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DECLARACION DE LA INERRABILIDAD

DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS

PREFACIO

La autoridad de las Sagradas Escrituras es un asunto clave


para la Iglesia Cristiana en esta época y en todas. Aquéllos que
profesan la fe en Jesucristo como Señor y Salvador están llamados a
mostrar la realidad de su condición de discípulos a través de la
obediencia humilde y fiel a la Palabra escrita de Dios. Apartarse de las
Sagradas Escrituras en fe o conducta es deslealtad a nuestro Señor
Jesucristo. El reconocimiento de la veracidad y viabilidad total de las
Sagradas Escrituras es algo esencial para poder captar y confesar
adecuadamente su autoridad.

La siguiente declaración afirma nuevamente esta


inerrabilidad de las Sagradas Escrituras, dejando en claro su
comprensión y advirtiendo que se evite el caer en su negación.
Estamos convencidos de que negarlas es echar a un lado el testimonio
de Jesucristo y del Espíritu Santo y rechazar esa sumisión a las
demandas de la Palabra misma de Dios que es la marca de la fe
cristiana verdadera. Creemos que es misión nuestra en estos tiempos
hacer esta afirmación, ante los embates contra la verdad de la
inerrabilidad que tienen lugar entre nuestros hermanos cristianos, y la
incomprensión de esta doctrina por el mundo.

Esta declaración consta de tres partes: una Declaración


Sumaria, unos Artículos de Afirmación y Negación, y una
Exposición Complementaria.

SUMARIO

A.- Dios, que es la Verdad y habla sólo verdad, ha inspirado las


Sagradas Escrituras con el fin de revelarse a la humanidad perdida,a
través de Jesucristo como Creador y Señor, Redentor y Juez. Las
Sagradas Escrituras es el testimonio de Dios de sí mismo.
B.- Las Sagradas Escrituras, por ser la Palabra misma de Dios, escrita
por los hombres preparados y guiados por su Espíritu, son de infalible
autoridad divina en todo aquello a que se refiera; han de ser creídas,
como instrucción de Dios, en todo lo que requiere; recibidas, como
garantía de Dios, en todo lo que promete.

C.- El Espíritu Santo, divino Autor de las Sagradas Escrituras, las


convalida para nosotros por su testimonio interior, a la vez que abre
nuestras mentes a la comprensión de su significado.

D.- Como ha sido dada por Dios verbalmente y en su totalidad, las


Sagradas Escrituras están exentas de error o falta en todo cuanto
enseña, tanto en lo que declaran con respecto a la creación de Dios, a
los acontecimientos de la historia, y a su propio origen literario bajo la
inspiración de Dios, como en su testimonio de la gracia salvadora de
Dios en cada vida individualmente.

E.- La autoridad de las Sagradas Escrituras sufre inevitablemente daño


si esta divina y total infalibilidad se limita o descarta en cualquier
sentido, o se hace depender de algún concepto de la verdad contrario
al propio de la Biblia. Tales desvíos acarrean pérdidas muy serias
tanto para el individuo como para la Iglesia.

ARTICULOS DE AFIRMACION Y NEGACION

Artículo I
Afirmamos que las Sagradas Escrituras han de ser recibidas
como la Palabra autorizada de Dios.
Negamos que las Sagradas Escrituras reciban su autoridad
de la Iglesia, la tradición, o cualquier otra fuente humana.

Artículo II
Afirmamos que las Sagradas Escrituras son la suprema
norma escrita por medio de la cual Dios ata a la conciencia, y que la
autoridad de la Iglesia se halla subordinada a la de las Sagradas
Escrituras.
Negamos que los credos de la Iglesia, los concilios, o las
declaraciones tengan una autoridad superior a la de la Biblia.

Artículo III
Afirmamos que la Palabra escrita es en su totalidad
revelación dada por Dios.
Negamos que la Biblia sea solamente un testigo de la
revelación, o sólo se convierta en revelación en el encuentro, o
dependa de las respuestas de los hombres para ser válida.

Artículo IV
Afirmamos que Dios, quien hizo al hombre a su imagen, ha
usado el lenguaje como medio de revelación.
Negamos que el lenguaje humano sea tan limitado por
nuestra condición de criaturas que resulte inadecuado como vehículo
para la revelación divina. Negamos, además, que la corrupción de la
cultura y el lenguaje humano por medio del pecado haya frustrado la
obra divina de inspiración.

Artículo V
Afirmamos que la revelación de Dios dentro de las Sagradas
Escrituras fue progresiva.
Negamos que una revelación posterior, que pudiera cumplir
otra anterior, la pueda corregir o contradecir. Negamos también que se
haya dado alguna revelación normativa desde que los escritos del
Nuevo Testamento fueron completados.

Artículo VI
Afirmamos que todas las Sagradas Escrituras, y todas sus
partes, incluso las mismas palabras del original, fueron dadas por su
inspiración divina.
Negamos que la inspiración de las Sagradas Escrituras
pueda ser afirmada rectamente del todo sin las partes, o de algunas
partes, pero no del todo.

Artículo VII
Afirmamos que la inspiración fue la obra en la cual Dios, por
su Espíritu, a través de escritores humanos, nos dió su Palabra. El
origen de las Sagradas Escrituras es divino. El modo de la inspiración
divina permanece en gran parte en el misterio para nosotros.
Negamos que la inspiración pueda ser reducida a
profundidad humana, o a estados elevados de conciencia de cualquier
clase que sean.

Artículo VIII
Afirmamos que Dios, en su obra de inspiración, utilizó las
personalidades distintivas y los estilos literarios de los escritores que El
había escogido y preparado.
Negamos que Dios, al hacer que estos escritores usaran las
mismas palabras que El había escogido, anulara sus personalidades.

Artículo IX
Afirmamos que la inspiración, aunque no confiriera
omnisciencia, garantizaba una expresión verdadera y fidedigna en
todos los asuntos sobre los que los autores bíblicos fueron impulsados
a hablar y escribir.
Negamos que la condición finita o caída de estos escritores,
por necesidad o en otras formas, introdujera distorsiones o falsedades
dentro de la Palabra de Dios.

Artículo X
Afirmamos que la inspiración, hablando estrictamente, se
aplica sólo al texto autográfico de las Sagradas Escrituras, el cual, por
providencia de Dios, puede ser afirmado con gran exactitud partiendo
de los manuscritos disponibles. Además afirmamos que las copias y
las traducciones de las Sagradas Escrituras son la Palabra de Dios en
tanto en cuanto representen fielmente el original.
Negamos que ningún elemento esencial de la fe cristiana sea
afectado por la ausencia de los autógrafos. Negamos, además, que
esta ausencia invalide o haga ociosa la afirmación de la inerrabilidad
bíblica.

Artículo XI
Afirmamos que las Sagradas Escrituras, por haber sido
dadas por inspiración divina, son infalibles, de forma que, lejos de
desorientarnos, son veraces y de confiar en todos los asuntos a que
hacen referencia.
Negamos que sea posible que la Biblia sea al mismo tiempo
infalible y errada en sus afirmaciones. Se pueden distinguir la
infabilidad y la inerrabilidad, pero no separarlas.

Artículo XII
Afirmamos que las Sagradas Escrituras en su totalidad son
inerrantes, estando libres de toda falsedad, fraude, o engaño.
Negamos que la infalibilidad y la inerrabilidad bíblicas estén
limitadas a los temas espirituales, religiosos, o relativos a la redención,
excluyendo las afirmaciones en los campos de la historia y de la
ciencia. Negamos también que las hipótesis científicas sobre la historia
de la tierra puedan ser usadas correctamente para trastornar las
enseñanzas de las Sagradas Escrituras sobre la creación y el diluvio.

Artículo XIII
Afirmamos que es correcto usar el término inerrabilidad como
término teológico con referencia a la veracidad completa de las
Sagradas Escrituras.
Negamos que sea correcto evaluar las Sagradas Escrituras
según patrones de verdad y error ajenos a su uso o sus intenciones.
Negamos también que la inerrabilidad sea negada por la presencia de
fenómenos bíblicos tales como la falta de la precisión técnica moderna,
irregularidades de gramática u ortografía, observaciones descriptivas
de la naturaleza, denuncia de falsedades, uso de la hipérbole y de
números redondos, ordenamiento tópico de los materiales, selecciones
variadas del material en narraciones paralelas, o el uso de citas en
forma libre.

Artículo XIV
Afirmamos la unidad y consistencia interna de las Sagradas
Escrituras.
Negamos que los pretendidos errores o discrepancias que
aún no han sido resueltos vicien las reclamaciones de veracidad de la
Biblia.

Artículo XV
Afirmamos que la doctrina de la inerrabilidad se basa en la
enseñanza de la Biblia sobre la inspiración.
Negamos que la enseñanza de Jesús sobre las Sagradas
Escrituras pueda ser desechada a base de apelar a la acomodación, o
a alguna limitación natural de su humanidad.

Artículo XVI
Afirmamos que la doctrina de la inerrabilidad ha sido parte
integral de la fe de la Iglesia a través de toda su historia.
Negamos que la inerrabilidad sea una doctrina inventada por
los doctores del protestantismo, o una posición reaccionaria postulada
ante la negatividad de la alta crítica.

Artículo XVII
Afirmamos que el Espíritu Santo da testimonio de las
Sagradas Escrituras, asegurándoles a los creyentes la veracidad de la
Palabra escrita de Dios.
Negamos que este testimonio del Espíritu Santo opere
aislado de las Sagradas Escrituras o en contra de ellas.

Artículo XVIII
Afirmamos que el texto de las Sagradas Escrituras ha de ser
interpretado por la exégesis gramatical e histórica, teniendo en cuenta
sus formas y recursos literarios, y que las Sagradas Escrituras han de
ser interpretadas por las mismas Sagradas Escrituras.
Negamos la legitimidad de cualquier tratamiento del texto, o
búsqueda de sus fuentes, que conduzca a hacer relativa o desechar su
enseñanza, quitarle valor histórico, o rechazar sus exigencias con
respecto a sus autores.

Artículo XIX
Afirmamos que es vital para una comprensión sólida de la
totalidad de la fe cristiana la confesión de la autoridad total, la
infabilidad, y la inerrabilidad de las Sagradas Escrituras. Afirmamos,
además, que una confesión así deberá llevar a una creciente
conformación a la imagen de Cristo.
No decimos que dicha confesión sea necesaria para la
salvación. Sin embargo, negamos que la inerrabilidad pueda ser
rechazada sin graves consecuencias, tanto para la persona como para
la Iglesia.
EXPOSICION

Nuestra comprensión de la doctrina de la inerrabilidad debe


situarse en el contexto de las enseñanzas más amplias de las
Sagradas Escrituras con respecto a sí mismas. Esta exposición hace
un recuento de las líneas generales de doctrina de las que se han
extraído nuestra Declaración Sumaria y nuestros Artículos.

A.- CREACION, REVELACION E INSPIRACION

El Dios Trino y Uno, que formó todas las cosas con sus
declaraciones creadoras y gobierna todas las cosas por medio de su
Palabra de mandato, hizo a la humanidad a su propia imagen, para una
vida de comunión con El mismo, siguiendo el modelo de la convivencia
eterna de comunicación amorosa dentro de la Divinidad. Como
portador de la imagen de Dios, el hombre deberá oír la Palabra de Dios
dirigida a él y responder en el gozo de la obediencia adoradora. Por
encima de la revelación de sí mismo hecha por Dios en el orden creado
y la secuencia de los sucesos dentro del mismo, los seres humanos,
desde Adán en adelante, han recibido mensajes verbales procedentes
de Dios, ya sea directamente, como se establece en las Sagradas
Escrituras, o indirectamente, en la forma de parte de las Sagradas
Escrituras, o su totalidad.

Cuando Adán cayó, el Creador no abandonó a la humanidad


a un juicio final, sino que prometió la salvación y comenzó a revelarse a
sí mismo como Redentor en una secuencia de sucesos históricos
alrededor de la familia de Abraham que culminaron en la vida, muerte,
resurrección, ministerio celestial presente, y retorno prometido de
Jesucristo. Dentro de este marco, Dios, de tiempo en tiempo, ha
hablado palabras específicas de juicio y de misericordia, de promesa y
de mandato a los seres humanos pecadores, llevándolos así a una
relación pactada de compromiso mutuo entre El y ellos, en la cual El
los bendice con los dones de su gracia y ellos lo bendicen con una
adoración de respuesta. Moisés, a quien Dios usó como mediador para
llevarle sus Palabras a su pueblo en la época del Exodo, está a la
cabeza de una larga secuencia de profetas en cuyas bocas y escritos
Dios puso sus Palabras para liberar a Israel. El propósito de Dios en
esta sucesión de mensajes fue mantener su pacto haciendo que su
pueblo conociera su Nombre -esto es, su Naturaleza- y su voluntad,
tanto en los preceptos y propósitos para el presente, como para el
futuro. Esta línea de voceros proféticos de Dios tuvo su plenitud en
Jesucristo. Palabra encarnada de Dios, El también fue un profeta -más
que un profeta-, y en los apóstoles y profetas de la primera generación
cristiana. Cuando el mensaje final y climático de Dios, su Palabra al
mundo con respecto a Jesucristo, hubo sido hablada y aclarada por los
que pertenecían al círculo apostólico, la secuencia de los mensajes
revelados cesó. Desde entonces, la Iglesia habría de vivir y conocer a
Dios por lo que El ya había dicho, que fue para todas las épocas.

En el Sinaí Dios escribió los términos de su pacto en tablas


de piedra, como su testimonio perdurable, y para que fueran accesibles
y duraderos a través de todo el período de la revelación profética y
apostólica, urgió a los hombres a escribir los mensajes que les daba
para ellos y para los demás, junto con narraciones conmemorativas de
sus relaciones con su pueblo, además de las reflexiones morales sobre
la vida en el pacto y las formas de alabanza y de oración implorando
misericordia del pacto. La realidad teológica de la inspiración al ser
producidos los documentos bíblicos corresponde a la de las profecías
habladas: aunque las personalidades de los escritores humanos fueran
expresadas en lo que escribieron, las palabras fueron constituidas en
forma divina. Así, los que dicen las Sagradas Escrituras, es lo que dice
Dios; su autoridad es la autoridad de Dios, porque El es su Autor
primario, que las dió a través de la mente y las palabras de hombres
escogidos y preparados, los cuales "hablaron siendo inspirados por el
Espíritu Santo" (II Pedro 1:21) con libertad y fidelidad. Las Sagradas
Escrituras deben ser reconocidas como la Palabra de Dios en virtud de
su origen divino.

B.- AUTORIDAD: CRISTO Y LA BIBLIA

Jesucristo, el Hijo de Dios que es la Palabra hecha carne,


nuestro Profeta, Sacerdote, y Rey, es el Mediador definitivo de la
comunicación de Dios con el hombre, ya que El es el mayor de los
dones de la gracia de Dios. La revelación que El trajo fue más que
verbal: reveló al Padre por medio de su presencia y también de sus
obras. Sin embargo, sus palabras tienen una importancia crucial,
porque El era Dios, hablaba en nombre del Padre, y sus palabras
juzgarán a todos los hombres en el día postrero.

Como Mesías profetizado, Jesucristo es el tema central de


las Sagradas Escrituras. El Antiguo Testamento esperaba su llegada;
el Nuevo Testamento contempla su primera venida y espera la
segunda. Las Sagradas Escrituras Canónicas son el testimonio de
Cristo inspirado, y por lo tanto, normativo. Ninguna hermenéutica, por
lo tanto, en la que el Cristo histórico no sea el punto focal es aceptable.
Las Sagradas Escrituras deben ser tratadas como son en esencia: el
testimonio del Padre con respecto al Hijo encarnado.

Sucede que el canon del Antiguo Testamento fue fijado en la


época de Jesús. De la misma manera, el canon del Nuevo Testamento
está cerrado ya, puesto que no puede ser dado ningún nuevo
testimonio apostólico sobre el Cristo histórico. No nos será dada
ninguna revelación nueva (distinta de una comprensión dada por el
Espíritu sobre la revelación ya existente) hasta que Cristo venga de
nuevo. El canon fue creado en principio por inspiración divina. A la
Iglesia le tocaba discernir el canon que Dios había creado; no diseñar
uno propio.

La palabra canon, que significa regla o patrón, es un


índice de autoridad que conlleva el derecho a gobernar y controlar. En
el cristianismo, la autoridad pertenece a Dios en su revelación, lo que
significa que hablamos, por una parte, de Jesucristo, la Palabra
viviente, y por otra, de las Sagradas Escrituras, la Palabra escrita. Pero
la autoridad de Cristo y la de las Sagradas Escrituras es una sola.
Como nuestro Profeta, Cristo testificó que las Sagradas Escrituras no
pueden ser quebrantadas. Como nuestro Sacerdote y Rey, dedicó su
vida terrenal al cumplimiento de la ley y los profetas, hasta morir en
obediencia a las palabras de la profecía mesiánica. Así, mientras veía
que las Sagradas Escrituras daban testimonio de El y de su autoridad,
también por su propia sumisión a las Sagradas Escrituras, El daba
testimonio de la autoridad de éstas. Así como se plegó a las
instrucciones de su Padre dadas en la Biblia (nuestro Antiguo
Testamento), de la misma manera les exige a sus discípulos que los
hagan; sin embargo, no han de hacerlo aisladamente sino en
conjunción con el testimonio apostólico de Sí mismo, que El se ocupó
de inspirar por medio de su don del Espíritu Santo. De manera que los
cristianos se presentan como fieles servidores de su Señor al plegarse
a las instrucciones divinas dadas en los escritos proféticos y
apostólicos que forman nuestra Biblia.

Al autenticarse mutuamente su autoridad, Cristo y las


Sagradas Escrituras se unen formando una sola fuente de autoridad.
Desde esta posición, el Cristo bíblicamente interpretado y la Biblia
centrada en Cristo y que proclama a Cristo son una misma cosa. Así
como de la realidad de la inspiración inferimos que lo que dicen las
Sagradas Escrituras, Dios lo dice, también de la relación revelada entre
Jesucristo y las Sagradas Escrituras podemos declarar igualmente que
lo que las Sagradas Escrituras dicen, Cristo lo dice.

C.- INFALIBILIDAD, INERRABILIDAD, INTERPRETACION

Las Sagradas Escrituras, como Palabra inspirada de Dios


que da testimonio autorizado de Jesucristo pueden ser llamadas
adecuadamente infalibles e inerrantes. Estos términos negativos
tienen un valor especial, puesto que salvaguardan en forma explícita
cruciales verdades positivas.

Infalible significa la cualidad de no engañar ni ser engañado,


y de esa manera, salvaguarda en términos categóricos la verdad de
que las Sagradas Escrituras son una regla y una guía segura, cierta, y
digna de confianza en todos los temas.

En forma similar, inerrante significa la cualidad de estar libre


de toda falsedad o error, y de esta forma salvaguarda la verdad de que
las Sagradas Escrituras son totalmente veraces y dignas de confianza
en todas sus afirmaciones.

Podemos afirmar que las Sagradas Escrituras canónicas


deberían ser interpretadas siempre teniendo en cuenta que son
infalibles e inerrantes. Sin embargo, al tratar de determinar lo que el
escritor, enseñado por Dios, está afirmando en cada pasaje, debemos
prestar la más cuidadosa atención a sus pretensiones y a su carácter
como producción humana. En la inspiración, Dios utilizó la cultura y las
convenciones del medio de su escritor, un medio que Dios controla en
su providencia soberana; imaginarlo de otra forma sería una mala
interpretación.

De manera que la historia ha de ser tratada como historia, la


poesía como poesía, la hipérbole y la metáfora como hipérbole y
metáfora, la generalización y la aproximación como lo que son, y así
sucesivamente. Las diferencias entre las formas literarias de los
tiempos de la Biblia y los nuestros han de ser observadas también: por
ejemplo, ya que la narración no cronológica y las citas imprecisas eran
convencionales y aceptables, y no violaban las expectaciones de
aquellos días, no debemos mirar estas cosas como faltas cuando las
encontramos en los escritores de la Biblia. Cuando una precisión total
de un tipo especial no era esperada ni pretendida, no hay error en no
haberla alcanzado. Las Sagradas Escrituras son inerrantes, no en el
sentido de que sean absolutamente precisas de acuerdo con los
patrones modernos, sino en el de hacer buenas intenciones y de que
alcanzan la medida de verdad pretendida, a la que querían llegar sus
autores.

La veracidad de las Sagradas Escrituras no es negada por la


aparición en ella de irregularidades de gramática o de ortografía, por las
descripciones fenomenales de la naturaleza, o porque haga recuento
de afirmaciones falsas (por ejemplo, las mentiras de Satanás), o por
aparentes discrepancias entre un pasaje y otro. No es correcto poner
los llamados "fenómenos" de las Sagradas Escrituras en contra de la
enseñanza de las Sagradas Escrituras con respecto a sí mismas. Las
inconsistencias aparentes no deberán ser ignoradas. El llegar a
solucionarlas, donde esto pueda ser alcanzado en forma convincente,
alentará nuestra fe, y donde por el momento no haya una solución
satisfactoria a mano, deberemos honrar significativamente a Dios
confiando en su afirmación de que su Palabra es verdadera, a pesar de
estas apariencias, y manteniéndonos confiados en que un día se verá
que sólo eran ilusorias.
Puesto que todas las Sagradas Escrituras son el producto de
una sola mente divina, la interpretación debe permanecer dentro de los
límites de la analogía de las Sagradas Escrituras y rehuir las hipótesis
que quisieran corregir un pasaje bíblico a base de otro, ya sea en
nombre de la revelación progresiva, o de la iluminación imperfecta de la
mente inspirada del escritor.

Aunque las Sagradas Escrituras no están atadas a ninguna


cultura en ningún lugar, en el sentido de que su enseñanza carezca de
validez universal, a veces están culturalmente condicionadas por las
costumbres y puntos de vista convencionales de un período particular,
de tal forma que la aplicación de sus principios hoy exige una forma de
acción diferente.

D.- ESCEPTICISMO Y CRITICISMO

Desde el Renacimiento, y más especialmente desde la


Ilustración, se han desarrollado visiones del mundo que llevan en sí
escepticismo con respecto a los principios cristianos. Tales son el
agnosticismo, que niega que Dios sea cognoscible, el racionalismo,
que niega que sea incomprensible, el idealismo, que niega que sea
trascendente, y el existencialismo, que niega que exista racionalidad en
su relación con nosotros. Cuando estos principios abíblicos y
antibíblicos penetran la teología de los hombres a un nivel de
suposiciones, como lo hacen con frecuencia hoy en día, se hace
imposible interpretar fielmente las Sagradas Escrituras.

E.- TRANSMISION Y TRADUCCION

Como quiera que Dios no ha prometido en ninguna parte una


transmisión inerrante de las Sagradas Escrituras, hay que afirmar que
sólo el texto autógrafo de los documentos originales fue inspirado, y
hay que mantener la necesidad de crítica textual como un medio de
descubrir cualquier error que se haya deslizado en el texto durante el
proceso de transmisión. Esta ciencia ha llegado a la conclusión, sin
embargo, de que los textos hebreo y griego se han preservado de
manera sorprendente, tanto que ello nos justifica para afirmar, junto con
la Confesión de Westminster, que en esto ha habido una singular
providencia de Dios, y para declarar que la autoridad de las Sagradas
Escrituras no resulta en manera alguna menoscabada por el hecho de
que las copias que hoy poseemos no estén del todo libres de errores.

De la misma manera, ninguna traducción es ni puede ser


perfecta, y todas constituyen un paso más que se aleja del original
autógrafo. Sin embargo, el veredicto de las ciencias lingüísticas es
que, por lo menos los cristianos de habla inglesa, gozan en estos
tiempos del privilegio de tener a su disposición un número de
excelentes traducciones, por lo que no tienen causa alguna para vacilar
en concluir resueltamente que tienen a su alcance la verdadera Palabra
de Dios. En verdad, teniendo en cuenta la frecuencia con que en las
Sagradas Escrituras se repiten los temas principales que presenta, así
como el constante testimonio del Espíritu Santo en y a través de la
Palabra, no es posible que una traducción de las Sagradas Escrituras
pueda dañar su significado de tal manera que lo haga inepto para hacer
al lector "sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús" (II
Timoteo 3:15).

F.- INERRABILIDAD Y AUTORIDAD

En nuestra afirmación de que la autoridad de las Sagradas


Escrituras conlleva su verdad total, nuestra posición consciente es con
Cristo y sus apóstoles, y aun también con la Biblia entera y con la
corriente central de la historia de la Iglesia desde sus primeros días
hasta muy recientemente. Nos preocupa grandemente el descuido,
desenfado, y aparente inconsciencia con una creencia de tan enorme
alcance e importancia ha sido abandonada por tantos en nuestros días.

Estamos asimismo conscientes de la tremenda y grave


confusión que se produce al cesar de mantener la total verdad de la
Biblia, cuya autoridad se profesa reconocer. La consecuencia de este
paso es la pérdida de autoridad de la Biblia que Dios ha dado. La
autoridad descansa entonces en una Biblia reducida en su contenido
de acuerdo con las demandas del razonamiento crítico, lo que
establece el principio de que puede continuarse reduciendo una vez
que se ha tomado ese camino. Esto significa que en el fondo la
autoridad descansa ahora en la razón independiente, contra lo que
enseñan las propias Sagradas Escrituras. Si esto no se advierte, al
tiempo que se continúan manteniendo las doctrinas evangélicas
básicas, puede darse el caso de que haya personas que, negando la
verdad total de la Sagradas Escrituras, proclamen una identificación
evangélica a la vez que metódicamente se han apartado del principio
evangélico del conocimiento hacia un subjetivismo inestable. Una vez
en este plano, les será muy difícil no seguir alejándose.

Nosotros afirmamos que lo que las Sagradas Escrituras


dicen, Dios lo dice. Que a El sea la gloria. Amén y amén.

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Compilación :
HCCH, Santiago de Chile, Corresponde también a punto 14 de
Base de Fe de Nuevo Pacto Iglesia y Ministerio.

Cortés Chappa Henry hcortes@nt.entel.cl

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