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Nuevo manual de ciencia política

Robert E. Goodin
Hans-Dieter Klingemann
Editores

Editorial Istmo

Madrid, 2001

Título original: A New


Handbook of Political Science

ISBN: 84-7090-368-3

Este material se utiliza con fines


exclusivamente didácticos
ÍNDICE

PARTE V. RELACIONES INTERNACIONALES

16. Relaciones internacionales: una visión general.


Kjell Goldmann ............................................................................................................................ 581
17. Relaciones internacionales: neorrealismo y neoliberalismo.
David Sanders ............................................................................................................................... 619
18. Relaciones internacionales: perspectivas pospositivistas y feministas.
J. Ann Tickner .............................................................................................................................. 645
19. Relaciones internacionales: lo viejo y lo nuevo.
Robert O. Keohane ....................................................................................................................... 668

PARTE VI. TEORÍA POLÍTICA


20. Teoría política: una visión general.
Iris Marion Young ........................................................................................................................ 693
21. Teoría política: tradiciones en filosofía política.
Bhikhu Parekh .............................................................................................................................. 727
22. Teoría política: teoría política empírica.
Klaus von Beyme ......................................................................................................................... 749
23. Teoría política: lo viejo y lo nuevo.
Brian Barry ................................................................................................................................... 765

PARTE VII. POLÍTICAS PÚBLICAS Y ADMINISTRACIÓN


24. Políticas públicas y administración: una visión general.
Barbara J. Nelson ......................................................................................................................... 795
25. Políticas públicas y administración: análisis comparado de políticas.
Richard I. Hofferbert y David Louis Cingranelli ..........................................................................861
26. Políticas públicas y administración. ideas, intereses e instituciones.
Giandomenico Majone ................................................................................................................. 887
27. Políticas públicas y administración: lo viejo y lo nuevo.
B. Guy Peters y Vincent Wright .................................................................................................. 914

PARTE VIII. ECONOMÍA POLÍTICA


28. Economía política: una visión general.
James E. Alt y Alberto Alesina .................................................................................................... 937
29. Economía política: perspectivas sociológicas.
Claus Offe .................................................................................................................................... 981
30. Economía política: perspectivas downsonianas.
Bernard Grofman ....................................................................................................................... 1003
31. Economía política: lo viejo y lo nuevo.
A. B. Atkinson ........................................................................................................................... 1014

PARTE IX. LA METODOLOGÍA EN CIENCIA POLÍTICA


32. La metodología en ciencia política: una visión general.
John E. Jackson .......................................................................................................................... 1037
33. La metodología en ciencia política: métodos cualitativos.
Charles C. Ragin, Dirk Berg-Schlosser y Gisèle de Meur ......................................................... 1081
34. La metodología en ciencia política: diseño de investigación y métodos experimentales.
Kathleen McGraw ...................................................................................................................... 1110
35 .La metodología en ciencia política: lo viejo y lo nuevo.
Hayward R. Alker ...................................................................................................................... 1136

NOTA SOBRE LOS AUTORES ............................................................................................................. 1153


ÍNDICE DE NOMBRES ........................................................................................................................ 1156

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PARTE V: RELACIONES INTERNACIONALES.
19. RELACIONES INTERNACIONALES: LO VIEJO Y LO NUEVO
ROBERT O. KEOHANE

El estudio de las relaciones internacionales se encuentra, a finales del siglo XX, en un estado de
confusión y agitación. La Guerra Fría ha desorientado a sus guerreros y a muchos analistas de las relaciones
entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, al mismo tiempo que la internacionalización de la economía
ha hecho más borrosa la frontera entre la política nacional y la política internacional. Ello ha provocado que
sea más difícil tratarlas como esferas separadas. Las discusiones en el seno de la disciplina han sido una
mezcla de confusión e ilustración en una proporción, por desgracia, muy desigual. Estamos a la deriva, si
bien en un océano fascinante, lleno de nuevas criaturas y pautas de interacción sobre las que fijar nuestra
atención.
Es posible que un capitulo breve sólo consiga irritar y confundir; espero que no sea así. En el espacio
disponible me centraré en los que considero los problemas teóricos, metodológicos y conceptuales
fundamentales en el estudio de las relaciones internacionales. La sección I aborda los objetivos y los métodos
que parecen más productivos para la comprensión de esta materia. La sección II examina brevemente el
realismo, que durante medio siglo ha sido el paradigma dominante en el estudió de las relaciones
internacionales en el mundo occidental. El realismo se enfrenta hoy en día a serias dificultades como
resultado del desarrollo de las relaciones transnacionales, las relaciones pacíficas que imperan entre las
democracias y la creciente importancia de las instituciones internacionales. La sección III destaca el papel de
los supuestos sobre la elección y la necesidad; a continuación, la sección IV presenta una lista de programas
de investigación en relaciones internacionales que considero prometedores. El capítulo termina con algunas
sugerencias sobre posibles futuras líneas de investigación productivas.

I. Objetivos y métodos

En los términos utilizados por el profesor Goldmann en su contribución a este Manual (supra, cap.
16), yo soy un estudioso “tipo II” de las relaciones internacionales, que trata de analizar cómo los Estados se
relacionan entre sí, así como con los actores y fuerzas de carácter transnacional. La crítica negativa (tipo III)
es a la vez fácil y necesaria, dado el estado lamentable de nuestro conocimiento, pero llega muy pronto a un
punto a partir del cual sólo produce rendimientos decrecientes. Como señala el propio profesor Goldmann,
nuestra capacidad de producir el futuro ha sido muy pobre, y nuestros modelos causales son débiles; de ahí
que las conclusiones para la política internacional que se derivan del estudio de las relaciones internacionales
no puedan tomarse muy en serio (tipo I) Nuestra tarea fundamental es pues entender lo que pasa.
Comprender no significa predecir. El profesor Goldmann se refiere a la crítica de John Gaddis a la
teoría de las relaciones internacionales por no haber sido capaz de predecir el final de la Guerra Fría. Gaddis
tiene razón, por supuesto, al aludir a la debilidad de la teoría de las relaciones internacionales. No
entendemos bien hasta qué punto las presiones internacionales contribuyeron al colapso de la Unión
Soviética, ni tenemos teorías lo suficientemente consistentes como para anticipar reacciones a este cambio
sísmico en la política mundial. Sin embargo, criticarnos por no haber sido capaces de predecir el colapso de
la Unión Soviética es no entender cuáles son los límites de la labor de los analistas de las relaciones
internacionales. El fin de la Guerra Fría fue un fenómeno muy complejo, profundamente enraizado en el
sistema social, económico y político de la Unión Soviética, así como en las relaciones internacionales; y fue
también determinado por decisiones tomadas por Mijail Gorbachov, que son distintas a las que podría haber
adoptado cualquier otro líder. Fue un suceso “coyuntural” clásico en términos de Hirschman (Hirschman,
1970). Afirmar que los científicos políticos deberían haber predicho el final de la Guerra Fría es lo mismo
que decir que, si hubiese habido científicos hace 65 millones de años, deberían haber sido capaces de
predecir que la tierra chocaría pronto con un cometa o un asteroide, y que esa colisión provocaría la
extinción de los dinosaurios.
Sin embargo, nuestra carencia de teorías que nos habrían permitido entender los efectos del final de
la Guerra Fría en la política mundial debería hacernos ciertamente humildes. Desde esta perspectiva no nos
favorece la comparación con la capacidad de los científicos pata entender los efectos de una colisión
cósmica. Nuestra confusión actual revela igualmente la vaciedad de la pretensión de que poseemos una
“ciencia de la políticas (policy)” que los decisores políticos ignoran “ateniéndose a las consecuencias”.
Nosotros no tenemos recetas para una política exterior exitosa. Nuestra manifiesta incapacidad para predecir

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fenómenos complejos, de mayor o menor alcance, debería enseñamos que, aunque resulte útil buscar y
contrastar generalizaciones condicionales, la acumulación de este tipo de generalizaciones tiene pocas
probabilidades de llevar a predicciones exitosas de sucesos que son resultado de una combinación coyuntural
de múltiples procesos causales. Todas nuestras generalizaciones serán condicionales y probabilísticas, e irán
asociadas a amplios márgenes de incertidumbre. Los acontecimientos relevantes son fruto de la combinación
de tantas fuerzas que, aunque dispusiésemos de generalizaciones probabilísticas de calidad superior a las que
tenemos ahora, no tendríamos éxito en nuestras predicciones...El modelo de una ciencia concebida como una
serie de predicciones cada vez más acertadas basadas en Un número cada vez mayor de generalizaciones
contrastadas no es el adecuado para nuestro campo.
Sin embargo, reconocer este hecho no legitima que se abandone cualquier intento serio de inferencia
causal o descriptiva, que requiera una combinación de teoría y trabajo empírico. Aspiramos a un
conocimiento intersubjetivo –teoría vinculada a información empírica, capaz de convencer a estudiosos de
las relaciones internacionales con concepciones previas muy diversas sobre la naturaleza de la disciplina–.
Ello no implica que creamos que pueda llegar a ser totalmente “objetivo”, es evidente que nuestros objetivos,
limitaciones y sesgos condicionan nuestro trabajo. Pero existe un ideal de conocimiento objetivo que
podemos tratar de alcanzar. Y podemos utilizar métodos científicos que nos ayuden a hacerlo: tratar de
inferir siguiendo las reglas públicamente conocidas para ello, utilizar hipótesis presentadas con claridad,
especificar públicamente las fuentes de nuestra información empírica, estimar el grado de incertidumbre
inherente a nuestras hipótesis o esforzarse por encontrar la información empírica que pueda contradecirlas
(disconfirming evidence). Recientemente hemos podido observar una gran cantidad de justas quijotescas
contra los molinos del positivismo superficial, pero se ha visto un número mucho menor de intentos de
probar que existe una alternativa superior a la sofisticada concepción del conocimiento por falsación de
Popper (1968) y Lakatos (1970).
Si realmente queremos entender las relaciones internacionales, deberíamos aspirar tanto a
descripciones detalladas del contexto en el que se producen como a la inferencia descriptiva y al desarrollo
de proposiciones causales condicionales y probabilísticas. No encontraremos “condiciones necesarias y
suficientes” bajo las cuales se cumplan leyes deterministas. Deberíamos explorar hipótesis específicas y
buscar las implicaciones que de ellas se deriven en cualquier nivel de análisis. Las proposiciones de carácter
sistémico tienen implicaciones para el proceso de toma de decisiones de política exterior y pueden ser
contrastadas en ese nivel, así como sobre la base de los resultados que se produzcan en el conjunto del
sistema. Por ejemplo, las proposiciones que afirman que los Estados mantienen un equilibrio en términos de
poder (Waltz, 1984), o frente a las amenazas (Walt, 1987), o que buscan “esconderse” del conflicto
(Schroeder, 1994), implican diferentes discusiones entre los ministros de Asuntos Exteriores, diferentes
iniciativas políticas e, igualmente, consecuencias diferentes en términos de política internacional.
Si no debemos aspirar al ideal de predicción –o si no debemos sentirnos culpables porque no
podemos predecir guerras o el final de las guerras frías–, ¿qué se supone que debemos hacer? Debemos
interpretar sucesos históricos únicos que a su vez son resultado de las coyunturas de otros fenómenos
complejos y de decisiones humanas: no podemos explicarlos plenamente, pero podemos describir los
mecanismos causales que los produjeron. También necesitamos examinar sus consecuencias de un modo que
supere la mera narración descriptiva y tienda más hacia una explicación, analizando los efectos de esas
causas mayores desde nuestra perspectiva sobre los límites que afectan a la política internacional.
Una forma de llevar a cabo esta tarea es sugerida en la teoría de la muerte de los dinosaurios desarrollada por
Luis y Walter Álvarez a finales de los años setenta. La hipótesis de Álvarez era que una colisión cósmica
hace 65 millones de años arrojó grandes cantidades de polvo al aire, redujo la temperatura global y, como
consecuencia, mató a los dinosaurios Expresado de esta manera, el equipo de investigación de Álvarez
simplemente había hecho una especulación, como se hacen muchas en ciencia política. Pero fueron más allá;
se preguntaron qué otras cosas habrían de ser ciertas en el caso de que tuvieran razón, y dedujeron que
debería haber una capa de iridio, que no se había descubierto previamente, en un determinado nivel de la
corteza terrestre. Cuando se descubrió que así era, su teoría obtuvo apoyos de forma espectacular –si bien no
estaba probada, en la medida en que hay muchos procesos alternativos que pueden Haber conducido al
mismo resultado–: Ellos no predijeron la colisión, pero una vez que se produjo, explicación por qué murieron
los dinosaurios (King, Keohane y Verba, 1994, pp. 11-12).
Otro ejemplo de este tipo de método puede encontrarse en las novelas policíacas: lo denominaré el
“método Marple-Dagliesh” en honor a dos famosos detectives creados por Agatha Christie y P. D. James,
respectivamente. Los detectives no explican el asesinato en general, sino un asesinato concreto. Se apoyan en
la medicina forense, pero la ciencia, por mucha que se tenga, no ha sido capaz de capturar a un asesino por sí
misma. Son a la vez teoricistas y empiristas: parten de cierta información (“claves”) Táctica, formulan

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hipótesis tentativas que sean consistentes con la información y las generalizaciones científicas de las que
disponen, buscan datos empíricos adicionales que contrasten esas hipótesis, encuentran nuevas evidencias,
reformulan sus hipótesis, y así sucesivamente hasta encontrar al villano. No existe nada parecido a una
“ciencia política del asesino” con carácter predictivo, si bien creemos que los detectives Marple y Dagliesh
hacen un buen trabajo cuando deducen quién era el asesino. Los estudiosos de las relaciones internacionales
harían bien en imitar a estos detectives, observando y describiendo cuidadosamente los hechos concretos,
especificando los mecanismos causales que pueden haber conducido a esos resultados y contrastando sus
hipótesis con los datos empíricos. La prueba sobre nuestro trabajo no será pues si ofrece predicciones
adecuadas de fenómenos complejos –no lo hará–, sino en qué medida aumenta nuestra capacidad para
anticipar pautas de acción.

II. Ascenso y caída del realismo

En el estudio de la política mundial es frecuente que la teoría siga a la práctica, y no al revés. El


ascenso al poder de Adolf Hitler en Alemania, así como las crisis y las guerras subsiguientes, provocaron que
el realismo resurgiera como escuela de pensamiento que destacaba el papel de los intereses nacionales y del
poder, criticando el idealismo superficial del período de entreguerras (Carr. 1946; Morgenthau, 1948).
Durante la Guerra Fría el realismo fue el paradigma dominante. Y fue de gran valor. Sirvió como antídoto
frente al pensamiento ideológico (Waltz, 1959) y como fuente de precaución, resaltó corno principio que se
evitase la “sobreextensión” manteniendo los fines alineados con los fines para alcanzarlos (Lippmann, 1943).
No debería olvidarse que grandes pensadores realistas como Kennan, Lippmann, Morgenthau y Waltz
estuvieron entre los primeros opositores destacados a la Guerra de Vietnam. Además, la sistematización por
Kenneth Waltz del pensamiento realista en clave “neorrealista” o de “realismo estructural” proporcionó una
base sólida para entender la política mundial desde una perspectiva realista, así como un punto de referencia
más claro para sus críticos.
En la misma época en la que Waltz lo sistematizaba, el vínculo entre el realismo y la evolución del
mundo comenzaba a desencajarse. Como señaló Hegel, la lechuza de Minerva sólo vuela al anochecer. La
internacionalización de la economía mundial ha llevado a las grandes democracias industrializadas a una
“interdependencia compleja” (Keohane y Nye, 1977), caracterizada por la existencia de múltiples problemas
en la política mundial, numerosos actores (no sólo los Estados), y la ineficacia del uso de la fuerza para la
resolución de muchas cuestiones. La interdependencia compleja es un tipo ideal, pero, allí donde la realidad
se ajusta a sus rasgos característicos, la teoría realista está equivocada.
La interdependencia compleja señala anomalías en tres dimensiones. En primer lugar, el Estado, aun
siendo todavía el actor más importante en la política mundial, ha dejado de tener el papel predominante que
tenía en el pasado: las relaciones trasnacionales, en tanto opuestas a las relaciones interestatales, tienen hoy
mayor importancia. Las formas modernas de comunicación, desde las emisoras de onda corta, pasando por
las satélites de telecomunicaciones hasta llegar a internet, han relajado el control de la información por parte
del Estado. Los niveles de inversión extranjera directa indican que las compañías multinacionales tienen una
importante presencia por todo el mundo. Las concepciones exclusivas de la soberanía, como el control sobre
una población en el marco de un territorio bien definido, han sido cuestionadas por la atención prestada a las
implicaciones de la acción o inacción del Estado sobre problemas que van desde los derechos humanos a la
protección del medio ambiente.
En segundo lugar, frente a los supuestos manejados por el realismo, las democracias liberales tienen
un comportamiento en política exterior que es diferente al de los regímenes no democráticos. Dependiendo
de la definición que cada uno adopte o bien las democracias liberales no se enfrentan entre sí en absoluto, o
bien lo hacen mucho menos de lo que cabría esperar (Doyle, 1983; Russett, 1993; Owen, 1994). En el ámbito
jurídico, los tribunales de las distintas democracias liberales dialogan entre sí, e interpretan las decisiones del
otro sobre la base de principios legales generalmente compartidos; sin embargo, su reacción frente a las
decisiones de tribunales de regímenes autoritarios en muy distinta (Burley, 1993). Por otra parte, cabe
argumentar que la probada capacidad de las modernas democracias liberales para formar instituciones
internacionales de carácter cooperativo se debe en parte a la transparencia de sus procedimientos internos y,
en consecuencia, a la mayor credibilidad de sus promesas (Keohane, 1984, pp. 258-259; Cowhey. 1993).
Tales diferencias de comportamiento entre las democracias y los regímenes autoritarios genera, por decirlo
suavemente, algunos problemas para una teoría que considera a los Estados “como unidades”, constreñidas
por la estructura del sistema internacional (Waltz, 1979), y que interpreta el comportamiento de los Estados
Unidos y de la Unión Soviética durante la Guerra Fría como “llamativamente similar” (Waltz, 1993, p. 45).
El análisis de Waltz pasa por alto el hecho de que las alianzas básicas de los Estados Unidos y la Unión

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Soviética fueron fundamentalmente diferentes –una de carácter voluntario, basada en incentivos y en una
comunidad de valores (OTAN); la otra impuesta, sobre la base de acuerdos con regímenes sostenidos por la
fuerza militar (Pacto de Varsovia)–. La OTAN permanece unida, a pesar de las predicciones de Waltz; el
Pacto de Varsovia entró en crisis rápidamente.
La tercera anomalía se refiere al papel fundamental de las instituciones internacionales en la política
mundial contemporánea; éstas se definen como “conjuntos de reglas (formales e informales) duraderas y
conectadas, que prescriben comportamientos, limitan la actividad y dan forma a las expectativas” (Keohane,
1989, p. 3). El realismo se ha demostrado incapaz de explicar la expansión del alcance y el número de las
instituciones internacionales, que fue dramático en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y que
continúa desde entonces. Los gobiernos continúan invirtiendo grandes cantidades de material y recursos
simbólicos en mantener y expandir este tipo de instituciones. A mediados de los años noventa, la Unión
Europea es la organización internacional más institucionalizada de la historia: no es un Estado, pero es una
entidad coherente dotada de órganos legislativos, ejecutivos y judiciales, y de un cuerpo creciente de
legislación vinculante. La OTAN es en cierta medida la alianza más fuerte y duradera de la historia –una
institución de seguridad de escala considerable–. La Organización Mundial de Comercio, que incluye el
Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles (GATI), supera por su comprensión y especificidad cualquier
conjunto de reglas anterior destinado a la regulación y control de las grandes transacciones. El Fondo
Monetario Internacional y el Banco Mundial son más controvertidos –alguien puede decir que el temor de
John Maynard Keynes a que creciesen como “niños malos que se convienen en políticos” se ha hecho
realidad (Gardner, 1980, p. 266) –, pero constituyen burocracias grandes y poderosas, mayores que cualquier
otra organización global anteriormente conocida por la raza humana. El hecho de que los Estados apoyen el
crecimiento de estas instituciones sugiere que deben realizar alguna función que sirva a sus intereses.
A la luz de las discrepancias entre el realismo y la realidad no sorprende en absoluto que el realismo
haya sufrido algunos golpes duros recientemente. El realismo ha subestimado el papel de la política nacional
y de las instituciones internacionales, y ha fracasado a la hora de elaborar una teoría del cambio. También ha
sobrestimado el papel del Estado como actor. Sin embargo, el inundo no se ha transformado en un lugar
benigno; las guerras en Bosnia y en Asia Central han reafirmado las ideas realistas sobre la habilidad de los
seres humanos para generar violencia, y. la permanente debilidad de los controles internacionales sobre
ciertos grupos que persisten en sus inclinaciones por atacar a sus vecinos. Cualquiera que sea el significado
de la palabra “anarquía”, la falta de un gobierno común implica que aquellos actores que deseen aumentar su
poder pueden recurrir a la fuerza contra los demás –y que para éstos el único contrapeso efectivo puede ser la
fuerza–. Un conflicto de esta naturaleza puede perpetuarse a sí mismo por el miedo y el poder. Aunque bajo
ciertas circunstancias prometedoras se pueden crear instituciones internacionales que generen cooperación,
su construcción resulta frágil y complicada. La armonía no es la condición natural de la raza humana. Pero la
experiencia en Bosnia sirve para refutar también las expectativas de un escenario de “regreso al futuro” del
realismo más pesimista (Mearsheimer, 1990). No se ha producido un regreso a la estructura de alianzas de
1914 ni a una guerra general en Europa. Como ya se ha señalado, las democracias liberales raramente luchan
entre sí, aunque carecemos de una teoría adecuada sobre por qué esto es así. Podemos observar una mezcla
compleja de interacciones, que van desde un estado de guerra mortal a la construcción de instituciones y de
una cooperación extensiva, que crean condiciones de seguridad para un enorme desahogo de inversión
extranjera. El puzzle supera a cualquier teoría disponible.

III. Elección y necesidad

La premisa última del pensamiento realista es que la acción del Estado está basada en la necesidad:
la anarquía de la política mundial provoca una serie de dilemas de seguridad que sólo pueden resolverse a
través de la autoayuda. La elección está severamente limitada, y de ahí que en el análisis definitivo la
variación en los sistemas sociales, en las ideas y en las cualidades de los líderes no sea muy importante. Las
condiciones materiales determinan lo que es necesario, y por tanto determinan esencialmente la acción. Esto
es lo que se conoce o como una teoría “estructural”.
Por el contrario, la teoría liberal e institucionalista atiende a la variación más que a la constancia del
comportamiento del Estado –variación que atribuye no sólo a la variación de las condiciones materiales, sino
también a la variación en términos de procesos políticos y, en particular, del carácter de las instituciones
humanas; nacionales e internacionales–. Cuando las elites del Estado no prevén que de la cooperación
puedan surgir beneficios para sus intereses, los liberales-institucionalistas no esperan que surjan ni la
cooperación ni instituciones que la faciliten. Sin embargo, cuando los Estados se benefician conjuntamente
de la cooperación, esperamos que los gobiernos traten de construir esas instituciones. Las instituciones

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pueden proporcionar información, reducir los costes de transacción, hacer los compromisos más creíbles,
establecer puntos focales de coordinación y, en general, hacer posible el funcionamiento de la reciprocidad.
Su construcción puede bloquearse no sólo por los intereses en conflicto sino también por las dificultades en
generar compromisos creíbles, encontrar o definir los puntos focales, o mantener las condiciones necesarias
para que opere la reciprocidad. Al tratar de establecer bajo qué condiciones las instituciones pueden tener un
impacto y puede surgir la cooperación, la teoría institucionalista intenta mostrar también bajo qué
condiciones las proposiciones realistas son válidas.
En la concepción liberal de las relaciones internacionales, las instituciones nacionales e
internacionales interactúan, reforzándose mutuamente. La política democrática nacional y el crecimiento de
la sociedad internacional están fuertemente asociados con el desarrollo de las instituciones internacionales; la
sociedad internacional y sus instituciones crean “espacio” para unas preferencias que se derivan de la política
nacional. Yo adopto la definición de sociedad internacional acuñada por Hedley Bull: “La sociedad
internacional existe cuando un grupo de Estados, conscientes de ciertos valores e intereses comunes,
constituyen una sociedad en el sentido de que ellos mismos se consideran vinculados por un conjunto común
de normas que rigen sus relaciones mutuas, y colaboran en el funcionamiento de instituciones comunes”
(Bull, 1977. p. 12).
El papel de las instituciones puede entenderse analizando la acción estratégica en términos de la
teoría de juegos. En la teoría de juegos, el comportamiento estratégico está condicionado en parte por los
beneficios que uno obtiene, dada una “estructura” del juego, que a su vez refleja el poder y las preferencias.
Pero el comportamiento también depende de la información que uno tenga: por ejemplo, el resultado del
Dilema del Prisionero depende de la falta de comunicación creíble entre los jugadores. De hecho la lección
más importante de la moderna teoría de juegos ha consistido en mostrar lo sensible que resulta el
comportamiento de los actores a diferentes condiciones de información. Dado que la política mundial
implica interacciones estratégicas, cualquier teoría solvente de las relaciones internacionales necesita incluir
la información coma una variable en el análisis. Tenemos que sumar una perspectiva estratégica a la teoría
estructural.
Muchas situaciones en relaciones internacionales son similares al dilema del prisionero: la
cooperación produce beneficios conjuntos, pero en ausencia de un compromiso creíble por parte de los otros
jugadores, cada actor prevé el peor de los casos, lo que genera resultados negativos. En otras palabras, los
equilibrios del Dilema del Prisionero son subóptimos. Otras situaciones reproducen juegos de seguros
(assurance games). Este tipo de juegos tienen equilibrios que son Pareto-óptimos, pero vulnerables a
trastornos derivados de la incertidumbre o de información incorrecta. Muchas otras situaciones constituyen
juegos de coordinación, con múltiples equilibrios posibles que comparten su superioridad con respecto al
statu quo, pero que tienen implicaciones distributivas muy diferentes para los actores implicados (Krasner,
1991; Martin, 1992b; Morrow, 1994). Tales situaciones difieren en aspectos importantes, pero tienen un
rasgo en común: allí donde se deriven posibles beneficios conjuntos de la cooperación, la información
genera la capacidad para cooperar. La interpretación que los actores hacen de sus intereses depende de la
información así como de los beneficios subyacentes. Lo que es bueno para nosotros depende de nuestras
expectativas y de las expectativas de los demás sobre la credibilidad de nuestro compromiso. Las
instituciones pueden proporcionar información y establecer conexiones entre las distintas dimensiones de un
problema (Martin, I992a); ambos efectos pueden contribuir a alterar los intereses de los
Estados,"aumentando los beneficios de la cooperación. Por tanto, las instituciones importan, incluso aunque
no puedan imponer las normas desde arriba, porque cambian las concepciones que los actores tienen de sus
propios intereses.
Las sociedades que están libres de la amenaza de un ataque inmediato, que no viven en el “filo del
cuchillo de la seguridad” pueden ejercer alguna influencia sobre el modo en que los gobiernos definen sus
intereses y, en consecuencia, sobre cómo deberían actuar. A diferencia de los estilizados Estados de la teoría
realista, estas sociedades no están obligadas a asumir la “necesidad” de un análisis del peor escenario
posible, y por tanto a tratar de adelantarse a sus posibles oponentes. En el siglo XIX, tales oportunidades eran
proporcionadas por la geografía insular de países como Gran Bretaña o la lejanía de países como Estados
Unidos, Canadá y Australia. Las situaciones similares en el siglo XX son crecientemente el resultado de
instituciones creadas por el hombre para la expansión –más gradual y lenta de lo que algunos entusiastas
imaginan– de la democracia. Las democracias crean instituciones internacionales; tales instituciones facilitan
el que los distintos países se inclinen a cooperar entre sí, en una especie de “círculo virtuoso”. Si la política
mundial fuese un puro sistema de autoayuda, sin margen para la supervivencia, la política nacional resultaría
irrelevante. Sur embargo, es relevante en parte porque hay espacio para que se desarrollen políticas distintas
bajo la sombra de la sociedad y dejas instituciones internacionales.

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Tanto el realismo como el institucionalismo destacan la importancia de la reciprocidad en el seno de
las relaciones internacionales. El realismo resalta su aspecto negativo: venganza, “ojo por ojo”. Con
seguridad la carrera hacia las armas y la espiral de guerra pueden describirse a veces en esos términos. La
reciprocidad –el “tic far rat”– puede conducir a enfrentamientos, y allí donde, resulte difícil asegurar: si los
demás han cooperado, las consecuencias pueden ser terribles (Downs, Rocke y Siverson, 1986; Signorino,
1995). El institucionalismo argumenta que la reciprocidad, de una u otra forma, puede proporcionar las bases
para la cooperación (Axelrod, 1984; Ostrom, 1990; Keohane y Ostrom, 1994 Las instituciones posibilitan la
regulación por reciprocidad (Ostrom, 1990, p. 90). La reciprocidad puede funcionar tanto dentro de cada
sociedad como en las relaciones entre ellas. El hecho de que determinados intereses se enfrenten a una
situación de venganza puede suponer una presión a favor de políticas más cooperativas: es posible que los
exportadores se opongan a la protección de forma más vigorosa (Gilligan, 1993), o que las empresas
multinacionales en industrias compitiendo por importaciones no demanden protección para si mismas por
miedo a provocar la ira de los gobiernos en cuyas jurisdicciones quieren operar (Milner, 1987).
Ni el institucionalismo ni el liberalismo son una “alternativa” al realismo. Las democracias y las
instituciones sólo prosperan bajo ciertas condicionen los círculos viciosos de guerra y demagogia son tan
evidentes en el mundo contemporáneo como los círculos viciosos de la democracia y la cooperación. No se
trata de reemplazar al realismo completamente, sino de convertir sus argumentos en proposiciones
condicionales, y de importar ideas del liberalismo y el institucionalismo para tratar con situaciones en las que
las condiciones para el desarrollo de la democracia y de instituciones internacionales sean favorables.

IV. Las nuevas relaciones internacionales

Tenemos por delante una agenda enorme. Necesitamos entender tanto la continuidad como el
cambio, cómo se relacionan los Estados entre sí y con actores no estatales, a través de qué principios operan
internamente, cómo la falta de un gobierno común provoca conflictos serios, bajo qué condiciones opera el
principio de reciprocidad; así como en qué medida instituciones basadas, en el principio de reciprocidad
pueden contribuir a aliviar esos conflictos. No hay duda de que tenemos problemas. Pero apenas podemos
evitar ninguna tarea de las recién mencionadas. Lo más importante es que no nos perdamos en varias capas
de autocrítica narcisista o en consejos políticos prematuros.
Para progresar, es necesario que aspiremos a desarrollar programas de investigación prometedores.
Los programas de investigación parten de un conjunto de ideas o argumentos teóricos –no sólo con un
conjunto de puzzles–. Cada uno de estos programas elige las variables explicativas que quiere resaltar, lo que
explica tanto sus desacuerdos frecuentes como su potencial complementariedad. Hay muchos programas de
investigación potenciales, y de la creatividad surgirán mis. Por ello mi lista no pretende en absoluto ser
exhaustiva, sino tan sólo ilustrar algunas direcciones prometedoras. He escogido cuatro: la extensión del
análisis realista, el institucionalismo liberal, los efectos mutuos entre la política nacional y la internacional, y
el análisis de subjetividad.

1) El realismo con modificaciones. Un realismo formulado de manera no dogmática, como un conjunto de


premisas en el marco de las cuales los investigadores puedan generar y contrastar generalizaciones
condicionales, sigue teniendo un gran potencial explicativo en muchas áreas de la política mundial. Por
ejemplo, su atención a los beneficios relativos puede arrojar luz sobre muchas áreas de las relaciones
internacionales, toda vez que sea expresada con claridad y de manera consistente la teoría de la utilidad
esperada (Powell, 1991; Bueno de Mesquita y Lalman, 1992). De hecho, el análisis de los beneficios
relativos desde esta perspectiva es pertinente para el estudio del comportamiento hostil en contextos de
guerra y paz, pero también para el análisis del comportamiento estratégico en política comercial (Baldwin,
1993). Sin embargo, la búsqueda de leyes universales de la política mundial es un error. Lo que necesitamos
saber es: ¿bajo qué condiciones las hipótesis del realismo se adecuan a la realidad? Necesitamos evitar
pseudoleyes de naturaleza determinista, y buscar generalizaciones condicionales, asertos sobre distintas
posibilidades y explicaciones sensibles al contexto fundamentadas en inferencia causal válida. El realismo
puede alertamos, como detectives de las posibilidades y de los procesos causales encontrables en la historia,
pero simplemente no se puede asumir que sea aplicable a los fenómenos contemporáneos:

2) Institucionalismo liberal. Esta línea de investigación ha sido tratada anteriormente, así coma en la
contribución del profesor Goldmann (cap. 16, supra). La cuestión clave para los estudiosos de las
instituciones internacionales es cómo analizar la interacción entre normas y acciones, lo que implica explicar
tanto la conformidad con las normas como la decisión de cambiarlas (Kratochwil, 1989). Para los liberales,

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el tema central ha sido cómo en el ámbito de las relaciones internacionales, las democracias liberales tienen
comportamientos diferenciados con respecto a los regímenes no democráticos. Los institucionalistas
liberales, combinando las dos perspectivas, han de tratar de entender mejor cómo las democracias liberales y
las instituciones internacionales se relacionan entre sí: ¿hasta qué punto se refuerzan mutuamente, como se
ha defendido en este capítulo? El institucionalismo liberal, al igual que el realismo, puede beneficiarse de la
creciente formalización, en forma de teoría de elección racional, siempre y cuando los contextos históricos y
comparados de la acción se tengan en cuenta, y las proposiciones generadas por la teoría sean contrastadas
empíricamente, en lugar de operar coma “modelos de juguetea inventados por el investigador.

3) El impacto de las estructuras y procesos internacionales en la política nacional. Esto es lo que Peter
Gourevitch (1978, 4986) ha denominado la “segunda imagen invertida”. Por ejemplo; ¿cuáles son los efectos
de la internacionalización de la economía mundial en las instituciones electorales nacionales (Cameron,
1978: Rogowski, 1987)? ¿En qué medida el aumento del comercio y de las inversiones internacionales
pueden llegar a alterar los cleavages políticos nacionales (Rogowski, 1989; hieden, 1991)? ¿Cómo están
siendo afectadas las distintas políticas nacionales por los cambios en las comunicaciones? El análisis
comparado sobre estas cuestiones es crucial; en la medida en que los cambios en la esfera internacional se
refractan a través de las instituciones y las prácticas nacionales establecidas, de modo que apenas cabe
esperar que se produzcan resultados uniformes.

4) El papel de la subjetividad y los límites del análisis materialista. El nacionalismo, tanto en su vertiente
liberal como en su vertiente xenófoba, apenas puede entender sin prestar atención al papel de los mitos y las
ideas –tanto por sus efectos intrínsecos como por el modo en que se manipulan en función de fines
estratégicos–. Como ha señalado Alexander Wendt (1992), en buena medida son las sociedades las que
construyen sus propias identidades. Este proceso de construcción social no es algo místico, y puede ser
analizado utilizando tanto los instrumentos de la teoría de juegos como los de la antropología (Geertz, 1973;
Bates y Weingast, 1995).

Una forma de analizar las cuestiones relativas a la subjetividad es empezar por un análisis estructural
que incorpore el principio de racionalidad, a continuación relajar varios supuestos, referidos a la necesidad
de que haya equilibrios únicos, el conocimiento común de las relaciones causa-efecto o la irrelevancia de las
diferencias de creencias y visiones del mundo (Goldstein y Keohane, 1993). De esta forma uno puede
proceder paso a paso hacia interpretaciones más realistas de la subjetividad en la esfera de las relaciones
internacionales, conservando al mismo tiempo un marco explicativo claro, fruto de la combinación entre el
análisis estructural y la teoría estratégica. Sin embargo, un defecto importante de este enfoque incremental es
que tiende a “privilegiar” las dimensiones materialistas y racionalistas de la interpretación, exigiendo que se
justifiquen las desviaciones con respecto a los supuestos originales, sin exigir de forma simétrica que el
racionalismo materialista justifique la concepción de los intereses y de las identidades de las que parte en su
análisis inicial. Constituirá un desafío para la teoría de las relaciones internacionales de los próximos años
urdir estrategias para comprender cómo la formación de las identidades de los actores y sus intereses están
afectados por cómo piensan, evitando caer en seudoexplicaciones circulares, jerga semifilosófica. Para
impedir semejante degeneración, los estudiosos de la subjetividad necesitan enfrentarse con significados
problemas de investigación. Una serie de asertos separados de los verdaderos problemas de la teoría de las
relaciones internacionales no constituye un programa de investigación.

V. Conclusión

Este capítulo ha intentado desarrollar tres argumentos principales. En primer lugar, los estudiosos de
las relaciones internacionales necesitan transcender las limitaciones del realismo para examinar en qué
medida interactúan las dimensiones nacional e internacional de la política, y exploran el papel que juegan las
instituciones y la información, sin descartar las ideas básicas del realismo, que han perdurado en el
pensamiento occidental durante siglos. Necesitamos cuestionar los supuestos sobre estructura y necesidad, y
al mismo tiempo tratar de explicar las variaciones en las opciones que se toman, y explorar el
funcionamiento de la reciprocidad.
En segundo lugar, necesitamos conectar nuestras teorías, o algunos de sus elementos entre si como
estrategia para resolver puzzles. Siguiendo la maravillosa metáfora del profesor Goldmann, las relaciones
internacionales no deberían concebirse como “una competición oligopolística entre distintos conglomerados
liderados por los Estados Unidos que han de ser aceptados o rechazados in toro”. Deberíamos intentar

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refrenar nuestra tendencia a hacer la guerra entre paradigmas; y los editores de las revistas especializadas en
nuestro campo deberían resistirse a la tentación de hacer sus páginas más “excitantes”, estimulando justas tan
contraproducentes
Por último, necesitamos vincular continuamente la teoría y el trabajo empírico sobre problemas
internacionales reales –sin esperar la llegada de leyes universales, y vinculando la ciencia social con la
historia, combinando el análisis estratégico y la teoría de juegos con la sensibilidad hacia el contexto,
tratando de interpretar coyunturas históricas específicas a la luz de principios generales–. Todas nuestras
teorías corren el riesgo de convertirse en áridas y dogmáticas sino se las vincula con experiencias
contemporáneas. La teoría y el análisis empírico no son ni esferas separadas, ni mucho menos
compartimentos estancos; en los programas de investigación por venir, habrán de estar estrechamente
vinculados.

Agradecimientos

El autor agradece a Lisa L. Martin sus comentarios sobre la conferencia preparada para el encuentro
de la Asociación Internacional de Ciencia Política, celebrado en Berlín en agosto de 1994, que constituyó la
base para este capítulo.

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BIBLIOGRAFÍA
Lecturas complementarias

La afirmación más importante de los principios realistas clásicos continúa siendo Hans J.
MORGENTILAU, Politics Among Nations (1948). Kenneth N. WALTZ. Theory of International Politics
(1979), es el principal texto neorrealista. El concepto de interdependencia compleja se discute en Robert O.
KEOHANE y Joseph S. Nye, Jr., Poder e Interdependencia (1977); el de sociedad internacional es
desarrollado en Medley Butte, The Anarchical Society (1977). El análisis institucionalista está representado
por Robert O. KEOHANE, After Hegemony (1984); Kenneth A. OYE (ed.), Co-operation Under Anarchy
(1986); y Lisa L. MARTIN, Coercitive Co-operation (1992). Sobre la paz democrática, véase Bruce M.
RUSSETT, Grasping the Democratic Peace (1993). La reciprocidad es tratada por Robert AXELROD, The
Evolution of Co-operation (1984), y por Elinor OSTROM, Governing the Commons (1990). Una revisión de
las discusiones más recientes puede encontrarse en BALDWIN (ed.), Neo-realism and Neo-liberalism (1993).

AXELROD, R., The Evolution of Co-operation, Nueva York, Basic Books. 1984.
BALDWIN, D. A. (ed.), Neo-realism and Neo-liberalism: The Contemporary Debate, Nueva York,
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