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El “miedo al otro en la ciudad”

De la normalidad de los dominadores


y el rechazo de lo normado de los dominados

Por: Mónica Vargas Aguirre


Distancias físicas y temporales máximas o mínimas solo me recuerdan que el
amor verdadero es eterno e inconmensurable

El surgimiento de las grandes ciudades cambió el carácter del miedo, este


pasó a ser parte del espacio dentro de las murallas de la propia urbe con el
agravante que la magnitud de estas no permite el encuentro cara a cara, lo
que modifica a su vez la forma de establecimiento de parámetros de
normalidad y de sanción, ahora estos son definidos por medio de
instituciones especialmente creadas para ello y que se suponen
representativas del sentir ciudadano.

El carácter del control de los fenómenos que causaban miedo en aquellos


espacios que concentraban una gran cantidad de población, por tanto,
cambió de una época a otra, en principio se actuaba con la segregación o
eliminación de aquellos portadores de las causas del miedo (en la ciudad
amurallada los leprosos quedaban fuera y los ladrones eran colgados en la
plaza pública), hoy en las grandes urbes sin fronteras físicas visibles se actúa
de otro modo menos evidente pero igualmente segregador y violento, se
actúa, en palabras de Foucault , con “disciplinamiento social”,
disciplinamiento que con el advenimiento de la globalización neoliberal y el
derrumbe de los socialismos históricos intenta ser cada vez más
homogeneizante y extendido.

Este intento sin embargo, se produce en un contexto en el cual la persona es


cada vez más conciente de sus derechos, incluido el de la libertad, la
población mundial aumenta su nivel educacional, la información se masifica
por medio del teléfono, la televisión y la Internet lo que trae como correlato
el aumento de los niveles de conciencia de derechos, estos ya no son solo
conocidos sino que exigido. Sin embargo, la evidente crisis sociopolítica y
económica provocada por el liberalismo, la caída de los socialismos históricos
y el franco retroceso del cristianismo como alternativa política ha traído
consigo una crisis espiritual y valórica en las sociedades que hacen difícil la
definición de los derechos exigibles para todos por igual ya no existe “una”
forma de ser bueno o malo, se derrumban las visiones de mundo, de la
historia y de la política. La crisis material por su parte se manifiesta en el
agotamiento de los recursos planetarios y por tanto en el agotamiento de la
idea de progreso ilimitado de la sociedad y en las desigualdades que produce
el sistema neoliberal predominante en la mayoría de las sociedades
occidentales, la crisis valórica a su vez se hace ostensible en la relativización
de lo bueno y lo malo, bello y lo feo. A este fenómeno algunos autores le han
denominado la “crisis de la modernidad” que no es más que la confluencia de
la crisis material y valórica del sistema social.

Esta crisis produce divisiones irreconciliables entre clases sociales en donde


los desencuentros a su vez generan un fenómeno denominado “miedo al
otro”, ese miedo es enfrentado por aquellos que ostentan el poder
combinando el intento de un fuerte disciplinamiento social con una
segregación de los espacios con fronteras físicas invisibles pero manifiestas,
la combinación perfecta entre violencia explícita y violencia simbólica diría
Bourdieu. Sin embargo, la aplicación conjunta de estas dos formas de control
es altamente peligrosas para la estabilidad de las sociedades modernas, de
ello hoy en día Santiago de Chile es un claro ejemplo en donde la violencia es
generada por la atomización de una sociedad compleja, la segregación actúa
como una barrera invisible que no permite el encuentro entre perspectivas
diversas. Las instituciones creadas con el objetivo de establecer los
parámetros de normalidad y las sanciones a los transgresores, están siendo
ocupadas por una parte de la población (que dicho sea de paso habita en un
territorio específico de la ciudad, formado por las 5 comunas del área
oriente) y no por representantes de la diversidad que constituye la sociedad
posmoderna. Lo anterior trae como consecuencia el establecimiento de
parámetros estandarizados, acordes solo al modo de vida de la clase
dominante, dejando fuera a gran parte de la población . La segregación
urbana como manifestación palpable de un fenómeno de diferenciación
absoluta no permite hacer la reflexión a quienes están involucrados en este
proceso, dado que para ellos los “otros” simplemente no existen, estos están
invisibilizados en cifras y datos dejando de ser parte del cotidiano de quienes
toman las decisiones.

Para los otros (los habitantes de las restantes comunas del país), aquellos que
están fuera de la esfera de la toma de decisiones es cada día menos legítima
la norma impuesta (la cual en la mayoría de los casos es además,
desconocida), esta norma es vista como una norma externa, no propia ni
apropiada, se la ve fuera del contexto en el que se desenvuelven, la norma
no es lo normal sino la excepción. Esta distancia respecto de la norma se
manifiesta tanto en el ámbito de lo individual como en el colectivo, cada
individuo autojustifica su transgresión de modo tal que no se le produzca una
disonancia cognitiva, cada grupo específico maneja sus propios códigos
normativos que están incluso por sobre la norma social. Este segmento de la
población sin embargo, externamente está expuesto a las sanciones fuera de
su propio territorio y es vulnerable dado que no tiene redes de contactos con
aquellos que toman decisiones y aplican la ley.

Existe otro grupo dentro de la sociedad que si bien no se encuentra


directamente inserto en la esfera de la toma de decisiones políticas, posee un
poder económico y de relaciones sociales de tal envergadura que les permite
situarse por sobre la normatividad colectiva, para este grupo la norma y la
sanción son conocida, aceptadas y hasta promovidas para ser aplicadas al
resto, mas no para este grupo en sí, el nivel de influencias que este conjunto
posee les permite moverse con una cierta tranquilidad en los márgenes de la
legalidad sin recibir sanción cuando pasan la línea al lado de la trasgresión,
dicha trasgresión en este caso es conciente y no produce les disonancia dado
que se piensan y saben por sobre la norma colectiva. Externamente la
aplicación de la legalidad, dentro o fuera del territorio propio donde se
mueve este grupo, es relativizada y ajustada al poder de influencias o el
dinero de quienes transgreden.

Es interesante destacar además que es este segundo grupo quien promueve


la democracia ya no como filosofía de vida sino que como una estrategia de
dominación, asemejando democracia a un Estado en donde el control
punitivo se presenta como fundamental, control que como mencionaba
anteriormente no los alcanza. Esto no solamente sucede en Chile, Bourdieu
señala por ejemplo que “En los Estados Unidos se asiste a un desdoblamiento
del Estado: por un lado, hay un Estado que asegura ciertas garantías sociales,
pero solo para los privilegiados, suficientemente garantizados para dar
seguridades y garantías, y por otro, un Estado represivo y policial para el
pueblo”… “Se trata en este caso de una especie de realización del sueño de
los dominadores, un Estado que como ha mostrado Loïc Wacquant, se reduce
cada vez más a su función policial” . Se puede ver entonces que este
fenómeno está ocurriendo masivamente en las sociedades regidas bajo la
economía neoliberal y que utilizan a la democracia como un subterfugio para
la dominación.

En este contexto internacional, la democracia entonces, no cumple con los


requisitos necesarios para constituirse como tal, es decir como un sistema de
deberes y derechos más que como un régimen de gobierno, esto trae
consecuencias impensadas en la convivencia al interior del espacio urbano.
En la “democracia neoliberal” no hay una participación efectiva de la
población en la formulación y ejecución de las políticas de gobierno, estas
están vedada para una gran mayoría, sólo los grupos privilegiados pueden
acceder a la toma de decisiones, el resto de la población es convencido de
que participar es votar, y de que elegir a un representante enajena la
posibilidad de participación directa. En Chile además, el argumento al que se
apela en el discurso de los que sustentan el poder invoca subrepticiamente a
la dictadura militar como a un fantasma del que nadie se quiere acordar pero
que todos le temen porque aun está presente en la institucionalidad del país
y se presenta amenazante ante cualquier intento de cambiar el estatus quo
de la nación, Chile se nos presenta hoy como un país en el que una
gobernabilidad sistémica eficiente oculta las deficiencia de la gobernabilidad
democrática, que dicha sea de paso es la verdadera democracia. El riesgo de
no aventurarse a cambios radicales que permitan ampliar esta idea
restringida de democracia, está en el desprestigio y la pérdida de legitimidad
cada vez más evidente de esta forma de gobierno con un sustantivo aumento
del prestigio de las acciones violentas físicas y simbólicas en función del logro
de objetivos. El “todo vale” se instala silencioso en la sociedad chilena, la
ciudad por ejemplo se divide en los “unos” y los “otros” donde no existen
espacios de encuentro alejándose día a día la posibilidad de la generación de
un lugar construido entre todos y todas y donde todos y todas caben en
igualdad de deberes y derechos.

Nuestra democracia tampoco es capas de cautelar una entrega de


información a todos los ciudadanos por igual, si bien es cierto en teoría existe
libertad de prensa y hay una voluntad por parte de la presidenta de
transparentar la gestión del Estado, no es menos cierto que la propiedad de
los medios de comunicación está en manos de unos pocos grupos
económicos y que el periodismo alternativo no cuenta con los recursos
necesarios para contrarrestar la avalancha informativa de los grupos
dominantes. La televisión es el mejor ejemplo de esto, siendo este medio el
más visto por la población es prácticamente imposible que aparezca en la
pantalla un discurso que no esté acorde con los valores que sustentan el
sistema dominante y desde los comerciales a los programas de concursos se
fomenta la competencia y la satisfacción individual de necesidades reales o
creadas, basta con observar detenidamente algunos comerciales en los que
no importa que otro sufra si el individuo puede tener el placer de solazarse
con algún producto específico, basta con contar en la televisión abierta el
número de comerciales que mencionan la palabra solidaridad y compararlo
con los que mencionan la palabra individuo o individual (pack individual,
disfrútalo solo, cotización individual, etc.), evidentemente esto no es una
estrategia planificada para imponer determinados valores a las sociedad
chilena, más grave aun, nadie cuestiona esta dinámica porque el
individualismo a pasado a ser parte de nuestra doxa. En cuanto a la
transparencia de la entrega de información por parte del Estado, las buenas
intenciones se ven limitadas de nuevo por una doxa dominante que permite
que algunos crean que son los iluminados y que no es necesario que la
información acerca de las decisiones tomadas esté acompañada de las
alternativas existentes, esto se basa en la idea de que realizar dicho ejercicio
requiere la inversión de un tiempo innecesario en promover la participación
que puede ser utilizado en temas más útiles y en la idea también de que la
población no cuenta con las herramientas educacionales y el criterio
suficiente para saber lo que necesita. El impacto que esto ha tenido en el
espacio urbano se hace evidente en el diseño de las políticas sociales de
vivienda y urbanismo en las cuales por mucho tiempo no se consideró la
realidad específica de cada poblado diseñando programas aplicados
estandarizadamente a todo el país con las consecuencias que ya conocemos
de ineficiencia y segregación de los espacios.