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Robert Lawrence Stine

Robert Lawrence Stine, conocido por sus iniciales R. L. Stine, es un destacado novelista
especializado en el género del terror que nació en la ciudad de Columbus, Estados Unidos, el 8 de
octubre de 1943.

Después de graduarse en la Universidad Estatal de Ohio, este novelista se instaló en Nueva York y
escondido tras el seudónimo de Jovial Bob Stine, comenzó a sumar experiencia como autor de
libros humorísticos dirigidos al público infantil y juvenil.

En ese entonces, Stine creó Bananas, una revista de humor para adolescentes que se publicó entre
1975 y 1984.

Cita a ciegas, en 1986, marcó su debut como autor de novelas de terror, un género que cultivó con
excelencia a partir de entonces y que le permitió ser considerado por muchos expertos y lectores
como como el Stephen King de la literatura infantil.

Casa de playa, Golpea y corre, La novia, La calle del miedo, La maldición de la momia y La niña y el
monstruo son obras de su autoría que recorrieron el mundo agrupadas en una exitosa serie que se
conoció en algunos países bajo el título de Pesadillas y en otros, como Escalofríos.

En 1995, esta saga de libros fue llevada a la pantalla chica bajo el mismo título.

En la actualidad, este escritor estadounidense que a lo largo de su trayectoria ha alcanzado


récords de ventas en todo el mundo, vive junto a su familia en Manhattan. Tambien fue eautor de
la serie de libros La calle del terror y Los Thrillers.

De su vida privada y experiencia profesional se puede encontrar mayor información en la


autobiografía que lanzó hace tiempo y que en español fue titulada como ¡Vino de Ohio!: Mi vida
como escritor.

La noche del muñeco viviente


(Fragmento)

Kris Powell hacía todo lo posible por llamar la atención de su hermana gemela. (…) Las dos niñas
eran rubias, pero Lindy llevaba el pelo largo, casi siempre recogido en una coleta detrás o a un
lado de la cabeza, y Kris lo tenía muy corto.

Era una forma de diferenciar a las dos gemelas, porque en todo lo demás eran prácticamente
idénticas. Las dos tenían la frente amplia y torneada y los ojos azules, y cuando sonreían se les
hacían hoyuelos en las mejillas. Las dos se sonrojaban con facilidad y les aparecían unos grandes
rodetes rosados en los pálidos pómulos. Las dos pensaban que tenían la nariz un poco ancha, las
dos deseaban ser un poco más altas. Alice, la mejor amiga de Lindy, les llevaba casi siete
centímetros, aunque todavía no había cumplido los doce años.

(…)

Kris tardó un momento en localizar a Lindy. Su hermana estaba medio escondida detrás de un
gran contenedor de basura en el extremo del jardín. Kris se protegió los ojos del sol con la mano
para ver mejor. Lindy estaba inclinada sobre el contenedor, como si estuviera revolviendo en la
basura.

—¿Qué hay ahí?

Su hermana no pareció oírla.

—¿Qué es? —repitió Kris, acercándose de mala gana. Lindy seguía sin contestar. De pronto
empezó a sacar algo y lo alzó en el aire. Se vio una cabeza de pelo marrón, y piernas y brazos que
colgaban sin vida. ¿Una cabeza? ¿Brazos y piernas?

—¡Oh, no! —gritó Kris horrorizada, tapándose la cara con las manos. ¿Un niño?

Kris resopló en silencio mientras veía horrorizada cómo su hermana lo sacaba del contenedor de
basura. El niño tenía el rostro petrificado con los ojos muy abiertos y el pelo castaño todo de
punta. Llevaba una especie de traje gris.

—¡Lindy! —la llamó Kris con la boca seca de miedo—. ¿Está... está vivo? —Con el corazón
acelerado echó a correr hacia su hermana. Lindy tenía a la pobre criatura en brazos—. ¿Está vivo?
—repitió Kris sin aliento. Pero se frenó en seco al ver que Lindy se echaba a reír.

—No. No está vivo —contestó Lindy alegremente. Entonces Kris se dio cuenta de que no era un
niño.

—¡Un muñeco! —exclamó.

—Un muñeco de ventrílocuo. Es increíble que lo hayan tirado. Está perfecto. Lindy tardó un
momento en darse cuenta de que Kris jadeaba y tenía la cara roja.

—¿Qué te pasa, Kris? ¡No me digas que te creías que era un niño de verdad! — exclamó con una
carcajada de desdén.

—Pues claro que no— Lindy examinó la espalda del muñeco, buscando algún cordel para hacer
que moviera la boca.

—¡Soy un niño de verdad! —le hizo decir, hablando con voz muy aguda y los dientes apretados,
intentando no mover los labios.

—Tonta.

—¡La tonta eres tú! —dijo el muñeco con su voz chillona. Cuando Lindy tiraba del cordel de su
espalda, los labios de madera subían y bajaban haciendo chasquidos. La niña subió la mano y
encontró la palanca para hacer que los ojos se movieran de un lado a otro.

—Ni hablar —dijo su hermana, acariciando tiernamente el pelo de madera—. Me quedo con él.

—Se queda conmigo —le hizo decir al muñeco.

Kris lo miró con suspicacia. El pelo castaño estaba pintado y sus ojos azules se movían sin
pestañear de un lado al otro. Tenía unos labios muy rojos, curvados en una siniestra sonrisa. El
labio inferior estaba desconchado en un lado, de modo que no terminaba de encajar con el
superior.
El muñeco llevaba un traje cruzado encima de un cuello de camisa blanco, pero en lugar de camisa
tenía el pecho pintado de blanco. Al final de sus finas piernas fláccidas tenía unos zapatones de
cuero marrón.

—Me llamo Slappy —dijo Lindy, como si hablara el muñeco, moviéndole la boca.

No bajes al sótano

(Fragmento)

Margaret tomó un zumo de la nevera y se fue con Charlie hacia el recibidor. La puerta del sótano,
que por lo general permanecía herméticamente cerrada cuando el doctor Brewer estaba
trabajando, se encontraba entreabierta.

Charlie se disponía a cerrarla, cuando se le ocurrió una idea.

—Vamos a ver a papá —sugirió. Margaret apuró el zumo y arrugó el envase.

—Está bien —contestó, dejándose vencer por la curiosidad, aunque sabía que era mejor no
molestar a su padre. El doctor Brewer llevaba más de cuatro semanas trabajando en el sótano.
Había recibido toda clase de equipos interesantes, luces y plantas, y pasaba al menos ocho o
nueve horas al día ocupado. Sin embargo, nunca les había enseñado nada de lo que estaba
haciendo.

—Sí, vamos —dijo Margaret. Después de todo, el sótano era una parte más de su casa.

Por lo demás, tal vez su padre estaba esperando que mostraran un poco de interés. Quizás
estaba herido porque no se habían molestado en bajar durante todo ese tiempo. Abrieron la
puerta de par en par y Charlie y Margaret se dirigieron hacia la estrecha escalera.

—¡Eh, papá! —gritó Charlie entusiasmado—. ¿Podemos ver qué haces?

—¡No se acerquen al sótano! —rugió con una voz que no parecía suya.

Los dos hermanos retrocedieron asustados ante los gritos de su padre. Por lo general era un
hombrede hablar suave y pausado.

—¡No se acerquen al sótano! —repitió, mientras se sostenía una mano herida de la que
brotaba sangre—. ¡Nunca, nunca, bajen aquí!

(…)

El sótano estaba dividido en dos amplias habitaciones rectangulares. A la izquierda se hallaba


en penumbra el espacio destinado a los juegos, que nunca había sido terminado. Apenas se
distinguía el contorno de la mesa de pimpón. El estudio, a la derecha, estaba muy bien iluminado.
Emitía una luz tan brillante que sus ojos tardaron unos momentos en adaptarse a ella. Las
enormes lámparas halógenas, suspendidas de las vigas del techo, emitían haces de luz blanca.

—¡Eli! ¡Miren! —exclamó Charlie sorprendido, al tiempo que avanzaba entusiasmado hacia la luz.
Había docenas de plantas que se elevaban atraídas por la luz, altas y brillantes, de gruesos tallos
y hojas anchas, sembradas a ambos lados de una enorme maceta que contenía tierra.
—¡Parece una selva! —exclamó Margaret, y siguió a su hermano. En efecto, las plantas tenían un
aspecto selvático: enredaderas llenas de hojas, arbustos con largos y delgados zarcillos, frondosos
helechos, plantas de raíces retorcidas y de color crema que asomaban como huesudas
rodillas de la tierra.

—Es como un pantano o algo así —observó Diana—. ¿De verdad cultivó tu padre todas estas
plantas en sólo cinco o seis semanas?

—Sí, estoy segura —contestó Margaret contemplando los enormes tomates suspendidos de
un delgado tallo amarillo.

—¡Oh! Toca ésta —dijo Diana. Margaret vio que su amiga estaba frotando la mano contra una
hoja en forma de lágrima.

—Diana, no debemos tocar nada.

—Ya lo sé, ya lo sé… —replicó sin soltar la hoja—. Pero comprueba el tacto que tiene. Margaret
obedeció de mala gana.

—No parece una hoja —dijo mientras Diana examinaba un enorme helecho—. Es lisa como
un cristal. Los tres permanecieron bajo las brillantes luces blancas, examinando las plantas,
durante unos minutos. Tocaban los gruesos tallos, recorrían con los dedos las suaves y cálidas
hojas, sorprendidos del gigantesco tamaño de las frutas que colgaban de los árboles.

—Hace demasiado calor —se lamentó Charlie. Se quitó la camiseta y la dejó caer al suelo.

—¡Qué delicado! —se burló Diana.

Charlie le sacó la lengua. Luego, sus ojos grises se abrieron como platos y se quedó paralizado de
sorpresa:

—¡Escuchen!

—Charlie, ¿qué sucede? —preguntó Margaret corriendo hacia él.

—Está… está respirando —consiguió pronunciar, y señalaba a un alto arbusto. Diana rió.

Pero Margaret también oyó un sonido. Puso la mano en el hombro desnudo de Charlie y escuchó
con atención. Sí, se oía el sonido de una respiración, y parecía provenir del alto arbusto cubierto
de hojas.

Sangre de monstruo

(Fragmento)

Evan oyó arrastrar los asientos de la cocina sobre el piso de linóleo, lo que indicaba que sus padres
se estaban levantando y que la discusión había terminado. Su suerte estaba echada. Sin hacer
ruido, salió por la puerta delantera y dio la vuelta hasta el jardín trasero de la casa para pensar en
lo que acababa de escuchar. Se recostó contra un grueso tronco de arce de modo que no podía ser
visto desde la casa. Era el lugar que prefería para pensar.
¿Por qué sus padres no lo incluían nunca en sus discusiones? Si querían dejarlo con una tía anciana
a quien él no había visto en su vida, ¿por qué no podía participar? Siempre se enteraba de las
noticias importantes escuchando detrás de las puertas, y eso no le parecía correcto. Evan arrancó
una ramita y golpeó con ella el tronco del árbol.

Tía Kathryn era rara. Eso era lo que su padre había dicho. Tan rara que su papá no quería dejarlo
con ella. Pero no tenían otra alternativa. No había solución.

«Tal vez cambien de parecer y me lleven con ellos a Atlanta —pensó Evan—. A lo mejor se dan
cuenta de que no me pueden hacer esto a mí.» Pero, dos semanas más tarde, estaba allí, al lado
de su madre, frente a la escalera, delante de la casa gris de la tía Kathryn. Miraba fijamente la
maleta marrón con todas sus pertenencias, y se sentía muy nervioso.

«No hay por qué tener miedo —se decía a sí mismo para tranquilizarse—. Sólo serán dos semanas.
Tal vez menos.» Pero luego las palabras le salieron de la boca sin pensar:

—Mamá, ¿y si tía Kathryn es mala?

—¡Qué! — La pregunta pilló a su madre por sorpresa.

—¿Mala? ¿Por qué iba a ser mala, Evan?

Mientras ella decía esto y le daba la espalda a Evan, se abrió la puerta de la casa. Tía Kathryn, una
mujer alta con el cabello asombrosamente negro, apareció en la entrada.

Evan miró aterrado en dirección a la mujer y vio el cuchillo que tía Kathryn llevaba en la mano. Y
también descubrió que en la hoja del cuchillo había algunas gotas de sangre.

Trigger levantó las orejas y se puso a ladrar dando saltitos hacia atrás. Asustada, la madre de Evan
dio media vuelta y casi tropezó con la escalera de entrada. Evan miró el cuchillo horrorizado, con
la boca abierta y en silencio.

La tía Kathryn sonrió, y al momento abrió la puerta de tela metálica con la mano que tenía libre.

No era como Evan se la había imaginado. Pensó que sería una anciana pequeña, frágil y
con el cabello blanco. Pero Kathryn era grande, muy robusta y corpulenta.

Llevaba una bata, color naranja, y el cabello negro y liso, recogido en la nuca con una cola de
caballo que colgaba sobre su espalda. No usaba maquillaje; pero los ojos grandes, azules y fríos
como el acero resaltaban en el rostro pálido, enmarcados por la cabellera oscura.

—Estaba cortando la carne —dijo con una voz muy gruesa, mientras agitaba el cuchillo de un lado
para otro.