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EL ARQUETIPO DE LA LUNA

Asi como en la dimensión física entramos a la existencia a través de nuestra


madre, en el plano simbólico-energético lo hacemos a través de nuestra Luna,
Es decir, nacemos asociados a una cualidad básica con ciertas características
y patrones (por signo, casa, aspectos, etc,) que nos envuelven como si
constituyeran un capullo o nido energético; éste habrá de predominar por el
tiempo suficiente hasta tanto se cumpla su función de darnos la sustancia
básica que nos permita adquirir nuestra primera forma e identidad, nutrirnos,
protegernos y limitarnos con ese objetivo.
La Luna de nacimiento es nuestra "energía madre, la energía más familiar para
cada uno de nosotros que se despliega automáticamente con su cualidad
particular, a fin de constituir el entorno que nos rodea al nacer.
Esta energía brinda al bebé una sensación de completitud, desde la que se
excluye provisoriamente el registro de los otros componentes de la carta natal.
Mucho más lejanas, "exteriores" a esa estructura madre-hijo, quedan las
demás cualidades: su Saturno encarnado en el padre, Mercurio corporizado por
los hermanos, y los demás elementos que materializarán/describirán —en
términos astrológicos— el entorno y los primeros acontecimientos de su vida.
Cualquier suceso, simbolizado por la carta a través de los otros planetas,
deberá atravesar el filtro protector de la intimidad madre-hijo (Luna) para poder
afectarlo. Aquí puede verse de qué manera la energía lunar cumple su función
peculiar dentro del sistema.
Su significado se extenderá a las características del hogar y el entorno íntimo
que rodea a la madre y el hijo, en un segundo círculo en el que el niño queda
protegido del resto del mundo, es decir, del resto de la carta natal. La madre, el
tipo de hogar, lo afectivizado por la familia, todo esto posee una estructura
coherente que refleja la Luna del niño. Más tarde, a lo largo de su vida, este
patrón protectivo volverá a aparecer a través de distintos contextos, desde las
maestras del jardín de infantes hasta los múltiples ámbitos de pertenencia en
los que se mueva. Allí donde se sienta contenido, aparecerá la matriz lunar.
Al habitar este capullo protector de múltiples niveles, el niño va constituyendo
su primera identidad, que estará determinada por el signo de la Luna. Trátese
de Aries, Tauro o de cualquiera de los otros signos —con la complejidad que le
agregan los aspectos y la posición por casas— desde esas particulares y en
cada caso diferentes sensaciones iniciales de seguridad, intimidad, temor,
afecto, se tomará contacto con la manifestación de las otras energías: el
Ascendente, el Sol, Saturno, Marte, etc., que desde esa identidad provisoria
serán experimentados como estímulos "externos".
En forma simétrica a la importancia de la madre y la familia en los primeros
años, la cualidad lunar se impondrá a la conciencia, que dependerá para su
sensación de seguridad de la presencia de sus atributos: la acción para Aries,
la excepcionalidad para Leo o el orden para Virgo. Allí se fija una memoria
afectiva que rechaza o huye de las experiencias que contradicen a la cualidad
lunar, generando un circuito que refuerza la identificación. El núcleo aislante de
la Luna en Capricornio por ejemplo, no podrá reconocerse en las experiencias
asociativas de un Ascendente en Géminis e incluso inhibirá por mucho tiempo
la sensibilidad de un Sol en Piscis, puesto que ambas cualidades son
extremada mente abiertas, en términos energéticos, y ponen en peligro la
modalidad afectiva capricorniana.
De esta identidad fragmentaria surgirá el anhelo de repetición, que deberemos
diferenciar de la matriz energética lunar. Distinguir entre la proyección
psicológica de una memoria emocional y la objetivación de un patrón
energético, es el trabajo fundamental en el análisis de las lunas.
De todos modos, dentro de esta primera identificación y gracias a ella —
siguiendo con el paradigma esbozado en la primera parte— se desarrollará en
el tiempo una segunda identidad, simbolizada en este nivel por el Sol, que
crecerá en la matriz afectiva hasta expresarse como identidad personal.
Esta autoconciencia que va más allá de lo afectivizado deberá aprender a
elaborar sus relaciones con el resto del sistema energético: los demás
planetas, signos, casas y aspectos. Es en este aprendizaje donde se desarrolla
la trama habitual de nuestras vidas: un yo fragmentario que busca la realización
de sus deseos, en un campo vincular que experimenta como ajeno. Más allá de
nuestras reacciones psicológicas ante la manifestación energética, las
cualidades lunar y solar se desplegarán integradamente, de acuerdo a sus
ciclos y ritmos naturales. Tendrán así la oportunidad de abrirse a las energías
del Ascendente y de los otros factores más distantes de la conciencia, la que
aprenderá a desidentificarse del pasado para reconocerse en el ahora de las
manifestaciones cíclicas de la estructura.
Si esta fase madura, con la necesaria resignificación de la sensación de yo
separado, se hace posible entonces un segundo proceso, que desemboca en
la expresión de la cualidad sintética del Sí Mismo o centro del mandala natal.
En estos niveles, la Luna se seguirá manifestando ya no como refugio, sino
integrada al resto del sistema en tanto imprescindible capacidad afectiva y de
contacto, contribuyendo con el talento específico de su cualidad zodiacal a la
organización de la personalidad, primero, y de lo que podemos llamar
singularidad, después.--

El refugio de la memoria

Como vimos en la introducción, el arquetipo de la Luna posee una dinámica


evolutiva que presenta un punto de inercia; en éste, la misma cualidad
protectora y nutricia se transforma súbitamente en regresiva, repetitiva y
cristalizante. Aquello que en un ciclo natural (las fases lunares) y en el nivel
biológico, sucede con toda espontaneidad —esto es, la consumación del
proceso lunar con su disolución de la cualidad protectora y la natural liberación
de lo protegido— se convierte en una experiencia compleja en el nivel
psicológico.
La identidad constituida en el hábitat de la Luna se ha fijado y busca la
repetición de la cualidad afectivizada —la única asociada a la seguridad— para
seguir protegiéndose de las demás energías de la carta, que aún son vividas
como amenazantes. El hábito aislante de la Luna en Capricornio del ejemplo
anterior, se apoderará de la conciencia que rehuye la excesiva sensibilidad de
su Sol en Piscis y la apertura de su Ascendente geminiano. Casi con
seguridad, buscará inconscientemente el rechazo y la soledad para
permanecer en la situación de aislamiento conocida que, aunque sufriente,
será más segura que lo desconocido.
Como un pollito que permanece demasiado tiempo en el cascarón ya roto por
su propio crecimiento, la persistencia de la identificación con la cualidad lunar
demora la expresión de la nueva identidad y distorsiona el proceso de
integración de las energías más distantes para la conciencia. Ese núcleo
temeroso se cierra sobre sí y experimenta sistemáticamente las demás
cualidades que deberá asimilar a lo largo de su vida —los restantes planetas, el
Ascendente, etc.— como ajenas a él.
La conciencia seguirá imaginando que no existe peligro y que hay afecto a
disposición, sólo cuando se producen las situaciones propias de la matriz lunar;
por ejemplo, cuando hay contacto corporal en Tauro, palabra en Géminis,
acuerdo en Libra. Pero en la mayoría de los casos esto no es real, puesto que
no se están viviendo ya las mismas situaciones de la infancia; por consiguiente,
dejan de ser válidos los recursos de aquella época. La Luna, en cuanto
cualidad energética, prosigue con su ritmo natural, reapareciendo a lo largo de
la vida adulta en contextos nuevos e integrados al conjunto de la carta. Pero la
conciencia, fijada en la manifestación de esta cualidad en los primeros estadios
de su experiencia, la habrá reducido a un mecanismo psicológico en el que se
refugia toda vez que los acontecimientos superan su umbral de seguridad
emocional. Si un empresario —aparentemente exitoso y maduro— atravesara
por una quiebra, sería absolutamente lógico y saludable que buscara el
contacto con su familia y sus afectos, para encontrar consuelo y sostén
emocional en una situación difícil. Aquí estaría representada la energía lunar en
integración positiva con las restantes del sistema, en tanto patrón de
contención y
pertenencia. Sería más extraño, por cierto, que para consolarse fuera a buscar
a su madre, habiendo ya construido en su vida un entramado emocional
maduro y diferenciado, aunque podamos suponer que en una situación de
máxima crisis, la persona anhele el consuelo de su afecto más primario.
Pero lo que sí ejemplificaría el mecanismo es el caso en el que este
empresario, rechazando todo otro vínculo que no fuera la presencia de su
madre, se encerrara en la casa de ésta negándose a salir, en la convicción de
que la sola presencia materna habría de resolver sus dificultades.
Aunque parece una exageración, esto es lo que sucede habitualmente con
nuestra Luna, sin que lo advirtamos: la identidad integrada que — como el
pollito— salió del cascarón lunar para continuar creciendo, en realidad
permaneció adherida a él. Apenas, en el campo energético, una dinámica
particular afecta aquello que tenemos connotado como seguro, nos retraemos
en busca de lo más conocido —la Luna— de un modo tan absurdo como el de
un pollo que busca meter la cabeza en el huevo cada vez que se siente
amenazado, en la creencia de que así estará protegido.
Esto es lo que llamamos mecanismo lunar y es fundamental que lo distingamos
de la cualidad lunar y sus talentos. El mecanismo lunar es la repetición
regresiva de una matriz imaginaria de seguridad.
Aquella cualidad que sirvió como protección y nido afectivo en la infancia,
simplemente ya no cumple esa función, porque las condiciones han cambiado.
Sin embargo, la inercia del hábito imagina su repetición y recorta la realidad
para convencerse de que ese escenario aún es posible. Por eso, es falsa la
seguridad que su perpetuación ofrece y de esta ilusión surgen innumerables
conflictos de destino; de cualquier manera, esto se produce en nosotros, en
forma casi inevitable. Es todo un aprendizaje disolver la autonomía de la
memoria lunar que se proyecta inconscientemente sobre el mundo, para poder
vivir en forma integrada las cualidades de nuestra Luna.
Así como distinguimos —en diferentes órdenes de realidad— patrones de
despliegue energéticos que constituyen las matrices básicas de la astrología,
también debemos descubrir el modo a través del cual el ser humano reacciona
ante ellos, configurando patrones de respuesta que, al tender a fijarse,
producen sufrimiento y la repetición sistemática de secuencias de
acontecimientos (destino). Uno de nuestros patrones de respuesta más
importantes es el mecanismo lunar; comprenderlo es fundamental, para
diferenciar entre aquello que la matriz energética expresa y el modo en el que
la
conciencia queda atrapada por una trama de reacciones y proyecciones.
LIBRO "LAS LUNAS"
El refugio de la memoria
Eugenio Carutti

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