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LA A L E G R Í A D E L MAESTRO

ios setenta años D. Armando Palacio Vái-


A das aún no siente fatigada la mano y con-
tinúa inclinándose sobre las cuartillas para
escribir una novela más -^La hija de Natalia—,
cuya primera edición se ha agotado en poquísimos
España y Madrid
d e b e n a D. A r -
mando Palacio
Valdés este tributo.
En medio de la
días. A los setenta años el glorioso maestro nos tragedia desoladora
da una prueba de su fecundidad y su vigor men- y_ el a m b i e n t e de
tal, produciendo otra de sus narraciones encan- vicio que envuelve
tadoras, modelo todas ellas de costumbrismo, pin- a la mayor parte
tura de almas y buen d^cir; otra de esas obras de la producción
sanas, optimistas tantas veces, y no por espíritu novelesca del día,
sistemático;_ claras y rientes, espejo de humani- la labor de Palacio
dad y de vida, cuya lectura regala el ánimo con Valdés destaca co-
el mejor deleite.
mo una afirmación
A las lectoras de Palacio Valdés me remito, a gloriosa de nues-
las mujeres de esta y la anterior generación que tras más puras tra-
se han solazado con las páginas deliciosas de La diciones literarias,
alegría del capitán Ribot, La hermana San Svl' como torre de es-
pido, José, Los majos de Cádiz... Estas lectoras peranza y de amor
saben del encanto de esos libros, que, una vez y un noble ejemplo
leídos y releídos, han pasado de amiga a amiga y a seguir. No se di-
de mano en mano, como en corro de niñas, cual ga de las páginas,
SI tejiesen bulliciosas una cadena de flores en tan ricas de humo-
torno a una estatua del maestro... No la tiene to- rismo y plenas de
davía (a Galdós le cupo en vida la melancólica l u z , d e l preclaro
satisfacción de verse perpetuado en piedra), y narrador astur,
D. Armando recibe únicamente el homenaje mudo donde la amenidad
de sus ^lectores anónimos, gloria la más verdadera lo orea todo, sino
por más cordial. h a s t a de aquellas
y si a sus años D. Armando nos da una prueba otras i . n t e n s a s y
de su energía intelectual, no la da menor de su profundas que ha- EN EL PARQUE "LAS CANTERAS",
fortaleza física. D. Armando es un anciano fuer- blan de grandes do- PUERTO HEAL
te y saludable. La sangre colorea sus mejillas; su lores humanos, ¿ no
mirada es viva, brillante; tiene el paso seguro y es cierto que se escapa siempre, como hlálito fra-
el pulso firme. D. Armando pasea dos o tres horas gante, un sano deseo de vivir, de amar la exis-
los días de sol. El Retiro sabe, como de Campo- tencia, de enmendar los yerros, de creer en todo
amor, de las soledades y los pensamientos más lo bueno por quimérico que parezca, y perdonar
mtimos del maestro. Medio siglo lleva perdiéndose y dulcificar lo malo?
entre sus umbrías por los senderos solitarios.
Puede asegurarse que en alguna de estas alame- De iiinguna obra.de Palacio Valdés se saca una
das idílicas o uno de estos rincones penumbrosos impresión amarga ni menos negativa. El dolor de
han brotado los gérmenes de más de una novela sus "casos" no horroriza ni atrae morbosamente.
del autor de Tristón. En este Buen Retiro, donde Conmueve y purifica. Y de casi todas extráese,
Campoamor y Galdós tienen su monumento, ¿no como de abundante panal, la miel de un gozo, de
habná un hueco para recordar a las juventudes una ilusión o de un sacrificio. Y por casi todas
venideras la efigie del patriarca contemporáneo? corre la veta de una alegría nada alborotadora y
frivola, sino serena, franca, espontánea., fresca,
que es como el aliento de su labor y tam-
bién como reflejo de su espíritu. El m'aestro,
pese a sus anos, amarguras y meditaciones,
lejos de dejarse ganar por la tristeza, con-
serva y muestra en el corazón como en el
semblante esa serena alegría, que es salud
interior, de uno de sus personajes más her-
mosos : Ribot, el capitán.
En La hija de Natalia, junto a la tragedia
de su asunto, ved retozar lozanas todavía,
siernpre frescas, a las musas joviales que han
sabido llevar la mano de D. Armando por el
camino de tantas páginas, y que guiaron las
diestras de los más felices narradores clási-
cos, singularmente aquella gloriosa mano, sin
pareja, que escribió, para pasmo de los si-
glos, las famosas aventuras de Don Quijote.

EL CHALET "MARTA Y MAKIA" •J. ORTIX ÜB PINE'DO.

Blanco y Negro (Madrid) - 25/05/1924, Página 40


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