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El pastor y su rebaño 1

El primer pastor que aparece en el Antiguo Testamento (Génesis 4:1-16) es Abel y su


experiencia prefigura de cierto modo lo que sucederá a Jesús de Nazaret. Las narraciones
bíblicas posteriores sobre el origen nómada de los Patriarcas, la liberación de los hebreos de la
esclavitud y la formación de Israel como nación, están claramente articuladas en torno a la
figura del pastor y su rebaño. En esta historia, la acción salvadora de Dios para su pueblo se
presenta de modo análogo a la relación entre el pastor y su rebaño. Esta acción salvadora
ocurre históricamente por unas mediaciones humanas, de personas llamadas por Dios a asumir
la misión de ser pastores para llevar el rebaño de Dios por la senda de su alianza.

Los patriarcas Abraham (Gén, caps. 12 -


23), Isaac y Jacob (Gén caps 24 - 36), son
pastores y jefes de clanes nómadas.
Responden al llamado y a la promesa de
Dios en acuerdo con sus costumbres y
sus pruebas de fe se definen en relación
con los acontecimientos históricos del
entorno cultural de Babilonia, Canaán y
Egipto. Edifican altares en lugares de
encuentro con Dios. Definen sus
identidades en relación con pactos,
alianzas, matrimonios, la circuncisión de
los hijos, el derecho del hijo primogénito,
listas de descendientes, lugares de
sepulcro, sueños y bendiciones de Dios,
todo en medio de rivalidades, engaños y
conflictos entre hermanos, clanes y
naciones.

En el periodo de la liberación, formación y desarrollo de Israel como nación, aparece la figura


del pastor que actúa en el nombre de Dios para llevar su pueblo como rebaño por la senda de
la alianza. José (Gén. caps 37, 39 a 47 y 50) con sus virtudes como hombre fiel a Dios,
honesto, digno, prudente y sabio, influye para transformar situaciones de desgracia e injusticia
para el bien de Egipto y de su propia familia y pueblo. Llamado por Dios, Moisés con la ayuda
de Aarón, asume la misión de ser pastor del pueblo liberado por Dios de sus condiciones de
esclavitud y opresión. Bajo la alianza de Dios se establece la celebración de la pascua, los
mandamientos, una organización religiosa y la institución de los jueces para guiar, por el
desierto a la tierra prometida, a un pueblo no siempre fiel a Dios.

Tras la muerte de Moisés y los desafíos de circunstancias distintas, los nuevos pastores
aparecen como jefes de campaña, jueces, reyes y profetas. Josué lideró la conquista y la
repartición de la tierra prometida entre las doce tribus. Posteriormente aparecieron los Jueces,
hombres y mujeres carismáticos inspirados por Dios, quienes respondieron a los desafíos y
conflictos de sus tiempos.

La desorganización de las tribus llevó al intento de unificar estas bajo una monarquía con
figuras como Saúl, David y Salomón, quienes son nombrados, aconsejados y juzgados por los
profetas con el criterio de unificar el rebaño como nación bajo un solo Templo y un solo Dios. La
división de los reinos después de Salomón culminó en el exilio de Babilonia, acontecimientos
que derivaron de la infidelidad del rebaño a Dios su pastor.

En estos textos del Antiguo Testamento la figura del pastor, como jefe y compañero, se aplica
tanto a los patriarcas, como a Moisés, los sacerdotes, guerreros, jueces, reyes y profetas,
quienes respondieron al llamado de Dios y actuaron en su nombre para guiar el pueblo como
rebaño por el sendero de la alianza. En el conjunto de referencias bíblicas a la figura del pastor
y su rebaño, aparecen tres dimensiones que caracterizan los significados religiosos de esta
terminología pastoral.

1. La historia de Israel y su experiencia del amor que Dios se comprende con la analogía
de la relación entre el pastor y su rebaño. El actuar de Dios incluye escuchar las súplicas
de su pueblo (Ex 3,7), liberarlos de la esclavitud (Dt 5,6), guiarlos como ovejas (Ex 15,13),
cuidarlos (Sal 78,53-55) con ternura como pastor (Is 40,11) y conducirlos por el desierto
como rebaño (Sal 78, 52) para constituirlos en reino de sacerdotes y nación santa (Ex 19, 5-
6). La iniciativa de Dios encuentra respuesta en las oraciones del pueblo, que
personalmente (Sal 23,1-6, Sal 119,176) y colectivamente (Sal 100,3, Sal 80,2) se reconoce
como rebaño que llama pastor a su Dios. Esta relación oveja-pastor no solo refiere al
pasado sino responde al presente y asegura el futuro en el reconocimiento del amor de Dios
en la propia historia. El retorno del exilio y la restauración soñada del país se comprende
como nuevo encuentro de las ovejas dispersas (Is 49,1-26; Zac 10,8-10), como la vuelta del
rebaño (Mig 2,12) que se congrega nuevamente en Sión (Mig 4,6-7).

2. Dios pastorea a su rebaño por medio de los pastores que llama y envía para cumplir
su misión. En últimos términos Dios es pastor de su rebaño y los pastores que elige son
mediadores de la acción divina, en la medida que son fieles a su alianza y misión. Moisés es
el prototipo del pastor quien guía a su pueblo como rebaño en nombre de Dios (Sal 77,21).
Después Josué es nombrado por Moisés para que el pueblo no queda como rebaño sin
pastor (Num 27,17) y David es elegido para apacentar el pueblo (2 Sam 5,2). El labor de los
pastores es evaluado por su fidelidad al llamado y misión de Dios y por esto en la Biblia se
distingue entre buenos y malos pastores. David, quien cambio su rebaño por el del Señor,
es considerado como buen pastor (Sal 78,70-72) y por otra parte las criticas bíblicas más
duras son para los pastores infieles, quienes han buscado su beneficio propio en vez de
cumplir con la misión encomendada (Ez 34; Zac 11,4-17). En este sentido la suerte del
rebaño está vinculado al pastor, cuya infidelidad lleva a la dispersión de las ovejas (Zac
13,7).

3. Los profetas usan la misma terminología pastoral para anunciar la llegada de los
tiempos mesiánicos. La mala gestión de los pastores infieles son un obstáculo a la misión
de Dios, quien asume ser pastor de su rebaño (Ez 34,10-16) y anuncia tiempos de
restauración en que les dará a su pueblo buenos pastores con un corazón nuevo (Jer 3,15;
Jer 23,3-4). Junto con recriminar los pastores infieles y afirmar el pastoreo salvífico de Dios,
los profetas anticipan la llegada de un nuevo pastor quien se caracterizará por su fidelidad a
Dios y su capacidad para unir los pueblos (Ez 34,23-31).
1
RAMOS, Julio (1995). Teología Pastoral. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid. 1995. Págs. 18-
20.

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