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Mi hijo no habla.

Autores:
Lic. Ghiotti, Mónica; meghiotti@gmail.com; Lic. Soler, Elena; Lic. Jasinsky, Celina; Lic. Dichiara,
Luisina; Lic. Garcías Gornè, Mariana; Lic. Figueroa, Jesica Lic. Vignola, Milagros.
“Mi hijo no habla”.
“Quiero que mi hijo hable”.
Esta parece ser una demanda constante en cada uno de los padres que consultan al Servicio
de Fonoaudiología de la Cátedra de Patologías y Terapéutica Fonoaudiológicas en el Retardo
Mental.
El hecho de que un bebé nazca sano no es suficiente, a pesar de su integridad neurofisiológica.
El niño puede hablar porque tiene un aparato fonador disponible y un sistema nervioso apto y
sensible al registro de marcas, pero no habla por este solo hecho de posesión. Estos requisitos
neurofisiológicos no constituyen el lenguaje, no son ellos los que hablan sino el sujeto que en
ellos se instala. Hablar de Sujeto implica hablar de un Otro. Un Otro que unifique y humanice
dándole sentido, que interprete, decodifique, demande, comprenda, desee. Hablar de un Otro
instala otra imagen diferente.
Desde la vida intrauterina el feto capta y absorbe toda la información transmitida y enviada por
la madre. Dichas informaciones lo van formando ya que quedarán inscriptas en él como huellas,
y pasarán a formar parte de su memoria celular, guardando como en un disco rígido todas sus
vivencias desde el momento de la concepción hasta el hoy. Ese registro, toda la información
emocional genética heredada marcarán a ese sujeto y lo harán único e irrepetible en todas sus
formas.
Una discapacidad en sí misma, no impide la estructuración psíquica, sino que depende del lugar
que ocupe el niño en el deseo de los padres. A veces puede haber un distanciamiento y no se
reconocen en ese hijo no esperado. Muchas veces si se trabaja el duelo con un profesional
aparece el deseo y el niño puede ocupar otro lugar y proyectar un futuro.
Ante la presencia de un hijo con discapacidad Levin plantea tres caminos posibles para la
función parental:
1) el hijo que soporta el amor incondicional de sus padres. Estos hacen de ello “su causa de
vida”. Los padres se reflejan en ese hijo, pero es un uno completo, sin límite, una simbiosis.
Esto impide la estructuración del niño en su infancia.
2) el camino del rechazo y la exclusión por el cual se refracta la imagen de niño y se lo toma
sólo como discapacidad. En esta situación no hay encuentro posible más allá de su deficiencia.
3) duelo y significación: implica un doloroso camino de duelo, elaboración y re significación de
la promesa, el proyecto, la hipótesis, recuperando la función de hijo, el hijo-niño.
Podemos mencionar el caso de Tomás, un niño profundamente deseado y buscado por medio
de técnicas de fertilización asistida, que al nacer recibe el diagnóstico de Síndrome de Down. A
sus 6 años de edad, su lenguaje oral es muy acotado y su representación gráfica precaria.
La relación con los objetos es muy particular. El niño se interesa casi exclusivamente por
materiales inestructurados. Estos elementos son explorados en silencio y luego realiza con ellos
una actividad incesante de transporte y trasvasaje de los mismos. Estas conductas se reiteran
en cada uno de los encuentros con Tomás. El niño permanece absorto en su actividad, la cual
puede persistir a lo largo de toda la sesión sin variar y sin incluir al otro en su “juego”.
Frente a las intervenciones de su terapeuta, Tomás se muestra molesto. No le interesa compartir
la dinámica ni realizar interacción alguna con ese Otro que lo reclama, que lo llama al lenguaje
y al encuentro. Abiertamente rechaza el contacto físico e incluso la proximidad. El niño parece
encontrarse “encantado” con el movimiento de estos elementos y la posibilidad de contenerlos
y soltarlos.
Si bien podría relacionarse con su pasaje por la etapa anal, pareciera haberse producido una
fijación con respecto a la relación continente – contenido. Esto presenta interrogantes acerca
de diferentes cuestiones:¿Por qué el niño no se siente continente de los deseos maternos?
Deseos que de hecho existieron desde antes de su concepción. ¿No es acaso el niño un
continente que debe ser llenado de contenido por el Otro, en tanto adulto y medio? ¿Será que
este niño se siente vacío? ¿Qué aspectos de su vida necesitan ser llenados? ¿Qué pasa con
esta familia, con esta madre? ¿Será que este niño con su llegada y su patología ha generado
agujeros? ¿Qué agujeros debe rellenar con esta actividad? Y por último ¿En qué lugar se
encuentra ubicado este sujeto en su familia? ¿Continente? ¿Contenido?
Tal como plantea Levin “ a la realidad neuromotriz del cuerpo se sobreimprimen las huellas y
marcas del lenguaje. A partir de ellas, el cuerpo pasa a existir no sólo como conjunto de órganos
sino también como una posición inscripta en el deseo del otro en la cultura” …()… la mirada, los
gestos, posturas, tono muscular y el movimiento también tienen una significación por el deseo
del otro que pulsiona el cuerpo y lo introduce en el seno familiar”[1].
Frente a esto, nuevamente, surgen cuestionamientos. En este sujeto ¿qué huellas dejaron las
marcas fenotípicas de su cuerpo? ¿qué deseos están puestos en juego
actualmente? ¿Podemos hablar que la actividad descripta constituye un juego? Pero antes
debemos preguntarnos ¿este cuerpo constituye un sujeto?
Al respecto Levin señala que “para apropiarse del cuerpo el niño deberá realizar sucesivamente
importantes conquistas, en relación con su espacio, sus movimientos, posturas, sus gestos.
Tenemos un cuerpo (órgano) que tendrá que ser de alguien (sujeto) para ser propiamente un
cuerpo y no pura carne…”[2]
El cuerpo se construirá entonces, en relación al otro, y es a partir fundamentalmente de su
lenguaje que este otro envolverá al cuerpo para transformarlo en sujeto. Envoltura que en el
caso de Tomás aparece débil o agujereada.
Frente a esta constitución subjetiva frágil o incompleta, el lenguaje emerge únicamente de
manera automatizada, o con fines meramente ejecutivos, sin consolidar una intención
comunicativa definida.
Tal es el caso de Celeste.
Celeste es una nena de 2 años y 5 meses cuyo diagnóstico médico es Síndrome de Down. Se
comenzó a trabajar con ella en Abril de 2012 cuando fue derivada por su estimuladora
temprana.
La familia de Celeste se compone por su padre, su madre y un hermano de 15 años. El principal
motivo de la madre era “que Celeste hable”.
Un párrafo aparte merece esta madre, una mujer de 45 años, de profesión peluquera, de
aspecto robusto y avasallante. En cada respuesta a las preguntas de la entrevista inicial, nos
encontramos con una madre cuya hija, “hacía todo” y “era normal como todos”: comía sola, se
sentaba sola, dormía sola, no necesitaba ayuda para nada, nunca se quejaba y nunca lloraba.
Todos los días transcurren igual. Celeste se despierta, le da el desayuno en la cocina y
rápidamente la lleva a la peluquería, donde ella trabaja y la deja en el corralito hasta que termina.
La madre agrega: “a ella le encanta”. Allí Celeste pasa horas mirándose en los espejos,
sonriendo, haciendo muecas, tomándose del pelo, una y otra vez… sin encontrar entre tanta
gente, un rostro que le devuelva una mirada.
Cuenta que por la tarde juega con su hermano, con el padre y con el abuelo.
¿Y con ella nunca? es la primera pregunta que emerge.
También solían llevarla dos veces por semana a una ciudad cercana a un centro de
estimulación, dado que, según la madre, “cuanto más haga, mejor”. ¿Es cuestión de depositarla
cuál objeto para que haga infinidad de tratamientos? volvemos a preguntarnos.
Al indagar por su lenguaje y comunicación, la madre la describe como “muy expresiva”; dice
“Ale” que es el nombre del hermano, “papá” pero no dice “mamá” y esto a ella parece ser lo que
más le preocupa.
Al conocer a Celeste, nos encontramos con una niña que principalmente no posee intención
comunicativa ni deseo de expresarse. No hay contacto ocular sostenido y no registra la
presencia-ausencia del otro.
Celeste, sentada en la colchoneta, no explora los juguetes y objetos que hay a su alrededor.
Parecería navegar en una superficie plana. No desarrolla juego. Toma los objetos que se le
pongan a su alcance, los chupa, los tira y los golpea. Los movimientos son sólo eso:
movimientos sensorio-motrices que no encuentran un Otro que los espere y los signifique, que
los transformen en gesto. Así se genera movimiento estereotipado con las cosas y con el otro
siempre igual, siempre del mismo modo y con el mismo ritmo, quedando presa de la imagen
real.
Celeste se mira en el espejo y allí parece perderse, como si se desconectara. Sonríe,aplaude,
aletea y grita sin un fin aparente. “Lo infantil de la infancia” ha desaparecido, o nunca tuvo lugar
para surgir. ¿Es que el espejo le devuelve siempre la misma imagen? Esta hija de la
discapacidad produce espejos de una sola cara que le devuelven siempre el mismo significado.
La función materna fundante y estructurante de unificar, humanizar y dar sentido; parece que
no tuvo lugar aquí; por el contrario sobrevino el desapego, la negación y hasta casi el rechazo.
¿Es un cuerpo escindido y fragmentado por el diagnóstico? Así parece. Nos encontramos con
una estructura sin sujeto constituido como tal, un cuerpo sin sombra, un cuerpo deshabitado.
Para que surja el lenguaje, para que tenga lugar el deseo, para que diga “mamá”, será necesario
construir ese espacio que nunca apareció entre madre-hija. Comobien dice E. Levin “un niño no
se constituye en su cuerpo, sino en ese “extra cuerpo” del lazo con el Otro y en la alteridad que
esa relación le propone por medio de las creencias e ideales, anticipándole un futuro. En la
relación se va construyendo un espacio donde el cuerpo adquiere otra dimensión, una
dimensión desconocida, plena de nuevos sentidos inesperados”[3]
La siguiente viñeta clínica nos muestra cómo el sostén a la madre para que ejerza su función,
deviene en modificaciones, tanto en la apropiación del lenguaje como en el resto de las
actividades propias de un niño, tales como el jugar o el dibujar.
Luis llega a la consulta fonoaudiológica en el mes de Marzo de 2012, con 5 años de edad,
derivado por el gabinete psicopedagógico de la Escuela Especial a la que asistía en forma
conjunta con el Jardín de Infantes.
Proviene de una familia de padres separados y tiene una hermanita de 3 años.
Al realizar la entrevista con su madre, la misma comenta que presentó varias dificultades
durante el embarazo del niño y algunas complicaciones también en el parto. Cuenta que fueron
momentos muy difíciles, de mucha angustia, ya que su separación del padre del niño ocurre
cuando ella queda embarazada de Luis. Además comenta, entre los datos más relevantes, que
el niño presenta retraso madurativo, que inicia su escolaridad a los 5 años y que no juega con
otros niños.
Se realiza una evaluación del lenguaje y la comunicación, iniciando tratamiento
fonoaudiológico. Se observa que es un niño simpático, que se muestra contento y sin
dificultades para desprenderse de su mamá al ingresar a la sesión. Por momentos, es capaz de
entablar una escasa interacción comunicativa con su interlocutor, pero en otros, se muestra
indiferente, como si nadie estuviese allí, e incluso no registra la ausencia ante la desaparición
del terapeuta cuando éste desaparece. También sorprende que, al mirarse en el espejo, no
reconozca su imagen. ¿Esto podría deberse a la ptosis palpebral que presenta en un ojo y a la
severa disminución visual del ojo contrario que no le permite la integración de sí y del Otro, la
exploración activa del espacio?
Luis presenta un lenguaje oral ininteligible y se evidencia un gran déficit en su comprensión.
Explora los juguetes, sin realizar ningún tipo de simbolización, su expresión gráfica y su
pensamiento están muy descendidos.
Al encontrarnos con este panorama, es inevitable que nos planteemos algunos
interrogantes. ¿Qué pasa con las dificultades que el niño padece en su lenguaje y en la
comunicación: son consecuencias directas de las dificultades orgánicas que presenta o son el
resultado de su historia subjetiva? ¿Son las marcas DEL cuerpo, reales, orgánicas; o son las
marcas EN el cuerpo, esas huellas que dejan los Otros y que son determinantes en la
estructuración subjetiva? ¿Qué lugar ocupa este niño en el discurso de los padres, en ese Otro
que le permite apropiarse del Lenguaje? ¿Cómo se dan las funciones materna y paterna hacia
un niño con estas dificultades?
Como mencionamos anteriormente, para que un niño se apropie del lenguaje debe constituirse
como Sujeto, es decir, debe darse la constitución subjetiva, en la cual elniño debe identificarse
con su madre como un espejo y también debe separarse de ella. Así es que, es la función
materna, en un principio, la que ofrece el sostén necesario del que habla Winicott, que le permite
integrarse a ese bebé que está en un estado de no- integración.
Desde esta perspectiva se comenzó a trabajar con Luis, abriendo un espacio en el que el niño
pudiera interaccionar con un otro, un otro que demande, que espere algo de él, un otro que
pusiera el acento en sus potencialidades, en sus posibilidades, en lo que fuera capaz de hacer
más allá de sus déficits. Un Otro que dé significación a sus deseos.
También, se ha trabajado con su mamá, quien inicialmente se mostraba como aplastada, sin
saber qué hacer, qué camino seguir, sin demandar nada de su hijo, sin la capacidad de ponerle
límites. Ante esta perspectiva, se decidió, desde el tratamiento, orientarla, guiarla, “sostenerla”.
Actualmente, se observa un gran cambio en su actitud con respecto al tratamiento y a su hijo;
está más comprometida, es capaz de poner límites en los momentos necesarios, ha tomado
conciencia de la importancia del tratamiento para su hijo y esto ha hecho posible también que,
luego de varios meses, Luis haya evolucionado favorablemente.
El niño continúa trabajando con muy buena predisposición pero su comunicación resulta mucho
más eficaz ya que registra a su interlocutor. Reconoce que hay un otro que está esperando algo
de él, por eso es capaz de utilizar su lenguaje para entablar una interacción dialógica e incluso
“jugar” , haciendo representaciones y manifestando su capacidad de simbolizar.Ha aparecido el
deseo de expresarse mediante el dibujo. Su comprensión también ha evolucionado
favorablemente. Ha comenzado a utilizar más palabras y frases; aunque su lenguaje aún
resulta ininteligible en algunas ocasiones, lo utiliza con un fin, que es la comunicación, hacia
otro que lo está esperando, y que dará significación a lo que él intenta decir.
Podríamos hipotetizar que esta madre ha empezado a recorrer el camino de una re-significación
para este niño. Los accidentes en el desarrollo sufridos por Luis plantearon obstáculos en la
estructuración psíquica. El proceso madurativo le ha puesto un límite pero no lo ha condicionado
ni lo ha determinado para la aparición de un sujeto deseante del lenguaje.
En los próximos recortes clínicos, nos detendremos en analizar dos situaciones que nos
muestran niños sin una patología orgánica clara y definida (tal como vimos anteriormente) pero
con similitudes en el terreno del lenguaje.
Veamos qué sucede con Jorge.
Jorge llega a la consulta en el mes de abril del año 2012 derivado por la escuela especial. Se
encontraba cursando el pre-escolar por segunda vez.
La primera entrevista es realizada con la madre del niño, la cual refiere que él comprende todo
pero habla mal. Menciona que no fue un niño deseado. Si bien ambos padres viven bajo el
mismo techo, están separados como pareja desde su concepción.
Todo hijo -ya desde su concepción- está determinado por el lenguaje. Se habla de él antes de
ser gestado. Dadas las particularidades de este embarazo, se podría pensar que Jorge no tuvo
lugar en los proyectos y deseos de sus padres.
La mamá sigue relatando: a una edad considerable no caminaba , sus estudios médicos
marcan que todo está bien, no hay patología orgánica marcada.
A sus dos años y medios sólo tenía monosílabos y sostenía su mirada fija -no casualmente en
sus padres- sino en objetos sin vida, sin intercambio de nada.
Al evaluar al niño nos encontramos con una comunicación fluctuante. Su lenguaje no está
retrasado en relación a su edad cronológica pero si interferido con sintomatología que en
ocasiones aparece y en otras no.
Durante varios meses en las sesiones no mostraba intención de comunicarse; optaba por el
silencio y cuando se lo interrogaba, no contestaba ni miraba a su interlocutora. A pesar de
esto, siempre hubo disponibilidad para ingresar al consultorio, para quedarse y desprenderse
de su padre. Esta persona estaba desocupada y lo cuidaba la mayor parte del día ya que su
madre trabajaba. Interrogantes que aparecen son, si esta madre pudo cumplir la función
materna, si hubo otro para este niño, alguien que anude lo real del cuerpo a la dimensión
imaginaria y simbólica de su vida. Analizar si fue tocado, mirado, deseado, en última instancia,
significado resulta fundamental para el abordaje de este niño.
Por último, analicemos qué sucede cuando es la madre quién padece de retardo mental con
un hijo que, al parecer, no posee ningún indicio de discapacidad orgánica y sin embargo,
presenta un diagnóstico de retardo mental moderado.
¿Es posible que esta mamá, sólo por el trastorno que sufre, limite y entorpezca el desarrollo
tanto mental como psíquico y afectivo de su hijo?
Este es el caso de José, un niño de 7 años de edad.
Su madre padece un retraso mental que fue diagnosticado hace muchos años y que se hace
evidente a cada momento debido a sus acciones en la sala de espera, cuando los terapeutas le
dan devoluciones respecto del tratamiento de su hijo, en sus respuestas sobre determinadas
cuestiones que tienen que ver con la vida cotidiana.
Cuando se encuentran juntos madre e hijo, la conducta del niño cambia notablemente: no tiene
límites, se arrastra por el piso. La madre, a causa del retardo que padece, no registra las
necesidades del niño. Ella lo lleva siempre a las terapias: enfermo, con fiebre, sucio, ante
inclemencias climáticas, nunca falta. Esta conducta materna se originó en un mandato
médico donde se le había manifestado que el niño debería asistir con regularidad. Desde aquel
momento, hace 4 años, José no deja de concurrir a sus terapias semanales.
Su alimentación se basa principalmente en papas fritas, salchichas y coca cola. Su nutrición,
por lo tanto, no es la adecuada y eso afecta sus defensas y el peso.
El niño se encuentra resfriado gran parte del año.
Si bien es un paciente que no tiene ninguna dificultad motriz, no logra valerse por sí mismo, es
dependiente de los otros, no sabe ni siquiera lavarse las manos solo.
La deprivación socio cultural junto con una desnutrición estructural, producto de la pobreza y
la falta de estímulos influyen notablemente en las habilidades adaptativas, comunicación,
habilidades de la vida en el hogar, sociales, relación con la comunidad, autorregulación.
Bruno Castets (1964) distingue dos tipos de retraso mental: los retrasos instrumentales, de
origen orgánico que constituyen la minoría de los casos y los retrasos estructurales, que
dependen de la particular relación del niño con su medio.
En estos últimos habría dificultades en la comunicación, no por falta de capacidad lingüística,
sino porque no puede establecerse una significación afectiva con el otro.
Una última reflexión
Por qué un niño no habla? Más allá de las cuestiones orgánicas, una posible explicación
deviene a partir de pensar que el eje conductor de las articulaciones que promueven el
desarrollo del niño, particularmente del lenguaje, es el proceso de su constitución subjetiva.
La apropiación del lenguaje, por lo tanto, estará determinada por el hecho de que haya alguien
que demande adecuadamente. Si el Otro no lo sabe todo, no puede decirlo todo, si el Otro está
incompleto y permite la constitución de un sujeto deseante, aparecerá el lenguaje.
Para que niño pueda hablar se requiere:
-la significación, a partir de los padres, de un hijo que pueda ser diferente a ellos
-la significación, a partir de los padres, de un hijo que pueda pensar y enunciar una opinión, un
argumento que lo originalice y que marque un corte con ellos
-una escucha paterno-materna interpretativa que otorgue sentido a la expresión corporal-sonora
del niño, antes de que el mismo aprenda a hablar
-una escucha paterno-materna que espere y soporte descubrir la originalidad y diferencia entre
la enunciación del niño y lo que ese adulto esperaba y deseaba oír
-que el niño haya sido y sea hablado por los padres
-que el niño encuentre placer al descubrir que puede callar y que en ese silencio pueda
continuar pensando
-que el niño descubra la autoría de su pensamiento y la posibilidad que la palabra le da de
mostrarlo o guardarlo.
En la clínica de los problemas del desarrollo lo real tiende a aparecer como tal, impidiendo que
la simbolización del destino del niño se mantenga.
Si el terapeuta del lenguaje cae en atender la demanda de los padres tal cual ella se presenta
en su apariencia, o sea, demanda de arreglar un cuerpo roto, se cae en la práctica pura de lo
real. Esto es, sostener el espacio de la constante de lo imposible.
Insistimos en la interdisciplina como medio de poner en juego estas cuestiones en el campo
complejo de la discapacidad.
Si el siglo XX fue el siglo de la búsqueda de certezas científicas y del desarrollo acelerado de
las diferentes disciplinas del conocimiento humano, éste nuevo siglo, el XXI, debe ser el siglo
de la incertidumbre y de la interdisciplinariedad. La incertidumbre no debe conducirnos a
laperplejidad sino a la disposición parael cambio y la ampliación y renovación incesante del
conocimiento…conocimiento que es diferente y se gestiona de manera diferente.
El conocimiento no es más monodisciplinar, está centrado en el problema y no en la disciplina.
Por lo tanto, la interdisciplinariedad es totalmente necesaria si vamos a abordar esta compleja
problemática del retraso mental.

BIBLIOGRAFÍA

1. Fainblum, Alicia. Discapacidad: una perspectiva clínica desde el psicoanálisis. La nave de


los locos Ed. 2º ed. Buenos Aires, 2008.
2. Hormigo, Ana. Retraso mental en niños y adolescentes. Colección Conjunciones. Noveduc
Ediciones. 1º ed. Buenos Aires, 2006
3. Jesuralinsky, Alfredo y col. Psicoanálisis en problemas del desarrollo infantil. Una clínica
transdisciplinaria. Ediciones Nueva Visión. 2º ed., 1º reimp. Buenos Aires, 2010
4. Levin, Esteban. Discapacidad Clínica y educación. Los niños del otro espejo. Nueva edición,
1º ed., 3º reimp. Buenos Aires, 2008
5. Levin, E. “La clínica psicomotriz. El cuerpo en el lenguaje”. Ediciones Nueva Visión. Buenos
Aires 1991.

[1]Levin, E. “La clínica psicomotriz. El cuerpo en el lenguaje”. Ediciones Nueva Visión. Buenos
Aires 1991. Pág. 12.
[2]Ibidem. Pág. 16.
[3]Levin , Esteban. Discapacidad Clínica y educación. Los niños del otro espejo. Nueva edición,
1º ed., 3º reimp. Buenos Aires, 2008, pág. 46