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Mi placer

Virginia Camacho
…Introducción…
Eloísa miró en derredor todos los asistentes a la fiesta de bodas de Ana y
Carlos. Era una fiesta pequeña, sin demasiados invitados, pero preciosa. Todo
había salido conforme a lo planeado; los convidados habían asistido muy bien
vestidos y absolutamente todos deseándoles tal vez también de corazón lo
mejor a la nueva pareja de casados, y ahora muchos de ellos bailaban en la
misma pista en la que estaban los novios mientras sonaba una música suave,
se escuchaban las conversaciones de los comensales, el sonido de las copas al
chocar en algún brindis, la risa de aquellos que conversaban animados en
grupo, como los más jóvenes…
Miró en un extremo a Judith, la madre de Juan José y Carlos, conversar
con otra de las invitadas y sonrió. Ella había terminado aceptando a Ana
como nuera, y no le había sido nada fácil, pero ésta, de alguna manera, había
conseguido ser aprobada. Suspiró por eso. Había sido testigo de muchas de
las cosas por las que había tenido que pasar la pobre Ana, aunque ahora ella
de pobre no tenía nada, en ningún sentido. Se la veía muy feliz bailando con
su esposo, como si flotara de la misma dicha.
—Se dice que es pecado dejar sola a una mujer guapa en un baile –
escuchó decir a sus espaldas, y Eloísa se tensó reconociendo la voz de
inmediato. Se giró suavemente sintiendo la piel de su espalda un poco
erizada. Le molestaba que esto le sucediera con este hombre. Siempre,
siempre. No había ocasión en que su estúpido cuerpo se quedara sereno ante
el menor contacto con él, o con su voz. Le molestaba sobremanera, pero no lo
podía evitar.
Alzó su mirada para encontrarse con los oscuros ojos de Mateo Aguilar. Él
le sonreía y extendía su mano hacia ella en una invitación a bailar. Cuando
ella pareció vacilar, Mateo simplemente elevó una ceja como si ahora en vez
de invitarla, la retara. Eloísa volvió a suspirar y extendió su mano aceptando
la de él. Salió con él en medio de la pista y empezó a moverse al compás de
la música.
Tragó saliva y cerró sus ojos mientras él acomodaba su mano en su cintura
y empezaba a guiarla. Oh, Dios, olía tan bien… se sentía tan bien, encajaban
tan bien…
Se mordió el interior del labio para controlarse, porque estaba a punto de
besarlo, de morderlo, de subirse a su cintura y apretarlo…
Calma, calma, se reprendió.
Ya antes habían bailado juntos, en alguna fiesta de navidad, o algún
cumpleaños, o cualquier otra cosa en la que hubiesen tenido que coincidir; y
coincidían muchas veces, pues su mejor amiga estaba casada con el mejor
amigo de él.
—Estás hermosa –dijo él, y ella no lo miró.
—Gracias—. Su corta respuesta pareció no desanimarlo, y lo escuchó
sonreír.
—¿Por qué no te rindes? –le preguntó suavemente al oído—. Sabes que
tarde o temprano cederás. ¿Por qué esperar un año?
Ella alejó un poco su cabeza para mirarlo fijamente. Error. Sus labios
estaban demasiado cerca.
Él era bastante alto, y aunque ella no era una enana, siempre le sacaba por
lo menos una cabeza. Eloísa elevó una ceja e hizo una mueca con sus labios
espantando sus pensamientos y tratando de concentrarse.
Hacía unos meses, ocho exactamente, este hombre que ahora la guiaba
suavemente al compás de la música le había propuesto tener una especie de
relación basada sólo en el sexo. “Acostémonos”, había dicho, y ella, en vez
de decir sí o no, le había contestado que en un año obtendría su respuesta.
Lo había hecho con la idea de darle una lección, de desanimarlo. Había
esperado que aquella vez en esa cafetería de hospital donde él tan
escuetamente había hecho su propuesta, se levantara de su asiento y le dijera
que ella no valía tanto, que un año era demasiado, que no la deseaba a ese
extremo. Había esperado que incluso se molestara y no le volviera a dirigir la
palabra, pero lejos de eso, cada día él era más persistente.
Y eso le molestaba, porque sólo le confirmaba que era más caprichoso de
lo que se había imaginado, con la suficiente paciencia como para alargar el
juego hasta donde fuera necesario.
—¿Así de seguro estás que aceptaré acostarme contigo? –le preguntó ella
sin mirarlo y con un claro desdén en su voz. Él se encogió de hombros.
—Es más que eso.
—Ah, ¿podrías explicarme, por favor?
—¿A dónde va el agua de todos los ríos del mundo? –preguntó él. Ella lo
miró como si no le interesara, pero él igual contestó —Al mar. Así tú, tarde o
temprano, terminarás en mi cama—. Eloísa arrugó su entrecejo tratando de
comprender ese razonamiento con la mente lo más abierta posible.
—No sé si eres el hombre más engreído del mundo, o yo una tonta por
permitirte creer algo así—. Él se echó a reír.
—Engreído si lo creyera de todas las mujeres, pero sólo hablo de ti.
—Ah, ¿sí? ¿Tienes el don de ver el futuro en sueños, así como Ana?
—No. Pero tú terminarás en mi cama –se inclinó un poco a ella y olisqueó
su cuello y Eloísa se quedó tensa, sintiendo su respiración desacompasada y
un hormigueo en la zona donde él había acercado el rostro—. No nos tortures
más… —Y la voz de él sonó como si verdaderamente estuviera siendo
torturado. A Eloísa otra vez la recorrió un escalofrío por toda su espina
dorsal.
—En el primer cumpleaños de Alex lo decidiré –dijo ella, recordándole
nuevamente lo acordado el día del nacimiento del hijo de Juan José y Ángela,
terca, y conservando su calmado tono de voz. Se escuchó la voz de él
quejarse, aunque no pronunció palabras. De verdad, de verdad, parecía como
si estuviera sufriendo mucho por culpa de ella—. Además, no estoy diciendo
que finalizada la fiesta del niño me iré contigo, sino que en ese momento lo
pensaré seriamente.
Mateo entonces la miró serio, y Eloísa mantuvo su mirada consiguiendo
no pestañear, mostrándose muy segura de sí misma y de sus palabras.
—Eso no fue lo que acordamos.
—Ah, ¿no?
—No. Dijiste, y lo recuerdo muy claramente, “en un año lo haremos”.
—No dije qué haríamos, ¿verdad?
—Es más que obvio.
—No para mí. Ni siquiera he pensado en las consecuencias que podría
haber si me enredo contigo en un…
—No será un enredo.
—Pero no puedes obligarme a hacerlo, ¿verdad? —los ojos de él brillaron,
y Eloísa se preguntó si acaso se había molestado. No tuvo modo de saberlo,
ni siquiera cuando él sonrió negando.
Pasaron unos segundos en los que los dos siguieron bailando en silencio.
Eloísa respiró profundo sintiéndose un poco tramposa, pero no le importó.
Era una enmienda un poco rara y sexista, pero había estado desesperada.
—¿Podré besarte de vez en cuando, aunque sea? –preguntó él, y ella
estuvo tentada a sonreír. Él seguía sin darse por vencido. Se retiró un poco
para mirarlo nuevamente, y aunque quiso, no pudo componer un semblante
adusto.
—No —contestó.
—¿Podré intentar seducirte?
—No.
—¿Decirte cosas? –esto lo dijo con sus labios pegados a su oreja, y Eloísa
tuvo que carraspear.
—A menos que te ponga una cinta en la boca, no sé cómo podría evitar
eso.
—Y no sabes cómo me alegra —Eloísa lo miró con ojos entrecerrados. Él
sonreía travieso, y ella pensó en que nunca le había visto esa sonrisa—. Haré
que te arrepientas de haberme hecho esperar. Te torturaré—. Ella se echó a
reír como si sólo lo hiciese por cortesía.
—Sí, claro.
—Te torturaré día y noche –prometió él—. Serás mía, Eloísa Vega. Te
tendré como quiero –él la miró a los ojos, y Eloísa se quedó un poco
impactada al ver la seriedad en su expresión—. Puedes enterrarme el tacón de
tu sandalia en el pie, pero tú estás hecha para mi placer.
Más que enojarse, Eloísa se sorprendió de las palabras que él empleaba. Él
pensaba, ni más ni menos convertirla en un juguete sexual. Un juguete para
su placer.
Meneó su cabeza sin mirarlo y respiró profundo. Ya sabía que Mateo, tal
vez por ser quien era, por el medio en el que se educó, o el dinero que tenía,
era un tipo seguro de sí mismo, acostumbrado a que las mujeres se le
rindieran sin él pedirlo, a dar órdenes y ser obedecido.
No sería así con ella. Como que se llamaba Eloísa. Tenía la terquedad de
su madre y la “malicia indígena” de su padre. Mateo no tendría una lucha
fácil, si es que pensaba luchar. Podía ser que al final de los cuatro meses, él
estuviera enredado en otro par de piernas y se le olvidara el convenio al que
habían llegado, y entonces ella se le reiría en la cara por haber demostrado
que no era más que un niño rico caprichoso y pretencioso que había apostado
y había perdido.
Ella ganaría. No era el juguete sexual de nadie.

Mateo cerró sus ojos deseando apoyar su barbilla en el cabello de ella, o


poder leerle la mente. ¿Qué pensaba ella? ¿Qué planeaba? ¿Cuáles eran sus
miedos? ¿Por qué no se rendía ya? ¿Por qué le imponía esta espera?
Bueno, ya que ella parecía decidida, él no tendría más salida que esperar.
Sin embargo, en el ínterin, él se divertiría mucho con ella. La provocaría
hasta enloquecerla, en varias maneras.
…1…
Eloísa bajó de su auto con un enorme oso de felpa. Bueno, no era un oso,
más bien un perro, y era casi tan grande como ella. Esperaba que a Alex le
gustara. Miró en derredor y vio varios autos estacionados en el jardín, entre
ellos un Jaguar. No sabía mucho de los modelos de los Jaguar, pero reconocía
ese emblema, así que aquí debía haber visitantes.
Caminó hacia la puerta de entrada de la casa de Ángela y Juan José y
llamó al timbre.
Pasaron unos segundos y entonces cayó en cuenta de algo: no se
escuchaban los ruidos propios de una fiesta de cumpleaños. Aquí debería
haber música, gritos y risas, ¿no?
¿Se habría equivocado de fecha?
Sacó su celular y verificó. No, no, imposible. Ella tenía esa fecha más que
grabada en su mente y en todos los calendarios...Hoy era el primer
cumpleaños de Alexander Soler.
Revisó las últimas conversaciones en su teléfono entre ella y Ángela, y
entonces se dio cuenta de que su amiga no le había dicho nada de una fiesta
de cumpleaños para su hijo. No creía que no la hubiese invitado, más bien,
parecía que ni siquiera la había programado.
Ángela no había hecho fiesta de cumpleaños y ahora ella estaba aquí con
un enorme perro de felpa. Diablos.
Debió preguntarle. A pesar de que estaba fuera del país, debió preguntar:
A propósito, ¿le harás fiesta a Alex? Estaré allí para la fecha. Y entonces ella
habría contestado: Sí, obviamente estás invitada, o, No, lo dejaremos para su
cumpleaños dos o tres... Pero a ella no se le había ocurrido siquiera
mencionarlo, lo había dado por sentado y ahora estaba aquí como una tonta.
La puerta se abrió, y tras ella apareció Ángela, que le sonrió al verla, pero
al darse cuenta del perro de felpa, hizo una cara de sorpresa.
—¿Para Alex?
—¿Ese es tu saludo? –le reclamó Eloísa mirándola con cara de pocos
amigos—. Llevo fuera del país casi un mes, ¿y así me recibes? —Ángela se
echó a reír y la rodeó con sus brazos.
—¿Para Alex? —volvió a preguntar Ángela señalando el peluche. Eloísa
miró al techo haciendo rodar sus ojos.
—Sí, es para Alex, claro; en su cumpleaños.
—Ah, gracias –dijo Ángela recibiéndolo, y entró con ella a la casa. Eloísa
miró en derredor. Efectivamente, no había niños llenando la sala o el jardín,
ni tartas, ni música ni nada. Todo parecía muy normal, incluso Ángela, que
lucía su cabello recogido a medio lado, y ropa casual como si se estuviera
disponiendo a salir. Ni señales de una fiesta, ni visitantes. Tal vez el Jaguar
de afuera era de la familia. Ciertamente, Ángela podía permitirse un auto así
de lujoso—. Debimos hacer la fiesta, de todos modos —sonrió Ángela
subiendo las escaleras con el perro de felpa. Eloísa la siguió sintiendo el
corazón martillearle en el pecho. No había habido fiesta. ¿Y ahora?
Ángela entró a la habitación de Alex, donde había otras cajas de regalo,
algunas ya abiertas—. Éstas las mandaron Ana y Carlos; Silvia, Paula y hasta
Sebastián.
—Cuántos regalos —se admiró Eloísa mirando la cantidad de cajas.
—Es su primer año.
—¿Y por qué no le hiciste fiesta?
—Pensé que sería mejor dejarlo para el tercer año.
—Me lo imaginé.
—Ahora no será muy consciente de lo que pasa a su alrededor y no lo
disfrutará.
—Eso no lo sabes.
—A Carolina le hicimos una fiesta en su primer año, y todos la disfrutaron
menos ella. No hizo sino llorar, quejarse, asustarse de los desconocidos, y
luego se quedó dormida dejándonos sin cumpleañera... Así que esta vez
preferimos esperar una edad en que él esté un poco más grande y pueda de
verdad divertirse en su fiesta de cumpleaños. Pero ahora me estoy
arrepintiendo.
—Nada de eso. Es mejor como dices; a sus tres años sí que disfrutará la
fiesta, y a lo mejor hasta la recuerde cuando crezca.
—Eso espero—. Ángela miró a su amiga, alta y delgada, que miraba los
regalos con media sonrisa en el rostro—. ¿Y cómo está tu hermana? —le
preguntó. Eloísa apretó los labios asintiendo. Durante el último mes, había
estado con Beatriz, su madre, en Canadá, donde residía desde hacía varios
años su hermana mayor.
—Su bebé nació sano y salvo —le contestó Eloísa—, con veintiún deditos
—. Ángela sonrió confundida—. Es varón —Aclaró Eloísa, y Ángela se echó
a reír. Salieron de la habitación y Eloísa no dejó de mirar en derredor. La casa
estaba prácticamente desierta, ni siquiera estaban los juguetes de Carolina o
de Alex desperdigados por la sala como era normal ver.
Si no había fiesta de cumpleaños, ¿qué pasaba con el trato que tenía con
cierta persona? Si él no venía, ¿se anulaba el acuerdo? ¿Vendría él a pesar de
que no había fiesta? Oh, diablos, ¿por qué no se aseguró antes de esto? ¿Por
qué no pensó en esta posibilidad?
—¿Te ofrezco algo de tomar? —le preguntó Ángela caminando hacia la
cocina. Eloísa no tuvo más opción que seguirla. Ángela, a pesar de tener ya
dos hijos, seguía viéndose hermosa. Una Blancanieves tal y como siempre
había dicho.
—Lo que tengas está bien—. Ángela abrió el refrigerador y sacó una jarra
de jugo—. No contiene azúcar —le dijo mientras le servía un vaso. Eloísa
sonrió.
—¿Estás haciendo dieta, o algo?
—Claro que sí. No he recuperado mi antiguo peso. Juan José me entrena
en ejercicios de cardio.
—Qué bien.
—Eso cuando nos queda tiempo, que es muy pocas veces, por eso no
avanzo mucho.
—Me imagino.
—¿Y cómo te va en el trabajo? –preguntó Ángela cambiando de tema.
Eloísa respiró audiblemente
—Ah, bien... ¿Qué hay de los niños? ¿Dónde están? –en el momento se
escuchó el bullicio de gente que entraba a la casa desde el jardín trasero.
Carolina hablaba en voz alta, Alex gritaba por algo emocionado, Juan José le
daba alguna orden a Carolina acerca de no correr... y la risa de Mateo.
¡Había venido! A pesar de que seguramente él sí sabía acerca de que no
habría fiesta, ¡había venido!
Ángela fue a recibirlos y Eloísa fue otra vez tras ella. Miró a Mateo
sintiéndose entre sorprendida y complacida, y al darse cuenta de que tal vez
estas emociones se reflejaban en su rostro, miró hacia cualquier otro lado,
tratando de relajar sus facciones, y hasta su cuerpo.
¿Complacida por qué?, se preguntó. ¿Era tonta acaso?
Bueno, se contestó a sí misma, hoy finaliza el tiempo de espera. Hoy se
acaba esta tontería que había iniciado hacía un año, el día del nacimiento de
Alexander Soler.
Recibió el abrazo y los besos de Carolina, felicitó a Alex, que estaba en
brazos de su padre, y lo mimó un rato e hizo parte de la algarabía por un
momento.
—¿Cuándo volviste? –le preguntó Juan José.
—Ayer —contestó, y luego miró a Mateo. No quería que él creyera que
había programado su viaje para poder estar aquí el día de hoy, pero él parecía
distraído con algo que le mostraba Carolina.
—Me alegra que estés aquí. Ahora pienso que sí debimos hacer fiesta.
Más temprano estuvo aquí Ana con toda la familia felicitando a Alex. —Juan
José siguió hablando de lo que habían estado haciendo en el jardín trasero.
Eloísa sonrió al verlo tan entusiasmado con sus hijos. Años atrás jamás se lo
habría imaginado en esta postura; de soltero, no era, ciertamente, del tipo
hogareño.
—Bueno, ya me tengo que ir —anunció Mateo, y en seguida se escuchó la
protesta de Carolina, y luego la de Alex haciéndole coro a su hermana, como
acostumbraba.
Eloísa lo miró entonces un poco confundida.
—Deberían quedarse un rato —pidió Ángela—. Podríamos salir por allí
todos. Lo teníamos pensado, de todos modos—. Y era verdad, notó Eloísa.
Los niños estaban vestidos y listos para llevarlos tal vez a un cine, o a un
parque de diversiones, o a donde sea que los padres llevaban a sus hijos a
divertirse.
—Ya me he entrometido bastante en su día familiar –se negó Mateo, y
luego la miró a ella—. ¿Te llevo a alguna parte?
—Traje mi auto.
—Ah...
—¿Se van, entonces? –preguntó Juan José, sin pizca de pesar en su cara.
Eloísa casi se echa a reír. Se acercó a Ángela y la abrazó, hizo lo mismo con
los niños, aunque pillar a Alex, que corría por la sala, fue más complicado.
Salieron al tiempo de la casa, y, un poco pasmada, Eloísa vio a Mateo
subir al Jaguar, ponerlo en marcha y alejarse de la casa.
¿De veras? Se preguntó. ¿Esta era la respuesta?
—Típico –dijo entre dientes, mientras se metía en su pequeño automóvil y
metía la llave en el contacto. Ella había estado bastante ansiosa por el día de
hoy, más de lo que podía admitir ante sí misma. Pero, tuvo que aceptarlo,
desde hacía un tiempo, él no había vuelto a insistirle como solía hacer,
siempre pretendiendo que ella echara por la borda la decisión de esperar un
año—. Dime entonces a qué estuviste jugando todo este tiempo –masculló
con mal humor. Quitó el freno de mano y salió del jardín hacia la carretera—.
¿Esta es tu manera de mandar a la mierda el trato que teníamos? ¿O lo
mandaste hace tiempo y soy la última en enterarse?
Tuvo que detenerse cuando, después de haber andado un par de
kilómetros, vio el Jaguar parqueado a una orilla del camino. Mateo estaba
recostado a una puerta y tenía las manos en los bolsillos. Él llevaba unos
simples jeans desgastados y una camisa oscura debajo de una chaqueta de
pana café. Eloísa tuvo que admitir que este hombre tenía buen gusto al vestir;
fuera casual, formal o de cualquier otra manera, siempre se veía bien. Parecía
tener alguna asesora que le indicara qué era lo adecuado según el clima y la
fecha, y se pusiera lo que se pusiera, todo le sentaba bien.
Afortunado.
Tuvo que mirarse a sí misma. Ese día había elegido un vestido de lana que
le llegaba a medio muslo, y destacaba bastante sus curvas, porque tenía.
Leggings negros y botas a juego. Respiró profundo recordando la seguridad
en sí misma que había sentido cuando se mirara en el espejo antes de salir de
casa. Sabía que se vería con él y por eso había elegido este atuendo. Se veía
fabulosa, y repitiéndoselo como un mantra, bajó el vidrio de su ventanilla.
Sintiéndose furiosa, lo vio acercarse a ella a través del espejo retrovisor.
Caminaba a paso lento, y cuando estuvo ante ella, se inclinó para mirarla por
la ventanilla.
—No fue muy listo de tu parte traer tu propio auto –dijo él. Eloísa hizo
una mueca.
—¿Por qué no? ¿Por qué debo andar en taxis cuando tengo mi propio
transporte?
—Porque sabías que, de regreso de esta cita, irías en el mío—. Ella abrió
la boca sorprendida, y al ver su sonrisa, quiso pegarle. Abrió la portezuela y
salió a enfrentarlo, pero él no se amilanó. Sino que, aun con sus manos
metidas en los bolsillos, la miraba sonriendo.
—¿Así que insistes en eso?
—Eloísa, tú tampoco lo has olvidado.
—Cada día que pasa, eres más presumido que el anterior.
—¿Acaso no estás aquí usando la fecha de cumpleaños de Alex como
excusa para cerrar este trato que hicimos? –Ella iba a decir algo, pero él por
fin sacó una mano del bolsillo y le puso el dedo índice sobre los labios—.
Vamos a discutirlo en otro lado –dijo.
—¿Qué tendríamos que discutir? Tú...
—Por esta calle tendrán que pasar Juan José y Ángela con los niños, ¿de
veras quieres que nos vean hablando aquí? –Ella frunció aún más el ceño al
comprender que él tenía razón, y se cruzó de brazos mordiéndose los labios,
que le cosquilleaban allí donde él la había tocado—. Sígueme, por favor –le
pidió él, y sin comprobar si ella estaba de acuerdo o no, él simplemente se dio
la vuelta y se metió en su auto.
Refunfuñando, ella se metió en el suyo.
Luego de varios minutos andando, donde no le fue muy difícil seguirlo,
pues él iba bastante lentamente, tal vez asegurándose de que ella sí lo
estuviera siguiendo, Mateo se detuvo en un lujoso hotel; salió del auto y le
entregó las llaves al botones. Eloísa sentía que echaba chispas. ¡En un hotel!
¡En un hotel! ¿Qué se creía? Empuñó las manos rehusándose a bajar,
deseando sólo golpearlo en ciertas partes. Estaba siendo tan cerdo como
todos los hombres eran. ¡Típico! ¿Qué creía, que se acostaría con él aquí
mismo sin pérdida de tiempo? ¿Esto era lo que él había creído que sucedería
este día?
—Hay un buen bar aquí –dijo él desde afuera—. Permíteme invitarte a una
copa.
Ella soltó los puños de repente. Era verdad. Incluso ella había venido aquí
una que otra vez, y el sitio tenía un buen ambiente.
Entregó las llaves y caminó al lado de él, siguiéndolo, apretando un poco
su bolso y tratando de calmar la furia que iba y venía por momentos. Su
genio era muy volátil hoy, y se debía a mil cosas al mismo tiempo. Se temía
que Mateo no lo iba a tener muy fácil si lo que quería era enrollarse con ella
hoy.
Pero él parecía muy tranquilo, relajado. Cuando se internaron en el
ascensor, él volvió a meter sus manos en los bolsillos de su pantalón, e
incluso tarareó la canción de un comercial de televisión.
Respiró profundo. Tal vez era ella la malpensada y la cerda aquí. Tal vez
él no pensaba llegar tan lejos hoy.

Mateo la miró de reojo, tensa como las cuerdas de un violín... e igual de


esbelta. Diablos, si no metía las manos en el bolsillo, metería la pata tratando
de tocarla, y ella hoy parecía un fosforito; con cualquier roce se encendía su
mal genio. Estaba preciosa, con su cabello largo y castaño que ahora tenía
mechas más claras, esa ropa que le favorecía en extremo... Y olía bien, muy
bien.
Sonrió. Había sido cómico verla en casa de Juan José pensando tal vez que
había fiesta. Como no recibió ningún mensaje de ella donde le propusiera
posponer la fecha o cambiar el sitio de encuentro —aunque realmente no se
había acordado ningún sitio de encuentro—, inventó una excusa para venir a
casa de Juan José un domingo por la tarde y así poder encontrarse con ella de
todos modos. Cualquier cosa, menos perder esta cita.
Siempre había sabido que ella vendría, pero el verla allí lo había aliviado
sobremanera. Al parecer, en el fondo de su ser, había albergado una duda.
Entraron silenciosamente al bar y la condujo a una de las mesas. El sitio
estaba más bien solo por ser tan temprano, y los meseros no tardaron en
acercarse y ofrecerles bebidas. Mateo pidió una simple cerveza, y Eloísa lo
imitó, aunque prefirió una más baja en alcohol.
—Gracias –dijo él mirando al joven uniformado cuando les trajo los vasos
con la bebida espumosa. Escuchó el suspiro de Eloísa y la vio cruzarse de
brazos—. Estabas pensando mal de mí, ¿verdad? –la pinchó él, y ella lo miró
a los ojos.
—¿De qué hablas? –él sólo rio a la vez que meneaba su cabeza—. ¿Y
bien? –preguntó ella—. Me trajiste aquí... y quieres que hablemos, así que
hablemos—. Él ladeó un poco su cabeza mirándola atentamente, y apoyó los
antebrazos sobre la mesa sin dejar de observarla.
Sabía que ella, a sí misma, no se consideraba guapa. La había escuchado
hablar con Ana y Ángela en ocasiones, y era experta sacándose defectos a sí
misma. Odiaba su nariz, según ella demasiado larga; odiaba sus labios, a su
parecer muy finos; odiaba sus tetas, que en sus propias palabras eran
inexistentes.
Tal vez se estaba mirando en el espejo equivocado.
Recordó la primera vez que la vio, en Trinidad, una noche que él y Fabián
fueron a visitar a la esposa de Juan José. Lo primero que había llamado su
atención sobre ella era su estatura. Era más alta que la media en Colombia, tal
vez más de un metro setenta. Al lado de mujeres como Ana y Ángela
destacaba. Era delgada, con curvas, y ah, unas piernas espectaculares. ¿Cómo
podía ella verse a sí misma llena de defectos?
Eloísa elevó sus cejas llamando su atención, y él volvió a concentrarse en
el aquí y el ahora, en lo que los reunía en este momento. Debía tener cuidado
con cada cosa que dijera, pues ella se estaba comportando como si no le
interesara aclarar las cosas; estaba poniendo un muro entre los dos, y se
estaba haciendo difícil sortearlo.
Estaba prevenida, concluyó. En todos los años que llevaba de conocerla,
era lo que había aprendido de ella; estaba prevenida contra todo y contra
todos, pero, sobre todo, contra él, y eso no hacía sino llevarlo a preguntarse
qué había sucedido en su vida para ser así. Él nunca le había hecho nada;
cuando la situación lo requería, más bien eran buenos amigos. Nunca le había
faltado al respeto, nunca le había mentido, y tampoco le había quedado mal
en nada.
Hizo una mueca y se concentró en su carta de bebidas.
—Entonces, estuviste en Canadá hasta ayer –dijo él, intentando iniciar una
conversación más bien casual. La escuchó dejar salir el aire, y comprendió
que ella había esperado que él abordara el tema de su propuesta de hace un
año inmediatamente después de sentarse.
—Sí. Cosas de familia —contestó Eloísa con la mirada baja—. Mi
hermana estaba embarazada de su primer hijo y mi mamá y yo fuimos a
verla. Yo estaba de vacaciones, así que me venía perfecto.
—Qué bien. ¿Es la primera vez que vas? –ella lo miró entrecerrando sus
ojos, tal vez preguntándose si de verdad le interesaba.
—No. Ya antes había ido—. El murmuró algo asintiendo.
—Yo, en cambio —añadió luego— estuve aquí, cruzando los dedos—.
Ella lo miró elevando una ceja—. Pensé que no vendrías—. Ella sólo ladeó su
cabeza y Mateo sonrió. —A cumplir la cita conmigo —concluyó. Ella lo
miró entrecerrando sus ojos.
Conque al fin iniciaba el tema, pensó Eloísa. Bueno, el preámbulo no
había sido muy largo, pero había servido para que sus nervios se distendieran
un poco. Su irritación también había disminuido. Dios, querido, ¿por qué
estaba tan molesta con él?
Porque habría preferido que el tiempo se alargara y se alargara y que este
día no llegara nunca, se contestó a sí misma. Y al mismo tiempo...
—Di mi palabra de que estaría aquí –dijo. Él sonrió mirándola y no agregó
nada más—. Sólo estoy un poco sorprendida de que un año no te sirviera para
que cambiaras de idea –dijo ella, como si tal cosa. Él la miró sonriendo un
tanto sorprendido.
—¿Esperabas que lo hiciera?
—Estaba más que segura de que no me perdonarías que te hiciera esperar
tanto por tan poco.
—¿Tan poco? —preguntó él casi atragantado. Se echó a reír mirando a
otro lado. Ella lo miró atentamente. Guapo, guapo, pensó—. Pues no he
cambiado de idea, por el contrario, con hacerme esperar, sólo has conseguido
que lo ansíe más.
—¿Por qué? –preguntó ella elevando una ceja.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué lo ansías? –él hizo una mueca, y ella siguió—. No me digas
que soy la mujer más hermosa en la que has podido posar tus ojos. Un
hombre como tú seguramente tiene muchas mujeres dispuestas a su
alrededor.
—¿Esperas de verdad que responda a eso?
—Al menos dime por qué esperaste un año. En este momento podría
decirte que no, ¿sabes? Que no me acostaré contigo por nada en este mundo
—. Él borró su sonrisa y la miró fijamente, y Eloísa tuvo que echarse a reír,
burlándose de él. Él cerró sus ojos meneando su cabeza.
—¿Quieres poner algunas condiciones? –preguntó él—. ¿Tienes
exigencias? –Eloísa miró al techo suspirando. ¡Hombres, hombres! Pero
bueno, era hora de acabar con esto.
—Sí. Tengo unas cuantas condiciones –él abrió un poco grandes sus ojos,
sin poder disimular su sorpresa. ¡Ella estaba diciendo que sí!
Espera, ¿realmente estaba diciendo que sí?
—Primero que todo... —empezó a decir ella, pero él elevó una mano y la
detuvo. Eso la confundió un poco—. ¿Qué pasa?
—No quiero sobreentendidos. ¿Aceptas tener una relación conmigo?
—De sólo sexo –aclaró ella—. Sí.
—Vale –susurró él. Se pasó la mano por la cara y se recostó también al
espaldar de su silla cruzándose de brazos tal como había hecho ella hacía
unos minutos—. Vale –dijo un poco más firmemente.
—¿Tengo que decirte alguna razón por la que he decidido esto?
—Si la quieres compartir...
—Tengo curiosidad –contestó ella llanamente—. Tal vez fue tu culpa al
introducir esa idea en mi mente, pero pasado un año, tengo curiosidad.
—Está bien. Curiosidad. Es una buena razón—. Ella sonrió de medio lado
—. ¿Y tus condiciones y exigencias? –siguió él, y ella apretó sus labios
asintiendo.
—Sí. Tengo unas cuantas, como te dije—. Ella buscó su bolso y hurgó un
poco en él. Sacó una pequeña agenda con forro de cuero y un bolígrafo.
Mateo se preguntó si tenía allí apuntadas las condiciones, pero entonces la
vio buscar una página en blanco y empezó a escribir "Condiciones y
restricciones para una relación con Mateo". Él notó que la palabra "Relación"
la había subrayado dos veces, pero no dijo nada—. Primero: —dijo ella a
medida que iba escribiendo— No quiero que lo sepa nadie—. Él la miró
fijamente.
—Cuando dices nadie...
—Me refiero a nadie. A ninguno de nuestros amigos en común. A tu
familia. A mi familia. No quiero que lo sepa nadie—. Él permaneció
inexpresivo. Luego de unos segundos en silencio, ella elevó el rostro para
mirarlo esperando su respuesta. Él, con un movimiento de cabeza, asintió.
—De acuerdo.
—Segundo –siguió ella—: mientras esto dure, quiero la exclusividad –él
frunció el ceño, y antes de que pudiera protestar, ella agregó—: Soy
inflexible en esto. Si tienes un problema al respecto, dímelo y aquí termina
todo. No estoy dispuesta a que una noche estés conmigo y luego con otras. Si
tengo la más mínima sospecha de que te acuestas con otras al tiempo, se
acabó—. Él la miró entrecerrando sus ojos y sin decir nada por varios
segundos, segundos en los que ella fue apretando sus dientes cada vez con
más fuerza como esperando que él al fin protestara, se levantara del puesto y
se fuera.
—No hay problema –dijo él con voz despreocupada, lo que la sorprendió.
—Me entendiste, ¿verdad? Si tienes una novia ahora mismo, deberás
terminar con ella.
—Te entendí. Ni novias, ni aventuras, ni nada. La exclusividad total.
—Bien... —ella siguió mirándolo de hito en hito—. Bien... —volvió a
decir, como si no se creyera que aceptara esto sin más ni más, y tomó aire
disponiéndose a lanzar su siguiente condición—. Tercero –disparó—: Sólo
nos veremos ciertos días de la semana.
—¿Qué?
—Soy una mujer ocupada —explicó—. No podré correr a ti cada vez que
se te ocurra—. Ahora sí, el refunfuñó algo—. Miércoles –siguió ella—,
viernes y sábado.
—¿Sólo tres días?
—Son más que suficientes.
—¡Estoy en desacuerdo!
—¡Es mi condición!
—Acepté sin problemas las anteriores, así que tengo derecho a protestar
en ésta –ella hizo una mueca mirándolo.
—¡Tienes que aceptarlo!
—No lo aceptaré. Y si has acabado, pondré mis condiciones.
—¿Tú tienes condiciones?
—¡Claro que sí! ¿Eres la única que puede ponerlas?
—Bueno... No… pero, ¿qué condiciones podrías tener tú?
—Muy simple. Si pides la exclusividad de parte mía, yo la exijo de parte
tuya.
—Eso es intrínseco al contrato.
—No para mí. ¿Tengo tu palabra? ¿O no tengo derecho a hacerte esta
exigencia?
—Para mí es obvio. ¡No soy infiel!
—Yo tampoco lo soy. Y segundo, ya que me pides que te sea fiel, deberás
atender entonces a todas mis demandas.
—¿Qué?
—Así que por eso estoy en desacuerdo con ese absurdo horario. Nos
veremos cuando queramos, nos apetezca o lo necesitemos. Nada de horarios.
—Pero...
—Piénsalo, Eloísa. ¿Qué sentido tendrá ponernos horarios? No quiero
algo restrictivo y aburrido. Te prometí que lo pasaríamos bien. No podré
cumplir esa promesa si estás poniendo esa clase de límites—. Ella hizo una
mueca mirando a otro lado.
Eloísa apretó sus labios y miró su bebida deseando haber pedido algo más
fuerte. Miró a Mateo con rencor.
—Por supuesto –siguió él, tal vez intuyendo la tormenta que se estaba
formando dentro de ella—, prometo no tomarte por sorpresa, llamarte
siempre con antelación e informarte de los planes que tenga—. Ella lo miró
un poco torvamente.
—Está bien—. Él sonrió, y le dio un trago a su bebida.
—¿Algo más? —Eloísa suspiró.
—Los preservativos corren por tu cuenta —Mateo no lo pudo evitar y
sonrió.
—¿También las cenas, y las bebidas?
—Exacto.
—Bien. Agrega, por favor, en el contrato, que si te invito a un viaje y no
hay una ocasión de especial gravedad que te lo impida, irás conmigo.
—¿Viajes? —Mateo se encogió de hombros.
—Primero habrá que aclarar qué es una ocasión de especial gravedad —
siguió él—. Enfermedades, hospitalización o fallecimiento.
—¿Mío o de mis familiares? —. Mateo la miró con ojos entrecerrados,
pero entonces ella sonrió y sacudió su cabeza—. Oh, olvidaba algo —siguió
ella—. Esta relación terminará en el cumpleaños número dos de Alexander.
—¿Qué?
—No esperarás que sea indefinido, ¿no?
—Bueno, yo...
—No quiero alargar esto acortando así mis posibilidades de, algún día,
casarme. Y una vez que acabe, no habrá prórrogas ni concesiones de más
tiempo. En un año más, todo habrá acabado.
—Me parece muy poco tiempo.
—¿Muy poco? Por el contrario, pensé que protestarías porque sería
mucho. Pero la razón es que tengo veinticinco años, y no quiero que mi edad
fértil se vaya en una aventura contigo.
—¿Deseas tener hijos?
—Claro que deseo tener hijos... algún día, con mi esposo, obviamente... si
me caso—. Mateo la miró en silencio largamente, y Eloísa tuvo que esquivar
sus ojos. No le gustaba mucho esa luz que había ahora en ellos—. Y, por
último —siguió, y luego aclaró su garganta—, en el caso de que uno de los
dos se canse de esto, lo dirá claramente y sin dramatismos. No se necesitará
ninguna excusa de peso para que termine—. Ella ahora sintió su mirada más
fuerte aún.
—Eloísa... —empezó a decir, y parecía que en realidad tenía algo muy
serio a flor de labios, pero pasaron los segundos y él simplemente sacudió su
cabeza—. Está bien. Terminar sin dramatismos—. Él no lo pudo evitar y se
echó a reír.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó ella.
—Que esto más bien parece un contrato de arrendamiento. Lo que no sé es
quién arrienda a quién.
—No me parece graciosa esa comparación, ¿sabes? –dijo ella arrugando
su nariz.
—Tengo el presentimiento de que pones todas estas condiciones y asumes
esa actitud con la esperanza de que yo desista –ella elevó sus cejas—. No
desistiré –le advirtió él—. He esperado un año, no desistiré ahora—. Ella
sonrió entonces, y se puso en la misma posición que él sobre la mesa.
—Está bien. Sea lo que sea que consigas con esto, te lo habrás buscado tú
solito.
—Procuremos no hacernos daño en el camino –dijo él tendiendo a ella su
mano.
—No nos hagamos daño –ratificó ella, y la recibió estrechándola, sellando
así el trato entre los dos.
…2…
Mateo dejó un billete sobre la mesa, cumpliendo así con una de las
cláusulas del contrato que acababa de sellar con Eloísa Vega, y se puso en
pie. También Eloísa; recogió su bolso y se levantó de su asiento.
Al entrar en el ascensor, él le tomó una mano para impedirle alejarse
mucho.
—¿Qué…? —empezó a preguntar ella, pero entonces él la besó. Eloísa
sintió los labios de Mateo sobre los suyos y se sintió sorprendida, un poco
asustada, pero también aliviada. Como siempre, él había roto el hielo a su
particular manera.
Pero estaba siendo un beso muy simplón, así que abrió un poco sus labios,
y él, ni corto ni perezoso, se coló dentro. Puso una mano en su cuello, como
si temiera que ella se fuera a alejar y se pegó un poco a su cuerpo, besándola
suave, despacio, explorando sus labios, que tocaba con los suyos por primera
vez.
Por primera vez y por fin, pensó Eloísa. No se había dado cuenta de
cuánto había esperado este beso.
Todo su cuerpo parecía haber estado anhelándolo, desde siempre, desde
que los oscuros ojos de él se posaran sobre ella aquella vez que se conocieron
en casa de Juan José y Ángela allá en Trinidad, desde esa vez que se
encontraron en aquella discoteca en Bogotá.
El ascensor se puso en movimiento tomándolos por sorpresa, y ambos
miraron al tablero electrónico. Se habían olvidado de marcar el botón del piso
al que iban y alguien lo había pedido.
—¿Me creerías si te digo que he estado ansiando este beso desde hace casi
una eternidad? —murmuró él con la nariz metida en su cabello, aún
abrazándola. Eloísa se sentía débil, con el cerebro incapacitado para razonar a
profundidad ninguna cosa. Sólo era consciente de que las manos de él estaban
sobre su cintura y su espalda y la atraía a él de manera posesiva.
—De… deberíamos…
—Yo… —la interrumpió él— a riesgo de que te enfades conmigo… pedí
una habitación en este hotel. Si quieres… —ella dio un paso atrás y lo miró a
los ojos sintiendo cómo la niebla que había embotado sus sentidos se aclara al
fin un poco.
—¿Qué?
—Si quieres, podemos quedarnos aquí de una vez—. En otras palabras, se
dijo Eloísa, ella había tenido razón al principio. La había traído a este hotel
seguro de que hoy mismo tendrían sexo.
Era como si hubiese perdido una secreta apuesta que había tenido consigo
misma.
—Pero si te parece que no, está bien —se anticipó él a su respuesta,
alejándose también y metiendo sus manos en los bolsillos. Ella miró ese
gesto, odiándolo. Siempre había pensado que los hombres que metían sus
manos en sus bolsillos tenían algo que esconder.
Respiró profundo y cerró sus ojos, y entonces el elevador se detuvo y una
pareja mayor entró. Justo a tiempo, porque había estado a punto de decirle
algo desagradable, y tal vez él lo adivinó, porque se le oyó suspirar.
Pero, ¿no era a esto a lo que habían venido?, ¿no era para sexo, sexo, y
nada más que sexo para lo cual habían escrito esas condiciones en el bar?
¿Por qué se desilusionaba si él pedía exactamente lo que habían acordado?
Porque, se contestó a sí misma, había tenido la secreta esperanza de que la
próxima vez que tuviera relaciones con un hombre, fuera enamorada.
—¿Cuál es la habitación? —preguntó ella en voz baja cuando la pareja de
ancianos hubo bajado, y él la miró enseguida. Sin contestar, presionó uno de
los botones y el elevador volvió a echar a andar. Eloísa no pudo evitar reírse,
y él sólo la miró con media sonrisa en el rostro.
—¿No vas a preguntarme por qué me río? —Mateo simplemente se
encogió de hombros.
—¿Qué importa, si a fin de cuentas te estás divirtiendo?
—Podría estar burlándome de ti.
—No me importaría.
—¿De verdad? ¿Siempre eres tan seguro de ti mismo?
—¿Es eso un defecto?
—No.
—Pero tú haces que suene así—. Eloísa alzó el rostro a él sonriendo, y
antes de que pudiera hacer algo, él la estaba besando otra vez, pero esta vez él
sólo usaba un par de dedos para sostener su mentón, y otra vez el ascensor, al
detenerse, los hizo interrumpirse—. ¿Te sigue pareciendo que es una mala
idea haber apartado la habitación?
—Definitivamente, no—. Él sonrió y volvió a besarla.

Al entrar a la habitación, Eloísa no miró nada en derredor, no admiró el


gran espacio que había entre la puerta y la cama, o los ventanales que daban
vista a la ciudad y que de noche debía ser preciosa; o la hermosa araña de
cristal que pendía del techo, nada. Sólo devoraba la boca de Mateo como si
llevara semanas sin comer y por fin le pusieran delante un bocado.
Y la boca de Mateo era deliciosa. Simplemente así, deliciosa.
Cada persona en el mundo tenía una esencia, sabía ella. Cada ser humano
se identificaba y diferenciaba por algo más que un rostro, una huella digital,
un número de identificación. Había un aroma, un algo que los hacía ser
distintos y ella estaba descubriendo que Mateo, además, sabía bien. Su boca
era deliciosa.
Le sacó la chaqueta y en seguida empezó a trabajar en los botones de su
camisa. Estaba ansiosa. Peor, lo estaba demostrando, pero su ansia parecía
equiparable a la de él, que trataba de alcanzar con una mano el borde de su
vestido de lana para subirlo y sacárselo por la cabeza.
Eloísa dejó en el suelo el bolso, le desabrochó al fin la camisa y luego el
cinturón. Mientras andaban, se daban besos desesperados, cada segundo que
no se besaban parecía ser una pérdida enorme, y cuando sus bocas se volvían
a encontrar, era una deliciosa reconciliación.
Él al fin le sacó el vestido, y entonces la alzó en su cintura besando la piel
sobre sus clavículas. Eloísa lo rodeó con sus piernas, uniendo los tobillos en
su espalda, y al fin, él la apoyó en la cama. Ella lo vio sacarse la camisa y
pudo verlo desnudo de la cintura para arriba alzándose sobre ella. Tenía el
pecho velludo, un vello suave y fino que le cubría el pecho, y pasó la mano
por uno de los pectorales mordiéndose un labio saboreando también este
contacto. Lo miró al rostro y vio que él tenía sus ojos cerrados, disfrutando
este sencillo toque.
Eloísa sintió algo en ese instante. Una extraña paz en medio de la
tormenta, este segundo de quietud en el que él no la miraba tuvo un poco de
libertad para sentir, y lo que sentía era absolutamente sublime.
Placer, se dijo rechazando el sentimiento. Lo que sientes es placer más allá
del que esperabas. Y él abrió sus ojos al fin y la miró.
—Sabes, eres guapísima —le dijo. Eloísa sonrió. Piropos; no se los
esperaba de él.
—Gracias.
—No, no. De verdad, lo eres.
—De verdad, gracias—. Mateo sonrió y se acercó a ella suavemente. Toda
la furia de antes, la prisa y la desesperación, parecían haberse esfumado, y
con calma, él paseó el dorso de sus dedos por la mejilla de ella, bajó por su
cuello, el valle entre sus senos, la piel sobre sus costillas, su cintura…
Cuando bajó por la cadera, no fue sutil, sino que apretó con un poco de
fuerza, palpando su muslo y su rodilla mientras sonreía con anticipación. Al
llegar a la caña de la bota, se separó un poco de ella, y de rodillas en la cama,
empezó a soltar sus cordones para sacarlas. Primero una, luego la otra,
despacio, sin prisa.
La luz que entraba por la ventana los iluminaba perfectamente, así que no
podría esconderse, pensó Eloísa. ¿Pero por qué iba a hacerlo? Si él llevaba un
año esperando por acostarse con ella, no creía que se fuera a desanimar al ver
algo en ella.
¿O sí?
Mateo sacó la otra bota y sonrió al ver los calcetines de corazones rosa y
azul que ella llevaba puestos. Llena de asombro, ella lo vio besarle la planta
del pie.
—¿Eres… un fetichista de los pies? —él no contestó, a cambio, puso, sin
más miramientos, ni preámbulos, la mano en su entrepierna, se alzó sobre ella
y la volvió a besar. La tocaba con fuerza allí, y al tener su boca ocupada, los
gemidos de sorpresa, que pronto se convirtieron en gemidos de placer, fueron
ahogados.
La espera había terminado. Al fin.
Mateo le sacó los leggings, los calcetines, y su mano volvió a ocupar su
lugar sobre ella cuando la tuvo en ropa interior. La besaba y la acariciaba casi
al mismo ritmo y Eloísa empezó a sentir que enloquecía. Empezó a mover
sus manos, tratando de sacarle los pantalones. Sintiéndose tímida, aunque él
la estaba tocando íntimamente, deseando tocarlo a él, pero sin atreverse.
Estaba siendo una niña tonta. ¿No tenía experiencia ya, acaso?
Ahora él sacó su sostén, y por primera vez Eloísa quiso cubrirse, pero
justo en este momento, él se quedó quieto sólo contemplándola.
—¿Qué… qué pasa? —preguntó ella con la respiración agitada.
Como acto reflejo, ella se cubrió los pechos, haciendo que él frunciera el
ceño.
—¿Qué haces?
—No lo sé.
—¿Qué?
—Me estabas mirando.
—Claro que te estaba mirando, quiero mirarte—. Ante el silencio de ella,
él la miró a los ojos—. Eres hermosa —dijo él con voz suave—. Vamos, deja
que te mire—. Él empezó a dejar besos como picos sobre las manos que
cubrían los pechos, y Eloísa no pudo evitar reír, y al fin retiró sus manos, sin
pérdida de tiempo, Mateo posó su boca sobre uno de sus pezones y empezó a
chupar y tirar.
Y luego el otro.
Él parecía querer tener dos bocas, a la vez que cuatro manos, parecía
querer estar en todos los rincones de su cuerpo al mismo tiempo, y Eloísa fue
perdiendo el sentido de todo, sólo sensaciones, sensaciones. Los labios de él,
la lengua de él, los vellitos de su pecho sobre el pecho de ella, él entrando
suavemente en su cuerpo y empujando hasta lo más hondo…
El gemido los sorprendió a ambos. Era perfecto. Sus cuerpos eran
perfectos el uno para el otro, tal y como lo había sospechado.
Eloísa le rodeó la cintura acunándolo entre sus muslos. Ambos estaban
completamente desnudos ahora, atravesados en la cama, dispuestos a
empezar aquella antigua danza entre un hombre y una mujer, pero él estaba
quieto sobre ella, temblando, conteniéndose, y no había por qué.
—Mateo —lo llamó ella, y él movió su cabeza en señal de que la había
escuchado. Pero ella no dijo nada más, sólo lo apretó con fuerza en su
interior, haciéndolo gemir.
—Oh, Eli —susurró él.
En medio de aquel caos, de aquel millar de sensaciones que pasaban entre
los dos como una multitud hambrienta corriendo hacia su pan, ella lo escuchó
llamarla. “Oh, Eli”, había dicho, simplemente, y volvió a apretarlo llegando a
su primer orgasmo con Mateo.
—Shhht —susurró él tratando de calmarla, pero no fue posible, y debajo
de él, la vio llegar a su placer. Sonrió bastante orgulloso de sí mismo, y
cuando ella no había vuelto aún de ese místico viaje, empezó a mecerse sobre
ella.
—Oh, Dios —exclamó ella. Y las voces llamando al creador unas veces a
gritos, otras entre quejidos, inundaron la habitación.
Él se afincó en la cama y empezó a empujar dentro de ella con fuerza,
besándola, enredando sus dedos entre su cabello, mordiéndola un poco,
enterrándose en su cuerpo desafiando su propia resistencia, marcándola y
reclamándola.
Cuando notó que ella otra vez alcanzaba un orgasmo, él al fin se dejó ir,
rápido, acelerado, furioso y decidido, hasta que la alcanzó en la cúspide del
placer, dejándose ir como el clavadista sobre la tabla.
Eloísa lo retuvo ente sus piernas un rato, mirando el techo maravillada. No
valía decir que tenía la ligera idea de que con él sería bueno. Bueno era una
palabra muy mediocre. Excelente debía valer más, o increíble, o…
—Enorme —dijo en voz alta, y sólo se dio cuenta de que lo había hecho
cuando él alzó la cabeza y la miró interrogante. Ella se echó a reír.
—No me considero enorme —dijo él, y ella volvió a reír, ahora a
carcajadas—. ¿Qué es lo gracioso?
—Es sólo que… Dios, no me esperaba que…
—¿Que fuera así?
—Oh, sí… Yo… —la sonrisa de ella se fue borrando, y cuando intentó
moverse, él se lo impidió.
—¿Tienes algo que hacer? —Eloísa rebuscó en su agenda mental qué
actividad tenía para hoy domingo—. Te propongo que te quedes aquí —
susurró él moviéndose un poco y recostándose a su lado, rodeándola con su
brazo y pegándola a él—. ¿Qué me dices?
—Mateo… ¿Usaste protección?
—Qué pregunta tan poco romántica.
—¿Lo hiciste?
—Claro que sí.
—Ah… bien…
—¿Qué dices de quedarte? —ella giró su cabeza para mirarlo. Él esperaba
su respuesta en silencio.
—No puedo quedarme a pasar la noche.
—pero aún es temprano, podrías considerar pasar aquí conmigo otra hora.
—¿Otra? Acaso… —ella miró su reloj. Realmente, habían pasado una
hora teniendo sexo. ¡Una hora!
El tiempo vuela cuando lo pasas bien, se dijo sonriendo para sí.
Suspiró.
—Está bien. Haz que valga la pena.
—Ya lo hice, ¿no es así?
—Qué niño tan presumido —él sonrió, y saliendo de la cama, buscó sus
pantalones para cubrirse.
No debía, pensó ella, su cuerpo esbelto era agradable de mirar, tenía
piernas largas y bonitas. Afortunadamente, no se puso la camisa.
Ella lo vio tomar el teléfono y pedir comida. Le recitó a ella el menú para
que eligiera y luego de cortar la llamada, caminó al baño. Lo escuchó abrir la
llave del agua de la bañera.
—¿La siguiente sesión será aquí? —preguntó ella, envuelta en la sábana y
asomándose al baño, viéndolo aplicar jabón al agua. Mateo le sonrió.
—Es una pequeña fantasía que tengo.
—¿Tienes fantasías conmigo?
—Oh, muchas. Llevo un año fantaseando con tu cuerpo —dijo
dirigiéndole una lánguida mirada de arriba abajo y otra vez arriba. Eloísa se
echó a reír, él se acercó a ella y la abrazó por encima de las sábanas. Quiso
preguntarle si había estado con otras mujeres ese año a pesar de estar
fantaseando con ella, pero consideró altamente inoficiosa esa pregunta y la
desechó. Por supuesto que él había estado con otras, no se iba a estar un año
sin sexo sólo porque ella lo había puesto a esperar.
Ella le mordió suavemente la línea de la mandíbula, y él sólo hizo sonar su
garganta.
—Aún no —le pidió—, la comida no tardará tanto en llegar.
—Me encanta que pienses que tardaremos más de quince minutos.
—Oh, te prometo que tardaremos más de quince minutos.
—Entonces yo podría pedirte que por favor tardemos menos de quince
minutos, así no haríamos a esperar el servicio de habitación—. Él sonrió
agradado con la idea y tomándola de la cintura, la subió sobre la encimera
con los lavabos. Separó los pliegues de la sábana encontrándola totalmente
desnuda debajo y la acercó a él.
—Qué bella eres —Eloísa sonrió cerrando sus ojos—. Me encanta el color
de tu piel.
—Oh, ¿de veras?
—Totalmente comestible —eso le hizo reír. Pero entonces él le separó los
muslos y se arrodilló frente a ella.
—Espera, qué… —Eloísa prácticamente gritó cuando él pegó su boca en
ella.
Mierda, diablos, santísimo Dios. ¡¡Él estaba haciendo eso!! ¡Ahí!
Así, antes de que ella se hubiese duchado, luego de haber estado con él,
luego de… caray, qué bien lo hacía.
No era una mojigata. En el pasado, ya había pasado por esta situación.
Pero, joder, nadie lo había hecho como Mateo. Que la lamía, la chupaba y la
penetraba con su lengua haciéndola temblar, gemir y hasta gritar. Y había
algo más que la llevaba a asomarse a ese abismo por el que minutos antes
había caído junto con él; era él, él mismo, el verlo ahí, el saber que era su
boca, sus ojos los que se cerraban cuando la escuchaba jadear, era él, Mateo,
el máximo elixir de su placer.
Debieron pasar quince minutos. Para cuando el servicio de habitaciones
había llegado, ella estaba sentadita en la encimera del baño, otra vez con la
sábana cubriendo su cuerpo, la llave del agua de la bañera ya estaba cerrada y
Eloísa bizqueaba tratando de poner sus ideas en orden.
Mateo llegó con una bandeja de comida y la puso delante de ella haciendo,
por el mero hecho de existir, que ella deseara colgarse a él como se cuelga un
Koala a un árbol lleno de frutas y no bajarse de él jamás.
—¿Quieres comer conmigo en la bañera? —Ella no contestó, sólo lo miró
embelesada mirándolo meterse algo a la boca, esa boca deliciosa que antes
había estado en la parte más íntima de su cuerpo… —¿Eloísa?
Ella tuvo que sacudir un poco su cabeza despejándose. Bajó de la
encimera y caminó sin dirección.
—¿Eloísa? —volvió a llamarla él. Ella se giró y lo miró.
—Qué.
—¿No tienes hambre? —Sí, ella tenía hambre, se dio cuenta, pero no era
capaz de pensar con suficiente claridad como para tomar una decisión, así
que él la tomó por ella, le sacó la sábana, la alzó en sus brazos y caminó con
ella hacia la bañera.
—¿No peso demasiado?
—Tal vez sí, pero yo soy un hombre fuerte —eso le hizo reír. Presumido
como siempre.
El agua estaba calentita y espumosa, y Eloísa lo encontró sumamente
relajante y placentero. Él apareció con el carrito de la comida y lo acercó a la
bañera, y luego de servirle un bocado, se sentó en el borde para comer
también.
Él era delgado, notó ella, de piernas largas y manos delgadas, un suave
vello negro salpicaba sus antebrazos, y sus pies eran también de dedos largos.
Ahora que lo pensaba, ella no lo había visto desnudo y de frente. Si todo
en él era largo, tenía derecho a imaginar cosas, ¿verdad?
Él interrumpió sus pensamientos poniendo ante sus labios un bocado.
—¿Te gusta? —le preguntó él refiriéndose a la comida, pero Eloísa sonrió
asintiendo pensando en que todo le gustaba, y mucho. Se recostó en la bañera
y suspiró. Esto debía ser alguna especie de compensación por las penas
pasadas en su vida. Ahora mismo no recordaba ninguna, pero eso no tenía
importancia.
La comida se acabó, y Mateo apenas si se tomó el trabajo de alejar un
poco el carro, pues se dispuso a bañar a la chica que yacía desnuda y relajada
bajo el agua. Metió las manos en ella y encontró una pierna y empezó a
frotarla.
Eloísa sólo lo miró en silencio, viéndolo dedicarse a su cuerpo, frotando
suavemente a veces, con fuerza otras, y sin querer quedarse atrás, empezó a
bajar el pantalón de él.
—¿Qué haces?
—¿Cómo que qué hago? Quiero… bañarte, también.
—Pero… —se interrumpió cuando ella hizo fuerza y lo dejó casi desnudo
frente a sus ojos. Antes de que los ojos de ella se posaran en él, Mateo le
tomó el rostro y la besó, deshaciéndose del pantalón y metiéndose con ella en
la bañera, desbordando un poco de agua.
No tuvo tiempo de decir nada, él sólo la tomó y la puso sobre él. Eloísa lo
tomó en las manos por debajo de agua y lo frotó de arriba abajo.
—Esto está siendo mucho mejor de lo que imaginé —murmuró él con los
ojos cerrados.
—Oh, ¿de verdad?
—De verdad, verdad—. Eloísa sonrió, y de un solo movimiento se empaló
en él, que ya estaba listo para empezar.

Dos horas después, Eloísa Vega abrió los ojos dándose cuenta de que
afuera estaba oscuro, que las luces brillaban y saludaban desde el ventanal, y
que Mateo la abrazaba posesivo con una mano abierta sobre uno de sus
pechos. Se movió un poco desenredándose de él, y caminó desnuda por la
habitación buscando su ropa.
Había sido increíble, pensó. Había sido de espectáculo. Si había una
cámara en la habitación, y otra en el baño, tendrían buen material para un
video porno muy vendible.
Cerró sus ojos frunciendo ligeramente el ceño y terminó de amarrarse las
botas.
Cuando se pasaba el cepillo por el cabello, lo sintió despertar y moverse
en la cama.
—¿Te vas?
—Sí —contestó ella lacónicamente—. Me voy.
—Espera que me vista, por favor. Te llevaré a…
—No necesito que me lleves —lo detuvo ella—. Traje mi auto.
—Pero al menos déjame llevarte a cenar —insistió él empezando a
vestirse, con el cabello alborotado y protestando porque no encontraba los
pantalones.
—No tienes que hacerlo, Mateo —volvió a decir Eloísa colgándose el
bolso en el hombro. Ya ella estaba lista—. Recuerda que no es que seamos
novios ni nada de eso. En el contrato no dice que tienes que alimentarme, o
que sea obligación todas esas muestras de…
—¿Caballerosidad? —completó él.
—Puede decirse.
—Es decir, que no puedo ser amable contigo como lo sería con
cualquier…
—Sólo digo que no tienes que esforzarte conmigo —dijo ella
esquivándolo, y dirigiéndose a la puerta—. Concertamos que habría sexo, y
sexo hemos tenido, muy bueno, por cierto, y gracias. Así que, hasta la
próxima—. Ella tomó la puerta por la perilla para abrirla, pero antes de salir,
dijo: —Me gusta esta habitación, podríamos tomarla la próxima vez. No sé,
me llamas. Chao.
Mateo se quedó allí de pie, mirando atónito la puerta cerrarse. Ella se
había ido así, sin más ni más. Miró en derredor el desorden reinante; más que
todo era su ropa desperdigada por todos lados, sintiéndose perdido por lo que
acababa de pasar.
Eloísa pensaba seguir a pies juntillas los términos de ese absurdo contrato
y no desligarse de él ni un milímetro.
Y eso no le gustaba nada.
…3…
Mateo entró a la sala de la enorme casa de su padre y caminó sin ánimo
hacia la sala principal. Era una estancia bastante amplia; si corrieran los
muebles de la pared, había dicho una vez Juan José, podrían jugar tenis en el
centro. Y ésta había sido la casa de su infancia, donde en múltiples ocasiones
trajo a sus amigos a jugar y correr por toda la sala como los diablillos que
eran.
Aún, de vez en cuando, Fabián venía aquí a pasar la noche jugando algún
videojuego, pero esas ocasiones se hacían cada vez más escasas. Habían
crecido, habían adquirido responsabilidades, y ese precioso tiempo lo
invertían ahora en cosas más productivas.
Mateo dejó en una de las mesas auxiliares las llaves del auto y de la casa y
se tiró cuan largo era en uno de los sofás. Respiró profundo y cerró sus ojos
rememorando uno de los momentos vividos esta tarde. Cuando el recuerdo
vino no sólo con imágenes, sino con sonidos, aromas y sensaciones, tuvo que
arrugar la frente y suspirar, aunque aquello pareció más bien un quejido. Era
demasiado para pasarlo sin un trago, pero la botella estaba muy lejos y
tampoco quería levantarse de su cómodo sofá.
—¿Estás enfermo? —preguntó una voz. Mateo abrió los ojos y se giró a
mirar a su padre, que entraba a la sala con su pijama de seda y un vaso de
agua en la mano. Diego Aguilar tenía cincuenta y seis años, y las canas
salpicaban su cabello aún abundante de manera bastante atractiva. Ahora no
se lo veía así, pues parecía que otra vez estaba sufriendo insomnio y tenía los
ojos un poco enrojecidos.
—No —le contestó al fin Mateo—. Estoy bien.
—Pareces agotado, sin energía. ¿Estuviste trabajando hasta ahora? —
Mateo no lo pudo evitar y sonrió.
—Sí, estuve toda la tarde… ocupado.
—Mmmm. Si el trabajo te divierte tanto, tal vez estoy dejando todo mi
imperio en buenas manos —Mateo elevó una ceja mirando a su padre un
poco inquisitivo. Por lo general, él no bromeaba con estas cosas—. Sarah
llamó —siguió Diego, refiriéndose a su hija menor—. Va a venirse
indefinidamente a Bogotá.
—¿De verdad? —preguntó Mateo enderezándose en el sofá. Su hermana
menor se había ido a Francia hacía más de nueve años y había completado
sus estudios. Se había enamorado allá de otro colombiano y supuestamente la
relación iba muy bien. Pero si se regresaba, es que eso ya no era tan cierto.
—¿Qué hay de su novio?
—Le pregunté y no dio muchos detalles.
—En otras palabras, terminaron.
—Eso parece.
—¿Cuándo llega?
—El domingo en la tarde. Debo pedirte el favor que vayas por ella al
aeropuerto.
—No hay problema. ¿Estarás ocupado ese día?
—Lamentablemente. Como llamó con poca antelación, se me hizo
imposible cancelar unos compromisos que tenía.
—Ella tiene la costumbre de hacer todo de manera imprevisible—. Diego
murmuró algo asintiendo a ese hecho, y caminó lentamente hacia las
escaleras que lo llevarían al segundo piso de la casa, donde estaban las
habitaciones privadas. Puso la mano en la baranda y miró a su hijo, que
permanecía sentado en el sofá y mirándose ahora las manos, muy pensativo.
—¿Está todo bien? —Mateo lo miró otra vez. Diego hubiese querido leer
la mente de su hijo, pero lamentablemente, no tenía ese poder.
—Sí, papá, todo está bien.
—Es que… hace tiempo que prefieres dormir aquí y no en tu apartamento.
¿Ocurre algo con el pent-house?
—El pent-house está perfecto. Pero la mansión es mucho más cómoda. Sin
embargo, si te molesta que duerma aquí…
—No seas tonto. Claro que no me molesta que duermas aquí. Y ahora que
vendrá Sarah… Bueno, casi toda la familia estará reunida otra vez —Mateo
sonrió con cierta tristeza.
Desde que su madre, Paloma, fuera violentamente asesinada hacía
dieciocho años, ellos habían tenido que ser una familia que se las apañara sin
una madre. Diego no se había vuelto a casar, y, de todos modos, dudaba que
ese espacio lo pudiera llenar otra persona. Suspiró y miró hacia el retrato que
de ella había en la sala. Sarah se parecía a ella, con su cabello castaño, los
ojos claros y la misma sonrisa.
A veces se preguntaba si era por eso que su padre la había enviado lejos a
estudiar, si era que no soportaba ver el rostro de su mujer en su propia hija.
Caminó hacia la cocina cuando recordó que tenía hambre, sacó de la
nevera lo suficiente como para alimentar a todos los niños de un orfanato y
empezó a preparar algo en la estufa. Las actividades realizadas esta tarde lo
habían dejado un tanto famélico.
No pudo evitar sonreír al recordarlo otra vez, pues era un pensamiento que
parecía clavado en el centro de su mente. Había sido la mejor tarde de su
vida, pero como ocurre cuando lo estás pasando demasiado bien, había
terminado demasiado pronto y ahora quería más y más. Había sospechado
que estar con Eloísa sería adictivo, pero no se imaginó que tanto.

“Acabo de cometer una locura”, escribió Eloísa en su teléfono. Todas las


luces de su habitación estaban apagadas, y ella permanecía en su cama y bajo
las sábanas. “Hoy me acosté con Mateo Aguilar. ¿Resultado? Estoy agotada,
saciada, pero quiero más”. Esto último lo borró. Ni a su propio diario le diría
que quería más de Mateo.
Pero su diario electrónico no lo leía nadie, así que volvió a escribirlo, y,
además, agregó: “Estuvo fabuloso. El mejor sexo que he tenido en mi vida.
Quisiera que estuviera aquí, porque sí, sí, sí, quiero más de él”.
Estuvo a punto de volverlo a borrar. Por Dios, ¿qué tan patético sonaría
eso?
Dejó el teléfono en la mesa de noche tratando de calmarse, tratando de
controlarse, pero lo cierto era que, a pesar del cansancio, a pesar de haber
quedado agotada, le hacía falta algo, algo de él.
Se había ido de la habitación del hotel dejando sentado un precedente de
lo que iba a ser esta relación. Por su salud sentimental, lo mejor sería cortar
todo intento de vínculo, y lo cumpliría, aunque cada vez que estuviera con él
quedara con esta ansiedad de ahora.

Eloísa vio la pantalla de su teléfono iluminarse por la llamada entrante.


Era de Mateo, y al leer su nombre, algo subió y bajó dentro de ella. La
bilirrubina, tal vez.
Dios, ¿qué le estaba pasando?
Apenas ayer se habían visto, apenas ayer habían sellado el acuerdo. ¿Él
estaba planeando que se vieran todos los días?
Lo peor no era eso, lo peor era que si se lo pedía, ella diría que sí.
Mierda, mierda, mierda y mierda.
—Hola —contestó luego de tomar aire, aclarar su voz y caminar unos
pasos tratando de calmarse.
—Necesito pedirte un favor —dijo la voz de Mateo por todo saludo, y
Eloísa frunció el ceño confundida.
—¿Pasa algo?
—Pasa que mi hermana se viene de Europa y quisiera… que ustedes, que
son las amigas que tengo, me ayudaran echándome una mano con ella. Al
menos, unos días, mientras ella misma se acomoda y se adapta otra vez.
—Oh. Vaya. Conque se viene.
—Sí. ella simplemente recogió sus cosas y se vino.
—¿Es bueno que se venga? —Mateo sonrió.
—¿Cómo que si es bueno que se venga?
—No conozco a tu hermana, no sé cómo te llevas con ella, no sé cómo
es…
—Es una buena chica, nos llevamos bien, teniendo en cuenta que nos
vemos muy poco. Tiene veintitrés años, y por eso pensé que a lo mejor tú y
Ángela y tal vez la misma Ana pudieran… integrarla.
—Las llamaré y les preguntaré.
—Te agradezco.
—Pero pudiste llamar mejor a Ángela—. Ante el comentario, Mateo
quedó en silencio, así que Eloísa tuvo que explicarse—. Ana y Ángela se
preguntarán por qué me pediste ese favor a mí.
—Ocurrirá lo mismo si se lo pido a ellas, y ellas tienen maridos. Sabes,
valoro mucho mis piernas y no quiero que me las rompan—. Eloísa se echó a
reír, inevitablemente.
—Vale, vale. Invitaremos a tu hermana a comer o algo. Me pondré de
acuerdo con las chicas a ver qué se les ocurre. Pero dime, tu hermana debe
tener amigas aquí, ¿no? Viejas compañeras de estudio y etcétera.
—Sí, tal vez, pero quiero que entre en este círculo, que se lleve bien con
las esposas de mis amigos. ¿Es muy loco ese deseo?
—Un poco, pero eso no depende de ti. Los amigos llegan a ti a veces por
las razones más extrañas y locas—. Él volvió a quedar en silencio—. ¿No
dices nada?
—Sólo que tienes razón —contestó él al fin—. Y al recordar la manera
como tú y yo nos hicimos amigos… no puedo sino pensar en las ironías de la
vida.
—¿Nos hicimos amigos? ¿Llegamos a eso? —Al oírla, Mateo soltó un
bufido.
—Siempre lastimas mi sensible corazón con tus ponzoñosos comentarios.
—¿Éramos amigos? —insistió Eloísa ahora con una sonrisa.
—No lo sé, pero al menos, yo te considero mi amiga; confío en ti —
aseguró él—. A pesar de que todos creen que eres una niña de mamá nerviosa
y que no sabe reaccionar en momentos de pánico, yo sé que se puede confiar
en ti—. Eloísa se puso una mano en el pecho, temiendo que el sonido de los
latidos de su corazón se escuchara a través del teléfono—. Me lo has
demostrado, eres fuerte, eres confiable.
—Va… vaya. No es necesario que me digas cosas bonitas, ¿sabes?
—Y siempre estás a la defensiva —concluyó Mateo con un suspiro.
—Llámame cuando tu hermana haya llegado.
—Así será. Pero quisiera llamarte antes para otra cosa.
—Oh, claro, dime.
—¿Podemos volver a vernos? —Eloísa sabía qué clase de invitación era
aquella. Cerró sus ojos y tragó saliva.
—¿Tienes la dirección de las oficinas donde trabajo?
—Puedes enviármelas en un texto.
—Vale. Pasa por mí pasadas las seis.
—Nos vemos entonces—. Eloísa cortó la llamada y se sentó en su sillón
frente a su escritorio. Miró en derredor a sus compañeros de trabajo y se
mordió los labios. Sentía como si estuviera haciendo algo malo, algo
prohibido.
No era malo ni prohibido, pero eso no le quitaba lo delicioso.
Sonrió mordiéndose los labios pensando ya en la noche que le esperaba, y
de repente tuvo mucha energía para trabajar, cuando antes se había mostrado
un poco lenta y perezosa.

—Podemos invitarla a mi casa para tomar algo por la tarde —dijo Ana
mirando a Eloísa y a Ángela mientras preparaba algo de tomar.
Se habían reunido las tres en casa de Ángela para hablar acerca del
recibimiento de la hermana de Mateo, y a pesar de que no estaba en su casa y
que no era necesario, Ana prefería ponerse en acción mientras conversaban y
preparar algo que quedarse sentada en la sala y hablando como las grandes
señoras solían hacer. Ángela había empezado la tarea, pero de repente Alex,
el bebé de un año, apareció mostrándole a su mamá un adorno de porcelana
descabezado. Ante el riesgo de que se hiciera daño con las puntas filosas,
Ángela corrió a él para quitárselo de las manos, y desde allí Ana se había
hecho cargo de las bebidas.
No importaba dónde se reunían para hablar, si en la cocina, el jardín, e
incluso el baño, lo importante era verse y hablar; de todos modos, ninguna de
las tres se comportaba como una gran señora, a menos que la ocasión lo
exigiera. Eloísa picoteaba algo de la nevera y Ángela vigilaba que sus hijos
jugaran de manera segura en el jardín. Seguro que, si Judith las veía ahora,
las desaprobaría al instante.
—No lo sé, estoy nerviosa —comentó Ángela sentándose en una de las
butacas de la cocina—. ¿Por qué Mateo nos pide ese favor?
—Parece que es su hermanita adorada del alma —contestó Eloísa
llevándose un trozo de queso a la boca—. Y quiere que entre en el círculo.
—¿Qué círculo? —preguntó Ana elevando una ceja.
—Este círculo. Nuestro círculo.
—¿Somos un círculo? —sonrió Ángela, y Eloísa se alzó de hombros.
—Lo somos. Y uno muy cerrado, hay que admitirlo. Algunas personas han
intentado acercarse con la intención de hacer migas y sin proponérnoslo
simplemente queda afuera—. Ana suspiró.
—Es decir que terminamos siendo ese tipo de gente que odiamos: esnobs
y excluyentes.
—Yo no lo considero así. Soy una persona muy sociable.
—No digo que no lo seamos, pero parece que se nos hace difícil darle
nuestra confianza a alguien.
—Sí, por tantas cosas que nos han pasado ya —agregó Eloísa—. Esas
cosas terminaron acercándonos entre nosotros, pero alejándonos del resto del
mundo.
—Vaya, qué maduro —sonrió otra vez Ángela, y Eloísa le echó malos
ojos.
—Yo soy madura… y confiable… aunque a veces parezca que no sé
actuar en momentos de pánico.
—Me gusta esa confianza en ti misma, te queda bien.
—Gracias, Ana—. Sonrió Eloísa, pero tuvo que esquivar la mirada
inquisitiva de Ángela, que la conocía demasiado bien y ya empezaba a
sospechar que algo sucedía con ella.
Lo sabía, a Ángela no podía ocultarle nada. Pero tendría que intentarlo.
Era la primera cláusula del contrato con Mateo.
—Sabes, Ana, he pensado que deberíamos incluir en esto a Silvia, tu
hermana. Es más de la edad de Sarah—. Ana la miró pensativa, hizo un gesto
considerando la idea.
—Es posible.
—Tal vez se hagan amigas.
—Dios, quién sabe. Esa niña viene de vivir en Francia, nada menos, y
Silvia es una chica que hasta hace poco tuvo suerte de ponerle el primer sello
a su pasaporte.
—A veces, de esas grandes diferencias, nacen las grandes amistades;
intentémoslo, simplemente—. Ana volvió a asentir, pero no hizo ningún
comentario más, y repartió las bebidas que había estado preparando. Ángela
no recibió la suya, en cambio, fue a separar a Alex de Carolina, que llevaba
subido encima de ella hasta que la niña había protestado.

Mateo esperaba en la sala de arribos de los vuelos internacionales del


aeropuerto Eldorado. Cuando vio a Sarah acercarse con un asistente
arrastrando un carrito que iba hasta arriba de maletas no pudo evitar sonreír.
Era obvio que su hermana se excedería en el peso de su equipaje para venir
aquí, sobre todo, si era una visita de indefinida duración.
Al verlo, corrió a él y prácticamente se lanzó a sus brazos.
—Dios, ¡cuánto tiempo sin verte! —exclamo ella mirándolo con una
enorme sonrisa en los labios. Mateo le dio en la mejilla un sonoro beso y
hasta la alzó, pues era bastante más baja que él.
—Bienvenida, Chatica —Sarah se echó a reír al escuchar el mote que
desde niños le había puesto su hermano. Mateo le indicó al chico que
arrastraba el carro de maletas que los siguieran, y abrazado a su hermana,
caminó hasta el parqueadero.
—Entonces, decidiste venirte y dejar a tu querido Andrés para volver a tu
país—. Sarah le dirigió una mirada de reojo.
—Ya sabía que no me dejarías siquiera llegar a casa antes de que me
preguntaras.
—Tienes que comprenderme. La última vez que hablamos, estabas muy
enamorada.
—Oh, sólo tengo que aclarar algunas cosas.
—Terminaron? —Sarah suspiró.
—Algo así. Y tú, ¿tienes novia al fin? —Mateo hizo una mueca—. No
tienes —concluyó Sarah. Dios, vas a hacer que sea yo la primera en darle
nietos a papá, ¿verdad? ¡Ya tienes treinta años!
—Sigo buscando.
—¡Estás buscando desde que tienes trece!
—No es cierto—. Sarah se echó a reír.
—¿Pero te gusta alguien? —ahora, Mateo suspiró.
—Sí, hay alguien.
—¿Puedo saber quién es?
—La conocerás. Le pedí que por favor te organizara una fiesta de
bienvenida.
—¿Hiciste qué? No necesito una fiesta de bienvenida.
—Pero quería llamarla y necesitaba una excusa —Sarah rio ahora a
carcajadas.
—Y dices que sólo te gusta? Yo creo que al fin te enamoraste.
—Bueno, eso hay que verlo.
—Espero que me caiga bien. Sin mi aprobación, no puedes casarte.
—Lo mismo aplica para ti. Si ese Andrés no me gusta, ni sueñes con
casarte—. Sarah elevó sus cejas haciendo una mueca y sonriendo. Mateo
acomodó las maletas de su hermana en el baúl del auto, entraron en él y en el
camino no dejaron de hablar y ponerse al día en las cosas que habían estado
haciendo desde la última vez que se vieron.

—Desde que eres mamá, eres muy descarada —le dijo Eloísa a Ángela,
mientras caminaban por un centro comercial, y llevaba de la mano a Carolina,
mientras Ángela llevaba en un coche a Alex, que miraba todo en derredor
como si fuera la primera vez que venía aquí.
—Eres la tía, la madrina y la posible madre sustituta de mis hijos si algo
me llega a pasar. Obviamente será a ti a quien llame cuando quiera salir con
ellos y necesite… un poco de ayuda—. Eloísa sonrió mirando al techo del
pasillo en el que iban.
Afortunadamente, Carolina era muy obediente, y sostenía su mano sin
pelear por soltarse, ni quería ir corriendo por allí, ni pedía cada cosa brillante
o rosa que veía.
Había tenido que cancelar un encuentro con Mateo por venir con ella, ¡era
domingo, por favor! Y en cambio, estaba aquí, de camino al cinema para ver
una película que Carolina quería ver.
—Tendrás que hacer lo mismo por mí cuando tenga mis hijos—. Ángela
sonrió mirándola de reojo.
—¿Estás teniendo cuidado para no quedarte embarazada?
—Claro que estoy teniendo cuidado. Qué crees que soy… —Eloísa se
detuvo, pero ya era demasiado tarde. Ángela la miraba de manera sobrada y
disimulaba muy mal sus ganas de reír—. Ya sabes que mi vida sexual es
activa —dijo luego de aclarar su garganta. Ángela asintió apretando sus
labios evitando que la sonrisa fuera demasiado obvia.
—¿Y no me vas a decir qué tal?
—¿Cómo que qué tal?
—Vamos, Eli.
—No sé qué quieres que te diga, de verdad.
—Vale, vale… —llegaron al cinema y al no encontrar fila, pasaron
directamente a comprar las entradas. Eloísa respiró profundo pensando en
que había sorteado bien el aluvión de preguntas que seguro se le habrían
venido encima si Ángela quedaba con dudas.
—Tenemos media hora —dijo Ángela mirando su reloj—. ¿Quieres comer
algo, Caro?
—Perrito caliente —dijo la niña—. Con Coca—cola.
—Tú sí que sabes elegir —sonrió Eloísa, y se dirigieron hacia la plaza de
alimentos para comer algo. Eloísa miraba los diferentes restaurantes tratando
de decidirse, pero terminó eligiendo lo mismo que Carolina. Ya en el
gimnasio tendría que esforzarse un poco más para quemar esas calorías.
—Y entonces, el niño bonito, cabrón y arrogante… terminó por
conquistarte, ¿no? —Eloísa la miró con sus ojos abiertos como platos. Ángela
no había olvidado el tema, sólo había estado esperando la ocasión para dejar
caer la bomba.
Intentó hacerse la tonta, la inocente, la confundida, pero no había forma.
Ángela sabía. Tal vez no sabía que era Mateo, pero sabía, sabía que había
alguien importante en su vida, y que seguramente se estaba acostando con él.
Suspiró y apoyó su barbilla en su mano, a la vez que ponía el codo sobre
la mesa en la que se habían sentado a esperar el pedido que acababan de
hacer.
—¿Cómo lo supiste?
—Cariño, te conozco muy bien. Además, reconozco ese brillo de
satisfacción cuando lo veo. Has iniciado algo nuevo en tu vida, algo que te
tiene muy satisfecha en cierto sentido… hasta tu manera de caminar ha
cambiado.
—No es justo.
—¿Por qué intentas ocultarlo?
—No es que intente, es que… me protejo.
—¿Temes que te haga daño? —Eloísa hizo una mueca.
—El que se enamora, termina perdido.
—No es así.
—No en tu caso.
—Ni en el de Ana; ahí la tienes.
—Pero eso no es para mí.
—¿Por qué no?
—Porque… por alguna razón los hombres creen que soy ese tipo de mujer
que está bien con una relación de sólo sexo.
—Es porque tú les haces pensar eso. Si se enteraran de que eres la mujer
más romántica del mundo, te verían con otros ojos.
—Una vez fui romántica y ya sabes lo que me pasó.
—Pero no volverá a pasar—. Eloísa no dijo nada y sólo acarició el cabello
de Carolina, tan rubio y rizado—. ¿Quién es? —Eloísa la miró otra vez.
—No lo conoces.
—A Mateo lo conozco muy bien—. Acorralada, Eloísa apoyó su frente en
su antebrazo escondiendo su rostro de los ojos de su amiga, que hoy estaba
más inquisitiva que nunca.
—Me trajiste aquí para sacarme todas las tripas, ¿verdad?
—Te las volveré a meter, no te preocupes.
—Angie…
—Mateo es un buen chico, y si crees que puedes ocultarnos algo así, eres
demasiado ingenua.
—¿Ingenua? ¿Por qué?
—Porque ya todos lo sabemos.
—¿Todos quiénes? ¿Y qué saben, de todos modos?
—Que entre los dos se cocina algo casi desde el mismo instante en que se
conocieron.
—Por favor…
—Que fue en mi casa allá en Trinidad, y deliberadamente ignoraste a
Mateo, porque entre él y Fabián, lo reconociste como el más peligroso de los
dos, al menos para ti. Y desde entonces, haces como que no está, como que
no existe, cuando es más que evidente que eres consciente de todos sus
movimientos, y lo mismo le pasa a él contigo—. Eloísa miró a su amiga
muda de asombro.
—¿Cuánto tiempo llevas aguantándote las ganas de decirme todo eso?
—Oh, moría de ganas, no te lo voy a negar —rio Ángela—. Pero soy feliz.
¡Feliz! Al fin mi mejor amiga encontró el amor.
—Oye, oye, oye, oye…. ¿Cuál amor? Sólo es… —bajó la voz, pues,
aunque Carolina parecía entretenida con las cejas de su hermanito, no cabía
duda de que podía escuchar todo lo que los adultos decían— Sólo es sexo —
articuló con sus labios, aunque Ángela pudo saber perfectamente lo que
decía.
—Sí, pero ya se convertirá en algo más. Le doy tres meses.
—¿Qué? ¿Estás haciendo una apuesta conmigo?
—Las apuestas a veces salen bien. Yo creo que Mateo y tú hacen una muy
buena pareja. El que haya sido capaz de esperarte hasta que al fin te decidiste,
habla muy bien de él.
—¿Él te dijo algo de todo esto?
—¿De verdad te imaginas a Mateo hablándome de ti?
—No, a ti no. Pero a Juan José sí. ¡Claro! Le dijo a Juan José, Juan José te
lo dijo a ti, y…
—Para el carro —la detuvo Ángela poniendo una mano sobre el brazo de
su amiga. Eloísa miró los grises ojos de su amiga sintiendo un poco de miedo
—. Él no le ha dicho nada a Juan José, yo sola lo deduje.
—No quería que nadie supiera.
—Pero no puedes ocultarlo para siempre.
—¿Crees de verdad que él no le ha dicho a nadie? Porque le pedí
expresamente que…
—Si se lo pediste con tanta desesperación como estás mostrando ahora,
seguro que sí lo ha callado. No creo que arriesgue lo que por fin consiguió
contigo sólo por… Diablos, ya veo qué es lo que te está pasando—. El pager
que le habían dado en el restaurante empezó a vibrar anunciando que podían
ir por su comida, y Eloísa se puso en pie con rapidez y casi corrió de allí.
Ángela cerró sus ojos por un momento. Comprendía el miedo de su amiga,
comprendía que le exigiera a Mateo que guardara silencio acerca de su
relación con ella, pero Eloísa debía superarlo, debía salir adelante. Lo que
aquel canalla le había hecho cuando apenas era una niña de diecisiete años
debía quedar pronto en el olvido.
Se alegraba por ella, darle una oportunidad a Mateo era dársela a sí
misma, y tenía que darle varios puntos a él por conseguirlo. Seguro que no le
había gustado mucho que ella le pidiera que lo ocultara, pero se había
apegado a su petición y era loable.
Eloísa, Eloísa, quiso decirle, no todos los hombres son como el maldito
Camilo Mendoza, que en el pasado le había destrozado la vida y muchas
ilusiones que a esa edad se tienen. Había tenido que verla llorar, culparse,
acusarse y volver a llorar.
Le habría encantado tenerlo frente a frente para darle una patada en las
pelotas que lo dejara eunuco para siempre.
Y parecía que el cielo estaba especialmente generoso el día de hoy, porque
en la mesa frente a ella se sentó Camilo Mendoza.
Eloísa traía la bandeja con las comidas, y al ver hacia el lugar al que
Ángela miraba casi con terror, desvió hacia allí sus ojos.
Era él, no había duda. Habían pasado ocho años desde que lo viera por
última vez, y ahora era más corpulento y más alto, pero era el mismo
desgraciado que le había hecho un video mientras estaba con ella para
mostrárselo a sus amigos, probando así que había ganado la apuesta que con
ellos había hecho.
…4…
Ángela se puso en pie de inmediato, tomó el coche de Alex y a Carolina
de la mano y fue al encuentro con su amiga.
—No lo puedo creer —susurró Eloísa, que parecía en shock—. ¡Es él! Es
él, ¿verdad?
—Se parece demasiado —susurró Ángela.
—¿Qué… qué voy a hacer? —preguntó Eloísa sintiendo que entraba en
pánico—. Dios, Angie…
—Primero, cálmate —le pidió Ángela quitándole de las manos la bandeja
con comida. Carolina ya estaba preguntando por su perrito caliente, y allí de
pie, estaban llamando mucho la atención.
Por el rabillo del ojo, Ángela vio que Camilo Mendoza miraba hacia ellas,
así que apoyó la bandeja en otra mesa desocupada y movió a Carolina, el
coche de Alex y también a Eloísa hacia ella.
Eloísa tenía sus ojos muy abiertos y miraba la mesa en la que ahora
estaban sintiéndose un poco perdida. Nunca se había imaginado que volvería
a verlo. Jamás pensó que tendría la oportunidad de confrontarlo, de
reclamarle de… Pero no era capaz, no podía ni organizar bien sus
pensamientos, mucho menos podía ir hacia donde él estaba para gritarle y
ponerlo en su lugar.
Era una cobarde, después de todo.
—Eli…
—Vámonos de aquí —le pidió a su amiga, que le había tomado una mano
y ahora la apretaba entre las suyas mordiéndose los labios y mirándola con
preocupación—. Angie, vámonos…
—¿Tú… vas a… huir de él? —El tono incrédulo de Ángela fue como una
bofetada para Eloísa, que la miró fijamente, y de repente, la voz de Mateo se
coló en sus pensamientos. “Eres fuerte”, había dicho él por teléfono. “Eres
confiable”.
Lo que le había sucedido había sido horrible, capaz de socavar la
autoconfianza de una niña de diecisiete años, pero de eso hacía ya bastante
tiempo. Ahora ella era diferente, había vivido muchas cosas, había visto
mundo, conocía a los hombres… Ahora ella era fuerte.
Respiró profundo sintiendo que los latidos de su corazón recobraban el
ritmo normal, que su respiración volvía a acompasarse y que ya no le
temblaban las manos. Ahora soy fuerte, se repitió. Soy guapa, inteligente y
fuerte.
—¡Wow! No lo puedo creer —dijo la voz de Camilo Mendoza sentándose
en la silla que quedaba vacía en la mesa, y Eloísa lo miró con sus ojos como
platos, lo mismo que Ángela, que incluso puso su mano sobre el hombro de
Carolina, que ya daba cuenta de su perro caliente ignorando lo que pasaba
con los mayores—. Sabía que te conocía —sonrió Camilo mirando a Eloísa
con una enorme sonrisa—. Apenas te vi, me dije: a esa chica la conozco.
Estás… estás…
—¿Te conozco? —preguntó Eloísa, lo que terminó de sorprender a
Ángela, que abrió sus labios como si la hubiesen dejado sin aire. Eloísa
miraba a Camilo frunciendo un poco el ceño y ladeando su cabeza de manera
interrogante, lo que desconcertó un poco al tipo musculoso y de camiseta
ajustada que estaba entre ellas.
—Ay, vamos, Elo, —sonrió el hombre en tono incrédulo— soy yo,
Camilo. ¿No me recuerdas?
—No, la verdad, no. Y mis amigos me llaman Eli, no Elo—. Camilo se
echó a reír y miró a Ángela. Al instante su expresión cambió, era como si se
avergonzara de algo, porque se rascó detrás de su oreja y sonrió tímido.
Eloísa lo miró con ojos entrecerrados reconociendo esa expresión; había
encontrado atractiva a Ángela y de inmediato había adoptado el papel que
siempre usaba para conquistar a una mujer. En el pasado había sido así,
tímido, hasta un poco torpe tropezándose con cosas para ganarse su
confianza, para que empezara a sentirse cómoda con él. Y tal vez le seguía
funcionando esa estrategia con las mujeres hoy en día, porque la seguía
usando.
Increíble. Este hombre era increíble.
—¿Eres amiga de Elo?
—Sí, y soy casada y tengo dos hijos —le contestó de inmediato Ángela—.
Y aun si no lo fuera, jamás me metería con un perdedor como tú. No pierdas
tu tiempo y desaparécete de esta mesa, que nos robas el oxígeno—. Camilo
pestañeó varias veces sin poder creérselo. Nunca lo habían tratado así. Nunca
dos mujeres lo habían rechazado de manera tan tajante.
Sin embargo, en vez de levantarse e irse, miró de nuevo a Eloísa.
—¿Esta es tu manera de vengarte por lo que pasó? —dijo, con una media
sonrisa que a Eloísa le dio un poco de escalofríos—. ¿Fingiendo que no me
conoces y envenenando a tus amigas contra mí? Sigues siendo la misma
llorona de siempre.
—No sé de qué hablas.
—¿Sigues siendo la misma niñita incapaz de conseguir novio de antes? Lo
que te hice fue un favor, Elo. Te volviste muy popular después de eso.
—¡Maldito! —dijo Ángela entre dientes, olvidando que no debía decir
palabrotas frente a los niños. Eloísa le tomó la mano a su amiga impidiendo
que la levantara contra él, por si eso era lo que tenía pensado.
—Ah, parece que ya te voy recordando —dijo Eloísa con aparente calma
—. El chico del chito.
—¿Qué?
—Sí, ya sabía que me sonabas de algo. Tu pene era tan pequeño que te
decían así, el chico del chito.
—¿Qué estupidez dices?
—Ah, “chico—chito” —sonrió Ángela dando una palmada en la mesa
como si se acordara de algo y uniéndose a la mentira—. Eras muy popular en
Trinidad.
—¿Eres de Trinidad? —le preguntó Camilo a Ángela un poco
sorprendido, era como si no se pudiera creer que una mujer tan hermosa
hubiese pasado desapercibida ante él.
—Nací y me crie allí. Sí.
—Yo estoy muy bien, no te preocupes por mí —le dijo Eloísa, aunque
Ángela podía ver más allá de su serenidad—. Estoy más que bien; soy una
profesional, tengo un excelente trabajo, tengo un novio increíble,
maravilloso, y me voy a casar. Pronto estaré llena de hijos, así como mi
amiga. Así que, no; no soy la misma niñita incapaz de conseguir novio de
antes.
—Podrías presentármelo.
—“Chico—chito”, lo haría de mil amores, pero ya ni recuerdo tu nombre.
—Deja de llamarme así.
—Lo siento, pero es que era muy popular —Ángela no lo pudo evitar y se
echó a reír. La risa pronto contagió a Eloísa, y tuvo que morderse los labios.
—Entonces no hay problema. Sabiendo que estás aquí en Bogotá, será
muy fácil localizarte. ¿Tu papá sigue siendo político, no es así?
—¿Qué estás planeando ahora? —le preguntó Eloísa ya un poco seria.
—Me esforzaré en conocer a esa nueva Eloísa que ahora eres, tu vida
maravillosa y ese novio increíble que dices tener. La hija del alcalde de
Trinidad no puede tener a cualquiera como novio, ¿verdad?
—En serio, ¿aparte del gimnasio, ya no tienes nada más que hacer? —
preguntó Ángela desconcertada. Camilo las miró furioso, pero no tuvo
tiempo de replicar nada.
—Ojalá el chito te pudiera crecer de la misma manera que te crecieron
esos pectorales —soltó Eloísa, y Ángela no pudo contener la carcajada.
Camilo se puso en pie, miró a una y a otra y se alejó. Eloísa y Ángela
siguieron riendo a carcajadas sin poder evitarlo.
—Mami, yo quiero chitos —pidió Carolina, lo que sólo consiguió que las
dos mujeres se desternillaran de risa.

—¿Crees que de verdad intente localizarte más adelante? —le preguntó


Ángela a Eloísa luego de que salieran de la sala de cine. Alex iba dormido en
su coche y Carolina parecía sufrir un exceso de energía, intentando
adelantarse y zafarse de la mano de su mamá.
—Se puede esperar cualquier cosa de él —contestó Eloísa, mirando en
derredor un poco intranquila.
—¿Y qué piensas hacer? —Eloísa suspiró. ¿Qué podía hacer? No quería
entrar en otro juego con él. Moría de ganas por vengarse, y seguro que
valdría la pena, pero por ahora, se quedaba con el pequeño triunfo que había
obtenido hace un rato en la mesa.
—Espero no tener que hacer nada —dijo—. Pero si me obliga, entraré al
juego y le ganaré, eso te lo aseguro—. Ángela asintió mirando a su amiga con
un poco más de respeto. Eran estas cosas las que hacían crecer a la gente, que
la hacían cambiar.
—Cuentas con mi apoyo —le dijo Ángela—. Para lo que sea—. Eloísa le
sonrió.
—Gracias. —Luego, riendo de nuevo, dijo: —Chico—chito. ¿Cómo se te
ocurrió eso? —Ángela también se echó a reír.
—No lo sé. Tu empezaste con lo del chito y simplemente lo dije. Dios,
eres terrible, Eli.
—La terrible eres tú. Chico—chito. Dios, muero de risa—. Las dos
caminaron hacia el parqueadero riendo y comentando aún la ocurrencia.
Eloísa había podido burlarse un poco de Camilo Mendoza y había obtenido
hoy una pequeña venganza. Aunque eso, frente a lo que él le había hecho, no
tenía comparación. Su sonrisa se borró al recordar esos días oscuros de su
vida. Ojalá pudiera vengarse, ojalá él le diera la más mínima oportunidad.

Sarah Aguilar miró a su padre dejar su maletín de piel de algún reptil


muerto en un mueble y corrió a él para abrazarlo.
—¡¡Papi!! —gritó, y le cubrió la cara de besos diciéndole lo guapo que
estaba, y lo feliz que era de verlo otra vez. Padre e hija se consintieron el uno
al otro sonriendo y haciéndose bromas, y Mateo los observaba con una
sonrisa en el rostro. Su familia siempre había sido así. Un poco atípico, le
parecía a veces, pero era así, simplemente. Otras familias eran más secas en
sus demostraciones de cariño, otras no hacían eso, o ni siquiera se tenían
cariño, pero la suya sí. Sólo eran ellos tres, de todos modos.
—¿Has pensado en lo que quieres hacer mientras estés aquí? —le
preguntó Diego a su hija cuando ya estaban sentados a la mesa y cenando.
Sarah apretó sus labios y suspiró.
—Más o menos, pero primero, quiero un mes sabático, por favor.
Vacaciones absolutas.
—Pensé que ya habías tenido suficientes vacaciones.
—No es cierto. Este par de meses estuve muy ocupada. Y además… —
miró a Mateo de reojo—. Necesito este tiempo… para mí.
—¿Estás huyendo de algo, o de alguien? —le preguntó Diego, y Sarah
frunció su ceño.
—¡Claro que no! ¿De quién estaría huyendo?
—De Andrés, tu novio —respondió Mateo llevándose a la boca un
brócoli.
—No estoy huyendo de nadie, mucho menos de Andrés —contestó Sarah
—. Él podrá encontrarme facilito si así lo quiere. Sabe que estoy aquí.
—Esto se pone interesante —murmuró Mateo, y sonrió cuando Sarah lo
miró de reojo.
—¿Podrías, durante estas semanas que tengo libre, pasear un poco
conmigo? —le pidió ella, y Mateo elevó sus cejas tomando entre sus dedos la
copa de vino.
—Yo no estoy de vacaciones.
—Vamos, ¿pero hace cuánto no te tomas unas?
—Las estoy acumulando.
—Por eso, tómate estos días conmigo. Vamos por allí. Qué hay de Juanjo
y Fabián. Podrían acompañarnos.
—Juanjo está casado y tiene dos hijos…
—¡No! —exclamó Sarah incrédula—. ¿Juanjo? ¿Mi Juanjo? —Mateo se
echó a reír.
—No es tuyo para nada; y ya te lo había dicho, que se había casado.
—¿Lo hiciste? No lo recuerdo—. Mateo sonrió de medio lado.
—Así que no se unirá a tu plan vacacional.
—Pero Fabián sí. Me encanta Fabián, vamos, dile—. Mateo miró a su
hermana con ojos entrecerrados.
—Podría decirle, sí.
—Si vas a tomar vacaciones, no te olvides de notificarme —Le advirtió
Diego.
—Papá también tiene vacaciones acumuladas —acusó Mateo—, ¿por qué
no le pides que se una a la aventura?
—Papá no tomaría vacaciones, aunque se lo pida de rodillas —se quejó
Sarah.
—No es temporada para tomar vacaciones.
—Nunca lo es —contestaron Mateo y Sarah al tiempo, se miraron y
sonrieron. Diego, sin embargo, siguió muy serio.
Luego de la cena, los tres se fueron a la sala principal a disfrutar del
último vino de la noche y a seguir conversando. Sarah los entretuvo largo
rato con sus historias y anécdotas de Francia, imitando a veces a algunos
franceses con su acento y costumbres, lo que los hizo reír un buen rato, hasta
que la misma Sarah alegó estar cansada y se puso en pie para irse a dormir a
su habitación. Mateo la acompañó hasta allí, y vio a su hermana sentarse en
su cama y alzar un poco los pies.
—Esto está igual —dijo ella mirando en derredor. Mateo caminó hacia el
guardarropa comprobando que ya las cosas de su hermana estaban todas en
su lugar y sus maletas desocupadas y guardadas.
—Nada ha cambiado, si te diste cuenta—. El teléfono de Mateo vibró por
la llegada de un mensaje, así que lo sacó de su bolsillo y lo revisó. Era de
Eloísa.
“Bienvenida de tu hermana lista para mañana a las siete de la noche en
casa de Ana” decía.
—¡Oh, oh! —exclamó Sara, y Mateo la miró—. ¿Es ella?
—¿Ella qué?
—La chica que te gusta, ¿es la que te acaba de escribir? —Mateo elevó
una ceja.
—Sí. ¿Cómo lo supiste?
—¡Porque a tu alrededor empezaron a flotar maripositas apenas viste el
mensaje!
—Exageras.
—¿Tanto te gusta? —Mateo suspiró.
—Me encanta… pero… yo no le gusto mucho a ella.
—¡No es posible! ¡A mi mega—guapo hermano no se le puede resistir
ninguna mujer!
—Otra vez, exageras.
—¿Entonces es una chica difícil?
—Un poco.
—Pero te escribe mensajes.
—Somos amigos.
—Ah… Al menos. Eso es algo.
—Sí, es algo—. Sarah sonreía mirándolo—. No hagas ningún compromiso
para mañana —le pidió Mateo guardando de nuevo el teléfono—. Mis
amigos y sus esposas te han organizado una fiesta.
—Qué bien. Espero no sentirme como mosca en leche delante de las
señoras—. Mateo se echó a reír.
—Para nada te sentirás como la mosca en la leche… a menos que seas tú
la esnob.
—No soy esnob. Lo sabes bien.
—Entonces no hay nada que temer—. Sarah sonrió. Cuando Mateo
caminó hacia la puerta con ademán de irse, Sarah lo llamó.
—¿Papá sigue… en lo mismo? —Mateo se mordió los labios. Sabía a qué
se refería su hermana, y la verdad, era difícil hablar del tema entre ellos a
pesar del paso del tiempo.
—Sí —le contestó dejando salir el aire—. No se rendirá hasta dar con el
asesino de mamá. Lo juró sobre su tumba, y lo atrapará tarde o temprano.
—Pero hace ya tanto tiempo de eso… Cualquiera pensaría que se habría
rendido.
—Para los demás, ya se rindió. Todo lo hace en silencio. Fue al principio,
cuando estaba lleno de ira y dolor, que no le importaba demostrar que estaba
investigando. Se ha vuelto más prudente en eso y… más frío.
—Es increíble que alguien con tanto poder político y sobre la opinión
pública como él todavía no haya dado con los hombres que te secuestraron a
ti y de paso asesinaron a mamá.
—Lo que lo frustra más todavía.
—Quiero que lo olvide, que sea feliz.
—No es fácil, Sarah.
—Ya lo sé…
—No se te ocurra pedirle que lo olvide. No lo hará.
—Pero pudo haberse casado otra vez y…
—Sarah, ya. Cambiemos el tema—. Sarah tragó saliva dándose cuenta de
que el tema era sensible no sólo para su padre, sino también para su hermano.
Pero claro, Paloma había muerto protegiéndolo a él.
Parpadeó seguido para ahuyentar la humedad de sus ojos sintiéndose un
poco excluida de todo. Por eso se había ido a Francia, para vivir en otro
ambiente que no fuera el del resentimiento y la melancolía, pero las cosas
aquí no habían cambiado mucho a pesar del paso del tiempo.
Miró a su hermano en silencio, preguntándose si acaso él estaba
colaborando con la búsqueda de los asesinos de su madre.
Tenía que estarlo haciendo. Alguien como Mateo no era de quedarse de
brazos cruzados. La cuestión era si lo estaba haciendo por su propia cuenta.
“Bienvenida”, decía un cartel al fondo de la sala de la antigua, pero
hermosa casa de los Soler. Sarah recordaba esta casa. Con su madre había
venido aquí a celebrar cumpleaños y navidades.
Al ver a Judith la abrazó con cariño. Juan José siempre le había dicho que
la quería más a ella que a Mateo por el mero hecho de ser niña, y tal vez tenía
razón, pero ¿qué importaba?
—¡¡¡Fabián!!! —gritó al verlo, y corrió a él y prácticamente tuvo que
escalarlo, pero él no tuvo ningún problema en alzarla. Una vez arriba, ella le
llenó la cara de besos, mientras él reía a carcajadas—. Dios santo, Dios santo,
tú estás… ¡guapísimo! ¡¡Demasiado guapo!!
—Gracias, gracias —contestó Fabián un poco sobrado, y ella tuvo que
pegarle en el pecho.
—Sarah, estoy a punto de ponerme celoso —dijo la voz de Juan José, y
ella corrió a él a abrazarlo también, pero esta vez ella fue menos efusiva.
—Me dijeron que te casaste, no quiero morir aquí por una esposa celosa.
—No mataré a nadie por admirar a mi marido —dijo Ángela, y Sarah la
miró al fin.
—Eres hermosa —dijo, casi sorprendida.
—Gracias.
—De verdad, lo eres. ¡Pero claro! ¡Sólo alguien como tú podría haber
pescado a este escurridizo! ¿Cómo lo hiciste? ¿Qué tipo de anzuelo usaste?
—Ay, vamos… —se quejó Juan José.
—Ella te conoce bien —dijo Ángela mirando a su esposo con una ceja
alzada—. Pero en vez de un anzuelo, para pescarlo a él tuve que usar un
arpón—. Sarah soltó la carcajada, y abrazó a Ángela, intercambiando los
nombres, y luego le fueron presentados los niños, Carolina y Alex.
Sarah reconoció también a Carlos; su esposa, Ana, le fue presentada, y los
hermanos de esta: Silvia, que tenía un brillo en sus ojos que identificó
fácilmente, y Paula y Sebastián, que todavía era un niño, pero a pesar de ello,
muy guapo.
Era bastante gente nueva para ella. Había vuelto de vacaciones hacía unos
años, pero esta gente de aquí aún no existía en la vida de su hermano, y ahora
de repente, eran todos como una enorme familia.
Llegó frente a una mujer alta, de cabello castaño y muy atractiva a su
parecer que le sonrió dándole su mano.
—Bienvenida a Colombia —le dijo, y Sarah no pudo evitar mirar a su
hermano. Era ella, no cabía duda, y Mateo miró a otro lado disimulando.
—Gracias —le dijo Sarah, y acto seguido la abrazó. Si Mateo lograba
conquistarla, tal vez se convirtiera en su cuñada, su futura hermana, la que le
diera sobrinos más adelante. Y ya por eso le caía bien.
La velada fue pasando de manera muy agradable para todos. Hubo una
cena un tanto informal, aperitivos, bebidas, vinos, etc. La charla estuvo
animada y Sarah se dio cuenta de que Mateo y Eloísa no se sentaban juntos,
no charlaban mucho entre ellos, y ponían mucha distancia el uno del otro
siempre. Tal vez era que ella le huía un poco, pensó.
—¿Qué te hizo volver? —le preguntó Fabián a Sarah sentándose a su lado.
Sarah lo miró y sonrió. No podía creerse que aquel gordito fofo e inseguro
que ella recordaba en su niñez y adolescencia se hubiese convertido en este
hombretón.
—Extrañaba mi país, mi gente, mi agua, todo—. Fabián se echó a reír.
—¿Entonces es verdad que los franceses no se bañan? —preguntó Paula,
la hermana de Ana, y Sarah se echó a reír.
—Bueno…
—Ya lo comprobarás por ti misma cuando vayas —le dijo Fabián,
impidiendo que Sarah contestara.
—¿Y cuándo iré? Ese día nunca llegará.
—Te aconsejo ir en temporada baja, que no sean vacaciones o semana
santa —le dijo Sarah, y Paula entonces le prestó atención a todas las razones
que le daba.
—¿Qué te parece mi hermana? —Eloísa se sorprendió un poco al
escucharlo, y de inmediato miró en derredor. Pero no estaba mal que
charlaran. Por el contrario, si seguían ignorándose el uno al otro de esta
manera, sí que sería sospechoso. Respiró profundo y miró hacia Sarah, que
conversaba con Fabián y Paula.
—Es… guapa.
—Por supuesto que lo es —dijo él ceñudo—. ¿A quién iba a salir fea? —
Eloísa no pudo evitar reírse.
—A ti, por supuesto.
—No te equivoques, no hay feos en mi familia, y mis hijos serán aún más
guapos.
—Oh, ¿piensas tener hijos?
—Por supuesto que sí. Debo ser generoso y aportarle mis genes a la
siguiente generación—. Eloísa volvió a reír, y Mateo sonreía mirándola,
deseando poder alzarla en su hombro y salir con ella en volandas. Ella notó
esa mirada y se aclaró la garganta—. Te he echado de menos estos días.
—No se ha podido evitar —contestó ella mirando el suelo y sonrojándose
un poco.
—Gracias por la fiesta a mi hermana —ella volvió a mirarlo, y asintió sin
agregar nada más.
Eloísa se mordió los labios al recordar que ayer en la tarde había
reaparecido el autor de su peor pesadilla, y la manera como ella lo había
usado a él como carta de triunfo. Si Camilo empezaba a investigarla,
descubriría que no tenía ningún novio, y que le había mentido… Aunque
también podía ser que ni siquiera se molestara en volver a pensar en ella.
—Papá… va a dar una fiesta la otra semana —dijo ella titubeando un
poco. Mateo la miró atento—. Va a estar la prensa y todo eso.
—Te acompañaré.
—No te he dicho aún…
—¿Por qué mencionarías la fiesta entonces? —la atajó él—. Quieres que
te acompañe a la fiesta, ¿no es eso? Lo haré, sin ningún problema.
—Pero… eso le daría a entender a las demás personas que tú y yo estamos
saliendo, y acordamos que…
—Tú fuiste la que propuso mantenerlo en silencio, yo simplemente acepté.
Si quieres romper esa parte del acuerdo, yo no tengo ningún problema.
—¿Estás seguro?
—Completamente. Me han visto con mujeres más inadecuadas—. Ella
abrió su boca sorprendida por la manera en que se había referido a ella, y al
comprender que él sólo bromeaba, empezó a pegarle en el brazo mientras él
reía quejándose de sus golpes.
—Eso te costará —se quejó ella cruzándose al fin de brazos. Mateo se
sobaba, seguro mañana tendría moretones.
—Está bien—. Ella lo miró de reojo.
—Todavía no sabes cuánto te costará.
—Estoy ansioso por verlo—. Eloísa dejó escapar una risita.
—Este sábado. A las siete en mi casa, de gala.
—Sí, mi General—. Ella hizo rodar los ojos y se alejó de él. Mateo se
quedó allí, mirando el contoneo de sus caderas al alejarse.
—Te pescaron —dijo la voz de Juan José. Mateo se sobresaltó un poco. Si
bien Eloísa había hablado acerca de romper el acuerdo de silencio, no había
dicho a partir de cuándo éste empezaba a regir.
—Al menos, a mí fue con un anzuelo —dijo, y Juan José dejó caer la
cabeza hacia atrás quejándose. Mateo se echó a reír y siguió burlándose largo
rato de su amigo.
…5…
Mateo se revisó el corbatín frente al espejo comprobando que estuviera
bien atado, y luego el resto de su atuendo. Tomó sus documentos y las llaves
del Jaguar y salió de su habitación. Desde el pasillo vio que la luz de la
habitación de su hermana estaba encendida, así que se encaminó allí. Luego
de un par de golpes con sus nudillos, entró. La encontró acicalándose frente
al espejo, lo cual le extrañó un poco.
—¿Vas a salir? —le preguntó. Sarah se giró a él y le sonrió.
—Wow, ¡qué guapo y elegante estás!
—Gracias—. Él la señaló recordándole su pregunta, y Sarah volvió a
mirarse al espejo ajustándose unos pendientes largos de oro blanco. Llevaba
el cabello negro recogido, y todo su atuendo le daba un toque sofisticado.
—Voy a salir con Fabián —sonrió ella. Mateo elevó sus cejas.
—Ah, ¿sí? ¿Algo que deba saber?
—No seas tonto. Tampoco es la primera vez que salimos. El miércoles ya
me llevó a cine—. Mateo sólo murmuró algo, pero no salió de la habitación.
Sarah se giró a él de nuevo.
—Estaré bien. Fabián cuidará bien de mí, no te pongas en ese plan.
Además… es tu amigo, ¿no? Lo conoces.
—Sí, lo conozco… —iba a salir de la habitación, pero entonces se
devolvió y la miró fijamente—. Chata, ¿Te gusta Fabián? —Sarah no
contestó, sólo se echó a reír.
—Ya no soy una niña, Mat, y recuerda que llevo viviendo sola mucho
tiempo.
—Eso me preocupa más.
—Todo irá bien, no te preocupes. Si llega a propasarse, ¡te lo contaré para
que le pegues un puñetazo!
—Sí, sí, sí…
—¿Si saliera con cualquier otro que no fuera tu amigo, estarías más
tranquilo?
—Es sólo que pensé que Andrés y tú iban en serio, es eso—. La sonrisa de
Sarah se borró, y volviendo a mirarse en el espejo, comprobó que sus cejas
estuvieran todas en su lugar.
—Nunca se sabe lo que va a pasar—. Mateo frunció el ceño, y ya no sabía
por quién debía sentirse preocupado. Dejó salir el aire, se acercó a su
hermana y le dio un beso en el cabello despidiéndose de ella. Eloísa le había
dicho que, a las siete, y ya iba con el tiempo justo.
En el jardín de la mansión, se detuvo al ver llegar a Fabián, y se cruzó de
brazos.
—¿Vas a usar tu cara amenazante conmigo? —rio Fabián saliendo de su
auto, que no era de lujo ni mucho menos. Su amigo, junto a Juan José, hacía
unos años que había iniciado una pequeña empresa, y aunque les estaba
yendo bien, ganando cada vez más crédito y reconocimiento, se empeñaban
en reinvertir casi todas sus ganancias en vez de darse lujos como autos y
casas costosas.
Recordaba que Diego, su padre, había aplaudido esa actitud, diciendo que
esa era la mentalidad de los triunfadores, y ciertamente, Fabián estaba
empeñado en tener éxito.
—Trae a mi hermana en una sola pieza.
—Señor, sí, señor—. Mateo sólo meneó la cabeza negando y se dirigió a
su auto, y Fabián tocó el timbre de entrada anunciándose.

—Bellísima. Estás para morir de amor —dijo Beatriz mirando a su hija


con ojos inundados de admiración. Eloísa sonrió negando y mirando al techo.
Definitivamente, para una madre no había hijos feos.
—No deberías estar aquí —fue lo que le contestó—, sino del brazo de mi
padre como una buena anfitriona recibiendo a los invitados.
—Estoy disgustada con tu padre —contestó Beatriz tocándose su cabello
rubio mientras se miraba al espejo—. No debió decir lo que dijo y lo estoy
castigando.
—Mamá, hoy es un día importante para él, elegiste un mal momento para
vengarte.
—Llevo más de treinta años con él y todavía no ha aprendido que siempre
saldrá perdiendo en nuestras discusiones. ¿Cómo hago para que aprenda?
—Tus métodos no están funcionando.
—Sí funcionan. A veces a último minuto, pero funcionan—. El timbre
sonó, y Eloísa miró su reloj. Faltaban quince minutos para las siete, pero ese
debía ser Mateo—. ¿Llegó tu pareja? —le preguntó Beatriz.
—Imagino que sí. siempre es puntual.
—Entonces yo abro. Quiero ver quién es ese galán que nos vas a presentar
esta noche.
—¿Presentar? —preguntó Eloísa yendo detrás de ella y teniendo cuidado
de que su vestido largo no se arrastrara o quedara enganchado con algo.
Beatriz abrió la puerta, y tras ella no estaba Mateo, sino Julio Vega, que
miró a su mujer casi inexpresivo.
—He tenido que dejar todo atrás para venir por ti—. Dijo.
—Si no supiera el contexto de esa frase —se quejó Beatriz volviendo a la
sala—, diría que es lo más romántico que me has dicho jamás.
—Vamos, mujer. Ven conmigo.
—¿Ni siquiera un “Lo siento”? Te has vuelto frío con los años.
—Betty… —Julio entró al apartamento, y Eloísa se sentó en su pequeño
sofá viendo a sus padres pelear como una pareja de recién casados. Más de
treinta años, se repitió mentalmente, y su padre aún no había aprendido que
todas las discusiones las ganaba Beatriz—. Mira, de verdad, necesito tu
ayuda esta noche. Sabes que eres pieza clave en todos mis proyectos, sin ti…
¡Prácticamente no puedo hacer nada!
—Sigue sin sonarme romántico —se quejó Beatriz mirándose las uñas.
—Vamos, amor… —Beatriz al fin lo miró a los ojos, y el timbre de
llamada volvió a sonar. Eloísa se puso en pie y abrió de inmediato. Al fin era
Mateo.
Lo tomó del brazo llevándolo al interior del pequeño apartamento y lo
sentó en el mismo sofá donde había estado ella antes.
—¿Qué sucede?
—Quiero que veas algo—. Julio miró a Mateo con ojos grandes.
—¿Qué… qué haces aquí, muchacho?
—Vine por Eloísa, la llevaré a su fiesta… que, a propósito, ¿no debería
estar usted allí?
—Mis organizadores están haciendo su trabajo, pero mi anfitriona se
resiste a ir conmigo.
—Él dijo que estoy gorda.
—Uh, grave —murmuró Eloísa.
—¿Grave? —preguntó Mateo mirándola.
—De muerte. Tengo palomitas de microondas. ¿Quieres? —y sin esperar
respuesta, Eloísa se puso en pie y fue a la cocina. Mateo la miró sorprendido.
¿De verdad ella pensaba comer palomitas de maíz mientras sus padres
discutían?
—No te dije gorda. ¡Nunca lo hice! —exclamó Julio.
—Dijiste que este vestido era más para jovencitas del talle de Eloísa, o
sea, que además de gorda, me dijiste vieja. Así que no voy a ir a esa fiesta.
¿Para qué vas a ir con una vieja gorda?
—Oh, vaya —murmuró Mateo, y la pareja que discutía se giró a mirarlo al
tiempo.
—¿Ves? ¡Hasta el yerno dice que es terrible! ¡Imperdonable!
—¿Qué yerno? —preguntaron Mateo y Julio al tiempo.
—No me cambies el tema ahora. Ya no quiero ir a esa fiesta, mi vestido es
perfecto y de buen gusto…
—¿Por dónde van? —preguntó Eloísa sentándose de nuevo al lado de
Mateo en el sofá y con un cuenco lleno de palomitas de maíz. Mateo metió la
mano y tomó un puñado.
—Él insultó su vestido, ella me llamó yerno, y todavía no han concluido
nada.
—Debí traer Coca—Cola. Espera, ¿te llamó yerno?
—Quieren casarme contigo.
—Primero que solucionen su propia vida antes de ir a planear la de otro.
—Me parece bien.
—Pero si tú eres la mujer más hermosa de este mundo —dijo Julio
acercándose un paso hacia su mujer y posando el dorso de sus dedos sobre la
mejilla de ella—. Cada día estoy más feliz de haberte elegido como mi mujer
y la madre de mis hijas.
—Y la abuela de sus nietos —susurró Eloísa en el oído de Mateo, el cual
simplemente asintió.
—Te amo —siguió diciendo Julio—. Perdóname—. Beatriz le sonrió al
fin, se acercó a él y le besó los labios. Eloísa aplaudió, y Mateo la imitó,
aunque estaba siendo lo más extraño que presenciara jamás.
—Ahora sí, par de tortolitos —dijo Eloísa poniéndose en pie y yendo por
el abrigo de su madre—. ¡A la fiesta!
—Los esperamos allá, chicos —dijo Beatriz dejando que su hija le pusiera
el abrigo y saliendo—. ¡Mateo, te espero mañana para almorzar en la casa!
—Sí señora—. Cuando quedaron solos, Eloísa lo miró ceñuda.
—¿Aceptaste?
—¿Querías que me negara cuando acababa de reconciliarse con tu papá?
—Muy inteligente de tu parte. ¿Aprendiste algo del show de esta noche?
—Nunca llamar gorda a mi mujer y siempre pedir perdón.
—Y luego dicen que los hombres no pueden entender a las mujeres.
—Espero que siempre sea así de fácil.
—Tienes la mitad de las peleas resueltas, te lo garantizo —sonrió Eloísa.
Mateo la miró por un par de segundos en silencio sonriendo también, lo que
la puso incómoda. Carraspeó y caminó a la mesa de café donde había dejado
el cuenco de palomitas de maíz y lo levantó.
—Es bonito tu apartamento —comentó él mirando en derredor.
—Gracias.
—Aunque un poco pequeño.
—Lo es.
—¿Lo prefieres así? Porque, no dudo que tu papá pueda proporcionarte
uno más grande.
—Me gusta así, pequeño. Tengo menos oportunidad de hacer desorden—.
Mateo sonrió—. Siempre viví en una casa muy grande —suspiró Eloísa—,
grande y llena de gente; empleados de papá o de mamá, así que vivir sola, en
un espacio pequeño, pero todo mío… ha sido una experiencia agradable.
—Te entiendo—. Eloísa sonrió, pero otra vez él se quedó mirándola en
silencio, lo que volvió a ponerla nerviosa y caminó hacia los ganchos donde
colgaba sus abrigos y lo tomó. Él se lo quitó de las manos y lo puso en
posición para que ella se lo pusiera y le sonrió dándole las gracias.
—¿Algún requerimiento especial para esta noche?
—¿Requerimiento especial? —preguntó ella cuando ya estaban afuera.
—Si prefieres evitar la prensa, o te da igual, o…
—Me da igual.
—Si me pregunta qué relación tengo contigo…
—No te van a preguntar.
—Créeme, sí lo harán. Son unos entrometidos.
—En ese caso, di la verdad.
—¿Que tenemos un contrato de sólo sexo? —ella lo miró ceñuda.
—¡Claro que no!
—Pero esa es la verdad.
—Está bien… por favor, di que somos novios… a menos que eso te
incomode.
—¿Somos novios? —ella lo miró pestañeando, pensando en la respuesta.
Necesitaba que la gente empezara a verlos juntos, por si Camilo estaba
investigando.
—Tú no me lo has pedido, sólo has hablado de sexo.
—Es verdad, es mi culpa. ¿Quieres ser mi novia, Eloísa? —Ella se echó a
reír.
—Nunca nadie me había pedido algo así.
—¿Es en serio? —preguntó él algo sorprendido, pero ella negó
encogiéndose de hombros.
—Y si… te preguntan qué planes tenemos…
—¿Planes a futuro?
—Sí, tú mismo acabas de decirlo; la gente siempre hace preguntas
entrometidas—. Mateo la miró con ojos entrecerrados—. Está bien, no nos
metamos en eso, es demasiado.
—No, no… es sólo que…
—Tú y yo tenemos un contrato. Ya rompimos una de las cláusulas, así que
no quiero que malentiendas las cosas, yo sé muy bien dónde estoy contigo—.
Ella se metió en el ascensor y Mateo la imitó en silencio dándole vueltas a
esta nueva actitud de ella. Primero había pedido completo hermetismo para
esta relación, que nadie supiera, ni nadie sospechara siquiera, y en una sola
noche, ya lo sabían sus padres y pronto lo sabría el resto de gente sólo por
presentarse juntos en una fiesta. Habría fotografías en la prensa, preguntas y
suposiciones.
La miró preguntándose si estaba tramando algo. No creía que de la noche
a la mañana ella se hubiese enamorado al punto de querer atraparlo así.
Él no era fácil de atrapar, de todos modos, y asumía que eso Eloísa lo
sabía.
Suspiró, y se metió las manos en los bolsillos.
—Nos vemos guapos —sonrió ella mirándolo. El la imitó, se inclinó y la
besó en los labios—. Arruinarás mi maquillaje —susurró Eloísa.
—Tenía ganas de besarte.
—Tienes carmín en los labios —volvió a reír ella frotando sus labios con
sus dedos quitándole la mancha, y Mateo sólo sonreía preguntándose en lo
que le podía estar esperando esta noche.

La velada se trataba de una condecoración que le estaban haciendo a Julio


Vega. Luego de haber sido uno de los mejores alcaldes de Trinidad, pues el
pueblo había resucitado luego de la construcción de la autopista, se había
lanzado como congresista y a pesar de que no estaban en época de elecciones,
ya todo el equipo estaba afilando las espuelas para lanzarlo como senador.
Seguro que, luego del senado, sólo quedaban un par de pasos hacia la
presidencia, o algún ministerio.
Hubo fotos de la familia Vega, y en una de ellas se sumó él, y las
preguntas empezaron a volar en susurros a lo largo y ancho del pequeño salón
de fiesta donde estaban reunidos ahora.
¿Cómo era que el heredero del grupo empresarial Aguilar estuviera aquí y
del brazo de Eloísa Vega?, era una de las preguntas. Era costumbre verlo a él
con modelos, algunas de talla mundial. Si hasta había sido novio de una
exuberante cantante reconocida; frente a esas mujeres, Eloísa era un poco…
normal.
¿De verdad tendría Julio Vega la suerte de emparentar con una familia tan
poderosa? Si era así, tenía las elecciones aseguradas, pensaron muchos,
incluso a la presidencia.
—No estás aquí bajo coacción, ¿verdad? —sonrió alguien dándole un
suave codazo, y Mateo lo miró elevando una ceja. No conocía a este hombre,
y no entendía por qué creía que tenía la confianza suficiente como para
dirigirse a él de este modo.
—¿Disculpe?
—Vamos, está bien que los Vega están en auge ahora, pero tú… tú nunca
te has mostrado demasiado interesado en apoyar la política.
—No estoy aquí por apoyar a Julio Vega en su campaña política —
contestó Mateo sin demasiado interés. Conocía a las personas de este tipo,
sacaban información para luego vendérsela a la prensa, o a los contrincantes
de otros partidos políticos, y siempre conseguían entrar a estas fiestas.
—¿Entonces estás diciendo que estás aquí por la pequeña Eloísa?
—¿La pequeña Eloísa?
—¿Estás aquí por ella? ¿No es esto una… estrategia de marketing? —
Mateo miró al techo queriendo blanquear sus ojos.
—Si se empeña en creer lo que mejor le parece, no veo por qué me
pregunta.
—Yo fui el primer novio de Eloísa —dijo alguien al otro lado, y Mateo se
giró a mirar. Era un hombre cuyo traje parecía más bien alquilado… o tal vez
lo había comprado demasiado pequeño, pues él era ancho de espaldas y las
costuras del traje se veían en aprietos. Llevaba en su mano una copa de la
champaña con la que habían brindado hacía pocos minutos y miraba hacia
donde estaba la familia Vega posando para una fotografía.
—¿Disculpe?
—Soy Camilo Mendoza —dijo el hombre extendiéndole su mano, pero
Mateo no la recibió, sólo lo miró de manera despectiva—. Eloísa perdió su
virginidad conmigo—. Ahora él lo miró un poco sorprendido, tomado fuera
de base, así que no fue capaz de decir nada, o hacer nada—. Es muy
inteligente de su parte recurrir precisamente a alguien como tú sólo para
demostrarme a mí que ya superó lo nuestro —sonrió el tal Camilo Mendoza
—. Ella siempre ha sido así, como una niñita que siempre necesita ganar una
apuesta que se ha hecho consigo misma. ¿No te parece?
—No. Y no comprendo por qué hablas así de ella…
—Ya te lo dije, la conozco muy bien.
—Me parece a mí que no. y no veo nada adecuado que te expreses así
de… —Mateo se giró hacia el hombre que le había hablado primero
preguntándose si acaso había escuchado lo que este de aquí había dicho, pero
se había entretenido hablando con una mujer, lo que le hizo sentirse un poco
aliviado. Miró de nuevo a Camilo Mendoza. ¿Sería verdad? ¿Este hombre de
corte extraño, cejas depiladas y músculos grandes había sido su primer
novio? ¿O sólo estaba presumiendo?
—Di la verdad. Te pidió que le dijeras a todo el mundo que son novios y
eso haces, ¿verdad? —sonrió Camilo Mendoza, y Mateo no dijo nada. Era
verdad, maldición. Ella le había pedido muy sutilmente que divulgara que
eran novios—. Nos vimos hace unos días, y… cuando le pregunté si seguía
siendo la misma perdedora de siempre, dijo que tenía un novio maravilloso y
se iba a casar. Estuve preguntando y lo que me dijeron es que salta de amante
en amante, pero no tiene nada fijo, así que… asumo que tú eres un favor a su
maltrecha reputación.
Mateo miró al hombre apretando sus dientes, y luego giró su cabeza hacia
donde sabía que estaba Eloísa, y la encontró pálida y mirándolo con una
súplica en los ojos, concediéndole así a este desagradable hombre la razón
sobre sus palabras.
Volvió a mirar a Camilo Mendoza preguntándose qué tan grave sería que
le metiera un puñetazo en su cuidada cara ahora mismo y delante de todos.

—Eres increíble —rio Sarah dejando su vaso sobre la mesa y mirando a


Fabián con interés—. Siempre supe que eras gracioso, parece que sólo lo
había olvidado.
—No lo hago a propósito —sonrió Fabián encogiéndose de hombros,
sintiéndose mejor que nunca, aliviado porque, tal vez aquí estaba su princesa,
la chica buena que él andaba buscando. Esto que sentía en su estómago debía
ser una buena señal. Ella era encantadora, divertida, y estaban coincidiendo
en un montón de cosas.
De todos modos, el feo monstruo del miedo se asomó trayéndole a la
memoria sus viejas dudas. Hasta ahora, no había tenido mucha suerte con las
mujeres. Podía sonar patético, pero al parecer, éstas sólo lo buscaban por tres
razones: por el dinero de sus abuelos, porque querían sexo casual, o porque
querían presumir de un novio guapo.
No tenía una venda en los ojos, y reconocía que de sus mejores atributos
estaba el dinero de sus abuelos, pero esas mujeres ignoraban que el abuelo
preferiría darle todo a la caridad que heredárselo a él; pocas también
desconocían que él quería algo más que sexo casual, quería una mujer junto a
la cual amanecer todos los días de su vida y sentir esa paz que decían que se
tenía cuando estabas enamorado y eras correspondido. Uno que lo aceptara,
así dejara de ir al gimnasio y volviera a ponerse gordo como lo fue en su
adolescencia. Quería una mujer que lo aceptara tal como era.
Miró a Sarah y ella le sonrió. ¿Sería ella?
No te apresures, dijo una voz más mesurada en su cabeza. Tenía que darle
tiempo al tiempo.
Pidió la cuenta de la cena y pagó, y luego la ayudó a ella a ponerse su
abrigo para salir.
—Antes no te quise preguntar porque me dio un poco de vergüenza —
comentó Sarah—, pero sé por tu familia que tienes posibilidades de
comprarte un auto igual o más caro que el que conduce actualmente mi
hermano—. Fabián la miró de reojo. Ya antes alguien le había preguntado
por qué tan modesto su auto y no había sido más que la señal de que la mujer
venía interesada en su dinero.
Pero Sarah no podía estar interesada en eso, se dijo a sí mismo. Ella ya
tiene su propio dinero.
Sonrió y contestó:
—Es sólo que intento vivir bajo mis propias posibilidades.
—Oh, ¿de verdad?
—Junto a Juan José iniciamos una empresa constructora, y en vez de
gastar las ganancias en lujos, reinvertimos.
—Muy sensato—. Ella miró en derredor y de repente se detuvo. Les
faltaban un par de metros para llegar al auto aún, así que él la miró extrañado
—. Es increíble lo guapo que te has vuelto, ¿sabes? —Fabián sonrió de medio
lado.
—Por favor… —ella se acercó a él y elevó su mano hacia su rostro.
—Incluso podría… —¿besarme?, se preguntó Fabián. ¿Tal vez, siguió el
en sus pensamientos, para comprobar que somos el uno para el otro? ¿A ver
si salta la chispa, o se enciende la magia?
Por favor, sí, quiso decir, y cuando ella estuvo a sólo un par de pulgadas,
cerró sus ojos.
—Ya estuvo bueno, Sarah —dijo una voz a pocos metros de ellos, y el
beso se quedó allí, en el aire, y Fabián abrió sus ojos preguntándose qué
había pasado.
Cerca de ellos había un hombre alto, de cabellos claros que los miraba con
cara de pocos amigos. Sarah lo miraba mordiéndose los labios, y fue eso lo
que llamó su atención.
—¿Sucede algo? —le preguntó, pero ella no respondió, sólo siguió
mirando al hombre y ahora incluso estaba un poco sonrojada.
—Me sorprende lo lejos que has llegado sólo para comprobar que tienes
razón en un punto. ¿Incluso eres capaz de besar a otro hombre, Sarah?
—¿Lo conoces? —preguntó otra vez Fabián con la voz un poco agitada,
pero otra vez ella no contestó, y cuando vio sus ojos humedecidos
comprendió, comprendió mil cosas.
—No lo iba a besar —dijo la voz quebrada de Sarah—. Sabía que estabas
aquí —hubo un crack, al menos así lo escuchó Fabián, y era su corazón
rompiéndose; pero estas dos personas parecieron no escucharlo, pues
siguieron mirándose el uno al otro ignorando que él seguía allí.
—Supongo que sobro aquí —dijo.
—Fabián… —por las mejillas de Sarah rodó una lágrima—. Lo siento.
—No pasa nada. Supongo que…
—No supongas nada —dijo el hombre acercándose otro par de pasos—.
Es más que obvio. Ella te estaba utilizando para provocar mis celos. Se vino
de Francia sólo para comprobarme que me muero por ella e intentar
presionarme para que hiciera algo al respecto. Vale, Sara, no duré ni una
semana sin ti, ¡ya tienes tu respuesta!, pero, además ¿tenías que llegar a esto?
¿Tienes quince años, acaso?
—Está bien, sí, llegué al extremo, ¿pero acaso no fue eso lo que hizo que
vinieras?
—¡No! lo que hizo que viniera fue otra cosa, ¡pero, de todos modos, venir
para ver cómo juegas con las personas no es nada, nada agradable!
—Andrés…
—No puedes presionar a las personas a dar los pasos, y no tienes ningún
derecho a utilizar a los otros para conseguirlo. ¡Es horrible e indigno de ti!
—Pero yo… —ella miró a Fabián, pero él había sacado las llaves de su
auto y se encaminaba a él—. Espera…
—No pasa nada.
—No, yo… —Sarah cerró sus ojos y volvió a secarse las lágrimas. Tal
vez, ahora mismo, las palabras de Andrés resonaban en su conciencia y no la
dejaban conectar las palabras suficientes para formar una frase con
coherencia. Había estado mal, horrible, y la persona más lastimada era la que
menos culpa tenía—. Lo siento tanto —lloró. Fabián no dijo nada, sólo la
miró inexpresivo y dejó salir el aire—. Te… te usé y… Lo siento. Pero… te
iba a explicar después, te juro que te iba a consultar para ver si estabas de
acuerdo para prestarte a este juego; eres mi amigo, te quiero como a un
hermano, lo sabes. Es sólo que él apareció de repente y ya no pensé en
nada…
—Ya te dije que no importa.
—No quiero que la amistad que tenemos se eche a perder por mi
estupidez. Lo siento tanto.
—Te digo que no importa—. Sarah siguió hablando, explicándose,
pidiendo perdón y llamándose a sí misma tonta. Fabián miró a Andrés como
pidiendo su ayuda, y él sólo apretó los dientes negándose a dar el paso. Sin
embargo, cuando ya parecía que Sarah no hallaba qué decir, excepto llorar, él
se acercó a ella, la tomó del brazo tal vez un poco bruscamente y la separó de
él.
—Siento todo esto —le dijo Andrés, y Fabián se encogió de hombros.
—Parece que vas a tener que apretarla bien duro, o volverá a irse de tu
lado.
—Eso lo veremos. Tú y yo tenemos mucho que hablar —le dijo a Sarah, y
ella asintió en silencio. Le echó un último vistazo a Fabián y echó a andar
con su novio, que le soltó el brazo para tomar su mano y conducirla hacia
otro lado del parqueadero.
Fabián se quedó allí solo y con las manos en la cintura, y luego de varios
segundos allí, con la mente en blanco, no pudo sino reír.
Y cuando empezó ya no pudo parar, y siguió riendo hasta entrar a su auto
y encenderlo.
Tal vez su princesa, su chica buena, simplemente no existía.
Hacía tiempo, una mujer lo había besado, y por más que se habían
esmerado, ninguno de los dos había sentido nada. Claro, era porque ella,
secretamente, estaba enamorada de otro hombre, del hombre que era ahora su
esposo. Luego, una chiquilla le había pedido que le quitara la virginidad,
como si aquello fuera simplemente una bandita que le quedaba muy ajustada,
o como si él llevara un letrero que lo anunciara como un buen polvo quita—
virginidades. Después, una mujer había utilizado todo un arsenal para
seducirlo, para luego darse cuenta de que su primer y único interés era su
dinero, o el dinero que creía que tenía. Ahora, esta chica de aquí lo había
enredado y lo había traído hasta aquí sólo para provocar los celos de un novio
que simplemente se estaba tomando su tiempo para dar con ella el siguiente
paso.
Volvió a reír.
¿Estaba mal que un hombre deseara amor verdadero? ¿O ese deseo era
exclusivo de las mujeres?
¿Dónde estaba escrito que los hombres sólo querían sexo y una noche sin
compromisos? ¿Era ley que las mujeres tuvieran el derecho a suponer que
podías jugar con un hombre por la creencia de que ellos no tenían
sentimientos?
Y lo más grave: ¿Habría en algún lugar una mujer que lo amara por lo que
él era, no por lo que tenía, o por lo que ella pudiera obtener de él?
Tragó saliva y miró el asiento vacío a su lado.
—Ya no voy a buscarte más —le dijo a ese nadie que iba allí—. Estoy
cansado.
…6…
—¿De verdad Eloísa… tuvo algo contigo en el pasado? —le preguntó
Mateo a Camilo Mendoza en voz baja. Él sonrió vislumbrando un triunfo
sobre Eloísa. Si de casualidad era verdad que ella estaba saliendo con él, eso
se acabaría aquí.
—Te lo acabo de decir, ella y yo… tuvimos una ardiente relación.
—Ardiente —repitió Mateo y apretó sus labios en lo que pareció una
sonrisa un poco forzada.
—Éramos adolescentes. Ya sabes, hormonas revolucionadas.
—¿Y sigues enamorado de ella? —Camilo lo miró pestañeando tomado
por sorpresa.
—¿Enamorado?
—Claro. La has seguido hasta aquí buscándola, luego, te has tomado la
molestia de preguntar por su vida amorosa. Me abordas preguntándome qué
relación tengo con ella y de inmediato marcas territorio diciendo que fuiste su
primer novio y todo eso. Discúlpame, pero todo eso no son sino muestras de
que sigues enamorado de ella.
—Por favor. ¿Estás de broma?
—¿Mateo? —se escuchó al fin la voz de Eloísa, aunque fue más como un
susurro.
—Cariño, estoy conociendo a tu primer novio. Ya sabes, cuando tenías tus
hormonas revolucionadas.
—¿Él… te dijo eso?
—Oh, ¿es mentira? ¿No fue tu primer novio? —Eloísa lo miró
confundida, tratando de dilucidar qué estaba pasando aquí, cuál era la
intención de Mateo. La de Camilo había estado más que clara: hacerle daño.
—Bueno…
—No lo puedes negar —sonrió Camilo—. Hasta hay un video de eso—.
Eloísa perdió el color. Cerró sus ojos sintiendo que toda la sangre huía de su
cuerpo. No supo qué hacer, qué pensar o qué decir.
—Grandioso.
—Mateo…
—Amor, dame un par de minutos, ¿sí? Necesito… —Mateo no completó
la frase, simplemente se dio la vuelta se alejó. Eloísa, confundida y
desconcertada como estaba, vio cómo salía del salón de eventos en el que
estaban sin reparar en el mote cariñoso que él había usado. Cuando se dio
cuenta de que se había quedado sola con Camilo allí en medio de un salón
lleno de gente, se sintió tan desamparada que quiso abrir un agujero en la
tierra y esconderse allí por lo que le quedara de vida.
—Te gané —dijo Camilo Mendoza sonriendo.
—¿Qué… qué ganaste?
—Dijiste que tenías un novio maravilloso y que te ibas a casar—. Piensa
rápido, se dijo Eloísa, no te dejes ganar, no todavía. Repasó la conversación
que acababan de tener los tres aquí. Camilo le había revelado a Mateo su
relación de hacía ocho años, incluso había mencionado el video, y como era
de esperarse, Mateo se había sentido mal.
Pero espera, eso es lo que hacen los novios, ¿no?
—Mateo Aguilar es mi novio —dijo Eloísa entre dientes—. Eso fue lo que
dije… ¿no lo acabas de comprobar?
—¿Qué se hizo el yerno? —preguntó Beatriz acercándose a Eloísa en el
momento más oportuno de toda su vida. Cuando vio a Camilo lo miró ceñuda
—. ¿Quién es este?
—Alguien que logró colarse en la fiesta —murmuró Eloísa.
—¿Necesitamos llamar a seguridad?
—No, no será necesario —dijo Camilo mirando a Eloísa molesto—. Ya
me voy.
—Tu cara me suena de algo —insistió Beatriz tomando a Camilo del
hombro e impidiéndole irse.
—Sí, mamá. Tal vez lo recuerdes de Trinidad—. Camilo tragó saliva. Si
de casualidad Eloísa le había contado a su madre lo que él le había hecho en
aquella época, ya podía considerar a Beatriz como su peor enemiga, y siendo
ella la anfitriona de esta fiesta, más le valía poner pies en polvorosa de
inmediato.
—Llamaré a seguridad —dijo Beatriz con mirada asesina, pero en vez de
gritar llamando a los guardas, Beatriz se alejó en silencio. Eloísa lo miró y
respiró profundo.
—Desaparece de mi vida, Camilo, si no quieres terminar mal—. Camilo
apretó los dientes y la miró de arriba abajo.
—Salimos empatados —sonrió, y dándole la espalda, salió del salón de
fiestas.
Eloísa lo miró alejarse sintiéndose impotente. No era justo, ella quería
ganar, quería hacerle tragar sus palabras, su orgullo, su ira.
Sintiendo los ojos húmedos, fue detrás.
Salió del salón y llegó al pasillo del hotel donde se estaba dando la
celebración, sin embargo, no lo vio, lo cual la extrañó, ya que no habían
pasado muchos segundos desde que él saliera, así que empezó a mirar por los
sitios en los que pudo haberse ido. El ascensor estaba quieto en este piso, lo
que indicaba que nadie lo había tomado, y dudaba mucho que Camilo
decidiera bajar casi veinte pisos por las escaleras. Las demás puertas de lo
que podían ser otros salones estaban cerradas. ¿Dónde se había metido?
Se detuvo cuando, detrás de una puerta, escuchó un quejido. La abrió sin
llamar primero, sin preguntar, y sin saber si acaso se estaba metiendo en
problemas. Una luz se encendió y entonces ella vio a Camilo en el suelo,
retorciéndose de dolor, con el rostro contraído, rojo y sudoroso.
—¿Qué te pasó? —exclamó Eloísa sorprendida, y al escuchar unos pasos
tras ella, se asustó. Tal vez había un agresor escondido aquí.
Pero sólo era Mateo.
Caminó a ella, y Eloísa se puso una mano en el pecho tratando de
tranquilizar así los latidos de su desbocado corazón.
—Creí que te habías ido.
—Por supuesto que no.
—Entonces…
—Me estaba encargando de algo—. Mateo no estaba agitado, no había en
él signos de lucha, no tenía siquiera el corbatín o el cabello fuera de lugar,
nada, y en la habitación no había nadie más. Entonces, ¿quién le había
pegado a Camilo Mendoza?
Mateo volvió a acercarse a él, pero entonces Camilo prácticamente lloró
pidiendo misericordia. Extrañamente, su voz salía más delgada y brillante de
lo normal.
—No llores, cobarde de mierda —sentenció Mateo poniendo su caro
zapato sobre el pecho de Camilo, que no había conseguido ponerse en pie y
permanecía encogido en el suelo. Eloísa vio que se llevaba las manos a la
entrepierna—. Sólo quería hacerte una advertencia. ¿Me estás escuchando?
—camilo no contestó, y entonces el talón de Mateo se acercó al vientre de
Camilo.
—Te escucho, te escucho —se apresuró a contestar Camilo.
—Eso es, buen chico.
—Mateo… ¿lo… golpeaste?
—¿Golpearlo? No tiene un solo golpe en su delicado rostro.
—Entonces…
—¿Me estás escuchando, tú, cerdo? —le interrumpió Mateo, y Camilo
volvió a asentir—. Te advierto una cosa, una sola cosa… Si tú… te vuelves a
acercar a mi novia, o vuelves a expresarte mal de ella, o sólo tomas su
hermoso nombre en tu puerca boca… te buscaré y te acabaré, ¿me
escuchaste?
—Mateo, no es necesario…
—Sí es necesario. Nadie toca lo que es mío. Tengo ojos por todas partes, y
mis oídos son muy largos, y tú solito te pusiste en la mira tratando de
profanar lo que es más sagrado para mí. Si de casualidad has escuchado mi
apellido, entonces debes saber también hasta donde llega mi poder. No habrá
cloaca de Bogotá en la que puedas meterte sin que yo me entere, ¿me
entendiste? —Camilo no respondió, sólo miró a Mateo muerto de miedo, así
que él tuvo que ejercer un poco más de fuerza con su talón en su vientre—.
¿Me entendiste?
—Sí, sí… lo siento.
—¿Qué sientes?
—Haber hablado mal de… tu novia. No… no lo volveré a hacer.
—Parece que no eres tan estúpido, después de todo—. Mateo retiró su pie
y se alejó de él—. Piérdete —le dijo, y Camilo no perdió el tiempo.
Agarrándose todavía la entrepierna con las dos manos, se puso en pie y salió
casi corriendo del salón en el que de alguna manera Mateo lo había metido.
Cuando estuvieron a solas, Eloísa no pudo sino mirarlo en silencio. Él se
asomaba por la puerta viendo a Camilo huir, y cuando al fin se giró a ella,
tenía en el rostro una sonrisa de satisfacción.
—No te volverá a molestar—. Eloísa no lo pudo evitar, simplemente se
giró dándole la espalda y empezó a llorar—. Hey —la llamó él—. Tranquila,
ya se fue.
—No… no me pasa nada.
—Nada, ¿eh? —sonrió él tomándola de la cintura y haciéndola girarse a
él, encontrando sus ojos anegados en lágrimas que ya rodaban por sus
mejillas.
—Siento… tanto… que esto haya pasado. Mi peor vergüenza expuesta así
delante de ti. Yo jamás hubiese querido que te enteraras de esto, de verdad.
Pero que me hayas ayudado así, Dios, no sé… lo siento. Gracias. Perdóname
—. Mateo soltó una risita y la abrazó.
—Está bien. Tranquila.
—Pensé que te habías ido.
—Oh, sí. no podía golpearlo en medio de los invitados de tu papá, así que
tuve que esperar a que saliera.
—¿Cómo… qué le hiciste?
—No me preguntes eso. Hubiese preferido que no te enteraras, pero
acabas de ver que no te volverá a molestar.
—¿Por qué no estás molesto conmigo?
—¿Y por qué iba a estar molesto contigo?
—Porque te oculté que… porque te usé… dije que eras mi novio y no lo
éramos, sólo lo hice para… demostrarle que no soy la misma Eloísa que él
conoció. ¿Por qué no estás molesto? ¿Por qué me ayudaste?
—Eloísa, no seas tonta.
—Dios, sí, soy tonta, perdona, ¡pero es que no entiendo nada! —Mateo
suspiró.
—¿Le dijiste que soy tu novio?
—Me sentí retada. Él… me hizo mucho daño, Mateo—. Él se acercó más
a ella y barrió con sus pulgares las lágrimas del rostro femenino.
—Hablaremos bien de esto cuando salgamos de la fiesta de tus padres.
Anda, ve, retócate el maquillaje y sigue sonriendo como lo venías haciendo.
Luego… iremos a tu apartamento y hablaremos, y allí decidiré si tengo
derecho a sentirme enojado o no.
—Cómo podré sonreír si… —él la interrumpió atrapando sus labios en un
beso, pero Dios, no era cualquier beso, fue un secuestro de sus labios, un
saqueo a su boca, una caricia que la recorrió hasta lo más profundo de ella,
extendiendo todas las sensaciones a lo largo y ancho de su cuerpo, rozando
los picos, los valles y las grutas, y Eloísa se sintió desfallecida, hambrienta de
él.
—Ve y sonríe —le ordenó Mateo, y ella enfocó su mirada en él—. Ve y
brilla. Esa es la Eloísa que conozco—. Él la tomó de los hombros y
prácticamente la condujo a un baño. Una vez allí, Eloísa caminó lentamente
hasta el espejo y se apoyó en la encimera. Él solía tener ese efecto sobre ella,
y creía que ya había experimentado lo mejor del sexo con él, pero se estaba
dando cuenta de que todavía había sensaciones más álgidas e inexploradas.
Tomó varias toallas de papel y se secó las lágrimas. Afortunadamente, el
rímel había resistido a las lágrimas, y pudo disimular un poco las huellas del
llanto.
Sonreír, brillar. Luego de semejante beso, no iba a ser nada difícil.
Cuando volvió al salón de fiesta, los comensales ya estaban sentados en
sus mesas disfrutando su cena. Beatriz la vio y la llamó con un gesto para que
ocupara su lugar al lado de ellos. Mateo ya estaba en la mesa, así que caminó
hasta ellos y se les unió.
—¿Se fue ese hombre? —le preguntó Beatriz en el oído, y Eloísa miró de
reojo a Mateo.
—Sí, se fue.
—¿Necesitas… que te ayude con algo? ¿Te estaba molestando ese
hombre?
—No, mamá, no te preocupes por eso. Todo está bien.
—¿Seguro? —Eloísa sonrió para darle más seguridad a sus palabras y
tranquilizar a su madre.
—Sí, mamá, seguro.
—Bien—. Otra vez Eloísa miró a Mateo, y éste sólo le sonrió elevando
hacia ella su copa. Ella le devolvió la sonrisa.
Estaba confundida. No sabía por qué Mateo estaba actuando así, por qué la
había ayudado de esa manera, o si acaso eran rasgos de él que siempre
estuvieron allí y ella nunca advirtió.
Él la había llamado “Sagrada” para él, lo que seguía teniéndola
desconcertada. Casi había amenazado de muerte a un hombre cuyo propósito
había sido manchar su reputación.
No dudaba del poder que podía tener alguien como él, con tantas
conexiones políticas y económicas; sin embargo, él casi había dibujado el
panorama de un hombre con poder en las calles, y sobre grupos de personas
sin escrúpulos. Casi una mafia.
¿Hasta dónde llegaba el poder de la familia Aguilar? ¿Era limpio del todo?
¿Debía sentirse a salvo, halagada o preocupada?
Su corazón había retumbado cuando él la llamó lo más sagrado, suya, y
hermosa.
Había muchas cosas de él que desconocía, se estaba dando cuenta. Cosas
hermosas, que enamorarían a cualquier mujer, y cosas que la hacían sentirse
un poco cautelosa.

La fiesta se fue pasando. A su padre lo condecoraron por honesto y


preocupado por la sociedad. Lo calificaron como el hombre más apto para
dirigir quizás el país y todos se deshicieron en aplausos. Eloísa lo miraba
orgullosa; él era un hombre que además de buen marido y buen trabajador,
era un buen padre, el mejor que ella hubiese podido pedirle a la vida. Lo
adoraba.
La prensa tomó un sinnúmero de fotografías, y en un par de ellas, apareció
con Mateo en poses que daban a entender que entre los dos había una
relación cercana más allá de la amistad.
Cuando al fin los invitados se fueron yendo, Beatriz abrazó a Mateo y le
pidió que se hiciera cargo de su hija y la llevara con bien hasta el
apartamento.
—No te preocupes, suegra, la llevaré con mucho cuidado.
—Ay, Dios mío, ¡me gané un yerno adorable! —exclamó Beatriz
apretando los hombros de Mateo con emoción. Le besó ambas mejillas y los
despidió con su bendición.
Eloísa no dijo nada. Al fin y al cabo, todo esto lo había propiciado ella al
invitarlo a esta reunión, y él había estado de acuerdo al aceptar acompañarla.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó él cuando ya iban de camino al
pequeño apartamento. Eloísa ajustó la inclinación del asiento para estar más
descansada, e incluso tuvo la tentación de quitarse los zapatos, pero eso ya
era perder demasiado el glamour.
—Mucho mejor —dijo cerrando sus ojos—. Ahora sólo estoy levemente
preocupada por ese pobre diablo—. Mateo se echó a reír.
—Te pareció efectiva mi amenaza?
—¿Sólo fue eso? ¿Una amenaza? —él suspiró.
—No te diré mentiras. Si él vuelve a hacerte daño, tendré que hacerlo
realidad.
—Eres capaz de…
—Por ti, sí.
—Por… por mí?
—Estás a mi cuidado ahora—. Dijo él mirándola de reojo.
—Te estás tomando muy a pecho el papel de novio —sonrió ella, y él sólo
hizo una mueca sonriendo. No dijo más nada hasta que ya estuvieron dentro
del pequeño apartamento, y a Eloísa ya no le importó perder el glamour y se
sentó en el sofá para quitarse los zapatos. Mateo la sorprendió sentándose a
su lado y tomando sus pies para hacer la tarea de desatarle las pequeñas
correas.
De repente, Eloísa tuvo algo que luego sólo pudo calificar como una
alucinación. Se vio a sí misma con una panza enorme, como si estuviera
embarazada, en un sofá tal cual como estaba ahora, y a Mateo en el otro
extremo masajeándole los pies.
Pero la alucinación tardó sólo un instante, menos de lo que dura un
parpadear, y aquello la dejó impresionada, confundida, casi sin aire.
—Está bien así? —dijo Mateo mirándola con una sonrisa, y aquello fue
como un golpe directo en su abdomen. Cuál de los dos Mateos había hecho
esa pregunta, el del presente o el del… Un momento, ¿estaba pensando en
que eso sucedería en el futuro?
Mateo, sin darse cuenta de la cantidad de pensamientos que se
arremolinaban en la mente de Eloísa, se puso en pie y caminó a la cocina,
trayendo de vuelta las palomitas de maíz y la Coca—Cola que antes ella
había preparado, durante la loca y extravagante discusión de sus padres.
—¿Quieres? —le preguntó él señalándole el cuenco de palomitas. Eloísa
negó en silencio. Se estaba volviendo loca. Ella estaba teniendo cuidado de
no quedar embarazada, con el sistema de anticonceptivos que estaba
tomando, tenía menos del uno por ciento de posibilidades de embarazarse, y,
además, él usaba preservativos… la mayoría de las veces, porque, mierda, a
veces, en la segunda ronda, sobre todo si era en la bañera o la ducha, se les
olvidaba.
Mierda, carajo.
—¿Ya no quieres contarme? —le preguntó Mateo sentándose otra vez a su
lado, y Eloísa lo miró al fin.
—Qué?
—Lo que pasó entre tú y el… pobre ser humano que tuvo la mala suerte
de presentarse en esa fiesta—. Eso la hizo sonreír. Respiró profundo y tomó
un cojín del sofá para ponerlo en su regazo.
—Tenía diecisiete años cuando todo pasó.
—En Trinidad? —Eloísa asintió tratando de centrarse, de recordar con la
mayor objetividad aquella época de su vida.
—Ángela y yo estudiábamos en una escuela para señoritas, así que allí no
había chicos con los que pudiéramos interactuar. Sólo estábamos nosotras.
Ángela y yo éramos amigas desde muy niñas, así que nos lo contábamos
todo, pero ella… vivía prácticamente encerrada en su casa, sus papás no la
dejaban salir a ningún lado, a duras penas permitían que viniera a mi casa, y
fue de esa manera que yo empecé a tener amigos aparte de ella, y en una
ocasión conocí a Camilo—. Eloísa miró a Mateo sonriendo de medio lado—.
Tienes que perdonarme —le dijo—, pero es que no había visto mundo. Había
viajado con mis papás a diferentes ciudades, incluso al extranjero, pero
seguía siendo una niña, de mente y de cuerpo. Lo único que delataba mi edad
era mi estatura; yo era sólo piernas y piernas.
—No tengo ninguna queja al respecto —eso la hizo reír. Apoyó su cabeza
en el espaldar del sofá y suspiró mirando al techo.
—Me enamoré de él —siguió al cabo de unos segundos—. Lo encontraba
guapo, divertido, inteligente… Dios, en qué estaba pensando.
—Es muy fácil envolver a una chica con tus… cualidades de ese entonces.
—Sí que lo es. Y lo sigue siendo. Le conté a Ángela —siguió contando—.
Ella no sonó muy de acuerdo, le daba un poco de miedo que me fuera a pasar
algo, pero estaba igual de emocionada, viviendo mi historia casi como yo, así
que no obtuve ningún buen consejo por ese lado. Y luego… él me pidió que
le demostrara que lo amaba acostándome con él. Me dio miedo, pero… luego
de consultar un par de cosas en los libros… supe que quería hacerlo. Quería
acostarme con él. Quería… ser amada, ser hermosa para alguien, ser… En
fin, que compré una caja de preservativos y fui a la cita.
—Una caja completa?
—No sabía a ciencia cierta de qué se trataban las cosas. Una vez
empezada la labor, no quería riesgos. Es decir… había leído que los
susodichos se rompían, y entre algunas amigas ellas decían que era mejor una
asegurarse comprar unas de buena marca, y que no hallan estado mucho
tiempo en la billetera, o que hayan tenido ocasión de pincharlos con un alfiler
para hacerte una maldad.
—Tenías todas esas inseguridades, pero decidiste, de todos modos, estar
con él.
—Fui viva y boba al tiempo, lo sé —sonrió Eloísa con pesar—, y acudí a
la cita, y me acosté con él.
—Y te hizo un video—. Eloísa tragó saliva negando.
—No, no fue en esa primera vez… quiero decir… Él… Él había hecho
una apuesta con sus amigos diciendo que era capaz de conquistar a la hija del
alcalde y además acostarse con ellas. Luego de acostarse conmigo.
—Maldito.
—Muy normal. Muchas mujeres somos víctimas de ese tipo de juegos.
Ángela también lo fue y tú fuiste uno de esos amigos con los que se llevó a
cabo la apuesta.
—No fue así.
—Vamos…
—No fue así —insistió Mateo—. Lo recuerdo bien. Es verdad que Juan
José se empeñó en conseguirla, pero nadie lo retó a hacerlo. Sólo Miguel le
dijo que no le sería fácil, porque ella era diferente. Cuando eres idiota, tomas
eso como un reto, y así lo tomó Juan José. Pero nadie apostó nada.
—Pues conmigo sí apostaron. No sé si dinero o qué, pero sé que Camilo
ganó esa apuesta. Le pidieron pruebas, y como la primera vez a él no se le
ocurrió tomarlas, se aseguró que a la segunda sí.
—Y ese fue el video—. Eloísa se echó a reír.
—Y la tercera también fue una buena prueba.
—¿Te acostaste tres veces con él?
—¡Estaba enamorada! Él seguía siendo divino conmigo, tratándome como
a una princesa. ¡No como esos hombres que una vez obtienen lo que quieren
de ti, te olvidan! Y la caja de preservativos seguía llena.
—¿Pensabas acabártela con él?
—No, no la acabé. Porque entonces empezó a circular el rumor en el
pueblo. Un rumor horrible—. Mateo la miró fijamente a los ojos, que ahora
estaban brillantes—. Yo había perdido la virginidad en secreto, había hecho
el amor con mi novio en secreto, tal como debía ser, pero de alguna manera,
se hizo público; mi vida íntima se hizo pública—. Mateo extendió la mano a
ella y se la apretó suavemente—. Se dijeron muchas cosas horribles acerca de
mí, que era fácil, una casquisuelta, pero claro, al ser hija de quien era, no se
atrevieron a llevarlo más allá. Recuerdo que incluso le pregunté a Ángela si
se lo había contado a alguien, y ella, obviamente me juró que no había sido
así. Entonces sólo podía ser él mismo. Lo confronté y también lo negó, pero
entonces uno de sus amigos me dijo que ya lo sabía todo de mí, y me
preguntó si podía acostarme también con él ya que… ya que parecía que yo
lo disfrutaba muy bien —Eloísa miró a Mateo a los ojos, y una lágrima rodó
por su mejilla, una lágrima de indignación—. Le pregunté que de dónde
había sacado semejante cosa, y riendo me dijo que ya lo sabía todo, que no
me hiciera la tonta negándolo. Y como obviamente yo sí lo seguí negando…
simplemente me mostró el video que me habían hecho. Dios, él había puesto
una cámara en la pequeña habitación donde solíamos encontrarnos, y me hizo
un video. No se ve claramente todo, mi rostro no se ve nítido, pero para el
que me conozca bien sabrá que soy yo. Yo. Yo, desnuda, con otro hombre.
Dios…
Mateo se acercó a ella y la abrazó. Al sentirlo, Eloísa no pudo evitar
sollozar. La más mínima muestra de ternura sólo consiguió que su caudal de
lágrimas se desbordara. Era un caudal que al parecer no se había secado aún.
—Lo siento tanto.
—No es tu culpa.
—Sí lo fue. Fui una idiota. Semejante estúpido y yo enamorada. Por Dios,
¿qué me pasaba?
—Eras una niña.
—¡Dejé que me hicieran un video!
—No lo sabías. No es como si te hubieses prestado a eso, ignorabas el
plan que tenían esos imbéciles.
—Lo único que puedo agradecer ahora es que por esa época el uso del
internet y los teléfonos inteligentes no estuviera tan propagado como hoy en
día, porque entonces mi reputación se habría estropeado sin remedio alguno.
Fueron días horribles, Mateo. Lloré muchísimo. Entre los chicos de mi edad
no se hablaba de otra cosa, me llegaban propuestas horribles en mensajes a la
casa. Mi correo electrónico se llenaba de invitaciones y videos
pornográficos… Y no podía más que llorar y lamentarme, dejar que el tiempo
pasara, pero no, se volvía peor y peor—. Mateo suspiró. Aquello explicaba
muchas cosas acerca de ella, lo desconfiada que era con los hombres, el muro
que ponía delante siempre. Pretendía ir un paso adelante con ellos, pero no
era más que la misma niña asustada de que le volvieran a hacer daño.
Tal vez por eso le había costado tanto a él conseguirla, pues el muro que
había erigido contra él había sido casi insalvable.
Pero de alguna manera, él había conseguido llegar al otro lado de ese
muro. O eso quería pensar.
—¿Se lo contaste a tus padres? —le preguntó cuando ella se hubo calmado
un poco.
—¡Por supuesto que no! —le contestó Eloísa—. Aunque mi hermana sí lo
supo, pero ella sólo me echó un sermón por estúpida y luego simplemente me
guardó el secreto. Con el tiempo —concluyó Eloísa suspirando—, fue
quedando en el olvido. A él tampoco le ayudó mucho el haberme hecho eso,
pues ya las chicas no confiaban mucho y supe que varias se negaron a tener
algo con él.
—Se lo tenía bien merecido.
—Oh, pero no puedes ni imaginarte lo que hizo entonces, porque el muy
estúpido me echó la culpa a mí por su mala suerte. Yo había arruinado su
vida.
—Un auténtico imbécil al cuadrado —Eloísa lo miró a los ojos, y no pudo
sino sonreír.
—Gracias. Desahogarme… me ha hecho bien. Nunca le había contado
esta historia a nadie. Ángela lo sabe todo, pero bueno, es que ella estuvo allí
—. Mateo asintió mirando la pulsera en la mano de Eloísa, con la que
jugueteaba de manera distraída mientras le seguía contando la historia.
—¿Cómo es que yo… entré a ser parte de todo eso? —preguntó Mateo.
Eloísa respiró profundo y se sentó más derecha en el sofá. Apretó sus labios y
lo miró a los ojos.
—El domingo pasado salí con Ángela y los niños y fuimos a cine, y nos lo
encontramos en la plaza de alimentos. Allí estaba el maldito. Quise evitarlo
—dijo al cabo de unos segundos en silencio—, pero entonces él vino a mí,
diciéndome que estaba muy cambiada, y preguntándome si seguía siendo la
misma niña llorona de antes incapaz de encontrar novio.
—¿Incapaz de encontrar novio?
—Él decía que, de no ser por él, yo seguiría virgen, ¿sabes? Porque ningún
chico me prestaba atención.
—Ah, ¿sí?
—Fue un golpe tras otro, y lo tuve que resistir, o me habría desmoronado.
El domingo simplemente exploté, y le dije que mi vida era perfecta, que era
profesional, feliz, y que… además, tenía un novio maravilloso con el que
planeaba casarme. No dije nombres… no dije que eras tú… pero al parecer
no soportó que lo humillara un poco y me buscó, y fue ahí cuando tú entraste
a ser parte de esta locura.
—¿Lo humillaste? —Eloísa se mordió el labio inferior mirándolo de reojo.
—Le dije que tenía el pene tan pequeño como un chito—. Mateo soltó la
carcajada. Rio y rio hasta que quedó allí, tirado de cualquier manera en el
sofá. Eloísa sonreía sintiéndose un poco triunfante por su propio logro,
aunque eso sólo hubiese conseguido que la expusieran delante de Mateo.
Pero no había sido tan malo. Mateo la había escuchado, la había
comprendido, y sin decirlo, también la perdonaba por todo. Era increíble.
Él, además de ser un excelente amante, era un buen escucha, comprobó.
Tal vez también podía convertirse en un gran amigo.
Se imaginó a sí misma confiándole todos sus más íntimos secretos, sus
dudas, inseguridades y todo lo que implicaba ser Eloísa Vega, y
extrañamente, no se sintió intimidada ni fuera de lugar.
Era cómodo estar con él. Vestidos o desnudos, era cómodo y placentero.
Y eso le gustaba.
…7…
—Gracias —dijo Eloísa cuando Mateo se hubo serenado. Había reído
tanto que se había tenido que quitar el corbatín y desabrochar su camisa—.
Por escucharme —se explicó cuando él la miró interrogante.
—Nunca me aburro contigo —sonrió él.
—¿Mis desgracias te hacen reír?
—Oh, toda tú eres un conjunto de sorpresas. Si te llego a decepcionar en
algo, ¿usarás esa arma contra mí? ¿La del… pene como un chito?
—No, tú no lo tienes como un chito —sonrió ella, pero luego arrugó su
entrecejo cayendo en cuenta de que, si bien lo había tenido entre sus manos, y
todo lo demás, ella nunca lo había visto desnudo y a plena luz.
¿Él se escondía? ¿Le ocultaba algo?
¿Algo como una marca, una cicatriz, un defecto?
—Ya ese imbécil no te volverá a molestar —aseguró él extendiendo su
mano a ella—. Me encargaré de que esté lo más lejos posible de ti.
—¿Lo enviarás al ejército?
—No tengo ese poder —rio él—. Y con esas cejas tan cuidadas, no duraría
ni una semana antes de que lo devuelvan por incapaz.
—Entonces… ¿de qué manera piensas encargarte de él?
—Eli, no estás pensando nada raro de mí, ¿verdad?
—Disculpa, pero es que verte a ti con ese pobre en el suelo y tú
amenazándolo, fue como una escena de “El Padrino”—. Mateo volvió a reír.
—Nada de eso. No tengo ese tipo de métodos.
—Vale—. Él la miró de hito en hito, y Eloísa sintió esa mirada y se puso
en pie. Antes de que pudiera decir o hacer nada, lo tuvo detrás, pegado a su
espalda, y besando su cuello.
—No pienses ni por un segundo que te vas a escapar de mí esta noche—.
Eloísa sonrió.
—No lo estaba pensando.
—Quiero hacerte el amor—. Ella sintió el corazón, el estómago y el
hígado agolparse en su garganta. Debía ser todo eso, porque tenía un tarugo
enorme que no la dejaba respirar.
Él había dicho “hacer el amor”. Anteriormente, todo había sido sólo sexo,
y así lo expresaban. Pero había una diferencia ahora.
Por supuesto, ese término estaba trillado y muy mal usado. Incluso Camilo
había llamado a ese encuentro grabado con ella “hacer el amor”, el muy
estúpido.
Se giró entre los brazos de Mateo para mirarlo a los ojos, para hacerle una
pregunta silenciosa.
—¿No… no te importa que haya tenido que… exponer lo que tenemos
para mi propia conveniencia?
—Oh, sí, hiciste mal, niña traviesa. Tendré que castigarte por eso—.
Eloísa sonrió.
—Hablo en serio.
—Yo también hablo muy en serio. ¿Qué te crees, que el sexo para mí es
una broma? —otra vez “sexo”, pensó ella.
—No, por supuesto que no.
—Entonces, ¿me dejarás castigarte como se debe en la cama?
—¿Sólo en la cama?
—Oh, ya veo que mi novia me salió un poco masoquista. ¿Dónde más
quieres que te castigue, eh? —ella lo besó, quería seguirle el juego y seguir
hablando de tonterías un poco sucias, pero es que también quería besarlo.
Besarlo en agradecimiento, por lo bueno que estaba siendo con ella, por lo
condenadamente sexy que se veía con los primeros botones de su camisa
desabrochados, y porque sí, porque, diablos, quería besarlo y ya.
—Mateo… —susurró ella mordiendo sus labios, chupándolos, tirando
suavemente de ellos, desando poder comérselos como se come una goma de
azúcar. Mateo extendió sus manos hasta el trasero de ella y la pegó a él,
haciendo que Eloísa sintiera su erección a través de las capas de ropa.
Esto se estaba calentando…
O tal vez era ella quien estaba muy caliente, hirviendo por él.
Se apresuró a desabrochar el resto de los botones y él la ayudó quedándose
en mangas de camisa. Eloísa le besaba el cuello, la línea de la mandíbula,
detrás de la oreja y poco a poco, él la fue llevando hacia la puerta que debía
ser la habitación de ella. Al entrar, las luces de afuera iluminaban un poco la
habitación y apenas pudo ver la cama, así que fue caminando con ella poco a
poco hasta llegar allí. Le sacó el vestido y ella quedó en ropa interior. Como
siempre, Eloísa era desinhibida con su cuerpo, y bastante activa. Cuando
estuvieron en la cama, fue ella la que se puso encima de él para besarle el
pecho, el vientre; pasaba sus manos por sus muslos y lo iba enloqueciendo
con cada toque, cada lametazo.
La miró mientras desabrochaba su pantalón. Eloísa encontró su mirada y
le sonrió traviesa poniendo su mano sobre el bóxer, masajeándolo cuan largo
era, lo que le hizo gemir.
Sin embargo, cuando ella encendió la luz, Mateo se quedó quieto y
callado. Ella volvió a besarlo, siguió acariciándolo, pero ya él no estaba aquí.
Puso una mano sobre la de ella cuando intentó bajarle el bóxer, y Eloísa lo
miró interrogante.
—Quiero verte —susurró ella.
—Yo… preferiría que no.
—Mateo —volvió a decir ella en voz baja. Se acercó a su rostro y le besó
la frente, la nariz, los labios—. Quiero verte.
—Pero…
—Sólo verte… no haré preguntas. Lo prometo—. Mateo la miró un
momento a los ojos, sintiendo su respiración agitada. Cerró sus ojos y asintió
a la vez que tragaba saliva, y Eloísa le bajó el bóxer dejándolo al fin desnudo
frente a sus labios. Mateo apretó sus labios como si esperara alguna
exclamación de horror, y, cuando ésta no vino, volvió a mirarla.
Ella seguía allí, no había salido corriendo, y simplemente lo miraba
mientras con un dedo recorría su cuerpo.
—Tal como lo imaginé. Eres hermoso—. Mateo sonrió con sorna.
—No estás ciega, ¿verdad?
—Oh, mis ojos están muy bien. Ahora mismo quisiera no tener que
parpadear—. Él sonrió. Al fin.
Eloísa se acercó a él besando la cicatriz que había en su ingle. Esto debía
ser una herida de bala, una que debió infectarse, porque la marca había
quedado muy visible bajo la línea de la ropa interior. Debió, además, tener
que pasar por cirugías y operaciones, pues además de la cicatriz circular de la
entrada de un proyectil, había otra en forma de línea con sus puntos de sutura.
Pasó sus dedos por ellas sintiendo que no resaltaban demasiado en la piel,
no se sentían nudosas ni desagradables, por eso habían pasado desapercibidas
a su tacto antes. O tal vez porque en esos momentos ella siempre estuvo
concentrada en otra cosa.
¿Qué le había pasado? ¿Cómo alguien como él pudo estar en una situación
en la que tuviese que ser baleado?
No podía hacer esas preguntas, ella había prometido callar. Demasiado
con que él hubiese accedido a dejarse ver por ella.
Lo miró, y se encontró con que él la miraba a ella.
Nunca hubiese podido imaginar que alguien tan gallardo, seguro, y con
tanta confianza en sí mismo pudiese sentir inseguridad por algo así. Otros
iban por ahí mostrando sus cicatrices como las marcas de un guerrero, y él,
por el contrario, la escondía.
Pero esa cicatriz no le restaba atractivo, para nada, y ella por fin desvió su
mirada hacia el miembro que, a pesar de todo el escrutinio de ella,
permanecía erecto frente a sus ojos. Oh, esto sí que era digno de admirar, qué
hermoso, qué…
—Eres hermoso —repitió ella, como si no hubiese más palabras en el
idioma español que le ayudaran a describirlo.
Eloísa lo tomó en su mano y jugueteó con él, acariciándolo, pesándolo y
hasta midiéndolo. No pudo evitar sonreír cuando se dio cuenta de lo que
estaba haciendo. Él se había movido, así que volvió a mirarle el rostro y lo
encontró con los ojos cubiertos con su antebrazo, su respiración un poco
acelerada y los labios apretados.
Tal vez ya había fisgoneado demasiado, así que se acostó a su lado y le
besó la mejilla.
—Ya no estoy mirando —le dijo. Mateo se descubrió los ojos y la miró.
Permanecieron en silencio y mirándose a los ojos varios segundos, y cuando
él comprobó que de verdad ella no le iba a hacer preguntas, respiró profundo.
Esto, más que nada, le comprobaba que era la mujer perfecta para él.
Eloísa siempre había sido perfecta.
Dios, lo había sabido nomás verla allá en Trinidad. ¿Por qué ella no se
veía de la misma manera como la veía él? Sus ojos eran hermosos, sus labios
tan comestibles, sus piernas, madre, las piernas más sensuales que jamás
hubiese visto. Siempre había sido del tipo de hombres que prefería una mujer
con un buen par de piernas que una de tetas enormes. Desde que descubriera
que le gustaban las mujeres, aunque le presentaran mil mujeres de pechos
grandes y tan sólo una de piernas bonitas, él se inclinaría por esta última, y
Eloísa… Eloísa tenía las piernas más perfectas sobre este mundo; largas, bien
tonificadas porque ella también hacía ejercicios, y de pantorrillas hermosas.
Y eso sólo hablando de la parte física de esta bella mujer que se acostaba a
su lado y lo miraba con una sonrisa casi inocente.
Ella había dicho que no haría preguntas, y no las estaba haciendo, y eso
sólo conseguía que la amara más de lo que ya la amaba.
Moría por decírselo, las palabras estaban allí, detrás de sus dientes, sólo
tenía que abrir la boca y ellas saldrían libres al fin.
Te amo, Eloísa, le quería decir. Te amo y llevo tanto, tanto tiempo
buscando la manera de estar contigo que casi he muerto en el intento.
Se acercó a ella acariciando con la palma abierta la espalda de ella
pensando en que, cuando le había hecho aquella propuesta en el hospital, lo
había hecho con el corazón en la mano. Si ella decía que no, lo habría echado
todo a perder, pero estaba seguro también de que, si se le declaraba, ella sólo
se reiría en su cara y la endeble relación de amistad que tenían se echaría a
perder para siempre.
Había tenido que retarla, sonsacarla, ponerle pequeñas trampas en las que
ella, tal vez más ingenua de lo que querría admitir ante sí misma, había caído.
Y al fin estaba aquí, a su lado, viéndolo tan desnudo como jamás ninguna
mujer lo vio. Y eso que todavía faltaban capas de su alma que aún no tenía la
valentía de mostrarle porque, Dios querido, tenía miedo de que ella, al ver lo
peor de él, saliera corriendo.
—¿En qué piensas? —preguntó ella, y Mateo quiso contestar tantas cosas.
Quiso contarle todo, quiso declararse, pero lo único que consiguió fue
acurrucarse a su lado, atraerla a su cuerpo y abrazarla con fuerza, esconder su
rostro entre sus pechos mientras al interior de su alma su corazón gritaba “Te
amo, te amo, te amo”.
No podía decírselo, pero sí que podía demostrarlo.
Mateo la movió hasta ponerla boca arriba; sin decir una sola palabra abrió
sus muslos y se puso sobre ella. Eloísa no dijo nada; otra vez, no hizo
preguntas, sólo lo miró quizá con un poco de desconcierto por la actitud que
él estaba mostrando. Se tomó a sí mismo en sus manos y se puso en su
entrada, pero no la penetró, sólo la acarició con la punta arriba y abajo, como
torturándose a sí mismo y de paso a ella, disfrutando la suavidad de su
cuerpo, la humedad que ella estaba mostrando, escuchándola gemir de
anticipación, porque era más que evidente que quería lo mismo que él.
—Dios, Eli —dijo él, y entró en su cuerpo hasta lo profundo de un solo
movimiento, lo que hizo que ella gritara gimiendo. El cuerpo femenino
onduló debajo de él y Mateo recibió toda esa potencia en su propio cuerpo
haciéndolo sentir grande, poderoso, infinito.
Así que empezó a empujar dentro de ella, a llegar hasta el centro mismo
de su ser, a acariciarla por todos lados, a apretarse dentro de ella; a morderla,
a besarla, porque todo él la amaba, todo él la deseaba. Todo él estaba feliz de
poder encontrarse con esta hermosa mujer, a la que quería marcar como suya
y al fin.
Ella llegó a su orgasmo de manera tan hermosa, que quiso celebrarlo con
más besos, premiarla de algún modo por ser tan bella, tan Eloísa, tan
preciosa.
—Hermosa —susurró él—. Eres tan preciosa para mí—. Y luego de
agotar su última gota de raciocinio en esta frase, se corrió dentro de ella.
Fue hermoso, pensó Eloísa después. Nunca había visto a un hombre así,
tan absolutamente embebido en el placer y la pasión. Sus ojos cerrados al
disfrutar su delicia, las pestañas negras sobre los pómulos y las cejas unidas
por la concentración. Todo su cuerpo moviéndose al compás de sus deseos,
llegando a ella como ningún hombre llegó.
Esto, si no era hacer el amor, no sabía qué era.
Debía serlo. Él debía quererla, aunque fuera un poquito para deleitarse así.
Ahora estaban en silencio, con él a su espalda y quietos. Eloísa tenía sus
ojos abiertos de sorpresa y admiración por lo profundo que había sido todo
tan sólo unos minutos antes, y ahora la calma y el silencio la abrumaban.
—¿Te dormiste? —preguntó él con voz ronca. Eloísa se movió un poco y
suspiró.
—No.
—Qué bien—. Él se movió, desmintiendo la pereza que parecía haberlo
invadido. Se arrodilló a su lado y la miró con una sonrisa traviesa en el rostro
—. ¿Me dejas probar una pose rara?
—¿Qué?
—Eres elástica —sonrió él—. Tienes una muy buena flexibilidad.
¿Quieres probar? —él estaba absolutamente desnudo. El bóxer había salido
volando en algún momento de la pasada hora y ahora él parecía no recordar
que tenía una cicatriz en el lado derecho de su cadera que antes le avergonzó
mostrar.
—¿Una pose rara?
—Ven y te enseño.
—¿Cómo sabes que soy elástica? Podría ser tiesa como un palo.
—No lo eres —él tomó su pierna derecha y la extendió hacia arriba, y la
fue acercando al torso de ella sin doblarla. La pierna llegó casi a la cabeza de
ella y Eloísa sólo sintió un poco de vergüenza porque ella estaba allí abierta
de piernas mostrándole todo a él, mientras él sólo se ocupaba de comprobar
que los dedos de sus pies podían tocar el colchón por encima de su cabeza—.
¿Lo ves?
—Estás loco —rio ella.
—Me encanta tu flexibilidad. Son virtudes que se pierden con el paso de
los años, así que anda, no seas mala y déjame practicar una pose rara contigo.
—Me saliste pervertido sexual.
—No pienso pegarte ni nada de eso… a menos que me lo pidas —Eso la
hizo reír otra vez, pues él había cambiado el tono de su voz a uno más
confidencial. Definitivamente, Mateo se había vuelto loco.
Ah, pero eso le encantaba. Esta parte del sexo con él le encantaba, pues
era divertido, novedoso, aventurero y loco.
—Qué pose tienes en mente? —eso fue un sí para él, y la tomó de la mano
sacándola de la cama.
—No tengo ni idea de cómo se llama —dijo, y cuando vio que también la
sacaba del cuarto, Eloísa se empezó a preocupar—. Pero me imagino más o
menos cómo se hace.
—¿Nunca la has practicado? —él sonrió negando.
—Si no funciona contigo, definitivamente, es un invento del diablo —
Eloísa se echó a reír, y él le cayó la risa con un beso. La abrazó paseando sus
manos por su espalda y sus nalgas—. Me encantas —susurró él entre beso y
beso apretándole los glúteos con fuerza—. Eres tan sexy, tan
condenadamente deliciosa—. Despacio, la llevó hasta la pequeña cocina. La
subió sobre la encimera y el frío de ésta la hizo soltar un chillido de sorpresa
—. Ya la calentaremos —prometió él, y volvió a besarla, a acariciarla justo
allí, sintiendo su humedad, que ya empezaba a empaparla otra vez.
Eloísa abrió sus muslos invitándolo a entrar, pero él sólo le tomó las
rodillas y fue elevando sus piernas como hiciera minutos antes en la cama,
apoyando las delicadas pantorrillas sobre sus propios hombros. Eloísa lo miró
confundida, y cuando lo sintió en su centro, olvidó todo.
Deseaba que entrara, que la penetrara, lo quería otra vez dentro de ella, y
él fue entrando suavemente.
Oh, sí, esto era perfecto.
Él la acercó a él para besarla, y Eloísa no fue consciente de que estaba
perfectamente doblada, sólo tocando la encimera con su trasero y abrazada y
apoyada en el buscando su propio placer.
—Sabía que podría —susurró él, y de ahí en adelante, sólo se dejó llevar
por el deseo, volviendo a mecerse dentro de ella y a cubrirla con su amor,
aunque de eso, ella no fuera muy consciente por ahora.

El teléfono timbraba y timbraba.


Eloísa se movió en la cama saliendo de debajo de Mateo y abrió sus ojos
mirando hacia la ventana. Aunque tenía las cortinas corridas, la luz del día se
filtraba anunciando que ya había amanecido hacía un buen rato. Miró su
teléfono. Ángela la estaba llamando.
—Qué pasa —dijo por todo saludo.
—Eli, siento despertarte, ya sé que es la madrugada para ti, pero es que…
¡Estoy embarazada! —Eloísa frunció el ceño y tuvo que mover un poco a
Mateo para sentarse y poder hablar con su amiga.
—¿Embarazada? ¿Otra vez?
—Claro que otra vez. Te dije que quería otro ¡y ya está aquí!
—¿Tan rápido? Alex sólo tiene un año.
—Así mejor. Salgo de esa tarea rápido.
—Pues… felicitaciones.
—Gracias —exclamó Ángela sin importarle la falta de entusiasmo de
Eloísa—. Quiero que vayamos a la casa de Ana para celebrarlo; mi suegra
lleva rato pidiéndome que le lleve a los niños para verlos… y además… para
discutir algunas noticias que salieron hoy en el periódico.
—Angie, no podré ir.
—No, no puedes decirme que no. ¡Estoy embarazada!
—Pero es que mamá invitó a Mateo a almorzar en la casa…
—¿Entonces es verdad? —se detuvo Angie—. ¿Lo están haciendo oficial?
—Qué cosa.
—Tu relación. Salió en los diarios. Juan José casi se atraganta cuando vio
la nota en la página de sociales.
—¿Salió en los diarios? —preguntó Eloísa despabilándose un poco y
saliendo de la cama. Miró a Mateo, y éste la observaba con ojos
somnolientos.
—Sale una fotografía de los dos muy juntos y felices, y la nota al pie
indica que se les vio muy acaramelados en toda la fiesta. También habla de lo
importante que sería el apoyo de la familia Aguilar en la carrera política de tu
papá y todo eso.
—Hablan demasiado.
—¡Pero dime si es verdad! —Eloísa consiguió ponerse un salto de cama
de seda, unas pantuflas y caminó a la cocina buscando algo para tomar.
Respiró profundo y sostuvo su teléfono entre el hombro y la mejilla mientras
miraba el interior del refrigerador.
—Digamos que sí. Anoche fue como un anuncio a los cuatro vientos.
—Entonces… ¿Son oficialmente novios?
—Creo que sí.
—¿Crees?
—Angie… sí, creo que sí. Mis papás lo saben, así que eso lo hace bastante
oficial. Pero no te subas ya en esa nube —la atajó Eloísa imaginándose la
cara de pastel que estaba poniendo su amiga en este instante—. No es como
si estuviésemos prometidos y nos fuéramos a casar.
—¿No crees que llegue a eso?
—No me casaré con un hombre que no me ama, Angie.
—¿Y no crees que Mateo te ame? —Eloísa se mordió los labios
recostándose en la encimera de su pequeña cocina.
—No me lo ha dicho.
—A veces puedes saberlo sin que te lo digan. Dentro de ti… ¿no intuyes
que te ama? —Algo se apretó en el interior de Eloísa. Respiró profundo.
—Prefiero que me lo diga, y luego, sí analizaré si en verdad me ama o no.
Hacerlo ahora… no creo que me ayude mucho.
—Vale, pero piénsalo de todos modos. ¿No puedes venir en la tarde?
Podrías pasarte luego de que salgas de casa de tu mamá.
—Lo intentaré.
—Ya sé que andas muy ocupada en la cama con Mateo, pero haz un
esfuerzo —eso la hizo reír.
—Vale—. Eloísa vio a Mateo salir de la habitación con los pantalones ya
puestos—. Tengo que dejarte —le dijo a su amiga por el teléfono.
—Te espero entonces. Un beso.
—Un beso —se despidió Eloísa y cortó la llamada. Miró a Mateo con una
sonrisa algo tímida, como si se estuviera disculpando por algo—. Salió
nuestra foto en los diarios.
—Me lo imaginé —contestó él abriendo la nevera, y al ver que no había
sino un jugo de durazno, la miró ceñudo.
—¿Dónde tienes la comida?
—En los restaurantes.
—Oh, Dios, sabía que tenías un defecto.
—¿Así que ya no soy perfecta? —él sonrió y la abrazó.
—Es mentira, no tienes defectos.
—Oh, ya me siento mejor —él la besó lánguidamente, como resintiendo el
que tuvieran que separarse, pues el día había empezado y vivían en casas
diferentes; y ella se quedó allí, abrazada a él, sintiendo su aroma y su piel.
Prefirió no analizar demasiado el que le estuviera gustando cada vez más
estar con él, que cada noche fuera una fantasía aún más hermosa que la
anterior, que abrazarse a él así, sin ningún sentido sensual, la llenara tanto, la
colmara así.
Cerró sus ojos y suspiró. Sentía que tenía todo el mundo entre sus brazos,
todo lo que necesitaba estaba aquí, en la esencia de Mateo. Ya no quería nada
más, ya no le importaba nada más.
Él le besó el cabello y ella sonrió mirando los vellitos de su pecho. Quería
comérselo todo, pero entonces ella sería acusada de canibalismo, y luego se
quedaría sin Mateo para abrazar.
Sacudió su cabeza cuando se dio cuenta de que estaba teniendo
pensamientos cada vez más raros. Ella lo acusaba a él de loco, pero la loca
era ella.
Reparó en la delicada cadena de oro que siempre llevaba en el cuello y
empezó a juguetear con ella.
—Tengo hambre, ¿sabes? —susurró él.
—¿Vamos a alguna parte?
—Mejor me voy. No tengo ropa aquí y tu madre nos espera a mediodía.
¿Paso por ti? —ella estaba haciendo un auténtico puchero. Mateo se rascó la
cabeza como si odiara decirle que no en algo.
—Está bien —dijo ella al fin—. Pasa por mí y vayamos juntos a donde
mamá—. Él sonrió, y Eloísa sintió un latido de su corazón más fuerte que los
demás.
Angie había hablado de la posibilidad de que él la quisiera. Lo que ya era
seguro, era que Eloísa Vega sí que se estaba enamorando.
…8…
Beatriz besó a Mateo en cada mejilla con una sonrisa que casi le rajaba la
cara. Pero es que su hija, oh, Dios, su hija le estaba trayendo un novio a la
casa. Eloísa nunca había hecho eso. ¡Y no podía haber sido nadie mejor!
Mateo era un sueño de yerno. Era no sólo guapísimo, alto y de buena familia,
sino que además tenía un brillo especial en los ojos que lo hacía ser
encantador.
A ella, al menos, la tenía encantada.
Oh, pero su hija no le era nada indiferente.
Jamás se hubiese imaginado que esta pareja se consolidaría. Sabía que
eran amigos, pero no creyó que pasaran de allí; Eli a veces era tan ciega…
Les dio a ambos la bienvenida a su casa y los condujo hacia la sala de
estar, donde luego de sentarlos, mandó a traerles bebidas.
—Pensé que vivía en Trinidad —comentó Mateo sentándose al lado de
Eloísa en el sofá.
—Ah, sí. Tengo mi casa allá, pero vivo aquí por el trabajo de Julio. Ya
sabes, ahora sus oficinas están aquí.
—A Trinidad vamos en vacaciones, y uno que otro fin de semana —
explicó Eloísa. Mateo la miró sonriendo y Beatriz suspiró.
—Estoy tan feliz —dijo suspirando otra vez y con la misma enorme
sonrisa de antes—. Espero que trates bien a mi hija, Mateo.
—Oh, la trataré como una auténtica reina.
—Qué bien, qué bien. Creí que sólo eran amigos. Verte anoche fue…
como la contestación de todos mis ruegos a Dios. Quería que mi hija
encontrara el amor al fin—. Eloísa sonrió mordiéndose el labio. No tenía
modo de decirle a su madre que aquello no era amor, sólo sexo. Pero Mateo
le tomó la mano y la apretó suavemente, haciendo que su corazón se saltara
un latido.
—A veces, el amor está donde menos creemos. A veces, en vez de
buscarlo, lo que hacemos es alejarlo.
—Tan cierto —volvió a suspirar Beatriz—. ¡Salió en todos los diarios! —
exclamó otra vez, y se puso en pie y les trajo el periódico abierto en la
sección de Sociales—. Ya todos deben saberlo. Mateo, si tenías por allí
amiguitas esperando por ti, seguro que ya se desanimaron.
—No tenía amiguitas —sonrió Mateo tomando el periódico y mirando la
foto en la que aparecía con Eloísa. Ella también se acercó a mirar, y al verla,
tuvo que tragar saliva. Ella lo miraba a él casi embelesada, mientras él
sonreía a la cámara. Típico. Siempre era ella la que estaba demostrando sus
sentimientos…
—Nos vemos muy bien —comentó él dejando el periódico en la mesa del
café—. Parece que hacemos buena pareja.
—Sí, somos fotogénicos —sonrió Eloísa. A Beatriz le faltó poco para
empezar a aplaudir.
Cuando el almuerzo estuvo listo, fueron llamados a la mesa y Beatriz
parecía estar flotando. Julio Vega estrechó la mano de Mateo y le sonrió
dándole la bienvenida a la familia.
—Papá, no es como si estuviéramos prometidos —se quejó Eloísa. Por
culpa de estos dos, Mateo iba a salir corriendo.
—Oh, el compromiso es sólo el siguiente paso.
—¡Y luego el matrimonio! —canturreó Beatriz.
—Aguilar Vega —dijo Julio como si estuviera probando el sonido de los
dos apellidos juntos—. Suena bien.
—Suena divino.
—Papá, mamá…
—Sabes, Eli. Deberíamos dejarle a tu madre el privilegio de escoger el
nombre de nuestro primer hijo —Eloísa no pudo más que echarse a reír.
—Sí, seguro. Por ella elegiría hasta el sexo.
—Uno niño —dijeron Julio y Beatriz al tiempo.
—Ahí los tienes —añadió Eloísa, y Mateo sonrió.
—Es que Dios a mí no me dio sino niñas —se explicó Beatriz—. Quise
siempre tener un niño, pero no se pudo. Después de mi querida Eli tuve dos
abortos, los dos varoncitos, y luego ya no pude embarazarme más.
—Cuánto lo siento, Beatriz.
—Oh, fueron tiempos difíciles, pero ya pasaron.
—Me aseguraré de que sea un varón.
—No puedes decidir algo así… y además… Dios, por qué llegaron ya tan
lejos. Mateo, ¿por qué te prestas a la locura? Aterriza un poco, ¿sí?
—No seas anti chévere. Nos estamos divirtiendo de lo lindo aquí—. Eloísa
miró el techo pidiéndole a Dios paciencia, y Mateo siguió hablando con Julio
y Beatriz encantado, riendo y dándose cuenta de que, si conseguía que Eloísa
se casara con él, tendría un par de suegros de ensueño.
Salieron de la casa de los Vega y Mateo se sentía muy afortunado y Eloísa
un poco abrumada. Cuando pasaron los minutos y ella no dijo nada, Mateo
extendió a ella la mano y se la acercó a su boca para besarla.
—¿Estás preocupada por algo?
—Por ti. Papá y mamá creen que nos casaremos y tendremos hijos.
—Vamos, no es tan malo.
—Si al cabo del año tú tomas tu camino y yo el mío… estarán muy
decepcionados. Mamá puede ser muy moderna y todo lo que quieras, pero de
verdad quiere verme casada y con niños—. Mateo suspiró y guardó silencio.
Miraba fijamente la carretera deseando preguntarle qué tan grave sería que
ella se quedara embarazada.
Y no era imposible. Anoche, al menos, ninguno de los dos había usado
protección.
Tal vez ella estaba usando un método de planificación.

Eloísa miró a Mateo de reojo. Él no estaba prometiéndole nada, no estaba


diciendo que nunca terminarían, que tal vez al cabo del año terminara
enamorado de ella y se casaran. Él estaba tan callado.
No era justo, porque, por un momento, ella sí se había imaginado
amanecer con él todos los días tal como hoy, desnudos y enredados el uno en
el otro, saciados, planeando el día y buscando el desayuno. Había sido casi
idílico.
Pero él estaba callado. Bromeaba muy bien acerca del matrimonio y los
niños cuando estaban delante de sus padres, pero a solas era como una tumba.
Eso la ponía a ella en su sitio. Era sexo y nada más.
—¿Podrías dejarme en la casa de Ana? Estamos un poco cerca.
—Claro. ¿Estarás allí toda la tarde?
—Eso creo. Me devolveré en taxi.
—Quería llevarte a comer esta noche.
—Bue… bueno. Pero…
—Ya sé que estás cansada. Te dejaré dormir, te lo prometo —ella sonrió
negando.
—Qué atento es mi novio.
—Tengo que cuidar a la futura madre de mis hijos, no todo puede ser sexo
y sexo y sexo.
—Oh, me enamoré—. Él sonrió mirando la carretera, y tomó el desvío que
lo llevaría a la casa de Ana.

Llegaron a la casa de los Soler y allí encontró el auto de Ángela. Ya se


imaginaba dentro a los hermanos de Ana jugando con los niños. Siempre
hacían bastante alboroto.
En fin, que estaba acostumbrada a eso.
—Me llamas y vengo a recogerte —le dijo Mateo. Eloísa asintió. Antes de
bajar del auto, se acercó a él y le besó los labios. Él le sonrió, pero no dijo
nada, y ella se quedó allí preguntándose por qué el impulso de ser cariñosa.
Hasta ahora, no se despedían de beso.
Caminó a la entrada, y antes de que pudiera tocar, Sebastián le abrió la
puerta.
—Están en la sala del invernadero —informó con una sonrisa. Eloísa
alborotó su cabello renegrido, dándose cuenta de que había crecido tal vez un
par de centímetros más desde que lo había visto la última vez.
—Vas a ser bien alto —le auguró ella. Sebastián sonrió orgulloso.
—Te voy a pasar.
—Oh, eso espero. No me gustan los hombres bajitos, ya sabes —el niño
volvió a reír y la acompañó hasta la sala donde la esperaban Ana y Ángela.
No estaban ellas solas. Silvia, Paula y Judith se hallaban sentadas en los
diferentes muebles. Judith tenía en sus brazos a Alex, que jugaba distraído
con la pulsera de su abuela, a quien no le importaba que el pequeño le
estuviera babeando el brazo, y Carolina tenía abrazada a Ángela, que sonreía
radiante, como si se hubiese tragado una parte del sol.
—Felicidades, otra vez mamá —le dijo dándole un beso en la mejilla.
—Gracias.
—Ojalá sea otra niña —suspiró Judith. No me importaría si tiene los ojos
grises de la mamá.
—Claro que no te importaría —sonrió Silvia, quien se consideraba la
única capaz de tutear a Judith—. Si son preciosos.
—¿Y cómo te fue con tus padres? —le preguntó Ángela a Eloísa, que se
sentaba al lado de Ana, la cual parecía bastante silenciosa.
—Muy bien.
—¿Es cierto lo que vi en los diarios esta mañana? —preguntó Judith—.
¿Estás saliendo con Mateo?
—Bueno… —Ana la miró entonces, pero su rostro estaba inexpresivo, ni
preguntas, ni nada—. Sí.
—¡Lo sabía! —exclamó Paula—. Lo sabía, lo sabía.
—Qué sabías.
—¡Es que tú le gustas a Mateo desde hace mucho tiempo! ¡Por fin! No
quería creerlo hasta que tú misma lo confirmaras. Ya puedo estar en paz.
¡Pero desde ya te digo que quiero ser dama de honor en tu boda! —exclamó
antes de salir de la sala. Eloísa la miró un poco pasmada.
—No le prestes atención —sonrió Silvia—. Anda en la época en la que
todo es hermoso y romántico.
—¿Y tú no? —le preguntó Eloísa.
—Los hombres me dan asco ahora mismo, así que, no.
—¿Alguien te decepcionó? —Silvia se echó a reír.
—Todos los hombres son decepcionantes.
—Estás generalizando y eso no es justo —dijo Judith—. Los hay que se
enamoran, y profundamente; y cuando un hombre está enamorado, no hay
nada que consiga hacerlo desviarse de su objetivo.
—Entonces no he conocido a uno que esté enamorado de mí —suspiró con
tono lastimero—. Mejor me voy a hacer algo más productivo. Las tareas de la
universidad no se van a hacer solas —caminó hacia la salida, y cuando ya se
hallaba en la puerta, exclamó—. ¡Mejor trabajo duro y me hago rica, tal vez
con el dinero pueda comprar el amor! —Ángela se echó a reír y miró a Ana,
pero ella seguía en silencio.
—Yo las dejo solas —dijo Judith poniéndose en pie y extendiéndole la
mano a Carolina—. Vamos cariño, quiero llevarte por ahí—. La niña le tomó
la mano a su abuela y salieron dejando a Ángela, Eloísa y Ana a solas en la
hermosa sala que se conectaba con el invernadero de la casa. Ana suspiró y se
recostó al espaldar del sillón en el que estaba.
—¿Estás bien? —le preguntó Eloísa.
—Anoche tuve un sueño —contestó Ana. Ángela y Eloísa se miraron la
una a la otra y se acercaron más a ella para escucharla más claramente.
—Bueno o malo.
—No… no lo sé. Bueno, supongo… Trato de… ponerlo todo en orden.
Sigo confundida.
—¿Qué viste?
—Vas a tener una niña —le dijo Ana a Ángela, y ésta aplaudió encantada
—. Y va a tener los ojos de Carlos.
—Oh… Pero creo que de todos modos Judith será feliz con eso —sonrió
Ángela, pensando en que ella amaría a la niña viniera como viniera.
—Y creo que… Mateo se va a casar y va a tener un hijo —siguió Ana.
Eloísa dejó de sonreír al instante mirándola.
—¿Qué?
—Lo… lo siento, pero es que… lo vi con un bebé idéntico a él… y tú…
estabas un poco indiferente, es decir… no creo que el niño fuera tuyo. Eli, lo
siento.
—No, no, no… no importa. No es como si Mateo y yo estuviéramos…
enamorados ahora mismo.
—Ah, ¿no? —Eloísa pestañeó dándose cuenta de que los ojos se le habían
humedecido.
—¿Sabes cuándo pasará eso? —preguntó Ángela librando a Eloísa de
tener que dar una respuesta.
—Creo que en dos años —contestó Ana—. En el sueño se celebraba el
tercer cumpleaños de Alex. Lo vi todo claramente, la fiesta, los invitados, la
casa… Y vi otras cosas que… Fabián no contesta mis llamadas, ¿alguien sabe
algo de él?
—No he hablado con él desde que le hicimos la fiesta de bienvenida a
Sarah —contestó Ángela.
—¿Viste algo de Fabián en tu sueño? —preguntó Eloísa. Ana sonrió al fin.
—Sí, pero no es nada malo. Sólo que justo nadie contesta sus teléfonos, y
siento que… siento que tengo que hacer algo, ¿sabes?
—Odio cuanto te pones así enigmática —suspiró Ángela, y miró a Eloísa,
que se había quedado quieta y callada en su lugar—. Eli… tal vez ese sueño
no se realice al cien por ciento.
—No estoy preocupada.
—¿Seguro?
—Seguro… Si parecía indiferente en el sueño de Ana… tal vez es que no
me va a importar, después de todo.
—Quisiera que mis sueños vinieran con manual de instrucciones, pero la
verdad es que sólo me abruman y me dejan entre preocupada y sorprendida.
Por ese sueño sé que dentro de dos años todos estaremos juntos y bien, vivos
y sanos, o al menos es lo que siento, pero… quisiera saber los cómo y los
porqués.
—No tienes que saberlo todo. Y al menos… no es un sueño espantoso que
debas prevenir.
—Y ya sabemos que, poco a poco las cosas siempre se acomodan —
indicó Eloísa, tratando de darse aliento a sí misma— Lo cierto es que se
cumplen porque se cumplen.
—¿Lo sabe Carlos? —preguntó Ángela, y Ana meneó la cabeza negando.
—No le di detalles.
—¿Y no viste cosas de ti misma? —Ana sonrió asintiendo.
—Pero nada malo.
—Bueno, si tú dices que no hay nada malo… —Ángela la miró con los
ojos entrecerrados—. Quisiera tener el don de la telepatía y saber qué fue lo
que viste exactamente—. Ana se echó a reír.
—Sólo me preocupa que un par de personas no contesta mis llamadas,
pero debo ser paciente. Tengo dos años por delante para hacer algo.
—Tú sabrás —sonrió Ángela. Ana miró a Eloísa, se puso en pie para
sentarse a su lado y le puso una mano en el hombro—. A ti te vi con tetas
grandes.
—Oh, ¿de verdad?
—Parece que al fin te animarás y te harás un implante.
—Tal vez lo haga —dijo ella mirándose el pecho—. Sabes, amo y odio tus
sueños al mismo tiempo.
—No más que yo. ¿Pero qué puedo hacer?
—¿Está bien que los compartas así?
—¿Qué crees, que si los cuento no se harán realidad?
—Quién sabe.
—Si así fuera, mis hermanos no habrían estado a punto de morir hace
tiempo. Así que no, si los cuento, no perderán su magia, o lo que sea que
hace que los sueñe—. Eloísa suspiró, y su mirada se perdió por un instante en
la nada. Entonces tal vez era mejor ir desligándose de Mateo, tal vez no debía
ir por el camino que iba ahora, o sólo conseguiría que le volvieran a romper
el corazón.
Siguieron hablando. Ángela les contó acerca de los síntomas que había
tenido y que esta mañana había decidido hacerse la prueba casera. Juan José
mismo había ido a la farmacia y había traído consigo tres pruebas de
diferentes laboratorios y todas habían dado positivo, así que sólo debían
admitir que sí que estaba embarazada.
Hablaron de muchas cosas, de los proyectos de Ana luego de que
terminara su carrera en la universidad, que ya estaba próxima a graduarse, y
del pensamiento de Carlos y ella de tener un hijo un poco más adelante.
Judith volvió al rato con los niños y Ángela recibió un Alex cansado y
algo llorón, pero luego de un tetero y los cariños de mamá se quedó dormido.
Carlos y Juan José se unieron a las mujeres poco después, ambos venían
de jugar al tenis y aún llevaban sus uniformes. Al ver a Ana, Carlos se sentó a
su lado y le besó los labios, lo mismo que Juan José con su mujer, aunque
éste, además, puso su mano en el vientre aún plano de su mujer.
—¿No has hablado con Fabián? —le preguntó Ana a Juan José, pero él
negó a la vez que recibía el vaso de jugo de naranja frío que una chica del
servicio les ofrecía a él y a Carlos—. No se ha ido de viaje, ¿verdad?
—Tenemos un viaje programado, pero no por estos días.
—Por qué —le preguntó Carlos un poco ceñudo—. ¿Lo necesitas?
—No te vayas a poner celoso —esquivó Ana.
—¿No es el deber de un marido estar celoso?
—No, no lo es —sonrió ella pegándose un poco más a él.
Antes de que oscureciera, Mateo llamó a Eloísa. Ella se puso en pie y
caminó a otra sala para atender su llamada sintiendo un poco de dolor en su
pecho, preguntándose cuánto tiempo le quedaba de esta relación con él, si
acaso podría disfrutarlo un poco más.
—¿Ya puedo ir por ti? —le preguntó Mateo y ella sonrió.
—Lo siento, olvidé llamarte. Pero es que lo estamos pasando bien aquí.
Celebramos que otra vez Ángela está embarazada.
—Sí, te oí decirlo esta mañana.
—Podrías venir y quedarte a cenar —propuso ella con una sonrisa.
—Si así lo prefieres.
—A propósito… trata de comunicarte con Fabián.
—¿Pasa algo?
—Parece que no le toma el teléfono a nadie. Ana está preocupada.
—Vale. Lo llamaré y luego te cuento. En un rato estaré allí. Beso.
—Beso… —contestó ella y no pudo evitar sonreír.

Mateo cortó la llamada y de inmediato le marcó a Fabián, pero el teléfono


de su amigo simplemente aparecía apagado.
Recordó entonces que él anoche había salido con Sarah, su hermana, y
decidió llamarla a ella.
—Hola, hermanito —saludó Sarah—. ¿Vas a venir a cenar a la casa?
—¿Has hablado hoy con Fabián? —le preguntó él de inmediato, y Sarah
se quedó en silencio un rato—. ¿Sarah?
—¿Por… por qué?
—¿No has hablado con él?
—No.
—¿Qué pasó anoche? ¿Salieron mal las cosas entre los dos? —Sarah
suspiró.
—¿Por qué dices eso?
—Sarah, contéstame.
—No salieron mal. Sólo somos amigos, ¿por qué iban a salir mal las
cosas?
—¿Estás siendo sincera, chata? —Sarah suspiró.
—Bueno… Andrés está en Colombia. Vino por mí. Fabián ya lo sabe… y
creo que no le cayó bien la noticia… quiero decir…
—Oh, y no me lo ibas a decir.
—Pero no creo que esté afectado por eso. Él parecía estar muy bien
anoche.
—Le hiciste creer que estabas interesada en él, ¿verdad? Y en cuanto
apareció Andrés, lo hiciste a un lado.
—Mat…
—Eso no estuvo bien, Sarah.
—Pero… —Mateo le cortó la llamada, y Sarah se quedó allí, mirando el
teléfono y mordiéndose los labios.
Mateo le escribió un mensaje de texto a Eloísa diciéndole que tardaría un
poco ya que iría a ver a su amigo en su casa. Sin perder el tiempo, se
encaminó hacia el apartamento donde Fabián tenía su hogar.
Era pequeño, en un doceavo piso, y dado que el conserje lo conocía, lo
dejó pasar sin anunciarse.
Lo encontró en el pasillo, cerrando la puerta y listo para salir, y cuando lo
vio, se detuvo rascándose la cabeza y mirando a otro lado.
—¿Para dónde vas, eh? —Le preguntó Mateo acercándose.
—Hola, Mateo. ¿Qué haces aquí?
—Me preocupé cuando no contestabas mis llamadas. Al parecer los demás
también estuvieron marcándote.
—Tenía el teléfono apagado.
—¿Y eso? ¿Huías de alguien?
—Claro que no.
—¿Para dónde vas ahora? —Fabián frunció el ceño.
—¿A qué se debe este interrogatorio?
—Estoy preocupado por ti.
—¿Y por qué ibas a estar preocupado por mí? Yo estoy perfecto, ¿por qué
no lo estaría? —Mateo se acercó hasta quedar frente a él, mirándolo a los
ojos sin desviar a ningún lado la mirada.
—Porque reconozco esa mirada que tienes.
—Qué mirada.
—Mi hermana se portó terrible contigo, y es posible que tú, mi amigo…
se esté sintiendo un poco solo en estos momentos —Fabián sonrió.
—Yo estoy bien.
—Si tu propósito era ir a beber un poco, vamos los dos, ¿no?
—No. seguro que Eloísa te está esperando para ir contigo a algún sitio. No
es justo que la dejes metida por mí.
—Ya sabes eso, ¿no?
—Está en todos lados.
—Y eso te hace pensar que te estás quedando atrás—. Fabián agitó su
cabeza negando, pero no dijo nada—. Todos están en la casa de Carlos y Ana
—insistió Mateo—, pero no te propongo ir allí, vamos a otro lado, y si te
quieres embriagar, yo cuidaré de ti.
—No he llegado a ese estado de patetismo.
—Entonces vamos a donde Ana. Siempre hay algo que hacer y de qué
reírse allí. Y no serás el único soltero. Sebastián y Alex tampoco tienen novia
—Fabián se echó a reír.
—Eso me hace sentir mejor. Gracias—. Mateo le palmeó la espalda a
Fabián, y éste simplemente sonrió y echó a andar a su lado hacia el ascensor.
—¿Por qué nunca me dijiste que estabas saliendo con Eloísa?
—Ah, porque ella prácticamente me lo prohibió.
—¿Qué?
—Pero sólo salimos desde hace unas semanas; no te has perdido de nada.
—¿Pero por qué ella no quería que nadie lo supiera?
—Yo qué sé. ¿Puede alguien entender a las mujeres?
—Yo, definitivamente, no —Mateo sonrió y entró con Fabián en el
ascensor. Siguieron hablando de todo un poco y Mateo se sintió más
tranquilo al ver que su amigo recuperaba un poco el ánimo. No habría podido
perdonarse si Fabián hubiese tenido que pasar este rato solo. Ellos habían
estado juntos en las buenas y en las malas; que él y Juan José tuvieran mujer
no significaba que su amigo tuviera que quedarse solo a un lado.
…9…
Eloísa vio llegar a Fabián y a Mateo y sintió que al fin respiraba tranquila,
como si antes no hubiese podido hacerlo. Saludó a Fabián con un beso en la
mejilla y a Mateo con uno en los labios… Lo había extrañado, y sólo habían
estado separados unas pocas horas.
—¿Por qué no contestabas mis llamadas? —le reclamó Ana a Fabián
acercándosele y con las manos en la cintura.
—Ah, perdona —le contestó él sonriente—. Se me descargó el teléfono y
no me di cuenta.
—Qué mentira —susurró Ana entrecerrando sus ojos. Fabián sólo sonrió
esquivo.
—¿Qué hay aquí, alguien está de cumpleaños?
—Estamos celebrando lo fértil que es mi hermanito —contestó Carlos
encogiéndose de hombres. Él y Juan José ya se habían duchado y ahora
lucían su ropa casual—. Ha embarazado por tercera vez a su mujer.
—¿De verdad? —exclamó Fabián sonriendo, y caminó a abrazar a Ángela.
Juan José lo miró ceñudo.
—¿Por qué todos corren a besarla y a abrazarla a ella? ¿Y yo qué? ¡Hice el
cincuenta por ciento del trabajo!
—No seas envidioso —lo regañó Ángela—. Yo soy la que tendré que
llevarla dentro de mí por nueve meses y luego parirla, así que deja que me
besen.
—¿Crees que sea una niña? —le preguntó Juan José en un susurro, y
Ángela asintió sonriendo.
—Ana ya la vio en un sueño
—Oh, ¿de verdad?
—Sólo sé que será preciosa—. Sin pérdida de tiempo, Juan José se inclinó
a ella y la besó profundamente, hasta que los demás tuvieron que carraspear y
llamar su atención para que recordara que había gente presente.
Todos cenaron en casa de los Soler. A pesar de que el plan inicial de
Mateo era llevar a Eloísa a comer en algún sitio agradable, estar aquí también
se sentía bien, así que decidieron acompañar al resto de gente. Por otro lado,
no creía correcto haber traído a Fabián para luego él largarse con su novia a
otro sitio.
Fabián era consciente del esfuerzo que estaba poniendo su amigo en
mejorar su ánimo, así que puso un poco de su parte y dejó de
autocompadecerse. Desde anoche, a su mente sólo habían estado llegando
pensamientos un poco negativos acerca de sí mismo y su futuro, pero decidió
pensar en que no importaba qué, él era un hombre afortunado. Cualquiera que
tuviera unos amigos que se preocuparan por él tal y como lo habían hecho
Mateo y Ana, era afortunado.
—Tengo ganas de halarte esas orejas —lo regañó Ana en cuanto lo tuvo
cerca otra vez y estuvieron un poco a solas. Él estaba ayudando a llevar
platos y Ana organizaba la cocina, a pesar de que había personal que se
encargaba de eso.
Fabián sonrió al escucharla.
—Perdóname. De verdad que no me di cuenta de que el celular…
—A mí no me mientas, Fabián —le recriminó ella mirándolo con cara de
pocos amigos. Fabián respiró profundo.
—Lo siento —dijo, y no añadió nada más.
—Sé que… Fabián, sé que lo que te voy a decir es un poco incómodo,
pero… digamos…
—Sólo escúpelo.
—Vale. Es que conozco a una chica que haría una excelente pareja
contigo.
—¿Me vas a buscar novia?
—No, espera…
—Soy perfectamente capaz de encontrar una chica por mí mismo —Ana
lo miró de reojo como desmintiendo sus palabras—. Sé que ahora no parece
así, pero no te preocupes tanto. Apenas tengo treinta años, no es como que
me va a dejar el tren o algo así.
—Pero ella es una buena chica.
—Ana…
—Deja que la contacte. La he estado llamando, pero es como si hubiese
perdido el número, no sé… en cuanto la consiga…
—Ana, estoy bien. No tienes que organizarme citas a ciegas.
—Oh, pero es que ella es perfecta para ti.
—No, Ana, gracias. No lo necesito—. Ana lo miró en silencio como
analizándolo, y él elevó sus cejas de manera interrogante.
—Estás buscando a esa persona especial para ti sí o no.
—Sí. Como todos los seres humanos sobre la tierra, supongo.
—No te comportes como si el tema te resbalara. No te resbala. Te conozco
muy bien. Sé que desde hace tiempo que quieres encontrar a ese alguien. Lo
intentaste conmigo y… me imagino que lo has intentado con otras personas.
—Como quién, por ejemplo.
—Con esa tal Andrea Domínguez.
—Ni la menciones —la atajó él como defendiéndose de algo muy malo.
—Supe que era mala en cuanto la vi, intenté advertirte, pero…
—No te dejé.
—Y ahora no estás dejando que te consiga una cita con una chica que sé
que es la ideal para ti. Déjame ayudarte en esto. Por favor, Fabián… —él la
miró en silencio por unos instantes recordando que Ana sí que había tenido
razón con Andrea. Ella la había odiado al instante de conocerla y él
simplemente creyó que ella sólo estaba exagerando.
La experiencia le había enseñado que debía fiarse de los consejos de Ana,
de su intuición.
—Vale. Una sola cita.
—Una sola cita —suspiró Ana, aliviada de que él aceptara, incluso, hizo
palmas.
—Si no… si no surge nada, si es un fiasco, si la situación es horrible,
puede ser tu mejor amiga, Ana, que no me importará.
—Oh, me fío de mi buen olfato. No será un fiasco.
—Vale.
—Te avisaré en cuanto dé con ella.
—¿Cómo así? ¿Anda perdida?
—De ella sólo tengo un número… y permanece fuera de línea.
—Buena suerte la mía.
—Pero insistiré hasta que la consiga. No te preocupes por eso.
—Mi vida y mi futuro amorosos están en tus manos—. Ana sonrió y se
dedicó de nuevo a limpiar la encimera de la cocina, pero entonces llegó
Carlos y prácticamente la arrastró de vuelta a la sala, y Fabián simplemente
se quedó allí sonriendo viendo la cómica escena.

—Estás cansada? —le preguntó Mateo a Eloísa cuando se hubieron


internado en el auto de él listos para irse a casa al fin. Eloísa bostezó casi
como respuesta y él sonrió—. Vale, te llevaré de inmediato al apartamento.
—Es tu culpa —se quejó ella acomodándose en el asiento—. Anoche no
me dejaste dormir.
—Pero no te oí quejarte —se burló él, y ella sólo lo miró de reojo. Mateo
rio quedamente y puso el auto en marcha. Ya todos los demás iban saliendo
también. Ángela y Juan José llevaban a sus hijos ya dormidos en sus brazos,
y Eloísa se preguntó cómo iban a hacer ahora que ya venía el tercero.
Pero ella estaba feliz como una lombriz, así que seguro todo iba a estar
bien.
Mateo la llevó al apartamento, y cuando ella de inmediato se metió a la
ducha para luego ponerse su piyama, decidió que pasaría la noche aquí.
En realdad, lo había decidido mucho antes, y había traído consigo cosas de
primera necesidad en un maletín, como un cambio de ropa y las cosas del
baño. Mientras ella se duchaba, acomodó sus pocas cosas abriendo espacio al
lado de las de ella, que le superaban en número casi en un cincuenta por uno.
Cuando se acurrucó al lado de Eloísa en la cama, ella no le preguntó qué
hacía allí, o por qué no se había ido ya. Parecía algo natural que él durmiera
con ella, aunque sólo fueran a hacer eso, dormir, y ambos quedaron
profundos casi nomás tocar la almohada.
Al día siguiente fue más fácil despertarse. Eloísa vio a Mateo meterse a la
ducha y ella se quedó allí, sentada en la cama y con el cabello terriblemente
despeinado y esperando que se espantara la pereza de su cuerpo.
Luego decidió que había otros métodos para despertar y siguió a Mateo al
interior de la ducha.
Fue un error, casi llegan tarde al trabajo.
Sin embargo, no importó; Mateo, al menos, sintió que la sonrisa que
llevaba le duraría el resto de la semana.
No duró mucho, realmente. Su padre lo llamó por el teléfono pidiéndole
que se entrevistasen. El tono que había usado parecía un poco perentorio, así
que fue a verlo en cuanto tuvo tiempo.
—¿Pasa algo? —le preguntó, y Diego buscó algo en una de las gavetas de
su escritorio y lo extendió hacia su hijo. Era el periódico del día anterior,
abierto en la página de sociales, donde aparecía la fotografía de él y Eloísa.
—Hubiese querido hablar de esto contigo ayer mismo —dijo Diego con
tono de voz grave—, pero no te apareciste por la casa en todo el día.
—Estuve ocupado.
—Con la chica —no era una pregunta, observó Mateo, y sólo miró a su
padre en silencio. Él había dicho “la chica” de manera despectiva, lo que hizo
que algo le doliera dentro; había esperado que su padre aprobara esta relación
y se alegrara con él. No iba a tener suerte de este lado, al parecer.
—¿Te molesta? —le preguntó, y Diego suspiró.
—Ella no es para ti.
—Oh. Quisiera oír tus razones.
—Es, más bien, que tú no eres para ella.
—Ya. Mucho más claro—. Diego apretó los labios esquivando la mirada
de su hijo. Se recostó en su sillón y respiró profundo.
—Eres el heredero de todo el imperio que he logrado crear a lo largo de
mi vida, Mateo —se explicó Diego—. Eres tú quien llevará las riendas de
estas empresas cuando yo no esté.
—Y Eloísa no es la consorte adecuada porque…
—Tienes obligaciones —siguió Diego ignorando a su hijo—. Te debes a
esta empresa.
—Creí que la empresa existía en función del dueño, no el dueño en
función de la empresa.
—Si te vas a casar, que sea en una sociedad que le aporte algo a la firma.
—Eloísa aportaría mucho.
—No aportaría nada.
—Sus padres son de buena familia, ellos…
—Un político de mierda y una campesina.
—Julio y Beatriz no son…
—¡Basta! —exclamó Diego dando un golpe sobre el escritorio incapaz de
soportar que su hijo le estuviera llevando la contraria, lo que asombró mucho
a Mateo. Su padre jamás había usado ese tono, ni esa actitud.
Y tenía que empezar a hacerlo ahora, justo cuando al fin conseguía lo que
era más valioso para él.
—No puedes prohibirme nada acerca de mi vida sentimental —aseguró
Mateo empuñando una de sus manos—. Aunque eres mi padre, no te asiste
ese derecho. Sobre la mujer que va a vivir a mi lado y será la madre de mis
hijos, la única opinión que cuenta es la mía.
—¿Prefieres la ruina? —Mateo sonrió con sorna.
—No puedes chantajearme con eso.
—Lo veremos.
—¿Vas a cortarme tu ayuda financiera porque no estás de acuerdo con que
salga con Eloísa Vega? Prefieres quedarte sin heredero que aceptarla a ella.
—Si de eso se trata, todavía me queda Sarah. No la eduqué para esto, pero
podría empezar ahora. Y sí que podría quitarte mi respaldo financiero. Sabes
perfectamente hasta dónde llega mi alcance, y cuando me lo propongo, puedo
destruirle la vida a quien sea.
—¿Tanto odias a Eloísa? —se asombró Mateo—. ¿Qué te pudo hacer ella?
Es una simple chica que se graduó de la universidad hace poco. ¿Qué pudo
haberte hecho ella para que la odies al extremo de hacerle daño a tu propio
hijo? —Diego no contestó, sólo lo miró apretando fuertemente sus dientes,
como si atajara las palabras que estaban por salir. Mateo suspiró.
—No tienes que quitarme tu respaldo, ni tienes que hacer nada, porque
simplemente, renuncio.
—¡No puedes hacer eso! —volvió a exclamar Diego.
—Es lo que acabas de decir, ¿no? prácticamente me has puesto a elegir
entre ella y tu dinero.
—¿Y la prefieres a ella?
—¿Eso no te dice algo? ¡Y sí! ¡la prefiero a ella! ¿No fue acaso tu dinero
lo que hizo que asesinaran a mamá? ¿Por qué voy a preferirlo? —Diego
quedó en silencio de golpe, miró a su hijo como si jamás se hubiese esperado
que le dijera algo así—. Si no quieres perder también a tu hijo, no te metas en
mis asuntos personales.
—Soy tu padre, me debes respeto.
—¿Por qué te comportas así? —reclamó Mateo, con un tono de voz algo
dolido—. Hasta hoy, fuiste el mejor papá del mundo, dándolo todo por tus
hijos, siendo el tipo de padre que cualquier hijo desearía, y cuando al fin
tengo algo que real, realmente me hace feliz, tú empiezas a ser ese tipo de
padre asfixiante y pretencioso. ¡No te entiendo, papá!
—Te debes a esta empresa —repitió Diego, como si no hubiese escuchado
todo lo que su hijo había dicho—. Y harás lo que sea mejor para ella.
—No, papá —contestó Mateo dejando caer sus hombros, como si
simplemente hubiese decidido que no tenía sentido seguir discutiendo—. Lo
siento, pero si tú vas a ser este tipo de padre, entonces yo tendré que ser el
tipo de hijo que desobedece—. Mateo no agregó nada más, sólo dejó el
periódico sobre el escritorio y salió de la oficina.
Diego se puso en pie mientras miraba a su hijo salir. Apretó sus manos en
un puño con deseo de ir corriendo tras él y tratar de hacer que atendiera sus
razones.
Se pasó las manos por el cabello preguntándose qué tendría que hacer
ahora, lo cierto era que por ningún motivo Eloísa Vega entraría a ser parte de
su familia.
Era tolerable que fueran amigos, y como la relación, a pesar de llevar
varios años, no pasaba de allí, él se había tranquilizado bastante. Lo había
mandado a seguir durante largo tiempo cuando se enteró de que esa mujer
había entrado en su círculo de amigos, pero él nunca durmió con ella, ni
salieron solos, ni nada por el estilo. Todas las veces que se veían era en
compañía de los demás, lo que le había asegurado que no había un interés
especial entre los dos, así que había aflojado la vigilancia, creyendo que todo
estaba bien.
Pero de repente sale esta noticia que lo deja frío. Así, de la nada, él está
saliendo con ella; y no sólo eso, sino que viene aquí y asegura que podría
llegar a ser su esposa y la madre de sus hijos.
Por encima de su cadáver, pensó. Esa mujer no sería la madre de sus
nietos. Los Aguilar jamás mezclarían su sangre con los Vega. Jamás.

—Estás un poco silencioso —observó Eloísa viendo a Mateo comer sin


muchas ganas su roast beef. Habían salido hoy otra vez luego de varios días
sin verse. La semana había ido pasando sin saber de él y al fin esta noche
ambos habían sacado algo de tiempo para salir, pero él parecía estar en otro
lado, no aquí.
Al escuchar su comentario, él simplemente agitó su cabeza negando.
—Todo está bien —le aseguró. Eloísa suspiró resignándose a su silencio.
Después de todo, en el contrato no decía que debían contarse sus problemas
personales. Sin embargo, y ya que ella había sido la que empezara rompiendo
las reglas, había querido saber qué le pasaba, por qué estaba tan taciturno.
Pasó otro minuto en silencio, y Eloísa se preguntaba si acaso él estaba
molesto por algo. No con ella, pero tal vez las cosas no iban tan bien en su
trabajo. Lo miró con ojos entrecerrados y dejó los cubiertos sobre su plato.
—Sabes, nunca hemos hablado de tu trabajo. No sé qué haces, ni qué
cargo tienes en tu empresa.
—Soy el hijo del dueño —contestó él llanamente sin siquiera mirarla.
Eloísa sonrió; no se iba a dar por vencida.
—Eso podría significar muchas cosas —insistió—. Podría ser que te pasas
el día lanzando avioncitos de papel a tu papelera, caminando por los pasillos
dándote aires de grandeza, o que eres el único que puede irse de vacaciones
indefinidas e igual cobrar tu sueldo—. Mateo sonrió y la miró, al fin.
—Significa —contestó— que soy el que más duro trabaja, porque algún
día heredaré y debo saber qué hace cada persona de la plantilla y cómo lo
hace. Significa que todos tienen muy altas expectativas con respecto a mí, y
se preguntan si lo haré tan bien como mi padre, o lo echaré todo a perder por
mi juventud e inexperiencia. Significa —añadió respirando profundo— que
no cobro vacaciones porque todavía me falta mucho por aprender, y estar
fuera es un desperdicio de tiempo.
—¿De verdad?
—De verdad, verdad.
—Qué vida tan triste—. Él sonrió mirándola.
—Oh, pero, algún día heredaré y haré lo que me dé la reverenda gana.
—Tal vez vendas todo, y te vayas a Dubái a gastarte el dinero en hoteles
caros.
—O tal vez lo apueste en Las Vegas.
—Eso suena más divertido.
—O tal vez, simplemente me quede aquí y haga lo que mi padre crea que
es lo correcto para mí —Eloísa borró su sonrisa y lo miró analítica.
—¿Pasa algo con él? —él sonrió negando.
—No, para nada. ¿No te vas a comer ese brócoli? —preguntó él señalando
su plato. Eloísa le pasó el brócoli preguntándose si acaso Mateo le estaba
ocultando algo—. Pero contestando a tu pregunta inicial —siguió Mateo—,
soy Ingeniero Industrial. Tengo algunos posgrados en gestión, gerencia,
finanzas y todo eso, y estoy perfectamente capacitado para tomar las riendas
del negocio. Y si de la noche a la mañana yo me quedara pobre, también
estoy capacitado para volver a empezar.
—¿Te vas a quedar pobre? —preguntó ella con una sonrisa. No tenía ni
idea de a cuánto ascendía la fortuna de su familia, pero ya había leído por allí
que eran unas de las más ricas del país. No creía posible que se fuera a quedar
pobre de la noche a la mañana.
—Aunque no lo creas —contestó Mateo—, esa siempre es una
probabilidad que gente como yo debe considerar a la hora de hacer negocios,
sean grandes o pequeños.
—Pero dices que podrías volver a empezar.
—Me creo capaz de ello.
—¿Sabes? Yo creo que esa capacidad es más emocional que académica—.
Mateo la miró fijamente elevando una ceja.
—¿Por qué lo crees?
—Porque lo he visto. Mucha gente que cayó en la ruina no tuvo la fuerza
para volver a empezar.
—Tal vez los bancos le negaron préstamos para eso.
—Tal vez no fue a los lugares adecuados a pedir ayuda.
—¿Qué me quieres decir con eso?
—El golpe que una familia sufre cuando pierde sus posesiones casi
siempre es más de tipo emocional. Sienten vergüenza de sus amistades y les
duele no poder llevar el mismo estilo de vida de antes, tal vez porque no
conocen otro estilo de vida. Pero por mi trabajo, sé que cuando una familia
está unida, puede levantarse de cualquier pérdida o golpe. Si tienes una sola
persona a tu lado en ese momento, que te apoya y te motiva, te volverás a
levantar—. Mateo la miró en silencio por varios segundos, llenándose de
orgullo por ella, feliz de que fuera capaz de pensar así.
Luego pensó en que tal vez ese pudiera ser su caso en unos días. ¿Se
quedaría Eloísa a su lado en caso de que lo perdiera todo?
Y, ¿sería ella la fuerza que lo ayudara a levantarse en caso de que se
quedara?
Sí, sí, sí, le contestó su corazón.
—Con la suficiente motivación —aseguró Mateo mirándola a los ojos—,
yo lo conseguiría—. Eloísa sonrió.
—Claro, yo sé que sí.
—Y tú. ¿Lograrías volver a empezar? —Ella ladeó su cabeza pensando la
respuesta.
—Ya lo hice una vez. Mi golpe no fue de tipo económico, pero…
—Fue peor, diría yo. Y es verdad, te levantaste de nuevo y estás aquí. Con
muchos miedos acerca del amor y los hombres, pero dando la pelea, ¿no es
así? —Eloísa bajó la mirada. Él tenía razón, pero todavía no veía cómo
escapar de esos miedos.
Lo miró a los ojos recordando que Ana había dicho que tal vez se casara y
tuviera un hijo. Lo había visto con un niño en su sueño, pero, tal vez no era
de él, ¿no? Como estaban las cosas en su círculo de amigos, bien podía ser de
Ángela, o de Fabián, o hasta de Silvia… ¡O tal vez de Sarah! Podía ser que la
chica se casara y…
—Háblame de tu trabajo —pidió Mateó sacándola abruptamente de sus
pensamientos—. Tampoco yo sé qué haces. Bien podrías ser de las que llega
a media mañana porque estuvo de compras, y se va temprano porque tiene
una cena a las siete en París —Eloísa se echó a reír.
—Claro que no. Amo mi trabajo.
—Háblame.
—Desde niña… admiré mucho el trabajo de papá en la comunidad —
sonrió Eloísa, feliz de haber encontrado al fin un tema en el que poder
zambullirse sin pensar en lo demás—. En un momento pensé que yo también
quería hacer política al ver lo bien que le iba a él, pero luego me di cuenta
que se puede hacer mucho desde las sombras.
—Y te convertiste en trabajadora social.
—Y sobra decir que trabajo para papá.
—Eres la que le consigue los votos —Eloísa se echó a reír.
—No es posible. Fue hace nada que empecé a trabajar de verdad.
—Pero consigues hacer ver que Julio Vega es de los pocos que cumple al
menos una parte de lo que promete.
—Oh, vaya. Gracias… creo—. Mateo se echó a reír.
—No nos pongamos a hablar de política. Puedo ver que te encanta lo que
haces.
—Sí, me gusta. Este tipo de trabajo no puedes hacerlo bien si de verdad no
es tu vocación.
—Es verdad, casi como la medicina.
—Deseo poder hacerlo por mucho, mucho tiempo, y bueno, que papá sea
un político exitoso ayuda mucho—. Él tomó su mano por encima de la mesa
y la estrechó suavemente—. Qué —preguntó ella al ver su gesto.
—Nada. ¿Podríamos meternos debajo de la mesa y hacer el amor? —ella
lo miró escandalizada.
—¿Es esa otra pose rara que quieres practicar? —él se echó a reír.
—Sólo quería ver tu reacción.
—¡Gracias a Dios!
—¿No lo harías en público?
—¡Claro que no!
—Aguafiestas.
—¡Mateo!
—Vale, vale—. Él siguió riéndose de ella, mirándola como si se estuviera
burlando y ocultando a duras penas su sonrisa. Eloísa siguió mirándolo con
una marcada advertencia, pero era imposible negar que también se estaba
divirtiendo.
Esta vez ya no se preguntó cuánto tiempo le quedaba con él. Disfrutaría
todo lo que tuviese a su lado sin miedo a tener luego un corazón roto. No
importaba, si ahora estaba siendo feliz.
…10…
Mateo entró a la sala de juntas con las carpetas que su padre le había
pedido que llevara a la reunión. Imaginaba que era una reunión importante,
porque también le pidió que se quedara en ella.
Había sido una semana en la que casi no se habían hablado. El ambiente
estaba muy tenso, sobre todo, porque Sarah había hecho sus maletas y vuelto
a Francia con su novio y ahora estaban los dos solos otra vez en esa enorme
casa. La solución que Mateo había encontrado era volver a su pent-house y
tomar distancia. Su padre seguía en la misma posición que antes, y él no tenía
la más mínima intención de caer bajo esa trampa clasista en la que si tu pareja
no era tanto o más rica que tú, o no tenía algo valioso que aportarle a tu
riqueza, no valía.
Que él recordara, Diego se había casado con Paloma enamorado, y ella era
la simple hija de un comerciante mientras él ya se estaba haciendo un nombre
en el medio; entonces, ¿por qué imponerle una carga tan pesada a su hijo
cuando él mismo había sido libre de ella? Ni siquiera se había vuelto a casar
después de que perdiera a Paloma, es decir, que era un hombre que entendía
el amor y el dolor de la separación. ¿Por qué quería hacerlo pasar a él por
eso?
Llamó a la puerta de la enorme sala de juntas y entró. Sólo había tres
personas; su padre, un hombre mayor y canoso, pero muy conocido por sus
pozos petroleros, y una mujer.
Mateo miró de inmediato a su padre, y éste le señaló una silla indicándole
que se sentara. La cortesía le indicaba que debía hacerlo, pero no pudo evitar
mirar la silla como si en ella hubiese una serpiente enroscada.
Miró al hombre. Edgardo Casablanca. Si alguien necesitaba un nombre
pomposo, era él, un nombre que fuera acorde con su personalidad; conocido
por casarse al menos cuatro veces con mujeres hermosas, algunas, modelos
extranjeras. Y la mujer que le acompañaba era su única y adorable y muy
malcriada hija.
Ya sabía por dónde iba todo, pero al parecer, tendría que quedarse aquí y
ser cortés y respirar profundo, aunque pareciera que le fuera a dar un ataque
allí mismo.
Miró a su padre queriendo gritarle.
—Señor Casablanca —saludó Mateo extendiendo su mano. Ya era casi un
anciano, y a él su madre lo había criado muy bien diciéndole que debía ser
respetuoso con los mayores.
—Mateo —sonrió Edgardo Casablanca—. Ya conoces a mi hija, ¿verdad?
—Uno de los defectos de Edgardo Casablanca, y era uno de miles, es que era
en extremo orgulloso de su hija. La chica le había salido tal como él la había
pedido, en caso de que hubiese pedido una hija y no un hijo. Era rubia, alta y
preciosa. Sus ojos grises eran enormes y luminosos. Además de eso, estaba
seguro de que cada una de las prendas que hoy lucía eran de reconocidos
diseñadores a nivel mundial.
Conocía a estas mujeres. Su vida era ir de compras y competir con sus
amigas por el bolso, el perfume o los diamantes más caros, raros y difíciles
de conseguir, por las amistades más encumbradas y los lazos de sangre más
puros y beneficiosos.
En definitiva, era del tipo de mujer que más detestaba.
No se imaginaba con ella ni siquiera sentados a la misma mesa en un
restaurante. Iba a ser una tortura tenerla frente a él en esta mesa de juntas.
—Claro que sí. Lineth—. Ella le sonrió, y Mateo era consciente de que eso
era el equivalente de una gracia de la realeza.
—Recuerdas mi nombre —dijo ella con un tono de voz algo grave.
Suspiró. Al menos, no era ese tipo de voz chillona que te vuelve sordo.
—Así es —corroboró él.
—Yo lo veo todo muy claro —sonrió Edgardo—. ¿Cuándo empezamos?
—¿Ya mismo? —propuso Edgar, un poco impresionado por la rápida
reacción de Edgardo.
—¿Qué vamos a empezar? —preguntó Mateo cauteloso.
—Estamos considerando seriamente una sociedad —Mateo frunció el
ceño confundido.
—¿Vamos a iniciarnos en el negocio del petróleo, papá?
—Siempre quise hacerlo.
—Pero me imagino que la inversión que deben hacer los Aguilar para
poder entrar en ese privilegiado círculo ha de ser monstruosa, si no Edgardo
Casablanca, a estas alturas de su carrera, no aceptaría un nuevo socio.
—Los negocios nunca están terminados —intervino Edgardo—. Siempre
se está considerando la posibilidad de nuevos socios inversionistas.
—Qué. ¿Entonces es falsa la noticia de que el petróleo del mundo se está
acabando?
—No te comportes como un tonto, Mateo, que no lo eres —lo reprendió
Diego—. Edgardo es un hombre muy generoso, además de inteligente.
—Muero por oír esto.
—No sólo nos aceptará dentro de su sociedad —siguió Edgar
reprendiendo a su hijo con la mirada y endureciendo un poco su tono—, sino
que, además, nos aceptará en su familia—. Mateo se quedó un poco
boquiabierto. Oh. No lo sorprendía para nada que quisieran casarlo con la
rubia, sino que lo dijeran abiertamente y sin tapujos en la primera reunión.
—Tengo un excelente Whiskey en mi oficina, Edgardo. ¿Quisieras
acompañarme a tomar un trago?
—Si dices bueno, es que no es menor de dieciocho años —sonrió Edgardo
poniéndose en pie—. Sabes que no bebo cualquier cosa.
—¿Un veinticuatro años satisfará tu paladar?
—Tú sí que sabes —rio Edgardo, y juntos salieron de la sala. Mateo se
quedó en silencio mirando a la nada por varios segundos. Lineth Casablanca
se puso en pie y se acercó a él. Tuvo que ponerse en su campo de visión para
que él la determinara y elevara sus ojos a ella al fin.
—Parece que no te gustó para nada la noticia de que nos casaremos—.
Mateo elevó una ceja y la miró sintiéndose molesto. El par de viejos había
salido para darles tiempo a solas, pero se estaban exponiendo demasiado.
Ahora no estaba de humor para seguir normas de cortesía.
—Tú lo has dicho. Esto es una locura en la que no pienso participar —dijo
poniéndose en pie.
—¿Tienes novia? —preguntó ella, y Mateo la miró otra vez. Respiró
profundo.
—Sí. Y estoy enamorado.
—Vaya. Es una pena —dijo ella haciendo un bonito puchero con sus
labios. Mateo sonrió.
—Sí, ya sabía que te importaría un pito.
—Sí me importa. ¿Crees que se oponga a seguir contigo una vez nos
casemos?
—Oh, no. No lo aceptará. Ella… tiene carácter.
—Entonces, vas a tener que irla olvidando. Papá no es un hombre
paciente, y no da segundas oportunidades.
—Si te refieres a la pérdida de esta preciosa oportunidad que se nos da a
los Aguilar de hacer negocios con tu padre, no te preocupes, lo superaremos.
—Tampoco es un buen perdedor —siguió ella haciendo una mueca, y
joder, parecía que todos sus gestos los hubiese ensayado en un espejo, porque
nada la hacía ver rara o fea—. Si se llega a entusiasmar demasiado con esto,
tomará muy mal que hayan jugado con él.
—Entonces te tocará a ti la tarea de decirle que no se entusiasme
demasiado. Se necesitan a dos para una boda… y yo no voy a participar—.
Lineth sonrió mirándolo con extremada dulzura.
—Nunca un hombre me había rechazado.
—Siempre hay una primera vez.
—Creí que serías insulso y frío como todos los demás… pero tienes fuego
por dentro.
—Mierda. No te encapriches conmigo.
—Tarde —sonrió ella, y se echó a reír. Mateo no pudo evitar sentirse un
poco preocupado entonces. Se rascó la frente y le dio la espalda saliendo de
la sala de juntas, preguntándose si acaso lo aceptarían en Camboya como
barrendero. Lo que sea, con tal de ir lo más lejos posible de aquí y de esta
loca.

Silvia levantó la vista de su teléfono cuando vio a Paula entrar a la casa.


Pasó como una exhalación, y algo en su rostro le dijo que algo no iba bien,
así que se levantó del sofá donde estaba y fue tras su hermana por las
escaleras.
—¿Paula? —la llamó golpeando suavemente con sus nudillos en la puerta,
pero nadie le contestó.
Miró su reloj. Las cuatro de la tarde. Era sábado, y más temprano les había
dicho a ella y a Ana que se reuniría con sus compañeras de estudio para hacer
un trabajo. ¿Por qué había regresado llorando?
Le dio la vuelta a la manija de la puerta y entró.
Encontró a su hermana llorando al pie de la cama, ahogando su llanto en
una almohada. Eso la asustó. La única vez que la vio así fue cuando se enteró
de que Lucrecia, la mujer que los había parido, había sido quien intentara
matarlos haciendo explotar la casa que habitaban.
—Madre santa, Paula. ¿Qué pasó? —pero su hermana no contestó. Sólo
siguió llorando y llorando. Silvia miró hacia la puerta preguntándose qué
hacer. Por el momento, no creyó prudente dejar que alguien la viera llorar, así
que fue a la puerta y la cerró nuevamente. Después, fue al pequeño estéreo
que Paula tenía y puso música, por si los sollozos se llegaban a escuchar, y
luego, se sentó otra vez a su lado para esperar a que se calmara.
Pasó lo que a Silvia le pareció un siglo antes de que por fin se calmara.
Paula estaba sudorosa, y los cabellos negros y lisos se habían pegado a su
rostro humedecido por las lágrimas. Silvia los retiró delicadamente hasta que
al fin descubrió su cara.
—Te hicieron algo, ¿verdad? —el mentón de Paula volvió a temblar, y sus
ojos volvieron a llenarse de lágrimas—. Dime que no estuviste buscando de
nuevo a mamá. ¡Ella está en la cárcel! —Paula negó—. Ah, no se trata de
mamá—. La niña volvió a llorar, pero esta vez apoyó su cabeza en el hombro
de Silvia.
—Yo… soy una estúpida —sollozó Paula—. Una estúpida, una completa
estúpida—. Silvia suspiró.
—Eso depende.
—No; soy una estúpida, una idiota. Cómo pude… ¡por qué fui tan idiota!
¡Por qué!
—Si supiera lo que te pasó, a lo mejor podría contestarte.
—No le puedo contar a nadie.
—¡Soy tu hermana!
—¡Me da vergüenza! —Silvia se preocupó entonces. Su corazón se
aceleró, sobre todo porque Paula empezó a llorar con tanta lástima y tanto
dolor que le estaba transmitiendo todo su sufrimiento.
—Ay, Dios —se lamentó Silvia—. Ay, Dios. Ay… Paula —la tomó por
los hombros separándola y obligándola a que la mirara a la cara.
—No te habrás quedado embarazada, ¿verdad? —el espanto que Paula
mostró en su rostro le confirmó a Silvia su peor sospecha.
—¿Embarazada? ¿Yo?
—Diablos. Estuviste… haciendo lo que se hace para quedar embarazada,
¿no es así? —Paula guardó silencio—. ¡Con quién, Paula! —no contestó,
sino que se puso en pie y caminó varios pasos poniéndose una mano en el
vientre. De repente, cayó sentada en su cama.
—Yo… me enamoré —volvió a llorar Paula—. De un chico de mi
escuela.
—Ay, Jesucristo.
—Era tan… diferente.
—Todos siempre parecen diferentes, pero son iguales, iguales todos,
¡malditos!
—No. No. Él de verdad…
—Pero ahora estás llorando por él. Me parece que no es tan diferente.
—Me acosté con él, Silvia —susurró Paula—. Le di mi virginidad—.
Silvia se pasó la mano por la cara. Se puso en pie y respiró profundo varias
veces.
—¿Cuándo… cuándo fue? —Paula tragó saliva.
—La semana pasada.
—Usaste… Dios mío, qué raro se siente hablar de esto contigo… ¿Usaste
protección? —Paula se sonrojó tremendamente.
—No… no lo sé.
—Mi Dios, para unas cosas sí eres una niña, ¿verdad? ¿Para otras no te
sirve esa mente tan inteligente que Dios te dio?
—Lo siento —volvió a llorar Paula.
—Buscaré en internet. Tal vez si te haces una prueba ahora, no… —Silvia
siguió hablando a la vez que tecleaba en su teléfono. Paula siguió sollozando
sin escucharla. Todo el infierno podía venírsele ahora por sólo un rato de
felicidad que quiso vivir.
—Ana me va a matar —susurró—. Dios, va a estar tan decepcionada—.
Los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas.
—Toca esperar a ver si tienes un retraso—. Silvia se sentó al lado de su
hermana en la cama. No la miró por largo rato. No sabía cómo abordar esta
situación. Era muy raro, ¡era Paula! Estas cosas las hacían las niñas malas,
como ella misma, por ejemplo. No eran las niñas como Paula las que daban
estos dolores de cabeza. Ellas eran siempre las que se portaban bien, las que
hacían todo del modo correcto.
Recordaba que la semana pasada Paula había salido de casa varias veces.
Ana le había preguntado cómo era posible que empezando apenas el año
escolar ya tuvieran tanto trabajo, pero no pusieron la palabra de Paula en tela
de juicio. Como Paula era Paula, y siempre estaba preocupada por sus
estudios, sus libros y su promedio, no era raro que en su último año de
estudio le estuviera poniendo más empeño del normal a sus tareas.
Chicas como Silvia no eran así, pensó por un momento. Ellas eran locas,
jugaban con los chicos, y luego se turnaba para que los chicos fueran los que
jugaran con ella. Chicas como Silvia no se enamoraban, ni esperaban hacerlo
algún día; por el contrario, les proponían a hombres mayores que le quitaran
la virginidad, porque era difícil hacerse la mundana cuando todavía cargaba
con el peso de su himen. Claro que ella era un caso raro. Había elegido el
hombre, según sus cálculos, apropiado para ello. Frívolo, mujeriego, discreto,
y seguramente lo suficientemente atento como para que no le doliera
demasiado y su primera experiencia se volviera un tormento. Pero se había
equivocado de cabo a rabo. Resultó que este hombre frívolo le dio una dura
lección de vida, un consejo que valía oro, y un dulce rechazo.
Luego de eso, había reflexionado profundamente acerca de sí misma y su
visión de los hombres. Lo primero que había aprendido era que las
apariencias engañaban, y lo segundo, que estaba segura desde lo más
profundo de su corazón de que luego de hacerlo con Fabián se habría
arrepentido muchísimo. Había sido un impulso, y ahora debía agradecer que
él tuviera más cabeza que ella y no le hubiera hecho caso.
No sabía exactamente por qué, pero ahora se alegraba de eso.
Tal vez su destino ya estaba escrito y ni ella misma iba a poder cambiarlo.
Lamentablemente, ni siquiera Ana, que de vez en cuando tenía visiones
del futuro en sus sueños, había podido ver lo que sería de ella.
Miró a Paula y frunció el ceño al darse cuenta que tampoco había visto lo
de Paula, o ya le habría advertido. No había nada en este mundo que Ana
protegiera más que a sus hermanos. Dios debía darle hijos pronto para que
desviara un poco su atención de ellos.
Y, por otro lado, si Ana no había visto nada, es que no iba a ser tan malo,
tal vez.
—Me vas a contar todo —le exigió, aunque su tono no denunciaba
exigencia, sino algo de dolor por su hermana—. Si quieres que te ayude en
esto, vas a tener que contarme—. Paula volvió a bajar la cabeza.
—Además de que fui una estúpida… no hay mucho que contar.
—Oh, lo de estúpida no te lo discuto.
—Él se fue del país —dijo Paula sin siquiera atender al insulto de su
hermana—. Se fue… y no me dijo nada. Ni siquiera un mensaje por teléfono,
una nota con el jardinero, nada. Se fue y…
—Eran novios?
—Él y yo?
—Claro que él y tú, ¿quién más?
—Pero… claro que sí, lo que pasó…
—No te confundas. Los hombres son capaces de acostarse con una mujer
aun sin quererla—. Eso afligió más a Paula—. ¿Te dijo que te quería, al
menos? —ella volvió a llorar—. No te lo dijo —concluyó Silvia—. Ay,
nena…
—Pero yo… yo sí lo quería.
—Se lo dijiste?
—Sí, se lo dije varias veces. Y él… tenía problemas, pero en el fondo era
un chico bueno.
—Paula…
—No, no me digas que sólo se aprovechó y se largó.
—Pero al menos la segunda parte es verdad.
—Tal vez algo le pasó a un familiar y tuvo que irse.
—¿Ya fuiste a su casa a comprobarlo? —Paula volvió a llorar.
—Vengo de allá. Cuando no contestó mis llamadas… me preocupé. Le
pregunté a uno de sus amigos y él fue el que me lo dijo. Fui, y… sólo estaba
su mamá. Él se había ido. Fue transferido a otro colegio. Pudo haberse ido al
otro lado del mundo y yo no sé nada. Se supone que éramos amigos, que
confiaba en mí. Se supone que… Dios, no sé qué pensar. ¿Fue todo una
mentira? —A Paula se le estaban acabando las esperanzas, vio Silvia, y ella
misma no tenía muchas que darle.
—Él es menor de edad también, ¿verdad? —Paula asintió—. Bueno,
piensa en que… los menores de edad… no tienen mucha libertad. Si sus
padres le dicen “vamos”, se tienen que ir.
—Ah, pero sí que podía dejarme un mensaje, ¡así fuera desde el mismo
aeropuerto! ¡Es menor de edad, pero sabe usar un teléfono! Él simplemente…
me dejó atrás. No fui nada para él… Yo fui la tonta que se enamoró—. Silvia
respiró profundo. Ella tenía razón, no había razón alguna por la que no le
hubiese dejado un mensaje.
—Tal vez… Pero da igual, si lo que hiciste tiene consecuencias, Paula,
dará igual que esté lejos o aquí… todo te va a cambiar —Paula apretó sus
labios y volvió a ponerse la mano en el vientre.
—Ana me va a matar —volvió a decir. Se secó las lágrimas con el dorso
de la mano y dejó salir el aire—. Ella… quiere que nosotros salgamos
adelante, que tengamos vidas diferentes… Lo de mamá… es una marca
horrible en nosotros, ella quiere que seamos diferentes, que surjamos… Me
va a matar—. Silvia respiró profundo.
—Primero, asegurémonos de que… no hubo consecuencias. Y en caso de
que sí… creo que tendrás que hablar—. Paula miró a su hermana
directamente a los ojos.
—Tú… también estás decepcionada, ¿verdad? —Silvia negó haciendo una
mueca.
—Tienes diecisiete… eres una mujer ya.
—Una mujer tonta.
—Todas somos tontas —suspiró Silvia—. Tú, por lo menos, lo hiciste
enamorada. Yo… yo nunca me he enamorado, Paula. Y… a veces creo que
nunca me enamoraré.
—No digas eso, es horrible.
—Sí, ¿verdad? —sonrió Silvia un poco triste. Abrazó a su hermana por los
hombros y se recostó un poco a ella—. No te preocupes, si no estás
embarazada, sólo habrás perdido un poco de tejido en tu cuerpo —Paula
sonrió al fin.
—Finalmente, todo se reduce a eso, ¿no es así? Pero… siento mi corazón
roto.
—No dejes que eso te quite tu belleza —le dijo Silvia mirándola otra vez
—. Hazte unos pendientes con las partes que te quedaron de ese corazón roto
—. Paula la miró un poco confundida, pero luego fue capaz de reír. En medio
de su tristeza, preocupación y llanto, fue capaz de encontrar humor en las
palabras de su hermana.
Luego pensó otra vez en que él ya no estaba, en que se había ido sin razón
y sin avisarle, y otra vez se sintió desolada.
Ni siquiera era capaz de empezar a pensar en lo mucho que lo iba a
extrañar.

—Eloísa, te necesitan —dijo Javier García, uno de sus compañeros de


trabajo entrando a la pequeña sala donde se reunía a discutir los puntos a
seguir en determinados casos que estaban estudiando. Eloísa miró a Javier
con la mente aún en el trabajo.
—Sí, ya salgo —dijo, y empezó a recoger sus papeles. Cuando estuvo
afuera se detuvo abruptamente. Todo en derredor estaba demasiado
silencioso. El salón lleno de escritorios y portátiles que por lo general eran un
caos, con movimiento, ruido y sándwiches a medio terminar, hoy parecía el
salón de clases cuando el profesor más estricto venía a revisar el uniforme.
Y encontró fácilmente al profesor. Nadie más, ni nadie menos que Diego
Aguilar, el reconocido magnate, estaba aquí. Caminó a él con una sonrisa. Se
había tratado poco en el pasado, pero a pesar de ser un poco distante, él
siempre fue cortés.
—Señor Aguilar. A qué debo el honor.
—Eloísa Vega —saludó él con voz grave. Ella sonrió asintiendo y se
mordió los labios preguntándose qué estaba pasando ahora y por qué él venía
a verla hasta su lugar de trabajo. Alguien tan ocupado como él seguramente
encontraría fácil llamarla y hacerla ir hasta donde él estuviera.
—Perdona que venga sin avisar —le dijo él—, pero fue casi un impulso lo
que me trajo aquí.
—No hay problema, mi reunión terminó justo ahora—. Eloísa buscó un
lugar donde pudiera hablar con él en privado, pero no había mucho sitio aquí.
—Si no es mucha molestia para ti —dijo Diego—, me gustaría que me
acompañaras.
—Claro…
—Tengo una reunión en cuarenta minutos, así que mi tiempo es un poco
limitado.
—Comprendo.
—Podemos hablar en mi auto, mientras voy de camino—. Él no le estaba
pidiendo su opinión, observó Eloísa. Él venía aquí a sacarla de su trabajo con
el propósito de hablar con ella y ni siquiera se disculpaba por eso.
Y eso no era propio de los Aguilar.
—Entonces… permítame un minuto para avisarle a mis compañeros que
me iré un poco antes.
—Toma tu bolso y tu abrigo, de paso.
—Sí, señor —contestó Eloísa bajando un poco el tono de su voz.
¿Qué habría pasado?
Tal vez, al igual que todo el mundo, había leído los diarios y no le gustaba
mucho que su hijo estuviera saliendo con ella. Pero de eso ya había pasado un
buen rato, ¿por qué hasta ahora pedía hablar con ella?
Lo sabría en menos de nada, se dijo, y fue a tomar su abrigo y su bolso, y
luego de avisar que se tomaría el resto de la tarde, salió de las oficinas.
…11…
Eloísa salió con su abrigo puesto y el bolso colgando del hombro y caminó
al lado de Diego Aguilar hasta llegar a un auto donde aguadaba un hombre
que imaginó era su chofer o guardaespaldas. Ciertamente, alguien como él
necesitaría uno. Se preguntó entonces por qué Mateo no lo usaba.
Le abrieron la puerta y ella entró, Diego lo hizo por el otro lado, y luego
de dar la orden para salir, suspiró y se recostó al asiento como si le esperara
una tarea dura. Eloísa apretó un poco sus labios esperando a que hablara.
—No es muy agradable lo que tengo que decirte —empezó a decir Diego,
y Eloísa sonrió.
—No. Me lo imagino.
—¿Te lo imaginas? —sonrió Diego, y Eloísa vio que no había diversión
en esa sonrisa. Pestañeó mirando al asiento de enfrente imaginándose lo peor,
preparándose para lo peor—. Entonces ya sabes que Mateo está
comprometido con Lineth Casablanca—. Eloísa se giró a mirarlo tan rápido
que casi se causa una lesión en el cuello.
Definitivamente, no se había preparado para esto.
—¿Qué?
—Oh, todavía no es formal —siguió diciendo Diego—, pero ya hemos
hecho el arreglo entre el padre de ella y yo.
—Ah.
—Es por eso que, penosamente, tengo que decirte que lo de ustedes dos no
va a poder ser—. Eloísa frunció levemente su ceño. Sentía su corazón golpear
en su pecho y casi le dolía, pero era el mero susto. Diego tenía una segunda
intención, era más que evidente.
—Imagino que… esa mujer es muy rica.
—Lo es.
—Lo hará a usted aún más rico.
—Y a Mateo.
—Y muy miserable, también —Diego la miró a los ojos, y Eloísa sonrió
con la mayor dulzura que pudo fingir—. ¿Quién le dijo que él y yo tenemos
algo, señor Aguilar?
—Bueno…
—¿Los medios? Pero si en los periódicos sale cada chisme… No debería
fiarse de todo lo que sale allí.
—Él mismo…
—Ah, ¿él mismo le dijo que de vez en cuando salimos, y que tenemos un
acuerdo entre los dos? No me lo esperaba de Mateo.
—No. Dijo que posiblemente tú serías… —Diego se quedó en silencio,
confundido.
—Oh, ¿le dijo que está enamorado de mí? ¿Eso le dijo? —la miró. ¿Qué
pasaba con esta mujer? Creyó que se encontraría con alguien diferente.
Imaginó que ella también diría que estaba enamorada de él y lucharía por su
amor; esperó incluso que lloriqueara, que se aferrara y suplicara un poco. Él,
entonces, le habría pedido que aterrizara, porque a pesar de que sus padres
tenían dinero y buena posición, su hijo simplemente era de otra esfera.
Pero para nada, para nada Eloísa Vega se estaba portando según el libreto
que había llevado en su cabeza y ahora no sabía qué decir.
—Si Mateo tiene una novia y se va a casar —dijo Eloísa con voz firme—,
él y yo tenemos un acuerdo que dice que en ese preciso instante lo nuestro
acabaría. Sin dramas ni llantos. Me parece un poco indigno de usted tomar el
lugar de su hijo y no permitirle que sea él mismo quien me notificara de lo
que está sucediendo. Realmente, esperé más de él y de usted. O… ¿fue él
quien lo envió y acaso soy yo la que está siendo injusta acusándolo de este
modo? —Diego seguía en silencio, con los labios entreabiertos sin saber qué
decir—. No se preocupe por mí, señor Aguilar —siguió Eloísa—. Mis
sentimientos están donde deben estar. Siempre he sabido que ustedes los
ricos adoran arruinarse la vida imponiéndose matrimonios que más parecen
un castigo, y luego se consuelan a sí mismos gastando dinero. Es la vida que
les encanta. Pensé que Mateo era de otra mentalidad, pero tampoco es que
esté muy decepcionada.
—Te estoy diciendo que…
—Usted no ha dicho gran cosa; aparte de que le está arreglando un
matrimonio a su hijo, no ha dicho más nada. Y antes de que se haga ilusiones
conmigo, le digo una cosa…
—¿Ilusiones contigo?
—Ya sé que no califico como la nuera ideal. Dios, si Ángela, con todos
los millones propios que tiene no calificaba ante Judith, no me imagino cómo
estoy yo ante sus ojos. Pero siempre es agradable para las personas como
ustedes tomar al otro y menospreciarlo, como si eso los divirtiera; es un poco
insano, la verdad. Por eso le digo que no se haga ilusiones conmigo. Siento si
estoy siendo irrespetuosa. ¿Podría dejarme aquí, por favor? —el chofer le
hizo caso casi al instante, y Eloísa se bajó, aunque no estaba del lado de la
acera. Un conductor le gritó por la imprudencia, pero ella, sin mirar siquiera
si había cerrado bien la puerta, caminó con seguridad hacia el andén y se
perdió entre los demás transeúntes.
Diego, en el interior del carro, se giró para seguir mirándola. ¿Qué había
pasado aquí? ¿Quién era esa chica?
¿Qué había dicho Mateo acerca de ella?
No mucho, se respondió, sólo que, si él lo decidía, ella sería la madre de
sus hijos.
—Señor —dijo el conductor cuando pasaron los segundos hasta hacerse
minutos y él no daba la orden de volver a arrancar—. ¿A dónde vamos ahora?
Diego respiró profundo, como si acabara de salir de un ring de boxeo
donde lo hubiesen noqueado antes de que terminara el primer asalto y apenas
se estuviera dando cuenta de ello.
—A las oficinas —contestó.

Eloísa caminaba a prisa.


No llores, se decía. No te importa. Tampoco es como si te hubieses
enamorado. No te has enamorado de Mateo Aguilar. Es sólo sexo, sólo sexo.
Se detuvo en sus pasos y miró hacia atrás, pero ya estaba bastante lejos y
no alcanzaba a ver el punto donde había bajado del auto de Diego Aguilar.
Tomó su teléfono y llamó a Mateo, y ya había timbrado un par de veces
cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
No, no debía preguntarle nada, ni hacer reclamos. Este no era el tipo de
relación que tenían.
Sin embargo, Mateo debió ver que su teléfono timbraba, pues le devolvió
la llamada casi al instante.
—¿Pasa algo? —preguntó él con voz risueña.
—No… nada… marqué por accidente.
—¿Es eso cierto?
—¿Qué te crees, que me la paso con el teléfono en la mano amagando con
llamarte?
—Puede ser —sonrió él. Eloísa analizó su voz. Él no parecía preocupado
por nada. ¿Se iba a casar o no?, ¿estaba comprometido o no? —Tal vez—
siguió Mateo con su mismo tono de voz divertido— es tu subconsciente
pidiéndote que por favor me llamaras para pedirme que pasara esta noche por
tu apartamento.
—Presumido.
—Admítelo.
—Está bien —suspiró Eloísa—. Lleva la comida.
—Sí, señora —sonrió Mateo lleno de satisfacción.
—Y no lleves cualquier cosa, quiero algo de un restaurante fino. Alguno
francés.
—Veré si sirven para llevar.
—Tienen que hacerlo. Todos lo hacen.
—Bueno, señora. Sobornaré al cocinero si no es así.
—Chico listo. Nos vemos en la noche entonces.
—Vale —Eloísa cortó la llamada, y mientras Mateo tenía una sonrisa boba
en el rostro, ella estaba ceñuda, pensativa y meditabunda. No había podido
deducir nada de la voz de Mateo, así que esta noche ella tendría que ser clara.

Mateo entró con la llave que desde hacía unos días tenía en su poder. Se
anunció al cruzar la puerta y dejó las cajas de comida en la encimera de la
cocina.
—Estoy en la habitación —dijo Eloísa, y Mateo sonrió. Tal vez lo
esperara una escena muy sensual, con ella usando algún negligé, o
definitivamente sin nada. Nunca había pasado y no sabía si Eloísa era de
esperar a su amante así, pero soñar no estaba mal.
Se acercó a la habitación, y tuvo que contener la risa al llegar a la puerta y
verla. Ella, definitivamente, no estaba nada sensual; llevaba una bata de baño
gruesa, y se hallaba recostada en la cama con la típica mascarilla verde y los
ojos cubiertos por dos rodajas de pepino. Su cabello estaba enrulado y
sujetado por ganchos, lo que la hacía parecer algo rara.
La mayoría de las mujeres, pensó, odiaría que las vieran así, pero Eloísa
siempre había sido diferente. Tenía inseguridades, claro, del mismo modo
que le importaba un comino que la viera de tal o cual manera.
—Completamente seductora —dijo Mateo con una sonrisa. Eloísa se quitó
los pepinos de los ojos y lo miró.
—¿Trajiste la comida?
—Esa es la frase más sexy que he oído en mi vida —Eloísa lo miró
ceñuda—. Sí, está en la cocina—. Sin pérdida de tiempo, ella se levantó y fue
a buscar su ración. Cuando vio lo que él había traído, suspiró de pura dicha.
—Huele… delicioso. Gracias.
—De nada. Y esta bienvenida…
—Ah, salí temprano del trabajo hoy —le dijo ella buscando platos para
servir las porciones, pero luego consideró que era mucha molestia ensuciarlos
para luego tener que lavarlos y simplemente le pasó a Mateo una parte de las
cajas y se quedó ella con otras—. Así que aproveché para hacer algunas
cositas que el fin de semana no me dejaste hacer.
—Como disfrazarte de Hulk—. Ella le echó malos ojos.
—Cuando te cases, tendrás que habituarte a, de vez en cuando, ver a tu
esposa disfrazada de Hulk, de La mole, y etc. ¿Crees que mantener un cutis
bonito es por obra y gracia de la genética? Mienten. Cuesta mucho, y vale un
montón.
—Seguro, seguro.
—Así que, si te casas algún día, y tu esposa de novia tenía un cutis
precioso, prepárate para…
—¿Por qué de repente hablas de mi esposa, y eso? —Eloísa se quedó
callada al fin. Mateo la vio tomar la caja con su comida e ir al sofá donde
normalmente comía y la siguió—. ¿Pasa algo, Eli?
—¿Te vas a casar? —Mateo sintió algo dolerle en el estómago.
—No, que yo sepa—. Eso hizo reír a Eloísa.
—Tu padre fue a buscarme al trabajo hoy.
—Mierda —masculló Mateo sintiéndose incómodo de repente.
—Me dijo que lo que tú y yo tenemos no podría ser porque te has
comprometido con una niña súper rica.
—Él… tiene ese plan, pero la última palabra la doy yo.
—Sí te vas a casar —suspiró Eloísa—. Lo he visto en libros y novelas. Si
tus padres te arreglan un matrimonio, te casas sí o sí.
—No soy un niño, Eloísa…
—Y si te vas a casar, aunque no estés comprometido, eso invalida nuestro
acuerdo.
—¿Qué?
—¿Lo recuerdas? —Ella extendió la mano hacia su bolso, que estaba
tirado de cualquier manera en el otro extremo del sofá y rebuscó algo en él.
Mateo la vio sacar la misma agenda pequeña que había usado para escribir las
cláusulas de su contrato en aquel bar—. Es la segunda cláusula. En el
momento en que uno de los dos tuviera otra pareja, esto terminaría.
—Creí que ese contrato ya no valía.
—Oh, que hayamos roto una de las cláusulas no implica que el resto no
valga. Sí vale. Para mí sí.
—¿Estás terminando conmigo? —Eloísa lo miró a los ojos. De repente, el
tono de voz de él parecía algo decepcionado, casi triste. ¿Triste?
Entonces algo le dolió a ella en el estómago.
—Quisiera poder…
—Es papá quien quiere casarme con esa mujer. Se está comportando muy
terco en eso, pero… No me casaré con Lineth Casablanca. Yo elegiré a mi
esposa. Para bien, o para mal, la elegiré yo mismo—. Eloísa la miró tratando
de evitar que en su rostro se mostraran todas las emociones que la
embargaban ahora. Quería creerle, pero al tiempo, ella había sido muy clara
desde el principio y no quería ser el segundo plato de nadie.
—Entonces, aclara eso—. Mateo se levantó de su puesto y se acercó a ella,
mirándola con su mascarilla verde, que no le dejaba leer sus emociones.
—Si mando lejos a esa malcriada… ¿volverás conmigo?
—Puede… puede ser.
—Bien, pero con una condición —Ella lo miró con sus ojos entrecerrados
—. Pondremos una pausa aquí a nuestra relación, y todos los días que
estemos separados, serán compensados luego del segundo cumpleaños de
Alex. Me los devolverás con intereses.
—¡No soy yo la que tiene un novio y está rompiendo el acuerdo!
—No tengo novia, sólo es papá que me compró una, pero no la quiero —
eso la hizo reír—. Y tienes razón —siguió Mateo—. Soy yo el que está…
digamos, rompiendo el acuerdo, aunque en contra de mi voluntad, así que no
tendré problemas en devolverte esos días con intereses —él se acercó a ella
hasta besarle los labios. Eloísa le tomó el rostro entre las manos
devolviéndole el beso y adorándolo hoy más que nunca—. Diablos, Eli —
susurró él entre beso y beso—, te voy a extrañar—. “Yo también”, quiso
decir ella, pero selló sus labios —¿Por qué no echamos ese acuerdo al diablo
y…? —Cuando ella se retiró, él comprendió que esa no era una posibilidad.
Si quería seguir con ella, tendría que ser bajo aquellos términos iniciales.
Apretó sus labios asintiendo y comprendiendo, pero entonces la risa de ella lo
sorprendió.
—Tienes mascarilla por todos lados.
—Parece que tendré un cutis bonito.
—Tu cutis es bueno —sonrió ella limpiándole la cara con las servilletas de
la comida. Eloísa suspiró—. Termina con esa mujer y ese problema…
—Lo haré.
—Si no… y si terminas casándote así sea en contra de tu voluntad…
—Eso no pasará.
—Fue un placer haberte conocido, Mateo.
—¿Qué?
—Me anticipo, solamente, pero…
—No lo hagas. No me casaré con ella—. Eloísa asintió, respiró profundo
varias veces y giró a otro lado su cabeza cuando sintió los ojos humedecidos.
Carraspeó y tomó su caja con la deliciosa comida que él había traído.
—Esto no se puede desperdiciar—. Mateo negó tomando también su
comida, mirándola comer y preguntándose si acaso ese brillo que le había
visto antes en los ojos era de pesar por la separación que ella misma estaba
imponiendo.
Sabía que esto pasaría si ella se enteraba, pero su padre no le había dado
tregua, se había inmiscuido en sus cosas, y eso lo molestaba sobremanera.
Dio el primer bocado a su comida, aunque bien podía estar comiendo paja
o un suculento plato de un reconocido restaurante francés. A él le sabía igual.

—Señor —se asomó Esther luego de golpear con sus nudillos en la puerta
de la oficina de Diego Aguilar. Éste se encontraba reunido con dos de sus
ejecutivos, pero dado que el pedido que le había hecho antes era de máxima
prioridad, no había tenido reparo en interrumpirlos.
Diego la miró haciéndole la pregunta con los ojos, y Esther, que llevaba
trabajando con él más o menos cinco años y ya sentía conocerlo hasta la
médula, asintió. Sí, el joven Mateo al fin había llegado a las oficinas.
Era impropio de Mateo Aguilar llegar tarde, y menos sin una excusa. Era
de los primeros que llegaba y de los últimos que se iba. Sólo comía por fuera
si era una comida de trabajo, y desde que ella estaba aquí y desde que el
joven Mateo asumiera su cargo actual, él nunca se había tomado vacaciones.
Se preparó para lo peor, y vio a Diego Aguilar ponerse en pie, excusarse
ante sus dos ejecutivos, y dirigirse a la oficina de su hijo, que estaba a pocos
pasos.
Él había dejado la puerta abierta, y su secretaria lo miraba con su agenda
en la mano como si no supiera qué hacer.
—¿Qué está pasando ahí? —preguntó Diego a Esther. Cuando ella no
respondió de inmediato, algo que no era natural en ella, la miró.
—El joven Mateo… trajo una caja con él… y parece que está recogiendo
sus cosas.
—¿Qué? —sin esperar respuesta, Diego caminó hasta la oficina de su hijo
y, efectivamente, lo encontró recogiendo sus efectos personales—. ¿Qué
estás haciendo? —increpó al instante. Mateo se detuvo en sus movimientos y
lo miró casi con desinterés, pero sabiendo que no podía evadirlo. Miró a su
secretaria y le pidió privacidad, Esther se fue, aunque no se lo dijeran, y
Mateo y Diego quedaron a solas en la oficina.
— ¿No es un poco obvio? —preguntó Mateo. Se metió la mano en el
bolsillo interno de su chaqueta y sacó de él un sobre. Cuando Diego sólo lo
miró interrogante, Mateo lo dejó sobre el escritorio—. Es mi renuncia.
—¿Estás loco?
—Soy un hombre de palabra —dijo Mateo—. Te dije que, si seguías
metiéndote en mis asuntos personales, yo renunciaría.
—No puedes renunciar. Es casi como pretender quitarte el apellido
Aguilar. ¡A ser mi hijo! —el tono de voz de Diego hizo que Mateo se
detuviera en sus movimientos. Había estado recogiendo sus cosas como un
viejo pisapapeles al que le tenía cariño, algunos documentos, y el
portarretrato donde aparecían él y Sarah y otro donde estaba él de niño con su
madre.
No, no podía renunciar a ser el hijo de Diego Aguilar, del mismo modo
que no podía renunciar a ser el hijo de Paloma.
Él había sido un buen padre hasta hoy, un excelente padre, lo que le
impedía entender aún más por qué se estaba comportando así.
Pero no podía retroceder. Sólo anoche Eloísa había terminado, o pausado,
lo que tenían, y ya hoy sentía que le faltaba algo demasiado importante.
Y eso que no eran realmente novios, que no se dedicaban frases de amor,
que, en apariencia, era sólo sexo.
Estaba enamorado hasta la médula de Eloísa Vega, y este acuerdo que
había hecho con ella era su forma de estar cerca y hacer que poco a poco ella
fuera bajando sus defensas. Sentía que lo había logrado en gran parte, pero
aún le faltaba. Necesitaba tiempo y su padre se lo estaba quitando. Ya sólo le
quedaban diez meses del acuerdo con Eloísa, y cada día que pasara lejos de
ella dudaba que pudiese recuperarlo tal y como había bromeado anoche, así
que la solución era poner a su padre contra las cuerdas.
Era imposible renunciar a ser su hijo, a ser un Aguilar. Todo lo que había
aquí le pertenecía por derecho propio. Ni siquiera Diego podía quitarle ese
derecho, y esa amenaza de desheredarlo caía en saco roto cuando no tenía a
nadie más a quien legarle el fruto de su duro trabajo. Él no confiaba en las
capacidades de Sarah para sucederlo, así que ella estaba fuera de cuestión.
Había invertido toda su vida y esfuerzos en entrenarlo a él para esto, y no lo
creía con la fuerza para buscar a otro para este menester.
Así que era él quien tenía a su padre en sus manos, no al revés. Era él
quien podía presionar, no Diego.
—¿Tan importante es para ti que me case con esa mujer? —preguntó,
aparentemente, cediendo un poco, dispuesto a conciliar.
—¿Por qué otra razón arreglaría las cosas para que sea así?
—No la conozco, papá, y no…
—Eso tiene fácil solución.
—Y no cederé a tus caprichos —dijo Mateo poniéndole más volumen a su
voz. Diego dejó salir el aire.
—¿Crees que es un capricho?
—Sólo estás empeñado en alejarme de mi novia…
—¡Ella no es tu novia! ¡Ni ella misma se considera tu novia! —Mateo lo
miró en silencio, un tanto sorprendido—. Hablé con ella ayer… y
prácticamente me dijo que lo que hay entre ustedes sólo es… una aventura, o
yo qué sé. No eres importante para ella; no eres más que un revolcón y ya—.
Mateo se quedó en silencio, mirándolo fijamente. Sí que se imaginaba a
Eloísa defendiéndose así. No sabía cómo la había abordado él, cómo había
atacado para que ella respondiese de esa manera, pero era fácil de imaginar.
Al ver la mirada de Mateo, y creyendo que había ganado un punto, Diego
respiró profundo y se apoyó en uno de los asientos frente al escritorio de su
hijo.
—Ya sé que es una imposición. El matrimonio es… un asunto serio. Me
enorgullece que te lo tomes con la seriedad que se merece… Pero ella no es
para ti. Eloísa Vega no es la apropiada.
—Vuelves con eso.
—Sí, sí, sí… Sé que esas razones a ti no te valen, pero créeme, hijo. No te
merece.
—¿Por qué, papá?
—Porque… Mira… —Diego empezó a dar vueltas por la oficina, y Mateo
se dio cuenta de que su padre tenía momentos en los que parecía quedarse sin
palabras—. Dame un mes —le pidió Diego juntando sus manos como si le
estuviera rezando—. Conoce a la chica, a Lineth Casablanca; sal con ella un
poco.
—No podré soportarlo.
—Sí que podrás. En el pasado tuviste novias más o menos iguales.
—De eso hace un milenio ya.
—Tal vez, pero sabes cómo tratarlas. Sal con ella, conócela… —Mateo
miró a su padre con ojos entrecerrados. Si había hecho un acuerdo con Eloísa
para pausar su relación, ¿podría hacer uno con su padre para zafarse de esto?
Si no lo intentaba, no lo sabría.
—Un mes, ¿eh?
—Tengo mucho que ganar, mucho, si mi hijo llegase a vincularse con esa
familia. Y del mismo modo, mucho que perder si tú, de la manera más
grosera y arrogante, menosprecias a la hija de un hombre tan importante sin
antes haberle dado una oportunidad. Él podría tomárselo como una ofensa, y
con justa razón, y usar todo su arsenal para dañar nuestra imagen, y no nos
conviene algo así.
—¿Entonces, debo entender que me estás pidiendo que por favor le dé a la
chica, aunque sea un mes para salvar las apariencias luego de lo cual, seré
libre? ¿De verdad?
En ese momento, Esther volvió a asomarse a la oficina de Mateo, pues la
puerta se había abierto por sí misma, y vio al par de hombres de igual estatura
y color de piel mirarse el uno al otro como si se midieran antes de una
contienda. Debía ser una contienda. El ambiente no podía estar más tenso si
esto fuese una justa entre pistoleros del lejano oeste.
—De verdad—. Y Esther contuvo una exclamación cubriéndose la boca y
mirando a otro lado al ver que, a su espalda, como si fuese un niño, Diego
Aguilar cruzaba sus dedos.
…12…
—¡Este café está amargo! —exclamó Diego Aguilar soltando la taza que
casi lo quema. Miró furioso a su secretaria, pero Esther lo miraba
impertérrita.
—Lo siento, señor. No hay azúcar.
—¿Cómo que no hay azúcar? ¡¿Cómo que no hay azúcar?! ¿Qué está
pasando contigo? Esta mañana me diste la hora equivocada de una reunión ¡y
llegué tarde! ¡Tuve que disculparme! Y luego me entregas los papeles
equivocados, e igual los firmé, y ahora esto. ¿Qué está pasando contigo? —
volvió a preguntar.
—Sigo siendo la misma Esther, señor —él la miró confundido. Eso para
nada contestaba a su pregunta.
—¿Te has propuesto arruinarme el día, o la vida, o qué?
—Estoy segura de que antes de que eso suceda, usted tendrá el cuidado de
despedirme.
—¿Es eso? ¿Quieres que te despida?
—No me sorprendería —contestó ella recogiendo la taza de café y
volviéndola a poner en la bandeja—. Después de todo, nadie es indispensable
aquí—. Eso lo dejó a él en silencio.
Esther llevaba más o menos cinco años trabajando aquí. Era una mujer
sumamente inteligente, cuidadosa y casi con tantos grados como su hijo.
Había terminado siendo su secretaria, su asistente, su mano derecha, porque
no se aguantaba la mediocridad de nadie y porque juntos hacían un buen
equipo.
Frunció el ceño dándose cuenta de que era un poco extraño que ella misma
trajera el café hasta aquí, de eso se encargaba Karen, la otra secretaria. No le
pagaba a alguien tan calificado como ella para llevar y traer café.
Pero lo había hecho, y se lo había traído tan amargo y caliente como el
mismo infierno sabiendo que su gusto era muy diferente.
Ella lo estaba castigando por algo.
Saberlo lo dejó confundido. ¿Por qué querría Esther castigarlo? ¿Por qué
usar estos métodos que ponían en riesgo su posición?
—Si tienes algo que decir, hazlo ya.
—Oh, señor, yo no tengo nada que decirle. Usted es el jefe, el que más
sabe aquí y…
—Al diablo con eso. Te conozco. Llevamos trabajando ya bastante
tiempo.
—No, señor. No es tanto tiempo. Me disculpo por lo del café; no volverá a
suceder—. Y sin agregar nada más, salió de las oficinas. Diego la miró
caminar hasta la puerta haciéndose mil preguntas, pero dándose cuenta de
que estaba topando con una pared, y eso le hizo recordar a esa chica, Eloísa
Vega. ¿Qué pasaba con las mujeres hoy en día?

Esther se sentó en su escritorio sintiéndose molesta, decepcionada y


furiosa. Puso con fuerza sobre el escritorio unos papeles y le echó malos ojos
a la puerta tras la cual se hallaba el hombre para el que venía trabajando
desde hacía años. Había sido el mejor jefe y el mejor hombre hasta hoy, pero,
claro, en algún momento él había tenido que hacer estallar la burbuja.
Le tenía aprecio a Mateo, y aunque no sabía del todo qué era lo que estaba
sucediendo entre él y su padre, era claro que éste último estaba
embaucándolo con algo, lo cual era inaceptable.
Desgraciadamente, ella no podía hacer nada para impedirle avanzar en
cualquiera que fuera el plan en el que estaba trabajando, sólo podía ganarse
estas pequeñas venganzas. Y dudaba mucho que él entendiera a qué se
debiera. Diego Aguilar era bastante ciego en ciertas cosas.

Fabián entró al bar y localizó a Mateo casi al instante. Estaba en el


reservado de siempre, y aunque hacía rato que no venían, el personal que
laboraba aquí y que los reconocía, seguía dándoles preferencia.
Llegó hasta su amigo y se sentó a su lado dándole una palmada en el
muslo a modo de saludo. Mateo le enseñó su vaso con licor invitándolo a
tomarse uno y Fabián extendió una mano llamando a alguna mesera, que
estuvo allí al instante tomándole el pedido.
—Gracias por venir —le dijo Mateo, y Fabián se encogió de hombros.
—Ya estaba cayendo en desuso la costumbre de venir aquí, pero se siente
bien volver—. Mateo sonrió recostándose al asiento—. ¿Problemas? —le
preguntó. Mateo hizo una mueca.
—Algo así.
—¿De trabajo? ¿Sentimentales?
—De los dos tipos —le contestó Mateo con voz grave—. Y mi padre es
quien me los está causando—. Fabián lo miró pareciendo confuso.
—¿Tu papá? ¿Diego Aguilar? —Mateo sonrió.
—El mismo.
—¿Cómo es posible? ¿El padre modelo del año?
—Oh, este año no se llevará ese premio. Se lo daré a otro, al primero que
pase.
—¿Qué está pasando?
—Quiere que me case con una extraña— Fabián lo miró ahora
sorprendido— para aportarle mucho a la familia —siguió Mateo—,
conexiones, dinero, grandes negocios…
—¿Tu papá?
—Increíble, ¿verdad?
—Pero… pero… No, tú estás equivocado. ¿Cuántas te has bebido? —
preguntó Fabián tomando el vaso de Mateo y examinándolo, pero él sólo
sonrió y dejó salir el aire.
Comprendía la reacción de Fabián. A él mismo le costaba aceptar que su
padre estuviera comportándose de esta manera.
—¿Llegué muy tarde? —preguntó la voz de Juan José Soler apareciendo
de repente—. ¿Ya pasó la primera ronda?
—Mi primer trago aún no ha llegado —le contestó Fabián—, así que no;
llegas a tiempo.
—Pero ya empezábamos con las quejas —dijo Mateo haciéndole un lugar
a Juan José al otro lado.
—¿Y tú qué haces aquí? —le preguntó Fabián a Juan José.
—¿Cómo que qué hago aquí? ¿Cuándo fui expulsado del trío?
—Pero… estás casado, tienes dos hijos, tu mujer está embarazada…
—¿Y por eso no puedo salir a tomarme algo con mis amigos?
—¿Puedes?
—Claro que puedo —contestó Juan José mirando a Fabián con expresión
burlona—. Ángela es mi mujer, no mi carcelera—. Fabián sonrió y suspiró—.
¿Ya terminaste maldecir a la gente? ¿Por qué familia ibas? —le preguntó
Juan José a Mateo.
—Estoy estancado en la mía. De repente, mi hermana y mi papá ya no se
merecen los títulos de mejor hermana y mejor papá del año.
—¿Qué hicieron?
—Diego le está imponiendo una novia a Mateo —saltó Fabián,
adelantándose a Mateo con tal de que no contara aquí lo que había sucedido
entre él y Sarah. No le apetecía ser compadecido ahora; además, que se
habían reunido por Mateo, no por él.
—¿Diego? —preguntó Juan José con la misma expresión incrédula de
Fabián. Mateo resopló.
—Eloísa no le gusta como nuera —dijo Mateo haciendo una mueca—. No
sé por qué, pero desde que se enteró de que estamos saliendo… no ha parado
de poner trabas y de quejarse.
—¿Qué te dice?
—Que ella no es la apropiada para mí, que no me merece y otras
estupideces como esas.
—No pensé que tu padre fuera así de clasista.
—Oh, yo tampoco lo sabía. Pero Eloísa… quiero decir, ni que ella viniera
de alguna cloaca, o una invasión… Eloísa es… ya sabes, sus padres son
buenas personas. Además, es una chica inteligente, profesional,
independiente y trabajadora. Pensé que la aprobaría, pero…
—Tú trabajaste hace un tiempo con Julio Vega —le recordó Fabián a Juan
José—, allá en Trinidad.
—Sí, no lo olvido.
—Es verdad —dijo Mateo enderezándose en su puesto—. ¿Crees que haya
algo en él que haga que papá odie a los Vega?
—Lo recuerdo como un político normal. Ya sabes a lo que me refiero.
—¿Corrupto?
—Un poco. Pero… ¿no son todos los políticos corruptos? Unos más que
otros, pero nadie se salva.
—¿Lo viste en negocios… raros? —Juan José suspiró.
—Recuerdo la reunión donde presenté el proyecto para la autopista en
Trinidad. Estaban los personajes más importantes de la localidad, entre ellos,
el papá de Ángela. Eran ganaderos, hacendados… Pero era lo que se podía
ver en la superficie. Ya ves que Orlando Riveros tenía nexos importantes con
el narcotráfico de la época, y gran parte de sus bienes venía de eso. Ángela
quedó exenta de todo ese embrollo casi por un milagro, pero sí que le
pusieron trabas.
—Muy probablemente, Julio Vega estaba envuelto en eso. No se puede
llegar al poder sin hacer algo por los ricos que quieres que te apoyen.
—Pero, ¿qué tiene eso que ver con papá? —se preguntó Mateo—. Él sí se
ha interesado antes en la política, y ha ayudado a un par de presidentes y
senadores a llegar al poder, pero… ¿por qué le importaría lo que hace el
alcalde de un remoto pueblo como lo es Trinidad? Si es que es eso, claro,
porque ya no sé qué pensar.
—Nunca sabes lo que hay en la mente de los padres —comentó Juan José
—. Debe tener una razón, una muy poderosa razón.
—Hasta ahora, no me la ha dicho.
—No puede estar obrando así por que sí. Soy padre, Mateo, y ni siquiera
tengo el coraje para imaginarme al que será algún día el pretendiente de
Carolina, y ni qué decir de Alex; Dios, mi mente no llega hasta allá…
—Pero seguro que si uno de ellos te dijera que tiene novio y está
enamorado, tú… al menos te tomarías la molestia de conocer a esa persona
antes de dictaminar que no se merece a tu hijo o tu hija—. Juan José hizo una
mueca negando.
—No lo sé. Nadie se merece a mi hija. Creo que sería igual de mente
cerrada.
—Eso es ahora que ella es todavía una bebé, y es tu princesa.
—Será mi princesa toda la vida.
—Juan José no aporta nada —rio Fabián.
—La vida te cambia cuando tienes un hijo —aseguró Juan José—. Lo ves
todo desde otra perspectiva.
—¿Será por eso que no entiendo a papá?
—Lo primero y lo segundo y lo tercero para un padre, para un buen padre,
es la seguridad y la felicidad de sus hijos.
—Pero en este momento me está haciendo muy miserable —admitió
Mateo.
—Tal vez debas sacarle la verdad.
—No sé de qué manera hacer eso.
—Entonces… soportar y esperar.
—Qué tortura—. Fabián sonrió— Sabes… —siguió Mateo mirando en
derredor el lugar. Sus bebidas habían llegado y Juan José había pedido algo
más bien suave. Se oía la música, a la gente conversar y bailar muy
despreocupados, o disfrazando sus preocupaciones con diversión—. No sabía
que no me gustan las rubias —concluyó Mateo.
—¿No te gustan?
—Lineth Casablanca es rubia… y de repente, me parece que todas las
rubias son algo descoloridas—. Juan José se echó a reír.
—Es porque estás enamorado de Eloísa.
—¿Qué tiene eso qué ver? —inquirió Fabián.
—Tiene mucho que ver —explicó Juan José subiendo una pierna a la
rodilla de la otra y sintiéndose el maestro de la clase—. No es que te
desagraden las rubias. Si Eloísa se tiñera de rubio, cambiarías de opinión de
inmediato.
—¿Es así?
—Desde que te enamoraste de ella —siguió Juan José— ¿no sientes que
ya ninguna mujer es lo suficientemente atractiva? —Mateo asintió— Es
porque sólo te gusta ella. Has llegado al punto de la fidelidad involuntaria —
Fabián se echó a reír.
—“Fidelidad involuntaria”, diablos, ¿qué es eso?
—No te gusta ninguna otra mujer que no sea la tuya —le explicó Juan
José muy serio—. No huelen igual de bien, no son tan hermosas, no… no
reaccionas como con tu mujer—. Mateo se pasó la mano por los cabellos un
poco bruscamente.
—Eso no debe ser nada bonito —asumió Fabián.
—Cuando no estás con ella, es la mierda —admitió Juan José risueño—, y
nuestro amigo ya cayó en esa pequeña y placentera trampa.
—Lineth Casablanca es guapa —comentó Fabián, y Mateo le echó malos
ojos—. ¿Qué? Es una opinión. Si somos objetivos… incluso es más…
—Conserva tus dientes y cierra esa boca —le aconsejó Juan José, y Fabián
se echó a reír, demostrando que sus intenciones no habían sido buenas desde
el principio.
—¿Y qué vas a hacer? —le preguntó a Mateo.
—No puedo estar con Eloísa mientras no arregle lo de los Casablanca —
contestó Mateo—, y no puedo arreglar lo de los Casablanca porque mi padre
me pidió que por lo menos le diera un mes.
—Un mes de qué.
—Un mes saliendo con la chica. Ahora se trata de no herir los
sentimientos del padre, Edgardo Casablanca. Si la rechazo sin haberle dado
una oportunidad, él podría hacerle mucho daño a papá—. Fabián y Juan José
se miraron el uno al otro con una pregunta flotando en el ambiente.
—No aceptaste, ¿verdad? —preguntó al fin Juan José, y Mateo suspiró.
—Es mi padre. Me prometió dejarme hacer lo que quisiera después de eso
—. Fabián miró a otro lado negando, poco conforme con la respuesta de su
amigo—. Nunca me ha mentido —aseguró Mateo—. Es un hombre de
palabra… y le debo todo en la vida; si debo sacrificarme un poco… lo haré
por él.
—Podrías estar perdiendo a Eloísa.
—Ni lo digas…
—¿Y qué dice ella? Me refiero a Eli.
—Simplemente me dijo que… hasta que no solucionara eso… lo de los
dos quedaba en pausa.
—Al menos es pausa y no punto final.
—Está confiando mucho en ti… o tal vez no le importa.
—Dios, no lo sé. Quiero pensar que sí… Ella… no es una mujer fácil.
—Ya eso lo sabías —sonrió Fabián—. Y, aun así, te enamoraste—. Mateo
sonrió admitiéndolo. Miró a Juan José y le puso una mano en el hombro.
—¿Cómo fue que soportaste estar un año lejos de Ángela en aquella
época?
—No lo soporté. ¿Quién dijo que lo soporté? —Fabián se echó a reír
viendo a sus dos amigos y le dio un trago a su bebida preguntándose por qué
diablos había estado deseando enamorarse, si al parecer era horrible.
Una adicción con una muy mala abstinencia, pensó.

Eloísa se vio a sí misma frente a la casa de Ángela y se recostó en el


asiento del conductor dentro de su auto. Había llegado hasta aquí porque
imaginaba que se deprimiría si se quedaba sola en su apartamento, pero ahora
se daba cuenta de que tampoco quería alboroto a su alrededor, y eso era lo
que seguramente había en una casa con dos niños.
Tal vez debía irse.
Habían sido ya tres días largos y horribles desde que Mateo y ella
pausaran su relación. La tentación de llamarlo había sido muy fuerte, sobre
todo cuando le llegaban mensajes de él.
Él le escribía de vez en cuando. Le pedía que se abrigara porque habría
lluvia, le daba los buenos días, las buenas noches… La estaba volviendo loca,
porque luego soñaba con él y la noche se volvía un calvario.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la voz de Ángela asomándose a la
ventanilla de su auto y Eloísa se sorprendió un poco. Se había quedado aquí y
no se había dado cuenta de que su amiga había salido de la casa y se había
acercado.
—Ah… hola, Ángela.
—Entra. Hace frío aquí afuera—. Eloísa hizo caso. Sacó su bolso y entró
tras su amiga.
La casa estaba silenciosa, nada de ruido de niños, lo que le pareció
extraño.
—Estás dormidos ya —contestó Ángela a su silenciosa pregunta—.
Tenemos la casa para las dos —le sonrió su amiga—. Juan José tampoco está.
—¿Salió?
—Fue a verse con Mateo y Fabián.
—Ah.
—Noche de chicos, ya sabes.
—Imagino que ellos también lo hacen —Ángela le ofreció asiento y la
observó. Eloísa lucía un tanto apagada, sin la energía de siempre—. ¿No te
van bien las cosas? —Eloísa hizo una mueca y se recostó al espaldar del sofá
donde se había sentado. Se cubrió los ojos con una mano y suspiró.
—No pensé que me fuera a dar tan duro separarme de Mateo. Creí que lo
manejaría bien, que lograría controlar… Pero no es así, no controlo una
mierda. Esto da asco—. Ángela sonrió un poco triste.
—¿Y por qué te separaste?
—¡Está comprometido con otra mujer!
—No es cierto.
—Pero tiene que solucionarlo. ¿Y si se llega a casar? ¿Qué vendré siendo
yo?
—¿De verdad crees que Mateo cederá y se casará con esa extraña?
—No lo sé, pero en vez de quedarme a esperar a ver qué hace él, prefiero
cortar por lo sano. Si me está doliendo así cuando las cosas apenas
empezaban, ¿te imaginas después?
—Estás enamorada, Eli.
—Claro que no. Pero si no me detengo a tiempo, sí que me enamoraré —
Ángela miró el techo sin poderse creer la terquedad de su amiga.
—Que ya estás enamorada, te digo.
—Y yo te digo que no. Conozco muy bien mis sentimientos. No estoy
enamorada.
—Oh, como digas. Entonces… ¿qué nombre le das tú a ese malestar que
tienes ahora? Sólo hace unos días dejaron de verse y ya te apareces aquí
como una sonámbula.
—Como siempre, exagerando.
—¿No has tenido la tentación de llamarlo? ¿De decirle que no importa,
que regrese?
—¡Claro que no!
—¿Y no lo extrañas por las noches en tu cama? —Eloísa se sonrojó de
inmediato. Apoyó la barbilla en la palma de su mano mirando a otro lado sin
contestarle, y en ese momento, una mujer se acercó a las dos ofreciéndoles
algo de tomar.
Ángela nunca había tenido servicio doméstico interno, sino que contrataba
personas que limpiaran por días, y que le cocinaran de vez en cuando.
—¿Desde cuándo tienes personal permanente? —Ángela suspiró
aceptando el cambio de tema de su amiga.
—Desde que me enteré de que estoy embarazada. Juan José dice que el
cuidado de dos niños y mi estado ya son demasiado para mí, así que me
contrató ayuda permanente.
—Qué considerado.
—Lo es. Y es una gran ayuda. Debí haberlo hecho antes. Pero sigamos
hablando de lo otro. ¿Hasta cuándo planeas esperar por él? —Eloísa cerró sus
ojos con fuerza y se puso en pie.
—¿Esperar? ¿Estoy yo para esperar?
—¿No lo estás?
—Si veo que las cosas en vez de solucionarse, lo que hacen es
complicarse… lo terminaré todo sin remordimientos.
—Eso podría tomar meses.
—¿Crees que le tome meses? —Ángela sonrió.
—Recuerda lo que me pasó a mí. Yo también me quedé aquí esperando a
que Juan José se decidiera por mí, que me presentara a su familia y
formalizara al fin las cosas… y no pasó de inmediato. Por el contrario…
—Ya sé, ya sé… pero…
—Y estábamos casados.
—No me estás dando ninguna esperanza, Angie.
—Ah, ¿viniste aquí por esperanzas?
—No seas mala conmigo. Siento ganas de llorar.
—Porque estás enamorada.
—¡Que no, caray!
—¿Por qué te empeñas en negarlo?
—Porque en el momento en que acepte que me enamoré, estoy perdida,
Angie, ¿me entiendes? —exclamó Eloísa mirándola furiosa—. No puedo, no
puedo enamorarme, mucho menos de alguien que su vida está siendo
organizada por otros y tal vez se case. No puedo darme el lujo de que me
vuelvan a romper el corazón de esa manera, por lo tanto, ¡no estoy
enamorada! ¡No lo estoy, no lo estoy! ¡Me importa un comino Mateo
Aguilar! —Eloísa se volvió a sentar en el sofá respirando un poco
afanosamente, como si le costara, o tal vez impidiéndose llorar.
Ángela guardó silencio apretando sus labios y respirando profundo.
Comprendía a su amiga, la comprendía bien.
Decidió dejarla en paz. Si esta era su manera de proteger su corazón, que
lo siguiera haciendo. Ella misma no podía meter las manos al fuego por
Mateo. Era difícil desligarse de las ataduras familiares. A Juan José le había
costado, a Carlos mismo le tomó tiempo aceptar que se había enamorado de
alguien que no encajaba en su círculo.
A Eloísa no le quedaba otra opción que ser fuerte. Tal vez la vida la
sorprendiera de manera grata.
…13…
—Tengo un retraso —le dijo Paula a Silvia, con la voz temblorosa y los
ojos anegados en lágrimas. Silvia dejó el libro que estaba leyendo y miró a su
hermana sintiendo que se le helaba la sangre—. ¿Qué voy a hacer? —
preguntó Paula sentándose frente a su hermana—. Lo arruiné. ¡Lo arruiné!
—Espera —le dijo Silvia poniéndose en pie y ubicándose frente a ella. En
un susurro le preguntó: — ¿Ya te hiciste la prueba? —Paula negó.
—¡Pero tengo un retraso!
—Eso podría deberse a cualquier cosa. Al estrés que estás llevando estos
días, por ejemplo.
—Ay, Silvia. ¿En serio? Eso es… casi seguro que estoy embarazada… ¡de
nadie! Porque él… no está, ¡no existe! No existe en las redes, nadie sabe de
él, como si me lo hubiese imaginado, ¡y sí, eso me está volviendo loca!
—Saldré y te traeré una prueba casera —dijo Silvia movilizándose de
inmediato—. No te muevas de aquí, vendré en unos minutos—. Paula se
quedó allí, en la Biblioteca donde su hermana mayor adoraba venir a leer
libros o simplemente escuchar música. También aquí ella y sus hermanos
venían a hacer sus deberes, porque era el espacio más propicio para ello.
¿Qué pasaría si en verdad estaba embarazada? ¿Qué pasaría si en su
vientre llevaba un bebé? Ni siquiera era mayor de edad.
La regañina de Ana no se podría evitar. Para fin del año escolar la panza
ya se le notaría, así que tendría que olvidarse de su fiesta de graduación, eso
en el caso de que la dejaran seguir en ese colegio, donde las normas eran tan
estrictas.
Tendría que cambiar de colegio, cambiar de vida, tendría que olvidarse de
la universidad, o aplazarla porque, ¿cómo iba a estudiar y a la vez criar un
bebé tan pequeño?
Todo lo que había planeado en su vida, todo lo que había soñado, hoy
mismo podría echarlo por tierra, porque había sido una tonta que se entregara
sin reparo ni miedo a un amor que ya le había demostrado que no valía la
pena.
Se había adelantado a vivir experiencias que todavía no le tocaban, y no
tenía excusa. Hoy en día nadie tenía excusa; ella había arruinado un futuro
fácil y cómodo por muy poco a cambio. Ahora le tocaría difícil, y se sentía
avergonzada y decepcionada de sí misma. No era esto lo que había planeado,
y ella misma, la principal interesada en que sus planes salieran bien, lo había
echado todo a perder.
No supo cuánto tiempo estuvo allí en la biblioteca, mirando al vacío y
lamentándose por su propia ingenuidad y torpeza. Silvia entró tal y como
había prometido, pronto, y le señaló la pequeña bolsa que contenía unas
cajas.
—Ven al baño para que te las hagas—. Paula se puso en pie. Silvia le pasó
la bolsa y la empujó suavemente hacia el pasillo. Pero no llegaron a él. Ana
las detuvo en la puerta. Venía con una sonrisa en el rostro y el teléfono en la
mano, pero cuando vio la cara de sus hermanas se detuvo.
—¿Qué pasa? —les preguntó.
—Na… nada —titubeó Silvia, y Ana frunció el ceño. Paula escondió la
bolsa a su espalda, pero eso llamó más la atención de Ana, que se les acercó
lentamente.
—¿Me esconden algo?
—Nada, ¿qué te vamos a esconder?
—¿Por qué están tan pálidas entonces?
—Ideas tuyas. Vamos…
—Paula —llamó Ana, esta vez con un tono de voz un poco autoritario.
La adolescente miró a los ojos a su hermana mayor sintiendo que se iba a
derretir aquí, o que iba a hacer autocombustión. Cualquier cosa menos
desaparecer, que era lo que deseaba. Ana se acercó a ella y extendió la mano
hasta quitarle la bolsa que tenía en las manos.
—Pero mujer —se quejó Silvia—, por qué eres tan… —se detuvo al ver la
reacción de Ana, que dejó caer la bolsa como si dentro hubiese encontrado
una cucaracha.
—¿Cuál de las dos planeaba hacerse una prueba de embarazo? —Ana
miró a una y a otra, y encontró fácil la respuesta. Paula era la que había
estado llorando, la que más desesperada y asustada parecía.
Su pecho le dolió, el corazón, los pulmones, se quejaron dentro de ella. O
tal vez era su alma. Le estaba doliendo el alma por su hermanita menor.
—¿Paula?
—Ana, lo siento —lloró ella, y no pudiendo evitarlo más, rompió en
sollozos.
Silvia se rascó la cabeza como si no supiera qué hacer o qué decir. Ana
miraba a una y a otra tratando de procesar la información. Pero no había
mucho que procesar. Si Paula tenía la sospecha de que estaba embarazada, no
había otra salida más que salir de la duda.
Dejó salir el aire y cerró sus ojos invocando la calma. Cuando supo que no
se echaría a gritar, tomó la mano de su hermana y la llevó consigo.
—Ana… Ana… a dónde me…
—Al médico —le dijo Ana—. Las pruebas caseras no son cien por ciento
confiables, así que vamos a hacerte una prueba de sangre.
—Ana, ten cuidado —le pidió Silvia.
—Ah, ¿yo debo tener cuidado? Tu hermana podría estar embarazada y
tiene sólo diecisiete años ¿y soy yo la que debe tener cuidado?
—La estás lastimando —dijo Silvia señalando su mano en un tono de voz
bajo. Ana miró el brazo de Paula, y aunque ella no se quejaba, era cierto que
la estaba lastimando. Aflojó un poco sin soltarla y la llevó hacia el garaje
donde estaban aparcados los autos de la familia, la condujo hacia el que ella
prefería y la hizo entrar.
—Tú no vas —le dijo Ana a Silvia.
—Pero…
—Te quedas aquí—. Silvia miró a Paula en una disculpa por no poder
seguir ayudándola en esto. Ana entró al auto sentándose en el puesto del
conductor, metió la llave en el contacto y sin perder el tiempo, salió por el
camino hacia la calle.
Paula estaba llorando. En silencio, pero lloraba.
Las manos le temblaban y no podía dejarlas quietas. Inevitablemente, Ana
recordó a Ángela.
Aquella vez, ella había estado en la cocina cuando escuchó los alaridos de
Orlando Riveros. Fue testigo de los gritos de ella pidiéndole misericordia, y
cómo, al cabo de los minutos, los gritos de ella habían cesado. Todo el
personal se había quedado lívido de terror al imaginarse a un hombre así de
grande pegarle y golpearle a una mujer tan pequeña como Ángela. Sólo era
una niña de diecinueve en ese entonces, y aunque no era la primera vez que él
le ponía la mano encima, sí que estaba siendo la peor de todas esas veces.
Lo que había podido deducir de ese entonces, es que Ángela se había
enamorado y acostado con un chico.
No podía juzgarla. En ese entonces, ella nunca se había enamorado y no
entendía mucho que una mujer olvidara todo y se entregara así. Pero le era
fácil comprender que, ciertamente alguien como Ángela, tan hambrienta de
amor, de un toque tierno, se hubiese entregado al primero que le dijera
palabras bonitas.
Ella no planeaba pegarle a Paula en caso de que sí estuviera embarazada.
Le dolería el corazón y el alma, pero no le pondría una mano encima, pues si
lo hacía, estaría rebajándose al nivel de Orlando, o de su misma madre. Pero
del mismo modo, no comprendía cómo Paula había caído como había caído
Ángela. ¿Estaba ella tan hambrienta de amor? ¿Se sentía tan sola, tan sedienta
de cariño, que había cedido a entregarse al primero que le dijera algo?
—Cuéntame de él —le pidió. Sentía su voz insegura y los ojos se le
habían humedecido porque, por más que se había esforzado, sus hermanos
tenían un vacío en el corazón. Un vacío que nadie podía llenar. La evidencia
estaba en que Silvia era cada vez más una mujer fría y decepcionada de la
vida y de los hombres, y Paula, crédula y demasiado presa fácil—. Paula,
contéstame. Quién es él.
—Un… un compañero del colegio.
—Dime su nombre…
—Para qué.
—Para ir a su casa y pedirle que ponga la cara ante la situación en caso de
que dé positivo.
—Él no está. Se fue del país.
—¿Se fue del país? ¿Cómo así? ¿Le contaste y se largó?
—No… se fue… hace varios días ya. Poco después de que…
—Ah, se acostó contigo y se largó. O sabía que se iba a largar, que se
libraría de toda responsabilidad y se acostó contigo.
—Ana, por favor…
—Qué. ¿No debo decir ciertas palabras delante de ciertos oídos inocentes?
—Lo siento —lloró Paula—. Lo sé. Ya no soy inocente… Lo siento por
defraudarte de esta manera. Siento el haber echado a perder todo… lo siento
—. Ana suspiró. Tenía un nudo en la garganta que no la dejaba pensar, ni
respirar bien, ni hablar de modo adecuado. Miró a Paula y no pudo evitar
imaginarse cómo se estaba sintiendo. Oh, ella se estaba sintiendo fatal, sí, un
poco defraudada, pero Paula… ponerse en los zapatos de ella no era sencillo.
Llegaron al centro médico y Ana de inmediato pidió atención. Sin poder
evitarlo, se acercó a su hermana y le recogió el cabelló, que lo tenía casi todo
en el rostro.
Sonrió internamente. Su hermana era bonita. Siempre había opinado que
Paula era la más bonita de todas ellas. Tan dulce, tierna y tan ingenua. Había
sido presa de un imbécil que seguramente sabía más del mundo y de la vida
que ella, pero cuando lo encontrara le haría pagar. Ah, sí, porque esto no se
iba a quedar así.
Llamaron a Paula y Ana entró con ella. Le extrajeron sangre y la
enfermera que la atendió fue bastante silenciosa, tal vez no muy sorprendida
de que fuera a una adolescente a la que había que hacerle la prueba.
Los minutos de espera se pasaron lentos para Paula. Cuando al fin la
llamaron, ya incluso estaba sintiendo que llevaba allí esperando toda su vida,
había alcanzado a verse a sí misma con un bebé en el salón de clases de
alguna universidad pidiendo permiso porque tenía que darle el pecho o
cambiarle el pañal, o porque no dejaba de llorar…
Ana recibió el resultado y lo leyó primero. Paula la miró fijamente
tratando de leer sus facciones, pero Ana sólo dejó salir el aire y miró a otro
lado. Sin mirarla, le pasó el resultado a Paula.
Paula lo recibió, pero le pareció que todo estaba en chino. No entendía un
comino lo que estaba allí, sólo columnas de palabras en algún idioma raro y
nada que le dijera si estaba embarazada o no.
—Señorita… —le pidió a la enfermera que estaba detrás del mostrador,
pues Ana se había retirado hacia la salida—. ¿Me podría decir qué significa
esto? —Sin perder tiempo, la enfermera tomó el papel y lo leyó por ella.
—Resultó negativo —le dijo—. La prueba de embarazo dio negativo.
—Oh… Gra… gracias—. La enfermera no contestó, pues volvió a
ocuparse en sus asuntos. Paula apretó el papel contra su pecho y cerró sus
ojos—. Gracias —oró—. Te prometo que… jamás, jamás, jamás en la vida
me pondré a mí misma en esta situación… creo que no volveré a acostarme
con un hombre hasta que esté casada—. Barrió una lágrima de su mejilla y
deseó que fuera la última por una causa así. Dobló el papel del resultado y
salió detrás de Ana, que la esperaba a un lado de la puerta de salida. Paula se
acercó a ella y vio que su hermana mayor, la recia y dura Ana, había estado
llorando.
— ¿Me… me perdonas?
—Paula, no nos vuelvas a hacer esto.
— ¿Me perdonas? —insistió Paula, y Ana la atrajo a su pecho y la abrazó
—. No volverá a pasar —le dijo respondiendo a su abrazo con fuerza—. Te
lo juro. No volverá a pasar.
—Debes tener cuidado. La vida… la vida te puede cambiar en un instante.
—Lo sé.
—No todo el que te dice que te ama y te hace promesas está hablando en
serio. Debes aprender a saber cuándo es verdad y cuándo intentan
embaucarte. Es difícil, pero entre más cuidadosa seas, mejor—. Paula cerró
con fuerza sus ojos al recordar que a ella ni siquiera le habían dicho que la
amaban. Pero eso no lo podía decir, porque entonces parecería más patética y
estúpida de lo que ya era—. Vamos a casa. Hay que preparar la cena.
—No quiero que Carlos lo sepa.
—Quedará entre nosotras, no te preocupes.
—Gracias, Ana. Gracias, de verdad.
—La mejor forma que tienes de agradecerme… es seguir siendo una chica
buena, excelente en los estudios, y ahora… más avezada en contra de los
hombres que intentarán volver a jugártela.
—Oh, eso no pasará.
—Bien, me alegra. Hay hombres buenos, pero Dios, hay que escarbar
tanto entre la mierda para poder encontrarlos… —Paula se echó a reír, y se
dio cuenta de que era la primera vez que reía de verdad divertida en varias
semanas. Respiró profundo; un peso se le había quitado de encima. Su
corazón seguía un poco roto, pero con ese aún podía continuar. Su vida podía
volver a ser como la había planeado, seguía casi intacta.
Entró con Ana en el auto y dobló cuidadosamente el papel que contenía el
resultado. Era una especie de recordatorio, lo mantendría cerca para cuando
se le olvidara que el control de tu vida se te podía ir de las manos en
cualquier momento.

—¿Te diviertes? —le preguntó Lineth a Mateo.


Estaban en la inauguración de un bar. El propietario era amigo de Lineth,
por lo que la chica era del selecto grupo de invitados, y había arrastrado a
Mateo allí para empezar a exhibir a su nuevo novio. Y Mateo sentía que
estaba en el infierno mismo.
La música estaba alta, los tragos de diferentes licores, mezclas y colores
iban y venía de mano en mano y la gente no hablaba, sino que gritaba.
Cuando vio fotógrafos disparando sus flashes sin discriminación, tuvo la
tentación de salir corriendo. No quería ser fotografiado con Lineth. No quería
que Eloísa lo viera así, no quería estar aquí, mierda.
—La verdad, no. Quiero irme.
—No seas aguafiestas. ¿No te gusta el ambiente?
—Mi ambiente es muy diferente —le dijo Mateo adoptando su pose más
esnob posible—. Prefiero estar en un lugar tranquilo, sin ruido, y ojalá con un
libro en la mano.
—Estás mintiendo —rio Lineth—. Nadie en su sano juicio preferiría algo
así.
—Por mucho que te sorprenda —insistió Mateo—, ese es mi ambiente
ideal. La calma, el silencio… un espacio para meditar y pensar en… Dios…
—¿Qué? —preguntó Lineth espantada.
—¿Esto se demora mucho? ¿Crees que antes de la media noche ya acabe?
—¡Pero si acabamos de llegar! La media noche es apenas el inicio de la
fiesta. ¡Esto va para amanecer!
—No se me da bien trasnochar —se lamentó Mateo.
—Bébete un trago de ese excelente whiskey que tienes en las manos y
verás cómo se te prenden las ganas de divertirte.
—El licor es nocivo para la salud. Obliga al hombre a hacer cosas que no
quiere y… —Lineth blanqueó sus ojos y se alejó de él tal vez buscando a
alguien menos anciano de corazón para que se divirtiera con ella. Mateo cerró
sus ojos y respiró profundo.
Era mentira, mentira, mentira. Sí quería estar aquí, pero con Eloísa, no con
esa tonta.
La traería luego, pensó. Cuando se solucionara todo, la traería; bailarían,
se embriagarían y luego reirían como tontos hasta caer rendidos en cualquier
rincón.
—Espérame, Eloísa, por favor —le pidió desde aquí. Deseando tener el
poder de hacerle oír los gritos de su corazón.

Eloísa miró su reloj. Eran las seis de la tarde del viernes y no tenía plan
para este fin de semana. No tenía a dónde ir, ni con quién. Su madre le había
dicho que se fuera con ella en vacaciones de semana santa con ella a
Trinidad, y lo estaba pensando seriamente. Quería despejarse. Tal vez en el
pueblo de su infancia encontrara un poco de paz.
Caminó hacia la calle y miró a un lado y a otro antes de cruzar. Su auto
estaba en revisión, así que hoy tendría que tomar un taxi para llegar a casa,
sola, a deprimirse.
Era un poco insultante para ella ver cómo el llegar a un apartamento solo
ahora era motivo de tristeza. Cuando recién se independizó de sus padres,
llegar a ese espacio era la libertad total, lo mejor del mundo mundial. Por fin
un lugar donde nadie la miraba de manera analítica, podía andar en bragas, o
desnuda, sin que nadie la reprendiera. Podía no hacer la limpieza, o pasarse
todo el día haciéndola. Podía llegar en la madrugada o no llegar. Era libre,
libre, libre…
Sus padres nunca fueron demasiado restrictivos con ella, igual podía salir,
viajar, tener sus amigos o novios, pero era ley que todo hijo los viera como
carceleros, y Julio y Beatriz lo eran para ella, por muy permisivos que hayan
sido. Tenía ese concepto de libertad un poco sobrevalorado y había celebrado
con bombos y platillos el vivir sola.
Pero ahora vivir sola había perdido su encanto. Ya no tenía con quién
venir a criticar las películas, ya a nadie le contaba cómo le había ido el día.
Ya no tenía a quién mandarle un mensaje de buenos días.
Sonrió cuando recordó que una vez le había mandado un mensaje de
buenos días a Mateo siendo que lo tenía al otro lado de la habitación. Eran
bonitas costumbres que no quería perder.
Pero estaba perdiéndolo a él.
Entró a una cafetería y pidió una bebida cualquiera con un
acompañamiento cualquiera y se sentó a una de las mesas a esperar.
Ir a donde Ana sería muy patético, lo mismo que ir otra vez a donde
Ángela. Debía ser fuerte y pasar este trago amargo sola. Tenía que poder, no
había otra opción.
—Mira a quién tenemos aquí —dijo una voz a su espalda. Un poco
sorprendida, Eloísa se giró a mirar. Era nadie menos que Camilo Mendoza—.
La novia del año —concluyó él, y soltó una risita tan desagradable que Eloísa
sintió que se le erizaba el cuerpo.
—Qué haces aquí.
—Moría de ganas por verte, linda. Ahora que ya no gozas de la protección
de tu súper novio, me imaginé que podría acercarme sin problemas, y aquí
estás. ¿Qué pasó con ese novio maravilloso que te defendió a capa y espada?
—¿Y a ti qué te importa?
—Se fue a defender a otras damiselas? —Eloísa quiso ponerse en pie, pero
Camilo le tomó un brazo obligándola a permanecer sentada. Luego, puso
sobre la mesa en la que había estado una página del periódico—. Hace pocas
semanas eras tú la que estaba colgada de su brazo, mira ahora. ¿Quién es esta
rubia? —Eloísa miró la fotografía. Esa debía ser la chica con la que Diego
Aguilar quería comprometer a su hija. Se la veía pegada a Mateo mirándolo
como si fuera algún dios griego, y él simplemente miraba a otro lado como si
fuera muy normal tener mujeres colgadas así de él.
—¿Qué te importa a ti quién es esa rubia?
—Oh, ¿no es la única vez que se los ha visto, sabes? Estuve
investigando…
—Parece que tienes mucho tiempo libre.
—Después de lo que él me hizo, ¿crees que me iba a quedar de brazos
cruzados? Están saliendo. Se les ha visto ir y venir por ahí, juntos, tomados
de la mano, y etc.
—Lárgate, Camilo.
—¿Ya no es tu novio?
—¿Por qué te interesa tanto lo que haga con mi vida?
—No seas ilusa. No me interesa. Sólo me causa diversión ver que sí que
eres esa niña patética de antes. No eres lo suficientemente bonita como para
mantener a ningún hombre interesado, mucho menos a alguien con tanto
dinero y mujeres cayéndole a los lados. Él pudo remplazarte muy fácil, ¿no
ves? Pobrecita Eloísa—. Él iba a decir algo más, pero Eloísa no se lo
permitió. Se puso en pie y le dio una bofetada tan fuerte que todos los que se
hallaban a esa hora en la cafetería voltearon a mirar.
—¡Abusivo! —gritó. Uno de los que atendían se acercó a preguntar qué
sucedía—. Este hombre me está molestando —exclamó Eloísa—. Es un
abusivo, un violador. ¡Llamen a la policía!
—Qué estás haciendo, estúpida.
—¡Aléjate de mí! ¡No te acerques! —Camilo miró a todos cuando, sobre
todo los hombres que antes habían estado por allí comiendo muy tranquilos,
ahora se ponían de pie y se encaminaban a él con toda la intención de hacerle
algo muy feo.
—¡Ella está mintiendo! —gritó—. ¿De veras creen que yo podría hacerle
algo?
—¡Me maltrató, e intentaba llevarme afuera! —volvió a decir Eloísa,
mostrando su brazo un poco enrojecido, donde antes él la había tomado
reteniéndola e impidiéndole levantarse. Camilo miró el brazo. No la había
agarrado con tanta fuerza como para hacerle ese rojo en la piel. Ella misma se
lo había hecho.
—¡Estúpidas mujeres! —gritó—. ¡Creen que siempre tienen las de ganar!
Gritan y todo el mundo corre a ayudarlas. ¡Estúpidas!
—Tú cállate, imbécil —dijo uno de los hombres—, me están fastidiando
tus grititos de loca.
—Que alguien llame a la policía.
—Estás bien? —le preguntó una señora a Eloísa, que asintió con deseos de
llorar.
—¿Quieres que pongamos una denuncia? —Eloísa miró a Camilo. Él
abrió grandes sus ojos preguntándole con la mirada si iba a ser capaz.
Lo tenía en sus manos, pensó. Había venido por lana y había salido
trasquilado.
—No importa —contestó ella—. Que aprenda que con las mujeres no se
debe meter—. Le echó una última mirada amenazadora y salió de la cafetería.
Extendió la mano y un taxi se detuvo. Una vez dentro, suspiró sintiéndose un
poco miserable. Había ganado otra vez contra Camilo, pero él había clavado
una estaca en su pecho al mostrarle esa fotografía de Mateo.
Le dolía demasiado el corazón.
…14…
—La verdad es que no lo entiendo para nada —dijo Beatriz entrando al
auto que la llevaría al teatro. Ella y su esposo habían sido invitados para que,
tal vez, en el futuro Julio hiciera de mecenas para la compañía que presentaba
hoy un estreno, y había conseguido que Eloísa viniera. La pobre parecía tan
triste que tenía ganas de ir y buscar a Mateo y darle un buen puntapié—. Me
pareció tan encantado contigo —siguió Beatriz—, tan enamorado…
—Mamá… —le pidió Eloísa entrando a los asientos de atrás después de su
madre. Pero Beatriz no se detuvo.
—No me explico cómo, de la noche a la mañana, aparece que está
saliendo con esa muchachita. Y no una vez. ¡Varias! ¡Es que parece que se
estuviera exhibiendo! No pueden ir al baño porque ya sale en los diarios.
¿Qué se ha propuesto?
—No importa, mamá —dijo Eloísa. Julio entró tras ella y cerró la puerta
luego de acomodarse.
—Sí importa, sí importa. ¡Es que donde me lo encuentre, me va a
escuchar!
—No vas a hacer tal cosa. Eso es entre él y yo… Y no soy una niña que
necesite que sus papás la defiendan.
—Eres mi niña —intervino Julio al fin—. Y yo haré que te respeten.
—No, papá. No vayas a hacer ninguna locura. Mateo y yo somos adultos,
sabemos lo que hacemos.
—Se nota que saben lo que hacen —masculló Julio sin decir nada más.
Beatriz, en cambio, no quiso quedarse callada, y Eloísa no pudo más que
seguir escuchándola.
Llegaron al teatro y bajaron del auto. Se encontraron con amigos,
conocidos, y uno que otro reportero que anunciaba el estreno al que asistían.
Eloísa trataba de sonreír pareciendo normal, pero entonces, a la distancia, vio
llegar a Mateo con esa rubia del brazo.
En cuanto lo vio, les dio la espalda. Respiró profundo varias veces y tragó
saliva. No pasa nada, se repetía. Todo está bien, no tengo por qué sentirme
celosa.
Pero sí que estaba celosa, muy celosa. Quería ser ella quien se agarrara de
su brazo, le sonriera y dijera cosas al oído.
No pudo evitar la tentación de volver a buscarlo con la mirada, y se
encontró con que él la miraba a ella con una pregunta en los ojos. Qué, quiso
preguntar ella. Qué quieres saber de mí, si tú te ves tan bien ahí.
—¿Esa es la mujer? —le preguntó Beatriz, quien también los vio. Eloísa
asintió sin decir una sola palabra—. No es tan bonita en persona —siguió
Beatriz, siempre dispuesta a presentar batalla por sus hijas. Eloísa la miró
sonriendo agradecida.
—No, no lo es —rio ella. Pestañeó ahuyentando las lágrimas que le habían
brotado—. Y es muy bajita.
—Demasiado bajita para él, que es tan alto. Parece que, en vez de llevar
una mujer del brazo, le cuelga un llavero del bolsillo —Eloísa soltó la
carcajada, intentó disimular su risa, pero no pudo.
Mejor reír que llorar, se dijo, y siguió riendo.
No pudo atender al primer acto; tenía la mente en otro lado, y no tenía ni
idea si esto era comedia, o tragedia, o de qué iba todo. No podía dejar de
pensar en él, en lo guapo que estaba, y en esa pregunta en su mirada. Qué, se
repetía ella en su mente; qué quieres que te diga.
Beatriz la miraba de reojo, pero ella disimulaba elevando su mentón y
fijando sus ojos sobre los actores en la tabla. Estaba siendo una noche de
perros.
En cuanto bajó el telón y empezó el entreacto, Eloísa se puso de pie y le
anunció a sus padres que iría al baño. Beatriz no alcanzó a decirle que ella
también iría; Eloísa se alejó como si tuviera algún problema estomacal.
—¿Tienes algún problema con los Aguilar? —le preguntó Beatriz a Julio.
Él la miró extrañado y negando.
—Claro que no.
—¿Has impedido alguna vez que sus negocios se realicen?
—No. ¿Por qué me preguntas eso?
—¿Qué razón podría tener Diego Aguilar para no aceptar a nuestra niña?
Fue él quien le organizó esta relación a Mateo con esa rubia. Quiere decir que
no quiere a nuestra hija en su familia, como si nos considerara inferiores.
—Ya sabes cómo es esa gente, ven a todo el mundo por encima del
hombro—. Como Beatriz lo siguió mirando interrogante, Julio suspiró—.
Mujer, nunca he tenido un sí o un no con ese hombre; creo que, si lo he
saludado una vez en toda mi vida, ha sido mucho. Sé de ellos porque son muy
nombrados, pero nunca me he puesto en su camino, ni ellos en el mío. Hasta
ahora, que menosprecian a la niña de esa manera.
—Tiene que haber algo.
—Es un clasista, ese Diego Aguilar. Tenemos nuestro estatus, nuestro
dinero y cierta popularidad, pero, aun así, considera que nuestra hija no le da
la talla. Y si ese Mateo estuviera lo suficientemente enamorado, lucharía por
ella sin importar qué.
—¿Lo crees?
—Claro que sí. Si la quiere, que la pelee. Si no tiene el suficiente coraje,
no creo que sea el apropiado para una mujer tan aguerrida como lo es nuestra
hija. Ella no merece cobardes que no son capaces de pelear por ella.
Beatriz miró en la dirección en la que se había ido Eloísa preguntándose si
acaso era cierto y su hija se estaba librando de alguien que no la merecía.
Estaba de acuerdo con Julio en eso, y sabía que su hija no daría su brazo a
torcer, era demasiado orgullosa para eso.

Eloísa se miró en el espejo considerando que su maquillaje estaba


perfecto. No había señal de que había llorado.
Odiaba admitirlo, se había encerrado en el baño y había llorado como una
magdalena, como si hubiese sido la única manera de sacar fuera todas las
amarguras vividas durante las últimas semanas. Había llorado de rabia, de
dolor y también de amargura; odiaba no poder hacer nada, que todo
dependiera de otros, de él. Odiaba que no estuviera aquí a su lado, riendo con
ella, abrazándola y siendo el mismo de siempre.
Odiaba haber empezado esta relación sólo para, luego, salir lastimada.
Había tenido razón en rehusarse a empezar algo con él, había tenido razón en
alargar las cosas un año, pero él, terco, había esperado, y ella, idiota, había
terminado enamorándose.
Por más que había protegido su corazón con cadenas y corazas, él había
logrado escabullirse, y una vez dentro, lo había hecho pedazos.
Lo estaba haciendo pedazos, y diablos, dolía.
Respiró profundo desatando el nudo en su garganta. No iba a empezar a
llorar de nuevo. Al fin había controlado sus emociones y reparado su
maquillaje.
Sólo quedaban diez días para que se venciera el mes de espera que Mateo
le había pedido, pero ya no lo soportaba. Tendría que hablar con él y decirle
que, al fin de cuentas, no quería seguir así. No tenía por qué esperar a nadie,
no se merecía estar llorando por nadie. Antes de su absurda propuesta de
acostarse con él, ella era una mujer libre, feliz, que miraba al futuro con cierta
tranquilidad y seguridad, porque, aunque no tenía a nadie en su corazón,
tampoco tenía a nadie que le provocara dolor en él.
Odiaba esto, odiaba su debilidad, odiaba la persona en la que se estaba
convirtiendo. Necesitaba volver a ser la Eloísa de antes, así que debía ponerle
fin a esto.
Sí. Lo llamaría y le diría que esto se había acabado. Ya no iba a esperarlo
más. Lo más probable era que él se casara de todos modos con ella y la dejara
como cosa que no valió la pena.
Antes de que eso sucediera, iba a ser ella quien terminara todo.
Salió del baño, y oh, sorpresa. Ahí estaba él. Parecía como si la hubiese
estado esperando.
—Quiero hablar contigo —le dijo.
Tal vez era ahora de decirle todo lo que había pensado mientras estaba allí
en el baño, pensó. Tal vez este era el momento.
—Sí. Yo también quiero hablar contigo.
—No entres al segundo acto. Ven…
—¿Tiene que ser ahora?
—Sí, Eloísa, ahora—. Él la condujo por unos pasillos hasta llegar a una
sala pequeña y vacía. Había algunos cachivaches arrumados, cosas tal vez de
la utilería del teatro, pero nadie pasaba cerca y probablemente no los
escucharían hablar.
—Ya estoy cansado de esta situación —dijo él cerrando sus ojos y
negando con la cabeza.
—Qué curioso. Era exactamente lo que iba a decirte—. Él volvió a
mirarla. Ella parecía tan serena, tan… imperturbable.
Ni una sola vez durante estas semanas ella había dado muestra de que lo
extrañaba. Siempre había sido él quien enviaba los mensajes primero,
siempre él preocupándose por ella, y en respuesta, sólo obtenía monosílabos,
o alguna carita.
¿Qué estaba haciendo?, se preguntó. ¿Apreciaría ella su sufrimiento?
No importa, no importa, se dijo espantando esas ideas tan pesimistas. No
importa si no me quiere. Yo haré que me quiera.
—Te extraño —le dijo al fin—. No soportaré completar el mes. Eli, te
extraño mucho—. Eloísa desvió la mirada—. Quiero… acabar con todo esto,
quiero tirarlo todo por la borda, pero…
—No tienes el coraje —susurró ella. Mateo la escuchó y frunció el ceño.
—No, tal vez no lo tengo—. Ella sonrió. Por supuesto. He aquí un
cobarde. Decepcionante —Necesito que tú me des ese coraje, Eloísa —
sorprendida, ella elevó el rostro mirándolo fijamente.
—¿Qué? ¿Yo?
—Una sola palabra tuya me dará valor para enfrentarme al mundo, para
dejarlo todo de una vez por todas y empezar de nuevo contigo—. Se acercó
hasta casi rozarla con su cuerpo y le tomó el rostro con sus manos—. Dame
un aliento; una esperanza, aunque sea. Dime que al menos, estos días
separados han sido para ti la mitad de horribles de lo que han sido para mí.
Dime todo, o no me digas nada, para yo al fin saber qué debo esperar de ti en
el futuro.
—Mateo…
—Quiero luchar por ti —susurró él pegando su frente a la de ella, y Eloísa
sintió que las lágrimas que antes había podido controlar, corrían libres otra
vez por sus mejillas—, y presiento que me quieres, pero eres experta
ocultando tus sentimientos y no sé si lo que leo en tu mirada o en tus besos es
real o un espejismo fruto de mi propio anhelo.
Él se alejó un poco para mirarla a los ojos, pero ella permanecía en
silencio.
Terca, terca Eloísa. Debía haber algo que lograra romper ese escudo que
protegía tan bien su corazón.
—Déjalo salir con tu voz —le insistió casi en un ruego—, dime lo que sea,
Eloísa, y seré tuyo eternamente. No importa por encima de quién tengamos
que pasar… —Ella guardó silencio, sólo se escuchaban sus sollozos.
Mateo sentía el corazón apretado en su pecho, contando los segundos,
esperando con ansias que ella al fin dijera algo.
—Es como si… —empezó a decir ella— Es como si dijeras que me
quieres… pero no lo dices—. Él sonrió.
—¿Necesitas escuchar que te quiero para poder decirlo tú? —Eloísa cerró
con fuerza sus ojos—. Te amo —dijo él al fin, decidiendo que esto no se
trataba de una competencia de quién lo decía primero. No era como si fuera a
sentirse más débil por haberlo admitido primero, por el contrario, ahora que
al fin esta frase salía de sus labios, se sentía libre, grande, poderoso—. Desde
hace mucho tiempo que te amo —siguió—. Me gusta todo de ti, y no sólo en
el plano de lo físico. Amo tu forma de ser, tan entregada, a la vez que
desconfiada. Amo tu sonrisa, amo tus ideas a veces arrebatadas, tus
momentos de locura, y aquellos en los que pareces tan sumergida en tus
pensamientos que tengo que tocarte para que vuelvas aquí… Te amo, Eloísa
—. Sin poder soportarlo más, ella se arrojó a sus brazos y lloró libremente.
—Tonto —lo regañó ella—. ¿Y si me amas, por qué dejaste que nos
separaran?
—Lo siento.
—Lo siento, lo siento. ¿Sólo eso vas a decir?
—Creí que estaba haciendo lo correcto.
— ¡Separarse nunca es lo correcto si estás enamorado!
—Pero no me dijiste nada.
—Qué te iba a decir, idiota, si no me preguntaste nada.
—Ahora te lo estoy preguntando —sonrió él. Típico de ella atacarlo—.
¿Sientes algo por mí?
Eloísa lo miró otra vez fijamente. Se secó las lágrimas, sorbió sus mocos y
respiró profundo.
—Odio que estés con esa bruja —le dijo entre dientes—. Odio que no
estés conmigo, que te pasees con ella, que se te cuelgue del brazo. La odio, y
te odio a ti por dejar que lo haga. He estado tan celosa, ¡muriéndome de
celos! Dime si eso no es la peor señal de que me enamoré de ti.
—La peor de todas —rio él y la abrazó con mucha más fuerza.
—Te amo —lloró ella—. Y te odio por eso, pero te amo.
—Está bien. Asumiré mi responsabilidad.
—No te vuelvas a ir. Te mataré si te vuelves a ir.
—No lo haré más.
—Ha sido tan horrible —lloró ella otra vez—. Dios, ha sido tan horrible.
Te he extrañado tanto, tanto… —él al fin la besó. Adoraba esas palabras,
adoraba cada una de ellas, pero adoraba más sus labios, así que la besó, lenta
y profundamente. La rodeó poniendo sus brazos en su delgada espalda
reencontrándose con estas curvas que tanto había echado de menos.
Eloísa lo encerró también entre sus brazos y le devolvió el beso con toda
la dulzura y la furia que tenía dentro. Dulzura, porque al fin lo tenía otra vez a
su lado, y acababa de escuchar las palabras más hermosas que pudieran salir
de su boca; y furia, porque ahora sabía que nunca debieron separarse.
Separarse había sido una tontería. Nada compensaba la ausencia y el dolor.
¡Y estaba tan feliz por amar y ser correspondida!
Él dejó de besar sus labios para ahora concentrarse en su cuello y sus
hombros.
—Estamos… —lo detuvo ella— estamos en un lugar público.
—Oh, mi fantasía —susurró él. Eso la hizo sonreír.
—No haré el amor contigo aquí —le dijo ella separándose. Él la miró un
poco desubicado, preguntándose por qué razón no. Pero ella parecía muy
seria.
Y era verdad. Había una rubia esperándolo en uno de los palcos del teatro.
Podía, podía dejarla ahí tirada y perderse con Eloísa. Pero no debía, joder.
Tenía que hacer las cosas bien. Esa caprichosa podía empezar a hacerle la
vida imposible si tan sólo hacía algo que pudiera considerarse una
humillación, y no le interesaba tener ese tipo de problemas ahora.
Se pasó la mano por el cabello sintiéndose exasperado. Por fin tenía un
momento precioso con su mujer y tenía que separarse para arreglar cosas que
eran más bien de negocio.
—Arreglaré eso —le prometió él—. Espérame más tarde en tu
apartamento—. Eloísa asintió, pero como no lo miró a los ojos, él le tomó la
barbilla y volvió a besarla—. No te fallaré. Tengo que hablar con esa persona
y aclararle algunas cosas.
—Parece que, una declaración de amor ya era bastante romántico, como
para que, encima, me llevaras en volandas hacia la cama olvidándote de todo
lo demás.
—No digas eso. Tú te mereces todos los momentos románticos, y yo te los
daré. Sólo no quiero que nada ensombrezca nuestra historia—. Ella lo miró
un poco sorprendida por esas palabras. Era casi fantástico que él hubiese
entendido su queja—. Espérame, Eloísa, por favor.
—Te esperaré —le contestó ella, sintiendo que lo amaba hoy más que
nunca—. Confío en ti —él sonrió. Volvió a besarla con profundo pesar por
tener que dejarla otra vez, pero con la esperanza de que la separación esta vez
sería de unos pocos minutos.
Eloísa llegó al apartamento sintiendo que flotaba.
Sus padres la habían dejado notando que de repente ella ya no parecía una
sombra ambulante. Se había perdido buena parte de la obra, pero luego había
vuelto y parecía haberse comido alguna lámpara encendida, pues brillaba.
Beatriz había intentado sonsacarle algo, pero nada salía de sus labios.
Quería mantener esto en secreto por ahora; ya luego lo publicarían al mundo
entero, como debía ser.
Caminó hacia su pequeña sala y se detuvo frente al ventanal. Observó las
luces de la ciudad que desde aquí se podían ver y suspiró.
Mateo la amaba, Mateo iba a dejarlo todo por ella.
Cerró sus ojos abrazándose a sí misma feliz, más feliz de lo que jamás
creyó ser. Nunca se imaginó algo así, no se imaginó que él se fuera a
declarar. Esa vez que le propuso que se acostaran, allá en el hospital, había
sido tan frío que casi había querido darle una patada en la entrepierna. Le
había dolido un poco el pensar que él no la consideraba digna siquiera de
dedicarle las típicas palabras zalameras que un hombre solía decirle a una
mujer cuando quería engatusarla.
Ahora tenía mil preguntas qué hacerle. Por ejemplo, ¿desde cuándo la
amaba? ¿Había sido algo a primera vista y había estado callado todo este
tiempo, o había sido ahora que empezaran esta relación? ¿El sexo, después de
todo, había hecho que la amara?
Y algo menos romántico: ¿por qué, si la amaba, había dejado que su padre
los separara?
¿Y qué iban a hacer ahora? ¿Qué les esperaba en el futuro?
Suponía que la respuesta a esa pregunta tendría que construirla entre los
dos, no sólo él debía suponer qué les esperaba, ella tenía voz y voto aquí.
Sonrió mirando al cielo. Sentía que ya no había nada que le pudiera borrar
esta felicidad.
Pasó una hora, y, cansada, Eloísa se quitó los zapatos. Se sentó en el sofá
y decidió esperar allí. Él había dicho que lo esperara aquí, y aquí estaba.
Miró su reloj. La media noche. Tenía hambre, pues antes no había comido
nada, primero porque se sentía deprimida, luego, por exceso de felicidad.
Miró de nuevo su reloj.
Él no había dicho nada de cuánto iba a tardar. ¿Cuánto tiempo necesitaba
un hombre para terminar su relación, una relación falsa, con una mujer?
¿Cuánto tiempo?
Minutos.
“Esto se acabó”. ¿Cuánto podía tomarle a él decir esto? Un par de
segundos y ya.
Se levantó del sofá y caminó a la cocina buscando algo de comer. Sólo
había cereales. No era lo apropiado para comer a esta hora de la noche, pero
igual, tenía hambre, así que se sirvió en un cuenco y volvió al sofá.
Se hizo la una de la madrugada.
Dios, ¿y si le había pasado algo? Tal vez, de camino aquí, se le había
pinchado una rueda, o el motor había fallado, o se quedó sin combustible,
o…
Tomó el teléfono deseando llamarlo, pero se contuvo. Ella había
prometido esperarlo y eso debía hacer.
Se metió en su habitación y empezó a quitarse el vestido. Si llegaba, que la
encontrara en piyama y durmiendo, que no fuera a creer que se había pasado
toda la madrugada esperando.
No, así solía pensar la vieja Eloísa, la desconfiada, la que ignoraba que el
hombre que estaba con ella la amaba. Esta Eloísa debía ser un poco más
asertiva, confiar un poco más.
De todos modos, se quitó el vestido. Sentía que le constreñía el tórax y ya
quería ponerse algo más cómodo.
—Justo así quería encontrarte —dijo la voz de Mateo a su espalda, y ella
se giró casi como un trompo. Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro y
prácticamente corrió a él para colgarse de su cuello.
—Viniste.
—Te dije que lo haría—. Cuando ella no se soltó, Mateo frunció el ceño
un poco extrañado —¿Está todo bien? —le preguntó. Ella asintió, pero no
dijo nada más—. Ah, entiendo —siguió Mateo—. Dudaste de que vendría.
—Lo siento —él sonrió y le besó el cabello.
—Ya empezarás a confiar en mí. Lo primero que debes hacer para
conseguirlo, es creerme cuando te digo que te amo—. Ella cerró sus ojos al
oírlo, como interiorizando esas palabras—. Y si te amo, entonces no dejaré
que nada ni nadie nos vuelva a separar. ¿Me entiendes? —ella asintió ahora
como una niña pequeña, y Mateo se acercó para besarla.
Les esperaba una noche entera de muchos besos.
…15…
—Espera, espera —dijo Eloísa deteniendo a Mateo, que ya iba bajando
sus inquietas manos por su trasero a la vez que dejaba un reguero de besos
por su rostro buscando su boca—. Tenemos que hablar.
—¿Hablar? —se quejó él—. Hablaremos, sí, pero después.
—No, no, no… no creas que puedes ponerme las manos encima sin antes
haber aclarado un par de cosas—. Eloísa se alejó de él mirándolo ceñuda, y
Mateo hizo tal cara de pesar y dolor que Eloísa estuvo a punto de echarse a
reír, sin embargo, se mantuvo seria para su propósito.
—¿Ahora? —preguntó él, y la determinación en la cara de ella le dio la
respuesta. Resignado, se sentó en la cama y se masajeó el rostro como si
llevase resistiendo una gran tensión. Una tensión que se acumulaba en ciertas
partes de su cuerpo. Todas las fantasías que había alcanzado a elaborar en su
camino hasta aquí se fueron esfumando una a una. Dudaba que pudiera llevar
una conversación muy coherente en este estado.
—Sólo unas pocas preguntas —le pidió ella. Mateo la miró de arriba
abajo; la condenada estaba en ropa interior, pues cuando había entrado,
sigilosamente para poder sorprenderla, ella estaba cambiándose el vestido que
había llevado a la presentación de la obra por el piyama.
Una parte de él casi había esperado encontrarla otra vez con aquella bata
de baño y mejunjes verdes en la cara, pero se había encontrado con esta diosa
de la sensualidad que ahora estaba poniendo a prueba su resistencia.
—Cuatro preguntas —regateó él.
—¿Qué? —preguntó Eloísa confundida.
—Sólo podrás hacerme cuatro preguntas —le explicó—, y ya usaste una.
—¡Eres un tramposo! ¡Y no he aceptado ese trato!
—Te quedan tres preguntas, Eli—. Ella estuvo a punto de ponerse a
discutir. ¿Cuatro preguntas?, se repitió. ¿Acaso estaban en un programa
concurso? ¿Planeaba tomarle el tiempo, también? Pero enseguida se repuso y
cruzándose de brazos lanzó la primera pregunta:
—¿Por qué te tardaste tanto en llegar? —él sonrió.
—Sabía que esa sería tu primera pregunta —suspiró.
—Entonces ya tienes una respuesta.
—No lo digas como si hubiese miles —le reprochó—. La verdad es que la
casa de Lineth queda en la mismísima porra; lejos.
—Me imagino, en un barrio de ricos.
—Está en el otro extremo de la ciudad —siguió Mateo—, y a pesar de que
a esta hora ya no hay tráfico, de todos modos, me tomó tiempo. Además, que
me detuve unos minutos a llenar el tanque de combustible… —Él la miró
fijamente. Sus brazos seguían cruzados, como si la respuesta no la
convenciera del todo. Suspiró y procedió a detallarle la noche, tal como,
imaginaba, ella quería—. Está bien, está bien… Veamos… Salimos del teatro
pasadas las diez. Como no fuimos solos, tuvimos que acompañar a sus
amigos a celebrar tomando algo; son fanáticos de las celebraciones, siempre
están buscando un motivo por el que embriagarse, así que tuve que soportar
eso hasta que ya se hizo una hora decente para irnos sin parecer groseros.
Luego la llevé a su casa —siguió—, que, como te digo, es lejísimo; una vez
allí hablamos… No fue difícil —dijo mirándola a los ojos, pidiéndole con la
mirada que le creyera—, ella tampoco estaba muy entusiasmada por casarse,
y menos conmigo—. La cara de sorpresa y enfado de Eloísa casi le hace reír,
ella le era leal y no podía creer que otra mujer no lo encontrara aceptable.
—Esa bruja, llavero colgante…
—¿Qué?
—No. Nada. Pero no me puedo creer que no quisiera… Es decir, eres tú,
¿no?, un excelente partido.
—Gracias —sonrió él—, pero no lo tomes personal. Trabajé duro
haciéndole pensar que soy el hombre más aburrido y sin personalidad del
planeta.
Eloísa quería preguntarle cómo había hecho algo así, pero tenía las
preguntas contadas.
—No eres el hombre más aburrido del planeta, para nada.
—Pero se lo hice creer —rio él—. Siempre quería irme temprano,
exageraba algunos rasgos, como que prefiero la soledad, la quietud, meditar,
estuve a punto de decirle que era un abstemio del licor y de cualquier otra
cosa que se me pudiera ocurrir, pero ya entonces estaría exagerando —Eloísa
se echó a reír.
—Si bien no eres un tipo fiestero y de vida noctámbula, tampoco eres un
ermitaño.
—Eso intento. Al final —siguió con su historia—, casi me agradeció que
la liberara de este contrato. Ella es de ese tipo de mujer que sí le encanta la
vida nocturna, no soy una buena combinación para ella… Y aunque yo me
pareciera a ella, de todos modos, ya encontré a alguien con quien
desordenarme—. Eloísa le sonrió. Suspiró y se puso las manos en la cintura.
—Es decir, que no va a ser un problema.
—Yo creo que no.
—Bien.
—Luego de eso, vine directo aquí, pero tuve que reabastecer, y ya; por eso
se me hizo tan tarde. ¿Tu siguiente pregunta? —Eloísa elevó las cejas
mirando a otro lado.
La siguiente pregunta era bastante incómoda, pero tenía que hacerla. No
podría estar en paz si no lo sabía.
Le preocupaba que se fuera a molestar, pero le preocupaba más la
respuesta.
—¿Te acostaste con ella? —disparó ella de pronto. Mateo la miró al
principio algo sorprendido, luego esquivó su mirada y se mordió los labios.
Eloísa sintió de inmediato que le faltaba el aire.
Ahora tendría que preguntarse a sí misma si lograría pasar por alto algo
así. Qué horrible sensación, qué enorme vacío.
—Vale, vale. No importa…
—Sí importa; a ti te importa, y a mí también. Y no me acosté con ella —
Ella lo miró un poco incrédula—. Ni siquiera la besé.
—Sí, claro. Saliste un montón de veces con ella. Parecía que la prensa
estaba encantada con la nueva parejita de niños millonarios porque a toda
hora se les veía en la página de sociales, ella colgada de ti como un…
—Contrario a lo que aparecía en los medios la interrumpió él—, ella y yo
sólo salimos en tres ocasiones; una vez a la apertura del bar de un amigo
suyo, luego a un restaurante, y ahora, en el teatro. Las otras veces que nos
vimos, siempre estuvo o el papá de ella o el mío; incluso hoy no estuvimos
solos del todo. Así que, cariño, he vuelto a ser virgen de labios.
—Como si eso fuera posible —rio ella. Vio que él se quitaba el saco y
desabrochaba los botones de los puños de su camisa.
—No sé por qué aparecimos tantas veces en los medios, ni que fuéramos
famosos.
—Pues así fue.
—Tal vez… el papá de ella propició las cosas…
—Más bien el tuyo. Es el que mejor se la lleva con los medios; incluso, es
dueño de periódicos y canales de televisión—. Mateo hizo una mueca como
si se rehusara a aceptar que su padre hubiese planeado todo. Pero no era del
todo increíble, y el olfato de Eloísa para estas cosas era infalible.
Volvió a mirarla, y Dios santo. Demasiada piel expuesta ante sus
hambrientos ojos.
—Te queda una pregunta, Eli —la apuró. Un poco aturdida, ella pestañeó
y volvió a mirarlo a los ojos.
—Tú… ¿desde hace cuánto que me amas? —él volvió a sonreír, y era una
sonrisa traviesa. Se sacó la camisa, quedando desnudo de la cintura para
arriba ante ella y se acercó.
—Desde hace mucho tiempo.
—Especifica.
—No lo sé, Eli. De repente me di cuenta de que te deseaba mucho, que me
divertía mucho contigo; que te entendía, y presentía que me entendías
también… Empecé a querer pasar tiempo contigo, así fuera sólo para verte.
—Y cuando… en el hospital, esa vez…
—Ya te amaba —declaró sin titubear. Contrario a todo lo que él hubiese
esperado en esta vida, Eloísa lo miró furiosa. Fue a él y simplemente le pegó.
—¿Qué pasó? —le reclamó él quejándose y sobándose.
—Cómo que qué. ¿Tendré que darte cursos acerca de cómo decir palabras
bonitas?
—De qué estás hablando —rio él al verla tan exasperada.
—Fue lo más frío que alguien alguna vez me dijo —le reclamó—
“Acuéstate conmigo”, como si yo fuera una fulana de tercera que no merece
ni siquiera una frasecita zalamera. ¿Qué te creíste? ¿Por qué me trataste de
esa manera?
—Vamos, ya me lo hiciste pagar haciéndome esperar un año.
—Debí haberte hecho esperar dos.
—Qué mala.
—No, ¡tres!
—Si te hubiera dicho la frasecita zalamera, me habrías rechazado al
instante. ¿Se te olvida que tú misma te has encargado de poner barreras para
que ningún hombre en el mundo se te acerque? Yo veía esas barreras; sabía
que rechazarías una declaración de amor, sobre todo, por venir de mí, al que
no tenías ningún reparo en demostrarle tu indiferencia. Llegué a pensar que te
fastidiaba, pero luego me mirabas de cierta manera y me quedaba
confundido. No sabía a qué atenerme, Eli. Sólo hasta esta noche supe por fin
dónde estoy parado contigo. En esa época, sólo tuve que buscar la manera
más astuta de acercarme sin que me escupieras fuego.
—¡No es cierto! ¡No es cierto! Si me hubieras dicho que me amabas…
—Qué —la retó él. Cuando ella no dijo nada, él volvió a preguntar: —
¿Qué?
Eloísa tuvo que hacer un alto, recordándose a sí misma hacía un año. Se
imaginó a Mateo diciéndole que la amaba en ese entonces.
¿Cuál habría sido su reacción?
Reírse, burlarse de él, herirlo, si era posible; obviamente, no le habría
creído, pero era, más que todo, porque en aquella época no le creía a ningún
hombre. Para ella todos eran mentirosos, todos buscaban una sola cosa y ella
se consideraba libre de elegir entre ellos. Los hombres eran la peor criatura
sobre el planeta para su concepto. Y Mateo nunca había mostrado el tipo de
comportamiento que le ayudara a cambiar esa opinión. Hasta ese momento
había sido el típico soltero mujeriego y hedonista que pasa por encima de los
sentimientos de las mujeres con tal de conseguir lo que quería. Con ella
siempre había sido distante. Jamás hubiese imaginado que en su corazón
albergara sentimientos por ella.
—Ya se te acabaron las preguntas —dijo él levantándose de la cama y
volviéndose a acercar a ella. Le tomó la barbilla entre los dedos levantándole
el rostro y mirando sus labios como si fueran un suculento manjar. Eloísa
incluso lo vio relamerse un poco.
—Pero quiero hacerte más preguntas.
—Después, amor; después—. Se inclinó a ella y la besó. Eloísa rodeó su
espalda con sus brazos sintiendo su piel suave y cálida. Qué bien se sentía, su
aroma, su toque, sus besos. Estar con él era perfecto, parecían cuerpos hechos
para esto, para el placer.
Él la alzó tomándola por la cintura y la puso sobre el colchón. Eloísa
sonrió mirándolo y lo recibió rodeándolo con sus muslos.
—Te he extrañado tanto, tanto. Te amo tanto, Eli—. Ella cerró sus ojos.
Quería inmortalizar este momento en su memoria, y se concentró en las
manos de él que recorrían sus muslos y le apretaban los glúteos—. Estar sin ti
es un castigo demasiado horrible.
—No fui yo la que te impuso ese castigo —sonrió ella.
—Lo sé, lo sé. No volveré a ser tan idiota.
—Más te vale —él sonrió y metió la mano bajo su espalda para
desabrocharle el sostén. Los senos de ella quedaron libres y Mateo los cubrió
de besos, chupando y tirando y arrancándole a ella suspiros, y luego, quejidos
de placer. Ella lo terminó de desnudar y prácticamente saltó encima de él.
Riendo, Mateo se acostó de espaldas y la observó mientras lo montaba, lo
tomaba con su mano y lo acariciaba.
—Amor, qué haces —susurró él borrando su sonrisa. Estar con ella era
así, felicidad y placer, y podía pasar de la risa a la misma agonía. Se sentó y
alcanzó sus labios con los suyos, besándola suave, despacio, y poco a poco
fue acelerando y profundizando, lo mismo que ella con sus caricias.
Era torturante, él estaba que explotaba, y gracias a Dios, ella no lo hizo
esperar mucho, sino que suavemente lo puso en su entrada y se fue
empalando poco a poco en él. Cuando estuvo completamente en su interior,
Mateo la observó, ella se mordía un labio como si se saboreara con
exquisitez.
—Eres hermosa —le dijo—. Tan única—. Eloísa sonrió.
—Precioso. Di más—. Él sonrió también.
—Me encanta tu cuerpo, hacer el amor contigo es divino.
—Oh, sí —ella arqueó su espalda, y Mateo siguió con los movimientos de
su cadera.
—Ninguna mujer me hizo sentir así —le aseguró él—. No quiero a
ninguna otra sino a ti.
—Te amo, Mateo —dijo ella con voz entrecortada—. Te amo—. Mateo la
apoyó en el colchón y empezó a empujar dentro de ella. Estaba urgido, no
podía más. Era la primera vez que intercambiaba palabras de amor durante el
sexo, y estaba siendo demasiado para él.
Quería reír de felicidad por este tan hermoso regalo que le daba la vida, de
poder disfrutar de ella y de los placeres del sexo precisamente con la mujer
que más deseaba, la que más lo llenaba.
Al final, sin poder resistir un segundo más, se apretó fuerte contra ella
dejando derramar en su interior todo el caudal de sentimientos que ella
despertaba en él. La besó y ella lo besó a él, dijo una palabrota, o tal vez fue
ella, y también hubo mordiscos, un suspiro, y luego, una paz casi infinita.
Eran cosas que sólo podían conseguir entre los dos.
—Sí que la hemos hecho —murmuró ella, completamente desnuda y a su
lado. Lo rodeaba con un brazo y una pierna, como si se le fuera a ir y lo
retuviera con fuerza. Mateo sonrió moviendo su cabeza para mirarla.
—¿Qué hemos hecho? —Eloísa suspiró.
—¿Qué le vas a decir a tu papá? —eso lo aterrizó de golpe, y la sensación
no fue agradable.
—La verdad. ¿Qué más podría ser?
—Se va a disgustar.
—Pero no tendrá más alternativa que aceptarlo—. Ella sólo murmuró algo
en respuesta, y Mateo se enderezó un poco para mirarla interrogante.
—Tengo miedo de que te convenza de otro trato extraño y…
—Eso no volverá a pasar. ¿No confías en mí?
—Es tu papá, y tú lo quieres mucho. Lo respetas. Estoy segura de que
llevarle la contraria te robará la tranquilidad.
—Tal vez, pero ya experimenté lo que se siente estar separado de ti por
causa de él; los he puesto en una balanza —él movió sus manos haciéndole la
demostración gráfica—. Tú, sólo tú, en un lado, y al otro, él, mi familia, el
dinero, etc., y adivina qué—. Eloísa se echó a reír.
—Estás exagerando.
—Papá prácticamente me dijo que, si insistía en quedarme contigo, lo
perdería todo. Pero eso no me preocupa, Eli. Si pierdo el dinero, sé que podré
recuperarlo. La familia no se pierde tan fácilmente, y aunque papá se enoje
tremendamente conmigo, sé que con el tiempo terminará aceptándote. No le
quedará otra salida.
—Pero quitarte tu herencia, ya es un poco extremo. No quiero que te
castigue así —Mateo suspiró.
—Sé que me atacará de ese modo —la miró de reojo—. ¿Aceptarías un
novio pobre? —Eloísa volvió a reír.
—No te preocupes, amor. Con tu experiencia, podrás encontrar un buen
trabajo así sea repartiendo periódicos—. Él sonrió.
—Eso con la condición de que me hagas el desayuno. Repartir periódicos
con la panza vacía será agotador.
—Te lo haré, te lo haré.
—Pero si no cocinas ni para ti.
—Haré una excepción por mi marido el repartidor de periódicos.
—Ah, bueno—. Él se quedó en silencio mientras ella seguía riendo.
“Marido”, había dicho ella.
Se dio cuenta de que esa fantasía lo entusiasmaba más de lo que había
pensado. No la locura de repartir periódicos, sino la parte de amanecer todos
los días a su lado, comer juntos, hablar de todo, llegar al punto de perder la
vergüenza el uno ante el otro, y todas esas cosas que un hombre y una mujer
alcanzaban luego de vivir mucho tiempo juntos.
Más que vivir en una misma casa, bajo un mismo techo, dos personas que
se amaban llegaban a convertirse en uno solo.
Sería ideal ser para siempre uno solo con Eloísa. Le encantaba su mente,
su cuerpo, su alma, su risa, y todo lo demás. Y ahora deseaba que ese amor
trascendiese incluso la muerte, los obstáculos del más allá.
Parecía una locura. Nadie podía amar más allá de la muerte, pero él estaba
seguro de que podría conseguirlo con ella.
Nunca había sido tan feliz. Toda su vida había vivido en una especie de
nebulosa, dejándose llevar por las corrientes del mundo, yendo a donde iba el
viento, aprovechando los momentos de placer, casi huyendo de los momentos
de dolor.
Sabía que se podía amar a plenitud; lo había visto, había visto a un hombre
ser transformado por el amor, sacar de un corazón negro y vacío vida, vida y
amor para dar.
Él sería igual, pero sólo con Eloísa. Sólo si era ella.
La miró otra vez y tragó saliva.
La adoraba, y la vida con ella sería preciosa.
—Te quedaste muy serio de repente —comentó ella pasando su mano por
su cabello negro con suavidad, acariciándolo. Mateo la miró, y en sus ojos
había tanta seriedad que Eloísa dejó de sonreír—. ¿Pasa algo?
—Eli… casémonos.
—¿Ah? —preguntó ella, sumamente sorprendida, y se sentó en la cama
mirándolo con ojos como platos.
—Casémonos —repitió él.
—Va… vale. Si lo pides así —él sonrió.
—No es tan descabellado. Tú y yo nos amamos; ya sabemos que no
podemos ni queremos estar separados, el sexo es perfecto, y sólo sería decidir
en el apartamento de quién nos quedamos. Casémonos.
—Pe… pero…
—Tendremos hijos —le prometió tomándole la mano, y el brillo en su
mirada fue tanto, que Eloísa empezó a creer que él lo decía completamente en
serio. No estaba bromeando para nada; no se iba a echar a reír de repente
diciendo que todo había sido un chiste, un terrible chiste. Él estaba hablando
en serio—. Bueno, tú dijiste que querías tener hijos.
—Sí, pero…
—¿Cuánto tiempo tomaría los trámites? —le preguntó él a nadie, con la
vista perdida como si ya estuviera pensando en los detalles del casamiento.
—¿Tú quieres casarte ya?
—Antes de que papá, o la vida, o el universo entero intenten otra
jugarreta. Sí. La vida es una sola, es muy corta, y es ahora.
—¿Nada de bodas?
—¿Quieres una? ¿Una boda fastuosa, que suene y truene? —Eloísa lo
pensó seriamente. No había asistido a muchas bodas en su vida, sólo a unas
pocas en su pueblo natal, a las dos de su amiga Ángela y luego a la de Ana.
Recordó la primera boda de Ángela y Juan José, allá en Trinidad, y fue
nefasto. Ella incluso se había desmayado por lo apretado que le quedaba el
corsé. La segunda había sido bonita, y la de Ana también, pero, aunque era
cierto que ella era una loca romántica, ahora se estaba dando cuenta de que
casarse a escondidas y a prisa era más romántico aún.
Se dio cuenta también de que nunca había deseado una boda a lo grande,
con cientos de invitados y donde, más que unir sus vidas en un vínculo
importante, parecían más bien unos monos de feria donde tendrían que
sonreír todo el tiempo por el bien de las fotografías y la impresión ante los
invitados.
Definitivamente, firmar el papel ante el juez y una cena con los amigos
con su respectivo brindis era más que suficiente.
Y luego de pensar esto, la sonrisa se ensanchó en su rostro.
—No quiero una boda grande.
—¿Ves? Por eso es que tú y yo somos perfectos el uno para el otro.
—¿Lo haríamos a escondidas? —él hizo una mueca pensándoselo, como
si en vez de planear el momento más importante y decisivo de sus vidas, sólo
hablaran su siguiente cena.
—Necesitaremos a un par de testigos.
—Yo quiero a Ángela.
—Y yo a Juan José. Aunque no quiero dejar a Fabián por fuera.
—Ni yo a Ana.
—Podemos decirles que asistan.
—¿Cuánto tomará hacer el trámite?
—No creo que más de tres días. No le diremos a nadie hasta entonces,
¿vale? —Eloísa rio emocionada.
—Es la locura más grande que estaré haciendo en mi vida.
—No, hermosa, será la cosa más sensata del mundo —la corrigió él
volviéndose a acomodar encima de ella.
—Por supuesto —contestó Eloísa sintiendo que el corazón le latía
rapidísimo. Había decidido casarse, ¡había planeado su matrimonio en menos
de cinco minutos! ¡Y estaba feliz!
—Tu papá nos va a matar —se burló ella, pero ya Mateo estaba
concentrado en besar los rincones de su cuerpo, y luego ya ella olvidó quién
era el papá de Mateo y todo lo demás.
…16…
Mateo se encaminó hacia su oficina intentando parecer normal; temía que
el exceso de felicidad se fuera a hacer muy evidente en su rostro, por lo que
procuraba no sonreír demasiado, así que, respirando profundo y relajando el
rostro se dispuso a empezar un día laboral que estaría bastante cargado de
trabajo.
Este fin de semana había sido de ensueño junto a Eloísa. Había pasado
todo el tiempo junto a ella en su apartamento, comprobando que la idea de
casarse no era para nada descabellada, si no lo más inteligente que alguna vez
pensara hacer.
Suspiró cuando, al pasar por el escritorio de Esther, la secretaria de su
padre, ésta lo llamó.
—El señor Aguilar lo necesita unos minutos en su oficina —dijo ella
como siempre, acomodando la montura de sus lentes sobre su nariz. Mateo
asintió y llamó un par de veces a la puerta antes de entrar a la oficina. Diego
lo recibió con una sonrisa.
—Buenos días —le dijo. Mateo apretó los labios y asintió dando una
cabezada.
—Buenos días.
—Quería felicitarte. Parece que al fin has caído en cuenta de que mi idea
de unirte con Lineth Casablanca era la mejor, después de todo. Y te veo
bastante satisfecho con el resultado—. Rayos, se dijo Mateo. No había
podido disimular su felicidad después de todo.
—No tengo mucho que decir al respecto —Diego soltó una risita.
—Claro que no. Eres un caballero, mi hijo.
—Quisiera aprovechar este momento para avisarte que tomaré las
vacaciones de dos años juntas. Tal vez me ausente un tiempo.
—Me imagino.
—Estarás solo esas semanas. Sé que estoy encargado de muchas cosas,
pero no quiero aplazar esto más—. Diego movió su mano quitándole
importancia.
—No es nada. Si tú, siendo mi hijo no tienes derecho a unas vacaciones,
no las tiene nadie, así que tómate tu tiempo y disfruta. A dónde irás.
¿Europa? Obvio, a dónde más querrías ir…
—Me estaré comunicando contigo cuando esté ausente.
—Claro que sí—. Mateo suspiró, sintiéndose momentáneamente un poco
villano por engañar así a su padre, pero no había otra salida.
Cruzó un par de palabras más con su padre y luego salió de la oficina.
Diego Aguilar juraba que esas semanas de vacaciones por Europa las
tomaría junto a Lineth Casablanca, pero no, sería su luna de miel con Eloísa,
y no a Europa; el caribe tenía islas maravillosas y quería ver a su futura
esposa en bikini y con la piel bronceada. Casi babeaba con sólo imaginarlo.
Era una suerte que la misma Lineth lo ayudara en toda esta locura. Lo
único que lamentaba un poco era haberle mentido a Eloísa, pero ya le
contaría la verdad.
En la noche de la presentación teatral, luego de hablar con Eloísa a la
salida de ese baño, había fingido dormirse durante el resto de la presentación.
Lineth se había mostrado sumamente molesta cuando tuvo que sacudirlo para
llamarlo. Y cuando la dejó en su hermosa casa a las afueras, lo confrontó.
Sabía que era un momento decisivo, sabía que todo lo que dijera debía ser
milimétricamente calculado, pero ella le ganó en astucia esta vez.
—Luego de que papá me dijera que posiblemente serías mi esposo —le
había dicho esa noche, —investigué un poco. Busqué gente especializada en
eso y lo que encontré es que no eres para nada el hombre que has fingido ser
todo este tiempo. No eres un devoto del silencio y la quietud, no odias
trasnochar, ni las fiestas con ruido. Por el contrario, eres tanto o más
mundano que yo, parte de un trío de casanovas muy reconocido donde
también están Juan José Soler y Fabián Magliani—. Ante esas palabras,
Mateo se había quedado un poco lívido. Ella no había sido tan idiota como
para creerse su actuación.
Mierda, y ahora, ¿qué iba a hacer?
Se rascó suavemente la frente preguntándose cómo salir de esta situación.
Eloísa lo estaba esperando, y primero se cortaría una mano antes que
quedarle mal esta noche.
Muy tranquilamente, Lineth caminó hacia uno de los sofás de su sala y se
sentó en ella extendiendo el brazo por el espaldar. Él se cruzó de brazos
preparándose para mandarlo todo a la mierda.
—No voy a discutir contigo —sentenció ella—. Imagino que tienes
muchos motivos para hacer lo que hiciste, pero, es bastante humillante para
mí saber que casi prefieres la muerte a salir conmigo.
—No se trata de ti.
—Eso dicen siempre todos los novios. No eres tú, soy yo. Es una frase
muy trillada.
—En este caso, ni siquiera soy yo. Si te hubiese conocido antes, mucho
antes, quizá me habría resignado a aceptar este trato, y tal vez con el tiempo
habría desarrollado cariño por ti. Eso pasa en los matrimonios arreglados. O
se vuelve un completo infierno, pero lo habría intentado.
—¿Es por tu novia entonces que ni siquiera te molestas en intentarlo? —
Mateo miró a otro lado sin contestar—. Por Dios, ¿quién es esa mujer que
logró mover semejante montaña? ¿Atraparte a ti, a Mateo Aguilar, alguien
que ya todos sospechaban que no se corregiría?
—No tengo tan mala fama —se defendió él algo ceñudo, y Lineth sonrió
sintiendo un poco de pesar, odiando un poco también a la mujer que lo había
atrapado antes que ella.
—¿No me lo vas a decir?
—Le harías daño.
—No soy tan mala —Lineth volvió a ponerse en pie y se encaminó al
pequeño bar necesitando casi con urgencia un trago—. Lo que me pregunto
ahora es: ¿Qué vas a hacer? Tu padre está muy empeñado en unir nuestras
familias—. Lo miró de reojo, pero él permanecía cruzado de brazos y en
silencio—. Tus pasos están vigilados, lo sabes, ¿no?
—Lo sé.
—Tu padre no confía en ti. Y tiene razón.
—Me las apañaré.
—Ahora mismo, hay un auto afuera esperando a que salgas de aquí para
seguirte. ¿Los perderás en el camino? Así aumentará su sospecha.
—No me importa.
—Dios, te estoy ofreciendo mi ayuda, ¿no lo captas? —Mateo la miró un
poco confundido.
—¿Tú, ayudarme?
—¿Por qué no? soy un poco aventurera.
—No me digas. ¿Estás tramando alguna trampa? No pienso caer.
—Mira, está bien que soy malcriada, caprichosa y acostumbrada a tener
todo lo que quiero. Siempre ha sido así; todo lo que he querido, lo he
obtenido. Pero… —Lineth tomó un trago de su vaso e hizo una mueca ante el
sabor de la bebida—. Siempre fueron cosas que pude comprar con dinero.
—Lo intentaste conmigo.
—Tu padre te puso en venta —dijo ella encogiéndose de hombros, y
Mateo esquivó su mirada, pues tenía razón—. Hice mi oferta, pero resulta
que sólo tú puedes entregarte, y no tengo lo que se necesita. No lo tengo, y
eso me da pesar.
—Yo…
—No, no digas que lo sientes, porque no lo sientes. Sin embargo, sé que
obtendré mucho si en vez de ponerme de parte de los ancianos y volverme
cabeza dura e intentar retenerte, tú y yo nos aliamos.
—Aliarnos —repitió Mateo, más confundido aún.
—Sí, somos la siguiente generación de dos empresas sumamente
importantes en este país. Nos conviene.
—A ver. ¿Qué propones?
—Si te ayudo en esta situación, me deberás un favor, y te lo cobraré
cuando y como yo considere oportuno.
—Seré pronto un hombre comprometido y tal vez casado…
—¡No te pediré sexo ni nada de esas cosas! —contestó ella un poco
indignada.
—Entonces, de qué se tratará mi deuda.
—No lo sé, por eso te digo que ya te la cobraré en el futuro. Sólo ten por
seguro que será algo que sólo tú puedas hacer por mí, no desperdiciaré tu
deuda conmigo de manera frívola—. Mateo dejó salir el aire.
—¿Y cómo piensas ayudarme?
—Primero, necesitas salir de aquí sin que te vean tus vigilantes. Deja el
auto aquí. Si me preguntan, diré que pasaste toda la noche y todo el día de
mañana conmigo.
—¿De verdad harías eso por mí? —en respuesta, Lineth hizo sonar una
campanilla, y a pesar de lo tarde que era, un hombre llegó en pocos segundos
a la sala en la que se encontraban.
—Necesito que saques al señor Aguilar de la casa sin que nadie lo vea—.
El hombre, sin preguntar por qué ni cómo, simplemente inclinó la cabeza.
—Sí, señorita.
—Consíguele, además, un transporte para que llegue al lugar que quiera
luego de que salga.
—Vaya, yo…
—Te sorprendí, ¿verdad?
—Estaré aún más sorprendido cuando llegue a mi destino.
—La casa de esa chica, me imagino —suspiró Lineth—. Háblale bien de
mí.
—No me lo creerá. ¿Serás mi coartada entonces?
—Ya lo soy.
—¿Cuándo expira este favor?
—¿Cuánto tiempo necesitarás? —Mateo se metió las manos al bolsillo
pensando y calculando—. Vale, no tienes una respuesta. Llámame cuando así
lo necesites. Procura que sea pronto, no tengo toda la vida—. Mateo la miró
con ojos entrecerrados.
—¿Por qué haces esto?
—Ya estás otra vez sospechando.
—Es muy extraño. No es la imagen que tenía de ti. Pensé que te aferrarías.
—Me aferré —admitió ella—, y sólo conseguí un hombre que se dormía
de aburrimiento a mi lado, cuando cualquier otro habría matado por ponerme
la mano encima de modo un poco sensual. Tú ni siquiera amagaste con
besarme.
—Podrías haber seguido adelante de todos modos con el plan de nuestros
padres.
—No quiero una gelatina en mi cama —dijo ella torciendo los ojos, y
Mateo tuvo la decencia de sonrojarse—. Seguro que eres ardiente, pero con la
mujer adecuada —y luego de suspirar larga y ruidosamente, dijo: —Eso no se
puede conseguir con el dinero; lo sé muy bien.
—Lineth… sí que estaré en deuda contigo si me ayudas así. Salir de aquí
esta noche es importante, pero pesará más tu palabra cuando te pregunten qué
pasó aquí.
—Espero no meterte en problemas con tu novia; puedo ser muy gráfica.
—Ella entenderá cuando se lo explique.
—Bueno. Vete ya —volvió a mirar al hombre que había llegado ante su
llamado y él comprendió el mensaje. Miró a Mateo pidiéndole seguirlo, y él,
luego de volver a agradecerle a Lineth, salió de la casa.
Lineth bebió otro trago de su vaso y sintiéndolo más amargo que el
primero, pero luego vino un dulzor que la compensó un poco.
Si Mateo Aguilar, un casanova y mujeriego había sido reformado, tal vez
ella también pudiera serlo en el futuro.

Cuando Mateo entró al fin a su oficina respiró profundo como si hubiese


estado conteniendo el aire. Y así era, más o menos.
Su padre había sido informado de que su auto se había quedado en casa de
Lineth todo el fin de semana, y que sólo había salido esta mañana para venir
a trabajar cuando en realidad, había salido de manera algo chistosa en una
bicicleta, pues habían necesitado un vehículo que no hiciera ruido, y un par
de kilómetros más adelante había subido a un auto que le había sido prestado
para poder desplazarse hasta la casa de Eloísa.
Por eso había tardado un poco en llegar, pero finalmente había conseguido
burlar la vigilancia de su padre y ahora era más o menos libre.
Se sentó en su escritorio y lo primero que hizo fue tomar su teléfono para
hacer varias llamadas muy importantes. Tenía la cita con el juez, se casaría el
miércoles en la tarde. Ahora debía comprar los tiquetes que los llevaran a él y
a su futura esposa a alguna isla paradisíaca perdida en el mar atlántico donde
nadie los molestase. Ni siquiera su padre.
—¿Lineth? —dijo por teléfono. Ahora, no disimuló su sonrisa—. ¿Te
apetece irte conmigo de vacaciones por un mes? —la risa de Lineth no se
hizo esperar.
—Si me preguntan, es lo que diré. ¿No haces sino aumentar tu deuda,
sabes?
—Me casaré —le contó él—. Ésta será mi luna de miel, y sí, estaré muy
endeudado contigo.
—Ya me hace falta unas vacaciones también a mí —contestó ella con tono
despreocupado—. ¿Algún lugar que deba tener en cuenta?
—Espero que para mi regreso ya no necesite montar estos teatros —
suspiró Mateo—, pero por si las moscas, estaré en una isla.
—Está bien, me aseguraré de regresar bronceada.
—Gracias.
—Dime una cosa —lo detuvo ella antes de que cortara la llamada—.
¿Vale la pena?
—¿Qué cosa?
—Dejarlo todo, renunciar a todo por una persona. ¿Vale la pena?
—No es por una persona —le contestó él—. Es por tu felicidad, y sí; para
mí, lo está valiendo todo.
—Bien. He hecho unas cuantas cosas que no han sido muy buenas en mi
vida. Espero que con esto mi balanza del bien y del mal se nivele.
—¿Te preocupan esas cosas?
—Creo en el karma.
—Estoy más que seguro de que tu karma se limpiará con esto.
—Asegúrate de ser feliz, o de lo contrario, ahí estaré yo—. Mateo se echó
a reír.
—No necesitarás cumplir esa amenaza. Ya soy feliz. Gracias por todo.

Eloísa miró su teléfono. Ya era miércoles. Al fin era miércoles. Ya tenía


su vestido blanco, aunque sencillo, colgado en un perchero, unos zapatos
también de ensueño y blancos debajo, y un anillo de compromiso que Mateo
le había entregado esta mañana en su dedo anular.
Todo estaba listo.
La cena también estaba lista, faltaba llamar a los invitados.
Sonrió mientras buscaba en su teléfono el número de Ángela. La mataría
por avisarle tan encima de la hora, pero así había tenido que ser.
— ¿Angie? —la saludó cuando su amiga contestó—. Me caso esta tarde.
Ángela se quedó en silencio por varios segundos, luego de los cuales sólo
pudo tartamudear.
—¿Q… q… qué? ¿Qué? —Eloísa se echó a reír.
—Me casaré con Mateo esta tarde. Quiero que seas mi madrina, o mi
testigo.
—Deja de bromear con esas cosas.
—Bueno, ven al juzgado que te diré y comprueba con tus propios ojos a
ver si es o no una broma.
—Espera, espera… ¿en serio te vas a casar?
—¿Quién se va a casar? —escuchó Eloísa que alguien del lado de Angie
preguntaba.
—¿No estás en tu casa?
—No. Traje a los niños con su abuela Judith. Estoy en la sala con Ana.
—Oh, dile que venga.
—¿Te vas a casar en serio?
—Espero que el juez no sea tan serio, pero sí; me casaré.
—¿Así tan de repente?
—Ángela, ¿quién se va a casar? —escuchó otra vez Eloísa, y ahora
identificó la voz de Ana.
—¡Eloísa se va a casar! —le contestó Ángela.
—¿Así de repente?
—Eso parece. Por qué tan… Dios mío, ¿estás embarazada?
—¡Claro que no! Sólo que no queremos una boda ruidosa, y nuestros
padres no dejarían que fuera de otra manera, así que nos casaremos y sólo
asistirán nuestros amigos. Te enviaré la dirección del juzgado por un
mensaje.
—¿Pero por qué me avisas apenas? Ahora tendré que mirar cómo hago
con mi vestido. ¡Eres mi amiga, eso es traición, maldad pura! —Eloísa se
echó a reír.
—Ya lo solucionarás.
—Me está entrando una llamada de Juan José.
—Seguro que Mateo le acaba de avisar.
—¿Puedo ir con Carlos? —preguntó Ana acercándose al teléfono de
Ángela.
—Lleva a quien quieras.
—Esto es una locura —se quejó Ángela—. ¡Este par perdió los tornillos!
—Eloísa sonrió mientras cortaba la llamada. Ya no tendría que llamar a Ana,
pues ya se había enterado.
Hubiese querido llamar a su madre. Beatriz seguro que la apoyaba aun en
esta locura, pero era mejor que no fuera. Necesitaban mantener esto en
secreto por un tiempo. Además, ella ya había dicho antes que quería una boda
fenomenal para su hija.
Luego le daría el tiempo para que la preparara. Ahora lo importante era
intercambiar los votos.
Se puso en pie encaminándose a la ducha. Tenía el tiempo justo para
alistarse para su boda.

Fue algo muy sencillo, comprobó después. Había estado nerviosa,


mientras se vestía y esperaba algún mensaje de Mateo, mil malos
pensamientos se habían cruzado por su mente. ¿Y si no venía? ¿Y si su padre
lo había convencido de no traicionarlo de esta manera? Porque, después de
todo, lo estaban traicionando, mintiéndole.
¿Y si se quedaba vestida y alborotada?
Pero, a pesar de sus lúgubres pensamientos, había terminado de vestirse.
Mateo llegó por ella en un auto que no reconoció, y luego de decirle lo
hermosa que estaba y de besarla, la ayudó a subirse.
—Juan José llegará con Ángela, y al parecer Carlos llevará a Ana. Fabián
también confirmó que estaría —le había dicho él mientras conducía. Eloísa se
miró las manos, y al sentirla callada, Mateo se giró a mirarla—. ¿Pasa algo?
—No, nada. Sólo… no tengo flores —él le miró las manos, notando que
era verdad; la novia no tenía flores.
—¿Qué haces? —le preguntó ella al ver que él tomaba un desvío.
—Iremos por tus flores.
—Pero… vamos a llegar tarde!
—Tú no quisiste una gran fiesta con banquete y orquesta, pero sí que
quieres flores y te las voy a conseguir—. Eloísa se había reído un poco de él,
y cuando efectivamente consiguió un arreglo floral bastante parecido a un
bouquet de novia, sintió deseos de llorar de pura emoción.
En la ceremonia habían estado sus amigos, Ana, Ángela, Fabián, Carlos y
Juan José, y en el momento de declararlos marido y mujer, todos habían
aplaudido.
Al principio, Ángela le había reprochado un poco el no haberle avisado
con tiempo, pero ya luego pareció no importarle, era la aventura de su amiga,
y sólo le quedaba unirse a su felicidad y abrazarla deseándole lo mejor.
—Te dije una vez que no se te ocurriera casarte a escondidas —le dijo
Juan José a Mateo mientras lo abrazaba. Él se echó a reír recordando la
ocasión. Había sido luego de que él mismo se casara a escondidas de su
familia allá en Trinidad.
—A ti no te fue tan mal.
—Ah, pero tuve que sufrir un poquito. Sé inteligente y no dejes que
terceros se metan en tu relación; nunca, nunca dejes que otro venga y dañe lo
que tienes.
—Es el mejor consejo que puedes darme, hombre que lleva años casado?
—Bueno, también, olvida que de vez en cuando ellas se vuelven un poco
gruñonas y pasa por alto todo—. Mateo se echó a reír.
—¿Sí te funciona a ti?
—Me funciona de maravilla.
—Tú definitivamente estás loco —le dijo Fabián cuando fue su turno de
abrazarlo.
—Juan José me dio mal ejemplo —le contestó Mateo—. No hago sino
seguir sus pasos. Pero tú, pórtate bien—. Fabián se echó a reír.
—Primero tengo que encontrar a mi chica.
—No la busques —dijeron Juan José y Mateo al tiempo.
—Ella llegará en el momento justo —aseguró Juan José muy serio.
—Ni antes, ni después —corroboró Mateo, y Fabián no pudo más que
sonreír.
La cena se llevó a cabo en un reservado de un buen restaurante. Mateo no
podía dejar de mirar a Eloísa. Ella ahora era su esposa. Sentía que acababan
de poner en sus manos un tesoro muy precioso, y que debía andarse con
cuidado a partir de ahora. Ella, sintiendo su mirada, le había sonreído.
Se le venían varios asuntos por resolver de ahora en adelante, como la
rabieta que cogería su padre por lo que habían hecho, pero tiempo al tiempo,
y enfrentarían las situaciones conforme se fueran presentando. No tenía
sentido preocuparse desde ya. O s no, ¿dónde estaba la aventura?
La acercó poniendo una mano en su hombro y le dio un beso en la frente.
—Estás feliz? —le preguntó ella, y él sonrió cerrando sus ojos.
—Muy feliz.
—Me alegro. A partir de esta noche, empieza nuestra nueva vida. Estaré
contigo en lo bueno y en lo malo, Mateo.
—Lo sé, Eli. También yo.
—¿A dónde se irán de luna de miel? —preguntó Ana interrumpiendo a la
pareja.
—Aquí y allá —contestó Mateo vagamente. Juan José lo miró negando.
—Conociéndote, ese aquí y allá podría ser todo el mediterráneo—. Mateo
sonrió. Su amigo lo conocía demasiado bien.
—No tan lejos, sólo unas cuantas islas del caribe.
—¿Lograste reservar? —le preguntó Eloísa, y él sonrió asintiendo. Había
tenido que pagar casi el doble, pero sí que había reservado. Era lo que tenía
casarse de repente y pretender irse de luna de miel al instante.
—Zarpamos mañana en la tarde.
—Qué bien.
—Propongo un brindis —dijo Fabián elevando su copa, y todos le hicieron
caso tomando la suya—. Por dos personas que hasta hace unos días fingieron
odiarse el uno al otro; se ignoraron en las reuniones, rechazaron invitaciones
a bailar en la mayoría de las ocasiones, y se mintieron a sí mismos hasta que
ya no pudieron resistirlo. Por los novios.
—Por los novios —contestaron todos a coro, algunos entre risitas. Eloísa
miró a Mateo haciendo pucheros.
—Siento haberte puesto las cosas tan difíciles.
—No te preocupes. Ha sido un largo camino, pero lo he disfrutado mucho.
—Por favor, di eso cuando ya tengamos ochenta.
—Estoy seguro de que lo diré —ella rio recostándose un poco a él, y luego
fue Juan José el que se inventó otro brindis, y así hasta que se agotaron las
botellas de vino o champaña.
No se necesitaba nada más que a la persona que amabas y a tus amigos
cerca para ser feliz, pensó Mateo, y volvió a elevar la copa cuando fue
Ángela la que quiso proponer un brindis.
…17…
“Estamos casados” pensó Eloísa, caminando de la mano de Mateo hacia la
habitación de hotel que él había reservado esta noche. Él introdujo la llave en
la puerta y la miró con una sonrisa de medio lado, y ella sintió que algo le
recorría el cuerpo y el alma.
La felicidad a veces puede ser tangible, pensó.
—No tuviste la típica fiesta de bodas —le dijo él, y sin previo aviso, la
alzó en sus brazos.
—¡Bájame! —protestó ella—. ¿Qué haces?
—Pero… —siguió él, como si no escuchara sus protestas— quiero darte la
típica entrada a la habitación donde se celebrará la noche de bodas—. Eloísa
se echó a reír comprendiendo.
—No sabía que te gustaban los clichés.
—A veces puedo ser cursi y romántico.
—Oh, mi esposo perfecto —dijo ella rodeándole los hombros mientras él
la llevaba hasta la alcoba.
—Qué bien que lo notas. Es agradable que la esposa aprecie los esfuerzos
del esposo.
—No peso tanto como para que digas que este esfuerzo es muy grande —
él se echó a reír y la puso al fin sobre el colchón. Eloísa lo miró desde abajo
mientras él permanecía quieto. La miraba con una sonrisa en los ojos, y ella
estaba segura de que a su alrededor seguro flotaban corazones rosas que no se
desvanecían sino al salir por la ventana.
—Soy muy feliz —dijo él—. Justo ahora, soy muy feliz—. Eloísa elevó la
mano a su mejilla y la acarició suavemente. Respiró profundo dándose cuenta
de que la felicidad de él le daba a ella una enorme paz. Ya no se trataba sólo
de ella y sus vacíos o necesidades, sino los de los dos. Desde hoy, se estaba
convirtiendo en un solo ser con él.
Y ni siquiera habían empezado a desnudarse.
—También yo soy muy feliz —le dijo—. Tú me haces muy feliz, con sólo
quererme, con sólo mirarme así.
—Oh, de verdad.
—De verdad, verdad —rio ella, pues él había empezado a hacerle
cosquillas en el cuello con su barba.
Ella lo abrazó por encima de su traje, y aunque el vestido le dio poca
movilidad, logró rodearlo también con sus piernas. Él no perdió el tiempo y
acarició sus muslos desnudos.
—Me encantan tus piernas.
—Ya lo sé. Lo dices todo el tiempo
—Son mi bien más preciado. Mandaré asegurarlas por varios millones.
—Estás loco —volvió a reír ella.
—Es que me encantan.
—Te repites.
—Me encantan, me encantan, me encantan —él la observó reír, y
moviéndose un poco, se recostó a su lado y se dedicó a observarla en
silencio. Ella giró su cabeza y movió sus cejas en una pregunta—. Cuando
sea viejo, y ya no tenga fuerzas para hacerte el amor, recordaré este
momento.
—El momento en que, pudiendo hacerme el amor, preferías quedarte
mirándome.
—Oh, pero entonces podre decir que hacer el amor no es sólo sexo —
sonrió él—. Contemplarte mientras duermes desnuda a mi lado, mirarte
mientras te vistes o te arreglas el cabello; abrocharte el vestido cuando no
alcanzas tu espalda, o abrir las hebillas de tus sandalias… eso también es
hacer el amor—. Eloísa se puso de medio lado en la cama quedando frente a
él.
—Y traerme el desayuno a la cama también es hacer el amor.
—Eso tendremos que negociarlo… —ella volvió a reír, y al fin él se
acercó para besarla.
—Yo sólo quiero hacer que esto dure hasta que estemos viejos —susurró
ella—. Nos quedan muchos años para eso, pero ya lo estoy imaginando.
—Tendremos que ponernos a hacer los niños ya—. Riendo, Eloísa se
dedicó a quitarle el traje, y entonces él se sentó en la cama y la giró para
sacarle el sencillo vestido que ella había usado para casarse con él. En cuanto
tuvo su espalda desnuda se dedicó a prodigarle besos.
Eloísa recordaría por siempre su noche de bodas. Ninguno de los dos
estaba tímido ni torpe; por el contrario, hubo más risas que sonrojos, y al
final, pudieron al fin desvestirse y mimarse como habían querido. No había
prisas, no tenían que pensar que mañana tendrían que levantarse temprano e
irse cada uno a sus trabajos, o a sus casas, a seguir separados.
Desde hoy eran esposos, se debían el uno al otro, pero más que una deuda,
esto era un auténtico placer.

—¿A dónde vamos? —le preguntó Eloísa a Mateo, pero él sólo la llevaba
de la mano un poco a prisa por el camino de madera que conectaba las
diferentes cabañas que parecían flotar sobre el mar del hotel en el que estaban
hospedados ahora.
Él le había dicho que esta noche se preparara para una cena especial, y ella
había elegido un vestido corto rojo oscuro que se anudaba en la parte trasera
de su cuello y le dejaba a la vista buena parte de su escote, además de sus
piernas, que a él tanto le encantaban. Las sandalias también se amarraban con
varios lazos en su pantorrilla, lo que le daba un toque bastante chic.
Él llevaba unos simples vaqueros con una camisa blanca desabrochada
hasta el pecho y una chaqueta también abierta. Afortunadamente, todo lo que
él se pusiera le quedaba genial, así que bien podía ir con un costal encima.
Él se detuvo al fin, y Eloísa miró al frente. Antes había estado bastante
preocupada por caerse al agua y pisar bien cada tabla del muelle, así que no
había podido mirar lo que había al final.
El muelle se extendía hasta convertirse en un octágono, y en el centro de
éste, había una mesa servida con manteles que ondeaban suavemente al
viento y copas de cristal.
La luz del sol brillaba sobre el agua con tonos ocre por el ocaso, y las
lámparas ubicadas al borde le daba a la escena un toque casi mágico. Eloísa
no pudo contener su asombro, y se cubrió la boca con la mano, por si le daba
por gritar.
—¿Te gusta? —le preguntó él, y ella apretó sus labios sin poder
responder.
Había una brisa fresca, pero no amenazaba con apagar las lámparas, ya
que la flama de cada una estaba cubierta por cristales, y a medida que el sol
se ocultaba, éstas brillaban más, sin llegar a opacar las estrellas que al otro
extremo del cielo empezaban a titilar.
—Es… Mateo… es…
—Parece que sí te gusta —concluyó él con voz risueña. Eloísa se giró a él
para mirarlo al rostro, lo tomó de la chaqueta y lo atrajo para besarlo fuerte,
duro y profundo, contrastando un poco con lo romántico del paisaje y lo
delicado que todo había sido hasta ahora; pero de esto se trataba la vida,
pensó Mateo. Y, sobre todo, la vida con Eloísa estaría siempre llena de
contraste y jamás sería aburrida.
—Estás llorando —susurró él cuando la vio limpiarse la humedad de los
ojos.
—Es que… estoy sorprendida y…
—¿Creíste que no era capaz de sensiblerías así? —ella le echó malos ojos,
y Mateo se echó a reír—. Te dije una vez que puedo ser romántico y cursi.
—Esto no es cursi; —le contradijo ella señalando la mesa, las lámparas, el
sol y el mar, como si incluso eso fuera obra de él— es perfecto… Y me…
siento… Dios, siento que soy alguien especial.
—Eres alguien especial —aseguró el volviendo a atraerla para apoyar la
delgada espalda de ella en su pecho, a la vez que la abrazaba por los hombros
—. Eres todo para mí.
Eloísa sonrió y lanzó un auténtico suspiro de dicha.
—Te amo —dijo cerrando sus ojos—. Te amo—. En respuesta, él le beso
la oreja, y la condujo hacia la mesa.
Sobre ella había más lámparas, y fuentes de comida cubiertas con sus
tapas enormes y redondas que al levantarlas dejaron salir el vapor que
despedían los alimentos.
—¡Langosta! —exclamó Eloísa casi relamiéndose, viendo los diferentes
platos, los vegetales y las bebidas.
Miró a Mateo, y él parecía casi tan emocionado como ella. Los hombres
pueden hacerse los muy rudos, pensó mirándolo, pero a ellos también les
gustan estas cosas. Tal vez les hace sentirse poderosos.
Como el macho de las cavernas que se daba golpes en el pecho luego de
haber alimentado a su hembra y sus críos aun en medio del invierno.
O algo así, pensó riendo.
El sol se ocultó del todo y Mateo le sirvió a ella las viandas. Comieron y
bebieron mientras conversaban y reían. De vez en cuando él se levantaba de
su puesto y la besaba por encima de la mesa, y al final, le pidió la mano y se
puso a bailar con ella.
—Pero no hay música —rio ella.
—Las olas del mar son suficiente —dijo él elevando una ceja.
—¿Eres un extraterrestre?
—¿Yo? Vaya. ¿Hago todo esto y me gano una pregunta así?
—Es que no pareces de este planeta. Nunca… —Eloísa miró a otro lado
con una sombra en su mirada—. Nunca nadie había hecho esto por mí.
—¿Y por qué recordar esas cosas te ponen triste? —ella elevó sus ojos
oscuros a los de él—. De ahora en adelante, Eli, sé feliz. Por favor. Si vas a
comparar tus momentos del presente con los de tu pasado, que sea para
sonreír, porque los de ahora serán mejores. Si me vas a comparar a mí… que
sea para yo salir ganando —eso la hizo reír.
—Tú siempre sales ganando.
—Gracias.
—Y te prometo que seré feliz. Mientras estemos juntos, no importa si en
una cena a la luz de las velas en una playa romántica, o en casa comiendo
palomitas de maíz frente al televisor… seguro que seré feliz.
—Oh, eso me tranquiliza.
—Pero sigue sorprendiéndome así, por favor —sonrió ella.
—Me esforzaré.
—No cambies. Eres divino.
—Ten eso en mente cuando tengas ganas de llamarme idiota—. Eloísa
volvió a reír y apoyó su cabeza en su pecho mientras él la guiaba en este baile
silencioso.
Podía morir ya, pensó. Ya era más feliz de lo que jamás se imaginó. Sentía
que ya la vida no le debía nada.

Eloísa suspiró pasando la yema de su dedo índice por la cicatriz en la ingle


de Mateo. Él estaba dormido, desnudo y tendido en la cama, y ella apoyaba
su cabeza en su cintura, pensando en la fabulosa sesión de sexo que acababan
de tener y que al parecer lo había dejado exhausto a él.
Pero ella estaba pensando justo en esto que tocaba su dedo.
Le había prometido que no le haría preguntas, pero cada vez que veía la
cicatriz, no podía sino pensar en cómo se la había hecho, con qué, cuándo, y
por qué.
Era su esposa ahora, ¿estaría bien si le preguntaba? ¿Tenía derecho a saber
ahora? ¿O él seguía teniendo derecho a ocultarle esta parte de su vida?
Lo que sabía de él era lo que todos. Era el hijo mayor de una familia muy
poderosa, su madre había muerto hacía bastante tiempo, había vivido casi
toda su vida en el país, era amigo desde la infancia de Fabián y Juan José, y
terminó sus estudios sin ninguna complicación. Su padre lo estaba
preparando para algún día heredar, y todo parecía irle bien.
¿En qué momento había pasado esto?
Él se movió y paseó su mano por la espalda de ella, dándole a entender
que había estado despierto mientras ella lo toqueteaba un poco.
Eloísa levantó su cabeza a él y lo miró, pero Mateo tenía sus ojos cerrados
y los labios apretados.
—Quieres que te cuente, ¿verdad? —ella hizo una mueca. La habían
pescado.
—Lo siento. No quiero ser demasiado curiosa.
—No. Debo contarte —él se movió en la cama apoyándose en los codos y
la miró sumamente serio. Frunció el ceño y miró hacia el ventanal; la brisa
fresca movía las cortinas, y sólo se escuchaba el rumor del viento moviendo
las palmeras cercanas—. Fue cuando murió mamá —empezó—. Tenía sólo
doce años.
Eloísa se fue enderezando poco a poco, y se cubrió con la sábana
disponiéndose a escuchar cada palabra que él dijera. Sabía que era un
episodio doloroso en su vida, y que seguramente a él le costaba rememorarlo,
así que planeaba valorar su esfuerzo estando muy atenta.
Por otro lado, imaginar que un niño de esa edad hubiese tenido que pasar
por semejante dolor, le hizo encoger un poco el estómago.
—Pronto será su aniversario de muerte —siguió él—. Íbamos en uno de
los autos de la familia. Un chófer conducía, y ella y yo íbamos en los asientos
de atrás. Me llevaba al médico, recuerdo, porque había tenido fiebre y no
había podido ir a la escuela. De repente, en una calle cualquiera de la ciudad,
nos detuvieron—. Mateo la miró, y aunque estaba oscuro, Eloísa pudo ver la
furia en su mirada—. Le dispararon primero al chofer. Él iba armado, pero no
tuvo tiempo ni de sacar el arma y defendernos. Fue todo muy rápido. Mamá
empezó a gritar, pero no de pánico, sino dándome órdenes. Abrió una de las
puertas traseras y me dijo que saliera y corriera. Que huyera.
—Pero… ¿y ella?
—Eso le pregunté —sonrió él con amargura—. Mamá… ¿y tú? “Yo iré
tras de ti” me dijo. “Siempre iré tras de ti, sólo sigue adelante y no mires
atrás”—. Él respiró profundo y guardó silencio por unos segundos. Eloísa
tuvo que tragar saliva, pues se le había formado un nudo en la garganta. Era
obvio que Paloma había mentido—. Intenté salir —siguió él, pero volvieron a
disparar—. Mateo se cubrió el rostro con ambas manos. Segundos después,
tal vez disimulando un poco, empezó a masajearse—. Una bala atravesó el
pecho de mi madre… y me dio a mí. Justo ahí. Una sola bala pudo habernos
matado a los dos, pero yo sobreviví.
—Qué terrible, Mateo—. Él sonrió negando.
—Aun estando malherida, ella siguió gritando para que yo saliera del auto.
Estábamos sangrando los dos, pero igual, ella seguía con fuerza para
empujarme y decirme que salvara mi vida —dijo él casi sonriendo, como si
aún ahora le asombrara su fortaleza—. Así que salí. Cojeé hasta alejarme.
Alguien gritó al darse cuenta de que yo había escapado, y eso me dio más
energía para echar a correr. Logré esconderme en un contenedor de basura
tirado en un callejón, y sentí a los hombres correr de un lado a otro y
preguntándose a dónde podría haberme ido.
Mateo cerró sus ojos recordando todas las sensaciones. El olor de la
basura, el olor de la sangre, tanto la que brotaba de su propio cuerpo como la
de su madre, que estaba encima de él; y la voz de los hombres, que aún hoy
era capaz de identificarlas, preguntándose a dónde se habría metido un niño
de doce años.
—Que no es una pelusa, hombre, es un muchacho. ¡No pudo haberse
esfumado! —había gritado el que parecía ser el líder. Mateo, desde el
contenedor, no podía ver absolutamente nada. Con una mano se apretaba la
herida tratando de restañar su propia sangre, pero parecía imposible, ésta
simplemente salía y salía.
¿Y su madre? Se preguntaba, ¿dónde estaba ella? ¿Había conseguido huir
también?
No, lo dudaba, pero pensar en eso era demasiado horrible; no era capaz de
imaginar las alternativas.
Apretó sus dientes, pues a cada minuto el dolor se hacía peor, más
insoportable, y la incertidumbre por saber qué le había ocurrido a su madre
parecía querer llevarse toda su fuerza de voluntad. Contuvo la respiración, e
incluso hubiese intentado contener los fuertes latidos de su corazón si hubiese
podido, cuando uno de los hombres levantó la tapa del contenedor, pero
como estaba debajo de la basura suelta, a lo mejor el hombre no quiso
ensuciarse las manos escarbando, o creyó que un niño no tendría la astucia
para esconderse debajo.
Y entonces, como si de la música más tranquilizante del mundo se tratara,
se escucharon las sirenas de la policía.
¿Cuánto tiempo había pasado? No lo sabía. Lo cierto es que escuchó las
indicaciones de los hombres para huir del lugar.
—¡No podemos irnos sin el muchacho! —gritó uno.
—¡Querés que te agarre la policía o que!
—¡Nos matarán igual si llegamos sin el chico!
—Prefiero eso a podrirme en la cárcel —y fue la última palabra que Mateo
escuchó de esos hombres.
Cuando la policía empezó a registrar el lugar, él había perdido
momentáneamente la conciencia. Fue la voz de su padre la que lo trajo de
nuevo a la realidad, y no lo estaba llamando, no. Estaba llorando a Paloma.
El dolor en la voz de Diego había sido tan fuerte y tan grande que lo había
alcanzado aun estando dentro de un contenedor de basura, y sintiendo que su
piel quemaba, se esforzó por salir de en medio de toda la basura, abrir la tapa
del contenedor y llamar a su padre.
La policía corrió a él, los paramédicos corrieron a él, pero él sólo quería
que una persona viniera, y esa persona estaba llorando sobre el cuerpo de su
madre, tendido boca abajo en la acera a pocos metros del auto.
Empezó a llorar él también, y escapando de los policías, corrió a su madre,
pero no alcanzó a llegar. La reserva de fuerzas se le habían acabado y tuvo
que detenerse, su padre se giró a mirarlo. Los ojos anegados en lágrimas de
Diego le dijeron la verdad: Paloma se había ido, su hermosa madre ya no
estaba.
Mateo, comprendiéndolo, cayó en el suelo mirando hacia el cielo, un cielo
encapotado en nubes opacas.

—Estuve hospitalizado una semana —siguió Mateo, aún con una de sus
manos en su rostro—. Eloísa no había podido contener las lágrimas, y las
limpiaba sin disimular—. Contraje una infección muy fuerte, y estuve
bastante mal los primeros días, así que me perdí el funeral de mamá.
—Dios, cuánto lo siento.
—Le conté todo a la policía —suspiró él—. Concluyeron que el objetivo
ese día era yo, no mamá. La idea era secuestrarme, mantenerme lejos para, tal
vez, pedir un rescate.
—Pero me imagino que fueron atrapados ya, ¿no?
—No Eli, y creo que no estamos ni cerca de averiguar quiénes eran. Uno
de los hombres fue hallado muerto tiempo después, pero no se supo nada de
los demás, excepto un alias, y la información con respecto a él llegó a un
callejón sin salida y la policía desistió en las investigaciones—. Eloísa lo
miró fijamente, y él sonrió—. No —le contestó a su silenciosa pregunta—.
Papá no ha dejado de buscar. Y yo me sumé hace poco, aunque no he podido
encontrar gran cosa.
—Espero que los atrapen —dijo ella con voz dura—. Y que les hagan
sufrir el mismo infierno que tuviste que sufrir tú. ¡Se merecen lo peor!
—Pero tal vez nunca sepamos quiénes son. Tal vez eran delincuentes
comunes… o tal vez una organización más poderosa que papá.
—¿Nunca más intentaron algo contra ti?
—Papá triplicó la seguridad en torno a todos, y por un tiempo, no salí de
la casa si no era en un auto blindado y con dos guardaespaldas. Pero no, no
volvieron a intentar nada contra la vida de ninguno de nosotros y con el
tiempo, papá volvió a aflojar. Casi enloquezco en ese tiempo —sonrió él
doblando una pierna y apoyando el brazo en él. Eloísa se preguntó por qué
recordar eso le hacía sonreír, y pronto lo supo—. De no ser por Juan José y
por Fabián, habría enloquecido—. Eloísa sonrió también, imaginándoselos de
niños.
Juan José siempre había sido rubio y guapo, recordó Mateo, y en aquella
época sus ojos verdes se veían enormes en su cara algo pecosa. Y Fabián,
redondo como una bolita, siempre daban ganas de tirar de sus cachetes, o de
sus llantitas en la panza, o cualquier otro lado.
Habían entrado a su habitación un par de semanas después de lo ocurrido,
y Mateo seguía sumido en la depresión y en la oscuridad. Aún escuchaba los
gritos en su cabeza; primero, los de su madre pidiéndole que corriera sin
mirar atrás, luego, los de su padre llorando sobre el cuerpo de ella.
Había llegado a desear ser él quien muriera. Así, su madre habría vivido, y
su padre no habría llorado tanto. Ella podría haber tenido otro bebé que lo
remplazara, y Diego se habría recuperado.
Y del mismo modo, no habría tenido él que soportar tanto dolor en su
pecho.
—¿Mateo? —había llamado la voz de Juan José, y Mateo, al oírlos, se
había girado a mirarlos—. Escuché que te dispararon —dijo su amigo. Detrás
de él estaba Fabián, pero él permanecía en silencio.
—¿Quién les dejó entrar?
—Tu papá.
—Deberían irse a su casa. Yo no puedo jugar, ni salir.
—No vinimos a jugar —dijo Fabián adelantándose.
—No tengo ganas tampoco de hablar —insistió Mateo—. Así que
váyanse.
Mateo les dio la espalda, así que no vio las miradas que sus amigos se
habían cruzado.
Escuchó que daban unos pasos, pero en vez de alejarse, ellos se habían
acercado más.
—Sentimos lo de tu mamá —dijo Fabián—. Lo sentimos de verdad.
—Es una mierda lo que le hicieron —escupió Juan José, utilizando la frase
que se había vuelto su favorita últimamente—. Una mamá tan buena…
—No quiero hablar —volvió a decir Mateo, y su voz salió quebrada—.
Váyanse.
—Sí, nos vamos. Pero queríamos que supieras que lo sentimos.
—Y queremos que te recuperes —dijo Fabián—. Eres nuestro amigo.
—Nuestro hermano —corrigió Juan José.
—Y no queremos que te sientas solo.
—No, nada de sentirse solo. Tienes derecho a estar triste, pero no
queremos… que te sientas solo. Es una mierda—. Mateo volvió a mirarlos,
dándose cuenta de que era verdad, ellos eran sus hermanos, y sentirse solo era
terrible.
Cuando él no dijo nada, Fabián, tal vez el más sensible de los dos, caminó
a él y lo abrazó. Juan José lo imitó, y segundos después, Mateo correspondió
al abrazo, echándose a llorar como una nena, pero a ninguno de sus amigos le
importó, ni se lo recordaron después, ni lo utilizaron más tarde para burlarse
tampoco.
—Son los mejores amigos del mundo —le dijo ahora a Eloísa, que volvía
a secarse las lágrimas mientras lo escuchaba—. No. mis hermanos. Me sentí
triste durante mucho, mucho tiempo. Había perdido a mi madre de manera
violenta, había sido disparado con la misma bala que la había herido a ella.
Cualquier otro habría quedado con traumas terribles que incluso habrían
cambiado su personalidad, pero yo me recuperé pronto, e incluso el psicólogo
que me trató luego de la tragedia consideró que no necesitaba más terapias
después de un corto tiempo. La tristeza es normal y necesaria, pero la soledad
no, y un par de niños tan pequeños como lo eran ellos ya lo tenían claro, y
fueron en mi rescate.
—Me alegro mucho por eso.
—Sí, yo también me alegro por ello. Aún extraño a mamá —dijo él
sonriendo con tristeza—. Y creo que, a pesar de ya estar viejo, aún la
necesito, pero conseguí aceptar su ausencia. Después de todo, antes de morir,
ella me pidió que siguiera adelante sin mirar atrás—. Eloísa se movió en la
cama hasta llegar a él y lo abrazó. Lloró con él, y Mateo respondió a su
abrazo.
Ella no dijo nada, ni una palabra. Tal vez porque no las encontraba, o
porque, al fin y al cabo, no eran necesarias, pero su toque, sus lágrimas y,
sobre todo, su apoyo, eran el mejor bálsamo para su alma aún adolorida.
La atrajo hacia él y le besó la mejilla. Su madre le había dicho que siguiera
adelante. Tal vez el sentido de esas palabras era diferente en el momento en
que las había dicho, pero él se tomaba la libertad de reinterpretarlas.
Había conseguido seguir adelante, y seguro que pronto formaría su propia
familia. Paloma podía sonreírle con orgullo desde el cielo, tal vez.
…18…
—Te sientes bien? —le preguntó Silvia a Paula sentándose a su lado en
una banqueta del enorme jardín de la mansión Soler. A su lado, había un libro
que parecía olvidado, mientras ella miraba hacia la distancia.
Más allá de los jardines, los setos y el prado, estaría el prado, el seto y el
jardín de otra mansión, pensó Paula. Otra familia con sus problemas y sus
historias, historias tal vez para nada parecida a las que acostumbraba leer.
En sus libros favoritos, el romance parecía muy real y los finales felices
muy probables. No, probables no, eran ley. Parecía que entre más fuerte
doliera tu corazón al principio, mayor sería la felicidad como recompensa al
final. El verdadero amor existía y los malos siempre recibían su castigo…
Pero la vida real era muy distinta. La gente mentía y engañaba sin ningún
escrúpulo, y podían hacerlo casi indefinidamente sin temer castigos divinos,
esquivando las leyes del karma, y pareciendo ser muy felices aun con todo lo
que había en su conciencia. La vida real era un asco, y ella estaba aquí,
atrapado en el cuerpo de esta adolescente real, en una familia real.
Giró su cabeza y miró a su hermana haciendo una mueca.
—Estoy bien, sólo estoy deseando ser una de esas mujeres de la época de
la regencia protagonista de una de mis novelas.
—¿De verdad? —sonrió Silvia, como si antes no hubiese notado la
desesperanza en la mirada de su hermana—. ¿Con corsé y todo?
—¿Qué tienen de malo los corsés?
—Vale, supongo entonces que eres capaz de vivir sin los tampones ni las
toallas sanitarias —rio Silvia—. ¿Sabes cómo se las arreglaban antes?
—Con lienzos… —contestó Paula, sabiendo desde antes la respuesta.
—Que tenían que lavar y reutilizar. ¿Y los baños? Me refiero a la taza del
váter… no existían, sólo la bacinilla, que si no tenías una sirvienta que se
ocupara de deshacerse de tus deshechos, tendrías que hacerlo tú misma.
—Ay, no había pensado en eso.
—Y a tu edad, ya debías estar comprometida o buscando un prospecto, o
estarías quedándote atrás. Y si tus padres no tenían posibilidades, te habría
tocado trabajar como maestra de los hijos de otra con mejor suerte—. Paula
elevó sus cejas y miró a su hermana haciendo una mueca—. Eres afortunada
de haber nacido en esta época —dijo Silvia casi como un regaño—. No
vuelvas a decir que prefieres la época pasada. Por algo existe la evolución. La
raza humana debe seguir y seguir avanzando. Si nos estancamos, morimos—.
Silvia suspiró.
—¿Lo dices por mí?
—Bueno, tú no eres la raza humana, pero… sí que te estás estancando. Un
fracaso no puede convertirse en el asunto más importante en tu vida, tanto
que llegue a regirla por completo. No puede determinar quién eres, o lo que
serás. ¿Acaso antes de conocer a ese chico… no tenías sueños?
—Sí, tú lo sabes; tener una línea de restaurantes. Una vez se lo comenté a
Carlos y me dijo que los alimentos son el negocio que más dinero deja, y
luego está la ropa, donde está él. Pero también me dijo que es uno de los más
inestables.
—¿Crees que una mujer de la época de la regencia podría haber soñado
siquiera con tener un restaurante? Y tú quieres una línea entera, es decir,
pretendes ser tan buena que la gente quiera comprarte franquicias.
—Ya sé que no… pero…
—Sólo quieres el romanticismo de los libros, un conde o un duque que te
saque de tus miserias, pero tú puedes hacerlo por ti misma. No será tan fácil,
pero sí que será más satisfactorio, porque lo habrás conseguido con tu propio
esfuerzo.
—Yo no estoy esperando que un hombre me saque de mis miserias.
—Bueno, pero estás aquí odiando el presente—. Paula sonrió.
—Supongo que lo que pasa es… que todavía… me duele un poco.
—El dolor no mata —sentenció Silvia, y Paula la miró preguntándose por
primera vez si Silvia había experimentado lo que era el dolor del amor.
—No mata, pero qué molesto es.
—Uno puede acostumbrarse. Yo tengo la opinión de que los hombres son
un poco tontos en algunas cosas. Los hay listos, como Juan José, que peló
hasta el final por Ángela y consiguió su felicidad, o Carlos, que fue capaz de
domar a Ana… pero hay otros que merecen un golpecito en la cabeza para
reaccionar—. Paula se echó a reír.
—Un golpe con una sartén de hierro, tal vez.
—Tú sigue esperando. Así te cases a los treinta, no habrás perdido el
tiempo, porque habrás estado ocupada viviendo. Viviendo tu vida, a tu
manera, y al final, eso es lo que cuenta. Cuando uno se muere, nada más se
lleva lo que se comió y lo que se bailó.
—Y sí —rio Paula otra vez. Miró a su hermana con una sonrisa y elevó las
cejas.
—¿Te gusta alguien?
—Claro que no —Paula apretó los labios. Su hermana había respondido
casi de inmediato tomada por sorpresa, pero no se conformó con esa
respuesta.
—¿Lo conozco? —insistió— ¿Tan idiota es que no se ha dado cuenta de
que estás loquita por él?
—No lo conoces —Paula abrió grande su boca.
—¡Entonces sí hay alguien que te gusta!
—¡Qué metida eres!
—¿Es de la universidad? —Silvia blanqueó los ojos, resignándose a
contarle.
—Sí. Lo hemos visto también en el club, y es el hijo único de una familia
bastante antigua, adinerada, y etcétera. Pero estoy a punto de pensar que
todas las virtudes que le vi al principio las imaginé; al igual que tú… tengo
un ojo nefasto para los hombres. Él me mira por encima del hombro y yo sólo
me pregunto si es… por ser quien soy, y venir de donde vengo—. Paula se
puso seria haciendo una mueca.
—Estamos en el siglo veintiuno y la raza humana ha evolucionado; me lo
acabas de decir.
—Pero gran parte de la gente de este siglo está estancada en el pasado y
sus costumbres.
—Y si es tan tarado, ¿por qué te gusta?
—Porque yo también soy tarada, por qué más—. Paula soltó la carcajada,
sintiéndose mejor. Alrededor también había gente luchando sus propias
peleas. Era grato ver a Silvia hablando de este tema, y ver que ella también
tenía un corazón.
En el momento el auto de Carlos se estacionó y ambas miraron su reloj.
Era raro que él llegara fuera de horario. No había alguien más rígido en esto
que Carlos Eduardo Soler, así que algo malo debía estar pasando.
Las dos se pusieron en pie y caminaron a él, que se bajó del auto. De la
otra puerta salió Ana riendo, y entonces ya no se extrañaron. La única
persona que sacaba de su rutina a Carlos era ella. Se habían preocupado por
nada.
—Silvia, qué bueno que estás aquí —la saludó Carlos.
—Para qué soy buena.
—Quiero conversar contigo en el despacho. ¿Vamos?
—Yo no fui —se defendió ella de inmediato. Ana arrugó su frente
mirándola interrogante.
—No te hemos acusado de nada.
—Pero por si las moscas, no he sido yo.
—Vale, vale, lo tendré en cuenta —rio Carlos, y le puso una mano en el
hombro a la vez que la conducía al interior de la casa. Ana miró a Paula, y
ésta miró otra vez hacia la banqueta donde antes había estado.
—¿Estudiabas? —Paula negó meneando la cabeza. Ana tenía razones para
hacerle esa pregunta ahora, pues sus calificaciones habían bajado bastante en
el último bimestre. Había perdido el primer lugar pasando a ser una chica
promedio.
Era horrible bajar del primer lugar sólo por la manera como los demás te
miraban, como si se decepcionaran de ti, y aunque no debía importarle,
quería recuperar el primer puesto; eso representaba trabajo duro, y era justo
lo que necesitaba ahora. Le había costado mucho, mucho llegar a ser la
mejor, su inglés había sido nulo, sólo sabía los saludos y unos cuantos
números y en cambio, sus compañeros eran capaces de sostener largas
conversaciones en el idioma; le había ido fatal en matemáticas, y a duras
penas sabía hacer un ensayo para sociales o lenguaje. No había servido de
nada que fuera la mejor en el colegio en el que había estudiado allá en
Trinidad. Esto aquí era a otro nivel, y habían sido admitidos sólo por haberle
hecho una buena donación de dinero al colegio y la promesa de ponerle
tutores hasta nivelarlos con los demás compañeros antes de que acabara el
primer año.
Recordarlo era volver a vivirlo; había sido duro.
¿Cómo volver a ser la mejor?
Recordó que todo había sido gracias a los tutores que Ángela les había
pagado, y luego Ana misma había conseguido pagar a una profesora de inglés
para que les ayudara a todos.
—Ana, ¿tienes el número de Sophie? —le preguntó Paula de repente.
—¿Necesitas refuerzo en inglés? —ella asintió ya sin sentir pena de sí
misma. Necesitaba la ayuda.
—Ella debió cambiar de número —dijo Ana con voz queda—. No la he
podido contactar.
—¿Cómo la conseguiste la primera vez?
—Una vez buscando en internet… Diablos, si cambió de número, podría
volver a encontrarla del mismo modo que la primera vez, ¿no? —exclamó
Ana como si de repente un bombillo se hubiera iluminado dentro de su
cabeza. De inmediato sacó su teléfono y empezó a buscar algo.
—¿Me recuerdas su apellido? —le pidió Paula, encaminándose a su
habitación, donde tenía su portátil para buscarla ella misma.
—Alvarado —respondió Ana—. Sophie Alvarado.

—Si no me estás acusando de nada —dijo Silvia entrando antes que


Carlos al despacho privado que había en la mansión— es que soy buena para
algo—. Carlos sonrió encaminándose a su escritorio.
—He hablado con Ana acerca de esto que te voy a decir y ella está de
acuerdo, pero como siempre, tú tienes la última palabra.
—Eso suena importante.
—Quiero que tú, en un futuro no muy lejano, dirijas Jakob—. Silvia
contuvo la respiración.
Jakob tenía una historia, como la tienen las niñas huérfanas y maltratadas
que de repente se casan con príncipes. Jakob había sido de la familia de su
mamá; Lucrecia los había abandonado a ellos por esa empresa, por las
ganancias que le representaban, incluso había estado dispuesta a deshacerse
de ellos, sus propios hijos, por no perder el estatus que una empresa como
Jakob le daba.
El destino había puesto a Jakob en manos de Carlos, es decir, las de Ana, y
ahora ellos querían…
—¿Qué? ¿Dirigirla yo?
—Estás estudiando lo que se necesita para dirigir una empresa.
—¡Pero apenas empecé! Estoy en mi segundo año apenas, yo…
—Obviamente no la dirigirás ahora, ni siquiera el año que viene. De
hecho, te falta mucho camino.
—Pero me lo estás diciendo desde ya.
—Claro que te lo estoy diciendo desde ya. Quiero que te prepares para ser
la CEO de Jakob, y entre más pronto empecemos, mejor para la empresa y
para ti. Pero antes de ponernos a hacer cuentas, contéstame: ¿quieres hacerlo?
Silvia tuvo que cerrar la boca, como si tenerla abierta le impidiera pensar.
¿Ella dirigir una empresa tan grande? En el pasado, ni soñaban con comprar
ropa de esas tiendas, eran tan caras, que lo que valía una simple blusa podía
ser la comida de todos durante una semana. De hecho, vinieron a enterarse de
la existencia de la marca cuando se vinieron a vivir aquí a Bogotá con Ángela
y ella una vez llegó con una bolsa de esa tienda.
Había sido una blusa blanca, recordó, y en las manos, la tela se había
sentido como mantequilla. Todos la habían codiciado, queriendo tocarla, y
ella incluso se la había puesto una vez a escondidas para sentirla, aunque no
había manera de que con las proporciones que tenía entonces pudiera
rellenarla.
Ahora ella no sólo podía usar esas prendas si quería. Ahora, podría incluso
dirigir la empresa.
Pero, ¿de verdad podría?
No debía ser fácil. En su mente, la gente que dirigía empresas debían ser
máquinas, o cerebritos, así como Carlos, o Juan José. Gente que parecía
engendrada para eso, con los genes a pedido, como Mateo o Fabián. ¿Ella?
¿Silvia Velásquez?
Pestañeó cuando recordó el sermón que le había dado a Paula acerca de la
evolución de la raza humana. Ella predicaba, pero no aplicaba.
Sí era capaz, y si no lo era, se capacitaría.
—Sí quiero —contestó al fin. Carlos le sonrió con esos ojos aguamarina y
luminosos que hacían que a Ana se le cayeran las bragas, y ella pudo
comprender por qué su hermana suspiraba por él. Que te miraran con tanto
orgullo tocaba tus fibras, aunque ella lo quería como su hermano mayor.
—Entonces, te espera un largo camino, pero daremos el primer paso hoy.
Te voy a exponer lo que tengo en mente para que, cuando llegue el momento,
seas la mejor de las líderes en esa empresa. Siéntate, por favor—. Silvia hizo
caso, y se dedicó a escuchar la propuesta que tenía Carlos. No diría no a
nada. Igual, con su éxito, tal vez podía enseñarle a cierto tarado que éste se
podía conseguir trabajando duro y no sólo por haber nacido en cuna de oro.
Ella le enseñaría.

Eloísa se miró en el espejo de mesa que había frente a la cama donde


Mateo se hallaba sentado revisando algunas cosas en su teléfono. Esta era ya
la última parada, el último hotel, la última isla. Pronto sería hora de hacer las
maletas para volver a la fría Bogotá, pero eso no la desanimaba; no estaba
sola, y seguro que la rutina con Mateo sería también algo extraordinario.
Pero él miraba su teléfono muy concentrado, a pesar de que ella estaba
desnuda de cintura para arriba frente al espejo.
Pero claro, si no tenía tetas, ¿qué iba a llamar su atención?
Recordó el sueño de Ana. Bueno, casi todo el sueño había sido horrible,
como que Mateo tendría un hijo con otra. Pero en el sueño ella tenía tetas.
—¿Crees que deba hacerme una mamoplastia? —dijo de repente tomando
sus senos en sus palmas como si los estuviera pesando. De inmediato captó la
atención de Mateo, que levantó la vista de la pantalla de su teléfono para
mirarla ceñudo.
—Para qué.
—¿Cómo que para qué? Podría aumentar una talla, o dos.
—Estás loca —dijo, como si zanjara la cuestión, y volvió a mirar su
teléfono.
—¿No te llama la atención? Insistió ella, girándose a él y cubriéndose los
senos con sus manos. Mateo volvió a mirarla—. Es que mira, no tengo nada.
—¿Y por qué quieres tener más?
—Me gusta la caída de las blusas en las mujeres que sí tienen tetas.
—Las tuyas están muy bien.
—Pero podría…
—Están perfectas, Eli —volvió a decir Mateo. Ella hizo una mueca y
volvió a mirarse al espejo. Obviamente un hombre no iba a entenderla.
De repente, él salió de la cama y se ubicó detrás de ella. Se inclinó hasta
mirarla en el espejo y ella vio que él estaba muy serio.
—¿Por qué lo harías? —le preguntó— ¿Por la presión de las masas? La
televisión y las revistas insisten en que hay que tener una talla enorme en el
sostén para que el mundo sea perfecto. ¿Lo vas a hacer porque te sientes
menos mujer al tener una talla promedio?
—No, yo…
—Porque si es por eso, yo puedo decirte que, con tu talla, ya eres toda una
mujer; perfecta. El tamaño de tus glándulas mamarias no hará más felices a
tus bebés cuando los tengas, y si piensas hacerlo por mí, desde ya te digo que
no tengo ninguna queja de tu cuerpo tal y como está ahora mismo, natural y
original.
—No quieres que lo haga —concluyó ella haciendo un puchero.
—Pero si tú sí quieres, e insistes, consulta con el mejor y yo te pagaré la
operación—. Eloísa sonrió de oreja a oreja y se puso en pie para abrazarlo.
—Te amo.
—¿Qué significa eso?
—Pensé que te importaba.
—A mí no me importa. Me encanta tu cuerpo tal y como está, ¿no te lo he
dicho?
—Está bien, está bien. No me operaré. Es… una idea que siempre he
tenido, pero tu punto de vista es muy convincente.
—Yo preferiría que no te lo hagas, pero…
—Ya sé, ya sé, la que decide soy yo. Y por ahora decido que no.
—Está bien.
—Pero si luego de tener bebés se me caen o se ponen como globos
desinflados, me la haré digas lo que digas—. Él se echó a reír.
—Para que se desinflen, primero tendrían que estar rellenas con algo.
—¡Te voy a matar! —exclamó ella pellizcándolo con dureza, y él empezó
a corretear por la habitación huyendo de ella y sus peligrosas uñas.

Regresaron al fin a Bogotá y llegaron con sus maletas al pent-house de


Mateo. Por ahora, vivirían aquí, eso habían decidido antes de la boda. Les
quedaba cerca el trabajo a ambos y era mucho más práctico. Cuando vinieran
los niños, ya pensarían irse a una casa grande y con jardín.
Cuando vinieran los niños.
Eloísa era incapaz de pensar en eso sin que se le dibujara una sonrisa en el
rostro. Los hijos antes eran un sueño difuso que ni siquiera lograba concretar
en su mente, pero ahora podían ser muy reales, y podían estar muy cerca.
Sabía que no estaba embarazada ahora mismo, pero eso podría ocurrir este
mes, o el siguiente.
—Llamaré a papá para avisarle que ya llegamos —dijo Mateo pegándose
el teléfono a la oreja y yendo hacia el área de la biblioteca. Mateo tenía
muchos libros, pero ninguno era de novelas. Para nada. Puras cosas de
finanzas, inversiones, comportamientos de la bolsa, impuestos y etcétera.
Cosas que ella sólo leería en una noche terrible de insomnio.
Pero en estos pocos días que le quedaban antes de volver a su trabajo,
traería de su pequeño apartamento sus hermosos libros de historias lejanas,
aunque vibrantes, y los acomodaría al lado de los de Mateo, aunque a él le
diera una revoltura de estómago en cuanto lo viera.
Y diablos, tenía que llamar a su mamá.
Tomó el teléfono y buscó el contacto de Beatriz, pero temía decirle la
verdad. Ella ni siquiera sabía que su hija se había casado, sólo que se había
ido a un viaje de trabajo. Había sido difícil mentirle, y debía por fin contarle
la verdad, pero no se sentía valiente para eso.
Mateo regresó y en su cara se leyó que, o no había podido decirle la
verdad a Diego, o, si lo había hecho, las cosas no habían salido bien.
—Papá está de viaje —dijo—. Se tardará unas semanas.
—Oh, vaya.
—Ya sabe que estoy aquí, y ya tengo mucho trabajo para hacer.
—Como, por ejemplo, acompañarme a decirle a mis papás.
—Eso también—. Eloísa sonrió.
—Rompiste los platos, así que debes pagarlos ahora.
—Me encanta romper esos platos —susurró él acercándose para besarla—.
Tus papás son tarea fácil, y el cielo nos dio un par de semanas para preparar a
mi papá.
—Dios es bueno—. Él sonrió. El teléfono de Mateo timbró y, antes de que
diera la vuelta para contestar en otra parte, Eloísa consiguió leer el nombre en
la pantalla. Lineth Casablanca.
—Hola —contestó él—. Ya regresé.
¿Disculpa?, quiso preguntar Eloísa. ¿Qué mierda está pasando aquí?
Se cruzó de brazos, pero él se había alejado para contestar su llamada.
¿Qué asuntos tenía él todavía con el llavero ese? ¿Y por qué diablos ese
“Hola” casi contento? ¿Acaso ella había estado acá esperando por él, y a él lo
ponía de buen humor hablar con ella por alguna razón en especial?
Una tormenta se fue formando en su cabeza, nubes grises chocando unas
contra otras, rayos y relámpagos.
Mateo le tendría que dar una muy convincente explicación. O eso
esperaba; no quería tener problemas en su matrimonio nomás regresaba de la
luna de miel.
…19…
Eloísa se quedó allí, en medio de la sala del lujoso ático de su esposo con
los brazos cruzados mientras él hablaba en voz queda con Lineth Casablanca.
Ya llevaba más de un minuto hablando con ella, ¿es que le estaba contando la
historia de su vida o qué?
Dejó salir el aire con los hombros caídos. No habían desempacado la
maleta de su viaje de luna de miel y ya iban a tener su primera pelea.
Mejor desempacaba para que esa horrible verdad no se hiciera realidad.
Tomó su maleta y la arrastró hasta la habitación. Una vez allí, la abrió y sacó
toda la ropa. Una parte era para lavar, así que fue haciendo pequeños
montones y como toda una buena ama de casa, acomodó las cosas que debían
ir en el baño o el armario.
Volvió a la sala y encontró que Mateo seguía hablando por teléfono, pero
ahora estaba un poco serio.
Se puso los brazos en la cintura mirándolo adusta, y él, al verla, sólo le
sonrió, pero volvió a concentrarse en su conversación.
Eloísa vio la maleta de Mateo y decidió dejarla ahí. En otro momento le
habría ayudado a organizarla también, pero ya no quería.
Eso era muy infantil, se dijo, así que, derrotada contra su propia
conciencia, arrastró la otra maleta y la llevó a la habitación.
Cuando empezaba a separar la ropa, él llegó por fin.
—Disculpa, se alargó mi llamada.
—Ajá —murmuró ella en tono plano. Mateo la miró sacar su ropa con más
fuerza de la necesaria y arrojarla al suelo. Se sentó en la cama frente a ella y
observó sus movimientos bruscos.
—¿Pasa algo?
—Por qué.
—Pareces molesta.
—¿Yo? —arrojó la espuma de afeitar de Mateo en la cama muy cerca de
él—. ¿Molesta? —dijo, y ahora arrojó el desodorante—. No estoy para nada
molesta.
Mateo la miró confundido.
—¿Qué pasa?
—¡Nada! ¡No pasa nada! ¿Qué va a pasar? —él hizo una mueca.
Definitivamente, había pisado una mina y debía andarse con cuidado.
Mierda, ella se había dado cuenta de la llamada de Lineth. Él no le había
contado nada, para completar el pastel.
Ella arrojó un estuche de lentes de sol, y luego el frasco de su perfume.
—Estoy perfecta —siguió diciendo Eloísa—. La viva imagen del aplomo
y la idoneidad. Prudencia es mi segundo nombre y feminidad mi apodo.
Algunos lo confunden con “Pendeja” o “idiota”, pero se equivocan.
—Eli, lo siento. Debí contártelo —ella lo miró ahora con ojos grandes.
Qué, qué debió contarle. ¿Algo grave? ¿Algo con esa mujer? No, no quería
saber.
No quería saber, se repitió, y se detuvo de su tarea de desocupar la maleta
de Mateo y miró en derredor buscando su bolso para salir, salir de allí
corriendo, lejos. No quería escuchar.
¿Dónde estaba su bolso?
—Eloísa, escúchame.
—No quiero —dijo, y caminó a la salida. Mateo la alcanzó en un par de
zancadas y le tomó el brazo.
—Es delicado, necesito que atiendas.
—¡No quiero escuchar! —gritó ella. Estaba gritando. No, así no debía ser
un matrimonio. Así no debían solucionar las cosas. Pero Dios, tenía tanta
rabia.
Él la tomó de la cintura y la aplastó contra la pared, antes de que ella
lograra protestar, él la besó tan profundamente que logró robarle la cordura.
O la locura.
Eloísa se quedó allí, como si de repente alguien hubiese sacado todos los
huesos de su cuerpo y fuese incapaz de mantenerse en pie. Lo miró a él de
manera lánguida y apoyó la cabeza en la pared.
—La única para mí eres tú —le dijo él con voz ronca—. La única en el
mundo, en el universo. Tú, sólo tú.
—Pero… pero estabas hablando con ella.
—Sí.
—¿Por qué? Quiero decir… puedes hablar con amigas, pero ella… ella no
—. Él sonrió.
—Es porque tengo una especie de… trato con ella.
—¿Hiciste un trato con el llavero?
—¿El llavero?
—Se colgaba de ti, y es tan chiquita que no parecía tu pareja sino un
llavero que colgaba de tu bolsillo —Mateo no lo pudo evitar y soltó la risa.
De verdad que había veces que la imaginación de esta mujer lo sobrepasaba.
—Sí, hice un trato con el llavero.
—No me va a gustar, ¿verdad? El trato que hiciste con ella—. Él se alejó
de ella un poco y respiró profundo.
—Tal vez no. Pero antes de que hablemos de eso, Eloísa Vega de Aguilar,
vamos a tener que hacer un pacto tú y yo.
—¿Qué pacto?
—En esta casa no se grita… Sólo en la cama—. Ella sonrió al fin, a la vez
que bajó la mirada sintiéndose avergonzada.
—Lo siento—. Sus huesos debieron materializarse de nuevo dentro de su
anatomía, y Eloísa caminó de nuevo y se sentó en la cama. Mateo caminó al
sofá que había cerca y se sentó en él apoyando los codos en sus muslos y
mirándola seriamente.
—Ya sabes que… papá no tiene ni idea de que tú y yo nos casamos —ella
asintió—. Él cree que este viaje fueron unas vacaciones que me tomé… para
pasarlo con Lineth Casablanca —Eloísa no dijo nada, sólo elevó sus cejas y
miró a otro lado—. Ella se prestó para esa mentira. Acordamos que, si papá la
llamaba, fingiría que estaba conmigo, y viceversa.
—¿Así tan fácil? —él hizo una mueca encogiendo un hombro.
—La noche del teatro… —siguió él— bueno, unos hombres de papá me
siguieron. Ella tuvo que ayudarme para escapar y burlarlos. Me prestó un
automóvil en el que me vine hasta tu apartamento. Fue esa la verdadera razón
por la que me tardé en llegar esa noche. Tuve que andar una parte y…
—¿Es decir… que de repente ella ya no quiere nada contigo y, por el
contrario, te ayuda a escaparte y casarte con otra mujer?
—Bueno… sí.
—Sospechoso.
—No lo veas así. Nos ayudó mucho. Si de verdad hubiese tenido
intenciones en contra nuestra… no habría sido tan fácil.
—¿Y qué hablabas con ella ahora?
—El fin de nuestro acuerdo. A partir de ahora, nada de mentiras a papá.
—Es decir, que en cualquier momento tu padre te llamará furioso.
—Sí, probablemente. Aunque ahora mismo está fuera del país, dudo que
se entere. Supongo que tenemos dos semanas más de paz.
—Y Lineth Casablanca no te pidió nada a cambio de este enorme favor —
él se rascó la nuca, y Eloísa se puso en pie al ver esa actitud, volviendo a la
tarea de desempacar la maleta.
—Sí me pidió algo a cambio —dijo Mateo—, pero no será nada de índole
personal. Nada que tenga que ver con traicionarte a ti—. Ella lo miró de
reojo.
—Es decir, que no sabes qué te pedirá.
—No, no lo sé.
—Dios, y eres un exitoso hombre de negocios…
—Eli, créeme.
—A ti te creo —dijo ella con voz queda—. A ella… no sé.
—Yo también sospeché mucho cuando se portó tan… colaborativa. Hasta
el día mismo de la boda estuve asustado. Pero si hubiese tenido intenciones
de hacernos mal, ya lo habría hecho. Ha tenido tiempo y oportunidad—.
Eloísa se cruzó de brazos mirándolo con los dientes apretados.
—¿Y hasta ahora me lo dices? —Mateo cerró sus ojos admitiendo su falta
—. ¿He tenido que molestarme, he tenido que descubrir que hablabas por
teléfono con ella para que al fin me contaras?
—No intentaba ocultártelo… pensé… hacerlo en la luna de miel, en algún
momento. Pero… simplemente lo olvidé.
—Lo olvidaste, Mateo…
—Lo olvidé… —reafirmó él— estaba en el cielo contigo. Esas cosas eran
demasiado terrenales.
—Intentas engatusarme.
—Lo siento —dijo él con tono contrito, caminó a ella y la abrazó por la
espalda—. Perdón.
Eloísa suspiró. Repasó toda la historia tratando de ser lo más racional
posible, aunque con él a su espalda dándole besitos en el cuello empezaba a
ponerse difícil.
Lineth Casablanca había decidido no seguir la farsa con él, y por el
contrario le estaba ayudando a que se realizara con su novia. Era sencillo,
pero increíble. De no ser porque en su dedo tenía el anillo y de verdad estaba
casada y acababa de volver de una luna de miel de ensueño, lo habría puesto
en duda, pero tenía que reconocer que, ante Diego Aguilar, Mateo había
necesitado una coartada muy poderosa para escapar de sus preguntas y poder
pasar este mes con ella.
Tal vez era verdad.
Y si era verdad, en vez de estar molesta, Eloísa debía sentirse en deuda
con el llavero.
—Perdóname rápido, no seas así —le pidió él, y Eloísa frunció el ceño a la
vez que sonreía.
—No puedes pedir algo así.
—Es que ya sé que me vas a perdonar, pero lo estás pensando mucho, y
mientras, yo sufro—. Eloísa se echó a reír.
—Eres increíble.
—Vamos, di que ya no estás molesta.
—Mateo —dijo ella poniéndose seria y girándose entre sus brazos para
mirarlo cara a cara—, no vuelvas a ocultarme algo así—. Él asintió mirándola
a los ojos.
—No te ocultaré nada de aquí en adelante—. Ella sonrió y besó sus labios,
unos labios que le encantaban y que ya quería volver a saborear—. Tú
tampoco me ocultarás nada.
—Bueno, dejaré que algunas cosas las descubras por ti mismo —sonrió
ella con picardía. Mateo soltó un gruñido, y quitó la maleta de encima de la
cama sin mucha delicadeza para poner a su esposa que ya lo enloquecía a
besos.

—Hola, mamá —saludó Eloísa entrando por la puerta principal de la


bonita casa de sus padres. Beatriz, al verla, le sonrió y la abrazó, pero
entonces vio a Mateo y casi sufre un paro cardíaco allí mismo.
—Volviste con… Ay, Dios… Ustedes dos… volvieron…
—Sí, mamá —sonrió Eloísa—. Te contaré todo, pero, entremos, hace frío
—. Beatriz se lanzó a Mateo y lo abrazó con fuerza.
—Qué felicidad! —Exclamó—. Yo sabía, yo sabía. Sabía que lo de la
enana esa que se colgaba de ti no era nada serio. ¡De verdad! —Mateo miró a
Eloísa preguntándose qué tenían estas dos mujeres en contra de las mujeres
de baja estatura, pero Eloísa sólo se mordió los labios disimulando una
sonrisa.
Beatriz los hizo pasar a su sala de estar y Mateo miró en derredor
admirando la decoración un tanto sencilla. Había imaginado algo más
opulento, algo más ostentoso, pero se dio cuenta de que eran sus propios
prejuicios. Beatriz y Julio Vega eran personas sobrias que les gustaba la
sencillez, después de todo.
—Está bonita su casa, suegra.
—Ay, tan lindo como siempre —sonrió Beatriz, y Eloísa elevó una ceja al
ver que su madre se acomodaba el cabello—. Pero esta realmente no es mi
casa. Considero que mi casa verdadera está en Trinidad.
—Es mucho más grande —sonrió Eloísa, sentándose junto con Mateo en
un sofá. Mateo decidió entonces reservarse su opinión acerca de la sencillez
de los Vega hasta ver la casa de Trinidad—. ¿Papá no está? —preguntó
Eloísa mirando en derredor.
—Llamó diciendo que llegaba tarde —contestó Beatriz con un
movimiento de su madre, demostrando así que ya estaba acostumbrada a eso
—. Ustedes dos… —Beatriz miró a uno y a otro con ojos entrecerrados—.
Están muy bronceados —siguió—. ¿Qué está pasando aquí?
—Mamá…
—Nos fuimos juntos de viaje a la playa —contestó Mateo por ella,
decidiendo decirle las cosas a Beatriz poco a poco y no de golpe.
—Entonces no fue un viaje de trabajo —aventuró Beatriz mirando a su
hija, pues esa había sido la razón que ella le diera para su larga ausencia. La
pareja negó al tiempo—. Y tú no estuviste de paseo por Europa como dijeron
por allí con la Casablanca.
—No señora. Todo este mes estuve día y noche junto a su hija—. Eloísa
sonrió ante esa verdad.
—¿Celebrando la reconciliación? —Eloísa hizo una mueca.
—De luna de miel —acto seguido, abrió su mano frente a ella para que
resaltara la argolla matrimonial, y Beatriz se puso ambas manos en la boca
conteniendo un grito.
Eloísa la vio ponerse en pie, y de inmediato la imitó sintiéndose
preocupada.
—Mamá… —Pero Beatriz no decía nada, sólo seguía mirando a su hija
con los ojos muy abiertos, y Eloísa no podía determinar si esa mirada era
asombro, disgusto, alegría o furia—. Sé que hice mal en ocultártelo, lo siento,
pero…
—Te casaste con Mateo —dijo Beatriz por fin, sin aire, y Mateo corrió a
un aparador donde había vasos y bebidas y sirvió un trago para su suegra.
Beatriz lo recibió, y llegó al fondo de un solo trago. Mateo recibió el vaso
vacío mirando a Eloísa preocupado.
—Tú, Eloísa, te casaste… a escondidas… —Eloísa se mordió los labios.
No debía decir lo siento. ¿No debía?
—Mamá…
—Estás loca! —exclamó Beatriz, y Eloísa siguió sin poder dilucidar las
emociones que embargaban a su madre. Mateo la miraba aprensivo,
preguntándose si acaso en este momento se estaba rompiendo una bonita
relación entre madre e hija.
Pero una vez más, Beatriz dejó atónitos al par de jóvenes soltando la
carcajada.
Mateo y Eloísa intercambiaron una mirado confusa. Mierda, su suegra se
había vuelto loca.
—Dios mío! —exclamó Beatriz—. ¡Tu papá te va a matar! —dijo mirando
a Eloísa—. Y el tuyo también —dijo ahora mirando a Mateo. Él hizo una
mueca asintiendo.
—No lo verá con buenos ojos.
—Por eso lo hicimos, mamá.
—Por eso?
—Tampoco queríamos una gran boda.
—Pero es legal, ¿verdad? —Inquirió Beatriz mirando a Mateo con ojos de
sospecha.
—Completamente, mi señora. Tengo como testigos a mis amigos y los
amigos de Eloísa.
—Esa panda de locos se prestaría a cualquier arrebato que se les ocurra,
aunque Ana es muy sensata—. Se quedó en silencio de repente, como
asimilando al fin la dimensión de la verdad que acababa de estallar ante su
cara—. Dios mío —dijo con voz más suave—. De verdad… mi hija se casó.
—Fue bonito y sencillo…
—¿Por qué no me avisaste? —se quejó con voz dolida—. Yo no habría
echado a perder las cosas.
—Perdóname por eso.
—Mi hija se casó y no estuve allí… —Eloísa la abrazó, hallándose sin
palabras ni disculpas.
Beatriz rodeó a su hija suspirando. No había vuelta atrás. Los jóvenes eran
impulsivos y de eso se trataba la vida, precisamente. No debía ponerse a
pensar en los recuerdos que pudo tener de la boda de su hija menor, ya no los
tendría.
¿O sí?
—Lo hicieron por Diego Aguilar, ¿verdad? —preguntó interrumpiendo el
abrazo de su hija.
—No me aprueba aún —dijo Eloísa con los ojos humedecidos.
—Entonces, Mateo, vas a hacerme una promesa.
—Sí, señora.
—Cuando tu padre dé el visto bueno, que será pronto, porque mi hija es
divina y él un idiota por no verlo, harás una boda, una fiesta de bodas
pública. Una con torta y lanzamiento de ramo y vals.
—Mamá… —Mateo puso una mano en el hombro de Eloísa silenciándola.
—Se lo prometo, señora—. Beatriz suspiró. Miró a sus dos hijos, porque
Mateo se había sumado a su familia y debía considerarlo un hijo más, y
sonrió, sonrió feliz de verdad. Su hija había elegido bien. Mateo no sólo era
un buen chico, trabajador, inteligente y de buena familia; la adoraba, se le
notaba en la manera que tenía de mirar a su hija, y ya eso lo hacía el
candidato perfecto para ella.
—Gracias a Dios —dijo, y cuando Eloísa y Mateo sonrieron, añadió—.
Pudo ser mucho peor —y eso le borró la sonrisa a la pareja de recién casados.
—¡Yo me muero! —se burló Ángela recostándose en el mueble de la sala
de estar del pent-house que ahora Eloísa compartía con Mateo cuando ésta le
contó cómo había sido el darle la noticia de su casamiento a su madre—. Pero
tienes que admitir que Beatriz se lo tomó con mucha calma.
—Y papá también —suspiró Eloísa—. Sólo estuvo desconcertado por
media hora más o menos, y luego ya simplemente nos volvió a hablar.
—Es que cometiste una locura, cariño. Casándote de esa manera.
—Tú tienes rabo de paja, no hables muy duro —Ángela volvió a reír.
—Entonces, después de todo, no lograrás escaparte de la fiesta de bodas.
—Con torta, ramo y vals—. Ángela simplemente no podía parar de reír, y
Eloísa sonrió contagiada por su diversión—. Cuando me llamaste para
decirme que vendrías —comentó Eloísa— pensé que vendrías con Ana—.
Ángela negó.
—Estos días anda un poco ocupada. Creo que le están organizando un
viaje a Silvia al exterior.
—¿Se va Silvia?
—Creo que sí. A estudiar.
—Pero ya estudia.
—Carlos quiere que se prepare para dirigir una de las empresas.
—¿Silvia? —Ángela sonrió.
—La misma.
—Cuál empresa?
—Jakob. ¿Recuerdas? Era de… la familia de Lucrecia.
—Las ironías de la vida—. Las dos permanecieron un momento en
silencio, y Eloísa suspiró—. Parece increíble, ¿verdad? —Ángela elevó su
mirada a ella—. Todos nosotros, hace unos años… estábamos en condiciones
muy diferentes… Pero en especial Ana y sus hermanos. Recuerdo la primera
vez que los vi.
—A este paso —sonrió Ángela—, Trinidad no será más que una sombra
en la vida de cada uno de nosotros. Dejó unas cuantas huellas en nuestras
vidas… pero es sólo parte del pasado.
—Mateo quiere que vayamos un fin de semana.
—¿Para qué?
—Se le ha metido el tema.
—No hay nada interesante en ese pueblo.
—Bueno, hay un río, un bosque, un lago que todavía dicen que está
encantado…
—Un río contaminado, un bosque talado… ¿y cuál lago? —Eloísa se echó
a reír—. Te lo digo —insistió Ángela—, no hay nada allí.
—No, ¿verdad? Pero allí vivimos nuestra infancia. Allí nacimos,
estudiamos, tuvimos nuestras primeras caídas… ¿Recuerdas la ocasión en la
que tuvimos que intervenir porque iban a tumbar el caracolí? —Ángela hizo
una mueca, como si la sola mención del árbol la pusiese incómoda.
—Yo sólo espero que las marcas que suele dejar ese pueblo no alcancen a
los hermanos de Ana o a nuestros hijos. Ellos se merecen ser libres de la
maldición que parece representar tener lazos con Trinidad—. Eloísa suspiró.
—Si tal maldición existe —dijo—, siempre podremos encontrar una
manera de romperla—. Ángela sonrió negando, y de inmediato pasó a hablar
temas más alegres, como, por ejemplo, si pensaba seguir viviendo aquí
cuando vinieran los niños. Entre risas, Eloísa le dijo que todavía era
demasiado pronto para los niños, y fue la manera perfecta para Ángela
empezar a hablar de los suyos y las últimas travesuras de cada uno.
Pronto, se dijo Eloísa. Pronto ella también hablaría con el mismo orgullo.
…20…
Silvia entró a la biblioteca encontrando a Ana frente al escritorio haciendo
lo que parecían ser cuentas a la vez que una suave música Jazz sonaba en
bajo volumen.
El Jazz era un estilo de música un tanto complicado para su gusto, pensó
Silvia, pero a Ana le gustaba. Recordaba que antes había sido un gusto
normal, pero se había intensificado desde la vez que Carlos le pidiera
matrimonio con esa música de fondo y en vivo.
Ana elevó la vista hacia su hermana, pero Silvia se encaminó a un libro sin
decir una palabra. Cuando pasaron los segundos y ella sólo miraba las
estanterías, Ana habló al fin.
—¿Buscas algo? —Silvia se giró e hizo una mueca.
—Un libro, pero a lo mejor lo tiene Paula. Tú… ¿qué haces?
—Cuentas —Ana dejó los lápices y calculadoras para frotarse los ojos y
luego los hombros.
—Ana… —Silvia se sentó frente a Ana y el tono de voz de su hermana
encendió una alarma en ella, que la miró atentamente—. ¿Puedo… hacerte
una pregunta?
—Siempre puedes—. Silvia sonrió.
—Es que… estoy un poco nerviosa. Si me aceptan en esa universidad en
Australia… Bueno, estaré un buen tiempo lejos… sola…
—Estás un poco asustada.
—Cuando acepté el reto de Carlos, definitivamente no… no me imaginé
todo lo que se venía encima. Sí, estoy asustada. Por eso quería preguntarte…
si acaso… no has visto qué será de mí en tus sueños—. Ana frunció el ceño
mirando hacia el techo como si meditara en ello, pero hizo una mueca
negando muy pocos segundos después—. Deberías esforzarte un poco más
por tu hermana—. Eso hizo sonreír a Ana.
—Los sueños no vienen a mí a pedido, Sil. No me acuesto en la noche
pidiéndole a los espíritus que me iluminen —Silvia sonrió—. Esos sueños
simplemente llegan a mí, y a veces me dejan más confundida que iluminada.
El último que tuve no parece tener pies ni cabeza, pero ahí está.
—¿El último sueño que tuviste? ¿Qué viste? —Ana suspiró.
—Bueno, ahora que lo mencionas… a ti no te vi—. Silvia torció el gesto
volviendo a desinflarse—. Pero eso tal vez significa que estarás en Australia
en ese momento—. Ana se puso en pie y buscó en uno de los burós una
agenda de diseño artesanal. Silvia la reconoció al instante. Paula la había
hecho como manualidad en el colegio y se admiró al ver que Ana no sólo la
había guardado, sino que le daba uso—. Carlos me aconsejó escribir todos los
sueños que he ido teniendo, y hacer un paralelo con la manera en que se
cumplen.
—¿Nunca es de manera exacta? —Ana meneó la cabeza negando y abrió
la página con la última anotación.
—En este sueño vi a todos. A Ángela, los hijos que tendría, a mí, a Paula,
Sebastián, a Eloísa y Mateo, y también a Fabián… pero no estás tú. Y no
recuerdo haberme sentido inquieta por eso—. Silvia se recostó en el espaldar
de su silla cruzando sus brazos y resoplando un poco.
Pasados unos minutos en los que Ana también permaneció en silencio
mirando la agenda, Silvia preguntó:
—Vale, entonces, tal vez lo que me toque hacer sea irme a Australia y
forjar mi propio destino —Ana sonrió.
—Todos forjamos nuestro propio destino.
—¿Qué viste de Paula?
—Que será una mujer hermosa en año y medio, más o menos.
—Ya lo es. ¿Y qué viste de Sebastián?
—Que va a ser muy alto.
—Ya lo es, también. Ana, tus sueños no son muy reveladores —ella se
echó a reír—. No me estás contando lo importante, ¿verdad? —Ana se
encogió de hombros.
—No necesitas saber lo demás. Pero no te preocupes, en cuanto vuelva a
suceder, y te vea a ti, te lo diré.
—Gracias—. Silvia se puso en pie y caminó hacia la salida, pero cuando
ya llegaba a la puerta, se detuvo y miró de nuevo a Ana—. ¿En año y medio?
¿El sueño se realizará en año y medio?
—Más o menos —contestó Ana.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque en el sueño, celebrábamos el tercer cumpleaños de Alex;
estábamos todos allí, reunidos en su fiesta—. Silvia se mordió el interior del
labio sintiéndose un poco defraudada. No era justo. Ella quería saber un poco
acerca de su futuro. Tenía el nombre de una persona atrapado entre el pecho y
la espalda y no sabía si tenía una oportunidad con él, si valdría la pena luchar,
o si simplemente tendría que ir a tientas, como la gente hacía normalmente y
no con las ventajas de saber algo del futuro.
Tal vez esta era su prueba.
—No tengas miedo del futuro —le pidió Ana con voz suave—. Entiendo
que ahora tendrás que afrontar cambios importantes en tu vida, pero eres una
de las personas más fuertes que he conocido en mi vida. Te adaptaste muy
fácilmente cuando nos vinimos de Trinidad, comprendiste primero que todos
cómo se desenvolvía esta nueva sociedad, hiciste amigos rápido en ese
colegio, y mira, te ha ido bien en la universidad. Australia no es nada en
comparación.
—No. Sólo es otro país, otra cultura, otra gente.
—Pero la misma Silvia —sonrió Ana—. Y no será demasiado tiempo. Vas
a regresar para ser la mujer exitosa que siempre has querido ser—. Silvia
asintió agitando su cabeza. No quería decirle que sus incertidumbres eran
más de tipo emocional, y acerca de eso, Ana no estaba diciendo nada, ni una
palabra de aliento.
—Gracias —volvió a decir, y salió de la biblioteca. Ana se quedó allí,
mirando el umbral de la puerta sintiéndolo un poco por su hermana. Era
verdad, si ella hubiese visto algo de su futuro en su sueño, habría podido
ayudarla, aunque fuera simplemente apaciguando sus miedos.
Eloísa entró al edificio donde los Aguilar tenían sus oficinas. Había
muchas oficinas a lo largo y ancho del país donde Diego o el mismo Mateo
podrían sentarse siendo los señores, pero era aquí donde más tiempo
permanecían, y desde donde dirigían a todas las demás.
Se anunció y un uniformado la guio hasta el mismo despacho de Mateo.
—La reunión del señor se alargó —dijo una secretaria disculpándose con
ella—. Le pide que… por favor la espere. ¿Quiere que le traiga alguna
bebida? Un té, un café…
—Estoy bien, gracias…
—Un jugo, agua…
—Estoy bien —repitió Eloísa—. Sólo dime dónde puedo esperarlo—. La
mujer le señaló una pequeña sala de muebles tapizados en cuero y de líneas
muy simples. En un rincón, en una maceta un pino parecía gozar de buena
salud.
Se sentó allí y tomó una revista dedicándose a ojearla mientras se pasaban
los minutos.
Había venido para almorzar con él. Ella tenía la tarde libre y seguro que
no pasaba nada si él se tomaba unos pocos minutos. Aunque, si no era así, no
importaba, sólo quería estar en su compañía.
Cada día que pasaba en su matrimonio era delicioso, sonrió Eloísa sin
prestarle demasiada atención a los artículos financieros de la revista que
había elegido. Cada noche, cada mañana, eran melodía pura. Había sabido
que sería así, su corazón se lo había dicho. Vivir con Mateo era lo correcto, y
casarse, la mejor decisión. Luego de la discusión por lo de Lineth, todo había
sido paz. Se estaban adaptando el uno al otro, a sus costumbres y
preferencias, pero en su concepto, aunque sólo llevaban poco más de un mes
casados, les estaba yendo muy bien. La luna de miel apenas estaba
empezando.
Miró en derredor sintiendo un poco de aprensión al recordar a Diego
Aguilar. No sabía qué tan profundamente la aborrecía, si es que la aborrecía.
Si el problema eran las diferencias en las clases sociales, podrían soslayarlo;
sólo era hacerle ver que esa costumbre estaba pasada de moda y que, una vez
casados, ya no había nada qué hacer.
No entendía esa animadversión hacia ella. Hasta ahora, no había tenido
una buena razón del comportamiento de su suegro.
Se dio cuenta de que una mujer de faldas a la rodilla, cabello recogido en
un moño y lentes de montura negra la miraba un tanto interrogante, y Eloísa
se sintió como si la hubiesen pillado fumando en el baño del colegio de
señoritas en el que había estudiado.
Se puso en pie y dejó la revista a un lado.
—Lo siento —dijo la mujer—, no quería incomodarla. Puede seguir…
—Estoy esperando a Mateo —dijo de repente Eloísa. Se rascó tras la oreja
recordando que no debía entrar en pánico. Tal vez ella sólo era una empleada.
—El joven Mateo está en una reunión.
—Lo sé. Estoy aquí esperando a que salga.
—Tal vez demore un poco. La reunión es con unos personajes…
—Lo esperaré, no importa lo que tarde.
—Señorita…
—No soy una novia intensa que lo acosa —sonrió Eloísa agitando una
mano. En el momento, apareció Mateo y caminó a ella con paso resuelto y
con una sonrisa en sus labios. Una vez que estuvo a su lado, le puso la mano
en la cintura y la atrajo para darle un beso.
Eloísa miró a la mujer un poco sonrojada, y Mateo se giró para ver la
razón de este comportamiento.
—Ah, Esther —dijo—. No te vi.
—No lo culpo —Mateo se echó a reír y Miró a Eloísa.
—Esther es la secretaria de papá. Lleva trabajando aquí unos…
—Cinco años —lo ayudó Esther.
—Fue entrevistada para ser una ejecutiva, pero papá terminó acaparándola
como su asistente personal.
—Ah… —murmuró Eloísa preguntándose por qué Mateo le contaba esta
historia.
—Es guapa, a que sí —sonrió Mateo—. Si la hubiera conocido antes, me
habría casado con ella y no contigo —Eloísa lo miró entrecerrando sus ojos
mientras él reía muy engreído, pero entonces la sorpresa en el rostro de
Esther los detuvo.
—¿Ca… casarse? —Mateo miró a Eloísa. Ella le elevó las cejas como
diciéndole: fuiste tú.
—Sí. Esther. Te presento a Eloísa Vega. Mi esposa—. Esther miró a
Eloísa en silencio por varios segundos. Eloísa notó que la mujer la miraba
con el pecho agitado, y no sabía si la sorpresa en su rostro era por el
desagrado o algo más.
De todos modos, extendió su mano.
Esther era muy educada, así que se la tomó y la estrechó.
—Casados —volvió a decir. Mateo se le acercó y le rodeó los hombros
con un brazo.
—Papá no lo sabe.
—¡Es obvio que no!
—Y quiero ser yo quien se lo diga —Esther giró su cabeza para mirarlo, y
Eloísa se rozó los labios con la yema del dedo índice mientras miraba
fijamente a la mujer.
—¿Podríamos invitarte a almorzar? —preguntó. Mateo la miró
interrogante.
—Y—yo… —preguntó Esther, más sorprendida aún— ¿a mí?
—Claro. Mateo, ¿estás de acuerdo?
—Esther siempre me ha caído bien. Es ella la que no me quiere.
—¡No puedes decir eso! —Mateo se echó a reír—. Y… estaré encantada
de aceptar la invitación.
—Gracias —le sonrió Eloísa.
—Vamos ya, entonces —sugirió Mateo mirando su reloj. Esther pidió
unos minutos para ir por su bolso, y en el tiempo que estuvieron a solas,
Mateo interrogó a Eloísa acerca de sus motivos.
—Si es la mano derecha de tu papá, seguro que sabe por qué me odia
tanto.
—No creo que lo sepa.
—Podremos sacarle un poco de información, aunque sea.
—¿Eres una espía, o algo así? —Eloísa sonrió.
—Si el sexto sentido es un prerrequisito para serlo, tal vez sí.

Entraron a un restaurante y los tres fueron conducidos a una de las mesas


libres. No tardaron mucho en hacer el pedido, Eloísa decía estar hambrienta,
así que decidir qué plato tomar fue bastante rápido.
Mateo miraba a Esther con una media sonrisa. Parecía sentirse fuera de
lugar entre los dos.
—Sigues asombrada, ¿verdad? —Esther sacudió levemente su cabeza
negando. Eloísa sonrió mirándola fijamente.
—¿Estás molesta con nosotros? —le preguntó. Esther unió sus cejas de
manera interrogante.
—¿Molesta? No. No.
—Pero mi suegro sí que se molestará. Me detesta.
—No creo que la deteste…
—Me detesta, me odia. Ha hecho todo lo posible para separarme de
Mateo… ¿Tienes alguna idea de qué podría ser lo que tiene contra mí?
—Pensé que irías más despacio —susurró Mateo mirando a su esposa,
aunque Esther de todos modos escuchó.
—¿Despacio? ¿Para qué, si llegaremos de todos modos al mismo punto?
—Desconozco la razón por la que se opone a esta unión —contestó Esther
con voz queda—. Del señor Aguilar sólo conozco los asuntos laborales. De
su vida privada… es poco lo que me comparte —Eloísa la miró con un gran
interés.
—Eso no es posible. Eres su secretaria, su asistente personal. Se supone
que eres la caja fuerte donde él esconde sus más sucios secretos —Mateo
sonrió, pero no dijo nada.
—Dudo que haya una persona en el mundo que conozca los más sucios
secretos de Diego Aguilar —dijo Esther con una sonrisa que pareció más
bien pesarosa—. En caso de que los tenga.
—Los tiene, los tiene. Viajes secretos, amantes, esas cosas.
—En todo el tiempo que llevo trabajando para él, no he tenido contacto
con sus… amantes—. Mateo frunció el ceño mirando a Eloísa.
—Tampoco yo he conocido a sus amantes —giró su cabeza y miró a
Esther—. Pero debe tenerlas. Digo… papá es un hombre, y es bastante joven.
—Me temo que… si este era el propósito de su invitación a comer… ha
sido un desperdicio.
—No digas eso; me ofendes, Esther —se quejó Mateo.
Los platos de comida llegaron y a partir de allí, viendo que o bien Esther
desconocía lo que querían saber, o era una tumba y no lo revelaría, aunque
Eloísa se inclinaba más por lo primero, decidieron cambiar de tema y pasar a
tópicos menos escabrosos. Mateo y Esther empezaron a compartirle
anécdotas y otras historias en las que Diego siempre terminaba incluido. Era
extraño, pensó Eloísa; a ella, Diego Aguilar siempre le había parecido una
persona muy equilibrada y dócil, pero en este asunto estaba siendo casi como
un mulo.
Y luego, echando un vistazo a la manera como se ensombrecían o
iluminaban los ojos de Esther al hablar de él, pensó que también estaba
siendo un tonto.

—¿Alguna novedad? —le preguntó Diego Aguilar a Gabriel Barros, su


hombre de seguridad y agente de confianza. Regresaba luego de estar
dieciséis días fuera del país en asuntos de negocios y al fin regresaba.
Pensaba llegar directamente a la oficina y poner al tanto a Esther de los
logros obtenidos durante su viaje y algunos cambios que habría que aplicar
en ciertas negociaciones. Nada demasiado complicado, y siendo Esther tan
eficaz, seguro que lo tendría todo listo esta noche o mañana a primera hora, a
más tardar.
—Un par de asuntos, señor —le dijo Gabriel tomando la maleta de su jefe
y guiándolo hacia la salida del aeropuerto y encaminándose al parqueadero.
—Por favor, que no sean malas noticias.
—Sólo el deseo de uno de los ejecutivos de retirarse y…
—Chacón otra vez, ¿no? Creo que definitivamente deberé resignarme y
aceptar su retiro. ¿Qué es lo otro?
—Es… —Gabriel dudó un poco, y agradeció el estar ya cerca del auto
para desactivar la alarma y aplazar el asunto para cuando ya estuvieran dentro
—. Es acerca de su hijo, el joven Mateo.
—Ya regresó de su viaje, ¿no? ¿Está haciendo locuras?
—Pues… —Gabriel encendió el auto y maniobró para salir del
parqueadero. Diego lo miró fijamente, y esperó a estar ya en la carretera para
insistirle con la respuesta.
—Parece que cortó su relación con la señorita Casablanca.
—Joder —dijo de Diego, y de inmediato sacó su teléfono celular.
—Hicimos algunas averiguaciones, y parece que su viaje no lo hizo en
compañía de la señorita Casablanca, sino de Eloísa Vega, y además… está
viviendo juntos—. El teléfono resbaló de las manos de Diego. Su respiración
pareció acelerarse y Gabriel empezó a preocuparse—. Señor…
—Llévame al pent-house de mi hijo.
—En este momento el joven se encuentra en las oficinas.
—Entonces vamos a las oficinas.
Mateo revisaba unos papeles sosteniéndolos en sus manos a la vez que se
giraba suavemente en su cómodo sillón. Era un asunto importante, y, en
ausencia de su padre, le correspondía a él tomar las medidas
correspondientes. Se había dado cuenta que el personal parecía haber sido
adiestrado para esto. Todos recurrían a él como si fuese el presidente, y las
cosas que decía se hacían sin tener que llamar a junta al personal ejecutivo
como habría tenido que ser por la ausencia del presidente.
Su padre al fin estaba delegando en él funciones que le habían
correspondido siempre. Tal vez se debía a que lo creía obediente con respecto
al caso de Lineth Casablanca.
Esperaba que no. esperaba que su padre viera más allá de eso, y lo creyera
de verdad competente. Por Dios, no era un niño. A su edad, Carlos Soler no
sólo dirigía una gran empresa, sino que además ya la había sacado de la
quiebra y vuelto a poner a flote. Mientras, él seguía siendo el aprendiz de
papá.
Y ahora que le dijera que se había casado con Eloísa Vega en contra de su
voluntad, se temía que incluso podía llegar a ser despedido.
Se enderezó en su silla y llamó a su secretaria para entregárselo al fin. Le
ordenó que se hicieran las revisiones que había anotado en los márgenes y la
joven salió en silencio.
Pero el silencio duró poco. Se empezaron a escuchar voces en los pasillos,
algunos saludando a Diego, y Mateo se puso en pie dispuesto para ir a
saludarlo.
Había empezado lo bueno, se dijo. El tiempo de su paz se había acabado y
podía ser que en este momento el rumbo de su vida cambiara un poco
drásticamente.
Su sorpresa fue ver que Diego no entraba directamente a su oficina luego
de haber saludado a Esther como era usual, sino que se dirigió a la suya.
Tenía el aspecto de un toro embravecido con un enorme ímpetu en busca de
la bandera que se movía frente a él, y parecía que la bandera era él.
Diego entró a su oficina dejando a todos perplejos por su actitud y cerró la
puerta con un golpe. Mateo lo miró extrañado.
—¿Sucede algo grave, papá?
—¿Por qué… por qué me has hecho esto? —Mateo se mordió el interior
de la mejilla y se rascó la nuca mirando hacia otro lado adivinando lo que
sucedía. Su padre se había enterado, si no de todo, sí de lo esencial. Era obvio
que sus hombres le habrían informado con quién estaba compartiendo su
ático estos días.
—No voy a decir que lo siento —aseveró Mateo—. Te dije que no siento
nada por Lineth Casablanca, y que, por el contrario, estoy enamorado de
Eloísa Vega.
—Maldita sea esa familia! —dijo Diego entre dientes, y Mateo se
sorprendió de la vehemencia en sus palabras, como si de verdad desease tener
el poder de maldecirlos. Cuando vio que los ojos de su padre estaban
humedecidos, empezó a sentir su pecho un poco apretado.
—No sé qué tienes en contra de ella o de su familia —dijo Mateo—, pero
no es asunto mío, ni de ella. Estamos enamorados, y, de hecho, ya nos hemos
casado—. Diego miró a su hijo atónito, abrió sus labios como si estuviese
gritando y Mateo empezó a asustarse cuando se puso una mano en el pecho y
buscó dónde sentarse—. Papá…
—Dime que mientes —le pidió Diego—. Por favor. Dime que mientes.
—No miento. Me casé con ella hace mes y medio.
—No puede ser legal… ese matrimonio… hay que anularlo, o…
—No te lo permitiré. Es mi esposa, la amo, y defenderé esta relación.
— ¡No puedes hacer esto!
—Ya lo hice, papá. ¡Lo siento!
— ¡No! —gritó al fin Diego—. No te lo voy a permitir. ¡Tú no puedes
emparentarte con esa… con esa gente!
— ¡Y yo no puedo creer que seas tan irracional en eso! ¿Acaso tú mismo
no eras un trabajador normal cuando te casaste con mamá? ¿Cómo puedes…?
— ¡No nombres a tu madre! —gritó Diego a voz en cuello y eso
sorprendió a Mateo.
— ¡Es mi madre! —susurró.
— ¡No! ¡No la nombres cuando acabas de cometer la peor traición que
podías hacer contra ella! ¡Es como si la volvieses a asesinar! Como si…
Dios… ¿por qué ella? —Mateo lo miró sin comprender, con mil preguntas en
su mente, confundido y desconcertado.
—Por qué… por qué metes a mamá en esto —preguntó Mateo con voz
suave, como temiendo resquebrajar con su voz el poco sentido que le
quedaba a esta conversación.
—Nueve de cada diez homicidios en Colombia quedan en la impunidad —
dijo Diego como recitando una oración—. La justicia en este país está tan
corrompida que las grandes organizaciones criminales están conectadas de
una manera u otra con el estado y sus diferentes dependencias. El DAS, la
policía, la fiscalía… —Diego levantó la cabeza y miró a su hijo cuan alto era.
Mateo permaneció en silencio tratando de comprender hacia dónde iba Diego
con esta diatriba—. Esa vez —siguió Diego poniéndose en pie, sintiéndose
muy cansado, muy viejo, y casi derrotado—. El doce de agosto de mil
novecientos noventa y cinco, tú ibas a ser secuestrado para presionarme a mí.
En ese año… estaban muy altos los ánimos. Escobar había muerto hacía
poco, pero sus segundos al mando no. Eran fuertes y poderosos. Yo estaba…
—Mateo vio a su padre frotarse los ojos, disimulando que eran sus lágrimas
lo que estaba secando—. Yo estaba apoyando el proyecto de extradición a
Estados Unidos… y pensaban usarte a ti… para eso, para manipularme.
Dios… —él empezó a respirar profundo, como intentando controlar sus
propias emociones—. Paloma… Paloma no debía ir en ese auto. Ella… tenía
su trabajo, profesora en la universidad… pero te enfermaste y pidió permiso
para llevarte al médico… Los asesinos la tomaron como una niñera. No
cayeron en cuenta…
—Papá… —lo interrumpió Mateo, pero Diego elevó una mano a él
pidiéndole que se callara.
—Mataron a Paloma creyendo que era una empleada doméstica.
— ¿Cómo lo sabes? —preguntó Mateo—. En todos estos años… nunca
descubriste nada.
—Un anónimo —dijo al fin Diego. Miró a su hijo a los ojos y siguió: —
Un mensaje anónimo. No pude encontrar la fuente. Me dio el motivo, y el
nombre de diez personas. ¡Diez personas de quien debía sospechar! —
exclamó. Mateo sintió entonces que su corazón se aceleraba—. Los he
investigado uno a uno —siguió Diego—. Todos tienen rabo de paja, extrañas
conexiones con narcotraficantes, negocios, familia…
—No…
—Ocho de ellos son políticos.
—No, papá…
—Dos de ellos ya están muertos. Su propio pasado los persiguió y los
alcanzó. ¿Quieres saber el nombre de quién estaba en esa lista?
—No…
—Quieres tener tus hijos con la familia que seguramente mató a tu madre.
—Eso no es cierto —retrocedió Mateo, sintiendo que las lágrimas acudían
a sus ojos—. Son… Es una confusión. Julio Vega…
—¿Sabías que el padre de esa mujer, la esposa de Juan José, era un
narcotraficante que logró acumular y lavar una gran fortuna?
—Sí, pero…
—Orlando Riveros subió al poder a Julio Vega en ese pueblo de mala
muerte. No sólo él, otros de la región.
—Mira lo que dices. Trinidad… es un pueblo de mala muerte. ¿Qué
relación podían tener contigo? Un simple alcalde…
—Un simple alcalde, que en la época era el secretario de un gran político
aquí en Bogotá, y luego de la muerte de tu madre se refugió en ese pueblucho
escondiéndose mientras las aguas se calmaban.
—Y cómo es que no lo has… Dios, no. Esto no es cierto.
—Tienes razón —se lamentó Diego—. No he podido meter a la cárcel a
ninguno. Ni siquiera yo he podido desentramar este laberinto. No he podido
vengar la muerte de tu madre. Pero te juro que lo haré… Julio Vega es tan
culpable de la muerte de Paloma, de mi Paloma, tanto como lo fue el maldito
desgraciado que apretó el gatillo contra ella—. Mateo sintió que le empezaba
a faltar el aire. Se llevó la mano a la zona donde tenía su cicatriz, reviviendo
el infierno que pasó en aquel contenedor de basura.
—Papá…
—¿Engendrarás a tus hijos en esa mujer? ¿En la hija del hombre que mató
a tu madre?
—No… —volvió a decir Mateo, y esta vez pareció un lloro. Se cubrió los
ojos con sus manos, deseando no ver, no escuchar.
— ¿Podrás entrar y salir de esa casa sabiendo que ese maldito… fue el que
nos arrebató a Paloma? —Mateo soltó un alarido y Diego se quedó en
silencio.
No podía ser, pensó Mateo. No, no, no… Esto tenía que ser una pesadilla.
Buscó la mirada de su padre, pero los ojos de él estaban anegados en
lágrimas, tal como esa vez que lloraba sobre el cuerpo de Paloma. Con el
rostro tan devastado como esa vez, con el dolor cubriendo su ser como
cuando, sobre el cuerpo inerte de su amada esposa, gritaba reclamándole a
Dios las injusticias del mundo.
Diego estaba convencido de lo que decía. Para un hombre acostumbrado a
tomar decisiones que podían cambiar la vida de muchos, esto no podía ser
simplemente una sugestión o una sospecha. Él estaba seguro.
Y él estaba ahora casado con la hija del asesino de su mamá.
…21…
Eloísa marcó al número de Mateo y se extrañó cuando dejó de timbrar sin
obtener una contestación. Habían acordado almorzar juntos hoy. No todos los
días se podía, fuera por el horario de él o el de ella, pero siempre que tenían
la oportunidad la aprovechaban. Y cuando uno de los dos tenía que cancelar,
primero llamaba al otro.
Volvió a llamar un par de veces más, y se quedó otra vez sin respuesta.
¿Llamar a la oficina?, se preguntó. Tal vez había dejado olvidado el
teléfono, y en ese caso, nunca obtendría la respuesta.
Tomó su bolso para ir al encuentro con su esposo. Si él hubiese querido
cancelar, habría llamado así fuera desde un teléfono público. No era propio
de Mateo quedarle mal.
Llegó al restaurante que habían acordado y entró pidiendo mesa para dos.
Le escribió un mensaje de texto anunciándole que ya estaba allí y lo estaba
esperando, pero pasados quince minutos, cuando el mesero le preguntó si ya
sabía qué iba a ordenar Eloísa empezó a preocuparse de verdad.
Sólo es un retraso, se dijo. Un retraso de nada. Espera. Eres la esposa
abnegada.
Le pidió al mesero paciencia y decidió esperar otros quince minutos, a
pesar de que su estómago ya empezaba a protestar por hambre.
Pero pasó media hora más y ya se hizo más que evidente que Mateo no
llegaría. Algo andaba mal. Algo había sucedido. Esto no era el actuar de
Mateo, él la habría llamado si hubiese podido.
Se encaminó a su auto y decidió ir a la oficina. Llamó de nuevo con el
manos-libres puesto en su oreja, pero otra vez se quedó sin respuesta.
—Dios, que sólo sean ideas mías —oró—. Que no le haya pasado nada
malo.
Antes de empezar a hundirse en ese pozo de desesperación, decidió que
debía llamar a alguien más. Tenía el número de Esther desde que habían
almorzado juntos, así que la llamó. Lo sentía si interrumpía su almuerzo, pero
era urgente.
—¿Hola? —contestó Esther, y Eloísa suspiró aliviada.
—Gracias a Dios me contestas. Quería… Bueno, es que Mateo no me
contesta su teléfono, y… no tengo el de su oficina. Tonta que soy, en cuanto
lo vea le pediré que me dé todos sus contactos, hasta el de emergencias…
—El joven Mateo está encerrado en su oficina —dijo Esther con voz
queda, y eso extrañó a Eloísa.
—¿Él está bien?
—No lo sé, señorita… digo… Eloísa… Tuvo una discusión fuerte con el
señor Diego y ahora… Esto es personal, pero siendo usted su esposa…
—Claro, claro…
—No sé si deba decirlo, pero…
—Por Dios, mujer, dímelo.
—Los dos están muy mal, cada uno en su oficina, y… creo que sería
bueno que viniera a ver a su esposo.
—Estoy en camino —dijo Eloísa. En unos minutos estaré allí.
Cortó la llamada y maniobró para acelerar hasta lo posible.
Llegó y Esther le señaló la puerta de la oficina de Mateo. Ella se encaminó
allí y luego de tocar con sus nudillos un par de veces, entró.
Mateo estaba sentado en el sofá y se tomaba la cabeza con las manos con
los codos apoyados en sus rodillas. Verlo así la impresionó un poco.
—¿Mateo? —lo llamó, y él reaccionó como si le hubiesen pinchado con
alguna aguja. Se incorporó y la miró fijamente—. ¿Estás bien, amor? ¿Qué
pasa? —él se puso en pie y dio unos pasos hacia el escritorio.
—No, no estoy bien —dijo. Eloísa analizó su voz, no era la voz segura de
siempre, llena de humor y picardía. Parecía apagada y sin emociones, así que
debía ser verdad y no una broma. Él no estaba bien.
—¿Pasó algo? —Mateo empezó a organizar unos papeles que estaban
sobre su escritorio.
—Sí. Pasó algo… Dios, Eli… no puedo hablar contigo ahora.
—¿Qué?
—Vete.
—¿Qué? ¿Por qué…?
—Amor, vete. Vete. Necesito tiempo, necesito pensar… Tú no me ayudas
a pensar.
—Lo… lo siento. Lo siento —ella se alejó dos pasos sintiéndose un poco
mal, sintiendo que le estrujaban el corazón. Mateo le estaba estrujando el
corazón.
—¿Hice algo mal? —volvió a preguntar.
—No, no…
—Entonces…
—Eli, por Dios. Te lo suplico… Vete, amor. Por favor, déjame solo…
yo… necesito… poner las cosas en perspectiva.
—Acerca de qué.
—No puedo…
—¿No puedes decirme?
—No, ahora no. Cuando lo haya meditado…
—¿Es que te quieres divorciar?
—¡No! —exclamó él—. ¡No! —la miró fijamente, pero parecía que algo
le dolía dentro cuando fijaba la mirada en ella—. Por favor. Te lo suplico…
por favor, Eli... —Eloísa respiró profundo.
—Debe ser algo muy grave.
—Lo es, lo es.
—Pero no quieres decirme.
—Amor, por favor…
—Vale, vale… ¿Nos veremos esta noche, aunque sea? —él no respondió
—. ¿Y mañana? ¿Nos veremos mañana? —Otra vez el silencio—. Te estás
separando de mí.
—No…
—Tu padre regresó. Habló y discutió contigo. ¿Otra vez te propuso salir
con Lineth para separarte de mí?
—Las cosas parecen no tener sentido, pero lo tienen… Yo sólo te estoy
pidiendo un poco de espacio, tu presencia no me deja pensar, tu voz me
desconcentra.
—Vaya. Me voy, entonces, no te preocupes; para que puedas pensar.
—Eloísa…
—No, no, no… en serio, haré lo que me pides. Pero si mi voz y mi
presencia no te dejan pensar, es porque tal vez me necesitas allí para tomar la
decisión que tanto te está costando—. Eloísa suspiró y abrió la puerta, pero
antes de salir, lo miró de nuevo y habló.
—Estaré esperándote. No te tardes demasiado. Ahora estamos casados y
puede que eso para otras personas implique que te tengo que esperar
eternamente, pero entonces para ti significa que ni siquiera deberías alejarte y
hacerme esperar. Te amo, Mateo. Recuérdalo.
Eloísa salió por fin de la oficina. Una vez afuera, Esther se le acercó y con
su mirada le preguntó qué estaba pasando. Eloísa la miró fijamente, y movió
su cabeza para ver la puerta de la oficina de Diego Aguilar.
—¿Tu jefe está ahí?
—Sí. No ha salido, no recibe llamadas ni visitas ni nada, y… estoy
preocupada.
—Hablaré con él.
—No, señorita… Dijo que no quería hablar con nadie.
—Pues de malas. Él a mí no me da órdenes—. Eloísa entró sin llamar, y
encontró a Diego tal y como había encontrado a Mateo minutos antes. Padre
e hijo, definitivamente. Se preocupaban de la misma manera.
Él levantó la cabeza para ver quién era el intruso y al ver a Eloísa se puso
en pie y apretó sus puños y sus labios.
—¿Qué haces aquí?
—Hola, suegrito —sonrió Eloísa poniéndose una mano en la cintura
adoptando una pose que cualquier modelo internacional envidiaría en una
pasarela—. Pasaba a saludarlo.
—Qué quieres… insolente.
—Yo también te quiero mucho, no lo creas… ¿Qué le hiciste a Mateo
ahora?
—¿Qué le hice de qué?
—¿Qué cucarachas le metiste en la cabeza ahora?
—Qué…
—¿Te crees que porque eres el papá de Mateo tienes el derecho a
arruinarle la vida? —Diego no fue capaz de contestar. Jamás en la vida
alguien le había hablado así, y la indignación que esto le provocó hizo que su
rostro enrojeciera de furia.
—¡Fuera de mi oficina! —gritó.
—No te espantes, no te vaya a dar un paro cardiaco. Tampoco es que me
esté muriendo por estar aquí contigo. No sé de qué tretas te estás valiendo
ahora para separar a tu hijito querido de mí, pero te advierto que no va a
funcionar.
—¿Tretas? Te atreves a hablarme de esa manera.
—Para mí no eres más que un viejo miserable que no es capaz de ver más
allá de sus narices. Clasista, creído y subido en su propia nube. ¿Hasta dónde
va a llegar tu mezquindad? ¿Vas a perseguirnos hasta el fin del mundo hasta
hacernos ruines y roñosos, así como tú?
—Cállate. ¡No sabes de lo que hablas!
—Sé el daño que le estás haciendo a Mateo —dijo Eloísa con voz
quebrada y extendiendo su mano en dirección a la oficina de Mateo—. Sé
que lo estás hiriendo, que le estás haciendo mal y no te lo voy a permitir. Por
alguna estúpida razón él te ama y cree cada palabra que le dices como si
fueras Dios, pero te lo advierto, anciano, no le vas a hacer más daño.
—No le estoy haciendo daño, jamás dañaría a mi propio hijo.
—¿Entonces por qué está así luego de una discusión contigo? ¿Qué ultraje
le has hecho que ni siquiera se permite un poco de luz en su vida para pensar?
—Sólo le dije una verdad.
— ¡Qué verdad! La verdad no destroza corazones de esa manera.
—Esta sí.
—¿Le acabas de decir que en verdad no es tu hijo? ¿Que lo encontraste en
un basurero? Oh, espera. Eso tiene que ver conmigo, ¿no es así? Porque
desde el principio has intentado separarnos. Dime, dime. Tuviste una
aventura con mamá, o no, Paloma tuvo una aventura con papá y somos
hermanos. ¿Es eso?
—¡Cállate, no sabes de lo que hablas!
—No, esto tiene que ser peor, algo de telenovela de las cuatro de la tarde,
espera —dijo Eloísa como si en verdad se estuviera esforzando en buscar el
peor de los clichés, pero antes de que pudiera decir algo, Diego volvió a
hablar.
—Sólo le acabo de decir que tu padre mató a su madre —Eso dejó a
Eloísa de piedra. Lo miró con ojos como platos y el bolso que antes había
estado en su hombro rodó hasta que ella lo detuvo en su mano.
—¿Qué?
—Tu padre… estuvo implicado en el asesinato de Paloma.
—Paloma murió hace casi veinte años.
—Dieciocho años este doce de agosto —corrigió Diego—. Y tu padre
estuvo implicado.
—Qué mentiroso.
—Investiga.
—Ni tú mismo, con todos tus podridos millones has podido esclarecer ese
suceso.
—No, no he podido, pero…
—Si estuvieras seguro, ya habrías metido a papá a la cárcel, o más fácil, lo
habrías mandado a eliminar.
—No soy igual que él…
—No sabes nada. No tienes idea, estás igual de perdido que Mateo, pero
vas y le llenas la mente de… Dios, esta es una familia de locos o qué.
—No estoy seguro —admitió Diego—. No tengo nada de peso para
meterlo en la cárcel, si lo tuviera, así como dices, ya se estuviera pudriendo
tras las rejas… pero no tengo nada…
—Y del mismo modo, no soportas que yo, que no tuve nada que ver
porque entonces era sólo una niña… esté con tu hijo. Brillante.
—¿Qué sentirías tú si fuera tu madre? —le preguntó Diego y Eloísa vio
lágrimas en tus ojos—. La amas, ¿no es así? Si yo mandara a eliminarla, ¿qué
sentirías?
—Si lo hicieras, te hundiría en la cárcel, te haría infeliz, te haría vivir un
infierno. Pero a ti, a ti y a nadie más.
—¿Y crees que Mateo sería feliz al ver cómo destrozas a su padre? —le
preguntó Diego—. ¿No se dañaría tu relación con él al ver que destruyes lo
que quiere? Con razón, pero lo estarías destruyendo —Eloísa lo miró en
silencio al fin—. Yo no descansaré hasta ver a Julio Vega, y a todos los
implicados en el asesinato a Paloma, en la cárcel pagando su crimen. No
descansaré, Eloísa Vega. Seré su enemigo jurado, y me odiarás, y Mateo verá
que me odias, y… ¿qué será de ese amor puro que se tienen? Se contaminará.
¿Estás dispuesta a ver cómo empiezan a odiarse el uno al otro?
Eloísa pestañeó tratando de pensar, de buscar una salida, pero era
demasiada información llegando de golpe a su mente, demasiados entuertos,
posibilidades y variantes. No era capaz de hallar una respuesta, no era capaz
de pensar con lucidez.
Pensó en Mateo. Con razón, con razón le pedía tiempo y espacio para
pensar. Él debía estar pasando un infierno ahora mismo. Sí, necesitaba
tiempo y espacio para pensar, y la presencia de ella debía ser un dolor; y
también la ausencia, pero al menos, en su ausencia podía serenarse y llegar a
algún lugar dentro de su mente.
—¿Ves que tenía razón al intentar emparejarlo con otra mujer que no
fueras tú? —siguió Diego—. Sé que no la amaba, pero pensé que llegaría a
tomarle cariño. El cariño es mejor que el odio, y odio es lo que habría
desarrollado por ti si persistían en seguir juntos. Intentaba proteger a mi hijo,
pero las cosas salieron así.
Eloísa sintió su pecho arder, miró a un lado y encontró la fotografía de
Paloma, sonriendo con su cabello castaño y piel blanca. Mateo había
heredado su sonrisa, y era el parecido que tenía con Sarah, su hermana
menor. Se acercó a la fotografía y la rozó con un dedo sintiendo lágrimas en
sus ojos.
Paloma, quiso preguntarle a la fotografía en voz alta, pero sólo fue capaz
de hacerlo en su mente. ¿Qué piensas tú? ¿Estás de acuerdo con esto? Pero en
la fotografía Paloma siguió sonriendo, y ella no sintió ninguna señal de parte
del cielo o del infierno que se pudiera tomar como una respuesta.
Una respuesta, una respuesta. La necesitaba urgente.
Miró a Diego y respiró profundo.
—¿Entablarás la demanda contra papá?
—Sigo recaudando pruebas.
—Si las consigues…
—Así me tome cien años, las conseguiré.
—En cien años, Mateo y yo alcanzaríamos a celebrar dos veces las bodas
de oro.
—Mira…
—Tú puedes decir lo que quieras, pero yo sigo pensando que sólo eres un
viejo egoísta. Púdrete en tu oscuridad. Eso no tiene nada que ver conmigo.
Viejo miserable—. Y con esas palabras, abrió bruscamente la puerta de salida
y la cerró con tanta fuerza que hizo vibrar las demás paredes.
Se detuvo ante la mirada de Esther, pero no por mucho. Caminó otra vez
hasta la oficina de Mateo y se detuvo ante la puerta cerrada. Apoyó ambas
palmas sobre la lámina de madera y apoyó suavemente su frente contra ella.
—Amor, sé valiente —dijo en un susurro. Alrededor, nadie podía
escucharla, pero sí que se extrañaron al ver su pose frente a la puerta—.
Lucha, lucha por los dos —siguió Eloísa—. No te dejes llevar por la
oscuridad de tu padre, sé fuerte, por favor. Sé que es fácil para mí decirlo
porque no fue a mi madre a la que mataron frente a mis ojos. No fue a mí a
quien hirieron con la misma bala con la que la mataron a ella. No fui yo quien
se perdió su funeral porque estaba grave en un hospital. Pero, aun así, por
favor… sé doblemente valiente y lucha por los dos. No tengo derecho a
pedirte nada —lloró ahora, y una lágrima rodó por su mejilla—. Sólo es que
te amo demasiado y no quiero separarme de ti. Por favor, Mateo. Seamos
egoístas, y hagámonos felices el uno al otro. Por favor…
Respiró profundo varias veces, se secó las lágrimas y salió de allí. Con
paso decidido, volvió a entrar en su auto y salió a la carretera. Tenía que
hablar con otro viejo miserable ahora: su propio padre.

Mateo se sentó en su sillón pensando, pensando, pensando.


No había llorado, sólo sentía que iba cayendo y cayendo en un pozo
oscuro sin fondo, donde, por más que gritara, sólo le respondería su propio
eco.
Eloísa era la luz, sí, pero era una luz sesgada, que sólo iluminaba un
sector.
Escuchó el terrible portazo y se enderezó en la silla, caminó hacia la
puerta, pero entonces vio una sombra en el espacio entre la puerta y el piso.
Se quedó allí preguntándose qué podría estar pasando, y el perfume de Eloísa
flotó hasta él como si fuera ella la que estuviera al otro lado.
—Mi amor —quiso decirle, en caso de que fuera ella la que estuviera allí
—. Te amo desde que te conocí, allá, sentada en el viejo sofá de la casa de
Juan José y Ángela en Trinidad. Cruzaste tus piernas y jugueteabas con tu
cabello largo mirándome como si fuera escoria, y tal vez lo era. ¿Por qué, por
qué no pudo ser otra mujer? ¿Qué lección quiere enseñarme la vida al
enamorarme precisamente de ti? ¿Tendré la inteligencia suficiente para
aprender esa lección a la vez que te conservo? ¿Qué voy a hacer? —la
sombra se fue de debajo de la puerta, y Mateo se quedó allí, orando, pidiendo
que la luz entrara completamente a su corazón. Una señal, un milagro.
Cualquier cosa.
Era demasiado difícil soportar este dolor.

Eloísa entró a la oficina de su padre, y, como un pequeño milagro, allí


estaba también Beatriz.
—Por fin —suspiró Eloísa—, algo que sale como yo quiero.
—¿Pasa algo, cariño? —preguntó su madre mirándola extrañada. Tenía el
bolso en sus manos como si se dispusiera a salir Eloísa dejó el suyo en el
mueble más próximo y se acercó a sus padres. Al ver a Julio, no pudo evitar
sentir que su corazón se arrugaba y dolía. No quería ni preguntarse siquiera si
las sospechas de Diego Aguilar podían ser ciertas, no podría traicionar a su
padre a ese nivel.
Por eso comprendía cada vez mejor a Mateo.
Qué bueno que los encuentro a los dos.
—Cuando me dijeron que estabas aquí, me emocioné un poco —sonrió
Julio—. Casi nunca vienes a mi oficina… Pero por tu cara parece que no es
nada bueno.
—Es que… ya sé por qué Diego Aguilar no me quiere—. Julio y Beatriz
se miraron a los ojos. Eloísa movió la silla frente al escritorio de su padre y se
dejó caer en ella masajeando el puente de su nariz con sus dedos.
—Ya lo sabes —murmuró Beatriz—. Y no nos va a gustar para nada.
—Y tiene que ver con nosotros —concluyó Julio. Eloísa asintió cerrando
sus ojos con fuerza. ¿Cómo, cómo les iba a decir semejante cosa?
—Tal vez debas llamar a tus abogados, papá, y prepararte.
—Por qué.
—Porque parece que el viejo Aguilar está firmemente convencido de que
tú tienes algo que ver con la muerte de su esposa. Paloma—. Beatriz abrió
grandes sus ojos y miró de inmediato a su esposo, pero Julio siguió mirando
impertérrito a su hija.
— ¿Va a poner una demanda?
—No lo sé. No lo ha hecho en todo este tiempo, y no sé si lo vaya a hacer
ahora. Pero está seguro de que tienes algo que ver a pesar de la falta de
pruebas y… —Eloísa se puso en pie y empezó a pasearse por la oficina de su
papá. También aquí había fotografías. De ella, de su mamá, de las hijas.
A pesar de ser Julio Vega un político, ellas nunca habían sufrido violencia,
ni en los peores momentos de la historia de Colombia, que tenía unos
cuantos. Ellas habían podido viajar, pasear, sin tener que llevar escoltas ni
demasiadas restricciones. Ellas habían sido libres. Mateo no.
Ya, ya deja de acusarte y sentirte mal por no haber vivido una calamidad
familiar.
—Papá… eso está amenazando mi relación —dijo, y no pudo evitar que
los ojos se le volvieran a humedecer—. Ese hombre intentará separarnos cada
vez que nos volvamos a juntar. De mi parte estoy segura de que lo resistiré,
pero…
—¿No estás segura de Mateo?
—Él ya está herido. Quiero ponerlo a salvo de él, quiero que esté bien. Por
favor, demuéstrales que no tuviste nada que ver. Ayúdame—. Julio Vega
asintió frunciendo el ceño con mucha seriedad.
—Hablaré con Diego Aguilar —dijo—. Pondremos las cartas sobre la
mesa. Es evidente que, si te lo dijo, es que no teme que yo me esconda.
—Haz lo posible.
—Lo haré, hija.
—Gracias —Eloísa caminó a él y lo abrazó. Beatriz se quedó allí mirando
a padre e hija abrazarse sin decir nada, ni expresar ninguna emoción en su
rostro.
Eloísa salió de la oficina y, para gusto de Beatriz, llevaba los hombros
demasiado encorvados, como si en vez de haber obtenido una promesa de
ayuda, se sintiera derrotada.
Miró a su esposo fijamente y Julio suspiró.
—No lo sé, Bea —murmuró recostándose en su sillón y entrelazando los
dedos de sus manos sobre su abdomen—. No sé si tuve algo que ver. Tendré
que investigar. Es posible que sí. Es posible que no. Mis manos no están del
todo limpias, siempre lo has sabido.
—Pero por Eli…
—Por mi hija, haré lo que sea. No te preocupes por eso. Ella estará bien—.
Beatriz se sentó en el escritorio dándole la espalda a su esposo y mirando la
puerta por la que se había ido Eloísa. Era injusto. Los padres se comían las
uvas agrias y eran los hijos los que sufrían la dentera. Era terriblemente
injusto.
…22…
Mateo empujó la puerta de su oficina encontrando que alrededor todo se
llevaba a cabo con la misma normalidad de siempre. Llevaba en sus manos
las llaves de su auto y se detuvo delante de su secretaria para decirle que
saldría y a lo mejor se demoraría un poco. Al ver a Esther, se quedó allí de
pie, mirándola, preguntándose si acaso debía decirle también a ella lo que
pensaba hacer. Ella lo vio y detuvo lo que estaba haciendo para prestarle
atención.
—La señora Eloísa estuvo aquí —Mateo asintió.
—Sí, hablé con ella.
—No… me refiero a aquí —aclaró, señalando la oficina de Diego—.
Tuvieron una discusión también—. Mateo frunció el ceño y, sin anunciarse,
entró a la oficina de Diego. Lo encontró meneando un whiskey con hielo en
un vaso de cristal. Al verlo, se giró a mirarlo y respiró profundo.
—Habla —dijo.
—Eloísa estuvo aquí.
—Una niña malhablada y atrevida. Sí.
—Ha… hablaste con ella —Diego lo miró de reojo, y luego de una pausa,
asintió. — ¿Qué le dijiste?
—La verdad.
—Le dijiste lo de tus sospechas sobre…
—Sí. Lo hice.
—¿Por qué, Papá?
— ¿No querías que lo supiera?
—Claro que no. ¿Por qué lo hiciste? ¿Con qué propósito?
—Para que entienda de una vez que no puede estar contigo—. Mateo dio
un paso atrás bajando la mirada al suelo sintiéndose de muy, muy mal humor.
Se pasó una mano por el cabello oscuro y abundante y miró a su padre con
una mueca que indicaba que le estaba costando hablar con serenidad.
—Sigues empeñado en eso.
—Se separarán tarde o temprano —aseveró Diego—. Sólo estoy
acelerando las cosas—. Mateo respiró profundo varias veces y relajó sus
puños. Miró a su padre a los ojos y habló en voz baja.
—Te voy a pedir una cosa —le dijo—. Ya me dijiste lo que pensabas, tus
sospechas, tus razones, todo… A partir de aquí, por favor, déjamelo a mí.
— ¿Piensas seguir con ella a pesar de que…?
—Te lo estoy pidiendo por favor, papá —repitió Mateo en voz más alta—.
Déjamelo a mí. Es mi matrimonio. Te guste o no, ya estoy casado con Eloísa
Vega, y mis votos fueron en serio cuando los pronuncié.
—Mateo, no estoy de acuerdo con…
—No te perdonaré si vuelves a hacer una cosa así —volvió a decir Mateo
—. Eres mi padre, te respeto mucho, valoro tus consejos, pero aquí ya no
puedes hacer nada; sólo es entre Eloísa y yo—. Diego lo miró apretando sus
dientes, queriendo decir muchas cosas, pero sabiendo que no serían
escuchadas—. Entiendo que quieras protegerme —siguió Mateo suavizando
su voz—, pero ya hace tiempo que no soy un niño, y del mismo modo, soy yo
quien tiene que encarar el peso de mis decisiones.
—¿Aunque te cueste la felicidad? —Mateo lo miró a los ojos uniendo sus
cejas en su frente.
—Yo lucharé hasta el final por mi felicidad, porque ya no es sólo mía. Es
también la de mi mujer, la que elegí entre todas las mujeres en el mundo. Lo
hice conscientemente. Obviamente no me imaginé nada de esto, pero las
razones por las que la elegí a ella siguen allí. Es mi mujer, la amo. Si mi
matrimonio funciona o fracasa, que sea por mí. Si la voy a cagar, la cagaré
yo. Yo. No tú. No te vuelvas a meter—. Y con esas palabras salió de la
oficina, dejando a Diego Aguilar preguntándose si es que acaso tenía cara de
monigote, pues todos parecían creerse con derecho a venir a maltratarlo como
si no fuera nadie. Primero Eloísa, luego su propio hijo. Estaba cansado de
esto ya.
Eloísa llegó al pent-house sintiéndolo demasiado grande y demasiado
silencioso. Como era de esperarse, Mateo no estaba.
Ay, hacía sólo unas horas que lo había dejado y ya lo extrañaba. Pero era,
sobre todo, porque no sabía por cuánto tiempo más tendría que extrañarlo.
Suspiró y caminó a la cocina y abrió la nevera. Era nefasta cocinando, ya
Mateo se lo había dicho entre risas y burlas. Pero tenía hambre. No había
almorzado, y a pesar de que cualquier cosa que comiera ahora seguro le
sabría a cartón, debía alimentarse. Era una adulta, por Dios, sabía cuidar de sí
misma.
Sacó de la nevera un vaso de leche, y de las alacenas, un paquete de pan
ya tostado y un tarro de Nutella.
Sin prestarle atención a la incoherencia entre sus pensamientos y sus
acciones, caminó a la sala de televisión donde Mateo tenía todo un cine en
casa y se sentó para engullir su mal equilibrada cena. Encendió el televisor y
buscó aquí y allí y al final se quedó con una repetición de Titanic.
Pobre Rose. Esa vida tan triste que llevaba a pesar de estar prometida con
semejante galán. Pobre Jack. Diablos, él cabía en esa tabla.
Le fue inevitable llorar, y decidió que era a causa de la desfachatez de la
anciana al tirar ese enorme diamante al fondo del mar y no por sus propias
miserias.
No importaba que Mateo no estuviera. Ella era fuerte. Lo extrañaba, sí,
pero ella estaba segura de que él la amaba, y quizá se tardara un poquito en
volver, porque, Dios, finalmente era un hombre, y los hombres eran lentos de
entendederas y había que darles un poquito de espacio, así como a los mulos
que además de tercos eran asustadizos.
Ella esperaría. Esperaría por Mateo. Él lo valía. Era el hombre de su vida.
No sabía cuánto tiempo resistiría el estar quieta y esperar, pero lo
intentaría con todas sus fuerzas.

Esther entró a la oficina de Diego Aguilar luego de llamar un par de veces


con los nudillos en la puerta.
—Señor —dijo, anunciándose—, si no me necesita para nada más, ya me
voy—. En el fondo de la oficina, Diego observó la figura de su secretaria
recortada contra la luz que venía de afuera. Miró su reloj y vio que ya era
muy tarde. Demasiado tarde.
—¿Qué haces todavía aquí? —le preguntó, y caminó hacia el interruptor
de la luz para encenderla. Esther seguía en la puerta, con ambas manos en su
espalda y mirándolo con ojos preocupados.
—Hoy se retrasó mucho el trabajo —explicó ella—. Había que enviar
unos documentos, planillas. Al no estar el joven Mateo ni usted, fue un poco
caótico, y acabo de terminar de…
—Estoy haciendo de tu vida un infierno, ¿verdad, Esther? —se quejó él
sentándose en el sofá—. Parece que hago de tu vida una miseria, al igual que
con mi hijo.
—Usted no está haciendo de mi vida una miseria —refutó ella—. Y
seguro que tampoco con el joven Mateo.
—Ay, Esther. Ni te imaginas —ella se sintió en libertad de caminar unos
pasos hacia él, y Diego palmeó el sofá a su lado para que ella se sentara—.
¿Te apetece una copa? —preguntó estirándose hacia la mesa que tenía
delante, pero Esther agitó su cabeza negando. Finalmente, se sentó en el
mismo sofá, aunque en medio seguro cabía un elefante.
Diego observó la distancia entre los dos y se echó a reír.
—¿Te he contado que Paloma era profesora de contabilidad en una
universidad? —Esther tragó saliva, pero asintió igualmente—. Se consiguió
ese puesto con mucho esfuerzo, concursó, concursó, y volvió a concursar
hasta llegar a ser jefa de área en la facultad. Brillante, tenía un cerebro
brillante. Eso me encantaba de ella.
Esther suspiró en silencio. Era la primera vez que Diego Aguilar le
hablaba de algo tan personal y se mostraba vulnerable como ahora. Él
siempre había sido recio, regio y recto. El hombre de las tres r.
—Yo era un poco terco, sabes —siguió él, dándole otro trago a su whiskey
—. Cuando nació Mateo, le pedí que dejara el trabajo, pero sólo me miró
como se mira la caca en tu zapato y yo en seguida cambié de idea. Cuando
nació Sarah ni me atreví a sugerirlo otra vez —él soltó una risita—. No
éramos el matrimonio perfecto. Creo que el matrimonio perfecto no existe,
pero sí éramos felices. Dios, yo la adoraba—. Esther tragó saliva al sentir que
a él se le quebraba la voz—. Me casé joven y enamorado. ¡Tenía veintitrés! Y
a pesar de las oportunidades, Dios sabe que nunca le fui infiel. ¿Para qué, si
ella no me negaba nada? Estaba total y plenamente satisfecho con mi mujer.
La adoraba, la adoraba… Y me la arrebataron. Me la arrebataron tan joven,
tan miserablemente, tan… los odio, Esther, no puedo perdonarlos—. Él se
dobló sobre su regazo y se echó a llorar. A Esther se le humedecieron los ojos
y extendió una mano hacia él, hacia su cabello, con el fuerte deseo de
consolarlo, pero preguntándose si ella era suficiente para algo así.
Volvió a recoger su mano, y volvió a extenderla, y esta vez, lo tocó. Él se
quedó quieto y en silencio, y Esther metió sus dedos entre los cabellos
oscuros de Diego Aguilar para acariciarlos y confortarlo un poco.
A él debió incomodarle, porque se enderezó y se puso en pie. Esther
volvió a poner su mano atrevida sobre su regazo, sintiendo el rostro acalorado
y muriéndose de vergüenza.
—Perdóname —le pidió él—. No quería parecer tan patético—. Ella lo
miró fijamente.
—Expresar dolor no es patetismo —dijo ella con voz firme—. Usted lleva
todo ese dolor dentro, es obvio que… estando tan cerca el aniversario de
muerte de la señora… usted se sienta un poco deprimido.
—¿Me pongo así siempre que se acerca el doce de Agosto? —le preguntó
él con una sonrisa, y Esther volvió a sonrojarse, pues era una sonrisa de
picardía, una que pocas veces mostraba.
—Un poco… aunque este año…
—Este año es agudo —aceptó él—. Este año es peor—. Vació el whiskey
que quedaba en su vaso y dejándolo sobre la primera superficie que encontró,
la miró.
—Vamos, te llevaré a tu casa.
—Usted no puede conducir en ese estado —él se miró a sí mismo como si
de repente se diera cuenta de que estaba desnudo. Luego la miró a ella.
—Yo no voy a conducir —aclaró—. Gabriel lo hará.
—Usted envió a Gabriel a casa hace dos horas.
—¿Lo hice? —ella asintió. —Entonces, ¿cómo puedo comportarme
caballerosamente contigo? Mierda.
—Yo lo llevaré a su casa —dijo ella poniéndose en pie y caminando a la
salida—. Por favor, sígame.
—Eres mandona.
—Lo aprendí del mejor —sonrió Esther, y Diego se la quedó mirando
como si de repente hubiese brotado una flor de la cabeza de ella—. ¿Pasa
algo? —le preguntó un poco confundida.
—Eres guapa —Esther se puso ahora tremendamente roja.
—Y usted está ebrio —él se rio aceptándolo descaradamente. Caminó tras
su secretaria, y fue ella la que tuvo que regresarse a tomar el maletín, el
teléfono y el abrigo de él. Diego la siguió como un niño muy dócil,
manteniéndose dos pasos tras ella, pero desviando la mirada de vez en
cuando al balancear de sus caderas. ¿Cuánto hacía que no estaba con una
mujer?, se preguntó. Seguía siendo un hombre, ¿verdad? La tensión en sus
pantalones le dijo que sí, uno muy saludable sexualmente, además.
¿Sería capaz de tener una aventura con su secretaria? Una historia de
romances de oficina, las había oído. Ellas se conformaban con los regalos
caros que sus jefes les dieran, eran discretas, y las esposas jamás se
enteraban.
Ah, pero él no tenía esposa.
De repente volvió a su profunda depresión. No tenía esposa para serle
infiel teniendo una aventura con su secretaria, era un pobre viejo miserable,
tal y como había dicho Eloísa Vega, la muy lengua larga.
Su ebriedad no lo dejó caer en cuenta de lo absurdo de sus pensamientos,
y de que, aun cuando Paloma estuvo viva, nunca se le ocurrió siquiera tener
un romance con su secretaria.
Mateo llegó a su pent-house y abrió la puerta suavemente. Eran las once
de la noche, y aunque Eloísa no era de acostarse temprano, no quería hacer
mucho ruido. Encontró el apartamento casi en total oscuridad, excepto por el
televisor que enviaba sus intermitentes rayos de luz azulados. Caminó hacia
allí y encontró a Eloísa dormida en el sofá. Sobre la pequeña mesa del café,
había restos de pan tostado y un tarro de Nutella casi a la mitad. Él juntó sus
cejas preguntándose si acaso ella lo había vaciado hasta allí esta misma
noche.
—Te dolerá el estómago —dijo en voz baja, y la miró. Ella se había
puesto ropa cómoda, y como la calefacción del apartamento estaba alta, pues
a ambos les gustaba así, ella llevaba un simple pantalón corto que apenas le
rozaban los muslos, y una camiseta sin mangas y ancha que decía “I Love my
husband”. Mateo sonrió, sobre todo, al recordar que esa camiseta hacía juego
con otro pantalón corto que en cada nalga decía: “i love him – i love him”.
—Eres tan hermosa —susurró mirándola dormir sobre el sofá, con la
cabeza en una posición incómoda, y con sus piernas tan expuestas.
El porcentaje de hombres en el mundo que prefería un buen par de piernas
por encima de un buen par de tetas era muy bajo, le había dicho ella una vez,
pero él se consideraba tremendamente afortunado. A menudo, había
enroscado ese hermoso par de piernas en su cabeza para besar el delicioso
fruto que entre ellas se escondía.
Eloísa debió sentir su presencia, porque se movió, y al verlo, se asustó un
poco.
—¡Viniste! —dijo, y tuvo que masajearse el cuello. Mateo seguía
mirándola en silencio. Ella se puso en pie frente a él con una mano en el
cuello y mirándolo fijamente—. Me dormí… en una mala posición.
—Ya veo —él extendió una mano a ella, y trató de limpiar rascando
suavemente con una uña un resto de Nutella que había sobre su labio superior
—. ¿Me amas, Eloísa? —le preguntó de repente, y ella se acercó un paso más
a él.
—Sí, Mateo. Te amo.
—¿A pesar de todo? —ella sonrió.
—Esa pregunta debo hacerla yo.
—Siento haberte echado esta tarde de mi oficina.
—No importa. Lo hiciste dulcemente —él sonrió también mirando sus
labios, como si se muriera por besarlos, pero por alguna razón le estuvieran
prohibidos. Ella se acercó otro paso, y con sus manos, recorrió su pecho
suavemente. Mateo cerró sus ojos al sentir el contacto de ella, tan
reconfortante, tan seductor, tan necesario.
Eloísa mordisqueó su mentón, que tenía una barba áspera de días. En
alguna ocasión, ella se había quejado de que esa barba le hacía daño, pero
cuando él le preguntó si quería que se la quitara, ella simplemente se negó y
él siguió con el mismo look. Le mordisqueó el mentón y la línea de su
mandíbula hasta llegar a la oreja.
—Te amo —susurró ella—. Lucharé por ti. Eres todo lo que quiero en mi
vida—. Ella pasó la lengua por su garganta, y empezó a desabrochar los
botones de su camisa—. No hay nada en el mundo que me haga separarme de
ti, Mateo —metió sus manos por debajo de la tela y sintió su piel desnuda, los
finos vellos de su pecho, y las fue llevando hasta arriba hasta sacársela junto
con la chaqueta.
Mateo bajó la cabeza a ella y la besó en los labios. Su boca sabía un poco
a Nutella y barrió sus labios con su lengua. Metió las manos bajo la camiseta
de ella y las llevó hasta arriba comprobando que ella no llevaba sostén. Paseó
sus manos sobre los pechos pequeños de ella y los acarició con sus dedos.
—¿Nada te separará de mí? —le preguntó con voz ya ardiente. Eloísa
paseaba sus manos por su espalda, por su pecho, por su vientre. Parecía tener
diez manos, o más, porque estaban por todas partes.
—Nada, mi amor.
—¿No importa lo fuerte, lo horrible que sea?
—Si es fuerte y horrible, cerraré mis ojos y me aferraré a ti—. Él dejó salir
un gemido cuando ella atrapó su miembro entre sus manos por encima del
pantalón y acarició la punta con suavidad. Sin perder tiempo, ella desabrochó
sus pantalones, con las manos en su pecho, lo empujó suavemente hasta
tirarlo en el sofá, y tiró de los pantalones junto con el bóxer hasta dejarlo
completamente desnudo ante ella. Con la mirada fija en el miembro pulsante
de él, le quitó los zapatos y las medias, se sacó ella misma la camiseta con el
emblema en inglés y se ubicó entre sus piernas.
Mateo quería cerrar sus ojos sólo para dedicarse a sentir, pero no lo hizo.
Decidió observar la mirada llena de picardía de Eloísa acercarse a su pecho
para besarlo y morderlo, chuparlo, mientras con sus manos le recorría las
piernas por encima y por debajo. Ambos, su rostro y sus manos, se iban
acercando cada vez más al punto en el medio, y cuando ella lo cogió en su
mano y se lo metió a la boca como una experta cortesana habilidosa en los
placeres carnales, Mateo lanzó un gemido alto y claro.
¡Eloísa!, quiso llamarla, pero, ¿para qué? ¿Para decirle qué? Además, su
boca estaba ocupada dejando salir esos sonidos poco dignos, que parecían
quejidos, asombro, placer…
Hallándose allí, con su esposa tan ocupada con su cuerpo, Mateo supo que
lo que decía ella valía también para él. Tampoco quería separarse de ella. En
alguna ocasión, a lo largo de la vida, tendrían que pasar noches separados.
Por viajes, por circunstancias que escapasen de sus manos y de su voluntad,
pero, aun entonces, estaría cerca, muy cerca de ella y de su corazón.
Tuvo que tomarle los hombros y separarlo de él. Se iba a correr, y no
quería hacerlo encima de ella, así que, rápidamente, la puso en pie, a pesar de
su protesta, le bajó con fuerza el pantalón corto y luego el pequeño panti, y la
tocó con sus dedos, comprobando que ella ya estaba más que lista y húmeda.
Por eso la adoraba. Eloísa siempre estaba lista.
La puso a horcajadas sobre él y la besó en la boca, muy profundo, muy
fuerte, con mucha hambre.
La acercó a él, se puso en su entrada y la acarició con la punta arriba y
abajo, hasta hacer que su cuerpo hirviera de ansiedad, de hambre y hasta de
dolor, y cuando ella ya iba a enloquecer, muriendo por él, simplemente la
penetró hasta el fondo y se tragó el grito de ella en su propia boca, lo
succionó y lo escondió en un rinconcito de su alma para siempre.
—Oh, Dios —gimió ella—. Oh, Dios, Mateo…
—No soy Dios, cariño —sonrió él—. Sólo Mateo —ella lo miró fijamente,
impresionada por que él pudiera hacer un chiste en un momento así.
Conque todavía te queda cordura, ¿eh? Pensó ella mirándolo con un reto
en sus ojos, así que, con fuerza, empezó a balancearse encima de él, aflojando
y apretándolo hasta que él ya no fue capaz de decir dos palabras con
coherencia.
Pero era una calle de doble sentido, y pronto ella también se sintió
perdida.
Se besaron, se mordieron, se apretaron y abrazaron. El miembro de él
entraba y salía de su cuerpo rápido, con fuerza, con frenesí, hasta que ambos
gritaron, tensos y locos, más allá de las palabras, más allá de lo verosímil.
Él se derramó dentro de ella, y Eloísa fue consciente de esa calidez dentro
de su cuerpo. Se derrumbó encima de él con desmayo, incapaz de encontrar
fuerzas para seguirse sosteniendo por sí misma. Estaba viendo las estrellas,
rozándola con sus dedos, embobada en un mundo de lucecitas blancas y
bailarinas. Y él seguía dentro de ella.
De vez en cuando, ella volvía a tensarse por los rezagos de su orgasmo.
Pequeños espasmos volvían a hacer que apretara el interior de su cuerpo, que
lo acunaba con tanto calor y dulzura.
—Eres mi mujer —dijo él al fin—. Sólo tú eres mi placer.
Ella lo escuchó, pero se sentía aún en la nebulosa, y sólo consiguió apoyar
su cabeza en el hombro de él, con el cuerpo flácido al fin, sin querer
separarse de él.
También tú, quiso decir. Tu cuerpo, tu voz, tu riza y tus ceños; también tú
eres mi placer.
…23…
—¡Señorita Esther! —exclamó Adela, el ama de llaves de la mansión de
Diego Aguilar cuando la vio en la puerta de la entrada con un hombre
recostado a ella como si no se pudiera sostener en pie por sí mismo.
—Gracias a Dios llegamos —suspiró Esther, soportando el peso de su jefe
a duras penas. El ama de llaves abrió grandes sus ojos al ver que el borracho
que ella sostenía era el señor de la casa, y abrió ampliamente la puerta para
que ambos pasaran.
Entre las dos, lo llevaron a su habitación, y con el ruido que hicieron,
despertaron a otra chica más que al parecer también trabajaba como interna.
—Nosotros nos haremos cargo de aquí en adelante —dijo el ama de llaves
mirando fijamente a Esther, pero ella estiraba el cuello por encima de la
rechoncha mujer para ver a Diego.
—Yo podría…
—Él estará bien —la interrumpió—. Muchas gracias por traerlo.
—Pero…
—Si se da cuenta de que usted lo vio… así… estará muy mortificado
mañana —explicó la mujer, y Esther la miró casi suplicante.
—Ya lo vi toda la noche así, ¿qué importa si…?
—Esther, ¿por qué te fuiste? —llamó Diego con la lengua casi pegada a su
paladar—. Estábamos divirtiéndonos, niña mala.
—¿Cómo… cómo es que está tan ebrio? —preguntó el ama de llaves
cerrando la puerta de la habitación y ahogando las voces que salían de dentro.
—Empezó en la oficina. Debió beberse él solo media botella de whiskey,
y cuando lo traía para acá… me hizo detenerme frente a un bar. No pude
convencerlo de que parara de beber, sólo pude… Es tan terco.
—Va de familia —dijo la mujer con una media sonrisa—. No se preocupe.
Vaya a su casa a descansar. Debe estar agotada —Esther se dio cuenta de que
sí, que lo estaba, y empezó a ser consciente de todas las dolencias y tensiones
de su cuerpo. —Mañana él irá a trabajar como un cristiano más. Se lo
prometo.
—Se lo agradeceré mucho, Adela —el ama de llaves le sonrió sin agregar
nada más. Esther se despidió de ella y giró con el deseo de ver una vez más a
su jefe, sintiéndose aún preocupada a pesar de las palabras tranquilizadoras
de Adela.
Una vez afuera, se sentó en el asiento de su auto y respiró profundo.
Quería poder hacer algo más que estar allí para escuchar lamentos, pero, por
el momento, era todo lo que se le permitía.
Y era un avance gigantesco, comparado con cómo habían sido las cosas
hasta hoy.

Mateo miró a Eloísa, que dormitaba sobre él en el sofá. El televisor se


había apagado por sí mismo y ahora sólo tenían la luz de exterior que llegaba
a duras penas hasta donde estaban, y los rayos de la luna llena. Le tomó las
caderas a Eloísa para separarse de ella. Ella se quejó como si le hubiesen
quitado algo muy precioso de entre las manos, y lo miró casi molesta.
—¿Qué? —sonrió él—. No podemos estar eternamente así.
—¿Por qué no? —inquirió ella—. ¿Quién lo dice? —Mateo se echó a reír.
—Vamos a la cama.
—Qué invitación tan seductora.
—Eres insaciable.
—Tú no tienes problema con eso —él miró al techo como evadiendo su
respuesta, y Eloísa lo beso un poco lánguidamente—. Siento que no hacíamos
el amor hacía años —susurró sobre sus labios—. Siento como si te hubiese
extrañado terriblemente.
—Es que hoy ha sido un poco diferente.
—Por qué diferente.
—Por lo que pasó durante el día —él respiró profundo, y sus ojos se
ensombrecieron un poco—. Tenemos que hablar, Eli.
—De cosas desagradables cuando estamos tan bien el uno encima del otro
—ella lo buscó con su mano y empezó a toquetearlo otra vez—. El uno
acariciando al otro… El uno dentro del otro —él se echó a reír. Como ella se
negara a soltarse de él, se puso en pie con ella enroscada alrededor de su
cintura, y de la misma manera, fue caminando con ella hasta llegar a la cama.
Una vez allí, la puso de espaldas en el colchón y extendió una mano para
encender la luz de la lámpara.
Tenían mucho que hablar, pensó otra vez, pero ella seguía allí, desnuda y
abierta para él, ansiándolo, y el aroma de su invitación era tan seductor que
barrió con todo lo demás.
Era muy fácil caer otra vez en esta dulce trampa, pensó, y ella volvió a
besarlo y a acariciarlo por todas partes. Él le tomó ambas manos con una de
las suyas y las llevó firmemente por encima de la cabeza aprisionándolas
contra el colchón.
—Despacito —dijo, y Eloísa no estuvo segura de si era una orden o una
petición, pero cualquiera que fuera, esa sola palabra que salió de entre sus
labios le supo a gloria y a promesas de chocolate.
—Despacito —repitió ella, y él cumplió a cabalidad con todo lo
prometido.

—¿Has hablado con la niña hoy? —le preguntó Julio Vega a su esposa por
teléfono, recordando que a Eloísa le disgustaba que se expresara de ella como
si aún fuera una chiquilla. Bajaba de su auto y miraba un imponente edificio
de una zona muy elegante de la ciudad. Miró a un lado y a otro
encaminándose a la entrada y esperando a que su chofer y guardaespaldas le
siguiera.
—Sí, la llamé en la mañana —le contestó Beatriz—. Parece que las cosas
con Mateo van bien, afortunadamente.
—¿Se lo preguntaste directamente?
—Sí. Ella sonaba… tranquila; incluso, contenta.
—Bien. No importa. Igual, las cosas deben ser aclaradas.
—¿Ya estás allí? —preguntó Beatriz, y Julio saludó al recepcionista que
había a la entrada. Aquí era donde Diego Aguilar tenía sus oficinas, y a pesar
de que se consideraba a sí mismo un hombre fuerte e incluso temible, sentía
como si estuviese entrando en la cueva de un lobo especialmente feroz.
—Sí, ya llegué a las oficinas de Diego Aguilar —siguió Julio luego de
respirar profundo—. No tengo cita, pero sé que me atenderá—. Cortó la
llamada con su esposa y le indicó al joven detrás del mostrador quién era y a
qué venia. Tal como supuso, lo guiaron casi de inmediato a la oficina de
Diego Aguilar, y una secretaria abrió la puerta por él invitándolo a seguir.
Uno de los hombres más poderosos del país estaba allí, recostado a su
ventanal de cristal y mirándolo inexpresivamente. Diego Aguilar,
ciertamente, tenía poder: sobre la opinión pública, sobre muchos políticos,
sobre los medios. Si no había arremetido contra él en todos estos años, era
seguramente porque no estaba seguro y prefería tener pruebas irrefutables.
Estábamos hablando de nada menos que del asesinato de su esposa, y, aun
así, Diego prefería tener claras las cosas antes de atacar. Eso le indicaba que,
a pesar de todo, era un hombre justo. Podía enceguecerse un poco cuando de
su hijo preciado se trataba, pero bueno, él también habría hecho lo mismo.
Julio se quedó allí en medio de la oficina, apretó los labios y relajó los
brazos a cada lado de su cuerpo mirando fijamente, aunque sin llegar a ser
amenazador, al hombre que estaba frente a él.
Anoche, cuando Beatriz le había dicho que tenía que venir a hablar con
Diego Aguilar, él casi había saltado diciendo que no, pero se había quedado
en silencio admitiendo que era su deber. Por su hija, se lo debía. Había puesto
a sus hombres de confianza a investigar lo sucedido hacía dieciocho años,
tratando de recordar él mismo quién era en ese entonces y cuáles eran sus
socios y ambiciones, y nada era alentador, aunque tampoco era esclarecedor.
Pensar en que sí había estado involucrado en la muerte de una mujer, en la
que años después sería la suegra de su hija, casi le erizaba la piel. Aunque
fuera indirectamente, si él era culpable, por más amor que se tuvieran, los
chicos no podrían ser felices completamente, y habría sido su culpa. Era
demasiada carga para sus hombros cansados.
—Me imaginé que me darías la cara algún día —dijo Diego avanzando
unos pasos hacia él utilizando un tono de voz quedo, pero firme—. Nunca me
imaginé que fuera tan pronto.
—Tu hijo y mi hija están en medio —contestó Julio—. Estoy siendo
acusado de arruinar a una familia, y luego a mi propia hija… así que aquí
estoy, plantando cara. Tenemos cosas que hablar—. Diego apretó sus dientes,
aunque el hacerlo sólo consiguió que se acentuara su dolor de cabeza. Hoy
había amanecido con una resaca terrible y una secretaria que no le sostenía la
mirada. No era el día ni el momento para hablar de algo así con Julio Vega,
pero tampoco podía evadirlo.
—Bien —dijo con voz grave—. Si has venido hasta aquí es que tienes
algo importante que decir, así que, te escucho.
—Lamentablemente —suspiró Julio Vega con un poco de desánimo—, no
puedo venir y decirte que soy culpable o inocente —Diego dejó escapar una
risita incrédula—. Lo siento —dijo Julio.
—Claro. Qué conveniente.
—Hace dieciocho años, mi carrera política sólo era un sueño. Me había
venido de Trinidad con mi esposa y mis hijas pequeñas para trabajar con un
senador y aprender de él. Pero cuando volvió a lanzarse para un posible
segundo período, fracasó, y yo creí que ya sabía lo suficiente para empezar,
así que me fui a Trinidad y empecé a labrar una carrera allá. Empecé desde
abajo, hasta convertirme en alcalde y hoy soy congresista—. Julio miró a lo
lejos, como si estuviera recordando aquella época—. Soy un político como
cualquier otro —aseguró—. Con mis errores y éxitos. En alguna ocasión me
vi enredado en negocios no muy saludables, gané dinero más del que me
correspondía, y también favorecí a algunos aprobando o denegando leyes.
Pero en todos mis años al servicio público —siguió Julio—, jamás, jamás di
la orden de enceguecerle la vida a nadie, menos a una mujer madre de
familia, esposa de alguien tan influyente. Eso sí lo puedo jurar—. Diego
elevó sus cejas y respiró profundo.
—Hablas muy bonito —dijo—. Como todo buen político, tienes una voz
firme y utilizas el tono y las palabras adecuadas. Qué bella retórica; con razón
ganas y te sientas en sillas de poder—. Julio hizo una mueca preguntándose si
acaso este hombre había escuchado alguna palabra de lo que había dicho—.
El problema es —continuó Diego—, que mi esposa no murió por orden de
nadie. La mataron por accidente. La creyeron la niñera de Mateo—. Julio lo
miró confundido—. Sí —siguió Diego—. El objetivo no era Paloma, era mi
hijo. Querían secuestrarlo no para pedir un rescate, sino para obligarme a mí
a quitarle mi apoyo a cierta campaña sobre cierta ley. Yo era, y sigo siendo,
un acérrimo a favor de la extradición, y algunas personas pensaron que, con
mi hijo en cautiverio, yo tendría miedo y bajaría la cabeza. Pero cometieron
un terrible error, y no sólo mi hijo fue listo y logró escapar, sino que dejaron
a su paso a dos muertos: el hombre que conducía el auto y mi esposa—. Julio
apretó los dientes y hundió más sus manos en sus bolsillos. Diego vio el
cambio en su expresión y siguió con su ataque—. Era el año de mil
novecientos noventa y cinco, ¿lo recuerdas? —Julio lo recordaba. No hacía
mucho había muerto el cabecilla más poderoso del narcotráfico que el mundo
jamás había tenido el horror de conocer y que había tenido el tino de ser
colombiano. El país se hallaba sumido en una terrible violencia. Políticos,
familiares de políticos, periodistas y otros personajes públicos aparecían
muertos en sus autos o en sus casas, y nunca, nunca esos asesinatos lograron
aclararse. La extradición era una clara amenaza para los narcotraficantes, y la
ley iba o venía según el presidente de turno, según las fuerzas de los políticos
y la presión de los mismos delincuentes. Era un tira y encoge, como una
misma cuerda que es halada por sus extremos, pero tan fuerte que no se
rompe.
Aun los jóvenes de hoy sufrían las consecuencias de la violencia de esa
época. Casi veinte años después, en pleno siglo veintiuno, dos jóvenes
estaban sufriendo las consecuencias.
Y, lo peor; si la orden no había sido asesinar a una mujer, sino secuestrar a
un chico para presionar a su padre para algo así, entonces las probabilidades
de que él tuviera algo que ver eran más altas.
Casi podía recordar las veces que hombres como el mismo Orlando
Riveros dio las órdenes para “asustar” a ciertas personalidades del mundo de
la política, aunque, cuando él conoció a Orlando, ya la muerte de Paloma
había ocurrido hacía unos pocos años.
Esto había sido común, y ya hoy no tanto, porque la violencia había
amainado como una gran tormenta que a su paso dejó muerte y destrucción,
pero que aún deja caer de vez en cuando una cortante y helada llovizna.
—¿Ya lo recordaste? —preguntó Diego con una media sonrisa que a Julio
se le antojó también medio asesina—. ¿Ahora te das cuenta de que tengo
razón? No descansaré, Julio Vega, hasta verte hundido.
—Sigues sin pruebas, Diego Aguilar.
—Pero las conseguiré. Te he investigado. Todo eso que me acabas de
decir ya yo lo sabía. Eres el más probable de todos los sospechosos, por eso
no puedo soportar que tu hija esté casada con Mateo, la principal víctima de
tus actos—. Julio respiró profundo, se pasó las manos por la cara y volvió a
mirarlo, ahora con una nueva luz en sus ojos.
—Con eso me dices que tienes más sospechosos.
—Unos cuantos.
—Quiero saber sus nombres —Diego frunció el ceño ante semejante
petición.
—No puedes exigirme algo así.
—Quiero hacer un trato contigo —siguió Julio, ignorando la mirada de
Diego—. Puedo investigar por mi propia cuenta, pero…
—No colaboraré en tu investigación.
—Sólo dame esos nombres. Puedo aportar información valiosísima.
—Claro, porque estarás tratando de cubrirte a ti mismo. ¿Crees que soy
estúpido? Dijiste que eras inocente de mandar a asesinar a mi esposa, pero no
has dicho nada de mandar a secuestrar a mi hijo. Estás dudando de ti mismo,
porque, como lo acabas de decir, tienes las manos tan llenas de mierda que no
sabes cuál es cuál.
—Sólo quiero esos nombres… y también me gustaría saber cómo te
hiciste a esa lista de sospechosos—. Diego frunció el ceño.
—¿Cómo sabes…?
—Es un modus operandi. Tú estabas investigando y una lista de
sospechosos te cayó del cielo. Sé cómo funciona. Podrían estar distrayendo tu
atención, dándote demasiado para abarcar. Llevas años con esa lista, ¿no es
así?, y no has llegado a nada. Es el propósito. El mismo asesino podría haber
enviado esa lista al ver que te acercabas demasiado a la verdad.
—Es increíble la imaginación y los recursos de que te vales.
—Escúchame…
—No. Lárgate de mi oficina. No soporto hablar con un asesino por tanto
tiempo.
—Te están distrayendo. En la lista podría estar el asesino, sí, pero también
podría ser un juego en el que te envolvieron para…
—Vete de mi oficina, Julio Vega, o llamaré a seguridad.
—¿Cómo llegaste al poder si no fue desconfiando de todo y de todos? —
insistió Julio sin dejarse amilanar— ¿Acaso tú mismo no tuviste que aplastar
unos cuantos cráneos para llegar aquí?
—Pero jamás mandé a secuestrar a un niño.
—¡Yo no he hecho tal cosa! —exclamó Julio, sintiendo que el corazón le
latía fuertemente en el pecho por la furia—. Y podría ayudarte, pero…
—Gracias, pero no. Seguiré mi investigación por mi cuenta. Tus manos
sólo desviarían el curso de todo. Conozco a la gente como tú, los conozco
muy bien, y son dignos de todo, menos de respeto y confianza. Ahora, por
favor, vete—. Julio se dio cuenta de que no podría razonar con esa cabeza tan
dura. Él tenía razón en desconfiar, pero debía intentarlo por su propio bien,
por el bien de los muchachos, por el bien de todos. Deponer las armas y estar
dispuestos a trabajar juntos en pro de la verdad era lo adecuado aquí, pero el
odio y la rabia de Diego Aguilar impedían el trabajo.
Le tocaría por su cuenta, y tal vez eso le tomara años también a él.
Mateo vio a su suegro salir de la oficina de su padre, y las miradas de
ambos se encontraron por un momento. Julio tuvo la intención de moverse e
ir hacia él para hablarle, pero sólo se quedó allí mirándolo fijamente.
Ahora se estaba imaginando la situación. Si el objetivo había sido Mateo y
no Paloma, entonces el chico había estado allí, y muy probablemente había
sido testigo de todo; había visto morir a su madre. Si él empezaba a
desarrollar un odio acérrimo en contra suya al creerlo el principal sospechoso,
no lo podía condenar, pero definitivamente, eso iba a dañar su relación con
Eloísa.
Mateo movió su cabeza en señal de saludo, aunque el gesto le salió algo
tieso y forzado. Julio sintió algo en su pecho al ver la actitud del muchacho.
A pesar de todo, estaba siendo cortés, y eso ya era bastante.
Sin embargo, Mateo no le dijo una sola palabra, y sólo caminó alejándose,
con una carpeta en las manos, muy ocupado. Se miró sus manos
preguntándose si acaso era verdad y estaban manchadas con la sangre de
aquella mujer. No podría culpar a Mateo si lo odiaba, jamás podría siquiera
reprochárselo, pero entonces, ¿qué sería de su hija?
El destino era raro y extraño. Él nunca se imaginó emparentar con esta
clase de gente. A pesar de que su hija se codeaba con ellos, no llegó siquiera
a fantasear algo así. Le convenía en cuanto a lo económico y social, no lo
podía negar, pero fiel al principio bajo el cual habían educado a sus hijas,
habían permitido que fueran ellas quienes escogieran. Y Eloísa había
escogido bien… y mal, al tiempo. Jamás pensó tener tantos problemas con la
familia de su yerno.
En fin, no era culpa de nadie. Y tenía mucho que hacer si quería aclarar
esto antes de llegar a los noventa.

Mateo entró a la oficina de uno de los ejecutivos y luego de una rápida


charla le entregó los documentos y volvió a salir. Se asomó por los pasillos y
vio que ya Julio Vega no estaba por allí. Seguro había venido a hablar con su
padre, pensó, así que se dirigió allí.
Minutos antes, cuando lo viera, no había sido capaz de estrecharle la mano
y saludarlo; preguntarle cómo iba su salud, o cualquier otro formalismo le fue
imposible, sólo se había quedado allí preguntándose por enésima vez si este
hombre era inocente o culpable. Julio Vega debió comprender su dilema y lo
dejó estar.
—Julio Vega acaba de salir de aquí —dijo al ver que su padre estaba solo.
Diego elevó la vista a él y asintió—. ¿Te dijo algo…?
—Nada importante —contestó Diego, sentado en su silla y con la vista fija
en unos documentos que tenía delante. Mateo observó a su padre por un largo
momento. Él se veía bastante desencajado, con ojeras, y su cabello no se veía
prolijo como siempre. Lo estaba pasando mal, y eso le dolió en su corazón.
—Papá… tal vez deberíamos unir fuerzas para poder llegar al fondo de
todo esto.
—¿Unir fuerzas con quién? Si estás sugiriendo unir fuerzas con Julio
Vega —siguió Diego antes de que Mateo pudiera abrir su boca—, desde ya te
digo que estás desvariando.
—Me refería a ti y a mí.
—Tú tampoco eres de fiar ahora —le contestó Diego volviendo a mirar los
papeles y zanjando la cuestión.
—¿Porque prefiero seguir al lado de mi esposa?
—Porque en el fondo deseas que ese hombre sea inocente.
—Y tú deseas que sea culpable, para poder decirme luego: “Te lo dije” —
Mateo salió de la oficina sintiéndose molesto, y se fue a la suya
preguntándose si acaso el unir fuerzas con Julio Vega había sido el propósito
de su suegro al venir aquí.
Se mordió uno de los nudillos de sus dedos preguntándose qué tan
insensata era la idea. ¿Estaría traicionando a su padre si lo hacía? ¿Era el
mejor modo?
Recordó que en sus contactos tenía el número de su suegro y ahora se
arrepintió de haberlo ignorado minutos antes. Tenía que escucharlo. Al
menos, debía conocer su versión de los hechos.
…24…
Mateo llegó al café bar de un club privado. Había entrado como invitado,
pues no era el mismo club donde él tenía membresía, y miró en derredor
buscando a su suegro.
Era un sitio bastante antiguo y con renombre, y en este lugar en especial,
mucho tiempo atrás, sólo se les permitía la entrada a los hombres, así que el
ambiente era una mezcla de austeridad y simpleza. Paneles de madera caoba,
muebles de cuero, butacas de madera y un leve olor a tabaco y pino. Tiempo
después, las mujeres habían conseguido entrar al lugar, pero conservaba ese
aire antiguo de los clubes para caballeros.
Mateo vio a Julio Vega en un reservado y caminó con paso vacilante hacia
él. Todavía dudaba de lo sensato de su idea, y aún podía arrepentirse, pero
eso lo haría quedar como un cobarde, o mínimo, como alguien sin palabra,
así que decidió afrontarlo.
Había conseguido comunicarse con él. Julio Vega le había pedido verse en
un sitio discreto, y para no despertar las sospechas de su padre, Mateo había
decidido que fuera luego de su horario de trabajo. Había llamado a Eloísa
diciéndole que llegaría un poco tarde y simplemente fue al encuentro de Julio
Vega. No quería que ella supiera nada todavía, esto era un asunto que prefería
resolver por su cuenta; no deseaba que ella se hiciera esperanzas. Esto podía
salir muy bien, pero también podía salir de una manera nefasta.
—Señor Vega —saludó Mateo acercándose a la mesa. Julio extendió su
mano y se puso en pie sonriendo.
—Viniste.
—Lo dudaba? —Julio se encogió de hombros.
—Pero no te habría culpado si me dejabas esperando. Entiendo que es una
decisión difícil esta que has tomado hoy, pero te felicito; sea lo que sea que
saquemos de esta reunión, tú estás demostrando ser un líder verdadero,
alguien que no teme tomar decisiones difíciles cuando la ocasión lo requiere
—. Mateo no dijo nada y sólo lo miró en silencio. Julio le señaló el asiento y
Mateo se sentó. Respiró profundo y empezó.
—Tal como dice, no es fácil. Sólo me interesa… sacar todos los datos
posibles, verificar su calidad y ahondar en mis propias averiguaciones. Sé que
habló con papá.
—Te dijo lo que hablamos?
—No, para nada. Él… está cerrado y atrancado por dentro. Su dolor lo
tiene cegado.
—Lo entiendo, Mateo.
—Se trata de alguien que fue demasiado importante en nuestras vidas; mi
madre, su esposa. Era una mujer maravillosa. Todos los hijos del mundo
podrán decir eso de sus madres, pero yo lo sabía con entera convicción… Su
muerte fue muy injusta, demasiado violenta, horrible… Por eso hay que hacer
que el culpable pague… No me importa de quién se trate, señor Vega, yo
haré que pague —Julio lo miró fijamente y en silencio por largos instantes.
Eso era casi una amenaza velada, pero vaya que si lo entendía. Respiró
profundo y extendió la mano para hacer que un mesero llegara. Necesitaba un
trago.
Luego de pedir, Julio Vega apoyó sus manos en el cuero de su asiento y
miró a Mateo apretando sus labios. Él permanecía en silencio esperando a
que hablara, y no se hizo esperar más.
—Imagino entonces que no estás aquí para establecer una especie de
alianza en lo que empezamos a investigar.
—Aún no lo he decidido. Usted podría estar mostrando un ánimo
colaborador sólo para desviar la investigación.
—Sí, de eso me acusó tu padre.
—Quisiera confiar en su honestidad e integridad, pero, lamentablemente,
ya tengo pruebas y testimonios de que no lo es tanto—. Cuando Julio Vega lo
miró interrogante, Mateo continuó: —Juan José Soler trabajó para usted en
Trinidad, y si bien el trabajo de él fue impecable, y demasiado rápido para su
envergadura, él sabía que esa obra estaba siendo utilizada para desviar la
atención de ciertas actividades poco lícitas en la alcaldía de Trinidad—. Julio
hizo una mueca, incómodo—. Demasiado dinero para sólo un tramo de
autopista, y una obra demasiado grande para un pueblo tan pequeño.
—Un pueblo que revivió comercial y turísticamente luego de eso.
—Fue un efecto secundario. El objetivo principal era el dinero. ¿Me lo va
a negar? —Julio negó agitando levemente su cabeza—. Es por eso que no
confío del todo en su palabra.
—Vale. Y aunque no supieras nada de eso, no te reprocharía tu
desconfianza, así que no tienes que justificarte en modo alguno. Sólo puedo
asegurarte que… aquí no hay dinero ni obras sociales de por medio. Aquí
está mi hija en todo el centro del huracán. No quiero que ella sea infeliz,
preferiría… morir, o peor, irme a la cárcel, antes que verla infeliz.
—Si usted muere o va a la cárcel, ella será infeliz de todos modos. Haga lo
que haga, o, haya hecho lo que haya hecho en el pasado, ya estamos, Eloísa y
yo, en el centro del huracán. No es sólo ella, somos uno—. Julio miró a
Mateo fijamente a los ojos y el corazón le dolió un poco. ¡Cuánto deseaba ser
inocente!
—Entonces —suspiró—, te diga lo que te diga, así te jure solemnemente
que es verdad, tú, de todos modos, lo pondrás en duda.
—Por mi bien, sí.
—Está bien. Eso es mucho mejor que lo que pude conseguir de tu padre.
Te diré lo que le dije a él —siguió—, y te compartiré lo poco que pude
extraer de esa charla—. Mateo asintió, prestando mucha atención a sus
palabras.

—¿No es ese Mateo Aguilar? —preguntó Rodrigo García señalando al par


de hombres que conversaba con voz queda en el reservado del club. Camilo
Mendoza giró su cabeza al escuchar el nombre y observó atentamente hacia
donde su amigo señalaba. Sí, era Mateo Aguilar, el hombre que casi lo deja
eunuco, en compañía del ex alcalde de Trinidad, el padre de Eloísa.
Mierda. Si ese par estaban juntos y conversando tan amigablemente, era
por algo importante. No quería pensar que se trataba de una propuesta para
emparentar, pero entonces, ¿qué podría ser?
Desde que se habían encontrado por última vez en aquella fiesta, había
tenido un deseo ferviente de vengarse de este hombre, pero no se le había
presentado la oportunidad, y luego, en la siguiente vez que había abordado a
Eloísa a la salida de su trabajo, ésta lo había dejado en ridículo delante de
todo el mundo.
Tenía que hacerles pagar, nadie se burlaba de Camilo Mendoza. Él
también era alguien importante, su familia no tenía tanto dinero ni poder
como la de los Aguilar, pero no por eso eran menos.
—Sí —le contestó a su amigo—, es él.
—Qué hace aquí? No creí que fuera miembro de este club.
—No creo que lo sea. Tal vez entró por invitación de Julio Vega.
—Sí, a lo mejor. Esa gente tiene sus propios clubes—. Camilo lo miró con
ojos entornados.
—No por eso somos menos.
—Claro que no. Qué… ¿tienes algo en contra del chico? —Camilo sonrió
con sorna.
—Algo? Lo tengo todo. Lo odio.
—Qué te hizo.
—Me quitó algo, y no se lo voy a perdonar.
—Quieres hacer algo al respecto? —Camilo volvió a mirar en dirección a
Mateo e hizo una mueca con su boca.
—Podría. ¿Por qué no?

—¿Papá tiene una lista de sospechosos? —le preguntó Mateo a Julio, y


éste asintió en respuesta—. No me lo había contado.
—Podrías considerar preguntárselo. Le dije que era un modus operandi.
Lo he visto antes; ellos, los que le enviaron esa lista, intentan desviarlo de su
objetivo. Tal vez debas averiguar hacia dónde apuntaba la investigación de tu
padre por la época en la que le llegó esa lista. Podía ser que estuviera muy
cerca, y si tú o yo retomamos la investigación a partir de allí, estaremos
salvando una gran distancia.
—Podría ser, pero dudo que papá quiera compartirme algo así.
—Debes tener algún modo. Eres su hijo, el heredero, tienes poder allí,
¿no?
—Realmente…
—¿Eres un líder o no, Mateo? —inquirió Julio, y Mateo lo miró a los ojos
—. ¿Tienes gente que te es leal o no? Tienes a gente a tu cargo, personas que
harán lo que les pidas sin preguntar por qué, gente que no le da cuentas a tu
padre de lo que haces tú. ¿O no es así? ¿Cada paso que das en tu trabajo se lo
notificas a tu padre? Pregunto —repitió cuando Mateo se quedó en silencio
—. ¿Eres un líder, o un pelele de tu padre? —Mateo endureció el semblante,
pero no pudo negar que la pregunta era importante.
Tuvo que contestársela a sí mismo primero.
¿Gente leal a él?
Sí, tenía. Había empleados que dependían completamente de él, cumplía
con sus encargos sin darle cuenta a nadie. Confiaban en él, en sus decisiones.
Miró a Julio y respiró profundo.
—Sí. A pesar de lo que parece, tengo poder en la empresa. Papá aún
domina gran parte de todo, pero poco a poco, más con maña que con fuerza,
yo he ido cobrando mi lugar.
—Bien. Además —agregó Julio con una sonrisa—, eres joven, la nueva
generación, el futuro. Si tu padre y tú tuvieran que dividirse, tú arrastrarías
mucha gente contigo.
—No tengo planeado dividirme de mi padre, no en lo financiero. Lo suyo
es mío, algún día lo será.
—Mateo, tu padre es bastante joven, viudo; no se le ha visto intención de
dejar su cargo ni su empresa a manos de nadie. ¿Nunca has pensado que
algún día él rehará su vida dejando todo atrás?
—¿Qué está intentando, señor Vega?
—Ponerte en tu lugar. Con tu reunión aquí conmigo, le estás plantando
cara a tu padre. Al seguir al lado de mi hija, lo estás desafiando. Espera lo
peor, y así no te tomará por sorpresa el futuro—. Mateo hubiese querido
refutar esas palabras, pero lamentablemente, el viejo tenía razón. Se pasó una
mano por el cabello y respiró profundo.
—Tal vez, pero pensaré en eso cuando suceda, si es que sucede. Por lo
pronto, necesito…
—Saber si soy inocente o culpable. Lo entiendo. Sólo te pido que por
favor no desconfíes de cada dato que yo comparta contigo en esta
investigación. Te he jurado que haré lo que sea por la felicidad de mi hija,
ella es lo primero aquí. Si en el camino descubro que, lamentablemente tuve
qué ver con lo que sucedió en tu familia hace dieciocho años… bueno, lo
encararé, ante ustedes y ante la justicia—. Mateo cerró sus ojos imaginando
la escena. ¿Qué pasaría entonces? ¿Qué pensaría Eloísa si su padre se
empeñaba con meterlo a la cárcel?
Él podría decidir darle el perdón y no enviarlo a prisión para que Eloísa no
sufriera por su padre, pero entonces, ¿estaría él tranquilo luego de haber
traicionado la sangre de su madre y también a su padre?
—Necesito que sea inocente, señor Vega —dijo Mateo con voz desnuda,
demostrando sus miedos, su ansiedad—. Necesito que sea verdaderamente
inocente. No hay otra salida—. Julio asintió.
—Pero la verdad no se puede cambiar. Aunque tratemos de disfrazarla,
ella es lo que es; inmutable. Yo también ruego a Dios por eso. Sólo que…
estoy pidiendo un milagro demasiado grande, más grande, tal vez, que mi fe
—. Mateo cerró sus ojos y se puso en pie. Tomó el vaso y le dio un último
trago a su bebida.
—Estaré esperando sus informes. Gracias por reunirse conmigo.
—Gracias a ti, muchacho—. Mateo asintió despidiéndose y salió de allí.

Al estar afuera, Mateo miró al cielo despejado desprovisto de estrellas.


Oh, ellas estaban allí, pero las luces de la ciudad impedían que su luz llegara
hasta él.
Tal vez eso le estaba ocurriendo a él, tal vez era incapaz de ver la verdad a
pesar de que la tuviera delante. Tal vez su padre tenía razón y nunca debió
emparentar con los Vega.
Al pensar eso se sintió horrible, vacío, muerto.
No, la vida lo había puesto en el camino de Eloísa Vega. Había sido él,
además, quien la sonsacara a ella, quien la buscara proponiéndole aquél
insólito trato de sólo sexo. Había sido él el de la idea de casarse y no podía
dejarla. Además, que ya no podía vivir sin ella.
Dejó salir el aire y caminó hacia su auto.
De repente, sintió algo tras él, y gracias al instinto que había desarrollado
luego de lo que le ocurrió cuando era sólo un niño, tuvo tiempo de agacharse
y atacar con un codazo antes de que un garrote diera contra su cabeza.
¡Alguien había intentado golpearlo!
Se giró de inmediato y esta vez atacó con una patada que alcanzó el
mentón de otro. Miró en derredor a la vez que adoptaba una pose cerrada de
defensa, pero al darse cuenta de que ya no había más enemigos, pudo
relajarse. Eran sólo dos hombres.
—Vámonos, vámonos —dijo uno, al que le había pegado en la mandíbula
con su patada. El otro yacía en el suelo con las manos en el abdomen tratando
de recobrar el aire, pues él se lo había sacado dándole un certero golpe con su
codo. Un brillo en su oreja le hizo percatarse de quién era. Se les acercó, y al
verse de nuevo amenazado, el que todavía podía andar echó a correr dejando
a su amigo solo.
Mateo lo miró con ojos entrecerrados tratando de recordar el nombre.
Eloísa se lo había dicho una vez mientras le contaba cómo el sujeto había
grabado sus sesiones con ella y luego, les había mostrado a sus amigos el
video.
Este hombre no tenía remedio, pensó meneando la cabeza.
—Camilo Mendoza —dijo al fin, y el hombre soltó un quejido al verse
solo frente a este hombre que estaba mostrando ser más peligroso de lo que
pensaba—. Practico Kick boxing, amigo. ¿Por qué no averiguaste eso antes
de atacarme? Habrías sabido que no tenías oportunidad en una lucha cuerpo a
cuerpo —Camilo lo miró de una manera que hizo que Mateo comprobada el
odio visceral que sentía contra él—. ¿Por qué? —le preguntó—. ¿Sigues
enamorado de Eloísa? —Camilo siguió sin poder hablar—. Ya no hay nada
qué hacer, te lo digo por tu bien. Es mi esposa ahora —Eso captó la atención
de Camilo, que lo miró fijamente con ojos de sorpresa—. Olvídala —siguió
Mateo—, déjala en paz… o de verdad tendré que ocuparme de ti de una
manera más permanente.
—¿Qué… qué quieres decir? —preguntó Camilo esforzándose. Le faltaba
el aire, le costaba articular las palabras— ¿Me… me matarás? ¿Te… desharás
de mí?
—No soy un asesino, ni nada de eso, pero si sigues cabreándome, tal vez
deba tomar medidas drásticas—. Camilo no dijo nada, y Mateo se agachó
frente a él, lo que hizo que encogiera sus piernas poniendo a salvo sus partes
privadas. Mateo no pudo sino sonreír, el pobre recordaba muy bien lo que
había sucedido la primera vez que se encontraran—. Déjanos en paz. A
Eloísa y a mí, déjanos en paz. Te lo advierto, Camilo. Te lo haré pagar caro si
le tocas un pelo a ella. No amenazo de balde, no está en mi carácter lanzar
advertencias; ya te he tenido mucha paciencia, así que ponte zapatitos de
algodón cuando andes cerca—. Mateo se puso en pie y se alejó de él,
dejándolo allí tirado recuperando el aire y el habla.
Desactivó la alarma de su auto y se alejó. Podía haber notificado en el club
que alguien había intentado atacarlo, pero eso le tomaría tiempo y ya quería
irse a casa. Quería ver a su mujer y enroscarse con ella en el sofá, pedir una
pizza, ver una película, y relajarse. No tenía ganas de enfrentar más cosas
feas de la vida. Había tenido suficiente por hoy.

Eloísa miró el reloj. Las ocho de la noche. Su esposo querido se estaba


tardando, pero no importaba, ya él la había llamado diciéndole que iba en
camino. Afortunadamente, ella era una muy buena esposa, y le tenía la cena
servida y caliente aún para cuando llegara. Esta noche cenarían un delicioso
coq au vine. Tenía en su mano una botella de un excelente vino y una
ensalada como acompañamiento.
Cuando llegara Mateo, ella iría y lo abrazaría, le pediría que se relajara y
luego de preguntarle si prefería primero un baño o la cena, le serviría una
copita de vino. Toda una escena de los años cincuenta.
La puerta se abrió, y ahí estaba el esposo. Eloísa sonrió y casi corrió a él,
olvidando que tenía la botella en la mano y casi lo golpea con ella.
— ¡Espera! —exclamó él, y logró esquivar el golpe por poco—. ¡Diablos!
Todo quiere golpearse contra mi cabeza hoy —exclamó, y Eloísa lo miró
apenada. No, no, no. Esto no iba a arruinar su escena tipo años cincuenta.
—Buenas noches, querido, ¿te apetece una copa? —mierda, pensó ella.
Primero era preguntarle si prefería un baño antes que la cena. Pero Mateo no
contestó, sólo avanzó hacia la mesa y vio los platos dispuestos, aunque
vacíos, y una fuente cubierta en el centro de la mesa. Miró a Eloísa entre
preocupado y sorprendido.
—¿Cocinaste?
—La cena está deliciosa, si eso es lo que quieres saber. ¿Prefieres darte un
baño antes?
— ¿Todo anda bien? —preguntó él, uniendo sus cejas y mirándola
fijamente.
—Claro que sí.
—¿Y entonces?
— ¿Entonces qué?
—¿A qué se debe esto?
—Quiero atender a mi esposo. ¿No puedo?
—Perdón —Eloísa se mordió el labio inferior. Aaah, esto no estaba
funcionando.
—¿Prefieres…?
—La cena —dijo él, mirando la fuente como si de allí fuera a salir alguna
bestia que escupiera fuego por la boca.
A Eloísa se le iluminó el rostro y, tomándolo del brazo, lo sentó en el
asiento principal de la mesa comedor. Mateo se dejó atender, y entonces se
dio cuenta de que su esposa tenía un vestido bastante recatado, el cabello
recogido en alto y tacones de punta cerrada. Sin embargo, ella se veía
radiante.
Le echó un vistazo a la cocina y vio varias ollas apiladas, sucias y hasta
quemadas. Suspiró. Aunque lo que hubiese en la fuente fueran piedras al
vapor, él las comería. Nunca la había visto tan entusiasmada.
Eloísa destapó la fuente y Mateo miró dentro con un poco de aprensión.
Sin embargo, lo que había dentro tenía buen aspecto.
—Huele bien —sonrió aliviado, y la sonrisa de Eloísa se ensanchó.
—Es Coq au vine.
—¿Es qué? —preguntó él. El francés de Eloísa era tan bueno como su
cocina.
—Algún tipo de ave comestible en salsa de vino, o algo así —contestó ella
reusándose a repetir el nombre del plato—. Te va a gustar, yo lo sé—. Ella le
sirvió con diligencia y Mateo usó sus tenedores para cortar el primer bocado.
Quiso echarse la cruz antes, pero se abstuvo, y envió la oración al cielo en
silencio.
Sin embargo, estaba bueno. No bueno, delicioso.
—¿Te gusta? —le preguntó ella esperando su respuesta con ansias.
—Exquisito, amor —ella sonrió ampliamente, y ahora fue él quien le
sirvió a ella.
—¿Y cómo te fue hoy? —preguntó ella. Mateo masticó suavemente antes
de contestar. Recordó la visita de su suegro a su padre, luego, su charla con él
en el club, y después, el pequeño encuentro con Camilo Mendoza.
—Un día normal —mintió—. Como tantos otros. ¿Y tú?
—Ah, salí temprano de trabajar, y quise sorprenderte.
—Lo conseguiste, querida. Has conseguido preparar una cena deliciosa —
ella sonrió de oreja a oreja, y siguieron la cena entre anécdotas del día hoy, y
planes para el de mañana.
Al terminar la cena, él se puso en pie y recogió los platos. Ya que ella
había cocinado, supuso que lo más caballeroso era que él limpiara la cocina.
Tenían servicio de limpieza, pero eso sería hasta mañana, y pensó que a lo
mejor podían alargar esta velada mientras lavaban los platos.
—Estuvo realmente delicioso —comentó él mientras echaba en el cesto de
los residuos unos pocos restos de los platos—. Has mejorado mucho en tus
artes culinarias, querida.
—¡¡¡Aaaay, eso sonó tan genial!!! —exclamó ella—. Tal como las novelas
de época. “Has mejorado en tus artes culinarias, querida” —repitió ella
imitando su voz gruesa, y Mateo la miró con ojos entrecerrados, con el cesto
de la basura todavía a un lado. De repente, él metió la mano en él, escarbó un
poco dentro y sacó una bolsa de papel que tenía impreso el nombre de un
famoso restaurante francés. Eloísa lo miró de hito en hito.
Ah, carajo, la había descubierto.
—No cocinaste —dijo él soltando de nuevo la bolsa en el cesto y
haciéndolo a un lado.
—Ah… bueno… claro que sí. Mira las ollas, si quieres.
—Intentaste hacer algo —dedujo él mientras se lavaba cuidadosamente las
manos—, lo quemaste, lo echaste a perder… y decidiste llamar al restaurante
para, de todos modos, tener una cena que ofrecer.
—No fue exactamente así —ella lanzó un grito cuando él se echó encima
de ella. Echó a correr, pero diablos, tenía tacones y falda angosta, así que
pidió tiempo fuera con una señal de sus manos, y Mateo se detuvo. Con
parsimonia, Eloísa se quitó sus zapatos y se alzó la falda, y gritando como
una poseída, volvió a echar a correr por toda la sala mientras él seguía tras
ella asegurando que se vengaría.
La alcanzó en la habitación cuando ella pretendía encerrarse en el baño.
Mateo tuvo más fuerza y logró dominar la puerta, así que, viéndose
acorralada, Eloísa intentó usar otra estrategia.
—Cariño —dijo con voz agitada—, piensa en que soy una delicada flor,
no puedes hacerme nada.
—¿Una delicada flor? Pegas casi tan duro como yo.
—Un frágil vaso de cristal —insistió ella—, un suspiro, etérea como la
niebla —a él no le importó, así que arremetió, y de un solo movimiento, la
alzó sobre su hombro y caminó con ella hacia la cama. En aquella posición
tan indigna, Eloísa siguió riendo y gritando, pero Mateo la puso en la cama y
le atrapó los brazos con una mano y las piernas con una rodilla.
—Ahora vas a pagar el precio de tu engaño.
—Ten cuidado —volvió a decir ella.
—¿Ahora imploras piedad?
—No. Es que estoy embarazada, cariño —Mateo se quedó lívido al
instante. No pudo decir nada, sólo perdió fuerza en su agarre y la fue soltando
poco a poco. Eloísa aprovechó para escapar.
—¡Condenada! —gritó él, y otra vez echó a correr hacia ella, pero esta vez
fue más fácil atraparla.
—Es verdad, es verdad —gritó ella entre sus brazos—. Me hice la prueba
esta tarde. Estoy embarazada, Mateo. Tengo tres semanas. Te lo juro.
—¿Es verdad?
—Sí, amor. Tengo la prueba en el bolso. Si quieres…
—¿Es verdad, Eloísa? —preguntó él otra vez, y algo en su voz hizo que
Eloísa se sosegara también. Se estuvieron allí varios segundos en los que sólo
se escuchó la respiración de ambos. Cuando se hubieron calmado bastante,
ella se giró para mirarlo cara a cara.
—Sí, amor. De verdad.
—¿Por qué…? ¿Por qué…?
—¿Cómo que por qué? Tú y yo hemos estado dele que tele al tema. Sin
descanso, me usas como a dama de alquiler. ¿Qué podías esperar? —él
parpadeó como si despertara a una nueva realidad, asimilando al fin las
palabras de ella.
—¿Como a dama de alquiler?
—No me dejas descansar—. Él entrecerró sus ojos, y ella tuvo que volver
a reír. Lo abrazó y le besó la mejilla, rodeando con sus brazos su cuello—.
Vamos a ser papás —le dijo mordisqueando suavemente sus deliciosos
labios, y Mateo le rodeó la cintura con suavidad—. Quería preparar una cena
para decírtelo, pero… sólo conseguí arruinar las ollas, lo siento.
—Y pediste a un restaurante.
—Pero te gustó, ¿no?
—Sí, bueno. Hay que repetirlo —Ella rio entre dientes, y Mateo la besó—.
Me vas a hacer papá —susurró él entre beso y beso—. Dios, Eli. Cuánto te
amo—. Suspirando, Eloísa se dejó besar profundamente, y luego, él la alzó
en sus brazos con suma delicadeza y la llevó hasta la cama. Fue
extremadamente cuidadoso y tierno, y Eloísa empezó a disfrutar de las
atenciones de que se es digna cuando estás en estado.
Tendría un bebé con Mateo, pensó. Ese bebé del sueño de Ana, había
concluido cuando fue a hacerse la prueba y vio que era positivo, era suyo,
suyo y no de otra. Mateo era suyo.
…25…
Mateo miraba al techo de su habitación. Todavía no se lo podía creer, pero
era tan cierto como que a su lado estaba el cuerpo cálido de su esposa que se
acurrucaba contra él. Había visto el papel del resultado de la prueba de
Eloísa, y ésta decía que, efectivamente, su mujer estaba embarazada. Había
sido un poco pronto, si se ponía a analizar; él hubiese querido tener unos
meses más con ella para seguir viajando y disfrutar, pero los planes habían
sido un poco cambiados, y no por eso estaba menos feliz.
Diablos, iba a ser papá. Y no había visto a esa cosita que crecía en el
vientre de Eli ni una vez, y probablemente era más pequeño que una pulga,
pero ya lo amaba y ya se sentía dispuesto a dejarlo y darlo todo por él.
Comprendía a Juan José, comprendía a su propio padre.
En la época en que estuvo en el hospital, acostado en esa cama, triste,
reviviendo a cada momento la terrible escena en la que perdiera a su madre,
su consuelo había sido ver que allí estaba su padre, silencioso, triste,
apagado, pero ahí.
Sólo se había ausentado el día del funeral, y aun después de eso, había ido
a verlo otra vez para hacerle compañía.
Lo entendía, ya tenía a alguien a quien amar de esa manera.
Hoy, más que nunca, tenía que hallar al verdadero culpable, y rogar con
lágrimas de sangre que no fuera Julio Vega. Había demasiado en juego; no
sólo eran Eloísa y él ahora, estaba ese pequeñito que dependería por completo
de las decisiones de sus padres.
Cerró sus ojos sintiendo que su corazón le dolía un poco, pero no pudo
poner en palabras su oración. De todos modos, decían que Dios conocía los
corazones. Seguramente Él sabía qué quería pedirle aun antes de que lo
dijera.
—¿Cómo se lo vamos a decir a tu papá? —preguntó Eloísa con voz queda,
y sorprendió un poco a Mateo, pues creyó que ya estaba dormida.
Analizando su pregunta, Mateo respiró profundo.
—No lo sé. Lo va a impactar un poco, pero no podremos ocultárselo.
—¿Crees que… debamos ir los dos y contarle?
—No. Creo que lo mejor será que yo lo haga.
—Tengo que contárselo a mamá —sonrió Eloísa—. Se va a poner feliz.
Tiene un nieto ya, pero está muy lejos y no puede disfrutarlo. Se va a
emocionar mucho… lo mismo que papá—. Julio Vega era un tema sensible
entre los dos, así que Eloísa siguió hablando—. Y también tengo que
contárselo a Angie y Ana. Se van a volver locas. No se lo van a creer.
—Por qué no?
—Bueno, es que no creo que me imaginen a mí de mamá. Dios, ni yo
misma me lo imagino. Sigo en shock —Mateo sonrió y se movió un poco en
la cama para mirarla al rostro.
—Serás una excelente mamá.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque te conozco, y eres una luchadora. Lo das todo por las personas
que amas… Ese bebé va ser afortunado —ella le tomó el rostro entre las
manos y lo acercó para besarlo. Emocionada por sus palabras.

Diego recibió en su oficina a Edgardo Casablanca. Había venido sin cita


para entrevistarse con él. No lo había llamado antes, de ser así, le habría
propuesto ir a algún sitio y tomar alguna bebida, pero ya estaba aquí, así que
debía recibirlo.
Esther lo anunció, y luego de ofrecerles alguna bebida, se dio la media
vuelta para seguir en sus quehaceres. Diego hizo nota mental de hablar pronto
con su secretaria, algo había pasado la noche que él se había emborrachado
que hacía que ella se comportara así.
—Edgardo —saludó Diego extendiendo su mano. Edgardo la recibió y se
sentaron al tiempo en los muebles de la oficina.
—Me enteré de que tu hijo se casó… con esta chica Vega—. Diego hizo
una mueca meneando su cabeza.
—Lo hizo a mis espaldas, amigo.
—Tienes que hacer algo.
—¿Qué me sugieres con eso? Ya están casados.
—¿Es un matrimonio legal?
—Lo es —contestó Diego respirando profundo—. Lo consulté y es
perfectamente legal. No se puede invalidar, ni hay motivos para anularlo, ni
nada parecido. Ante Dios y la ley, están casados.
—Tú y yo teníamos un acuerdo.
—Lo sé, Edgardo, pero mientras estén casados, no puedo hacer nada.
—¿No crees que haya una manera de hacer que se divorcien? —Diego lo
miró con ojos entrecerrados, analizando esa pregunta.
—No me digas que te urge mucho que tu hija se case.
—Teníamos un trato tú y yo, no me gusta que me vean la cara de idiota.
—¿Quieres entonces que sea yo quien me case con Lineth, ya que Mateo
no está disponible?
—No seas tonto.
—No sé de qué manera podría yo ayudar a que ese matrimonio se
realice…
—Ya veo que te falta imaginación —dijo Edgardo un poco exasperado.
—¿Esto va a resentir nuestra amistad? —Edgardo hizo una mueca.
—La amistad y los negocios son cosas diferentes, eso siempre lo hemos
tenido claro. Por eso es que seguimos siendo amigos. Me hubiese encantado
que nuestras fortunas se unieran con un matrimonio… ¿Y tenía que ser con la
chica Vega?
—Lo sé, es increíble, ¿no? —en ese momento entró una mujer que traía
una bandeja con café y té, la puso en la pequeña mesa, y volvió a salir en
silencio. Edgardo tomó su té y lo endulzó con un terrón de azúcar.
—¿Cómo lo soportas? —le preguntó a Diego, que tenía la mirada perdida
en la puerta.
—No lo soporto —contestó tomando su café—. Hoy, más que nunca,
estoy metido de lleno en esa investigación.
—Entonces ahí está —señaló Edgardo con una sonrisa, y Diego lo miró
interrogante—. Cuando tu hijo al fin sepa la verdad de Julio Vega, lo hundirá,
él mismo lo hará. Eso arruinará ese matrimonio. Se divorciarán, y tú y yo
consolidaremos nuestra asociación—. Diego asintió. Tenía mucha lógica, y
era inevitable que sucediera lo que Edgardo vaticinaba, pero por alguna
razón, detestó la idea de ver a su hijo triste y deprimido. Él estaba enamorado
de esa muchacha, lo tenía muy claro, y él mejor que nadie sabía lo que dolía
separarse del ser amado—. A propósito —siguió Edgardo—, ¿todavía no
encuentras nada que resuelva todo ese misterio? ¿Cuánto tiempo llevas
investigando?
—Años y años. Pero en el momento en que al fin descubra la verdad,
reabriremos el caso y Paloma será vengada, eso no lo dudes.
—Te ha tomado mucho tiempo, para mi gusto. Con todas las sospechas
que tienes contra Julio Vega, es para que ya lo hubieses denunciado.
—Lo que pasa es que yo quiero justicia, verdadera justicia, no
simplemente encarcelar a alguien de quien sospecho. Hasta no estar
verdaderamente seguro, yo no actuaré.
—Qué cándido de tu parte. Podrías denunciarlo, y que sea la policía y la
fiscalía quien termine el trabajo y determine si es culpable o inocente.
—La policía y la fiscalía no son de mi entera confianza, y si llegara a
denunciar a Julio Vega, y en un muy remoto caso él resultara inocente, habría
arruinado su carrera política.
—Vamos, como si no se lo mereciera. Podemos aprovechar que tenemos
amigos dentro, y otros que ya no están, pero siguen teniendo poder, como
Rodrigo Márquez. Eres amigo de él, ¿no? —Diego asintió. Márquez era un
coronel de la policía que se había retirado hacía ya varios años. Su ayuda,
desde dentro de la policía, siempre había sido valiosísima, pero ya no estaba
activo; vivía en vacaciones perpetuas, aunque aún conservaba parte de su
poder.
Diego suspiró.
—Déjame hacer las cosas a mi modo… y la verdad… dile a Lineth que se
resigne, Mateo ya está casado. No creo que ella quiera ser plato de segunda
mesa—. Edgardo Casablanca hizo una mueca muy inconforme con esas
palabras, pero no agregó nada más, sabiendo que no conseguiría nada de esa
manera.
Pero había otros modos, pensó, y simplemente se relajó. Había más de una
manera de cazar a una liebre.

Por su lado, Julio Vega se reunió con José Manuel Ramírez, un hombre
alto, calvo y fornido, que llevaba trabajando por él lo que podían ser añales.
En los últimos tiempos sus labores habían disminuido, pero le seguía siendo
leal, y eso Julio lo sabía. José Manuel Ramírez era un hombre de fiar; aun
sabiendo sus más oscuros secretos, seguía a su lado.
En un sitio discreto, donde si lo veían no repararían mucho en ellos, se
sentaron y conversaron. Julio le expuso la razón de su llamada. Hacía mucho
tiempo, tal vez, él había dado una orden. O tal vez no.
—Trabajabas para el senador Millán —le recordó José Manuel. Una de
sus cualidades era su memoria de elefante, su extremada inteligencia y
confiabilidad. Julio siempre había confiado en él para cosas limpias y no tan
limpias, como este caso—. El senador Millán era uno de los que se mostraba
a favor de la extradición, pero al momento de la votación, votaba por el no.
Lo que hacían todos los de la época.
—Tenía amigos a los que no le convenía que esa ley se consolidara —
confirmó Julio dando una cabezada en asentimiento a las palabras del otro.
—Usted se encargaba de llevar a cabo su trabajo sucio.
—Y tú de hacer el trabajo sucio mío.
—Toda una cadena —sonrió José Manuel—. Teníamos a varias personas
que ejecutaban esas tareítas molestas…
—¿Recuerdas quiénes son?
—Claro que sí, pero esos hombres… algunos están muertos; otros, fuera
del país.
—¿Quiénes siguen vivos?
—¿Se entrevistará con ellos?
—Claro que no. No es posible que me vean reuniéndome con sicarios,
¡por favor!
—¿Quiere que me reúna yo con ellos?
—Tampoco. Todo el mundo sabe que trabajas para mí. Vendría siendo lo
mismo.
—¿Qué persona de confianza enviaría a hablar con esos hombres para que
le confirme si de verdad usted dio la orden o no de secuestrar a un niño? Y
que admita que, en un error, lo dejó ir y mató a la madre—. Julio sacudió su
cabeza negando.
—Eso lo resolveremos luego, lo primero es localizarlos.
—Me encargaré de eso.
—Llámame en cuanto lo sepas. Quisiera que fuera algo rápido y
silencioso. Esa gente es quisquillosa en extremo… por otro lado, mis viajes
fuera del país serán cuidadosamente analizados desde ahora, tengo a un
dragón respirándome en la nuca.
—Diego Aguilar —concluyó José Manuel, y Julio asintió.
—Debo manejar todos mis asuntos con extrema precaución. En otras
palabras, ser un santo.
—Eso no le será difícil. Y despreocúpese. Hasta ahora, no le he quedado
mal en ningún encargo.
—Gracias, hombre. Confío en ti.
—Y con toda razón —sonrió el hombre, y poniéndose en pie, atusándose
el cuello de la camisa, se alejó de él. Julio se quedó allí otros minutos, luego
de los cuales, salió también.

—¡Estoy embarazada! —exclamó Eloísa en voz alta, y Angie y Ana se la


quedaron mirando en shock por lo que pareció ser una eternidad.
Estaban reunidas en el club de campo del que ahora todas eran miembro
debido a sus esposos. Poco venían aquí, pero Eloísa las había citado en este
lugar para poder darles la noticia y celebrar.
Al ver la falta de reacción, Eloísa las miró frunciendo el ceño.
—Niñas, ¡que estoy embarazada!
—Pero es que…
—Dios, santo… —murmuró Ángela—. Debo alegrarme, lo sé, pero…
—¿No te alegras? —preguntó Eloísa con incredulidad. Ángela sonrió al
fin.
—¡¡Voy a ser tía!! —abrazó a su amiga, y segundos después, Ana se unió
al abrazo.
—Me alegro muchísimo por ti —le dijo Ana, y Eloísa, con una sonrisa
que encandilaba, aceptó todas las felicitaciones y halagos.
—¿Cuánto tienes?
—Unas pocas semanas.
—¿Cuándo te enteraste?
—Lo sospeché por el retraso, y ayer me hice la prueba.
—¿Ya Mateo lo sabe?
—Claro que sí, se lo dije anoche…
—Me imagino que se puso feliz.
—Casi le da un soponcio, pero sí, se puso muy feliz. ¿Por qué hicieron esa
cara cuando les dije? Como si en vez de alegrarse, se asustaran.
—Bueno, Eli… tengo que aceptar aquí, delante de ti y de Ana… que
nunca te imaginé como mamá.
—¿Por qué no?
—Eso no importa —dijo Ana distrayendo la atención de lo que podía
convertirse en un tema espinoso—. Eloísa ha cambiado y madurado mucho
desde que empezó a salir con Mateo. Te hace bien estar con él, eso me alegra,
y de verdad, soy muy feliz de que vayas a tener un bebé.
—Gracias, Ana. Sé que eres sincera. Aunque eso me dice que en el pasado
me tenías por inmadura —Ana sólo se echó a reír.
—Es decir —se quejó Ángela—, que dudas de mi sinceridad —Eloísa rio
sintiéndose un poco perversa.
—Una cucharada de tu propia medicina.

— ¿Papá? —exclamó Fabián mirando a Mateo. Ambos estaban en el


gimnasio, y Mateo corría en la cinta a su lado. Tuvo que detener la suya y
mirar a Mateo que sonreía corriendo como todo un campeón—. ¿Vas a ser
papá?
—Exacto.
—Cómo… cómo…
— ¿Cómo que cómo? —exclamó Mateo—. Pues de la manera tradicional,
hombre.
— ¡Pero apenas se casaron! ¿O se casó embarazada?
—No, sólo tiene tres semanas —contestó él con voz un poco agitada por la
actividad física—. ¿Y qué tendría de malo si se casó embarazada? El niño es
mío, haya llegado cuando haya llegado—. Fabián elevó una ceja, y con la
pequeña toalla, se secó el cuello.
—Esto va muy rápido —dijo volviendo a encender la máquina y
volviendo a su ejercicio. Mateo sonrió.
—Es sólo el destino. Y no me quejo.
—Pues te felicito, hombre. De verdad. ¿Le contaste a Juan José?
—No. Luego le mando un mensaje de texto. Ahora en lo que tengo que
pensar es en buscar una casa. Ya no vamos a caber en el pent-house. Eloísa
ya está pensando en cunas, sábanas con motivos infantiles, pinturas y figuras
de pared y etc. —Suspiró, aunque no se le veía nada molesto—. Las mujeres
—. Fabián sonrió y no dijo nada. Él parecía quejarse, pero a él no lo
engañaba. Estaba feliz.
—Más regalos que comprar en Navidad —dijo Fabián, y Mateo lo miró de
reojo, pero luego de varios segundos, se echaron a reír.

—Esther, ven aquí —llamó Diego a través del intercomunicador. Ella se


puso en pie y caminó a la oficina de su jefe. Como él no había dicho el
motivo por el que quería verla, llevó sólo un bolígrafo y su agenda de notas.
Una vez dentro, caminó hasta su escritorio, y como siempre, se quedó
delante esperando las indicaciones, no se esperó que él simplemente le
pidiera que se sentara.
Mirándolo un poco sorprendida, se sentó frente a él y esperó. Diego se
puso en pie y caminó alrededor con aire meditabundo.
—Necesito que seas completamente sincera conmigo en todas las
preguntas que te voy a hacer —le dijo, y Esther asintió, cada vez más
intrigada—. ¿Cuánto tiempo hace que trabajas conmigo?
—Cinco años, señor —contestó ella automáticamente. Era una pregunta
rara, si lo que él pedía era sinceridad.
—¿En algún momento de esos cinco años, yo he sido… inadecuado,
impropio o irrespetuoso contigo? —Esther guardó silencio por unos
momentos—. ¿Esther? —Llamó él ante su silencio.
—No, señor. Nunca lo ha sido.
—¿Lo he sido con alguna de las demás secretarias o personal femenino
que labora en esta empresa?
—No que yo sepa, señor.
—Entonces… ese día que estuve ebrio aquí… y que según Adela llegué
borracho como una cuba a la casa… y que tú me llevaste, ¿no hice nada
inadecuado? —Esther tomó aire.
—No, señor, no lo hizo.
—¿Entonces por qué tu comportamiento? —inquirió de repente—. Desde
ese día, Esther, parece que huyeras de mí —ella lo miró por un momento a
los ojos—. ¿Estás siendo completamente sincera conmigo? —volvió a hablar
él—. ¿Me estás diciendo toda la verdad? Porque si algo pasó esa noche, y eso
está dañando nuestra relación que hasta el momento ha sido impecable, ¡me
gustaría saberlo en este mismo instante!
Aturdida, Esther quiso ponerse en pie, pero él se lo impidió acercándose y
poniendo una de sus manos en el reposabrazos
—Habla, carajo. Si algo has aprendido de mí, es que me gustan las cosas
claras.
—Señor, no me hable de esa manera.
—Te hablo como sea necesario hasta que digas la verdad.
—¡No! no le permitiré que me insulte ni… me maltrate. Si no le gusta mi
comportamiento, póngame una sanción, un memo…
—No seas ridícula, no puedo ponerte un memo porque ya no me miras a
los ojos cuando te hablo, pero entre secretaria y jefe debe haber una buena
relación para que las cosas marchen bien. Así que dímelo. ¿Me propasé? —
Esther empezó a respirar un poco agitada, Diego la vio pestañear como si así
se impidiera llorar.
—Usted… me dijo… que quería tener una aventura conmigo —Diego se
alejó de ella al instante—. Me dijo que nunca había tenido una aventura, y
que quería saber… es decir, que quería empezar una, y que yo… parecía
adecuada—. Diego cerró sus ojos, pero volvió a escuchar la voz de ella—. Es
increíble que no lo recuerde.
—Si estaba ebrio, no es tan increíble.
—Sólo los alcohólicos crónicos olvidan lo que hacen y dicen en sus
borracheras.
—Es decir, que todos estos días, creíste que yo era consciente de lo que
había pasado… ¿y por qué no me diste un bofetón en ese momento? —ella lo
miró de reojo.
—Usted ya parecía muy miserable sin que yo lo golpeara —eso hizo reír a
Diego.
—Bueno, gracias—. Diego se cruzó de brazos y miró por la ventana los
edificios que tenía delante. La luz del sol hacía brillar los cristales como
pequeñas estrellas resplandecientes. Volvió a mirarla, y allí, sentada en su
silla, con el bolígrafo y la agenda en la mano, Esther se le antojó…
vulnerable, pequeña, joven.
¿Qué sabía él de su secretaria?
Tenía cuarenta y tres años, se había divorciado hacía años y no había
tenido hijos de esa unión. Trabajaba para mantenerse a sí misma y a sus
padres, con los que vivía para ahorrar gastos. Él le pagaba bien, pero el par de
ancianos, al que había visto una vez, dependían completamente de ella.
Esther era joven y guapa. ¿Por qué no se había vuelto a casar? ¿Añoraba
aún a su ex marido, que llegó a golpearla, o simplemente se había
desencantado de todos los hombres?
Y él no estaba siendo ningún buen ejemplo de su sexo.
—Te pido disculpas por eso —le dijo en tono contrito. Ella volvió a
mirarlo—. No cabe duda de que estaba muy borracho —en los ojos de ella
brilló algo, algo nada agradable.
—Pues, vaya. Gracias —mierda, ¿qué había hecho mal? Ella estaba
enfadada.
—No quise decir…
—Ya que hemos aclarado ese punto —dijo ella hablando al tiempo que él
—, si no me necesita para otra cosa…
—No es que si no hubiese estado borracho no me habría fijado en ti.
—Tengo mucho que hacer —dijo Esther poniéndose en pie dispuesta a
salir de la oficina. Él la alcanzó en un par de zancadas y la tomó del brazo.
—Eres guapa, ¡claro que tendría una aventura contigo, joder! —Esther
abrió enorme sus ojos, y Diego quiso morderse la lengua, o morirse. ¿Qué le
pasaba? Había perdido la práctica adulando a las mujeres—. dios, todo lo que
digo sale mal. Suena diferente en mi cabeza… —cuando la escuchó reír, fue
una total sorpresa para él. Ella se cubría la boca con una mano, como suelen
reír las personas que son tímidas, y lo miró riéndose, riéndose de él.
—Está bien —dijo ella al fin—. Olvidemos este asunto. Yo… no evitaré
mirarlo a los ojos de aquí en adelante, y usted evitará embriagarse otra vez. Si
lo hace otra vez, puede que termine proponiéndole matrimonio a Inecita —
Inecita era una anciana muy delgada y de cabellos blancos que se encargaba
de la limpieza de este piso. Cascarrabias, que no dudaba ni en regañarlo a él
mismo por pisar con sus sucios zapatos donde ella ya había limpiado. No
podía jubilarla; lo había intentado, y la anciana, simplemente seguía llegando
a trabajar. Ya hacía parte del inventario.
—Ella me rechazaría y eso me dolería en el corazón —Esther volvió a
reír.
La miró fijamente, y sus ojos se quedaron estancados en sus labios. Tenía
labios carnosos y bonitos. ¿Por qué un hombre había querido golpearla? ¿Por
qué había sido tan pendejo al perderla?
Y luego se sintió mal, como si le estuviera siendo infiel a alguien.
Era viudo, se recordó, no le estaba siendo infiel a nadie.
Pero allí seguía la sensación.
— ¿Me perdonas? —ella tragó saliva y lo miró a los ojos.
—Está perdonado, señor. Después de todo, no fue tan grave. Ahora sí…
¿podemos continuar? —Diego respiró profundo, y se alejó de ella.
—Sí, bueno. ¿Tienes donde apuntar?
—Claro que sí, señor.
—Qué lista.

Mateo de inmediato empezó a buscar la casa en la que ahora vivirían.


Había muchas para escoger, pero siempre le encontraba un pero a alguna. El
jardín no era lo suficientemente grande. La piscina no era segura para los
niños, el césped no era muy abullonado, y si el bebé se caía, se haría daño.
Las escaleras, las escaleras eran una trampa mortal para niños…
Eloísa ya quería pegarle, pero se contuvo. No tenía caso, estaba casi loco
con la idea.
—Tenemos que contarle a papá —le dijo Mateo a Eloísa. Estaban
sentados en un restaurante y Eloísa miraba los alimentos en la mesa como si
de repente se le hubiese ido el hambre. Odiaba las náuseas matutinas, los
antojos, el detestar ciertos aromas. Al pobre Mateo le había tocado renunciar
a sus lociones, e incluso su jabón de baño y cambiarlo por otro menos
perfumado por ella.
—Claro —contestó ella mirando un pequeño trozo de carne de res que
acababa de cortar—. Cuéntale.
—Yo solo no. Debemos ir los dos y contarle —Eloísa lo miró al fin.
—¿Yo por qué?
—Porque eres la mamá. Llevas a su nieto en tu vientre.
—Tu papá me odia. No quiero ir.
—No te odia… no es personal.
—Pero me odia. Es lo mismo.
—Vamos, tienes que ir.
—No quiero verlo.
—Eli… Sé valiente. Tal vez… Tal vez la idea de un nieto le haga olvidar
todo y termine aceptando que estamos casados. Mira, ya hasta Sarah lo sabe,
y si no se lo cuento yo personalmente, se va a resentir.
—Lo que pasa es que… Bueno, la última vez que tu papá y yo
hablamos… no lo traté muy bien que digamos.
—Me imagino, pero…
—No, Mateo, de verdad… Dije cosas desagradables.
—Como qué —Eloísa hizo una mueca evasiva—. No pudo ser tan malo
—insistió Mateo, y Eloísa lo miró de reojo.
—Lo llamé… anciano de mierda —concluyó ella al fin. Mateo la miró
boquiabierto—. Y viejo mezquino, egoísta y… otras cosas más.
Mateo cerró al fin su boca, y miró a lo lejos pensativo, luego, sin más ni
más, se echó a reír.
—¿Qué es tan gracioso?
—Es sólo que me estoy imaginando la cara de papá. Dios, nunca nadie lo
había tratado así.
—¿Pero entiendes por qué no puedo ir a verlo?
—Eli, si no vas ahora, sólo empeorarás las cosas. Este es el momento de
hacer las paces, vamos.
—Mat…
—Vamos, vamos. Eres una mujer valiente. Así que, termina eso e iremos a
su casa.
—Me va a echar.
—No lo hará.
—Me va a echar agua caliente en cuanto me vea —Mateo volvió a reír.
—Que no, mujer—. Eloísa siguió exponiendo las razones por las que no
debía ir, pero Mateo era terco, y cuando terminaron su almuerzo, la condujo
al auto para ir directo a la casa Aguilar. Tal vez no hicieran las paces como
hubiese querido, pero les correspondía ir en persona para darle la noticia de
que sería abuelo, así como habían hecho con Beatriz y Julio. Estaban
enemistados, sí, pero Mateo tenía la convicción de que esto era transitorio, y
una vez pasada la tormenta, ambas partes lamentarían los momentos que no
compartieron, momentos como este.
…26…
Eloísa miró la enorme casa de los Aguilar. Aquello parecía más bien una
mansión, de lo enorme y preciosa que era, bastante parecida en tamaño e
imponencia a la de los Soler, donde vivía ahora Ana con su familia y su
esposo.
Mateo la llevaba de la mano, y ella iba casi un paso atrás, y en su mente,
iba también a rastras y Mateo la obligaba a avanzar.
No quería. No quería verle la cara nuevamente a Diego Aguilar, su suegro.
Respiró profundo cuando una mujer algo mayor les abrió la puerta y
saludó a Mateo con mucho cariño. Él incluso se inclinó y le dio un beso en
los canosos cabellos de la mujer, y ella se sonrojó como toda una colegiala.
—Mira, Adelita —dijo Mateo tomando a Eloísa por los hombros y
haciendo que se adelantara unos pasos—. Esta es Eloísa, mi esposa—. Adela
no disimuló su sorpresa, sonrió mirándola y le tomó una de sus manos entre
las suyas.
—Mi Dios me la bendiga —le dijo, y Eloísa decidió que la viejita le caía
bien.
—Adela fue quien cuidó de Sara y de mí luego de la pérdida de mamá —
le explicó Mateo.
—Ah, lo hice con mucho amor —siguió Adela negando de manera tímida
—. Pobrecitos mis dos pollitos, solos y desconsolados.
—Muchas gracias por cuidar de este pollito —sonrió Eloísa señalando a
Mateo, y Adela volvió a sonreír.
—Lo volvería a hacer. Con mucho gusto.
—Vaya, qué ven mis ojos —dijo la voz de Diego. Mateo se giró a mirar a
su padre, que bajaba por las escaleras mirando a la pareja con una sonrisa un
tanto desagradable—. Vinieron a visitar al padre un domingo por la tarde.
Qué considerados al acordarse de los viejos… —Eloísa permanecía rígida al
lado de Mateo. No se había girado a mirar a su suegro, y parecía
momentáneamente fascinada por el decorado de la sala.
—Con permiso —dijo Adela con mucha discreción y se retiró de la sala.
Mateo respiró profundo y dio unos pasos hacia su padre.
—Hola, papá —le dijo, y, como siempre, se acercó para darle un beso en
la mejilla. Diego lo recibió casi de manera estoica—. ¿Qué tiene de malo que
venga a ver a mi padre? Además…
—Bueno, es extraño —lo interrumpió Diego—, ya que fui el último que se
enteró que ustedes dos están casados.
—Papá…
—Y es increíble que esta mujer esté aquí en mi casa, luego de las
elegantes palabras que nos cruzamos la última vez que nos vimos.
—Usted se las merecía —soltó Eloísa de pronto, pero al mirar a Mateo,
con voz más baja, añadió: —en el momento.
—A qué vienen —inquirió Diego—. Dudo mucho que sea a pasar un
domingo agradable en familia, pues sólo estoy yo. ¿Por qué desperdicias este
día conmigo, Mateo, si puedes pasarlo mejor con tus suegros, los asesinos de
tu madre?
— ¡No hable así de mis padres! —exclamó Eloísa al instante, y Mateo
tuvo que atajarla tomándola por los brazos.
—Vinimos a… darte una noticia.
—No me digas—. Diego dio unos pasos por la sala. Todavía no los había
invitado a sentarse, pero él sí lo hizo. Iba vestido con la ropa que usualmente
llevaba cuando se iba a jugar golf. Mateo no supo descifrar si venía del club o
apenas iba.
—Eloísa está embarazada, papá —anunció Mateo—. Vas a ser abuelo—.
Diego apretó sus dientes, y un músculo empezó a latir en su mejilla. Se puso
en pie bruscamente, se acercó a Mateo dándole una sonora bofetada. Eloísa
gritó, y sin pensarlo un segundo, se fue encima de Diego Aguilar. Mateo le
impidió tocarlo tomándola con fuerza por la cintura.
— ¡No le pegue! —le gritó—. ¡No puede tratarlo así!
—¡Eloísa, basta!
—Te pegó, ¡cómo se atreve!
—¡Soy su padre, y ha hecho la peor estupidez al preñarte!
— ¡No es un niño que hizo una travesura! ¡No merece que lo trate así!
—Tú cállate, sucia ra…
—¡¡BASTA LOS DOS!! —gritó Mateo a voz en cuello, y se puso en
medio extendiendo sus manos y aumentando la distancia entre los dos como
el árbitro en el ring. Miró a Eloísa con una súplica en sus ojos para que se
calmara, y a su padre, con una sutil advertencia—. Quisimos venir a
compartirte nuestra alegría, papá, porque estoy seguro de que cuando todo
esto pase, lamentaremos los momentos que nos perdimos—. Diego miró a su
hijo y tragó saliva, tal vez considerando sus palabras, pero segundos después
le dio la espalda y se pasó la mano por sus cabellos.
—Lo siento, pero no puedo alegrarme.
—Papá…
—Es tu hijo, pero es también… Lleva la sangre de esos malnacidos que
mataron a tu madre.
—Papá es inocente —volvió a decir Eloísa, ya no con rabia, sino con
dolor—. Y cuando se lo demuestre…
— ¿Cómo lo va a demostrar? —le preguntó Diego—. Me reuní con él,
¿sabes? Y no fue capaz de decir “soy inocente”.
—Papá, detente —intentó interrumpirlo Mateo, pero Diego siguió:
—Ni él mismo es capaz de llamarse a sí mismo inocente, porque tiene las
manos untadas de demasiada porquería.
— ¡Papá! —gritó ahora Mateo, y miró a Eloísa. El rostro de ella era todo
un poema: confusión, incredulidad, rabia hacia Diego.
—Él es inocente.
—¡Basta ya, niña! Tu padre es culpable, ¡tan culpable como el que apretó
el gatillo e hirió a mi hijo y mató a mi esposa!
— ¡No tiene pruebas! —exclamó Eloísa de nuevo—. ¡No está seguro de
nada!
—No, es verdad, no estoy seguro al cien por ciento aún, pero él tampoco.
¿Sabes lo que eso significa? Que las probabilidades de que haya provocado lo
que pasó hace dieciocho años son altísimas. ¡Y no! No tengo pruebas
contundentes, pero con lo que tengo ahora, es suficiente como para dejarle el
caso a la fiscalía.
—No… —susurró Eloísa, y Diego rio de manera casi diabólica, como si
se solazara con la angustia de ella.
— ¿Sabes lo que eso le haría a su carrera política?
—No puedes hacer eso. Mateo, no puede, ¿verdad?
—Papá… —la falta de respuesta de Mateo, hizo que Eloísa sintiera como
si de repente el suelo bajo sus pies empezara a oscilar, a moverse, a hundirse
—. Basta, papá. Lo haces sólo para torturarla y no se lo merece.
—Te dije que había sido buena idea emparentar con esa gente.
—Sí, y también dijiste hace tiempo que hasta no tener una prueba
contundente, no actuarías.
—Ya no quiero ser paciente. Todos estos años ese hombre ha sido libre y
quién sabe si ha ocasionado más muertes y miserias.
— ¡Que no hable así de papá! —gritó Eloísa—. Él no es esa clase de
hombre. ¡Ha sido siempre un político transparente! ¡Yo misma le he ayudado
a cumplir muchas de las cosas que en campaña promete! ¡Es un hombre
íntegro, de palabra! —al ver al par de hombres que la miraban en silencio,
como teniéndole lástima por ser tan ignorante, Eloísa ya no pudo soportarlo
más y salió de la casa.
Una vez afuera, echó a llorar, y Mateo logró escucharla aún desde aquí.
Presintiendo que tomaría el auto y se iría por su cuenta, miró a su padre y le
dijo.
—Sólo queríamos que supieras que serás abuelo. Parece que es inevitable
que sueltes tu veneno cada vez que tienes oportunidad.
—Y tu orgullo, ¿dónde quedó? —preguntó Diego cuando Mateo ya se
alejaba—. ¿Dónde quedó la promesa que le hiciste a tu madre? —Mateo se
detuvo ante la puerta incapaz de decir nada, ni de mirarlo, ni de replicar. Sólo
abrió la puerta y fue tras su mujer, que tal y como había vaticinado, estaba
ante el volante y ya ponía el auto en marcha.
Tuvo que ponerse delante para que no acelerara, y cuando vio que él no se
quitaría, Eloísa se echó a llorar apoyando su frente en el volante. Mateo rodeó
el auto, abrió la puerta del piloto y la hizo salir.
—¡No dijiste nada! —reclamó ella dándole puños débiles sobre su pecho
—. Te quedaste callado.
—Vamos a casa, amor.
—Mi papá es inocente. Te lo demostraré a ti y al tonto de tu padre.
—Sí, sí. Lo harás.
—No te vuelvas a quedar callado. No dudes más, por favor—. Era fácil
para ella tener una fe ciega en su padre, quiso decirle Mateo. No para él.
—No importa lo que yo piense de tu padre —dijo, en cambio—. Me casé
contigo, no con él —Eloísa lo miró en silencio. Él esperaba que ella sonriera
por su broma, pero ella no lo hizo, por el contrario, como si se sintiera
perdida, caminó hasta dar la vuelta al auto y se sentó en el asiento del
copiloto—. Siento que la visita haya salido tan mal —siguió él sentándose
también y poniendo el auto en marcha—. Esperaba que papá fuera un poco
más civilizado—. Eloísa no dijo nada, sólo recostó su cabeza en el asiento y
cerró sus ojos. Imaginando que sólo estaba muy cansada, la dejó tranquila, y
se encaminó hacia su hogar, el que había construido con ella.

Al llegar a casa, Eloísa seguía con su actitud distante, y Mateo fue tras ella
respirando hondo. Llegaron al lobby del edificio y una vez allí el conserje del
edificio le dijo que alguien lo había estado esperando largo rato.
Eloísa escuchó aquello y se giró a mirar de quién se trataba, y vio a un
hombre alto y un poco fornido, que vestía un traje barato, ponerse de pie con
un sobre de manila grande en las manos. Mateo se volvió a ella y le pidió que
lo esperara en el apartamento y ella se dio la vuelta como si le hiciera caso,
pero volvió se quedó allí sin siquiera llamar el ascensor para ver qué sucedía.
El hombre le parecía conocido.
Mateo y ese sujeto intercambiaron unas pocas palabras y el sobre cambió
de manos, segundos después, él venía hacia ella, y Eloísa hundió el botón de
llamada rápidamente. Mateo se detuvo a su lado en silencio. Ella tampoco le
preguntó nada, ni quién era, ni qué quería.
Una vez en el apartamento, ella dijo estar muy cansada y se fue a la
habitación.
Mateo se quedó en la sala, el día estaba claro y despejado y los rayos del
sol se colaban por las ventanas con cortinas abiertas de par en par, era un
bonito panorama; los edificios brillando, los tonos dorados del cielo… un día
perfecto para pasear y disfrutar. Sentía mucho que las cosas en casa de su
padre hubieran salido tan mal y comprendía el mal humor de Eloísa, pero él
no podía ponerse de parte de nadie todavía. No quería empezar una discusión
con ella por eso, ella lo entendería, aunque le tomara tiempo. Mejor llevar las
cosas en paz.
Se sentó en el sofá y abrió el sobre que el hombre del Lobby le había
entregado. Se había identificado como un hombre de Julio Vega y le había
pedido que estudiara los documentos con cuidado. Mateo encontró la
fotografía de un hombre con un tatuaje en la sien, la cabeza rapada y un
cigarro en su boca. Parecía tomada sin conocimiento del hombre, como si se
la hubiesen tomado en la calle mientras transitaba tranquilo.
Leonardo Cortés, decía uno de los documentos que había en el sobre.
Había bastantes, datos acerca del tal Leonardo, como su actual país de
residencia, por ejemplo. El sujeto vivía ahora en Panamá.
Mateo tomó su teléfono y llamó a Julio. Éste no lo hizo esperar mucho.
—Te llegaron mis documentos —dijo Julio por todo saludo. Mateo
asintió.
—Los estoy revisando.
—Es… un hombre de muchos talentos —explicó Julio, y Mateo sonrió
con sorna. Julio no quería decir por teléfono que el hombre de la fotografía
era un sicario—. Ahora mismo, es un hombre poderoso, escaló hasta ser muy
importante, y vive fuera. Él… trabajó para mí en aquel tiempo.
—De qué me sirve saber eso?
—¿Quieres saber la verdad, no es así? —dijo Julio luego de un suspiro.
—Así es.
—Te voy a pedir que viajes a Panamá y te entrevistes con él.
—¿Qué?
—Y que le hagas las preguntas tú mismo.
—No puedo hacer tal cosa. Estaría demasiado expuesto.
—No irías solo, nunca lo permitiría. Pero, como comprenderás, no puedo
hacerlo yo. En cambio, si vas tú, y pareciera que casualmente te encontraste
con este hombre, y le haces las preguntas adecuadas, sabrás la verdad. Si
tengo o no tengo que ver en aquel suceso, este hombre lo sabe, y será la
prueba reina de mi inocencia o mi culpabilidad—. Mateo tragó saliva y cerró
sus ojos. Tenía en sus manos la fotografía del hombre que probablemente
había disparado a su madre.
Por otro lado, no podía perder esta oportunidad, y Julio tenía razón. Sus
idas y venidas no estaban vigiladas como las de su suegro, él tenía libertad
para salir del país y verse con quien quisiera sin que suscitara sospechas a la
gente, a nadie le importaría. Y, además, le estaban dando la posibilidad de
escuchar de boca del mismo asesino la verdad. Él, mejor que nadie, merecía
escucharla. Julio le estaba dando un regalo a su paz mental.
—¿Lo harás? —le preguntó Julio—. No te tomará mucho tiempo. Incluso
podrías ir y venir el mismo día.
—Sí, lo haré —le contestó Mateo—. No podría dejarle esa tarea a otra
persona —escuchó a Julio respirar profundo.
—Sé que eres un hombre justo. Sé que sabrás lo que debes hacer cuando
llegue el momento.
—¿Está nervioso, señor Vega? —Julio sonrió.
—Sería un mentiroso si te digo que no. Eloísa… sabe algo de esto?
—No, no sabe nada. Espero que siga así.
—Por favor, avísame cuando tomes viaje. Asignaré un par de hombres
que…
—Yo mismo buscaré mis escoltas, gracias —evadió Mateo—. En un
asunto como este, prefiero tener a mi alrededor gente en la que confíe
plenamente.
—Está bien, como decidas—. Julio cortó la llamada y Mateo siguió
estudiando los documentos. Tal como su suegro había dicho, podía ir y venir
el mismo día, y debía buscar a alguien de confianza que le acompañara.
Pensó en Juan José, pero si las cosas llegaban a ponerse complicadas, Ángela
lo ahorcaría por haber puesto a su marido en peligro. Esperaba que nada fuera
a amenazarlos, pero vamos, iría a entrevistarse con un sicario, cualquier cosa
podía suceder.
Decidió llamar a Fabián.
—Qué haces —le preguntó Fabián a modo de saludo, y Mateo escuchó
ruido de autos al otro lado de la línea.
—¿Dónde andas? —le contestó.
—Por aquí, en un parque, sentado en una banqueta y viendo los autos
pasar.
—Qué parque —preguntó Mateo poniéndose en pie y guardando los
documentos de vuelta en el sobre.
—Por qué. ¿Vas a venir?
—Sí. Necesito hablar contigo.
—Eso suena serio.
—Lo es—. Fabián le dio la dirección del parque en el que se hallaba, y
Mateo la apuntó en un papel y luego lo metió en uno de sus bolsillos. Cortó la
llamada y fue a la habitación, donde encontró a Eloísa recostada en la cama.
Se acercó a ella y besó su frente. Ella abrió los ojos—. Voy a salir, cariño —
ella se movió un poco para mirarlo.
—Te demoras?
—Estaré con Fabián. Puede que sí, un poco. Pero llegaré a tiempo para la
cena. Quédate y descansa; hoy fue un día difícil —Eloísa cerró sus ojos con
fuerza.
—Qué va a pasar, Mateo?
—Nada malo, amor. Todo estará bien.
—¿Puedo confiar en ti en eso? —Mateo sonrió.
—Claro que sí. Mírame —ella lo hizo—. Te amo. No permitiré que nada
nos separe—. Eloísa asintió creyendo en su promesa, y él se acercó para
besar sus labios.
—Ve con cuidado —le pidió ella, y Mateo se alejó sonriendo.
—Claro que sí—. Mateo salió de la habitación, y Eloísa se puso en pie
para verlo salir. Se dio cuenta de que llevaba el sobre consigo. Algo
importante debía ir allí, o él no se lo estaría ocultando. Presentía que era algo
que le disgustaría muchísimo, o que le dolería. Deseaba estar equivocada.

—Entonces, ese es el asunto —le dijo Fabián a Mateo, sentados los dos en
la banqueta del parque que quedaba cerca al apartamento de Fabián—. Se ve
terrible —siguió él haciendo una mueca—. Te estarás metiendo en la boca
del lobo.
—Lo sé, pero necesito entrevistarme con ese sujeto. Y necesito tener a mi
alrededor gente de confianza, sabes a lo que me refiero.
—Bueno, te aconsejaría que antes de ir practiques un poco tu tiro al
blanco, ya sabes.
—Tú ya eres bastante bueno en eso.
—Y le pongas un poco más de fuerza a tu gancho de izquierda —Mateo lo
miró elevando una ceja.
—Mi gancho de izquierda es mejor que el tuyo.
—Sí, claro.
—Es sólo que pesas más, por eso me ganas.
—Debilucho.
—Qué dices. ¿Vendrás conmigo? —Fabián miró a su amigo por un
momento pensando en la cantidad de travesuras que habían llevado a cabo
juntos en el pasado. Travesuras terribles. La más inocente había sido comerse
el pastel de chocolate que Adela había hecho para el cumpleaños de la señora
Paloma la noche antes de la fiesta. Él había pasado la noche en casa de los
Aguilar junto a Juan José, y mientras el uno vigilaba, los otros dos daban
buena cuenta del pastel, llevándole trozos gigantes al vigía. Obviamente,
habían sido descubiertos, y se habían llevado un buen castigo y un buen dolor
de estómago.
Durante la adolescencia, Fabián se había encargado de vigilar una puerta,
esta vez, la de un baño de un bar, mientras Mateo tenía un encuentro amoroso
en uno de los retretes con una chica que acababa de conocer. Y después de
eso, habían ido a Hawái, en vez de a Cancún con el grupo del colegio sin que
sus padres se dieran cuenta. En la isla, habían hecho y deshecho los tres, y
habían vuelto a la hora que se suponía vendrían con los demás estudiantes.
Sí, habían sido bastantes travesuras. Esto que Mateo le pedía era mucho
más, era casi exponer la vida, pero él estaba seguro de que, si fuera al revés,
Mateo no dudaría ni un instante en ir a cubrirlo, ayudarlo, poner el pecho por
él.
—Al infinito, y más allá —contestó Fabián sonriendo, y se dedicó
entonces a estudiar los documentos junto con Mateo, a planear una estrategia
y buscar un escolta profesional. Había mucho que prever para este viaje;
nadie debía enterarse, y ojalá, todo se diera de una manera muy pacífica.

Eloísa se movió con mucho cuidado en la cama, tratando no despertar a


Mateo, que dormía plácidamente a su lado, y, en puntillas de pie, salió de la
habitación.
Quería ver ese sobre y su contenido, y si él no se lo había mostrado hasta
ahora, era porque tampoco tenía intenciones de hacerlo luego. Debía ser algo
vital, algo que ella necesitaba ver.
En la habitación no estaba, supuso. Él lo había dejado en algún lugar de la
sala, algún mueble quizá con llave.
¿Qué mueble tenía llave?
Recordó entonces que había una caja fuerte en el pequeño estudio del
apartamento. Se encaminó allí y abrió el cuadro que era la tapa de la caja
fuerte y se detuvo al darse cuenta de que no sabía la clave. Mateo nunca se la
había compartido, y ella no se la había preguntado porque nunca sintió
curiosidad por saber. Asumía que él tenía derecho a su privacidad, aunque
hoy olímpicamente lo había pasado por alto.
¿Cuál podría ser la clave? ¿Era de cuatro, seis o más dígitos?
Intentó con la fecha del cumpleaños de Mateo, pero nada sucedió. Luego,
en un acceso de romanticismo, introdujo la de la fecha de su matrimonio.
Tampoco.
Doce de agosto de mil novecientos noventa y cinco, recordó. Esa era la
fecha de la muerte de Paloma, la madre de Mateo, y la introdujo.
Milagrosamente, la caja fuerte se abrió, y allí estaba el sobre de Manila,
además de dinero en efectivo, documentos que parecían ser títulos valores,
una bolsita negra de terciopelo cuyo contenido no quiso esculcar y otras
cosas más. Fue directo al sobre de manila y lo abrió. La escasa luz le impedía
leer, pero no parecía ser más que fotografías de un hombre y datos sobre él.
Leonardo Cortés, logró leer. El nombre no le decía nada, pero debía ser
importante, o Mateo no lo habría guardado aquí.
Volvió a meter los papeles en el sobre, y el sobre en la caja fuerte. Dejó
todo tal y como lo encontró y la cerró sin ruido alguno. Caminó en puntas de
pie de vuelta a la habitación, pero entonces, cuando ya iba llegando, la luz se
encendió. En la puerta estaba Mateo, con un pantalón piyama, sin camiseta y
su cabello revuelto.
—Aquí estás —murmuró él—. ¿Qué haces levantada?
—Ah… —él no se había dado cuenta, pensó ella tratando de que los
fuertes latidos de su corazón no se escucharan en el silencio de la habitación
—. Vine a la cocina por un poco de agua.
—Yo también tengo sed —dijo él, y se encaminó a la cocina. Eloísa
detuvo los movimientos nerviosos de sus manos y las puso en su espalda.
—¿Te preocupaste cuando no me viste en la cama? —él bebía de su vaso
de agua, pero asintió con un leve movimiento de su cabeza.
—Por un momento, sí —ella sonrió, se acercó a él y lo abrazó por la
espalda, apoyando su mejilla en su piel desnuda.
—Mateo, ¿qué quería ese hombre que vino esta tarde? —Mateo volvió a
poner el vaso en su sitio y suspiró.
—Cosas de trabajo, cariño.
—¿Cosas de trabajo un domingo por la tarde?
—Así pasa a veces—. Ella no dijo nada. Él mentía, lo sabía. ¿Por qué le
ocultaba esto? ¿Qué tan importante era Leonardo Cortés? Entre más se
empeñara él en ocultarle lo que sucedía, más intrigada se sentiría ella. ¿Por
qué no se daba cuenta? —Vamos a la cama —le pidió él, y le tomó la mano
para ir juntos a la habitación. Una vez acostados, él la abrazó por la espalda y
metió sus piernas entre las de ella, pegándose a su cuerpo buscando el
descanso. Ella se quedó largo rato despierta, pensando y preguntándose por
qué el hombre del lobby le había parecido conocido y qué conexión tenía el
caso de Paloma con el hombre de la fotografía, porque estaba segura de que
de eso se trataba.
Pero hoy no lo sabría. Al parecer, tendría que investigar por su propia
cuenta.
…27…
Eloísa introdujo en Google el nombre de Leonardo Cortés, y le
aparecieron varios personajes con el mismo nombre, sobre todo, perfiles de
Facebook. Pero ninguno era como el hombre de la fotografía que había visto
en el sobre de la caja fuerte de Mateo, ninguno tenía un tatuaje de tribal en la
sien izquierda.
Como investigadora era fatal, pensó. Su mejor recurso era internet.
Entonces recordó que tenía amigos periodistas.
Tomó su teléfono e hizo una llamada. Estaba en su lugar de trabajo, ya sus
compañeros sabían la noticia de su estado y le habían regalado algunos,
flores, otros dulces, y otros más, incluso estaban planeando la fiesta de
bienvenida al bebé con música y tragos. Ella sólo los había ignorado,
agradeciendo de todos modos que compartieran su alegría.
Tomó uno de los chocolates, que ahora se le antojaban más que nunca, y
lo desenvolvió mientras marcaba el número de una conocida a la que en el
pasado le había hecho un pequeño favor. Eso era lo bueno de conocer gente
en muchos ámbitos.
Marcela Díaz era una periodista de un canal local y privado, y al parecer
estaba fuera completando un reportaje, pero era la única conocida que tenía
acceso a una buena base de datos. Habían estudiado en la misma universidad
y en una ocasión ella le había proporcionado un caso que se había convertido
en primicia y había ayudado a Marcela a posicionarse en el canal en el que
hoy en día trabajaba. Marcela estaba en deuda, y la ayudaría si se lo pedía.
Cortó la llamada cuando le prometió que en cuanto tuviera acceso a los
archivos, le entregaría las respuestas acerca del sujeto, si es que tenía algún
registro. Sintiéndose un poco mal por estar buscando por su cuenta y a
espaldas de su marido, Eloísa le dijo que no había prisa. De todos modos, se
dijo, el daño ya estaba hecho.
—Estaré un poco ocupado todo el día —le dijo Mateo a Eloísa la mañana
del jueves. Ella levantó la vista de su plato. Desde la discusión con Diego en
su casa, las cosas estaban un poco raras entre los dos, y como él permanecía
ocupado en su trabajo, yéndose temprano y regresando tarde, no habían
tenido mucho tiempo de hablar.
Vivían juntos, pero se sentía como si estuviera muy lejos. Qué extraña,
qué horrible sensación.
Lo miró a los ojos deseando pedirle que no fuera a ninguna parte, que se
quedara aquí con ella. Lo extrañaba, extrañaba reír con él de nada, reír
tontamente hasta perder el aliento, reír porque para eso estaba hecha la vida.
Todo de repente se había vuelto demasiado serio; había que cuidar las
palabras, ella no había vuelto a mencionar a sus padres. Si su mamá la
llamaba para preguntarle cómo estaba, ella tenía que irse de su lado para
poder contestarle con tranquilidad, pues sentía que la mera existencia de
Beatriz y Julio eran una ofensa para su marido.
Y él jamás había dicho nada, jamás se había expresado mal de ellos, ni
nada de nada, pero era el hecho de saber que había una posibilidad, una
minúscula posibilidad, sólo porque su propio padre no sabía si, en aquella
época en que todo sucedió, una orden suya había cegado la vida de Paloma
Aguilar.
Se lo había dicho Beatriz. Una orden abierta, un “encárguense de eso”
podía haber detonado el infierno. Y si su padre era de verdad culpable, ella
no podría jamás sostenerle la mirada a Mateo.
—Si no te llamo en todo el día, no te preocupes, ¿vale? —le pidió él
llevándose a la boca el último bocado de su desayuno—. Sólo estaré
encerrado con socios en reuniones largas y aburridas.
—Está bien.
—De todos modos, escríbeme si llegas a necesitarme.
—Yo te necesito todo el día —dijo ella de repente, y las palabras
parecieron sorprenderla más a ella que a él, pues puso sus ojos como platos
mirándolo. Mateo se echó a reír.
—Yo también, mi amor.
—No quiero perderte, Mateo.
—No me vas a perder, cielo.
—Siento… Dios, siento mucho la escena que monté otra vez frente a tu
papá. Pero, es que no soy capaz de guardar la compostura con él, ¡y te pegó!
Si me hubiera pegado a mí, créeme que no me habría afectado tanto; se
atrevió a pegarte, y por haberme embarazado, es que lo pienso y lo pienso y
aun así… —Mateo se levantó de la silla y se acercó a ella para besarle el
cabello. A Eloísa le habían bajado las lágrimas por sus mejillas, lágrimas
gruesas y pesadas—. Daría lo que fuera por poder llevarme bien con tu papá
—lloró ella—, pero no sé por qué, por qué, simplemente. Sé que cree que
tiene motivos, y lo acepto en cierta forma, pero tú eres su hijo, y no debió…
—Lo sé. Lo entiendo.
—No debió pegarte —volvió a llorar ella, odiando ponerse tan sentimental
tan temprano por la mañana. Nunca había sido así, ¿qué le pasaba ahora? —
No lo puedo perdonar.
—Está muy afectado. Me pongo en su lugar y…
—También intento ponerme en su lugar, ¡pero llegó demasiado lejos! Y
yo… Dios, lo que hice fue avergonzarte.
—No te preocupes más por eso. Llegará el día en que tú y él se lleven bien
—. Ella lo miró bastante incrédula, como si dudara que esas palabras
hubieran salido de la boca de Mateo. Ella parecía una niña sus pestañas
estaban mojadas por las lágrimas y Mateo sonrió—. Llegará el día —siguió
— en que papá te vea y quiera abrazarte, y en vez de enojarse porque te
embaracé, bendiga tu vientre.
—Dios, se oye tan bonito.
—Puede ser real.
—Te amo. Eres tan lindo. ¿Qué te echaron en el tetero? —él volvió a reír.
—También te amo, cielo. Eres mi vida—. Él le besó los labios con suma
lentitud, y Eloísa quedó allí flácida en la silla, como si lo único que esperara
en la vida fuera que él la alzara en sus brazos y la llevara en volandas a la
cama. Pero él sólo le dio un último beso, se despidió y salió dejándola sola.

Hacia el mediodía, Mateo y Fabián, junto con un hombre experto en armas


que éste último había contratado para este viaje, caminaban por uno de los
muchos puentes de la ciudad. Julio Vega, a través de sus muchos contactos,
había conseguido hacerles una cita, aunque Leonardo Cortés creía que se
entrevistaría con Fabián Magliani únicamente, y no tenía ni idea de que al
encuentro iría Mateo Aguilar. Habría sido inconveniente que se enterara,
había dicho Julio, así que Mateo actuaba como simple guardaespaldas de
Fabián, poniéndose a su espalda e imitando la postura del otro hombre.
Era un día brillante, hacía mucho sol y ellos estaban en un lugar
demasiado abierto, el viento proveniente del océano era cálido y salado.
Mateo se recostó a la baranda del puente donde habían acordado encontrarse
con Leonardo Cortés sintiéndose inevitablemente nervioso, desde donde
estaba, pudo observar la F&F Tower, el edificio que simulaba un tornillo, y
suspiró; era un sitio conveniente si las cosas se ponían tensas, que era muy
probable. Era más que seguro que el asesino y narcotraficante con quien se
entrevistarían hoy, trajera a su propia flotilla de guardaespaldas. Mateo
imaginaba que gente así era incapaz de ir al baño sin sentirse amenazados. Y
aquí mismo podía desencadenarse el infierno; todo dependía de lo que
sucediera hoy. Su futuro y su pasado se encontrarían en este puente, y oraba a
Dios una y otra vez para que la respuesta que había venido a buscar fuera la
que quería escuchar. No podía ni imaginarse cómo sería su vida de aquí en
adelante si era la contraria.
—Ahí viene —murmuró Fabián, y Mateo se enderezó. Tal como había
predicho, el hombre con la cabeza rapada y el tatuaje en la sien venía rodeado
de unos cuatro hombres, todos con traje a pesar de la temperatura, aunque él
mismo vestía un simple polo, pantalones blancos, sandalias y lentes de sol.
Fabián se mantuvo en el centro del paso de peatones del puente y miró a los
hombres con estudiada cautela. Al hallarse a unos pocos pasos, Cortés tuvo el
detalle de retirarse los lentes de sol, y Mateo pudo ver unos ojos oscuros e
inteligentes que tenían marcada para siempre las arrugas de una sonrisa. El
tatuaje salía de detrás de su oreja y moría en la ceja y debajo de su ojo, pero
no disimulaba las pequeñas arrugas que la edad habían producido en él.
—Magliani —dijo, guardando sus lentes de sol en un bolsillo de su
pantalón, y al escuchar su voz, Mateo tragó saliva. Odiaba esa voz. Odiaba
haberla grabado en su mente, pero era la voz que había retumbado mientras él
se hallaba debajo de la basura en aquel contenedor.
Inevitablemente revivió la escena. El olor de la basura, el olor de su propia
sangre, el dolor de la herida, el miedo y la desesperación. Esta era la voz que
había dicho que prefería morir a ser capturado por la policía. Al parecer,
había sido muy hábil escapando de ella, pues había conseguido radicarse en
el vecino país y establecer aquí un pequeño imperio de contrabando y
narcotráfico.
Este hombre había estado allí el día que Paloma fue asesinada, y quién
sabe si también había sido el que la atravesara con una de las balas de su
arma.
—Cuando oí ese apellido —siguió Cortés mirando a Fabián con interés—,
no creí que fueras colombiano —sonrió y extendió su mano. Fabián la
estrechó con cierta reserva—. Dime por favor que eres parte de alguna mafia
italiana y no un simple cachaquito que quiere quitarse a alguien de encima.
—No te buscaría para quitarme a alguien de encima —contestó Fabián—.
O, ¿todavía haces esos trabajos? —Cortés se echó a reír.
—No, no. He ascendido, mis ocupaciones se han diversificado mucho.
Soy un hombre de muchos talentos.
—No cabe duda —murmuró Mateo recordando que esas habían sido,
exactamente, las palabras de Julio Vega al referirse a él. Fabián lo miró un
poco desconcertado, pues habían acordado que se estaría callado mientras él
hacía las preguntas.
—Me alegra que se note —sonrió Cortés, y miró con detenimiento a
Mateo—. Bien, dos hijitos de papi bien plantados aquí con un simple escolta.
Estoy intrigado. ¿Qué puede querer de mí la clase privilegiada?
—No somos dos hijos de papi.
—Por favor, desde la distancia supe que el único que vive de lo que gana
al mes es el pobre diablo que está detrás de ustedes. Su ropa, su actitud, hasta
la pose de sus cuerpos y la manera de mirar el mundo delata dónde han sido
criados. ¿Les interesan mis negocios? ¿Ya sus empresas no rinden como
deberían? ¿Quieren ganar dinero fácil?
—Nos interesan tus negocios de hacen dieciocho años —habló Mateo,
poniéndose al lado de Fabián, echando por la borda el plan de quedarse un
paso atrás y mirando al hombre como si deseara atravesarlo con sus propios
ojos, detestando su voz a cada palabra, sintiendo que volvía a vivir aquella
pesadilla. Al oírlo, Cortés ladeó su cabeza como si no comprendiera de qué se
trataba todo—. Doce de agosto de mil novecientos noventa y cinco —recitó
Mateo entre dientes—. Bogotá… tenías un encargo de secuestrar a un niño de
doce años.
—Ah, eso. Fue hace mucho tiempo, ¿cómo crees que…?
—Los homicidas recuerdan los detalles de cada uno de sus asesinatos —le
interrumpió Fabián—. Son capaces de recordar el qué, el cómo, el cuándo y
el dónde. No nos harás creer que no lo recuerdas.
—Y estuviste allí —insistió Mateo—. El niño se te escapó, mataste a los
demás que iban con él—. Leonardo Cortés respiró profundo.
—¿De qué se trata esto? Creí que vendríamos a hablar de negocios.
—Sólo dime si fue Julio Vega quien te dio la orden —dijo Mateo casi
entre dientes—. Dilo, y no te molestaremos más—. El hombre sonrió de
medio lado y se giró a mirar a uno de sus hombres, que permanecía estoico a
su lado.
—Sí —contestó al fin—. Yo estuve allí—. La repuesta vino demasiado
pronto, desconcertando a Fabián y a Mateo, que no pudo contenerse.
—¡Maldito! —gritó, y Fabián tuvo que detenerlo. De inmediato, los
hombres que rodeaban a Leonardo Cortés lo cubrieron y pusieron sus manos
en su cintura como si se dispusieran a desenfundar sus armas, pero Fabián se
hizo escuchar enseñando las palmas de sus manos advirtiendo que venían en
son de paz.
—¡Tú mataste a mi madre! —gritó Mateo con voz desgarrada. Leonardo
lo miró ceñudo.
—¿Quién eres tú?
—¡Dime quién te dio la orden! ¿Fue Julio Vega? ¿Él te dio la orden de
secuestrarme?
—¿Eras tú ese niño?
—¿Responde, maldición!
—Sí, él era ese niño, y la mujer que iba en el auto esa mañana y que
intentó protegerlo era su madre —le contestó Fabián a Leonardo—. Él era el
niño que iban a secuestrar y se les escapó.
—¡Vaya! ¡Increíble! —se asombró Leonardo elevando sus cejas y
mirando a Mateo con interés—. Éramos muchos hombres, todos armados.
¿Cómo conseguiste escaparte? Siempre me lo pregunté.
—¡Maldito desgraciado! —volvió a gritar Mateo, y Fabián se vio apurado
conteniéndolo.
—¡Cálmate, sólo juega contigo! —le advirtió.
—Si la orden era secuestrarme —volvió a hablar Mateo—, ¿por qué
tuvieron que hacerle daño a ella?
—Daños colaterales —contestó Leonardo encogiéndose de hombros. Su
frialdad al admitir aquello aterró tanto a Fabián como a Mateo, que no pudo
evitar intentar atacarlo.
—¡Te voy a matar! —dijo, pero el otro permaneció imperturbable,
protegido por sus hombres y sus armas, casi con una sonrisa en el rostro.
—¿Crees que me lamento por cada persona de la que me deshice en el
pasado? Si así fuera, no podría seguir viviendo. Tu madrecita santa pasó a
mejor vida sin querer, la confundimos con personal que te cuidaba; ni
siquiera puedo decirte que lo siento. Yo sólo cumplía órdenes.
—Trabajabas para Julio Vega en ese tiempo —volvió a hablar Fabián al
darse cuenta de que su amigo no era capaz de serenarse—. ¿Él te dio la
orden? —Leonardo lo miró con sus inteligentes ojos brillando. La pregunta le
disgustaba y por eso había intentado evadirla hasta ahora, pero Fabián había
sido directo y le sostenía la mirada.
—Sí, trabajaba para él en ese tiempo —admitió Leonardo con disgusto—.
Era un matón a sueldo del montón, pero recibía y ejecutaba sus órdenes.
Recibí la orden de secuestrar al hijo de Diego Aguilar, pero el chico se nos
escapó.
—¿Recibiste la orden de Julio Vega? —insistió Fabián, y Mateo al fin se
quedó en silencio esperando ansiosamente su respuesta. Leonardo, luego de
tragar saliva, se echó a reír.
—Sí. Recibí la orden de uno de arriba. Era él…
—Maldición, no —se lamentó Mateo, y Leonardo guardó silencio—. No,
no es cierto. No es cierto, ¡maldita mierda! —gritó Mateo otra vez, y volvió a
intentar atacar a Leonardo, pero esta vez fueron los hombres que lo
custodiaban que de un puñetazo lo enviaron de vuelta a Fabián, que había
fallado en su misión de detenerlo.
—¡Cálmate! —le gritó Fabián.
—Lo voy a matar!
—¡No puedes hacer nada! —se burló Leonardo—. ¿Qué puedes hacerme?
No sólo no tienes la capacidad; mírate, te supero en número. Tampoco tienes
las agallas. ¡No eres capaz de matar a nadie! ¿Y qué podríamos hacer aquí?
¡Estamos en Panamá! —Mateo hervía de ira. ¿Incapaz de matar?, se
preguntó. Tal vez a sangre fría, lo era, pero en este momento, su alma vibraba
y gritaba deseando cobrar venganza, venganza por la sangre de su madre
regada en el suelo, que clamaba por justicia.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, lágrimas de ira, de impotencia. No sólo
porque Fabián lo estaba deteniendo, sino porque, joder, él tenía razón. Para
llegar a él, tendría que superar a todos los matones que lo rodeaban, y una vez
hecho, ¿qué haría? Aquí no podía hacer nada. Si de verdad quería vengar la
muerte de su madre, tendría que llevar a este matón a su territorio, y, por
supuesto, hacerle pagar a los que dieron la orden, que eran tan culpables
como el que había apretado el gatillo.
Al pensar en Julio Vega no pudo evitar ver todo rojo, y lanzó un rugido
tan fuerte que el mismo Leonardo dio un paso atrás. Había tanta rabia, tanta
ira y tanto dolor en ese bramido, que por primera vez empezó a sentirse
asustado. Este hombre cobraría venganza, supo. Las cosas no se quedarían
así. Algo que había pasado hacía dieciocho años, un pequeño error, se le
devolvería a través de este hombre.
Joder, él siempre supo que su pasado algún día lo alcanzaría, pero jamás
se imaginó que sería de esta manera.
—Nos largamos —les dijo a sus hombres, y dieron la vuelta desandando
el camino que los había traído hasta aquí. Fabián tuvo que detener a Mateo
unos minutos más, luego de los cuales, se apoyó en su hombro sin poder
evitar llorar. Lloraba, bramaba, rugía. Gritaba venganza, lloraba de dolor. Le
acababan de quitar todo. Si con la mera sospecha ya las cosas habían puesto
en peligro su vida y su matrimonio, ahora que sabía la verdad, estaba
acabado.
Se agachó al pensar en su padre. Oh, Diego, Diego había tenido razón, y lo
recordó sobre el cuerpo de su madre llorándola, lamentándose. Y él
confraternizando con el enemigo. Cuánto debió dolerle a su padre su traición.
¿Qué iba a hacer?
No era capaz de pensar, de llegar a una conclusión. El final del camino lo
aterraba, pero no cabía duda de que estaba aquí. Las cosas habían resultado
así. Él intentó construir una vida sobre una mentira, y ahora la mentira se
había venido encima, y los escombros lo azotaban lastimándolo
terriblemente.
Hacía dieciocho años había muerto Paloma. Hoy, era él quien moría.

—Mateo —llamó Fabián—. Debemos regresar. Nuestro vuelo es en un par


de horas—. Mateo no contestó, permanecía agachado en el suelo, con las
manos en la cabeza y mirando al suelo. Ahora estaba en silencio, llorando por
dentro, incapaz de volver al mundo, sumido en su infierno—. Debemos ir a
casa, Mateo—. La palabra casa llegó a él como un aguijón, venenoso y cruel.
Él ya no tenía casa.
—Fabián —murmuró, y Fabián tuvo que acercarse más para oírlo bien—.
Debo entregarle la prueba a papá.
—Sí. Vamos y lo haremos.
—Papá tenía razón, Fabián. Papá tenía razón—. Fabián respiró profundo
con pesar.
—Ya no podemos hacer nada, Mateo.
—¿Qué harías tú en mi lugar?
—No puedo ponerme en tu lugar —se lamentó Fabián—. En esta ocasión,
sólo tú puedes tomar una decisión—. Sí, era verdad, pensó Mateo. No podía
pedir consejo ahora que las cosas habían salido tan adversas para él. Su
última esperanza había sido aniquilada.
—Vamos a Colombia —dijo al fin, poniéndose en pie, limpiándose las
lágrimas con el antebrazo y andando hacia el final del puente. Los minutos
habían pasado, pero el sol seguía radiante, los autos pasaban cerca ignorantes
del cataclismo que había ocurrido en su vida, yendo hacia delante como si
nada—. Le juré a mi madre que no descansaría hasta que los malnacidos que
nos la arrebataron estuvieran tras las rejas, y le voy a cumplir. Lo juré por mi
propia vida.
—Tendrás que hablar con Eloísa—. El nombre de su esposa fue como una
fuerte bofetada para Mateo, que incluso se detuvo como si le costara encajar
el golpe.
—No soy Dios —dijo al fin con voz suave—. No me pidas tanto —y
luego, simplemente, siguió andando. Fabián lo miró confundido, presintiendo
que la respuesta de su amigo no correspondía a su comentario, sino a algo
que rondaban en su enloquecida mente.
No se imaginaba siquiera el infierno que debía estar viviendo.
…28…
—Hola, Marcela —saludó Eloísa por teléfono a su amiga periodista,
sintiéndose un poco nerviosa porque, si ella la llamaba, era porque ya tenía el
dato que le había pedido. Se puso en pie y caminó al baño de mujeres, pues
no deseaba que sus compañeros de trabajo escucharan su conversación.
Marcela respondió a su pregunta con otro saludo y de inmediato, con la
voz de quien tiene experiencia como locutora en la radio, le habló de sus
hallazgos.
—Me dijiste que tiene un tatuaje en la sien, ¿no es así?
—Exacto.
—Pues entonces no hay confusión, porque el nombre es bastante popular;
este hombre es peligroso, Eli. ¿Te puedo preguntar por qué lo buscas?
—Para nada malo, no te preocupes —sonrió Eloísa tratando de sonar lo
más casual posible y cerrando la puerta de uno de los retretes y hablando en
voz baja—, sólo tengo este nombre y… ¿qué tan malo es? No puede serlo
tanto, ¿o sí?
—Sí lo es. Es muy malo. Nena era un sicario—. En cuanto la palabra
salió, Eloísa sintió que algo apretaba su vientre, su corazón, o su alma.
“Sicario” era peor que la palabra más mala y malsonante del mundo. Era un
estigma, una maldición que corroía al país entero y a todos sus habitantes.
“Ah, ¿colombiano?”, se mofaban muchos extranjeros, “Todos son
sicarios”, se atrevían a decir, y éste, que sí lo era, tenía su fotografía entre los
documentos de su esposo en su caja fuerte. Desde ya era capaz de sentir
como su podredumbre empezaba a contaminarla, como si la hubiese tocado
con sus sucias manos.
—¿Era? —Preguntó al fin, recobrando un poco la compostura y el rumbo
de la conversación, sintiendo, de todos modos, como si su corazón se hubiese
saltaba un latido.
—Sí, era —confirmó Marcela—, porque a pesar de que sigue vivo, ahora
se dedica a otras cosas en el bajo mundo. Contrabando, narcotráfico, y otras
actividades delictivas. Tiene órdenes de capturas en casi toda Latinoamérica
por terrorismo, homicidio, concierto para delinquir, narcotráfico y al parecer,
estuvo involucrado en un magnicidio. En definitiva, Eli, es alguien que, si
está lejos, mejor dejarlo allá. Me pregunto por qué lo buscas tú.
—No lo estoy buscando para nada —sonrió Eloísa tratando de aparentar
calma, pero la verdad era que estaba aterrada. ¿Por qué Mateo tenía los
documentos de un personaje así en su poder? No estaría buscándolo,
¿verdad? ¿Qué relación tenía él con un hombre de esa calaña?
—Bueno, más te vale, porque de verdad que no se lo deseo de enemigo a
nadie. Sobre todo, porque es uno de esos personajes a los que no le importa
untar de mierda a todo el mundo con tal de obtener un pequeño beneficio; es
alguien que ha perdido todos los escrúpulos, la conciencia y lo que lo hace
humano. Un auténtico monstruo…
—De pesadilla —murmuró Eloísa sintiéndose mareada y con náuseas, y se
temía que no era por su embarazo.
—Pero no nos engañemos —siguió Marcela en tono un poco lastimero—,
de esos hay muchos sueltos por ahí y haciendo de las suyas, y algunos hasta
los veneramos como santos. Yo qué te puedo decir…
—Sí, sí. Lamentablemente es así.
—Entonces, ¿he cumplido con mi tarea? —Eloísa volvió a sonreír.
—Sí, definitivamente. Tenía que ser alguien como tú que me ayudara,
pero no te preocupes, la pregunta sólo tenía fines informativos.
—Bueno, mejor—. Eloísa le hizo una pregunta cambiando el tema y salió
al fin del cubículo del baño de mujeres, siguieron hablando por otros minutos
más de cosas sin mucha importancia y, cuando cortó la llamada, marcó de
inmediato el número de Mateo sintiéndose sumamente preocupada, pero el
teléfono de él debía estar apagado, porque ni siquiera entró la llamada.
Esperaría a la noche, decidió. No era, de todos modos, un tema que
debiera ser tratado por teléfono.

Diego Aguilar entró a su oficina desde la sala de juntas con su secretaria


pisándole los talones a la vez que él le daba una serie de indicaciones que ella
muy hábilmente apuntaba en su agenda, y al ver a su hijo sentado en los
muebles, se detuvo muy extrañado. Había pensado que, luego de lo del
domingo, dejaría de verlo por largo rato, pero aquí estaba.
—¿Algo más, señor? —le preguntó Esther mirando también a Mateo, pero
sin hacer ningún comentario, ni saludarlo.
—No, Esther, gracias. Te llamaré si te necesito —ella asintió y salió de la
oficina dejándolos solos. Diego miró a Mateo en silencio, y éste se fue
alargando de manera incómoda. Estaban mal, llevaban mucho rato peleados,
y la última vez se habían agredido casi de manera salvaje, pero su hijo
siempre había sido alguien de corazón bondadoso, pronto a perdonar. Tal vez
porque, habiendo sufrido graves pérdidas en el pasado, valoraba lo que
realmente importaba, la familia.
—Papá —la voz de Mateo lo preocupó, y se acercó unos pasos
preguntándose qué andaba mal, pero Mateo se puso en pie y caminó hasta él
extendiendo una mano. En ella, vio Diego, sostenía un pequeño aparato
electrónico, y luego de observarlo con mirada confusa, miró a su hijo de
manera interrogante—. Esta es la prueba… que tanto has buscado por
dieciocho años—. Diego extendió también su mano y tomó el aparato. Era un
grabador de audio, un pequeño tubo negro con unos pocos botones.
—¿Qué contiene?
—La voz del asesino de mamá… admitiendo que estuvo allí esa mañana,
y que fue cumpliendo una orden de Julio Vega—. Diego abrió su boca
sumamente sorprendido, y miró a su hijo incapaz de hablar por varios
segundos. Mateo se dio la vuelta y se dirigió a la salida, pero al escuchar la
voz de su padre llamarlo, se detuvo—. ¿Cómo…? —intentó preguntar Diego
—. ¿Cómo obtuviste algo así?
—Me entrevisté con el asesino.
—¿Qué? ¿Te volviste loco, acaso?
—Sí, tal vez, pero conseguí esa prueba. Supongo que con eso… será
suficiente para meterlo a la cárcel, y que la fiscalía se encargue de lo demás.
—Hijo… No, no, no. Cuéntame qué pasó, cómo se dieron las cosas, todo.
—Ahora no, papá. De verdad, estoy cansado—. Diego miró a Mateo
guardando silencio, observándolo de pies a cabeza; notando que, de hecho, él
parecía exhausto. Comprendió entonces lo que esto significaba para él.
Ahora, de verdad, su hijo estaba comprendiendo que no podía seguir con
Eloísa Vega, y sintió dolor en su corazón; Mateo de verdad estaba
enamorado, pero por más amor que se tuvieran, por más fuerte que fuera el
lazo que los uniera, este era un vendaval que no podrían superar. Ni el amor
más grande del mundo sobreviviría un golpe así.
—Yo… lo siento—. Escuchó la risita de Mateo, casi como si hubiese leído
sus pensamientos.
—No es cierto.
—Sí, es verdad. Comprendo lo que te ha costado conseguir esta prueba…
y entregármela.
—No, papá, la verdad es que no tienes ni idea. Te estoy dando mi cabeza
para satisfacer la sed de venganza tuya… y tal vez también la mía. Pero es
evidente que soy yo quien más pierde, ¿no es así?
—Quise evitarte este dolor. Te lo juro.
—No habrías podido, porque los hilos del destino no salen de tus dedos.
He pensado horas y horas al respecto y, en conclusión, pienso que todo esto
estaba destinado a pasar. Inevitablemente, mi vida iba a ser así. Insisto; el que
debió morir aquella mañana era yo, no mamá. Por eso todo se torció—.
Mateo no agregó nada más, y al fin salió de la oficina. Diego se quedó allí de
pie y en silencio con las palabras de su hijo resonando en su corazón. A pesar
del dolor, a pesar de lo mucho que le dolía la muerte de su esposa, nunca
pensó en esto que Mateo estaba diciendo ahora, jamás habría preferido que
quien sobreviviera fuera su esposa, ¿cómo podía Mateo pensar así?
Tal vez lo decía sólo por el deseo de evitar este dolor que estaba sintiendo
ahora.
Hubiese querido que sus hijos vivieran en una burbuja donde el mal de
mundo jamás los alcanzara, pero tener hijos prácticamente era arrojar ovejas
indefensas en un mundo lleno de lobos hambrientos. O eran devorados, o
eran transformados.
Se dirigió a su escritorio disponiéndose a estudiar con calma lo que Mateo
aseguraba era la prueba definitiva. Si era tan contundente como él decía, tal
vez mañana mismo Julio Vega podía ser encerrado en la cárcel.

Mateo entró al pent-house y encontró a Eloísa hablando por teléfono con


Ángela. Estaban planeando salir juntas para hacerse ecografías, y otras
pruebas prenatales. Eloísa dijo algo acerca de consultar al médico por su
bebé, y sólo sonreía tocándose el vientre que seguía completamente plano.
El corazón de Mateo se estrujó completamente. Se quedó allí, en medio de
la sala, mirando a su esposa hablar sonriente. Cuando lo vio, casi corrió a él y
le dio un beso sobre los labios a la vez que le pedía un par de minutos.
—Sí, ya consulté y sé que es pronto para mí —decía Eloísa con voz
risueña—. Seguro que todavía no se va a ver si me hago una prueba de esas.
Pero quiero de todos modos hacerle un par de preguntas. ¿Tienes hambre? —
le preguntó a él en voz baja, tapando el micrófono del teléfono, y Mateo
sacudió su cabeza negando. No había comido en todo el día, y aun así estaba
sin hambre, se sentó en los muebles de la sala dejándose caer como un
anciano de noventa años que ya no tiene sanas sus articulaciones, y la miró
caminar por la sala luciendo un pantalón corto y una camiseta de la selección.
Debía ser que ya no tenía ropa limpia, pues era la que usaba cuando ya todo
estaba por lavar.
La conversación de Eloísa había derivado al tema de las de cunas y los
biberones, y ella sonreía completamente iluminada, radiante, feliz.
—Quiero esperar a ver qué es, si niño o niña —le aseguró a su amiga—.
Mateo quiere que sea niña, pero papá está loco por un nene. Claro, como sólo
tuvo hijas—. No quería escuchar esto, pensó Mateo, pero no podría evitarlo,
y largos minutos después, al fin Eloísa cortó la llamada, se sentó a su lado
subiendo una pierna sobre la de él y atrayendo su rostro para besarlo—. Hola,
ricura —él sonrió al fin. Era increíble que aun en medio de este hoyo oscuro
y profundo, una sonrisa de ella todavía lograra ser luz para él.
—Hola.
—Estás cansado, ¿verdad? ¿Quieres que te prepare un baño bien rico con
sales y aceites? ¿Un masajito? —Él la miró respirando hondo y se recostó en
el espaldar del mueble.
—Tengo algo importante que contarte —Eloísa cambió de inmediato su
expresión. Sí, ella sabía que tenían algo que hablar. Había esperado a que él
le tocara el tema, aunque no había sido todo lo paciente que hubiera debido, y
ahora que al fin él le iba a decir todo, sentía nervios—. Hoy… estuve en
Panamá —Eso le hizo fruncir el ceño confundida.
—¿Saliste y volviste al país hoy? —Él asintió.
—Tenía una importante entrevista con alguien —Eloísa abrió sus labios al
comprender, pero no salió ninguna palabra de ellos. Miró a otro lado dándose
cuenta que ahora su corazón iba un poco desbocado—. Me entrevisté con
Leonardo Cortés —siguió Mateo, y Eloísa cerró ahora con fuerza sus ojos—.
El hombre que asesinó a mamá—. Ella se separó un poco de él; bajó la pierna
que hacía un momento había subido sobre la de él y juntó sus manos sobre
sus rodillas con el teléfono aún entre ellas.
—Te expusiste por…
—Por conseguir una verdad, sí —la interrumpió Mateo—. Tampoco podía
hacerme nada, no podía llamar la atención, él no estaba seguro de si alguien
más sabía a qué había ido yo a ese país, y Panamá ha sido su escondite por
largos años. En conclusión, no habría sido inteligente exponerse, así que no
corrí peligro realmente—. Eloísa guardó silencio, y por unos instantes, sólo
se escucharon sus respiraciones. Todo estaba en silencio, y Eloísa no se
engañó; esta era la calma que precedía a la tormenta—. Él confesó, Eloísa.
Confesó su crimen… Y admitió que tu padre fue quien dio la orden —ella lo
miró al fin. Al sentir la fuerza de su mirada, Mateo pestañeó un poco, se
mordió los labios deseando con toda su alma poder cambiar esta verdad—. Se
lo pregunté directamente —continuó él con voz más pausada y suave,
comprendiendo que cada una de sus palabras eran terribles aguijones—, y
dijo que sí, que había recibido de él la orden de secuestrarme a mí… y que lo
de mamá, como ya lo sabíamos, fue un error.
—No, Mateo —replicó Eloísa agitando su cabeza en una desesperada
negación—. Él debe estar mintiendo.
—Ojalá, Eloísa, pero son demasiadas pruebas.
—Es un mentiroso consumado, ¡si es capaz de matar, mentir no es nada!
—El mismo Julio me dijo que para ese tiempo, Leonardo Cortés trabajaba
para él —repuso Mateo elevando un poco su voz para hacerse escuchar, y
Eloísa hizo una pausa antes de preguntar:
—¿Qué?
—Era un matón a sueldo —siguió Mateo—, y cumplía órdenes de matar
gente por dinero. Recibió de Julio la orden y él…
—No, no.
—La ejecutó —concluyó Mateo.
—¡No es cierto! —gritó Eloísa—. Papá jamás habría tenido nada qué ver
con gente de esa calaña.
—Por favor, Eloísa, ¡abre los ojos! El mismo Julio…
—¡Lo investigué! ¡Investigué a ese tal Leonardo Cortés y sé qué tipo de
persona es!
—¿Qué?
—Es de la peor basura que puede haber en este mundo, ¿por qué alguien
como papá se mezclaría con gente así?
—¿No me estás oyendo que el mismo Julio lo admitió? Él me dio su
contacto.
—¡No lo voy a creer! Es mi padre, Mateo, jamás lo voy a creer.
—¿Ni si sale de sus propios labios? —inquirió Mateo—. ¿Vas a estar
cegada toda tu vida porque es tu padre?
—¿Y qué más quieres que haga?
—Que aceptes que es un…
—¡¡NO LO DIGAS!! —gritó Eloísa a voz en cuello, y luego más
suavemente: —No lo digas, por favor.
—Lo siento. Es la realidad—. Eloísa le dio la espalda y empezó a llorar.
El cuerpo de Mateo vibraba por el deseo de ir y abrazarla, de calmar su dolor,
pero, por el contrario, se temía que sólo le causaría más—. Grabé la
confesión de Cortés —Eloísa se quedó quieta y en silencio—. Y le entregué
la grabación a papá —ella se giró al fin, mirándolo desconsolada, como si no
se pudiese creer lo que escuchaba—. Mañana, tal vez esta misma noche, tu
padre será detenido—. Él vio el pecho de Eloísa subir y bajar, y fue testigo de
cómo poco a poco la mirada de ella se transformó. Primero fue dolor,
incredulidad y miedo, y luego fue rechazo, ira y odio. Eloísa lo estaba
mirando con odio.
La vio tomar su teléfono y pegárselo a la oreja.
—¿Mamá? —saludó Eloísa con la voz un poco distorsionada, y Mateo no
supo cuál de todas las emociones que la embargaban ahora era la responsable
—. Mamá, sal de la casa con papá. Busca un escondite—. Mateo cerró sus
ojos imaginándose la respuesta de Beatriz—. Mateo acaba de acusar a papá
del asesinato de su mamá.
—No fui yo, Eli —dijo él, pero ella no le prestó atención, y Mateo respiró
profundo pasándose la mano por el pelo.
—Toma los pasaportes y sal del país ahora mismo. No, no es una locura.
¡Hay que salvar a papá! —gritó—. Ya sabes cómo son las cosas en este país,
si un rico te acusa de algo, pagarás seas o no culpable.
—¡Tengo la maldita prueba! —gritó Mateo—. ¡Y Julio es culpable!
—Sí, yo también tomaré mis cosas y me iré.
—¿No me estás escuchando, Eloísa?
—Espérame allí en unos minutos. No tardaré—. Ella cortó la llamada y
caminó hacia la habitación, pero Mateo la detuvo antes de que pudiera entrar.
Eloísa lo miró a los ojos sin amedrentarse, y soportó su agarre con
estoicismo.
—Escúchame —exclamó él muy cerca de su rostro—. Julio Vega me dijo
que Leonardo Cortés había trabajado para él en esa época. ¡Él mismo fue
quien me envió a hablar con ese hombre! Ni siquiera estaba seguro de su
inocencia, y el acuerdo fue que yo tomaría las riendas de este asunto.
—Papá es inocente —insistió Eloísa.
—¿Por qué no quieres escuchar, por qué no quieres entender?! Por más
doloroso que sea para ti, no puedes cerrar los ojos ante una verdad tan
evidente como esta.
—Un mentiroso y asesino acusa a un inocente, es historia patria. Papá es
inocente y te lo voy a comprobar, y ese día, Mateo…
—¿Qué, qué te propones? ¿Huir por todo el mundo solapando a un
asesino?
—¡No hables así de papá! —gritó ella y sus ojos se llenaron de lágrimas
—. Soporto que los demás hablen y lo acusen, pero no tú. No soporto que
hables de él así. Son los dos hombres que más amo en el mundo. No soy
capaz de verlos enfrentados. ¡No puedo, Mateo!
—Es decir, que has de elegir.
—¿Por qué? —lloró ella por fin, luchando contra su agarre—. ¿Por qué no
puedo tenerlos a los dos?
—Él mató a mi madre, Eloísa. No puede ser libre. No tiene derecho a ser
libre—. Eloísa dejó de luchar, y Mateo, creyendo que al fin había
comprendido sus palabras, quiso acercarla a él y ofrecerle todo el consuelo
que pudiera. Lo que se avecinaba era terrible para ella, ver a su papá envuelto
en algo así iba a ser algo muy fuerte, pero confiaba en ella. Tenía la
esperanza de que se quedaría a su lado.
—Puede ser —dijo ella con voz desprovista de emociones, y Mateo la
miró a los ojos, extrañado. Allí no había dolor ya, ni desconsuelo. Había
determinación y furia—. Dices que él mismo no sabía si era inocente o
culpable, así que puede ser que él haya, por alguna estupidez, malentendido o
coacción, dado la orden de matar a tu mamá, pero entonces, Mateo, tú,
deliberadamente, has matado a mi padre.
Él la soltó de repente, y Eloísa dio unos pasos alejándose de él. Las
palabras de ellas habían sido más filosas y certeras que cualquier cuchillo que
ella hubiese podido empuñar, y estaban hiriendo su alma de manera muy
dolorosa.
No, quiso decirle. No es así.
—Él lo hizo, tal vez; por ambición, una orden recibida de más arriba, por
error. Tú, Mateo, lo hacer por fría y calculada venganza.
—No…
—¿Qué crees que le pasará a un hombre de su edad en la cárcel? Lo
enviarás a la misma muerte.
—Eloísa…
—¿Crees que estás obrando con justicia?
—¡Le juré a mi madre que la vengaría! —exclamó él con los ojos
humedecidos—. Le dije, a su tumba cuando por fin pude ir a visitarla, que no
dejaría las cosas así.
—Y de esta manera estás destruyendo también nuestro matrimonio.
—Eloísa, no es justo.
—¿Y tengo la culpa de eso?
—No, joder, y tampoco yo.
—Pero ya estás en paz, ¿verdad? —sonrió ella, y las lágrimas que
corrieron por sus mejillas sólo le imprimieron más fuerza a sus palabras—.
Fuiste incapaz de dejar las cosas así y has cobrado tu venganza. Espero que
ese consuelo te haga compañía de aquí en adelante, Mateo Aguilar—. Sin
añadir nada más, ella cogió su bolso, metió algunos documentos que rebuscó
por los cajones de su lado del armario, y sin prestarle atención a la ropa, los
zapatos, o cualquier otra cosa, se calzó los pies y salió del apartamento.
Mateo se quedó allí, como en el limbo, escuchando las palabras de ella
rebotar en las paredes.
Mientras ella rebuscaba aquí y allí, tal vez buscando su pasaporte, o algún
otro documento importante, había sido incapaz de decir nada más. No había
dicho nada, no había hecho nada, y había permitido que se fuera.
¿Qué iba a hacer? ¿Qué habría podido decir para que lo entendiera? ¿De
qué manera podía explicarle que era muy, muy difícil dejar libre al asesino de
su madre?
—Eloísa —la llamó, pero ella ya no estaba. Salió también del apartamento
y llamó al ascensor. Éste se detuvo y bajó hasta el sótano donde ella
estacionaba su pequeño auto.
Lo vio salir a toda carrera, y gritó llamándola, pero Eloísa, o no lo
escuchó, o simplemente lo ignoró. Corrió a la calle detrás de ella y la llamó
con fuerza hasta que ella se perdió en las calles de la ciudad. Corrió de vuelta
al sótano y buscó su propio auto para ir tras ella, pero una vez dentro, las
palabras de ella volvieron a su mente.
Desde el principio, estaba escrito que esto iba a suceder. Era aquí donde
terminaba su relación con Eloísa Vega. Él no podía soportar que Julio
hubiese dado la orden de matar a su madre, y Eloísa no le perdonaría a él que
hubiese encerrado en la cárcel a su padre, poniendo así en riesgo su vida y su
salud. El daño ya estaba hecho, y era irreparable.
Se quedó allí en el auto sintiéndose tan vacío y tan maldito que no pudo
evitar llorar. Allí, en el interior de su auto, apoyó la frente sobre el timón y
lloró.
…29…
Eloísa llegó a la casa de sus padres esperando ver ya a la policía y la
prensa asediando en los alrededores, pero todo estaba tan tranquilo como
siempre. Era extraño, pero tal vez sólo era cuestión de tiempo y ya no
tardaban. Si Mateo le había dado a Diego las pruebas esa misma tarde, la
policía ya debía estar enterada, y, por ende, la prensa.
Pero la entrada a su casa estaba tan tranquila como siempre.
No dentro, pensó entonces. Su mamá debía estar haciendo maletas, o
comprando tiquetes, o dando órdenes al personal para que ellos pudieran salir
lo más pronto posible a un lugar seguro.
Entró y tampoco encontró actividad alguna.
—¿Mamá? —llamó, pasando al lado de la chica que le había abierto la
puerta y subiendo a la habitación de sus padres esperando verla, al menos,
haciendo una maleta. Pero Beatriz estaba sentada en la cama mientras Julio
simplemente hablaba por teléfono en voz queda—. ¿Qué está pasando aquí?
—le preguntó, y Beatriz suspiró señalando a Julio.
—Se niega a salir de aquí.
—¿Qué? ¿Por qué? ¡La policía ya va a venir!
—¿Ya?
—No lo sé, pero Diego Aguilar tiene la dichosa prueba desde la tarde, no
creo que le tome mucho tiempo llamar a sus amigotes de la policía y acelerar
las cosas.
—De todos modos… él dice que no.
—Papá… —Julio elevó una mano pidiéndole a su hija silencio mientras
seguía hablando por teléfono. Eloísa empezó a dar vueltas por la habitación.
—Discutiste con Mateo, ¿no es así? —le preguntó Beatriz en voz baja.
Ella tragó saliva recordando la escena, y cerró sus ojos con fuerza agitando la
cabeza como si quisiera espantarla—. Ay, Eli. no quiero que ustedes dos
estén peleados.
—No se puede hacer nada.
—Él… él cree que está haciendo justicia.
—Pero es con mi padre con quien se está metiendo.
—No lo juzgues tan rápido… Espero no le hayas dicho cosas que luego no
puedas deshacer—. Eloísa frunció el ceño y miró a su madre, pero no dijo
nada, pues en el momento Julio cortó su llamada y se les acercó.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó a Eloísa.
—¿Cómo que qué hago aquí? ¡Este es mi lugar en este momento! La
policía ya debe venir en camino, ¿por qué no has hecho nada para ponerte a
salvo? —Julio dejó salir el aire y se sentó en el borde del colchón al lado de
Beatriz.
—No voy a huir, Eloísa.
—Papá, te están acusando de asesinato. Mínimo serían unos veinte años, y
aunque tengas buenos abogados, piensa en que ellos también los tienen, ¡y
hasta podrían ser capaces de comprar jueces y todo eso! ¡No es justo que
estés preso cuando eres inocente! —Julio hizo una mueca que desconcertó
mucho a Eloísa—. Porque eres inocente, ¿verdad?
—¿No te dijo Mateo que la prueba era contundente? —Eloísa sintió que
toda la sangre se le iba de la cabeza, un frío le recorrió la espina dorsal y dio
unos pasos alejándose.
—No. No. Tú eres inocente, papá.
—Yo mismo le dije a Mateo quién era Leonardo Cortés. Le di su
ubicación para que fuera a entrevistarse con él. Mateo confió en mí y fue.
Teníamos un trato; si la prueba salía positiva…
—Espera, espera… ¿tú tramaste todo esto con Mateo? ¿Con él?
—Sí, con él. El principal interesado en que la verdad saliera a la luz.
—Pero… ¡¡Por qué!!
—Así, si resultaba que soy culpable, no habría manera de huir. No tiene
sentido que luego de haberle ayudado a encontrar la verdad, yo salga
corriendo.
—Papá…
—No huiré, Eloísa. Esperaré a la policía aquí, y pagaré lo que deba pagar
—Beatriz soltó un sollozo apoyándose en el hombro de su esposo. Eloísa
tenía el pecho agitado, pestañeó varias veces intentando evitar las lágrimas;
ya había llorado mucho estos días, pero parecía que los motivos no iban a
cesar en un buen rato.
—Entonces… tú…
—Hace tiempo di una orden abierta —asintió él, contestando a la pregunta
que su hija no había sido capaz de formular—. Ésta fue interpretada de la
manera más conveniente, y al llevarse a cabo, hubo muertos… Nunca dije
específicamente que había que secuestrar a Mateo, y mucho menos, dije que
asesinaran a la mujer, pero… al parecer todo resultó así—. Eloísa frunció el
ceño y se pasó ambas manos por el cabello.
—No, no puedes. No puedes arruinar nuestras vidas y decir simplemente:
“Todo resultó así”. ¡No puedes, papá! ¡Es la mamá de Mateo, mi esposo!
—Hija…
—Acabo de poner las manos al fuego por ti, acabo de pelearme con él, de
enfrentarlo, de decirle cosas horribles confiando ciegamente en que eras
inocente. Eres inocente. Tienes que ser inocente. No puedes decirme
simplemente que las cosas resultaron así, ¡¡no puedo aceptar esa respuesta!!
—Lo siento.
—¿Lo sientes?
—Sí. Créeme que me está doliendo mucho ver la decepción en tu rostro.
—Y cuando diste esa orden, ¿no pensaste en que algún día yo estaría muy
decepcionada de ti? —Julio sonrió con tristeza.
—No. Ciertamente, nunca esperé ver este día—. Beatriz lloró. Eloísa
siguió caminando sin son ni ton por la habitación, y pronto también empezó a
sollozar.
—Por qué. Dios… ¿por qué?
—Si la policía viene —siguió Julio—, no huiré, Eloísa. Se lo prometí a
Mateo… y contrario a lo que parezca, soy un hombre de palabra.
—No soportaré verte en la cárcel. No soportaré ver a Mateo hundiéndote.
—Pero es justicia.
—¡No! ¡No lo puedo aceptar!
—Cariño, tranquilízate —susurró Beatriz.
—¿Que me tranquilice? ¡Estás pidiéndome un imposible, mamá!
—Pero estás embarazada, hija. Piensa en el bebé—. Como si lo hubiese
olvidado, Eloísa se llevó las manos al vientre, pero su bebé era una cosa
demasiado pequeñita aún y no hacía bulto. Sin embargo, estaba allí, presente
como la luz.
¿Qué iba a ser de ella ahora? ¿Qué camino debía tomar? Su papá se
confesaba culpable, Mateo, ciertamente, tenía razones para querer meterlo en
la cárcel.
Mateo…
Su papá…
Mateo moviendo toda una maquinaria para hundir a su papá. Su papá
dando la orden que terminaría ocasionando la muerte de Paloma.
Sintió que se asfixiaba, que no podía respirar. Y era real, de verdad le
estaba faltando el aire, así que salió de la casa hacia la calle en una loca
carrera, y no escuchó los gritos de sus padres. Se detuvo en el antejardín,
apoyó sus manos en sus rodillas doblando la espalda y empezó a respirar
hondo. No podía tener un ataque de pánico ahora, no sabía que tan malo
sería, pero seguro que no era bueno para el bebé.
Concéntrate en tu hijo, se dijo. Es lo único puro que te queda en el mundo.
Pero eso le hizo sentirse terriblemente solitaria y se echó a llorar. Todo en
lo que había creído toda su vida se estaba viniendo abajo, todas sus bases, sus
fundamentos, lo que había creído tan cierto como que el sol salía cada
mañana. Ella había sido una tonta al creer que su padre de verdad era alguien
limpio, sin ese tipo de crímenes en su historial; pero Dios, qué ingenua había
sido. Y dolía, dolía mucho, porque su papá era su héroe, su ejemplo, su pilar.
Lo había sido siempre, lo había sido a pesar de que el resto de hombres del
mundo se habían mostrado como una auténtica porquería, o tal vez por eso
mismo; cuando todos los hombres sólo querían hacerle daño, su padre era el
único que cuidaba de ella, la protegía y la consolaba. Sentía que el mundo se
desestabilizaba bajo sus pies, y no tenía a nadie en quien apoyarse, ni en
quien volver a creer.
—Papá —lloró, y sentía que si lo estuviera llorando en su tumba no le
dolería menos.
Se agachó en el suelo y lloró con amargura, porque al final de todo, ella,
que no había tenido nada que ver con lo que pasaba, era la que lo estaba
perdiendo todo.
—Eli —la voz vino a ella como en una nebulosa. Suave y lejana, y por un
momento, pensó que la estaba imaginando. Debía estarla imaginando, esa
voz, porque, la última persona que podía estar aquí era él. Nada tenía que
hacer él aquí.
Levantó la vista y vio que no era así. Allí estaba Mateo, con un pulgar
metido en uno de los bolsillos de su pantalón, con el rostro devastado como si
también hubiese estado llorando, y, aun así, con la mirada suave de siempre.
Ella se enderezó y caminó a él, pero estando a unos pasos, se detuvo. No
podría tocarlo. Se sentía tan mal, tan indigna. ¿Cómo podía tocarlo si su
familia le había causado el dolor más terrible?
—Papá acaba de decirme… —se limpió las lágrimas, los mocos, pero era
inútil, ella era una fuente ahora mismo—. Él acaba de admitir…
—Lo sé.
—Lo siento tanto —lloró Eloísa, y sus hombros temblaron, pero él no se
acercó a consolarla. Tal vez tampoco se sentía capaz de tocarla, y eso dolió
aún más—. No soy capaz ni de… No puedo, no puedo ni empezar a pedir
perdón… Te dije esas cosas y…
—No importa.
—Sí, sí importa. Te he fallado… te he fallado terriblemente. No soy… no
soy ni de lejos la esposa que te mereces.
—Eso no me importa, Eloísa. Ven —dijo él extendiendo la mano—.
Volvamos a casa —ella lo miró sumamente sorprendida. Lo miró a los ojos y
luego a la mano que seguía allí, esperando que ella la tomara—. Prometimos
que… no nos volveríamos a separar por culpa de terceros. Lo prometimos.
—¿Terceros? —preguntó Eloísa, y él bajó su mano.
—Esto pasará.
—Cuándo, en veinte años, cuando ya papá salga libre y haya pagado su
crimen?
—No… no lo sé.
—Tu mamá muerta y mi papá convicto. ¿Son terceros? —él respiró
profundo, como si le costara.
—Lo son, Eloísa.
—Pero… ¿eres capaz de verme y no pensar en papá…? ¿Cómo será
nuestra vida de aquí en adelante? ¿He de ir a visitarlo en la cárcel llorando,
pensando en la razón por la cual estará allí y luego me consolarás?
—Eloísa…
—¿Podremos llevar navidades normales? ¿O estaremos en silencio
tratando de ignorar al elefante blanco que estará entre los dos?
—¿Qué quieres que haga entonces? ¿Que lo perdone? ¿Que convenza a
papá para que no lo denuncie, o retire los cargos, y nos olvidemos de todo?
¿Qué me pides, Eloísa?
—No te pido nada —susurró ella respirando entrecortadamente, sintiendo
que las lágrimas la anegaban—. Soy incapaz de pedirte algo así, porque si te
convenzo y lo dejas así, luego te odiarás a ti mismo, ¡porque era tu mamá! ¡Y
después me odiarás a mí, porque fui quien te convirtió en eso que no querrás
ser! Y terminaremos mal, muy mal. No, ¡jamás te pediría algo así!
—Entonces, ¿qué vamos a hacer? —Eloísa se cubrió los ojos, tratando que
el llanto se quedara allá dentro. Luego llorarás, le prometió a su alma. Por
ahora, sé fuerte.
—Dejemos… Dejemos las cosas así.
—¿Qué cosas? ¿Así cómo?
—Yo… me iré un tiempo a Trinidad.
—¿Vas a dejarme?
—No —se apresuró a contestar ella, pero siendo lógica, eso era lo que
estaba haciendo. Miró hacia la casa y pensó en todo lo que se avecinaba: un
ruidoso juicio, la sentencia, el escándalo, los años de cárcel…
¿Podrían ella y Mateo, en algún momento, volver a lo que eran? ¿Había
salvación para su relación?
Miró al cielo, y pidió a Dios con urgencia y, casi con una exigencia, una
respuesta.
Pero el cielo permaneció callado. Ninguna respuesta para la impía Eloísa.
Miró a Mateo y tragó saliva.
—Amo con locura al Mateo de antes —dijo al fin, cerrando sus ojos y
poniéndose una mano en el pecho—, al Mateo que me enamoró, que me
propuso en un hospital mientras mi amiga estaba dando a luz que me acostara
con él; al Mateo que me fue conquistando poco a poco… Y por eso tengo
miedo de verte convertirte en algo que no eres, en algo que ni a ti mismo te
gustará. Yo… creo que lo mejor será… estar separados un tiempo.
—No…
—Cuando nos sintamos bien… cuando seamos capaces de vernos a la cara
sin rencores ni odios… ese día podremos volver.
—Eloísa…
—Yo estaré en Trinidad. Llámame cobarde, pero… tampoco quiero ver a
papá encerrado, ni ver cómo tú luchas para hacer que pague. Se lo merezca o
no, es mi papá; y tengas tú la razón o no, mereces justicia. Estoy en medio…
No puedo seguir allí, y no puedo tomar partido.
—No quiero —dijo él, pero no era una imponencia, más bien parecía un
ruego—. Te necesito, te quiero a mi lado. Te casaste conmigo para estar
juntos en lo bueno y en lo malo, Eli.
—¿Me pedirás que esté de tu lado cuando acuses a mi padre como
asesino? O, ¿Estarás conmigo entonces mientras lloro porque papá es
procesado por la justicia?
—Eloísa, por Dios…
—No podré estar de tu lado, que será lo que más necesites en esos
momentos, ¿no entiendes? Y tú no podrás consolarme cuando llore por eso.
No podré ser la Eloísa de siempre, ni tú el Mateo que conozco—. De su boca
se escapó un sollozo, como si desde ya estuviera viviendo el infierno que se
les acercaba—. ¡No podremos!
—Pero nuestro bebé…
—Él estará bien —prometió ella abrazándose a sí misma—. Te prometo
que cuidaré de él.
—Dios, no. Eloísa. Esto es tan injusto…
—Sí, verdad. Es muy injusto. Me puse en tu lugar y… es horrible, es
horrible estar allí… Y estoy segura de que también tú intentaste ponerte en
mis zapatos… —Lo vio pasarse las manos por el cabello.
—Estarás en Trinidad —Ella asintió agitando su cabeza, apretando sus
labios conteniendo las ganas de llorar, dándose cuenta de que ahora que él
estaba aceptando su propuesta de alejarse, empezaba a morirse, a morirse por
dentro.
Volvamos a nacer, quiso pedir. Seamos de familias más normales, dos
personas que se conocieron y se amaron y pudieron ser felices. Nada de
muertes, sicarios, o políticos corruptos. Nada de crueles pasados que a última
hora salían a relucir para dañarlo todo.
Seamos sólo tú y yo, sin promesas de venganza, ni dolor por los padres.
—Mateo —dijo la voz de Julio, y Eloísa vio a Mateo tensarse de pies a
cabeza. Incluso empuñó sus manos, así que se quedó allí, por si de pronto su
padre necesitara que alguien interviniera. Julio se detuvo a unos pasos, tal vez
percibiendo la animosidad del otro, y metió ambas manos en sus bolsillos—.
No me iré a ningún lugar. Te lo prometo—. Mateo no dijo nada, sólo se
quedó allí mirando al bastardo que había mandado asesinar a su madre. Por
gente como él, día a día muchos perdían a sus seres queridos. Por gente que
sólo buscaba su propia comodidad y conveniencia, el mundo estaba tan
podrido.
Vio a Eloísa, que miraba con aprensión a uno y a otro y comprendió lo que
ella había dicho antes. Siempre sería así, siempre ella en medio de dos
personas que eran enemigas naturales, y que venían a ser los seres que ella
más amaba. Iba a ser difícil para Eloísa, y en ese momento deseó poder
perdonar a Julio Vega, poder caminar a él, saludarlo en navidad, palmearle la
espalda en año nuevo…
No, no podía. Por fin tenía una cara que ponerle al hombre que siempre
deseó destruir. Había dejado hervir este odio demasiado tiempo, y ahora era
un volcán en erupción. Él sólo había tenido la mala suerte de enamorarse de
la hija.
—Necesitarás tus cosas —le dijo a Eloísa, ignorando a Julio Vega y su
promesa, y ella movió la cabeza afirmativamente.
—Mañana iré por ellas.
—No. Te llevaré a casa…
—Pasaré la noche en casa de Ángela, no te preocupes por mí —dijo ella
—. Mañana iré y recogeré mis cosas. Papá… —Eloísa no miró a Julio, sus
ojos se quedaron allí, en sus pies—. Dile a mamá… lo que oíste. Despídeme
de ella.
—Sí… está bien —la voz de él hizo que el corazón de Eloísa doliera más,
pero no podía ir a él y abrazarlo. Era por su culpa que todo estaba así.
Se ajustó mejor el bolso en su hombro y se encaminó a su auto, que había
quedado mal parqueado frente a la casa, pero luego miró a Mateo, que seguía
allí de pie mirando a su padre. Sin embargo, él dio la vuelta y se metió en su
auto, Eloísa esperó a que él se fuera para hacerlo tras él.
No puedes llorar aún, se dijo. Podrías accidentarte, piensa en tu bebé.
Respiraba profundo, muy profundo, y así, hizo todo el camino hasta llegar
a la bonita y sencilla casa de Ángela y Juan José. Cuando llamó a la puerta,
Ángela misma la abrió bastante extrañada de verla allí.
—¿Nena? —escuchar su voz preocupada fue el detonante que abrió el
dique de lágrimas, y Eloísa se echó a llorar en el hombro de su amiga
soltándole en una incomprensible parrafada todo lo que le estaba pasando.
Juan José se acercó para ver qué pasaba, y al verla así, de inmediato se alejó
con el teléfono en su mano, y segundos después, salió en su auto.
Eloísa lloró y lloró, y Ángela sólo fue capaz de tenerla allí, apoyada en su
hombro, tratando de consolarla.
Entendía muy poco, pero lo esencial era que ella estaba mal, y necesitaba
a su amiga.

Rato después, se calmó un poco. Ángela seguía con ella sentada en el


mueble, habían gastado varios paquetes de Kleenex, y lo que había entendido
hasta ahora era que Julio Vega se declaraba culpable de la muerte de Paloma,
la madre de Mateo, y ahora Mateo estaba iniciando juicio contra él.
Y ella que pensó que en el pasado Juan José y ella habían tenido mala
suerte.
—Ya se te ve la pancita —dijo Eloísa extendiendo la mano hacia el
vientre de Ángela, con voz gangosa por los mocos y por llorar. Ángela
sonrió.
—Sí. Un día, simplemente, estaba allí.
—Mateo no va a estar allí para ver mi panza.
—Claro que sí —se apresuró a decir Ángela cuando vio que Eloísa iba a
llorar otra vez, pero ella sólo se enderezó y miró a la distancia.
—Angie, puede que pasen años… puede que no vuelva con Mateo.
—No digas eso. Estás siendo muy pesimista.
—Es difícil. Para él, para mí… es demasiado difícil. Si no amara tanto a
mi padre me importaría un bledo, tal como…
—Sí —continuó Ángela cuando su amiga se quedó en silencio—, tal como
me pasó a mí. Si Juan José hubiese hecho juicio contra papá por cualquier
razón, yo no habría dudado en ponerme de su lado, pero estamos hablando de
Orlando Riveros, el hombre que no dudaba en pegarme cuando le llevaba la
contraria en algo. Tú fuiste educada para amar a tus padres, y Julio… él fue
buen padre. Tal vez no buen político, pero sí buen padre.
—Traté tan mal a Diego… —se lamentó Eloísa— y luego a Mateo mismo,
lo desafié, le dije que si algo le pasaba a papá se lo haría pagar… Angie…
¿Qué voy a hacer?
—¿En serio piensas irte a Trinidad? —Eloísa asintió.
—Estaré en la casa familiar mientras todo esto pasa.
—¿Quieres que vaya a hacerte compañía? —Eloísa la miró sorprendida.
—¿Irías a Trinidad por mí?
—Bueno… no indefinidamente, pero… estaría contigo unos días. Uno que
otro fin de semana…
—¡Eres la mejor amiga del mundo! —Ángela sonrió.
—No quiero que estés sola allá, y aunque me trae malos recuerdos… Tal
vez sea hora de llevarle los niños a mamá para que los vea.
—Es cierto. Lleva rogándote años.
—Tampoco es así. En fin, le diré a Juan José cuando regrese.
—¿A dónde se fue?
—Seguro a ver a su amigo—. Eloísa hizo cara de tristeza, y volvió a
recostarse en el hombro de Ángela sin decir nada. Al menos, se dijo cerrando
sus ojos, tenían amigos en los que hallar un poco de consuelo. Aunque lo
ideal habría sido que pudieran consolarse el uno al otro.
¿Cuánto tiempo iban a estar separados? ¿Meses? ¿Años?
¿Podrían volver a ser, algún día, lo que antes fueron?
Por favor, por favor, Dios, volvió a orar. No soy nadie, y definitivamente
no soy tu hija predilecta… pero, por favor…
No, ella no tenía derecho a pedir nada. Tal vez Mateo tenía mejor suerte,
pues, al fin y al cabo, estaba vengando por fin la muerte de su madre.
…30…
Juan José entró al bar donde sabía se encontraba Mateo. Se detuvo en la
entrada y miró hacia la mesa VIP que siempre ocupaban y allí lo vio. Caminó
con paso decidido esperando no encontrarlo ebrio, o peor, deprimido.
Lo encontró con un vaso de whiskey en la mano, con una pierna apoyada
en la rodilla de la otra, y una mujer vestida con lo que parecían ser pañitos le
hablaba muy animadamente. Frunció el ceño, pero vio que Mateo no le
sonreía ni le sostenía la conversación, parecía no estar allí, su mirada se
encontraba más allá de lo que veía.
—Parece que lo estás pasando bien —sonrió Juan José sentándose a su
lado, miró a la joven que ahora miraba de uno a otro, y meneando la cabeza
le dijo: —Lo siento, hija, pero necesitamos privacidad.
—¿Hija? —se quejó ella—. ¿Eres un monje, o qué?
—Algo así —tomó la mano de Mateo señalando en el anular la argolla de
matrimonio, pero entonces también brilló la suya.
—¿Están casados? —Juan José la miró un poco boquiabierto, pero sin
tiempo a darle explicaciones, la chica se puso en pie y se alejó. Juan José
pestañeó por el tremendo malentendido, pero entonces escuchó a Mateo
suspirar y se concentró en él.
—Eloísa acaba de dejarme —dijo, y bebió de su whiskey. Juan José hizo
una mueca.
—Ella llegó a mi casa llorando como si la que la hubiera dejado fueras tú.
—No, no, no —replicó él moviendo su mano—. Creo que lo justo sería
decir… que nos hemos dado un tiempo. Pero diablos, ¿cuándo eso ha
funcionado?
—Nunca.
—Se va para Trinidad —siguió Mateo, y Juan José extendió la mano para
pedir algo de tomar, nada con alcohol—. Dios, no quiero que se vaya.
—No lo permitas.
—Pero ella tiene razón —volvió a decir Mateo—. Tenemos que proteger
la relación, y estar juntos será…
—Estar separados no será mejor —sentenció Juan José, y Mateo lo miró a
los ojos pidiéndole que siguiera—. Te vas a dar cuenta de que cada día sin
ella será un suplicio, no sé qué tan profundo es tu amor, pero no creo que lo
resistas… y en ese momento, mandarás a la basura todos esos argumentos
que ahora me estás dando—. Mateo respiró profundo y se apoyó en el
espaldar del mueble en el que se hallaba.
—Increíble que decisiones que no tomé yo hacen casi veinte años me
estén perjudicando tanto ahora—. Juan José sonrió con sorna.
—Bienvenido a la vida real.

Diego estaba en su despacho. Había escuchado por lo menos unas treinta


veces la grabación que Mateo había traído de Panamá. Pensar en que su hijo
se había encontrado cara a cara con el asesino de Paloma hacía que se le
erizara todo el cuerpo, y que le hirviera la sangre. Había tenido que
contenerse muchísimo. Por sus palabras, y el tono en que las había dicho, ese
malnacido no sentía el más mínimo arrepentimiento.
Alguien llamó a su puerta, y segundos después, ésta se abrió. Mateo
apareció en el umbral, con la ropa casi deshecha y los cabellos en punta. No
tenía buen aspecto.
—Te ves terrible —le dijo. Mateo sonrió dando unos pasos al interior del
despacho, se metió las manos al bolsillo y suspiró. Diego sintió el olor a
alcohol que emanaba de él, y, sin embargo, no se tambaleaba como un ebrio,
y cuando habló, su voz era bastante clara.
—Vine a hacerte una petición.
—Habla.
—No quiero que hagas un escándalo con el juicio —Diego lo miró
fijamente sin contestar—. Te lo pido a cambio de la prueba; no llames a los
medios, no les avises, y si, por casualidad la noticia se cuela y ellos se
enteran, hazlos callar. Ya lo has hecho antes con otros escándalos, hazlo
ahora.
—¿Por qué, Mateo?
—Porque… aunque él dio la orden, es el papá de Eloísa. No quiero… no
quiero que llore por esto.
—Ya debe estar llorando.
—Sí, sí. Ya ha llorado, y conociéndola, no parará en tres días, pero quiero
evitarle el mayor sufrimiento posible. Por favor, papá, concédemelo. No
hagas un escándalo—. Diego hizo una mueca y se puso en pie caminando
hacia su hijo con el grabador de voz que Mateo le había dado en la mano.
Mateo lo vio y frunció el ceño.
—¿No se lo has entregado a la policía?
—Quise estudiarlo antes.
—¿Y?
—Un buen abogado se dará cuenta pronto de que Leonardo Cortés no dice
lo que se necesita para que esta sea una prueba contundente—. Mateo lo miró
confundido.
—No… no te entiendo. Él admite que…
—Sí, admite que en ese tiempo trabajaba para Julio Vega, y admite que
recibió la orden de secuestrarte y que lo de Paloma fue un accidente. Pero no
dice lo que necesitamos. No dice: “Julio Vega dio la orden de secuestrar al
hijo de Diego Aguilar”. No está todo junto en una oración como debía ser.
Tal vez porque tú mismo no lo dejaste hablar, o tal vez porque es un tarado
que no hace sino enredar las cosas, no lo sé.
—Entonces… ¿no sirve esta prueba?
—Oh, sirve, sirve mucho.
—Habla claro.
—Mateo… Tengo una idea.
—¿Me la vas a compartir? ¿O también vas a enredar las cosas?
—Si me dejas hablar, tal vez te la comparta —Mateo se pasó la mano por
el cabello, razón por la cual lo tenía parado en todas direcciones. Caminó
hacia el aparador de los licores de su padre y se sirvió otro vaso de whiskey,
pero cuando se lo iba a llevar a la boca, Diego se lo quitó—. Te necesito lo
más despierto posible.
—Vale, vale.
—Creo que están inculpando a Julio Vega —Mateo lo miró con sus ojos
como platos.
—¿Qué? Pero… ¿quién?
—Tú… definitivamente no fuiste un buen interrogador. Diste el nombre
de Julio Vega al principio, y luego él pareció sólo contestar lo que tú querías
escuchar.
—¡No es posible!
—¡Escúchame! ¡Son sutilezas del lenguaje! Se te olvida que llevo entre
abogados toda mi vida y sé de qué pueden agarrarse para tener un buen
pleito, y esta grabación sólo nos arroja una pista: alguien quiere inculparlo de
la muerte de Paloma—. Mateo empezó a hiperventilar, y al darse cuenta, tuvo
que sentarse en uno de los muebles para calmarse. Esto era increíble. ¡Era
increíble!
—¿Estás… estás seguro, papá?
—Lamentablemente, no. Sólo son conjeturas hechas sobre conjeturas.
Teorías sin mucha base real. Pero… es la corazonada que tengo. Y te
recuerdo que tengo lo que tengo por seguir mis corazonadas.
—Dios… tengo que decirle a Eloísa…
—No, no. Detente.
—Papá, ella necesita oírlo. Ya no tendremos que separarnos. No habrá
juicio, ni…
—Mateo, no. No puedes decirle eso a tu mujer ahora—. Él se quedó
callado al notar que Diego decía “tu mujer”, no “esa mujer”, o “la chica esa”,
como siempre la había tratado—. Lamentablemente, vamos a tener que
seguirle el juego a Leonardo Cortés—. Mateo lo miró más perdido aún—. Si
encerramos a Julio Vega, con o sin escándalos, él lo sabrá, los verdaderos
culpables se relajarán con todo el asunto… y luego podremos seguir al pez
pequeño hasta el escondite del pez gordo.
—Vas a sacrificar a…
—Sí. Me temo que sí.
—No estoy de acuerdo.
—No me vengas con eso ahora.
—¡Mírame! Estoy hecho una mierda porque Eloísa mañana se va de la
ciudad, alejándose de mí porque no quiere ver cómo destruyo la carrera
política, la vida y la salud de su padre. Estoy a tiempo, estoy seguro que…
—Estuviste dispuesto a arriesgarlo todo cuando creíste que Julio Vega era
culpable —lo interrumpió Diego—. ¡Necesito ese coraje ahora para atrapar a
los verdaderos culpables! ¡Ya estás separado! Ya echamos a rodar la bola de
nieve. Déjame sólo desviarla un poco para atrapar al asesino de tu mamá. Y
si al final de todo, resulta que era el mismo Julio, no habremos perdido nada,
y si era otro, ¡habremos conseguido capturarlos! —Su padre tenía razón,
pensó Mateo. Pero Dios, pensar en estar separado de Eloísa era terrible. Saber
que había una esperanza sólo conseguía aumentar su anhelo, sus ganas de ir
corriendo a ella y retenerla.
—¿Cuánto… cuánto tiempo crees que te tome…?
—No tengo ni la menor idea.
—Qué sincero…
—Pero ya hemos llegado hasta aquí. Sigamos adelante, Mateo; esta vez,
juntos. Todo lo que consultes me lo comunicarás.
—¿Y tú harás lo mismo conmigo? —Diego asintió sin vacilación.
—Somos socios. Te compartiré cada hallazgo.
—Socios, ¿eh? Pensé que sería tu eterno heredero —Diego agitó la cabeza
negando.
—No. Eres mi socio. Mitad y mitad… Y has demostrado tener pantalones,
ser de palabra… y leal al recuerdo de tu madre, a la promesa que hiciste hace
años. Si no fueras mi hijo, de todos modos, me gustarías—. Mateo sonrió. Se
masajeó la cara y subió los pies sobre la pequeña mesa de café que había
entre los muebles.
—Bien. De todos modos… ¿vas a cumplir mi petición de…?
—Lo intentaré. Haré todo lo posible —Mateo lo miró fijamente por varios
segundos, pero al final tuvo que conformarse con esa promesa y se puso en
pie.
—Voy a quedarme aquí entonces —le dijo Mateo encaminándose hacia la
puerta.
—¿Cómo… cómo llegaste aquí?
—Juan José me trajo.
—Tienes buenos amigos —Mateo miró a su padre y tragó saliva.
—También tengo un buen padre —dijo con voz suave—. Aun cuando
podías valerte de esa confesión para atrapar a Julio Vega, has podido ser
paciente y tener la cabeza más fría que yo.
—Eso es porque mi deseo no es atrapar a Julio Vega —repuso Diego—.
Mi deseo es atrapar al culpable. De nada me sirve que pague un inocente…
en caso de que lo sea.
—Su carrera se afectará de todos modos —Diego sonrió enseñando sus
dientes, una sonrisa poco cálida.
—Estamos en Colombia, hijo. Aunque su hoja de vida esté llena de
mierda, si se reivindica con un par de buenas obras, el pueblo volverá a
amarlo.
—Eso es triste y patético.
—Oh, lo es. Lo es. No te lo negaré. Ve a tu habitación —le dijo luego, y
ahora sonreía de verdad—. Descansa. No será lo mismo que si estuvieras
entrepiernado con esa muchacha, pero lo necesitas —Mateo lo miró ceñudo.
—Se llama Eloísa, y está embarazada de tu nieto —Diego bajó la mirada.
—Sí. Es… increíble. Voy a ser abuelo.
—Guarda esa mirada bonita para la próxima vez que la veas. Si Julio
resulta ser inocente, le deberás varias disculpas.
—Yo estaré encantado de ofrecerlas… si resulta ser así —Mateo hizo
rodar sus ojos en sus cuencas y salió al fin del despacho hacia su habitación.
Tenía mucho en qué pensar ahora, mucho qué planear, y esta vez, debía ser
mucho más cuidadoso, no podía dar pasos en falso. Ya había dado uno
terrible, uno que lo había separado de su mujer, pero enmendaría las cosas.
Había esperanza, pensó tirándose en su antigua cama con una sonrisa.
Había una pequeña, muy pequeña esperanza, y aunque le daba miedo
aferrarse demasiado a ella, no podía siquiera pensar en lo otro.
Le esperaba un largo camino, pero ni siquiera logró completar este
pensamiento, pues en cuanto cerró los ojos, se quedó dormido.

Eloísa entró al pent-house que hasta el día de ayer había compartido con
Mateo sintiendo bloques enormes de hormigón aplastando su pobre y
malherido corazón. Oh, en esa encimera ella había hecho el amor con él. Y en
los muebles de la sala de televisión. Y contra esta pared… Vaya, lo habían
hecho por todos lados.
Él no estaba aquí, y al parecer, tampoco había pasado la noche. Lo
entendía, el lugar estaba lleno al tope de recuerdos de los dos y habría sido un
horror estar aquí solo.
—¿Tienes suficientes maletas? —preguntó Ángela, y Eloísa asintió. Su
amiga había venido a ayudarla, pues dar este paso ella sola iba a ser amargo.
Abrió las puertas del guardarropa y se dio cuenta de que la ropa de él
seguía allí. Y la de ella… Gran parte estaba en el cesto de la ropa sucia,
mierda.
—Mi ropa está para lavar—. Ángela la miró elevando una ceja.
—Qué ama de casa tan nefasta.
—Sólo es mi ropa, la de Mateo está toda en orden.
—Debe ser que él sí es diligente en eso.
—No te metas conmigo.
—Bueno, está bien —contestó Ángela, pero sonrió como si no tuviera
intención de hacerlo. Eloísa empezó a recoger sus cosas, y luego se detuvo al
pensar en que no sabía cuánto tiempo estaría lejos. ¿Semanas? ¿Meses?
¿Años? ¿Debía llevarse sus libros? Tomó el portátil, y sus otros objetos
electrónicos y los guardó. Ropa para el clima cálido de Trinidad, sandalias
cómodas, porque dudaba que allá se le presentara la oportunidad de ir en
tacones a alguna parte, y…
Dios, no podía hacer esto.
—No lleves tanta ropa —dijo Ángela al ver la expresión en su rostro—.
Pronto te empezará a crecer la panza y tendrás que comprar ropa materna, así
que…
—Mateo se lo va a perder —dijo ella con voz quebrada—. Se va a perder
cuando ya se me empiece a notar. ¿Y si me dan antojos? ¿Y si se me hinchan
los pies? ¿Y si…?
—No pienses en eso.
—¿Cómo hago para no pensar en todo eso? ¿Alcanzará a verme con mis
batas de maternidad?
—Dudo que él se distancie tanto como para perderse todos esos
momentos. A pesar de las circunstancias, él te ama, y sabe que lo amas.
Buscará y hallará el modo de volver a ti todas las veces que le sean posibles.
—¿Lo crees?
—Oh, estoy segura. No hay nada más insistente en este mundo que un
hombre enamorado—. Eloísa sonrió ante esas palabras, y se secó las lágrimas
que habían escapado de sus ojos.
—¿Por qué estoy tan llorona?
—El embarazo.
—¿Es normal? —Ángela sonrió.
—Además, tú ya eres bastante llorona sin que tus hormonas te hagan
malas jugadas.
—Qué amiga tan horrible eres—. Ángela se echó a reír, y se dedicó a
acomodar la ropa de Eloísa en las maletas. A pesar de que sólo estaba
llevando unos cuantos trapos, eran bastantes. Recordó cuando, con Ana,
empacaban para venirse a Bogotá desde Trinidad. Ellos habían traído todo lo
que tenían, que después de todo, no era mucho, y luego tampoco les había
servido, ya que el frío se los comía. ¡Ya hacía tanto tiempo de eso! Y ahora
su amiga volvía a ese pueblo. No quería pensar que era un retroceso; Eloísa
necesitaba quietud y reposo, y seguro que allá lo encontraría.

Julio Vega fue detenido en horas de la mañana a la salida de su casa. Sólo


un par de agentes de la policía estuvieron allí, nada de periodistas ni cámaras
indiscretas. Le leyeron los derechos y lo esposaron, escoltándolo hasta la
patrulla. Beatriz llamó a su hija informándole entre lágrimas; ella ya se
hallaba de camino a Trinidad conduciendo su automóvil con una de las
maletas en el asiento del copiloto; sólo se quedó mirando el camino que tenía
delante sin decir nada, y en silencio, volvió a llorar.
Lo interrogaron largamente, y Julio Vega dio su testimonio, declarando lo
que antes le había dicho a Mateo, que Leonardo Cortés en aquella época sí
había trabajado a él, y que una orden abierta había terminado en el asesinato
de dos personas.
Diego Aguilar se había dado a la tarea de llamar a los directores de los
diferentes noticieros locales y nacionales para que, si algún periodista
despistado hallaba la historia, no se le permitiera publicarla, y pasaron los
días, y los medios siguieron desconociendo completamente el hecho.
—¿Estás bien? —le preguntó Mateo a Eloísa la primera noche que ella
pasaba en Trinidad. Ella asintió simplemente—. Debes estar cansada.
Aunque la carretera hacia allí ahora es mucho más liviana de transitar,
siempre está lejos—. Eloísa sonrió ante su tono preocupado.
—Estoy bien. Conducir me hizo bien.
—¿Qué? ¿Condujiste tú?
—Claro. ¿Quién si no?
—Pero Eli, ¡son más de dos horas!
—Estoy bien, cansada, pero bien. Y no te pongas así, he hecho este
camino cientos de veces.
—¡Sí, pero ahora cargas con mi hijo! —Eloísa tuvo ganas de reír.
—Eso no me hace una inválida. La barriga no me estorba todavía—. Lo
escuchó suspirar—. ¿Cómo… cómo van las cosas allá? —Mateo hizo una
mueca. Se moría de ganas por contarle, pero si lo hacía, inmediatamente este
sacrificio carecería de sentido.
—Ya… ya lo capturaron.
—Ah. Bueno…
—Está siendo interrogado por varios abogados, fiscales…
—Me imagino.
—Tu padre es un hombre duro. Nada de esto lo quebrantará.
—Eso espero.
—Eli…
—Te dejo —cortó ella—. Estoy cansada. Hablamos…
—Hay otras cosas de las que podemos hablar.
—Hasta mañana —y al instante, ella cortó la llamada. Mateo se quedó con
el teléfono en la mano mirándolo y mordiéndose los labios con impotencia.
Y esto apenas empezaba.

—¿Qué es eso que me contaron por ahí? —preguntó Lineth Casablanca


por teléfono. Mateo estaba en su oficina, lleno de trabajo, y ahora mismo se
estaba alistando para dejarlo un poco abandonado y salir. Habían pasado dos
semanas desde que habían detenido a Julio y por fin le habían concedido una
entrevista con él. La llamada de Lineth lo había sorprendido un poco.
—¿Qué te contaron?
—Qué te casaste.
—Oh… ¿no lo sabías?
—No. No me lo contaste. No se anunció en ninguna parte, así que… no
tenía modo de enterarme. Al parecer, lo hiciste todo top secret—. Mateo
sonrió.
—Siento no haberte contado, pero ese fue el plan desde el principio.
Cuando te pedí que fingieras que estabas de viaje conmigo, era para poder
irme de luna de miel con mi esposa.
—Mmmm, bueno. Qué falta de delicadeza por tu parte. He tenido que
enterarme por mi cuenta.
—Lo siento.
—¿Y qué es ese otro chisme que escuché?
—¿Qué otro chisme?
—Que el padre de tu esposa está detenido por la muerte de tu madre. ¿No
es eso demasiado… surreal? No es cierto, ¿verdad? —Mateo hizo una mueca.
—Es un asunto privado.
—Estás hablando conmigo, hombre. Sé guardar secretos.
—Pues sí. Es verdad.
—Mateo. Eso es terrible.
—Sí… lo es.
—¿Cómo lo lleva ella? —Mateo no tuvo que preguntar a quién se refería.
—Muy mal.
—Yo me moriría. Pobre. Pero lo importante es que están juntos —Mateo
sonrió con sorna—. ¿No lo están?
—¿Te parece que es un tema para discutirlo por teléfono?
—No, no lo es. ¿Cuándo nos vemos?
—Ahora mismo no…
—Hablaré con tu secretaria entonces, para que me haga un huequito en tu
agenda.
—Lineth…
—Vamos, relájate. No te voy a echar el lazo, ni a intentar meterme en tu
cama. Eso ya lo tenemos claro. Además, eres un hombre casado. Nada qué
ver.
—Pero…
—No seas así. No trates así a la amiga que tantos favores te ha hecho; y
mira: sin preguntar antes.
—Me pones en un apuro.
—Lleva a tus amigos entonces, para que cuiden tu honra —eso lo hizo
reír.
—Vale, está bien. Si te pones tan insistente…
—Qué creído que estás, aunque sí, insisto. Llamaré a tu secretaria
entonces.
—Está bien. Ahora, tengo que despedirme.
—Ciao —sonrió Lineth, y Mateo cortó la llamada, saliendo al fin de la
oficina y yéndose al fin a centro donde Julio Vega se hallaba detenido. Al
político no le habían dado una celda cualquiera, por el contrario, parecía
hallarse en un hotel de paso, sin estrellas, pero hotel, al fin y al cabo.
Esperaba que su conversación con él les ayudara a ambos a quitarse varios
pesos de encima. Lo necesitaban.
…31…
Mateo entró a una pequeña sala en la que únicamente había una mesa
metálica con sus dos sillas a juego. Parecía, más bien, una sala de
interrogatorios, sólo faltaba el espejo tras el cual se esconderían los que
analizaban las respuestas y las grababan. No había ventanas, ni un solo
cuadro, y una tristísima pintura color crema en la pared que parecía necesitar
un retoque desde hacía treinta años.
Mateo se quedó de pie hasta que la puerta se abrió y entró Julio Vega.
Parecía que llevaba varios días sin afeitarse, y Mateo notó que tenía canas en
la barba. Su cabello oscuro no iba tan prolijo como siempre, y tenía la camisa
por fuera del pantalón. Sin embargo, y a pesar de su apariencia, él parecía
fuerte, despierto, y, cuando lo vio, sonrió de medio lado un tanto sorprendido.
—No me lo creí cuando me lo dijeron —le dijo, y Mateo hizo una mueca.
—Quería… ver cómo estaba.
—¿Te preocupas por el asesino de tu madre? —Mateo tragó saliva ante
esas palabras.
—Me preocupo por el padre de mi esposa.
—Eres un gran hombre. No cabe duda. Capaz de entresacar lo bueno entre
tanta mierda —Julio caminó hacia la mesa, movió una de las sillas y se dejó
caer en ella.
—¿Cómo está mi hija?
—Está en Trinidad —contestó Mateo sentándose frente a él. Julio movió
su cabeza asintiendo, mostrando que ya lo sabía.
—Sigue enfadada —murmuró—. Ella es un tanto rencorosa… creo que no
me perdonará jamás.
—Yo no lo creo así. En algún momento vendrá a verlo.
—No. De todos modos, no quiero que se exponga a sí misma o al bebé en
estos sitios. No es una celda de verdad, pero tampoco es muy salubre.
Dejemos las cosas así, al menos… mientras nace el bebé…
—La otra semana vendrá a hacerse unos exámenes… —Mateo respiró
profundo. Decirle que Eloísa estaría en la ciudad no ayudaba mucho, porque,
de todos modos, no vendría a verlo.
—Te pediría que por favor hables con ella… pero no tengo derecho. Y la
conozco… nada le hará cambiar de idea.
—Estamos investigando, señor Vega.
—Sí, yo también he seguido investigando, pero creo que no hay mucho
más que escarbar… Estoy hasta el cuello en el asunto, hay pruebas que
muestran que efectivamente Leonardo Cortés trabajaba para mí, y en caso de
que logre salvarme de esta, estaré vinculado a otros casos… Se acabó para mí
—Mateo guardó silencio deseando poder darle una esperanza, pero era
verdad. Los detalles que estaban saliendo a la luz últimamente no lo
ayudaban mucho, y cada vez le costaba más pensar en aquella corazonada
que su padre había tenido. Era como si del cielo estuvieran lloviendo las
pruebas que por años y años estuvieron ocultas y perdidas. Todo apuntaba a
Julio Vega.
—A quién protegían en esa época? —le preguntó Mateo—. Escobar ya
estaba muerto.
—Pero había muchísima gente viva que prefería morir a pagar condena en
Estados Unidos.
—Sí, ese era el lema de “Los extraditables”.
—Y tenían mucho, muchísimo dinero. Compraron a más del noventa por
ciento de los políticos del país. Yo era un subordinado, me comentaron la
situación, el senador Millán, para el que trabajaba entonces, estaba tan metido
en la mierda como cualquiera…
—Intentaba proteger sus intereses.
—Y los míos propios —admitió Julio encogiéndose de hombros, y Mateo
apretó los dientes.
—Así que yo perdí a mi madre… y usted se llenó los bolsillos.
—Yo y mucha gente más. No se trataba sólo de dinero, Mateo. Tú no
entrabas a ese mundo por elección, cuando te dabas cuenta, ya estabas allí,
sin posibilidad de salir, y sólo te tocaba bailar al son que te dieran. Éramos
títeres, y al final del día, teníamos que aceptar que el dinero no era suficiente
consuelo. Como una niña virgen a la que violan y prostituyen y luego la
desechan por puta. Justo así—. Julio elevó la mirada y miró a Mateo a los
ojos, cuyos ojos se habían endurecido. Debía ser duro para él escuchar sus
palabras, y seguro que le apetecía mucho darle un puñetazo, pero estaba
mostrando mucha entereza.
Con razón su hija lo había elegido, pensó. Si hubiese elegido él, también
habría sido Mateo el hombre adecuado para Eloísa.
—Sé que esto no sirve de nada —dijo Julio luego de un largo silencio—.
Pero lo lamento. Lamento realmente lo que pasó, lo que hice, y toda la
responsabilidad que tengo en esto. Lo lamento, Mateo… ojalá… Ojalá algún
día puedas perdonarme, tú y mi hija. Ojalá puedan volver a estar juntos,
ojalá…
—Ojalá pudiéramos devolver el tiempo, ¿verdad? —sonrió Mateo, pero
no era una sonrisa cálida, más bien era helada.
—El mundo sería un lugar perfecto si tuviéramos ese poder. Pero sí, ojalá
pudiera devolver el tiempo.
—No sé si pueda perdonarlo. Deseo que sea inocente, estoy luchando por
encontrar las pruebas que lo absuelvan… pero si al final de todo resulta ser
culpable… No creo que pueda hacerlo… Con cada día que pasa… siento que
me alejo más de Eloísa, que la pierdo, y cada noche me duermo muerto de
miedo porque no quiero esto… Pero es la suerte que nos tocó. Conocernos
para que luego el pasado de nuestros padres nos separara…
—Deberían irse lejos los dos —sonrió Julio—. Largarse del país, olvidarse
de todo.
—Cree que no lo he pensado? Una cirugía en el cerebro para borrarnos la
memoria también sería buena idea…
—Son jóvenes, y a lo mejor…
—Pero amamos a nuestros padres… son parte de nuestras vidas. No
podemos, simplemente, dar la espalda e ignorarlo. Entiendo a Eloísa, y ella
me entiende a mí… pero eso no impide que sea doloroso para los dos.
—Lo siento. De verdad, lo siento…
—Pero no estoy dando todo por perdido. Lucharé hasta el final, señor
Vega. A eso vine; a decirle que, aunque un juez lo condene, por Eloísa, yo
seguiré buscando y buscando. No importa cuánto tiempo me tome, cuánto me
tarde, si mi hijo ya será adulto para cuando al fin encuentre la verdad… Yo
seguiré buscando. Luchar por demostrar su inocencia será para mí como
luchar por Eloísa. Ella lo vale. Si para entonces, ella sigue amándome…
volveremos a estar juntos, y tomaremos estos momentos como malas jugadas
del destino—. Julio cerró sus ojos por unos segundos en silencio antes de
decir:
—Gracias—. Mateo suspiró, se puso en pie y se dirigió a la puerta.
—No lo hago por usted; lo hago por mí mismo, porque estar separado de
ella es perder la mitad de mis razones para vivir. Y ahora voy a ser padre, así
que se incrementan los motivos para insistir.
—No importan tus razones. Gracias. Dicen que a los mejores soldados son
a los que se les asignan las mejores batallas… y ustedes dos, definitivamente,
soy muy fuertes.
—Simples seres humanos que ya no saben qué hacer, más que seguir
luchando—. Julio asintió, y Mateo salió de la pequeña y desvaída sala sin
agregar nada más. Julio se quedó allí, sentado en silencio esperando a que le
dieran la orden de salir.
Rebuscaba y rebuscaba en su mente y su memoria cualquier dato que le
ayudara a salir de aquí, a él y a sus hijos, porque Mateo ya era como otro hijo
para él, pero por más que se esforzaba, no veía más que culpabilidad. Tal vez
el destino de Mateo era el mismo de Sísifo, el hombre condenado a llevar a la
cima de una montaña una piedra que inexorablemente volvería a caer.

—Estás de un humor de perros —comentó Fabián mirando a Mateo de


reojo, al ver que no contestaba sus preguntas, que miraba de reojo a todo el
mundo en el bar en el que acababan de entrar como si buscara pelea, y que
había pedido un whiskey doble y solo—. ¿Más malas noticias?
—¿Tengo de otro tipo?
—Últimamente, no —dijo Fabián con una mueca y mirando su cerveza.
Mateo suspiró.
—Siento mi mal humor.
—Puedes contarme, lo sabes.
—Se trata de Eloísa. La llamé hoy, pero… Es como si no quisiera hablar
conmigo. Responde con monosílabos y siempre corta la llamada al pasar
unos pocos minutos.
—Ve a verla.
—Dios, cómo quisiera, pero si descuido el trabajo o la investigación un
solo día, me atrasaré muchísimo, y estoy haciendo todo esto con la esperanza
de poder estar de nuevo con ella, y…
—Yo pienso que lo que haces con la mano, lo borras con el codo. Ella
apreciará más que saques un día para ir a verla, que este “sacrificio” que
haces manteniéndote aquí —Mateo lo miró ceñudo.
—¿Y tú desde cuándo das consejos?
—Sólo me puse en su lugar por un momento. ¿Qué preferiría yo si estoy
embarazado, solo, y necesitado de consuelo?, ¿que mi marido trabaje como
un burro lejos de mí, o que venga a verme, aunque sea por un ratico, y me dé
un buen par de buenas horas con muchas atenciones para que recarguen mis
energías y mis ganas de esperarlo? —Mateo se echó a reír.
—Embarazado estarías guapo.
—Gracias —pero Mateo se quedó pensando en las palabras de Fabián, y
en ese instante decidió que iría por Eloísa mañana. Mañana a primera hora
iría por ella y la traería para hacerse el examen que tenía programado, y
estaría con ella todo el día. Intentarían no hablar de Julio, o de cualquier cosa
relacionada con el caso, y lo pasarían bien, y tal vez, si tenía buena suerte,
conseguía una hora con ella en la cama.
Oh, era una idea excelentísima.
—Te amo —le dijo a Fabián cogiéndolo del cuello y dándole un beso en
su cabello castaño claro. Fabián abrió enormes los ojos sumamente
sorprendido.
—Vale, vale. Pero sigo prefiriendo a las mujeres—. Mateo volvió a reír,
ya más animado.
—Qué escena más extraña —dijo una voz femenina a sus espaldas. Mateo
y Fabián se giraron y he aquí una hermosa rubia, de baja estatura y con un
vestido que se pegaba a su cuerpo como un chicle, y que, sin embargo, no la
hacían verse vulgar o barata.
—Lineth —saludó Mateo extendiéndole una mano, pero ella fue más allá
y le besó la mejilla—. Te presento a Fabián, mi amigo.
—Así que, terminaste trayendo refuerzos, ¿no? nunca creí que fueras tan
cobarde —Mateo sonrió para nada avergonzado.
—La honra de un hombre casado es un bien muy precioso. Fabián, ella es
Lineth Casablanca —Fabián asintió mirándola con una sonrisa cortés y le
extendió la mano.
—Fabián Magliani —Lineth lo miró al fin.
—¿Magliani?
—Sí, señora.
—¿De esos Magliani? ¿Los Magliani dueños de una cervecería, dos o tres
bancos, una empresa generadora de energía, otra cadena de hoteles, y que
quisieron apropiarse de una empresa chocolatera y fracasaron? —Fabián
sonrió sorprendido.
—Sí, ese Magliani.
—Es casi tan poderoso como tú —le dijo Lineth a Mateo, pero éste se
encogió de hombros.
—¿A quién le importa?
—¿Y cómo sabes todo eso?
—Estoy en el medio —dijo Lineth poniendo sus manos en su estrecha
cintura. Miró en derredor buscando alguna mesa—. Y el conocimiento es
poder.
—Lineth está planeando tomar la presidencia de sus empresas cuando su
padre se haya retirado —comentó Mateo bajándose de su butaca y caminando
hacia una mesa que Lineth señalaba.
—El asunto es simple —contestó ella ante la mirada interrogante de
Fabián—, yo trabajaré y mi marido será el amo de casa—. Fabián sonrió.
—¿Es así?
—No me hago muchas ilusiones con esos asuntos. Los hombres
interesantes ya tienen sus propios negocios que atender.
—Entonces, ¿te casarás con un hombre poco interesante, según tú, para
conservar tu negocio?
—Así es la vida. ¿Quieres casarte conmigo? —Fabián se echó a reír, pero
Mateo le tocó el hombro.
—Lo dice en serio.
—¿De verdad? Eres formidable. No esperé obtener una propuesta de
matrimonio esta noche.
—Pero no te gusto. ¿Verdad? —Fabián elevó sus cejas. Llegaron hasta un
reservado casi en la penumbra y Lineth se sentó mirándolo y cruzando sus
piernas.
—Eres guapísima —admitió él.
—Oh, por supuesto. Te acostarías conmigo esta misma noche, pero no te
gusto más allá de eso.
—Esta mujer es fascinante —aseguró Fabián mirando a su amigo.
—Tú lo has dicho —Lineth se echó a reír, y un camarero llegó al lugar
para tomar sus pedidos. Mateo fue el único que pidió bebida sin alcohol.
—¿Y eso? —preguntó Lineth—. ¿Estás en período de abstinencia?
—Ya se bebió un whiskey solo y doble —acusó Fabián—. Ninguna
abstinencia.
—Mañana iré a ver a Eloísa, así que me conviene estar sobrio y bien
dormido.
—Por supuesto, ahorras energías ahora para agotarlas mañana. Bien
pensado. Pero, ¿por qué están separados? No entiendo eso. Debe ser que
nunca me he enamorado y esas cuestiones son para mí más enredadas que las
matemáticas en chino.
—Vamos —se defendió Mateo—, es horrible para ella ver cómo acuso a
su padre y lo encarcelo.
—¿Y es horrible para ti tratar con la hija del asesino? —inquirió Lineth, y
Mateo hizo una mueca.
—Eso lo comprobaré mañana. Será la primera vez que nos veamos con
calma y a la luz del día luego de lo ocurrido.
—Son un par de tontos —opinó Fabián recostándose al mueble—.
Separados o juntos, sufren, entonces, ¿qué importa?
—Juntos se exponen a decir cosas desagradables que luego no podrán ser
borradas —dijo Lineth mirando a Mateo de manera analítica—. Por muy
fuertes que parezcan las relaciones, hay que cuidarlas, y a veces, cuidarlas
significa sacrificarse un poco.
—Sabes —comentó Fabián mirándola con su cabeza ladeada—. Ya me
gustas más —Lineth le pegó en el hombro riendo.

—Tenía la esperanza de que las cosas fueran mal entre Mateo y su esposa
—dijo Lineth en voz alta, y Fabián la miró ceñudo.
—¿Disculpa? —Lineth se echó a reír. Ella se preciaba de ser una mujer
libre, de decir lo que pensaba y hacer lo que le venía en gana. Tenía su propio
código moral, y había reglas que ni ella misma era capaz de saltarse. Se
preguntaba si Fabián entendería algo así. Solían acusarla de ser una mujer
con mente de hombre, de ser demasiado franca y liberal.
Mateo acababa de dejarlos en el parqueadero cerca al bar, y se había ido
diciendo que no quería acostarse tarde esta noche. Casi iba silbando ante la
expectativa de ver a su esposa mañana. Debía ser bonito enamorarse.
—Vamos, no me mires así —le pidió a Fabián, que no dejaba de mirarla
asombrado.
—Mateo te gusta—. Lineth hizo una mueca.
—Sí, me gusta, pero está enamorado de otra. Qué desperdicio.
—Eloísa te mataría si te oyera hablar así. No creo que ella lo esté
desperdiciando.
—Claro que sí. Mira que estar separados…
—Hace unos minutos te mostraste de acuerdo.
—Lo siento, pero, en el fondo pienso que si Mateo fuera mío, no lo
soltaría ni un minuto—. Fabián suspiró.
—Y si hubiese sido tu padre quien diera la orden de matar a Paloma, la
madre de Mateo, ¿cómo te sentirías cuando él lo meta a la cárcel? —Lineth
se giró a mirarlo como si no se creyera que él se atreviera a poner a su padre
en semejante ejemplo, y luego, haciéndose la pregunta a sí misma.
—Dios, horrible. Y Mataría a la que intentase aprovecharse de la situación
—. Eso hizo reír a Fabián, que se encaminó a su propio auto desactivando la
alarma antirrobo. Lineth vio el viejo Chevrolet y frunció el ceño—.
¿Mentiste, o en verdad eres el Magliani de los que hablé?
—Claro que sí… Ah, ¿lo dices por mi auto? Que sea un Magliani no
implica que también sea millonario.
—¿Por qué?
—No me llevo bien con el jefe de la familia —sonrió Fabián con un poco
de tristeza.
—Tu abuelo. ¿Lo odias?
—No. Él me odia a mí. Soy el fruto de la fornicación de mi madre, un
bastardo, y le tocó a él criarme, así que no hago parte de los herederos.
Trabajo por mi propio sueldo, y, aunque estoy creciendo, todavía no puedo
darme lujos como un auto último modelo. ¿Es bueno el conocimiento que te
doy?
—¿Te casarías conmigo? —Fabián soltó la carcajada.
—Lo siento —dijo cuando ya se hubo calmado—. Quiero casarme
enamorado —ella se cruzó de brazos haciendo un bonito puchero. Tampoco
se acostaría con ella, pensó mirándolo. Era guapísimo, pero, al haber ella
declarado que le gustaba Mateo, él jamás la tocaría. Suspiró lamentando ser
tan bocazas, ahora se perdería de lo que podría haber sido una buena noche
de sexo sin compromisos con este tipazo—. ¿Trajiste auto? —preguntó él, y
ella asintió.
—Si hubiera dicho que no, ¿qué habrías hecho?
—Te habría llevado en el mío hasta tu casa, por supuesto—. Eso hizo que
sus ovarios se retorcieran un poco. Era atento y caballero; los orgasmos con
él habrían estado garantizados.

Eloísa cerraba el pequeño bolso con los pocos trapos que había metido.
Aunque no pensaba demorarse mucho en Bogotá, no sabía qué tan cansada
estaría al final del día, si decidiría pasar la noche allá o no. Mejor prevenir, y
metió ropa interior, un pijama y un par de blusas más.
—Señorita Eloísa… —la llamó una de las mujeres del servicio. No había
caso, aunque les había dicho que el término adecuado era “señora”, pues
estaba casada, ellas seguían llamándola señorita. Las viejas costumbres eran
difíciles de quitar.
—¿Pasa algo, Tere?
—Un joven está aquí y la busca.
—¿Qué joven?
—Dice que es su esposo —Eloísa se dio la vuelta casi como un trompo.
—¿Dijo su nombre?
—Mateo Aguilar.
—¿Có… cómo es?
—Alto… piel trigueña, pelo oscuro… —Eloísa salió de la habitación
como una exhalación, y se encontró a Mateo en el vestíbulo de la casa de sus
padres. Era él, no un invento de las muchachas del servicio. Al verla, él le
sonrió, y antes de que terminara de extender sus brazos a ella, Eloísa se lanzó
a él.
Había pensado que le diría un par de cosas desagradables cuando lo viera,
que lo odiaría, que no querría verlo, pero no era cierto; su cuerpo nunca había
estado tan completo como en este momento, que era rodeado por los brazos
de Mateo, su esposo.
—¡Viniste! —lloró ella—. Oh, Dios, ¡estás aquí!
—Claro que vine. No me aguantaba un día más sin verte.
—Pero… pero… No me avisaste, y… las cosas allá.
— “Las cosas allá” hoy no existen, Eli. Hoy sólo somos tú, yo y el bebé…
que, por cierto, ¿cómo está? —ella sonrió ampliamente y le tomó la mano
para ponérsela en su vientre.
—Ya lo puedo sentir.
—¿En serio? ¿No es muy pequeñito aún?
—Sí, consulté y no debe medir más de cinco milímetros, pero ya lo siento,
Mateo; no literalmente, pero, sé que está aquí ¡y lo amo tanto! —él se inclinó
a ella y la besó.
—Y yo te amo a ti—. Ella cerró sus ojos y lo volvió a abrazar. Iba a decir
mil cosas, todas bonitas, pero se quedaron atragantadas en su garganta
cuando recordó el motivo por el cual estaban separados.
No, no quería pensar en eso. Hoy nada de eso importaba. Un día de dulce
anestesia, por favor, le pidió a su cerebro, y se separó de él sonriéndole.
—¿Me vas a llevar a Bogotá entonces?
—Sí.
—¿Y te quedarás conmigo durante los exámenes y todo?
—Todo, todo.
—Gracias a Dios.
—¿Te has estado cuidando? ¿Te has alimentado bien?
—Bueno…
—¿Bueno? ¿Qué significa ese bueno?
—¿Viniste a regañarme?
—Si te lo mereces, no dudes de que lo haré. ¡El primer mes es muy
importante!
—He estado cuidándome, hombre. Ángela me recomendó un suplemento
vitamínico que ella tomó en su primer embarazo, que también fue… —ella se
quedó en silencio, como si fuera a decir alguna palabra que a él le disgustaría
—. Pero estoy bien. Fuera de los malestares normales, no ha habido ningún
otro síntoma. Y hoy el médico me dirá cómo estará el bebé. Será la primera
ecografía.
— ¿A qué horas es tu cita?
—En la tarde. Tengo tiempo aún, pero ya tengo la maleta lista.
—Bien, entonces, vamos.
—Espérame aquí; voy por ella —ella se giró para dirigirse a su habitación,
pero él la tomó del brazo, la pegó a él y volvió a besarla.
—Te he extrañado muchísimo —ella lo miró a los ojos, sabiendo que él se
refería las muchas maneras en que un hombre podía extrañar a su mujer, y su
corazón retumbó en su pecho.
Ah, ella también. Sí, sí, sí. Y sus hormonas embarazadas querían
arrancarle la ropa y usar su hermoso cuerpecito a placer. Se mordió el labio
inferior, y, aunque no dijo nada, él lo pudo adivinar por el brillo en su mirada.
—Cuidemos primero del bebé —le dijo—. Luego cuidaré yo de ti —eso le
hizo sonreír, y ahora sí, se giró para ir por su pequeño maletín. Iba a ser un
día fenomenal.
¿Quién sabe? Tal vez luego de este día, decidieran que el resto del mundo
podía irse a la mierda y quedarse juntos los dos.
…32…
—Adivina quién ha regresado a Trinidad —Le dijo Alberto Almeida a
Camilo Mendoza, que miró a su amigo de reojo. No le importaban este tipo
de chismes y se preguntaba por qué Alberto se lo comentaba tan de la nada,
pero la sonrisa que tenía parecía llena de expectativa, lo que hizo que le
picara la curiosidad.
—Quién.
—Tu ex… Eloísa Vega.
— ¿Quién?
—La chica de las piernas interminables, ¿lo recuerdas? ¿O es que ya lo
olvidaste? —Camilo entrecerró sus ojos, y poco a poco una sonrisa de
anticipación fue apareciendo en su rostro.
—Elo, ¿eh? ¿De verdad está aquí?
—En la casa de sus padres.
—¿Sola?
—Eso parece. La vi el otro día en la farmacia, y no estaba la mamá, ni
nadie más, sólo ella.
—¿Y qué habrá sido del marido?
—Cómo. ¿Eloísa tiene marido?
—Según.
—Pues aquí está sola.
—Entonces, o las cosas no están bien entre los dos, o es mentira lo de que
se casaron.
—Todavía no la olvidas, ¿no?
—Ah, créeme que por largos años no le dediqué ni un pensamiento, pero
ahora no hacen sino insistir en meterse en mi camino. Mira que venirse a
Trinidad justo en los días que yo estoy aquí. Parece mandado por el destino.
—Pero… —titubeó Alberto, y tuvo que carraspear antes de continuar—
¿la quieres para ti solo? ¿O esta vez podemos hacer algo más que ver un
video? —Camilo se echó a reír.
—Esa putita debe haber estado en brazos de al menos unos diez. No me
importará dejártela luego. Al fin, que siempre te estás comiendo mis sobras
—. Alberto sonrió sin sentirse ofendido por eso, y la sonrisa casi le raja la
cara de pura expectativa. Eloísa era ardiente, lo sabía por el video que años
atrás había visto. Ah, se le ponía dura de sólo imaginárselo.

En el auto, camino a Bogotá, Eloísa llevaba una sonrisa boba en el rostro.


Miraba de vez en cuando a Mateo de reojo, y a veces lo descubría a él
mirándola a ella.
—Es in