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Si algún día decides volver

by Baisers Ardents
Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía. Los personajes son de Stephenie Meyer. Contiene escenas
sexuales +18.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Prólogo

Forks, 1969

Las zapatillas rojas y desgastadas tenían hoyos en la suela, por lo que el agua entraba en cada
pisada que daba. Intentaba evitar los charcos, pero la preocupación constante no le permitía
concentrarse. Chocó contra la parada del autobús y murmuró unas palabrotas.

—Bella, no puedes irte —insistió él, apoyándose en el tronco más cercano.

La lluvia los tenía a ambos empapados, pero no les importó, el agua que caía del cielo era lo
menos importante en ese momento. Bella solo atinó a dejar la deplorable maleta en el suelo y
cruzarse de brazos, levantando la barbilla para darle el discurso que había estado preparando
con tanta antelación.

—¡Bella! Respóndeme —le suplicó Edward—. Dime qué sucedió, por qué te vas, quién te hizo
daño…

—¡Ya para Edward! —le gritó Bella con la temperatura interna subiendo de a poco. Se sentía
desesperada, no quería hacerle daño—. Me voy de este maldito pueblo, no quiero que me
busques, solo que me olvides, nada más. ¿Cómo es que no logras entenderlo?

El rostro de Edward se crispó, lo que a Bella le provocó una larga punzada en el corazón. Inspiró
aire, llevando la tranquilidad necesaria a sus pulmones. No podía flaquear ahora, no ahora que no
era bienvenida ni en su propia casa.

—No logro entenderlo, porque no has sido capaz de decirme qué es lo que sucede contigo.
—Ésta vez Edward utilizó un tono de voz bastante más duro.

Bella evitó mirarlo, le cohibía.

—¿Qué quieres que te diga? —inquirió.

—¿Por qué te vas? —preguntó rápidamente.

Isabella tragó y se obligó a mirarlo, pues ésta sería la última vez. Intentaba ser fuerte, pero era un
esfuerzo agotador.

—Mírate —escupió—, eres solo un pintor, ¿crees que llegarás lejos? Lo dudo mucho. Yo soy una
artista, no puedo quedarme en este pueblo, no a tu lado. ¡Necesito crecer! Nací para ser actriz,
para ser reconocida en este maldito mundo de mierda. Nací para que me veneren, no para
ayudarte a limpiar la habitación cada vez que chorrea el tarro de pintura.

Cada palabra salía con tanta veracidad, que hasta a ella le costó perdonárselo. No había querido
decirlo en realidad, pero debía, era la única forma.

Edward sintió el odio hacia sí mismo por ser un bueno para nada, un chico incapaz de hacer feliz
a una mujer tan delicada y completa como lo era ella. Pero no lograba entenderlo, hace solo unos
días habían hecho el amor por primera vez en su vida, creía… creía que por alguna razón ese
sería el camino correcto para ser al fin lo que tanto había deseado.

—¿Por qué ahora? Cuando fuimos a…

—Lo que sucedió camino al lago no fue nada —susurró ella, apretando su vestido con los puños
cerrados.

Nada… Esa palabra se quedó estancada en el cálido cerebro de Edward.

Asintió con las lágrimas atascadas en su garganta de su bolsillo sacó un pequeño regalo. Un
regalo de despedida para la mujer que amaba desde que era un niño.

—Supongo que tenía que dártelo en algún momento —le dijo él.

Bella suplicó que sus lágrimas no cayeran delante del cobrizo, pues su espectáculo se iría a los
mil demonios.

—Gracias.

Lo guardó en la bolsa con cuidado para que no fuese a arrugarse. Por alguna extraña razón,
sabía que ese sería su único lazo con Edward. No volvería a verlo, de eso estaba completamente
segura.

Él se dio media vuelta para irse y recuperar el orgullo que tanto habían pisoteado, pero se dio la
vuelta para decirle un par de cosas antes.

—Lamento no haber podido cumplir tus necesidades. Pudimos ser grandes amigos.

—Fuimos amigos, Edward.

—No. No lo fuimos. Nunca fuimos nada, solo… dos jóvenes que se acostaron a las afueras de la
laguna.

Salió corriendo bajo la lluvia tosca, suplicando que ella se encontrase bien cuando llegase a
destino. Llegó a casa en unos minutos y no tardó en derrumbarse contra la alfombra. Ella se
había ido, le había dejado sin una gota de vacilación, le había dejado por ser un bueno para
nada…

Bella recargó la cabeza en el letrero de la parada y comenzó a llorar. Le amaba con fervor, con
tanta intensidad como nunca podría amar a alguien, pero lo sucedido hace unas horas no podía
tolerarlo, ya no más. Edward jamás podría entenderlo, ni siquiera podía entenderla a ella. La
única manera era irse de ahí y comenzar una nueva vida como tanto lo había soñado. Tenía que
ser la mejor actriz de todas, sea como sea.

Se limpió las lágrimas y a lo lejos pudo ver el autobús acercándose lentamente. Le hizo la señal
para que parara y se subió con la ayuda de un auxiliar. Cuando pagó el ticket hacia Nueva York,
se sentó en el último asiento del lado izquierdo, mirando hacia la ventana mojada y empañada,
diciéndole un último adiós a Forks, un último adiós a su madre y un último adiós a Edward.

Buenas noches chicas, les traigo una nueva historia muy romántica y dramática. Les prometo
lágrimas y muchos suspiros, muchos más que en DCCF.

Bella será una mujer muy enredada, tanto que tiene secretos guardados muy dentro. Edward es
un sol, un hombre lleno de amor para dar. Veamos quiénes serán los villanos también.

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¡La próxima actualización será el domingo 13 de Octubre!

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía y los personajes de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.


Contiene escenas sexuales +18.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo escuchar la canción HACKENSACK de FOUNTAINS OF WAYNE o la versión de


KATY PERRY.

Edward POV

Forks, 11 de Febrero, 1979

Amarro los cordones de mi converse izquierda, mientras mi padre lee el periódico de esta
mañana. Se ve relajado, eso me relaja a mí también. Últimamente no puede estar un minuto
sentado sin que se pare para ir al baño; la diabetes hace estragos en su cuerpo.

Reviso mi agenda mental, quizá hoy tenía que ir a la casa de nuestra vecina, la Sra. Clancy, para
arreglarle su sitial favorito. Su gran masa corporal le pasa la cuenta, aplastando todo lo que
queda bajo su trasero. Quizá podría recomendarle un gimnasio, aunque acá en Forks no haya ni
de esos.

No sé cocinar, me cruje el estómago; no sé qué hacer. Pienso en llamar a Jessica para que me
ayude, pero luego recuerdo que está enojada conmigo porque no acepto que quiera algo más allá
de una amistad. A veces siento que me hostiga, pero cocina muy bien. Y mi padre le adora.

—¿A qué hora es la cena? —inquiere, impaciente. Ahora está mejor para comer y eso me alegra.

—No tengo idea, papá —le contesto con sinceridad—. Yo no sé cocinar.

Se queda pensando un momento, con el ceño fruncido y la boca estirada, los lentes se le
resbalan por la nariz, pero se las vuelve a posicionar con el dedo índice. Al minuto, alza el dedo
que había utilizado para acomodar sus gafas y luego abre la boca para hablar.

—Podríamos pedir unos sándwiches y…

—Sabes que no puedes, tienes diabetes y los glúcidos están prohibidos para ti. No quiero que
bajes más de peso —lo regaño. Odio que no se cuide.

Siento una punzada de culpabilidad por la manera en la que le hablo, pero no puedo evitarlo.
Doce kilos perdidos por la diabetes y una cuenta carísima para él. Siento mucho que ahora yo
tenga que trabajar para él más seguido; y las horas son muy malas. Extraño a mi madre.

Sé que a él también le duele no poder servir de mucho, aunque yo le digo lo contrario, para que
no se sienta mal. Antes, Carlisle Cullen era el mejor carpintero del pueblo, ahora era un viejo que
tenía a su hijo inútil trabajando en su taller, pagando el peor salario que cualquiera se pudiese
imaginar. Muchos me dicen que podría buscar un trabajo mejor, como por ejemplo tía Elizabeth,
que me daría el doble por tomar el puesto de junior en su pequeña empresa. La verdad es que no
podía dejar a mi padre solo, su trabajo era lo que más le agradaba en la vida luego de que murió
mamá.

—Llamaré a Jessica para que venga a hacernos algo, ¿sí? —le digo—. Creo que debo trabajar
hoy.

—Ah, sí, sí. Me llamaron para un trabajo tuyo. El director de la preparatoria está aburrido de las
goteras del techo, necesita que vayas a arreglarlo. El material es de madera, lo mismo que
trabajar en carpintería, ¿no?

Miro mal a mi padre por aceptar ese trabajo para mí. Debo estar en altura para arreglar ese techo.
No sé arreglar techos y odio las alturas. Lástima que ahora necesite dinero, aunque… viendo que
Jessica pasará por estos lados y estaba enojada conmigo, será bueno irme por un rato, así no
tengo que soportar malas miradas.

Cuando llamo a Jessica, las manos me sudan, creo que a veces le temo; es algo agresiva. No me
he separado de ella desde aquella noche de graduación que me ayudó a salir de la broma de
Emmett McCarty. Le debo tamaña generosidad.

—Lo hago por tu padre, no por ti. —Repito la misma frase internamente; siempre la dice cuando
está enojada—. Dile que pasaré por ahí alrededor de las cuatro. Adiós.

Cuelgo el teléfono con fuerza. Tengo rabia. Se cae el retrato de mi madre con el movimiento de la
mesita.

—Bruja —susurro al teléfono, como si aquello fuese Jessica.

Le comunico a mi padre que Jessica vendrá a hacerle algo para comer, sin antes darle una
mirada triste al retrato de mi madre, Esme, que descansa en el mueble contiguo al sofá predilecto
de Carlisle. Sin ella la vida se hace un poco más pesada, sobre todo ahora que mi padre está
cargando con la enfermedad.
Me preparo mentalmente para lo que se viene, subirse en unas escaleras y arreglar un techo de
metros más alto que yo. De tan solo pensarlo me da escalofríos. Pero el dinero que me pagarán
servirá para pagar otro poco de la medicina de papá. Es necesario, tanto como para comer.

Me subo a mi camioneta Chevy del 50, color durazno ya desteñido. Tiene casi 30 años. Fue un
regalo que le dio mi abuelo a mi padre el año 1959. Creo que debería pintarlo.

Llueve a cantaros en Forks, no hay ni rastros de la salida del sol. El frío me cala los huesos y los
dedos se ponen rígidos contra el manubrio, por lo que debo moverlos constantemente para que
no se me estanquen en la misma posición. Odio este frío insoportable, pero no puedo hacer más
que quedarme hasta secarme; papá no puede estar solo.

Cuando estaciono frente al instituto de Forks, miles de recuerdos golpean mi cabeza. Por eso es
que no me gusta venir, solo me hace recordar feos momentos. Intento buscar un recuerdo que
me produzca algún signo de agrado, pero no hay.

Bajo del auto, sintiendo las gotas de lluvia golpeando mi cabeza con fuerza, no duro ni un
segundo sin estar completamente mojado. En la entrada espera el director del establecimiento; es
gordito y alto, risueño y suda bastante, por lo que siempre anda con un pañuelo bordado, que
frota constantemente sobre su frente. Me hace un gesto de saludo con la mano, alegre y
emocionado de verme.

—¡Muchas gracias por venir, Edward! —exclama, dando dos pasos hacia adelante, pero
retractándose al notar las gotas gruesas contra su escasa cabellera.

—Buenas tardes, Sr. Dublin. ¿En dónde es el problema? —inquiero rápidamente, no tengo
ánimos para charlar.

Por el rostro estupefacto del director, noto que mi directa y escasa forma de entablar
conversación le es una total y horrible sorpresa, sobre todo porque fue mi mayor apoyo cuando
estuve estudiando ahí. Sí, puede ser bastante feo de mi parte, pero ya estaba cansado de
trabajar para los demás, siendo enviado como un simple obrero de mi padre.

—Bien. Podríamos ir a por el problema directamente, sí… —divaga.

Lo sigo por el recorrido que él utiliza, veo sus pies ir hacia el pasillo más próximo, justo frente a la
repisa de cristal que contenía los premios y diplomas de alumnos destacados. A su lado
descansaba el anuario, el cual contenía recuerdos de todos los años. Quizá estoy yo por ahí,
aunque no me atrevo a mirarlo, el simple hecho de observarme hace diez años me da un poco de
vergüenza y hace de este viaje algo más que incómodo.

El Sr. Dublin me muestra unos pequeños agujeros del techo ya podrido por la madera vieja. Noto
que está tan arcaico, que en algún momento podría desquebrajarse. Es algo más serio, quizá
necesitaré la ayuda de mi colega.

—Veo que necesitaré remodelar todo esto, ya está por caerse —le indico con mi dedo mientras le
voy diciendo el problema.

El hombre asiente, aunque sé que no entiende absolutamente nada. Desde que estaba en este
instituto, el pobre hombre era un cabeza dura, alguien poco autoritario para tener tal nivel en el
lugar.

—Entonces le dejo hacer su trabajo, yo mientras iré a hacer lo mío. Muchas gracias, Edward —se
despide afectuosamente de mí.
Suspiro cuando se va por el pasillo y entra a la salita pequeña, su oficina. Miro al techo
nuevamente, buscando lo más fácil para hacer. No, definitivamente necesito de la ayuda de
Jasper.

Jasper es mi primo, mi madre era una Whitlock, la segunda hija de Lucius Whitlock. Su hermana
era la madre de Jasper, Martha Whitlock. Desde pequeños nos llevamos bien, ambos somos
unos desdichados de la vida. Intento no pensar tan mal por él, al fin y al cabo recibirá la herencia
de su padre el cual nunca lo quiso reconocer hasta hace unas semanas. Yo, en cambio, moriría
trabajando de carpintero. O bueno, hasta que mi padre se fuese al mundo de los muertos.

Tomo el banquillo y subo dos peldaños, sintiendo la altura en la que me estaba inmiscuyendo.
Inspecciono con los dedos la mojada madera, que ya está gris. Está completamente podrida, creo
que no podrá resistir más temporales de Forks.

Pongo mis manos en la cintura y respiro profundamente, aguantando el frío casi asfixiante del
lugar. También está húmedo, algo que no aguanto. Odio Forks, sin embargo, no tengo la
suficiente valentía de irme de aquí.

Giro mi cabeza, distrayéndome un poco de la soledad y el silencio profundo del pasillo. Hoy es
domingo, por lo cual, no hay nadie ni mucha actividad que digamos. Pero algo me llama la
atención, es una fotografía de la generación del año 1969. La mía.

Sonrío apesadumbrado, no es algo que me gusta recordar, tampoco me genera buenas


sensaciones. Solo hay algo…, alguien que me llama la atención.

—Bella —gimo.

Me palpita la cabeza, siento nauseas. No me había acordado de ella hace un buen tiempo. Qué
cambiada está a como sale en la fotografía.

Me acerco al anuario y acaricio la fotografía gris y pastosa. Sus ojos tristes me llaman la atención,
lo más probable es que aquel día no fue de los mejores, su mirada lo dice. A pesar de todo,
sonríe, apelmaza el efecto casi horrible de la foto, con todos los chicos a su alrededor. Yo estoy
en la otra esquina, observando a la nada; tampoco fue un buen día para mí aquella vez.

No sé cómo ni cuándo dejé de pensar en ella, como fue que de un día para otro mis
pensamientos se hicieron humo. Quizá estaba tan ocupado en la diabetes de mi padre, que
simplemente el ver televisión se hizo un lujo. Sí, solo ahí podía ver a Bella, ya que ella estaba
felizmente situada en su mansión.

Comienzo a sufrir nuevamente su partida. Es intolerable. ¿Por qué me siento así? Es estúpido.
Ambos jamás fuimos algo, ni siquiera amigos. Tampoco se debe acordar de mí. Soy un tarado.

Sacudo la cabeza para olvidarla, aunque sé que será difícil, dado que es la única mujer por la que
he esperado cerca de 15 años. La amo desde que tengo uso de razón. O bueno, desde que la
conocí; a los 13 años.

Era el primer periodo de la clase, un viernes a las 8.15; justo en matemáticas. Odiaba las
matemáticas, y más ahora que era un nuevo año y todavía quedaban los meses restantes. No
conocía a nadie a mí alrededor, nunca me quise integrar a ellos, porque la mayoría eran muy
diferentes, no terminaban por agradarme.

—¿Puedo sentarme aquí? —me preguntó una chica de voz poco chillona en comparación a las
demás de la clase. Su aroma a fresas había calado hondo en mis fosas nasales, mareándome
levemente.
No me preocupé en mirarla, no me interesaba ningún niño de mi edad. Menos aquella niña, que
había profanado mi tranquilidad. Solo quería ir con mamá para que me abrazara cada vez que
salía de clase y que me diese chocolate caliente como siempre. ¡Quería a mamá! Y luego ir al
trabajo de papá para que me enseñara a hacer la cuna de mi hermanita, la que vendría pronto.
Estaba muy emocionado por verla.

—Sí. Y rápido, que la Srta. Travelech ya ha llegado —gruñí.

Sentí como depositaba suavemente sus libros en la mesa y luego cruzaba sus manos y las
dejaba ahí. Era bastante delicada, claro, como todas las niñitas que habían ahí.

—¿Eres nuevo? —me preguntó amigablemente.

La miré por el rabillo del ojo, solo noté una melena salvaje y rizada de color castaño, tan oscuro y
frondoso que tapaba bastante su cara. Era pálida, lo vi en sus manos.

—No. Nací aquí y he estado toda mi vida en esta escuela —dije, ahora más tranquilo al notar que
la chica era más agradable que los demás.

La mayoría terminaba hablándome de objetos caros y tecnología futurista, de juguetes tan


estrafalarios como ridículos. Lo que más me causaba gracia era que ninguno podría pagarlo, eran
demasiado caros, todos se ilusionaban, pero yo no servía para aquello. En 1962 era imposible
pagarlo.

—¿Y por qué estás sentado solo? —volvió a cuestionar.

Me dolía contestar aquello. A pesar de todo, yo nunca había querido estar solo.

—Bueno… No encajo con esos chicos —le contesté, encogiéndome de hombros.

Dio una pequeña risita, lo que me estremeció ligeramente. Poseía una muy linda melodía.

—Yo tampoco creo encajar mucho, aquí la mayoría parece tener su propio círculo y soy nueva…

—Eso ya lo sé —dije secamente.

—Auch.

—Ok, lo siento. No soy muy amigable que digamos —me disculpé, girándome levemente para
poder mirarla por primera vez.

Casi me caí del pupitre. Era la chica más linda que había visto en mi corta vida. Grandes ojos
marrones, con pestañas negras decorando su alrededor; una nariz respingada y larga; unos
labios llenos y de fuerte color coral. Su cabello, rizado levemente y amontonado en un lado de su
hombro, no era muy largo, pero sí sedoso y femenino. Lo que más me atrajo fue el leve rubor de
sus mejillas.

Ambos nos quedamos mirando un largo rato, sin decir ni hacer nada.

Agito mi cabeza para evitar pensar en ello. Solo me hace mal. Me da una nostalgia enorme y me
hace reír por lo estúpido que fui de niño. Era un amargado, odiaba a mí alrededor. Pero solo ella
había puesto en mí una chispa de entusiasmo.

Si tan solo hubiese sido fiel a mi amistad…


Sigo con mi trabajo, pasándome por la mente cualquier escenario menos doloroso. Aunque mi
mente me juega chueco, porque las preguntas rutinarias con respecto a ella se hacen cada vez
más grandes.

A veces me pregunto ¿en dónde estás?, sabiendo ya la respuesta a aquello. En L.A. O teniendo
citas con guapos actores de cine. La última vez que la vi, estaba con Christopher Walken en una
linda cita, a pesar de que ya llevaban años de diferencia.

Termino con el techo, inspeccionando toda la madera podrida; veo que me hará falta la ayuda de
Jasper. Espero que no tenga cosas que hacer.

Desde lejos veo acercarse el director. Ahora tengo menos ánimos de aguantar palabrería, quiero
salir del lugar, todo me trae recuerdos. Pero no alcanzo a irme, él ya está a mi lado con una
sonrisa bobalicona.

—¿Y qué tal? —me indica al techo con su cabeza.

Inspiro aire y luego lo exhalo, intentando calmarme.

—Todo bien. Vendré mañana con Jasper para cambiar la madera y restaurar el techo, así no
tendrá goteras en su escuela. ¡Nos vemos mañana, Sr. Dublin! —me escabullo rápidamente con
aquellas palabras de despedida.

—Dale mis saludos a tu padre, ¿eh?

Asiento levemente, tomo mi maletín con las herramientas y salgo disparado hacia la lluvia. Doy un
respingo en cuanto la primera gota moja mi rostro. Hace mucho frío. Me subo a la camioneta,
temblando, y de inmediato enciendo la calefacción.

Tengo una sensación amarga creciendo en mi garganta, como si volviese el vómito que he
guardado por tantos años. Me río con pesar. Nunca podré olvidarla, ni aunque me borrasen la
memoria. ¡Pero quiero hacerlo! Odio con todo mi corazón el sentimiento que crece más y más
todos los días.

Quizá un trago haría bien. Sí. Eso limpiará mis nervios. O por lo menos me hará olvidar por unas
horas, si es que me embriago, claro.

—Lo de siempre, Will, gracias —pido, sentándome en la barra.

—Te ha pillado la lluvia, ¿eh, Edward? —dice el viejo Will.

Asiento distraídamente, él sabe cómo soy. Callado, tranquilo. Me gusta estar en mi propio mundo,
mi propio dolor.

—Ese hombre sí que es un afortunado —comenta un hombre a mi lado, mirando hacia la


televisión que hay en lo alto, justo en la esquina. Veo que Will ha decidido comprar una de último
modelo. Debe irle bien, pienso.

Comienzan a conversar sobre Christopher Walken, un actor de televisión ya bastante famoso. A


mí no me interesa, o eso creí. Con tan solo escuchar su voz se elevaron mis bellos.

—Isabella —susurro para mis adentros.

Era ella, la Isabella que conocí hace tantos años y se fue a Los Ángeles a probar suerte. Entabla
una conversación con Christopher Walken, en una aproximación bastante dolorosa. No lo culpo,
sí que es guapo, cualquier mujer famosa como ella puede acercársele y quién sabe intentar algo
más.

Están en un evento, al parecer es noticia que ellos puedan ser pareja. O eso se deja entrever.

—Ya cámbiale. Pon western —exclama uno de los que juega billar cerca de la entrada al segundo
piso.

—No. Espera —digo.

Noto que darán una entrevista de ella. Cielos. Es tan guapa. Demasiado, en realidad. Viste un
vestido rojo carne, su cabello rizado hacia un lado de su hombro, su piel crema hace juego con
aquellos colores que resaltan su cutis tan bien cuidado, y sus ojos…, sus cuencas chocolate
están marchitas, rotas y dolidas. Su mirada es de tristeza, tanto así que a mí también me duele en
lo más profundo de mi alma.

Trago de golpe el ron, el cuerpo entero me da cosquillas y sé que pronto caeré. El alcohol acaba
conmigo en un segundo.

Manejo intranquilo por el mismo recorrido de todos los días. Ya no me molesta la monotonía. A
veces no sé si es costumbre, pero si llegasen a perturbar mi vida, no me sentiría cómodo. A pesar
de todo, me gusta hacer siempre lo mismo, me hace sentir seguro.

Estaciono frente a mi casa, pero me quedo un momento divagando dentro de mi mente, creyendo
quizá que lo mejor sería no volver a pisar la casa de mi padre, solo demuestro ser un hombre
infeliz y eso le duele mucho. Sé que por un momento él buscará de mí algo más, me pedirá que
me case, que tenga hijos, que le haga feliz… No sé cómo hacerlo, ni con quién. Desde que mamá
se fue no he podido entender cómo es que el amor que mi padre nunca terminó por profesar le ha
vuelto loco. Yo amo, sin correspondencia, sin un receptor, y ya me estoy volviendo loco.

Gimo y apego mi frente en el manubrio y de pronto sonrío, pues los recuerdos golpean mi cabeza
como si fuesen remolinos estrellados que reavivan mi felicidad por segundos.

Hace tanto que no sé de ella, hace tanto que no veo su rostro en vivo.

—Mamá cree que estoy en casa de Ángela —me dijo, sentándose de golpe en el asiento del lado
derecho.

—No me gusta que le mientas —proferí un tanto preocupado.

—No seas gruñón, Tony —su tono de voz era divertido.

Rodé los ojos y no pude ocultar una sonrisa.

—Sabes que no me gusta que me digan Tony, Bella —susurré lentamente, poniendo mi codo en
el manubrio para observarla mejor.

Se cruzó de brazos con aire indiferente.

—Pero a mí me gusta decirte así. —Hizo un puchero ridículo.

Negué ante su forma infantil de expresarse, a pesar de que quería reírme junto a ella. Siempre
alegaba que parecía un viejo, que mi forma de ser me adquiría una madurez notable, pero sabía
que muy en el fondo, si yo no hubiese sido así, ella nunca habría madurado lo suficiente para irse
de mi lado.

—Supongo que hoy me llevarás al lago —me instó inconscientemente.


Le sonreí abiertamente.

—Es tu lugar favorito.

Sus mejillas se sonrojaron profundamente, hasta el punto en que solo me provocaron ternura.
Acerqué mi mano hasta su rostro para acariciar su piel, ella no se apartó, cerró los ojos y de golpe
juntó sus labios con los míos. Yo lo deseaba hace tanto que hasta me parecía un sueño.

Su beso era delicado, esponjoso, cálido y mojado. Sabía a frutas y a tranquilidad.

Sus brazos se enredaron en mi cuello, invitándome a seguir. Se acomodó sobre mí, a pesar de
que el auto era pequeño e incómodo. Yo no sabía qué hacer, era Isabella la que estaba sobre mí,
la persona con la que soñé día a día, la única chica que adornaba mis fantasías. Era como un
sueño.

—No seas tímido —me susurró contra los labios.

Tomó ambas manos y las puso contra sus muslos. El ardor en cada parte de mi cuerpo se hizo
notar enseguida.

—Bella —jadeé—. Me sorprende.

—Shh… —siseó—. Déjate llevar.

Suspiro y golpeo el manubrio con rabia. Todos esos recuerdos deberían irse a parar al demonio.
¿Por qué insisto? ¿Por qué no sé nada de ella?

Hola. Este es el primer capítulo del fanfic. Es de la perspectiva de Edward así que ahí saben lo
que sucedió, Bella nunca volvió ni luego de diez largos años. ¿Qué sucederá en el futuro? ¿Qué
es de Bella? ¿Qué pasará por su mente? Eso se vendrá en el próximo capítulo que será
actualizado el mismísimo domingo :D

La historia se me ocurrió gracias a la canción HACKENSACK, la que expuse arriba para que la
escucharan. Si notan la letra se darán cuenta que quise darle un significado también al fanfic.

Espero sus rr y sus comentarios en el grupo :333

Muchos besos.

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía y los personajes de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.


Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo escuchar la canción Dark Paradise de Lana del Rey.

II
.

Isabella POV

Las Vegas, 4 de Julio, 1979

Golpeo la tabla con mi tacón mientras bebo de mi última botella de vodka. Cuando acabo la lanzo
hacia la pared y ésta termina haciéndose trizas en el suelo. Sonrío con ironía, la sensación es
exquisita.

Tomo la cajetilla de la mesa y saco un cigarrillo con los dientes, el que luego enciendo con la
llama de la vela que ilumina mi solitario cuarto de hotel.

Odio la soledad a pesar de lo acostumbrada que estoy de ella. La veo saludarme todas las
mañanas, diciéndome buenos días, como también la noto abrazarme por las noches cada vez
que intento dormir. A pesar de todo termino bebiendo otra botella de vodka y me fumo las
cajetillas que el dinero en efectivo puede comprarme.

Froto mi frente con lentitud, aplacando el dolor que se forma constantemente. James adula mi
tranquilidad con respecto a esto, pues sabe que el dolor ya ha sido parte de mi día a día cada vez
que me embriago.

Me paro de la escalera y camino hasta el jukebox para poner algo de Jim Morrison. Oh… Brillante
y talentoso Jim, tan solitario y demente como yo presente en este cuarto. La música me hace
vibrar, mueve mis entrañas en un extraño júbilo que pocas veces reconozco. Eso es. Me hace
feliz. No acostumbro a estar feliz.

Hago una pirueta en el aire y caigo al suelo con fuerza. Comienzo a reír desenfrenadamente; la
sonrisa solo puede dármela el alcohol y mis caídas de mierda. Oh, cómo extraño reír y sonreír,
gritarle al mundo que soy feliz. No lo soy y no lo seré, y no sé por qué.

Me froto el trasero que solo cubre la bombacha y doy un par de traspiés. Procuro estabilizarme, el
alcohol no debe ganarme la batalla esta vez. Apago el cigarrillo, no debo causar un accidente
como el de aquella vez en mi departamento, cuando quemé gran parte de la sala por quedarme
dormida con uno encendido. Me sacaron por milagro.

El recuerdo me hace sonreír. Esa fue la única vez que mamá se preocupó por mí desde que me
marché. James me aconseja que no deba hacerlo otra vez, que es peligroso para mí y para mi
carrera. Mi carrera… ¿Esto es una carrera? Solo me paro contra una cámara y narro un par de
palabras; ahí todos me adoran y gano mucho dinero. Demasiado. Y ni sé qué hacer con él.

Me quito la remera con rapidez, ésta cae desparramada al suelo. Luego me acerco a la ventana y
miro con esplendor las luces de Las Vegas: incandescentes, sofisticadas, ambiciosas. Oh Dios,
cómo odio este lugar.

Otra vez me siento hundida y miserable, incapaz de ver lo hermoso de la vida. ¡No hay nada
hermoso en esta vida! Nunca lo habrá. Mis dedos pican y ansían tomar el teléfono que está solo a
metros. Ansío llamar a mamá, pero ella me odia. No debí dejarla sola, gracias a mí consiguió ese
cáncer de páncreas. Tampoco acepta mi dinero, dice que es sucio, como yo. ¿Y entonces cómo
planea evitar esa enfermedad miserable? ¡No tiene ni un peso! Phill se lo quitó todo.

Apago la luz y me lanzo a la cama blanda y esponjosa, restriego mi rostro en la almohada limpia y
por un momento extraño un solo lugar. Su cama. Pero, ¿qué estoy pensando? Es la borrachera,
eso es.
La última vez que sentí la compañía de alguien en mi cama fue ayer, con James. Vuelvo a dar
una sonrisa bobalicona, pues los recuerdos me estremecen. James es un buen amigo, sabe
hacer muchas cosas… Y hacérmelas, también. Pero en el fondo sé que solo le importa mantener
su trabajo en lo alto, representarme y llevarme a entrevistas como es costumbre. Así él gana
dinero y yo también. Aunque a él le sirve, pero a mí realmente no sé de qué.

Bostezo por última vez y caigo en la inconciencia rotunda, dejándome llevar al único momento en
el cual me siento paciente, plena, el único momento en que no siento rencor, dolor y angustia.

...

—No quiero —gimo rotundamente.

—Tienes que levantarte ahora, Isabella —me dice en tono paciente.

Sé que está al lado de la cama con sus manos puestas en la cintura, mirándome ceñudo.
Siempre lo hace y eso me divierte hasta cierto punto.

Siento demasiado sueño. Los párpados me pesan, la cabeza me palpita y la garganta raspa
contra cada trago de saliva que doy inconscientemente.

—La habitación apesta a cigarrillo. ¿Cómo planeas entregarla? ¿No te da vergüenza? —insiste
con sus palabras, las que me hacen martillear aún más el cerebro.

Reprimo un grito, me levanto a duras penas y golpeo la pared con la almohada que tenía entre las
manos.

—¡¿Nunca me dejarás tranquila?! —le grito.

Me paro frente al espejo del baño y me miro un momento. Estoy desastrosa. Cabello revuelto,
maquillaje corrido por el rostro y unas ojeras descomunales. Abro el grifo y dejo caer el agua por
un rato hasta meter las manos y mojarlas, luego froto ambas contra mi cara.

James aparece detrás de mí y me mira con decepción.

—¿Te importa si te largas para que me dejes refrescarme? —le digo irritada.

—Isabella, son las 2 de la tarde. Louis quiere que conozcas el casino Matrushka.

—¿Para que después me acueste con él? —le susurro.

James cierra la boca bruscamente. Luego insiste.

—Sabes que yo no te obligué a que lo hicieras —indicó.

Tiene razón, pero por una parte me siento utilizada por él.

—Soy un producto sonriente, a ti qué te importa lo que sienta.

Me doy la vuelta y busco entre los cajones el vestido necesario. Uno rojo sin hombros y brillante
como una estela; es demasiado ceñido. James me sigue en mi recorrido sin decirme nada, por lo
que me molesta.

—Prometiste dejar de sentir —me susurra detrás de mí.

Me quedo pensando en sus palabras, en el horrible sentimiento que me embarga. Lo desecho de


inmediato, cualquier sentimiento dejó de existir cuando me marché de casa.

—Es difícil si cada vez que veo un cuadro me acuerdo de él —gimo.

James cierra los ojos por un momento, preparado para darme el discurso de siempre.

—Te saqué de aquellos callejones sin pensar en lo talentosa que eras, vi en ti las ganas de
triunfar, de ser alguien en la vida.

—Y te lo agradezco —repito mis palabras.

Pone ambas manos en mi cintura y me queda mirando con sus ojos azules por un largo rato,
observando mi rostro, pincelando sus pacíficos océanos en mí. No tarda en descender su mano
hasta mi coxis y tirar levemente de la piel; es su única forma de decirme que le pertenezco, es
demasiado cobarde para gritarlo, o incluso demasiado cobarde para rebatir, pues no soy suya.

—No busco tus sentimientos, mi pequeño Picaflor, busco tu talento. Quita aquel rencor, esa
desazón. Eso acabó. ¿O quieres volver a las calles?

No quería volver a tocar ese tema, no con él.

—No lo haré, James —le susurro.

Enredo mis manos en su cuello y elevo mi rostro hasta el suyo para lamer su cuello. Es la única
forma de que se quede callado, excitándolo a pesar de que no tengo ganas. James me aprieta
con fuerza y atrapa mi trasero con sus manos.

—Así me gusta, mi pequeño Picaflor.

James me representa desde hace años, me sacó de la calle en mis peores periodos. Trabajaba
en un prostíbulo de jovencitas; recordaba perfectamente a Madame Esther, quien me ofreció el
puesto de puta cara al ver mi rostro delicado y mi delgado cuerpo. Ahí me encontró James,
cuando disponía a hacerle una felación a cambio de una buena suma de dinero. Me afirmó que
me elevaría y me haría famosa, a pesar de que no le encontraba sentido, pero sentí la necesidad
de decirle a todos aquellos que mi talento tenía futuro, y así todos los que se rieron de mí podrían
atragantarse con sus propias palabras. Y lo hice, ahora soy famosa, tanto que Christopher
Walken me pretendía, tanto que tenía películas y dinero suficiente para seguir elevándome aún
más.

Y de lo único que me preocupo constantemente era de lo que él puede pensar. Él… Edward.

Intenté olvidarlo, día a día me prometí dejarlo ir, evitarle este sufrimiento. Yo no podía ofrecerle
nada, solo miseria. Nunca lo entendió, o por lo menos no lo hizo cuando me fui de Forks.

No logramos ser nada.

Junto mis labios con los suyos y rápidamente lamo su lengua con la mía, enredándolas en el
único punto que no me sentí yo. La lujuria nubla mi mente, incrementa las ganas de volar, de fluir.
James baja lentamente mi bombacha y cae al piso sin el menor ruido, mientras yo le quito la cara
camisa blanca y la lanzo detrás de mí. Me levanta con ambas manos y me enreda en su cadera,
me quita la playera y ahí estoy, desnuda ante él.

Caemos en la cama, él sobre mí como poseso. Tiro de su cabello rubio y lo miro con ojos
amenazantes.

—Tú abajo. Sabes que quien manda aquí soy yo —gruño.


Asiente y me da la vuelta, dejándome sobre él.

Estoy desnuda sobre la cama viendo a James arreglarse la ropa. Otra vez me mira ceñudo,
porque es muy tarde. Le doy otra calada a mi cigarrillo y me yergo con los codos sobre la cama.
Me siento sucia, tan sucia que no soy capaz de quitarme la mugre ni con miles y miles de
orgasmos. Me doy asco y a pesar de todo no puedo evitar seguir haciéndolo.

—¿Qué se siente acostarse con la puta de Hollywood? —le pregunto, sonriendo de por medio.

—¿Así quieres llamarte? —Se da la vuelta, abrochando los últimos botones de su camisa.

Me encojo de hombros y vuelvo a inhalar el humo del cigarrillo. Me siento invadida del vicio por
unos segundos y de inmediato lo boto. Miro la abstracta forma del humo, la forma en que se
marcha de mi lado, como mis sueños y mis deseos.

—Siempre seré una puta, ¿no? —insisto en despotricar contra mí.

James y yo somos amantes, y amigos, quizá. A veces creo que el sexo es la única forma de
sentirme alguien, porque mi cuerpo reacciona con un orgasmo y ahí me siento hermosa, única e
inigualable. Pero son solo segundos. Los demás minutos de mi día a día son solo dinero, flashes,
cenas de mierda, fumar, beber alcohol y mirar por la ventana, pensando en mi madre y en él.

—Las putas se venden, cariño. Tú estás acá para brillar, para decirle al mundo que eres una
princesa —me sonríe.

—Una princesa —río—. No seas ridículo, James, las princesas tienen de qué sentirse útiles en la
vida, viven con la corona y la gente alaba hasta su respiración.

Prefiero no seguir con el tema. Me levanto de la cama y me meto al baño para darme una ducha.
Pronto me espera la peor de las necedades.

—Te ves hermosa —insiste James, luego de cerrar el vestido por mi espalda.

No le contesto, su calificativo es superficial.

Camino hasta el tocador, en donde espera mi maquillista, Charlotte. Es preciosa. Rubia, rizos a la
moda y una suave caída de sus senos abultados. Ella perfectamente podría ser estrella de cine,
no yo, que no tengo nada que ofrecer más que sexo.

—Tu vestido es muy bonito —me dice con su típico acento francés.

—Gracias —respondo.

Está siendo sincera, alabó mi vestido, no a mí.

—Voy a remarcarte los pómulos y profundizaré tus ojos…

Tiene la mala costumbre de detallarme cada uno de sus procesos en mi cara, lo que a mí me
importa una mierda. No me interesa su trabajo, solo que acabe ya, pues me estresa.

—Termina ya. Queda poco tiempo —ordeno.


Asiente rápidamente, sin antes darme una mirada intimidada, abriendo sus ojos verdes más de lo
que éstos acostumbran. Enseguida recurre a limpiar mi cutis con una esponja, mientras James se
acerca sigilosamente hacia mí para recitarme todo mi espectáculo junto a la empresa y ese tal
Louis.

Louis es un conocido magnate que prepara una fiesta en su casino de lujo, ubicado aquí en Las
Vegas. No sé qué edad tiene ni cómo es. Tampoco me importa. Solo sé que invitó a muchas
estrellas, entre ellas yo. Cuando James supo se volvió histérico, pues, según él, era todo un
honor su invitación.

Una novedad en pleno 4 de Julio del 79.

—¿Alice asistirá? —exclamo al oír su nombre.

—Por supuesto. Ambas son mis estrellas —dice.

Alice Brandon fue mi compañera de cuarto en el prostíbulo. Se había escapado de un manicomio


cerca de Pensilvania, según sus padres ella era una loca. Sufría de sueños premonitorios y podía
leer las cartas, como las gitanas. Todavía lo hace, pero últimamente dice que le trae malos
recuerdos.

Es mi única amiga, sabe entenderme completamente. Pero nunca he necesitado de sus consejos;
me gusta estar sola en mi paraíso oscuro, en el único lugar en donde puedo pensar y sentirme la
basura que soy.

—¿En dónde se encuentra ahora? —digo algo incómoda, pues Charlotte maquilla mis labios con
un pincel.

—De camino al Matrushka.

Ella es responsable, no como yo.

Me siento estúpida en las inmensidades de este cuarto, tan grande y tan claustrofóbico. Mas tanto
protocola me asquea, ser el centro de atención para tanta gente, que me preparen para dejar de
ser yo misma: una basura.

Recuerdo bien la sensación de alivio cuando mi vida se consumía en aquellas llamas y en el


monóxido, sentía que por primera vez era importante, alguien que merecía la atención de un
puñado de personas. Patético, vil y cruel. Cuando me dormí aquella vez sentía que era el
momento de olvidarme del mundo, de dejar de pensar por un solo momento. El cigarrillo no tardó
en consumir las cortinas y gran parte de las sábanas; yo dormía en las escaleras, tan borracha
que no pude darme cuenta del humo que estaba respirando.

Rememoré muy bien que soñé maravillas, que vivía feliz en un mundo de amor, en una fantasía
utópica e hilarante. Cuando desperté solo vi la cabeza de James y de Alice, la última lloraba
amargamente, no así el primero, que de lo único que se preocupaba era de lo que tenía que
inventar para los medios.

Sentí frustración, un calor interno imposible de evitar. Pero también tenía marcas físicas, pues
una llama logró penetrar mi piel en mi costado derecho, una parte casi ridícula de mí. Lo
agradecí, pues era la marca de la única vez que deseé morir. E, irónicamente, se parecían
bastante a las marcas de cigarrillo que había dejado mi padrastro en la parte trasera de mi cuello.

Charlotte acaba y me ofrece el espejo, pero lo evito, no me importa verme en el espejo. ¿En qué
momento podría interesarme ver la máscara que han puesto sobre mí, intentando ocultar la
oscuridad de mis ojos?

—Ya sabes que lo odio, Charlotte. Ahora lárgate y déjanos a James y a mí a solas —vuelvo a
ordenarle sin mirarla.

Siento la puerta cerrarse detrás de mí y con rapidez me levanto. Aliso mi vestido, que cae con
elegancia por mis piernas hasta los tobillos. James me tiende una caja de una marca de tacones
bastante conocida. La tomo, abro la tapa y calzo el par de quince centímetros en mis pies. Son
rojos y tienen la punta descubierta para que se vean un par de dedos.

—Te tengo un regalo —me señala otra cajita, de terciopelo. Una joya.

—¿De tu parte? —le pregunto extrañada; no acostumbra a regalarme cosas, es demasiado


tacaño.

—No. De Louis.

Ruedo los ojos con rabia. ¿Qué quiere ese tipo de mí?

—Dejé de venderme por joyas cuando mamá no aceptó mi dinero. Devuélveselo —gruño.

En el prostíbulo muchas veces me regalaban joyas, aretes de diamante y perlas carísimas, las
que yo vendía para tener dinero y enviárselo a mamá. Al tiempo después supe que ese dinero lo
devolvía y mi prima se lo quedaba. Nunca me sentí más miserable que aquella vez. Por esa razón
recuerdo muy bien que me acosté con todos los que pude, deseando que todo llegase a sus
oídos para que supiera todo lo que pasé por ella y nunca supo agradecer.

—Debes usarlo. Es la manera de agradecer por tu visita. Hazlo —me dice con severidad.

Reprimo un gemido de dolor. ¡Ansío salir de este túnel lo antes posible! ¿Cuánto me queda para
la muerte? ¿Cuántos segundos faltan para terminar para siempre?

Mi vida acabó cuando supe que la suya lo había hecho hace mucho tiempo.

1969, Nueva York.

—¡Carta de Washington! —me gritó Alice, entrando a la habitación con leves saltos.

Llevaba un conjunto rojo y unos ligueros del mismo color. Pronto debía cogerse a otro cliente.

—¿Para quién? —le pregunté cuando acabé de maquillarme.

—Para ti, claro está —me indicó al sobre.

Lo tomé con rapidez y lo rompí de inmediato. El remitente era de Forks, de mi prima Carmen.

—Pero… —logré soltar de mis labios petrificados.

Lamento profundamente informarte de esto mediante carta, pero me era imprescindible,


sobre todo porque nadie más podía hacerlo. A la guerra de Vietnam asistió Edward, no
logró salir vivo. Lo lamento mucho. Espero que estés bien, sea donde sea que te
encuentres.

Lo siento, de verdad.

Carmen.
Fruncí el ceño al ver el trozo de papel que estaba en el fondo del sobre. Era la carta de
condolencias de parte del ejército. El papel, amarillento y levemente roto en sus costados, decía
claramente Edward Cullen.

No me percaté de las lágrimas que estaba lanzando, de cómo mojaba mis mejillas y las envolvía
de la desazón, de la amargura.

—Bella, ¿sucede algo? —me preguntó Alice, atrapando mis hombros con sus pequeñas manos.

Arrugué ambos papeles y gemí.

No podría describir el dolor que sentí en ese momento, la culpa y la angustia de no volver a verlo.
Nunca pensé que aquello sucedería, nunca creí que el mundo se me derrumbaría de tal manera.

Lloré noches y días completos, envuelta en la nube obscura de la soledad errante. No podía
creerlo, seguía insistiendo en que pudo ser un error, pero volvía a mirar el papel, una y otra vez,
para darme cuenta de que realmente estaba muerto. Y yo lo dejé, sin la posibilidad de ser algo
más.

Tecleaba una y otra vez su número, esperando a que su padre me contestara para darle el
pésame, pero enseguida me arrepentía. Lo consideraba inútil dadas las circunstancias.

Desde ese momento no volví a ver la vida de otra manera.

Me meto a la limusina junto a James, un espacioso carro lleno de lujos. Por la ventana veo las
luces incandescentes y el movimiento bohemio de las personas felices. Feliz es una palabra que
no entra en mi vocabulario. Y lo deseo.

—No te gusta Las Vegas —me susurra, besando mi hombro. Lo quité de inmediato.

—Todo este mundo me da asco —le susurro también.

—¿Más que aquel prostíbulo?

¿Va a sacar eso en cara cada vez que yo revele la rabia interna que estoy sintiendo?

—Déjame en paz.

Cuando llegamos al famoso casino, casi caigo de bruces. Es gigante y hermoso, tengo que
decirlo. Parece un palacio ruso, de esos que escasamente pude ver en películas. En graves letras
moradas y con luces decía: CASINO MATRUSHKA.

—Llegamos —anuncia James.

—No me digas —murmuro sardónicamente.

Mi representante me ignora.

El chofer se baja y nos abre la puerta. Salgo yo primero y los flashes me enceguecen. Oigo mi
nombre y de inmediato me dedico a sonreír, a saludar y a decirle a todo el mundo lo feliz que
estoy de estar aquí.

Me siento tan vacía, tan idiota y falsa. Con este vestido rojo, estos tacones caros, este maquillaje
absurdo en la cara. No soy más que un producto, una sustancia para que la sociedad zacee sus
ganas. Nunca he sido yo misma en estas tierras, nunca he podido gritar toda la mierda que
guardo dentro, ni siquiera con Alice. Ni siquiera morir se me hace posible; terminaría siendo una
mártir del espectáculo como tantos otros.

No era Marilyn Monroe, a pesar de cuánto le admiraba. Fácil era acostarme en la cama a
drogarme con pastillas, pero así todos me recordarían, ¡pero de nada! La muerte es el intento de
liberación más prolijo del que conozco, no hay más que eso. Ni los cobardes, ni siquiera los más
miserables… Solo la liberación y ya, estás del otro lado, durmiendo quizá.

Yo quería hundirme, porque la sola idea de estar muerta me parecía incluso inmerecida para mí.
No ansiaba que toda la masa terrenal me ame luego de matarme, solo ansiaba despertarme en
mi cama y sentirme importante, realmente importante. Pero lo había perdido todo.

Muchas veces creía que, ese afán por desmerecer a la muerte, eran solo ilusiones vanas muy
dentro de mi mente, creyendo quizá que todavía quedaba algo de esperanza en mi mente. Nunca
entendía por qué no agarraba una navaja y me daba de lleno en las muñecas, o me metía al mar
hasta retorcerme sin aire. Quizá no era lo suficientemente valiente.

Pero, ¿por qué? Cada vez que cerraba mis ojos podía sumergirme en lo miserable de la vida,
pensando por todo lo que estaba pasando. Deseaba con fervor volver a verlo y es por eso que
cerrando los ojos solo podía estar junto a él. En un momento sí quise estar muerta, pero él no
hubiese preferido que lo haga, porque siempre decía que tenía tanto talento por descubrir…

Mis ojos se llenaron de lágrimas al volver a recordarlo, a sumergir mis recuerdos en él. No tuve la
oportunidad de volver a verlo y ya estaba muerto. Muerto.

Recuerdo muy bien la última vez que lo vi, él empapado por la lluvia que caía torrencialmente. Me
retuvo por largos minutos, pero yo no le hice caso, necesitaba salir de la casa de mi padrastro,
aunque eso tuviese que dejar a mi madre podrida en la soledad. Yo esperaba en la parada del
bus, con Edward a mi lado para que no me marchara, pidiéndome explicaciones del por qué lo
dejaba ahí.

"No somos nada. No te debo explicaciones de mi paradero. Lárgate".

Aquella frase… Aquella maldita frase llena de odio. No sé por qué se la dije, quizá para no
hacerle daño. O para no hacerme daño a mí misma.

Ahí solo fue capaz de mirarme y largarse, pateando las piedras que había en el suelo, con el
cabello pegado a la frente y la ropa mojada. Enseguida llegó el autobús.

Ahora está muerto. Simple para la vida, el tormento eterno para mí.

¿Me habrá perdonado? ¿Habrá estado bien en todo el tiempo que no pudimos vernos? ¿Me
habrá buscado?

¡Basta de preguntas!, me regañé. Debía levantar la barbilla, dejar de sentir, por lo menos esta
noche, ser la estrella, la grande, la Isabella. El Picaflor de cada hombre existente, llevándome el
polen de sus pétales adinerados, largándome con rapidez para que nadie pudiese secuestrarme.

—¡Bella! —grita Alice, corriendo hasta mí con su vestido lleno de plumas. Solo ella podría llevar
algo tan vanguardista y exorbitante—. ¿Sucede algo? ¿No te gusta el lugar? ¡Es precioso!

Sin darme cuenta, ya estoy del brazo de James en el hall del casino más conocido de Las Vegas.
Ni siquiera tomé atención en los periodistas, solo en mis recuerdos me sumergí y sin tener noción
del tiempo ni del lugar.
—No, no te preocupes —le susurro.

James me mira interrogante y algo molesto, pues no estoy actuando correctamente el papel de
perra celestial.

Le da dos golpes a su barbilla con el dedo índice y corazón. Sé la perra, quiere decirme. Barbilla
arriba, arrogancia y lujuria.

Le hago caso. Levanto mi barbilla y miro a cada ser como si fuesen algo más que mugre en mis
zapatos.

Hola. Este cap muestra la vida de Bella y su forma de ver la vida. Muy pronto saldrán los secretos
y el reencuentro que les cambiará la vida.

A pesar de todo estoy viendo si seguir con la historia ya que creo que no han entendido muy bien
a qué va, espero poder arreglar eso y que esto acabe completo.

Gracias por quienes la leen y se toman el tiempo de dejar un rr. Muchas gracias.

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

III

Edward POV

Forks, 11 de Febrero, 1979

Cuando entro a mi casa, Jessica y mi padre charlan animadamente sobre el último partido de
baseball. Sonrío a pesar de todo, me gusta que papá tenga con quien hablar. A mí no me gusta
tanto el baseball, aunque cuando niño lo jugaba con Jasper.

—¿Edward? —exclamó mi padre, entrando a la sala.

No me había dado cuenta de que estaba absorto, mirando con tranquilidad el lugar.

—Oh. Hola, papá. ¿Jessica? —inquirí.

—¡Aquí, Edward! —indicó.

Dejo mi chamarra a un lado, en el brazo del sillón y camino hasta la cocina. Jessica está de
espaldas, cocinando algo en la olla vieja de mi madre. Revuelve con esmero los guisantes y el
suave caldo. Se huele delicioso.
—Te dignaste a aparecer —dice dándose la vuelta para mirarme.

Le sonrío por primera vez en mucho tiempo, pues se ve preocupada.

—Supongo que me estabas esperando —le sonrío otra vez, elevando mis comisuras.

Rueda los ojos, pero veo un leve rubor en sus mejillas que mi padre logra captar, por lo que eleva
sus cejas sugestivamente. Le niego con la cabeza.

—¿Qué tal el trabajo en la escuela? Supongo que te pagará muy bien —conversa Jessica.

Me encojo de hombros.

—Eso creo. Pero es un trabajo duro, ya que requiere cambiar completamente la plancha y la
madera del techo, está rota y picada. Necesitaré de Jasper —les digo a ambos, que me miran
expectantes.

Se oye la puerta del baño abrirse con rapidez y la voz suave de Jasper.

—Veo que hablan de mí —exclama con ese tono juguetón en su voz.

Me abraza fuertemente, con fraternidad. No nos veíamos hace mucho, un mes más o menos. Él
tiene más tiempo libre que yo, así que acostumbramos a acercarnos en casa de nuestros padres
respectivos.

—¿Qué es de ti? —me pregunta mientras se acerca a la nevera y coge una cerveza.

Tenemos la confianza suficiente para movernos en casa, somos muy unidos.

Me encojo de hombros intentando parecer despreocupado.

—Nada nuevo —susurro.

Papá intenta no prestarnos atención, pero al fin y al cabo lo hace quitando los ojos del periódico y
dirigiéndolos a nosotros. Jessica también finge no escuchar, pero lo hace, aunque sé que no le
importa lo que hablemos.

—¿Nada nuevo? Oh, viejo, ¿cómo es eso? —comienza a reír—. ¿Ninguna novia? ¿Algo?

Niego rotundamente con la cabeza. Jasper bufa y me da una palmada en el hombro.

—Yo tampoco —dice pausadamente—. Estamos en 1979, Edward, ahora las mujeres no buscan
muertos de hambre que viven de lo que la guerra de Vietnam les dejó, sino que famosos
actorcitos o músicos drogadictos.

Se sienta en la silla que está frente a mi padre y me pide que me acerque. Lo hago. Me siento a
su lado mientras papá hojea el papel débil de su periódico de hoy.

—Tengo algo que contarte —me susurra mi primo, bebiendo con lentitud de su botella.

Levanto las cejas con cierto interés. ¿Qué novedades podrían haber en este maldito pueblo?

—En realidad son dos —comentó distraídamente.

—Podrían actuar más discretamente si no quieren que escuchemos —dice mi padre con bastante
curiosidad.
Lo miro de mala manera; a veces es algo asfixiante.

—Bien, tío Carlisle, lo mejor sería que Edward me acompañara a fumar un cigarrillo en el porche.

—Tú no fumas, Jasper.

—Estoy comenzando, no se preocupe. —Jasper me toma desde el brazo para que le acompañe y
yo le sigo.

Cuando salimos de casa me hace sentarme en la acera. Bebe un poco más de cerveza y mira
hacia el horizonte en busca de las palabras. Al parecer es grave. ¿Qué puede haber de grave en
nuestra vida? ¿Qué cosa tan importante y completamente interesante nos podía afectar a
nosotros?

—Todavía te acuerdas de Bella, ¿no? —me susurra con lentitud. Sabe que el tema me afecta e
intenta no tocarlo, pero ahora le es indispensable.

Me tenso en el momento y me giro solo un poco para observarlo. ¿Qué novedades podían haber
en la vida de una mujer que lo tiene todo? ¿Alguna otra película? ¿Un novio lo suficientemente
rico para alejarse todavía más de mi lado? Qué babosadas pienso.

—Supongo que verla todos los días en televisión me ayuda a refrescar la memoria —le digo en
tono sardónico.

—Ya, no te pongas así. Lo siento. Creí que se te había olvidado.

—¿Olvidado? Jasper… —iba a darle mi discurso, pero preferí callarme—. No podría olvidarla —le
digo con sinceridad.

Se queda en silencio por un momento, quizá buscando las palabras exactas. Jasper es buena
persona, no le gusta hacerme sentir mal y se lo agradezco, pero estoy acostumbrado. Es gracioso
notar el dolor como algo tan propio, cuando en realidad eso está mal.

—Ayer vi a Charlie Swan —suelta de repente.

Siento la bilis subir por mi garganta, pero evito vomitar sobre mi primo. Charlie… Charlie Swan.
¿Qué puede hablarme Jasper del jefe de policía borracho?

—Tranquilo, Edward —susurra.

Asiento.

—Estaba bebiendo una botella en la acera de la casa y creyó que estaba haciendo fechorías
—lanza una risotada—, pero le dije que era mi casa. Aunque en realidad era una excusa para
hablarme de ti. —Da vuelta el rostro para mirarme.

—¿Hablarme a mí? —Le pregunto entornando los ojos en el intento—. ¿Qué tiene que hablarme
él a mí?

—Pensó que sabías algo de Bella.

Nuevamente siento náuseas y es porque estoy nervioso. Demonios, cómo quiero dejar de
escuchar su nombre, aunque sea una vez nada más.

—¿Ahora es el padre responsable? Bella ni siquiera lo consideraba como tal, tenía a Phill y él fue
su padre durante todos esos años. Luego ella se fue… —la voz se me quiebra en la última sílaba.
Mi primo pone una mano en mi hombro y lo aprieta ligeramente, infundiéndome el aliento que yo
no tengo. Odio ser tan débil, tan sentimental, ser un hombre tan diferente y tan repugnante.

Cuando era un adolescente me molestaban por eso, me decían marica u homosexual. Yo no


entendía por qué utilizaban esos términos como un insulto y no entendía tampoco por qué me lo
decían a mí, siendo que siempre me gustó una sola chica. Recuerdo que Emmett McCarty era el
responsable gestor de aquellas bromas, y era el novio de aquella chica.

Yo era sensible, me gustaba escuchar música, cantarla a pesar de que no lo hacía bien y pintar
paisajes en el balcón que daba hacia la montaña llena de pinos. Según los chicos yo era
demasiado maricón, que los hombres no hacen esas cosas. Emmett demostraba su masculinidad
golpeando a los demás y agarrándole el trasero a ella, sobre todo delante de mis ojos. Agradezco
que no le haya pedido a Bella que me dejara a un lado, porque era mi única amiga.

Bella no entendió hasta que tuvo quince años, pero le dejó porque era un imbécil. Y, sin embargo,
yo no tuve el valor suficiente para pedirle que fuese mi novia. Aunque claro, cualquiera me vería
como vencedor ya que habíamos perdido la virginidad en el auto de mi papá junto al lago, pero no
era un vencedor… Solo fue sexo entre dos adolescentes y me dolía pensarlo, porque de verdad
la adoraba, quería algo serio, hacerle feliz. Nunca lo entendió y lo comprendí, era obvio que
cualquier chica tan linda e inteligente no se quedaría con un muerto de hambre.

—Es grave, Edward —insiste mi primo rubio.

Frunzo el ceño rápidamente.

—¿Es sobre ella? ¿Es ella la que está grave? —inquiero con otra opresión en el pecho.

Jasper negó, por lo que me tranquilicé.

—Es su madre —dice al fin.

Aprieto mis labios, Renée estaba enferma la última vez que supe de ella. Claramente ahora está
peor, no necesito ser un genio para adivinarlo. Desde que Bella se fue y Phill le dejó… ella
decayó profundamente. Siempre me saludaba y preguntaba por mi padre y yo le iba a limpiar el
suelo del porche sin cobrar. Quizá era la única manera de mejorar el vacío que nos había dejado
Bella, viéndonos y sintiendo en nuestras miradas el dolor.

—¿Morirá? —Es lo único que me importa.

—No lo sé —señala—, pero deberías ir a verla.

Miro al suelo y frunzo el ceño. ¿Debo hacerlo?

—¿Bella lo sabe? ¿Alguien le ha avisado que su madre está mal?

Muy en mi interior crece la ilusión de que ella aparezca, solo unos minutos, segundos, lo que sea.
La extraño más de lo que puedo soportar, recordarla se me hace doloroso, pero no menos
saludable para mi corazón que palpita con cada recuerdo en mi memoria.

—Sí, lo sabe, pero no quiere saber nada de ella.

Las palabras de mi primo me duelen.

—¿Por qué tendría que ser verdad? —insisto.

—Según Charlie ella no contesta cartas ni el teléfono. Su prima Carmen intentó comunicarse,
pero es demasiado reacia. No le importa, Edward, desde que se fue los demás ya no le
importaron. ¿O debo recordarte las palabras que utilizó y que tú mismo me confesaste? No le
interesaste nunca. —Sus palabras me duelen, pero son ciertas. Se da cuenta de que su
comentario es demasiado honesto e intenta disculparse—: No debí decirte eso, lo siento…

—Tienes razón —susurro—. Solo fui un amigo.

Un amigo con el cual tuvo su primera vez, un amigo con el que hizo el amor. Pero no podía
confesar aquello, no podía permitírmelo, no era de un caballero, no era propio si le quería tanto.
Dios… quiero arrancarme el corazón del pecho.

—Edward —me llama Jasper luego de acabarse la cerveza.

Giro la cabeza para prestar atención y así eliminar tantos pensamientos absorbentes.

—Olvídala —me insta—. Tienes a alguien que espera realmente por ti y podría hacerte feliz. —Sé
a quién se refiere y creo que tiene razón—. Jessica ha estado contigo siempre, te acompañó en
todo momento y nunca has podido brindarle un poco de atención. Te quiere, y no como amigo.

—Lo sé.

—¿Entonces qué esperas?

Me encojo de hombros.

—Quizá esperé a que regresara. Pero ya no lo hizo.

—No. No lo hizo y ahora menos lo hará. Olvídala, Edward, tienes a alguien que podría ayudarte.

Y con ese comentario sé que debo hacerlo, dejar de pensar en ella y olvidar esta tortura
agobiante. Debía darle una oportunidad a la vida, dejar que el pasado no se convirtiese en mi
presente. Además, saber que Bella jamás estuvo interesada en su madre me generaba algo de
decepción.

Jasper se levanta y me tiende su mano para que yo lo haga también. Cuando entramos a la casa,
Carlisle me mira a través de sus gafas y Jessica ya está sirviendo los platos con la comida. Huele
realmente bien. Le sonrío, recordando la conversación reciente entre mi primo y yo. Jessica sí se
ha portado bien conmigo durante todo el tiempo que nos conocimos.

Ella iba conmigo en la secundaria, nos conocimos accidentalmente en una clase de pintura. Bella
estaba de novia con Emmett por lo que me encontraba de mal humor casi todos los días, pero
Jessica me alumbraba las mañanas con sus charlas extensas, ya que, como a mí no me gustaba
hablar mucho ella era la que llevaba el tema hacia adelante y yo solo escuchaba. Siempre me
decía que no le gustaba pintar, pero su madre le obligaba pues no tenía ninguna aspiración y eso
lo encontraba lindo.

Conectamos enseguida, ella era extrovertida y yo tímido, por lo que me hacía sentir vivo y
reluciente en tanta porquería interna. Fue la primera vez que vi a Bella celosa, pero no eran celos
de amor, solo celos de atención, porque no le tomaba en cuenta.

Jessica y yo tuvimos una discusión el mismo día de la fiesta de graduación. Yo le conté que había
perdido mi virginidad con Bella y ella lo encontró estúpido, decía que luego de esto mi corazón iba
a destrozarse. No quería creerle, la sola idea me parecía absurda. ¿Por qué Bella me haría daño?
¿Por qué si ambos nos queríamos tanto? Fui tan estúpido. Y lo soy todavía.

—¡Te hará sufrir! —insistió Jessica tirando de su vestido burdeos con rabia.
Rodé los ojos, cansado de tanta palabra barata.

—La quiero, Jessica, lo sabes muy bien. He esperado todos estos años para que sucediera
—susurré con algo de inhibición—. Y sucedió —me encogí de hombros con la intención de sonar
despreocupado.

Se quitó el cabello miel de su rostro y bufó. Sus ojos se llenaron de lágrimas y yo acerqué mis
manos hasta su rostro para que no lo hiciera. Me las quitó de un manotazo y se fue hacia atrás
con los dientes apretados entre sí.

—Ella no es para ti, tiene demasiados problemas a su alrededor —insistió—. Emmett no te la


dejará fácil, su padrastro es una mierda, su padre es un alcohólico y está obsesionada con brillar
en Hollywood —suspiró—. Dime, Edward, ¿qué le darías tú a alguien tan ahuecado como ella?
¿Un retrato de ella desnuda? ¿Su rostro pincelado en un cuadro? —Tomó mis manos entre las
suyas y me suplicó con la mirada—. Eres un pintor, un chico realmente perfecto, sensible,
encantador —se ruborizó cuando decía eso y yo lo hice también; no estaba acostumbrado a ese
tipo de palabras—, te hundirás con ella.

Me soltó y salió hacia la puerta de salida para irse a su casa. La vi correr con el vestido que tanto
habíamos buscado, con los tacos de su madre muerta y el cabello sudoroso por el baile que
había tenido con Mike Newton. No sabía por qué, pero verla irse me apretó el corazón. A Jessica
le debía mucho, realmente jamás me había dejado solo y menos ahora, a pesar de todo sabría
que iba a acompañarme en cualquier momento de la vida.

—Hey —llamó Bella, saliendo del baño de chicas—. ¿Sucede algo? —inquirió con el ceño
fruncido.

Sus mejillas estaban teñidas de rosa y su maquillaje negro bajo los ojos escurría como si hubiese
llorado abundantemente, pero era el propio sudor del atestado gimnasio escolar. Era nuestro baile
de graduación y ella estaba adonizada de pies a cabeza.

Me martilleé los sesos por invitarla, sabiendo que no era muy propio luego del fracasado noviazgo
con Emmett. Pero lo hice, luego de una semana de terminada la relación. Aceptó en un segundo
y me puse bastante contento, cinco días después le invité al lago, como siempre, pero esta vez
había algo, una cercanía constante entre los dos que nos producía un extraño jadeo impropio.

Acabamos haciendo el amor frente a los árboles salvajes y la brisa exquisita de Portland. Ella se
entregó al completo y me miraba embelesada, realmente no entendía qué sucedía entre los dos,
pero muy dentro de mí se escondía la teoría de que sí sentía lo mismo que yo.

Recuerdo muy bien unas pequeñas palabras que dijo al tenerla entre mis brazos, las palabras
exactas que quedaron guardadas en mi cerebro para jamás irse.

—Es la primera vez que me siento segura. Aquí, en tus brazos, es como vivir en la calidez innata.
Me gusta estar así contigo —susurró, pegando la mejilla a mi pecho y cerrando los ojos en el
intento.

Su respiración chocaba con mi piel y su cuerpo desnudo se amoldaba al mío como si siempre
hubiésemos estado destinados a esto.

—Entonces no te vayas de mi lado nunca más —le dije, suplicando que así fuese.

Me miró con tanta intensidad que me cohibí ligeramente. Sus ojos… El reflejo mismo de la
destrucción y el paradójico paraíso, juntos, la calidez humana y la necesidad propia. Eso era ella.
Con su brillo espontáneo y mágico, el que me liberaba de cualquier miseria.
Le adoraba, realmente le adoraba a más no poder…

Pasaron los días y la situación entre los dos era diferente, pasábamos juntos más tiempo que
antes y no temíamos de lo que los demás pensaran. Nos sentábamos en la misma mesa en la
cafetería, con Jessica de lado de Mike, mirándonos con recelo. Nunca demostramos nada más
allá que una amistad frente a los demás, y realmente tampoco avanzamos mucho entre los dos
luego de aquel encuentro. Isabella se mostraba muchas veces triste y acomplejada, pero eso lo
atribuía al final de año cada vez que le preguntaba.

Una sola vez le vi una marca en la piel, justo en la muñeca. Eran dedos. No insistí en saber quién
era, porque era tan propio de ella que me daba miedo.

Sabía que Bella no se llevaba bien con su madre y el causante de eso era Phill, un hombre que
aparentaba ser un hombre modelo y que tenía a muchas mujeres comiendo de su mano, en
especial Renée, la madre de Bella. Él no trabajaba y se la pasaba en el bar, mientras ambas
mujeres discutían día y noche gracias a él. A Bella nunca le agradó y eso le molestaba en
demasía a su madre.

—No sucede nada, tranquila. —Le di una sonrisa tranquilizadora y ella corrió hasta mi lado para
abrazarme de golpe. Así era ella, muchas veces arisca, pero en otras ocasiones se pegaba a mí
como si me necesitara.

De cualquier manera le abracé también, me gustaba sentirla contra mí. Levantó el rostro para
mirarme y me tomó la mano para entrelazar sus dedos con los míos y llevarme hasta la zona del
baile, dentro del gimnasio de la escuela.

—¿Ya quieres bailar? —le pregunté cuando tiraba de mi mano para que nos acercáramos a la
pista.

Llevaba un vestido precioso de color azul profundo. Era vaporoso como el de Marilyn Monroe en
"The Seven Year Itch", aunque no tenía tanto escote, ya que a Bella no le gustaba. Cuando daba
vueltas entre pasos de baile, el vestido se elevaba ligeramente hasta hacerle notar entre las
personas en su alrededor.

Me tomó con una mano y me acercó a ella para que bailara también mientras los demás miraban.
Yo solo agaché la mirada y me dediqué a bailar con ella, girándola y sonriéndole a cada segundo.

—¡Vamos! Hazlo más rápido —me pidió.

Tomé su mano y le hice girar otra vez en su propio eje; el vestido volvió a elevarse entre sus
caderas y su cabello rizado estaba enmarañado sobre sus hombros. Cuando paré de hacerle
girar, cayó contra mi pecho, mirándonos entre risotadas y jadeos múltiples. Se apegó a mi camisa
y cerró los ojos otra vez, amarró sus brazos en mi cintura y me apretó con fuerza.

—Me encanta bailar contigo —susurró.

—Y a mí.

Fue el momento exacto en que alguien puso aquella canción, como si nos indicara que todos
estaban pendientes de nosotros. Blue Velvet de Bobby Vinton cantaba, indicándonos el azul
terciopelo del vestido de su amada. Bella abrió los ojos y me quedó mirando un largo rato,
invitándome a bailar otra vez.

Subió sus brazos a mi cuello, poniéndose de puntillas para alcanzarme. Sonreí y la tomé desde la
cintura para elevarla y dejarla sobre mis pies, para así movernos como uno solo, un solo ser bajo
la luna que se colaba por los grandes ventanales.

—Es una canción muy triste —murmuró mientras girábamos.

—Lo es. Pero le ama con tanta pasión que la estará esperando toda la vida —le dije, escuchando
el coro.

But in my heart there'll always be

Precious and warm, a memory

Through the years…

—Ella usaba terciopelo azul —señaló con la mirada triste.

La estreché con más fuerza y apegué mi mentón en su hombro, respirando su perfume excitante.
Ella movió el rostro hasta el mío y me besó con lentitud, poniendo ambas manos ahora en mi
pecho. Yo me dejé llevar, sintiendo su piel contra la mía, recogiendo sus jadeos y friccionando
nuestra carne. El aire se acabó y terminamos respirando con dificultad, juntando nuestras frentes
y mirándonos.

Bella tomó mi mano y me llevó hacia afuera, se quitó los tacos y me hizo correr junto a ella.
Pasamos por el pasto y algunos autos que estaban aparcados entre ellos hasta acabar en medio
de la plaza de la escuela. Hacía frío, pero no tanto, el viento azotaba nuestros rostros con fuerza,
sin embargo, no sentimos escalofríos en ningún minuto.

Sentimos el silbido de alguien a lo lejos y unas pisadas tórridas hacia nosotros. Nos giramos y
vimos a Emmett McCarty, Mike Newton y Sam Uley mirándonos amenazadoramente. No sabía
qué hacer, pero eso terminaría muy mal.

—No tenemos ni dos semanas de solteros ¿y ya te metiste con este pintor de cuarta? —exclamó
Emmett, dirigiéndose única y exclusivamente a Bella.

Ella se tensó y se soltó de mi mano. Fruncí el ceño. ¿Por qué había hecho eso?

—Mi vida no es de tu incumbencia —le dijo.

—¿Y tus sueños, Bella? ¿No que nos iríamos a Nueva York para cumplir tu sueño? Yo tengo
dinero, Edward no. ¿Serás su nueva ayudante de pintura? —Reía mientras hablaba, lo que le
daba un aspecto de imbécil atragantado con aire.

Sin embargo, sus palabras dolieron. Sabía que no era cierto, yo podía hacer de Bella la mujer
más feliz del mundo, pero dolía, porque realmente no era nadie en esta vida y ella sí tenía el
talento suficiente para brillar ante el mundo. Y Emmett podía hacerlo.

—No necesitas hacer este espectáculo, Emmett —le susurró ella, liberando ligeramente la
tensión.

Los tres tipos rieron estrepitosamente.

—¿Por qué? ¿Porque tu novio puede enojarse?

Se hizo un silencio eterno entre todos nosotros, en especial en Bella.

—Edward no es mi novio.
Entonces qué habíamos sido? ¿Por qué ella se había atrevido a acostarse conmigo sin importar
nada más? ¿Por qué me había besado con tanta adoración y me miraba como si quisiese
decirme algo? ¿Por qué había creído que sentía, por muy pequeño que fuese, un poco de amor
por mí?

Luego de aquel tétrico y bochornoso momento, los tres me golpearon y alejaron a Bella, a pesar
de que ella pedía a gritos que le dejaran. Cuando Jessica buscaba a Mike, me encontró
ensangrentado en el pasto. Me dolía todo el cuerpo y ella me ayudó a limpiar algunas heridas.

No me dijo nada con respecto a Bella, solo me avisó que no saldría nunca jamás con Mike.

Vi a Bella en nuestra graduación y luego cuando se fue sin razón, alegando que yo no podría
darle absolutamente nada. Me dejó vacío y sin nada, con el corazón muerto y a la espera de que
alguna vez volviese, pero ya de eso habían pasado diez años. Diez largos y tortuosos años…

— ¿Por qué me miras así? —pregunta Jessica luego de pasarme el plato.

—Recordaba algunas cosas —le digo.

—¿Cómo qué?

No sé si es mi idea o qué, pero hoy parece mucho más dulce que antes.

—Recordaba la noche de la fiesta. —Ella sabe perfectamente de lo que hablo, no necesito


explicar más.

Me mira un momento, lo que indica que pronto nos sentaremos a hablar. Luego de eso nos
proponemos cenar tranquilamente bajo la luz de la televisión, hablando de nuestros próximos
proyectos de vida, o sea ninguno. Papá cuenta sobre su enfermedad y nos propone que estemos
más preocupados por nuestra salud, ya que la diabetes se está volviendo una masacre en pleno
año 79.

Cuando acabamos la gustosa cena, papá se va a acostar y Jasper tiene que irse a casa, pues
mañana debe ir a trabajar. Jessica y yo nos quedamos en silencio, aunque es cómodo a pesar de
todo.

No tarda en comenzar:

—¿Sigues recordándole?

Asiento.

—Lo sabía, sabía que ibas a ver aquella noticia en la televisión.

—Lo lamento…

—No tienes nada que lamentar, Edward —susurra. Por primera vez creo que no va a
regañarme—. Pero me duele que pases por estas cosas.

Miro al suelo, avergonzado e intranquilo. No sé qué hacer. Quiero olvidarla, dejar de pensar en
ella, pero es imposible. Pero creo que ya es tiempo de acercarme a quien me ha estado
esperando toda mi vida, dejar el pasado atrás y asegurarme del presente. Y sé que puedo hacerlo
con Jessica.

Cuando ella se va a su casa, yo subo las escaleras hasta mi cuarto y me acuesto sobre los
edredones y con ropa, mirando hacia el techo, meditando y reflexionando sobre mi vida.
¿Qué es lo que espero de la vida? ¿Cuáles son mis metas? Nada. Ninguna. ¿Qué estoy haciendo
conmigo mismo? No lo sé.

Suspiro y me aferro a la almohada por un momento, aún no puedo dormir. Miro hacia mi izquierda
y veo los cuatro cuadros que he estado pintando durante estos últimos meses. Isabella sonriendo,
Isabella entre las flores, Isabella de niña, Isabella con vestidos exuberantes… No puedo
quitármela de la cabeza, realmente no puedo.

Cuando ella se fue, me alisté en la guerra para quitarme la rabia, lo bueno fue que no sucedió
nada fuera de lo común, luego estuve cerca de dos años viajando hacia algunas ciudades
mostrando los cuadros que tenía con su rostro, preguntando si alguien le había visto o algo, pero
siempre recibía un 'no'. Me preguntaban si los vendía, pero yo no quería vender el retrato de
Bella, era como profanar su espíritu. Volví a casa cuando supe que papá tenía diabetes, y luego
de tres años más supimos que Isabella trabajaría en una conocida película. En ese momento fui
feliz, porque todos sus sueños habían sido cumplidos.

Verla en algunas pantallas de televisión era un sueño surrealista, la vi crecer cinco años, hasta
hoy. Insisto en pensar que es feliz, que encontró el amor, qué se yo. Pero también ansío que
vuelva, que deje los vicios, que se aferre a mí para quitarla de ese mundo lleno de lujos horribles
y quizá qué maldades, porque quiero que seamos lo que nunca fuimos. Y sé que todo eso es un
sueño. Un maldito sueño volátil.

Espero les haya gustado :3 Las espero muy pronto para subir el cap IV de parte de Bella.

Un beso grande a aquellas que me leen incondicionalmente.

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo escuchar la canción Bel Air de Lana del Rey y I wanna be loved by you de
Marilyn Monroe.

IV

Bella POV

Las Vegas, 4 de Julio, 1979

Las luces se entremezclan con las cámaras de algunos personajes y los flashes iluminan mis ojos
hasta marearme eternamente. Me aferro al brazo de James e intento parecer inquebrantable. Es
difícil, algo casi imposible.

Siento un hoyo inmundo en mi pecho cada vez que me muestro como no soy, nunca tiene sentido
y se me hace realmente difícil. Y odio a los hombres que me miran como si fuese nada más que
un objeto, un sucio y placentero diamante en bruto.

Sí, odio a los hombres y sé que muchos de los que me rodean no son capaces de amar. Y yo
tampoco soy capaz de amar. Soy una explosión constante, libero gases tóxicos y detono a ratos,
incapaz de continuar. Deberían de alejarse de mí, soy miserable, trastornada… Pero tengo
talento, actúo frente a todos ellos haciéndoles creer que todo esto es lo que me agrada, que cada
uno es tan importante para mí como yo lo soy para ellos. Patrañas.

Quiero una botella de alcohol y embriagarme para aferrarme al recuerdo de mis años felices. No
sé por qué lo hago, pero recordar a mamá aliviana un poco mi dolor, pero a mi madre antes de
que llegase Phill, porque luego se me hizo insoportable.

Un chico me ofrece una bandeja con copas y enseguida tomo una. James me mira por el rabillo
del ojo para que no vaya a hacer alguna estupidez. Me encojo de hombros y me dedico a saludar
a la gente que no me interesa, pues es más divertido.

—¿Te ha sucedido algo de camino hasta acá? —me pregunta Alice tomándome del brazo para
que le haga caso.

—No —le digo.

—Bella, me preocupas, has estado bebiendo bastante últimamente.

Ruedo los ojos en ese mismo instante. ¿Qué le importa? Es mi vida, puedo hacer lo que quiera
con ella.

Sin embargo, no le contesto y me encojo de hombros.

—James está preocupado —me dice y yo río.

—No digas estupideces.

—¿Es una estupidez que él se preocupe?

Parece molesta y yo también lo estoy.

—Sí. ¿A quién quieres engañar? A él no le interesamos más que por el dinero, nada más.

Alice no dice nada al respecto porque tengo razón. Me duele pensarlo, a pesar de todo me duele
pensar que solo somos una atractiva fuente de dinero.

—Pareces una flapper* —le molesto y me río otra vez.

Frunce el ceño notoriamente y luego sonríe, mostrando sus bonitos dientes.

—Creí que esto estaba de moda —señala hacia su vestuario de plumas vanguardistas.

—Estaba de moda, pero en los años veinte, Marie Alice Brandon.

Luego de un rato, Alice se pone a coquetear con un chico que había más allá, creo que es
empresario. Yo miro hacia mi alrededor con una copa en la mano y trago grandes sorbos. El
líquido calienta mi esófago y yo espero a que haga efecto muy luego.

Me recargo en la barra y me dedico a esperar a que pase el tiempo, que la vida me consuma y
me deje escapar de este infierno. Es en este momento cuando llego a la conclusión de que quiero
estar muerta, pero la misma muerte es demasiado apacible, demasiado tranquila. No me la
merezco.

—No deberías mirar tan fijamente, das un poco de miedo —me dice un hombre a mi lado.

Giro la cabeza de inmediato y me encuentro con un chico moreno y alto de grandes ojos
marrones. Me sonríe y sus dientes son bonitos, su perfume cala mis fosas nasales y su traje le
hace ver apetecible y seguro de sí mismo.

—Supongo que doy miedo todo el tiempo —le contesto.

El chico ríe y eso me hace sonreír a mí. Me tiende otra copa y yo la recibo encantada.

—Soy Jacob Black —dice—. Bailo en Broadway desde hace años. Tú eres Isabella Swan, la
grandiosa Isabella Swan.

Miro al suelo algo frustrada. ¿Qué tengo de grandioso? ¿Dinero? ¿Una cara bonita? Solo soy una
puta cara creyéndose la estrella del mundo. No, eso ni yo puedo creérmelo.

—A veces las personas demostramos ser mucho, cuando en realidad estamos podridos por
dentro. —Me trago el líquido carmesí y caliento mis entrañas.

Jacob no dice nada por un largo rato y yo tampoco, quizá porque mi comentario sonó demasiado
confianzudo y a él no lo conocía.

Al rato abre la boca para hablar:

—Feliz 4 de Julio. —Golpea mi copa con la suya y yo no puedo evitar sonreír.

—Feliz 4 de Julio —le digo también.

James me mira y me pide que me acerque. Jacob me sigue y no sé por qué, aunque no me
molesta. Alice está a su lado y espera con ansias el momento de bailar; le fascina
indudablemente. A ella le gusta divertirse, sonreírle a la vida y yo le envidio aquello, pues no soy
capaz de olvidar todo lo que he pasado en estos diez años.

—Sería bueno que fuesen a tocador ustedes dos, el Sr. Louis quiere conocerlas.

Miro a Alice y ella me hace un gesto con los labios. Veo que tengo que obedecer pues es serio.
Asiento y me voy junto a Alice hacia los baños que están a media vuelta de las máquinas llenas
de luces y gente apostando, ganando millones, perdiendo millones, sufriendo por ello…

Cuando entro al lugar me deslumbro notoriamente: es un lujo de pies a cabeza. Dorados retretes
y mármol en las paredes. Se ve que el tal Louis es un hombre muy adinerado y poderoso, ya que
todos le hacen caso y nosotros somos los juguetitos que quiere conocer.

Me giro y veo a Alice cerrando la puerta con llave. Le miro algo curiosa y ella se acerca, se pone
las manos en la cintura como un jarrón y levanta las cejas.

—¿Qué sucede contigo últimamente?

No sé a qué se refiere. Niego y siento que el cerebro se me remueve, me mareo y tambaleo. Ups.
Me he emborrachado antes de lo previsto.

—Estás ebria —afirma.


Me encojo de hombro, pongo mis manos en el grifo para mojarlas y llevarlas a mi rostro.

—Bella, me preocupa…

—No comiences con eso —le ordeno.

—¿Por qué? —bufa—. ¡Deja de huir de los problemas! ¿No lo entiendes? Si sigues así no podrás
ser feliz.

Ese comentario ya me tenía harta.

—¡Ya basta de decirme que sea feliz! —le grito salpicando el agua—. ¡No seré feliz nunca! No
sirvo, no lo necesito. Perdí a quienes podían darme la felicidad y no puedo recuperarlos. —Las
palabras salían como el aire—. Tú eres capaz, yo no.

A través del espejo pude notar el dolor en los ojos de Alice. Apreté mi mordida, aún sentía rabia
acumulada y odio hacia todo lo que me rodeaba.

—Estoy bien —afirmo.

Asintió.

—Estaré esperando afuera —me dice.

Arreglo mi podrido maquillaje y salgo a rastras del lugar. Estoy mareada y todo me da vueltas. No
debí beber tanto, pero me siento angustiada inclusive ahora que no debería estarlo. Me aferro a la
pared e inspiro hondo el aire que hay a mi alrededor. Necesito un cigarrillo para quitar el dolor,
sexo y alcohol.

Edward. Dios… ¡Sal de mi cabeza!, me digo a mí misma. No sé por qué, pero últimamente solo lo
recuerdo, una y otra vez, sin consideración. Siento culpa, rabia, desazón. No puedo evitar pensar
qué sería de mi vida ahora si me hubiese quedado con él en Forks.

Cuando Madame Esther me encontró yo tenía diecinueve años recién cumplidos, recién llevaba
un año fuera de mi casa y de Forks, por lo cual no me adaptaba mucho al mundo exterior y lo
doloroso que era vivir en Nueva York. Trabajé seis meses de mesera en una conocida cafetería
de la carretera y luego incursioné en el cine pornográfico, pero no como actriz, sino como
asistente.

Vi cosas terribles, cosas que cualquier persona no se atrevería a soportar, pero yo necesitaba
dinero, necesitaba alejarme de mi antigua vida y meterme en otra. Lo peor era que todo era mejor
que vivir lo que viví, absolutamente todo.

El cine pornográfico había comenzado su boom hacía muy poco, recién en ese año, 1972, la
gente compraba sus tickets para ver públicamente Deep Throat. Conocí a Linda Lovelace, pero
solo porque yo tuve que sostener uno de los focos. Le golpeaban y le obligaban a consumir su
dignidad frente a la cámara con un hombre que no conocía y que, además, no sabía tratarle.

Me despidieron cuando intenté defenderle. Luego no supe más de ella.

Vagabundeé por las calles de Brooklyn, dormía en pequeñas piezas con el poco dinero que me
quedaba. Todos esos ahorros para integrarme a Broadway se habían ido abajo. Además, solo
quería un puesto pequeño, ya que no sabía cantar. Todo, absolutamente todo se había ido a la
basura.

Cuando pretendía dormir en una banca de la plaza, una linda chica me encontró entre la
oscuridad. Se llamaba Rosalie Lilian Hale, una rubia mujer de veinticinco años. Era hermosa, tan
hermosa y perfecta que hasta me costaba creerlo. Cualquier mujer perdería su autoestima al
verla, realmente no consideraba ningún error en ella.

—¿Estás bien? —me preguntó, acercando su mano a mi rostro para tocarlo.

Asentí rápidamente. La observé. Tenía un lindo vestido verde agua y un sombrerito recto en la
cabeza. El collar de perlas que colgaba de su cuello solo le alargaba más y más su perfecta
simetría. Era elegante, perfecta y hermosa como ninguna.

—Tengo frío —proferí jadeante.

La rubia frunció el ceño y luego gesticuló con lástima. Sus manos tenían guantes de cuero blanco
y eran cálidos. Me tomó desde la muñeca y me pidió que me levantara. Lo hice a duras penas,
me sentía tan débil que apenas podía sostenerme.

—¿No tienes adónde ir?

Negué con mi cabeza.

—Yo puedo llevarte a un lugar muy cálido, ¿te parece? —Su aliento olía a canela y a fresas.

—Pero no tengo dinero para pagarte —siseé. Una nueva brisa atravesó mis huesos.

La rubia sonrió, mostrándome sus blancos y perfectos dientes. Las comisuras de sus labios se
elevaron por s rostro hasta hacer aparecer unos hoyuelos en lo alto de sus mejillas.

—Puedes pagarme de otra manera —finalizó.

Tomé mi pequeña maleta y me fui con ella. Ahí conocí a Esther, Madame Esther De Louville.
Rosalie era una de sus más grandes prostitutas, servía solo a políticos conocidos y estrellas de
camino a Broadway. Un par de veces se ofrecía a mujeres, aunque era más caro.

Madame Esther me ofreció un trabajo de inmediato, tenía que compartir cuarto con Alice
Brandon, la que luego se convirtió en mi amiga. A Rosalie la veía muchas veces cuando nos
dábamos baños de tina o compartíamos experiencias y yo no terminaba por agradecerle a duras
penas todo lo que hizo por mí. Sí, quizá me había adentrado al peor de los mundos, pero si así no
hubiese sucedido entonces mi vida hubiese terminado en el congelamiento de las calles de
Greenwich.

Envidiaba la soberbia de Rosalie y su impenetrable corazón. Siempre me confesaba que quería


casarse con un hombre rico y tener muchos hijos. Yo lo encontraba estúpido. ¿Para qué casarse?
Enamorarse era una mierda y ligarse a alguien legalmente lo era aún más. Tener hijos era aún
peor, porque mi vida no era un ejemplo, menos la de Rosalie.

Madame Esther me dijo una vez que para lograr nuestros objetivos teníamos que olvidarnos de
ser felices, sobre todo del amor, la familia y la amistad. Tenía razón. Yo ahora soy la acaudalada
actriz de cine Isabella Swan, el Picaflor de Hollywood, pero ¿qué tengo entre mis dedos?
¿Dinero? ¿Placeres burdos? ¿Todo eso después de vivir tantas humillaciones, engaños y
lágrimas?

La vida es una mierda y yo estoy en lo más profundo, en el bodrio de la delicadeza y sofisticación,


una vida miserable. ¿Cómo pueden adorar a una prostituta como yo? Al fin y al cabo era un caro
lujo de mierda, el dinero me movía, el sexo sin ataduras, el rencor y la miserable conducta
suicida.
Sonrío frente al espejo y luego golpeo mi reflejo con odio.

—¿En qué te convertiste? —me pregunto a mí misma, golpeando el espejo una y otra vez.

Tan hermosa, tan perfecta… Perfecta, já. No poseo ningún tipo de narcisismo, alguna vanidad,
nada.

—I couln't aspire to anything higher, than to fill the desire to make you my own, paah-dum paah-
dum doo bee dum, pooooo!*—canto sonriendo con petulancia, poniéndome el cigarrillo en la boca
y encendiéndolo al mismo tiempo—. Solo aspiro al deseo de hacerte mío… Solo quiero sentirme
protegida en tus brazos otra vez… —lloro, quitándome el cigarrillo de la boca con una mano y con
la otra apoyándome contra mi reflejo.

El maquillaje me chorrea por las mejillas y siento el cálido dolor en mi pecho. Pero reprimo otro
sollozo, no puedo permitírmelo, se suponía que estaba olvidado, que todo lo referente a él se
había ido a parar a su lado, o sea que estaba muerto. Pero solo quiero estar muerta, solo eso…

Inspiro el humo de mi cigarrillo y luego exhalo haciendo pequeños círculos en el aire. Me limpio la
piel manchada y retoco los labios con el labial. Intento sonreír a pesar del dolor y la angustia,
tengo que ser fuerte y no dejarme caer por mi pasado, no cuando el pasado está muerto.

Todavía me siento borracha y las piernas me flaquean un tanto, pero logro estabilizarme. La
gente me para de vez en cuando para saludarme o sonreírme, me dicen que me admiran y que
soy una mujer hermosa. Qué patético. ¿Cómo pueden admirar a una persona tan nefasta, a una
puta obsesionada con su imagen frente a la cámara? Tengo que ser cínica y sonreír también,
diciendo un 'gracias' sin fundamento.

Me pierdo entre la gente que se junta para escuchar al cantante famoso y llego a subir algunos
escalones hacia algún lugar que no conozco. Escucho la música dance y disco de Abba; están
cantando en vivo y por eso la gente está desesperadamente envuelta en la multitud. No sé por
qué me meto en una de las puertas creyendo que podía salir del gentío, pero sé que es la puerta
incorrecta.

—Oh. Lo siento —exclamo al topar con un hermoso escritorio de fina madera.

Un hombre de cabello negro como la noche mira hacia el gran cristal, fumando un puro en su silla
gigante de cuero. Se gira lentamente a mirarme y me topo con un hombre de ojos azules, quijada
dura y labios carnosos. Es joven, no pasa de los 32.

—Buenas noches —susurra con una voz varonil, ruda y electrizante.

—Buenas noches —susurro también algo intimidada por la intromisión de mi parte.

Eleva una ceja y sonríe. Oh Dios, estoy haciendo el ridículo.

—¿Está usted bien, Srta. Swan? —me pregunta levantándose de la silla para rodearme la cintura
con un brazo—. No se ve muy sobria —dice en broma.

Ruedo los ojos y me dejo agarrar porque creo que puedo desmoronarme. Siento su perfume
intenso y la calidez que hace mucho no percibo. Me siento tan cómoda en sus brazos que es raro.

—Debería estar abajo, mi padre no querría que usted estuviese tan expuesta en estos lugares. Es
el ligue de todo el público, ¿sabe?

—¿Quién es usted?
Entrecierro los ojos, pero no logro identificarlo, menos con la luz tan apagada.

—William Harrington —toma mi mano y besa el dorso sin quitarme la mirada de encima—. Mi
padre es Louis Harrington.

Abro mi boca sin poder creerlo y le quito mi mano con disimulo. No sabía que tenía un hijo. ¿Esta
era oficina de él o de su padre? Miro a mi alrededor, pero no reconozco nada.

—Disculpe, buscaba la manera de salir de tanta opresión, me metí al lugar incorrecto.

William hace un gesto con su mano, quitándole importancia al asunto.

—Tiene suerte de que haya aparecido yo, a mí padre le molesta un poco que se entrometan en
sus… asuntos —dice con la voz baja.

Ugh. Al parecer el tal Louis Harrington no tiene el carácter muy amable.

—Descuide, yo solo me he equivocado de lugar. Mis amigos deben estar esperándome para ver
el espectáculo. Si me disculpa… —Intenté salir de su paso, pero me retuvo por un momento,
mirándome extasiado con sus potentes ojos azules.

—Me gustaría acompañarle. Mi padre quiere conocerle y yo puedo llevarle con él.

Asentí para irme luego de este oscuro lugar.

Me tiende el brazo y yo lo rodeo con nerviosismo. No sé qué es, pero el tipo me causa
escalofríos.

Veo a la multitud con copas en la mano mirando al conjunto sueco bailar al ritmo de su música
movediza. No me gusta realmente, se me hace demasiado feliz y yo no estoy feliz. Alice me
encuentra con los ojos y corre hasta mí para regañarme por mi horrible falta de compromiso, pero
nota la presencia del hombre que está a mi lado y se calla.

—Buenas noches, señor…

—Harrington, William Harrington. —Le toma la pequeña mano a Alice y se la besa tal como lo
hizo conmigo—. Es un agrado conocerla, Srta. Brandon.

—El gusto es mío —señaló ella sonriéndole de por medio—. ¡El espectáculo está increíble!
Adoraría conocer a su padre para agradecerle el que nos haya invitado.

William esboza una sonrisa arrebatadora y Alice se sonroja un poco. Ruedo los ojos y me rio un
momento, me gusta verla tan enamoradiza, picando por aquí y por acá con cada espécimen
humano en busca de un corazón bueno que le dé amor. Esa es la diferencia entre Alice y yo, ella
quiere amar y yo solo coger.

Tomo uno de mis cigarrillos y me dedico a encenderlo, pero rápidamente ponen una llama frente
a él para ayudarme. Observo, es William con sus ojos oceánicos. Inhalo el humo y él quita la
llama para encender uno él también. Alice no fuma, así que prefiere acercarse a James.

—¿Puedo preguntarle algo sumamente personal? —inquiere él distraídamente.

Me encojo de hombros. ¿Qué puede preguntar él que me llegase a molestar si apenas me


conoce?

—¿Por qué ha estado llorando?


La pregunta me descoloca y me siento encerrada. ¿Qué puedo responderle?

—Eso a usted no le importa —digo quedamente.

William se ríe y eso me molesta en demasía.

—Usted dio la aprobación a mi pregunta —se nota divertido.

Lo miro.

—Solo me encogí de hombros, lo que no quiere decir que deba responderle a todo lo que usted
quiera. —Siento que mi tono de voz se ha elevado, pero intento no darle importancia.

Se queda callado y eso me llama la atención.

—¿Es infeliz? —Otra pregunta que me descoloca.

—Las personas no siempre somos felices, solo demostramos serlo por órdenes o… por placer
—susurro.

—¿Cómo una persona puede fingir ser feliz por placer?

—Simple. Si quiero el dinero no puedo demostrar debilidad, toda queja pasa a segundo plano
cuando tengo que mostrar una sonrisa radiante, de lo contrario pierdo todo lo que tengo. —O sea
nada.

William se queda callado y el espectáculo ha finalizado. Comienza la música en vivo llena de


covers que conozco interpretada por cantantes muy poco famosos. En este caso tocan música de
Elvis porque ya está muerto.

—Pero qué tenemos aquí —exclama una voz ronca y gastada. La conozco, pero no sé de dónde.

—Papá, mira a quién tengo a mi lado —le dice William a Louis Harrington.

Me giro lentamente con el corazón apretado y veo a un hombre de cabello gris y mirada
petulante. Es grande, como su hijo, alto y no parece que tuviese más de cincuentaicinco años. Lo
conozco…, pero de dónde, no lo sé.

Los ojos azules de Louis me analizan y se topa con mi rostro. Ya sé quién es.

En el prostíbulo conocí cosas muy diversas, maravillas y sofisticaciones que no cualquiera


conocía. Nos educaban para satisfacer el 'hambre' masculino y ahí aprendí a hacer muchas
cosas, sobre todo a satisfacer el deseo de diferentes formas. Había prostitutas diversas; chinas,
japonesas, rusas, francesas, inglesas, americanas y latinas. Muchas de ellas estaban ahí por el
dinero o porque no tenían qué hacer con su vida consumida por las drogas, pero también habían
mujeres que estaban ahí por obligación.

Más de una vez vi a mexicanas y dominicanas esclavizadas bajo hombres poderosos, pedían a
gritos el socorro de nosotras. Muchas eran vírgenes, unas niñas que apenas conocían la vida. Y
lo más peligroso era que, si llegábamos a abrir la boca, nos llegaba un balazo en medio de los
ojos.

No sé si fue suerte, una maldición, una perversidad de la vida, pero a Rosalie la vendieron a un
hombre que muchas veces la pedía a ella exclusivamente y le pagaba miles de dólares. Le
prometió casarse en cuanto pisaran su casa junto a la playa, que iba a darle una familia llena de
niños. Rose aceptó, pero no entendía por qué la habían vendido como a un paquete.
Royce King Junior, así se llamaba, amigo de Louis Harrington, a quien vi asesinar frente a mis
ojos a dos chicas españolas, el dueño de aquel tráfico de mujeres y el beneficiario del prostíbulo
de Madame Esther.

Me pagó más de tres veces una cogida y yo tenía que ir con él, sino me quedaba sin trabajo.

Busqué en sus ojos algún dejo de reconocimiento, pero no había. Luego miré a William, quien me
sonreía abiertamente. ¿Él sabría de las andanzas de su padre? ¿Por qué quería conocer? ¿Era
por mi nombre de actriz o porque quería volver a ver a la prostituta que salió de sus redes para
convertirse en un nombrecillo de Hollywood?

—Es un honor conocerla, Srta. Swan —dijo Louis.

FLAPPER*: es un anglicismo que se utilizaba en los años 1920 para referirse a un nuevo estilo
de vida de mujeres jóvenes que usaban faldas cortas, no llevaban corsé, lucían un corte de
cabello especial (denominado bob cut), escuchaban música no convencional para esa época
(jazz), que también bailaban. Las flappers usaban mucho maquillaje, bebían licores fuertes,
fumaban, conducían, con frecuencia a mucha velocidad, y tenían otras conductas similares, que
eran un desafío a las leyes o contrarias a lo que se consideraba en ese entonces socialmente
correcto.

I couln't aspire to anything higher, than to fill the desire to make you my own, paah-dum
paah-dum doo bee dum, pooooo!*: Canción interpretada por Marilyn Monroe; I wanna be loved
by you.

Buenas noches, vengo con el cuarto capítulo de este fanfic que recién está comenzando. Las
dudas están aún, pero pronto saldrán a la luz algunos secretos muy rudos. Espero les guste :) Y
un gran abrazo a quienes aún siguen pendientes.

Solo pido paciencia... Un beso grande.

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Bella POV

Las Vegas, 4 de Julio, 1979

A pesar de todo no tengo miedo, si yo no abro la boca entonces él tampoco lo hará. El pasado de
puta jamás me lo podré quitar de encima, más con los demonios eternos que tengo sobre mi
cuerpo. Louis no puede abrir la boca, porque de igual manera lo único que tengo es esto, mi
fama, mi dinero, mi carrera. Quizá no me gusta, quizá estoy inmunda en la miseria eterna, pero es
lo único que he logrado en mi vida y no podré dejarlo ir por haber sido una puta.

¿Qué pensarían de mí al saber que estuve en un prostíbulo vendiendo mi cuerpo sin


consideración? ¿En qué quedaría Isabella Swan, el Picaflor de Hollywood, si todo el mundo
supiera que en mí se esconde una bazofia asquerosa?

Deseo y suplico que Louis no abra la boca y yo tampoco lo haré.

—Muchas gracias por la invitación, Sr. Harrington —le digo lentamente, analizando su forma de
comportarse.

Tiene un bigote pequeño en el labio superior que se encorva hacia los lados. Sus ojos son fríos y
calculadores, eran los ojos de un asesino. Lleva un esmoquin negro y un moño en el cuello, como
su hijo. Se parecen, ambos tienen similitudes, sin embargo, William posee unos ojos dulces y
cautivadores.

—No sabe lo feliz que me hace saber que está en mi nuevo casino, la gente sabe que las
estrellas como usted solo se presentan en lugares lujosos y perfectos como Matrushka. ¿Gusta
beber algo? —me ofrece Louis cuando un chico para frente a nosotros.

Yo tomo una copa con rapidez y la sostengo con fuerza entre mis dedos. Sopeso el impacto que
esto me produce, pero creo que puedo hacerlo.

—¿Qué tal si nos ponemos a bailar? El ambiente está muy agradable —señala Louis.

Yo asiento y me acerco a los demás, quienes bailan felizmente en la pista junto a los demás. Miro
a Alice y ella hace lo mismo en cuanto contacta sus ojos con los del Sr. Harrington. Se estremece
y me toma la muñeca con rapidez.

—Buenas noches, Srta. Brandon —susurra él elevando el puro en sus dedos.

—Buenas noches, Sr. Harrington. Su fiesta y su casino son una maravilla. Muchas gracias por la
invitación —dice ella—. Si me disculpa, mi amiga y yo queremos ir a beber unos Martini —sonríe
adorablemente y Louis lo hace también.

Cuando nos alejamos veo por el rabillo de mi ojo que él también lo hace. Siempre nos ha
reconocido, algo quiere, no sé por qué hace esto. Me siento nerviosa. Dios.

—¡Carajo! —gruñe Alice al chocar contra la barra—. ¡Es él! Dios mío…

Siento mis ojos picando, las lágrimas quieren salir y yo no sé qué hacer para evitarlo. La gente
nos mira y nos señala, sonríen y se sienten en la gloria porque respiran nuestro oxígeno.

—Es lo único que tengo. Si él abre la boca todo esto se irá abajo —exclamo.

—¿Te ha dicho algo? —me pregunta.

—No.

—Ah. Entonces quizá no se acuerda de nosotras.

Niego con la cabeza.

—Es imposible. Me pagó muchas veces, ¿cómo no acordarse de mí?


Alice retuerce sus plumas entre sus dedos y muerde su labio. Está nerviosa. La comprendo, yo
también lo estoy y mucho. Gracias al cielo que ella nunca se acostó con él, sino sería todo aún
peor.

En un segundo rápido me toma el rostro entre sus manos y me mira.

—No dejaremos que esto nos hunda jamás, Bella. ¿De acuerdo? —Su voz es enérgica y férvida.

Asiento ante sus palabras.

—Nos costó mucho llegar hasta aquí; sudor, lágrimas y sangre. Ese viejo de mierda no abrirá la
boca, te lo aseguro, no lo hará.

Asiento otra vez.

Cuando Alice dice esas cosas sé que tiene razón, ella siempre me protege y se lo agradezco
muchísimo. Además, si tiene incertidumbre ante su futuro ve las cartas; nunca falla.

Sí. Debo permanecer tranquila y aferrarme a la idea que aquel hombre no abrirá la boca. Mi
carrera es lo único que tengo, lo único que he logrado. No puedo darme el lujo de perderlo, no
ahora que he dejado de lado tantas cosas por esto.

—Ahora iremos a bailar y a disfrutar —vuelve a decir Alice.

Le quito las manos de mi rostro y me acerco hacia William y Louis. El primero me tiende su mano
y yo la agarro con fuerza para intentar actuar normal. La sonrisa que él me da me tranquiliza en
varios grados y no sé por qué, ya que es el hijo de aquel hombre al que vi asesinar a sangre fría.

La música es tranquila y sofisticada, pero sin dejar la alegría de lado. De a poco voy soltando el
aire y me relajo. No es la primera vez que me encuentro con un cliente (aunque no con un
asesino), puedo manejar la situación, no es difícil, solo debo actuar normal, como ahora.

—Me intriga la forma en que observas —me susurra Jacob, el chico bailarín que encontré en la
barra.

Estamos bailando en la pista, los demás también lo hacen pasivamente.

—No sé qué tengo de especial —le digo sinceramente.

—Estás triste —indica—, lo estás todo el tiempo.

—¿Cómo sabes eso? —inquiero atolondradamente.

No me doy cuenta de lo rápido que doy vueltas en la pista.

Se encoge de hombros y sonríe amigablemente.

—Tú no me recuerdas —parece divertido.

Frunzo el ceño con profundidad y Jacob pone su dedo índice entre mis cejas para que relaje el
gesto.

—Estábamos juntos en el campamento de verano en La Push —recuerda—. Tú tenías 16 y yo


14. Fue un castigo que te dieron por haber faltado el respeto a la Srta. Travelech, de lengua. Me
pusieron a cargo para que te enseñara como subirte a una canoa y tú te caíste en el intento.
Miro al suelo. Lo recuerdo, sí. Dios, qué días aquellos. Estaba feliz a pesar del dolor que me
producía mi padrastro, más que nada porque Edward iluminaba mis días.

—Ahora sí te recuerdo —susurro—. Perdón yo… a veces acostumbro a olvidarme de mi pasado.

Jacob asiente y frunce los labios.

—Cuando supe que vendrías no dudé en buscarte, me caíste bien aquella vez —dice.

Louis toca el hombro de Jacob y yo me tenso en un segundo. Oh Dios, ¿qué quiere?

—¡Sr. Harrington! Qué gusto.

—¿Sería tan amable de entregarme a la señorita por un momento? —le pregunta el hombre.

Jacob le deja el pase libre y yo trago saliva cuando sus manos me tocan.

Bailamos unos segundos bajo la música natural del jazz y yo espero a que diga algo hasta que lo
hace, y lo que dice me deja realmente inquieta.

—Tanto tiempo sin vernos, Marie Marilyn.

Lo dijo, dijo mi nombre de aquel prostíbulo. Todos me conocían como Marie Marilyn por mi corte
de cabello tan parecido al de Monroe, a aquella sensualidad innata que poseía según ellos, los
hombres. Muchos de ellos me pedían que les cantara a pesar de que no lo hacía muy bien. Una
vez un político aspirante a la presidencia me pidió mis servicios y en medio del coito ansiaba que
le cantara el cumpleaños como lo había hecho Marilyn Monroe aquella vez con Kennedy. Él
también estaba de cumpleaños.

No sabía por qué generaba aquello. Quizá por mi admiración hacia ella, por mi forma de
comportarme, por mi vida tan parecida a la de aquella diva… Pero Marilyn jamás fue una zorra
como yo. Y no nos parecíamos nada físicamente. Ella tenía atributos, belleza ideal, una sonrisa
perfecta, un cuerpo envidiable. Yo era la nada misma.

—La joya te queda perfecta —señala con una sonrisa cínica—. Pensé en regalártela como lo
pedías antes, ¿lo recuerdas?

Aprieto los labios, él no puede hacerme sentir mal.

—Ya no las necesito —le digo.

—Ya veo… Dejaste el pasado de puta para convertirte en una bonita actriz de cine. Vaya cambio.

—¿Qué quiere? —le pregunto.

Louis sonríe y me toca el cabello que está puesto a un lado de mi hombro.

—Te ha crecido bastante —señala—. Solo quería volver a verte, cariño.

—¿Quiere desenmascarar mi pasado y echar abajo mi carrera? —sueno directa y segura de sí


misma, eso me sorprende.

Tengo miedo, tanto que quiero salir corriendo y morir en el intento. Me siento expuesta y odio
aquello, odio que todo lo que tanto temía saliera a la luz.

—Oh no, claro que no —susurra—. Solo quiero advertirle que el pasado jamás se va, cariño, el
pasado está siempre presente entre nosotros. ¿O me equivoco? —vuelve a sonreírme.

Niego con mi cabeza.

—Las putas como tú merecen que se les recuerde lo que son. Jamás dejan de serlo, por más
dinero, joyas, regalos y amor que tengan para con su alrededor, siguen siendo unas putas
—ríe—. El deber de ustedes es satisfacer, nada más que eso. Eres una ramera, Isabella Swan, y
eres testigo también de un trabajo que hice en aquel prostíbulo.

Maldición. Siento la sangre helada y un sudor horrible en mi columna. ¿Es capaz de


extorsionarme por esto? ¿Pero por qué ahora que ha pasado tanto tiempo? Mamá está enferma,
no quiero que sepa en los pasos que estuve metida anteriormente, por Dios no, no quiero.

—Sabe que no diré nada…

—Shh… —me calla—. Te he tenido bajo mis ojos durante todo este tiempo. James no lo sabe,
pero me ha hecho un favor al traerte aquí. ¿Sabes? Él también está inmiscuido en mis redes.
—Acerca sus labios a mi rostro con sumo cuidado—. Nadie sale de mis garras, Isabella, nadie,
menos una puta como tú.

Trago otra vez y me obligo a no llorar, eso es para débiles. Debo ser fuerte y dejarme fluir.

—Puedo volarte los sesos a ti y a tu amiga Alice. ¿Quieres eso?

—Alice quiere vivir, no te metas con ella.

Ríe otra vez y me da la vuelta.

—Podríamos hacer un trato —me dice—, haces lo que yo te ordene y dejo libre a tu amiga, ¿te
parece, putita?

Asiento rápidamente.

—Así me gusta. —Mira hacia un lado y levanta las cejas—. Tengo un placer culpable y ese es ver
a mi hijo feliz sea como sea. ¿Sabes que está horriblemente obsesionado contigo? Yo no sé por
qué tiene ese afán de atribuirse todas las mujeres putas y zorras —su comentario no debe
dolerme, pero lo hace—, pero bueno, está ensimismado en conocerte.

Mis ojos se llenan de lágrimas por todo esto, no me lo merezco, siento que no merezco seguir
viviendo la miseria que fui.

—Quiere que su hijo se acueste con esta puta —digo con ironía.

Me mira inescrutable y luego sonríe otra vez.

—Si eso le divierte, pues que así sea. —Vuelve a darle una revisada a mi cabello—. Me gustabas
cuando tenías el cabello corto, sumergías mis fantasías —ríe estrepitosamente—. ¿Recuerdas
cuando íbamos al cuarto y tú te paseabas por la cama bajo la luz de las velas?

Cierro mis ojos por un momento e intento responder con algo, pero simplemente no puedo.
Siguen ahí los recuerdos, la suciedad estancada en cada poro de mi piel. No se ha ido, todo
aquel martirio no se ha ido y yo solo quiero que lo haga. Nadie estaría orgulloso de mí, nadie
podría rescatar un pedazo de lo que soy, porque simplemente soy una escoria. ¿Todo esto gané
al haberme ido de Forks?

Desanudé lentamente el corsé hasta que cayó por el suelo. Caminé por la habitación y encendí
las velas en cada rincón, iluminando muy poco el lugar. No me gustaba mirar demasiado a los
hombres; solo aumentaban el horror que esto me producía.

Mis senos estaban desnudos y me sentía desprotegida. Cada vez que puedo me doy el privilegio
de sentir pudor, de sentir la vergüenza que cualquier mujer tiene derecho a tener. Pero otras
veces me rehúso a percibir eso, pues no soy digna de aquello. ¿Por qué una puta debe tener
vergüenza?

Sentía sus pasos detrás de mí, ese calor que a la vez se volvía tan frío. Faltaba algo, y ese algo
era amor. Sus manos me agarraron del cabello y tiraron con lentitud para tener acceso a mi
cuello. Lo olió y muy lentamente viajó con pequeños besos hasta mi mentón. Él sabía que estaba
prohibido el solo hecho de besarme, pues era demasiado íntimo para nosotras, las putas.

—Has estado usando el perfume que te regalé —murmuró.

Asentí lentamente, sintiendo la incomodidad de su agarre en mi cabello.

—Buena chica.

Y así era siempre. Me poseía en aquella inmunda cama de doseles gigantes, llevándose consigo
todo lo que tenía: mi intimidad. Pero no tenía nada más que hacer, solo vender lo que Dios me
había dado para poder comer. Además, prefería mil veces esta forma de hacerlo que en las
calles.

Nunca llegaba a un orgasmo con ellos, nunca podía sentir placer. No había éxtasis en algo que
yo no quería.

Sus manos me tocaban entera, agarrando mi piel con lujuria. Depositaba besos, mordiscos y
tirones en todo mi cuerpo, dejando las marcas de su posesión. Me sentía indigna, fácil y perdida.
Cómo quería alejarlo, olvidarme de los labios ajenos, pero no podía, éste era mi trabajo.

Cuando tenía ya su orgasmo él se acostaba boca arriba y me quedaba mirando para que siguiera
haciendo mi trabajo. Asentía, siempre asentía y aceptaba todo lo que él quería… Lo que ellos
querían. Lo miraba mientras ocupaba mi boca en aquella porquería, en darle placer como una
esclava.

Sus ojos me seguían y agarraban mi cabeza para que lo hiciera más rápido y profundo. Tosía un
par de veces por la brusquedad y mis ojos se llenaban de lágrimas por el asco. Y cuando
acababa yo cerraba los ojos y suplicaba porque todo el asunto terminara.

Él me miraba y depositaba un fajo de billetes en mis senos, luego se iba.

Me recordaba una y otra vez podrida en aquella cama, mirando hacia la puerta que siempre
utilizaban para irse. Tapaba mi boca con mi mano y corría al baño a cepillarme los dientes entre
lágrimas. No sé cuántas veces supliqué que acabara, no sé cuántas veces lloré en las piernas de
Madame Esther, cansada de todo, podrida de la vida. Ella me acariciaba el cabello y me infundía
valor como una madre, me decía que ya todo acabaría, que solo debía encomendarme a Dios
para que el infierno acabara. Luego supe que Edward había muerto, por lo cual ya no me
quedaba nada más por qué luchar.

El sexo se transformó en una especie de trampa conmigo misma, sentía que volvía a ser yo
cuando me acostaba con James. Ser puta era mi estigma, tan simple y tan deplorable.

Nada, nada se había ido de mi vida, todo seguía ahí como la primera vez. ¿A quién quería
engañar? Siempre sería lo que soy, una mujer de la noche, una vendida que iba por la vida
creyendo que todo estaría bien.

—Qué bien movías el culo, Marie Marilyn —me dice. Sé que quiere sacarme de quicio, pero no le
daré en el gusto.

Le sonrío y me inclino un poco para susurrarle:

—Contigo no sentí ni siquiera cosquillas.

Frunzo los labios cuando él me atrapa la muñeca con fuerza y me clava los dedos en la piel. Me
mira amenazante y me promete el martirio mismo, pero William aparece frente a nosotras y él
relaja la fuerza aplicada en mí. Lo miro, sus ojos claros están inquisitivos. Yo atino a algo simple.

—Bueno, Sr. Louis, fue un placer —susurro.

—¿Te gustaría bailar? —me pregunta el más joven.

Yo asiento por inercia y me dejo llevar por él hasta la pista que está atestada de gente. Logro
encontrar a Alice otra vez, me mira y espera a que le cuente qué demonios sucedió con aquel
maldito.

William es especial, sé que no se parece a su padre en lo absoluto. Tiene una mirada suave y
tranquila. Sé que es capaz de amar como cualquier ser humano y yo siempre rescato aquello. Me
sonríe cada vez que oímos la melancolía de la música, me envuelve respetuosamente con sus
manos y me hace sentir más tranquila.

—¿Mi padre te ha dicho algo malo? —me pregunta.

Me descoloca, porque me está hablando de su padre. No sé qué contestar, así que solo decido a
hacerme la estúpida.

—No sé de qué hablas.

Me mira un momento y luego abre la boca para hablar, pero yo decido a hacer algo para que no
siga.

—¿Te gusta esta canción?

Suena una muy conocida de Elvis Presley.

—Es divertida —susurra.

Bailamos en silencio, más que nada porque yo necesito tranquilizar mi mente de todo lo que
acababa de suceder. Él me mira profundamente y sé que es por lo que dijo Louis. Está
ensimismado en mí, pero no sé por qué. Tampoco sé por qué su padre lo permite.

Salimos un momento a ver los fuegos artificiales y yo me estremezco cuando William pasa una
mano por mi cintura. Es grande, fuerte y cálido. Su rostro se ilumina cuando estallan los fuegos
en el cielo, luego me mira para sonreírme. Yo suspiro, cansada y aburrida de todo, miro hacia el
espectáculo y solo deseo que la velada termine.

La música cambia rotundamente por una que me levanta los vellos del cuerpo: Blue Velvet de
Bobby Vinton. Enseguida se viene Edward a mi cabeza, a recordarme por qué lo quería tanto. Las
últimas semanas junto a él habían sido preciosas, mágicas, pero se fueron tan rápidas como
llegaron.
Aquel encuentro entre ambos tan marcado por la ternura, ese afán de él por hacerme sentir la
única mujer plena en el mundo, su cariño incondicional… Se había ido para siempre y yo no tuve
el valor de volver por él. Oh Edward…

La música sigue sonando y yo no sé cómo ocultar el dolor.

Me siento culpable por haberle soltado la mano aquella vez, por no haber podido corresponder a
todo lo que él quería conmigo. No aceptaba el hecho de comprometerme a él por miedo a hacerle
daño, pero sí le permití que me hiciese suya por primera vez, que me besara en aquella fiesta
bajo la luz de la luna colada por el ventanal. Qué estupidez.

Sus brazos en mi cuerpo siempre estaban ahí, como si hubiese quedado una marca imposible de
borrar. Con él era como sentirme frágil, perfecta, amada y digna. Le amaba, sí, le amaba
demasiado y solo me di cuenta de eso cuando lo dejé bajo la lluvia de Forks.

Recuerdo sus ojos, ese iris tan sobrenatural que me hechizaba con tan solo mirarme. Tenía un
color extraño, una mezcla única que jamás podría encontrarme otra vez. Dorados como el mismo
sol, brillantes como el rey espacial, el único. Sus ojos proferían amor y nadie podía dudarlo… Era
un chico perfecto, humano, un chico tan increíble y talentoso…

Lo dejé ir y murió.

—¿Isabella, estás bien? —me preguntó.

Lo miro y le quito las manos de encima.

—Necesito… Necesito ir al baño —tartamudeo.

Ignoro las preguntas de William y me meto a un cubículo para que nadie me escuche. A pesar de
todo, el baño está desocupado completamente, no hay nadie que me escuche respirar como
ahora. Gimo internamente y golpeo la pared de mármol; de inmediato me arde la mano, pero no
me preocupo, siento rabia y odio hacia todo lo que me rodea.

Con mis uñas largas y arregladas rasgo una mancha invisible en la pared y apego mi frente a ella.
Es fría, dura e inerte, como mi corazón. Río con desgana y nuevamente rompo a llorar. La
sensación que tengo dentro es tan asfixiante y dolorosa que lo único que necesito es gritar. Pero
no puedo, el lugar es tan público que solo armaría un escándalo.

¿Por qué justamente hoy comienzo a recordarlo? ¿Por qué hoy rememoro sus ojos dorados y sus
brazos estrechándome? ¿Por qué carajo está muerto? Oh Dios, me lo quitaste sin oportunidad de
decirle que le amaba. Hoy ya es demasiado tarde, estoy demasiado utilizada para volver a
querer…

Busco otro cigarrillo en mi cartera y topo con un manojo de papeles que nunca he revisado.
Aprovecho de encender el tabaco e inhalo mientras arrugo algunos que no necesito… Hasta que
topo con su fotografía con algo unido a un clip: es un papel doblado en cuatro partes. Está algo
amarillo y muy viejo y yo sé por qué es… Lo había desdoblado tantas veces que ya no podía
más.

Tapo mi boca con la mano derecha para evitar soltar un graznido de dolor y de inmediato libero
las lágrimas que hace mucho tenía guardadas. Son espesas y duelen, mis mejillas arden y
sueltan calor. Con mis dedos torpes reviso la fotografía de Edward y acaricio una de las esquinas
que está ligeramente doblada. Sonrío un momento y apego la fotografía a mi pecho, como si
estuviese conmigo.
—Perdóname —le pedí a la nada—, perdóname por no haber podido ir por ti antes de que te
fueses a la guerra.

Con cuidado miré el papel que le acompañaba, suspiré y lloré otro poco, gimiendo de agonía por
lo que estaba sintiendo. Era el regalo que me había dado antes de que me hubiera ido de Forks,
justo cuando me suplicaba que me quedara bajo la lluvia del invierno.

Era uno de sus dibujos más hermosos, siempre le decía que era grandioso y que debería
venderlo, pero él prefirió regalármelo. Era un paisaje dibujado solo a grafito, los detalles eran tan
reales que te transportabas a un mundo en blanco y negro muy poderoso, tan mágico, tan
angelical… Edward era talentoso, un hombre tan increíble…

Mi amuleto de la suerte era aquel pequeño regalo y su fotografía. Verlo a través de aquel papel
me inundaba de valor y me hacía sentir bien por algunos segundos. Pero le extrañaba
demasiado, cada minuto de mi vida era recordarle y proseguir en el dolor. Cuando entré al
prostíbulo y supe de su muerte estuve días enteros en cama, Madame Esther entraba a
consolarme y a decirme que ese era el destino, que por algo no había podido verlo antes. ¿Qué
podía decir al respecto?

—Tú no estarías orgulloso de mí —susurré a la fotografía.

¿Cómo un chico tan correcto podía estar orgulloso de alguien como yo? Falté a cada uno de mis
principios solo por sobrevivir… Y sobreviví solo para sufrir.

Tomo el papel de aquel paisaje dibujado en grafito y lo arrugo entre mis manos y mi pecho,
sollozando de por medio. Hace mucho que no lloro, pero ahora no puedo aguantarlo más. Oír su
canción, perseguir la melodía hasta aquí, encerrada en el cubículo por el dolor que nunca pude
expulsar totalmente…

Recuerdo las palabras que había puesto en la parte de atrás del papel. Sorbo por la nariz y me
dedico a leer palabra por palabra y de inmediato arrugo el rostro al topar con el sentimiento
impuesto en cada una de ellas.

"21 de Diciembre, 1968.

Querida Bella:

Me he propuesto escribirte estas palabras en el único lugar que podrás tomar en cuenta. En un
principio creí que era algo feo, pero sé que a ti te da igual.

Últimamente estás extraña, pienso día y noche que eso tuvo que ver con el baile que tuvimos
hace unas semanas. No has contestado mis llamadas, me evitas cuando te encuentro en el
supermercado… Sé que es culpa de Emmett y de tu padrastro, pero no es justo que evites ser
feliz por ellos. A no ser de que tú no quieras verme… Y espero que aquello no sea cierto.

Sabes que siempre estaré para ti, que cualquier problema que tengas yo te tenderé los brazos.

Te amo, creo que siempre te lo he dicho. No te preocupes si no sientes lo mismo, puedo


entenderlo, solo quiero que lo sepas cada vez que leas esta carta. No cambiaré lo que siento,
discúlpame si esto te incomoda, pero no puedo evitar mis sentimientos. Siempre pensaré en tu
felicidad, hagas lo que hagas yo lo apoyaré, solo no cometas una locura, ¿bien? No huyas,
porque yo puedo ayudarte.

Solo quiero que lo recuerdes y que cuando leas esta carta no sea demasiado tarde.
Te amo y no me importa si esto es ridículo.

PD: Ya faltan 11 días para tu cumpleaños, solo espero que me permitas estar contigo ese día.

Edward."

—Te amé, Tony —murmuro—. Y podría seguir haciéndolo. Perdóname.

Buenas noches, llegué un poco tarde así que me demoré en subir el cap. ¡Espero les guste!
Queda muy poco para que vengan las mejores partes de este hermoso fanfic. Un beso y gracias
por sus reviews!

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo escuchar la canción Maybe de Janis Joplin y The End de The Doors

VI

Bella POV

Los Ángeles, 21 de Diciembre, 1979

—¡Corten! —exclama Mateo. Las luces se encienden—. La escena está lista, pero estoy muy
decepcionado de tu trabajo, Isabella, estás muy distraída.

Me pongo un abrigo porque siento frío y me meto a mi camarín. En el tocador hay un ramo de
flores gigantes y de diferentes colores y formas. Frunzo el ceño y dejo escapar un suspiro. No se
cansará de hacerlo a pesar de que le he dicho que no me gusta tanta cosa, porque sinceramente
nunca logrará nada más que un polvo conmigo.

Tomo la tarjeta que estaba entre los pétalos y reviso el remitente, aunque sé quién puede ser:
William Harrington. Nunca me equivoco con él, y ya ha pasado medio año desde que está detrás
de mí. Por una parte intento acercarme lo que más puedo a él, ya que así puedo fastidiar a Louis,
su padre.

—No me gustan las flores —susurro hacia el gran ramo.

Me pongo un cigarrillo en la boca, tomo mis cosas y me dispongo a salir del camarín para irme a
mi cuarto de hotel. Pero me retiene Alec, mi asistente.

—¿Quiere que haga algo con las flores, Srta. Swan? —me pregunta luego de entrar a la pequeña
habitación.
—Quédatelas —murmuro.

Salgo del lugar y escucho cómo los demás se despiden de mí. Hago oídos sordos, no me interesa
simpatizar con ellos. Afuera hace frío, un frío que me cala los huesos. Odio L. A., es
estratosféricamente un lujo en todo aspecto. Me desagradan los lujos, pero vivo en ellos, qué
estúpida. Tomo la llave de mi cartera y me meto a mi auto, un Chrysler Cordoba del 77, color rojo.
Me pongo un pañuelo en el cuello para evitar el viento que se colará, ya que es un convertible, y
me dispongo a ir al departamento a olvidarme del mundo.

Pongo la radio y oigo al fin buena música, una antigua canción de Led Zeppelin; no recuerdo el
nombre. Cierro los ojos un momento y muevo los dedos contra el manubrio; cuando los abro
reprimo un gemido al saber que sigo viva en este mundo asqueroso.

Se aproxima navidad y lo odio, tengo que estar en el hotel de Louis y sonreír abiertamente.
Quiero morir, día a día quiero morir y no sé ni cómo hacerlo. Soy cobarde, es eso, soy cobarde y
no soy capaz de terminar con esto de una buena vez.

Paro frente al hotel de mierda y le entrego las llaves al tipo para que estacione mi auto. Me
saludan, yo ignoro. Me sumerjo en el ascensor y me elevo hasta el piso 14. Mi cuarto es la del
fondo. Abro la puerta y me embriago con el hedor de la limpieza. Todo está en perfecto estado, ya
sea la pequeña sala, las murallas con diseños exagerados y extremados hacia la sobriedad; es
aburrido y me deprime la soledad.

Me quito la chamarra y me quedo en bragas por el cuarto. Enciendo la radio y oigo la buena
música que cuela mis oídos. Sonrío levemente, me acerco a mi cajón y saco la botella de vodka,
mi fiel compañera.

Ahora canta Janis Joplin. Maybe… Sí, es Maybe. Qué hermosa canción. La voz áspera de Janis
me da escalofríos. Doy vueltas por la habitación y bebo de la botella en grandes sorbos. La
calidez del brebaje arde en mi garganta y doy uno que otro respingo. Me siento en el sofá,
enciendo un cigarrillo y me dedico a revisar la correspondencia que me ha llegado hoy.

—Eres famosa, ¿eh? —le susurro a la mujer que mira sensualmente en la portada de tan
conocida revista.

Le doy una calada a mi cigarrillo, es un Marlboro corriente. Bebo otro poco y sonrío ante la
crueldad de mis sensaciones.

—¿Quién eres? —le pregunto a la mujer—. Tú no eres Isabella Swan —sollozo—. ¿En qué me
convertí? —susurro.

Apago el cigarrillo en la cara de esa Isabella, la 'famosa' Isabella… Já… Dios, quiero morir, salir
de este círculo agotador.

Rompo entre mis dedos la puta revista, tirando de las hojas con fuerza, quitándome la rabia y el
desazón. Tiro de mi cabello y agacho la cabeza entre mis piernas para llorar. Quiero dejar de
sentir dolor, quiero evitarme todo este sufrimiento, ya no lo merezco.

Termino de beberme la botella de vodka, enciendo otro cigarrillo y me quito la ropa. Trago
duramente y rompo la rasuradora que ha dejado William hoy. La navaja cae al suelo y yo la tomo
con mis dedos, la miro y me fijo en lo filosa que está. No tengo tiempo de pensarlo más, soy
infeliz, quiero morir… Sí, quiero acabar con todo de una buena vez.

Abro la llave del agua caliente y tempero con otro poco de agua fría. Meto el pie y compruebo que
está cómoda. Me tambaleo y saco el pie para mirarme en el gigante espejo que tengo frente a mí,
suspiro y lloro otra vez. Desde aquel cuatro de julio no puedo dejar de llorar, es enfermizo, porque
siento que lo necesito con mayor intensidad.

Es cierto cuando dicen que todo artista está maldito, sobre todo yo que lo estoy por el amor. No
sé cómo referirme a todo lo que siento, pero mi mayor decaída fue haber recordado a Edward…
Él es lo único que quiero y no puedo tenerlo. Qué mierda de vida, qué asco de destino, él nunca
merecía haber muerto. No supe aprovecharlo, hui de su lado, no supe confiarle por todo lo que
estaba pasando…

—¡Y ahora estás muerto! —gimo

Le di una repasada a mi cuerpo, al fiel testigo de mi sufrimiento. Lo utilicé para terminar con la
pobreza, vendí mi única fortaleza: mi dignidad.

—Eres un asco —le susurro al reflejo—. Mírate —lloro—, no eres nadie.

Me meto a la bañera y sumerjo mi cuerpo en el agua limpia. Logro encender mi último cigarrillo, le
doy una calada, tomo la navaja y la doy vuelta entre mis dedos.

—No safety or surprise. The end. I'll never look into your eyes again —canto con la voz baja,
mezclada de lágrimas y gimoteos—. Oh, Jim… —jadeo—. Oh, Morrison.

Cierro los ojos y me dejo llevar por mis pensamientos, la suavidad del alivio al saber pronto
acabaré con todo.

—El amor no puede salvarte de tu propio destino —recito solemnemente. Río otra vez, inspiro el
humo y exhalo.

Con la mano izquierda tomando el cigarrillo libero la muñeca, acerco la navaja y me quedo
mirándola. Le daré un corte y acabaré. Al fin, sí… Al fin. Cierro los ojos y me preparo para el
intenso dolor, pero sé que debo pagar con aquel leve sufrimiento para evitar el que me depara el
destino.

Abren la puerta y William entra con rapidez al baño. Me regaña y evita que acabe con mi vida.
Reprimo un grito, ¡quiero hacerlo! Pero él es egoísta, no piensa en lo que yo quiero. Pataleo en el
agua cuando quiere sacarme de ahí, pero al final me dejo. ¿Qué puedo hacer?

Me envuelve en una toalla y me toma entre sus brazos hasta acabar sobre la cama. Él es
caballero y evita tocar mi cuerpo mientras me seca. No pronuncia palabra y yo tampoco. Me
siento algo avergonzada, debí haber pensado en esto antes de haber acabado con mi vida, no
podía hacerlo en el cuarto de un hotel, es demasiado mártir de la televisión, como tantos otros.

Me envuelvo como feto y lo siento dar vueltas por la habitación, me pone nerviosa.

—¿Por qué ibas a hacerlo? —me pregunta con la voz demasiado elevada.

—Porque quiero —pronuncio.

Siento su peso en la cama y sus brazos enredándome. Dejo que lo haga, él es el único que me
hace sentir bien con su calor.

—¿Qué puedo hacer por ti? —pregunta.

Sé que él haría cualquier cosa, cualquiera sea la circunstancia.

—Permitirme acabar con mi vida —le digo.


Se queda en silencio por un momento y se dedica a acariciar mi espalda desnuda. Me aferro a él
como una niña y no sé por qué, pero necesito sentir cariño aunque sea una vez en esta vida.
Cierro los ojos y las lágrimas vuelven a caer por mis mejillas, recordando mi vida, revolviendo en
lo que soy… Ni siquiera me permiten acabar conmigo.

—No me pidas eso, Isabella —me dice—, sabes que debo protegerte.

Frunzo el ceño y me despego de él.

—Tú no debes protegerme, yo no te lo he pedido.

Me levanto de la cama y me pongo la bata que encuentro colgada. Me paro frente a la ventana
que da al mar y me quedo observando la profundidad de éste, a la gente que camina y vive su
vida. No pasan muchos segundos hasta que siento sus brazos a mi alrededor otra vez. Doy un
respingo, pues no estoy acostumbrada a esto.

—Eres… mi amigo, William, no mi guardaespaldas —le susurro dándome la vuelta para afrontar
su mirada azul.

Mira hacia el lado y sé que se siente terrible el que yo le llame amigo, pero es lo que es, un amigo
y nada más.

William quiere algo más conmigo, pero yo no puedo brindárselo, sobre todo porque es el hijo de
Louis Harrington. Por un lado comencé a acercarme a él por el simple hecho de molestar al
magnate, no obstante, William es un hombre muy cálido, me hace sentir muy bien y me quiere
mucho… Pero siempre acabo comparándolo con Edward y eso es tan estúpido que a veces me
odio demasiado.

—Sé lo que hiciste con las flores —murmura, apretando su mandíbula.

—No puedo permitirme algo más, William, tú y yo…

—Sí, pasamos noches intensas —vuelve a murmurar—. Te quiero, Isabella.

Sus palabras me queman porque no puedo responderle.

—No quiero que te hagas daño.

Muerdo mi labio inferior e intento desesperadamente evitar el tema.

—No quiero vivir —le confieso.

Frunce el ceño duramente, sé que se siente contrariado con mi sinceridad.

Si tú supieras lo que fui, por lo que tuve que pasar por todos estos años… Nadie sería capaz de
querer a una prostituta, claro que no, por esa razón tampoco puedo permitirle que me quiera
como algo más, no sería justo ser el novio de la mujer que recibía el dinero de su propio padre.

Lo beso y él a mí. Nuestra relación es extraña, porque tampoco puede llamarse relación. Somos
amigos, de eso estoy segura, porque él siempre se preocupa por mí, pero también nos besamos
y tenemos sexo… Y él siempre me dice te quiero…

El teléfono que está a unos pasos más allá suena insistentemente, por lo que nos separamos y
respiramos con complejidad. Camino hasta él y contesto; es Alice, suena muy preocupada y yo
de inmediato me asusto.
—Me han llamado desde Forks —anuncia con la voz temblorosa.

—¿Quién ha llamado desde Forks? —inquiero repentinamente muy asustada, porque sé que es
mamá quién está en problemas—. ¿Ha sido Carmen?

—No… Fue una enfermera. Es tu madre, Bella, está muy decaída en el hospital —susurra—. La
enfermera dijo que Carmen, tu prima, ha estado evitando que te llamaran, según alega que no
quieren verte por ahí. —Toma aire—. Pero tu mamá te necesita, ha estado preguntando por ti
durante meses.

Aprieto el aparato con fuerza y de mi boca no sale más que aire. No había pensado en mamá, no
había equiparado en todo lo que ella podía sufrir. ¿Por qué Carmen me ha hecho esto? ¿Por qué
alega que no quieren verme si mamá pregunta por mí? Dios, ¿quién podía ser esa enfermera?

—Bella, ¿estás ahí? —pregunta Alice.

—Sí —digo ahogadamente—. Necesito… necesito que me excuses con James, aunque en
realidad no me interesa yo… —suspiro—. Tengo que ir con mi mamá ahora.

Me despido de Alice y contemplo a William que me mira expectante. Tiene la camisa impecable y
un botón abierto, como siempre. Lo cierro con mis dedos y cierro los ojos, me siento tan
avergonzada de que me haya visto tan decaída en aquella bañera. Soy una tonta.

—Tengo que irme —le digo.

—¿Adónde?

—Eso no te importa.

Él está enfrente de mí y no me permite el paso para acomodar mis cosas. Sus ojos centellean,
están tristes. Por un momento se me viene Edward a la cabeza, aquella vez que me suplicó que
me quedara. Oh Dios, siempre les hago daño… No quiero causarles eso, no.

—¿Te veré nuevamente? —inquiere.

Tomo aire y sostengo su mirada por unos momentos. La conexión es inquebrantable, es muy
intenso.

—Puedes llamarme. O yo lo haré, a tu oficina, claro —murmuro, mirándome los dedos que se
enlazan entre sí.

Se quita el cabello del rostro y tensa la mandíbula otra vez. Me aprisiona entre su cuerpo y la
pared, lo observo descender sus manos por mi cuerpo, mientras abre la bata para extender sus
dedos por mi cintura desnuda.

—No hagas esto más difícil, William, lo lamento yo… No puedo corresponder a más, tengo
muchas cosas que hacer y tú no eres nada mío —le digo francamente.

Mis palabras le duelen, pero no flaquea.

—Una última vez —insiste.

Cierro los ojos y me dejo llevar por sus palabras. Sí, una última vez será necesaria para cerrar
este momento. Lo beso y enredo mis brazos en su cuello, él me levanta y me agarra de ambos
muslos para no dejarme caer. No tardamos en caer en la cama y entregarnos, como siempre, sin
tabúes.
Él insiste en entregar todo para mí, pero yo no puedo soportarlo, no acostumbro a flaquear frente
a los hombres. Quizá estoy desperdiciando mi mundo y mi vida en ello, en dejar escapar
cualquier emoción. No lo sé, pero quiero terminar con esto ya.

Exhalo luego de recibir el éxtasis, sus brazos me aprietan con fuerza alrededor de la cintura.
Apoyo todo mi cuerpo en el suyo y él reparte besos en mi cuello. Me siento tan incómoda, pero no
puedo separarme, me siento paralizada por lo que estoy sintiendo en estos momentos. Es un
torrente de emociones.

Su pecho tiene un poco de vello muy oscuro que hace contraste con su cremosa piel, tiro de él
con suavidad, estar sobre su cuerpo me da múltiples ventajas. Mis piernas están puestas al lado
de su pelvis y él las agarra con aprehensión.

—Debo irme, William —le susurro.

Asiente y se separa de mí. Al levantarse de la cama puedo ver el espectáculo de su cuerpo y la


hermosura masculina. Aun así no puedo sentirme bien, no logra provocar algo más allá de lo
físico. Me desespera, siento que soy una piedra ninfomaníaca.

No puedo empacar muchas cosas, solo un par de blusas y polleras, vestidos y bombachas
limpias. El tiempo se hace mi enemigo, veo a cada minuto la hora y no sé por qué estoy tan
nerviosa.

Me decido a irme en mi auto para evitar el caos que podría ocasionar mi presencia en el
aeropuerto o en la estación de trenes. William se viste a mi lado y me regala una sonrisa
tranquilizadora que no le llega a los ojos. Ahora realmente lamente haber sido tan cruel con sus
flores.

Cuando subo a mi auto solo puedo suspirar y decido hacer una parada en el departamento de
Alice. Toco a la puerta y me recibe con su rostro limpio de maquillaje. Siento el palpitar de mi
mentón, pero no me permito llorar aún.

—¿Estás bien? Dios, Bella, cuando supe de tu madre yo…

—Vine a despedirme —le digo para cortar el drama.

Abre sus ojos azules con sorpresa y no dice nada. No sé por qué tiende a reaccionar así.

—¿Cómo así? —me pregunta—. ¿Y si aquella enfermera en realidad no lo es? ¿Y si… Y si es


una broma? Bella, por Dios.

—¡Ya basta! —gimo—. Siento… Siento que mi mamá está realmente mal, yo… dudo mucho que
sea una broma.

Mira al suelo frustrada y me deja pasar, pues hemos estado hablando brevemente en la puerta.
Camino por el pasillo y espero a que ella se gire para mirarme; tengo mucho que decirle.

Alice solo viste una bata y se nota que se ha aplicado una crema de 'algo' en el rostro. Se nota
repuesta y muy descansada, mientras que yo hace apenas unas horas planeaba acabar con mi
vida. No creo que sea el momento de comentárselo a ella, podría ponerse frenética y evitarme
que viaje hasta Forks. Odio parecer su hija, muchas veces se toma la atribución de creer que
puede decirme qué tengo que hacer. Además, a Alice no le gusta William y si sabe que estuve
con él hace poco es capaz de discutirme por muchos minutos.

—Bella yo… —suspira. Se acerca hasta mí y me queda mirando—. No quiero que vayas sola, me
aterra que decaigas.

—No volveré a las drogas, Alice —le susurro realmente dolida.

Hace unos meses logré dejar el vicio por las pastillas. Éstas me permitían olvidarme de la mierda
que estaba viviendo, pero me costaban mucho dinero y mi salud comenzó a complicarse. Pude
dejarlas, pero no así con el alcohol, sin el alcohol no podía estar. Luego de eso Alice nunca volvió
a dejarme sola, así me tenía bajo su ojo para que no cometiera locuras.

No sé qué tenía el mundo contra mis decisiones, pero si quería acabar con mi vida ellos no me lo
permitían, como si todo de mí les perteneciera. No entiendo el por qué es así, no entiendo ese
afán de las personas por evitar que cumpla con lo que he deseado desde hace mucho. Y todavía
sigue esa parte de mí que no quiere ser una mártir de sus problemas para que así te recuerden
día a día.

—No me refiero a eso —me dice cabreada—. Es solo que no quiero que vayas sola, es
demasiado lejos.

Aprieto mis labios hasta formar una fina línea.

—Te llamaré, no te preocupes.

—James lo entiende, dice que puedes tomarte el tiempo que gustes.

Frunzo el ceño. Ese no es el comportamiento que tiende a tomar mi representante. Pero no doy
más vueltas en eso.

—Sabes que si tienes algún problema puedes llamarme.

—Claro que lo haré.

Por su gesto sé que se siente muy dolida y curiosa por todo esto que está sucediendo. Alice no
sabe por qué tanto rechazo aquella ciudad, por qué no he vuelto con mi madre y por qué ahora sí
lo haré, que ya está moribunda en un cuchitril. En realidad nadie lo sabe, solo yo. Y Rosalie.

Cuando Rose me llevó a aquel prostíbulo yo no sabía absolutamente nada de eso. Madame
Esther estaba sumamente enojada con ella, alegaba que no podía llevar niñitas así como así a un
lugar tan peligroso. Les supliqué que me ayudaran, me ofrecí a limpiar los baños, a tender las
camas. Rose evitó más discusiones y me dispuso a dormir en su habitación por esa noche, me
pidió que le contara lo que me sucedía, el porqué de tanto sufrimiento. Le conté de Edward, de lo
doloroso que había sido dejarlo, le conté sobre mi madre, sobre mi padrastro, Emmett…

Luego me ofrecieron el puesto de prostituta y yo no dudé en decir que sí, necesitaba tanto el
dinero, realmente estaba desesperada. Me pusieron junto a Alice, otra nueva, y ahí nos hicimos
muy amigas. Al año supe que Edward había muerto y todo se fue directo a la mierda.

—No vuelvas a hacerte daño —me dice.

Sé que se refiere a aquella vez que incendié mi habitación con el cigarrillo.

—Ni a caer en aquellas mierdas…

—¡Basta! —le reprendo—. No sucederá.

Me siento culpable, pues todavía conservo aquel sentimiento en mi interior cuando planeé atentar
contra mi vida. Creo que tampoco es bueno comentárselo a Alice, y sé que William dirá nada.
—¿William estaba contigo? —pregunta.

Tanta pregunta me marea, pero sé que está preocupada.

—S… Sí. Pero eso no es tema, me he despedido de él y prometí llamarle cuando estuviese ahí.

Asiente y me da un abrazo. Yo lo acepto, necesito el apoyo de mi única amiga. Cuando nos


separamos me mira y me besa la mejilla.

—Cuídate mucho.

Cuando salgo a las calles de Los Ángeles un viento me azota el rostro. Cierro los ojos en ese
instante y reprimo un jadeo. Veré nuevamente a mi mamá, veré a Carlisle, a Jasper… Oh Dios…

Me agarro de la pared y reprimo un grito. No sé si estoy lista para ver a tanta gente, a las
personas que alguna vez me tendieron la mano, a mi mamá que jamás entendió cuánto quería
ayudarle… Dios mío, tengo que decirle a Carlisle que siento tanto la pérdida. ¡Y Jessica! Debe
odiarme, debe estarme aborreciendo por todo lo que le hice a Edward.

¿Por qué mamá ha estado preguntando por mí? ¿Va a morir? Oh mamá, cómo quisiera que todo
lo que pasamos no hubiese sucedido. Pero Phill nos arruinó la vida, en especial a mí que me
quitó lo único que al fin tenía de él. Oh Edward, por qué.

Siento el desencadenante horror al recordar los dos meses más tortuosos de mi vida, cuando
planeaba tantas cosas con él y luego todo se fue al carajo gracias a mi padrastro. Él no quería a
Edward, nunca me dejó ir más allá. Y recuerdo cuando estaba asustada y a la vez tan feliz por
aquella noticia, pero Phill me lo arrebató me obligó a acabar con aquel pedazo inocente que de
nada tenía la culpa.

Pienso en lo que pudo haber sucedido si Phill no hubiese hecho eso, lo que hubiera hecho
Edward. Enseguida rompo a llorar, incapaz de seguir con mis recuerdos y utopías baratas.

Me meto a mi auto y manejo a toda velocidad. Recorro la autopista y enseguida la carretera,


pronto se hace de noche y solo me abrigo con el pañuelo que tengo en el cuello. Mis ojos pesan y
acabo durmiendo en un hotel, muy cerca del mar.

El viaje dura días, quizá unos tres. Me fijo en la neblina que se forma y en el torrente de autos que
pasa por Seattle. Debo pasar por Portland y luego recorro hasta Forks.

Forks… Hasta el nombre me da escalofríos. ¿Qué dirán cuando me vean? Oh no, no pueden
verme, quizá es mejor que evite pasar por el barrio y me quede en algún hotel de por ahí. ¿Hay
algún hotel en aquel maldito pueblo? Debe de haberlo. Tengo que ir con Carmen, mi prima, y
pedirle explicaciones del por qué no quiso dar aviso de todo lo que sucedía con mi madre.

No tardo en ver los pinos y el musgo. El olor a humedad se queda prendado en mí y por un
minuto siento nostalgia. Recorro el manubrio de cuero en busca de algo que calme mis nervios.
No hay nada. La maleza que hay a mi lado le da un toque oscuro a los cerros, los pinos están
mojados y la tierra llena de hojas ya secas. El invierno es dur0, pero no tan frío. Y recuerdo que
quedan doce días para mi cumpleaños.

El gran letrero que da la bienvenida a Forks aparece frente a mis narices y con el acelerador a
tope paso de verlo, no me gusta, porque no estoy feliz de volver.

Buenas noches. Muchas gracias a todas por leer, a aquellas sagradas que me dejan un rr y en
realidad a todos que se toman el tiempo de leer esta historia tan profunda y melancólica... Bueno,
Bella volverá a Forks y ¿qué cree que sucederá? En el próximo cap lo sabrán ;) Las espero a
todas. Un beso

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo All You Need de May Jailer.

VII

Edward POV

Forks, 24 de Diciembre, 1979

Me alejo un poco para contemplar el retrato, a pesar de que no es correcto lo que estoy haciendo.
Me siento culpable, sobre todo por Jessica. He terminado otro cuadro, ahora en óleo.

Sus ojos marrones me siguen en cada movimiento, sus labios esbozan una suave sonrisa. Oh sí,
ha quedado perfecto. Jessica no puede verlo, sino se sentirá muy mal. Le doy un último sorbo a la
botella y ésta se acaba, por lo que le dejo a un lado y con la cabeza ladeada contemplo por última
vez la grandeza del cuadro que he terminado luego de dos meses.

Papá tampoco puede saber que he hecho un retrato de Bella, ya estaba harto que mirara la
televisión cuando aparecía ella o que hiciera tantos dibujos en su nombre. Alegaba que era una
estupidez, que ella nunca me quiso y no se merecía mi miserable nostalgia. Creo que tiene razón
en muchos aspectos, estaba perdiendo mi vida en seguir sus pasos con la ilusión de que
apareciera por la ciudad por un momento. Fui un iluso, un iluso que no era capaz de ver la
realidad de la vida.

Bella está bien, va a fiestas, filma películas, va siempre bien vestida, tiene relaciones con
hombres que le desean y gana mucho dinero. Yo trabajo para mi papá, al único lugar que voy es
al lago o al bosque, pinto en mis tiempos libres, limpio el piso de ancianas que no pueden hacerlo,
visto con lo primero que encuentro y hasta hace solo seis meses pude tener una relación estable.
Y bueno, soy pobre.

Me siento ligeramente decepcionado, pues Renée está muriendo sin dignidad en el hospital más
terrible que te puedes encontrar. Una de las enfermeras quiere llamarle, pero Carmen no le deja,
dice que no es correcto. Yo ya no sé qué decir.

Tocan a la puerta y yo me desespero. Tapo el cuadro con la manta y enseguida siento el susurro
suave de Jessica; está divertida, puedo percibirlo.

—Edward, ¿estás ahí? —me pregunta, tocando la puerta con sus nudillos.
—Sí, espera, estoy… —piensa rápido—. Vistiéndome.

Se ríe ligeramente.

—Te estás tomando el comienzo de tus vacaciones con mucho esmero, si ya te estás levantando
bien tarde.

Sonrío entre dientes y me limpio las manos con el paño que hay a mi lado. Miro el cielo gris y frío,
agradecido de que papá me hubiese dado un mes completo para refrescar mi estresada vida.
Jasper también tiene tiempo libre por lo que muchas veces salimos a Seattle para beber algo. La
vida comienza a sonreírme, y por muy raro que parezca, Jessica y yo somos novios.

Me costó tomar la decisión, en un principio me mostré reticente, pero luego entendí que en la vida
no puedo esperar cosas que nunca llegarán, así que me atreví con ella. Son muy diferentes,
compararlas está muy mal, pero ¿qué puedo hacer?

Salgo de la habitación y Jessica enreda sus brazos en mi cuello para darme un casto beso sobre
los labios. Yo le recibo con toda la naturalidad que puedo, pero aún me siento muy mal por estar
creando cuadros de Bella. ¿Por qué lo hago? No lo sé.

—¿Iremos al lago hoy?

Demonios. Lo había olvidado. Le prometí ir al lago para olvidarnos de todo, pero se me hace
difícil, aquel lago tiene muchos recuerdos.

Vuelvo a darle una sonrisa y esa es mi respuesta: claro que iremos. Jessica me acaricia el
cabello, se ve feliz y eso me hace muy feliz a mí. Mi papá también está muy contento por
nosotros y eso me genera algo de tranquilidad, así deja de molestarme por lo mucho que he
desperdiciado a Jessica.

—Estás callado —susurra suspicaz.

Me encojo de hombros.

—Sabes que siempre soy así —le digo.

Caminamos por el pasillo y veo que la habitación de mi padre está lista. Bien, ha salido. Quizá irá
a pescar con su único amigo, Billy Black, un hombre en silla de ruedas que vive en La Push. Me
agrada que salga, así no tengo que preocuparme tanto por él.

Bajo la escalera detrás de ella a paso lento, ella camina por la sala hasta la cocina y toma
algunas cosas de la alacena. Yo le sigo la mirada y siento que no es la monotonía que
acostumbraba a tener cuando no éramos… novios. Me cuesta un poco sostener la idea de que
nuestra relación ha cambiado, quizá porque nunca lo pensé, quizá porque en realidad somos
demasiado amigos.

—Jessica… —profiero lentamente.

Ella deja un cuenco en mi mesa con cereales y leche. No me gusta que me sirva, me siento
malvado, como la sociedad de mierda que acostumbra a utilizar a las mujeres. He intentado
cambiar eso de ella, pero su propia madre la crio para 'dar' y no 'recibir'.

Jessica es una mujer muy bella, demasiado inclusive. Su pelo castaño le cae por la espalda con
suaves ondas, siempre lleva un moño de diferentes colores para que el flequillo no le caiga en
picada contra el rostro y nunca se maquilla más que las pestañas. Es natural, joven a pesar de los
años, sencilla, servicial. Quizá eso le puede parecer perfecta ante el ojo masculino 'típico', pero a
veces sentía que era demasiado para mí, o demasiado parecida a lo que también soy yo.

A papá le fascina Jessica, siempre la ha querido como la hija que nunca pudo tener. Y bueno,
desde que mamá murió con mi hermana en el vientre ha quedado con ese dolor prendado en el
alma.

Mamá murió cuando tenía siete meses de embarazo. Supimos cuando estábamos creando la
cuna de mi hermana; iba a llamarse Bree, ese nombre le gustaba mucho a papá. Fue una
estupidez aquella forma de fallecer, mamá nunca vio el camión estacionado y el auto no resistió el
pequeño choque. A los minutos se incendió y explotó; de mi madre solo quedaron sus cenizas, y
ni hablar de Bree.

Cuando supe no sabía mucho en qué pensar, aunque tenía la madurez suficiente para saber que
mamá se había muerto y que jamás podría volver a verla. Todo ese entusiasmo al recordar lo que
sería tener a una hermana, ver a mis padres tan felices, tan ensimismados… Creo que eso dolía
mucho más, no soy quién para sentir a una persona como mía, la naturaleza es así, te lleva y ni
hay forma de saberlo. Pero… mamá y papá estaban felices, no sé por qué Dios nos lo quitó tan
rápido. Luego de que yo hubiese nacido pasaron muchos años para que pudiese concebir. ¿Por
qué el destino era tan cruel?

Mamá me quería, realmente me quería mucho. Era de ese tipo de personas que no puede
enojarse por mucho tiempo, tenía el corazón más grande de todo el mundo. Podría pensarlo
siempre: Esme Cullen era la mujer que cualquier hombre habría querido, pero agradecía el que
haya elegido a mi papá, a pesar de todo ellos jamás podrían dejarse de amar.

Todo se quebró tan rápido… Mi vida siempre marcada por la miseria, viendo a papá
descomponerse con los años. Me pregunto todos los días que habría sucedido si mi madre no
hubiese muerto, pero toda aquella suposición se iba al demonio, pues jamás iba a suceder.

—Estás muy pensativo hoy —insiste Jessica.

Sé que se preocupa, pero siento que no puedo hablar esto con ella.

—A veces los artistas necesitamos tiempo para pensar —bromeo.

Ella levanta su ceja y entorna los ojos verdes para mirarme con falsa molestia.

—Recuerda que trabajo vendiendo vinilos en la tienda de la esquina, eso también cuenta como
sabionda del arte —dice con orgullo.

Se sienta a mi lado y come junto a mí los sencillos cereales con leche.

—¿Has estado pintando últimamente?

Me meto delicadamente la cuchara en la boca y dejo que el frío metal caliente mi lengua. No sé
qué decirle.

—Bueno, sí —le respondo.

—¿Algo en especial?

La miro, pero no noto nada suspicaz.

—Lo mismo de siempre —digo tranquilamente.

Recuerdo internamente que la madre de Bella está peor y necesita que vaya a verle. Últimamente
quiere saber más de mí y no sé por qué. Lo que sí, siempre estoy intentando levantarle el ánimo,
hace poco ha ido bajando su ánimo sin razón. A veces creo que sí necesita de su hija, pero Bella
ha dicho tajantemente que no, o eso es lo que dice Carmen todo el tiempo.

Jessica y Carmen son amigas desde hace mucho, creo que comenzaron a conectar por todo lo
que sucedió entre Bella y yo. No lo entiendo, creo que a veces utilizan esos pasajes de mi vida
para complementar el odio que sienten hacia Bella; aunque a veces Jessica dice que no la odia.

Hoy es noche buena, la tradición de mi pequeña familia es juntarse para comer. Ahora se unirá
Jessica, por lo que me siento algo nervioso. Tía Elizabeth y tía Martha acostumbran a venir a
pasar la velada con mi papá, así no está tan solo. Jasper y yo nos dedicamos a hablar de la
podrida vida que llevamos, comemos un pavo y nos dedicamos a jugar cartas cuando ya están
todos dormidos. Nada especial, ahora con Jessica no sé en qué cambiará.

—Me sentiré un poco incómoda con tu familia aquí —dice Jessica luego de terminar de fregar lo
que ocupamos. No me dejó ayudarle.

Levanto la cabeza para observarle, su comentario me llama la atención súbitamente.

—Ni que fueran a cortarte la cabeza. Jasper estará con nosotros, no habrá nada que te haga
sentir incómoda. Mis tías son amigables.

Se encoge de hombros.

Jessica tiene que ir a terminar las horas en su trabajo en aquella tiende de vinilos, yo iré a darme
una vuelta al hospital para ver cómo sigue Renée. Estoy asustado, no quiero que muera sin ver a
su hija, aunque creo que es si sucederá. Diablos, tampoco quiero que Phill regrese, pero me han
contado que ha vuelto y Carmen está muy molesta por eso.

Carmen tiene 32 años. Soltera, sin hijos, sin futuro… Creo que todos los que nos quedamos en
esta ciudad vamos a terminar viviendo miserablemente. Siempre agradezco que Carmen se haya
encargado de Renée, pues su propia hija la dejó aquí sin darle un céntimo por todo lo que ella ha
hecho por ella. A veces me pregunto qué fue lo que le sucedió a Bella para que todo esto haya
ocurrido, por qué reacciona de esta manera, por qué no se preocupa de ella…

Quizá Renée tuvo la culpa de aquel horrible suceso que le impidió seguir en Forks, quizá…
Rayos, debo dejar de pensar en ella y en el porqué de su huida. Lo más probable es que te dejó
por la simple razón de que eres un maldito pobre incapaz de más, pienso.

Antes de salir de la casa, tomo mi pequeña mochila que contiene cuadernos pequeños y algunos
lápices, quizá si se me da el tiempo puedo dibujarle algo a Renée, lo que le fascina muchísimo.

Jessica se despide de mí luego de bastante preámbulo y nos dirigimos a caminos diferentes. Ella
camina hasta la parte central de Forks y yo hacia la salida Sur, por donde queda el hospital.

No me gusta ir en auto, así que troto hasta las calles más limpias de autos. Observo y noto que
todos son bastante viejos, destartalados, ninguno en particular logra llamarme la atención.
Excepto el Chrysler rojo que está aparcado a un lado de aquella tienda de ropa.

Frunzo el ceño. ¿Qué personaje rico podría parar en Forks? Me río internamente. Papá siempre
decía que aquella tienda de ropa exclusiva nunca serviría, ahora veía que sí, porque estaban
comprando en ella.

Wow… En serio, qué bonito Chrysler. Y descapotable. Lanzo un silbido, me parece espectacular
que tan bonita máquina esté aparcada en las calles de Forks. Toda una novedad.
Luego camino hasta la salida del centro con las manos en los bolsillos de mis pantalones y pateo
las piedras que me encuentro en el camino. Topo con el hospital en unos veinte minutos después
y se me forma un nudo en la garganta, un nudo traicionero que me hace arrepentirme de haber
venido. Pero no me dejo flaquear, tengo que ver a Renée, pedirle que sea fuerte.

Llego a recepción y le pido a la enfermera que me diga hacia dónde debo ir; no soy muy bueno en
orientación, siempre termino perdido. Primer piso a la izquierda, luego a derecha y al fondo. Uff,
¿cómo voy a aprenderme todo ese sendero? Es larguísimo.

Cuando llego a la habitación número 12 está Carmen sentada ahí farfullando con un hombre que
conozco muy bien. Me sorprende que Carmen no lo eche a patadas del lugar, creía que se
llevaban mal. Toco la puerta con lentitud y abro sin que me den la autorización para entrar. Por el
hueco puedo ver a Renée durmiendo plácidamente.

Ha adelgazado tanto que me parece una mentira, sus pómulos se marcan con profundidad y sus
ojos no parecen más que líneas gastadas en su ceniciento rostro. El cabello rubio oscuro le ha
crecido desordenadamente por los hombros y se ha vuelto grasiento por la falta de lavados
constantes.

Phill, el padrastro de Bella, me mira intimidado por mi presencia y se aleja lentamente de Carmen.
Ella está sorprendida y algo aturdida por verme tan pronto. Me quedo callado un momento y
espero a que digan algo, pero al ver que no hacen nada tomo la palabra.

—¿Qué haces aquí?

Phill cambia de semblante y ahora parece molesto, incluso arrogante. ¿Qué se cree? Ha estado
atormentado la vida de Renée durante muchos años, luego se largó cuando ella comenzó con su
cáncer. ¿Cómo es posible tanta desfachatez? La ira crece dentro de mí hasta el punto de la
explosión, pero debía aguantar mi berrinche, a mi lado estaba Renée tan cansada que apenas
podía respirar.

—¿Quién te crees tú para hablarme así, pequeñito? —me pregunta poniéndose las manos en la
cintura.

Me molesta que no sienta vergüenza.

—Realmente no puedo creer que después de todo lo que usted hizo venga aquí a mostrar
preocupación por la enfermedad de Renée.

—No me levantes la voz, niñato.

Phill es calvo y tiene una pequeña acumulación de grasa en la parte trasera de su nuca. Tiene un
bigote gastado en el labio superior y siempre vista con camisas escocesas, lo que le da un
aspecto de leñador viejo. No sé qué le pueden ver esas mujeres que han estado con él, las
causantes de tanto sufrimiento de parte de Phill.

—¿Ya olvidaste a la última ramera? —inquiero con la mandíbula apretada y mis brazos aferrados
entre sí.

Carmen sale a la defensa de la situación.

—¡Ya, por favor! —exclama—. Están en la habitación de mi tía.

Me quedo callado, tiene razón, la situación es delicada.

Carmen se quita el cabello castaño del rostro y se acerca a mí para luego juntar sus manos entre
sí y mirarme con súplica.

—Necesito que vayas a darte una vuelta, Phill no quiere irse y me temo que no se irá en unos
minutos más. Por favor, ayúdame con esto —sostiene.

Asiento algo contrariado y me doy la vuelta para volver a los pasillos. No pienso irme, tengo que
estar pendiente para volver con Renée, no sé por qué, pero necesito verla.

Me siento en la mesa más alejada de la cafetería, aunque no sé por qué, pero me intimida la
mujer que vende golosinas. Saco uno de los cuadernos, el lápiz de carbón y comienzo a trazar
algunas líneas imaginarias, mis manos se manejan solas en la hoja blanca, lo que mi cabeza
dictaba ellas lo hacían. Y acabo como siempre: dibujando un rostro ovalado y perfecto, con la
sonrisa más hermosa que podría imaginarme, pero no necesitaba imaginarla, porque hace mucho
tiempo había tenido el privilegio de ser el causante de muchas de ellas.

—Sal de mi cabeza —le digo a la mujer que me mira con unos grandes ojos inocentes—. Isabella,
¿por qué?

Isabella POV

Forks, 24 de diciembre, 1979

Cuando entro a las puertas de Forks mi corazón ya está desbocado en mi tórax. Es asfixiante el
gris del cielo y la poca gente que camina por los alrededores. Aunque no es de extrañarse, es
muy temprano como para que comience el caos. Si se le puede llamar caos…

Me pongo unas gafas leopardo y redondas, las que estaban de moda hace unos años, un
pañuelo en la cabeza de fuertes lunares blancos y fondo negro, estaciono en la primera tienda de
dulces y entro al lugar. Noto que la mayoría se queda mirando mi auto, pero intento ignorarlo.

La mujer gorda que atiende parece algo hosca, por lo cual me acerco lentamente y le pido con un
claro por favor que me dé una bolsa de galletas y un vaso de chocolate. Es la primera vez que
como algo tan nutritivo y dulce, últimamente he descuidado mi alimentación en grandes
cantidades.

Miro mi muñeca y aprieto los labios. Ahora hubiese estado muerta de no ser por la intromisión de
William.

Cuando acabo de comer me acerco al teléfono público y llamo al departamento de Alice. Me


contesta somnolienta.

—Hola, Alice —susurro.

—¡Bella! ¿Estás bien? ¿Ya viste a tu madre? Me tenías preocupadísima, hace tres días que no sé
de ti.

Suspiro con pesadez.

—Viajé en auto, duró tres días.

—¡Bella! ¿Cómo se te ha ocurrido hacer semejante estupidez?

Intento no oír sus sermones, me pesan y me hacen sentir una niña otra vez, y de niña no me
queda nada. Cuando acaba sé que puedo continuar.

—No he ido a ver a mamá claramente, me da un poco de terror aparecerme por ahí y… ver a
tanta gente que dejé atrás. —Siento el picor de las lágrimas a medida que hablo.

—Oh, carajo, no me gusta que estés ahí sola.

—Está bien, puedo con esto. Planeo ir con Carlisle para darle mi pésame, ya sabes —suspiro otra
vez—. Espero que me deje entrar a su casa —doy una risa tonta y gastada.

Alice no dice nada, lo que tomo como un grave momento incómodo. Sé que siente mucho por lo
que estoy pasando, sobre todo porque ella es de esas que le gusta apoyarme en todo lo que
necesito. Pero necesito estar sola, por lo menos unos días mientras mamá me ve. Tengo miedo,
realmente tengo miedo, porque es como volver a tocar las peores heridas de mi vida.

Abrazo mi vientre por un momento, es la única manera de aplacar el dolor que tengo en estos
momentos. Forks ha cambiado, se ha vuelto más urbano, e incluso la gente viste a la moda, lo
que considero patético. Puedo sentir la brisa, la frialdad de esta ciudad que profirió tantos
momentos cálidos. Qué incongruente, pero qué bonito recordarlo.

—Alice, sé que debes estar muy cansada. Te llamaré en unas horas para contarte lo que sucedió,
¿sí?

—Ajá —bufa—. Cuídate, Bella.

—Lo haré —reprimo un sollozo.

—Te deseo toda la suerte del mundo, ya lo sabes. Hablamos más tarde.

Cuando cuelgo, dejo la mano puesta en el teléfono y lloro. Me tapo la boca con la mano y espero
a que los gemidos se acaben; no quiero hacer un espectáculo. La gente pasa a mi lado y me
mira, quizá por dos razones. Uno: estoy completamente tapada; dos: lloro como una tonta frente a
un teléfono público.

Aliso mis pantalones de tela apretados, color uva fuerte y me preparo para topar con toda la vida
que dejé atrás.

Me meto a una tienda de ropa exclusiva, algo sorprendente en tan pequeña ciudad. Miro algunas
blusas y polleras, bragas, sujetadores, lo que encuentro. Compro algunas prendas y la
dependienta me observa con curiosidad, como si dudara de quién soy. Evito su mirada y me
escabullo con rapidez, lo que menos necesito es que comiencen a reconocerme para que así
llegue a oídos de todos.

Aparco el Chrysler en un lugar alejado del hospital y con las manos temblorosas y el cuerpo rígido
me acerco a la enfermera de la entrada. Le pido la dirección hacia la hospitalizada Renée Swan
(no sé por qué no se cambió el apellido de ese Charlie), pero ella me mira con el entrecejo
fruncido. Escucho mi nombre fuerte y claro detrás de mí, una voz femenina, cálida y juvenil. Me
giro y encuentro a una rubia chica de cabello liso, parece una niña pero sé que no lo es, sus ojos
muestran mucha vida.

—Srta. Swan, es usted —dice con sopor, pero sin quitar una bella sonrisa de su rostro.

—Buenos días, ¿usted es…?

—Jane Vulturi —afirma tendiéndome una mano muy limpia y suave—. Yo estuve intentando
contactarme con usted por lo de su madre.

Abro la boca para hablar, pero no sé qué decir. ¿Gracias? ¿Por qué lo hizo? ¿Tengo que ser
breve y preguntarle qué quiere o algo? Prefiero esperar a que ella diga algo.
—Su madre me habla siempre de usted, realmente no sé qué pensar. —Su rostro parece
contrariado y creo que se pregunta muy en su interior si decir lo que tiene en la punta de la
lengua.

—No evite decirme las cosas —le pido.

No lo duda ni un segundo.

—¿Por qué le ha abandonado? ¿Cómo usted, teniendo tanto dinero, no ha sido capaz de
brindarle mejores cuidados a esa pobre mujer?

Siento mucha rabia en mi interior porque eso es mentira, una sarta de mentiras baratas que han
inventado y no sé quién.

—Lo siento, no quería ser tan directa —dice atolondradamente y agarrándose la frente con su
dedo anular e índice.

Asiento.

No siento la necesidad de explicarle que le han explicado muy mal la situación, ella no tiene por
qué saberlo, aunque siento un nudo en mi garganta, necesito desahogar todo.

Me pide que le siga y yo lo hago con el nerviosismo en mis rodillas que me impiden caminar con
normalidad. Siento morbo y miro hacia algunas habitaciones, me aterra ver a algunas personas
con cáncer, sin pelo, pálidas, moribundas. ¿Mamá estará así? Oh no, por favor, Dios, no me la
entregues de esa manera.

A mi izquierda una niña tira de mi blusa y me sonríe, yo lo hago también y mis ojos se llenan de
lágrimas al instante. Está calva y muy hinchada: quimioterapia. Me agacho y acaricio su cabeza,
la miro e intento volver a sonreírle, pero ahora me duele mucho hacerlo. Lo que siento en mi
interior es tan terrible, pero me hace sentir tan viva… Es la primera vez luego de tanto tiempo que
realmente siento compasión. Sí, siento compasión y mucho ardor en mi corazón.

—¡Es usted! La de A la orilla de Manhattan —afirma solemnemente.

A la orilla de Manhattan fue una de mis películas más galardonadas, por ese papel me conocieron
mundialmente.

—¡Isabella! —vuelve a afirmar cuando yo le sonrío.

Le beso la mejilla y le enredo el pañuelo que tenía en mi cuello. Sus ojos brillan con fervor y yo no
puedo sentirme más agradecida de aquel gesto.

—Prométeme que serás muy fuerte —le susurro.

—Lo prometo. Muchas gracias.

Su voz canturreada y vivaz me conmueve, me hace sentir tan débil con mi mundo, tan horrenda.
Ella, tan joven y, se supone, debería estar llena de vida, pescó una de las peores enfermedades
que pueden haber en este mundo, un maldito cáncer. Y yo, una mujer que se suponía lo tenía
todo no hace más que odiar el mundo. Que niña tan valiente que es capaz de sonreír ante las
circunstancias más adversas.

Me alejo de ella con una extraña sensación en mi interior, en el pasillo del fondo me espera la
enfermera con una sonrisa triste y yo no puedo evitar fruncir los labios por el horror que siento.
Quizá está acostumbrada a esto, pero yo no.
—Me gustaría saber… bueno, por qué no ha venido a verla —me dice algo avergonzada por sus
palabras.

Me dedico a ver sus ojos turquesa, limpios de maquillaje y tan inocentes. Ella no es de las
personas que miente, se preocupa por los demás, es muy compasiva, puedo verlo. Una buena
enfermera que me avisó de lo que estaba sucediendo, quizá porque Carmen estaba ocultándome
muchas cosas.

—Yo creí que ella no quería verme —susurro.

Frunce el ceño y hace un mohín nervioso.

—¿Quién le dijo eso? La señora ha estado preguntando por usted durante mucho tiempo. La
conozco desde hace años, cuando comencé ella ya tenía cáncer y ella me señalaba que usted
era su hija, que estaba muy orgullosa de usted. —Se queda callada un momento, quizá al ver mi
rostro—. ¿No lo sabía?

Niego con mi cabeza, atontada por sus palabras. Me siento en el aire, como si no pudiera creerlo.

—Ella rechazó muchas veces mi ayuda —consigo decir.

—Discúlpeme, pero no hemos sabido de ninguna ayuda de su parte.

No puedo decir más, me siento impactada por todo lo que me ha estado diciendo. ¿Cómo es eso
de que se siente orgullosa de mí? ¿Cómo es que nunca han llegado noticias de mis ganas de
ayudarle?

—Le mandé joyas, dinero, de todo. Cuando supe de su enfermedad me asusté y no dudé en
ofrecerle lo que tenía en ese momento.

Jane Vulturi se tapa la boca y no dice nada más. Me abre la puerta de la última habitación y me
sumerjo al lugar cálido y brumoso. A lo lejos veo a Carmen y a Phill, y a su lado está mi madre
durmiendo pacíficamente. Los primeros discuten entre murmullos y no se percatan de mi
presencia. Jane se mete y revisa el suero de mi madre con sigilo.

—Buenos días —digo con voz enérgica.

Se giran y me quedan mirando con los ojos muy abiertos, incrédulos de mi presencia. Carmen se
torna pálida, tan pálida que hasta parece que puede descompensarse. Puedo asegurar que está
aterrada por haberme mentido, y ahora estoy aquí. Y Phill, el maldito de Phill no puede ocultar su
asombro, aunque no parece asustado y yo le aborrezco por no mostrar toda la culpa que debería
tener. Me ha hecho tanto daño, y a mi madre que dio todo por él. Qué repugnancia.

—¿Qué haces tú aquí? —me pregunta Carmen—. ¿Tú la trajiste aquí, maldita estúpida? —le grita
a la enfermera que se esconde contra la pared.

Mamá da un respingo y abre los ojos de sopetón. Sus ojos no brillan, me apena tanto… Su
cabello está tan corto, sus arrugas se han marcado con notoriedad… Dios mío, ¿qué hice?
¿Cómo le dejé con Carmen? Diablos, no puedo llorar frente a todos ellos, pero el nudo en la
garganta amenaza las caídas libres por mis mejillas.

—¿Bella? —susurra mamá.

Se levanta un poco para mirarme y yo me acerco a su cama sin saber qué hacer. Me siento muy
mal, ella viste tan pobremente, mientras que yo tengo ropa cara y muy elegante a cuestas. Soy
una mierda.
—Mamá, llegué.

Los ojos de mi madre brillan sin poder creerlo y en ese momento solo sé que Carmen me ha
estado mintiendo todo este tiempo. Ella siempre ha estado preocupada de mí, siempre orgullosa
de lo que soy. Mi prima es malévola, puedo asegurarlo. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué rayos cometí con
ella para que me ocultara aquello?

—Carmen, ¿qué hace Phill aquí? —su voz suena rasposa y cansada—. Salgan de aquí, por
favor, quiero estar a solas con mi hija.

Los siento salir lentamente y Jane me observa con una sonrisa sincera. Yo no se la devuelvo, no
puedo. Mamá me mira por un largo rato y yo también, me siento mal al tenerla así. La última vez
que la vi estaba compuesta, joven, radiante. ¿Cómo cambió tanto?

—Al fin te has decidido a venir —me dice—. Creí que nunca ibas a hacerlo.

Frunzo mis labios y rompo a llorar, soy incapaz de aguantar el dolor.

—Pero ya estoy aquí, quiero ayudarte.

Llevo una mano a su cabello y lo acaricio lentamente.

—¿No te irás?

—Claro que no —afirmo.

Por lo menos hasta que muera…, pienso con agonía.

—Oh Bella, estás tan hermosa. —Sus dedos delgados repasan mi rostro lentamente,
acariciándolo lentamente. Cierro mis ojos por un momento y una sensación nostálgica atraviesa
mi pecho—. Estoy muy orgullosa de ti, veo siempre tus películas.

Comienzo a reír y unas pequeñas gotas caen en mi boca. Mis lágrimas saben a sal y a emoción,
verla nuevamente ha abierto muchas cosas en mi corazón.

Su rostro se vuelve lúgubre y sé lo que está pensando.

—Perdóname por todo, fue mi culpa que te hayas ido yo…

—No hablemos de eso, el tema me duele mucho —le digo.

—Pero Bella, yo no te defendí, fui una tonta, permití que…

Niego rotundamente con la cabeza, no quiero volver a tocar ese tema.

—Eso es pasado.

Una enfermera irrumpe en la habitación y me pide que deje el cuarto por un momento para que el
doctor revise a mi mamá. Asiento y le doy un beso en la frente antes de irme.

—No te vayas, ¿sí?

—No me iré, mamá.

—¿Volverás pronto?

—Muy pronto —le sonrío.


Siento el pecho oprimido, como si fuese a ocurrir algo horrible. Pero sé que es el tumulto de
sensaciones que he acarreado este último tiempo. Ver a mi mamá me ha dejado con mucho
dolor, pero también con alivio, no me hubiese perdonado su fallecimiento sin haberla visto antes.
Pero sigue esa duda por Carmen, el por qué ha hecho esto.

Siento los labios secos y la garganta áspera, así que me acerco a la cafetería y pido un café
cargado para recuperar las fuerzas. La mujer gorda que atiene me mira raro y yo me siento en
una de las mesas más cercanas a la salida. Pero algo me descoloca. En un primer momento no
puedo descifrarlo, pero giro un poco la cabeza y topo con una cabeza gacha de alborotados
cabellos bronceados.

—Dios, ya me estoy volviendo loca —me digo a mí misma mientras revuelvo el café.

Entorno los ojos en la mesa y hago un puño con mis manos. Vuelvo a levantar la cabeza y veo
otra vez esa mata de cabellos alborotados y bronceados. Es un hombro de aspecto delgado y
masculino, de anchos hombros y fuertes manos. Tiene las piernas cruzadas, lleva unos jeans
gastados. Pero lo que me llama la atención es lo que hace: dibuja con concentración en una hoja
blanca, utilizando lápices de carbón y su dedo largo.

Trago y me obligo a olvidar esto, a dejar salir a Edward de mi cabeza. ¡Ahora lo veo! ¿Cómo es
eso posible? Oh mi Dios, estoy enferma. ¿Qué tiene el café? ¿Me han puesto algunas dosis de
algo?

Mis manos tiemblan como si tuviese alguna enfermedad, las piernas flaquean incluso ahora que
estoy sentada. Siento un fuerte sudor en mi nuca y la sangre en mi rostro acumulada hasta
explotar.

Me lanzo hacia atrás con la silla, rechinando en la cerámica. Tomo mi café y me levanto para salir
de aquí. Pero por el rabillo del ojo veo que he llamado la atención de aquel hombre, por lo que
levanta la cabeza, deja el dibujo a un lado y puedo verlo con detalle.

—Carajo —susurro.

Es Edward. Dios santo, es Edward… ¿¡Cómo es eso posible!? ¿Cómo…? Dios… Cielo Santo…

Mi cuerpo no se mueve aunque le ordeno que salga corriendo de aquí, pareciera que tiene
autonomía. ¿Pero qué diablos?

—¿Bella? —exclama él.

Escuchar su voz fue como invadirme de diversas emociones que hace años no sentía. Mi
estómago se retorció con fuerza, el sudor frío se hizo aún más presente.

Tú estás muerto, tú estás muerto, tú estás muerto…, pienso constantemente.

Él comienza a acercarse y yo me echó a caminar lentamente, de espaldas a la multitud. El café


tirita en mis manos y yo no soy capaz de contener el horror. Mi rostro debe ser un espectáculo
digno de ver, un paisaje bello.

—Bella, regresaste —me dice con los ojos brillantes.

Sus hermosos ojos hacen contacto con los míos y yo me siento desvanecer, la garganta se
prepara para expulsar los peores gritos.

—¡Aléjate de mí! —vocifero.


Él se estanca en sus pasos y levanta las manos con asombro. Sus dedos están bañados en
carbón lo que genera en mí los recuerdos más hermosos y terribles de mi vida.

—Soy yo, ¿me recuerdas?

Esa melodía celestial, esa vibración… Su voz, su aterciopelada canción. Su garganta, su quijada,
su barba de ya dos días, sus ojos soleados, sus labios carnosos…

—¡No sé quién eres! —gimo—. Aléjate de mí —vuelvo a demandar.

Esto es una locura, él no es Edward. ¡Estaba muerto! ¿Cómo podía concebir la idea de que
Edward estaba vivo? Han pasado ocho años desde que está muerto, no es posible que haya
resucitado de la nada. ¡Eso no existe! ¡Estoy loca!

¿En qué momento pude ver este tipo de visiones? ¿Soy una desquiciada que ya ha quebrantado
cualquier porcentaje de noción en mi cabeza? ¿Quién soy? ¿Es tanta mi desesperación por verlo
que ya estoy inventándolo?

Él hace un gesto lastimero con su rostro y abre la boca para hablar, pero no puede. Nos
quedamos en silencio, mientras yo me aferro a la única idea lógica: estoy loca.

En un rápido movimiento acerca el dorso de su mano a mi mejilla. Lo siento en mi piel, en aquella


pequeña caricia. Los recuerdos, ah, los malditos recuerdos de mierda vuelven a posarse muy en
mi interior. Sus ojos dorados me siguen con preocupación, mientras sus propios dedos hacen
caricias furtivas en mi rostro. Su suave toque es tan exquisito, como si fuese real, oh Dios, es tal
cual lo recordaba…

El nudo está en mi garganta, las lágrimas quieren salir y yo no soy capaz de respirar.

Dios, ¿qué estoy haciendo? Estoy disfrutando de las fantasías que crea mi cabeza, estoy tan loca
que necesito desesperadamente de su imagen para poder sobrevivir. ¡Esta es una utopía! ¡Estoy
imaginando! No debo aprovecharme de este delirio, podré terminar aún peor de lo que ya estoy al
saber que está muerto.

Su mano se apodera de mi muñeca para acercarme a él, pero yo no puedo seguir, todo esto me
está…

—¡Suélteme! Yo no sé quién es usted —grito.

El café tirita un poco más y cae duramente en mi blusa y el suelo. Está caliente, lanzo un alarido y
él frunce el ceño con desesperación. Quiere acercarse a ayudarme, pero yo no se lo permito.

—¡Déjeme en paz! —le digo por última vez antes de salir corriendo por los pasillos.

Siento mi nombre detrás de mí, pero no me giro, eso solo me hará peor. Doy traspiés contra el
suelo y topo con Jane, que me mira con miedo.

—¿Está usted bien, señorita? —me pregunta. Su voz suena lejana, como si se fuese metiendo en
un cubículo.

—Yo… ¡Necesito…!

Mis piernas se doblan y caigo al suelo. La oscuridad se apodera de mí y me sumerjo en una


inconciencia espantosa, con sus ojos fijos en mí, esos dos soles dorados que me miraban
fijamente y su roce perfecto en mi mejilla.
Pero qué cap... Demoré en actualizar, pero llegó. Espero les haya gustado. Un beso

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

VIII

Edward POV

Estoy acabando el rostro de Bella en el papel. Sonrío cuando esos ojos abstractos se encuentran
con los míos. Deseo tenerla al frente de mí solo para decirle que le quiero, nada más, solo eso.
Puede irse al demonio cualquiera oportunidad de volver a ser lo que nunca fuimos, solo deseo
verla por última vez.

Mis dedos están negros por el carbón y estoy sudando frío. No sé qué es, pero siento una mirada
furtiva en mí. Levanto la cabeza y la encuentro. Al principio pestañeo y no entiendo lo que veo,
creo que es una imagen loca de mi cabeza. Acostumbro a imaginarme a Bella muy cerca de mí
sabiendo que son solo fantasías, pero en este caso la veo moverse con cautela y ella también me
mira.

Se nota nerviosa, no sé por qué. Y yo también lo estoy y es por el simple hecho de tenerla a
centímetros. Ha vuelto. Oh Dios, ha vuelto por su madre, ella jamás podría dejarla sola. Me siento
avergonzado por haber sentido decepción en su momento.

Se levanta de su silla y emerge un recorrido con el vaso de humeante líquido. Yo hago lo mismo,
no puedo dejarle ir. Ella se tensa y me mira con expresión horrorizada.

—¿Bella? —le digo claramente, buscando la forma de acercarme a su asustado semblante.

A medida que me acerco a ella va yendo hacia atrás para alejarse de mí. Su café da brincos en
su mano, posesa de un terror inigualable.

Pero yo no puedo ocultar la emoción que siento de tan solo verla. Soné tanto con ese momento
que ahora no puedo ver la magnitud de su mirada. Tengo mi atención puesta en su boca, en el
movimiento frenético de sus labios, como si diera una plegaria. Siento un leve temblor dentro de
mí al imaginarme besándola, teniéndola entre mis brazos para hacerle sentir viva. Pero sus ojos
están distintos, demasiado maduros, demasiado expuestos en el dolor más inmundo que un ser
humano puede tomar. ¿Dónde quedó esa chica que conocí y sonreía a pesar de todo? Ahora me
mira como si fuese un demonio.

—Bella, regresaste.

Hace un mohín y abre la boca.


—¡Aléjate de mí! —me grita con fuerza.

Levanto mis manos y paro con mi persecución lenta. Dios, ¿por qué ha hecho eso? ¿Qué le ha
sucedido conmigo? Mi garganta se aprieta y yo trago, intentando deshacer el nudo.

—Soy yo, ¿me recuerdas?

Parece batallar en su cabeza, una turbulenta masa de palabras internas. No sé qué le sucede y
temo por ella.

—¡No sé quién eres! Aléjate de mí —demanda con hostilidad.

Su trato me revuelve el estómago y duele. Quiero decirle que todo está bien, que no tiene por qué
tratarme así, pero sinceramente, las palabras no salen. Me siento aprisionado por los
sentimientos que embargo ahora, me siento mal, muy mal, no la reconozco, pero sin embargo sé
que es ella. ¿Qué demonios sucede? Nunca reparé en que este momento llegaría, menos de esta
manera.

Su respiración está acompasada, como un pequeño animal indefenso, como si yo fuese un


cazador dispuesto a asesinarla. Pero me aferro a la idea de que es solo un mecanismo de
defensa, ¿el por qué? No lo sé. Quizá su mundo no compatibiliza con el mío y le aterra que le
vean conmigo. Esa idea me parece aún más asfixiante que cualquier otra.

Sin embargo, necesito sentir su piel, aunque sea una última vez. Lo más probable es que luego
se vaya, así que debo aprovechar de inundarme de ella antes de que se vaya para siempre,
porque este es nuestro para siempre, sin nada más que miradas y despedidas terribles a cuesta.

Le acaricio la mejilla con el dorso de mi mano, temiendo a cada segundo que me grite, pero no lo
hace, ella cierra los ojos por un instante, inundada de los recuerdos. Mi corazón bombea, aunque
trato irrevocablemente a permanecer intacto ante sus ojos. Como si ella fuese un animal, un
pequeño ser cediendo a las caricias del ser humano, llevo mi mano lentamente hasta su muñeca
para acercarla a mí, pero hace un mohín y sé que todo intento ha sido en vano.

Me grita y finge nuevamente no reconocerme, su mano da un vuelco terrible y el café se derrama


en su blusa. Quiero ayudarle, pero no me deja, insiste en que debo dejarle marchar porque no me
conoce y soy un extraño. Corre rápidamente entre la gente del hospital y yo grito su nombre para
que me explique por qué está haciendo esto, pero ella me ignora. Me siento pisoteado
nuevamente.

¿Qué hice mal? La he querido incondicionalmente todos estos años, he esperado por ella, no
para que acepte cosas de mí, sino para preguntarle qué tal su vida, para decirle todo lo que no
pude en su momento. Pero huyó, fingió no conocerme, como si lo nuestro no hubiese sido nada…

La gente me mira, parecen anonadados con el espectáculo. Me observan con cierto recelo, pues
las palabras de Bella sonaron como si le hubiese atacado. Tomo las hojas llenas de dibujos y los
meto atolondradamente al bolso que llevo conmigo. Doy media vuelta y me dirijo hasta la salida
del hospital para dirigirme hasta el único punto donde mi cabeza podía esclarecerse.

Paro frente a la tumba de mi madre y me acerco hasta el áspero cemento de la cruz. Lo acaricio y
dejo llevar mis emociones con ella, viendo las letras parduzcas con su nombre puesta en la
lápida.

Esme Cullen. Esposa, madre y hermana.

10 de Septiembre de 1930 — 30 de Agosto 1965


La necesito, sé que por alguna razón ella sería capaz de decirme qué hacer. No tengo idea de por
qué el destino me la había quitado tan pronto, ahora necesito los sabios consejos de mi madre.
Ojalá pudiera tenerla conmigo, decirle lo que siento. Con papá no puedo hablar, él insiste en que
Bella no es para mí, la detesta por el simple hecho de dejarme destrozado en Forks, al igual que
Jessica.

Oh por Dios, Jessica… No sé qué hacer con ella, los sentimientos han vuelto como demonios y…
¿Qué hago? ¿Qué le digo? ¿Qué dirá ella cuando vea a Bella?

Siento un doloroso sollozo a una lápida de diferencia. Me yergo y veo a una mujer llorando contra
una pequeña tumba llena de flores y rosas de diferentes colores. Hago un mohín, la mujer llora
contra los restos de su bebé. Es rubia, adulta y entre sus brazos se esconde una niña de unos 5
años. La pequeña también observa la tumba y ella le pregunta a su madre si es su hermanita la
que duerme ahí. La mujer le asiente con la cabeza y vuelve a hacer otro mohín.

La rubia mujer lleva ropas delicadas y muy finas, la niña también. Las pequeñas manos del
infante depositan las flores en el pedazo de tierra y ella mira con devoción, como si ahí se
encontrase su hermana. No puedo despegar mis ojos de ellas, estoy ensimismado en la situación,
aunque muy dentro de mí siento el dolor, mamá y Bree también descansan en su tumba.

La mujer se levanta y me mira, abre la boca con sorpresa y se limpia las mejillas con el dorso de
su mano. Toma a la niña de su mano y se alisa la falda con la otra. Tiene los ojos parduzcos y
azules, muy cansados, como si embargara un tormento terrible dentro de ella. La niña es su copia
exacta, ambas rubias y sangre de su sangre.

No sé por qué siento que la he visto antes, pero sinceramente no se me vienen nombres a la
cabeza. Tampoco parece ser de aquí, admito que es hermosa y en estos lugares la hermosura,
fineza y delicadez contrastan bastante con la brutalidad de un pueblo como Forks.

—Yo te he visto antes —me dice ella, con la mirada entornada hacia mi rostro.

Me sorprendo de que ella piense lo mismo que yo. Ella parece meditar algunas cosas
internamente, luego sonríe.

—Tú eres el que pinta cuadros de aquella mujer —me dice—. Yo quise comprarte uno aquella
vez, nos vimos en Nueva York.

Ella y yo nos encontramos cuando yo buscaba a Bella en aquella ciudad, con los retratos que
había hecho de ella la gente se paraba a preguntarme quién era o si los vendía, y por supuesto
esta mujer fue una de aquellas.

—Estabas con un hombre, pero eso fue hace más de cinco años —le susurro.

La mirada de la rubia se enturbia y se ve más triste que antes.

—Royce King Jr. Mi ex marido —finge un tono de voz neutral, pero se quiebra—. Soy Rosalie.

Levanto mis cejas ante su presentación. Ella es directa, pero dulce.

—Un gusto. Edward Cullen —le acerco mi mano y ella la estrecha.

La forma en que me mira me envuelve realmente, siento que ella me conoce aún más que este
simple momento, siento que me reconoce aún más allá.

—¿Encontraste a aquella mujer misteriosa? ¿Cómo era que se llamaba? —inquiere.


—Isabella Swan —decir su nombre me es difícil, sé que todos pueden reírse porque es famosa y
yo un pobre diablo.

Pero ella no lo hace, no sonríe ni finge creerme un loco, al contrario, sus ojos se vuelven tristes y
melancólicos.

—La famosa Isabella, ¿o me equivoco?

Sonrío con tristeza y asiento.

—¿La has vuelto a ver luego de aquella búsqueda? —Sus ojos explosionan en un brillo inaudito.

Miro mis manos e intento sonar normal, a pesar de que tengo las lágrimas atascadas en mi
garganta.

—Hoy —digo.

—¿Hoy? —suena asombrada—. ¿Y qué tal?

Me encojo de hombros.

—Ha fingido no reconocerme.

El rostro de Rosalie cambia de diferentes emociones hasta topar con la decepción, luego
recuerda algo y murmulla un demonios.

—¿Estás bien?

—La verdad es que no, he pasado diez años de mi vida esperándola y ahora esto…

—No debe ser fácil —dice distraídamente—. Me gustaría que pasaras a mi nuevo proyecto, es
una tienda de flores y chocolatería. Sería un honor que pintaras las paredes internas con muchos
paisajes, algo natural —se encoge de hombros—. Me has agradado en cuanto te conocí aquella
vez en Nueva York.

La niña me mira y sonríe; no puedo evitar devolverle aquel gesto.

—Yo también he sufrido muchos problemas amorosos, tanto así que he tenido que huir de Nueva
York cuando se me presentó la oportunidad.

—¿Por qué Forks?

—Aquí murió mi bebé y… necesitaba quedarme junto a ella, a pesar de que no la pude tener
mucho tiempo conmigo. —Sus ojos se aguaron hasta formar un pequeño riachuelo entre sus
mejillas—. ¿Tú qué hacías aquí?

—Quería ver a mi madre.

Asiente.

—Bueno. ¿Aceptas venir y pintar mi muralla? Te pagaré muy bien.

Sonrío.

—No necesitas pagarme. El arte no se vende —le guiño un ojo.

Isabella POV
Siento el suave peso de la oscuridad sobre mí, el piqueteo incesante de un reloj que está a mi
lado y los golpes de algunos metales puestos en una caja. Lanzo un jadeo involuntario, me pesa
la cabeza y tengo un dolor terrible en mi costado. Tiro de mi brazo para llevarlo hasta mi frente y
el suero incrustado en mi vena me lo impide.

—Tenga cuidado, puede salirse —me dice la enfermera, Jane.

Abro los ojos de sopetón y me estremezco con el frío lugar. Me ha desabotonado la blusa y se me
ve el sujetador. Me tapo disimuladamente.

—¿Qué ha sucedido? —inquiero, asustada y ansiosa. No recuerdo mucho, tengo la cabeza


envuelta en muchos torbellinos.

Jane se acerca y me da una sonrisa tranquilizadora.

—Se ha desmayado.

Miro al suelo y me pregunto por qué ha sucedido aquello, por qué es que tuve aquel horrible
shock. Levanto la cabeza y me quedo estática en la camilla, mirando hacia ningún lugar en
específico, solo fijamente y con la vista borrosa.

—¡Edward! —grito.

La enfermera camina hacia atrás y mira hacia el lugar en donde tengo puesta la mirada, pero al
no encontrar nada sospechoso, se acerca y espera pacientemente a que le diga algo.

—¿Por qué me duele el costado? —le pregunto, ignorando sus intrínsecas ganas de saber mi
dolor interno.

—Se ha golpeado al caer al suelo, me tomó desprevenida y no pude contenerle —susurra.

Asiento.

—¿Ha venido algún chico a preguntar por mí? —mi voz es solo un hilo casi inaudible.

Jane frunce el ceño y luego los labios, niega y sé que su mirada es de consuelo. Poso mis ojos en
mis manos y hago círculos con los pulgares.

—¿Puedes dejarme un minuto a solas? Me gustaría esclarecer mis pensamientos un momento


—le pido.

Ella sale en silencio. Me levanto de la camilla, miro el suero conectado a mi vena y tiro de él con
fuerza. Jadeo y exclamo algunas palabras. Tomo un algodón y lo pongo en el pequeño punto de
mi antebrazo, palpo y espero a que la sangre deje de salir.

Me siento completamente neutralizada, no sé qué pensar, qué decir, cómo actuar. Me he


desmayado, sí, ¿por qué? Por Edward… Edward…

Cierro mis ojos y me dejo llevar por los recuerdos de hace unos minutos, horas, no lo sé. Está
vivo, es lo único que pienso, está vivo y no ha cambiado absolutamente nada de lo que siente por
mí. Mi corazón bombea rápidamente dentro de mi cuerpo, infunde mi cuerpo de sangre, se
desboca, solo de pensar en él… Vivo.

Recuerdo su mirada, su súplica… Y yo hui de él, inventé la estúpida excusa de no conocerlo. Sé


que es mejor, prefiero que no me busque. Pero su toque, ah, ese toque mágico en mi rostro…
Qué éxtasis el volver a sentirlo, qué maravilla poder sentir su respiración tan cerca.
—Dios mío, está vivo —me digo a mí misma.

Me siento flaquear otra vez, las piernas que se doblan, los brazos débiles. ¿Cómo puedo
soportarlo? ¿Cómo…Carmen? Me tapo la boca con la mano para ahogar un grito. Quiero
asesinarla, quiero recuperar el tiempo que ella me quitó. ¿Qué hubiese sido de mí si él no
estuviese muerto? Oh, cielo santo, arruinó mi vida.

Arreglo mi blusa y salgo lentamente de la habitación, la gente no se preocupa de mi presencia, lo


que agradezco infinitamente. Vuelvo a la habitación de mi madre, pero ésta duerme; prefiero no
molestarla. Tampoco está Carmen, lo que me genera una gran ventaja. Sé dónde está y necesito
verla, sí, ahora. Cuando topo con la cafetería, entro y reviso el lugar un momento. Algo llama mi
atención; es un papel. Lo tomo y lo miro con agonía, mis ojos se llenan de lágrimas y tapo mi
boca con mi mano para no soltar un sollozo.

Soy yo. Oh por Dios, soy yo. No está acabado, el dibujo aún no termina por completarse, eso
quiere decir que Edward estaba dibujándolo hace unos minutos, antes de que yo haya aparecido
ante él. La sola idea me revuelve el estómago y me quema el corazón. Él jamás se ha olvidado de
mí; me quiere, aún me quiere. No sé por qué siento pena por eso, una horrible desazón.

Me entrego a los paisajes de Forks, camino por las calles y topo con mi auto. Miro hacia los lados,
rogando para que Edward no se apareciera por estos lados. Me meto al auto y manejo con
velocidad por la carretera, escrutando los alrededores con mi mirada. Llego hasta mi barrio, el
lugar en el que viví por cuatro años de mi adolescencia.

La casa tiene un color desvaído. Ahora parece celeste claro, pero antes era chillón. Es de dos
pisos, como todas las demás, de madera tosca y gastada. Los techos caen con fuerza y el tejado
ha perdido una que otra pieza. El porche está lleno de luces de navidad, y más allá está aparcada
mi bicicleta.

—Viejos recuerdos —susurro.

Si tengo un poco de suerte, la llave estará escondida debajo del macetero que está puesto en la
ventana más pequeña, la del baño. Reviso y sonrío triunfal; ahí está. Meto el pequeño metal
dentro de la cerradura y abro la puerta marfil con pequeñas manchas por la suciedad de los años.
Debajo de mis pies hay una alfombra llena de polvo que me da la bienvenida.

Dudo por un momento en meter el pie, pues puede haber alguien y ese alguien sufrirá las
consecuencias de mi ira.

La casa al parecer está ocupada.

Siento el olor del perfume de mi madre, la suave brisa de la ventana abierta también me hace
apreciar que el jardín ha estado adornado de muchas flores. Paso mi mano por la cortina de la
ventana más próxima, el papel de las paredes, los muebles limpios, muchos de ellos picoteados.

Hago un mohín y comienzo a llorar de golpe, la sensación que me ha embargado es exhaustiva.


Tantos recuerdos en estos lugares, tantos llantos, gritos, emociones, navidades. Pongo una mano
en mi pecho y respiro profundamente mientras mi pecho da espasmos por los sollozos, aunque
aún no puedo parar de llorar, de soltar todas las emociones que he mantenido.

—Oh Edward —susurro con un hilo de voz.

Paso mi mano por la mesa de la cocina y camino por entre la pequeña isla y los muebles
decorados con las flores que pintaba Edward cuando entraba en casa, cuando Phill no estaba
para hacerle sentir incómodo. Esbozo una sonrisa al ver la pequeña oración en la esquina de la
encimera, bien escondida de los ojos curiosos: Te quiero, Bella.

Suspiro y me dejo caer en la silla más próxima. Escondo mi rostro entre mis manos y dejo
escapar el resto de emociones que tengo guardadas. Sollozo con fuerza, el pecho se eleva con
las exclamaciones de dolor que salen de mi garganta. Luego me duele la cabeza, dejo caer mi
frente en la dura madera vieja y percibo el olor del barniz. Estiro mis brazos por todo lo largo y
vuelvo a llorar como si la vida se me fuera en ello.

No fue un sueño, no fue una ilusión, no fue una fehaciente enfermedad de mi cabeza. Fue real.
Edward está vivo, y todos estos años he estado engañada por la irrefutable envidia de mi prima.
¿Cómo tan estúpida? ¿Cómo es que pudo engañarme en tamaña magnitud?

Me siento sucia, esclava de mentiras, de la sociedad. ¿Por qué tanto daño? ¿Qué le hice a ella?
Si hubiese sabido que realmente estaba vivo yo… Oh diablos, ¿qué puedo pensar? ¿Qué puedo
decir?

Primero el engaño de mi madre, luego Edward… ¡Por Dios! Creerá que le odio, que no quiero
verlo. ¿Quiero verlo en realidad? ¿Es lo que necesito?

—No puedo irme de aquí —me digo—, no puedo dejar a mamá sola, no con Carmen.

Aún estoy paralizada, aún sigo en ese estado de trance que no me deja salir. Ver a Edward me
ha hecho una estatua. No puedo parar de llorar.

Siento la puerta de la habitación superior abrirse de par en par, lentamente. Los pasos de aquella
persona son lentos y suaves. Alarmados. Yo me quedo esperando a que aparezca, aguantando el
horrible sentimiento que me embarga.

—¿Alguien anda por ahí? —pregunta Carmen.

Su voz produce una furia tan irreconocible en mí, que sé que pronto puedo cometer la peor locura
de mi vida.

Sus pasos aumentan hacia mi dirección, la cocina. Yo espero, paciente, con el lado de la cara
hacia la puerta, esperando a ver sus ojos castaños contra los míos, tan hipócritas.

Carmen atraviesa el umbral y abre la boca con horror, a pesar de todo le sorprende mi presencia.
Espera pacientemente a que hable, pero yo no le daré ese privilegio. Me recorre con sus ojos y
levanta la barbilla; siempre tan soberbia, altiva y arribista.

—¿Por qué estás tú aquí? —me pregunta. Su voz va emprendiendo un vuelo sorprendente, como
si estuviese agarrando la seguridad de los aires.

Yo aún estoy abstraída, incapaz de soltar lo que tengo en mi pecho. Quizá todavía no proceso lo
que debería.

—Es mi casa —le digo con contención, pasando por alto que ella no es más que una invitada de
lo que siempre fue mi hogar.

—¿Tu casa? Ésta dejó de ser tu casa cuando te fuiste.

Sus palabras me hacen enfurecer.

—Es mi casa —afirmo y me acerco hasta ella, apretando mis puños—, no la tuya.

No dice más, solo ignora mi presencia. ¿Cómo puede ser así?


—¡Me mentiste! —le grito con rabia.

Da un respingo.

—No sé de qué hablas.

Lanzo una risotada agotada.

—¡A lo de mi madre! ¡A lo de Edward! —grito con fervor—. ¡Provocaste mi dolor por años! ¿Por
qué? —A medida que hablo muevo las manos desesperadamente, atrapando mi ropa entre los
dedos—. Lo de mi madre podía perdonártelo, quizá estabas ensimismada en hacerle ver a mi
madre que no soy una buena compañía, lo sé… Pero Edward… ¡Me mantuviste alejada del
hombre que amaba por todos estos años!

Mi voz se vuelve áspera, gastada, rota. Quiero llorar, pero tengo todas las lágrimas atascadas en
mi garganta. Carmen traga, no sabe qué decir; yo tampoco.

Me quito el cabello de la cara, dándome cuenta de lo que acababa de decir. Nunca había
afirmado lo que sentía por él, a nadie. ¿Lo amo? Ahora no lo sé, estuve tantos años creyendo que
jamás lo volvería a ver que la simple idea de tenerlo tan cerca ahora me revolvía el estómago
como si tuviera millones de mariposas dentro.

—Nadie puede probarlo. Es tu palabra contra la mía.

Miro al suelo con frustración y dejo de apretar mis ropas.

—¿Quién te crees tú para venir a decir eso? —mi voz sube dos octavas más.

—¡Todo! —grita—. Estuviste años causándole dolor a mi tía, preocupándole, denigrando nuestro
apellido. Eres una cualquiera, Isabella, no tardaste en acostarte con Edward, le hiciste sufrir, para
luego marcharte sin darle siquiera una razón coherente. —Mis ojos se llenan de lágrimas al
recordar el momento exacto—. Por zorra Phill te quitó lo único que pudo unirlos…

La ira me consume y le aviento una cachetada en toda la mejilla derecha. Ladea la cara y frunce
el ceño. Me duelen la palma y los dedos, arden como condenados. Carmen está roja de rabia, sé
que atacará, no es tonta.

—Nunca vuelvas a mencionar a ese pedazo inocente que no tenía la culpa de nada, no vuelvas a
mencionar al único ser que pude haber protegido con mi vida. ¡Nunca! —gimo, con los dientes
apretados por la rabia—. O te romperé la cara.

Carmen estruja sus ojos, mientras yo acabo de llorar afirmada de la isla de la cocina. Miro al
techo e intento ocultar todo lo que me está consumiendo por dentro, comportarme como una
mujer adulta, pero no puedo evitar volver a sentirme como aquella niña que huyó de Forks por
culpa de su padrastro.

—Agradezco infinitamente que te hayan obligado a hacerte el aborto —sonríe—. Eras una zorra
que se acostó con el primer pelmazo que sintió atracción, quedó preñada y ocultó el secretito
durante dos largos meses. ¡Es una bendición que lo haya asesinado! ¡Es una bendición que no
hayas podido parirlo…!

Tomo lo primero que hay a mi lado: unas tijeras. Aprieto a Carmen contra mi cuerpo y la pared,
con las tijeras cerca de su cuello. Siento la sangre hirviendo, la furia creciendo en mi pecho como
si fuesen llamas que crecen, inflamándose y alimentándose de los malos sentimientos.

Sus ojos brillan de horror puro, puedo verme en su pupila y su iris castaño, veo mi rostro
desfigurado por el odio y la tristeza. No puedo hacerlo, por mucho que le odie, por mucho que me
hayan dolido sus palabras… ésta no soy yo. No soy una asesina.

Tiro las tijeras al suelo y me alejo lentamente, llorando de por medio.

—Viví ocho años creyendo que Edward había muerto en aquella guerra, mortificándome por lo
que le dije, por lo que no pude decirle, por todo —le digo—. Él era lo único que me hacía sentir
linda, inteligente y digna de amor, nadie más. Me arrepiento tanto de no haberle dicho que le
quería cuando era correspondido, ahora debe odiarme. Hubiese sido lindo haber tenido a su hijo.

Miro mis dedos y éstos tiritan con fuerza.

—Edward merece una chica mejor que tú. No eres nadie para él, Isabella, él necesita de alguien
con los pies en la tierra, no una soñadora viciada con quizá qué barbaridades.

Me quito los residuos de mis lágrimas y aliso mis pantalones.

Tomo su cabello entre mis dedos y lo tiro. Carmen llora ahora y yo no soy capaz de soltarle.

—Nunca vuelvas a profanar la memoria de mi hijo no nato, o te mato —gruño—. Yo tuve que
cargar con ese dolor hasta ahora, tú qué sabes de amar con devoción hacia un ser que
esperabas con ansias.

—Tenías diecisiete…

—¡Me importa una mierda la edad que haya tenido en ese momento! —le grito—. Yo estaba feliz
y el maldito de Phill me obligó.

La suelto y la lanzo contra la pared. Se golpea el hombro, gime y se soba.

—Fui prostituta en Nueva York para poder enviarle dinero a mamá cuando supe de su cáncer
—respiro con profundidad—. ¿Y qué hiciste tú? ¡Me decías que ella no lo quería! —Tomo uno de
los platos y lo lanzo al suelo.

Voy dándome cuenta de todo el daño que me ha causado. Sus mentiras, ese odio palpable, las
ganas de verme abajo… ¡Me ha roto la vida!

—¡¿Por qué?! —gimo—. Yo solo quería ayudarle. ¡Es mi madre!

—¡Porque ya tenía suficiente contigo!

—¿Suficiente conmigo? —me río—. Es mi madre, la quiero… ¿Por qué no me permitiste


ayudarle?

—Tú presencia en esta ciudad solo traería problemas.

Intento controlarme, pero sigo sintiendo una rabia inmunda en mi pecho.

—¿Y por eso inventaste que Edward estaba muerto? ¿Por eso me hiciste llorar día y noche
durante un año? ¿Por eso evitaste que volviera a Forks para poder venir a verlo?

Me acerco con peligrosidad hacia mi prima.

—¿Qué tienes con Phill?

Ésta vez siento su vergüenza y culpa.


—Eso a ti no te importa.

—No, no me importa —susurro—. ¡Lo que a mí me importa es todo el daño que me hiciste!

Da un respingo.

—Me han roto la vida completamente, yo ya no quiero más —le digo.

Me alejo, aliso mis pantalones otra vez y me calmo, respirando lentamente por unos minutos.

—Quiero que te largues de esta casa. Toma tus cosas y lárgate de la casa de mi madre. No
quiero volver a ver a nadie de ustedes por acá. ¿Oíste?

—¡No puedes echarme! No tengo adónde ir —me dice con desesperación.

—Lárgate —ordeno.

Le tomo del brazo y le obligo a salir de la casa. Mis dedos se clavan en su piel con rabia y la
lanzo hacia la salida. Da un par de traspiés y cae de boca al suelo. Comienza a sangrar y me
amenaza que traerá a la policía, pero no temo, ella no lo hará porque sabe que si eso ocurre yo
puedo ir y contarle todo a mamá.

Subo las escaleras y veo por la ventana que ella intenta levantarse con lentitud. Reviso la
habitación y sé que es de ella, en los muebles está su ropa. La saco y la lanzo hacia la ventana.

—Púdrete en la mierda —le digo antes de cerrar la ventana detrás de mí.

Caigo al suelo con la espalda en la pared y tapo mi rostro con mis manos para luego romper a
llorar.

Listo, capítulo para ustedes. Lamento la demora, espero la historia siga siendo de su agrado. Un
beso y un abrazo.

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo Gods & Monsters de Lana del Rey.

IX

Isabella POV

Me abrazo a mí misma en el cuarto pobremente decorado, mirando hacia un punto inexistente.


Mis manos tiemblan y se sienten débiles al igual que mis piernas, como si tuviese fatiga. Es la
rabia lo que me mantiene de esta manera, y el dolor, sí… El dolor…

Me toco el vientre y cierro los ojos un momento. Forjé un camino de hielo toda mi vida, esperando
a que el sol lo calentara hasta derretirlo, pero ahora sé que el único sol capaz de hacerlo es
Edward. Él es el sol que derrite mi hielo. Ahora no sé qué puedo pensar con respecto a esto,
tampoco sé que pensar con todo lo sucedido hace solo minutos.

Carmen se atrevió a profanar el recuerdo de mi embarazo, el que apenas duró dos meses. Me
arrepiento tanto de haber sido débil, de no haber podido protegerle de las garras bestiales de mi
padrastro. Sé que es mi culpa, porque si tan solo le hubiese dicho a Edward en su debido
momento… Ahora es muy tarde, él nunca lo supo y no tiene por qué saberlo.

Me limpio la nariz con la mano y me levanto a duras penas del suelo. Debo ser fuerte pase lo que
pase, no dejarme caer por los ruidos de mi pasado. Sé que será difícil con Edward a tan cerca,
con el hecho de que en realidad no está muerto.

Comienzo a reír de felicidad, una felicidad que nunca jamás había podido sentir.

—Está vivo —susurro—. Gracias Dios —miro al techo y junto mis manos.

Con saber de su bienestar mi corazón se tranquiliza. Necesito hablar con él, decirle que lo siento
mucho, que realmente le quise y que todo lo que pude haberle dicho con anterioridad solo era
pasado. No sé si decirle la razón por la que hui, aunque al haber sido el padre de aquel pequeño
le da el derecho.

Pero hay algo que está completamente claro entre nosotros, y es que, precisamente, nunca habrá
un 'nosotros'.

No puedo permitírmelo.

Reviso la guía telefónica que guarda mi madre celosamente debajo de su cama. Siempre lo hace.
Eso me saca una efímera sonrisa porque me trae recuerdos. Reviso las páginas y encuentro el
número de un cerrajero para que cambie la chapa de cada puerta. Le llamo y él me contesta
enseguida.

—Cerrajería Weber —contesta una mujer.

Le doy las coordenadas de la casa y ella ya sabe quién es la dueña. Bien. El pueblo sigue siendo
una caja de fósforos donde todos se conocen. Terrorífico.

Se supone que el cerrajero llegaba en unas horas más, o sea casi a la cena. Supongo que no
comenzará a trabajar enseguida.

Entro a la habitación de mi madre y reviso el lugar que aún huele a ella. Espero que vuelva pronto
a esta casa, pues quiero quedarme con ella hasta que se encuentre mejor. También puedo
llevármela a conocer Los Ángeles, que vea el mar y el sol en todo su esplendor. Sonrío y siento
un poco de ansiedad por verla, quizá era solo lo que le hacía falta a mi vida… Amor. Ver a mi
madre y saber que jamás se sintió asqueada de mí sino orgullosa de todo lo que hecho, sea
bueno o malo, me aumentaba el aire de los pulmones y me reanimaba a seguir con mi vida
mierda.

Un sudor frío recorre mi nuca cuando recuerdo mi intento de suicidio. Cierro mis ojos y me
reprendo internamente. Gracias a Dios no sucedió, sino hubiese muerto sin saber que mamá
estaba tan orgullosa de mí. Diablos… Hubiese muerto pensando que Edward estaba muerto.
Carmen no se quedará tranquila y eso me asusta, la maldad es lo último en morir. No puedo
escapar, debo estar aquí para mi mamá… Y la perspectiva de ver a Edward nuevamente me eriza
los vellos del cuerpo. Verlo tan vivo, tan adulto… Está tan lindo, tan cambiado en muchos
sentidos.

¿Habrá estado con otra mujer en estos largos años? La simple idea me revuelve el estómago y
yo me odio por aquello. Él no es mío, nunca lo fue, sí estuvimos cerca de tener nuestro propio
pedazo, pero eso quedó en el pasado.

Vuelvo a tocar mi vientre y cierro los ojos un momento. Carmen ha vuelto a abrir la herida que
estaba ya cerrada, haber perdido al único ser realmente mío fue la peor herida de todas y no
pude perdonármelo hasta hace muy poco. Por eso y mucho más me fui, el aborto que Phill me
provocó fue la gota que rebalsó el vaso de mi aguante, le soporté tantas humillaciones, tantas
palabras, tantos episodios de violencia, pero su homicidio jamás.

Cuando salí del hospital y el médico me explicó que había sido un aborto espontáneo —claro,
espontáneo—, no pude ver a Edward por mucho tiempo. Me tomó mucho tiempo darme cuenta
que no podía seguir pisando el mismo suelo que él, sabiendo todo el daño que nos habían hecho
a Edward y a mí, él sin saberlo.

Ah. No puedo superarlo, pero sí aguantarlo. Diez años, já, diez años con eso en mi mente todo el
tiempo, muchas veces creyendo que lo había olvidado. Ahora Carmen logró abrir la herida y ésta
está supurando.

Me encojo de hombros, respiro hondo y paso los recuerdos hacia otro lado.

Me meto a mi antigua habitación y otra vez lloro. Es doloroso. Mucho. Estar separada de tus
raíces, sufrir por tanto tiempo, dormir en camas extrañas y luego volver a lo que realmente fue tu
hogar… La sensación es indescriptible. Soy como una niña luego del largo viaje en vacaciones,
regresando al nido…

Me siento en la cama de pobres edredones amarillentos, el polvo salta y forma pequeños vahos
que vuelan por el aire. La luz me da en la cara, la ventana es grande e ilumina por completo la
pequeña habitación. Las paredes están desnudas, pero recuerdo que hubo muchos dibujos en la
pared izquierda. Phill los debe haber sacado antes de irse y dejar a mamá sola.

Debajo de la cama hay una caja muy rota y pisoteada, aunque su interior está intacto. Soy tan
masoquista que me inundo de los recuerdos que hay dentro. Fotografías, escritos, cartas y dos
soquetes de color azul; son de bebé, yo misma los tejí cuando supe de mi embarazo. No los quise
botar cuando le perdí, aún creo que es parte de mi vida y de mi historia.

Las fotografías más viejas son de mi padre biológico, el que me botó por el alcohol. Charlie Swan.
Me buscó un par de veces, pero no le acepté sus peticiones. Ni Phill, ni Charlie, ni ningún
hombre, ninguno merecía mi respeto. Mama decía siempre que él era egoísta y por eso le dejó.

Cuando era pequeña me buscaba y me regalaba dulces, mamá se asustó y le prohibió acercarse
a mí.

El cielo se ha despejado y sale el sol de inmediato. Un milagro. Necesito salir, me estoy volviendo
loca en esta casa. Me pongo un abrigo y meto los soquetes de bebé en el bolsillo. Corro hasta mi
carro, saco las maletas y las guardo en mi habitación. Al instante me meto al auto y manejo hasta
el único lugar que me relajará al completo. Sí, sigo siendo masoquista, pero no voy a ese lago
hace mucho tiempo.

Portland, salida poniente. Son las cinco de la tarde, el cerrajero llegará a casa más tarde. Tengo
tiempo suficiente para esclarecer mis pensamientos. El cielo sigue alumbrando con su sol
brillante, está un poco abajo, lo que me avisa que muy pronto oscurecerá.

Paso por Portland, donde no hace tanto frío. Aún siguen aquellas tiendas de dulces, no se han ido
a pesar de que muy pocas personas pasan por aquí. Aparco en la pradera, junto a las piedras. El
campo está lleno de flores silvestres, coloridas y desparramadas por las pisadas de unos
individuos. No le doy importancia y sigo aquel rumbo, admirando desde lejos el tranquilo horizonte
de la laguna.

El agua es parduzca, pueden verse las piedras de la orilla y luego la arenilla que hay más al
fondo. En el lado izquierdo hay un sauce y en la rama cuelga una cuerda gruesa. Sonrío con
nostalgia ante aquel pedazo inerte; Edward la puso ahí cuando ambos teníamos 16 años.

"—Tienes que agarrarte fuerte de la cuerda, sino te caerás —exclamó Edward desde el lado más
profundo de la laguna. Él es alto, por lo cual el agua no le llegaba más allá de los muslos.

—¡Sabes que no sé nadar, Tony! —vociferé con las rodillas temblando.

—¿No confías en mí? —rodó los ojos—. Yo te atraparé cuando caigas al agua.

No era que no confiara en él, solo temía mucho de golpearme en alguna parte del cuerpo.

—Cuando cuente hasta tres.

Estiré los brazos unos segundos y luego enredé la cuerda en mis manos.

—Si me llega a suceder algo…

—No permitiré que te hagas daño, Bella, recuérdalo —dice con un tono cansino, pero divertido.

Asentí, cerré mis ojos y me impulsé caminando hacia atrás, enseguida volviendo hacia delante y
volando con la fuerza de la cuerda. Sentía cómo el viento chocaba contra mi rostro, el sol que me
hacía ver anaranjado a pesar de que tenía los parpados apretados, luego los brazos de Edward y
el agua salpicando contra mi cara.

Abrí mis ojos y lo encontré observándome profundamente. El dorado de sus ojos era como la miel
derretida y brillante, suave y dulce. Le sonreí y él también a mí.

—¿Ves que jamás permitiría que algo te hiciese daño?"

Aún no sé por qué dejé pasar tanto tiempo, por qué demoré tanto en aceptar lo que sentía por él.
Cuando algo se te escapa de las manos y ya no lo tienes para asegurarte de su presencia,
valoras mucho más lo que pasaste con él. Eso me sucedió a mí. Permití que el tiempo pasara,
permití que Emmett se adueñara de mí por mucho tiempo, mientras veía a Edward sufrir en los
rincones. Pienso que, al no haber sentido demasiado con Emmett, me apreciaba mucho más
segura, si me acercaba a Edward era como acercarse al remolino de emociones que yo no quería
sentir.

Y fue que, un día como cualquier me levanté de la cama, con un sol fuerte atravesando mi
ventana, vi a Edward parado fuera de mi ventana desde la primera planta. Sonreí como nunca lo
había hecho, repasando mis ojos en su cuerpo y en su rostro. Mi corazón bombeó con fuerza y la
sangre llegó hasta cada punto de mi cuerpo. Me sonrojé y agradecí que él estuviese a través de
la ventana para no notarlo.

Luego de aquello mamá me avisó que él había llegado y que esperaba en la sala. Me vestí con
nerviosismo, esperando a no parecer tan fea ante su mirada. Luego me sonrojé más por eso y
negué con la cabeza. Ahí supe y logré aceptar que él era el único que me preocupaba, tanto en
su opinión, su forma de verme y sus sentimientos hacia mi persona.

Aquel día dejé a Emmett y él se molestó mucho como también yo me molesté con él. Emmett
McCarty iba a ser médico, ese era su sueño, mientras que mi único sueño era vivir en una cabaña
alejada de la ciudad, escuchando mi música favorita y, si es que podía, con los hijos que tendría
en un futuro próximo.

No éramos compatibles en lo absoluto, pero él alegaba quererme.

Edward se mostró feliz cuando le conté. Le acompañaba durante semanas hacia la laguna
mientras él pintaba y miraba hacia el horizonte con los ojos empañados en emoción. Sabía muy
bien que mi presencia le hacía sentir tranquilo, que me quería mucho, demasiado quizá. Fui
egoísta, porque pensé solo en mis sentimientos y me atreví a acercarme a él cuando solo me
sentía sola y sabía que él no iba a atreverse a nada malo.

Pasaron los días y lo besé, una cosa dio a la otra, la ropa sobró y…

Mis entrañas se remueven al recordar, puedo vomitar mariposas ahora mismo. Pero, Dios, jamás
había recordado con tanta viveza cada beso de sus labios en mi cuerpo, sus caricias delicadas,
su mirada esperando a mis gemidos.

Quería ser amada y él me amó, pero la maldad ganó y me separó de Edward.

Me siento en la tierra elevada junto al sauce, acerco mi cabeza al tronco y suspiro pesadamente.
Aprieto mis rodillas a mi regazo y me aferro a mí misma para no llorar. Sé que tengo ganas de
sollozar, de quitarme los sentimientos de dentro, pero no puedo vivir toda mi vida pensando en lo
que fue cuando me queda vida para un habrá.

Suena ilógico cuando hace tan solo unos días planeaba quitarme la vida, pero ahora siento que
me puede esperar algo, sobre todo ahora que tengo muchas cosas por hacer.

Fui tan tonta al haber dejado que lo de Edward y yo haya ido tan lejos, pero estar en sus brazos
era el momento más feliz de mi vida. Él no le temía a Phill, pero yo sí. Llegar a casa luego de
estar con Edward era un martirio.

Phill es obsesivo, lo era mucho más hace diez años. Una vez comenzó a olerme para declarar
que había pasado todo el día cogiendo con Edward. Mamá negaba con la cabeza, miraba de lejos
mientras él tiraba de mi cabello y me lanzaba a mi habitación para que me encerrara y rezara a
Dios. Mi madre esperaba a que terminara y lloraba amargamente, demasiado cobarde para
interferir en la prepotencia de un hombre que no tenía siquiera mi sangre.

Y lo más gracioso era que aquella vez que me decidí a entregarle mi pureza a Edward, la única
vez que cogí con él, Phill no estaba en casa. Odiaba el término coger cuando era con amor, no
sabía por qué mi padrastro utilizaba esa palabra cuando aquel momento entre Edward y yo había
sido tan hermoso.

Semanas más tarde comencé a vomitar y todo se fue a la mierda. No me cuidé y ese fue el gran
problema, aunque… no era un problema en sí, yo estaba feliz y asustada, qué estúpido. El
problema era Phill…

Niego con mi cabeza y sacudo mi cuerpo con un sollozo. En un tiempo atrás fui una mujer tan
soñadora, pero de eso no queda nada. Todas esas ilusiones e ideas de mi cabeza se estancaron
en cuanto pisé Nueva York, cuando dejé todos mis recuerdos y deseos en la butaca debajo de mi
cama, en Forks.
El viento azota mis cabellos y el pañuelo que tengo en mi cuello sale volando junto a algunas
ramillas que quedan del otoño pasado. No le doy importancia a aquel pedazo de tela, pero sí a las
risotadas que puedo escuchar a un lado de la maleza, contra el lago y el sauce.

Están a unos pasos más allá, las hierbas, arbustos, flores y el sauce me tapa de los individuos
divertidos que hablan de la navidad. Las voces me son conocidas, no podría olvidarlas, menos
cuando la voz masculina la había oído hace solo horas.

Mis dedos están estancados en su posición por el frío que hace, machacan el césped helado de
mi alrededor. Dejo de respirar para que no me oigan, aunque muy bien sé que están más
enfrascados en su burbuja que en lo que sucede a su alrededor.

Miro por entre las ramas y me fijo en el espectáculo más horroroso que alguna vez pude
presenciar. Jessica y Edward están firmemente abrazados en una manta, contemplando el lago
que alguna vez fue nuestro.

—No estoy segura de ir a tu casa, me da un poco de vergüenza —le dice Jessica con una boba
sonrisa.

Edward le quita el cabello del rostro y la queda mirando con los ojos emocionados. Luego
desciende el dedo índice y anular por su mejilla y la barbilla. El estómago se me contrae con
fuerza, siento un sudor helado en mi espalda y la brisa hace que me produzca un frío arrebatador.

Mi corazón se enrosca en sí mismo. Una sensación vieja y avasalladora llega hasta mí, siento la
calidez de mis sentimientos como si mi cuerpo entero volviese a la vida.

Es el sol que está derritiendo el hielo forjado por tantos años, es el mismo Edward que, sea como
sea, me está obligando a sentir.

—Sabes que mi padre te adora, Jasper también estará muy feliz de verte hoy —le susurra él.

Reprimo un sollozo al saber sus planes, pero al instante me siento una imbécil. ¿Por qué siento
esto? ¿A qué demonios quiere jugar mi podrido corazón? No tengo razones para sentirlo, ni
derechos, claro que no. Yo le dejé hace diez años y Jessica le ayudó a sobrellevarlo, claro que sí.
Fue mi culpa.

Pero, ¿por qué me quema tanto? ¿Por qué verle con ella me produce tanto dolor? Me siento
imbécil. Una niña. Siento la pérdida de alguien que jamás fue mío, la pérdida de alguien a quien
deseché sin mirar atrás.

Soy masoquista, pues sigo pendiente de lo que hablan. Noche buena juntos, navidad juntos,
familia entera a la espera de que ellos se besen tan enamorados. La idea me causa náuseas. Me
atonta también el hecho de que sienta el sabor a traición, la ligera decepción que me causa esto.

Jessica logró tener lo que tanto deseó por años. Edward siempre fue su amor, siempre lo esperó
y lo cuidó cuando yo me fui. Es una buena recompensa. Tampoco siento simpatía por ella, porque
puedo apretar la mandíbula ante el odio que siento.

Lo logró, y yo no. Lo tiene, y yo no.

Aún sigo escuchando sus palabras dulces; no puedo irme todavía, puedo hundirme aún más.

El frío viento se cuela entre los pliegues de mi blusa manchada con café. Eso me recuerda lo que
sucedió con él, mis palabras saliendo de la garganta con un sonido gutural y escalofriante. Pero
no es para menos. Le creí muerto por tantos años que… la simple idea de verlo respirar parecía
un sueño y una pesadilla.

Por una parte me resigné a enterrar mis emociones porque jamás iba a volverle a ver, pero me
asusta mucho el hecho de que todo haya quedado en el aire, a la espera de que se aclare.

Huir fue la peor decisión, pero no quedaba de otra. Si seguía con Edward, si le contaba a él todo
lo que mi padrastro me provocó… De seguro él ya estaría muerto. Realmente muerto.

Irónico fue que, queriendo protegerle de la muerte, dos años después Carmen me avisó de su
fallecimiento. Y con esa ironía de la vida viví ocho años más.

Siento odio, rencor, las ganas de una venganza sin remordimientos. Tuve la oportunidad con la
traidora Carmen Denali, pero no era yo… Simplemente no soy una asesina. A pesar de que Phill
me lo decía día a día luego de aquel aborto.

Aún me siento culpable.

—¿Mi regalo está bien guardado? —le pregunta Jessica mientras acerca su boca a la de él.

Edward no se separa, la sigue con la mirada, le sonríe. La quiere mucho.

—Bajo siete llaves —le dice con voz dulcificada y suave.

Siento celos. Dios, no puedo creerlo. Siento celos.

Jessica le acaricia el cabello y le da una sonrisa traviesa.

—Soy muy curiosa —afirma ella.

Su voz suena a calor, a deseo. Mis entrañas vuelven a revolverse, incómodas y ansiosas para
que acabe todo este espectáculo de amor barato.

Espero a que Edward ataque, al fin y al cabo es un hombre. Ningún hombre apacigua el fuego
que crece en su interior, menos por el recuerdo de una mujer que le dejó, sin antes pisotearle el
orgullo y dignidad. Edward es un animal, y los animales dejan que sus instintos fluyan
espontáneamente.

Aparto mi vista del hueco de las ramas cuando Jessica enreda sus brazos en el cuello de él y tira
para besarlo con pasión. Mis ojos se aguan y crean un recorrido por mis mejillas hasta acabar en
mi boca.

El dolor que siento es aún más deprimente. Pero es infundado, no entiendo por qué mi corazón
se hunde cada vez más al sentir los besos de Edward y Jessica a tan solo metros de distancia. Mi
cerebro me pide que me retire, que deje atrás estos recuerdos que me carcomen el alma. No es
mío, nunca lo fue y jamás lo será. Esa posesión que siento no me hace orgullosa, al contrario, me
siento basura por apropiarme del único hombre que he amado toda mi puta vida.

Sonrío con desgana y me levanto sigilosamente, sin tomarme el privilegio de espiarlos una última
vez. Me da asco. Duele. Quema. Sofoca.

Cobijo el tejido que una vez hice para mi hijo y camino hasta mi auto que está más allá. Me meto
en él, suspiro, dejo los soquetes a un lado y enciendo el carro con furia. Mis manos tiemblan por
el frío y la ira. Los dedos se acalambran cuando intento moverlos, pero responden a mis
peticiones.

Arranco y manejo hasta mi hogar. Sí, al fin puedo llamar algo como hogar. Forks está blanco y
lleno de luces navideñas por doquier. Miro mi reloj de pulsera y noto que son las siete de la tarde.
Queda un poco de tiempo para comprar algunas cosas en el supermercado.

Paro frente al supermercado más grande, justamente el que queda más cerca de casa. Y ese
supermercado es tan conocido para mí que hasta me produce nauseas recordarlo. Los McCarty
son los dueños.

Abro la puerta y suena una campana, la que da aviso de mi llegada. El lugar está casi vacío. Y
está cambiado. Lo han ampliado hartas veces, pues la última vez que lo vi era un pequeño
lugarcito de compras. Ahora venden hasta juguetes, carísimos. ¿Quién podría comprarlos en un
lugar tan pobre como Forks?

Con sigilo tomo un carrito de compras y manejo por el pasillo principal. Hay varias dependientas y
unas cajeras a la espera de que se acabe su turno. Me dedico a contemplar el estante de licores,
eligiendo mis próximos compañeros de noche. Tomo unas cuantas botellas de cerveza y otras de
vodka, ignorando la dirección de algunos pocos ojos que me miran con asombro y asco.

Una borracha más en Forks, pensarán, es igual a su padre, Charlie. El policía más torpe y
estúpido de los Estados Unidos. Todos los Swan somos una basura.

—Isabella, qué sorpresa —me dice una conocida voz masculina, gastada y vieja.

Me giro y encuentro al dueño del supermercado. Matt McCarty, el padre de Emmett. De inmediato
me siento nerviosa, como si fuese la tonta niña que pudieron obligar a abortar.

—Matt —susurro contrariada.

Él me mira como si no pudiese creer que estuviese ahí.

—¿Qué haces por aquí? Te habías ido a probar suerte y la tuviste. ¿Por qué regresar a un pueblo
tan horrible? —dice con algo de humor en su voz.

—Mi madre —vuelvo a susurrar con la timidez impregnada en mi piel.

Abre la boca y deja escapar un jadeo. Al fin ha recordado que Renée Swan ha decaído de su
cáncer de páncreas.

—Qué tonto, debí haberlo recordado. ¿Cómo estás?

Su forma de comportarse me hace sonreír débilmente. Matt McCarty siempre había sido así:
natural, humilde y espontáneo, sin rencores o deudas del pasado. Era su esposa la que me
provocaba terror.

—Dispuesta a celebrar la noche buena —digo mirando hacia las botellas que estaban puestas en
el carrito.

Me mira con algo de tristeza.

—Emmett estaría encantado de verte…

—No creo que sea buena idea. —Me aferro al barrote del carro para comenzar a andar y pagar
las botellas.

—Tienes razón, nuestra familia no ha sido muy buena contigo.

Intento avanzar hacia la caja más próxima, pero él me detiene con su mano en la malla metálica
del carrito. Lo miro, Matt sonríe.

—Tu compra va como regalo.

No sé qué decir. Muerdo mi mejilla interna y medito lo que está sucediendo. No está bien aceptar
regalos de una familia que me odió tanto tiempo, no está bien volver a entablar conversaciones
con los McCarty.

—Ni te atrevas, Matt, sabes que ésta mujer no es bienvenida aquí —le dice una mujer.

Me giro y contemplo el arrugado rostro de Marcie McCarty, la madre de Emmett. Sus ojos
escrutadores y azules me observan de par en par, en busca de algún detalle para sacarme en
cara.

—Deja ya los malos entendidos y dale una oportunidad de bienvenida a la chica —insiste Matt.

—De ninguna manera. Yo no trabajo todos los días para regalarle cientos de botellas de alcohol a
una borracha.

Mi sangre se enciende, pero hago caso omiso a mi deseo de venganza. No puedo hacer un
espectáculo, realmente soy una figura pública ahora.

—No te preocupes, Matt, puedo pagar todo esto yo sola.

Sueno tranquila y neutral.

Pongo todas mis botellas en la cinta de la caja para que la chica las pase por el código. Cuando
acaba le pago, mientras la vieja madre de Emmett sigue hablando mal de mí sin importarle que yo
esté escuchando.

Meto las botellas atolondradamente en las bolsas, me pongo las gafas y camino hacia afuera para
subirme a mi auto. Al bajar por la escalera hasta la calle no me percato del hielo que ahora está
pegado al cemento. Me doy un fuerte golpe en el trasero y sigo bajando de escalón en escalón
hasta llegar abajo, con ambos muslos rasmillados y las bolsas desparramadas. Las cervezas se
reventaron y quedaron dos botellas de vodka sanas y salvas.

Una mano grande, de delgados dedos níveos y masculinos, se apodera de mi brazo para
sujetarme de otra resbalosa caída. Me fijo en sus zapatillas, luego en sus jeans desgastados, que
por cierto, había visto anteriormente, una remera roja y una chamarra de cuero apretada a su
cuerpo. Casi emito un grito cuando topo con sus ojos de color miel.

Es de noche, está oscuro, la luz apenas alumbra su rostro, pero sé que es él.

Buenas noches, cumplo con otro capítulo de este fanfic ¡que está recién comenzando! :P Pronto
viene el verdadero drama de esta historia. Gracias por leer.

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo Winter Song (Ft. Ingrid Michaelson) de Sara Barielles.

Isabella POV

—¿Te has lastimado? —me pregunta con aquella voz delicada y poderosa a la vez.

Niego rápidamente.

Me paro con algo de dificultad y recojo las botellas que consiguieron salir con vida. Él me mira
lentamente, a pesar de la oscuridad. Pero no me reconoce, porque tiene una sonrisa respetuosa y
distante, la que una persona esboza cuando no le conoces.

Dejo escapar el aire que tengo incrustado en mis pulmones, pero la luz de un coche logra darme
en el rostro y Edward frunce el ceño de inmediato.

—Disculpe, pero ¿por qué utiliza gafas cuando es de noche?

Sé que quiere que me las quite, avergonzada claro, por lo estúpida que me veo con las gafas de
sol puestas en el rostro.

—No me gusta quitármelas —digo suavemente.

No se quiere dar por vencido, claro que no, Edward no es de esos. Me fijo en la silueta de su
nariz y en la forma roja de sus mejillas. Siento cosquillas en mi estómago, pero las evito con un
solo pensamiento: "concéntrate", me digo internamente.

—Yo… Creo… Te he visto antes —dice mientras sacude la cabeza buscándome en sus archivos
cerebrales.

—¡Edward! ¡Mira ese cascanueces! —le grita Jessica desde la tienda que está frente al
supermercado.

Edward se gira para mirarla y yo aprovecho de correr hasta mi auto. Cuando me meto él se queda
de pie mirando con curiosidad y suspicacia, pero no hace nada más. Niega y da la vuelta para ir
con Jessica, su novia. Es mi pase para meter la llave e ir a andar hacia mi casa.

Mis manos tiemblan contra el manubrio y los dedos se incrustan en el cuero. En un momento
tengo que parar porque no puedo seguir conduciendo. Respiro y luego dejo escapar el aire, una y
otra vez, solo para controlarme.

No sé qué es, pero la presencia de Edward me ha puesto a un nivel casi histérico. Quizá es el
hecho de que se me haya presentado por sorpresa… Otra vez.

Y Jessica, nuevamente presente cuando tengo aquella imagen de ambos en el lago que alguna
vez fue nuestro. ¿Cómo puede ser así? ¿No le persigue nuestro recuerdo? ¿Nada?

De pronto quiero un vaso de vodka, como siempre. Han pasado muchos días sin beber y lo
necesito, realmente embriagarme se ha vuelto mi necesidad humana, como el agua, respirar.
Estoy pensando babosadas. Soy mujer. Soy sentimental. Es normal que piense babosadas de un
hombre que ha intentado arreglar su vida del caos que le he dejado. Debería sentirme bien de
que él haya dejado todo el dolor a segundo plano, sobre todo con una mujer como lo es Jessica.
Pero siento celos y no puedo evitarlo.

Cuando topo con la casa, saco las botellas y me escabullo por el oscuro lugar hasta entrar. Se me
hace extraño que el cerrajero no haya llegado, aunque todavía es bastante temprano para la cena
de noche buena. O quizá él no tiene familia. Bueno, en ese caso le entiendo. Mi única familia está
en el hospital. Espero que Jane le acompañe si es que todavía está en el hospital.

Enciendo la radio y escucho la música que tocan en una emisora de la zona. Al parecer es buena
música. Incluso antigua para estos tiempos. Vincent, de Don McLean.

Esa canción es dolorosa, realmente sofocante. Me trae recuerdos de mi pasado de puta, cuando
ya estaba experimentando los vestigios de la dolorosa muerte de Edward. Siempre le recordaba
pintando, dibujando. Sonreía creyendo que fue feliz a pesar de todo lo que le dije. La melodía me
hacía recordarlo, y aún más los estribillos, la poética forma de Don para expresar el arte de
Vincent van Gogh.

Edward es un profundo admirador de aquel artista. Pasaba horas viendo el cuadro "Starry Night",
una copia que su madre le había regalado cuando era muy niño.

For they could not love you


But still your love was true

Esa parte me gustaba mucho. Explicaba claramente todo lo que Edward era para los demás, el
sentimiento que sentía yo al ver cómo pisoteaban su autoestima en la escuela, cuando era solo
envidia de su gran potencial artístico.

—Ellos no pudieron amarte, pero aun así tu amor fue verdadero —recito con fuerza, mientras
tanto me meto a la cocina para intentar cocinar algo para mi cuerpo.

No he comido nada.

—Este mundo no fue hecho para alguien tan bello como tú.

Le hice daño y permití que otros lo hicieran. Apagué su luz. Y ahora, cuando él quiere ser feliz
aparezco frente a sus narices. Soy un estorbo.

Busco en la alacena alguna cosa para comer, pero solo encuentro carne de cordero añeja. Me
encojo de hombros y preparo la olla para cocinar un poco de sopa. Mientras sigo escuchando la
canción para Vincent van Gogh, rebano una que otra verdura y me recuerdo que debo ir a
comprar más verduras estos días.

Bebo el vodka desde la botella y revuelvo la sopa que se hace calurosamente en la olla. Huele
bien, aunque no la tomo mucho en cuenta gracias al alcohol que comienza a meterse en mi
sangre.

Por cada recuerdo, cada beso entre Edward y Jessica, doy un sorbo. Por cada cicatriz, cada
arrepentimiento, doy un sorbo.

Me conduzco hacia la sala donde está la gran mesa y el florero de porcelana que mi abuela le
obsequió a mamá hace muchos años. Lo quito con cuidado y pongo algunas velas. No quiero luz,
no la siento necesaria.
La sopa está lista y el cordero ya caliente. Lo mezclo, sazono y pongo verduritas sobre éstos.
Miro hacia mi improvisada decoración navideña; mis ojos se llenan de lágrimas.

Estoy completamente sola.

—Feliz navidad, Bella —susurro, para luego beber otra vez desde la botella.

Nuevamente me atormento al rememorar que Edward y Jessica pasarán la noche juntos.

Cuando pongo el plato en la mesa y me siento para comer junto a los soquetes azules, escucho
unas voces detrás de la puerta principal. Frunzo el ceño y me levanto bruscamente. Tocan a la
puerta; una voz femenina y otra masculina, las siento muy lejanas. No las puedo reconocer.

Abro con lentitud y casi caigo hacia atrás, desmayada. ¡Alice! Oh mi Dios, Alice Brandon ha
llegado y está en Forks.

—¡Sorpresa! —exclama, levantando dos valijas de color burdeos.

—Eh… Si me disculpa, he llegado para arreglar la cerradura de… Bella —susurra Jasper
Whitlock abriéndose paso entre nosotras dos. Su rostro se ha desfigurado y ahora me mira como
si fuese un sueño. O una pesadilla.

Yo no sé qué decir, estoy callada y apenas consigo respirar. Por una parte está la sorpresa de
Alice, mi única amiga, y ahora Jasper, el primo y mejor amigo de Edward me ha encontrado.
¡Diablos! Le diré que estoy durmiendo aquí, quizá vendrá hacia acá a pedirme explicaciones. O
simplemente le dará igual, me reprendo en un segundo.

—¿Quién es éste? —dice Alice con mala mirada.

Jasper se hace a un lado incómodo. Lleva una camisa a cuadros y unos jeans desgastados,
como su primo. Las botas gruesas le quedan bastante bien. Se ve más hombre, más cambiado y
más maduro. Me pregunto si tendrá novia.

—Oh, Bella, yo, eh… Mmm… —Los sonidos que hace con la boca me demuestran sus nervios—.
¿Has llegado hoy?

—Sí, Jasper, he llegado hoy —le digo cansinamente.

Alice entra a la casa y deja las valijas en el suelo. Se cruza de brazos y da golpecitos con sus
relucientes zapatos de tacón. Jasper le sigue la mirada a sus esbeltas piernas y se sonroja.
Parece un infante ante una tentación.

—Lamento la demora yo… Creí que era nuevamente Carmen a la espera de que le arregle las
cerraduras. —Se corre el cabello rubio del delgado rostro.

—¿Carmen te ha pedido que vinieras? —inquiero sorprendida.

—Para que no entre Phill ni Charlie a molestar a tu madre.

Levanto las cejas sin poder evitarlo.

—Bueno, creo que puedes irte a casa ahora. Llamaré para que vuelvas cuando acabes las
fiestas.

Asiente y se da la vuelta para irse, pero algo le detiene. Alice bufa exasperada.
—Feliz navidad, Bella —dice—. Es un gusto tenerte nuevamente en el pueblo.

No puedo evitar sonreír. Pero luego recuerdo que él estará junto a Edward y a Jessica.

—Feliz navidad, Jasper. Espero que la pases muy bien con tu familia. —Mi voz sale ácida y
ahogada en rabia.

Él abre sus ojos verdes y asiente.

—Un gusto conocerla, Srta. Brandon —le dice a Alice.

—Adiós —gruñe mi amiga a mi lado, dándose la vuelta y sujetándose la mata de cabello castaño
entre los dedos.

Cuando Jasper sale de la casa, Alice se aprieta entre mis brazos y grita de euforia al verme. Su
aroma se cuela en mis fosas nasales y puedo asegurar que ya no estoy sola en estos lugares.

—No quería que pasaras la navidad a solas —me susurra con los ojos llenos de lágrimas—. No
ahora que te vas a enfrentar a tantos demonios.

—Oh, Alice —gimo.

Nunca he sido muy efusiva, pero en estos momentos la emoción me gana. La sorpresa de ver a
Alice entrar por mi puerta y la aparición de Jasper me habían elevado más de una vez.

—¿Cómo supiste que estaba aquí? ¿Cómo es que…? —me enredo en mis propias palabras. No
sé cómo expresarme.

Alice me toma de ambas manos y me obliga a sentarme en el sofá. Me pasa las manos por el
rostro, probando mi temperatura.

—Es un pueblo, Bella. No me costó nada valerme de mi nombre para que un par de chicos me
dijera que ésta era la casa Swan. Supe de inmediato que estarías aquí. Te conozco como la
palma de mi mano —susurra—. Estás muy pálida, quizá te ha bajado la presión. ¿Ha sucedido
algo muy malo?

Me siento realmente mal con sus palabras: "te conozco como la palma de mi mano". Ay, Alice,
hay cosas que no conoces de mí. Le he ocultado mis peores dolores, solo porque no soy capaz
de decirlo a viva voz.

—Solo es… Ha sido un día muy largo —le digo.

Se levanta y mira hacia la mesa. Le da una ojeada al plato que pobremente he preparado y a la
botella de vodka. Niega con los labios fruncidos. Va a regañarme. Pero algo la detiene y es
precisamente lo que no debería ver.

—¿Qué es esto, Bella? —me pregunta con la voz alterada.

Toma los soquetes azules y los mira con horror.

—¡No te atrevas a decirme que estás embarazada de William porque voy y te abofeteo! —me
grita.

Me ruborizo enseguida, me levanto del sofá y le quito los soquetes de las manos.

—¡Claro que no estoy embarazada de William, Alice, no seas estúpida!


Me siento indignada. ¿Qué tiene que ver él en todo esto?

El rostro de Alice se relaja notoriamente.

—¿Entonces? —inquiere preocupada—. ¿No estás embarazada?

Niego con lentitud y rompo a llorar.

Edward POV

Llego a casa con las piernas débiles y cansadas; la caminata ha sido pesada. Jessica salta de la
emoción por el cascanueces que le regalé. Ahora ha ido a su casa para cambiarse.

Papá está en su habitación, creo que vistiéndose. Yo mientras me voy a la ducha para quitarme
todo el estrés que he sentido en el día. Cuando el agua caliente cae sobre mi cabeza, cierro los
ojos. Mis hombros están tensos y los músculos contraídos, el agua pasa por toda mi piel y éstos
parecen relajarse.

Apego la frente al azulejo y el frío me hace reanimar mis emociones pasadas. Bella en Forks.
Bella me grita. Bella me mira con desprecio. Bella se va… Cierro los ojos y frunzo los labios sin
poder evitarlos.

Hoy no he podido dejar de pensar en ella. No puedo dejar de pensar en todo lo que ha cambiado.

La culpa me atormenta, sobre todo ahora que Jessica parece estar más efusiva. Es de esperarse.
No hemos podido consumar nada desde que estamos juntos, y de eso hace cinco meses. Bueno,
yo no he podido consumar nada porque no puedo. Una persona no puede estar con alguien
pensando en otro individuo, y yo no voy a acostarme con Jessica pensando en Bella entre mis
brazos.

La idea me produce un ligero temblor. Estar con Bella era una maravilla; aún la recuerdo.
Desnuda, con el cabello aleonado y desparramado entre mis brazos. Piel con piel, su hálito contra
mi rostro, el sonido de la carne, frotándose placenteramente. Todos esos recuerdos estaban bien
grabados en mi memoria y yo solo quería compartir esos momentos con Bella, con nadie más que
ella.

Me sentía culpable por la falta de atención que había tenido para con Jessica durante toda la
tarde que pasamos en el lago. Me preguntaba a cada momento qué estaría haciendo Bella en el
pueblo, lo que pensaría de mí, dónde iría a dormir. Jessica me comentaba cosas triviales, como
siempre, pero yo no podía centrar mi cabeza en ella, solo en la morena de ojos grandes y
marrones que me había mirado aterrada en el hospital.

Cierro los ojos cuando el agua de la ducha me da de lleno en la cara y paso mis manos por mi
cabello para quitarlo del rostro. Eso me da la instancia para pensar aún mejor en todo lo que me
ha sucedido.

—Soy muy curiosa —me dijo Jessica.

Enredó sus brazos en mi cuello para besarme con pasión y deseo. Jamás me había besado así
antes. Me tomó desprevenido, así que solo atiné a seguirle el juego a pesar de mi sorpresa. Ella
me pedía con su cuerpo que nos entreguemos, pero yo no podía hacerlo así como así. El lago era
un lugar especial que no podía compartir con nadie más que con Bella. Y lo sentía mucho.

—No, Jessica, aquí no —le reprendí quitándole las manos de mi cuello.

—¿Por qué no? —exclamó aturdida.


—Sabes bien que no me traería buenos recuerdos en este lugar.

Me acomodé a un lado para evitar el escrutinio de su mirada.

—¿En este lugar? ¡Por Dios, Edward! Pero si no quieres en ninguna parte —gimió.

Me miré las manos por un momento y luego hacia un lado, junto al sauce y las ramas que hacían
un fuerte hasta el otro lado. Fruncí el ceño y distinguí un pañuelo de seda casi transparente entre
las hojas menos marchitas. Al parecer el viento lo había traído hasta acá.

—¿Qué es eso? —inquirió Jessica cuando me paré para tomarlo.

Se lo tendí solo un momento para que lo viera. Frunció el ceño y miró hacia el lugar de
procedencia.

—El viento tuvo que traerlo hacia acá —afirmé.

Lo observé largos minutos, pues me traía recuerdos muy frescos. Quizá era de Rosalie, porque
me parecía realmente familiar. Pero Rosalie… No, no era de ella. Apreté la seda entre mis dedos
y fruncí el ceño. ¿Podía ser de Bella? Ella era la única persona que adoraba la seda incluso antes
de que se fuese de Forks. Pero también podía ser el pañuelo de cualquier mujer que pisaba la
laguna. No obstante, la laguna no era muy conocida, solo Bella y yo la frecuentábamos.

Eso me hizo pensar seriamente. ¿Cómo pensé en traer a Jessica a la laguna? Bueno, ella insistía
frecuentemente por lo que no dudé mucho en hacerle conocer ese pequeño espacio. Fui culpable
de una estúpida reacción para no hacerle sentir mal a ella, pero ahora me sentía mal yo mismo.
Ni Jessica, ni yo, ni mucho menos Bella nos merecemos esto.

Negué con mi cabeza y me obligué a olvidar el pañuelo. No podía ser de Bella, eso era una
coincidencia macabra. Si era de ella entonces nos podría haber visto a Jessica y a mí.

—¿Por qué lo guardas? —volvió a inquirir ella, levantándose de la manta para hacer frente a su
repentino mal humor—. Quizá es de alguna mala mujer.

Estaba metiéndolo en el bolsillo de mi pantalón. El pañuelo era bonito, fino y emitía un exquisito
aroma.

Jessica tomó la pequeña tela y lo miró con algo de asco. Su actitud me incomodó. Lo acercó a
sus fosas nasales y olió lentamente.

—Veo que tenemos personas con gustos caros —dijo irónica—. Chanel.

Levanté la ceja y me permití borrar la curiosidad que me producía sentir el aroma de aquel
pedazo de tela, solo para no parecer un animal.

¿Estoy haciendo bien al intentar olvidar a Bella con Jessica? Me siento una basura podrida, más
aún al intentar hacer lo imposible para que ella se sienta bien. No estoy siendo egoísta, solo
quiero lo mejor para ella. Pero lo estoy haciendo mal. ¡Y diablos! Tenía que aparecerse ella justo
hoy, justo cuando estoy intentando dejarle ir.

Nada es justo en esta vida, claramente. Tampoco es justo que esté sintiendo esto a pesar de que
Bella me odia. O eso vi yo cuando escapó sin decirme nada más "no te conozco".

El agua tiende a relajarme muchas veces, pero ésta vez no logra hacer el mismo efecto en mi
cerebro. Me siento tensionado, como nunca. Me imagino a Bella sola, sentada en algún taburete,
sosteniendo la tristeza entre sus manos.
Y era eso lo que me había llamado la atención cuando la vi. El dolor. Bella nunca fue una chica
risueña, siempre fruncía el ceño cuando era oportuno. Jamás había tenido una suerte de dioses
para que le permitieran sonreír a menudo. Sin embargo, jamás había visto sus ojos tan
miserables. En ella no había inocencia, ni pureza.

Me estremece pensar lo que pudo haberle ocurrido para cambiar tanto. Y me entristece
profundamente saber que ella ya no es la misma.

Necesito expulsar todo esto y la única forma es pintando. Mañana tengo que ir al orfanato de
Forks para enseñarles a los niños a pintar. La hermana Sonya me había pedido expresamente
que fuese, como todos los años, a darles una clase entretenida a los huérfanos. Aprovecharé de
expulsar toda esa desazón impregnada en la sangre y me sumergiré en la bondad de un grupo de
niños.

Tocan a la puerta. Es papá, me dice que Jessica está esperando y que no es de buena educación
dejarla sola. Me apresuro, salgo de la ducha y me visto con lo primero que encuentro. Cuando
salgo hacia la sala está ella junto a mis tías. Todas sonríen y se abalanzan para besar mi mejilla.

Veo a Jessica; está muy guapa. Lleva un vestido sencillo de color ciruela y unas sandalias del
mismo color. El cabello se lo ha tomado en un suave moño. En sus manos sostiene el
cascanueces que le he regalado hoy, hace muy poco.

Otro recuerdo peligroso.

¿Quién era aquella mujer que sostuve entre mis dedos? Estuvo a punto de caerse. Llevaba gafas
y apenas pude distinguir que también tenía el cabello oscuro, cayendo hacia un lado del rostro
para taparse. Evito creer que fue Bella, comienzo a preocuparme al estar viéndola en cada lugar
al que voy.

Jessica ha traído el pavo, el que huele muy bien, por cierto. Tías Hale se pasean por la casa con
total sofisticación. Me recuerdan mucho a mi madre, ella era muy delicada y hermosa.

—¿Jasper no ha llegado? —inquiero con distracción mientras aliso mi camisa frente al espejo.

—Se suponía que acababa su trabajo hace unos minutos —me dice su madre.

Frunzo el ceño.

Jessica está poniendo la mesa con cuidado. Intenta dar una buena impresión hacia mi familia,
aunque no lo necesita, la adoran de cualquier forma. Debo admitir que me gusta estar
acompañado por ella en esta ocasión, siento el calor que me ha faltado. Papá sonríe y me mira
con orgullo, sé muy bien que le agrada en demasía no verme derrotado como acostumbraba.

Miro el reloj apresuradamente cada tantos minutos, la hora va avanzando y Jasper no aparece.
Me pregunto qué le habrá sucedido de camino a casa o qué le habrá detenido.

Las luces del árbol de navidad captan mi atención y me pierdo en las parpadeantes y coloridas
incandescencias. La estrella dorada que está en la punta brilla también, como si tuviera vida
propia. Me meto las manos en los bolsillos y siento el pañuelo de seda. Lo aprieto, lo estrujo entre
mis dedos y le doy vueltas con nerviosismo.

Tocan a la puerta con insistencia. Jessica abre, dejando entrar a un apesadumbrado Jasper. Me
alivia verlo bien físicamente. Cuando me ve me lanza una mirada breve pero que explica mucho.
Quiere hablarme de algo. Pero es imposible, todos esperan el jugoso pavo oloroso que está en
medio de la mesa.
Cenamos tranquilos y compartimos anécdotas divertidas, aunque Jasper come apresuradamente
y yo le imito para poder acompañarle a hablar. Me inquiera su mirada, está muy preocupado.

—Esto ha estado demasiado bueno —dice Jasper—. ¿Me permiten salir un momento con
Edward? Necesito mostrarle algo.

Todos asienten y siguen hablando de la política de Estados Unidos. Aburrido. Le sigo y le veo
caminar hasta el patio trasero. Se para, me da la espalda y cruza los brazos, mirando al cielo
estrellado.

—¿Qué necesitas hablar? Acá hace demasiado frío y…

—Bella está en el pueblo —dice girándose hacia mí.

Sus ojos claros se muestran tensos y temerosos.

—Lo sé —digo al fin.

Frunce el año.

—¿Cómo que lo sabes?

—La vi en el hospital esta mañana —me encojo de hombros para quitarle importancia al asunto a
pesar de lo mierda que me siento por dentro.

Jasper suspira y pone una mano en mi hombro.

—No vayas a cometer una locura por esa mujer, Edward.

—No puedo evitar mortificarme por su presencia —suspiro—. Intento olvidarla, pero no puedo.

Mis ojos se llenan de lágrimas lo que a Jasper le llama súbitamente la atención.

—Ella te hizo mucho daño, primo, no quiero recordarte lo que sufriste por ella. ¿Cómo puedes
seguir pensando en Bella a pesar de todo lo que te dijo?

—A veces la ausencia duele mucho más que el daño infringido —le digo con sinceridad—.
¿Alguna vez has hablado con alguien de la misma manera que hablas contigo mismo? —Lo veo
negar con su cabeza—. Eso me sucedía con ella. Bella era una chica sencilla, natural y
encantadora. Ella me instaba a seguir pintando, me hacía sentir talentoso. Podía hablar horas con
ella y no me aburría.

Me miro las manos. Tiritan. La sinceridad me provoca temor.

—¿Te ha reconocido?

La pregunta duele.

—Fingió ser una desconocida. No me miró más de dos segundos y se echó a correr.

—Me permito ser el abogado del diablo —habla—. Hoy fui a la casa de Renée a cumplir con mi
trabajo, ya sabes, me avisan la casa y voy por mi trabajo a domicilio. —Busca las palabras
internamente—. Me sorprendí al ver entrar a una mujer muy pequeña y menuda a ese lugar,
llevaba maletas. Luego noté que era Alice Brandon. Abrieron la puerta y vi a Bella.

Levanta las cejas y se lame los labios.


—Ella había estado llorando —susurra—, sus ojos estaban mojados, intranquilos y muy tristes.
Aquí hay gato encerrado, Edward.

—¡Si tan solo pudiera saber qué es lo que le carcome por dentro! —gimo.

Me paseo como león enjaulado en el pequeño trozo de patio, mientras Jasper me mira con
tristeza.

—¿Y Jessica? ¿Qué harás con Jessica?

La pregunta no tiene respuesta. Pero digo:

—No necesitas hacer nada, puedes quedarte con Bella si quieres —afirma ella con la voz
rasposa.

¡Nos leemos en el próximo domingo! Un beso y un abrazo.

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

XI

Isabella POV

—Tranquila, Bella, ya te has desahogado —me dice Alice sobándome la espalda con lentitud.

Estoy con el rostro enterrado en mis manos para sofocar los gemidos duros que salen de mi
garganta. He expulsado todo lo que sucedió en el pasado; Alice me ha estado escuchando
durante cuarentaicinco minutos atentamente. Me acompañó llorando también, pues ha pasado
por sucesos desastrosos en su vida, como yo.

—Así que… tu padrastro… —No puede acabar la oración.

—Sí, me obligó a abortar —susurro.

Alice se retuerce en el sofá y me abraza. Yo me despego de mi posición defensiva y la abrazo


también. Su calor me hace sentir mejor, aunque sigo sintiendo el dolor en mi pecho. Su aroma a
femineidad me trae múltiples sensaciones: no estoy sola, Alice me cuidará. La idea me reconforta.

—¿Por qué no me lo habías dicho? —me pregunta y sé que tiene derecho a sentirse dolida.

—Porque es muy doloroso para mí —digo con sinceridad—. Luego Carmen me mintió diciéndome
que Edward había muerto en aquella guerra. El mundo se me había venido abajo.
Miro al techo y cuento las grietas que hay en la madera. Es mi manera de despejar la mente de
toda la basura en la que me encuentro.

—Y ahora resulta que está vivo —susurra ella con miedo de decirlo más fuerte.

Asiento lentamente, subo mis piernas al sofá y me aprieto a mí misma para protegerme de mi
alrededor.

—¿Le has saludado? —murmulla.

—No.

—Pero, Bella…

—¡No quiero sermones! No con Edward —gimo, lloriqueando otra vez—. No soy capaz de decirle
siquiera 'hola'.

—¡¿Por qué?! —Ahora Alice sube la escala de su voz.

Me cruzo de brazos y me enfurruño contra las cobijas del sofá. Alice bufa, se levanta y luego
vuelve a posarse de rodillas delante de mí, tomándome las manos entre sus dedos. Me mira. Sus
ojos azules se conectan con los míos y me hace ceder.

—¿Por qué no quieres acercarte a él? —me pregunta lentamente, como si hablara con una niñita.

Frunzo los labios, respiro lentamente y cierro los ojos.

—No quiero volver a sentir lo que sentí con él.

—¿Qué sentías con él? —Oh, Dios, tantas preguntas.

—Demasiado dolor, pero a la vez me sentía viva. Estar con Edward era como nadar en un
océano sin fin, profundo, duro, pero tan lleno de secretos —suspiro—. Dolía sentir el pecho lleno
de… aire, caliente y espeso. Verlo me estremecía las entrañas hasta un punto asfixiante.

Alice me sonríe con complicidad.

—Así es el amor —profiere—. El amor es morir en vida. Duele, te amarga y te dulcifica al mismo
tiempo. ¿No quieres volver a sentir? Bella, nuestra vida no puede girar en torno al burdel, menos
a lo de tu hijo. Incluso Edward necesita saber la verdad.

No, es imposible contárselo. Me desarmaría. No quiero hablar con él, menos mirarlo. Hoy he
recibido lo suficiente y ha dolido como un demonio.

—Aún le amas —afirma.

—Claro que no —miento.

—¡Le amas! —exclama—. Le amas y darías todo por romperle las costillas a esa mujer que te lo
ha quitado.

Sonrío con desgana ante el recuerdo. Aún siento asco.

—Edward jamás fue mío…

—¡Sí lo fue! ¿Quieres que te recuerde lo que vivieron ustedes en aquel lago? Ambos dieron
rienda a su cariño, culminaron… ¡Lo hicieron! Es tuyo y tú eres suya —sentencia con apremio.
—No digas esas bobadas de teatro francés. Yo no le amo, jamás fue mío y yo nunca he sido
suya. ¡Somos seres libres sin dueño! —insisto.

Soy tan taciturna… Incapaz de ver lo que está enfrente de mis ojos. Alice lo sabe, ¡yo lo sé!
Tampoco soy capaz de remediar ese defecto, simplemente no puedo y me asusta.

Alice levanta las cejas, se vuelve a sentar a mi lado y sé que me dará el discurso exacto para que
le cuente toda la verdad que he estado ocultándole.

—A veces nos cuesta mucho expresar nuestros sentimientos. Cuando creíamos que podíamos
gritar el amor, viene algo que se interpone y nos aprisiona para dejarle ir. Tú creíste que él estaba
muerto y no fuiste capaz de quitar ese dolor, te convenciste que no volverías a verlo y por esa
misma razón te hiciste creer a ti misma que no le necesitabas más. —Tiene tanta razón—. Pero
¿sabes? Le necesitas mucho, lo ves y tus mejillas se calientan con fervor, mas tu vientre se
retuerce, con agonía, con dolor. Ese amor nunca muere, y hoy me has demostrado. Tienes miedo
de volver a querer y, que de ese modo, algo les separe como lo hizo tu padrastro.

Me ha dejado sin aliento. Ella sabe leerme. Bueno, es una adivina. Me impresiona su gran
objetividad en esto, me gusta mucho que haya dicho nada con respecto a él y su relación con
Jessica.

—Bella —prosigue—, hoy te he visto por fin con ese color marrón de tus ojos centelleando en tus
cuencas, brillan, sonríen. No finjas que no te importa, porque no te creeré. ¡Y soy tu amiga!
Necesito sacarte eso de tu interior —bufa—. Pero no insistiré, creo que ya hemos hablado lo
suficiente como para que pienses un poco por todo lo que has pasado. Sin embargo, no permitiré
que te quedes en esta casa tan triste, quiero que salgamos y me enseñes las maravillas de Forks.

Ruedo los ojos y me obligo a sonreírle.

—¿Y qué esperas ver en este pueblo pequeño? —le pregunto.

Se encoge de hombros. Parece risueña.

—Me gustan los lugares tranquilos como éstos —suspira—. Tan pacíficos, tan… humanos.
—Niega con su cabeza y frunce el ceño—. Estoy cansada de vivir llena de flashes, luces, mierda
ostentosa.

Asiento y vuelvo mi vista a mis manos.

—Yo también estoy cansada, Alice —susurro—, pero no tengo otra forma de ganarme la vida.

Entorna los ojos, con gesto ausente. Alisa su lindo vestido de cuadros, luego se pasa las manos
por el cabello.

—Cualquier cosa es mejor que ser puta —declara—, pero también es mejor cualquier cosa antes
que ser un frasco reluciente para satisfacer a los demás.

Alice cocinó y comimos pacíficamente en la mesa. Ahora hablamos de cosas triviales, lo que le
agradezco profundamente. Me cuenta sobre proyectos y algunos chicos que desea conocer más
allá. Me gusta verla enamoradiza, sus hoyuelos en las mejillas le sientan bien.

—A propósito, William quiere hablar contigo —me dice mientras se mete el tenedor en la boca.

Levanto la ceja bruscamente. Siento un remolino interior que no me gusta nada. Me siento…
culpable, y no por lo poco que le he hablado de mi estado. Me siento culpable de la relación que
llevo con él. Niego con fuerza y me quito esos pensamientos de la cabeza
—¿Qué quiere hablar? —inquiero haciéndome la tonta.

Se encoge de hombros.

—Es entendible que quiera saber qué demonios sucede entre ustedes dos —dice Alice con un
dejo de interrogación.

—Somos amigos —insisto con algo de rabia.

—Ya, pero que yo sepa los amigos no se acuestan y se quedan en los hoteles para pasar la
noche.

—Tienes un concepto bastante anticuado sobre los amigos.

Sé que él quiere más, pero no puedo, son demasiados los demonios que me consumen como
para intentar algo con alguien. William es amable, caballero y un buen hombre, con futuro… pero
yo no puedo estar con él. Me aterra esa posibilidad, sobre todo porque mi cabeza solo está
puesta en un solo hombre. Y ese hombre lo creí muerto hace años.

Alice no me vuelve a hablar de William, ahora parece entusiasmada por algo que ha pasado
súbitamente por su cabeza.

—Mañana quiero ir al orfanato a regalar juguetes. Ya sabes, como lo hice en Chicago, Nueva
Jersey y Nueva York.

Alice Brandon tiene un sentido de la amabilidad muy elevado. Cada navidad va hacia los
orfanatos a regalar los juguetes que compra con el dinero que tiene a mano.

No puede tener hijos. En el siquiátrico le administraron mal un medicamento que ella necesitaba
por indicación médica, pues presentaba varios problemas en su útero. Claramente cabía una
ínfima posibilidad de que algún día ella pudiese concebir, pero gracias a ese mal procedimiento
todos sus sueños se fueron a parar a la basura.

A Alice no le gusta hablar de eso, siempre lo evita, y por eso evité también hablarle de mi aborto.

—El orfanato queda muy cerca del hospital, aprovecharé de ir con mi madre mientras tú le
regalas juguetes a esos niños.

Arruga la nariz, sonríe con suspicacia. Algo trama.

—Quiero conocer a tu madre, luego de eso tú me acompañas con los niños.

La idea me parece demasiado elevada, no soy capaz de acercarme a esos seres tan inocentes.

—Pero, Alice… No creo que sea buena idea —niego lentamente—. Además, nunca me lo habías
pedido.

—Quiero que me acompañes ahora, de verdad. —Me toma ambas manos. Sus ojos azules me lo
suplican y yo no soy capaz de decirle que no.

Alice está durmiendo pacíficamente en la habitación de Carmen. Le hemos cambiado los


edredones y sábanas para que se sienta cómoda. Yo estoy en mi cama, junto a los recuerdos que
evité por muchos años. Ésta cama la elegí cuando tenía 12 años. Mamá había vuelto al pueblo
que también evitó por largos años.
Cuando ella se separó de mi padre yo tenía apenas dos años. Mi madre huyó de su tortuosa vida
junto a Phill, quien en ese entonces era su único amigo. Yo era solo un pequeño bultito que
jugaba y babeaba a cada segundo, no me percataba de los llantos que tenía mi madre día y
noche recordando al hombre que amó por tanto tiempo.

Cuando cumplí cinco, mamá estaba ya con Phill y al poco tiempo se casaron. Vivíamos
tranquilamente en Phoenix, Arizona, pero luego, hasta mis doce, ella decidió irse a Forks por el
deseo irrefutable de volver junto a su hermana, la madre de Carmen. Me gustaba ver a mi madre
feliz, sobre todo porque Forks era su tierra.

Su hermana murió al poco tiempo y yo tuve que entrar a la escuela. El primer día conocí a un
chico de cabello cobrizo, delgado y de aspecto introvertido. No hablaba con nadie, miraba
directamente hacia sus manos y ahí se quedaba hasta que la profesora hiciera su entrada al aula.
Pero yo quería sentarme con él.

Ese mismo día me persiguió un hombre para regalarme dulces. Tenía los ojos más bonitos que
había visto en mi vida, un cabello oscuro y rizado tan parecido al mío… Nunca supe que era mi
padre hasta que mamá me encontró con él. Me prometió que nunca más debía volver a verlo, ni
siquiera dirigirle la palabra. Yo acepté solo porque no quería verla tan afligida, acepté a pesar de
todas las preguntas que tenía en la cabeza.

Me tapo con el edredón amarillo y gastado, paso la mano por la almohada y enseguida comienzo
a llorar. Estoy algo sensible. Rememoro todo lo sucedido en el día y aun así no puedo entender
cuán largo me ha parecido. Ha sido como un milenio de agonía, una cantidad exorbitante de
desconsuelo incapaz de soportar. Lo único bueno ha sido la visita de Alice; espero que no se
vaya tan pronto. Me preocupa mucho William, no quiero tener que darle explicaciones.

La luna está tan tranquila, con su reflejo sobre mi rostro. Acusatoria y gran testigo de mis
demonios. Brilla, inquietante. Me estremezco entre los edredones, cierro los ojos por un momento
y dejo escapar un largo suspiro. Quiero dormir, realmente quiero dormir.

Llevo ligueros y un conjunto de negro, creo que es un corsé. Aprieta con fuerza, me lastima y me
hace sentir ahogada. Me paso una mano por el cabello y ahogo un jadeo al sentir la melena corta
y rizada. Me doy cuenta que más allá hay un espejo. Frunzo el ceño, ¿dónde estoy?

Me fijo en mi alrededor y solo distingo una cama con grandes doseles rojos, al igual que las
sábanas de terciopelo. Me intimida. El lugar es oscuro, mi instinto me avisa de peligro y una brisa
cálida me atraviesa la espalda.

Una mano suave recorre mi muslo, el roce es etéreo, inhumano. Siento una descarga potentísima
en toda mi espina dorsal, mis vellos se despiertan y apuntan hacia el cielo. Jadeo, incapaz de
controlarme. ¿Quién es el dueño de este roce tan increíble? ¿Por qué me afecta tanto?

—¿Estás asustada, Isabella? —me pregunta. Su voz es magistral, dulce y natural.

No sé qué responderle, solo siento curiosidad y mucho placer. Me gusta sentir su aliento en mi
nuca, me gusta sentir cómo poco a poco su cuerpo se apega al mío.

Pero me decido a responderle con lo primero que se cruza por mi cabeza:

—A menudo siento miedo.

Con la otra mano recorre el vientre, y a pesar de que tengo puesto el corsé, sus dedos traspasan
el calor abrasante que emana de su sangre. Su mano es de largos dedos y la palma alcanza la
extensión completa de mi piel. Me siento pequeña, frágil… e inocente. ¿Por qué me siento
inocente?

—¿Me tienes miedo a mí?

Apoyo mi cabeza en su pecho y siento la dureza de su cuerpo. Me aprieta ésta vez, con sus
brazos a mi alrededor para atraparme junto a él.

—¿Por qué tendría que temerle? —vuelvo a jadear.

Recuerdo lo que soy: una ramera. Es por eso que ha venido aquí. Pero, ¿cuándo regresé a este
trabajo? Jamás me había sentido así con un cliente, tampoco me había tocado un cliente tan…
delicado.

—Podría hacer de tu corazón tu único enemigo —me dice, pasando sus labios por mi mejilla
derecha.

Mis piernas flaquean, mi estómago se contrae y una extraña sensación se apodera de mi interior.

—¿Quién eres? —gimo.

Me ignora y me tiende una pequeña caja de oscuro color azul. La tomo con los dedos
temblorosos y la abro; es un collar de diamantes.

—Marilyn cantaba que los diamantes eran los mejores amigos de las chicas —susurra.

Sonrío con cierto dolor y reprimo las lágrimas.

—Mi amor por Monroe no alcanzó esa afición por los diamantes.

No puedo ocultar la amargura de mi garganta. Él se da cuenta, pues me da la vuelta y me obliga


a mirarle… aunque no le veo el rostro por la oscuridad del lugar.

—¿Te he ofendido? —¿Por qué me suena tan familiar?

Niego con mi cabeza, aunque en verdad sí me ha ofendido.

—Solo… creí que eras diferente. —Siento el rubor de mis mejillas como si fuese una niña otra
vez.

Las sombras me permiten notar cómo frunce el ceño y aprieta la mandíbula.

—Luché bastante por comprártelo, creí que te gustaría.

Enseguida me siento culpable. Claro que es diferente a todos esos hombres. Por un instante
siento vergüenza de lo que soy, solo porque él ya reconoce mi profesión de mierda. Deseo ser
una mujer normal, no una puta. ¿Y por qué ha venido él hasta aquí?

—Si viene de tu parte entonces me gusta —susurro, dándome la vuelta para que tenga acceso a
mi cuello—. Gracias.

La joya pasa por mi piel, se siente fría y pesada. La sensación me apasiona y me hace sentir
bonita. Sus manos se dedican a acariciar la piel que va atravesándose en el camino y de un
rápido movimiento me da la vuelta otra vez. El collar cae al suelo haciéndose trizas, pero no tengo
tiempo de sobresaltarme o preguntar por qué lo hizo, ya que sus labios se apoderan de los míos
con cierta pasión desmedida.
Me quedo sin aliento, no sé a qué aferrarme, pero opto por su pecho cubierto de una fina camisa
negra.

Sus labios se manejan profesionalmente contra los míos, su suave toque me enloquece y me
hace pedir más. Sus grandes manos se apoderan de mi espalda y me sujetan con firmeza, me
reclaman como suya y sé que lo soy. Soy de éste hombre que apenas conozco y del cual debería
temer.

Sus labios saben a gloria, a masculinidad y a un cariño que desconozco. Me aferro a su cuello y
tiro del cabello de su nuca.

—No sé quién eres —susurro contra sus labios—. Debería temer de lo que estoy sintiendo —le
digo con sinceridad.

Me toma desde los muslos y me retiene junto a él. Yo enredo mis piernas en su cintura y me
aferro a su esbelta figura. La luz se cuela por una rendija muy pequeña, creo que es la de la
puerta. Caigo a la cama de terciopelo rojo, mi cabello se desparrama y él pone ambas manos a la
altura de mi cabeza para observarme.

Dejo escapar un grito al ver sus ojos dorados, su mirada me intimida y me resulta tan familiar
como escalofriante.

—Edward —susurro, escrutando mis ojos para poder verle con mayor detalle.

—Nunca deberías temer de mí, sabes que jamás podría hacerte daño —me dice con lentitud,
saboreando las palabras que salen de su boca.

Había soñado tanto con tenerle a mi lado… Oh Dios, es él, es mi Edward. Comienzo a llorar y él
levanta ambas cejas, con tristeza, no quiere verme así, claro que no. Él nunca podría hacerme
daño, mi Edward es demasiado bueno para eso. La única persona que puede hacerme daño soy
yo misma.

Me limpia ambas mejillas y me besa otra vez. No quiero soltarle más.

Me despierto de sopetón con el aire atascado en mi garganta y gimo de dolor. ¡Era tan real!
Carajo, el aire me sube como condenado por mis pulmones. Golpeo los edredones y me levanto
bruscamente. ¿Qué significa todo esto? Por Dios, claro que no es una señal divina, son solo
burradas mías.

Me impacta que esté soñando con el hombre que tanto deseo, había pasado mucho tiempo hasta
que mi cerebro por fin haya podido decidirse a recordarlo incluso en mis sueños. Edward había
desaparecido tanto de mi vida que ni en mi mente podía surgir, no había sombra del hombre que
había amado con tanta pasión, no había más que simples recuerdos de lo que alguna vez fuimos.

Me pregunto seriamente qué es lo que estoy sintiendo. Es inaudito. ¿Le deseo? ¿Después de
todo este tiempo deseo a Edward Cullen? Supongo que sí. Quiero ser suya desde que me
entregué a sus brazos y no he podido lograr nada con él. Es como una maldición.

Desde el primer piso suena una suave melodía. Es la voz de Stevie Nicks cantando sobre la diosa
Rhiannon de la vieja leyenda celta. Me conmueve profundamente. Alice es bastante fanática de
Nicks, siempre la escuchaba cuando vivíamos juntas en el burdel de Madame Esther.

Miro hacia la ventana que está frente a mí y me conmuevo al notar cómo la nieve cae con lentitud
sobre los techos, los automóviles y el pavimento. Hay niños a unas casas más allá, se lanzan
bolas de nieve sobre sus cabezas, ríen y sonríen.
El ambiente es bastante distinto, me siento algo bien. ¿Será por el sueño? Quizá… Ese efecto
tenía él sobre mí. Siempre. Me llenaba de positivismo y ganas de vivir. Pero está mal, claro que lo
está, ¿cómo depender de un hombre sin morir en el intento?

Miro hacia mi viejo reloj de pared, pero está parado. Me impresiona que nadie haya quitado mis
cosas de aquí, ni haya intentado remodelar el espacio. A lo mejor mamá nunca lo permitió. La
idea me reconforta.

Me pongo la bata que traje en la maleta, me hago una colita con una liga y salgo del lugar para
seguir la melodía que sale de la cocina. Hay un olor tostado, también a panceta y a café. Mi
estómago cruje duramente y me ruborizo. Alice está parada frente a la isla, leyendo el periódico
de esta mañana. Tiene un pañuelo rojo en la cabeza para sujetar el cabello corto de su cabeza.
Está despampanante, hermosa y recuperada, como siempre.

Siente mi presencia, levanta la cabeza y me sonríe. Hago lo mismo, aunque en verdad me siento
algo triste por todo lo ocurrido el día de ayer. Dice nada más, solo se dedica a depositar el
periódico en la mesita, para luego girarse hacia la cocinilla y seguir revolviendo el huevo y la
panceta.

—¿Café? —pregunta con aire distraído.

—Por favor —le digo.

Apaga la cocinilla y saca la tetera del fuego. Deposita una cantidad en la taza y luego vierte una
cucharada de café, dos más de azúcar y revuelve. El aroma vuelve a traspasar mis fosas nasales.

Sigue cantante Stevie Nicks, hablando de la diosa Rhiannon que perdió a su bebé a manos del
hombre que quería casarse con ella. Muy apropiado. Poder femenino, dice ella, pero las mujeres
no tenemos más que falsos derechos.

Alice canta lentamente mientras se mueve por los muebles en busca de platos. Es una artista
innata. Cómo adora esa canción. Sus labios se mueven al compás de la música y la letra, canta
con solemnidad como si yo fuese una estatua.

—Ya he ido a comprar los juguetes —me cuenta con buen humor—. Aquí es bastante barato,
¿sabes? Me he ahorrado bastante dinero. ¡Ni comparado con el carísimo Nevada! Ese estado es
un insulto a la billetera. —Veo que está maquillada y que lleva un bonito vestido rosa. Alice y su
indudable gusto por la moda de los años cuarenta.

Le sonrío, ella sabe que no hablo demasiado. Me gusta escucharla, siempre me gusta escuchar a
los demás. Alice se maneja con maestría en la cocina de mi madre, eso me da gusto.

En la radio suenan The Andrew Sisters, creo que es Boogie Woogie Bugle Boy, pero no estoy
segura. A Alice también le gusta, como todo aquello antiguo.

—Te he hecho panceta y huevos revueltos, espero te gusten —me dice, tendiéndome la paila de
acero.

—Gracias, Alice —le digo con sinceridad—. ¿Desde qué hora estás despierta? Ya has comprado
los juguetes, has hecho desayuno, te has vestido y maquillado…

—Desde las seis —dice—. No podía seguir durmiendo más. Hoy es navidad y… ¡te tengo un
regalo!

—Oh, Dios, Alice, yo no he podido comprarte nada…


—¡No seas aburrida! Yo te traje un regalo y no importa si tú no, lo entiendo. —Frunce los labios,
recordando todo lo que hablamos ayer.

Me tiende una pequeña cajita de terciopelo, me recuerda vagamente a la de mi sueño, pero no le


doy vueltas. La abro lentamente y diviso un bonito peine de plata para el cabello.

—Es hermoso, Alice —susurro.

Lo saco de la almohada blanca y lo muevo entre mis dedos. Es duro, pesado y bastante opaco.
Es antiguo, como aquellos que usaban las reinas y duquesas en Inglaterra o Escocia.

—Lo compré en la tienda de antigüedades —me dice con entusiasmo—. El vendedor me dijo que
perteneció a una joven dama española. Se lo regaló un inca, estaba enamorado de ella, pero
sabía que no podía corresponder. Al poco tiempo se lo quitaron y lo vendieron, pasando de mano
en mano… Hasta la tuya.

Los dijes rojos brillan a lo largo del peine. Las rendijas filudas son amenazantes. Me doy la vuelta
y muevo el cabello para que Alice lo ponga. Y lo hace en un segundo, creando un moño con mi
abundante cabello rizado. El peine se clava en mi cuero cabelludo, pero no produce dolor, está
sujeto con fuerza.

Varios cabellos caen por la frente y las mejillas, pero no le doy importancia.

—¿Has comprado todo esto en tan corta mañana? ¿Qué hora es? —Bostezo sin poder evitarlo,
estirándome como un felino dentro de la cocina.

—Son las once de la mañana —me susurra—, has dormido bastante.

Levanto las cejas y reprimo un bufido. Odio levantarme tarde.

—¿Tuviste una pesadilla? —suena suspicaz. De repente ha cambiado su tono de voz.

Bebo con cuidado del café, finjo inocencia.

—No.

—Balbuceabas mientras dormías. —Sigue leyendo el periódico.

—Siempre lo hago.

Rueda los ojos, deja de mirarme con desaprobación y reprime un bufido enojado.

—Cómo me gustaría que te sintieras bien aunque sea una vez en tu vida —dice y se va.

Contemplo el humeante café que tengo entre mis manos, con la mirada ausente y desprovista de
brillo. Sé que ella quiere que deje de atormentarme internamente, pues no es la primera vez que
sueño locuras y grito en medio de la noche. Pero ésta vez, Alice no sabe que mi sueño me ha
dotado de mucha paz, de muchas ganas. Aun así, sigue ese tormento que no me deja descansar
completamente.

¿Qué estará haciendo ahora? ¿Jessica se encontrará en su cama, mirándolo dormir mientras ella
apoya la mejilla en su pecho, justo a la altura de su corazón? ¿Sentirá su fuerte palpitar, el calor
abrasante que te sumerge en una gran burbuja incapaz de romperse?

Me doy cuenta de cuánto le aborrezco, a ella y a su maldita fortuna. Pero, otra vez, desecho
cualquier sentimiento posesivo; Edward no es mío. Le doy vueltas a las palabras de Alice, cuando
afirmó que ambos nos pertenecíamos. ¿Qué pensará Edward con respecto a eso? Debo dejar de
hacer preguntas, no puedo más con tanta intriga.

Me ducho y me despierto de toda la pesadumbre, necesito estar bien para ver a mi madre.
Recordar su sonrisa más alegre cuando me vio por primera vez me hace sentir mejor, realmente
mucho mejor. Luego recuerdo que estuve años sin ella por culpa de Carmen y siento rabia. Me
obligo a controlar mi ira, así que sigo pasando la esponja por mi cuerpo.

—¡Apúrate, Bella! Quiero que me maquilles —grita Alice detrás de la puerta, tocando con sus
nudillos tan fuerte que puedo oírlo perfectamente a pesar de la fuerte lluvia que cae por la
regadera.

Sonrío. Le pediré que lleve las cartas para que entretenga a mi madre mientras yo busco a la
enfermera Jane, tengo que hablar algo muy importante con ella.

Sé que a mi madre le agradará Alice, pues ella es realmente un dulce con todos. Adoro a Alice
por acompañarme en todo esto, sin ella creo que me sentiría aún más sola de lo que debería.

Salgo de la ducha con la bata puesta y una toalla en mi cabello, dando vueltas por mi frente y mi
nuca. Alice sigue radiante, vestida y ahora limpia del maquillaje de la mañana. Me palpa el
espacio que hay a un lado de mi cama, invitándome a acompañarla.

—Espero agradarle a tu mamá —dice, tocándose los vuelos de su vestido.

—Claro que sí.

Cuando termino de trazarle los ojos con una pluma negra, sus ojos azules se armonizan, como
Elizabeth Taylor. Es hermosa. Su cabello corto termina en puntas desiguales hacia los lados,
expandiéndose cuan pino navideño. La quiero, pues fue mi familia por largos años.

Ella aprovecha de hacerme un peinado rápido con el peine que me regaló, asegurando que mi
rostro no tenga algún cabello suelto por ahí.

Decido que hoy tengo que verme bonita, que cada persona de este mugroso pueblo me vea y me
reconozco por quién soy. También quiero que mamá me vea repuesta, que no se sienta inquieta
por mi dolor… que a toda costa se nota. Debo sonreír, aunque me cueste.

Me visto con una pollera azul, no es apretada ni se apega a mis muslos. Le acompaña una blusa
pastel, el cuello está adornado de pequeños vuelitos y los botones son dorados. Se me nota el
sujetador negro, la trasparencia me delata. Me pongo un abrigo encima, es grande y grueso, le
hacen juego a las botas que me llegan a las rodillas.

Al salir de la casa veo a Carmen apoyada en mi auto. Su rostro me intimida, pues la sombría
forma de sus ojos me llena de profundo miedo. Ella es capaz de muchas cosas, no lo dudo.

Lleva un abrigo café que le llega a las rodillas, unas botas de goma negra y ese fiel sombrero
cuadrado que le queda horrendo. Siendo objetiva, Carmen es muy bella, pero se ha quedado sin
sacar sus atributos a flote. Quizá es la razón por la que me envidia, odia, qué se yo. Aún sigo sin
entenderlo, antes ella no era así, recuerdo muy bien que me fui a su casa cuando peleaba con
mamá y por supuesto, con Phill. Yo me fui con el alivio de que mamá sería cuidada por ella, que
nuestro lazo como familia nos permitiría seguir en contacto entre nosotras.

Alice me mira interrogante, pero con mi gesto asustado advierte que esto no es bueno. Intento
hacerme la dura, demostrar que su presencia no me afecta en lo más mínimo, pero no es así. Me
aterra, a veces creo que no soy capaz de decirle algo sin ponerme a llorar. Soy frágil, en estos
momentos lo que menos tengo son fuerzas y ganas de luchar contra su maldad.

—Disculpe, ¿necesita algo? —le pregunta Alice con los ojos entrecerrados y la mandíbula tensa.

Yo me entretengo metiendo algunos juguetes en la maleta grande. Miro de reojo la intensa ojeada
que me da, prometiendo el infierno.

—¿Ésta es tu colega puta? —me interroga directamente, traspasando el antejardín para hacerme
frente—. No me extrañaría que trajeras a este tipo de mujeres a mi casa, con la forma en la que
se maquillan, el descaro de vestirse de esa manera…

—No es tu casa, Carmen —le digo cansinamente.

Miro a Alice, tiene las mejillas rojas por la rabia que tiene acumulada en su sangre. A ella
tampoco le agrada que la critiquen, menos por un pasado tan horroroso. Creo que no fue buena
idea comentar ese tipo de pasado con mi prima.

—¡Sí lo es! —grita.

—Si sigue insistiendo en molestar por aquí llamaré a la policía, ya ha hecho bastante maldad —le
dice Alice, acercándose a ella con paso decidido—. Comenzando con haberle mentido con
respecto a Edward.

Carmen abre los ojos con sorpresa al saber que no soy la única que está enterada de la
horrorosa verdad, de que Edward no estaba muerto como me dijo. Me pregunto cómo es que
Carmen me envió aquel papel que decía claramente su muerte, no podía extrañarme si decía
claramente "Ejército de los Estados Unidos de América".

La hago a un lado, pues esto debo solucionarlo yo.

—¿Cómo es que me convenciste que Edward estaba muerto? ¿De dónde sacaste aquel papel
amarillo del ejército?

Carmen se retuerce en su abrigo horrible, se sonroja, se inquieta. Frunzo el ceño.

—Dímelo —ordeno.

—Edward… fue declarado erróneamente de fallecido. Carlisle no podía creerlo, ni Jessica, ni


Jasper… Su familia estaba consternada. —Carmen miraba al suelo, recordando aquel periodo de
tiempo—. Al mes llegó él con su bolso y la boina del ejército, asombrándonos a todos de que en
realidad estaba vivo. Había sido un error, él no estaba muerto y nos alegramos muchísimo. El
Ejército confundió los papeles de un chico que tenía la misma edad y el mismo nombre, una
coincidencia horrible.

Aún espero que me diga por qué lo hizo, qué la llevó a cometer esa gran locura.

—Yo no lo pensé dos veces. Cuando vi que Edward se alistaba para buscarte en Nueva York,
haciendo retratos para encontrarte, Jessica y Carlisle estaban terriblemente tristes, indignados, él
no hablaba de otra cosa más que de ti, de verte otra vez. —Frunce el ceño, se estremece de odio
hacia mi persona. Me mira, me contempla, piensa y piensa, me rodea con sus ojos castaños—.
Habías dejado a Edward y a tu madre a la suerte del mundo, no merecías que ellos pensaran en
ti. Te mandé la carta y robé el papel del falso fallecimiento, todo para que fuese más creíble.
También lo hice por Jessica, que moría por tener una oportunidad con quién tenías prendado aun
cuando te habías ido.

Mi barbilla tiembla, sube y baja por el terrible sollozo que quiero lanzar. Es terrible, es diabólico…
Y la culpable de todo soy yo. En ese momento me arrepiento férvidamente de lo que hice, de
cómo hui, inundada de dolor.

—No tenías derecho a matarme en vida —le susurro, conteniendo las lágrimas.

—¿Matarte en vida? ¿Realmente crees que yo estaba pensando en tu sufrimiento? ¡El que sufría
era Edward y a ti no te importaba nada! Ni siquiera sabía que lo amabas tanto —tiene un dejo de
ironía en su voz.

—¡Lo amo! —gimo. Me doy cuenta de que lo he gritado, lo he expulsado sin pensarlo dos veces.
Aclaro mi garganta, aliso mi flequillo y respiro—. Cuando pierdas un hijo sabrás de lo que hablo,
de lo encerrada que estuve por tanto tiempo.

Alice me toma del brazo y me dirige hasta el auto, le sostiene la mirada a Carmen y yo ignoro por
completo las ganas de llorar. Antes de que ella se vaya, le lanzo una amenaza encubierta.

—No ocultes el deseo que sientes por Edward diciéndome que lo hiciste por ellos, eres tan
egoísta… No juegues conmigo.

Luego de meter la bolsa llena de juguetes en la cajuela, Alice se instala en el asiento del copiloto
con cierto entusiasmo que se adhiere a mi ser por un momento. Enciende la radio del vehículo, se
pone el cinturón de seguridad y se mueve al ritmo de la música. Me pongo un cigarrillo en la boca
y lo enciendo antes de partir hacia el hospital.

El viento se pega en mi rostro con una fuerza casi imperceptible, el cabello se me desparrama y
varias veces se pega a mi labial pastel. Siento las mejillas calientes, contrariamente a mis dedos
que se quedan quietos y acalambrados junto al volante. Alice parece no afectarle el gran frío de
Forks, es más, creo que le agrada demasiado.

En la parada de un semáforo en rojo, Alice me mira, puedo notarlo por el rabillo del ojo. Me giro y
le sonrío.

—¿Estás bien? —inquiere mordiéndose la mejilla interna.

—Sí, ¿por qué?

—Ya sabes… Tu prima.

—No le des importancia.

La verdad es que no estoy bien, pero no quiero que Alice se preocupe. Cuando vea a mi madre
lloraré, lo sé.

Cuando entro a la habitación de mi mamá ella me observa con una sonrisa radiante. Su cabello
está menos opaco, la blancura de sus dientes irradia destellos que iluminan completamente toda
la habitación. Se nota tan viva, tan despierta. Me emociono, camino rápidamente hasta ella y la
abrazo. En lo único que pienso es en decirle cuánto lo siento.

—Mamá, de verdad lo siento, no quería dejarte sola —lloriqueo contra su regazo y la áspera
sábana.

Me acaricia el cabello con sus dedos delgados, me sisea y me dice que deje de llorar, que no soy
culpable de nada y yo insisto. Alice se acerca tímidamente a la habitación, le sonríe a mi madre y
espera pacientemente que deje de llorar. Cuando lo logro, mamá me pregunta quién es ella,
aunque debe reconocerla, mi amiga es aún más famosa que yo.
—Es mi amiga, mamá, me ha acompañado esta navidad y ha querido conocerte.

Al cabo de unos minutos ya están hablando del clima y de lo increíble que han decorado el
hospital. Alice se ha ofrecido a pintarle las uñas y quiere leerle las cartas, a pesar de que mi
madre es algo escéptica. Yo las dejo un momento, algo asfixiada por la tristeza, y me dirijo hasta
la habitación contigua, en busca de Jane.

No tardo en encontrarla, saliendo de una sala. Me saluda y me pregunta frenéticamente cómo


estoy.

—He estado muy preocupada por usted, Srta. Swan. Después de su desmayo lo único que supe
fue que se había ido.

—Estoy bien, no te preocupes —le digo rápidamente—. Jane, necesito hablar algo contigo.

Pestañea rápidamente, se quita el flequillo liso de su frente y me queda mirando con mucha
atención.

—No quiero que Carmen entre a la habitación de mi madre, por favor.

—¿Su prima? —pregunta al confundida.

—Sí. La de cabello castaño y tez blanca —le digo—. No puedes permitirle que entre, ella es
malvada, no quiero que le invente cosas a mi madre. ¿La has visto? Sin Carmen está mucho más
repuesta.

Jane me sonríe con dulzura.

—Claro que lo he notado, su llegada ha mejorado mucho a su madre, Srta. Swan. Confío en su
petición, no se preocupe.

A eso de las una de la tarde, Alice y yo salimos del hospital. Nos dirigimos al orfanato con el gran
equipaje lleno de juguetes. Mi amiga está contenta, ilusionada por compartir conmigo lo que para
ella es su rutina en navidad; regalar juguetes, ver felices a los niños y acompañarlos. Quizá me
hará bien.

La Hermana Sonya nos recibe con gran entusiasmo, nos observa fascinada pues los niños
estarán contentos de vernos llenas de juguetes. Con sus ojos verdes nos invita al pequeño hogar
repleto de árboles cubiertos de luces de diferentes colores. No están encendidas, supongo que
porque es de día. Debe ser muy bonito ver esto de noche, pienso.

El hogar es como una casa, perfectamente podrían habitar treinta niños de diferentes edades. Me
conmueve cuan hogareño puede resultar, cuan cálido es para todos los pequeños que habitan. La
Hermana Sonya nos indica que debemos entrar en la puerta principal, esa de color avellana con
grandes cerraduras de bronce.

Cuando entramos me sumerjo en un cómodo hogar lleno de paz y música clásica. Alice conversa
alegremente con la religiosa, mientras yo me dejo guiar por las risitas de niñitas y la palabrería
dulce de los niños. Se notan entretenidos, embobados con la otra persona que les enseña quizá
qué cosa. Están en el aula, según la Hermana Sonya, junto a un joven profesor de pintura y
dibujo que se mostró voluntario en colaborar.

Nos invita a entrar al lugar. Veo a los niñitos amontonados en un rincón, mirando al chico de
alborotado cabello bronce y camisa celeste, que está de espaldas a nosotros. Mueve el pincel con
maestría, con naturalidad. Es tan sofisticado, tan dulce con el papel y el pincel.
Al escuchar nuestros pasos, todos se dirigen a nosotros, sobre todo él, Edward, que está tan
asombrado como yo de verlo otra vez.

Lamento profundamente la demora, no fue nunca la idea dejarlas así con la historia. ¡No volverá a
suceder! Debo excusarme con las múltiples cosas que me resultaron estas últimas semanas, por
lo cual escribir se convertía en una maldición. Ruego que me perdonen. Espero que me sigan
leyendo, porque desde acá comienza el acercamiento entre Edwardd y Bella *-* Un beso grande.

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo Together de The XX

XII

Edward POV

Jessica se planta en el jardín para mirarme con sus ojos profundos. Yo me intimido un momento,
pero luego no me dejo amedrentar por ella. Jasper pide permiso para retirarse, consciente de que
esta discusión se tornará espesa y asfixiante. Pero Jessica le hace un alto.

—¿Vas a escapar? ¡Creí que eras mi amigo, Jasper! ¿Y qué haces? Te plantas aquí y le dices a
Edward que Bella estuvo llorando cuando eso no es cierto. Las mujeres como ella no sienten
nada, solo ha hecho daño…

—Basta —le digo con furia—. ¡Contrólate!

—Yo no voy a apelar a una relación en la cual el amor no es recíproco. —Miro mal a Jasper por
seguir lanzándole leña al fuego—. Es la verdad, primo, aquí la cosa no es mutuo, deberían dejar
de mentirse.

Se va, entrando con paso decidido a la casa. Me quedo mirándolo por un largo rato hasta que
Jessica me toma el brazo con su mano.

—¿Vas a dejarme? —Sus ojos se llenan de lágrimas, se enturbian, enloquecen.

No sé qué contestarle porque no sé qué pensar. Jessica me preocupa, pues no acostumbro a


pensar en los problemas que ella tiene. Es peligroso, su enfermedad no le permite racionar
completamente y por esa razón no me atrevo a dejarla.

—Sin ti yo me muero, Edward —me dice y se apega a mí con sus brazos en mi cintura. Intento no
compararlas, pero me es inevitable… Son tan diferentes.
Cierro los ojos y me obligo a no llorar como una niña, a ser fuerte para con mis sentimientos. Le
acaricio el cabello con lentitud, necesito que se tranquilice y me deje explicarle las cosas.

—Jessica… Necesito que me des un tiempo para pensar…

Levanta la cabeza con rapidez y me queda mirando otra vez con los ojos turbios.

—¿Es por ella? —gime—. ¡Lo sabía! No ha pasado ni siquiera un día de que esa mujer está aquí
y tú ya planeas arrastrarte como una babosa. ¿No te da vergüenza ser tan poco digno?

Miro al suelo, dolido por sus palabras. ¿Tengo poca dignidad?

—Sabes que Bella es importante…

—¡No digas su nombre en mi presencia! —grita con fervor.

Me preocupa que papá escuche, o mis tías. No es justo pasar una navidad así.

—Eres lo único que me queda, por favor no te vayas así como así —llora—, sabes por todo lo
que he pasado, no me hagas esto, te lo suplico.

Asiento, sin saber qué hacer. La abrazo y ella deja caer su rostro en mi pecho para comenzar a
llorar. De pronto se cruza una idea cruel en mi cabeza, no me gusta tocar ese tema, pero es
necesario; me preocupa.

—¿Te has tomado los medicamentos?

Deja de llorar, me mira y se seca las lágrimas con el dorso de su mano.

—Hoy no he podido tomármelos —me susurra.

Me preocupa que no sea la primera vez que deja de tomárselos, papá ha estado muy al
pendiente de ella y todos hemos hecho lo imposible por comprárselos. Metroxyna. Para la
esquizofrenia. El siquiatra estuvo muy preocupado por ella y nos encargó que no podía dejarlos o
sino sería una dosis mucho más elevada.

—Te llevaré a mi cama para que te acuestes, te daré un té y el medicamento. ¿Bien?

Jessica asiente y me toma de la mano. Nos adentramos en la casa y yo me llevo a Jessica


sigilosamente a mi habitación. La acuesto, le permito su intimidad y la dejo un momento para ir a
por el medicamento.

Cuando bajo las escaleras, a un paso lento y temeroso, me encuentro con el murmullo incesante
de mi familia entera. Mi padre parece asustado, mis tías no saben qué decir… Y Jasper se pasea
por la sala con la mirada perdida.

—¿Cómo está Jessica? —me pregunta rápidamente mi padre, pasándose una mano por el
escaso cabello blanco.

—Está bien, papá —le digo con cansancio.

—No puedo creer que esa mujer esté nuevamente en Forks como si nada hubiese pasado.
—Niega con la cabeza, ofuscado y enojado—. Y tú… ¿planeas correr hasta ella después de todo
lo que te hizo? ¿Tan poca dignidad tienes?

Me rio, dolido e intranquilo. Me pongo ambas manos en mi cintura y exhalo el aire que tengo
atascado en mi garganta.

—¿Sabes? Jessica también dijo lo mismo —susurro—. Agradecería que no volvieras a tocar esos
asuntos, papá…

—Los toco porque Jessica es parte de mi familia y ella también está pasando por un muy mal
momento y eso es culpa tuya.

—¿Culpa mía? ¿Pero de qué hablas, papá?

Carlisle se quita los lentes y se soba el puente de la nariz con el dedo pulgar y el corazón. Miro a
mis tías que intentan ignorarnos a toda costa, al igual que Jasper, pero no lo logran.

—Sabes por lo que ha tenido que pasar ella todo este tiempo. Su madre, la carga genética que ha
tenido que llevar en ella, sus hermanas, el propio padre y por sobre todo el dinero que no tiene
para comprar los medicamentos. Dime, ¿por qué te has olvidado de ella?

Entorno mis ojos, llenos de lágrimas. Lo miro, lo analizo y no veo más que sinceridad en sus
pupilas.

—He pensado en su felicidad todos estos meses, he acompañado a Jessica durante años ¿y aún
crees que me olvidaría de ella? He dejado de ser feliz por ella.

—¿No eres feliz con Jessica?

—No es eso…

—¿Entonces qué?

—Solo… No lo sé, papá, estoy muy confundido. Han sucedido tantas cosas hoy.

—Quieres a Bella.

—¡Ya basta, Carlisle! —gimo exasperado. Papá me mira asombrado, no acostumbro a decirle así
todo el tiempo—. Iré por el medicamento de Jessica, dormiré en el sofá.

Paso entre mis familiares y entro a la cocina, choco con la encimera y gimo algunas palabrotas
que salen inconscientemente de mi boca. Me siento tan estúpido tan… egoísta. No he pensado
en Jessica por ningún momento y es eso lo que debería de hacer. ¿Sigo consciente de que soy
un estúpido? ¿O ya lo he olvidado otra vez?

¿Cómo es posible que siga pensando en ella cuando me ha negado frente a todo el hospital? ¿En
dónde dejé mi dignidad? No soy un hombre orgulloso, mamá me enseñó que la vida es
demasiado corta para ser así, pero ¿qué hago, mamá? ¿Sigo pasando por alto todo lo que ella ha
hecho conmigo?

Niego con mi cabeza, busco un vaso y luego la pastilla que está guardada en el cajón izquierdo.
Jessica tiene una caja aquí y otra en su casa. Tengo que cuidarla, Jessica no puede pasar por
emociones tan fuertes. Ha dado tanto por mí y yo no he podido recompensarle.

Traspaso la sala, en donde están los demás mirándome con alevosía. Paso por alto su escrutinio
y subo las escaleras de dos en dos. Antes de que pueda tocar a la puerta escucho un fuerte
sollozo. Trago y soy incapaz de abrir, de interrumpir aquel momento, y sin embargo, tampoco soy
capaz de darme la vuelta.

Me doy cuenta de cuánto quiero llorar. Tengo rabia, dolor, el pesar está adherido a mi piel. Le he
hecho daño a Jessica a sabiendas de cuánto ha sufrido ella a lo largo de toda su vida.

La esquizofrenia no es un juego, me repito como una mantra, la esquizofrenia no es un juego.

Jessica está sollozando fuertemente, ha subido la intensidad de sus llantos. Frunzo el ceño y
entro con cuidado, depositando el vaso en la mesita de noche, junto a la pastilla. La sigo con mi
mirada y la encuentro fijamente contra los cuadros que he hecho durante meses. Bella, Bella y
más Bella.

—¿Por qué la has estado pintando? —me pregunta con la voz lenta y suave.

No sé qué contestar, porque ni yo sé.

—Sabes que ella es muy importante para mí —expongo con sinceridad.

Jessica no dice nada, solo sigue con la vista fija en ella, en Isabella Swan.

—Yo de verdad te quiero, Edward —me susurra de repente. Se gira y me contempla con sus ojos
esmeralda—. He dado tanto por ti ¿y es así como me lo pagas?

—No ha sido mi intención, Jessica, yo…

—¡He estado contigo para nada! No puedo creerlo, Edward. Después de todo lo que te ha hecho,
de lo que te dijo, de cómo te basureó aquel día… ¿Aún guardas un poquito de amor propio dentro
de ti?

Me deja sin palabras, sin aliento y sin ganas de seguir, porque tiene razón.

—Lo dudo —me dice al ver que no le respondo—. Creí que habías aprendido luego de todos
estos años.

Mira hacia la mesita, en donde descansa la pastilla y el vaso con agua cristalina, luego vuelve a
dirigirse a mí, da una sonrisa y se acerca.

—Piensa bien y ordena tus prioridades, Edward, ninguno de nosotros merece esto. —Me da un
beso en la mejilla, muy suavemente, da la vuelta y traspasa la puerta, aunque se queda en el
umbral, pensando algo—. No vuelvas a cometer los mismos errores.

La veo irse y yo sin poder hacer algo al respecto. Me ha dejado impactado y herido en mi
habitación. Oigo cómo se despide de todos y sale de la casa. No me atrevo a mirar por la
ventana, no quiero sentirme aún peor.

Camino hasta la pared más alejada, recojo el telón blanco y polvoriento y lo pongo sobre los
cuadros y retratos otra vez, no quiero ver la mirada castaña de la única mujer que me ha traído
problemas a mi vida, y de los cuales no puedo alejar. Es asfixiante cuán prendada está de mi
vida, de lo fuerte que ha calado en mí. ¡Han pasado diez años y ahora que planeo rehacer mi vida
aparece como si nada hubiese sucedido! Aunque claro, me ha mirado con asombro y me ha
negado frente a una multitud de personas. Claro, soy un bueno para nada, sí, un bueno para
nada que la amó como nunca nadie podría hacerlo. Fue mía, sí, sí que lo fue.

Me quedo en ropa interior mirando hacia la nada, reflexionando sobre mi vida de mierda. No sé
cómo ni cuándo hago el mohín y lloro, con expresión delirante, adolorida. Mi pecho se infla y
contiene lamentos que brotan de mi garganta.

—Algún día sabré por qué no he sido suficiente para ti.


Mis sueños abundan y se entremezclan con ojos castaños, cabellos aleonados y una brillante
sonrisa.

Me despierto temprano, a eso de las siete. Los cielos están ya claros y el clima aún no me mejora
siquiera un poco. Es navidad y es natural que todos comiencen a abrir sus regalos, pero yo no.

Siento la televisión encendida, están dando telebasura. No sé quién podría estar despierto a esta
hora, papá solo ve deportes y noticias. Luego de ducharme y ponerme lo primero que encuentro,
bajo las escaleras con mucho cuidado y topo con Jasper que está acostado frente a la televisión,
sobre el pequeño sofá.

Está con un brazo metido entre la almohada de su cama improvisada y la cabeza, apretándolo.
Frente a él está la televisión. No puedo evitar reír al ver a mi primo con la boca abierta, los ojos
cerrados y la saliva cayéndole libremente por el costado. Está profundamente dormido. Tiene una
manta burdeos sobre el cuerpo, aunque no es suficiente para taparlo entero, ya que tiene los pies
descubiertos.

—Jasper —le llamo en un susurro. Me responde un ronquido—. Jasper —vuelvo a decir.

Me pongo frente a él y lo quedo mirando unos segundos hasta que abre los ojos de sopetón y
pega un grito de terror. Se frota los ojos y me frunce el ceño.

—¿Qué planeabas plantándote frente a mí con tu cara a centímetros de la mía? ¿Eres


homosexual? —gruñe con mal humor.

—Despabílate y ven conmigo al orfanato como prometiste. —Le lanzo la bolsa de tela con su
disfraz y me meto a la cocina para comer algo.

Siento cómo me sigue con desorientación y se queda mirando el disfraz con horror.

—Aún no sé por qué acepté hacer esto —susurra.

—Por los niños, ¿recuerdas?

Me paro frente a la encimera, pongo un plato y leche fría, luego los cereales, revuelvo y lo llevo
hasta la mesa pequeña que hay junto a la pared. Jasper levanta el disfraz de elfo navideño,
vuelve a mirarlo con horror y se asquea.

—Primera y última que hago por ti, Edward —me amenaza con el dedo índice apuntando hacia mi
cara.

—Te verás hermoso de elfo navideño —le molesto.

Me remeda unos segundos y luego se sienta junto a mí con un plato de cereales como los míos.

Comemos durante cinco minutos, luego él se va a duchar y yo preparo los bocetos, lápices y
carbones. Todo queda dentro de mi bolso cuando Jasper ya está sacudiendo su cabeza al son
del viento para que los rizos rubios terminen de secarse. Me escabullo antes de que papá
despierte y me pregunte por Jessica.

Nos vamos en mi camioneta hacia el orfanato, pues queda algo lejos. Jasper y yo entablamos
una conversación simple sobre su equipo de fútbol favorito, aunque soy el que menos habla
porque no lo conozco.

—Lamento haber arruinado tu noche con Jessica —me dice Jasper cuando el silencio se hizo
más presente entre ambos.
Le sonrío tranquilizadoramente, claro que no es su culpa.

—De todos modos iba a explotar cuando supiera que Bella ya estaba en Forks.

La nieve se ha hecho más espesa que de costumbre y el aire frío se cuela por la ventilación.
Jasper se retuerce levemente en su asiento, por lo cual apresuro la marcha hacia el orfanato. No
tardo en ver la cruz alta del último piso, mi primo se va poniendo la chaqueta verde con
incomodidad y luego se pone el sombrerito de duende.

El alcalde le regala juguetes a los niños del pueblo y siempre hay personas, como nosotros, que
se ofrecen a colaborar para que el día sea más ameno para los niños que no tienen posibilidades
de sentirse en familia.

Y hoy les enseñaré a pintar. Me siento bien, porque siempre ha sido mi sueño. Cuando cumplí mi
mayoría de edad soñaba con ser profesor de artes, con perfeccionarme y ser alguien que se
notara ante el público, y la verdad es que no era para mí, sino que por ella, por Bella, yo quería
ser realmente digno de esa chica.

Tomo la palanca de hierro y la golpeo contra la puerta de madera una vez, otra, hasta que la
Hermana Sonya abre con lentitud y me queda observando con una sonrisa de oreja a oreja. Es
imposible no devolvérsela.

—Buenos días —nos saluda con una adormilada y gastada voz.

Al cabo de dos minutos, Jasper ya está regalando los juguetes y diciendo con una cantarina voz
que Santa Claus no ha podido asistir y que él, como asistente del trineo, ha venido aquí a
entregarles personalmente su presente. No he parado de reír durante unos buenos minutos, y
Jasper, con paciencia, ríe sin parar a los niños que lo observan embelesados.

—Muchas gracias por traer ayuda, los niños se notan tan felices —me dice una de las monjas,
acercándose a mí con el entusiasmo vivo en sus ojos.

—Mi primo tiene un muy buen sentido del humor —le digo sin despegar mis ojos de él.

Varios niños desenvuelven las cintas de sus paquetes y rompen duramente los envoltorios; no
hay paciencia para lo entusiasmados que están.

Me percato de una niña, al parecer es de las más pequeñas, debe tener cerca de cinco años. No
puede abrir su presente y no quiere romper el bonito lazo rosa que tiene pegado al papel.

—¿Te ayudo? —le pregunto con una dulzura innata que sale de mis labios.

Sube la cabeza de golpe, los rizos castaños se le remueven en el rostro y abre los ojos con una
fuerza casi impresionante. El chocolate brilla, se remueve cálido en sus cuencas, y yo ahí me
siento completamente perdido.

—He intentado abrirlo, pero el papel es muy bonito —me susurra con timidez.

La sonrisa está estancada en mis labios, no puedo dejar de estirarlos.

Le quito suavemente las manos y yo intento quitar el lazo para que no rompa el bonito papel. Lo
logro y me siento triunfante. Le entrego el bonito… Pestañeo una y otra vez al ver su regalo. Es
un bonito peine con diversos dibujos.

—Hermana Sonya dijo que debíamos mandar una carta y dejarla en el buzón para que Santa
Claus las leyera y nos trajera nuestro deseo —me cuenta con paciencia mientras aprieta el peine
contra su pecho.

—¿Y tú pediste ese peine? —inquiero con curiosidad, agachándome aún más para poder estar a
su altura.

—Hermana Sonya decía que mamá tenía una cabellera muy larga y que ella utilizaba uno como
éstos sobre ella.

Su pequeña confesión se clava duramente en mi corazón. Me impresiona.

No puedo seguir mi pequeña charla con la niña, pues la Hermana Sonya pide que todos se
reúnan en torno al Jesucristo que hay en la esquina de la sala. Cuando lo hacen, ya con sus
juguetes y regalías, una de las monjas anuncia el taller de pintura que daré yo. Me sorprenden los
gritos de entusiasmo y las ganas que tienen ellos, al parecer hoy sí seré una ayuda para estos
pequeños seres.

Jasper se disculpa y va hacia el baño para sacarse el ridículo disfraz —aunque hay que destacar
cuánta felicidad provocó en la inocencia de esos niños—, mientras yo instalo el gran lienzo sobre
el atril de madera gruesa y clara. Mi primo estará ocupado arreglando algunas fallas del orfanato,
por lo cual no lo veré hasta la salida del voluntariado. Las pequeñas, que no sobrepasan los 14
años, se reúnen en un círculo y me quedan mirando con las mejillas ruborizadas. Frunzo el ceño
y niego mientras afilo el carbón.

—¿Es usted nuestro profesor de dibujo? —pregunta uno de los varones más grandes. Es pecoso
y tiene los dientes chuecos.

—Supongo que sí —susurro—. Aunque pueden llamarme Edward, a secas.

—Oh, entonces hola Edward. —Me tiende la mano y yo se la sostengo unos segundos.

El ambiente es grato, increíble. Desde lejos veo a la Madre Superiora inclinarse levemente en un
claro gesto de saludo, me sonríe y yo a ella. Me doy cuenta de cómo han criado al pequeño grupo
de niños, de cuántos valores le han entregado. Al instante se va.

La sala es bastante grande, pero la acústica es malísima. A los dos minutos de breves
explicaciones sobre dibujo termino con la garganta apretada e indispuesta. Los niños tienen
pequeños cuadernos de dibujo en sus manos y un lápiz HB nº 2 de grafito, así que solo les pido
que dibujen cómo imaginan el amor.

Ellos me piden un ejemplo así que comienzo con mi versión del amor.

—¿Una llama? —pregunta el pecoso.

Veo las miradas curiosas y entusiastas de los demás, de lo alucinados que están del dibujo. Me
sonrojo duramente.

—El amor es fuerte, cálido y pasional, pero es tan fácil extinguirlo, apagarlo y dejarlo ahí. Aunque,
con un solo empujón puede volver a crecer, y se expande sin que te des cuenta. El fuego es así,
las llamas se consumen entre ellas con mucha fuerza, nadie es capaz de detenerlo sin salir
lastimado. ¿Y saben? Cualquier cosa que esté al alcance del fuego se quema, y el amor es así,
nos quema en el momento que lo tocamos.

No tenía planeado dar mis discursos, personificando y metaforizando mi concepto de amor, por
Dios santo son solo niños…

Me dedico a mirar los demás dibujos, que comienzan siendo solo simples corazones a familias
enteras. Me conmueve, me hace sentir tranquilo al hacerles explorar su imaginación.

—Profesor Edward —una chica levanta la mano.

—No necesitas decirme profesor, solo dime Edward —le corrijo, llevan diciéndome profesor todo
este tiempo.

—Edward —dice—. ¿Cómo imagina usted la perfección?

La quedo mirando un momento, sin entender su punto.

—¿Podría dibujarlo?

Levanto las cejas, tomo mi carbón y trazo lo primero que se viene a mi mente, no lo maquino, solo
dibujo y expreso lo que tengo muy dentro. Primero su boca, luego el mentón pequeño… Sus ojos
terminan directos sobre los míos, con la misma melancolía que vi el día de ayer.

De pronto sé que lo que hago está mal, que aún debo conservar aunque sea un poco de mi
dignidad. Tomo el papel, lo doblo y lo boto a la papelera.

—Me gustaría que pintasen lo que para ustedes significa la navidad, ¿bien? Con pincel y óleo. La
Hermana Sonya me dijo que ustedes saben dónde están los materiales.

La pequeña de cabello rizado, la que apretaba su peine con tanto amor, corre hacia el estante
más largo y toma el balde naranja, desde ahí comienza a pasarle a los demás sus materiales.
Luego se acerca a mí con un pincel delgado nº3 en su regordeta y pálida mano, me mira con sus
enormes ojos castaños, tan grandes que ocupan casi todo su rostro.

—La amas —me dice—. ¿Cómo se llama?

—Podemos hablar después. Ve a pintar —me escabullo.

En dos minutos ya tengo la mitad de mi paisaje pintado a la ligera, con distracción. Pero no tardo
en llevar toda mi atención al ruido que provocan contra la puerta. Oigo cómo la abren, cómo
entran, cómo suspiran. Giro mi cabeza, los niños se extasían y yo no puedo evitar sorprenderme
de las mujeres que han pisado la sala.

Una chica de cabello corto y alborotado mira con amor a los niños y preadolescentes, tiene una
gran maleta en su mano. Y ella, Dios mío, Isabella está ahí tan guapa, perfecta… No recordaba lo
preciosa que podía verse con ese cabello tomado.

Y ahí reconozco que no puedo ocultar todo el amor que siento por ella.

Isabella POV

Los niños sonríen y gritan de emoción al vernos. Yo estoy congelada en mi posición, Alice no se
percata de lo que sucede. La Hermana Sonya le hace un gesto a Edward para que se acerque.
Lo observo con atención, miro su camisa y sus jeans, el carbón de sus dedos, la forma en la cual
su cabello cae por la frente estrecha. Su ceño fruncido me llama la atención, sobre todo porque
me ha mirado una sola vez, y esa mirada solo duró un segundo.

—Niños, niños, paz, recuerden que estamos en territorio de nuestro Señor —le dice una de las
monjas, moviendo sus manos para que los niños dejen de hablar sobre nosotras.

Alice sigue sonriendo y acariciando el cabello de algunos infantes —y otros no tan infantes—,
mirando sus dibujos y señalando cuán hermosos son, a pesar de que muchos de ellos no tienen
talento.

Mis ojos intentan un paseo por la sala, pero instintivamente van a parar en él. Sus cuencas de
suave tono miel están clavadas en el suelo, aprieta el pincel con tanta fuerza que podría
romperse. Me intimido, me asusto y me pregunto qué he hecho. Es mi culpa, Edward me odia por
mi culpa.

—Es un verdadero placer verlas aquí, señoritas —comenta una monja que entra a la sala con
lentitud y gracia. Es anciana, encorvada y muy cansada; sus ojos son solemnes y muy serenos—.
Este orfanato necesita de toda la ayuda posible.

—Madre Superiora, las señoritas quieren compartir con los niños en este día tan especial para
nosotras. Nuestro Señor estaría muy orgulloso de que hayan tantas personas este año dispuestas
a entretener —dice la Hermana Sonya.

—Un privilegio —prosigue la Madre Superiora—. Sr. Cullen, ¿no le incomoda compartir el lugar?

—Claro que no, Madre —susurra, incómodo.

Alice frunce el ceño de repente, para de saludar a los niños y se yergue.

—Hola, soy Alice Brandon. —Le tiende la mano y él la aprieta sutilmente.

—Edward Cullen.

Las cuencas azules de mi amiga saltan de sus órbitas, quita la mano con rapidez y me mira
ahora, incapaz de decir algo. Yo aprieto mis labios, me acerco a él y hago lo mismo que Alice, le
tiendo la mano con timidez.

—Buenos días. Isabella…

—Swan —completa, enredando su mano con la mía. El calor que irradia por mi columna es…
indescriptible. Mi corazón acelera su trabajo, enviando sangre hacia todos los lados de mi cuerpo,
en especial mis mejillas, que se sonrojan rápidamente.

—¿Se conocen? —inquiere la Hermana Sonya. La Madre Superiora le da un codazo en las


entrañas que no pasa desapercibido por nosotros.

—No, no la conozco —contesta Edward, mirándome directamente a los ojos, miel clara al castaño
oscuro—. Pero se ve bastante en televisión.

No debería, pero el dolor que siento es casi desolador. Su tono de voz, la forma en la que intenta
comportarse. Me ha renegado y con justa razón, yo hice lo mismo. ¿Así se sintió él el día de
ayer?

Recuerdo el sueño, cuando él me susurraba que con su compañía no me sucedería nada malo.
Lo necesito, necesito de Edward… Pero no puedo, sería volver a abrir heridas que aún no
terminan de sanar.

—Bien, niños, ¿qué tal si acabamos la clase de pintura y luego vemos los demás regalos que han
traído nuestras recientes visitantes? —dice la Hermana Sonya, aplaudiendo y caminando hacia el
grupo.

Aprieto mi mandíbula, mirándolo aún, insistiendo, contemplando. Edward niega. Un movimiento


casi imperceptible. Se marcha hacia el atril, toma su pincel y sigue. Los niños le siguen la
corriente con obediencia.
Alice y yo nos sentamos en unas sillas que hay en una esquina, mirando el trabajo voluntario del
cobrizo que está de espaldas. Se nota tenso, abstraído en su imaginación. Siento cómo mi amiga
me toma una mano y se queda ahí, con la vista azul perdida en él.

—Es tu Edward —afirma.

No sé qué decirle. Por una parte me siento presa del destino, quiero salir corriendo por la puerta y
no volver jamás. Y por el otro… simplemente se muere por llorarle a mi mejor amiga.

—Se ha notado la tensión, Bella, hasta la Hermana Sonya ha quedado curiosa —suspira—. Es
guapo —susurra—, y muy bueno en lo que hace.

Mis labios se transforman en una línea fina, dura y tensa, la garganta se aprieta, los ojos se
humedecen.

—No podía encontrarlo en un lugar peor —le digo—. De todas las posibilidades, ¿tenía que ser
justo hoy y en un orfanato?

No le dije el peor martirio de tener a Edward a metros: no había nada más hermoso que verlo
pintar. Su rostro se volvía mucho más masculino, más tranquilo, verle mover los dedos o el brazo
por todo el papel era… impresionante. Y ahora, después de diez años de recordarle, de creer que
jamás volvería a ser testigo de su pasión, volvían a revivir todas las sensaciones que creí
extintas.

—Conserva la calma, ya pasará y podremos irnos.

Pero había un problema, no quería irme. Mi cerebro estaba enfrascado en una disputa ridícula.
¿Me voy o me quedo? ¿Lo observo en silencio o simplemente le ignoro? Lamentablemente, las
segunda y la primera posibilidad, respectivamente, ganaba a gran escala. No, no quería irme,
quería verlo y que la tarde se hiciese lenta, que me quemase.

Lo más probable es que me odie, que se indigne de que yo lo esté mirando. La posibilidad duele,
pero la comprendo.

Edward termina su dibujo. Es un paisaje y lo reconozco perfectamente. El lago. Mi estómago se


contrae con los recuerdos que golpean mi mente, sus besos, los abrazos, y por sobre todo, la
bendita seguridad de sentirlo mío. Todo pasado, todo lo que debería haber olvidado.

Cuando se separa para ver los dibujos de los niños, posa sus ojos en mí. Me quema, mis brazos
se electrifican y la columna pica con fuerza. Trago, necesito quitar el nudo de mi garganta.

Lo observo con lentitud mientras finjo atención a la conversación de Alice, veo cómo Edward le
sonríe a los niños y les acaricia las mejillas, cómo los felicita. Recuerdos otra vez. Cierro los ojos
unos minutos para intentar olvidar, verlo con niños no es bueno. Insisto, de todos los escenarios,
justo tenía que ser en un orfanato.

Un paraíso oscuro era lo que veía en cada sueño. Justo al final, donde alumbraba el único halo,
estaba Edward con un niño pequeño entre los brazos. Ambos seres que alguna vez fueron míos y
se me fueron arrebatados sin consideración. No sé cómo sobreviví a ese calvario, cómo es que
trabaja en ese puterío con la mejor sonrisa que podía sacar. Satisfacía, pero nadie lo hacía
conmigo. Los primeros meses no podía dormir, revivía una y otra y otra vez el instrumento
metálico que me metieron para corroborar que mi hijo se había ido por el retrete, luego de que
Phill me hubiese administrado una potente hierba. También revivía las sensaciones de aquella
carta, cuando leí expresamente que Edward había muerto. Asimismo imaginaba lo que pudo
haber pasado, odiaba al que le hubiese disparado, o el que lo molió en una posible bomba.
Todo había sido mentira, excepto lo de mi hijo. Qué ganas de que sea solo una mentira, una
ilusión.

Mientras, volvía a aquel paraíso oscuro, profundo, espeso y por sobre todo, infernal. Era
abrumador. Como el humo que cala tus fosas nasales, quema cada extensión con tal solo entrar
en ti.

La miseria es mi único testigo, vivía como Jim Morrison, haciendo lo que me gustaba, sin
embargo existía aún el dolor. El alcohol me borra la memoria, pero solo unas horas. ¿Quién
podría sentirse orgulloso de mí?

Edward se agacha para estar a la altura de la niña con ricitos castaños y un peine mal puesto en
su cabello. Me enternece a tal punto que quiero llorar. El peine es muy parecido al mío. Edward le
aprieta las mejillas y ella ríe con fuerza.

De golpe me paro, con la vista borrosa e impregnada de humedad. Acerco mis manos al peine de
la niña y se lo quito. Ella me observa con los labios de color coral en forma de 'o'.

—Yo te peino —le susurro con la voz melosa. Ha salido de improvisto, porque muy en mi interior
guardo el papel de madre malograda.

Edward ha quedado agachado, con los ojos claros fijos en mí. Intento ignorarle, pero fallo, lo miro,
me grabo su rostro.

Agarro su melena, la desparramo y pongo algunos mechones en sus hombros. Tomo unos pocos
centímetros delgados desde las sienes de ambos lados y los amontono en la nuca, ahí coloco el
peine grueso que tan increíblemente se parece al mío. Con mis dedos tomo las puntas y vuelvo a
doblarlas para formar sus resortes.

—Estás increíble —le digo con sinceridad—. Yo tengo un peine muy parecido al tuyo.

Me quito el mío, dejando caer la frondosa cabellera por toda mi espalda. Edward me sigue con la
mirada, no puede quitarla. Traga, se retuerce. La niña lo mira con los ojos grandes, luego a mí;
también me he estancado en mi posición, con las manos en el peine.

La niña toma la iniciativa, me quita el artilugio y sonríe.

—Es muy bonito. Tú también eres muy bonita —me dice con sinceridad.

Su forma de mirarme tan inocente… Quiero llorar. Toda su dulzura me es impresionante. Y


Edward, fijo en ambas con los ojos vidriosos. No sé cómo salir de esto sin sollozar en el intento.

Trago el nudo que nuevamente se ha formado y me obligo a sonreír.

—Gracias.

—Tú eres la del dibujo —vuelve a hablar—. ¿No es cierto, profesor?

—No lo entiendo —le dice él, algo nervioso.

—La perfección —insiste—. Usted la dibujó a ella —me apunta.

¿Edward me ha dibujado ante todo el grupo de niños?

Buenas noches. Espero les haya gustado este capítulo que tiene muchas novedades. Edward es
un encanto y Bella una muy mísera mujer. Nos leemos en una próxima ocasión.
Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo Can't help falling in love with you de Elvis Presley y Shelter de Birdy.

XIII

Isabella POV

Me quedo mirándolo por un largo minuto, y al igual que él, podemos descifrar nuestros
sentimientos con el cálido movimiento de nuestro iris. Miel a castaño. Siento dicha, una extraña
dicha en mi interior, sé que aquella sensación es exclusivamente por lo que acabo de oír. Me ha
pintado ante toda su clase como la perfección misma. ¿Qué puedo decirle?

Miro a la niña ahora, que con sus ojos gigantes me dice completamente toda la verdad. Los niños
no mienten.

—Eso no es posible, querida, nosotros no nos conocemos —afirmo con dolor, agachándome y
acariciando su cabello espeso con mis dedos.

Me tiende una hoja doblada en miles de partes. Su mano pequeña está insegura ante mi
proximidad, así que lentamente se la recibo y la desdoblo, hasta que me encuentro con mi viva
imagen. Es el dibujo que Edward hizo hace solo minutos, antes de que llegáramos. Mis ojos se
humedecen y la niña se asusta, hago un mohín duro; es increíble que no pueda evitarlo, siendo
que Edward está frente a mí.

—Necesito… Necesito ir al baño —susurro con la garganta apretada y gastada.

Fijo mis ojos al suelo e intento salir hacia algún lado, pero él me sujeta desde la muñeca. Cierro
los ojos, subo mi mirada hasta su rostro y ahí conectamos, como siempre. Miel a castaño, miel a
castaño, miel a castaño…

Él separa sus dedos, quitando el suave agarre de mi muñeca pequeña. No, no la quites, necesito
sentirte, pienso frenéticamente. ¡Realmente lo necesito! Necesito aunque sea un abrazo, que sea
mi amigo por lo menos una vez.

—Claro, somos desconocidos —murmullo antes de salir a trompicones hasta la sala principal del
orfanato.

Jesucristo me observa con sus ojos agónicos, con los brazos abiertos y las manos clavadas a la
madera de la cruz. La corona de espinas le clava las sienes y la frente, hiriéndole hasta sangrar.

Me acerco hasta la figura sagrada y me inclino por piedad, suplico para que todo este infierno se
acabe. ¿Pero cómo? No sé cómo demonios evitar que el dolor siga dentro de mí, es insoportable.
Años aguantando e ignorando lo que llevo dentro; ya no puedo más.

—Por favor, haz que pare —gimo—, no me obligues a mirarlo si nuestro contacto es así de frío,
me duele mucho.

Me siento en la banqueta, afirmo mi cabeza entre mis manos y aprieto para que el dolor pase.

—Ya no lo soporto, ya no puedo seguir viéndolo —susurro atolondradamente en mi burbuja.

Siento un ligero movimiento, alguien se sienta a mi lado y me miran, lo presiento.

—Vete de aquí, Alice —gimo entre lágrimas—, puedo sola.

—¿Estás segura que me quieres lejos? —me dice él, con aquella voz que tantos recuerdos traen
a mi mente.

Despego mis manos de mis ojos, lo observo y en automático me levanto de la banqueta, incapaz
de hablar ni de consolarme. Edward se para casi al mismo tiempo, levanta sus brazos, solo un
poco, me invita a cobijarme con timidez. No puedo decirle que no, no ahora que realmente lo
necesito.

Me lanzo hacia él y dejo caer mi cabeza en su pecho. Su camisa huele a Edward: pintura, madera
y a regaliz. Lloro contra la tela y él tímidamente deposita una mano en mi cabello, acariciándolo.
Quiero que me abrace, pero eso ya es demasiado. Ni siquiera sé que hago junto a su contacto.

Cómo adoro volver a abrir mis heridas. Soy masoquista y cruel conmigo misma, pero no puedo
evitarlo, realmente quiero sentirlo junto a mí, olerlo, tocarlo, saber que está vivo.

Aprieto mis manos en su camisa, la estrujo, la retuerzo. Edward me contiene y no sé cómo lo


hace, parezco una gata asustada. Cuando el cansancio y las lágrimas me ganan, él enreda sus
brazos en mi alrededor y me atrae hasta su cuerpo. Su calor me es insostenible, es como un
torrente de energías que corren por mi columna y van a parar hasta cada vena, llegando de
repente al corazón.

No quiero mirarlo, la sola idea me vuelve loca. Lo tengo solo a centímetros, quizá dos o tres, sus
ojos deben estar fijos en mí y los míos en el suelo. ¿Qué estoy pensando? ¿Qué debo hacer?

—Han pasado diez años, no quiero que te vayas, no ahora —consigo decir después de separar
mis ojos del suelo.

Su visual brilla, al igual que su cabello tan parecido al sol. Quiero tocarlo, pasar mis dedos por
cada hebra revoltosa y perderme en la maravilla del tacto.

Puedo notar que no sabe qué decirme, está tan nervioso, como yo. Aún mantiene sus manos
puestas en mi alrededor y yo me aferro a su pecho, a centímetros de su rostro.

—Te he extrañado —murmura.

—Y yo —logro decir.

Suspira con fuerza, con pesar. Frunzo el ceño y él se separa. Me encuentro tan desprotegida
ahora.

—¿Por qué corriste aquella vez en el hospital?

La pregunta me toma desprevenida. ¿Le digo la verdad u oculto todo lo que sí debería decirle?
Creo que es muy pronto.

—Lo siento, Edward, yo… Me ha sorprendido demasiado verte —digo con sinceridad.

Se pasa una mano por el cabello y luego la deja caer a su rostro. Está cabreado de mí, de la
forma en la que lo he tratado todos estos años, está cansado de cuánto le he pisoteado.

—¿Por qué te fuiste? —interroga—. ¿Fue por Phill? ¿Te hizo algo?

Sí, Edward. Me obligó a abortar porque estaba embarazada… de ti.

—Ya te dije por qué —miento.

—No te creo —gruñe.

—Entonces no me lo creas —susurro, pasando por su lado para irme a mi casa.

Pero él me detiene poniendo una mano en mi vientre, yo de espaldas a él, con el paso decidido
para escapar. Me doy la vuelta y Edward se acerca para limpiar las lágrimas que cayeron hace
unos minutos. Corre unos mechones de mi cabello amarrado que han caído sobre mi cara, insiste
en observarme con esos ojos de amor, ese encanto maldito que me tiene embobada bajo su
dominio.

Oh Edward, ¿qué haré contigo?, pienso.

—Ya te dejé ir una vez, ahora no lo permitiré más.

Acerca nuevamente sus dedos a mi rostro y lo acaricia con lentitud. Me es imposible no cerrar los
ojos, percibir con un solo sentido la grandeza de su tacto, la forma en que su piel hace contacto
con la mía. Mi respiración se comprime y tarda en aparecer, la tengo atascada, como también la
sangre dentro de mis mejillas. Cuando abro los ojos y lo veo, puedo observar al Edward que dejé,
marchito, adolorido, con miles de preguntas en la cabeza. No ha cambiado, realmente ninguno de
sus sentimientos ha cambiado. Le amo y eso tampoco puedo cambiarlo, le quiero tanto y lo deseo
tanto que no soy capaz de separarme de él, por lo menos no ahora.

He sido demasiado cruel con Edward, le he roto el corazón por más de una ocasión. ¿Merece
siquiera una conversación digna?

—Hay tantas cosas de que hablar —le digo.

Sonríe por primera vez con una sinceridad palpable, le alegra tanto poder hablar conmigo. Me
enternece y me duele a la vez. Parece el mismo niño del que me enamoré hace tanto tiempo.

—Tengo todo el tiempo del mundo.

Se despide de los niños con una alegría palpable y yo no puedo ocultar una sonrisa maldita. Alice
me observa, mientras más allá se ve a Jasper junto a Edward, hablando atolondradamente de
quizá qué. Mi amiga camina lentamente hasta mí, quiere saber qué ha pasado, sin duda.

—¿Te irás con Edward? —me susurra.

—Necesito hablar muchas cosas con él —le digo, reprimiendo un gesto de dolor, porque sí,
realmente me duele volver a entablar una conversación con el hombre que dejé a la deriva por
tantos años.

Alice parece contrariada, curiosa y muy triste. Mi dolor debe notarse hasta en China.
—Espérame en casa y te diré todo.

Me doy la vuelta sin antes ver cómo Jasper me mira, intrínseco, expectante incluso de lo que yo
pueda hacer. Prefiero olvidarlo y salir de la sala, despedirme de las monjas y caminar lentamente
por el gran jardín del orfanato. Siento que me siguen y sé perfectamente quién es. Me giro y lo
encuentro frente a mí, fijamente con sus ojos dorados escrutándome.

—Me gustaría… Me gustaría ir a algún parque, si no te molesta… claro —le digo en tartamudeos,
incapaz de sonar más segura porque simplemente no lo estoy. Tengo miedo de lo que fuese a
preguntarme, de cuánto averigüe de mí. Temo que se decepcione por lo que fui y soy, que de
todo lo que le dije y diré nada se lo crea.

—Está bien —consigue decir.

Caminamos a paso lento y en silencio, un silencio jodidamente incómodo, hostil, lleno de secretos
y ganas de confesar. Sé cuánto quiere saber de mí y yo sé cuánto quiero saber de él. El
sentimiento es recíproco en todos los sentidos, pero de parte mía no puedo declarar mucho.
Prostitución, cine pornográfico, mafia, asesinatos, depresión, drogas, alcohol, sexo, vacío…
¿Planeo decirle eso? Claro que no, pues no puedo, la sola idea me vuelve loca. Isabella Swan
luchó por ser actriz y lo consiguió.

"¿Viste All That Jazz? La acaban de estrenar. ¿Viste cómo seleccionaban a las actrices para
Brodway? Bueno, eso hice yo. Muchas felaciones, relaciones sexuales con el director… Sí,
Edward, soy una puta. Pero, ¡mírame! Soy una famosísima actriz de cine, ¿no es maravilloso?".
Claro que no puedo decirle eso, claro que no.

Para ante el parque Washington, el único parque decente y viejo de Forks. Es muy grande,
magnífico y lleno de vegetación, la cual ahora está cubierta de nieve y hielo. Las bancas van en
hileras por el torrente de piedras que hay en un solo frente, hay una fuente también más allá, pero
está escarchada. Los niños juegan con la nieve, arman hombres gordos y redondos, lo abrigan, lo
decoran… Quisiera ser niña nuevamente.

Voy a sentarme, pero Edward me detiene y pone su abrigo en el asiento helado. Me ruborizo, le
sonrío con timidez. Él también se ve nervioso, algo asustado… Cómo adoro tenerlo tan cerca,
sentir su calor aunque no sea de la manera en la cual realmente le quiero, pero está conmigo al
fin y al cabo.

Edward se sienta a mi lado sin decir nada, tiene sus manos entrelazadas, moviendo los pulgares
de vez en cuando. Yo miro su perfil, la forma en la que su nariz mira al cielo, roja, suave y
respingada. El cabello cobrizo hace un juego, haciendo un leve rizo desordenado, vil y sensual
sobre su frente.

—Te extrañé mucho —susurro. Creo que él me lo ha dicho hace un momento, pero necesito
decírselo yo también—. Cuando te dejé no me lo podía perdonar… Pero era la única forma, ya
sabes.

—Creí que no tenías tiempo para pensar en mí —murmura, mirándome ahora.

Su barba comenzará a crecer muy pronto, se ve áspero y tentador. Quiero sentirlo junto a mi piel,
saborearlo, invadirme de él, de su calor enteramente perfecto.

Su comentario golpea mi cabeza con demasiada fuerza, enviando al demonio mis fantasías
carnales y puramente desequilibradas. Lo vuelvo a mirar, ésta vez con la culpa incrustada en mis
entrañas. ¿Qué imagen tiene de mí? ¡Claro que he pensado en él! He pasado diez años creyendo
que estaba muerto, que no volvería a verlo nunca más. ¿Cómo no tener tiempo para pensar en él
si llegaba a atormentarme hasta un punto casi asfixiante?

—Cuando veía pinturas, óleos y retratos estabas tú ahí, pintando en mi habitación, manchado
hasta el cuello —rio, de pronto invadida por los recuerdos más vívidos y hermosos de mi niñez.
Edward carcajea un poco, también compartiendo mi momento de memorias y recuerdos—. Era
imposible no recordarte cuando veía Starry Night o simplemente… mis peores temores estaban
en esa guerra. —Mi garganta se aprieta y me impide la salida de la voz en la última sílaba—. Era
obvio que ibas a ir.

Edward se mira las manos esta vez. Está manchado de negro por el carbón, pero aun así puedo
notar la hermosura de sus largos dedos, la majestuosidad con la que simplemente mueve su
parte más talentosa.

—Siento mucho haberte dejado aquí, pero era necesario —le digo.

—¿Era necesario? —parece ofendido—. Bella… —jadea—, lo único necesario era que te
quedaras.

Quiero llorar, maldita sea no soporto verlo sufrir. Quema y arde, supura el dolor con tanta
maldad… No puedo… Edward, lo siento.

—No podía quedarme —intento hacerle entender.

—Sí podías, pero tú preferiste irte. Lo sé, es entendible que quisieras alejarte de mí, sé que por tu
parte me amas como a un amigo y que todo te estaba asustando, pero todo lo que viví solo fue
necesario para volverme loco y preguntar por ti a cada hora —dice enérgicamente; tiene
guardado ese discurso desde el día en que me fui, lo sé.

—No era mi intención que pasaras por eso.

—Claro que no era tu intención, Bella —dice—, tu única intención era arrancar, armar una nueva
vida lejos de esta basura.

Cierro los ojos y escondo mis manos bajo mis muslos. Muevo el hielo suelto que hay en el piso
con mis zapatos, queriendo arrancar del difícil momento que estaba llevando. Edward por su
parte solo tiene la mirada fija en la banca de enfrente.

No sé qué decirle, porque en realidad tiene una idea bastante errada del por qué me fui. Por un
fugaz segundo me planteo comentarle la razón real. "Edward, ¿recuerdas cuando hicimos el amor
por primera vez? Bueno, quedé embarazada, sí, aunque cueste creerlo. Yo estaba feliz, aunque
nerviosa, porque claro, tenía que contarte, pero fui tan cobarde que no lo hice y ya era demasiado
tarde. ¿Por qué? Bien. Phill me obligó a beber unas hierbas, sufrí dolores y fui a parar al hospital.
¿Resultado? Bebé muerto. Fin." Claro que no puedo decirle eso… ¡Sería una locura! ¡Me odiaría!
No… No puedo decirle lo del aborto, no puedo porque simplemente acabaría destrozada y eso no
es bueno, no ahora que todo parece ir en calma.

—Yo creí que ibas a rehacer tu vida, a intentar algo nuevo. ¡Lo que me dijiste! Querías ser
profesor de artes, ¿por qué no lo hiciste? —Intento ocultar el grave temblor de mi voz con un poco
de entusiasmo inventado.

Sonríe y me mira.

—No lo hice porque realmente me importaba una mierda mi propia vida. Cuando te fuiste se
fueron los sueños y los deseos —suspira.
Quedo estática y tan culpable que apenas puedo mirarlo a la cara. Parece tan seguro de lo que
dice, tan reticente a cambiar de opinión porque simplemente no le interesa hacerlo. Él me quiere
tanto, es tan sincero, tan leal a sus sentimientos y yo simplemente no puedo decirle las cosas a la
cara… Debería darle vergüenza, pero ahí está, Edward Cullen, con quien pasé tantas aventuras,
a mi lado sin importarle cuánto daño le he provocado.

—Me alegra saber que estés con Jessica —miento.

—¿Cómo lo supiste? —inquiere, preso de la curiosidad.

Mierda. ¿Cómo pude soltar semejante secreto? Claro que él no sabe que lo vi con Jessica en el
lago.

—Casi caigo por las escaleras del supermercado y tú me sujetaste. Ibas a preguntarme algo y
ella te llamó para que vieras un cascanueces —le digo la verdad, pues sí lo vi aquella vez.

—Eras tú —susurra—. ¿Por qué arrancaste?

Sonrío a medias.

—No quería interferir en tu momento junto a Jessica.

Pasan unos minutos en un grave silencio que me carcome por dentro, pero él no tarda en hablar:

—Lo nuestro no es más que amistad, yo no puedo corresponderle.

Siento un extraño júbilo cuando me dice eso, pero de inmediato me regaño. ¿Cómo es posible
que me venga con eso ahora? ¡No puede pensar en dejarla por mí! Sería inmiscuirlo demasiado
en mi vida… Y mi vida ya está demasiado rota como para intentar algo… No… No quiero
defraudarlo.

—No juegues con ella, Jessica ha estado contigo ahí mientras yo intentaba enriquecerme —mi
voz sale con sorna, no puedo evitarlo.

—Lo sé… —hace una pausa—. Tiene esquizofrenia, Bella, ha estado muy mal y yo soy su único
apoyo.

Tapo mi boca con mi mano, lo miro y veo el torrente de dolor que pasa por su rostro. Me atrevo a
tomar una de sus manos y entrelazar sus dedos con los míos. Necesita de mi apoyo y tengo que
brindárselo, como en los viejos tiempos… A pesar de cuánto me duele esta situación. Me duele
realmente que ella esté pegada a Edward como si fuese una sabandija en necesidad… pero no
puedo ser cruel, la esquizofrenia es una enfermedad maldita.

—Entonces no la dejes de lado —susurro—, aunque el sacrificio te destruya por dentro, nunca la
dejes, cuando debes proteger a quien quieres lo que menos debes pensar es en tu felicidad.

Asiente y aprieta mi mano con más fuerza. Me infunde con valor, a pesar de que por dentro estoy
hecha jirones. Claro que tengo que dejarlo ir, por lo menos si es que quiero tener un lazo
amistoso con él. Por un lado se ve bastante contento con mi consejo, y por otro lado eso me
molesta bastante. ¿Realmente planea volver a tenerla? No puedo entenderme.

—¿Desde cuándo estás con Jessica? —inquiero, intentando ocultar la terrible curiosidad que me
embarga.

Se demora en contestar, por lo cual mi impaciencia se infla más y más. Suelta mi mano con
lentitud, así que la escondo entre mis muslos otra vez para calentarla y no sentir el vacío al no
tenerla unida con la suya.

—Hace más o menos seis meses —susurra.

Wow, bastante, pero no tanto como imaginé en su momento. Me pregunto qué hubiese sucedido
si yo hubiera llegado antes a Forks… No tengo que pensar burradas, es como hacerme daño a
propósito.

—¿La amas? —inquiero, pero al segundo me regaño, ¡Bella, no debes parecer desesperada!

—La quiero mucho —señala, girando su rostro hacia mí, con sus ojos directos en mi mejilla
derecha.

Me obligo a mirarlo, a conectar por undécima vez mis ojos castaños con sus dorados. Sus
pestañas largas hacen contraste con su cabello y su piel blanquecina, lo que me permitió
encontrar la sonrojes de sus mejillas.

—Así que has estado con alguien luego de… tú sabes —carraspeo fuertemente, nerviosa e
intimidada por el tema que acabo de tocar.

Edward sonríe con tristeza y niega con la cabeza. Frunzo el ceño, creo que no debí tocar un tema
tan delicado, más aún cuando hemos comenzado a hablar hace solo unos veinte minutos.

—¿Qué tal tú, Bella? ¿Algún novio del que pueda saber? —me cambia el tema con rapidez.

Me pasmo y quedo pensando qué decir. "Sí, Edward, aunque yo no le llamaría novio, sino
'cliente'. Es lo mismo, ¿no?". Prefiero ocultar esa dura verdad y decirle algo más simple.

—En mi mundo los novios no son permitidos.

—Me alegro mucho que hayas podido ser lo que tanto deseabas.

—¿Una actriz de cine? Realmente no lo pensaba con tanta viveza, me fui de Forks con el deseo
de crecer y participar en el teatro, fue una sorpresa haber podido entrar al cine derechamente.

—Estás diferente —dice de repente—, cuando te miro intento encontrar a la Isabella que eras
antes de irte, pero no puedo, simplemente no puedo.

Mi garganta se aprieta y dejo de respirar por un rato. Las palabras recién dichas por él realmente
me han dolido, porque es cierto, porque ni yo puedo encontrar a quién fui en su momento.

—No debí decir eso —se disculpa—, no quería hacerte sentir así.

—Tienes razón, Edward, yo ya no soy la misma Isabella —afirmo, con la voz segura y firme—,
dejé de serlo y busqué cambiar, la niña que era antes se fue para convertirse en una mujer y esa
mujer es quien soy yo ahora.

Sueno tan creíble, tan real… Me sorprendo, no acostumbro a notarme tan segura de quién soy.
Quizá las ganas de que Edward no se decepcione de mí ejercen un control muy fuerte sobre mi
mente. Realmente no quiero que sepa cuánto he sufrido, no quiero que sepa lo que tuve que
hacer para subsistir. ¿Cómo podría él aguantarlo si yo misma me doy asco? Es ilógico pensar en
un Edward orgulloso de ésta Isabella tan dura, tan deshinibida.

—Bella —me llama. Ahora suena tan nervioso.

Me giro para mirarlo, prestando toda mi atención en él.


—No quiero que vuelvas a huir de mí —susurra—, por más que intento evitarlo… No puedo
dejarte ir.

Sus palabras me conmueven, me estremecen las entrañas. Mi estómago se ha vuelto un nido de


mariposas que aletean con gracia, lo que me produce unas intensas ganas de vomitar. Son los
puros nervios que me comen por dentro, son esas sensaciones que dejé atrás para nunca jamás
volver a ver, pero no es así, porque ahora me estoy enfrascando con el peor de mis demonios,
fantasías y deseos: solo él.

—¿Qué quieres de mí? —inquiero con el corazón en mi garganta.

Traga. Su manzana de Adán se mueve desde arriba hacia abajo. Sus ojos me envuelven, me
recorren, me sacude.

—Quiero que volvamos a ser amigos —me dice, tendiéndome la mano.

Miro sus dedos, la muñeca y parte de su brazo, luego su mirada. Me suplica con un simple gesto.
Sé que ser amiga de él me dolerá, me dolerá mucho más que estar separada de su lado. Ser
amiga de Edward es tener frente a un alcohólico una jarra de helada cerveza, es acercar a un
drogadicto a su heroína.

Sin embargo, no soy capaz de decirle que no, no ahora que estoy tan feliz de verlo contento.

—¿Como en los viejos tiempos? —sonrío, aunque el dolor me quema por dentro.

—Como en los viejos tiempos —contesta.

Estrecho mi mano con la suya, con la amistad que simplemente ya no queda… Solo el amor y el
deseo que le pertenece, porque soy suya, aunque no lo sepa.

¡perdón la tardanza! Pero es que he tenido un millón de cosas que hacer D: Pero de todos modos
ha llegado cap y espero que les haya gustado el acercamiento de Edward y Bella. ¡Hasta a mí me
dolió el estómago al escribirlo! Perdón por las mariposas también. Espero sus reviews y sus
palabras de aliento que instan a seguir con esta gran locura -y triste-. Muchos besos a todas/os.

Gracias leo por leer esta tontería 3

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo Mujer que camina de Alejandro Filio.

XIV

.
Edward POV

Cuando separo mi mano de la suya el corazón me da un brinco estrafalario que me llama la


atención. Por su mirada sé que no soy el único tan emocionado y dolido de volver a ser amigos,
de intentar llevar la fiesta en paz cuando realmente no nos queda nada más que amor para dar…
No sé por qué, pero la posibilidad efímera de rehacer una vida con un trato tan moralmente
normal, como amigos y compañeros con la confianza necesaria, me vuelve loco…

En este momento quiero besarla, abrazarla, retomar a la Isabella dulce y sensata que conocí, esa
que observaba con la inocencia y fragilidad en los ojos… Ahora no estaba esa chica joven y
despreocupada que conocí, estaba tan grande, dura y arisca. Quiero saber qué le sucedió, qué le
hizo el destino para comportarse así. Sé que no es nada bueno, sino ya me habría dicho toda la
verdad. La conozco como a la palma de mi mano y afirmo solemnemente que me oculta algo,
simplemente no quiere decírmelo por miedo a cómo lo tome.

¿Qué puede ser tan horroroso para que no pueda perdonárselo? ¿Tan poco me conoce? Jamás
podría decepcionarme hasta no querer verla, jamás podría tenerle asco a la mujer que llevo
amando por tantos años. Me lastima que no me tenga confianza y no quiera contármelo todo,
pero no puedo obligarla, es su vida y no puedo interferir.

—¿Qué ha dicho tu madre al verte? —le pregunto, intentando evadir mis pensamientos.

Noto el cambio de expresión, ese alivio que siente al pasar por alto nuestros silencios tan llenos
de dudas mutuas.

—Estaba tan feliz —susurra—, la he extrañado mucho y creo que ella a mí también.

Sonrío con sinceridad.

—Renée siempre preguntaba por ti. La primera vez que vio tu película lloró en cada escena, fue
sorprendente —le cuento.

Bella me mira, hace un mohín y comienza a llorar, en silencio, cansada. Yo me siento mal al tocar
el tema de su madre, aún no sé qué ha sucedido entre ellas dos. Soy un idiota.

—Lamento decir eso, no quería que te pusieras así…

—No, no. Soy yo la maldita sensible —gime y lloriquea, medio riendo. Se limpia las lágrimas con
los dedos, desparramando su maquillaje—. Me sorprende cuán orgullosa estaba mi madre de mí,
yo… No lo sé, creí que nunca sería de su agrado, sobre todo porque en varias partes salía
desnuda.

Ahora río yo, porque es verdad. Aun así, verla desnuda era la forma de sentirme bien conmigo
mismo, porque ese cuerpo fue mío en su momento, fui el único capaz de brindarle calor y
compañía, el amor que tanto necesitaba a sus 17.

Me ruborizo y maquino una idea para sacarme esas imágenes de mi cabeza, no debo pensar así
de Bella.

—Tienes talento —le digo con sinceridad.

—¿Tú crees? —me pregunta, bastante asombrada de mis palabras.

—Claro que sí. Estás en Hollywood por tu talento, no creo que por mérito ajeno.

Me da una sonrisa pequeña, aun así no alcanza hasta los ojos. Me desespera no saber qué le
ocurre ni cómo solucionar ese dolor permanente. Sus movimientos son tan limitados, tan fríos…
¿Qué le ha ocurrido a la Isabella que conocí hace tantos años? Me entristece profundamente
saber que esa chica ya no estará conmigo… Y me entristece aún más comprender que jamás me
dejará saber qué es lo que le ha sucedido durante todo este tiempo.

—Me gustaría que me acompañaras a pintar una tienda. Tengo un trabajo junto a una chica que
ha llegado al pueblo y me gustaría que me ayudaras… como en los viejos tiempos —le digo con
la voz baja, con temor de que me diga que no.

Sus ojos se iluminan con tanta viveza, brillan e irradian un calor increíble. La sonrisa se enancha,
mostrando su perfecta dentadura, tan perfecta como ella misma dentro de toda su imperfección.
Me impacta cuan enamorado sigo de ella, me impacta el mero hecho de seguir tan deslumbrado
con su vestido de estrellas, con su silueta de luna, esclava de la fama imponente que lleva a
cuestas. Es hermosa, así, tan adulta y cambiada… Y sé que la razón del por qué la amo aun así
es su esencia misma, su rostro y su manera de mirarme.

—Claro que sí —exclama, con un entusiasmo notorio en su voz.

—Es una tienda de chocolates, será un buen negocio por aquí.

—Forks está muy cambiado, ¡si hasta hay tiendas de ropa exclusiva!

—Supongo que ya te pasaste por ahí.

Su expresión se vuelve culpable y pícara a la vez.

—No pude resistirme.

Bella y yo terminamos de hablar a eso de las 4 pm. Nos dimos cuenta porque la mayoría de los
niños ya había entrado a sus casas para comer.

Miró su reloj caro y abrió los ojos desmesuradamente, enseguida se levantó y alisó su falda con
las manos.

—El horario de visita se acabará en media hora —dice con algo de terror en la voz—. Tengo que
ir a ver a mamá.

Me decepciona la idea de que se vaya. No puedo ocultarlo, creo… Me mira y arquea las cejas
con tristeza; tampoco quiere irse. La idea me alegra un poco.

—Podemos ponernos de acuerdo en otra ocasión, puedo llamarte en la noche y así charlamos…

—Acompáñame —me dice—, de seguro mamá quiere verte.

Mi corazón bombea de alegría, estaré con ella durante más tiempo. Parezco un niño ahogado en
excitación, no lo sé, siento que he vuelto a ser el chico que era antes; un bobo.

Bella me mira cuando me levanto yo también, sube sus ojos hasta mi rostro, pues soy demasiado
alto y ella muy pequeña. Sonríe, ríe y gime, se abraza a mi cuerpo, enredando sus brazos en mi
cintura. Por unos segundos me siento asombrado, tan asombrado que ni puedo moverme, pero
luego despierto y la abrazo también, con toda la fuerza que me es permitida en su pequeño y
delgado cuerpo.

—Mamá estará tan feliz de verte conmigo —me susurra contra el pecho—. La última vez que me
fui logré hablar un par de veces con ella y solo me contaba de ti. Llegó un momento en que sus
palabras dañaban más allá de lo soportable y simplemente le pedí que no lo hiciera más.
Lo que dice me duele, pensar en aquellos momentos es como abrir una herida que creías
cicatrizada. Ahora veo que no es así, que esa herida sigue tan abierta como hace un tiempo… un
tiempo largo.

—Perdóname por dejarte así —solloza—, yo no quería seguir sufriendo, sabes cuán importante
has sido para mí durante todo este tiempo. —Siento las lágrimas calientes que impactan con mi
camisa, mojándola—. Lamento haberte dejado así cuando Emmett te golpeó y entiendo que te
hayas refugiado en Jessica, pues fue la única que limpió tus heridas. De verdad, lo lamento, soy
una tonta… Tenía miedo, quería protegerte. Emmett era capaz de muchas cosas si escapaba a tu
lado, por eso preferí irme y explicarle que entre él y yo no sucedía ni sucederá nada.

Acaricio su cabello mientras me explica las cosas que no debería, no le guardo rencor en lo
absoluto y menos planeo recordarle los momentos que ella no podía evitar. Nuestra vida era así y
no había razón para lamentaciones. El amor y todo lo que siento por ella no se ha ido, no tiene
por qué insistir en pedirme perdón, cualquier cosa que haga está saldada para mí.

—No tienes que pedirme perdón, Bella, cuando te fuiste nunca pude guardarte rencor ni
resentimiento —le respondo.

—Tienes un buen corazón, Edward —murmura, separándose lentamente.

Sus mejillas están manchadas en maquillaje, sus labios se han hinchado. Sin embargo sus ojos
no ocultan la sensación culpable, el odio hacia sí misma.

—Tú también lo tienes, Bella, y aunque me digas que no yo lo sé —le digo.

Niega con una sonrisilla. Sus ojos marrones se vuelven tan vivos, alegres y dulces, me miran
como la Isabella de la cual me enamoré, de esa que quedé prendado en el momento que se
sentó junto a mí en el pupitre en clase de matemática.

Caminamos hasta el hospital principal de Forks, mientras un leve sol ilumina nuestros rostros. Es
extraño, porque no acostumbra haber sol en pleno invierno, menos con nieve. Bella se queda
congelada con sus ojos frente a los míos, justo antes de entrar por la puerta principal.

—¿Qué? —inquiero, tocándome la cara en repetidas ocasiones, buscando algo fuera de lo


normal.

Se encoge de hombros con expresión culpable.

—Te ves guapo con el sol —susurra.

No puedo decirle nada más, porque entra y camina sin esperarme. Sonrío mientras la sigo, la
observo con ese paso tan decidido y esa aura tan potente que le rodea. Paramos en oncología,
Bella topa con una enfermera de cabello rubio y largo. Lleva un uniforme blanco y una pequeña
chaquetilla de lana azul.

Me mira por un momento, sonríe con amabilidad y me tiende la mano.

—Enfermera Jane Vulturi, atiendo a la Sra. Swan —me dice con un ligero tono infantil.

Miro a Isabella, luego a la rubia enfermera. Tiendo su mano y le sonrío de vuelta.

—Edward Cullen, un…

—Viejo amigo —completa la morena.


Asiento lentamente.

Jane nos lleva hasta una habitación aislada, creo que la han cambiado. Renée está leyendo una
revista modas con aires despreocupados, mientras la música de Frank Sinatra suena con un
volumen moderado y educado. Bella carraspea, tomándome ligeramente del brazo. La rubia nos
mira, pero quita rápidamente la atención de nuestro mísero contacto. Renée levanta la vista, le
cuesta un poco aceptar lo que ve y enseguida sonríe sin poder creérselo.

—¡Es surrealista! —exclama, abrazándome con sus, ahora, muy delgados brazos.

—Tranquila, mamá, no quiero que te exaltes —le dice Bella, acariciándole el cabello con lentitud.

Renée, en cambio, no quita sus ojos de mí, me observa y sé que quiere preguntarme un millón de
cosas. Es un alivio que no pueda por la presencia de Bella y de la enfermera Jane, la verdad es
que no sé qué es lo que podría preguntarme y prefiero no saber por ahora.

El momento que pasamos junto a Renée es fenomenal. He visto a Bella tan alegre como nunca,
me siento realmente bien de ser el causante de sus sonrisas y carcajadas. Su madre nos enseña
algunas modas extrañas que encuentra en las revistas y nosotros le acompañamos con la
aprobación o desaprobación del look.

Bella hace una escapada junto a la enfermera, así que Renée y yo nos quedamos en la
habitación por un momento, bajo un silencio cómodo y sereno. Me llama la atención lo inquieta
que se pone en un rato, mirando hacia la ventana y luego hasta mí.

—Edward —llama.

—¿Sí? —inquiero, fingiendo sorpresa; sé que quiere decirme algo.

—Bella y tú… —no sabe cómo terminar la oración.

—Somos amigos —digo con sequedad.

Levanta sus cejas, mira hacia el suelo, luego a las manos.

—Qué decepción —susurra—, por un momento creí…

—No pienses esas cosas, Renée, sabes que nuestro cariño es diferente. Fuimos amigos y hoy
hemos decidido comenzar de nuevo como lo fuimos en el pasado.

Renée se ve tan desilusionada, le han reventado el globo de la alegría. Se toma las manos con
demasiada frecuencia, la veo mover los pies de un lado al otro con la esperanza de quitar los
nervios que le carcomen por dentro.

—¿Sucede algo? —Me preocupa. De un momento a otro parece desesperada por quitarse los
pensamientos de la cabeza.

Me mira, noto cómo su pupila se oscurece y sus labios gruesos se forman en una línea muy fina.
No sabe qué decir.

Frunzo el ceño.

—Bella tiene que contarte muchas cosas —dice, y sé que no volverá a hablarme de esto.

Me quedo pasmado, incapaz de pensar en otra cosa. Bella entra junto a la enfermera, ambas
sonríen encantadoramente. Me quedo mirando a la morena suspicazmente, pero ella no se da
cuenta de eso. ¿Qué tiene que contarme? ¿Por qué Renée ha dicho eso? Me inquieta.

—Mamá, ya he hablado con Jane y necesito que te tomes esto con calma —le dice Bella,
acercándose a ella con cuidado para tomarla de ambas manos.

Renée la queda mirando con la ansiedad y la alegría de siempre, sé cuán feliz le ponen las
sorpresas, sobre todo proveniente de la hija que tanto ama.

—Te harán unos estudios durante el mes, todo lo pagaré yo. Te irás al hospital de Seattle, no
quiero que estés un minuto más en este maldito lugar —susurra—. Jane te acompañará a todo,
¿bien? —Bella se gira a mirar a la rubia enfermera, que asiente firmemente a lo que dice.

—Trabajaré para usted, Sra. Swan, día y noche para que esté con la máxima seguridad.

—Jane me ha dicho que en el hospital de Seattle permiten enfermeras externas, claro que
pagándoles un tanto extra.

—No quiero que gastes dinero en mí, hija…

—¡Mamá! Puedo pagarlo, tengo tanto dinero como oxígeno en los pulmones —ríe—, he estado
años sin poder agradecerte todo lo que has hecho por mí. Déjame hacerlo.

A Renée se le aguaron los ojos casi al instante. Yo me muevo inquieto por la habitación, ya que
no me parece un tema realmente en el que deba estar presente.

Pero una oración me llama la atención.

—Sabes que no me lo merezco.

Bella se queda callada. Miro hacia ellas y la enfermera se siente aún más fuera de lugar. Le
sonrío con empatía y ella hace lo mismo. La morena se gira a mirar por un rápido segundo, pero
luego quita la mirada para dirigirla a mí.

—Edward, necesito pedirte algo —susurra, mordiéndose el labio inferior—. ¿Me harías el favor de
convencer a mi madre testaruda de aceptar lo que le estoy pidiendo? —Me da una simple sonrisa
llena de sinceridad. Me derrito, tan simple como eso.

Le sonrío de vuelta y sin pensarlo dos veces acerco una mano a su mejilla, la cual acaricio por un
segundo. Bella se sonroja, y en ese momento me doy cuenta de que no estamos solos.

—Renée, sabes que Bella quiere lo mejor para ti, no necesito convencerte, la respuesta es obvia.
Necesitas mejores cuidados, luchar con la ayuda de los médicos especialistas. Tendrás tu propia
enfermera, ¡eso es genial! No seas taciturna.

Ella me observa con sus claros ojos, me sonríe y asiente.

—Te debo una —me susurra Bella muy cerca de mi oído.

No puedo evitar quedar prendado de ese gesto, observarla atentamente mientras se mueve
sigilosamente por el lugar. Ella me mira por un rato, luego desvía la mirada. Me fijo en sus manos
y éstas tiemblan con furia, como si hubiese acarreado algo pesado por mucho tiempo.

Nos despedimos de la enfermera y de Renée a eso de las siete pm. Caminamos juntos por el
parque que topamos antes de llegar al hospital, mientras la luna hace un gesto de despedida para
ambos. Las estrellas se ven brumosas y abundantes en el cielo despejado de nubes, los faroles
alumbran también sobre nosotros y los grillos se oyen desde lo lejos. La nieve se ha derretido un
poco, por lo que el frío se hace aún más soportable.

—Gracias por acompañarme al hospital, mamá se ha alegrado mucho de vernos a ambos —me
dice de repente.

—No es nada, sabes que me gusta verla —le digo.

La noto sonreír otra vez, lo que se contagia indudablemente en mi rostro.

—¿Por qué sonríes tanto? —le pregunto, parando de improvisto en medio de la acera.

Se encoge de hombros, ensanchando aún más su gesto alegre.

—Estoy contenta —confiesa.

—¿Contenta de ver a tu madre?

Niega.

—Contenta de estar contigo nuevamente —murmura.

Me pasma su reciente sinceridad sobre sus sentimientos y sensaciones, cuando era una
adolescente no podía siquiera decirme que estaba feliz, no le gustaba expresar nada y eso me
angustiaba mucho.

—¿Por qué me miras así?

—Porque siempre soñé que expresaras lo que sientes.

Baja la mirada hasta sus pies, se ha ruborizado con furia. No sé por qué no puedo evitar reírme.

—¿Te estás riendo de mí? —inquiere, frunciendo el ceño.

—¿Qué supones tú?

Entorna los ojos, vuelve a sonreír y cruza de brazos contra su pecho.

—Que sí. —Río otra vez—. Eres un estúpido, Edward Cullen —ríe también.

Mete la mano en su bolso e indaga torpemente dentro. Cuando da con su destino, suspira
triunfante y lo saca. Es un pedazo de papel medio arrugado. Ladeo la cabeza con curiosidad.

—Se te cayó en el hospital. Lo encontré en el suelo cuando venía de vuelta a casa. —Me tiende
la hoja y yo la tomo. La giro y noto el dibujo que estaba haciendo aquel día, cuando vi a Bella por
primera vez en los diez mortíferos años. Me tiembla la garganta.

—Una de muchas —susurro distraídamente—. Puedes quedártela.

—Quiero que la termines —me dice, acercándose lentamente a mí—. Me gustaría mucho verte
pintar de nuevo.

No sé qué decirle, muevo la hoja de mano en mano sin saber cómo salir de esto. Sus ojos
castaños brillan con tal intensidad, con ese entusiasmo que me come el alma.

—Si tú me lo pides lo haré —jadeo. Tenerla tan cerca es… cautivador.

Bella acerca sus manos a mi pecho y lo acaricia lentamente, luego pasa su rostro por él, como si
se asegurara de que realmente soy yo.

Me sorprende cuánto se apega a mí, lo mucho que me ha abrazado hoy y lo cálida que se ha
vuelto de repente. Me gusta… me gusta mucho. Pero por otro lado temo, porque no quiero que se
vaya de nuevo, no quiero que se despida, porque no podría soportarlo.

Es increíble cuán cerca estamos y cómo nos vamos acercando aún más, cómo siento su aliento
caliente contra mi rostro, el perfume que le rodea y la elegancia propia que tiene con un solo
movimiento.

Pero paro y me alejo. Quito sus manos sigilosamente, sin antes besar su frente con apremio.
Quiero besarla con ganas, muero por hacerlo desde hace años, pero no en este momento, no
cuando sé que es incorrecto para los dos. Noto la desilusión en sus ojos.

—Necesito ir a casa —susurra.

Ahora veo a la niña inocente, esa que se encogía en sí misma y parecía un polluelo asustado de
la vida. Mi corazón se detiene un segundo y luego vuelve a su ritmo normal.

—Sola —me pide con una súplica encubierta.

Asiento por inercia, sin antes darle un último beso en la coronilla. Pero me detiene, dándome un
amistoso abrazo apretado y cálido.

—Gracias por ser mi mejor amigo —murmura.

Buenas :D Agradezco la espera y la paciencia, sé que esperar los capítulos no es fácil. Y


agradezco montones que me envíen tan bellos rr :)

Con respecto al capítulo... ¿Qué puedo decir? Ambos están muy confundidos, esperemos a que
ésto explote luego, porque ellos no aguantaran mucho.

Un beso y un abrazo a todas :)

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo I'm in here de Sia y White Flag de Dido.

XV

Edward POV

—Gracias por ser mi mejor amigo —murmura.

Le sonrío, aunque en realidad no quiero sonreírle. Su mejor amigo… Sí, he sido su mejor amigo
siempre y me cuesta demasiado aceptarlo, porque para mí no solo ha sido una amiga.

Al parecer soy el único afectado. Aunque aun no entiendo por qué Bella se ha acercado tanto a
mí. Es… confuso.

—Te llamaré —me dice.

Asiento y la veo acercarse para luego besar mi mejilla con sus suaves labios. Al rato se aleja por
el camino tranquilo que lleva el parque y yo me devuelvo por el sentido contrario, hasta mi casa.

Cuando arribo, luego de unos veinte minutos de pasos lentos, veo a Jasper con la pequeña amiga
de Bella, la de cabello alborotado y corto. Ambos me ven y me saludan con la alegría prendada
en el rostro.

—¿Y Bella? —pregunta Jasper.

—Se ha ido a su casa —susurro.

—Entonces tengo tiempo para alcanzarla —exclama Alice, alzando alegremente el vinilo de
Fleetwood Mac.

Miro a Jasper interrogante, ya que él mismo me regaló el disco porque no le gustaba ese grupo.

—Prometo cuidarlo como si fuese mi propia vida —le dice ella, besando suavemente su mejilla.

Jasper se rasca la cabeza, mientras sus mejillas se van tornando coloradas como un tomate.
Hago un mohín; nunca lo había visto así.

—Eh sí, sí, pero no te apresures, escúchalo con calma —logra decir, luego de su letargo.

—Podríamos escucharlo juntos, como a ti también te gusta Fleetwood Mac —dice ella como
quién no quiere la cosa.

Me siento horriblemente fuera de lugar… Y bastante incómodo. Oh por Dios, Jasper, ya cierra la
maldita boca. ¡Eres un mentiroso! Odias Fleetwood Mac, pienso.

Alice le guiña un ojo y a Jasper casi le sangran las narices. Cuando se dan cuenta de que estoy
presente, ella me tiende la mano y yo la estrecho con la mía cortésmente.

—Gracias por seguir de su lado —me susurra.

—Fue mi amiga en un pasado, no veo por qué no ahora.

Me queda mirando con sus profundos ojos azules y luego se va, caminando delicadamente sobre
sus altos y poderosos tacones. Me giro hacia mi primo y solo veo a un hombre embobado, ni
siquiera se da cuenta de que le muevo la mano frente a sus ojos.

—Ya cierra la maldita boca, se te cae la saliva —le digo con diversión.

Jasper mueve ligeramente la cabeza y me mira, ¡al fin! Se sonroja otra vez y me sonríe de oreja a
oreja.

—Es hermosa —suspira—. No puedo creer que Alice Brandon me haya dado un beso en la
mejilla.

—Ya basta de babosadas. ¡Le has dado el vinilo de Fleetwood Mac! Ni siquiera te gusta.
Mentiroso.

—Ya, ya, admito que fue para impresionarla. Pero debes entenderme, es tan hermosa, tan…

—Claro que te entiendo, te entiendo perfectamente —murmuro.

Mi primo me queda mirando con sus ojos grandes. Se ha dado cuenta del rostro añejado que
tengo. Y no es para menos, tengo el corazón estrujado precisamente por Bella.

—Hey, Edward, ¿qué ha sucedido? —me acaricia el hombro, mientras yo me apego al muro de la
casa vecina, con los brazos cruzados y la vista fija en el cimiento.

Muerdo mi labio inferior a falta de otra cosa; los nervios me comen por dentro. Mis ojos no tardan
en llenarse de lágrimas, las cuales caen al primer pestañeo. Me limpio con rapidez, aunque sigo
llorando. Mi primo me está observando, lo que me avergüenza bastante.

—¿Te ha dicho algo malo otra vez? —inquiere con suavidad.

—No, claro que no —le digo casi al instante—. Ella se ha comportado muy dulce hoy. —Lo
miro—. Es ese maldito nudo en el estómago cada vez que la veo, es… ese sentimiento que
siento por ella que no me deja vivir, Jasper, de verdad no puedo —lloro; los sollozos salen sin
importarles las ganas que tengo de guardarlos.

Jasper retuerce sus dedos, le inquieta que me ponga así. Y la verdad, es la primera vez que no
puedo evitar llorar con ganas delante de él, siempre he evitado exponerme a tal grado para no
parecer un estúpido.

Me siento en el suelo, poniendo mis brazos en mis rodillas. Mi primo me imita, percibo sus
movimientos a pocos centímetros de distancia.

—Es tan confusa, tan… impredecible. Me abraza, se apega con fuerza a mí como si me
necesitara tanto, y luego se acerca como si quisiera besarme —susurro, mirándome las manos—.
Pero no pasan ni dos segundos, cuando decido no aprovecharme de eso, de esperar a que me
diga lo que quiere de mí, que Bella recalca que soy su mejor amigo. ¿Qué puedo pensar, Jasper?
Dime yo… ¿Estoy mal? ¿Me imagino todo esto con el fin de creer que le importo? —Mi voz suena
frenética, cansada y rasposa.

—Nunca me cansaré de decírtelo, primo, pero Bella necesita que, así como tú quieres que te
hable honestamente, tú también lo seas. Lo mejor sería que le dejes pasar, que aceptes que son
amigos. A Bella la aprecio mucho, lo sabes perfectamente, pero también eres mi familia y no
quiero que vuelvas a sufrir.

Tiene razón. Yo tampoco quiero sufrir nuevamente.

—No quiero volver a perderla.

—No tienes por qué perderla, Edward, simplemente… deja que todos esos sentimientos se
conviertan en la amistad que los unió en su primer momento. Ya tienes a alguien que espera por
ti dentro de casa.

—¿Jessica está ahí?

Jasper sonríe con serenidad y plenitud.

—Quiere pedirte disculpas.


.

Cuando entro a mi casa se oye el televisor, están relatando un partido de baseball de la semana
pasada. Las risas de mi padre y de Jessica retumban en las paredes de madera y ladrillo. Jasper
me sigue, está detrás de mí. Yo carraspeo cuando entro a la sala y los veo platicar risueñamente
de algo que aparece en las revistas.

Se percatan de mi presencia casi al instante. Jessica se yergue, mientras que mi padre me da


una corta mirada desde el sofá, para luego dirigirse al televisor con seriedad.

—Hola, Jessica —le susurro.

—Hola, Edward —me saluda. Se queda callada al instante y yo no sé qué decirle—. Me gustaría
hablar en privado.

—En mi habitación.

Cuando ella cierra la puerta de mi cuarto, yo me muevo hasta la ventana para mirar hacia la luna.
Ésta brilla, pero no sé por qué me parece tan melancólica. El cielo se ha cubierto de nubes, por lo
cual las estrellas son imposibles de ver.

Jessica pone sus manos en mi espalda, por lo cual me giro a mirarla. Se ha maquillado y se ha
arreglado el cabello con bastante esmero; sé que es por mí. La miro a los ojos ésta vez, el iris
verde se ha dulcificado junto a la línea de su párpado, que está pintado de negro.

—¿Qué tal tu día? —me pregunta, mientras pone ambas manos en mi pecho, acariciándolo.

—Lo de siempre —susurro, incomodado por su toque tan cálido.

—Estuviste con Bella.

—¿Quién te ha dicho eso? —inquiero, preocupado.

Se encoge de hombros.

—Te han visto en el parque.

Noto la tristeza de su rostro y no puedo evitar sentirme culpable conmigo mismo. ¿Cómo puedo
hacerle tanto daño? No debería jugar tanto con ella, fingir que somos perfectos cuando en
realidad ni siquiera nos hemos acostado.

—Lo siento…

Niega lentamente.

—No lo sientas, la que debe sentirlo soy yo y de verdad… Perdóname.

—Pero…

—No he sido justa contigo, enseguida rompí tu alegría con mis caprichos. Sé que la quieres, que
fue tu amiga y que la amaste mucho. Siento mucho comportarme así, pero yo también te amo y
no quiero que ella te haga daño —solloza, mirando hasta el suelo a falta de otra cosa. No sé qué
hacer, así que la abrazo con fuerza para contenerla—. No te alejes de ella, Edward. Si quieres
puedo hablar con Bella, intentar solidificar un trato noble entre ambas para que te sientas a gusto.

Me lastima lo que intenta hacer, esas ganas de remediar una relación casi imposible. Jamás se
llevaron bien, ¿cómo planea que Bella le abra los brazos para ser amigas? Es extraño, pero
lastima saber que Jessica quiere intentar llevar la fiesta en paz solo para que yo me sienta
cómodo.

—No quiero que hagas sacrificios por mí, solo pido que te tomes esto con calma, solo he hablado
con ella hoy y…

—¿Volverán a ser los de antes? —inquiere, nuevamente con sus ojos bien abiertos y asustados.

—Solo amigos, Jessica —le digo, tomando su rostro entre mis manos para que no centrase su
atención en otro lugar.

—Solo amigos —repite—. Entonces… ¿no me dejarás?

Frunzo los labios, pensando en los momentos que he tenido hoy con Bella, la forma en la cual me
miraba, sus abrazos, su toque… Todos esos momentos que no puedo repetir, porque ya no me
quedan fuerzas para luchar por un amor imposible.

—No, no te dejaré —le sonrío a duras penas porque el dolor me carcome por dentro.

Sonríe, iluminando sus mejillas y sus ojos. Se abalanza sobre mí y me abraza con fuerza,
apegando su rostro en mi pecho. Siento las lágrimas que caen por sus mejillas y mojan mi
remera, la calidez que me envuelve, sus risotadas de alegría. Me enternece y me hacen sentir
bien por un momento, porque a pesar de todo me hace feliz que ella esté feliz. Lo demás ya no
importa.

Isabella POV

Camino por las calles desiertas de la avenida principal, el viento azota mi cuerpo y yo doy unos
respingos. Miro hacia atrás con la esperanza de encontrar a Edward mirándome y velando por mí,
pero solo veo la nada misma, sin autos, sin peatones, nada.

Pero sonrío, sonrío ante la inmensidad de mi solitaria caminata. Es gracioso, porque mi corazón
da brincos que pocas veces reconozco… Y sé que es solo con él.

Me regaño a mí misma porque no dejo de pensar en Edward Cullen. Estoy loca. Agradezco que
me haya permitido irme sola, tengo tantas cosas que pensar. No es fácil. Y, ¡rayos!, cómo quería
que me besara en medio del parque. Me preocupa que se haya alejado, pero es lo mejor, es solo
mi mejor amigo.

Siento los pasos de alguien detrás de mí, muy despacio, muy sigiloso. Mi corazón comienza a
brincar con furia, pero ésta vez no es por Edward, sino porque tengo un miedo terrible.

¿Quién anda ahí? ¿Quieren robarme? Dios mío, qué horrible. Tengo que correr. Pero no lo logro,
su mano se posa en mi garganta y me acerca a él. Me pongo a gritar, pero me gira y noto que no
es un ladrón, ni sicópata, ni asesino… Es William.

—¡¿Quieres matarme?! —exclamo, furibunda con la mano en la garganta con el fin de tranquilizar
mi respiración errática.

—Lamento haberte asustado —me dice.

De inmediato lo abrazo, con el fin de cobijarme en un calor potente y solamente propio de él.
William me abraza también, apretándome fuertemente. Cuando me despego y lo veo, noto que no
son ojos dorados sino azules los que me miran. Me duele la desilusión que siento en ese preciso
momento, pero desecho cualquier sentimiento que no sea alegría.
—¿Por qué has venido? —le pregunto.

—No quería dejarte a solas en este lugar —me susurra, tomando mi rostro entre sus manos para
mirarme.

—Has venido en buen momento —le digo, intentando sofocar un gemido de tristeza.

Vuelve a abrazarme y yo lloro contra su pecho. Me susurra que todo estará bien, que pronto
volveré a reír, que podemos cenar en algún lugar de Seattle, que simplemente con él no me
sucederá nada.

—Me ahorraré las preguntas, ¿bien?

Asiento lentamente. William me lleva hasta su coche, un_. Es negro, sofisticado, y en el asiento
del conductor maneja un hombre de piel oscura, cabello semilargo y negro. Cuando su jefe señala
algo, él sale y se acerca para agacharse lentamente.

—Laurent Da Revin, a su servicio, Srta. Swan.

Su acento es medio francés, lo sé porque conozco a muchos residentes franceses en los Estados
Unidos. Me tiende su mano y yo la aprieto con delicadeza. Me siento avergonzada porque he
estado llorando hace solo minutos.

—Vamos, te llevaré a casa —me susurra William, sacándome de mi trance y separándome del
contacto efímero que tengo con su chofer.

Lo observo. Lleva un traje oscuro, como su cabello, y una corbata roja que contrasta con su piel
blanca. Me enternece que esté aquí, en Forks, un lugar salvaje para un hombre tan increíble
como lo es él.

Me meto al auto, siento el cuero en mis piernas descubiertas y el aroma a delicadeza. Acaricio el
asiento con mis dedos mientras lo percibo a mi lado, mirándome al mismo tiempo que el coche
arranca. Fijo mi vista en la ventana y apoyo mi mentón en el puño; las casas pasan y algunos
coches no hacen frente, la luna brilla y las estrellas siguen ahí, escondidas como si las ganas se
les hubiesen ido a la basura.

William me agarra la barbilla con sus dedos y me obliga ligeramente a mirarle. Me siento culpable
al instante, pues no he sido capaz de mirarlo y no sé por qué.

—James está muy enojado contigo —me dice.

—No me interesa James en este momento.

Frunce el ceño.

—¿No te importa tu carrera? —inquiere.

—William, han pasado solo cuatro días desde que me fui de Los Ángeles…

—Pero no has sido sincera en esto. Es tu trabajo el que está en juego, tienes un contrato que
cumplir, una vida social que mantener… ¡Ni siquiera has sido capaz de decirnos qué ha sucedido!
He estado tan preocupado por ti, Bella —dice calmadamente, aún con su agarre en mi barbilla.

Sé que he sido una malagradecida con él, lo reconozco, ¿pero es tan difícil entender que no
puedo gritar mis problemas? No quiero que se adquiera atribuciones que no le corresponden,
más ahora que tengo un nudo en el estómago desde que dejé a Edward en medio del parque.
—Lo que menos me importa es mi trabajo. El contrato queda paralizado si me resultan problemas
familiares —susurro atolondradamente.

—¿Problemas familiares? —William deja de tocarme y aleja la mano, atontado.

—Mi madre —digo—. Tiene cáncer y está mal, necesito cuidarla y no puedo irme de aquí hasta
verla de pie para llevarla a California y enseñarle el mar.

William levanta sus cejas y frunce los labios, como una sola línea que cruza su rostro
horizontalmente.

—No lo sabía.

—No tenías por qué saberlo.

—Me apena.

Me encojo de hombros y vuelvo a posar mis ojos en la ventana, mientras las casas corren a un
lado como si escaparan de mí.

—¿Te molesta que haya venido a verte? —Su voz es inocente, temerosa y repentinamente muy
triste.

La pregunta me resulta estúpida.

—Claro que no me molesta. —Lo observo y me acerco a él—. Cuando te vi fue… Gracias,
necesitaba a un amigo. —Un amigo al que no ame y quiera besarlo cada vez que me mira,
pienso.

Sigue doliéndome que él no entienda que no puedo ser más, que simplemente le pertenezco a
otro hombre… Aunque claro, él no sabe cuánto amo a Edward Cullen, y tampoco tiene que
saberlo… No todavía, pero debo contárselo.

—Llamaré a James y le diré lo del contrato, lo leí y no me permití enclaustrarme en esa película.

Me sonríe y me abraza con fuerza. Deposito mi mentón sobre su hombro y ahí me quedo hasta
que el chofer señala que ya hemos llegado a mi casa. Me separo y espero a que William me abra
la puerta, mientras Laurent espera a un lado con las manos detrás de la espalda.

—¿Vas a quedarte aquí? —le pregunto.

Por un segundo se me pasa por la cabeza que eso está mal, porque estoy tan devastada que
podría suceder cualquier cosa entre nosotros dos, pero luego pienso en Edward, en lo que hemos
pasado en una sola tarde… ¿Qué dirá si me ve con él? Qué estúpida, la sola idea es
simplemente estúpida. ¿Qué estoy pensando? ¿En que se podría poner celosa? ¿Me importa?
Maldición, tantas preguntas que rondan mi cabeza. Reventaré muy pronto y temo por eso.

—No, iré a un hotel muy cerca de aquí para que te sientas cómoda. Además, Alice está aquí y
tener a dos señoritas como ustedes es demasiado… raro —ríe. Le acompaño, liberando la carga
de opresión que he sentido durante el día. Uf, qué alivio.

—¿Me llamarás?

—Claro que sí. Alice me ha dado el número.

Me da un suave beso en la mejilla y luego uno en la frente.


—Gracias por venir, es un sacrificio enorme…

—Haría muchas cosas por ti, Isabella Swan —murmura, dándose la vuelta con lentitud, gracia y
sofisticación.

Lo veo meterse en el automóvil e irse rápidamente por el pavimento. Me doy la vuelta y veo mi
coche aparcado, Alice tuvo que haberlo traído. Paso una mano por el capó; es lisa, brillante y
dura, una reliquia. Oigo la música que sale por la ventana: Rhiannon otra vez, de Fleetwood Mac.
Sonrío y toco la puerta, al segundo la música baja y una Alice sonriente, limpia de maquillaje y ya
en pijama me sonríe como si no hubiera cero grados y la nieve estuviese pegada al suelo.

—Alguien ha tenido un bello día —digo, pasando hacia la casa.

Alice ha encendido la chimenea y el ambiente se ha vuelto menos hosco que la última vez que
dejamos la casa. Huelo unas galletas ya a punto de salir, mientras sigue Stevie Nicks cantando
con amor hacia esa diosa, Rhiannon.

—¡Ha sido fenomenal! —exclama.

Va dando saltos hacia la cocina, al mismo tiempo que yo me siento en el sofá para tranquilizar mi
respiración y mis revoltosos pensamientos. Si bien la llegada de William me ha hecho sentir más
acompañada, no puedo quitarme el sabor a culpa de la boca… Sobre todo porque se me ha
pasado por la cabeza la sola idea de volver a acostarme con él por mero despecho. Sé cuánto
odia a Jessica, cuánto desprecio que ella se acerque a Edward de la forma en la que yo quiero
acercarme, y por eso y muchas cosas más necesito quitarme eso haciendo lo mismo que ellos.

No obstante… La idea me parece descabellada, cruel, fría y asquerosa. Fui una puta, pero no soy
una zorra asquerosa, tengo sentimientos y no puedo alejarme de Edward ahora que sé que está
vivo. Debo aprender a vivir un celibato, o simplemente borrar esa integridad que no debería
pertenecerme. Sí, quizá solo es cosa de tiempo para obligarme a mí misma a entender que puedo
acostarme con quien yo quiera.

—¿Qué ha sucedido hoy que te tiene tan contenta? ¿Es por los niños? —le pregunto
distraídamente y al mismo tiempo hojeo una revista que ha dejado sobre la mesa.

Alice ríe desde adentro, moviendo platos y algunas cosas que chocan, produciendo un sonido
estridente.

—Los niños me alegran mucho —exclama.

Frunzo el ceño. Paso el dedo por las hojas, una a una sin ver nada interesante en las páginas.

—Es la primera vez que te veo tan feliz —digo con la suspicacia innata en mi voz. Me intriga esa
aura de amor que proyecta, lo sé porque me ha tocado verlo cuando está entusiasmada.

—Ah. ¿Escuchas el disco de Rhiannon?

—Sí —murmuro, pasando por alto el hecho de que me ha evitado la pequeña acusación.

—Me lo ha prestado el primo de tu… Edward.

Cierro la revista de golpe y me quedo pensando en lo que me acaba de decir.

¿Jasper? Pero si Jasper no es su tipo. A Alice le gustan los hombres estúpidos que solo piensan
en sí mismos, por eso siempre la veo triste cuando termina con ellos. El último fue un músico
fracasado, que precisamente la dejó porque ella sabía cantar mejor que él. Una mierda. Pero,
¿Jasper? Es… raro. Jasper es un hombre tierno, amable y sumamente humilde.

Me muerdo el labio inferior con los dientes, mientras llego a una conclusión que me parece aún
más extraña: no quiero que Alice le haga daño. Sé que es inverosímil viniendo de alguien como
yo, sobre todo porque Jasper es el primo de Edward, y claro que al ser su familia él debería
odiarme por haberle hecho daño a su sangre. Pero lo estimo, Jasper fue un apoyo más para
nosotros y siempre se mantuvo objetivo ante las circunstancias.

Me levanto del sofá y camino hasta la cocina. La veo decorando las galletas con glaseado,
metiendo el dedo para saborear su propia creación. Mueve la cabeza al son de la música,
canturrea levemente los coros y zapatea contra el suelo.

—Alice… Jasper es…

—Diferente, lo sé —susurra.

Gira el rostro hacia mí y me sonríe tranquilizadoramente. No sé por qué, pero no le creo a su


expresión.

—Somos diferentes a ellos, somos…

—¿Putas? Bella, por favor, que nosotras hayamos vendido nuestro cuerpo (el que es nuestro, por
si no te acuerdas), no nos evita que podamos relacionarnos con personas normales…

—¡Eso es! Son personas normales, Alice —gruño—. Y las personas normales no pueden
acercarse a seres tan fríos como nosotros.

Ella deja la bolsa con glaseado a un lado, se pone ambas manos en las caderas y me queda
mirando con desilusión.

—¿Quién ha dicho que somos frías? ¿Crees que no podemos amar por el simple hecho de que
tenemos un poco más de dinero? —Bufa, asqueada y arrebatada—. Quítate eso de la cabeza,
maldita sea, quítate esa idea de que todo el mundo nos juzgará… ¿O no crees que sé qué es lo
que piensas sobre tu relación con Edward?

Me irrito, porque enseguida toca el tema de Edward en nuestra conversación. ¿Por qué tiene que
estar presente a cada segundo?

—¡No saques conclusiones de mí que desconoces! —le grito.

—¡Lo hago porque te conozco! Deja ya eso, Bella, no le haremos daño si queremos, las personas
normales son hermosas, más la clase de hombre que son ellos. Ni Edward ni Jasper nos podrán
juzgar; ellos no son ese tipo de personas.

Cómo odio ese temple, esas palabras que le salen de la boca como si todo estuviera bien.

—Cuando te aburras de Jasper, ¿qué harás? ¿Lo botarás? Eso has hecho innumerable cantidad
de veces, Alice. Yo también te conozco y muy bien. ¡Son personas sensibles y por eso no quiero
que sufran! —gimo, cansada porque simplemente no quiero soltar los graznidos que tengo
atascados en la garganta—. ¿Planeas que un hombre normal como Jasper acepte tus salidas y
tus vestidos sugerentes? Alice… quieras o no ya estamos estigmatizadas, ellos… ellos necesitan
gente normal, no putas.

Mi amiga mira al suelo porque lo sabe y le come por dentro ese mero hecho. Puede decir una y
otra vez que no le importa su pasado, pero no es así, a ella le duele. Un pasado no puede
olvidarse y luchamos juntas por quitárnoslo del camino aunque sea por momentos. Y cuesta
tanto…

—No los merecemos —susurro.

Camino hasta Alice y la abrazo con fuerza, dejando de lado nuestra pequeña discusión. Pone su
cabeza en mi hombro y ahí se queda por un largo.

—Ahora sé por qué prefieres a los buenos hombres como ellos, y sin embargo duele tanto ir más
allá. Es un chico mono, lo acabo de conocer y realmente parece que es parte de mi vida desde
que nací.

Sonrío, porque eso nunca me lo había comentado. Quizá le guste de verdad, pienso.

—A veces como amigas de ellos servimos más —le digo, separándome para mirarla.

No logramos decir nada más cuando tocan a la puerta. Me inquieta; son más de las ocho. Abro,
pero de inmediato intento cerrarla para no verle la cara. Pone su pie para, impidiendo mi
cometido.

—¿Qué quieres, Carmen?

Su abrigo está lleno de pequeños copos de nieve al igual que su horrendo sombrero. El cabello
corto le llega a la pera, haciéndosele unas curvas desde las puntas hacia dentro. No se ve
agresiva, ni propensa a discutirme, hasta parece arrepentida.

—Necesito hablar algo importante contigo —susurra.

Alice entra a la sala y la ve.

—¿Problemas?

—No, Alice, no te preocupes.

Asiente y se mete a la cocina de nuevo, cerrando la puerta consigo. Dejo entrar a Carmen si bajar
la guardia, y ella, con una calma impresionante, se queda mirando hacia su alrededor,
inspeccionando el lugar intentando encontrar alguna cosa extraña o fuera de lugar.

—¿Qué tienes que hablarme? —me apresuro, tengo muchas cosas que hacer esta noche.

Se sienta en mi sofá y pone ambas manos en sus piernas. Hago lo mismo, esperando a que
hable cerca de treinta segundos.

—Más bien quiero hacer un trato contigo.

—Viniendo de ti no sé si me conviene —le digo con sinceridad.

—Nos conviene a ambas.

Arqueo una ceja; ¿qué nos puede convenir a las dos? No veo la similitud entre nosotras. Si quiere
que le devuelva mi casa está muy equivocada, ni permitirle visitas a mi madre. Además no veo
qué puede tener ella para mí.

—Habla —profiero secamente.

Se quita el sombrero con cuidado y lo deposita a un lado de su bolso. Suspira y retuerce sus
dedos entre sí, sin saber qué más hacer.
—Ambas tenemos secretos que nos pueden destruir —susurra—, y la mejor arma es hacer un
trato para no delatarnos… Y cumplir.

—No sé de qué hablas.

—En este mismo momento podría ir a casa de Edward y confesarle que tú huiste porque
quedaste embarazada y Phill te obligó a abortar. O simplemente decirle que fuiste prostituta para
ganarte la vida antes de ser famosa.

No se le mueve ningún músculo de la cara al decir cada una de las palabras, como si realmente
no le importara o no sintiera. Yo me entumo, porque no quiero que confiese aquello, realmente no
quiero.

—Vendrá a pedirte explicaciones y tú no serás capaz de mentirle, no ahora que no quieres


arruinar más tu imagen frente a él. ¿O me equivoco?

Maldita víbora. ¿Cómo es capaz? Es tan crudo como toma el hecho de que estuve embarazada,
el que no acepte cuán doloroso fue para mí, pues no es cualquier tema que puedo tomar a la
ligera. Fue mi hijo… ¿es que no puede ponerse en mis zapatos? Yo jamás chantajearía a alguien
con eso, con un niño que no se le permitió la vida, más cuando Edward podría sufrir más que
yo… Muchísimo más.

No quiero que él se sienta culpable de eso, porque le conozco y sé que lo haría. Perseguiría en
su cabeza todas las posibilidades que tuvo de prevenir el aborto, que si hubiese sabido antes
pudo haberme defendido… Pero no, claro que no me hubiese podido defender sin salir herido.
Mucho más herido, claro está.

Tampoco quiero que me odie. La idea se me cruza por la cabeza y es… escalofriante. Lo soporté
muerto durante años y saber que vivo pudiese odiarme es descabellado, tenebroso y
terriblemente doloroso. Le mentí, le oculté la verdad incluso ahora, pero solo lo hago por él,
porque no quiero que sufra conmigo. Quizá es una estupidez, pero me siento mejor sabiendo que
él duerme día y noche sin acordarse de lo que perdió y no pudo disfrutar. O en mi caso,
acordándome de aquel dolor en mis entrañas, esa opresión que cruzaba horizontalmente mi
vientre como un cuchillo…

Mi barbilla tirita cuando rememoro aquel tumulto de sangre en el retrete, la forma que tenía y el
dolor en la entrepierna.

Dios, por favor, quítame esa imagen de la cabeza, pienso constantemente.

—Deja de recordármelo, Carmen —sollozo en voz baja. Cuando noto una lágrima la limpio de
inmediato para no dar más lástima de la que quiero, ya bastante he generado.

—No quieres eso, ¿cierto?

Niego, mirando al suelo, incómoda.

—No se lo diré… Pero por favor no le digas que te mentí con respecto a él, no quiero que sepa lo
que hice, que robé el papel y fingí su muerte.

Qué inteligente. Carmen sabe cómo chantajearme. Si ella no dice lo que sabe entonces yo
tampoco. ¿Qué puedo decirle? Es difícil, porque deseo contarle a todo el mundo su verdadera
identidad.

—Tampoco quiero que le digas a tía Renée que oculté el dinero y las joyas. Te dejaré en esta
casa, no me apareceré por el hospital, pero no le digas lo que hice. Por favor.

No me atrevo a pensarlo más, la verdad es que de pronto me siento tan cansada que no me
puedo ni siquiera las ganas de hablar. No han pasado ni veinte minutos y ya me siento mal al
estar hablando con ella de cada barbaridad que me hecho y sin fundamente, pues yo jamás he
sido descortés.

—Tú ganas, Carmen. No diré nada en absoluto y tú aprendes a callarte la boca.

Asiente, se levanta y sale por la puerta principal como si nada hubiese ocurrido.

No pasan ni dos segundos cuando comienzo a gemir desconsoladamente, de pie y con la vista
frente a la pared. Las manos se mueven sin control al igual que mi labio inferior, la garganta
profiere sonidos inhumanos, autónomos y sin permiso. Caigo al suelo, con la espalda apoyada en
el sofá y el rostro enterrado en mis manos.

Veo los tacones negros de Alice a un paso de distancia, y en solo pestañeo ya está agachada
para abrazarme con fuerza.

—Estoy cansada —susurro contra su cuello.

—Solo un poco más y pasará —me dice acariciando mi cabello.

—¡No puedo tener mi cabeza cada uno de esos escenarios! Me duele tanto, Alice, me duele tanto
pensar que ahora mi hijo tendría diez años —sollozo y la garganta da espasmos, impidiéndome
respirar.

No sabe qué decirme y la entiendo tanto, nadie es capaz de darme el consuelo perfecto para
quitarme el dolor que siento en el pecho… Ni yo.

—Intento no hacerme más daño pensando en lo que pudo haber sido. ¿Una niña? ¿Un niño?
¿Habría sido bueno pintando como Edward? ¿Se parecería a él o a mí?

—Ese niño te está cuidando donde quiera que esté, es tu ángel y no quisiera que sufrieras tanto
por el pasado. Es doloroso, te entiendo mucho, sabes que yo no puedo tener hijos —me
sorprende que toque su propio martirio, sé cuánto prefiere conservarlo para ella misma—, pero
tengo la esperanza de que aquel destino sea solo una prueba de que no solo se puede ser madre
concibiendo, sino criando. Tu hijo guía tus pasos y pronto recibirás los frutos de todo lo que
luchaste por él.

Miro hacia mis manos y muevo los dedos a falta de otra cosa. Noto como las lágrimas van
cayendo y manchan mi piel; son calientes, espesas y poderosas, guardan tantos secretos,
mentiras y depresiones… Es veneno puro.

—Edward se sentiría tan culpable al saber que nunca pudo hacer algo por su hijo —le digo a
Alice—, se preguntaría una y otra vez por qué no se dio cuenta, qué fue lo que hizo mal… Me
tranquiliza saber que él duerme sin saber el dolor de lo que es perder a tu primogénito, a pesar de
que éste no nació… Mis pesadillas muchas veces no me dejaban descansar, era tan horrible,
Alice. —Ella asiente a medida que voy contándole cada uno de mis sentimientos, tan absorta y
deprimida como ella sabe hacerlo—. Por eso sé que es difícil entender por qué no quiero contarle
a él la razón por la que hui, pero de verdad, no quiero verlo sufrir más, no quiero verlo como yo
estuve hace unos años atrás, imaginando y fantaseando con la idea de volver a sentir que tu
corazón se agrandaba para cobijar a alguien que iba a necesitarte hasta el día de tu muerte.

Mi amiga rompe a llorar y me cobija entre sus brazos, me susurra que me quiere, que siempre
estará conmigo. Consigo sentirme tan acompañada y entendida como nunca.

—Has lo que tú creas correcto, Bella, yo siempre te apoyaré.

Me obliga a acostarme y a los minutos me lleva una charola con galletas y un té. Me siento tan
calentita bajo las sábanas, la tristeza ha disminuido un poco, lo que me alivia considerablemente.
Cuando acabo, Alice se despide de mí con un suave "buenas noches". No tardo en quedarme
dormida con el rostro hacia la ventana, la que refleja admirablemente la hermosa luna y sus
ocultas estrellas.

Mi respiración es errática y las manos me sudan. Miro hacia los lados y no veo nada, solo un
pasillo oscuro, muy oscuro… y tenebroso. Sobre mi cabeza parpadea un foco, aturdiéndome.
Camino con la mano hacia delante, por si topo con algo que me entorpezca bajo la oscuridad.

Paro de caminar cuando escucho un claro "mamá", un "mamá" muy suave, cálido y enternecedor.
La garganta se me aprieta, pero ignoro la sensación. Me llaman otra vez… Mamá, mamá, mamá,
mamá… Es enloquecedor, porque no sé cómo atender al niño que se supone es mi hijo.

Acaricio la pared que hay a mi lado y voy caminando a paso lento. Topo con un interruptor. La luz
se enciende, pero es muy poco luminosa, hasta ridícula. Estrecho mi mirada y observo la puerta
de madera vieja que hay frente a mí y no tardo en abrirla.

Escucho un grito que me llama, me necesita tanto, es tan desgarrador. Pero alguien comienza a
arrullarlo y él se calla, el bebé entra en una paz increíble. Camino y veo una suave y grande cama
de sábanas blancas. Hay un hombre de espaldas, un hombre al que conozco como a la palma de
mi mano.

Toco su hombro y él gira el rostro para verme. Sonríe con tanta sinceridad y alegría, como ese
Edward que conocí hace tanto tiempo. Me enseña al niño pequeño que hay sobre sus piernas,
una réplica exacta de él. Ambos me miran con sus ojos mieles y ambos sonríen como si me
esperasen hace mucho tiempo.

Cuando quiero tocarlo, desaparece.

Abro mis ojos y la decepción es lo que predomina en mí. Ya es de día y tengo las mejillas
mojadas por las lágrimas que he lanzado inconscientemente por mis sueños traidores.

La sensación que embarga mi corazón es dolorosa, desilusionante y tremendamente nostálgica,


aunque ni siquiera he estado con ese niño anteriormente. No lo sé, siento que lo he visto antes,
que es… él, el niño que perdí.

Niego y me levanto, sin olvidarme de estirar mis extremidades. Bostezo, con la mirada fija en el
final de mi cuarto, una puerta a medio abrir. Frunzo el ceño; Alice nunca se mete a mi cuarto
cuando estoy durmiendo.

—Buenos días, Bella —susurra William desde el otro extremo.

Pego un brinco y de inmediato me irrito. Siempre está asustándome.

—Tienes serios problemas con eso de asustarme —le gruño.

—Y tú tienes serios problemas con la irritabilidad, Isabella Swan —dice en un tono alegre y
confianzudo.
Niego con mi cabeza y espero a que salga del cuarto, pero no lo hace, se queda ahí
pavoneándose con su caro traje gris marengo. Lleva una sonrisa que no le llega a los ojos, lo cual
intento ignorar para no culpabilizarme.

—Tengo que bañarme —le digo.

—Más tarde —murmura.

Se quita la parte de arriba, quedando con una camisa y una corbata sobre él. Sus brazos se
aprietan alrededor de la tela, marcando sus fornidos músculos. Trago y me obligo a no seguir
mirándolo para no causar mayor problema en mí.

—En serio, tengo que bañarme —jadeo, intimidada por la cercanía que pronto ha estado
tomando.

Camina hacia mí con su mirada cálida, pero sigilosa. Quiero alimentarse de mí, lo puedo ver en
sus ojos. Tengo que tomar una posición defensiva, así no cometo una locura.

—¿Me permites desnudarme para poder ir a la ducha?

—Por mí no hay problema.

Pego mi vista a la suya, intentando intimidar como él también lo hace. Me quito la remera que
llevo sobre mí y la lanzo al suelo. Solo estoy en bragas, nada más que la ropa interior. William me
sonríe con picardía y me recorre con la mirada.

—Ya veo tu propósito…

Levanto la barbilla en un gesto arrogante, me cruzo de brazos y espero a que salga de mi


habitación. Pero no, me toma entre sus brazos y me aprieta con fuerza. Le pido que me suelte,
pero él solo ríe. Se acerca para besarme, sin embargo se lo impido, quitando mi rostro de su
alcance.

—No es un buen momento, William —susurro.

—Déjate llevar —me dice—. Estás soltera, yo también, ¿qué puede haber de malo?

Cierro los ojos y junto mis labios con los suyos. Nuestro contacto es íntimo y avasallador, no
tardamos en caer en la cama, tocando nuestros cuerpos con ímpetu y rapidez. Se me escapan
algunos gemidos cuando él agarra mis muslos o mi trasero, unos gemidos ocultos contra su boca
que me devora con lujuria.

De pronto, el timbre suena, quitándonos de la ensoñación. No quiero hacerle caso al incesante


sonido, estoy feliz con los ojos cerrados, sintiendo las manos del hombre que desea hacerme
suya. Pero William me llama, diciéndome que debo quitarme las bragas. Abro los ojos y cuando lo
veo siento una culpabilidad enorme, por lo que paro, me quito de su lado y me levanto. Mi
respiración es errática al igual que mi corazón que está a mil. Tomo la camisa su camisa y me la
pongo, desesperada y con los dedos temblando a un compás incontrolable.

—No… No está bien —susurro, ya con la barbilla dando movimientos a la espera de los llantos.

Bajo las escaleras con un William confuso y enojado, pidiéndome explicaciones del por qué acabo
de dejarlo con una erección monumental. Me giro y lo veo, sin antes romper a llorar con fuerza.

—¡Tú no lo entiendes! —gimo.


—¿Qué es lo que no entiendo? ¡Ha sido como siempre!

—No… ya no es como siempre, William.

Vuelvo a correr escaleras abajo y grande es mi sorpresa cuando veo a una Alice con una sonrisa
nerviosa y desesperada. Frunzo el ceño, miro a mi alrededor y noto a Edward en medio de la sala
con una gran interrogante en el rostro. Me mira, de pies a cabeza, no puede ocultar el horror de
sus ojos, el asco y la desilusión.

Oh por Dios, está Edward aquí y yo con la camisa de William, William desnudo y la erección en su
entrepierna. Qué he hecho…

Buenas noches... Qué cap, ¿no? Uff, el siguiente viene INFARTANTE, no se lo pueden perder.
Gracias por leer. Un beso muy grande

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo Hamburg Song de Keane.

XVI

Edward POV

Isabella está parada frente a mí con una camisa tres tallas más grande que ella, con los dos
primeros botones desabrochados, lo que me permite ver una panorámica de sus pequeños y
delicados senos. Quito rápidamente mi mirada de su piel cremosa y Bella, sonrojada con fuerza
se cierra la única prenda hasta el cuello.

Miro al tipo que está detrás. No la culpo; es guapo, rico y bastante soberbio. Lleva el cabello
negro perfectamente peinado y unos pantalones que no pueden ocultar la dureza que hay entre
sus piernas.

Se me aprieta la garganta, no sé hacia dónde mirar. Prefiero dirigirme hasta Alice, quien me mira
con una disculpa notoria en el rostro.

—Creo que es un mal momento. Te llamaré, Bella —le digo, sin poder dirigir mi mirada a sus ojos
marrones. No puedo… Simplemente se me revuelve el estómago.

No puedo imaginar a mi Isabella, la frágil chica que se fue hace diez años, entablando ese tipo de
relaciones con hombres como él. Intento quitarme las sensaciones que tengo en mi corazón, pero
es imposible. Es mi Isabella, la niña de la que me enamoré, destapada con otro. Estaban
acostándose… Qué tonto, es tan obvio, por Dios, tiene que rehacer su vida, no puede serme "fiel"
si no fuimos nada.
Fuimos la nada en lo que pudo haber sido todo.

Nada… Qué palabra tan horripilante en este mundo subyacente, vacío de ideas, imitaciones del
arte; dramas, llantos y lamentos. ¿Qué seríamos nosotros sin la palabra "nada"? ¡Nada! Es tan…
terrorífico.

Nada, nada, nada… Repito y repito esa palabra una y otra dentro de mi cabeza. Es molesto, pero
a pesar de todo me hace entrar en razón, aunque eso sea lo más doloroso en esta cuestión.

Me doy la vuelta, con la cabeza frente a la puerta, un objeto inanimado que, sin embargo, me
saluda y me invita a traspasarla con la poca dignidad que me queda.

Soy un ser infrahumano de lo estúpido que soy. ¡Camina más rápido!, me grita una voz desde un
hemisferio cerebral, ¡has que pare toda esta burla hacia ti!, exclama otra vez, tan furibunda por mi
lentitud.

—Espera, Edward —me dice.

Escucho como traga saliva, cómo se ahoga su melodía en un peculiar jadeo sinigual, melancólico.
Me toma la mano y me retiene. Está fría… Eso me lleva a un recuerdo que debería ser doloroso,
sin embargo la sensación que me embarga es de pura satisfacción.

Cuando hicimos el amor ella ardía por dentro y por fuera, no estaba fría ni su voz parecía
melancólica. Fue la primera vez que la vi tan completa, no como ahora que parece descompuesta
y a punto de desmayarse.

Me devuelvo y me obligo a mirarla, debo encarar mis peores temores y demonios. Su pupila se ha
dilatado y sus labios están secos. Parece recién despierta. Me da una pequeña sonrisa que no
llega a sus ojos; algo le preocupa.

—Lamento que me veas así. —Se abrocha los primeros botones, mientras sus manos tiemblan.

—No es necesario que dejes a tu… visita de lado por mí, puedes seguir con él mientras yo voy a
hacer unos trámites.

Me suelto sigilosamente; no quiero que me toque, no ahora. Abro la puerta, sin antes darle una
pequeña mirada al hombre. Tiene una sonrisa estúpida en el rostro. Me cae mal enseguida.

—Pero… Edward —me llama ella, caminando detrás de mí—. Discúlpame, no es lo que tú crees
yo…

Me giro en medio de la calle, Bella está semidesnuda. Se pasa una mano por el cabello cuando
me mira, finge no hacerlo y luego se dirige al suelo. Tirita por completo, como si tuviese miedo de
lo que yo pudiese pensar. Por Dios, Bella, no tengo nada que pensar.

—No tienes por qué disculparte. Es tu casa y tú haces lo que quieras en ella —susurro.

—¡No sucedió nada entre los dos! —gime—, solo fue un error yo… —tartamudea—. No tengo
cabeza para esas cosas.

Sé que no me está mintiendo, pero por una extraña razón me molesta que me esté dando
explicaciones.

—Lo siento —murmura. Sus ojos se vuelven espesos y las lágrimas se aflojan para caer. No
quiero que llore, eso sería aún peor para mí.
La abrazo como puedo y apoyo mi rostro en su cabello, impregnándome de ese aroma tan
exquisito. La única vez que pude apreciar el aroma de sus mañanas, fue cuando estuvimos juntos
en el lago. La aprieto contra mí para sentirla y ella ríe con fuerza. Enreda sus brazos en mi cintura
y descansa su mejilla en mi pecho.

—¿Buenos días? —inquiero, sin saber qué decir realmente en esta situación.

Vuelve a reír, moviendo los hombros y emitiendo ese exquisito sonido que hace tanto no oía.

—Es bastante temprano —susurra.

—Claro que no —digo divertido.

De pronto recuerdo dónde estamos: en la calle. Me quito el abrigo y se lo pongo encima,


intentando quitarle ese aroma a hombre caro que lleva a cuestas. ¿Quién será él? ¿Su novio?

—Ven conmigo. —Me toma la mano con sus ahora cálidos dedos. Cuando entramos nuevamente
a la casa, él está de brazos cruzados mirándonos inquisitivamente. Alice parece tan nerviosa, no
sé qué le sucede—. ¡William! —ahora quien parece nerviosa es Bella—. Te presento a…

—Edward Cullen —digo, elevando minuciosamente mi voz.

No es tan alto como yo creí, ni siquiera me sobrepasa. Aunque es bastante grande, sobre todo
ahora que puedo ver bien cercana su escultural figura. Sus ojos azules me intimidan, debo
reconocerlo, aunque cualquiera lo haría, pues tiene algo que no logra generarme la suficiente
confianza.

—William Harrington. —Tiende su mano con fuerza y yo se la aprieto.

—Edward, él es un… amigo —murmura, mirando al moreno—. William, Edward es mi mejor


amigo.

—Mucho gusto —dice, apretando suavemente su mandíbula.

Alice carraspea y rápidamente comienza a aplaudir.

—¡Bueno, William! Me dijiste que tu asistente te esperaba en el hotel, ¿es eso cierto?

...

William Harrington me quitó bastante tiempo de Bella, ambos hablaban de cosas que a mí no me
incumbían, e incluso sospecho que lo hacía para molestarme. Es un hombre muy agobiante, y
eso que tengo bastante paciencia.

Alice me ha invitado a tomar un té, mientras él y Bella organizan la agenda de la última.

—Quita esa cara, niño bonito —me dice, palpándome la silla que hay a su lado.

Me impacta un poco lo confianzuda que es, la conozco hace solo un día y ya me trata como si
fuese amigo de toda la vida. A pesar de todo me gusta.

—¿Se me nota mucho?

—Hm… Lo suficiente como para instar a William a seguir meando más lejos.

—No somos perros.


—Pero él sí.

Río y espero a que Alice Brandon vierta el agua caliente de la tetera. Me tiende una caja de té
negro mientras, junto al azúcar y la leche. Se sienta a mi lado, me llena la pequeña taza y me
queda mirando con una atención que no logro entender.

—¿Tengo algo en la cara? —inquiero, tocándome en las mejillas y la nariz.

Ríe y se acomoda la corta melena.

—Es solo que… se nota tanto el amor en tus ojos —susurra.

Se me cae la bolsa del té sobre la mesa, ensuciando un poco el inmaculado mantel.

—¿Amor? —carraspeo—. ¿De qué hablas?

Niega lentamente, sonriendo de por medio como si fuese un gran chiste. Me siento pequeño en
mi asiento, pero intento no demostrárselo para que no se burle de mí.

—¡Edward! Soy una persona muy vivaz —exclama—. Quieres tanto a Bella. —Suspira.

Dejo escapar el aire que tengo en mis pulmones y agrego dos cucharadas de té a mi taza.

—Supongo que soy un libro abierto.

—No. Bella es un libro abierto, sé perfectamente lo que dicen sus ojos. Pero tú, Edward, lo
demuestras con tan solo hablar. ¿No te das cuenta?

Tomo tímidamente de mi té, mientras siento su mirada escrutadora sobre mí.

—¿No te ha dicho aún por qué se fue? —inquiere.

—No —respondo lentamente.

—¿No sospechas?

—Alice, claro que sospecho, pero eso no me va a decir con certeza qué demonios sucedió.

Asiente y se queda callada mientras bebe su té.

—Eres una buena persona.

Me acabo el té con rapidez, la verdad es que no quiero seguir esperando a Bella. Ha estado
demasiado tiempo junto a ese hombre y yo tengo cosas que hacer. Cuando termino de ayudar a
Alice, Bella irrumpe en la cocina ya vestida y aseada. Lleva unos pantalones negros de tela, un
sweater rosa y unos tacos del mismo color.

—¿Ya te vas? —me pregunta, levantando las cejas con pesar.

Me ha visto levantándome y tomando mi abrigo.

—Sí, tengo muchas cosas que hacer hoy —susurro.

Sé que no debo estar molesto con ella, no tiene la culpa de que ese hombre la absorba tanto.
Debo entender que ese es su trabajo, rellenar su agenda y acordar qué hacer para no perder su
preciada fama.
—¿No puedes quedarte un momento? Por favor —suplica.

Cuando voy a decirle que sí, William entra, me mira con desconfianza y pone una mano sobre el
hombro de ella. La sangre me hierve, mandando al demonio cualquier consideración que pudiese
haber tenido con Bella. Claro que no tiene la culpa, pero mientras él esté junto a ella no somos
buena compañía.

—Tengo que estar con Jessica hoy, la he dejado un poco botada —digo, intentando parecer
normal e indiferente.

Abre la boca para hablar, pero no sale nada más que un jadeo. Frunce los labios y asiente.

De verdad quiero quedarme, pero una parte de mí está completamente furioso.

—¿Me llamarás? —inquiere.

—Claro… Quizá mañana —murmuro.

No me atrevo a besar su frente, no quiero generarle problemas con su… amigo, ya es bastante
incómodo que se la pase mirándonos en el escaso tiempo que tuvimos juntos. Bella mueve su
mano en un claro gesto de despedida y se gira con la molestia palpable en su rostro. Camino
hasta la calle con la garganta apretada, con el deseo de haber sacado mi dignidad a flote siquiera
una vez, pero no, el estúpido de Edward Cullen tiene que sonreírle encantadoramente a Isabella,
la mujer que ha amado toda su vida. Soy tan patético… Y tan autocompasivo.

Pateo las piedras que hay en mi camino; la ciudad está medio desierta, los automóviles corren
con lentitud y las personas ignoran mi presencia como yo también la de ellos. No hay sol, solo
una nubosidad asfixiante sobre mi cabeza. La nueve ya no es tan espesa, las calles pronuncian
sus carreteras, ya no hay hielo, solo un frío muy duro que traspasa mis entrañas… y gran parte es
lo que he vivido recientemente con Bella.

Me confunde tanto, a veces no sé qué pensar sobre ella. Según Alice, Bella es un libro abierto.
Un libro muy difícil, pienso.

De pronto me doy cuenta de algo que se me hace tan difícil de aceptar. Estoy furioso, muy furioso
y molesto, y no es con ese tal William, sino que estoy furioso con Bella. ¿La razón? Quizá el
haberla visto tan desprovista de ropa, el que no haya hecho nada por estar a mi lado solo un
momento. Me enoja tanto que no demuestre su cariño por mí. Por esa y muchas razones no sé
qué pensar, estoy entre los límites de la cólera y del cansancio.

Lo mejor es que la deje a un lado, tomar otro camino y seguir por el puente de siempre.

Estoy tan furioso y necesito expulsar mi rabia.

Camino hasta la casa de Jasper, debe estar recién duchándose. Me saluda su madre, mientras
arregla su peinado; al parecer saldrá. Me indica que Jasper está en el cuarto del fondo haciendo
ejercicio. Perfecto.

—Qué sorpresa, Ed…

No le dejo terminar. Le hago a un lado, me pongo la cinta blanca en las manos y los dedos, estiro,
crujo los huesos y le doy un golpe de lleno al saco de arena que tengo en frente.

—Veo que has estado guardando mucha energía —dice, mofándose ligeramente de mí.

Frunzo el ceño, mientras le doy golpes al saco. Uno, dos, tres, cuatro… Patada.
—Guarda tus chistes para otra ocasión, Jasper, no estoy de humor —susurro.

Paro y me quito la camisa, quedando solo con una simple sudadera blanca.

Y así expulso toda la rabia, desazón y podredumbre de mi corazón, golpeando a un estúpido saco
de arena.

—Edward, ya para, sé que quieres seguir creando ese físico excepcional, pero no necesitas
matarte sudando como un burro…

—¿Puedes callarte? —gimo.

Dejo de golpear al ser inerte que tengo enfrente para enfrentar el rostro paralizado de Jasper. Ha
dejado de levantar esas pesas de quince kilógramos.

—Bueno, creo que no ha sido un buen día para ti —susurra mirando al suelo con cierto temor.

—Lo siento, es solo que…

—¿Sabes? Te traeré agua, temo por mí y no quiero que me golpees.

—Yo no voy a…

—¡Adiós!

Sale y cierra la puerta, dejándome sumido en mi silencio y en la rabia incrustada en mis extrañas.
No ha podido pasar, sigue ahí como un parásito de mierda.

Le doy un golpe al saco, otro y otro, hasta que no puedo más. El sudor está por todas partes y las
manos me duelen. Me reviso y noto la sangre escurriendo de mis nudillos; veo que el vendaje no
sirvió.

Siento que la puerta se abre con lentitud, escucho silenciosamente unos pasos detrás de mí.

—Te has demorado, Jasper, necesitaba ese vaso con agua…

Me mira un par de ojos marrones, se ven tristes y tímidos. La dueña de aquellas cuencas se
muerde el labio inferior, se ruboriza y me contempla con profundidad, de arriba abajo.

—No me ha gustado la forma en que te has ido, por eso vine aquí para saber si estás bien
—susurra, poniendo ambas manos detrás de ella.

Suspiro lentamente, no quiero herirla ahora que estoy tan molesto. Ella se da cuenta, así que
prefiere acercarse al estante que hay a un lado. La veo venir hacia mí otra vez con una toalla en
sus manos, la cual pasa por mi rostro lentamente. Sus ojos me generan una dulzura que cubre
rápidamente la furia que siento; es su forma de mirarme ahora, el cariño que al fin percibo en sus
ojos, lo que me calma con tanta instantaneidad.

—Has estado haciendo mucho ejercicio hoy, Edward Cullen —dice. Su voz suena temblorosa,
intranquila.

—Lo hago de vez en cuando.

Sobre todo cuando me enojo, pienso.

Pasa la toalla por mis hombros y mi cuello. De pronto da un suspiro, y sin tener tiempo de
analizarlo, ella se apega a mí con necesidad. Me gusta que lo haga.

—Has estado muy cariñosa hoy, Isabella Swan —digo con algo de diversión. El buen humor al fin
ha aparecido.

—Sucede cada vez que la cago —gime—. No era mi intención parecer una cualquiera ante tus
ojos, perdóname, de verdad, yo solo estaba…

—Más despacio —profiero. Me separo un poco para observarla, tomo su mentón con mis dedos y
la obligo a mirarme. Hay un tormento en sus ojos, un tornado que me parte el corazón en mil
pedazos—. Te creo, Bella.

—¿Entonces por qué te has ido así? Te conozco, Edward, tú no eres así.

—Porque no me gusta verte con él —le digo—. Fui a verte a ti y no he podido estar siquiera unos
minutos contigo sin que él se interponga.

Tensa su mordida y se separa completamente de mí. Tiene las manos unidas entre sí contra su
vientre, mirando hacia la ventana perdidamente. No sé qué pasa por su cabeza, pero le doy
vueltas y vueltas a las ideas.

—Lo siento, ¿sí? —susurra.

Camino hasta ella, abrazándola por detrás. Ella da un respingo y pone mis manos en su vientre
con rapidez, luego ella pone las suyas sobre las mías para apretarse con fuerza contra mí.

—No vuelvas a enojarte conmigo, por favor —pide.

—No lo haré.

Puedo oler su cabello, sentir su calor contra mi pecho. La sensación es inmensa, propagando las
múltiples emociones por todo mi cuerpo. Me impresiona que no se quite, que no quiera alejarse
de mí con temor de que esto se vea mal, que nos dañe a ambos. De pronto sonrío, sonrío porque
la amo demasiado y este acercamiento agrande mi corazón en grandes proporciones. Me siento
una nena sensible, pero no puedo evitarlo.

—William es un patán, lo sé, pero siempre está intentando protegerme.

Ruedo los ojos, m0lesto al escuchar su nombre.

—¿Estás celoso, Edward? —se mofa, tocándome el pecho con ambos dedos índice.

Me ruborizo sin poder evitarlo, pero ella lejos de ofenderse se larga a reír.

—Solo bromeo —susurra.

De pronto frunce el ceño, lo que me llama la atención súbitamente. Le pongo un dedo entre las
cejas para que relaje el gesto y ella sonríe desprovistamente.

—Yo también puedo protegerla, Srta. Swan —le digo guiñándole el ojo derecho.

Levanta ambas cejas.

—Sería un placer tenerlo como guardaespaldas, Sr. Cullen —murmura.

Le tomo una mano y la beso con lentitud, sin quitar mis ojos de los suyos. Jadea y pestañea con
lentitud, con la boca medio abierta.

—El placer es todo mío —digo.

—Estás tan guapo, Edward —me cuenta con la distracción impregnada en su voz.

Su cumplido me noquea.

—¿Tengo que decírtelo?

Me mira confusa.

—¿Decirme qué?

Suspiro y le quito un mechón de cabello que ha caído sobre su rostro.

—Que siempre has sido la mujer más hermosa que he conocido en mi vida.

Sus mejillas se tiñen de un fucsia muy fuerte, veo cómo la sangre traspasa con rudeza la palidez
de su piel. Es adorable, tanto así que mi estómago ruge de ternura.

—Eres increíble, Edward —suspira.

Me abraza con fuerza, posando su mano en el estrecho camino de mi vientre y mi abdomen. Su


rostro se amolda a la forma de mi pecho, mientras respira e irradia el calor natural de su sangre.
Me gusta su forma de ser, esa dulzura que destaca cuando le da la gana. Quizá no la entiendo,
quizá si solo fuese un poco más específica… Da igual, no podría cambiar nada de ella.

Dije tantas cosas cuando estaba enojado… Es increíble lo rápido que puede cambiar mi ánimo
con una sonrisa suya.

Las ganas de besarla se me hacen insoportables, tenerla a tan pocos centímetros, más ahora que
ha puesto sus labios en mi cuello. ¿Qué pretende? ¿Que me descontrole? Dios mío, Bella no
hagas eso.

—Me siento tan pequeña, Edward —me dice con la voz muy baja, tan baja que apenas puedo
escucharla.

Esa frase la dijo aquella vez, cuando estuvimos juntos ante la laguna como testigo. Se estremece
todo mi cuerpo, la planta de los pies, la punta de mis dedos… hasta mi corazón. Ella acerca
lentamente sus labios, caminando por mi cuello, mi mejilla y…

Nos quitamos con rapidez en cuanto oímos la cerradura de la puerta. Tengo el ceño fruncido y la
desilusión puesta en la frente. Bella se recarga en el mueble que hay más allá, frotándose la
coronilla con sus dedos. Está tan ruborizada…

Miro al frente, Jessica tiene los ojos estrechos y la mirada suspicaz. Pero lejos de abalanzarse
sobre mí a decirme lo celosa que está, se acerca a Bella y le tiende la mano con una sonrisa
sincera en su rostro.

—Tanto tiempo, Bella —susurra.

Capítulo corto porque el tema se termina ahí, ya vemos que las ganas entre ambos están, lo malo
es que tienen serios personajes que quieren acabar con estas situaciones tan bonitas entre
ambos. El próximo cap tendrá muchas sorpresas. GRACIAS POR LEER :D Adoro sus
comentarios, son los mejores. Muchos besos a mis fieles lectores y a los nuevos, son lo máximo.
Besos.

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo When you're gone de The Cranberries

XVI

Isabella POV

Me siento como a una niña que le han quitado las ilusiones infantiles, esas que te hacían feliz con
los gestos más mínimos. Esa persona que me ha quitado las ilusiones es Jessica, quien está
parada frente a mí con una sonrisa extraña en sus labios. Intento descifrar cuánto odio contienen
sus ojos, pero solo veo una honestidad impresionante. Me pregunto qué ha sucedido con esa
Jessica que, yo inofensivamente, creía odiarme. Aún no sé qué podría estar tramando, pero una
parte de mí no quiere pensar mal de ella, quiere verle el lado bueno a la chica que cuidó de
Edward cuando yo no lo hice.

—Buenas tardes, Jessica —susurro. No puedo pronunciar el saludo más alto, siento que si lo
hago saldrá expuesta la ira que siento con ella, los celos y la envidia.

—¡Hay tantas de que hablar! —exclama, quitándose el flequillo del rostro anguloso para poder
mirarme con atención. Sus ojos verdes brillan con incandescencia, preparados para analizar
cualquier movimiento.

Es como un puma. Me mira, me analiza y se guarda las expectativas dentro para poder atacar
cuando le sea posible. Además, sus ojos y la forma de su nariz le dan la silueta perfecta de un
felino feroz, inteligente y muy astuto. Yo me siento como un borrego, puesto a la deriva para que
el puma ataque. No sé por qué, pero Jessica siempre me ha intimidado, más que nada por la
forma en que me mira… como si esperara algo de mí.

—No sé qué tengo que hablar contigo —le digo con sinceridad.

Me obligo a hacerle frente, a no agachar la cabeza. Soy una mujer hecha y derecha, que ha ido
en contra de personas más peligrosas que ella. De pronto recuerdo a Louis y me da miedo, no sé,
su solo recuerdo me eriza los vellos del cuerpo. Aún puedo ver sus asesinatos delante de mis
ojos y sus amenazas en contra de mí.

Jessica mira a Edward, se acerca a él y le planta un beso en los labios. Enseguida me siento mal.
Me duele el estómago y me pitan los oídos. Edward me da una rápida mirada, pero yo intento no
hacerlo, la verdad es que tengo un hueco bien grande en el pecho.

No sé en qué momento se me pudo pasar por la cabeza besar a Edward Cullen. He hecho
cantidad de cosas en mi vida, pero jamás podría inmiscuirme conscientemente en una relación
ajena. Es inconcebible. Me siento mal conmigo misma al estar teniendo el deseo en mi sangre,
cuando él no es mío sino de ella, de Jessica Stanley. Y ella, que me mira como si fuésemos
amigas de toda la vida, no sabe cuán prendada estoy de su novio.

¿Qué pensará Edward de todo esto? ¿Querría besarme? Ay por Dios, qué estúpida. Debería
dejar de pensar en sus "posibles" y aferrarme a un "es". Edward no me ha tratado como a una
novia, solo como una amiga, esa amiga que protegía cuando éramos pequeños.

Me pregunto: ¿qué es peor? ¿Saber que solo podemos ser amigos o que, en una posibilidad
remota, eso ni siquiera puede existir entre nosotros de lo dañados que estamos? Ambas
posiciones son dolorosas.

Veo a Edward, quién también parece observarme, o bueno, en realidad no lo sé… se ve extraño.
Parece incómodo.

—¿Cariño, podrías dejarnos a solas? —inquiere Jessica de pronto, dándose la vuelta hasta su
novio con un entusiasmo poco claro en su voz.

Él, callado y fatigado, me mira directamente ahora. Parece contrariado al igual que yo, tan
decaído, tan desvalido. Se me encoge el corazón con tanta fuerza que solo quiero abrazarlo, pero
luego recuerdo que no puedo, es estúpido porque somos solo amigos. Me encojo de hombros
disimuladamente y él sale a paso lento de la sala.

Me fijo en el saco que ha estado golpeando, parece hundido en la cara frontal. Ha estado muy
enojado y creo que ha sido derechamente por mi culpa. ¿Realmente pudo haber estado celoso?
Dios, no quiero sacar conclusiones, luego puedo desilusionarme.

—Bella, sé que crees que te odio por todo lo que hemos pasado, pero realmente no es así. En el
pasado sé que cometimos errores, pero ahora somos adultas y puedes contar conmigo en esta
ciudad. Quiero retomar una relación formal contigo para que Edward no se sienta incómodo, sé
que son grandes amigos y que los grandes amigos siempre vuelven a estar juntos. ¡Estoy muy
contenta por eso!

Me marean sus palabras, son tantas.

—Claro, Jessica, yo… está bien por mí —susurro.

—Perdóname si alguna vez dije algo que te molestara, sabes que siempre he querido mucho a
Edward.

—Lo sé, no hay nada que perdonar —me obligo a decir.

Luego de unos minutos, Jessica ha parado de decirme mil y un razones de por qué ella quiere a
Edward y de lo bonito que ha sido todo para ellos. Miro el reloj y ya es bastante tarde, debo irme.
Me excuso y ella asiente satisfecha de haberme irritado más de lo aguantable. A veces creo que
solo lo hace a propósito.

Salgo a la sala, donde la Sra. Whitlock me da una rápida mirada y sale de la casa con total
desprecio. Ya es segunda vez que lo hace, incluso peor que cuando llegué a esta casa. Había
llamado a Jasper con la esperanza de que aquí podría encontrar un lugar para estar a solas con
Edward, pero ni ella ni Jessica me dejaron en paz.

Edward está sentado en el sofá mirando a la televisión junto a Jasper, que parece nervioso. Me
notan y yo me encojo en mi posición. Edward sigue con esa sudadera blanca que le marca tanto
el cuerpo, mostrando lo que la naturaleza y los años le han brindado. Se levanta a la espera de
que algo pase, pero yo solo frunzo los labios sin saber qué decir.

—¿Te quedarás a cenar, Bella? —me pregunta Jasper, levantándose también.

—No… Tengo muchas cosas que hacer y…

—¡Ha sido un placer hablar! ¿Quieres que Jasper vaya a dejarte?

La miro con cierta incredulidad, ¿cree que Jasper es un perro guardián?

—No quiero causar molestias —digo.

—No son molestias, Bella, claro que no, pero si quieres Edward puede acompañarte mientras yo
voy…

—Edward y yo tenemos muchas cosas que hacer —interrumpe Jessica con sorna.

Hago ambas manos un puño y ahí descargo mi rabia. Edward me observa, frunce el ceño y siento
la molestia dentro de él.

—Tengo que hablar algo con Bella, lo que tengamos que hacer podemos dejarlo para mañana
—dice de repente—. Si es que había algo —agrega.

Me toma de la muñeca y me direcciona hasta la calle, mientras yo lo miro con cierto temor; no
quiero causar peleas entre ellos. Edward tiene la mandíbula apretada, con la vista frente a la
nada. Quiero mirar hacia atrás para ver si Jessica está enojada o algo, pero él me lo impide,
tomando mi barbilla y girándome hasta él.

—Carajo, Edward, qué sucede —exclamo, irritada al ver que el tierno y suave Edward se está
comportando de esta manera.

—No le hagas caso a Jessica, por favor…

—¡Solo quiere hacer las paces conmigo! —gimo.

Se agarra la barbilla él mismo esta vez, está tan enojado y sé que no es conmigo. Yo comienzo a
llorar, estoy tan cansada de sufrir por nosotros, de que todo quede a la deriva. Apresuro mi paso y
camino hasta la otra calle para irme sin Edward.

Me toma desprevenida, aprisionándome contra la pared más cercana y juntando su cuerpo con el
mío. Lo miro a los ojos y solo veo lo cansado y marchito que le ha vuelto el tiempo… y yo.

—Tengo que irme, Edward —susurro.

—Bella, yo…

Me quedo mirando su boca sin importarme lo que va a decirme. Pero por más que quiero besarlo,
Jessica se interpone en mi mente y siento lástima, lástima por ella y su enfermedad, porque soy
tan malvada que quiero arrebatarle lo único que tiene.

Él está mirando fijamente mis labios, con el deseo dentro de él. ¡Por Dios, Edward! No… No
puedo…

Siento su respiración, el aroma que emana de su boca entreabierta. Aún le recuerdo, la forma en
la que me besaba, ambos desnudos bajo la luz del atardecer bañándonos con su luz anaranjada.
Las sensaciones que experimenté durante ese momento fueron tan fuertes, tan increíbles… Aún
después de todos estos años no he podido volver a sentirlo, pasando con tantos hombres, con
tantas personalidades habidas y por haber. Él único capaz de hacerme sentir está enfrente de mí
mirándome con el deseo y el amor que nunca pudimos compartir y aún así, con la suerte
inexistente, no podemos.

Edward, por favor, quítate, no puedo evitarte teniéndote delante. Quiero besarte, Dios mío cómo
deseo y ansío besarte, sentirte mío y sentirme tuya.

Cierro mis ojos y choco mi frente con la suya. Oigo su respiración frustrada, pero me abraza y
besa mi mejilla, limpiando las lágrimas que derramé torpemente de la rabia y la intensidad de la
situación. Quiero más de él, de verdad, pero es tan difícil maldita sea.

—Lo siento —susurro.

—No lo sientas. Soy un estúpido.

Bufo. No quiero que se trate así, él no es estúpido. Es tan talentoso, tan precioso e increíble. No
sé por qué se ha hundido tanto, no sé por qué no se quiere como yo le quiero.

—Debería dejar de intentar algo que no sucederá —profiere casi en un susurro.

Se separa, incómodo. Se mete ambas manos a los bolsillos y me da una media sonrisa muy
ácida, fingida y plástica. Reprimo un sollozo ligero; no quiero mostrar más emociones si son en
vano.

Sé que cuando él me mira me da todo su amor, lo que necesito, lo que quiero. Deseo decirle lo
mismo, gritarle que le amo y que, a pesar de todo, lo ansío día y noche como si no hubiera un
mañana. Pero soy cobarde, frágil, la sola idea me da miedo porque no sé enfrentar mis demonios.

—Edward… —murmuro, sin saber qué decirle en realidad. Me siento tan pequeña en mi posición,
y cuando él me mira, empequeñezco aún más.

Quiero sus brazos a mi alrededor, esos brazos esbeltos y fuertes que irradian el calor suficiente.

Rememoro cuando perdí a mi bebé. Estaba devastada y le necesitaba tanto. Día y noche
imaginando y comiéndome las uñas porque sus cartas eran tan constantes, tan tristes. Él me
necesitaba de la misma manera. Nunca pude contestarle hasta que me decidí a largarme, cuando
ya no podía más.

La última imagen de su rostro quedó como una fotografía en mi cabeza, el dolor y su miseria
impresa en cada facción. La culpabilidad me mataba, pero podía vivir con ella, envenenándome al
mismo tiempo para suavizar cada acto suicida que tenía para conmigo misma.

—No te molestes en decirme lo que ya sé —dice secamente.

Me froto la frente y doy un paso al frente para salir pitando de aquí, pero una mujer
impresionantemente rubia, alta y perfectamente maquillada choca conmigo. Voy a lanzarle unos
improperios, pero me doy cuenta que es Rosalie Hale, la mujer que me llevó a los calabozos del
sexo, pero que a la vez me ayudó a comer cuando no quería más que morirme.

No tengo palabras para explicar lo que siento en este momento, verla enfrente de mí con tanta
hermosura me es desconcertante, nostálgico y duro, porque es como volver a sentirme la que era
antes.

—¡Bella! —exclama fuertemente.


—Rose —susurro. A diferencia de ella, mi voz no puede salir más alta.

Me abraza con aprehensión, sujetándome de los hombros. Luego me doy cuenta de lo débil que
me encuentro.

—Aún no puedo creer que estés aquí.

No sé por qué, pero no la veo sorprendida de mi presencia. No le doy más vueltas al asunto, más
que nada porque Rosalie Hale tiene puesta su atención en Edward.

—¡Edward Cullen! ¿Qué haces con Bella aquí? —inquiere, dejándome a un lado para abrazarlo a
él también.

No entiendo nada.

Él la recibe con cariño y Rose, tan extrovertida como siempre, deposita un suave beso en su
mejilla.

—Es increíble. ¿Ustedes se conocen? —pregunta ella, tocándose su bonito peinado.

Miro a Edward, pero no logro ver nada en él. Por eso asiento, incapaz de hablar.

—Ella es mi… amiga —dice.

—¡Ah! ¿Cómo es que no he podido darme cuenta? Era tan obvio, qué tonta. —Parece nerviosa.

De pronto caigo en cuenta que a un lado de Rose hay una niña muy parecida a ella. Abro mi boca
del asombro, nunca creí que pudiese haber tenido una niña. Debe tener siete años. Ella se acerca
y me tiende una mano con una tímida sonrisa.

—¿Cómo es que…? —pregunto a su madre, aunque sin saber cómo continuar.

—Hay tantas cosas de qué hablar, Bella.

Miro inconscientemente a Edward, quién se devuelve a enseñarme el brillo de sus ojos. Yo


también tengo muchas cosas que contarte, Rose, pienso.

—¿Qué tal si vienen a la chocolatería? Así, Edward, ves lo que debes pintar y te haces una idea y
Bella aprovecha de conocer mi nuevo negocio —nos dice con un entusiasmo maravilloso en su
voz.

Edward se rasca la nuca con incomodidad.

—Tengo que irme, la verdad —dice—. Puedo ir en otra ocasión, si gustas.

—Claro, Edward, estoy siempre disponible —exclama.

Yo estoy callada en mi posición, mientras veo cómo Edward se despide de la pequeña y de


Rosalie Hale. Lo noto caminar hasta mí, y cuando creo que solo se irá con un frío adiós, él se
acerca y deposita un suave beso en mi frente.

Tengo los ojos cerrados y no quiero abrirlos porque así puedo seguir sintiendo su cariño. Él me
dice que pronto me llamará y yo asiento, aún con los parpados abajo. No puedo evitar un suspiro
largo, del que me despierta Rose con su mano en mi muñeca.

—Tienes que explicarme esto, Isabella —profiere.


...

Cuando entro al lugar, un aroma a chocolate choca con mis fosas nasales. Es exquisito, cálido y
muy dulce. Las paredes son de un color rosa muy pálido, con la claridad de la luz entrando por la
ventana gigante que da a la calle. Un mostrador está vacío; la madera es blanca y los cristales
están impecables. El piso blanco e inmaculado, de cerámica lisa, delicada y cara, hacen un
retumbe de mis tacones junto a los de Rose, que se pasea por el lugar junto a su pequeña hija.

Me siento tímidamente en el sofá rojo de tres cuerpos, la espalda se pega a la suavidad de su


respaldo asimétrico, mientras que mis piernas se cruzan entre sí, al mismo tiempo que espero a
que me diga algo, quizá cómo conoció a Edward.

Pero Rose sigue de pie junto a la ventana, mirando con alevosía. Me estremece la forma
asustada en la que mira a la calle, como si esperase a que llegase el mismo demonio. ¿Qué
pasará por su cabeza? Dios, ¿qué pudo haber sucedido hace unos años? ¿Qué carajo pasó con
Royce King?

La pequeña se mete a un cuarto, ese debe ser el pase hacia su habitación. Rose se da la vuelta y
camina hasta el sofá, se sienta y me toma ambas manos. Intenta ocultar el dolor que siente, pero
claro que conmigo no podría, no fuimos grandes amigas pero la conozco muy bien.

Ella siempre intentaba ocultar sus sentimientos con esa sonrisa para que nosotras, las más
deprimidas, pudiéramos desahogarnos junto a ella. Sin embargo hoy soy una mujer un poco más
fuerte, así que no podrá ocultarme todo lo que quiere decirme.

—Desahógate —le susurro.

Sonríe. Veo sus hoyuelos y sus dientes perfectos, brillantes y blancos. Pestañea un rato, mientras
me mira con algo de diversión. Su cambio de humor me confunde levemente.

—Hazlo tú primero, te veo muy triste —me dice con seriedad.

Doy una risotada, pero sin pensarlo, mi cara se transforma en un feo mohín. Me tapo el rostro con
ambas manos, reprimiendo los sollozos que quieren salir. Rose chasquea la lengua y me da un
fuerte abrazo. Me siento como una niña.

—Sigo siendo la misma mierda —digo, sollozando contra su hombro.

—No digas eso, Bella —me regaña—. Tienes tu carrera…

—¡A la mierda mi carrera! —gimo.

Pasa su mano por la espalda, la columna y mis hombros, como si fuese una gata asustada. Y lo
estoy, pero no sé de qué.

—Él era…

—Edward Cullen. El causante de mis lamentos —añado.

—Aún no entiendo cómo es que no está… bueno, tú llorabas por su muerte, cariño, no lo
entiendo.

Me separo un poco de ella y le cuento con detalles cada uno de los sucesos que estuvieron
sucediendo en mi vida, recordando mi aborto y todo lo que he sufrido hasta llegar a Forks. Rose
no da crédito a mis palabras, se pasa la mano por los labios tapando su asombro.
Mientras miro a la ventana; el cielo está morado y la nieve comienza a caer. Recuerdo que no he
traído abrigo y me reprendo internamente.

—Cuánto lo siento —susurra, tocándome ambas mejillas con sus cálidas manos.

—No sabes cómo me cuesta mirarlo sin pensar en todo lo que pasó en el pasado —susurro.

—¿Y por qué no puedes intentar?

La sola pregunta me hace reír de tristeza.

—Tiene novia, Rose, y no puedo llegar a arrebatarle lo que tanto le costó conseguir.

Niega, taciturna.

—Los humanos no somos juguetes, él no le pertenece a esa chica.

—Pero está enferma —indico.

Rosalie se calla. Me tomo el tiempo de ver su rostro y noto unas cuantas arrugas en su rostro. La
edad ha caído sobre ella y no me di cuenta. Me sorprendo, porque no tiene más de 35 años.

—Rose, ¿ha sucedido algo de lo que tengas que contarme?

—Royce murió —susurra.

Abro mis ojos como dos platos y tomo sus manos.

—¿Se enfermó?

Niega.

—Cuando me fui con Royce creí que era el hombre perfecto —me dice—: atento, cariñoso y
bastante caballero —sonríe, recordándolo—. Nunca supe que todo eso se iría al demonio.

La escucho atentamente, curiosa por el rumbo que ha tomado la conversación.

—Nos casamos, él me regaló una preciosa casa a la orilla de la playa. Era un sueño maravilloso.
—Me mira directamente con sus ojos de mar y se limpia una lágrima que no tarda en caer ni
medio centímetro; no se permite derramar tristeza—. Me sentía tan pura, tan mágica y mujer en
sus brazos. Dime, ¿a qué puta no le gustaría eso?

Me estremezco al escuchar eso, puesto que eso lo pienso todos los días. ¿Dónde está aquel
hombre que me hace sentir pura en sus brazos? Seguro que junto a Jessica.

Se da la vuelta en su propio eje, metiendo la mano en su costosa cartera de color plata. No le


toma ni dos minutos dar con lo que buscaba: una cajetilla de plata e incrustaciones. La abre con
lentitud, la cabeza de un cigarro corriente sale por el hueco y ella lo saca con los dientes. Levanta
la llama de su encendedor y el fuego quema.

—Royce tenía tanto dinero que nada me faltaba. A los meses quedé embarazada. ¿Podría
suceder algo mejor? No lo creía, todo estaba resultando como quería, e incluso pensaba en los
nombres de los otros tres niños que planeaba tener con él.

Levanto las cejas, asombrada y atrapada en su relato.

Rose me tiende un cigarrillo, así que yo lo tomo y lo enciendo con la llama que me tiene delante.
Inhalo y exhalo con rapidez, por lo que no tarda en dolerme la cabeza.

—Cuando mi hija cumplió tres años le preparé una fiesta de cumpleaños. Royce no llegó. Le
perdoné por su trabajo, entendía que él estaba siempre ocupado y que eso lo hacía por nosotras
—bufa—. Volvió a hacerlo unas cuentas veces, así que un día decidí partir hasta la empresa y
grande fue mi sorpresa al ver a esa linda pelirroja lamiéndole su maldita… —Aprieta la
mandíbula, mirando hacia el suelo—. Decidí dar un paso atrás e irme a casa, marcharme con mi
hija hacia algún hotel y ahí quedarme mientras buscaba trabajo. Nada de eso dio resultado.

Me obligo a callarme porque realmente no sé qué decirle, lo que me dice me entristece, no podría
soportar ver al hombre que amas engañándote. Aunque sé muy bien lo que es ver al hombre que
amas con la mujer que te ha odiado toda tu vida, pienso.

—No lloré en ningún momento, no podía permitírmelo, ¡el error fue mío al soportarle que llegase
tarde la primera noche! —dice, indignada ante sus recuerdos—. Cuando notó que me había ido
corrió hasta el hotel y me pidió perdón. Y bueno, soy tan estúpida que le lo soporté hasta cinco
años después, embarazándome hasta hace solo unos meses atrás.

Miro hasta su vientre y no noto más que planicie… Oh no, no me digas que…

—Royce me golpeaba —cuenta—, tanto así que acabó matando a su propio hijo.

Me petrifico en la posición en la que estoy, no puedo creerlo. ¿Cómo es posible…? Mi corazón


bombea y solo logro tragar la saliva que se ha acumulado en mi garganta.

—No sabes cómo le odié, cómo deseé su muerte —susurra—. Lo maté mientras dormía,
clavándole la daga de su padre en el corazón. ¡Fue un milagro saber que sí tenía!

Se escucha tan fría, pero le entiendo. El dolor absorbe tanto de ti que ya no queda nada.

—Es por eso que decidí venirme hasta acá, nadie me buscará mientras cubra mi identidad. No
puedo mentirte, aún temo por la policía, pero no es por mí, es por ella.

La abrazo y envío toda mi energía a su corazón, porque sé que ahí aún se esconde la bondad y
dulzura de Rosalie Hale.

—Eres muy valiente —le digo al soltarnos.

—Desde que la tuve entre mis brazos lo fui, antes solo era una cría.

Frunzo mis labios; cómo quisiera tenerlo también.

—Aún puedes, nena, un hijo que se va no es impedimento para volver a ilusionarse.

Su comentario me irrita.

—No digas eso.

—¿Es por él? —susurra, quitándome el cabello del rostro.

Me encojo de hombros.

—Yo de verdad quería tenerlo.

Sus ojos se llenan de lágrimas instantáneamente.


—Yo también.

—Me alegra saber que pudiste enterrarlo, yo nunca pude saber adónde fue a parar su cuerpo.

Al cabo de un rato me cuenta de su bonito negocio, de todos los planes que tiene de abrir y de
cómo su hija ya está lista para ir a clases. En un momento me afirma que Edward le pintará la
pared, por lo que considero la pregunta del millón.

—¿Cómo lo conociste?

Ella está de espaldas, per se gira y me muestra una sonrisa bobalicona.

—Él te buscaba en Nueva York —confiesa.

Mi corazón da un brinco.

—¿Me buscaba? —mi voz sale chirriante y pequeña.

—Pintaba cuadros de ti y los enseñaba a los transeúntes. Eso sucedió por el 73, yo ya estaba
casada con Royce —cuenta—. La gente solo quería comprarles, era… sorprendente, tiene tanto
talento. Pero él nunca vendió tu rostro, Bella. Por eso le conocí y le recuerdo, porque el amor que
tenía por ti iba más allá que el dinero, más allá que la fama. ¡Ni siquiera miró a los múltiples
artistas que querían hacerlo famoso! Solo eras tú, Bella.

Siento dolor y una nube se esclarece en mi cabeza. Pero aún así no hay alivio. Yo le lloraba y él
me buscaba, ¿por qué Carmen no me dijo…? Dios mío, todo sería tan diferente si ella no hubiese
mentido.

Pero hay una sola cosa de la que estoy completamente segura: Edward me amaba con todo su
corazón.

—No supe decirle que estabas en un prostíbulo… Discúlpame, Bella.

Asiento. Tiene razón.

—¿Es por eso que temes amarlo? ¿Por lo que fuiste?

Me tomo el tiempo para contestarle:

—Ya no quiero hacerle más daño.

QUE CAP. Odien a William y odien a Jessica, que seguirán pisoteando talones. Rose me
encanta, tan distinguida y valiente. ¡Veamos qué tal el siguiente cap! Y muchas gracias por sus rr,
los agradezco montones :)Un beso muy grande

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.
Recomiendo Heart of Stone de Iko

XVIII

Isabella POV

Rosalie niega con su cabeza, mirando al suelo sonriendo con pesar. Tiene los brazos cruzados,
de frente a la gran ventana. De pronto se oye un pequeño susurro desde atrás. Nos giramos y
vemos a la pequeña niña, una gota de agua al lado de su madre.

Rose le abre los brazos y ella se acurruca entre sus brazos sin importarle el aroma a tabaco que
desprende de ambas. Le besa la cabeza y le amontona los cabellos en una coleta negra.

Intento no mirar con demasiada atención para que no me afecte, aunque sé que es en vano.

—Alice debe estar esperándome —le digo—, tengo que irme.

William también tiene que estar preocupado por mí.

—¿Alice está contigo? —pregunta sorprendida.

—Va a acompañarme durante el tiempo que esté aquí.

—Bueno, dile que le mando muchos saludos y que me gustaría verla. —Sonríe y se acerca a mí
para besar mi mejilla—. Cuídate mucho.

—Lo haré —susurro.

Me despido de la niña y me encamino hasta la puerta; en medio hay una cruz. Antes de que
pueda girar el picaporte, Rose me habla.

—Dile a Edward que estaré esperándolo.

Asiento sin mirar atrás y salgo rápidamente de la chocolatería de mi rubia amiga.

Tengo hambre y me siento cansada, los pies arden con cada paso que doy y los brazos me caen
con fuerza. La luna juega a perseguirme por todo el camino junto a las estrellas que amasan el
cielo oscuro y sin fin. El viento choca una que otra vez en mi piel y yo tirito ante la tempestad de la
corriente que recorre mis brazos y piernas.

Voy recordando lo que ha sucedido en el día y me embarga la vergüenza. Edward me ha visto


con William y no ha habido nada. No puedo quitarme de la cabeza la idea de que él estaba tan
furioso que no encontró nada mejor que golpear ese saco de arena. Pero, ¿por qué estaba tan
furioso? Quizá porque soy tan idiota que no me doy cuenta de las cosas que siente por mí.

Ah, Edward. Aún no llevo ni una semana pisando el mismo suelo que tú y ya me estás volviendo
loca.

Le doy un repaso a la tarde, en lo que hablé con Jessica. Claro que lo ama… Quizá lo ama más
que yo, y contra eso no hay nada que hacer. Cómo quisiera volver a él, intentar lo que fuimos
antes, pero la sangre sube su temperatura con un solo roce. Es imposible.

Todos los días preguntándome si algún día decidiría volver al lugar al que pertenezco, y ahora
que lo estoy simplemente quiero irme.
Solo quiero dormir, dejar de pensar aunque sea unas horas. La inconsciencia es el mejor
remedio, sin embargo, la cura debe estar en su hogar, pintando los cuadros más preciosos y
perfectos que cualquier ser humano podría admirar.

Cuando llego a casa las luces están encendidas y se oye la música de Fleetwood Mac. Ruedo los
ojos, Alice no dejará de escuchar a Stevie Nicks nunca jamás. Creo que debería quitarle ese
vinilo.

Toco la puerta con cuidado, la música desciende y en dos segundos William está abriéndome
para permitirme la entrada. No sé por qué, pero la forma en que mira no me gusta.

—Buenas noches, Bella.

—Buenas noches —digo seca, pasando por su lado para entrar a mi casa e irme a dormir.

Alice me saluda distraídamente mientras conversa con el interlocutor desde el teléfono, el cual lo
tiene agarrado con el hombro y su mejilla. Creo que es su asistente, Victoria.

¿Ves, William? Alice ni siquiera se preocupa de que yo llegue tarde, aprende de él, pienso.

Pero antes de irme a dormir entro a la cocina y me sirvo un vaso de agua bien fría. Dios, la
necesitaba, mi garganta estaba tan seca. Me recargo en la encimera por un rato y no tardo en
sentir las pisadas duras de él.

—Te he esperado por horas. Estaba preocupado —susurra.

Respiro para no alterarme y gritarle lo furiosa que estoy con su protección absurda.

—¿Alice lo estaba? —inquiero, sin mirarle.

—No, pero…

—Entonces no te tomes la molestia de sentir preocupación por mí. Con permiso —gruño.

Me doy la vuelta y me escabullo hasta la sala, donde Alice me mira con los ojos curiosos. Siento a
William unos pasos atrás, intentando explicarme el por qué se ha sentido así todo este tiempo.

—¡Ya es suficiente! Fuiste descortés con mi mejor amigo —le grito, poniéndome de frente ante él.

Me observa con los ojos azules, abiertos de par en par. Trago para quitarme la amargura que
tengo en la garganta, tampoco puedo desquitar toda mi furia con William, porque la verdad es que
estoy furiosa con la situación, no con él.

—No pensé que iba a afectarle el que yo te quiera proteger —susurra.

Y aquí estamos, los dos parados en medio de la sala con una Alice efusiva con el teléfono para
intentar darnos un poco de privacidad.

Me quito el cabello del rostro, reprimiendo las ganas que tengo de gritarle y de paso salir
corriendo hasta mi cuarto para no salir jamás. Pero eso lo hacía cuando tenía 15 años, no ahora
que tengo casi el doble de esa edad.

—No necesitas protegerme de Edward —digo calmadamente—, él fue parte de mi vida por
muchos años y sería incapaz de hacerme daño. —Intencionalmente, pienso.

Lo veo celoso, pero me enerva que lo sienta, que crea que le pertenezco. ¿Por qué simplemente
no es mi amigo y ya? Es lo que agradecería sinceramente, ya que estoy enamorada de mi mejor
amigo.

—¿Y crees que yo podría hacerte daño? —inquiere.

—No es eso —susurro, cansada.

—¿Entonces? —insiste.

Me muerdo el labio inferior, buscando las palabras. No quiero soltar lo que no puedo. Miro a Alice,
quién ha dejado de hablar y se escabulle lentamente hacia las habitaciones.

—No sabes lo importante que es para mí.

Me siento en el sofá, apoyando mis codos en las piernas con ambas manos entre mi rostro. ¿Qué
hago contigo, William? Tampoco quiero dañarte a ti, tú también eres importante.

Él se sienta a mi lado y me pasa un brazo por los hombros.

—Intento comprenderte, pero todo lo que hemos pasado... No lo sé, Bella…

—No te ofendas, William, pero con él también he pasado muchas cosas, cosas que quizá nunca
podré repetir —murmuro, mirándolo de reojo.

Traga. Su garganta profiere un pequeño sonido que no me pasa inadvertido.

—Hablas de él como si…

—¿Cómo qué? —le interrumpo bruscamente, apretando mis nudillos contra los muslos.

—Como si estuvieses enamorada de él —acaba.

Su respuesta ha sido tan acertada, tan directa. No sé qué responderle. No puedo decirle que sí,
creo que no es correcto.

—Estás tan errado —miento—, has ido demasiado lejos.

—Pues entonces no sé por qué te has puesto así.

—Porque no quiero que defiendas territorio que no es tuyo. Además, Edward ni siquiera siente un
mínimo de atracción por mí para que andes por ahí gruñéndole como un animal.

Se queda callado por unos minutos, quizá meditando qué decirme.

—Lo siento, ¿sí? —dice al fin.

Se levanta del sofá y sale por la puerta con rapidez, sin darme tiempo de darme cuenta de lo que
estaba pasando. Bufo exasperada y golpeo las almohadas con mis manos. Todo se está saliendo
de control y odio que mi vida participe en ello. No fue buena idea venir a Forks, pienso, aunque
luego descarto eso de mi mente, ya que si no hubiese venido pude terminar con mi vida mucho
antes de saber sobre las mentiras de Carmen.

Me miro las cicatrices que tengo en el cuerpo frente al espejo; el cuello, una parte mínima de mi
brazo, el codo derecho. Muevo mi cabeza con desaprobación. Fui tan impulsiva. Si William no me
hubiese encontrado aquella vez quizá hubiese muerto con la idea equívoca. Qué tonta fui.

Sé muy bien que en ese momento yo era tan inmadura, sobre todo cuando dormí plácidamente
con un cigarrillo encendido, provocando así un incendio en grandes proporciones. Dios no quiere
que muera aún, quedan tantas cosas por hacer, tanto que arreglar.

Suena el teléfono, así que voy hasta la mesita que sostiene al aparato negro.

—Diga.

Se oye una respiración antes de que el interlocutor se dignase a pronunciar algo.

—Bella —dice.

El estómago se me contrae por la sorpresa… Una agradable sorpresa. Me muerdo el labio inferior
y aprieto el teléfono con más fuerza.

—Edward.

—Estaba preocupado por ti, llamé antes para allá, pero Alice me dijo que estabas fuera…

Sonrío como una boba hacia la pared, pasándome la lengua por los labios. Edward está
preocupado por mí y no sé por qué me siento como si tuviese 16 años otra vez. Enamorada,
oyéndolo y sintiéndome la mujer más feliz del universo. Él se preocupa por mí y me ha llamado.

—Estaba con Rosalie —susurro.

—Ya veo —murmura—. Así que la conoces.

Toda la felicidad se cae al suelo. Claro que la conozco, fuimos prostitutas.

Me siento mal, tan mal que el estómago ahora me duele. Cómo odio ese pasado, cómo…
Demonios, si tan solo pudiese borrarlo de mi mente.

—Fuimos… colegas —digo.

—Ella es muy agradable —comenta.

Sonrío, más relajada.

—Claro que lo es. —Veo a Alice bajar por las escaleras, me pregunta entre gestos quién es y yo
le señalo que es Edward. De inmediato cierra la boca y se encierra en la cocina—. Rose me
comentó que tú vas a pintarle la pared de su chocolatería.

Oigo que está oyendo música, pero no sé logro reconocerla. Lo que sí sé es que Edward siempre
escucha música cuando pinta. Eso me hace ensanchar la sonrisa, pues aún recuerdo muchas
cosas de él. Sé que a pesar de todo lo conozco completamente, sé lo que adora, lo que necesita,
lo que ansía… No soy una mujer cualquiera en su vida y él tampoco es cualquier hombre en mi
corazón.

—Ah, claro. Aún no sé qué tema quiere, algo en específico, aunque si ella gusta podría pintarle
algún paisaje que le traiga recuerdos —me cuenta—. Me gustaría que fueses conmigo, hace
mucho que no pinto contigo.

Su tímida invitación me eriza los vellos y me hacen reír como desquiciada. Estoy feliz y sé que
suena tan raro. Estoy feliz por el simple hecho de que Edward me haya invitado a pintar con él
como en los viejos tiempos.

Tiene tanto efecto en mí.


—Antes me gustaría que pintases conmigo… a solas —añado.

Edward se queda callado, por lo que creo que he metido la pata. Quizá no debí decir eso.

—Creí que nunca ibas a decirlo —me dice, suspirando de por medio.

Mis ojos se llenan de lágrimas y mi garganta se aprieta con el nudo que tengo en ella.

—Extraño… —mi voz sale gruesa y triste, por lo que me la aclaro con un carraspeo—. Extraño
esos momentos.

Puedo asegurar a que está sonriendo en estos momentos.

La música de fondo ha cambiado y ahora la reconozco, es Edvard Grieg. Ah, me encanta esa
melodía, tan clásica, tan enérgica.

—Yo te extraño a ti —murmura.

Oh no, otro retorcijón en mis entrañas. Es tan delicioso.

—¿Y sabes? Estoy pintando en estos momentos —me comenta.

—Lo sé.

Ríe. Me doy cuenta que no he oído esa carcajada desde hace 10 años.

—Pintas con esa música, es la única que te inspira.

—Te acuerdas —afirma.

—Claro que sí.

Suspiramos al mismo tiempo, por lo que sonrío como desquiciada frente al teléfono. Alice sale de
la cocina en ese momento, se cruza de brazos y me queda mirando, apoyada en el umbral de la
puerta. Lleva una boba sonrisa, burlona y radiante.

Le doy una mala mirada, cohibiéndome por el espectáculo que estoy dando.

—Creí que estabas enojado conmigo —le digo, enredando el cable del teléfono en mi dedo
índice.

—¿Por qué habría de estar enojado contigo?

—Tú sabes, todo lo que sucedió antes de que Rosalie apareciera… —No puedo acabar la frase,
me da vergüenza repetir el acercamiento que tuvimos.

Alice me hace otros gestos, preguntándome qué sucedió. Ruedo los ojos y la alejo, pero ella se
va corriendo hacia su posición anterior para contemplarme con dulzura en sus ojos.

—No puedo enojarme por eso, Bella —murmura—. ¿Aún está tu amigo en casa?

—Se ha ido.

Profiere un sonido de gusto.

—No te ha caído bien, ¿no?


—La verdad es que no —confiesa—, pero sé que es tu amigo y que no puedo hacer nada contra
eso.

—Tú tampoco le has caído muy bien —río. Edward me sigue, soltando carcajadas elevadas—.
Pero no quiero hablar de él.

Nos quedamos en silencio. Puedo sentir su respiración, sus movimientos. Cómo quisiera estar
ahí, es… No lo sé, me persiguen las ganas de tocarlo, de sentir su calor. La verdad es que
cuando él no estaba sentí tanto frío, un frío del que me acostumbré con los años. Ahora esa
necesidad se hace más presente, es tan helado sin él, tan hostil. Me cala los huesos.

—¿Qué pintas? —Quiero retomar la conversación, aún necesito su voz para conciliar mis sueños.

—A ti —dice.

Me siento de golpe en la silla que tengo más cerca y tiro del cable para seguir atada al aparato
que me une a Edward. Su respuesta me marea, me acorta la respiración, me enamora.

—Eres un objeto de inspiración, como la música.

Me preocupa ser tan importante para él, el daño es tan grande si llego a decepcionarlo. Tengo
miedo, no quisiera que todo ese cariño que siente por mí se acabe, no quiero que sepa lo
utilizada que estoy.

—No sabía que utilizaras la inspiración de Dante Alighieri —bromeo, intentando salir de la
opresión de mi pecho.

—La imagen idealizada es uno de mis fuertes, Bella. Tú, mi Beatriz Portinari.

—Beatriz es la pureza, la guía hasta el paraíso. Yo… —Me callo. ¿Qué puedo decirle? ¿Que soy
su guía hacia el infierno mismo, hacia los aposentos del diablo y toda su comitiva?—. ¿Has
pintado algo más? —La única manera es cambiar el tema.

Oigo como la música da un giro hasta ir a las cuatro estaciones de Vivaldi. Primavera.

—Flores, mamá, Bree, la naturaleza muerta, el lago, de todo, Bella —susurra—. Solo que… eras
tú quien estaba más presente en mis cuadros.

Trago, pues ese maldito nudo ha vuelto a crecer. Me inquieta lo que me dice, cómo está
confesando sus secretos. Si tan solo yo fuese más valiente…

—¿Aún sigues imaginándote a Bree así?

—¿Cabello negro, largo, ojos cristalinos? —Ríe—. Claro que no, ha crecido junto a mí. A veces la
imagino estudiando, de camino a la secundaria… No lo sé, Bella, aún la extraño y nunca pude
conocerla.

Asiento, aunque sé que él no va a verme. Tiro de mi collar, necesito estar ocupada con algo
mientras la tristeza me come por dentro. Recuerdo muy bien lo que sufría Edward contándome
sobre su pérdida, cómo veía a su papá, la forma en la cual tuvo que ayudar para que no quedase
en la calle.

Es un hombre bueno, honrado y trabajador, aún no sé cómo es que me di cuenta tan tarde de lo
loca que estaba por él.

—Pero no quiero aburrirte con lo mismo de siempre…


—No me aburres, Edward —digo con sinceridad—. Pero bueno, sé que es un tema complicado y
que es preferible hablar de algo más entretenido.

Alice me hace una seña, apuntando hacia el reloj que lleva en su muñeca. Pongo los ojos en
blanco; sé que he estado hablando mucho y mi mejor amiga necesita los detalles con urgencia.

—Eh… Edward —llamo—. Alice requiere mis atenciones en este momento, así que estoy en la
obligación de cortar.

—¡Hey, no le digas eso! —exclama ella, poniendo ambas manos en su cintura.

Oigo a Edward reír, consiguiendo que yo le imitara a carcajada abierta.

—Alice es muy agradable —me cuenta.

—Claro que lo es —susurro.

—Buenas noches.

Suspiro fuertemente contra el teléfono, sin percatarme de lo profundo de mi respiración.

—Buenas noches, Edward —murmuro, cerrando los ojos un momento.

Colgamos y yo solo logro acercarme a la pared para golpear suavemente mi nuca y resbalarme
hasta sentarme en el suelo. Mi amiga lleva una sonrisa tan boba en los labios. Se acerca, se
sienta a mi lado y me queda mirando.

—¿Qué?

—Me encanta verte enamorada —susurra.

Ruedo los ojos y comienzo a reír; soy tan patética.

—Extrañaba hablar con él, solo eso —miento.

Lanza un bufido exasperado y se levanta. Vuelve a depositar sus manos en la cintura y me mira
con los ojos estrechos.

—¡Suspiraste 7 veces! —exclama, mostrándome la cifra con sus dedos—. Solo faltaba que te
salieran dulces por la boca.

—¡Bueno, está bien! —me exaspero, levantándome con brusquedad—. Lo admito. Me derrito por
dentro.

La comisura de sus labios se levanta.

—¿Qué te ha dicho? ¡Cuéntame todo!

Corre hasta la cocina y yo la sigo con el entusiasmo en menor cantidad que el que muestra ella.
Se mete entre la alacena y saca dos tazas de té.

—¿Tomaremos té? —inquiero, indignada.

—No habrá alcohol, Bella —susurra.

Sé que es un tema delicado, creo que no debería volver a tocarlo. La verdad es que en este
último momento no he necesitado ni una gota de alcohol, lo que me reconforta; no quiero terminar
enferma por culpa de mi irresponsabilidad.

—Quiero que me cuentes todo con detalles. —Se sienta frente a mí mientras esperamos que el
agua hierva—. ¿Se besaron?

Muevo mi cabeza negativamente. La alegría de Alice queda ahí.

—No somos nada más que amigos, debes entenderlo —susurro—. Yo solo… siento nostalgia,
porque antes éramos distintos, jóvenes, con una vida por delante. No puedo negarte que casi lo
beso, la necesidad era tan… grande, no sé, Alice, todo esto me está matando.

Mi amiga curva sus cejas con tristeza y toma una de mis manos. Yo intento no llorar, reprimo el
picor que tengo en mis ojos; es difícil, pero lo logro.

—Él estaba enojado conmigo, quise disculparme y solo se dedicó a abrazarme. Te juro que sentir
su calor, su olor, sus manos, la respiración… —Cierro mis ojos, recordándole—. No hay palabras
más simples para explicar esto… Lo quiero tanto, Alice.

Suspira, mientras acaricia el dorso de mi mano. Sus ojos expresan el pesar que siente por mí.
Ojalá pudiese decirme algo, un consejo, una oración que me alegrase. Pero no, en estos casos
ya no se puede. Es un tema delicado.

—Pero el remordimiento es fuerte. Jessica tiene esquizofrenia y no puedo estar pensando así de
Edward, es sucio y repulsivo.

—Te entiendo —me susurra—. Ojalá pudiese decirte que vayas con él, que te importe una mierda
lo que sucedió en un pasado, que corrieses por lo que sientes y lo beses y… No puedes —acaba
diciendo. Yo asiento, apretando mis labios—. Esa niña llamada Jessica, lo que tú crees que no es
correcto, los prejuicios que sientes contigo misma al haber sido prostituta, tu hijo… Son tantos
factores y es tan imposible separarse.

—Si tan solo pudiese huir de esta ciudad —digo distraídamente—. Aún así es imposible. No
puedo —exclamo—. Mi mamá está aquí y… no podría volver a dejarlo, Alice, de tan solo recordar
la mirada, dando media vuelta hacia su casa en plena lluvia, mientras yo esperaba el autobús. Mi
corazón se desgarró, fue… —Respiro, buscando la palabra para exacta para describir lo doloroso
de la situación.

Niego, sin tener éxito.

Alice brinca de un salto al oír la tetera pitar con furia. Yo mientras toco las grietas que hay en la
mesa, distrayendo mi mente de todo lo que sucede a mi alrededor.

—¿Qué tal si vamos a tu cama a beber el té? —propone y al mismo tiempo busca un par de
cosas en la elevada alacena que hay sobre su cabeza.

—¿Como unas adolescentes? —inquiero bobamente, riéndome por lo ridículo que suena.

Se da vuelta para decirme claramente que sí, frunciendo el ceño.

...

Me acomodo en la almohada, poniendo la espalda sobre ella. Alice está frente a mí con la taza
entre sus manos, poniendo sus pies bajo los muslos. Ya se ha puesto pijama y lleva los tubos en
el cabello. Estamos iluminadas con la luz eléctrica de mi lámpara de noche, la cual está a un lado
de mi cama, sobre la mesita de noche.
Tomo la taza con té y bebo para que el frío dentro de mí se extinga.

—¿Qué te dijo William cuando regresaste? Te vi alterada —inquiere, llevándose la porcelana a su


boca.

Me encojo de hombros quitándole importancia.

—Ya sabes. Todo ese problema de lo que siente.

—¿Fue por Edward?

—Tú viste cómo lo trató cuando estaba aquí. Para mí es inconcebible que venga y se jacte de
que somos algo más que amigos. ¡Además, Edward fue muy importante para mí!

De tan solo recordarlo siento furia.

—Debes comprender que es fácil confundir sentimientos, cuando él pasaba en tu cama más
veces que yo —dice con sorna.

Doy un trago al té para calmar las ganas que tengo de gritarle que se calle la boca. Le hago un
mohín irónico.

—Desde un principio le dije que entre nosotros no sucederá nada, Alice —digo calmadamente—,
nunca quise hacerle creer que entre nosotros pasaría algo. Estuvo mal que solo lo tratase para
calmar mi soledad, lo sé, pero necesitaba del calor, aunque ese me ayudase en nada más que
minutos.

—Y desde que lo viste vivo todas esas necesidades acabaron —termina.

Asiento, acercándome otra vez la taza de té.

—Pero bueno, hemos hablado mucho de mí. Cuéntame sobre ti. —Alzo las cejas sugestivamente,
a lo cual Alice responde con un suave sonrojo.

—El primo de Edward es bastante amable —susurra—. ¡Y le gusta Fleetwood Mac! —gime,
enardecida—. Jasper es el tipo de chico que me saca suspiros.

Se muerde el labio inferior como una niña pequeña. Veo el brillo de sus ojos, el entusiasmo que
tiene generado en sus cuencas de color azul. Qué impresionante.

—Te ha dado fuerte —le comento.

Seguimos toda la noche hablando de ellos como dos adolescentes. Era extraño, pues tenemos 27
años. Le conté sobre Rosalie, de su hija y de lo que tenía propuesto hacer. Evité contarlo su
secreto, no me incumbía.

Cuando Alice me avisó que ya iba a dormirse, sentí un vacío enorme. Caí en cuenta de lo sola
que me sentía a veces, de lo inestable emocionalmente que yo podía estar. De igual manera
estaba tan cansada. Los brazos y las piernas estaban muy sensibles, caían con pesadez
producto de la gravedad. Mis párpados pesaban, dolían y el solo hecho de mirar hacia la luna me
cerraba los ojos.

Sin embargo, cuando me propuse dormir, aferrándome a las sábanas que estaban sobre mí, no
pude cerrar los ojos sin recibir un huracán de todas las palabras que expulsé hoy.

A pesar de lo fatigada que estaba, no podía concentrarme en dormir. Era ilógico.


Soñé con Phill aquella vez. Pero no era más que un recuerdo de mi adolescencia. Sus golpes,
sus gritos, sus insultos contra mi mamá, contra mí. Desperté sudando aquella vez, porque volvía
a rememorar los miedos y la ira.

William llegó aquel día a pedirme perdón por su impertinencia. No pude rechazarle, la verdad es
que entendía sus sentimientos. La conversación con Alice me abrió mucho los ojos y entendí que
acostándome con él no sacaría nada, solo alargar una relación que no es más que amistosa.

Edward y yo no volvimos a hablar hasta el día de hoy. Estoy muy preocupada. Le llamé varias
veces, pero nunca estaba. No me atreví a pisar su casa y enfrentar a Carlisle Cullen, me
intimidaba siquiera pensar en una conversación junto a él. Jasper fue a casa en busca de Alice
para salir, pero cuando yo le preguntaba por su primo, solo me respondía que era el trabajo, tan
secamente que no me permitía seguir ahondando en el tema.

Es 30 de diciembre y han pasado 3 días desde que no sé de él. Quizá estoy exagerando, pero no
creí que pudiese olvidarse de mí luego de lo que hablamos por teléfono.

Intento olvidarme de mis preocupaciones visitando a mi madre. William ha venido conmigo al


hospital, dice que quiere conocerla. Temo que Renée piense mal sobre esto, pues nunca le he
presentado a ningún amigo, excepto Edward.

Está alegre y compuesta, los colores han vuelto a su rostro e incluso se ha maquillado. Me saca
una sonrisa tan pronto; es increíble.

Sus ojos observan a William con cierta impresión. La entiendo. Él es muy guapo y refinado, tanto
que nadie es capaz de pasar a su lado sin mirarle con los ojos bien abiertos. Se saludan con
cortesía y de inmediato mi madre pregunta qué somos, a lo que respondo tan rápido que es
imposible no notar mi desesperación por corroborar nuestra relación "amistosa".

—¿Y en qué trabajas, William? —pregunta mamá con esa inquisición propia en su mirar.

Ruedo los ojos y reprimo un gruñido; odio que haga eso con la gente que no conoce. Es tan
desconfiada.

—Soy vicepresidente de la cadena de hoteles Matrushka —dice con serenidad, sin inmutarse por
la pregunta.

—Eso es muy interesante.

Me impresiona lo rápido que William y mamá han tomado confianza. No tardan ni un segundo en
tratarse con informalidad, como si se conocieran hace mucho. Sospecho que es el indudable
espíritu encantador de él, tan galante, tan inteligente. No te das cuenta cuando ya estás
acercando tu tronco para mirarle de más cerca.

—Pero Bella, no me habías dicho que tu amigo era tan simpático —murmuró mamá, tocando mi
brazo para que prestara atención.

Levanté mi ceja, algo molesta por la confianza tan elevada que estaban tomando.

—Bella se molesta demasiado con mis humoradas, Sra. Swan, usted sabe, gruñe y gruñe cuando
se le ocurre —bromea, tan encantadoramente, con esa sonrisa deslumbrante.

—Deberías darte cuenta, hija, William es un buen tipo —me dice, sugerente.

—Mamá, somos amigos —exclamo, irritándome con notoriedad.


—Tu madre siempre tiene la razón, nena, hazme caso —dice, de tan buen humor que ya no
quepo dentro de mis cabales.

Pasa una hora en la que simplemente me siento fuera de lugar, ellos dos hablan de tantas cosas
que sinceramente la idea de integrarme me parece incómoda. Veo la hora en el reloj de la pared y
finjo sorpresa, porque es temprano y no tengo nada que hacer en todo el día.

—¿Es hora de irnos? —me pregunta él, saliendo de su conversación con mamá.

—Sí, tengo que hacer algunas cosas.

Mamá me queda mirando con alevosía; sé que está molesta por mi hermetismo, pero yo no
quiero que se imagine cosas con William. ¿Hasta cuándo tendría que decirle que es solo mi
amigo?

—Espero que cuando vengas otra vez te acompañe William, ha sido un momento muy
reconfortante —me dice cuando se despide de mí con un abrazo.

Salgo de la sala con el corazón palpitante y a punto de estallar, no espero a que William me siga,
no estoy de humor para nada más. Además, me sigue molestando el que Edward no me haya
llamado, ¿quién se cree que es?

Me acomodo el abrigo café con cuello de zorro sobre el cuerpo, pues el frío se ha hecho más
notorio ahora que he salido del cálido hospital. Me giro y veo como él corre hasta mí con gesto
preocupado. Para quitar mi rabia, meto la mano por los bolsillos y busco un cigarrillo. Cuando me
lo meto a la boca noto que no tengo fuego.

—Demonios —murmuro, desenfrenada.

—¿Y ahora por qué estás molesta? —pregunta con cierto tono inocente que me hace bajar la
guardia.

Estrecho mis ojos, arrugo la nariz y expulso toda la sarta de malas palabras que he tenido
guardadas. Por él, por mamá, por Edward que no me ha llamado.

—¿Ese es el problema? —Suena tan divertido, lo que me genera más mal humor—. ¿Te molesta
que le haya caído bien a tu madre?

—¡No es eso! —grito.

Me meto otra vez el cigarrillo y busco entre mis bolsillos el mechero qye llevo hacia todos lados.
William me tiende la llama y yo me acerco de mala gana.

—No quiero que te ganes a mi madre, o que busques complacer a los que están a mi alrededor.
¿No lo entiendes, William? Nosotros no…

No alcanzo a terminar, pues siento que una chica me toca el hombro. Doy un respingo y doy
vuelta la cabeza para ver quién es. No puedo ocultar mi sorpresa, porque es Jessica, quien está
de la mano con Edward.

Esta historia parece escribirse sola, es increíble. No desesperen, que Edward tiene sus razones
del por qué se comporta así. Y William, sé que lo odian jaja, incluso más que Jessica. En fin...
espero les haya gustado, nos leemos muy pronto :) Un beso grande a todos.

Si algún día decides volver


.

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo Oh Say Can You See de Lana del Rey.

XIX

Isabella POV

—¿Isabella? ¡Hola! —me saluda amablemente, pasando un brazo por mis hombros para
acercarme a ella.

—Ho… hola —murmuro, sin alcanzar el mismo entusiasmo de mi parte.

No deposito mis ojos en él hasta que, sin pensarlo, él se acerca para saludarme. Lo miro a los
ojos y solo noto una profunda tristeza, lo que empequeñece aún más mi corazón. No lo entiendo.

Lleva una cazadora del mismo color que mi abrigo y unos jeans que le quedan bastante bien a
sus largas piernas. Me enternece la bufanda verde olivo que está enredada en su cuello, se ve
tan joven, tan… apuesto.

Me sonrojo ahí, al lado de su novia que parece increíblemente contenta de verme. Me impresiona
lo bonitos que se ven juntos… y me angustia. Ambos con ese aire tan juvenil, esos cabellos al
viento, con ambos ojos de contrastados colores. Verde y dorado. Sí, hacen una linda pareja. Me
giro a ver a William, quien tímidamente ha puesto su mano en mi cintura. Por una extraña razón,
toda esa rabia que tenía con él se ha ido, quizá porque es mi única manera de evitar quedar
patética ante las miradas que le doy a Edward.

Él, con sus labios que se han tornado rojos, quizá por los morreos que se ha dado con su novia,
acerca su rostro hasta el mío para saludarme. Beso la piel de su mejilla, percibo la barba
incipiente, la calidez de su cercanía y el perfume que sale de su cuello.

Lanzo mi cigarrillo al suelo y lo piso hasta apagarse.

—Buenas tardes, Bella —susurra—. William. —Cuando se refiere a él, agacha milimétricamente
su cabeza con educación.

—¡Ah! ¿Él es tu novio? —me pregunta Jessica, mirando al hombre de ojos azules que me tiene
firmemente agarrada de la cintura.

Voy a contestar, pero él lo hace primero.

—No. Somos amigos —aclara, sonriendo encantadoramente.

Asiento, dándole la razón.

Edward se queda mirando fijamente hacia el agarre, pero luego la quita al notar que Jessica se
percata de ello. Frunzo el ceño un momento, pues no entiendo por qué se ha comportado así…
no entiendo por qué no me ha llamado, si la última vez que me dijo adiós fue todo tan diferente.

—¿Qué hacían por aquí? —inquiero, intentando aclarar mi cabeza ante tanta confusión.

—Oh. Simplemente habíamos salido a comprar —dice ella, encogiéndose de hombros.

—Qué oportuno —exclama William, atrayendo la atención de nosotros dos—. Tenía pensado
decirle a Bella que me gustaría invitarlos a ustedes a la fiesta de año nuevo, camino a Seattle.

Lo miro, asombrada. ¿Qué está tramando?

—Vamos, Bella, tengo que enmendar lo mal educado que fui con Edward en tu casa —me dice.
Suena tan sincero, como nunca.

Sé que quiere cambiar su forma de ser por mí, quiere dejar de ser el hombre aprensivo que
sostiene mi cuerpo cada vez que se me acerca un hombre. Supongo que debo agradecerlo.

Edward frunce el ceño y Jessica tiene la mirada inquisitiva, curiosa y bastante animada.

—Bueno, Edward. —William se dirige a él, sonriendo amigablemente—. Bella me explicó lo


importante que eres para ella. —Me ruborizo y evito mirar a Edward; odio que William exponga lo
que dije en su momento, hoy no quiero que sepa cuán importante es para mí—. Claro que ahora
no lo dudo, la confianza que ustedes tienen es mucho mayor a la mía, así que estoy en la
obligación moral de pedirte disculpas por lo poco gentil que fui aquella vez. Además, la fiesta será
divertida, iremos todos juntos al hotel y disfrutaremos hasta que los fuegos artificiales sean
lanzados al cielo. —Le guiña el ojo a la pareja, provocando así que Jessica salte de alegría.

—¡Sería fenomenal! —exclama ella, juntando ambas manos—. ¿Qué dices, Edward?

Ésta vez lo miro y descubro que también lo hace. Me mira con sus ojos de color miel, con ese
destello dorado en sus cuencas, tan líquidas, tan dulces. Parece meditar la respuesta, y por muy
enojada que esté con él, ansío profundamente que vaya.

—Estaría bien —susurra, mirando ahora a William.

El moreno le tiende su mano y el cobrizo se la estrecha con educación. Jessica me sonríe y yo se


la devuelvo de mala gana.

—¡Muchas gracias por la invitación, Bella! —me dice, pero yo no la he invitado. Ni siquiera sabía
que había una fiesta de camino a Seattle.

—Será divertido —logro decirle, con un atisbo de sonrisa tan agrio como los sentimientos que
tengo en este momento.

¿Por qué William no me ha dicho que habría una fiesta en Seattle, donde claramente estaba
"invitada"? Es extraño que se muestre tan arrepentido ante lo que sucedió en mi casa; él es muy
orgulloso. Frunzo el ceño, temerosa de que esto traiga consigo más confusiones a mi cabeza.
Estoy tan enredada en mis propios pensamientos, me mareo y me enfurruño a pesar de todo.

Y aún no sé por qué Edward está así, tan distante, tan… extraño. Tres días en los cuales no fue
capaz de llamarme, tres días que esperé volver a oír quien fue al teléfono aquella noche. Me
siento tan tonta.

Y yo que pensaba que seríamos amigos. Quizá, si puedo acercarme un poco, podré decirle de
una buena vez toda la sarta de palabras que quiero expulsar, todo ese enojo que siento por él en
este preciso momento. Me indigna ser yo la única embobada, la única recordando lo que fuimos.
Miro por primera vez lo que Jessica lleva en las manos: un ramo de flores. Siento un nudo en la
garganta. Las únicas flores que recibiría serían de él, pero solo se las regala a ella. Cuánto la
envidio.

—Tenemos que irnos. Edward y yo planeamos salir a comer a algún lugar hoy, así que debemos
retirarnos —dice Jessica, plantándome un beso en la mejilla.

—Los veré en casa de Bella mañana a las siete, me gustaría que vayamos los seis al hotel…

—¿Los seis? —inquirimos al mismo tiempo Edward y yo.

Lo miro, pero solo unos segundos.

—No creías que me iba a olvidar de Alice, ¿no? Además, es obvio a quién invitará —me dice
William, sonriéndome como si tuviese todo controlado.

Claro… Jasper.

Cuando me acerco para despedirme de Edward, él acerca sus labios a mi oído, mientras los otros
dos platican sobre algo que no me interesa.

—Fue un gusto verte, Bella —susurra, erizándome todos los vellos que tengo en mi nuca.

Siento las piernas como dos hilos, débiles y flácidos, a punto de caer. Dios mío, no debió hacer
eso.

No entiendo esto. Me indigna.

—Lástima que no pueda decir lo mismo.

Me separo y me doy la vuelta, pongo mi mano en el brazo de William y le pido con mi silencio que
nos vayamos ya. No miro a Edward hasta que se van en sentido contrario. Me doy cuenta de que
he estado rechinando los dientes, callada y bajo las atentas miradas del hombre que me sujeta
ligeramente con un agarre sustancioso. ¿Luzco enfadada? Lo más probable.

—No sabía que tu amigo tenía una novia tan encantadora —me comenta para liberar la tensión.

Estrecho mis ojos y me giro a contemplar su rostro. Parece sincero. Le sonrío, arisca, incapaz de
ocultar la ironía de mi gesto.

—Completamente encantadora —susurro, apresurando el paso hasta el coche que logro divisar
aparcado en la calle próxima.

Siento que se ríe, lo que me genera más odio.

—No te cae bien —afirma con ese tono tan divertido.

—No digas estupideces —me enardezco.

Sigo caminando bruscamente en el pavimento, golpeando el suelo con mis tacones y expulsando
ahí toda mi furia. De pronto recuerdo que no fue capaz de decirme con anterioridad de sus
planes, tampoco tengo todo el tiempo del mundo… Bueno sí, pero tampoco voy al ritmo de él.

—¿Por qué no me habías dicho que querías invitarnos a todos a esa fiesta? —inquiero, parando
de repente.
William me mira antes de responder, analizando mi conducta.

—Iba a decírtelo en tu casa junto a Alice, pero aparecieron ellos y no encontré mejor solución que
decírselos a ellos para que reservaran el día por si tenían algo más que hacer —dice,
encogiéndose de hombros.

—¿Y si yo también tengo algo que hacer? —bramo, acercándome por fin al auto, a la espera de
que el chofer se digne a abrirme la puerta.

—Bella, yo no…

Se calla cuando el hombre aparece y me abre la puerta. Me siento y me quedo mirando a la


ventana, esperando partir.

—Bien, Bella, yo no sé qué sucede contigo este último tiempo, pero yo solo quiero hacerte pasar
un buen momento dentro de todo esto —me susurra en tono cansino.

Sé que tiene razón y lo único que quiere es distraerme, pero simplemente no puedo. Tengo tantos
celos dentro de mí, tanta… envidia. Jessica y su tonta forma de querer a Edward, ese afán por
tocarlo tanto. Me enerva. Si tan solo pudiera quitarme estos sentimientos del pecho, solo para
comportarme como debe ser. Sin embargo es imposible.

Me obligo a olvidar por un momento todo lo que he vivido, e incluso pasar por alto esas ganas de
William por caerle bien a mi mamá.

Cuando llegamos a mi casa Alice cocina absorta mientras escucha música clásica. En cuanto nos
oye la baja para atraer su atención a nosotros. William le cuenta sobre la fiesta, a lo que ella
responde con unos grititos ensordecedores; adora las fiestas, sobre todo de año nuevo. Insiste en
que debemos comprarnos vestidos e ir a Seattle a revisar las tenidas que nos pueden ofrecer.
Pero no me siento muy entusiasmada.

William se disculpa luego de comer, indicando que debe ajustar unos asuntos importantes sobre
la cadena de hoteles que maneja. Mi amiga aprovecha de tomarme de ambas manos,
indicándome que es hora de irnos hacia Seattle a buscar ese vestido soñado. Ruedo los ojos,
rendida ante su insistencia.

Nos vamos por la ruta más rápida con el ambiente musical de Led Zeppelin. Tarareo una que otra
canción, mientras Alice las grita contra el viento que se cuela abiertamente en el convertible. La
carretera está vacía y helada, mis dedos se acalambran contra el manubrio.

—¿A quién llevarás a tu fiesta? —le pregunto.

Deja de cantar y se acomoda con entusiasmo a mi lado.

—A Jasper —contesta.

—Es extraño, pero ya lo sabía. —Le sonrió, mirándole a ambos ojos azules.

—A mí también me parece extraño que estés de ese humor cuando verás a Edward en esa fiesta
—me dice.

Aprieto mis labios por un momento, incapaz de hablar. No sé qué contestarle.

—Quizá uno de los factores es que se haya olvidado de mi existencia —murmuro.

Ella suspira y se separa de mí, mirando hacia la carretera y los árboles que hay a su alrededor.
—Pregúntale qué sucedió y ya —me dice.

Niego, taciturna.

Llegamos a Seattle en unas dos horas, aunque el viaje fue bastante corto a mi apreciación. Entre
tantos pensamientos no tuve conocimiento del tiempo que pasaba.

Está nublado, húmedo y muy verde. El olor a musgo cubre mis fosas nasales con fuerza. Inhalo
otra vez con más fuerza, envuelta en el poderoso hedor de la vegetación.

Alice y yo nos calzamos las gafas oscuras y un pañuelo para evitar a la multitud. Si bien en Forks
no lo hacíamos, en Seattle el conocimiento sobre Hollywood era bastante vasto. Una ciudad
bastante ruidosa y luminosa, llena de tiendas y automóviles que pasan a tu alrededor como si la
vida se les fuese en ello. Es como volver a nuestro antiguo hogar.

Miro a Alice, la cual demuestra su incomodidad con los ojos; no le gusta el bullicio.

Pasamos por muchas tiendas, pero no damos con la calidad y la elegancia que necesitamos.
Hasta que se nos cruza una bastante conocida. Sé que son diseñadores jóvenes y bastante
excéntricos, algo diferente. Los maniquíes, fríos y duros en la vitrina, visten lujosos vestidos
entallados de diferentes colores y formas.

Cuando entramos al lugar, varias de las dependientas se levantan y nos miran con los ojos bien
abiertos. Trago fuerte, esperando la turba sobre nosotras, pero solo saludan con un respetuoso
buenas tardes, parándose derechamente ante nosotras y preguntando si necesitamos algo.

Edward POV

Camino por la sala, mirando el aparato de vez en cuando con temor de que salga corriendo
despavorido ante mi acoso. Me paso ambas manos por el rostro y bufo hacia el techo; no puedo
hacerlo. Sé que fui demasiado lejos, sé que está furiosa, sé que debo disculparme. Sin embargo
no puedo. Quiero llamarla desde hace tres días, más ahora que la he visto en pleno centro de la
ciudad. No me pareció raro que me haya contestado de esa forma cuando decidí ser un poco más
amigable y tampoco se me hace difícil entender la razón.

Soy un estúpido.

Jessica está en su casa… al fin. Me parece extraño que haya decidido quedarse conmigo estos
tres días. Quizá será porque te encontró hablando con Bella, idiota, pienso.

Me siento en el sofá y me quedo mirando hacia el cuadro de mi madre, suspirando de por medio.
Lo más probable es que ella no quería que yo aceptase ir a la fiesta, a la que "amablemente" nos
ha invitado William. Debe haberlo decidido cuando me vio junto a Jessica, aceptando que su
camino hasta Bella es bastante fácil. Idiota.

Ya no puedo retractarme, Jessica está entusiasmada con esa fiesta de año nuevo.

Feliz año nuevo, 1980 será todo un desafío cuando la chica que amas te odia.

Estúpido, estúpido, estúpido.

—Edward —llama mi padre desde el pasillo.

Lo miro con rapidez, avergonzado de que me haya visto tan desastroso otra vez. No quiero que
Jessica sepa cuán infeliz me siento, sobre todo porque estos tres días sin poder hablar con Bella
han sido obra de ella y sus insistentes ganas de salir al lago.
—¿Necesitas algo? —inquiero.

Asiente, cabizbajo.

—Necesito que me digas por qué estás tan triste —dice, y en su voz noto la preocupación.

Se acerca con paso lento hacia el sofá, intranquilo y callado. Oigo cada movimiento que da, el
roce de sus zapatos contra el suelo. Se sienta a mi lado y palpa mi espalda, como si advirtiese la
razón de mi sufrimiento.

—Se me nota, ¿eh? —comento, dándole algo de humor a esta solitaria conversación.

Carlisle, mi viejo padre, sonríe levemente, pero con una preocupación en sus ojos que no pasa
desapercibida para mí.

—Es por Bella —asegura, frunciendo los labios.

Bufo, mirando hacia el techo. No quiero hablar de ella, menos con mi padre.

—No voy a decir nada malo de eso, claro que no —explica—. Me preocupa verte así.

—Mira, papá, sé que no quieres que sufra y todo eso, pero…

—Jessica ha estado aquí durante tres días seguidos, ¿es motivo para preocuparme aún más?

No le contesto, porque es verdad. Jessica ha estado aquí para evitar que llame a Bella. Claro que
es preocupante, sobre todo porque temo enfurecerme con ella y decirle que me está asfixiando,
que necesito salir de este aprieto; no quiero que se ponga mal, que le den esas crisis que tanto
odio. Es tan doloroso verla gritar descontroladamente sin una gota de sentido común.

—Debo preocuparme —asevera.

Se queda callado, mirando hacia las paredes y a los cuadros que cuelgan de ella. Luego, por el
rabillo del ojo, noto que me mira con intensidad.

—No es bueno que Jessica tenga que venir aquí todos los días, su relación no puede ser tan
aprensiva, por su enfermedad lo peor es que dependa de ti.

—Lo sé, papá, lo sé, yo solo…

—No debiste hablar con ella por teléfono, con todo lo que Jessica quería hacer por ti, planeando
salir con Bella un día de estos…

—Yo no se lo pedí, papá —exclamo, algo furibundo—, nunca fue mi intención que ellas se
acercaran, sabes lo incómodo que me resulta.

Asiente, comprensivo. Me hace mirarlo a ambos ojos, percibo el color gastado de sus ojos:
esmeralda. Quizá tenga razón, quizá… A quién quiero engañar, Jessica necesita que le dé
tiempo, que le abra un espacio… Pero cómo decirle.

—Bella no es para ti, hijo —susurra.

—A lo mejor ni ella ni nadie es para mí, papá. Con permiso.

Me levanto del sofá y me obligo a partir hacia mi cuarto, con la garganta atestada de nudos.
Cierro la puerta detrás de mí, respirando con complejidad. Tiro de mi cabello a falta de otra cosa,
con la pesadumbre sobre mí.

No me doy cuenta cómo ni cuándo, pero acabo soñando sobre lagunas, pastos y flores, con una
mujer de cabellos oscuros y alborotados, desnuda en medio del paisaje. Me despierta el frío que
se cuela por la ventana, el cielo está burdeos y la luna se va escondiendo para dar paso a la luz
del sol.

Me siento cansado, sobre todo cuando logro levantarme para cerrar la ventana. Pero antes de
poder hacerlo, veo los focos de un automóvil que se acerca por la acera, aparcando delante de mi
casa. Frunzo el ceño, enfocando hacia el primer piso. Sale una mujer, baja, con un pañuelo en la
cabeza y unas gafas bien grandes en el rostro. Mira hasta arriba y me nota, me gesticula algo.

Alice Brandon está de madrugada, esperándome para algo que yo no sé.

Bajo las escaleras con cuidado, deseando que por favor papá no se levante. Cuando topo con un
reloj, veo que son las 7.30 de la mañana. ¿Qué pretende?

—¿Alice? ¿Qué demo…?

No alcanzo a decir nada, pues ella se mete y sube rápidamente las escaleras, como si supiese
desde siempre por dónde queda mi habitación. La sigo, asombrado y muy confuso por su
comportamiento. Cuando cierra la puerta, se sienta sobre la cama, cruza sus brazos y me queda
mirando.

—Tenemos que ir a Seattle —dice.

Ladeo la cabeza sin entender.

—¿Es que acaso es ahora la famosa fiesta? —inquiero.

De pronto se cruza algo por mi cabeza: no tengo un traje.

—No tengo qué ponerme —susurro.

—¡Exacto! —exclama—. Suponía perfectamente…—murmura para sí misma.

¿Cómo se me pudo olvidar semejante detalle? Nunca lo había pensado. Yo no uso trajes, mi vida
no me lo permite.

—Bien. Tenemos que ir a Seattle. Queda a dos horas de aquí, así que necesitas ducharte,
vestirte e iremos de inmediato a buscarte un traje —me dice, levantándose de la cama, para
luego palpar mi brazo izquierdo.

Enarco una ceja; ¿a qué quería jugar?

—No sé cómo demonios elegir un traje, ni cuánto salen.

Rueda los ojos.

—¡Yo soy experta! —Parece ofendida—. Además, yo quiero pagártelo. Quiero que vistas con el
mejor traje en esa fiesta, que las mujeres se pregunten quién es ese hombre tan apuesto y que la
tonta de Isabella entienda de una vez por todas que eres el hombre más sexy de Estados Unidos.

—Alice yo…

—¡Ve a ducharte, se hace tarde! —Me sonríe, elevando sus comisuras.


No tengo otra escapatoria; debo hacer lo que me dice.

Cuando acabo, Alice está esperándome mientras ve los múltiples cuadros y retratos que tengo en
mi habitación. Una vez que me oye se separa y veo en sus ojos un brillo que no pasa
desapercibido. Parece emocionada, triste, no lo sé, es tan difícil definirlo en una sola
característica, podría ser una, dos, miles.

—Tu pasatiempo es maravilloso —me dice. Su voz suena rasposa, dura y tremendamente grave.

—Gracias —consigo decir.

—Quiero que me pintes desnuda.

—¡¿Qué?! —grito.

Comienza a reír desenfrenadamente, lo que es contagioso viniendo de ella.

—Claro que bromeo, Edward —dice, calmando su respiración.

Qué idiota… Le imito su carcajada por un rato.

Conseguimos salir de casa sin que papá se haya despertado, llegando al automóvil, sanos y
salvos de la inquisición de Carlisle Cullen. Alice me cuenta que éste es de Bella. Vaya qué dinero
tiene, aunque no me sorprende.

Maneja con prudencia en la helada carretera, mientras yo, en silencio, miro hacia el bosque que
tengo a un lado. Es inmenso. Los árboles son tan intensos y verdes, parece un océano de hojas y
tallos gruesos del mismo color.

—Jasper eligió un bonito traje gris. La corbata roja le sentaba bastante bien —me cuenta,
matando el silencio para entrar en calor. Le agradezco aquello.

—No me contó nada ayer —le digo.

—Le pedí que no lo hiciera —murmura—, necesitaba que fuese una sorpresa, ya sabes, para que
no salieras corriendo, evitando que te ayudase.

Sonrío, mirando hacia la palanca de cambio. Es de cuero negro. La mano pequeña de Alice
atrapa el mando, haciendo titilar su brazalete de piedras.

—Qué astuta eres.

Ésta vez sonríe ella, mostrando una suave dentadura.

—Soy tu hada madrina —bromea con diversión.

—¿Estás queriendo decir que soy una princesa? —le sigo la broma.

—No. Eres un príncipe que no sabe cuán importante es para la princesa.

No sé qué responderle, sus confesiones me dejan perplejo. Me gustaría escuchar eso de Bella,
saber que soy importante para ella. ¿Por qué me lo dice su mejor amiga? Admiro cuán sincera es.

Seattle está despierto, lleno de automóviles y tiendas a medio abrir. Alice me toma del brazo,
llevándome con el espíritu alegre sobre ella, lo cual me contagia fuertemente, inyectándome de
ese poderío y entusiasmo.
Noto por qué está cubierta con esas gafas y el pañuelo; no quiere que la descubran. Es obvio,
Seattle es cuna de televidentes y fanáticos del cine.

Entramos al famoso local. Es blanco, frío y muy sofisticado. Me siento fuera de lugar ante la
fachada inmaculada y los sólidos muros que le rodean. Hay pilares de estilo griego, con los
detalles marcados en la parte superior e inferior. Dos mujeres esperan en el mostrador y un
hombre ordena los trajes que hay apartados en un rincón. La muralla más cálida está adornada
de cuadros y retratos conocidos, seguro son la copia de los originales.

Me acerco a uno de ellos, tal parece que es romanticismo. Escruto mis ojos, buscando más
detalles que den cuenta del estilo y del periodo. Los contrastes entre luz y sombra, el color
prevalece en el dibujo, es duro, explosivo… No es mi favorito.

Alice se posiciona a mi lado lentamente, mirando también con total atención.

—¿Te gustan? —pregunta.

—No —respondo con sinceridad—. Baudelaire dijo que el romanticismo es la expresión más
reciente y actual de la belleza. Discrepo totalmente. —Le sonrío, mirándola a ella esta vez.

Me mira con asombro y orgullo.

—Te creo. Tú sí que sabes de estos temas.

—El gusto del romanticismo es lo exótico, erótico y mortal. Delacroix y La Muerte de Sardanápalo
—murmuro, caminando hasta el otro cuadro—. Aquelarre, de Goya —comento, mirando la
negrura del siguiente cuadro. Tan espeluznante—. Pesadilla Nocturna. Füssli. Avasallador.

—Lo brutal no es lo tuyo —susurra Alice—. Supongo que podrías enseñarme los cuadros que te
gustan.

—Buenos días, señorita. Lamento decirle que aún no hemos abierto al público... —comienza a
decir el hombre.

Ella se quita las gafas junto al pañuelo de la cabeza, provocando que el hombre, que lleva
anteojos cuadrados a medio caer por su nariz larga y ancha, dé un sobresalto. La reconoce, por
supuesto.

—¡Srta. Brandon! Es un placer tenerla en nuestra tienda —exclama, acercándose a ella, pasando
de mí.

Sonrío tenuemente.

—Creí que estaba cerrado —profiere, frunciendo el ceño.

El hombre palidece.

—No se preocupe, para usted el servicio será completamente instantáneo —sostiene, poniendo la
cinta de medir en su hombro.

—En realidad, solo vengo a regalarle un traje a mi amigo Edward.

Alice me apunta con su dedo y yo solo atino a mirar con algo de timidez.

—¡Pero claro! ¿Qué necesita? ¿Un traje a medida? Tenemos las mejores telas de Washington…
—Necesito el traje más elegante de su tienda, para un príncipe como él.

Rodeo los ojos, asqueado por la dulzura de sus palabras. Aunque río sin poder evitarlo.

—Podemos hacer uno a su medida, solo necesitamos medir.

—Es para esta noche —interrumpe, mordiéndose el labio.

El hombre frunce los labios, algo decepcionado.

—Está claro que es imposible hacer un traje a la medida, pero podemos probar con los que
tenemos listos y hacerle modificaciones.

—Alice, no creo que sea buena idea, yo…

—¡Ya basta! Te harás ese traje.

Me toma del brazo y me tira hasta la cortina que hay en el fondo de la tienda.

Comienzan con unos que no logran agradarme, son demasiado apretados. O muy holgados.
Colores oscuros, telas suaves, rasposas, gruesas, delgadas. Hay un sinfín de materiales, formas
y detalles. Es impresionante. Y yo que creí que la vanidad era propia del retrato, de la mujer y la
sociedad bohemia.

—¡Éste me gusta! —exclama Alice, saltando del sitial.

Me miro en el espejo por un rato, pasando mis ojos por los gemelos, que son de plata, y la camisa
blanca, impecable. Huele a canela, al igual que el chaleco, de color pastel. Aliso la tela negra de
mi saco y luego aprieto la corbata azul, con un toque brillante.

—Es un traje cruzado, con dos botones. Es antiquísimo, elegante y bastante diferente en este
país. Se caracteriza por llevar dos filas de botones, muy propio de Inglaterra —comenta el
hombre, sonriendo amablemente.

Alice se acerca y pasa sus manos por el cuello y las solapas.

—Es realmente perfecto, Edward —susurra—. Hasta los zapatos te quedan bien —declara,
mirándolos.

Me doy una vuelta ridícula frente al espejo y debo reconocer que me veo distinto, más distinguido,
menos modesto.

—Eres muy guapo, cariño —me confiesa ella, apretándome ambas mejillas.

La pequeña amiga de Bella es agradable, dulce y gentil. Es como una hermana… Un hada
madrina, como ella misma dice.

—¡Me lo llevo! —grita, sonriendo.

No me parece bien que ella me compre un traje, es… raro. Tampoco la conozco hace mucho.
Pero me obligo a permanecer callado, a pesar de que me siento como el novio interesado de una
celebridad. Aunque claro que no lo soy.

—Y bien. No me dijiste cuál es tu estilo de pintura favorito.


Me sorprende su intento de conversa, pues he estado pensando durante casi cuarenta minutos.

El viaje hacia Forks será largo.

—El retrato —digo, de pronto.

—¿El retrato? —pregunta, asombrada—. ¿Qué tiene de especial para ti?

No hace falta pensarlo mucho.

—Veo la vanidad, la hermosura y los detalles como un pasatiempo personal.

Levanta las cejas sin mirarme, solo de rostro frente a la carretera.

—¿Y el autoretrato no? Podría asegurar que has querido pintarte a ti mismo en un cuadro.

Niego, imaginándome aquello. No va conmigo.

—No le veo lo divertido a eso. Aunque admiro profundamente el estilo de Van Gogh. Realizó
bastantes autoretratos, aunque su expresión principal era el postimpresionismo.

—Él estaba loco —comenta, ésta vez mirándome.

—La locura depende de los ojos que la vean —susurro.

Asiente tranquilamente.

—¿Algún otro estilo en particular?

Me quedo pensando. Sé la respuesta, pero es difícil explicarla a los demás.

—Soy un admirador de la belleza humana más que la de la naturaleza. El desnudismo es algo


que me atrae.

—¡Uau, Edward! Eso no lo esperaba.

Me sonrojo, aunque sé que es un sonrojo sin fundamento; el arte no tiene por qué avergonzar.

—Píntame desnuda —me dice y suena bastante real.

—Alice, yo…

—Bromeo —expresa, ocultando una sonrisilla divertida, asomando por sus comisuras.

Niego, asombrado por la alegría y felicidad de esta pequeña mujer. Me pregunto si su vida ha
sido de estrellas, como ella, no puedo concebir que una mujer tan amigable, con la luz del sol
sobre su cuerpo, haya sufrido alguna vez. Ya sé por qué Bella es amiga de ella; con solo una
sonrisa tu ánimo sube como la espuma.

—El desnudismo es… la expresión enterísima de la belleza humana —susurro, recordando los
múltiples exponentes de ese estilo—. A veces pienso que debería pintar a alguien desnudo.
Quiero comenzar con la mujer que amo y acabar con un bebé —comento, distraído por mi
imaginación, que va recreando los escenarios.

—O la mujer que amas, desnuda, con un bebé en sus brazos —murmura, suspirando de por
medio.
—Me has quitado el escenario completo de la boca.

Después de un largo e incómodo silencio, Alice baja la marcha para dejar pasar al tren.

—Entonces no has pintado a Jessica.

—No —contesto, con la voz baja y grave.

—¿Y qué otro estilo te gusta? ¿El paisaje? ¿El cubismo?

Es impactante cuán rápido ha cambiado de tema. Se lo agradezco.

—El surrealismo. Aunque no lo hago, claramente. —De pronto una duda cruza mi mente con
demasiada fuerza, siento la necesidad de aclararla—. ¿Por qué eres amiga de Bella?

Aprieta el acelerador y andamos por la carretera otra vez, sintiendo ya la frescura de Forks. La
veo pensar, aclarar sus ideas. Quizá nunca se lo ha preguntado, quizá simplemente no hay
razones. Necesito saberlo.

—Seguramente por las mismas razones que tú, Edward —dice, suspicaz—. Es una mujer muy
dulce, muy… cálida. Todo su dolor me es admirable, cuán valiente fue en su vida… Aunque claro,
lo de ambos fue diferente, ustedes…

—Bella no sabe lo valiosa que es, realmente no lo sabe. Ni siquiera tiene idea de lo que haríamos
por ella.

—Tú especialmente, cariño —dice—. Yo solo soy una amiga, tú eres mucho más.

No sé qué responderle y opto por callarme, pensando en sus palabras y en lo que yo acabo de
decir.

Son las 6.30 de la tarde, ya es hora de ir a esa bendita fiesta. No me siento cómodo, la verdad,
menos con lo entusiasmados que están todos, incluyendo a Jasper.

Jessica se acerca a mí para arreglarme la corbata por cuarta vez, no se cansa de eso. Ruedo los
ojos, incapaz de generar la paciencia suficiente.

No puedo negar que se ve muy linda con el vestido verde menta que lleva a cuestas, más aún
con el escote ligero y sin hombros. El cabello lo ha recogido en un medio moño, dejando escapar
múltiples ondas por la espalda.

—Alice me dijo que nos iremos con ella y Jasper. Bella y William se irán en el coche de él —me
dice, luego de pasar sus manos por mi pecho.

Asiento, asqueado por la posibilidad.

William irrumpe en el sala con un traje negro, atravesando el lugar con su estampa elegante y
perfumada. Ya no me siento intimidado, estoy igualmente elegante e igualmente perfumado,
como un hombre caro.

Intenté peinarme, pero mi cabello parece tener vida propia.

—Buenas tardes, Edward —saluda, tendiéndome su mano, la cual estrecho a duras penas.
—Buenas tardes —contesto.

William saluda a Jessica, mientras yo miro al reloj que cuelga de la pared. ¿Por qué Alice y Bella
no bajan ya?

Jasper toca la puerta y entra con rapidez. Su nariz está roja por el frío.

—Jessica, se te ha quedado la cartera sobre la mesa —afirma, apuntando con su índice hacia
afuera.

—¡Debo ir por ella! Tengo mis medicamentos —gime.

—Te acompaño.

Cierran la puerta y casi al mismo tiempo baja Alice con un vestido impresionante de color lila.
Es… increíble. Su cabello corto, a lo bob cut, ha sido adornado por una bonita pluma de diversos
colores. Brilla y sonríe con satisfacción.

Cuando voy a ayudarle a bajar, ella me niega con la cabeza y mira hacia arriba, donde va bajando
Bella. No puedo evitar abrir mi boca, impactado e introducido a los sueños más eróticos de mi
cabeza. Decir que se ve perfecta es muy poco, la palabra es tan estrecha que no logra satisfacer
las sensaciones que tengo en este momento.

Su cabello lleno de rizos delgados y castaños ha caído a su lado izquierdo, tapando el seno. El
vestido es burdeos, apegado a su cuerpo y a su piel como si fuese de ella. Percibo la delgadez de
su cuerpo, las curvas necesarias en su frágil ser, el tajo en su larga pierna, que acaba en los
tacones más exóticos y deseosos que he visto en mi puta y mísera vida.

Dios. Es perfecta. No… No es perfecta, es… una diosa.

La forma en que el bendito vestido se adapta su pequeño busto, sin tirantes, sin broches, solo la
presión de la tela sobre su cálida y suave piel.

Ella me mira, haciendo que el contacto con sus ojos brillantes sea la gota que rebalsa mi cordura.
Sus párpados están castaños y lleva consigo una línea negra que va desde el lagrimal hasta el
final del párpado móvil. Abre la boca; sus labios llenos, de color coral, opacos y perfilados, se
frunce, cansada y marchita.

No puedo dejar de admirar su belleza, sus pómulos sonrojados, la forma de su nariz, todo en ella
es simplemente perfecto.

Quiero decírselo, pero recuerdo que están todos observándonos como condenados. William le
tiende la mano y ella la recibe, sin gastar más minutos en nuestro contacto.

—Estás hermosa —le murmura él, acercándose a su oído.

Su rostro lo dice todo. Ha percibido el perfume de Bella, su satisfacción es increíble. Ella le pone
ambas manos en el pecho y se separa levemente.

—Gracias —jadea, algo intranquila.

Se gira, me mira y todo en ella parece cambiar de eje. Sus ojos se han agrandado y sus mejillas
han vuelto a estar rojas como manzanas. Me sonríe levemente, con la barbilla tiritando.

Isabella POV
Edward está tan diferente, tan… increíblemente guapo. No sabía cuán precioso podía verse con
traje, es deslumbrante. No puedo evitar pasar mis manos por el vestido ceñido que llevo conmigo;
es algo brillante, como la piel de una culebra.

Le sonrío, solo un poco, a pesar de todo estoy enojada con él. Me tirita la barbilla, porque lo único
que veo en sus ojos es un tormento delicioso que remueve mis entrañas. Siento la extraña
necesidad de lanzarme en sus brazos y besar sus labios, uno por cada día que pasé separada de
él. Quiero su calor, no el del abrigo que llevo en una mano. Quiero ir junto a él a aquella fiesta, no
con William.

—Buenas tardes, Edward —le saludo.

—Buenas tardes, Bella —dice, mirándome directamente a los ojos.

No sé cómo, pero mi cuerpo camina en automático a su lado para lanzarle los brazos y besar la
piel de su mejilla. Mmm… Huele tan jodidamente bien. Siento la horrible necesidad de que me
toque, que acaricie la piel que tengo al descubierto.

Paro con esas tonterías, no puedo ruborizarme más de lo que estoy.

—Estás tan guapo —le susurro, mirándolo de arriba abajo.

No puedo optar por una sola palabra, son tantas para lo que siento. El saco le queda tan bien…
¿De dónde lo sacó? Parece tan caro, tan sofisticado. Me impresiona.

Noto que la corbata está ladeada. Frunzo el ceño e instintivamente me pongo a ordenarlo. Me
nublo con la exquisitez que emana de él, me inquieto al tenerlo tan cerca. Su respiración se ha
hecho pesada, provocando que dé contra mi cara.

—Alguien te ha desordenado el nudo —le digo, intentando salir del paso.

—Confío en tus habilidades —me susurra, mientras toca unos rizos de mi cabello, junto a mi
pecho.

Oh, Edward… Quiero llorar.

—¡Allá afuera hace un frío de los mil demo…! Hola, Bella —saluda Jasper, interrumpiendo
nuestra burbuja.

Demonios, qué tonta, ¡ni siquiera estamos solos!

Me separo bruscamente, algo tan notorio que hasta Alice rueda los ojos en desaprobación.
Edward traga y Jessica se acerca a mí.

—No pensé que lo había anudado tan mal —exclama ella, atrapando su brazo con el de Edward.

Abro mis ojos de sopetón, yo no pensé… Voy a disculparme, pero Alice toma mi mano y me gira
para que la mire.

—Yo me iré con Edward, Jasper y Jessica, tú vete con William —me ordena.

Asiento, cabizbaja. ¿La he cagado? Tengo miedo de lo que pueda suceder.

Veo a William y le tomo el brazo, sin poder ocultar la frustración que siento.

—Te ves muy guapo —le comento.


Lleva un traje muy bien puesto, como siempre. Es tan elegante, lo lleva en la sangre con justas
razones.

—Gracias, Bella.

Me subo al carro de William, noto que él manejará. Por la ventana noto a Alice que sube a mi
auto, donde le siguen los demás. No sé por qué, pero no me siento cómoda aquí a solas con el
moreno, sobre todo porque Edward está en el otro automóvil. De verdad quiero estar con él, con
Edward. Y quiero, precisamente, preguntarle por qué no ha sido capaz de llamarme.

—Estás triste, Bella —comenta luego del gran silencio.

—No, claro que no —le digo de inmediato, aunque no es verdad.

—No me mientas, sé que algo pasó entre ustedes.

Miro hacia otro lado para evitar el nerviosismo que tengo en este momento.

—Es solo que… Jessica tiende a intimidarme. No quiero que se sienta mal si me acerco mucho a
él.

—Pero sabe que es tu mejor amigo, ¿no?

Asiento.

—¿Entonces? No tienes por qué temer por ella —me tranquiliza.

Si tan solo supieras que él es el amor de mi vida, William Harrington.

—Ella quiere mucho a Edward, no puedo quitarle su espacio —susurro, apenada por eso.

—Creí que sería bueno invitarlo a la fiesta para que se acerquen. Cuando estuviste con él te vi
tan feliz, alegraste el rostro por primera vez en mucho tiempo; nunca te habías mostrado tan
risueña con una presencia. Y hoy descubrí que es mutuo —me comenta, mirándome de vez en
cuando, según lo amerita el camino.

¿Será cierto? No puedo negar que Edward proporciona grandes grados de alegría en mí, ¿pero
yo en la de él? ¿Es posible? Oh William, no creí que fueses tan generoso.

Las dos horas se hacen tan eternas, como mil años. Ni la música, ni la leve conversación de
William, ni tampoco los intentos por pensar en cosas agradables, lograron arrebatarme el
aburrimiento del cuerpo. Durante todos esos minutos estuve ansiosa por salir del carro y respirar
un poco de aire, ver a Edward e intentar acercarme.

Aparcamos en un estacionamiento obscuro y desolador. Es tan infinito, como una caja gigante.
Un hombre de traje blanco y negro le pide la llave al conductor, quién se la entrega sin mirarlo a
los ojos. William baja y luego me abre la puerta, invitándome a salir, mientras el hombre de traje
blanco y negro espera con una sonrisa.

El moreno me tiende su brazo y yo se lo tomo con timidez. Me tiemblan los dedos y él lo nota,
puesto que me mira interrogante. Le niego y esperamos a que aparezcan los demás.

—¡Ha sido un viaje largo! —exclama Alice, quien aparece con Jasper de la mano.

Alice, amiga mía, déjalo respirar.


—¿Y los demás? —inquiero, susurrante.

Edward aparece junto a Jessica, quién tiene una mano unida a él con fuerza. Es jodidamente
asqueroso lo bien que se ven, la forma en que combinan sus hermosuras. Intento no pensar en
eso, en entender que él es mi mejor amigo, que este es un momento para compartir e intentar
convivir en una velada agradable. Sé que es difícil, de solo verlos así me provoca nudos en la
garganta, pero debo hacer este sacrificio, he hecho cosas peores, como dejarlo en la lluvia, como
irme para siempre…

Me obligo a sonreírle a Alice y a Jasper, a darle una corta mirada a los otros dos. Miro hacia el
frente y William nos encamina hasta unas escaleras. A ambos lados de la puerta que hay arriba,
dos hombres de rojo nos abren las puertas. Agachan la cabeza, sonríen con frialdad y nos dan la
bienvenida al jodido hotel.

El vestíbulo es dorado en todas direcciones. Paredes de papel, rombos y flores, suelos de


cerámica fina, cobre y mármol, sitiales y sofás de terciopelo, uno que otro de estilo griego. Las
recepcionistas, dos rubias a los extremos del mesón y al medio una morena, visten atuendos
crema, con sacos de grandes hombros.

Un hombre de gafas y cabello blanco, abre sus brazos y se dirige a William.

—¡William Harrington! Has venido —exclama él, con una voz profunda de fumador compulsivo—.
Derecho, hacia el salón principal.

Caminamos por un pasillo lleno de ventanas que completan desde arriba hasta abajo. Del otro
lado solo hay plantas. Dos hombres, otra vez de rojo, vuelven a abrirnos la puerta, y desde ahí
podemos ver la música y las luces.

Suena Donna Summer, con un torrente de colores en varias pistas de baile. Hay muchas mesas a
su alrededor, todas con gente vestida tan elegante como nosotros. Las personas son jóvenes,
algunas bailan, otras fuman sus puros a las afueras del lugar, que es parecido a una terraza.
Quizá ahí se pueden ver los fuegos artificiales.

William me invita a conocer a las personalidades amigas de él, lo que me tiene sumamente
aburrida. De lejos veo a los demás bailar, Jessica tan entusiasta que Edward no puede dejar de
sonreír. Alice y Jasper están en una mesa, platicando sobre algo.

—¿Habrán fuegos artificiales? —inquiere William.

—Claro. Una vez que sean las doce de la noche, deben ir hacia la terraza, junto a la pista de baile
—le dice el dueño de la fiesta, Sir Paul Akmann.

Miro hasta el lugar, que está decorado de muchas luces que caen por los techos. Hay plantas por
doquier, mesas y sillas de metal blanco. Me llama la atención la pista de baile, el cual parece un
carrusel. Un asta se inclina hacia arriba, como un remolino, mientras que varias barras de metal
caen alrededor del círculo que contempla la pista, que está sobre unos escalones. Luces y más
luces, enrolladas en cada metal blanco.

Es tan… romántico.

—William, Sir Paul, con sus permisos, me gustaría ir a mi mesa a compartir con mis amigos —les
digo, sonriendo falsamente.

Asienten y siguen con su plática superficial y arribista sobre los hoteles y demás. De camino
hasta la mesa, varias personas me saludan, extasiados por quién soy. Intento ser igualmente,
cordial y amigable, pero no resulta; me sacan de mis casillas.

Le doy una mirada a Alice, quien ni se inmuta en correspondérmela. Me trago la frustración, pues
me siento completamente sola en un lugar, que irónicamente, está lleno de personas, sobre todo
mi mejor amiga. Intento no darle importancia, sobre todo porque estoy acostumbrada a esas
sensaciones.

Sin embargo, ¿por qué me siento de esta manera? Es tan hostil, tan… amargo.

Desde lo lejos miro a Jessica, quien acaricia con esmero el cabello de Edward. Me dan unas
cuantas punzadas en el estómago, más de rabia que otra cosa. Recuerdo que él no me ha dado
ninguna razón del por qué no me llamó, tampoco ha sido capaz de acercarse como corresponde.
No entiendo por qué cuando Jessica no está se muestra tan… maravilloso. Me mira, me acaricia
y me alegra. Pero, ¿por qué en la presencia de ella tiene que ser tan frío? Demonios, no lo
entiendo.

Camino hasta la barra y me siento en el taburete alto, de cuero negro. Un hombre de moño y
camisa blanca, impecable, está sirviendo tragos diversos. Qué moderno. Observo el ambiente,
mientras suena rock & roll del viejo. Hay muchas personas bailando, pero otras conversan
animadamente en sus mesas. La barra está medio vacía, así que aprovecho de relajarme del
terrible barullo que hay detrás de mí.

El hombre, alto y moreno, me tiende un Martini. Levanto una ceja, agarrando la copa del cuello.

—Srta. Swan, es un gusto tenerla aquí —me dice, sonriendo de tal manera que una margarita se
forma en su rostro.

—¿Acostumbras a regalar tragos a las estrellas? —inquiero, algo suspicaz.

—No… —murmura, algo serio—. Pero déjeme decirle que no se ven mujeres como usted en este
lugar.

Levanto ambas cejas esta vez, oliendo ligeramente el trago. Está bueno. Voy a dar una probada,
pero alguien la agarra detrás de mí, impidiendo mi cometido.

—No es buena idea —murmura Edward, quien se sienta a mi lado, mirándome con sus ojos.

Parece enojado. Frunzo el ceño. ¿Sucede algo malo en que quiera beber un trago?

—No te metas en mis asuntos, Cullen —gruño, volviendo a acercar la copa a mi boca.

—Eres mi amiga, Bella…

Su comentario me indigna tanto, que alejo la copa con fuerza, derramando unas gotas en la
mesa. Miro al tipo que me acaba de servir el Martini, quién se aleja con lentitud para atender a la
mujer rubia que hay al otro lado.

—Así que ahora soy tu amiga —susurro casi ininteligiblemente—. No estoy para tus burradas,
Edward, no ahora que no has sido capaz de dirigirme la palabra como corresponde.

No entiendo por qué, pero mi voz suena temblorosa, débil y ligera. La temperatura ha subido
hasta mi cabeza, al igual que las lágrimas. Estoy furiosa. Por él, por Jessica, por todo mi
alrededor.

Buenas noches :D les traigo este cap laaaaaargo, pero habrán más largos aún jaja. ¡Ya vienen
algunos acontecimientos que marcarán a estos dos! Estoy sumamente entusiasmada con lo que
vendrá, así espero que ustedes también *-* Un beso a cada una y espero que entiendan que no
soy experta en arte, así que si hay algún error en las palabras de Edward, cúlpenme a mí jaja.
¡Hasta la próxima! Y atentas al grupo, que habrá un adelanto. Además, la actualización será más
pronto de lo que creen.

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo Bullet Proof… I Wish I Was de Radiohead y Not Like The Movies de Katy Perry.

Nota del autor: También recomiendo escuchar las canciones que salen en el capítulo, para que
así entren en el ambiente de la fiesta y los sucesos que hay en él.

¡A disfrutar!

XX

Isabella POV

Se ha quedado mudo, incapaz de pronunciar siquiera una vocal ininteligible.

—¿Así que de esto se trata todo? —inquiero, dando una sonrisa medio ácida, mirándolo de
repente con los ojos escrutados.

Él ahora no me mira, solo se fija en el suelo. Odio que no sea capaz de mirarme cuando le hablo,
sobre todo ahora que estoy siendo totalmente seria.

De pronto mis ojos han acumulado lágrimas, no me doy cuenta cuando, sin querer, pestañeo y
una de ellas cae por mi mejilla. Me la quito con el dorso de mi mano, sorbiendo por mi nariz lo
más rápido posible.

—¡No, no me toques! —le grito cuando él intenta ayudarme a quitarme las lágrimas—.
¡Respóndeme! —gimo—. ¿Así será siempre?

—Bella, yo…

—¿Me tocarás solo cuando ella no esté mirándonos? ¿Evitarás llamarme cuando ella, tan
jodidamente inteligente, te persiga día y noche? —gruño, con los dientes tan apretados.

Edward tensa la mandíbula, estrechando sus ojos ante mi mirada demandante.

—Bien —susurro, mirando hasta mis tacones negros—. Vete al diablo.

Las últimas frases salen gruesas de mi garganta, cargadas de amargura y desolación. No puedo
evitarlo, un sollozo agrio sale de mi boca cuando menos me lo espero. Me desespero y doy la
vuelta para introducirme a la masa que baila alegremente al ritmo de Abba. Sin embargo, es
Jessica quien se ha puesto delante de mí, mirándome con curiosidad.

No soy capaz de quedarme, menos con su insistente persecución adonde quiera que vaya su
novio. Me cruzo, sin pedir permiso y me meto entre el gentío. Antes de que pueda ir más allá,
alguien me agarra del brazo, girándome para mirarme.

—Jasper —exclamo, asustada.

—¿Qué te ha sucedido? —me pregunta, pasando una mano por mi rostro, quitando las lágrimas.

Niego, incapaz de hablar. No sé qué decirle sin sacar a Edward a la conversación.

—¿Quieres ir a sentarte? No es bueno que te mezcles en el bucle humano —me dice, pasando
su brazo por mis hombros.

Me siento bien con el leve cariño de Jasper, algo apoyada, supongo.

Nos acercamos a la mesa, donde Alice bebe una copa de champan. Se ve tan radiante con el bob
cut y su característica pluma en la cabeza. Está distraída mirando hacia los demás, pero cuando
se gira para mirarme a mí, abre los ojos y se levanta para venir hasta mí. Pero no hace falta,
Jasper me ayuda a sentarme en la silla más próxima, da unas palmaditas en mi espalda y se va.

—Oh no, Bella, tranquila —me dice, acercándose a mí.

Me está viendo llorar, muda, sin hacer ruido. Es increíble cómo caen las lágrimas sin siquiera
hacer el menor gesto. Estoy vacía.

—Es un patán —gruño.

—Dale un respiro, sabes que no es fácil con la novia al lado —me susurra, tocándome el cabello.

—¿Darle un respiro? ¡Alice! Es ella quien no le da un respiro —exclamo entre lagrimones—. No


fue capaz de darme una sola explicación de por qué es así conmigo. —Me abrumo y me dejo
caer en el mesa, con mis manos entre mis cabellos—. Ni siquiera me dejó beber del Martini.

Suspira y acerca su silla hasta mi lado para enredar sus brazos conmigo. Aunque de nada sirve,
simplemente no puedo evitar la cólera.

—¿No será mejor que le digas lo que sientes? Estás celosa, Bella, ¡es natural! Lo amas, ¿cómo
es posible ocultar algo que deberías gritar a los cuatro vientos?

Me encojo de hombros, pues no sé qué decirle.

—Nena, los celos hacen mucho daño —susurra, pasando su mano por mi cabello.

—Soy cobarde, Alice —digo—. Esa es la única razón por la cual no soy capaz de decirle lo que
siento por él.

Oímos un carraspeo proveniente de Jasper, que nos hace darnos cuenta de que se acercan los
demás. El rubio, un claro confidente de mis sucesos, me hace un gesto con los dedos: que me
quite las lágrimas de las mejillas. Lo hago, muy rápido, aunque sé que se notará.

William frunce el ceño cuando me observa, pero se calla; sé que pronto me preguntará qué me ha
sucedido. Sin embargo, Jessica no puede ocultar la curiosidad de mi profunda tristeza, mira a
Edward y le susurra algo al oído.

—Me gustaría que nos sentemos, para así esperar a que nos sirvan nuestros platos —nos dice
William, palpando sus manos a un ritmo constante.

Se siente una tensión horrible en el ambiente y yo no puedo sentirme más fuera de lugar. Sé que
no soy la única que piensa lo mismo, ya que todos parecen mirarse los dedos, incómodos, sin
saber qué decir.

Pero Alice es tan brillante que no tarda en alegrar…los. No soy capaz de sonreír a menudo,
menos ahora que no tengo con qué. Acaban hablando de la fama, del cine y de Hollywood en
general. Jasper se muestra curioso por su vida, por lo que hace y cómo logró entrar a ese
mundillo.

—Fue gracias a Bella —dice, mirándome. Me obligo a sonreír para que los demás piensen que
estoy igualmente feliz de compartir anécdotas con ellos—. Ella fue generosa en invitarme a esta
aventura.

Frunzo los labios, recordando aquellos momentos. No podía dejarla en su mísero mundo, yo le
inculqué una ambición que no había dentro de mí. No quería que acabara en un lugar tan
pestilente como ese burdel.

—¿Y cómo le hiciste tú, Bella? Está claro que diste en el clavo. Ahora eres una talentosa actriz de
cine —dice Jessica, dirigiendo la atención hasta ella.

—Bueno… —murmuro—. Las oportunidades se van dando una vez que buscas la forma de
cumplir tus sueños. —Me encojo de hombros—. Debo decir que no es fácil, sobre todo cuando el
estereotipo de mujer perfecta es buscado constantemente para proporcionarlo en la gran pantalla.
Y bueno, no tengo lo que tantas tienen. Me falta mucho carisma, mucha sensualidad.

—Pero, Bella, ¡tú estás perfecta! —exclama William, tomando una mis manos para besar el dorso
de ésta.

Le sonrío por el cumplido.

Al cabo de unos minutos ya casi todos se han comido la mitad de la entrada de verduras que nos
han servido. Yo apenas he tocado la zanahoria; la verdad es que no tengo hambre. Y no soy la
única, Edward se lleva uno que otro bocado a la boca sin disfrutar del suculento plato.

—¿Qué les sucede a ambos? —inquiere Jessica con un dejo de buen humor—. ¡Ya veo por qué
son tan amigos! Hasta para no tener apetito se parecen.

Hago un mohín por su comentario, ignorando por completo la frase.

—¿Te sientes bien? —me pregunta William, sobando mi espalda.

—Solo estoy un poco cansada, ya sabes, muy pronto tengo que soportar a James con sus
indicaciones. —Suspiro—. No es nada importante.

—¿Quién es James? —Jasper salta con una inquisición inocente muy propia de él.

Me saca una sonrisa.

—Mi representante —digo—. Y bueno, también el de Alice, pero ella tiende a ser un poco rebelde
ante sus indicaciones —profiero, dándole una mirada a mi amiga. Ella levanta las cejas.
Deja los cubiertos sobre el plato y cruza ambos brazos, apoyándose en la mesa.

—Es un tonto —exclama—. No me gusta que lleven el control sobre mi vida. Bella tiende a ser un
poco más paciente con sus palabras.

—Debo agradecerle el que haya confiado en mí —susurro—. A pesar de todo él me ayudó a


entrar a ese teatro.

Edward está callado mirándome detenidamente. Yo le sigo, pero al rato no puedo seguir, sus ojos
tienden a intimidarme de una forma que no es correcta, sobre todo en la mesa, junto a su novia.

Retiran mi plato casi exactamente de la misma forma en la que llegó: intacto. Ponen delante de
mí un plato tan elaborado que da pena siquiera tocarlo. Carne de res rebosado en especias, salsa
de almendras y… algo que no sé qué es.

—Caviar —me susurra William al oído—. Te gustará.

—Oh.

No parece suculento. ¿Cómo puede gustarme un puñado de huevecillos negros?

—Vamos, Bella, no has comido nada —gime Alice, dándome un codazo tan notorio, que todos se
giran a observarnos—. ¡Por eso estás tan flaca!

—De verdad no tengo hambre —digo, encogiéndome en mi asiento.

Doy un intento por llevarme un pedazo de carne a la boca, mastico un poco y trago. Bebo algo de
vino y así me quedo por otros minutos, oyendo las conversaciones que se van tornando más y
más personales. ¿Soy la única que no se siente cómoda? No, claro. Edward está peor que yo.

No sé si es por lo que sucedió hace una hora o simplemente porque tampoco es muy sociable.

—En Forks ha sido bastante fácil adaptarme. Me gusta mucho ese lugar. No acostumbro a
sentirme tan feliz en lugares que no conozco, si hasta hace poco mi único hogar era L.A. —dice
Alice.

—Forks es precioso. ¡Tienes que conocer el lago! ¿Cierto que es hermoso, cariño? —Jessica se
dirige hasta su novio, quién le da una sonrisa nerviosa—. ¿Lo conoces Bella? Te encantará ir.

Aprieto mi mandíbula discretamente, al mismo tiempo que todos los ojos se depositan en mí.

—Por supuesto que lo conozco, Jessica —musito tranquilamente en mi posición.

Ésta vez, con toda valentía, miro a Edward, quien parece envuelto en sus recuerdos, los mismos
que los míos.

"Sentía el césped en mi espalda desnuda, la suavidad de la húmeda textura. Era blando, terso.
Sonreí de pronto, sonreí a pesar de sus besos que me comían el alma enteramente. Él paró, me
miró y se dedicó a analizar lo sucedido. Sonrió también.

Su iris estaba derretido, lo veía caliente, bajo una temperatura constantemente ardiente. La miel
de sus ojos me endulzaba con tan solo mirarme, no sé por qué no me había dado cuenta de
aquello.

El cabello de Edward estaba mojado contra su frente, al igual que el mío, que se pegaba a mi
cuello.
—¿Te he hecho daño? —preguntó, frunciendo las cejas en un gesto lastimero.

—Claro que no —susurro, pasando mis dedos en su pecho.

—Siento mucho si te ha dolido yo…

Reí. Reí porque aquel dolor me hacía sentir tan viva, tan… inmensamente completa.

—Abrázame —le pedí—, por favor.

Edward pestañeó y no tardó en enredar sus brazos en mi cuerpo. Su calor me hizo suspirar,
sobre todo porque nunca había sentido algo igual en mi vida. Giró, de tal manera que su espalda
dio contra el césped y yo, mordiéndome el labio inferior, deposité mi cabeza muy cerca de su
cuello.

—No sientas algo que me ha hecho tan feliz —le susurré, pasando una pierna entre las suyas,
apretándome aún más a su ser entero—. ¿Estás feliz también?

Miró hacia abajo, encontrándose con mis ojos. Su mirada lo decía todo.

—Felicidad es una palabra muy pequeña.

Daba pequeñas caricias en mi cabello, mientras seguíamos mirándonos como si nada sucediera."

—Edward me lo enseñó hace más de trece años —afirmo—. Me sorprende que él te haya
llevado.

Miro al cobrizo, quien escruta sus ojos, intentando ser intimidante. Jessica carraspea y cruza sus
dedos entre sí. Creo que se me pasó la mano, no quería sonar tan directa.

—No te preocupes. Las cosas entre ambos están resultando mejor de lo que crees. —Me guiña
un ojo con diversión—. Hace poco estábamos hablando de muchas cosas para nuestro futuro
—susurra, mirándolo ésta vez con todo el amor en sus ojos.

Me limpio los labios con la servilleta de tela, color crema, a falta de otra cosa. Doy una rápida
mirada hasta Alice, quien ha levantado las cejas en modo de sorpresa.

—¿Cómo qué… cosas? —inquiere sin pelos en la lengua.

—No creo que sea bueno hablar de esas cosas aquí en la mesa…

—Queremos casarnos —interfiere ella, con un júbilo sorprendentemente irritable.

Dentro de mí crece un espiral de sensaciones que nunca había sentido. Miedo, dolor, un ardiente
tumulto de odio. Y lo peor: desesperación.

—Oh, bueno. Yo se lo he planteado el día de ayer y ha estado de acuerdo con que sería un buen
paso.

Los ojos se humedecen, pero yo contengo las lágrimas para no quedar en ridículo.

Todos y todo a mi alrededor ha dejado de existir. Parece que cada palabra que suena en el
gigante lugar no son más que susurros ininteligibles en un acopio de oscuridades profundas. En
mi cabeza solo suenan las palabras de Jessica, "lo que quieren para su futuro".

Pero por una extraña razón no me duele tanto. Saber que eso es lo que quiere para su futuro me
tranquiliza, porque yo soy feliz si él lo es. Duele, claro. Duele porque lo quiero para mí, es lógico.

No imagino amarlo más de lo que ya lo hago. Amarlo aún más es ilógico, porque mi corazón
simplemente estallaría.

—Tengo que ir al tocador —susurro—. Con permiso.

Levanto mi vestido para no tropezar y salgo de esa mesa.

—Deja de llorar, deja de llorar —me digo, dando paso por paso en el oscuro lugar.

Soy incapaz de parar y no sé por qué. Quizá es esa amargura que tengo en el pecho, el hecho de
que me siento prisionera de un sentimiento que no puedo aprovechar. No lo sé. Son lágrimas
mezcladas de furia, de desesperación. Edward no fue capaz de decirme algo, solo murmullos y
esa jodida forma de mirarme que me enloquece, Jessica ha dicho que quiere casarse con él,
ambos se aman y yo solo estorbo en esa relación.

No puedo engañarme a mí misma; cómo me gustaría estar en su lugar.

Me quito el cabello del rostro y salgo hasta la terraza, donde no hay más que unos cuantos
hombres de cuarenta y pico. El viento afuera es helado, pero por una extraña razón solo siento un
calor que se propaga por cada vena de mi cuerpo.

Miro hacia el cielo, donde se ve una amplia cantidad de estrellas en diferentes posiciones. Más
allá está la luna, clara y grande. Me siento en la escalera de la desolada pista de baile,
ensuciando el caro vestido; no me importa. Insisto en mirar hacia las estrellas, mientras lloro en
mi burbuja. De vez en cuando se me escapan sollozos y gimoteos tan fuertes, pero nadie viene
hasta mí simplemente porque no tienen por qué.

Escapo entre recuerdos agradables, otros amargos, otros que simplemente no debería recordar.
Son tantos, y en cada uno está implicado él, Edward. Los minutos se hacen tan largos. Voy
contando cada segundo que pasa, mirando hasta el gran reloj que tengo enfrente, de espalda a la
pared de ladrillos. Ya se han ido cuarenta y cinco minutos llorando, acurrucada en mi espacio, en
la escalera de la pista que nadie está utilizando.

Hago un hueco entre mis brazos y ahí escondo mi rostro para evitar seguir dando lástima. Deja
de llorar, deja de llorar, me repito internamente, pero no da resultado, ¡nada da resultado! Apego
mi cabeza en el fierro largo de la pista de baile y ahí descanso con los ojos cerrados. Hago un
mohín, nuevamente dejando caer mis lágrimas. Es increíble lo difícil que se me hace parar.

Si él es feliz tú también debes serlo, si él feliz tú también debes serlo…

Siento un dedo que acaricia mi mejilla, quitando mi llanto del rostro. Abro los ojos de inmediato,
encontrándome con él. Su sola presencia no provoca más que otro nudo en mi garganta,
dejándome escapar un gimoteo largo y fuerte.

Edward se agacha delante de mí, me mira, pone ambas manos en mi rostro y ahí se queda por
un largo minuto, mientras yo sigo derramando la tristeza que tengo pegada a mi pecho.

Se me hace tan difícil mirarlo, quizá por vergüenza, por miedo a que me vea tan débil, pero bajo
mi vista hasta mis manos, que tiritan con fuerza.

Aproxima unos dedos hasta mi barbilla para elevar mi rostro otra vez y ahí se acerca para besar
mi frente. Cierro mis ojos ante el contacto de sus labios contra mi piel, que arde. Me atrevo a
mirar, solo un poco, mientras siento su respiración a solo centímetros de la mía. Sus ojos de color
miel están brillantes, aguados; quiere llorar, como yo. Traga, la manzana de su garganta se
mueve.

—No llores —susurra—, por favor —consigue decir.

Con todo el aliento necesario, acerco mi mejilla a su pecho y me cobijo en la suavidad de su


abrazo. Ya tengo los ojos cerrados, disfrutando de mi lugar favorito en el mundo entero. Él me
cobija y besa mi cabello por unos segundos, para luego apretarme contra él como si la vida se le
fuese en ello.

—Lamento ser un idiota —murmura—, pero todo esto me estaba matando, ya sabes, a veces
simplemente no sé qué decirte.

—Creí que era importante para ti —digo, mordiendo mi labio inferior.

Me separa de su pecho, me toma de ambos hombros y me mira.

—No vuelvas a decir eso —dice tajante—. Sabes cuánto me importas.

—¿Por qué con ella eres tan diferente? No estamos haciendo nada malo, solo… —No sé cómo
acabar la oración, me pierdo en su iris—. Edward, sabes que te necesito.

—Lo sé, Bella, lo sé —susurra, apenado, con la garganta apretada—. Lo que dijo Jessica no tiene
sentido, solo eran conversaciones al aire, nada que fuese a suceder.

Entiende lo que más me ha dolido: la confesión de Jessica. No quiero que se sienta obligado a
explicarme algo que es suyo, de nadie más. Solo soy una amiga.

—No tienes que explicármelo, Edward —exclamo, separándome completamente de él—. Si fue
una conversación al aire o si es serio a mí me da igual, sabes que te apoyaré en lo que quieras.
Yo…

No puedo seguir, porque simplemente estallo en un llanto que desconozco de mí. Estoy
desesperada por decirle que realmente lo quiero.

—Bella… —suspira, llevando sus manos a mi rostro para limpiarlo—. No quería que esto acabara
así. Cuando te fuiste tenía tantas cosas por decirte y hoy… justo hoy…

—No te sientas obligado a hacer algo que no quieres, el pasado es el pasado y ambos sabemos
que diez años es demasiado para intentarlo —le digo, quitándole las manos de mi rostro.

Me mira, mientras deja caer las manos a los lados. Inclina las cejas, se lamenta. Yo aún intento
callar los sollozos que salen de mi garganta.

Me levanto de la escalera y paso a su lado, sin detenerme a mirarlo. No puedo seguir; creo que
debo irme.

Pero antes de que pueda dar otro paso más, él me dice algo que me mantiene pegada al suelo.

—Solo di algo y no te dejaré ir nunca más.

Trago.

—Cualquier cosa.

Me giro, lo veo abrirme los brazos y yo corro hasta él para cubrirme de su aroma, de su calor y de
su amor.

—Te quiero, Edward —susurro—. Mientras tú seas feliz yo también lo seré. Eres mi mejor amigo.

Nunca se lo había dicho. Nunca.

Me sonríe, pasando sus dedos en mi mejilla.

—Yo también te quiero, Bella. De muchas maneras te quiero —completa—. Y sabes que suceda
lo que suceda entre nosotros yo te seguiré queriendo.

Pongo mis brazos alrededor de su cuello y ahí me quedo por un largo rato. Suspiro y me relajo, al
fin con su compañía.

—Deberíamos entrar. Todos están muy preocupados por ti —me dice cerca del oído.

Siento unas cosquillas en todo mi cuerpo.

—Siento ser tan efusiva contigo.

Me separo con algo de timidez. Lo miro y él me vuelve a sonreír. Acaricio su barbilla, su mejilla y
parte de su quijada; está áspera, masculina, deseable. Agradezco a Dios por mantenerlo tan vivo
y sano, tan adulto y gentil, como siempre.

—¿Por qué me miras así?

—Creí que nunca volvería a verte —le digo con sinceridad, frunciendo el ceño de paso.

Realmente nunca creí que podría volver a verlo.

Pone un dedo entre mis cejas para suavizar mi gesto. Besa mi mejilla con pasión y me pasa un
brazo sobre los hombros. Sí, está en plan de amigos. Suspiro sin poder evitarlo, la sola idea me
decepciona y no tengo por qué.

—¿A qué viene eso? —inquiere mientras pasamos hacia la zona donde bailan todos al ritmo de
Queen.

—Solo… —Bufo—. Nada, Edward.

Miro el reloj por última vez. Solo cuarenta minutos más y ya es año nuevo. Edward mira a Jessica
y le hace un gesto, ella se acerca a mí y me da un apretado abrazo que me descoloca.

—Sea lo que sea que te tenga así, lo siento mucho.

—No es nada —le digo.

Me pasa los pulgares por debajo de los ojos, quitándome algo.

—Maquillaje —me aclara—. Ya está.

Alice está bebiendo en la barra. Necesito beber ahora. Camino hasta ella y me siento a su lado, le
pido al chico que me dé una copa, lo que sea.

—Bien, Bella, hoy no lucharé por tu adicción —me susurra muy cerca del oído para que yo pueda
escuchar.

Ruedo los ojos, quitándole el peso al asunto.


—No es una adicción, Alice, es solo una copa —gimo, exasperada.

—Tienes a favor el hecho de que Edward esté con ella. No te preocupes, yo ya estaría borracha
—vuelve a susurrarme—. Aunque claro, tienes a tu mejor amiga planeando la salida a tan
tortuosa noche —exclama, se para y se va.

Me quedo por varios minutos pensando en lo que ha dicho. ¿Planeando qué? Oh no, no… Alice…

Me bebo la primera copa de un licor bastante suave y dulce. No sé qué es. Pongo ambas manos
en mi mentón y me quedo mirando hacia la nada, repasando lo sucedido en estas horas. Ha sido
francamente espeluznante y vergonzoso. Sin embargo sonrío por la plenitud que siento.
Francamente, el mero hecho de estar con él me eriza los vellos del cuerpo.

—Hola —me susurra, provocando que su respiración chocase con mi cuello.

Doy un ligero salto, envuelta en el placer que solo su voz provoca en mí.

—Hola —respondo algo soberbia, emitiendo una sonrisa boba. No me giro aún.

—Eres la comidilla de todos en esta fiesta.

Levanto una ceja y doy un ligero movimiento con mi cabeza.

—¿Estás seguro de eso? —inquiero, presa del placer que siento al tenerlo detrás, respirando
contra la piel de mi nuca y cuello.

Siento su risa. Mi corazón vibra.

—Estás preciosa hoy. Y eres Isabella Swan. ¿Por qué no estar seguro?

Tomo mi segunda copa medio llena y me doy la vuelta, encontrándome con sus ojos de color
miel. Tiene una media sonrisa en sus labios, con una comisura elevada.

—Supongo que me convidarás de eso —me dice—. ¡Hey! Lo mismo que la señorita —le pide al
hombre detrás de la barra.

Edward tiene una tolerancia al alcohol impresionante, ha bebido tres copas y sigue tan fuerte
como siempre. No sucede lo mismo conmigo; ya estoy mareada y voy por la segunda y media.

No veo a los demás y lo agradezco, no quiero que interrumpan mi momento junto a él.

—¿Por qué estás tan sonriente? —le pregunto, escrutando mis ojos.

—Cuando estás tan alegre provocas ese efecto en mí —dice.

El chico le entrega otra copa y Edward se la pone en los labios, pero no bebe. Me mira por un
largo rato y yo, avergonzada, quito mis ojos de él.

—Sigues siendo tan hermosa —murmura—. Ven a bailar conmigo —exclama, tendiéndome su
mano.

La miro, algo insegura. ¿Y Jessica…?

—Es Elvis. Sabes que será divertido.

Sí, Elvis Presley. Por Dios, es "It's Now or Never", la canción más romántica que puedes poner en
un lugar como este.
—Es ahora o nunca —repite en mi oído y luego besa mi mejilla.

Ruedo los ojos y tomo su mano. No puedo negar que la sonrisa se ha enanchado. Edward está
más osado y sé que es culpa del alcohol. Me ha agarrado sutilmente la cintura y yo, sin saber qué
hacer, he puesto mis manos en su pecho.

—¿Por qué no me llamaste? —interrogo de pronto, envuelta en tantas preguntas como hipótesis.

Edward suspira.

—Jessica ha estado bastante efusiva y… Bella, no puedo negarle mi atención, necesita de mí y


de mi compañía. No tiene a nadie y papá la adora como a su propia hija. Debes entenderme
—susurra mientras damos vueltas en la pista de baile—. ¿Por qué no me llamaste tú?

Doy una pequeña risita sardónica.

—Temía que tu padre fuese a contestarme —le digo con sinceridad—. Sabes que me intimida.

Asiente, algo tenso.

—Lamento todo esto, de verdad —me dice y acerca mi cuerpo al suyo con un solo apretón de
caderas.

Dios, Edward, no hagas eso. Me pongo rígida, mirando hacia el suelo a falta de otra cosa.

Damos un par de vueltas en la pista con los demás, mientras Elvis le pide a su amada que sea
suya esa noche. De vez en cuando nos miramos y sonreímos, recordando la belleza de nuestro
contacto.

Es ahora o nunca, mi amor no esperará más…

—¿Por qué has venido? Sé que no te gusta William, por eso es que no entiendo por qué es que
aceptaste pasar toda una velada con él —le comento, rompiendo el silencio de nosotros dos.

Me hace un mohín pícaro, uno muy gracioso. No puedo evitar sonreír y dar un par de carcajadas.

—Para pasar más tiempo contigo —me susurra, masajeando mi espalda baja.

—¿Sabiendo que estaba muy enojada contigo?

Frunce el ceño con los labios elevados, pensando.

—No había estimado que estabas "tan" enojada, pero sí, sabiendo aún que estabas "muy"
enojada conmigo.

Muevo mi cabeza negativamente.

—Pareces cansada —me comenta, acariciando mi mejilla.

Me ruborizo al sentir sus dedos sobre mi piel, la delicadeza con la que los pasa por mi rostro.
Como a una flor… Como un pintor a su lienzo.

—No ha sido el mejor día de mi vida —susurro, avergonzada.

—Las lágrimas son la forma de liberación más hermosa que un ser humano puede tener. Sin
embargo, cansa, como si hubieses corrido cinco cuadras seguidas.
Nuestro baile va en automático, balanceándonos mutuamente en el suelo y la música que ya
acaba.

—Estoy acostumbrada a llorar —digo—, pero no me había percatado de lo terrible que era verte
tan feliz con ella —confieso.

Sus ojos se oscurecen, sus cejas se encorvan con lástima y su agarre en mi cintura se ha hecho
más fuerte, más pasional.

—¿Crees que estoy feliz? —me pregunta con suma seriedad.

—Sí —contesto fugazmente, sin plantearme en realidad lo que me acaba de preguntar.

Bufa y me abraza con un cariño tan palpable, tan mágico, que solo me provoca ganas de llorar.
Lo huelo y sonrío, tan alegre de poder tocarlo, de tenerlo para mí por unos minutos. Me doy
cuenta de que soy afortunada, porque está tan sano y fuerte que ni yo puedo creérmelo.

—La primera vez que me sentí feliz fue hace unos días, Bella, cuando te vi en ese hospital —me
dice, acariciando mi cabello—. Habían pasado diez largos años donde no había todas estas
sensaciones que tengo en el cuerpo. Es como volver a nacer.

Oh Dios, las mariposas.

La música cambia de pronto a Queen, una guitarra rápida y alegre: Crazy Little Things Called
Love. Freddie Mercury nos invita a movernos.

—¡Vamos a divertirnos como en los viejos tiempos! —exclama Edward, tomando mi mano
derecha.

Me lleva hasta la barra otra vez y le pide al chico de los tragos dos especiales para ambos. No
pasan ni veinte segundos cuando ya estamos con 150 ml de licor dulce. Siento que mis piernas
tienen vida propia.

—¡Hoy olvidaremos todo! —vuelve a exclamar para que lo oiga.

Nos encontramos saltando y girando en un minuto más. Edward toma ambas manos, me mueve y
me atrae hasta él con una mirada tan sensual, que me provoca entera. Doy un par de gritos y
risotadas cuando él me susurra algunos versos muy cerca del cuello.

Decir que lo estoy pasando bomba es quedarse corto.

Estoy sudando y él también. Se ve tan contento, como cuando éramos unos jóvenes. La batería
da su pequeño solo y nosotros volvemos a saltar. Mercury nos repite una y otra vez que las
pequeñas cosas se llaman "amor". Cuando todo termina, Edward ha pegado su frente a la mía,
respirando con complejidad.

—Años que esto no sucedía —le digo.

Siento estasis en las mejillas, un bombeo en mi pecho. Estoy atragantada con mi propio aire.
Diablos, ha sido magnífico.

Entendemos que esto debe parar, ya ha sido demasiado. Nos separamos y caminamos hasta las
mesas, donde Jessica ya no parece tan feliz como antes. Alice y Jasper están riendo juntos,
mientras ella le da de comer en la boca. William está bebiéndose un whisky. Cuando nos ven, su
rostro pasa de la furia a la tranquilidad. Frunzo el ceño.
—¿En dónde estaban? —nos pregunta Jessica, levantándose de golpe.

Miro a Edward, quien con un leve gesto me afirma que todo estará bien.

—Bella quería tomar un poco de aire y yo la acompañé, eso es todo —dice—. ¿Algún problema
con eso?

Ella se lo piensa muy bien antes de contestar.

—No.

Nos enfrascamos en un silencio incómodo, hostil y desagradable. Pero Alice se levanta también
con una alegría poco normal en su rostro.

—Sería fenomenal si vamos a bailar, aún queda mucho por divertirse —exclama.

Le da un codazo a Jasper, quien da un ligero salto.

—Edward, primo, ¿me prestas a tu novia para bailar? —dice él de pronto, acercándose a
nosotros.

El cobrizo me mira, sus ojos brillan. Sonríe y asiente.

—A Jessica —susurra el rubio, acongojado y avergonzado.

—Sí, claro —dice algo distraído.

Me ruborizo como un tomate. El lugar está oscuro, pero sé que se nota aunque estuviésemos en
las tinieblas del demonio.

—¡Oh por Dios! ¡Es Fleetwood Mac! —grita Alice, tomando a William de la mano—. ¡Vamos a
bailar!

Él me da una ligera mirada cuando se va con mi mejor amiga, mientras suena la canción "Say
you love me", una de sus favoritas. Jessica tiene los ojos escrutados contra nosotros, así que me
separo unos centímetros de ellos. Jasper me sujeta cuando doy un traspié, y un mareo
revoluciona a mi cuerpo entero.

—¿Estás bien? —me pregunta en un susurro casi ininteligible.

—Sí, solo he bebido de más —le digo.

—¿Estás borracho, Edward? —inquiere Jessica, mirándolo con atención.

Él sonríe y abre los ojos exageradamente.

—¡Estoy bien! —exclama—. Ve a bailar con Jasper, en un rato iré contigo.

—¿Qué harán? —Ahora la pregunta va dirigida a ambos.

Me miro las manos sin saber qué decir, porque simplemente no sé qué ha hecho Alice en esta
ocasión.

—He tenido un día horroroso, solo extrañaba a mi mejor amigo —le digo a ella.

Asiente, bajando la guardia.


—Siento lo que te ha sucedido. Edward —le dice—, alegra a la pobre de Bella.

Caminan hasta la multitud y ahí nos quedamos nosotros, en silencio.

—¿Estás bien? —me pregunta, pasando un brazo por mis hombros para atraerme a él.

—La verdad es que no, creo que he bebido demasiado.

—También yo —ríe.

Nos quedamos un momento en silencio, con nuestras manos unidas. Es raro, porque no hemos
sentido la necesidad de retirarnos, incómodos. Ni siquiera recuerdo cuando nos unimos. Pero es
simplemente maravilloso y cálido. Él de vez en cuando besa el dorso, mirándome entre sonrisas.
Mi estómago es un criadero de mariposas, que aletean sin cesar ante el cariño de Edward.

—¿Quieres salir? —me pregunta.

—Claro —respondo.

Nos escabullimos hasta la terraza, donde nos espera una pista de baile con unas pocas parejas
en ella. Las luces parpadean ahora, mientras que la noche nos indica que pronto lanzarán los
fuegos artificiales. Muchos nos dan saludos con la cabeza y otros simplemente nos sonríen.
Cuatro parejas, dos de ancianos y dos de adultos enamorados, tan ensimismados en sus
sentimientos que no pueden dejar de mirarse. Es simplemente hermoso.

Se oye claramente a The Platters con "Twilight Time". Romántico.

Edward se agacha ridículamente ante mí con un aspecto gracioso en el rostro. Me mira


ligeramente.

—¿Sería tan amable de compartir un último baile conmigo, Srta. Swan?

—Con todo gusto, Sr. Cullen —susurro, mordiéndome el labio inferior.

Me toma una mano y la besa. Veo cómo sus labios se curvan, divertidos, y depositan el cariño en
mi piel. Jadeo, contemplando la escena. De un fuerte movimiento me atrae a su cuerpo,
provocando así que choquemos entre sí. Le sonrío y él a mí, pongo ambos brazos alrededor de
su cuello tímidamente, y él, con una osadía que solo le provoca el alcohol, me envuelve tan fuerte
con sus brazos, que nuestros alientos hambrientos chocan entre sí, suplicando por unirse.

Nos movemos sigilosamente otra vez, la sincronización es estupenda. Siento un poco de frío, así
que me apego a su pecho y descanso mi cuerpo por un momento.

—Mi pequeña Bella —murmura, oliendo mi cabello.

—Tuya —le digo, cerrando los ojos.

Sentimos que el espacio se va llenando, pero no le damos importancia. Nada es importante


cuando estamos juntos, realmente. Ni lo que nos rodea.

—Quisiera que esto no acabara nunca —digo con sinceridad—, estoy tan cómoda.

Siento su risa, por lo que me separo y lo miro. Está feliz.

—No llores —me pide, secando una de las lágrimas con su pulgar.
Oh. No me había dado cuenta de que ya estoy llorando.

—No sabes lo mucho que te he extrañado, Edward, realmente no lo sabes.

Me da una sonrisa triste, solitaria.

—Ninguno sabe lo que pasó en nuestros corazones, pero podemos remediarlo juntos —murmura,
volviendo a acariciar mi mejilla.

Pasa un dedo por mis labios y yo lo beso, cerrando los ojos. Se acerca y besa mi frente, con
fuerza, presionando como si la vida se le fuese en ello.

—Diez, nueve, ocho, siete… —susurra, separándose.

No entiendo…

Lo miro interrogante, pero él me gira hacia la pared, que muestra los segundos que faltan para las
doce.

—Tres, dos, uno… Feliz año nuevo, Bella —me dice, colocándose detrás y susurrando en mi
oído.

—Feliz año nuevo, Edward —repito automáticamente.

Mi primer año nuevo con él después de mucho tiempo.

Siento un fuerte sonido en el cielo que estalla en miles de colores. Miro, Edward me sigue,
tomando mi mano. Es rojo con dorado, como millones de gotas esparcidas junto a las estrellas.
Simplemente hermoso.

—Es increíblemente precioso —le susurro, abrazándolo.

—Como tú —señala.

Me sonrojo y lo observo. Sus ojos dorados están aguados, pero no menos felices. Siento
nuevamente su respiración, y la mía, tan tórrida y bestial. No puedo controlarme, ¡es imposible!
Acaricio su mejilla con mi nariz, sintiendo la aspereza de la pronta barba, la textura masculina.
Edward parece controlar sus instintos, esos que le piden mil y un acciones bestiales.

—Creo que…

Junto mis labios con los suyos y dejo escapar la pasión y el amor que he guardado por tantos
años. Sabe a miel, una dulzura infantil, suave, perfecta. Edward. Él me recibe, saboreándome con
tranquilidad, como si fuese una escultura que alimenta con su talento. Mi corazón salta
desbocado, las piernas me tiemblan y las manos no saben qué hacer.

—…voy a besarte —completo, separándome solo un poco para respirar.

Edward jadea y vuelve a besarme, comiéndose mis penas, succionando la depresión.

Edward está besándome, sí, lo hace. Y yo no puedo parar.

Uau. Qué magnífico el final jaja. Las he dejado en ascuas. Gracias por todos sus rr, contestaré lo
más pronto posible. El próximo capítulo se viene INFERNAL, MAGNÍFICO. Un beso a todos :)

Si algún día decides volver


.

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo Give Up The Ghost de Radiohead y The Day Before The Day de Dido.

XXI

Isabella POV

Sentimos otro sonido estridente en el cielo, pero es imposible separarse. Edward saborea mis
labios con regocijo, lo siento jadear, me aprieta las caderas y me sujeta con un solo movimiento.
Cuando notamos que el lugar se comienza a llenar, nos separamos, solo para respirar y mirarnos
a los ojos.

Tiene los labios hinchados y pintados con mi labial. Sonrío. Se ve tan adorable. El alcohol nos ha
dado una osadía no muy propia de ambos. O bueno, quizá solo necesitábamos un empuje.

Él me abraza y se dirige al cielo, donde yo le sigo, observando los fuegos artificiales que estallan
en millones de colores y formas. Me besa la cabeza un par de veces y me enreda entre sus
brazos cálidos, fuertes y masculinos.

—Un nuevo año para remediarlo todo —susurra.

No le contesto. ¿Qué puedo decirle? De pronto tengo miedo, porque él no sabe mi pasado ni
nada de lo que nos obligó a separarnos. Deseo contárselo ahora mismo, pero está tan cómodo
conmigo, tan feliz de que nos hayamos besado.

¿Qué piensa sobre nosotros? ¿Qué ansía de nuestra relación?

Doy un respingo de dolor, de desesperanza. No quiero desilusionarlo.

—¿Tienes frío? —me pregunta, mirándome atentamente.

—No —le sonrío y apego mi cabeza a su pecho—. Abrázame.

—Eso no tienes por qué pedirlo.

Nos quedamos unos minutos entre abrazos, incapaces de decir algo más. De vez en cuando
dábamos respingos producto de los fuertes sonidos que provocaban los fuegos artificiales.

Cuando acaba, la gente comienza a felicitarse y a decirse feliz año nuevo. Yo limpio los labios de
Edward con mis dedos, al mismo tiempo que sentimos la cercanía de otras personas. Sé quiénes
son. Me pongo rígida, al igual que Edward, y lejos de recibir alguna palabra irritada o simplemente
algún saludo de su parte, me preocupa el tono de voz con el que me habla.

—Bella, ha sucedido un problema —me dice Jessica.


La miro, asustada. William está tenso, mientras que Alice y Jasper están más callados que
asombrados con el problema.

—¿Ha sucedido algo? —pregunta Edward, frunciendo el ceño.

—William… —carraspea—. Ha recibido una llamada desde el hospital.

Abro mis ojos de sopetón. Sé por qué me han llamado. Dios mío…

—Antes de venirnos a Seattle, llamé a Jane Vulturi para que anotara el número de la recepción
del hotel por si ocurría algún problema. Creo que fue de gran ayuda. —Respira William,
acercándose a mí—. Tu madre ha sido trasladada a Seattle. Ha presentado una gran recaída.

Trago. Me sujeto de Edward, quien gentilmente deposita su mano en mi espalda.

—Tranquilla, Bells —susurra.

Asiento, inhalando y exhalando el aire.

—¿Jane te llamó? —inquiero, atragantada con mi saliva.

—Sí, sí —me contesta—. Te estábamos buscando por todo el bendito lugar. ¿En dónde estaban?

Miro a Edward, quien parece más nervioso que yo. No puedo decirle que estaba… Realmente
estaba besando a Edward.

—Yo no estoy muy bien —murmuro.

—Claro que no, amiga, estás borracha —interfiere Alice, acercándose a mí. Mira a Edward y
frunce el ceño—. Se suponía que ambos no iban a sobrepasarse. ¡Están borrachos!

Me tapo la boca y comienzo a llorar, porque mi madre está grave en el hospital. Alice se da
cuenta y me abraza, besando mi cabello.

—Lo siento, cariño, no me gusta que bebas. Tu mamá estará bien, tenlo por seguro.

—Necesito ir con ella —profiero.

Me escucho y me doy cuenta de que no estoy reaccionando como debe ser. Oh Dios, no puedo
mover bien la lengua.

—Alice y los demás irán devuelta a Forks, aprovechando de firmar unos papeles que se necesitan
para el traslado de Renée. Yo me quedaré contigo —me dice William.

Siento decepción, pues quiero que Edward esté conmigo.

—Yo puedo quedarme con Bella —interviene el cobrizo, mirándome de paso.

—Pero Edward, tu padre se preocupará —susurra Jessica.

—Tengo 28 años, Jessica, puedo cuidarme solo —exclama, elevando un tanto la voz—. Me
quedaré con Bella.

William asiente, apretando la mandíbula. Está cabreado. Intento aparentar que nada ha sucedido,
pues no tengo cabeza para otra cosa.

Me entristece mi madre, lo que pueda estarle sucediendo. No quiero perderla, aún queda mucho
por vivir, aún quedan muchos sucesos que pasar. Tengo escalofríos, la sola idea de encontrarla
sin vida me es tremenda, imposible de soportar.

De lejos veo a Jessica con un rostro de tres metros. No la culpo; Edward no quiso irse con ella. Lo
miro y me pierdo en él, pues me provoca una tranquilidad especial.

—¿Quieres que los deje en el hospital? —me pregunta el moreno.

—No te preocupes, William, Bella tiene su auto —le dice Alice—. Te lo dejo. Yo me iré con los
demás —me explica, entregándome la llave.

Me da un beso en la mejilla cuando ya estamos afuera, mientras que Jasper se despide de su


primo. Le da una corta mirada y luego se dirige a mí para darme un corto y conciso abrazo. Me
dice que tenga cuidado y tiene razón. Edward tiene novia.

Jessica deposita un suave beso en los labios del cobrizo, y él se pone rígido en su posición. Me
siento horrible. Oh Dios, no creí que fuese a sentirme tan culpable de lo que acaba de suceder
entre ambos.

—Supongo que te tendré que llamar una vez que vuelvas a Forks —me dice William, mirándome
apenado.

Se me estruja el corazón con la mirada que me da. No quiero herirlo más.

—Sí —susurro—. En Forks estará bien.

—Cuida de tu madre.

—Lo haré.

Los veo partir hacia la carretera y recién ahí me doy cuenta de que ni siquiera nos hemos
felicitado por el año nuevo. La verdad es que ya nada tiene de feliz. Me angustia pensar en
mamá, me angustia no saber qué le ha sucedido.

—Lo que sucedió anteriormente… —comienza a decir Edward. Me doy la vuelta y le tapo los
labios con mi mano.

—No es el momento de hablar de eso —le digo con sequedad.

Asiente, apenado.

Trago el nudo de mi garganta y me obligo a mostrarme fría con todo esto. No soy digna de
Edward Cullen, realmente no puedo ser digna de alguien tan inocente.

Desde que lo besé he experimentado miles de sensaciones paganas para mí misma. Es esa
forma de mirarme, de tocarme, de demostrarme que me quiere, que no me deja respirar en paz.
¡Edward es un ser que espera por mí desde que deposité mi inocencia en el lago, junto a él! Yo,
en cambio, vendí todo lo que él considera santo de su devoción, regalé y exploté lo único que fue
suyo a lo largo de los años.

No me merezco a una persona tan preciosa, porque simplemente él no puede rebajarse a mi


nivel.

Ese beso fue una inconsistencia muy propia de mí cuando no tengo control de mis acciones,
cuando escapo en esa adicción maldita llamada alcohol. Y además, todo era una presión
imposible de resistir. Besar a Edward era una de mis necesidades más humanas durante muchos
años. ¿Cómo aguantar todo ese periodo que estuvimos juntos? No pude evitarlo.

El demonio atrae tentativamente a su escabroso infierno, y eso es lo que acabo de hacer con él.
No quiero contaminarlo de mi veneno. Con cada beso es una estocada al corazón. Cada beso
significa un paso más hacia la muerte.

—¿Podrías conducir tú? —inquiero en voz baja—. No tengo fuerzas para hacerlo yo.

Edward POV

El coche de Bella es muy avanzado y se me hace muy difícil manejarlo, pero simplemente hago
todos mis intentos por no demostrarlo. La mujer que me acompaña al lado tiene los ojos fijos al
frente, con unas ojeras producto de las lágrimas y el cansancio. El vestido ceñido aún no parece
desencajar en su agotamiento, simplemente no podría, porque la elegancia va prendada de ella.

Sé más o menos donde queda el hospital de Seattle, solo que el maldito coche no me es fácil.
Además, pareciera que incrementa su velocidad con facilidad y en automático.

Pongo la radio y suena una canción que no conozco, pero es muy bonita. Bella se acomoda en el
asiento y cierra los ojos. No tardo en sentir su respiración pesada y un suave murmullo que dice
Edward en repetidas ocasiones. Justo hay un semáforo en rojo, permitiéndome así dirigirme hacia
ella.

Está durmiendo plácidamente en el asiento, con la cabeza ladeada. Me quito rápidamente el saco
y lo pongo encima de ella para que la caliente. Se remueve y sigue durmiendo con una media
sonrisa en los labios. Acaricio su mejilla con mis dedos y suspiro. Es asombroso verla dormir, más
aún cuando han sucedido tantos años desde que eso no pasaba.

¿Qué tan frágil puede parecer? A veces es como volver a ver a la Isabella inocente.

Me separo lentamente para seguir manejando, sintiendo el viento y la humedad.

Remojo mis labios recordando lo sucedido hace solo una hora atrás. Besé a Bella. De inmediato
siento una alteración en gran parte de mi cuerpo, traspasando cosquilleos por mi epidermis.

Sin embargo siento una punzada de algo más: culpa. Quizá fue demasiado pronto besarla. Bella
no ha vuelto a hablar de eso y ya sé por qué. Fue un error del que realmente no podría
arrepentirme, pero todo esto nos está matando. Sé que debería aclarar mi cabeza, pero las cosas
suceden muy rápido, no me doy cuenta cuando mi ansiedad por tenerla para mí ha bloqueado
cualquier pizca de cordura en mi cerebro. Así ha sido siempre. Sin pensar en las consecuencias
en ese momento, pero luego recordando por qué no debí.

Bella es una mujer prohibida y lo que hemos hecho ha sido prohibido.

He estado antes en Seattle, por lo que me manejo perfectamente en la ciudad. Reconozco


algunos lugares y sé que pronto llegaremos al hospital. Ella aún sigue soñando, embobándome
con su dormir. Puedo ser un sicópata vigilando su descanso, o simplemente un loco enamorado
incapaz de quitar la vista. No sabe que en cada parada toco su piel, tampoco sabe que cada vez
que puede se apega a mi saco y lo huele. Debo reconocer que Bella no conoce nada en este
mundo, aunque se haya ido para dominar las tierras que le esperaban para crecer. Bella ni
siquiera se conoce a sí misma.

El hospital de Seattle tiene las luces encendidas en varias ventanas, las que se apilan
derechamente hacia arriba y hacia abajo. Muchas de ellas albergan la vida y la muerte,
debatiéndose en una escabrosa lucha. El único testigo es el destino, tan soberbio. No escatima
en edad, ni recuerdos, menos en el deseo que ellos mismos tienen. El destino elige qué bando
apoyar, buscando la forma de satisfacer su necesidad.

La madre de Bella está en medio de eso, sin saber lo que en realidad le depara el futuro. No sería
justo para su hija, no sería justo para ella. Ambas necesitan remediar tantos daños. Sería una
crueldad dejarlas a ambas sin poder disfrutarse.

Vi a Renée sufrir por Bella. Vi a Renée orgullosa por Bella. Vi a Renée día tras día esperando el
día en que Bella viniese a por ella. ¿Por qué tiene que ser todo tan injusto?

Y ella. La frágil nena que duerme a mi lado, respirando con profundidad, dispuesta a sufrir más
aún por su mamá. Me preocupa tanto su bienestar, lo demacrada que resulta ahora que no sabe
qué rayos sucederá con Renée.

Aparco en el estacionamiento vacío y desolado, en donde la oscuridad ha hecho acopio de cada


espacio. Salgo y me doy la vuelta para abrir la puerta de ella, quien sigue durmiendo
serenamente. Acerco mi cuerpo y la muevo ligeramente. Da un respingo y abre los ojos
lentamente, intentando acostumbrarse al lugar en el que se encuentra.

—Hemos llegado —le susurro—. Necesitar ver a tu madre.

Se sienta y restriega sus ojos con las manos hechas un puño. Me enternece.

—Siento haberme dormido —susurra con voz adormilada.

—Estás muy cansada —le digo, acariciando su frente.

Me mira con sus ojos cansados y me da una media sonrisa, algo nerviosa. Debe haberse
acordado de lo sucedido en la fiesta.

—No he dormido muy bien los últimos días.

Asiento, recargándome ahora para mirarla mejor.

La ayudo a salir del automóvil, pasando mi brazo por sobre sus hombros. Lleva mi saco encima,
por lo que está calentita a mi lado. Ella me abraza, pasando su mano por mi espalda baja.

—No me gustan estos lugares —dice con la voz pesada y hostil.

—Estoy aquí —le repito constantemente.

Beso su cabello y ella respira. Le asusta tanto la noticia que pueden tenerle, lo puedo notar, y es
por eso que intento acompañarla como sea.

Caminamos por un pasillo largo y gris, con las luces en el techo, una que otra parpadeando.
Varias son de emergencia, las que están sobre el umbral de algunas habitaciones, por ejemplo.
Intento no mirar hacia adentro, pero el morbo puede más. Es tan desolador.

Veo la palabra "urgencias" en lo alto de un mostrador redondo en medio de la gran sala. Hay una
mujer de cabello rojo sentada detrás de aquel mostrador, vestida de blanco, con unas gafas
negras y triangulares frente a sus ojos. Parece murmurar cosas para sí misma, como si estuviese
cantando, mientras anota algunas cosas en una gran agenda.

—Buenas noches —digo, ya que Bella se niega a hacerlo.

La mujer se percata de nuestra presencia y levanta la cabeza de golpe. Nos sonríe y deja el lápiz
en su escritorio.

—Buenas noches —nos responde—. Su esposa no parece tener buen aspecto, ¿necesita algo?

—Oh, no es mi esposa —respondo.

Bella me mira y apega su cabeza a mi pecho, agotada.

—Ah. Disculpe —profiere.

—Solo está cansada, nada importante —susurro—. Venimos porque nos han avisado que un
familiar ha sido trasladado aquí, pues ha tenido complicaciones en su enfermedad.

La mujer asiente y se acomoda las gafas en el tabique.

—¿Cuál es el nombre del paciente?

—Renée Higginbotham Swan —contesta Bella, sacando el habla.

La miro y ella a mí. Está muy nerviosa.

La pelirroja revisa el libro y pasa el dedo por una larga lista de personas. Acaba a la mitad de la
siguiente hoja, con una sonrisa satisfactoria en su rostro.

—La han trasladado a oncología —dice—. Ha venido en compañía de su enfermera personal


—comunica.

—Sí. Mamá tiene a Jane Vulturi para sus cuidados.

—¿Adónde queda oncología? —inquiero.

—Segundo piso, al fondo y a la izquierda.

Nos despedimos y caminamos hasta el ascensor. Cuando nos orientamos y damos con el lugar,
ambos sentimos el dolor que representa el cáncer en cada familia. Jane está vestida de civil, con
unos pantalones de tela negros y un sweater rojo de cuello alto. Parece pensativa, mirando al
suelo mientras muerde su mejilla interna.

Isabella se separa de mí para caminar hasta ella y yo la sigo. Jane levanta la cabeza y nos da un
leve saludo.

—Srta. Swan, lamento mucho que esto haya sucedido —dice la rubia con un dejo de tristeza en
su voz—. No era mi intención vestir así, pero no pude venir con mi uniforme de trabajo.

—Está bien, está bien —la tranquiliza la morena. Se nota ansiosa y muy asustada. La contengo,
tomando su mano—. ¿Qué ha sucedido?

Jane parece pensar muy bien sus palabras, quizá para no decirle toda la información de golpe. Yo
también estoy asustado, más que nada por ella.

—Hoy se ha puesto muy mal. Ha decaído de golpe y sin ninguna señal previa. El doctor de turno
ha decidido que debía venirse a Seattle lo antes posible, pues podría ser alguna complicación de
su páncreas. —Se calla y me mira—. El doctor teme que sea una metástasis no diagnosticada
previamente, aunque es muy probable que todo se haya dado de un día para otros. El cáncer de
páncreas es muy difícil de controlar.
Bella asiente, jadeando. Me aprieta la mano con sus dedos y yo lo hago devuelta.

—¿El médico se ha aparecido? —pregunto, pues ella es incapaz de seguir hablando.

—Sí. Pero está esperando las radiografías —informa.

—¿La operarán?

—Lo más probable.

Jane va hacia los baños y Bella aprovecha de sentarse en una banca. Yo la imito y ella
instantáneamente comienza a llorar. Pone su cabeza en mi pecho y ahí se descarga, derramando
todo lo que tenía guardado dentro de su corazón. Solloza y yo no sé qué hacer, simplemente la
abrazo y la acaricio, dándole mi compañía.

—No quiero que muera —gime.

—No lo hará.

Intento ser optimista, pensar positivo sobre todo esto.

—Debí haber venido antes, con mi ayuda esto no estaría pasando —exclama.

Me duele su dolor. Todo lo que expresa en sus lágrimas no es nada más que todo el amor
contenido que le tiene a su madre. Claro que no es su culpa, ella no tenía cómo saber todo lo que
iba a suceder.

—Las cosas suceden por una sola razón.

—Ella es la única familia que me queda, Edward.

—Lo sé —susurro.

Me separo y la miro, con ambas manos en su rostro. El tormento de sus cuencas me parte el
corazón. Bella necesita descansar, salir de tanto dolor. Me intriga lo que le ha hecho tanto daño,
la forma en que me mira me dice muchas cosas, sobre todo me implora misericordia y no sé por
qué.

—No estás sola, Bella, sabes que me quedaré contigo. Creí decirte que siempre iba a estar a tu
lado, pasara lo que pasara, puedes contar conmigo —le digo.

Sus cuencas se mueven por mi rostro y de inmediato deja de llorar. Dos líneas rojas trazan sus
mejillas y su nariz está del mismo color.

—Gracias —murmura—. Lamento que tengas que verme así.

Se separa y se limpia la cara con el dorso de sus manos. Se levanta de la silla y da un ligero
paseo por el área. La quedo mirando con el ceño fruncido por tan repentino cambio de ánimo,
como si se sintiese avergonzada de que la vea llorar.

—Te he visto llorar muchas veces.

Me levanto también, siguiendo su ritmo. Me posiciono detrás de ella, quien tiene los brazos
cruzados contra su pecho.

—Jessica no se enojará por esto, ¿no? —Suena irónica.


—Claro que no. Ella lo entiende —la tranquilizo.

Asiente lentamente.

—Supongo que no estaría muy contenta con lo que sucedió en esa fiesta.

No sé qué responderle, me ha tomado por sorpresa.

—No tiene por qué saber —le digo—. Además, estábamos medio borrachos hace dos horas atrás
—aclaro.

Bella se da la vuelta y me mira. Pestañea un par de veces y luego se dirige al suelo, haciendo un
mohín.

—Lamento que haya ocurrido, no estaba en mis planes cometer semejante error —exclama.

¿Por qué parece tan enojada?

No puedo seguir con la conversación, pues veo a la enfermera Jane venir hasta nosotros con una
incomodidad tangible en su rostro.

—¿Alguna novedad? —le pregunto, pues Bella no es capaz de hablar.

—El doctor especialista viene para informarle el diagnóstico —informa—, muy pronto la Sra.
Renée pasará a pabellón.

Con nerviosismo me fijo en mi alrededor, evitando el tema que da vueltas en mi cabeza. El lugar
es bastante espacioso y hay una recepcionista en un mostrador, pero parece menos amable que
la pelirroja de abajo. Hay muchos carteles sobre el cáncer y cómo prevenir la detección tardía,
como también algunos mensajes emotivos para los padres que están soportando esa situación
tan difícil.

Se me remueven las entrañas al divisar algunas personas escondidas en las habitaciones, sin
cabello y a la espera de una salvación. Mientras, algunos de los familiares se sientan en las sillas,
con sus plegarias a Dios.

Las paredes son de color rosa muy pálido y el suelo de cerámica blanca. Hace calor y no hay
ventanas hasta en la pared más alejada, donde se ven unas luces de la ciudad. Qué horrible
pasar el año nuevo bajo este techo, sin la alegría suficiente.

Siento un jadeo que viene de Bella, me giro para verla, pero ella está contemplando algo que la
horroriza, paralelamente traspasando la curiosidad en su mirada. Intento dar con lo que la está
atormentando, y grande es mi horror cuando veo que el famoso doctor es nada más y nada
menos que Emmett McCarty.

Isabella POV

Es como encontrar la salida al laberinto y darte cuenta que es solo una trampa. Sus ojos marrón
oscuro están protegidos por unos anteojos cuadrados de marco negro. No le sorprende
encontrarme en el mismo lugar, compartiendo el infortunio de mi madre. Se ve más adulto que
cuando lo dejé de ver, con un poco de barba oscura en su quijada y el cabello corto en puntas
disparejas. Lleva una bata blanca, lo que indica su profesión.

Estrecha su mirada frente a mí, dando una leve sonrisa nostálgica. Yo evito cualquier expresión,
aunque sé que desde un primer momento no pude ocultar mi asombro. No sé qué sucede por su
cabeza, lo que pueda pensar de la Isabella que tiene frene a él. La verdad es que me sorprende
que no se haya abalanzado contra Edward a decirle lo mejor que es, o a provocarle, aunque debo
deducir que ha encontrado la madurez suficiente con estos diez años.

Miro a Edward, quien lo mira con un odio muy palpable. No lo culpo. Él fue el culpable de cada
una de sus penas, desde que ambos se encontraron en el mismo lugar, Emmett era ocasionaba
todo tipo de bromas hacia el cobrizo.

Recuerdo que Edward no podía creer que yo estuviese saliendo con él, pero yo solo quería salir
de mi casa y la única manera era teniendo un novio. Fui tan estúpida. Emmett era soberbio,
arribista, incapaz de amar. No sé por qué no me di cuenta de que estaba enamorada de mi mejor
amigo, que lo que más necesitaba era su compañía.

Quizá no quería afrontar las consecuencias.

—¿Isabella Swan? —profiere, quitándose los anteojos con rapidez—. ¡Eres tú!

—Hola, Emmett —susurro, cruzándome de brazos para darme calor y valor.

—Edward —exclama, sonriendo. Parece sincero.

Mi mejor amigo no dice nada, solo se mantiene en un silencio completo.

La enfermera Jane está de pie con algo de confusión, aunque claro, sabe que no le incumbe.

Emmett se acerca y me da un abrazo que me descoloca. Pero él siempre fue así, algo impulsivo y
efusivo, eso no ha cambiado en lo absoluto.

—Feliz año nuevo —dice, mirándome ahora que me ha soltado.

—Feliz año nuevo —murmuro con los brazos caídos, sin poder responder a su muestra de cariño.

Edward carraspea y mi ex novio me suelta.

—Le he hecho unas radiografías a tu madre, la Sra. Renée Swan, para averiguar el estado de su
páncreas —me informa, utilizando el tono profesional—. He notado unas pequeñas bolas en el
tejido, por lo que necesito hacer una biopsia urgente.

Siento una punzada de desesperación, mezclada con desasosiego. ¿Qué puedo pensar? Me
preocupa su salud, que su cuerpo no responda. Ella necesita vivir. No sé qué podría pasar
conmigo si ella se va, mamá es mi apoyo, mi fuerza, es en quién pensaba día y noche,
generándome el valor que nadie más podría darme. Es la única persona que realmente se siente
orgullosa de mí.

—Ella estará bien, Bella. La conozco, es muy fuerte. De seguro estará pensando en ti.

Emmett pone su mano en mi hombro. Me siento incómoda.

—¿Está inconsciente? —inquiero.

—Aún no. Pero no puedes verla. Lo mejor sería que fueses a descansar, Edward puede llevarte
—me dice, mirando ahora al cobrizo.

Me sorprende que en su mirada solo haya amabilidad, como si en su vida pasada hubiesen sido
muy buenos amigos. Edward no parece sentir lo mismo.

—La verdad es que me estoy quedando en Forks…


—La operación se llevará a cabo en dos horas más, además durará cerca de cinco horas o más,
eso depende, y de eso a que te dé noticias es una hora más. Ve a un hotel, estás en buenas
manos. —Sonríe y se acerca a Edward—. Cuídala bien —dice, poniendo una mano en el hombro
de él—. Hasta luego.

Jane se adelanta y nos comunica que ella puede avisarnos, que solo debo decirle donde
hospedaré. No se me ocurre otro lugar más que el famoso hotel de Seattle, el único que conozco.

Prefiero no volver al hotel de aquella fiesta, no quiero ser el blanco de las miradas otra vez. En el
hotel Fairmont no se atreverían a atentar contra mi privacidad, son demasiado petimetre.

—En el Fairmont Olympic Hotel —informo—. ¿Te quedas o te vas? —le pregunto a Edward.

Me da una sonrisa cansada.

—¿Tengo que repetirlo? Siempre estaré contigo.

...

El hombre que viste de blanco me pide las llaves del carro y yo se las entrego. Con Edward
caminamos por las escaleras de piedra gris, las cuales dan con un jardín de grandes
proporciones. Al fondo hay tres puertas de vidrio que giran mientras salen y entran personajes de
gran delicadeza. Dos hombres más, vestidos de rojo, nos dan la bienvenida con una sonrisa.

En el fondo hay dos recepcionistas con energía suficiente para sonreír todo el jodido momento.
Son perfectas, rubias y hermosas. Nos acercamos a ellas, mientras Edward sujeta mi cintura con
su mano cálida.

—Buenas noches, Sra. ¿Podemos ayudarle en algo? —dice la rubia de cabello corto.

—Buenas noches. Necesito un cuarto.

La rubia de cabello largo busca en su gran agenda y hace una mueca.

—Hay solo un cuarto matrimonial, y solo está disponible hasta mañana, por lo cual tendría que
abandonar la habitación a primera hora.

Miro a Edward, quien parece algo incómodo. No sería oportuno compartir la cama.

—¿No hay nada con doble habitación? —Me muerdo el labio inferior.

—Nada, señora.

No puedo pensarlo más.

—Está bien. La tomo. ¿No te molesta, cierto, Edward? —me giro a preguntarle.

Se encoge de hombros.

Luego de dar mis datos, el botones nos lleva a la habitación. Caminamos hasta el ascensor, uno
de los cuatro que se comparten en hileras. El material parece ser bañado en algo dorado, arriba
hay una especie de reloj que indica en qué nivel se encuentra la caja.

Cuando entramos al ascensor y contemplo la delicadeza de sus paredes abstractas, el suelo de


alfombra persa. Café, crema, oro. Solo tres colores decorando el lugar. Hay un espejo detrás de
mí, reluciente y grande, me doy la vuelta y me observo.
Luzco tan demacrada, aunque debo decir que el brillo en mis ojos es… escalofriante. No quiero
pensar que es producto del beso con Edward, pero sé que es así. Él y su efecto.

Está callado, mirando al frente. Creo que fui demasiado fría en el hospital. Debo pedirle perdón.

El botones sale del ascensor cuando ya estamos en el nivel número cinco. Es un pasillo largo con
fotografías de frutas y flores, todas con la luz dándole del lado derecho. Edward las mira y yo lo
miro a él. Me gusta su expresión cada vez que observa el arte, es una iluminación que proviene
de su alma.

El botones nos abre la puerta de madera tallada y la abre, permitiéndonos la hermosura de la


suite. Hay dos sitiales de tela con formas de flores bordadas, los brazos son de madera, al igual
que su soporte, cuatro patas firmes en el suelo. Una mesa, pulida y brillante, se encarga de
sostener un florero de grandes margaritas, las cuales emanan un olor particular.

Arrugo el rostro. Soy alérgica al polen, no puedo permitirme convivir con las flores. Pero me
gustan, sobre todo si combinan con Edward.

Por eso odio cuando los demás hombres me regalan flores, porque no saben nada de mí a pesar
de lo mucho que buscan mi atención. Es él, un hombre de cabello cobrizo y mirada gentil, quien
conoce absolutamente todo. O bueno, "conocía" todo de mí. Edward Cullen siempre me regalaba
flores, y aún así me llevaba a plantarlas al jardín, pues sabía lo que me provocaban.

Hay más fotografías en la pared de papel crema, con diseños de flor de lis esparcidas por el
espacio, gigantes ventanales que ocupaban gran parte del muro principal, dándonos una imagen
de la bella ciudad de Seattle, una alfombra persa de exquisito color café y una gran lámpara de
lágrimas colgando del techo.

El botones se va cuando ya nos da la llave y su bienvenida. Edward se gira para mirarme. Parece
nervioso y no le culpo.

—¿Vas a dormir ya? —inquiere.

—Quiero ducharme primero.

Asiente y se acerca a la gran ventana con la mano en los bolsillos.

Cuando entro al baño no puedo evitar lanzar un gemido. Hay un jacuzzi tan romántico junto a un
centenar de velas dispuestas a encenderse, junto a las pasiones de la pareja afortunada. Me
siento desilusionada de no poder disfrutar tanta belleza, solo porque el hombre al que quiero está
comprometido con otra, porque ponemos en juego una amistad que nos costó años volver a
tener.

Y mírennos. Disgustados porque hemos cometido un error en pleno año nuevo. Sé que no
debimos besarnos, entre nosotros falta mucho por hablar. Mis impulsos fueron demasiado
bruscos.

Me desvisto lentamente, sintiendo una electricidad en mi piel producto de los metros de distancia
que me separan de él. Si tan solo fuese más desvergonzada, iría de puntillas hasta la sala,
desnuda y deseosa de poder sentirme suya. Claro que no, eso me mantendría en vilo de mis
pensamientos durante toda mi vida.

Suspiro y acabo bañándome con el agua caliente. En varias ocasiones golpeo mi cabeza con los
azulejos, implorando misericordia divina para superar esta noche sin poder tocarlo. Realmente es
un sufrimiento siquiera pensarlo.
Me pongo una bata al salir y camino por el corto pasillo hasta dar con la sala principal. Edward
está sentado en el sitial, moviendo una pierna de vez en cuando. Se ha quitado la corbata y la ha
dejado en el brazo de su silla.

—Eh… Edward —murmuro, sin saber qué decir. ¿Cómo vamos a dormir?

Da un respingo y se levanta. Me queda mirando por un minuto, de arriba abajo. Traga, incapaz de
tranquilizarse. Me ruborizo y tomo mis manos entre sí, moviendo los dedos.

—Puedes ir a la cama tranquila, yo me quedaré aquí.

¿Toda la noche?

—Edward, necesitas dormir —digo cansinamente.

—No tienes por qué compartir la misma cama conmigo, yo estaré bien aquí.

Asiento y me doy la vuelta. Pero no tardo en darme cuenta que es mi única oportunidad.

—Edward —susurro—. Ven conmigo. Quiero que duermas conmigo.

Sus ojos se agrandan y sus fosas nasales se dilatan.

—Dormir. Literal —aclaro entre risas pequeñas.

Sus ojos se alegran, algo aliviado.

—Claro —. Parece divertido—. No estaba pensando en… eso.

Niega, con una sonrisa entre dientes.

—De verdad no te preocupes, no tienes…

Ruedo los ojos y me acerco a él, levantando el rostro para poder mirarlo directamente a los ojos.
La verdad es que descalza aún soy más pequeña que Edward.

—Si te sientes culpable o… simplemente no lo consideras correcto, puedo entenderlo —le digo.

Sé que Jessica no es invisible, y a pesar de que esto no es nada malo, su recuerdo está entre
nosotros. La culpa.

—Jessica… —suspira—. Cuando te miro ella no está en mis pensamientos.

Grave confesión. Me desasosiego, pero mantengo la calma a los segundos.

—¿Qué es? —continúo.

Parece meditar si decírmelo. Sus ojos divagan por mi rostro buscando una salida, pero no la
encuentra.

—Tengo miedo de revivir lo poco y nada que logramos ser.

Mis ojos se llenan de lágrimas. No, Edward, no me digas eso.

Me armo de valor. Estoy dispuesta a todo.

—La sensación es mutua —confieso—. Y asimismo, solo quiero poder dormir contigo por esta
noche.

Edward me sonríe de oreja a oreja y me levanta entre sus brazos. Estoy de vientre en su hombro
y él me agarra fuertemente de los muslos. Estoy ruborizada como una niña pequeña, pegando
gritos descontrolados en toda la habitación. Lo oído reír y un par de veces le lanzo insultos no
muy apropiados, aunque Edward sigue divertido, haciéndomelo saber con sus carcajadas.

Me deposita en la cama y yo caigo de espaldas sobre la cama. Me remuevo y lo miro. Tiene la


camisa desabrochada, permitiéndome contemplar el comienzo de un escaso vello creciente en su
pecho. Su cabello está desordenado, más de lo normal y su forma de mirarme enciende hasta la
última gota de mi sangre.

Tiro de la bata para tapar mis muslos y me siento en el blando colchón. Paso mis manos por el
edredón y me magnifico con la suavidad de la tela. Me doy cuenta que la habitación tiene una
gran ventana al lado, otra vez permitiéndonos la luna y las luces de Seattle.

Edward camina hasta el interruptor y apaga la luz, dejándonos solo con la iluminación exterior. Se
acerca a la cama y yo, nerviosa, me alejo unos centímetros hacia el lado derecho. Él se acuesta a
mi lado y me invita a cobijarme en su pecho. No lo pienso mucho y me acuesto, sintiendo la
calidez de su cuerpo.

—Así que Jessica no está en tus pensamientos —digo.

—No ahora —murmura.

Me abraza y yo me apego aún más si es posible.

—No sé cómo sentirme a eso —le confieso.

Respira, sin hablar nada.

—Permíteme disfrutar de tu compañía. Solo por esta noche —insiste, llevando unos dedos a mi
cabello.

Me obligo a callar mis culpas y a hacer lo mismo: disfrutar.

Los minutos pasan y yo aún sigo sintiendo su respiración, su pecho bajando y subiendo con
tranquilidad. Vivo. Aún no puedo entender cómo las cosas suceden tan rápido. Un día Edward
estaba muerto y enterrado, y al otro tan vivo y más hombre que nunca.

—¿No puedes dormir? —inquiero, levantándome un poco para mirarlo.

Tiene los ojos con pereza, pero aún así hay algo que lo mantiene despierto.

—Simplemente mis pensamientos trabajan con mayor frecuencia una vez que me propongo
dormir.

Sonrío.

—¿Qué te tiene pensando tanto? —Temo que mi pregunta sea demasiado confianzuda.

Lleva una mano a mi mejilla y la acaricia con dos dedos. Me observa como a la flor más hermosa,
pura y divina. Pureza. Es eso lo único que veo en sus ojos cada vez que se detiene a
contemplarme. Es una tortura.

—Que en la mañana, cuando despierte de mis sueños, tendré miedo de perderte aún sin haberte
tenido.

Sus palabras duelen. No quiero que sienta eso, no quiero que piense que no soy suya porque sí
lo soy.

Me obligo a dejar caer la cabeza en su cuello, incapacitada para seguir con esto. No podría
responder nada cuerdo, no ahora que me ha dicho aquello.

—Feliz año nuevo otra vez —dice.

Río.

—Feliz año nuevo.

Antes de caer en los brazos de un hambriento Morfeo, decido quitarme el peso del cuerpo.

—Lamento haberte besado —susurro.

No oigo nada más que su respiración, y yo, dominada por el hijo de Hipnos, me dejo caer en el
descanso.

Edward POV

Siento los sonidos de unos pájaros, muy a lo lejos, luego el sonido de un teléfono que suena sin
cesar. Mis párpados pesan, impidiéndome abrirlos para dejar entrar la luz. Es como si no hubiese
descansado lo suficiente. Me muevo un poco, pues la postura que he tenido toda la noche me ha
acalambrado todo el cuerpo. Pero algo, o más bien alguien, se aferra a mi cintura con demasiada
fuerza.

Sonrío casi de inmediato. Bajo mis ojos hasta ella, quien descansa con su cabeza en mi pecho,
con la mejilla pegada a mi cuerpo. Ha acercado una pierna a las mías, permitiéndome ver la
entereza de su piel inmaculada, el muslo en su totalidad y algo más que no debería mirar.

—¿Qué voy a hacer contigo? —susurro, acariciando su mejilla sonrosada.

Su cabello se ha desordenado más de lo normal, dándole un aspecto salvaje no muy propio de


ella. Sus mejillas arden bajo mis dedos, su respiración es tranquila y ha asomado una sonrisa
entre sueños. Me pregunto por qué.

Si fuese lo suficientemente valiente ya estaría diciéndole todo lo que siento por ella. Quisiera
decirle que la amo y que segundo a segundo temo que se escape como hace años. Lloro la
pérdida de una mujer que nunca ha sido mía, pero ilógicamente no puedo evitarlo.

Se acerca a mí, y con el movimiento, la tela se le ha corrido. Puedo ver el nacimiento de sus
senos y no puedo quitar la vista de su piel. Deseo tocarla. Niego y con rapidez la cubro. Creo que
no es buena idea seguir viendo esto.

Me separo lentamente y Bella, con un suave murmullo, se da la vuelta destapando su humanidad.


No puedo evitar reír y llevar una de las mantas sobre ella. Cuando termino de cubrirla, deposito
un beso en su cabello.

Decido darme una ducha para refrescar mi cordura. La cercanía de una mujer como ella no pasa
inadvertido ni por el mejor de los santos. Doy una repasada a la ventana y noto que aún ni
siquiera se ha aclarado el cielo. No deben pasar de las cinco y media. Enciendo la luz del baño y
doy un silbido por la grandeza del lugar. Mármol, aceites y un gran jacuzzi prometedor. Suspiro y
me dirijo a la ducha, muevo la manilla para que el agua corra. Me desvisto y con rapidez entro al
pequeño cubículo.

El chorro de agua caliente cae por mi cabeza, pero ni con eso logro sacarme la imagen de Bella.
No debí acostarme con ella, su cuerpo junto al mío solo provocan fuego. Y claro, tiene un
problema con eso de mostrar más de lo que debe cuando duerme.

Corto el agua caliente y me decido a ducharme con agua fría. No es gentil decirle buenos días a
una mujer mientras tienes un problema en la zona sur. Dios, qué vergüenza, si supiera pensará
que soy un degenerado.

Permito que el agua caliente dé contra mi cabeza otra vez. Doy un respingo, pero me obligo a
seguir bajo el chorro helado. Aprieto la mandíbula y dejo que cualquier pensamiento fuera de sí
se escape de mi cabeza.

Salgo tiritando de la ducha y me visto de inmediato, no quiero andar semidesnudo por el lugar,
sería incómodo para Bella. Camino por la sala sin saber qué hacer, es un lugar tan grande, pero
tan vacío. Me siento solo, a la espera de que la única compañía que tengo despierte y me haga
sentir completo.

Siento el sonido del teléfono y yo corro hasta él, deseando que Bella no se haya despertado.

—Buenos días —dice. Es Jane, la enfermera.

Mi corazón bombea con fuerza en mi pecho, a la espera de la noticia.

—Buenos días, Jane —susurro, mientras doy miradas esporádicas al pasillo, por si Bella
despierta.

—¡Ah! Sr. Edward.

—Isabella está durmiendo, lo que tengas que decir dímelo —aclaro.

Jane carraspea.

—La Sra. Swan ha salido de la operación. Todo parece indicar que no hay riesgos. El dolor es
producto de un tumor que le oprimía el tejido. Pero ya ha sido extirpado. No hay peligro —informa
con una alegría adorable.

Siento un alivio que me recorre lentamente, una satisfacción y una felicidad muy poco propia de
mí.

—No le avise aún a la señorita, sería bueno que descanse un momento.

—Lo entiendo —murmuro.

Paso las manos por mi cabello mojado y me acerco a la habitación. El cielo está burdeos, los
pájaros cantan y el tráfico se ha vuelto espeso.

Es el inicio de año más extraño que he tenido en mi vida.

Me recargo en el umbral de la puerta y me quedo mirando a la flor que descansa entre las
cobijas. Se ha vuelto a destapar, dejando ver parte de sus muslos y el inicio de sus senos. Niego
con mi cabeza junto a una sonrisa divertida.

—No debí dejarte ir —susurra—. Sabía que diez años no eran en vano.
Frunzo el ceño. Bella hablando en sueños. No había ocurrido antes.

—No debí… No debí —repite constantemente—. Ni siquiera debí besarte.

Se gira en la cama y de golpe abre los ojos. Se yergue y tira de la bata, tapándose la desnudez.
Me mira y pega un pequeño grito. Me obligo a sonreír, a pesar de que se me hace difícil con lo
que acaba de decir inconscientemente.

Puedo notar su sonrojo en la distancia y oscuridad, la forma en que abre los ojos
desmesuradamente y se tapa incontrolablemente. Es adorable.

—¿Qué haces ahí parado? —inquiere.

—Mirarte mientras duermes.

—Sicópata —exclama.

—Sí, lo soy. Y tú tienes graves problemas con eso de desnudarte en sueños.

Abre la boca para decirme algo, pero de ella sale solo un jadeo. Toma una de las almohadas y
me la lanza. Me agacho con rapidez y la esquivo entre risas, mientras ella insiste en lanzarme las
demás.

—Ah. Quieres guerra —le digo, mirándola como un furioso animal.

Me acerco hasta la cama y la acecho. Bella da grititos asustados, mientras sonríe como una
boba. Se va alejando de mí a medida que yo doy paso por paso, yendo hacia atrás encima de la
cama. Cuando choca con la cabecera, me vuelve a dar una sonrisa nerviosa. Tomo sus tobillos y
la arrastro por los edredones, provocando así que su única prenda suba por sus piernas hasta
acabar centímetros antes de su intimidad. Pongo ambas manos a los lados de su cabeza y ahí
me afirmo para observarla.

—Eres un jugador rudo, ¿eh? —me susurra, jadeante—. Un jugador muy rudo y mojado —añade
cuando un par de gotas provenientes de mi cabello caen sobre su frente.

Paso unos dedos por su frente para quitarlas y ambos sonreímos.

Siento el hálito exquisito que choca con mi rostro, la inestabilidad al respirar. Noto los detalles de
su rostro: algunas líneas de expresión y unas pocas pecas que cubren una fina línea que va
desde la mejilla izquierda hasta la derecha. Su rostro ha cambiado, ella ahora me observa con
atención, grabándose mi expresión. Posa una mano en mi quijada y la acaricia. Va a acercarse
más, pero de pronto se aleja. Me decepciono.

—Se ha acabado el juego —me dice. Su voz suena estrangulada.

Me obligo a separarme también, no puedo intentar algo que es imposible.

Camino hasta la sala y ahí me quedo, sentándome en la silla más cercana, mientras observo al
sol que despierta por las montañas. Siento un ligero "maldición" a mis espaldas y yo me giro.
Bella parece desanimada por algo o alguien.

—¿Sucede algo?

—Olvidé que solo tengo ese vestido de fiesta. Dejé un par de prendas en la cajuela del auto, pero
no puedo ir…
—Yo iré, tú tranquila —le digo.

Cuando me pongo el abrigo y voy a abrir la puerta, Bella me pregunta algo que me debate entre
la verdad y la mentira.

—¿Jane no ha llamado?

Cuando doy la vuelta y miro las ojeras, el cansancio prendado en su débil cuerpo, me siento
obligado a ocultarlo. Bella necesita descansar aunque sea unas horas más.

—No. Quizá haya novedades más tarde.

Frunce el ceño y mira al suelo.

—Ah —dice. Levanta la mirada hasta mí y me sonríe—. Ve con tranquilidad.

Antes de salir, deposito un suave beso en su frente.

En la cajuela del auto encuentro un sweater negro y unos pantalones grises. Las guardo en su
bolsa y corro otra vez hasta el nivel correspondiente. Abro y percibo un olor bastante apetecible
que me abre el hambre.

—¡Por aquí, Edward! —vocifera desde un pasillo al que no había entrado.

Vaya. Hay una mesa pequeña y dos sillas bastante delicadas. Se nota la fineza. Hay comida
servida y Bella me espera con sus manitos bajo la barbilla, mirándome con diversión. Doy una
ojeada a las charolas: huevo y panceta, café y jugo de naranjas. En medio hay un cuenco con
frutas diversas.

—Te estaba esperando —me dice.

—Veo que el servicio a la habitación es bastante rápido —comento mientras me siento.

Levanta ambas cejas y reprime una carcajada.

—O tú eres demasiado lento —bromea.

...

Nuevamente estoy manejando el coche de Bella, pues ella aún no es capaz de concentrarse.
Está nublada con lo de su madre y no he podido decirle que ya me han llamado, que su madre
está bien.

El camino está difícil, tal parece que todo Seattle ha decidido comenzar un viaje. Llegamos al
hospital en media hora más, minuto a minuto agregándole un poco de ansiedad a Bella. El lugar
ya es conocido y no tardamos en encontrar oncología.

Ella camina hasta donde está la enfermera y pregunta por el nombre de su madre. Aunque no
tardamos en oír la voz de Jane.

—Al fin han llegado —dice frenética.

—¿Qué sucede? —inquiere Bella.

—Ha habido un pequeño error —exclama—. La operación anterior no sirvió para extirpar todo el
tumor. Al parecer ha habido metástasis. Y es grave.
Buenas noches :) Como dije, el capítulo ha estado muy infernal. Ha habido prácticamente de
todo. Emmett llegará con muchas sorpresas, les aseguro. Y, sobre todo, ha sido un capítulo sin
mucha Jessica. Sé que la odian jaja.

El siguiente capítulo brindará a cada Team AntiJessica una dosis de paz y venganza. ¿Qué será?
Lean el siguiente capítulo. ¡Lo amarán!

Cada review será contestado para que sepan que los leo y los aprecio mucho a pesar de que no
son cantidades exorbitantes.

Gracias por leerme.

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

XXII

Isabella POV

—¿Qué? ¿Segunda operación? ¡Creí que iban recién en la primera! —exclamo furibunda.

Me tapo la cara con ambas manos y ahí me quedo, pensando en cómo reaccionar, qué decir.

Mamá tiene graves problemas, su cáncer está consumiendo toda su energía. Puede morir tan
rápido como un suspiro, tan voraz como un incendio. No puedo permitirlo, claro que no.

—Bella, creí que era mejor dejarte dormir unos minutos más. Te veías tan demacrada que no me
permití despertarte —me dice Edward, poniendo su mano en mi espalda.

Frunzo el ceño y despego mis manos de mi rostro para poder mirarlo. ¿Cómo ha podido hacer
eso?

—¿Qué derecho tienes tú para hacer eso? —gimo exasperada, apretando mis manos en dos
puños.

Hace una mueca de dolor, pero no bajo la guardia.

—Con ninguno —responde.

—¡Mi mamá está peor y yo no he estado aquí para velarla! —le grito—. Oh por Dios, Edward,
¿por qué no me lo dijiste? ¡Es la segunda operación! Han pasado casi cinco horas.

—Señorita Swan, yo le dije al Sr. Cullen que no la llamase…


—¡Al demonio! ¿Ahora hablan a escondidas ustedes dos? —grito, sintiendo una punzada de algo
desconocido. Es una sensación caliente; un sentimiento—. No tienen el derecho a tomar
decisiones por mí. Si estoy cansada o no, es mi problema. Además, no sabía que eran tan
amigos.

Edward está parado observándome atentamente con sus ojos de color miel. Jane insiste en
explicarme las cosas, pero yo le hago un alto con mi mano.

—¿Vas a reaccionar así después de todo lo que he hecho? —me pregunta él, atrayendo mi
atención.

—¿Ahora me estás sacando las cosas en cara? —bramo.

Rueda los ojos y se cruza los brazos.

—¡Claro que no! —responde—. Es solo que… no entiendo por qué actúas así.

Me distraigo en mamá y en Emmett, quien se ha sentado a mi lado a decirme que las siguientes
dos horas son decisivas. Vive o muere. Solo dos opciones. Mi corazón se estruja como una
pequeña cucaracha bajo la suela del cáncer. Tengo miedo, eso es lógico. Pero es un miedo que
no va dirigido derechamente a mí, sino a ella. Temo que sufra, que el dolor la consuma. Quisiera
correr a su habitación y decirle que la amo, que a pesar de todo lo que ella considera su culpa, no
es así. La culpa es de Phill.

Me largo a llorar y Edward se acerca con cautela, pero no, no quiero su compañía, no quiero que
vuelva a tomarse esas atribuciones.

—Déjame en paz —exclamo.

Emmett se sorprende y se levanta de la silla, mientras yo seco mis lágrimas con rapidez.

—Bien. ¿Este es tu juego? —me pregunta, pero yo no entiendo—. Yo no estoy dispuesto a


seguirlo. Yo me largo.

Se da media vuelta y desaparece en el ascensor. Yo me quedo mirando el vacío que ha dejado,


mientras me pregunto qué hice mal. Él es quien me ocultó algo tan importante, es quién parece
creer que tiene derecho en mis decisiones.

Dios, ¡no quiero que mamá muera! La sola idea me descoloca.

—No te alteres, Bella, él no tiene la culpa de que tu madre esté en ese estado —me dice Emmett.

—No estoy diciendo eso —me sulfuro.

—Pero eso se nota —dice entre risas—. Mira, creo que cuando te tranquilices y veas que Renée
está bien, podrás pedirle perdón. Ahora voy a pabellón.

Paso la tarde entera en pensamientos fugaces y en lo que debe estar haciendo Edward. No sé si
volvió a Forks o sigue aquí, esperándome. Lo que sé es que ahora debe estar odiándome. No
medí mis palabras, realmente no pensé cómo reaccionar.

En la noche Jane ha intentado hablarme, pero yo no puedo parar de llorar porque estoy sumida
en el miedo. Sola. Le pido disculpas por haber interrumpido su año nuevo, pero claramente no le
toma importancia a un día cualquiera, como ella lo llama.

—La Sra. Renée siempre habla de usted —dice Jane, con una sonrisa real en su rostro.
No puedo evitar imitarla, sus palabras calan hondo en mi pecho. Saber que soy tema para mamá
es más que agradable de escuchar.

—Estoy tan agradecida de todo. Se ve que es muy buena hija.

—Eso intento ser —susurro.

Todos tuvimos periodos rebeldes en nuestra adolescencia, es parte de la vida de cada persona.
Pero yo fui muy severa. Lo asocio a lo sucedido con Phill y su llegada a mi vida cuando creí que
todo era perfecto, que mi padre biológico haya insistido en verme, cuando sé de muy buenas
fuentes que no se lo merece.

Mamá quería evitar que anduviese haciendo cosas indebidas, pero yo solo quería salir de casa,
no sucumbir en problemas y olvidarme de mi hogar. Por eso es que Renée adora tanto a Edward,
porque él me mantenía segura de cualquier atrocidad externa. Él me protegía y me aconsejaba.
Edward logró que evitara seguir con esa rebeldía absurda.

Jane me cuenta de su vida para distraerme. Vive sola con su gato, un persa blanco y ciego; era
de su madre. No está muy acostumbrada a la soledad, más aún cuando lo único que oyes es a tu
gato enfermo. Tiene 25 años recién cumplidos. Nunca ha tenido un novio. Me sorprende su
confesión.

—No debió tratar así al Sr. Cullen. Él es una muy buena persona —me dice cuando el silencio
entre nosotras se ha propagado por demasiado tiempo.

Me miro los dedos ante la culpa que siento.

—No estoy preparada para que los demás tengan consideraciones —afirmo—. Es mi madre y
nadie tiene el derecho a quitarme el tiempo cerca de ella. El descanso pasa a segundo plano
cuando se trata de la gente que amo.

—La Sra. Renée me dijo que usted lo quiere mucho.

La miro y le sonrío.

—Así es.

—¿Hay algo más…? Bueno, sé que es una pregunta muy personal, pero…

Jane es la única persona con la que puedo desahogarme y lo sé. No puedo ser grosera con sus
intentos de distracción.

—¿Alguna vez has amado tanto a alguien, que ni el tiempo ni la distancia puede evitarlo? —le
pregunto distraídamente.

Va a contestarme, pero Emmett nos llama la atención. Está alegre, por lo que dejo escapar el aire
que tengo en mis pulmones.

—Bella —llama—. Te tengo buenas noticias. Tu madre ha despertado. Puedes verla ahora, pero
solo unos minutos.

Asiento con la garganta atestada de lágrimas. Me meten a una habitación, no sin antes vestirme
de verde menta y ponerme una mascarilla en la boca. Me siento ridícula, pero evito protestar,
todo sea por el bien de mamá.

Me saca un gemido verla tan descompuesta. Su rostro está ceniciento y parece algo dormida.
Suena un pitido insistente, junto a un suave jadeo que viene de ella. Sé que está débil.

—Hola, mamá —susurro lentamente.

Ella, distraída y expectante de algo que se mueve en la ventana, se percata de mi presencia y


pone sus ojos en mí. Me sonríe, y tal parece que es la única sonrisa sincera que he visto de ella
en mucho tiempo.

—Hola, Bella —me dice—. Has venido.

—Claro que he venido —murmuro.

Me acerco a su cama y me siento en la silla que hay a un lado. Gira su rostro para seguir
mirándome y me tiende cansinamente su mano derecha.

—Estaba esperándote.

No puedo evitar llorar al verla tan débil, tan cabizbaja. Siento que ha perdido las fuerzas, que de
ella ya no quedan las ganas de vivir. Pero no quiero que piense eso. Ahora estamos en el hospital
de Seattle, podrá sanarse si la suerte está de nuestra parte.

—He velado tus siestas por todo el día —le digo entre risas, tomando su mano entre mis dedos.

Está fría y más huesuda que nunca.

Oh mamá…

—Te falta dormir un poco —me regaña.

Niego, sonriendo.

—No puedo dormir si tú estás aquí —le confieso—. Cuando vea que has vuelto a ser la misma,
pues entonces dormiré.

Me da una mirada triste y desolada, pero no quiero que me mire así, me provoca pánico.

—Vaya, no estás tan pesimista como de costumbre —dice de buen humor.

—Contigo nunca podría serlo —susurro, acariciando su mano—. Feliz año nuevo.

Levanta las cejas, recordando la festividad.

—Feliz año nuevo, hija.

Intento subirle el ánimo con palabras de aliento, recordando buenos momentos entre ella y yo. De
pronto entro en recuerdos junto a Edward y eso le llama la atención de improvisto.

—¿Dónde está Edward? —inquiere, frunciendo el ceño.

Me muerdo el labio inferior.

—Discutimos… —Mamá hace una mueca de horror—. No es nada importante.

—¿Es por Emmett? —exclama.

Frunzo el ceño. ¿Puede ser…? Aparte de nuestra discusión, lo noté algo incómodo con la
presencia de mi ex novio. Miraba extraño al aludido cuando hablaba de mamá con tanta
confianza. Quizá también le molestó.

—No lo sé —digo distraídamente—. Aunque puede haber algo ahí, tú sabes todo lo que sucedió
hace diez años.

Mamá se toma su tiempo pensando. Me impacta que no parezca enferma ahora. Me estremezco,
pues hace lo posible para aliviar mis problemas, cuando los suyos son peores.

—Edward es perfecto para ti y lo sabes —me susurra, llevando una mano a mi rostro para
acariciarlo.

Trago saliva e intento hacer como que no afectan sus palabras.

—Mamá, no digas eso.

—Nunca podrá entrar en tu cabecita dura, ¿no? —Sonríe—. Te lo digo desde que lo conociste y
no has hecho más que huir de esos sentimientos. —Suspira.

Aprieto mis labios sin poder evitarlo, dándome cuenta de mis propias acciones innatas. Estoy
alejando a Edward por miedo, y sé que gran parte de esto es por lo que me dijo en el hotel.

—Bien, mamá. Demasiada charla por hoy. Quiero que descanses —le digo.

Estoy aliviada por una parte. Mamá parece reaccionar bien luego de la operación. Tengo a Renée
para un tiempo más… O eso creo. Debo hablar con Emmett.

Me despido de Jane, pero antes de que pueda irme, me agarra de un brazo y me retiene. La
observo, curiosa.

—Discúlpeme por lo sucedido con el Sr. Edward, no quería parecer demasiado confianzuda con
él —me dice, y sé que presiente que entre él y yo algo más hay.

Asiento y me marcho a por mi carro, pero como si el destino me impidiera abandonar el hospital,
Emmett grita mi nombre detrás de mí. Me giro y él se acerca a paso rápido, mientras se acomoda
los lentes en el puente de su nariz.

—Necesitaba decirte algo antes de que te marcharas.

Enarco una ceja, intrigada y algo asombrada por esto.

—Di lo que tengas que decir —le insto.

Pasea su mirada por nuestro alrededor y al último posa sus ojos en los míos.

—Dame tu teléfono —escupe.

¿Qué?

—Me gustaría invitarte a comer un día de estos, tengo que decirte muchas cosas y el tiempo no
parece ser suficiente. Es una sorpresa saber que estás por aquí y no puedo dejar pasar la
oportunidad de pedirte perdón por todo lo que he hecho contigo en el pasado.

Levanto ambas cejas por la sorpresa, y por una extraña razón, me entusiasma poder ajustar
algunas cuentas con él.

—Procura no perderlo. No te lo daré dos veces —digo con tono divertido. Él sonríe y saca una
pluma de su bolsillo.

...

4 de Enero, 1980

Cierro la puerta detrás de mí y de inmediato lanzo un suspiro que me remueve hasta el alma.
Tenía la esperanza de encontrar a Edward por los alrededores de Seattle, pero al fin y al cabo se
había ido como prometió. Estúpido. Después de tres días en esa ciudad no he sabido nada de él.

Me quito los tacones y los deposito con cuidado a un lado del sofá; odio el desorden. La casa está
vacía, o eso parece, ya que nadie parece gritar. Camino hasta la cocina y revuelvo entre las
cosas hasta encontrar un vaso para llenarlo de agua. Cuando acabo de beber, subo las escaleras
y, por curiosidad, me meto en el cuarto de Alice. Grande es mi sorpresa al verla a ella
ensimismada en una revista de gran renombre comercial. Parece afligida.

—¿Alice? —inquiero con voz suave.

Ella da un salto y un grito, mezclado de algo muy cercano al malestar.

—Oh, Bella, no te he escuchado llegar. —Se quita el cabello del rostro con las manos
temblorosas.

Frunzo el ceño y me acerco a ella.

—¿Sucede algo?

Cierra los ojos con fuerza y me entrega la revista de chismes. Mis ojos salen de sus orbitas
cuando me encuentro a mí junto a Edward en esa fiesta. Gracias a Dios no es aquel beso, solo es
un abrazo y nada más.

—¡¿Cómo carajo…?! —exclamo entre gemidos.

—James me llamó y me dijo que tenían la primicia en esta revista. No dudé en comprarla.

Me siento en la cama y leo el encabezado: el amigo desconocido de la actriz Isabella Swan.

Pero qué carajo.

—Demonios. Por poco y sale el beso —digo para mí.

—¿Beso? ¿Qué? ¡Bella! No me digas que…

—Sí, lo besé.

Alice lleva sus manos al rostro y se queda así por un largo rato. La miro, luego miro la revista.

—Bella, no sé qué decir.

—Todo pasó muy rápido, yo tampoco tengo mucho que decir —consigo hablar.

Leo la noticia completa y el aire vuelve a mis pulmones. No hace referencia a nada más que un
simple acompañante desconocido. Debo cuidar las apariencias, más bien para cuidar a Edward
de todo este mundo asqueroso. Él es demasiado bueno para sucumbir en un infierno como ese.

Alice no me dice nada por un buen rato, hasta que rompe la tensión con una sola oración.
—¿Y estuvo bien?

Pongo los ojos en blanco y le lanzo la revista. Ella ríe.

—Eso no es importante ahora —le digo—. Tengo a un hombre que cuidar de los medios. —Hago
una mueca.

—Ya lo sé. Pero el morbo puede más.

Me recargo en la pared y me cruzo de brazos. La quedo mirando.

—Si te soy sincera… Había extrañado uno de sus besos —digo entre suspiros—. Me he sentido
al fin la mujer más feliz de este maldito mundo —exclamo, dejándome caer una vez más en la
cama con los brazos abiertos.

Parezco una adolescente.

Todo sería genial si ambos no estuviésemos enojados.

—Oh —gime—. Nunca habías reaccionado así.

Me sonrojo y me reincorporo. No soy una mujer que demuestre mucho sus sentimientos, hasta
ahora, que no puedo evitar gritar cómo me sentí aquella vez.

—Dormimos juntos en el hotel —le digo.

—¿Dormir? ¡Te acostaste con él! —grita.

—No, Alice. Dormí literalmente con Edward.

—Ah. Qué aburrido.

—Alice… Sabes que no puede haber nada más.

Bufa y me da un abrazo.

—Y algo malo sucedió luego de todo eso, ¿no es así? Digo, has vuelto sola.

Alice es tan… No me sorprende. Me conoce tan bien. Además es una observadora nata.

Me encojo de hombros y hago un mohín, evitando lo que serían lagrimones inútiles. Ya no quiero
seguir llorando por todo lo que me sucede, ya no soy una nena, debo enfrentar mis problemas a
como dé lugar.

—Soy tan tonta y cobarde. Iba todo tan bien…

—Tienes miedo y no hayas nada mejor que enojarte con él —dice—. Bella, ¿por qué?

Ni yo sé por qué.

—Deja de lado ese prejuicio, todos tenemos pasados y él te aceptará hasta con tres cabezas.

—¿Y si todo va a parar al retrete? Alice, él aún ve en mí lo que ya no hay.

Parece cansada de todo esto, puesto que se quita el cabello del rostro con demasiada
brusquedad.
—¿Qué ve en ti que ya no lo hay? —me pregunta.

—Pureza —exclamo—. Ser prostituta ya no va ligado con eso.

No sabe qué decir y lo entiendo.

—La presión por lo de mi madre pudo más y no supe nada más que alterarme con cosas
pequeñas. Edward se enojó y regresó a Forks.

—¿Cómo está tu madre?

—Intentando mejorar —suspiro—. La última vez que la vi fue hoy en la mañana. Parece más
compuesta.

—Con razón Jasper ha estado más por aquí. Esperaba encontrarte para poder asegurarse de que
estuvieses bien.

—Yo esperaba que Edward me llamase, pero veo que no.

9 de Enero, 1980

Jasper está sentado en mi sofá y Alice le ha tendido una taza de té. Me muerdo una uña mientras
espero a que nos deje a solas para preguntarle por undécima vez dónde está Edward.

Mi mejor amigo, o bueno, lo que queda de él, no me ha llamado. Mi orgullo me impidió hacerlo
hace más de una semana, pero la soledad sin Edward es prácticamente insoportable.

Gracias al cielo me he distraído con William, quien ha insistido en acompañarme junto a Alice
para ver a mi madre. Ella está mejor, sin duda, aunque no podemos dar la batalla por ganada.

Hoy, William se ha ido a Nueva York por negocios, y no tengo idea de cuándo volverá. Parece
mucho más amable ahora que sabe la pelea que tuve con el cobrizo.

Suspiro y me acerco a Jasper con la intención de saber de Edward, pero antes de que pueda
decir palabra alguna, él ya sabe para donde quiero ir.

—Edward está bien —me dice amablemente—. Pero muy enojado. Lo que sea que haya
sucedido entre ustedes, lo tiene bien molesto.

Mi estómago se revuelve con la culpa. He querido pedirle perdón en varias ocasiones, pero me
frena el simple hecho de ver a su padre. Siempre me ha intimidado Carlisle Cullen, no sé por qué.
Nunca le agradé, o eso creo, ya que nunca pudimos congeniar en algún tema.

—Bella, a veces sería mejor que lo dejes pasar —me susurro—. Quizá lo mejor para ustedes es
que dejen de verse.

—Pero ya ha pasado más de una semana —consigo decir.

Jasper me mira como si fuese una niña de cuatro años.

—Sabes que no me refiero a eso.

Suspiro y reprimo un sollozo. Quizá tenga razón.

—Sé que le hago daño, Jasper —le digo—. A veces soy tan tonta —gimo.

Alice aparece con una taza de té para mí y para ella. Le doy vueltas al asunto, mientas ella me
entrega el brebaje caliente. Lo revuelvo con la cuchara y así me quedo por largos minutos, sin
saber cómo reaccionar a todo lo que me ha dicho Jasper.

Puede que tenga razón.

El teléfono suena cuando menos me lo espero. Y el interlocutor tampoco me lo esperaba. Emmett


me invita a cenar aquí a las afueras de Forks, en Port Angeles.

—¿Qué me dices? —insiste.

—Bueno… No tengo nada que hacer —susurro.

Me pregunto si es correcto.

—Bien. Pasaré por ti a las nueve, ¿te parece? —Suena entusiasmado, por lo que no puedo evitar
sonreír.

—Está bien —le digo—. Te veo luego.

Alice tiene una mirada curiosa, mientras que Jasper intenta ocultar su fisgoneo, cosa que no
logra. Me encojo de hombros y subo las escaleras para ducharme.

Opto por una blusa blanca y una falda tubo hasta la mitad del muslo, color café oscuro. Me calzo
las medias con rapidez y luego los tacones con hebilla en el empeine. Me paro y camino unos
momentos, buscando el abrigo que llevaré. Peino mi cabello con los dedos, como siempre y los
rizos caen sobre mi espalda, desparramados.

Suspiro y me observo en el espejo. No parece una cita, claro que no. Una reunión entre
antiguos… amigos.

¿Esta es la forma de vestir cuando sales con tu ex novio de adolescencia?

Me paso el dedo bajo las pestañas para levantarlas y termino, satisfecha. Limpia de maquillaje
absurdo.

Siento el timbre y sé que es él. Alice ya ha abierto, porque me grita que vienen a por mí. Bajo las
escaleras con rapidez y me encuentro con un Emmett bastante casual, como yo. Me sonríe,
sacando a relucir ese hoyuelo en su mejilla. Viste un abrigo café y unos pantalones negros.

Mi mejor amiga me mira, pidiéndome explicaciones.

Carraspeo.

—Alice. Él es mi… ex novio, Emmett McCarty —digo algo nerviosa—. Emmett. Mi mejor amiga…

—Un gusto, Srta. Brandon —me interrumpe él, tomando la mano de ella y besando sus nudillos.

Claro que la conoce.

Alice me sonríe, maravillada con el trato caballero del moreno.

—Bueno, nos vamos. Espérame, que llegaré temprano —le susurro.

Jasper aparece luego, saliendo de la cocina con un paño en el hombro de color azul. Debe estar
cocinando. Frunce el ceño sin entender mucho, pero de inmediato frunce los labios y vuelve a
entrar al lugar del que salió, sin siquiera presentarse.
Me mira con suspicacia y salgo del brazo con Emmett.

Su coche es muy bonito. Un último modelo familiar, de color rojo. No sé la marca.

El clima está frío, húmedo y extrañamente nostálgico. Faltan solo días para mi cumpleaños y
simplemente no me interesa. Cumpliré 29 años, lo que extrañamente significa que ya serán once
años desde esa vez que dejé a Edward. El recuerdo me agobia.

—Sigues tan callada como siempre —me dice, sacándome de mis pensamientos.

Lo miro y él parece de buen humor.

—Hay cosas que nunca cambian —respondo con una media sonrisa.

Me abre la puerta del carro y yo entro. El olor me llama la atención.

—Me gustaría saber muchas cosas de ti hoy, Bella.

...

Port Angeles es increíblemente atractivo para ser tan pequeño. Siento la brisa del océano, muy
cerca, da contra mi rostro en múltiples ocasiones. Cuando me fijo en la deriva, junto al puerto
lleno de luces, Edward aparece en mi mente como si algo quisiese decirme mi corazón y mi
cabeza.

—Siempre has sido muy silenciosa, callada, tímida. Pero hoy hay algo diferente —me dice
Emmett, sacándome de mis pensamientos.

Cabe destacar que el restaurante es bastante lindo. Muy elegante. Es una terraza semicerrada
con la vista frente al puerto lleno de luces, con un camino hasta los botes más cercanos. La luna
hace un juego sutil con las estrellas de la mano, intento aparentar una noche romántica que no
existe.

No he podido tocar la entrada de camarones, tengo un nudo en el estómago que me impide


probar bocado. Es como si estuviesen apretando parte de mi tráquea, mientras que los intestinos
se mueven incapaces de soportar la presión. Me falta el aire, mi estómago duele y gran parte de
mi concentración se la llevan los pensamientos hostiles de mi cabeza.

—¿Qué puede haber de diferente en mí? —inquiero.

El brillo de sus ojos es divertido. Sonríe y se acomoda en su silla.

—Pareces triste —me dice y tiene razón—. ¿Puedo saber por qué?

Tomo mi copa de vino blanco y bebo con algo de desesperación. Debo ganar tiempo.

—Siempre he sido una mujer melancólica, Emmett.

Levanta las cejas.

—Sí —me responde—, pero no parece ser solo melancolía, ¿no?

Niego con mi cabeza y con una suplicante mirada le pido que no siga con el cuestionario.

La música en el lugar es agradable, muy amigable y, por cierto, cálida. No siento frío, a pesar de
estar a pasos del océano.
Me obligo a probar bocado, no debo ser tan poco educada. La entrada es perfecta, pequeña,
simple. Emmett bebe vino en grandes cantidades, pero yo solo voy por la primera.

—Hace tanto tiempo que no sabía de ti, Bella. Me sorprende —dice medio riendo, lo que me saca
a mí una sonrisa—. Estás muy linda, por lo demás.

—Gracias —susurro, sonrojada.

—Desde aquella última vez que te vi… De verdad no creí que ibas a irte. Todo parecía ir tan bien
entre tú y…

—Era necesario —digo con sequedad—. Edward no iba a entenderlo. —Mi voz se hace espesa.

Él asiente, entendiendo hacia donde quiero ir.

—¿Nunca volvieron a…?

—No —le respondo—. Somos amigos, nada más.

Dejo los cubiertos en el plato, sin poder seguir.

—No me mientas —me dice—. Te conozco y al mirarte sé que te preocupa él. ¿Sucedió algo?

Doy un suspiro y me obligo a seguir pareciendo amable. No quiero estropear esta velada con mis
tristezas.

—Solo temo que lo de antes vuelva a ocurrir, nada más.

Emmett frunce el ceño con pesar, recordando cuánto le enojó saber lo que había sucedido entre
Edward y yo. Cuando supo había reaccionado tan horrible, que temí por la vida de mi mejor
amigo. Él no tenía la culpa; yo jugué hasta con mis propios sentimientos. Siempre tan tonta, tan
indecisa, insegura. Nunca en mi vida he podido dar con una elección que realmente me haga
feliz, menos en un pasado en el cual no era más que una nena.

—Edward es muy sincero. Lo reconozco luego de años.

Ladeo mi cabeza, saboreando sus palabras. Son nuevas, porque viniendo de él simplemente es
extraordinario.

—Lo odiaba por ser tan… amable. No entendía cómo podía ser así —susurra, mirando hacia la
nada—. Ese Cullen siempre pintando, siempre admirando la belleza cuando nadie más la veía.
Debo reconocer que él vio en ti una belleza que yo no pude discutirle, y asimismo lo odié, porque
sabía que siempre le perteneciste y yo no era más que un ladrón.

Me impactan sus palabras. ¿Qué quiere decir con eso? Dios, estoy pasmada.

—Y no me malinterpretes. No eres un objeto —dice—. Las personas pertenecemos a


sentimientos y estoy completamente seguro que tú eres la dueña de ese corazón tan bondadoso.

Me ruborizo con fuerza, sopesando todas esas palabras tan increíbles viniendo de Emmett.

—¿Desde cuándo…?

—¿Desde cuándo es que pienso así? Créeme, dejé de ser ese hombre que conociste en la
primera ocasión.
¿Por qué?, deseo preguntar, pero aún creo que no ha terminado con su discurso.

—Siempre pensé que ustedes dos iban a casarse —acaba.

Doy una sonrisa triste, imaginando aquello. Niego con mi cabeza y me obligo a olvidar todas esas
escenas utópicas.

—¿Por qué? —me atrevo a preguntar.

No se toma ni dos segundos en decirlo.

—Siempre parecían ser novios más que mejores amigos.

¿Cómo es que nunca nos dimos cuenta de ello? ¿O es que Edward siempre lo notó y yo nunca
quise entenderlo?

—Volví a verlo hace solo días, Emm.

—¿Qué? —inquiere—. ¿No lo viste en diez años?

Asiento.

—Sucedieron muchas cosas como para no volver por él.

—No te preguntaré por ellas, no quiero ser demasiado confianzudo —me confiesa—. ¿Y no te
casaste? ¿Hijos?

Suspiro por undécima vez en la noche, recordando el martirio de mi destino.

—No, claro que no —respondo—. Como tú sabes solo tengo una fama que no me interesa, una
carrera que jamás deseé. Soy Isabella Swan, una actriz que hasta el día de hoy busca la
verdadera razón de vivir.

No quería dar lástima, pero ahora veo que sí. Bebo de mi copa otra vez.

—Me apena escuchar eso.

—Basta de hablar de mí —exclamo—. Dime, ¿por qué es que ya no eres ese Emmett egocéntrico
y pedante? —digo en modo de broma.

Me hace un mohín dolido, del que yo respondo con un par de risotadas.

—Debo decirte que también te conquisté con ese espíritu mezquino que tenía.

Le sonrío, pues tiene razón.

—La medicina me cambió, Bella. Ves tanta barbaridad, tanta… Dios, es increíble las realidades
que te enfrentas. La vida en tus manos, el delgado hilo entre el respiro y la muerte. —Hace una
pausa, recordando su historia. Le entiendo. Nuestras vidas y personalidades se van construyendo
a base de sucesos—. Pasé años enteros decidido a ser otra persona, avergonzado de quien fui
en un pasado.

Me impacta este nuevo Emmett, tan agradable. Es una alegría que ahora aprecie el espíritu
humilde, que deje de lado la maldad.

—Me agrada escuchar eso —murmuro, palpando la mano que descansa sobre la mesa.
La mesera llega hasta nuestra mesa y Emmett le pide que retire los platos. Mientras, él me sirve
otra copa de vino. Cuando la chica se va, ya estoy dispuesta a preguntarle más cosas de su vida.

—¿No has tenido novias?

Se pone a reír con algo de incomodidad. No quiero saber la respuesta, aunque ya es demasiado
tarde.

—He pasado toda mi vida buscando alguien como tú —me confiesa.

Por muy extraño que pueda ser, sabía que iba a decirme eso.

—¿Por qué? —me atrevo a preguntar.

Se encoge de hombros y evita ponerse serio con una sonrisa que le llega a los ojos.

—Porque me enamoré de ti —dice.

—Oh —consigo decir.

Me duele oír eso. No esperaba que aún aguardara sentimientos así por el resto de su vida. Es
difícil, pues no le puedo corresponder. Mi corazón pertenece a una sola persona, aguardando
bajo cuatro paredes, quizá pintando. Es inimaginable todo lo que siento.

—No quiero que te sientas incómoda. He aprendido a sobrellevarlo —susurra.

Pero es imposible no ponerme incómoda, nunca quise jugar con los sentimientos de nadie.

Y algo nuevo cubre mi cerebro. He estado jugando con Edward y necesito, ansío decirle que no
es mi intención. He herido a mi mejor amigo por mis indecisiones, él ha hecho muchas cosas por
mí y ésta es la manera de agradecérselo, enojándome por sucesos que no tienen relación con
Edward.

—No quería…

—No tienes la culpa —me corta.

Asiento, mirando hacia mis manos.

Emmett cambia radicalmente el ambiente de nuestro entorno, contándome anécdotas que


simplemente me hacen estallar en carcajadas. Adoro que se comporte tan alegre conmigo, que
aprecie esta conversación como ahora lo hace. El nuevo Emmett es amigable, tranquilo y volátil.
No me doy ni cuenta cuando ya ha lanzado una broma que me hace vibrar.

—No sabía que Alice estaba contigo. Es muy linda —me dice.

Levanto mis cejas por el cumplido.

—Lo sé. Decidió acompañarme cuando supo lo de mi madre.

—¿Es mi idea o Jasper ya planea conquistarla? —pregunta con los ojos escrutados.

Estallo en risas, porque es la verdad. Es enternecedora la forma en la cual interaccionan ambos.

—Solo deseo que todo acabe bien.

.
Emmett y yo acabamos de comer con un ambiente grato. Al fin. Nos costó entrar en confianza,
bueno, más bien a mí. A eso de las 1 am ya estaba en mi casa, recordando cada una de las
palabras de mi ex novio, lo que mi cabeza intentó progresar con respecto a sus sentimientos.

Descubrí que soy una egoísta, que no sabe si lo que quiere es dulce o salado, ni blanco ni
negro… Me desespero. No sé lo que espero ni lo que quiero de Edward Cullen. Todo lo sucedido
en ese hotel solo aumentó la presión al asunto.

Me acuesto en la cama con la mirada perdida, al igual que mis pensamientos. Mi estómago se
retuerce y mi corazón da brincos por la caja torácica.

—¡Maldición! —gimo, golpeando el edredón con mis manos.

Me doy vueltas durante toda la noche hasta que el sol se filtra por mi ventana. Me resigno a las
ojeras y me levanto de la cama con una sola idea en la cabeza: tengo que hablar con Edward.

Me ducho y en unos minutos ya estoy vestida. No puedo probar bocado, por lo cual parto a casa
de Edward sin mayor preámbulo. Sé que estoy débil, pero necesito disculparme por como fui con
él. Lo que más temo es que no quiera verme, que cuando sepa que estoy en su casa solo desee
que me vaya.

Salgo de casa a eso de las 9 am.

Toco la puerta de Edward con un esmero que no conozco de mí, mis dedos tiritan y no es por el
frío. Se tardan en abrir y yo no sé si salir huyendo o quedarme estancada en la posición, de pie
ante la puerta de madera.

El Sr. Carlisle Cullen abre y yo me atraganto con mi propia saliva. Me observa con un odio que
nunca había percibido en los ojos de alguien, es un rencor que entiendo, pues he dañado en más
de una ocasión a Edward, su único hijo. Se cruza de brazos, mientras insiste en poner sus frías
cuencas en mi rostro. El color se ha ido de mis mejillas y no sé qué decirle. Me he olvidado de
respirar, pues este hombre me intimida más de lo que ya recordaba.

—Se… señor Cullen —tartamudeo, temblando por dentro y por fuera.

—Vaya qué sorpresa. Isabella Swan. ¿Qué quieres? —brama.

—Necesito hablar con Edward —murmullo.

Levanta ambas cejas rubias y sus brazos cruzados se afirman con mayor presión.

—No sé qué haya sucedido entre ustedes, ambos son adultos y saben en lo que se meten. Pero
no quiero saber que le has roto nuevamente el corazón, porque no te lo perdonaré —exclama.

Mi barbilla tirita, pero mantengo firme mi posición ante él.

—No es mi intención hacerle daño —intento decir.

—Vete, Isabella, deja a mi hijo en paz por primera vez en su vida.

Mis ojos se llenan de lágrimas y yo evito expulsarlas. No ahora, Bella, no ahora.

—No voy a irme —afirmo—. Por favor, Sr. Cullen, solo necesito decirle lo mucho que lo quiero.

Carlisle baja sus cejas y, por muy extraño que parezca, el brillo de sus ojos se enternece por un
segundo.
—Haz lo que quieras, niña —dice, abriéndome la puerta.

Entro a paso rápido a la casa, mis piernas no responden como yo deseo, pero de igual manera
consigo entrar al lugar. Sin pensarlo mucho, doy una carrera hasta el segundo piso, buscando la
habitación de Edward. Siempre ha sido la misma. Toco la puerta, pero no responden, por lo que
me atrevo a entrar. El corazón me late, una y otra vez, a medida que mi campo de visión se
concentra en la persona que duerme en la cama hecha.

Edward está sobre la cama sin deshacer, con un cuaderno en una mano y un lápiz negro. Me
atrevo a mirar: soy yo, otra vez. Luego miro a Edward, con el corazón en la boca, y con lentitud
paso mis dedos por su mejilla. Debió quedarse dormido mientras me dibujaba… a mí.

Me siento en el espacio que ha dejado y ahí me quedo, contemplando su belleza. Mi pecho se


infla, lleno de un amor que necesita expresarse, un amor que he guardado por años.

—Lo siento —murmuro.

"Edward sobaba mi espalda mientras lloro. Impotencia, cólera y una gran falta de dignidad es lo
que me embargaba. Me apegué a mi mejor amigo y ahí me quedé, esperando a escuchar sus
sabios consejos.

—Sabes que Emmett es así, no le interesa nada más que su propio bienestar —me dijo, y sonaba
diferente, había algo.

Me separé y lo miré, sus ojos estaban desorbitados, conscientes del odio que tenía en su interior.
Fruncí el ceño.

—¿Te sucede algo? —le pregunté.

Negó y volvió a abrazarme.

Y ahí me quedé, llorando de rabia.

—Aún no sé por qué lo dejaste. Creí que todo ese rollo del noviazgo "para siempre" sería
precisamente eso, para siempre —me susurró.

Observé mis manos que tiritaban, que intentaban movimientos autómatas hacia cualquier lado.
Cómo decirle, cómo entender lo que pasa por mi cabeza, pensaba constantemente.

—Hay alguien que me está atormentando todos los días. Dejé a Emmett, porque no puedo estar
con él si alguien está todo el día persiguiendo mis pensamientos —le dije, midiendo mis palabras.

Edward fijó sus ojos dorados en mí, pestañeando lentamente. De pronto, frunció el ceño.

—Así que te atormenta—. Me miró con tristeza y no sé por qué—. Sabes que si hay alguien que
te está incomodando me debes decir y yo lo mataré, te lo juro —prometió entre risas ligeras.

Suspiré y dejé caer mi cabeza entre mis manos.

—El suicidio es horrible, Edward Cullen.

No se oía nada más, solo nuestras respiraciones.

—Y a propósito, no me atormentas de la forma en la que tú crees, Edward."

Abre los ojos, despacio. Al percatarse de mi existencia, se aleja y se frota los ojos. Parece
aturdido, como si yo fuese parte de una alucinación.

—¿Qué haces aquí? —inquiere, sentándose en la cama y poniendo sus codos en los muslos para
sujetar su cabeza.

Su pregunta me intimida.

—No podía quedarme tranquila desde la última vez que te vi. Estaba preocupada.

—¿Por qué? ¿Porque no fui a tu casa a implorarte que me perdonaras? Ésta vez no lo haré, Bella
—me dice.

Parece cabreado, más de lo que yo creí.

Frunzo el ceño.

—Edward —intento hablar, pero es en vano.

—He intentado evitarte en mi cabeza, en no seguir tu juego, pero es imposible —exclama—.


Sigues aquí —se apunta a la sien con su dedo índice—, torturando todo lo que queda de mí.
—Para, suspirando—. No te entiendo.

Cierro los ojos, sintiendo el dolor en mis entrañas. Cómo me duele que diga eso.

—Yo tampoco me entiendo —susurro.

Ríe, pero no parece haber rastro de humor.

—No puedo ayudarte con eso, Bella. Ya no más.

¿Ya no más? ¿Qué quiere decir?

—¿Así nada más? —inquiero, presa del pánico.

—Es la mejor manera —dice, encogiéndose de hombros.

No me doy cuenta cuando ya estoy llorando en silencio.

—Pasas dibujándome, me dices que me quieres, afirmas que temes volver a lo mismo, pero
cuando yo me ahogo y me encierro en esta maldita burbuja, ¿tú desechas todo así nada más?
—exclamo.

Deja de mirarme, girando su rostro hacia el otro lado de la habitación.

—No es fácil, Edward, créeme que no lo es —susurro—. Pasas toda tu maldita vida creyendo que
tu mejor amigo ya te había olvidado, pero regresas y todo es exactamente igual a como lo dejé.

—¡Entonces no retrocedas todo lo que hemos avanzado! —gime, acercándose a mí con


desesperación.

—¡Si tan solo supieras! —lloriqueo, sentándome en la cama.

—¿Si tan solo supiera qué?

Se sienta a mi lado, manteniendo las distancias. Percibo su aroma y mi estómago se retuerce al


igual que mi autocontrol.
Pongo mi frente en su hombro y me dejo llevar por mis sentimientos, clavando mis penas en su
camisa. Por primera vez temo que no me toque, que se aleje y rechace mi acercamiento. Y es por
eso que mi llanto se incremente, provocando sollozos desagradables que salen de mi garganta
sin permiso.

Si tan solo supieras que vendí mi dignidad sin pensarlo dos veces, que esa Bella pura, ideal y
frágil ya no existe.

—Mi vida no ha sido perfecta desde que te dejé —profiero con lentitud—. Son tantas cosas…

Me abraza y deposita un par de besos en mi cabello, apretándome fuerte. Su calor me hace sentir
completa luego de todos esos días sin él. Esta sensación me da miedo, porque no quiero volver a
depender de Edward.

—Lo siento —susurro, despegándome unos centímetros para mirarlo—. Siento haberte gritado en
el hospital, no era mi intención ser tan descortés —murmuro.

De pronto sonríe.

—Un día me vas a volver loco —dice y pega sus labios a mi frente.

Sonrío también.

Mi respiración se estabiliza. Estoy serena entre sus brazos, con la calidez de su cuerpo.

Tocan a la puerta con rapidez y no nos dan ni tiempo de separarnos. Una mujer grita algo y yo me
giro para mirar qué demonios ha sucedido. Jessica tiene los ojos bien grandes en nuestra
dirección, como si viese demonios alrededor. Me levanto y me pego a Edward sin quererlo, pero
lo hago.

—¿Es por esto que me has dicho que necesitas un tiempo sin mí? —inquiere, presa del pánico.

Edward pone una mano en mi brazo, impidiendo que Jessica se acerque más a mí. Me asusta,
pero el contacto del cobrizo me hace sentir segura.

¿Un tiempo? ¿Edward le ha pedido un tiempo?

—Cálmate, Jessica, no has tomado tu medicina —razona él, hablando con una calma inexistente.

Realmente me asusta, la forma en la que me mira, ¡en la que mira a Edward! Dios, ella no está
bien.

—¡No me trates como si estuviese desquiciada! —grita.

No quiero pensar que Carlisle la ha llamado para boicotear nuestro momento, pero así es. Él sabe
que nuestro impedimento es la mujer de cabello castaño claro y ojos verdes.

Jessica se acerca al dibujo que Edward ha hecho de mí. Sus fosas nasales se dilatan, sus
nudillos se vuelven blancos. No es normal su comportamiento.

De pronto, el bello dibujo se ha hecho añicos entre sus dedos furiosos. Mi rostro se ha convertido
en papelillo inservible.

¿Dónde quedó esa Jessica carismática que conocí en la fiesta?

—Creo que debo irme —le digo a Edward.


—Ven conmigo, necesito ir por la medicina —me susurra.

—¡No estoy loca! —grita ella, provocando un respingo de mi parte.

Salgo rápidamente de la habitación, mientras oigo vociferaciones descontroladas de su parte.


Edward intenta calmarla, pero ella no puede evitar seguir lanzando improperios hacia mi persona.

—¿Por qué la ha llamado? —le pregunto a Carlisle, quien parece asustado por la mujer que él
adora tanto.

—Yo no la he llamado, Isabella —me dice con suma seriedad.

¿Entonces cómo…?

—Ella vino directamente hasta aquí, nombrándote.

Parece tan asombrado como yo, por fin compartiendo algo en común.

—No sabía que reaccionaría así —profiere, sentándose en el sofá.

Yo me apego a la pared, frente a la escalera. De pronto siento a Edward bajar rápidamente, me


mira y lo noto nervioso. Se mete a la cocina y desaparece por unos segundos. Pero sin poder
darme cuenta antes, una Jessica desorbitada me mira desde el primer escalón con sus ojos
penetrantes. Es tenebrosa.

—¿Qué haces? —exclamo.

Me acerco a ella por inercia al ver los cortes en sus brazos, subiendo un par de escalones para
alcanzarla. Sin embargo sonríe y sin poder evitarlo, me lanza escaleras abajo, cayendo ambas
escalón por escalón. Mi lucidez me permite sujetarme como puedo, mientras que Jessica no.

Al acabar sobre el suelo, veo su fémur expuesto, sangrando junto a sus brazos. Tiene cardenales
frescos en el rostro y seguramente en gran parte de su cuerpo.

—Dios mío —gimo, entre gritos.

Jessica tiene los ojos cerrados.

Siento un dolor en mi costado producto de algún golpe. Me levanto y Carlisle ya está a nuestro
lado, gritándole a Edward que por favor venga.

...

—¿Cómo está? —inquiero, sintiendo su calor.

—Lúcida. Aunque se ha golpeado muy fuerte la cabeza —murmura.

Él mira la herida de mi sien y besa la piel. La palpitación ha bajado.

—No pensé que sucedería esto —me dice.

—Nadie nunca podría pensarlo, Edward.

Vuelve a abrazarme y yo doy un gritito de dolor.

—Lo siento.
—Está bien —murmuro.

Nadie sabe por qué lo hizo ni por qué me culpó a mí de haberla lanzado escaleras abajo. Cuando
despertó lo primero que hizo fue gritar mi nombre con miedo, diciendo que yo la había atacado.
Claro que no fue así. La policía vino a interrogarme, pero de inmediato lo negué todo. Para mi
sorpresa, Carlisle Cullen atestiguó a mi favor, justificándolo como un simple accidente.

Pero yo sé que no fue así.

Jessica, lúcida o no, se lanzó por las escaleras con el fin de atraer la atención de Edward.
Manipulación. ¿Es eso normal en un enfermo de esquizofrenia? Quiero creer que sí. Pero no
estoy segura.

¿Por qué es que reaccionó así, tan salvajemente? Edward, en un momento de desesperación,
justo cuando discutían en el segundo piso sin que nadie pudiese oírlos, le pidió que le dejara en
paz una vez en su vida. Cuando lo oí no pude creerlo.

Cierro los ojos y recuerdo la sonrisa que me dio antes de lanzarme a mí junto a ella.

No quiero creer que también planeaba accidentarme a mí. Solo fue producto de su consternación,
solo fue producto de su consternación, pienso.

Solo tengo un par de cardenales en mi espalda y parte del vientre. El golpe duro fue en la sien
derecha, donde di contra un pequeño clavo junto al suelo. Casi fue a mayores, pero mi cordura
me mantuvo a salvo. No así con Jessica.

Una fractura expuesta al caer en mala posición, golpes múltiples en las costillas y otro muy fuerte
en su cabeza.

—Lo siento —murmura Edward.

—No tienes que sentirlo, todo está bien —afirmo, sonriéndole.

Pero por la mirada que me da, sé que para él nada está bien.

—Todo esto es mi culpa, no debí dejar a Jessica a solas, menos contigo en la misma casa. Creí
que papá iba a impedir que pudiese hacerte algo, pero todo fue en vano…

—Calla —le digo—, calla.

Me levanto, mientras él sigue sentado en la banca del hospital. Pongo mis manos en su rostro y le
obligo a mirarme.

—Estoy bien.

Sus ojos destilan preocupación. Pasa un dedo por mi herida, traspasándome su cariño.

—Debo agradecerle a tu padre el haberme evitado una noche en prisión —susurro, poniendo mis
manos en sus hombros anchos—, solo espero que esto no llegue a oídos de periodistas
entrometidos.

De pronto recuerdo que Edward ya salió en una maldita revista. Me muerdo el labio; debo
confesárselo, pero no ahora.

—Él puede aparentar ser muy frío, muy malvado —sonríe mientras lo dice—, pero sé muy bien
que jamás va contra la verdad y sus principios.
—Aunque sea yo —le digo sin poder evitarlo con una mirada triste y sombría. Aún recuerdo las
palabras que me dijo en las puertas de su casa.

Los ojos miel de Edward brillan, asomando un sentimiento de culpa aún más fuerte.

—Haré lo que pueda para que vea en ti lo que yo veo —profiere, siguiendo con sus caricias por
mi mejilla derecha.

La sonrisa brota de mis labios sin necesidad de esforzarse.

—Él no sabe lo increíble que puedes ser, Isabella Swan —dice—, y sé que tú tampoco lo sabes
—completa.

Me tomo el atrevimiento de sentarme sobre sus muslos, mientras me abrazo a su cuello. Edward
me queda mirando y de pronto él ya tiene su nariz en mi cuello.

—Tu lugar favorito, ¿lo recuerdas? —inquiero.

Su sonrisa se enancha en mi piel, puedo sentirlo.

—Claro que sí.

Mi cuello siempre fue su lugar favorito. Cuando pequeños, Edward dormitaba en él con paz,
mientras yo leía tranquilamente, sintiendo su respiración.

Sin poder evitarlo, la charla junto a Emmett vuelve a mi cabeza. ¿Será que siempre parecíamos
más novios que amigos? No lo sé. Me aterra preguntárselo, siendo algo tan íntimo, al hombre que
descansa en mi piel, a centímetros de mi mentón.

—De verdad siento haberte hecho sentir mal en el hospital, sobre todo porque Emmett estaba ahí
—le digo, pasando mi mano por su espalda.

Se tensa.

—Gran parte de mi amargura era producto de su sorprendente participación en ello —me


confiesa.

—Él ya no es el mismo que conociste, Edward.

Eso termina por quebrar su tranquilidad.

Se despega de mi cuello y se recarga en la silla otra vez, observándome atentamente.

—¿Cómo lo sabes? —inquiere con el ceño muy fruncido.

Me pongo nerviosa, como si hubiese cometido una fechoría del tamaño de un buque. ¿Por qué el
sentimiento de culpa alojado en mi pecho? Es como si lo hubiese traicionado, pero realmente no
hay traición.

Veo algo en sus ojos, un sentimiento negro que se va alojando en su corazón. No me gusta, me
recuerda a… los celos.

Voy a decirle algo, pero el médico nos interrumpe, diciéndole a Edward que Jessica ya puede
recibir de una visita. Me muerdo la mejilla interna y lo veo irse por el pasillo para entrar a la
habitación de Jessica Stanley.
...

Cuando Alice me vio con el parche en mi sien y uno que otro cardenal en el rostro, saltó asustada
para preguntarme qué demonios había ocurrido. Luego notó que Edward venía conmigo, por lo
que solo pudo aseverarlo a lo obvio.

—¡No me digas que me tranquilice! —me grita, levantándose del sofá.

Yo me encojo en mi lugar, mirando a mi mejor amiga caminar de un lado al otro, como león
enjaulado.

—Solo me caí —susurro—. No hagas un espectáculo, no con Edward en la casa. Ya se ha


preocupado bastante.

Alice gira su rostro para mirarme como si hubiese dicho una barbaridad.

—¡No te caíste! —exclama—. Ella te lanzó por las escaleras —termina susurrando con los
dientes apretados.

Edward sale de la cocina, cabizbajo y con las palabras de Alice bien frescas. Me observa y aún
veo la culpa, pero yo no entiendo por qué me mira así, ¡él no tiene la culpa de nada!

Le doy una mirada a mi amiga para que se tranquilice, y ella, bufando, se sienta en la silla más
próxima. Edward se sienta a mi lado y me tiende cuidadosamente una taza de té humeante con
limón y una pastilla en su mano.

—Para que se te quite el dolor —me dice.

Le sonrío, realmente agradecida de toda su atención.

Edward no ha vuelto a hablarme de Jessica y la curiosidad me está matando.

—¿Y bien, Edward? —suelta Alice, cruzando sus piernas entre sí—. ¿No vas a decirme por qué
es que Bella ha llegado con todas esas heridas? —gruñe.

—Ni yo sé lo que sucedió en realidad —dice—. Por un lado está la versión de Bella, pero por el
otro está la de Jessica.

Mi amiga bufa y se recarga en el respaldo, mientras yo niego con mi cabeza. Ella no es mi madre
para que se ande molestando por esto. Ni siquiera yo estoy enojada.

—¿Y tú me vas a decir a mí que no sabes por cuál decidirte? ¡Error! —exclama—. Sé
perfectamente que mi mejor amiga jamás mentiría.

—Alice —murmuro—, no sigas con esto —le pido.

Edward aprieta su mandíbula, claramente molesto por las acusaciones de ella.

—Sé que Bella dice la verdad —dice, mirándome—. Jamás dudaría de su palabra, la conozco y
ella no miente.

Bebo del té y pongo la pastilla en mi boca para tragarla después.

—Lo que sucedió es confuso, ni siquiera Jessica sabe explicarlo.

Pero yo sé por qué no quiere explicarlo, porque es la única manera de mantener a Edward con la
atención las 24 horas del día. Me asusta que sea así, no quiero que mi mejor amigo acabe siendo
esclavo de una mujer enfermiza. Él es joven, necesita divertirse, olvidar los problemas aunque
sea una vez en su vida.

No me decido a decirle mis sospechas, simplemente porque no tengo las evidencias necesarias.

También me preocupa que Jessica afirme que soy yo la causante de su accidente, cuando eso
claramente no fue así.

Tengo miedo de desconfiar de alguien aparentemente fuera de sus cabales. No quiero pensar
que está loca, solo un poco desequilibrada por una enfermedad de la cual no tiene la culpa.

—Yo la vi con los brazos ensangrentados, me asusté en demasía —profiero, recordando la


escena—. Nunca creí que iba a lanzarse conmigo.

Edward suspira apesadumbrado y pasa uno de sus brazos por mis hombros para atraerme hacia
él. Alice sonríe ligeramente, menos preocupada.

—Lamento ser un tanto agresiva en estos momentos, Edward, pero esa chica no es santa de mi
devoción —confiesa ella con la mirada desafiante.

—Lo sé —dice.

—No quiero que Bella salga lastimada.

—Alice —susurro.

—No, Bella, esto es serio —brama—. ¿Qué hubiese sucedido si te golpeas la cabeza con un
escalón? ¿O en la columna? ¡Te mueres! O peor, te quedas de por vida sin poder mover las
piernas.

Edward se tensa a mi lado.

—Pero solo fueron unos golpes pequeños —intento persuadirla.

—Tú nunca vas a entenderlo, Bella, eres tan terca como una mula —dice, cruzándose de brazos.
Yo me ofendo—. Pero sé, Edward, que tanto tú como yo, deseas que esta mujer esté a salvo de
cualquier circunstancia que la tenga en peligro. —Asiente, apegándose a mí—. Por eso te pido
que por favor, sea cual sea la medida, evites que esta mierda le siga haciendo daño. Tu noviecilla
terminará matándonos a todos, inclusive a ti —afirma, levantándose y metiéndose en la cocina.

Nos quedamos en silencio, analizando lo que Alice ha dicho valientemente. Tiene razón, pero no
quiero preocupar a Edward, él ya ha cargado con mucho. Sin embargo, parece aún peor de lo
que yo me imaginé.

—No me mires así —le pido—, por favor —gimo, sintiendo el rostro caliente por las lágrimas que
imploran su escape.

Me abraza y me dice que me quiere, una y otra vez, sin hacer de la frase algo monótono. Es
hermoso oírlo de sus labios, más aún en repetidas ocasiones. Sé que Jessica depende de él, sé
que no puede ir y decirle que ambos deben tomar rutas diferentes. Y realmente sé que yo lo
necesito más de lo que puedo aceptarlo y que Jessica me lo está impidiendo con esa necesidad
imperante.

—Nunca creí que ella podría hacerte algo como esto —dice, atrapando mi rostro con sus manos.
—Está enferma —insisto—, pero yo estaré bien.

De pronto mis parpados pesan dos toneladas cada uno.

—Confía en mí —me susurra—, nadie volverá a tocarte, lo juro.

Le sonrío.

—Siempre he confiado en ti, deberías saberlo.

—Y te creo, sé que no mientes —insiste.

Suspiro y acaricio su mandíbula con mis dedos.

—Claro que me crees, Edward. Gracias por eso.

Al cabo de un rato, mis ojos se van cerrando a medida que pasan los segundos. Es insoportable
no poder abrirlos aunque sea por unos momentos más. Bostezo y Edward suelta una pequeña
risita.

—Necesitas descansar, hoy ha sido un día muy largo —me dice—. Ven, voy a llevarte a la cama.

—¿Y cómo? —pregunto, con un ojo abierto y el otro cerrado.

Dos segundos después ya estoy en sus brazos como un bebé. Me agarro de su cuello y lo miro,
con el sueño espantado por tan rápido movimiento.

—¿Cómo es que me elevas con tanta facilidad? —inquiero algo irritada de parecer un paquete de
plumas.

Me sonríe, juguetón.

—Eres muy pequeñita —me contesta.

Cuando estamos en mi habitación, Edward no puede evitar mirar con una nostalgia palpable. Mi
garganta se aprieta al ver su expresión tan mortificada, inundado de recuerdos tan profundos
entre ambos.

—Sigue igual —murmura, volátil.

Me siento en mi cama y lo miro, mientras él, de frente a la ventana y de espaldas a mí, observa el
paisaje exterior.

—Es bueno volver a lo que éramos antes —le digo.

Se gira y me planta una sonrisa que no le llega a los ojos. Camina hasta la cama y él mismo me
quita el broche del cabello, desparramándolo por mi espalda.

—Con algunas experiencias a cuestas —añade, besando mi frente.

Me quita los zapatos con delicadeza y yo simplemente me quedo mirándolo actuar. Me acomodo
entre los edredones y cuando apego mi cabeza a la almohada, hace el ademán de irse.

—¡No! —jadeo—. Quédate conmigo.

—Creí que…
—Ven conmigo —le pido.

Se acuesta a mi lado, recargando su espalda en el cabecero. Yo, con mi reciente costumbre,


pongo mi cabeza en su pecho y ahí me quedo, suspirando agradablemente.

—¿Jessica está muy mal? —pregunto con timidez.

Edward se toma su tiempo.

—Sí —responde—. Le espera mucho tiempo en esa cama. Quizá un par de meses.

Me invade la alegría, pero muy prontamente la culpa le hace competencia.

Mi preocupación por Edward se eleva, pues no quiero que se haga esclavo de la culpa por algo
que él no hizo. No sé si Jessica estaba realmente consciente, si lo que hizo fue pura
manipulación. Lo que sí sé es que le haré una visita que ella nunca olvidará, porque si Edward me
protegía, yo también lo voy con él.

Buenas noches :) El capítulo ha sido realmente largo, incluso más de lo que esperé. Y eso que ni
siquiera planeaba terminar en esa parte.

Gracias a todas por sus rr, los adoro infinitamente.

Debo decir que lo que se viene es aún más divertido, tanto por edward y bella y el destino de
Jessica. Habrá un respiro sin ella y los resultados serán sorprendentes. ¡No pierdan de vista esta
historia!

Y Emmett viene a mover suelos, lo juro.

Besos y más para todos. Gracias por leer.

Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

LEER NOTA DE AUTOR AL FINAL.

Recomiendo Summertime de Janis Joplin y Sun de Sleeping At Last.

XXIII

Isabella POV
Me remuevo entre las sábanas, palpando entre sueños. Lo único que consigo es una cama vacía
y fría. Abro los ojos de golpe y me levanto. Me arrepiento; el dolor de los golpes en mi cuerpo se
han vuelto más graves.

Mi cabeza es una canasta llena de preguntas referente a la desaparición de Edward.

Ya es de día, quizá más tarde de lo que creo. Hace frío, silencioso.

Como puedo me levanto y bajo las escaleras a paso lento, el dolor en mis piernas y torso se ha
hecho aún más insoportable. Algo me dice que si Edward no me hubiese dado esa pastilla, yo
estaría peor.

Oigo el sonido de unos platos en la cocina, la puerta está medio cerrada, pero puedo corroborar
que Alice intenta lavar los trastos sin mucho éxito. Ella nota mi presencia cuando me meto
descaradamente en el lugar, pero no se da la vuelta como es costumbre. Está enojada por lo de
ayer.

—Buenos días —digo con lentitud.

Espero que me conteste, pero no lo hace.

Bufo y me siento, rechinando los dientes.

—Te duele —afirma—. Supongo que es por lo de ayer —dice con ironía.

Ruedo los ojos, estirando mi paciencia hasta el límite. Ayer soporté su papel de madre, hoy ya es
demasiado.

—Sí, me duele —respondo con el mismo tono—. Alice —la llamo.

—¿Sí?

Tomo un respiro.

—Por favor, haz que esto sea más fácil —pido.

Sus hombros se relajan y se gira para mirarme por primera vez en el día. Sus ojos se muestran
ligeramente mansedumbres, sin embargo, hace un ligero mohín irritado.

—Nada es fácil, Bella —me dice—. Mírate, por favor.

Frunzo mis labios sin saber qué decirle. De reojo doy una repasada al cardenal que se extiende
por mi piel, justo en mi pierna descubierta. Suspiro, pues tiene razón. Nada está bien, nada es
fácil y ha sido un grave error creer que podría pasar por alto lo que me ha hecho Jessica.

—Nunca creí que iba a tirarme por las escaleras —murmuro.

Noto que ella se muerde los labios para no proferir unos cuantos insultos hacia la aludida.

—Me preocupa que luego de esto haga algo peor —me confiesa—. O a Edward.

Cuando lo nombra me desespero. No podría aceptar que le hiciese daño, preferiría mil veces no
estar con él a que salga herido.

—¿Crees que Jessica haría algo así al hombre que ama?

Bufa, exasperada.
—¿Piensas que eso es amor? Eso no es amor, Bella, eso es obsesión —exclama.

Me miro los dedos, mientras los entrelazo con nerviosismo. La palabra obsesión nunca ha sido
buena.

—Debo preocuparme —digo más para a mí misma.

Alice se acerca a la mesa y se sienta en la silla frente a la mía. Me toma las manos que llevo
unidas y me observa, analizando lo que ocurre, lo que confiesan mis ojos.

—No quiero que Edward sufra por esto —le comento—, sabes que haría cualquier cosa para que
esté bien…

—¿Dejarlo? —espeta, de pronto enfadada—. ¿Crees que eso sirva para que él deje de sentirse
abatido?

No sé qué responderle, es lo único que se me ocurre.

—¡Bella! —me grita—. Eso solo le haría sentir peor.

Me sulfuro.

—¿Entonces qué quieres que haga?

—Defiende al hombre que amas como la hembra que eres.

...

Alice me confesó que Edward se había ido pocos minutos antes de que despertara, tenía muchas
cosas que hacer con respecto a Jessica. Ella al no tener familia, necesita de cuidados y él es el
único capaz de brindárselos.

No me permito ser cruel, menos sentir celos. La verdad es que sé bien cómo se siente la soledad.
Es dura, una muy mala consejera. Ruin.

No obstante, mi cabeza ha dado vueltas en muchas ideas hipotéticas, aunque en realidad sin
ninguna base teórica comprobada. No sé si la esquizofrenia provoca realmente una manipulación
o si eso es estrictamente de cada persona. La verdad es que no conozco mucho de la
enfermedad, pero algo me dice que mi hipótesis es correcta.

Luego de vestirme y preparar mi bolso para salir, me despido de Alice, no sin antes preguntarle si
Jasper estaría en su casa. La respuesta fue de mi agrado.

Me subo a mi carro y conduzco hasta la biblioteca de Forks, uno de los pocos lugares con historia
dentro de este pequeño pueblo. El lugar es gris y viejo, lleno de tanta información. Dios, cuánto
libro hay en cada estante, cuanta reliquia antigua que nadie se atreve a leer. Miro hacia la
anciana que apila unos cuantos y me acerco hasta ella, quien me observa detrás de sus anteojos
gigantes y gruesos. Sonríe con amabilidad.

—Buenos días —me dice, sujetando un libro entre sus dedos—. ¿Puedo ayudarle en algo?

—Buenos días —contesto—. ¿Dónde puedo encontrar libros de enfermedades mentales?

La anciana se lo piensa antes de contestar, moviendo sus labios arrugados y sujetando sus
anteojos con un par de dedos.
—Siga derecho, frente a Fisiología.

Miro hacia donde apunta y noto un pequeño cartelito que dice expresamente en letras negras y
fondo blanco: "Fisiología".

—Gracias.

Camino hacia el lugar y frente a fisiología está el gran librero de Salud. Me pregunto cómo es que
podré encontrar un libro tan exacto entre tantos más. Son cientos… ¡No! Miles y miles de libros
de diferentes colores y edades. Meto las narices entre los apilados y ahí me quedo, mirando
portadas y comparando títulos. Paso entre embriología hasta sexualidad humana, neurología,
cardiología, cirugía en el siglo XX…

Me exaspero y me siento en el banquillo, mirando hacia el tumulto de libros que he dejado a un


lado.

Escucho unas cuantas frases que alguien recita con serenidad. La voz me es conocida. Miro
entre las repisas, hago un hueco entre los espacios y lo veo. Jasper tiene un libro entre sus
manos y lee para sí mismo en voz alta. Me fijo en el título: "La Gaya Ciencia", Friedrich Nietzsche.
Me sorprendo, pues no creí que Jasper fuese un lector de la filosofía.

—Nosotros, los sin patria, somos demasiado variados, demasiado mezclados de razas y de
origen para ser hombres modernos… —susurra, apoyado contra la pared mientras lee con
demasiada concentración.

Toco su hombro y él da un pequeño salto que me saca una sonrisa. Cuando me ve no da crédito,
como si yo no perteneciese aquí.

—¿Bella? Digo, tú… ¿Qué haces en la biblioteca?

Ruedo los ojos y me cruzo de brazos.

—Leer —respondo.

Se sonroja.

—Ya. Solo me parece muy raro.

—Hey. Yo sé leer y lo hago a menudo —replico.

—No quería decir eso —me responde, avergonzado.

Le doy una ligera sonrisa.

—¿Vienes muy a menudo?

Se encoge de hombros y cierra el libro, para luego dejarlo bajo su brazo.

—Es un lugar al que estoy acostumbrado a visitar cuando estoy libre. —Hace una pausa y frunce
el ceño, mirándome con atención—. ¿Qué buscas por aquí?

Me muerdo el labio, pues no sé si contarle las sospechas que tengo de Jessica. Jasper me
genera confianza, pero no quiero parecer una loca a los ojos de él, además puede contarle a
Alice.

—Jasper —susurro—. Sabes lo que sucedió ayer, ¿verdad? En casa de Edward…


Su rostro cambia, preocupándose.

—Claro que lo sé —espeta, mirando hacia el suelo—. Aún estoy consternado.

Como si fuese automático, siento el dolor punzante en mis piernas producto de los cardenales.

—¿Cómo estás? —inquiere con un claro gesto preocupado.

Pienso bien en la respuesta, buscando la palabra correcta.

—Fatal. No voy por ahí creyendo que la novia de mi mejor amiga vaya a lanzarme por las
escaleras con ella encima de mí.

Levanta ambas cejas rubias y deja caer una suave mano en mi hombro.

—Estoy preocupado por esto. Pudiste salir herida. —Suena bastante parecido a Alice—. Es una
suerte que estés entera.

Creo que es buena idea confesarle a Jasper todos mis temores.

—Necesito información —le digo rápidamente, tomo su mano y lo dirijo hasta la repisa anterior—.
Ayúdame a buscar un libro sobre esquizofrenia, enfermedades mentales, lo que sea.

Jasper me observa con sus ojos celestes como el cielo y con algo de recelo, se acerca al librero
para buscar. Yo lo sigo y repaso entre otros títulos que no me interesan.

Veinte minutos después, Jasper grita un suave "¡bingo!" y me tiende un libro de portada roja y
letras doradas. Enfermedades mentales y sus consecuencias.

Cuando doy otra repasada, encuentro dos tomos sobre la manipulación mental.

Nos sentamos en las sillas apiladas alrededor de una mesa de madera limpia y él se cruza de
brazos esperando a que le cuente qué demonios sucede conmigo. No he dado muchos indicios
de mis "intenciones", por lo que parece muy curioso y asustado.

—Edward dijo que pasaría por ti cuando yo fuese a por Alice —me cuenta, mientras yo apilo los
libros y tamborileo sobre la portada de uno.

—No me ha dicho nada de eso. Ha salido corriendo cuando Jessica se lo ha pedido —digo con
cierto resquemor.

—Debes entenderlo, es su novia…

—¡Claro que la entiendo! —exclamo—. A la que no entiendo es a Jessica.

Jasper frunce el ceño, claramente interesado en mi tentativa de conversación. Se acerca a mí y


me queda mirando.

—¿Qué te tiene tan interesada en la investigación, Bella?

Suspiro, suplicando que no me trate de loca a mí.

—Esa mujer no se comporta con normalidad, eso está claro —murmuro—. ¿Sabes? Cuando
comenzó a discutir, Edward intentó calmarla y bajó a buscar las pastillas. No tardó ni tres minutos
en apuñalarse los brazos con el bolígrafo de carbón de Edward, ¿sabes por qué? Porque él me
había dibujado —gruño, asfixiada en temor—. Caminó hasta la escalera y me miraba, analizando
mi conducta. Cuando la vi llena de sangre lo único que hice fue correr escalera arriba para
socorrerla, ni siquiera lo pensé. Me sonrió con una frialdad perturbadora y de un empujón me
lanzó por las escaleras, mientras me agarraba de ella, lo que provocó que se lanzara también
—acabo.

Jasper tiene los ojos grandes, asustados. Sabe a lo que quiero llegar y por una extraña razón, sé
que también l0 ha pensado.

—La verdad es que Jessica siempre ha sido extraña, incluso antes de que ella haya manifestado
la enfermedad —susurra—. Edward me dijo que estaba confundida, decía que tú la habías
lanzado, pero que era obra de su golpe en la cabeza y la discusión.

Me frustro cada vez que oigo aquello. No es confusión, no es ningún golpe, ella sabía que
parándose ahí iba a socorrerla, es algo natural.

—Nadie lanza a cualquier persona por las escaleras —afirmo.

—Es diferente —me dice—. Tú no eres cualquier persona. Edward te ama y Jessica lo ama a él.

—¡Es ruin! —gimo.

—Lo sé —murmura—. De verdad sé el miedo que tienes.

Cierro los ojos y respiro para tranquilizarme, de pronto me siento ahogada en miedo.

—Quiero pensar que es la enfermedad, quiero leer en este libro que esto no es más que un
efecto de la esquizofrenia.

Jasper toma mi mano y me obliga a sosegarme.

—Independientemente de la razón por la cual Jessica actúa así, no es justo —espeta—, no es


justo que tú acabes envuelta en cardenales por un capricho idiota. Mírate, Bella, eres una mujer
muy frágil hoy, ella puede hacerte daño.

—¡No me importa si salgo herida! —gimo—. Yo no quiero que Edward cargue con una culpa
innecesaria, tampoco quiero que ella le siga quitando respiros.

—Lo sigues amando de la misma forma —susurra, sonriéndome.

Me ruborizo y abro el libro de enfermedades mentales. No le respondo.

Jasper me ayuda buscando en el índice y revisa hasta encontrar la hoja de esquizofrenia. Lo


primero que leo es que es una enfermedad grave y crónica, que se caracteriza por la tener
alteraciones en la percepción o la expresión de la realidad. Dou otras ojeadas y también me
informo de algunas consecuencias, como alucinaciones, delirios y conducta inapropiada. Me
quedo con lo último: trastornos afectivos.

Uno de los trastornos afectivos es la bipolaridad, un término muy nuevo. Me quedo pensando en
lo peligroso que esto para Edward, para mí e incluso para el mismísimo Carlisle.

Me atormento al saber que también puede provocar demencia. ¿Qué podría ser peor ahora que
Jessica solo está en una fase inicial de esta enfermedad?

—Dios, Jasper, esto es terrible —le digo, mordiéndome el labio inferior.

—Revisa el de la manipulación mental, quizá salga algo.


Lo hago. Paso mi dedo por algunas líneas, donde hablan de la religión, televisión y otros medios
masivos. Me percato de que muchas personas esquizofrénicas lidian con la manipulación de sí
mismos, pero no habla de los demás. La esquizofrenia no es una causante de las actitudes
manipuladores de Jessica.

Cierro el libro de golpe y miro al primo de Edward.

—Tengo que ir al hospital.

...

—¡No es buena idea! —me grita, agobiado.

—¿Qué? ¿Crees que va a matarme? —inquiero, dándome la vuelta para mirarlo.

—¿Y si Edward te ve? —Evado mi pregunta.

Ruedo los ojos.

—Él no está aquí, llamé a Alice desde el teléfono público y está en mi casa, esperándome.

La enfermera me dijo que Jessica Stanley estaba en el segundo piso, en la habitación nueve.
Nadie parece custodiar cuando yo me asomo, así que con valentía le pido a Jasper que me
espere afuera mientras intento hablar con esta mujer.

La habitación es pequeña y en ella hay dos mujeres más. Jessica está al fondo, junto a la
ventana, su pierna derecha está levantada con yeso y su rostro está bañado en cardenales.
Parece distraída, envuelta en sus propios pensamientos. Mientras camino, las otras mujeres
parecen estar más pendientes de mí que de sus fracturas.

Carraspeo y ella da un respingo. Cuando me mira no puede ocultar su asombro y por lo demás
miedo, un miedo que nunca había visto en sus ojos. Mi expresión ha de ser un poema a la rabia
que siento en estos momentos.

—Bella… —murmura, retrayéndose en su cama.

—Isabella —le corrijo—. No te tomes atribuciones que no te corresponden.

Con los brazos cruzados analizo en busca de una silla. Cuando doy con ella, me siento y me
acerco a Jessica sin apartar mi vista de sus ojos. Ahora ya no parece tan intimidante, ya no
parece la mujer que me lanzó por las escaleras.

—Vine por algo muy simple —le comento—. ¿Por qué me lanzaste por las escaleras?

Su rostro es un viaje a múltiples sensaciones y estados de ánimo. Sorpresa, enojo,


desesperación y mucho más. Es increíble. Mueve los labios en busca de palabras que no
encuentra, en alguna excusa que le sirva para que yo pueda redimirle de sus culpas. Pero no, ya
nada podrá ayudarle, su actuación manipuladora no es más que una farsa para tener a Edward
consigo y dejarme a mí a la deriva.

—Lo siento, no estaba en mis cabales —me dice al fin. Sin embargo, no es la respuesta que
esperaba.

—No te creo —exclamo con furia—. Ya basta de manipular, basta de mentir —le pido—. ¿Por
qué?
Pasea sus ojos por la habitación, sin saber cómo salir de esto. Quizá planea gritar para que las
enfermeras me saquen de aquí o piensa en la forma de decirle a Edward que la he atacado de
nuevo.

—Nunca quise hacerlo —insiste.

Endurezco mi semblante.

—¿Por qué le dijiste a Edward que yo te lancé por las escaleras? —vuelvo a cuestionar—. Casi
me envían a prisión por tu culpa.

Sus ojos se vuelven acuosos, desesperados y repentinamente tristes. Mantengo mi mente fría,
ella ya no puede generarme lástima.

—¡Fue lo primero que se me ocurrió! Debes entenderme —me dice desesperadamente—. Bella,
por favor…

—Ah, sí. ¡Qué fácil es! —espeto—. Eso no se hace, Jessica, no tenías por qué lanzarme de las
escaleras y acusarme de eso. ¿Y qué si me hubieses asesinado? ¿Eso querías?

—¡Claro que no! —Parece ofendida—. Bella, por Dios, amo a Edward, estaba desesperada…

—Basta —bramo—. No quiero que mi mejor amigo salga perjudicado en esto, le haces daño, lo
presionas, no le permites respirar. ¿Crees que eso es sano? Eres una manipuladora y él estará
agradecido de que le diga tus excusas de mi accidente.

Me levanto de la silla, pero antes de que pueda dar un paso, ella agarra mi muñeca y me obliga a
quedarme. La miro y ella con súplica, me pide que me siente nuevamente.

—No le digas nada, por favor —me pide entre lágrimas—. Haré lo que quieras, pero no le digas.

Me la pienso bien y concluyo en que quizá esto me ayude a mí también.

Acerco mi rostro al de ella.

—Déjalo en paz. No lo llames, no le presiones y no sigas manipulándolo. Si vuelvo a saber que tú


estás sacándole cada una de las cosas que ha hecho por ti, pues haré lo posible para que te deje
y no vuelva a dirigirte la palabra nunca más —concluyo—. ¿Está claro? —inquiero con los dientes
apretados.

Asiente frenéticamente y yo sé que esto está terminado, por lo menos hasta un buen tiempo.

Pero antes de irme, sé que debo decirle algo.

—Él no está solo, Jessica. Lo defenderé aunque mi vida dependa de ello —digo y me voy.

Camino por las calles con una sensación gratificante en mi pecho y sé que es producto de esta
pequeña discusión con Jessica Stanley. Merecía mucho más de lo que yo le pude decir, pero
debía mantener la compostura en ese hospital, también habían más mujeres ahí. Jasper me sigue
aún sin preguntarme algo, quizá por temor a ser demasiado desfachatado conmigo. Él carga con
el libro de esquizofrenia que pedí expresamente en la biblioteca, tengo que leerlo con más
tranquilidad para poder ahondar en el tema. Necesito saberlo todo.

No sé si Edward sigue en mi casa, pero lo único que espero es que sí esté. Siento movimientos
en mi estómago por la ansiedad y el camino se hace aún más interminable hasta el barrio.
Cuando entro con Jasper pisándome los talones, siento un aroma bastante agradable desde la
cocina. Escucho risas y algunas conversaciones divertidas que me sacan una sonrisa.

—¿Y bien? ¿Vas a decirme qué sorpresa te traes? —le pregunta la voz masculina con un tono
alegre en su voz.

—Tenía planeado muchas cosas, pero tú me has entorpecido los planes —dice la voz femenina,
riendo como pajarillo.

Carraspeo y entro al lugar, mientras que Jasper frunce el ceño sin entender mucho. Alice está
sentada en uno de los muebles y Edward está frente a ella con los brazos cruzados. Se lanzan
miradas enigmáticas cuando se dan cuenta de nuestra presencia, y yo al mismo tiempo siento
una punzada de desconcierto.

¿Qué hacen tan cerca?

—¡Bella! ¿En qué demonios andabas metida? —me pregunta Alice, bajando y acercándose a mí.

A Jasper lo saluda con un gran beso en la mejilla, pero el rubio ya no parece tan contento. Incluso
corrió levemente el rostro.

—¿Y a ti qué te ocurrió? —exclama mi amiga, sin quitar su buen humor.

Yo aprovecho de subir las escaleras para calmar la intensa rabia que tengo dentro. Odio sentir
esto porque es estúpido. No puedo estar sintiendo estos celos, no a esta altura. Me siento en la
cama y entierro mi rostro entre mis manos, respirando para tranquilizar a mi corazón. Al mismo
tiempo percibo los pasos de alguien a mis espaldas, caminando hasta mi lado para sentarse
luego unos centímetros más allá de mí.

Giro lentamente para mirarlo y lo único que veo es el par de ojos dorados. De pronto sonríe como
nunca lo había visto sonreírme, parece tan divertido de mi actitud. Me sulfuro y me cruzo de
brazos.

—¿Estás molesta? —me pregunta con tranquilidad.

—No —exclamo—. Solo estoy cansada.

Levanta ambas cejas y vuelve a sonreír entre dientes.

—¿En serio no estás molesta? —insiste.

—¡No! No estoy molesta, ya te lo dije, Edward —grito.

Se carcajea, lo que me pone de mal humor.

—Sí lo estás —profiere—. ¿Puedo preguntarte algo?

Suspiro, paciente. Asiento.

—¿Estás celosa? —inquiere de repente.

Abro mis ojos como dos platos y me levanto con brusquedad. Me doy un par de vueltas por mi
pequeña habitación buscando qué decir. Lo miro y no puede ocultar su sonrisa, parece tan
divertido como un niño.

—¿Por qué tendría que estarlo?


Se encoge de hombros y de pronto ya está acercándose a mí con esa mirada que promete besos
y caricias por doquier. Dios, no puedo evitar mirar hacia sus labios y saborear los míos,
esperando a que me bese. Pero él solo se para a centímetros de mí y me sonríe sin parar.

—Me miras como si quisieras asesinarme —me susurra—. Además, te has ido sin decir ni pío. Es
lo único que se me ocurre.

Me ruborizo y sigo sin poder apartar mis ojos de su boca. La veo gesticular, moverse y…

Cierro los ojos y me aparto.

—¿Qué planean?

—Es… algo que no tiene importancia.

Frunzo el ceño.

—Ah —susurro—. Supongo que está bien. —No puedo ocultar la rabia en mi voz.

—Así que estás celosa de Alice —murmura.

—¡Que no estoy…! Bien —exclamo—. Sí, lo estoy. ¿Contento?

Se larga a reír frente a mí como si yo no estuviese ya molesta. Pasan los minutos y aún sigue con
lo mismo, provocando sonidos escandalosos y asfixiándose con sus propias carcajadas.

—Qué celosa eres, Isabella, nunca lo pensé de ti —me molesta como un niño.

Ruedo los ojos y lo empujo hacia la cama, pero éste me ha agarrado de la muñeca y me ha
hecho caer sobre él. Choco con su pecho y sin poder evitarlo, me largo a reír con él. Paso mis
manos por su pecho y acomodo mi mejilla ahí, sintiendo su calidez.

—No me gusta compartir a mi mejor amigo —susurro, levantando el rostro para observarlo. Él
pone unos dedos en mi mentón y me queda mirando por un buen rato.

—No sabía que eras tan posesiva, cariño.

¿Me ha llamado… cariño? Mi cuerpo vibra en un millón de sensaciones.

Mis dedos se agarran de su remera y la aprietan con fuerza, sacando valor para seguir.

—Contigo puedo ser muchas cosas —le confieso.

Escondo mi rostro en su pecho otra vez y ahí me quedo, roja y avergonzada por haber dicho eso.

—Me gustaría ser testigo de todas ellas —me responde.

El silencio se hace entre nosotros, pero no parece incómodo, sino todo lo contrario. Estamos en
paz, respirando a un ritmo tierno y cálido. El único sonido que siento es el de su corazón, al ritmo
pacífico de siempre. De vez en cuando acaricia mi cabello con sus dedos o mi mejilla. Me
tranquiliza después de tener este día tan… violento.

Recuerdo a Jessica y se me levantan los vellos del cuerpo. Tengo miedo de que luego de lo que
le dije actúe como una loca. Pero no es miedo por mi seguridad, sino por la del hombre que me
sostiene entre sus brazos fuertes. Lo observo y sé que debo defenderlo, que yo estoy para él.

Soy la única que puede hacerle daño.


—Me gusta estar así contigo —le confieso, apoyando mi barbilla en su clavícula.

Huelo su aroma y cierro los ojos. Es increíble. Me genera tanta protección, tanta seguridad. Es
como si todos mis problemas desaparecieran, como si todos estos años de dolor no sean más
que una pesadilla de la que acabo de despertar. ¿Qué tiene él que me provoca este efecto? Es
como la medicina que cura todo de mí. Me pregunto qué sucedería si volviese a ser mío aunque
sea por una noche.

—Bueno, pues es mutuo —me responde con un tono divertido—. También me gusta observarte
dormir y sentir tu calor.

—Eres un sicópata —le digo, acariciando su quijada.

Me sonríe.

—Entonces, ¿por qué no alejarse de alguien tan peligroso como un sicópata? —me pregunta.

Me ha dejado sin palabras. ¿Qué puedo contestarle? Porque estoy enamorada de ti. No, eso no.
Debo ser franca, pero no a aquel extremo.

—A veces nos hacemos adictos a las personas peligrosas —le susurro.

Cuando nos miramos nos transmitimos lo que no podemos decir. Es increíble. La atracción nos
une, el amor nos enlaza y el deseo reprimido es lo que reina. Tenemos miedo de volver a intentar
algo demasiado peligroso, pero sin embargo no hacemos nada por evitarlo.

¿Por qué?

Quiero que me tome y me haga el amor una y otra vez, deseo sus besos y no solo en mi boca. Lo
deseo. Dios…

Sus ojos están oscuros, hambrientos. Lo necesito, pero freno cualquier impulso.

—Eso es masoquista.

—El temor es excitante —le susurro muy cerca de su oreja—. ¿Qué podemos hacer? ¿Frenarlo?
—Niego—. Hay que disfrutarlo.

Me sonríe.

—Qué increíble suenas. Hace diez años no eras tan valiente.

Hago una mueca, recordando el por qué.

—El tiempo nos convierte en personas muy duras, Edward —le comento, quitándole el cabello
que ha caído sobre su frente.

—Me gustaría saber por qué —murmura, acariciando mi rostro.

Evito sus ojos. De pronto me desespero, porque no sé si contarle ahora o nunca. El aborto,
Carmen, la prostitución, su falso fallecimiento… Es demasiado para mí. Mi corazón se rompe en
mil pedazos cuando me atrevo a mirarlo. Está tan preocupado.

Oh, mi Edward.

Lo abrazo como nunca lo había hecho antes, llenándome de su calor, olor y esencia. Uno que
otro suspiro se me escapa, rompiendo la tensión que se ha formado entre ambos.

—Me asusta que no me lo quieras contar —profiere.

Sé que no le enoja, pero sí le duele.

—Mi mundo es una mierda, Edward, no te entrometas en el infierno.

—Permíteme ir por ti —me dice.

—Ya lo has hecho.

Se ha hecho de noche y ya nos ha dado hambre. Además, Edward pronto tiene que irse. La razón
es más que obvia. No quiero sentir decepción, confío en que mi visita le haya hecho reflexionar,
Jessica no es tonta. Incluso estoy dejando de creer que está ciegamente loca.

Intento no tocar el tema de mis celos con Alice, aunque me mira con bastante diversión. Jasper
parece culpable cuando Edward le dirige la palabra, quizá porque sintió lo mismo que yo.

¿Qué hay entre Jasper y Alice?

—¿Qué secretos esconden ustedes? —inquiero cuando mi mejor amigo y mi mejor amiga se
miran con suspicacia.

Se encogen de hombros al mismo tiempo y estallan en carcajadas. Enarco mi ceja y reprimo un


gesto indecoroso para ambos.

—¿Podrías dejar los celos y entender que queremos darte una sorpresa? —me dice Alice
rodando los ojos.

—¡Alice! —la reprendo.

—¿Qué?

—No estoy celosa —exclamo.

Edward estalla en risas.

—Te estás ganando puntos en contra, Cullen —le gruño.

Jasper los mira y solo pone los ojos en blanco.

—Ambos se están ganando puntos en contra —me dice el rubio, solidarizando.

Alice junta sus cejas oscuras y gime, ofuscada. Se para de su silla y va hacia la sala, a los
segundos aparece con la revista en sus manos, esa donde salgo yo junto a Edward. Mi rostro ha
de ser una oda hacia la desesperación, puesto que el cobrizo me mira suspicaz. Cuando mi
amiga pone el objeto ante él, éste no puede ocultar su asombro.

—Vaya, no me veo tan mal —susurra, luego de bastantes minutos sin pronunciar palabra.

Noto lo rígida que estaba cuando mis hombros se relajan. No le ha molestado.

—Perdóname, Edward, no quería exponerte.

—Está bien —me dice con calma—. Es a lo que debemos exponernos al tener a dos estrellas en
nuestro círculo.
Le doy una mirada reprobatoria a la tonta de Alice, se suponía que yo tenía que mostrárselo. ¿Iba
a mostrárselo? La verdad es que no había pasado por mi cabeza.

—Mientras no nos pidan una portada en una revista, está todo bien —bromea Jasper, rompiendo
nuevamente una tensión acumulada en el ambiente.

Edward me da una mirada que conecta conmigo enseguida. Claro que recuerda el contexto de
esa fotografía, no podría olvidarlo. Un beso con el hombre que amas jamás se olvida.

Edward me pone un poco de antiséptico en la herida de la sien, al mismo tiempo que yo lo


observo tan cerca de mí. Su respiración choca con mi rostro, en calma, está muy concentrado y
no se da cuenta de todo el tiempo que me he quedado a contemplarlo.

—Aún está demasiado abierta —murmura, poniendo un poco más.

—¿Crees que cicatrice por sí sola?

—Claro que sí, pero te seguirá doliendo.

Hago un mohín.

—Ya está —dice y me besa la frente.

—Eres un excelente doctor —exclamo—. Gracias. —Beso su mejilla con toda mi gratitud y cariño.

—La verdad es que la medicina nunca ha sido mi interés —comenta, mientras tapa la botellita y la
deja en la mesita de noche.

—Pero lo haces muy bien.

—Hablando de médicos y esas cosas, ¿has vuelto a ver a Emmett?

No sé por qué creo que Alice le ha comentado algo. Entrometida.

—Sí —susurro. Lo noto tensarse—. Es el médico de mi madre. Es el mejor oncólogo que tiene
Washington.

—No me refiero a eso.

Me levanto de la cama y me pase un par de veces por la habitación; no quiero que se enoje. Aún
siento que es una traición, que no debí comer con Emmett. ¡Pero está tan distinto! Ya no es el
mismo arrogante de antes, claro que no. ¿Pero va a entenderlo? Edward sufrió mucho a manos
de él.

—Sí —le respondo, lo que le llama súbitamente la atención—. Emmett me invitó a cenar y fui.

Su rostro pasa por múltiples expresiones: rabia, dolor, decepción y una tristeza tan palpable que
me ennudece la garganta.

—¿De nada sirvieron todas las lágrimas que derramaste por él? —me dice.

—Edward…

—Creí que ya lo habías olvidado. —Sus ojos se tornan oscuros por la rabia.
—¡Ya lo olvidé! —gimo.

Cierra los ojos un momento para tranquilizarse. Emmett siempre le ha sacado de quicio.

—Es a ti a quien nunca he podido olvidar —suelto.

Los abre de sopetón y me queda mirando con una atención placentera. Le doy una sonrisa
avergonzada.

—Emmett es mi pasado, por favor déjalo ir —le pido.

—Me gustaría volver a hablar sobre eso, pero no hoy —me dice, pasando su dedo índice por mi
mejilla.

—Nunca podrás olvidar a mi ex novio, ¿no?

Niega, sonriéndome como disculpa. Ruedo los ojos y en unos segundos tengo sus labios en mi
frente, presionándome a un adiós. No quiero que se vaya, la sensación sin él es terrible. Lo miro y
no puedo hacer nada más que sonreír de vuelta, agradecer por el tiempo que ha pasado
conmigo.

—Bella —me llama antes de irse. Yo centro mi completa atención en él—. Te quiero.

Mi pecho se infla hasta que duele. Mil mariposas aletean en mi vientre.

—Te quiero —le respondo.

Quiero decirle que lo amo.

Lo veo salir por la puerta de mi habitación y no soy capaz de despedirme en la puerta principal,
nunca me ha gustado verlo irse.

Me siento en mi cama y suspiro. El día ha sido tan largo, tan lleno de sentimientos. Me pregunto
cuándo irán a parar, no creo aguantar tantos niveles de emoción en los meses que seguiré aquí.

¿Cuándo volveré a Los Ángeles? Mi trabajo está allá, necesito seguir en lo que tanto he luchado.
Quizá debo esperar a que mamá se recupere lo suficiente para llevarla a California y buscarle un
experto. Sí, eso está bien. Quiero a mamá muy cerca de mí mientras trabajo. ¿Y Edward?, me
pregunto de pronto. No puedo llevarlo conmigo, no somos más que… amigos.

Entro en desesperación al notar que debo volver a dejarlo tarde o temprano. ¡No! No podría,
dejarlo sería volver a sentir la miseria corriendo por mis venas. Dejarlo significa que él volvería a
las garras de Jessica. Yo lo quiero para mí. ¿Pero qué es correcto? ¿Qué debo hacer?

Alice entra a mi habitación y me queda mirando. Va a decir algo, pero le corto.

—Ahora no, estoy muy molesta contigo —espeto.

Rueda los ojos, quitándole importancia a mi advertencia. Debí haberlo sabido, a ella no le importa
si le digo que se vaya o no, se quedará sin importar lo frustrada que me encuentre.

Se sienta a mi lado y me soba la espalda con lentitud.

—Siento haberme comportado de esa manera, pero si no lo hacía yo, Edward jamás habría
sabido que su imagen rondaba por las portadas…
—¡Pero no tenías por qué hacerlo! —exclamo—. Por Dios, Alice, es un tema delicado.

—Ok, ya dije que lo sentía —murmura—. Y sé que estás así de enojada porque no quieres que
me acerque tanto a tu adorado Edward.

Frunzo el ceño, enojada.

—¡Ya deja de decir eso!

—¿Qué? ¿Que estás celosa? Dios, Bella, pero si lo estás.

Pongo los ojos en blanco y me cruzo de brazos.

—Solo somos amigos —me dice—. Además, me gusta Jasper.

—Hasta que te decides a confesármelo —murmuro.

—Pero si es tan notorio —profiere, cabreada—. Además, ni siquiera sé qué siente él por mí…
Bueno, da igual. No te quitaré a tu mejor amigo.

Suspiro e intento que no se note lo colérica que estoy en estos últimos minutos. La verdad es que
no es realmente por Alice y sus secretos, sino por Jessica.

—Ni siquiera sé por qué reacciono así —digo.

—Será porque lo amas —murmura.

Me encojo de hombros, harta de que los demás vean mi celoso amor por Edward Cullen. Odio
que se note, que dé hincapié para seguir con los rumores.

—No quiero dejarlo ir —confieso, observándola directamente a sus ojos azules.

Me sonríe con ternura.

—No lo hagas —dice como si fuese lo más obvio en el mundo.

—¿Y mi carrera? —le pregunto, esperando a que tenga una respuesta que me quite la amargura
del pecho.

—Ay, Bella. No seas tan pesimista —me regaña—. A veces creo que te gusta sufrir. —Pasa un
brazo por mis hombros y me atrae a ella—. ¿Cuál es la gracia de verle lo negativo a todo? Eres
mi mejor amiga y no me gusta que vivas pensando en lo que podría suceder.

Me miro los dedos, algo impactada por sus palabras. Odio ser así, pero desde que tengo
conciencia le he visto lo negativo a cada cosa que me sucede.

—¿Por qué pensar en que dejarás a Edward? No tienes por qué…

—Pero tengo que trabajar, él no partirá conmigo…

—¡Otra vez con lo mismo! —me vuelve a regañar—. ¿Crees que él te dejará ir? Bella, él me ha
dicho…

—¿Qué te ha dicho? —inquiero, de pronto demasiado interesada.

Se separa lentamente y frunce los labios.


—Oh no, creo que eso no debería decírtelo yo.

—¡Alice! —exclamo.

—Lo siento, prometí guardar el secreto —se encoge de hombros.

Gruño y me paseo por la habitación, mientras me despojo de mi ropa para reemplazarla por el
pijama. Alice me mira atenta a los movimientos que hago y a las barbaridades incoherentes que
digo producto de la frustración.

—Ahora ni siquiera sé si Edward va a contarme el secreto que te acaba de confesar —digo,


irónica.

—Si te comportas así con él cada vez que te place, creo que no lo hará —afirma.

—Edward sabe como soy.

—Y tenía la esperanza de que hayas cambiado eso.

Sé que a veces puedo ser un infierno y qué gran infierno. Pero, ¿por qué no me lo dijo él mismo?
¿Por qué oírlo de mi mejor amiga? Me duele.

—Siento que si me apropio de mis sentimientos y me dejo llevar, todo volverá a ser como antes
—jadeo.

—¿Y qué tiene de malo?

—No quiero que volvamos a lo mismo —susurro—. Hui por miedo, no quiero volver a lo mismo.

Alice cierra su boca, indispuesta. No volverá a repetirme lo mismo, ella no es así. Quisiera poder
intentarlo, pero sería innecesario ahora que Jessica está entre mi escrutadora mirada. ¡Jessica!
Debo contárselo.

Mi mejor amiga no se sorprende cuando lee el libro de esquizofrenia, menos cuando le comento
que fui a verla al hospital. Insiste en que atacará, pero que no debería tener miedo, Edward va a
protegerme.

—Yo no quiero que me proteja. Precisamente era para protegerlo a él que he ido a visitarla a esa
maldita habitación.

—Edward es el único capaz de calmarla.

—¿A punta de manipulación? Alice, ella se calma cuando él la complace en todo lo que quiere, es
injusto.

Piensa por unos segundos, mirando hacia el suelo. Levanta la cabeza y me sorprende lo tranquila
que está.

—Has sido valiente.

Le sonrío.

—Por él puedo dejar de lado cualquier cosa, hasta mi felicidad.

...

13 de Enero, 1980
Gracias al cielo Jessica no ha vuelto a molestar. A Edward le ha sorprendido y le entiendo, sobre
todo porque Mike Newton se ha encargado de ayudarle en todo lo posible. No sabía que seguían
siendo amigos, más aún cuando el cobrizo ha estado tan presente en la vida de ella.

No he podido ir a Seattle, por lo que me siento culpable. Llamé a mamá en la mañana y ella me
ha dicho que no pasa nada y que tuviera un muy feliz cumpleaños. Sí, feliz…

No estoy acostumbrada a celebrar estas cosas y no estoy segura de hacerlo esta vez. Me agobia
saber que ya tengo 29, una edad en la que debería estar casada y tener hijos. Pero no hay nada
de eso, solo un amor atormentado por nuestro círculo, un amor que nunca he podido confesar a
pesar de que mis gestos lo gritan a los cuatro vientos.

Alice me llama desde el teléfono, señalándome con la nariz arrugada que es alguien que no me
simpatiza. Tomo el aparato y lo pongo en mi oreja, pero no tardo en descubrir que es James.
Pongo los ojos en blanco y escucho sus cínicas palabras de felicitación. Lo detesto.

—No me pasaré por L.A. hasta nuevo aviso —le digo cuando acaba.

—Pero, Isabella, necesitas seguir con tu carrera…

—Mi familia es más importante —espeto.

No dice nada hasta unos minutos después.

—¿Es que acaso tiene que ver con ese chico de la revista?

—¿Qué chico? —inquiero, sin entender.

—¡No me mientas! Salías abrazada junto a un hombre en esa celebración de año nuevo.

Suelto el aire que tengo conservado en mis pulmones y taconeo contra el suelo. No sé qué decirle
para quitar a Edward de esta conversación.

—Eso a ti no te importa, James —escupo.

Se larga a reír con sorna, elevando los vellos de mi cuerpo. Me cuesta mucho aceptarlo, pero
James siempre me ha dado temor. A veces no reacciona como esperaría de un hombre normal y
Alice comparte la opinión. Si seguimos trabajando con él es porque quizá no nos interesaba
mucho nuestra vida, pero ahora… tengo dos razones, o más bien dos personas por las que
seguir.

—Ten cuidado con quien estás hablando —me amenaza.

—No te tengo miedo —miento—. Debes tener cuidado de hablarme así a mí, yo te he dado
trabajo.

Siento un golpecito en la puerta, Alice brinca hasta ella para abrirla y grande es mi sorpresa al ver
a Edward con una cajita plateada en sus manos. Él me mira y me guiña un ojo. Dios, se ve
espectacular con ese sweater azul y esos blue jeans a la moda.

—Tengo que cortar —le digo, y no espero a que me responda, me da igual.

Cuelgo y me acerco con las piernas temblorosas hacia su encuentro. Me paro frente a él y le doy
una sonrisa nerviosa, viendo la cajita plateada entre sus hábiles y esbeltos dedos. Él tiene las
mejillas ruborizadas y los labios levemente elevados, ocultando un temblor.
Alice me da una corta mirada y se marcha hacia otra parte para darnos intimidad.

—Hola —saluda tímidamente.

—Hola —le imito con el mismo tono.

—¿Sigues teniendo esa pequeña aversión a los cumpleaños? —me pregunta.

La expresión de mi rostro debe decir mucho, porque él solo se ríe de mí.

—Nunca me gustó ser mayor que tú —le contesto.

—Son solo cinco meses —ríe.

Pasa sus dedos en mi mejilla, grabándose mis expresiones. Siempre lo hace y yo suspiro. Sí…
suspiro de amor. Es un imán y yo me apego a él, abrazándolo por su cintura. Besa mi cabello y
deposita caricias furtivas por mi espalda.

—Me encanta que estés hoy conmigo —le confieso.

—La última vez no pudo ser —me recuerda.

Y es cierto. Mi cumpleaños fue tres días antes de marcharme de Forks. No había querido verlo y
él me entregó una carta, explicándome sus sentimientos. Me obligué a no corresponder y a cerrar
mi corazón.

—Olvídalo —le suplico—. Hoy estoy aquí.

Se separa y me tiende una pequeña cajita plateada. Es hermosa, tan hermosa que no quiero
romperla para ver qué hay dentro. Tiene un lazo blanco de tela, anudado alrededor y acabando
en un moño en su portada. Lo hizo él, lo sé.

—Iba a dártelo aquel día, pero ya sabes… Bien, debo olvidarlo, lo siento.

Se me aprieta la garganta al tomarlo entre mis dedos, los cuales tiritan sin control. Edward toma
la caja también, poniendo sus manos sobre las mías. Nuestros ojos están puestos en contacto
mutuo, saboreándose

—No quiero romperlo —le confieso.

—El papel nació para un propósito, y ese es romperlo —me dice.

Le sonrío, y con cuidado voy abriéndolo, descubriendo la solidez de la caja, que es de madera.
Está tallada con una delicadeza propia de un artista, no un simple carpintero. Es mi nombre junto
a un montón de flores que parecen reales, la letra es cursiva y detallada, pulcra y espaciosa. Una
deliciosa pieza de arte.

Oh Dios, Edward.

—Ábrela —me pide.

Busco el broche dorado que hay a un lado, lo levanto y voy quitando la tapa. Mi corazón se ha
parado y mis ojos se han llenado de lágrimas.

El interior de la preciosa caja está forrado de terciopelo rojo, y dentro se esconde el regalo más
hermoso que nadie jamás me ha hecho. Es una pareja que simula un baile en una pista de baile,
la cual tiene un techo de ramas y hojas.

—Supongo que recuerdas lo mucho que te gustaban las cajitas musicales —me dice.

Asiento sin poder evitar las lágrimas.

Edward con cierta delicadeza le da vueltas a la llave, y al acabar suena una melodía
inconfundible, Claro de Luna. Me pregunto cómo la hizo… Es perfecta. La pareja baila, dando
vueltas en una sincronía perfecta. Están pintados con los detalles únicos que solo él podría
brindarles.

—¿Y qué dices? —profiere, pues yo no he dicho nada, solo lloriquear.

La apego a mi pecho con un cariño empoderado en mí.

—Es perfecta —susurro—. Gracias, Edward.

Beso su mejilla, mojándolo con mis lágrimas. Me cuelgo de su cuello y lo miro con todo el amor
que puedo brindarle, quizá no puedo decírselo, pero sí expresárselo.

—¿Te gustaría venir conmigo?

Frunzo el ceño con una sonrisa divertida en mis labios.

—¿Podría saber dónde?

Me niega con su cabeza, prometiéndome el día más feliz de mi vida.

Me despido de Alice y parto junto a Edward hacia donde sea que me quiera llevar. Me quejo un
poquito, no me siento totalmente presentable con la ropa que llevo puesta, aunque él afirma que
no necesito.

Le entrego mis llaves para que él conduzca.

El clima está estable y ha salido el sol. El sol me pone alegre. Edward me mira de vez en cuando
y me sonríe, a lo que respondo de la misma forma. Me doy cuenta que salimos de Forks, pero no
me atrevo a preguntar, sé que no me dirá a dónde nos dirigimos. Pasamos por un lugar que
conozco hace mucho tiempo, el que no había pisado hasta hace poco, cuando lo vi junto a
Jessica.

Aquí no hay nieve, solo humedad. Es el típico clima mojado de este lugar, tan cerca de Port
Angels. El sol sale por las colinas, pegando fuerte ante nuestros rostros. Es agradable sentir el
viento, como también el aroma a pino. Miles de recuerdos…

Piso el pasto con cuidado y camino con Edward. Nuestras manos se han entrelazado, lo que a
ambos nos parece lo más normal del mundo. Me ayuda a evadir ramas y troncos viejos, aunque
un par de veces tropecé. Cuando llegamos al destino, parece que hubiese sido ayer cuando lo vi
por última vez junto a él.

—No me culpes si me pongo a llorar en cualquier momento —le advierto, frunciendo los labios.

—No te preocupes, sé lo sensible que eres —me dice.

Me siento en una piedra, de frente a la laguna. Me apoyo con los codos en las rodillas y dejo
escapar todo lo que siento. Mi pecho sucumbe en sollozos descontrolados y mi rostro es un
charco de lágrimas gruesas y llenas de pesadumbre. No tardo en sentir su calor a mi lado,
uniéndose a mis sentimientos llenos de dolor y placer. Dolor por todo lo que dejamos atrás y
placer por lo que volvemos a obtener.

—Lo siento —le digo—. Estoy arruinando todo al llorar. De verdad, lo siento.

Intento separarme mientras limpio las lágrimas de mi rostro, pero él mueve su cabeza
negativamente. Pasa sus pulgares por mis mejillas y me las besa esporádicamente, como si
quisiera reparar todo el daño que hay en mí. Se agacha frente a mí con una rodilla en el pasto,
tomando una de mis manos. Me mira y me sonríe con amabilidad, como si quisiese guardar todos
mis secretos.

—Cada vez que te veo llorar me dan ganas de que sea la última vez —me confiesa—. Daría todo
lo que tengo por saber qué es lo que te ocurrió para que seas como eres.

Hago un mohín al oírlo decir eso, las lágrimas se tornan más gruesas y los sollozos son audibles
en todo el paraje.

—Quisiera volver a ser la misma de antes, pero no puedo —susurro—, quisiera volver a ser quien
tú quieres que sea.

—No. No necesitas volver a ser la misma de antes. Yo también he cambiado.

—Me es tan difícil estar aquí contigo —le confieso—. Vuelvo a ser la Isabella que dejé aquí,
contigo.

Me da una sonrisa triste y entrelaza sus dedos con los míos.

—No, Bella, esa Isabella se fue contigo. Yo me quedé solo con tu recuerdo, esperando el día en
el que decidieras volver.

Suspiro.

—Feliz cumpleaños —añade.

Vuelvo a llorar y me entierro en sus brazos para no volver a salir. Edward es el mejor regalo,
Edward es la mejor medicina. Es su calidez, su ternura y su fortaleza, todo eso es lo que me
permite seguir.

—Ven, quiero mostrarte algo. —Vuelve a entrelazar sus dedos con los míos y me incita a caminar
por el sendero, con la laguna frente a nosotros.

Los árboles crean una barrera gruesa, lo que tapa considerablemente una pequeña cabaña que
nunca había visto. Es antigua, bonita y muy especial, como la de los cuentos infantiles. El tejado
es color burdeos y la fachada de un extraño tono marfil. Su alrededor está cubierto por una valla
de ladrillo cubierta de musgo y enredadera.

—¿Cómo es que nunca la vimos? —le pregunto, maravillada.

Me sonríe como si supiese el secreto de la creación humana.

—Jamás nos propusimos cruzar el sendero —me dice.

—Quizá porque éramos demasiado jóvenes.


La cabaña está a tres o cuatro metros del lago, un camino de piedras genera una dirección desde
la puerta hasta la entrada del agua. El pasto, cubierto de flores silvestres, le da algo de color al
deteriorado entorno del lugar. Al parecer no se han pasado muy seguido por aquí.

—Hace unos años caminé hasta acá con la intensión de despejar mi mente —me cuenta—, lo
que me encontré fue esta hermosa cabaña a pies del lago que tiene tantos recuerdos para mí.
—Suspira.

—¿Sabes quién vive aquí? —le pregunto, mientras acaricio el ladrillo con mis dedos.

—Nadie vive aquí.

Levanto mis cejas, algo asombrada. ¿Quién dejaría una cabaña tan hermosa en medio de un
paisaje tan fenomenal como este? Además tiene chimenea. ¡Y está a metros del lago!

—El Señor Masen ha vivido aquí junto a su esposa por muchos años —dice, mirando de soslayo
hacia el bosque—. Aquí criaron a sus hijos, disfrutaron de sus nietos… Hasta que ella decidió
partir. —Su voz se torna melancólica.

—¿Le dejó? —inquiero.

—No. —Frunce los labios, pues al parecer es peor que eso—. Murió.

Qué terrible. Saber que quien amas está muerto es imposible de describir, no hay palabras, no
existen.

—Debe haber quedado devastado —murmuro.

—Sí —me dice—. Por eso decidió venderla. Se mudará con su hijo en Seattle y no necesita nada
de lo que hay ahí—. Voy a comprarla.

Mi atención se centra completamente en él. ¿Va a comprarla? Oh… Eso no me lo esperaba.

—Quiero restaurarla. Voy a recrear esta casa como lo era antes —dice con apremio.

—Me encantaría ayudarte.

Pasa un brazo por mis hombros y me besa la frente.

—Por eso es que te lo he comentado, porque quiero que estés conmigo cuando sea mía.

Edward me cuenta que el Sr. Masen es un viejo amigo de su padre, aunque él le dobla en años.
Muchas veces el cobrizo corría por los campos mientras la Sra. Masen lo perseguía entre risas.

De pronto me imagino a un pequeño Edward corriendo como si la vida se le fuese en ello. La


imagen me hace sonreír. Me abrazo a mí misma, inundada de ternura. Debió ser el niño más
hermoso que una madre podría tener. La Sra. Cullen tuvo que amarlo con todo su corazón.

—Ayer vine al lago, necesitaba pensar muchas cosas —me cuenta—. Vi a Emmett de camino
hacia Forks, en la bencinera.

Frunzo el ceño.

—¿Qué hacía aquí?

Se encoge de hombros. Aún parece furioso con él.


—Se atrevió a saludarme —dice con ironía—. Es curioso, antes ni siquiera me miraba.

—Emmett ya no es el mismo, ya te lo dije.

Levanta las cejas, con ánimo rendido.

—No te preocupes, sé que tu primer amor jamás podrías olvidarlo. Entiendo que quieras saber de
él, no tengo cómo impedírtelo —dice atolondradamente.

—¿Por qué dices que es mi primer amor? —le pregunto.

—Es lo lógico, fue tu primer novio…

Niego rotundamente.

—El primer amor no siempre es la primera persona con la que estás —le digo calmadamente—.
El primer amor es con quién comparas a todos los demás, aunque no quieras hacerlo. Tu primer
amor es la persona a la que jamás superarás, aunque estés convencido de que ya lo hiciste.

Si tan solo supieras, Edward…

—¿Él no lo fue? —se atreve a preguntar.

Niego cansinamente.

—Yo solo he querido ser amable con él. ¿Es que acaso no se lo merece?

Suspira. Parece cansado.

—Eres una obra de arte, la cual no acepta que le toquen. Permites que te admiren, que te
halaguen, pero al primer roce ya es un delito.

Mis ojos se aguan con la intensidad de su metáfora.

—Sabes que me da miedo…

—Tu fragilidad está a salvo conmigo —murmura—, pero no puedo adivinar qué es lo que te ha
pasado para que estés así.

Lloro, de pronto devastada por los recuerdos. Todo sería tan distinto si desde un principio le
hubiese dicho que esperaba un pedazo de él. Quizá hasta haya salido a salvo.

—Eres mi pintura favorita —manifiesta—. Una obra de arte incalculable para mí. Verte llorar es
ver demacrada a la pieza más pura de mi colección. No llores más, por favor—. Su dolor es tan
palpable, tan mortificante. A Edward le duele mi sufrimiento.

No. No quiero que sienta mi miseria, no quiero que se inunde de mis llantos.

—Una obra de arte —susurra, acariciando mi rostro—. Solo puedo admirarte, es eso lo que
permites.

—No digas eso —le pido.

—Shh… —sisea.

La brisa se mueve ante nosotros y el sauce nos llama con un movimiento feroz de sus ramas. Ese
viejo sauce… Edward, con sus dedos entrelazados entre los míos, tira de mí para levantarme. Me
hace caminar hasta el árbol y nos quedamos bajo su sombra protectora, con el rostro frente a la
laguna cristalina y limpia. El reflejo nos muestra a una pareja enamorada, con sus manos unidas,
incapaces de declarar su amor por el temor. Y la cobarde soy yo. Esa Isabella es la misma niña
que dejé atrás, y él, el Edward que siempre ha sido, él no ha cambiado en lo absoluto. Su pureza
jamás se irá.

No quiero que me pertenezca, no soy digna de eso.

James insiste en que tengo todo lo que necesito allá, en Nueva York, en California. Dinero, sí,
dinero, gente que adora mi rostro, mi cuerpo… Tengo fama, luces, talento. Pero no soy nada sin
él. Todas esas porquerías son insignificantes, simplemente porque lo que realmente me alimenta
es su cariño. No me importa cómo ni lo que demuestre, sea su amistad, su compañía, su calor,
todo de él servirá, aunque seamos unos simples amigos.

Yo le pertenezco y él es digno de algo mucho más limpio. Pero él no lo entendería, no, porque no
conoce nada. Y no quiero que lo conozca. Edward no debe traspasar esa línea, es por su bien.

—Debo confesarte que vine al lago el primer día que pisé Forks. —Largo una sonrisa amarga—.
Te vi con Jessica… ¿Por qué? Edward —inspiro para evitar alterarme—, es nuestro lago. —Trago
saliva, dispuesta a decir lo que tanto he temido—. Aquí me hiciste el amor, fui tuya a orillas del
agua y tú la trajiste aquí… ¿Por qué? —vuelvo a preguntar.

Respira, mira hacia el pasto medio arrancado y a las piedrecillas que se esconden en el fondo.
Espero a que diga algo, a que sea sincera como yo también lo he sido con él.

Estoy sonrojada y sé que es por lo que dije. Sé que no soy quién para ruborizarme cuando hablo
del sexo, pero es que precisamente, con Edward nunca fue sexo. Hicimos el amor, me entregué a
él sin pensarlo, porque no necesitaba hacerlo, estaba escrito, debía hacerlo y lo quería. Y es que
con Edward vuelvo a ser una niña enamorada, esa que se avergüenza de cosas tan simples
como hacer el amor.

—Porque soy un estúpido —declara—. Creí que podía hacerlo, que esos recuerdos iban a irse
con el tiempo. —Me sonríe con pesar—. Nunca sucedió. Nunca pude dejarte ir. Jessica insistía
tanto, solo la traje para que viera que estabas tú en todas partes.

—Pero… tú y ella… —Trago saliva, recordando cómo Jessica besaba a mi cobrizo, saboreándolo
de la forma en la que yo quiero saborearlo.

—No, Bella —dice—. Yo nunca me acosté con Jessica.

¿Qué? Mi corazón da un salto.

—Si lo hacía tú volvías a mi mente —confiesa—. Eras tú siempre, tú aquí en el lago,


observándome con las ansias incrustadas en tus cuencas.

Su inocencia es mía, solo mía… Dios mío.

Buenas noches :D cumplo con otro capítulo del fanfic. DIOS estos dos son tan románticos, ya
quieren comerse a besos. En los próximos capítulos les prometo el infierno, la tierra y el cielo, se
viene una explosion de emociones que hasta a mí me tiene entusiasmada. Espero les haya
gustado este largo capítulo, lleno de amor y llanto.

He cambiado la fecha de cumpleaños de Bella para darle una cronología a la historia y algo
diferente. Espero no moleste.
Gracias por sus rr, estare respondiendo mañana a cada una.

Muchos besos.

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Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

XXIV

Isabella POV

Busco la manera de responder a su confesión, pero no encuentro la palabra correcta, ni siquiera


sé cómo expresarme. Estoy en un estupor no muy común en mí, un estupor que solo me provoca
Edward cada vez que puede.

Él me mira, esperando una respuesta, pero no sé qué contestarle. Siento que si abro la boca, la
cago, así de simple. Sus francos ojos dorados están expectantes y muy abiertos, casi como si
buscara algo en mi rostro o en mi expresión.

—Perdóname, no quería decirte más de la cuenta…

—No, está bien —lo interrumpo—. Solo me sorprende… —No sé cómo acabar la frase, de mi
boca solo sale jadeos.

—No podía mentirle a Jessica —se encoge de hombros cuando dice eso—, y tampoco puedo
mentirte a ti.

—Lo entiendo —murmuro—. Edward, yo sí lo hice con otras personas…

—Da igual —ahora me interrumpe él—, no puedo pedirte fidelidad.

Asiento con los ojos llenos de lágrimas.

—Me hubiese gustado ser como tú —le comento.

—¿Qué tiene de especial ser como yo? ¿Te hubiese gustado estar toda una vida esperando a
que tu mejor amiga vuelva, cuando sabes que no sucedería nada entre ambos?

Acaricio sus mejillas sin apartar mis ojos de los suyos, quiero grabarme su expresión cuando se lo
diga.
—Déjame ir —le suplico, mientras un sollozo escapa de mi garganta—. Eres una persona buena,
leal, pura… Olvídate del pasado y quédate con el presente —inspiro aire para controlar el temblor
de mi voz—, yo no te hago bien.

—Sí, sí me haces bien —exclama—. Por favor, Bella, quédate conmigo. No te pediré nada a
cambio, solo… olvídate de todo lo que pasó antes. Que esto sea como comenzar de nuevo.

No puedo pensarlo, porque de verdad lo quiero, lo necesito.

—Quiero a mi mejor amiga otra vez —me susurra—, a esa que adoraba abrazar mientras veía
televisión. La que se quedaba dormida a mi lado cuan gato doméstico, enroscada en el sofá.
Bella, no sabes cuánto te he extrañado.

Pongo mi mejilla en su cuello y me quedo con su calor. Sería cruel para conmigo misma siquiera
pensar en una negativa. ¿Qué cosa mala podría suceder?

—Está bien, Edward, comencemos otra vez.

...

11 de Febrero, 1980

Los días pasan casi tan rápidos como los minutos y los segundos con él, no me doy cuenta
cuando ya he pasado una tarde completa con Edward, como en los viejos tiempos. A veces él
viene a mi casa para cenar y nos quedamos viendo una película, o simplemente leemos en
silencio bajo la luz tenue de mi habitación. Nuestro silencio es cómodo, ligero y típico. A Alice no
le gusta estar con nosotros la mayoría del tiempo, dice que nuestra burbuja es tan gruesa que es
imposible penetrarla.

Con frecuencia va a cenar con Jasper, quien ya me ha confesado los intereses de él hacia ella.
Le gusta, mucho, tanto así que tiene planeado muchas con cosas con Alice Brandon. A mí
también me gusta que compartan esos sentimientos.

Mamá ya está mejor, tanto así que ya le ha vuelto el color a sus mejillas y su cabello brilla, tan
rubio y perfecto como siempre. Incluso sus ojos han recuperado el brillo natural y el color azul del
que tanto recordaba cuando estaba lejos de ella.

A Jessica aún le falta un mes más para recuperarse, por lo que tiene reposo absoluto para
bastante tiempo más. Edward la visita cada vez menos y pasa mayor tiempo conmigo.

No sé por qué me siento culpable.

Intento desechar todo rastro de culpa de mí y prosigo con mi vida como si nada malo sucediera.
Es lo que intento y lo he logrado por casi un mes.

Edward está más contento y eso se nota.

Incluso el clima parece sonreírnos, ya que solo llueve y la nieve nos ha abandonado. Aunque
claro, Forks nunca se ha caracterizado por ser un pueblo donde nieva mucho. La primavera se
aproxima y ansío el olor de las flores junto a sus colores, a pesar de ser alérgica.

Pongo mi abrigo en el asiento de cuero negro y acomodo un poco para que no estorbe al
sentarme. Cuando acabo, me pongo ahí y enciendo el motor. Escucho el sonido del encendido y
ya comienza a funcionar, lo que a Edward le alerta de que debemos irnos. Él sale de casa y corre
hasta el asiento del copiloto, donde se posiciona con rapidez.
Iremos a Seattle para ver a mi mamá, quien se muere por estar con nosotros. Claro, es una
sorpresa.

—Estará muy feliz de verte —le digo, guiñándole un ojo.

—Y me regañará porque no he ido a verla antes —murmura.

—Está bien —intento quitarle presión al asunto—. Tienes trabajo y necesitas cumplir.

Y yo también tengo que hacerlo. James me ha llamado cada día para cerciorarse de que aún no
planeo dejar la carrera. Me está sacando de quicio, odio las presiones y las órdenes. Alice planea
viajar a Nueva York, aunque lo veo poco probable, ya que está bastante entusiasmada con
Jasper.

Manejo con cuidado por la interestatal, mirando de reojo hacia Edward que cambia de emisora a
cada minuto. Al parecer no le gusta la música que yo suelo escuchar.

—¡Hey! ¿Por qué la cambiaste? —le pregunto cuando ha pasado de mi favorita, Janis Joplin.

—Recuerdos —me dice rápidamente.

Sé que no debo responderle nada más, pues no quiero ahondar en la tristeza que me ha estado
embargando cada dos minutos. Decido optar por la alegría y dejar pasar esto, así ninguno de los
dos se sentirá incómodo.

Durante el mes hemos tenido algunos contactos que nos mantienen al borde de las llamas. Y no
sé cómo es que el autocontrol ha sido tan fuerte, pero no hemos obtenido nada más que caricias
furtivas que nos motivan a más. Sentir su calor en mi espalda cuando de pronto aparece detrás
de mí, o el simple contacto de nuestros dedos cuando hemos intentado alcanzar el mismo objeto.

—¿Cómo está Jessica? —pregunto para generar un ambiente más grato.

No es que ella me interese, pero sigue siendo la novia de mi mejor amigo.

—Igual que siempre —me contesta—. Me parece extraño que ya no se interese tanto por mí.

—¿Te molesta? —inquiero con el corazón en la boca.

Él da una pequeña risa que me mantiene en vilo de la respuesta.

—No —contesta—, solo me parece… raro.

Levanto mis cejas y muevo mis dedos por el manubrio, mientras suena Suspicious Mind de Elvis
Presley.

—Debe sentirse mal por lo que me hizo —digo con ironía.

—Sé que estuvo mal.

Me encojo de hombros y lo miro, pues estamos en rojo. Alargo una mano hasta la suya y con
timidez acaricio sus dedos. Él los entrelaza con rapidez y acaricia el dorso con su dedo pulgar.

—Gracias por preocuparte, no sabes cómo me sirvió que estuvieras conmigo esos días
—profiero.

—Debo remediar todos los días que no estuve contigo para cuidarte —me dice.
El semáforo ahora está en verde, por lo que separo mi mano con un poco de brusquedad.

Durante el mes me ha lanzado muchas indirectas que me revuelven el estómago. Quiere saber
por qué es que soy así, cómo logré ser actriz y qué hice durante los pocos años que toqué
puertas, buscando la forma de entrar a algún casting. Todas las noches me imagino su reacción
cuando le cuente, pasando del enojo hasta la decepción. A veces solo quisiera que mi pasado
nunca se revelara, que jamás haya existido… Pero existe, es real y me atormenta cada vez que
puede.

—¿Le has hablado a tu padre de la cabaña que quieres comprar? —Quiero cambiar de tema lo
más rápido posible.

—Aún no lo creo correcto —me dice, lo que me llama la atención—. Ha estado muy irritable este
último tiempo.

Su comentario me entristece.

—Debe ser por mí.

—No lo tomes en cuenta —me aconseja con la voz calmada.

Asiento con un nudo en la garganta.

Últimamente me preocupa Carlisle. Había intentando creer que no me importaba, pero no puedo.
Me hubiese gustado que mi relación con él haya sido diferente, algo así como la de Edward y mi
madre. Sé que he dañado a su hijo en más de una ocasión, pero estoy arrepentida. Él nunca
podrá aceptarme y debo acostumbrarme a la idea.

Aparcamos en el estacionamiento a eso de las 12 pm. El clima ha descendido bruscamente, lo


que nos alerta que aún falta para que la primavera toque a nuestra puerta. El cobrizo pasa un
brazo por mis hombros y me da su calor, yo me apego a él y me olvido de mis pensamientos
pesimistas.

El hospital parece un palacio ahora que estoy con su compañía, es ese el efecto, soy feliz a su
lado sea como sea.

Toco la puerta de la habitación y a los dos segundos Jane ya ha abierto. Viste de enfermera, ha
peinado su cabello e incluso se ha maquillado levemente. Se ve hermosa. Le doy un leve abrazo
y con cuidado me acerco hasta la mujer de cabello brillante como el sol, que me sonríe con la
gracia propia de siempre.

Cuando nota a Edward, sus ojos pasan a la emoción absoluta. Siempre lo ha querido como a su
propio hijo.

Pero antes de que pueda dar otro paso más, veo a alguien que conozco muy bien en un rincón,
intimidada por mi aparición. Carmen viste el típico abrigo negro y su sombrero horrendo con la flor
tejida en el lado inferior derecho. El cabello le ha crecido un poco, enroscándose a la altura de la
barbilla.

—¡Qué grata sorpresa! —exclama ella, elevando sus brazos para estrecharme con fuerza.

Uau. Ha recuperado hasta su peso.

—¡Y tú, que no has venido antes! —le regaña a Edward.

Cuando me separo, ella también lo abraza. Puedo notar su cariño de madre, pues sabe que él la
perdió a los 12 años. Yo por mi parte solo sonrío viendo la escena que se me es presentada.

—Lo lamento, Renée, es el trabajo… Ya sabes —se disculpa el cobrizo.

Mi atención no se centra completamente en mi madre y sus constantes palabras a las que no


tomo en cuenta, sino en mi prima y en Jane, a quien le doy una corta mirada. Ella tenía prohibido
dejar entrar a esa mujer.

—Hola, Bella —me saluda Carmen, acercándose lentamente con los ojos llorosos por el miedo.

Edward pasa un brazo por mi cintura con inercia y yo me apego a él. Lo miro y solo veo
preocupación. Sé que es por el constante temblor que tengo en mis manos y la furia incrustada
en mis venas.

—Carmen —espeto—. ¿Qué haces aquí?

Renée no entiende nada, posa sus ojos en cada uno de nosotros buscando algo de información.

—Solo venía a despedirme de mi tía —dice—. Me marcho a Tacoma mañana.

—Ah. No lo repitas, querida, sabes que me apena mucho —exclama mamá, haciendo un mohín
triste.

Si mamá supiera todo lo que Carmen ha hecho, de seguro no la trataría de la misma manera,
pienso.

Miro a mi prima, quien mueve sus dedos y los aprieta entre ellos; está nerviosa. Yo trato de
respirar y reprimir mi enojo, sobre todo porque está Edward a mi lado y mi madre, a quien no
quiero preocupar.

—Supongo que… suerte —murmuro—. ¿Puedo saber por qué? Hasta hace un tiempo decías que
cuidarías de mi mamá. O eso hiciste los últimos diez años.

La miro con odio. Quisiera decirle mil cosas, pero nada podría devolverme el tiempo con mi
madre… O con Edward.

—Ahora que has llegado creo que es necesario que me vaya —finaliza—. Hasta pronto, tía
Renée. —Se acerca a ella y le da un largo abrazo. Cuando acaba se acerca a Edward—. Es
bueno verlos juntos.

Me impacta su hipocresía. Ella, que tanto quería vernos separados. Ella, que mintió, asesinando
en vida al único hombre al que he amado… Es ruin y adora ser así.

—Buena suerte, Carmen —le dice Edward, ignorando todo el daño que nos ha hecho.

Cuando ella hace el ademán de irse, yo me decido a hacerle frente.

—Carmen, espérame, me gustaría hablar contigo. A solas.

La acompaño pisando sus talones. Nos quedamos unos pasos más allá, saliendo de oncología.
Por un momento espero a que el lugar esté un poco más vacío, mientras que ella parece aún más
nerviosa.

—¿No te cansas de intervenir en mi vida? —inquiero.

Frunce el ceño.
—No sé de qué hablas…

—¡Ya basta! —espeto—. Te dije que no debías volver con mi madre.

—Solo quería despedirme.

—¡No! No te lo permito —grito—. Has provocado sufrimiento durante mucho tiempo, ya es hora
de que dejes de hacerlo.

Ignoro las intensas ganas que tengo de llorar, de plantarle una bofetada y de escupirle la cara.
Claro que no lo haré.

—No volverás a verme, te lo aseguro —susurra.

La quedo mirando, analizando su iris marrón, como el mío. No puedo creerle, hay algo que no me
provoca tranquilidad.

—Espero que no abras la boca —le amenazo—, tenemos un trato.

—Tú no hablas y yo tampoco, ya lo recuerdo —dice—. ¿Estás con él?

Niego lentamente.

—Y aunque estuviésemos juntos jamás te lo diría —exclamo—. Ahora vete, no quiero volver a
verte.

Asiente y marcha hacia el ascensor, donde la veo marcharse en cosa de segundos.

—Vete al infierno, maldita perra —murmuro por lo bajo.

Mamá no me preguntó nada sobre Carmen, lo que agradezco mucho. Edward habla
distraídamente de lo que ha hecho en el día y yo aprovecho de decorar el lugar con las flores que
le he comprado. Jane me ayuda con algunas, en silencio. De vez en cuando la miro, pero ella no
devuelve la mirada hasta mí. Espero a que Renée y Edward estén más enfrascados en su
conversación y le lanzo la pregunta del millón.

—¿Por qué la dejaste entrar?

Sus dedos han dejado de acomodar las lilas, adopta una postura recta y me mira.

—Ella dijo que solo iba a estar unos minutos nada más —contesta.

—Estaba prohibido.

—Lo sé. Lo siento, Srta. Swan.

Aprieto mi mordida y me obligo a sosegarme, no saco nada regañándole. Además, no puedo


darme el lujo de perderla, es muy buena enfermera.

—¿Va a despedirme? —me pregunta tímidamente.

—No, claro que no —le respondo con rapidez—. Pero por favor, no vuelvas a permitirle la
entrada.

Mueve la cabeza positivamente junto a una sonrisa.


Mamá me llama para tenderme una bonita cajita de terciopelo color vino. Es pequeña y redonda.

—¿Qué es? —inquiero.

—Tu regalo de cumpleaños —me dice como si fuese lo más obvio del mundo.

Le sonrío.

—No tenías por qué…

—Sí, sí tenía por qué —me corta—. Feliz cumpleaños, hija.

Le doy una sonrisa y un abrazo con todo mi amor. Sentir su calor y su aroma es como volver a
ser la niña de seis años que se escondía entre sus faldas, llorando para que por favor no se fuese
y me dejase en la escuela. Cómo odiaba ir a la escuela, sobre todo cuando la veía irse.

Siempre he tenido una aversión singular al ver a las personas marchar. No me gusta. Es
agonizante observar su espalda, mientras emprende un camino sin saber cuándo volveré a verle.
Aún recuerdo cuando Edward se fue, luego de su deplorable intento por convencerme de seguir
en Forks… La imagen jamás se fue.

Miro a Edward, quien también hace lo mismo conmigo. Sus ojos miel repasan mi rostro y una
sonrisa juguetona asoma. Abro mi caja con rapidez y adentro puedo ver un lindo collar de plata, la
joya que cuelga es nada más y nada menos que una perla blanca y pulcra.

—Mamá, esto es bello. Gracias —le digo, elevándolo para poder verlo en su entereza.

—Era de tu abuela Marie —me cuenta—. Tu amiga Alice me ayudó a buscarlo en mi habitación y
me lo trajo hace un par de días.

Mi abuela Marie… Nunca la conocí, pero sé que ella era una mujer muy hermosa. Rubia, ojos
verdes y una delicadeza no muy propia de su clase social. Sé que amó mucho a mamá y que ésta
sufrió demasiado por su muerte, justo unos días antes de que diera a luz.

Edward toma el collar con sus dedos, se acomoda detrás de mí y lo pone en mi cuello,
abrochándolo con rapidez. Sentir su dedos en mi piel me ha brindado de un calor delicioso en mi
ser, elevando todos mis sentidos. No puedo evitar jadear, sonrojándome de paso porque mi
madre y la enfermera están presente.

—Ya está —dice, susurrándome en el oído.

—Gracias —logro decir.

Renée me mira de forma particular, esa que hacía hace algunos años. Niego junto a una sonrisa
tímida y nerviosa.

Jane comienza a ver el suero de mi madre, el cual se ha agotado. No tarda en inyectar algo,
quizá para que mamá no sienta tantos dolores.

—Es hora de dormir, Sra. Renée —le dice la rubia.

No me queda más remedio que despedirme de ella a pesar de que no me quiero ir. Lo último que
le digo es que la quiero, algo que nunca había hecho cuando era más joven. Ella lo repite una y
otra vez, sabiendo que no volveré en unos días más. Le acaricio el rostro por última vez y me
despido de Jane.
Cuando camino hasta el ascensor, Edward se ha tomado la atribución de entrelazar sus dedos
con los míos. Lo miro y él parece analizar mi actitud con respecto a este pequeño gesto. Le
sonrío, sin saber qué más hacer.

Nunca me he sentido incómoda entrelazando mis dedos con los suyos, es más, me gusta. Sin
embargo no sé cómo comportarme cuando esto pasa. Las palabras de Emmett vuelven a mi
cabeza, esas que asumían que ambos éramos novios sin saberlo.

Novios sin besos, sin caricias y sin saberlo, pienso con ironía.

Y como si mi mente fuese un imán, él aparece ante nuestros ojos con una sonrisa perfecta,
sincera y natural. Edward me aprieta los dedos y me atrae consigo, yo lo único que hago es
mirarlo y darme cuenta de lo cabreado que está. Mi ex novio no se percata, o simplemente lo
ignora, no lo sé.

—¡Bella! Otra vez nos encontramos —exclama.

Estampa un beso en mi mejilla y me da un pequeño abrazo. Cabe destacar que Edward no me ha


soltado en ningún momento, a pesar de las cortas miradas que le doy.

Emmett deposita sus ojos en nuestras manos entrelazadas, pero los quita rápidamente.

—Venía a ver a mamá. Ya hemos acabado —le digo.

—Hola, Edward —saluda al cobrizo, quien no se ha propuesto decir siquiera una sola sílaba.

—Hola, Emmett —le imita, aunque no suena igualmente alegre.

—Veo que andan juntos —profiere, escrutando sus ojos—. Bien, Bella, pasaré por tu casa en
unos días más para mostrarte algunos exámenes de tu madre. Nos vemos.

Edward y yo marchamos en silencio hasta el automóvil, la verdad es que no sé cómo cortar el hilo
de tensión que se ha formado tan rápido entre nosotros. Él abre mi puerta y yo entro, mientras
que se da la vuelta para entrar al otro asiento.

—No sabía que Emmett iba a aparecer así como así. Lo siento —digo de pronto. No quiero
discutir manejando.

—Tiene un gran talento para inmiscuirse en los momentos menos apropiados —exclama con la
mandíbula apretada.

Ruedo los ojos, incapaz de entender por qué actúa de esa manera.

—¿Te vas a enojar conmigo? —le pregunto inocentemente.

Bufa exasperado.

—No, claro que no —murmura.

...

17 de Febrero, 1980

Edward me ha pedido que le acompañe a comprar la casa, por lo que me he puesto bastante
nerviosa. Estoy tan orgullosa y contenta por él. Al fin podrá vivir su vida en paz, dejar de lado el
pasado y alimentarse de la buena energía.
Me doy vueltas en el espejo y reviso mi vestido rosa pálido. Es como el estilo que utilizaba mi
madre en el 55. De lunares blancos y voluptuosa caída. Los tacos son blancos y la punta
mostaza, brillantes y relucientes. Hacen la combinación perfecta con mi cabello aleonado,
cayendo por mi espalda con vida propia.

Alice aparece detrás de mí y me tiende una cartera, su favorita. Parece tan feliz de que salga con
Edward, lo que no entiende es que solo somos amigos y que solo le acompañaré a comprar lo
que tanto desea.

—¿Harás algo en la tarde? —le pregunto, mientras remarco mis labios con el labial.

Me da una mirada por el espejo, una mirada pícara y alegre, esa que solo le provoca cuando es
Jasper el aludido.

—Tengo una cita con Jasper —dice.

—Qué novedad —murmuro.

—Qué pesada —gruñe con humor.

Me meto al carro y me despido de Alice con la mano, gesticulando desde el interior. Ella hace lo
mismo. Miro de reojo a mi acompañante, un cabernet francés del 46. Edward se comprará una
casa, eso hay que celebrarlo. Yo no tengo hogar, o bueno, no lo tenía hasta hace casi dos meses.
Solo departamentos que he comprado y que no visito casi nunca, sin contar con las habitaciones
de hotel que utilizo constantemente por mi trabajo.

Toco el claxon frente al gran cerco de ladrillo y enredaderas, con el portón del garaje a un lado.
Edward aparece desde la entrada principal, una puerta de roble muy antigua, de detalles únicos
tallados a mano. En su centro hay un vidrio en mosaicos, cubierto de hierro negro para protegerle.

El cobrizo me sonríe y se acerca hasta el garaje, abriéndome la gran puerta rústica para poder
guardar el automóvil. Cuando termino de estacionar, él se acerca a mí a paso lento, mientras que
yo troto hasta él para abrazarlo. No sé por qué estoy tan contenta, pero es por Edward. Orgullo,
admiración… Es verlo crecer ante mis ojos.

—El Sr. Masen nos espera en la sala —me susurra, ya que no puedo soltarlo.

Me sonrojo y desenredo mis brazos de su cintura, no sin antes recibir uno de sus besos en mi
frente. Caminamos hasta la puerta, donde siento el brusco cambio del frío exterior y la calidez de
la cabaña. Debe ser por la chimenea.

Me deslumbro con los colores y formas que hay. La fachada es de color marfil, en algunos puntos
el mural se reemplaza por papel con diseños muy propios de Inglaterra. Al fondo noto la
chimenea, la cual es bastante grande. En su interior brota el calor y el fuego en su punto. A un
lado hay dos sofás café oscuro, de cuero natural, y en medio de ellos, una mesa de madera fina
con un gran y abundante conjunto de flores.

Estantes vacíos, dos sitiales de cara a la ventana, la cual da a los profundos bosques de Forks.
Es increíblemente bello. Un tocadiscos antiguo, un teléfono en la pared más cercana y una
alfombra de mosaicos fríos en el suelo.

Hay una lámpara de lágrimas sobre mi cabeza y otra más allá, junto a la otra habitación: el
comedor. Me reservo la vista hasta más tarde, pues Edward tira de mí para llevarme hasta la
última habitación, esa que está oculta entre dos puertas que conectan al mismo lugar. Es un
estudio, donde aguarda un hombre calvo de casi ochenta años.
Me sonríe con una alegría tan conmovedora, su sonrisa es tan sincera como sus ojos verdes de
gastado iris. Viste muy elegante, aunque algo me dice que siempre ha vestido así. En el escritorio
están apiladas todas las fotografías de él y su esposa, algunas con sus hijos, que son cuatro, y
otras de sus nietos. Qué desgarrados ver algunas muy recientes, otras antiguas, como la de su
boda.

No puedo evitar acercar mis dedos hasta la de la fallecida mujer con su bebé entre sus brazos y
el Sr. Masen viéndola a ella como al ser celestial más ridículamente bello de la tierra. De pronto
me doy cuenta de mi inoportuno gesto y me alejo, mirando de reojo al anciano, quien sigue
sonriendo incluso con mayor alegría.

—Buenas tardes —susurro avergonzada.

—Buenas tardes —me contesta él con una enérgica y masculina voz—. No sabía que estabas tan
bien acompañado de una estrella, Edward.

Me conoce.

Comienzo a reír con nerviosismo.

—A veces yo tampoco me lo creo —afirma el cobrizo, entrelazando sus dedos con los míos.

Le sonrío al hombre que me tiene agarrada con delicadeza, transmutándole todo mi amor.

—¡Bien! —exclama el Sr. Masen—. ¿Estás seguro de querer comprarla?

Edward asiente con rapidez.

—Lo que yo no entiendo es el precio…

—No insistas, Edward, no inflaré el costo. Eres como un nieto para mí, tu padre se crió aquí —le
corta—. Tú tallaste mi puerta, pintaste para nosotros y pasaste tu infancia en mi jardín. ¿Por qué
no hacer una oferta?

Edward hace un mohín, mortificado por la gran oferta. Mi hermoso Edward no puede aceptarlo, lo
que me genera una sonrisa de gran tamaño. Él me mira con el ceño fruncido.

—Acéptalo —le digo.

Levanta sus cejas y mira al anciano, quien con una sonrisa le invita a decir que sí.

—Es una casa tan grande, tan hermosa, no puedo aceptar ese precio, es ridículo.

—Eres el único que la cuidará como se lo merece —dice con temple—. De seguro a la Srta. Swan
le gustaría ver a sus hijos crecer por aquí.

No puedo evitar volver a sonreír, pero de una tristeza abismante. Mi garganta se ennudece y mis
ojos escuecen. No debo llorar.

El viejo Sr. Masen le enseña un papel y un bolígrafo, incitándolo a firmar. Le doy un pequeño
empujón y él brinca, acercándose automáticamente al escritorio para firmar. Suelta mi mano para
hacerlo más cómodamente y acaba estampando su hermosa signatura en el espacio en blanco.
Al terminar, ambos se dan un apretón de manos, sellando el pacto.

—Ha sido un placer, hijo —dice él, palpando su hombro.


Cuando despedimos al Sr. Masen, me dejo caer en el sofá, maravillada por el inconfundible olor
de la madera. El piso flotante tiende a hacer un pequeño susurro con los pasos suaves del
cobrizo, al instante siento su peso a mi lado y su aroma característico. Ambos estamos sumidos
en un cómodo silencio. Dejo caer mi cabeza en su hombro y así nos quedamos por un buen rato.

Nuestras manos han vuelto a entrelazarse y ahora él ha tomado mis piernas para que las
deposite en sus muslos. Ha sido un movimiento atrevido y feroz, el que ha encendido mi
temperatura a varios niveles arriba de lo permitido. Acaricio su mandíbula con mis dedos libres y
él cierra los ojos.

Hay un detalle en Edward que me llama súbitamente la atención. Hace mucho tiempo mi gran
pasatiempo era ver sus pestañas y ahora éstas son el centro de todo mi universo. Largas y
oscuras, hermosas…

De pronto el sol nos golpea desde la ventana gigante que hay frente a nosotros. El vidrio cubre
desde el suelo hasta el techo completamente, dándonos la perspectiva del bosque en todo su
hermoso esplendor.

Miro a Edward, quien es abrumado por el luminoso y último rayo de sol antes de esconderse. Sus
ojos parecen dos esferas cálidas llenas de fuego y sus pestañas han pasado de la oscuridad al
mismo tono de su cabello, cobrizo. No deja de mirarme y de admirarme. Porque claro, él solo me
admira, como a una obra maestra…

—Tu nueva casa es hermosa —le comento, apegando mi mejilla hasta su pecho—. Estoy muy
orgullosa de ti.

Él acaricia mi cabello y de mí parecen brotar suaves ronroneos.

—Aún no puedo creer el precio —susurra.

Lanzo una pequeña risita cansada.

—Ese hombre te quiere mucho, sabe que tú la cuidarás con cariño.

Lo siento sonreír.

—Supongo que tienes razón —dice—. ¿Quieres conocer las demás habitaciones? —me
pregunta.

Levanto la cabeza y lo miro risueña. Claro que sí.

Me ayuda a levantarme y yo me quito los tacones para sentir la suavidad de la alfombra. Los
filamentos se meten entre mis dedos y yo cierro los ojos del placer. Mis pies son un centro
bastante sensible de mi cuerpo.

—Es excitante —susurro, suspirando entre medio.

Edward toma mi mano y la acaricia con sus labios.

—No sabía eso —dice.

Me lleva hasta el pasillo, el que conecta al estudio que era del Sr. Masen. Edward me cuenta que
pasará por lo que le queda dentro de unos días y él aprovechará de decorar a su gusto. El estudio
pasará a ser su guarida de colores, donde pintará y se dedicará a aprovechar su talento. No me
extraña, puesto que la vista es envidiable, con las colinas y el sol a medio esconder.
—Me gustaría ayudarte a decorar —le digo, mordiéndome el labio inferior.

—Estás invitada a hacer lo quieras aquí.

Sus palabras suenan a una invitación misteriosa, está implícito. ¿Qué es?

Me lleva hasta la habitación de al lado, la cual conecta directamente con una puerta escondida en
el estudio. Es su cuarto. O bueno, un cuarto que debería ser de dos.

—La compré y la restauré con mi padre. Estuvo por años en el taller —me comenta, señalándome
la cama.

Me acerco lentamente, embobada por la belleza del inerte objeto. Es tan… majestuosa. Un gran
cabezal de madera fina y delicada, que cubre prácticamente toda la pared marfil. Es de estilo
romántico, con sutiles detalles alrededor. Toco uno de ellos y me doy cuenta que es un rayo de
sol. ¡Claro! Es un sol que emana luz de su interior. Debajo hay una cita.

"La luce dei miei occhi"

—La luz de mis ojos —dice él.

Mi corazón de infla, embobada por algo tan bello. Hasta en este tipo de cosas Edward es
magnífico. Claro que no me lo merezco.

El edredón es de color café, al igual que las dos almohadas que le acompañan. Es esponjosa,
suave y limpia. Aunque parece demasiado grande para él, demasiado espaciosa para un hombre
como lo es Edward.

—¿No te provocará soledad dormir aquí? —le pregunto, mientras me siento de golpe en la cama.

Doy un brinco y me doy cuenta de que no es una cama normal, sino de agua. Uau.

—No—. Niega con su cabeza en repetidas ocasiones—. Quizá debería buscar a una compañera
para cada noche.

Mi felicidad cae brutalmente por un abismo sin fin.

—Bromeo —se ríe.

—Más te vale —amenazo sutilmente—. La vista aquí es más hermosa que la de la sala —suspiro,
dándome cuenta de la gran ventana que hay frente a la cama.

El paisaje es de ensueño, casi venerando a la naturaleza. Veo el lago tan cerca, con esa plenitud
característica. Más allá hay vegetación; árboles, unas pocas flores y los pinos. Es increíblemente
nostálgico y Edward lo sabe.

Me siento en la cama otra vez, de cara a la ventana. Sonrío con tristeza sin poder evitarlo.

—No pensé que aún recordaras lo que pasó entre tú y yo, justo en este lugar —me susurra,
acercándose a mí.

—Jamás podría olvidarlo.

Es ahora cuando Edward suspira, quizá por mi nueva faceta honesta.

...
La nueva casa de mi mejor amigo es perfecta. Hay un par de habitaciones que no ocupará aún, y
dudo que lo haga en un futuro. La cocina es grande, mucho más que la de mi madre. Se me
ocurre una idea enseguida, como motivo para celebrar.

—Tengo algo para ti —le digo, brincando emocionada—. La ocasión lo amerita.

Enarca una ceja, lo que le hace ver muy atractivo. Mi estómago se retuerce y yo lucho por no
lanzarme a sus brazos como una loca.

Corro hasta mi coche y saco el vino, dejando a Edward atrás. Cuando regreso, veo que está
ordenando algunas cosas. Cuando ve la botella abre los ojos desmesuradamente, maravillado.
Edward siempre amó el vino.

—Es bastante fino —le comento y se lo entrego.

Lo inspecciona con delicadeza, concentradamente. Me gusta verlo así, tan serio. Debo suprimir
un suspiro y alejar todas esas emociones enamoradas.

—Sí que lo es —me responde.

—Me gustaría preparar algo y beberlo.

Me da una sonrisa que eleva mis vellos.

—Haz lo que gustes, yo estaré encantado.

Me muevo en la cocina con una maestría que hace tiempo no tenía, descubriendo algunos
utensilios con Edward de espectador. Él está sentado en la isla, mirándome atentamente mientras
yo reúno lo que necesitaré para la cena. Tuvimos que ir hacia el supermercado más cercano y
comprar algunas cosas, ya que Edward no está acostumbrado a cocinar. Le entiendo. Estuvo
prácticamente toda la mitad de su vida criado por Carlisle, quien es reacio a entrar a una cocina.

—Me pones nerviosa —le hago saber al mismo tiempo que corto algunas verduras.

—¿Por qué? —inquiere, soltando una pequeña risita.

Ruedo los ojos y muevo el cuchillo contra el perejil.

—¿Crees que es divertido sentir una mirada cada dos segundos?

Edward no me contesta, solo sigue riendo.

—Deberías ayudarme en esto —señalo.

Siento cómo se acerca desde la espalda y me rodea para mirar lo que hago. Siento una
electricidad monstruosa cruzando mi espina dorsal, elevando mis más oscuros sentidos. Su
respiración choca con mi mejilla y yo solo jadeo, muerta de deseo.

—Te ayudo con eso, creo que puedo —me susurra.

Asiento, frunciendo mis labios.

Me concentro en pelar la zanahoria, aunque mis dedos tiritan, haciéndome el trabajo más difícil.
Cuando acabo me dedico en cortarla en trocitos, pero mi nerviosismo me traiciona, por lo que me
corto un dedo. Grito de dolor y sorpresa, llevando mi dedo a mi pecho, apretándolo con todas mis
fuerzas.
—¿Qué sucede? —inquiere Edward, un tanto preocupado.

—Me he cortado —le cuento.

El olor de mi sangre me marea, pero hago caso omiso al ligero tambaleo.

Edward hace un mohín y me mira el dedo índice.

—No fue tanto.

—Me ha dolido mucho.

—Tranquila, traeré algo para ti —dice y se va hacia la sala.

Al rato me cubre la herida con una bandita de color caqui. Cuando me cura, él solo me mira de
vez en cuando, con cierto reproche divertido en sus ojos dorados. Al acabar besa mi dedo y yo
esbozo una sonrisa.

Él pone el agua a hervir para cocer las verduras que estamos picando, lo que demorará bastante.

La herida arde, pero solo aprieto los dientes. Me decido a seguir cortando la verdura sobre el
encimero color marfil —como casi toda la casa—, aunque la tarea es aún más difícil con la herida.

—Demonios —susurro.

—Déjame, yo te ayudo —me dice él.

Nos quedamos mirando por un largo segundo.

—Eres tan…

—¿Torpe? —inquiero.

Me muerdo el labio inferior, ya que él eleva su sonrisa hasta completar todo su rostro.

—Como muchas veces, en realidad —completo.

—Iba a decir adorable.

No tardo en ruborizarme cuan niña pequeña. Oh por Dios, puedo sentir el calor en mis mejillas.
¡Debo parecer un tomate!

—Adorable —musito muy bajo, mientras tomo el cuchillo rápidamente, frunciendo el ceño.

Estoy tan nerviosa que solo me escapo volviendo a cortar… mi dedo.

—¡Mierda! —grito.

—Hey —exclama Edward—, estás distraída.

No puedo ser tan tonta…

—Lo siento —murmuro.

—No, está bien. Te ayudo.

Él se pone detrás de mí, pasando sus manos hasta las mías, haciendo un roce francamente
íntimo con mi cintura. Puedo sentir su pecho contra mi espalda. No puedo evitar arquearme
sutilmente ante la sensación. Pero me muerdo el labio y me dedico a ver su próximo movimiento.

—Al parecer soy mucho más hábil en este tipo de cosas que tú —dice.

Su boca está a milímetros de mi oreja, por lo que sus palabras no hacen más que desazogarme.

—Eres muy hábil con los dedos, Edward, eso deberías saberlo —digo sin aliento.

Siento el esbozo de una juguetona sonrisa. Cierro mis ojos por un momento, disfrutando de la
sensación. Me debato internamente; ¿lo beso? ¿Es correcto? ¿Lo deseo? Claro que sí. ¿Me dejo
llevar?

Ha hecho de mí una marioneta y él es el titiritero. Mueve mis manos y me hace cortar


delicadamente la zanahoria, tomando el cuchillo como a una pluma. Todo en Edward es tan
suave.

—Muy lento —me vuelve a susurrar.

Cierro mis piernas de golpe, envuelta en las sensaciones más morbosas y sensuales que jamás
he experimentado antes.

¿Así me haría el amor?

De forma lenta, tan lenta que podría sentir todo mi cuerpo envuelto en las llamas.

—Edward —susurro.

Él no hace nada por atender a mi pequeña e inútil queja.

Sus manos ahora no hacen nada con la zanahoria, sino que acaricia suavemente mi cintura y
vientre. Mi respiración se hace pesada. Me doy la vuelta y paso mis manos por su camisa a
cuadros. Edward me está mirando y yo a él, no somos capaces de cortar el hilo de la tensión tan
exquisita que hemos creado.

Me apego aún más a él, sintiendo tan pequeña ante su imponente cuerpo. Su pecho inmenso es
acariciado por mis dedos, mientras él me tiene aferrada con ambas manos en su cintura.

De pronto estoy sobre el encimero. El movimiento de Edward al subirme en el mueble fue tan
rápido, que no tuve tiempo de reaccionar. Tampoco soy consciente de lo que he hecho con él; he
enredado mis piernas en su cintura. Pongo mis brazos en su cuello, nublada por el fuerte deseo.

Sin embargo, Edward se lleva a la boca un pequeño cubito de zanahoria, el cual mastica y traga
con una sensualidad que me nubla por completo la razón. Debo recordar cómo respirar y a
controlar el impulso que tengo.

Lleva otro cubito a mi boca. Lo miro y luego lo hago con el pequeño trozo. Lo mastico con cuidado
hasta acabar.

Y cuando menos me lo espero cierro los ojos, con el calor de su aproximación. Puedo percibir su
respiración, su perfume y todo de él. Nuestros labios hacen un leve roce, pero es encender la
chispa para quemar definitivamente a mi pobre autocontrol.

Voy a besarlo.

Suena el silbido de la tetera, lo que nos hace saltar de inmediato. Doy un leve grito y me bajo del
mueble, con la sangre corriendo fuertemente por mis venas. Estábamos a punto de besarnos y
esa maldita tetera…

Mierda.

—Tengo que ir al… baño —musito.

Edward asiente sin mirarme, mientras apaga el fuego. Yo corro hasta el baño más cercano y me
encierro ahí. Entierro mi rostro en mis manos y calmo mi respiración. Me acerco al espejo y
compruebo que soy toda deseo. Me lamo los labios y de paso los muerdo, muerta de vergüenza.

¿Qué hubiese sucedido si…? Por Dios. Todo era tan ardiente.

Me largo a reír y mis ojos han recuperado un brillo magnífico. Es increíble lo que él me hace.

Pero no… Ahora no, no puedo. Necesito tiempo.

Suspiro y salgo del baño, suplicando que Edward lo haya olvidado. Mis piernas tiritan mientras
camino, el corazón aún no deja de bombear con una velocidad alarmante.

Y lo encuentro de espalda a la puerta, terminando de cortar las demás verduras.

Voy a decirle algo, pero él me gana.

—Esto no es tan difícil, creo que puedo aprender muy rápido.

Suena como a mi mejor amigo, aquel que jamás intentaría besarme, ese que no haría lo que
hicimos hace solo minutos. Lo ha olvidado muy rápido. Pero la idea debería agradarme, incluso
debo sentirme aliviada porque me ha facilitado el trabajo. Sin embargo, la decepción es
simplemente lo único que me embarga.

...

No volvimos a tocar el tema por el resto de la cena, o bueno, han pasado cinco días en los que ni
siquiera lo he visto.

Luego de la cena bebí un poco de vino y me vine a casa, estaba tan oscuro y desolador, tan
abismante. Pero ni siquiera Edward se atrevió a acompañarme, tan avergonzado por lo que
sucedió como yo. El largo camino a casa lo conduje acompañada de música, como siempre, pero
con las lágrimas entorpeciendo a tal grado que tuve que parar un par de veces para poder
tranquilizarme.

A cada minuto me preguntaba qué estaba haciendo conmigo, con él, con todo. Paso a paso es un
error y no puedo regresar, porque es imposible. Ni el tiempo ni las personas pueden evitarse.

No me detuve a contarle a Alice, tampoco a avisarle a Edward que había llegado a salvo,
simplemente mi ánimo ya no soportaba más.

Hasta hoy, que no he recibido sus llamadas, tampoco lo he hecho yo. No puedo mentir, he
querido hacerlo, pero no me atrevo y tampoco tengo la seguridad de que todo resulte bien entre
nosotros dos.

Corro las cortinas de mi ventana para dejar entrar el extraño sol deslumbrante de hoy y
maravillarme con el calor que desprenden sus rayos. Por un instante cierro los ojos, disfrutando.
Suspiro, dándome ánimos.
Rosalie me llamó el día de ayer, pidiéndome que le ayudara a ordenar algunos chocolates,
porque iba a abrir en la semana. Acepté de inmediato, está tan sola con su hija. Además necesito
salir, la cabeza me estallará en cualquier momento.

Alice no se ha atrevido a preguntarme por Edward ni la razón por la cual él no ha tocado nuestra
puerta. Ella es tan… inquisidora. Todo lo sabe. Pero también conoce mi temperamento y ahora
soy capaz de liberarlo sea quien sea.

—¿No vendrás conmigo? —le pregunto a Alice, mientras bebo de mi té.

Niega mientras se calza un vestido de lunares negros y fondo blanco. Cómo le gustan esos
lunares…

—Ya sabes que Rose no ha sido muy amiga mía.

—Ya, solo me parece que habías superado todo ese rollo con ella.

—Yo nunca olvido, Bella.

Rosalie y Alice nunca pudieron llevarse muy bien, una de las razones fue la envidia que había de
por medio por un cliente de ambas. No recuerdo su nombre. Lo adoraban, más que nada porque
era de los pocos clientes que las trataba como a una rosa. Luego supieron que se suicidó y la paz
nunca reinó entre ellas. Aunque sé que de parte de Rose lo más importante es su hija, no una
tonta pelea de años atrás.

—Debo ayudarle, es lo mínimo que puedo hacer. Espero que no te moleste —añado.

Se encoge de hombros, pero sé que le importa. No me gusta que esté así.

—No le debes nada, ella te introdujo a la prostitución, no es una cosa de la que deberías
agradecer eternamente —comenta.

Me dedico a beber de mi té para ganar tiempo y sopesar la ira que me cubre.

Quizá no debo agradecer aquello, pero sí el que me haya dado algo de comer.

Prefiero no seguir con el tema, será una discusión asegurada.

Jasper pasa por Alice a eso de las dos. Está afeitado, perfumado y bastante guapo. No puedo
quitarme la sonrisa, su nerviosismo es adorable. Está sentado en el sofá con sus manos muy
juntas, mirándome de vez en cuando con desesperación, quizá necesita que le distraiga.
Carraspeo y me cruzo de piernas, buscando algún tema de conversación.

—Y… ¿Qué tal el trabajo? —le pregunto.

Frunzo el ceño. Es un pésimo tema de conversación.

—Sí, bastante bien —me dice—. ¿Y tú?

Me largo a reír.

—Las vacaciones aún no han acabado —bromeo.

Él logra reír conmigo, pero luego se calla y yo sé por qué. Alice baja las escaleras con su bonito
vestido de lunares. Se ve preciosa. Me sorprende que ambos se tomen de las manos y se
despidan sin mirarme porque están demasiado ocupados en lo suyo, en mirarse ambos de una
manera demasiado especial.

Dejo de darme vueltas en pensamientos y me calzo un abrigo caqui sobre mis hombros. Salgo de
la casa y me meto al carro enseguida, frotando mis manos al mismo tiempo. Hace un frío que me
cala los huesos a pesar del grandioso sol que ilumina el paraje. El motor está helado, por lo que
estoy cerca de diez minutos esperando a que parta. Cuando lo logra, enciendo la radio y me
dedico a escuchar a Frank Sinatra.

La tienda de Rosalie está pintada de un rosa muy pálido y en las orillas hay flores pintadas a
mano. Ese de seguro fue Edward. Su recuerdo me duele, pero lo evito enseguida. Hay un letrero
gigante en lo alto, dice Chocolatería Lilian.

Como la puerta de vidrio está cerrada y en su interior no logro distinguir nada, toco con mis
nudillos en el cristal esperando a que me abra. Rose aparece con un peinado muy propio de los
cuarenta y un bonito vestido turquesa, lo que hace resaltar sus preciosos ojos. Se ve tan
intimidante con esos tacos que le hacen ver el doble de mi estatura.

—¡Bella! —exclama, abrazándome con fuerza.

No estoy acostumbrada a los tratos efusivos, pero viniendo de Rosalie no me extraña.

—Creí que no estabas —le digo cuando nos separamos.

Mueve sus pestañas rápidamente, elevando una sonrisa divertida.

—Ya estaba por abrir.

Me invita a pasar y me conduce hasta el interior de la tienda, la que rápidamente se convierte en


una casa. Wow. Es hermosa. Predomina en demasía el color celeste.

—¿Tu hija no está? —pregunto al no verla por ningún lado.

De pronto ha dejado de sonreír,

—No… —susurra—. Salió con un amigo.

—Ah —me animo a decir.

Me señala los miles y miles de chocolate que hay, su tipo, su color y sus ingredientes especiales.
Debo reunirlos todos en su mismo grupo y depositarlos en las cajitas trasparentes que me ha
entregado. Mi paciencia es grande, así que comienzo de inmediato.

Rosalie me ayuda de vez en cuando, pero yo le pido que me deje sola, así ella termina por botar
las cajas que tiene en el suelo.

—Edward pintará la pared principal —me comenta de repente.

Me tenso y hago un mohín, pero como estoy de espaldas a ella, no lo ve.

—¿Sí? Espero le quede bien —susurro.

—Claro que así será —insiste.

Suspiro y sigo con lo mío.

Suenan unos golpecitos en la puerta y Rose corre a abrir. Debe ser la pequeña. No tardo en oír
unas risotadas que vienen hasta mí para saludarme. Me agacho para corresponder a su delicioso
y cariñoso besito, y al incorporarme veo a un hombre de potentes ojos dorados y sedoso cabello
cobrizo.

—Edward —susurro, sin entender.

Miro a Rose pidiéndole explicaciones, pero ella me evade. Luego a Edward y su intrínseco mirar.
¿Qué hago? ¿Qué le digo?

—Hola —suelto atolondradamente.

—Hola —responde él con más calma.

La pequeña no siente la tensión que se ha formado, en cambio su madre sí. Aún no entiendo por
qué no me dijo que Edward estaba por aquí.

—Eh… Debo comprar unas cosas en el supermercado, me cuidan la tienda, ¿sí?

Asiento con lentitud y Edward se limita a sonreírle. Cuando siento la puerta cerrarse, lo que indica
que estamos solos, me dedico a seguir con mi trabajo. Pero Edward no deja de mirarme y me
pone nerviosa, cada vez que miro por el rabillo del ojo él está ensimismado en mí.

—¿No tienes nada mejor que hacer? —le pregunto.

Lo siento reír.

—Necesitaba unos días para pensar —suelta y yo no entiendo a qué se refiere.

—¿Qué…?

—Por eso no te llamé —añade, interrumpiéndome—. Sé que te has molestado, pero de verdad
necesitaba pensar.

Me siento culpable.

—Yo también lo necesitaba —miento, porque ni siquiera pude pensar, solo me confundí aún más.

Nos sumimos en un silencio incómodo del que no sé cómo salir. Repaso con mis ojos su hermoso
rostro, la barba incipiente y los penetrantes ojos miel y dorado.

—Lo siento —dice de pronto.

Sé que se refiere a lo sucedido en su cocina.

—Da igual —le contesto. Suspiro—. Yo lo siento, fue demasiado apresurada y…

—No, está bien —susurra—. Supongo que ambos tenemos la culpa.

Asiento, intentando una sonrisa.

Termino de ordenar los chocolates, mientras Edward apila los colores y los pinceles en el suelo.
Finjo no tomar atención a lo que hace, pero me paso casi todo el rato mirándolo. Son muchos
tarros de pintura y pinceles de diferentes grosores y formas, supongo que él sabrá qué hacer con
ellos.

Hace el ademán de irse hasta la parte de la tienda, lo que me desasosiega por unos segundos;
aún no sé cómo están las cosas entre ambos. Cuando se da cuenta de que le estoy mirando
fijamente, se gira sonriéndome.

—¿Quieres acompañarme a pintar?

Asiento frenéticamente, corriendo hasta su lado para verlo trabajar.

La pared de dos metros y algo más de alto, está cubierta de blanco, preparada para su
transformación. Edward se calza una remera llena de pintura y yo me quedo mirándolo con
tentación. Cuando él se me fija en mí, yo quito los ojos con rapidez.

Yo me siento en una banca y lo miro, él de espaldas a mí. Admiro cómo se mueve y repasa el
lugar, analizándolo. De pronto ya tiene su brocha sobre la inmaculada pared, pintando la zona
inferior izquierda. Los músculos se marcan a pesar de la delgada prenda que lleva y sus dedos
trabajan a un compás lento y educado.

Me nublo con la vista que tengo frente a mí, contemplando desde su cabello hasta la punta de sus
zapatos. Todo en él me gusta, sobre todo el talento que lleva en su sangre.

—Qué serio —digo al acercarme a él y ver su ceño fruncido.

Como si mi voz fuese un estimulante, Edward ha cambiado su expresión con una gran sonrisa.

—¿Estás aburrida? —me pregunta, dejando la brocha a un lado.

Se estira lentamente por la posición que ha adoptado.

—No… Aunque este lugar es bastante silencioso, ¿no crees? —le comento, acercándome a la
radio de Rose, la que tiene sobre la mesita.

Levanta ambas cejas con picardía y yo voy hasta el aparato para encenderla y buscar una
emisora decente. Topo con una bastante buena y ahí la dejo, para que Edward se concentre en
su cometido.

Edward ha vuelto a pintar, lo que ahora ha tomado forma: una flor bastante exótica. Sus detalles
son ricos en textura y relieve, lo que hace que se vea demasiado real.

—Me gusta esa canción —profiere de repente.

Sonrío. Suena Love Me Tender de Elvis Presley.

—No sabía que tenías gustos tan románticos —le molesto, acercando mi silla hasta él.

—Puedo ser muy romántico a veces.

Suspiro, algo devastada por sus palabras.

—Qué suerte tiene esa chica entonces.

Me acerco de a poco a él para mirar con una mejor perspectiva lo que hace. Es tan mágico,
divertido y perfecto. Adoro cómo sus dedos se mueven, creando imágenes, colores y emociones.
Todo lo que viene de Edward es una metáfora a los sentimientos, sobre todo a los que embargo
en mi corazón, para él.

—Mira aquí —me señala el tallo de la flor.

Yo lo hago, obediente, pero me sorprende con su pincel en mi mejilla, marcando mi piel con la
pintura verde oscuro. Grito y exclamo barbaridades por la sorpresa e irritación que me ha
provocado, sobre todo sus carcajadas divertidas y poco caballerosas. Cuando me doy cuenta de
lo que ha ocurrido, le acompaño entre risas y jadeos.

—Eres un estúpido —le digo, mordiéndome el labio para no seguir con mi ataque risueño.

Levanta sus manos, rindiéndose. Pero me aprovecho de su gesto para agarrar la brocha más
cercana y le lanzo un poco en su frente. Su rostro sorpresivo me saca aún más carcajadas.

—Creí que la venganza no estaba dentro de tus características —se mofa, limpiándose con los
dedos.

—Hay muchas cosas en mí que no conoces.

Camino hasta el fregadero y mojo un paño. Limpio la pintura que hay en su frente con cuidado,
mientras él me mira atentamente. No sé qué tienen sus ojos que siempre me distraen y me
intimidan de un modo no muy convencional. Me provoca cosas que no debería sentir.

—Tu madurez se ha estancado —le comento.

Froto el pañito sobre su frente y voy quitando la difícil mancha.

—Es mutuo.

—Yo no comencé.

—Pero me seguiste el juego.

Niego con una sonrisa estampada en el rostro.

Ha acabado la canción de The Platters y ahora, como si el destino nos quisiera atormentar aún
más, Bobby Vinton ha comenzado a cantar Blue Velvet, nuestra canción.

La bailé con él en la fiesta de graduación, bajo las tenues luces del salón. Mi vestido era azul, de
terciopelo. Edward me miraba con tristeza, quizá con la imagen de mí vestida de azul
abandonándolo, como la canción lo dice.

Él se ha dado cuenta de lo que ha ocurrido, sus ojos me lo explican tan bien. A veces creo que
nos comunicamos de esa manera casi siempre. Puedo leerle.

Me tiende su mano y yo la tomo de inmediato, sin pensarlo, porque si lo pienso sé que no


resultaría nada en absoluto. Me mueve hasta el centro de la tienda y me da vueltas, mientras
pone sus manos en mi cintura. Yo apego mi mejilla a su pecho y escucho su corazón; es una
melodía deliciosa. Tengo mis manos en su cuello, para moverme a su ritmo delicado y lento.

—Te veías muy bien con ese vestido —me dice.

—Gracias —le contesto—. Aún recuerdo ese momento, nunca podría olvidarlo.

Me despego un poco para mirarlo directamente a sus ojos y transmitirle todos mis sentimientos.
Sus ojos brillan llenos de felicidad, quizá por estar viviendo los sentimientos que plantamos
aquella noche, cuando Emmett y sus amigos acabaron golpeándolo y yo, cobarde y estúpida, me
largué.

En ese momento yo sabía que estaba embarazada, pero no quería aceptarlo.


—Lamento tanto haberte dejado solo.

—Ya da igual, yo estaba más preocupado de tu bienestar.

Vuelvo a su pecho y seguimos dando vueltas, escuchando los lamentos de ese hombre
enamorado que ansía volver a ver a su adorada mujer.

Sus manos ascienden y descienden, una y otra vez por mi espalda y mi cintura. Yo estoy aferrada
a su cuerpo como si se tratara de mi propia salvación. A veces besa mi cabeza y yo beso su
corazón, el que bombea cada vez más rápido. La canción acaba y nuestra respiración es pesada.
Puedo sentir el aroma de Edward venir cada vez más cerca; sé que hará lo de siempre, pero yo
no quiero lo de siempre.

—Bella, yo… —comienza a decir, pero nunca acaba.

Niega, cansado y taciturno.

Besa mi frente y yo, despiadada y ansiosa por romper las reglas como el demonio infernal que
soy, lo beso. Pego mis labios a los de él con lentitud, pero con fuerza. Edward no puede hacer
nada, porque ya me he separado. Me queda mirando sin entender nada en lo absoluto.

—Enséñame a pintar —jadeo.

Tomo sus manos y tiro de ellas. Me sonríe y me lleva hasta la pared, donde me pone delante de
él y me pasa una brocha delgada. Edward posa su mano derecha en mi costado y la otra está en
la brocha, junto con la mía. Él mueve mi brazo como un títere, lo que me lleva a los recuerdos
pasados, donde cocinamos juntos y todo acabó en un desastre; no lo ha olvidado.

—Debe ser lento —me susurra muy cerca del oído.

Dios, Edward, no otra vez.

—¿Así? —vuelvo a jadear, incapaz de sostener el aliento.

Muevo mi mano en el espacio, dejando llevar mi imaginación, Edward mueve también,


señalándome cómo hacerlo.

—Así —aprueba.

Su pecho en mi espalda, al fricción de su cuerpo con el mío, el calor, la sensación entera… Es


demasiado, incluso para ambos.

—Aprendes con rapidez —bufa, casi en un gruñido.

Su mano pasa por mi cintura y el costado, casi al llegar a mis senos. Llevo solo una blusa muy
pequeña, incluso para mi menudo cuerpo. Puedo sentir sus manos grandes en mi pequeño ser.
Me siento tan frágil, tan débil entre sus brazos.

De pronto he dejado caer la brocha al suelo.

Me giro a observar a Edward, quien simplemente no entiende qué ocurre. ¿Es que acaso él no ve
que sus caricias y su cercanía ya han roto mi cordura? O es un muy buen actor.

—¿Sucede algo? —me pregunta.

Lo miro por última vez antes de cerrar mis ojos y dejarme llevar por sus besos. Nuestros labios se
han unido, siento su ansiedad. Me incorporo para que él me abrace con fuerza como no lo hizo en
aquella fiesta de año nuevo. Sus brazos a mi alrededor me apegan aún más a su cuerpo,
culminando mi autocontrol. Tiro de su cabello con delicadeza, mientras sus dedos se aferran a
mis caderas.

El sabor de sus labios es aún más dulce de lo que imaginaba, tan suaves, tan delicados.

Paramos para dar un respiro, apegando nuestras narices, respirando nuestro aire. Sonreímos a la
par, recobrando la conciencia. Pero no es suficiente, porque vuelvo a besarle, comiéndome sus
labios una y otra vez, sin parar. Lo necesito, lo quiero… Lo amo.

—Edward —jadeo.

Se despega para dar castos besos en mi mentón y luego volver a mis labios, que aún le esperan
con hambre.

Al terminar, me aferro a su cuerpo con un abrazo fuerte y necesario. Sus brazos grandes me
envuelven y sus labios acaban en mi frente.

—Necesitaba uno de estos —me dice, acariciando mis labios.

Me largo a reír, dichosa y amada.

—Yo también.

Nos quedamos parados y abrazados por unos largos minutos, disfrutando del silencio lleno de
palabras. Ah, su calor, su compañía… Nunca me había sentido más completa en toda mi vida.

—Si tan solo pudiera detener el tiempo —murmura.

—¿Por qué? —le pregunto.

—Para que esto dure para siempre —acaba.

Sus palabras me ennudecen la garganta.

—Esto estará siempre en mi memoria, ¿es que eso no es suficiente? —inquiero con los ojos
llenos de lágrimas.

—Lo es —dice—. Quizá es redundante, pero le agregaría mil besos como estos todos los días de
tu vida.

Oh, Edward…

Antes de que pueda derramar una lágrima, sentimos el golpe de la puerta principal. Nos
despegamos un poco para ver que es Rosalie con su pequeña niña, quien entra y nos ve a medio
abrazo. No puede dejar escapar una sonrisa.

—Vaya, no quería importunar —exclama.

—Rose —la regaño en un susurro.

Edward se larga a reír y se despega completamente para que esto sea más cómodo para mí,
pero yo no quiero que se aleje ni un centímetro más.

La pequeña corre hasta su habitación para jugar con su nuevo amigo, un oso blanco que le ha
comprado su madre en las tiendas del centro del pueblo.

—¡Le has distraído! No ha avanzado nada en la pintura.

—No te preocupes, no me demoraré.

—Recuérdenme de no dejarlos a solas.

Me ruborizo fuertemente. Rose a veces tan…

Tocan a la puerta y grande es mi sorpresa al ver a Emmett. ¡Ah! Él quería hablar de mi madre.

Rose le abre y le queda mirando atentamente; nunca la había visto así. Mi ex novio la repasa
desde los pies a la cabeza, sin poder ocultar el increíble asomo de asombro en sus ojos. Le
sonríe y la rubia cae rendida a los pies del seductor doctor McCartey.

—Buenas tardes —saluda.

—B…buenas tardes —tartamudea Rose, alisando su falda una y otra vez.

—¡Bella! —exclama él al verme.

El rostro de Rose decae.

—¿Vienes a verla? —pregunta, algo agobiada.

—¡Ah! Emmett, hola —digo atolondradamente—. ¿Cómo supiste que estaba aquí?

—Alice me lo dijo hace unas horas.

Estúpida Alice.

De inmediato siento la presencia de Edward detrás de mí, entrelazando sus dedos con los míos.
No quiero apartarme, me gusta que vean que le pertenezco, a pesar de que no hemos concretado
nada en lo absoluto.

—Ella es Rosalie, una amiga —le digo a Emmett.

Él levanta ambas cejas sin poder ocultar el cierto interés que ha despertado por ella.

—Rose, éste es Emmett McCartey, mi… el doctor de mi madre.

Me arrepiento de decir que es mi novio, realmente no quiero incomodar aún más a Edward.

Lo miro y él solo parece estar sereno.

—Un placer —dice Rose, estrechando sus dedos con los de él.

Nos sumimos en un silencio algo incómodo, del cual quiero salir lo más rápido posible.

—¿Sucede algo con mamá? —le pregunto.

—No, no —dice rápidamente—. Vengo a entregarte los resultados de algunos exámenes. Espero
que no te moleste que haya venido hasta acá.

—No, claro que no.


¡Claro que sí!

De su maletín saca unos cuantos sobres blancos, los que apilo en mi mano libre.

—Te llamaré —dice—. Hasta pronto.

Y antes de irse, se da la vuelta para estrechar nuevamente la mano de Rose, para luego besar su
dorso. Le guiña un ojo con picardía y él le dedica unas palabras.

—Estaré pendiente de venir a su negocio, Srta. Rose.

...

Edward acabó unos cuantos ramilletes de flores en la pared y decidimos partir, pues él tenía que
ver a su padre, quien no estaba muy contento de que se haya ido de su casa. Jessica saldría en
un mes más del hospital y se quedaría con Carlisle, al fin y al cabo siempre se llevaron bien.

—Tengo que hablar con ella —me dice—. Jessica necesita saber que…

—Todo a su tiempo —le susurro—, no quiero saber que te ha atacado o que se ha hecho daño a
sí misma.

Llevamos nuestras manos unidas como si lo hubiésemos hecho toda una vida. Me gusta.

—Gracias por traerme a casa —le digo, empinándome para acercar mi nariz a la suya.

—Debo asegurarme de que estás a salvo.

Sentimos el ruido de unos arbustos, justo aquellos que están en mi casa. Edward frunce el ceño y
se acerca lentamente.

—Ten cuidado —musito con el corazón en la boca.

Pero antes de que pueda averiguar más allá, un hombre de unos cincuenta sale de ahí, quien
parece haber estado sentado en el porche de la casa.

—¿Quién es? —exclamo.

Edward no parece asombrado ni receloso de la persona, sino más bien algo tranquilo.

Me acerco y el mundo se cae a mis pies al verlo. Es un rostro que ni en mil años podría olvidar,
sobre todo porque mamá lloraba con su foto todos los días que pude convivir con ella. Mi padre.

—Charlie —digo, con la garganta apretada.

Ya ven, me he demorado bastante en acabar este capítulo. Me salió muy largo, la verdad es que
estuve tentada a cortarlo en dos muchas veces, pero no, este capítulo necesitaba estar
completísimo.

¡Uy estos dos están que arden! Tarde o temprano la atracción es más fuerte, por lo cual ya no
sirve mucho pensar. Bella está a pasos de descubrirse a sí misma y sus sentimientos, como
Edward está también más seguro de lo que quiere, ¿pero a qué precio?

La próxima actualización estará muy pronto porque ya he avanzado mucho :)

Nos leemos en la próxima y espero sus lindos reviews :D


Si algún día decides volver

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia.
Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.
Escenas de violencia +18.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la


esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos.
La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo:

Chelsea Hotel No. 2 de Lana del Rey

Beautiful One de Agua de Annique,

Thinking of You de Katy Perry,

Dirty Little Secret de Sarah McLachlan

XXV

"Si un día la vida te arranca de mi lado, si murieras lejos de mí; no me importaría si me amas, yo
también me moriría."

Edith Piaf

Isabella POV

Me aferro a Edward, buscando su apoyo. Él me sostiene, pasando su brazo por mi cintura.

—Bella… —susurra él, acercándose a mí.

—¡No! —gimo—. No…

Charlie Swan tiene el cabello castaño oscuro y rizado, como el mío, ojos chocolate como los míos
y un carácter que mamá decía ser idéntico al mío. Llevo su sangre, soy su mitad. Sin embargo no
me conoce ni yo a él, porque prefirió irse a cuidarme y cuidar de mamá.

—Maldito viejo alcohólico —escupo.

—Necesito hablar contigo —insiste.

Lleva su traje de policía y un bigote en el labio superior. Lo que más recuerdo de él es ese mismo
bigote y el uniforme negro. No ha cambiado nada a simple vista.

—Hoy es muy tarde.

—Charlie, por favor, no es un buen momento —dice Edward.


El tono que emplea el cobrizo es bastante amable, incluso confianzudo. ¿Cómo es que…?

Edward insiste en sostenerme en sus brazos y yo estoy protegida gracias a él. Por una extraña
razón no puedo ver a Charlie Swan a los ojos, simplemente me repugna.

Si él no se hubiese ido, mamá nunca habría estado con Phill y él nunca me habría golpeado…
Phill no hubiese podido golpear también a mamá, ni me hubiese hecho llorar todas las noches
escuchando sus gritos.

Edward nunca supo eso, contárselo me hacía sentir tan humillante… Jamás pude hacerlo, es por
eso que nunca entendió mi mala relación con Phill, solo le atribuía su mal carácter y sus ganas de
controlar todo lo que yo hacía.

—Sácalo de aquí, por favor —lloro, aferrándome a la camisa del cobrizo.

—Bella, tranquila… —susurra, besando mi frente.

Cierro mis ojos y me entierro en su pecho como una niña pequeña. Puedo percibir la cercanía del
borracho de Charlie, su respiración y los pasos. Creo que está llorando, pero no me importa, nada
de él me importa realmente.

—¡Aléjate, Charlie! —exclama Edward, apretándome con sus brazos.

Estoy comenzando a tiritar, quizá de rabia, de dolor. Es mi trauma, mi secreto. Odio a mi padre,
porque gracias a él todo fue desgracia.

¿Por qué no se quedó conmigo? ¿Por qué nunca me quiso?, pienso constantemente, sintiendo
ligeros mareos. Estoy sudando y sé que es de desesperación y pánico. No lo soporto. No soporto
sentir su presencia ni su voz… No quiero parecerme a él, pero no puedo evitarlo porque nos
parecemos demasiado…

De pronto mamá viene a mi cabeza, sus gemidos de dolor, su rostro retorcido, la agonía de
perder a quien tanto amaba. Era tan pequeña, pero jamás pude olvidarlo. Su foto entre sus
manos, que tiritaban al mismo ritmo que las mías, el charco de sangre a un lado cuando rompió el
vidrio del retrato con sus uñas y dedos. Quería abrazarla, pero estaba estancada, vulnerable.
Pero mamá no quería que la viera sufrir, claro que no. "No ocurre nada, nena, no ocurre nada",
pronunciaba entre jadeos, besando mis mejillas, mojándomelas con sus lágrimas.

Pero todo ocurría.

—Está asustada, por favor déjala —le dice Edward al hombre.

—Bella, hija —lloriquea.

Me separo bruscamente de Edward y le hago frente al hombre que me dio sus ojos. Está
asustado, marchito, es incapaz de contenerse y vuelve a llorar. Alarga sus manos con el claro
ademán de tocarme, pero no lo hace.

—Estás tan preciosa —susurra, mirándome con un amor que me envenena las entrañas—, tan
exitosa. Hija…

Trago saliva con fuerza.

—No soy tu hija.

Me doy la vuelta y me meto a mi casa antes de que me desmaye. Me siento en el suelo y enredo
mis piernas con mis brazos, formando una fortaleza de mí misma. La puerta está cerrada detrás
de mí y no oigo más que una suave comunicación entre dos hombres.

El breve momento vuelve a mi cabeza, así que me aferro con más fuerza a mis piernas y
descargo mis lágrimas espesas en el silencio y la oscuridad de la casa.

Papá… No, él no es papá. Yo no tengo padre. Nunca lo tuve.

¿Para qué me quiere? Debe ser por mi dinero, de eso no me cabe duda. Quizá está tan enfermo
que necesita mi ayuda… Pero ya es demasiado tarde.

Me limpio las mejillas, pero de nada sirve, pues sigo llorando sin poder parar. ¿Adónde está
Edward? No importa, necesito estar a solas.

Mi subconsciente me recuerda que mi madre no debe saber nada de esto, la destrozaría. Pobre
de mi madre. Ambas llevamos el sufrimiento en la sangre.

Nuevamente recuerdo golpes, llantos, gritos y súplicas. Mías, de mi madre, de ambas al mismo
tiempo. Me paso la mano por la nuca y toco la cicatriz de mi piel. De pronto siento el dolor de
aquella vez, cuando me quemó con su cigarrillo.

—¡Bella! —llama Edward detrás de la puerta, tocando con sus nudillos para que le oiga—. Por
favor, déjame pasar.

Mi intento por parar de gemir es en vano, mi garganta sigue lloriqueando. Me levanto como puedo
y abro, sintiendo un duro peso sobre mis hombros. Edward me observa atentamente con las cejas
arqueadas por la tristeza; debo ser un desastre ante sus ojos. Da un paso al frente y yo retrocedo
por inercia, me ha entrado un miedo que desconozco.

—Todo está bien, todo está bien —repite constantemente.

Niego, haciendo un mohín. Sigo retrocediendo hasta chocar con la mesa.

—Ya se ha ido —me cuenta. Sus ojos brillan y el iris se ha vuelto más claro.

—¿Por qué hablabas con él de esa forma? —le pregunto, llena de preguntas que han llegado sin
permiso, agolpándose en mi mente.

Mira al suelo, así que deduzco que no es la respuesta que espero.

—No me pidas que vea lo que tú ves en él. En estos últimos años lo único que ha hecho es
preguntar por ti…

—¡¿Qué crees que veo en Charlie?! —grito—. ¿Miedo? ¿Odio?

Edward no me contesta.

—Pues no veo nada, solo basura —exclamo con asco—. No tenías por qué hablar con él.

Las lágrimas se han secado en mis mejillas y de mis ojos ya no sale nada. De pronto siento una
parálisis en todas mis emociones, como si me las hubieran arrebatado.

—Bella… —dice cansado.

—¡Ese maldito viejo de mierda puede irse al demonio! —gimo—. Dejó a mamá, me dejó a mí y
por su culpa Phill nos arruinó la vida.
De pronto estallo en lágrimas histéricas, gritando de dolor. Todo ha vuelto a mi cabeza, todo lo
que creí olvidado ha aparecido.

No quiero que vuelvan a golpearme, me aterra. Ya no soy una mujer, soy otra vez esa niña
solitaria que aguardaba en su habitación mientras oía los gritos de su madre. Dios… mi cabeza
insiste en reproducir cada evento como si se tratara de una película.

Edward alarga una mano a mi rostro, pero yo me alejo, aterrada. No quiero que me golpee, no…
Me acurruco en la pared y de pronto todo se ha esclarecido.

—No te haré daño —me susurra.

Claro que no lo hará… Solo Phill lo haría.

Pestañeo, dejando caer mi tristeza una vez más y me entierro entre sus brazos para no volver a
salir. Besa mi cabeza y me acaricia la espalda. Tengo los ojos cerrados y mi rostro contra su
pecho. Lo huelo para calmarme, para que mi cuerpo conserve su cordura.

—Jamás podría poner un dedo sobre ti —me dice después de un rato—, eso no me lo permitiría.

Asiento atolondradamente.

—Lo siento —murmuro.

Me separo un poco y lo observo, un poco más tranquila. Está tan triste. No quiero que me vea así,
no lo merece.

—Nunca voy a golpearte —repite con énfasis, saboreando sus palabras.

Nunca.

—Sentí miedo de mis propios recuerdos —le digo.

Me siento en el sofá junto a él. Me mira, esperando a que le diga algo, aunque no sé cómo
comenzar.

—Mamá le amaba tanto —suspiro—. Ella era feliz, lo sé. Cuando se fue yo era tan pequeña,
Renée no podía sola. Mis recuerdos siempre son sus llantos, su dolor. Quería remediarlo y jamás
pude hacerlo.

Edward está callado, mientras tiene mis dedos aferrados a los suyos, acariciándome de vez en
cuando la yema de éstos o el dorso. Sé que me escucha, quizá no lo entiende, pero comprende
mis sentimientos.

—A ese hombre jamás le importaron sus sentimientos, menos los míos. Yo tenía una idea vaga
de lo que era mi padre, del porqué se largó sin decirme ni un adiós. —Mi voz se hace áspera,
gruesa y nostálgica—. Nunca oí a mamá hablar mal de Charlie Swan. Nunca. Ella jamás me diría
las barbaridades del hombre que tanto amaba.

—¿Por qué se casó con Phill? —inquiere con timidez.

Sé que él guarda preguntas desde hace muchísimos años, porque yo nunca quise tocar esos
temas.

—Para olvidar —murmuro—, para poder darme un sustento que ella no podía. Su empleo era
miserable y Phill era un muy buen policía en esos años.
—¿Como Charlie? —Parece sorprendido.

—Una maldita coincidencia —profiero—. Pero ya no quiero hablar de esto…

Edward me mira con la duda en sus cuencas.

—¿Fue por Phill que huiste?

Abro la boca, pero de ésta no sale nada.

—Te dije que no quiero hablar de Phill, ni de nada más —digo, fastidiada.

Me levanto del sofá y me cruzo de brazos, suplicando que Edward no insista. Una parte de mí
sabe que tiene derecho a saber que iba a ser padre, que el asesino fue Phill y que por eso hui sin
decirle nada. Pero la parte cobarde, esa otra que domina a mi hemisferio honesto y audaz,
prefiere guardar silencio por miedo a que me odie.

Él jamás podría recuperarse de esto. Yo aún no lo hago y creo que jamás podría hacerlo.

A veces preferiría ser torturada por sus manos a ver morir al hijo que nunca pude permitir la vida.

—Mamá siempre decía que, o el amor era una mierda, o ella era tan mierda que no podía
considerar un sentimiento tan maravilloso como lo es el amor —susurro sin mirarlo, de espaldas a
su rostro—. A veces creo que llevo en la sangre aquello, ese miedo horroroso por demostrar mis
sentimientos y sentir que no soy capaz. Hay mucho de mí que no te gustaría conocer, Edward
—le digo, girándome para contemplarlo.

Tiene el ceño fruncido y una grave línea de expresión marcada bajo sus ojos. Debe estar muy
cansado.

—Nada podría alejarme de ti —dice. Me mira los labios por un instante y yo los muerdo
inconscientemente—. A no ser que tú me lo pidas. —Ahora me mira a los ojos, expresándome su
honestidad.

Paso mis dedos por su rostro y su labio inferior, tirando de él, sintiendo la suavidad.

Cierro mis ojos y dejo escapar las lágrimas que aún están ahí, esperando a ser derramadas.
Atrapa con su mano unas cuantas y me limpia de la tristeza desoladora que me ha embargado.

—No permitiré que Charlie te haga daño —me dice—, ni Phill. Nadie.

Ha ahuecado sus manos en mis mejillas para observarme con atención. Me lo promete y lo hará,
él siempre me protegerá, sea cual sea nuestra relación. Yo le doy mi primera sonrisa y Edward la
complementa con un roce de sus labios en los míos. Su movimiento me toma por sorpresa, pero
no lo evito; es tan suave y cálido.

—Vamos a esperar a que Alice y Jasper se dignen en aparecer para que todos vayamos a mi
casa, así te despejarás. Podemos decirle a Rose también…

—Vamos ahora —le interrumpo con fervor—, llamamos a Alice y a Rose desde allí. Será
divertido.

Me mira con emoción y reprime una sonrisilla malévola que le cruza todo el rostro. Sus ojos de
miel brillan, ardientes y esplendorosos. Es… magnífico.

—Está bien, hoy mandas —dice.


Intento relajarme a medida que Edward se acerca a la casa, aunque es en vano con la música
estridente de Abba. Cómo la odio. Al cobrizo no parece importarle y yo me aguanto, para no
seguir molestándolo, ya bastante ha sido que me viera llorar por mi fracasado padre biológico.

—¿Estás mejor? —inquiere luego de ayudarme a salir del carro.

—Sí —susurro.

Me siento en el sofá de cuero, ese que está tan cerca del fuego. Es tan agradable. Me he quitado
los tacos y he puesto los pies en la alfombra peluda. Masajeo la planta de éstos con lentitud y
cierro los ojos de placer.

—Toma.

Su voz me llama la atención y más aún la taza de té que tiene frente a mis ojos. Le sonrío otra
vez y la tomo. Está caliente y humeante. Le doy la prueba y sé que le ha añadido limón, algo que
yo solía hacer hace unos años. Este pequeño detalle expande mi corazón y me hace sentir
amada.

—Lo recuerdas —digo sin ocultar mi emoción.

Edward se sienta a mi lado con una taza igual entre sus manos, humeante y dulce.

—Debes saber que todos los días recordaba un detalle de ti —murmura, esbozando una sonrisa.

—No puedo mentirte —exclamo yo—. Tú estabas en mis sueños y en mis pesadillas.

Frunce el ceño.

Tomo su taza y bebo un poco: miel. Arrugo el rostro y luego me largo a reír.

—Como siempre, miel —digo—. Yo también recuerdo muchos detalles, Edward.

Siempre odié la miel, e irónicamente, amaba la miel de sus ojos. Hoy no puedo recordar el dolor
de creer que jamás volvería a verlo.

Esos momentos me hacen sentir afortunada.

—Somos culpables. —Choca su taza con la mía y de un solo movimiento pasa su brazo por mis
hombros, acortando la distancia entre él y yo.

De pronto recuerdo que no fue a ver a su padre. Carlisle debe estar furioso y muy dolido.

—Tu padre…

—Él puede esperar —dice—, tú necesitas de mí ahora.

...

—¡Está casa es magnífica! —grita Alice, sentándose de un salto en el sofá.

Ruedo los ojos y me siento frente a la televisión, justo unos puestos más a la derecha de ella.
Edward está a mi lado, entrelazando sutilmente nuestros dedos. Rose ha dejado a su hija con su
vecina, una madre soltera de cuatro niños. Parece relajada al no estar tan preocupada de nada
en absoluto, a pesar de que Alice la ha evitado en todo el momento.

Jasper ha mantenido las distancias correspondientes junto a mi mejor amiga, aunque ella le da
algunas miradas que no pasan desapercibidas. De vez en cuando no puedo evitar esbozar una
sonrisa, más aún cuando Edward se da cuenta y me susurra algunas cosas al oído.

Estamos frente a la televisión para ver Cleopatra, un clásico de hace algunos años. Al fin la
transmitirán, he ansiado verla por muchos años.

Anteriormente, Rose ha preparado algunos bocadillos, mientras que Jasper se encargó de tener
cerveza suficiente para todos. Intento no recurrir al alcohol, sobre todo porque Alice se limita a
mirarme con desaprobación.

He dejado caer mi cabeza en el pecho de mi mejor amigo, mientras él besa mi cabello. Somos la
comidilla de los tres que están a un lado de nosotros, no pueden siquiera disimular sus curiosas
miradas. Intento ignorarlas, pues me siento muy cómoda entre los brazos del hombre que amo.

Me pregunto, ¿qué somos? Todo ha ocurrido en un solo momento y no sé qué pensar.

La película comienza y Alice grita de inmediato. Ama a Elizabeth Taylor. Es su mayor inspiración.
Incluso se parecen con sus ojos claros y azulados, más el cabello oscuro, casi negro, brillante y
perfecto. El bob cut que lleva mi mejor amiga es idéntico al de Cleopatra, por lo que es el blanco
de las bromas de Edward y Jasper.

—Ella dijo que estaba orgullosa de que siguiera sus tendencias —afirma solemnemente.

—Eso es verdad —exclamo.

Alice la conoció hace dos años atrás en una fiesta en Las Vegas, al ser colegas no pudieron
evitar llevarse bien, sobre todo mi mejor amiga.

Edward jamás ha visto la película, aunque no lo veo muy entusiasmado. No así con Jasper, que
grita de vez en cuando junto a Alice, aunque debo admitir que el rubio parece más preocupado de
satisfacer la felicidad de la mujer que le acompaña, que de tomar atención en el nudo de la
historia.

—¿No te gusta Cleopatra? —le pregunta Rosalie al cobrizo.

—No es eso, es solo que… no está bien —dice, frunciendo el ceño.

—Pero si es muy buena —salta Alice.

Yo me despego un poco de su pecho y él me da una corta mirada.

—Los egipcios y sus pocos prejuicios nunca me han caído bien —dice—. Falta la cultura
hedonista que tanto les caracterizaba.

Su comentario me deja en un abismo lleno de preguntas, sobre todo la peor: ¿qué quiere decir
con eso?

—Si hicieran algo así entonces sería pornografía —bromea Rose, lo que a todos les hace reír,
menos a mí.

Me ha preocupado.

—Creí que considerabas al poder femenino como un símbolo de avance mundial —digo,
estrechando mi mirada.

—Así es —afirma—. No así con las mujeres que utilizan su cuerpo para conseguir sus metas.
Siento un frío que recorre mi nuca y espalda hasta llegar a mis pies. Su afirmación me ha dejado
muda.

¿Qué es esto que está creciendo dentro de mí? Es inmenso y jamás lo he sentido, no con
Edward. Le doy una corta mirada a Rose, quien tiene los labios fruncidos al igual que su ceño.
Luego miro a Alice, la cual se debate internamente si salir enfurecida de la sala o quedarse ahí
como si nada hubiera pasado.

Las mujeres que utilizan su cuerpo para conseguir sus metas…, pienso, una y otra vez. La
cabeza se arremolina en interrogantes y en un profundo eslabón. Lo que más prima es la
desilusión. Me duele estar desilusionada de Edward.

—¿Y los hombres que ayudan a que eso ocurra? ¿Acaso eso no es malo también? —salta Alice,
de pronto con un color excesivo en sus mejillas.

Edward piensa tranquilamente y yo bajo la mirada para dejar de mirarlo. De pronto quiero salir de
aquí.

—Por supuesto —afirma—. Solo que no sé qué tiene de maravilloso una mujer como Cleopatra.

—¡Hey! —le llama Jasper—. No puedes negar que era hermosa.

Edward sonríe.

—Y se aprovechó de eso para elevar su nombre en la historia —dice con ironía.

—Como si realmente ella supiera que aquello ocurriría —exclama Rose.

Se encoge de hombros y parece tomar una postura relajada con el pequeño debate.

—Nos dejó uno de los primeros legados de aborto y anticoncepción —dice, apuntando hacia la
televisión—. Eso es aún más terrible.

La bilis me sube por la garganta, pero hago caso omiso a eso. Rose parece desasosegarse y me
da una mirada íntima.

—Pero ya basta de debatir sobre la vida de Cleopatra, ¡disfrutemos de esto! —exclama la rubia.

Los demás olvidan por completo todo lo que ha ocurrido, o por lo menos las mujeres que me
acompañan son excelentes actrices. Yo estoy hecha un ovillo en mi posición, sin saber qué
pensar o decir.

Las declaraciones de Edward me han dejado en vilo, nunca creí que pudiese ser tan sensible con
respecto a esos temas, más aún con algo tan cercano a mí.

Me levanto del sofá, dándole una última mirada a Elizabeth Taylor, y salgo sin darle explicaciones
a nadie. Me meto en el baño más próximo y me recargo en el lavado, mirando mi reflejo. Mi rostro
está pálido y demacrado, los ojos se han tornado rojos y mojados.

Hago un mohín y lloro, completamente anonadada de lo que estoy sintiendo. Es aún peor de lo
que creí. Me tapo la boca para no soltar los ligeros gemidos que se han formado en mi garganta,
aunque es difícil evitarlos.

¿Qué diría Edward si la Isabella que era antes se ha convertido en una puta? No podría decirle,
no… No quiero que me tenga asco, no podría soportarlo.
Me paso las manos por el vientre y vuelvo a llorar, inmensamente agobiada. No sé cómo se
comportaría si le cuento de su hijo perdido…

Dios, no puedo más con tanto…

Salgo del baño y me meto rápidamente al antiguo estudio del Sr. Masen. Todo ha cambiado aquí.
Ya no hay un escritorio, sino una serie de caballetes y cuadros a medio pintar o terminados.
También está el Starry Night de Vincent Van Gogh. Más allá hay un sofá de terciopelo, no puedo
notar su color, pues está muy oscuro.

La ventana gigante que da a la luna y al lejano reflejo de las montañas me saca una serie de
suspiros que pasan otra vez a las lágrimas. Intento recomponerme, pero es inevitable, siento un
hoyo que escuece en mi pecho, la necesidad de quitármelo de encima es inevitable.

Me asusto cuando siento unos dedos cálidos que recorren mi cuello y quitan el cabello de mi
espalda para pasarlo a mi hombro derecho. Ahora sus manos se alejan y pasan a mi cintura.
Siento su respiración en mi nuca y el aroma que siempre emana de él. Cierro los ojos y mis
sentidos se agudizan.

—Me he preocupado al verte salir tan rápido de la sala —dice con lentitud, como si tuviese miedo
de exponer algo más.

Reprimo otro gemido de dolor; su voz hace que la herida se abra aún más.

—Necesitaba ir al baño —susurro. Mi voz sale gruesa y gastada.

Lanza una pequeña risita confidente.

—Y te has colado en el estudio —dice con suspicacia.

Trago fuertemente, con el corazón martilleando en mi pecho. Con sus manos hace al ademán de
girarme y yo no alcanzo a esconder mi tristeza. Lo nota, pues estrecha sus ojos y percibo el dolor.

—Estabas… llorando —afirma.

Miro hacia un lado para no seguir sintiendo sus ojos contra los míos. Hay una sola cosa en mi
pecho, un solo sentimiento que me está matando: decepción. Maldita decepción.

—No, no… —intento decir, pero jadeo y vuelvo a llorar.

—Bella —murmura, sin entender.

Va a abrazarme, pero yo le hago parar. Por favor no, no quiero que me abraces, pienso. No
querrías abrazar a una mujer que ha utilizado su cuerpo para cumplir sus metas.

—Necesito… —Mi voz se estanca y me desespero. Me quito el cabello del rostro y doy una corta
mirada a su rostro. Me arrepiento.

Con la escasa luz de la luna, sus ojos se han tornado melancólicos y amargos.

—Dime qué te sucede —dice, acercando sus dedos a mi mejilla.

Ésta vez no lo evito, necesito sentir su calor, aunque sea por última vez.

—Nada —exclamo en un chillido.


Tengo tantas cosas que pensar, tanto que analizar. Dios, todo ha ocurrido tan rápido, han sido
muchas estocadas en mi débil corazón. Pero ya he tomado una decisión, una que por lo menos
me mantendrá en ventaja para todo lo que tengo que hacer.

—Bésame —le digo, aferrando mis manos en su camisa.

Aunque está oscuro, puedo leer sus pensamientos. No sabe qué hacer ni qué decirme y le
entiendo. Pero no puedo esperar más, le necesito por última vez.

Junto mis labios a los de él y me dejo llevar, acariciándolos. Edward parece asustado, pero no
tarda en seguir mi ritmo, uno desenfrenado y exigente. Sus dedos se aferran a mis caderas y
recorren mi piel cubierta de ropa. Jadeo contra su boca y muerdo su labio inferior, exigiéndole aún
más.

Caminamos a la par, sin saber hasta dónde debemos parar. Mientras, el cobrizo acerca sus
dedos a mi mentón y me mantiene aferrada a sus besos.

De pronto cae en el sofá, y yo, posesa de sus labios, también sobre sus piernas. Tiro de su
cabello y luego muerdo su labio inferior. Edward jadea, hambriento de mí.

Pero no, ¡no quiero seguir haciéndole sufrir! Esto ya ha sido suficiente para los dos.

—Bella —me dice, alarmado al verme llorar.

Me limpio las lágrimas con las manos y me separo de él. Le doy una última mirada, una mirada
que rebana mi corazón en miles de pedazos y corro hasta la salida sin mirar atrás.

...

El botones tiene mi maleta entre sus manos cubiertas de guantes blancos y me conduce hasta la
habitación de siempre. Todo parece tan igual a como era antes, pero paradójicamente es tan
distinto a lo que viví. Soy una metamorfosis de la Isabella que nuevamente dejé atrás, en Forks.

No presto atención a la decoración y me meto de inmediato a la cama. Ya han pasado tres días.

Antes de venir a Los Ángeles, fui al hospital para despedirme de mamá, por lo menos hasta que
volviera a Seattle a verla. De inmediato notó que nada estaba bien, sobre todo porque ya era muy
tarde.

"—No, tú no puedes mentirme, Bella, algo muy malo ocurrió —me dijo mamá, frunciendo el ceño
mientras se incorporaba en la cama.

Me miraba las manos constantemente, buscando la forma de confesárselo de la manera más sutil
posible.

—Tengo muchas cosas que pensar y Edward no va a permitírmelo —proferí.

Mamá hizo un gesto cansado.

—No vas a lograr nada huyendo de esa forma.

—No estoy huyendo, solo estoy tratando de calmar esta ansiedad que me come por dentro
—jadeé, levantándome de la silla con intranquilidad.

Sentía su mirada clavada en mí mientras me paseaba por la habitación.


—Él no va a perdonarme lo de su hijo, mamá —susurré, rompiendo a llorar—. No me lo
perdonará y si no me perdona yo me muero.

Me acerqué a ella y deposité mi cabeza en su pecho, al mismo tiempo que acariciaba mis
cabellos con ternura.

—Sí lo hará, amor, sí lo hará —repetía—. ¿Tú harías lo mismo?

No me detengo a pensarlo ni dos minutos.

—Claro que sí.

—Entonces, ¿por qué le tienes miedo a su reacción?

—Porque sé que le haría demasiado daño."

Luego de eso le prometí que volvería, jamás podría dejarla sola, no con lo mucho que la extrañé
por años enteros. Sin embargo su última mirada antes de partir fue de una desesperanza
absoluta. Sentí miedo en ese mismo momento, pero no había otra forma de pensar, no había otra
manera de salir de mi dolor.

Dejo caer mi cabeza en la almohada, mirando hacia la ventana que asoma un sol esplendoroso y
gentil. Pero ya casi cae el crepúsculo, asomando la hostilidad de la habitación.

No quiero oscuridad, no quiero ese paraíso extenso y brumoso que me consumía.

Siento culpabilidad dentro de mí al recordar los motivos de mi huida, más aún sin decirle algo a mi
mejor amiga. Alice ni siquiera debe sospechar qué demonios me ocurrió, y ni hablar de Edward…

Su recuerdo me agobia, por lo que tengo que levantarme de mi cama para poder dar un paseo
por el lugar. Me paso las manos por el cabello y bufo en incalculables veces. No sé qué está
haciendo ni qué piensa de mí, quizá se está preguntando qué hizo mal. Todo comenzó con esa
estúpida película… ¡No! Todo comenzó con mis intentos de creer que todo estaría bien entre los
dos, más aún cuando yo jamás fui capaz de decirle todo de mí.

Hoy estamos en un punto intermedio; no somos ni amigos ni novios, algo que me hace trizas el
corazón.

Sin embargo quedaba una pequeña satisfacción que me permitía respirar, una cantidad ínfima de
ilusión dentro de mí. Nada se comparará jamás al sentimiento que tuve cuando lo creí muerto,
nada… Basta con que supiese que él está vivo para que yo pueda vivir. Puedo soportarlo todo tan
solo con saber que Edward respira apaciblemente en su cama.

Me obligo a no llorar por esta vez, tengo demasiadas cosas que hacer en Los Ángeles.

Paso entre cámaras y me meto al estudio, mientras unos cuantos tipos me preguntan algunas
cosas que me obligo a ignorar. Los periodistas siguen insistiendo una vez que yo he entrado al
lugar, pero un serio y formal Alec me toma del brazo para tirarme suavemente hacia donde se
encuentran los demás.

—Señorita Swan, por aquí —dice él con su perfecto inglés británico. Había olvidado lo delicado
que era.

—¿No vas a saludar a tu jefa, Alec? —profiere James, caminando hacia nosotros.
—No lo necesita —le interrumpo—. ¿Cómo has estado? —le pregunto a mi asistente.

Él me da una pequeña sonrisa y sus ojos se alegran al mirarme. Me gustan sus ojos avellana, son
muy dulces.

Alec Pitt es mi asistente desde hace años. Es un chico de 24 años educado perfectamente con
las normas inglesas del siglo XIX. Tiene el cabello rubio oscuro, corto y perfectamente peinado.
Siempre viste un traje negro que no le hace juego a su cara de adolescente, es tan joven, pero
tan serio. Es muy leal y sumamente profesional.

—Esperando a que regresara, Srta. Swan —murmura, mostrándome su hoyuelo.

Levanto mis cejas con asombro, mientras me quito mi abrigo rojo. Alec lo toma entre sus brazos
para que me deshaga de él.

—Es bueno saber que me extrañaste —le digo, apretando su mejilla.

—¿A mí no me dirás nada, Isabella? —insiste James, alertándome de su presencia.

Inspiro el aire brumoso del lugar lleno de tabaco caro y me obligo a sonreírle de forma ácida.
Lleva su sombrero negro y un traje del mismo color junto a un abrigo que le hace ver realmente
siniestro. Sus ojos azul cielo me observan y analizan fríamente, buscando en mí la razón por la
que volví. Intento ocultar mis emociones, aunque sé que el dolor se nota en mis ojos.

—Es un gusto volver a verte, James.

Camino hasta los demás hombres que fuman como posesos, otros aspiran el humo de su puro y
comentan barbaridades de las mujeres de la televisión. Cuando me ven se callan y tragan,
levantándose de sus asientos para darme un poco de su respeto. Al fin y al cabo tengo poder en
cada ser humano que me observa en esta sala.

Uno de ellos, el más gordo y calvo de todos, se acerca a mí. Alec se interpone sutilmente, pero yo
le doy una sonrisa para que no se preocupe.

—Es un placer conocerla, Srta. Swan —dice con cierto nerviosismo en su voz.

Su aliento huele a humo y a goma de mascar a medio digerir.

—Dime Isabella —profiero.

Me acerco a la silla más próxima y ahí espero a que todos los presentes se reúnan a mi
encuentro. Todos los ojos están puestos en mí, esperando al valiente que se atreva a hablarme.
James y Alec están a mis lados, izquierdo y derecho respectivamente.

—El Sr. James nos ha pedido que guardemos silencio con respecto a esto, pero se nos ha hecho
demasiado difícil —susurra el calvo. Al parecer es el jefe de todos los demás—. Nosotros no
pedimos esto a muchas mujeres, pero…

—Sin rodeos —exclamo.

—Sí, sí… —Se pasa un pañuelo por la frente—. Nuestra revista la necesita.

Dejo escapar el aire para dar paso a otra bocanada.

—¿Una portada? —inquiero, aunque no sé por qué, es tan obvio.


—Desnuda —completa.

Ah. Eso es nuevo.

—Creí que tenían en mente a Alice Brandon.

—Hoy la queremos a usted —finaliza.

Playboy me quiero a mí. Desnuda. ¿Qué puedo pensar?

De inmediato me embarga una serie de sentimientos encontrados, sobre todo la de dicha porque
podría ser Playmate, como todas las mujeres que he admirado por años. Pero, también siento
incomodidad. Antes nadie me importaba, pero hoy…

—¿Y es que Hugh Hefner acabó por olvidarse de la voluptuosidad? —digo con algo de ironía.

Todos los hombres se largan a reír, menos Alec, quien parece recto y serio, como siempre.

—Solo buscamos la belleza más llamativa para plasmarla en portada —explica uno,
encogiéndose de hombros—. La suma es francamente imposible de resistir, Srta. Swan. Además,
adheriría su carrera aún más para que nadie pudiese olvidarla.

Miro a James, quien me incita a firmar ya. Pero yo no quiero hacerlo ahora, necesito pensarlo.

—Llamen a mi asistente. Yo le comunicaré a él qué decidí.

Me levanto de la silla y los demás hacen lo mismo. Miro a James para que se encargue del dinero
y Alec me pasa mi abrigo. Ellos sabrán qué hacer.

Salgo hacia el tibio clima de L.A., la Costa Oeste es húmeda y ligeramente agobiante.
Demasiadas luces ahora que la luna ha hecho su aparición. No es como Forks, ese pacífico
silencio que le hacía especial y apacible. Todo es bohemio, alarmante y cruel.

Me meto a mi coche y manejo un poco en las frías calles, muy cerca de la playa. Oigo las olas
que chocan con algunas rocas y algunas bocinas detrás de mí. Me paro en la galería de arte
vanguardista que está haciendo exposición frente al callejón próximo. De pronto siento la
necesidad de tocar arte y olerlo, solo para sentirme cerca de Edward.

La gente se detiene a mirarme como si fuese un objeto diferente y surrealista, brillante. Yo me


dedico a ignorar mientras veo las esculturas que el artista ha hecho. Todo parece ser hecho de
arcilla y se ha moldeado perfectamente para parecerse a las figuras humanas, una a la otra en un
abrazo fraterno. Leo el afiche y puedo deducir que es un francés con aspiraciones hippie.

"Jean Pierre Brièrre, conceptualizando el amor como materia"

Puedo detenerme a identificar al artista, pues no para de presumir con la mirada, moviendo
también su tonto bigote. Lleva una bufanda roja que no combina con sus pantalones negros y su
camisa a rayas blancas.

Con algo de incomodidad sigo con mi recorrido en las esculturas, aunque no puedo sentirme
completo con ninguna de ellas. Todas parecen tan vacías, y la razón es bastante obvia. Si el
creador es vacío y soberbio, el resultado será de vacío y soberbio.

No entiendo por qué la gente admira esto, no es nada fuera de lo común. Es Edward quien
debería ser admirado por todos ellos. Suspiro con estos pensamientos, basados en mis ilusiones
e ideas locas, todas ellas remarcadas por el único hombre al que amé y amaré por siempre.
Esto no es arte, es basura.

Me doy la vuelta y choco con un hombre que me sobrepasa por varios centímetros y que,
además, parece aún más despistado que yo.

—Hey —exclama.

—Lo siento —profiero atolondradamente—. Soy una tonta.

Es moreno, fornido y sus ojos son risueños como su sonrisa. Aunque… creo que lo he visto
antes.

—No, no te preocupes —dice, algo asombrado al reconocerme. Y la verdad es que yo también


estoy asombrada, porque sé que lo he visto antes.

—¿Te conozco? —le pregunto de repente, con los ojos entornados—. Discúlpame, pero creo que
te he visto en alguna parte.

Esboza una sonrisa deslumbrante.

—¿De verdad te acuerdas de mí?

Asiento, entrando en una sonrisa tímida.

—Soy Jacob Black, el bailarín de Broadway que estaba en la fiesta del 4 de Julio, en el Matrushka
—exclama—. Vaya, aún no puedo creer que hemos coincidido aquí. Qué pequeño es el mundo.

Levanto mis cejas, sorprendida.

—Aquel que me enseñó a utilizar el bote en La Push —profiero, entrando en recuerdos


profundos.

—El mismo —sonríe—. ¿Qué haces por aquí?

Miro a mi alrededor; la verdad es que no lo sé.

—Recordar —susurro con la tristeza en mi voz.

—¿Algo en particular?

—Nada importante.

Lleva el cabello más corto que la última vez que le vi y ya no viste ese traje entallado, muy propio
de los bailarines alegres de Broadway. Ahora utiliza unos jeans gastados que me recuerdan
mucho a James Dean, una camisa abierta de color azul claro que deja ver su pecho achocolatado
y un pañuelo negro en su cuello.

—¿Y tú? —me atrevo a preguntar.

Mira hacia las esculturas y luego al artista en cuestión.

—Acompañaba a uno de mis mejores amigos, es un día muy especial para él, ¿sabes? —me
dice.

Me siento un tanto culpable, pues su amigo no es muy bueno en esto. Claro que no voy a decirle.

—Es un arte… diferente —mascullo.


Estamos cerca de veinte minutos hablando de todas las cosas que su amigo francés ha hecho,
algo que me tiene sin cuidado. Intento prestar atención, pero la verdad es que me escapo a
lugares que no debería ir.

—Conozco a alguien que debería tener una exposición como ésta —digo—. Él es tan talentoso,
tan increíble. Todo lo que hace simplemente se convierte en las cosas más hermosas que mis
ojos podrían ver.

—¿Por qué no lo hace? Digo, si es tan bueno quizá yo podría recomendarlo. Conozco a muchos
poderosos de la pintura.

Le sonrío.

—Gracias, pero él no lo haría a menos que se vaya de Forks —exclamo, cruzando mis brazos
ante la inmensidad que siento en mi corazón.

Me paro frente al único cuadro que hay en la exposición, sin mirarlo en realidad. Tengo la
necesidad de escapar de mis sentimientos.

—No es que sea insistente, pero yo voy a Forks dentro de dos meses más.

—¿Vuelves con tu familia? —inquiero, pues en Forks todos se conocen. Quizá hasta conozcan a
mi madre.

—Sí —dice, sonriendo afectuosamente—. Vuelvo a las playas de La Push para ver a mi padre
que está muy enfermo.

—Mi madre estaba muy enferma también y tuve que ir hasta Forks para poder cuidarla.

Se asombra con mi confesión.

—Vaya. ¿Y cómo es que has vuelto a Los Ángeles? ¿Ella ya está bien?

Sonrío con tristeza. Niego con mi cabeza.

—Tenía muchas cosas que pensar y allá entre tantos recuerdos no podía.

Nos quedamos callados un momento, el cual me parece eterno.

—Bueno, papá está inválido y desde aquella vez que tuvo el accidente ya nada pudo ser como
antes. Vuelvo a Forks para cuidarlo, pues mis hermanas ya no pueden hacerlo—. Se encoge de
hombros—. Sé que es feliz con sus amigos, es su única manera de no recordar a mamá.

Qué triste. Por la manera en que Jacob me mira, sé que le duele mucho volver. Es dejar atrás un
trabajo, más aún cuando el espectáculo es algo tan discriminatorio. La edad se convierte en un
factor negativo, los años son un peligro. Sin embargo, para personas como nosotros, hay algo
más importante que la vejez: el amor.

—Hey. Tú debes conocer a los amigos de mi padre —exclama, de pronto alegre.

No sé por qué, pero creo que le agrada la idea de que yo esté escuchando sus intimidades. No lo
culpo, puedo ser una muy buena amiga.

—Debes conocer a Carlisle Cullen —dice.

Mi pecho se aprieta cuando escucho ese nombre; no quería recordarlo. Ahora él debe estar
odiándome aún más de lo que debería. He vuelto a abandonar a su hijo, le he destrozado.

—Sí —profiero—. Aunque no nos llevamos muy… bien. Un tema superado.

—Ah —susurra—. Quil Ateara…

—¡A él lo recuerdo! —exclamo, envuelta en la dicha de mis recuerdos más bellos—. Mamá me
llevaba con él cuando pa… Sí, lo recuerdo.

Mamá era muy amiga de aquel hombre. Le acompañó cuando papá nos abandonó, aún cuando
Charlie y él eran muy amigos. Yo iba con frecuencia a La Push, pero mamá decidió llevarme al
sur con la esperanza de que me alegraba bajo el sol de Phoenix. Luego regresamos y conocí a
Edward, por lo que íbamos varias veces a la playa, mamá acompañándonos más que nada para
preguntarle a Quil dónde estaba Charlie Swan.

—Y hace muy poco Charlie Swan volvió a las fogatas y a la pesca con sus antiguos amigos. Es tu
padre, ¿no?

Trago saliva, de pronto asqueada al oír su nombre.

—No. Él no es mi padre.

Al cabo de un rato me despido de Jacob Black, con la esperanza de que en un tiempo más
volvamos a encontrarnos.

Camino por las calles oscuras, oculta bajo mi abrigo rojo y cuello de pelos. Siento el suave sonido
del viento y de las olas que chocan constantemente con las rocas. No veo a mucha gente y ya me
he perdido en esta gran ciudad, ya ni recuerdo dónde está mi auto.

Pero diviso el suave brillo de uno, está aparcado un tanto más allá. Me acerco para contemplarlo,
sin embargo no tardo en sentir un ruido detrás de mí que alerta todos mis sentidos. Miro a ambos
lados y solo veo un abismo negro que es mutilado por la tenue luz de un foco en lo alto de la
pared de ladrillos, que parpadea constantemente.

Mi corazón brinca una y otra vez en mi pecho, al mismo tiempo que mi cerebro avisa rápidamente
que hay peligro. Me giro un par de veces a ver qué hay detrás de mí, pero simplemente veo esa
negrura profunda e inacabable. El sonido de unos cuantos pasos vuelven a llamar mi atención y
es ahora cuando siento un calor que irradia un cuerpo en mi espalda.

Preparo mi garganta para gritar, pero una de sus manos atrapa mis labios para que no pueda
llamar la atención de nadie más. Y es aquí cuando siento que no es la piel la que hace contacto
con mi carne, sino cuero. La persona que me tiene aferrada es alguien que no quiere que
descubra ni siquiera el sabor de su piel.

—Shh —sisea perezosamente, como si arrastrara las sílabas con cansancio—. No grites.

Trago como puedo, mi garganta está seca. Voy a comenzar a llorar, pero él me niega
suavemente.

Es un hombre que lleva un sombrero alto en su cabeza y un traje que oculta completamente todo
su cabello. No puedo verle la cara y su voz tampoco se me hace conocida, solo puedo aseverar
que ha fumado mucho en su vida.

—La fama es efímera —me dice—. Mírate, Isabella, estás desprotegida y hace un tiempo
gozabas de una fama casi ridícula.
Su aliento huele a whisky, uno muy caro. Me transmite a aquellos recuerdos donde vivía en el
prostíbulo, siempre olían igual: cigarrillo y whisky, todo muy caro y lujoso. Cómo odiaba ese olor,
la espesura que transmitían con tan solo hablarme.

—Deberías tener presente algo de seguridad —profiere, riendo al mismo tiempo.

Quiero decirle que me suelte, que puedo darle todo el dinero que quiera, pero su mano entorpece.

—¿Quieres hablar? —me pregunta con una amabilidad suspicaz.

Asiento con lentitud.

Me quita la mano lentamente, pero antes me advierte:

—No grites —dice y me apunta con algo duro en las entrañas. Trago—. No me interesaría acabar
con otra estrella. Serviría para aumentar tu fama, ¿no?

—Tengo todo el dinero que quieras, pero por favor no me hagas daño —gimo, envuelta en un
terror que remueve mis entrañas.

Se larga a reír con sorna. Su risa es cansada y pastosa.

—No es dinero lo que quiero, Isabella Swan —murmura, acercando su rostro al mío.

Ladeo mi cara para no seguir sintiendo su aroma, ese que tanto me recuerda al sexo en el burdel.

—Voy a dar aviso a la policía —amenazo en vano—, tengo contactos.

Vuelve a reír, esta vez con menos paciencia.

—¿Qué vas a hacer tú, Isabella Swan? —me pregunta. Temo responder—. Una mujer solitaria
sin nadie que vele sus sueños —susurra—, una mujer que no ama a nadie, solo a su madre
enferma. ¿Tu madre te defenderá, Isabella?

¿Cómo sabe eso? Carajo, esto no está bien…

—¡¿Quién eres?! —grito.

Se aferra a mis caderas y me apega a su cuerpo. Besa mi mejilla y me huele con fervor,
provocando mi desasosiego. Intento despegarme de él, pero es tan fuerte. Le pido a Dios que no
me haga nada, que no me toque, que no me humille, ya ha sido bastante con mi pasado, no me
hagas más inmunda.

—Tranquila, Isabella —me dice—, hace un tiempo dejé de estar con putas.

Mis ojos se llenan de lágrimas, por lo cual no puedo contenerlas. Mis ojos expulsan mi terror y mi
tristeza. ¿Quién es y cómo es que lo sabe? Mi mente viaja en un sinnúmero de rostros,
interpretando su voz para poder reconocerlo, pero no hay nada, es solo su aroma el que me
recuerda a tantos clientes.

—Solo vine a decirte una cosa. Te estamos vigilando —expulsa—. Nunca mires atrás.

—¿Quién eres? —vuelvo a preguntar, desesperada.

—No mires atrás —repite y se va.

Mis piernas son solo una masa inservible que no pueden sostenerme, solo las arrastro hasta el
lugar más iluminado de L.A. A lo lejos puedo notar que mi carro ha estado en el otro extremo,
esperando a que me lo lleve. Cuando me subo en él y voy a encenderlo, pongo mi frente en el
manubrio y comienzo a llorar desconsoladamente. Necesito que me abrecen ahora mismo, que
me digan que me quieren.

Siento tanto miedo y dolor, no entiendo qué acaba de ocurrir, todo ha sido tan rápido. De pronto
me doy cuenta que estoy en peligro, pero no sé en qué clase de peligro me he metido. ¿He hecho
algo malo? No lo sé y me desespera no tener idea.

Sé que Louis tiene que ver con esto y su solo recuerdo me revuelve el estómago; me siento tan
desprotegida, sola. Es un hoyo sin fondo, nada puede llenarlo, solo el amor infinito de él.

Me limpio la cara y parto hasta la habitación del hotel, con la música de Led Zeppelin. Ah, es lo
único que me hace escapar del incesante recuerdo, ese que solo me atormenta.

Extraño a Edward, creo que es lo único que predomina en mí además del terror. Él me espera y lo
sé, él necesita que le diga qué pienso de todo lo que ha pasado entre nosotros. Pero, ¿qué ha
pasado? Últimamente nos hemos besado, lo he necesitado más de lo que debería, más de lo
permitido, pero no sé qué pasa por su cabeza. ¿Qué estoy dispuesta a darle? Lo último que dijo
me dañó tanto, más aún porque no sabe todo lo que he vendido de mi integridad.

Sé que jamás me lo perdonaría.

Es un juego en el que perderé todo, no solo mis ilusiones, sino también al único hombre que amo.
Una parte de mi raciocinio me dice que debería contárselo, que no todo está perdido. ¿Él me ama
tanto como para aceptar todos mis errores? No lo sé y la verdad es que toda esta incertidumbre
me está matando.

Cuando el botones me mira y me reconoce, asoma un atisbo de recuerdo que no pasa


desapercibido. De inmediato me trae una carta muy bien sellada, la cual me entrega con cuidado.
Leo el remitente: William Harrington.

Frunzo el ceño y me apresuro a guardarla en el bolsillo de mi abrigo, no sin antes agradecerle al


hombre. Una vez en la sala de mi cuarto de hotel, me siento en el sitial parduzco, frente a la
ventana con vista al mar y paso mis dedos por el sobre de color crema. Su letra cursiva está
estampada en medio, mi nombre con tinta negra, impecable.

El papel que hay dentro es como el arroz, espeso y blanco, muy suave. La tinta se ha aplicado
con fuerza en el papel, como si William estuviese muy preocupado o muy herido. Me preocupa…

"Querida Isabella:

Sé que últimamente no he podido llamarte, menos saber de ti, hasta hace poco creí que
todo estaría bien en tu vida, tanto así que ya no necesitarías más de mi compañía. He
decidido llamar hasta tu casa para saber qué ha ocurrido en estos últimos días, pero Alice
Brandon me ha informado que tú te fuiste de Forks hace poco. Me he preocupado. ¿Qué ha
ocurrido entre tú y ese chico, Cullen? Sé que no tiene por qué importarme, pero realmente
si lo hace, sabes lo que significas para mí.

No quiero que sufras.

Me he tomado la atribución de llamar a Alec, quien no ha tardado en darme el número de


teléfono de tu habitación. No he querido llamarte hasta estar seguro de que esta carta ha
llegado a tus manos, no quiero importunar. También le he dado el número a Alice y espero
no te moleste, ella está muy preocupada por ti.
Por favor, reflexiona, y si es necesario sé sincera con Edward Cullen. No sabes cómo
deseo verte feliz y a su lado es lo más cerca que he visto a tu felicidad. Me duele, sí, pero
prefiero mil veces saber que eres plena a vivir fantasías ilusorias con alguien a quien no
amas.

Recuerda lo mucho que te amo.

Me despido afectuosamente de ti, Isabella, mi hermosa estrella.

William Harrington."

Unas cuantas lágrimas han caído en la elegante hoja y yo las limpio con rapidez para no
estropearla. Claro que no me molestaría si me llama, sería un poco de morfina a mi dolor.

Paseo por la sala con las manos unidas entre sí, recitando unas cuantas melodías de Jim
Morrison para relajar mi mente. Luego de unos minutos paso a Janis Joplin y acabo con Marilyn
Monroe. Nunca he sido buena cantando, pero cuando lo hago es como si liberara kilotones de
energía.

El sonido de mi teléfono suena y mi corazón bombea sangre con la esperanza de que sea
William, pero es una mujer la que habla. Frunzo el ceño de inmediato.

—Bella —susurra.

—Alice —murmuro también.

—Oh por Dios, Bella, estás bien —dice, dejando escapar el aire de sus pulmones—. Estaba tan
asustada.

—No ha sucedido nada, Alice, tranquila —miento, pues hace solo una hora un hombre me ha
amenazado con un arma.

Se queda callada por un momento, quizá buscando qué decirme.

—¿Por qué hiciste esto? —me pregunta de pronto.

—No sé de qué hablas.

—Si lo sabes —exclama—. Escapaste de Edward como un animalillo indefenso, sin darle una
explicación. Es por lo que dijo en plena película, ¿no?

Trago.

—Sí —respondo—. Y por mi papá.

—Eso pensó él —susurra distraídamente—. Pero sabe que hay algo más.

Me muerdo el labio inferior y muevo el cable del teléfono con mi dedo.

—Ay, Bella, a mí también me dolió lo que dijo, pero si él supiera lo que nos sucedió no pensaría
de la misma forma —insiste—. Edward no está bien —termina.

Mi corazón se oprime.

—Necesito pensar, Alice, no sabes lo mucho que he sufrido al estar separada de él —sollozo
junto al teléfono—. Lo extraño y lo necesito, pero debo pensar.
—¿Qué debes pensar? Lo amas —dice—. Solo escucha a tu corazón por primera vez y aléjate de
tu cabeza. Él necesita saber la verdad.

—Lo sé —susurro.

Se queda callada otra vez. La oigo respirar y reflexionar.

—Es como si te hubieses llevado todo contigo —dice—. Está triste, cabizbajo, con frecuencia
viene hasta acá a preguntar por ti y yo no sé qué decirle. ¿Quizá que tú no volverás? ¿O que
definitivamente debería olvidarse de ti? No lo sé, Bella, no puedo soportar todo esto.

—Lo siento mucho —lloro—. Necesito tiempo, nada más que eso. Además, he cerrado una
oferta, me he dedicado a mi carrera y James…

—Demonios, Bella, a quién carajos le importa eso ahora —me interrumpe—. Piensa en todo el
daño que le estás causando, por favor.

—Yo tampoco estoy bien.

—Es tu decisión, no la de él, porque ya la ha tomado hace muchos años —acaba—. Solo
reflexiona antes de dormir. Te quiero.

Estoy en la cama mirando el techo y dándome vueltas con el edredón retorcido y las sábanas
enrolladas en mis piernas. A veces me posiciono en la parte más fría, esperando a que eso me
haga dormir, pero de inmediato rememoro mi soledad, por lo que retrocedo hasta el lado más
cálido, donde imagino que Edward está aquí, conmigo. ¿Cuántas veces temí que esto sucedería?

Lo extraño y no ha pasado el tiempo suficiente, realmente lo extraño y aún no sé qué demonios


quiero. Sí, quiero sus besos y sus abrazos, lo necesito, pero ¿a qué precio? Él es una paloma
blanca en un jardín de extraños, jamás podría decirle a todo el mundo que Edward es quien amo,
porque de inmediato estaría contaminado en la basura de Hollywood, aunque él no tenga la fama
que yo tengo.

—Edward —susurro, llorando un poco. La verdad es que ya no tengo fuerzas para llorar.

Y es aquí cuando me pregunto qué estará haciendo, qué pensará de mí. Sé que aún me espera,
su paciencia es infinita, mucho más que la mía. William también lo piensa.

20 de Marzo, 1980

El flash me ha enceguecido un par de veces, pero mantengo mi actitud recta y seria ante la
cámara, con la mirada fría y una sonrisa pedante. El fotógrafo sonríe también, embelesado con
las poses que le doy.

Estoy sobre una tela negra, que brilla levemente. James está más allá, observando también y
diciendo qué le parece o no. Veo su lascivia, su deseo irrefutable. Me quiere a mí para sus
noches, pero yo ya no le necesito.

Me obligo a no observarlo, mientras me olvido de que estoy simplemente desnuda entre las telas
brillantes y el fotógrafo.

James y uno de los creadores de esto han puesto a Frank Sinatra para darle un ambiente
cincuentero al lugar. La temática de estas fotografías es recrear la imagen de Ava Gardner. Ava
es una estrella rompecorazones que amó a Frank Sinatra incluso hasta estos días, cuando no
están juntos. Siempre nos han comparado, incluso más de lo que podría soportar.

Yo solo me dejo llevar, escuchando I'm a fool to want you. Frank canta con desgarro lo mucho
que la amó, y aún así sabe que es un tonto al conservar esos sentimientos.

Ava y yo compartimos lo mismo; hacemos sufrir.

—Estás perfecta, Isabella. Incluso más bella que Ava —dice James, juntando sus manos.

Cuando esto acaba, Alec me entrega una bata mirándome solo a los ojos. Le sonrío.

Camino hasta la puerta que tiene mi nombre y entro a la pequeña sala para poder vestirme. Al
rato tocan la puerta, es la periodista que se encargó de entrevistarme mientras me maquillaban.
Me sonríe y pide permiso para poder entrar, yo se lo concedo para que esto acabe lo más rápido
posible, en dos horas más tengo una fiesta.

—Señorita Swan —susurra, algo intimidada. Es nueva, se nota.

—¿Hay algún problema con la entrevista? —inquiero, quitándome las pestañas postizas.

Se quita el cabello rojizo del rostro y lo pone detrás de su oreja. La miro a través del espejo y ella
se retuerce un tanto.

—Siéntate —ordeno.

Ella lo hace enseguida.

Me doy la vuelta y la miro para que hable.

—Con frecuencia los periodistas sabemos cómo es su estilo, Srta. Swan, y asimismo estamos
acostumbrados y conocemos que usted no habla de su vida privada —dice.

Nunca he sido una estrella que alguna vez haya afirmado enamorarme, jamás han podido
sacarme una sola palabra. Un par de veces me han visto junto a grandes artistas, pero esos solo
han sido coqueteos o encuentros de una noche. Jamás me atreví a hablar de Edward, su solo
nombre estaba prohibido para cualquiera, más que nada por el respeto que tenía por él,
pensando inocentemente en su muerte, una muerte inventada por mi envidiosa prima.

Dejo las pestañas junto a la caja, mientras planeo qué decirle. Pero se me adelanta con una frase
que me llama sumamente la atención.

—Mi jefe me ha ordenado que le pregunte por Edward Cullen.

Frunzo el ceño, sintiendo la rabia por mis venas. La miro, dispuesta a escupirle todo lo que siento,
pero de pronto me doy cuenta que no es su culpa, es solo un estúpido trabajo.

—¿Cómo es que saben de él? —le pregunto, con los ojos llenos de lágrimas.

La periodista se retuerce en la silla y junta sus manos para poder ganar tiempo.

—La han seguido todo este tiempo —afirma—, han averiguado muchas cosas de él.

Me levanto de mi silla y me aferro al mueble que sostiene el maquillaje y las cremas, mirándome
al espejo de vez en cuando.

—¿Por qué me dices esto? —le pregunto.


—Porque no me gusta atentar contra la privacidad de las personas —me dice, mirando hacia el
suelo.

Con los dedos temblorosos saco un cigarrillo de la cajetilla que tengo a un lado y lo enciendo
rápidamente.

Me quedo mirando la cara encendida, la cual desprende el humo del tabaco que va quemando de
a poco. Así se consume mi vida, pienso, así se van mis secretos.

—¿Entonces por qué trabajas para él? —inquiero—. Debo suponer que es un trabajo de mierda
para una persona a la que no le gusta atentar contra la privacidad.

—Porque me despidieron del New York Times —dice, algo avergonzada.

Levanto mis cejas y fumo al mismo tiempo.

—¿No eras lo suficientemente buena para eso?

—No era lo suficientemente buena para aceptar abusos sexuales de parte del editor —susurra.

Frunzo los labios, algo apenada.

—¿Qué te hace pensar que puedo confiar en ti?

Se encoge de hombros.

—He sido fan de usted durante mucho tiempo.

Eso me hace sonreír.

—Además, esta será mi última entrevista, no trabajaré más para Playboy —dice—. Y tampoco
espero a que me conteste quién es él, solo vine a advertirle que están averiguando todo de
Edward Cullen. Ya sabe, están a punto de descubrir quién es esa persona que mantiene a la
secreta vida de Isabella Swan ocupada.

Niego lentamente, pensando en todos esos malditos buitres buscando la noticia fácil.

—Edward Cullen es el hombre que he amado durante más de quince años —le digo, sonriendo
con tristeza mientras me fumo el cigarrillo—. Es eso lo que todos buscan, que afirme que al fin
amo a alguien —río, recargándome en la pared—. Lo que no saben es que él ha sido parte de mi
vida mucho antes de convertirme en lo que soy ahora, por eso lo protejo, porque no lo quiero ante
estas personas que solo buscan destruir.

La periodista se muerde el labio inferior, algo intimidada con lo que le he dicho.

—¿No puedes creer que Isabella Swan ama a alguien? —le pregunto—. Pues sí, amo a Edward
Cullen, pero haría lo que fuera para que esté fuera de esto —digo amenazadoramente.

—Puede confiar en mí, Srta. Swan, no diré nada…

—No, ¿sabes qué? Puedes agregar a la entrevista una sola pregunta, y quiero que la hagas
ahora —la interrumpo—. Quiero que me preguntes si amo a alguien. Repite conmigo, "¿está
enamorada de algún hombre en este mismo momento?" Y quiero que describas mi expresión —le
digo. Ella me mira sin entender—. ¡Vamos, nena! Hazlo.

Me siento en el sofá de cuero y me enrosco como una gata. Ella se gira para mirarme, al mismo
tiempo saca una pluma y un cuaderno de notas, junto a la grabadora de voz. Se aclara la
garganta y yo enciendo otro cigarrillo.

—¿Está enamorada de algún hombre en este momento? —inquiere, luego de haber encendido la
cinta.

Yo doy una risita, recordando a ese hombre. Me muerdo el labio inferior y me dejo caer en el sofá.
Su cabello cobrizo y desordenado, vagando al mismo tiempo que el viento; sus puros ojos divinos
y dorados, como la miel cálida y líquida cubierta de la dulzura propia. Ah… Su sonrisa, el color de
sus mejillas cada vez que admite quererme. Y no podría olvidar el sonido de su voz, la suavidad
con que habla, el temple, la pasividad.

—Sí —contesto—. Y espero que cuando lea esto sepa que es él.

La periodista aprieta el botón para que esto acabe. Me mira con inseguridad una vez que deja de
anotar.

—¿Está usted segura de esto? —me pregunta.

—Claro que sí, no tienen por qué saber que es él —digo—. Además, quiero que todos sepan que
soy de Edward Cullen —murmuro.

James me ha mirado de una forma extraña, mientras vamos caminando por el pasillo. Alec para
cuando estamos frente a la puerta de metal y yo lo miro sin entender.

—Shh —sisea, con su dedo puesto contra los labios, indicándome silencio.

Escucho una infinidad de gritos desde fuera, flashes, pisadas y mi corazón que ha comenzado a
latir con más fuerza.

—La gente está afuera esperándola —dice.

De inmediato llegan dos guardias junto al editor de Playboy, un hombre de unos cuarenta años y
rubio. Me saluda cortésmente y le dice a ambos hombres que abran la puerta con cuidado.

—Son alrededor de cuarenta, más los periodistas —dice el afroamericano.

—Diles que Isabella no hablará ninguna palabra, ni a los periodistas ni a las personas —ordena
James.

Me enfurece que tome las decisiones por mí.

—No —exclamo—. La gente debe estar esperando hace muchísimo tiempo. Déjame salir, yo sé
lidiar con esto, no me harán daño.

Me aferro a mi grueso abrigo, con Alec detrás de mí. Los dos gorilas están con James a los lados,
para que así no puedan hacerme nada. Cuando salgo del lugar y veo los rayos del sol
californiano, escucho gritos múltiples que me descolocan varias veces, sobre todo las múltiples
preguntas de bastantes cadenas de televisión y revistas mundialmente conocidas. Unas me
preguntan por qué es que estoy junto a los dueños de Playboy, otros dan por hecho que ha sido
una sesión fotográfica. Algunas personas esperan con bolígrafos para que les firme una hoja o
una parte de su cuerpo, otros solo quieren fotografías. Me acerco a ellos y firmo unas cuantas
cosas y me saco algunas fotos, intentando sonreír de la mejor manera. Me siento un tanto
querida.
—Ya es hora de irnos, señorita —dice Gorila número 1.

—Aún no he terminado —le digo algo enojada.

—¡Isabella! —grita un par de periodistas—. ¿Quién es Edward Cullen?

Me giro a mirar al hombre que me ha preguntado eso.

—Eso no te importa —gruño.

—¿Es verdad que ha sido tu amante por algunos años? —pregunta otra.

Me aferro a mi asistente y éste me ayuda a dar unos pasos entre el gentío y los periodistas que
insisten, diciendo el nombre de Edward una y otra vez.

—¡No me toques! —le grito a uno—. Aléjate —gimo.

No paran, solo insisten e insisten en preguntar por él. ¡No quiero que lo conozcan! No quiero que
lo contaminen.

—¿Es a él a quien fuiste a ver a Forks, Isabella?

—¡Déjenlo en paz! —vocifero, dejando escapar toda mi furia—. No voy a permitir que hables de
él. ¡Ya basta! Todo lo que haga con mi vida es asunto mío, no te metas en lo que no te importa.

Le doy un golpe al micrófono y los demás me introducen en el carro junto a los demás. Gorila
número 2 le da un golpe a la puerta y el chofer parte. Giro un poco mi cabeza, observando por la
ventana trasera cómo los periodistas siguen corriendo, intentando hablar conmigo.

Tengo mis manos aferradas a la silla, mientras James mueve el cierre de mi vestido hacia arriba.
De paso toca la piel de mi espalda, intentando seducirme en vano. Me giro y contemplo mi
imagen en el espejo que da una imagen de mí de pies a cabeza. Llevo una cola en lo alto de mi
cabeza y un collar de diamantes en mi cuello. Cómo odio los diamantes. El vestido es color
carmesí al igual que mis tacones, aunque éstos no se ven por lo largo de la seda. No tiene
mangas ni tiras, por lo que solo se aferra a mi pequeño busto.

—¿Sucede algo? —me pregunta, tocando mi barbilla con sus dedos.

Quito su mano con delicadeza y camino hasta el gancho para tomar el gran chal de zorrillo y
ponérmelo sobre los hombros.

Charlotte me ha maquillado una vez más, embadurnándome para que no se me noten mis ojeras.
Ha sido un día cansador. Me he bebido una copa de vino antes de ir a la fiesta y me he sentido
culpable hasta que la última gota pasara por mi garganta, Alice ha estado todo el rato en mi
cabeza, mirándome reprobatoriamente por mi repentino alcoholismo.

—Vamos, llegaremos tarde —le digo, tomando mi pequeña cartera.

La música clásica está siendo aburrida en una fiesta como ésta, donde se supone todo debe ser
alegría y gritos desbordantes. Alec ha venido, por lo que me siento mucho más contenta, cuando
él está todo parece estar bajo control, al igual que cuando Alice está conmigo.
La extraño.

El mozo me enseña una bandeja llena de champagne, así que tomo dos, una para Alec y otra
para mí. Él niega, pero yo insisto.

—Srta. Swan, yo trabajo para usted, no necesito beber —me dice.

—Pero yo soy tu jefa y quiero que bebas.

Un viejo de traje y gordo quiere que baile con él. Miro a James y él me hace un gesto; debo
hacerlo.

El hombre es un accionista de una cadena de televisión bastante importante, se la pasa hablando


de eso, cosa que no me interesa. Finjo que lo escucho, mientras miro a los demás que van
acompañados de mujeres que no son más que prostitutas. Claro, las han vestido como a mujeres
caras y elegantes, pero sé diferenciar quién está siendo pagada por hora.

Bailo con otros hombres, uno más guapo que otro, al mismo tiempo que voy bebiendo la
champaña que pasa por mi lado. No tardo en sentir cómo mis sentidos se distorsionan y la gente
comienza a ser agradable.

Las conversaciones se tornan agrias y yo dejo de bailar, recordando aquella fiesta de año nuevo,
bailando con Edward y elevando mis sensaciones hasta lo insuperable. Todo se convierte en una
comparación odiosa. Edward y… Edward con… Si Edward estuviera aquí. No tardo en darme
cuenta de todos los errores que he cometido, en todos esos pensamientos recurrentes que son
solo cobardía.

Necesito a Edward aquí conmigo y no me importa que él sepa de mi pasado. Lo amo. Sería
capaz de decirle todo, solo para tenerlo aquí. ¿Sería capaz de aceptar todo lo que soy? ¿Me ama
de tal forma que no importan los defectos?

—Señorita Swan —me dice Alec.

Me tapo la boca para evitar sollozar y camino hasta el lugar más apartado, con mi asistente
pisándome los talones.

Observo a mi alrededor: todo es tan vacío, oscuro, desolador, la gente habla de banalidades,
cosas sin el más mínimo sentido. Soy lo más llamativo en este lugar y aún así no logran satisfacer
mi más grande deseo.

Imagino cómo sería mi lugar ideal: Edward atrapándome entre sus brazos y dejándome caer en el
sofá frente a la chimenea, ambos riéndonos de lo más mínimo, hablando de los logros
personales. Él estaría realmente orgulloso de mí, yo sería lo más llamativo de su lugar, su
corazón; todos mis deseos estarían satisfechos. Vería en mí cosas que nadie más ve, porque es
esa forma en la que te mira, donde sabes que nada más pasa por su cabeza, toda su atención
eres tú.

Edward es la luz que necesito en mi vida, nada más que él.

—Srta. Swan, ¿está usted bien? —me pregunta mi asistente.

Niego, mientras lloro.

—La llevaré al hotel —me dice.

—No le digas a James —le pido.


El carro aparca a eso de las 2 am. La noche aún no acaba para L.A.

Cuando entro a mi habitación, Alec entra también con el rostro envuelto en preocupación, aunque
no entiendo por qué. Veo que se saca la chaqueta y la cuelga ordenadamente en el perchero.

Yo mientras saco una botella de whisky y dos vasos con hielo. Mi asistente comienza a protestar,
pero yo lo fulmino con la mirada.

—Te ordeno que bebas. —Le entrego uno de los vasos.

Me bebo todo el contenido de un solo trago y hago un mohín con el ardor de mi garganta. Me
siento en el sofá y Alec hace lo mismo, mientras me mira con… ¿lástima? No lo sé.

—Debo verme fatal, ¿eh? —le pregunto.

—Parece cansada —dice.

Ruedo los ojos.

—¡Ya basta de tratarme como si fuese una vieja! —exclamo—. Dime Isabella. Y es una orden.

Alec esboza una sonrisa sincera, por lo que me relajo bastante.

—Debes ir a dormir, Isabella.

—No quiero —le digo—, Necesito olvidar.

Me sirvo otro poco más. Miro al vaso de mi asistente, pero sigue intacto.

—¿No te gusta beber? —le pregunto.

Se encoge de hombros.

—Desde que vi a mi padre hacerlo le he tenido un poco de rechazo a estas cosas —dice.

—Debo parecerte una especie de monstruo —susurro—. ¿Pero sabes? Mi padre también bebía,
hasta nos dejó por eso. —No sé por qué me parece tan gracioso, pero río descontroladamente al
recordar lo mucho que sufrí por él. Fue tan… triste. De eso ha pasado mucho tiempo, sí.

—Lo siento mucho —murmura.

Bebo otro poco y hago otro mohín por el ardor.

—No —digo algo atragantada—, no lo sientas. Si él no lo siente, ¿entonces por qué tendrías que
sentirlo tú? La vida jamás ha sido justa.

Me queda mirando con sus ojos almendrados y bebe por primera vez. Choco mi vaso con el suyo
y vuelvo a empinarme todo el contenido como si fuese agua.

—Me gusta sentir cómo mis sentidos se van yendo de a poco —le confieso, recargándome en el
respaldo del sofá para poder mirarlo más cómodamente.

—Tienes un gran problema con el alcohol entonces.

—Supongo que sí —sonrío—. Todos tenemos una adicción… O dos.

Asiente lentamente.
—No eres feliz —me dice de repente.

De pronto siento unas inmensas ganas de llorar, quizá porque ha dado en el clavo.

Me encojo de hombros y vuelvo a beber, con los ojos llenos de lágrimas.

—Hace dos meses era feliz —le confieso, sintiendo el enredo de mi propia lengua.

—¿Por qué has huido de la felicidad?

—Porque tengo miedo.

—¿Miedo a qué?

Suspiro.

—Miedo a no ser buena para él.

Se queda callado por un largo momento, pero yo no quiero que se calle, ya no quiero silencio.
¡Odio el silencio!

—¿Te has enamorado alguna vez?

—Sí —responde—, pero no ha sido la experiencia más grata de mi vida.

—El amor jamás es grato —le digo—. Dios mío, es terrible. Te pasas todo el tiempo con el miedo
de hacer las cosas mal. Mi inseguridad no me permite querer, es tan divertido.

Bebo por cuarta vez y ya no parece tener el mismo ardor de antes.

—¿Estás enamorada? —me pregunta.

Estallo en carcajadas, pero él no ríe conmigo.

—Debería notarse. —Me encojo de hombros—. Ya sabes, todo lo que hablan. —Mi voz baja su
volumen, casi volviéndose ininteligible.

Alec me queda mirando otra vez con esa especie de lástima que odio.

—Amo a un hombre desde hace muuuuchos años —alargo la palabra, denotando todo el tiempo
que he estado guardando mis sentimientos muy adentro de mí—. No quiero compartirlo con
nadie, es solo mío —suspiro—. Vine hasta California para aclarar mi mente y hoy… todo se ha
aclarado —digo, frunciendo el ceño.

—Debería ir con él, la felicidad siempre es más importante que las consecuencias de los actos
—me aconseja.

Le sonrío.

—¿Y si tengo un secreto que podría separarnos? —le pregunto. Su rostro cambia de expresión—.
¡Eh! Te he dejado sin palabras. Pues bien, Isabella Swan tiene muchos secretos. Si se llegasen a
saber de seguro toda mi fama se iría a la mierda.

—Yo he amado y he perdonado muchas atrocidades. Creo que a veces es bueno arriesgarse
—me dice.

Palpo su hombro y le guiño un ojo.


—Eres bueno en estas cosas, un buen asistente.

Intento levantarme, pero me tambaleo duramente.

—Ups —exclamo—. Alguien se ha emborrachado.

—Debe dormir —me regaña.

Hago sonidos reprobatorios con mi lengua.

—Necesito llamar al aeropuerto —exclamo—, tengo que volver a Forks lo antes posible.

—Yo llamaré, no se preocupe.

—¡Volviste a tratarme como a una vieja! —me sulfuro.

Me acuesta sobre la cama con delicadeza y me tapa con cuidado. Pero qué incómodo es dormir
con ropa.

—Voy a ordenar un poco, cualquier cosa me lo dice.

Se va y yo aprovecho de quitarme rápidamente el vestido y lanzarlo al suelo, qué me importa


donde ha caído. Dejo caer mi cabeza en la almohada y el mundo gira. Dios, es imposible dormir
así. Oigo el sonido de la puerta principal, alguien toca con desesperación. No me interesa quién
es.

—La Srta. Swan está durmiendo —dice Alec.

—Y eso a mí qué me importa —gruñe alguien, me parece bastante conocido.

—Está cansada, necesita recuperarse —insiste.

—Vete de aquí, yo sé cuidarla.

—Pero… señor…

—¡Yo sé cuidarla, Alec! Vete de aquí.

La puerta principal se cierra y ya no oigo la voz de Alec, sino cómo la puerta de mi habitación se
abre lentamente. Me levanto de inmediato cuando percibo el peso que ha acarreado mi cama y mi
cabeza da vueltas en varias direcciones. Es James y me está mirando de una forma que no me
gusta.

—¿Qué haces tú aquí? —le pregunto.

—Te fuiste sin avisar —comenta, mirando mis senos cubiertos solo con el sujetador negro.

Me tapo lentamente con el edredón, pero James tira de él para que no lo haga.

—No me sentía bien —susurro.

—No estás bien —me corrige—. Tú y tu maldita adicción al alcohol.

—Necesito dormir —digo—, puedes irte.

Deposito mi cuerpo en la cama otra vez y cierro los ojos, deseando que James se vaya. Pero no
lo hace. Ahora se ha acercado a mí y me está mirando, hambriento. Pasa unos dedos por la piel
de mi hombro y baja la mano por mi costado. Tengo la garganta seca por los nervios.

—¡James! —grito, separándome de él.

Su mano llega hasta mi cadera, pero no le permito más.

—¿Qué? Hace solo unos meses esto te gustaba.

—Ya no —le digo.

Me levanto como puedo, pero todo se gira como un espiral. Cierro los ojos y me recompongo
sentándome en la cama. Me paro y camino hasta la puerta para poder escapar, pero me toma la
muñeca y me gira para tomarme entre sus brazos y acercarme a él.

—¿Es así como lo haces? —me dice—. Seduces y luego escapas.

—Ya te dije que no quiero —exclamo, quitando sus brazos de mi cuerpo.

Estoy con ropa interior, expuesta a que sus manos me recorran como si fuese suya. Siento asco,
no lo deseo y no lo quiero. Pero James insiste, besando mi rostro y mis labios, poseso de su
deseo irrefrenable.

—¡James! —le grito, entrando en desesperación—. ¡No quiero! Ya no más.

Me suelta con brusquedad y yo choco contra la pared. Sus ojos parecen salirse de sus orbitas y
sus labios están hinchados.

—¿Una prostituta diciéndole no al sexo? ¿Es una broma?

Mis ojos se tornan acuosos, pero no me largo a llorar frente a su cara.

—¿Es eso lo que soy? —le pregunto—. ¿Una puta? ¿Siempre seré una puta?

James se larga a reír como si yo hubiese dicho un gran chiste.

—Te saqué de ese mugriento burdel, te conocí como a una puta, a ti y a la tonta de Alice
—dice—, ¿crees que eso puedes dejarlo atrás? Me debes todo, Isabella. Tu dinero, tu fama, tus
amoríos. —Sonríe—. Yo te pago con esto y tú me devuelves todo lo que he hecho por ti con una
sesión de sexo, como siempre. ¿En qué ha cambiado? Antes te gustaba.

Mi barbilla tirita y mi corazón se triza hasta romperse.

—¡Ya no soy una prostituta, James! —vocifero—. Yo ya no te debo nada.

Me da una mirada amenazadora y de un movimiento me acorrala contra la pared y su cuerpo.


Besa mi cuello esporádicamente, mientras intenta quitarme las únicas prendas que tengo en mi
cuerpo. Yo sollozo, sin entender qué está sucediendo, todo es tan feroz, tan irreal, lo odio. Golpeo
su pecho, pero no tengo fuerzas.

—Por favor —le pido.

Él para y me observa. Veo su excitación y sus ansias. Estoy aterrada.

—¡¿Por qué ya no?! —grita y yo me encojo en mi lugar.

—¡Porque esto no es amor!


James me queda mirando por unos segundos y rompe a reír otra vez.

—¿Estás tomándome el pelo?

Mi sangre hierve.

—¡Estoy enamorada! —gimo—. Estoy completamente enamorada y solo lo deseo a él.

Se separa abruptamente y sin poder darme cuenta antes, James me da una bofetada. Pestañeo
un par de veces entendiendo lo que acaba de suceder. Frunzo el ceño y de inmediato me pongo
gritar y a arañar su maldito rostro, mientras que el mío está bañado en lágrimas.

James me ha golpeado por primera vez y duele, duele mucho. Me siento como hace algunos
años, cuando Phill me golpeaba luego de ir con Edward. La ira y la fragilidad es incalculable.

Me toma el cabello con los dedos y tira de él para que lo mire.

—Es ese Edward, ¿no?

Yo no respondo, no tengo por qué. No quiero que James sepa de su existencia, no quiero que
sospeche de él.

Me vuelve a abofetear y tira del cabello con más fuerza.

Grito.

—Es ese Edward, ¿cierto? —repite. Me abofetea y tira aún más fuerte—. ¡Dímelo!

Reprimo un sollozo.

—S… sí —tartamudeo.

—Tú eres mía —advierte.

Niego lentamente.

—Soy de Edward.

Me lanza a la cama y se pone sobre mí, tomando mis muñecas para que no pueda luchar. Siento
sus labios en todo mi cuerpo, su pe