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Selma Ancira o la traducción como aventura

Moramay Kuri y Daniel Rodríguez Barrón

Así es como imagino a Selma Ancira (Ciudad de México, 1956 ): como si su oficio, en el
que ya cumple 40 años, se tratara de una novela por entregas donde una princesa caballero
andante va de biblioteca en biblioteca, entra a una taberna griega, toca a la puerta del hijo
de un célebre escritor, todo con tal de encontrar la referencia, la ayuda, la palabra justa que
le permita entregar una traducción espléndida, una obra que será un referente de la
traducción. Selma, hija del célebre actor mexicano Carlos Ancira, afronta sus traducciones
como una investigación casi policíaca donde le va la vida en juego. Por un lado, ha
desgranado la gran tradición rusa Tolstói, Gógol, Chéjov, Tsvietáieva; y por el otro, la
literatura griega contemporánea, Seferis, Ristos, Kazantzakis y Kallifatides, ambos brazos,
unos como ríos veloces de aguas peligrosas, y otros de corrientes que cantan una melodía
que equilibra el alma, avanzan hacia una suerte de comprensión total de pasiones humanas.
Su trabajo ha sido ese, ofrecer a los lectores una tradición única.

Ha traducido poesía y narrativa, ¿cuál ha sido el mayor reto en tu trabajo de traducción?


Yo no te puedo dar con un solo autor, porque los retos son distintos, por ejemplo, uno de
los más grandes retos fue hacer la selección de los Diarios de Tolstoi, pero ése fue un reto
distinto al de la traducción, es el reto de la selección. Quizás uno de los más grandes retos,
¿podemos hablar del mundo griego, por un lado y del mundo ruso, por el otro? Pues del
mundo ruso te diría que es Marina Tsvietáieva, porque es una poeta que escribe prosa en
poesía, es decir, que no es poesía propiamente, está escribiendo una prosa poética que para
que yo logre entrar en la cadencia, en el ritmo, en el flujo de esa prosa, sobre todo el flujo,
la música, eso es muy complicado, apasionante, pero muy complicado. Y por el lado griego
Kazantzakis. Zorba el griego fue un desafío monumental, adoro esa novela, es de las
novelas que más quiero en la vida y quería que fuese leída en español con el mismo gusto,
con la misma gracia, con el mismo salero y la misma profundidad del griego, entonces, fue
un trabajo ingente, fascinante, me llevó varias veces a Creta, me llevó al Peloponeso, a
recorrer los lugares de los que habla Kazantzakis para encontrar el tono, para encontrar lo
que no encuentras sólo en las palabras sino que encuentras en el ambiente en el que ha sido
creada la novela.

¿Cuánto tiempo llevó traducir el Zorba?


Casi tres años. Un trabajal maravilloso, yo lo volvería a hacer del alfa al omega, me
fascinó.

Selma, su padre fue un gran actor que todos recordamos, ¿tuvo alguna influencia en su
carrera?
Mi papá hablaba en la sobremesa de Chéjov o de Dostoievski, porque mi papá era súper
dostoievkiano, hasta se parecían físicamente, o Gógol porque durante 27 años puso en
escena el Diario de un loco, entonces yo escuchaba esos nombres desde chiquitita, eran
como los tíos lejanos, vivían en otro lado pero eran mis parientes, de los que se hablaba en
la casa todo el tiempo. Entonces, cuando yo terminé la escuela y tocaba decidir carrera, a
mí se me hizo lo lógico, normal, la continuación de una infancia feliz, ir a buscar a mis tíos,
e ir a Rusia, aprender el idioma y poderlos leer en el original. Yo no sabía que iba a
traducir, yo pensé que iba a regresar a México a dar clases de lengua y literatura rusas, pero
se me atravesó Marina Tsvietáieva y descubrí mi vocación de la cual estoy enamorada
profundamente.

¿Su primera traducción fue para tu padre?


No. Mi primera traducción fueron las Cartas del verano de 1926 que se cruzaron, nada más
y nada menos que Rilke, Pasternak y Tsvietáieva, ahí descubrí a Tsvietáieva. La primera
carta que le escribe Marina Tsvietáieva a Rilke, fue una revelación. Cuando la leí, mi
corazón iba a toda velocidad, empecé a sentir que no podía seguir viviendo si no me ponía a
traducir eso, porque necesitaba compartirlo, necesitaba que eso que yo estaba leyendo que
me parecía un prodigio, una maravilla, un tesoro, un descubrimiento, quería compartirlo, y
me puse a traducir ese libro, uno de los más difíciles. Me ayudó mucho Sergio Pitol, quien
entonces era agregado cultural en la embajada de México en Moscú, yo era estudiante
todavía y llegué con Sergio y le dije: mira lo que acabo de descubrir, lo quiero traducir, y él
se puso a darme consejos, me dijo: un traductor tiene que leer todos los días por lo menos
una hora de buen español, porque el español es tu instrumento de trabajo así como el
ebanista tiene los clavos y el martillo y el serrucho, el traductor tiene el lenguaje, tú debes
tener las palabras a mano para poder traducir y ése fue un consejo que yo he seguido a
rajatabla desde ese lejano 1979, hace 40 años.

¿Y la experiencia de trabajar con su padre?


Bueno, trabajar no tanto. Él estaba en México, yo estaba en Rusia, y me decía que le
encontrara obras, no era la época en que podías mandar un PDF y ya, había que ir a buscar
las obras y gracias a ese trabajo que me encomendó, entré en contacto con la agencia de
derechos de autor de los rusos, y les compré varias obras que hizo tanto mi papá y como la
Compañía Nacional de Teatro. Eso lo hacía más bien por gusto, pero me sirvió mucho
porque la persona de derechos de autor ya me tenía confianza, y un viernes me soltó las
Cartas del verano, súper envueltas porque aquello estaba prohibido, Tsvietáieva no se
publicaba en Rusia, no se hablaba de ella, no se estudiaba en la Universidad, así que me
dijo: “léete esto y me lo traes el lunes”. Y yo me fui a mi casa, lo leí, y fui el lunes y le dije
que lo iba a traducir, tuvo sus dudas y me puso en contacto con el hijo de Pasternak, porque
me dijo: “tú no has traducido nunca, tienes veinte y pocos años, te tiene que supervisar
alguien, si el hijo de Pasternak accede a trabajar contigo, yo te doy los derechos para la
traducción”.
Entonces fuimos con el hijo de Pasternak, en la casa donde vivió Pasternak, y durante
muchas semanas por no decir meses, Evgueny Borisevich estuvo trabajando conmigo frase
con frase para estar seguro de que yo estaba entendiendo bien. Estuve muy bien apadrinada
por el lado ruso, por el lado del español, trabajé con Sergio Pitol, y después cuando llegué a
México ya con la traducción hecha. Sergio me había dicho, “vete a siglo XXI con Arnaldo
Orfila”, y llegué con la traducción a su oficina y convencí a don Arnaldo que aquello era un
prodigio y me dijo: “ok mijita, vamos a publicarlo”, y con esa frase don Arnaldo marcó el
nacimiento de Tsvietáieva en español. Nunca antes se había traducido y es uno de los
recuerdos más lindos que tengo.

¿Cómo fue trabajar con el hijo de Pasternak?, ¿qué era lo que le interesaba de esos
textos?
El hijo de Pasternak se murió apenas hace dos años siempre se acordaba, y contaba la
anécdota por todos lados: que toqué el timbre y él abrió y había una muchacha de ojos
negros (que no son muy comunes en Rusia, en ese entonces estaba yo jovencita, muy
bonita, con un pelo larguísimo, hasta la cintura y mis ojazos negros) y cuenta que él abrió la
puerta y le dije: “¿es usted el hijo de Pasternak?” Y me dijo: “sí”. Y yo: “vengo a traducir
un libro y entonces”. Y él accedió a trabajar conmigo.
Lo que le interesaba es que yo entendiera cuán importante era lo que se decía en esas
cartas, él no sabía español, pero lo que le interesaba es que yo entendiera bien porque había
mucho contexto de después de la Revolución, de los primeros años de exilio y tal, que yo
no sabía porque eso no se estudiaba, entonces lo que quería era estar seguro de que yo iba a
entender eso para poderlo transmitir bien y eso fue lo que él hizo conmigo, él trabajó
conmigo explicándome, dándome de detalles, qué había seguido la Revolución, cómo había
sido la Rusia de los primeros años bolcheviques…

¿Y no le dio ninguna tentación de traducir a Pasternak, no las cartas sino alguna obra?
No, porque yo he tratado, a lo largo de estos 40 años que llevo de traductora, este año los
cumplo, de traducir únicamente los autores con los que siento que estoy vibrando, ¿sabes?
Cuando se me mueve algo en el corazón, que siento que ya no puedo, entonces me pongo a
traducir. A mis colegas no les gusta que yo diga esto, pero estoy convencida de que te dan
un texto, tú lo lees y bueno, lo traduces, y puedes ser un muy buen traductor y traducirlo
muy bien, pero le va a faltar aquello que mi adorado García Lorca decía, le va a faltar
duende, porque el duende surge cuando vibras en la misma cuerda que tu autor. Así es para
mí.

Entonces ¿siempre has traducido a aquellos autores que te interesan de manera personal?
Eso para mí es vital, fundamental. Hay alguna excepción por ahí, por ejemplo, cuando me
fui a vivir a España, y tenía que abrirme camino e hice tres o cuatro librillos de los que no
estoy muy contenta.

¿Y cómo era esa Rusia soviética?


Llegué a los 18 años, no sabía ruso ni nada, cuando llegabas te daban un año para aprender
ruso, teníamos clases de las nueve de la mañana a las seis de la tarde, todos los santos días.
Y aprendías ruso y luego ya entrabas a la universidad… Y eso fue lo que yo hice. Para
nosotros, estudiantes que vivíamos en la universidad, en residencias estudiantiles, todos los
horrores, de los que me enteré después sobre todo traduciendo a gente como Tsvietáieva o
Mandelshtam, no tenía ni idea, no los viví y no tenía tiempo de darme cuenta de ningún
otro horror, de nada, porque estudiaba muchísimo, yo me pasé años durmiendo tres o cuatro
horas para poder sacar todas las materias, entonces no nos dábamos cuenta de todo lo que
se supo después.

Le pregunto porque alguna vez entrevisté a gente del Berlín oriental y decían que hay una
palabra, ostalgie, para referirse a las cosas buenas que tenían y extrañaban.
Por supuesto que hubo cosas buenas, yo creo que una de las cosas buenas era la
Universidad donde yo estudié. Los estudios eran magníficos, la preparación era soberbia…

¿Había lecturas prohibidas?


Claro, te lo comentaba al principio, Tsvietáieva no formaba parte del programa de
literatura, porque ella emigró, porque su marido había sido ruso blanco, porque luego
regresó… y pues no, a ella no la estudiábamos.

¿Pero a los clásicos? Tolstoi, Dostoievski…


Los clásicos sí, pero con su censura… Cuando yo estaba traduciendo los diarios de Tolstói
me mudé a Moscú y alquilé un departamento para poder ir todos los días a la biblioteca.
Todavía no teníamos las ediciones en internet ni nada de eso. Estaba trabajando en la
biblioteca en la edición de 90 volúmenes, de pronto en la entrada del diario, había unos
corchetes y tres puntitos, eso quiere decir que esa palabra no se podía imprimir, estaba
censurada, y si yo, por ejemplo, escogía ese pedacito, pues apuntaba la frase, la fecha, el
año, todo y al final solicité una autorización para entrar donde están todos los manuscritos
originales de Tolstói y fue un momento muy impactante, me acuerdo y me dan ganas de
llorar.
Era como una burla, porque por ejemplo decía aquí faltan siete palabras y luego seguía
la frase, corchetes, aquí falta una palabra, entonces yo le dije al director del museo: ustedes
están acostumbrados a eso pero yo no puedo decirle a mi lector en español, aquí te faltan
siete palabras y aquí una. Se podría pensar que la traductora no supo cómo traducir. Y le
expliqué que eran usos y costumbres soviéticos que nosotros no tenemos, y después de
mucho tiempo, me autorizó el director del museo y entré con la textóloga ahí donde
también están todas las ediciones del mundo, incluida la rusa… entonces, una palabra que
había pasado por indescifrable, estuvimos dale que te pego, estuvimos con una lupa
enorme, hasta que la encontramos, y el júbilo de ella y mío era único: nos abrazábamos.
Unas palabras habían desaparecido del texto censurado porque eran indescifrable y otras,
porque no se podían decir, eran palabras altisonantes, se las quitaban a Tolstoi porque es un
Dios y él no puede decir malas palabras, hablar de enfermedades venéreas, que Tolstoi
tuvo, ésas tampoco se escriben, también las quitaban y también las encontré. De eso me
siento muy orgullosa, de que mi edición es la primera edición en la que no faltan palabras
porque las logramos encontrar todas.

Nabókov que decía que detestaba la literatura de Dostoievski porque le parecía que no era
un estilista, le parecía que era un hombre que escribía de manera brutal y que no tenía
ningún gusto… entre Tolstoi y Dostoievski, estos dos grandes monstros, cuál es la
diferencia entre su literatura que muchos de nosotros no vamos a poder leer porque no
leemos en ruso, pero que usted has podido leer…
Dostoievski es muy descuidado, tiene un estilo muy descuidado, te puede repetir 700 veces
la misma palabra. Había una palabra vdrug, que quiere decir “de repente” en ruso, es una
palabra que caracteriza a las novelas de Dostoievski, todo pasa vdrug, todo pasa de repente
y entonces tienes cuatro o cinco veces en una página la misma palabra. Y Tolstoi no trabaja
así, en sus novelas, no así en los Aforismos, por ejemplo, en los aforismos a él le interesa
que lleguen, y si te tiene que poner en un aforismo tres veces la misma palabra te la pone, y
yo eso lo respeté, porque es otro estilo, en un aforismo yo no me puedo mover ni un ápice
de lo que él dice, pero en sus novelas es mucho más ordenado, es un estilista, a mí me ha
costado sangre, sudor y lágrimas un solo párrafo.
¿Las traducciones deberían renovarse?, ¿cada generación debería tener una nueva
traducción de Dostoievski, o hay traducciones canónicas que uno no debe tocar jamás?
Yo creo que hay literatura que no pasa, cuántos autores, yo que traduzco diarios y cartas,
que hago los índices de nombres, veo que, por ejemplo, un contemporáneo de Tolstoi, era
en ese momento más famoso que el propio Tolstoi y ahora ni quien sepa cómo se llama, esa
literatura pasó, quedó Tolstoi, porque Tolstoi era un grande. Esto es lo que pasa con las
traducciones, te voy a poner un ejemplo, Pasternak traduce a Shakespeare, y han pasado
muchísimos años, y son las mejores. Ésas no pasan, esa es gran literatura, no es traducción,
es literatura. Lo mismo pasa con las traducciones, habrá unas que no tengan que renovarse
y otras que sí, algunas pasarán y otras no.

El problema es que el español también cambia…


No importa, si tú lees a Benito Pérez Galdós…

Pero hablamos de traducción, si yo leo las traducciones de Cansinos Assens, tengo que
leer pronombres enclíticos: díjole, púsole, hízole… y voy poniéndome un poco mal con
Dostoievski, entonces quiero leer un español mucho más contemporáneo y que sienta que
Dostoievski está hablando aquí y ahora…
Yo adoro a Benito Pérez Galdós, no puedo vivir sin él, me he leído todas las novelas, siete
veces cada una por decir lo menos, ¿ése es un español rancio? No. Coge a un
contemporáneo de Benito Pérez Galdós y suena rancio… ése es mi punto de vista, si tú
entrevistas a otra traductora te dirá otra cosa, pero así es como yo veo las cosas. Hay las que
sí y hay las que no, como en todo. Cuántos artistas plásticos pasan y cuántos no, es lo
mismo en todas las artes, y yo estoy convencida de que la traducción es un arte, es un
oficio, pero es un arte, bueno, todas las artes tienen que tener oficio.

Si es un arte, entonces ¿es creación?


Por supuesto, desde luego. Es una re-creación.

Casi todos sus traducciones son de autores muertos. ¿Hay algún autor vivo que le interese
traducir?
Recientemente, Galaxia Gutenberg me mandó un libro a manera de propuesta, a ver si me
gustaba, porque ya saben que soy un poco pesada, o más bien muy pesada. Lo leí y me
encantó. Un griego que tiene ahorita 82 años, vive en Suecia, había escrito en sueco durante
55 años, y de pronto, en un momento dado sintió que no podía escribir, era una cosa
tremenda, no les voy a contar el libro, pero en todo caso, regresa al griego y escribe esa
novela que yo traduje del griego, y ha sido para mí una de las experiencias más hermosas…
es una maravilla.

¿Qué complicaciones o lujos hay en traducir a un autor vivo?


Para mí ha sido maravilloso porque me siento identificada con todo lo que encuentro en el
libro, porque él emigró de Grecia a Suecia cuando tenía 25 años, hizo su vida en otro
idioma y yo siempre estoy lejos, si se muere alguien no pueda venir al entierro, y vives con
el cuerpo allá y la cabeza aquí, y entonces cuando ya finalmente acordamos que yo lo
traducía, les pedí el mail de Kallifatides y escribí que iba a traducir su libro, y me mandó su
teléfono y me decía que lo podía llamar, y entonces le hablé y comenzamos a platicar no
solo de traducción sino de muchas cosas.

¿Y qué tan buenos son traduciendo los rusos al español?


Son buenísimos, la escuela de traductores rusa es extraordinaria, impecable…

¿Nos conocen tan bien como nosotros los conocemos a ellos?


Prácticamente todo… En Rusia hay pasión por México.

¿Qué tanto se tiene que involucrar un traductor en la obra que tiene que traducir?
A ver, hay un trabajo que uno hace que está detrás de la traducción. A mí me gusta llamarlo
trabajo de campo, es todo el trabajo de investigación, los viajes que muchas veces te obliga
a hacer un libro, que los puedes hacer o no, pero a mí me gusta hacerlos, me gusta
moverme con soltura, por donde voy escribiendo, me muevo con mucha más soltura si ya
estuve ahí, si ya vi lo que tengo que decir…