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Los santos escriben sobre la Inmaculada

 Textos antiguos sobre la Inmaculada Concepción


 Textos extraídos de la Liturgia de la Iglesia Oriental del I al VI siglo
 La Inmaculada Concepción explicada por San Alfonso María de Ligorio

Textos antiguos sobre la Inmaculada Concepción

San Pedro Crisólogo: "...la Virgen se ha convertido verdaderamente en madre de los vivientes
mediante la gracia, Ella que era madre de quienes por naturaleza estaban destinados a la muerte".
(Sermón 140, 4; PL 52, 557B-557B).

El sacerdote Sedulio: "Una sola ha sido la mujer por la que se abrió la puerta a la muerte y una sola
es también la mujer a través de la cual vuelve la vida". (Himno 1, 5-8; CSEL 10, 153; PL 19, 753).

San Venancio Fortunato: "Oh excelente belleza, oh mujer que eres la imagen de la salvación,
potente por causa del fruto de tu parto y que gustas por tu virginidad, por tu medio la salvación del
mundo se ha dignodo nacer y restaurar el género humano que la soberbia Eva ha traído al mundo".
(In Laudem Sanctae Mariae; PL 88, 276-284).

San Fulgencio di Ruspe: "...la bondad divina ha realizado este plan para redimir al género humano:
por medio de un hombre, nacido de una sola mujer, a los hombres les ha sido restituida la vida". (La
fe, al diácono Pedro, 18; CCL 91, 716-752; PL 65, 675-700).

San Cirilo de Jerusalén: "Por medio de la Virgen Eva entró la muerte; era necesario que por medio
de una virgen, es decir, de la Virgen, viniera la vida...". (Catequesis, XII, 15; PG 33, 741).

El Pseudo-Gregorio Niceno: "...de la Virgen Santa ha florecido el árbol de la vida y de la gracia... De


hecho, la Virgen Santa se ha hecho manantial de vida para nosotros... En María solamente,
inmaculada y siempre virgen, floreció para nosotros el retono de la vida, ya que sóla ella fue tan
pura en el cuerpo y en el alma, que con mente serena respondió al ángel...". (Homilia sobre la
Anunciación; La Piana, 548-563).

San Romano, el Melode: "Joaquín y Ana fueron liberados de la verguenza de la esterilidad y Adán y
Eva de la corrupción de la muerte, oh Inmaculada, por tu natividad. Esta festeja hoy tu pueblo,
rescatado de la esclavitud de los pecados, clamando a ti: 'La estéril da a luz a la Madre de Dios,
madre de nuestra vida'". (Himno de la Natividad de Maria; Maas-Trypanis I, 276-280)

San Proclo de Constantinopla: "Ha sido sanada Eva... Por eso le decimos: "Bendita tú entre las
mujeres" (Lc 1,42), la sola que has curado el dolor de Eva, la sola que enjugaste las lágrimas de la
atribulada...". (Homilía V sobre la Madre de Dios; PG 65, 715-727).
Textos extraídos de la Liturgia de la Iglesia Oriental del I al VI siglo

"Por Eva la corrupción, por ti la incorruptibilidad; por aquella la muerte, por ti, en cambio, la vida...
¡El Médico, Jesús, ha venido a nosotros por ti!, para curarnos a todos, como Dios, y salvarnos... Ave.
Inmaculada y Pía, salve, baluarte del mundo...". (Kondakia a la Madre de Dios Virgen; BZ 58,329-
332).

"Inmaculada Madre de Cristo, orgullo de los ortodoxos, a ti te ensalzamos. Eres Vida, oh Casta, por
ti has dado la vida a quienes te ensalzan...". (Himno en Honor de María Virgen; BZ 18, 345-346).

"Ave, por ti el dolor se extingue... Ave, tesoro inagotado de vida... Ave, medicina de mis miembros:
Ave, salvación de mi alma". (AKATHISTOS, I. La Anunciación; Horologion, 887-900).

"...Oh, Virgen doncella inmaculada, salva a quienes en ti buscan refugio". (Megalinaria Festivos -
Himno para la Navidad; BZ 18, 347).

"Inmaculada Madre de Dios (...) nosotros, que hemos conseguido tu protección, oh Inmaculada, y
que por tus oraciones hemos sido liberados de los peligros y custodiados en todo tiempo por la Cruz
de tu Hijo, nosotros todos, como se debe, con piedad, te ensalzamos... Nuestro refugio y nuestra
fuerza eres tú, oh Madre de Dios, socorro poderoso del mundo. Con tus plegarias proteges a tus
siervos de toda necesidad, oh sola bendita". (Troparios ciclo semanal - Theotokiaferiales;
Horologion, 787-815).

La Inmaculada Concepción explicada por San Alfonso María de Ligorio

Grande fue la ruina que el pecado de Adán trajo a los seres humanos, pues al perder la gracia o
amistad con Dios se perdieron también muchísimos bienes que con la gracia iban a venir, y en
cambio llegaron muchos males.

Pero quiso Dios hacer una excepción y librar de la mancha del pecado original a la Santísima Virgen
a la que Él había destinado para ser madre del segundo Adán, Jesucristo, el cual venía a reparar los
daños que causó el primer Adán.

Veamos cómo convenía que Dios librara de la mancha del pecado original a la Virgen María. El Padre
como a su Hija preferida. El Hijo como a su Madre Santísima, y el Espíritu Santo como a la que había
de ser Sagrario de la divinidad.

PUNTO I: Convenía al Padre Celestial preservar de toda mancha a María Santísima, porque Ella es
su hija preferida.

Ella puede repetir lo que la Sagrada Escritura dice de la Sabiduría: "yo he salido de la boca del
Altísimo" (Ecl. 24, 3). Ella fue la predestinada por los divinos decretos para ser la madre del Redentor
del mundo. No convenía de ninguna manera que la Hija preferida del Padre Celestial fuera ni siquiera
por muy poco tiempo esclava de Satanás. San Dionisio de Alejandría dice que nosotros mientras
tuvimos la mancha del pecado original éramos hijos de la muerte, pero que la Virgen María desde
su primer instante fue hija de la vida.

San Juan Damasceno afirma que la Virgen colaboró siendo mediadora de paz entre Dios y nosotros
y que en esto se asemeja al Arca de Noé: en que los que en ella se refugian se salvan de la catástrofe;
aunque con una diferencia: que el Arca de Noé solo libró de perecer a ocho personas, mientras que
la Madre de Dios libra a todos los que en Ella busquen refugio, aunque sean miles de millones.

San Atanasio llama a María: "nueva Eva, y Madre de la vida", en contraposición a la antigua Eva que
nos trajo la muerte. San Teófilo le dice: "Salve, tú que has alejado la tristeza que Eva nos había
dejado". San Basilio la llama "pacificadora entre Dios y los seres humanos" y San Efrén la felicita
como: "pacificadora del mundo".

Pero el pacificador no debe ser enemigo del ofendido ni estar complicado en el delito u ofensa que
se le ha hecho. San Gregorio dice que si para aplacar a un ofendido llamamos a uno que es su
enemigo, en vez de aplacarlo lo irritamos más. Siendo que María iba a colaborar con Cristo a
conseguir la paz entre Dios y nosotros, no convenía que ella fuera una pecadora o enemiga de Dios
sino todo lo contrario: una mujer con el alma totalmente libre de toda mancha de pecado.

Convenía que María no tuviera la mancha del pecado original porque ella estaba destinada a llevar
entre sus brazos al que iba a pisar la cabeza del enemigo infernal, según la promesa que Dios hizo
en el Paraíso terrenal, cuando le dijo a la serpiente: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre su
descendencia y la tuya, y la descendencia de Ella te pisará la cabeza" (Génesis 3). Si María iba a ser
la mujer fuerte que traería al que iba a aplastar la cabeza de Lucifer, convenía que Ella no estuviera
ni siquiera por poco tiempo manchada con el pecado con el cual Lucifer manchó el alma de nuestros
primeros padres. La que nos iba a ayudar a librarnos de toda mancha de pecado convenía que no
tuviera ninguna mancha de pecado.

San Buenaventura dice: "Convenía que María que venía a librarnos de la vergüenza de estar
manchados con el pecado, lograra verse libre de las derrotas que el demonio proporciona".

Pero la razón principal por la cual convenía que el Padre Celestial librara a María de todo pecado es
porque la tenía destinada a ser Madre de su Santísimo Hijo. San Bernardino decía que si no hubiera
otros motivos bastaría este: que por el honor de su Hijo que es Dios, al Padre Celestial le convenía
librar a María de toda mancha de pecado.

Santo Tomás enseña que lo que se consagra totalmente a Dios debe ser santo y libre de toda
mancha. ¿Y qué creatura humana ha sido consagrada más perfectamente a Dios que la Virgen
María? El rey David decía que un templo no se destina para los seres humanos solamente, sino
sobretodo para Dios (1 Crónicas 29) y así también el Creador que formó a la Santísima Virgen con
un fin principal: ser Madre de su Santísimo, seguramente adornó su alma con los más bellos
adornos, y entre todos, el mejor: el estar libre de toda mancha de pecado, para que fuera digna
morada donde iba a vivir nueve meses el Salvador del mundo.

San Dionisio afirma: "Dios preparó a su Hijo la más santa y bella morada en ese mundo: el alma de
su Madre Santísima, libre de toda mancha".

Y algo parecido dice la liturgia de la Iglesia cuando reza esta oración: "Oh Dios Omnipotente que por
medio de el Espíritu Santo has preparado el cuerpo y el alma de María como digna morada de tu
Hijo, concédenos a los que la invocamos, vernos libres de todo mal. Amén".
Gloria de los hijos es proceder de padres de intachable conducta. El libro de los Proverbios dice: "La
gloria de los hijos son sus padres" (Prov. 17, 6). La gente llega a aceptar que los demás digan que
sus padres eran pobres o ignorantes, pero lo que no desean de ninguna manera es que puedan
afirmar que sus padres no eran gente buena. ¿Y cómo nos pudiéramos nosotros imaginar que Dios
pudiendo hacer que su Hijo naciera de una mujer libre de toda mancha de pecado, hubiera
permitido que Ella hubiera estado manchada por el pecado, y que Lucifer pudiera afirmar que
aunque fuera por poco tiempo, había logrado esclavizar con el pecado a la Madre de Dios? No, esto
nunca lo iba a permitir el buen Dios.

Por eso la Iglesia griega en uno de sus himnos dice: "Por especial Providencia hizo Dios que la
Santísima Virgen desde el principio de su vida fuera tan totalmente pura cuanto convenía a su
dignidad de Madre de Dios".

Los santos dicen que a ninguna otra creatura le concede Dios alguna virtud o cualidad espiritual que
no le haya dado antes a la Madre de su Hijo. San Bernardo afirma: "Las cualidades o virtudes que a
otros santos da Dios, no se las negó a la Madre del Redentor". Santo Tomás de Villanueva dice: "Esas
cualidades y virtudes y privilegios que Dios les ha concedido a otros santos, ya antes los había
regalado a la Santísima Virgen, y aún mucho mayores". Y San Juan Damasceno se atreve a exclamar:
"Entre las virtudes de la Santísima Virgen y las de los santos hay tanta diferencia como del cielo a la
tierra", y Santo Tomás explica que Ella es la Madre y los demás santos son simplemente "siervos", y
que se le acostumbra conceder más privilegios a la Madre que a los siervos.

San Anselmo se pregunta: ¿Pudo Dios preservar a ciertos ángeles de toda mancha de pecado, y no
podía preservar a su propia Madre? ¿Pudo Dios crear a Eva sin mancha de pecado y no iba a poder
crear el alma de María sin esa mancha? Y si pudo hacerlo y le convenía hacerlo, ¿por qué no iba a
hacerlo?

Y continúa el gran doctor San Anselmo: "Era verdaderamente justo que a la Virgen a la cual tenía
Dios reservada para ser Madre de su Hijo, la adornara con tan gran pureza que no sólo aventajara a
los seres humanos y a los ángeles sino que también se pudiera decir de Ella que en pureza sólo le
gana Dios".

San Juan Damasceno exclama: "Dios vigilaba cerca de la Santísima Virgen, para que fuera
totalmente pura, porque Ella iba a albergar por nueve meses al Salvador del mundo y lo iba a
acompañar en todos sus 33 años sobre la tierra. La que iba a estar junto al más puro de todos los
habitantes de la tierra, debía ser también totalmente Inmaculada y libre de toda mancha de
pecado".

De María se pueden repetir las palabras del Cantar de los Cantares: "Eres como un lirio entre
espinas" (C. 2, 2). Todos fuimos manchados y somos como espinas, y Ella como un lirio blanquísimo,
permaneció Inmaculada, sin mancha de pecado.

PUNTO II: Convenía al Hijo de Dios preservar a su Santísima Madre de toda mancha de pecado.

No se concede a los hijos poder escoger a su propia madre ni elegir qué tan santa debe ser. Pero si
ello se nos permitiera, nosotros no iríamos a escoger por madre a quien no fuera bien santa y bien
amiga de Dios. ¿Y Jesús que fue el Único Hijo que pudo escoger a su propia Madre y crearla según
su parecer, no iba a hacer que la que le diera su naturaleza humana y lo acompañara cariñosamente
durante toda su vida mortal fuera una mujer extraordinariamente pura y totalmente libre de toda
mancha de pecado?

Cuando el Creador determinó que su Hijo naciera de una mujer, escogió a la que más convenía a su
Altísima dignidad, dice San Bernardo. Y siendo conveniente que la Madre de un Redentor Purísimo
fuera Ella también totalmente pura, así la hizo Nuestro Señor.

La Carta a los Hebreos dice: "Tal convenía que fuera nuestro Pontífice: santo, inocente, sin mancha
de pecado, apartado de los pecadores" (Hebr. 7, 26). ¿Y la Madre de este Pontífice Supremo no
convenía que fuera también Santa, inocente, sin mancha? ¿Y cómo se hubiera podido afirmar que
Jesucristo estaba "apartado delos pecadores" si hubiera tenido una Madre pecadora?

San Ambrosio enseña: "Jesucristo eligió a María por Madre, no en la tierra, sino ya desde el cielo, y
para morar en Ella y nacer de Ella y vivir acompañado por Ella, la llenó totalmente de santidad y de
pureza". Y este santo se atreve a llamar a María 'Mansión Celestial', no porque Ella no fuera humana,
sino porque el Señor la adornó con cualidades celestiales para ser mansión donde viviera el Hijo de
Dios.

Santa Brígida dice que en una revelación oyó que María superaba a los ángeles en santidad por
estar destinada a traer al mundo al Redentor.

Y la misma santa añade: "María fue concebida sin mancha del pecado original, para que de Ella
naciera el Hijo de Dios, también sin mancha alguna. Jesús no quiso permitir que la Madre de la cual
iba a nacer, tuviera ni siquiera por breve tiempo, la mancha del pecado en su alma.

Los santos dicen que Dios libró a la Virgen María de padecer la podredumbre de un sepulcro, porque
hubiera sido una deshonra para Jesucristo que su Madre se pudriera en una tumba. Pues si hubiera
sido deshonroso para Jesucristo que su Madre sufriera la podredumbre de un sepulcro, mucho más
deshonroso hubiera sido para Él que María hubiera tenido en su alma, aunque fuera por poco
tiempo, la podredumbre del pecado. Hubiera sido verdaderamente deshonroso para Cristo
encarnarse en una madre manchada por el pecado, y esclava de los enemigos del alma.

María no sólo fue Madre, sino digna Madre del Redentor, como la han llamado infinidad de santos.
San Bernardo le dice: "Sólo tú has sido digna de que el Rey Celestial te eligiera para Madre suya".
Santo Tomás de Villanueva afirma: "Si la escogió Dios para madre de su Hijo, es porque estaba bien
preparada para este oficio sublime". La misma Iglesia Católica en una de sus oraciones dice: "La
Santísima Virgen, cuyas entrañas merecieron llevar al Salvador del mundo". Y Santo Tomás de
Aquino lo explica así: "Decimos que Ella mereció llevar en sus entrañas al Salvador del mundo, no
porque Ella mereciera por sí misma la Encarnación, sino porque recibió de Dios todo el grado de
pureza y de santidad, que eran convenientes para ser Madre del Salvador". Y San Pedro Damián
añade: "María recibió de Dios tal grado de santidad que mereció el singular privilegio de ser la única
digna de ser elegida como Madre del Redentor".

Santo Tomás enseña que cuando Dios elige a una persona para un oficio especial le concede las
gracias y cualidades que necesita para este oficio. Y deduce de esto que si escogió a María para
Madre del Redentor, seguramente le concedió a Ella todas las gracias y cualidades que este sublime
oficio exigía. Y es que el ángel le dijo: "No temas María, que has hallado gracia delante de Dios" (S.
Lucas 1, 30). Si María hubiera tenido mancha de pecado, no hubiera hallado esa gracia y simpatía
delante de Dios. Para Jesús habría sido un verdadero desdoro haber tenido por madre a una mujer
manchada de pecado.

San Agustín cuando habla de la Santísima Virgen dice: "aquí ni siquiera me atrevo a nombrar el
pecado, porque Ella por la excelsa condición de estar destinada a ser Madre de Cristo, tenía que
estar libre de todo pecado. María que concibió y dio a luz al que no tuvo la más mínima mancha de
pecado, debía estar ella también libre de esa mancha, y recibió gracias especialísimas para vencer
en todo el pecado" (De Nat y grat. L.C. 36 Nº 42).

De todo esto teneos que concluir que el Hijo de Dios se escogió por Madre a una mujer tan pura que
nunca tuviera que avergonzarse de estar manchada con pecado alguno.

San Proclo exclama: "Para Jesús nunca fue deshonroso que lo llamaran el hijo de María. Pero sí le
habría sido deshonroso que los demonios le hubieran podido decir: 'Tu madre fue pecadora en otro
tiempo y esclava nuestra'".

Dios que es la Sabiduría misma supo fabricarse muy sabiamente en la tierra a la que había de ser
morada de su Hijo. Y si el profeta anunció: "La sabiduría no morará con gusto en cuerpo manchado
por el pecado" (Sap. 1, 4) ¿cómo podríamos imaginar que el Hijo de Dios, Sabiduría Infinita, hubiera
escogido habitar en su encarnación, a una mujer que no estuviera absolutamente libre de toda
mancha de pecado?

Un autor sagrado decía: Dios no encontró otro palacio más bello ni más puro que la Virgen María,
para que su Hijo Santísimo viniera a habitar y nacer.

San Cirilo afirma: ¿Qué tal que uno construyera una hermosa morada para sí mismo y después se la
diera a un enemigo suyo para que la habitara? ¿Y qué diríamos de Dios, que habiendo formado a la
Virgen Santísima para orada y nacimiento de su Hijo, le dejara luego esa santa morada al pecado
para que la habitase?

Ningún hijo amó ni amará jamás a su propia madre con un amor tan grande como el de Jesús a
María. ¿Y podríamos decir que la amaba verdaderamente si la dejaba esclava del pecado? ¿Si la
honra como ningún otro hijo ha honrado a la propia madre, podría permitir que quedara deshonrada
con la mancha del pecado? Pregunta Gerson.

San Agustín dice que hay dos modos de redimir: uno, levantando a quien ya cayó en pecado, y otro,
evitando que la persona caiga en pecado. Pues a María la redimió de este modo, superior al otro: la
libró de toda mancha de pecado, y de caer en pecado.

San Buenaventura en un sermón decía que el Espíritu Santo en vez de tener que liberar después a
María Santísima del pecado original, la preservó de este pecado desde el momento mismo de su
Inmaculada Concepción.

Y el Cardenal Cussano dice algo muy parecido: "A María, la gracia de Dios la preservó de toda
mancha de pecado, mientras que a las demás creaturas lo que hace la gracia es liberarlas de las
manchas del pecado que ya tienen. A Ella el Redentor la preservó de mancharse el alma con el
pecado, mientras que a los demás el Redentor los libera de esa mancha de pecado cuando ya la han
contraído".

Hugo de San Víctor exclama: "El fruto declara qué tal es el árbol que lo produjo. Si el fruto del vientre
de la Virgen María fue Jesús, el totalmente puro, el Inmaculado y Santísimo, así la Madre que lo
engendró debió ser totalmente pura, inmaculada y santísima. Sólo María fue digna de ser Madre de
tal Hijo, y sólo Jesús fue digno de ser hijo de tal Madre".

San Ildefonso le dice: "porque eres perfecta y totalmente pura, por eso fuiste elegida para ser
Madre del Creador".

PUNTO III: Convenía al Espíritu Santo que María fuera totalmente libre de toda mancha de pecado.

Santo Tomás llama a María: "Sagrario del Espíritu Santo". Varios santos la llaman "Templo del
Espíritu Santo". Pues bien, el Espíritu Santo estaría más contento y más satisfecho si el Sagrario o el
templo donde iba a habitar era totalmente libre de toda mancha de pecado. Por eso Dios libró a
María de toda mancha pecaminosa.

En el Cantar de los Cantares se dice algo que le corresponde muy bien a María Santísima: "Eres
totalmente hermosa y en ti no hay mancha alguna ni defecto" (Cant. 4, 7) y también: Tu eres como
un huerto cerrado a donde no han llegado los enemigos a hacer mal, y eres como una fuente sellada
que nadie ha podido contaminar (Cant. 4, 12). San Bernardo dice que el Espíritu Santo que es el
autor principal de la Sagrada Biblia, afirmó esto de la Santísima Virgen. Y en el Libro Sagrado sigue
diciendo: "Las jóvenes son muchas, pero una sola es mi paloma, la perfectamente pura" (Cant. 6, 7).

Por eso el Ángel le dijo al saludarla "Salve, llena de gracia". San Sofronio dice que a las demás
creaturas les concede Dios mucha gracia y bendición, pero que a María la llenó totalmente de su
gracia. Y si estaba llena de gracia de Dios no podía tener mancha de pecado en su alma.

San Pedro Damián afirma: "La que Dios eligió para ser Madre de su Hijo debía tener su alma
totalmente llena del Espíritu Santo". Y por lo tanto sin sitio para la mancha del pecado.

Los Santos afirman: "María estuvo siempre llena de luz espiritual en el alma, y nunca tuvo tinieblas
de pecado en su espíritu". - "Dios que creó pura a la Madre carnal de los seres humanos, también
podía crear totalmente pura a María, la Madre espiritual de todos los creyentes" - .

San Bernardino afirma: "No es aceptable que Jesús quisiera nacer de una madre manchada por el
pecado, pudiendo nacer de una madre totalmente pura y santa".

Si el ángel le dice: "Has hallado gracia delante de Dios" puede significar que en su alma no había
ninguna mancha de pecado que la hiciera antipática ante Nuestro Señor.

Ya en el año 1661 solamente entre los Padre Dominicos (que eran los más reacios) se habían
contabilizado 136 escritores de esa Orden religiosa que proclamaban que María no tuvo ni la más
mínima mancha de pecado en su alma. Y las Universidades más famosas de entonces: la de La
Sorbona en París, las de Colonia y Nápoles en Italia, las de Salamanca y Alcalá en España y la de
Maguncia en Alemania, declararon solemnemente estar totalmente de acuerdo con la idea de que
María Santísima fue preservada de toda mancha de pecado. Si tan altos intelectuales lo han
proclamado, ¿por qué no proclamar esto mismo todos los fieles sencillos de la Iglesia Católica?

La Iglesia Católica ha celebrado desde muy antiguo la fiesta de la Inmaculada Concepción, en


recuerdo de que María fue concebida sin pecado original, y esta fiesta la han aprobado los Sumos
Pontífices y los obispos de todo el mundo.

La Iglesia celebra también el 8 de septiembre la fiesta del nacimiento de la Virgen María. Santo
Tomás enseña que la Iglesia católica no acostumbra celebrar el nacimiento de sus santos, pero que
a María sí le celebra el nacimiento porque Ella fue totalmente santa ya desde antes de nacer
(Summa. T. 3, q. 27 a 1).

ORACIÓN: Inmaculada Madre Mía, me alegro contigo al verte enriquecida con tanta pureza por
parte de Dios y quiero dar gracias al Creador por haberte preservado de toda mancha de pecado,
como lo creo firmemente. Y estoy siempre dispuesto a defender la gran verdad de que has sido
concebida sin mancha de pecado original.

Quisiera que todo el mundo te admirara y te alabara, como la Aurora que anuncia la llegada del Sol,
que es Jesucristo; como el Arca de la Nueva Alianza, que se salvó del naufragio de la mancha del
pecado original, como la Paloma sin mancha y blanquísima, como el Huerto cerrado al cual no han
logrado llegar los enemigos del alma, como la Fuente Sellada que no ha sido contaminada, como el
blanco lirio que floreció entre las espinas, pues en medio de tantas gentes manchadas con el pecado,
tu naciste y te conservaste siempre blanca, pura y completamente amiga del Divino Creador.

Permíteme que te alabe con las palabras pronunciadas por el mismo Dios: "Toda hermosa eres tú,
y en ti no hay mancha alguna". Oh amabilísima e Inmaculada María: tu que eres tan bella ante los
ojos de Dios, no dejes de mirar con compasión a las asquerosas llagas de mi pobre alma. Mírame
con compasión y ayúdame a curarme de las llagas de mis pecados. Tú que eres un imán que atrae
los corazones, atráeme también a mí hacia tu corazón maternal. Tú que desde el primer momento
de la vida apareciste tan completamente pura y tan agradable a Dios, ruega por mi que no sólo nací
con la mancha del pecado original sino que durante toda mi vida he venido manchando mi alma con
tantas culpas y pecados. Dios que te eligió como Hija predilecta del Padre, y Madre Santísima del
Hijo y Sagrario del Espíritu Santo, y por eso te libró de toda mancha de pecado y te demostró más
amor que a toda otra creatura, ¿qué favor o gracia que pidas para nosotros te podrá negar? Virgen
Inmaculada: ¡tienes que ayudarme a salvarme! Por eso te digo con San Felipe Neri: haz que yo
siempre me acuerde de Ti, y Tú nunca te olvides de mi. Me parece que faltaran mil años todavía
para poder contemplar tu hermoso rostro maternal en el cielo, para empezar a amarte y alabarte
en el Paraíso como a la más buena de las madres, mi madrecita, mi Reina, mi gran benefactora, la
más bella, la más amable, la más pura, la siempre Inmaculada Virgen María. Amén.

La Concepción de la Sacratísima Virgen María


Sermón de Fray Luis de Granada (siglo XVI)

Dos casas tuvo Dios en este mundo señaladas entre todas las otras. La Una fue la humanidad de
Jesucristo, en la cual mora la divinidad de Dios corporalmente, como dice el Apóstol (Col 2, 9) y la
otra, las entrañas virginales de Nuestra Señora, en las cuales moró por espacio de nueve meses.
Estas dos casas fueron figuradas en aquellos dos templos que hubo en el Viejo Testamento, uno de
ellos que hizo Salomón (1R 7,1) y el otro que se edificó en tiempo de Zorobabel, después del
cautiverio de Babilonia (Esd 6,17).

Estos dos templos concuerdan en una cosa y difieren en dos. Concuerdan en ser ambos templos de
un mismo Dios, y difieren, lo primero, en la riqueza y primor de las labores, porque mucho más rico
fue el primero que el segundo, y lo segundo, en la fiesta de la dedicación de ellos (1R 8,1). Porque
en la dedicación del primero todos cantaban y otros lloraban: cantaban los que veían ya acabada
aquella obra que tanto deseaban y lloraban los que se acordaban de la riqueza y hermosura del
templo pasado, viendo cuán baja obra era ésta en comparación de aquélla.

Pues esto mismo nos acontece ahora en el día de la dedicación de estos dos templos místicos de
que hablamos. Y por el día de la dedicación entendemos el día de la concepción; porque este día
fueron estos dos templos dedicados y consagrados. Pues en el día de la concepción del Hijo, todos
cantan, todos alaban a Dios, todos dicen que fue concebido del Espíritu Santo, y por eso su
concepción fue santa y limpia de todo pecado, y donde no hay pecado, no hay materia de lágrimas,
sino de alegría y de alabanza. Mas en la concepción de la madre, unos cantan, otros lloran; unos
cantan y dicen: Toda eres hermosa, amiga mía y en ti no hay mancha (Ct 4, 7). Otros lloran y dicen:
Todos pecaron en Adán (Rm 3, 23)[1] y tienen necesidad de la gracia de Dios. Mas todos concuerdan
en que la sacratísima Virgen, antes que naciese, fue llena de todas las gracias y dones del Espíritu
Santo, porque así convenía que fuese que ab eterno era escogida para ser madre del Salvador del
mundo.

Cuán grande fuese esta gracia y estas virtudes, no hay lengua humana que lo pueda declarar. La
razón es porque Dios hace todas las cosas conformes a los fines para que las escoge, y así las provee
perfectísimamente de lo que para ellas es necesario. Escogió a Dios Oliab para maestro de su arca
(Ex 36,1), escogió a San Pablo y a todos los otros apóstoles para maestros de su Iglesia. Pues,
conforme a esto, los proveyó perfectísimamente de todas aquellas habilidades y facultades que para
eso se requerían.

Y porque a esta sacratísima Virgen escogió para la mayor dignidad que se puede conceder a pura
criatura, de aquí viene que la adornó y engrandeció con mayor gracia, con mayores dones y virtudes
que jamás se concedieron a ninguna pura criatura.

La hermosura de Dios, reflejada en María

Y así, una de las cosas en que Dios tiene más declarado la grandeza de su bondad y sabiduría de su
omnipotencia es en la santidad y perfección de esta Virgen. Por la cual, si tuviésemos ojos para saber
mirar y penetrar la alteza de sus virtudes, en ninguna cosa de cuantas hay creadas se nos presentaría
tan claro el artificio y sabiduría de Dios como en ésta. De manera que ni el sol, ni la luna, ni las
estrellas, ni la tierra con todas sus flores, ni el mar con todos sus peces, ni aún el cielo con todos sus
ángeles, nos declararían tanto las perfecciones y hermosura del Creador como la alteza y perfección
de esta Virgen. Por que si el Profeta dice que es Dios admirable en sus santos (Sal 67, 36), ¿cuánto
más lo será en aquélla que es madre del Santo de los santos, en la cual sola están juntas todas las
prerrogativas de todos los santos?

Y hay en esto dos cosas de grande admiración. La una es compadecerse toda perfección en una
criatura de carne y sangre como nosotros. No es maravilla que un oficial haga más delicadas obras
de oro y plata que de una masa de barro, porque la masa sufre toda esa ventaja y primor. No se
espantan los hombres de ver un águila volar por cima de las nubes, más espántase de ver trepar un
hombre con dos arrobas de hierro por cima de una cuerda. Quiero decir: no es maravilla que un
ángel vuele alto y sea más adornado de todo género de virtudes y perfecciones, pues es sustancia
espiritual, que un alma, que está cercada y vestida de carne; mas que un alma, encerrada en un
cuerpo sujeto a tantas miserias y cercado de tantos sentidos, pase de vuelo sobre todos los ángeles
en perfección y sea más pura que las estrellas del cielo, es cosa de grande de admiración.

No es maravilla que ande limpia una dama que no tiene otro oficio más que andar alrededor del
estrado de la reina; mas aquella que toda su vida anduviese sirviendo en una cocina entre los tizones
y ollas, y que, con todo eso, al cabo de cincuenta o sesenta años de servicio, salieses de allí más
limpia que aquella que está en el palacio real, esto sería de mayor admiración.

Pues según esto, ¿no es cosa admirable ver el alma de esta Virgen encerrada en un cuerpo cercado
de tantos sentidos y que en tantos años de vida ninguno se le desmandase en un cabello; que nunca
sus ojos se desmandasen en ver, nunca sus oídos en oír nunca su paladar en gustar; que siendo
tantas veces necesario comer, y beber, y dormir y hablar, y negociar, y salir de casa, y conversar con
las criaturas, que llevase las cosas con tanto compás, que jamás se desmandase en una palabra, ni
en un pensamiento, ni en un movimiento, ni en un afecto, ni en un bocado demasiado? ¿A quien
no pone en admiración este tan grande compás, esta tan perfecta igualdad y orden y este concierto
tan perpetuo como es el de los mismos cielos y de sus movimientos?

Lo segundo de que nos debemos espantar es de ver con cuán pocos ejercicios llegó esta Virgen a
tan alta perfección. El apóstol San Pablo discurriría por el mundo, predicaba a los gentiles, disputaba
con los judíos, escribía epístolas, hacía milagros y otras cosas semejantes.

Mas la sacratísima Virgen no entendía en estas obras, porque la condición y estado de mujer no lo
consentía. Sus principales ejercicios, después del servcio y crianza de su Hijo, eran espirituales, eran
obras de vida contemplativa, aunque no faltaban, cuando eran necesarias, las de la vida activa.

Pues ¿no es cosa de admiración que con tan poco estruendo de obras exteriores, con los que pasaba
en silencio dentro de aquel sagrado pecho, dentro de aquel corazón virginal, mereciese tanto a Dios
y ganase tanta tierra o, por mejor decir, tanto cielo que pasase de vuelo sobre todos los ángeles y
sobre todos los querubines? Pues ¿qué sería esto? ¿Qué pasaría en aquel corazón virginal de noche
y de día? ¿Qué maitines, y qué laudes, y qué Magnificat allí se cantarían? ¡Quién tuviera ojos para
poder penetrar los movimientos, los arrebatamientos, los ardores, los resplandores y los excesos de
amor y todo lo que pasaba en aquel sagrado templo! Teníalos el Espíritu Santo cuando, enamorado
de tan grande perfección y hermosura decía: Hermosa eres, amiga mía, hermosa eres. Tus ojos son
de paloma, allende de lo que dentro está escondido (Ct 4,1); porque esto solamente podían ver los
ojos de Dios, mas no los ojos de los hombres.

¿No sería cosa maravillosa si hiciésemos a un tañedor que en una vihuela de una o dos cuerdas, o
en manicordio de una o dos teclas, tañese tantas obras e hiciese tanta armonía como otro con un
instrumento perfecto? Pues ¿no es maravilla que con sólo aquel corazón tañase e hiciese esta Virgen
tantas obras, obrase tantas maravillas y diese tantas y tan suaves músicas a Dios?

Injustamente os quejáis los que decís que sois pobres y enfermos diciendo que no tenéis de qué
hacer bien ni con qué padecer trabajos por amor de Dios. Basta que tengáis corazón para poder
amar a Dios y vacar a Dios, porque si de ése os sabéis aprovechar, con él alcanzaréis grandes virtudes
y con él haréis innumerables servicios a Dios. ¿En qué entendías aquellos Padres antiguos, aquellos
monjes que vivían en los desiertos, sino en contemplación noche y día? Aquel ocio es el mayor de
los negocios, aquel no hacer nada es sobre todo lo que se puede hacer. Porque allí el alma religiosa,
dentro de su retraimiento, alaba a Dios; allí ora, allí adora, allía ama, allí teme, allí cree, allí espera,
allí reverencia, allí llora, allí se humilla delante de la majestad de Dios, allí canta y pregona sus loores,
allí hace todas las cosas tanto más puramente cuanto más ocultamente y sin testigos humanos.

Para ser digna Madre de Dios

Pues, volviendo ahora a nuestro propósito, tal convenía que fuese y de tal manera convenía que
naciese aquella que ab aeterno era escogida para ser madre de Dios; porque costumbre es de Dios,
como está ya dicho, proporcionar los medios con los fines, que es hacer tales los medios cuales
competen para la excelencia del fin para que los instituyó.

Pues como Dios escogiese a esta benditísima Virgen para la mayor dignidad de cuantas hay debajo
de Dios, que es para ser madre del mismo Dios, así convenía para la excelencia de esta dignidad. De
donde así como aquel templo material de Salomón fue una de las más famosas obras que hubo en
el mundo, porque era casa que se edificaba no para hombres, sino para Dios, así convenía que este
templo espiritual donde Dios había de morar fuese una perfectísima obra, pues para tal huésped se
aparejaba. Porque ¿cuál convenía que fuese el alma que el Hijo de Dios había tomado por especial
morada, sino llena de toda santidad y pureza? Y ¿cuál convenía que fuese la carne de donde había
de tomar carne el Hijo de Dios, sino libre de todo pecado y corrupción? Porque así como el cuerpo
de aquel primer Adán fue hecho de tierra virgen antes que la maldición de Dios cayese sobre ella,
como cayó después del pecado (Gn 2, 7) es como así convenía que fuese formado el cuerpo del
segundo de otra carne virginal, libre y exenta de toda maldición y pecado.

Figuras de la Pureza de María

Por esto, convenientísimamente es figurada esta Virgen por aquella arca del testamento hecha de
madera de Setín (Ex 25, 10), que es madera incorruptible, para significar la incorrupción y pureza de
esta sacratísima Virgen, que es el arca mística donde estuvo el maná de los cielos y pan de ángeles
y donde estuvo aquella vara de la raíz de Jesé, sobre cuya flor se asentó el Espíritu Santo (Is 11,1).

Es también figurada por el hermosísimo trono de Salomón, de que dice la Escritura que era hecho
de marfil, y que estaba dorado de un oro muy resplandeciente, y que tal obra como aquélla no fuera
nunca hecha en todos los reinos del mundo (1R 10,20). Las cuales cosas, todas perfectísimamente
convienen a esta sacratísima Virgen como a trono espiritual de aquel verdadero Salomón,
pacificador del cielo y de la tierra.
Es también figurada por aquel huerto cerrado y fuente sellada de los Cantares (4,12) y por aquella
puerta oriental que vio el profeta Ezequiel (43,2): porque ninguno comió de la fruta de aquel vergel,
ni bebió del agua de aquella fuente, ni entró por aquella puerta, sino sólo el Hijo de Dios, porque
sólo él era su amor, su pensamiento, su deseo, sus cuidados, su memoria continua.

Porque, como dice San Agustín, toda la obra y vida de María siempre estuvieron atentas a Dios, que
residía en medio de su corazón, según aquello del profeta que dice: Dios en medio de ella nunca
será movido, y ayudarla ha el Señor por la mañana muy de mañana (Sal 45,6); o como traslada San
Jerónimo: En el nacimiento de la mañana, que es en el principio de la vida, donde fue llena de gracia
y dones celestiales; porque tales convenían que fuesen los cimientos de una obra que Dios quería
tanto levantar. Porque si el santo Job (31,18) se gloría que del vientre de su madre salió con él la
misericordia, ¿qué diremos de ésta, que había de ser madre de Misericordia? Y si Jeremías (1,5) y
San Juan Bautista (Lc 1,41) fueron llenos de gracia en el vientre de sus madres, el uno porque lo
escogía Dios para profeta y el otro para más que profeta, ¿qué diremos de esta Virgen, escogida
para Madre del Señor de los profetas, pues conforme a la dignidad da Dios la gracia y la santidad?

TEOLOGÍA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN


Como la exégesis ha enmarcado a la inmaculada en el amplio cuadro de la historia de la salvación,
así la teología debe insertarla en la visión global del misterio cristiano. En efecto, desde el punto de
vista histórico, la inmaculada concepción ha sido vista intuitivamente por los fieles en el amplio
horizonte de los datos revelados, entre los cuales hay que enumerar la santidad de María, la
redención operada por Cristo y el pecado original. Al aislar la verdad mariana se corre el riesgo de
no comprenderla, e incluso de darle una interpretación herética, como ocurrió a Pelagio y a Julián
de Eclana, los cuales consideraron a María sin pecado, pero separándola del influjo del único
mediador y alterando radicalmente el significado profundo de la inmaculada concepción en el
sentido de la autosalvación. Diversos motivos de orden teológico, ecuménico y pastoral (como el
primado de la perspectiva cristocéntrica sobre la amartiológica, la exigencia de una formulación en
términos más bíblicos y positivos, la instancia de proponer la fe en expresiones a tono con la cultura
contemporánea...) mueven a una presentación actualizada de la inmaculada concepción. Sin
rechazar nada del contenido del dogma definido, hay que encuadrarlo no solo en el conjunto de la
vida de María, sino también armonizarlo con los diversos elementos de la historia de la salvación, y
sobre todo con su centro vivo, que es Cristo.

1. SIGNO MANIFESTATIVO DEL AMOR GRATUITO DEL PADRE

Seria grave error presentar la inmaculada concepción ante todo como un privilegio o una excepción,
como una condición totalmente diversa y aislada de todo el resto de la humanidad. Según la
Escritura, cualquier acontecimiento ocurrido en el tiempo es una realización del plan divino de
salvación trazado por el amor misericordioso y sabio del Padre "antes de la creación del mundo" (cf
Ef 1,4). También la inmaculada concepción forma parte del designio salvífico de Dios, del "único e
idéntico decreto" -dirá en términos más jurídicos la bula Ineffabilis Deus- por el cual Dios dispuso la
encarnación redentora. Todas las confesiones cristianas están de acuerdo -más allá de las
afirmaciones bíblicas favorables a las tesis escotista o tomista de la encarnación de Cristo incluso sin
darse el pecado de los hombres- acerca de la eterna elección salvífica de los hombres en Cristo, que
históricamente comporta la victoria sobre el pecado. Se trata para todos de elección gratuita:
ninguna obligación por parte de Dios, ninguna pretensión por parte del hombre. Pero es un hecho
que Dios realiza su alianza de amor superando la ruptura operada por el hombre; más aún,
justamente entonces -afirma K. Barth- "la gracia se hace aún más fuerte, no es anulada, ni reducida,
ni debilitada" cuando se hace redención y reconciliación. También en el caso de María Dios sólo
justifica gratuitamente, fiel a su proyecto de salvación, mediante un veredicto de gracia redentora
en Cristo. Por encima del modo preservativo o liberativo de la redención, la salvación es ante todo
un acto libre y soberano de Dios, que excluye toda autojustificación: "Todos... son justificados
gratuitamente por su gracia, mediante la redención, la de Cristo Jesús" (Rom 3,24). Puesto que en
la inmaculada concepción no es cuestión de fe o de libre aceptación por parte de María respecto a
la salvación, ésta constituye un signo luminoso de la gratuidad del amor de Dios, que actúa antes ya
de la respuesta responsable de la criatura. La Inmaculada proclama, a la cabeza de la falange de los
salvados: Soli Deo gloria! La preservación del pecado y la plenitud de gracia no son fruto de su fe o
libertad orientada a Dios, y tampoco de sus obras; éstas, al igual que cada uno de los actos de
justificación, se inscriben en la elección salvífica del Padre, que decide desde la eternidad amar a los
hombres gratuitamente más allá del pecado y de los méritos. La inmaculada concepción manifiesta
la absoluta iniciativa del Padre y significa que "desde el comienzo de su existencia María estuvo
envuelta en el amor redentor y santificador de Dios".

2. EXPRESIÓN PERFECTA DE LA REDENCIÓN OPERADA POR CRISTO

Relacionar el hecho de la inmaculada concepción con el designio salvífico de Dios significa enlazarlo
necesariamente con Cristo, que es el punto focal de tal designio. Los textos bíblicos, sobre todo
paulinos, hacen resaltar ya el primado de Cristo respecto a toda la creación (Col 1,15.17; Ef 1,10.21;
Jn 1,1-3; Ap 1,8), ya su misión redentora y reconciliadora como cabeza de la iglesia (Col 1,18-20 Ef
1,3-14, Rom 8,3239; Ap 1,5-6), mostrando la solidez de las perspectivas exegéticas de F. Prat: "El
centro está en Jesucristo. Todo converge hacia ese punto, todo proviene de aquí y todo conduce
ahí. Cristo es el principio, el centro y el fin de todo... Todo intento de comprender un pasaje
cualquiera abstrayendo de la persona de Jesucristo terminaría en un fracaso seguro". La necesidad
de armonización entre la intuición de fe acerca de la santidad originaria de María y la verdad básica
de la redención universal operada por Cristo la vio claramente Agustín, ofreciendo no la solución,
sino el contexto teológico en el que insertar el dato mariano. Desde entonces, dado el peso de la
autoridad agustiniana, la inmaculada concepción no se hubiera podido imponer a la conciencia de
la iglesia más que a condición de presentarse como un caso de verdadera redención. En otros
términos, el honor del Señor, primer argumento favorable a la inmaculada concepción, incluía no
sólo la exención de María de toda culpa, sino también, antes aún, el dogma central del cristianismo:
Jesucristo, único mediador y redentor.

Es justa, por tanto, la exigencia, advertida también en el campo del pecado original y desviada hacia
la mariología con D. Fernández y A. de Villalmonte, de establecer como punto de partida de la
teología de la inmaculada concepción no a Adán o el pecado, sino a Cristo. La prioridad de la
perspectiva cristológica sobre la amartiológica implica el procedimiento a Christo ad Mariam, en el
sentido de que, como afirma K. Rahner, "se puede comprender a María sólo partiendo de Cristo". Si
Cristo es el único mediador y redentor del mundo, si en su muerte y resurrección se ha producido
de una vez para siempre e irrevocablemente la reconciliación de la humanidad con Dios (2cor 5,18-
21), se sigue que él en su misterio pascual es el salvador también de su madre. La teología, elaborada
en los siglos cristianos y que desembocó en la Ineffabilis Deus, precisa que María fue preservada del
pecado original "en vista de los méritos de Jesucristo, salvador del género humano", y que ha sido
por tanto "redimida del modo más alto" (sublimiori modo redemptam). La inmaculada concepción
es un caso de redención anticipada y perfecta, en virtud del valor retroactivo del misterio pascual
de Cristo y de su máxima aplicación a la madre del Señor. Lejos de ser excepción o negación de la
universal necesidad de redención por obra de Cristo, la inmaculada concepción implica que María
"está unida en la estirpe de Adán con todos los hombres que han de ser salvados" (LG 53) y ha
recibido, en su radical incapacidad de autosalvación, la gracia redentora más poderosa que se puede
imaginar. Así lo entendió y expresó Duns Scoto en el argumento del perfecto mediador, que muestra
la potencia salvífica de Cristo en cuanto que previene del pecado en vez de borrarlo una vez
ocurrido. María "es la más grande perdonada; ha recibido una remisión tan plena que la puso al
resguardo de toda culpa. La inmaculada concepción es el más grande perdón de Dios. Siglos y siglos
más tarde, santa Teresa de Lisieux llegará a ver como perdón también la ausencia del pecado actual.
El inocente es aquel que ha sido perdonado en la eternidad de los pecados que no cometerá en el
tiempo porque el amor divino los ha destruido. La razón última de la inmaculada concepción es el
amor gratuito de Dios; el fundamento próximo de la misma es la prerrogativa de la madre de Jesús,
que histórica y lógicamente incluye una santidad proporcionada a su unión íntima con el Hijo, Sin
ser una exigencia ineludible, la ausencia de pecado en María desde el primer instante fue percibida
por el sentido de los fieles como el único dato armonizable tanto con la santidad de Cristo como con
la persona y misión de María. Es más que conveniente que aquella que había de engendrar al Verbo
de Dios según la naturaleza humana y acogerlo ejemplarmente en la fe, e incluso cooperar con él a
la salvación de los hombres, estuviese del todo exenta de pecado.

No se trata de una cuestión temporal o de instantes, sino del misterio de la predestinación de María
porque solamente ella, "en virtud de su misión y por sus cualidades personales, está situada
exactamente en el punto en que Cristo inauguraba triunfante la definitiva redención de la
humanidad. Por ello el dogma de la inmaculada concepción de la Virgen es un capítulo de la doctrina
misma de la redención y su contenido constituye la manera más perfecta y radical de nuestra
redención". Quedan por especificar los aspectos positivo y negativo incluidos necesariamente en la
redención.

3. CREACIÓN EN LA GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO.

Aun dentro de la diversidad de descripción del hecho salvífico, el NT entiende fundamentalmente


la salvación como "participación que Dios hace de sí en Cristo y en el Espíritu". En particular, el
Espíritu es la suma de todos los efectos de la redención, porque en él se realiza la comunión con el
Padre y la nueva vida en Cristo (Jn 6,63 7,39; 16,7; 2Cor 5,15. 19). Él es el don más importante
otorgado por el Padre y por el Hijo para hacer desaparecer la vida según la carne, y es el principio
dinámico de la nueva vida en la gracia, en el amor y la libertad filial (Rm 8,1-17). Esta óptica positiva
de la salvación ha de tener la precedencia también cuando se trata de la inmaculada concepción. La
bula Ineffabilis Deus, aunque define el dogma mariano en términos negativos, no ignora, sino que
valoriza el aspecto positivo que supone: la plenitud de inocencia y de santidad que se deriva de la
singular predilección divina hace de María una criatura "adornada de los resplandores de la
perfectísima santidad". Si es fácil comprender, observa L. Galot, el intento de la bula pontificia de
definir de modo decisivo el objeto de la histórica controversia, esta presentación negativa del dogma
adolece de la tendencia latina a caracterizar a María en relación al pecado y debe completarse con
la perspectiva de los padres griegos, más favorable a poner de relieve la perfección de la Toda santa.
Precisamente en esta linea se ha colocado el Vat II, que apela a los santos padres para presentar a
María "inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva
criatura, enriquecida desde el primer instante de su concepción con esplendores de santidad del
todo singular..." (LC 56). Los padres citados, todos orientales, son Germán de Constantinopla,
Anastasio de Antioquía, Andrés de Creta y Sofronio, que ensalzan la santidad de la llena de gracia,
en esta misma linea se ha colocado, entre otros, el teólogo bizantino Nicolás Cabasilas, el cual llama
a María "nueva tierra y nuevo cielo... que no ha heredado nada del antiguo fermento..., nueva pasta
e inicio de una nueva estirpe". Por motivos ecuménicos de encuentro con los cristianos ortodoxos y
por razones de fidelidad al concepto bíblico de salvación "debemos ver el misterio de María en su
verdadera dimensión teológica: como un misterio de elección divina, de santidad, de plenitud de
gracia y de fidelidad al plan de Dios". Los mismos motivos empujan a estudiar a la Inmaculada en su
relación con el Espíritu Santo, el cual se comunicó a María desde el comienzo de su existencia. En
esta perspectiva se situó la cotidiana reflexión de san Maximiliano Kolbe (+ 1941), que afrontó el
significado de la inmaculada concepción en un clima de oración y de consciencia del misterio. A la
pregunta: "¿Quién eres, Inmaculada Concepción?", responde refiriéndose al Espíritu Santo, que es
"una concepción increada, eterna, prototipo de cualquier concepción de vida en el universo..., una
concepción santísima, infinitamente santa, inmaculada". Puesto que María "está unida de modo
inefable con el Espíritu Santo, por el hecho de ser su esposa, se sigue que la Inmaculada Concepción
es el nombre de aquella en la cual él vive con un amor fecundo en toda la economía sobrenatural".
El Espíritu Santo, por consiguiente, "mora en ella, vive en ella, y esto desde el primer instante de su
"existencia"; pero esto ocurre de modo tan íntimo e inefable, que lleva al p. Kolbe a hablar de "casi
encarnación" del Espíritu Santo en la Inmaculada. Esta audacia teológica -a diferencia de la hipótesis
de L. Boff acerca de la unión hipostática del Espíritu Santo en María- se mantiene en la ortodoxia,
ya que el p. Kolbe tiene cuidado de precisar: "En Jesús hay dos naturalezas (la divina y la humana) y
una única persona (la divina), mientras que aquí hay dos naturalezas, y dos son también las
personas, el Espíritu Santo y la Inmaculada, sin embargo, la unión de la divinidad con la humanidad
supera cualquier comprensión".

La Inmaculada, en cuanto reflejo del Espíritu Santo, constituye una dimensión rica en desarrollo
teológico: enlaza con el tema bíblico del corazón nuevo, con la catarsis de María tal como es
presentada por la tradición oriental y occidental, con la respuesta de la Virgen en su vida moral y
con la redención escatológica de María actuada por el Espíritu Santo.

4 INMUNIDAD DEL PECADO ORIGINAL.

Lutero, en un sermón de 1527, afirmó que "ante todo debemos ver qué es el pecado original para
comprender cómo la santa Virgen estuvo exenta de él". Hoy, en cambio, no solamente se propone
justamente partir de Jesucristo para comprender a la Inmaculada, sino que se llega a negar la
relación intrínseca que tiene con el pecado original y a exigir que tal prerrogativa mariana sea
liberada de la ganga maculinista. Semejante propuesta nos parece inaceptable porque desquicia el
sentido obvio del dogma definido, reduce la historia plurisecular del mismo a una estéril o
insignificante polémica y contrasta con la concepción bíblico-tradicional de la salvación, que implica
reconciliación, justificación y liberación de la condición de pecado. No se puede, por tanto, vaciar
los dos dogmas del pecado original (definido por el concilio de Trento) y de la inmaculada
concepción (definido por Pio IX), ni considerarlos en una perspectiva de autonomía y separación.
Basándose en la analogía de le fe y en la unidad fundamental de los datos revelados los dos dogmas
están directamente enlazados y deben ejercer su función de una recíproca verificación. Toda
interpretación que anule o falsee uno u otro ha de considerarse a priori errada. P-O/DIVERSAS-
TEORIAS: Sin lugar a dudas, las modernas teorías sobre el pecado original, surgidas bajo el impulso
de los progresos científicos, exegéticos y teológicos, son generalmente reductivas. Sin embargo,
contienen elementos válidos y estimulantes, que enriquecen y dan un carácter de actualidad al
contenido de la inmaculada concepción Las expondremos brevemente, catalogándolas en una triple
corriente y poniendo de manifiesto sus directas consecuencias con el dogma mariano.

a) Corriente evolucionista. La visión evolutiva del universo impuesta por las ciencias repercute en
la teología del pecado original, que está inserto en el movimiento del mundo hacia la perfección y
la unificación. Puesto que el desorden físico y moral pertenece necesariamente al sistema evolutivo,
"el pecado original, considerado en su fundamento cósmico (si no en su actualidad histórica en los
primeros hombres), tiende a confundirse con el propio mecanismo de la creación, donde representa
la acción de las fuerzas negativas de contraevolución (Theilhard de Chardin). Cristo, por el contrario,
es el fin, el motor y el ambiente vital del universo: no sólo expía el pecado del mundo, sino que
supera la resistencia a la ascensión espiritual inherente a la materia. Es el unificador y catalizador
del máximo grado de ser.

Acerca de la presencia de la Inmaculada en este universo evolutivo, ni Teilhard de Chardin ni sus


epígonos, como Huisboch y Lengsfeld, han avanzado una teoría sistemáticamente elaborada. Se
encuentra en ellos algún punto significativo derivado de su visión teológica, p. ej., de Teilhard de
Chardin, el cual saluda a María como "perla del cosmos" y habla de la Inmaculada en estos términos:
"La inmaculada concepción para mí, es la fiesta de la acción inmóvil, quiero decir, la que se ejercita
con la simple transmisión de la energía divina a través de nosotros... En nuestro Señor todos los
modos de actividad inferior y agitada desaparecen en esta sola y luminosa función de atraer, recibir
y dejar pasar a Dios. Para ser activa de este modo y en este grado, la Virgen santa hubo de recibir
su ser en el seno mismo de la gracia, puesto que ninguna justificación secundaria, por muy acelerada
que fuera, hubiera podido sustituir a esta perfección constitutiva y nativa de una pureza que presidió
la aparición misma del alma". La Inmaculada es considerada aquí en una óptica positiva, que no
menciona siquiera el pecado; en compensación aparece ella como el antipecado, como la criatura
incapaz de oponer resistencia o de ser una rémora a la acción divina. En virtud de su función de
llevar a Dios a las esferas humanas, María es toda pureza y transparencia activa.

Valorando críticamente esta corriente evolucionista, hay que observar que no salva suficientemente
ni el carácter libre del pecado ni la gratuidad de la salvación. Pecado y Cristo entran necesariamente
en la evolución natural del fenómeno humano, en contra de la Escritura, que presenta el pecado
como una anomalía que no hubiera debido existir, y la venida de Cristo redentor como un don
gratuito de la iniciativa divina. No obstante, es válido cuanto afirma acerca del movimiento de
crecimiento y unificación traído por Cristo; por lo cual también María inmaculada aparece como
elemento no de freno, sino catalizador de la dirección positiva de la historia. Ella no se introduce en
los callejones ciegos y abortivos de la involución, porque representa un impulso o un empuje que
orienta el movimiento histórico hacia la justa dirección, que es Cristo.
b) Corriente sociológica. Otros autores, como H. Rondel y sobre todo P. Schoonenberg, parten de
la situación histórica marcada y gravada por los pecados desde los tiempos del homicidio de Abel
hasta el rechazo de Jesús, con el cual se colma la medida de los padres (Mt 23 29-36; Lc 11,47-51).
El pecado original es el estar situado en el "pecado del mundo" (Jn 1,29), es decir, una situación de
perdición que hace imposible el amor de Dios sobre todas las cosas y la exención de los pecados
personales. Es el influjo de los pecados históricos añadido al desorden de nuestra naturaleza. La
admisión de este estar situados en el pecado va unida a la confesión de nuestra salvación en
Jesucristo, en el cual "estamos redimidos de nuestras acciones pecaminosas y de nuestra actitud
básica pecadora. Pero también lo estamos de un pecaminoso estar situados, de una sumisión al
poder del pecado, aunque éste llegue a nosotros desde fuera... Desde nuestro origen estamos
situados por la caída y la redención".

Schoonenberg no ofrece un tratado especifico sobre María, sino únicamente alguna alusión. Admite
con el concilio tridentino que la universalidad del pecado original "deja espacio para la inmaculada
concepción de María", que es una excepción a él. Presenta a la inmaculada concepción como no
inserción en el pecado del mundo; pero inspirándose en el simul iustus et peccator, añade que "la
idea de que uno puede venir ya al mundo en la salvación de Cristo puede aclarar al protestantismo
el hecho de que aceptar la concepción inmaculada de María no significa necesariamente desconocer
que María fue también redimida".

El influjo de la teoría de Schoonenberg se revela en el párrafo del catecismo holandés acerca de la


inmaculada concepción: "María no conoció la culpa. Fue concebida inmaculada. Viviendo en un
mundo de pecado, la tocó ciertamente el dolor, pero no su maldad. Es hermana nuestra en el dolor,
pero no en la culpa. Ella venció enteramente al mal por el bien; victoria que debe naturalmente a la
redención de Cristo".

La teoría de Schoonenberg es utilizable "no como alternativa de !a teología clásica, sino como una
valorización de aspectos del misterio de la perdición y de la salvación, hasta ahora demasiado
descuidados"; p. ej., el influjo ejercido por el mal ejemplo y por las estructuras cerradas a Dios, es
decir, bíblicamente por el "pecado del mundo" (1Jn 2,15s, 5,19...). Ver en la Inmaculada la
impermeabilidad al mal estructural es acertado, al menos si se lo considera como efecto de una
gracia que la santifica desde el principio de su existencia.

La teoría de Schoonenberg aplicada a la Inmaculada no convence a causa de la ambigüedad con que


se afirma el privilegio de María. Mientras que en el contexto de la universalidad del pecado la
inmaculada concepción de María aparece como una excepción, en el contexto de la salvación deja
de ser tal y se convierte en el paradigma de todo redimido: "La inmaculada concepción nos dice que
la redención no es solamente una liberación del pecado, sino que es, sobre todo, una preservación
del pecado, lo cual es importante para una doctrina de la gracia orientada hacia el futuro".

Parece que Schoonenberg coloca a la inmaculada concepción en el mismo plano del bautismo, en
cuanto que también éste es una curación preventiva, que se conserva en una gracia nunca perdida
(además de borrar el pecado en que el hombre está inserto). La crítica formulada por O'Connor y
repetida por Alonso, que reprocha haber transformado la gracia de la inmaculada concepción de
preservadora en protectora, no tiene en cuenta la interpretación articulada de Schoonenberg.
c) Corriente existencial. Partiendo del agudo sentido de la libertad, propio de la época
contemporánea, los autores contemplan el pecado original en armonía con el personalismo dialogal.

A. Vanneste, en una serie de estudios histórico-dogmáticos, llega a la conclusión de que "el pecado
original es la necesidad que tiene el niño de ser liberado y salvado por Cristo, porque este niño ha
rechazado ya virtualmente la gracia divina y por ello debe convertirse a Cristo".

Dada la universalidad del pecado actual, que hace históricamente pecadores a todos los hombres,
hay que decir que ello depende de una culpa virtual, que los orienta hacia el pecado personal si no
interviene la gracia. El pecado original es el pecado virtual, es decir, la condición de inevitable
sujeción a la culpa en que se encuentran también los niños. En esta óptica "el privilegio de la
inmaculada concepción se identifica con el de la inmunidad de todo pecado actual". María ha
recibido una gracia poderosa que la ha preservado de modo completo y total de los pecados
personales. Se trata de un verdadero milagro realizado por Cristo.

La posición de Vanneste es loable entre otras cosas por la conexión entre el pecado original y el
actual, según las exigencias personalistas de la cultura. Pero no es aceptable la identificación del
pecado original con el personal, bien porque anula la definición tridentina, bien porque no se ve
cómo basta un pecado futuro para constituir pecadores: ¿puede Dios considerar al hombre pecador
sólo por lo que hará?

En cuanto a María es justo poner de relieve su falta de pecado o impecabilidad, pero esto constituye
una consecuencia de la inmaculada concepción, y no se identifica con ella. Con esta reducción, la
inmaculada concepción "pierde su supuesto fundamental, y las controversias que duraron siglos
aparecen como un error tragicómico".

Teniendo en cuenta los aspectos óntico, personal e histórico-comunitario, M. Flick y Z. Alszeghy


definen el pecado original "la alienación dialogal de Dios y de los hombres, determinada por la falta
de participación de la vida divina, que a su vez es producida por una libre iniciativa humana,
precedente a toda toma de posición de cada uno de los miembros de la humanidad actual".

Por la valoración de los diversos elementos del pecado original, la teoría de Flick-Alszeghy se
presenta como una de las más completas que se han elaborado recientemente. Se la clasifica en la
perspectiva existencial porque su elemento central es el personalista, a saber: "la incapacidad de
amar a Dios sobre todas las cosas y, consiguientemente, de evitar los pecados graves personales".
Especificando más, M. Flick describe el pecado original como "una inevitable necesidad de pecar...;
una disposición psicológica del hombre, que virtualmente contiene todos los pecados personales,
los cuales, a causa de esto, se hacen inevitables"...; la pérdida de una virtualidad que bajo el impulso
de la gracia hubiera podido llevar al hombre al desarrollo de sus facultades, no en oposición a Dios.
Desgraciadamente, Flick y Als zeghy no se detienen en todo el volumen en el dogma de la
inmaculada concepción. Esta laguna sorprende, sobre todo si se piensa que ellos se proponían
proceder adoptando "una de las principales reglas de la metodología teológica": la analogía de la fe,
que hace evitar el aislamiento del pecado original del resto del mensaje cristiano. La falta de
verificación mariana priva al pecado original de una ulterior garantía e iluminación: por otra parte,
la inmaculada concepción de María no ha recibido de estos autores una actualización que hubiera
podido hacer surgir nuevos aspectos del misterio. En el ámbito de esta teoría, la inmaculada
concepción se presenta en todo caso como capacidad radical de dialogar con Dios y de opción
fundamental derivada de la participación de la vida divina, recibida desde el principio mediante
preservación del influjo deletéreo del pecado de la humanidad. En particular es importante subrayar
la dimensión personalista, que hace ininteligible el pecado original sin relación al pecado personal;
en este sentido, la inmaculada concepción es un privilegio dado por Dios con vistas a una vida santa
e inmaculada, en consonancia con la misión de María en la historia de la salvación.

5. SÍNTESIS FINAL.

Historia, teología, espiritualidad y cultura ofrecen varias pistas para una representación actualizada
de la inmaculada concepción de María.

A pesar de la tardía explicitación del dogma, la argumentación pro Inmaculata encuentra su firme
certeza en la definición de Pío IX, que, sostenida por el consenso de los obispos y de los fieles, corona
una batalla secular. La inmaculada concepción es, pues, un hecho eclesial, porque ha madurado en
la conciencia de los creyentes a lo largo de los siglos cristianos y se ha impuesto en la iglesia
superando obstáculos de orden teológico y la oposición de los más prestigiosos teólogos
medievales. No se puede negar que la atribución de la concepción inmaculada a María armoniza
con su maternidad divina y santa lo mismo que con su función de colaboradora en la obra del Hijo
único redentor. Por su intima comunión de vida y de destino con Cristo, María se ha visto rodeada
desde el primer momento de su existencia por el amor del Padre, por la gracia del Hijo y por los
esplendores del Espíritu. Consiguientemente, ha sido preservada de toda sumisión o connivencia
con el mal, tanto interior como estructural. La Inmaculada es un ejemplo de justificación por pura
gracia, que sin embargo no permanece inerte en ella, sino que provoca una respuesta de fe total al
Dios santo que la ha santificado. Ella manifiesta la plenitud y perfección del amor redentor de Cristo,
porque muestra su eficacia retroactiva y preservativa. Precisamente por eso la Inmaculada no
obstaculiza el movimiento de la historia hacia la unificación y la perfección en Cristo, sino que lo
promueve, convirtiéndose a su vez en comunicadora de salvación.

La inmaculada concepción es el comienzo de un mundo nuevo animado por el Espíritu: es plenitud


de amor, superávit de realidad cristiana, nostalgia del paraíso perdido y vuelto a encontrar. María
"es el fruto no envenenado por la serpiente, el paraíso ya concretado en el tiempo histórico, la
primavera cuyas flores no experimentarán ya el peligro de la contaminación y la putrefacción" (L.
Boff). En ella la iglesia encuentra su utopía, su imagen más santa después de Cristo, su ser y deber
ser de "esposa inmaculada". El privilegio de María no la separa de la humanidad ni de la iglesia,
porque la Inmaculada tiene una función tipológica para la comunidad cristiana y cada uno de sus
miembros. La inmaculada concepción es un privilegio no aristocrático, sino popular y, en alguna
manera, participable. Ciertamente, incluso dentro del esplendor del Espíritu, María permanece
anclada en la tierra, en la historia, en la concreción de la condición humana. Si se ha visto inmune
del pecado y de la concupiscencia que conduce al mal, la Inmaculada no ha estado exenta de los
sentimientos humanos más intensos y vitales, de los límites y condicionamientos culturales, del
sufrimiento, del camino de la maduración y de la peregrinación en la fe. A diferencia de nosotros,
pecadores, María bajo el influjo de la gracia ha puesto sus impulsos y tendencias al servicio de un
proyecto santo.

S. DE FIORES
NUEVO DICCIONARIO DE MARIOLOGIA
Págs. 927-935
SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO
Lc 1,26-38: Cree a quien yo he creído

Tanto a Zacarías como a María se les promete un hijo, y ella repite casi las mismas palabras que
Zacarías ¿Qué había dicho Zacarías? ¿De dónde me viene esto a mí? Yo soy anciano, y mi mujer
entrada en años (Lc 1,18) ¿Qué dijo también santa María? ¿Cómo sucederá esto? Parecidas las
palabras, pero muy distinto el corazón. Escuchemos las expresiones semejantes al oído, pero
averigüemos la distinta disposición del corazón ante las palabras del ángel. Pecó David y, corregido
por el profeta, confesó: He pecado, e inmediatamente se le dijo: Se te ha perdonado el pecado (2
Re 12,13). Pecó Saúl, y, reprendido por el profeta, dijo: He pecado, pero no se le perdonó el pecado,
sino que la ira del Señor quedó sobre él. ¿Qué vemos aquí, sino que a palabras iguales corresponde
un corazón distinto? El hombre oye las palabras, pero Dios escruta el corazón. Al quitarle el habla
condenando su incredulidad, el ángel vio que en aquellas palabras de Zacarías no había fe, sino duda
y desesperación.

En cambio, María dijo: ¿Cómo sucederá eso, pues, no conozco varón? (Lc 1,34). Reconoced aquí el
propósito de la virgen. Si hubiese pensado yacer con varón, ¿hubiese dicho: Cómo sucederá esto?
No hubiese dicho esas palabras en el caso de nacer su hijo como suelen hacerlo los demás niños.
Pero ella se acordaba de su propósito y era consciente de su voto. Porque sabía lo que había
prometido y porque sabía que los niños les nacen a las mujeres casadas que yacen con sus maridos,
cosa que estaba fuera de su intención, su pregunta ¿cómo sucederá eso?, se refería al modo, sin
que incluyese duda alguna sobre la omnipotencia de Dios. ¿Cómo sucederá eso? ¿De qué manera
tendrá lugar tal acontecimiento? Me anuncias un hijo, y me dejas en vilo; dime, pues, el modo. Pudo,
en efecto, la virgen santa temer o ignorar los designios de Dios, como si el querer que tuviese un
hijo significase desaprobar su voto de virginidad.

¿Qué pasaría si le hubiese dicho: «Cásate y únete con tu esposo»? Dios no hablaría nunca así, pues
en cuanto Dios había aceptado el voto de la virgen, y recibió de ella lo que él le había donado. Dime,
pues, mensajero de Dios: ¿Cómo sucederá eso? Ella advierte que el ángel lo sabe y le pregunta sin
dudar lo más mínimo. Como vio que ella preguntaba sin dudar del hecho, no rehusó instruirla.
Escucha cómo: «Tu virginidad se mantendrá; tú no tienes más que creer la verdad; guarda la
virginidad y recibe la integridad, puesto que tu fe es íntegra, quedará intacta también tu integridad.
Finalmente, escucha cómo sucederá eso: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te
cubrirá con su sombra, porque concibes mediante la fe, creyendo, no yaciendo con varón, quedarás
encinta: Por eso lo que nacerá de ti será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35).

¿Qué es lo que vas a dar a luz? ¿Cómo lo has merecido? ¿De quién lo recibiste? ¿Cómo va a formarse
en ti quien te hizo a ti?

¿De dónde, repito, te ha llegado tan gran bien? Eres virgen, eres santa, has hecho un voto; pero es
muy grande lo que has merecido; mejor, lo que has recibido. ¿Cómo lo has merecido? Se forma en
ti quien te hizo a ti; se hace en ti aquel por quien fuiste hecha tú; más aún, aquel por quien fue
hecho el cielo y la tierra, por quien fueron hechas todas las cosas; en ti la Palabra se hace carne
recibiendo la carne, sin perder la divinidad. Hasta la Palabra se junta y une con la carne, y tu seno
es el tálamo de tan gran matrimonio; vuelvo a repetirlo: tu seno es el tálamo de tan gran
matrimonio, es decir, de la unión de la Palabra y de la carne; de él sale el mismo esposo como de su
lecho nupcial (Sal 18,6). Al ser concebido te encontró virgen, y, una vez nacido, te deja virgen. Te
otorga la fecundidad, sin privarte de la integridad. ¿De dónde te ha venido? ¿Quizá parezca insolente
al interrogar así a una virgen y pulsar como inoportunamente con estas mis palabras a sus castos
oídos. Mas veo que ella llena de rubor, me responde y me alecciona: «¿Me preguntas de dónde me
ha venido todo esto? Me ruborizo al responderte acerca de mi bien; escucha el saludo del ángel y
reconoce en mí tu salvación. Cree a quien yo he creído. Me preguntas de dónde me ha venido eso.
Que el ángel te dé la respuesta». -Dime ángel, ¿de dónde le ha venido eso a María? -Ya lo dije cuando
la saludé: Salve, llena de gracia (Lc 1,28).

Sermón 291, 4-6.

San Bernardo (1091-1153) monje cisterciense, doctor de la Iglesia


Homilía 4, 8-9: Opera omnia, edición cisterciense, 4 (1966)

“No temas María”

Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por
obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva
al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina
sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de misericordia. Se pone entre tus manos el precio de
nuestra salvación; en seguida seremos librados si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos
todos creados, y a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos
para ser llamados de nuevo a la vida...

¿Porqué tardas? Virgen María, da tu respuesta. Responde presto al ángel, o, por mejor decir, al
Señor por medio del ángel; responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra
y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna. Cree, di que sí y
recibe. Que tu humildad se revista de audacia, y tu modestia de confianza. De ningún modo conviene
que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En este asunto no temas, Virgen prudente,
la presunción; porque, aunque es buena la modestia en el silencio, más necesaria es ahora la piedad
en las palabras.

Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador.
Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará
adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre.
Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.

“Aquí está –dice la Virgen- la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” (Lc 1,38)
La Concepción De La Sacratísima Virgen María
Sermón de Fray Luis de Granada (siglo XVI)
Dos casas tuvo Dios en este mundo señaladas entre todas las otras. La Una fue la humanidad de
Jesucristo, en la cual mora la divinidad de Dios corporalmente, como dice el Apóstol (Col 2, 9) y la
otra, las entrañas virginales de Nuestra Señora, en las cuales moró por espacio de nueve meses.
Estas dos casas fueron figuradas en aquellos dos templos que hubo en el Viejo Testamento, uno de
ellos que hizo Salomón (1R 7,1) y el otro que se edificó en tiempo de Zorobabel, después del
cautiverio de Babilonia (Esd 6,17).

Estos dos templos concuerdan en una cosa y difieren en dos. Concuerdan en ser ambos templos de
un mismo Dios, y difieren, lo primero, en la riqueza y primor de las labores, porque mucho más rico
fue el primero que el segundo, y lo segundo, en la fiesta de la dedicación de ellos (1R 8,1). Porque
en la dedicación del primero todos cantaban y otros lloraban: cantaban los que veían ya acabada
aquella obra que tanto deseaban y lloraban los que se acordaban de la riqueza y hermosura del
templo pasado, viendo cuán baja obra era ésta en comparación de aquélla.

Pues esto mismo nos acontece ahora en el día de la dedicación de estos dos templos místicos de
que hablamos. Y por el día de la dedicación entendemos el día de la concepción; porque este día
fueron estos dos templos dedicados y consagrados. Pues en el día de la concepción del Hijo, todos
cantan, todos alaban a Dios, todos dicen que fue concebido del Espíritu Santo, y por eso su
concepción fue santa y limpia de todo pecado, y donde no hay pecado, no hay materia de lágrimas,
sino de alegría y de alabanza. Mas en la concepción de la madre, unos cantan, otros lloran; unos
cantan y dicen: Toda eres hermosa, amiga mía y en ti no hay mancha (Ct 4, 7). Otros lloran y dicen:
Todos pecaron en Adán (Rm 3, 23)[1] y tienen necesidad de la gracia de Dios. Mas todos concuerdan
en que la sacratísima Virgen, antes que naciese, fue llena de todas las gracias y dones del Espíritu
Santo, porque así convenía que fuese que ab eterno era escogida para ser madre del Salvador del
mundo.

Cuán grande fuese esta gracia y estas virtudes, no hay lengua humana que lo pueda declarar. La
razón es porque Dios hace todas las cosas conformes a los fines para que las escoge, y así las provee
perfectísimamente de lo que para ellas es necesario. Escogió a Dios Oliab para maestro de su arca
(Ex 36,1), escogió a San Pablo y a todos los otros apóstoles para maestros de su Iglesia. Pues,
conforme a esto, los proveyó perfectísimamente de todas aquellas habilidades y facultades que para
eso se requerían.

Y porque a esta sacratísima Virgen escogió para la mayor dignidad que se puede conceder a pura
criatura, de aquí viene que la adornó y engrandeció con mayor gracia, con mayores dones y virtudes
que jamás se concedieron a ninguna pura criatura.

La hermosura de Dios, reflejada en María

Y así, una de las cosas en que Dios tiene más declarado la grandeza de su bondad y sabiduría de su
omnipotencia es en la santidad y perfección de esta Virgen. Por la cual, si tuviésemos ojos para saber
mirar y penetrar la alteza de sus virtudes, en ninguna cosa de cuantas hay creadas se nos presentaría
tan claro el artificio y sabiduría de Dios como en ésta. De manera que ni el sol, ni la luna, ni las
estrellas, ni la tierra con todas sus flores, ni el mar con todos sus peces, ni aún el cielo con todos sus
ángeles, nos declararían tanto las perfecciones y hermosura del Creador como la alteza y perfección
de esta Virgen. Por que si el Profeta dice que es Dios admirable en sus santos (Sal 67, 36), ¿cuánto
más lo será en aquélla que es madre del Santo de los santos, en la cual sola están juntas todas las
prerrogativas de todos los santos?

Y hay en esto dos cosas de grande admiración. La una es compadecerse toda perfección en una
criatura de carne y sangre como nosotros. No es maravilla que un oficial haga más delicadas obras
de oro y plata que de una masa de barro, porque la masa sufre toda esa ventaja y primor. No se
espantan los hombres de ver un águila volar por cima de las nubes, más espántase de ver trepar un
hombre con dos arrobas de hierro por cima de una cuerda. Quiero decir: no es maravilla que un
ángel vuele alto y sea más adornado de todo género de virtudes y perfecciones, pues es sustancia
espiritual, que un alma, que está cercada y vestida de carne; mas que un alma, encerrada en un
cuerpo sujeto a tantas miserias y cercado de tantos sentidos, pase de vuelo sobre todos los ángeles
en perfección y sea más pura que las estrellas del cielo, es cosa de grande de admiración.

No es maravilla que ande limpia una dama que no tiene otro oficio más que andar alrededor del
estrado de la reina; mas aquella que toda su vida anduviese sirviendo en una cocina entre los tizones
y ollas, y que, con todo eso, al cabo de cincuenta o sesenta años de servicio, salieses de allí más
limpia que aquella que está en el palacio real, esto sería de mayor admiración.

Pues según esto, ¿no es cosa admirable ver el alma de esta Virgen encerrada en un cuerpo cercado
de tantos sentidos y que en tantos años de vida ninguno se le desmandase en un cabello; que nunca
sus ojos se desmandasen en ver, nunca sus oídos en oír nunca su paladar en gustar; que siendo
tantas veces necesario comer, y beber, y dormir y hablar, y negociar, y salir de casa, y conversar con
las criaturas, que llevase las cosas con tanto compás, que jamás se desmandase en una palabra, ni
en un pensamiento, ni en un movimiento, ni en un afecto, ni en un bocado demasiado? ¿A quien no
pone en admiración este tan grande compás, esta tan perfecta igualdad y orden y este concierto
tan perpetuo como es el de los mismos cielos y de sus movimientos?

Lo segundo de que nos debemos espantar es de ver con cuán pocos ejercicios llegó esta Virgen a
tan alta perfección. El apóstol San Pablo discurriría por el mundo, predicaba a los gentiles, disputaba
con los judíos, escribía epístolas, hacía milagros y otras cosas semejantes.

Mas la sacratísima Virgen no entendía en estas obras, porque la condición y estado de mujer no lo
consentía. Sus principales ejercicios, después del servcio y crianza de su Hijo, eran espirituales, eran
obras de vida contemplativa, aunque no faltaban, cuando eran necesarias, las de la vida activa.

Pues ¿no es cosa de admiración que con tan poco estruendo de obras exteriores, con los que pasaba
en silencio dentro de aquel sagrado pecho, dentro de aquel corazón virginal, mereciese tanto a Dios
y ganase tanta tierra o, por mejor decir, tanto cielo que pasase de vuelo sobre todos los ángeles y
sobre todos los querubines? Pues ¿qué sería esto? ¿Qué pasaría en aquel corazón virginal de noche
y de día? ¿Qué maitines, y qué laudes, y qué Magnificat allí se cantarían? ¡Quién tuviera ojos para
poder penetrar los movimientos, los arrebatamientos, los ardores, los resplandores y los excesos de
amor y todo lo que pasaba en aquel sagrado templo! Teníalos el Espíritu Santo cuando, enamorado
de tan grande perfección y hermosura decía: Hermosa eres, amiga mía, hermosa eres. Tus ojos son
de paloma, allende de lo que dentro está escondido (Ct 4,1); porque esto solamente podían ver los
ojos de Dios, mas no los ojos de los hombres.

¿No sería cosa maravillosa si hiciésemos a un tañedor que en una vihuela de una o dos cuerdas, o
en manicordio de una o dos teclas, tañese tantas obras e hiciese tanta armonía como otro con un
instrumento perfecto? Pues ¿no es maravilla que con sólo aquel corazón tañase e hiciese esta Virgen
tantas obras, obrase tantas maravillas y diese tantas y tan suaves músicas a Dios?

Injustamente os quejáis los que decís que sois pobres y enfermos diciendo que no tenéis de qué
hacer bien ni con qué padecer trabajos por amor de Dios. Basta que tengáis corazón para poder
amar a Dios y vacar a Dios, porque si de ése os sabéis aprovechar, con él alcanzaréis grandes virtudes
y con él haréis innumerables servicios a Dios. ¿En qué entendías aquellos Padres antiguos, aquellos
monjes que vivían en los desiertos, sino en contemplación noche y día? Aquel ocio es el mayor de
los negocios, aquel no hacer nada es sobre todo lo que se puede hacer. Porque allí el alma religiosa,
dentro de su retraimiento, alaba a Dios; allí ora, allí adora, allía ama, allí teme, allí cree, allí espera,
allí reverencia, allí llora, allí se humilla delante de la majestad de Dios, allí canta y pregona sus loores,
allí hace todas las cosas tanto más puramente cuanto más ocultamente y sin testigos humanos.

Para ser digna Madre de Dios

Pues, volviendo ahora a nuestro propósito, tal convenía que fuese y de tal manera convenía que
naciese aquella que ab aeterno era escogida para ser madre de Dios; porque costumbre es de Dios,
como está ya dicho, proporcionar los medios con los fines, que es hacer tales los medios cuales
competen para la excelencia del fin para que los instituyó.

Pues como Dios escogiese a esta benditísima Virgen para la mayor dignidad de cuantas hay debajo
de Dios, que es para ser madre del mismo Dios, así convenía para la excelencia de esta dignidad. De
donde así como aquel templo material de Salomón fue una de las más famosas obras que hubo en
el mundo, porque era casa que se edificaba no para hombres, sino para Dios, así convenía que este
templo espiritual donde Dios había de morar fuese una perfectísima obra, pues para tal huésped se
aparejaba. Porque ¿cuál convenía que fuese el alma que el Hijo de Dios había tomado por especial
morada, sino llena de toda santidad y pureza? Y ¿cuál convenía que fuese la carne de donde había
de tomar carne el Hijo de Dios, sino libre de todo pecado y corrupción? Porque así como el cuerpo
de aquel primer Adán fue hecho de tierra virgen antes que la maldición de Dios cayese sobre ella,
como cayó después del pecado (Gn 2, 7) es como así convenía que fuese formado el cuerpo del
segundo de otra carne virginal, libre y exenta de toda maldición y pecado.

Figuras de la Pureza de María

Por esto, convenientísimamente es figurada esta Virgen por aquella arca del testamento hecha de
madera de Setín (Ex 25, 10), que es madera incorruptible, para significar la incorrupción y pureza de
esta sacratísima Virgen, que es el arca mística donde estuvo el maná de los cielos y pan de ángeles
y donde estuvo aquella vara de la raíz de Jesé, sobre cuya flor se asentó el Espíritu Santo (Is 11,1).

Es también figurada por el hermosísimo trono de Salomón, de que dice la Escritura que era hecho
de marfil, y que estaba dorado de un oro muy resplandeciente, y que tal obra como aquélla no fuera
nunca hecha en todos los reinos del mundo (1R 10,20). Las cuales cosas, todas perfectísimamente
convienen a esta sacratísima Virgen como a trono espiritual de aquel verdadero Salomón,
pacificador del cielo y de la tierra.

Es también figurada por aquel huerto cerrado y fuente sellada de los Cantares (4,12) y por aquella
puerta oriental que vio el profeta Ezequiel (43,2): porque ninguno comió de la fruta de aquel vergel,
ni bebió del agua de aquella fuente, ni entró por aquella puerta, sino sólo el Hijo de Dios, porque
sólo él era su amor, su pensamiento, su deseo, sus cuidados, su memoria continua.

Porque, como dice San Agustín, toda la obra y vida de María siempre estuvieron atentas a Dios, que
residía en medio de su corazón, según aquello del profeta que dice: Dios en medio de ella nunca
será movido, y ayudarla ha el Señor por la mañana muy de mañana (Sal 45,6); o como traslada San
Jerónimo: En el nacimiento de la mañana, que es en el principio de la vida, donde fue llena de gracia
y dones celestiales; porque tales convenían que fuesen los cimientos de una obra que Dios quería
tanto levantar. Porque si el santo Job (31,18) se gloría que del vientre de su madre salió con él la
misericordia, ¿qué diremos de ésta, que había de ser madre de Misericordia? Y si Jeremías (1,5) y
San Juan Bautista (Lc 1,41) fueron llenos de gracia en el vientre de sus madres, el uno porque lo
escogía Dios para profeta y el otro para más que profeta, ¿qué diremos de esta Virgen, escogida
para Madre del Señor de los profetas, pues conforme a la dignidad da Dios la gracia y la santidad?

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