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BIOGRAFÍA DE JUAN EL AMADO

Nombre Juan, hijo de Zebedeo.


Nacimiento Aproximadamente en 6 d. C.,
en Betsaida, Galilea.
Padres Zebedeo y Salomé
Fallecimiento Aproximadamente en 101 d. C, hacia el tercer año de gobierno del
emperador Trajano,
en Éfeso.

Vivió una vida extraordinaria. Fue el único de los apóstoles que murió de avanzada edad y por
causas naturales. Hablo del apóstol del amor: Juan, hermano de Jacobo e hijo de Zebedeo.
Juan fue parte del círculo íntimo de Jesús y tuvo un papel importante en la iglesia primitiva. En
sus escritos menciona más de ochenta veces la palabra “amor”, y sus contemporáneos dieron
testimonio de que fue un hombre cuyo mensaje apelaba constantemente al amor por el prójimo.
Y era un apasionado por la verdad.
Sin embargo, este gran hombre de Dios, comprometido con la verdad y mensajero del amor, no
fue siempre así. Tuvo que aprender a equilibrar lo que creía sobre la verdad y cómo aplicarla.

El discípulo intolerante e inmaduro


Para nosotros es común hablar de Juan como el gran apóstol y fiel discípulo del Señor, capaz de
tener un lente impresionante para describir varios episodios de la vida de Jesús en su Evangelio,
conocer lo suficiente a la iglesia como para hablarle directo al corazón en sus cartas, y a la vez,
en medio del sufrimiento, traer esperanza por medio de la revelación de los eventos futuros en
Apocalipsis.
Sin embargo, en su juventud no era el hombre que observamos en la isla de Patmos, ni aquel
pastor de la iglesia de Éfeso y supervisor de las iglesias del Asia Menor. Mucho menos el “apóstol
del amor”.
La descripción de las características del joven discípulo en los Evangelios es sorprendente. Las
pocas veces que interviene se le ve, junto a su hermano Jacobo, comportándose como
intolerante, violento, intransigente, ambicioso, extremista, y desequilibrado.
Juan muestra estas malas cualidades varias veces, como cuando deseó consumir con fuego del
cielo a los samaritanos que no quisieron recibir a Jesús cuando se dirigía a Jerusalén (Lc. 9:53-
54), o cuando trató de hacer tráfico de influencias al enviar a su madre a pedirle al Señor
posiciones privilegiadas (Mt. 20:20-22; Mr. 10:35-38). En otro relato, Juan le confiesa a Jesús que
había visto a uno ministrando en su nombre y se lo prohibió, mostrando una actitud sectaria (Lc.
9:49).

La transformación de Juan
A pesar de las grietas en su carácter, Jesús no dejó a su discípulo amado —a quien también llamó
“hijo del trueno” (Mr. 3:17)— en ese estado de carácter fallido. Juan estuvo con el Maestro por
tres años. Durante ese período, Cristo trabajó su carácter. La exposición de Juan al evangelio
surtió el efecto preciso. Fue santificado no solo al conocer el mensaje del evangelio, sino al verlo
en persona (Jn. 1:14). Su vida cambió.
Ese corazón ambicioso y egoísta, impaciente y desequilibrado, fue transformado por Aquel cuya
sangre fue derramada en la cruz ante los ojos del mismo discípulo.
De hecho, colgado en la cruz, Jesús delegó en manos de Juan la responsabilidad de cuidar a su
madre, dándole un voto de confianza, sabiendo que extendería a ella el amor que él había
recibido (Jn. 19:26).
Al comienzo, Juan era el candidato más improbable para ser llamado “el apóstol del amor”. Sin
embargo, logró el equilibrio. Su segunda carta (2 Juan) nos da un vistazo de su aprendizaje. Se
dirige a la señora elegida y a sus hijos así: “a quienes amo en verdad” (v. 1), “a causa de la verdad”
(v. 2), rogando que “nos amemos unos a otros” (v. 5).
Lo que aprendemos de esto
La actitud de Juan en sus inicios me recuerda a muchos de nosotros que, en nuestra juventud,
cometimos el error de tener un desequilibrio entre la verdad y el amor. Por ejemplo, hoy muchos
han abrazado la nueva reforma y las doctrinas de la gracia pero, tristemente, no siempre
manifiestan gracia al comunicar la verdad de esas doctrinas. Esto es un pecado del que debemos
arrepentirnos.
El Reino requiere gente apasionada, osada, y comprometida con la verdad. Pero se necesita el
equilibrio del amor, puesto que este no hace nada indebido. El amor refleja humildad, espera
con paciencia, es pronto para perdonar, y no guarda rencor (1 Co. 13).
Por lo tanto, la vida transformada de Juan nos brinda un gran aliento y estímulo al recordarnos
que Dios completará su propósito en nosotros (Fil. 1:6) y formará el carácter de su Hijo en
nuestras vidas (Ro. 8:29).
Cobra ánimo y sigue cultivando tu carácter, sometiéndote a Cristo, y preparándote para vivir y
proclamar el evangelio mejor. Confía en Aquel que transformó a un hombre común en uno que
terminó su vida glorificándole hasta la muerte. ¡Gloria a Dios por su poder para transformar a
los “hijos del trueno” en personas centradas en el amor de Cristo!

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