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EL INFIERNO

Sumario
1. Introducción
2. Nociones generales
3. El infierno en la Sagrada Escritura
3.1 En el AT
3.2 En el NT
4. El infierno en la Tradición de la Iglesia
4.1 El infierno en los Padres de la Iglesia
4.2 El infierno en la liturgia de la Iglesia
4.3 El infierno en el pensamiento de los santos
5. El infierno en el Magisterio de la Iglesia
6. Reflexiones teológicas
6.1 El estado de condenación; las penas del infierno
6.2 Críticas al infierno
6.3 ¿Cómo hablar del infierno?

1. Introducción

En este capítulo desarrollamos el aspecto más misterioso de la escatología: la


condenación eterna. A nadie le gusta hablar del infierno pues su sola mención lleva
consigo una cierta turbación interior. Decir que un hombre por toda la eternidad vivirá
alejado de Dios y ello llevará consigo un eterno sufrimiento nos parece demasiado duro;
sin embargo, como veremos en este capítulo, el infierno es una verdad de fe
fundamentada en los datos bíblicos y la Tradición de la Iglesia. Se trata de un auténtico
misterio cuya raíz es el mal uso de la libertad. Por ello, conviene volver a señalar lo
dicho en el capítulo anterior donde explicamos el cielo: Dios quiere la salvación de
todos los hombres (Cfr. 1 Tm 2, 4), luego el infierno aparece como un estado contrario a
la voluntad de Dios, es fruto del pecado. Por eso, hablar del infierno es hablar de la
malicia del pecado que lleva al hombre a un estado de alejamiento de Dios.

2 Nociones generales

El «infierno»1 es el estado escatológico propio de quien muere en pecado mortal


sin haberse arrepentido. Es, por tanto, consecuencia de la negación voluntaria del
hombre a abrir su corazón a Dios y preferir aferrarse al pecado. El infierno es un estado
de condenación eterna y cuya esencia es: «la no comunión eterna con Dios». Así como
la esencia del cielo es vivir eternamente con la Trinidad, lo esencial en el infierno es
carecer por siempre de esta comunión y por tanto vivir eternamente sin haber alcanzado
el fin último. No olvidemos que venimos de Dios y vamos hacía Él, por ello,
condenarse eternamente es ir en contra del plan de Dios.

1
Infierno viene de la palabra latina infernus que significa «de abajo» o «de las regiones inferiores». Debe
distinguirse el «infierno» que es lo propio del estado de condenacíon eterna de los «infiernos» que se
denomina al estado propio de los muertos antes de la venida del Señor. Es verdad de fe que Cristo bajo a
los «infiernos» luego de su muerte para rescatar a los justos del AT.
2 EL INFIERNO

Al infierno también se le llama «muerte eterna» y no porque el condenado


desaparezca pues sabemos que el alma pervive hasta la resurrección sino porque en ese
estado todo el ser del hombre estará eternamente insatisfecho. Al vivir eternamente
alejado de Dios: Verdad, Bien, Belleza, Amor, es imposible que criatura alguna pueda
ser feliz.

Es necesario señalar que el infierno no es voluntad de Dios sino fruto de la mala


voluntad de las criaturas racionales: los ángeles y los hombres. Debemos remarcar que
Dios no creo el infierno, ha sido la mala voluntad de los ángeles y los hombres quienes
establecen un estado de eterna separación con la fuente de la vida y del amor. Con la
muerte y resurrección del Cristo se creó el cielo para los hombres y esa es la voluntad
de Dios para todos; en cambio el infierno no es creación divina2.

3 El «infierno» en la Sagrada Escritura

3.1 El «infierno» en el AT

En el AT no nos encontramos con una revelación explicita sobre el infierno,


puesto que se nos habla de que todos los muertos van al sheol —en griego hades, en
latín inferni—. Sin embargo, siempre se distingue la suerte de los justos de los impíos.
De esta manera, se enseña que el destino post mortem está en relación directa con la
vida terrena; por eso, el hombre impío recibe su justa remuneración en la otra vida.
Veamos las ideas más importantes relacionadas con el infierno.

1- El pecado aleja al hombre de Dios. Desde el relato del pecado original, el


pecado aparece como único causante de la separación del hombre con Dios. Es muy
simbólico el hecho que nos narra el génesis de que Yahvé puso un ángel en el paraíso
para evitar que Adán y Eva entren al paraíso, es una forma de decir que por el pecado
los hombres pierden el ámbito de la comunión con Dios, y por tanto de la «vida eterna».

«Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines, y la llama de
espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida»3.

2- Las consecuencias de los pecados de los hombres aparecen siempre como


funestas. A lo largo de los diversos textos del AT se percibe que los pecados personales
llevan consigo verdaderas desgracias incluso cósmicas, así por ejemplo es el caso del
diluvio (Cfr. Gn 6, 7). El pasaje de la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra
nos enseña que la maldad de los hombres es la verdadera causa de las desgracias: Dios
no puede bendecir nunca el pecado de los hombres.

«Dijo, pues Yahvé: El clamor de Sodoma y de Gomorra es grande; y su pecado gravísimo. Ea,
voy a bajar personalmente, a ver si lo que han hecho responde en todo al clamor que ha llegado hasta mí,
y si no, he de saberlo»4.

2
«El infierno no es creación de Dios. La voluntad divina respecto a él es idéntica respecto al pecado,
supuesto que la muerte eterna no es sino fruto del pecado. Ahora bien, es evidente que Dios no puede
crear ni querer el pecado. Luego tampoco puede crear o querer el infierno. el cielo sólo puede existir
como don de Dios; el infierno sólo puede existir como fabricación del hombre». J.L. RUÍZ DE LA
PEÑA, La pascua de la creación, Madrid 22002, pp. 235-236.
3
Gn 3, 24.
4
Gn 18, 20.
EL INFIERNO 3

La historia del pueblo elegido nos enseña que todas las desgracias que sufre son
efectos de sus pecados: la división del Reino, la caída de Samaria, la cautividad
babilónica, la invasión siria, etc. En los oráculos de los profetas encontramos una
constante enseñanza: si el pecado persiste en el pueblo elegido el futuro será realmente
sombrío, de ahí el llamado a la conversión que hacen los profetas.

«! Ay de ellos que de mí se han alejado! ¡Ruina sobre ellos por haberse rebelado contra mí!»5.

3- El pecador nunca es visto con agrado por Dios. El AT nos enseña que si el
justo es agradable a los ojos de Yahvé, por el contrario, el hombre pecador nunca agrada
a Dios. Así, en los libros de los Reyes se nos habla que aquellos reyes que no eran fieles
a la alianza hicieron el mal a los ojos de Yahvé.

«Ocozías, hijo de Ajab comenzó a reinar sobre Israel, en Samaría, el año diecisiete de Josafat,
rey de Judá y reinó dos años sobre Israel. Hizo el mal a los ojos de Yahvé…. Sirvió a Baal y se postró
ante él, irritando a Yahvé Sebaot…»6.

«En el año treinta y siete de Joás, rey de Judá, comenzó a reinar Joás, hijo de Joacaz, sobre
Israel, en Samaría; reino diecisiete años. Hizo el mal a los ojos de Yahvé no se apartó de ninguno de los
pecados con que Jeroboam, hijo de Nebat, hizo pecar a Israel, sino que anduvo con ellos»7.

4- Al pecador impenitente le espera lo más profundo del sheol. En el AT se


enseña que el destino del pecador es lo más profundo del sheol. Debemos decir que los
judíos hablaban de tres ámbitos: cielo, tierra y sheol. El cielo es el ámbito de Dios, la
tierra es la morada de los vivos, y el sheol situado en lo más profundo de la tierra es el
«lugar de los muertos». Al sheol van los refaim —sombras—que viene a ser aquello que
«pervive» de los muertos. Aunque los justos y los impíos van al sheol, por tanto a un
ámbito común; sin embargo el impío va a lo más profundo

Isaías refiriéndose al destino de uno de los tiranos enemigos de Judá señala:

«Ya, al sheol has sido precipitado a lo más hondo del pozo»8.

Ezequiel señala que los enemigos de Israel están en lo más hondo del sheol

«Allí esta Azur y toda su asamblea con sus sepulcros en torno a él, todos caídos, víctimas de la
espada; sus sepulcros han sido puestos en las profundidades de la fosa…»9.

En algunos profetas como Jeremías se menciona la gehenna que viene de tres


palabras hebreas: ge ben hinnon, cuyo significado es «valle del hijo de Himnon». Se
trata de un valle o barranco al sur de Jerusalén donde en tiempos de los reyes Ajaz y
Manases (siglo VIII a.c.) se ofrecía niños como sacrificios al dios Molek (cfr. Jr.7, 31;
19, 4-5; 32, 35). Para los israelitas este lugar pasó a ser símbolo de la maldad. El profeta
Jeremías lo llama «valle de matanza» y «lugar de tormentos»; al mismo tiempo,
profetiza que ahí será castigado el pueblo infiel.

5
Os 7, 13.
6
1 R 22, 52-54.
7
2 R 13, 10.
8
Is 14, 15.
9
Ez 32, 22-23.
4 EL INFIERNO

«Por tanto, he aquí que vienen días —oráculo de Yahvé— en que no se hablará más de Tófet, ni
del valle de Ben Hinnon, sino del valle de la Matanza. Se hará enterramientos en Tófet por falta de sitio, y
los cadáveres de este pueblo servirán de comida a las aves del cielo y a las bestias de la tierra… »10.

El profeta Isaías, aunque no señala explícitamente la gehenna, la alude cuando


habla de la restauración mesiánica de Israel. Isaías anuncia que en los tiempos
mesiánicos todos los pueblos irán a contemplar la gloria del Dios de Israel y llevarán
sus ofrendad a Jerusalén pero al salir de la ciudad santa, los peregrinos contemplarán los
cadáveres de los que fueron rebeldes a Yahvé11.

«Y en saliendo, verán los cadáveres de aquellos que se rebelaron contra mí; su gusano no morirá
su fuego no se apagará y serán el asco de todo el mundo»12.

5- El impío resucitará para la muerte eterna

En Dn 12, 2 se habla de que los malvados también resucitarán pero para el


oprobio eterno. En 2 M 7 los mártires manifiestan la esperanza de la resurrección y al
mismo tiempo le dicen al tirano perseguidor que les aguarda un destino infeliz que no es
vida sino muerte.

«Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna,
otros para el oprobio para el horror eterno»13.

«Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados
de nuevo por él; para ti en cambio, no habrá resurrección a la vida»14.

3.2 El «infierno» en el NT

En el NT encontramos la revelación explícita del infiero como real posibilidad.


Es verdad que el mensaje del Señor es salvífico y positivo, pues anuncia la «buena
noticia», pero al mismo tiempo llama a una sincera conversión ya que la impenitencia
final lleva a vivir alejados por toda la eternidad de Dios.

1- Jesús habla con claridad sobre la posibilidad de la condenación. El Señor


habla de la posibilidad real de la eterna condenación en numerosos pasajes. Así por
ejemplo en la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón (Cfr. Lc 16, 16-19) o en la
sentencia del juicio final (Cfr. Mt 25, 31-46). Podemos clasificar las expresiones del
Señor en las siguientes:

1. Expresiones de exclusión eterna en relación con Dios: El pasaje clásico


es el del juicio final: «apartaos de mí malditos al fuego eterno preparado
para el diablo y su ángeles» (Mt 25, 41). En la parábola del amo de la
casa que cierra la puerta: «No se donde sois “retiraos de mí, todos los
agentes de iniquidad» (Lc 13, 13, 27). En la parábola de las vírgenes

10
Jr 7, 32-33.
11
«En esta visión de Isaías no se trata estrictamente del infierno. Lo que los peregrinos ven arder son
cadáveres sin vida. Pero la descripción se hace con los elementos que Jesús utilizará más tarde para
describir el castigo escatológico, es decir, el infierno». C. POZO, Teología del más allá, Madrid 42001,
p.429.
12
Is 66, 24.
13
Dn 12, 2
14
2 M 7, 14
EL INFIERNO 5

sensatas y necias, al llegar el esposo dice a las necias que tocan la puerta:
«En verdad os digo que no os conozco» (Mt 25, 12).
2. Expresiones de muerte: el Señor habla de la condenación como muerte
eterna. Así: «ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la
perdición y son muchos los que entran por ella; más que estrecha la
entrada y qué angosto el camino que lleva a la vida» (Mt 7, 13-14);
«Porque quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por
mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8, 35)
3. Expresiones de lugar: El Señor habla del infierno como hades (Mt 11,
23; Mt 16, 18); «abismo» (Lc 8, 31); gehenna (Mt 5, 22; Mc 9, 43-48)
4. Expresiones de sufrimiento: «fuego inextinguible» (Cfr. Mc 9, 42-43. 47;
Mt 5, 22; 13, 42; 18, 8; 25, 41); «el gusano que no muere» (Cfr. Mc 9,
43); el llanto (Cfr. Mt 8, 12; 13, 42.50; 22, 13; Lc 13, 28; 24, 51; 25, 30);
«el rechinar de dientes» (Cfr. Cfr. Mt 8, 12; 13, 42.50; 22, 13; Lc 13, 28);
«tinieblas» (Cfr. Mt 8, 12; 22, 13; 25, 30); «oprobio» (Cfr. Mt 25, 46).

2. En san Juan la condenación aparece dándose en el momento actual a través


de una mala relación con Cristo. San Juan enseña que quien cree en el Hijo de Dios
tiene ya en el momento presente la «vida eterna»; al contrario, quien lo rechaza incurre
en condenación.

«En el que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino
que la cólera de Dios permanece sobre él»15.

En su primera carta, san Juan resalta que la virtud de la caridad es decisiva para
la salvación eterna, y por eso quien no vive en el amor a Dios y a los demás no puede
merecer la vida eterna.

«…. Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino, y
sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él»16.

3. San Pablo enseña que es imposible heredar el Reino de Dios con pecados
graves. Con claridad el apóstol Pablo presenta una serie de comportamientos
gravemente desordenados que imposibilitan llegar al Reino de Dios. Se trata de una
verdadera exclusión del ámbito de Dios como consecuencia del mal uso de la libertad
humana que opta por el vicio.

« ¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los
impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los
avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces, heredarán el Reino de Dios»17.

«… envidias, embriagueces, orgías, y cosas semejantes, sobre los cuales les prevengo como ya
os previne que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios»18.

«Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso —que es ser idólatra—
participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios»19.

15
Jn 3, 36.
16
1 Jn 3, 14-15.
17
1 Co 6, 9-10.
18
Ga 5, 21.
19
Ef 5, 5.
6 EL INFIERNO

Por su parte san Juan hace una distinción entre pecados que no son de muerte y
pecados de muerte. De esta forma afirma que existen pecados de tal gravedad que nos
privan de la comunión con Dios: llevan a la «muerte eterna».

«Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es de muerte, pida y le dará la vida —a
los que cometen pecados que no son de muerte pues hay un pecado que es de muerte por el cual no digo
que pida— toda iniquidad es pecado, pero hay pecado que no es de muerte»20.

4- En las cartas católicas se enseña que la impiedad, la cual se manifiesta en


obras malas, recibe el justo castigo de Dios. Santiago advierte a los ricos que si no
cambian les esperan verdaderas desgracias.

«Ahora bien, vosotros ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre
vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos apolillados…»21.

En la segunda carta de Pedro se anuncia que en el día del juicio el Señor dará a
los impíos —personificados en los «falsos doctores»22— la justa retribución por sus
vidas desordenadas.

«… El Señor sabe librar de las pruebas a los piadosos y guardar a los impíos para castigarles en
el día del juicio, sobre todo a los que andan tras la carne con apetencias impuras y desprecian al
Señorío»23.

En la carta de Judas se recuerda el castigo que sufrieron las ciudades corruptas


de Sodoma y Gomorra para anunciar a los «falsos doctores» que convierten en
libertinaje la gracia de Dios (Cfr. Judas 4) el destino sombrío que les espera.

«Y lo mismo Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, que como ellos fornicaron y se fueron
tras una carne diferente, padeciendo la pena de un fuego eterno, sirven de ejemplo»24.

5- En el Apocalipsis, el «infierno» es descrito como ámbito de «fuego» y


«azufre». Es el ámbito propio de Satanás, sus secuaces y de los que adoran a la bestia,
es decir los que se han dejado seducir por el maligno. Es, además, un estado de
tormento eterno25.

«Un tercer Ángel le siguió, diciendo con fuerte voz: “si alguno adora a la Bestia y a su imagen, y
acepta la marca en la frente o en su mano, tendrá que beber también del vino del furor de Dios, que está
preparado, puro, en la copa de su cólera. Será atormentado con fuego y azufre, delante de los santos
Ángeles y delante del cordero. Y la humareda de su tormento se eleva por los siglos de los siglos…»26.

20
1 Jn 5, 16.
21
St 5, 1-2.
22
Pedro describe a los «falsos doctores» como: hombres codiciosos (Cfr. 2 P 2, 3), amantes de banquetes
(Cfr. 2 P 2, 13), cegados por las pasiones (Cfr. 2 P 2, 10.14.18), seductores (Cfr. 2 P 2, 14.18.19). Con su
mal comportamiento arrastran consigo a muchos a la perdición. ¿Quiénes son los falsos doctores? Parece
que no se trata de herejes ya organizados en sectas, pero sí son maestros del error.
23
1 P 2, 9-10.
24
Judas 7.
25
«En Apoc 14, 11 se escribe “Y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos” (eij aiwnaj
aiwnwn). De que la expresión “por los siglos de los siglos” significa eternidad en el sentido estricto, no
puede haber la menor duda… no hay modo más fuerte de subrayar el sentido de eternidad de esta
palabra». C. POZO, o.c., p.438.
26
Ap 14, 9-11.
EL INFIERNO 7

«Y el diablo, su seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde están también la Bestia y
el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos»27.

4. El infierno en la Tradición de la Iglesia

4.1 El infierno en los Padres de la Iglesia

1. Los padres apostólicos hablan del infierno como destino propio de quien obra
la iniquidad. Se trata de un ámbito cuyo sufrimiento se expresa como «fuego eterno».

«No erréis, hermanos míos: los perturbadores de las familias no heredarán el Reino de Dios. Si,
pues, aquellos que han obrado estas cosas según la carne, están muertos ¿cuánto más si alguno corrompe,
con prava doctrina, la fe de Dios, por la que Jesucristo fue crucificado? Ese tal está manchado, irá al
fuego inextinguible; de modo semejante, el que le presta oído»28.

«Me amenazas con un fuego que solo abrasa una hora y se extingue pronto; porque tú no
conoces el fuego del juicio futuro y del eterno castigo que espera a los ateos»29.

2. Los padres apologistas resaltan el hecho de que la existencia del infierno lleva
a los hombres a vivir en la virtud y no en el pecado.

«Nadie elegiría el vicio para un breve tiempo sabiendo que iría a la condenación eterna del
fuego; sino que se contendría totalmente y se adornaría de virtud, ya para conseguir los bienes que están
prometidos por Dios, ya para huir de los suplicios»30.

3. En la escuela de Alejandría, Clemente reflexiona sobre el infierno afirmando


que posee un carácter medicinal y por tanto es temporal. Para Clemente, un Dios bueno
no puede castigar eternamente.

Orígenes tomando las ideas de Clemente de Alejandría formula su teoría de la


apokatástasis —apokatastasij—. Para Orígenes las afirmaciones del Señor sobre el
infierno son sólo amenazas para alejarnos del pecado. También enseña que todo ser
espiritual —como son los ángeles caídos y los hombres condenados— siempre es
susceptible de conversión. Por su parte, las penas del infierno son correctivas y
pedagógicas pues acaban cuando la criatura pecadora se convierta.

La postura de Orígenes influyó en Gregorio de Nisa con la diferencia que para el


niseno la apokatástasis lleva consigo la recuperación de los cuerpos, en cambio para
Orígenes el estado final es del «alma separada».

4. Con excepción de los autores anteriores, los demás Padres hablan del infierno.
En Oriente destacan las enseñanzas de san Juan Crisóstomo quien resalta que lo esencial
en el infierno es la pérdida eterna de Dios.

«Desde el momento en que alguien es condenado al fuego, pierde evidentemente el Reino, y ésta
es la desgracia más grande. Sé que muchos tiemblan ante el solo nombre de Gehenna, más para mí la
pérdida de aquella gloria suprema es más terrible que los tormentos»31.

27
Ap 20, 10.
28
SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Ad Eph. 16, 1-2.
29
SAN POLICARPO, Martirio de san Policarpo
30
SAN JUSTINO, I Apología, 12.
31
SAN JUAN CRISÓSTOMO, In Matthaeum homiliae, 23, 7.
8 EL INFIERNO

En Occidente, San Agustín al igual que el Crisóstomo afirma que lo nuclear del
infierno es estar separado de Dios, y esta separación es la fuente de la infelicidad. Al
mismo tiempo, san Agustín afirma que es el pecador el que aniquila el bien que Dios le
dio y que estaba destinado a ser eterno.

«Al igual que el alma es la vida del cuerpo, la “vida bienaventurada” del hombre es Dios. Como
dicen los escritos sagrados de los hebreos “Feliz aquel pueblo cuyo Dios es el Señor” (Sal 144, 15).
Infeliz, por tanto, cualquier pueblo que está divorciado de este Dios»32.

«Se hizo digno de pena eterna el hombre que aniquiló en sí el bien que pudo ser eterno»33.

4.2 El infierno en la liturgia de la Iglesia

Aunque en su liturgia, la Iglesia vive el gozo pascual haciendo verdadera


«fiesta» ante la presencia del misterio pascual de Cristo, no por ello deja de mencionar
en sus oraciones litúrgicas la posibilidad de la eterna condenación. Es verdad que la
Iglesia reza por todos los difuntos sin excepción alguna y las oraciones poseen un
marcado carácter positivo pues avivan la esperanza en la vida eterna; pero menciona en
algunas de sus plegarias la terrible posibilidad de perder a Dios para siempre.

En la plegaria eucarística I, el sacerdote pide a Dios que acepte la ofrenda


eucarística, al mismo tiempo que nos libre de la «eterna condenación» y más bien nos
cuente entre los salvados.

«Acepta Señor, en tu bondad esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa; ordena en tu
paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos»34.

En la oración secreta que hace el sacerdote antes de comulgar el Cuerpo y la


Sangre de Cristo muestra su indignidad y ruega no incurrir en la condenación.

«Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre no sea para mí motivo de juicio y


condenación, sino que me aproveche como defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable»35.

En el responsorio Ne recórderis encontramos la siguiente súplica pidiendo por el


difunto:

«Libra Señor su alma. De las penas del infierno»36.

4.3 El infierno en el pensamiento de los santos

Numerosos santos de la Iglesia han hablado del infierno y no lo han hecho en la


perspectiva del miedo sino en la del amor. Ellos que han sido ejemplos de lo que
significa amar a Dios sobre todas las cosas y a los demás por amor a Dios no han dejado
de mencionar esta realidad. Ésto se explica porque al vivir inmersos en el amor divino
han podido comprender mejor la malicia del pecado que trae la mayor desgracia: estar
separados de Dios. Los santos al haber comprendido la grandeza del amor de Dios han

32
SAN AGUSTÍN, De civitate Dei, XIX, 26.
33
Ibid, XI.
34
Plegaria eucarística I.
35
Oración secreta del sacerdote antes de la comunión.
36
Responso Ne recórderis.
EL INFIERNO 9

podido también comprender mejor que nadie la oscuridad inefable de lo que significa
vivir sin Dios.

Serían innumerables los testimonios que podemos recoger en la vida de los


santos sobre el santo temor a perder por toda la eternidad a Dios. Citemos algunos de
ellos.

«Estando un día en oración, me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía metida en
el infierno. Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado, y
yo merecido por mis pecados»37.

«Sobre todo considera la eternidad de las penas, pues ella sola basta para hacer el infierno
insoportable. Si la picadura de una pulga en una oreja o el ardor de una ligera calentura es suficiente para
que juzguemos largísimo e insufrible el corto espacio de una noche ¡qué espantosa será la noche de la
eternidad con tantos tormentos!»38.

«Los malvados maldecirán eternamente el día en que recibieron el santo bautismo, los pastores
que los instruyeron, los sacramentos que se les fueron administrados…»39.

5. El infierno en el Magisterio de la Iglesia

La existencia y la eternidad del infierno es un dogma de fe. Es dogma que quien


muere en pecado mortal sin haberse arrepentido se condena por toda la eternidad. Lo
que no podemos afirmar con certeza es que hombres están condenados. Sin embargo, no
por ello se puede decir que posiblemente «no habría nadie» pues en el estado del
infierno es verdad que se encuentran los demonios40. Veamos las principales
declaraciones magisteriales

1. En el sínodo de Constantinopla (543 d.c.) denominado también endemousa y


que fue aprobado por el papa Vigilio se condenó la apokatástasis de los partidarios de
Orígenes.

«Si alguno dice o siente que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal y
que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los hombres o de los hombres impíos,
sea anatema»41.

2. En la Profesión de fe del concilio IV de Letrán (1215) se definió de manera


magisterial que el infierno es eterno.

«Ha de venir al fin del mundo, ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y ha de dar a cada uno
según sus obras, tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios
cuerpos que ahora llevan para recibir sus obras, ora fuesen buenas, ora fuesen malas; aquellos, con el
diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna»42.

3. En la profesión de fe de Miguel Paleólogo del II concilio de Lyon (1274) se


habla de las almas que mueren en pecado mortal van directamente al infierno pero
señala que las penas son desiguales para cada una de ellas.

37
SANTA TERESA DE ÁVILA, Vida, 32, 1-4.
38
SAN FRANCISCO DE SALES, Introducción a la vida devota, I, 15.
39
SAN JUAN MARÍA VIANNEY, Sobre el misterio
40
DH 800-801
41
DH 411.
42
DH 801.
10 EL INFIERNO

«Las almas, empero, de aquéllos que mueren en pecado mortal o con sólo el original, descienden
inmediatamente al infierno, para ser castigadas aunque con penas desiguales»43.

4. En la constitución Benedictus Deus (1336) se vuelve a mencionar la existencia


del infierno para quienes mueren en pecado mortal y añade que habrá resurrección de
condenación.

«Definimos además que, según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del
mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son
atormentados con penas infernales, y que no obstante en el día del juicio todos los hombres comparecerán
con sus cuerpos ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus propios actos, “a fin de que cada uno
reciba lo propio de su cuerpo, tal como se porto bien o mal” (2 Co 5, 10)»44.

5. En el concilio de Florencia (1439) se repite lo señalado en el concilio II de


Lyon.

«Pero las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual o con solo el original, bajan
inmediatamente al infierno, para ser castigadas, si bien con penas diferentes»45.

6. En el concilio Vaticano II, la Lumen gentium n.48 utilizando textos del NT


habla con claridad de que debemos vigilar para no incurrir en la condenación eterna46.

«Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario según la amonestación del Señor que
velemos constantemente para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cf. Hebr 9, 27)
merezcamos entrar con Él a las bodas y no se nos mande como siervos malos y perezosos (cf. Mt 25, 31-
46), ir al fuego eterno (cf. Mt 25, 41), a las tinieblas exteriores donde habrá llanto y rechinar de dientes
(Mt 22, 13 y 25, 30)»47.

7. El Catecismo de la Iglesia Católica (1992) recoge las siguientes enseñanzas


sobre el infierno (nn. 1033-1037):

1. Quien muere en pecado mortal, sin arrepentimiento y despreciando el amor


misericordioso que Dios nos ofrece, permanece separado de Él por toda la eternidad.
(cfr. n.1033).
2. Jesús nos advierte de esa realidad hablándonos de aquel «fuego que nunca se apaga».
(cfr. n.1034).
3. La Iglesia afirma en su enseñanza que existe el infierno y es eterno. Quienes mueren en
pecado mortal, descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí
sufren las penas del infierno. En el infierno, los condenados sufren unas penas —se
habla del «fuego eterno»—, siendo la principal de ellas: la eterna separación de Dios
(cfr. n.1035).
4. La enseñanza de la Iglesia sobre el infierno es un llamado a la responsabilidad, para que
el hombre haga buen uso de su libertad. A la vez, es también un urgente llamado a la
conversión (cfr. n.1036).

43
DH 858.
44
DH 1002.
45
DH 1305-1306.
46
Comentando el n.48 de la LG señala Cándido Pozo: «La descripción del infierno se hace en términos
bíblicos, incluso más exactamente con palabras del mismo Jesús. Por último, es interesante que, con
motivo de la petición de un Padre que deseaba una declaración de que hay condenados de hecho (para que
el infierno no permaneciera con un sentido de mera hipótesis), la Comisión teológica insistiera en la
forma gramatical futura (y no condicional) que poseen los textos evangélicos que se aducen en el n.48 al
hablar del infierno. Esta respuesta de la Comisión teológica excluye una interpretación meramente
hipotética del infierno». C. POZO, o.c., p.555.
47
LG n.48.
EL INFIERNO 11

5. Dios no predestina a nadie a ir al infierno, para que esto suceda es necesaria una
aversión voluntaria a Dios —un pecado mortal— y que persista en él hasta el final»
(Cfr. n.1037).

6. Reflexiones teológicas sobre el infierno

6.1 El estado de condenación: las penas del infierno

Hemos señalado hasta la saciedad que Dios quiere la salvación de los hombres;
por tanto, el estado de condenación es un estado forjado por el mismo el hombre en
contra de la voluntad de Dios. A este respecto, Juan pablo II dijo en la catequesis sobre
el infierno del año 1999 que la condenación no es un «castigo impuesto» por Dios desde
el exterior sino el desarrollo de premisas que el hombre puso en su vida terrena 48. Este
es el punto de partida para hablar del estado de condenación: es un estado querido por el
hombre al vivir en el mundo separado de la vida de Dios; es decir, del ámbito de la
gracia y sumergirse en el ámbito del pecado.

La reflexión teológica habla de dos tipos de penas en los condenados: la pena de


daño y la pena de sentido.

1. La pena de daño —poena damni—es la más importante pues se trata del


eterno alejamiento de Dios, es «Dios-perdido-para-siempre»; no
podemos imaginarnos ni expresar en categorías humanas la verdadera
desgracia de vivir eternamente alejados de Dios, fuente de la vida y del
amor.
2. La pena de sentido —poena sensus— es el sufrimiento en lo más
profundo del ser del condenado, es el dolo en el ser del condenado:
primero en su alma y luego en su cuerpo resucitado. Tradicionalmente se
habla de la pena causada por el «fuego» del infierno.

En relación con el «fuego» debemos decir que si bien el magisterio nos habla del
fuego eterno, en plena fidelidad a los datos bíblicos, nunca se ha pronunciado sobre la
«naturaleza» de este fuego; por ello en la historia de la teología se han dado muchas
explicaciones, desde «metafóricas» hasta más «realistas»:

1. Orígenes hablaba del fuego e sentido «metafórico» como una especie de


«fiebre» dentro del pecador causado por el desorden de sus pasiones y el
«dolor» es el remordimiento de la conciencia de los pecados. Luego el
«fuego» es obra del mismo condenado49.

2. San Gregorio Magno habla de fuego en sentido real aunque no


exactamente como el físico y señaló que el «fuego» puede atormentar al
alma de dos maneras: (1) por influjo físico: cuando el alma está unida al
cuerpo percibe dolorosamente las vibraciones de los nervios de su propio
cuerpo, también cuando separada del cuerpo siente las vibraciones del
fuego unido a ella; (2) por influjo psíquico: al tener consciencia de estar
en contacto con el fuego sentiría «angustia» de ello50.
48
JUAN PABLO II, Creo en la vida eterna. Catequesis sobre el Credo (VI), Madrid 2000, p.236, n.1.
49
Cfr. J.J. ALVIAR, o.c., p.249.
50
Cfr. C. POZO, La doctrina escatológica del Prognosticon futuri saeculi de S. Julián de Toledo en
EstEcl 45 (1970) pp.194ss
12 EL INFIERNO

3. Santo Tomás de Aquino explica el fuego del infierno también en sentido


real como «atadura» —alligatio— al alma. De esa manera el condenado
está ligado a un elemento material que lo «aprisiona» y manifiesta el
estado de aversio ad Deum et conversio ad creaturas51.

4. Algunos teólogos mencionan la pena de sentido como el «dolor


psicológico» que experimenta el condenado al saberse que como
enemigo de Dios todo lo creado adquiere un influjo doloroso y de
incomodidad sobre él. En otras palabras sufre al relacionarse con todo
entorno pues ese entorno le recuerda a Dios a quien por toda la eternidad
no podrá ver52.

6.2 Las críticas al infierno

El infierno es tal vez la enseñanza de la Iglesia más vapuleada o costosa de


entender; más aún en estos tiempos donde se ha perdido el sentido del pecado. De entre
las críticas que se hacen al infierno podemos señalar las siguientes

1. Dios es amor infinito y por tanto no puede destinar a nadie a la condenación


eterna.

En relación con el hecho de que Dios es amor infinito y por tanto sería ir en contra de su ser
destinar a una criatura por toda la eternidad en el infierno, debe decirse que el amor infinito de Dios no se
opone a su justicia infinita. No podemos tener la imagen de un Dios bonachón que lo permite todo. Dios
es el mismo «Amor» y al mismo tiempo la «Justicia» en plenitud. Si un hombre en su vida terrena no ha
querido vivir con Dios; es decir en el «Amor» ¿es justo que viva por toda la eternidad sumergido en el
Amor divino? Conviene no perder de vista que Dios no quiere el infierno para nadie pero al mismo
tiempo hace justicia con las obras realizadas por el hombre utilizando su libertad.

2. ¿Cómo puede Dios castigar con pena eterna un acto humano que es finito
como es el caso del pecado mortal?

Para entender la eternidad del infierno debemos remitirnos al hecho de que la voluntad humana
elige un estado de separación de Dios aquí en la tierra al vivir en el pecado mortal. Quien vive en el
pecado tiene su voluntad alejada de Dios y tras la muerte esa voluntad queda fijada en esa elección.
Sabemos que ya no es posible un cambio post mortem. El alma al separarse del cuerpo queda en un estado
fijo de elección. De ahí la seriedad con que debemos vivir la única vida. No se trata tanto de un «castigo
eterno» de Dios sino de una situación eterna querida por la misma criatura racional con sus elecciones
libres.

3. Si existiera una sola criatura condenada ¿no sería el fracaso de la redención de


Cristo?

La redención de Cristo posee objetivamente un valor infinito, con su cruz y Resurrección el


Señor en verdad ha redimido toda la humanidad —de manera objetiva— del pecado, del demonio y de la
muerte pero esta salvación debe ser participada por cada uno libremente —la redención subjetiva—, pues
Dios respeta profundamente la libertad humana, puede darse el caso de que alguien no quiera participar
de la salvación de Cristo. Esto no afecta para nada el valor infinito de la redención de Cristo, es más bien
51
SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa contra gentiles, IV, 90.
52
En esta línea parece situarse el prof. Alviar: «Una creación que se ha vuelto rostro de Dios —Dios todo
en todos— no ofrece para el impío ningún lugar de reposo, sólo puede proporcionarle hastío e
incomodidad. Puede que sea éste el sentido último del fuego del infierno: quizá no se trata sólo de una
especie de envoltorio penoso, sino de todo un universo —transfigurado— que resulta molesto para el
pecador». J. ALVIAR, o.c., p.258.
EL INFIERNO 13

muestra del profundo respeto de Dios por la libertad. Nuevamente debemos mencionar la radical
importancia del buen uso de la libertad. El hombre debe libremente optar por Cristo.

6.3 ¿Cómo explicar lo que es el infierno?

Para hablar del infierno debemos ceñirnos a los datos revelados y a la enseñanza
de la Iglesia, no podemos decir mucho pues es un verdadero misterio; sin embargo,
pensamos que podemos afirmar las siguientes certezas:

1. Dios no quiere el infierno pero lo permite y esta permisión es expresión del


profundo respeto a la libertad de sus criaturas racionales.
2. El infierno enseña la gravedad del pecado mortal. Debe insistirse en este
aspecto, el pecado es el que «crea» el infierno. De todos los pecados los más
graves son los pecados contra el Espíritu Santo (Cfr. Mt 12, 32; Mc 3, 29; Lc 12,
10), el mismo Señor nos previene contra estos pecados, conviene recordarlos: la
presunción de salvarse sin hacer méritos, la desesperación de salvarse, la
impenitencia final, la envidia ante la gracia ajena, el rechazo a la verdad
salvífica.
3. El infierno enseña la gran capacidad que tiene el hombre para tomar decisiones
con valor de eternidad en su vida terrena. A este respecto, es necesario afirmar lo
que decía san Máximo el confesor, uno de los padres de la Iglesia: dos alas nos
llevan al cielo, la gracia de Dios y nuestra libertad. La salvación o la
condenación del hombre es fruto de la armonía o la desarmonía entre la gracia
de Dios y la colaboración humana.