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GIORGIO NARDONE, ELISA BALBI,ANDREA VALLARINO Y MASSIMO BARTOLETTI

Psicoterapia breve a largo plazo

Traducción: MARIA PONS IRAZAZÁBAL

Herder

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Título original: Psicoterapia breve a lungo termine
Traducción: Maria Pons Irazazábal
Diseño de la cubierta: Dani Sanchis
Edición digital: José Toribio Barba

© 2017, Adriano Salani Editore S.p.A., Milán


© 2019, Herder Editorial, S.L., Barcelona

ISBN digital: 978-84-254-4206-3


1.ª edición digital, 2019

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prohibida al amparo de la legislación vigente.

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Índice

PRÓLOGO
1. PSICOTERAPIA BREVE A LARGO PLAZO: ETERNA POLÉMICA
2. HISTORIA DE LA INVESTIGACIÓN SOBRE EL TRATAMIENTO DE LAS PSICOPATOLOGÍAS
MAYORES
Primer decenio
Segundo decenio
Tercer decenio
3. «ESPÍO A QUIEN ME ESPÍA». EL CASO DE GIONA
4. LA AYUDA QUE COMPLICA. EL CASO DE CATI
5. LA CONDENA DE VIVIR. EL CASO DE SERENA
6. ODIO A QUIEN AMO. EL CASO DE ERIKA
7. DEPENDO DE QUIEN CONTROLO. EL CASO DE ANNA
8. IDENTIDAD MÚLTIPLE. EL CASO DE GIACOMO
9. RESULTADOS TERAPÉUTICOS
BIBLIOGRAFÍA

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Prólogo

Soy como una marioneta rota


con los ojos caídos hacia dentro
ANÓNIMO

«No hay pacientes imposibles sino terapeutas ineptos»: con esta rotunda afirmación Don
D. Jackson, fundador del Mental Research Institute de Palo Alto, exhortaba a la
comunidad de especialistas en la cura de los trastornos mentales a no adoptar una postura
defensiva frente a las patologías más graves calificándolas de «incurables». Son muchos
los ejemplos de «maestros» de la psicoterapia que han demostrado que incluso las
formas más invalidantes e invasivas de enfermedad mental se pueden «curar». Sin
embargo, en el actual panorama psiquiátrico, goza de gran predicamento el paradigma
biologista y determinista, que considera incurables ciertas enfermedades mentales y
condena al paciente a terapias farmacológicas de por vida para contener los efectos de la
sintomatología severa. Partiendo de nuestra dilatada experiencia clínica y de las
numerosas investigaciones sistemáticas en el campo clínico realizadas por nosotros y por
otros investigadores, hemos adoptado una postura más flexible que Jackson: creemos
que desgraciadamente existen casos imposibles, pero son un porcentaje muy reducido de
la casuística «marcada» con diagnósticos que corresponden al grupo de las
psicopatologías mayores.
A este respecto, una de las historias más hermosas nos la cuenta Heinz von Foerster en
su libro-entrevista a Monika Bröcker, Teil der Welt. Al acabar la Segunda Guerra
Mundial, von Foerster participó activamente en la reconstrucción de la ciudad de Viena
como ingeniero, y también como comunicador. Junto con otros voluntarios austríacos
fundó Radio Viena, donde dirigía una especie de talk show, en el que los supervivientes
de la guerra y del nazismo relataban a partir de su propia experiencia cómo habían
logrado superar una vivencia tan devastadora. Uno de los invitados más ilustres del
programa fue Viktor Frankl, que había sido deportado por los nazis y había perdido a
toda su familia en los campos de concentración. Mientras estaba explicando cómo había
reaccionado a una tragedia de tal magnitud y cómo había recuperado, al acabar la guerra,
su trabajo de «doctor de la mente y del alma» en la dirección de Servicios psiquiátricos
de Viena, un oyente llamó a la redacción pidiendo la ayuda de Frankl para su hermano,
que se hallaba en estado catatónico desde hacía días. El hombre, superviviente de los
campos de concentración, como muchos otros vieneses, había buscado
desesperadamente a su mujer, también deportada, entre los miles de personas que

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regresaban a la ciudad. Tras muchos días de búsqueda angustiosa, había conseguido
encontrarla mientras vagaba entre los escombros de su barrio, en un estado de confusión.
Se ocupó de ella y logró que recuperara rápidamente la lucidez, de modo que la pareja
pudo disfrutar de la felicidad recobrada. Pero una mañana, mientras desayunaban, la
mujer sufrió un violento ataque de tos y murió a causa de un enfisema pulmonar,
herencia de las privaciones del campo de concentración. Desde aquel día ese hombre,
trastornado, permaneció bloqueado como una estatua mirando fijamente la silla vacía de
su mujer. Frankl fue a su casa, se sentó junto a él y le explicó cómo se había visto
obligado a despedirse por última vez de su mujer y de su hija capturadas por los nazis, y
que no había vuelto a verlas nunca más. Frankl añadió que solo las había perdido una
vez, mientras que él había perdido a su mujer dos veces. El hombre salió del estado
catatónico y respondió a Frankl que había sido afortunado porque había recuperado a su
mujer aunque por poco tiempo. Entonces Frankl le formuló una «extraña» pregunta:
«Querido compañero, si el buen Dios te hiciera ahora el don de presentarte a una
mujer espléndida, exactamente igual a tu mujer, con la misma mirada y sonrisa, los
mismos movimientos y la misma voz, ¿la aceptarías?» El hombre dio un puñetazo sobre
la mesa y exclamó poniéndose en pie: «¡Ella es insustituible!»
Frankl replicó: «Lo mismo me ocurre a mí con mi mujer».
Tras este «despertar terapéutico», el hombre colaboró activamente con los grupos de
ayuda a las personas traumatizadas por la devastación de la guerra y por la persecución
nazi.
Esta historia expresa del mejor modo posible lo que decía Freud remitiéndose a la
Biblia: «En un origen las palabras eran mágicas». Freud destacaba el poder taumatúrgico
de experiencias que pueden provocarse en quien sufre mediante un diálogo
estratégicamente orientado, y que muchos años después Franz Alexander definió como
«experiencia emocional correctiva», esto es, un hecho que modifica el modo de percibir
la realidad y de reaccionar del sujeto aprisionado en la psicopatología. Hoy en día
representa el constructo operativo común a todos los enfoques psicoterapéuticos, que se
distinguen por el modo en que la «experiencia correctiva» se produce en el curso del
proceso terapéutico. La diferencia más clara la hallamos entre los que orientan
estratégicamente el tratamiento en esa dirección y los que consideran que la experiencia
emocional correctiva ha de producirse como efecto indirecto de la relación terapéutica.
Se trata, básicamente, de la distinción entre psicoterapias breves y psicoterapias a largo
plazo (Nardone, Salvini, 2013).
Como este libro trata de la terapia dirigida a las llamadas psicopatologías mayores,
propone una modalidad terapéutica que va más allá de esta polémica: por una parte, se
centra en el cambio que hay que obtener en tiempo breve y, por lo tanto, propone
técnicas para realizar la experiencia emocional correctiva e interrumpir la
sintomatología; por la otra, propone un modo de apoyar y guiar al sujeto
estratégicamente a largo plazo hasta adquirir, por primera vez, las competencias
personales y sociales de las que se ha visto privado por la patología invalidante.
A través de la narración, acompañada de diálogos terapéuticos extraídos de seis casos

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representativos, el lector podrá penetrar en el núcleo de un proceso de psicoterapia breve
a largo plazo y comprender, y hasta sentir, cómo el cambio terapéutico puede producirse
incluso en casos aparentemente intratables. También el especialista hallará la explicación
técnica de las estrategias terapéuticas, de su elaboración y de los resultados obtenidos
gracias a ellas. Se trata de una evolución de la psicoterapia breve estratégica aplicada al
área de las psicopatologías más serias, que modela, ajustándose a las exigencias de esta
casuística concreta, el proceso terapéutico y lo transforma en una intervención que, si
bien sigue previendo un número limitado de sesiones, se desarrolla en un lapso de
tiempo más prolongado. Quien conozca nuestro modelo de psicoterapia sabe que se basa
en la lógica de la ambivalencia y de la autocorrectividad: por consiguiente, no debe
sorprender la aparente contradicción de la definición «psicoterapia breve a largo plazo».

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1. Psicoterapia breve a largo plazo: eterna polémica

No hay buena práctica


sin una buena teoría
LEONARDO DA VINCI

«Menos se convierte en más» cuando se obtiene lo máximo a través de lo mínimo. Se


trata del concepto de eficiencia de una intervención, cuya finalidad es resolver un
problema o alcanzar un objetivo prefijado. En el campo de aplicación de la psicoterapia,
este ha sido el resultado de la formulación, en los años sesenta del siglo pasado, de las
primeras «terapias breves» (Weakland et al., 1974; Watzlawick et al., 1997)
formalizadas como modelo efectivo de intervención clínica para los trastornos psíquicos
y conductuales. En los decenios siguientes, la evolución de esos trabajos fundamentales
del Mental Research Institute de Palo Alto, fruto de la labor de algunos autores
importantes (De Shazer, 1982, 1985, 1991; Madanes, 1981; Nardone, Watzlawick, 1990,
2005; Nardone, Portelli, 2005; Wittzaele, Nardone, 2016; Nardone, Balbi, 2015) que
desarrollaron todas las potencialidades teórico-prácticas, condujo a la formalización de
diversos modelos de psicoterapia breve, tan rigurosos como eficaces, basados en los
contenidos sistémicos y estratégicos, y validados empíricamente en su aplicación a las
psicopatologías más importantes (Szapocznick et al., 2008; Robin et al., 1999; Le
Grange, 2004; Lock, Roen et al., 2010; Nardone, Watzlawick, 2005; Castelnuovo et al.,
2010; Gibson, 2015; Pietrabissa et al., 2016; Nardone, Portelli, 2005). En 1999, la
American Psychological Association (Hubble, Duncan, Miller) publicó una obra
fundamental en la que se exponían los resultados sobre la eficacia de las psicoterapias.
Dos de los investigadores más importantes en la materia, Asay y Lambert (1999),
tomaron como base los datos empíricos internacionales y demostraron que el 50 % de los
trastornos que requieren psicoterapia pueden ser resueltos mediante una intervención de
no más de diez sesiones, el 25 %, con un tratamiento inferior a las 25 sesiones, y el
restante 25 % con un tratamiento psicológico más prolongado.
Estos datos irrefutables constituyen un hito en la conducción éticamente rigurosa de
los tratamientos psicoterapéuticos, y por primera vez también indican claramente la
importancia de los tratamientos específicos para las distintas formas de patología
psicológica que, al estar ajustados al trastorno tratado, garantizan no solo la máxima
eficacia terapéutica, sino también la máxima eficiencia.
Por otra parte, en los últimos decenios, son muchos los investigadores clínicos que se
han dedicado a elaborar protocolos específicos de tratamiento para las variantes de la

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psicopatología, y han demostrado que estos garantizan resultados terapéuticos mejores
que las formas de terapia basadas en constructos generales invariantes (Wilson, 2009;
Beck, 1976, 1985; Nardone, 1993; Nardone, 1997; Watzlawick, Nardone, 1997; Yapko,
2002; Nardone, Portelli, 2005; Muriana et al., 2006; Nardone, Rampin, 2002; Nardone,
Valteroni, 2017; Castelnuovo et al., 2013; Loriedo, 2011; Petrini, 2012; Le Grange,
2004; Szapocznik et al., 2008). Gracias a esto, hoy en día la psicoterapia como disciplina
médico-psicológica especializada ofrece una serie de tratamientos terapéuticos que han
demostrado su validez en la mayoría de las formas de trastorno psíquico y conductual,
favoreciendo la superación de las «discusiones bizantinas» entre los distintos enfoques
teórico-prácticos. No es que no existan aún «encendidas polémicas» entre los defensores
de las distintas escuelas de pensamiento, pero cuando se examinan las valoraciones
empíricas, solo los más fanáticos niegan las evidencias de los resultados concretos. Una
de las discusiones que nos parece más obsoleta, pero que sigue aún viva, es la que
enfrenta a los partidarios de las terapias a largo plazo con los que proponen tratamientos
breves, es decir: todos están de acuerdo en la eficacia de los tratamientos
psicoterapéuticos, pero muy pocos coinciden en el concepto de eficiencia, a pesar de las
pruebas concretas proporcionadas por las investigaciones empíricas en este terreno. En
otras palabras, persiste la idea de que el cambio terapéutico efectivo exige
necesariamente mucho tiempo. Esto es cierto en el caso de algunos trastornos, pero no en
la mayoría de los problemas que son objeto de tratamiento psicoterapéutico. Es más, los
datos demuestran que solo una cuarta parte de los pacientes necesita una terapia con un
número de sesiones elevado, otra cuarta parte no necesita un número tan elevado y para
la mayoría son suficientes unas pocas. Como el lector habrá intuido, hemos desplazado
la atención del tiempo de la terapia al número de sesiones necesarias: esta perspectiva es
la que marca la diferencia y justifica el título del libro, ya que explica la ambivalencia
lógica representada por terapias que pueden ser breves en cuanto al número de sesiones,
pero largas porque el tratamiento se prolonga en el tiempo. Un tratamiento puede ser al
mismo tiempo breve, porque se desarrolla con un número reducido de sesiones, y a largo
plazo porque se prolonga en el tiempo, con sesiones cada vez más espaciadas.
Si adoptamos este punto de vista operativo, una psicoterapia puede prolongarse en el
tiempo pero con pocas sesiones y, por el contrario, puede ser de tiempo breve pero con
muchas sesiones muy seguidas. Desde un punto de vista lógico, la polémica dejaría de
tener sentido. En los casos más graves, puede necesitarse un período prolongado de
terapia para que la persona rompa en primer lugar los esquemas patológicos que la
mantienen atada a la sintomatología invalidante y construya luego un nuevo equilibrio
psicológico, gracias a experiencias reales de aprendizaje y adquisición de confianza en
los propios recursos. En estos casos también se puede recurrir a una intervención que no
exige necesariamente cientos de sesiones: esto es, una terapia intensiva en su primera
fase dirigida a anular la sintomatología invalidante mediante técnicas terapéuticas
específicas para el trastorno, para pasar luego a estabilizar los resultados mediante un
proceso de larga duración con sesiones clínicas cada vez más espaciadas, y acabar con
follow-up de comprobación. Para ser más concretos, una psicoterapia de este tipo puede

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desarrollarse en menos de quince sesiones a lo largo de más de dos años.
Este tipo de proceso terapéutico está indicado sobre todo en los casos en que la
patología persiste desde hace años y se ha convertido en una especie de equilibrio que,
pese a ser disfuncional, se resiste al cambio y exige estrategias terapéuticas adaptadas a
su estructura para poder romper su persistencia. Después, para que la patología no se
reconstruya tras haber sido superada, es necesario sustituirla por una nueva forma de
equilibrio estructurado. Aunque el cambio terapéutico puede producirse rápidamente,
incluso en el caso de las patologías más invalidantes y persistentes, la construcción de
una nueva homeostasis sana que sustituya a la anterior necesita a veces mucho tiempo
para estructurarse sobre la base de nuevas experiencias emocionales y perceptivas
repetidas en el tiempo.
Veamos el ejemplo de un sujeto con agorafobia grave, que durante muchos años ha
vivido dentro de los límites impuestos por la patología: si se aplica a un caso así el
protocolo terapéutico específico (Nardone, 1993, 2003, 2016), normalmente en cinco
sesiones la sintomatología fóbica queda anulada. Por consiguiente, la persona tiene que
subvertir, en virtud de su autonomía recuperada, todos los equilibrios relacionales
basados hasta entonces en la dependencia de los demás. No solo eso; para convencerse
de que realmente ha superado la patología, necesitará confirmar repetidamente las
capacidades que ha recuperado o desarrollado por primera vez. La fase que sigue al
cambio terapéutico normalmente dura más de un año, en el que se guía a la persona, libre
ya del miedo invalidante, a experimentar la autonomía y la independencia que ha
adquirido y a modificar las relaciones con los otros y con el mundo. Esta fase se
desarrolla con una serie de sesiones cada vez más distanciadas entre sí, en una especie de
supervisión confrontativa, al cabo de un mes, de dos, de tres, de cinco, y con una sesión
final seis meses más tarde. De este modo se incentiva al paciente a construir su propia
independencia incluso de la terapia y del terapeuta, aunque sintiéndose tutelado por la
presencia de este último en el proceso de construcción del nuevo equilibrio psicológico.
Otro ejemplo sería el de una paciente con anorexia grave, que ha llegado a pesar
treinta kilos. El desbloqueo del trastorno puede y debe conseguirse lo más rápidamente
posible (Nardone, Valteroni, 2017), precisamente para evitar un desenlace funesto o
daños fisiológicos irreparables, pero la recuperación del peso ha de ser gradual, no más
de dos o tres kilos al mes. A esta recuperación fisiológica, que requiere un tiempo no
inferior a los diez o doce meses, se asocia la reorganización de las relaciones familiares y
sociales de la paciente aislada en la prisión de la anorexia, además de la recuperación de
las capacidades de gestionar las sensaciones placenteras no solo frente a la comida. Es
evidente, por tanto, que forzosamente hay que prolongar los plazos.
Veamos el caso de un joven que sufre una crisis de delirio, la llamada «psicosis
transitoria adolescente». Por lo general, si se trata bien, desaparece rápidamente, pero
antes de que el paciente recupere la plena confianza en su estabilidad psíquica se
necesitarán repetidas experiencias que confirmen la adquisición de la resiliencia
psicológica.
Por último, en los trastornos borderline y de personalidad, el sujeto presenta más

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sintomatologías severas y diferentes, además de una marcada fragilidad y falta de
constancia que no le permiten construirse un equilibrio psíquico y conductual estable. En
estos casos, la intervención terapéutica en las distintas manifestaciones patológicas del
trastorno puede ser eficaz y eficiente, pero la construcción de la estabilidad psíquica y de
la constancia en el mantenimiento de conductas y relaciones equilibradas exige
prolongadas y repetidas experiencias concretas, que no pueden producirse en un período
de tiempo breve.
Como ya se ha expresado en otras obras (Nardone, Watzlawick, 1990; Nardone, Balbi,
2008), un cambio terapéutico realmente eficaz ha de tener como primer objetivo
terapéutico la extinción del trastorno y de sus manifestaciones sintomáticas. A
continuación, debería construirse un equilibrio psíquico y conductual que permita al
individuo evitar recaídas en el trastorno y expresar sus plenas potencialidades.
Para ello es útil considerar la patología como una «homeostasis insana», que hay que
sustituir por una «homeostasis sana»: para conseguirlo, es preciso ante todo romper la
persistencia de la «homeostasis insana», utilizando técnicas capaces de sortear la
resistencia al cambio propia de cualquier equilibrio adquirido; después, a través de un
proceso de aprendizaje mediante experiencias y adquisiciones, hay que construir la
nueva «homeostasis sana», que por su propia naturaleza tenderá a mantenerse.
En otras palabras, la primera parte de la terapia es estrictamente estratégica, y su
objetivo es obtener resultados de cambio de la manera más rápida posible; la segunda es
de carácter experiencial evolutivo, y su finalidad es consolidar los cambios terapéuticos
y crear confianza en los recursos personales; la tercera es de naturaleza cognitiva y
tiende a suscitar la autoestima y el sentido de autoeficacia. Es evidente que nos estamos
refiriendo a cuadros clínicos en los que el trastorno persiste desde hace mucho tiempo y
ha afectado a todas las áreas vitales del sujeto. Por esta razón, tras el desbloqueo efectivo
de la sintomatología invalidante, obtenido en un breve plazo de tiempo, se requiere un
largo período para construir un nuevo y persistente equilibrio psicológico y conductual.
Lo realmente destacable es que, incluso en el caso de patologías graves, invalidantes y
persistentes, el cambio terapéutico, esto es, la reducción o remisión total de la
sintomatología, puede producirse rápidamente, permitiendo con ello que el paciente
recupere en poco tiempo el bienestar y las capacidades personales. Estos resultados se
consolidarán y se mantendrán a través del siguiente proceso experiencial evolutivo, en el
que el terapeuta se convierte en una especie de supervisor de la construcción de la
autonomía personal del paciente y se mantiene así como un punto de referencia
tranquilizador e incentivador, sin crear dependencia: en las terapias a largo plazo con
sesiones muy próximas en el tiempo, la dependencia es un riesgo muy frecuente. La
psicoterapia breve a largo plazo ha evolucionado no sobre la base de presupuestos
teóricos que hay que respetar, sino sobre la base de la experiencia clínica real y de la
investigación empírico-experimental de soluciones terapéuticas realmente eficaces para
todos los pacientes en los que el trastorno es tan invasivo y duradero que se convierte en
parte sustancial de su personalidad y de su conducta.
Hay que tener en cuenta que en estos casos las terapias ineficaces a las que se han

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sometido los pacientes en su largo período de sufrimiento también han contribuido a
cronificar el trastorno y a convertirlo en parte integrante de su personalidad.
La solución intentada que no funciona, si se reitera, tiende a complicar el problema al
que se aplica, anquilosándolo e incrementando la resistencia al cambio. Si esta dinámica
se prolonga durante años, el trastorno inevitablemente se agravará y se generalizará. Esto
plantea otra cuestión importante, esto es, cuando la psicoterapia, en vez de promover el
bienestar, contribuye a mantener el trastorno del paciente. Existen muchos trabajos sobre
esta cuestión (Strupp, 1979), pero en general han sido poco considerados por los
profesionales que ejercen en el campo de la salud mental. No obstante, lo que se ve
claramente y debería resultar casi obvio es que, si una solución terapéutica no da
resultados y es interrumpida rápidamente, la probabilidad de que produzca daños al
paciente también se reduce drásticamente. En cambio, si pese a la falta de resultados
terapéuticos concretos, se insiste en la solución, la probabilidad de efectos iatrogénicos
aumenta considerablemente. Por consiguiente, si en el plazo de unos meses no se
observan cambios significativos, la terapia debe cambiarse. Esta observación empírica
choca con las numerosas teorías y modelos psicoterapéuticos (Nardone, Salvini, 2013)
que proponen la rígida tesis de que se necesita mucho tiempo para obtener resultados
terapéuticos. De ahí surge la distinción nítida, en cuanto a proceso terapéutico, entre la
psicoterapia breve a largo plazo de tipo estratégico y las psicoterapias a largo plazo
tradicionales. En la primera, si no hay resultados concretos de cambio en las diez
primeras sesiones, se interrumpe la terapia, porque se parte del presupuesto teórico-
práctico de que, si el cambio no se ha producido ya, tampoco se producirá insistiendo en
lo que no ha funcionado; en la segunda, se prolonga demasiado y con sesiones
frecuentes, ya que se parte de la base de que el cambio terapéutico se producirá como
resultado de un proceso largo.
Por consiguiente, desde nuestro punto de vista no puede haber una terapia a largo
plazo si no es como continuación de una terapia anterior, que ya ha dado resultados
terapéuticos a corto plazo. En cambio, para los enfoques tradicionales, la terapia es por
definición a largo plazo, prescindiendo de los resultados obtenidos. Por otra parte,
Daniel Stern (2004), autor de referencia para las terapias a largo plazo de las últimas
generaciones, afirma que «el cambio terapéutico es casual e imprevisible» y se produce
en el proceso terapéutico a largo plazo como una especie de epifenómeno revelador.
Sin embargo, desde una perspectiva estratégica (Watzlawick, 1974; Nardone,
Watzlawick, 1990-2005; Nardone, Portelli, 2016; Nardone, Balbi, 2015), el cambio es la
consecuencia de estrategias y estratagemas terapéuticas construidas ad hoc para romper
los esquemas de persistencia de la patología y es, por lo tanto, «causal y previsto», y
también es consecuencia de experiencias concretas realizadas por medio de técnicas
terapéuticas específicas.
Por último, en cuanto a la evaluación metodológica, la eficacia de una terapia
psicológica no puede separarse de su eficiencia porque, si un cambio se produce a largo
plazo, no puede demostrarse que sea el resultado de la intervención terapéutica y no de
lo que ha sucedido en la vida del paciente al margen del tratamiento.

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Ahora bien, si el cambio se produce en tiempo breve, se puede atribuir a la terapia con
mucha probabilidad, sobre todo si esta se basa en técnicas específicas para la patología
tratada.
La eficiencia valida la eficacia, del mismo modo que la técnica para ser rigurosa ha de
ser replicable, es decir, ha de proporcionar aproximadamente los mismos resultados
aplicados a los mismos tipos de problemas. Para que la técnica demuestre ser más
avanzada aún y tecnológica, ha de prever los resultados de cada maniobra terapéutica en
la secuencialidad de toda la estrategia terapéutica, es decir, ha de ser predictiva.
Como trataremos de demostrar en las páginas siguientes, la psicoterapia breve
estratégica a largo plazo está basada justamente en estas características de rigor y
adaptabilidad de la intervención clínica. Por esto permite abordar con probabilidades de
éxito elevadas incluso los casos aparentemente intratables y resistentes al cambio. En
palabras de Paul Watzlawick, «el hecho de haber padecido una patología durante
muchos años no significa que su terapia deba ser igualmente larga y dolorosa».

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2. Historia de la investigación sobre el tratamiento de las
psicopatologías mayores

La verdad de una idea no es una propiedad estática; ocurre,


se vuelve verdadera, y en tal la convierten los hechos.
WILLIAM JAMES

Primer decenio

A lo largo de treinta años de investigación e intervención sobre el terreno, nos hemos


enfrentado, como atestiguan las obras publicadas, primero a psicopatologías «puras»,
esto es, trastornos con síntomas claros y evidentes que permitían distinguirlos
nítidamente, como ataques de pánico, fobias, obsesiones y compulsiones, trastornos
alimentarios y disfunciones sexuales. Se trata de áreas clínicas en las que generalmente
el trastorno coincide con la sintomatología: una vez extinguida esta última, el sujeto
recupera el equilibrio psicológico. Esto nos permitió construir, mediante proyectos
específicos de investigación-intervención, estrategias y estratagemas terapéuticas que se
ajustaran a las distintas patologías con una elevada eficacia y eficiencia terapéutica
(Nardone, Watzlawick, 2005). A continuación, nos enfrentamos cada vez más a casos en
los que esos trastornos habían persistido durante muchos años y se habían «cronificado».
En consecuencia, tuvimos que adaptar el proceso terapéutico añadiendo a la primera
parte «estratégica» una fase posterior de reorganización supervisada de la vida de los
pacientes, libres ya de los síntomas invalidantes, a fin de que, además de estabilizar los
resultados, pudieran construir un nuevo equilibrio.
Una buena parte de esta clase de pacientes que llegó a nosotros con una historia de
tratamiento farmacológico prolongado tuvo que someterse a un proceso de reducción
progresiva de fármacos, lo que hizo que la terapia se prolongara mucho más. Por
consiguiente, fue necesario continuar viendo a estos sujetos que ya no padecían el
trastorno, sino que estaban en fase de reducción del tratamiento farmacológico antes
prescrito hasta su conclusión, o que seguían con él sin obtener los resultados terapéuticos
esperados, o con una mejoría pero sin una resolución total del trastorno.
La tercera categoría de pacientes constituía una minoría en el total de nuestra
casuística. Por esta razón las experimentaciones clínicas eran reducidas en relación con
los otros dos tipos, que suponían el 80 % de las terapias. Este tercer grupo está
constituido por las llamadas psicopatologías mayores, esto es, sujetos con diagnóstico de

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psicosis, trastorno de personalidad, depresión profunda y patología borderline. Con este
tipo de pacientes al principio utilizábamos las técnicas terapéuticas de la tradición
sistémica (Bateson, Weakland, Haley, 1956), consiguiendo resultados terapéuticos
alentadores, pero desde luego no comparables a los obtenidos con los otros tipos de
patologías, en las que ya a principios de los años noventa la eficacia alcanzaba las cifras
más elevadas del sector. Ahora bien, con el tiempo la petición de una terapia breve
estratégica, es decir, de una intervención que consiguiera una mejoría desde los primeros
momentos del proceso terapéutico, aumentó considerablemente también en estas áreas
clínicas, y nos incitó a estudiar más a fondo esas casuísticas y el tratamiento más idóneo.

Segundo decenio

El éxito, tanto en el plano profesional como en el de los reconocimientos científicos y


académicos, de la aplicación de los modelos de psicoterapia breve estratégica elaborados
en el Centro di Terapia Strategica de Arezzo aumentó las peticiones de intervención
clínica. La casuística pasó de miles a decenas de miles de sujetos tratados y estudiados.
Eso permitió un nuevo perfeccionamiento de los modelos terapéuticos ya formalizados,
que fueron ajustados cada vez con mayor precisión a las patologías tratadas y a sus
variantes. Además del protocolo de tratamiento general, por ejemplo del trastorno de
pánico, se propusieron estratagemas terapéuticas elaboradas para las variantes fóbicas de
esta patología, así como para las distintas formas de trastorno obsesivo-compulsivo,
trastornos alimentarios y disfunciones sexuales. En este período se elaboraron más de
cincuenta estratagemas terapéuticas para las variantes de las áreas psicopatológicas más
importantes. Esa evolución tecnológica hizo que el modelo fuera aún más riguroso y
sistemático, y al mismo tiempo flexible y adaptable a las exigencias terapéuticas
específicas de las numerosas variantes sintomáticas de los trastornos.
En esta fase evolutiva de nuestra constante investigación sobre las técnicas
terapéuticas, se impulsó notablemente el estudio de las patologías que definíamos como
«presuntas psicosis». Considerábamos psicosis o presuntas psicosis aquellos casos en
que se evidenciaban trastornos con una destacada presencia de delirios, severas manías
de persecución, alucinaciones y evidentes estados disociativos unidos a la incapacidad de
construir y mantener relaciones significativas, o a la construcción, sobre la base de una
dependencia, de complementariedades patológicas convertidas en partes integrantes del
propio trastorno, o incluso aquellos casos en que los diferentes síntomas agudos se
atenuaban alternándose. Siguiendo la tradición sistémica, nos negábamos a incluir a
estos pacientes en las rígidas, imprecisas y a menudo poco apropiadas clasificaciones
psiquiátricas que, si bien aparentaban ser claves diagnósticas tranquilizadoras, no
aportaban nada a la terapia de estas graves formas de patología psíquica.
Sobre la base de nuestro método de investigación-acción lewiniano, decidimos
descubrir el funcionamiento real también de esta casuística clínica mediante soluciones
terapéuticas capaces de producir resultados, si no de curación completa, al menos de
mejora sustancial.

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Nuestro «mantra» metodológico es: lo que explica los problemas son las soluciones,
que, si pueden ser replicadas con éxito en la misma clase de trastorno, también nos
permiten comprender su funcionamiento. Como indica brillantemente Cioran, «todo
problema profana un misterio, que a su vez es profanado por su solución».
Este fue el comienzo del estudio sistemático del tratamiento terapéutico estratégico del
área clínica representada por las patologías mentales mayores para la que, pese a ser más
reducida que las otras psicopatologías mucho más frecuentes, como pánico, fobias,
obsesiones y trastornos alimentarios, había una exigencia de tratamiento cada vez más
apremiante. Era un sector de investigación especialmente fascinante y exigente, porque
era representativo de unos tipos de trastorno tan invasivos e invalidantes que a menudo
se consideraban una condena determinada biológicamente a no curarse.
La primera constatación importante surgida de las primeras experimentaciones
clínicas era que estas formas de patología presentan muy poca regularidad y en cambio
muchas excepciones a la regla. Es decir, existen demasiadas diferencias entre un caso y
otro para poder observar un esquema de funcionamiento regular sobre el que construir
una generalización, como puede hacerse con las psicopatologías «puras». La técnica que
funciona en un determinado sujeto no tiene por qué funcionar en otro que presente los
mismos síntomas. Por consiguiente, es muy difícil elaborar una estrategia secuencial
compuesta de técnicas terapéuticas específicas. En otras palabras, la formulación de un
protocolo terapéutico replicable y predictivo es casi imposible debido a la excesiva
variabilidad de las respuestas a la misma técnica terapéutica por parte de sujetos que
aparentemente padecen el mismo trastorno. Este dato empírico nos indujo a centrar la
atención en cada una de las técnicas y no en el modelo secuencial. Ante la imposibilidad
de elaborar un protocolo formalizado de tratamiento, la experimentación se centró en la
definición de maniobras terapéuticas capaces de desmontar las rigideces patológicas y
anular o reducir significativamente el grado de invalidez causado por las manifestaciones
sintomáticas del trastorno. Por ejemplo, se elaboraron una técnica de «contradelirio»
(Watzlawick, Nardone, 1997) capaz de lograr que el paciente que sufre el delirio «ponga
de nuevo los pies en el suelo», una técnica de «investigación de las confirmaciones
contradictorias» (Nardone, Balbi, 2008) que pueda desmontar manías persecutorias
graves, o también la técnica del «púlpito vespertino» (Nardone, 1991), donde encauzar la
actitud victimista y chantajista de sujetos fuertemente depresivos o sin control de los
impulsos, limitando su agresividad. El objetivo de todas estas técnicas terapéuticas es
producir lo que todos los enfoques teórico-prácticos consideran un paso esencial hacia el
cambio: la experiencia emocional correctiva (Alexander, 1956), esto es, una percepción
vívida y concreta de las cosas desde una perspectiva nueva y liberadora, una rendija en la
repetición continua del sufrimiento, que crea la sensación de poder superarlo y que por
esto abre el camino a una serie de cambios terapéuticos evolutivos. El modelo
estratégico se caracteriza por elaborar y aplicar técnicas que de forma deliberada,
focalizada y predictiva produzcan ese cambio concreto en la forma en que el paciente
percibe la realidad y reacciona ante ella. Precisamente con este objetivo, durante el
segundo decenio de nuestro trabajo empírico-experimental en el ámbito clínico, nos

16
concentramos en la elaboración de maniobras terapéuticas que se adaptaran a formas tan
distintas de «presuntas psicosis» y que fueran capaces de interrumpir su persistencia e
iniciar el camino al cambio no solo sintomático, sino radical.
Otro factor que se percibió claramente en el trabajo con trastornos tan agudos es la
importancia de reducir cuanto antes los síntomas invalidantes para proceder luego a la
reestructuración de las modalidades perceptivo-emocionales que conducen
inevitablemente a las reacciones patológicas. Esto viola el tradicional preconcepto de la
psicoterapia a largo plazo, según el cual se considera que primero hay que desvelar las
causas profundas del trastorno para luego, en virtud de la conciencia así adquirida,
liberar al sujeto de las manifestaciones sintomáticas superficiales. No solo la
epistemología y la investigación empírica han demostrado la inconsistencia de ese
constructo basado en una causalidad lineal, no aplicable a fenómenos recursivos
complejos como los mentales, sino que es evidente incluso para los «no iniciados» que
un sujeto que es prisionero de una sintomatología invalidante e invasiva no está en
condiciones de iniciar un proceso de concienciación que exige lucidez mental y
capacidad de racionalización. En otras palabras, ¿cómo puede un joven presa del delirio
comprender racionalmente cuál es la causa que provoca el trastorno? Sería como
pretender que el Barón de Münchausen, recordado por Paul Watzlawick, consiguiera
salir del pantano en el que ha caído mientras galopaba levantando el caballo que
mantiene apretado entre las rodillas tirando de su propia coleta. No es posible que se
produzca una concienciación terapéutica si la persona no está en condiciones de razonar
lúcidamente sobre sus problemas, tras haber sido anulada o reducida la sintomatología
que se lo impide.
Hemos elaborado muchas técnicas terapéuticas distintas cuya eficacia en este sentido
ha quedado demostrada (Nardone, Watzlawick, 2005; Nardone, Portelli, 2005; Nardone,
Balbi, 2015), lo que nos ha permitido incrementar de forma significativa los porcentajes
de resultados terapéuticos positivos en el tratamiento de estas formas graves de
psicopatología.

Tercer decenio

La formalización de técnicas terapéuticas replicables adecuadas para producir la


experiencia emocional correctiva, incluso en las variantes de las patologías psíquicas
mayores, abrió un nuevo escenario que hasta aquel momento apenas habíamos
contemplado. Parafraseando las palabras del premio Nobel James Watson, cada enigma
resuelto abre la puerta a nuevos enigmas por resolver.
En nuestro caso la solución al primer dilema creó otro: con la mayor parte de estos
pacientes, tras la extinción o la reducción significativa de la sintomatología invalidante e
invasiva, nos encontramos ante vidas que había que reconstruir, o construir por primera
vez. La larga persistencia de la patología, aparecida muchas veces a edad temprana,
había impedido a los sujetos desarrollar su crecimiento personal, relacional y social.
A diferencia de las personas que, una vez superado el trastorno, retomaban el control

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de sus vidas o, si las patologías eran más prolongadas, simplemente necesitaban ayuda
para reconstruir su autonomía personal, en estos casos se trataba de lograr que el
paciente fuese capaz de construir lo que nunca había experimentado antes o que, en caso
de haberlo vivido, quedaba ya tan lejos en el tiempo que era imposible recuperar
rápidamente sus competencias y habilidades. Prescindiendo de la forma de trastorno
mayor o de patología cronificada, lo que indica cómo hay que proceder tras haber
superado los síntomas agudos e invalidantes es hasta qué punto el trastorno, por su
duración o virulencia, ha impedido al sujeto una sana evolución individual en las
relaciones consigo mismo, con los otros y con el mundo. Tanto da que se trate de una
anoréxica adulta con una historia de veinte años de restricción alimentaria aguda y
aislamiento social; de un adolescente con trastorno borderline antisocial convertido en
adulto sin haber crecido y, por lo tanto, dependiente aún totalmente de sus padres; de un
joven adulto con un trastorno obsesivo-compulsivo de personalidad que le ha
condicionado totalmente la vida; o de un sujeto con delirio persecutorio que se ha
protegido del mundo exterior durante años evitando al máximo el contacto con este. El
problema que hay que resolver, tras haber liberado al paciente del trastorno, es la
construcción de una nueva vida. Estos sujetos, en palabras de Emil Cioran, «están
consternados contemplando el esplendor de los desastres realizados» o sufridos entre los
escombros de los trastornos derribados por la intervención terapéutica. Sería optimista
esperar que fueran capaces de reorganizar su vida de forma autónoma porque son
totalmente inexpertos e incapaces de hacerlo, ya que carecen de la más mínima
experiencia a este respecto. De modo que habrá que ayudarles a construir lo que nunca
han podido construir, algo que, como todos los aprendizajes evolucionados y las
adquisiciones estabilizadas, exige experiencias repetidas en el tiempo y, por tanto, no
puede conseguirse rápidamente. Para los terapeutas estratégicos, que estamos
acostumbrados a los procesos terapéuticos breves —unos pocos meses de terapia más
tres sesiones de follow-up a lo largo de un año— esto se contradecía con el modelo
teórico-práctico de referencia. No obstante, esa contradicción era solo aparente: un
modelo basado en la lógica estratégica es por definición «irreverente» (Cecchin et al.,
1990; Nardone, Watzlawick, 1990) frente a cualquier teoría rígida y se basa en la
constante «autocorrección» a partir de los resultados obtenidos en la aplicación empírica.
En este caso la aplicación de la terapia breve estratégica a las patologías mayores exigía
una adaptación específica a las características de esos trastornos, sobre todo en la fase
posterior al desbloqueo de la sintomatología. Se trata de adaptar la lógica operativa del
modelo a fin de ayudar al paciente a construir un equilibrio psíquico y conductual nuevo,
sano y persistente, a través de un proceso que, como ya hemos aclarado, no puede ser
breve. Al mismo tiempo, hay que evitar cualquier tipo de dependencia de la terapia y del
terapeuta, que para ello se transformará en supervisor y consultor que ayuda al sujeto en
los momentos críticos pero sin sustituirle. El terapeuta ya no «prescribe» nada, sino que
adopta una posición consultiva que incita al sujeto a descubrir sus recursos personales
para adquirir seguridad y autonomía. En esta fase, que se prolonga en el tiempo pero no
en el número de sesiones, el terapeuta estratégico deja de actuar como experto en

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estratagemas y lenguaje performativo y pasa a actuar como el «sabio» al que consultar
para dirimir las cuestiones en las que se muestra inseguridad o inexperiencia, una figura
que, gracias a su «sabiduría», ayuda a entender qué camino seguir y cuál evitar. El
terapeuta no indica directamente las soluciones, sino que permite al sujeto «descubrir»
su camino a través de «preguntas orientadoras» y paráfrasis que redefinen las distintas
perspectivas de análisis del problema.
El proceso terapéutico acaba cuando el paciente afirma sentirse seguro y autónomo, y
no inseguro e inestable, capaz por lo tanto de enfrentarse a los problemas de la vida.
Incluso el palacio más imponente se derrumba si se consigue minar los puntos
adecuados. Su construcción, en cambio, requiere un trabajo largo y fatigoso.

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3. «Espío a quien me espía». El caso de Giona

Giona es un hombre de unos cincuenta años, completamente calvo y sin cejas. Tiene los
ojos de un color negro que raramente se ve y, en efecto, son pocos los que, al menos en
los últimos veinte años, han tenido la oportunidad de intercambiar una mirada con esos
ojos.
Hacía veinte años que Giona no salía de casa cuando su hermano decidió que no podía
seguir así. Tras haberse enterado de que un amigo suyo se había curado en nuestro
instituto, decidió emprender lo que él mismo definió sin ambages como «el viaje de la
esperanza», y nos trajo a su hermano como si fuera un paquete postal. Giona no quería
venir, simplemente para no tener que salir de casa. La manera en que se presenta dice
mucho de su poca costumbre de ver gente. Giona va vestido como si llevara mucho
tiempo hospitalizado: con un pantalón que parece de pijama, camiseta blanca de tirantes
y zapatillas de color gris oscuro. En cambio, su hermano viste traje y corbata.
El hermano explica la situación, en voz baja pero agitada. Da muestras de una ligera
ansiedad y explica que él también fue tratado por uno de nuestros colegas estratégicos.
En una fase de su carrera profesional y ante la perspectiva de tener que alcanzar nuevos
objetivos, desarrolló ansiedad de rendimiento. Tras haber superado el escollo que le
impedía avanzar profesionalmente, pudo dedicarse a buscar una cura para su hermano.
Giona vive a miles de kilómetros de distancia y es el único familiar que le queda desde
que murieron sus padres.
Giona está en tratamiento desde hace quince años con un diagnóstico de trastorno
bipolar: se somete a sesiones semanales de psicoanálisis, ha sido tratado en un centro de
higiene mental tanto farmacológicamente como, por dos veces, con una psicoterapia
cognitiva, pero sin ningún resultado. Nadie ha conseguido sacar a Giona de su
aislamiento.
Cuando recibimos a una persona con ese diagnóstico, actuamos con mucha cautela
antes de formular cualquier hipótesis, porque podría tratarse de cualquier cosa, y de lo
contrario: el ánimo deprimido y la manía, desde el punto de vista emocional, son los dos
extremos de un continuum que incluye una amplia gama de estados de ánimo, que son
consecuencias secundarias de muchos problemas o trastornos no resueltos. La
intervención sobre el estado de ánimo con fármacos, sobre las dinámicas emocionales no
resueltas y sobre los traumas del pasado con psicoanálisis, o también el intento de
modificar la conducta actuando sobre el conocimiento de inadecuación de la propia
conducta no habían hecho más que aumentar las resistencias de Giona al cambio, sin
obtener ningún resultado.

20
Escuchamos atentamente la petición del hermano, a quien Giona mira insistentemente
con la escrupulosa atención de quien no quiere perderse el más mínimo detalle, como si
estuviese hablando de otra persona. Luego observamos a Giona que, en cuanto se siente
observado, baja los ojos. Las dos posturas, antitéticas, permitirían a cualquier experto en
el lenguaje corporal formular una primera hipótesis sobre el problema del pintoresco
personaje que tenemos delante. Sin solicitar su mirada, empezamos con las primeras
preguntas. Tras haber confirmado con una señal de asentimiento la versión del hermano,
a la pregunta: «¿Qué cree usted que debería cambiar en su vida actual para decirnos
“gracias por haberme ayudado”?», Giona levanta la cabeza casi hasta cruzarnos la
mirada, y con una sonrisa burlona responde que podríamos decir, por ejemplo, a los que
pasan diariamente por delante de la ventana de su casa que se largaran o que al menos
miraran hacia otro lado, porque no hay nada que ver. Descubrimos que el hombre se
pasa el día protegiéndose de presuntos, aunque para él reales, juicios inquisitivos, que lo
único que pretenden es verlo para echarle en cara lo poco que ha hecho en su vida y la
facilidad con que ha fracasado en todo lo que ha intentado y con que ha destruido lo
conseguido en el pasado. Alguna vez ha recibido amenazas directas de otro paciente del
Centro de salud mental, pero lo ha solucionado con un buen susto. Los verdaderos
enemigos, dice, «son los de mi pueblo, que saben quién soy y que, si me topara con
ellos, sin duda se burlarían de mí y luego irían a contárselo a los amigos, que tendrían un
buen tema de conversación y se divertirían hablando mal de mí. En último término, lo
único que pueden hacer es rechazarme, puesto que mi vida ya no es tan interesante como
antes».
De estas pocas frases iniciales se desprende que Giona es mucho más hábil con las
palabras que con los hechos: habla en voz baja, como para no arriesgarse a que le oigan,
pero es el discurso de un hombre culto; la fluidez expresiva indica que no solo no
necesita buscar las palabras que quiere utilizar, sino que además tiene cierta costumbre
de interaccionar, y el lenguaje refinado es propio de una persona con un nivel de
instrucción elevado o de quien por algún motivo está acostumbrado a expresarse
adecuándose al contexto. Estas son algunas de las múltiples contradicciones que
surgieron en los primeros minutos de interacción con este hombre singular. Giona
explica que todo empezó con la muerte de su padre, al que estaba muy unido, pese a
haber estado separados durante diez años. Giona vivió en China, donde trabajaba como
traductor de lenguas orientales. De regreso a su pequeño pueblo natal, donde ya no
conocía a nadie, no se sintió acogido como esperaba y decidió marcharse. En China
trabajaba, tenía una relación, fracasada, con una mujer con la que tuvo una hija, que
actualmente vive en Italia, pero con la que no se relaciona, al menos no tanto como
quisiera. En principio se quedó por ella, esperando recuperar la relación. Luego empezó
a sentirse observado, quería huir del pueblo, pero un amigo psiquiatra y psicoanalista lo
disuadió de hacerlo, diciéndole que lo protegería. El resultado fue que perdió el valor
necesario para salir de casa.
T: Vives exiliado en tu propia casa y este es el punto de arranque de todos tus
problemas.

21
En China, Giona también tuvo problemas fiscales, ya que declaró que estaba casado y
solo tenía una relación de hecho, que para él equivalía al matrimonio. Con esta
declaración pensaba obtener desgravaciones fiscales, pero al cabo de un tiempo empezó
a temer la posibilidad de ser perseguido. Muy pronto el temor se convirtió en una
obsesión.
Mientras el hombre va explicando su historia, el hermano lo mira y suspira, como
quien descubre por primera vez los detalles de una historia absurda. Luego Giona explica
que durante su último año en China ya no trabajaba, trataba con gente de un nivel muy
inferior al suyo, su compañera y su hija se marcharon y solo frecuentaba prostitutas. Con
una única excepción: la muchacha que conoció poco antes de regresar a Italia por la
muerte del padre. Aquí empezó todo: «o continuó, diríamos nosotros. De China a Italia,
como escribe Séneca en sus Epístolas morales a Lucilio, dondequiera que vayamos nos
llevamos a nosotros mismos, y usted llevó consigo el sentimiento de persecución que,
amplificado por la vergüenza causada por sus fracasos, se convirtió de temor en certeza.
Entonces empezó a defenderse. Su casa se convirtió en una prisión que, en vez de
salvarlo, reforzó su convicción de ser perseguido, víctima de todos aquellos que, pese a
no haberlo recibido con los brazos abiertos a su regreso y haber mostrado desinterés
hacia su persona, en su percepción empezaron a señalarlo como un fracasado. De modo
que allí se ha quedado durante veinte años, viendo tan solo de vez en cuando a su
hermano. ¿Es correcto?».
Giona nos mira y asiente. Evidentemente nos hemos ganado su confianza.
Entonces nos dirigimos a su hermano y le preguntamos qué pretende hacer para
ayudar a Giona. Nos asegura que lo ha probado todo, pero que sobre todo trata de incitar
a su hermano a salir, a hacer cosas, e intenta convencerlo de que nadie tiene nada contra
él, en todo caso más bien al contrario: «Las personas piensan mucho más en sí mismas
que en los demás, se lo he repetido un montón de veces. Pero no lo entiende. En un
momento dado me dije, gracias además a mi propia terapia, que tal vez no estaba
haciendo lo correcto y que quizá necesitaba a alguien que me ayudase a entender cómo
ayudarle. Porque él es lo único que tengo, profesor. Y él solo me tiene a mí, y no puedo
arriesgarme a que entre nosotros se rompa algo».
No hay argumentos racionales capaces de modificar o quebrar una creencia tan fuerte,
estructurada a lo largo de los años, y tan penetrante que impregna y anula cualquier área
de la vida (Nardone, Balbi, 2008). Al contrario, cuanto más intentamos combatir esa
convicción, más profunda se vuelve y debe defenderse a sí misma. «Con las mejores
intenciones se obtienen, la mayoría de las veces, los peores resultados» (Wilde, 1996).
Para entender por qué «la ayuda no ayuda», y por tanto la lógica de solución del
problema, debemos preguntarnos cómo una idea pasa de ser una realidad inventada a
algo tan concreto que se vive como real. Nuestra hipótesis de modalidad perceptivo-
reactiva disfuncional que es la base del círculo vicioso que se autoalimenta es la
siguiente: Giona, partiendo de hechos de los que se convirtió en protagonista pero que no
podía prever ni controlar, vivió una experiencia de pérdida de control, que le hizo
sentirse culpable según una visión rigurosa pero demasiado rígida de sí mismo. Giona

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reaccionó a esa decepción con un sentimiento de frustración inaceptable que empezó a
proyectar sobre los demás, convertidos en los jueces inquisidores. Temiendo el
enfrentamiento, por miedo a ser condenado, intentó desechar un sentimiento que cada
vez se volvió más concreto: el temor se convirtió en miedo, el miedo en terror, y el terror
le llevó a encerrarse cada vez más y a comportarse como si allí fuera hubiese realmente
algo o alguien del que escapar, hasta que su creencia se convirtió en convencimiento. Lo
que era un producto de la imaginación se convirtió en algo más verdadero que la realidad
(Nardone, Watzlawick, 1990; Nardone, Balbi, 2015; Nardone, 2015).
Al final de la primera sesión confirmamos a Giona y a su hermano la posibilidad de
ayudarle. No obstante, les explicamos que necesitamos la colaboración de ambos, y no
sabemos para cuál de los dos será más duro. Al hermano de Giona, con muchas ganas de
colaborar y confortado por la idea de que el hermano está en buenas manos, le pedimos
que mantenga una actitud de «conjura total del silencio. De ahora en adelante deberá
evitar hablar del problema, como si no existiese, y dejará de insistir a Giona para que
haga las cosas: por lo tanto, observar, sin intervenir, las reacciones de este. Si queremos
evitar que usted sea corresponsable del incremento de su resistencia y de la fuerza del
trastorno, debemos hacer que esté hambriento tanto del exterior como del interior. Ahora
somos nosotros los que nos ocuparemos de ustedes y cuidaremos de él».

T: A usted (dirigiéndose a Giona), en cambio, le pido dos cosas. La primera realmente


es dolorosa, pero nos permite penetrar en todos los sufrimientos pasados, para luego
salir de ellos; la segunda es muy práctica y concreta, incluso un poco extravagante,
como lo es también su problemita consigo mismo y con el mundo exterior, ¿no?
P: De acuerdo.
T: Mire, el pasado nunca se recupera y mucho menos se borra. No se recupera una
noche sin dormir, y las cuentas por nuestras acciones se pagan, desgraciadamente,
demasiado tarde. Dicho esto, debemos crear un canal para permitirle entrar en la
aventura que ha vivido, incluido el último ataque al Centro de salud mental,
partiendo incluso de este episodio. A partir de hoy, retrocediendo con la memoria en
el tiempo, deberá escribir en un cuaderno un capítulo de de las aventuras vividas a lo
largo de estos veinte años: fracasos y ataques sufridos, fracasos y ataques realizados.
Como si para usted el día de hoy fuera el punto cero y, sentado sobre las ruinas de lo
que fue destruido, repasara todos los fracasos, todos los errores, sufridos y
cometidos, contemplando su trágico esplendor. En las heridas que aún están abiertas
debemos hacer que coagule la sangre para que se conviertan en cicatrices. De no ser
así, el pasado seguirá invadiendo el presente e impidiéndole construir un futuro
distinto.

En las situaciones en que una persona explica hechos dolorosos y desastrosos, es


importante hacer que los revise a través de una especie de «novela de los fracasos»,
realizados y sufridos a lo largo de su vida (Nardone, Balbi, 2008; Cagnoni, Milanese,
2007). Mediante esta técnica de renarración de la propia historia, del presente al pasado,

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la persona podrá distanciarse emocionalmente y empezar a mirar el presente con los ojos
del presente en vez de seguir interpretándolo con los ojos del pasado.
Giona cambia continuamente de expresión mientras le estamos dando las indicaciones,
no solo porque utilizamos una forma de comunicación hipnótica y sugestiva, sino
también porque, por primera vez en veinte años, se ha sentido finalmente comprendido
en su percepción y en la necesidad de enfrentarse a los fantasmas de un pasado que,
aunque inventado, de hecho lo ha condicionado como si fuese real. Giona se ha
conmovido al verse acogido por primera vez sin sentirse desacreditado. Empezamos a
tratarle de tú y pasamos a la segunda prescripción.

T: Del deber penoso pasamos al que es un poco extravagante, pero muy práctico y que
ha de cumplirse meticulosamente. Todos los días, durante media hora como mínimo
y una hora como máximo, coges un pequeño cuaderno de notas y sales de casa, todos
los días, con el único propósito de buscar en las personas con las que te cruzas los
signos de que te están rechazando, que están pensando que eres un fracasado, una
persona que hay que evitar. Observa sus rostros, sus expresiones, la dirección de la
mirada, una mueca, una actitud extraña. Observa cómo hablan entre sí. Puedes tomar
nota en el acto o cuando llegues a casa, lo importante es que te concentres en la
búsqueda de todo aquello que confirme tu sensación de rechazo, de juicio, de
condena.

La segunda prescripción permite intervenir rompiendo la rigidez perceptiva en las


situaciones en que la persona aplica una defensa preventiva frente a los demás, por los
que se siente rechazado y perseguido. Mediante la técnica de la búsqueda de la
confirmación contradictoria (Nardone, 2013), apoyando la creencia del paciente, se le
pide que diariamente durante una hora vaya en busca de las señales de rechazo,
interrumpiendo así su tendencia a evitar el contacto con los demás; al obtener el efecto
contrario, se modificará gradualmente su percepción de las relaciones interpersonales y
la reacción ante ellas (Nardone, Balbi, 2008).
Giona nos mira, buscando deliberadamente por primera vez nuestros ojos. La
comisura izquierda de la boca se eleva a la vez que la ceja que no tiene, como si por una
parte se considerara satisfecho y, por la otra, se oliera el benévolo engaño que nuestra
estrategia ha introducido en su mente. Indirectamente, le hemos inculcado la conciencia
de que es inevitable que algo cambie de una vez por todas. Aun siendo escéptico en
cuanto a los resultados, Giona está seguro de que la situación cambiará.

Giona llega a nuestra consulta dos semanas más tarde. Es un período de tiempo mayor
que en las terapias que ha seguido anteriormente, pero desde luego no esperábamos ver
un cambio tan radical y evidente, empezando por el aspecto. Transcurridas apenas dos
semanas, Giona sigue siendo completamente calvo, pero su mirada es muy diferente: los
ojos son de un negro tan intenso que hacen la mirada incisiva a pesar de la ausencia de
cejas. Giona ya no parece un paciente crónico, sino un empleado estilo años ochenta: va

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vestido con una americana ancha con hombreras, pantalones de pinzas que marcan una
cintura ya no muy estrecha, una camisa pasada de moda, ceñida por el aumento de peso,
unos mocasines sin calcetines y una corbata discreta pero con dibujos insólitos. Giona
llega solo: el hermano ya no tiene mucho que decir, puesto que ha decidido mantenerse
al margen, una vez que ha entendido la importancia de confiar en nosotros y en nuestra
«extraña forma de terapia», como la define Giona con la primera sonrisa sincera, aunque
tímida, que hemos podido ver en su rostro.
Tras agradecer el elogio por su atuendo, que nos ha impresionado gratamente, Giona
nos dice que ha realizado la tarea de buscar signos negativos en otros, pero que no ha
podido encontrar nada: lo ha intentado de todos los modos posibles, se ha concentrado y
ha permanecido fuera de casa más tiempo, lo ha probado en diferentes momentos del día,
pensando que el fracaso podía depender de eso, pero sin éxito. «Extrañamente, alguno de
los que conocen mi historia, aunque no en sus detalles, incluso me ha sonreído. Al final,
esa horita de salida ha resultado hasta agradable, porque además nadie se me ha acercado
a preguntarme por mi pasado, o por mi trabajo… He podido caminar y me he sentido
como… como… como parte de la comunidad». Entretanto también ha escrito y, en
contra de lo que pensaba, no ha sufrido, sino que se ha soltado un poco la melena y en
algunos momentos hasta se ha divertido. Cuando preguntamos por los efectos de la
escritura, Giona confiesa que ahora siente que el pasado está mucho más encauzado.
El único problema es que se ha sentido un poco más fuera de control respecto de sí
mismo, independientemente de los demás: se ha excedido comiendo, bebiendo,
fumando, durmiendo, y ahora que ya no se siente en el ojo del huracán no quiere correr
el riesgo de destruirse él solo, perjudicándose con todos esos excesos. Sugerimos a
Giona que vaya despacio. Hemos conseguido el primer objetivo, esto es, la percepción
de que, al menos durante dos semanas, nadie lo ha rechazado o juzgado, pero debemos
mantener alta la guardia. Mientras tanto, empezamos a ocuparnos de su aspecto desde un
punto de vista estético: cuando salga, además de captar los posibles signos de rechazo, si
se encuentra con extraños les dirigirá una breve sonrisa, sin decir nada. Si se cruza con
algún conocido, deberá saludarlo o hacerle una pregunta sencilla, sobre cualquier cosa:
el objetivo es observar las reacciones de los demás.

En la tercera sesión, Giona explica que en esas dos semanas ha pasado casi más tiempo
fuera que en casa. Ha procurado salir a las horas en que las calles están más concurridas,
y hasta se ha detenido unos minutos para hablar con algunas personas. En cuanto a las
sonrisas, se las ha dedicado sobre todo a personas ancianas, porque sabe que a esa edad
siempre son apreciadas.

T: Hummm… muy bien, Giona. No obstante, ahora tengo una curiosidad: si


observando cuidadosamente a la gente en la calle y, aún más, ofreciendo sonrisas y
haciendo preguntas al azar, nadie ha mostrado hostilidad hacia ti y nadie te ha
rechazado, ¿qué significa?
(Giona nos mira y baja los ojos, luego vuelve a mirarnos pero sin levantar del todo la

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vista)
T: ¡Ah, buena pregunta! Si nadie te ha rechazado, ¿eso significa que todos eran
enemigos como creías, o te lo has inventado todo?
P: Creo que me lo inventé todo. Incluso creo que antes tenía una idea un poco nazi de
la sociedad y, en cambio, la gente es mucho más tolerante de lo que creía… puede
que incluso más tolerante que yo. Siempre creí que podía ser discriminado por mi
aspecto… porque no soy precisamente guapo… y me he vuelto todavía más feo, he
engordado mucho, me he abandonado; es como si el aspecto físico fuese una marca
de infamia.
T: Hummm… pero más allá de tu relación contigo mismo y con tus extrañas creencias,
sobre las que te diría, si fuera el momento de hacerlo, que también debemos merecer
transformar las presuntas condenas en oportunidades de cambio, y cuando llegue el
momento veremos cómo… Pero al margen de esto, ¿todavía ves dificultades en el
mundo, o te sientes bastante sereno?
P: Si lo pienso, es extraño, pero respecto a hace un mes siento que he aprendido a vivir
en el presente y a afrontar el futuro de una manera fatalista, porque además ahora no
soy capaz de plantearme el futuro de una manera constructiva. Esto es todo lo que
puedo hacer por ahora. Me he puesto en contacto con el párroco de mi pueblo para
que me informe sobre posibles actividades de voluntariado…
T: Muy bien, diría que estás actuando según nuestras previsiones y que no hay que
tener prisa, sino sacar provecho de este deseo tuyo de vivir aquí y ahora. Lo del
voluntariado es perfecto, así como cursos de informática, de teatro… cosas de este
tipo. En cuanto a nuestras incursiones en el mundo, ahora puedes salir sin tener que
tomar nota, y debemos empezar a preguntarnos: «¿Cómo podría ser constructivo?
¿Cómo podría conocer a personas que no sean inadecuadas para mí, como solía
hacer cuando, sintiéndome condenado en contumacia, me condenaba primero yo con
los hechos?». Tráeme las respuestas.

Tras haber roto la patología y haber obtenido en este caso un desbloqueo muy rápido de
la situación y del sistema perceptivo-reactivo patológico, a partir de la cuarta sesión,
como era previsible, tuvimos que prepararnos para afrontar no solo la fase de
consolidación de los resultados, sino sobre todo la de construcción (Nardone,
Watzlawick, 1990; Nardone, 2003; Nardone, Portelli, 2013). Imaginemos un hombre de
cincuenta años, que durante treinta se ha autoexcluido de la vida de su pueblo, y que
durante veinte años ha estado encerrado en casa espiando a quienes él creía que lo
espiaban, y que, en tan solo un mes y medio, se lanza de nuevo al mundo: este hombre
tiene un agujero de más de veinte años de vida, durante los que no ha construido nada,
excepto una realidad inventada que ya no existe. Y no importa si antes era alguien, si
tenía un trabajo satisfactorio, si tuvo una hija que ahora está estudiando y con la que está
recuperando la relación. El vacío del presente puede ser más devastador aún si se
compara con un pasado en el que el paciente alcanzó con éxito ciertos objetivos, que
ahora se han perdido irremediablemente.

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Giona está asustado. Por un lado se aburre, al haberse librado de los pensamientos que
ocupaban todo su tiempo; por el otro, no es capaz de imaginar qué querría hacer. Se
siente deprimido, sobre todo por la mañana, durante los cinco minutos que dedica a
reflexionar qué querría ser de mayor.

T: Una vez desbloqueado el mecanismo según el cual el mundo está hecho de


enemigos —es más, cuanto más amable eres con las personas más lo son ellas
contigo—, para alguien como tú, que ha hecho un montón de cosas, la vida diaria
resulta aburrida, ¿no es cierto?
P: Me aburro incluso caminando. Y por la mañana me despierto con esa sensación de
depresión porque tengo miedo de vivir.
T: ¡Con todo lo que has vivido es natural que te sientas así! Pero ahora ya sabes que no
hay nadie de quien tengas que defenderte. Esos cinco minutos bajos, por la mañana,
los podemos tener todos, pero luego nos levantamos y vivimos. ¿Es esto lo que te
asusta?
P: Sí.
T: Bien. Queremos que te preguntes: ¿qué me gustaría hacer hoy? ¿Cuál es la
respuesta?
P: No lo sé.
T: Bien. Hasta ahora hemos quebrado y derrumbado la patología. Ahora comienza otro
proceso distinto: tu rehabilitación a la vida. Es evidente que a los cincuenta años uno
no puede jubilarse; ha de dedicarse a algo. Ahora empieza un proceso más lento y
gradual de reconstrucción de un nuevo equilibrio basado en tus sensaciones.
Queremos que empieces a evaluar en qué cosas podrías ser útil a tu país. Piensa qué
cosas te gustan. Y mientras tanto empezamos a trabajar para que puedas ajustar tu
edad real a la forma de cuidarte.

Empezamos a construir y, en el caso de Giona, además de trabajar en la consolidación de


los resultados obtenidos en la superación del trastorno, nos concentramos en la
construcción de un nuevo equilibrio en esa vida que la patología le ha negado durante
demasiado tiempo. Ahora es fundamental actuar sobre la capacidad de desear de Giona.
Aunque lo está intentando por sí solo, necesita a alguien que lo guíe paso a paso en la
labor de mejorarse a sí mismo, para sentirse deseable y llenar los días no solo de tareas
que hay que realizar, sino de personas con las que relacionarse y, especialmente, de
alguien con quien compartir esta nueva fase de su vida.
Empezamos en primer lugar con el problema del peso. Tras habernos informado de
sus hábitos alimentarios y de sus comidas preferidas, le propusimos, como hacemos
siempre cuando hay que restablecer un equilibrio nutricional sano, elaborar juntos las
tres comidas. Teniendo en cuenta sus gustos y para destacar el componente de placer de
la comida, distribuimos los alimentos concentrando todo lo dulce en el desayuno, los
carbohidratos en la comida de mediodía, combinándolos en todo caso con una salsa
proteínica y vegetal, y en la cena proteínas con verduras cocidas y acaso un poco de pan.

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Le indicamos también las cantidades, de modo que, si nos sigue al pie de la letra, evite,
por ejemplo, tragarse 300 g de queso como postre, tal como solía hacer cuando decía que
no conseguía adelgazar, a pesar de comer poco.
En general, cuando nos encontramos con una persona que intenta perder peso
restringiendo la comida, proponemos la dieta paradójica (Nardone, 2007) que, además de
contemplar una actividad motriz diaria, requiere comer en las tres comidas —desayuno,
comida y cena— única y exclusivamente lo que más apetece, atendiendo más a la
calidad que a la cantidad, sin tomar nada entre comidas. Esa indicación permite bloquear
la solución intentada de esforzarse por no comer las cosas más apetitosas, con la
consecuencia de hacerlas más deseables aún, porque como decía Oscar Wilde: «Si te lo
concedes podrás renunciar a ello, si no te lo concedes, se convertirá en irrenunciable»
(Nardone, 2007, 2012). Además, al concentrar toda la comida en tres momentos del día,
se consigue un doble objetivo: comer de forma veladamente controlada en las comidas
—al no tener limitaciones, habrá menos tentaciones— y reducir las cantidades, evitando
picar a lo largo del día (Speciani, Nardone, 2015). En el caso de Giona, esa indicación no
podía aplicarse al pie de la letra, porque no restringía, ni estaba comiendo todo el día,
pero no sabía cómo había que comer de forma saludable. Por ejemplo, consideraba el
queso como guarnición del plato principal, y apenas recordaba el sabor de las proteínas,
puesto que por comodidad a mediodía comía pasta y por la noche pizza y bocadillos, un
auténtico festival de carbohidratos y grasas saturadas. Giona necesitaba que alguien se
ocupara de él, hasta que consiguiera hacerlo por sí solo, alguien que desempeñara la
función típica de una madre o de una compañera. Necesitaba un guía que le sirviera de
punto de referencia y de modelo. Le prescribimos que empezara a caminar una hora al
día, al principio lentamente, porque como nunca había practicado ningún tipo de
actividad física, su cuerpo debía desentumecerse antes de abordar un movimiento más
intenso sin correr el riesgo de dañarse las articulaciones. Empezamos a sondear el
terreno de las relaciones femeninas, aunque por entonces Giona no se sentía preparado
para acercarse a una mujer, teniendo en cuenta su físico poco atractivo. Nos pusimos de
acuerdo en que quien quiere lo mejor ha de ser el mejor, y entretanto le propusimos que
empezara a mirar a su alrededor: «¿Dónde están las mujeres? ¿Qué hacen las personas de
más de cuarenta años? Observa y estudia. Tienes que saber que el número de parejas
separadas, por muy triste que pueda parecer a nosotros sin duda nos viene bien, es mayor
que el de las parejas que están juntas “hasta que la muerte nos separe”; la proporción es
casi de 60 a 40».
El hombre nos mira con escepticismo, no solo por los datos estadísticos, sino como
aquel que aún no ve la posibilidad de alcanzar un objetivo que parece todavía muy
lejano. Entretanto le hemos inoculado un virus, que empezará a activarse en su mente y
en sus sensaciones, hasta que, llegado el momento oportuno, podamos también trabajar
este aspecto.

Pasan las fiestas de Navidad y, como ocurre siempre en esos casos, «el que está solo en
las fiestas se siente más solo». Habíamos previsto que esta época sería un poco

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depresiva, ya que «las personas que como tú están solas y desesperadamente solas en
determinados momentos del año, sobre todo en aquellos en que no se trabaja y se
conciertan reuniones familiares, se sienten más deprimidos».

T: Lo que queremos saber es si se trata solo de moral baja y estado depresivo o si se


han vuelto a presentar los problemas con los que ya nos habíamos enfrentado.
P: ¡No, no! Aquellos problemas ya están resueltos y superados.
T: Muy bien. Mira, en ciertos momentos es imposible evitar la depresión causada por la
soledad; lo importante es que hemos roto el círculo vicioso invalidante y estamos
construyendo algo que pueda hacerte feliz.

En efecto, Giona se presenta con un aspecto diferente: ha adelgazado al menos cinco


kilos en dos semanas y dice que ha decidido lo que quiere hacer. Al prestar atención a la
alimentación, ha descubierto que le gusta experimentar en el campo de la cocina. Como
sabe idiomas, le gustaría encontrar un trabajo como ayudante de cocina en el extranjero.
Además, mientras que en Italia es difícil abrirse camino en un ámbito ya saturado, en el
extranjero es suficiente saber cocinar platos italianos para encontrar trabajo en
restaurantes incluso de buen nivel. Decidimos de común acuerdo espaciar las sesiones:
de este modo Giona tendrá más tiempo para ampliar y consolidar los cambios y
aprenderá a utilizar y desarrollar sus recursos personales en un período de tiempo más
largo sin nuestra guía.

A continuación, las mayores dificultades a las que tuvimos que enfrentarnos tenían que
ver con la esfera relacional. No solo el problema se había estructurado justamente en este
ámbito, sino que existía una evidente disparidad entre Giona y la gente de su pueblo. No
es casual que decidiera vivir en el extranjero; era como si hubiese nacido en el lugar
equivocado, mientras que en China se encontró bien hasta que su relación entró en crisis
y surgió la desconfianza hacia los demás.

P: Creo que siempre he sido un poco pesimista y he tenido poca confianza en mí como
persona, aunque siempre he sacado provecho de mi inteligencia. Siempre se me ha
dado bien estudiar y, cuando hacía una cosa, o la hacía bien o abandonaba.
T: ¿Tú crees que lo tuyo es pesimismo o se trata de poca confianza en tus recursos, no
tanto para la realización de una tarea, sino cuando tienes que actuar
improvisadamente y, sobre todo, cuando entran en juego las reacciones emocionales?
P: Hummm… nunca me he parado a pensarlo.
T: Vamos a reflexionar conjuntamente: cuando lo tienes todo bajo control y puedes
gestionar la realidad con el razonamiento o las habilidades que construyes, todo
funciona. Por eso te buscaron como traductor, aunque allí también tenías
enfrentamientos con la gente, pero se trataba de trabajo y no entraba en juego tu
parte más personal y emocional. Todo iba como habías deseado y como lo habías
proyectado, incluido el trabajo en el exterior, las amistades de alto rango y una mujer

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italiana que amaba Oriente tanto como tú. Luego, en un momento determinado, algo
se torció: en primer lugar el problema con Hacienda por el asuntillo que ya
conocemos, que te hizo temer que lo que habías construido podía derrumbarse; luego
el derrumbamiento cuando, debido a las dificultades, tu mujer decidió regresar a
Italia, llevándose a la hija que adorabas. Entonces empezaste a caer cuesta abajo,
aislándote de la vida que habías construido y que tanto te había costado, apartándote
de todo y empezando a comportarte exactamente como hace la gente de tu pueblo.
Viviste mirando el mundo a través de una ventana, para no correr el riesgo de atraer
demasiado la atención, de ser señalado con el dedo como la persona que ha cometido
un fraude, para defenderte de un mundo que percibías hostil, como si tú fueses el
centro del universo.
P: Sí.
T: Y entonces llega la gota que hace rebosar el vaso. Muere tu padre y te ves obligado
a regresar a Italia, donde nadie sabe nada de ti y donde esperas tener que justificar tu
situación ante quienes aún te consideran un hombre realizado que ha conseguido
salir del pueblo. Pero cuando llegas allí, compruebas que nada es como antes: ya no
reconoces a nadie, te sientes nadie, para nadie, y esto todavía es más doloroso que la
posibilidad de tener que explicar cómo había acabado todo.
P: Nadie, para nadie… nunca lo había pensado así.
T: Exactamente así: nadie, para nadie. Es mucho mejor ser señalado que ser
considerado el señor nadie, ¿no?
P: Ciertamente.
T: Tu mente, al no poder aceptar no ser nadie y teniendo en cuenta la fragilidad del
momento, en vez de echar mano de los muchos recursos que antes habías
demostrado poseer, empezó a transformar la realidad y a defenderse: «Antes que
comprobar que no soy considerado, como si fuese invisible, prefiero evitar los
contactos con la gente. Así no corro riesgos». En definitiva, si no juego no pierdo.
En ese momento conseguiste convencerte de que habías engañado a todo el mundo.
Los mirabas a través de aquella ventana, pero lentamente, sin que te dieras cuenta, la
realidad cambiaba, avanzaba, mientras que tú te mantenías inmóvil. Cuando uno se
queda quieto durante mucho tiempo, la mente empieza a viajar y a construir nuevos
mundos, y los ojos empiezan a ver lo que quieren ver. Así que pasaste de ser señor
nadie a sentirte mirado, espiado, observado por todos aquellos que por aquel
entonces no podían dejar de preguntarse qué hacías todo el día detrás de aquella
ventana, sin apenas salir de casa. De modo que empezaste a defenderte y, sintiéndote
espiado, empezaste a hacer lo que nunca has soportado, es decir, a espiarlos a ellos,
para que no pudieran descubrir tu condición de inadaptación, que mientras tanto iba
creciendo, junto con tu sentimiento de incapacidad personal y, al mismo tiempo,
junto con tu incapacidad real para relacionarte.
P: ¡Caray!… Visto así, parece que está hablando de otra persona, doctor…
T: Ahora que, tras haber desestructurado este proceso, estamos en la fase en que
afirmas ser pesimista, me permito corregirte diciendo que esta falta de confianza en

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tus recursos está justificada por una inexperiencia real, porque veinticinco años de
soledad suponen un hueco en tu vida que requiere, para poder decirte a ti mismo que
tienes recursos, que te demuestres que los tienes.
P: No sé cómo hacerlo…
T: Ante todo, nunca hay que rendirse por anticipado. Es posible que luego descubras
que no puedes, pero nunca, nunca hay que rendirse antes. ¿Cuánto tiempo has estado
fuera del pueblo?
P: Años.
T: ¿Cuántos años te has pasado en casa, en tu pueblo, mirando a tus enemigos a través
de la ventana?
P: Muchos años. Decenios.
T: ¿Y cuánto hace que sales y eres amable con todo el mundo?
P: Unos meses. Pocos meses.
T: Bien, para construir relaciones se necesita tiempo. Más de unos meses.

En este momento del proceso, cuando ya Giona tenía la sensación de haber superado el
trastorno, hasta el punto de no recordar ni siquiera cuál había sido su dolencia, había que
reestructurar los cambios producidos, para facilitar el paso a un nuevo objetivo. Había
que desvincular a Giona de un pasado que ya no invadía su presente, y proyectarlo a una
dimensión que sirviese de trampolín para implementar sus recursos en un área de la vida
tan fundamental para él como temible. Si no hubiésemos actuado así, con una renuncia
preventiva, habríamos corrido el serio riesgo de una recaída en el guion anterior. Y no
podíamos permitírnoslo. «Debemos pensar en que has de construir lo que no has
construido durante años: las visitas a tu pueblo, actividades que te ayuden a estructurar
amistades y, por qué no, tal vez incluso una relación con una mujer. Se puede acabar
incluso con la patología más severa minándola en el lugar adecuado, pero construir
requiere meses».

Lo dejamos con esas palabras y volvimos a vernos al cabo de un mes, y luego al cabo de
dos. Llega el verano, y entretanto Giona ha empezado a sentir el deseo de recuperar las
relaciones afectivas interrumpidas desde hace mucho tiempo: ante todo con la hija y, sin
saber muy bien por qué, incluso con la antigua compañera, que se ha mostrado mucho
más receptiva que tiempo atrás, porque dice que lo ha encontrado cambiado; ya no le
parece la representación del sufrimiento, y a veces incluso es divertido, hasta el punto de
que han decidido pasar juntos las vacaciones con la hija. Inmediatamente aclara que no
se trata una reavivación de la pasión, sino que todo esto lo ve como una especie de rito
de paso. Aunque su relación acabó mal, cuando Giona y su excompañera han tenido
ocasión de relacionarse, ha sido como si ella fuese su enfermera, su apoyo, mientras que
la hija siempre le ha visto en su faceta de debilidad.

P: Porque el que necesita defenderse no puede ser fuerte, ¿no es cierto? Una vez me
dijo que en la naturaleza no existe el valor, sino que existe el miedo. Y también me

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dijo que el valor deriva de un miedo vencido, que vencemos tras haberlo mirado a la
cara y haberlo afrontado. Estas palabras se me quedaron grabadas y me di cuenta de
que nunca en la vida he sido valiente y que incluso en la relación con mi familia
nunca me he enfrentado directamente a las cosas… Siempre me he rendido. Ahora,
poco a poco, he decidido que no quiero seguir rindiéndome. Incluso la idea de irme
al extranjero… Puede que incluso esa idea fuera una huida, porque es más fácil
demostrar que uno es alguien en un lugar donde partes de cero.

Tres meses más tarde, Giona nos informa, antes incluso de sentarse, de su decisión de
solicitar un empleo como corresponsal en el extranjero en una empresa situada cerca de
su pueblo que desea expandirse; esto le ofrecería la oportunidad de vivir en Italia y de
pasar incluso largos períodos en los lugares que siempre ha amado. Cree que es un gran
paso, que le da cierto miedo, pero que lo considera necesario. Coincidimos con él en que
podría ser una excelente manera de empezar de nuevo, de construir una nueva realidad, y
que además le haría más atractivo socialmente, «porque un hombre que a los cincuenta
años se jubila no es tan atractivo como el que sigue construyéndose hasta el punto de
poder cuidar a alguien». Durante ese tiempo Giona ha seguido interesándose por la
cocina y por la música, y ha aprendido a tocar el bajo como aficionado, «a la venerable
edad de medio siglo». Siente crecer en su interior el deseo de un afecto, pero se da
cuenta de que ha de ser el mejor si quiere merecer lo mejor, y para él en ese momento
esto significa encontrar un trabajo.
Nos separamos de Giona, quien nos explica que, tras veinticinco años de sufrimiento,
ha conseguido el empleo que deseaba. Vive casi siempre en el extranjero, y vuelve a
Italia sobre todo para ver a su hija. De vez en cuando nos llegan noticias suyas a través
de su hermano que, asombrado ante los resultados obtenidos ante lo que él había
considerado «un caso irrecuperable», ha decidido seguir uno de nuestros cursos. Giona
no ha encontrado todavía una mujer: dice que no está preparado o tal vez no ha
encontrado la persona adecuada. Habla con frecuencia con el hermano, que le sugiere
que nos visite, aunque solo sea para explicarnos cómo van las cosas. Giona le ha dicho
que alguna vez lo ha pensado pero que, sabiendo que puede hacerlo cuando quiera
porque siempre estaremos dispuestos a recibirlo, pospone la visita si no siente realmente
la necesidad. Hemos alcanzado el objetivo: Giona, como un funámbulo, ha aprendido a
caminar sobre la cuerda floja, se ha convertido en su propia barra estabilizadora.
Nosotros seguimos observándolo, cada vez desde más lejos, dispuestos a intervenir si
nos necesitara de nuevo.

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4. La ayuda que complica. El caso de Cati

Separados desde hace tres años, acuden a nuestra consulta los padres de una muchacha,
Cati, que no responde a sus expectativas y para la que solicitan nuestra ayuda. Todo iba
bien hasta los dieciséis años. Luego, al acabar la secundaria, sin ningún síntoma previo y
justo antes de marchar a Nueva Zelanda en un viaje de estudios, la muchacha empezó a
manifestar conductas regresivas. Los padres, preocupados, decidieron suspender el
proyecto. En aquella época, que coincidía con las vacaciones de verano, la hija se fue
aislando progresivamente, hasta el punto de pasar con ellos tres meses en su casa de la
playa, sin protestar en ningún momento, como sí había hecho el año anterior. De vuelta a
la escuela, tuvo una crisis muy fuerte, que le impidió asistir a clase. Los padres
acudieron a un centro cercano, donde a Cati le diagnosticaron una depresión. Los
psicofármacos y la psicoterapia no dieron ningún resultado. Entonces los padres
decidieron acudir a otro profesional que, unos meses más tarde, manifestó no estar en
condiciones de continuar la terapia. Por aquel entonces, tras advertir a los padres que se
ocuparan más de la pareja que de la hija y que no la presionaran, sino que la dejaran
actuar a su ritmo, aparecieron los problemas entre ambos, que desembocaron en la
separación. Entretanto, Cati volvió a la escuela, aunque muy retrasada respecto a sus
compañeros. Actualmente debería estar preparándose para la selectividad, está en cura
analítica desde hace cuatro años y sigue una terapia antidepresiva y antipsicótica, con
unas dosis muy bajas, al menos esto es lo que dicen. El padre cree que su problema con
la hija es consecuencia de su profesión de psiquiatra: eso contamina su papel como
padre, obligándolo a no interferir en el trabajo de los especialistas que la tratan y a
delegar en ellos la tarea de cuidarla. El problema de la madre, en cambio, es la ansiedad,
sobre todo después de que la hija intentara suicidarse varias veces cortándose las venas y
atacara a su hermana con un bate de beisbol. Debido a estos episodios fue ingresada en
dos ocasiones para recibir tratamiento sanitario obligatorio. En realidad, los dos ingresos
fueron tan solo un parche, que no varió en nada la situación clínica de la muchacha.

T: Perdonen, pero en toda esta historia, que se parece un poco a una soap opera por la
cantidad de personajes implicados, ¿cuál creen que debería ser mi papel?

En este punto de la explicación, que parece un relato surrealista, cuando no una «locura a
tres bandas», queremos saber qué se propone esta extraña familia dirigiéndose a
nosotros.
La hija, en los últimos meses y tras un período en que parecía que la situación estaba

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más o menos controlada, empezó a mostrar nuevamente signos de malestar: «Se hace la
loca, mira al vacío, mientras grita que no puede vivir así. Y yo tampoco. No puedo
seguir viviendo así, porque el padre estaba presente cuando intentó suicidarse, pero no
presenció la agresión a la hermana: ¡parecía que quería matarla! Al final, puede decirse
que la traumatizada en esta historia he sido justamente yo…». La madre de Cati no
puede terminar la frase, empieza a llorar.
Desde hace un tiempo, la hija vive con el padre y su nueva compañera en otra casa,
aunque pasa el día con la madre, encerrada, sin ver a los amigos. Mientras tanto, la vida
sigue y ella está parada, especialmente en la relación con los compañeros: este, y no la
escuela, donde siempre ha obtenido excelentes notas, ha sido desde siempre su verdadero
problema. En la época en que el padre volvió a casa, aunque apenas por unos meses, se
sacó incluso el carnet de conducir. Ha habido momentos buenos, pero han durado poco.
Viendo que no cambiaba nada, pese a su dedicación y la psicoterapia, los padres
expusieron el problema al psiquiatra que trataba a Cati. La respuesta fue: «¿Cómo? La
psicoterapia funciona, pero se necesitarán años. Cinco, o tal vez diez, o quince…».
Entonces los padres, abatidos, decidieron acudir a nosotros, porque habían oído que el
nuestro era un centro de excelencia en el tratamiento de casos imposibles. Temen por la
seguridad de una hija que, en estas condiciones de no vida, «demuestra cordura si quiere
suicidarse».
Los padres acuden a nosotros para saber cómo deben actuar en una situación tan
complicada ante la que ambos están en desacuerdo, no solo por la incompatibilidad de la
pareja, sino porque tienen dos visiones de la realidad antitéticas: por un lado, la gran
cantidad de tiempo que parece necesitar la hija para rehabilitarse, según la visión
psiquiátrica; por el otro, la capacidad que tiene Cati, según los padres, de emprender el
camino de una curación total y de una autonomía plena, aunque esas potencialidades
corren el riesgo de verse comprometidas por una profunda aversión a la vida. De ahí la
necesidad de una intervención rápida y radical.

T: Bien, y en este caso me dirijo especialmente al colega psiquiatra, aunque como


miembro de la familia carece de poder terapéutico, ¿cabe suponer que Cati tiene
recursos o está condenada a mantenerse en este estado porque carece de recursos?

Como es previsible, el padre no puede responder porque lo domina la emotividad, que le


impide abandonar, ni que sea por un instante, su papel como persona para adoptar el
profesional. Le pedimos, pues, al padre psiquiatra que proponga un marco diagnóstico
para la hija. El hombre nos mira, y con una mirada llena de amargura susurra, como el
estudiante que se atreve a dar una respuesta con el temor de haber sido demasiado
atrevido: «¿Esquizofrenia? Porque todas sus energías están polarizadas hacía una
negatividad cósmica».

T: Por otra parte, si desde hace diez años, desde que tenía dieciséis, todos los intentos
de ayudarla han fracasado, tal vez una visión negativa de la realidad, como dice

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usted, es una muestra de cordura. Si fuese optimista, estaría desequilibrada. «Si he de
vivir así, prefiero quitarme de en medio»: estoy de acuerdo, no es una idea
disparatada. ¿Usted no pensaría lo mismo? ¿No? Es cierto que el comienzo de la
esquizofrenia coincide a menudo con la edad que tenía Cati en la primera crisis, pero
se olvida más a menudo aún que la gran mayoría de los episodios psicóticos
adolescentes, si se curan bien en cuanto aparecen, no vuelven a presentarse, son solo
una bouffée psicótica. Pero si se tratan mal, duran toda la vida, con recidivas que
conducen a un progresivo empeoramiento.

Los padres explican que están muy preocupados por la situación. Por otra parte, no
podría ser de otra manera, pero la percepción de su preocupación por parte de la hija
limita su posibilidad de intervención.
Todavía no está claro cuál debería ser nuestro papel en una situación en que una de las
soluciones intentadas más fallidas es justamente el exceso de terapia: la hija está en
tratamiento, la pareja está en tratamiento, así como la familia, y además está el
tratamiento farmacológico: «¡Un festival de intervenciones, una maravilla!». Llegados a
este punto, al borde del precipicio, el padre y la madre sacan a la luz todas sus
contradicciones: padres que aparentemente coincidían en la visión de una realidad
absurda empiezan a mostrar una serie de desacuerdos, tanto en relación con la
psicoterapia de la hija como con aspectos concretos de la vida diaria de Cati. Al
escucharlos uno pensaría que están hablando de dos hijas distintas. En resumen, el padre
está resignado a la idea de que la hija puede ser esquizofrénica, y que probablemente
deberá ser objeto de seguimiento durante mucho tiempo antes de obtener resultados
incluso solo parciales; la madre está impaciente porque querría ver cambios que no
llegan. La mujer también confiesa que está muy enfadada con su hija, porque le parece
que a veces se mantiene adrede en esa condición y que se está burlando deliberadamente,
mientras que otras veces teme que esté realmente loca. «¿Así que un intermedio entre
una desequilibrada y una persona mala?» La madre asiente con la cabeza y precisa: «Es
una persona maravillosa, está llena de cosas muy hermosas, de creatividad, de belleza,
pero voluntariamente las ha dejado de lado».
Para completar la investigación, le preguntamos a la extraña pareja «rota» si
actualmente solo se manifiestan las carencias, o si la hija realiza también rituales.
Responden que Cati tiene la cabeza llena de escamas y costras, que ella misma se
produce rascándose y que luego come. Explica que esas conductas solo se manifiestan
cuando está con el padre.

T: Teniendo en cuenta el cuadro que me habéis presentado y que Cati es objeto de un


seguimiento incluso excesivo, creo que la psicóloga, que en este momento ha
conseguido establecer una óptima relación con ella, debe continuar, porque está
haciendo un buen trabajo. En cuanto a mí, creo que lo único que puedo hacer es
concertar una única visita los tres juntos y valorar si puedo ayudaros o no. En este
momento no puedo decirlo, porque me falta una pieza importante: la observación

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directa de Cati. No es suficiente verla en fotografía. Mi trabajo, en relación con el de
los colegas, sería transversal, por tanto no invalidaría el proceso psicológico de Cati
y vuestro trabajo de pareja. En cuanto a las opciones de enfoque, lo que sabemos es
que solo el 20 % de los pacientes que pueden curarse necesita terapias de más de
treinta sesiones (Nardone, Valteroni, 2017). Esto no lo digo yo, por supuesto, sino la
American Psychological Association (2014). El 80 % de los pacientes puede ser
tratado, incluso en el caso de patologías importantes, con una terapia que no supere
las treinta sesiones. Por lo tanto, los resultados, si es que son posibles y se consigue
obtenerlos, pueden llegar rápidamente. Otra cosa importante que quiero decirle al
padre psiquiatra es que el propio Arieti, al que seguro que conocerá mejor que yo
como uno de los grandes psiquiatras del pasado, afirmaba que en toda su carrera solo
había visto dos pacientes esquizofrénicos. Dos. ¿Y esto qué significa? Que a menudo
los diagnósticos se convierten en realidad. Ahora bien, los diagnósticos pueden estar
equivocados, hay que evaluar caso por caso. Personalmente, estoy acostumbrado a
ver presuntas psicosis que luego no son tales, una vez que la persona consigue
superarlas, pero esto solo se sabe interviniendo: es la solución la que explica el
problema, no el diagnóstico a priori. Intentaremos hacer algo imponiéndonos un
límite de tiempo: diez sesiones a lo sumo para ver los resultados, pero tenéis que
venir los tres juntos. ¿Estáis de acuerdo?

La situación no parecía sencilla, y la complicaban más aún las numerosas terapias


iniciadas y el papel desempeñado por un padre psiquiatra delegante (Giannotti, Rocchi,
Nardone, 2001). Por este motivo era fundamental no descalificar cuanto se había hecho
hasta entonces y además inocular un germen que contrarrestara la tendencia al etiquetado
y a la patologización salvaje de la muchacha, tratada de manera ineficaz. Hubiéramos
cometido un grave error si hubiésemos respondido de inmediato a la petición inicial de
estos padres demasiado delegantes, aconsejándoles cómo comportarse con la hija, como
si la intervención pudiese prescindir de ella y de sus dinámicas de interacción. Nos
hubiéramos convertido en cómplices no solo del sistema familiar, sino también del
pseudoterapéutico. Habríamos avalado el pronóstico, que afortunadamente estaba
empezando a flaquear pese a la defensa a capa y espada por parte de los otros terapeutas,
de que las cosas no podían hacerse de otra manera. Nos hubiéramos convertido en el
chivo expiatorio al que culpar si no se producían cambios, por otra parte casi imposibles
sin la implicación directa de Cati en el proceso terapéutico, y si no hubiéramos
intervenido en su interacción ambivalente con los padres, probablemente demasiado
manipulables.

Una semana más tarde, nos reunimos con Cati y sus padres y, como es natural,
inmediatamente damos la palabra a la muchacha, que enseguida empieza a hablar y nos
cuenta que desde hace diez años «no salgo, no hago nada: no trabajo, no estoy
preparándome para la selectividad como debería hacer, estoy sola, ni siquiera salgo con
mis amigos, cosas así…».

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T: Es como decir: «Me he aislado del mundo, no estudio ni trabajo». ¿Y qué es lo que
te impide hacerlo? ¿Lo sabes? ¿Qué es lo que te lo impide?
P: Querría ser libre. Tal vez querría que no estuviesen mis padres, así podría elegir qué
hacer.
T: ¿O sea que son una limitación para ti?
P: Sí.
T: ¿Ambos o solo uno de los dos?
P: No, ambos, aunque de manera distinta: ambos me proporcionan ayuda, uno
pensando en mi sustento material y el otro en mi sustento afectivo.
T: ¿Quién hace una cosa o la otra?
P: Ella [dirigiéndose a la madre] se ocupa del sustento, él [el padre] de la parte
afectiva, o viceversa.
T: ¿Son papeles fijos o intercambiables?
P: Son intercambiables.
T: Por lo tanto, de vez en cuando uno asume el papel del otro, ¿los intercambian? Bien.
Para estar seguro de haber comprendido, tú dices: «Hace diez años que llevo una
vida que no es una gran vida, no hago nada. Estoy acabando el bachillerato y voy
atrasada, no estudio pero tampoco trabajo, no veo a nadie y para cambiar mi vida
deberían desaparecer los dos, porque me limitan». Uno te limita dándote el sostén
económico, el otro el sostén afectivo, pero no es un papel fijo. Y perdona, ¿quién te
impide actuar al margen de ellos? ¿liberarte de ellos?

Cati se queda un poco parada y nos mira, en silencio, mientras busca una respuesta. Solo
consigue balbucear un tímido «No lo sé» a una pregunta que para ella es absurda, pero
que para nosotros es fundamental para pillarla, para inducirla a debilitar sus resistencias
y ayudarnos a ayudarla en un camino que no es precisamente cuesta abajo.
La muchacha afirma que estaba de acuerdo en venir a nuestra consulta, confiando en
nuestra ayuda. Entonces, siguiendo la pista anterior, discutimos con ella sobre cuál sería
la forma más rentable y menos costosa de librarse de dos padres tan previsiblemente
intermitentes y delegantes. Cati, con una actitud distante, pero a la vez con un atisbo de
satisfacción, admite que el modo más simple y a la vez más placentero sería matarlos,
aunque cree que no podría hacerlo. Dice que no está enfadada con ellos, pero que cuando
los mira a la cara le recuerdan todo lo que no ha hecho y no está haciendo.

T: ¿Quieres decir que son el espejo de tus frustraciones y que, por lo tanto, mirarlos
significa entrar en crisis, porque podrías romper estos dos espejos?
P: Sí, sí, sí, sí…
T: ¿Y el mundo exterior no es espejo de nada? ¿O es que el mundo exterior también te
crea problemas?
P: Bueno… diría que el mundo exterior es el que me crea los mayores problemas…
T: Ah, ¿y cuando estás con tus padres manifiestas esta voluntad de suprimirlos, de

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romper estos dos espejos, o no lo haces?
P: No lo hago. Hago ver que estoy mal.
T: ¿Haces ver que estás mal?
P: Sí, hago ver que estoy mal, así puedo quedarme en la cama, pero incluso estando en
la cama después… obviamente… precisamente…

La expresión desconcertada de los padres demuestra que nunca habían pensado en lo que
acaba de surgir. La madre dice que Cati le había confesado que desde hacía un tiempo
deseaba su muerte, pero que no estaba clara la razón de ese deseo. El padre cuenta que le
impresionaron más las tendencias autolesivas de la hija, de las que había discutido
extensamente con ella, además de hablar de la posibilidad de revisar su forma de
comunicarse. Cati añade que preferiría convertirse en una vagabunda.

T: Perdona si insisto en mi pregunta anterior: si quieres ser una vagabunda, ¿quién te lo


impide?

La sorprendemos de nuevo: en su rostro ya no hay signos de insolencia, y Cati intenta


tímidamente decir que tal vez lo está probando, aunque lo dudemos. Seguimos
aprovechándonos de la turbación producida por la ambivalencia con que, justamente
como Cati, tratamos cuestiones tan delicadas.

T: Pero, perdona; estaba pensando en una imagen. Has dicho: «Ellos son mis dos
espejos que quisiera romper»; ahora bien, si rompes los espejos, ¿cambias la realidad
o simplemente dejas de verla reflejada?
P: No es que la cambie, trato de…
T: Y si quieres emanciparte, ¿consigues la emancipación matándolos o enfrentándote al
mundo, aunque solo sea para ser una vagabunda? Ah, lo sabes, pero el problema es
que…
P: No puedo. Ni hacer una cosa ni hacer la otra.
T: Así que estás atrapada entre estas dos cosas: no soy capaz de gestionar mi realidad,
no soy capaz de librarme de ellos.

Con unas pocas frases hemos atrapado a la diabólica Cati en un «doble vínculo», como
diría el antropólogo Bateson (1977), del que solo se puede escapar aceptando recorrer el
camino que construiremos juntos. Cati indirectamente nos está gritando la necesidad de
que la ayudemos a valerse por sí misma, a aprender a vivir su vida: sabe perfectamente
lo que debería hacer para alcanzar su objetivo, el problema es que no consigue realizarlo.
Empezamos a indagar sobre las soluciones intentadas puestas en práctica hasta ese
momento, con objeto de ajustar perfectamente la lógica de solución del problema a su
funcionamiento (Nardone, 2003; Nardone, Balbi, 2015). Dice que al principio intentó
involucrarse, pero evidentemente no fue suficiente, porque no consiguió construir nada.
Actualmente, en cambio, el padre la despierta, ella se levanta de la cama y, como un

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fantasma, lo acompaña al trabajo. Luego va a casa de la madre, donde no hace nada, a lo
sumo limpia un poco, come mal, luego más de nada, hasta que llega la hora de volver
con el padre. Come lo que él decide y se acuesta, aunque duerme poco. Al día siguiente,
el guion se repite idéntico.
Cuando se lo preguntamos, nos dice que está siguiendo una terapia en la que no le dan
ninguna indicación y en la que se siente algo perdida respecto a la solución de sus
problemas. Le preguntamos si está dispuesta a realizar ciertos deberes entre una sesión y
otra; nada importante, solo un breve ritual cotidiano o, mejor dicho, una pequeña reunión
familiar, con los padres como espejos delante de ella: «En vez de romperlos, me gustaría
enseñarte a ensuciarlos completamente, de modo que no puedan reflejar ya tu
frustración. ¿Estás dispuesta?». Cati acepta, aunque precisa que cree que no cambiará
nada. Los padres tienen dudas, ya que se trata de un compromiso diario y además los dos
juntos; ellos confiaban en que nosotros nos ocuparíamos de su hija, como si fuese
posible superar sin esfuerzo una complicidad morbosa con una patología que, al
prolongarse durante años e impedir el desarrollo de aspectos importantes de la vida de la
hija, se ha transformado estructurándose como un auténtico trastorno de la personalidad.

T: Sé que lo que voy a proponeros os parecerá muy pesado, pero si estáis aquí algún
esfuerzo tendréis que hacer, ¿no? Bien, lo que deberéis hacer podrá parecer un
poquito estúpido, o al menos raro. Por otra parte, creo que vuestra situación no es
precisamente muy normal. Quiero que la familia se reúna durante media hora todas
las noches, antes de cenar, en una de las dos casas. Quizás mejor en casa de la
madre. Os reuniréis en la sala de estar, los padres sentados en absoluto silencio, y tú,
Cati, de pie delante de ellos. Poned en marcha un despertador para que suene al cabo
de media hora y tú, Cati, dispones de ese tiempo para decirles a tus padres todo lo
peor que se te ocurra, sobre todo tienes que decir todo lo peor que se te ocurra, sea lo
que sea. Cuando suene el despertador, lo apagáis, y hasta la noche siguiente debéis
evitar hablar del tema. ¿Estáis dispuestos a realizar este ejercicio durante dos
semanas? Vosotros seréis como un reservorio y, durante las veintitrés horas y media
siguientes evitaréis hablar de vuestros problemas.

En ese momento es Cati la que se opone, diciendo que no serviría de nada, porque las
cosas no volverían a ser normales. Contradiciendo su predisposición inicial a colaborar,
en realidad declara haber sido arrastrada a esta situación, aunque es consciente de
haberla provocado porque está todo el día sin hacer nada. La tranquilizamos y le
respondemos, con serenidad y firmeza a la vez, que en esos treinta minutos puede
permanecer en silencio si lo desea: «Lo importante es que tus padres te escuchen sin
decir palabra y que, fuera de ese espacio temporal, se evite hablar de lo que se haya
dicho». Cati asiente, y concertamos una cita para dos semanas más tarde.

En los dos días siguientes a nuestra visita, la hija vomitó literalmente toda su rabia con
palabras de odio contra los padres, que temían salir de allí masacrados. Luego se

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alternaron noches en que Cati permaneció en silencio y otras en que durante treinta
minutos lamentó la desesperación ante un futuro tan incierto. La muchacha confesó a sus
padres que, cuando años atrás se encontraba mal y no quería ir a la escuela, hubiera
querido que la llevasen a la fuerza, en vez de encerrarla en aquel centro: «Porque mi
problema empezó cuando no conseguía hacer todas las cosas como me hubiera gustado y
cuando alguien las hacía mejor que yo».

T: Es como el juego del «todo o nada». ¿Es así, Cati?


[Ella asiente]
Por otra parte, cuando el padre dijo: «Debería haberla llevado a la escuela, no al
centro…», Cati sonrió, luego confirmó que debería haberla obligado a ir a la escuela,
incluso por las malas: «¡Andando! ¡Aunque sea a patadas, pero tú vas a la escuela!».
[Ella asiente de nuevo]
Así que, veamos, tu padre en aquel momento ¿qué es lo que no fue para ti?
P: Un padre, es decir… no fue…
T: Muy bien, no hizo lo que debería haber hecho un padre, sino que pensó como
médico, como especialista: estoy ante una crisis determinada, se la paso a otros
especialistas, ¿es así?
[Ella baja la cabeza]
P: No lo sé…

Preguntamos entonces al padre si actuó más como médico que como padre y admite,
como si no se hubiera dado cuenta hasta ese momento, que no se ocupó suficientemente
de Cati, que delegó esa función en otros e hizo que la hija tuviera la sensación de no ser
«suficientemente interesante para él».
Muchas familias con padres psiquiatras adoptan inconscientemente no una categoría
de deontología médica, sino un modelo evolutivo familiar de tipo delegante (Balbi,
Artini, 2009). Si un padre, influido por la profesión, delega su función paternal, nosotros,
siguiendo la misma lógica pero dándole un giro de ciento ochenta grados, revalorizamos
al médico para lograr que vuelva a hacer el papel de padre con más acierto (Nardone,
2017).
Pese a los años de exploración de las dinámicas inconscientes, de interpretaciones y de
libres asociaciones sobre el conflicto edípico y sobre las fases del desarrollo psicosexual,
por primera vez Cati había dirigido al padre una petición real de ayuda y de atención,
revelando cómo durante años ambos habían alimentado un equívoco paradójico: por una
parte, el padre creía que, siendo médico y padre, lo mejor que podía hacer era delegar en
otros el problema de la hija; por la otra, Cati solo pretendía llamar su atención y su
proximidad como padre.
Convenimos en que el padre ha de empezar a hacer de padre, lo que equivale a hacer
también de médico: significa, concretamente, estar pendiente de ella, como lo ha estado
al escucharla treinta minutos todas las noches. No es casual que la hija haya dejado de
«hacerse la loca», de decir que quiere matarse, de cortarse, de gritar: parece que ha

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terminado lo que el padre ha llamado durante años «el reino del terror». Durante este
tiempo Cati ha vuelto a vivir con la madre, quien declara que ahora, al no sentirse ya
rehén de la hija, su relación es magnífica, aunque Cati le reprocha no haber hecho nunca
de madre debido al terror que sentía. Actualmente es Cati la que siente que no se
comporta como una hija y que, por lo tanto, no se merece que la madre se comporte
como tal.
Coincidimos en que durante estas semanas algo importante se ha movido. Empiezan a
perfilarse jerarquías, roles, aunque sea de forma embrionaria, que han de desarrollarse,
como se desarrollarán las reuniones nocturnas: la media hora se dividirá en sesiones de
diez minutos cada una, en las que hablará cada uno por turnos y los demás escucharán en
silencio absoluto. Cada uno dirá a los demás todo lo peor que se le ocurra, o lo que
querría que los otros hicieran o fueran. Fuera de este lapso de tiempo, se evitará hablar
de ello: «Ahora la regla es esta: los padres deberéis ser siempre los primeros y la última
siempre Cati, porque ella tiene derecho a la última palabra, ¿de acuerdo?».
La toma de conciencia, el hecho de declarar lo que nunca se había dicho en diez años
de análisis literalmente ha trastocado el sistema. Puesto que sabemos, desde que el
fisiólogo Cannon (1926) introdujo el término, que todo sistema tiende a mantener su
propia homeostasis, incluso cuando es disfuncional, habíamos previsto que, una vez
desactivada la bomba, deberíamos enfrentarnos a una hija, un padre y una madre, una
familia de resistentes ya que, sin la interacción patológica desvelada, se habrían
mantenido sin identidad. En este caso hablaríamos de trastorno de personalidad familiar,
si existiera tal categoría patológica: el problema no se concentra solamente en uno de sus
miembros, sino en el sistema mismo que, como sabemos, según la psicología de la
Gestalt, es mucho más que la suma de las partes (Zerbetto, 1998). La madre empezó a
chillar que quería alejarse de la hija, que está encerrada de nuevo en casa y quiere volver
a vivir con el padre quien, asustado por esta pseudorregresión, intentó averiguar si Cati
estaba siguiendo la terapia farmacológica, actuando de nuevo como psiquiatra pero sin
intervenir como tal.
La sesión siguiente fue la más dura y trágica: Cati trajo consigo una lanza llamada
«yari», provista de una hoja fina y brillante, utilizada sobre todo por la clase guerrera de
los samurai del Japón feudal, con la que había amenazado que se quitaría la vida, como
tiempo atrás, delante de su madre. La mujer, aterrorizada ante la idea de que su hija
realmente se quitara la vida, cedió de nuevo ante el trastorno. Al ver nuestra
imperturbabilidad ante la aparición en el setting de la sesión del arma inquietante, la
madre se tranquiliza; Cati decide entregársela y nos pide que se la guardemos. Nosotros
puntualizamos que guardaremos la lanza aquí, en el lugar de la terapia, y le decimos que
se la devolveremos en el caso de que «la necesitaras. Pídemela, y te la devolveré. Si
decidieses… te la devolveré sin problemas, puesto que de nuevo la responsabilidad es
tuya. Y ahora os digo de nuevo a vosotros, los padres, que si Cati plantea peticiones
concretas, sensatas, en cierto sentido, muy bien; pero si quiere hacerse daño, nadie puede
impedírselo, ¿de acuerdo? ¿De acuerdo, Cati? Si te haces daño es responsabilidad tuya,
pero si necesitas ayuda sabes que estamos aquí».

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En los casos límite como este, la identidad de la persona llega a coincidir con el propio
trastorno, y todo el sistema familiar se estructura en función de la patología. En el
momento en que se producen cambios terapéuticos, a menudo la persona inicialmente se
siente despojada de su identidad, como si careciera de piel, de límites. También el
sistema familiar, al redefinir los roles en su interior, pierde su equilibrio, en el que todo
estaba exactamente en el lugar erróneo, dando así un sentido, aunque disfuncional, a la
actuación de cada miembro.
Naturalmente, esto no justifica al terapeuta que, tal vez por la dificultad de gestionar la
frustración de un cambio no lineal, prefiere dejar las cosas tal como estaban, porque cree
que las personas no están preparadas todavía para cambiar o, lo que es peor, carecen de
los recursos necesarios para hacerlo. Nosotros creemos, en cambio, que es indispensable
orientar a los distintos sujetos hacia la construcción de una nueva identidad personal y
familiar. No se podrá obtener este resultado en tiempo breve, como solemos hacerlo,
sino que exigirá tiempo para aprender, consolidar, construir, consolidar de nuevo y luego
adquirir; en definitiva, una terapia breve a largo plazo, en la que se producirán pequeños
pasos hacia delante con algunos reveses y algún pequeño paso hacia atrás, para acabar
avanzando de nuevo.

A partir de la quinta sesión, Cati retoma los estudios, aunque sus padres la acompañan a
la escuela y van a buscarla a la salida: la muchacha dice que sabe gestionarse como si
tuviera doce años, aunque tiene muchos más. Sigue viviendo con la madre, que ha vuelto
a comportarse como tal, cosa que permite al padre ocuparse de la hija como padre
psiquiatra, haciendo un seguimiento de la terapia farmacológica. El padre siempre ha
sido consciente de lo pesado que resulta el tratamiento pero, como lo había delegado en
otros, lo aceptaba sin protestar y mucho menos intervenir.
Llegado este punto, podemos hablar con él del imaginario diagnóstico propuesto a la
hija por los colegas, que consideran que padece ataques de pánico, fobia social y
trastorno bipolar, desmontándola por piezas. Cati nunca ha tenido un ataque de pánico,
limitado en el tiempo, con el miedo paralizante a morir o a enloquecer, sino que ha
experimentado la sensación prolongada de la angustia de no saberse gestionar. En cuanto
a la fobia social, según la cual Cati debería tener miedo del otro, nos encontramos con
una situación bien distinta: es Cati la que se enfrenta a las personas que dice que la
rechazan y a las que ella misma rechaza con rabia. Finalmente, la muchacha nunca ha
tenido episodios maníacos. Dice que le cuesta diferenciarse, construir una identidad que
hable de ella, que le pertenezca.

T: Perfecto, tienes razón y me gusta que digas esto, pero ahora también tienes que
valorar, con un poco de humildad, que no estás en condiciones de hacerlo sola;
necesitas esta red, los necesitas a ellos. Tienes la suerte de tener un padre médico que
también te hace de psiquiatra, una madre disponible, y si los utilizamos bien,
podemos trabajar en la construcción de tu identidad distinta, dejando atrás todos los
cuadros diagnósticos, que no son más que fotografías, ¿de acuerdo? Vamos a enseñar

42
a Cati cómo gestionar sus relaciones, cómo superar los bloqueos frente a los demás.
Esto os corresponde a vosotros. Sabemos que Cati con sus reacciones disparatadas
expresa el deseo de que el padre se ocupe de ella, como padre y como médico, y que
chantajea a su madre siempre que esta se muestra rehén del miedo.
[Todos están de acuerdo]
Cati, todavía tengo aquello. ¿Quieres que lo conserve o te lo devuelvo?
P: Pensaba que tal vez esa arma sería un buen signo, como del final de la terapia,
cuando te pida que me la devuelvas.
T: Exacto, aquí está, y será un símbolo…
P: Como símbolo…

Empezamos a investigar sobre la relación con los demás, ante los que Cati se siente
como si no existiera, fuera de lugar y atrasada, y por eso se aísla cada vez más. Antes no
era consciente de ello, y en cambio ahora esta dinámica le resulta mucho más obvia: es
«como si hubiera abierto los ojos tras haber estado dormida durante años». Ahora se da
cuenta de que su mayor problema no son los otros, sino su incapacidad relacional
causada por su escasa experiencia. Sin duda envidia a los demás porque le llevan mucha
ventaja.

T: No solo eso, me parece que el hecho de haberte excluido de la vida durante


demasiado tiempo explica tu inadaptación, pero también el hecho de que envidies la
libertad de los demás me parece una manifestación muy sana, porque tú no eres libre.
No me parecen dos aspectos patológicos. Se trata tan solo de recuperar de nuevo tu
vida, gradualmente. Hasta ahora no has construido nada, digámoslo claramente.
P: Sí.
T: Te metiste en un problema que se ha ido complicando, y si tú no lo aceptas estarás
siempre fuera de lugar, estarás siempre atrasada. Por lo tanto, debemos partir del
presupuesto de que hay que empezar a construir mirando hacia delante y que no
podemos cambiar lo que ha pasado. Te diré más, ni siquiera podemos recuperarlo,
porque no se recupera ni una noche de sueño perdida. Y cuanto más tratas de
recuperar, más te bloqueas. Solo se puede avanzar, no se puede recuperar lo que no
se ha hecho. De modo que te propongo un pequeño experimento social: cuando
prestes atención a los demás, has de intentar ver en ellos no solo el rechazo que les
provocas, sino también, observando lo que hacen y cómo lo hacen, qué tipo de
personas son para ti. Como haría una alumna mía, has de estudiar a los demás para
comprender cómo son a partir de lo que hacen, sin hablar con ellos. La capacidad de
observación es el primer paso. Por ejemplo, si sales con tu madre, puedes comentar
con ella qué te parecen las personas que encuentras, y ella te dirá qué impresión le
han causado. Quisiera que intentaras desarrollar en tu mente la capacidad de evaluar
a los demás con una simple observación. Todos tenemos esta capacidad, es un don
natural. Si se ejercita, se torna más agudo.
P: Pero si se trata de algo natural, ¿por qué no lo es para mí?

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T: Quiero que lo hagas por un motivo muy simple, porque has permanecido bloqueada
durante demasiado tiempo. Pese a ser una capacidad natural, ahora está bloqueada,
porque no la has practicado durante demasiado tiempo. Debemos desbloquearla para
que vuelva a ser natural. ¿Entiendes lo que te estoy pidiendo?
[Asiente]

Una vez conseguido el desbloqueo, es el momento de construir: debemos empezar a


construir nuevos cimientos allí donde dominaba la patología invadiendo todos los
aspectos de la vida de Cati. Para avanzar en esta dirección es necesario haber construido
una sólida relación con todo el sistema familiar y con cada uno de sus miembros, de
modo que todos confíen en el terapeuta. Es una fase muy delicada, porque tenemos que
asegurarnos de que las resistencias permanezcan por debajo del nivel y avanzar
lentamente hasta la creación de un nuevo equilibrio, no solo familiar sino también
personal (Nardone, Mariotti, Milanese, Fiorenza, 2004; Artini, Balbi, 2009; Nardone et
al., 2012; Nardone, Balbi, Valteroni, 2012; Nardone, 2015; Nardone, Valteroni, 2017).

En la sexta sesión, Cati, tras haber reanudado la escuela, empieza a contactar de nuevo
con algún amigo, va a estudiar a la biblioteca en vez de quedarse encerrada en casa,
socializa sin esfuerzo y de manera espontánea. Hace dos semanas que no toma
ansiolíticos y no nota gran diferencia. Tuvo un momento de vacío en el que, sola en casa,
llamó a su padre pidiéndole que fuera y él, en vez de ir a socorrerla como hubiera hecho
antes, le sugirió que leyera un libro. Cati siguió el consejo y la sensación de vacío
desapareció. Reflexionamos conjuntamente sobre esta sensación de la muchacha, que en
realidad no es patológica, sino que es consecuencia de una serie de carencias: «Si mi
vida está llena de cosas, llena de relaciones, llena de sensaciones, estoy rodeada de gente
y hago cosas que me gustan, pero siento un vacío en mi interior. Si mi vida carece de
sensaciones, no tengo amigos, no tengo novio, no hago nada que me guste, tengo un
montón de problemas, he de enfrentarme con todo lo que hice en el pasado y me siento
vacía, se trata de una sensación real, concreta, ajustada». A este propósito hablamos de
los pocos amigos con los que ha vuelto a contactar y que parece que han estado
contentos de volverla a ver, y de lo valiente que ha sido Cati al dar un paso que nadie le
había exigido.
Nos dirigimos entonces a todo el sistema y preguntamos cuál ha sido la percepción del
padre psiquiatra. El hombre cree que se ha redimensionado el halo negativo que la ha
envuelto desde siempre, determinado por los diagnósticos y las terapias anteriores;
redefine la situación hablando de dos padres «en relación con una hija que está en un
momento crítico y necesita ayuda. Y nosotros la solicitamos, ¿no? Y creo que usted
atiende nuestras solicitudes». La madre está de acuerdo y utiliza el término
«despatologizado» para definir el sistema en el que ahora los padres han de tener una
actitud de mayor apoyo a su hija, es decir, han de ser una base segura en la que apoyarse
mientras Cati avanza en las relaciones consigo misma, con los demás y con el mundo,
por tanto en el proceso de construcción de su autonomía e independencia.

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T: Ella ha de ser consciente de que su vacío está causado por el enorme hueco de los
años anteriores, y ese vacío es auténtico: es un vacío lleno, es un vacío que grita. No
tienes relaciones, no tienes contactos, no has vivido… Y a ti, Cati, solo se te exige
una cosa: que aceptes la idea de que es como si hubieses estado de viaje durante
muchos años, y ahora regresaras a un mundo que no has conocido como habrías
podido hacerlo, y tienes que empezar a construirlo todo desde cero. Has de construir
contactos, relaciones, y tienes que descubrir capacidades personales. Así que mi
hipótesis actual es todavía más despatologizante que la vuestra. Creo que en este
caso solo hay que construir, no hay nada que romper, como ocurrió en sesiones
anteriores. Ahora hay que construir y vosotros, los padres, debéis ser la base segura
para esta construcción, especialmente tú, la madre —y lo has entendido muy bien—
siendo cómplice de la construcción de sus relaciones y de su crecimiento personal e
interpersonal, trabajando también el tema de su feminidad, que de momento deja un
poco que desear, ¿no? [todos sonríen asintiendo]. Y tú, el padre psiquiatra, has de
ocuparte de ir reduciendo los fármacos hasta suprimirlos del todo, de forma muy
gradual para evitar el efecto rebound que conoces mejor que yo. Esta debería ser tu
función con tu hija. Y si te llama y estás trabajando, dile: «Ven tú aquí».

Podemos decir que entramos ya en la tercera fase de la terapia que, tal como
anticipamos, convertirá nuestra terapia breve en una terapia breve a largo plazo.
Seguimos viendo a la familia y a Cati por separado una vez al mes, luego cada dos meses
y después cada tres o cuatro meses. No faltaron momentos, y hasta períodos, de
dificultades, en los que fue preciso verlos más a menudo para corregir la dirección y
retomar el rumbo hacia el objetivo personal y sistémico. Esto solía suceder en momentos
decisivos para la muchacha, cuando temía no poder enfrentarse ella sola a algo que le
parecía demasiado grande para ella. En esos casos tendía a repetir el guion del pasado:
«La ambivalencia que comunica es: necesito ayuda, pero debería hacerlo yo sola. Si
necesito ayuda, quiere decir que no soy capaz de hacerlo yo sola, y si no soy capaz de
hacerlo yo sola, no soy capaz de hacer nada. En estos momentos lo más importante es
que Cati sabe que puede contar con vosotros, y que tiene derecho a pediros ayuda. Tú,
papá, la proteges, y tú, mamá, la apoyas. También estoy yo, que os contemplo cada vez
desde más lejos, pero dispuesto a intervenir en caso de necesidad, como un ojo exterior
que mira el sistema y le muestra lo que en un momento determinado no consigue ver».

Mientras tanto, el tiempo va pasando y avanza, como Cati, que acabó los estudios y se
valió de su creatividad para licenciarse en una academia de fotografía, conoció a un
muchacho extremadamente paciente por el que valía la pena correr el riesgo de
exponerse y con el que incluso tuvo un hijo, «varón, afortunadamente», dijo ella: «No sé
qué hubiera hecho con una mujer como yo; las mujeres son demasiado ambivalentes, y a
veces esa marcha extra que tienen las hace tropezar y caer, además hay que saber cómo
ayudarlas a levantarse sin complicar las cosas [sonríe irónicamente]. Los hombres son

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más simples, basta hacerles sentir importantes, suficientemente protegidos y, sobre todo,
que se convenzan de que son el centro del universo. Lo demás viene solo».
Cuando nos encontramos con un diagnóstico desafortunado, lo primero que hay que
hacer es ponerlo en tela de juicio, trabajando como si se tratara de un trastorno que se ha
formado como consecuencia de dinámicas especiales. Intentemos desmontar esas
dinámicas, veamos qué sucede y valoremos cuál es el camino que hay que seguir. En el
caso de Cati y de su familia, lo primero que hubo que hacer para conseguir el desbloqueo
fue redistribuir los roles de padre/psiquiatra y de madre/mujer, que no habían sido
asumidos nunca antes por los progenitores, y de este modo la hija pudo confiar
finalmente en alguien para construirse a sí misma, alcanzando así sus objetivos.
Parafraseando el título de un famoso drama de Pirandello, es como si hubiésemos tenido
tres personajes en busca de un autor.
De modo que se prescinde de la cura y la paciente se cura y consigue vivir esa
normalidad que a menudo damos por supuesta pero que, en un caso como el de Cati y de
su extraña familia, visto desde fuera y a posteriori, parece casi un milagro haber
conquistado.

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5. La condena de vivir. El caso de Serena

Serena tiene veinte años y un diagnóstico de depresión asociada a tendencias autolesivas


desde el comienzo de la adolescencia. Cuando llega a nuestro despacho parece que tiene
diez años más: va despeinada, vestida de cualquier manera y su expresión es la de quien
lleva sobre sus espaldas «ochenta años» de sufrimiento. La muchacha está
completamente resignada a una vida sin esperanza, como dice también la última
psicóloga que, como no pudo ayudarla, la despidió alegando que no se dejaba ayudar.
Llega a nuestra consulta como un paquete, llevada por los padres. Con fría lucidez,
Serena nos explica que hace poco se ha suicidado un amigo suyo y que, antes de
matarse, le envió un mensaje comunicándole sus intenciones, aunque para todo el mundo
fue un accidente. Después de este hecho, la muchacha se hundió en la más profunda
depresión con la idea fija de suicidarse también ella, y por ese motivo se le ha prescrito
además una terapia psicofarmacológica.
Le preguntamos, como hacemos habitualmente para definir los objetivos de la terapia:
«¿Qué debería cambiar en tu vida para que nos dijeras “gracias por haberme
ayudado”?». Serena responde que al fin y al cabo su vida va bastante bien, pero que «me
importa un bledo todo: estudio filosofía, me gusta la música, he resuelto algunas
cuestiones espinosas, recuperando así muchos amigos, pero tengo la sensación de haber
elegido mal, cosa de la que él también me acusó. Habíamos discutido y yo salía con otras
personas. Tras diversos tira y afloja, me pidió que eligiera, que decidiera si quería
reconciliarme o no… yo sabía que él sufriría, que se hundiría y que tal vez haría lo que
hizo porque hablábamos a menudo del suicidio. Pero no lo elegí a él. Y él hizo lo que
debería haber imaginado. Yo sabía que era su último asidero, pero igualmente lo dejé,
porque creía que, como había ocurrido otras veces, al final no lo haría».
Serena dice que no se siente culpable y califica de «estúpida» esa muerte, puesto que
podría haberse evitado si ella hubiese comprendido la gravedad de la situación, si le
hubiese creído. Pero al mismo tiempo se siente culpable por no haberse dado cuenta de
la profundidad del malestar de quien primero le pidió que eligiera, luego tomó una
decisión, para pasarle finalmente el testigo de la responsabilidad.
Actualmente Serena sale con un muchacho, pero no es más que un pasatiempo. Dice
que es consciente de haber idealizado y mitificado al amigo porque tuvo el valor de
matarse, sabiendo que era la única salida posible. Añade que hace mucho tiempo que le
da vueltas a la idea de morir y que lo sucedido le brinda la ocasión de pensarlo más
seriamente aún. Además, existía entre ellos el acuerdo tácito de que, si uno de los dos se
iba, el otro debería seguirlo; si moría él, moría ella y si moría ella, moría él. Pero ella

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sigue viva.
Una pausa de silencio permite que resuenen en la habitación las últimas palabras de
Serena, acogidas por nosotros con prudente distanciamiento; luego, con amabilidad y
realismo a la vez, redefinimos la percepción, añadiendo una nueva perspectiva a la
visión rígida de la muchacha: «Él eligió un camino, de acuerdo, pero precisamente no
tiene nada de noble. Tú decidiste por ti, y el otro por él. La única libertad que nos queda
es matarse o no. Él decidió matarse y no tenía derecho a culparte a ti. Y si crees que tú
conseguirás no culpar a nadie, te equivocas, porque la culpa siempre se atribuye al que
se queda». La joven llora y dice que no culpará a nadie y que ella misma no se siente
responsable por no haberle ayudado, pero tiene dudas porque él se fue sin ella.
En ese momento, centramos la atención en los padres y les preguntamos qué han
intentado hacer hasta ahora para ayudar a la hija, es decir, cuáles han sido sus soluciones
intentadas que no han funcionado (Nardone, Portelli, 2005; Nardone, 2012; Nardone,
2016). Los padres, como suele ocurrir, procuran estar a su lado y, si es posible, no
dejarla sola, no permitirle utilizar el coche familiar de gran cilindrada; procuran
acompañarla, tanto si está en casa como si sale, controlándola a través de mensajes y con
la ayuda del muchacho con el que ahora sale: «Una vigilancia especial, en definitiva».
También procuran tenerla todo el día ocupada, en movimiento continuo. Invitaron a su
casa a un sacerdote para que hablara con ella, a pesar de que Serena no es creyente.
Serena no se ha aislado ni oculta sus intenciones delante de los amigos. Su idea sigue
siendo «estamparse contra un árbol a trescientos por hora»: «Solo se necesitan veinte
segundos de valor. Lo intenté, pero al final no lo conseguí, pensando en mis padres».
Además, tiene la sensación de que ya no tiene nada que ofrecer: «Siempre lo deseé, pero
no sabía muy bien cómo hacerlo; ahora tengo una pista y un motivo más sólido que
antes. He dado, he recibido, he hecho, he deshecho… Ya está».
Serena, a su manera, hablando de algo de lo que generalmente nadie habla, aunque lo
piense, y diciéndolo con la firme voluntad de no ser salvada, nos ofrece la posibilidad de
introducir una alternativa, que ella ahora no quiere o no consigue ver. En otras palabras,
enturbiamos las aguas para hacer subir los peces (Nardone, 2002; Nardone, Balbi, 2008;
Balbi et al., 2009).

T: Por lo tanto, ya eras así antes de que sucediese esto. Mira, hay un autor que me gusta
mucho, Herman Hesse, que escribió El lobo estepario, no sé si lo has leído [la
muchacha niega con la cabeza]. En esta novela el protagonista está mal, sufre, no se
encuentra cómodo en este mundo y decide que lo mejor que puede hacer es
suicidarse: decide el día y el año; planifica que se matará cuando cumpla cincuenta
años. Lo prepara todo, está todo organizado. Mientras tanto, sigue viviendo, o tal vez
empieza a vivir, precisamente sabiendo que ha decidido cuándo morirá. El hombre se
entrega a la vida como nunca había hecho antes. Y precisamente porque sabe que se
matará a los cincuenta años consigue vivir bien los años que le quedan. Llega a los
cincuenta años, y entonces entiende que tomó esa decisión como un modo de lograr
vivir bien. Tú también podrías planificar tu suicidio, y mientras tanto arriesgarte a

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vivir. Puesto que la única libertad que nos queda es el suicidio, mientras tanto
podemos arriesgarnos a ver si la vida nos gusta; has recorrido un trecho demasiado
breve para saberlo. Y te has quedado atrapada en situaciones patógenas. Te voy a
contar un secreto: yo hice lo mismo. El mismo pensamiento, el mismo deseo, la
misma cita a los cincuenta años; y ahora tengo cincuenta y cuatro.

Serena nos mira fijamente todo el tiempo, como si estuviera en trance. Luego, con una
expresión que no había mostrado antes y casi con una actitud de desafío, como de quien
busca un motivo para cambiar de idea y volver sobre sus propios pasos, pregunta:

P: ¿Puedo hacerle una pregunta?


T: Sí.
P: ¿Y estos años de más habrán significado algo si usted muriese mañana?
T: Sí, porque he estado muy bien, y porque he vivido intensamente cada instante, o al
menos es lo que procuro.
P: Bravo por usted, de verdad. Para mí es tiempo perdido, total, lo haré de todos
modos. ¿Vivir para hacer qué? Mire, moriremos igualmente, ¿no? Tanto da… morir
antes o morir después, no tiene sentido.
T: Si quieres hacerte daño, nadie puede impedírtelo, eso está claro. Las tres primeras
líneas de El mito de Sísifo, de Albert Camus, dicen justamente esto, para romper
luego con la tradición demostrando que, puesto que podemos suicidarnos —que, por
otra parte, es lo más razonable—, vale la pena vivir la vida con la mayor intensidad
posible.
P: ¿Por qué?
T: Justamente porque se puede morir un instante después.
P: Pero una vez que estás muerto, no eres nada. ¿Y entonces?
T: Polvo al polvo… y entonces todavía vale más la pena: cada momento que vives es
un don y hace que te arriesgues a descubrir que hay algo hermoso que todavía no has
visto.
P: Seguramente, pero yo no quiero verlo porque total tendré que dejarlo cuando muera.
T: O sea que básicamente eres una miedica y no una heroína. Lo que me has dicho me
anima, ¿sabes por qué? Porque no tengo delante una heroína que puede suicidarse,
sino una persona que tiene miedo, y el que tiene miedo no se mata. Siento un enorme
respeto por la persona que se mata con valor y un enorme desprecio por quien lo
hace por otros motivos. Para hacerlo, hay que ser o muy valiente y decidido, o estar
muy mal de la cabeza en ese momento. Puesto que no me parece que estés tan mal de
la cabeza, y además no eres tan valiente, estoy tranquilo. Pero quisiera que
recordases lo que te he dicho.

La muchacha finalmente se derrumba y comienza a llorar de nuevo. Le ofrecemos


pañuelos. Hace el gesto de apartar la mano, pero acaba cogiéndolos. En el momento en
que un paciente, que hasta entonces ha descrito su situación de una forma distante,

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expresa una emoción echándose a llorar, le está ofreciendo al terapeuta la guía para la
relación, acepta dejarse ayudar, y ya no se siente obligado a mostrarse fuerte e impávido.
Es importante para el terapeuta saber moverse entre intimidad y distanciamiento, entre
proximidad y lejanía, entre una modalidad relacional que concede una mayor autonomía
al paciente y una modalidad que le permita ser percibido como un cálido contenedor
emocional (Nardone et al., 2004; Balbi, Artini, 2009; Watzlawick, 2013).
Por ahora ya hemos sembrado suficientemente. Después de todo lo que hemos
intentado hacer con Serena, ya solo nos queda seguir haciendo lo que estamos haciendo.
Serena sale de la habitación como hipnotizada. Su mirada revela una naturaleza
distinta de aquella con la que ha entrado, una dinámica interna hecha de
argumentaciones que difieren de su única idea. Le hemos inoculado un germen sin negar
su lógica, sino secundándola e inculcándole dudas para lograr, como resultado final, que
se derrumbe interiormente (Nardone, De Santis, 2011). Hemos utilizado un tipo de
comunicación que, desde el punto de vista de los contenidos, sintoniza con su
ambivalencia, alternando el lenguaje lógico de tipo paradójico con el lenguaje analógico,
mediante la utilización de imágenes muy concretas y aparentemente racionales,
destinadas a impresionar los sentidos y las percepciones, en vez de afectar directamente
una mente que en ese momento no es en absoluto receptiva (Nardone, Watzlawick,
Loriedo, 2006; Nardone, 2007).
La relación se vio favorecida por el hecho de que, por primera vez, no se intentó
disuadirla o convencerla de que no hiciera lo que tiene intención de hacer, sino que, sin
mostrar miedo por el posible gesto, se la indujo a afirmar que la que tiene miedo es ella.
Serena tiene miedo de vivir sabiendo que un día deberá morir, miedo de morir sabiendo
que ha vivido en vano, miedo de no tener valor ni para vivir ni para morir. En
situaciones límite como esta es indispensable que el terapeuta demuestre que es capaz de
sostener cualquier postura que adopte el paciente, de sintonizar con sus exigencias, por
disfuncionales que sean, para inducirle luego a cambiar su punto de vista anulando las
posibles resistencias. Fue importante afirmar: «Si quieres hacerte daño, nadie te lo puede
impedir», rechazando el chantaje relacional de la paciente, para mantener intacta la
facultad de maniobra terapéutica (Milanese, Cagnoni, 2009; Meringolo, Chiodini, 2016).

Serena acude de nuevo a nuestra consulta dos semanas más tarde, admitiendo que tiene
un problema: vivir. Ha reflexionado y, con algunas dudas, más por el hecho de tener que
admitirlo que por indecisión, susurra que tal vez podría probar a dar un sentido a la vida
si alguien le mostrase alguno, o si ella a su vez ayudase a los demás a tener un motivo
para vivir. También ha reflexionado sobre el hecho de que lo que sucedió no tiene nada
que ver, solo confirmó lo que ya creía. Se ha puesto varias fechas límite para matarse y
las ha sobrepasado todas, pero solo porque alguien se lo ha impedido: es cierto que en la
mayoría de los casos es una miedica, pero también hay veces en que, si estuviera sola, lo
haría. No obstante, en estas semanas, en una ocasión le confió al padre: «Me gustaría que
alguien me diese algo a lo que agarrarme». La sesión con Serena se centra esta vez
enteramente en disquisiciones sobre el sentido de la vida, que nadie puede darnos, a

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menos que queramos encontrarlo nosotros, «como el investigador que se encuentra con
otros investigadores y que, si comparan sus respectivas investigaciones, es posible que
encuentre un sentido más elevado para las cosas. Pero si uno de los dos se limita a
esperar que otro le aporte un sentido, el sentido no llegará, porque no hay nadie que
pueda darte sentido a ti. Yo no puedo darte sentido, porque tú no eres un contenedor
vacío en el que deposito alguna cosa». Al llegar a este punto, surge la primera petición
directa de ayuda por parte de Serena.

P: Por lo tanto, la primera pregunta que me hizo: qué quieres que te dé para que salgas
feliz de este despacho, ¿qué sentido tiene? Si nadie puede dar sentido a la existencia
de otra persona, excepto la propia persona, lo que estamos haciendo es totalmente
inútil, ¡porque yo vengo aquí a pedirle una cosa que usted no me puede dar!
T: Yo te puedo ayudar a convertirte en el buscador y el descubridor de tu sentido.
Todos vivimos de ilusión, y nadie puede evitarlo. Incluso la idea de poner fin a esta
vida con el suicidio es una ilusión, porque tú no sabes qué habrá más allá y ninguno
de nosotros lo sabe. Esta también es una ilusión.
P: Sí, lo sé. Por esto me siento en una jaula [llora]. En estos veintidós años y setenta y
cinco días de vida no ha habido un solo instante por el que valiese la pena estar aquí.
Y lo sé porque no lo recuerdo.

Al final de la sesión, le prescribimos a Serena el deber de escribir todos los pensamientos


catastrofistas y suicidas que se le ocurran durante las semanas siguientes y traer los
escritos a la próxima sesión. Más para contentarnos que por convicción, Serena acepta
realizar la tarea. Se trata de una confirmación de la relación instaurada con el terapeuta:
por primera vez Serena pide ayuda abiertamente, lo que nos proporciona ciertos
márgenes dentro de los que trabajar, aunque intentará varias veces echarnos de nuevo un
pulso. Serena se ha conmovido en dos ocasiones cuando, al tratar de romper la rigidez de
su mente, hemos tocado su fibra sensible, como se haría con un diamante que hay que
tallar con la fuerza adecuada, en los puntos adecuados, sin prisa, para darle forma y
hacerlo brillar con una luz intensa pero sin romperlo. Debemos actuar «apresurándonos
lentamente» (festina lente), como decía Augusto, según refiere el escritor latino Suetonio
en su biografía del emperador.

En la siguiente sesión, la muchacha entra en el estudio sola y nos dice inmediatamente


que, aunque ha escrito, en diez días ha intentado matarse tres veces, aunque las tres
veces se ha echado atrás porque no tenía la certeza de una «muerte limpia» y no quería
correr el riesgo de sobrevivir: en realidad, su mayor incapacidad es vivir. Ha salido y ha
visto gente, pero ha sido igualmente infeliz, porque son los otros los que la quieren, y no
al revés. No caemos nunca en la trampa, no nos dejamos asustar, sino que seguimos
insistiendo, incluso cuando Serena vuelve a hablar del suicidio del amigo como una
razón para morir. Y cuando explica cómo lo ha intentado, somos nosotros los que
llevamos el razonamiento hasta la exasperación, llamándola «una fracasada en la muerte,

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en la vida, en las relaciones, en la capacidad de sentir».
En esta fase es fundamental la relación con los padres, porque la paciente no nos deja
espacio para acceder a sus recursos, nos rechaza resistiendo. Necesitamos utilizar al
padre y a la madre para valorar si vamos en la dirección correcta. Al enfrentarnos a ellos
descubrimos que Serena está sedada, pero más en las sensaciones que en los
pensamientos: la ayuda farmacológica, lamentablemente, no pasa de ahí justamente
porque es mera sedación, que no modifica la calidad del pensamiento. Su paranoia se ve
reforzada ahora por el hecho de que, con la amenaza del suicidio, los ha hecho rehenes a
todos: «Ella es el centro de atención de todos. Pero si un hijo quiere hacerse daño, nadie
puede impedírselo, aunque debemos evitar ser cómplices y ser crucificados por el
chantaje que estamos sufriendo». A partir de ahora veremos a los padres y a la hija por
separado para romper la complicidad morbosa del sistema familiar y utilizar a los padres
terapéuticamente, sin que ella sepa de qué hablamos con ellos, privándolo del control
que ahora tiene en casa.
En las últimas semanas, Serena lo ha «intentado» tres veces. Sin embargo, como el
coche del que dispone no pasa de los 120 kilómetros por hora, no estaba segura de morir
y no llegó hasta el final. Ahora bien, si alguien quiere realmente suicidarse, se tira desde
un precipicio de cien metros y no se preocupa de la velocidad. En estos casos la actitud
de los padres ha de ser de atención, de presencia, pero sin aceptar que se les haga
chantaje y evitando buscar culpas que no tienen. En cualquier caso, Serena es la
responsable de lo que le ha sucedido a lo largo de su vida. Desde luego, no es
responsable de la muerte del amigo, pero es ella la que estableció una relación con una
persona desequilibrada. Por supuesto ha de estar en observación, por un lado porque
existe un porcentaje de imprevisibilidad que siempre hay que tener en cuenta y, por el
otro, porque incluso si el intento tuviera una intención meramente de chantaje, por error
podría conseguirlo.

Cuando volvemos a verla, Serena empieza a creer que nuestra estrategia consiste en
hacerla esperar, a fin de que se desespere hasta el punto de agarrarse a cualquier cosa con
tal de no pensar. No ha hecho nada más que esperar que el tiempo pase; ha dormido
mucho, porque así consigue escapar del mundo, no pensar. Ha salido algunas veces, pero
no ha cambiado nada, excepto que quizá un muchacho se ha enamorado de ella. Serena
decide salir con él para pasar el tiempo. En parte le gusta y en parte lo desprecia.

T: ¿Y esto cómo se concilia con «busco la ocasión para matarme»?


P: Paso el tiempo. Hoy voy a buscar el coche y luego veremos. He pasado la revisión.
O bien espero envejecer y morir.
T: Envejecer y morir. Interesante. Bien, bien, bien. Diría que es una buena ocupación
pasar el tiempo viendo a otras personas, corriendo el riesgo de tener algún incidente
agradable…
En realidad, te diré que, en contra de tus deseos, algo de Albert Camus has asimilado.
Lo recuerdas, ¿no? Puesto que podemos suicidarnos, se puede correr el riesgo de

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vivir algo agradable.
P: Yo no estoy corriendo el riesgo de encontrar algo agradable, es que soy demasiado
cobarde para suicidarme, de modo que dejo que la naturaleza siga su curso, pero no
es que quiera algo agradable… ¿Y si esta fuese la última vez que nos vemos?
¿Paciencia?
T: No. Paciencia, no. Quieras o no, en este trabajo se entra en contacto con personas y
se establecen vínculos, consciente o inconscientemente. Y he de decir que entiendo
por qué tienes tanto éxito con los hombres, con los muchachos: tienes tu atractivo.
Bien, bien, dejemos que mi amigo Albert y mi amigo Hermann penetren en ti.
Trabajan en tu interior… es un virus…

Por primera vez, Serena contempla la posibilidad de ir más allá de la muerte viviendo y
envejeciendo. En su vida aparecen destellos de luz. Por primera vez no ha hablado
directamente de «me mato», sino que ha expresado la idea de dejarse llevar por la vida y
pasar el tiempo, y esto demuestra claramente una mejora. Ha empezado a decir que es
demasiado cobarde para matarse y que, por lo tanto, tal vez ha de dejar que pase el
tiempo. Obviamente, no podemos bajar la guardia, pero el virus de la vida está
empezando a actuar en su interior. Igualmente, hay que evitar insistir o subrayar más de
lo necesario el cambio que se está iniciando en ella, porque Serena lo sabotearía:
admitirlo significaría para ella exponerse demasiado.
Cada sesión con pacientes en situación límite tiene que considerarse como si fuera la
primera y la última, porque a menudo se pone en evidencia, sobre todo al principio, la
ausencia de un hilo lógico. El proceso de cambio se produce a saltos, a veces muy
marcados, que aparentemente es como retroceder o quedarse en un punto muerto. En
realidad son pasos hacia atrás que permiten dar otros hacia delante. Se retrocede, en
apariencia, para volver a avanzar luego.

En la sexta sesión, Serena interrumpe los intentos de suicidio, aunque sigue pensando en
esta idea. Por otra parte, durante la sesión destacamos que «sin la idea del suicidio nos
habríamos suicidado todos. La idea del suicidio salva del suicidio. ¡Ay si no existiese!».
Serena ha pasado el tiempo durmiendo y estudiando para un examen.

T: Te voy a confiar una idea que inspira mi vida personal, al margen de la terapia y de
mi oficio: creo que no se puede pensar en pasar el tiempo, porque el tiempo es lo
más valioso que existe y nadie nos lo devuelve. Debería considerarse el tesoro más
importante que hay que conservar y utilizar.
P: Yo no opino lo mismo.
T: Te he hablado de mí al margen de mi profesión. No he querido transmitirte una idea
como profesional. Lo he hecho al margen de la profesión. Bien, en cualquier caso
creo que lo has captado. El tiempo es lo más valioso. Porque nadie nos lo devuelve.
Ni siquiera Dios, si es que existe. Nadie puede devolverte el tiempo. No se puede
recuperar el tiempo.

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Nuestro trabajo con la muchacha, tras haber conseguido conectar con ella y persuadirla
de que siga con sus cosas, es decir, las relaciones y la universidad, esperando que pase el
tiempo, avanza mediante reestructuraciones que penetran en ella sin forzarla, sino
gracias a la relación creada y mantenida, haciéndola sentir un ser especial no en virtud
del problema, sino por la idea heroica, aunque Serena no esté dispuesta a admitirlo, de
correr el riego de vivir. La explicación de una parte de la vida del terapeuta y el hecho de
abandonar el papel de profesional para hablar simplemente como una persona
constituyen un momento importante desde el punto de vista relacional. El terapeuta,
además de representar un punto de referencia, se convierte también en un modelo que
hay seguir, imitar y al mismo tiempo no decepcionar, al que uno puede acercarse,
aunque desde una distancia respetuosa. A los padres les preguntamos qué ha hecho la
hija, cómo ha vivido, a fin de tener una prueba concreta de cómo realmente nuestro virus
está actuando dentro y alrededor de ella. Los padres, tras haber sido cómplices y rehenes
del trastorno de su hija, empiezan a estar impacientes por ver los cambios y por ello no
ven lo obvio: Serena está tan sedada que su sueño es más el efecto de los fármacos que la
consecuencia de una actitud de renuncia; estudiar para un examen significa avanzar en la
dirección de construir alguna cosa para un futuro que comienza así a ser contemplado;
salir con alguien, aunque sea con la excusa de pasar el rato, es crear una relación que
implica, quieras o no, no solo una idea de proyecto, sino también la activación de las
sensaciones. En la sesión anterior, decía: «Como no tengo el valor de actuar, intento
pasar el tiempo». Ahora dice: «Hago las cosas para pasar el tiempo». Y mientras tanto,
no ha intentado suicidarse, ni ha pensado en ello.

En la séptima sesión, en cuanto la vemos en la sala de espera, percibimos que algo ha


cambiado: está sola y lleva el cabello corto, de un color distinto y bien peinado, viste un
chaleco de color rojo vivo y, por primera vez, la vemos sonreír. La miramos y
comentamos su look y sus uñas pintadas de azul, que combinan con la camiseta. No hizo
el examen, pero ha reflexionado sobre su doble condena «a estar aquí y a soportar el
peso de lo que ha sucedido. Y por eso he estado algo apática y muy enfadada».

T: Pero vamos a ver, si estás condenada a quedarte, como hemos dicho, ¿vale la pena
seguir aquí torturándote, o sería preferible seguir aquí buscando alguna mínima, y
momentánea, forma de placer? Porque, mira, voy a darte una mala noticia: somos tan
adaptables y corruptibles que acabamos obteniendo placer de cualquier cosa, si la
repetimos un determinado número de veces. Si obligas a una persona a azotarse
todos los días, a las pocas semanas se convertirá en un acto placentero. Todo lo que
se repite se convierte en algo a lo que nos adaptamos y que incluso nos proporciona
placer. Un doble timo. Y tú llevas toda la vida defendiéndote del riesgo de dejarte
llevar por las cosas que sientes.
P: No, no tengo ganas.
T: Sí, ¡la zorra y las uvas! ¿Recuerdas la fábula de Fedro? Ahora mismo te pareces a la
zorra, un animal sumamente inteligente y astuto, hasta el punto de decirse «no están

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suficientemente maduras». ¿Tú sabes que en los experimentos, si los animales
inteligentes no consiguen alcanzar algo porque está demasiado alto, utilizan
cualquier cosa para fabricarse una especie de escalera? Lo hacen los perros, de modo
que también lo puede hacer la zorra. Lo hacen los elefantes, los perros y los delfines,
y obviamente los chimpancés, que son los animales más inteligentes. También
puedes aprender a hacerlo tú.

Serena ha adquirido la lúcida conciencia de que la vía de escape que siempre soñó con
practicar le resulta imposible: es como si la depresión fuese una reacción al hecho de
tener que admitirse a sí misma que no es capaz de poner en práctica su proyecto. Por eso
surge el deseo de torturarse, a través de una actitud depresiva y de renuncia. Si bien esto
puede parecer un paso atrás, en realidad es una evolución fundamental y podríamos decir
que obligada: «No puedo suicidarme porque, si soy lúcida, no lo consigo, de modo que
soporto la doble condena de no lograr suicidarme y de tener que mantener esta vida y
dejar pasar el tiempo esperando que llegue la muerte». Torturarse quiere decir, en su
caso, no salir de casa, estar en la cama, adoptar una actitud de retiro voluntario, que
todavía durará cierto tiempo.

Durante las próximas sesiones, continúa el doloroso luto de Serena frente a la idea
originaria de suicidio, aunque sintiéndose en un limbo donde no está contenta pero
tampoco es infeliz, vive en un estado de sufrimiento bastante inferior y sin pensamientos
catastrofistas. De momento, está bien. Serena podría salir de esa condición, pero el
terapeuta no se lo puede prescribir directamente: es ella la que debe sentirlo y actuar a
iniciativa propia. «Si quieres evitar vivir en la masa informe y tener alguna otra
sensación vital, debes elevarte y ser la espuma por encima de la corriente de las olas
donde están todas las gotas de agua, y para elevarse hay que hacer el esfuerzo de
mejorarse, en cualquier dirección, sin excluir ninguna». Estas palabras resonarán
inevitablemente dentro de la joven, condenada ya a vivir.

T: ¿Sabes qué es lo más importante de nuestra conversación de hoy?


P: ¿Qué?
T: Tus uñas son lo más importante. ¿Adivinas por qué?
P: ¿Porque me he hecho la manicura?
T: No solo eso…
P: ¿Es el esmalte?
T: Sí. ¿De qué color?
P: Azul.
T: Sí, es un azul precioso, pero ¿qué clase de azul?
P: Azul metalizado.
T: Eléctrico. ¿Y sabes lo que significa? Más allá del hecho de que hace juego con la
camiseta, ¿qué significa? Piénsalo, pero estoy muy contento de tus uñas. Significan
muchísimo. Bueno, no voy a decir más: tus uñas son más significativas que cualquier

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otra cosa.

Tras un primer período especialmente crítico, en el que el objetivo era evitar el suicidio,
ahora Serena ya no habla de este tema: se ha iniciado una fase en que la joven intenta
sabotear la posibilidad de construir una vida normal. Ahora Serena necesita experimentar
sensaciones por las que valga la pena invertir en la vida, partiendo de los estímulos más
banales, pero insignificantes solo en apariencia, como el cuidado y el color de las uñas:
solo quien quiere parecer atractiva, quien quiere gustar y gustarse se preocupa de este
tipo de atenciones. Aunque Serena diga que no es así, para nosotros es evidente. No nos
preocupa que lo admita, lo importante es que lo haga. Por otra parte, Shakespeare dice:
«El mundo entero es un escenario, estamos declamando constantemente». Entretanto,
Serena se ha ido de vacaciones, continua la relación con el muchacho iniciada seis meses
atrás, sale con otras personas y del esmalte azul ha pasado al rojo escarlata.
En esta fase de la terapia se produce habitualmente, y es esencial tenerlo en cuenta, un
cambio también de la dinámica sistémica: la persona empieza a distanciarse de la
morbosidad de la relación familiar. Esto preocupa a los padres: temen la separación,
temen no poder controlar a una hija imprevisible y necesitan ayuda para aprender a estar
presentes y al mismo tiempo observar la evolución de la hija sin intervenir (Nardone,
2012). No es un paso sencillo, pero es necesario.

En la undécima sesión, Serena se presenta con un chaleco rojo y un pañuelo con dibujo
de piel de leopardo, bien peinada y ligeramente maquillada, con las uñas a juego con el
chaleco: una imagen que difícilmente podremos olvidar.

T: Este verano, una joven italiana viajaba en barca con su novio en una isla, cuando su
foulard quedó atrapado en un engranaje y la joven murió estrangulada por su
precioso pañuelo. Fue una muerte por asfixia, larga, lenta y dolorosa.
P: Dicen que cuarenta segundos de conciencia.
T: No, es más.
P: Sí, pero transcurridos cuarenta segundos deberías empezar a…
T: Depende, porque al saltar de la banqueta para ahorcarse se pierde el conocimiento
debido al golpe en el cuello. En la mayoría de los casos se rompe el hueso del cuello,
pero si esto no ocurre te quedas allí colgado, muriendo lentamente. ¿Sabes que
pueden pasar horas? Pero nunca menos de cinco minutos, como en el caso del
ahogamiento. Desde luego no es una buena muerte.
P: No, hay que calcular bien la longitud de la cuerda.
T: Exacto, y su resistencia, y calibrar el salto. Y bien, ¿cómo has pasado el mes de
julio?
P: Bueno… en realidad no hemos profundizado mucho en el tema del ahorcamiento.
Con la correa, las del perro, de metal… demasiado cortas.
T: No, no sirven, ¿sabes por qué? Porque no tienen nudo corredero. De modo que con
la correa solo puedes morir por rotura del hueso del cuello.

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P: Ah.
T: Pero no por asfixia. El ahorcamiento hay que hacerlo bien, el nudo corredero es
fundamental, porque con el peso el nudo aprieta y te va ahogando progresivamente,
mientras que la correa de los perros no aprieta progresivamente. Tienes que hacerlo
mejor.
P: Ya.
T: Si no te perfeccionas…
P: También tengo el de cuero al revés, se puede hacer con el ojal…
T: Muy bien, tienes que hacer el nudo corredero, es decir, girar… ¿sabes cómo se hace
un nudo corredero?
P: Sí, tendría que saber hacerlo…
T. ¿Sí? ¿Estás segura?
P: Sí, creo que sí.
T: A ver, enséñame cómo lo haces, como viejo marinero te diré si está bien.
[Ella imita con las manos los movimientos para realizar un nudo corredero]
Eh, así no: tiene que ser doble. Si no, no funciona.
P: ¿Y pasas por los dos o solo por uno?
T: Solo por uno.
P: No me acordaba de esto.
T: Tienes que tener cierta experiencia marinera para saber hacer nudos, ¿de acuerdo?
P: Sí.

Serena empieza explicando que en estas semanas se ha planteado ir a vivir con el novio
que la adora, pero que ha renunciado porque es demasiado perezosa. Se define a sí
misma como perezosa, aburrida, miedosa y poco decidida; nosotros añadimos seductora.
Dice que tal vez trata de llamar la atención de los demás; finalmente, con cierta
satisfacción, reestructuramos nosotros: «El primer instinto vital, pese a todo lo que has
vivido». Serena nos mira, insinúa una sonrisa algo contrariada, pero sobre todo
satisfecha: «Total, si he de pasar el tiempo…», pero no se lo cree ni ella, con esas uñas
pintadas y su ropa sofisticada. Para nosotros, que la recordamos con toda claridad, es
irreconocible respecto a la primera visita, en la que apareció despeinada, vestida de
cualquier manera y con la expresión de quien lleva sobre sus espaldas «ochenta años» de
sufrimiento. Empezamos a hablar de cómo al final las personas se enamoran y se
vinculan a ella porque, como es seductora e intrigante, gusta más que las jóvenes más
guapas que ella. Y acabamos reestructurando cómo, en un determinado momento de su
vida, no por responsabilidad suya, sino por debilidad de una persona próxima, ocurrió un
incidente tan grave. Entonces Serena, que es muy sensible, se descontroló. Coincidimos
en que la responsabilidad no era suya, sino del amigo demasiado frágil que, en un acto
vil de chantaje, en absoluto heroico, se mató por un vínculo que ya no existía, dejándole
una condena patética. Ahora es el momento de retomar las riendas de su vida, de hacer lo
que le apetece —la seductora intrigante— y seguir mejorando, en todos los sentidos. Le
pedimos que mire hacia delante, a su futuro, y que se pregunte, en un plazo razonable de

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seis años, «dónde querrías estar, haciendo qué y con quién. Deja volar la fantasía, no te
dejes limitar por los esquemas y, dentro de unas semanas hablaremos. Siento curiosidad
por ver cuál será el próximo color de las uñas…». Serena acepta la tarea impuesta, esta
vez sin oponerse o plantear objeciones. Una persona que acepta imaginar su futuro
dentro de seis años sin duda quiere comprometerse en esta dirección: la idea del suicidio
prácticamente ha desaparecido. Plantear una distancia temporal tan amplia permite a
Serena imaginarse en el futuro sin tener que enfrentarse a la situación contingente,
liberando la fantasía, expresando deseos o proyectos para realizar. Cuando Serena vuelve
a la consulta, en la fase de aprendizaje de una nueva modalidad de percibir las cosas y
reaccionar ante ellas, nos habla de fantasías exageradas, en sintonía con su tendencia a la
exasperación, pero coherentes: al fin y al cabo, es como una página en blanco, que está
aún por escribir. Serena va en busca de una identidad: como una niña, fantasea con
convertirse en presidenta de la República, más que en astronauta o bailarina de la Ópera
de París o jugadora de baloncesto. Tal vez querría «cambiar de estudios y ser agente de
viajes como mi madre, así trabajaría con ella». Entretanto, ha ido a bailar a menudo, y ha
salido con el novio, se ha informado sobre academias que hacen cursos de rock
acrobático no de competición, actividad que había practicado de niña. Al parecer, no está
tan oxidada como creía. A veces se ha sentido algo deprimida, por el luto todavía no del
todo elaborado del amigo, que «se va decantando, pero hace falta mucho tiempo: es un
efecto natural, pero requiere mucho más de seis meses. Y me gusta sobre todo oírtelo
decir así: “Le echo de menos”, porque siempre has hablado de él en otros términos, lo
recuerdas, ¿no?». Serena asiente llorando, nueva demostración de que, finalmente, se
está enfrentando de forma sana y natural a la depresión fisiológica, no patológica, de
quien ha perdido a alguien repentinamente y que ahora es capaz de utilizar sus recursos
para superarlo y transformar la desgracia de haberlo perdido en la suerte de haberlo
tenido a su lado, como diría nuestro gran maestro Paul Watzlawick.

Se suceden períodos de mejora y períodos de retroceso, como suele ocurrir en la fase de


construcción de un nuevo equilibrio. Serena, que sigue caminando sobre la cuerda floja,
ha de aprender a utilizar primero al terapeuta, y luego a sí misma, como barra
estabilizadora, no para eliminar los desequilibrios, sino para reducir su importancia,
hasta encontrar su propia andadura fluctuante. Ha de aprender a reconocer las sacudidas
y a protegerse antes de que se transformen en un tsunami. Cada retroceso aparente es en
realidad un pequeño paso hacia atrás para dar dos hacia delante, que lleva a Serena a
declarar: «Tengo poco más de veinte años, ¡lo lograré! ¡Pondré todo mi empeño en esta
dirección! Si encuentro la solución antes del final natural de mi vida habré ganado un
montón de años. ¡La encontraré!». Empezamos a espaciar las sesiones: cada dos
semanas, luego cada tres, finalmente cada mes, atendiendo a la construcción de un
equilibrio cada vez más estable a base de experimentar con pequeñas y grandes cosas
concretas, que en el fondo son las que dan sentido a la vida. Al mismo tiempo
reestructuramos posibles dificultades y, como punto esencial de referencia, cómo
deberíamos actuar los padres con los hijos que crecen; ampliamos los márgenes de

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control y de proximidad, dejándole espacios de movimiento más amplios y continuando
con la observación, pero cada vez desde más lejos, pasando del papel de guía al de
consultores/supervisores.
Utilizamos la técnica de la escala (Nardone et al., 2000; Milanese, Mordazzi, 2007)
combinada con la técnica del escalador (Nardone, 2009; Balbi, Artini, 2009) para
construir con Serena una escala, al revés, de objetivos, actuando quirúrgicamente en la
dirección más eficaz, en sintonía con los deseos que cada vez se vuelven más concretos y
realizables. Al mismo tiempo utilizamos el mismo instrumento para monitorizar y afinar
su capacidad de sentir. El sentir alimenta y es a su vez incrementado por el actuar, dando
lugar a un círculo virtuoso, que la hace más valiente y abierta a la vida.
Mientras tanto, Serena está cada día más guapa, presente y definida: estructura
gradualmente una identidad propia y en las sesiones manifiesta una modalidad de
relación que empieza a veces a repetirse: es la confirmación de que se está convirtiendo
en una funambulista cada vez más experta. Está desarrollando una tendencia propia
perceptivo-reactiva capaz de replantearse de modo autopoiético, convirtiéndose cada vez
más en una persona que gestiona lo que ha construido.
Hablamos sobre el amor, sobre la amistad, sobre el trabajo y sobre el tiempo libre. La
injerencia del pasado es cada vez menos apremiante y el suicidio del amigo un recuerdo
cada vez más remoto. Serena ya está en condiciones de ver el pasado con los ojos del
presente, o sea, con el sano distanciamiento de quien, a pesar de todo, sigue avanzando y
decide finalmente vivir.

Vemos a Serena una vez más, antes de fijar las sesiones cada dos meses, y de este modo
marcamos el comienzo de una nueva fase de la terapia: la del follow-up. Esta fase,
caracterizada por sesiones cada vez más espaciadas, tiene como objetivo acompañar el
proceso de cambio a fin de que la paciente vaya adquiriendo más confianza en sus
capacidades y recursos, y viva nuevas experiencias. Como ya no necesita el trastorno,
está concentrada en construir su vida. El terapeuta seguirá representando un punto de
referencia al que dirigirse en un momento de necesidad.

Agradablemente sorprendidos por el look más femenino, aunque ella lo defina de casual,
le pedimos que nos ponga al día de su vida: si hubiésemos visto a Serena hoy por
primera vez, nunca habríamos podido imaginarla tal como se presentó meses antes en
nuestra consulta. La joven dice que está muy ocupada organizando su fiesta de
cumpleaños. Los años anteriores apenas lo celebró, pero como ahora no tiene otra cosa
que hacer, ha pensado que sería una buena idea. Ha organizado una barbacoa en su casa
y ha invitado a mucha gente. Al principio confiaba en que acudiría al menos alguno de
los muchos invitados, pero lo cierto es que acudieron prácticamente todos.
Serena ha descubierto que cuanto más se abre a la vida y los demás le demuestran que
quieren estar con ella, más emociones siente. No obstante, el hastío de fondo no ha
desaparecido del todo, de modo que se ha matriculado en un curso on line de
secretariado. Los temas del examen no son muy interesantes, pero al final del curso debe

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hacer prácticas en el despacho de un notario. Así, «si el día de mañana quiero hacer algo,
suena mejor que una simple formación en el estudio de un fotógrafo, que es lo que hice
hace unos años».

T: Bien, todo esto nos complace mucho, ¿lo sabes, no?


P: Hummm… lo imagino.
T: Ah, ¿te lo imaginas? ¡Ah, ah! Y a ti no te parece bien. No quieres darnos ni una
satisfacción…
P: No, no es cuestión de satisfacción, ¡es que no querría parecer demasiado contenta!
T: Nadie lo cree así, puedes estar tranquila, nadie te sobrevalora. Pero realmente
estamos contentos.

Estamos contentos de la fiesta, estamos contentos del curso en el que se ha matriculado y


estamos realmente impresionados de cómo está haciendo todas estas cosas. Por otra
parte, en casos como el de Serena no hay que cometer el error ni de sobrevalorar las
mejoras conseguidas ni de infravalorar nada.
Le pedimos a Serena que siga hablándonos de la fiesta, del trabajo, del novio.
Sabemos que habrá altibajos, que a veces estará a punto de perder el equilibrio, y que en
caso necesario se dirigirá a nosotros gracias a la confianza que se ha creado. Como
terapeutas estratégicos, nuestra misión es ayudar a Serena a no desear nunca más
«estamparse» contra un árbol a 300 kilómetros por hora, sufriendo porque sabe que no
tiene valor para hacerlo, sino a aplazar cada vez más su muerte y mientras tanto correr el
riesgo de vivir.

60
6. Odio a quien amo. El caso de Erika

Una historia de ordinaria locura, pensaríamos al repasar la historia de Erika. Cuando


llega a nuestra consulta tiene catorce años y ha pasado ya por dos terapias con una
duración total de tres años: una quinta parte de su vida. Erika, ojos almendrados y un
metro ochenta de estatura, dice que ha estado en tratamiento por dos problemas distintos,
pero que tienen en común la relación con su hermana, a la que odia profundamente. Tras
una pausa de aparente reflexión, o más probablemente para controlar la rabia que parece
explotarle dentro, nos explica:

Es estúpida, no la quiero ni siquiera como persona: siempre me ha tratado como si


fuera distinta, desde que éramos niñas. Yo no comía como una persona normal, estuve
un año en tratamiento por anorexia y perdí más de quince kilos porque me veía fea,
todavía ahora me cuesta mirarme al espejo, aunque sé que estoy por debajo del peso
estándar… y mi hermanita me decía: «Erika no, no estás gorda, solo te sobran unos
kilitos, pero eres alta, por eso no se te nota demasiado…». ¿Cómo se le puede decir
una cosa así a tu hermana? Además, ella habla bien; nunca ha tenido problemas de
peso, aunque es mucho más baja que yo. ¡La odio! Estoy siempre cansada… ¡no
puedo más! ¡Me duele todo! Desde octubre pasado tengo un dolor muy fuerte en el
costado derecho, pero durante un año no me quejé, porque en una situación como la
mía es como si perdiese el derecho a ser infeliz, ya que si no sonríes y la gente te ve
adelgazar, quiere decir que estás enfermo y tienes que hacer un tratamiento. De modo
que dejé de quejarme, aguanté este dolor durante seis meses, hasta que no pude más y
empecé a pensar que tenía algo grave, como una inflamación interna o la enfermedad
de Crohn. Mi hermana decía que lo hacía para llamar la atención, luego se descubrió
que tenía el apéndice inflamado. No era tan grave como para operar, solo había que
hacer controles periódicos. Ella se pasaba el día metiéndose conmigo y todas las
mañanas me preguntaba: «¿Por qué no meriendas?». A veces, a escondidas, mi
hermana me metía cosas dulces en la mochila, como barritas de chocolate. Yo no
quería ni olerlas, pero cuando me las encontraba allí, no podía resistirme y me las
tragaba rápido para que nadie me viera, o bien iba al baño y allí las saboreaba un poco
porque nadie me veía. Pero me gustaba más comer una fruta, porque además los
dulces nunca me han gustado y cada vez que los comía, me sentía la boca pegajosa.
¿Y por qué no haces esto? ¿Por qué no haces lo otro? ¡Es estúpida! ¡Realmente es
estúpida! A veces me dice que como demasiado, otras veces me llama directamente
anoréxica!

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Erika habla como una ametralladora: nos cuenta de corrido su dolorosa historia, y al
mismo tiempo llora, grita, se desespera gimiendo inclinada sobre la mesa, a veces se
yergue como un huso, luego se acerca hablando bajito, como si tuviera que contarnos un
secreto. Aunque aparentaba más años de los que tenía, Erika era una niña, y era como si
tuviera en su interior una persona distinta para cada sensación. A veces inspiraba ternura,
o daba casi miedo, otras veces parecía grotesca: su rostro se transformaba y su largo
cuerpo se retorcía en los momentos cruciales del relato hasta parecer casi fea. Enseguida
se vio claramente la necesidad de encontrar un punto en el que ella pudiera detenerse y
en el que nosotros pudiéramos introducirnos para atraparla. Erika no quiere decirnos
cuánto pesa: ha recuperado cinco de los quince kilos perdidos, pero todavía está por
debajo del peso normal, y ha desaparecido el ciclo menstrual. Desde el otoño pasado no
se mira, no se hace fotografías, porque tiene miedo de lo que podría ver. Desde luego no
mantiene una relación sana con la comida, no es capaz de comer como una persona
normal. A veces se lamenta al sentirse transparente a los ojos de las personas que más
quiere, en otras ocasiones desearía que las personas queridas no intentaran sabotearla
continuamente, solo porque tienen una idea de la belleza y de la forma física distinta de
la suya: «Primero me dicen: “¡Estás muy en forma! ¡Estás muy guapa!” Luego me dicen
que si engordara unos kilitos todavía estaría más guapa… Yo hablo y no me escuchan:
me miran como si fuese un fenómeno de feria. Luego llega mi hermana, y ellos: “Mira
cómo come tu hermana… Gaia, ¡dile tú también que ha de engordar algún kilito!”».
A veces Erika se expresa de manera incoherente, otras veces en cambio es sumamente
coherente, no solo con los datos de la realidad, sino con la propia visión de la realidad,
filtrada a través de los lentes de un prejuicio típicamente paranoico. Todo el que esté en
contra de su percepción deformada de la realidad, en la que cree firmemente, es
considerado un enemigo del que hay que guardarse, y frente a la hostilidad ajena, Erika
solo puede intentar defenderse. Al no poder incidir de manera directa en una percepción
tan rígida y cristalizada, le preguntamos: «¿Qué debería cambiar en tu vida para que
puedas decirme: “Gracias, me ha ayudado”?». Erika querría volver a comer como una
persona normal y ser feliz como no lo ha sido desde que era una niña. Querría conseguir
seguir la dieta de su nutricionista, porque si nadie le pone un freno se atiborra y engorda,
pero haciéndose daño; en cambio, si quiere ganar un poco de peso ha de hacerlo
comiendo lo que quiere y de la manera que quiere.

T: O sea que me estás diciendo que también has ido a nutricionistas que te han
prescrito una dieta que no logras mantener, ¿es así? Intentas respetarla, pero pierdes
el control y comes, comes, comes, luego te sientes culpable y empiezas de nuevo:
quieres tener el control, pero pierdes el control.

Erika llora de nuevo de una forma histérica y emite entre dientes gritos sordos entre los
que se percibe en ocasiones una especie de cantilena con un estribillo que repite: «¡No
quiero hablar con nadie! ¿Por qué todo el mundo se burla de mí? ¡Ya no os creo! ¡No
quiero hablar con nadie! ¡Ya no os creo! Mi hermana debería estar aquí conmigo y con

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mi padre». Luego, mientras dice esto, deja de gritar y de llorar. Se sienta muy derecha,
nos mira a los ojos y con una mirada seria e intensa grita: «Porque mi padre es la única
persona que está a mi lado».

Ha llegado el momento de establecer un acuerdo, una especie de contrato terapéutico no


escrito, sino basado en la palabra, que en estos casos vale mucho más, con el que nos
comprometemos a ayudarla, pero declarando que no estamos dispuestos a pagar por los
errores ajenos. Erika empieza a gritar de nuevo, le dejamos un tiempo para desahogarse.
Finalmente, tras un minuto y medio de llanto ininterrumpido, durante el que acusa a los
psicólogos que nos han precedido, nos acusa a nosotros de ser como los otros y se
proclama víctima impotente de un mundo injusto. De manera firme y decidida, pero sin
adoptar una actitud rígida, respondemos a la desesperada petición de Erika de escuchar
que existe alguien en quien puede confiar y que, de una manera u otra, la sacará de ese
agujero negro en el que tiene la sensación de estar atrapada.

T: Bien, vamos a establecer un acuerdo: yo no me estoy burlando de ti y no me


merezco esta acusación.
P: ¡Todos los demás se han burlado de mí hasta ahora!
T: Comprendo tu sufrimiento, y si me lo permites, intentaré ayudarte, pero esto no
significa que, si digo una cosa con la que no estás de acuerdo, tengas que acusarme.
P: ¡Sí! No quería acusarle a usted… es que…
T: Y si sigues mis recomendaciones iremos mucho más deprisa de lo que puedas
imaginar. Creo que ya sabes que he entendido cuál es tu problema: el control que no
consigues tener porque pierdes el control.

Erika rompe a llorar de nuevo, confirmando que hemos puesto el dedo en la llaga, es
decir, en su extrema necesidad de poderse fiar de alguien pese a su total incapacidad de
confiar, debilitada en parte por las anteriores experiencias fallidas, y en parte por una
base perceptivo-reactiva paranoica en una estructura borderline. En este preciso
momento nos jugamos la posibilidad de que confíe en nosotros: la suerte de toda la
terapia se decide en unos pocos minutos. El caso que acabamos de explicar es un
ejemplo interesante de intervención carismática: el terapeuta, actuando de una manera
determinada, y en cierto modo íntima, sella un pacto con la muchacha y la inmoviliza en
una posición de la que no podrá dar marcha atrás. El carisma, en el caso del terapeuta,
permite el tratamiento porque es respetado y admirado como un punto de referencia, un
modelo, capaz de refrenar impulsos desbordantes y devastadores (Nardone, 2015). Erika
era exactamente así: un ser desbordante y devastado por una percepción deformada de la
realidad, que la llevaba a sabotear cualquier posibilidad de construir y estructurarse a sí
misma de una manera estable. Por otro lado, Erika solo tenía catorce años: todavía estaba
a tiempo, con la intervención adecuada, de estructurar de forma definitiva el guion
perceptivo-reactivo que algunos llaman personalidad y otros carácter, pero que en
cualquier caso se define en la interacción de la persona consigo misma, con los demás y

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con el mundo. Ese guion, que se repite de forma redundante, pero nunca rígida, permite
sentirse estable, mantenerse en equilibrio sobre una cuerda floja sobre la que la persona
podrá caminar, aunque controlando los desequilibrios gracias a la barra estabilizadora
que le proporcionaremos mediante el trabajo realizado conjuntamente.
Erika nos cuenta que desde niña, debido a su altura, todo el mundo le había
aconsejado que practicara la natación. Siempre le gustó el agua, pero ahora ha dejado de
frecuentar la piscina, tras haberse sometido durante meses a sesiones brutales de cuatro
horas, cinco días a la semana, no solo para combatir el dolor de espalda, sino también
por el deseo obsesivo de quemar grasas. Se le prescribió nadar, pero cuando lo hace no
es capaz de parar: pierde el control, como le ocurre con la comida o con sus impulsos
durante las crisis que estallan al menos diez veces al día. Alguna vez ha pensado en
suicidarse, pero siempre ha abandonado la idea, entre otras cosas porque casi nunca la
dejan sola y con toda seguridad lograrían salvarla.
El padre escucha atentamente; es muy joven, pero tiene la expresión cansada del que
está aplastado entre dos frentes: por un lado es rehén de la hija, por el amor que siente
por ella y por el miedo a perderla; por el otro, tiene la necesidad de dejar de ser el
catalizador del trastorno de la hija y de las tensiones familiares asociadas a las paranoias
de Erika en relación con su hermana. El padre actúa de pararrayos, y sobre él van a parar
todos los rayos que caen desde ambas partes. Cuando se le pregunta, responde
serenamente procurando no herir la sensibilidad de una hija que no es todavía una mujer
pero tampoco una niña: «Digamos que hay elementos que se pueden compartir, y luego
está naturalmente la parte subjetiva…». La subjetividad de Erika no se manifiesta solo
en el trastorno alimentario, sino también en el odio desmesurado hacia su hermana, hacia
su propia imagen que no le gusta y hacia la gente, que preferiría no ver ni oír. Una vez
definidos los objetivos, debemos cerrar un nuevo acuerdo que mantenga a Erika ligada a
la vida con un doble nudo.

T: Yo me ocuparé de ti, valoraremos en cada momento los cambios y si hay algo que
no funciona tienes que decirlo y rectificaremos, ¿de acuerdo? De modo que no hay
burla ninguna: valoraremos en cada momento si las cosas funcionan o no, ¿de
acuerdo? Yo me comprometo a no abandonarte hasta que hayamos resuelto el
problema, por supuesto valorando si estamos funcionando o no, porque yo solo me
planteo un tratamiento de diez sesiones y, si no veo resultados, quiere decir que no
soy capaz de lograrlo. Quiero que lo valoremos juntos, pero tú te comprometes,
durante todo este proceso, a no intentar matarte. [Erika llora] No te reprimas, llora
hasta que tengas ganas… no te reprimas… Erika, quiero llegar a un acuerdo contigo:
yo asumo la responsabilidad de ayudarte, pero tú asumes la responsabilidad de
ayudarme a ayudarte, ¿ok?
P: ¡Ok, ok!

En primer lugar prescribimos a la chica un deber que afecta a la relación desastrosa con
la hermana, partiendo del supuesto de que hay una única cosa de la que no somos

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culpables: nuestros familiares, porque no los elegimos y, desgraciadamente, no podemos
cambiarlos. Solo tenemos dos salidas: o aprendemos a conocer sus miserias y a
aceptarlas para aprender a gestionarlas sin pretender cambiarlas, o sufrimos sus efectos
negativos.
«Desde hoy hasta que volvamos a vernos, dentro de diez días, coge papel y bolígrafo y
escribe diariamente una carta a tu hermana con los peores insultos que se te ocurran. ¡Sin
tapujos! No quiero que se las des a ella, sino que me las traigas a mí, y las comentaremos
tú y yo. No puedes cambiar a tu hermana, pero escucha bien lo que voy a decirte: quiero
que todos los días metas todo el veneno que hay dentro de ti y que te está intoxicando en
un canal para que fluya. Esta es la función de las cartas contra tu hermana. ¿Lo has
entendido? ¿Estás de acuerdo? Evita hablar con ella y mírala como si fuese una alumna
mía que observa un caso clínico: has de captar todas sus patologías, todas sus miserias, y
has de ponerlas todas por escrito. Por lo tanto, por una parte te pido que seas una alumna
mía y por la otra te pido que seas tú misma con todo el veneno que llevas dentro, ¿de
acuerdo?».

Erika dice que está de acuerdo, en parte sorprendida y en parte satisfecha, y sin duda
impresionada porque, por primera vez en su carrera de paciente, alguien no ha intentado
disuadirla en vano de estar tan enfadada con su hermana. No hemos negado la
autenticidad de lo que siente, de lo que ve, de aquello en lo que cree, insinuando que no
es más que una invención. Por primera vez alguien le ha ofrecido otros ojos para ver la
realidad, sin arrogarse el derecho de convencerla de algo, sino adoptando la postura de
quien por fin se interesa por ella y por un sufrimiento que la está matando lentamente día
a día.
Luego pasamos a la alimentación, la obsesión que tortura su mente y que la induce a
torturar su cuerpo (Nardone et al., 1999; Nardone, 2007; Nardone, Valteroni, 2017).

T: En los casos como el tuyo, si hay algo que no funciona es la idea de la dieta. La
dieta implica control, pero tu esfuerzo por tenerlo todo bajo control te hace perder el
control. Mientras comas siguiendo una hipotética dieta basada en las calorías o en los
principios nutritivos, psicológicamente creas en ti las ganas de rebelarte, de
transgredir. ¿No es así? [Erika asiente] ¿Y si durante diez días, en vez de una dieta
basada en las calorías o en las sustancias nutritivas, te propusiera una dieta basada en
tres comidas compuestas por tus alimentos preferidos? Solo debes hacer tres
comidas: desayuno, comida y cena, compuestas única y exclusivamente de aquello
que más te gusta, sin ninguna limitación ni de calidad ni de cantidad. Ninguna
limitación.
[Erika abre desmesuradamente los ojos]
Si te lo concedes, puedes renunciar a ello, si no te lo concedes, se vuelve irrenunciable.
Tú, ahora, no te lo concedes y se vuelve irrenunciable, mientras que si te permites
comer en las tres comidas lo que más te gusta, conseguirás llegar a la comida
siguiente sin tener que ir picando, y comerás mucho menos de lo que habitualmente

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comes cuando pierdes el control justamente al intentar controlarte. ¿Estás de
acuerdo? Haz este experimento y evita las restricciones, porque toda restricción abre
la puerta a la transgresión. ¿Sí? ¿Estás dispuesta?
P: ¡Sí! [llora sin poderse contener]
T: Estás en el lugar adecuado… Cada vez que tengas una de estas crisis, vas a tu
habitación y te desahogas.
P: ¡Odio mi habitación! ¡Odio mi casa!
T: Sí, pero si esto te pasa en casa, ¿adónde vas?
P: ¡A mi habitación!
T: Y no te contengas hasta haber acabado, no te esfuerces por contenerte. Es como un
río crecido: cuanto más te esfuerzas por contenerlo, más te arrastra, y más daño te
hace, ¿de acuerdo? Nos veremos dentro de diez días.

Nos despedimos así, con Erika comprometida a seguir nuestras indicaciones y confiando
en nosotros: hemos sellado una alianza mediante pequeños acuerdos establecidos durante
la sesión, hemos bloqueado la puerta con el pie para poder meter todo el cuerpo. Somos
conscientes de que el caso de Erika es un caso límite con un pronóstico no demasiado
optimista, pero existe margen para ayudarla a superar su problema y a construir un
equilibrio personal estable.
Diez días más tarde Erika entra en la consulta con el rostro hinchado por el llanto.
Parece una niña caprichosa que no ha conseguido lo que quería, pero Erika ya no es una
niña, y su deseo es que su hermana desaparezca de la faz de la tierra porque es
«diabólica como la protagonista de una película que vi el otro día… no recuerdo el
título…». La expresión de la muchacha nos recuerda a la de un loco que habla de aquello
en lo que cree firmemente y que no está dispuesto a poner mínimamente en duda una
visión de los hechos extravagante e inexplicable partiendo de los argumentos de la razón.
Por otra parte, sabemos perfectamente que no se trata de utilizar la lógica ordinaria,
caracterizada por una causalidad lineal, por el principio de no contradicción y del tercero
excluido, sino de recurrir a una lógica no ordinaria, para la que, como diría Paul
Watzlawick, solo existe aquello en lo que se cree, y solo eso (Watzlawick, 1978;
Watzlawick et al., 1978; Watzlawick, 1997). De modo que nuestro objetivo no es
modificar directamente la realidad que percibe Erika, sino destruir gradualmente su
visión, atacándola de forma disimulada, justamente como es ella, despacio y con
discreción.
Erika nos mira con sus ojos negros que están a punto de explotar: «No se puede seguir
así. ¡No puedo más! ¡No es justo! Pienso continuamente en la comida, ¡y no es justo!».
En realidad, el problema es que sigue engordando, le duele todo, no puede dejar de
llorar, ha comido más de la cuenta y se ha peleado con la hermana, aunque ambas han
procurado mantenerse distantes. Y hubiera preferido que el padre no asistiera a la sesión.
De vez en cuando deja repentinamente de llorar y responde con dureza al padre cuando
este dice algo con lo que ella no está de acuerdo; luego sigue con su crisis histérica.
Asistimos a estos momentos, más intensos aún cuando el padre nombra a la hermana o la

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comida, sin replicar, sino «paradojeando» (Nardone, 2002; Nardone, 2003; Nardone,
Balbi, 2008) sus sensaciones y reacciones, exhortándola a desahogarse y, cuando toca
compulsivamente los objetos que hay sobre la mesa del despacho, dándole permiso para
hacerlo. Paradójicamente, le damos permiso para poner en práctica esas conductas que,
por ser perturbadoras, querríamos eliminar, a fin de que se extingan espontáneamente y
dejen de ser el instrumento que Erika utiliza para obtener lo que desea, como hace con el
padre, o para llamar la atención, con una conducta totalmente impropia de su edad.
Decidimos que trabajar al mismo tiempo en dos frentes tan delicados —la
hermana/familia por un lado y la alimentación por el otro— sería excesivo y
consideramos que la palanca más ventajosa, porque es la más controlable en esos
momentos, es su relación con la comida. Mientras tanto, los episodios de explosividad,
de conflicto, de crisis deberán tratarse tanto en casa como en la sesión.
Pedimos al padre que salga para empezar nuestro trabajo con la muchacha al margen
de su relación morbosa.

P: No he logrado hacer las tres comidas: tenía un hambre absurda y pienso


continuamente en la comida; me despierto y pienso que tengo hambre, por la noche
pienso que tengo hambre, en la escuela pienso que tengo hambre, es decir, siempre
tengo hambre.
T: ¿Cómo te explicas que seas como un lobo de invierno cuando nieva? ¡Eres un ser
famélico que muerde y que se comería incluso la nieve!
P: En la escuela son todos imbéciles; en realidad, son veinte chicas y todas
guapísimas… no sé cómo me ha ocurrido esto… y todas están acomplejadas: no
comen nada y ¡dicen que yo solo como 500 calorías porque he adelgazado! No
puedo perder la cabeza, he de tener cuidado con lo que digo, incluyendo que soy
infeliz. Para ellas estoy enferma; estoy loca de remate. ¡Esto es lo que piensan de mí!
T: De acuerdo, de comida hablaremos luego, alrededor de ti y dentro de ti. Pero si
siempre comieras en las tres comidas las cosas que más te gustan y disfrutaras,
¿pensarías igualmente en ello o pensarías mucho menos?
P: Seguiría pensando, porque ni siquiera sé qué es lo que me gusta, y además sigo
comiendo muchísimo… y sigo engordando. Peso 57 kilos, aproximadamente… Por
suerte todavía estoy por debajo del peso normal, ¡pero no querría llegar a los 60! 58
estaría bien.
T: Perfecto, estoy de acuerdo contigo. Si queremos evitar que engordes con los
atracones, debemos limitarlos. Si queremos evitar tus atracones, hemos de trabajar el
placer de la comida y no el control, porque cuanto más intentes controlarte, más
pierdes el control.
P: Sí, pero al final ¡todo me sale mal!

Tocamos de nuevo un tema sensible, y Erika tiende a desplazar la atención hacia otro
asunto. Cuando intentamos modificar su modalidad de gestión de la realidad, aparece la
tendencia paranoica de la muchacha que cree firmemente en las profecías catastróficas

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que hace sobre ella misma y por las que cree que los demás la consideran loca, que
piensa que es el centro del mundo y que el mundo es injusto con ella.
Con la paciencia de la araña, que va tejiendo su tela sin prisa, insistimos en que, hasta
que no consiga controlar la parte más primitiva de sí misma, esto es, la relación con la
comida y con el cuerpo, todo lo demás forzosamente irá mal: «Eres un velero con las
velas siempre desplegadas y el viento de popa, pero sin timonel: cualquier viento te
zarandea, y vuelas, y chocas contra cualquier escollo porque no controlas el timón. Lo
primero que hay que hacer es aprender a gobernar el timón de nuestro velero, a recoger
las velas e izarlas cuando nos parece, de lo contrario no se puede salir al mar, ¿lo
entiendes? Porque si no es así, cualquier viento te arrastra y te destruye, ¿ok?».

Pactamos con Erika lo que deberá comer las próximas dos semanas, como si ya estuviese
en forma y solo tuviera que mantenerla. Llegamos a una especie de compromiso,
estableciendo cuáles de sus alimentos preferidos son los más adecuados para
mantenernos dentro de un margen de seguridad. Como ocurre con las personas que están
habituadas a fuertes restricciones del placer, a Erika le gusta lo que su mente anoréxica
considera adecuado (Nardone, 2003; Nardone, Valteroni, 2014). Tras haber valorado sus
gustos, le indicamos con toda precisión qué, cuánto y en qué momentos del día deberá
comer: «No quiero que engordes, quiero que estés lo más guapa posible, tal vez incluso
más que tus compañeras…». Además, es necesario que salga al exterior al menos una
parte del veneno que acumula contra su hermana y contra todo el mundo. Para lograrlo,
le proponemos que nos escriba cartas que empiecen con las siguientes palabras:
«Querido doctor…». En ellas deberá dar salida a toda la rabia y al rencor que la están
envenenando por dentro y por fuera. Escribir es un medio poderoso tanto para canalizar
la obsesión paranoica, como para hacer que fluya la sobrecarga de rabia y tensión que la
muchacha no es capaz de controlar y que provocan crisis histéricas. El íncipit «Querido
doctor» aporta el distanciamiento relacional que permite la intimidad: como ya hemos
recordado, el carisma del terapeuta consiste en saber moverse entre el distanciamiento y
la intimidad.

En la siguiente sesión, le damos primero la palabra al padre para que nos transmita su
percepción del período transcurrido. Este nos cuenta que en las últimas semanas la
relación entre él y Erika se ha deteriorado porque él se puso de parte de la madre en una
discusión con la hija. La noche antes, Erika había comido más de lo deseable y, en su
paranoia, se había peleado con todo el mundo. Los demás, especialmente sus seres más
queridos, pagan por todos sus males: siempre es culpa de los demás, y en cambio la
paciente es víctima de una injusticia cósmica.
Erika llora desesperadamente, acusa a la hermana y al padre. Entonces decidimos
separar la pareja, debido a la dinámica de conflicto que se ha instaurado. Esta decisión,
según cómo se mire, es un paso adelante: el padre empieza a dejar de ser cómplice
patológico de la hija. Se convierte también en un enemigo, de modo que tenemos un
enemigo más y un rehén del trastorno menos. En situaciones semejantes, podemos

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considerar razonablemente que un 60 % del resultado del tratamiento depende de nuestra
capacidad de lograr que la familia deje de ser, aun con las mejores intenciones, cómplice
del mantenimiento del trastorno. En este momento necesitamos al padre como aliado
terapéutico, para gestionar las dinámicas familiares en un sistema donde la complicidad
todavía es muy fuerte y donde tener dos enemigos en vez de uno complica
indudablemente las cosas. La familia interviene, con independencia de nuestra
implicación en la terapia. Por lo tanto, es indispensable decidir en cada intervención si
actuar exclusivamente con el individuo, enviando al paciente y a los familiares el
mensaje claro de que el problema que hay que abordar solo puede resolverse en primera
persona, o bien efectuando un tratamiento mixto, implicando al paciente y a los
familiares con una propuesta de intervención de geometría variable (todos juntos, con el
paciente, solo con los familiares, con el paciente y con uno o varios familiares por
separado), en relación con el tipo de intervención que se va a proponer según el objetivo
terapéutico contemplado.
A partir de ahora, veremos al padre y a la hija por separado. Esto nos permitirá
también reducir la frecuencia y la intensidad de las crisis histéricas, que, como ya no
sirven para llamar la atención, disminuirán gradualmente.
Si vemos a Erika a solas, podemos razonar con ella de manera distinta, como ocurre
en el fragmento de diálogo estratégico reestructurante que reproducimos a continuación,
en el que aparece claramente el refinamiento de un instrumento construido no para
convencer, sino para persuadir gradualmente al interlocutor, hasta obtener el acuerdo
final sobre el objetivo que nos hemos propuesto alcanzar (Nardone, Salvino, Balbi,
2011).

T: Te voy a hacer una pregunta directa: ¿Tu padre te ha traicionado porque ha decidido
traicionarte o ha cometido un error?
P: Ha cometido un error… sí, ¡pero yo no puedo más! No es el primero que comete…
¡estoy destrozada! Y a él le importa un bledo; total, dice, luego Erika me perdona…
T: Para, para. Estás razonando correctamente, pero demasiado deprisa: él ha cometido
un error y no una traición deliberada, ¿me equivoco o es correcto?
P: Es correcto.
T: Perfecto. Si una persona comete un error, ¿merece una condena a cadena perpetua o
una condena menor?
P: Una condena menor, pero yo no puedo…
T: Espera, vamos a ir despacio, con lógica, ¿ok?
P: Sí.
T: Acabas de condenarlo a cadena perpetua aquí, delante de mí. Lo has dicho.
P: Lo sé, pero podrá cometer otros errores. Yo no puedo pagarlos.
T: Pero vamos a ver, ¿tu padre es un ser humano o un ser divino?
P: Humano, humano… y es a él a quien necesito.
T: Muy humano, muy humano, ok, y los humanos qué hacen: ¿se equivocan o hacen
siempre lo correcto?

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P: Sí, se equivocan. Errar es humano, pero perseverar ¡es diabólico! No es la primera
vez.
T: ¿Tú crees que persevera deliberadamente o comete errores porque se encuentra en
una situación difícil?
P: No lo piensa. No lo piensa, porque no valora correctamente las cosas.
T: Erika, tienes razón, pero lo que quiero decirte es que, si una persona se equivoca, se
equivoca simplemente porque se equivoca, no deliberadamente. Es humano, no es
malo. No es diabólico, es humano.
P: No, yo he llorado por él. ¡Yo lloro a su lado! No puede hacerme tanto daño…
T: Erika, tienes razón, pero en casa hay una persona con la que tienes un conflicto
insoportable, ¿ok? Y en casa hay una persona que siempre ha actuado de pararrayos
entre vosotras dos, ¿ok? No quiero justificarlo, solo quiero que comprendas. Es
evidente que en su posición se cometen errores, y luego se pagan, pero una cosa es
un error y otra es un acto deliberado de rechazo como los que hace tu hermana
contigo. Ahora respóndeme: en este momento, hablando con cinismo, ¿necesitamos
a tu padre o no lo necesitamos?
P: Sí, pero no lo quiero…
T: Lo necesitamos. Es una persona que puede sernos útil, aunque sea cínicamente, ¿de
acuerdo?
P: Sí.
T: En este momento no podemos conseguirlo sin un pseudoaliado en la familia, porque
si tú al rechazar a tu padre lo pones de parte de tu hermana, tendrás dos enemigos en
vez de uno. No tienes que perdonarlo, pero necesitamos que tu padre haga de
amortiguador frente a la otra persona, ¿ok?
P: Sí.
T: Para poder ayudarte del todo, necesito tener el control de tu familia. Tu padre me es
útil también para esto.

Erika ha puesto por escrito toda su rabia, y por sus cartas sabemos que su mayor
tentación ha sido pincharse con un punzón para hacerse daño, porque no se gusta. En
realidad, la muchacha ha engordado lo suficiente para decir que está guapa y ha
recuperado su feminidad incluso desde el punto de vista fisiológico. Nos congratulamos
con ella, y la exhortamos a seguir comiendo de acuerdo con nuestra dieta paradójica
(Nardone, 2007; Nardone, Speciani, 2015), es decir, solo tres comidas y compuestas
solamente de sus alimentos preferidos: «Si te lo concedes, puedes renunciar a ello, si no
te lo concedes, se vuelve irrenunciable». De sus cartas se desprende también que se
sentía «cómo lo diría… menos envenenada por dentro…». Sin embargo, cuando veía a la
hermana o escuchaba su nombre, «¡me entraba de nuevo una furia ciega!». Sugerimos a
Erika una estratagema muy útil, propuesta aparentemente como un consejo, pero que en
realidad representa un escudo terapéutico necesario en esta fase de la terapia, para
protegerse del propio veneno.

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T: Quisiera enseñarte un truco, un truco especial: si queremos mantener a raya a tu
hermana, debemos utilizar una estratagema muy antigua, que es «matar a la serpiente
con su propio veneno». Si te enfrentas al enemigo con otras armas, el veneno te lo
tragas tú, que es lo que estás haciendo. Las personas como tu hermana se sienten
acorraladas y desarmadas con la amabilidad; cada vez que consigue sacarte de tus
casillas, gana ella. Cuando el otro día consiguió enfrentaros a tu padre y a ti, ganó
ella, y esto no podemos permitírselo, ¿no crees? ¿O quieres que gane ella? Lo que
pretendo es que te muestres indiferente durante todo el día, en las tres comidas tú
dirás lo que vas a comer y te lo prepararás. Y si ella te critica, le respondes con
amabilidad, o si te pide que le prepares comida también a ella, lo haces.
P: ¿Aunque este deseando desollarla viva? ¿Y si me reconciliara con ella y empezara a
quererla de nuevo? Si me hiciera daño otra vez, yo estaría todavía peor.
T: Querida mía, en la vida estamos todos condenados a encariñarnos con las personas
aun a riesgo de sufrir un desengaño. No puedes impedirlo, no estás libre de esta
condena, como no lo estoy yo, como no lo está ella, como no lo está él.

Erika sonríe dibujando una mueca con la boca, como si imaginara algo que no se puede
decir, pero al mismo tiempo hubiera comprendido el sentido de lo que queremos
transmitirle. La despedimos así, haciendo que resuene en su interior la evocación
propuesta.
En las sesiones siguientes, Erika empieza a hacer lo que le habíamos pedido, aunque
sigue sin gustarse y sigue odiando a su padre, a su hermana y a sus compañeras de clase,
que son todas más guapas y delgadas que ella y que la miran mal. Es el resultado de la
confianza que se ha instaurado con el terapeuta, que en esta fase actúa como punto de
referencia para una muchacha que no se fía de nadie más que de él. Erika ha dado un
paso más, que nadie menciona explícitamente, pero que se nota viéndola: ya no lleva el
cabello desgreñado como dos semanas antes, ni viste el mismo jersey, aunque la
sudadera de rapero y el pantalón de cintura baja le siguen dando un aire un poco
masculino. Todavía no se atreve a ir a la escuela vestida de esa guisa. Tenemos que sacar
a Erika de la cárcel de su aislamiento, sobre todo respecto a sus compañeros, pero
gradualmente, como un preso que se merece la hora diaria al aire libre. «Lo que te parece
feo en ti y en los demás se debe más a tus lentes deformantes que a lo que realmente se
ve, ¿ok? Y hemos de cambiar tus ojos más que tu cuerpo. Hemos de cambiar ante todo
tus ojos, más que tu cuerpo. De lo contrario, tu organismo no puede funcionar a pleno
rendimiento. ¿Lo entiendes, no?».
Erika asiente y luego continúa con su habitual cantilena: odia a todo el mundo, todo el
mundo la odia, es injusto, la vida es un error, los otros tienen que morir o tal vez es
mejor que desaparezca ella, así los otros dejarán de sufrir. Por otra parte, cada vez parece
menos convencida de lo que dice, y cada vez menos convincente a los ojos de quien la
escucha. El germen que le ha sido inoculado empieza a actuar y en algunos momentos
afecta a su percepción. Pero no se lo decimos, porque nos respondería que no es verdad,
y perjudicaríamos la óptima relación con ella que tanto nos ha costado construir.

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Estamos de acuerdo en mantener el rumbo, en que se inscriba en un curso de natación
avanzado y empiece a vestirse de manera más femenina, eliminando las sudaderas y la
ropa que suele llevar. En la sexta sesión, Erika aparece con los ojos pintados, que se ven
aún más negros, más cercanos, menos vueltos hacia dentro. Se ve y se nota que está
contenta. Ha encontrado un curso de natación, la relación con la comida ha mejorado,
aunque alguna vez se pasa con las dosis, y ha recuperado el ciclo menstrual. Le
entregaron el boletín con las notas del cuatrimestre y, como estaba satisfecha, decidió
enseñárselo no solo al padre, sino también a la hermana, «y se puso a llorar: parecía una
niña…». Siente que no tiene un punto de referencia, como tampoco lo ha tenido la
hermana, y esto le causa disgusto. Ha llorado algunas veces, sobre todo a causa de la
comida, pero se está esforzando, como se esfuerza también por ser amable con la
hermana para matar a la serpiente con su mismo veneno, aunque sigue queriendo partirle
la cabeza. «En este sentido no ha cambiado nada», dice.

T: ¡Lo has hecho muy bien, pero que muy bien! Sé que es difícil, pero al final es
mucho lo que has ganado. ¿Ha habido alguna incursión en el mundo exterior o solo
escuela y casa?
P: Escuela y casa. No me atrevo todavía a ver a nadie: estoy enfadada con todos, tengo
problemas para soportarme a mí misma porque no me gustan algunas partes…
T: Erika, esto es evidente, pero permíteme la pregunta: si una persona está enfadada
con todo el mundo, al final, ¿con quién está enfadada?
P: Con ella misma.

Por primera vez, Erika admite que el problema más grave lo tiene con ella misma,
aunque luego repercuta en los demás. «Por tanto, estamos en el buen camino. Tienes que
aprender a tratar mejor a las personas de tu alrededor que se equivocan, debemos
encontrar tu equilibrio y aprender a controlar tu sensibilidad sin que todo y todos te
hieran. Estoy muy contento. Ahora debemos avanzar aumentando los días en que te
vestirás muy bien como una mujercita estupenda, ¿ok? En la piscina has de practicar el
estilo mariposa, que es el mejor para tu espalda, pero has de hacerlo lo más suavemente
que puedas, sin empujar fuerte, ¿ok? Te haremos unos ajustes para que dejes de pelearte
con los demás. De lo contrario, el veneno te lo tragas todo tú, y pagas por todos».

En cada sesión la muchacha nos trae algo nuevo. La paranoia disminuye y poco a poco
va superando la anorexia aguda que anestesia toda sensación de placer, además de cuidar
cada vez más su condición femenina. Los problemas que nos presenta son ya más
propios de una adolescente, que a causa del «vacío» experimentado durante la
preadolescencia, no está preparada para afrontar las problemáticas propias de la edad.
Ahora quien debe morir son las pérfidas compañeras de clase. Además están los chicos
que no la miran: en la escuela Erika es «esa rara». Paralelamente, desmontamos la nueva
paranoia y cultivamos el placer de placer.

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T: Cuando vas a la escuela, y también cuando sales, siempre has de prestar atención a
las personas con las que te encuentras y comprobar si en las miradas de los otros hay
señales que te puedan hacer pensar: «A esa persona le gusto». Mira a todo el mundo,
incluyendo ancianos y niños, porque el aspecto más importante que debemos cultivar
ahora es el placer estético.

Erika acepta. Habla con más tranquilidad de la comida y controla mucho más la
emotividad vinculada al aumento de peso, aceptando, sin protestar y sin poner caras
raras, el hecho de que su metabolismo no funciona todavía como debería. Cultivar el
placer de placer también va en esta dirección, así como la atención al aspecto (Nardone,
Valteroni, 2017).
El terapeuta ingenuo podría pensar que a partir de ese momento el camino será fácil:
hemos conseguido la desestructuración de una situación dramática y un cambio
importante en la percepción de Erika, que parece más colaboradora y proyectada hacia
un futuro que antes no podía ni imaginar. El terapeuta inexperto bajaría la guardia, pero
en esta fase de la terapia sería extremadamente arriesgado. Hemos desbloqueado el
círculo vicioso disfuncional de las paranoias, del trastorno alimentario y de las fijaciones
obsesivas, pero ahora debemos dedicarnos a la parte más difícil y laboriosa de nuestro
trabajo, no solo desde el punto de vista de la estrategia, sino de la consolidación de los
resultados y de la adquisición de un nuevo equilibrio, para que Erika pueda ampliar las
experiencias vividas con su nueva actitud. Nos encontramos en una fase muy importante,
especialmente en los trastornos borderline, en los que es necesario construir literalmente
una nueva identidad sobre los escombros de la anterior, un sentido de continuidad que
sustituya la tendencia a la fluctuación continua y a la falta de una posición estable, que
es el rasgo distintivo de esta problemática. Es un trabajo lento y gradual, para el que el
terapeuta ha de recurrir a continuas reestructuraciones, caracterizado por pasos hacia
adelante y pasos hacia atrás para poder consolidar lo que se ha experimentado. Erika ha
de aprender a controlar una sensibilidad muy aguda, ha de comenzar a relacionarse con
los chicos de su edad, porque «¿quién le ha dicho que los chicos son ingenuos o
inocentes?». Tendremos que ayudarla a tratar con los demás, antes que nada, no solo con
su hermana.
A lo largo de los siete encuentros siguientes Erika estuvo dando pasos hacia adelante y
otros tantos hacia atrás. A veces parecía que todo funcionaba de maravilla, otras veces la
muchacha volvía a caer en el más negro de los abismos, y sin aviso previo. Era como si
cada sesión fuera la primera y la única. El terapeuta que esté dispuesto a ocuparse de
esos casos límite ha de prepararse adecuadamente: se trata de situaciones en las que no
hay una dirección marcada y es el terapeuta quien debe fijarla. Hay que gobernar el
timón para mantener el rumbo, hasta que la persona sea capaz de mantenerlo por sí sola.
A lo largo de su vida es posible que Erika vuelva a necesitarnos, pero esto no será más
que una nueva confirmación del excelente resultado de la terapia: si el tratamiento ha
funcionado, seguiremos siendo su punto de referencia en los momentos difíciles, los más
importantes, aquellos en los que, ante una duda, es preferible pedir un consejo.

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Mientras tanto, Erika ha aprendido a gestionar las relaciones con la familia: sabe
guardar sus secretos con el padre, es capaz de ver las miserias de la hermana como algo
que, pese a ser desagradable, no hay que combatir sino aceptar. En alguna ocasión Gaia
se muestra incluso protectora con ella, cuando intenta hacerle de madre, «aunque
precisamente en el papel de madre es poco creíble». Ejercitándose en el placer de placer,
ha conocido a un muchacho que la ama tan locamente que no da importancia a las crisis,
breves pero intensas, que Erika todavía utiliza para llamar la atención. Tiene pocas
amigas, pero ahora se gusta y se siente mucho más guapa que todas aquellas
«consentidas que solo están esperando que engorde medio kilo para comunicarme que he
puesto un gramo más de barriga».
Nosotros siempre estaremos presentes en su vida, dispuestos a aceptar un desafío en el
que, si se gana, ganamos los dos; si se pierde, perdemos los dos. Con Erika, por el
momento parece que hemos ganado.

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7. Dependo de quien controlo. El caso de Anna

Entran Anna, el novio, la madre, el hermano y, por último, el padre. La manera de entrar
en la consulta ya es indicativa de las dinámicas relacionales consigo mismos y con el
sistema del que forman parte. Tras haber señalado la presencia de las cámaras y haber
explicado el funcionamiento de nuestros métodos, les ofrecemos la posibilidad —sin
preguntarlo, solo alargando los brazos como preguntando por qué han acudido a la
consulta— de decidir quién hablará en primer lugar. Espontáneamente, empieza Anna.
Se ha acomodado en la butaca de en medio, como si estuviera en el trono, junto al novio
al que aprieta la mano como si temiera que pudiera escapársele de un momento a otro.
Junto al novio se sienta el hermano y, junto a este último, la madre, mientras que el
padre está junto a Anna, cerrando un círculo protector que enseguida nos parece
«sospechoso» desde un punto de vista clínico.
Desde hace un año, Anna sufre un trastorno de pánico. Se ha sometido a una terapia
con buenos resultados, que le han permitido, sin necesidad de fármacos, una exposición
gradual a los estímulos espantosos. No obstante, a los ataques de pánico le han sucedido
estados de ansiedad agudos, que Anna no sabe controlar y que limitan los actos más
banales y habitualmente agradables, como ir al cine o salir con los amigos. Ha
conseguido quedarse sola en casa, pero no hacer encargos por su cuenta. Dos meses
antes de decidirse a acudir a nuestra consulta, a la vuelta de un viaje con el novio,
inesperadamente tuvo un ataque de pánico de unos segundos de duración, que también
podía estar causado por una gripe ligera y por el calor. No obstante, desde entonces es
como si todos los resultados alcanzados con la terapia quedaran anulados. A partir de
aquel suceso, para ella devastador, aceptó, al principio a regañadientes, someterse a una
terapia farmacológica, aunque con dosis mínimas. Gracias al fármaco, Anna se está
recuperando: lo lleva siempre consigo en un frasco, y esto es suficiente para
tranquilizarla, ni siquiera necesita tomarlo.

T: Es la muleta.
P: La muleta. Sin duda, no… se me ocurre sacarlo, incluso me olvido de que lo llevo,
podría intentar dejarlo en casa.
T: ¿Y por qué no lo haces?
P: Porque… bueno, es más cómodo llevarlo en el bolso… Ahora estoy un poco mejor,
he vuelto a hacer cosas, pero estoy poco motivada a hacerlas sola…

Cuando una persona sufre ataques de pánico debidos al miedo a perder el control de las

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propias reacciones y de la propia mente, en las formas más rígidas se observa la puesta
en práctica de estrategias, más o menos refinadas y estructuradas, mediante las que la
persona se hace la ilusión de que adquiere un mayor control. La finalidad de lo que
llamamos precauciones (Nardone, 2004, 2014) es organizarse de forma preventiva para
enfrentarse a situaciones consideradas «peligrosas», sin correr el riesgo de perder el
control y sentirse mal. A veces la persona está tan atrapada por todo lo que hace para
defenderse del peligro, que actúa un poco como Edipo: al final acaba haciendo aquello
que teme. Por otra parte, si se mira el futuro con los ojos del presente, el sujeto se asusta
y, en un intento de controlar lo que todavía no existe, va directo a un fracaso anunciado.
Si me defiendo del miedo, actúo como si realmente fuese incapaz de enfrentarme a lo
que temo, alimentando así el propio miedo, en vez de transformarlo en valor (Nardone,
2009, 2016).
Una de las precauciones que tomaba Anna consistía en llevar consigo el frasco de
ansiolíticos, que podría tomar en caso de necesidad.
Preguntamos qué otras estrategias había seguido Anna, por su cuenta o gracias a la
intervención terapéutica. La joven habla de ejercicios de respiración diafragmática, que
aprendió a practicar durante la terapia, a fin de adquirir en el momento en que se
presentara el ataque una conciencia mayor de las reacciones fisiológicas. Nos habla
también de un método que consiste en combatir lo irracional con la racionalidad. Se trata
de autoconvencerse de que el problema es solo fisiológico, sin que exista una pérdida
real del control mental. En algunos casos esta técnica funcionó; cuando conseguía
ignorar el pensamiento, el ataque cesaba. Por esto confiaba en esta técnica, pero tras el
tropezón de hace unos meses dejó de confiar: «Es como si hubiera perdido la confianza
en lograrlo yo sola. Desde entonces estoy un poco confusa…». Aunque dice que el
médico que la trataba era adorable, Anna cree que ahora necesita algo diferente.

T: Como has podido experimentar en tu propia carne, cuando el pánico no se relaciona


con un objeto o una situación específica, sino que es generalizado, todo lo que
procede de la razón y del aprendizaje no funciona.
P: Fantástico.
T: De modo que la vía del «te enseño» no es adecuada. Hay que cambiar la percepción,
de lo contrario no podrá funcionar.
P: De acuerdo.

El pánico se manifiesta por una paradoja psicofisiológica que deriva del intento de la
mente de combatir las sensaciones fisiológicas suscitadas por el miedo, cuando este se
presenta de una forma racionalmente inmotivada y con una intensidad, frecuencia y
duración que superan el límite que la persona percibe como normal. Entonces la mente
intenta reprimir esas sensaciones, que para el cuerpo tienen como objetivo reequilibrar
los parámetros fisiológicos alterados por el miedo. Como en una enfermedad
autoinmune, se entabla un engañoso combate entre la mente, que intenta restaurar el
equilibrio, y el cuerpo que, al ver que no puede dar la respuesta fisiológica que necesita,

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intensifica su propia respuesta. El resultado es una reacción de ansiedad muy intensa que
culmina, en el caso de una escalation, en el ataque de pánico (Nardone, 2003, 2016).
El intento de control que hace perder el control es una condición necesaria pero no
suficiente para que, de la experiencia devastadora de un ataque de pánico aislado, se
llegue a un trastorno de ataques de pánico generalizado: preguntamos, por lo tanto, qué
otras soluciones intentadas se han puesto en práctica, a fin de definir el sistema
perceptivo-reactivo sobre el que se sostiene el trastorno.
Anna sale y actualmente es capaz de hacer cualquier cosa, a diferencia de cuando
estaba incapacitada para hacer incluso las cosas más sencillas. El problema es que no
puede estar sola: «Si salgo sola me quedo paralizada en la puerta. Tal vez conseguiría
estar sola en casa unos minutos, pero no tengo ninguna intención de probarlo… ¿Y si me
pongo mal? Antes que volver a casa sabiendo que no hay nadie en ella, paradójicamente
prefiero esperar fuera, en la puerta, o en la calle».

T: O sea que necesitas la ayuda de alguien, dispuesto a intervenir en el caso de que te


encontraras mal.

Parece que se trata de un trastorno basado en un sistema perceptivo-reactivo obsesivo-


fóbico (Nardone, 2016), en el que dominan dos trampas características: el intento de
control que hace perder el control y la necesidad de tener a alguien cerca que ayude a la
paciente en caso de necesidad. Esta es la originalidad de Anna, puesto que habitualmente
la necesidad de apoyarse en los otros es típica del fóbico, que delega en el otro porque
desconfía de su capacidad de enfrentarse a situaciones peligrosas y de sus posibilidades
de control. Anna, en cambio, parece hipercontroladora, hasta el punto de controlar todo
el sistema que gira a su alrededor. En realidad, tiene apresados en una especie de jaula
invisible a la madre, al padre, al hermano y al novio, cuyas vidas transcurren en función
de Anna y de su trastorno. Dado que por lo general los sujetos controladores de este tipo
se organizan para ser ayudados de forma indirecta, evitando que su incapacidad sea
llamativa, nos inclinamos a pensar que detrás de lo que se ha explicitado existe una
patología mucho más importante. Descubrimos así que Anna, en realidad, hace más de
un año que no padece ataques de pánico y que ha decidido sus estudios y su orientación
profesional construyendo un pseudoequilibrio basado en una especie de compromiso, no
declarado ni consciente, entre sus inclinaciones y el camino que se considera más
seguro.

T: O sea que en este momento sufres mucho más por lo que no haces para no tener
pánico que por el ataque de pánico propiamente dicho. O bien por todo lo que haces
para defenderte del mismo, pero que te tiene prisionera e incapaz de gestionar tu vida
como querrías. ¿Es así?
P: Sí.
T: Bien, bien. Desde que tomas todas estas precauciones, ¿has tenido ataques de pánico
o has conseguido evitarlos?

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P: Ha habido ataques de pánico, porque de todos modos las cosas que me dan miedo
las hago igualmente, excepto si se trata de algo que requiere demasiado tiempo,
como comer en el restaurante… ¡esto no lo hago!
T: De acuerdo. Empecemos pues por la técnica principal, porque contigo puedo
adelantarme un poco teniendo en cuenta que ya has pasado por un proceso que, en
ciertos aspectos, tiene una base común. De modo que empezaremos a trabajar con la
peor fantasía. Desde este momento hasta la próxima visita, dentro de dos semanas,
todos los días tienes que reservarte treinta minutos para realizar un ejercicio especial.
Te metes en una habitación de tu casa donde sabes que nadie te molestará; te pones
cómoda, relajada, con luz tenue, y en estos treinta minutos te sumerges en tus peores
fantasías respecto a tu situación. Imagina que estás en un restaurante con personas
que no conoces, pierdes el control, regresas a casa sola, tienes un ataque, no hay
nadie y «me ahogo, voy a morir». Debes pensar en lo peor, haciendo todo lo que se
te ocurra: gritar, llorar, insultar… cualquier cosa… cuando suene el despertador,
para, se acabó. Desconectas el despertador, vas a lavarte la cara y vuelves a tu vida
de siempre. ¿De acuerdo?
P: Ok.

Los familiares y el novio han estado escuchándola en absoluto silencio durante toda la
sesión. Anna los miraba mientras yo hablaba de su problema y, cuando le planteábamos
una pregunta que tenía relación con sus miedos, estrechaba con más fuerza la mano del
novio, que daba toda la impresión de ser una muleta, un poco como el Xanax, más que
un hombre capaz de tomar, comprender y sorprender a su propia mujer. El hermano
parecía estar allí por obligación, con la mente en otra parte, como miembro de una
familia tan unida que impone a cada uno un papel difícil de rechazar. Las miradas que la
madre dirigía a la hija traslucían una mezcla de preocupación y reprobación hacia la que
lo dirigía todo y a todos a causa de su trastorno. Por último, estaba el padre, un hombre
de otra época, un pater familias; cada palabra de Anna iba acompañada de una mirada
con la que parecía pedir al padre un consentimiento innecesario, pero en perfecta
sintonía con la autoridad del hombre, reconocida por todos.

La familia vuelve al cabo de dos semanas. Anna ha cumplido la tarea encomendada que,
la primera vez, dio el resultado previsto por ella, puesto que hacía mucho tiempo que
evitaba enfrentarse a sus propios miedos: durante quince minutos lloró de manera
incontrolada: «Si es posible, podría decirse que lloré a gusto y luego acabé agotada y me
dormí». Las siguientes veces, en cambio, como ocurre a la mayor parte de los pacientes a
los que prescribimos la media hora de la peor fantasía, aun intentando por todos los
medios concentrarse en su terror, intentando dar rienda suelta a su imaginación más
creativa, Anna se durmió antes de que transcurriera la media hora, en algún caso
prácticamente a los cinco minutos. Además, al pasar los días, la joven se convenció de
que no había entendido bien cómo debía realizar el ejercicio o, incluso, si lo estaba
saboteando, porque cuanto más se esforzaba en pensar en sus miedos, más vagaba su

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mente por otros derroteros. Cuando lo conseguía, los miedos eran siempre los mismos y
se centraban en el temor de encontrarse mal por la calle o que nadie pudiera ayudarla.

T: Porque si no te ayudas tú sola, ¡nadie podrá ayudarte!


P: Exacto, exacto. Esto es lo que pensé.
T: Está claro. Nadie puede hacerlo en tu lugar. El miedo hay que afrontarlo en primera
persona, para que pueda convertirse en valor.

Durante la primera semana, al margen de la media hora, no tuvo momentos de especial


dificultad en cuanto a la ansiedad y a la angustia, por tanto, en cuanto a las sensaciones
físicas, aunque todavía teme que el pánico no la abandonará nunca. En ese momento
reestructuramos los efectos de la prescripción: se trata de un resultado previsto, porque
cuando más huimos del miedo más nos persigue y nos asusta; cuanto más perseguimos
nuestros miedos menos se presentan y se transforman gradualmente en valor. «Hacemos
que las personas aprendan en un contexto protegido y, gracias a un enfrentamiento
voluntario con el miedo, lo aumenten hasta alcanzar lo que llamamos técnicamente
efecto paradoja. Esto es, añado leña al fuego para sofocar el fuego, en vez de apartar los
tizones. No podíamos decírtelo antes porque, como santo Tomás, si no lo tocamos no lo
creemos. Te lo hemos hecho hacer, y ahora que lo has experimentado te enseñaremos a
utilizar esta técnica hasta que sepas aplicarla en cualquier lugar y momento, hasta que no
tengas necesidad de utilizarla porque te saldrá de forma natural». Proponemos a Anna la
evolución de la técnica de acuerdo con la práctica habitual, para que aprenda a gestionar
sus miedos en vez de combatirlos.

T: Como ya anticipamos, vamos a desarrollar la tarea de la peor fantasía en un segundo


step, en el que distribuiremos los treinta minutos a lo largo del día y, en esta ocasión,
sin aislarte, porque será una tarea mental. Todos los días, a las 9.00, a las 12.00, a las
15.00, a las 18.00 y a las 21.00, desde hoy hasta que volvamos a vernos, mirarás el
reloj y durante cinco minutos imaginarás tus peores fantasías. Concentrarás todo lo
que hacías en media hora en cinco minutos, cinco veces al día. Tanto si estás en el
trabajo como en casa y sea lo que sea lo que estés haciendo, no lo interrumpas, sigue
con lo que estás haciendo, y a las 9, a las 12, a las 15, a las 18 y a las 21, durante
cinco minutos, cinco veces al día, te sumergirás en tus peores fantasías, siguiendo
con lo que estás haciendo sin aislarte. Esta vez podemos anticiparlo: darás caza a tus
miedos y los expulsarás, sin que espanten. O bien experimentarás alguna sensación
que al poco rato desaparecerá, porque es como si evocases a un fantasma y al tocarlo
lo hicieras desaparecer.
P: De acuerdo.
T: Todos lo habéis presenciado. Habéis visto que el secreto es que no hay secretos.
Padre: No, es cierto, es que ella ha querido que viniéramos…
T: Bien, bien, vosotros también debéis controlar.

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Anna acude a la tercera sesión acompañada de todos, excepto del hermano. Cuenta que
la primera semana todo fue bastante bien, pero que la segunda fue un desastre, con unos
dolores de estómago terribles, una fuerte sensación de falta de aire que, además, dice que
siente incluso mientras está hablando con nosotros. En realidad, descubrimos que la
«tramposilla», como en estas tres semanas se ha sentido mejor que antes, ha decidido
reducir por su cuenta las gotas de Xanax que tomaba diariamente. El resultado ha sido lo
que en la jerga llamamos efecto rebound, o rebote: la reducción demasiado rápida de la
dosis del fármaco provoca síndrome de abstinencia y una agudización de los síntomas y
del trastorno para el que el fármaco había sido prescrito y tomado. Reprendemos a Anna
y le advertimos de la necesidad de no tener prisa: si uno corre demasiado, se sale de la
carretera.
T: Te has descompensado desde un punto de vista bioquímico: las benzodiazepinas
provocan más dependencia que cualquier otro fármaco. Tomar la cantidad de
benzodiazepinas que te ha sido prescrita equivale a beber tres vasos de whisky al día:
estos fármacos funcionan como el alcohol, puesto que actúan sobre los mismos
receptores.
P: Ok, ahora que me lo dice…
T: Has bebido tres vasos de whisky diarios y pretendes estar bien y no acusar el
síndrome de abstinencia.
P: Ah, es eso, fantástico. Ok, ahora lo entiendo todo.

En cuanto a la tarea propuesta, paradójicamente cada vez que Anna dedicaba cinco
minutos al miedo, se encontraba estupendamente, hasta el punto de que le «resultaba casi
extraño» tener que esforzarse en pensar en ello, y acababa dándose cuenta de que era
casi como si aquellas ideas no le pertenecieran, como si no tuvieran nada que ver con
ella: «Por lo tanto, has experimentado personalmente que cuando buscas por voluntad
propia tus miedos, los anulas; añadir leña para apagar el fuego». Seguimos ahora con la
última fase del entrenamiento, que consiste en utilizar los cinco minutos de peor fantasía
en dos modalidades: como estrategia de prevención, o sea, antes de hacer algo que teme,
Anna deberá pensar durante cinco minutos en todas las cosas horribles que le pueden
ocurrir en la situación que ha de afrontar, a fin de obtener el efecto contradictorio de
aprender a evocar sus miedos por anticipado, para canalizarlos y ser más libre en el
momento de hacerles frente. En otras palabras, le pedimos que mire el miedo a la cara
por anticipado para transformarlo en valor. La segunda modalidad es la que
denominamos «de rápida intervención»: en el caso de que se presentara el miedo, Anna
deberá intensificarlo y llevarlo mentalmente hasta la exasperación para hacerlo
desaparecer: «Miras el reloj y durante cinco minutos buscas tus peores fantasías, tus
miedos, de modo que al buscar tus fantasmas y tocarlos con las manos, estos
desaparezcan».

T: Bien, ahora dispones de dos instrumentos; uno preventivo: sé que salgo, he de hacer
una cosa que me asusta, antes de salir pienso en todo lo peor que me pueda suceder.

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P: Ok, luego, mientras estoy…
T: Y mientras te ataca el miedo, si ocurre.
P: Ok.
T: Es lo que ahora debes hacer sistemáticamente.
P: Sí, me ha parecido que con esta técnica… era como si la mente se enfrentara a un
muro … «Tú de aquí no sales», y entonces yo…
T: Por eso se llama efecto paradoja.
P: Exacto.
T: Si tú empujas en una dirección, la mente va en la opuesta.
P: Sí, es justamente lo que sentía. Como algo que decidiese deliberadamente: «No, no
te lo permito, hago otra cosa»…

Le explicamos el funcionamiento fisiológico del ataque de pánico, describiendo dos


reacciones distintas: la amígdala y el hipocampo son estructuras subcorticales que
reaccionan en milésimas de segundo, como cuando se frena instintivamente para evitar
un obstáculo, o cuando se recupera el equilibrio al tropezar sin caer; la corteza, a la que
el mensaje le llega más lentamente, analiza tanto la percepción como la reacción del
organismo al estímulo que provoca miedo y, al intentar calmarlos, activa el mecanismo
paradójico por el que «cuanto más intento controlar más pierdo el control». El mejor
modo de escapar de una paradoja es utilizar una contraparadoja, como es la técnica de la
peor fantasía (Nardone, 2003; Nardone, 2016).
Por primera vez, antes de despedir a Anna y a su familia, escuchamos la voz de la
madre que, tímidamente, casi como si pidiera permiso, interviene:

Madre: ¿Y nosotros qué hacemos?


T: Observar sin intervenir, como hacen aquí, ¿no?
Madre: Ok.
Padre: Ok.

Seguimos con la terapia y notamos algunos cambios. El hermano de Anna no ha vuelto a


aparecer, mientras que el novio se ha mantenido siempre a su lado, aunque con la silla un
poco más atrás y bastante más apartado; ya no le ha sostenido la mano, ni ella lo ha
buscado con la mirada. El padre, cuyo asentimiento seguía buscando Anna, estaba junto
a la hija, mientras que la madre se hallaba más cerca del novio. Analizando la
comunicación no verbal, parece evidente que algo está cambiando en el contexto
familiar y en la pareja. Las dinámicas relacionales, que con las mejores intenciones
habían producido los peores efectos contribuyendo al mantenimiento del trastorno,
estaban evolucionando en un nuevo círculo virtuoso que favorecería la salud de la
paciente. Al mismo tiempo, Anna parecía más guapa, mayor, aunque todavía no una
mujer.

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Continúan las sesiones y pese a que Anna va avanzando, sigue manifestando las típicas
resistencias de quien, por un lado, tras diversas terapias que han funcionado solo en
parte, tiene dificultades para aceptar la nueva técnica abandonando la anterior y, por el
otro, debido a la obsesión del control, querría dirigir incluso el proceso terapéutico,
como había hecho con la familia. Tenemos enfrente a una persona tan acostumbrada a
delegar sus responsabilidades, que no es capaz de actuar autónomamente y de salir
adelante ella sola. En este caso, además de la peor fantasía, también hemos utilizado la
técnica de poner por escrito las sensaciones angustiosas para obtener el efecto
contradictorio de prevenir la ansiedad y evitar los intentos de control en el momento en
que se manifiestan los síntomas (Nardone, Balbi, 2008). Finalmente, le pediremos a
Anna que confeccione una clasificación de las situaciones más espantosas: las que tiende
a evitar o a las que únicamente se enfrenta tomando precauciones, para inducirla a
afrontarlas por propia iniciativa. Algunos días Anna los vive como si estuviese curada
del todo y, paradójica o contradictoriamente, esto ocurre justamente en las situaciones
que antes consideraba espantosas, como «un paseo con la nieve hasta las rodillas, una
fiesta del pueblo con muchísima gente, un sendero de alta montaña e incluso una cola
kilométrica en la autopista. Escuchaba música y me sentía libre, hasta el punto de que
casi temía admitírmelo a mí misma. Luego vuelvo a casa y, ¡plaf! me hundo en la más
negra desesperación con un ataque de pánico fortísimo al que aplico la técnica de la peor
fantasía, ¡aunque hubiera querido escapar y desaparecer de la faz de la tierra!».

T: Bien. ¿Qué sucedió alimentando el miedo?


P: Me calmé.
T: ¡Ah!
P: No, no, pero de hecho sé que es una cuestión de entrenamiento.

Es graciosa Anna: cuando la oyes hablar, a primera vista parece que todo lo que se le
viene encima va a ser gigantesco, pero si se mira bien, se descubre que sabe utilizar la
técnica. Anna ha conseguido afrontar mucho antes de lo que imaginaba aquello que antes
parecía insuperable. En un examen superficial, podría considerarse el epílogo deseable.
Sin embargo, profundizando un poco más, Anna debería admitir que ha luchado en vano
durante años contra un monstruo que ahora, con unas pocas maniobras, está
arrinconando. Cuesta aceptarlo, porque significaría darse cuenta dolorosamente de que
ha perdido muchas, demasiadas oportunidades; desde un punto de vista emocional, es
más económico pensar que su situación es tan grave que superarla exige enormes
esfuerzos. Además, dejar atrás demasiado rápidamente el problema supondría perder las
atenciones y la protección que con tanta facilidad llegan a provocar dependencia: se trata
de lo que denominamos en la jerga profesional «ventaja secundaria», típica también de
los trastornos más invalidantes tanto por su intensidad como por su duración. El sistema
se organiza en torno al enfermo construyendo una cortina de presencia y de protección a
la que no se renuncia en un abrir y cerrar de ojos. Pues bien, Anna se encuentra
justamente en este punto del proceso terapéutico: ha de decidir si quiere ser autónoma e

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independiente del trastorno y de la familia en el sentido más amplio del término, o si
desea continuar siendo el «Calimero» de la situación que, justamente porque es pequeño
y negro, no puede escapar del destino al que la propia naturaleza lo condena a diario.

Mientras supera gradualmente los propios límites, Anna siente la necesidad de subrayar
que «además de esta situación de ansiedad y de pánico, me parece que no tengo ganas de
nada, que no tengo ninguna motivación: no me interesa nada de nada. Miras al gato y no
sientes ninguna emoción, miras… en fin…». Dejamos que hable, sin hacer caso de la
cuestión de la falta de estímulos para luego, en cambio, reconocer y reestructurar sus
logros, pidiendo y recibiendo confirmación a este respecto de sus padres.
Al mirar de frente sus miedos, Anna se ha dado cuenta de que son muchos menos de
lo que creía y que los actuales son cada vez menos aterradores. Es como si, poco a poco,
el miedo se estuviera debilitando, aunque ahora Anna nota más la diferencia entre
cuando está bien, «como un rey», y cuando está mal, o está simplemente ansiosa, cosa
que «me hace desesperar literalmente, aunque el pánico de verdad ya no existe». Es una
vivencia muy frecuente en esta fase del tratamiento. Cuando una persona empieza a
experimentar lo que significa estar bien, está menos dispuesta a aceptar estar mal y entra
en un doble vínculo: por un lado, no desea modificar definitivamente su propio guion
perceptivo-reactivo y, por el otro, no puede hacer otra cosa que continuar el proceso de
cambio ya iniciado.

P: He puesto por escrito los peores miedos, que son los habituales. Los cinco minutos
los hago verbalmente, aunque también los escribo, porque he visto que si los escribo,
con el cronómetro, descargo la ansiedad a mil por hora… es decir, tenía esa ansiedad
terrible, ese momento de ruptura, de disociación… y precisamente, entonces… tengo
la sensación de que ya no entiendo nada. O sea, la idea definida… Sí, sí, ese
momento: siento calor y ya no entiendo nada. No llego al pánico, porque ahora ya
consigo controlarlo un poquito, como cuando me ocurrió en el trabajo: estaba
también mi novio, me encontraba en el lavabo y no podía abrir. O sea, ya no
entendía nada. Abrí la ventana, estaba cianótica, pero él no se dio cuenta de nada y
yo lo escribí y no le dije nada… estaba destruida, pero cuando empecé a escribir, lo
dominé.

Se esboza aquí claramente la lógica de nuestra intervención, completamente distinta de


la de otros enfoques. Para cambiar la conducta no nos proponemos hacer entender, sino
hacer sentir de modo diferente, mediante experiencias emocionales correctivas concretas
(Haley, 1976; Alexander, 1946; Watzlawick, Nardone, 1997) Anna experimenta la
capacidad de controlar el miedo no solo sin la ayuda del novio, sino incluso sin que él se
dé cuenta. Por lo tanto, sin añadir nada, le pedimos que siga manteniendo el rumbo.
Proponemos la profecía positiva de que, de ahora en adelante, los progresos espontáneos
serán mayores que los inducidos por nosotros. Añadimos que después deberá
contraevitar, una a una, todas las situaciones que ha enumerado en la lista de las

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evitaciones: «Durante tres semanas queremos que consolides la técnica que has utilizado,
luego empezaremos a hacerte contraevitar, como se dice técnicamente. Así que en estas
semanas lo mantienes todo. Go slow». Al pedirle que vaya despacio, en realidad haremos
que avance velozmente (Nardone, 2003): al asegurarle que solo deberá consolidar,
estimulamos su necesidad de cambio y, previsiblemente, induciremos a Anna a realizar
progresos sin proponérselo directamente. Por otra parte, parafraseando libremente a
Blaise Pascal, el que se convence por sí mismo, se convence antes y mejor. Mientras
tanto, espaciamos cautamente las sesiones. Tras haber conseguido desbloquear el sistema
perceptivo-reactivo anquilosado, estamos en la tercera fase de la terapia: ha llegado el
momento de consolidar los cambios obtenidos y, al mismo tiempo, de construir nuevas
modalidades para afrontar las situaciones que la vida propone a Anna.

En la sexta sesión desaparece el novio. No pedimos explicaciones. No sabemos si su


ausencia es un indicador de los progresos de Anna en el terreno obsesivo-fóbico, o si, en
parte como efecto de su creciente autonomía, se está emancipando del novio incluso
desde el punto de vista emocional-afectivo. No es raro que, cuando una relación nace y
crece más en función de la necesidad de ayuda y protección que del entusiasmo
emocional, los dos miembros de la pareja se configuren como víctimas de una indebida
transformación de la necesidad en deseo (Nardone, 2010, 2013). A menudo en estos
casos, por suerte o por desgracia según como se mire, la relación se va a pique cuando el
que dependía recupera el gobierno de su barco de forma autónoma, y apunta a otras
tierras.
Anna cuenta que ha conseguido entrar, algunas veces sin la más mínima turbación, y
otras con una ligera ansiedad, en los supermercados, en las tiendas, en algún local
pequeño y claustrofóbico, en restaurantes no demasiado alejados de su casa, aun
sabiendo que no podrá salir de ellos cuando quiera. Ha dejado el despacho donde trabaja
con su novio: ahora tiene media hora de coche, frente a los quinientos metros a pie de
antes. Ha observado que quedarse en la oficina ya no le supone ningún problema, aunque
se pone un poco nerviosa en el momento de salir, pensando en el viaje que le espera. No
obstante, consigue llegar a casa sola, mientras que antes esperaba que la acompañase el
novio, a veces se quedaba esperándolo incluso dos horas sin hacer nada, si él tenía que
terminar un trabajo urgente. O bien «lo obligaba a dejarlo todo como estaba, aunque
tuviera un compromiso, para que me acompañara a casa de inmediato; en cambio ahora
hace tiempo que ya no ocurren esas cosas. Piense que algunas veces le obligaba a
acompañarme a casa y, cuando estaba mejor, tal vez quince minutos después, le volvía a
llamar y le decía: “Ahora puedes venir a recogerme otra vez”. Y él obedecía…
pobrecillo…». Les pedimos a los padres qué es lo que han notado. Empezamos a
incluirlos también a ellos en la terapia: en realidad, siempre han estado presentes, pero
parecían casi anulados por la fuerza de Anna, que los manipulaba como un titiritero.
Queremos que aflore su punto de vista que solo han podido expresar indirectamente, ya
que ahora su opinión nos resulta útil como un espejo donde Anna pueda por fin verse y
mirarse.

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Los padres confirman lo que ha dicho la hija y añaden episodios y detalles que había
omitido, señalando progresos de los que ella misma probablemente aún no era
consciente. Anna los observa mientras hablan y parecen hacerlo con mayor libertad. La
madre explica que tuvieron una fuerte discusión por un motivo que no recuerda, y lo
hace no para plantear un problema no resuelto sino para poner de relieve que antes no
discutían nunca; Anna tenía demasiado miedo de perder su protección, y ellos de herirla
y empeorar su situación: «Ahora tenemos una relación casi normal, con las típicas
rebeliones de una adolescente, aunque un poco crecidita», confiesa la madre en voz baja,
provocando en nosotros y en Anna una sonrisa de confirmación.

Seguimos con la terapia, manteniendo las estrategias que Anna está perfeccionando cada
vez más, hasta convertirlas en automatismos, y añadiendo todos los días un riesgo más al
contraevitar una sensación ansiogénica. Anna deberá avanzar despacio, evitando ponerse
a prueba, pero ampliando poco a poco el ámbito de sus limitaciones, tanto acompañada
como sola.

Anna se está volviendo más autónoma, cada vez tiene menos ganas y necesidad de
escribir. Aplicar la técnica de la peor fantasía se está convirtiendo en una tarea más
sencilla, hasta el punto de que a veces no le hace falta ni pensar; le sale de corrido.
Incluso está reduciendo la ingesta de fármacos, «a paso de caracol», y no nota la
diferencia, excepto una sensación positiva de más actividad, menos cansancio y más
energía por las mañanas al despertar. La próxima sesión será dentro de un mes. Extraña
pero previsiblemente, cada vez está más guapa; sigue siendo la misma, con su aire
aparentemente masculino, realmente seductor, pero su actitud transmite la sensación de
que lo logrará. Ya no nos atraviesa con la mirada, como suelen hacer quienes están más
preocupados por controlar sus propias reacciones que por interactuar con el otro. Sus
ojos son azules y bordeados por el negro de las pestañas, tan largas que le dan a la
mirada un aire hipnótico, ahora que por fin nos mira.

Y con esa mirada Anna, que a la novena sesión se presenta acompañada de su padre, nos
pregunta si al acabar puede quedarse un rato a solas con nosotros. Aceptamos, con la
agradable sensación de que nos contará algún pequeño secreto, que tal vez no sea tan
agradable discutir, pero que nos alegra porque, si lo hemos interpretado correctamente,
será indicador de un nuevo paso adelante. El padre explica que se ha dado cuenta de que
a veces Anna es manipuladora, pero que los familiares ya no caen en la trampa. Mientras
habla, es plenamente consciente de que en realidad el trastorno de Anna implicaba la
manipulación de todos los miembros de la familia por parte de una hija que, primero por
fobia, luego por sensación de incapacidad, llegó a depender tanto de ellos que no podía
arreglárselas sola. Reestructuramos su necesidad de manipular relacionándola no con el
sujeto fóbico, que, una vez clasificado, se cura con gran rapidez, ni con el obsesivo,
ocupado en escucharse solamente a sí mismo, sino con algo más próximo al obsesivo

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paranoico, que sufre más por lo que podría ocurrir que por lo que sucede realmente y
que, en su intento por protegerse de lo que teme, acaba realizando aquello de lo que
intenta protegerse.

P: O sea, la más gilipollas que pueda haber.


T: No, no… ¡hay niveles superiores! Siempre hay algo mejor, alguien que te supera,
¡no te preocupes!

Invitamos a Anna a mantener el rumbo respecto a las indicaciones para el pánico e


invitamos a los padres a salir.

P: Ante todo quería decir, para acabar con el tema del pánico, que alguna vez, aunque
muy raramente, tengo sensaciones terribles que, aunque siento que son menos
intensas que antes, para mí… o sea… las percibo como algo terrible. Por ejemplo,
viniendo hacia aquí, nos hemos detenido en una casa de turismo rural donde hay un
restaurante, que además es el único restaurante de la zona y, se lo juro, ¡se oía el
ruido desde fuera! O sea, ¡era una cosa alucinante! En un primer momento he
intentado entrar; no quería de ninguna manera, porque estaba fuera y ya tenía
taquicardia, ya lo sabía. Pero me he dicho: vamos a ver, si me colocan junto a la
ventana, al fin y al cabo salto por la ventana… no es que…
T: ¡Me tiro!
P: Exacto, ¡me tiro por la ventana! O sea, me tiro de la planta baja… que era posible,
¡si querías! Nos han colocado en el fondo y era como si estuviéramos en una
buhardilla sin ventanas, con un calor espantoso. Me he sentado, a los cinco minutos
me he dicho que tenía que salir, pero no se lo he dicho a nadie; me lo he callado y he
salido. He dado unas vueltas por el jardín, luego me he encontrado un poco mejor y
he llamado a una amiga con la que hace tiempo que no hablaba. Al cabo de diez
minutos he regresado y, como ya había comido un poco, he dicho que se me había
pasado el hambre. No sé si los demás se han dado cuenta de mi problema, porque
han encargado y comido alguna cosa, pero no han dicho nada, yo no he dicho nada y,
al acabar la comida, nos hemos marchado. Doctor, ya no tengo ganas de implicar a
los míos, si puedo, y menos a mi novio, que ni siquiera sé si aún quiero que sea mi
novio, suponiendo que todavía lo sea, porque en realidad de novio tiene muy poco
desde hace demasiado tiempo… siento decirlo, pero desgraciadamente es así.

En ese momento Anna se emociona, no por lo que ha dicho a propósito del pánico, es
decir, por miedo, sino como expresión de una herida más profunda aún. Reteniendo las
lágrimas, la joven nos revela que ha estado discutiendo con el novio, ya sea por
problemas familiares de él, en los que ella desde luego no ha sido de gran ayuda, o
porque ya no lo percibe como una figura tranquilizadora, y por primera vez esas
dificultades le han mostrado su fragilidad. Por último, al sentirse más autónoma, ya no
tiene necesidad de delegar en el novio el control de su bienestar o malestar. Él, por su

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parte, ha llegado al punto de que, en cuanto ve que ella está en crisis, se pone nervioso, y
en cambio antes conseguía tranquilizarla haciendo todo lo que ella necesitaba en aquel
momento. Luego un día habló con ella y le dijo claramente que así no podía seguir: «Y
yo lo dejé. Y entonces empezó el sufrimiento de descubrir que en realidad únicamente
pienso en mí misma. Pero no es solo en relación con él; me pasa lo mismo con el perro,
si no lo saca alguien, a veces, si no tengo ganas, se queda allí. No se muere de hambre
porque les pido a los demás que lo alimenten y ellos obedecen».

T: Mira, el fóbico es la persona más egoísta que existe.


P: Hummm…
T: Pisa a quien sea con tal de salvarse a sí mismo. Y hasta que el fóbico no es
consciente de esto, no es capaz de dar nada, se limita a tomar.
P: Sí, es cierto.
T: Sé que son palabras muy duras, como si te tirara piedras. No quiero lapidarte. Ya lo
has hecho bastante tú sola. Pero has de tenerlo presente.
P: Hummm… hummm
[Llora en silencio, pero sin retener las lágrimas]
T: ¿Cuándo dejamos de ser fóbicos? Cuando somos capaces de pensar en los demás.
Cuando dejamos… toma un pañuelo… de ser tan egocéntricos que pensamos única y
exclusivamente en nuestra salvación.
P: De hecho, el otro día discutimos y yo lo acusé de ser responsable de mi ansiedad.
T: Seguro. No es una novedad, estate tranquila…
P: Pero es que luego recapacito y me desespero.
T: Empieza a pensar en esto: ¿realmente quieres superar el trastorno fóbico-obsesivo
que te ha traído hasta aquí, que te ha torturado durante todos estos años? Si es así,
has de empezar a prestar atención a las necesidades de los demás y estar dispuesta a
dar, en vez de recibir siempre.
P: No es muy fácil.
T: Yo no he dicho que sea fácil, pero hoy lo has hecho y no has tenido ni un momento
de pánico.
P: Y estoy contenta de protegerlos, afrontándolo todo yo sola.

Anna nos mira en silencio y, con tristeza en los ojos, afirma que ha llegado al punto de
no saber ya qué siente ante la realidad y ante las personas, incluido el novio. Tiene la
impresión de estar disociada: «Me siento como un yonqui que solo piensa en su dosis;
todo lo demás puede desaparecer y las personas de su alrededor reventar, como él, mi
novio, que no puede tener problemas porque solo existen los míos… ayuda…
insoportable…» clama con una voz ronca que deja traslucir un sincero desprecio por sí
misma, mientras describe cómo se siente. En cuanto al novio, que tal vez ya no lo es,
añadimos otro elemento importante, esto es, que cuando una persona fóbica, con una
relación afectiva basada en la necesidad de protección, se cura, a menudo hace que la
relación se tambalee, e incluso que se vaya al garete. En estos casos, «o la pareja

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encuentra un nuevo equilibrio o salta por los aires. ¿Sabes cuándo se consigue un nuevo
equilibrio? Cuando el exfóbico empieza a ocuparse un poco más de los otros y de sus
necesidades».
Dejamos a la joven con esta idea, que sin duda se irá desarrollando en su interior.
Prevemos que durante el mes que falta hasta la próxima sesión los síntomas se
agudizarán.

Volvemos a ver a Anna acompañada de sus padres. Nos cuenta una experiencia
terrorífica ocurrida en la montaña, donde tuvo a todos rehenes: los padres, asustados,
cedieron y atendieron a todas las demandas de la hija, que, a medida que obtenía lo que
pedía, se iba sintiendo más confusa.

T: No hay duda, lo haces muy bien eso de chantajearlos con tu maravilloso


egocentrismo, muy bien. Pero al final todo se vuelve contra ti.
P: Sí, lo sé. Es que es más fácil…
T: Sí, y al final, te lo digo en presencia de ellos, las personas como tú son rechazadas
por todo el mundo.
P: Sí.
T: Pues debes tenerlo en cuenta, ¿ok? Porque quien mantiene relaciones así viciadas
también alimenta una forma de placer perversa: cuanto más irrito al otro, más querrá
decir que está pendiente de mí, que me ama. Esto es mortal. Se convierte en otra
ventaja secundaria del «no hago una cosa, le hago enfadar, los hago enfadar, veo
cuánto me quieren».
P: No esperaba descubrir todas estas cosas… sobre mí… o sea, realmente no me lo
esperaba.
T: Bueno, tienes que enfrentarte a esto. Viniste aquí con un presunto, simple trastorno
de pánico que, como muy bien sabes, no es un simple trastorno de pánico. Porque
detrás está tu dinámica de personalidad, tu dinámica relacional. Por una parte,
quieres depender de los otros, porque esto significa «me quieren mucho, estoy
protegida». Por la otra, quieres ser tú la que diriges a todos.
P: ¡Eh! ¡Sí! Ah, ah, ah.
T: Ah, ah. Es la reina que manda…
P: Sí, sí, sí… es justamente una visión deformada. O sea, me doy cuenta de que algunas
veces precisamente miro con… como si tuviese…
T: Lentes deformantes. Es decir, la conquista de la autonomía del miedo, de la obsesión
fóbica es también lo que te hace reestructurar las dinámicas relacionales y afectivas.
P: Sí, sí, sin duda. De hecho, me parece ser… tener quince años, o menos… tener
todavía una relación de…
T: La niña de trece años caprichosa que chantajea a los padres y al novio, como Alicia
en el País de las Maravillas. Todo aquello en lo que se cree existe, ¿no? A partir de
aquí solo hay un camino. El camino consiste en afrontar progresivamente todos los
pasos que te llevarán a la autonomía y a la independencia.

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P: Sí, porque no es casual que todo esto apareciera cuando llegó el momento de
empezar a trabajar y de emanciparme al acabar los estudios.
T: Ocurre con frecuencia que los buenos estudiantes, los que han hecho bien las cosas,
bien… en el momento en que han de asumir responsabilidades de forma autónoma,
se hunden. Y además, está la ventaja secundaria del «oh, ¡cuánto me quieren!». Pero
esto refuerza la estructura patológica.
P: Lo he entendido perfectamente.
T: Cada pequeño riesgo ha de convertirse, por repetición, en una regla. Es un juego sin
tregua: si te paras, estás perdida. Y debemos transformar a la egocéntrica en un ser
distinto: seguirás siendo egocéntrica, pero de manera constructiva.

Hemos desvelado el truco: Anna depende de los padres, los padres dependen de ella y
dejándose manipular la hacen sentir importante. Su trastorno tiene una complejidad
emocional, afectiva y relacional mucho más elevada de lo que pudiera parecer
inicialmente. Por lo tanto, la solución no se reduce simplemente a afrontar el miedo a
quedarse sola o a ir a ciertos lugares, sino que implica la modificación de un sistema de
relaciones, con fuertes implicaciones afectivas y emocionales, influidas por el problema,
pero que se han vuelto tan importantes que el cambio, aunque deseado, se asocia
inevitablemente a la renuncia a algo que para Anna es tan imprescindible como el aire.
Por otra parte, no se puede no crecer y quedarse con una serie de limitaciones que cada
vez son más apremiantes y que solo pueden sobrevivir en una interacción patológica con
uno mismo, con los otros y con el mundo.
Esta sesión fue para todos una revelación. Después, seguimos viendo a Anna a solas. Los
padres, finalmente, lograron salirse del círculo vicioso en que estaban encerrados: la
progresiva implicación en la terapia sirvió para sacarlos de la posición de rehén de una
relación morbosa, que ellos mismos contribuían a mantener. El novio, al que Anna dejó
hace un tiempo, solo tiene la culpa de haber sido la persona adecuada pero en el
momento inadecuado. Tras haberlo intentado todo para ayudar a Anna y salvar lo
insalvable, conoció a otra chica de la que parece que está esperando un hijo.
Ahora vemos a Anna de vez en cuando. Ha superado con dificultades su rito de paso
y, como Alicia en el País de las Maravillas, se ha enfrentado sola a una serie de pruebas
que han culminado con la decisión de emanciparse de sí misma, decidiendo no huir de la
realidad, sino escribir un nuevo capítulo de su vida. Ahora se está enfrentando a lo que
en realidad es, independientemente de los otros y libre de los vínculos que se
autoimponía: «Evidentemente, he de descubrir algo sobre yo misma que en treinta años
no he logrado descubrir. Ahora lo veo; a veces mi vida me parece un horror, a veces solo
una película de argumento complicado que nadie, probablemente ni siquiera yo, ha
entendido nunca. Pero tal vez la que más me gusta es la historia de Alicia, así que
simularé que soy ella y que, un día, yo también decidiré qué camino tomar, puesto que
ya he regresado de mis extrañas aventuras y, ahora, solo se puede seguir adelante».

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8. Identidad múltiple. El caso de Giacomo

No hay mejor modo de presentar el caso de Giacomo que reproducir sus propias
palabras. Se presenta a la primera sesión acompañado de sus padres. En cuanto se sienta,
como un río crecido a punto de desbordarse, empieza a hablar así:

P: Estoy aquí porque tengo crisis de ansiedad muy fuertes desde hace años: empiezo
poniéndome tenso, cada vez más tenso, hasta que comienzo a temblar y a gritar, pero
es como si diera un grito por dentro, luego a veces me desplomo, sobre todo cuando
intento combatir la ansiedad. También sigo una terapia psiquiátrica con varios
fármacos, aunque algunos los he cambiado, porque hace diez años que estoy en
tratamiento y he probado muchos. Algunas veces me quedo paralizado: me afecta
físicamente, me quedo sin voz, en cambio otras veces estoy tenso, pero es una vía
intermedia entre estar relajado y esas crisis fuertes. La causa de esto, según dice mi
psicólogo, es que mi mente trabaja demasiado; me vienen a la cabeza muchos
pensamientos en pocos segundos. Una vez los conté y fueron ciento veinte
pensamientos en veinte minutos.
T: No está mal. No es un récord, ¡pero no está mal!
P: No es un récord, pero… esto no es todo. Cuando sobreviene una crisis, aparecen
imágenes… y al final me desplomo; es como si fuese una forma de autodefensa,
aparece la crisis porque empiezo a ver… a veces son pensamientos totalmente
inconexos. Incluso pienso en algo que he visto en el ordenador, o también cuando de
pequeño celebraba el cumpleaños. Cosas así. Ocurre asimismo que a veces me siento
hiperresponsable y otras un rebelde, porque si hay que hacer algo, por ejemplo quitar
la mesa, oigo voces en mi interior que me dicen «tienes que hacerlo» y otra «¡no, no
quiero hacerlo!», o también «pero es mejor hacerlo…» hasta que ya no entiendo
nada y es posible que en ese momento empiece una crisis. O a veces no sucede, y no
sucede nunca sin motivo, porque siempre hay un motivo para la crisis, aunque
algunas veces es tan fuerte que me digo: «¿Pero qué sentido tiene esto?», luego me
digo que tal vez tenga un sentido…
T: Hummm… Hummm
P: Otro gran problema es que no soy capaz de programar las cosas, solo consigo
hacerlas al momento. Si intento programar ir a casa de un amigo el miércoles, por
ejemplo, se pone en marcha en mi cabeza un mecanismo que me hace recordar todas
las veces que he ido, me quedo bloqueado y soy incapaz de ir. En cambio, si lo
pienso en el momento, cojo el coche y voy… alguna vez, aunque no con demasiada

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frecuencia. Hay épocas en que me paso todo el día en la cama.

Puesto que lleva muchos años de terapia, le preguntamos a Giacomo si todo lo que ha
explicado todavía le ocurre, o si se ha dirigido a nosotros por otros problemas. Dice que
en el pasado probó algunas estrategias que no le habían sido sugeridas por profesionales,
sino que había elaborado por su cuenta: dice que ahora es el mayor experto en su
problema. Por ejemplo, cuando los pensamientos obsesivos se vuelven insoportables,
Giacomo se dice a sí mismo que les está dando demasiada importancia y la mayoría de
las veces estos desaparecen. Pero cuando se desvanece la fijación, surge un nuevo
problema: otros pensamientos se agolpan en la mente que se ha librado de la anterior
obsesión. De modo que Giacomo no tiene un momento de tranquilidad: cuando se libera
de un invasor y no es asediado por obsesiones específicas, es atacado «por la horda de
los bárbaros».
Todos los días Giacomo se despierta temprano. A la hora del desayuno ya se presentan
los pensamientos obsesivos, y al poco rato se siente tan débil que se ve obligado a
meterse de nuevo en la cama. Más tarde, se levanta y se pone a navegar por Internet.
Podría salir con los amigos, pero están demasiado ocupados y no los encuentra. Además,
para ver a otras personas es necesario hacer coincidir las ocupaciones propias y ajenas,
cosa que no resulta sencilla cuando hasta una ducha se convierte en una hazaña, como
nos cuenta el padre, que hasta aquel momento se había mantenido en silencio.

T: Por supuesto. Puede ser muy difícil si lo planifico y luego me asaltan una serie de
dudas sobre cómo hacerlo o no hacerlo. Resulta imposible, ¿no es cierto?

Para Giacomo ahora ya cualquier cosa es imposible. Lo confirma el padre que, hablando
también en nombre de la madre, explica que hasta el desayuno se ha convertido en un
asunto de dimensiones épicas. Por este motivo los padres procuran ayudarle estando
junto a él y tratando de simplificarle la vida diaria. A veces incluso hacen las cosas por
él, pero a Giacomo nunca le satisface cómo las hacen: «O se hacen muy bien o no se
hacen». Han intentado estimularlo, pero en vano, porque cuando dice que está cansado
«¡no lo mueves ni a cañonazos!». Últimamente, desde que el muchacho ha dejado de ir
al psicólogo que lo visitaba desde hacía años, el panorama se ha complicado más con la
estructuración de otras obsesiones relacionadas con las imágenes de las sesiones pasadas,
incluso las más lejanas en el tiempo, como si no quisiera abandonar al terapeuta, señal de
que ha desarrollado una dependencia de este último. En muchos casos, los sujetos con
trastornos borderline o de personalidad estructuran una fuerte dependencia del terapeuta,
incluso cuando el número de sesiones ha sido relativamente reducido. Como terapeutas,
al principio debemos asumir el papel de barra estabilizadora para la persona, instaurando
una sintonía relacional fundamental para que el paciente pueda fiarse de nosotros. Pero
tras haber desbloqueado la sintomatología invalidante y sembrado el germen de un
nuevo equilibrio en las diversas áreas de la vida, debemos trabajar de forma gradual para
hacer que la persona sea el centro de su propio equilibrio, capaz de construir

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autónomamente su vida: si no fuese así, el paciente se sentiría perdido y nosotros
habríamos fracasado. Seguiremos siendo su punto de referencia fundamental, pero
interviniendo solo en momentos graves de crisis que la persona no es capaz de afrontar
por su cuenta, o para compartir ciertos step fundamentales de su vida. A tal efecto, es
esencial que la psicoterapia, una vez alcanzados sus objetivos, vaya diluyéndose en el
tiempo, algo parecido a lo que ocurre con la terapia farmacológica, reduciendo la
frecuencia de las sesiones y modificando la modalidad de su conducción, para favorecer
el proceso de autonomía de la persona. Una suspensión de la terapia inmediata y sin
aviso previo puede provocar un importante efecto rebound, anulando en la percepción
del paciente todos los progresos anteriores, como le ha ocurrido a Giacomo.

Giacomo salta continuamente del presente al pasado. Descubrimos que ya desde la


secundaria mostraba una tendencia invalidante a somatizar: cuando no quería ir a la
escuela la temperatura corporal subía, y los padres, que nunca habían oído hablar de una
reacción semejante, creían que Giacomo estaba realmente enfermo. Así que lo llevaron a
un terapeuta, pero sin ningún resultado, y lo matricularon en una escuela privada,
«porque allí, aunque no estudies, pasas de curso igualmente. A veces pensaban que no
tenía voluntad, aunque nunca me lo dijeron abiertamente, pero el problema es que no
conseguía concentrarme, con todos estos pensamientos en la cabeza».

T: Bien, bien. Cuando has llegado, has dicho una cosa interesante: conozco las causas
pero no las soluciones. ¿Cuáles crees que son las causas?
P: Yo creo que las causas de mis problemas derivan de que durante mucho tiempo tuve
problemas distintos de los actuales, pero que no fueron comprendidos. Me animaron
a cambiar, pero no lo conseguía, entonces creo que dentro de mí se inició una
especie de sabotaje. Pero para sabotear a la gente que tenía a mi alrededor, me
saboteé también a mí.
T: Bien, y dime ¿qué es lo que te decidió a venir aquí, teniendo en cuenta que lo has
saboteado todo?
P: Es que leí una parte de un libro suyo, Cavalcare la propia tigre (El arte de la
estratagema), y cuando llegué al apartado de las estratagemas para tratar de resolver
el problema, pensé que era algo diferente de los procesos que he seguido hasta ahora
y que tal vez me resultaría útil engañar a la mente para obtener algo.
T: Voy a decirte una cosa: tu problema por una parte es interesante y curioso, pero por
la otra no es nada original, porque forma parte de una clase de problemas en que no
es la originalidad la tipología de trastorno, sino su forma de manifestarse. Creo que
puedo ayudarte, pero no sé hasta qué punto estás dispuesto a colaborar, hasta qué
punto estáis dispuestos a colaborar y si yo seré capaz de encontrar el punto en el que
incidir. Solo lo descubriremos probando, ¿ok? Así que te concederé, os concederé
solamente diez sesiones para comprobar si soy capaz de desbloquear la situación,
nos fijamos un límite, de modo que os ruego que me sigáis al pie de la letra, ¿de
acuerdo?

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Una vez obtenido su consentimiento, proponemos como primera indicación la conjura
del silencio: hablar del problema es la solución intentada individual y relacional que
contribuye a la persistencia y al anquilosamiento del problema (Nardone, 2012). Hablar
del problema de Giacomo y con Giacomo es como poner un potente fertilizante a una
planta, que crece y echa raíces cada vez más profundas. Les pedimos, por tanto, a todos
los familiares que eviten hablar de la cuestión, porque cuanto más se intenta convencer a
Giacomo de la irracionalidad de sus razones, más se lo empuja a la exasperación.

T: Al mismo tiempo, debemos crear un espacio para ti para un rito diario especial, ¿ok?
Todas las noches, antes de cenar, iréis a la sala de estar, vosotros dos [dirigiéndose a
los padres], pondréis el despertador para que suene al cabo de media hora y tú
[dirigiéndose a Giacomo], de pie y durante media hora, te lamentarás de todas las
desgracias del día. Vosotros dos debéis permanecer en absoluto silencio, sin decir
palabra. Cuando suene el despertador, lo apagáis y se acabó, hasta el día siguiente no
se vuelve a hablar del asunto. La noche siguiente se vuelve a poner el despertador, él
de pie y vosotros dos sentados en absoluto silencio; tú tienes media hora para
lamentarte. Fuera de esta media hora, a cualquier cuestión que se os plantee, debéis
responder: «Esta noche tienes tu espacio». Obviamente podéis hablar de cosas
constructivas, pero no de los problemas. En cuanto se toca la temática de los
problemas: «Esta noche tendrás tu espacio». ¿De acuerdo?
Padre: Sí.
Madre: Sí.
P: Sí.

Como es habitual, la conjura del silencio va asociada a la técnica del púlpito. Se


prescribe al hijo un espacio ritualizado en el que hablar de sus angustias y los padres
deberán escuchar en absoluto silencio. La aplicación de esta técnica permite modificar la
percepción puesto que, gracias al púlpito, el síntoma que era involuntario e imperioso, se
vuelve voluntario y canalizado.

T: Bien. Además hay una pequeña tortura que es toda para ti: quiero que desde hoy
hasta que volvamos a vernos, cada hora del día, desde que te despiertes hasta que te
acuestes —a las 8, a las 9, a las 10, a las 11, a las 12, a las 13, etc. hasta la noche—
cojas papel y pluma y, durante cinco minutos, anotes todos los pensamientos que
tienes y que has tenido. Debes clasificarlos: pensamiento de este tipo, pensamiento
de este otro tipo, pensamiento de aquel otro tipo, durante cinco minutos. Cuando
hayan pasado los cinco minutos, paras, y hasta la hora siguiente. Es decir, quiero una
especie de clasificación de tus pensamientos recurrentes y redundantes, tienes que
ponerlos por escrito cada hora durante cinco minutos, ¿de acuerdo? Estas son las dos
primeras indicaciones que te propongo estratégicamente para ver qué obtengo. ¿De
acuerdo? Nos vemos dentro de dos semanas.

93
Pedirle a Giacomo que clasifique los pensamientos durante cinco minutos todas las horas
permite ritualizar el hecho de pensar en esos pensamientos en espacios predeterminados
y organizarlos mediante la catalogación, imponiendo un orden al fluir de imágenes y
pensamientos que el paciente percibe como «la horda de los bárbaros» y permitiéndonos,
en ambos casos, asumir su control (Nardone, Portelli, 2013; Nardone, Balbi, Valteroni,
2013).

Pasan dos semanas y Giacomo nos dice que las cosas están cambiando. Ha empezado a
aclarar sus pensamientos: el hecho de tener que catalogar todo lo que le pasa por la
cabeza le ha ayudado a sacar a la luz una expresión recurrente que nada tiene que ver con
los pensamientos superficiales. A esta expresión el joven la llama «sabotaje». También
cree que en estas semanas ha desmontado los esquemas, muy interiorizados,
introducidos por el anterior psicólogo, que le impedían avanzar. El hecho mismo, por
ejemplo, de dejar de hablar del problema, en contra de la afirmación del anterior
terapeuta de que era bueno desahogarse, le ha permitido impedir «alimentar la planta».
Tras algunas sesiones de treinta minutos con los padres, se ha dado cuenta de que repetía
siempre lo mismo: «El problema es que en mi interior se ha formado algo que quiere que
fracasen las cosas que hago; como una especie de segundo yo dentro de mí que sabotea
todo lo que quiero hacer, como encontrar un trabajo o construir mi red social, de modo
que, por ejemplo, me preparaba para salir y, antes de acabar la frase “estoy saliendo”, me
bloqueaba y no conseguía hacer nada».
Giacomo continúa explicándonos que, extrañamente, en estas semanas ha hecho
algunas cosas que antes no hacía, como ir a la playa por primera vez, acudir al médico de
cabecera debido a los efectos secundarios de las medicinas, entrar en el banco para
ingresar dinero.

P: No es que no escuchara las voces, pero al final cualquier pensamiento deriva en esto.
¿Sabe cuántas veces antes de venir aquí dice «Sabotea la visita, sabotea la visita,
sabotea la visita…»?
T: ¿Sabes lo que has de responder al inquisidor?
P: «Sabotea el dinero, sabotea…»
T: Debes responderle: «Estoy contento, porque cuanto más intentas sabotearme más me
ayudas». Díselo.
P: Estoy contento…
T: Me ayuda a ayudarte. Así que: «sabotéame, sabotéame, sabotéame». Estoy muy
contento. Me gustan los enfrentamientos: cuanto más me saboteas, más me divierto.

A grandes rasgos, le indicamos a Giacomo lo que deberá decir a su inquisidor interno; en


realidad, con unas pocas palabras establecemos un doble vínculo del que el trastorno
difícilmente podrá librarse. Mediante una comunicación ambivalente, dirigiéndonos a
veces al paciente, a veces a la voz, y otras veces a ambos, impedimos al inquisidor que
haga daño, porque si sabotea, ayuda al terapeuta y al paciente: así que para sabotearlos

94
ha de dejar de hacerlo. En ambos casos se anula la posibilidad de sabotaje por parte del
inquisidor.
Cuando llega el momento de las indicaciones, insistimos en la importancia de que,
aunque siempre salgan los mismos pensamientos, todos sigan dedicando diariamente
treinta minutos al púlpito, tranquilizando a Giacomo sobre el hecho de que si no tiene
nada que decir, ha de confesarlo y hablarán de otra cosa. Fuera de ese espacio, deberán
seguir evitando hablar del tema. Luego, tras haber descubierto la naturaleza de sus
pensamientos y haber dado forma a la entidad que sabotea, proponemos a Giacomo dos
deberes, aparentemente opuestos, pero que juntos forman una sinergia. Lo primero que
ha de hacer por la mañana es dedicar un tiempo a prever todas las torturas mentales que
pueden presentarse a lo largo del día y escribirlas de manera sintética en un cuadernillo.
Después de haberlas escrito, dejará que la jornada siga su curso. Por la tarde cogerá el
cuaderno y, revisando lo ocurrido durante el día, marcará con una cruz las que se hayan
producido. La segunda tarea, también por la mañana, consistirá en una pregunta: «¿Qué
me gustaría hacer hoy que no haya hecho hasta ahora, como si mi problema estuviese
completamente resuelto? De las cosas que se te ocurran, elige la más sencilla e
insignificante y ponla en práctica, como si hubieses superado completamente todos tus
problemas, como si el “saboteador” se hubiese rendido».
En este momento de la sesión Giacomo tiene una de sus crisis. El paciente, que
normalmente tendía a balancear la cabeza, poco a poco deja de moverse, empieza a
contraerse y se queda rígido hasta perder el control de la musculatura, que empieza a
temblar. Con la mirada fija y una expresión de terror en los ojos en blanco, mueve los
brazos de forma descontrolada, como si tuviera que enfrentarse a dos fuerzas contrarias
invisibles que tiran de un lado y de otro, hasta que apretando los dientes dice:

P: ¡Está aquí, profesor! ¡Está aquí!


T: ¡Sé que es él! Vamos, sácalo, vamos a sacar al saboteador. No quiere que lo hagas,
¿verdad? ¿Eh? Haz hablar a la voz. ¿Qué dice?
P: ¡Sabotea!
T: Perfecto. Hazla hablar de nuevo.
P: ¡Sabotea al profesor!
T: Muy bien, estoy contento de que me sabotees, porque me ayudas. Sabotéame, por
favor, así me ayudas, ¿ok? Sabotéame porque me ayudas.
P: Esta mañana se ha producido una espera larga porque ha habido problemas, me
sentía…
T: Sabotéame que me ayudas, sal, sal que me gustas más. ¡Sabotéame, sabotéame,
sabotéame! Perfecto, ok. Bien.

El caso de Giacomo nos permite describir con claridad cómo se puede manifestar la
resistencia al cambio (Watzlawick et al., 1967; Watzlawick, Nardone, 1997) en quien es
prisionero de la ambivalencia, en quien no es capaz de colaborar ni de oponerse
deliberadamente. Este tipo de resistencia es distinta de la que presenta el que quiere

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cambiar y consigue confiar en el terapeuta, hasta llegar a colaborar activamente en la
resolución del propio problema o en la consecución del propio objetivo. Por otra parte,
no podemos ni siquiera hablar de oposición, porque esta se expresa con el intento
decidido de hacer fracasar una terapia, aunque la haya solicitado la propia persona, para
que prevalezcan los sistemas homeostáticos sobre la necesidad de cambio del sistema de
la persona o de su contexto. Tampoco estamos ante quien querría colaborar, pero que a
causa de un bloqueo emocional, una rigidez cognitiva o creencias especiales no puede
hacerlo, y con el que hemos de utilizar estratagemas disimuladas y enredos beneficiosos
para inducirle a cambiar sin que se alarme (Nardone, Florenza, Milanese, 2004; Balbi,
Boggiani, Dolci, Rinaldi, 2009). En este caso, la persona oscila entre el deseo de
solucionar un trastorno, que quita mucho más de lo que da y por tanto la induce a
colaborar, y la necesidad de mantenerse en el trastorno, que coincide con la propia
identidad y la lleva a oponerse. El deseo de colaborar choca con una emotividad
explosiva y no logra perseverar en ninguno de sus intentos. En este caso corresponde al
terapeuta tomar las riendas de la situación, y para hacerlo ha de ser capaz de introducirse
en la lógica delirante de la persona para subvertirla desde dentro. Esto es lo que hicimos
con Giacomo, como podemos ver en el fragmento de la sesión que hemos reproducido:
al pedirle que diera voz a la voz que sabotea, exhortándola a sabotear porque así nos
ayuda, conseguimos recuperarla y retomar así el control de la situación, continuando el
trabajo de desestructuración del trastorno. Posteriormente le recordamos a Giacomo las
indicaciones que debe poner en práctica y lo citamos para dentro de dos semanas.

La tercera sesión se inicia con un principio de crisis que, alentada por el terapeuta, no
acaba de manifestarse, y Giacomo comparte con nosotros un descubrimiento muy
interesante: «Vivo mi vida en un eterno presente, donde el pasado es igual al futuro. No
logro vivir la vida que quisiera vivir. Cuando pienso en hacer algo, lo primero que se me
ocurre es estudiar o trabajar o hacer unos cursos, vivir el presente…».
En ese momento Giacomo tiene una crisis, fulminante y tan violenta que lo arroja
literalmente al suelo. El padre se levanta de la silla y, con el aplomo de quien está
acostumbrado a este tipo de escenas, le ayuda a ponerse en pie. Giacomo vuelve a
sentarse, con el rostro encendido y la expresión de estar conectando de nuevo con la
realidad tras una desconexión breve pero muy intensa.

T: Mira, tú piensas en el futuro como en una repetición del pasado, y fíjate en tus
reacciones. Olvídalas: cualquiera que experimentara una sensación de condena como
tú, cada vez que mirara hacia delante e imaginara qué podría hacer para vivir, caería
en una reacción semejante a la tuya. Por lo tanto, tus reacciones se producen porque
es como si te aplicáramos una descarga eléctrica en los pies.
P: Pero en realidad me he dado cuenta de que estas crisis de sabotaje no son contra
usted y su terapia, sino contra las indicaciones del psicólogo anterior, que todavía
influyen en mi mente.
T: Bien, muy bien.

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Las dos semanas han transcurrido como «una erupción volcánica». Giacomo, mientras
explica que ha sacado «un montón de cosas», cae de nuevo al suelo, esta vez a cámara
lenta. Todas las mañanas ha puesto por escrito los pensamientos de «sabotaje»: el tema
central es que proyectarse al futuro, temiendo que el futuro sea solo una repetición del
pasado, provoca una erupción sintomática. Esto lo obliga a vivir en un eterno presente:
«Esta es tu solución intentada, y por eso estás apresado entre el pasado y el futuro».

T: Pero si nosotros conseguimos imaginar un futuro que no repita el pasado y utilizarlo


para introducirlo en el presente, te sacaremos de este eterno estar en el presente y
construiremos un futuro distinto del pasado. ¿O no? Ahora bien, puesto que tenemos
un pasado que impide construir un futuro distinto y que te confina en un presente que
en realidad no existe, porque el presente coincide con el instante, es como si no
vivieras. Por eso necesitamos que, de una vez por todas, entres en todo lo que te ha
sucedido y que te obliga a hacer lo que gira continuamente en torno a sí mismo sin ir
realmente a ninguna parte. Desde hoy hasta que volvamos a vernos, nos vas a narrar
al revés, desde ahora hacia atrás, todo los hechos más destacados del pasado como si
fuera una novela, capítulo por capítulo. A nosotros esto solo nos sirve para
ilustrarnos, a ti te sirve porque debemos meter el pasado en el pasado, para evitar que
influya en tu futuro, por lo tanto es muy útil, ¿de acuerdo? No obstante, todas las
mañanas sigue preguntándote: «¿Qué me gustaría hacer hoy como si ya hubiese
resuelto mi problema? ¿Qué me gustaría hacer hoy distinto de lo que tengo que hacer
como si ya hubiese resuelto mis problemas?». Cogemos ahora un pedacito de futuro
imaginado positivamente y lo metemos en el presente. Entre las cosas que se te
ocurren, elige la más sencilla y concreta y hazla.

Al escribir, actuamos sobre un pasado que invadía el presente de Giacomo, haciendo que
desaparezca definitivamente la influencia del psicólogo anterior. Giacomo, entre una
sesión y otra, ha empezado a hacer cosas distintas, al principio solo siguiendo la
prescripción, por tanto como acto voluntario y aprendido, luego de forma cada vez más
natural y espontánea, y además de forma completamente autónoma, sin la ayuda o la
presencia de los padres, como demostración de que nuestra indicación se había
convertido en adquisición. Giacomo nos habla de un descubrimiento muy importante:
«Cuando sale de dentro, esa voz que dice “tienes que”, si bien al principio adoptaba el
rostro de distintas personas, ahora se ha convertido solo en mi rostro. Las voces de los
otros me decían: “Tienes que estudiar, tienes que trabajar, tienes que salir, tienes que
hacer…” y yo sufría fuertes crisis, luego escuché: “Tengo que, tengo que, tengo que…”
Y luego: “¡No!”. En aquel momento tuve unas crisis fortísimas y exploté con violencia.
Entonces deduje que en realidad lo que crea tensión en mi interior soy yo mismo; como
si fuese un cargabaterías o una pila autorrecargable».
Su descubrimiento nos permite, de nuevo contradelirando, insertar una
reestructuración fundamental a fin de continuar tejiendo la nueva trama que poco a poco
hará que persista esa parte de él que queremos que prevalezca.

97
T: Tu peor enemigo siempre está contigo. Tu peor compañía siempre está contigo.
P: Así que, en vez de intentar hacer cosas distintas, empecé a hacer las cosas más
sencillas, por ejemplo, acompañé a mi madre a la escuela y desayuné fuera de casa.
Luego, un día fui a comprar una silla para mi habitación. También he tenido algún
momento de depresión al aproximarse la sesión, porque me dominaba la ansiedad.
T: ¿Tú crees que entre tú y el alter ego que hay en tu interior, vamos a llamarles
Giacomo 1 y Giacomo 2, Giacomo 1 es el bueno o el malo?
P: Debería ser el bueno, porque me parece que es el que se rebela, el que dice «no»,
mientras que Giacomo 2 es el que dice «Tienes que, tienes que, tienes que». Ha
habido también otro cambio, porque tras la crisis ya no he oído la voz que decía
«Tienes que, tienes que, tienes que», sino que mientras hacía las cosas oía: «¡Para,
para, para!». Y algunas noches incluso he oído: «Hoy no has hecho las cosas como
debías».
T: Bien, ahora vamos a jugar con ambos diciéndoles: «Querido Giacomo 2, quiero que
aparezcas; dime todo lo que debo o no debo hacer, dímelo tú». Si Giacomo 1 quiere
fastidiar a Giacomo 2, tiene que ayudarle a hacer subir al enemigo al desván y quitar
la escalera (Nardone, 2003). Lo que queremos es que hagas hablar a Giacomo 2, que
lo invites a expresarse: «¡Ven! ¿Qué crees que debería hacer o no hacer». Y sobre
todo, además de tomar nota de todo lo que te dice Giacomo 2 sobre lo que deberías o
no deberías hacer…
P: ¡Ahora! ¡Ahora aparece otra! Me está diciendo que he de hacer lo que quiere mi
familia… es otra voz, ¡una antigua!
T: ¿Cuál es la voz antigua?
P: Giacomo bueno.
T: ¿Qué te dice, que te ha dicho la voz?
P: Dice que son cosas viejas, es decir, que son cosas de tiempo atrás.
T: Ah, no había entendido que lo viejo era la voz. Muy bien. ¿Ves cómo Giacomo 1
sabe responder a Giacomo 2 si le haces hablar? ¿Y ahora qué dice?
P: Que me hicieron un lavado de cerebro con aquellas medicinas, sobre todo con la
terapia, con el psicólogo y con todos los demás.
T: Bien.
P: Con el que me puso la dieta suprimiéndolo todo durante dos años.
T: Bien, ¿y qué más? Hagamos que siga hablando, perfecto.
P: Y sobre todo me hicieron un lavado de cerebro con la escuela, sí, con la escuela…
[Cae de nuevo al suelo, tras una contracción fulminante]
T: Bien, ok. Cuando estés relajado, te levantas y vuelves a sentarte…
[Se levanta, cae de nuevo, luego vuelve a levantarse y se sienta]
P: ¡La escuela, la escuela, la escuela, la escuela, la escuela!
T: La escuela. Bien, ¡de nuevo Giacomo 2! Ahora estás muy agotado… Y bien, ¿qué
pretendemos hacer? ¿Lo comprendes?
P: Sí, hacer hablar a Giacomo 2.
T: Para hacerle subir al desván y quitar la escalera.

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P: Sí.
T: Porque, como ves, cuando le haces hablar, Giacomo 1 recupera protagonismo y
dice: «Cosas antiguas, cosas pasadas».
P: ¡Pero salen!
T: Tenemos que sacarlas.
P: Si fueran tan pasadas no las recordaría.
T: Sí, lo sé, porque ese pasado todavía está demasiado presente.
P: Ahora me estoy acordando de la primera crisis…
T: Perfecto, ¿cuándo tuviste la primera crisis?

Giacomo nos cuenta todos los detalles de la primera vez que apareció Giacomo 2 durante
una sesión con el psicólogo y, junto a él, uno a cada lado, estaban Giacomo 1 y Giacomo
2. En otras palabras, en el pasado sucedió lo que hemos reconstruido en la sesión:
durante la sesión anterior ya previmos lo que todavía no había sido explicado, por tanto,
o su pasado es igual al futuro, o está reestructurando lo ocurrido sobre la base de nuestra
nueva construcción. Suponiendo que sea verdad esta segunda hipótesis, seguimos
construyendo para avanzar con la nueva trama que hará que Giacomo 1 domine
definitivamente.

T: Bien, permíteme una cita literaria o cinematográfica: recuerdas a Dr Jekyll y Mr


Hyde, ¿no?
P: Sí, un poco.
T: ¿Son dos personas o una sola?
P: En realidad, es una sola persona escindida en dos.
T: Que lucha contra sí mismo. Bien. Shakespeare diría que el loco es el que pretende
deshacerse de su propia sombra y se pierde en ella. Hay que dejar sitio y voz a la
sombra o a la parte que queremos mantener calmada, de lo contrario como un
volcán… como un volcán…
P: Lo recuerdo, todavía lo recuerdo…
[Tiene una crisis]
T: Muy bien, muy bien, muy bien.
P: Ahora recuerdo una sesión con el psicólogo cuando hablaba, justamente, de esta
sesión de ahora.
T: ¡Pero fíjate! Estamos allí.
P: Y es la reevocación de la reevocación.
T: Perfecto. Tenemos que volver a lograr que los dos Giacomo sean uno, con su luz y
sus sombras, ¿ok? Como somos todos nosotros; con racionalidad y emotividad, con
razón e instinto.
P: En cambio, yo sospecho que ha intentado decirme: «Tu parte emocional hay que
reprimirla». Pero cuanto más he intentado reprimirla, más…
T: Más ha crecido el volcán. Bien, lo que quiero es que todos los días des salida a
Giacomo 2, que además es una parte de Giacomo, ¿de acuerdo? Hay que darle la voz

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a esa cosa, y si esto hace que tengas crisis de este tipo no pasa nada, hasta que se
agote, hasta que los dos Giacomo sean uno solo, con su luz y sus sombras, con la
razón y el instinto, con la racionalidad y con la emotividad. ¿Entiendes lo que te
estoy pidiendo?
[Tiene otra crisis]
P: La escuela, la escuela… ¡no había necesidad de decirme que fuera a la escuela! Yo
ya lo sabía… yo ya lo sabía. Yo tenía un problema general… ¡no era la escuela!
T: Escucha lo que dice Giacomo 2: ¿Giacomo 1 cree que es algo nuevo o viejo?
P: Dice que es una cosa muy vieja.
T: Entonces dejémosla en el pasado. Esto es lo que has de hacer todos los días. Adiós,
Giacomo, nos veremos dentro de dos semanas, ¿de acuerdo? Y tu padre observa y
comprende, sin intervenir, porque tenemos que dejar que se exprese Giacomo 2 y
esto significa también dejar que la crisis se manifieste en vez de combatirla. Dentro
de dos semanas. Hasta la vista, Giacomo.

Cada nueva sesión produce una evolución que nos lleva a bloquear cada vez más el
trastorno desde dentro. En la quinta sesión Giacomo, al hacer la tarea impuesta, que al
principio como era de prever resultó devastadora, confirma que para vencer el trastorno,
es decir, la parte de sí mismo no deseada, no hay que combatirlo, sino secundarlo. Los
primeros días de la semana, Giacomo 2 se expresó con gran vehemencia, recordándole
momentos cruciales de su experiencia, de su pasado, hasta que surgió una voz que decía
que «querían eliminar una parte de ti, para hacer que todo lo demás fuera perfecto» y a
veces continuaba diciendo: «pero no lo consiguieron». Esta nueva frase se convirtió en el
leitmotiv de los últimos días de la semana. Le preguntamos si esto le hizo sentirse peor, o
si se sintió mejor. Giacomo afirma, con una sonrisa satisfecha, que el cuadro ha
mejorado respecto a la primera vez. Hoy, por ejemplo, ha venido conduciendo él, cosa
que antes hubiera sido incapaz de hacer, porque Giacomo 2 podía imponerse y no se
atrevía ni a imaginar lo que hubiera podido ocurrir si le hubiese provocado una crisis. Y,
de nuevo, con los ojos desencajados, la mirada perdida y la cabeza ligeramente
inclinada, repite «Querían eliminar una parte de mí y hacer que todo lo demás fuera
perfecto. Querían eliminar una parte de mí, y hacer que todo lo demás fuera perfecto.
Querían eliminar una parte de mí, y hacer que todo lo demás fuera perfecto. Querían
eliminar una parte de mí, y hacer que todo lo demás fuera perfecto».

T: Bien, bien, bien. Ya dijimos que en ese momento cuanto más intentas combatir esta
cosa, este disco que gira, y más quieres anularlo, más acabas haciendo, como dijo
Shakespeare, como aquel que quiere deshacerse de su sombra y se pierde en ella. La
sombra hay que llevarla detrás, no podemos suprimirla. Y la sombra no es un
defecto, todos la llevamos.
P: ¡Ya!
T: Cuando te has visto libre de esos momentos, tras haberlos vivido, ¿qué has hecho en
estas dos semanas que no hicieras antes, además de conducir, cosa que me complace

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muchísimo?

Giacomo, orgulloso, nos cuenta que ha retomado el contacto con un amigo con el que no
hablaba desde hacía meses. No se han visto, porque estas semanas han sido difíciles para
él. Ha gastado tantas energías en realizar la tarea impuesta que tuvo que anular la cita
que habían concertado, pero quedaron en verse pronto. «Tal vez un día…».

T: Ahora debemos dejar que se exprese esa alma que grita, teniendo en cuenta que cada
vez grita menos. Si damos paso al grito cada vez que aparece, para hacer que salga,
el grito será incluso menos violento. ¿De acuerdo? Y sobre todo piensa que has de
aceptar esta cosa sin combatirla. Algunos pensamientos y algunas imágenes has de
llevarlos contigo como si fueran tu banda sonora, como si fueran tu sombra, sin
pretender suprimirlos. Si intentas suprimirlos, los alimentas, si quieres deshacerte de
tu sombra, te pierdes en ella. Al mismo tiempo, lo que ahora queremos es que por la
mañana al despertarte, cuando ya se ha presentado el alma que grita o incluso si no
se presenta, queremos que te preguntes: «Si estuviera completamente curado, ¿qué
actividad diferente me gustaría hacer hoy? ¿Cómo me comportaría hoy, si hubiese
superado del todo mis problemas? ¿Qué actividad diferente me gustaría hacer hoy,
como si ya hubiese acabado con todos mis problemas?».
P: Mientras me está diciendo esto, me está saliendo la voz.
T: Déjala que salga, llévala contigo: es tu banda sonora, ¿de acuerdo?
P: De acuerdo, entendido. Hasta la vista.

El centro de la sexta sesión es la palabra «¡Lucha!», que apareció después de una crisis
en la que se presentaron sucesivamente todas las frases anteriores.

P: «¡Lucha contra el ordenador! ¡Lucha contra la televisión! ¡Lucha contra cualquier


cosa! ¡Lucha contra todos! ¡Lucha!». ¿Y yo qué hice? Al final dije: «Dejo de
luchar». Y la crisis se calmó un poco. Descubrí que, en realidad, esta forma de
reaccionar siempre ha estado dentro de mí, pero como le proporcioné un fertilizante
fuerte, creció, porque cuando por ejemplo estoy en desacuerdo con mi padre
mientras estamos hablando, empiezo a sentir en mi interior esta necesidad de luchar.
De modo que he reflexionado y me he dicho que el problema no es tanto lo que
sucedió en el pasado, sino el hecho de que el pasado sale porque la lucha continúa en
el presente. Y esto hacía que mentalmente volviera al pasado.
T: Tienes razón. «Vencer sin combatir» es el súmmum de la estrategia. Cuando
consigo vencer sin luchar, el conflicto se va tal como ha venido. Hay batallas que, si
las comienzo, están perdidas de antemano, porque empezar una batalla significa dar
importancia al enemigo: vas a perder todas las batallas que libres en tu interior.
P: Siempre he perdido.
T: Exacto.
P: El enemigo se refuerza.

101
T: Bravo, solo se gana si se consigue no luchar, y de este modo el conflicto se va tal
como ha venido, porque no lo alimento. Cuando el otro día te dije: «Los
pensamientos, las imágenes, los llevas contigo como una banda sonora, evita luchar
contra ellos», mi objetivo era este: hacer que comprobaras que, si evitas combatirlos,
evitas alimentarlos. La lógica del sentido común dice que si tengo un enemigo o
lucho contra él o salgo huyendo. Pero se trata de la lógica del sentido común banal,
porque una lógica estratégica más evolucionada dice: no lucho y el enemigo se rinde.
P: De hecho, lo estoy comprobando. Empiezo a entender que el problema ha estado
completamente centrado.
T: Y el enemigo se rinde porque no lucho contra él.
P: Que en realidad el enemigo sería yo mismo.
T: Muy bien.
P: Soy yo el enemigo. Hace años que no lucho contra los de fuera, lucho conmigo
mismo, pero hasta la última sesión no era consciente de esto.
T: Ok, lo hemos conseguido con un descubrimiento, ¿no?
P: Sí.
T: Has hecho el descubrimiento más importante: vencer sin combatir es el súmmum de
la estrategia militar, especialmente si uno lucha consigo mismo. Cada vez que luchas
le das importancia al enemigo y lo refuerzas. Si evito combatirlo, me enfrento a él
sin combatirlo con seguridad y se rinde. Esto vale para muchísimas cosas de la vida,
pero vale sobre todo para los conflictos con nosotros mismos.
P: De hecho, usted ha utilizado la palabra «conflicto», no «problema».
T: Conflicto, bien.
P: Ha dicho esto.

Giacomo se conmueve, mientras sigue repitiendo: «Ha dicho la palabra conflicto, ha


dicho esto», y mientras nosotros lo invitamos, llevando consigo su banda sonora, a
comportarse como una persona que vence su conflicto interior sin luchar.

Hemos introducido finalmente un nuevo modo de percibir su realidad, que es lo mismo


que su propia vida. Giacomo no solo no recuerda cómo se puede vivir sin el problema
que ahora hemos redefinido como conflicto, sino que su pasado coincide con su proceso
de paciente. Todos los episodios no resueltos de su vida se definen como pasos de
distintos procesos terapéuticos que no solo han fracasado, sino que además han
contribuido a la estructuración del propio trastorno. En este caso muy probablemente se
trató de una bouffée psicótica adolescente que, si se hubiera tratado de manera adecuada,
se habría resuelto de manera definitiva. Giacomo se convirtió en víctima de todo lo que
intentó hacer para sobrevivir, sin tener los instrumentos para conseguirlo, ayudado por
unos padres que, con la mejor intención del mundo y sin ninguna guía eficaz, intentaron
protegerlo como fuera.
Hemos interrumpido una batalla dirigida contra él mismo, parecida a la que se observa
en quien padece una enfermedad autoinmune: el cuerpo lucha contra el propio cuerpo y

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lo destruye desde dentro. Si la mente lucha contra sí misma, el cortocircuito es ine-
vitable. Cuando la mente interrumpe esta batalla, puede orientar finalmente a la persona
a vivir con una nueva conciencia, hacia un modo de actuar práctico y dirigido. Ahora es
el momento de construir en los intervalos que el trastorno ha dejado libres, que hemos
podido crear gracias al cese del combate fallido. Por supuesto, el trabajo no es sencillo:
todavía quedan resistencias, puesto que es mucho más fatigoso construir un equilibrio
nuevo que romper el disfuncional. Para el que está habituado a luchar, dejarlo es más
difícil, pero, sobre todo, como ingenuamente suspira Giacomo:

P: En el fondo las crisis han sido útiles, porque ya no podía más. Las crisis me han
impedido enloquecer.
T: Los síntomas siempre son útiles…
P: Realmente es que no podía más, y entonces aparecieron las crisis, pero desde que
aparecieron las crisis, las cosas empezaron a cambiar. Y empecé a querer manifestar
estas cosas. Luego surgieron las discusiones con mi padre y con mi madre, porque
también hay lógicas familiares extrañas, que ahora han sido superadas. Ha habido
dos o tres días en estas semanas que ya no sabía dónde darme cabezazos, hasta que
me repetí la frase «dejo de luchar, me reconcilio con mi pasado». Me lo repetí varias
veces, hasta que oí una voz dentro de mí: «Ahora que lo he entendido todo, ¿qué
estoy haciendo aquí?». Estaría bien que me lo explicara.
T: «Ahora que lo he entendido todo, ¿qué estoy haciendo aquí». La consideración que
te propongo es: has estado en un túnel, dando cabezazos aquí y allá, durante años.
Como arrastrado por un tornado o por un torbellino que te golpea con sus olas por
todas partes, de repente, paf, llegas a una playa, como un náufrago, alzas la vista,
estás completamente cubierto de arena y por fin contemplas un hermoso lugar…
P: Sí.
T: Con sol, palmeras, una playa blanca. Como durante tanto tiempo has sido un
náufrago, te levantas y dices: «¿Qué hago?». ¡Este eres tú! Como Robinson Crusoe,
has de descubrir qué hay en la isla. Sabemos que la parte emocional no está
entrenada, la racional incluso demasiado, porque ha estado luchando durante todo
este tiempo; aunque desajustada, sigue siendo fuerte. Ahora con la parte racional
escuchando a la parte emocional a través del espacio que le hemos abierto para
dejarse oir, hemos de explorar la isla en la que has naufragado.

Para Giacomo también ha llegado el momento de descubrir el mundo, con mucha


humildad y con la idea: «he de encontrar el modo de sobrevivir. El que naufraga en una
isla, antes que nada ha de protegerse. Ha de encender fuego, intentar comer, buscar un
sitio seguro y comprobar si hay animales peligrosos. Esto es lo que has de hacer ahora.
Por lo tanto, la idea es: si tú fueras realmente un náufrago, como realmente eres, ¿por
dónde empezarías a explorar la vida? ¿Qué es lo más pequeño que tienes que mirar y
hacer a tu alrededor? ¿Cuáles son los puntos seguros más pequeños sobre los que
empezar a construir algo, día tras día? Y tendrás que poner en práctica las cosas más

103
pequeñas. Sabemos que de vez en cuando la parte emocional te hará dudar; bien, lo
aceptamos, evitemos combatirla, porque además esta parte, ahora, representa el miedo
sano de quien ha de descubrir un mundo que no conoce. Y cada vez que nos veamos nos
traerás la lista de las conquistas realizadas».
En las sesiones siguientes, a medida que Giacomo construye su vida, hemos tenido
que enfrentarnos a otra identidad que no había aparecido antes, Giacomo 3, definida
como «una identidad artificial racionalizadora», dirigida a asumir el control de las otras
dos. Giacomo la reconoce como una parte que, probablemente, siempre ha existido y que
nos ha hecho creer que el problema era Giacomo 2, para apartar de ella nuestra atención
y sobrevivir. Cada vez reestructurábamos la identidad que emergía para intentar hacer
naufragar las partes de sí capaces ya de mantener firme el timón en una dirección
concreta.

T: Esta es tu trampa. Tú, como un timonel de antaño, has de mantener firme el timón y,
con el viento de popa, montar las olas. Si das bordadas, mantienes el rumbo. Si te
paras, te pierdes.

A partir de entonces, nuestro deber fue vigilar, relajando la tensión y reduciendo la


frecuencia de las visitas, para que Giacomo mantuviese el rumbo evitando caer en la
trampa o, en caso de que resbalara, ayudarle a levantarse para retomar el timón de sí
mismo, hasta que ya no tuvo necesidad de nosotros. El joven fue capaz de estructurarse y
de conseguir sus deseos. Esto no quita que pueda aparecer de nuevo alguna voz o
identidad, pero significa que Giacomo ha aprendido a vivir con la conciencia de que,
como le recordamos al despedirle en nuestro último encuentro, parafraseando al
precursor del Decadentismo, Baudelaire, «el mayor engaño del demonio es hacerte creer
que no existe».

104
9. Resultados terapéuticos

La valoración de la eficacia y de la eficiencia terapéutica ha sido desde el principio uno


de los aspectos fundamentales de nuestro trabajo, que ha dado lugar a numerosos
estudios de tipo cualitativo y cuantitativo, empírico-experimental sobre el terreno y en el
laboratorio (Nardone, 1988; Nardone, Watzklawick, 1990, 2005; Nardone, 1993;
Castelnuovo et al., 2010, 2013; Nardone, Portelli, 2005, 2014; Nardone, Valteroni,
2017). Además, se han comparado experimentalmente los resultados terapéuticos de las
terapias estratégicas (bst) con las otras formas de psicoterapia, y se ha demostrado que
sus resultados son mejores en el tratamiento de una serie de problemas clínicos
importantes, entre los que se encuentran la anorexia juvenil y binge eating, vomiting,
trastorno obsesivo-compulsivo y ataques de pánico, violencia y conductas antisociales
(Robin et al., 1994; Locke et al., 2009; Szopneck et al., 1994; Castelnuovo et al., 2010;
Nardone et al., 2010; Petrabissa et al., 2016). Respecto a las psicopatologías tratadas en
esta obra, en los tres últimos decenios se han evaluado los resultados de la terapia en los
casos correspondientes a la categoría de las «presuntas psicosis». Aunque estas
representan menos del 15 % de la casuística general de los más de 25 000 sujetos
tratados en el Centro di terapia strategica de Arezzo, constituyen una muestra no
desdeñable en la que hemos evaluado la creciente eficacia de los tratamientos en
consonancia con su evolución técnica. Tras haber constatado que la categoría de las
psicopatologías cronificadas representaba un porcentaje relevante, en torno al 20 %, solo
en los últimos años hemos diferenciado esta categoría de pacientes de los que presentan
los mismos trastornos pero sin complicaciones similares. Se trataba de casos en los que
la cronificación se debía a la persistencia del trastorno, combinado a menudo con curas
prolongadas e ineficaces, sobre todo farmacológicas, que todavía se mantenían al
comienzo de nuestro tratamiento. Sumando los datos de las presuntas psicosis y de los
casos cronificados, resulta que el 35 % de los sujetos tratados en nuestro Centro
presentaba patologías que requieren una psicoterapia breve a largo plazo. Respecto a los
resultados terapéuticos, la evaluación se ha hecho sobre los casos tratados en los últimos
cinco años, de los que 1 010 están grabados en vídeo. Estos han sido estudiados incluso
por investigadores que no pertenecen a nuestro grupo de investigación. La evaluación se
ha hecho sobre tres áreas clínicas distintas: casos cronificados, trastornos borderline,
trastornos del espectro psicótico.
Respecto a la primera clase de pacientes, que abarca más del 50 % de la casuística, los
resultados terapéuticos no difieren en cuanto a eficacia de los obtenidos con los mismos
tipos de trastorno sin cronificación: el 88% de los sujetos resolvió totalmente el

105
trastorno, esto es, al final del tratamiento la persona no presentaba ningún síntoma
invalidante desde hacía al menos un año y había logrado una total autonomía e
independencia personal. En cuanto a la eficiencia del tratamiento, estos casos requirieron
doble número de sesiones, de las 12 a las 20 a lo largo de un año, respecto a las 7-10 de
los pacientes «no cronificados».
En el caso de los trastornos borderline, que representan cerca del 40 % de los casos
tratados y estudiados, el 71 % de los sujetos tratados tuvo una respuesta positiva a la
terapia, y los tratamientos se prolongaron durante unos tres años, con un número de
sesiones que oscilaba entre 15 y 35.
En los trastornos del espectro psicótico, que suponen un 10 %, la eficacia está
demostrada en el 59 % de los casos; en cuanto a la eficiencia, se necesitaron entre 10 y
39 sesiones.
Un factor decisivo de cara a la evaluación de los resultados es el hecho de que, en más
del 80 % de los casos que afectan a toda la casuística, la sintomatología invalidante fue
anulada o reducida significativamente en las cinco primeras sesiones. Muchas veces, las
sesiones posteriores sirvieron para consolidar los resultados y reconstruir, o construir por
primera vez, una vida autónoma y satisfactoria.
Creemos que todavía queda mucho por hacer en el terreno de la investigación, sobre
todo respecto a los casos borderline y de psicosis, para aumentar las posibilidades de
curación. Sin embargo, consideramos muy alentadores los resultados obtenidos, que nos
impulsan a seguir en esta dirección. Cada punto de llegada es para nosotros un punto de
partida.
Nada es definitivo, todo está en evolución.

106
Bibliografía

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111
Información adicional

Actualmente, en la psicoterapia persiste la dicotomía entre los partidarios de las terapias


a largo plazo con los que proponen tratamientos breves. Existe la idea de que el cambio
terapéutico exige necesariamente mucho tiempo. Sin embargo, esto a veces no resulta
efectivo, como tampoco aplicar terapias breves para las patologías más invalidantes y
persistentes.
Este libro propone una modalidad terapéutica que va más allá de estos dos
planteamientos para tratar a las llamadas «psicopatologías mayores». Primero se
desarrolla una intervención terapéutica breve para invalidar la sintomatología
rápidamente; el cambio ocurre de inmediato, pero la adquisición de estabilidad psíquica
requiere un arco terapéutico más amplio. Por eso, se debe aplicar un trabajo posterior de
más largo plazo para enseñar el modo de apoyar y guiar al sujeto a establecer un
equilibro psicológico y conductual estable.
A través de una narración apoyada en diálogos terapéuticos de seis casos clínicos
representativos, el lector podrá entrar en el proceso de la psicoterapia breve a largo plazo
y comprender cómo el cambio terapéutico puede producirse incluso en pacientes
aparentemente intratables.

GIORGIO NARDONE es fundador junto con Paul Watzalawick del Centro de Terapia
Estratégica, director de la Escuela de Especialización en Psicoterapia Breve Estratégica
de Arezzo y de la Escuela de Comunicación y Problema Solving Estratégico. Es una
autoridad indiscutida de la psicoterapia y del problem solving y el máximo exponente de
los investigadores que impulsaron la evolución de la Escuela de Palo Alto. Asimismo, es
autor de numerosos trabajos que se han convertido en una referencia teórica y práctica
para estudiosos, psicoterapeutas y managers de todo el mundo.

ELISA BALBI es psicoterapeuta e investigadora asociada del Centro de Terapia


Estratégica de Arezzo, realiza consultoría clínica, educativa y corporativa. Es también
docente en la Escuela de Especialización en Psicoterapia Estratégica Breve en Arezzo.

ANDREA VALLARINO es médico y se especializó en psicoterapia estratégica en el Centro


de Terapia Estratégica de Arezzo. Es investigador asociado en el Centro de Terapia
Estratégica de Arezzo y responsable del estudio asociado en Génova. Ha editado varias
publicaciones sobre la intervención estratégica en los ámbitos clínico, escolar y laboral.

112
ALESSANDRO BARTOLETTI es psicólogo y terapeuta, especializado en neuriobiologia por
la Scuola Normale Superiore de Pisa. Es investigador asociado y docente del Centro de
Terapia Estratégica de Arezzo, y responsable del estudio asociado y de la sede de
enseñanza en Roma.

OTROS TÍTULOS

Richard Fisch y Karin Schlanger


Cambiando lo incambiable. La terapia breve en casos intimidantes

Giorgio Nardone
El arte de la estratagema. Cómo resolver problemas difíciles mediante soluciones
simples

Giorgio Nardone y Roberta Milanese


El cambio estratégico. Cómo hacer que las personas cambien su forma de sentir y de
actuar

Giorgio Nardone y Paul Watzlawick


El arte del cambio. Trastornos fóbicos y obsesivos

Paul Watzlawick, Janet Beavin Bavelas, Don D. Jackson


Teoría de la comunicación humana. Interacciones, patologías y paradojas

Paul Watzlawick, John H. Weakland y Richard Fisch


Cambio. Formación y solución de los problemas humanos

Giorgio Nardone y Alessandro Salvini


El diálogo estratégico. Comunicar persuadiendo: técnicas para conseguir el cambio

Giorgio Nardone y Claudette Portelli


Conocer a través del cambio

Giorgio Nardone y Elisa Balbi


Surcar el mar a espaldas del cielo. Lecciones sobre el cambio terapéutico y las
lógicas no ordinarias

113
114
Manifiesto de un feminismo para el 99%
Arruzza, Cinzia
9788425442872
112 Páginas

Cómpralo y empieza a leer

Vivimos hoy una crisis de la sociedad en su conjunto. El capitalismo, más allá de


sus problemas económicos, también alberga contradicciones y desequilibrios de
tipo ecológico, político, social y reproductivo: viviendas inasequibles, violencia
policial, imperialismo, salarios insuficientes, etc. Sin embargo, estos temas son
obviados por las políticas del feminismo actual, que difunde una versión elitista y
corporativa para proyectar una apariencia emancipadora sobre un programa
oligárquico y depredador: un feminismo solo apto para la poderosa minoría
acomodada.Este manifiesto tiene un propósito: llevar a cabo una operación de
rescate y corrección de rumbo para reorientar las luchas feministas hacia el
resto de la población, y proponer con ella una reorganización total de la
sociedad. El feminismo no debería detenerse con ver a las mujeres
representadas en la cima de la sociedad, sino que debe involucrarse en las
perturbaciones políticas, la precariedad económica y el agotamiento socio-
reproductivo.Para resolver la crisis actual, que es una crisis social total, hace
falta otro feminismo, un feminismo para el 99 por ciento.

Cómpralo y empieza a leer

115
116
La filosofía de la religión
Grondin, Jean
9788425433511
168 Páginas

Cómpralo y empieza a leer

¿Para qué vivimos? La filosofía nace precisamente de este enigma y no ignora


que la religión intenta darle respuesta. La tarea de la filosofía de la religión es
meditar sobre el sentido de esta respuesta y el lugar que puede ocupar en la
existencia humana, individual o colectiva. La filosofía de la religión se configura
así como una reflexión sobre la esencia olvidada de la religión y de sus razones,
y hasta de sus sinrazones. ¿A qué se debe, en efecto, esa fuerza de lo religioso
que la actualidad, lejos de desmentir, confirma?

Cómpralo y empieza a leer

117
118
La idea de la filosofía y el problema de la
concepción del mundo
Heidegger, Martin
9788425429880
165 Páginas

Cómpralo y empieza a leer

¿Cuál es la tarea de la filosofía?, se pregunta el joven Heidegger cuando todavía


retumba el eco de los morteros de la I Guerra Mundial. ¿Qué novedades aporta
en su diálogo con filósofos de la talla de Dilthey, Rickert, Natorp o Husserl?En
otras palabras, ¿qué actitud adopta frente a la hermeneútica, al psicologismo, al
neokantismo o a la fenomenología? He ahí algunas de las cuestiones
fundamentales que se plantean en estas primeras lecciones de Heidegger,
mientras éste inicia su prometedora carrera académica en la Universidad de
Friburgo (1919- 923) como asistente de Husserl.

Cómpralo y empieza a leer

119
120
Decir no, por amor
Juul, Jesper
9788425428845
88 Páginas

Cómpralo y empieza a leer

El presente texto nace del profundo respeto hacia una generación de padres que
trata de desarrollar su rol paterno de dentro hacia fuera, partiendo de sus
propios pensamientos, sentimientos y valores, porque ya no hay ningún
consenso cultural y objetivamente fundado al que recurrir; una generación que
al mismo tiempo ha de crear una relación paritaria de pareja que tenga en
cuenta tanto las necesidades de cada uno como las exigencias de la vida en
común. Jesper Juul nos muestra que, en beneficio de todos, debemos definirnos
y delimitarnos a nosotros mismos, y nos indica cómo hacerlo sin ofender o herir
a los demás, ya que debemos aprender a hacer todo esto con tranquilidad,
sabiendo que así ofrecemos a nuestros hijos modelos válidos de
comportamiento. La obra no trata de la necesidad de imponer límites a los hijos,
sino que se propone explicar cuán importante es poder decir no, porque
debemos decirnos sí a nosotros mismos.

Cómpralo y empieza a leer

121
122
El arte de la estratagema
Nardone, Giorgio
9788425431982
96 Páginas

Cómpralo y empieza a leer

En 1930, a orillas del Danubio ocurrió un hecho del que los diarios de la época
dieron destacada información. Un joven con intenciones suicidas se arrojó desde
un puente; a los gritos de los testigos acudió un gendarme, quien, en vez de
lanzarse al agua, apuntó con su fusil al joven y gritó: "¡Sal de ahí o disparo!" El
hombre obedeció y salió del agua. El gendarme acababa de realizar
espontáneamente un acto paradójico que funcionó a la perfección como
estratagema de "apagar el fuego añadiendo leña".La historia de la humanidad
está llena de estas estratagemas capaces de invertir rápidamente el desenlace
de una situación: basta pensar en Ulises y su caballo de Troya, que representa
la esencia heroica de la inteligencia estratégica.Este libro pretende explicar el
arte de resolver problemas complicados mediante soluciones aparentemente
simples. Este arte no contempla recurrir a verdades tranquilizadoras, esto es,
conocimientos definitivos acerca de la realidad que nos rodea, sino que
considera más bien el uso de estratagemas que violan el sentido común y la
lógica racional.

Cómpralo y empieza a leer

123
Índice
Portada 2
Créditos 3
Índice 4
PRÓLOGO 5
1. PSICOTERAPIA BREVE A LARGO PLAZO: ETERNA
8
POLÉMICA
2. HISTORIA DE LA INVESTIGACIÓN SOBRE EL
14
TRATAMIENTO DE LAS PSICOPATOLOGÍAS MAYORES
Primer decenio 14
Segundo decenio 15
Tercer decenio 17
3. «ESPÍO A QUIEN ME ESPÍA». EL CASO DE GIONA 20
4. LA AYUDA QUE COMPLICA. EL CASO DE CATI 33
5. LA CONDENA DE VIVIR. EL CASO DE SERENA 47
6. ODIO A QUIEN AMO. EL CASO DE ERIKA 61
7. DEPENDO DE QUIEN CONTROLO. EL CASO DE ANNA0 75
8. IDENTIDAD MÚLTIPLE. EL CASO DE GIACOMO 90
9. RESULTADOS TERAPÉUTICOS 105
BIBLIOGRAFÍA 107
Información adicional 112

124