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Planeta saturado

Por Frei Betto *

Según el doctor en demografía José Eustáquio Diniz Alves, de la Escuela Nacional de


Ciencias Estadísticas (Instituto Humanitas Unisinos, 31 de octubre de 2019;
Ecodebate, 30 de octubre de 2019), la humanidad ya ha agotado la biocapacidad de la
Tierra. En 1961, el mundo tenía un superávit ambiental de 2 mil 600 millones de
hectáreas globales (hag)*.

Debido al crecimiento demo-económico, el superávit se transformó en déficit a


partir de la década de 1970. En 2016, la huella ecológica total de 20 mil 600
millones de hag[1] ha superado la biocapacidad total de 12 mil 200 millones de hag.
Por tanto, el déficit ecológico es de 8 mil 400 millones de hag. La Tierra tiene
una sobrecarga del 70%.

Es erróneo creer que la devastación ambiental solo es resultado del consumo de las
naciones ricas. La sustentabilidad ecológica depende también de la cuestión
demográfica, agravada, sobre todo, por las naciones más pobres. Según el Global
Footprint Network, en 2016 la población de altos ingresos era de mil 130 millones
de habitantes, con una huella ecológica per cápita de 6 gha (la huella ecológica de
los Estados Unidos es de cerca de 8 hag). Es un índice elevado, aunque menor a los
8 mil 400 millones al déficit global existente ese año.
El “presupuesto de carbono” se agotará. El mundo tiene de plazo hasta el 2030 para
reducir a la mitad sus emisiones, y hasta el 2050 para eliminar las líquidas.

Alves señala que, aunque se eliminara todo el consumo de los ricos, el resto de la
población mundial (sin los ricos) seguiría teniendo un déficit ambiental de cerca
de mil 600 millones de gha. O sea, si las personas de altos ingresos del mundo
fueran “eliminadas mediante un pase de magia”, aun así el resto de la población
mundial tendría una huella ecológica total de 13 mil 800 millones de hag, para una
biocapacidad global de 12 mil 200 millones de hag. Sin los ricos, el planeta
continuaría teniendo un déficit ambiental del 13% (un gasto correspondiente a 1,3
planetas).

El autor nos propone que nos imaginemos un mundo con el mismo nivel de consumo. Y
que, gracias a los avances tecnológicos y un estilo de vida frugal, el impacto
fuera mucho menor; por ejemplo, una huella ecológica de solo 2 gha por habitante
(inferior a la huella ecológica de 2,75 gha del mundo en 2016).

Considerando que la biocapacidad total de la Tierra es de 12 mil 200 millones de


gha, ¿existiría sustentabilidad ambiental en ese escenario de una huella ecológica
media de solo 2 hag? Sí, habría un superávit ambiental si la población fuera
inferior a los 6 mil 100 millones de habitantes. Pero una población de casi 8 mil
millones como la que se avizora, viviría con un déficit ambiental. Aunque la huella
ecológica per cápita mundial fuera de 1,75 hag (como la de Papúa Nueva Guinea en
2016), solo se produciría un superávit ambiental con una población inferior a los 7
mil millones de habitantes.

Por tanto, la solución consiste en reducir el número de emprendimientos con fines


de lucro para posibilitar la restauración de la vida natural. Y superar una
dualidad: ¿reducir el consumo o el crecimiento de la población? Es necesario
reducirlos ambos, aunque sin adoptar políticas que den por resultado el exterminio
de los pobres.

Según Thodore P. Lianos (2018), el punto de equilibrio ambiental estaría en una


población global de cerca de 3 mil millones de habitantes. H. Daly (“Ecologies of
Scale”, New Left Review 109, 2018) sugiere que la población debería mantenerse
estable en un nivel compatible con el equilibrio ecológico, o sea, 3 mil millones
de habitantes. Eso sería posible si se estimulara a cada familia a tener menos de
dos hijos. Lo que se obtendría elevando el nivel de educación de la población en
general.

Desde el punto de vista climático, el mundo tiene de plazo hasta el año 2030 para
reducir a la mitad las emisiones de CO2, y hasta 2050 para eliminar las emisiones
líquidas, porque el “presupuesto de carbono” se agotará. El decrecimiento
poblacional es necesario para evitar el colapso ambiental y aminorar los daños de
una grave crisis ecológica. Pero no es suficiente. Es necesario también reducir el
consumo y cambiar el estilo de vida.

En resumen, no basta culpabilizar a los ricos y victimizar a los pobres. El


esfuerzo encaminado a evitar el colapso ambiental tendrá que ser de todos, aunque
haya responsabilidades diferenciadas.