruz.
Queridísimos hermanos y hermanas: Cada contacto con vosotros, sea
cual fuere el lugar donde se ha verificado en el pasado o se verifique hoy,
ha sido una fuente de profunda conmoción del espíritu. Siempre he sentido
la insuficiencia de las palabras que habría podido deciros para expresar con
ellas mi compasión humana. Y esta misma impresión tengo hoy. Y la tengo
siempre. Sin embargo, permanece esta única dimensión, esta única reali­
dad en la que el sufrimiento humano se transforma esencialmente.
Esta dimensión, esta realidad es la cruz de Cristo. Sobre la cruz, el Hijo
de Dios consumó la redención del mundo. Y a través de este misterio, cada
cruz colocada sobre las espaldas del hombre adquiere una dignidad huma­
namente inconcebible, se hace signo de salvación para el que la lleva y
también para los demás. "Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones
de Cristo", Col 1,24, ha escrito San Pablo.

71
SENTIDO DEL SUFRIMIENTO

Por eso, uniéndome con todos vosotros, que sufrís en toda la tierra polaca
—en las casas, en los hospitales, en las clínicas, en los ambulatorios, en los
sanatorios... en cualquier sitio que sea—, os ruego: utilizad para vuestra
salvación la cruz que forma parte de cada uno de vosotros. Pido para
vosotros la gracia de la luz y de la fuerza espiritual en el sufrimiento, para
que no perdáis el valor, sino que descubráis individualmente el sentido del
sufrimiento y podáis, con la oración y el sacrificio, aliviar a los demás. No
os olvidéis tampoco de mí y de toda la Iglesia, de toda la causa del
Evangelio y de la paz, que sirvo por voluntad de Cristo. Sed vosotros,
débiles y humanamente inhábiles, manantial de fuerza para vuestro her­
mano y Padre que está junto a vosotros con la plegaria y el corazón.
"He aquí a la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra". Le 1,38.
Esta frase, que María pronuncia por medio de tantos labios humanos,
sea para vosotros luz en vuestro camino.
¡Que Dios os premie, queridos hermanos y hermanas! Y premie tam­
bién a quienes cuidan de vosotros. Mediante cualquier manifestación de
estas solicitudes, el Verbo se hace carne, cf. Jn 1,14. Cristo dijo, en efecto:
"Cuantas veces hicisteis eso a uno de éstos mis hermanos menores, a mí me
lo hicisteis", Mt 25,40.

II, Peregrinación apostólica


Ju a n P ablo
a Polonia, abc , Madrid 1979, p.91-93.

Recuerdo para todos los que sufren en cualquier parte del mundo
a causa de los sismos

Encuentro con las víctimas


del terremoto en la
Valnerina, Italia. 23 de marzo
de 1980.

Me causa gran alegría encontrarme hoy entre vosotros, queridos fieles de


la Valnerina y de las zonas limítrofes, a las que tan duramente ha maltra­
tado el reciente terremoto. Os agradezco sinceramente esta acogida jubilo­
sa y cordial, que me atestigua con simpática espontaneidad la adhesión de
esta tierra al Sucesor de Pedro.
(...) Deseo expresar, asimismo, mi vivo reconocimiento por el saludo
que el señor Alcalde me ha querido gentilmente dirigir; en sus nobles
palabras he sentido vibrar el orgullo y la valentía de una población habi-

72
tuada a afrontar con ánimo fuerte y paciente las duras vicisitudes de una
existencia nada fácil.
He venido entre vosotros, hermanas y hermanos carísimos, para daros
testimonio de mi participación en vuestras incomodidades y en vuestros
sufrimientos; he venido para manifestaros mi aprecio por la dignidad con
que habéis sabido afrontar esta prueba y por la generosidad y tesón con
que demostráis quererla superar; he venido para condivivir la esperanza
que os ha sostenido a todos en la prueba y para aseguraros que el Papa se
siente especialmente cercano a vosotros; he venido para animaros a perse­
verar en las tradiciones de fe, de honradez, de laboriosidad, que han
distinguido siempre a vuestros antepasados, consintiéndoles no sucumbir
ni siquiera en los más graves momentos de su historia.
En mi persona está con vosotros toda la Iglesia y de modo especial la
de Roma, la cual, después de lo que ya ha hecho los pasados meses, desea
testimoniaros en forma concreta su solidaridad, haciéndoos llegar, a través
de mis manos, una nueva aportación en dinero, fruto de la colecta realizada
entre los fieles durante el "Adviento de caridad 1979".
Frente al triste espectáculo de las ruinas causadas por el terremoto, mi
pensamiento se dirige a todas las zonas de la tierra donde semejantes e
incluso más graves fenómenos sísmicos han llevado la destrucción y la
muerte. Por todas se eleva a Dios mi oración: Que el Señor Omnipotente,
bueno siempre aun cuando permite que sus hijos sean afligidos por el
dolor, conceda el descanso eterno a las víctimas, resignación y fortaleza a
los supervivientes, anchura de corazón a todos los que contribuyen a poner
remedio a las necesidades de tantos hermanos que se hallan en esa situa­
ción.
Mi oración se dirige especialmente a San Benito, a cuyo país natal
vengo como peregrino. Hace quince siglos, no obstante los tiempos tristí­
simos, San Benito supo ofrecer a Italia y al mundo su original propuesta de
vida cristiana, que habría de revelarse extraordinariamente fecunda desde
el punto de vista no sólo del resurgimiento religioso y moral, sino también
del económico y social. Que San Benito os acompañe en este momento
difícil y sostenga vuestra voluntad de reconstrucción, para que este valle
vuestro, borradas las huellas de las heridas producidas por el sismo, pueda
volver a mostrar su rostro alegre a cuantos vengan a admirar sus sugestivas
bellezas.
Os agradezco una vez más, queridísimos hijos, la cordialidad con que
me habéis rodeado, haciéndome sentir el calor de vuestro afecto. Con el
mismo amor os saludo uno a uno y aseguro a todos que llevo en mi corazón
las angustias, las necesidades, las ansias y las esperanzas de cada uno.
Sobre cuantos estáis aquí presentes, sobre vuestros seres queridos que no

73
han podido unirse a vosotros, especialmente los enfermos y los ancianos,
descienda, propiciadora de todo bien deseado, mi bendición apostólica.

L'Osservatore Romano, 1980,13,10.

La cruz del sufrimiento es fuente de gracia y de salvación

Discurso durante la visita al


leprosario de Marituba,
Brasil. Martes 8 de julio de
1980

REUNIDOS EN NOMBRE DE JESÚS

Queridos hijos:
Desde que anuncié mi viaje a Brasil y durante su preparación, recibí un
buen número de cartas procedentes de diversas colonias de leprosos de
este país, en las que me invitaban a visitarlas. Bien sabe Dios cuánto me
hubiera gustado hacerlo. Al venir aquí a Marituba y encontraros y saluda­
ros a vosotros con afecto de padre, es como si visitase en este momento
todas las colonias de leprosos de Brasil. Llegue hasta ellos mi palabra para
decirles cuánto los estimo, cuánto pienso en ellos y rezo por ellos.
Bendito sea Dios que nos concede la gracia de este encuentro. Es de
hecho una gracia para mí poder, como el Señor Jesús, de quien soy ministro
y representante, ir al encuentro de los pobres y enfermos, por los cuales
tuvo Él verdadera predilección. No puedo, como Él, curar los males del
cuerpo, pero me dará, por su bondad, capacidad para ofrecer algún alivio
a las almas y a los corazones. En tal sentido deseo que este encuentro sea
una gracia también para vosotros. En nombre de Jesús estamos aquí reuni­
dos; que Él esté en medio de nosotros, como prometió, cf Mt 18, 20.
Al encontrarse por primera vez y deseando hacer amistad, las personas
acostumbran a presentarse. ¿Será necesario que yo lo haga? Ya sabéis mi
nombre y tenéis informaciones sobre mi persona. Pero ya que pretendo
hacer amistad con vosotros, os hago mi presentación: vengo a vosotros
como misionero, mandado por el Padre y por Jesús para continuar anun­
ciando el Reino de Dios que comienza en este mundo, pero sólo se realiza
en la eternidad, para consolidar la fe de mis hermanos, para crear una
profunda comunión entre todos los hijos de la misma Iglesia. Vengo como
ministro e indigno Vicario de Cristo para velar sobre su Iglesia; como
humilde Sucesor del Apóstol Pedro, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia
Universal.

74
A Simón Pedro, pese a ser débil y pecador como toda criatura humana,
el Señor Jesús había declarado en un momento solemne que sobre él, como
sobre una roca firme, habría de construir la Iglesia, Mt 16,18. Le prometió
también las llaves del Reino con la garantía de que sería atado o desatado
en el cielo todo cuanto él atase o desatase en la tierra, cf Mt 16,19. Estando
ya para volver al padre, dirá todavía a Pedro: “Apacienta mis ovejas,
apacienta mis corderos", cf. Jn 21,15 y ss. Vengo como Sucesor de Pedro:
heredero de la misteriosa e indescriptible autoridad espiritual que le fue
conferida, pero también de la tremenda responsabilidad atribuida a él.
Como Pedro, acepté ser Pastor universal de la Iglesia, deseoso de conocer,
amar, servir a todos los miembros del rebaño a mí confiado. Aquí estoy
para conoceros. Debo decir que es grande mi afecto por todos y cada uno
de vosotros. Estoy seguro de que podré serviros de alguna manera.

HIJOS DE DIOS Y AMADOS POR ÉL

Y vosotros, ¿quiénes sois? Para mí, sois ante todo personas humanas, ricas
de una dignidad inmensa que la condición de persona os da, ricos cada uno
de vosotros con la fisonomía personal, única e irrepetible con que Dios os
hizo. Sois personas rescatadas con la Sangre de aquel a Quien me gusta
llamar, como hice en mi Carta escrita a la Iglesia entera y al mundo, el
"Redentor del hombre".
Sois hijos de Dios, por El conocidos y amados. Sois ya y seguiréis
siendo de ahora en adelante para siempre mis amigos; amigos muy queri­
dos. Como a amigos, me gustaría dejaros un mensaje con ocasión de este
encuentro que la Providencia divina me permite tener con vosotros.

LA CRUZ, FUENTE DE SALVACIÓN

Mi primera palabra sólo puede ser de consuelo y de esperanza. Bien sé que,


bajo el peso de la enfermedad, todos sentimos la tentación del abatimiento.
No es raro preguntarnos con tristeza: ¿por qué esta enfermedad? ¿Qué mal
he hecho yo para recibirla? Una mirada a Jesucristo en su vida terrena y
una mirada de fe, a la luz de Jesucristo sobre nuestra propia situación,
cambia nuestra manera de pensar. Cristo, Hijo de Dios, inocente, conoció
en la propia carne el sufrimiento. La pasión, la cruz, la muerte en la cruz le
probaron duramente; como había anunciado el Profeta Isaías, quedó des­
figurado, sin apariencia humana, Is 53, 2. No ocultó ni escondió su sufri­
miento; por el contrario, cuando era más atroz, pidió al Padre que le
apartase el cáliz, cf. Mt 26, 39. Pero una palabra revelaba el fondo de su
corazón; "¡No se haga mi voluntad, sino la tuya!". Le 22,42. El Evangelio y
todo el Nuevo Testamento nos dicen que la cruz, así acogida y vivida, se
hizo redentora.

75
Así sucede también en nuestra vida. La enfermedad es realmente una
cruz, a veces bien pesada, prueba que Dios permite en la vida de una
persona, dentro del misterio insondable de un designio que escapa a
nuestra capacidad de comprensión. Pero no debe ser mirada como una
ciega fatalidad. Ni es forzosamente y en sí misma un castigo. No es algo
que aniquila sin dejar nada de positivo. Por el contrario, aun cuando pesa
sobre el cuerpo, la cruz de la enfermedad cargada en comunión con la de
Cristo, se vuelve también fuente de salvación, de vida o de resurrección
para el propio enfermo y para los demás, para la humanidad entera. Como
el Apóstol Pablo, también vosotros podéis decir que completáis en vuestro
cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo en beneficio de la Iglesia, cf. Col.
1,24.
Estoy seguro de que, vista bajo esa luz, la enfermedad, por muy
dolorosa y humanamente mortificante que sea, trae consigo semillas de
esperanza y motivos de consolación.
Mi segunda palabra es una petición, pero más todavía: una invitación
y un estímulo, no os aisléis con motivo de vuestra enfermedad. Todos
cuantos, con dedicación, amor y competencia se interesan por vosotros, tal
vez hasta consagrándoos todo su talento, tiempo y energías, insisten en que
nada hay mejor que sentiros profundamente insertos en la comunidad de
los otros hermanos y no separados de ella. A esos hermanos decimos con
la fuerza de la convicción: procurad conocer a vuestros hermanos leprosos,
estad próximos a ellos, acogedlos, cooperad con ellos, acoged y buscad su
colaboración. Pero a vosotros tenemos también que deciros: no rehuséis,
por ningún motivo insertaros en el ambiente que os rodea y que se abre a
vosotros. Sentios miembros, lo más plenamente posible, de la comunidad
humana que cada vez toma más conciencia de que necesita de vosotros
como necesita de cada uno de sus miembros.
A esa comunidad podéis ofrecer, en el plano humano, la contribución
de los dones que recibisteis de Dios, dentro de los límites naturales. Es
bastante amplio y variado el campo de esa posible colaboración. En el
plano sobrenatural, que es el de la gracia, quise recordaros hace poco que,
en comunión con el misterio de la cruz de Cristo, la cruz de vuestra
enfermedad se hace manantial de gracias; de vida y salvación. Sería una
pena desperdiciar por cualquier motivo ese manantial de gracias de Dios.
Que sirva para muchos, sobre todo para la Iglesia. Estando en la Amazonia,
donde es intenso y fructífero el trabajo de los misioneros cuyos resultados
vosotros mismos recibís, me atrevería a pedir: haced de vuestra condición
de enfermos un gesto misionero de inmenso alcance; transformándola en
fuente de la cual los misioneros pueden sacar energías espirituales para su
trabajo.

76
OFRENDA Y ORACIÓN

Mi tercera palabra es de confianza. El Papa, junto con toda la Iglesia, os


estima y os ama. El Papa asume ante vosotros y con vosotros el compromi­
so de hacer todo cuanto pueda por vosotros y en vuestro favor. El Papa,
aun partiendo para nuevas tareas en el marco de esta visita y de su exigente
misión, permanece espiritualmente con vosotros. Quiera el querido herma­
no don Aristides Pirovano, vuestro gran amigo, quieran los médicos,
enfermeros, asistentes que aquí trabajan, ser los representantes del Papa
junto a vosotros, haciendo todo lo que él haría y como él lo haría si pudiese
permanecer aquí. Por mi parte, quiero contar con vosotros: como pido
ayuda de las oraciones de los monjes y de las monjas y de tantas personas
santas para que el Espíritu Santo inspire y dé fuerzas a mi ministerio
pontificio, así pido también la ayuda preciosa de poder vivir de la ofrenda
de vuestros sufrimientos y de vuestra enfermedad. Que esta ofrenda sea
una a vuestras oraciones; mejor aún, se transforme en oración por mí, por
mis directos colaboradores; por todos cuantos me confían sus aflicciones y
penas, sus necesidades e intenciones.
Pero, ¿por qué no comenzar enseguida esta oración?
¡Señor: con la fe que nos disteis, os confesamos Dios Todopoderoso,
nuestro Creador y Padre providente. Dios de esperanza en Jesucristo,
nuestro Salvador, Dios de amor, en el Espíritu Santo, nuestro consolador!
Señor: confiando en vuestras promesas que no pasan, queremos vivir
siempre en Vos, buscar alivio en el dolor. Con todo, discípulos de Jesús
como somos, ¡no se haga lo que queremos, hágase vuestra voluntad, en
todo nuestro vivir!
Señor: agradecidos por la predilección de Cristo, por los leprosos que
tuvieron la dicha de entrar en contacto con El, viéndonos en ellos... os
agradecemos también los favores en todo lo que nos ayuda, alivia y
conforta: os damos gracias por la medicina y los médicos, por la asistencia
y los enfermeros, por las condiciones de vida, por los que nos consuelan y
por los que son consolados por nosotros, por los que nos comprenden y
aceptan, y por los demás.
Señor: concédenos paciencia, serenidad y valor; haced que vivamos
una caridad alegre, por vuestro amor, para con quien sufre más que
nosotros y para con otros que, aun no sufriendo, no tienen claro el sentido
de la vida.
Señor: queremos que nuestra vida pueda ser útil, servir: para alabar,
agradecer, reparar e impetrar, con Cristo, por los que os adoran y por los
que no os adoran en el mundo y por vuestra Iglesia, extendida por toda la
tierra.
Señor: por los méritos infinitos de Cristo, en la cruz, "siervo doliente"

77
y hermano nuestro, al cual nos unimos, os pedimos por nuestras familias,
amigos y bienhechores, por el buen resultado de la visita del Papa y por
Brasil. Amén.
L'Osservatore Romano, 1980,30,5.

Seguir gozosamente al Señor por el camino de la cruz

Alocución dominical a la hora del Angelus


con los inválidos.
Osnabrück, domingo 16 de noviembre de
1980

LA FRATERNIDAD CRISTIANA

Queridos hermanos y hermanas:


Es para mí una gran alegría poder comenzar dirigiéndome a vosotros
con este hermoso nombre: hermanos, hermanas. Pues todos nosotros so­
mos hijos de un Padre común, amados y redimidos por Dios en Cristo. Por
eso no nos debemos considerar desconocidos o extraños los unos para los
otros, a pesar de que éste sea nuestro primer encuentro. Os saludo de todo
corazón a todos vosotros, que os habéis congregado en esta catedral para
recitar conmigo la antigua y familiar oración del Angelus.
Nuestra comunidad de oración en este mediodía os abraza no sólo a
vosotros sino a otros muchos hombres, en toda Alemania, que se ven
obligados a llevar en sus vidas el peso de cualquier impedimento físico y
que también en espíritu de fe quieren unirse con nosotros en oración a
través de la televisión o de la radio. También a aquéllos deseo llamarlos
hermanos y hermanas, a aquellos que desde sus casas —solos o en compa­
ñía de vuestros familiares y amigos— o desde la comunidad de un asilo os
habéis puesto en comunicación con nosotros aquí, en Osnabrück, a través
de los medios de comunicación. En unión con todos vosotros alabaremos
a Dios y le daremos gracias por el gran regalo de su amor.
Este amor es el fundamento de nuestra esperanza y el aliento de
nuestra vida. Dios nos ha mostrado de un modo insuperable en Jesucristo
cuánto ama a cada hombre y cuán inmensa es la dignidad que a través de
Él le ha conferido. Precisamente aquellos que padecen algún impedimento
físico o espiritual deben reconocerse como amigos de Jesús, como amados
especialmente por Él. Él mismo dice: Venid a mí todos los que estáis
fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y
aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso
para vuestras almas, pues mi yugo es blando y mi carga ligera", Mt 11,

78
28-30. Pues lo que parece a los hombres debilidad y flaqueza, es para Dios
motivo de especial amor y cuidado. Y este criterio divino se convierte para
la Iglesia y para cada uno de los cristianos en tarea y en obligación. A
nosotros los cristianos no nos importa mucho si alguien está enfermo o
sano; lo que en último término nos importa es lo siguiente: ¿Estás dispuesto
a realizar en todas las circunstancias de tu vida y en tu comportamiento
como verdadero cristiano, con plena conciencia de fe, la dignidad que Dios
te ha concedido, o prefieres desperdiciarla delante de Dios en una vida de
superficialidad y de falta de responsabilidad, de culpa y de pecado? Tam­
bién como impedidos podéis vosotros haceros santos, podéis todos voso­
tros alcanzar la alta meta que Dios tiene reservada para cada hombre, la
criatura de su amor.

LA VOCACIÓN PERSONAL DE CADA HOMBRE

Cada hombre recibe de Dios una vocación personal, su especial tarea


salvifica. Como se nos ha demostrado siempre, la voluntad de Dios es para
nosotros en última instancia un mensaje de alegría, un mensaje para
nuestra salvación eterna. Esto es también válido para vosotros que, como
hombres físicamente impedidos, habéis sido llamados a un modo especial
de seguimiento de Cristo, el seguimiento de la cruz. Cristo os invita, a
través de las palabras que antes hemos citado, a aceptar vuestras debilida­
des como su yugo, como la senda que sigue sus huellas. Sólo de este modo
conseguiréis no sentiros abrumados por esa penosa carga. La única res­
puesta adecuada a la llamada de Dios a seguir a Cristo, como siempre Él
concretamente lo ha demostrado, es la respuesta de la Beata Virgen María:
"Hágase en mí según tu palabra". Le 1, 38. Sólo vuestro pronto "sí" a la
voluntad de Dios, que a menudo se escapa a nuestro modo natural de ver
las cosas, puede haceros felices y regalaros ya desde ahora una íntima
alegría que no puede ser anulada por ninguna necesidad externa.
Naturalmente, necesitáis para ello la ayuda activa de muchos hombres
sanos. Pienso ahora de modo especial en aquellos que os han ayudado o
acompañado a venir aquí y que están, dondequiera que sea, dispuestos a
ayudar a los impedidos. En virtud de vuestro parentesco o de vuestra
profesión ponéis vuestra capacidad, vuestro tiempo y vuestras fuerzas al
servicio del prójimo. En el nombre de Jesucristo, que se encuentra de modo
misterioso en cada hombre necesitado, quisiera expresaros mi agradeci­
miento por este servicio tan lleno de sacrificios, y quisiera asimismo anima­
ros a seguir por este camino. A tan generosos servidores va destinada la
promesa contenida en las palabras del Señor: "Venid, benditos de mi
Padre...; estaba enfermo y me visitasteis, impedido, y me habéis asistido.
Tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del
mundo", Cf. Mt 25,31-46.

79
EL MINISTERIO SACERDOTAL CON LOS ENFERMOS

También querría dirigir unas palabras de agradecimiento y de estímulo a


todos los sacerdotes que, como capellanes de impedidos, realizan una
importante tarea de la Iglesia. Vosotros sois de un modo especial servido­
res de su alegría interior y espiritual. No os canséis —a pesar de la apre­
miante falta de sacerdotes— de anunciar la Buena Nueva con celo sacerdo­
tal y competencia profesional a los impedidos que os han sido
encomendados. Ayudadles a contemplar su suerte a la luz de la fe, pues
sólo ella puede enseñarles a descubrirla como una llamada a participar en
el sufrimiento redentor de Cristo. Sed fuertes en Cristo, que es quien os
envía y quien a través vuestro realiza su salvación entre los hombres.
Finalmente, todos los hombres y la sociedad entera están llamados a
prestar su ayuda a los impedidos. Éstos tienen derecho a ello. Entre éstos y
los hombres sanos no debe haber ninguna barrera o muro de separación.
Quien hoy parece estar sano, puede tener ya en su interior alguna enferme­
dad oculta; también él puede tener mañana una desgracia o experimentar
a la larga sus consecuencias. Todos nosotros somos peregrinos en una
carrera muy corta, y en uno u otro momento finaliza con la muerte el
camino para cada uno. Aun en los momentos de salud experimentamos los
signos de la limitación y de la debilidad, de la fragilidad y de las dificulta­
des. Permanezcamos, por tanto, en común y fraternal solidaridad los que
tenemos más o menos salud y los que estamos más o menos impedidos,
pues sólo de este modo se puede desarrollar de una manera eficaz una
convivencia familiar y social que sea digna del hombre.
Por eso a este encuentro con nuestro hermanos y hermanas impedidos,
todos los hombres que en este lugar o en el resto del país nos están viendo
o escuchando están invitados a unirse en la oración del mediodía. Ante
Dios desaparecen todas las diferencias terrenas. Sólo permanece como
decisiva la medida de la esperanza creyente y del amor generoso que cada
uno lleve en su corazón.

EN SINTONÍA CON EL "SÍ" DE LA VIRGEN

En la oración del Angelus contemplamos con las tres familiares Avemarias


el misterio nuclear de nuestra fe, la Encarnación de Dios en el seno de la
Virgen María. Del mismo modo, como María manifestó su "sí" a este plan
de Dios, también confesamos nuestra "fiat", nuestro "sí" a nuestro llama­
do. Respondamos confiadamente con un sí, sea a la vocación del sufrimien­
to, sea a la vocación de la ayuda o del servicio. Y así como en María se hizo
carne la Palabra de Dios así también el camino que recorramos será fructí­
fero con la fuerza de Dios. Un sufrimiento aceptado en confianza, un

80
servicio asumido en el amor: éste es el camino por el que el Señor quiere
venir hoy al mundo.
Con estos sentimientos juntemos las manos y oremos.

Ju a n P ablo II, Viaje pastoral a Alemania,


ABC. Madrid 1981, p. 62-66.

Buscar al Señor y servirle con fidelidad en las cosas grandes y


en las pequeñas, en la alegría y en el sufrimiento

Alocución a los ancianos reunidos


en la catedral de Munich.
Miércoles 19 de noviembre de 1980

Queridos hermanos y hermanas ancianos:


Me colma de una alegría muy especial el poder encontrarme con
vosotros para un momento particular de oración en el marco de mi visita a
Alemania. Vengo a vosotros como quien se dirige a íntimos amigos, pues
soy consciente de que mi ministerio es sostenido por vuestro interés,
vuestras oraciones y vuestros sacrificios. Por eso, con emocionado agrade­
cimiento, os saludo aquí, en el ámbito de esta basílica de Nuestra Señora
de Munich. Gracias especialmente por las profundas palabras de recibi­
miento y por vuestras oraciones, que me han acompañado durante estos
días. En vosotros saludo a todos los ancianos de vuestro país, en especial a
quienes nos unen en este momento por la radio o la televisión. "Dios os
guarde" a cuantos habéis acumulado, durante más tiempo que yo, en el
peregrinar de esta vida, "el peso del día y el calor", Mt 20, 12, a cuantos
lleváis más tiempo que yo esforzándoos por buscar al Señor y servirle con
fidelidad en las cosas grandes y en las pequeñas, en la alegría y en el
sufrimiento.

LA SABIDURÍA QUE DAN LOS AÑOS

El Papa se inclina con profundo respeto ante la ancianidad, e invita a todos


a que lo hagan con él. La vejez es la coronación de los escalones de la vida.
En ella se cosechan frutos: los frutos de lo aprendido y lo experimentado,
los frutos de lo realizado y lo conseguido, los frutos de lo sufrido y lo
soportado. Como en la parte final de una gran sinfonía, se recogen los
grandes temas de la vida en un poderoso acorde. Y esta armonía confiere
sabiduría; la sabiduría que pidió en oración el joven rey Salomón, cf. 1 Re
3,9,11, más decisiva para él que el poder y la riqueza, más importante que

81
la belleza y la salud cf. Sab 7, 7-8,10; la sabiduría de la que leemos en las
normas de vida del Antiguo Testamento: "¡Qué bien dice la sabiduría a los
ancianos, y la inteligencia y el consejo a los nobles! La corona de los
ancianos es su rica experiencia, y el temor del Señor su gloria", Sir 25, 7-8.
Esta corona de sabiduría viene de modo particular a la actual genera­
ción de ancianos, entre los que os encontráis vosotros, queridos hermanos
y hermanas: algunos de ustedes habéis sufrido y presenciado dos guerras
mundiales, infinidad de sufrimientos; muchos han perdido en ellas propie­
dades, salud, profesión, hogar y patria; habéis llegado a conocer las pro­
fundidades del corazón del hombre, pero también su capacidad para
realizar acciones heroicas y vivir su fidelidad a la fe, y su fuerza para
empezar de nuevo.
La sabiduría permite la perspectiva, pero no el distanciamiento de la
realidad del mundo; ella permite a los hombres estar por encima de las
cosas, pero sin despreciarlas; ella nos deja ver el mundo con los ojos (¡y el
corazón!) de Dios. Ella nos permite decir "sí", con Dios, incluso a nuestras
limitaciones, incluso a nuestro pasado con sus desengaños, sus omisiones
y sus pecados. Pues sabemos "que Dios hace que las cosas ocurran para el
bien de los que le aman". Rom 8, 28. De la fuerza consoladora de esta
verdad florecen el bien, la paciencia, la comprensión y ese valioso orna­
mento de la ancianidad: el humor.
Vosotros mismos, venerables hermanos y hermanas, sabéis mejor que
nadie que esta valiosa cosecha de la vida, que os ha reservado el Creador,
no es una cómoda posesión. De hecho, exige vigilancia, cuidado, autocon­
trol, y a veces una dura lucha. De lo contrario, se corroe y descompone, con
demasiada facilidad, por la negligencia, las veleidades, la superficialidad,
el afán de dominio o incluso la amargura. No perdáis el coraje, comenzad
de nuevo con la gracia de Nuestro Señor, y acudid a las fuentes que os
pueden procurar fortaleza y que El os ofrece: los sacramentos de la Euca­
ristía y del perdón, la palabra de la homilía y de las lecturas y los coloquios
espirituales.
En este contexto debo dar las gracias con toda mi alma, en vuestro
nombre, a todos los sacerdotes que reservan un lugar de privilegio, en su
ministerio y su corazón, a la cura de almas de los ancianos. Por una parte,
ofrecen un gran servicio en vuestras comunidades; pero, al mismo tiempo,
tienen en ustedes un ejército de fieles devotos.
A propósito de la cura de almas en vuestros ambientes, quisiera diri­
girme a los sacerdotes ancianos. Mis queridos hermanos: La Iglesia os da
la gracias por vuestra vital labor en la viña del Señor. Jesús dice a los
primeros sacerdotes en el Evangelio de Juan, 4,38.: "Yo os envío a segar lo
que no trabajasteis; otros lo trabajaron y vosotros os aprovecháis de su
trabajo". Venerables presbíteros, continuad ejerciendo la demanda de la

82
Iglesia en el servicio sacerdotal de la plegaria ante Dios, "ad Deum qui
laetificat iuventutem vestram!". Sal 43,4.

LOS ANCIANOS, UN TESORO PARA LA IGLESIA Y UNA BENDICIÓN PARA EL MUNDO

Vosotros sois, hermanos y hermanas de las generaciones de ancianos, un


tesoro para la Iglesia; ¡vosotros sois una bendición para el mundo! ¡Cuántas
veces ayudaréis a los padres jóvenes a introducir a los pequeños en la
historia de vuestras familias y de vuestra patria, en las fábulas de vuestro
pueblo y en el mundo de la fe! A la hora de tratar sus problemas, los jóvenes
encuentran a menudo en vosotros más facilidad de acceso que en la
generación de sus padres. Constituís, para vuestros hijos e hijas, la más
valiosa protección en las horas difíciles. Colaboráis, con vuestro consejo y
apoyo, en numerosos gremios, asociaciones e iniciativas de la vida eclesial
y civil.
Sois un complemento necesario en un mundo que se entusiasma con
el ímpetu de la juventud y con la fuerza de los llamados "años mejores", en
un mundo en el que sólo cuenta lo que se puede contar. Vosotros les
recordáis que se sigue construyendo sobre el esfuerzo de quienes antes
fueron jóvenes y fuertes, y que un día también ellos deberán dejar su obra
en manos más jóvenes. En vosotros se ve con claridad que el sentido de la
vida no puede consistir sólo en ganar dinero y gastarlo, que en toda acción
externa tiene que madurar también algo interior, y en todas las épocas algo
eterno, según las palabras de San Pablo: "Mientras nuestro hombre exterior se
corrompe, nuestro hombre interior se renueva de día en día", 2 Cor 4,16.
Sí, la ancianidad merece nuestro más profundo respeto, respeto que
queda de manifiesto en la Sagrada Escritura cuando nos presenta ante los
ojos a Abraham y a Sara, cuando nos cuenta cómo Simeón y Ana acogieron
en el templo a la Sagrada Familia, cuando llama "ancianos" a los sacerdotes
cf. Act 14, 23; 15, 2; 1 Tim 4,14; 5,17,19; Tit 1, 5; 1 Pe 5,1, cuando resume
el homenaje de toda la Creación en la adoración de los veinticuatro ancia­
nos, y cuando finalmente Dios mismo es llamado "el anciano de muchos
días". Dan 7, 9, 22.

LAS CRUCES DE LA VEJEZ

¿Puede alguien proclamar mayor alabanza a la dignidad de la ancianidad?


Pero seguramente quedaríais decepcionados, queridos ancianos que me
escucháis, si el Papa no considerase otra faceta de la ancianidad; si él sólo
os aportase un tal vez inesperado homenaje, pero no fuera capaz de
proporcionaros consuelo. Del mismo modo que forman parte de la estación
otoñal, como ésta en la que ahora nos encontramos, no sólo la cosecha y el
imponente esplendor de los colores, sino también la desnudez de las ramas

83
y la caída y desintegración de las hojas, no sólo la suave y espléndida luz,
sino también la húmeda e inhospitalaria niebla, así también la ancianidad
no consiste sólo en ese poderoso acorde sinfónico final o en esa consoladora
coronación de la vida, sino también en una época de marchitamiento, en
una época en la que el mundo puede hacérsenos extraño, en la que la vida
puede considerarse una carga y el cuerpo una tortura. Por eso, a mi grito
"Tomad en serio vuestra dignidad", se añade este otro: "Aceptad vuestra
carga".
Para la mayoría, la carga de la ancianidad consiste sobre todo en cierta
decrepitud del cuerpo; los sentidos ya no son tan agudos, los miembros no
tan flexibles, los órganos se hacen delicados, cf. Quh 12, 3. La experiencia
que uno tiene, durante sus años mozos, en el transcurso de una enferme­
dad se convierte a menudo en el acompañante diurno, ¡y nocturno!, del
anciano. Hay que renunciar a numerosas actividades que nos eran agrada­
bles y queridas.
También la memoria puede resistirse a servirnos: las nuevas informa­
ciones no se asimilan con tanta facilidad, y las antiguas se van desdibujan­
do. Por eso, el mundo va perdiendo su familiaridad; el mundo de la propia
familia, con el cambio experimentado en las condiciones de vida y de
trabajo de los adultos, con los diferentes intereses y maneras de expresarse
de la juventud y con los nuevos métodos y metas en la educación de los
niños. El propio país se va haciendo extraño, con esas ciudades que van
creciendo, con los obstáculos que crea el tráfico y con la multiforme trans­
formación del panorama. Extraño se nos va haciendo también el mundo de
la economía y de la política; anónimo e ininteligible nos empieza a resultar
el mundo de la previsión social y médica. Incluso ese ámbito, que era el que
debería proporcionarnos, más que ningún otro, un clima de hogar —la
Iglesia con su vida y doctrina—, se os va haciendo extraño a muchos de
vosotros por su dedicación a responder a las exigencias del momento y a las
esperanzas y necesidades de las generaciones más jóvenes.
Vosotros os sentís incomprendidos, y a veces incluso rechazados, por
este mundo difícil de entender. No se reclama vuestra opinión, vuestra
cooperación y vuestra presencia; así lo experimentáis y así sucede en
verdad, por desgracia numerosas veces.

SUFRIR CON CRISTO CONFIANDO EN EL PADRE

¿Qué puede responder a esto el Papa? ¿Cómo os puede consolar? No me


resultará fácil. No quiero dejar sin dar una respuesta de consuelo a las
tribulaciones de la vejez, a vuestros achaques y enfermedades, a vuestro
desamparo y soledad. Pero quisiera considerarlas, junto con vosotros, bajo
una luz consoladora, la luz de nuestro Salvador, "que por nosotros derra-

84
mó su sangre, por nosotros fue azotado y por nosotros coronado de
espinas". Él os acompaña en las pruebas y los sufrimientos de la anciani­
dad, y vosotros le acompañáis en su vía crucis. No derramáis ninguna
lágrima solos, ni las derramáis en vano, cf. Sal 56, 9. Él, sufriendo, ha
redimido el sufrimiento; y vosotros, sufriendo, colaboráis en su redención,
cf. Col 1, 24. Aceptad vuestro sufrimiento como si fuera su abrazo, y
transformadlo en bendición; aceptadlo junto con Él, de las manos del
Padre, que precisamente de ese modo opera vuestra perfección, con una
sabiduría y un amor insondables pero indudables. La tierra se convierte en
oro en el horno, cf. 1 Pe 1, 7; la uva se convierte en vino en el lagar.
Con este espíritu, que sólo Dios puede concedernos nos es ahora más
fácil comprender a los que causan nuestras estrecheces con su negligencia,
sus descuidos o su inadvertencia, y perdonar a quienes consciente e inten­
cionadamente nos hacen sufrir, pues no son capaces de darse cuenta de
cuánto nos hacen padecer en realidad. Digamos con el Crucificado: "Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen"!. Le 23, 34. También sobre
nosotros fue pronunciada esta palabra, única capaz de redimir.

LOS FRUTOS DE LA VIDA

Con este espíritu con el que tomamos parte en una mutua oración comuni­
taria, seamos conscientemente agradecidos de todas las muestras de cariño
bien sea de pensamiento, palabra u obra, que recibimos diariamente, y que,
como estamos habituados a ellas, las aceptamos sin más, como algo natural
que se da por supuesto. Celebramos hoy la fiesta de Santa Isabel, que ha
ofrecido vuestra nación como símbolo de caridad abnegada a todo el
mundo. Ella es encumbrado modelo y venerable patrona de cuantos, bien
sea por su profesión, bien sea gratuitamente o en los círculos de conocidos
o parientes, sirven al prójimo necesitado y encuentran en él —lo sepan o
no— a Cristo. Esta es la recompensa, queridos ancianos, que dais a todos
aquellos a quienes resultáis una carga poco agradable. Vosotros les servís
de motivo para encontrarse con el Señor, de ocasión para crecer más allá
de ellos mismos y, mediante vuestra donación, les hacéis partícipes de los
frutos de la vida que más arriba hemos mencionado y que Dios ha permi­
tido que maduren en vosotros. No enterréis vuestras demandas en un
corazón pusilánime, defraudado o lleno de reproches, sino manifestadlas
con toda neutralidad, convencidos de vuestra propia dignidad y del bien
que anida en el corazón de los otros. Y alegraos cuando se os presente la
ocasión de pronunciar la regia palabra "gracias", palabra que se eleva
desde todos los altares y que, a la vez, es causa de nuestra salvación eterna.
Por eso quiero yo también, junto con todos vosotros, dar gracias a
todos aquellos que, en numerosas organizaciones, ligas e iniciativas ecle-
siales, civiles o públicas, en un plano social o en otro más eminente, en la

85
legislación o la administración, o pura y simplemente en la esfera privada,
colaboran en el bienestar de los ancianos, en el bienestar de su cuerpo y de
su ánimo, y se preocupan para que tengan una vida plena y una situación
naturalizada en la vida social. Y me auguro especialmente porque el
trabajo para los ancianos se vaya convirtiendo en un trabajo con los ancia­
nos.

AMISTAD Y SOLIDARIDAD

Con eso vuelo a vosotros, hermanos y hermanas ancianos, y al consuelo


que esperáis de mí. Hay un refrán que dice: "Si te encuentras solo, busca a
uno que esté más solo que tú". Quisiera inculcaros esta verdad en el
corazón. Dirigid vuestro pensamiento hacia aquellos compañeros de viaje
que, desde cualquier punto de vista, se encuentran en peor situación que
vosotros, o a quienes, de cualquier modo, podríais socorrer: hablando con
ellos, teniéndoles una mano, ayudándoles o, por lo menos, mostrándoles
una clara simpatía. Os lo aseguro en nombre de Jesús: en ello hallaréis
fuerza y consuelo, cf. Act 20,35.
De este modo manifestáis en las cosas pequeñas lo que todos nosotros
somos en un plano superior. Todos formamos un cuerpo con muchos
miembros: los que procuran ayuda y los ayudados, los sanos y los enfer­
mos, los jóvenes y los ancianos; el que se ha acreditado en vida y el que
todavía permanece en la prueba; los jóvenes y los que una vez lo fueron; los
ancianos y los que mañana lo serán. Todos unidos representemos la pleni­
tud del Cuerpo de Cristo, y todos vamos madurando en esa "unidad de la
fe y del conocimiento del hijo de Dios, cual varones perfectos", Ef 4,13.

PREPARARSE PARA EL ENCUENTRO CON EL SEÑOR

El consuelo definitivo que todos nosotros buscamos juntos, queridos com­


pañeros de peregrinación "en este valle de lágrimas" (Salve Regina), es el
consuelo ante la perspectiva de la muerte. Ya desde el nacimiento, camina­
mos a su encuentro, pero en la ancianidad su cercanía se hace más cons­
ciente de año en año, si es que no la desalojamos violentamente de nuestros
pensamientos. Pero el Creador lo ha dispuesto de tal modo que, en la vejez,
uno se ejercita y se dispone con facilidad a aceptar y a superar la muerte
casi de modo natural. Sin embargo, el envejecimiento es, como ya lo hemos
visto, una paulatina despedida de la inquebrantable plenitud de la vida, de
un contacto sin trabas con el mundo.
La gran escuela de la vida y de la muerte nos ha permitido a veces
contemplar alguna tumba abierta, o nos ha conducido junto a la cama de
algún moribundo antes de que nosotros hayamos llegado a esa situación;
y hemos contemplado a otros en actitud orante. El anciano ha experi-

86
mentado esos momentos educativos de la vida muchas más veces que el
joven, y los sigue experimentando con progresiva frecuencia. Esta es una
gran ventaja mientras camina hacia el gran umbral, que a veces nos imagi­
namos unilateralmente como abismo y noche.
La visión del umbral está empañada desde nuestra posición; pero Dios,
en su amor, pudo haber concedido a cuantos nos precedieron, mucho más
a menudo de lo que se cree, acompañar y socorrer nuestras vidas. Se trata
de un pensamiento de profunda y viva fe, que confirió como patrocinio a
una iglesia de esta ciudad el nombre de iglesia de Todos los Difuntos. Y las
dos iglesias alemanas que hay en Roma se llaman "Santa María del Cam­
posanto (in Campo Santo)" y "Santa María de las Ánimas (delTAnima)".
Cuando veamos que personas del mundo sensible van llegando a los
límites de lo irremediable, hemos de ver en ellas a enviados del amor de
Dios, que ya han vencido a la muerte, y que nos esperan desde el Más Allá:
los santos, en especial nuestros santos patronos y nuestros parientes y
amigos muertos, que nosotros esperamos que estén cobijados bajo la mise­
ricordia de Dios.
Muchos de vosotros, queridos hermanos y hermanas, habéis perdido
ya de vista a quienes fueron vuestros compañeros durante vuestra vida. A
ellos va dirigida mi súplica de Pastor de almas: que sea siempre este Dios
compañero de vuestras vidas ya que al mismo tiempo estáis vinculados a
aquel a quien Él os entregó una vez como compañero de viaje y que ahora
ha encontrado en Dios su justo centro.
Si no hay confianza en Dios, no hay en definitiva consuelo en la hora
de la muerte. Pues precisamente lo que Dios quiere es esto: que, al menos
en esta definitiva hora de nuestra vida, nos confiemos a su amor, sin
ninguna otra seguridad más que este amor suyo. ¡Qué serenos podemos
mostrarle nuestra fe, esperanza y amor!
Un último pensamiento en este contexto. Seguro que a alguno de entre
vosotros os brota del corazón. ¡La muerte misma es un consuelo! La vida en
esta tierra, aunque no fuese un "valle de lágrimas", no podría ofrecemos una
patria para siempre. Se iría convirtiendo poco a poco para nosotros en una
prisión, en un "destierro" (Salve Regina). Pues "todo es pasajero, una mera
aproximación" (Goethe, Pausto II, coro final). Y nos vienen a la boca las
siempre vibrantes palabras de San Agustín: "Señor, nos has creado para ti; y
nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". Confesiones, 1,1,1.
Así, no hay ni santificados por la muerte ni personas que permanecen
en esto que llamamos vida. Lo que nos espera a todos nosotros es un
alumbramiento, un cambio ante cuyos dolores nos atemorizamos, como
Jesús en el Huerto de los Olivos, pero cuyo desenlace glorioso llevamos ya
en nosotros, toda vez que fuimos sumergidos en el bautismo en la muerte
y victoria de Cristo, cf. Rom 6,3-6; Col 2,12.

87
Con todos vosotros, con quienes estáis aquí en la basílica de Nuestra
Señora, con quienes escucháis por radio o televisión, con todos con quienes
tenía que encontrarme durante estos benditos días, con todos los autócto­
nos e inmigrantes de este hermoso país, con todos los creyentes y para
todos los que buscan con los niños y jóvenes, los adultos y los ancianos,
quisiera que, en esta hora de la partida, nuestro sentido de la realidad se
convirtiese en oración:
"Desde las entrañas de mi madre tú fuiste mi apoyo; cuando se debili­
ten mis fuerzas, no me abandones". Sal 71,6, 9.
"Ven en nuestra ayuda con tu misericordia y líbranos de todo pecado
y perturbación, y así esperemos con confianza la venida de Nuestro Señor
Jesucristo", Ordinario de la Misa, en el Misal alemán.
Y en esta basílica de Nuestra Señora, quisiera unir nuestra oración
—que siempre que se haga en el Espíritu de Jesús llega al Padre a través de
Jesús— con la de Aquella que es nuestra Madre, primera redimida, y
hermana (Pablo VI en la clausura de la III sesión del Concilio, Insegnamenti
di Paolo VI, VI, II págs. 664 y 675):
"Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y
en la hora de nuestra muerte. Amén".
Amén. ¡Alabado sea Jesucristo!
L'Osservatore Romano, 1980,48,15-16.

Ofrecer el sufrimiento por el bien de toda la Iglesia

Discurso a un grupo de leprosos en


Tala, Manila.
Sábado 21 de febrero de 1981

AMOR DE JESÚS POR LOS ENFERMOS

Me hubiera gustado visitaros en vuestra casa, pero esto no ha sido


posible. Gracias por haber venido a saludarme vosotros. Gracias por
representar a todos aquellos otros que hubieran deseado venir pero no
han podido hacerlo. Estar con vosotros hoy me produce una alegría
inmensa. Os saludo con afecto y confío que sabréis cuánto he deseado
este encuentro.
En mis anteriores visitas pastorales a África y al Brasil tuve la oportu­
nidad de encontrar a otros hombre y mujeres que sufren la enfermedad de
la lepra. Aquellos contactos dejaron en mí una fuerte impresión, pues pude
constatar la paciencia amorosa y el ánimo resuelto con que viven a pesar
de los sufrimientos y la adversidad.
Estoy aquí en el nombre de Cristo Jesús para recordaros su amor

88
extraordinario por todos sus hermanos y hermanas y, en particular, por
cada uno de vosotros. Los Evangelios dan testimonio de esta verdad.
Pensad un momento con qué frecuencia mostró Jesús esta actitud transfor­
mando situaciones de miseria en momentos de gracia. En el Evangelio de
San Lucas, por ejemplo, diez leprosos se acercan a Jesús pidiéndole que les
cure. Nuestro Señor les manda que se presenten a los sacerdotes y, por el
camino, son curados. Uno de ellos vuelve para dar gracias. Con su agrade­
cimiento demuestra una fuente, gozosa y dispuesta a la alabanza por el
carácter maravilloso de los dones de Dios. Es evidente que Jesús ha tocado
con el amor el corazón de este ser humano.

FE FIRME Y CONSTANTE EN CRISTO

También en los Evangelios de Mateo y Marcos leemos el relato de un


leproso que suplica la curación a Jesús. Pero sólo si éste quiere. ¡Qué
agradecimiento el de aquel hombre cuando comprobó que su petición
había sido atendida! Sin perder tiempo, marcha a comunicar a todos los
que le salen al paso la alegre noticia del milagro realizado. Aquella alegría
inmensa nacía de la fe de aquel hombre. Sus palabras, "si quieres puedes
curarme", eran el testimonio de una voluntad dispuesta a aceptar lo que
Jesús quisiera hacer con él. ¡Pero su fe en Jesús no quedó defraudada!
Hermanos y hermanas: ¡que vuestra fe en Jesús no sea menos firme y
constante que la de estos personajes de que nos hablan los Evangelios!

AUMENTAR LOS ESFUERZOS POR SUPERAR LA LEPRA

Conozco los sufrimientos que os causa vuestra enfermedad, no sólo los de


carácter físico. Las falsas imágenes con que mucha gente asocia la enferme­
dad de Hansen aumentan vuestro dolor. Con mucha frecuencia os encon­
tráis con viejos prejuicios que se convierten en una nueva fuente, mayor
aún, de sufrimientos. Por lo que a mí toca, continuaré proclamando ante el
mundo la necesidad de que todos tomen mayor conciencia de las posibili­
dades de curación de esta enfermedad si se realizan las atenciones adecua­
das. Por esta razón pido a todos que concedan un apoyo creciente a los
valientes esfuerzos que se están haciendo en la superación de la lepra y que
se aplique un tratamiento eficaz a los que sufren esta enfermedad.
Ruego a Dios para que nunca os desaniméis ni os amarguéis. En todos
los lugares y momentos en que encontréis la cruz, abrazadla como la
abrazó Jesús para que se cumpla la voluntad del Padre. Ofreced vuestro
sufrimiento por el bien de toda la Iglesia, de modo que podáis decir con
San Pablo: "ahora me alegro de mis padecimientos... y suplo en mi carne lo
que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia", Col
1,24.

89
Hace tres días beatifiqué en vuestro país a dieciséis mártires de Naga­
saki. Entre ellos se encuentra el Beato Lázaro de Kyoto, que era un leproso.
¡Qué alegría sentimos al contemplar la asistencia prestada por el Beato
Lázaro a los misioneros como intérprete y guía! Al final, su compromiso en
la difusión del Evangelio le costó la vida. Murió derramando su sangre por
la fe. ¡Su amor a Jesucristo le supuso muchos sufrimientos, incluida la
tortura! ¡Fue incomprendido, rechazado y odiado por los demás en su
servicio a la Iglesia! Pero con la fuerza de la gracia divina, el Beato Lázaro
dio testimonio de su fe y mereció el premio maravilloso de la corona del
martirio.

IMITAR LA VALENTÍA DEL BEATO LÁZARO

Mis queridos amigos: yo os invito a imitar la valentía del Beato Lázaro, que
os es tan cercano. Compartid vuestras convicciones de fe con vuestros
hermanos y hermanas que sufren con vosotros. Corresponded al amor que
os demuestran los médicos, enfermeras y voluntarios que con tanta gene­
rosidad se ocupan de vosotros. ¡Trabajad por construir una comunidad de
fe viva, una comunidad que servirá de soporte, fortalecerá y enriquecerá a
la Iglesia universal! Este es vuestro servicio a Cristo! ¡Este es el reto de
vuestras vidas! ¡Así es como podéis manifestar vuestra fe, vuestra esperan­
za y vuestro amor!
¡Que Dios os bendiga, queridos hermanos y hermanas! ¡Que Dios
bendiga a todos los que sufren de lepra en este país! ¡Que Dios bendiga a
vuestras familias, a vuestros amigos y a todos los que os asisten! Sobre
todo, me encomiendo a vuestras oraciones y amor.
L'Osservatore Romano, 1981, 9,13.

El sufrimiento aceptado en unión con Cristo

Radiomensaje del Papa, enfermo, a todos los


enfermos
Policlínica Gemelli, 17 de mayo de 1981

El domingo 17 de mayo Juan Pablo II, desde el lecho del dolor, dirigió al
Pueblo de Dios sus primeras palabras, después del sacrilego atentado del
día 13: breves palabras de alabanza al Señor, de plegaria, de agradecimien­
to, de perdón, de ofrenda sacerdotal, de inmenso amor a Cristo y de
confianza ilimitada en María. Ahora ofrecemos el texto de la alocución
pontificia del día 24. Este domingo, el segundo de su estadía en el hospital,
el Papa se ha dirigido, como "enfermo" a los enfermos, a todos los que

90
sufren, para hablarles de la grandeza y eficacia del dolor, para consolarles
y darles esperanza, para presentar al Padre, en unión con Cristo y por la
intercesión de María, los sufrimientos propios y los de todos "por el bien
de la Iglesia y de la humanidad": son expresiones de intensa fuerza evan-
gelizadora. Radio Vaticano las difundió al mediodía junto con la plegaria
del "Regina caeli" que el mismo Papa recitó, dando luego la bendición
apostólica desde sus habitaciones de la Policlínica Gemelli.
¡Alabado sea Jesucristo!
Deseo dirigirme hoy, de modo particular, a todos los enfermos, para
decirles yo, enfermo como ellos, una palabra de consuelo y de esperanza.
Cuando al día siguiente de mi elección a la Cátedra de Pedro, vine de
visita a la Policlínica Gemelli, dije: "Quiero que mi ministerio papal se
apoye sobre todo en los que sufren".
La Providencia ha dispuesto que volviese como enfermo a la Policlíni­
ca Gemelli. Ahora expreso de nuevo la misma convicción de entonces: el
sufrimiento, aceptado en unión con Cristo paciente, tiene una eficacia
incomparable en orden a realizar el designio divino de la salvación. Repe­
tiré, pues, con San Pablo: "Me alegro de mis padecimientos por vosotros y
suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo,
que es la Iglesia", Col 1,24.
Invito a todos los enfermos a unirse a mí en la ofrenda de sus padeci­
mientos a Cristo por el bien de la Iglesia y de la humanidad. Que María
Santísima nos sirva de apoyo y de consuelo.
Extiendo también mi saludo cordial a todos aquellos que están unidos
conmigo en la oración y a cuantos, en estos días, me han hecho llegar el
testimonio de su afecto; mientras les doy las gracias por esta cercanía
espiritual, les aseguro mi recuerdo en el Señor.
"Regina caeli, laetare...".

L'Osservatore Romano, 1981,22,1.

El valor del sufrimiento en unión con Cristo por la Iglesia

Mensaje del Papa, enfermo, a los enfermos


congregados en Lourdes
Policlínica Gemelli, 21 de julio de 1981

Queridos hermanos que sufrís, queridos minusválidos, amados enfermos


que habéis acudido al Congreso Eucaristico:
Mi pensamiento afectuoso y mi oración llegan a los congresistas que

91
están junto a la gruta de Lourdes, y llegan a vosotros por una razón
totalmente particular.
Lourdes es un lugar santo en el que los enfermos que van de todo el
mundo, servidos por sus hermanos que gozan de salud, ocupan siempre la
primera fila, con el fin de presentar su prueba a la compasión de nuestra
Madre, la Virgen María, a la misericordia de Cristo Jesús; y regresan luego
a sus casas confortados con el consuelo que viene de Dios.
Vosotros estáis en el centro del Congreso que celebra la presencia real
de Cristo bajo el humilde signo del pan, de Cristo que sufrió y ofreció su
pasión para entrar en la vida y abrirnos su reino.
Vosotros sois siempre, plenamente, miembros de la Iglesia; no sólo
comulgáis como los demás con el Cuerpo del Señor, sino que en vuestra
carne comulgáis con la pasión de Cristo. Vuestros sufrimientos no se
pierden, sino que contribuyen de forma visible al crecimiento de la caridad
que anima a la Iglesia. El sacramento de la unción de los enfermos os une
especialmente a Cristo mediante el perdón de vuestros pecados, con el fin
de confortar vuestra alma y vuestro cuerpo, acrecentando en vosotros la
esperanza del reino de luz y de vida que Cristo os promete.
Cuando me encontraba con enfermos, en Roma o en mis viajes, me
gustaba siempre detenerme ante cada uno de ellos, escucharlos, bendecir­
los, para darles a entender que cada uno de ellos es objeto del afecto de
Dios. Así actuaba Jesús.
Dios ha permitido que también yo mismo pruebe en estos momentos
en mi propia carne el sufrimiento y la debilidad. Así me siento mucho más
cercano a vosotros. Comprendo así mucho mejor vuestra prueba. "Com­
pleto en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, por su cuerpo
que es la Iglesia", Col 1, 24. Os invito a ofrecer conmigo esta prueba al
Señor, que por medio de la cruz realiza cosas grandes; os invito a ofrecerla
para que toda la Iglesia conozca por la Eucaristía una renovación de fe y de
caridad; para que el mundo conozca el beneficio del perdón, de la paz y del
amor.
¡Que Nuestra Señora de Lourdes mantenga viva vuestra esperanza!
Bendigo a todos los que os sostienen con su amistad y cuidados, al
mismo tiempo que reciben de vosotros una ayuda espiritual.
Y os bendigo a vosotros con todo mi afecto, en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo.

L'Osservatore Romano, 1981,31,1.


Jesús, el enfermo de todos los tiempos

Homilía del Cardenal Francisco Macharski


de Cracovia, Polonia
Congreso Eucaristico, Lourdes, 22 de julio
de 1981

Hermanos y Hermanas:
Vosotros, que en Lourdes representáis a los enfermos de todo el mun­
do,
y vosotros, que habéis respondido al llamado del Señor y os habéis
convertido, por vuestro servicio, en la vista de los ciegos y la fuerza de los
impotentes.
¡Sed saludados en la comunidad de aquellos que ven en Jesucristo, el
Hijo de María, el único redentor del hombre!
He aquí, que comparezco ante vosotros y entre vosotros, y junto con
vosotros ante nuestro Maestro y Señor. ¡Pero como sé muy bien, estoy aquí
en lugar del que esperáis: Juan Pablo II!
El Pedro de nuestros tiempos entró entre los sufrientes, entre las sillas
de los inválidos, entre las camas de hospital, también acercándose a los
niños enfermos en los brazos de las madres. Y no aceleró el paso, sino se
detuvo plenamente —con su corazón— ante cada uno. Experimentó de
alguna manera aquello que es penoso, doloroso, humillante en una situa­
ción de disminución de las fuerzas y contracción de las posibilidades.
Experimentó asimismo la fuerza del hombre, que se origina y fortalece en
la debilidad y sobre todo se encontró con Cristo, presente en sus hermanos
y hermanas sufrientes, miembros del Cuerpo Místico. Y seguramente por
eso los enfermos se convirtieron a través de Cristo en su fuerza, y El, a
través de Cristo, despertó la esperanza y el amor.
Así fue una vez en Cracovia, de donde vengo. Así también sucedió en
el primer día del pontificado, en la plaza de San Pedro —y después en
muchos lugares —urbis et orbis— de Roma y del mundo, a donde a Juan
Pablo II lo condujeron sus viajes apostólicos.
En la Plaza de San Pedro, si recordáis, como en aquel domingo de la
inauguración del pontificado, el alguna vez obispo de Cracovia recordó la
leyenda contenida en la novela de Henryk Sienkiewicz "Quo Vadis":
"...Pedro quería abandonar Roma. Pero el mismo Señor lo detuvo en el
camino. Y cuando Pedro preguntó Quo vadis. Domine? —¿A dónde vas.
Señor?—, respondió: ...voy a Roma, para que me crucifiquen otra vez. Y
Pedro se regresó, y permaneció en Roma hasta el fin, hasta que lo crucifi­
caron", Inauguración del Pontificado de Juan Pablo II, el 22 de octubre de
1978.

93
Eso fue dicho en la Plaza de San Pedro. No pasaron tres años cuando
en esa misma plaza quisieron crucificar al Pedro de nuestros tiempos...
En aquel momento Juan Pablo II experimentó aquello, que hasta ahora
fue su participación por una extraordinaria sensibilidad, ternura y fe:
impotencia, debilidad, encarcelamiento, limitación de las posibilidades,
complicación de todos los planes y esperanzas humanas. Aquél, que tuvo
que comparecer aquí, para que en el Espíritu Santo fortalecer y consolar,
traer alivio y ayuda, restablecer la esperanza, abrir y ampliar las perspecti­
vas de la fe y del amor, es como vosotros, uno de los enfermos. Como
vosotros, de repente —en el cuerpo débil— y en el Espíritu potente, de
repente —que espera oraciones y apoyo— y apoyando a otros gracias a la
comunidad en el amor de Cristo. Alguna vez en Cracovia, durante la
peregrinación, les dijo a los enfermo: "Recordadme y apoyadme. ¡Mi
fuerza de Cristo por vosotros! ¡Que mi fuerza, fuerza del sucesor de Pedro,
del Pastor de la Iglesia de Dios en la tierra, sea con vosotros!".
Anhelo desde aquí, desde Lourdes, invocar: Santo Padre, te asegura­
mos: ¡los enfermos del mundo quieren ser tu fuerza por Cristo! Te asegu­
ramos, estamos ante ti en tu policlínica romana, y aquí —ante Cristo en la
Eucaristía— en la ciudad de su madre orando por ti, para que pronto
vuelvas al camino de tu apostolado.
Hermanos y hermanas, no digo esto para una conmoción emocional,
sino para la construcción espiritual: el Evangelio de Cristo —de aquel
crucificado y resucitado— está vivo entre nosotros, él está vivo en vosotros,
él está vivo en el mundo gracias a vosotros! Gracias a vosotros está presente
la Cruz de Jesús sufriente. Y junto con esta Cruz, la fuerza y sabiduría del
redentor, que con su sufrimiento y su Cuerpo, esto es nosotros, salva al
mundo.
He aquí pues precisamente que en el secreto de la fe, en la cual
consideramos el recuerdo del tormento de Cristo, está presente entre nos­
otros— el enfermo de todos los tiempos del mundo. Sin embargo El es el
siervo de Yavé: "No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía
aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres,
varón de dolores y sabedor de dolencia, como uno ante quien se oculta el
rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta.
¡Ycon todo eran nuestras dolencia las que él llevaba y nuestros dolores
los que soportaba!
Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. El ha
sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó
el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados", Is
53, 2b-5.
Jesús es par excellence un hombre enfermo, débil, cansado, aquel que
cae en su impotencia, y tiembla, y tiene miedo, y sufre su desnudez hasta

94
el fondo. Jesús de Nazaret y Belén es Jesús de Getsemani, y Jesús de
Gòlgota, es Jesús de la desnudez. Verdaderamente: "El cual, siendo de
condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se
despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante
a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí
mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz", Fil 2,6-8.
Jesús es el Redentor por el fenómeno de la cruz, locura para los
gentiles, cf. 1 Cor 1,23, no porque fuese abandonado por la fuerza de Dios,
sino precisamente por eso, que fue pleno del Espíritu Santo: "El Espíritu
del Señor está sobre mí, porque me ha ungido...". Le 4,18. Jesús es, por lo
tanto par excellence El Ungido, pues la unción física con aceite significa la
unción espiritual con la fuerza del Señor. Así vuestra actual unción signi­
fica y causa una nueva comunidad con Jesús, ungido con el Espíritu Santo
Redentor, así para que os animéis esta misma aspiración, que está en
Jesucristo, cf. Flp. 2, 5, precisamente vosotros, los débiles del mundo, con
El y en El sois poderosos para la Iglesia y el mundo.
La unción con el Espíritu Santo es la comprensión de que Dios es capaz
de escribir —y en realidad escribe— rectamente en los renglones torcidos.
Así como la naturaleza puede hacer daño y deformar las líneas de la
humanidad, de las posibilidades humanas y de la autoridad, que le son
dadas al hombre: por la enfermedad, accidente... Y a veces, a veces por la
ceguera y el odio, terror, violación: como la cruz, como las balas en la Plaza
de San Pedro.
El Espíritu Santo causa un acercamiento y una comunidad con Jesús
—con El que habla: "Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se
haga mi voluntad, sino la tuya". Le 22,42.
Él, el Espíritu Santo, lleva al caído bajo la cruz, lo protege de la
tentación de abandonar la cruz, cuando alrededor exclaman: "Si es Rey de
Israel, que baje ahora de la cruz, y creeremos en él", Mt 27, 42. Él permite
en la oscuridad del espíritu y del cuerpo "ver" al Padre y de profundis llamar
al Padre; cuando ya no hay ningún lugar de apoyo en la tierra —apoyarse
y dedicarse al Padre rico en misericordia, cf. Ef 2,4; en el amor dar al
hombre —a Juan— aquello, lo más valioso que la muerte tiene que quitarle:
la Madre.
La manifestación del amor y la misericordia tiene una forma y un
nombre, Jesucristo, cf. Redemptor hominis, 9. La misericordia de Dios, que
es más fuerte que cualquier debilidad y pecado, se acerca a nosotros con la
faz humana: de la impotencia, enfermedad, invalidez, cansancio...
Jesucristo dijo en la sinagoga, en Cafarnaum: "El Espíritu del Señor
está sobre mí, por cuanto me ha ungido". Jesucristo, El Ungido, dijo: "Me
ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la libera-

95
ción a los cautivos, y la vista a los ciegos; para dar la libertad a los
oprimidos; y proclamar un año de gracia del Señor", Le 4,18-19.
Hermanos y Hermanas, vosotros, que vais a ser ungidos en el santo rito
del sacramento de los enfermos ¡A vosotros os llega la fuerza de Dios para
que no viendo corporalmente, veáis en la fe, esperanza y amor de Dios y
del hombre; para que no oyendo, estéis abiertos a la Palabra de Dios;
inmovilizados o parcialmente paralizados, andéis libremente en los espa­
cios del amor, que no conoce límites; afligidos por cualquier deformación,
privados de "belleza y atractivo", permitid al Espíritu, que es Creador,
formar en vosotros la belleza y la sabiduría.
Hermanos y Hermanas, he aquí el más paradójico consuelo del Espíri­
tu Santo: ¡Estáis enviados! ¡Estáis necesitados! ¡Estáis preparados por un
fortalecimiento interior a una nueva identificación con Cristo, para procla­
mar el Evangelio de la Redención, proclamar el Evangelio de la alegría, que
la salvación llega por la cruz, vosotros, particulares amigos y alumnos de
Jesús crucificado y resucitado.
El misterio pascual es pues un misterio de transición. Cristo primer
paso contra la corriente de trascendencia, destrucción y enfermedad, de las
cuales la síntesis es la muerte. Y aunque ante los propios ojos y de la gente,
todavía pasamos tan dolorosamente, eso, sin embargo junto con El ¡vamos
hacia la vida a través de la muerte!
Oro junto con vosotros y por vosotros, para que María, Elegida por el
Espíritu Santo, que es fortalecedora y sanadora de enfermos, sea para
nosotros "la causa de alegría" de la nueva unión con Cristo, El Crucificado
y Resucitado.

L'Osservatore Romano, edición polaca, 1981, 7,14-15.

La experiencia personal de Juan Pablo II en el mundo del sufrimiento


Mensaje del Santo Padre a los enfermos de la
Policlínica Gemelli al dejar el hospital.
Viernes, 14 de agosto de 1981

Queridos hermanos y hermanas:


El 13 de mayo, después del atentado contra mi vida, inmediatamente
encontré ayuda eficaz en esta casa que lleva el nombre de "Policlínica
Gemelli".
Al cabo de tres meses, que en su mayor parte he transcurrido entre
vosotros, después de la feliz operación final del 5 de agosto, fiesta de
Nuestra Señora de las Nieves, y una vez recobrada la salud en el sentido

96
clínico, puedo volver hoy a casa para recuperar las fuerzas indispensables
con el fin de seguir ejerciendo mi ministerio en la sede de San Pedro.
Deseo, pues, en este momento despedirme de toda esta institución
hospitalaria que, bajo el nombre elocuente del padre Agostino Gemelli,
constituye una parte orgánica de la Universidad Católica de Italia, vincu­
lada a la Facultad de Medicina de dicha Universidad.
Ahora debería expresar un gracias profundo y repetido a muchos
hombres de la Policlínica Gemelli —y también a los otros profesores
invitados a colaborar—, a los que tanto debo por su asistencia durante estos
tres meses, desde la dramática tarde del 13 de mayo. Pero dejo para otra
ocasión la manifestación adecuada de toda esta gratitud.
En cambio, y junto con todos aquellos a quienes es obligado el agrade­
cimiento humano y también con cuantos me escuchan en este momento,
deseo dar gracias a Dios, Creador y Señor de la vida, por la vida salvada y
la salud recuperada por obra, sí, de tantos hombres cualificados y plena­
mente entregados, pero también por la oración y el sacrificio de innumera­
bles amigos, del mundo entero podemos decir.
Al agradecer este don de haber salvado la vida y recuperado la salud,
en este momento deseo dar las gracias también por otra cosa: efectivamen­
te, en estos tres meses se me ha concedido pertenecer a vuestra comunidad,
queridos hermanos y hermanas, a la comunidad de los enfermos que
sufren en este hospital y que por esta razón constituyen en cierto sentido
un organismo particular en la Iglesia, en el Cuerpo místico de Cristo. De
modo especial se puede decir con San Pablo que completan en su carne lo
que falta a la pasión de Cristo..., cf. Col 1, 24. A lo largo de estos meses se
me ha concedido pertenecer a este organismo particular. Y también de esto
os doy cordialmente las gracias, hermanos y hermanas, en este momento
en que me despido de vosotros y dejo vuestra comunidad.
No hay duda de que ha habido y hay entre vosotros muchas perso­
nas a quienes los sufrimientos, incomparablemente superiores a los
míos y soportados con amor, os asemejan mucho más al Crucificado y
Redentor...
No pocas veces he pensado en esto y os he abrazado en la oración como
obispo vuestro... Y a veces me ha llegado la noticia de que a algunos el
Señor de la vida les había llamado a Sí en el curso de estos meses...
Todo esto lo he vivido día tras día, queridos hermanos y hermanas, y
hoy al despedirme os lo quiero decir. Ahora sé mejor que antes que el
sufrimiento es una dimensión tal de la vida que a través de él penetra en el
corazón humano, como de ninguna otra forma, la gracia de la redención. Y
si deseo que todos y todas abandonen este hospital con la salud restableci­
da, también y no menos intensamente os deseo a todos que llevéis de aquí

97
ese injerto profundo de la vida divina que la gracia del sufrimiento encierra
en sí.
Como obispo oś bendigo una vez más con el poder recibido de Cristo.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
L'Osservatore Romano, 1981, 34,1 y 6.

El sentido que el sufrimiento tiene para el cristiano

Encuentro con los enfermos y ancianos en el


Hospital de San Carlos Borromeo de
Onitsha.
Sábado 13 de febrero de 1982

Queridos amigos:
Me siento muy feliz de estar con vosotros esta tarde; con los enfermos
y los ancianos. Vosotros sois un tesoro a los ojos de Dios. Vuestras vidas
tienen un profundo significado para la sociedad y para mí. Mi alegría es
desbordante por encontrarme con vosotros en este famoso hospital llama­
do San Carlos Borromeo, el nombre que mis padres me pusieron en el
bautismo. Mi predecesor Pablo VI visitó este lugar en 1962 cuando lo
estaban edificando, y él contribuyó a su construcción. Me doy cuenta del
gesto amoroso de la Iglesia en Onitsha al dedicar este hospital a San Carlos
Borromeo, el apóstol de Milán y el patrono de vuestro primer arzobispo de
Onitsha, Carlos Heerey, c.s.sp., que murió en 1967.

CARIDAD Y SERVICIO A LOS HERMANOS AFECTADOS POR EL DOLOR

Mientras peregrinemos en esta tierra existirán el sufrimiento y la enferme­


dad. Ellos forman parte de nuestra condición humana, y, en última instan­
cia, son fruto del pecado original; pero no son necesariamente consecuen­
cia de la culpa individual. Hay muchas personas de diferentes edades que
sufren, pero no debido a sus propias faltas. Los niños, en particular, son
víctimas del sufrimiento, a menudo causado por la irreflexión o la negli­
gencia de los adultos. La realidad de la enfermedad y de la malnutrición en
la vida de millones de niños es un hecho que reclama nuestra atención y
nuestra acción. Y la condición del niño minusválido nos hace reflexionar
acerca del verdadero significado de la vida humana. La edad avanzada
también trae sus propias dificultades, así como la debilidad física.
Aunque Dios permite que exista el sufrimiento en el mundo, no se
complace por ello. En efecto, nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios hecho
hombre, amó a los enfermos; dedicó una gran parte de su ministerio

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terreno a curar a los enfermos y consolar a los afligidos. Nuestro Dios es un
Dios de compasión y de consuelo. Él espera que usemos de los medios
ordinarios para prevenir, aliviar y eliminar el sufrimiento y la enfermedad.
Por eso tenemos programas de cura preventiva de la salud; tenemos
doctores, enfermeras, instituciones médicas y sanitarias de muchas clases.
La ciencia médica ha hecho muchos progresos. Debemos aprovechar todo
esto.

AMOR Y ATENCIÓN A LOS HERMANOS QUE SE ENCUENTRAN EN EDAD AVANZADA

Pero a pesar de tantos esfuerzos siguen existiendo el sufrimiento y la


enfermedad. Un cristiano ve sentido al sufrimiento. Él soporta los padeci­
mientos con paciencia, amor de Dios y generosidad. Lo ofrece todo a Dios,
por medio de Cristo, especialmente durante el Sacrificio de la Misa. Cuan­
do el enfermo recibe la santa comunión, se une con Cristo víctima. Cuando
se asocia el sufrimiento a la pasión de Cristo, entonces tiene un gran valor
para el individuo, para la Iglesia y para la sociedad. Este es el significado
de aquellas maravillosas palabras de San Pablo sobre las que debemos
meditar constantemente: “Ahora me alegro de mis padecimientos por
vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por
su cuerpo, que es la Iglesia", Col 1,24.
También yo sé personalmente lo que significa estar enfermo y perma­
necer en el hospital por largo tiempo. Y cómo es posible consolar y sostener
a otros que comparten la misma suerte de confinamiento y dolor; y cuán
necesario es orar por los enfermos y mostrarles una cariñosa atención
personal. Con respecto de esto me agrada notar que tenéis en este hospital
una bella capilla con el Santísimo Sacramento reservado, y que hay un
capellán residente. Jesús mismo quiere ser vuestro consuelo y vuestra
fuerza, por medio de su presencia eucaristica y del ministerio de sus
sacerdotes.
Los que estáis en edad avanzada sois los primeros ciudadanos. Habéis
soportado el ardor del día en la lucha de la vida y acumulado mucho
conocimiento, sabiduría y experiencia. Compartidlo con la generación más
joven. Vosotros tenéis algo muy importante que ofrecer al mundo: y
vuestra contribución se purifica y enriquece a través de la paciencia y el
amor, cuando estáis unidos con Cristo. La ancianidad hace decaer el
cuerpo y trae la debilidad y, a veces, enfermedades. Hay que reaccionar
mediante la atención médica y la paciencia cristiana. En unión con Cristo
tenéis que dar gracias a Dios Padre por habernos dado la vida humana y
por habernos llamado a vivir tanto en este mundo como para siempre en
unión con Cristo.
En Nigeria poseéis el hermoso valor cultural del sistema de familia

99
amplia. El enfermo y el anciano no son abandonados por sus hijos, sus
nietos y nietas, sus primos u otros parientes. La amplia sombrilla de la
caridad cubre a todos. Se trata de una preciosa herencia que debe ser
mantenida. Este dial está sometido a una erosión, especialmente en las
ciudades y villas, donde los ancianos son a veces desgajados de la familia
amplia. El abandono y la soledad del anciano llevan como consecuencia
que un gran valor cultural esté siendo eliminado y reemplazado por algo
totalmente antiafricano.
A los doctores, las enfermeras, el personal sanitario y a todos cuantos
cuidan de los enfermos en Nigeria, sin olvidar las diversas asociaciones
médicas y de enfermeras, profesionales y administrativas, les expreso mi
estima y gratitud. Vuestra preocupación humanitaria es digna del mayor
encomio. Vuestra caridad cristiana merece la vida eterna. Jesús mismo hace
del interés por el enfermo algo de lo que depende nuestro juicio y recom­
pensa eterna: "Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino
preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque... estaba
enfermo, y me visitasteis", Mt 25,34-36.

L'Osservatore Romano, 1982,8, 6.

En vosotros me encuentro con Cristo que sufre

El Papa con los enfermos y minusválidos en


la plaza Eduardo Ibarra, de Zaragoza.
Sábado 6 de noviembre de 1982

Queridos enfermos:
En el marco de mi visita al Pilar de Zaragoza, para el acto mariano
nacional, tiene lugar este encuentro del Papa con los enfermos. Es para mí
uno de los más importantes de mi viaje apostólico. Porque en vosotros me
encuentro de manera especial con Cristo que sufre, con Cristo que pasó
curando a los enfermos, que se identifica de tal modo con vosotros que
considera hecho a Él mismo lo que a vosotros se hace. Volved a leer en un
momento de paz algunas de las páginas del Evangelio que se refieren a
vosotros, cf. Mt 8-9; 15; 25,32-40.
Sois pocos los aquí presentes, pero representáis a todos los enfermos
de España. Tanto a los que yacen en un instituto sanitario público o
privado como a los que están en sus casas, en la cama, en la silla de ruedas,
en su inmóvil asiento o que caminan bajo el peso de la enfermedad.
Quisiera en este momento tener miles de manos que se alargaran a
estrechar cada una de las vuestras, preguntaros cómo estáis, compartir al

100
menos por un momento vuestras ansias y sufrimientos y dejaros una
palabra de aliento y un abrazo de hermano. Cada uno de los que me veis a
través de la televisión o me oís por la radio, sentidme incondicionalmente
a vuestro lado.
Vosotros que vivís bajo la prueba, que os enfrentáis con el problema de
la limitación, del dolor y de la soledad interior frente a él, no dejéis de dar
un sentido a esa situación. En la cruz de Cristo, en la unión redentora con
Él, en el aparente fracaso del Hombre justo que sufre y que con su sacrificio
salva a la humanidad, en el valor de eternidad de ese sufrimiento está la
respuesta. Mirad hacia Él, hacia la Iglesia y el mundo y elevad vuestro
dolor, completando con él hoy el misterio salvador de su cruz.
Vuestro sufrimiento tiene un gran valor sobrenatural. Y sois además
para nosotros una constante lección, que nos invita a relativizar tantos
valores y formas de vida. Para vivir mejor los valores del Evangelio y
desarrollar la solidaridad, la bondad, la ayuda, el amor.
Por eso no consideréis inútil vuestro estado, que tiene para la Iglesia y
para el mundo de hoy un gran sentido humanizante, evangelizador, expia­
torio e impetratorio. Sobre todo si vosotros mismos adoptáis una actitud
abierta, creadora dentro de lo posible y positiva, ante la acción de la gracia
que actúa en vuestro espíritu.
Pero no puedo detenerme sólo en vosotros. Al pensar en vuestra
condición pienso espontáneamente en vuestras familias, en los profesiona­
les y trabajadores sanitarios, en las religiosas, religiosos y sacerdotes del
mundo de la sanidad. En todos los que, en el complejo ámbito de la
sociedad actual, se dedican a la atención del enfermo.
Es una misión de extraordinario valor, que hay que vivir como verda­
dera opción vocacional, con gran sentido ético de solidaridad y respeto al
hombre enfermo, sin olvidar la dimensión trascendente y religiosa del ser
humano.
Vaya mi palabra de ánimo a cuantos trabajan en este campo que
requiere tanta sensibilidad humana y espiritual para estar en sintonía con
las exigencias y expectativas del enfermo. Con mi gozo y aplauso a las casi
trece mil religiosas y dos mil sacerdotes y religiosos que prestan su labor
en el campo de asistencia sanitaria, sobre todo en los sectores más desaten­
didos de enfermos mentales, crónicos, desahuciados, minusválidos y an­
cianos.
Para dar una eficacia mayor a la pastoral entre los enfermos es necesa­
rio que toda la comunidad cristiana se sienta llamada a colaborar en esa
tarea.
Ahí tienen su puesto los miembros de los organismos eclesiales o
religiosos, asociaciones y movimientos seglares católicos; ahí tienen su
lugar las parroquias, llamadas a impulsar grupos específicos de apostolado

101
y de voluntariado de ayuda a los enfermos. Así la comunidad cristiana
hará presente en nuestra sociedad crecientemente secularizada el amor
cristiano.
A la Virgen Santísima del Pilar encomiendo las intenciones y necesida­
des de cada enfermo —hombre o mujer, niño o adulto— de España, así
como las de cuantos se dedican al cuidado de los enfermos y a la asistencia
sanitaria. Sobre todo invoco la serenidad, la esperanza de las bienaventu­
ranzas, la mejoría en su salud y a todos bendigo de corazón, en el nombre
del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
II en España, Texto completo
Ju a n P ablo
de todos los discursos, abc , Madrid
1982, p. 132-133.

Misión de los ancianos en la vida familiar y social

Alocución a los hombres y mujeres de la


tercera edad ante el santuario de la Virgen
de los Desamparados, Valencia, España.
Lunes 8 de noviembre de 1982

Queridos ancianos:
Ante este santuario de la Madre de los Desamparados os saludo con
especial afecto, personas de la tercera edad. Y me alegra que este encuentro
tenga lugar aquí en Valencia, tan ligada a una figura muy querida en esta
ciudad y en España: Santa Teresa Jornet Ibars, fundadora de las Hermani-
tas de los Ancianos Desamparados que, junto con otros institutos y perso­
nas, tanto se han prodigado y se prodigan en favor de la tercera edad.
La ancianidad es algo venerable para la Iglesia y para la sociedad y
merece el máximo respeto y estima. Ya en el Antiguo Testamento nos
enseña: "Álzate ante una cabeza blanca y honra la persona del anciano".
Lev. 19, 32. "En los ancianos está el saber y en la longevidad la sensatez",
Job. 12,12. Por ello me inclino ante vosotros e invito a todos a manifestar
siempre la reverencia afectuosa que merecen quienes nos han dado la vida
y nos han precedido en la organización de la sociedad y en la edificación
del presente. El severo mandamiento del Sinaí, "honra a tu padre y a tu
madre", sigue en plena vigencia.
Sé que un mundo materialista y hedonista como el nuestro trata mu­
chas veces de aislaros, queridos ancianos, y os encontráis con problemas de
soledad, de falta de cariño y comprensión. Un sufrimiento tanto mayor
cuando son los propios hijos o familiares los que se comportan de esa
manera.

102
Muchos no comprenden que no se pueden valorar la vida y las cosas
con un solo criterio económico o de eficiencia. Por ese camino se deshuma­
niza la convivencia y se empobrece la familia y la sociedad. Es verdad que
en tantos casos la persona en edad adulta, sobre todo si no goza de buena
salud, no podrá ejercer las mismas funciones de una más joven. Pero no por
ello su misión es, a veces, menos preciosa, pues puede desarrollar muchas
labores complementarias y muy útiles, que la vida moderna no permite
fácilmente a quien tiene un trabajo regular. Esa inserción en la vida familiar
y social, según su posibilidades, será para los ancianos fuente de serenidad
personal y de aliento —al sentir su propia utilidad—, así como de enrique­
cimiento social.
Ante una perspectiva demográfica de fuerte crecimiento de los ancia­
nos respecto de los jóvenes, la sociedad ha de plantearse con criterios
humanitarios y morales este problema, evitando una dolorosa e injusta
marginación.
La Iglesia, por su parte, ha de estimular a todos a descubrir y estimar
la colaboración que el anciano puede ofrecer a la sociedad, a la familia y a
la misma Iglesia. Empezando por alentar a las personas mayores a no
automarginarse, cediendo a la falsa convicción de que su vida no tiene ya
objetivos dignos.
Para ello hay que ayudarles a mantener el interés por cosas útiles a sí
mismos y a los demás, a cultivar su inteligencia, a apreciar la amistad con
otras personas y a valorar su puesto en la gran familia de hijos de Dios que
es la Iglesia, en la que cada persona tiene dignidad y valor idénticos.
¡Cuántas parroquias podrían también recibir la ayuda preciosa de perso­
nas de la tercera edad en tantas misiones de apostolado, catcquesis y de
otro tipo!
Es necesario que se desarrolle en la Iglesia una pastoral para la tercera
edad, en la que se insista en el papel creativo de la misma, de la enferme­
dad y limitación parcial, en la reconciliación de las generaciones, en el
valor de cada vida, que no termina aquí, si no que está abierta a la
resurrección y a la vida permanente. Con ello se hará una labor eclesial y
se prestará un gran servicio a la sociedad, clarificando la escala de tantos
valores humanos.
Será sobre todo la familia la gran beneficiaria. No resisto a leeros unas
hermosas palabras de mi predecesor Pablo VI que recogí en mi exhortación
apostólica Familiaris consortio: "Los ancianos tienen además el carisma de
romper las barreras entre las generaciones antes de que se consoliden:
¡Cuántos niños han hallado comprensión y amor en los ojos, palabras y
caricias de los ancianos! y ¡cuánta gente mayor no ha suscrito con agrado
las palabras inspiradas "la corona de los ancianos son los hijos de sus
hijos!" Prov. 17, 6, n. 27.

103
A todos los miembros de la comunidad y especialmente a las religiosas
y seglares que trabajan en la pastoral de la tercera edad, les expreso mi
profundo aprecio y agradecimiento en nombre de la Iglesia. Les pido sigan
prestando con abnegación y talante de fe su meritoria obra para inspirar en
las personas, familias y comunidades el espíritu de amor del Evangelio
hacia los ancianos.
Que la Virgen Santísima de los Desamparados proteja a todas las
personas de la tercera edad de España, sobre todo a las que más necesidad
tienen de amparo. E inspire sentimientos de solidaridad y comprensión en
los corazones para que ningún anciano carezca del respeto, afecto y ayuda
que necesita. A los ancianos todos, y a cuantos les atienden y trabajan por
ellos, doy de corazón la bendición apostólica.
Ju a n P ablo II en España. Texto completo
de todos los discursos, abc , Madrid 1982,
p. 152-154.

Pensar en los que sufren y rezar por ellos

Saludo del Papa a los niños enfermos en el


Hospital Pediátrico de San José, Costa Rica.
Jueves 3 de marzo de 1983

Amadísimos hermanos e hijos:


En mi visita a Costa Rica no he querido dejar de tener un encuentro con
vosotros, queridos niños y niñas enfermos en este hospital. Os saludo con
un cariñoso abrazo, en el que incluyo también a todos los niños que sufren
en sus hogares o en otros centros hospitalarios de éste o de los otros países
que visito en estos días.
La enfermedad y el dolor se han apoderado de vuestros frágiles cuer­
pos, y no os permiten hacer la vida que correspondería a vuestra edad,
rodeados gozosamente por vuestros padres y amigos. Por eso ha querido
venir a visitaros el Papa, vuestro amigo, que tantas veces piensa y reza por
vosotros. Para que recibáis día a día el afecto y atención que necesitáis, a
través de vuestros padres y familiares, de los médicos y de todo el personal
auxiliar, a quienes también saludo y animo a proseguir en el servicio a
vosotros con auténtico espíritu de entrega al que sufre. A éstos pido que en
su trabajo tengan presentes las palabras de Jesús: "Cuanto hicisteis a uno
de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis", Mt 25,40.
Ello os ayudará a dar un sentido nuevo a vuestra profesión, que se
transformará en verdadera "misión" humana y cristiana para la elevación

104
del hombre, aliviando y curando sus dolores, mediante los mejores adelan­
tos de la ciencia y de la técnica.
Desde este hospital envío asimismo mi saludo y afecto a todos los
enfermos adultos que, en sus casas o en otros centros sanitarios, padecéis
el peso de la enfermedad.
Sabed, queridos míos, que con vuestros sufrimientos, aceptados con
espíritu de fe, estáis unidos a los de Cristo, que sufrió y dio la vida por
todos los hombres.
También están aquí presentes los representantes del Centro para Mi­
nusválidos, promovido recientemente por la Organización Mundial de la
Salud. A todos os animo a hacer de ese Centro un modelo de asistencia a
las personas que tienen limitaciones corporales o síquicas, con el fin de
ayudarlas debidamente para una reinserción social adecuada a sus posibi­
lidades.
Con estos vivos deseos y esperanzas imparto de corazón mi bendición
apostólica a vosotros, niños y niñas enfermos, a los enfermos adultos, a
vuestros familiares, a los médicos y personal auxiliar y a todos los presen­
tes.

L'Osservatore Romano, 1983,11,5.

Presencia especial de Cristo en los enfermos

Homilía pronunciada en el marco del


"Jubileo de los enfermos con el Papa".
Roma, 5 de junio de 1983.

Miles de hombres y mujeres acudieron de hospitales y clínicas de la urbe a


la plaza de San Pedro. Muchos fueron llevados en ambulancias y camillas
o sillas de ruedas. Al atardecer, el Santo Padre celebró la Misa y en el curso
de la liturgia de la Palabra administró el sacramento de la unción a cien
enfermos.

PORCIÓN ELEGIDA DEL PUEBLO DE DIOS

El Señor es mi luz y salvación, ¿a quién temeré?


Con estas palabras del versículo responsorial, reflejo de los sentimien­
tos de confianza en el Señor que animan a los participantes en esta celebra­
ción jubilar, dirijo un saludo afectuoso a todos vosotros, muy amados
hermanos y hermanas enfermos, y a cuantos os cuidan con tanto amor. Es
un saludo vibrante de honda emoción y agradecimiento sincero a quienes

105
os habéis congregado en tan gran número para tomar parte activa con
vuestra presencia y fe sólida, y con el ofrecimiento precioso de vuestras
oraciones y, sobre todo, de vuestros sufrimientos, para participar en la
inmolación incruenta, sí, pero verdadera y realísima de Cristo Jesús en el
altar.
Al pasar entre vosotros he advertido una presencia especial de Cristo,
de Cristo que padeció y nos redimió con su cruz. No hay duda de que este
encuentro nuestro está verdaderamente lleno del misterio de la redención,
del acontecimiento extraordinario que tuvo lugar hace 1950 años y del que
está colgada y depende la suerte del mundo. Vuestro sufrimiento os sitúa
en el corazón de este misterio y, por tanto, os pone en el corazón del
mundo, por estar muy cerca de Cristo crucificado.
Contemplándoos, muy queridos enfermos aquí presentes, mi pensa­
miento va a todos los que, como vosotros, están en este momento afligidos
por el sufrimiento. A ellos quiero dirigirme también para expresarles mi
afecto y manifestarles el agradecimiento de la Iglesia, que ve en ellos una
porción elegida del Pueblo de Dios en camino por los senderos de la
historia hacia la morada feliz del cielo.
En efecto, el sufrimiento es una vocación, una llamada a aceptar la
carga del dolor para transformarlo en sacrificio de purificación y pacifica­
ción, ofrecido al Padre en Cristo y con Cristo por la salvación propia y
ajena.

EL DON DEL CONSUELO QUE DA EL ESPÍRITU SANTO

Hemos escuchado juntos la palabra del Profeta Isaías: "El Espíritu del
Señor me ha enviado para consolar a los abatidos", 61, 2. Sabéis cómo
Cristo aplicó a Sí mismo en la sinagoga de Nazaret esta predicción: El,
mandado por el Espíritu, es el verdadero Consolador. Él, Verbo encarnado,
que quiso sufrir y morir en la cruz llagado, sediento y desangrado. Él
puede comprender vuestro estado de ánimo, estar a vuestro lado en los
momentos de oscuridad y deciros al corazón la palabra que ilumina y
consuela.
Unido a Cristo y dejándose llevar por el Espíritu, también el cristiano
tiene capacidad de consolar a quien sufre. ¿Es que puede ser suficiente una
palabra meramente humana para encender de nuevo la luz de la esperanza
en un corazón al que parece que va a devorar la oscuridad de la desespe­
ración? No, hermanos y hermanas. Sólo lo puede el Espíritu del Señor,
como ha recordado el Profeta, que nos manda a todos consolar a los
afligidos. Nuestra palabra de "pobres hombres" sería absolutamente insu­
ficiente e inadecuada de verdad, si no tuviera la fuerza que le infunde
interiormente el soplo del Espíritu.

106
Acabamos de celebrar la solemnidad de Pentecostés y todavía nos
resuena en el corazón el eco de la hermosa invocación —una entre muchas
y sugestivas todas ellas— con que nos dirigimos a Él como al "Consolador
óptimo". El Espíritu, por tanto, el Espíritu del Padre solamente es quien da
consistencia a lo poco que nosotros hombres podemos hacer por consolar
y confrontar a los hermanos enfermos y afligidos. Esto sin duda lo sabemos
con certeza y creemos firmemente en la palabra del Señor Jesús que,
cuando estaba a punto de separarse de los suyos después de la última
Cena, prometió la venida de "otro Consolador", cf. Jn 14,16,26; 16,7. Hoy
le invocamos por vosotros, queridos enfermos.

EL DOLOR, INSTRUMENTO DE REDENCIÓN

Este consuelo, don del Espíritu, se acrecienta y transforma hasta ser gozo
del corazón. Quizá parezca una paradoja, pues, ¿cómo puede florecer la
sonrisa y la alegría en medio del dolor y del tormento de una carne
martirizada?
Sólo la fe da respuesta, como nos ha dicho en la segunda lectura el
Apóstol San Pedro: con su resurrección Jesucristo nos ha regenerado a una
esperanza viva y nos ha garantizado una herencia inalterable. Por ello
"rebosamos alegría, si bien ahora debemos sufrir todavía un poco". La
aflicción se convierte entonces en prueba permitida por Dios con vistas a
un bien mayor, es fuente de mérito y constituye un paréntesis breve que se
abre a la perspectiva de la salvación definitiva que nos hace "exultar de
gozo indecible y glorioso", cf. 1 Pe 1,3-9.
Para quien la acepta con fe y soporta con amor, la enfermedad une
místicamente a Cristo, "Varón de dolores", y llega a ser precioso instru­
mento de redención para los hermanos. ¡Qué horizonte sin fin se abre a los
ojos de quien la sabe comprender, aceptar y ofrecer con fe y amor! ¡Qué
función de importancia decisiva en la historia de la humanidad se atribuye
a quien sufre!
Con esta óptica ya se puede entender que la fe consiga conciliar y hacer
coexistir los padecimientos del dolor en sus muchas formas y el consuelo
del gozo íntimo.

"SEÑOR, SI QUIERES PUEDES SANARME"

En el texto evangélico que hemos oído se narra el milagro de la curación


del leproso, Mt 8,1-4: "Señor, si quieres puedes sanarme".
Cada uno de nosotros debe hacer suya esta invocación: Como aquel
pobre desgraciado, rechazado por la sociedad, se postró ante el Señor,
también cada uno de nosotros debe dirigirse con fe a Él, médico celestial,
que es también el "Redentor del hombre" y tiene poder de sanar nuestras

107
varias y diversas enfermedades, pero en todo caso reales y urgentes: desde
las enfermedades físicas, a los males morales que son los pecados. Volvien­
do a tomar, pues, la invocación del leproso del Evangelio, todos juntos le
suplicamos:
— en primer lugar por vosotros, amados hermanos y hermanas enfermos
aquí presentes y los que no habéis podido dejar el lecho del dolor a
causa de la enfermedad, para que os consuele con el don de su Espíritu
y os inunde de alegría;
— después y en particular, por vosotros, hermanos y hermanas, que vais
a recibir el sacramento de la unción de los enfermos es esta celebración
jubiliar; para que la gracia que os confiere este sacramento os dé luz,
fuerza y consuelo en abundancia;
— también pediremos por quienes se dedican por vocación y profesión a
los cuidados sanitarios, para que cada día les dé fuerza en su servicio
que es sacrificio;
— y, en fin, lo invocaremos por todos los hijos de la Iglesia, para que al
tener noticia de esta especial celebración jubiliar, acojan su "valor
ejemplar" y recuerden siempre el deber de atender a cuantos están
afligidos y cumplir así el mandamiento supremo de la caridad.
Señor Jesús, médico celestial de las almas y de los cuerpos. Redentor
universal del hombre y de la humanidad, acoge éstas nuestras súplicas y
atiéndelas. Amén.
L'Osservatore Romano, 1983,24,2.

El sufrimiento, participación en la cruz de Cristo y servicio


a los hombres

Discurso a los enfermos, ancianos y


minusválidos, en la casa de la Misericordia
de Viena.
Domingo 11 de septiembre de 1983

¡Queridos enfermos!
¡Queridos hermanos necesitados de atención, los que estáis aquí en la
Casa de la Misericordia, en los hospitales, asilos y residencias de toda
Austria!
EL DOLOR: TESTIMONIO Y "PREDICACIÓN"

Esta hora de mi visita a Austria debe estar dedicada totalmente a vosotros.


Quiero estar con vosotros como mensajero de Cristo que quiere daros
alegría y como alguien que durante algunas semanas ha sido vuestro

108
compañero de sufrimientos. El arte médico y los cuidados de los especia­
listas me han devuelto la salud por voluntad divina. Así me presento hoy
ante vosotros como alguien sano, pero no como alguien extraño. Esforcé­
monos por que no existan abismos entre nosotros y vosotros, entre los
sanos y los enfermos.
Es posible que a veces tengáis miedo de ser una carga para nosotros.
Es posible incluso que se os haya dicho o hecho sentir lo que en efecto sois.
Si esto es así, deseo pediros perdón. Es cierto que nos necesitáis, que
necesitáis nuestra ayuda y cuidados, nuestras manos y nuestro corazón.
Pero también nosotros os necesitamos a vosotros. Debéis permitir que se
os dé mucho. Pero también vosotros nos dais mucho.
Vuestra condición de enfermos nos hace tomar conciencia de la fragi­
lidad de la vida humana, sus peligros y sus límites; nos hace tomar concien­
cia de que no se puede hacer todo lo que uno se propone; de que no se
puede concluir todo lo que se ha comenzado. Lógicamente os alegráis por
todas las cosas hermosas que habéis vivido y las cosas buenas que habéis
hecho; también debéis dar gracias por todo eso. Pero ahora veis todo esto
bajo una luz nueva y son muchas las cosas que valoráis de forma diversa a
como lo hacíais antes. Ahora sabéis mejor lo que es realmente la vida y ese
conocimiento y esa sabiduría de la vida, acrisolada y madurada en vuestro
dolor, podéis transmitírnosla a nosotros mediante todo lo que nos decís,
mediante todo lo que vivís actualmente y mediante el modo en que lo
soportáis. El Papa os da las gracias por esta "predicación" que vosotros nos
hacéis mediante el dolor que soportáis pacientemente. Esa predicación no
la puede sustituir pùlpito alguno, ninguna escuela, ninguna lección. Las
habitaciones de los enfermos prestan a un pueblo un servicio que no es
menor que el de las aulas o las salas de conferencias.

LA TERCERA EDAD: SABIDURÍA Y AYUDA PARA LOS MÁS JÓVENES

En el centro de vuestra vida actual está la cruz. Muchos huyen de ella. Pero
quien pretende escapar de la cruz no encuentra la verdadera alegría. Los
jóvenes no pueden ser fuertes ni los adultos permanecer fieles si no han
aprendido a aceptar una cruz. A vosotros, queridos enfermos, os ha sido
puesta sobre los hombros. Nadie os ha preguntado si la queréis. Enseñad­
nos a nosotros, los sanos, a aceptarla a su debido tiempo y a cargar
valientemente con ella, cada cual a su modo. Es siempre una parte de la
cruz de Cristo. Lo mismo que Simón de Cirene, también nosotros hemos
de cargarla con Él un trecho del camino.
Y ahora os miro especialmente a vosotros, los que estáis doblados por
el peso de los años y sufrís los achaques y limitaciones de la vejez. También
vosotros necesitáis nuestra ayuda y, con todo, sois también vosotros los

109
que nos la prestáis. Nosotros continuamos construyendo sobre la base de
vuestro trabajo, de vuestro esfuerzo, de todo lo que habéis invertido en
cierto modo por nosotros. Necesitamos vuestra experiencia y vuestro jui­
cio. Necesitamos vuestra experiencia de fe y vuestro ejemplo. No tenéis por
qué aislaros de nosotros. No tenéis por qué permanecer fuera, a las puertas
de nuestros hogares y a las murallas de nuestro mundo. ¡Formáis parte de
nosotros! Una sociedad que se desentiende de los ancianos no sólo renega­
ría de su propio origen sino que se sustraería a su futuro.
Ni los enfermos ni los ancianos son elementos marginales de la socie­
dad. Más bien pertenecen esencialmente a ella. Todos nosotros somos
deudores suyos. En esta hora quiero daros las gracias a todos los que
ofrecéis vuestro dolor y vuestra oración por las muchas miserias y necesi­
dades de la humanidad. Lógicamente también los sanos deben orar: pero
vuestra oración tiene un peso especial. Vosotros podéis invocar y hacer
bajar del cielo torrentes de bendiciones sobre el círculo de vuestros familia­
res, sobre vuestra patria y sobre todos los hombres que necesitan la ayuda
de Dios. El hombre no puede alabar y adorar a Dios aquí en la tierra de
forma más auténtica que cuando lo hace con un corazón que sigue creyen­
do en la sabiduría y el amor divinos incluso en medio del dolor. Un
sufrimiento soportado con paciencia se convierte en cierto modo en ora­
ción y en fuente fecunda de gracia. Por ello quiero pediros a todos vosotros:
convertid vuestras habitaciones en capillas, contemplad la imagen del
Crucificado y pedid por nosotros, ofreced sacrificios por nosotros, también
por la actividad del Sucesor de Pedro que confía de un modo muy especial
en vuestra ayuda espiritual y os bendice a todos de corazón.

LA NOBLEZA Y DIGNIDAD DE TODA VIDA HUMANA

En nuestro encuentro de hoy pienso también de un modo especial en


aquellos de entre vosotros que sufren desde su infancia enfermedades tales
que apenas si pueden desarrollar sus capacidades corporales e incluso
espirituales. Pienso en las personas que están inválidas por causa de algún
accidente o enfermedad fatal. Pienso en aquella forma de ir envejeciendo
que lleva consigo el enajenamiento progresivo frente al ambiente y los
otros hombres; en aquellos ancianos que no pueden continuar transmitien­
do la sabiduría de su vida ni percibiendo el servicio de amor. La visión de
estas personas a las que ha ocurrido algo tan decisivo nos sitúa frente al
siguiente interrogante: "¿En dónde reside realmente la dignidad del hom­
bre?".
La nobleza del hombre consiste en que Dios lo ha llamado a la vida: en
que le ha dicho sí y lo ha acogido y en que lo llevará a la plenitud total junto
a él. ¿No es por consiguiente toda vida humana fundamentalmente frag-

110
mentaria y deficiente en vista de la obra acabada de Dios? Sobre sanos y
enfermos, animosos y cansados, los que se pueden mover y los impedidos,
los espiritualmente despiertos y los dormidos se proyecta el sí paternal de
Dios que hace de cada uno de sus días un paso en el camino hacia la
perfección; y por ello digno de ser vivido.
Queridos austríacos, que el Señor pueda decir algún día de vuestro
comportamiento frente a vuestros enfermos e impedidos, en los que Él sale
en último término a vuestro encuentro: "Era un peso y me llevasteis a
hombros; era un inútil y me valorasteis; estaba desfigurado y reconocisteis
mi dignidad; estaba enfermo antes de nacer y me disteis vuestro sí", cf. Mt
25, 35 ss.

EL AMOR FRATERNAL

Enfermos y ancianos, impedidos y personas necesitadas de cuidados nos


muestran de modo muy especial cuánto dependemos unos de otros y cuán
profundamente estamos vinculados unos a otros. Ellos exigen nuestra
solidaridad y nuestro amor fraterno más extremo. Cuando los enfermos no
son ya capaces de percatarse de la ayuda que se les presta y responder a
ella agradecidos, se manifiesta cuán desinteresado y dispuesto al sacrificio
debe ser ese amor servicial. La enfermedad y el sufrimiento son siempre
una prueba difícil. Pero, por muy contradictoria que pueda parecer esta
afirmación, un mundo sin enfermos será un mundo más pobre. Más pobre
en compasión viva hacia los otros hombres; más pobre en amor desintere­
sado e incluso heroico. Por ello, con todas las personas enfermas y necesi­
tadas de cuidados de Austria doy las gracias de corazón en estos momentos
a todos los médicos, a todas las enfermeras y auxiliares que llevan a cabo
su servicio con fidelidad y entrega en esta "Casa de la Misericordia" y en
todo el país. Gracias a todos los que en este lugar y en los otros hospitales,
asilos y familias contribuyen mediante su compromiso personal sacrifica­
do a mitigar el dolor, curar las enfermedades y a volver a llenar el ánimo
de los ancianos de coraje y confianza.
Una palabra sincera de aliento dirijo a las madres y padres que atien­
den y aman a su hijo enfermo, quizá impedido de por vida, con gran
espíritu de sacrificio y a veces incluso en medio de un ambiente incapaz de
comprender; a aquellos que constituyen un apoyo amoroso para sus pa­
dres ancianos y soportan además limitaciones con el fin de pagar agrade­
cidos algo del amor desinteresado que recibieron un día de ellos.
Mi agradecimiento no es sólo un deseo. Tenéis además la promesa de
Jesucristo que vino a servir y a curar lo que estaba enfermo. Lo que habéis
hecho al más pequeño de sus hermanos, se lo habéis hecho a Él, cf. Mt. 25,
40. Él es vuestra fuerza; Él es vuestra paga. Él es —si os abrís a ello— la
alegría serena en medio de vuestra actividad.

111
Cristo es también el consuelo en vuestro dolor, queridos hermanos y
hermanas enfermos y necesitados de atención. Él, que está al lado de los
mensajeros de su amor en la realización de su servicio, está también a
vuestro lado en vuestras necesidades. Vosotros estáis unidos con Él de un
modo especial. Él, que curó a los que sufrían, sufrió también Él mismo.
Soportó el más absoluto abandono para que nosotros no estemos nunca
abandonados. ¡Él, Cristo, nuestro Señor y Salvador, sea siempre con voso­
tros y os bendiga a todos en su misericordia y amor infinitos!
L'Osservatore Romano, 1983,39,5-6.

Ofreced vuestro sufrimiento por la reconciliación de Chile

Un emotivo encuentro sostuvo el Santo


Padre con los enfermos y los ancianos en el
Hogar de Cristo en Santiago de Chile, el día
3 de abril de 1987. Impartió su bendición
especialmente a los trece enfermos
terminales que permanecieron en esta
fundación de beneficencia, creada en el año
1944 por el padre Alberto Hurtado. En los
patios se encontraban los ancianos junto a
los minusválidos en estado grave, quienes
expresaban con gestos nerviosos su
impaciencia por estar cerca del Papa. Los
enfermos terminales aguardaban la
bendición del Vicario de Cristo en la sala
"Padre Hurtado". Un vez que bendijo a los
enfermos desahuciados, el Santo Padre leyó
su mensaje en un costado del patio, bajo una
cubierta amarilla que le protegió del sol.
Finalizando su mensaje, el Sumo Pontífice se
despidió de los enfermos y abandonó el
lugar.

Amadísimos hermanos y hermanas:


En el curso de mi visita pastoral a la Iglesia en Chile no podía faltar este
encuentro con los enfermos y con el personal que los asiste. Es para mí un
deber, que siento de veras en mi corazón de Pastor, venir hasta vosotros,
que sois la parte redil de la Iglesia más probada por el dolor, y hacerla
objeto de una especial expresión de afecto. Y junto con vosotros, hermanos
enfermos de esta sección del Hogar de Cristo, tengo también presentes en
mi pensamiento, con inmenso cariño, las demás secciones de esta gran

112
iniciativa de caridad que dejara asentada en Chile el Siervo de Dios Padre
Alberto Hurtado Cruchaga, de la Compañía de Jesús; tengo presentes a los
ancianos y a los niños que aquí han encontrado su hogar; pienso también
en todos los enfermos de Chile que se hallan en este momento en los
hospitales, clínicas y asilos, así como a los que se encuentran en sus propias
casas asistidos por sus familiares. A todos os quiero expresar mi amor en
Cristo y mi cercanía en el sufrimiento, pues, como miembros de la misma
Iglesia de Cristo, "si sufre un miembro todos los demás sufren con él", 1
Cor 12,26.
Mi presencia entre vosotros la inspira también el ferviente deseo de
consolaros en vuestra tribulación y dar así testimonio de que Dios, el Padre
de Nuestro Señor Jesucristo, es "el Padre de las misericordias y Dios de
todo consuelo", 2 Cor 1, 3. El amor que nos une, la fe y la esperanza que
compartimos, son "el consuelo con que nosotros somos consolados por
Dios", 2 Cor 1,4.
Consciente de esto, la comunidad cristiana, la Iglesia en Chile, ha de
dar testimonio de especial predilección por sus miembros sufrientes. La
Iglesia demuestra su vitalidad por la magnitud de su caridad. No existe
mayor desgracia para ella que el enfriamiento de su amor. La Iglesia no ha
de ahorrar esfuerzo en mostrar entrañas de misericordia hacia los más
necesitados y hacia todas las personas víctimas del dolor; aliviándolos,
sirviéndolos y ayudándolos a dar un sentido salvifico a sus sufrimientos.
También en esto nos ilumina la figura del Padre Hurtado, hijo preclaro de
la Iglesia y de Chile. Él veía a Cristo mismo en sus niños desamparados y
en sus enfermos. ¿Podrá también en nuestros días el Espíritu suscitar
apóstoles de la talla del Padre Hurtado, que muestran con su abnegado
testimonio de caridad la vitalidad de la Iglesia? Estamos seguros que sí; y
se lo pedimos con fe.
A vosotros, queridos enfermos de todo el país, confío esta intención.
Que vuestra plegaria, que es participación en la cruz de Cristo, llegue hasta
Dios y que Él siga derramando en abundancia la gracia que renueve el
ardor de caridad en la Iglesia de Chile, y suscite vocaciones de entrega
generosa a los hermanos más necesitados. ¡Cuántos jóvenes han descubier­
to su vocación de consagración total a Dios precisamente en los ambientes
de dolor, asistiendo a los enfermos!
Vosotros, los probados por el sufrimiento, sois piedras vivas, apoyo de
la Iglesia. Por eso os repito hoy la exhortación que hacía en mi Carta
Apostólica Salvifici doloris: "Os pedimos a todos los que sufrís, que nos
ayudéis. Precisamente a vosotros, que sois débiles, pedimos que seáis una
fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad" (n. 31).
El misterio de la compasión encuentra en el corazón de la madre una
infinita capacidad de acogida. Volvemos por ello nuestros ojos confiados a

113
María, consuelo de los afligidos, para que, como mujer fuerte a los pies de
la cruz de Jesús, siga intercediendo por sus hijos más necesitados hacién­
doles sentir su solicitud maternal.
Al renovar mi expresión de caridad hacia todos vosotros y mi confian­
za en el valor salvifico de vuestro dolor, os pido que ofrezcáis vuestro
sufrimiento por la reconciliación de la gran familia chilena: para que reine
el amor entre todos y para que en el mundo fluya como un río la paz.
A todos los enfermos de Chile, a sus familias, y a cuantos con abnega­
ción y espíritu cristiano se dedican a su asistencia, imparto con afecto mi
Bendición Apostólica.

Ju a n P ablo II en Chile. El Mercurio,


8 de abril de 1987, p. 13.

Proyecto "Esperanza"

Discurso en el Instituto
Polaco-Norteamericano de Pediatría en
Cracovia. 13 de agosto de 1991.
El Papa saludó al Presidente de Polonia S.E.
Lech Walesa y su señora; a los
representantes de los Estados Unidos,
encabezados por el señor Ed Derwiński.
Participaron también representantes del
Congreso estadounidense, guiados por el
señor Dante B. Fascell, miembros del consejo
Administrativo de la Fundación "Project
Hope" y el rector de la Academia Médica de
Cracovia, profesor Andrzej Szczeklik.

En los momentos difíciles, mirad a Cristo crucificado


Como sabéis, estoy comenzando la segunda fase de mi peregrinación
de este año a mi patria. Esta vez dirijo mis pasos de peregrino a Jasna Góra,
para encontrarme, a los pies de la Reina de Polonia y Madre de la Iglesia,
con los jóvenes que han venido de todo el mundo con ocasión de su fiesta.
Peregrinando desde Roma a Częstochowa no podía olvidar Cracovia
y el monte Wawel, auténtico santuario de nuestra historia.
Con todo, la Providencia divina ha hecho que dirigiera los primeros
pasos a lo largo del sendero de esta peregrinación hacia un hospital, más
precisamente, al hospital de niños; por tanto, a un santuario particular de
sufrimiento humano, al misterio del sufrimiento humano. Agradezco,
pues, a Dios este encuentro. Agradezco a los organizadores y a los niños su

114
invitación. No considero mi presencia en este hospital como una mera
etapa, sino como una verdadera estación, estación en el sentido religioso y
eclesial; por consiguiente, como un encuentro de personas humanas con
Dios, con un misterio particular, a fin de vivirlo como una purificación y
una preparación para la estación siguiente.
¿Hay algo que purifique y acerque a Dios omnipotente y santo más que
el sufrimiento y el sacrificio del hombre inocente? Para pronunciar estas
palabras es necesario tener en el propio corazón a la Persona de Cristo, el
Hijo de Dios, y su misterio pascual, el misterio de la redención... "porque
con tu santa cruz has redimido al mundo".
Con este espíritu San Pablo acepta sus propias enfermedades, necesi­
dades, ultrajes y persecuciones, porque "la fuerza (de Dios) se muestra
perfecta en la flaqueza" Co 12,9. La flaqueza humana injertada, mediante
la fe, en el misterio de Cristo, llega a ser fuente de la fuerza de Dios. Por eso,
el Apóstol escribe: "Cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte", 2
Co 12,10.
Por consiguiente, si se acoge con espíritu de fe, el sufrimiento del
hombre, el sufrimiento de los hombres, que no se puede evitar, es fuente
de fuerza para quien sufre y para los demás, y es fuente de fuerza para la
Iglesia y su misión salvifica. De ahí que aprecie tanto los encuentros con los
enfermos; por eso, cuento mucho con los frutos de su dolor y flaqueza.
Deseo transmitiros una vez más esta verdad, queridos niños que estáis
aquí en el hospital, a vuestros padres y a quienes os aman, os protegen y
os curan. Quiero transmitirla a todos mis paisanos que sufren en sus casas,
en los hospitales y en los diversos institutos, a todos los enfermos y a los
que sufren en el mundo entero.
El hombre teme el sufrimiento, quiere rechazarlo, evitarlo, del mismo
modo que Cristo mismo temía su pasión y muerte; y tiene no sólo el
derecho, sino también la obligación de hacerlo así. No obstante, el sufri­
miento existe en el mundo y nos aflige.
Sé, queridos niños, que junto con vuestros padres, deseáis acogerme en
vuestras casas, en una iglesia, en una escuela, o en un campo de deportes,
gozando de buena salud y en pleno vigor. Me habéis invitado a un hospital
que de momento sustituye a vuestra verdadera casa, a fin de que podáis
volver sanos a ella y a vuestra familia. Formulo votos de todo corazón por
esta salud y ruego por ella. Ruego por el reflejo sano de vuestros ojos, por
vuestra sonrisa plena de alegría y por vuestra felicidad. Pido que, a pesar
de la enfermedad, os sintáis bien en este hospital, que encontréis personas
que os amen; que encontréis médicos sabios, enfermeros y enfermeras
diligentes, buenos amigos y amigas.
En los momentos más difíciles, cuando os sintáis mal, o estéis melan­
cólicos, mirad a Cristo crucificado, que resucitó. Su madre estaba a los pies

115
de la cruz. A esta Madre, que es también nuestra la voy a visitar mañana
en Jasna Góra, y os llevaré a ella; llevaré vuestros sufrimientos, oraciones
y deseos, y todo lo que deseo para vosotros.

TRIUNFO DE LA SOLIDARIDAD

Nos hallamos en las grandes estructuras hospitalarias que han nacido del
amor y la solidaridad humana. Aquí se hace tanto bien. Devolver al
hombre su salud, devolver el hombre a la vida. Todo esto es el signo
evangélico de la vida eterna y de la vocación del hombre en Dios a esta
vida.
Así hacía Cristo, utilizando el poder divino; así hacéis también voso­
tros, utilizando la ciencia, la capacidad y sabiduría humanas, acompaña­
das por la gracia. Por este motivo vuestro instituto, así como todos los de
este tipo, es un signo que da testimonio de la dignidad y el valor de la vida
humana; signo de la solicitud hacia esta vida y, en cierto sentido, signo
humano de la dimensión plena de tal vida.
Este instituto, además de su significado esencial, tiene un papel espe­
cial de símbolo. Surgió hace más de veinticinco años, en tiempos en que la
división del mundo estaba muy acentuada. Surgió a pesar de las diferen­
cias ideológicas que dividieron el mundo e, incluso, de la hostilidad fomen­
tada en estos últimos años entre Oriente y Occidente.
Diré más: esta obra se realizó por encima de todo esto y, junto con
otras, debe hablamos en voz alta a nosotros y a los hombres del mundo. El
bien del hombre se ha convertido en algo más fuerte que todo lo que le es
contrario. La solidaridad de los hombres ha vencido las divisiones y las
hostilidades. Por ello, quiero expresar aquí mi gratitud; deseo rendir mi
homenaje específico a los valores iniciadores de esta obra, a los que la
realizaron y a los que están ampliándola. ¡Están presentes espiritualmente
ante nuestros ojos todos los niños que en este hospital han recuperado la
salud y han retornado felizmente a sus hogares y a una vida normal!
Así, pues, nuestra gratitud y homenaje se dirigen ante todo a la “Polo­
nia" norteamericana en cuyo seno nació esta idea y encontró el apoyo de
parte de los miembros de la Cámara de Representantes.
No es posible mencionar aquí a todas las personas que se han distin­
guido particularmente en este campo. Sólo traeré a la memoria a un
miembro del Congreso, político eminente que desempeñó otras funciones
estatales y que mucho hizo por la "Polonia" norteamericana, el señor
Clement J. Zabłocki, de Milwaukee. Lo conocí personalmente y lo distinguí
con una alta condecoración pontificia.
Las necesidades han aumentado, y también el hospital se ha ampliado.
El gobierno norteamericano ha contribuido directamente a esta amplia­
ción. Es un hecho significativo que el señor Clement Zabłocki haya asistido

116
a la colocación de la primera piedra del Instituto de Rehabilitación, del
mismo modo que el señor George Bush, entonces Vicepresidente de los
Estados Unidos, haya inaugurado este hospital. Ruego a sus representan­
tes aquí presentes que transmitan al señor Presidente mi reconocimiento y
gratitud. Durante los trabajos de ampliación de este centro grande y mo­
derno en Prokocim, el apoyo principal provino de la fundación estadouni­
dense Project Health Opportunity to People Everywhere, a la que el Go­
bierno de los Estados Unidos designó como patrocinadora del Instituto de
Pediatría de la Academia de Medicina de Cracovia. Las primeras letras de
esta sigla forman una palabra muy significativa: hope, esperanza. El presi­
dente de la fundación, el doctor William B. Walsh, aquí presente en com­
pañía de su esposa, es su fundador. Y el director del programa polaco es su
hijo, el doctor John, amigo fiel de Polonia, quien pone todo su corazón en
el trabajo en favor de los niños. Muy interesantes son los comienzos y la
historia de esta fundación, que se presenta como la historia de la sensibili­
dad humana ante las necesidades de los demás hombres. El marco de esta
historia es la parábola de Cristo acerca del buen samaritano. Es suficiente
decir que el "Project Hope" promueve alrededor de cien programas, de los
cuales uno comprende a Polonia; en el futuro pretende difundirse a los
demás países: Checoslovaquia, Hungría, los países bálticos, Yugoslavia,
Bulgaria y Rumania. "Que Dios os lo recompense y ayude". Evidentemen­
te en toda esta obra participan también diferentes organizaciones y perso­
nas y se invierten fondos públicos y privados. De aquí que no podamos
menos de mencionar los méritos de Polonia, del Gobierno y de las institu­
ciones en diversos ámbitos, así como los de la misma Academia de medi­
cina de Cracovia y del director del Instituto polaco-norteamericano de
pediatría, el profesor Jan Grochowski, aquí presente. Perdonadme si sólo
nombro a algunos de ellos.
Gracias a dicha colaboración y solidaridad, hemos llegado ahora a la
última parte de esta gran iniciativa realizada por el "Project Hope", a saber,
el Centro ambulatorio pediátrico, que he bendecido hace un rato y que
llevará el nombre del gran amigo de Polonia, ya mencionado, Clement
Zabłocki. Y las obras no se terminan aquí, porque todavía hay nuevos
proyectos para una ulterior ampliación de este centro. He sido informado
de que, entre otras coas, se construirá un alojamiento para padres y niños.
Queridos hermanos y hermanas, todo esto es particularmente significativo
porque nos dice cuánta consideración se tiene en este hospital para las
múltiples necesidades de la persona humana, de un niño, de sus necesida­
des físicas y espirituales. Esto nos dice que con la aplicación de las conquis­
tas más modernas de la ciencia y la técnica, también se tienen en cuenta las
exigencias de la antropología integral. Que Dios bendiga esta obra y todas
las obras semejantes.

117
UNA VOCACIÓN DE SERVICIO

Gentiles señoras y señores, queridos hermanos y hermanas, permitidme


finalmente compartir con vosotros algunos recuerdos y reflexiones.
A comienzos de mi servicio pastoral me relacioné con el ambiente
médico y con todo el sector del servicio de salud. Veo a personas, entre los
aquí presentes, que conocí al principio de mi trabajo pastoral; también
personas con las que me encontré como Arzobispo de Cracovia; en fin, a
jóvenes con los que me encuentro por primera vez. He deseado y deseo
recordar a todo el personal del servicio de salud su gran vocación de servir
al hombre enfermo. En la carta apostólica Salvifici doloris, sobre el sentido
cristiano del sufrimiento humano, escribí: "¡Cuánto tiene 'de buen samari­
tano' la profesión del médico, de la enfermera, u otras similares! Por razón
del contenido "evangélico" encerrado en ella, nos inclinamos a pensar más
bien en una vocación que en una profesión" (n. 29; cf. L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 19 de febrero de 1984, pág. 15).
No cabe duda de que el trabajo del médico y del enfermero, todo
trabajo entre enfermos, es un servicio a Cristo: "Cuanto hicisteis a uno de
estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis", Mt 25,40.
La peculiaridad de la ayuda brindada al enfermo y de su curación hace
que se trate no tanto de una profesión cuanto de una vocación que, gracias
a su nobleza y a sus ideales, se relaciona con la vocación sacerdotal. Para
realizar esta clase de vocación, los valores religiosos desempeñan un papel
importante, pues refuerzan en los médicos y en todas las personas que se
ocupan de los enfermos el espíritu de un servicio auténtico a los pacientes,
impulsan a obrar en favor de una realización cada vez más digna de la
profesión y estimulan a un mayor sentido de responsabilidad hacia el bien
que se les ha confiado, que es el hombre. Por tanto, la vida religiosa
desempeña un papel importante en la realización del servicio médico y en
la curación de los enfermos. Este es el campo de la denominada pastoral de
las personas que se dedican al servicio de los enfermos. Esta pastoral quiere
llevarles el conocimiento profundo del Evangelio y de toda la doctrina de
la Iglesia, y ayudarles en su formación moral y espiritual.
Gracias a todos una vez más. Agradezco a los niños el programa que
me han preparado; doy las gracias por la pequeña rosa que se ha caído de
la cesta y que, a pesar de todo... me ha formulado votos de felicidad.
Agradezco calurosamente los buenos deseos y sobre todo el sacrificio
de vuestro sufrimiento. Os llevo conmigo a Jasna Góra y, al menos desde
lejos, a las Jornadas Mundiales de la juventud, que no sabemos aún dónde
se celebrarán.
¡Os bendigo con todo mi corazón!
L'Osservatore Romano, edición española,
N° 34, 23 de agosto de 1991, p. 2.

118
S egunda P arte
Testimonios
CONSIDERACIONES PREVIAS

í..| r,l
I al como se ha mencionado, la segunda parte de este libro contiene
J L las declaraciones de los enfermos y dolientes, quienes se encontra­
ron con el Santo Padre en Polonia y el Vaticano. Se les envió un cuestiona­
rio especial al cual tuvieron la amabilidad de responder. Dicho cuestiona­
rio fue enviado también a enfermos de diferentes países, visitados por Juan
Pablo II durante sus viajes apostólicos. En la presente selección se conside­
ró sólo las respuestas de los pacientes polacos.
Es general la convicción de que los encuentros con el Papa y sus
palabras dirigidas a los enfermos tienen un valor especial terapéutico,
puesto que indican las fuentes del sufrimiento humano, su sentido y
esencia. Durante los encuentros se crea una comunidad específica, tiene
ella un alcance mundial, por ende no sólo abarca a los enfermos que llegan
a Roma, sino también a los que viven en los rincones más alejados y
exóticos del mundo, independientemente del nivel cultural y vida, de las
lenguas y razas e incluso creencias. Los enfermos en Polonia por su natu­
ralidad se encontraron en una situación un tanto privilegiada, puesto que
guardan gratos recuerdos de Juan Pablo II como infatigable pastor de
enfermos, en aquellos tiempos antes de su elección como Papa.
Es probable que ningún médico en su vida profesional haya tenido
contactos con tal gran cantidad de enfermos como precisamente el Papa
polaco. Sabemos ya de las anteriores descripciones, que es un contacto de
carácter singular: después del discurso siempre acontece el vínculo perso­
nal del Papa con los enfermos. Es un vínculo colectivo, a veces masivo, pero
al mismo tiempo —lo que es una gran paradoja— extraordinariamente
personal. El fenómeno psicoterapèutico de Juan Pablo II estriba en que él
atrae para sí cada vez más a grandes grupos de enfermos, realiza esto con
una sistematización y perseverancia digna de admiración, y ambas partes
obtienen algo, se acercan más de manera natural, espontánea y verdadera.
En este encuentro se caen las máscaras y se llega a una franqueza de
intensidad extraordinaria. No es nada raro que algunos enfermos experi­
menten estados de conciencia transformada, cambiada.
Por lo tanto, vale la pena efectuar la descripción de estos estados.

121
captar por lo menos una simple vivencia que está presente en dichos
encuentros y seguir de cerca los efectos de largo alcance sobre la base de
los ejemplos seleccionados de este experimento excepcional. Parece que a
través del análisis individual se podrá comprender completamente el mis­
terio y sentido de los esfuerzos pastorales de Juan Pablo II, dedicando sus
grandes reflexiones a la gente doliente.
El principal fin de este libro —confirmado por los enfermos— es la
respuesta al Santo Padre. Expresarle que su asistencia y sus palabras calan
profundamente, agradecerle por esto.
Encuesta
A finales de 1983-1984 se preparó y difundió por la prensa católica de
circulación general Tygodnik Powszechny - "Semanario Universal", Niedzie­
la - "Domingo", Królowa Apostołów - "La reina de los Apóstoles", Apostols­
two Chorych - "El Apostolado de los Enfermos", una encuesta con el siguiente
contenido:
Cracovia, 21.10.1983.
Departamento Caritativo
de la Curia Metropolitana
de Cracovia
Para los enfermos y dolientes, que participaron en los encuentros con
el Santo Padre Juan Pablo II.
El Santo Padre Juan Pablo II se encontraba entre nosotros, nos transmi­
tió sus palabras de aliento y esperanza, nos dejó su corazón. Ora por
nosotros cotidianamente.
El Santo Padre espera nuestra respuesta a sus palabras. Es por eso que
nos dirigimos a todos los enfermos y dolientes que se encontraron con el
Santo Padre solicitándoles cortésmente una opinión sobre este tema. Sin
limitar la libertad de opinión, pedimos los datos del lugar y la hora del
encuentro con el Papa y todas las circunstancias relacionadas con el en­
cuentro. Serán muy valiosas las informaciones acerca de las experiencias y
sensaciones adquiridas del encuentro mismo con el Papa. Solicitamos,
además, los datos básicos de su enfermedad o dolencia y los motivos de las
gestiones para participar en el encuentro con el Pontífice. De qué modo este
encuentro, especialmente las palabras, gestos y el influjo espiritual del
Santo Padre actuaron sobre el posterior curso de la enfermedad, estado de
ánimo, de fe, la predisposición para vivir. De qué manera experimentaron
el vínculo espiritual con el Santo Padre durante el atentado a su vida y
durante su enfermedad.
Las opiniones obtenidas por esta vía serán aprovechadas en el libro:
"Juan Pablo II y los enfermos. El dolor tiene mil rostros", cuya primera

122
parte tendrá una selección de homilías y sermones del Santo Padre pronun­
ciados para los enfermos durante sus peregrinajes. La segunda parte del
libro una respuesta colectiva y agradecimiento presentado por el encuen­
tro vivido en comunidad.
De acuerdo a vuestro criterio se puede guardar el anonimato de la
opinión. En tales casos sería menester que se indique la edad, sexo y
profesión o grado de instrucción. Si existieran dificultades para escribir el
relato prestaríamos nuestra asistencia con el fin de registrar la conversa­
ción sobre este tema.
Se distribuyó la encuesta por intermedio de los correspondientes de­
partamentos caritativos de aquellos centros cuyos enfermos, minusválidos
y personas con deficiencia física participaron en los encuentros organiza­
dos con Juan Pablo II durante los dos peregrinajes a Polonia en 1979 y 1983.
Gracias a la cooperación del Departamento Caritativo de la Curia
Metropolitana de Cracovia, en abril de 1984 la encuesta fue traducida al
inglés, francés, alemán y español y se envió a los países en los cuales el
Santo Padre se encontró con los enfermos durante sus viajes apostólicos.
Hasta fines de 1984 se recibieron por correo ciento cincuenta y cinco
relatos del interior de Polonia y algunas decenas de respuestas de diferen­
tes países, en especial del Japón, Inglaterra, Francia y RFA.

Características de los encuestados

Sobre la base del análisis minucioso de cada relato se establecieron los


datos personales de sus autores: sexo, edad, grado de instrucción y profe­
sión, informaciones de la enfermedad o mutilación y las circunstancias y
lugar del encuentro con el Santo Padre. Una gran mayoría de personas no
guardó el anonimato y permitió que se publicaran sus nombres y apellidos.
Unicamente en tres casos se mantuvo el anonimato.
Sexo. Entre los que respondieron las respuestas hay 118 mujeres y 37
varones.
Edad. La edad oscila entre 15 y 95 años. El promedio de edad en el
grupo de las mujeres alcanza a 54.8 años y en el grupo de los varones a 50.7
años, y para todo el grupo alcanza a 52.76 años; 59 personas en el grupo de
edad hasta los 50 años, y 96 personas en el grupo de más de 50 años, en esto
13 personas de más de 80 años de vida.
Grado de instrucción y profesión. El análisis de las opiniones enviadas
permitió establecer que sus autores tenían el siguiente grado de instruc­
ción:
— carencia de grado de instrucción básica o dos a tres cursos de la escuela
básica, 20 personas;

123
— grado de instrucción básica, 84 personas;
— grado de instrucción media, general o profesional, 39 personas;
— grado de instrucción superior, 9 personas.
En el grupo sin instrucción predominan las personas del medio cam­
pesino y personas minusválidas de nacimiento imposibilitadas de seguir
una instrucción de modo normal, por ejemplo: la enfermedad de Heine-
Medina, deformaciones de la columna vertebral y parálisis incompleta, etc.
En el grupo de instrucción media y superior la mayoría de las personas
procede de los centros urbanos. Algunos de ellos, a pesar de serias afeccio­
nes o limitaciones en sus movimientos, lograron terminar la escuela media,
e inclusive estudios superiores; en muchos casos con estudios individuales.
Desde el punto de vista profesional los encuestados representan la
siguiente composición:
— sin profesión, 54 personas;
— profesión de agricultor, 26 personas;
— oficio de obrero o artesano, 29 personas;
— empleados intelectuales, 29 personas;
— otras profesiones, 13 personas, entre ellas 3 enfermeras, 2 economistas,
un maestro, una estudiante de teología, una monja, un sacerdote, un
plástico, un historiador, un médico con grado de doctor. En tres casos
no se pudo establecer el grado de instrucción o profesión.
A pesar de que alrededor de 2/3 de los encuestados obtuvieron diver­
sas profesiones, en el momento de responder la encuesta 16 personas
trabajaban activamente en sus profesiones con un tiempo completo o
parcialmente. El resto gozaba de sus rentas, jubilaciones o residían en los
hogares de ayuda social.
Tiempo de duración de la enfermedad. Se estableció que 24 personas
son enfermos o minusválidos desde su nacimiento; en cambio 110 personas
son enfermos de manera crónica desde algunos años y en ocasiones dece­
nas de años. Llama la atención que hasta 21 personas están enfermas
constantemente o con pausas de más de 40 años. Sólo unas cuantas perso­
nas informaron que la enfermedad o mutilación apareció hace unos años.
Información sobre la enfermedad o mutilación. La descripción de sus
enfermedades o mutilaciones ocupa un lugar destacado en la encuesta. En
muchos casos se dan las historias detalladas de la enfermedad con la
inclusión de los reconocimientos médicos, el proceso del tratamiento y las
operaciones. En estas encuestas el relato del encuentro con el Santo Padre
es un buen episodio compuesto de un análisis minucioso de sus propios
sufrimientos. También hay narraciones variadas, en las que la descripción
de la enfermedad propia se limita a una o pocas palabras que determinan
su importancia.
Se aceptó el principio de considerar en cada persona la enfermedad

124
principal, del reconocimiento o diagnóstico general, con omisión de las
demás enfermedades. Sin embargo, debe señalarse que en muchas perso­
nas a la enfermedad principal acompañan dos o más afecciones adiciona­
les. Se comprende fácilmente que en estos casos la intensificación del
sufrimiento subjetivo y las limitaciones del funcionamiento autónomo son
especialmente grandes.
Aceptando las mencionadas simplificaciones, se estableció que los
autores de los relatos enviados están afectados con las siguientes enferme­
dades o mutilaciones, las que se registraron según la frecuencia de la
presentación:
— reumatismo inicialmente crónico y enfermedad reumática, 31 perso­
nas;
— enfermedades crónicas o progresivas de los órganos, enfermedades del
corazón, vasos sanguíneos, hipertensión, enfermedades del hígado,
estómago, duodeno, etc., 25 personas;
— parálisis o paresis incompleta de las extremidades, 24 personas;
— amputación post-traumática, tales como carencia de extremidades,
joroba, 21 personas;
— secuelas de la poliomielitis, 11 personas;
— estados neuróticos, 9 personas;
— enfermedades psíquicas, 5 personas;
— esclerosis múltiples, SM, arteriosclerosis del cerebro y cáncer, cada
enfermedad 4 personas.
Casos particulares son: enfermedad de Little, ceguera, dermatosclero-
sis.
En tres personas dominan los disturbios relacionados con la perma­
nencia en campos de concentración y en un caso con trastornos psíquicos
adquiridos durante la guerra.
Como se puede apreciar, los relatos recogidos proceden de personas
con enfermedades serias, permanentes o crónicas, que en mayor grado
limitan o imposibilitan la capacidad de una vida independiente.
Es necesario subrayar que hasta 35 personas de este grupo están
obligadas a utilizar la silla de ruedas. Algunos enfermos, afectados por el
deterioro del aparato motor, no pudieron escribir y dictaron sus relatos a
terceras personas. Dos personas escribieron sujetando el bolígrafo con el
pie o la boca.
Circunstancias y lugar del encuentro. Las respuestas de los enfermos
llegaron de diferentes partes de Polonia, siendo la mayor parte de Cracovia
y de la provincia cracoviana, Poznań y sus provincias, de Silesia Wrocław,
Katowice, Częstochowa y Varsovia.
La mayoría de los enfermos se encontró con el Papa durante ceremo­
nias especialmente organizadas en las iglesias; en Błonie, pradera cracovia-

125
na, o en los estadios. Algunos, a pesar de su estado de salud grave,
realizaron grandes esfuerzos trasladándose desde localidades lejanas al
lugar de los encuentros. La descripción de estos viajes testimonia el ex­
traordinario sacrificio de los pacientes y el cuidado de sus tutores. Para
algunos estos viajes fueron los únicos y los más largos realizados en su
vida. A veces en situaciones que parecían ser imposibles, el viaje se efectuó
exitosamente, incluso contra la previsión de los escépticos.
De acuerdo a lo previsto, también se recibieron relatos de los enfermos
que no tuvieron la ocasión de un contacto directo con el Santo Padre. Tal
como ellos mismos lo expresaron se comunicaron con el Papa espiritual­
mente, escuchando los discursos por intermedio de la radio o televisión, y
también a través de la lectura, hay 50 relatos de este tipo. Además se
obtuvieron 8 respuestas de pacientes que se encontraron personalmente
con el Papa en el período de su servicio pastoral antes de su elección a la
Sede Apostólica.
Grupo aparte lo constituyen las experiencias de los enfermos que
participaron en conjunto o individualmente en las peregrinaciones al Vati­
cano. Se obtuvieron 15 narraciones, entre ellas 11 de los participantes del
peregrinaje de los enfermos y ex prisioneros de los campos de concentra­
ción, organizado por la fundación británica Ryder-Cheshire en abril de
1984.
Omitiendo los casos excepcionales, el grupo principal de los encuesta-
dos se encontró con el Santo Padre en los siguientes lugares: en Cracovia
durante el primer y segundo peregrinajes, 1979 y 1983, 27 personas; en
Poznań, 16 personas; en Varsovia durante el primer y segundo peregrina­
jes, 10 personas en Wrocław, 9 personas; en Katowice, 8 personas; en
Częstochowa, 7 personas; en la Montaña de Santa Ana, 4 personas y en
Niepokalnów, 1 persona.
Todos los enfermos tuvieron la posibilidad de prepararse de antema­
no, les organizaron el transporte y tutores individuales y les garantizaron
buenas condiciones en el mismo lugar del encuentro. Les asignaron pues­
tos especiales en las iglesias o en los lugares abiertos. Błonia, estadios.
La mayoría de los enfermos pudo entrar directamente en contacto con
el Santo Padre, conversar con él, entregarle algunos pequeños regalos, pero
dependiendo del tiempo y lugar de los encuentros. En muchos casos el
contacto en grupo sólo fue posible tomando cierta distancia.
Forma y volumen de las respuestas. La encuesta redactada garantizó
completa libertad de opinión. En relación a su forma y volumen, los relatos
obtenidos son diferentes y cuentan desde una hasta decenas de folios.
Algunos se distinguieron por su extensión que abarca a decenas de folios
escritos a máquina. Son opiniones del tipo de memorias con valores clara­
mente literarios. A los autores de estas narraciones se les alentó para su

126
publicación en forma completa. Cerca de treinta exposiciones se distin­
guieron por su forma concreta e inclusive lacónica. Todo el contenido está
en uno o dos folios de manuscrito y abreviadamente sólo responden a las
preguntas de la encuesta. Sus autores con frecuencia son personas de bajo
nivel de instrucción o sin instrucción. Para algunas personas el hecho de
responder a la encuesta resultó ser la primera experiencia de escribir en
forma independiente, en su vida, o en el lapso de estos numerosos últimos
años.
De algunos textos únicamente se pudo deducir el gran esfuerzo que les
costó transmitir sus pensamientos y sentimiento al papel. Las dificultades
características de la escritura en muchos casos permitieron determinar la
enfermedad o la clase de afección psicomotora.
Algunas respuestas están rimadas, y dos relatos están escritos en verso.
En seis casos anexaron fotografías de los autores, durante el encuentro con
el Papa, o en otras circunstancias.
Muchos solicitaron la posibilidad de envió a domicilio o compra de
uno o muchos ejemplares del libro preparado. Otras personas informaron
que estarían de acuerdo con hacer llegar sus memorias o crónicas en las que
sistemáticamente registran sus reflexiones, pensamientos relacionados con
los viajes y discursos de Juan Pablo II.
Entre los relatos descritos hay textos sueltos, copiados de revistas o
libros, vinculados temáticamente con el servicio de Juan Pablo II a los
enfermos.
La mayoría de las respuestas a las encuestas se envió en forma indivi­
dual. En algunos casos se mandaron en paquete conteniendo unas decenas
de relatos de diferentes personas residentes en la misma casa de asistencia
social Wrocław, del centro de tratamiento-rehabilitación, Kobierzyce,
Konstancin, Radzymin; o de la parroquia Poznań, Kościan. Estos envíos
contienen una carta adjunta de los tutores o del superior, donde se aclaran
las condiciones en las cuales se realizaron los encuentros con el Santo Padre
y de qué manera fue recibida la encuesta. Dichas cartas explican las formas
y el medio en que viven los enfermos y por ende facilitan una mayor
comprensión de sus opiniones.
Los enfermos y su actitud ante la encuesta. Todos los que respondieron
mostraron una disposición favorable frente a la encuesta. Lo expresaron
directamente con satisfacción y agradecimientos o indirectamente mos­
trando diferentes reacciones de afecto. Algunos, sin rodeos, confesaron que
el hecho de responder liberó la necesidad de relatar lo que desde hace
tiempo sentían y que hasta ese momento no habían podido hacerlo. Para
muchos fue importante la posibilidad de publicar sus experiencias en un
libro y así acercarse con sus palabras al Santo Padre. Las cartas muy

127
conmovedoras proceden de personas de edad avanzada, que deseaban,
aún en vida, leer sus propios relatos en el libro.
A muchos pacientes, especialmente afectados de paresis, la encuesta
les significó realizar grandes esfuerzos y ejercicios para poder responder.
Una de las enfermas escribe: "Precisamente la encuesta me despertó para
que escribiera, y el escribir me devolvió la vida... Lo hice con dificultad,
escribí en unas semanas. Confieso que muchas veces estaba rendida, llora­
ba y sentía que no lograría escribir nada... Pero, escribo y me siento feliz
por ello" Aleksandra Wojciechowska.
Otros gracias a la encuesta encontraron la posibilidad de opinión. Una
enferma de Nysa que participó en el encuentro con el Papa en la Montaña
de Santa Ana escribe: "Desearía cordialmente agradecer, puesto que de
esta manera pude opinar. En mi medio laboral no podía hablar en general
acerca de este tema. Ahora, sólo sé una cosa: estoy reconfortada, hasta el
momento no siento nada, no me quejo de nada, me siento más fuerte física
y espiritualmente". Sanatorio de Nysa.
Otros que no pudieron participar en los encuentros con el Santo Padre
llevaban anotaciones y registraban los más importantes acontecimientos y
sus propias reflexiones. Una de las más conmovedoras respuestas que
recibimos de Joanna Pak, empieza con las siguientes palabras: "escribo con
el pie, porque con mis manos no puedo sostener nada".
Las opiniones de los enfermos, aunque están en general solos, permi­
ten apreciar la existencia de un singular vínculo espiritual entre ellos y la
necesidad de compartir sus propias sensaciones y experiencias del encuen­
tro con el Papa.
Algunos reconocieron que el encuentro con el Santo Padre significó en
sus vidas un acontecimiento tan significativo que no acertaron expresar en
una simple respuesta. Entonces, en vez de la respuesta esperada enviaron
unas invitaciones de urgencia para que se les visitara en su lugar de
residencia y realizar las correspondientes conversaciones. Así fue por
ejemplo en el caso de Władysław Sawicz de Prószków, que escribe: "Soli­
cito apersonarse con el fin de llevar a cabo una conversación personal
acerca de mis experiencias y mi transformación interna".
Otros, tal como si desearan demostrar su entrega al Santo Padre,
anexaron a la carta el recibo de la cuenta de la consagración de las misas en
su intención. Stefania Golonka, residente en la Casa de Asistencia Social en
Wietrzychowica envió tal prueba llenada con enorme dificultad y añade al
final de su carta: "por favor acepten esta prueba de mis ruegos a la
Santísima Madre, para que ella sea su escudo y defienda a nuestro Santo
Padre de toda desgracia".
ALGUNOS RELATOS

De acuerdo con las respuestas de los enfermos, aparecen en primer lugar


las descripciones de los encuentros con el Santo Padre y sus experiencias.
A menudo hay relatos de sus enfermedades o mutilaciones, del tratamien­
to de la enfermedad y la influencia de ella en la limitación de la vida diaria.
Muchas respuestas describen la preparación para el encuentro con el Papa.
Se pueden aquí percibir diferentes estados psíquicos y emocionales, que
quedaron en la memoria de los pacientes probablemente para toda la vida.
Decenas de narraciones mostraron diferentes vivencias, que surgieron
como resultado del contacto indirecto con el Papa: por intermedio de la
televisión, radio o la lectura de los discursos a los enfermos. Al margen de
los principales motivos también se aprecian tramas muy personales con­
cernientes a las dificultades vividas en la vida cotidiana y social. Los
enfermos también escribieron acerca de sus tutores y empleados del servi­
cio de salud.
Preparación y espera. El encuentro individual con el Papa, que normal­
mente dura unos minutos, fue antecedido por una preparación de largo
tiempo. Algunos enfermos se enteraron sobre la posibilidad de este en­
cuentro con un año de anticipación. Todo este período tuvieron que some­
terse a diferentes actividades. Ante todo se trataba de la preparación
espiritual y también médica. Destinaron mucho tiempo y atención para
confeccionar unos pequeños regalos, productos de sus propias manos e
invención. Otros escribieron todo lo que le quisieran decir al Santo Padre,
para no olvidarlo en el momento decisivo. En la práctica ello resultó
innecesario puesto que el curso de los encuentros con el Papa fue otro del
que se imaginaron.
El período de espera fue para la mayoría de los enfermos un etapa
agradable, motivadora y que les liberaba una energía oculta. Muchos de
ellos, especialmente las personas que utilizaban la silla de ruedas, encon­
traron actitudes de ayuda desinteresada y dedicación por parte de otra
gente. La magnitud de este esfuerzo y abnegación aparece en las diferentes
narraciones.
Para otros pacientes, el período preparativo fue un período de intran-

129
quilidad y temor a si el deseado encuentro sería posible y si se lograría
vencer las dificultades que presentaran. En muchas ocasiones el plan
programado con toda precisión se rompía debido a causas simples. No es
nada de extrañar, entonces, que este tipo de complicaciones se vivían como
verdaderas tragedias.
Los enfermos se concentraban en lugares asignados con muchas horas
antes de la llegada del Papa. A pesar de las fatigas, la espera no se hizo
larga, siendo completada con la oración. Antes primaba el gran deseo de
ver al Santo Padre, encontrarse con él, sólo unos cuantos sintieron sus
males y en forma excepcional solicitaron ayuda de los tutores o del servicio
de salud. El sentido general fue más bien el de olvidar la enfermedad.
Emociones del encuentro. La primera culminación de la tensión emo­
cional se presentó como siempre en el momento de percibir la figura del
Santo Padre. No siempre fue visual, puesto que los enfermos en las sillas de
ruedas estaban corrientemente en desventaja respecto de las personas de pie.
La presencia del Papa causaba en todos los enfermos una completa
concentración de atención en su persona, sus gestos y palabras. La intensi­
dad de las experiencias potenció la colectividad y fueron característicos en
tal situación los mecanismos inductivos, el contagio de humor y similares
comportamientos y gestos.
He aquí las relaciones típicas que confirman esta extraordinaria con­
centración al percibir la figura del Papa.

De repente sentí una fuerza alrededor mío. Sabía que era el Santo
Padre pasando entre los enfermos. Se acercó hacia mí. Se sonrió... Entonces
me sentí como una pequeña partícula que le da fuerza al Sumo Pastor. Ésta
mi pequeña partícula empezó cada vez más a invadirme y dominarme...
Este momento del encuentro, sin embargo, no duró sólo un momento.
Sigue durándome. Janina Gołębiowska.
La enferma de Trójmiasto escribió:
Y entonces me di la vuelta y me clavaste con tu mirada penetrante, y
detuviste tu mirada en mi rostro. Esta era la misma mirada de antes. Santo
Padre, tú me comprendiste... Me sentí como embriagada, mis manos se
relajaron sin fuerzas, cayeron al suelo la grabadora y la cámara fotográfica.
Todo se convirtió en torbellino y muy poco sabía de lo que pasaba al lado...
M.J. de Trójmiasto.
La fuerza de influencia del Santo Padre no depende de la distancia
física de los enfermos. Hace notar esto, por ejemplo, el paralizado León
Frelek, de Radzymin al observar desde una distancia lejana el paso del
Papa por las calles de Varsovia:
Me invadió una doble dicha porque el Sumo Pontífice al pasar dirigió

130
su mirada hacia mí y me bendijo. Sentí el calor paternal que emanó a través
de los cristales del coche.
Todavía más intensamente vivió el encuentro directo con el Papa:
Veo cada detalle, la sotana arrugada, los ojos fatigados pero radiantes...
Todo esto dura sólo unos segundos, pero para mí esta mirada, este gesto,
esa sonrisa y su saludo con su voz barítona calurosa, son la panacea para
todos mis sufrimientos hasta el día de hoy... Wojciech Wladarz.
Encuentros indirectos. Para muchos enfermos el encuentro personal
con el Papa fue imposible. Pudieron ellos únicamente contar con la televi­
sión o la radio, y a veces con la lectura de los discursos dirigidos a
enfermos. Esta clase de contactos los enfermos la llamaron con frecuencia
"el vínculo espiritual". Para las personas imposibilitadas de movimientos,
para los lisiados, minusválidos incluso, esta posibilidad de escuchar sólo
los discursos papales tuvo un gran significado. "Cada transmisión por
radio o televisión causó en mí una gran alegría y vivía cada momento al
lado del receptor con los ojos llenos de lágrimas, de alegría...". "La homilía
anunciada en la Montaña de Santa Ana se convirtió en el remedio para mi
enfermedad. Remedio que causó el cambio de mi estado de ánimo que
desde ese momento es mejor". Marian Pastuszczak.
A algunos enfermos les acompañó el sentido de vínculo y contacto en
situaciones que parecían improbables. Uno de los que respondió la encues­
ta, residente en Kościelisko, ciudad de Zakopane, experimentó en el mo­
mento que el helicóptero con el Papa atravesando Los Tatras pasó por su
casa, las siguientes sensaciones:
Puede que volando sobre mi techo nuestras miradas se encontraran
por un momento, en algún lugar del espacio... Zygfryd Dziekański.
Muchos encuentros se llevaron a cabo en hospitales, sanatorios y otros
centros de curación: "Estoy en el hospital, en reumatologia. Las camas de
los enfermos se desplazan ante el televisor. Aparece el Santo Padre... Los
enfermos sentimos que él nos sonríe y que nos bendice en nuestro sufri­
miento. Concentrados en el televisor no sentimos dolor... Cuando sufro
fuerte y dolorosamente, recuerdo aquel momento, todo se me hace más
liviano y el dolor disminuye...
Sólo por la televisión puedo ver al Santo Padre. Cuando por un mo­
mento cierro los párpados me siento muy cerca de él....". Zofia Blach.
¿Qué les dejó el encuentro con el Santo Padre? Penetrando en el
contenido de las opiniones descritas queda uno bajo la sensación de dos
corrientes: la especificidad de las sensaciones emocionales durante el en­
cuentro con el Pontífice y las consecuencias posteriores de esta experiencia.
De todas las encuestas resulta que las palabras del Papa y el encuentro con
él dejaron huellas permanentes. Se dejaron sentir en la mejoría subjetiva del
estado de ánimo y en el cambio de relación con la propia enfermedad. Las

131
declaraciones del Sumo Pontífice, sobre todo el contenido de la carta
Salvifici doloris, facilitaron la nueva comprensión del sentido del sufrimien­
to. Parece ser que los enfermos obtuvieron dos principales provechos: de
manera racional aceptaron su enfermedad y descubrieron, en su sufrimien­
to, los valores extratemporales. Esta nueva comprensión permitió a mu­
chos trasladar el peso de la experiencia, de la enfermedad de su propia
persona, al mundo que les rodea y volver la perspectiva de su propia vida
hacia el futuro. Los pacientes comprendieron que su enfermedad o mutila­
ción puede constituir un determinado valor también por otra gente. Juan
Pablo II señaló a los enfermos la dimensión final del sufrimiento de ellos:
la dimensión de Cristo.
He aquí algunos aspectos de las declaraciones:
La visita de Juan Pablo II me colmó de alegría y confianza... Sus
palabras sobre el sentido cristiano del sufrimiento son un bálsamo para los
corazones enfermos, son una esperanza en las esperanzas... Estas dos
visitas causaron la sensación de que el hombre quisiera dar más de sí a otro.
Esto nos enseñó él... Herta Antoríczyk.
Lucja Panek escribe sobre este tema:
Estoy agradecida al Santo Padre por la carta Salvifici doloris acerca del
sentido del sufrimiento humano. Millones de personas enfermas encontra­
ron en ella el camino que conduce a decir la verdad, muy abrupto, pero es
de alcanzarlo...
De Juan Pablo II aprendo la humildad. Este hombre tan abierto intelec­
tualmente es a la vez tan humilde. Muchos hombres deberían imitarle.
El habitante de Nowa Huta, de 76 años, combatiente de la II Guerra
Mundial, desde hace años enfermo de úlceras estomacales y del duodeno,
escribió:
Precisamente, durante el encuentro con el Papa definitivamente me
deshice del "miedo al cáncer" y me decidí por la operación... Le debo al
Santo Padre por el cambio, y a Dios la vida. Piotr Jędraszyk.
Paralizada desde años después del trauma sufrido en la Insurrección
de Varsovia Irena Ziembicka dice: "Las visitas pastorales en Polonia son
para mí una fuerza y remedio. Sé que el Papa nos ama, piensa en nosotros
y vive para nosotros".

Vino a mi buhardilla

Soy inválida, tengo 58 años, guardo cama desde hace años y no me muevo
por mis propias fuerzas. Dependo de otras personas.
El primer encuentro con el Santo Padre, cuando aún era cardenal, se
efectuó al visitarme en casa. Estaba feliz que hubiese venido una persona-

132
lidad y un hombre tan inteligente de tan buen corazón, precisamente a la
buhardilla modesta de esta pobre enferma. Conversamos muy sincera y
libremente, como dos personas amigas desde años. Ya en la primera visita
me enseñó a tener paciencia en el sufrimiento y modestia.
El segundo encuentro con el cardenal Wojtyla se realizó en Trzebinia
en las recolecciones para los enfermos. Recién allí, en medio de personas
como yo, sentí y vi la alegría en los corazones, cuando el cardenal apretó
nuestras manos. Ya entonces tenía una extraordinaria influencia en el
estado de ánimo de los enfermos. Con su dulzura interna, bondad y
corazón sincero, espiritualmente reforzó y curó a los enfermos.
Así sentí entonces, y, pienso ahora que esa fue una vivencia similar en
los demás.
Posteriormente le vi en la pantalla de la televisión, pero esto no cambió
en absoluto mi reacción y deseo para escuchar y ver al Pedro de nuestros
tiempos. El Santo Padre se convirtió para mí en el mejor ejemplo y modelo
digno de seguir. A pesar de los padecimientos y dificultades, es constante
y perseverante en la aspiración para la consagración de las almas. Es un
hombre simple, directo y dulce y al mismo tiempo inteligente.
Durante el atentado incluso no estuve en condiciones de decir qué era lo
que sentía en mi corazón. Sólo veía al Papa y percibía ese dolor que él sufrió.
Yo no era importante y con nada contaba aparte de su vida. Entonces, sentí su
mano cordial, escuché su voz tranquila y tuve su dolor en mi corazón. ¡No
acierto en escribir de otra manera, aunque todo esto aún está en mí!
El Santo Padre está muy cerca de mí a pesar de esa distancia desde el
Vaticano; espiritualmente él está entre nosotros todo el tiempo, en especial
por la tarde, para el Angelus. Sé que la oración colectiva del Santo Padre
por los enfermos, así como nuestra oración por su salud y fuerza, es una
verdadera y hermosa fe en la unidad de los cristianos en el mundo.

María Majda, de Wieliczka

Un excelente psicólogo

El encuentro con el padre Karol Wojtyla se realizó en la parroquia de San


Florián en Cracovia. La enfermedad que sufro no está completamente
definida. Unos médicos dicen que es la enfermedad de Little, otros opinan
diferente. De cualquier manera, es una enfermedad muy dolorosa, porque
ataca al control de las manos y pies, y la intensidad de los movimientos
causa una mala dicción.
Tenía entonces veinte años. Había sufrido no sólo por la enfermedad,
sino también por la guerra, ésta empeoró mucho más el estado de mi

133
enfermedad. La familia de mi madre en la localidad donde vivíamos dejó
mucho que desear. Mi tío y tía con frecuencia me decían: tú, lisiada, ve a
nuestra Juanita. ¡¿Qué hermosa es, y tú...?!
En mi subconsciente se grabó que debía distinguirme o aceptar la
marca de lisiada o idiota. Mi padre vio en mí, hasta su muerte, a un ser con
defectos y virtudes.
Pero la Gestapo me quitó a mi padre. Mi madre trabajaba desde la
madrugada hasta al anochecer para mantenernos a mi hermana menor y a
mí. Ahora comprendo que ya no tenía fuerzas para ocuparse de mi educa­
ción. Los curas confesores sólo me decían lindas palabras, cuyas moralejas
eran: querida niña, acepta la voluntad de Dios y Jesús te amará. El efecto
de estos cuidados fue precisamente al revés. ¡Quería vivir normalmente
mucho más, incluso a precio del amor por Jesús!
Y en este desorden espiritual apareció un nuevo vicario. Vino como
reemplazante de mi confesor que se enfermó. No acepto a gente nueva,
porque desconocen mi situación. Estaba segura que iba a escuchar de
nuevo sobre el amor de Jesús y otro tipo de temas. El padre Wojtyla me
preguntó cuántos años tenía, después contó todos mis pecados. Seguro que
tenía una cara muy tonta, porque me dijo sonriéndome: "No pienses que
tengo un alma profètica, pero no tendrías 20 años y la enfermedad, si no
pensaras así. ¡Pero tú puedes alcanzar algo más que esta rebelión impoten­
te!" Entonces le dije que quería ser escritora, pero que todos consideraban
que eso no era para mí. El padre Karol tenía otra opinión. Era un excelente
psicólogo y comprendía a los jóvenes rebeldes. Empezó la discusión y
resultó que mi plan fue real y algo más, el Señor quiso aceptarlo.
El joven padre Wojtyla me envió a unas niñas de mi edad y menores a
la parroquia para que escribieran el dictado. Me alegró mi debut posterior
en el "Tygodnik Powszechny", Semanario Universal. Este hombre de veras
creyó que un enfermo sin posibilidades de escribir podría ser un escritor.
Muy rápido lo trasladaron de la parroquia y así de esa manera perdí a un
alma buena que creía en mí. Eso era precisamente lo que necesitaba.
Cuando fue nombrado obispo cracoviano apoyó la iniciativa de la señora
Hanna Chrzanowska: el cuidado de los enfermos crónicos en sus casas.
Inclusive después de su retorno de Roma, ya de violeta obispal, visitó a los
enfermos en sus casas o en los hospitales. Quizás fue el primer obispo que
obró de esta manera en Cracovia.
Este hombre nunca empleaba consignas sensibleras y esto fue lo que le
distinguió de muchos otros sacerdotes.
Durante la primera visita del Papa en el país les dije en mi parroquia:
por favor, párroco, no soy devota, no me gustan las ceremonias eclesiásti­
cas, pero debo obtener un pase para la audiencia pontificial organizada
para los enfermos. Después maldije mi terquedad, puesto que en la iglesia

134
de los Franciscanos no había que respirar y yo estaba de vestido largo,
abotonado impecablemente hasta el cuello. No podría decir que otros
enfermos se presentaron en trajes adecuados al caso, porque se veían
vestidas de dama sólo hasta los hombros.
El Papa me reconoció de inmediato. Me arrulló con su cruz de oro, pero
no tenía tiempo, incluso para intercambiar un par de palabras. Conversó
con los que se apretujaron para hablarle. Pero, este gesto fue para mí más
significativo que las hermosas palabras.
Hay en la encuesta una pregunta dificultosa sobre la experiencia rela­
cionada con el atentado a la vida y la dolencia del Santo Padre. El atentado
a la vida de cada hombre indefenso debe ser condenado por todos los seres
humanos. De igual manera el atentado al pastor King o al presidente
Kennedy. Estos casos fueron horribles e indignos.
Pero si se trata de la enfermedad del Papa, mis sentimientos son un
tanto distintos. Se ve que de manera diferente ha de tratarse una enferme­
dad grave, pero temporal de una enfermedad como la mía y muchas otras
personas. Cada enfermedad es una prueba de fuerzas, sin embargo una
dolencia crónica y sin esperanzas causa con seguridad mayor contrariedad
en un alma humana que una enfermedad grave, pero pasajera.
Puede que yo sufra con menor intensidad que el Papa, pero tengo
conciencia de que sólo la muerte me liberará de mi invalidez. Esto piensan
todos los enfermos crónicos.
Un enfermo crónico en nuestros tiempos es quizás semejante al Cruci­
ficado: a veces no hay nadie que le pueda ahuyentar una mosca que le
martiriza; en muchas ocasiones no hay quien pueda alcanzarle un bacín, o
lo hace con impaciencia. Por eso esta pregunta me causa mucha dificultad.
Considero que más fácil es enfermar en condiciones lujosas, con una
enfermera sonriente, lista para cada llamada. Y sólo Cristo en la cruz y
Cristo en el Bosque de los Olivos, este Cristo que solicita se le deje el
sufrimiento, y luego sufre entre los sermones de los sacerdotes y fariseos,
puede ser un modelo para todos, los que a diario luchan contra lo imposi­
ble y con frecuencia contra la incomprensión del ambiente.
Una mujer de 57 años, escritora, enferma de chori.

Una ayuda discreta y delicada

A todas estas reminiscencias y reflexiones sobre las obras y la silueta del


cardenal de la Metropolitana Cracovia desearía añadir lo que concierne a
su relación con los enfermos. Inmediatamente después de la ceremonia de
inauguración, el 22 de octubre de 1978, el Santo Padre se acercó a la
muchedumbre y los primeros pasos los dirigió a los enfermos. El Papa lo

135
hizo como antes cuando era obispo cracoviano. Todo lo que antes creíamos
que era natural y lógico, con la perspectiva del tiempo toma un carácter
especial, da mayor posibilidad de comprensión y exige mayor concentra­
ción en la memoria y comunicación.
¿Cuáles fueron las experiencias del obispo Karol Wojtyla con los enfer­
mos? Sin lugar a dudas que tenía un corazón sensible a la pobreza y al
sufrimiento. Una vez el señor Jozef Dudek, quien trabajó en Solvay con
Karol Wojtyla durante la ocupación, relató cómo este último llegó al trabajo
en un día de invierno con un sobretodo liviano, porque su abrigo lo dio por
el camino a un hombre que estaba helándose.
Ya como joven vicario, en la parroquia de San Florián en Cracovia,
mostró mucha comprensión para con los enfermos. Con la empresa feliz de
la Providencia desde sus inicios acompañó a los trámites de Hanna Chrza­
nowska que en 1957 inició en la ciudad de Cracovia una asistencia parro­
quial para los enfermos.
El padre Karol Wojtyla al año siguiente fue nombrado obispo cracovia­
no. La acción, que se desarrollaba normalmente desde la enfermería parro­
quial encontró en su persona al tutor y protector. Se interesó con el trabajo
entre los enfermos y por ellos mismos. Ya desde 1960, durante el período del
Ayuno Grande, visitaba a los enfermos junto a Hanna Chrzanowska y las
hermanas tutoras en las diferentes parroquias. Se apersonaba hasta las casas
más pobres donde los enfermos graves permanecían inmovilizados desde
hace muchos años. En cada ambiente de inmediato entraba en contacto con
los moradores, las ancianas enfermas le contaban de sus dificultades coti­
dianas, tal como si le conocieran desde hace años. Esta cordial y sincera
vinculación la admiraban todos los enfermos, y vivían con estas reminiscen­
cias mucho tiempo. Con frecuencia la visita de esta celebridad eclesiástica
cambió la situación familiar y ambiental de ellos. Los enfermos se convirtie­
ron en importantes para sí mismos, sus moradores y vecinos.
Después vimos muchos otros ejemplos conmovedores de esta fiel y
permanente oración por los enfermos, en las intenciones comentadas, en
las cartas trimestrales de las acciones espirituales de la diócesis para los
enfermos. ¡Y qué tendría que decirse de sus oraciones después de la
elección del Cardenal Wojtyla como Papa, de las lágrimas y ofrenda de sus
propios sufrimientos —por muchísimos enfermos— después del atentado
a su vida! Era una verdadera tormenta y avalancha de oraciones muy
ardientes ya que muchos de la diócesis cracoviana le conocían personal­
mente. Puesto que la visita a los enfermos era normal en el servicio parro­
quial del obispo, tomando el ejemplo del obispo Wojtyla otros dignatarios
siguieron sus pasos.
El Cardenal también visitaba a los enfermos durante las recolecciones
anuales en Trzebinia y en las vacaciones de verano organizadas para ellos

136
en la campiña. Cuántos recuerdan estos encuentros con orgullo, alegría y
conmoción. A cada uno le saludaba dándole la mano. Algunos le vieron
algunas veces y con frecuencia les reconocía! "Ya estuve en su casa, seño­
ra", "Nos encontramos alguna vez en las recolecciones en Trzebinia".
Era extraordinaria su memoria de rostros humanos y la benevolencia
que la acompañaba. Una vez visitó a un joven reumático. En la casa estaban
la madre y el hermano menor. Después de cierto tiempo este hermano
yendo por la calle encontró al cardenal llevando un ramo de flores. El
cardenal lo reconoció le entregó las flores y le envió sus saludos al hermano
enfermo.
Las visitas a los enfermos, aunque de costumbre cortas, siempre fueron
alegres y cordiales. Recuerdo una visita especial en Trzebinia. Todos esta­
ban reunidos antes de la partida en una sala grande, y llegaron los autos
para llevarlos. En ese momento llegó el cardenal y empezó la cosa. Los
saludos, conversaciones, cantos... La más joven participante cantó muy
bonito. Alentada por los aplausos para que repitiera interpretó canciones
de su repertorio. Recuerdo que entre ellas había una canción "En qué sueña
una muchacha cuando empieza a crecer". Después cantamos juntos con
nuestro ilustre y querido invitado. Los choferes de los coches, en principio
impacientados por el atraso, cuando entraron en la sala se olvidaron del
tiempo. Los enfermos en un comienzo excitados por el reciente viaje, ahora
ya no se preocupaban por eso. De tiempo en tiempo se aproximaba el
párroco, para comunicarle que... la iglesia repleta le esperaba, porque tenía
que realizarse una confirmación... vivimos una noche inolvidable.
Este interés por los enfermos y el cuidado por ellos no fueron sólo
"casuales". Los encuentros del cardenal con Hanna Chrzanowska trataron
del desarrollo del trabajo de la arquidiócesis cracoviana, del comprometi­
miento de las hermanas y su perfeccionamiento, como también de la ayuda
económica para actividades como las recolecciones o las vacaciones para
los enfermos.
El cardenal se encontraba un par de veces al año con los tutores de los
enfermos, oficiaba la misa para ellos y les alentaba en el trabajo. Apreciaba
estos encuentros. Decía cuán importante es la ayuda para los pacientes
considerándola como una de las más importantes obligaciones de obispo.
"Vosotros sois la prolongación de mis manos, hacéis esto por mí".
Al cardenal le llegaban diversas cartas de los enfermos: cartas de
agradecimiento y saludos, también solicitudes de apoyo y tutela —en
muchas ocasiones muy complicadas que requerían verificación— hechas
llegar a aquellas que cuidaban de los enfermos en las parroquias.
Parece que nunca negó su ayuda a los necesitados. Era una ayuda muy
discreta y delicada.
Alina Rumun, enfermera de Cracovia.

137
EN CRACOVIA

Soy una partícula de fuerza

Cuando a diario sólo veo esta misma habitación sin cambios desde hace
años; los mismos árboles que se modifican de acuerdo a las estaciones del
años, entonces es cuanto más se quedan en la memoria estos momentos
que permanecen en el alma, los recuerdos imperecederos.
No quiero escribir de mí. ¿Pues, qué escribiría? Una sola idea que
desde hace muchos años gira alrededor de mi infortunio. Desde hace años
estoy paralizada. Gracias a la gente de buen corazón que me rodea y están
a mi alrededor, aún vivo. Es verdad un hecho, que fui una de las pocas
personas que pudieron ver de frente al Santo Padre, que pudieron besar el
anillo del Pescador...
Para ese día, 9 de junio de 1979, me preparé durante un buen tiempo.
Cuántas ideas pasaron por mi cabeza. Cómo me imaginé los momentos,
acontecimientos, situaciones. Unos días antes de la llegada del Santo Padre
incluso todavía no tenía la entrada para la Iglesia de los Franciscanos,
donde tenía que efectuarse el encuentro. Se me vino inmediatamente un
sudor frío. La tristeza como una capa negra cubrió toda mi personalidad.
¿Qué hacer? ¡Pero, sin embargo! Las buenas hermanas de la parroquia de
San Szczepan, Lucja y Kolumbina consiguieron, tal como si lo hubieran
hecho debajo de la tierra, las entradas para el encuentro. Y de nuevo reviví.
Incluso me olvidé de todo, hasta de la manera en que me iban a trasladar
allí, quién y cómo. Todo eso era mi alegría completa. Saldré de aquí y
adonde ¡al encuentro con la Verdad! Pero, las dificultades no cesaban. No
había en qué viajar. La silla de ruedas no cabía en un taxi. Por momentos
me aterraban las dudas. Sin embargo, la suerte se mostró benévola conmi­
go. Me llevaron a la Iglesia de San Francisco en una ambulancia... Sólo este
tipo de vehículos podían ir allí.
Después ya estaba en la basílica. No veía la muchedumbre, rebasaba
sobre mí. Tampoco veía a esa gente que igual a mí cargaban el peso de la
cruz. Miraba al altar plena de contemplación. ¿Oré en esa ocasión? No, eso
fue una cadena continua de conversación con El.

138
De repente, sentí una fuerza a mi alrededor. Algo así como si alguien
quisiera atraerte por atrás con la vista. Sabía que era el Santo Padre que
pasaba entre los enfermos. Se acercó hacia mí. Se sonrió, entonces le pedí
permiso para besar su anillo.
—Recuerdo, recuerdo— dijo.
Era el mismo de entonces, cuando nos visitaba con sus servicios como
cardenal. Estaba alegre porque podía estar entre éstos y se expresó de ellos:
mi fuerza viene de vosotros. Entonces, me sentí como una pequeña partí­
cula que da fuerza al Pastor Supremo. Ésta mi pequeña fuerza empezó cada
vez a invadirme y dominar. Pasaban por mi cabeza las palabras tal como
si me taladraran mi pensamiento: "Queridos, recordad y apoyadme".
Sentí, entonces que estaba en la iglesia. Esta experiencia del encuentro con
el Santo Padre duró sólo un momento, pero aún permanece en mí. Incluso
durante la segunda peregrinación a Polonia, aunque no tuve la oportuni­
dad de participar en ese encuentro, pese a ello no me sentí abandonada. Ese
encuentro se prolonga aún. Para mí se prolonga esto en cada hombre que
muestra una partícula de su cordialidad, una partícula de su corazón.
Hoy veo de otra manera mi vida, aunque ella no cambió totalmente.
Puede inclusive que tenga más dificultades. Y de nuevo me veo en esta
misma habitación, los mismos muebles. Todo invariable desde años. Estos
mismos árboles que se cambian de acuerdo a las estaciones del año. ¿Lo
mismo en forma continua? No, todo lo que está a mi alrededor es diferente.
Y todos los que están alrededor mío también son diferentes. Yo también
soy distinta, porque soy partícula de esa fuerza que transforma el mundo.

Janina Gołębiowska, de Cracovia

No me entrego a las contrariedades

Mi encuentro con el Santo Padre llegó a efectuarse de una manera comple­


tamente inesperada durante su primera peregrinación a Polonia en junio
de 1979. Alguien se recordó de mí y me trajo la entrada para el encuentro
con los enfermos en la basílica de los Franciscanos en Cracovia. A pesar de
la ayuda de mi amigo Kazimierz —hermano franciscano— mi madre y yo
tuvimos muchas dificultades. Seguía creyendo que no iba a vivir algo así,
tan de cerca. Recién, después de cierto tiempo me llegué a convencer de
que esto no era un sueño, sino la verdad.
Insistentemente pensaba, si el Santo Padre se dirigía hacia mi lado. No
podía imaginarme cómo se realizaría todo esto. Sólo contaba con algún
gesto, puede que una sonrisa. Puede que sólo la señal de la cruz en el aire.
En la basílica me parecía que yo era el único, pero habían alrededor de

139
mí muchos otros. Al lado derecho se sentó un anciano canoso, delante de
mí una muchacha joven, que constantemente se inquietaba en su silla de
ruedas. Al lado izquierdo había un paso. A mis espaldas estaba una
muchacha, que tenía pretensiones ¡Quería ser la más importante! Después
de un momento se produjo una confusión. Era una señal, el Papa estaba ya
con nosotros. Al final yo le vi. Vi cuán radiante se acercaba a cada uno e
intercambiaba algunas palabras. Cansado, después de la oración se sentó.
Empezaron los saludos. El Santo Padre nos dijo unas cuantas palabras.
Ahora ya no recuerdo esas frases.
Durante el peregrinaje se me presentó mi crisis psíquica. Recuerdo que
este encuentro frenó un tanto mi mal estado de ánimo.
El Santo Padre, regresando, se aproximó al lugar de la muchacha que
estaba delante de mí. Ella tenía que leer el texto de la bienvenida para el
Papa a nombre nuestro. Pero él se sonrió y acariciándola en su cabeza le
dijo: "Dame, yo mismo lo leeré". Después se acercó al señor que estaba a
mi lado. Se inclinó y le abrazó, le preguntó por su salud. Luego, vino hacia
mi lado. En su rostro apareció una sonrisa bondadosa y abrió sus brazos.
Tal como si quisiera abrazar a alguien muy cercano y no visto desde hace
mucho tiempo. Qué admiración causaron las palabras vertidas por el Santo
Padre: "¡Salud, viejo, nosotros nos conocemos desde Trzebinia!" Después
de estas palabras me tomó en sus brazos y yo aturdido y mudo no sabía
cómo comportarme. Me preguntó cómo me iba, y yo como si algo me
hubiese bloqueado. Recién, después de un momento respondí. El Santo
Padre se irguió, me palmeó en el hombro y me dijo "¡Consérvate bien!".
¿Cómo supe que estas palabras posteriormente me serían tan necesa­
rias? No puedo hasta ahora solucionar esta interrogante.
Siempre estoy en mi silla de ruedas y sólo de esa manera me puedo
mover. A los dieciocho meses de vida me enfermé de poliomielitis, ahora
tengo 28 años. No me siento enfermo, me empeño en ser duro y exigente
conmigo mismo. Pero hay momentos en que no me sale. A pesar de ello,
lucho y no me rindo a las contrariedades del destino. Me ayuda mucho en
esto mi fe y mis conversaciones con Dios. Aunque él no sea visible, pero es
un amigo fiel. Nunca me falla.
Bogdan Markowski, de Cracovia.

Quien vivió, casi se paró de cabeza

Mi encuentro con el Santo Padre se caracterizó por una extraordinaria


alegría, ya que es nuestro compatriota, que conoció en su juventud el sabor
de la orfandad, el sabor del trabajo duro y la soledad...
Por eso es que toda Polonia se fascinó después de su elección para la

140
Santa Sede y el punto culminante fue su primer peregrinaje a la Patria. En
ese entonces, quien vivía en tierras polacas, casi se paraba de cabeza, para
por lo menos por un momento encontrarse con el Papa, obtener su bendi­
ción o estar parado bajo su sombra... y mirar sus ojos felices y límpidos,
llenos de Dios.
También yo, la más indigna de las indignas, la más pequeña de las
pequeñas, débil física y psíquicamente, me encaminé al encuentro en la
Błonie, el 10 de junio de 1979, pradera cracoviana. El tiempo estaba esplén­
dido como también el viaje. Simplemente, todo estaba maravilloso. A la
Suma Pontificial llegamos a tiempo. Precisamente Su Santidad pasaba
cerca de nosotros y al pasar nos bendijo. Por poco no se me salió el corazón
por la boca, mi alma se enloqueció por la enorme alegría, porque precisa­
mente estuve en la coronación de la Virgen de mi parroquia, de Maków
Podhalański y yo llegué a este maravilloso, de los más maravillosos,
encuentro... Todavía hoy la Cracovia llena de cantos está ante mis ojos, feliz
y bendita con los ojos de nuestro Papa polaco... Y llegó la despedida de la
tierra patria querida en el aeropuerto de Cracovia, donde los corazones se
rompían de pena y unción. La tierra cracoviana y toda la patria con las
lágrimas en los ojos y con el corazón consternado seguía la canción "Góra­
lu, czy ci nie zal... Serrano, no te da pena...?".
Nosotros tampoco queríamos abandonar la Cracovia hospitalaria y
llena de cantos.
Mi segundo peregrinaje fue para ver al Misionero Blanco del Mundo
en la catedral de Cristo Rey. Se realizó en forma excelente. Aunque frente
a la catedral todos nos mojamos a causa de una tormenta, nadie protestó,
todos estábamos felices.
Cuando vimos al Santo Padre, inclusive a los más gritones minusváli­
dos en sus sillas de ruedas les faltaba el aliento. Sólo se abrían los ojos
ampliamente y de ellos las lágrimas de alegría caían como torrentes.
Porque entre nosotros pasó el mismo Cristo vivo y verdadero, aunque los
disparos del terrorista turco le hirieron. Y tenía las manos con las balas
penetradas. ¡Vive, porque su corazón es en vida santo!
Camino bastante bien, no necesito ni silla de ruedas ni camillas. He
cumplido 60 años, aunque hace 58 años estoy enfermo de tuberculosis a la
columna vertebral, cada vez es peor, pero sigo moviéndome. No asistí a la
escuela. Mi madre falleció cuando yo tenía 16 meses y mi padre, cuando
tenía 4 años, emigró a la Argentina en busca de trabajo. Enferma y parali­
zada me dejó en casa de mi abuela, y ella murió al comienzo de la guerra...
Ya en el transcurso de la enfermedad aprendí a leer y escribir, y después
aprendí a caminar. Trabajé como sirvienta un buen tiempo en Auschwitz.
Así, es mi vida...
Anastazja Kosek, de Brzeziny Śląskie

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Ya no me pregunto: ¿por qué yo?

Vivo a 15 kms de Cracovia, me llamo Józefa, soy minusválida de primer


grupo, permanezco en silla de ruedas. Sufro así hace más de 25 años. La
enfermedad no me permitió asistir a la enseñanza media. Más tarde, recién
comprendí que Dios quiso que fuera así, para que me quedara en casa y
ayudara en la educación de mis hermanos menores...
Al tener noticias sobre la segunda peregrinación del Santo Padre a
Polonia, en secreto orando soñaba estar presente en el encuentro con él en
Cracovia. Prometieron llevarme a la Błonie. Sin embargo, inesperadamente
me enteré que no sería posible. Sufrí una terrible desilusión, pero confiaba
en Dios, y en las oraciones cotidianas solicitaba ayuda en este asunto.
Después de un corto tiempo tuve noticias de Cracovia, para que me
preparara. La juventud estudiantil me ayudó y un día anterior llegué a
alojarme en casa de mi amiga. Al día siguiente temprano por la mañana
nos encaminamos en las sillas de ruedas a la Błonie.
Durante el camino experimenté el encuentro con el Santo Padre. Con
un grupo numeroso de enfermos ocupamos los primeros puestos ante el
altar construido en la Błonie. Mantengo viva la memoria de la espera. Era
un día caluroso. No me sentía enferma, ya que estaba en una silla de
ruedas. El Espíritu Santo me fortaleció en mi salud y fe, al punto que yo
misma no creía que estaba enferma. Durante la Misa de beatificación
agradecí a Dios y la Virgen, que me permitieron participar en la Gran
Eucaristía. Llegó el Santo Padre para levantarnos el espíritu, y oró intensa­
mente junto a nosotros y por nosotros para que pudiéramos soportar los
sufrimientos como los lleva el mismo Cristo.
En mí cambió muchas cosas: me hago menos preguntas, como ¿Por
qué?, ¿Por qué precisamente yo? ¿Por qué Dios me eligió? Comprendí que
en forma visible me eligió y entregó esta pequeña cruz y sufrimiento para
que la cargara. Después del encuentro con el Santo Padre llevo más alivia-
damente esta cruz, mejoró mi estado de ánimo y tengo una fe más profun­
da. Gracias a la ayuda de la juventud puedo ir a la iglesia con mayor
frecuencia que antes.
Por eso el encuentro con el Santo Padre que se llevó a cabo en la Błonie
Cracoviana se me grabó enormemente en la memoria, en una mañana
hermosa y calurosa del 22 de junio de 1983 a las 10...

Józefa, minusválida de Wieliczka.


Me he desposeído del miedo al cáncer

Soy un maestro jubilado, con 76 años de vida, dos ataques cardíacos,


parálisis parcial del lado derecho del cuerpo, úlceras estomacales y duode­
nales... Dificultades en la infancia, la salud, ocupación y ¿qué ante mí?
Las úlceras estomacales me atormentaban por algunos años y probé
curarlas con diferentes medios accesibles, pero sin efecto. Tenía miedo al
cirujano, propiamente al cáncer, que se hizo tan popular. Menciono esto a
propósito, porque cuando Ali Agca cometió el atentado contra el Papa
pedía a Dios y a la Santísima Virgen María, para que por lo menos una
parte del dolor y sufrimiento que le dieron me pasara a mí. Puede que sea
ridículo hablar de esto, pero es verdad.
...Tuve la oportunidad de obtener una entrada para el encuentro con el
Sumo Pontífice durante su segunda peregrinación. Soy el tutor de un ciego.
Estamos en un sector señalado de la Iglesia de San Maximiliano. El Santo
Padre saluda a los fieles y enfermos. Les bendice y les alienta, les levanta la
fe por la vida. Siento la sensación de alivio, no me duelen mis úlceras, me
olvido de todos los sufrimientos y aflicciones.
La gente opina de diferente forma sobre la felicidad, también de mane­
ra diferente comprende la dicha, se les imagina de diversas formas. Por mi
parte, me pregunto ¿puede haber mayor felicidad que la elección de un
compatriota como Papa, que la posibilidad de hablar con él, obtener de sus
manos la bendición? Creo que no.
Precisamente durante el encuentro con el Santo Padre definitivamente
me deshice del "miedo al cáncer" y me decidí por la operación. No voy a
describir cómo se realizó, no se trata de eso. El solo hecho de que estoy aquí
y describo mis sensaciones testimonian, irrefutablemente, que todo termi­
nó bien. Así, le debo, pues, al Santo Padre el cambio de actitud y a Dios la
vida. Hasta hoy en mis oídos suenan sus palabras: "...por su suplicio y
muerte Jesús tomó para sí todos los sufrimientos humanos dándoles nuevo
valor. Se puede decir más, que él llamó a los enfermos, llamó a cada
persona que sufre para cooperar con él en la obra de la salvación del
mundo".
Considero que el encuentro con los enfermos y dolientes alcanzó un
enorme efecto religioso y humanitario. Les fortaleció en sus convicciones
de que no todo está perdido, que Dios está con ellos, que les habla con la
boca de su Pontífice.

Piotr Jędraszczyk, de Cracovia - Nowa Huta


El Papa me despeinó

Las noticias sobre la peregrinación de Juan Pablo II a Polonia en 1979 me


alegraron mucho. Renuncié a mi descanso de tratamiento porque quería
estar en Cracovia.
A través de la Radio Vaticano me enteré cuándo el Santo Padre volaría
sobre Cracovia. Ese día vino a mi casa mi amiga para ver el reportaje de la
llegada de Juan Pablo II. El 2 de junio de 1979 vimos en lo alto un avión un
tanto pequeño, en la neblina, pero visible. Experimentamos un momento
de gran emoción. Después de algunos minutos el Pontífice polaco ya
besaba nuestra tierra.
...Esperé con impaciencia la visita que nos iba a hacer en Cracovia.
Observé cómo la gente limpiaba las ventanas y casas. Mis amistades me
contaron que el recinto universitario estaba bien decorado al igual que
todos los lugares. Nos olvidamos de las dolencias de cada día. La enferme­
dad era en ese momento pequeña y la acepté.
El 6 de junio fui en mi silla de ruedas a la Błonie a recibir al Santo Padre.
La gente salió de sus casas con todas sus familias, sonrientes y con flores.
Nadie se molestó con mi silla de ruedas, que estaba delante de otras
personas. El tiempo estaba malo, pero cuando el Santo Padre volaba en su
helicóptero se despejó el cielo. Gracias a los altavoces escuchamos la voz
de nuestro querido Papa, una voz blanda, moderada y alegre. La ronquera
que tenía parecía que no le molestaba.
Después del recibimiento Juan Pablo II subió a su coche abierto y pasó
entre nosotros lentamente, sonriendo y mirando y bendiciendo a cada uno
de nosotros. Cuánta alegría había en los comentarios; el Papa me vio, él me
miró. Cada persona tenía esa sensación.
Para el encuentro con los enfermos en la Iglesia de los Franciscanos
obtuve la entrada y una hermana me consiguió a un asistente. Estaba muy
excitada, puesto que tenía que ser un encuentro personal. En la Iglesia
había bastante gente joven en sus sillas de ruedas y ancianas con diferentes
enfermedades. También había personas afectadas mentalmente y ciegos.
Cada uno llegó ante la imagen de Jesucristo con su sufrimiento y la
esperanza de la bendición por el Santo Padre. Se acercó el Santo Padre, a
cada uno nos dio la mano, la apretó a su corazón y nos dijo algunas
palabras. "Que Dios te dé fuerza mi niña"— estas palabras fueron dirigidas
hacia mí. Lamentablemente, por la emoción y dicha no pude decir nada.
Muchas personas prepararon un par de palabras para el Papa, algunas
inclusive por escrito, temiendo que en ese momento se olvidarían decir u
omitir algo.
Después del discurso del Sumo Pontífice me di cuenta de que antes no
concebía que un enfermo podría ayudar en algo a uno sano. Desde enton-

144
ces veo a un hombre sano con otros ojos, pues hay algún vínculo fuerte
entre un hombre enfermo y uno sano.
El Santo Padre que salía de la iglesia con la sonrisa en la cara espontá­
neamente me despeinó, tan delicadamente. Entonces, ya sabía que mi cara
le era conocida.
Al día siguiente tuve miedo y al mismo tiempo me alegré, tenía una
entrada para la Błonie, en el sector "S" cerca del altar. Me levanté a las
cuatro y media de la madrugada para llegar a dicho lugar. Había apenas
unas cuantas sillas de ruedas en nuestro grupo y personas que andaban
con la ayuda de muletas. Tuvimos unos excelentes puestos cerca del altar,
frente a la escalinata, por la cual el Santo Padre subió. La misa fue ceremo­
niosa y larga, pero me olvidé de mi cansancio y mis temores anteriores.
Sabía que iba a permanecer hasta el final —me llené de tranquilidad.
Después de la ceremonia, uno de los sacerdotes nos obsequió algunos
recuerdos: rosarios y medallones. Nuestra alegría fue grande, puesto que
fueron bendecidos por el mismo Papa.
Cuando el Santo Padre subió al coche, empezamos a gritar: ¡Santo
Padre, nos llegó la gran gracia! Entonces nos miró y a cada uno de nosotros
nos bendijo desde su coche. Esta vez también me reconoció, por lo menos
así entendí por la sonrisa y la expresión de su rostro.
El Santo Padre ama a la gente, nos ama a los pecadores y débiles. Tiene
el corazón abierto para todos. Irradia amor, tranquilidad y aliento. Este
hombre solo cubrió con amor a miles y millones de personas en esta Błonie
cracoviana.
Después de las ceremonias dejó la Błonie y mi asistente me llevó a casa,
donde pude compartir mis impresiones con la familia. Por la tarde vi en la
televisión la despedida y el vuelo a Cracovia. El Papa voló de Polonia, pero
su espíritu y sus palabras se quedaron.
En 1981, para las Pascuas de Semana Santa, mi amiga viajó a Roma y
se encontró con el Santo Padre. Cuánta alegría hubo en su voz, cómo contó
sobre esos momentos hermosos.
¡Algunos días después esa terrible noticia! ¡El atentado contra el Santo
Padre! ¿Por qué? ¿Qué paso? Lloraba como una pequeña niña.
En este período, como de costumbre se organizaban las fiestas estu­
diantiles de Cracovia. Fueron postergadas. El domingo 17 de mayo de 1981
se llevó a cabo la Marcha Blanca, que tenía el fin de unirse al Papa y
protestar contra la violencia y el mal. Decidí participar en esa marcha y orar
por el Santo Padre. Desde la Błonie cracoviana partimos hacia la Plaza
Mayor. La gente estaba vestida de blanco o de colores claros. Hubo muchos
enfermos en sus sillas de ruedas.
La gente joven que nos empujaba se cambiaba con frecuencia, todo fue
organizado con eficacia. Hubo un sector especial para nosotros ante la

145
Iglesia de Santa María, cerca del altar. El metropolita cracoviano ofició
la misa y habló ante la muchedumbre que llenó la Plaza Mayor. Junto
con el Santo Padre rezamos el Angelus; sí, con él, puesto que sus
palabras fueron grabadas y reproducidas después de la diana de la
Iglesia Santa María.
Fueron días tristes para nosotros. En todas partes dominaba este am­
biente. Deseábamos que el Santo Padre se restableciera pronto.
Cuán profundas fueron las palabras de Juan Pablo II "...oro por el
hermano que me hirió, a quien perdoné con sinceridad...".
¡Dios mío! cuán difícil me es decir "entrego mis sufrimientos como
ofrenda", puesto que muchas veces pierdo la esperanza de curarme ya que
mi enfermedad avanza cada vez más. A veces retorno a la Marcha Blanca
mirando las diapositivas.
Mi enfermedad empeora, estoy completamente entregada al cuidado
de otras personas. A veces me es muy duro, aunque sé que no estoy sola.
Sin embargo, cuando pienso en los problemas y sobrevivencias de Juan
Pablo II los míos parecen ser muy pequeños. Por fortuna tenemos un Papa
así, que nos acoge en su corazón. Con frecuencia rezo por él para que Dios
le dé su gracia y fuerzas en su posterior y difícil trabajo de misionero.

María, 28 años, de Cracovia.

¿Qué te podría decir, Santo Padre?

Doy mi opinión en forma de carta dirigida al Santo Padre. Puede que sea
demasiado coraje, pero conozco al padre Karol Wojtyla desde hace tiempo
y le decía "tío", tal como muchos jóvenes. ¡Las inolvidables misas para
nosotros al naciente del sol en las montañas!
Todavía no sabes, Santo Padre, que me sané, por ti y por María. Quería
decirte sobre esta gracia entonces en los Jardines del Vaticano, después de
la misa, pero quizás tú mismo, Santo Padre, no hubieses creído en este
milagro.
Antes de que llegaras por primera vez a Polonia, estaba en Igliczna, en
diciembre de 1978, junto a la Virgen de las Nieves. Allí encontré tus rastros.
Apenas hube entrado en la hospitalaria capillita milagrosa, me recibió
sonriente la Virgen María con el niño en sus brazos. Al lado, un recordato­
rio con tu fotografía e información de tus repetidas visitas. Me sentí como
en mi casa, al mismo tiempo tenía la sensación de descargar alguno de mis
tormentos. Desde hacía años me perseguía una cruel enfermedad. Aquí
comprendí que debía aceptar todas las dolencias que me acompañaban. ¡Y
entonces, tal como si me cayera una piedra del corazón!, comprendí.

146
Conscientemente sentí que todo esto tenía relación contigo Santo Pa­
dre, aunque todavía no comprendía hasta el final. Hasta tu llegada, en
junio de 1979, tenía tiempo para pensar en muchos asuntos. Creí profun­
damente que si tocara tu hábito podría venir mi curación. ¡Pues Jesús sanó
así a los pecadores! Tenía una fuerte fe que así pasaría.
Con ocasión de mi cumpleaños tenía que verte, era el regalo más
valioso con el que podía soñar. El 6 de junio de 1979. Me levanté muy
temprano, para llegar lo más pronto posible a la Błonie cracoviana. Me
ubiqué muy cerca de la barrera, en la entrada. Los cantos no cesaban. Los
aplausos se acercaban como olas y por fin te veo, Santo Padre. A unas
decenas de pasos de mi lugar te bajas de tu "caballo" blanco y lentamente
avanzas. Estabas impresionado por la conmoción.
Al fin observo entre las cabezas tu figura, puedo fotografiar. Pero mis
manos se ponen rígidas y la cámara se pone pesada... Pasabas y un poco
más allá, alguien gritó "Tío" tal como si me hubiese escuchado a mí mismo.
Inmediatamente un bosque de manos tapó su imagen, estiré mi mano lo
más que pude y casi me alcanzaste, hasta que en el último momento
alguien la tomó.
Todavía, ahora no puedo de manera tranquila hablar sobre esto.
¿Cuántos pensamientos, entonces, se cruzaron por mi cabeza? Pues una
vez más con mi voz ronca llamé: —¡Santo...! y después de un momento,
¡Padre! Y entonces te diste la vuelta y me clavaste con tu mirada penetrante
y detuviste tu mirada en mi cara. Esa fue la misma mirada de antes. Tú me
comprendiste, Santo Padre. Leí todo en tu rostro, como tú en mi alma. Yo
no me olvidaré de esto ni al morir. Tanta fue tu voluntad, calor, compren­
sión, perdón, alegría y aumento de poder. Me sentí algo así como embria­
gada, mis manos se caían inermes, se me cayó la cámara fotográfica y la
grabadora. El mundo se convirtió en un torbellino y poco sabía de lo que
estaba pasando a mi lado. Me sofocaba y veía a mi alrededor un mar de
cabezas y la Błonie verde vibrante en medio del aire caliente, en medio de
lágrimas.
Después de un momento una corriente de aire impulsada por las
hélices del helicóptero calló todo, los cabellos volaban hasta que desapa­
reciste en tu blancura con el último acorde del agitar de las ramas de los
árboles...
Durante la segunda peregrinación coronaste a la Virgen de las Nieves...
Después de mi retomo de Cracovia de nuevo enfermé gravemente, me
vino la hemorragia, no pude mover ni mi mano y tampoco mi pie. Pensé
en ti, era el mes de junio... Tenía que operarme por tercera vez, lo cual
postergué. Entonces escuché tu voz en la Radio Vaticano, en polaco, tu voz
temblaba, quebrándose y llena de ruegos, para que nosotros —los enfer-

147
mos y dolientes— no te abandonáramos, ¡que tú ves tus fuerzas en nos­
otros y para que te apoyemos!
Se sentía una enorme añoranza por la Patria. Me pareció que nunca
habías hablado así, puede que sólo en Cracovia...
Entonces, decidí una vez más para siempre ofrecerte mi dolor, enfer­
medad, sufrimiento, debilidad, muerte. Si esto te es necesario, si de esa
manera puedo ser útil para algo, si de esa manera, por lo menos un poco
pudiera disminuir tus esfuerzos y sufrimientos. Este deseo se convirtió en
necesidad de cada día, esto le dio sentido a mi vida y sufrimiento. Nada
más puedo hacer por Ti, Padre Santo, solamente soportar los sufrimientos
y dolores sin lamentaciones.
En ese momento de pronto me sentí mejorada físicamente, en un
instante paró la hemorragia: ¡me sané! Pasaron cinco años y al mismo
tiempo la operación se hizo innecesaria. ¡Recién, después, comprendí que
esta fe me sanó, que bastó tu mirada, tu mirada que sana y sé que este poder
te lo dio la Virgen de las Nieves!
Puede que la ciencia y medicina no lo tomarían como fenómenos
sobrenaturales, puede que los disturbios de mi organismo por sí solos se
hayan superado. ¡Pero, para mí fue un milagro —sorprendente y que llama
a la reflexión— que precisamente sucedió esto en ese momento especial!
Para finalizar, algo más. Constantemente pienso cuán "benévolo" en
general es el sufrimiento, que somos elegidos por Dios para este papel. Por
el sufrimiento estamos más cerca de Jesús, y esto es una gracia enorme.
Muchas de estas cosas las he comprendido recién ahora después de estu­
diar la Carta Apostólica sobre el sentido cristiano del sufrimiento. Sin ella
no escribiría todo esto. ¿Me sentiría capaz de esto?
Por eso es que cada vez que siento dolor, me enfermo o padezco otros
sufrimientos, me empeño en aceptarlos con alegría para el Santo Padre. Soy
una de las cuentas del rosario, que compone la corona de sufrimientos
humanos y por María que le es una ayuda en la enorme responsabilidad
por el mundo.

M.J. de Trójmiasto
EN VARSOVIA

Escribo con el pie, porque...

Tengo 20 años. Estoy enferma de parálisis parcial de las extremidades


inferiores y superiores. Tengo una preparación básica. Escribo con el pie,
porque no puedo sostener nada con mis manos. A pesar de mi enfermedad
sentí unos grandes deseos de participar en la misa concelebrada por el
Santo Padre. La invitación para el estadio la recibimos de nuestro ex
párroco. Mis amistades y parientes me aconsejaban que desistiera del viaje,
porque asistiría mucha gente y no vería nada. Pero, eso no me importaba,
solamente deseaba, por lo menos una sola vez, rezar junto al Papa y la
gente. Mi deseo fue tan grande, que nada logra hacerme desistir de esta
idea.
Y al fin llegó el 17 de junio de 1983. Partimos de Świdnik a las cuatro
de la mañana. Conmigo viajaron mis padres, mi hermano y mi tío. Tene­
mos un coche y precisamente por eso evitamos las apreturas en los trenes
y autobuses.
Llegamos a Anin y allí tuvimos que aparcar el coche, puesto que
continuar el viaje por Varsovia fue imposible. Llegamos al estadio en
autobús del tráfico local. El camino para llegar a los puestos destinados
para nosotros duró dos horas. A pesar de que había mucha gente y calor,
yo no sentía cansancio porque en vez de caminar con mis propios pies
estaba en la silla de ruedas conducida por mis padres. Pasamos por todos
los controles en el estadio y llegamos a los sectores destinados para nos­
otros. Eran las doce del día. Hasta las 5 de la tarde, hora en que el Papa tenía
que estar presente, quedaba mucho tiempo todavía.
En esas horas de espera todos entonábamos diversos cánticos religio­
sos. Al fin llegó la hora esperada. Entró el coche al centro del estadio, en el
cual estaba nuestro querido Papa. Al ver esto todos nos pusimos de pie. El
estadio ovacionó su presencia. Y el Santo Padre como respuesta a nuestras
manifestaciones nos impartía su bendición.
Durante la misa continuamente miré en dirección del altar. El Papa
vestía un hábito amarillo, el que con los rayos del sol brillaba aún más lo

149
que hacía más hermosa la ceremonia. Durante la misa me olvidé de mi
enfermedad y todas las dificultades relacionadas con ella. Aunque perso­
nalmente no me encontré con el Santo Padre, sin embargo me alegró
mucho que por lo menos desde lejos tuve la suerte de rezar junto con él.
Al final dio a todos los congregados la Bendición Apostólica y nos
solicitó saludar de su parte a nuestros parientes y amistades que no pudie­
ron acudir al encuentro. Luego, los últimos gestos, las últimas ovaciones a
la salud del Santo Padre, mientras se retiraba del altar.
Después de un rato apareció sobre nuestras cabezas el helicóptero
blanco que lo trasladaba al Santuario Mariano de Niepokalnów. Levanta­
mos nuestras manos como si quisiéramos detenerle. Sin embargo fue sólo
un gesto de despedida. El helicóptero dio tres vueltas alrededor del estadio
y enseguida siguió su ruta.
Hasta hoy llevo en mi corazón esos instantes que guardaré hasta mis
últimos días. Esto sencillamente no se puede olvidar, fueron los más
hermosos momentos de mi vida gris.

Joanna Pak, de Świdnik

Siento la crucecita trazada por la mano del Papa

Cuando me entregaron la encuesta dirigida a los enfermos y dolientes que


participaron en el encuentro con el Santo Padre, en principio no demostré
mayor entusiasmo y no pensaba enviar respuesta.
Desde hace treinta años soy monja enclaustrada y debido a los votos
prometidos estoy acostumbrada al silencio más que hablar. Además, así es
mi carácter, cuantas más experiencias tengo más profundas son éstas y
siento menos ganas de hablar o escribir sobre ello. Hay asuntos y vivencias
sencillamente inexpresables, ocultas en los sedimentos más profundos del
alma, conocidos solamente por Dios. Y entonces, ¿cómo hablar sobre ellas?
Sin embargo, dos sentencias de la encuesta me influenciaron de repen­
te: "... El Santo Padre espera nuestra respuesta a sus palabras" y que las
narraciones "serán de respuesta y agradecimiento expresados por el en­
cuentro vivido en colectividad". Esto en definitiva me decidió y empecé a
escribir.
¿Por qué razones participo en la encuesta? Soy una persona minusvá­
lida a raíz de la amputación de mi pie. He pasado por dos reamputaciones.
En el presente avanza la miotrofia o atrofia de los músculos y puede que
en el futuro próximo tenga la necesidad de otra operación.
En tal situación no podía pensar en la participación en el encuentro con
el Santo Padre personalmente, sino por intermedio de la televisión. Así fue

150
durante la primera peregrinación del Santo Padre a Polonia y ahora así
será. Además —pensaba— como soy monja enclaustrada...
El 1 de junio empecé el retiro espiritual que fue la preparación inme­
diata para el encuentro con el Santo Padre. Durante esos días de retiro, la
Madre Superiora me dijo al oído que tal vez me llevaría al encuentro con
Él, en la iglesia de la Virgen de la Gracia.
Más que sorpresa sentí una enorme alegría, pero con temor a que no se
efectuara.
La perspectiva del encuentro con el Santo Padre tenía que ser para mí
algo de veras extraordinario. Pues, entonces no creía. Pensaba si algo no se
interpondría. Invisiblemente algo empezó a molestar, porque después del
primer anuncio todo quedó en silencio, y de mi parte sólo hubo resigna­
ción.
Pero, mi superiora no se resignó. Mi encuentro con el Santo Padre
precisamente se lo debo a ella. Decidió personalmente llevarme al encuen­
tro y así lo hizo.
Mientras, tenía tiempo para pensar en muchas cosas, ver cómo pasó el
año y proclamar de nuevo a Dios.
Tenía que hacerme un examen de conciencia honrado. Entre las pre­
guntas que me formulaba, hubo algunas como: ¿Que hice con la ofrenda
de mi amputación que me otorgó Dios? Me hice esta pregunta antes del
encuentro con el Santo Padre. Y debí responder a ella.
Es verdad que acepté la mutilación desde hace treinta años y hoy
puedo de veras llamarlo un don. Pero, aquí se trata de algo más, aquí se
trata de aceptar la cruz a cada momento, abrazarla con ambas manos, para
así darle sentido de amor. Porque el ser en la mutilación, en el sufrimiento,
puede hacernos crecer espiritualmente o puede también hacernos decrecer.
Todo esto venía a mi mente, cuando pensaba en el encuentro con el
Santo Padre. Puesto que él, Juan Pablo II, desde sus primeros días de su
pontificado se apoyó en la gente que sufre, los mutilados, los ancianos y
minusválidos. Tantas veces y de diferentes maneras nos repetía "mi fuerza
está en vosotros a través de Cristo".
El 13 de mayo de 1981 no fue para el Santo Padre el inicio de la
aceptación de la cruz y darle sentido de amor. Esa fue una prueba general
de la caída de la cruz... en brazos de la Virgen de Fátima. Los días siguientes
fueron una lección clave para cada uno y en especial para el doliente.
Pero, también fueron los días del gran encuentro contigo Santo Padre.
Encuentro en el sufrimiento el cual tanto de tu parte como de la mía era
quizás el mismo amor. Hoy resuenan todavía como vivas las palabras
repetidas, entonces, desde una grabadora. Las palabras del polaco agoni­
zante primado Stefan Wyszyński, llamando a la Capital y a la Nación para
ofrecer por el sufrimiento de la cabeza de la Iglesia. Entonces estuvimos

151
junto a ti Santo Padre, de veras unidos, rodeándote en la oración y ofrenda
como un muro de defensa y fortaleza inconquistable.
¿Y qué decir del encuentro con el Papa y la gente doliente? Ellos
rogaban por guardar tu vida incluso a precio de las propias. Eras, Santo
Padre, uno de ellos: sufriente, amenazado, entregado al medio, con un
porvenir indefinido. Besamos la fotografía, que recorrió el mundo donde
te presentaban en la cama del hospital con los frascos de suero.
Este sufrimiento común, que no se le puede expresar, fue una enorme
prueba de amor, esperanza y fe, tanto para ti, Santo Padre, como para cada
uno de nosotros los enfermos. Estos fueron los grandes ofrecimientos del
pueblo, presentados por el sucesor de Cristo herido y perdonador, como
también por el primado agonizante. Estas dos camas fueron para nosotros
tanto altar como pùlpito y ellos concentraron en sí a todos.
Después de estas reflexiones, cada vez deseaba más encontrarme con
el Santo Padre para sacar fuerzas de él, que me permitan estar en la
comunidad de Jesús, congregado en la comunidad divina, entregado total­
mente a su disposición.
Mientras tanto en el convento después de meses de rezos, ofrendas y
ayunos ofrecidos al Corazón de Dios en intención de la llegada de Juan
Pablo II a Polonia, se hacían los últimos preparativos. Se trabajó en las
decoraciones para la iglesia y el convento. Las hermanas desaparecían en
metros de telas amarillas, azules, rojas, blancas, cosiendo, cosiendo, para
que alcance, y para prestar en algún caso cuando alguien necesitara. La
iglesia y el convento de las Visitas se encuentran en el "camino real". El
Santo Padre pasaría varias veces por ese camino. Pues, entonces que sepa
que aunque ocultas detrás de las rejas de un claustro estricto, nos sentimos
y somos una partícula viva de la Iglesia y le amamos mucho, y en la
oración, en la ofrenda y amor estamos con él.
Al fin llegó el 16 de junio, día que nadie y nada logrará borrar de mi
corazón ni de mi memoria.
La avenida Krakowskie Przedmieście de Varsovia está llena de gente.
A medida que nos acercamos a la Plaza del Castillo la muchedumbre se
concentra más. Se hizo imposible avanzar por la acera, por lo que debimos
seguir por la calzada. Se siente un ambiente pleno de alegría, y algo así
como de fiesta grande: los rostros sonrientes, los jóvenes con guitarras y en
todas partes lleno de flores, en las manos, colocadas en las barreras, en la
calzada.
La madre superiora empuja incansablemente la silla de ruedas conmi­
go. En cierto momento me dirijo a ella:
—¡Madre mía! Si el Santo Padre se acerca a mi silla creo que me moriré
de felicidad!
— ¡Oh, no! ¡Eso no lo permitiría! —escucho una respuesta seria.

152
Bueno, puesto que describo todo esto, significa que no he muerto. No
sé si esto será debido a la obediencia, pero debe ser así porque todavía soy
como una fruta muy verde a la cual Dios en su misericordia la deja por un
tiempo para que madure.
La Plaza del Castillo toda cubierta de flores, ya no permiten ingresar a
nadie. Y aquí, precisamente para algo sirve mi invalidez y la silla de ruedas
cumple el papel de un pasaje autorizado. “Las autoridades" nos permiten
entrar. Tras la alegría general se reflejan los rostros serios de los hermanos
policías. ¡Qué se va a hacer, están en sus puestos de trabajo! Desearía
acercarme a cada uno de ellos y decirles al oído: ¡Hermano, alégrate!
Porque éste que va a pasar por aquí dentro de tres horas tiene el corazón
lleno de amor para todos y para ti también!
Frente a la Catedral de San Juan está lleno de religiosos. Nos retiramos
para ir por las calles Canonia y Jesuita, y llegar al convento de la Orden de
los Jesuitas. Después de abrir el portal y pasar el control del padre rector,
dos señores alzan la silla de ruedas conmigo y pasamos por el presbiterio.
Me lleno de un silencio bendito y una concentración de un templo vacío.
Estoy como en el convento, junto con la madre superiora, bajo la protección
de la Virgen de la Gracia, patrona de la capital. Después de las cuatro
condujeron más sillas de ruedas con otras hermanas. A las cuatro y media
la iglesia estaba llena de hermanas religiosas.
En el presbiterio colocaron un televisor a colores, que nos permitiría
participar en la llegada y recibimiento de Juan Pablo II en el aeropuerto de
Okęcie.
Desde afuera se escuchan los gritos indicando que ya se acerca el Santo
Padre. El coro canta el Magnificat, voces virginales corren por las bóvedas
del templo. Me invade un clima de un alegre misterio de la revelación, tan
valiosa al corazón de cada hermana.
Juan Pablo II ya está en la zona para las sillas de ruedas, se dirige a
aquellos que están en la parte derecha del templo. Se acerca y se detiene en
el lugar de cada persona. Después de cierto rato se dirige a nuestro lado...
Está cerca... al lado de mi vecina. Cuando se acerca a mí, mi corazón late
como una campana en semana santa. Siento que mi corazón se agiganta tal
como si el volumen se ampliara en el infinito. Envuelvo con mi pensamien­
to y corazón a todos los dolientes y enfermos: a mi querida co-hermana
Francisca Cristina —esta "montaña de sufrimiento" inmovilizada en cama
desde hace años. Ella precisamente después de la muerte de Juan Pablo I
insistentemente repetía que el cardenal Wojtyla sería elegido Sumo Pontí­
fice.
Mi memoria llama a todos con los que tantas veces tuve contacto en el
centro de rehabilitación en Konstancin y a todos los que sufren en sus casas
y hospitales. Quiero tenerlos a todos en mi corazón, para que estén presen-

153
tes. Cuando levanto los ojos el Santo Padre está ante mí. Mi vista se
encuentra con su vista. Hay en él amor y amparo, valor y un enorme
respeto. Siento en la mirada del Santo Padre todo esto que leí en Salvifici
doloris. Cuando Juan Pablo II se inclina hacia mi estoy tan conmovida, que
sólo puedo susurrar: ¿De dónde me viene tanta felicidad que el Santo Padre
se me acerca? Después el Santo Padre me pone su mano en mi cabeza y me
hace la señal de la cruz en mi frente. Me salen dos lágrimas que ruedan por
mis mejillas. Creo que las sintió el Santo Padre, porque después de un rato
me dio la mano... Y nuestras miradas de nuevo se encontraron.
Lo que en ese momento experimentó mi corazón no se puede expresar
con palabras, incluso no pruebo hacerlo. Me parece que cada persona se
apartaría discretamente, para que se quede como un secreto lo que debía
quedarse. Me atrevo al fin con gran fe y amor a besar la mano del Santo
Padre, la herida. Tengo la impresión como si tocara una reliquia.
Después Juan Pablo II levanta sus manos por encima de mi cabeza,
para dar la bendición a las otras hermanas que estaban al fondo, atrás de
las sillas de ruedas. Sin embargo estaba parado junto a mí. Me siento como
niña, a quien le basta la sola presencia del padre o madre para que sea feliz.
Todo esto pasó a la hora del Llamamiento de Jasna Góra, Montaña
Clara, en la cual suelo repetir: ¡Reina de Polonia: estoy contigo, recuerdo,
siento!
Después Juan Pablo II se acerca a dos sillas de ruedas más, luego se
arrodilla en un reclinatorio y por un momento reza. Después de dirige al
trono en forma de barco.
Tras el discurso de las hermanas habla el Santo Padre. Se ve que ya está
relajado y alegre. Dice que debemos ser bondadosas, tal como María es
bondadosa con nosotras. Acentúa con alegría, que para él mismo esta
Virgen varsoviana es bondadosa, "porque hasta ahora se encuentra en
tierras polacas...".
Después conjuntamente con los cardenales y obispos presentes el
Santo Padre da la bendición y abandona el templo.
Este encuentro vivido con el Papa, profundizó y unió estrictamente mi
vida con el misterio de la Redención. Fue el grano echado en el suelo fértil
de mi corazón.
En mi frente siento la crucecita trazada por la mano de Juan Pablo II.
Ella es como un cuño que me reforzará y me tranquilizará, me dará valor
y esperanza. Ese encuentro inolvidable me ayudará a aceptar mi invalidez
en cada momento y darle sentido al amor. Él será al fin siempre un desafío
para un apoyo incesante al Santo Padre con la oración y la ofrenda oculta
de la vida diaria.
Estoy consciente de que lo que he escrito está muy desordenado y no
relato fielmente lo sucedido; es como si fueran los primeros garabatos de

154
un niño, que conoce las palabras y no sabe expresar lo que siente. Pero, al
niño se le perdona todo.
Entonces que estos recuerdos sean, a pesar de mi incapacidad, el
homenaje y entrega al Santo Padre y la respuesta de amor a su gran amor
para la gente doliente, mutilada y minusválida. Que sea un ramillete de
violetas puestas más con el corazón que con las manos, sobre el escritorio
del Santo Padre Juan Pablo II.

Hermana María Inmaculada, Visita de Varsovia.


EN POZNAN

Más aliviado fue sufrir, amar, confiar

Desde el inicio del pontificado observé cuán abierta y cordial es la relación


de Juan Pablo II para con los enfermos y dolientes. No le conocía anterior­
mente, sin embargo, inmediatamente mi corazón se enterneció cuando en
su primer discurso después de su elección pidió a los enfermos que rezaran
y ofrecieran sacrificio, acentuando la necesidad urgente de la oración y
ofrenda y cómo cuenta con ellas.
Sentí que yo era necesaria para ayudar al Papa. Fue un momento
importante en mi vida. Incluso decisivo. Puesto que se fortaleció la fe en la
finalidad y sentido del sufrimiento, en su valor apostólico. Anteriormente
me empeñaba en vivir con esto, pero ahora es completamente diferente,
más profunda y llena de experiencia. Contrario a lo que con frecuencia me
hicieron sentir, me sentía necesaria.
La inauguración del pontificado de Juan Pablo II se realizó el día de mi
cumpleaños. Esta coincidencia en la fecha me afirmó en el conocimiento de
que mi vocación desde hoy sería ayudar al Santo Padre, y al mismo tiempo
a la Iglesia. Nos une una fecha más: las consagraciones sacerdotales del
padre Karol Wojtyla y mi bautizo. Puede que sean pequeños detalles sin
ningún significado, pero para mí tienen ellos su contenido profundo y por
sí mismos son una especie de desafío.
Desde el principio también mi deseo fue el de encontrarme con el Santo
Padre. Estaba profunda y completamente en mi corazón. Incesantemente
oraba por esa gracia. Pero en la realidad eso fue tan irreal.
Vivía en la soledad, alejada de cualquier grupo organizado de enfer­
mos o amigos de ellos. Por eso, con frecuencia mi corazón se apenaba,
cuando escuchaba sobre el peregrinaje de los enfermos inclusive de nuestra
arquidiócesis hacia el Santo Padre y a las audiencias para ellos. Siempre me
afectaba el no poder asistir allí. Simplemente no tenía a nadie que me
pudiera ayudar. Sola no estaba en estado de moverme a ninguna parte.
El primer peregrinaje del Santo Padre a la Patria pude experimentarlo
sólo espiritualmente, a través de la radio y en parte por la TV. Pero lo sentí

156
profundamente. No pude estar donde estaba el Santo Padre, pero me sentía
allí con el alma, que llegaba la gracia a mi espíritu, y que me alcanzaba el
amor del Santo Padre. Realmente me vino la gracia. A pesar de muchos
sufrimientos y la vida como marginada me fue más aliviado sufrir, amar y
confiar. Sin esto la vida sería una pesadilla.
El atentado contra el Santo Padre fue un tremendo golpe para mí. Mi
corazón moría de dolor, se me caían las lágrimas y de mi alma se despren­
dió una oración ardiente para que Dios salvara la vida de nuestro amado
Papa.
Y así pasaron las cosas. Un día después del atentado, es decir el 14 de
mayo de 1981 recibí los saludos en ocasión de las Pascuas de Semana Santa
de parte del Santo Padre. Esto fue alguna señal y aliciente. Confiaba en que
la Virgen no le abandonaría y le salvaría la vida.
Yo misma he sufrido mucho en la vida y me doy cuenta, de cuánto
sufre también el Papa, y cuán necesaria ahora es nuestra ayuda. Me salie­
ron las lágrimas de mis ojos, cuando escuché las primeras palabras graba­
das... Qué impresión causaron las palabras de perdón para su asesino.
Surgió la esperanza, cuando se presentó la posibilidad del segundo
peregrinaje a Polonia. Deseaba ardientemente participar en el encuentro
con los enfermos, una participación directa en la liturgia oficiada por él.
Sabía perfectamente que eso sería para mí la única y última ocasión. Este
deseo me poseía cada vez más y fue objeto de una oración incesante
durante dos años.
Viajé a Poznań el viernes 17 de junio. Resultó que el clérigo que vino a
recogerme tenía la entrada en el sector para los enfermos. Me alegré
enormemente. En todo el trayecto a Poznań pasamos por ciudades y aldeas
decoradas solemnemente. Poznań por la noche estaba inundado de luces,
retratos del Papa, banderas, flores y verdor. En todas partes decoraciones
extraordinarias. ¡Poznań en esa ocasión estuvo brillante! Todos estaban
llenos de alegría y espera. La gente dio todo de sí mismo. Se veía sólo un
rumbo en el movimiento de la gente hacia la pradera Lęgi Dębińskie,
donde fue preparado el altar. La muchedumbre pasaba ante el altar y oraba
por su amado Pontífice.
Toda la noche estuvieron encendidas las luces de los balcones y venta­
nas, todas decoradas. También se escuchaban cantos y rezos de los peregri­
nos, quienes pasaban la noche en la pradera. Era difícil dormir. El corazón
allí estaba exaltado. Partimos muy temprano por la mañana. Nuestro
sector estaba en un buen lugar, el altar era visible todo el tiempo. Nos
miraba el rostro de la Virgen de Jasna Góra.
Las emociones alcanzaron el cénit cuando apareció el primer helicóp­
tero que antecedía al Santo Padre. ¡Parecía que todo ese mar de gente saltó
en el aire! Unos gritaban saludando con sus manos, otros batían sus

157
pañuelos o banderines, levantaban las cruces hechas al modelo del monu­
mento poznaniano. Yo sólo sentía que algo me apretaba la garganta, como
que mis ojos se volvían mojados y mi corazón latía más fuerte que nunca.
¡Él está entre nosotros! El Papa está pisando nuestra tierra. Dios mío,
gracias a ti por este don, poder estar aquí!
Todos quieren verlo. Al fin aparece su coche. Llega hasta muy cerca del
altar de tal manera que Él debe andar un camino corto ante una fila de
sacerdotes quienes estaban preparados para dar la Comunión. Sin embar­
go, cuando empezó a subir por las gradas, se dirigió a la gente y abrió sus
brazos con su gesto característico de saludo, el mar humano estaba exalta­
do. Las consignas, pancartas, banderines, manos, todo se tendía hacia él,
que llegó aquí en nombre del Señor. ¡Sentí que el verdadero Cristo estaba
frente a nosotros! No hay maneras de describir estos sentimientos, los
cuales llenaban nuestros corazones.
El coro de dos mil personas bajo la dirección del padre Biernat y Stefan
Stuligrosz recibió al ilustre huésped con un excelente Gaude Mater. El
Santo Padre lentamente subió las gradas del altar en compañía de los
sacerdotes y obispos. Y seguro que su corazón se alegró al ver tal cantidad
de gente. Se sintió esa comunidad del espíritu y corazón, esta gran oración.
Se podría decir que reinaba un enorme silencio. Dios estaba con nosotros,
se sintió esto completamente palpable. En todo esto prevaleció una gran
armonía. Había un solo corazón y un alma. Esta oración y este ambiente de
concentración no se les puede describir.
El corazón parecía querer salir para ir hacia Dios, las bocas sólo se
abrían para cantar o rezar. Todo se sentía con el corazón. Este fue el silencio
que permanecía en Dios.
Los ojos fijos miraban el altar para no omitir nada, ni un solo momento.
Cuando el Santo Padre elevó el Cuerpo del Señor se sentía tal como si Jesús
observara desde la altura de la cruz a este pueblo concentrado en la oración
y en el altar. El cielo, como si se acercara a la tierra, a esta tierra regada con
sangre y de muchas generaciones, o ¿Puede que la tierra se haya elevado
cerca de Dios?
A ratos me sentía muy débil, pedí a Dios que me ayudara a resistir,
para no importunar a nadie. Después que pasara lo que fuese.
Durante la bendición me sofocaba la conmoción y mi corazón me latía
fuertemente. Mi alma estaba tan liviana y alegre como un pájaro, porque
en ella estaba Dios.
Y llegó inexorablemente el tiempo de partida del celebérrimo huésped.
Cuánto quería detenerle, guardar en mi corazón cada una de sus palabras,
cada gesto, no perderle de vista ni un solo momento. Deseaba que ese
cuadro fuera grabado en mi corazón para siempre. Deseaba conservar para
siempre en la memoria sus brazos abiertos que querían abarcarnos a todos.

158
El verdadero Cristo estuvo frente a nosotros visiblemente en la persona de
Su Sucesor.
Tenía una esperanza secreta, tal como todos los enfermos, que ahora al
abandonar el altar, el Santo Padre se acercara hacia nosotros por un mo­
mento, nos dijera por lo menos unas palabras. Pero no le permitieron.
Cuánto nos dolió esto y seguro que a él también. Sabido es que él quiere
estar con los que sufren. Su corazón estaba con nosotros, como nosotros
estábamos con él. Esta era una ofrenda más entregada a Dios por él. A pesar
de esto sentimos su amor y corazón en nosotros.
Fue muy dura la partida. Invadió con su mirada todo Poznan, la cuna
del cristianismo en Polonia y sede de los primeros obispos. También la
muchedumbre de más de un millón gritaba: "¡Quédate con nosotros, no
nos abandones!". Su última mirada, la última bendición y llegó la hora de
la partida. El coche esperaba ya en las gradas del altar. Qué vista tan
dolorosa cuando está así cerrado y separado de la gente...
Entonces cuántos ojos llorosos vi, manos extendidas. Nadie se moles­
taba con el sol quemante, todo esto como si no existiera. Existió sólo una
cosa y la más importante. Dios estaba entre nosotros en la persona de Pedro
de nuestros tiempos. La fe, esperanza y amor revivieron con una fuerza
incomparable. Ellos elevaron los corazones y almas por encima de todo lo
que es terrenal, sobre todo el sufrimiento, el cual si bien no desapareció,
permaneció, pero fue menos sentido y puede ser más aceptado, porque es
necesario y valioso.
Y cuando el helicóptero levantó vuelo sobre la plaza, que era como un
templo grande, parecía que ese mar de gente se elevaría en el aíre para
seguir con el amado santo Padre. Ahora quisiera sólo cerrar los ojos para
fijar en el corazón y alma todo esto, que vieron los ojos durante unas horas,
fijar estas experiencias y sensaciones, para que fueran la palanca y fuerza
en la brega del diario vivir y cargar la cruz.
Sólo pude hablar con el corazón. Dios mío, agradezco por todo lo que
pude ofrendar a tu altar: esta fatigosa peregrinación, todas las dificultades,
incomodidades e insolación del día. Se fortaleció la fe, de que mi sufrimien­
to era necesario, que tenía sentido, que no era en vano. Incluso, que este
tipo de vida tiene valor y sentido. Creo que soy necesaria a Dios, a la Iglesia
y al Santo Padre.
Retorné en el autobús parroquial con la peregrinación. Todos, aunque
cansados, estaban contentos y alegres. Cada persona repetía que no era lo
mismo que ver en la televisión. Aunque nadie de nosotros tocó directamen­
te al Papa sin embargo tenía la sensación del contacto espiritual personal.
Esto no se puede negar.
Después ya en la pantalla de la televisión continué la peregrinación. La
última despedida en el aeropuerto de Cracovia. El mismo Santo Padre

159
estuvo conmovido. Esto también era tan visible. Se despidió de su Polonia,
sin saber si volvería a verla. Sabía que abandonaba a su querido pueblo que
sufre mucho.
Él con su beso a la tierra natal, que comparó con el beso de las manos
maternas, nos enseñó a amar esta tierra en la cual vivimos y también
sufrimos.
Y se pierde su figura blanca en el interior del avión. Mis ojos ya no le
ven, pero le ve y sigue sintiendo mi corazón. Observo el avión que se aleja,
lo más largo posible. Y pido para que el grano sembrado en nuestro interior
por el Sucesor de Cristo, dé un fruto cien veces más. Para que se cambie
nuestra vida y renueve el rostro "de esta tierra".
Estoy enferma desde hace veintitrés años. Permanecí estos años tanto
en hospitales como en casa. Soy una persona solitaria. Desde la muerte de
mi madre, es decir desde 1977 vivo sola. Mi enfermedad e invalidez es una
enfermedad debido a la radiación y todas sus complicaciones.
Lucja Mazurkiewicz, de Ostrzeszów

¿Qué te diría, Santo Padre?

Con el Papa tuve la posibilidad de encontrarme en Poznań. Estaba a cierta


distancia del solemne altar en el cual oficiaba la misa con asistencia de
obispos y sacerdotes. Sin embargo, tenía buen visibilidad y mejor escucha­
ba de los altavoces.
El tiempo de espera para la llegada de los pájaros metálicos plateados
estuvo lleno de tensión, esperanza, una alegría oculta, de oración. Era un
tiempo para conversar con Dios, tiempo de concentración en silencio,
reflexión. Me encontraba en el sector situado directamente en el paso del
Sumo Pontífice. Nos dividía una distancia alrededor de dos metros de
dicho paso. O sea que tuve la suerte de encontrarme con la Cabeza de la
Iglesia Católica-Romana; aunque sin palabras fue un encuentro de mis ojos
y sentí la bendición de sus manos.
Lleno en todas partes, concentrados en la oración, las brasas asan
desde el cielo y la gente permanece, oran concentrados y curan sus almas
enfermas. Experiencias indescriptibles. Milagro del triunfo de la fe en el
pueblo, milagro de amor a Dios y la patria, milagro de los esperanzados,
que cuando no es duro, no estamos solos...
No tuve la ocasión de una conversación directa con el Pontífice, pero
pienso que esto no es lo más importante, porque gracias al encuentro con
él, en muchos momentos experimenté encuentros directos con Dios. Sin
embargo, si hubiera estado personalmente con el Santo Padre pienso que
le habría recitado mi poesía.

160
Mayo de 1981. Primer día de mis vacaciones en Polanicy Zdrój. Estoy
parada junto a la ventanilla y tramito las formalidades de mi estadía; detrás
de mí hay una cola. De repente suena el teléfono. Una señorita levanta el
auricular y da un grito de horror: ¡Atentado contra el Papa, han herido al
Papa!".
Nos paralizó a todos. En la casa vacacional se sentía tristeza y luto. En
las habitaciones se oraba. Dominaba el silencio. Dominaba el horror en
todos, creyentes y no creyentes. Dentro de unos días una sorpresa. Las
pancartas informan que en el parque del sanatorio se efectuará una misa
de campaña por la salud del Santo Padre. Desde temprano se realizan los
preparativos. En el podio de los conciertos se alza un altar. En el parque se
han colocado los confesionarios. Llegan los coros de monjas y monaguillos.
Los balcones del sanatorio llenos de pensionistas. La misa continua por la
salud del Papa. Aquí, en este parque tan hermoso, las voces ruegan plenas
de confianza y esperanza, fluyen las súplicas por su salud. Y el eco de estas
oraciones retumba en todas las afueras...
Aniela Wożniak, de Nowy Tomyśl

El más hermoso día de mi vida

El día 20 de junio de 1983 se quedará en mi memoria, como el más hermoso


día en mi vida.
Stefan Grajewski, de Kościan

Tanto amor para cada uno

En el encuentro con el Santo Padre Juan Pablo II, pude participar gracias a
nuestro párroco, quien consiguió para mí un coche y así pude viajar a
Poznań.
Ya durante el viaje sentía un enorme alegría, de que podría asistir a este
evento. Cuando ya me encontré en el lugar, se añadió una concentración
singular.
Cuando el Santo Padre saludó a los congregados y en especial a los
enfermos, entonces cada persona se olvidó de su enfermedad y sufrimien­
to. Cuando vi el rostro bondadoso y sonriente del Santo Padre y escuché
las palabras, desapareció la intranquilidad y entonces fue cuando com­
prendí, más aún, que Jesucristo eligió a sus amados, para que aquí en la
tierra cargaran su cruz que era necesaria a toda la gente para la redención.
Entonces recordé la letra de un canto preferido: "Si me quieres seguir, tomo

161
mi cruz cada día y anda conmigo para salvar el mundo en este ya siglo
xx..."
Recuerdo que hubo en mí tanto amor para cada persona, que práctica­
mente era desconocida. Este amor es el que nos enseña Jesucristo, este amor
nos da el Santo Padre.
Durante este encuentro se sentía que en esos hombres no había odio,
sólo amor. Desapareció la indiferencia, cada uno ayudaba a los otros.
El encuentro con el Papa me dio mucho, sólo sentí pena de que él no
pudo acercarse a los enfermos.

Ewa Wierzbińska, edad 26 años, de Kościan.

El Papa nos vacunó con la esperanza

Estaba consciente de que sabía a quién iba a ver. Ya hacía muchos años que
me había encontrado con el padre Karol Wojtyla en diferentes ceremonias,
primeramente como obispo, luego como arzobispo y también como carde­
nal. Siempre me despertaba gran respeto y autoridad. Conocía su libro "El
amor y la responsabilidad". Leí mucho sobre su participación en el Sínodo
del Vaticano II, sobre las recolecciones en el Vaticano y sobre sus activida­
des en el Episcopado Polaco, etc. No me extrañé que fuera elegido Papa.
Me imaginé esa posibilidad y, como muchos otros, sentí por ese motivo
una gran satisfacción. El estilo de sus actividades, el carisma y la actitud
directa en los asuntos de personas particulares y pueblos, confirmaron mis
convicciones, de que él es un Pontífice providencial y un buen padre y
polaco.
El segundo peregrinaje a Polonia —después del anterior atentado y su
salvación divina— fortaleció aún más su prestigio y especialmente profun­
dizó la simpatía y amor por él. Con alegría fui a participar en el encuentro
en Poznań. Acepté sus palabras como un programa de renovación de la
vida del pueblo. El nos infundó la esperanza que la idea de solidaridad
debe triunfar porque se apoya en la verdad. El pueblo también esperaba
esto del Pontífice.
El ambiente general y espiritual de estos encuentros nos aumentaba las
fuerzas. La gente mutuamente se ayudaba. Dominaba el orden y la tran­
quilidad. Conmovido admiraba a la gente que venía desde lejos: de Pome­
rania, Silesia. Escuchaba con atención a pesar del cansancio por el viaje
nocturno y por el calor que cundía. Esa muchedumbre aumentaba el
ambiente y simpatía entusiasta hacia el Papa. Sentí también tal como otros,
agradecimientos por su visita a Poznań, cuna de nuestra patria.

162
Todas estas vivencias se quedarán para siempre en mi grata memoria.
Ahora comprendo mejor el significado apostólico que tienen los viajes del
Papa por el mundo y pido a Dios, para que le ayude en esto.

Wacław Doroszewski, de Poznań.

Sus palabras llegaron al corazón

Soy minusválida desde mi nacimiento, me muevo únicamente en mi silla


de ruedas. Constantemente estoy en casa y tengo mucho tiempo para
rezar.
Cuando el cardenal polaco Karol Wojtyla fue elegido Papa, me conmo­
ví y alegré al igual que todos en el país.
Para el vínculo que me unió a él, así como a todos los polacos creyentes,
no sólo influyó la nacionalidad del Santo Padre, sino también su amor para
cada ser humano. Se pudo percibir esto en cada palabra dirigida a los fieles,
especialmente a los enfermos y dolientes.
Después del atentado a Juan Pablo II pasé por una fuerte conmoción.
No podía creer cómo alguien pudo atreverse a eso. Sabiendo lo que es
sufrimiento oraba más a Dios pidiéndole que le devolviese las fuerzas
perdidas. Esta cruz cargada por él en el lapso de algunos meses de recon-
valescencia, me acercó a la figura del Santo Padre mucho más, me unió con
él en la enfermedad y la oración. Después de sanarse él mismo dijo que al
conocer el dolor y sufrimiento, se unió de la misma forma con los enfermos
y dolientes de todo el mundo.
En la segunda peregrinación de Juan Pablo II a Polonia tenía la inten­
ción de participar escuchando la transmisión radial y televisiva. Sin embar­
go, esto no me bastó cuando me enteré sobre el proyecto de la visita del
Papa a Poznań. Quería estar presente en la misa que él celebraría. Era esto
mi mayor deseo y también la única ocasión. Con frecuencia rezaba con este
fin. Sentía que el encuentro con el Santo Padre me permitiría tomar fuerza,
nuevas fuerzas síquicas para seguir soportando mi enfermedad.
Unas semanas antes de la visita me enteré que en el lugar del encuentro
habría un sector especial para los enfermos. Mi parroquia obtuvo unas
invitaciones y una, por recomendación de la hermana de la parroquia, me
llegó a mí. Me alegré mucho, y desde ese momento me preparé para el
encuentro.
La noche anterior a la llegada del Santo Padre a Poznań estaba llena de
esperanza; desde la ventana me llegaban las voces de la gente que iba a
ocupar sus puestos para la misa. Por la madrugada del 20 de junio, yo

163
también me junté con ellos. La pradera no estaba lejos de mi casa. Cuando
mi padre me condujo allí, vi que muchos enfermos ya habían llegado.
Hasta la diez me quedé en estado de contemplación igual que la
mayoría de los enfermos. La llegada de Juan Pablo II me causó una enorme
alegría, y todas sus palabras se asentaron en mi corazón. Durante todo el
tiempo sentía un fuerte vínculo con el Santo Padre y la gente que partici­
paba en la misa. La bendición la acepté como un incentivo para vivir en el
amor y la paz. Sentía que no me quedaría solitaria en mi enfermedad.
Sólo me dio pena que Juan Pablo II no pudiera, aunque fuese por un
momento, acercarse a los enfermos.
Después de esta ceremonia hasta el día de hoy estoy enormemente
agradecida a toda la gente, que posibilitaron la participación de los enfer­
mos en este encuentro. Gracias a ellos tuve la posibilidad de un contacto
cercano con el Santo Padre.
En el presente, a pesar que el estado de mi salud no cambia, veo el
futuro con mayor confianza. Encuentro apoyo en las palabras del Papa. Me
fortalecen en mi fe, en que la existencia de la gente doliente como yo no es
infructífera e innecesaria. Al contrario, puedo hacer algo bueno no sólo
para la gente cercana. Por esto le quedo muy agradecida al Santo Padre.

Regina Runowska, de Poznań.


EN CZĘSTOCHOWA

Tienes que ver al Papa

Primeramente era un sueño, después me pareció que se iba a quedar como


un sueño. Sin embargo, hubo alguien que me tendió la mano y me dijo: "Te
prometo que verás al Santo Padre, sólo di que sí!"
Este ¡"Sí"! significaba ima lucha: tengo dificultades con la vejiga. Emer­
gieron muchas preguntas: ¿Si podré resistir tantas horas, si de veras veré y
escucharé? A pesar de tantas dudas respondí "Sí".
Con una enorme alegría e impaciencia empezamos los preparativos:
ropa, silla de ruedas, y de nosotros mismos por medio de la confesión y
comunión. Todo el tiempo pensaba qué más hacer para "resistir". Me
receté una dieta seca, y el día de la partida fue el día de ayuno. El 18 de junio
de 1983 partí al encuentro con el Santo Padre junto con mi hermana, un
amigo y su hija.
Era la una cuando en el corredor hospitalario del convento de las
monjas me pude vestir más abrigadamente. La hermana monja me alentó
diciéndome que valió la pena venir desde la región de Silesia para ver al
Papa de cerca.
En todas partes alegría, espera y fe, pancartas coloridas y banderas. El
ambiente me impresionó, aquí entre miles de gentes todo se vivía intensa
y cordialmente. El ambiente se hacía más animado, los corazones latían
más fuerte, la gente a pesar del cansancio estaba feliz, amable.
Pensaba que cuando todos se hincaran, por lo menos una vez vería al
Papa. Pasaban las horas y lentamente dejaba de creer si soportaría, si
sentiría hambre y no me desmayaría y no permitiría que me saquen...
Unos señores que estaban a mi lado me prometieron levantarme con mi
silla de ruedas para así ver al Santo Padre. Pero, temía que no podrían
hacerlo.
Después de la misa empezó a pasar algo que se quedará para siempre
en mi corazón y recuerdo, aunque me es difícil expresarlo. Después de la
aparición del Santo Padre: una locura de alegría, la gente se reía con los ojos
llenos de lágrimas, de las cuales nadie se avergonzó; sonreían con lágrimas

165
de alegría. Las palmas de las manos solas aplaudían. Unos a otros se
abrazaban, cada uno quería ver...
En mi silla de ruedas qué pequeña me sentía, pero feliz me convencí
que esto no era un sueño. Sentí fuerzas y alegría, yo era una partícula de la
milagrosa fe y de la Iglesia. Desapareció mi enfermedad en ese momento,
estaba como los demás. En ese momento aquí "abajo en mi silla", bastó esa
maravillosa voz tan querida por nosotros ¡que también se dirigía a mí!
Estas palabras que comprenden unívocamente todos: los más viejos y los
jóvenes, el ilustrado y el hombre completamente simple.
Esta figura maravillosa influye a cada persona. Sentí la cercanía del
Santo Padre, tal como si hubiese estado tan cerca. Sentía en mí todo esto
por la tarde y noche, y comprendí por qué en todo el mundo, en las
diferentes naciones, aman al Papa.
Por lo mismo, fue muy incomprensible el 13 de mayo... En este tiempo
la enorme alegría en el pensamiento retornaba a ese memorable día, a las
distintas lágrimas, que salían del corazón, lleno de pena. Se recordó el
tiempo consagrado a la oración con la fe de que la Virgen de Jasna Góra
salvaría el corazón que ella más ama.
Pero aquí el corazón temblaba con alegría, las manos se pusieron rojas
de los aplausos, y observé el mundo por mis ojos nublados. Único y
maravilloso día, pero tenían que suceder muchas cosas.
Cuando disminuyeron un tanto las emociones, todos empezamos a
escuchar con atención cada palabra, la gente estaba concentrada. Sin que
nadie me observara me subí al espaldar de mi silla de ruedas. En esa
posición estaba a la altura de un hombre parado, me apoyé en los que
estaban a mi espalda: una hermana y mi amigo. Con los prismáticos
empecé a buscar entre las cabezas: ¡Y vi al Papa! Su rostro vivo y
sonriente, no en la fotografía ni en la televisión. ¡Qué momento más
maravilloso! De veras que me alegré de ese "sí". Vi su figura, su rostro, sus
rasgos, de nuevo a través de una niebla debido a las lágrimas de mi enorme
alegría.
Cuando estuve así apoyada en el espaldar con los binoculares en los
ojos de repente observé que no veía las cabezas de la gente que estaba
parada adelante. Bajé los prismáticos y por un momento comprendí, y mi
vista de nuevo perdió su visualidad. La gente que estaba parada delante
me hizo un "túnel" y me pareció que alcanzaba hasta el altar, hasta los pies
del Papa. Todos se detuvieron en este largo "paso" para que yo pudiera ver
desde mi puesto todo exactamente. A pesar de este enorme tumulto cuan­
do todos estaban bien apretados y cada uno quería ver lo mejor posible se
arrodillaron, para que yo pudiera cumplir con mis sueños. ¿Quizás incluso
el mismo Papa observó tal situación?
Con mis propios ojos me convencí de cuán maravillosa es esa figura

166
blanca sonriente y cómo cambia a la gente. Ese "túnel" eran los corazones
de las personas abiertos el prójimo.
Me hubiera quedado así hasta el final, pero les agradecí por esos
momentos hermosos y de nuevo me senté en mi silla. Lentamente se
oscureció, y el altar iluminado se hizo aún más visible y las palabras
cambiaron más los corazones, las palabras del Llamado de Jasna Góra,
precisamente aquí, en Jasna Góra a los pies de la Virgen Morena. Nacieron
los nuevos sueños, para volver nuevamente aquí, a rezar ante la imagen
maravillosa, agradecer por este hermoso día.
Lentamente concluyó el encuentro, pasaron las nueve horas alegres y
felices, que me dieron fuerza y poder de fe para mi vida posterior. Eran
momentos en los que no pensé en mi enfermedad, aunque gracias a ella es
que experimenté este día. ¡De manera diferente vi mi silla de ruedas, pues,
precisamente gracias a ella es que llegué hasta aquí y cumplí con mis
sueños! Me convencí que a veces valía la pena tomar decisiones difíciles,
para verificarse y vivir situaciones nuevas y creer en la gente.
Al final del Llamado de Jasna Góra una vez más decidí ver al Santo
Padre a la despedida y de nuevo me subí al espaldar de mi silla. Y de
nuevo, bastó que una persona se diera la vuelta y tocara a la persona de
adelante y así hasta el altar se formara ese maravilloso túnel. Por eso nunca
me olvidaré de esa gente desconocida, de sus corazones y de esos momen­
tos, cuando veía al Papa.
Después de la bendición de miles de cruces regresamos abriéndonos
camino entre la muchedumbre. Se paraban los muchachos jóvenes en
ambos lados de otro "túnel": tomándose de las manos a la fuerza nos
hicieron el paso, tan amplio, que todo el tiempo fuimos hacia adelante. No
hubo ni una palabra de protesta, a pesar de que tropezamos con algunos
pies. Felizmente alcanzamos las calles de la ciudad y regresamos al coche.
Por la radio se oían las palabras del Santo Padre, precisamente del
encuentro con la juventud. Las escuchamos de nuevo todos. Y recién tuve
tiempo para comer mi merienda: desayuno, almuerzo y cena. Se acercaba
la medianoche del 18 de junio de 1983, de mi día.
He cumplido 26 años, me muevo con la ayuda de la silla de ruedas.
Nací con la columna vertebral esquista, pasé por algunas operaciones.
Fuera de la silla soy bastante hábil, gracias a Dios por mis manos sanas, la
vista, oído y mis pensamientos sanos. En los sanatorios concluí la escuela
básica, y después de un par de años en forma externa la escuela media.
Vivo con mis padres y tengo una hermana mayor. Desde mayo de este año
soy miembro del Apostolado de los Enfermos. Ahora sé que la ofrenda de
mi enfermedad puede ayudar a otros.
He escrito todo esto para de esa manera agradecer a toda esa gente
extraordinaria con la que estuve en Częstochowa y también agradecer a

167
Dios que me condujo a ese lugar maravilloso. Con frecuencia, pienso que
ese día fue como un regalo por mi silla de ruedas...

Brygida Rezner, de Bytom, Silesia.

No fui por el milagro de la curación

Soy una mujer sola, creyente y practicante. Tengo 62 años, pero estoy
enferma desde los 45 años. Me enfermé en 1968. Tres años antes sufrí una
contusión de la pierna izquierda, en la rodilla y me olvidé completamente
de esto. Pero andaba cada vez peor.
Los dolores en la rodilla aumentaban. Me trataron erróneamente del
reumatismo. Cuando por fin me hicieron una radiografía, ésta mostró una
enorme atrofia en el hueso del fémur cerca de la articulación de la rodilla.
Escuché el diagnóstico: cáncer, se debe amputar la pierna cuanto antes.
Experimenté una gran impresión. Convinimos en que iríamos a ver a otros
médicos competentes. Mi hermano vivió conmigo esta penuria. Visitamos
los Institutos de Oncología en Gliwice, Cracovia y Varsovia. En todos estos
lugares escuchamos el mismo diagnóstico. Únicamente en una de las
clínicas ortopédicas el profesor dijo: "vamos a probar salvar la pierna".
Ahora pienso que él mismo no creía en esto... Y así me convertí en objeto
de un experimento. Quizás por la voluntad de Dios. Me aferré a estas
palabras como la única salvación y me quedé en la clínica.
Entonces no me daba cuenta qué era lo que me esperaba, ¡cuántos
dolorosos y penosos exámenes antes de la operación, cuántos días duros y
pesados llenos de dolor y noches sin dormir después de la primera opera­
ción, precisamente 17 años atrás, enyesada desde la cadera como en un
féretro! La operación consistía en cortar el hueso roído y transplantar otro
del banco de huesos. El resultado del examen histopatológico fue de mal
agüero: tumor gigante celular con tendencia morbosa. No me predijeron ni
dos años de vida. En agosto por primera vez me dieron dos muletas, me
puse a llorar y me recomendaron cambiar la posición horizontal a la
vertical y aprender a andar.
En noviembre de 1969 fui a la clínica para un control, caí de nuevo y
me lesioné la rodilla. Se incrementó la infección, se me hinchó la rodilla, y
de nuevo escuché la opinión: se debe amputar el pie. No quería aceptar
esto. Toda mi naturaleza se rebeló contra esta mutilación enorme. Cada vez
que me sugerían la amputación, tenía fiebre de 40° C., en mi cabeza sentía
algo así como un incendio, no dormía, me enloquecía. Al final completa­
mente maltratada pensé: peor si estoy enloqueciendo en esta cama, debo

168
decidirme a algo. ¡No me harán la amputación! Entonces me tranquilicé
completamente.
A finales de noviembre de 1969 me operaron por segunda vez, quitan­
do transplante y dejando todo a su natural calcificación. En enero del
siguiente año me llamaron para la terapia de radiación. Viajé sin entusias­
mo, sabía que esa terapia era un medio preliminar a la amputación. Estaba
hasta la coronilla con el hospital y mi vida. La terapia con la radiación duró
un mes. Aseguraron mi pie en una armadura ortopédica, me dieron unas
muletas... y me pusieron en marcha hacia el mundo de los mutilados.
Nadie que no haya enfermado gravemente y no haya sufrido hasta el
fondo no sabe y no llega a sentir lo que se lleva dentro en estos casos. La
enfermedad le pone al hombre en el gigantesco columpio de la vida... Pasé
más de dos años inerme en una cama ortopédica, enyesada un buen
tiempo, y poco a poco llegué a la conclusión de cuán enorme es el océano
de dolor.
En nuestra clínica en todas las secciones había centenares de camas con
gente gravemente enferma. ¿Y cuántos hospitales hay en esta ciudad, en
toda Polonia y en el mundo entero? ¿Cuánta gente muere de hambre,
cuántas personas incluso no se internan en los hospitales, sufren sin alivio,
sin ayuda y tratamiento? Comprendí que mucha gente inclusive niños
inocentes sufren más que yo. Pero, esta multiplicidad del sufrimiento no
me alegraba, al contrario, me llevó a la desesperación. Tuve que resolver
este problema y buscar el sentido del sufrimiento en este mundo. Me
preguntaba y ¿por qué yo? ¿Por qué precisamente yo? Empecé a buscar en
mí alguna culpa grave... y con humildad debo confesar que no encontré.
Pequé, hubo algunas debilidades, pero nunca estuve de acuerdo con la
maldad, al contrario, siempre me empeñé en ser buena, casi todos los días
comulgaba. Quería estar siempre ante la imagen, pero francamente no me
sentía elegida, ni privilegiada, ni feliz. Estaba internamente destrozada,
humillada, aterrorizada por el imperativo del sufrimiento.
Recuerdo una confesión en el hospital, antes de la segunda operación,
cuando un sacerdote capellán tuvo que, creo que durante una hora, escu­
char mi llanto desesperado, interrumpido con preguntas quejosas y áspe­
ras: el ¿por qué? Literalmente discutí con Nuestro Señor por mi pie, con
oraciones ardientes, le suplicaba que tuviera piedad, caridad y para que el
sufrimiento no fuera mayor del que pudiera soportar, para que no me
perdiera en las penumbras y encontrara el camino hacia la luz.
Es fácil hablar o leer sobre el sufrimiento ajeno, pero completamente
diferente es sufrirlo en sí mismo. Sin embargo, después de tantos años de
invalidez aún tengo el cuello duro y la soberbia a veces no me permite
doblegarme ante el Señor. Incluso para comulgar me levanto a veces con la
ayuda de estas muletas, rebelde, chirriando los dientes y con los ojos llenos

169
de lágrimas, bien humillada y dañada, así debo buscar el equilibrio, porque
tengo que agradecer a Nuestro Señor.
Cuando el 16 de octubre de 1978 escuché en el telediario que eligieron
al nuevo Papa polaco, al cardenal Karol Wojtyla de Cracovia, mi corazón
se llenó de una enorme alegría y orgullo. Todos, incluso los más parcos, se
enloquecieron ese día de alegría. Repiquetearon las campanas, la gente de
boca en boca transmitía esa noticia inesperada, se sonreían y besaban en las
calles. También yo di por teléfono mis primeras opiniones a un hermano,
pensamientos que me inundaron en ese extraordinario momento: ¡valió la
pena sufrir durante esos diez años, para vivir ese día tan histórico, en el
cual Polonia dio al mundo un Papa!
Me sentí completa y abundantemente gratificada por Nuestro Señor,
estuve increíblemente dichosa. Después no me perdí ninguna transmisión
televisiva de la ceremonia de la iniciación del pontificado de nuestro Santo
Padre; incluso cogí mis muletas y anduve mucho para ver estas transmi­
siones en color. Fueron días inolvidables, consuelo de todos los dolores
personales y nacionales, lo que agradecemos a Nuestro Señor por toda una
eternidad.
En junio de 1983 tuvimos la gran felicidad de recibir al Papa por
segunda vez en la patria. Ya en mayo mi confesor me preparó, preguntán­
dome ¿qué haría yo para el Santo Padre? Mi amiga de Varsovia viajó para
estar en las vigilias a la capilla de la Virgen Santísima; entonces yo también
decidí ir con ella a Jasna Góra, para rezar toda la noche por la salud del
Santo Padre, para que tuviera una permanencia segura en Polonia. Más
tarde fui gratificada por esta pequeña ofrenda. Casi al último momento me
enteré que el Santo Padre después de aterrizar frente a la Catedral se
encontraría en el interior de ella con los enfermos. Entonces, concentré
todas mis energías y posibilidades para poder conseguir una entrada. Sólo
gracias a las informaciones voluntariosas alcancé a romper ese muro.
Nuestro misionero diocesano encargado para los enfermos, al entregarme
la carta me miró y preguntó: ¿Podrá usted participar? Le respondí con una
sola palabra: ¡debo!
Tanto deseaba encontrarme con el Santo Padre, ya que nos toma en
cuenta y quiere estar con nosotros los enfermos. No, no fui con el propósito
de buscar el milagro para sanarme, sino por una necesidad del corazón. La
gente sana siente alegría al ver al Sumo Pontífice; los enfermos aparte de
esa alegría sienten un gran consuelo, sosiego en el sufrimiento y aliento
espiritual.
Y hay una cosa segura: siempre se refiere al sufrimiento con compren­
sión, llama a la reflexión sobre ese valor, que el mismo Cristo le dio al
permitir que le crucificaran, para salvarnos. Hasta el momento ningún
Papa nos habló tanto y de esta manera sobre el sufrimiento. No hay pues.

170
nada de extraño que los enfermos se aferren a Él y, orientados hacia Dios,
oren tanto.
Pasé por la ciudad en muletas, por primera vez hice esta proeza, entré
en la catedral dificultosamente. Tomé el lugar con asientos en la fila donde
terminaban los bancos en el comienzo de las sillas de ruedas para los
minusválidos. En mis rodillas sostenía un ramo de hermosas rosas.
Empezó la misa y comulgué. Durante la espera recordé que las rosas
en ramo tenían espinas, entonces con el temor de que el Santo Padre se
hiriera la mano empecé a arrancar todas las espinas, orando arduamente:
Bondadoso Señor, permite que todas las espinas sean para mí y las flores
para el Santo Padre.
Pasó una media hora de las plegarias y escuchamos el ruido del
helicóptero, la ovación de la muchedumbre, gritos, cantos, música.
Se abrió la puerta y apareció la figura blanca, inundada con un mar de
luz debido a las lámparas, arañas y reflectores de la iglesia. La gente en
ambos lados tal como si ondeara se levantaba de sus bancos y todas las
cabezas de dirigieron a la entrada. El Santo Padre avanzó desde la puerta
hacia el altar, por el costado derecho de los bancos y fue tan misericordioso
que se detuvo ante cada uno de los enfermos, los saludó y los bendijo.
Cuando se acercó hacia mí, le pedí que me hiciera la señal de la cruz en
mi frente, y lo hizo. Aceptó las rosas y besé la mano del Santo Padre. Esa
mano paternal es de terciopelo, muy sensible y delicada y su tacto conso­
lador. Tomó las flores sólo por un momento, y las entregó a uno de la
comitiva, puesto que Él debe tener ambas manos libres para el contacto con
la gente; ese momento fue suficiente para mi felicidad. Después el Santo
Padre se detuvo ante un muchacho minusválido que estaba sentado en su
silla de ruedas a mi lado. Le agarró de la cabeza y le besó en la frente.
Todavía hubo un momento que me miró y yo no sé si fue un milagro que
me atreví a decir a viva voz: ¡Santo Padre, cuánto te amamos todos nos­
otros! Escuchó esto y sonrió. Se lo llevó la muchedumbre de otros enfer­
mos.
Por un buen tiempo derramaba lágrimas, que no quería secar. Inme­
diatamente vino a mi cabeza el pensamiento: cuando Jesús andaba en la
tierra entre los enfermos y desamparados ¿cómo Él se presentaba? ¿Cómo
sus manos sanaron las heridas, devolvía la vista y el oído, e incluso la vida,
ante todo la vida espiritual del hombre? ¿Cómo sus manos curaban todos
los dolores?
Ahora avanza "el Papa eslavo, hermano popular", repite las hazañas
misericordiosas del Señor e inunda en los corazones humanos la fe, el
aliento y la alegría, por lo cual sea bendecido...
Al regresar del altar el Santo Padre lo hizo por el lado izquierdo y se
acercó hacia los enfermos sentados en ese costado. Ahora ellos fueron los

171
felices en recibirle. El cardenal Primado Józef Glemp, Franciszek Machars­
ki, el padre cardenal Casaroli y otros purpurados pasaban al contrario que
el Santo Padre de tal manera que todos los enfermos sintieron grandes
emociones.
El paso del Sumo Pontífice y su comitiva fue el más largo. Al final los
cánticos del coro y las ovaciones llenas de entusiasmo de los fieles se
silenciaron puesto que los ilustres huéspedes se encontraban fuera de la
Catedral. El Santo Padre subió a su coche y viajó a Jasna Góra.
Ahora, cuando todo me es tan duro, retomo con el pensamiento hacia
la alegría de esas sensaciones y de ellas saco fuerza y voluntad para seguir
viviendo, para soportar la cruz y vencer todas las dificultades y dolores que
vuelven a aparecer.

Honorata P., enferma de Częstochowa.


EN KATOWICE

Soy un testimonio vivo

Soy un testimonio vivo del encuentro con el Papa. Como él aquí en la Tierra
sucede al mismo Jesús, entonces yo deseaba y viví este encuentro. Pensé en
esto ya durante la primera peregrinación del Pontífice a Polonia, pero en
esa oportunidad no fue posible. Esperaba muy tensa una operación. Des­
pués, cuando escuché que nuevamente el Papa visitaría la patria, pensé que
en esa ocasión debería estar muy cerca de Él, tan cerca como para poder
tocar su hábito...
Esta idea estaba constantemente en mí. Y mi enfermedad gradualmen­
te se agravaba. Después de meses vino una segunda operación, pero ya en
el Instituto de Oncología. Es muy difícil querer vivir, teniendo el conoci­
miento de una enfermedad incurable. Después vinieron otros sufrimien­
tos: dolor en la parte inferior de la columna vertebral y la posibilidad de
moverse y cambiar de posición únicamente con la ayuda de medicamentos
contra el dolor y el tratamiento fisicoterapéutico.
La reunión con el Santo Padre se realizó en la catedral de Cristo Rey en
Katowice el 20 de junio de 1983, donde llegó después del encuentro en el
aeropuerto; ésta se realizó en medio de una concentración y rezos sin cesar.
Cuando estuve ahí, entonces pensé que quería vivir. Oré con lágrimas en
los ojos ¡Dios mío que venga mi sufrimiento, pero quiero vivir! ¡Dios mío
sé piadoso y misericordioso conmigo! Esto fue enorme y conmovedor. La
confesión y comunión de los enfermos en el mismo lugar donde cada uno
se encontraba.
Todos los que estaban ahí tenían su gran secreto ¡Vivir, para que algo
cambiara! Puesto que cada persona que de alguna manera tuvo alguna
relación con la oncología, sabe cuántos rostros tiene el sufrimiento.
Cuando apareció el Papa con su comitiva hubo gran alegría y lágrimas
de felicidad. Llegó por la entrada principal y al pasar por el lado derecho
tocó y bendijo a los enfermos. Había un bosque de manos levantadas.
Después del encuentro, cuando abandonó la catedral, pasó de nuevo por
el lado derecho y de nuevo los tocó y los bendijo.

173
Estaba sentada muy cerca, fue una gran casualidad, puesto que la
catedral de Cristo Rey es grande. Y cuando estuvo cerca besé su mano
izquierda y con este gesto le presenté como al mismo Dios, mis culpas y
debilidades, el corazón sensible al daño y mi dolor. Oré y pensé en los
enfermos que no estaban presentes, por todos los enfermos incurables, por
mi familia.
Recibí un rosario papal como recuerdo y una estampa. Para siempre
ese rostro permanece en mi memoria, verdaderamente tranquilo, que
perdona todo, tranquilizante, que todo sabe y conoce.
A pesar de las altas horas de la noche regresé feliz a casa. Se me pasó
el dolor de tal manera que ando sola, sola me levanto de cama, de la silla,
se acabó mi pesadilla. Siempre recuerdo esto. En cuanto al resto, la enfer­
medad sigue en su lugar. No pasa nada.
Decidí desde entonces que siempre el 20 de junio de cada año iría a
misa para recordar constantemente lo sucedido, para que sea una misa a la
salud de los que padecen y de los enfermos incurables.
Teresa Stazvecka, Tychy.

Nació la voluntad de vivir

Vivo con mi madre enferma, que tiene 81 años. A pesar de su capacidad


mental y gran sensibilidad, la parálisis progresiva le postró a la cama del
dolor hace ocho años. Cuando en mayo, después de regresar de la Iglesia,
le anuncié que la visita del Santo Padre sería real, me dijo: "rezaré y
ofreceré todo mi sufrimiento por el seguro y fructífero viaje".
El deseo de estar cerca del Santo Padre tuvo que cambiar hacia una
presencia espiritual. Durante toda su peregrinación del "Angel Blanco" le
acompañó en el vínculo de las plegarias. Especialmente durante la peregri­
nación a la Montaña de Santa Ana, lugar donde realizó su peregrinaje
como una muchacha joven. Allí ella oró por un verdadero esposo.
En la radio y la televisión captamos todos los programas relacionados
con el Santo Padre y para nuestra sorpresa este televisor antiguo fue
efectivo. De esta manera, paso a paso estuvimos con el Santo Padre,
escuchando su enseñanza. ¡Cuántas sensaciones hubo, cuántas decisiones,
cuánta autodeterminación! Precisamente en los momentos de gran dolor
mi madre empezó a sonreírse, tal como si se enfrentara a la enfermedad.
Una gran ayuda para mí en el cuidado de mi madre. ¡Sus suspiros ahora ya
no eran para rogar la muerte sino por su salud! Nació en ella una voluntad
para vivir contra el sufrimiento.
Joanna Gabriel, de Zabrze

174
EN WROCŁAW

Lloró el Santo Padre y yo también

Me conmoví enormemente cuando me enteré que tanto los sanos como yo


tenemos el derecho de recibir al Santo Padre de todo corazón. Me muevo
con la ayuda de una silla de ruedas. Con mi amiga pasamos por la muche­
dumbre que esperaba cerca del seminario. El tiempo era espléndido y yo
ni siquiera pensé que por mi enfermedad de la esclerosis múltiple no
debería permanecer en pleno sol. Mi amiga notó que estaba un tanto
pálida. Una mujer me dio una tableta, también me dieron agua. Así, en
forma tranquila esperé sin quejarme.
Llegó el papamóvil, la muchedumbre ovacionaba y yo lloraba de
felicidad. Miraba la conmoción del Santo Padre, quien también lloró al ver
a los seminaristas y los seminarios conocidos por él.
Esa felicidad no duró por mucho tiempo y el coche partió rápidamente
y conmigo se quedará sólo la imagen del Santo Padre llorando y conmovi­
do.

Grażzyna Urbanik, edad 30 años, de Wrocław


EN LA MONTANA DE SANTA ANA

Mi más valioso medicamento

Sola pasé por algo así como una curación. Tengo 37 años y trabajo en forma
intelectual. Tengo mi hogar, un esposo y dos hijos. No tenemos grandes
dificultades, educamos a nuestros hijos en la religiosidad, tal como nos
educaron en nuestra familia.
Desde hace años estoy enferma del corazón y tengo hipertensión
arterial. Desde 1982, también estoy enferma de la columna vertebral. Estoy
completamente requebrada, puesto que la enfermedad progresa a pesar de
las buenas inyecciones. La doctora, después del tratamiento en el hospital,
me atiende en casa. Constantemente me alienta, diciéndome que llegará el
día en que me levantaré y tomaré todo en mis manos. Llegué hasta tal
extremo que no podía andar, me caía en la calle, se me adormecían las
manos, comía sólo con la boca ya que con mis manos no podía sujetar nada.
Durante la enfermedad rezaba ardientemente, lloraba y sólo a ratos me
sentía satisfecha por poder sufrir tal como el Papa. Sabía con anticipación
sobre su visita a Polonia. En febrero después de una ardiente oración, le dije
a mi marido que iría con toda la familia al encuentro con el Santo Padre.
Entonces mi esposo estaba lleno de lágrimas y mis hijos como rocas. Mis
prójimos no creían que este encuentro sería posible. ¡Sin embargo se reali­
zó!
En Nysa se organizó un peregrinaje a la Montaña de Santa Ana. Me
inscribí conjuntamente con mis hijos; mi esposo tuvo dificultades en obte­
ner permiso. ¡Las amigas del trabajo se rieron y me decían que me había
vuelto tonta, para que yo fuera con esa enfermedad 85 km a pie! Esa
situación irrisoria duró más de un mes y medio. El último día a las tres de
la tarde, a la despedida, les dije que iría en el peregrinaje, para orar por
todos ellos, y también para demostrar que existen fuerzas mayores.
El 19 de junio de 1983 a las 5.30 de la mañana se ofició una misa en la
catedral de Santiago. Había alrededor de mil personas. En la plaza me vio
la doctora y me preguntó si me atrevía a esa caminata tan larga. Le
respondí que necesitaba internamente ese encuentro con el Santo Padre y

176
esto sería mi más valioso medicamento. Después de abandonar la catedral
nos fuimos con alegría en el corazón. Los habitantes de Nysa nos despidie­
ron con lágrimas en los ojos, quejándose de que no podían ir con nosotros.
Llevaba una pañoleta en la espalda, sentía que llevaba algo como ofrenda
para el Papa. Avanzando kilómetro por kilómetro no sentía cansancio. Me
sentía como si estuviera en otro mundo. ¡Estuve tan bien, que hubiese
querido ir con esta peregrinación toda la vida! Llevábamos nuestra alegría
a los habitantes de las aldeas y pueblos. Había entre nosotros jóvenes,
ancianos, e incluso niños de la pre escolar. Todos con seriedad, sin risas y
conversaciones, sólo se escuchaban plegarias y cánticos. íbamos juntos con
nuestros hijos en un solo grupo. Estaba orgullosa de ellos. Cantaban dife­
rentes canciones de memoria.
Pernoctando en casas completamente ajenas sentía que la fe en Dios
estaba en todas partes. Las mujeres arrodillándose ante sus casas agrade­
cían a los sacerdotes, que la peregrinación con la imagen de la Madona
Morena pasara por sus localidades. Rezábamos por todos, creyentes y no
creyentes.
Llegamos a la Montaña de Santa Ana al tercer día a las ocho de la
mañana. Esperamos hasta las cinco de la tarde la llegada del Papa. Me
sentía bien y no estaba cansada. Las horas de espera pasaron pronto y
estábamos sentados en el suelo.
Cuando anunciaron que dentro de unos minutos sobrevolaría el heli­
cóptero, sentí que pasaba por mi cuerpo alguna corriente. No pude levan­
tarme del suelo y tenía lágrimas en los ojos. Mis hijos me tranquilizaron,
vino una enfermera y me dio unas gotas. Aún así no pude levantarme.
De pronto, después de la entrada del Santo Padre y la acogida que se
le brindó, desapareció el adormecimiento y me levanté. Me vino el temor,
pero cuando escuché las palabras del Papa sentí una gran libertad: "No
temáis, aunque hubieseis sido enviados a una quebrada oscura. Dios está
con vosotros".
Después de este encuentro con el Papa me siento completamente otra,
más sana espiritualmente y curada. Quisiera tener aún otro medicamento:
¡Qué él llegara aquí cada año!
En mi trabajo todos estuvieron sorprendidos con mi retorno y me
preguntaron cómo fue allí. Les respondí: todo maravilloso, estuve en otro
mundo, no pensaba en el presente y en el día gris; en una palabra, fue para
mí el más maravilloso día en mi vida. Ahora sólo sé una cosa: estoy curada,
hasta el momento no me duele nada, no me quejo de nada, me siento más
fuerte síquica y físicamente.

Sana, de Nysa.

177
Se interesó con un solo hombre enfermo

Mi sueño fue el de encontrarme directamente con el Santo Padre Juan


Pablo II durante su peregrinaje a la Montaña de Santa Ana y recibir su
bendición. Como enfermo confiaba que un buen Dios puede servirse del
sustituto de Cristo y devolverme la salud por lo menos en forma parcial.
Casualmente obtuve una entrada para la basílica de Santa Ana, en
donde tenía que realizarse el encuentro del Santo Padre en un grupo
reducido con los padres franciscanos. En la basílica me vio el obispo
Alfonso Nossol y el secretario sacerdote Andrzej Hanich. Recibí la señal
para que me acercara hacia el lugar.
Y realmente al salir de la basílica el obispo ordinario le dijo al oído al
Santo Padre que un sacerdote enfermo deseaba un encuentro personal con
él. Entonces el Santo Padre se dio la vuelta en mi dirección, se detuvo y por
un buen rato me miró detenidamente. Fue para mí un momento muy
conmovedor y feliz. Noté en los ojos del Santo Padre un enorme cansancio.
Aunque tenía la intención de solicitarle una bendición especial debido a mi
enfermedad, y al ver el rostro fatigado del Santo Padre, me callé. El Santo
Padre se acercó hacia mí, me incliné y besé el anillo del Pescador.
Se cumplió mi sueño. Personalmente, hablando no tenía mucha chance
para tal encuentro. En la fotografía de ese encuentro dos semanas después
observé que me dijo algo el Santo Padre, sin embargo sus palabras no me
llegaron. Vivía un gran momento, y el ruido causado a mi alrededor no me
permitió escuchar sus palabras.
Unos días después el padre ordinario me dijo que, en el helicóptero, al
dar vueltas en la despedida sobre la Montaña de Santa Ana, de repente le
preguntó el Santo Padre: ¿Quién era ese sacerdote enfermo en la basílica?
Esta pregunta es el testimonio de que el Santo Padre no se encuentra
con los fieles en forma superficial, y por cierto tendría derecho para hacer­
lo. Durante cada día de su peregrinación se realizaron encuentros genera­
les con millones de fieles. También se realizaron encuentros individuales
con centenares de personas. Basta mencionar las conversaciones breves
con diferentes delegaciones.
¡Sin embargo!, a pesar de tantos encuentros, a pesar de ese enorme
cansancio, a pesar de esa gran responsabilidad por la Iglesia, el Santo Padre
se preocupó de un solo hombre enfermo que le vio sólo por un momento.
Este interés me conmovió mucho más que el encuentro directo con Él.
Esta escena es la prueba de que el Santo Padre abraza con su cuidado
no sólo a la Iglesia en su totalidad, sino también abraza con su cuidado
paternal a cada hombre concreto.
Padre Paweł Kałuża, de Opole

178
EN EL VATICANO

Caso circunstancial de la Divinidad

Mi peregrinaje a Roma fue así: en noviembre de 1979, la hermana Micaela


de la congregación de las Hermanas del Trabajo Colectivo de la Inmacula­
da María en Poznań me preguntó si quería viajar a Roma. Que proyectaba
un peregrinaje con los minusválidos. Me sentí un tanto extrañada, puesto
que mi hermana que reside en Canadá, hace seis meses ofreció pagarme
una excursión a Roma.
Desde mis ocho años estoy paralizada debido al reumatismo crónico
progresivo. Durante veinte años guardé cama y los siguientes veinte años
en silla de ruedas. No camino, me dan miedo todos los cambios, los viajes.
La última vez que viajé en tren fue durante la ocupación...
¡Y aquí de repente, tanto mi hermana como la hermana Micaela, en
forma independiente, puesto que ni siquiera se conocen, me hacen la
misma proposición! Me sentí tal como si me hubiera empujado alguna
fuerza desconocida.
Roma, 28 de abril de 1980. En la estación nos enteramos que nos
concedieron el alojamiento en un lugar muy alejado del Vaticano. Los
medios de comunicación urbanos no eran accesibles para nosotros y los
taxis no querían transportar nuestras sillas de ruedas. Al día siguiente,
después de los hechos dramáticos y por un caso circunstancial de la
Divinidad, obtuvimos el alojamiento en la Casa polaca del Peregrino. De
manera muy extraña nos encontramos con una monja americana que
conducía un microbús, la que nos llevó a todos las "sillas".
Nos enteramos que el Santo Padre oficiaría la misa a las cinco de la
tarde, en honor a Santa Catalina, patrona de Italia. Asistimos a ella llenos
de emoción.
En el corredor de la basílica nos detuvo el guardián del Vaticano:
entradas. No teníamos ni siquiera idea de esto. Gestos adecuados y nues­
tras sillas eran el equivalente de las entradas. Entramos en la basílica
acompañados por uno de los guardias uniformados. La enormidad de la
basílica a uno le atemoriza, le da una sensación de irrealidad: ¿yo aquí?

179
Después de un momento los murmullos y ruidos se convierten en
ovaciones y gritos. El cortejo que avanza delante del Papa es largo y pasa
al lado contrario del confesionario. El Santo Padre sube las gradas, besa el
altar y cubre con su mirada a todos los congregados, se dirige hacia
nosotros, estamos seguros que nos divisó. Su rostro, claramente conmovi­
do tembló, tal como si estuviese asombrado...
La misa y homilía en italiano. El coro y los cánticos maravillosos. Y de
nuevo esa sensación de irrealidad, tal como si me hubieran secuestrado en
mis sueños y trasladado a la basílica, tan cerca del Santo Padre.
Después de la misa el cortejo pasa cerca de nosotros, y tras de éste el
Papa avanza lentamente. El Santo Padre de repente "se desliga" y se
detiene: "¿Cuándo llegasteis, cómo, en tren? — ¡Qué increíble! Hasta pron­
to, mañana en la plaza".
El gesto de la bendición y se une al cortejo. Estamos obnubilados, de
veras no esperábamos hoy un contacto tan directo. Esa noche, en la audi­
ción en polaco de la Radio Vaticano escuchamos la noticia de nuestra
presencia en la basílica y al día siguiente en la edición de "L'Osservatore
Romano" apareció la fotografía de nuestro pequeño grupo.
En la audiencia general, el 30 de abril ya estábamos anunciados. El
servicio vaticano nos indica el lugar al lado del podio pontificial.
Después de la audiencia el Santo Padre, como de costumbre, se acerca
hacia los enfermos presentes cerca del podio.
Estamos en primera, saluda a cada uno, con cada persona intercambia
algunas palabras y bendice. Sólo unos segundos, pero se tiene la sensación
de que ese momento, en ese segundo, toda la atención del Santo Padre
estaría concentrada sólo en esa persona. Los gestos del saludo, la bendición
se repiten, pero en todo esto no hay nada de rutina. Es así, como si para el
Santo Padre fuera esto en cada caso un encuentro auténtico con el hombre
único e irrepetible. Y algo sorprendente: Él reconoce a la hermana Micaela,
la que por mucho tiempo trabajaba en la Curia de Cracovia.
Ese día en la audiencia general hubo alrededor de cien mil personas.
La enorme plaza y la basílica grande y tantos miles de gentes de diferentes
países e incluso de continentes. Y este grupo pequeño de unas cuantas y
puede docenas de enfermos muy cerca del Santo Padre. El servicio tiene la
orden de ubicar a los enfermos cerca del trono, por una recomendación
especial del Papa.
Hay mucha gente fascinada con la personalidad de Juan Pablo II, pero
cuán difícil llega a sus conciencias lo que Él enseña con sus palabras y sin
ellas, inclinándose ante el hombre sufriente. Allí, al lado del Santo Padre
percibí profundamente este misterio incomprensible: la vida de la Iglesia
extrae los jugos vitales de lo que es más débil, más pequeño, inadvertido.

180
odiado. Le gustó a Dios contribuir a la Iglesia, salvar el mundo por la Cruz
del Hijo del Hombre, por el sufrimiento.
El apóstol San Pablo asevera que "lo necio del mundo escogió Dios,
para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para
avergonzar a los fuertes..." 1 Cor 1,27.
Un gran misterio que llega a las sombrías raíces del mal y del triunfo
final de Dios Misericordioso.
El Santo Padre al decir que le causamos una gran alegría seguramente
no sólo pensó en nosotros, en las sillas de ruedas. También tenía en mente
a todos aquellos que nos facilitaron nuestra presencia. Cuánto trabajo de
esas manos humanas, de un pensamiento cordial y cuidado se tuvo que
concentrar para todo esto... Esta empresa, humanamente considerada fue
demencial. Tuvieron razón todos aquellos que no estuvieron de acuerdo
con nuestro viaje a Roma. Fueron decisiones cuerdas y lógicas las de
preparar un grupo de personas para que organizaran la estancia en Roma
a las numerosas peregrinaciones de Polonia. Allí, realmente no había lugar
ni tiempo para esta proeza individual. Sin embargo, hubo personas que,
probablemente asombradas con nuestra escapada, nos ayudaron e incluso
tuvieron que vencer grandes dificultades para organizar todo eficazmente.
Al día siguiente, el 2 de mayo de 1980, Juan Pablo II viajó al África por
diez días. Nos quedamos en Roma un tiempo, pero sólo a través de la
televisión pudimos ver al Santo Padre.
Cuán necesaria es al Santo Padre la presencia de los dolientes a su lado,
su presencia física es la expresión de la proximidad espiritual. Y es necesa­
ria nuestra permanencia pasiva al lado de él y apoyarle en su servicio a la
Iglesia.
Puede que por eso tuve que estar presente allí, para vivir más profun­
damente esta verdad misteriosa, de cuán ligada está al mundo de los
sufrientes la misión pastoral de Juan Pablo II.
I.S. de Poznan

El Santo Padre me tomó de la mano.

Nací en 1957, y en los primeros días de mi vida los médicos confirmaron


defectos del corazón. Mi madre temía mucho por mi vida, puesto que con
frecuencia yo tenía ataques convulsivos. Debido a esto en la tercera semana
de vida me bautizó con agua. En esa noche crítica, agotada por las vigilias
y sin ver la salvación para mí, me arrulló, y así permaneció hasta quedar
completamente dormida. Cuando despertó, estaba completamente tran­
quila en sus brazos. Los espasmos cesaron y nunca más se volvieron a
repetir.

181
Estaba permanentemente enferma, hubo complicaciones y retrasos en
mi desarrollo físico. Por ejemplo, recién empecé a caminar a los cuatro años
de edad. En el período del jardín infantil estuve dos veces hospitalizada: en
el Instituto de la Madre y el Niño descubrieron un defecto al corazón, el
que en ese entonces no se podía operar en Polonia.
En la escuela me llené de complejos y constantemente rechazada por
el grupo en la clase, sentía una sensación de ridiculez.
La primera señal de la Providencia fue mi selección para ser operada
del corazón en Suecia. La operación fue un éxito, aunque seguían existien­
do muchos problemas.
Después de repetir la clase vm y con la ayuda del plantel educativo, con
gran sacrificio aprobé el bachillerato en Varsovia. En esa ocasión estuve tan
cansada y agotada, que no sentí ninguna alegría de este logro.
Recién ese inmemorable otoño y la novedad sobre la elección del Papa
polaco me electrizó y me arrancó de ese letargo. Me inundó una gran
alegría, como nunca había sentido en mi vida. La mayor sensación que
sentí en mi alma fue los encuentros de Juan Pablo II con la juventud y los
enfermos en Varsovia y Cracovia, como también en Częstochowa. Los
discurso del Santo Padre dieron un determinado sentido a mi vida, él en
esa ocasión dijo que los enfermos rezaran por él, puesto que ellos son el
soporte de la Iglesia y de él. Precisamente, gracias a esta súplica, tuve la
conciencia de que nunca sería inservible. Me alegra ser el soporte del Papa
a través de la ofrenda de mis sufrimientos y abnegaciones causadas por la
enfermedad.
Desde el momento en que vi al Santo Padre, él se convirtió para mí en
lo más adorado. En la Plaza del Castillo me vino un deseo apasionado de
encontrarme personalmente con él, aunque sabía de antemano que tenía
una mínima posibilidad.
Durante el viaje a Roma, con anterioridad al peregrinaje de los enfer­
mos se eligió una representación encargada de entregar los regalos y de
asistir a la audiencia general. En el fondo de mi corazón pensaba que yo
también estaría entre ellos. He aquí, el 30 de abril de 1980, estaba parada en
la barrera, sobre una silla de plástico, esperando la llegada del Papa a
nuestro sector. Era una espera llena de tensión. El Santo Padre antes de
llegar hacia nosotros, se acercó a los enfermos, que estaban sentados en sus
sillas de ruedas. Sentía una envidia por no pertenecer a ese grupo. Estaba
completamente decaída y fatigada. Cuando el Pontífice se nos acercó,
alrededor se llenó de alboroto y ruido. Unos lloraban y otros cantaban la
canción popular La Barca.
Cuando el Santo Padre estaba parado al lado nuestro, mi mano salien­
do de la barrera alcanzó su muñeca. Pero en ese momento el Santo Padre
no vio, porque estaba ocupado con las siguientes personas. Los demás de

182
nuestro grupo insinuaron al Santo Padre que se fijara en mí. El Santo Padre
prometió que al día siguiente se ocuparía de mí. Al escuchar esa respuesta
estaba paralizada y entumecida.
Cuando le tomé la mano al Santo Padre, pensaba que nadie tenía esas
manos tan suaves, calurosas y aterciopeladas.
Al día siguiente a las cinco de la tarde marchamos nuevamente al
Vaticano. Me encontré en un grupo de mil personas en la Capilla de la
Virgen de Lourdes en los jardines del vaticano. Estaba sentada muy cerca
del altar y podía ver exactamente el rostro del Papa. Recibí la comunión del
Santo Padre. Cuando comulgaba, él me miró con una mirada cálida y
suave. Sé que nadie me ha mirado hasta el momento con tanto amor.
Después de la misa fue a saludar a todos los grupos y se hizo fotogra­
fiar con ellos como recuerdo. Con cada uno de ellos intercambió algunas
palabras, una sonrisa cordial y su bendición. Al final vino hacia nosotros.
Yo también le solicité su bendición: no recuerdo en qué momento el Santo
Padre me tomó de la mano, me tocó el cuello y acarició mis cabellos.
Este encuentro con Juan Pablo II me hizo entender que precisamente
así debió influenciar Cristo a la gente. En ese momento me imaginé la
figura de Cristo y en mi imaginación pude reproducir diferentes escenas
de la vida del Salvador.
Mi alegría fue indescriptible. Desde la coronilla de mi cabeza, por todo
mi cuerpo pasó una corriente pulsante que causó el ablandamiento de mis
rodillas. Recuerdo ese momento lúcidamente, fue una sensación única, la
que nunca antes sentí.
Al retornar, inclusive se me vino la calentura debido a las grandes
emociones vividas. Después de mi llegada a casa recibí una siguiente
gracia: desaparecieron para siempre los dolores de cabeza.
Desde aquel momento del encuentro en el Vaticano, sé que Juan Pablo
II es para mí el mejor amigo, que nunca me falla. Pero, lo más importante
que me quedó de éstas, mis impresiones, fue la profundización de mis
vínculos con Dios. Me dominó el deseo de la oración con mayor concentra­
ción y sacrificio. Con Cristo puedo hablar continuamente y de todo. Está
siempre muy cerca de mí y siempre alcanzable. El Santo Padre me enseñó
durante su enfermedad, cómo en forma tranquila se debe soportar el
sufrimiento y empeñarse en no pensar en sí mismo. También logré mayor
valor para la vida, encontré el sentido de la vida, ante todo una alegría
interna. Desapareció esa impresión de soledad y desamparo.
Permanentemente estoy rezando para que al Santo Padre no le falten
fuerzas en el ofrecimiento de amor a la mayor cantidad de gente en todos
los países.

Agnieszka Żebrowska, estudiante de teología de Varsovia

183
Un buen pastor

Durante la primera peregrinación del Papa a la patria estuve en la clínica a


consecuencia de una operación. Me trasladaron con mi cama al pasillo y
todo el día estuve frente al televisor, "viajé" con el Santo Padre.
Obtuve una entrada al encuentro con él, en Częstochowa, durante la
segunda peregrinación. El 18 de junio antes de las tres de la tarde los
enfermos y sus asistentes se reunieron ante la catedral. Unos estaban
sentados en los bancos, otros en las sillas y otros en sus sillas de ruedas.
Todos concentrados rezando a la espera.
A las cinco el Santo Padre se acerca a los primeros enfermos. Al frente
mío unos niños mutilados sostenidos por las hermanas de la Virgen Mise­
ricordiosa. Él besó las cabecitas de los niños enfermos de hidrocefalia,
recibe las flores de las manos torcidas por la enfermedad, y alarga su mano
lo más lejos posible, para tocar, bendecir.
Vi a un hombre joven, quien después de ser besado por el Papa en la
frente, se tapó el rostro con sus manos y lloró. Puede que el encuentro le
haya ayudado en su lucha contra el sufrimiento, le fortaleció en el camino
de su vía crucis. Sentí sus esperanzas, dolor y alegría, de todos aquellos, los
aún pequeños y ya sufriendo, y de esos forjados en el sufrimiento durante
muchos años.
Una breve oración junto al altar y las palabras del Señor del Santo
Padre. Habló sobre la alegría de ese encuentro, sobre la emoción evangélica
y humana, sobre la participación de los enfermos en el misterio de la
Redención, que es la prolongación de Cristo sufriente. Mucho me conmo­
vió la afirmación de que los enfermos con sus sufrimientos preparan Su
alma para entrar en Jasna Góra, para que él pueda en el fondo de la fe,
esperanza y amor, servir a todos como peregrino.
En una profunda concentración recibí la bendición. Solicité que esto
llegara hasta mis amistades enfermas en la clínica, a todos, que no pudie­
ron participar en esta Cena.
Regresando por el lado izquierdo de la catedral el Pontífice puso su
mano en mi cabeza. No alcancé a besarla, pero como una mujer evangélica,
besé el extremo de su hábito, en la manga.
Quise decir algo, pero sólo se extendieron mis manos y un llamado en
silencio, ¡Santo Padre!
Permaneció la alegría y dicha, el agradecimiento a Dios, a la Virgen
Santísima, al Santo Padre y a toda la gente por ese día lleno de misericordia.
Recibimos una estampita del Papa de Buen Pastor.
El tratamiento ortopédico lo empecé ya en 1936, guardando cama,
enyesada desde la cadera después de ima inflamación tuberculosa de las
articulaciones de esa zona del cuerpo. Llevaba un aparato ortopédico y un

184
calzado de 14 centímetros para nivelar. Después de lá operación en 1946 mi
cadera seguía inmóvil, con una diferencia de 10 centímetros y andaba sin
el ortopédico.
Recién en los años setenta se efectuaron las siguientes operaciones,
quedando la disminución del pie derecho en siete centímetros. Luego
desbloquearon la cadera inmóvil y me pusieron una articulación artificial.
Después de 42 años al fin pude sentarme normalmente. En noviembre de
1980 durante la tercera operación me quitaron las placas y los tomillos del
pie derecho. Y en febrero de 1985 la endoprótesis de la articulación izquier­
da de mi rodilla. La reducción del pie fue de 1,5 cm. Después de cada
operación asistía a los tratamientos de rehabilitación en Kamień Pomorski
y siempre regresaba al trono de la Virgen de Jasna Góra para agradecer.
La placa con sus tomillos, la historia de la enfermedad y el tratamiento
los entregué como voto en la Jasna Góra. Estoy convencida de que María
solicitó a la Santísima Trinidad la gracia para que me curara y se sirviera
de gente desinteresada y excelente. Ahora camino bien, sin dolor, y con un
solo bastón.

Leokadia Pospieszyńska, de Częstochowa.


EN LA PEREGRINACIÓN DE
RYDER-CHESHIRE

Mi resurrección

Tuve una enorme dicha cuando pude ver y estar con el Santo Padre. Desde
hace veinte años que estoy enferma de artritis y durante todo este tiempo
me curo en Konstancin-Varsovia. Allí hay un departamento en el Instituto
Reumatológico que funciona bajo el patronato de la señora inglesa Sue
Ryder. Los pabellones de este departamento fueron construidos por la
Fundación Sue Ryder. Fuimos invitados por esta institución a un congreso
de enfermos. Cuando se aproximó el 25° aniversario de sus bodas con el
capitán Cheshire, la señora Ryder tomó la decisión de llevamos a Roma.
Hubo una enorme alegría y al mismo tiempo surgió la pregunta ¿si era
cierto y quién viajaría?
Al final partió un tren especial desde Varsovia hasta Roma con 317
personas, entre ellos los ex combatientes de la II Guerra Mundial.
No se efectuó la audiencia con el Santo Padre el miércoles, como era
costumbre, sino el jueves 5 de abril de 1984, a las 12.30. Ya a las 10.00 los
autobuses, con la ayuda de la escolta de la policía italiana, partieron desde
el hotel hacia el Vaticano. Todo el grupo internacional de enfermos de la
fundación Ryder-Cheshire conjuntamente con los asistentes sociales con­
taba con cerca de 800 personas.
Ingresamos al Vaticano por el portal del Santo Oficio, cerca de la sala
Pablo VI. Nuestros asistentes sociales nos ayudaron a bajar de los autobu­
ses cargándonos. Lo hacían de buena gana y muy cuidadosamente.
En la Sala de las Audiencias ante las gradas y el podio había diez filas
de sillas de ruedas con los enfermos y sus asistentes. Los más hábiles
estaban sentados en unas sillas.
Ya en el momento de entrar a esa sala gigantesca tuve la impresión de
que había traspasado el umbral misterioso y de que me encontraba en un
mundo diferente. Un relieve moderno extraordinario que representaba a
Cristo resucitado me llevó a la reflexión y acortó el tiempo de espera.
A las 12.30 al compás de la marcha de Gounod con los brazos abiertos,
como si quisiera abrazar a todos, entró el Santo Padre acompañado de los

186
sacerdotes. La sala le recibió con expresiones de alegría, ovación y un fuerte
"Cien Años". La gente secaba sus lágrimas de las que no se avergonzaba.
¿Y yo? Debido a mi enfermedad de los ojos no pude llorar. Sólo contempla­
ba cada movimiento y gesto de él. Recuerdo su sonrisa amistosa y, al
mismo tiempo, la preocupación en su rostro.
Después de un momento el Santo Padre solicitó la presencia de la
señora Ryder y el señor Cheshire, para saludarles conjuntamente con los
enfermos. Bendijo al matrimonio y les felicitó en ocasión del 25° aniversario
de sus bodas. El cuadro fue conmovedor.
Luego se dirigió a los enfermos. Bien concentrada y conmovida escu­
chaba todo lo que nos decía, pero esa enorme perturbación permitió que
sólo recordara algunas frases.
Después de retomar a Polonia con frecuencia analizaba el texto de la
salutación. Encuentro en él palabras y pensamientos que me dan fuerzas y
valor en los momentos más difíciles. Me permitieron comprender el senti­
do del sufrimiento y me mostraron el camino para acercarme a Cristo.
Después de la salutación del Santo Padre, junto con los acompañantes,
entre ellos los señores Ryder-Cheshire, se acercó hacia los enfermos. Dio
la bendición y conversó, y a los más jóvenes los armilo con un gesto
paternal.
Durante todo este tiempo no pude apartar la vista de estas escenas
conmovedoras. Una de mis amigas solicitó la bendición para su hija, con la
foto en sus manos. Otros enfermos trajeron sus trabajos para entregárselos
personalmente al Santo Padre como prueba de su amor.
Suponíamos que ya no se acercaría hacia los enfermos que estaban
sentados. Sin embargo, tuvimos la oportunidad de tenerlo entre nosotros.
Cuando se aproximó en nuestra dirección empezamos a vitorear: ¡Papa,
Papa, Papa...! La peregrinación de Francia empezó a cantar para el Papa
"Góralu, czy ci nie żal...", "¿Serrano, no te da pena...? Se creó un ambiente
irrepetible. Sería difícil volver a reproducirlo incluso con las más bellas
palabras.
Se acercó hacia nosotros; una amiga, que estaba completamente con­
movida, inclinó su cabeza para besar el anillo pontificial. Después se ubicó
a mi lado. Esperaba tanto este momento y yo fui la primera en tenderle la
mano.
Con anterioridad decidí decirle al Santo Padre sobre mi enorme felici­
dad de verle frente a frente y tocarle. Pero en el momento cuando quería
decir todo esto, me callé. ¿Por qué? Al ver el rostro del Papa, mirando sus
ojos lo iónico que alcancé a decir fue ¡Santo Padre! La conmoción me apretó
la garganta, pero logré sonreír. Aun tomando en mis manos las del Papa,
sentí cómo se desplazaban sus manos blandas y maravillosamente cálidas.

187
Se separò sólo dos pasos, pero sin regresar. Pasó a saludar a las siguientes
personas.
El tiempo asignado para la audiencia terminó. Con los brazos abiertos
el Santo Padre se despidió de todos y se dirigió hacia la salida. Pienso que
él quería quedarse con nosotros más tiempo.
Cuando su silueta ya desapareció, escuché unas frases a la distancia de
un clérigo que estaba parado a mi lado:
—"Así era Cristo cuando andaba por la Tierra, y él es el sucesor".
¡Palabras muy bellas!
El Santo Padre se quedará para siempre en mis pensamientos, acciones
y plegarias. Por su causa me hice más rica espiritualmente. He alcanzado
un gran triunfo que es el fortalecimiento de mi fe. ¡Qué maravilloso es
deshacerse de los pensamientos atormentadores y de las dudas, vivir con
un corazón abierto para Dios y la gente! Estas sensaciones maravillosas las
he llamado mi resurrección.
El llamado del Santo Padre con el cual se dirigió hacia los enfermos
solicitando "...que le apoyáramos y nos convirtiéramos en la fuente del
poder para la Iglesia y la Humanidad...", me permitió conocer la fuerza, el
poder y el sentido cristiano del sufrimiento. Son unos valores inestimables,
los cuales anteriormente no llegaban a mi conciencia. Cómo podía vivir sin
ellos, renegando y con la misma pregunta en los labios: ¿Por qué yo? Ahora
me pueden preguntar ¿Por qué precisamente yo viajé al encuentro con el
Santo Padre? ¡Fue dispuesto por Dios, así lo comprendí! Ahora, he percibi­
do Su gracia y velo continuamente. Pone en prueba mi carácter débil, pero
no me abandona en mis momentos difíciles.

Zofia Kalinowska, de Gdynia

El hombre crece y madura en el sufrimiento

Escribo sobre el encuentro con el Santo Padre durante la audiencia conce­


dida a los participantes de la peregrinación organizada por la señora Sue
Ryder en abril de 1984. La señora Ryder de buena voluntad pensó ante todo
en los enfermos y dolientes. Precisamente, fueron ellos los que viajaron a
Roma desde diversos países del mundo. La mitad de los participantes
fueron personas duramente golpeadas por el destino, recargados de enfer­
medades incurables, inmovilizados en sus sillas de ruedas. El resto fueron
condenados a ima muerte repentina, elegidos de las secciones oncológicas,
o gente con una fuerte experiencia de los campos de concentración, ex
prisioneros.

188
Yo estaba en este último grupo. Como muchacha joven participé en el
movimiento de resistencia y la Gestapo me arrestó con mi madre. En la
prisión de Kielce pasé por todas la interrogaciones empleadas por los nazis,
todos los métodos de la Gestapo, luego me trasladaron al campo de con­
centración de Ravensrück. Lógicamente después de estas experiencias
quedaron huellas psíquicas y físicas, moderadas posteriormente por una
vida familiar feliz.
Me tocó participar en la Audiencia del Santo Padre en uno de los
momentos más difíciles de mi vida: no hacía mucho que había perdido a
mi esposo, quien era un apoyo, era nuestra alegría. Se veía en él sólo alegría
y ánimo para vivir, nos daba una sensación de seguridad y convencimiento
de que siempre solucionaba todo y nos amparaba en cada situación difícil.
De repente me sentí como una persona que ya no estaba en tierra firme.
¡Retomó con toda su fuerza el sentido de la amenaza. El sentido de una
vida sin esperanza y de un constante indeterminado miedo! Estuve com­
pletamente aniquilada y quería seguir sus pasos. A esa actitud desesperada
me llevó un pensamiento, de que Dios me separaría de él para siempre...
En ese estado de ánimo me encontré en el grupo que viajaba a Roma al
encuentro con el Santo Padre.
En principio ese agrupamiento de la desgracia humana me atormentó,
incluso pensé que la vida era terrible e injusta. Empecé a sentir algo así
como ima rebelión intema. Sin embargo, renació un pensamiento en forma
gradual: que no era la única que sufría y que mis sufrimientos no eran los
más importantes. El viraje decisivo fue precisamente el encuentro directo
con el Santo Padre.
Para nuestra felicidad nos condujeron a la sala de recepciones. Apare­
ció el Santo Padre y ahí le vi por primera vez. Esa fue una gran experiencia.
Para mí, tan destrozada internamente, la principal sensación fue su
suavidad, tal como si comprendiera, tranquilidad interna. Estaba conmo­
vida y esta conmoción también la observé en otros. Y como si fuera la
respuesta a mi rebelión interna, escuchamos palabras sobre el sentido y
significado del sufrimiento, el cual sería la complementación de los sufri­
mientos de Cristo. Para mí esto no fue una idea nueva. Conozco el Evan­
gelio, soy creyente y practicante, escuché similares formulaciones durante
la confesión. Esta vez entendí mejor que en el sufrimiento el hombre crece
y madura bajo la condición de que se lo acepta precisamente en esta forma.
Cuando el Santo Padre se aproximó hacia mí, cuando se detuvo y
miraba, tenía la sensación de que sabía todo de mí y me comprendía.
Miraba él con un sentimiento cálido inimitable; fue entonces que capté
precisamente llena de sentimientos y de todo corazón esas palabras y su
sentido. Llegaron hacia mí y me dieron alegría y tranquilidad.
Y hoy, cuando retoma la desesperación, cuando aparecen las compli-

189
caciones familiares, las cuales me siento completamente incapaz de resol­
ver, veo ese rostro compasivo, siento esas manos calientes y blandas que
toman mis manos y ese gesto paternal de amor y consuelo, tal como
cuando tomó en sus manos mi cabeza aturdida.
Ahora sé lo que es el amor omnipotente que da apoyo y consuelo. Ese
contacto directo con el Santo Padre permanecerá en mi memoria hasta el
final de mi vida como un modelo insuperable. Evidentemente modelos de
este tipo son irrepetibles, pero hace bien tenerlos, pensar en ellos permite
ser una persona mejor.

María Sobolezvska, de Gdynia

He recibido una purificación interna

Mi enfermedad empezó durante la infancia, se llama atrofia muscular.


Cada año se empeoraba hasta que me acostumbré y acepté la enfermedad.
Ahora tengo 30 años.
Tuve una enorme suerte al ser invitado por la Fundación de la señora
Sue Ryder a participar en la peregrinación a Roma.
El Santo Padre entró en la sala grande y levantó los brazos para saludar
a todos. Cuando contemplaba la figura del Santo Padre, todo mi cuerpo
temblaba. Me olvidé completamente que estaba en una silla de ruedas. Mi
enfermedad y sufrimiento pasaron a otro plano, se alejaron. Ante mí sólo
veía Su figura.
El Papa se acercó a cada uno de nosotros. Yo estaba sentado en la
segunda fila, entonces no esperé mucho tiempo. El Santo Padre primero me
dio su mano que besé. Me preguntó de dónde venía. Le respondí que de la
región de Lublin. Puso su mano sobre mi cabeza y ese encuentro duró cerca
de un minuto. Fue un momento algo así como un olvido. Por ese minuto
vale la pena vivir en el sufrimiento. Experimenté algo así como una purifi­
cación interna. Estuve muy tranquilo, sentado por un buen momento, lleno
de paz y de mis propios pensamientos. Incluso no escuchaba el ruido de la
sala. El Santo Padre se acercó hacia otra persona. En ese momento miré a
mi alrededor y nuevamente sentí una indeterminada sensación al ver cómo
los demás no podían contener las lágrimas.
Después de ese encuentro mi vínculo y fe se profundizaron. No sé si
mi vida se cambiará en forma evidente. Sin embargo, considero que todo
lo que se acumuló en ese momento —la fe y esperanza— permanecerán en
mí para siempre.
No sé cuál será mi posición para vivir en el futuro, pero ya ahora creció
mi paciencia y voluntad para ayudar a otros. Cambié el carácter, estoy más

190
paciente y me empeño en ayudar a los demás, a los que necesitan más que
yo. Ahora comprendo bien el sufrimiento y el dolor de los demás. El
sufrimiento enseña a tener paciencia y ennoblece al hombre.

Andrzej Wroński, de Bełżyc

Los buenos también están entre nosotros

En septiembre de 1962 tuve un accidente: fractura de la columna vertebral


con el deterioro de la médula espinal. Me desperté en las penumbras de la
noche. Probaba mover los pies, pero no podía. Confirmé con terror que
estaba paralizado. El temor por la vida me paralizó también los pensamien­
tos. Me sentía inservible y quebrantado. Esos sentimientos ardientes de
soledad llenaban mi pecho.
Cada día se intensificaba el pensamiento. Yacía a la espera de los
favores y desfavores de los demás. En principio me visitaban mis amista­
des, pero al ver mi desesperación dejaron de visitarme. Me quedé solo.
Psíquicamente estaba al borde del abismo. Rodaba en él cada vez más y
más abajo. Guardaba cama, horas íntegras, semanas, y éstas se convertían
en meses interminables. Constantemente sentía frío, a pesar de que me
abrigaban de pies a cabeza.
Ni siquiera podía sentarme con mis propias fuerzas. Escribía y leía con
grandes dificultades. Con frecuencia yacía sin pensar en nada, sin esperar
nada. La hermana María me curaba de mis heridas, muy difíciles de
cicatrizar debido a la cama. Las incontrolables funciones fisiológicas me
obligaron al aislamiento.
Un golpe doloroso, que empeoró significativamente mi estado, fue el
telegrama por la muerte de mi madre. Me quedé completamente solo,
desamparado. Sólo me quedaba Dios, a quien en este tipo de sufrimientos
no siempre entendemos. Todo me parecía incomprensible, la realidad y esa
inmensa obscuridad.
Después de cierto tiempo recibí una carta con las valiosas palabras del
padre Karol Wojtyla, en la cual escribió entre otros: "... sólo la acumulación
de la energía espiritual especialmente sobrenatural puede contribuir en la
mantención de un equilibrio íntegro en tal situación. Y no tema de que esta
energía se pueda esfumar o no se pueda crear. Ellas siempre esperan al
hombre, porque simplemente Dios le espera a él con su gracia. Piense en
eso y ore. Sólo por ese camino se puede conquistar su vida...".
Por mucho tiempo reflexioné sobre mi situación, el impasse vital.
Llegué a la conclusión de que lamentablemente debía resolverlo solo.
Probaré —tal como me había sugerido el padre Karol— emprender la lucha

191
conmigo mismo y vencerme. Buscar las fuerzas extremas, me dije. No
perdía nada, podía más bien ganar.
Empecé a ejercitar intensamente, puesto que llegué a la convicción de
dominar mi cuerpo enfermo. Obtuve unos ortopédicos. Con la ayuda del
terapeuta me puse unos zapatos duros y pesados en mis pies inmóviles y
sin tacto. Estuve todo sudoroso. Me pusieron de pie cerca de mi cama. Dar
los primeros pasos fue un verdadero martirio. A penas di unos cuantos
pasos y me caí.
El segundo día me fue mejor, y cogí más ánimo. Diariamente tenía un
horario de ejercicios intensivos.
La primera peregrinación de Juan Pablo II a Polonia la seguí por medio
de la televisión en Cracovia. Aunque hubo un encuentro de los enfermos
con el Papa, lamentablemente no pude vencer todas las dificultades para
participar en esa ceremonia. Durante la segunda peregrinación tampoco
tuve la posibilidad de un encuentro directo. Recién la inesperada visita de
la señora Sue Ryder de la Gran Bretaña abrió esa posibilidad del encuentro
con el Santo Padre en Roma.
El 5 de abril de 1984 asistí a la audiencia con el Santo Padre. Desde las
más tempranas horas, curioso y excitado, y al mismo tiempo lleno de
temores, si conseguiría un lugar desde donde podría ver.
Ante el podio colocaron tres filas para las sillas de ruedas, para cada
enfermo y su asistente.
Suena el himno pontificial y luego entra el Sumo Pontífice vestido de
blanco. Me quedé completamente paralizado. Ardo. Mi vista está fijada en
sólo un punto. No quería perder nada. Se escuchó un huracán de aplausos
y por un buen tiempo se mantiene la ovación. La emoción se intensificó
cada segundo. La señora Sue Ryder y Leonard Cheshire se acercaron hacia
el Papa. Primeramente se arrodilló la señora Ryder, y besa el anillo ponti­
ficial, luego el señor Cheshire. El Santo Padre con pasos lentos se acerca al
trono.
Mantengo el bolígrafo y el cuaderno de notas en la mano y me esfuerzo
en escribir mis impresiones al calor de los hechos. Las emociones llegan a
su apogeo, unos lloran, otros limpiándose las lágrimas en sus mangas, los
demás agudizando la vista empeñándose en fijar y recordar las sensaciones
de ese momento solemne. ¿Y el mismo Papa?
Su silueta me es conocida, sin embargo no es completamente la misma.
Recuerdo la ligereza de sus movimientos, su vigor y frescura. Todos estos
rasgos parecía que habían cedido a la lentitud. Su figura un tanto agachada.
Está un tanto moderado, pero digno. Se sonríe de manera conmovedora
que le rejuvenece y al mismo tiempo cautiva. Hay en él algo que podría
llamarlo una chispa de juventud. Sus canas, que se le salen debajo del
gorro, le añaden más dignidad.

192
El Santo Padre primeramente envía su mensaje a las familias francesas.
Luego se dirige a los esposos Ryder y Cheshire en inglés. Al final en polaco
a nosotros. Con una fuerte expresión acentuó su fe en su fuerza interna, que
se la debe extraer durante los sufrimientos.
Después de una ovación larga se bajó del podio. Se acercó hacia los
minusválidos: les dio la mano, les acarició sus cabezas y les bendijo. Pasó
por la primera fila y luego la segunda. Se acercó en mi dirección. Me quedé
paralizado. Por momentos perdí el sentido de identidad. Quería ver su
rostro de muy cerca. Crecía la tensión a cada segundo. Estoy satisfecho de
que a pesar de mi enfermedad y las grandes dificultades, estoy cerca del
Papa. Sentí su figura y la mirada hacia mí.

Stanisław Podlaski, de Cracovia


ENCUENTROS ESPIRITUALES

Peregrinar con el Santo Padre en los pensamientos

¿Qué podría decir? Que no estuve en el encuentro con el Santo Padre


precisamente por causa de mis pies enfermos y mi sufrimientos. Siento no
haber participado, porque sé que hubiera sido feliz y puede que más sana.
En tal situación lo único que me quedó es aceptar el no haber estado junto
al Papa y la gente.
Debido a la parálisis de mis pies incluso no puedo caminar en mi
habitación. En esta soledad sólo me cabe la oración por la salud y la visita
feliz del Papa.
Cuando el Santo Padre llegó a Polonia en 1983 se le esperó con gran
añoranza. Por esa alegría me olvidé de que yo era una persona inmoviliza­
da. ¡Entonces se me vino a la cabeza un pensamiento feliz, un pensamiento
maravilloso! ¡Que podía peregrinar con el Santo Padre en mis pensamien­
to, estando en mi habitación, y viendo la transmisión en la TV! Me alegré
de la idea que me envió la amada Virgen de Częstochowa. Decidí confesar­
me y comulgar. Le dije a mi sacerdote que me estaba preparando para
peregrinar con el Santo Padre a través de la televisión. El cura alabó la idea
y me aconsejó que durante todo ese tiempo mantuviera una cruz en mis
manos. Me alegró mucho esa linda proposición. Estaba feliz por la idea de
prepararme para mi peregrinaje. El retrato del Papa lo decoré con unas
banderolas y de esta forma yo y mi habitación estábamos preparadas para
recibir al Santo Padre. En mi corazón sentía una alegría y regocijo.
Estaba tan preocupada por todo eso, que durante la transmisión decidí
sentarme, aunque hasta ese momento constantemente yacía en la cama,
porque mi columna vertebral no era muy fuerte. Y así durante todo el
peregrinaje estaba sentada orando con la cruz en la mano. ¡Con esa cruz en
la mano estaba con el Santo Padre en todas partes! Estaba feliz por la
manera de poder efectuar ese peregrinaje. Estaba en todos los lugares, en
cada ciudad elegida por el Papa. Lo único que sentía era la imposibilidad
de recibir la comunión de las manos del Santo Padre.

194
Así fue mi encuentro, me dio muchas fuerzas y fe para un mañana
mejor. Durante todo ese tiempo tuve un buen estado de ánimo.
Sé que mi enfermedad es incurable, que no hay medicamentos para
ella, por eso mismo espero la ayuda únicamente de la Virgen de Częstocho­
wa y recibo de ella su socorro.
Así pasó con mis manos. Las tenía completamente inmóviles, inclusive
no podía sostener una cuchara para comer. Ahora, puedo sentarme y
escribir. Sé que escribo mal, disculpe por la escritura, pero es el resultado
de mi enfermedad y una inactividad prolongada.
Precisamente esta encuesta me alentó a escribir y el escribir me volvió
a la vida. Lo hice con gran dificultad, escribí durante semanas. Confieso
que muchas veces estaba completamente agotada, lloraba y sentí que no
podía. Interrumpía mis garabatos, y después de cierto tiempo de nuevo
aparecía una renovada resistencia. Sentí que la vida para mí se convirtió en
felicidad y que no hacía caso a mi enfermedad y sufrimiento.

Aleksandra Wojciechowska, de Skarżysko-Kamienna

"Sé valiente"

Alguien me dijo que las sensaciones y experiencias que se adquieren


durante los encuentros con el Papa no se las puede describir ni contar. No
participé en ningún encuentro con nuestro Pontífice. Incluso, no pensé en
eso, me dan miedo las masas y concentraciones de gente, puesto que más
de una vez inclusive en la iglesia me empujaron y me caí al suelo. No tenía
a nadie que me apoyara o ayudara para que participara en el encuentro con
el Santo Padre. Y había tanta gente...
Cierta vez leí acerca de una monja que se movía en una silla de ruedas
y le dijo a Juan Pablo II que pasaba al lado de ella: ¡Santo Padre, sáname!,
se fijó en ella y se sonrió. Sin embargo, recordé las palabras con las cuales
se dirigió a ella: ¡sé valiente! Y estas dos palabras la sanaron, no del cuerpo,
sino del espíritu, puesto que ella, la hermana se conformó con su suerte.
Dos palabras, sólo eso. Estas dos palabras dirigidas a una mujer enfer­
ma las recordaba tanto como si me las hubiera dicho a mí. "Sé valiente"...
Verdaderamente no es fácil serlo cada día.
El sufrimiento, la enfermedad, la cruz —así nos defendemos ante el
sufrimiento— y el peso de la cruz quisiéramos echarlo a los hombros de
alguien, ¿por qué?
He vivido tres años en la inmovilidad. Mucho y poco. Mucho si se
tomaran en cuenta los días, meses, años... y muy poco para llegar a la
santidad.

195
Dios me ha dado la vida y una salud completa en los primeros quince
años. Después, una parte de esa salud la consumió la enfermedad, la que
también me dio Dios. Fue un golpe grande para mis padres y también para
mí. Pero, si Dios desea que ande por la vida llevando las muletas y con un
paso desordenado ¿puedo yo darle la contra?
Me ha colmado de sufrimiento, soledad entre la gente; extraña en mi
medio de trabajo, con otra visión del mundo. La fuerza del tormento y el
dolor del alma a veces muy fuerte, que parece que no se los podría
soportar. Dios comparte conmigo en mí este sufrimiento, con su amor, me
muestra su Misericordia, me perdona los pecados. ¿Cómo no serle agrade­
cida por todo eso?
No me rebelo, no puedo rezar por mi salud. Lo iónico que le pido a Dios
es la gracia para pervivir, para que valiente e intrépidamente sepa vencer
todas las dificultades. Las dificultades son para vencerlas. Sólo con el
sufrimiento, la oración y cumpliendo la voluntad de Dios se puede salvar
el mundo y la gente, equilibrar el paso del mal, del crimen y los daños
humanos. Cristo realizó esto. Sufrió para nosotros y por nosotros. ¿Por qué
nosotros no queremos voluntariamente sufrir para los demás, por Dios?
La mutilación inutiliza a la gente —interna y externamente— les em­
pobrece en experiencias y estrecha la manera de pensar y de sentir. Un
hombre mutilado tiene posibilidades limitadas, no puede estar seguro de
sí mismo, no puede proceder tal como quisiera. No fortalece a la gente
sana, es un ser de "segunda categoría", alguien inferior, al que se le puede
omitir, o humillar, despreciar, empujarle a un rincón y no tomar en cuenta
sus necesidades.
Por otra parte, precisamente esta mutilación y los numerosos sufri­
mientos relacionados con ella, enseñan humildad, paciencia, resistencia,
habilidad para perdonar y el olvido de sí mismo. Permiten comprender a
otro ser. El sufrimiento que se experimenta en unión con Cristo flagelado
a los pies de su cruz, a cada uno de nosotros nos puede enriquecer interna­
mente. Esto es una experiencia más, una prueba más, un paso más en el
camino de la santidad, hacia Dios, para el momento dichoso de la resurrec­
ción.
Krystyna Kasiuchna, de Starachowice

Yo soy precisamente este ser feliz

Personalmente no pude participar en el encuentro, pero describo mis


experiencias y de los enfermos en el hospital. Estoy enferma de artritis
incurable de tercer grado, no puedo caminar, soy minusválida. Me alegra,
poder escribir y transponer mis experiencias al papel.

196
1979
Estoy en el Hospital Reumatológico. En Polonia se preparan para la visita
del Santo Padre. Conversaciones prolongadas de los enfermos y las plega­
rias nocturnas por la salud y feliz viaje a su tierra natal. Los enfermos se
reúnen en la sala, incluso a los que guardan cama a solicitud de ellos se les
trasladó sus camas ante el televisor. En la pantalla, Varsovia, la muche­
dumbre esperando, el aeropuerto. Se escucha el ruido del avión. Todas las
miradas dirigidas hacia el cielo; luego el aterrizaje. Después de un momen­
to, aparece el Santo Padre y con los brazos en alto saluda a la muchedum­
bre de Varsovia y a los televidentes. Nosotros los enfermos sentimos que
se sonríe para nosotros, que nos bendice en nuestro sufrimiento. Concen­
trados ante el televisor no sentimos ningún dolor, nos sonreímos cuando
aparece el Santo Padre. Las lágrimas en los ojos de los enfermos, lágrimas
dichosas. Cuando sufro fuerte y dolorosamente, me acuerdo de ese mo­
mento, me siento aliviado y disminuye el dolor.

1981
13 de mayo. ¡Algo terrible! Tiros traicioneros. Sangre en la sotana blanca.
Al Santo Padre le sostiene un sacerdote. La ambulancia, su paso por las
calles de Roma. En la televisión los cuadros pasan como en una neblina,
debido a las lágrimas, que se derraman de los ojos. El llanto conmueve a
todos. Dios mío, sálvale, en Ti está la esperanza. Dios mío, dales a los
médicos manos exitosas e inteligencia para la operación. Horas, días ínte­
gros rezando y en tensión. La espera de cada noticia sobre su salud. En la
pantalla vemos al Santo Padre sufriendo.
Ya respiramos profundamente por su salvación, agradeciendo a Dios
y por la recuperación de su salud. El Papa retoma al Vaticano. Y otra
noticia inquietante. De nuevo las oraciones ardientes de los polacos. Dios
nos pone a prueba. Sabe que nuestras plegarias son sinceras y fervorosas.

1983
Me encuentro en mi casa en Siewierz. Mi enfermedad se agudiza. La artritis
destruyó las articulaciones, bloqueó el movimiento de mis extremidades.
¡Pero, el pensamiento sobre el viaje del Santo Padre a Polonia alegra tanto
que elimina completamente el dolor! Sólo puedo verle en la televisión,
estar cerca con el pensamiento y seguir cada uno de sus movimientos, y
sonrisas y escuchar sus palabras, recibir la bendición junto a los participan­
tes de los encuentros. Cuando por un momento cierro mis párpados me
siento muy cerca del Santo Padre. Cuando Él da la comunión cierro los
párpados y siento que soy el hombre feliz, que la recibe de sus manos. Mis

197
hijos viajaron a Jasna Góra y junto con ellos, parte de mí fue y se acercó al
Santo Padre. Al frente del televisor peregrino junto con nuestro querido
Papa: Varsovia, Częstochowa, Poznań, Katowice, Wrocław, Montaña de
Sana Ana, Cracovia, Los Tatra... Aspiro las palabras del Santo Padre, recibo
la bendición que eleva el espíritu, y por la noche recorro las cuentas del
rosario y siento que esto es también la gracia del Santo Padre. En la noche
de insomnio las imágenes de la pantalla retoman hacia mí y esa sonrisa
cordial, que admira todo el mundo, modera y mitiga mi dolor.
Los viajes apostólicos de Juan Pablo II son cansadores, llenos de esfuer­
zo, entonces nuestra obligación como enfermos es la de orar todos los días
por Él. Puesto que su vida no fue fácil, desde su niñez tuvo dificultades,
amainó su dolor sirviendo a Dios como monaguillo, en los senderos de
Kalwaria aplacó su dolor y fortaleció la fe, en las montañas estuvo cerca de
Dios en su corazón y pensamiento, en su espíritu formó al hombre capaz,
bueno, inteligente; al hombre de la paz, de amor a Dios y a la gente, en la
imagen de su semejanza.

Zofia Blach, de Siewierz

Bálsamo para los corazones enfermos

Al Santo Padre sólo le vi por la televisión, pero algo me empuja a escribir


estas palabras. Aunque pasó un buen tiempo ya, muchos sentimientos
quedaron hasta hoy. Todos esos maravillosos días, cuando estuvo entre
nosotros, dejaron en el corazón muchas alegrías y esperanzas. Esperanzas,
que para los enfermos son a veces la única salvación. Dejaron la alegría,
puesto que hoy considero que la gente enferma es la primera tarea de la
Iglesia, que las oraciones de los enfermos recogidas en el cielo luego
abundan con muchas gracias en la tierra. Acepté mi enfermedad, soy
necesaria a mi familia, incluso a mis conocidos; entonces amo a la gente y
me empeño en conocerles.
La visita de Juan Pablo II me llevó alegría y confianza. La elección de
un polaco para la Sede de San Pedro fue un remezón potente para la gente
de todo el mundo. Sus palabras sobre el sentido cristiano del sufrimiento
son un bálsamo para los corazones enfermos, son una esperanza en la
esperanza.
Ese memorable mayo, cuando la bala del turco terrorista hirió la
conciencia del mundo hubo ese dolor universal y desesperación si sobrevi­
viría. Dolor y desesperación, porque Él es nuestro, de casa, polaco, pero
ante todo es el fundamento y esperanza de la gente enferma y doliente.
Nuestros corazones se paralizaron cuando dieron los comunicados sobre

198
su salud. Tuvo que ser así, para que sanara, para que siga removiendo la
conciencia de la gente y del mundo del siglo XX, malo y bueno, del mundo
con hambre, con guerras, miseria, el mundo de las píldoras anticoncepti­
vas, un mundo de injusticias sociales pero también un mundo de la Madre
Teresa de Calcuta, de Alberto Schweitzer, de los hermanos de Taizé, un
mundo de amor y plegarias y un mundo de los enfermos que necesitan el
consuelo, porque a veces la desesperación les devora el corazón, les falta la
esperanza. Esto es lo que más necesitan.
Todo esto me entregó Juan Pablo II. Estas dos visitas me dieron una
sensación de que el hombre quisiera dar de sí al prójimo. Esto nos enseñó
él. No quiero pensar qué pasaría si Él no estuviera presente. Qué pasaría
en este mundo. Hay que resistir, confiar, orar.
Estoy enferma desde hace once años de esclerosis múltiple. Estoy
casada y soy madre de tres hijos. Tengo cuarenta y tres años y una invali­
dez de primer grupo.
Herta Antończyk, de Świętochłowice

Me aumentó fuerzas la alegría del trabajo

Preparándome espiritualmente para el encuentro con nuestro Papa en


Varsovia deseaba ofrecerle algo, lo que sería el símbolo de la unión con mi
sufrimiento. Desde mi infancia estoy enferma de poliomielitis y acepté este
símbolo como un mensaje en esta vida terrenal. Sin embargo, conservo un
buen ánimo en el corazón y en mi rostro, y por eso doy aliento a mis
prójimos, que siempre los tengo a mi alrededor. Cuando empezaron los
preparativos para el encuentro con el Papa decidí aprovechar de la cortesía
de Anin cerca de Varsovia que tenía que organizar este evento, el aloja­
miento y toda la asistencia social.
Con alegría empecé a prepararme. Pinté un cuadro de la Virgen María
para Juan Pablo II. Fue un cuadro excepcional, porque la Virgen María
estaba rodeada de un rosario de hojas vivas. La alegría de ese trabajo me
dio fuerzas.
En este mismo tiempo sucedió una desgracia. Durante los preparativos
se me cayó el agua hervida de la cocinilla eléctrica y me quemé. Tuvieron
que llamar a la ambulancia.
Sé que no era la única en desear el encuentro con el Papa. Tampoco lo
quise lograr a todo precio. Entonces decidí ofrendar mis nuevos sufrimien­
tos —las quemaduras— como un apoyo moral a nuestro patriota. Sé, pues
que cada enfermo está cerca del Papa. No me olvidaré de aquel momento,
cuando estaba en casa, a pesar de mi debilidad, miré el rostro de Jesús y
empecé a orar ardientemente:

199
—Jesús mío, si tengo que viajar al encuentro, me seguiré preparando.
Sin embargo, si esperas alguna otra cosa de mí, cumpliré con humildad y
amor hacia Ti. Dios mío, dame la señal cualquiera que sea, la aceptaré.
Entonces el sufrimiento me vino del Señor. En cierto momento lo
acepté y agradecí por haberme escuchado. Soporté todo esto por el éxito de
la peregrinación de Juan Pablo II a la Patria. Después ya viendo al Papa en
la televisión, tomé parte en forma espiritual en los encuentros y en las
plegarias. Me uní con el Santo Padre por medio de mi alma pensando que
no le pasaría nada doloroso. Y así fue hasta el último día de su visita.

Wanda Ryszewska

13 de mayo de 1981

Son las 18,45 y capto la radio de Londres. La primera noticia trágica del
atentado a la vida del Papa Juan Pablo II: durante la audiencia del miérco­
les a las 17,17. El Santo Padre está herido y es trasladado al hospital.
Después de un momento dijeron que el Santo Padre está fuera de peligro
de muerte.
A las 19,00 en el telediario de Varsovia dieron más detalles. Después
de la información empezamos con la madre a rezar el rosario por el retomo
de la salud del Santo Padre.
Las 20,15 Radio Vaticano. Grabé toda la audición, luego copié de la
cinta magnética, cuando pasaron momentos más graves. A veces grabo y
copio, pero hoy no estoy en estado de hacerlo.
Las 21,00 —Varsovia. Noticias sobre el Santo Padre y los mensajes de
todo el mundo que son dirigidos a él, con expresiones de sentimientos y
votos para que retome a su salud y los votos para orar por él.
14 de mayo de 1981. Hoy no estuvimos en la misa, me siento peor. Ayer
escuché hasta las 23,00 la radio con el fin de enterarme sobre el curso de la
intervención quirúrgica, que duró unas cuatro horas. Me tranquilicé un
tanto después de saber de la operación.
Durante la noche me desperté dos veces y encendí la radio pero no
pude captar ninguna noticia. A las 6,00 tampoco pude escuchar nada del
Vaticano. A las 7,30 la misa desde la capilla de la Radio Vaticano por la
salud del Santo Padre. Después de la misa: "¡Jesús mío! te entrego el resto
de mi vida por el éxito del Pontificado, hoy si es necesario mayor sacrificio
para que le devuelvas la salud al Santo Padre ¡estoy lista para todo, para
todo! Entonces, pensé en ofrendar mi vida.
Las 12,00, las noticias de Varsovia. El comunicado sobre el estado de
salud emitido por los médicos. Lo leyó desde Roma el padre Florian Pełka.

200
Gracias señor, Jesús mío, el estado de salud del Santo Padre es satisfactorio
después de la operación. Dieron la presión sanguínea, temperatura, la
frecuencia de la respiración por minuto. Dieron también otras noticias,
entre otras, que el Santo Padre durmió algunas horas después de la opera­
ción. Y hoy por la mañana conversó con el padre Dziwisz, quien está a su
lado todo el tiempo.
Desde tempranas horas la radio de Varsovia transmite música clásica
e informa sobre las impresiones vividas por todo el país que se une en la
tristeza y esperanza para el retomo de su salud. En todas las iglesias se está
orando por el bienestar del Santo Padre, por la necesidad de la gracia.
Fueron iguales las declaraciones de los representantes del Episcopado: del
cardenal Franciszek Macharski, del obispo Dąbrowski y otros. Para mí
estas declaraciones fueron el bálsamo para este gran dolor. ¡Creo que estas
palabras son proféticas! ¡Pienso que los escuchas las captaron de esa mane­
ra!
Cuando ayer oí que, en la plaza de San Pedro, se mostró la Virgen
María en la imagen de Jasna Góra sobre el trono del cual el Santo Padre
tenía que hablar, fue para mí la primera y significativa señal de esperanza.
La Virgen María concluyó la audiencia por el Santo Padre.
Por la tarde dormí un poco, estaba ya muy cansada. A cada rato llanto,
y de nuevo también esperanza.
Las 16,15 —Radio Vaticano. Comunicado: El Santo Padre durmió
tranquilo; la respiración 23 por minuto, la presión 130/100. Después de la
operación el Presidente de Italia visitó al Santo Padre. Juan Pablo II reco­
noció al Presidente y con una venia agradeció por su cuidado. La operación
duró cuatro horas y media.
Las 18,00 —Radio Varsovia: la misa por la salud de Juan Pablo II y el
Primado en la plaza del Castillo en Varsovia ante la Iglesia de Santa Ana.
Suenan las campanas. La canción "Desde esta tierra pobre..." Se inicia la
misa, celebrada por el obispo: "En este lugar en el que nos alegramos con
El, ahora oramos por su salud. Oremos también por la salud del Primado.
Tal como si estuvieran unidos en el trabajo, así están unidos en el dolor...".
Las 20,45 — Radio Vaticano: El rosario en la plaza de San Pedro por la
salud del Papa. El rosario lo ofició para los fieles el cardenal Hugo Poletti,
vicario del Santo Padre para la ciudad de Roma. Hay mucha gente, cantan,
pero no hay alegría como la que reinaba aquí. Toda esta gente vino por el
amor al Papa... Todo el día pasaban por aquí y rezaban... en el lugar donde
fue herido el Santo Padre habían rosas rojas...
Termino aquí mi opinión, pero rezo el rosario por la salud del Santo
Padre cada día.

Optimista, 55 años, educación media

201
El entusiasmo de millones de personas

No tuve la suerte, ni el honor de encontrarme con el Santo Padre, conver­


sar, o estar próximo a Él. Todo esto a causa de tres motivos. En primer lugar
soy ima persona de edad avanzada, tengo 84 años y siento todas las
dificultades relacionadas con mi edad. Me sería difícil estar parada en
medio de la muchedumbre durante algunas horas. En segundo lugar, tuve
que atenerme al llamado de las autoridades, quienes solicitaron que las
personas ancianas y los enfermos se quedaran en sus casas y no dificulta­
ran a nadie. En tercer lugar, considero que la juventud debería estar al lado
del Santo Padre como necesidad por su carácter juvenil y fuerte, ya que la
Iglesia sobre esa base construye su futuro. Nosotros los viejos ya nos
estamos acabando y ya nada podemos hacer en bien de la Iglesia.
Entonces tuve que contentarme en ver todas las ceremonias por la
televisión y como televidente describo mis impresiones.
Y el ruido del avión que trajo al Santo Padre me causó una extraña
sensación de alegría. Vi el entusiasmo de millones de personas, que tam­
bién influyó en mí.
En las ceremonias, que se realizaron en Varsovia, Częstochowa y en
Cracovia, participé espiritualmente y a pesar de que me separaban cente­
nares de kilómetros, me parecía que estaba en medio de la muchedumbre.
Estamos orgullosos de nuestro Papa patriota. Sabemos que Él ora por
nosotros y lleva el nombre de Polonia por todo el mundo. Por todo esto
debemos pagarle con la oración. Y yo rezo mucho por el Santo Padre, por
el primado, por el Cardenal para que Dios les dé salud, sabiduría, para que
dirijan bien la Iglesia. También sigo atentamente todos los viajes del Santo
Padre y rezo por el éxito de éstos y sus felices retornos a Roma.
Pertenezco a un medio de personas de edad avanzada, pero aún
conservo mi capacidad intelectual en buena forma. En general, me siento
débil, pero me muevo con mis propias fuerzas y, gracias a Dios, no guardo
cama. Soy viuda, sin hijos, perdí a mi marido en el campo de concentración
de Gross Rosen. Estuvo preso por su participación en el AK, Ejército
Nacional Polaco. En este mismo campo y por el mismo motivo perdió la
vida su hermana mayor Marian, ambos murieron en 1945. El tercer herma­
no, el menor, Emilian, médico, buscó ayuda entre los amigos, traspasó la
frontera y cayó a un campo de prisioneros en Starobielsk. Perdió la vida en
Katyń.

Zofia Wyzina, de Chrzanów


He ofrendado mis sufrimientos por el Santo Padre

Aunque no tuve la posibilidad de estar personalmente en el encuentro con


el Santo Padre, viví como si hubiese estado presente. Desde el momento de
la elección del cardenal Karol Wojtyla a la Santa Sede siento mayor volun­
tad para vivir y para soportar mi enfermedad incurable y desconocida:
esclerodermia. Estoy enferma desde los diez años y rápidamente me con­
vertí en inválida de primer grupo.
Desde hace mucho tiempo paso dos o tres meses al año en hospitales.
La enfermedad empezó desde el momento en que me fue difícil cerrar la
boca, después apareció la supuración de los dedos de mis manos. Ahora
los tengo como si estuvieran amputados. Tuve que ir al médico debido a
un dolor fuerte en mi pie. Así empezó todo...
Recuerdo tal como si fuera hoy ese día 4 de febrero de 1980, tuve la
primera intervención quirúrgica. Cuando estaba en la mesa de operación
sobre mi cabeza en la pared vi una cruz grande con Jesucristo. Me quedé
dormida a las ocho de la mañana y desperté a las diez de la noche. Cuando
me despertaron, estaba furiosa, porque allí donde me encontraba me sentía
muy bien. Era muy hermoso, una gran cantidad de bellas flores, no me
dolía nada. Esa vez pasé por tres operaciones. La primera, supresión del
nervio ciático; la segunda, amputación del pie y la tercera, reamputación.
Después de dos años perdí el segundo pie. En total pasé por siete operacio­
nes, sin contar las pequeñas. Así, pues, desde el momento de traspasar los
umbrales del hospital soy un "conejillo de India", puesto que mi enferme­
dad es aún poco conocida.
Me atiende un médico, que de veras es muy dedicado y me acompaña
ya hace veinte años.
Puede ser que con la noticia sobre el atentado al Santo Padre haya sufrido
más que otras. Sé qué significa una operación, además siendo tan grave.
Al saber del atentado mi corazón se quedó paralizado, dejó de latir.
Cuando recobré la memoria, mi primer pensamiento fue que esto no era
verdad. Y me quedé en ese estupor y adormecimiento sin poder articular
una sola palabra. Sentía sólo una gran pena y dolor grande. ¿Por qué? Así
fue hasta el primer comunicado alentador.
Sin embargo seguía quebrantada, por cuanto el primado estaba grave­
mente enfermo y temía que Polonia desapareciera.
Pero después de cierto tiempo sentí la gran necesidad de orar, ofrecí
entonces mis sufrimientos por la salud del Santo Padre. Agradezco a la
Virgen de Jasna Góra por este milagro de socorro y le solicito su constante
cuidado por el Santo Padre.
Stanisława S., 46 años, de Mszana Dolna.

203
No estuve en ninguna parte donde estuvo el Santo Padre

Responde a la encuesta María Brukiewicz, jubilada, nacida en 1915.


Terminé 6 años de la escuela básica. Mi infancia y toda mi vida han
sido duras. Tengo nueve hijos: cinco hijos, cuatro hijas, veinticuatro nietos
y tres bisnietos.
La segunda peregrinación del Santo Padre constituyó para mí una gran
emoción. No estuve en Poznań, donde estuvo el Santo Padre. No pude ver
al Santo Padre, ni tan siquiera desde lejos, por ello no pude tocar su mano
ni su sotana. Participé con Él sólo espiritualmente, vi cómo bendecía a
todos, cómo besaba la tierra que las nutrió. Pude ver al Santo Padre en
televisión.
Estoy clavada en la cama ya desde hace quince años, tengo reumatis­
mo, pero gracias a Dios que veo, escucho, y todo lo recibo con humildad,
entregándome a Dios.
Me enriqueció la llegada del Santo Padre a Polonia con su amor hacia
todos: malos y buenos. Para los malos, porque el Santo Padre dio la ofrenda
de su corazón y mostró lo que es el amor al prójimo y consagración.
Este año fue para mí más fácil, pasó rápido. Por la mañana, cuando
despierto, le ofrezco el día a Dios, oro el Angelus junto con el Santo Padre,
de igual manera por la tarde y la noche y no siento mi sufrimiento. Así
pasan los días....
El Santo Padre solicita a los enfermos que se unan con él en oración.
Cuando nuestro hermano polaco es el Santo Padre, nosotros los polacos
nos sentimos felices y vivimos más seguros, porque tenemos el mensajero
de Dios, tenemos un tutor y defensor. El Santo Padre despertó en mí un
amor humano del hombre para el hombre. Él no clasifica a la gente en
nacionalidades ni credos, ama a todo el mundo, ama a los buenos y a los
malos.
El Santo Padre ama más a los pobres, hambrientos y enfermos, a los
desamparados y ama muchos más a los niños pobres y abandonados.
Yo me uno a esto con la oración y no lo impide mi invalidez, enferme­
dad, ni las dificultades cotidianas. Estoy con el Santo Padre cada día y en
todas partes, como una fiel caminante. Oro por sus salud y fuerzas, para
que Él pueda permanecer en esta pesada peregrinación de la vida que lleva.
Él hombre bueno tiene que sufrir y cargar su cruz. En esto está oculto el
misterio. El sufrimiento eleva, por que el hombre que no conoce el dolor de
la vida, no es maduro. En el sufrimiento mora la sabiduría, benevolencia y
el amor.

María Brukiewicz, de Krzywinia


Nuestras miradas se encontraron en el espacio

Mis encuentros con el Santo Padre fueron diferentes a los de millones de


personas aunque no alejados y, seguro, no únicos. Soy inválido de primer
grupo después de una enfermedad del sistema nervioso, grave e incurable.
Enfermé cuando tenía 27 años. ¿Que enfermedad era? No supe, y tampoco
los médicos, y un terrible dolor dominó mi cuerpo; quería huir, pero mis
pies, débiles, no respondieron. Una impotencia atemorizante, un vacío...
sólo la terrible conciencia que se reía de mí, burlándose: no eres nadie, has
muerto en vida...
Me encontré en el hospital. Llamaron a un consejo de médicos. Al
buscar los reflejos me hirieron dolorosamente mis pies y el estómago. Para
el examen de fondo de ojo me enviaron a Cracovia.
Fui internado en la clínica de enfermedades contagiosas. Allí llenaron
mis venas con litros de sueros, dos para el desayuno, dos para el almuerzo,
dos para la cena... Así durante tres días. Después me trasladaron al institu­
to... Estuve desnudo durante ima hora y media, cubierto con una cobija, en
una mesa en el baño, esperando la admisión.
Me quitaron toda ilusión de recobrar la salud, al contrario, inclusive se
determinó el tiempo de mi muerte. Allí dejé de ser hombre, y me convertí
en un objeto sin valor.
Al día siguiente me enviaron a mi casa. Mi esposa fue la más cuidadosa
asistente, enfermera, rehabilitadora. Me hacía masajes en las extremidades
dolorosas; hacía ejercicios con mi cuerpo inerme. Anta la desesperanza ella
dio la prueba más grande de un amor ilimitado: nació una nueva esperan­
za, nació un nuevo hombre, transformado en el sufrimiento...
Pasaron los años. Pero, gracias al trabajo, de un muñeco inerme me
convertí en hombre. Empecé los primeros pasos de independencia, aprendí
a conocer el mundo y una pronunciación correcta.
Después una noticia alegre: un polaco en la sede de San Pedro. Y la
espera de la primera visita del Santo Padre en el país.
Durante la primera peregrinación todavía no podía abandonar mi
morada. Entonces estuve ante la televisión y me uní espiritualmente con el
Santo Padre. Este grano de fe sembrado en mi conciencia empezó a germi­
nar con la voluntad de consagrarse en el trabajo samaritano para ayudar a
los demás, necesitados y enfermos graves. Inicié la creación del club de
corazones abiertos. Hoy, llegan centenares, miles de cartas de los enfermos
graves e inválidos. Respondo, aunque tengo muchas dificultades para
escribir a máquina. También llegan palabras de admiración por parte de
muchas personas y colaboro con muchos seminarios... me he consagrado
al trabajo para otros.
Recorrió por toda Polonia la noticia de la segunda peregrinación de la

205
esperanza... nuevamente aparecieron mis deseos para participar en el
encuentro con el Santo Padre. ¿Pero podré llegar desde la estación a la
pradera Błonie de Cracovia?
De repente se enfermó mi hija. Hospital, operación de apendicitis, en
casa dominaba la pena, un silencio atormentador, y preocupaciones. Todos
los días por la mañana y por la noche íbamos a visitarla al hospital. La
sección de cirugía estaba en el cuarto piso, entonces mi esposa subía sola a
esa sección y yo sentado en el coche miraba la ventana, para saludarla.
La radio transmitió todas las ceremonias religiosas. Destrozado inter­
namente estuve presente al lado de mi niña y me uní en oración con el
Santo Padre. Le llevamos a mi hija una radio con audifonos. Se alegró
porque así pudo escuchar la voz del Papa.
En el día de la ceremonia en Cracovia, en toda la región de Podhale
dominaba un ambiente festivo. El sol quemaba. Durante la noche, en la
cumbre de Giewont, ardía un fuego visible desde lejos. Parecía esto tal
como si una pequeña estrella se asentara en la cumbre de esta montaña.
Por la mañana en Zakopane, una gran emoción. Había patrullas de
policía en todos los cruces de caminos que conducían a Kościelisko; las vías
estaban cerradas. Las noticias corrían de boca en boca: el Santo Padre va a
visitar los Tatra. Los balcones del hospital estaban repletos. Se suspendie­
ron las operaciones programadas... Alrededor de las diez, con un gran
ruido un pájaro blanco, grande, sobrevoló encima de las ventanas del
hospital, sobre Zakopane. Después de un rato el segundo helicóptero pasó
sobre nuestra casa. Volaba majestuosamente, casi tocando las copas de los
árboles, sobre los techos de las chozas montañesas, sobre las cabezas de la
muchedumbre. Sobrevoló encima de las praderas cubiertas de flores fra­
gantes, sobrevoló encima de los montones de paja aromática. Los árboles
se doblaban con una profunda reverencia, aplastados por el viento de las
hélices del helicóptero. Las gallinas escaparon alborotadas. La gente estaba
inmóvil, embelesada. En este pájaro blanco viajaba el Santo Padre. Puede
que sobrevolando encima de mi techo nuestras miradas se encontraran por
un momento allí en el espacio.
Solo éstos fueron mis encuentros con el Santo Padre.

Zygffyd Dziekański, de Kościelisko

Gracias a Dios que vivo

Mi comunicación con el Santo Padre fue solamente a través de las transmi­


siones televisivas. Deseaba mucho encontrarme con él; sin embargo, estos
eventos sólo fueron para los inválidos, yo no tenía entradas. Para mí fue

206
suficiente cuando el Santo Padre dijo que los enfermos estaban con él. Con
estas palabras me convenció que el sufrimiento tenía sentido.
Leí mucho sobre el sufrimiento, me empeñaba todos los días en llevar
la cruz sin quejas. Entonces mi cruz se hizo más liviana y todo para mí fue
un éxito. Cuando el Papa habló a los enfermos, solicitó que rezaran.
Entonces oré sin cesar, para que Dios le diera fuerzas y poder de perma­
nencia... A nosotros los enfermos a veces nos llegan los momentos de duda.
Sentía que yo no era necesaria a nadie, estaba quebrantada.
Cinco meses antes del atentado al Santo Padre viví una tragedia perso­
nal. Mi esposo, quien me cuidaba desde hacía 27 años, murió de un ataque
cardíaco. Mi dolor fue grande. No quería vivir, y no veía un lugar para mí
en el mundo. Esta fue una desesperación por un hombre que toda la vida
desinteresadamente cargó conmigo la cruz, alivió mi desgracia, me sirvió
para no estar sola en mi desdicha. Pregunté a Dios por qué me quitó a mi
marido, un hombre en la plenitud de su vida, y me abandonó a mí, que
dependía de él. Llegó entonces el 13 de mayo de 1981. El atentado contra el
Santo Padre. Para mí fue un tremendo impacto, después de muchos meses
salí de mi bóveda.
El Espíritu Santo me iluminó: me concentré en la oración durante el
día, también rezaba por la noche y así durante diez días, hasta que pasó la
amenaza a su vida. Desde entonces recuperé la alegría por la vida. Encon­
tré una misión que cumplir. Esta misión era orar. Así lo comprendí. No
puedo hacer otra cosa, la oración se tomó en una constante. Oro no sólo
por mis prójimos, sino por todos: por una misericordia para el mundo, por
los hambrientos y sedientos, por los niños concebidos, para que puedan
ver la luz del día, por los enfermos, sufrientes, solitarios, desamparados,
por los ancianos, por el Santo Padre, por los más pobres que no tienen
dónde inclinar la cabeza...
Menciono en la oración al Santo Padre, estoy convencida que el caris­
ma asignado a Él, atraerá a toda la gente de la Tierra hacia Cristo. Estoy
agradecida al Santo Padre por la Carta Salvifici doloris, que trata sobre el
sentido del dolor humano. ¡Millones de enfermos encontraron el camino,
el cual es bastante abrupto, pero se puede recorrer!
De Juan Pablo II aprendo la humildad. Este hombre, con una mente
lúcida es tan humilde que muchos deberían seguir sus pasos, pues nos
muestra un camino simple hacia Cristo: saber vivir con el Evangelio todos
los días.
Desde 1954 estoy enferma de Heine Medina. Sufrí una parálisis de los
pies y manos, prácticamente quedé totalmente paralizada. Sólo en la mano
izquierda puedo mover un poco dos dedos y un poco la mano. Puedo
sentarme, si alguien no me ayuda me es imposible volverme. Tengo 52

207
años, mi formación no es completa a nivel medio. Disculpe por la escritura,
pero el cansancio no permite una buena caligrafía.

Lucía Panek, de Tychy


PALABRAS FINALES

Juan Pablo II continúa sus viajes apostólicos y sigue encontrándose con los
enfermos y minusválidos, en todas partes está rodeado de sufrientes. Las
palabras y gestos con los cuales se dirige hacia ellos atraen cada vez más a
individuos y colectividades en todos los rincones del mundo.
Sus palabras quedan grabadas en las memorias y corazones de los
enfermos, germinan y dan un fruto cien veces más provechoso, dan fuerza
para resistir, dan alivio en el sufrimiento, mantienen la esperanza, mues­
tran el sentido del sufrimiento y, así mismo, el sentido de la vida en el
sufrimiento.
Con mayor frecuencia se habla de las virtudes de sanar de Juan Pablo
II. Como siempre, estos casos tienen que someterse a unos exámenes
rigurosos. El poder de curación del Papa polaco parece ser una realidad
concreta y palpable. Lo siente la gente de diversas maneras: psíquica y
físicamente. No es nada de extrañar, que mucha gente cada vez más sienten
necesidad por la palabras del Santo Padre y quieren encontrarse con Él.
Una modesta complementación de estos deseos es también el presente
libro. La idea de su preparación nació bajo la directa influencia de las
emociones vividas durante la segunda peregrinación de Juan Pablo II a
Polonia. El impulso general fue debido a las reacciones y experiencias de
los enfermos, quienes tuvieron la oportunidad de encuentros directos con
el Papa. La huella de estos encuentros fue visible, especialmente en la
psiquis de los enfermos. Lo mismo captaron los médicos que cumplían sus
obligaciones con ellos.
Las homilías del Santo Padre insertadas en este libro son sólo una
selección de las numerosas declaraciones. Constituyen más bien un incen­
tivo para la lectura de otros textos. También, la opiniones de los enfermos
son una selección de las muchas experiencias y sensaciones vividas. Los
autores son gente sufriente y que buscan en las palabras del Papa las
importantes fuentes de comprensión y fuerza en la lucha con su propio
sufrimiento. El deseo común de los enfermos es que sus palabras —simples
y directas— lleguen hasta el Santo Padre, como expresión de agradeci­
miento por la muestra de afecto y tutela.

209
Entonces, los verdaderos autores de este libro son el Santo Padre y los
enfermos polacos. Este libro es un registro del diálogo específico del Papa
con los enfermos y de éstos con aquél. De los diálogos más hermosos Juan
Pablo II mantiene estas conversaciones en diferentes medios y planos, pero
el diálogo con los enfermos parece ser uno de los más necesarios y conmo­
vedores. Sería valioso que en éste se unieran activamente los médicos,
enfermeras, y otros empleados del sector de la salubridad, como también
los religiosos que se ocupan de los enfermos.
En la preparación de este libro encontré el apoyo y ayuda de muchas
personas. Deseo ante todo presentar mis calurosos agradecimientos al
cardenal Franciszek Macharski, Metropolita de Cracovia por su benevolen­
cia y valiosos consejos durante las discusiones sobre la concepción de este
libro. Un importante impulso fue la decisión del Instituto Social Editorial
Znak para editar este libro, durante la ley marcial en Polonia, por lo cual
también agradezco muy cordialmente.
En el trabajo técnico, especialmente en la preparación y distribución de
la encuesta, prestó su valiosa ayuda el padre Leopold Witek, del Departa­
mento Caritativo de la Curia Metropolitana de Cracovia y las hermanas
empleadas en la Curia.
Asimismo, mis más cálidos agradecimientos presento a los enfermos
minusválidos, y a los ancianos, a todos aquellos que a pesar de la enferme­
dad o la mutilación vencieron sus debilidades y se dieron el trabajo de
responder a la encuesta. Por este esfuerzo mil gracias, puesto que sin él este
libro no podría surgir.
Doy también mis agradecimientos a todas las personas que me alenta­
ron en el trabajo y ayudaron; entre ellas mi esposa Grażyna y mis hijas
Dorota y Ewa.
FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

Desde el principio del pontificado se hicieron intentos para describir el


servicio pastoral hacia los enfermos y sufrientes. Esta corriente se destacó
en la labor del nuevo Papa.
En la literatura polaca vale la pena señalar la amplia selección de
homilías y discursos que el Santo Padre proclamó a los enfermos hasta el
final del año 1979, contenidos en el trabajo colectivo bajo la redacción del
padre obispo Bronisław Dąbrowski, intitulado "La gente enferma y ancia­
na en la Iglesia", 1981. Una selección igual se incluyó en dos números de
Znak, revista católica polaca: en el número 326, 1981, editado con motivo
del Año Internacional de los Minusválidos y en el número 348-349, 1983,
dedicado a la segunda peregrinación de Juan Pablo II a su patria.
Entre las publicaciones extranjeras vale la pena mencionar algunas
referencias, sobre todo la selección de los textos del Santo Padre sobre el
tema del sufrimiento, en el libro intitulado "La sofferenza nel magisterio di
Giovanni Paolo II1978-1982", editado en el año 1983 por el Centro Editorial
Romano Volontari della Sofferenza. Esta amplia obra, de 374 páginas,
contiene cuatrocientas declaraciones del Papa hechas durante sus encuen­
tros con los enfermos, o en otras ocasiones pastorales como las oraciones al
Angelus, audiencias generales en las cuales participaron médicos, enfer­
meras y representantes de instituciones y organizaciones que cuidan de los
enfermos e inválidos. Esta selección abarca los años 1978-1982. Están en
elaboración declaraciones posteriores.
Aparecieron también libros sobre el atentado al Santo Padre en mayo
de 1981 y las consecuencias de éste. Entre ellos, una requiere particular
atención: "El viaje a través del sufrimiento" Viaggio della Sofferenza,
edición trilingüe Editrice Velar de los autores Sergio Trassatti y Arturo
Mari, la cual apareció en el año 1981 en Bergamo. Este álbum, bellamente
editado, con abundantes ilustraciones, constituye ima crónica fiel de los
cien días en la vida del Papa desde el momento del atentado, en la plaza de
San Pedro, hasta el regreso al trabajo pleno. En el prefacio Nerino Rossi
escribió entre otros aspectos: "En este libro están todas las palabras de los cien
días; es ésta su gran ofrenda, ofrenda de amor, de humildad y reflexión".

211
"Los cien días de Juan Pablo II, 13 de mayo — 16 de agosto", este es el
subtítulo del "Viaje a través del sufrimiento", el más conmovedor e impre­
sionante libro de nuestros tiempos, el que contiene una concisa, pero
dramática crónica, la cual pasa a la historia: la crónica de los cien días del
Papa después del atentado.
Ya durante el trabajo del presente libro, en el año 1985, con el tiraje de
la Editorial de las Hermanas Loretanas, apareció en Varsovia una vasta
selección de los discursos del Santo Padre, dirigidos a los enfermos y
trabajadores de los servicios de salud desde el principio del pontificado
hasta el final del año 1982: Juan Pablo II, "Sobre el sufrimiento", 1985. El
padre obispo Władysław Miziolek, presidente de la Comisión Episcopal
para las Cuestiones Pastorales, en la introducción a ese libro expresó, entre
otros juicios, que es una obra surgida de la iniciativa de los médicos de
Varsovia.
Vale la pena recordar que para la conmemoración de la primera pere­
grinación de Juan Pablo II a Polonia, los médicos de la capital patrocinaron
una placa conmemorativa en la Iglesia de las hermanas de la Santísima
Virgen María de la Concepción. Al lado del escudo papal se grabaron las
siguientes palabras del Papa:

Servir a la vida
con un generoso entusiasmo...
acompañar, cuidar, fortalecer,
curar el dolor humano es tarea,
la cual en lafuerza de su nobleza,
utilidad y su ideal está
muy próxima a la vocación sacertodal.

La mayoría de los discursos de Juan Pablo II, incluidos en este libro,


provienen de la edición polaca "L'Osservatore Romano" de los años 1980-
1984. Las fuentes de todos los textos están dadas al final de cada discurso.
Se aceptó el sistema cronológico.
He aquí ima lista complementaria de la literatura:

A dam Biela, Papieskie lato w Polsce. Szkic psychologiczny wizyty, piel­


grzymki papieża Jana Pawia II w Polsce El verano papal en Polonia.
Imagen psicológica de la peregrinación del Papa Juan Pablo II en Polonia.
Katolicki Ośrodek Wydawniczy Veritas, Londres 1985.
W ojciech C hudy , Granice bezradności. Sytuacja niepełnosprawnych w
Polsce: opis, diagnoza, postulaty Lasfronteras del desamparo. La situación
de los minusválidos en Polonia: descripción, diagnóstico, postulados. "Znak"
1981, N° 326, p. 1.015-1.035.

212
Deklaracja o eutanazji. Declaración sobre la eutanasia, "L'Osservatore Roma­
no" edición polaca, 1980, N° 8, p. 1 y 3.
Dokument Stolicy Apostolskiej na Międzynarodowy Rok Osób Upośled­
zonych El Documento de la Sede Apostòlica para el Año Internacional de los
Minusválidos. "L'Osservatore Romano" edición polaca, 198, N° 3, p.
21- 22.
Dzieje narodu-praca - zwycięstwo w Chrystusie. Wybór fragmentów
wypowiedzi Jana Pawia II. Rozdział: Cierpienie, Historia del Pueblo -
trabajo - victoria en Jesucristo. Selección de discursos de Juan Pablo II.
Capítulo: El sufrimiento, "Znak" 1983, N° 348-349, p. 1.927-1.939.
A ndré Frossard, "Nie lękajcie się". Rozmowy z Janem Pawiem II "No
temáis". Conversaciones con Juan Pablo II, Wydawn. Znak. Kraków 1983.
Gaude Mater Polonia, Wydawnictwo Apostolstwa Modlitwy, Kraków
1982.
Jan P aweł II, Przemówienia. Homilie. Polska 2 VI 1979 - 10 VI 1979.
Discursos. Homilías. Polonia 2 VI 1979 - 10 VI 1979, Editorial Znak,
Kraków 1979.
Jan P aweł II, Redemptor hominis. Tekst i komentarze. Redentor del Hombre.
Texto y comentario, Universidad Católica de Lublin, Lublin 1982 princi­
palmente capítulos: Ignacy Tokarczuk, La problemática pastoral en la
encíclica "Redentor del hombre", p. 155-171.
Jan P aweł II, Druga pielgrzymka do Polski. Przemówienia, Homilie, 16 VI
1983 - 22 VI 1983. Segunda peregrinación a Polonia. Discursos, Homilías,
Editorial Znak, Kraków 1984.
Jan P aweł II, List Apostolski "Salvifici doloris" Carta Apostòlica "Salvifici
doloris", "L'Osservatore Romano" edición polaca, 1984, N° 1-2, p. 3.
S tuart J. K ingma , Międzynarodowy Rok Ludzi Niepełnosprawnych. Año
Internacional de los Minusválidos. "Znak" 1981, N° 326, p. 1056-1062.
S ebastian L abo, Zamach na papieża w świetle Fatimy i w cieniu jednej
rewolucji. Atentando al Papa en la luz de Fátima y en la sombra de una
revolución, Pro Fratribus, Roma 1984.
Jan M iodek, Osobliwości stylu Jana Pawia II, Las características del estilo de
Juan Pablo II, "Język Polski", 1984, N° 3, p. 173-176.
Orędzie papieża Jana Pawia II do wdów skupionych w ruchu "Nadzieja i
życie" Discurso del Papa Juan Pablo II a las viudas congregadas en el
movimiento "La esperanza y la vida", L'Osservatore Romano" edición
polaca, 1982, N° 7-8, p. 22.
Papież Wojtyla wobec chorych i niepełnosprawnych, El Papa Wojtyla ante
los enfermos y minusválidos, "Znak" 1981, N° 326, p. 1.144-1.154.
M agdalena S okołowska, et al., Sytuacja ludzi niepełnosprawnych i stan
rehabilitacji w prl. La situación de la gente minusválida y estado de la
rehabilitación en Polonia, Academia de Ciencias Polaca, Varsovia 1978.

213
Janusz Z abłocki, Pielgrzymka Jana Pawia II na tle sytuacji społecznej w
Polsce, La peregrinación de Juan Pablo II en elfondo de la situación social en
Polonia, "Chrześcijanin w Swiecie", 1984, N° 1.

NOTA: Las citas bíblicas en la traducción de polaco a castellano se sacaron de la


"Biblia de Jerusalén", Desdeé de Brower, Bilbao 1975.
En los discursos y homilías de Juan Pablo II se mantuvieron las citas bíblicas
conforme a las traducciones al castellano aprobadas por el Vaticano.

214
EL DOLOR TIENE MIL

9 "789561 1 0 9 6 9 8

Las reflex io n es del P ap a J u a n P ab lo II so b re el


sen tid o cristiano d el sufrim iento, co n ten id as en
u n a selec ció n d e hom ilías dirigidas a q u ie n es h a n
p e rd id o la salud. Se in clu y en esp ecialm en te sus
in terv en cio n es an te g ru p o s d e p o b la c ió n p o laca,
u n a p e reg rin ació n al V aticano y su visita a Chile
e n 1991- La s e g u n d a p arte d e la o b ra co n tien e
relatos testim o n iales d e alg u n o s en ferm o s so b re
su e n c u e n tro co n el P apa. *

“U n libro rev elad o r, p o r la v ig o ro sa fe q u e lo


anim a, q u e tran sm ite co n em o ció n la fuerza
intransferib le y c o n v in cen te d e la vivencia p e rs o ­
n a l”, e n p alab ras del p re sid e n te del B anco d e
C o n cep ció n , M anuel Feliú.
Su autor, m é d ico p siq u iatra y E m bajador d e
P o lo n ia e n Chile, h a ejercid o la d o cen c ia en la
E scuela d e M edicina d e su país y U niversidades
extranjeras. A utor d e libros y p u b licacio n es d e su
esp ecialid ad , m iem b ro d e n u m e ro sas aso ciacio ­
n es científicas, es ta m b ién activo alpinista y
socorrista d e m o n tañ a.

E D I T O R I A L U N I V E R S I T A R I A