Está en la página 1de 110

Cuaderno de otoño 1

Cuaderno de otoño

Antonio Castellote
Cuaderno de otoño 2

Mi padre, cuando llegaban estas fechas, solía mirar un chopo enorme que había aguas abajo, con el

tronco ceniciento. «Es el último que se viste y el primero que se desnuda», decía, porque su gran

llamarada ocre convivía con otros chopos más jóvenes todavía verdes. Era, en el gran lienzo de la

vega, la primera gota de amarillo. El chopo lo talaron hace años, mucho antes de que se muriese.

Del tocón salió un bosquecillo de brotes, era el momento de elegir algunos y dejarlos crecer,

escamondar el resto e ir formando en el corte una cicatriz. Lo volvieron a talar aún más abajo, casi a

ras de tierra, y los ramones volvieron a salir. Se afanaron en eliminarlo sin ninguna necesidad,

porque aún le quedaban unos cuantos años de vestirse y desnudarse con parsimonia. Al final creo

que lo rociaron con un bote de gasoil y le pegaron fuego, y por si acaso trajeron una pala

excavadora y lo arrancaron de cuajo. Todo esto sucedió hace unos cuantos años. Ahora el otoño

empieza por otra parte.

Las primeras hojas que cambian de color son las de la parra virgen de la pérgola, la más vieja de

todas, plantada hace casi ya cincuenta años. Las hojas, aun sin perder su tersura, pierden el verdor y

viran a rojo oscuro. A partir de entonces, más que perder la clorofila parece que vayan perdiendo la

sangre. En muy pocos días se completa la paleta de ocres a partir del intenso bermellón. Y son estos

los días en los que aún quedan verdes lozanos, rojos recientes, también efímeros, que se aclaran
Cuaderno de otoño 3

en rosas terrosos, algo violáceos, y en las hojas más delgadas, menos hechas, los primeros

amarillos.

Estas parras viejas van secándose muy poco a poco. Quedan, de un año para otro, sarmientos con

las ramas como garras. Son de madera oscura, y allí se quedan, sin vida, como rodrigones de las

nuevas guías, que ya cuelgan como lianas. En la punta de las hojas tiernas quedan gotas

suspendidas, como un rocío gordo que aguarda los rayos de sol para brillar por última vez y

evaporarse. Son de la tormenta de anoche. Oíamos a los mastines caminar por el porche para

guarecerse, el mosquetón de sus collares cuando al tumbarse golpeaba en las losas del suelo. No han

sido las lluvias torrenciales que han anegado estos días buena parte del país. Esta era una tormenta

de finales de verano, una traca húmeda y temprana que ha dejado las primeras hojas rojas en el

suelo del cenador.

II

Estos olmos frágiles que amarillean antes que ningún árbol son en cambio una plaga benigna.

Vinieron en macetas, acompañando a otras flores. Nacían en los tiestos de las dalias y de los rosales,

una vara verde de un dedo de gorda, que se elevaba hasta tapizar el fondo de las flores. Las semillas

volaban por los jardines de Las Vistillas, llenos de olmos añosos, de una especie resistente a la

grafiosis y a la polución, y aparecían luego en cualquier sitio.

Al llegar al campo, se disolvió la convivencia de los olmos con las flores. Un par de ramones ya

mozos fueron trasplantados a la tierra del jardín, y se conoce que el aire puro les ha sentado muy

bien. Sus progenitores tenían el tronco negro de los humos de los coches, y sufrían rutinarias podas

salvajes, para que no creciesen más que las lentas acacias que dan sombra al busto de Zuloaga y a la

fuente de Gómez de la Serna. Aun así, muchos sobresalían por encima de los edificios, las semillas
Cuaderno de otoño 4

de las copas se posaban en los áticos y en los tejados, y en pocos años alegraban las terrazas con sus

hojas aserradas de negrillo. A veces imaginaba que alguno incluso había sobrevivido a las estufas de

la guerra.

Aquí, a pesar de que amarilleen antes que nadie, parece que se crían sanos. Y aunque no sean tan

lentos como las acacias, ya no es probable que los vea en su esplendor, cuando asomen por encima

de la casa y den sombra a un buen pedazo del jardín. He visto ya morir de viejos árboles que vi

plantar, aquellos primeros frutales, algún cerezo y más de un ciruelo, y otros que ya eran grandes

cuando yo nací, manzanos sobre todo. El nogal que inunda de sombra densa la salida al río fue un

brote que hace medio siglo prosperó en medio de chupones de membrillo. Ahora es uno de los

árboles venerables.

Si este olmo ha de serlo también, ya no dependerá de mí. Uno va dejando de ver los retoños como

proyectos de árboles monumentales. Más placer produce observar su crecimiento, viajar al tiempo

de aquel brote casual junto a la acequia, pero ya no pensar en su sombra futura, tan solo en el

presente de unas hojas leves, transparentes, lejos aún del áspero verde cuando el tronco ensanche,

que ya van perdiendo el color.

III

Todo está verde todavía. Los oxalis, tréboles falsos, tan extendidos que hasta el trébol del escudo de

Irlanda puede que sea uno de ellos, pertenecen a esa especie de malas hierbas aceptables que

también forman parte de la evolución. No se hace alta y crea espacios uniformes, sin otras hierbas

más espigadas que crezcan entre ellas, y es un colchón inmejorable para los mastines, fresco y

mullido. La grama de siempre, tan dura ella, sin embargo se seca a las dos tardes que se hayan

tumbado los perros encima, pero este trébol al día siguiente ha vuelto a desplegar sus parasoles.
Cuaderno de otoño 5

Cuando se siega quedan muchos tallos sin hoja, lo que da muy buen olor, y ningún sentimiento de

culpa porque a los cuatro días ya están igual de tiesos y entrebolados, pero hay más y están más

extendidos.

Las plantas invasoras aceptables van desalojando su entorno de las hierbas de siempre, sobre todo

los bledos (amarantus retroflexus), que tienen un aire a planta de patata desmedrada, y crecen

varios palmos y dan siempre sensación de abandono. Una vez me puse a identificar con un manual

ilustrado el tipo de malas hierbas que crecen en el jardín y me cansé muy pronto porque las tenía

todas. Lo pienso cada vez que las he dejado crecer varias semanas. Ninguna significa una invasión

dañina. Aparte de los odiosos ailantos, no ha habido ninguna hierba que, creciera más o menos, no

se dejase segar o arrancar. Antiguamente crecían hinojos de más de un metro, con sus tallos gruesos,

como de un azul decolorado, que había que arrancar todos los años. Daban un olor muy fuerte, olor

a vega salvaje, a lagar de anís. No sé bien por qué desaparecieron. Las hierbas son cíclicas, su

extensión va cambiando de año en año. Este año salió un corro de hierbas que tenían unas flores

azules muy delicadas. Habría que mirar su nombre en el manual.

A fin de cuentas, ¿por qué son malas? Solo deberíamos considerar malas a aquellas que se imponen

sobre otras y las eliminan, los ejércitos arrasadores como los oxalis, que sin embargo regamos con

mimo para que nos mantengan el jardín más presentable. También hay quien lo llena todo de

cemento para que no salgan hierbajos de ninguna clase, pero dentro del respeto al suelo el oxalis es

como un cemento verde. Ha sabido disfrazarse de una de las pocas hierbas que incitan al

romanticismo folklórico. Cualquiera la extermina.

IV
Cuaderno de otoño 6

En el huerto hay al menos cuatro variedades de rosa. Están, de antiguo, las rosas grandes, de color

muy claro, que ascendieron por el cenador y ahora asoman por encima de las parras, pero también

las rosas romanas (no sé si centifolias o damascenas), rosas de pueblo que llamamos, de abundantes

y apretados pétalos, el rosa fuerte casi fucsia que da nombre al color, y un aroma exuberante que

perfuma el patio. Son anteriores a la hibridación general que generó cientos de formas nuevas pero

eliminó el olor, o lo dejó en un aroma mínimo, como de terciopelo, que tanto ha influido en la

interpretación poética. Estas rosas rústicas las multiplicamos con determinación, a ver si las

hacemos endogámicas. A veces pienso que la esencia de la rosa no es esa idea multiforme sino el

olor incomparable que nos endulza en un par de floradas a partir de mayo. El resto son imágenes

rosáceas.

Pero hay otro, más parecido a la rosa del escaramujo, nacido del esqueje de un rosal que vimos en

París. Es el último que florece, con rosas de un rojo encendido, en un macetón que fue invadido por

las varas de piornal. El tronco, mellado por mil podas, torcido, como artrítico, puede pasar el verano

escondido pero a última hora saca estas rosas perfectas que iluminan el paseo.

No sé lo que vive un rosal, pero veo rosas de distintas edades, y de distinto aroma, dos de los

criterios que nunca se tienen en cuenta cuando se ve una rosa. Las rosas de pueblo, muy antiguas

pero plantadas hace no más de cinco años con esquejes de rosales jóvenes y vigorosos, son las más

favorecidas. Son el futuro, la garantía de que alguna vez sean las rosas de toda la vida, en ese

devolver los ambientes a lo que imaginamos que fueron, el sagrado volver a lo de antes, sobre todo

si huele tan bien. Las otras grandifloras son hermosas mientras brotan, pero enseguida se les abren

las hojas y se ponen lacias, y así pasan unos días, como señoras mayores muy pintadas que dan una

sensación de tiempo más cercana.

Esta rosa de color burdeos, más pequeña y más tiempo tersa y llamativa, debe de ser como las que

veía Adalbert Stifter en su Verano tardío. Las otras muestran su vejez en plena primavera; esta, su
Cuaderno de otoño 7

radiante juventud en los comienzos del otoño. Para que luego digan que todas las rosas son la

misma rosa.

Íbamos a hacer algunos arreglos en el viejo cenador pero era imposible si no despejábamos su lado

sur, una pared de yedra y madreselva que amenazaba con cubrirlo entero. Por su lado norte, cuelga

el rojo de las parras bordes que se plantaron nada más construir el cenador, y que han ido

retrocediendo ante la avalancha, sobre todo, de la madreselva. El caso es que había que quitarlas, y

después de meditar sobre los años que hace que están plantadas y ver los gruesos troncos que se

habían enroscado en las columnillas de cemento, empezamos por limpiar el suelo, una alfombra de

humus con la trama de las guías rastreras de la yedra, hojas podridas, barros orgánicos, y a ver, a

volver a ver, el primitivo pavimento del cenador.

Pero no me extraña que algunas terapias consistan en destruir. La yedra japonesa crece por más

sitios, y aun así, antes de proceder a su arrasamiento, plantamos unos cuantos esquejes con los que

después, en otra parte, podamos reproducirla. Crece muy rápida, sus troncos gruesos se cortan sin

dificultad con la tijera, unos brotes bien enraizados pueden cubrir un muro en tres o cuatro años. No

había, pues, dolores de conciencia. Con la madreselva es más fácil: crece como la espuma, y aunque

resulta estupenda para enzarzarse en los linderos, va generando una madeja de tallos secos que

recoge todo lo que vuela. Es hora de devolver sus proporciones al sombrajo, y de plantar otras

especies de enredadera.

La tala y desbroce fue un placer. La yedra japonesa tenía dos troncos gruesos, como un antebrazo

de gordos, que se subdividían en ramas pegadas a la pared. Unas subían a la cubierta del cenador,

otras colgaban por la barbacana. Al cortarlas fue apareciendo un lienzo del antiguo muro, en una

desnudez que a mí me pareció arqueológica, y eso que se levantó cuando yo era niño y algunas de
Cuaderno de otoño 8

las piedras de río que asoman entre el cemento pasaron por mis manos antes de dormir allí. Volvió

la pérgola tal y como fue concebida, sin zarzas que la invadiesen. Tan solo dejé un escaramujo muy

alto, coronado de frutos rojos, que había sobrevivido a las dos depredadoras. Ahora el balcón limpio

ya es un mirador. Por mucho que cubra de cemento los tocones, me temo que la yedra japonesa

volverá a salir, al menos ahora en competencia con las glicinias y las bignonias jóvenes y las, de

nuevo a sus anchas, venerables parras vírgenes.

VI

El huerto está como despeluchado, exhausto del verano. Algunos tomates hermosos, de corazón de

buey o rosas de Barbastro, siguen en la rama, grandes, duros, verdes, esperando a que el veranillo

de San Miguel los termine de hacer. Todavía crece algún calabacín, quedan cebollas y el ritmo de

recogida de las judías todavía da para comerlas con frecuencia. Tan solo los hinojos y las coles,

plantados más tarde, siguen creciendo en silencio, porque las acelgas y las espinacas fueron pasto

de los caracoles. Pero a los exquisitos puerros ya les ha salido la flor, pronto recogeremos la grana.

Los tomates, tan flamencos ellos, tan exuberantes, han cedido al peso de los frutos y ya no tienen

suficiente con el rodrigón de vara de ciprés que les puse para que se sostuviesen. Hay ahora que

levantar las ramas largas, atarlas otra vez al palo, enredarlas con otras un poco más tiesas. Los

frutos se comen la planta, la desecan. Las cebollas asoman como si la tierra las escupiera, y sus

filodios, todavía verdes, yacen flácidos unos encima de otros. Las hojas del calabacín, esas hojas

grandes, ásperas, granulosas, que parecen inundarlo todo, están blancas y agotadas, encanecidas de

moho, como si recibieran más agua de la que necesitan para producir.

De ahora en adelante, hablar del huerto es escribir la crónica de un deterioro, el invierno de las

hortalizas, la decrepitud de la diosa Pomona. En agosto todo estaba en su apogeo. A principios de


Cuaderno de otoño 9

septiembre todo maduró a la vez, y cada día subíamos una cesta cumplida, y aún quedan judías y

tomates, al menos, pienso yo, hasta principios de octubre, hasta el principio del frío. Pero luego el

huerto quedará cubierto de pajas secas, sombreado con el verde oscuro de las gramas y los cardillos.

Estamos terminando septiembre y todo aún parece vivo pero ya le pesa el cansancio. Las plantas

están como asomadas a la galería, a entrar en calor, más que dándose baños de luz. Antes la gente

no encendía hasta que llegaba el Pilar, ahora varían los elementos, pero el huerto me temo que sigue

un ritmo parecido. Los hortelanos de verdad, salvo los amantes de los yerbajos, no dejan que esta

sensación de agotamiento se apodere del bancal. Sus lechugas y sus escarolas son un rastro de vida,

los nabos, las calabazas tardías. A nosotros tan solo nos quedan esas coles azuladas y los penachos

de hinojo. Antes del plástico transparente los inviernos debían estar llenos de berzas y de cardos.

Aquí a los cardos hay que cubrirlos de tierra y a las coles rodearlas de ceniza. Aquí el invierno es

crudo.

VII

Nuestras especies protegidas son aquellas que no es lógico que estén, sobre todo dos, las hortensias

y una hermosa higuera. Las primeras resistieron bien los fríos los primeros años con resguardos y

protecciones, luego ya no necesitaron más. La higuera llevó más tiempo. Hará, por lo menos, quince

años estuve en un tribunal y el presidente, hombre de espíritu campestre, me regaló unos hijos de

higuera que acababa de cortar. Yo los planté a pelo, en el primer cuello que encontré, de cualquier

manera, y durante años permanecieron las estaquillas, que crecían un centímetro en verano pero se

secaban en noviembre con las primeras heladas. Incluso, si resistían el invierno, alguna sacaba una

hoja tímida que volvía a caer en las rosadas de abril.


Cuaderno de otoño 10

Y así estuvieron las estaquillas, envueltas en zarzales, sin medrar. Pero los árboles son pacientes. En

dos años de cuidados, de riegos frecuentes y limpiezas, la higuera reventó y las ramas se han hecho

más altas que nosotros. De las estacas primitivas ha quedado un arbusto de tres ramas divergentes

de los que a su vez brotaron ramones en forma de asiento. Como es sabido, las ramas de la higuera

crecen más o menos paralelas al suelo unos centímetros, hasta que giran y empiezan a ascender. Eso

hace que en muchas higueras hechas árbol las tres ramas grandes partan dejando unos brazos para

sentarse. Cuando Zaqueo se subió a una higuera, en realidad se estaba sentando en butaca de platea.

Y no me extrañaría nada que el dicho estar en la higuera se refiera a ese cómodo asiento,

emboscado entre hojas grandes, ásperas, pero de un verde joven, brillante, tomado del amarillo de

los peciolos antes de que se cubran de un color vinoso.

Este año, además, han salido higos. Duraron poco, se los comieron los pájaros (avibus praedam),

más al tanto que nosotros. Vinieron las urracas vespertinas, que posan en las ramas altas de los

chopos y en el cable de la luz, y desde allí ven nacer las brevas, y es posible incluso que esperen

unos días hasta que ganen peso y volumen para zampárselas. Quién sabe. Pero ya nos hemos

pertrechado de mallas verdes para protegerla, y los hijos los plantamos en macetas hasta que

vuelven a brotar, y entonces los vamos añadiendo a la higuera mayor, la primera que se adaptó a los

fríos, con el fin de crear una pared de hojas de higuera y mirarla desde la ventana.

VIII

Estas uvas dulces y pequeñas, moscatel sin hueso, proceden de un sarmiento que trajimos de

Tembleque, en la provincia de Toledo, no muy lejos de Orgaz, de donde era el gran Sánchez Cotán,

toledano como Blas de Prado y Alejandro de Loarte. Vienen, pues, estas uvas de la cuna del

bodegón barroco, en pintura y en literatura, porque en los Cigarrales de Toledo de Tirso de Molina
Cuaderno de otoño 11

encontré el que tiene fama de ser el mejor bodegón literario de la época, el de fray Plácido de

Aguilar, origen, en cierto modo, de la idea que inspira este cuaderno. Quizá estas sean «las

tempranas uvas de un majuelo mío", del también toledano Rojas Zorrilla, en su Del rey abajo,

ninguno, porque las moscateles son las primeras que se vendimian.

El caso es que las uvas toledanas se adaptaron a esta tierra con auténtica feracidad. Del tronco

principal salen todos los años sarmientos de hasta tres metros de largo, y son las primeras que

tenemos que embolsar, ya a principos de agosto, para que, como dice fray Plácido que ocurre con

las brevas, no las devore «la parlera urraca», o las avispas las asalten con sus métodos de guerra

sucia.

Hace tiempo que cada vez que queremos plantar una parra elegimos un sarmiento de estas

moscateles. Las viejas que teníamos plantadas, más grandes, más ácidas, más negras, tienen el sabor

de aquellos racimos gordos que nos ponían de postre, que llenaban enseguida. Son también muy

ricas y tienen su antigüedad en la plaza, tardan más en madurar y son magníficas para compota.

Pero estas dulces moscateles, aparte de que crecen muy deprisa mantienen la sencilla perfección

originaria, la que no salta a la vista sino que se revela en la contemplación. Tienen una delicada

pruina, apenas un vaho en el verde cristalino del hollejo, y un ombligo diminuto, pero se mantienen

tersas en su esfera y es un placer hincarles el diente para sentir cómo la pulpa se desparrama, como

si fuesen bolas de licor. Quizás a media tarde caliente en leche una onza de chocolate puro, y cubra

las uvas dispuestas, sin raspones, en una bandeja de porcelana, y las deje que se enfríen para

comerlas en memoria de Juan Fernández El Labrador, el gran pintor de uvas, que seguro que

también era de Toledo.

IX
Cuaderno de otoño 12

Ya se apagan las hortensias. A las hojas les va creciendo una sombra cobriza, cuando no se queman

de amarillo por las puntas, y los pétalos, por más que se riegue, no acaban de desplegarse y van

cayendo en un tono, primero, de sangre de pichón, y luego verdoso, que va virando al ocre a medida

que desfallecen. Luego cortaremos unas flores, floripondios secos que adornan los rincones del

invierno.

Cuidamos con esmero las hortensias porque, como decía de la higuera, son emigrantes adaptadas.

Las primeras vinieron de Galicia, cómo no, donde son tan prolíficas como aquí los dondiegos, en

cada valla, en cada cuneta, setos de flores enormes, casi siempre azules, con esa exuberancia que

parece también un poco indiana, como si los primeros gallegos de América se hubieran traído su

casa de cuento y sus flores gigantescas.

Por esa razón han tenido, fuera del norte húmedo, una fama equívoca, como si fueran pomposas,

como si estuvieran gordas. En Madrid se adaptaron sin dificultad y cuando las trajimos al

continental extremo volvieron a conseguirlo. Y en ese tiempo hemos podido disfrutar de su

hermosura, de la carnosidad de sus hojas y la delicadeza de sus pétalos, que no son un pompón

llamativo sino ramilletes de flores diminutas que se repliegan nada más que la raíz deja un momento

de beber.

El campo sigue verde, los hibiscos florecen con sus trompas moradas y sus estambres amarillos, al

pie del nogal han crecido unas margaritas de color violeta, aún no hay hojas por el suelo. Pero antes

de que llegue el otoño se marcha la alegría de las hortensias, su aspecto de infancia luminosa. No,

no son pomposas. La pomposidad es sofisticación exagerada y con frecuencia chabacana. Las

hortensias están lustrosas, guapetonas, rebosantes de salud, como ninfas rollizas que agasajan a la

diosa de las frutas. La simplicidad con que lo hacen es donde radica su hermosura. Su abundancia

no es barroca, más bien signo de felicidad. Igual que los dondiegos, pertenecen al género de la

belleza elemental, popular, de las hermosas flores que pintaría un niño, y en ambos casos se puede

llegar a una plasticidad insuperable sin perder su condición silvestre, de plantas que salen
Cuaderno de otoño 13

solas. Ahora empiezan algunas a estar feas, pochas, requemadas. Las flores aguantarán decoloradas,

pero las hojas, más que secarse, se pudrirán antes incluso de caer al suelo, hartas de sonreír.

Los mastines miran con recelo las brozas del cenador. Al levantar la alfombra de humus y raíces en

la que se tumbaban después de comer ha quedado al descubierto el cemento verdoso. Me ven rascar

los grumos de tierra con el palanquín y yo me acuerdo de cuando era pequeño y todos los vecinos

hacían obras en sus pisos, y en el patio trasero quedaban montañas de escombros que recogía un

señor con una gorrilla blanca que venía en un carro tirado por un burro. Recuerdo el burro, grande,

legañoso, cárdeno entrepelado, y al hombre, que no hincaba la pala en el montón sino que también

iba rascando el suelo y conforme avanzaba lo iba dejando limpio como la patena. No sé por qué

verlo me daba placer, quizá por lo meticuloso del trabajo, la limpieza que usaba aquel hombre para

trajinar con desechos y aljezones y emplear entera la mañana en llenar el carro, mientras el burro

dormitaba. Pienso en ello cuando veo a los mastines tumbadazos, con el hocico pegado al suelo,

mirándome sin pestañear, como si la coreografía los hipnotizara, o la misma táctica minuciosa que

me hace enredarme en cortar hasta los cilios aún visibles. Me ven serrar el tronco de una yedra muy

desarrollada y levantar planchas de humus tramadas con raicillas que huelen a ellos, cómo un sol

duro se apodera de su lecho cuando corto los mechones de hojas lacias que cuelgan del travesaño.

Por muy rasas que las deje, las yedras y las madreselvas volverán a brotar, y es posible, si no se

cruza la Parca, que vuelva a verlas otra vez igual de alegres y desparramadas. Incluso es posible que

los mastines, que son muy jóvenes, puedan volver a emboscarse entre ramúnculos de yedra, sobre

las hojas muertas de otros años y la tierra que va arrimando la lluvia. Hasta entonces se irán a sus
Cuaderno de otoño 14

otros escondrijos, un sitio cerca de la comida y encarado a la verja de entrada, lo suficiente tupido y

boscoso como para que nadie los vea observar.

Les guardo un regalo, otro escondite perfecto, una terracilla delante del cuarto de las herramientas,

cubierta de escaramujos, tablones de madera podrida y restos de microtubos, impracticable, que

limpiaré y cubriré para que en días de lluvia se metan y se tumben a contemplar la vega.

XI

Se acabaron los dondiegos. Todavía están abiertos casi todo el día, pero ha habido que cortarlos

porque este verano se habían salido de la jardinera y en los días templados de otoño tengo pensado

pavimentar la entrada de la leñera, donde crecen como hongos. Pero ya decíamos que, como los

tréboles falsos, los dondiegos son una hermosa mala hierba, un ornamento colonizador, con sus

flores blancas, amarillas y rosadas, que al final del verano tienden todas al rosa oscuro, por más que

intentemos separar las granas cada año y conservar, si se puede, los blancos, que no se tiñen de rosa,

si acaso de azul.

Así que ayer tarde nos dedicamos a segarlos y sacudirlos encima de la acera para que cayese la

semilla, cuyo aspecto, en negro, es el de una granada explosiva de medio centímetro. De un manojo

salen cientos, que vamos clasificando en botes: blanco, amarillo, naranja, bicolor, rosa, que es,

salvando el blanco, el proceso que suelen seguir los dondiegos. Luego esparcimos las ramas en una

jardinera que estamos arreglando al pie del muro, para que se sequen y se pudran y la lluvia y la

yerba entierren las granas que quedaron en sus cálices. Los bulbos siguen bajo tierra, y volverán a

salir.

Esta coloración cambiante da un suplemento de fugacidad a la ya de por sí fugaz flor. Si un año

está moteada, o dividida en dos manchas, naranja y amarilla, al final del verano su color será más
Cuaderno de otoño 15

uniforme, y al año siguiente, lo más probable, se habrán oscurecido, y así uno de los colores más

llamativos, el rosa fuerte, incluye la lástima de que haya cubierto otros dos tonos acaso más

vulgares, pero, merced a su destino breve, incluso más hermosos.

Lo dice Virgilio:

nec sum animi dubius uerbis ea uincere magnum

quam sit et angustis hunc addere rebus honorem

Que viene a querer decir:

Y no se me oculta lo difícil que es

salir airoso de esta empresa con palabras,

y añadir ese honor a las cosas sencillas.

Es lo que Azorín llamó los primores de lo vulgar, que para el padre Virgilio es el fundamento de la

belleza. Cuidamos flores extrañas, orquídeas delicadas, aparatosas dalias, pero esto de lo que no se

necesita estar pendiente, que precisamente por ser abundante es despreciado, es lo que con más

dedicación tratamos.

Aunque aquí también se crían, estos dondiegos vinieron de Salamanca. Seguro que además son

sabios.

XII
Cuaderno de otoño 16

Una vez muertos y talados los manzanos originarios, cuando esto era una ladera inculta, el

almendro que hay junto a los ciclamores es el primer árbol que se plantó en la casa. Tiene dos ramas

gruesas, una de las cuales hace años que está seca. En verano llaman la atención las ramas muertas,

de un gris verdoso, mohosas, quebradizas, que penden sobre el huerto como memento mori al que

todo el mundo reacciona preguntando por qué no las cortamos, por qué no evitamos esa presencia

de la ruina, como si fuese feo, o inútil, o peligroso.

La razón es que, en invierno, cuando se queda sin hojas, es difícil distinguir las ramas muertas de

las vivas, tienen todas una leve languidez que en los días de nieve componen una estampa japonesa,

y no es la única, porque las catalpas y los cerezos tamibién orientalizan el jardín. Conforme avance

el otoño, el espíritu de Sesshu nos irá reblandeciendo.

No creo que la corte. Las podas severas alargan la vida solo de los árboles que tienen vida. La otra

rama grande sigue echando hojas y da un puñado de almendrucos cada año. Prefiero, como con los

cerezos enormes, observar su lento irse, esperar a que un día de viento la rama cruja y caiga sobre

los bancales en barbecho. Ese día, como una hormiga, quebraré con la mano las ramas más finas y

haré leña del resto, y ese mismo día encenderé la chimenea con el viejo almendro, y cuando al día

siguiente vacíe las cenizas en el cubo, las verteré en su mismo alcorque, más que para rendirle

homenaje con un rito de ciclos biológicos, para evitar que se le suban gusanos.

Su continuidad, de todas formas, está garantizada. Hace ya unos cuantos años dejamos un rebrote

que había salido a un metro del alcorque (fuera chupón de la raíz o almendra que se hizo almendro),

que ya cubrió la vara verde con corteza de arbolillo, y al que hemos dejado también dos ramas

principales, como a su hermano mayor. Claro que nadie garantiza que el retoño vaya a hacerse tan

longevo. Nos lo recuerda Góngora, cuando, en la Soledad Segunda, el pescador Micón canta sus

quejas a Cloris, «escollo de cristal, meta del mundo», pero advierte:

Mira que la edad miente,


Cuaderno de otoño 17

mira que del almendro más lozano

parca es interïor breve gusano.

XIII

Estaba recogiendo unos piedrolos para los alcorques y me acordé de los versos de Valle-Inclán:

Quiero una casa edificar

como el sentido de mi vida,

quiero en piedra mi alma dejar

erigida.

Claro que don Ramón estaría pensando en sillares de algún pazo, el granito verdoso de los linajes

antiguos, y no en los humildes cantos de río que salen aquí, cuyo más alto destino ha sido el de ser

enterrados en muros de hormigón. Antiguamente se amontonaban en los linderos, en las paredes de

las terrazas, en el suelo de las cuestas, allá donde hubiera habido que sacar piedras del bancal para

poder labrarlo, allá donde sobraban.

No empecé a ver la belleza de estas piedras cuando pensé en su metáfora rodante, sino cuando

Federico, un pintor de paisajes que murió hace muchos años y vivía cerca de aquí, decidió cubrir el

talud junto al que baja el camino, que tiene entre uno y cinco metros de altura, con piedras de río

sujetas por detrás, de modo que al frente no se viera el feo cemento gris. Creo que fue la primera

obra de arte que vi hecha con cantos rodados, más allá de los mosaicos de chinarros con que se

pavimentan los patios de las ermitas. Pero sobre todo recuerdo la de años que empleó en levantar el

muro, siempre con el mismo rito: traer un par de carretillos de piedras de los campos roturados,
Cuaderno de otoño 18

amasar una gaveta de mortero, y con una paleta pequeña, triangular, ir calzando piedras entre el

silbido de sus cantinelas y el tintineo del metal.

La obra se mantiene intacta, sobria, imponente, con todas aquellas piedras que antes de quedar

milenios enterradas en zahorra fueron corriendo aguas abajo, esmerándose, redondeándose, hasta

conseguir el hito moderno de no tener ni una solo línea recta en su superficie. Dicen más esas

piedras tersas que el bloque de granito gris o arenisca rubia, porque los sillares dicen de la mano

que las labrara, pero las otras nos hablan del mundo. Aquí se lleva mucho la mampostería de rodeno

o de caliza, y cuando ves un pozo levantado en piedra redonda parece que su dueño las cogió del

suelo, las que había al lado de la obra. Luego, con la luz oblicua, anaranjada del atardecer, emergen

las vetas, los colores, las pulidas superficies por donde resbala el agua de los tiempos.

XIV

Cuando fuimos a comprar unos plantones de arce al vivero provincial, pregunté a un operario cómo

de grandes se hacían. Él me señaló uno imponente que había en la entrada, y a mí me pareció que

era lo que estaba buscando. En aquella época solo perseguía la sombra. Pero el hombre se sonrió

como si me estuviera tomando el pelo, y compartió la sonrisa entre sus presuntos cómplices. Hace

un par de años, los cuatro arces ya eran más grandes que el que me enseñó el listo aquel. Tanto, que

habían creado una pantalla de hojas que hasta bien entrada la mañana no dejaba que le entrase el sol

a los tomates.

Así que los podamos. Estas especies resistentes y meleables admiten, por lo que leí, podas salvajes,

como las de los plataneros que se ponen en las piscinas, que acaban siendo un tronco con

pelambrera. No dejé ninguna rama, y a la primavera siguiente el arce se erizó de varas muy rectas

de hasta cuatro metros de longitud que luego sirvieron para rodrigar las judías. Como pasa con los
Cuaderno de otoño 19

chopos cabeceros, en el uso encontramos la ilusión del ecosistema. Los arces ya estaban como aquel

que me enseñaron con guasa en el vivero, grandes, como espigados. Ahora el tronco engorda y en la

cabeza cicatrizan las varas del año anterior y salen nuevas, cuyas hojas amarillean antes que las de

los chopos y dejan pasar la luz pero no la visión. De vez en cuando pienso si estos arces estarán

también quitando el sol a los pepinos. Hay árboles que entran en la categoría de talables. Con el

majestuoso sauce ni me lo plantearía.

Trajimos estos arces proletarios en la época de los árboles ornamentales, castaños de indias,

plataneros, los odiosos ailantos, sin contar con «el chopo y el sauce de fronda verdicana», que dice

Virgilio, a la que siguió la época de los frutales, como si el tiempo nos hubiera hecho pasar del

frívolo jardín al hacendoso huerto, o estuviéramos adaptando las especies ornamentales a la

humildad campesina. Ahora está la cosa en equilibrio. De la botánica bella y poco fructífera, todavía

quedan, aparte de las flores, algún abeto traído del Baztán y unas lagerstroemias recién nacidas que

solo dentro de muchos años dejarán de ser cursis arbolitos esmirriados y empezarán a parecerse a

los monumentales arbustos que presiden la entrada de Itzea y que Baroja, por cierto, tampoco vio.

XV

Nos pasó con las espinacas y con las borrajas, que de pronto brotaban por todas partes, como un

hierbajo más, y luego desaparecieron, como si una rara conjunción climática hubiera hecho

comparecer a las almas de las semillas durante una breve temporada. Y después está ocurriendo con

los cardos, que acaban de terminar su primavera y de sus flores, esos cilios de color violeta que

antiguamente usaban para cuajar la leche, ya solo queda un flósculo reseco con brácteas

puntiagudas y una pelusa como los hilos de un cable quemado. Al principio los tomábamos por

alcachofas, otra asterácea, pero esas pencas gruesas blanquecinas apuntaban directamente, otra vez,
Cuaderno de otoño 20

a Sánchez Cotán, y por eso los conservamos, más bien los toleramos en una colonia que han

formado junto al castaño de Indias. Sin razones de peso, imaginamos que estarán más amargos que

los que se cultivan en el huerto, y no los vamos enterrando ni tapando con bolsas negras a medida

que llega el invierno para que no se hielen ni les dé la luz. Esa siniestra manera de conservarse es la

que los hace tiernos y comestibles, convertidos en tubérculos cuando habían sacado los tallos al sol,

y es, por otra parte, el proceso de cultivo que más se parece a la vida de un cartujo como Sánchez-

Cotán. Su excelsitud se conserva cubierta de silencio, solo envuelto en su hábito y respirando el aire

de los claustros se desarrolla un espíritu delicado, y eso que antes de guisarlos, por ejemplo, en salsa

de almendras, hay que limpiarlos porque en las aristas del tallo acanalado crecen unas espinas

romas. Estos nuestros son, por así decirlo, monjes sin hábitos, expuestos al desparrame de la

intemperie, que tampoco es tanto, y a crecer emboscados en la multitud, y a que cada año los

cortemos y los echemos al estercolero.

XVI

Desde la ventana de mi estudio no veo más que árboles y un pedazo de cielo, pero desde la cocina,

mientras estoy fregando, diviso, a unos doscientos metros, el camino paralelo al río, una cinta

blanca jalonada, entre el agua y el camino, por altos chopos de ribera. En las tardes de domingo veo

pasar bicicletas que se deslizan lentamente por mi campo de visión. Son como esas películas

pedantes en las que había que ver un coche desde que entraba en la verja de la mansión hasta que

aparcaba en el suelo de gravilla, delante de la puerta. Pero tiene su punto, ver la bicicleta como un

movimiento lineal, artificial, prolongado, entre los miles de movimientos mínimos de las hojas de

los árboles. Disfruto cuando pasa alguien de paseo, erguido sobre su bicicleta holandesa, a veces

una pareja, a veces la familia entera, con los patitos ciclistas detrás de la pata madre, mucho más
Cuaderno de otoño 21

que cuando atraviesa un deportista vestido de marciano y dando botes. Es más hermoso el

movimiento único del ciclista dominguero y la bici de paseo, como si fuera por un riel, como los

recortables que cruzan el escenario del teatrillo, a lo lejos, una silueta distinguible pero no

identificable. En todo caso, son los únicos seres humanos que veo desde mi ventana. Lo demás son

máquinas, tractores, camionetas, cosechadoras, que ahora pasan con más frecuencia (la frecuencia

de las siembras y de las cosechas), y regresan a la ciudad por las noches con las luces encendidas.

Ladran los mastines al verlos pasar. Si han estado hasta muy tarde, perturban el sueño como una

noche de demasiado calor. Pronto llegarán los fríos y el camino quedará tranquilo. Volveré a ver

entonces el movimiento de las hojas y de las tórtolas que cruzan el valle y el de los grajos que las

persiguen, o el racimo de cabras que Carlos, el granjero de más abajo, saca a que devoren los

rastrojos, o como mucho el criador de caracoles que va y viene por esa especie de camposanto de

lápidas blancas rodeadas de hierba debajo de donde engordan los gasterópodos.

Los ciclistas no me ven a mí, y menos en esta época del año. Yo los veo a ellos entre las ramas de

la catalpa y el castaño. En algunos tramos del camino es un movimiento discontinuo que aparece y

vuelve a desaparecer detrás del cerezo viejo. Para ellos soy un cristal que brilla en la espesura

cuando el sol ya va muy bajo.

XVII

Las catalpas están alicaídas. Sus hojas grandes tienden a estar mustias, algunas empiezan a

decolorarse. Plantamos tres catalpas en la época de la sombra ornamental, sin saber que su sombra

es muy tenue, apenas una celosía de hojas leves que mancha el suelo con corros de luz. Yo las había

visto en el jardín del instituto, en Madrid, donde trataban de apretar las ramas y sacar copas

frondosas de un árbol que es de otra manera. Mientras las nuestras crecieron eran árboles
Cuaderno de otoño 22

destartalados, y más de una vez nos preguntamos si lo que hacían los jardineros de Madrid era lo

más aconsejable. Pero las dejamos estar, afortunadamente. Ahora que ya tienen seis o siete metros

de altura, su coherencia nos encanta. Las ramas se extienden muy abiertas, languidecientes, como

los brazos de un poeta que hace el gesto de volar, y las hojas, que han estado tersas pero nunca

rígidas, no la tiesura de la higuera ni tampoco el desmayo del sauce, tienen más bien un caerse

como caen los dedos de la mano muerta, que nunca cuelgan verticales. Ahora ya están más

frondosas, así que, cuando empiezan a desfallecer las hojas y a clarearse las ramas, adquieren una

delicadeza japonesa, de trazos sutiles, lentos, como en precario equilibrio, momentos de un lento

descender hasta ese ocre cobrizo que toman cuando ya están a merced del viento, y cualquier ráfaga

un poco desabrida las hará caer.

Pero todo es más veloz de lo que yo quisiera. Esta mañana no había más que media docena de

hojas amarillas, y esta tarde ya han teñido buena parte de la copa. Nada ocurre lentamente en la

naturaleza, todo son procesos súbitos, bajones repentinos y arreones fulgurantes, y entre medias

esos mismos procesos escapan a nuestra atención pero son igual de bruscos. Ver crecer la hierba es

un sinvivir de acontecimientos. Verla morirse, todavía más. Cuando empiece el concierto de ocres

no daremos abasto para registrar los tonos, ese aspecto de bronce vulnerable, de armas caídas, pero

también de una elegancia rara. Entre las frondas del cerezo y el nogal que la flanquean, por encima

del tupido follaje de los membrillos, la catalpa exhibe su fragilidad, su resignación, su arte para ser

bella y delicada en medio de un bosque de árboles monumentales.

XVIII
Cuaderno de otoño 23

Las hojas de la parra vieja empiezan a deteriorarse. El limbo amarillea, solo los nervios retienen un

verdor que parece concentrarse antes de desaparecer, y han aparecido ya las primeras manchas de

quemadura. Mientras las otras parras, más recientes, se llenan de motas de color de bronce que van

acartonando la hoja, estas ya no pasan por esa herrumbre, sus colores son más violentos, algunas

parecen fractales, secuencias del camino hacia la muerte.

Esta parra tiene sus heridas de guerra. Hace veinte años, cuando el tronco ya se había retorcido y le

colgaban hilachas de la corteza, y llenaba el portal de una sombra voluptuosa y todos los años nos

daba racimos gordos de uva negra, unos niños que había de visita encontraron en alguna parte una

sierra y se pusieron a practicar… A lo que se dio cuenta mi padre, la parra colgaba sin pies de los

cables de la pérgola.

Pero volvió a brotar, y en estos veinte años el tronco ha alcanzado un grado de retorcimiento

parecido, y se han hecho viejas sus hojas nuevas. Aunque quizá ese limbo pálido sea una secuela de

aquella salvajada. También es cierto que esta parte de la parra bebe del sol del sur, y, como la parra

virgen que envuelve la fachada, tiende a requemarse por los bordes y a que le salgan manchas en la

piel. Hace bien poco hubo que cortar una de las dos ramas gruesas que partían del tronco, la que

apoyaba en el dintel, porque estaba casi toda seca y porque entorpecía los canalones, pero antes,

muy respetuosamente, habíamos plantado un sarmiento y cuando lo vimos con suficiente vigor lo

pusimos enfrente de la vieja, para que cubra la zona que esta rama ya no puede abarcar. Me

pregunto si en el código genético de los sarmientos todavía suenan los dientes de la sierra.

Este año le quitaremos peso. Las parras viejas ya no quieren mucha prole, los largos sarmientos

que se enredan con la parra virgen, los que le salen por el tronco y forman sus ramas leñosas entre

las barras del barandado. Tan solo dejaremos una, grande, gruesa, que cruza el emparrado en

diagonal, para que acopie toda la savia que le queda y en los meses de verano nos siga regalando
Cuaderno de otoño 24

ese verde traslúcido que en la canícula tiene reflejos cítricos, de anuncio de frescor. La cuidaremos

como a un bonsai gigante para que siga dando sombra mientras crece su retoño.

XIX

Mi relación con los pinos no mejoró hasta bien entrada la madurez. La razón es lo que ahora

llamaríamos un trauma infantil, que yo dejaría en el más normal y sostenible término manía. En

Teruel no se utilizaba, al menos cuando yo era niño, la palabra bosque: había pinares, choperas o

carrascas (ni siquiera carrascales), pero no bosques. Igual pensábamos que las eses de la palabra

bosques pertenecían a zonas más húmedas, frondosas y productivas. Al pinar, por otra parte, la

gente común solo iba a por rebollones, y si acaso, cuando venían visitas, a ver los abrigos

prehistóricos de Albarracín. En una de esas excursiones con mis padres por allá por la laguna de

Bezas, buscando rebollones, me dio un ataque de acetona. Desde entonces relacioné el olor

pegajoso de la resina con los días de vómitos y mareos que me había provocado la acetona, y las

piñas y las púas secas del suelo, con el escaso alivio que encontraba tirándome de la cama y

poniendo la frente en el suelo frío.

Entre eso y mi escaso apego de entonces a las especies silvestres, el pino dio en árbol menor, de

relleno. Los chopos seguían sonando a tarde de verano, pero los pinos eran síntoma de mareo y

sequedad. Su lentitud, además, era proverbial, y si salía alguno en un talud, se le dejaba estar,

aunque mi padre, a quien sí le gustaban los pinos, veía el alevín y comentaba: «ya no lo veré

grande». Sí lo vio, enorme, y a pesar de que había nacido en un pedregal de zahorra, lo cuidó y le

hizo un alcorque, y vigilaba que no se le subiesen las orugas y podaba las ramas que lo podían

desequilibrar, al menos hasta que se hiciera fuerte. Ahora que los dos lo hemos visto grande, y que

muchas tardes me paro a ver el sol sobre sus ramas, sobre todo ahora que declina, comprendo la
Cuaderno de otoño 25

belleza del pino. Otros hay plantados que quizá yo vea grandes, pero en todo caso limpiaré y untaré

con resina un anillo en el tronco para combatir la procesionaria, y recogeré las piñas del suelo para

encender el fuego.

Hoy este pino es más hermoso que otros días. Enhiesto en medio de las piedras, sus raíces viajan

por cascotes de escombro y tierra reseca, y buscan la humedad más profunda, la que hará que

también a mí me sobreviva.

XX

El ciruelo es un patriarca, tiene más de medio siglo, es uno de los tres o cuatro frutales venerables

que quedan de cuando esto era un cuello abandonado (de hecho se llama Cuellos de la Sisa), un

bancal estrecho en mitad de un terraplén, lleno de yerbajos, pero aún florecían los frutales del

último hortelano que había cultivado estas tierras. Murieron los otros frutales que lo acompañaban,

un manzano, un albaricoquero, varios ciruelos más, pero este ha creado en el tronco algo así como

una coraza llena de pinchos con los que parece defenderse de los ataques del tiempo. Viejo y

retorcido, ha llegado a tener todas sus hojas arrugadas de pulgón y a pasar años sin poda, con ramas

largas que se combaban hasta rozar el suelo, pero sigue llenándose de frutos en verano, que pasan

mucho tiempo verdes hasta que maduran en dos días. Nosotros y los pájaros los vamos controlando

para caer sobre ellos cuando se ablanden un poco. El año pasado estuvimos más listos que ellos,

pero esta vez, aprovechando una escapada de fin de semana, se nos han adelantado. Aun así aún

sacamos un par de kilos que hirvieron con azúcar en la marmita.

Qué resistencia. Además de los años y el abandono de los últimos tiempos, cuando nadie venía a

mirarlo y solo se regaba con la lluvia, el anciano ciruelo ha quedado en medio del ámbito de

influencia del ailanto. Quién sabe si es eso, o un bicho, o la misma vejez, la que lo ha hecho
Cuaderno de otoño 26

enfermar de gomosis, unas bolsas duras de resina que parecen el ojo inyectado de un lagarto, bolas

de ámbar bermejo por donde parece que están a punto de reventar las venas, y que sin embargo son

heridas suntuosas, joyas de sangre. Recomiendan sajarlos, limpiarlos con oxicloruro de cobre, etc.

Yo voy quitándole los brotes y los chupones que le salen en la base, desde la raíz ya casi, y vigilo

esos óculos rojos. Son las costras, burbujas ambarinas que van engastándose como medallas de un

pasado luminoso. Pero cualquiera diría que está tan fuerte como el primer día que yo lo vi, todavía

niño, como una muestra de vigor hortícola en medio de aquel bosque abandonado. Y ahí sigue,

preñado de ciruelas cada mes de agosto. Morirá un invierno, de la noche a la mañana, sin que nos

demos cuenta hasta la primavera.

XXI

En 2025 se cumplirán 700 años de la primera mención documentada de la acequia de

Valdeavellano, que es la que da de beber a nuestras flores. Según un erudito local, en tiempos de

Alfonso II las acequias de Valdeavellano y del Cubo, que bordea el jardín por su cara sur, «ya

recorren el término», y riegan las partidas de Valdeavellano y de la Sissa, lo que adelantaría su

existencia por lo menos hasta finales del siglo XII. Siglo arriba, siglo abajo, estas aguas limpias ya

regaban las berzas de algún labrador medieval. Y en todo ese tiempo han sido igual de delicadas.

¡Cuidado con la acequia!, era el aviso de mi padre cada vez que yo venía solo. Pero no es la

acequia, el agua va donde le dejan, sino el zabacequia que no siempre corta el azud cuando se

avecina tormenta, o algún vecino aguas arriba, que hasta hace unos años continuaba la tradición

medieval —supongo— de tirar a la acequia las tripas de los animales muertos; o incluso el labrador

indolente que no corta las capitanas antes de que se hagan grandes, cuando llenan el ribazo con su
Cuaderno de otoño 27

falso verdor, antes de que se desequen y el viento las haga rodar y caigan al cauce, en el que son

capaces de armar un buen tapón.

Por unas causas o por otras, el gran percance con la acequia fue hace poco tiempo, un tormentón

desaforado alimentó las aguas del azud abierto y en algunos tramos se desbordaron. En la Edad

Media, si estas cosas sucedían, se quedaban en un bancal de pimientos inundado, y si se llevaba por

delante alguna construcción, los laboriosos albañiles mudéjares recrecerían las paredes, en el caso

de que las canalizasen, aunque, por lo que nos encontramos nada más llegar, lo habitual era que al

limpiarlas de cañas y tarquín las ahondasen, porque discurría flanqueada por dos terraplenes de

tierra fosca, uno de los cuales hubo que desmontar para acceder al antiguo tajadero.

A veces me siento con los perros a la sombra húmeda de su reflejo, en estos días de canícula otoñal,

como un tiempo de otro mundo en el que las hojas caen pero no hace frío. Las acequia discurre

sinuosa, hermosa y tranquila. Las lluvias de la sierra mantienen el pantano casi lleno. A la sombra

de los avellanos y las arizónicas, tumbados en la orilla, nos dejamos refrescar.

XXII

De modo que los árboles fundacionales de este huerto son los avellanos, que se crían tan bien que

algunos hortelanos los utilizan, además de para recoger las avellanas, para formar setos en las

vallas. Aquí, por coherencia con el nombre de la acequia, fue lo primero que se plantó, y los

avellanos han crecido como arbustos, y sus hojas redondeadas, pequeñas, dentadas, acolchadas, y

sus ramas sueltas y cadenciosas, como de haya pequeña, descomponen la luz en gotas de sol que lo

atraviesan y jaspean la superficie del agua. Al contrario que las de las parras, sus hojas mantienen el

verde claro pero van tiñéndose de ocre por los bordes, como un ribete seco que irá avanzando con el

frío.
Cuaderno de otoño 28

Este próximo febrero plantaremos unos cuantos más en los huecos libres de la orilla, en el muro

donde crecen los lirios, en el camino de bajada. Siempre los he visto de cerca, el ramo de varas

diseñado para que ninguna hoja se toque con la otra, pero también quisiera ver esas matas grandes

de hoja pequeña que al moverla el viento gira y los enveses centellean, arbustos llenos de huecos,

celosías de luz, cuidadosamente abiertos, nunca demasiado altos y siempre llenos de hijuelos.

Dejamos que los arbustos sean arbustos, lo mismo los membrillos que las lagestroemias, que las

ramas finas mamen de la raíz tumbada. Demasiadas veces el árbol es un empeño del agricultor

cuadriculado más que un designio de la naturaleza. En el caso de los avellanos, cuando se los hace

árbol, como el tronco nunca es muy grueso, parecen raquíticos y como avergonzados, arbolillos con

turbante aparatoso, se aprietan las hojas en ramas de una rama y el avellano pierde su primera

gracia, la de ser traslúcido, y muchas de sus utilidades. No creo que a un zahorí sensato se le ocurra

cortar la rama de un avellano hecho arbolillo, antes bien buscará el ramón nacido de la raíz primera,

para que, hecho a chupar de la raíz, se estremezca entero cuando barrunte la humedad. Seguramente

el fenómeno magnético real de las varas de los zahoríes tiene también una hermosa explicación.

Espero que vivan muchos años y se junten con los nuevos, de tronco más rojizo, pero si alguno se

seca, y yo lo veo, cortaré sus flexibles ramas para construir un tonel donde meter las últimas gotas

de vino de las parras viejas.

XXIII

Hoy hemos vendimiado las parras más antiguas, las originales, de uva negra, muy dulce, plantada

una de ellas en marzo del 76 y la otra un par de años después. Leo que las parras empiezan a

morirse a los cincuenta años y que pueden llegar a los cien, y que su época más productiva termina

a los treinta y cinco; luego, hasta los cincuenta y tantos, entran en depresión y a partir de entonces
Cuaderno de otoño 29

en una más o menos duradera época de languidez. Antes del culto a la juventud, la humanidad tenía

las mismas expectativas de vida llegase hasta donde llegase. Baco nació de una planta que se

comportaba como aquellos que la cultivaban y en la que podían encontrar símbolos para cualquier

rito de paso. Nacía en terreno seco, crecía rápida, daba sombra, daba vino, producía mucho mientras

era moza y luego se centraba en unos pocos racimos, abandonaba la vida disipada y con lentitud y

retorcimiento iba criando el vino cada vez más rico y más escaso. Además era tan variada como

distintos los lugares de su cultivo, con ella nació la denominación de origen, cuyo lado dionisíaco

tantos disgustos ha dado.

Estas parras nuestras están en época de depresión pero aún les queda mucha vida. Su vejez se viste

de la elegancia de lo añejo. El tronco, al pie de un talud de cascajo, sujeto con las piedras más

gordas que salieron al recortarlo, ya no puede abarcarse con las manos, y la línea que dibuja con sus

dos ramas principales parece un Laocoonte vegetal. Con estas pocas uvas que hemos recogido

podríamos hacer el mejor vino. Preferimos verlas puestas en un bol de Níjar sobre el mármol de la

cocina, con unas pocas blanquillas —«uva la más menuda», dice Virgilio—, cómo el sol parece

iluminar el jugo que llevan dentro y la pruina brilla como cera limpia. Cómo se asoman a la luz.

En el bodegón hay algunas hojas de parra. Son las hojas de Caravaggio, todavía tersas, de un verde

fresco y luminoso, que indican que las uvas están recién cogidas. Son los frutos coronados de la

juventud, la emoción de lo breve. Sin embargo, dentro de unas horas, cuando las hojas ya estén

lacias y arrugadas, las uvas seguirán lozanas, y dentro también de unos días, si las mantenemos,

como en los cuadros de Sánchez Cotán, en sitio fresco y oscuro.


Cuaderno de otoño 30

XXIV

La noticia es que ha comparecido la lluvia y por fin se ha largado esa calor impertinente. Ha sido un

chaparrón tan solo, los suelos moteados con gotas aún calientes, aunque en el parte han dicho que

llovería más. No sé, de momento el cielo se ha vuelto a despejar, aunque es verdad que han bajado

las temperaturas: de par de mañana tenemos seis grados más que hace unos días, pero en la fuerza

del calor no pasaremos de los veinte, y estos días atrás llegábamos a los treinta. Es la extremosidad

anticiclónica lo que nos desconcierta.

La lluvia ha dejado una hermosa luz reverberante en las hojas más amarillentas de los álamos. Es

una luz de inminencia, con el cielo cárdeno, como es la luz previa a las tormentas de verano, cuando

la geosmina perfuma el campo y cada vez que se detiene el viento parece que va caer un aguacero.

Como, en efecto, cae. Los mastines se han resguardado debajo de los cerezos grandes, cae agua

pero no con tanta fuerza que atraviese toda la enramada. La intensidad va en ráfagas, cuando se

calma queda un sirimiri sobre el que se vuelven a oír los gritos de las cornejas, la esquila de una

cabra, el ladrar de algún perrillo. Esa lluvia no se escucha, tan solo se ve un leve jaspeado sobre las

zonas más oscuras de los árboles. Cuando arrecia de nuevo, se confunde el sonido de las copas

zarandeadas por el viento con el de las gotas muy finas sobre la fronda. Y vuelve a calmarse, pero

persiste el jaspeado, esa leve, silenciosa interferencia del orvallo.

Es la lluvia buena que acompaña los sonidos del campo sin ahogarlos, humedece los primeros

ocres, los prepara para hacerse tierra. Incluso se diría, pasado el chaparrón, que las hojas revienen a

unos tonos más verdosos, como si el agua les hubiera dado un último empujón de savia, el postrer

aliento antes de alcanzar la orilla. Por mucho que vaya detrás de los árboles y los riegue de contino,

basta una mañana de lluvia para que todo vuelva a sonreír, rebroten bulbos dormidos, brillen las

parras recién lavadas y en los chopos incluso las hojas más pochas recobren el vigor de hace unos
Cuaderno de otoño 31

días. El otoño exprime la existencia. Se diría que, después de tanto calor, la naturaleza se comporta

como si aún no hubiésemos salido del verano.

XXV

Habíamos quedado en que la diferencia entre el tenebrismo caravaggista y los fondos de Sánchez

Cotán estriba en que los tenebristas ordenan los objetos y consiguen que emerjan de la sombra.

Sánchez Cotán no ordena, encuentra ya ordenados, o bien ordena según suelen ordenarse, y sus

fondos son oscuros porque pinta una despensa, pero no tanto como para que los frutos parezcan

mirarnos por última vez antes de hundirse en las tinieblas.

Es decir, que reunimos bodegones con lo que hay y los disponemos como lo solemos dejar, encima

del mármol blanco, con la luz oblicua que entra por la ventana de la cocina. Y lo que hay son uvas,

tomates y unas manzanas esperiegas. Abajo en el lagar hay más manzanas, y deberían perfumarlo

los membrillos, que no han dado nada este año porque en mayo se heló la flor. En todo caso habían

quedado así, con esos tomatazos rojo escarlata y la delicada pruina de la uva, amén del amarillo

pálido de las manzanas. Si los colores chocan es porque no es normal que hayamos recogido las

uvas y los tomates al mismo tiempo, pero esa es su realidad. Los cambios de tiempo entrañan

también un cambio cromático que no percibimos pero se instala en nuestras inclinaciones estéticas.

Las uvas y las manzanas comparten los tonos sufridos, como mezclados todos con tierra. Los

tomates bermejazos vienen, más que del huerto, de la cultura hortícola global. En los bodegones del

siglo XVI es raro ver tomates, y si alguna pinta roja resalta es la de los borceguíes de las perdices.

El rojo tomate no entraba bien en el aire místico polvoriento de la cartuja del Paular. El rojo de la

sangre sin cuajar no podía ponerse a meditar con «la pálida camuesa arrebolada».
Cuaderno de otoño 32

Qué hay en ese rojo que perturba la quietud contemplativa. Frente a la austeridad de proporciones

de los otros frutos, los tomates corazón de buey parecen venidos de una naturaleza exagerada,

inflados con siglos de manipulación genética. Son, en el color y en el volumen, frutos

hipertrofiados, abundancia de gordo, manjares de Sileno, mientras que las manzanicas son carne de

morral, tan dulces que la pulpa se les cristaliza, con manchas pardas y puntos negros, macas

moradas y aspecto de sufridas. Junto a ellas el tomate introduce un punto de frivolidad, como un

cantante jaranero metido en la cocina de un convento.

XXVI

Aparte de los chopos, las especies que desde siempre crecen orilla del río sin que nadie las plante

son las sargas, los saúcos y los nogales, las nogueras que se llaman aquí. En casa, la noguera

grande, de más de cuatro pisos de altura, nació junto a la valla y durante años la protegíamos de los

alambres, que se le hincaban en la corteza. Crecía como desmedrada, hasta que unos años después,

y en cosa de tres primaveras, se convirtió en un árbol robusto y frondoso. Fue un de pronto de mil

días, a partir del cual el árbol parece haber estado allí tanto tiempo como las nogueras en las que se

paran a tomar la sombra los pastores. Su «encarcelada nuez esquiva» es más pequeña, prieta y

sabrosa que las que dan esos prolíficos nogales americanos, que crecen más deprisa y se

desparraman. Los autóctonos son menos ostentosos, y al mismo tiempo más tupidos, más

profundos. En un nogal americano se vería al ruiseñor de Keats; en estas nogueras de pueblo, no. Lo

de tienes más mala sombra que las nogueras, que se dice por aquí, se refiere a esa humedad

compacta, a la sombra densa que ataca al pastor mientras dormita, o envenena a su perro con las

nueces. Aunque esto último habría que verlo. Hace ya varias noches que se encucha a los mastines

cascar con la dentadura las primeras nueces que cayeron al suelo. Veo la perfección con la que
Cuaderno de otoño 33

abren la cáscara en dos y extraen limpiamente los cotiledones y me cuesta creer que de este árbol

pueda salir algo malo.

De modo que, cuando, hace lo menos diez años, salió un plantón de nogal en la jardinera del patio,

nos aplicamos a cuidarlo con riegos frecuentes y podas minuciosas, y fue sobreviviendo y aún es

una zagala larguirucha pero la copa ya hermosea y se asoma al balcón de arriba. Si la historia se

repite, la noguera está a punto de pegar el estirón definitivo, el que la convertirá en adulta, y pronto

dará sombra por las mañanas. Entretanto, todas las hojas han perdido el verde al mismo tiempo y

antes de deslizarse por la senda del ocre tenían un amarillo cadmio muy claro, un color que apenas

duró dos días y que es la hoja desnuda de clorofila, antes de que empiece a ponerse la mortaja

marrón. Es su última elegía contra el azul del cielo.

XXVII

Queda media docena de tomates verdes en las matas, pero esta mañana nos hemos levantado con

tres grados centígrados y no está nada claro que puedan madurar. Son días de hacer salsa de tomate,

de comerlos crudos con cualquier pretexto. Los rosas de Barbastro han hecho honor a su fama de

gordos y lustrosos, como alimentados con piensos compuestos, y los de corazón de buey a su

aspecto animado. Yo casi prefiero estos últimos, exquisitos en su negación de la tersura, irregulares,

lobulados, asimétricos, protuberantes, cada tomate una forma individual de crecimiento, hasta el

punto de que, cuando sale alguno de proporciones paradigmáticas, ovoides, carnosos, estriados, sin

esa tirantez botulímica de los tomates del mercado, uno tiende a admirarlo pero no a pensar en él,

como sí sucede con las formas que adquieren cuando crecen más por un hemisferio que por otro.

Los irregulares me parecen más cercanos, como me pasa con todo en la vida.
Cuaderno de otoño 34

Eso sí, el rojo carmín del corazón de buey no lo tienen los de Barbastro. Es un rojo muy hecho, una

lenta concentración de rojo. Cuando les da el sol toman el brillo de los estucos pompeyanos (ese

rojo violento que le salió a las paredes ocre cuando entró en erupción el Vesubio), y cuando les

hacemos una foto, al igualar luego las luces queman de escarlata la pantalla. Pero a la luz del día es

un rojo sangre, camino de la púrpura, un rojo serio y profundo de procesión zamorana. El rojo que

utiliza Sánchez Cotán en Bodegón con flores, hortalizas y un cesto de cerezas, el último que se ha

aceptado como auténtico, hace bien poco tiempo, es un rojo más terroso, teñido de ocre, igualado

con los tonos de las verduras pero llamativo como las flores. Y aun así yo no veo a Cotán utilizando

el rojo, una de las varias razones que se me van acumulando para pensar que ese bodegón no es

suyo.

El sabor se mezcla con el tacto. Al describirlo no damos con el punto exacto de dulzor y de acidez,

que en el tomate van juntos pero no revueltos, sino que recurrimos a la sensación que nos produce

su carnosidad, el hecho de que tras la pulpa blanda venga un jugo tan excitante. El tomate es

lujurioso, delectable, una alegría, digo, excesiva para los hábitos de los cartujos, pero que da ese

punto rollizo, como un recordatorio de la buena salud.

XXVIII

Hemos ido a recoger los higos y alguno estaba herido, un agujero por donde cabe un dedo,

redondo, picoteado con parsimonia. Sobre la piel morada brilla el cerco blanco de la camisa y la

pulpa rosa en carne viva. Lo más probable es que una graja se haya posado el la blanda rama

vertical hasta combarla y picar el higo desde arriba como si bebiera agua. Se lo hemos dejado a los

jilgueros, ellos que pueden posarse en los peciolos sin quebrarlos, pero así mordido tiene que estar

aún más meloso. Cuenta Antonio Chacón, en una nota a la letrilla gongorina Y digan que yo lo digo,
Cuaderno de otoño 35

que en Andalucía colgaban «sartas de cabrahígos de las ramas de las higueras, y cuando los higos

dellas van madurando, salen de los cabrahígos unos mosquitos que, entrándose por las extremidades

de los higos, melifican en ellos». Con el higo herido, estos mosquitos, más bien avispas, tienen las

puertas abiertas.

Da igual, porque los que hemos cogido enteros no podían estar más blandos ni más dulces.

Bartolomé Leonardo de Argensola los llama largos en la sátira ¿Esos consejos das, Euterpe mía?,

aunque seguramente use la palabra en su sentido culto de generoso.

Y en largos higos no me incita menos

la ociosa madurez, que en moscateles

de oro cubiertos y de almíbar llenos

O en otros varios sentidos. Los higos van después de las brevas: el higo tiene la piel arrugada y

negra; la breva, tersa y verde clara. El higo es la maduración de un símbolo que servía para los

dones, las bicocas, y por supuesto la carne joven. La breva es abundante pero el higo atrae adjetivos

flojos: higo blando, higo pocho, hecho un higo, etc. Pero toda esta poesía horaciana deja las brevas

para las fábulas y los higos para la despensa, donde se concentra la tradición epicúrea del Ándeme

yo caliente y ríase la gente. Lo dice Nietzsche en Humano, demasiado humano: «Un pequeño

jardín, higos, un poco de queso, y además tres o cuatro amigos, esta fue la opulencia de Epicuro».

Es decir que los higos representan la dulzura de los tiempos apartados, el placer del abandono de la

juventud, un sentido austero y realista de la existencia, optimista de lo cotidiano, contento de no

andar mariposeando entre las brevas cual avispa en celo sino picando con paciencia el corazón del

higo.
Cuaderno de otoño 36

XXIX

Estos castaños bordes, de Indias que los llaman, tienen fruto venenoso (no mucho, porque los

mastines también pelan las castañas), y vinieron en la época de la sombra ornamental. Dos de los

tres que sobrevivieron están bebiendo de la acequia, y uno de ellos se ha espigado mucho tratando

de salirse de la noguera, que le tapa la luz. El otro, incluso con heridas en el tronco que dejan ver la

madera ya descolorida, ha prosperado a pesar de los riegos infrecuentes. Pero llega un momento en

que las raíces ya saben buscarse la vida y chupar del que más tiene, o hundirse y llegar hasta una

charca subterránea. Todo indica que a pesar de la difícil adaptación el castaño ya es adulto y goza de

buena salud. Los otros meten sus pies en el agua, y a pesar de que, hará cuatro o cinco años, al

vecino se le fue la mano con el ribazo cuando estaba quemando rastrojos, las flamas alcanzaron los

cañaverales de la acequia y abrasaron la cara a unos membrillos, a una parra que secaron y a estos

dos castaños, sobre todo a uno, que desde entonces crece con las ramas prietas como plumas, su

copa fusiforme todavía parece huir del fuego. Se recuperaron bien, pero, el uno por la noguera

abarcadora y el otro por el trauma del rastrojo, los dos han tenido extraños crecimientos. El tercero

ya es como un anciano bien cuidado por la parra japonesa que tiene a su izquierda y la glicina que

tiene a la derecha. No dejamos que ninguna de las dos se enrosque en sus ramas, pero los riegos

frecuentes han hecho que el castaño no tenga que estirarse tanto por el suelo.

Este año está más lozano. Erizo es el zurrón de la castaña, aunque sea borde, o precisamente

porque lo es. Es, dentro de los árboles con pedigrí de autóctonos o prestigio poético, algo así como

un extraño venido de la ciudad, alguien que debería languidecer en una acera y no vivir rodeado de

cardos silvestres, y a no mucha distancia del espino, ya talludo, que salió en la misma base de otro

castaño que hubo que talar. Quizá se ha hecho fuerte porque con el riego le ha vuelto el temor, la

necesidad de no acercarse ni mucho ni poco a sus semejantes. Lo suficiente.


Cuaderno de otoño 37

XXX

El fresco bendito se ha instalado entre nosotros. Las mañanas no pasan de dos o tres grados y en la

fuerza del calor hoy no llegaremos a los quince. Cerramos las ventanas por la noche, nos cubrimos

con una manta fina cuando nos sentamos a leer y una chaqueta de punto cuando salimos al jardín.

Los perros están encantados, como si hubieran perdido peso. Por las mañanas, después de la guardia

nocturna, amanecen tumbadazos debajo del cerezo, se les ha ido la torrija anticiclónica, juegan entre

ellos para desperezarse y no tienen ese andar cansino y cabizbajo con el que iban visitando sombras,

a ver cuál era menos ardiente.

Tal es así que, como estamos en preludio de temporal (en el pueblo dicen que es una mentira para

que siembren los labradores), no ha de pasar de hoy que encendamos la chimenea, y con la hipnosis

del fuego vendrá la entrada en el frío. Casi estamos deseando que la casa se destemple para regresar

al mundo del sosiego. El calor tiende a la excepcionalidad, por el mucho trajín o la insólita pereza,

pero el frío vuelve a poner los muebles en su sitio. Por mucho que viento las menee, la intensidad

del sol sobre las hojas es de una limpieza impoluta, ahora que acaba de asomar, sin las manchas de

brillo que le saldrán cuando suba, si es que el cielo se despeja, porque los nubarrones avanzan como

tomados de hollín, pero el sol no ha subido aún lo suficiente y dora las copas de los álamos y tiñe de

rosa la panza de las nubes con rayos horizontales y tenues. Tiene que ser este el rosicler del conde

de Niebla, «rosas la alba y rosicler el día», es decir el rosa pálido después de amanecer, a punto de

sembrar el campo de espejuelos, o de desvanecerse en el oscuro humo de las nubes.

El viento dobla las ramas altas, hay un rumor de fronda que sube y baja según la intensidad de la

ráfaga, pero todavía están las hojas fuertes para resistir el vendaval, que tampoco es muy recio. Es

un grado más del simple hacer corriente, no lo suficiente para desnudar los árboles pero sí para que

tengamos cerradas las ventanas, no tanto para sujetarse el sombrero al caminar entre los manzanos
Cuaderno de otoño 38

como para llevar las manos en los bolsillos. Un viento, digamos, reflexivo, con el que se puede

convivir.

XXXI

En la vega, orilla del río, se mezclan los chopos blancos con los álamos temblones. Aquí nadie los

llama álamos. Todos son chopos, sobre todo si están en la ribera, porque, como dice Covarrubias,

siempre tan sugerente, «las rayzes chupan la humedad del agua», lo que explicaría que por estas

tierras no se diga tanto empaparse como choparse, a pesar de que ambas tengan el mismo

antepasado. En italiano es pioppo y también procede de populus (femenino, nada que ver con

pueblo), y ambos de la raíz *pap-/*pamp-, que significa 'hinchar' y ha dado términos como pápula,

papilla o pámpano.

Álamo es palabra nórdica, gótica, que aquí no se sobrepuso al latín. Por aquí no hay alamedas sino

choperas, y no invitan a pensar en paseos melancólicos y ajardinados sino en corros de árboles

cuando la vega se ensancha, y «monótonas hileras / de chopos invernales», como es, dice Machado,

el «verso dulce y grave» de Gonzalo de Berceo. Son esos mismos álamos dorados que Machado, en

el mismo poema, llama «chopos de río», porque sabe que los chopos se hacen álamos por la gracia

poética. Machado mira los chopos a ras de río, y con sus versos los eleva hasta la luz del álamo. Los

álamos temblones brillan con el sol, los chopos son la sombra del agua. En ellos «nada brilla», pero

todo se refleja.

Y a nadie se le ocurre llamar álamos a los chopos cabeceros, esos menhires de madera de cuyos

anchos troncos bajos crecen vigas y varas tiernas. Sonaría cursi. Sus muñones y sus cicatrices, su

aspecto de labrador cargado, de trabajador del campo, no admiten esdrújulos musicales sino el

vocablo cortante, contundente y cercano. A los vascos les gustó por eso la palabra, que ya veo
Cuaderno de otoño 39

admitida en diccionarios oficiales y que entró en Bilbao de la mano del Chopo Iríbar y con el

tiempo se escribió Txopo, cuando en vasco un chopo es un makal, y, si es un álamo temblón, un

burzuntz.

Así son, pues, los álamos del río. Desde casa los distingo por edades: los más viejos y frondosos

han empezado a cambiar de color, los más jóvenes son altas velas que se menean con la cadencia

con que los costaleros bailan a sus imágenes. Son chupones del árbol viejo, tienen el tronco delgado

y las hojas cabrillean, arriba, los haces verdes, los enveses blancos.

XXXII

Hoy hemos hecho una miaja de fiesta y nos hemos ido a pasear por el río. Las primeras lluvias han

sembrado los bancales de hojas amarillas, pocas, las más débiles, desperdigadas. Quedan días para

que el camino sea una marabunta de hojarasca. Aún estamos, casi un mes después, en el primer

otoño. Las sargas y los saúcos conservan el verde polvoriento del verano. A su lado, en el camino,

los maizales no siguen un patrón parecido: o no fueron plantados a la vez, o no gozaron de los

mismos riegos. Los hay ya trigueños, pajizos, hebras sueltas de hoja requemada, y los hay todavía

verdes, algunos con corros de tallos encamados que parecen huellas de una nave extraterrestre pero

que han sido el cuarto de juegos de los jabalíes. Y los hay que han comenzado a virar del verde al

gris azulado, que es el momento en que me gustaría pintarlos, a la caída de la tarde, cuando todo es

sombra en el camino.

Para proteger —dicen— los maizales de los jabalíes, los cazadores (como si los cazadores fueran

los dueños del maíz) se apostan en lo alto de escaleras o se suben a los árboles para matar alguno y

asustar a los demás. Lo de subirse a las escaleras lo dicen mucho porque llevan a gala disparar

siempre hacia abajo, sin peligro —dicen— para vecinos ni paseantes. Pero de noche, sobre todo
Cuaderno de otoño 40

ahora que están granadas las mazorcas, se oyen disparos en el valle y los mastines ladran siempre en

dirección a los maizales, no creo que por detectar la presencia de los jabalíes sino de sus cazadores.

No me gusta tanto maíz. Una vez plantó un mediero el huerto de panizo y mi padre tuvo que

arrancar luego una por una las matas porque no dejaban de avasallar la tierra. La vega se ha llenado

de bancales de maíz y de choperas marcialmente alineadas. Unos y otros exprimen la tierra, la

colonizan. El panizo es más cómodo y barato, y en quince años no hay que preocuparse de los

chopos más que para regarlos. También hay plantaciones de cerezos, de nogales y de manzanos

escondidas entre los álamos catedralicios, algún campo de calabazas y huertos de jubilado. De

regreso recogemos nueces del camino y de la acequia sin agua. Dan ganas de arramblar también con

una panocha, pero nos abstenemos, no haya jabalíes en lo alto de una escalera.

XXXIII

«Llueve mansamente y sin parar», etc. Estaban los mastines tumbados debajo del cerezo y he

bajado a preguntarles si querían ponerse a resguardo en el porche, porque, pese a ser la lluvia fina,

lleva cayendo tiempo suficiente para que las hojas no dejen de gotear y empezaban a estar

chopados; pero ellos me han mirado como si hubiera ido a estropearles una diversión, a aguarles la

fiesta, de modo que los he dejado estar y me he vuelto a mi celda, a mirar cómo la lluvia ha

detenido el viento y las hojas aceptan el agua con la inmovilidad de los perros cuando les acaricio

detrás de las orejas. Al rumor múltiple de la lluvia —un sonar constante y apagado que salpican

gotas más cercanas y agudas mientras otras más frecuentes caen de lleno en la hoja o golpean el

suelo con persistenca de bordón, las guttas in saxa de que nos habla Lucrecio— se une el eco

húmedo de los ladridos.


Cuaderno de otoño 41

«Llueve sin ganas pero con una infinita paciencia», etc. Esta misma música escuchaba mi

antepasado medieval, los molosos y lebreles de aquel entonces, que se callan cuando arrecia y de

cuando en cuando una manta de agua cubre la mañana. La lluvia es eterna porque ahoga los sonidos

del momento. Nadie pasa por el camino, ningún motor de explosión se apodera del piar de un

jilguero que no ha debido de encontrar una rama que no gotee. Galán, de vez en cuando, saluda con

su ronco ladrido a los otros perros que ladran por oleadas. Morena le acompaña con un ladrar más

corto y agudo, de la cachorra que todavía es.

Llueve «como toda la vida», etc. La lluvia es infancia, la tragedia divertida de cruzar una calle.

Incluso en la ciudad hay una hipnosis de la lluvia que detiene el momento y lo iguala con otros.

Claro que aquí es excepcional, y esa sensación resultaría distinta con lo cotidiano. Por eso

buscamos hábitos regulares, para que presente y pasado sean el mismo constante fluir, y estemos de

pronto donde estuvimos siempre, pero necesitamos que en esos hábitos haya algo siempre de

reencuentro. Aquí la lluvia es una costumbre despaciada, como sucede con los amigos de siempre.

Nunca hay tiempo para cansarse de ellos y siempre es agradable volver a verlos. Son las buenas

costumbres. Las malas, en este caso, serían que nunca dejase de llover.

XXXIV

La cocina se va llenando de color. Suele haber un bodegón de frutas y ahora hemos añadido una

sarta de pebreras, verdes y rojas, colgando del tirador de la alacena. El verde es fresco y el rojo

vivo, tanto que los vivos, los adornos de los bordes y de las costuras en los uniformes, suelen ser,

por antonomasia, rojos, y el rojo, a su vez, color guindilla. Claro que la alegría va cambiando de

tono y uno acaba dando la razón al gran Anastasio Pantaleón de la Ribera: «bermeja como un

tomate / carmesí como un pimiento».


Cuaderno de otoño 42

Con las verdes, en adobo, preparamos gildas o las usamos de acompañamiento de las fabas, y las

rojas las dejamos que se sequen, y cuando la piel se quiebra con el tacto las desmenuzamos para

echarles pizcas a los estofados. Pero antes de comérnoslas también han sido útiles. Plantamos un

par de ellas en cada bancal del huerto y nos libran de mosquitos, algo parecido al efecto de la planta

de tabaco, de hermosa flor. Es curioso que cada año, para hacerme con unos cuantos plantones de

tabaco, tenga que burlar el estricto racionamiento del cultivo, pero la guindilla, que sirve para lo

mismo (antes para ahuyentar bichos, después para alegrar un poco la existencia), se vende a granel

en cualquier mercadillo y nadie pone ninguna pega.

La guindilla es la alegría de los pobres. No tiene remilgos de cultivo, produce en grandes

cantidades y alegra la cocina. Si hay que hacer caso a Quevedo, lo que tampoco es del todo

recomendable, el pimiento se instaló muy pronto en las tabernas, compañero comestible del tintorro,

y pasó sin problemas al lenguaje escatológico antes que al poético elevado. No me extrañaría nada

que lo de meter una guindilla por el culo fuera cosa suya. Y es una verdadera lástima no ver su

forma delicada cuando cuelga de la sarta, ese mismo rojo efímero intensísimo, rozagante y

libidinoso, como es el verde esmeralda del pimiento, con su punto también apasionado, y si no que

se lo pregunten al «caballero de la verde espada» del que nos habla don Luis. Todas juntas, rojas y

verdes, tienen un componente sexuado mucho más intenso que si fueran rosas y azules, los

abalorios componen figuras excitantes, nunca se ponen lacias, lo más que les puede pasar es que se

sequen sin perder la postura rampante, las ganas de vivir.

XXXV

Por el camino del río quedaban algunos membrillos cuyas flores se libraron de las heladas de la

primavera, seguramente porque eran más viejos o más tardíos y aún estaban por salir. Pero en casa,
Cuaderno de otoño 43

así como el año pasado llenábamos cestos a diario, este año no hay ninguno. Entonces hubo para

dar y tomar y con una maca que tuvieran ya los dejábamos en los alcorques, y los extendimos en el

lagar y el aroma perfumó la casa entera. Vimos uno el otro día, escondido entre la hojarasca, verde

como una lima, duro y pequeño, que con las lluvias se ha escondido todavía más.

Aún cogimos unos cuantos la otra tarde del camino, para ponerlos en las habitaciones y en las

baldas de la biblioteca. Pero no es esa invasión de olor fresco y profundo, nada floral, nada

pretencioso, que otros años nos permite aspirar a todas horas el otoño. El membrillo huele a casa

limpia y habitada. No es un olor impuesto con ambientador sino el olor del lugar, el que van

añadiendo las cosas y las personas, una mezcla de suave ácido y de tierra húmeda, un olor casi

animal, sin notas acres ni dulzonas que repelan o empalaguen. Al contrario, persistimos en aspirar

su olor porque sabemos que nunca va a saciarnos porque nunca es excesivo.

Cuando Zurbarán pinta su plato de membrillos, la fruta dura y carnosa, el cítrico recatado, el limón

de pueblo, ha entrado en el mundo de los aromas exquisitos y reales: duros, fragantes y reales. El

membrillo no tiene la frivolidad mediterránea de las naranjas o de los pomelos, en él no hay nada

sofisticado ni fantasioso. La pruina no le deja brillar. Es tan real que a su dulce se le llama carne de

membrillo. Frente a la manzana pierde en sabor (duro, ácido, desagradable) pero guarda el secreto

del aroma perfecto. Esto es lo que han visto cientos de bodegonistas después de Cotán y Zurbarán,

que el membrillo es la belleza cotidiana, la sufrida e imperfecta belleza cotidiana. Huye de la

esfericidad bruñida de lo sugerente porque atrae desde la sombra de las manos delicadas. Crudo no

se puede comer, pero debidamente cocinado, con la paciencia dulce de los días nublados, es un

manjar insuperable. Crudo es demasiado crudo, pero encierra la sencillez y la delicadeza de quienes

han hecho ambrosía de los frutos ásperos; de quienes, después de olerlos, han sabido mirarlos.
Cuaderno de otoño 44

XXXVI

Anoche los perros armaron una escandalera muy poco habitual. Ladraban como descosidos, gañían

incluso entre ladrido y ladrido, como lamentando que no pudieran saltar la valla. Después de llover

es frecuente que aparezcan lámparas por los ribazos, de gente que sale a buscar caracoles, y los

mastines no dejan de ladrar hasta que se apagan las luces y se largan sus generadores.

Pero no eran caracoles. Esta mañana he esperado a que amaneciera para acercarme a la parte de la

valla donde se desgañitaban. En la terraza de abajo, cruzando la acequia, había un corro de unos

diez metros de diámetro de maíces aplastados. Lo más probable es que una cerda viniera con sus

rayones y, como suelen, se revolcara por las cañas hasta que tronchó unas cuantas y las crías

pudieron comerse las mazorcas en el suelo.

Es un método inteligente de darle de comer a la familia, y lo malo no es que vuelvan esta noche y

las siguientes, porque los perros, al ver que no salen del maizal, acabarían mirándolos callados, sino

que pronto escuchemos disparos en mitad de la noche y un perdigón (o una bala) acabe enfriándose

en la sangre que no debe. «Yo, cuando voy a las esperas, solo apunto a la cabeza», comentaba el

otro día un albañil que estaba repellando las paredes del azud. Luego contó lo de los rayones, lo

sabia que es la naturaleza y todo eso, y cuando acabó se hizo un silencio en el que cabían las

palabras que no dijo sobre las crías, a las que supongo que sería más difícil acertar en la sien.

Al primer disparo que se escuche meteré a los mastines en el taller, a que duerman encima del

serrín en tanto se consuma la matanza. Estoy convencido de que si en mitad de la refriega les

abriera la verja, en vez de ir directos a por los rayones se tirarían como lobos al furtivo. Los

mastines defienden, no atacan. El albañil del azud decía que hay «una plaga» de jabalíes que

destrozan las cosechas, por más que el maíz sea un pariente del yermo, que sus dueños se ocupen de

él de ciento a viento, casi siempre para regar a manta, si es que riegan, y que entre unos y otros
Cuaderno de otoño 45

hayan extinguido los huertos de buena parte de la vega. Por qué será que los cazadores siempre

necesitan alguna excusa.

XXXVII

¡Con cuánto gozo cojo la alta pera conferencia! Son dos perales ya muy viejos que estorbaban para

ampliar una pérgola, de modo que la hicimos más estrecha. Yo los podo con prudencia y, a tenor de

la cosecha de este año, aún tienen que darnos frutos unos cuantos años más. Bien es cierto que la

pera es jasca, seca, granulosa, perfecta para compota, a no ser que la metamos entre rubia paja, a

que madure a oscuras. Para comerlas a mordiscos me gusta más la limonera, que aguanta bien los

fríos pero deja de dar fruto cuando pasa la canícula.

Volviendo a fray Luis, cada vez que leo su versión del Beatus ille me paro en esa «alta pera». Por

hipálage, la pera, y no la rama de la que cuelga, es la alta, más alta todavía con el adjetivo

antepuesto, que subraya de algún modo su forma estilizada, el cuello recto y espigado, como de

búcaro para una flor, y recoge, de paso, el otro significado de 'alta': honorable, prestigiosa,

reverenda. La alta dama, la alta alcurnia, la alta gama. Y, sencilla y orgullosa, la alta pera.

Por eso no solo no talamos los perales sino que ya el año pasado plantamos alguno más. La pera es

totémica; junto con algunas especies de calabaza, es la que más se parece a las esculturas

prehistóricas. El arte llegó antes a la estilización que a la esfericidad, al gesto que a la perfección, a

la sugerencia que a la idea. Si del resto de las frutas encuentro la realidad en sus imperfecciones, y

en ellas su belleza, en la pera también veo un símbolo de naturaleza esbelta y al mismo tiempo

intensamente terrenal. Su gravedad es fecunda, sostenida por un cuello delicado, como si de la

Venus de Willendorf emergiera la de Milo.


Cuaderno de otoño 46

Dentro de las de su especie (las camuesas, los nísperos o los membrillos) es la que más ha cundido

en el acervo popular. La pera en dulce y en tabaque, el año de la pera, porque me sale de la pera, el

niño pera, poner las peras a cuarto, o pedírselas al olmo, o partirlas, por no hablar de usos más

descarnadamente sexuales, o, en fin, ser la pera o la repera, son expresiones que dan idea de la

productividad del fruto en materia de sugerencia, en símbolo reconocible, mientras sus hojas se

retuercen y encallecen en las alturas.

XXXVIII

Suena la urraca en el amanecer templado, como una gaviota de interior, como un albatros de secano.

Luego se le une el contrapunto de los gallos dispersos por el valle, y el piar de los jilgueros, con su

careta encarnada y las alas negras y amarillas, antes de que calienten la garganta y entonen sus

canciones. En la catalpa que hay justo frente al ventanal de la cocina tienen su sala de estar dos

tórtolas que llevan aquí amarinadas al menos un par de años. Las dos se posan en la rama y miran el

espectáculo de la vega, una de ellas reposa la cabeza en el alón de la otra, que de cuando en cuando

se gira y la desparasita. No sé cuál es la tórtola y cuál el tórtolo.

Y no es la única pareja. En las copas de los cipreses viven al menos dos parejas más que a veces

sorprendo bebiendo del cubo de los perros, y ellas vuelan con sordo aleteo y se vuelven a emboscar.

Incluso ha habido óbitos. Un día vi a una tórtola que no volaba. Estaba quieta y mantuda debajo de

un lilo. Intenté espantarla para que saliera del alcance de los mastines, pero apenas se movía, de

modo que la puse a resguardo detrás de las cancelas que conducen a la acequia. Poco más se puede

hacer. Sería vieja, habría picoteado del veneno de las ratas, se habría estampado en pleno vuelo

contra una rama del cerezo, aunque no creo. El caso es que decidí observarla e incluso le arrimé una

escudilla de alpiste para que picotease.


Cuaderno de otoño 47

A la tercera vez que subí a ver cómo se encontraba ya solo quedaban algunas plumas. Los mastines

llevan a raya a los gatos, pero los gatos son como los apaches: tú no los ves a ellos, pero ellos

siempre te ven a ti, y tienen esa facultad incomparable de saber exactamente a qué distancia y en

qué circunstancias empiezan a correr peligro; hasta entonces miran con atención y desprecio. No

dejaron ni el alpiste.

Estas son las aves habituales. A veces vienen cuervos negros como el charol, que se posan en el

barandal de la azotea y desde allí nos miran como estudiando el momento de atacarnos. Otras veces

vemos águilas volar en círculo sobre los chopos, sobre todo si en la granja del vecino matan un

cabrito y arrojan el mondongo al estercolero.

XXXIX

Desde la azotea sigo muy atento el proceso de autosuficiencia del granjero de más abajo. Frente a

los corrales, más allá del estercolero, hay una fanega de cultivo dividida en dos franjas

longitudinales. En la de la izquierda cultiva pipirigallo, y en la de la derecha calabazas. La alfalfa va

cortándola y dejándola secar antes de dársela a las cabras y a media docena de ovejas, de manera

que siempre hay al menos tres verdes diferentes: el claro y turgente de los nuevos brotes, el

cenizoso de los ya cortados y el más oscuro de la siguiente siega. En la otra franja, en primavera

reparte el estiércol con una excavadora, todo se anega de floripondios y hojas como platos, hasta

que se van secando y emergen las calabazas forrajeras, blancas y como jaspeadas de azul, las más

amarillas y las naranjas.

La producción va íntegra a los cerdos y las gallinas, a un burro que rebuzna por las noches y unos

pavos blancos que caminan sueltos como sandalios entre los rastrojos. Engordan por momentos,

pero aún les quedan dos meses de vida. Los cerdos se alimentan con las calabazas y las calabazas se
Cuaderno de otoño 48

alimentan con los cerdos, y este círculo tan sencillo que nos enseñaban con diagramas en la escuela

es un espectáculo de autoabastecimiento cuando lo miro desde arriba, lejos de la peste que despide

el muladar.

Ahora el diagrama escolar tiene más que ver con cómo confeccionar una calabaza de película para

hacer el tonto el día de Ánimas. Se diría que la pobre calabaza ha subido de rango: ya no es símbolo

de decepción, de poca cosa, de suspenso, de fracaso, sino que ha sobrevivido por su aspecto, y eso

que su sabor, asada, es insuperable. Como con todo, basamos el reencuentro en la sofisticación. La

calabaza ya no es el trozo de carne anaranjada que mi madre ponía encima de la caldera, como los

boniatos, a que se fuese asando, sino un plato vintage que nos hace parecer expertos sin prejuicios

en los placeres de la vida natural. La estética lo salva todo. Aún deben de andar por ahí un puñado

semillas de distintas calabazas, de peregrino, de cacahuete, unas con lágrimas de cirio, o con aire de

amuleto, qué se yo. El dueño de la finca, por si acaso, ya las ha recogido todas, no sea que entre

estetas y veganos se quede sin comer el burro.

XL

Crisantemo es palabra culta y levantada. Aquí la gente las llamaba flores de Todos los Santos, por

la misma razón por que a la euforbia la llaman flor de Pascua. Pero esos crisantemos blancos eran

grandes como dalias y estos nuestros no más que los tajetes. Deberíamos plantar todo un macizo,

dentro de la línea japonesa que tienen algunas especies del jardín. En este caso, germano-nipona,

porque las hojas del tallo del crisantemo recuerdan a las condecoraciones militares tanto o más que

las genuinas hojas de roble. Pero en el crisantemo esas hojas son más claras, más vulnerables,

aunque igual de austeras cuando, el resto del año, mantienen un discreto desaliño, siempre con
Cuaderno de otoño 49

alguna hoja lacia, siempre con algún tallo enredado, como de mata silvestre, pero serias e

inmutables hasta que hace una semana le aparecieron los primeros puntos morados.

Miro el tiesto a diario y da la sensación de que, al tiempo que más frágil que las margaritas, que

revientan como gaseosas, y son, todo hay que decirlo, demasiado simpáticas, el crisantemo crece

más seguro y recogido, como preparado para pasar frío, y su aglomeración de hojas nunca parece

excesiva ni desmelenada. Cuando éramos pequeños las flores que dibujábamos eran siempre

margaritas o camomilas, según el sentido de las proporciones, y si a uno le había despertado ya el

horror al vacío, agregábamos más pétalos entre los pétalos hasta formar una dalia flamígera. A los

crisantemos llegábamos con las reglas de dibujar mandalas, y ahí se descubría la exquisitez

geométrica de aquellos pétalos tan juntos, pequeños y abarquillados, de diferentes dimensiones

según el plano que ocupaban. Al desgalichamiento anodino de los tallos le seguía una flor vectorial,

con una perfección que animaba a pensar en que debía encerrar algún misterio. No sé por qué los

japoneses aman los crisantemos y tampoco me voy a levantar a mirarlo, pero lo que yo encuentro es

esa perfección de lo mínimo, la geometría sutil de las flores sobrias y resistentes. A mí me salían

más manzanillas que margaritas.

Por muchos cambios de tiempo y de hora que suframos, los crisantemos siempre están a punto el

día que tienen que estar, en este caso un tiesto de flores moradas que lleva dadas unas cuantas

vueltas antes de venir aquí. Junto a él, y como anticipo, se han abierto las margaritas. En menos que

canta un gallo ya estarán para llevarlas al cementerio.

XLI

Así como los chopos del río amarillean antes cuando son más viejos, en las nogueras sucede lo

contrario. Se deshojó por completo la más joven, y a la siguiente en edad no le quedan más que
Cuaderno de otoño 50

unos leves reflejos verdosos para seguir el mismo camino. La grande, en cambio, persiste con su

hojas de color verde vagón, como si estuviéramos a finales de septiembre.

Esta mediana todavía tiene el tronco abarcable con los dedos pulgar y corazón de ambas manos,

pero costó bastante traerla a pliego. Nació junto a una columnilla del cenador, de una nuez que se

emboscó entre los rosales. Pero le cupo la suerte de que allí mismo está uno de los cubos donde

beben los mastines, que cada tarde vacío en el alcorque para rellenarlos de agua limpia. Cuando se

espigó y pudo sacar la cabeza por encima de la maraña de las parras y las bignonias que cubren el

cenador, durante varios años tuvo hojas muy pequeñas. Las ramas eran demasiado enclenques,

como espectrales, más pequeñas incluso que las de la noguera menor, que tuvo sol desde el

principio y hojas de buen tamaño, y el tronco se mantenía recto porque lo sujetaban los travesaños

de la pérgola. Cuando soplaba el cierzo no se rompía contra el tubo de hierro porque las ramillas

estaban demasiado separadas, y aun así le salieron cicatrices en la corteza. Curiosamente, la de

abajo, la grande, que bebe en la acequia, no creció tumbada porque se fue apoyando contra los

alambres de la valla, que sin embargo, cuando se hizo robusta, le iban causando una herida

proporcional al crecimiento de cada año, en su tamaño y en su distancia con las anteriores, cada vez

más separadas y más profundas.

A esta otra, que se la llevaba el aire, le até un trapo a la altura de los tubos para amortiguar los

golpes, hasta que engordó un poco y la distancia con el hierro era más para apoyarse que para sufrir.

Cada año el tronco gris claro se zarandea menos cuando sopla el viento, y las hojas aguantan en la

rama unos días más. En esas tardes brillan con su amarillo líquido, todavía en la frontera entre el

verde y el ocre, entre el color refrescante y el aterido, entre el día y la noche.


Cuaderno de otoño 51

XLII

Han llegado las primeras nieblas. Esta mañana flotaba una densa bruma por encima de la vega.

Durante un par de horas el aire era húmedo y gris azulado, corrían los mastines hacia la verja de

entrada por el rumor de un paseante por el camino de arriba y los veía perderse en el manto

blanquecino y localizarlos después por las bocanadas de más densa niebla que exhalaban.

Luego, poco a poco, la niebla se ha ido disipando. Mañanicas de niebla, tardes de paseo. A las once

ya lucía un sol más bajo, menos agresivo, que a estas horas ilumina las obras completas de Tito

Livio en la pared del fondo de mi estudio. Durante todo el verano se han mantenido en una prudente

sombra, protegidas del ardor del sol por el alero. Ahora el sol empieza a entrar, y con él el otoño.

Las hojas de la yedra del Japón que trepa por la fachada solo amarillean por los bordes, y el verde

de la hoja es el más oscuro, recio, como acartonado. Hará unos cinco años que la planté y ya ha

anegado aproximadamente un tercio de la fachada sur y la mitad de la fachada oeste. En veinte

años, si no se seca antes, es previsible que cubra la casa entera. Con esta luz menos agresiva

empiezo a distinguir mejor sus nervaduras y el lento cambiar del verde al ocre y del ocre al rojo,

antes de que caigan tintadas en color vino, que no ha hecho más que empezar. Las parras vírgenes,

que llevan ya plantadas medio siglo, hace tiempo que se deshojaron, casi el mismo día que llegó el

otoño. Es posible que el día que se pongan rojas sin acabar el verano sea su último año de vida.

Las nieblas me llevan lejos. Me veía por la mañana, hace por lo menos cuarenta y cinco años,

caminando en pantalón corto hacia la escuela, igual que voy ahora como profesor maduro, pronto

ya, ojalá, con su chaquetón Barbour, su gorra Stetson y su pantalón de pana, entonces y ahora

surcando la niebla como si la realidad pudiera darme una sorpresa. Esas nieblas sí eran infantiles,

pero esta luz es siempre nueva. La luz hurtada a los alumnos en la escuela. ¡Mirar la luz! La luz de

las mañanas de la infancia es siempre el sol primero del verano, la promesa de la aventura. Del

otoño, lamentablemente, solo recordamos el atardecer.


Cuaderno de otoño 52

XLIII

Esta tarde, después de la siesta, me he sentado a leer un rato y he notado un poco de frío. El tiempo

es discontinuo pero todo ocurre de repente, un sábado a eso de las cinco de la tarde, después de

varios días de equivocarme por exceso con la ropa. Para que ocurra, para que el otoño se instale en

mí definitivamente, más que sentir frío (en ese aspecto soy bastante resistente), lo que sentí fue

ganas de encender la chimenea. Los lógicos dirán que qué más da. Pero no, no da lo mismo. El frío,

muy leve, era un elemento más de la decoración, insuficiente de por sí. Ha podido más el hecho de

sentarme a leer en vez de atender una de las múltiples tareas que tengo pendientes en el huerto y en

el jardín. No habría llegado si hoy me hubiera sentido más activo, lo que quiere decir que ha sido

una cierta melancolía la mensajera de la idea, no el frío. El frío ha hecho crecer la voluntad de

decorarla.

De modo que he seguido el protocolo: unos pocos sarmientos del año pasado, ya inflamables;

palitos de ramas muertas, taladas y amontonadas en el centro del jardín; unas piñas viejas que

salieron en una bolsa al correr los bultos de la bodega; palos medianos que crujen a la primera y se

astillan al partirlos: un buen montoncillo previo a los primeros tarugos finos de carrasca. El azar ha

querido regalarme un inconveniente, pues no había pastillas de parafina con las que encender, y ha

tenido que ser con una cerilla y una piña reseca, y las hilachas de corteza de sarmiento, y las astillas

finas del ciruelo que cortamos, un brotar del fuego que ha sido también el alivio de encontrar una

situación necesaria, al menos la más apropiada.

Mirar el fuego me tranquiliza porque justifica la inacción, el complejo movimiento de la nada, el

surgir de pequeñas lenguas cuando ya todo parecía consumido, el retorcerse de los palillos y el

iluminarse el cuarto a la caída de la tarde con el tono anaranjado de un refugio, el prender del tronco
Cuaderno de otoño 53

en llamas finas que pacientemente lamen los costados, hasta que abren una herida candente y yo

salgo a por más leña. Hoy me siento un poco menos sociable, pero también más parecido a mí

mismo.

XLIV

Nada sucede poco a poco. Siempre hay un violento desencadenarse de los hechos. Iba yo anotando

la evolución tranquila del otoño en las manchas de ocre que le salían a los chopos cuando un

ventarrón lo ha puesto todo patas arriba. Los arces se han quedado en su esqueleto, los álamos del

río están ya medio desnudos. Han aguantado las hojas todavía verdes de los árboles más grandes y

de aquellos más medianos que crecen en algún reser. Pero una sacudida de viento ha borrado el

orden pictórico de las cosas. Nadie pinta un cuadro del que solo se han caído las hojas de una rama

y que tiene el aspecto de algunos mamímeros con el pelo del invierno a medio caer, calvos a

rodales, con la pelambrera despeluchada, sin vida. Todo lo que se acerca a su final adquiere una

velocidad extraña, las noches de insomnio o de vela son más breves en sus últimos momentos, y no

porque veamos el final sino porque ya no podemos asimilar tantas señales de que ya no hay vuelta

atrás. El tiempo se nos escapa de las manos, una ráfaga de cierzo las desnuda.

«Eres más pesado que un día de aire», se dice por aquí, y esa pesadez consiste en su absoluta

discontinuidad. La ventolera y el remusgo se suceden sin orden ni concierto. Es, como dice Virgilio,

el penetrabile frigus de los vientos del norte, que silban o aúllan, que parecen rondar a lo lejos o se

estampan de pronto contra los cristales. No hay melodía en el viento. Una sola ráfaga puede hinchar

las velas, nunca uniformemente tersas, más bien al capricho de las bocanadas de viento contra el

inquieto lino. El viento nos desarma cualquier previsión musical, y eso es lo que lo hace pesado.

Durante años viví en un ático que estaba orientado a la sierra. Como las ventanas eran de hierro
Cuaderno de otoño 54

viejo, las cambiaron por otras modernas de aluminio y el resultado fue que cada vez que rugía el

aquilón se metía por algún nuevo intersticio y ululaba. Nunca encontré un compás de viento

repetido.

Cae la noche. Como sucede con la lluvia recia, emergen los sonidos del campo que sí tienen

cadencia, o una previsible irregularidad. No protagonizan el pensamiento pero lo acompañan, y se

quedaría más desorientado si reinara el silencio absoluto. Ladran los perros, crepitan los leños,

chilla un pájaro tardío, suena el motor del frigorífico, las páginas de un periódico. Todavía no es el

final.

XLV

Sigue el viento en la enramada, el cielo está despejado. El día nace incómodo, raboso, pero se

puede soportar. No llega al concepto de criminal, hace un día criminal, ni por el frío, que no pasa de

fresco y eso que todavía es muy temprano, ni por el viento, que gira sin ton ni son. A este tipo de

días mi madre los llamaba antipáticos, hace un día muy antipático. Fiel a su extraordinario sentido

del lenguaje, siempre era muy, nunca solo antipático, y no era una cuestión de grado sino de eufonía

y cromatismo. El viento estorba como un batallón de limpieza en un salón de baile. Y eso que aquí

estamos a resguardo del viento del norte, el cierzo terrorífico, y solo nos llegan los céfiros de

poniente que se concentran y soplan aguas abajo. Al sur tenemos la muela que nos protege de los

ábregos, y hacia levante, bien que más lejos, la sierra de Gúdar amansa los euros.

Arriba, en las llanuras de secano, el bóreas se ensaña con las capitanas, esos hierbajos de tallo duro,

que secos parecen de madera, muy ramificados, que se sueltan de la tierra con el vendaval y el

viento las hace rodar por los barbechos y las convierte en balones leñosos que rebotan contra las

piedras y saltan las vallas de los huertos. Es el principal peligro del otoño. Esos mancaperros,
Cuaderno de otoño 55

zombis vegetales, ruedan hasta quedarse atascados en la acequia, y con tres o cuatro que amontone

la corriente ya es suficiente para armar una presa infranqueable. El agua entonces rebosa y anega

los huertos y las construcciones, y si concentra su presión en alguna pared demasiado vieja, o en un

cuello demasiado estrecho, puede reventar un talud y desparramarse furiosa hasta la acequia de

abajo, que es más ancha y se la tragaría, o seguir por el campo de calabazas, inundar el camino y

morir en el río. Y del río ya sabemos a dónde se va.

Por eso estos céfiros pesados pero no peligrosos nos molestan con el barrunto de que muy cerca los

austros amenazan. Nos pasa lo mismo con las tormentas. Con lo agradable que resulta escucharlas

caer sobre las losas del patio y las hojas de los árboles, el temor de que puedan descontrolar las

aguas hace del placer una sospecha, como si cada vez que leemos tuviéramos miedo a quedarnos

ciegos.

XLVI

Todo ha cambiado en dos días. Hasta ayer podía ser consciente de la evolución, las novedades se

sucedían según la naturaleza de las especies: las que aguantan la clorofila más o menos tiempo, las

que se deshojan por viejas o por jóvenes, las que resisten mejor o peor las primeras bajadas de

temperatura. Ahora el parte de guerra duraría más que la situación. El otoño ha entrado en fase coral

irreversible. En términos teatrales, ha empezado la apoteosis, o al menos el viento la ha adelantado,

entera o una parte de ella, veremos.

De pronto me doy cuenta de que el odioso ailanto ha perdido el verde sin pasar por el amarillo, o

que asoma el complicado ocre de los membrillos, al que este año tengo que estar muy atento porque

busco color para una pared, o que en el muro que forman los árboles más grandes, el cerezo, el

nogal, el castaño y, detrás, el chopo centenario, con la catalpa por delante, en cada árbol han
Cuaderno de otoño 56

empezado a secarse las hojas a su manera, cuando en verano apenas se pueden distinguir leves

matices de verde bañados en luz.

Los días tienen también ese efecto de avenida, de arramblar con los detalles, arrastrarlos a todos

juntos de manera que no podamos detenernos en ninguno. El verde es aún mayoritario, bastante

uniforme. Los manzanos y buena parte de los cerezos conservan el tono más oscuro, estos ya

moteados de ocre. Los álamos temblones ya están todos amarillos, pero los chopos blancos

mantienen su color, y a pesar de su altura el viento no ha hecho en ellos ningún estrago. Pero los

castaños han entrado en ese marrón enrojecido, como si estuvieran ardiendo sin fuego. Hay uno que

solo puedo ver en esta época del año. Lo planté demasiado cerca del nogal y se lo ha comido, crece

por dentro de las otras ramas, es necesario acercarse mucho para ver por dónde asciende su fino

esqueleto, mucho más arriba que el castaño de al lado, aquel que se quemó, y que ahora, lleno de

hojas requemadas, parece una cerilla gigantesca. Esta mañana había unas manchas cobrizas entre el

verde amarillento de los frondosos árboles que lo acompañan, unas ramas negras con el reflejo de

los primeros rayos. Dentro de unos días, cuando todos hayan perdido todas las hojas, el castaño

volverá a ser invisible dentro de una maraña de ramas grises.

XLVIII

Al viejo albaricoque de la entrada le ha salido también una hermosa vertiente japonesa. Resulta que,

hace muchos años, dejamos crecer un chupón de álamo blanco a muy pocos metros de él. Conforme

crecía el chopo, yo iba enroscándole las ramas, que crecen casi paralelas al tronco, de modo que en

pocos años era un tallo de cinco metros de altura con trenzas invertidas. La curiosa conformación de

su ramaje le salvó la vida.


Cuaderno de otoño 57

Pero los chopos son malos vecinos, y al albaricoquero, que antes lucía una copa ancha y tendida,

se le secó la parte que daba al chopo, como si cada raíz se ocupara de una rama distinta. Lo más

probable es que el chopo lo esté secando entero y que la muerte, cualquiera sabe por qué, haya

empezado por ahí. El caso es que esa mitad de copa sigue viva, y en vez de parecer lo que es, un

árbol mutilado, en todo caso un santón con el brazo seco, ha adquirido un movimiento muy

melodioso, sobre todo ahora que las hojas tienen ese amarillo tan fresco.

En realidad es la última rama grande que le queda, que pasa sus últimos días con languidez y

resignación. La vida de este albaricoque no ha sido fácil. Una vez, cuando estaba joven y lustroso,

vino una excavadora a abrir la zanja para unos cimientos y en uno de los giros se llevó una rama por

delante, la arrancó del tronco, la corteza se rasgó y dejó al aire una herida profunda.

No solo sobrevivió el árbol sino que al año siguiente se llenó de unos albaricoques muy dulces.

Sin embargo, como si hubiera sido una reacción desesperada, ya no volvió a dar grandes cosechas.

Es como los otros árboles decanos, un anciano que cada primavera nos sorprende con que siga vivo,

y que nos está regalando unas imágenes más despojadas que nunca, en cierto modo más esenciales.

Cuando, un año de estos, se seque del todo, el álamo rampante de al lado, que ya tiene el tronco

ancho como un tambor, pasará a mejor vida, es decir, a ser un árbol trasmocho. Hasta ahora puede

que perjudicase al albaricoque pero al menos no le quitaba el sol. A partir de ahora las ramas

jóvenes crecerán más extendidas, y aún queda tiempo para que formen vigas con las reparar el techo

del cobertizo. Siempre hay un cobertizo que se hunde.

XLIX

De los dos tipos de parra virgen que crecen en el jardín, la quinquefolia ya perdió sus hojas a

principios de octubre, pero la tricuspidata está preciosa. El resol de la tarde funde los colores de las
Cuaderno de otoño 58

hojas con el de los ladrillos de la fachada, un ocre anaranjado, casi rojizo, encendido, que tiñe las

todavía muchas hojas verdes que le quedan a la parra. Hay, pues, un otoño de los días y otro,

reversible, de las horas, y el verde de por la mañana es ocre por la tarde, y al día siguiente amanece

un poco menos verde y atardece un poco más terroso.

Esta nuestra es salmantina, de una casa de labranza envuelta en parras y cubierta de glicinias. Su

dueño me cortó unos codos de parra pero me advirtió contra la glicinia: así como la vieja parra

nunca había dado otra cosa que fresco y alegría, la raíz de la glicinia salió por uno de los

dormitorios, debajo de la cama, y cuando quitaron las losas descubrieron unas raíces gordas como

anacondas que no habían levantado en vilo la casa entera porque no habían querido. Hubo que

talarla, y eso que ella sola cubría la pérgola del patio, e inyectarle después unos venenos. Cuando se

pudran las raíces, la casa se hundirá en la tierra.

De modo que pusimos las glicinias apartadas de los muros, pero la parra virgen sigue su conquista

de las fachadas. Como no la reconducimos, ni falta que hace, las ramas siempre tienden a subir,

llegan al tejado antes que al siguiente ventanal, y cuando han cubierto el alero, en vez de levantar

las tejas, las puntas se descuelgan y al perder contacto con la pared detienen su crecimiento.

Paralelamente, las ramas nuevas que le salen al tronco van buscando altura con un ángulo algo más

cerrado respecto al suelo, algunas casi horizontales, que cuando encuentran espacio por arriba

tuercen sus tallos y se enderezan como los brazos de un candelabro.

Salamanca es tierra de secano más allá de la vega del Tormes, y esta parra tampoco necesita riegos

muy frecuentes. En el norte crece a sus anchas la yedra, amiga de la sombra, pero en las zonas más

enjutas y soleadas se reseca enseguida. La parra virgen, en cambio, se orienta hacia el sur, y si

alguna vez los bordes de las hojas se requeman es obra del viento, no del sol.
Cuaderno de otoño 59

Si hubiera que asignar un árbol al jardín, por ser el más abundante o el que germina y se cría con

más facilidad, sin duda sería el cerezo. Hay tres bastante antiguos, medio siglo ya que los plantaron,

que superan los diez metros de altura. El tronco es bajo porque en su momento les dejaron tres

ramas para alcanzar a las cerezas, pero corría el dicho de que los cerezos no se podan, y los tres,

más un cuarto que se secó hace tres o cuatro años, se hicieron grandes y copudos. Cuando en junio

salen las cerezas, armados con escaleras no llegamos ni a la tercera parte de las ramas. Lo demás es

pasto de los pájaros.

No todos los años, claro, porque no es excepcional que hiele a principios de mayo, cuando están

reventando las flores, y les pase lo mismo que este año a los membrillos, que no den fruto. En todo

caso son los reyes del jardín. Plantados en el medio forman una primera y densa cortina de hojas

que fue continua mientras duró el cuarto cerezo. Recuerdo ver cómo languidecía, cómo aún salían,

en alguna rama dispersa, hojas más que suficientes para creerlo con vida. Un año no dio ninguna, y

el color de la corteza fue apagándose hasta un pardo ceniciento que contrastaba incluso en invierno

con el ocre rosáceo de sus compañeros. Hubo que talarlo. De las tres ramas grandes todavía hubo

madera para llevarla al tornero, a que sacara unas patas y un bastón, y del tronco salieron tres tablas

cortas que guardo para el tablero de una mesa. Tendrían que morirse los otros tres cerezos para que

saliera una farmhouse table en condiciones. Nunca nos sentamos en la madera de un solo árbol.

Abajo, orilla del río, entre choperas militares y maizales desvaídos, crece una pequeña plantación

de cerezos, no más de una hectárea, rectos como cadetes, y de troncos más altos que los cerezos de

recolección, lo que quiere decir que seguramente sea una especie borde que crece para ser mueble,

porque tampoco son guindos. Una de esas especies gallegas que tienen pelusa en vez de flor y se

podan para que nunca se bifurque y crezca más alto que los álamos.
Cuaderno de otoño 60

Estos nuestros son frutales dejados crecer, y así seguirá siendo incluso con el cerezo que salió muy

cerca de donde había muerto el otro y que ya se ha bifurcado por sí solo.

LI

Esta mañana he visto la primera rosada sobre los campos de calabaza. Los mastines, que son un

termómetro fiable, han pasado la noche a resguardo, más por el súbito descenso de temperaturas

que porque realmente tuviesen frío. Tenía que desmantelar unos cajones de cultivo porque el lunes

me traen una carga de tierra fértil para el huerto. No es que este terreno sea improductivo, al

contrario, pero drena en exceso, y sus componentes calcáreo y arcilloso enseguida lo apelmazan.

Aparte de una franja que siempre se cultivó y cuya tierra, expurgada de piedras, tiene un color más

orgánico y oscuro, en el resto, allá donde caves te sale la misma zahorra pedregosa. Antiguamente

todo esto era un barranco interrumpido por bancales más bien estrechos, y ampliar las terrazas tuvo

como contrapartida que las nuevas tablas surgiesen de un subsuelo árido. Las distintas obras iban

exterminando el verde y apisonando el suelo, y después de aquellos traumas triunfaron los hierbajos

más duros.

Año tras año voy reconquistando espacio, como un colono de su propio jardín. La parcela que

quiero limpiar antes del lunes ya ha dado varias cosechas aceptables, pero le quedan años de abono

antes de alcanzar el grado de feracidad que uno quisiera ver desde la ventana. Es un trabajo de

desmantelamiento de algo que costó bastante esfuerzo, porque los dos bancales de 10 x 1,5 metros

fueron cavados por mi mano, sesenta centímetros de fosa para que la tierra se esponjara y creciera

unos 20 centímetros por encima de su nivel anterior. Cada año la he cavado con un palanquín

después de echarle buen recado de abono para que recuperara su altura.


Cuaderno de otoño 61

Trabajar en el campo implica grandes esfuerzos para construir lo que dentro de poco tiempo será

destruido. Incluso los muros que creíamos eternos se corroen y pandean y tarde o temprano hay que

sustituirlos por cemento armado, cuya destrucción ya no es tan probable que contemplemos. Eché

unas cuantas horas de pico y pala, como el sepulturero de un héroe troyano, y me las arreglé para

traer los tablones de pino gallego y las varillas de hierro con que sujetarlos, el primer año parecía

una plantación profesional, todo reluciente y bien nivelado, la tierra negra de abono y sin piedras,

que aún yacen amontonadas cerca del manzano, bajo un lecho de madreselva que hoy también

habrá que desbrozar.

LII

Hierros, tubos, chapas, latas, mallas, piezas, todo desparramado al pie de un muro, como si esos

aproximadamente veinte metros de muro encarado al sol hubieran sido el sector metálico de un

vertedero. De cada obra que se hacía sobraba un hierro, que luego se empleaba para otra obra, o

quedaba siempre así, como una puerta metálica en muy buenas condiciones que perteneció a un

corral en tiempos y ahora ya no hay ningún marco donde quepa. Hay que guardarla, igual que los

pilotes de metal galvanizado de las señales de tráfico y los tubos largos oxidados que podrían valer

para refuerzo de la pérgola del cenador… Hay que ordenarlo y, sobre todo, esconderlo, ponerlo en

lugar poco visible, contra las vallas ya oxidadas de la linde sur, junto a la acequia del Cubo, en

cuyos cuellos llenos de hierbas los gatos preparan sus camas y desde el otro lado de la acequia mis

mastines les ladran como descosidos.

El sector metálico campestre es muy importante. El otro día, mientras segaba la hierba, fui a mover

el bidón de lata en el que suelo quemar las hojas muertas y me quedé con un cilindro oxidado y una

base pegada al suelo. El fuego había lamido tanto las junturas que ya estaban tan solo sobrepuestas.
Cuaderno de otoño 62

Lo llevé a un lado del muro, donde podría quedarse perfectamente otros veinte años según la inercia

de la economía laboral. Haremos un esfuerzo para llevarlo a la escombrera.

De hierro son las verjas y las vallas, los pilotes de los emparrados y las varillas con las que sujeto

en el huerto las tablas de los bancales. Las terrazas y las escaleras son una mezcla del negro

ferruginoso de los barandados y el rosa tierra de las losas de piedra rodena. Cada día chirría la

bisagra de metal de la tolva donde comen pienso los mastines, y trabajo en un tablero de madera

con clavos, sierras, martillos y destornilladores. Estamos rodeados de dureza. Sin embargo el hierro,

al contrario que el plástico, tiene una naturalidad más perceptible. El óxido de la puerta de metal

que conduce a la acequia con las primeras lluvias, el culo del bidón, más fino que el papel de fumar,

los mismos clavos que le echamos una vez a las hortensias para que fueran lamiendo el hierro. La

cadenas de los mastines también son de hierro. Ahí yacen, como armaduras de serpiente

abandonadas. Nunca las uso.

LIII

Las varas de arce que empleamos para rodrigar las judías y los tomates ya están amontonadas para

ser pasto de las llamas, unas en el bidón donde esta semana empezaré a quemar la broza y otras en

la chimenea, como avivadores de la primeras llamas frágiles de los sarmientos, de los que también

hemos llenado una espuerta en la leñera. Iba tirando al suelo los tutores y hacían un ruido hueco y

agudo, como si por dentro ya estuvieran secos. Les quitaba la maraña de tallos filamentosos y algún

grumo de tierra pegado a la base para contemplar el ocre que ha sustituido al gris verdoso de cuando

los cortamos. No los guardamos de un año para otro. Aparte de que se partirían con la primera

tormenta o a medida que se hiciesen gordos los tomates, forman parte del carácter transitorio de la

huerta, hasta el punto de que bastaría con estar pendiente del color y la textura de su corteza, algo
Cuaderno de otoño 63

más arrugada, como si por dentro la madera se hubiera sunsido, para saber el grado de madurez de

los frutos que sostiene.

En el caso de las judías estas varas son más lógicas, a fin de cuentas son enredaderas, aunque

nosotros usamos pocas, las suficientes para mantener otra vara horizontal a un metro setenta de

altura, aproximadamente. En vez de acribillar el suelo con las cañas, preferimos colgar hilos

blancos de cocina de la vara transversal, para que las judías tiernas se enrosquen en ellos. Una vez

que han alcanzado las barras horizontales, cortamos el hilo, y la sensación es que han ido creciendo

por sí mismas y arriba forman una gruesa viga vegetal, de la que penden, soleadas, las vainas de las

judías.

Los tomates son más raros, plantas incapaces de mantenerse erguidas cuando se llenan de fruto, a

las que hay que armar un exoesqueleto a base de palos que asoman casi un metro, tiesos como

velas, a los que vamos atando partes del tallo y de las ramas más desarrolladas. Asimismo atamos

los tutores entre ellos con una beta de esparto para que las ramas se apoyen como apoya uno los

brazos en el borde de la bañera.

Hoy, con la tijera, cortaré las varas en fragmentos de poco más de un palmo, los que acumulo en

forma de tipi en torno al montoncito de sarmientos, antes de colocar los primeros palos de carrasca.

LIV

Aparte de media docena de coles, que no sé qué tal les irá, tan solo hemos dejado en el huerto unas

pocas matas de hinojo que trasplantaremos cuando traigan la tierra nueva. La helada leve de estos

días atrás acabó de fundir las cuatro matas de pimientos y guindillas que quedaban, rojos, verdes y

amarillos, que por algo pimiento viene de pigmentum. Arrancamos los cadáveres de tomatera, una

mata de calabacín que aún tenía alguna flor tardía, algún puerro granado todavía tieso y, en fin, todo
Cuaderno de otoño 64

lo que se fue enredado con las varas. Pero el hinojo está estupendo y aguantará hasta el último

suspiro antes del transplante o de ser cortado en juliana para un asado de lubina con rodajas de

limón, casi lo único, por cierto, que recuerdo de Un caballero en Moscú, aparte de aquel método

revolucionario de quitar las etiquetas a todas las botellas de una bodega selecta para que quien

bebiera un Petrus se sientiera como si bebiese un Don Mendo. Pero no al revés.

Cuando llegamos aquí, el jardín era una pieza de 60 x 20, antigua tabla de cultivo, plagada de

hinojo silvestre. No es lo mismo. El silvestre es un tallo descolorido que huele a anís barato, pero

este otro hinojo culinario, aparte de que da un sabor muy fresco a las lentejas, es un tubérculo que

parece un nudo de atar andamios, cuyo tallo, similar al del apio, se ramifica en una pelambre fina

como la de las esparragueras e imposible de enfocar entera con la mirada, de modo que parece una

retícula difuminada, una transparencia verdosa. Aquel otro hinojo que nos mareaba con su perfume

mientras lo arrancábamos para cultivar patatas era más pálido y más espigado, y acababa en unas

flores que son como sombrillas diminutas de color verdiamarillo agrupadas en otra sombrilla

mayor.

Es posible que un antiguo propietario cultivara el hinojo silvestre para comercializarlo en

despensas y boticas, o que los utilizasen para dar de comer a las bestias, o para sazonar platos

sofisticados. O que las hinojosas fueran aquí muy abundantes (es apellido relativamente frecuente),

o incluso que hubiera vaqueras como las de Hinojosa del Duque, que aquí serían de Jarque. Quizá el

hinojo se dé bien aquí desde que mi antepasado mudéjar dejaba que los barbechos se llenaran para

destilar un protoanís medieval que, tal y como están las cosas, colaría como si fuese una tradición

de toda la vida.
Cuaderno de otoño 65

LV

Sangran las parras. Son las últimas horas de estar las hojas sujetas al sarmiento, antes de que

mañana, dicen, venga un temporal de viento y nieve, y aun así alguna resistirá unos días más. Pero

las hojas rojas de las parras (me refiero a las de uva, porque la parra virgen que sube por la fachada

sigue con su verde amarronado sin que los cambios bruscos precipiten la aparición del rojo ni

mucho menos la deshojen) son de aquellas que o bien plantamos no hace muchos años o bien

nacieron desmedradas, y a pesar de que sus sarmientos nunca se desarrollan, siguen estando vivas,

echan hojas algo más pequeñas y de un verde más claro, y en vez de tomarse con manchas de

bronce y acartonarse en un ocre oscuro que va aclarándose hasta que se cae, pasan al rojo igual que

las quinquefolias que fueron las primeras en desnudarse.

Ese rojo dramático es la variedad más descarnada de los tonos tierra, sin nada de azul, que ha

perdido el verde por completo y desde el principio, y así evoluciona al color burdeos (color sangre

cuajada) sin pasar por el ocre, que siempre necesita un resto de verdor. Será por la fragilidad de las

hojas, esa misma anemia que hace que los sarmientos parezcan patas de saltamontes.

Intuyo que la fascinación del azul hace que los colores sean más lujosos. A medida que le añado

azul al rojo cadmio, entro en el color violáceo de las venas y el tono es más purpúreo, solemne y

misterioso, pero no más profundo. En el jardín hay pocos azules, apenas algunas cortezas, las varas

cianóticas de los arces, los reflejos de violeta en los cerezos, el gris de las cortezas de los chopos

viejos. Aparte de eso, se concentra en las flores, en las rosas, en las glicinias, en los crisantemos,

flores de sangre azul y esencia decorativa, pero también en los cardos y las lavandas. Y en muchos

otros sitios, en todos ellos para teñir las flores. En invierno regresa el azul con el hielo y las ramas

desnudas, pero hasta entonces qué hermosos son estos últimos rojos ensangrentados, antes de que el

vino fermente y le salgan los taninos azulencos.


Cuaderno de otoño 66

Suntuosidad y vigor, prestigio y sazón son adjetivos que se oponen como el cielo y la tierra. El

trabajo es rojo y productivo, el poder es soberbio y azul.

LVI

Tenía que pasar una manguera por el túnel del tajadero, una pendiente de unos ocho metros de

caída, y aunque cabe la posibilidad de cegarlo y llevar el agua con una tubería, lo cierto es que esa

construcción tan primitiva lleva aquí, por las catas que hemos hecho cada vez que se descascarilla,

lo menos ochenta años, motivo suficiente para conservarlo, y a eso me he dedicado un buen rato, a

meter una sirga atada a la boca de la manguera por la entrada del túnel, e ir avanzando muy poco a

poco (tumbado, con el brazo entero metido en un sitio húmedo y oscuro, a expensas de que una rata

se merendase mis huellas dactilares) hasta que ha sido inevitable reconocer que en algún punto del

túnel había habido un desprendimiento y estaba embozado. Su construcción consistió en abrir una

zanja escalonada, forrarla de obra y cubrirla con un palmo de tierra donde el humus de millones de

hojas secas creció y abasteció a la maleza durande décadas. Las paredes llevan ladrillos macizos

antiguos, cocidos como mínimo en los años 50, verdes de muchos mohos, pero el techo, por lo que

se vislumbra en las dos salidas que tiene antes de llegar abajo, son planchas de cemento con poco

cemento y mucha gravilla de río que se deshacen al menor roce. Alguien que pasase por encima

emitiría suficientes vibraciones para hundirlas. Hasta hace un par de años todavía levantaba la

plancha de hierro del tajadero y bajaba el agua sin problemas hasta las lechugas, pero el agua no es

una sirga atada a una manguera, el agua se lleva por delante los escombros y genera nuevos

desprendimientos. Si se pudiese atar la sirga al agua…

Así que nada: como sucede cada vez que encuentran un paño de muralla árabe en el entorno de una

iglesia, la mejor manera de conservarlo es taparlo, negarlo, dejarlo, en todo caso, para guarida de
Cuaderno de otoño 67

roedores. Queda una última posibilidad, digamos, intervencionista. Se trataría de reabrir la zanja

(que pasa por debajo del taller y de sus cimientos) y volverla a tapar después con bardos de barro

cocido y un cemento más resistente, y cubrirla de tierra y dejar que caigan las hojas por encima. De

todas formas, me conformaría con instalar una cámara en la sirga para ver cómo ha sido ese lugar

todo este tiempo. Ver lo que nadie ha visto.

LVII

Me he pasado la mañana recogiendo, transportando y apilando lascas de rodeno para empedrar el

caminillo que atraviesa los frutales. Son piedras terrosas, al sol es difícil distinguirlas de la arena,

pero cuando les cae el agua sacan unos colores muy sofisticados, del rosa pálido al óxido de hierro

pasando por todas las variedades pétreas del rojo: el indio, el ladrillo, el granate e incluso el rojo

sangría. Sería tentador asimilarlo al ródon griego pero procede de ravidus, que es un color pariente

del gris, ya tire al amarillo o al rojo. Y la verdad es que decir que las piedras tienen distintos tonos

de rojo grisáceo no es andarse muy descaminado.

Las losas eran demasiado grandes y pesadas, pero había que andarse con cuidado porque además

eran muy frágiles. En realidad son polvo, arena compactada con cuarzos y feldespatos que llenan la

piedra de motas escintilantes. «El polvo es siempre el mismo polvo», nos recuerda un poema de

Juan José Cruz. Y su evolución natural es descompactarse y ser otra vez arena de reloj. De hecho,

las losas de las escaleras se redondean, las huellas forman surcos en los caminillos, bien es verdad

que después de mucho pisarlas. Me gusta esa condición orgánica, su parentesco con la tierra. En la

sierra de Albarracín se ve de cuando en cuando una paridera en ruinas, levantada con mampostas de

rodeno y lentamente derretida por la lluvia y el viento. A la gente suelen darles pena, una estampa

más de la despoblación, de los oficios de antes, etc., o bien alegría si pueden comportarse como
Cuaderno de otoño 68

agentes de erosión y llevarse las piedras a su casa. A mí, más que abandono, me inspiran la victoria

implacable de los elementos. Los palacios duran tan solo unos siglos más que esas cabañas. Se

confunden con el barro, se los traga la tierra.

Entretanto, las losas afilan las navajas pero también rascan las manos. Si son muy grandes elijo un

punto del que puedan partir las grietas, y con un golpe nada fuerte se abren y los bordes se

descascarillan. Al ponerlas luego en el suelo, el azar va formando la armonía de lo irregular:

primero, a los lados, las que tienen alguna arista recta, y en el centro las que quepan sin separarse

entre ellas más de dos o tres centímetros ni seguir otro patrón que el de no parecer ordenadas.

LVIII

Por la mañana, los cubos de agua donde beben los mastines llevan una capa de un dedo de hielo.

Las agujas de cristal estrellado están también en el charco que han formado las roderas del camión

cuando vino a traerme la tierra del huerto, y en las rugosidades de las juntas de las losas y en la boca

del canalón. Otros cubos están a resguardo, los perros han podido beber durante la noche, pero no

quiero que se quemen la lengua con el hielo y lo saco como si fuera la tapa de un bote de pintura,

haciendo palanca con una estaca. El agua se estremece en ondas de apretada transparencia, más

densa pero también más limpia. Cuando entro al taller, siento que los dedos se me pegan a la llave

inglesa que había venido a buscar. Es posible que el frío cuaje el aire de modo que los objetos

parezcan ateridos.

Es cielo está cubierto, la luz será la misma en cualquier hora del día. Paso revista a los efectos del

hielo. Puse a resguardo unas clavellinas que trajimos de Valencia y nunca se habían visto sometidas

a estas temperaturas. Aparentemente han aguantado bien, están algo tiesas pero los tallos no se han

puesto más oscuros. Un último brote de la parra que cubre la casa cuelga con sus zarcillos
Cuaderno de otoño 69

quebradizos, las hojas detenidas en un rojo vinoso y sus nervaduras verdes cubiertas de escarcha.

Puede que se caigan antes de llegar al ocre. Están algo encogidas, como abarquilladas, y junto a

ellas los tallos ya leñosos, descoloridos, se confunden con el color arena clara del revoco de los

muros.

Pican los nudillos de las manos, pero antes de sacar los guantes y ponerme en funcionamiento me

quedo quieto unos segundos para sentir cómo el frío me envuelve y si me descuido me rompe los

capilares de los pómulos igual que parecían romperse los nervios de la parra. Respiro y el vaho se

confunde con el de los mastines cuando los abrazo. Hundo los dedos en su pelo ya más espeso, les

acaricio la piel caliente de la cara. No aguantaré, como ellos, mucho más tiempo. Por primera vez

está justificado no salir al jardín y postergar cualquier faena, y gozar del frío a rachas, mientras

salgo a por leña y me dejo arañar por los filos helados de la escarcha que blanquean las hojas de los

membrillos.

LIX

El viento no pudo con las hojas de los álamos, pero el hielo las ha tirado al suelo, y muchas del

plátano y de los cerezos. El suelo del jardín está alfombrado de verdes que no cubrirán el tránsito

habitual por el amarillo hasta el ocre. Las que han aguantado en el árbol no durarán muchos días.

Esta mañana estaban lacias, murciélagos verdes y sin vida, sobre todo las de los cerezos, que a lo

largo del día han ido cayendo a plomo, por el peso del hielo y de la savia que conservaban, nada de

hojas que planean en vaivenes dulces hasta el prado. Han caído como si fueran los frutos.

Todo tiene su interés. Esperábamos el hielo por lo menos dos o tres semanas más adelante, cuando

las hojas hubieran perdido el verdor en el árbol, a su ritmo, y habrían ido cayendo cuando ya

estuvieran secas y quebradizas y una brisa despegara los peciolos de la rama. Así han caído todas de
Cuaderno de otoño 70

golpe, salvo las del plátano, que no ha perdido demasiadas, menos mal, porque es enorme y cuando

suelta las hojas todo queda cubierto de sus trozos de pergamino con aspecto de hojuelas de anís. Así

tenemos unos días para ver esta extraña primavera, como un campo de batalla lleno de cadáveres

recién abatidos que todavía no han perdido el color del semblante siquiera, con el gesto de estar

vivos. Me gusta esa belleza trágica de lo que está recién caído, con toda la vida en sus venas, por

última vez. Claro que el mismo hielo que las desprendió es posible que conserve unas horas más ese

verde tan fresco al sol del mediodía. Es como una nevada de hojas que habrán de derretirse y

convertirse en barro negro cuando suban un poco las temperaturas, y que entretanto conviene pisar

con cuidado porque todavía están lo suficientemente enteras para que el hielo las haga resbaladizas.

Luego todo será un túmulo de finas hojas marrones que se deshacen al pisarlas.

Esta segunda embestida del otoño, en este caso un invierno prematuro, ha deshecho cualquier plan

de armonía en la decadencia. Ha sido, más bien, un gran derrumbamiento. Las tardes tranquilas de

sol cobrizo resbalarán sobre las ramas desnudas, nos privarán de los colores cambiantes y nos

dejarán con un falso Seurat de tonos optimistas, haces intactos y enveses glaucos, y alguna mancha

dispersa un poco más oscura.

LX

Menos uniformes que las hojas de los álamos son las de los cerezos que han caído víctimas del

hielo, porque en el árbol ya estaban todas las tonalidades (si es que se puede decir todas de un

sistema de combinaciones infinitas), y además no han caído planas porque los brotes de hierba

estaban tiesos, también por el hielo, de modo que se ven las hojas acolchadas en desorden sobre la

hierba fina y recta, confundiéndose con el suelo poco después de caer. De hecho nunca hay que

barrer las hojas de los cerezos: las oculta la hierba y de un año para otro ya se han hecho mantillo;
Cuaderno de otoño 71

al contrario que las de los chopos y los plataneros, que persisten ostentosas y marrones hasta que

alguien las quita.

El cerezo es amable hasta para eso. Ahí quedan las hojas, en posturas lánguidas, frágiles, con el

tono exacto entre el verde oscuro y el color caldero, pasando por toda la gama de verdes claros,

glaucos blanquecinos, algunos incluso algo azulados, amarillo de azufre, alimonado, cadmios puros,

muy intensos, en una culminación de amarillo que luego desciende hacia una sombra de azufre

anaranjado, unas motas de ocre, que en otras es todo siena, y oscurecerse hasta encontrar esos

reflejos morados del último color marrón. Quedan sus nervios cada vez más claros, limpios,

paralelos, como esas vigas de barco nórdico que Moneo puso en los techos del Prado, que aquí

asoman como ternillas, como si la hoja, al tiempo que pierde el color, fuera ganando en

transparencia. Hay algunos enveses todavía verdes, de un verde muy pálido, aturquesado, más claro

conforme se acerca la hoja a un nervio blanco, con motas de violeta que nacen en los ángulos que

forman el nervio principal y los secundarios. Entre nervio y nervio queda una pincelada de verde

que aún conserva el amarillo, muy Gaya, pero el resto ya está penetrado de azul.

No todas han caído, desde luego, aunque las que quedan en el árbol dan sensación de fragilidad

extrema, y tengo que decir que no hay tanta variedad de tonos en el árbol como en el suelo. Han

caído verdes intensos y se han mantenido ocres casi marrones, pero en el árbol queda un amarillo

cuyo verde no ha de seguir evolucionando al ocre ni al rojo sino directamente al tierra. El hielo ha

congelado el movimiento del color. Le ha disparado una foto.

LXI

Esperaba este momento del otoño para elegir el tono con el que quiero pintar las columnas del

cenador. Durante mucho tiempo han estado pintadas de azul, un azul ultramar muy luminoso que
Cuaderno de otoño 72

llamaba la atención desde el camino. Hasta ese azul, aplicado con látex transparente, llegué

buscando un toque de distinción tradicional. Es el único que pega con las fachadas terrosas de las

casas de los pueblos, el que usan los albañiles para marcar las líneas, el azul de los zaguanes y de

los polvos para blanquear la ropa, de los tejados de las cúpulas de las ermitas, del mono de ir al tajo.

Me gustaba que sobresalieran esos tallos azules entre las paredes de ladrillo.

Pero este año la contemplación del otoño ha añadido a ese azul otros significados menos alegres.

Es un azul mediterráneo porque es un reflejo del mar, y fuera de la costa es un color civilizado,

doméstico, de azulejo levantino, de recuerdo de otra cosa. Ello me llevó a pensar que debía ceñirme

a la gama de colores que estoy viendo cada día en la tierra, las plantas y los árboles, pero no escoger

un tono solo por su belleza sino por que fuera compatible con cualquier estación del año. El

amarillo es verano y otoño, pero no del todo invierno y primavera. Los únicos colores que

permanecen son los verdes perennes, los tonos tierra y los grises de las cortezas.

Aquí la tierra es rojiza. En las primeras capas sale un gris calcáreo, pero pronto llegas al siena

tostado que anuncia la arcilla. El verde es lo que se ha hecho siempre, verde acebo, verde serio, y el

revoco de los muros ya está tintado de un amarillo pálido. Más me interesan los troncos de los

árboles. Aquí la variedad abarca del gris claro, casi blanco de los chopos, o el un poco menos claro

de los nogales jóvenes, al pardo de los troncos de los manzanos viejos pasando por el más granate

de los plantones y el marrón morado en los cerezos, que con un poco más de amarillo da un

hermoso carmelita, canela casi, parecido al tierra de Siena. Los carmelitas lo llaman castaño, como

los toreros, y reúne el ideal morado de los taninos con el amarillo de la luz. Y además es el color de

la tierra nueva del huerto. A lo mejor es tierra santa.


Cuaderno de otoño 73

LXII

De este año no pasa. He descubierto una combinación de venenos para matar las raíces de los

ailantos. En el extremo suroeste del jardín se ha formado un bosquecillo de esos hierbajos leñosos

de hasta diez metros de altura que en mala hora se me ocurrió plantar. Pagué la prisa y la soberbia.

Hay un personaje de Evelyn Waugh, no recuerdo en qué novela, que regresa a un hogar y cuando ve

el añoso roble de la entrada recuerda cuando era niño y lo plantó con su padre, pero también cobra

conciencia de que su vida había dado todo lo que tenía que dar.

Mi pecado consistió en buscar la sombra rápida. Planté unos castaños de Indias y el hombre que me

los regaló me dio cuatro ejemplares de otra clase de castaño que crecía como la espuma. Eran

ailantos. Dos ya los talé hace años y casi es una costumbre pasear alrededor de los tocones y

arrancar brotes nuevos del árbol pestífero. Solo tiene dos ventajas, que da mucha sombra en verano

y que en invierno no quita el sol. El resto son inconvenientes: más que colonizar, avasalla, altera la

tierra en la que crecen las demás especies, se propaga de todas las formas posibles y tiene un olor

fétido, como a cochinilla rancia.

Solo quedan dos, el padre del bosquecillo, más bien la madre, cuajada de semillas que el aire y el

agua van extendiendo a velocidad de plaga, y otro que talé hace meses pero le queda la inyección

letal. Quería que fuesen añosos en cuatro días. Quería un falso vestigio, un rincón de sombra rápida

y barata. Incluso, entre las justificaciones de quien ha decidido saltarse la lógica, me decía que era

sombra humilde, de terraplén, de carretera, de solar vacío, un árbol oriental, elegante, ailantus

altissima, que no necesita que nadie lo cuide y sobrevive en los sitios que nadie quiere.

Según mis cálculos, todavía estoy a tiempo, si los compro talludos, de ver unos cuantos nogales

más, que es el árbol que aquí se cría, orilla del río y las acequias, como los dos que con mucha

aplicación y desde hace más de diez años cuido para que su sombra densa mitigue las tardes de
Cuaderno de otoño 74

agosto en los veranos de la vejez extrema, cuando alguien empuje una silla de ruedas y me deje

aparcado debajo del árbol que planté.

LXIII

Los arboles que más tiempo aguantan el color verde de las hojas son los frutales de pepita,

manzanos, perales y membrillos, al margen del sauce, que quizá resista porque está muy

resguardado. En los demás, la calma ha dejado un tapiz de troncos delgados con un penacho glabro,

ocre y sin brillo. Y el suelo lleno de hojas. También el gran plátano ha perdido buena parte de sus

pergaminos. Ayer estuve amontonándolos a la espera de que los queme, un poco más adelante,

cuando se pasen del todo estos días de viento y lluvia. Los más afortunados son los mastines, cuyos

escondrijos tienen ahora una manta de hojas, campos de pluma para sus batallas de amor.

Las hojas de los álamos que arrancó verdes el hielo no han durado tersas ni dos días. Ya están lacias

y amarronadas, y las idas y venidas de los perros las están empezando a quebrar. Si no las barro

pronto, recogeré polvo de hoja, que mezclado con tierra y un poco de estiércol de caballo, bien

pensado, hará un buen mantillo. En realidad las únicas hojas no reciclables son las del platanero,

que más que hojas echa escombros. Hubo dos más en tiempos, que se habrían hecho igual de

grandes pero estorbaban los cimientos de la casa. Enfrente planté otros tres, pensando más en el

retiro de Tucídides en Tracia, que escribía debajo de un plátano en Skapte Hyle, que en su

extraordinaria feracidad. No prosperó ninguno de los tres (tampoco escribí sobre ninguna guerra), y

casi me alegro, porque si uno solo cubre todo de hojas grandes y abolladas que no sirven más que

para pisarlas dándoles patadas, con cuatro plataneros esto habría sido la guerra del Peloponeso con

toda su sintaxis subordinante.


Cuaderno de otoño 75

El que quedó, que también es el primero que plantó mi padre, casi es tan alto como los del Paseo

del Prado, aquellos gigantes dieciochescos a los que se encadenó Tita Cervera porque un alcalde sin

escrúpulos se los quería cargar. Sus largos brazos protegen el lado este de la casa. A veces, cuando

estoy en el estudio, oigo caer los frutos sobre el tejado, esferas erizadas que golpean la teja y ruedan

con sordo redoble hasta que se esfuman. Hace un par de años lo limpiamos de ramas secundarias, y

ahora se eleva como una mano gigante cuyos dedos sostuvieran en lo alto una esfera de cristal.

LXIV

Unos primos míos me han traído un remolque de estiércol y me han ayudado a vaciarlo, aunque

ahora, poco a poco, lo tengo que llevar hasta el huerto con el carretillo. Un día de estos me tengo

que tomar en serio lo de hacerme con un tractorino. De momento todo es manual.

Un día, hablando con ellos de mis aficiones hortícolas, me dijeron que el cuñado de uno tiene

cuadra de caballos y deja el estiércol un año, que se oree y descomponga y se pudra el pajuz con

que viene revuelto, y de ese modo saca un ciemo extraordinario. Aquí no se dice fiemo. Se usa una

mezcla de cieno y fiemo, bastante más ajustada al montón de mierda que tengo en la entrada.

Enseguida lo hemos tapado con plásticos y tablas, no sea que los mastines vayan a husmear.

Del estiércol de caballo se cuentan maravillas. Que esponja la tierra, que mata las bacterias nocivas

y que no cría yerbas. Esto último me voy a atrever a ponerlo en duda. Las yerbas crecen en las

piedras, debajo del cemento y por las grietas de los muros, y si estás decidido a no usar herbicida y

encima echas un abono excelente, más vale que incorpores la costumbre de arrancarlas. Pero sí

dicen que no genera tantos yerbajos como el estiércol de oveja, lo que aquí llaman sierle, porque las

ovejas no digieren las semillas y las vuelven a expulsar envueltas en un cálido supositorio.
Cuaderno de otoño 76

Otros dicen que es un estiércol muy pobre en nitrógeno, que incluso habría que suplementarlo. Yo

creo que con el tute que me he dado de transportarlo, y eso que no pesa, ya no necesita suplemento

de ninguna clase. Mañana empezaré a extenderlo y a voltearlo con el palanquín. No es

desagradable. Ha estado al aire tiempo suficiente para que se le haya ido el olor fétido. Yo diría que

hasta huele bien. Mejor, por supuesto, que los repugnantes purines de la granja de cerdos, pero

también que otros abonos ácidos, también muy nitrogenados, como la gallinaza o el palomino, que

además queman la tierra, por no hablar de las bostas de vacuno, que amenazan con quemar el cielo

con sus metanos inflamables. El de conejo también está muy bien considerado.

LXV

Un viento arrasador ha deshojado la noguera grande y los pocos chopos que aún bailaban sus

hojillas en lo alto, ha barrido las nubes que estuvieron descargando por la noche y ahora queda un

cielo limpio, de brillos metálicos, y un sol que deslumbra y acaricia. De las catalpas, por supuesto,

no quedan más que sus esqueletos, pero los membrillos siguen como a principios de octubre, verdes

y sin frutos. Igual que a los mastines se les va cayendo a rodales el pelo del invierno y hay unas

semanas a final de primavera que parecen tiñosos, el jardín es otoñal por partes e invernizo a corros,

en transición desabrida. No hay armonía en la decadencia: junto al nogal pelado, un viejo chopo con

cicatrices de incendio mantiene bastantes hojas, y delante, sorprendentemente, el viento aún no ha

podido con algunas hojas todavía verdes de los cerezos, y por supuesto los árboles de pepita siguen

a su aire. Ese paisaje asimétrico, lleno de vacíos, ondulante, también tiene su punto japonés. Ya

escribimos una vez sobre el valor del ma, el espacio vacío que necesita cualquier composición y que

«sirve para dar sentido a todo lo que está ocupado y a todo lo que sucede». No hay movimiento sin

ese vacío, y el desconcierto o la incomodidad de un paisaje tan despeluchado como el de hoy en


Cuaderno de otoño 77

realidad proviene de esa sensación de cambio, de situación a medio hacer que puede quedarse

empantanada. Y no es extraño, por eso, que el viento desequilibre a veces a quienes lo padecen, los

que viven en estepas llenas de molinos, en cabos con vientos encontrados… El cierzo convierte la

vida en algo tan imprevisible como tedioso en lo que solo importa llegar otra vez a alguna situación

estable, la que sea. Nos volvemos de espaldas a nuestro camino hasta que el viento deje de volar

sombreros y darles la vuelta a los paraguas, nos refugiamos en nosotros mismos con posturas

forzadas hasta que nuestra voz vuelva a ser audible. Tratamos de obviarlo, pero permanece como

una matraca que no se atuviese a ningún reloj.

A las seis y media ya oscurece. Llega la calma. Al viento de ráfagas violentas le sucede el rumor de

la noche, también de invierno, en el que se mezclan los ladridos algo lejanos de los mastines con el

crepitar de los tarugos en la chimenea.

LXVI

No todo es desolación y viento a estas alturas del otoño. El día salió calmo y nublado. Quizá por eso

no ha helado esta noche, por el aislante de las nubes. Tras la floración de los crisantemos y las

margaritas, que ya están chuchurrías, las pilaricas han perdido los diminutos pétalos de color de

rosa y las hojas lucen un hermoso encarnado, algo parecido a lo que pasa con las abelias

grandifloras, cuyas hojas enrojecen al perder las florecillas blancas. Pero no es el rojo de las parras.

Está más cerca del invierno, son más parientes del rosa que del almagre, tienen menos tierra y más

azul.

Las pilaricas, en afortunada coincidencia, también se llaman sedo del Japón, lo que abona la idea

de que nuestro jardín goza de un ajaponesamiento natural, propio de estas tierras llenas de Pilares.

Pero lo cierto es que con los sedos, con varias de los cientos de clases que hay de sedos, tenemos
Cuaderno de otoño 78

que tener cierto cuidado. Podemos dejarlos crecer en la azotea, a que se achicharren al sol, que no

hace más que sacarles brillo, pero cuando el aire se congela es muy fácil que amanezcan negras. Las

hojas carnosas están llenas de agua, al hielo no le cuesta mucho atravesar la piel verde azulada. Las

plantas suculentas tienen fama de resistentes, pero tenemos hortensias que soportan mejor que ellas

el frío, de manera que se han convertido en ornamento de la galería. Crecen colgadas de las

esquinas del invernadero, o encima de una mesa alta, desde donde dejan caer sus cortinas de

abalorios hasta la piedra del suelo.

Este año las pilaricas estaban en el porche cuando una noche se desplomó el termómetro hasta los

cuatro grados bajo cero. Estaban en flor. Al día siguiente se habían arrugado los pétalos del

ramillete y habían perdido la coloración, pero los estambres tenían un rojo encendido y las hojas un

rosa más brillante, como de piel aterida, no lívida, sana piel a la que le salen los colores con el frío.

Además parecen pintadas al fresco, con corros más claros y más oscuros, más rosáceos o más

amarantos, ninguno que haga temer por su vida. Siempre he identificado las plantas crasas con

terrazas al sol mediterráneo, en pisos antiguos donde una anciana asoma su mano sarmentosa,

agarrada al mango de una regadera. Son plantas amigas del invierno. Cuando era joven todas me

parecían cactus.

LXVII

Unos albañiles han venido a colocar una viga de madera de cinco metros de larga para sacar un

porche en la entrada. Subir la viga por los frágiles andamios ha sido un espectáculo de fuerza y

maña, lo primero porque cada movimiento necesitaba la coodinación de la voz, igual que el patrón

de una trainera marca los esfuerzos de los palistas con voces medidas o el jefe de costaleros anima a

la tropa con un grito rampante, aaahoora, y la viga era movida durante la o larga, un palmo nada
Cuaderno de otoño 79

más, y vuelta a reponer el tono; y lo segundo porque los movimientos eran económicos, medidos,

del suelo a la cruceta inferior del andamiaje, y de allí a la superior, y de allí a la chapa, y un último

arranque más largo y sostenido, de músculos tensos y caras coloradas, hasta que un extremo de la

viga descansó en lo alto de un pilar de ladrillo, y el otro, en un esfuerzo parecido, sobre la corona de

un muro.

Una vez asentada con cemento, hemos descansado para echar una cerveza. Al coger la lata he

notado que me temblaban las manos. Los albañiles, más acostumbrados a estos trances, comparaban

pesos y medidas con otras vigas que hubo que subir a pulso en su momento. «Aquella sí que

pesaba, sí». Si con esta me temblaban las manos, con el tronco de nogal del que me hablaban no las

habría ni sentido. Ese mismo tronco, ese mismo peso, según comentaban, es lo que los costaleros

llevan entre una docena de hombres. «No me extraña que bailen y todo», ha dicho uno.

Cuando se han marchado, me he puesto a pintar la viga con nogalina. Los albañiles no dejaron

espacio entre la viga y las tejas (el que dejan entre sí las viguetas transversales), «porque te anidarán

los pájaros». Desde mi más profunda ingenuidad de rapazuelo lector de poesía pregunté qué tenía

eso de malo. El albañil no se anduvo con rodeos: «Que te la llenarán de mierda», dijo.

Siempre han anidado los pájaros en el tejado, y no es raro encontrarse un Jackson Pollock en la

escalera, que se quita con una espátula y santas pascuas. Pero también es cierto que nos hemos

acostumbrado a no sentarnos debajo de los cerezos grandes para que no nos caiga un gorbachof en

la cabeza. En el campo hay que convivir con su naturaleza orgánica.

LXVIII

El parte dice que nos invaden las borrascas, pero aquí ya ha llegado la calma. El cielo está claro, de

un añil profundo, surcado por cirros que navegan como por un remanso y no ocultan el sol. Es como
Cuaderno de otoño 80

un paisaje después de la batalla. A los chopos no les queda más que motas dispersas de amarillo en

las últimas ramas de arriba. La vega se ha llenado de líneas. Los álamos del río forman un muro de

ramas grises. Tan solo en alguna curva del río encontraron resguardo suficiente para no deshojarse

del todo. Un tibio sol los aleja y engrandece.

Cualquiera diría que es un sol de invierno si no fuera porque a ras de suelo el verdor de los frutales

ha resistido el vendaval. Es ahora cuando veo que los membrillos empiezan a clarear un poco. Otros

años no hemos tenido frío prematuro ni los azotes del viento, y a estas alturas, con un día tan

inmóvil y agradable como este, detrás de los manzanos y los membrillos había una pared de hojas

doradas.

Cuando pienso en el otoño, en un lugar tan frío, siempre me viene la imagen de un día como este:

calma y sol durante el día, hasta que oscurece y caen las temperaturas. Pero estas eran las tardes de

estar charlando los mayores junto a los cristales, el sol sobre el tapete de gancho de una mesa

camilla. En el fondo de la memoria está ese recuerdo de un balcón desde el que se veía el río y la

estación de tren, y el sol amarillo iluminaba un suelo de losas de barro.¿A casa de quién fui

agarrado de la mano de mi madre? ¿O era la casa donde vivía la familia de mi padre? ¿Qué anciana

era aquella que sacaba unas pastas y el sol reverberaba en los granos de azúcar, y entre los rostros

que hablaban una voluta de humo fragante ascendía perezosa desde los tazones? Estábamos cerca

del fin de año. El jersey gordo de lana picaba con aquel solecillo anestesiante, el olor de la acetona

me debía de colocar un poco mientras mi madre ayudaba a quitar el esmalte rojo, y en un tono

pariente del susurro seguía la conversación mientras una pintaba las uñas bien cuidadas de la otra.

Un último sol cobrizo se reflejaba en las sortijas de aquella mujer. Qué conversación tan dulce. Qué

dirían.
Cuaderno de otoño 81

LXIX

Conforme caen las hojas y reaparecen las ramas desnudas emerge también el dramatismo de los

árboles. En su elevación llevan implícito un movimiento de impotencia, de clamar sin ser oído, de

sentir el escalofrío de la emoción, igual que cuando, al escuchar un pasaje especialmente

conmovedor, uno se yergue y cierra los ojos y queda, tieso y derrotado, a merced de la música. Esto

no tiene mucho que ver con la semejanza de las ramas y los gestos. No hablamos de las ramas de las

hayas, que parecen las manos de una bruja de cuento, sino de esa aspiración vencida, esa derrota

valiente que da más incluso que pensar que cuando el árbol está lleno de hojas verdes. Ahora sus

esqueletos se revelan frágiles, como si, para soportar el mismo peso, cualquiera hubiera diseñado

unas ramas más robustas. La economía de la naturaleza se encarga de que todo sea suficiente.

Ni siquiera en las sargas y en los sauces permanece la languidez de cuando estaban frondosos.

Ahora empieza a traslucirse una especie de maraña desesperada, el sinuoso huir de las ramas y

ramillas en busca de aire y de luz. Tras la melancolía del desmayo hay una madeja de brotes que

quedaron a medio camino de sus aspiraciones. Con las catalpas, incluso ahora que son cuatro rayas

negras, la disposición de las ramas invita más a esa melancolía, a la dulzura de lo sostenido, al

recogimiento cabizbajo. También los frutales tienen ese doblegarse de ojos cerrados que a mí me

suena tanto a japonés. Pero en los chopos se ve otro aire más romántico, sobre todo cuando no

crecen rectos y su desarrollo es un equilibrio que parece muy precario, como si estuvieran siempre

en el momento justo en el que uno empieza a perder el equilibrio y alza los brazos para compensar

el peso, o cuando, lenta pero inexorablemente, como se suele decir, el árbol empieza el movimiento

que pronto se acelerará con su caída. El escalador que se da por vencido y suelta sus dedos de la

roca tiene un momento en el que parece que puede mantener el equilibrio solo con los pies. Al

percibirlo, las manos vuelven a buscar su agarradero, pero ya es tarde y el escalador desesperado lo
Cuaderno de otoño 82

comprende y se deja caer. En los chopos esta sensación de levedad es drama sin consecuencias,

tragedia sutil, y en cierto modo un canto a la resignación.

LXX

Los años han ido estableciendo un protocolo para barrer las hojas. En la cuesta de la entrada,

flanqueada por chopos blancos, ya han caído todas las que tenían que caer. Es la primera parte que

se barre. Un año, en previsión de que el viento no las volviese a esparcir en tanto las metiésemos en

sacos o las quemásemos, echamos estas hojas entre un seto de aligustre y un talud de tierra

descarnada. Esa noche los mastines durmieron en la gloria, a la intemperie pero resguardados, en

contacto con la tierra pero en su forma más blanda posible. Desde entonces no hubo motivos para

no incorporarlo a la costumbre, que además ha traído alguna otra, porque de aquí a un mes los

mastines habrán deshecho por aplastamiento casi toda la hojarasca, y será el momento de añadir una

nueva capa de tierra para que las hojas, que sirvieron a los perros de descanso, sirvan de alimento a

los frutales que jalonan la bajada.

El cepillo de barrendero es una herramienta extraordinaria. Sin demasiado esfuerzo, uno va

empujando la sonora ola de hojas pardas, amontonándolas, y después, más meticuloso, repasa la

tierra y el polvo que quedó entre las arrugas del cemento. Trabajar despacio con grandes volúmenes

que pesan poco, y con una sola herramienta que lo mueve todo, arrullado por la música de la

hojarasca, es mucho más entretenido que aventar las hojas con una máquina que pedorrea. Hacerlo

por partes, hasta que llegue el invierno, sirve para que las pocas que quedan en las ramas tengan su

compensación con las que yacen en el suelo. Los bosques no dejan de estar coloridos y hermosos

cuando pierden la hoja, es entonces cuando traspasan a la tierra su policromía, hasta que cae la

nieve y todo se convierte en craso lodo.


Cuaderno de otoño 83

Cuando empiezas a quemar las hojas quemas el otoño al mismo tiempo, fundes los ocres en gris

ceniza. El fuego vivificará todo lo que se quiera pero en este caso colabora con un invierno

abstracto y sin huellas, un minimalismo del que, a su tiempo, también sabemos disfrutar. Pero queda

poco más de tres semanas para que cambie la estación, hay que preparar un bidón nuevo y

convertirlo en estufa. Somos humanos, no solo es un placer disfrutar de cómo cambian los colores,

sino también ver cómo se destruyen. Luego vendrá, dice Virgilio, «esparcir ceniza inmunda por la

tierra».

LXXI

Por fin se doran los membrillos. Fueron el inicio del otoño, la promesa de sus frutos, y son los

últimos en entrar en el mundo del ocre, en su caso del verde bronce al amarillo Nápoles. Pero resiste

la mayor parte de las hojas. Ahora entiendo por qué Víctor Erice y Antonio López escogieron un

membrillo para su gran película, porque aguanta chaparrones y ventoleras, hielos prematuros y

tormentas tardías. Era el único que no se quedaría sin hojas ni de la noche a la mañana ni antes de

que el otoño ya estuviera terminando. Escogió el membrillo porque sabía que duraría la estación

entera, aunque no le hubiera puesto ese invernadero portátil, que redundaba más en la comodidad

del pintor que en la integridad del modelo. A través del membrillo seguía el ritmo del otoño, su

verdadera velocidad. Es impresionante ver cómo están dorados y frondosos en medio de las varas

limpias de los álamos y los brazos retorcidos del nogal, que necesitan que el otoño no venga

demasiado revuelto. Todavía quedan hojas verdes sueltas en el sauce, ya bastante ralo, y en algunos

arbustos como la celinda, además de los cerezos, que se pasan el otoño goteando, y aún conservan

hojas rojas y amarillas en las ramas, cucañas de una fiesta abandonada. Pero los membrillos, todos

en hilera (eso sí, al borde de la acequia, a resguardo del norte y tras una empalizada de chopos que
Cuaderno de otoño 84

los guarece de las tempestades, pero también el membrillo de Antonio López crecía entre dos tapias

a escuadra del jardín) están como si hubiesen esperado un anticiclón seco y soleado para proceder a

su metamorfosis. Las hojas fuertes, curtidas, fibrosas, llenas de surcos y hoyuelos, encontraron en la

calma de estos días el tono de luz más adecuado para sus impresionantes amarillos, que por otra

parte se han apoderado del árbol en dos días, de fuera adentro, porque quedan entre los troncos

chupones con las hojas verdes. El óxido de cromo ha resistido hasta que, en medio de la

devastación, ya no hay ocres más hermosos que los suyos.

Los días que faltan hasta que llegue el invierno, los membrillos serán como relojes de una cuenta

atrás, con hojas como granos de arena. Aquella película significó mucho para mi forma de ver el

arte y la naturaleza. Creo que fue allí, sin verlo, sin nombrarlo, donde descubrí a Sánchez Cotán.

LXXII

Ayer, llevado por el entusiasmo que me producían los membrillos, obvié otros árboles a estas

alturas en sazón de color, como los perales, u otros que todavía no han sucumbido a los embates del

ocre, como los almendros y los ciclamores, y por supuesto los manzanos, que pasan bien tranquilos

la otoñada. Siempre caemos en el error de ningunear a los que no se quejan o, como se dice por

aquí, no piden pan. Pero solo cuando el suelo está lleno de hojas y en el horizonte no hay más que

un tapiz de ramas grises vuelve uno la mirada a los árboles de siempre, aquellos, curiosamente, por

los que empezó este cuaderno, que siguen ahí. El almendro, con las hojas algo tomadas de orín,

aguanta con su hermosa rama seca, que pronto lucirá más elegante que las jóvenes. Los ciclamores

están también algo cobrizos (su verde se hace tierra sin pasar por tonos claros), pero los perales

tienen una luminosidad a la que quizá no lleguen los membrilleros.


Cuaderno de otoño 85

Son dos, muy viejos. Hay otro más joven y aguanta igual de bien, pero estos han alcanzado un

amarillo terroso, moteado de pintas verdes, máculas que irán extendiéndose por las hojas hasta

cubrirlas de bronce. Hay algo interior, cereal, secativo y resistente en estos tonos, más cercanos a la

estameña del cartujo que a las alegrías cítricas. Es un amarillo recogido, el color que se imagina uno

en el heno que arruga la serba y la paja que la dora, según nos describe Góngora en la ofrenda de

frutos de Polifemo. No son estos los colores abundantes que podían seducir a Galatea, tienen esa

condición labradora y cotidiana de las frutas que aguantan hasta el invierno. Hace semanas que

recogimos las peras, y pensábamos que los árboles correrían la misma suerte que los chopos viejos.

Las cuatro ramas grandes hace tiempo que no crecen, quedaron romas y de ellas sigue cada año

saliendo un puñado de ramones de color marrón violáceo. El tronco se cuartea, la corteza se

despega en jirones llenos de moho, pero a estas alturas del año ilumina el jardín con una mancha de

ascetismo y beatitud, de dignidad intacta y austera resistencia. No es el misticismo desgarrado en

los violentos amarillos del secano, sino el tono cálido que nos acerca a lo poco que perdura, a esos

magros frutos que podríamos ofrecer en un cestillo a nuestra musa.

LXXIII

Cualquiera diría que el sauce también ha llegado hasta el final. En su entramado de líneas curvas

hay una defoliación uniforme, acompasada, y va llegando el punto en el que ya no es un tapiz de

pinceladas superpuestas sino un fondo de ramas finas salpicado de hojas verdes. Es, creo, la

condición de semiperenne (o semicaduco), árboles que no pierden toda la hoja y se transparentan en

copas despejadas, cardados elegantes que se pasan el invierno goteando pinceladas, hasta que las

últimas hojas muertas coinciden algún día en la rama con las hojas vivas.
Cuaderno de otoño 86

Si no recuerdo mal, este es el tercer sauce que he visto crecer aquí, y el único que no plantó nadie.

Los otros dos estaban dispuestos estratégicamente para que cayesen desde un lado del encuadre

sobre el paisaje que se pierde entre la bruma, y así era esta mañana, cuando la niebla empezó a

retroceder por detrás de la muela y los colores se abrían al día mojados por el chaparrón de anoche.

De nada les valió: cuando el tronco ya tenía estrías como lagartijas entre la corteza gris verdosa, se

morían.

La naturaleza del terreno tenía preparada otra disposición de los elementos. Por mucho que los

regamos y podamos, los dos sauces duraron más bien poco, pero el otro, que nació sin ser plantado

a un par de metros de la acequia, amenaza con taparnos medio cuadro. Me limito, cuando llega

febrero, a arrancarle los brotes que le salen desde la base del tronco hasta las ramas principales. Y

eso que al principio solo sobrevivieron dos ramas del mismo lado, de modo que la inclinación,

pensábamos, sería excesiva para que el árbol se mantuviera en pie. Su crecimiento desde entonces

es un lento recuperar el equilibrio, es como si una de las dos ramas principales hubiera crecido en

lánguida postración, hasta hacerse grande y pesada, y la otra, más flaca, tuviera que tirar de ella

para no venirse las dos abajo. Las ramas finas, abundantísimas, desoyen las tragedias familiares y

salen tiesas en busca de la luz, pero cuando ya tienen edad de cimbrearse lo suelen hacer hacia el

lado que más lo necesita. Llegará un día tampoco muy lejano que se podrá, si uno vuelve a ser niño,

cruzar la acequia por encima de la rama baja, y sin esfuerzo trepar hasta lo alto por la otra, y

esconderse entre las ramas del desmayo.

LXXIV

Anochece antes de las seis, pero aún quedan veinte días para que toquemos fondo con el solsticio

de invierno. El día entero ha sido oscuro, húmedo, pastoso, con el cielo anubarrado y el jardín
Cuaderno de otoño 87

hecho un lodazal. Las últimas dos noches ha estado lloviendo y los pronósticos apuntan a que

tardará en despejar. Cien kilómetros al este, en la costa, está descargando la segunda o tercera gota

fría de lo que llevamos de otoño, pero aquí el cambio climático nos anglifica con días lóbregos y

tranquilos.

Casi no se mueve el aire y, si llueve, no hiela, de modo que algunas plantas han recuperado el poco

lustre que les quedaba. Las hojas caídas, en cambio, han perdido ya todo el color, les queda un tono

céreo, arenoso; perecen enrollarse como caracolas, las nervaduras asoman blancas como los huesos,

los albentia ossa de Tácito, los esqueletos que sobresalían en el yermo donde se librara una batalla,

que aquí asoman entre la hierba. Podemos observas los cambios de tono de las hojas cuando, aun

perdiendo la clorofila, siguen estando vivas, pero la muerte es rápida, una palidez exangüe,

uniforme, se apodera de ellas, muchas están en los días en los que tocarlas es quebrarlas,

desmenuzarlas. Pulvis es…

Y sin embargo, curiosidades de la retina, es este castaño muy claro, casi piedra, este beis sin vida el

que primero identificaríamos con un color zen, neutro y sosegado. Nos abriga y reconforta en la

pared lo que visto en una hoja nos recuerda la palidez de la muerte. Al mismo tiempo, cualquiera de

los otros tonos que tuvo cuando dejó de ser verde (incluso ese naranja hindú de unas cuantas hojas

que cuelgan todavía del cerezo) nos parecerían excesivos en nuestro cuarto de estudio. Fuera de la

hoja son demasiado excitantes, y es difícil soportarlos mucho tiempo en la misma habitación. Nos

sosiega lo inerte, nos abriga lo yermo, como si detrás de la pared no nos estuviésemos perdiendo

nada.

Una vez hubo que pintar un tabique de un muro que habían lucido con cemento blanco y arena.

Buscábamos un color para tapar ese gris amarillento, de arcilla seca, y buceamos en los catálogos de

Benjamin Moore para encontrar un color de sábado por la mañana con el café y un periódico,

mientras afuera llueve. Cuando me aparté un par de metros para ver cómo quedaban los brochazos,

casi no pude distinguirlos del cemento.


Cuaderno de otoño 88

LXXV

Cada estación del año tiene, a su vez, cuatro estaciones dentro de sí. Hay una primavera del otoño,

un festival de frutos, un canto a la sazón. Es la gloria de Baco y de Pomona, el baile de los Faunos y

las Dríades, el alivio hacendoso de las fábulas. Después llega el verano amarillo, regocijante y

cantarín, turístico y superficial, impresionista, luminoso, de una belleza estática, admirativa, no

contemplativa. Los bosques de colores solo producen el placer de verlos, la superficie del ocio.

Dondequiera que enfoques la cámara hay una sinfonía de tonalidades. Más tarde vino la hermosa

lucha de los árboles contra los elementos, sus batallas contra el viento, la defoliación más o menos

paulatina, los grandes colores, el otoño más sentimental y melancólico, y el más dramático, porque

son días de vertiginosa decadencia. La velocidad de la ruina nos hace pensar. Ya no hay tiempo para

enjugazarse con estampas otoñales. Sin embargo, si de contemplación se trata, este tercer cuarto de

la estación es más atractivo que el anterior. El veranillo es belleza estática y amodorrada; el otoño

avanzado, un violento dejarse caer por los cambios de tiempo y la furia de los elementos, como los

héroes de Shakespeare, a los abismos del frío.

Pero ahora hemos entrado en las postrimerías. Las hojas de los manzanos y los membrillos han

llegado a un marrón más o menos claro, pero parecen más pequeñas, están todas exhaustas, como

encogidas, las ramas empiezan a transparentarse, negras de sombra y espesura. Es un grado de

decrepitud que ya nos hace desear que pronto estén las ramas tan limpias como las de los chopos,

que solo mantienen las pocas hojas que en su caída se encajaron en el nacimiento de alguna rama,

más alguna, dos o tres por árbol, diminuta, en lo más alto de la copa, la última hoja de la rama más

tierna, quién lo iba a decir.


Cuaderno de otoño 89

Así que apartamos la mirada de los árboles caducos y, casi como consuelo, vemos que los pinos

siguen lustrosos. Lo primero que hacemos cuando asoma sus orejas el invierno es volver a lo

permanente, a las arizónicas de la valla, las yedras del muro, los acebos puntiagudos, la hierba dura

que resiste las heladas. Cuando levantemos otra vez la vista, el invierno lo habrá cubierto todo de un

velo azul. Admiraremos entonces lo que hasta ahora no ha sido más que muda compañía.

LXXVI

Con mucha seguridad hablaba yo de las dos o tres parejas de tórtolas turcas que viven en el jardín.

Una vez que las lluvias han terminado de limpiar de hojas el chopo viejo, el que aguantó el incendio

y ahora medio tronco es madera blanca sin corteza, descubro que se cuentan por docenas las tórtolas

que se apostan al ponerse el sol. Muchas están en la misma rama, y aunque engaña la silueta negra

recortada sobre el gris plomo del atardecer, parecen mirar todas a la vega, quizá el primer día en que

no pueden ocultarse. Incluso comban el extremo con su peso, como si ese sitio fuera el que han

usado desde la pasada primavera, y ahora está vacío. ¿Cómo percibe una paloma que ya no hay

cobijo? ¿Por qué están todas ahí si ya nada las protege? Digo yo que cuando la noche se cierre

volverán a emboscarse en los cipreses, cuya techumbre no desaparece de un día para otro. Muchas

noches salgo a ver por qué ladran los perros y al pasar por los cipreses mi sombra o mis pasos las

espantan, y se forma un estrépito de zumbidos, ese tupido aleteo de que habla Safó, aunque la

mayoría no hacen más que cambiar de rama y seguir con su descanso.

Al parecer llegaron a la península hace escasamente medio siglo, son gregarias y viven donde hay

de comer, en este caso la granja de más abajo. Se suelen posar en el alféizar de mi estudio y pasean

curioseando de perfil, hasta que un leve movimiento de mano es suficiente para que emprendan otra

vez el vuelo rumbo a las ramas altas del cerezo. Cae la tarde y la fila de tórtolas mantudas se
Cuaderno de otoño 90

cimbrea. Hace frío, meten la cabeza entre las alas, pero no les importa que el viento las zarandee.

Seguramente una de ellas se ha quedado a contemplar el panorama y las demás esperan, o bien ya

saben que esta es la hora de echarles grano a las gallinas. Antes de que ellas llegasen a estas tierras

es posible que hubiera tórtolas comunes, con las que leo que se las tienen tiesas. Lo más probable es

que, a partir de los años 70, desalojaran alguna especie autóctona. El chopo grande ya estaba y en

sus ramas cantarían especies hoy desaparecidas. Las tórtolas no forman parte del pasado, lo mismo

que yo.

LXXVII

La Morena y el Galán son hermanos, aunque de distinta camada. Galán, un año mayor (en junio

cumplió tres) es un perrazo con la capa leonada, de color arena y reflejos anaranjados. Ha salido a

su padre, un hijo del célebre Pando de Galisancho, el mastín salmantino que repobló buena parte de

la comarca y llego hasta La Moraña, en Ávila, donde nacieron los míos. La Morena, lobata, de cara

negra con pintas amarillas y pelo entre pardo claro y pardo oscuro, ha salido a la madre. En

términos taurinos se diría que es agalgada, larga, alta de grupa, con la cara fina, de un tipo más

basto, y quizá más genuino, que el impresionante porte de Galán, que a lo lejos, cuando levanta la

cabeza y mira, parece un pablorromero.

Hay por ahí una asociación de fanáticos que ha entregado su vida a luchar contra lo que ellos

llaman el mastín de adorno, a su juicio resultado de un cruce de mastines del terreno con

sanbernardos, lo que hizo que les colgara la badana, que se hicieran más corpulentos y también

menos ágiles. Son, según ellos, más bonitos, pero, ay, no son auténticos. Morena es de la clase de

perro que haría las delicias de estos fanáticos, una perra de pueblo, que de solo mirarla ya echas en

falta las ovejas alrededor. Claro que, una vez vistos los dos, tendrían que ver a Galán en plena
Cuaderno de otoño 91

actividad, en sus guardias nocturnas, corriendo como una bala, subiendo y bajando cuestas,

acudiendo a una esquina en carreras de cien metros, y detrás Morena, que ya es tan alta como él,

ladrando a su resguardo. Con nosotros son la cosa más dulce que jamás hubiera imaginado, yo que

he tenido perro y lo he querido mucho, el gran Güino, el podenco ibicenco que nos alegró la vida

durante casi quince años… Estos son nobles pastores. Con Güino, que tenía otra clase de nobleza, la

del que está siempre dispuesto a trabajar para el amo, no podía abrir la verja porque se escapaba a

cazar conejos. Con estos, la abro de par en par y son como esos vecinos comedidos que se ponen a

un lado durante la maniobra del vehículo, que no dan indicaciones a nadie pero vigilan que todo

salga bien. Mientras las cosas salgan, no hay problema. Cuando las cosas entran ya es otro cantar.

LXXVIII

En el cerezo más pequeño y raquítico han quedado algunas hojas detenidas en un rojo muy fresco y

muy vivo. Los árboles añosos, los robustos, los de hoja dura, o grande, todos han perdido ya las

hojas (los frutales de pepita conservan briznas de cartón entre sus ramas), pero este cerezo parece

que ha hibernado sin perder el color. Estas contradicciones de jardín son más frecuentes de lo que

parece y se prestan al apólogo y la moraleja. Es un hijo póstumo de otro cerezo grande que se secó

hace algún tiempo. En la temporada siguiente salió media docena de vástagos que corté por la cepa,

salvo el que había crecido más vertical. Lo dejé estar y un par de años después, para que el tronco

no se hiciese demasiado alto, lo podé a la altura de dos ramas más o menos simétricas. Una de ellas

se secó, así que el árbol ha crecido como el sauce, intentando mantener el equilibrio, con una copa

desmedrada y como tullida, y cuando se haga grande lo más probable es que haya que injertarlo si

queremos que nos dé algún fruto.


Cuaderno de otoño 92

Este pobre desgraciado es la única caducifolia que conserva pinceladas de color en un entorno

metálico y nuboso. Como sucedió con el manzano de la esquina, que durante años creímos medio

muerto y este octubre pasado dio treinta y tantas pomas arreboladas, el cerezo irá ganando cuerpo,

encontrará su sitio entre raíces muertas y la próxima generación es posible que lo vea tan imponente

como los otros dos que lo flanquean, ya desnudos por completo. Las pocas hojas que le han

quedado son al árbol lo mismo que el árbol a la tierra, seres que resisten en su fragilidad, que se

hacen fuertes a puro de agarrarse a clavos del mismo rojo encendido.

En días grises como hoy las hojas parecen algo más oscuras. El blanco de titanio que asoma entre

las nubes y la misma humedad de la noche apagan unos tonos de otro tiempo, un recuerdo

momificado, pero también una muestra de salud. Este verano el pulgón se cebó con él. Las hojas

estaban todas arrugadas, negras de bichos. Pero, al contrario que otros años, no lo sulfaté. Y los

bichos se fueron muriendo y las hojas recuperaron su tersura. Aún ahora que todo está vacío y el

cielo se nos cae encima, quedan unas cuantas en la rama.

LXXIX

Rompen rayos sin orden entre espesas nieblas, dice Virgilio, que en otro pasaje las llama inania,

vacías, lo mismo que Horacio, nubes et inania captet. Espesas y vacías podrá parecer una

contradicción, pero en el sentido práctico del latín tiene su lógica. Nosotros tendemos a pensar en lo

que suponemos de lo que no se ve. La niebla es cuanto hay dentro de ella, en una disposición que

ignoramos y reconstruimos con imaginación y miedo. Las urracas parlotean entre la enramada y

cuando emprenden vuelo hacia la vega desaparecen en la manta blanca que la tapa. En efecto,

desaparecen, entran en la nada. Por eso las nieblas de la laguna Estigia no son paisajes tenebrosos

porque cualquier extraño monstruo se nos pueda aparecer, o la rama de una sabina muerta se nos
Cuaderno de otoño 93

pueda clavar en la frente, sino en el de que son la puerta de la nada, sombras blancas y vacías como

la de Eurídice, figuras que se deshacen. No existe lo que no se ve (por eso no existen las ideas), el

no estar no se compensa con el suponer que se está, y más en un día como este en que las nieblas no

se deciden a levantar. Tan solo, detrás de la empalizada de chopos y de ailantos, una franja se

oscurece un poco, los álamos del río, sombra de humo en la mañana blanquecina.

Son nieblas de otoño, buenas para los pastos, que la noche ha cuajado sin llegar a helarlas, pero no

las vimos en octubre ni en noviembre. Entonces era un espectáculo casi demasiado rápido ver cómo

el sol las levantaba. Ahora seguir la claridad del día es como mirar un reloj sin segundero, y saber

que faltan todavía varias horas. Es la pereza del invierno, el ritmo de la hibernación, la ausencia de

matices, de colores que derramen endorfinas y lugares donde sucedieron cosas. Todo está como

cubierto de cal viva, la luz no cambia con el paso de las horas. Los únicos colores no blancos y

sucios que veo son el rojo herrumbroso de las hojas de la enamorada del muro, que como están

resguardadas por la jamba de la ventana todavía se conservan, y el oro viejo de los membrillos y de

los manzanos, como resignados a convertirse en la nada que también a ellos los envuelve. Somos,

envueltos en tinieblas, la nada que nos mira.

LXXX

Hoy ha tardado menos la niebla en levantar, pero ha dejado un manto de escarcha sobre las hojas

muertas. A su inmovilidad acartonada y marrón se le sumaba la rigidez del hielo, como soldados

caídos en la trinchera, antes de que la noche los cubriera con un sudario de cristal. Algunas parecen

tiznadas, negras por congelación, en un tono al que el marrón no llega nunca.

Sin embargo los oxalis, esos tréboles gigantes que invaden la grama, se retuercen con las mismas

curvas que si les hubiesen prendido fuego, pero un par de horas más tarde ya están otra vez verdes,
Cuaderno de otoño 94

frescos y desplegados. Los crisantemos todavía conservan las flores tersas, pero las hojas también

han cogido el pardo negruzco y sin vida de los hielos irreversibles; es posible que se hayan muerto,

pero queda la flor, en lo alto de un tallo sin vida. Aunque quién sabe: las hortensias aparecieron

como candelabros derretidos pero luego, al ir a resguardarlas todavía más en la leñera para la helada

que vendrá esta noche, hemos visto que incluso les habían salido brotes nuevos, ingenuos verdes,

sonrientes, que habrá que proteger como a bebés prematuros. En los restos orgánicos se han ido

acumulando diminutas formaciones geométricas, cristales tan solo más brillantes que el moho, pero

con el mismo aspecto ciliar de las bacterias putrescentes.

Ha sido como un ataque del invierno, una de las acometidas que en las dos últimas semanas

estremecen el jardín para al día siguiente abrigarlo con la luz. Aún no se habían derretido las

escamas que dejó la niebla y el sol ya destellaba en las hojas de las zarzamoras. En cuestión de

minutos, la costra blanca se ha ido reduciendo en minúsculos grumos como de sal humedecida. Los

montones de estiercol han sorbido la escarcha y pronto el vapor ascendía entre las ramas erizadas de

los arces y volvía a confundirse con las últimas hilachas la niebla.

Luego el día ha salido espléndido, lo poco que ha durado. Barriendo las hojas secas daban ganas de

quedarse en mangas de camisa. Las hojas han perdido la rigidez de la rosada, pero al quedar tan

húmedas también han perdido el almidón del ocre. Ahora unas se pegan con las otras como pasta de

papel, igual que se sumergen los periódicos en una tina y las palabras quedan reducidas a un

engrudo gris verdoso. Y les queda el invierno.

LXXXI

Una intervención quirúrgica a corazón abierto tiene que tener su dificultad, pero pintar el cuarto de

la caldera no es moco de pavo. Los albañiles, como era el espacio más humilde de la casa, el que
Cuaderno de otoño 95

solo servía para echar el gasoil y guardar cuatro artefactos roñosos, no se esmeraron en el acabado.

Solo dos paredes están lucidas con cemento basto, y las otras dos son de cemento sin lucir, llenas de

bochas, que es como llaman aquí a los pequeños cráteres que salen en la superficie del muro cuando

se quita el encofrado. Los tubos estaban metidos en la pared de cualquier manera, por todas partes

hay rebabas, esquinas sin rematar, pelladas de cemento para tapar un hueco. Uno se pone a pintar

tan alegre la pared y en el primer brochazo resulta que la pared es tan irregular que no ha pintado

nada. Los rodillos no ruedan, las brochas se despellejan. Y las gotas caen al suelo.

Pero hasta en esos trabajos tan desagradecidos (seguramente la hicieron así para que nadie la

adecentase nunca) hay una necesidad del espíritu que es el orden y el aseo. Una pared blanqueada es

una pared limpia de pecado por mucho que digan en el Evangelio a propósito de los sepulcros.

Acabada la pintura puse unas estanterías grandes, de almacén de ferretería, donde ir almacenando

todo aquello que sé que no volveré a utilizar.

Cuando viajo a Madrid, a la altura de Anquela del Ducado, en mitad del páramo frío de la provincia

de Guadalajara, hay una casa grande, habitada, con sábanas tendidas y una parra que sube hasta las

ventanas. Y sin pintar. Lleva así por lo menos veinte años, con el color de tierra gris del cemento, y

el aspecto desastrado de un almacén de maquinaria. Qué importante es pintar. Para un homo

inhabilis como yo, el cuarto de la calefacción asciende un grado en la memoria futura una vez que

le he pegado cuatro brochazos: ya es un cuarto que alguien pintó, y quiso tener ordenado, recogido,

aunque no lo viera nadie, y precisamente por eso, porque solo la conciencia de haberlo pintado

pertenece y pertenecerá a quien perdió el tiempo pintándolo con paciencia y primor. Al repartidor

del gasoil, que es el único aparte de nosotros que lo visita, le da igual que lo pinte o que lo deje sin

pintar.
Cuaderno de otoño 96

LXXXII

Forma parte de la vida campestre que un buen día te levantes con lumbago. Es algo así como un

primer aviso, porque al alivio de constatar que solo es un lumbago y no el anuncio de algo peor, le

sigue la certeza de que se trata de un huésped latoso que ha venido a quedarse. Se pasará, siempre

se acaba pasando, pero al marcharse deja un rastro de analgésicos y paños calientes, y hay un cajón

de la alacena que empieza a llenarse de medicamentos y que mientras sigamos vivos es difícil que

algún día vuelva a estar vacío.

Pero, como en ese aspecto soy un poco primitivo, prefiero obviarlo en la medida de lo posible y, en

vez de quejarme, cambiar de postura o atarme a la cintura una almohada de terciopelo rellena de

semillas que se calienta en el microondas y es una maravilla. Qué gracia me hacían de joven los

viejos entusiasmados con los remedios caseros: en vez de pensar en el mal que anunciaba su otoño,

se regocijaban con la idea de burlarlo. Y así es la vejez, una inconsciencia resignada. Cuando los

mastines están malos se tumban en un rincón y se quedan quietos hasta que se les pase. Si supieran

que su mal puede tener consecuencias graves, es decir, si tuvieran sentido prospectivo más allá de

los barruntos del instinto, se desesperarían pensando en cómo se escapa la vida. Los humanos

sobrevivimos gracias a esa misma ceguera voluntaria, que algunos cambian por un entusiasmo

ficticio, como reafirmándose en la fe de que la vida nunca se termina, y otros se limitan a esperar a

que escampe y no volver a pensar en ello. Yo creo que soy de estos últimos, sin duda más básicos y

perrunos, pero no más infelices que los que se obsesionan con sus males. Los perros no cambian de

hábitos porque les duela algo. Si se les va pasando y no es incompatible con moverse, se limitan a

llevar la vida de siempre, en la medida de sus fuerzas, sin preocuparse por hacer algún esfuerzo

descomedido ni tampoco por no hacerlo y quedarse tumbados en el suelo.


Cuaderno de otoño 97

Así estamos. Los médicos, para este tipo de lumbalgias, recomiendan dormir en posición fetal.

Tiene gracia que el único remedio a nuestro alcance sea volver a nuestra natural indefensión, a la

primaria necesidad de abrigo. Eso también lo saben los perros.

LXXXIII

Se podría dar el invierno por inaugurado. Siguen cayendo, cada día unas pocas, hojas oscuras del

ciclamor en la terraza que se asoma al huerto. Los aligustres más expuestos al sol ahora es cuando

amarillean; los de umbría se han quedado en un tierra muy oscuro. El sauce, que yo creía

semiperenne, está pelado. Más allá de los cipreses y las yedras solo siguen verdes las gramas del

suelo. Quedan los campos amarillos de maíz entre bosques de palos junto al río. Y a pesar de que

hace buen día, lo que pudiéramos decir una agradable mañana de finales de otoño, la derrota final

de las hojas ha cambiado también la sensación. No siempre todo termina cuando debe terminar. Me

atraen esos momentos en los que está todo el pescado vendido pero aún queda tiempo, cuando ya no

se puede preparar algo y uno se cruza de brazos esperando que las verdades encajen y pase el día

del examen. El invierno, quién lo diría, trae esa velocidad de lo irreversible. Vamos sin freno hacia

la lentitud extrema.

En este cuaderno también lo he notado. El otoño es contemplativo; el invierno, laborativo. De

pronto tienen más interés las faenas del jardín que el color de las hojas. Reaparecen los gatos que se

emboscan en los membrilleros ya desnudos, pero también ellos parecen inmóviles, insultántemente

tranquilos escuchan los roncos ladridos de Galán sin inmutarse. El cielo está despejado, eso es

todo.

Es tiempo de levantarse de la silla y seguir laborando. En la tercera semana de diciembre, cuarto

menguante, ya se puede plantar un caballón de ajos. Cuando termine de recoger las hojas lo más
Cuaderno de otoño 98

acuciante será profundizar en la limpieza, trabajar para que todo esté a punto, los caminos limpios,

las cercas repintadas, mientras la naturaleza duerme. No, no es en primavera cuando llega el

impulso. Entonces llega, si acaso, el entusiasmo, la excitación, pero no el impulso, que llega ahora,

igual que un día me afano en recoger los libros del estudio y alinear los lápices y lo papeles porque

necesito esa limpieza interior de quien debe reanudar el camino.

Limpiar es olvidar. En pocos días tendré que mirar una foto para recordar el verde de la vega. Con

el mundo en gama de grises uno se concentra mejor en las obligaciones inmediatas, y vive bajando

la cabeza, como protegiéndose de la ventisca, clavados los pies en el suelo.

LXXXIV

La mañana estaba calma y nubosa, y como hace varios días que no llueve y las hojas están ya un

poco secas, he decidido poner el bidón de quemar. Es lo primero que se hace cuando ya no hay

otoño. Empieza la temporada de quemas, que en la vega tardarán lo que tarden las máquinas en

entrar en los maizales. Todos los años es un riesgo y una preocupación. Hay un especialista en esta

parte del río que calcula las rachas de viento y va encendiendo focos asimétricos por el rastrojo. La

primera vez que lo vi me pareció un pirómano insensato, hasta que un par de horas después, y sin

que lo viera echar agua por ninguna parte, el bancal estaba negro y apagado. Pero hay otro que solía

subir al carretillo una botella de butano con un soplete y le apuntaba a todo lo que se movía. Como

es temerario pero no testarudo, el día que vio que se le iba de las manos dejó de hacerlo.

Yo uso un bidón de poliuretano que se dejaron los albañiles después de proyectar espuma sobre el

techo del taller, que tenía goteras. Es pronto, solo para eso es pronto, y aunque las hojas tiesas del

platanero se terminan quemando, están aún muy húmedas, tardan en quemarse y despiden una

zorrera considerable. Pero a mí lo que me gusta es el humo que asoma en hilachas lentas y curiosas,
Cuaderno de otoño 99

como si inspeccionasen el terreno, y va adensándose hasta formar una sola potente bocanada. El

color del humo, que hasta entonces era blanco inmaculado, empieza a amarillear hasta que se toma

de un ocre parecido al de las hojas en los instantes previos a que rompan a arder. Las llamas

entonces aclaran el humo, por detrás del bidón los árboles se irisan y culebrean. Pero es fuego de

rastrojera, aparatoso y flojo, dice Virgilio, cuando ilustra los alardes de virilidad del caballo viejo,

que le entra el furor pero todo es inútil. A la primera brisa que sople se levanta el humo a todo

meter, como si saliese de la chimenea de un barco, y al volverse el viento lo disipa y lo vuelve a

llenar todo de niebla. Hay que tener cerca la manguera y en el bolsillo del mono el permiso de

quemas en regla, más por lo que aparente que por lo que es, humo de pajas.

LXXXV

Ha cumplido ya dos años, pero sigue sorprendiéndome su resistencia al frío. No soporta estar bajo

techo. Si acaso, cuando llueve mucho y no queda un sitio seco donde tumbarse, se aviene a meterse

en el porche. Le hemos preparado todo tipo de refugios según los consejos de los criadores y tal y

cual, pero ella se mantiene siempre a la intemperie, fuego apartado soy y mastina puesta lejos, con

su mirar atento y precavido. Estas noches de hielo se mete en la revuelta que da el seto de

aligustres. Los hemos dejado crecer y se han ido juntando las ramas hasta formar una especie de

palloza rala. Dentro la tierra está seca de muchas noches, y nosotros echamos abundantes hojas para

que se encuentre más cómoda. El otro, Galán, duerme en el taller, encima de un colchón de espuma,

como un rajá.

Durante algún tiempo nos planteamos si esta situación no sería un caso de machismo canino.

Mustafá Galán tirado entre sábanas de Holanda y la otra pobrecica buscándose rincones en el frío.

El año pasado la metimos varias noches en la cocina, cuando el termómetro nos culpabilizaba, pero
Cuaderno de otoño 100

este año, al anochecer, se pone bien lejos para que no le echemos el guante. Y si se lo echamos da lo

mismo, porque se atornilla al suelo con las ancas y no hay quien la levante.

Galán durmió desde cachorro en el taller; es lógico, sobre todo en esta época de raigambres

prolongadas, que no quiera abandonar su habitación. Pero a la otra se le ha puesto un colchón en la

leñera, que está abierta y es más abriga que el taller, en el porche, en la galería… Nada. Ella tiene

tres o cuatro cubiles emboscados y no quiere saber nada de Ikea. Y por las mañanas, cuando salgo a

saludarlos, aparece con el pelo frío, pero le acaricio el vientre y la cara y se me calientan las manos.

Entonces le cojo los pliegues de la piel para convencerme de que un mastín leonés no pasa frío por

más que hiele, por el grosor y el aislamiento de la piel y porque tampoco son tontos y saben

buscarse la vida.

Sin embargo, eso de que la más débil sea la menos friolera nos aflige con el contrasentido de quien,

como decía Savater, piensa que los animales son personas disfrazadas de animales. A Morena poco

le falta.

LXXXVI

Nos metimos en un Land-Rover, anduvimos por caminos ondulantes entre carrascas y cascajares,

hasta que, llegados a un bancal que aprovechaba la falda de un altozano, nos apeamos y nuestro

amigo Enrique le abrió la puerta a una preciosa pachona navarra, blanca y canela, con la nariz

rosada y partida y los ojos de miel. La perrilla se puso a olfatear entre los círculos de tierra quemada

de las carrascas, hozó un momento en una y con las finas patas delanteras, como si un arqueólogo

estuviera desenterrando un monumento con un cepillo de dientes, abrió el hueco suficiente para que

su dueño, con un solo vale, ni siquiera fuerte ni autoritario, la hiciera detenerse un centímetro antes

de llegar a la trufa que el hombre arrancó con los dedos.


Cuaderno de otoño 101

Se puso el hongo negro del tamaño de una albóndiga en la palma de la mano y me la dio a oler. El

aroma, fuerte y atractivo, me transportó de golpe a un olor que olí por última vez hace por lo menos

treinta años, la última vez que accedí a los toriles de la plaza de Teruel cuando estaban

enchiquerando a los toros de la madrugada. El toro llenaba el antro con sus vahos, se revolvía

inquieto y bufaba y despedía un olor muy parecido al de la trufa recién cogida. Leí por aquella

época en Una historia natural de los sentidos, un libro de Diane Ackerman que sigo recomendando,

que las trufas se buscaban siempre con perras o con cerdas por la androsterona que despide el

hongo, por el olor a macho, que no sé si será sudor o el equivalente del hipomanes de las yeguas, el

humor viscoso que, nos dice Virgilio, destilan por la ingle y vuelve locos a los caballos. Si aislamos

el aroma de todo lo repulsivo que acompaña a la palabra macho, si aislamos al toro del lugar

inmundo en el que espera la muerte, el olor tiene algo parecido, y es adictivo sin ser dulce, fuerte

sin llegar a insoportable, quizá ese grado de intensidad que podemos soportar y que nos mueve a

averiguar hasta qué límite. En todo caso es un aroma que atrae por su crudeza, su olor a

profundidades de la tierra, a cueva húmeda, a lugar oscuro, lagar de cueros, azufres y olivas negras,

a granero de almendras y heno, a corral de toros inquietos, a miedo y a deseo.

LXXXVII

Hemos entrado en el minimalismo del invierno. El cielo limpio, sin una sola nube. Los árboles

desnudos, sin una sola hoja. Todo está quieto y aterido, imperturbable y helado. Ya no hay

decadencia sino posterioridad, cierre y abandono. Uno se acostumbra pronto: en menos de un mes

veremos los primeros movimientos, las primeras perturbaciones, pero de momento el campo está

dormido. Ayer pasé por la ciudad y los plátanos de las calles aún tenían hojas, y no todas amarillas.

El otoño se abriga entre las casas y da la sensación de que dura más tiempo, pero en la vega casi
Cuaderno de otoño 102

parece más corto, o con un final más apagado. En Guerra y paz las últimas cien páginas están llenas

de muertes, de acabamientos. La sensación de final no es algo abrupto e ingenuo sino que se va

sintiendo antes de ser vivido. Esta claridad metálica es el crepúsculo del otoño. Llegan anticiclones

blancos, la luz fría de media mañana. Empieza a subir el sol pero no se encienden los colores.

Es la primera impresión, claro, infectada de melancolía, el primer sol que nos deslumbra al salir de

la madriguera, y que nos hace sentirnos culpables de lo que otros han podido ver. Luego, cuando se

asienta la mirada, de nuevo emergen los detalles con nitidez cotidiana. Sí, estos días son un

despertar al frío. Para pintarlo se imagina uno fondos sucios, despintados, con una brocha seca que

se arrastre por el lienzo. El invierno es ausencia, abstracción desenfocada. Quizá por eso, al caer la

tarde, cuando vuelven las nubes y el sol no hiere ni domina, el color dominante no es ningún azul

profundo sino un gris payne curtido por el viento, desnudo de brillos, esencial. Las sombras son

rastros de carbón, pinceladas grumosas, descompuestas. Hemos entrado, quizá, en la noche de

Blake, pero antes de que se enciendan los ojos de los búhos queda un sitio a resguardo, un abrigo de

ropas usadas donde se refugia lo más nómada de nuestro espíritu. Antes de que el azul lo enfríe

todo, quedan estos tonos raídos, como cansados del largo camino. Son los tonos del entretiempo,

que llegan a su formulación más pura cuando ya no son ellos, o son solo un recuerdo a punto de

desaparecer. Cualquier preciosismo es falso, la hondura es ese fondo grisáceo que queda en la paleta

cuando se abandona el cuadro.

LXXXVIII

Hoy tocaba regresar al huerto: extender los montones de fiemo y voltear la tierra nueva con el

palanquín, que es como mi suegro, agricultor de la Moraña, llamaba a la pala cuadrada, con una

lógica que no tienen sus otras acepciones. En efecto, uno deja caer el filo de la pala perpendicular al
Cuaderno de otoño 103

suelo y luego sube un pie encima para, sujetándose en el mango, elevar el cuerpo entero hasta que la

pala queda enterrada. Entonces se hace palanca y sale el terrón, igual de grueso como mínimo que

larga es la hoja de la pala, y otra vez con el filo, elevando el palanquín y dejándolo caer, se va

desmenuzando hasta que la tierra quede fosca y extendida.

No es un trabajo duro, siempre y cuando sea tierra ya cultivada, porque en los yermos no hay

palanquín que valga: saliva en las palmas y a darle al zapapico, o como mucho al azadón, ni

siquiera la legoneta. Qué agradable es el reencuentro con el léxico de la herramienta, después de

unos días agotado de buscar palabras que describan los colores.

Estos años atrás usé bancales profundos sin caballones, delimitados y sujetos —pues la tierra, al

cavar tan hondo y esponjarse tanto, se elevaba un par de palmos del nivel del suelo— con tablones

de pino gallego. Este año retiré la mayor parte de las tablas para esparcir la tierra nueva y el

estiércol de caballo, y las volveré a colocar en un solo cuadrado que ocupe el huerto entero, con un

cardo y un decumano entre dos caballones más grandes. Los bancales los hice porque había leído

un libro de John Seymour, y no van mal, pero en esta tierra, dado que se trata de cascajo y ya de por

sí drena excesivamente, por más que se nivelen es la propia tierra la que va formando regueros y

hondones, de modo que el riego a manta no resulta en absoluto equilibrado y siempre voy poniendo

la manguera según esas caídas naturales, que por mucho que las entrecave se siguen formando, al

tiempo que la tierra se apelmaza.

Habría que llamar a un personaje de Ferlosio para que lo nivelase. Este año vuelvo a las

costumbres del lugar, los caballones, que no sé si trazar en un solo sentido o en combinaciones de

rectas y diagonales. Cuando termine de cavarlo habré tomado una decisión.


Cuaderno de otoño 104

LXXXIX

Estos días se prestan a la descontextualización de los detalles, que es, junto con la desproporción, la

clave del arte contemporáneo. Cuando miro la enramada no tengo más que ir moviendo un marco

para que el laberinto cobre un cierto sentido. Las imágenes más honestas serían aquellas en las que

aparecen todos los objetos que rodean y definen al modelo y nos aclaran su escala real, lo que

equivaldría a decir que el mejor retrato sería el de un individuo entre muchos, o alguien de cuerpo

entero junto a un animal, como se fotografían los vencedores de las ferias de ganado. Me detengo

en el ramaje intrincado del chopo viejo, que se mezcla con el del nogal y el del cerezo, y para

orientar mi vista, para enfocarlo, tengo que abstraerlo, buscar sus puntos esenciales, sacarlo de

donde está. Al mismo tiempo, lo que he elegido ver, al margen del resto, inspira un entorno que no

tiene por qué ser el mismo. Ni siquiera tiene por qué ser.

Sin hipertrofias ni incongruencias no hay sorpresa, impacto, todo eso juvenil que valora el arte

nuestro, cuando no deja de tratarse, en sentido literal, de sacar las cosas de quicio. Esta sensación no

la he tenido estos días atrás, atento como estaba al movimiento del conjunto, al cambio del

contexto. Pero una de las señas del invierno es que no hay procesos generales. En un encuadre de

otoño la abstracción es del color, no del árbol que lo sostiene. En invierno la abstracción es el

encuadre. Es tan nítida la sensación de que nada alrededor sucede, de que hemos arrancado un jirón

de silencio, que el pensamiento no vuelve a huir de la imagen en busca de aquello que le da sentido;

al contrario, busca en ella. La explosión de tonalidades provocaba el desasosiego de quien quisiera

acapararlo todo, verlo y sentirlo y disfrutarlo todo. Ahora la sensación es más bien de conformarse

con lo inmediato. Cuando la naturaleza descansa uno tiene más tiempo de pensar en sí mismo.

Somos esas estructuras caprichosas que se sostienen de milagro, lo que vemos podría ser vertical u

horizontal, frontal o cenital, estéticamente ingrávido. En el invierno de la cartuja separan el huerto


Cuaderno de otoño 105

individual con altas tapias y se concentran en que no suceda nada. Damos vueltas en torno a objetos

huérfanos, como buscando el hueco en el que recogernos hasta que pasen los fríos.

XC

La lluvia ha vuelto a detener la faena. Aunque pare a ratos, la tierra está muy pesada, no se

desharían los terrones al cavarla, se quedarían pegados a la hoja de la pala. Dentro de algo menos de

un mes, el 16 de enero, habrá luna menguante con la que plantar los ajos. Hasta entonces queda

mucho por hacer, pero todo es aplazable.

Es lo bueno del invierno. Y tampoco es que en este otoño haya hecho mucho, limpiar y

recoger, tirar y colocar. La renovación tuvo que venir entonces, las prisas de los obreros antes de

que los hielos se les echasen encima. Ahora, sobre todo con la lluvia, pendent opera interrupta. En

vez de extender la tierra y trazar los primeros caballones, leo el libro cuarto de la Eneida, cómo las

obras se detienen en Cartago cuando la reina Dido se vuelve loca de amor. Me acompaña el día

húmedo y brumoso, las ramas brillantes, el gris del cielo, la vieja edición de Oxford, el aroma de un

lápiz de cedro.

Nos despedimos del otoño practicando ritos invernales, protocolos de seguridad para pasar

la tarde. El invierno es la espera paciente. A la abstracción del ramaje se une un muro de niebla, la

pared del cuadro, su aislamiento. Dentro, la representación del triunfo elemental de no pasar frío.

Pondremos leña en el altar de los dioses familiares y echaremos un sobre de polvos para el hollín,

como si fuera un conjuro, y nos sentaremos a leer un libro acorde con el espíritu que

representamos.
Cuaderno de otoño 106

Uno se pone invernal, y aspira a que los adminículos penetren el ánimo, porque siempre ha

creído que el hábito sí hace al monje. En estos últimos amenes del otoño abandono la postura

escrutadora y dejo que me invada el paisaje. Hasta ahora era sedentarismo curioso, pero empieza la

pasividad vulnerable. La fila de chopos junto al río me lleva a un tiempo borroso, muy al principio,

cuando la monotonía de la lluvia tras los cristales era un sentimiento placentero, la ilusión del

estudiante bajo los porches, camino de la biblioteca. Cuántas páginas habré leído con esta misma

lluvia, o con el sentimiento de sosiego y de fragilidad que me produce. Largo trecho anduvimos, el

tiempo es llegado, dice Virgilio. Una vieja gramática de latín, la ilusión de lo antiguo, un mundo

perdido que ya solo puedo recordar en días tan nublados como este.

XCI

Hace un día de los que aquí llaman rabosos. No llega a criminal, cuando es imposible estar siquiera

en el jardín. Hoy soplan los austros, vientos del sur, más fríos que los ábregos del suroeste que

trajeron la lluvia estos días atrás. No soplan con violencia, no son esos cierzos descomunales, de los

que aquí, por otra parte, estamos muy bien protegidos. Son, más bien, una brisa helada que sopla

por el día cara las montañas, vientos catabáticos que se desparraman por el valle, y al entrar en los

cortados del río se amontonan como en un embudo y aumentan su fuerza y su velocidad. Mañana

vuelven los ábregos, más templados, y traerán más lluvia. Hoy es solo un primer aviso, pero el

domingo nos visita el viento del invierno.

El otoño se despide con sus vientos típicos, húmedos, frescos sin llegar a fríos, y llena de

líquenes verdes los troncos de los cerezos. Las ramas más altas se menean sin llegar a cimbrearse,

pero las gotas de rosada no terminan de caer, y más abajo todo es quietud. Mientras cavo el huerto
Cuaderno de otoño 107

tengo que girar a veces la cara porque me sopla de frente, pero son restos de viento, el que sube por

las laderas del valle, casi sin fuerza, como salpicado del chorro que vuela río abajo, por los bancales

de maíz que abren la vega.

Hasta estos pagos, no obstante, los vientos del sur llegan un poco resecos. Han tenido que

ascender por la meseta, que no es ni mucho menos plana, y si continúan viaje se mezclan con los

vientos de las sierras e inundan la costa del temido poniente. Si me asomo al páramo que tengo

encima, el viento es más crudo y violento; si bajo a la orilla del río, todavía se puede cerrar los ojos

y sentirlo en la cara. Incluso cuando en el jardín no se menean ni las últimas hojas negras que

quedaron, quién sabe por qué, colgando de la catalpa, afuera la gente se sujeta el sombrero.

No me puedo quejar del viento. De los notos más duros me protege una muela que tengo al

sur; del cierzo, un desnivel considerable con respecto a la llanura donde sopla con toda su alma, y

de los vientos que bajan por el valle, por ancho que sea, me llegan hilachas filtradas por las ramas

de los árboles. Con la cabeza baja, cavando, leyendo, casi ni los percibo.

XCII

Los ábregos serán templados pero anoche prepararon una tormenta de las de antes. Las

rachas de viento escupían la lluvia en las ventanas, se metían por los canalones, que ululaban como

tubos de un órgano ronco, arrastraban las sillas del jardín, algunas volaban y al caer nos daba la

sensación de que un ciprés se hubiera descuajado y se precipitara con todo su estruendo sobre las

tejas, y poco antes de media noche se nos fue la luz. Entre velas escuchábamos el temporal, y aún

salí con una linterna para ver la magnitud de los daños. Las gotas caían como agujas en el haz de

luz, ni verticales ni paralelas, el viento las mantenía en vilo dando vueltas como insectos asustados.

Llamaba a los perros, pero mi voz no iba mucho más allá de mí, el viento la cortaba, hasta que en
Cuaderno de otoño 108

uno de los movimientos vi reflejarse los ojos de Galán, que estaba en uno de los pocos sitios donde

no azotaba el viento, resguardado en un talud al pie de los cipreses y parapetado por un seto de

aligustres. En el escondrijo de la valla donde suele retirarse, Morena escuchaba con resignación los

alaridos de la ventisca. Muy mojado pero más tranquilo me volví a meter en casa. El servicio de

averías, tras la insistencia de rigor, nos avisó de que el ventarrón había derribado una torreta y los

fusibles, como esta misma mañana me confirmaba un amigo bien informado en materia de

tormentas, habían estallado contra el suelo.

Eso hizo que pasáramos la noche en la doble oscuridad del sueño y del diferencial de la luz.

A eso de las tres de la mañana la tempestad se había recrudecido, me levanté a comprobar que no

hubiera habido más derrumbamientos (lleva días lloviendo y los álamos que crecen en las laderas

descarnadas, con las raíces a flor de suelo, son, además de los más grandes, los más viejos y

endebles), me abrigué con la primera manta que encontré palpando en una silla, encendí un candil

de latón que teníamos de adorno y caminé entre sombras llameantes hasta la puerta del jardín. En

esas circunstancias, con aquellos pasos, a la luz insuficiente de un pabilo, como si estuviera

deambulando por el desván de Cumbres Borrascosas, tuve la certeza de que, por mucho que lo

llevara días mencionando, solo en ese momento había llegado el invierno.

EPÍLOGO

Hoy escribo la última página de este cuaderno. El pasado 19 de septiembre le puse el pie a

una foto de Inma de las hojas de una parra. Después de ese, uno cada día, vinieron otros

noventa textos para otras tantas fotos. A veces era la imagen la que daba pie al contenido
Cuaderno de otoño 109

del fragmento, y a veces ilustraba un texto previo. Siempre había foto, siempre había

texto. 

El propósito era describir el paso del otoño por nuestro jardín. Solo eso. Deberíamos

haberlo titulado Jardín cerrado, como el libro de Emilio Prados. A esa limitación, es decir, a

renunciar a cualquier otro tema, siquiera de pasada, se unían, por mi parte, la de una

extensión fija y la obligación de que fuese diaria.

El resultado creo que es eso que antes se llamaba un libro de prosas, a veces, qué le vamos a

hacer, más cerca del Miranda Podadera que del padre Virgilio, con quien he pasado

muchas horas desde hace muchos años. Con él, antes que con Juan Ramón, aprendí que la

emoción, si la hay, nace del nombrar, de la exactitud bien escogida. Rara vez brilla la

belleza en los jaspes con que se suelen adornar las descripciones, sino en los detalles que

las definen. 

Quizás es eso lo único que perseguíamos, una colección de acuarelas realistas, un

calendario de pared con letras en vez de números. Empezó como ejercicio matutino para

otro proyecto de más fundamento, pero con el paso de los días se fue convirtiendo en

prioritario: lo otro podía dejarlo aparcado siempre que no hubiera una entrega de este

cuaderno que me pareciera por lo menos presentable.

No sé si es así como he visto el otoño o si es así como el otoño ha pasado por mí. Lo que

sí es cierto es que me he sentido más cerca del entorno real en el que vivo, e infinitamente

lejos de la realidad impuesta y virtual. Como terapia para no ensordecer con los clarines

del apocalipsis cotidiano, ha merecido la pena.

Esta vez ha sido Inma la que me pasó la foto del almendro viejo, el primer árbol que mis

padres plantaron en el jardín, hace, exactamente, cuarenta y tres años. Ya le dedicamos


Cuaderno de otoño 110

una entrada cuando aún se distinguían las ramas muertas y las vivas. Ahora, con el resol

de la mañana, se funden en un único, elegante, cadencioso árbol desnudo.