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Nota editorial

Del 5 al 7 de septiembre de 2008 se realizó el VI Simposio Internacional de Arqueología PUCP, bajo el


título «El Periodo Formativo: enfoques y evidencias recientes. Cincuenta años de la Misión Arqueológica
Japonesa en el Perú». Como indica el subtítulo, se trató de un homenaje particular, pero de manera coin-
cidente, ese año hubo una razón adicional para celebrar: los 25 años de la Especialidad de Arqueología de
esta casa de estudios.
Debido a esta coincidencia, quizá hubiera sido oportuno concentrarse en la presentación de las inves-
tigaciones de nuestra Especialidad durante este cuarto de siglo, a modo de un simposio, pero ya se habían
programado otras actividades que incluían planes de publicación. Además, de haberlo hecho, no hubiera
concordado bien con el adjetivo «internacional» de los simposios ni con las temáticas específicas que los ca-
racterizan. En todo caso, se hace preciso presentar los motivos de la decisión de limitar el homenaje al pri-
mer acontecimiento, lo que evidencia los vínculos entre la Misión Arqueológica Japonesa y la Especialidad
de Arqueología de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Para ello, se debe indagar, brevemente, en la
historia de los contactos y las investigaciones de ambas partes. En una publicación reciente, Yoshio Onuki,
único «sobreviviente» de los 50 años «japoneses» en el Perú, presentó su versión de la historia de la Misión
(Onuki 2010). De parte de la PUCP, cuento con una vinculación directa con la arqueología peruana desde
1971, a partir de mis experiencias en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y el Seminario de
Arqueología del Instituto Riva-Agüero.
La primera expedición de la University of Tokyo al Perú llegó en 1958 bajo la dirección de Eiichiro
Ishida. En el mismo año, Josefina Ramos de Cox inició sus investigaciones en Tablada de Lurín (Cárdenas
1999), las que se prolongaron por más de tres décadas. Los trabajos en el sitio fueron reanudados por la
Especialidad de Arqueología entre 1991 y 1999. Desde 1961 hasta 1974, año en el que falleció, Josefina
Ramos de Cox fue Directora del Seminario de Arqueología del Instituto Riva-Agüero. Este Seminario
ocupó su sede actual en 1971, el mismo año en que me incorporé a él con el fin de obtener material para
mi tesis de doctorado en Alemania. Inicié mis trabajos en Tablada de Lurín, pero, de forma paralela, entré
en contacto con la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y decidí dirigir mis estudios hacia las
ocupaciones tempranas (periodos Arcaico Temprano y Arcaico Medio) en las punas de Junín (1973-1975;
Kaulicke 1980), bajo la dirección de Ramiro Matos Mendieta. Además, me encargué de otro proyecto en
Pacopampa y Pandanche (Periodo Formativo) bajo la dirección de Pablo Macera (1973-1974) (Kaulicke
2005 [1975]). Los trabajos en este último sitio evocaron el interés de Kazuo Terada y Yoshio Onuki, con los
que inicié contacto en 1975. Dado que mantuve relación con el Seminario de Arqueología, pude conversar
reiteradamente con Josefina Ramos de Cox respecto de la posibilidad de profesionalizar e internacionalizar
la investigación arqueológica en la PUCP. Antes de su sensible fallecimiento, ella había logrado establecer
contacto con entidades científicas y personas influyentes de Alemania. Estos contactos posibilitaron el
financiamiento del proyecto «Obtención de una cronología de los recursos marinos en el antiguo Perú»
(1975-1977) (Cárdenas 1979), así como la donación de un laboratorio para análisis radiocarbónicos en el
área del fundo Pando. Además, pudo iniciar los trámites para la creación de la Especialidad de Arqueología,
una propuesta aceptada por el Consejo Universitario en 1975.
Tanto con las investigaciones en Tablada de Lurín como con el proyecto mencionado se recuperaron
muchos datos sobre sitios tempranos; sin embargo, hubo otro proyecto de carácter más trascendental, el
de Cerro Sechín, que se realizó en el lapso 1980-1985, financiado por la Fundación Volkswagen (Lerner
et al. 1992, 1995). Los resultados de este proyecto fueron importantes y siguen siendo relevantes en las
discusiones sobre los orígenes de la guerra y otros temas relacionados. Fue debido a este proyecto que
se intensificaron los preparativos para la creación de la Especialidad. La Pontificia Universidad Católica
del Perú me invitó a formarla, lo que se logró con el apoyo de la Embajada de Alemania y el Deutscher
Akademischer Austausch Dienst (DAAD). Llegué a la PUCP en 1982 y el flamante programa inició sus
actividades al año siguiente; desde entonces asumí el cargo de coordinador de la Especialidad (1983-1989),
y luego, también el de la maestría (1986-1989). Asimismo, tuve bajo mi responsabilidad la dirección
del Proyecto Arqueológico Alto Piura, el primero que tuvo a su cargo la Especialidad (1987-1990; véase
Kaulicke 1991). Uno de los componentes de mayor importancia del proyecto lo constituyó la serie de in-
vestigaciones sobre el Periodo Formativo en dicha zona (Guffroy 1994; Kaulicke 1998b). En 1982, reinicié
el contacto con los investigadores japoneses, en particular con Yoshio Onuki, quien estaba trabajando en
Cajamarca —Huacaloma y, luego, Kuntur Wasi—. Con el tiempo, las relaciones se estrecharon e involu-
craron la participación de estudiantes de la PUCP en las excavaciones en curso en el país, la asistencia de
egresados de la University of Tokyo a cursos de la arqueología en nuestra casa de estudios y la incorporación
de algunos de ellos como investigadores asociados. En la actualidad, un egresado de esta casa de estudios
se encuentra en Osaka con el fin de obtener su doctorado bajo la asesoría de Yuji Seki. En lo personal, he
sido invitado reiteradamente a Tokyo y Osaka para participar en eventos relacionados con la arqueología
del Perú, así como para conocer la arqueología del Japón.
Los estudios sobre el Periodo Formativo ocupan un lugar importante en la enseñanza e investigación
de la Especialidad. Entre las últimas tesis de licenciatura relacionadas con el tema se cuenta la realizada por
Hugo Ikehara, que fue aceptada en 2007 (Ikehara 2007; véase Ikehara y Shibata 2008). Él participó en el
proyecto del magíster Koichiro Shibata (véase su aporte en este número) y, a la fecha, se encuentra en la
University of Pittsburgh, Estados Unidos, con el fin de obtener su doctorado, para lo que ejecuta estudios
propios en el valle de Nepeña (véase este número). Este año, otra tesis referida a esta etapa fue sustentada
por David Oshige, y en ella se analizó la relevancia del sitio de Qaluyu, en Pukara, Puno.
En 1996 organicé el I Simposio Internacional PUCP, que tuvo como título «Perspectivas regionales
del Periodo Formativo en el Perú». Participaron profesores y estudiantes de la Especialidad, —entre otros,
Mercedes Cárdenas y Rafael Vega-Centeno—, colegas norteamericanos, como Tom Dillehay, John Rick
y Richard Burger, así como también los profesores japoneses Yoshio Onuki, Yuji Seki y Kinya Inokuchi.
Muchas de las contribuciones fueron publicadas en el segundo número del Boletín de Arqueología (Kaulicke
[ed.] 1998). De hecho, Onuki y Seki ya habían aportado con artículos para el primer número (Onuki
1997; Seki 1997). Con la convocatoria al simposio se trató de alcanzar «definiciones más precisas basadas
en enfoques menos macroscópicos al escoger espacios definibles tanto por criterios geográficos como por la
distribución y naturaleza de los sitios que podrían formar unidades contemporáneas. Al buscar esta unión
entre espacio natural y espacio cultural, evidentemente una unión estrecha e interdependiente, se busca
también los principios de su ordenamiento, su centro y su periferia» (Kaulicke 1998a: 10-11). Con los 17
aportes sobre el tema se logró avances importantes, pero se percibió, también, algunas imprecisiones, así
como el uso de terminologías heterogéneas y una escasez general de datos básicos.
Con todo lo expuesto, queda claro que hay muchos vínculos temáticos, personales e institucionales
entre el Japón y la PUCP, una lista en la que se puede añadir al Proyecto Arqueológico Sicán, dirigido
por Izumi Shimada (véase Kaulicke 2009), así como los nexos con Shozo Masuda y Hidefuji Someda en
lo que respecta a la etnohistoria, entre otros. Existían, por lo tanto, muchas razones para reunirse con los
investigadores japoneses y organizar otro evento sobre un tema que nos une, pero no se trataba de volver
sobre lo que se hizo hace 12 años atrás sino de darle un enfoque concentrado en el aspecto cronológico. En
la introducción a este número se especificarán los propósitos.
El VI Simposio Internacional de Arqueología superó con creces al primero. Hubo 20 ponencias, la
mitad de ellas presentaciones de proyectos japoneses, en su gran mayoría recientes y con abundancia de
material inédito, pero también se contó con la participación de arqueólogos del Perú (Alva, Pimentel, Elera
y García), de Canadá (Chicoine y Nesbitt), de Alemania (Fuchs, Bischof y el suscrito) y de los Estados
Unidos (Rick), quienes también contribuyeron con datos sumamente relevantes y novedosos. Ya que el
volumen de todo este conjunto sobrepasó en gran medida el que suele tener un número del Boletín, se
decidió compilar el material en ediciones consecutivas e invitar a otros colegas a participar. Algunos de los
que ya habían sido invitados al simposio ofrecieron un segundo artículo, de modo que ahora cuentan con
dos contribuciones en lugar de una. De esta manera, se incluyó a Julio Abanto, David Beresford-Jones,
Allison Davis, Tom Dillehay, Markus Reindel y Johny Isla, así como Dwight Wallace, Mercedes Delgado
y Jeffrey Splitstoser. Con el material reunido se concibió el plan de publicar dos números sobre el tema del
Periodo Formativo en el Perú. Dado el hecho de que se había producido un retraso en la aparición anual,
la doctora Pepi Patrón, Vicerrectora de Investigación de la PUCP y Presidenta del Directorio del Fondo
Editorial, ofreció la posibilidad de apoyo en la edición de dichos números (12 y 13) de manera simultánea,
con el fin de que todas las contribuciones sean publicadas en el año en curso.
Resta agradecer a los que han contribuido al éxito del simposio y a la publicación de los aportes presen-
tados. En primer lugar, debo expresar mi profunda gratitud a Yoshio Onuki, quien me permitió conocer
a fondo todo lo concerniente a los proyectos arqueológicos realizados por la Misión Japonesa por medio
de muchas conversaciones, visitas a sitios y participación conjunta en múltiples eventos académicos en el
Perú y en el Japón. Gracias a él conocí, también, la arqueología japonesa mediante varias estadías en ese
país durante los últimos 14 años y es un honor para mí contar con él como coeditor de esta obra. Por otro
lado, también apoyó con un prólogo y un aporte económico importante a una publicación dedicada a
las cronologías del Periodo Formativo, cuya parte esencial es una sinopsis de los 50 años de investigación
de los estudiosos japoneses sobre este tema (Kaulicke 2010). Acogió con entusiasmo la idea de realizar el
evento y lo apoyó en forma sostenida. Asimismo, agradezco a los profesores Yuji Seki, quien se encargó
de la coordinación con sus compatriotas, y Yasutake Kato, quien consiguió el apoyo económico de la
Saitama University. Extiendo mi reconocimiento a todos los investigadores japoneses que han contribuido
con muchos datos inéditos a la consolidación de una comprensión mucho más detallada y precisa del
Formativo norteño, una zona que hasta hace 40 años era casi desconocida. Otros aportes muy importantes
y novedosos para la misma área fueron entregados por Ignacio Alva Meneses, Tom Dillehay, Jason Nesbitt,
David Chicoine y Hugo Ikehara.
De parte de la PUCP, debo mencionar de manera especial al doctor Enrique González Carré, Director
de Actividades Culturales, quien consiguió el auspicio y un aporte económico del Rectorado, en la per-
sona del ingeniero Luis Guzmán Barrón. El Vicerrector, y ahora Rector de la universidad, doctor Marcial
Rubio, tuvo la gentileza de participar en la inauguración del evento. La entonces Jefa del Departamento de
Humanidades, la doctora Pepi Patrón, nos ayudó de diversas maneras, tanto en lo concerniente a la organi-
zación del encuentro como en la publicación de la revista, como ya lo había hecho en ocasiones anteriores
(véanse notas editoriales de los números 9 a 11). Ella, en particular, merece un reconocimiento especial
por su manifiesto interés en la promoción de la investigación en la PUCP, lo que incluye los simposios y la
publicación del Boletín. Como en muchas ocasiones anteriores, la doctora Patricia Harman y su equipo se
ocuparon del desenvolvimiento eficiente del encuentro. Mi hijo Klaus diseñó el motivo central del afiche
y otros materiales de propaganda. Asimismo, conté con el apoyo del doctor Miguel Giusti, actual Jefe del
Departamento de Humanidades, quien se encargó de velar por el buen desenvolvimiento de los trabajos
de edición de la entrega presente. En relación con las labores de edición debo, como siempre, un agradeci-
miento muy especial al señor Rafael Valdez, esta vez apoyado por la señorita Pamela Cueto. Asimismo, el
licenciado Hugo Ikehara diseñó el motivo de la carátula. La magíster Patricia Arévalo, Directora General
del Fondo Editorial, y su equipo se encargaron de los trabajos finales y de la impresión. Por último, quisiera
agradecer al señor Holger Stenzel, Agregado Cultural de la Embajada de Alemania y a la señora Midori
Uchida, Agregada Cultural de la Embajada del Japón, por sus gentiles palabras en la inauguración del
simposio.

PETER KAULICKE

REFERENCIAS

Burger, R. L. y K. Makowski (eds.)


2009 Arqueología del Periodo Formativo en la cuenca baja de Lurín, Colección Valle de Pachacamac 1, Pontificia
Universidad Católica del Perú, Lima.

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Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima.
1999 Tablada de Lurín: excavaciones 1958-1989. Vol. I, Patrones funerarios, Instituto Riva-Agüero/Dirección Académica
de Investigación, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima.

Guffroy, J. (dir.)
1994 Cerro Ñañañique: un établissement monumental de la période formative, en limite de désert (Haut Piura, Pérou),
Collection Études et Thèses, ORSTOM Éditions, Paris.

Ikehara, H.
2007 Festines del Periodo Formativo Medio y Tardío en Cerro Blanco de Nepeña, tesis de licenciatura, Especialidad de
Arqueología, Facultad de Letras y Ciencias Humanas, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima.

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en: P. Kaulicke y T. D. Dillehay (eds.), Encuentros: identidad, poder y manejo de espacios públicos, Boletín de
Arqueología PUCP 9 (2005), 123-159, Lima.

Kaulicke, P.
1980 Beiträge zur Kenntnis der lithischen Perioden in der Puna Juníns, Perú, tesis de doctorado, Philosophische
Fakultät, Rheinische Friedrich-Wilhelms-Universität, Bonn.

1991 El Periodo Intermedio Temprano en el alto Piura: avances del Proyecto Arqueológico Alto Piura (1987-1990),
Bulletin de l‘Institut Français d‘Études Andines 20 (2), 381-422, Lima.

1998a Perspectivas regionales del Periodo Formativo en el Perú: una introducción, en: P. Kaulicke (ed.), Perspectivas
regionales del Periodo Formativo en el Perú, Boletín de Arqueología PUCP 2, 9-13, Lima.

1998b El Periodo Formativo de Piura, en: P. Kaulicke (ed.), Perspectivas regionales del Periodo Formativo en el Perú,
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2005 Pandanche. Un caso del Formativo en los Andes de Cajamarca, Arqueología y Sociedad 16, 141-180, Lima.
[1975]

2009 The Sicán Archaeological Project and the Archaeology Specialty of the Catholic University of Perú, en: I. Shimada,
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en inglés), 389-391, Tokyo Broadcasting System Television, Tokyo.

2010 Las cronologías del Formativo. 50 años de investigaciones japonesas en perspectiva, Pontificia Universidad Católica del
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Kaulicke, P. (ed.)
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Lerner, S., M. Cárdenas y P. Kaulicke (eds.)


1992 Arqueología de Cerro Sechín. Tomo I, Arquitectura, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima.

1995 Arqueología de Cerro Sechín. Tomo II, Escultura, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima.

Onuki, Y.
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2010 Prólogo, en: P. Kaulicke, Las cronologías del Formativo. 50 años de investigaciones japonesas en perspectiva, 13-90,
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Seki, Y.
1997 Excavaciones en el sitio La Bomba, valle medio de Jequetepeque, dpto. Cajamarca, en: P. Kaulicke (ed.), La
muerte en el antiguo Perú: contextos y conceptos funerarios, Boletín de Arqueología PUCP 1, 115-136, Lima.
ESPACIO
BOLETÍN DE ARQUEOLOGÍA PUCP Y TIEMPO
/ N.° 12 EN/EL
/ 2008, 9-23 PERIODO
ISSN FORMATIVO
1029-2004 9

Espacio y tiempo en el Periodo Formativo:


una introducción

Peter Kaulicke a

Resumen

En esta introducción se presentan los principios de la cronología relativa y absoluta, ya que estos forman la base para el conjunto
de trabajos reunidos en este y el siguiente número del Boletín, con el propósito de señalar malentendidos y usos poco precisados
heredados de antaño. Se enfatiza la necesidad de exponer los datos empíricos en la construcción de las cronologías y secuencias para
insertarlas en un sistema de periodización general. Parte de esta discusión es, también, la terminología, que debería destacarse
por su coherencia en vez de que se cuente con opciones más o menos libres de expresiones con significados diversos. Por último, se
presentan los trabajos incluidos en los dos números dedicados el tema «El Periodo Formativo: enfoques y evidencias recientes».

Palabras clave: Periodo Formativo, cronología relativa, cronología absoluta, terminología

Abstract

SPACE AND TIME DURING THE FORMATIVE PERIOD: AN INTRODUCTION

The basic principles of relative and absolute chronology are presented in this introduction as they form the foundation upon
which the collection of papers, published in the present and subsequent issue of the Bulletin, base their chronological and cultural
schemes. The goal here is to compare and contrast these principles with common misunderstandings and misuses. The need for
empirical data for the construction of chronological sequences is stressed in order to place them within a single periodification
scheme. Another topic of concern is a coherent terminology rather than the use of different terms with different meanings. Lastly,
the papers in these two issues are focused on «The Formative Period: Recent Approaches and Evidence».

Keywords: Formative Period, relative chronology, absolute chronology, terminology

1. Introducción

A partir de 1919, en los albores de la arqueología científica nacional del Perú, Julio C. Tello (1880-1947),
el primer arqueólogo nacional, inició la conversión del sitio de Chavín de Huántar, en la sierra de Ancash,
en la pieza clave de su visión del origen de la civilización en los Andes (véase Kaulicke 2010: cap. I). En el
curso de cerca de un siglo, esta visión fue consolidándose como un paradigma. Burger (2008: 682) observó
que este complejo no solo se considera un centro importante, sino un símbolo de la identidad nacional;
por ello, en su reciente trabajo dice (Burger 2008: 700): «El surgimiento de la esfera de interacción chavín
durante el Horizonte Temprano, con sus facetas complejas y múltiples, debe investigarse a fondo aún.
No obstante, queda claro que este fenómeno estaba íntimamente ligado a la historia del sitio Chavín de
Huántar y produjo un grado de integración cultural en los Andes centrales sin precedentes. En este sen-
tido, ‘Chavín’ constituye, en un sentido amplio, la cultura matriz imaginada por Tello hace casi un siglo»
(traducción del autor). Con ello, es evidente la politización longeva y arraigada de un sitio, a expensas de

a
Pontificia Universidad Católica del Perú, Departamento de Humanidades.
Dirección postal: av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú.
Correo electrónico: pkaulic@pucp.edu.pe ISSN 1029-2004
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todos los demás, motivada por el nacionalismo y el indigenismo. Esta centralidad de alcance panperuano
—o aun pansudamericano, en el sentido de Carrión Cachot (1948: lám. XXVI)— no se basa en un con-
junto de evidencias arqueológicas que puedan sustentar tales pretensiones —sería difícil imaginar la exis-
tencia de semejantes «pruebas»—, sino en la necesidad de un glorioso origen único como raíz conveniente
del nacionalismo moderno.
Como es bien sabido, las búsquedas de «orígenes» suelen esconder motivaciones políticas. Aun en
vísperas de su reemplazo como símbolo de origen de la civilización por el complejo Caral —que se ubica
en la costa (y no en la sierra oriental, que era el lugar de origen preferido de Tello) y a dos milenios de
distancia en el tiempo del complejo monumental de Chavín—, su carácter enigmático sigue siendo, en
alguna medida, insustituible. Su atracción reside en su carácter, en apariencia, aislado, con rasgos modéli-
cos cuyo significado resulta, en el fondo, incomprendido. Es, por tanto, la visión romántica de una especie
de Shangri-la, una isla misteriosa ubicada en un megaespacio dominado por su irradiación (para usar un
término favorito de Tello). Si bien queda claro que dicho complejo carece de evidencias fehacientes que
puedan sustentar el inicio de la arquitectura monumental y del arte asociado, así como la presencia de elites
de cualquier tipo (salvo por argumentos indirectos) o de poblaciones importantes debido a la escasez ex-
trema o ausencia definitiva de los contextos respectivos, destaca el enigmático culto del felino, plasmado en
obras de un estilo «inconfundible» que fundamenta el papel político-ideológico del sitio. Sin embargo, es
sintomático que no exista un catálogo completo de las piezas líticas decoradas de Chavín de Huántar —la
que, se supone, es la expresión más pura del estilo—; por lo tanto, su cronología depende de la secuencia
arquitectónica que ha sido revisada, en forma fundamental, durante los últimos años.
Al profundizar en la discusión arqueológica, existe otro fenómeno ligado en forma directa al sitio: la
cerámica. A partir de la tesis doctoral de Richard Burger (Burger 1984; véase la versión en castellano en
Burger 1998) se toma como evidencia de horizonte —en su concepto, horizonte Chavín, definido por
él mismo como muy tardío (400 a 200 a.C.)— a la cerámica janabarriu. Esta —más que el arte lítico,
que resulta difícil de comparar por la escasez o ausencia de material fuera del sitio— ha llevado a otro
tipo de simplificación, pues se supone que es oriunda del emblemático conjunto, y la presencia de piezas
semejantes en otros complejos —a modo de un «chavinoide» en el sentido de «como Chavín fuera de
Chavín»— «comprueba» vínculos directos. La cerámica janabarriu aparece de modo abrupto en Chavín:
según los resultados de análisis más recientes, unos cuatro siglos antes de 400 a.C. (véase discusión en
Kaulicke 2010), probablemente alrededor de 800 a.C. Un cuadro cronológico reciente (Conklin y Quilter
[eds.] 2008: fig. I.2) demuestra, de modo fehaciente, el estado poco consolidado de la cronología del sitio,
que cubre el total del Periodo Formativo, si bien subsisten discrepancias importantes entre seis propuestas
cronológicas diferentes.
Ya que todos los argumentos relacionados con el «fenómeno Chavín» o el «problema Chavín» se basan
en la historia de este sitio, el esclarecimiento de su cronología es un requisito básico que aún no se ha cum-
plido con suficiente precisión para poder descartar las dudas acerca de su consolidación. Pero no es solo
su historia lo que aún tiene que esclarecerse: son también sus conexiones con las historias de otros sitios,
relacionados o no con Chavín. Al emplear el término «historia» se quiere enfatizar la definición de even-
tos, en el sentido de contextos de corta duración en secuencias razonadas. Dicho término se opone al de
«proceso», el que carece de una definición clara de tiempo y espacio, y su perspectiva es retrospectiva desde
un punto final interpretado como resultado de una secuencia indefinida de interrelaciones intuidas. De
acuerdo con esta posición, el tenor general de los aportes de los números 12 y 13 del Boletín es la discusión
acerca de la cronología. Este enfoque podría resultar casi anacrónico para los arqueólogos de corte, más
bien, teórico —y, evidentemente, para los que defienden la hegemonía de Chavín— por lo que es preciso
aclarar los principios de la cronología, sus problemas y sus alcances.

2. Las cronologías del Periodo Formativo

Este subtítulo es el título de un libro publicado recientemente (Kaulicke 2010), en el que se discute al
detalle estos temas a partir de la perspectiva de los trabajos realizados por la Misión Japonesa desde hace
más de 50 años. En primer lugar, es ineludible tratar por separado dos enfoques cronológicos: el relativo y
el absoluto o numérico. Esta diferenciación no debería ser necesaria, ya que es el modus operandi básico de

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la arqueología, pero los que prefieren enfoques más teóricos se contentan con una seriación de fechados ra-
diocarbónicos con el fin de establecer parámetros generales de espacios temporales que bastan para definir
procesos. Por lo tanto, estos fechados adquieren una vida propia como evidencias arqueológicas «directas».
Además de ello, no se les toma como aproximaciones probables a un fechado por averiguar, sino como
una especie de fechas calendáricas de valor independiente (a menudo sin la indicación clara del carácter de
la muestra y de su asociación). Se convierte, en ese sentido, en una especie de tiempo neutral, objetivo y
no cultural. Para resolver estos malentendidos y evitar argumentaciones circulares, es preciso esclarecer los
principios de cada una de ellas para luego interrelacionarlas.

2.1. La cronología relativa

En ausencia de sistemas calendáricos que puedan correlacionarse con el actual, el tiempo se ordena de
acuerdo con materializaciones en la superficie terrestre. Estas materializaciones, tanto no modificadas o
«naturales» como modificadas o «culturales», suelen compartir espacios. En casos de acumulaciones super-
puestas de sedimentos, que se parecen a procesos observables en el presente, se establecen secuencias que
pueden corresponder a acumulaciones anuales, como las varvas glaciares, las capas con contenido polínicos
en pantanos, los sedimentos en el fondo de los océanos, entre otros. Las comparaciones entre las caracterís-
ticas de estos sedimentos posibilitan la detección de cambios paleoclimáticos o paleoambientales. Se trata
de principios geomorfológicos que permiten establecer estratigrafías. En la geología se emplea, también, la
bioestratigrafía por medio del estudio de fósiles estratificados que se ordenan en biozonas que funcionan
de la siguiente manera: a) mediante la definición del intervalo entre la primera y la última aparición de
una sola especie (total range biozone), b) por la ubicación de la especie precedida y reemplazada por otras
de la misma línea filética (consecutive range biozone), c) por la determinación de la biozona caracterizada
por una sola especie como espacio entre la extinción de otra y la aparición de una tercera (partial range
biozone), d) por medio de la biozona caracterizada por una cantidad de especies diferentes que pueden
o no estar relacionadas, en la que la aparición y desaparición de todas establece lo que se llama intervalo
estratigráfico (assemblage biozone) y e) mediante la medición de la abundancia de una especie que puede
variar en el tiempo, si bien un intervalo con una proporción alta de dicha especie puede servir para definir
una biozona (acme biozone) (Nichols 1999: 248, fig. 19.3). Estas biozonas pueden convertirse en unidades
cronoestratigráficas cuando la formación de una especie y su dispersión ocurren rápidamente, lo que se
entiende como horizonte isocrónico. Puede ocurrir también que su extinción se dé durante un periodo
geológicamente corto, lo que, asimismo, puede corresponder a un horizonte isocrónico. En otros casos, los
límites entre biozonas deben considerarse diacrónicos (Nichols 1999: 249-250).
Si se aplican estos principios a las modificaciones señaladas al inicio, aquellas de tipo «cultural» suelen
conformar superficies utilizadas de sedimentos. Mientras que las primeras se acumulan paulatinamente en
ritmos anuales, los llamados pisos de ocupación se forman en intervalos mucho más cortos; en el caso de
las superposiciones, se caracterizan por interrupciones difíciles de precisar en sus duraciones respectivas.
En otras palabras, las ocupaciones en abrigos rocosos o estaciones al aire libre son breves, pero los espacios
temporales carecen de una definición fina debido a un grado mucho mayor de ausencia de ocupaciones.
En estos casos, las comparaciones se hacen entre inventarios o conjuntos de artefactos líticos hallados en
pisos, sin limitarse a las herramientas de tipo «diagnóstico» (por ejemplo, las puntas bifaciales). Pese a la
existencia de este tipo de sitios durante el Periodo Formativo, sobre todo en las zonas altoandinas, no se
han obtenido las secuencias respectivas. Situaciones parecidas existen en conchales, como Ancón, Guañape
y otros, o en salinas como San Blas, pero no fueron excavados ni analizados de acuerdo con los conceptos
presentados, pese a tratarse de sitios preferidos por los arqueólogos norteamericanos en la década de los
cuarenta del siglo pasado (véase Kaulicke 2010: cap. I).
La presencia de arquitectura, que es lo que caracteriza a la mayoría de los sitios de este periodo, exige
procedimientos analíticos diferentes, ya que el componente de formación de las capas sin intervención
del hombre se reduce de manera significativa a situaciones preocupacionales, posocupacionales y, even-
tualmente, a interrupciones prolongadas entre ocupaciones. Por ese motivo, son de valor reducido para
evaluaciones cronológicas y, por ello, sorprende que Tello usara estos criterios para definir el inicio y el fin
de la presencia de elementos chavín en la costa. El problema no solo surge por la inexistencia de rasgos

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culturales comparables, sino también por una situación incompleta, en el sentido de la ausencia de criterios
para determinar las condiciones anteriores al inicio de las evidencias culturales relativas al primer momento
y a los posteriores al abandono definitivo del sitio. De este modo, la creación de una especie de subestrato
generalizado de «Chavín», con el fin de comprobar su anterioridad a las expresiones «no chavín», y la hipó-
tesis que propone catástrofes generalizadas para caracterizar su final carecen de fundamentos cronológicos
aceptables. Este problema de Tello ha mantenido su vigencia hasta el día de hoy.
En la literatura abundan especulaciones acerca de un megaevento de El Niño alrededor de 500 a.C.
como deus ex machina para el colapso del sistema religioso de Chavín, en particular por la desaparición
de la característica arquitectura monumental (véase Burger 1988: 141-142). Además de la inexistencia
de evidencias geomorfológicas consolidadas, es preciso considerar algunos principios relacionados con el
megaevento y la ocupación humana contemporánea. Esta última se mantuvo en el lugar después de dicho
episodio o lo abandonó solo para que volviera a ser ocupado tiempo después por las mismas sociedades
u otras. Para estudiar este momento, es preciso que se reconozca el proceso de formación de la alteración
geomorfológica, así como el carácter estratigráfico en relación con las evidencias ocupacionales anteriores
y posteriores a su formación. De estas precondiciones depende la conservación de evidencias aluviónicas
mediante superposición antes de su desaparición por erosión posterior y la identificación funcional y, so-
bre todo, cronológica de los restos culturales relacionados (Kaulicke 1993: 284; para casos del Formativo
véase Kaulicke 1993: 285-286). A ello se agrega, por cierto, la necesidad de fechar todo ello con muestras
de contextos confiables para fechados radiocarbónicos. Aunque se podría llegar a resultados consolidados
en una serie de sitios, es poco probable que se llegue a comprobar un abandono «concertado» debido al
embate de este fenómeno climático, en el sentido de Tello u otros estudiosos.
Los principios de la cronología relativa para el Periodo Formativo son mucho más pertinentes en rela-
ción con la arquitectura, de la que se tiene mayor información acerca de sus expresiones monumentales.
Gracias a los estudios pormenorizados de los arqueólogos japoneses en Kotosh (Matsuzawa 1972), se pudo
observar en detalle el proceso de la formación de este complejo (véase, también, Bonnier 1997), así como
su superposición y enterramiento. Estos procesos son recurrentes incluso antes de Kotosh, caracterizan
todo el Periodo Formativo y subsisten después del mismo. Con ello se crean situaciones aptas para el esta-
blecimiento de secuencias y, por lo tanto, de cronologías relativas. Además, dichos procesos son fundamen-
tales para entender los principios de la memoria de sus constructores, ocupantes o clientes que no terminan
con el enterramiento final, sino que, a menudo, continúan presentes en forma de contextos funerarios que
reutilizan la arquitectura «naturalizada» (Kaulicke e.p. a). Como consecuencia de esto, existen eventos defi-
nibles, entre ellos, la preparación del terreno, las quemas rituales, la preparación de pisos, el levantamiento
de muros y la preparación de interiores y exteriores, además de la ocupación, modificación durante la ocu-
pación, relleno, enterramiento y, por último, la repetición de toda la secuencia. Muchos de estos eventos
están indicados por quemas, ofrendas, entre otros, e implican actividades de poca duración. Otros deben
reflejar duraciones más largas, las que también se pueden definir por las renovaciones de pisos, de revoques
y capas de quema de fogones. En conjunto, permiten estimar las duraciones en espacios temporales parcia-
les que deben tomarse en cuenta cuando se interpretan los fechados de carbono-14 correspondientes. Con
ello, queda claro que se cubren vestigios, pero se mantienen a la vista otros, como lo que Fuchs llama fases
de uso posterior (Fuchs 1997). De esta manera, las fachadas de los edificios con decoración no se entierran
por un tiempo prolongado como, por ejemplo, en el caso de Cerro Sechín (Fuchs 1997); el acceso a la
Galería del Lanzón parece haber estado abierto durante buena parte del Formativo y las diversas muestras
de arte rupestre, como en el espectacular yacimiento de Alto de las Guitarras (véase Kaulicke et al. 2000),
están visibles hasta la actualidad, lo que, evidentemente, facilitaba el mantenimiento de la memoria visual
del pasado. Es claro que estas observaciones son relevantes para sus definiciones estilísticas, sus cambios y
sus tendencias de retención de elementos constituyentes.
El establecimiento de cronologías relativas requiere de la presencia de contextos asociados con recipien-
tes cerámicos, o de otro soporte, y distintos tipos de objetos en forma de ofrendas o contextos funerarios
que se insertan en los pisos, o que se encuentran debajo de ellos o de escalinatas, entre otros, además de la
reutilización de espacios para usos funerarios y la presencia de material de descarte («basural») sobre pisos
o superficies definibles, como los restos de banquetes. De menor valor es el material cultural contenido en
capas de relleno, ya que solo indica su anterioridad temporal a la parte funcional posterior de plataformas

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ESPACIO Y TIEMPO EN EL PERIODO FORMATIVO 13

u otro tipo de arquitectura. Esta tiene muchas facetas, que no se limitan a la de carácter «ceremonial», sino
también a la doméstica, poco conocida por la escasez de investigaciones respectivas. También existe arqui-
tectura funeraria y modificaciones de espacios relacionados con petroglifos o pintura rupestre, igualmente
poco estudiados hasta la actualidad.
De esta manera, se obtiene secuencias de diferentes duraciones que tienen que correlacionarse. Para
ello, es preciso definir el espacio. Evidentemente, es poco recomendable partir de la idea de megaestilos
que cubran megaespacios (como el horizonte Chavín); es preferible determinar espacios que corresponden
a grupos humanos interactuantes, que comparten ideas de espacio como mundos (lo que es objeto de
estudio de la arqueología del paisaje; véase Kaulicke 1997). Estos «mundos» no son entidades inamovi-
bles, sino que se redefinen en forma física y conceptual en el espacio temporal. Estas redefiniciones deben
corresponder al ritmo de las generaciones, es decir, la fluctuación de los grupos debido a muertes y naci-
mientos. Estos ritmos, probablemente, están reflejados en la arquitectura —aun en la «doméstica»— en
el sentido de que se le concedería una especie de corporalidad que incluía un nacimiento, una muerte y
una regeneración. Estos aspectos, por razones obvias, se aplican a las áreas funerarias («cementerios»), las
que pueden alternar con asentamientos en forma de superposiciones. Este enfoque debe ser fundamental
para la definición de los centros, los que no solo se incorporan en los llamados centros ceremoniales, sino
que puede tratarse de centros de origen, tales como los cerros prominentes, usados como emplazamiento
de contextos funerarios que cubren tiempos considerables (por ejemplo, Cerro Corbacho, en el valle de
Zaña; Cerro Guadalupe, en el valle de Jequetepeque; San Isidro, en el valle de Nepeña; véase Kaulicke
e.p. b). Asimismo, los geoglifos y los petroglifos, y las rocas sin modificaciones pueden haber constituido
«centros», de manera que todas estas configuraciones forman redes en las que participan tanto los vivos
como los muertos, el espacio terrestre y sus características consideradas relevantes, el mar, las islas, los lagos,
los ríos y la esfera celeste. Si bien estas reflexiones se apartan de lo estrictamente cronológico, son factores
esenciales que demuestran que el espacio y el tiempo son fenómenos íntimamente interconectados de
manera tal que forman una unidad.
En estas redes se producen y/o circulan bienes, entre los que la cerámica ocupa un lugar preferencial, ya
que suele predominar en cantidad y contextos diversos. Por ello, no sorprende que forme una parte esen-
cial en la construcción de cronologías. Lamentablemente, hay poca información sobre la forma o lugar de
extracción de la materia prima respectiva y, sobre todo, de la existencia de hornos y talleres de producción
para el Periodo Formativo (véase excepción en Shimada et al. 1994); por lo tanto, no es fácil establecer la
relación con otras áreas utilizadas y/o ocupadas. En la literatura se suele diferenciar entre cerámica utilitaria
(doméstica u ordinaria) y no utilitaria. A la primera no se le tiene en especial consideración, pues se pre-
sume que no muestra cambios significativos, a diferencia de la cerámica fina. Los adjetivos sugieren, ade-
más, funciones no especificadas y no definidas por medio de los análisis respectivos; esto, probablemente,
es un error que afecta la evaluación global del uso de esta cerámica tanto en contextos «domésticos» como
no domésticos. Podría señalar hábitos especiales en forma de cocinas diferenciadas, ya que la comida y la
bebida son componentes importantes en la autodefinición cultural. Algo parecido vale para la cerámica en
forma de husos como parte de la producción de tejidos. La cerámica fina, en cambio, pese a su presencia
en porcentajes menores, se convierte en indicador de cambios y, de ahí, en vehículo principal para la cons-
trucción de secuencias gracias a su ostentación de características «estilísticas».
Sin embargo, el estilo tampoco es un concepto definido de manera clara, lo que se presta para simpli-
ficaciones o estereotipos. El estilo Chavín es un buen ejemplo del uso «generoso» de este término (véase
arriba). Sin ánimo de discutir acerca de su problemática (véase Kaulicke 2010), cabe señalar que buena parte
de la asombrosa cantidad de recipientes encontrados en la Galería de las Ofrendas en Chavín (Lumbreras
1993) muestra una serie de grupos cerámicos claramente diferenciados entre sí, los que parecen vincularse
con este «megaestilo». Muchos, quizá la gran mayoría, no fueron producidos en el sitio, sino que se depo-
sitaron, al parecer, en calidad de «ofrendas». Otros, en caso que fueran elaborados en Chavín, tienen las
características de emulaciones bien logradas de formas costeñas (¿presencia de ceramistas costeños?). Este
hecho implica que, durante el tiempo en el que estaba en funcionamiento la galería, existían talleres distan-
tes, tanto en la costa norte y la central como en otros lugares de la sierra, que producían cerámica de alta
calidad para usos más allá del consumo propio y que estos formaban parte de redes de interacción. Sería
lógico, por lo tanto, concentrarse en la búsqueda de sus contactos locales o regionales antes de discutir su

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presencia en Chavín. Esto no solo por razones de definir estas redes, sino, en primer lugar, para establecer
su ubicación cronológica en relación con las secuencias de otros sitios —por ejemplo, Ancón, Garagay,
entre otros—, las que no están aclaradas del todo (véase críticas en Tellenbach 1998).
La definición de los mecanismos variados que hicieron operar tales interacciones tiene como precon-
dición el control del tiempo en el sentido de contemporaneidad (sincronía) y, por ende, de la direcciona-
lidad. Si el estilo Dragoniano de Lumbreras (1993: 138-167) corresponde a un evento en Chavín, debería
estar presente en la costa central antes del acaecimiento de este evento e, incluso, podría seguir vigente
después del mismo. Asimismo, es preciso establecer cuándo y dónde apareció este estilo en los lugares
fuera de Chavín, así como la zona nuclear de su producción y de su uso inmediato. La definición del uso
depende de las características de los contextos en los que se encuentra; estos pueden variar en términos de
evidencias de banquetes ritualizados, contextos funerarios u otros, pero la información respectiva es, por lo
general, pobre. En cuanto al estilo, este también puede ocurrir en otros soportes (murales de arquitectura
monumental, arte rupestre, entre otros), por lo que requieren de una definición social dentro de los pará-
metros de los grupos que lo utilizan y se identifican por medio de él. A partir de eso, habría que tratar de
definir las motivaciones para las «interacciones» con otros grupos distantes en forma directa e indirecta.
Visto de esta manera, resulta difícil definir la retribución de Chavín en forma materializada ya que,
para ello, habría que aclarar qué era lo se producía en el sitio, qué se destinaba para el intercambio y dónde
y en qué cantidad aparecía en contextos fuera de Chavín. Si se trataba de la cerámica llamada janabarriu
debería haber existido, ya en el tiempo de la formación del conjunto de la Galería de las Ofrendas debido
a los fechados radiocarbónicos (véase aporte de Rick et al. en el número siguiente); pero no aparece ahí, y
tampoco en los contextos mencionados de la costa central o de la costa norte, sino más tarde. Si bien esta
cerámica parece ser frecuente en Chavín gracias a las excavaciones recientes (véase Rick et al., siguiente
número, y Kaulicke 2010), la información disponible hasta la fecha no permite caracterizarla en términos
de convertir a Chavín en un centro alfarero con una producción «internacional» capaz de abastecer toda
el área del horizonte Chavín. Ya que aparece sin antecedentes y sin mayores cambios internos, parece que
debió haberse originado en otro lugar, el que queda por ubicar, y en donde hubo de aparecer antes que en
Chavín.
Estas reflexiones probablemente bastan para señalar las dificultades de definir áreas por medio de ma-
terializaciones específicas cuyo núcleo consiste en secuencias largas (o no tan largas) de unos pocos sitios
que dificultan su correlación consolidada. En estos casos —lo han demostrado las múltiples excavaciones
de la Misión Japonesa (véase Kaulicke 2010)— los componentes relacionados de manera directa con las
evidencias en Chavín no son tan frecuentes como se debería esperar ante la presencia de un horizonte y, en
caso de su presencia —como en el caso de Kotosh— esta queda limitada a un tiempo relativamente corto.
Debido a ello, es preciso llegar a una sistematización más rígida en cuanto a la cronología y la corología, en
el sentido de una periodización válida para el área en cuestión. Esta sistematización fue iniciada con buen
éxito en la década de los sesenta por John H. Rowe y sus discípulos, pero —después de medio siglo— de-
bería verse como un trabajo pionero que requiere ajustes importantes, sobre todo en relación con su defi-
nición de Horizonte Temprano y de Periodo Inicial, este último poco definido por él y reinterpretado con
criterios condicionados por Burger para el horizonte Chavín. Otra periodización fue propuesta por el autor
de este artículo en 1994 (Kaulicke 1994) y modificada en fecha reciente (véase Kaulicke 2010). Esta se basa
en las cronologías cruzadas de Kotosh, Huacaloma, Kuntur Wasi y diversos complejos excavados por los
japoneses y otros investigadores y se subdivide en Formativo Temprano, Medio, Tardío y Final. Pese al uso
del término «formativo», esta periodización se basa —como es normal— en la cronología relativa combi-
nada con la corología. Debido a la documentación deficiente de muchos sitios —un problema crónico de
la arqueología del Perú— no es posible aún llegar a definiciones más finas en el sentido de subdivisiones
necesarias, pero las contribuciones en los dos números del Boletín que se presentan en esta oportunidad
muestran que la situación está cambiando en dicha dirección.

2.2. La cronología absoluta

De lo expuesto hasta aquí se puede inferir que la cronología absoluta o numérica depende de la relativa, por
lo que las seriaciones de fechados radiocarbónicos descontextualizados carecen de sentido, ya que queda

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poco claro lo que están datando. Los resultados de estas pruebas, por lo tanto, no pueden desvirtuar los
resultados obtenidos de los análisis que subyacen al procedimiento de la cronología relativa, sino que los
deben convertir en precisiones más allá de las posibilidades ofrecidas por los procedimientos arqueológi-
cos. Es así que no se debe fechar fases o periodos, o aun procesos, sino eventos (como contextos). De esta
manera, debe contarse con las siguientes condiciones: a) una asociación segura entre la muestra y el evento
por fechar (por ejemplo, material de construcción para la elaboración de un objeto, como el poste de una
vivienda) y b) una probabilidad alta de que exista una relación funcional entre el material orgánico de la
muestra y el evento u objeto por fechar (como el carbón vegetal de una urna, un ataúd carbonizado en
un contexto funerario o el material quemado de un fogón, entre otros). En principio, se puede considerar
válido el que cada muestra sea más antigua que el tiempo preciso en que fue enterrada, que puede ser mí-
nimo (semillas, huesos de animales pequeños, ramas, partes exteriores de árboles), de varias décadas (com-
bustión de árboles con edades entre 10 y 50 años), de varios siglos (carbón de especies de larga vida o de
reutilización de la madera) o de carácter indeterminado (desconocimiento del tipo de la muestra, como en
el caso de la ceniza). Estas condiciones se omiten en las descripciones de los fechados con cierta frecuencia,
lo que introduce errores adicionales a las posibles contaminaciones u otros efectos que pudieran influir en
la muestra (véase Pazdur y Pazdur 1994; Kaulicke 2010: 369).
Además, debe tenerse en consideración la naturaleza estadística de los procesos involucrados en el fe-
chado, que se basan en principios de probabilidad, lo que requiere la aplicación de modelos estadísticos, en
particular de la bayesiana. En este enfoque se realizan inferencias basadas en distribuciones de probabilidad
a posteriori de acuerdo con un teorema de Bayes que combina probabilidades a priori para los parámetros.
Todas las formas de inseguridad se expresan en términos de probabilidad y lo que se sabe antes de recoger
nuevos datos —la información a priori— es esencial para su comprensión. Los resultados de un análisis
bayesiano se resumen como highest posterior density region (HPD), el intervalo más corto que se puede
construir para un porcentaje particular fijo (95%) de una densidad posterior (Buck y Millard 2004: vii-
viii). Estas bases estadísticas para el cálculo de la probabilidad de muestras arqueológicas se dejan ampliar a
la evaluación de fases y secuencias, lo que requiere información sobre el inicio y/o el final de una fase o de
un periodo (boundary). Esto implica la información a priori de la cronología relativa que se deja expresar en
una fórmula que incluye también otros factores, como secuencia relativa, eliminación de traslapes, partes
sin información, entre otros, a modo de simulaciones. Inclusive con esta precisión quedan por resolver
problemas cronológicos como la escasez o la ausencia de algunas fases o escasez de comparaciones entre
sitios (véase Unkel 2005; Unkel y Kromer 2009). Por último, queda por subrayar la presencia de «mesetas»
como la llamada Meseta de Hallstatt, que cae entre 800 y 400 a.C. Este es, precisamente, el tiempo en el
que abundan los ejemplos del estilo Chavín, en el sentido que Burger le da al horizonte Chavín. La única
manera de poder reducir este problema y llegar a secuencias dentro de este lapso es mediante los boundaries
mencionados. Un buen ejemplo de ello es el caso de Kuntur Wasi (véase Inokuchi, este número, y discu-
sión en Rick et al., número siguiente).
De este modo, la ilusión de tener en las cronologías absolutas una especie de reemplazo de las relati-
vas, a modo de sustitutos de fechas con precisión calendárica (promedios de las desviaciones estándar en
años específicos), es una herencia de décadas pasadas que resultó en una seguridad falsa de un manejo del
tiempo por medio de la datación radiocarbónica. Las discusiones acerca de secuencias establecidas por
medio de muestras aseguradas requieren de información pormenorizada procedente de los procedimientos
usuales de la cronología relativa y la ayuda de expertos en el procesamiento estadístico.
La combinación de las cronologías relativa y absoluta, por lo tanto, es una precondición ineludible
para cada interpretación del lapso en cuestión. En primer lugar, es preciso definir las extensiones de los
territorios ordenados, en apariencia, por los «centros ceremoniales». Es obvio que esta definición depende
de un conocimiento lo más completo posible de los sitios que corresponden al Periodo Formativo. Este co-
nocimiento se obtiene por medio de prospecciones, las que, sin embargo, no han sido realizadas de forma
sistemática en la mayor parte del área total cubierta por evidencias de esta etapa. Debido a ello, existen
muchas zonas casi desconocidas (otro problema de la definición de horizonte). La asignación de los sitios
ubicados a un Formativo genérico, lo que a menudo es la única indicación disponible, no ayuda mucho en
la obtención de información suficiente que permita calcular densidades de ocupación o jerarquías basadas

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en la extensión de los sitios ni la relación entre centro y periferia, ya que estas requieren criterios mínimos
de sincronía, sobre todo si se toma en cuenta una duración total aproximada de un milenio y medio. Las
zonas caracterizadas por la ausencia de sitios no necesariamente se explican en el desconocimiento o la in-
capacidad para detectarlas, sino que pueden responder a la presencia de fronteras naturales, como bosques
de diferentes tipos, que pueden haber cubierto áreas mucho más extensas que en épocas posteriores.
Los criterios señalados son aún más oportunos para la definición de horizontes o zonas de interacción,
en el sentido de modalidades de contactos entre zonas definidas como nucleares. La expansión de un culto
—previsto para el caso de Chavín—, no se explica a partir de la hipótesis de Chavín como oráculo y centro
de peregrinaje, aun si acepta que este fenómeno requiere de una serie de precisiones, como, por ejemplo,
de qué manera se materializó este «culto» en Chavín, quiénes se ocuparon de su mantenimiento y quiénes
fueron sus seguidores. En caso de haber ocurrido esta expansión, ¿quiénes se encargaron de ella y cuáles
fueron las reacciones de los que se enfrentaron con estos propósitos? Es probable que estas preguntas resul-
ten insuficientes si se considera una gama mucho más amplia de interacciones que incluye colonizaciones,
migraciones, excursiones militares, intercambio a diferentes escalas y en diferentes intensidades, además
del lucro entre elites y otros muchos argumentos. El poder analizar estas posibilidades depende de un co-
nocimiento pormenorizado de las evidencias arqueológicas en su totalidad, incluida la poco considerada
cerámica doméstica y otros aspectos materializados asociados a ella. Todo esto sugiere un amplio espectro
de posibilidades por investigar en las que una supuesta sincronía generalizada es una opción poco probable.
Es necesario admitir que se trata de fenómenos muy variados en una dinámica local, regional e interregio-
nal a manera de historias particulares de sociedades en un tiempo prolongado. Las contingencias históricas
abogan por la diversidad en vez de una unificación, la que tiene visos de una construcción artificial. Se
volverá a estos puntos en las conclusiones.

2.3. La terminología

En el curso de este trabajo se ha discutido términos como «horizonte» y «formativo». En efecto, existe
una cierta discrepancia en los significados que se le da a cada uno de ellos. El término «formativo» es de
larga data y el más usado en la mayoría de los países de América Central y del Sur. El término «horizonte»
también tiene una trayectoria prolongada, pero fue usado en forma sistemática por John H. Rowe (1918-
2004) a partir de la década de los sesenta. Este esquema se remonta, en sus inicios, a Max Uhle (1856-
1944), quien lo empleó para la época inca (según Rowe, Horizonte Tardío) y para la cultura Tiwanaku
(Wari; según Rowe, Horizonte Medio), separadas por un Periodo Intermedio Tardío y antecedidas por un
Periodo Intermedio Temprano. Sin embargo, Uhle no previó un Horizonte Temprano. Este Horizonte
Temprano está subdividido en 10 fases y varios estilos, como el de Ocucaje en el valle de Ica (Menzel et al.
1964), y está basado en la seriación de cerámica. Se inicia con la influencia de Chavín en Ica, la que llegó
en diferentes olas (Ocucaje 1 a 4) y desapareció, gradualmente, para convertirse en la tradición «Paracas-
Nasca» (Menzel 1977: Chronological Table). Por el mismo tiempo, Lumbreras usó el término «formativo»
(y «arcaico») remontándose a Tello, pero, en forma más concreta, a Willey y Phillips (1958). Lumbreras,
influenciado también por Vere Gordon Childe (1892-1951), trató de encontrar un compromiso entre el
esquema de Rowe y los propuestos por los otros investigadores, en el sentido de entender al Formativo
como un proceso evolutivo basado en criterios socioeconómicos. Gracias a su popularización, de la que
se encargó el propio Lumbreras, este esquema adquiere vida propia y se entiende como una especie de
oposición al «cronologismo» de Rowe y una cierta aversión a los principios puramente cronológicos. En
consecuencia, su esquema es interpretativo, pero aplica, en grandes rasgos, la cronología de Rowe. La su-
puesta oposición parece ser más un disfraz político que una divergencia metodológica real.
Para Uhle y Rowe, el Horizonte Tardío es un tiempo histórico que cuenta con fuentes escritas y con
la presencia, si bien final, de representantes de culturas con escritura. La definición del Horizonte Medio
es algo más difícil, pero se restringe a pocos siglos con un centro claramente dominante, Huari, cerca de
la ciudad de Ayacucho, y a menudo se le aplica interpretaciones basadas en modelos del Estado incaico.
El Horizonte Temprano, con Chavín de Huántar convertido en una especie de Cuzco o Huari, tiene una
duración más prolongada que la de los periodos intermedios (véase Menzel 1977: Chronological Table). A

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diferencia de las capitales mencionadas, Chavín de Huántar no es la sede principal de un «imperio» (cf.
Carrión Cachot 1948), sino que es percibido como un centro netamente religioso (véase arriba). Este sitio,
además, constituye la única justificación de un horizonte, por lo que Burger se decidió a llamarlo horizonte
Chavín en vez de Horizonte Temprano. El estilo Chavín también se define directamente de las piezas
líticas decoradas del sitio. Este tipo de centralidad convierte todo lo anterior en precursor, todo lo contem-
poráneo en copia, emulación o exportación de Chavín y todo lo posterior en herencia. Es esta centralidad
la que dificulta la elaboración sistemática de columnas cronológicas independientes que cubran toda el
área bajo su supuesta influencia. Se trata, entonces, de un problema de carácter metodológico y no de tipo
interpretativo. Por estas razones es que se prefiere aplicar el término «formativo», sin las connotaciones que
le dio Lumbreras, para cubrir el tiempo que corresponde no solo al Horizonte Temprano, sino también al
Periodo Inicial de Rowe. Este Periodo Inicial está definido —al igual que el Horizonte Temprano— por
la cerámica, que se inicia con esta etapa y que no recibió un tratamiento exhaustivo por parte de Rowe.
Como se mencionó arriba, otra propuesta alternativa fue planteada por el autor en 1994 y actualizada en
2010.
Este Periodo Inicial fue, posteriormente, reinterpretado en un sentido algo distinto del de Rowe, entre
otros, por Burger, quien postula —sobre la base de su lectura de fechados radiocarbónicos— una dura-
ción muy larga, que se inicia alrededor de 2000 a.C. y termina en 600 a.C. (véase Burger 1992: 230-231
[Chronological Chart]), seguido por un Horizonte Temprano de relativamente corta duración (menos de la
mitad del Periodo Inicial), mientras que Menzel (1977: 88-89 [Chronological Table]) calcula el Horizonte
Temprano como un lapso poco más largo que el Periodo Inicial. Si se toma la cerámica como indicador,
las estimaciones que se acercan a 2000 a.C. carecen de contextos claros, por lo que los fechados corres-
pondientes exceden a los más tempranos documentados, que oscilan alrededor de 1600/1700 a.C. En el
esquema propuesto por el autor de este artículo, corresponde al inicio del Periodo Formativo Temprano y
termina alrededor de 1200 a.C., cuando se perciben cambios drásticos en la cerámica al aparecer recipien-
tes con decoración figurativa y nuevas formas y técnicas.
Es conveniente, entonces, mantener la cerámica como indicador de cambios cronológicos. Sin em-
bargo, este principio no se respeta en una serie de interpretaciones más recientes, casi todas influenciadas
por el muy publicitado sitio de Caral. Este gran complejo, fechado entre, aproximadamente, 3000 y 2000
a.C., corresponde a la parte tardía del Periodo Arcaico (Arcaico Tardío y Final), pero, debido a su grado de
complejidad, la presencia de arquitectura monumental y otras evidencias, ha surgido la inclinación a incor-
porarlo en el Periodo Formativo. Si bien estas intenciones se justifican en un sentido de proceso evolutivo
(véase Lumbreras 2006), el tema resulta algo más complicado desde un punto de vista cronológico. No
se puede tomar la arquitectura monumental como base de una cronología general —aunque sí funciona
en secuencias locales— y, como es evidente, tampoco lo puede ser la presencia o ausencia de plantas o
de animales domésticos. Si se trata de sitios sin cerámica en el sentido de precerámicos, debería tomarse
—como lo hizo Rowe— el conjunto de artefactos líticos como base, motivo por el que él prefirió utilizar
la expresión «periodos líticos». Es así que una expresión como «Formativo Precerámico» (véase Goldhausen
et al. 2008) suena a una mezcla entre los esquemas de Lumbreras y Rowe, y parece deberse a una analogía
con el PPN (Pre-Pottery Neolithic) del Levante, cuya aplicación en este caso parece algo dudosa, sobre
todo debido al rechazo del término «neolítico» en lugar de «formativo» en el ámbito americano (Kaulicke
2009). Aun desde un aspecto más evolucionista, cabe preguntarse en qué reside el aporte del Arcaico. Sin
ánimo de discutir este aspecto en detalle —sin tomar en cuenta los aspectos políticos de tales interpreta-
ciones— resulta evidente que el Arcaico desempeñó un papel fundamental en el sentido del desarrollo de
tecnologías eficientes para lidiar con una biodiversidad enorme que llevó a la domesticación de plantas y
de animales, y a una serie completa de implicancias para la redefinición de los espacios y las interrelaciones
humanas. Por lo tanto, la aparición de la arquitectura monumental y otras evidencias materializadas de
una mayor complejidad social deberían verse como resultado de alcances previos en vez de otro origen
misterioso salido ex nihilo.
De acuerdo con estas observaciones y reflexiones, las intenciones de Rowe, en la década de los sesenta,
de sistematizar y de simplificar la terminología debido a criterios de la cronología relativa volvieron a com-
plicarse posteriormente a medida que este último enfoque fue relativizándose frente a otros y, por lo tanto,

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complicándose de nuevo. El uso del término «formativo» basado en la cronología relativa (combinada con
la absoluta) es la solución más sencilla, por lo que la invención o introducción de nuevos términos parece
ser innecesaria, como también lo es su extensión hacia miles de años de anterioridad.

3. Los aportes en el encuentro «El Periodo Formativo: enfoques y evidencias recientes»

En los números 12 y 13 del Boletín se ha reunido 27 contribuciones —al margen de la introducción y


de las conclusiones— de un total de 56 autores, las que se resumen de la siguiente manera: la primera
parte se dedica al norte del Perú, desde Lambayeque (Alva) y Jaén (Yamamoto) hasta el valle de Nepeña
(Shibata, Chicoine, Chicoine/Ikehara, e Ikehara). Se perciben dos zonas que cuentan con conjuntos im-
presionantes de datos: el valle de Jequetepeque y zonas aledañas (Kuntur Wasi) (Sakai y Martínez, Dillehay,
Tsurumi, Inokuchi y Onuki), y el mencionado valle de Nepeña. En el caso de Jequetepeque/Kuntur
Wasi, la cobertura cronológica del Formativo es bastante completa (desde el Formativo Temprano hasta el
Formativo Final); en el caso de Nepeña, prevalece la información sobre el Formativo Final, con referencias
al Formativo Medio y Tardío. Gracias a las investigaciones en Kuntur Wasi (Inokuchi) se tiene ahora una
columna bastante completa con una secuencia detallada de la arquitectura y de la cerámica asociada, com-
plementada por un número significativo de fechados radiocarbónicos. Esta secuencia se deja cruzar con los
datos del complejo de Pacopampa (Seki et al.) y sitios ubicados a menor altitud, como los del valle medio
(Tsurumi) y bajo del Jequetepeque (Sakai y Martínez, Dillehay), además del valle adyacente, al norte, Zaña
(Dillehay, véase Dillehay 1998; para el valle de Jequetepeque, véase también Dillehay et al. 2009). Toda
esta zona cuenta ahora con una extraordinaria riqueza de datos que permite la formulación de hipótesis
sustentadas, gracias también a las 50 áreas funerarias («cementerios», véase Alva 1986; Seki 1997), geogli-
fos y petroglifos (Alva y Meneses 1982; Pimentel 1986; Tsurumi [comunicación personal], trabaja acerca
del tema en la actualidad), entre otros. A ello se agrega una información bastante rica de sitios del Arcaico
(Arcaico Temprano [Paijanense], Arcaico Medio a Tardío, Dillehay [ed.] e.p.), pero, lamentablemente, no
hay evidencias claras del Periodo Arcaico Final.
Datos del Periodo Arcaico Final aparecen y comienzan a esclarecerse, de modo impresionante, con los
sitios de Cerro Ventarrón y El Arenal en Lambayeque (véase aporte de Alva Meneses), y apuntan hacia
una tradición arquitectónica algo diferente de las del sur; por otro lado, el complejo Collud-Zarpán es un
ejemplo extraordinario del Formativo Medio con semejanzas marcadas con Cupisnique. Estas también se
observan en Ingatambo (Yamamoto) y en las columnas de Congona (Watanabe). En Ingatambo parece
haber, asimismo, evidencias aún poco claras del Arcaico Final. Otro centro muy importante es el complejo
de Caballo Muerto, objeto del trabajo de Nesbitt et al. (igualmente asignable a Cupisnique [Formativo
Medio]). Uzawa completa el panorama con un estudio sobre los cambios en la fauna utilizada en Kuntur
Wasi y Pacopampa.
El valle de Nepeña es otro foco de este número. Mientras que Shibata emprende una discusión crono-
lógica más ambiciosa, Chicoine, Chicoine/Ikehara e Ikehara se concentran en el Formativo Final y, proba-
blemente, parte del Formativo Tardío. Los resultados de sus trabajos son novedosos y bastante relevantes
para esta malentendida parte del Formativo. En su conjunto, estos aportes representan un avance signi-
ficativo respecto de un valle poco conocido y que posee, ahora, una cronología prolongada que abarca el
Periodo Arcaico Final (Punkurí, véase Vega Centeno 1995; MAAUNMSM 2005; Samaniego 2007). Cabe
mencionar que, en el simposio que dio origen a estos dos números, se presentó una ponencia sobre San
Juanito, un impresionante complejo del Periodo Arcaico Final ubicado en el valle del Santa, que muestra
bastantes similitudes con Punkurí.
El número 13 se inicia con dos trabajos acerca de la cuenca adyacente hacia el sur, el valle de Casma. El
primero, el de Bischof consiste de una discusión exhaustiva de las evidencias de los periodos Arcaico Final
y del Formativo Temprano, en tanto que el de Fuchs et al. presenta nuevos datos de su proyecto en Sechín
Bajo, con resultados espectaculares. Rick se encarga de los problemas cronológicos del emblemático sitio
de Chavín a raíz de sus últimos trabajos, apoyado por una lista larga de fechados radiocarbónicos, mientras
que Matsumoto ofrece una interpretación nueva del sitio de Sajarapatac basada en excavaciones recientes.
Si se compara este conjunto compacto con los trabajos sobre la costa y la sierra norte presentados en el
número 2 del Boletín (Kaulicke [ed.] 1998), se advierte que, por un lado, hay zonas que lo complementan,

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ESPACIO Y TIEMPO EN EL PERIODO FORMATIVO 19

como las tratadas por Kaulicke (Piura, cf. Kaulicke 1998) y Olivera (1998) sobre la zona de Bagua, así
como Seki (1998), sobre el valle de Cajamarca, y Pérez, sobre la sierra de la Libertad (Pérez 1998). Otros,
por ejemplo, Dillehay (1998), Pozorski y Pozorski (1998), Morales (1998), Inokuchi (1998) y Rick et al.
(1998), abordan aspectos o sitios retomados y actualizados en este número. Esta edición del Boletín destaca
por su cobertura, bastante completa, de zonas limitadas, poco o no consideradas como las de Jequetepeque
y Nepeña. En general, se abren perspectivas para análisis comparativos que no eran posibles hasta ahora,
lo que constituye un avance hacia la consolidación de una cronología independiente de la del sitio de
Chavín.
La costa central, debe decirse, no está ampliamente representada. Con excepción del artículo de
Abanto, los demás trabajos previstos no pudieron incluirse por razones de fuerza mayor. Es evidente que
esta ausencia es una laguna que está por llenar (véase Burger y Salazar-Burger 2008; Makowski y Burger
2009). Sin embargo, un segundo «paquete» de aportes muy relevante es el que corresponde a la costa sur
y la sierra de Ayacucho (véase Ochatoma 1998), que contrasta con una ausencia completa en el número
de 1998. García (Paracas), Splitstoser et al. (Cerrillos, valle alto de Ica) y Beresford-Jones et al. (valle bajo
de Ica), Reindel e Isla (Pernil Alto, cerca de Palpa), Kaulicke et al. (Coyungo, valle bajo del Río Grande),
y Matsumoto y Cavero (Campanayuq Rumi, Ayacucho) presentan un conjunto que enfoca el Formativo
Tardío, pero incluye evidencias más tempranas del área con lo que, por primera vez, se posibilita la discu-
sión de la cronología de Rowe (véase arriba) y las relaciones con el norte sobre la base de datos diversifi-
cados y bien fechados. Este número se completa con el aporte de Davis y Delgado, con el que se retoma
la discusión de Zapata (1998), aunque no se pretende haber agotado el tema del Periodo Formativo del
Cuzco con estas dos contribuciones.
Con estos dos números del Boletín y el libro reciente de Kaulicke (2010) se quiere homenajear a la
Misión Japonesa, en sus más de 50 años de labor científica en el Perú dedicada al estudio del Periodo
Formativo. Con sus contribuciones a estos dos números, los propios investigadores japoneses han demos-
trado que no han escatimado esfuerzos para esclarecer la cronología de este periodo, en especial en cuanto
al «problema Chavín». Los aportes para estas dos ediciones deberían verse, por lo tanto, como un esfuerzo
compartido entre colegas de varias nacionalidades, incluidos los peruanos, varios de ellos muy jóvenes,
quienes tanto como autores o coautores (27 de 56) han participado con mucho entusiasmo. Es de esperar
que, en el futuro, estos jóvenes y otros se liberen de la carga de las teorías de antaño y se acerquen a pers-
pectivas más realistas de una etapa que es clave para la comprensión del pasado del Perú antiguo.

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20 PETER KAULICKE

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BOLETÍN DE ARQUEOLOGÍA PUCP / N.° 12 / 2008, 25-51 / ISSN 1029-2004

Ingatambo:
un sitio estratégico de contacto interregional
en la zona norte del Perú

Atsushi Yamamotoa

Resumen

El presente artículo expone los resultados obtenidos durante la prospección arqueológica en el valle de Huancabamba y las excava-
ciones que se realizaron en el sitio arqueológico de Ingatambo, ubicado en dicho valle del norte del Perú, cercano a la frontera con
Ecuador. Si bien los trabajos arqueológicos en esa región son escasos, los antecedentes de estudio de zonas cercanas y las condiciones
topográficas permiten que el presente análisis considere a esta zona —y en especial al sitio arqueológico de Ingatambo— como un
área muy importante para esclarecer la relación entre las diferentes regiones del norte del Perú y el sur del Ecuador. Por tal motivo,
por medio de una síntesis de los datos proporcionados por la presente investigación y los antecedentes en territorios aledaños, se se-
ñalarán los puntos de contacto mediante la secuencia arquitectónica y la cronología establecida con el fin de contribuir a entender
la dinámica de tal interacción.

Palabras clave: interrelación, rutas interregionales, arquitectura ceremonial, Ingatambo, Jaén, zona fronteriza

Abstract

INGATAMBO: A STRATEGIC SITE OF INTERREGIONAL CONTACT IN NORTHERN PERÚ

This paper presents the results of archaeological research in the Huancabamba Valley and excavations at the site of Ingatambo
in the same valley, northern Perú. Although archaeological work in this extreme northern region of Perú, near the Ecuadorian
border, are very infrequent, the area and its topographic setting, and especially the site of Ingatambo, are important for clarifying
the cultural interrelationships between northern Perú and southern Ecuador. For such a reason, synthesizing data, provided by
our project and the studies of the surrounding areas, this article presents a description of the cultural contact in this region through
analysis of architectural sequences and the established chronology for the purpose of contributing to a better understanding of the
dynamics of these interrelationships.

Keywords: interrelation, interregional routes, ceremonial architecture, Ingatambo, Jaén, frontier zone

1. Introducción

El complejo arqueológico de Ingatambo se encuentra en una meseta natural ubicada en la margen sur
del río Huancabamba, al pie del cerro Ninabamba, en el distrito de Pomahuaca, provincia de Jaén, de-
partamento de Cajamarca, en el extremo norte de los Andes del Perú (Fig. 1). Su ubicación geográfica es
05º57’46,5” latitud sur y 79º13’30,3” longitud oeste, con las coordenadas geográficas 696473 y 9340578,
zona 17, a una altura de 1066 metros sobre el nivel del mar. El sitio consiste de un gran conjunto arquitec-
tónico, compuesto por plataformas y plazas, y cubre, aproximadamente, 17,50 hectáreas.

a
Saitama University, Faculty of Liberal Arts.
Dirección postal: Simookubo 255, Sakura-ku, Saitama, Saitama, Japón.
Correo electrónico: llama@mail.saitama-u.ac.jp
26 ATSUSHI YAMAMOTO

Fig. 1. Mapa de la ubicación del valle de Huancabamba y del sitio arqueológico Ingatambo, así como de otros sitios men-
cionados en el texto. 1. Real Alto; 2. Cerro Narrío; 3. Challuabamba; 4. Catamayo; 5. Santa Ana-La Florida; 6. Cerro
Ñañañique; 7. Ingatambo; 8. Tomependa; 9. Bagua; 10. Pacopampa; 11. Morro de Eten; 12. Kuntur Wasi; 13. Huacaloma
(elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Ingatambo).

ISSN 1029-2004
INGATAMBO: UN SITIO ESTRATÉGICO DE CONTACTO INTERREGIONAL... 27

El área de estudio se caracteriza por poseer terrenos planos en la parte baja del río, el que colinda con
numerosas montañas y tiene abundantes afluentes tributarios y quebradas. De clima cálido y húmedo, esta
región es muy propicia para el crecimiento de la vegetación, en especial para el cultivo de plantas tropicales.
Existen numerosas variedades de animales terrestres y acuáticos. El valle presenta tres regiones naturales
ideales para la agricultura y la domesticación, como son las regiones yunga, quechua y selva alta. El río
Huancabamba nace en el departamento de Piura y recorre la provincia de Jaén; en esta zona cambia de
nombre —se le conoce como Chamaya— para, finalmente, desembocar en el río Marañón. A lo largo de
su recorrido, varios pequeños ríos confluyen en él, por lo que el valle constituye una zona natural estraté-
gica para el contacto entre la costa y la sierra, así como entre diferentes regiones serranas.
Al considerar esta compleja ecología surgen diversas interrogantes. Una de ellas se refiere a la determi-
nación de qué cambios causaron el traslado al interior de los procesos sociales y el contacto entre distintas
comunidades en diversas zonas ecológicas. En el caso de los estudios andinos, esta interrelación se ha en-
focado como un tema central (Murra 1975; Burger 1992; Morales 1992; Goldstein 2000; Bandy 2005).
Gracias a la obtención de nuevos datos, el presente artículo ofrece una hipótesis acerca de la dinámica
de la interrelación no solo entre las diversas regiones ecológicas del norte del Perú, sino también con el
Ecuador.

2. Antecedentes

Si bien los trabajos de investigación en esta área son escasos, existen algunos estudios previos que permiten
contar con una visión parcial. Entre ellos se cuenta el de Ravines (1983), quien registró diversos sitios
arqueológicos, incluido Ingatambo. Malaver (2001) realizó un plano del sitio, así como dibujos de la cerá-
mica vinculada al Periodo Formativo hallada en el lugar. Estos fragmentos se encuentran en el museo del
pueblo de Pomahuaca, construido gracias al esfuerzo de un profesor de enseñanza escolar interesado en la
arqueología. Es importante subrayar que Ingatambo, como su nombre lo indica, presenta una extensa ocu-
pación desde el Periodo Formativo hasta el periodo inca. En este lugar existe un camino inca que atraviesa
tanto el sitio como el valle, según lo señaló el Proyecto Qhapaq Ñan (Espinosa Reyes 2002). Estos datos
ofrecen evidencias de la interrelación entre esta área y las zonas cercanas, como Huancabamba y Chota.
Existen varios estudios realizados en el área circundante. En el caso de Chota, hay abundantes e im-
portantes trabajos (Rosas y Shady 1970, 1974; Rosas 1976; Flores 1975; Fung 1975; Kaulicke 1975;
Santillana 1975; Morales 1977, 1980, 1998; Wester et al. 2000), los que incluyeron prospecciones ar-
queológicas y excavaciones en los sitios de Pacopampa, Pandanche y La Granja, que mostraron evidencias
de un proceso social complejo e intercambio con las zonas de Jaén, Bagua, Cajamarca, Piura, Lambayeque
y Jequetepeque. Además de estos estudios, varios proyectos fueron realizados en Bagua y Jaén (Shady
1974, 1992, 2000; Miasta 1979; Olivera 1998; Shady y Rosas 1979, 1987), así como en Piura (Ravines
1988; Guffroy 1989; 1992; Guffroy et al. 1989; Hocquenghem 1991, 1995; Hocquenghem et al. 1993;
Kaulicke 1998). Estas investigaciones también presentaban sociedades relacionadas con las zonas antes
mencionadas y con el Ecuador. Según los informes de Shady y Rosas (Shady y Rosas 1979, 1987), la
comunicación con la costa en el extremo norte se realizó por el valle de Huancabamba. Además, existe un
camino que comunica la región de Bagua-Jaén con Chota a través de Cutervo. Asimismo, hay indicios
de la comunicación entre Chota y Piura. Es posible que haya existido una ruta interregional entre Bagua
y Piura, así como entre Chota y Piura, a través del valle de Huancabamba. Esta propuesta se sustenta en
la clara relación entre la cerámica de Bagua, Pacopampa y Cerro Ñañañique. También hay características
comunes con el sitio de Kuntur Wasi, en Jequetepeque, y Cerro Narrío, en la sierra del Ecuador (Collier y
Murra 1943). Es notable la información disponible sobre Huancabamba gracias a los trabajos de Shady y
Rosas (Shady y Rosas 1979). Según esos autores, el valle albergaba un sitio del Periodo Formativo, también
de nombre Huancabamba, que presentaba una aún mayor vinculación estilística con los complejos del
Ecuador, así como con Bagua. (Rosas y Shady 1974; Shady y Rosas 1979, 1987).
Las recientes investigaciones realizadas en el valle de Jequetepeque y Cajamarca definen la existencia de
sociedades integradas por un centro ceremonial durante el Periodo Formativo. Además, se planteó la hipó-
tesis de que esta etapa experimentó un cambio de sistema social causado por fenómenos naturales y cultu-
rales (Terada y Onuki 1982, 1985, 1988; Onuki [ed.] 1995; Inokuchi 1998; Seki 1998). Se han registrado

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28 ATSUSHI YAMAMOTO

complejos arqueológicos ceremoniales, como Udima y Poro-Poro (Alva 1988) en la sierra de Cajamarca.
Se ubican en las cabeceras de los valles, en una zona ecológica que permite el rápido acceso, control e in-
fluencia hacia la sierra alta y las tierras bajas. Además, por sus características arquitectónicas, iconográficas
y la cerámica, están vinculados entre sí y con los sitios en Chota y Cajamarca. Todos los estudios de la zona
cercana indican la interrelación entre dichas regiones y el Ecuador. Si se consideran las condiciones topo-
gráficas del valle de Huancabamba, existe la probabilidad de que tales interrelaciones se realizaran a través
de este. En ese sentido, el objetivo principal de este artículo es esclarecer este panorama.

3. La prospección del valle de Huancabamba

Durante 2005 se efectuaron prospecciones arqueológicas para recolectar los datos necesarios con el objeto
de iniciar el estudio de los patrones de asentamiento y la reconstrucción de las interacciones entre la topo-
grafía, el medioambiente y la ocupación humana en el valle de Huancabamba, particularmente en lo con-
cerniente a una ruta de intercambio regional con otras áreas (Yamamoto y Peña 2006; Yamamoto 2007).
Como resultado de dicha prospección, se registraron 129 sitios arqueológicos, 62 de ellos correspondientes
al Periodo Formativo (Figs. 2, 3). Si se comparan tales datos con los estudios anteriores, la mayoría perte-
nece al Periodo Formativo Medio y solo tres al Periodo Formativo Tardío.
En este valle existen diversos complejos que debieron funcionar como centros ceremoniales dadas sus
características arquitectónicas —la presencia de plataformas, plazas, terrazas y los elementos que las com-
ponen—, así como por la calidad y cantidad del material cerámico hallado en el lugar. Si se consideran
sus particularidades, Ingatambo parece haber sido un centro principal. El estilo de la cerámica encontrada
presenta rasgos análogos con el de las zonas de Chota, Cajamarca y Piura, por lo que aquí se postula que
debió existir una interrelación estilística con dichas regiones.
Por medio de un análisis más detenido de los resultados de la prospección, se puede señalar que los
sitios de este valle se localizan, en mayor proporción, sobre mesetas, lomas y/o cerros que se sitúan cerca
del río Huancabamba o de las corrientes y quebradas que se benefician de agua todo el año y confluyen
en su caudal. Este patrón de asentamiento es semejante al de Bagua (Shady 1974). Es posible que la ubi-
cación de los sitios fuera muy importante para obtener el agua que fue utilizada tanto para la agricultura
como para la subsistencia de los diferentes grupos humanos. Otro resultado interesante obtenido durante
la prospección indica que los sitios arqueológicos se localizan en zonas en las que el valle es mucho más
amplio, donde actualmente se encuentran los pueblos de Pomahuaca y Pucará. Es de suponer entonces que
tal ubicación fuera muy importante para fines agrícolas debido a su ubicación cercana a las fuentes de agua.
Sin embargo, si se comparan ambos lugares, se reconoce una mayor concentración durante la ocupación
del Periodo Formativo cerca al pueblo de Pomahuaca; por el contrario, no existen muchos sitios que perte-
nezcan a dicha época contiguos al pueblo de Pucará, aun cuando los terrenos adyacentes a él son muchos
más amplios y existe un mejor acceso al agua. Con esto se puede observar que la ubicación no puede ser
examinada solo desde el punto de vista ecológico. También es necesario buscar otros factores y causas que
determinaron los emplazamientos de los complejos para poder entender el patrón de asentamiento en este
valle.
Un tema por resolver en esta cuenca es la identificación, con exactitud, de los yacimientos que pertene-
cieron al Periodo Formativo Temprano. Esta fase es la más antigua dentro de la cronología cerámica, por
lo que es probable que la ocupación correspondiente a esta época se encuentre en los niveles inferiores al
interior de los complejos, tal como ocurre en el sitio de Pandanche (Kaulicke 1975). Durante la prospec-
ción no se pudieron registrar sitios arqueológicos del Periodo Formativo Temprano en la confluencia del
río Huancabamba con el río Chotano. Si se compara el número de sitios del Periodo Formativo Medio
obtenidos durante la prospección, se puede plantear la hipótesis de que esta zona consiguió un rápido
desarrollo durante dicha etapa y, según el autor, Ingatambo se convirtió en el centro principal de este
valle. Aunque se necesita realizar más investigaciones científicas, estos datos señalan la posibilidad de que
exista otra forma de desarrollo cultural entre los valles de Huancabamba y Chotano. En el caso del Periodo
Formativo Tardío, se puede observar una disminución de los sitios, tal como sucede en otras áreas (Burger
1992). En el valle de Huancabamba también ocurrió este fenómeno.

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4. Excavaciones en el sitio de Ingatambo

Sobre la base de los datos de la prospección mencionada, se efectuaron excavaciones en Ingatambo entre
2006 y 2007 (Fig. 4; Yamamoto y Peña Martínez 2007, 2008). En el valle de Huancabamba no hubo
ninguna excavación arqueológica científica previa, por lo que los objetivos principales del proyecto fueron:
1) establecer la cronología del conjunto mediante el análisis de la secuencia constructiva de la arquitectura
ceremonial y la tipología de los diferentes artefactos; 2) contrastar los datos de la prospección arqueológica
con los de la excavación y esclarecer la situación de este valle, así como también la relación entre las dife-
rentes sociedades asentadas en él, y 3) sintetizar los datos obtenidos para aclarar la interacción regional en
la zona norte del Perú y sur de Ecuador mediante la comparación con estudios previos realizados en zonas
cercanas.
El sitio de Ingatambo se compone de cuatro plataformas mayores, denominadas plataformas A, B,
C y D. La primera contiene a la nombrada Plataforma Principal, en la parte sur, y cuatro plazas grandes
asociadas. Por otro lado, el área de excavación fue determinada con el propósito de conocer la forma, la
estratigrafía, las fases constructivas —los cambios en la cerámica y el patrón arquitectónico asociados—, el
proceso de renovación de la construcción y los cambios del material cultural y la extensión del yacimiento,
así como su función y la relación cronológica entre las estructuras, en especial de la parte superior de la
Plataforma Principal, donde se ubica un recinto muy elaborado. Se excavó en las plataformas A, B, C y D
para aclarar la relación entre ellas; sin embargo, los trabajos se concentraron en la Plataforma A por ser la
de mayor tamaño y ubicarse en la parte superior y principal de Ingatambo. Por esta razón, la mayoría de
los datos que se presentan a continuación provienen de este edificio.
Gracias a estas intervenciones se descubrieron varias construcciones pertenecientes a cinco fases cons-
tructivas. La arquitectura del sitio está elaborada a base de piedra unida con mortero de barro. Se postula
que los muros estuvieron enlucidos con barro debido a que la piedra no está finamente trabajada y en
algunas partes todavía se pueden observar restos de dicho revoque. Si se consideran los materiales recupe-
rados, las tres primeras fases pertenecen al Periodo Formativo y se presentan en este artículo (Fig. 5). Para
establecer la cronología se utilizaron los datos de los análisis efectuados en las investigaciones en zonas
cercanas junto con los fechados obtenidos de las muestras de carbón durante el proyecto.

4.1. La fase Huancabamba (2500-1200 a.C.)

La información respecto de esta fase es muy limitada. Las estructuras que pertenecieron a esta fase solo
permanecen en la Plataforma Principal, a 4 metros por debajo del nivel de la superficie. Se encontraron
evidencias de cuatro momentos constructivos en esta fase (Huancabamba I, II, III y IV). Sin embargo, en
su mayoría solo se registraron los pisos estratificados pertenecientes a las cuatro subfases. Aparte de ello,
se encontraron muros y estructuras independientes. Se desconoce gran parte del patrón arquitectónico
debido a la profundidad de estas estructuras, además de la arquitectura compleja de las posteriores ocupa-
ciones, que restringieron las excavaciones.
Estas estructuras fueron construidas, al igual que la plataforma, sobre un terreno natural elevado. Si
bien no se logró encontrar el acceso a dicha plataforma, si se considera la situación de estratos y construc-
ciones posteriores, parece ser que dicho acceso se ubicó debajo de su similar de la fase posterior, la fase
Pomahuaca. Por el momento no se cuenta con suficientes datos para conocer la extensión total de la plata-
forma en esta fase. En el lado este de la plataforma se registró un muro, inclinado y con un acabado burdo,
elaborado con piedras de regular tamaño. Fue utilizado como soporte y relleno del muro de contención,
lo que se confirma con la hilera de piedras que compone la base y que muestra un acabado fino. Debido
a sus características, parece ser que fue un muro de contención para sostener la Plataforma Principal y se
levantó durante el proceso de construcción de esta. Si se toma en cuenta su orientación y elaboración se
presume que corresponde a la fase posterior (fase Pomahuaca). En el perfil se registraron pisos pertenecien-
tes a esta fase cerca al muro de contención, por lo tanto, es posible que ya no exista un muro semejante
que haya pertenecido a esta fase debido al deterioro originado por la ocupación subsiguiente. Si existió
un muro de contención en esta parte debió de ubicarse en el límite este de la plataforma durante la fase
Huancabamba.

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Fig. 2. Mapa de la ubicación de los sitios arqueológicos registrados en la prospección. Tramo entre Ochentaiuno y Chaupe (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico
Ingatambo).
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Fig. 3. Mapa de la ubicación de los sitios arqueológicos registrados en la prospección. Tramo entre Chaupe y Chiple (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Ingatambo).
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En la fase Huancabamba I se empezó a erigir la Plataforma Principal. Tiene una altura de 2 metros
sobre el nivel de la roca natural y no se encontró otro vestigio fuera de las actividades de construcción. Se
desconoce todavía el patrón arquitectónico de esta subfase en la plataforma, y solo se registró un muro
y los pisos asociados. En la fase Huancabamba II no hubo un gran cambio en la forma de la Plataforma
Principal; sin embargo, se registró un piso asociado a 30 centímetros del piso de la fase Huancabamba
I. En la fase Huancabamba III se colocó un piso a 40 centímetros sobre el piso de la subfase anterior.
En la parte superior de la plataforma se hallaron muros con enlucido y pisos relacionados ubicados en
diferentes sectores, razón por la que aún no se comprende su estructura original. Por otro lado, se cuenta
con dos fechados radiocarbónicos obtenidos de una muestra de carbón procedente de un piso de la fase
Huancabamba III (Tabla 1). Durante la fase Huancabamba IV también se elevó la altura de la Plataforma
Principal a 40 centímetros sobre el nivel del piso perteneciente a la subfase precedente (Fig. 6). En esta
subfase se encontraron estructuras circulares con enlucido de color amarillo dispuestas en la parte central
de la Plataforma Principal. Al parecer, se produjo un cierto cambio en el patrón arquitectónico si se lo
compara con las subfases preliminares. Si se considera la extensa duración de esta fase, cabe la posibilidad
de subdividirla, si así lo aconseja el resultado de las investigaciones futuras. Es necesario mencionar que no
se encontró material cerámico en esta fase, pero sí restos óseos y malacológicos.

4.2. La fase Pomahuaca (1200-800 a.C.)

Se sabe que, durante esta fase, se renovó la arquitectura de la Plataforma Principal, la que alcanzó a medir,
aproximadamente, 70 metros de Este a Oeste por 45 metros de Norte a Sur. Se ha identificado la pre-
sencia de cuatro subfases en esta plataforma. En el aspecto arquitectónico, se levantaron estructuras con
orientación distinta a la fase anterior, se construyó un nuevo acceso principal sobre la fachada norte de la
Plataforma Principal de la fase Huancabamba y se definió la forma original de la plataforma de esta fase
siguiendo el contorno natural del terreno.
En la fase Pomahuaca I se empezó la construcción de un acceso principal de unos 8 metros de largo
en la fachada norte de la Plataforma Principal (Fig. 7). Aunque se desconocen aún las condiciones en la
que se encuentra la parte superior de esta plataforma, se sabe que existen dos muros de 20 centímetros de
altura cada uno y pisos relacionados, los que se configuran como una plataforma pequeña de nivel bajo.
La parte sur de la plataforma se edificó considerando un espacio en desnivel como pequeña plataforma.
La evidencia de actividad de esta subfase se encontró entre los 70 centímetros y 1 metro por encima de la
construcción de la última subfase de la fase Huancabamba. Durante la fase Pomahuaca II se produjo una
pequeña remodelación en la parte sur de la cima. Se colocó un piso nuevo y, por consiguiente, la reducida
plataforma se elevó en 50 centímetros. Es necesario mencionar que se identificó una capa de tierra quemada
antes del piso que pertenecía a esta fase. Dentro de esta capa se encontraron conchas quemadas, lo que
sugiere la realización de una ceremonia o acto de quema durante el proceso de construcción.
Durante la fase Pomahuaca III también se levantó el piso en 70 centímetros y se construyó un recinto
finamente acabado en la parte más alta, sobre la pequeña plataforma (Figs. 8, 9). Esta estructura tuvo un
acabado de enlucido de color amarillo. Se encontró un plato lítico que parece representar a un anfibio,
según las características de su rostro (Fig. 10). Todo indica que fue colocado allí a modo de ofrenda durante
la renovación de la plataforma. En la fase Pomahuaca IV se dio un cambio en la parte más alta, en donde
existe una plataforma de reducidas dimensiones hacia la parte sur de la Plataforma Principal (Fig. 11). En
esta subfase se construyeron muros asociados con la plataforma pequeña que elevaron su altura, y se colocó
una capa de piedras de regular tamaño como base. Además, en esa plataforma pequeña se incluyó una
estructura circular sobre el recinto de la subfase anterior destruyendo la parte superior del mismo. Aunque
no presenta un buen estado de conservación por las construcciones de la ocupación posterior, la estructura

Fig. 4. (Desplegable en la página siguiente). Plano topográfico del sitio arqueológico de Ingatambo (elaboración del plano:
Proyecto Arqueológico Ingatambo).

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Tabla 1. Fechados radiocarbónicos del sitio de Ingatambo. Fueron calibrados con el programa Oxcal v.4.0.1; la curva de
calibración es SHcal04 (elaboración de la tabla: Proyecto Arqueológico Ingatambo).

debió haber sido un área especial, pues es la única que se ubicó en la pequeña plataforma. Asimismo, se ha
identificado el piso en la parte central de la plataforma y que se eleva entre 30 y 50 centímetros.
De la fase Pomahuaca se ha recuperado poca cantidad de fragmentos de cerámica, a excepción de la
última subfase denominada Pomahuaca IV (Fig. 12), por lo que no es posible ahondar en el análisis del
material cerámico de esta fase. La mayoría de los fragmentos con diseños exhibe la técnica de incisión y,
en otros casos, se observan líneas bruñidas y pintura blanca mate. Sin embargo, se puede advertir que los
fragmentos tienen semejanzas con la cerámica encontrada en sitios arqueológicos de zonas cercanas, como
Jaén, Bagua, Chota, Cajamarca y Piura, así como Cerezal, Pacopampa, Kuntur Wasi y Cerro Ñañañique.
También se recuperaron piezas elaboradas en base a conchas marinas, de las que algunas, como el Spondylus,
solo se encuentran en las corrientes cálidas del área de Santa Elena, en el Ecuador, y de Piura, en el Perú,
lo que indica contactos con poblaciones asentadas en el litoral. También se recuperaron conchas y huesos
de pescado, como la sardina.

4.3. La fase Ingatambo (800-550 a.C.)

En esta fase se realizó una gran renovación en la Plataforma Principal. Como acceso principal se cons-
truyó una escalera, de aproximadamente 10 metros de largo por 9 de ancho, sobre las estructuras de la fase
Pomahuaca (Fig. 13). Asimismo, se amplió la plataforma en unos 85 por 50 metros y se hizo otra escalera
con una orientación distinta, situada sobre la Plataforma Principal de la fase Pomahuaca. Es importante
denotar que cabe la posibilidad de que esta plataforma dispusiera de dos orientaciones arquitectónicas dis-
tintas durante la misma fase. El lado oeste de la Plataforma Principal se dispuso con una orientación muy
parecida a la fase precedente. Es factible que se reutilizaran los muros de contención de la fase Pomahuaca
y que los nuevos que se levantaron funcionaran al mismo tiempo que los muros de contención de la fase
Ingatambo. En el caso de las fachadas norte y este, se edificaron con la misma orientación del acceso prin-
cipal. Si bien no se sabe mucho sobre la situación de la parte central de la Plataforma Principal debido a la
ocupación posterior, se ha registrado un espacio abierto a manera de plaza y se logró identificar dos subfases
correspondientes a esta fase.
La edificación de la Plataforma A, que mide alrededor de 120 metros de Este a Oeste por 75 de Norte
a Sur, se dispuso de manera adyacente a la Plataforma Principal y está ubicada hacia el norte de esta úl-
tima. Se observa que fueron incluidos los recintos o una plataforma pequeña de la parte este, así como la
Plataforma Oeste, situada encima de la Plataforma A, y se construyó el acceso principal para la Plataforma

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Fig. 5. Cronología del sitio arqueológico de Ingatambo (elaboración del cuadro: Proyecto Arqueológico Ingatambo).
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Fig. 6. Plano esquemático de la Plataforma Principal en la subfase Huancabamba IV (elaboración del plano: Proyecto
Arqueológico Ingatambo).

A en la fachada norte. Las estructuras de la Plataforma A tienen la misma orientación que las del acceso
principal de la Plataforma Principal. Las excavaciones en pequeña escala, así como las observaciones en su-
perficie de la Plataforma B —a unos 150 metros al noreste de la Plataforma A— indican que las estructuras
asociadas en la fase Ingatambo tienen la misma orientación que las de la Plataforma A. Además, en el lado
suroeste de la fachada de ese edificio se encontraron muros alineados a manera de callejón que comunica
con la Plataforma A. Si se consideran estos datos arquitectónicos, se debe mencionar la importancia de las
conexiones entre la Plataforma A y la Plataforma B, la recurrencia de orientación de las estructuras de las
dos plataformas grandes, así como los recintos en el lado norte y este de la Plataforma A, que se vinculan
con dichas plataformas conformando un complejo arquitectónico.
Como pertenecientes a la subfase Ingatambo I se han definido seis recintos elaborados sobre la plata-
forma pequeña, en la parte sur de la Plataforma Principal (Figs. 14, 15). Estos recintos fueron finamente

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Fig. 7. Acceso principal de la fase Pomahuaca (foto: Proyecto Arqueológico Ingatambo).

Fig. 8. Recinto de la subfase Pomahuaca III y estruc-


tura circular de la subfase Pomahuaca IV (foto: Proyecto
Arqueológico Ingatambo).

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Fig. 9. Plano esquemático de la Plataforma Principal en la subfase Pomahuaca III (elaboración del plano: Proyecto Arqueológico
Ingatambo).

acabados con enlucido de arcilla de color amarillo y tienen un acceso irregular muy estrecho, que no se
encuentra hacia el lado norte donde se ubica la escalera de acceso. Debido a ello, los individuos que subían
hacia la Plataforma Principal no podían observar las actividades que se realizaban dentro de los recintos
ni acceder directamente a ellos. Si se considera su ubicación e importancia, es de suponer que en este sitio
existía algún tipo especial de control del acceso. El análisis de hollín de una vasija que se recuperó en el
recinto indica la presencia de la digestión enzimática de los almidones de maíz, un indicio de fermentación
alcohólica, lo que implica que en esta vasija, posiblemente, se preparaba alguna especie de chicha. Aún
queda por confirmar esta hipótesis mediante un análisis de cromatografía de gases que permita encontrar
metabolitos de la fermentación alcohólica, tales como cuerpos cetónicos o etanol (Vásquez y Rosales Tham
2008). También se recuperaron vasijas casi completas debajo del piso de los recintos; una de ellas presenta

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Fig. 10. Plato lítico de la fase Pomahuaca


(foto: Proyecto Arqueológico Ingatambo).

diseños incisos —con pintura roja aplicada postcocción dentro de las incisiones— que representan un
felino (Figs. 16, 17). Sobre la base de los resultados mencionados, se postula que estos recintos tuvieron
una función especial y estuvieron relacionados con personas o grupos de poder.
Aún no se conoce la situación de la parte central de la Plataforma Principal, pues se encuentra deterio-
rada debido a las actividades posteriores pertenecientes a las épocas chimú e inca. Si se toma en cuenta el
estrato y las estructuras que se registraron, la parte central de la Plataforma Principal se reutilizó por medio
de la modificación del piso de la fase Pomahuaca IV y se usó como un espacio abierto a manera plaza. La
construcción de la Plataforma A se inició mediante la edificación de una escalera y un muro de contención
en la fachada norte de la Plataforma A, para lo que se utilizaron piedras de gran tamaño. Además, en la
parte oeste de la Plataforma A se erigió una plataforma pequeña simple, la Plataforma Oeste, de alrededor
de 14 por 8 metros, mientras que en el lado este se levantó un recinto o una plataforma de pequeñas di-
mensiones. Debido al debilitamiento de las estructuras causado por intervenciones clandestinas al interior
del recinto, las excavaciones científicas debieron ser limitadas. A pesar de ello se logró identificar restos de
pisos superpuestos, por lo que se presume que la remodelación del piso ocurrió durante la propia subfase.
Se encontró restos de un enlucido amarillo sobre el muro. Es importante mencionar que dentro de este
recinto se encontraron varias cuentas de conchas marinas, las que parecen corresponder a algún tipo de
ofrenda al momento de construir la Plataforma A.
En el caso de la fase Ingatambo II se puede advertir una remodelación del sitio (Fig. 18). Las estructuras
presentan la misma orientación que las de la subfase precedente, aunque se edificaron sobre algunas de
ellas, por lo que resultaron deterioradas. Los recintos pertenecientes a la subfase anterior situados sobre la
plataforma pequeña en la parte sur y superior de la Plataforma Principal fueron reutilizados y ampliados al
lado noreste, lo que indica que estos recintos continuaron en uso durante esta etapa. Las evidencias encon-
tradas son vestigios de remodelaciones en los pisos de dichos recintos. En la parte central superior de esta
plataforma se observó una elevación del piso de unos 40 centímetros.
Se registraron los muros de un recinto con banqueta localizado en la esquina noreste frente al muro
de contención de la Plataforma Principal. El recinto contenía una significativa cantidad de fragmentos de
cerámica con alta variedad decorativa. En la parte este de la Plataforma A se hallaron otros recintos sobre
la edificación construida durante la subfase Ingatambo I. En la subfase Ingatambo II también se remo-
delaron los pisos y muros. Algunos de estos debieron haber funcionado como una barrera para dividir el
interior de la estructura. El material cerámico de la fase Ingatambo presenta un aumento en la cantidad
de muestras respecto de la fase Pomahuaca (Figs. 19 a, b). La mayoría de tiestos presentan la técnica del
inciso como en la fase anterior, así como líneas bruñidas, pintura precocción y postcocción, polícroma,
grafitada y punteados. También es evidente el incremento en la variedad de formas y acabados, así como
en los tipos de pasta utilizada (Figs. 20-24). Asimismo, es más grande la diversidad de los tipos de cerámica
que comparten características con las encontradas en Jaén, Bagua, Chota, Cajamarca, Piura y la parte sur
de Ecuador, es decir, sitios como Cerezal, Cerro Ñañañique, Bagua, Pacopampa, La Granja, Kuntur Wasi,
Catamayo (Guffroy 2004) y Challuabamba (Grieder et al. 2009). Además de cerámica, se recuperaron

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Fig. 11. Plano esquemático de la Plataforma Principal en la subfase Pomahuaca IV (elaboración del plano: Proyecto
Arqueológico Ingatambo).

distintos materiales hechos a base de conchas marinas, como los encontrados en la fase Pomahuaca. La
datación radiocarbónica para las subfases Ingatambo I y II presenta resultados independientes (Tabla 1).

5. Conclusiones

En el caso de los Andes, las rutas interregionales se establecieron cerca de la orilla de los ríos, en las que-
bradas o las crestas de las montañas en general. Si se considera este tipo de topografía, también existe una
ruta interregional en el valle de Huancabamba que comunica la selva con la costa, así como las diferentes
regiones serranas. Esta área proporciona un rápido acceso entre dichas zonas debido a los abundantes
tributarios del Huancabamba, además de la baja altura de las montañas, en comparación con las zonas
serranas de los Andes centrales.

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Fig. 12. Cerámica de la fase Pomahuaca (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Ingatambo).

Respecto de la ruta hacia el norte, existen dos vías principales que pasan por el pueblo moderno de
Pomahuaca. Una se dirige al noroeste, a lo largo del río Quismache, y coincide con el camino inca, que
se prolonga hacia Piura, en la costa norte. Otro se dirige al noreste bordeando la quebrada Manta, que se
comunica con Chontalí, en la provincia de Jaén, San Ignacio, en la provincia de San Ignacio, y se prolonga
hacia Loja y la parte sur de Ecuador. Según los lugareños, cerca a Pomahuaca existe un camino que comu-
nica Pomahuaca con Chontalí, y desde allí se dirige hacia Chirinos.

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Fig. 13. Acceso principal de la fase Ingatambo (foto: Proyecto Arqueológico Ingatambo).

Asimismo, hay varias rutas que se dirigen hacia el sur. Una de ellas se extiende a lo largo de los ríos
Huancabamba y Chotano, cerca del pueblo moderno de Pucará, al que comunica con Chota y sigue hacia
Cajamarca. Esta ruta coincide con el camino inca en dichas regiones. Además de esta ruta, existe otra que
comunica con Chota, por el cerro Ninabamba, detrás de Ingatambo. Según los lugareños, este camino to-
davía es utilizado como vía de comunicación con Incahuasi, así como con Kañaris, en el departamento de
Lambayeque. En este trayecto existen dos desvíos en Incahuasi: un camino se dirige a Ferreñafe, en la costa,
y el otro lleva hacia Chota, en la sierra. Asimismo, se sabe de la existencia de otro camino cerca del cerro
Yerma, que comunica con Ferreñafe. Si se consideran estos escenarios, las rutas interregionales convergen
en el pueblo moderno de Pomahuaca. Estos recorridos tienen puntos en común con los resultados de la
prospección arqueológica: los sitios del Periodo Formativo se concentran en esta misma área, por lo que se
infiere la posibilidad de que las rutas existieran desde esa época. La presencia de derroteros interregionales
parece apoyar esta conjetura.
Existe una ruta por el pueblo moderno de Pucará, si bien no parece haber sido una vía principal en el
Periodo Formativo dada la escasez de sitios arqueológicos de dicha época, según los resultados de la pros-
pección; sin embargo, este camino funcionó como un sendero principal o camino inca posteriormente, lo
que se confirma en el aumento de sitios arqueológicos de filiación posterior al Formativo en la confluencia
de los ríos Huancabamba y Chotano. Al mismo tiempo, existen ciertos aspectos importantes para consi-
derar a las rutas como una evidencia arqueológica importante: en primer lugar, brindan información de
cómo y cuándo se interrelacionaban las sociedades y, en segundo término, muestran cómo una sociedad

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Fig. 14. Recintos de la fase Ingatambo (foto: Proyecto Arqueológico Ingatambo).

tiene una fuerte y mayor vinculación con otras, lo que se refleja en actividades y estrategias que proceden
de aspectos políticos, económicos y sociales. Por esta razón, las rutas se modifican en distintas épocas y se
aprecian diversos derroteros para comunicarse con el mismo lugar.
No es posible discutir la vigencia de los periodos Formativo Inicial y Temprano durante la fase
Huancabamba debido a la falta de datos. Sin embargo, respecto de los resultados provenientes de la data-
ción, se cuenta con fechados mucho más antiguos de lo que se esperaba. Si se considera esos resultados, se
necesita establecer una fase de larga duración, por lo que se elaboró una cronología tentativa considerando
la circunstancia de los estudios en las zonas cercanas. En el caso de Chota, el sitio de Pandanche presenta
una fase antigua, establecida alrededor de 1500 a.C., de la que se encontró fragmentos de cerámica aso-
ciada. Esta fase está relacionada con la fase Huancabamba del sitio de Ingatambo. La misma situación se
observa en las investigaciones del valle medio de Jequetepeque (Tellenbach 1986) y Cajamarca. Si se con-
sidera la situación de Ecuador, existe una gran cantidad de material cerámico contemporáneo a esta fase,
que es incluso más antiguo y que comparte rasgos con las piezas de las regiones mencionadas en el Perú
(Ledergerber-Crespo [ed.] 2002; Raymond y Burger [eds.] 2003). La analogía estilística entre estas zonas y
su ausencia en Ingatambo implicaría que el valle de Huancabamba estuvo fuera de la red interregional en
esta época o, simplemente, que no se elaboraron objetos de cerámica, lo que hace suponer que se estaría
ante un sitio acerámico.
Por otro lado, durante las recientes excavaciones en el sitio de Ventarrón, en Lambayeque, se encon-
tró un centro ceremonial precerámico (Alva 2008). Aunque los datos obtenidos con el proyecto que ha
facilitado información para este artículo son de carácter limitado, se puede sugerir que, en Ingatambo,
existió una ocupación contemporánea a los sitios de Pandanche y Ventarrón relacionada con el Periodo
Precerámico. Es probable que en Ingatambo y en el valle de Huancabamba existiese un proceso social pro-
pio, a pesar del contacto con sociedades costeñas, algo que se evidencia en la existencia de restos marinos.
Durante la fase Pomahuaca, en el Periodo Formativo Medio, se produjo un gran cambio en el valle de
Huancabamba, lo que causó un incremento en la cantidad de los sitios arqueológicos cercanos a las rutas

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Fig. 15. Plano esquemático de la Plataforma A en la subfase Ingatambo I (elaboración del plano: Proyecto Arqueológico
Ingatambo).

interregionales, incluidos los centros ceremoniales. El conjunto de Ingatambo tuvo el papel de centro
principal de este valle.
Al mismo tiempo, la cerámica y los materiales malacológicos que se recuperaron indican que existió
una relación muy fuerte entre la costa, la selva y las diferentes regiones serranas a través del valle y, en espe-
cial, de Ingatambo. Además, si bien faltan más estudios, si se consideran los estilos de materiales cerámicos
presentes en Chontalí, Tabaconas y San Ignacio custodiados en los museos de Jaén y San Ignacio, se puede
suponer que también hubo una interrelación con dichas zonas.
Aparte de los materiales cerámicos se encontró un plato lítico y fragmentos de cuencos líticos durante
las excavaciones. Estos objetos tienen semejanzas con otros hallados en el sitio de Huayurco, ubicado
en San Ignacio (Rojas Ponce 1985). Según los datos de los museos de Jaén y San Ignacio, en dicha zona
existen bastantes artefactos líticos. En los sitios de Loja y Zamora-Chinchipe, situados en la parte sur de

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Fig. 16. Vasija semicompleta de la subfase Ingatambo I (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Ingatambo).

Fig. 17. Vasija semicompleta de la subfase Ingatambo I


(elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Ingatambo).

Ecuador, también existen bastantes materiales líticos (Valdez 2007, 2008; Guffroy 2008). Por esta razón,
Ingatambo habría tenido una relación interregional no solo con las zonas cercanas en la parte norte del
Perú, sino con la región sur de Ecuador.
De la fase Ingatambo —que corresponde al Periodo Formativo Tardío—, se ha recuperado una im-
portante cantidad de fragmentos de cerámica polícroma, así como tiestos con decoración incisa. En zonas
cercanas, como Piura, Chontalí, Tabaconas, Jaén y Bagua, también existe gran cantidad de fragmentos

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Fig. 18. Plano esquemático de la Plataforma A en la subfase Ingatambo II (elaboración del plano: Proyecto Arqueológico
Ingatambo).

de cerámica polícroma. Asimismo, los materiales cerámicos de la zona sur de Ecuador como Catamayo y
Challuabamba (Grieder et al. 2009) muestran rasgos semejantes con Ingatambo y los sitios ubicados en las
zonas mencionadas en la parte norte del Perú. Aquí es preciso mencionar la existencia de dos monolitos en
Chontalí y Pampa del Inca, en la provincia de Jaén. Estos se encuentran cerca de la ruta interregional hacia
el noreste, mencionada líneas arriba, en dirección a Ingatambo.
Aparte de los materiales cerámicos de Ingatambo, entre ellos los tipos Negro Fino y Gris Fino, también
hay un vínculo fuerte con sitios de la costa y sierra norte, como Morro de Eten (Elera 1986), Puémape
(Elera 1998), Pacopampa y Kuntur Wasi. Es posible suponer que estos materiales fueran importados desde
dichas zonas a Ingatambo. Sobre la base de los datos señalados a lo largo de este artículo, se puede proponer
que, en la fase Ingatambo, se intensificó la interrelación con los sitios tanto de la sierra como de la costa,

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46 ATSUSHI YAMAMOTO

Fig. 19. a. Cerámica de la subfase Ingatambo I (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Ingatambo); b. Cerámica de
la subfase Ingatambo II (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Ingatambo).

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Fig. 20. Cerámica de la fase
Pomahuaca (foto: Proyecto
Arqueológico Ingatambo).

Fig. 21. Vasija semicompleta de la subfase Ingatambo I (foto:


Proyecto Arqueológico Ingatambo).

Fig. 22. Vasija semicompleta de la subfase Ingatambo I (foto:


Proyecto Arqueológico Ingatambo).
Fig. 23. Cerámica de la subfase Ingatambo I (foto: Proyecto Arqueológico Ingatambo).

Fig. 24. Cerámica de la subfase Ingatambo II (foto: Proyecto Arqueológico Ingatambo).


INGATAMBO: UN SITIO ESTRATÉGICO DE CONTACTO INTERREGIONAL... 47

la selva y la parte sur de Ecuador. Además, se observa un sólido y fuerte vínculo en la fase Pomahuaca,
evidenciado en el incremento de la variedad y semejanza de los materiales cerámicos. Estos datos indican
la existencia de una extensa red de interacción. Todas las interrelaciones mencionadas convergen en el sitio
de Ingatambo, lo que lo convierte en un punto estratégico de contacto interregional en la zona norte del
Perú.
En esta fase ocurrió una gran transformación en el valle de Huancabamba y en Ingatambo. Disminuyó
el número de sitios, aumentaron las dimensiones del complejo y se edificaron recintos con acceso res-
tringido. Dicho complejo funcionó como un centro principal del valle, como en la fase anterior, y existe
la posibilidad de que existiera un individuo o un grupo que coordinaba y controlaba las relaciones con
otras sociedades. Por otro lado, y si bien hay una fuerte interrelación con los sitios contemporáneos de las
zonas cercanas, también existe una particularidad en Ingatambo: su compleja composición arquitectónica.
Por todo ello, se concluye que el valle de Huancabamba tuvo su propio proceso social durante el Periodo
Formativo, por lo que es importante esclarecerlo en su contexto y relacionarlo con otros estudios realizados
en territorios cercanos. Si bien es necesario profundizar aún más los análisis e investigaciones en la zona
fronteriza, así como consolidar la cronología, este artículo ofrece una visión novedosa y contribuye a la
comprensión del Periodo Formativo en la zona norte del Perú.

Agradecimientos

Quisiera expresar mi reconocimiento para con las instituciones que apoyaron y siguen apoyando nuestro
proyecto, entre ellos, el Research Fellow of the Japan Society for the Promotion of Science, el National
Musem of Ethnology de Osaka, The Graduate University for Advanced Studies, la Pontificia Universidad
Católica del Perú y la Misión Arqueológica Japonesa. También agradezco profundamente a todos los tra-
bajadores y ayudantes que colaboraron en las investigaciones, así como a todos nuestros amigos pobladores
de Pomahuaca y Jaén, que nos trataron como si fuéramos parte de su familia desde el inicio de los trabajos.
Por último, debo mencionar a los arqueólogos y estudiantes que participaron en el proyecto con gran en-
tusiasmo, paciencia, esfuerzo y dedicación, entre ellos José Peña Martínez, Carlos Morales, Yuta Kaneko,
Lúrica Hayakawa, Marina Ramírez, Roy Gutiérrez y Jeny Ochoa.

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48 ATSUSHI YAMAMOTO

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BOLETÍN DE ARQUEOLOGÍA PUCPDOS
/ N.°MONOLITOS DEL/ SITIO
12 / 2008, 53-67 DE CONGONA...
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Dos monolitos del sitio de Congona,


sierra norte del Perú

Shinya Watanabe a

Resumen

Este artículo muestra las representaciones de dos monolitos del sitio arqueológico de Congona, ubicado en la sierra norteña del de-
partamento de Lambayeque, Perú. Debido a su iconografía, se postula que debieron haber formado parte del portal de un centro
ceremonial del Periodo Formativo; además, comparten características con las columnas del Portal Blanco y Negro de Chavín de
Huántar. Respecto de su ubicación, Congona es un complejo clave para esclarecer la ruta e interacción entre los centros ceremo-
niales en la sierra y la costa norte del Perú durante el Periodo Formativo.

Palabras clave: Periodo Formativo, Congona, Chavín de Huántar, Cupisnique, columnas, interacción

Abstract

TWO MONOLITHS OF THE CONGONA ARCHAEOLOGICAL SITE, NORTHERN HIGHLANDS OF PERÚ

In this article, we present data on two stone monoliths of the Congona archaeological site, located in the northern highlands of the
Department of Lambayeque in Perú. According to the iconography of these two monoliths, it is suggested that they represent the
gate of a Formative ceremonial center at Congona. The two monoliths share certain characteristics with columns of the Black and
White gate at Chavín de Huántar. Congona is a key site location for understanding the route and interaction between ceremonial
centers on the north coast and in the highlands of Perú during the Formative Period.

Keywords: Formative Period, Congona, Chavín de Huántar, Cupisnique, columns, interaction

1. Introducción

Este artículo presenta los dibujos de las representaciones plasmadas en dos monolitos encontrados en
Congona, sitio arqueológico ubicado en la sierra del departamento de Lambayeque, en el norte de Perú
(Fig. 1). En primer lugar se describirá la ruta de acceso al sitio arqueológico y su estado actual, para luego
exponer las características de los monolitos y las posibles relaciones con las representaciones líticas de otros
centros ceremoniales durante el Periodo Formativo.
Hace más de 10 años que el autor investiga en el departamento de Cajamarca y su interés principal ha
sido el estudio de los cambios sociales ocurridos durante la época inca. Debido a ello decidió realizar un
recorrido por el camino inca (capac ñan) desde el sitio arqueológico de Aypate, ubicado cerca de la frontera
con Ecuador, hasta la actual ciudad de Cajamarca. El recorrido se realizó entre el 5 y el 26 de octubre de
2002, en compañía de Felipe Valera, un aficionado a las caminatas conocido con el apelativo de «el chasqui
moderno», y Javier Morales, fotógrafo, amigo del primero.
El conocimiento de las rutas de tránsito entre los sitios arqueológicos es importante no solo en lo que
respecta a la época inca, sino también a otros periodos, como el Formativo, ya que ello puede ayudar a

a
Nanzan University, Department of Anthropology and Philosophy.
Dirección postal: 18 Yamazato-cho, Showa-ku, Nagoya, 466-8673, Japón.
Correo electrónico: shinya@nanzan-u.ac.jp ISSN 1029-2004
54 SHINYA WATANABE

Fig. 1. Ubicación del sitio de Congona y las rutas recorridas por el autor (elaboración del dibujo: Shinya Watanabe).

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DOS MONOLITOS DEL SITIO DE CONGONA... 55

esclarecer la información relativa a cuántos centros ceremoniales funcionaban de manera simultánea y la


distancia que los separaba. A partir de la localización de dichos complejos, sería posible determinar si las
rutas del Periodo Formativo coincidieron en alguna parte con los trazados del posterior camino inca, así
como también las diferencias que pudo haber entre ellos. El autor del presente artículo postula que los
mecanismos de movimiento durante el Periodo Formativo y la época inca tuvieron finalidades distintas:
durante la última, el tránsito poblacional se realizaba mediante los centros administrativos interconectados
por caminos, los que estaban controlados por el Estado. Es evidente que el sistema inca estaba pensado
para desplazar un gran número de personas como, por ejemplo, ejércitos. Por el contrario, se desconoce el
número de individuos que se trasladó entre los centros ceremoniales durante el Periodo Formativo y, hasta
el momento, tampoco se ha determinado cuáles fueron las rutas de tránsito entre dichos centros, aunque
se supone que debieron de haber existido puntos de partida hacia destinos específicos con recorridos pre-
definidos. Cabe mencionar que no necesariamente todos los complejos debieron haber estado conectados
al mismo tiempo y que, considerando la conducta de la población de esa época al trasladarse entre los
centros ceremoniales, es probable que haya existido un itinerario definido al pasar por lugares valorados
como sagrados.
Durante la excursión por el camino inca, el autor y sus acompañantes pasaron por sitios muy impor-
tantes y monumentales, como el de Ingatambo, localizado en la margen derecha del río Huancabamba,
en la provincia de Jaén (cf. Yamamoto, este número), y el centro ceremonial de Pacopampa, en Chota (cf.
Seki et al., este número). Asimismo, cerca del poblado de Pomahuaca, se dejaron sorprender por la muy
colorida vestimenta tradicional de una mujer quechuahablante que descendía de la zona de Congona.
Para definir mejor las características de la interacción entre las comunidades en el norte del Perú du-
rante el Periodo Formativo es necesario determinar con exactitud la ubicación de los centros ceremoniales
y recorrer las distancias que los separan. La variedad de elementos hallados en el complejo de Kuntur Wasi,
entre los que destacan los objetos de oro y cerámica debido a su gran riqueza iconográfica (Onuki [ed.]
1995), demuestra que existió un fuerte vínculo con los centros ceremoniales de la región de Lambayeque
(cf. Alva Meneses, este número), de lo que se infiere que Congona sería un sitio importante para entender
los vínculos entre las poblaciones de la sierra norte.

2. Antecedentes y ruta de acceso al sitio de Congona

Congona se localiza en la zona quechuahablante de la sierra lambayecana y dispone de varias rutas de acceso
(Fig. 1). El primero en informar de la existencia del sitio fue el profesor Pedro Alva Mariñas, quien lo visitó
hasta en tres oportunidades entre 1986 y 1991, y realizó los primeros calcos y dibujos de uno de los dos
monolitos descubiertos por los lugareños, los que difundió por medio de un folleto (Alva Mariñas 1995).
Luego, el arqueólogo Walter Alva sobrevoló en helicóptero el lugar en 1997; estuvo en el lugar algunas
horas, pero no hay mayores detalles de este reconocimiento. Por último, el autor del presente artículo visitó
el sitio en tres oportunidades —y es el arqueólogo que más tiempo ha permanecido en este interesante
complejo— con el fin de realizar la inspección preliminar y rescatar mayor cantidad de información.
Del 19 al 21 de enero de 2003, el autor y su equipo visitaron Congona, para lo que efectuaron el
largo ascenso por la quebrada Yerma, ubicada a unos 10 kilómetros al noroeste de Ingatambo. Se trata de
una ruta de ascenso pronunciado por la que, tras una estancia nocturna en la localidad quechuahablante
de Quirichima, se arriba a Congona al segundo día. La caminata, de un total de 10 horas, incluyendo el
periodo de descanso, representa una distancia de casi un día entre Ingatambo y Congona. Para el regreso
se optó por un camino que cruza la cordillera de los Andes y desciende por la zona quechuahablante hasta
el pueblo de Ullurpampa, lo que tomó un total de ocho horas, incluido el descanso. En la actualidad se
dispone de movilidad vehicular desde Ullurpampa hasta la costa, siguiendo el recorrido del río La Leche,
un itinerario en el que se ubica el centro ceremonial de Huaca Lucía (Shimada et al. 1982). El recorrido a
pie habría requerido toda una jornada de 24 horas.
Transcurridos dos años desde la primera visita, se decidió regresar a Congona —lo que ocurrió entre el
9 y 12 de febrero de 2005— con la finalidad de dibujar las representaciones plasmadas en los dos mono-
litos. A pesar de la temporada de lluvias, fue posible llegar al sitio. En esa oportunidad se ensayó un nueva
ruta de ascenso, en dirección a la comunidad de Cañares; si bien existe una trocha carrozable que llega a

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56 SHINYA WATANABE

Fig. 2. Vista panorámica de


Congona desde el suroeste
(foto: Shinya Watanabe).

dicha población, en ese momento fue imposible conseguir movilidad, lo que obligó a los investigadores a
hacer el recorrido a pie a través de la quebrada de Chilasque, a través de la comunidad de Atunpampa. El
trayecto hasta la comunidad de Cañares se hizo en seis horas; allí se pernoctó y al día siguiente se continuó
rumbo a Congona, a donde se arribó unas cuatro horas después. Tras dos noches en el lugar, y luego de ha-
ber dibujado los monolitos, se regresó por la misma ruta por la que se ascendió hasta llegar al desvío, desde
donde se siguió descendiendo hasta el poblado de Las Juntas a través de la zona de Seg Seg. El recorrido,
un trayecto muy difícil, se realizó en alrededor de ocho horas.
La última visita a Congona se realizó entre el 16 y 18 de agosto de 20061 con el objetivo de completar
los dibujos de los monolitos. En esa ocasión se realizó el ascenso desde Ullurpampa, se atravesó la cordillera
y se llegó a Congona después de nueve horas de caminata. Se pernoctó en el lugar y se permaneció un
día más; al tercer día se inició el descenso hasta el caserío de El Arenal, en el área del río Huancabamba,
lo que se cumplió en menos de nueve horas. En la actualidad, los profesores que trabajan en Congona
suben desde Ullurpampa a caballo y regresan por el mismo trayecto. Otra ruta, que desciende en direc-
ción al oeste, llega a Motupe. En resumen, alcanzar el poblado y el sitio arqueológico a pie toma dos días
desde la costa y un día desde Ingatambo. Además, demora entre uno y uno y medio días el trayecto entre
Ingatambo y Pacopampa, según lo pudo comprobar el autor cuando realizó el recorrido del camino inca en
2002. El único tramo que no se ha realizado es entre Congona y Pacopampa. Cabe decir que el complejo
en cuestión está estratégicamente ubicado entre los ríos La Leche y Huancabamba.

3. El sitio de Congona

El sitio arqueológico de Congona se encuentra ubicado en el lado este de la cordillera de los Andes, a una
altura de 2800 metros sobre el nivel del mar. Se localiza en la ladera oeste de una elevación natural, dis-
puesto en una orientación de Este (la parte más alta) a Oeste (el área más baja) (Fig. 2). Hacia el lado oeste
se encuentra la quebrada de Tocras, que baja al río Huancabamba. Ecológicamente corresponde a la zona
quechua, donde se cultiva maíz, zapallo y otras plantas tradicionales.
En 1984, fueron halladas dos columnas líticas con dibujos grabados, las que fueron trasladadas a la
plaza principal de Congona, donde se encuentran hasta la fecha protegidas bajo una cubierta (Fig. 3). En
la actualidad solo es visible una parte del sitio, ya que fue destruido por los lugareños y su área convertida
en terreno de cultivo. A pesar de ello, en la parte más elevada aún se observan muros de piedra, los que, al

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DOS MONOLITOS DEL SITIO DE CONGONA... 57

Fig. 3. El poblado de Congona (foto: Shinya Watanabe).

Fig. 4. El sitio arqueológico de Congona. La izquierda señala el Este y la derecha el Oeste; la imagen corresponde al año 2003
(foto: Shinya Watanabe).

parecer, formaban parte de un recinto (Fig. 4); asimismo, subsisten algunos bloques de piedra bien tallados
(Fig. 5). En el lado oeste hay desniveles a modo de terrazas, con alineamiento de un solo paramento, lo que
sugiere que hubo muros de contención (Fig. 6). Se desconoce la extensión original del complejo, pero todo
parece indicar que debió existir arquitectura monumental, ya que son visibles los vestigios de un posible
canal en el perfil del camino que se dirige al poblado.

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58 SHINYA WATANABE

Fig. 5. Piedra trabajada en


el sitio de Congona (foto:
Shinya Watanabe).

Fig. 6. Un desnivel, posi-


blemente vestigio de lo que
fue un muro de contención
(foto: Shinya Watanabe).

En la primera visita del autor de este artículo —realizada ocho años después de la publicación del pro-
fesor Alva Mariñas— se comprobó que el sitio había sufrido un fuerte proceso de deterioro debido a las
actividades agrícolas de la población del lugar. El texto de Alva Mariñas describe «un recinto circular» y «en
la parte posterior una amplia escalinata de piedra» (Alva Mariñas 1995: 13), los que fueron imposibles de
localizar durante la visita de 2003 (Fig. 7). Tampoco se pudo determinar la ubicación del acceso principal
al centro ceremonial ni la orientación del edificio.
El profesor Alva Mariñas señaló que no hubo fragmentos de cerámica en la superficie; sin embargo, el
autor del presente artículo y sus acompañantes encontraron algunos tiestos con líneas incisas, con segu-
ridad correspondientes al Periodo Formativo (Fig. 8). La escasez de cerámica es característica de los sitios

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DOS MONOLITOS DEL SITIO DE CONGONA... 59

Fig. 7. El sitio arqueológico de Congona (la dirección es la misma que la de la Fig. 4; imagen tomada en 2006) (foto: Shinya
Watanabe).

Fig. 8. Fragmentos de cerámica procedentes del área de Congona (foto: Shinya Watanabe).

en el valle de Huancabamba en comparación con los de la parte sur de Cajamarca, como Kuntur Wasi y
Huacaloma (cf. Yamamoto, este número).

4. Las dos columnas

Por el momento no se tienen datos de excavación y menos con indicios mayores de arquitectura y cerámica,
por lo que las dos columnas conforman la única evidencia para estudiar el antiguo complejo. Tienen cierta
similitud con las del Portal Blanco y Negro de Chavín de Huántar (Figs. 9, 10), lo que plantea la cuestión
del origen y la difusión de los monolitos cilíndricos. En sí, corresponden a la costa norte, en donde eran
hechas con adobes y arcilla; al trasladarse su concepto a la sierra, pasaron a ser confeccionadas en piedra.

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Fig. 9. Columna derecha del Portal Blanco y Negro de Chavín de Huántar (Lumbreras 1970: 70).

Originalmente, las columnas eran populares en los centros ceremoniales de la costa norte. Por ejem-
plo, en el Templo de las Columnas de Huaca Lucía, en el valle de La Leche, existen 24 de ellas (Shimada
et al. 1982); asimismo, en Casa Grande, valle de Chicama, se hallaron dos columnas, elaboradas a partir
de adobes y decoradas con colores (Kosok 1965), aunque se desconoce si formaban parte de un portal.
También en centros ceremoniales del valle de Nepeña, como Punkurí, Cerro Blanco y Huaca Partida, se
encontraron estos elementos, hechos de adobes (Koichiro Shibata, comunicación personal 2008). En la
sierra, en un atrio de Pacopampa (Morales 2008: 146), existen 12 columnas y algunas de ellas forman
parte de un portal (Burger 1992: 190). Hasta el momento, en la mayoría de los centros ceremoniales, las
columnas están asociadas a los atrios (Huaca Lucía, Huaca Partida, Pacopampa, entre otros); sin embargo,
son muy raros los casos en que dos columnas forman parte de un portal, como en Chavín de Huántar y
Pacopampa. Es posible que Congona fuera uno de esos escasos lugares en los que se presentó tal disposi-
ción de soportes.
En el espacio andino prehispánico, la iconografía se expresaba de varias formas, ya sea como parte de re-
lieves, pinturas murales, esculturas en piedra, vasijas de cerámica o tejidos. Durante el Periodo Formativo,
la variedad de los monolitos no solo se manifestaba en el diseño, sino también en la forma. En ese sentido,
una tarea pendiente es la clasificación de sus formas y su distribución. Existen diversos ejemplos del trabajo
lítico con representaciones, al margen de las columnas cilíndricas, entre ellos, los bloques cuadrangulares
planos que semejan paneles o lápidas de Chavín de Huántar y Yauya (Burger 2008a), las cabezas-clava, las
columnas de corte cuadrangular, los prismas —como el Obelisco Tello—, algunos peldaños para escaleras,
como en el caso de la Plaza Central de Kuntur Wasi, las estatuas —como el Lanzón y el monolito 46-1
de Kuntur Wasi—, y los de forma cuadrangular, como los del sitio de Yanakancha, ubicado en el depar-
tamento de Cajamarca (Tello 1985; 2004: 57-58). Es probable que cada centro ceremonial presentase sus
propias características en iconografía, diseño arquitectónico y cerámica, y que las formas de los monolitos

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DOS MONOLITOS DEL SITIO DE CONGONA... 61

Fig. 10. Columna izquierda del Portal Blanco y Negro de Chavín de Huántar (Lumbreras 1970: 69).

hayan sido un medio para representar sus propias particularidades, lo que podría ser un elemento de clasifi-
cación y agrupación en un eventual trabajo de catalogación. Debe considerarse, sin embargo, que en sitios
monumentales de la sierra, como Chavín de Huántar y Kuntur Wasi, coexisten varias formas de monolitos
que muestran una mezcla de varias tradiciones.
Es muy probable que los monolitos y su iconografía no fueran independientes, sino que formaran parte
de una estructura y que se integraran a la arquitectura en general, de manera que una tarea necesaria es el
esclarecimiento de la organización de los centros ceremoniales y la ubicación de sus monolitos. En el caso
de las columnas de forma cilíndrica, como las de Congona, solo se puede observar una parte de los diseños,
a diferencia de los que tienen forma de bloque o panel, por lo que solo los individuos que grabaron y dise-
ñaron estas representaciones fueron capaces de interpretar en su totalidad el sentido de lo que se pretendía
expresar. Asimismo, es probable que las columnas formaran parte de los portales aunque estos no fueran
sus destinos finales, sino simples ubicaciones temporales.
A continuación se analizarán los detalles de los diseños de los dos monolitos (Figs. 11, 12, 13, 14) y
se les comparará con las columnas de Chavín de Huántar. Un primer intento de calco de las columnas
—realizado con papel especial de origen chino— produjo un borrador de imágenes poco notorias, ya que
los diseños estaban muy desgastados. En el segundo viaje a Congona se intentó corregir y completar las
reproducciones, lo que implicó confirmar en forma táctil y línea por línea cada una de las representaciones.
Los monolitos presentan una forma cilíndrica con extremos redondos. La Columna A mide 1,65 metros
de alto y 1,44 metros de diámetro (40 centímetros de espesor), mientras que el ancho de la superficie dise-
ñada es de 1,45 metros. La Columna B es más grande, mide 1,70 metros de alto y 1,48 metros de diámetro
(47 centímetros de espesor), mientras que el ancho del área diseñada es de 1,50 metros. El profesor Alva
Mariñas señaló que los lugareños identifican la Columna A como macho y a la Columna B como hembra;
si se siguen estas denominaciones, la hembra tiene mayores dimensiones.

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Fig. 11. La Columna A de Congona (foto: Shinya Watanabe).

Los diseños consisten en grabados de líneas curvas en altorrelieve, en lo que se aprovecha la dureza de la
piedra. Una característica de las figuras plasmadas es que casi todos los rostros están representados de perfil
y solo tienen la mandíbula inferior, si bien algunos de ellos son agnáticos. La ausencia de caras dispuestas
de frente es una característica compartida por las columnas que conforman un portal, lo que quiere decir
que no se trataba de monolitos centrales, sino que ocupaban posiciones laterales. En las columnas del
Portal Blanco y Negro de Chavín de Huántar las caras se representan en posición frontal en la parte de la
cintura y los pies. El único ejemplo de este diseño en los monolitos de Congona está en la parte superior
de la Columna A, que muestra la mitad derecha de una cara frontal.
En la parte superior de la Columna A se puede observar un rostro de perfil que parece pertenecer al per-
sonaje principal, que mira hacia arriba. Por su disposición, es similar a la columna derecha del Portal Blanco
y Negro de Chavín de Huántar, que muestra a un personaje masculino (Figs. 9, 13). En la Columna B, el
rostro de perfil no está lo suficientemente nítido como para determinar si se trata de la pareja del personaje
de la Columna A, no solo porque esa parte del diseño está desgastada, sino porque la propia columna está
de cabeza en la actualidad, lo que no permite un examen detallado (Fig. 14). Pese a ello, es posible deducir
que se trata de un perfil derecho debido a la forma del ojo. El análisis de la iconografía permite suponer
una relación de oposición y complementariedad entre los dos monolitos. El autor de este artículo postula
que las imágenes en las columnas representan a una pareja, pues, aunque no existe el contraste en el color,
como es notorio en los dos monolitos del portal de Chavín de Huántar, la distribución de las columnas
parece similar: la Columna A, con la representación del perfil izquierdo, habría estado en el lado derecho,
y la Columna B, con el perfil derecho, en el lado izquierdo.
Delante de la boca del personaje principal de la Columna A hay un pico de ave de rapiña, de su frente
emerge una especie de aleta, de su espalda salen dos elementos largos —uno hacia arriba y uno hacia
abajo— a manera de alas y, en medio de estas, surge una cabeza. A la izquierda del rostro del personaje

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DOS MONOLITOS DEL SITIO DE CONGONA... 63

Fig. 12. La Columna B de Congona. En esta imagen aparece de cabeza, su posición actual (foto: Shinya Watanabe).

principal aparece una mano con garras. También del lado izquierdo se observa un personaje con dos bra-
zos, otra garra en la parte inferior de la columna, y una mano humana abierta y sin uñas que genera un
contraste con la garra, una representación semejante a la de las pinturas rupestres en el farallón del com-
plejo arqueológico de Poro Poro, en el valle alto de Zaña (Del Carpio et al. 2001). Diseños como el rostro
de perfil, los dientes y los colmillos son reiterativos. Por ejemplo, en la Columna B existen dos rostros de
perfil agnático que miran hacia arriba en la parte dorsal que sale del rostro principal, y cuatro rostros de
perfil con mandíbula inferior, dos de ellos en posición inversa, en el extremo de la banda que se encuentra
en la parte inferior (Fig. 14). En una extremidad de la parte inferior de la Columna B aparece una garra
orientada hacia abajo, lo que sugiere una pata. En otras zonas también se observan partes de otras garras.
Cabe mencionar que hay dos caras de perfil conectadas por una banda en la nuca, tal como se ve en los
objetos de oro de Kuntur Wasi (Onuki [ed.] 1995: lám. 12-2) y en el Obelisco Tello (Burger 1992: 147).
En cuanto a la representación de elementos zoomorfos, son notorios los colmillos de jaguar y picos de
ave de rapiña con garras; menos evidentes son las figuras de serpientes, aunque se observa un componente
largo y con rostro en el extremo de la Columna A. En la parte central hay un juego de tres elementos largos
a modo de alas, algo similar a las piezas que salen de la cintura hacia abajo en los monolitos del portal de
Chavín de Huántar. Asimismo, hay una representación de colmillos sucesivos dentro del elemento largo,
que semeja una espina dorsal, representado en ambas columnas, un diseño que aparece en los personajes
del Obelisco Tello y la columna de color blanco del Portal Blanco y Negro.
En las columnas de Congona se observa la representación de muchos rostros en un mismo monolito,
al igual que en los de Chavín de Huántar, lo que demuestra un vínculo mucho más fuerte entre esos dos
complejos que con los de Pacopampa y Kuntur Wasi. Geográficamente, Congona está ubicado cerca de los
centros de la costa norte correspondientes al área nuclear de Cupisnique, por lo que aún queda por definir
el origen de su iconografía.

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64 SHINYA WATANABE

Fig. 13. Diseños en la Columna A (elaboración del dibujo: Shinya Watanabe; digitalización: Cora Rivas).

Luego de haber realizado el análisis comparativo entre el sitio de Congona y otros centros ceremo-
niales del Periodo Formativo que presentan cierta semejanza en la escultura e iconografía líticas, queda
por responder si hubo o no algún tipo de relación entre Congona y Chavín de Huántar y cuál de los dos
complejos se desarrolló primero. En el pasado se pensaba que los monolitos de Congona eran más antiguos
que los de Chavín de Huántar, y que podrían constituir sus antecedentes, pues el Portal Blanco y Negro
corresponde a la última fase constructiva en el complejo del Callejón de Conchucos, pero cabe la posi-
bilidad de que fueran contemporáneos y que compartieran un mismo origen. Además, hay que tener en
cuenta que Chavín fue un centro ceremonial que reunió los elementos de varias tradiciones. Para definir
cuándo se introdujo la forma de la columna cilíndrica en la sierra, hay que considerar la hipótesis presen-
tada recientemente por Silvia R. Kembel (2001: 91, 233, 244; 2008: 64) sobre los dos monolitos del Portal
Blanco y Negro. Según ella, estas dos columnas cilíndricas no estaban originalmente en su posición actual,

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DOS MONOLITOS DEL SITIO DE CONGONA... 65

Fig. 14. Diseños en la Columna B (elaboración del dibujo: Shinya Watanabe; digitalización: Cora Rivas).

sino que se encontraban en el Patio de las Columnas (Columnas Patio), que era un espacio abierto encima
de la plataforma (Edificio A). Luego, el Patio de las Columnas se convirtió en un espacio cerrado techado
correspondiente a la parte norte de la Galería de las Columnas-Viga (North Columnas-Viga Gallery) y, al
mismo tiempo, las dos columnas de piedra se trasladaron a la posición actual para conformar el Portal
Negro y Blanco; en su lugar se levantaron otras, hechas con piedras pequeñas y argamasa. Así que, según
su hipótesis, los dos monolitos del Portal Blanco y Negro deben ser más antiguos que las columnas hechas
con piedras pequeñas y argamasa, y estas se podrían fechar mediante el carbón incluido en esta última.
El supuesto traslado de las dos columnas corresponde a la última fase constructiva en la cronología de
Kembel, y su elaboración tendría que ser más temprana que dicha fase.

5. Conclusiones

Congona está ubicado en la ruta que conecta la costa norte con la parte occidental de la cordillera, y se
supone que se desarrolló con la incorporación de elementos de las tradiciones de las dos regiones. Las dos
columnas encontradas presentan muchos puntos en común con los monolitos de Chavín de Huántar,

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66 SHINYA WATANABE

por lo que, con seguridad, hubo interacción entre ambos centros; incluso, es probable que compartiesen
el mismo origen en relación con el elemento arquitectónico del portal. En este artículo se postula que el
problema por resolver no se refiere a la temporalidad de cada uno ni a la manera en que se transmitió el
conocimiento de un complejo al otro, sino que tiene que ver con el movimiento de los individuos —o gru-
pos de individuos— y las relaciones entre los centros ceremoniales del Periodo Formativo. En ese sentido,
los monolitos de Congona pueden constituir una clave de esclarecimiento.
No es factible que los estilos arquitectónicos, cerámicos e iconográficos representados en otros soportes
se transmitieran en conjunto de un centro ceremonial a otro y que fueran aceptados de esa manera; es
más probable que haya habido una selección de elementos en los sitios «emisores» y que lo mismo haya
ocurrido en los centros «receptores». Con el fin de explicar la dinámica de las relaciones entre los centros
ceremoniales durante la época en que funcionaban, se tiene que analizar la combinación de los elementos
expuestos además de otros datos arqueológicos complementarios.

Agradecimientos

Agradezco, de manera muy especial, a Felipe Varela, por acompañarme a visitar el sitio de Congona en
tres oportunidades. También expreso mi reconocimiento a Rafael Valdez y Juan Ugaz por la corrección del
texto, así como a Martín Mac Kay, Jorge Gamboa, Yuichi Matsumoto, Koichiro Shibata y Eisei Tsurumi
por sus valiosos comentarios. Por último, pero no menos importante, agradezco al doctor Peter Kaulicke,
por animarme a escribir este artículo para el Boletín de Arqueología PUCP. El trabajo de investigación
en este complejo fue posible gracias al Nanzan University Pache Research Subsidy I-A-2 for the 2010
Academic Year.

Notas
1
En 2006, el autor encontró un sitio inca, llamado Talala, ubicado a menos de una hora a pie al noroeste
de Congona. Al parecer, pudo tratarse de un tampu, pero se desconoce el trazado arquitectónico original,
pues se encuentra muy destruido y solo quedan secciones de los muros. Entre el material asociado al com-
plejo se hallaron bases de aríbalos y cabezas de porras esparcidas en los terrenos de cultivo. No se pudo
confirmar el trazo del camino inca, pero es muy probable que haya existido uno que cruzaba la cordillera,
lo que permitía la conexión entre la costa y la selva. Puede decirse que la ruta para cruzar la cordillera coin-
cide, aproximadamente, durante el Periodo Formativo y la época inca, al menos en esta zona.

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DOS MONOLITOS DEL SITIO DE CONGONA... 67

REFERENCIAS
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1982 Excavaciones efectuadas en el centro ceremonial de Huaca Lucía-Chólope, del Horizonte Temprano, Batán
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ISSN 1029-2004
NUEVAS
BOLETÍN DE ARQUEOLOGÍA EVIDENCIAS
PUCP DEL SITIO
/ N.° 12 / 2008, 69-95 ARQUEOLÓGICO
/ ISSN 1029-2004 DE PACOPAMPA... 69

Nuevas evidencias del sitio arqueológico de Pacopampa,


en la sierra norte del Perú

Yuji Seki,a Juan Pablo Villanueva,b Masato Sakai,c Diana Alemán,d Mauro Ordóñez,e
Walter Tosso,f Araceli Espinoza,g Kinya Inokuchi h y Daniel Morales i

Resumen

En este artículo se presentan los avances del Proyecto Arqueológico Pacopampa, organizado por la Universidad Nacional Mayor
de San Marcos y el National Museum of Ethnology de Osaka, Japón. El principal logro de este proyecto, que investiga en el sitio
del mismo nombre desde 2005, es la verificación cronológica del asentamiento —caracterizada por la presencia de dos fases
propuestas por anteriores investigadores— sobre la base de fechados radiocarbónicos y la correlación estratigráfica de sus compo-
nentes arquitectónicos. Aunque no se conoce la configuración arquitectónica en su integridad, se ha podido determinar que el
centro ceremonial fue edificado en la fase Pacopampa I (c. 1200-900 a.C. [calib.]), y que fue totalmente remodelado en la fase
Pacopampa II (c. 900-500 a.C. [calib.]), a la que corresponden casi todas las estructuras visibles en la superficie. Esta reconfi-
guración podría haber respondido a un cambio en el manejo del poder en el sitio. Además, se ha reportado una tercera fase de
ocupación (Pacopampa III, c. 500-1 a.C. [calib.]), anterior a su abandono total, el que es evidente al observar el sello ritual de
la Plaza Cuadrangular Hundida de la tercera plataforma en la última fase, que corresponde a la cultura Cajamarca, es decir, ya
en el Periodo Intermedio Temprano.

Palabras clave: Pacopampa, Periodo Formativo, cronología, secuencia arquitectónica, poder

a
National Museum of Ethnology.
Dirección postal: Senri Expo Park 10-1, Suita, Osaka, Japón.
Correo electrónico: sekito@idc.minpaku.ac.jp
b
Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Dirección postal: av. Venezuela s.n.o, Ciudad Universitaria, Lima 01, Perú.
Correo electrónico: juanpablovh@hotmail.com
c
Yamagata University, Faculty of Literature and Social Sciences.
Dirección postal: Koshirakawacho 1-4-12, Yamagata-shi, Yamagata, Japón.
Correo electrónico: sakai@human.kj.yamagata-u.ac.jp
d
Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
irección postal: av. Venezuela s.n.o, Ciudad Universitaria, Lima 01, Perú.
Correo electrónico: diana_aleman85@hotmail.com
e
Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Dirección postal: av. Venezuela s.n.o, Ciudad Universitaria, Lima 01, Perú.
Correo electrónico: mauro.alberto@gmail.com
f
Museo Amano.
Dirección postal: calle Retiro 160, Lima 18, Perú.
Correo electrónico: wtosso@yahoo.es
g
Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Dirección postal: av. Venezuela s.n.o, Ciudad Universitaria, Lima 01, Perú.
Correo electrónico: daraceli28@hotmail.com
h
Saitama University, Faculty of Liberal Arts.
Dirección postal: Shimo-okubo 255, Sakura-ku, Saitama-shi, Saitama-ken, Japón.
Correo electrónico: inokuchi@mail.saitama-u.ac.jp
i
Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Dirección postal: av. Venezuela s.n.o, Ciudad Universitaria, Lima 01, Perú.
Correo electrónico: dmorales13@hotmail.com ISSN 1029-2004
70 YUJI SEKI ET AL.

Abstract

NEW EVIDENCE UNEARTHED FROM THE PACOPAMPA ARCHAEOLOGICAL SITE IN THE NORTH
HIGHLANDS OF PERÚ

In this article, we present data recently recovered from excavations at the Pacopampa archaeological site, carried out by the
Pacopampa Archaeological Project, the National University of San Marcos, Perú, and the National Museum of Ethnology, Japan.
The principal objective of this project is to reconfirm the chronology of the site, which is characterized by two phases previously
developed by Peruvian archaeologists using radiocarbon data and their relation to architectural components. Although not all of
the site’s architectural design is known, there is evidence to suggest that the ceremonial center at the site was established during the
Pacompampa I phase (cal BC 1200-800), and was completely modified during the Pacopampa II phase (cal BC 800-500). The
architecture presently observed from the surface of the site generally belongs to the last phase. The architectural changes at the site
reflect a shift in power manipulated by leaders. Moreover, we have discovered a later occupation at the site, Pacopampa III phase
(cal BC 500-1), which dates just before the abandonment of the Sunken Court located on the uppermost platform. The Sunken
Court was sealed ritually in the last phase by the Cajamarca Culture during the Early Intermediate Period.

Keywords: Pacopampa, Formative Period, chronology, architectural sequence, power

1. Introducción

El Proyecto Arqueológico Pacopampa se constituyó gracias a un convenio firmado entre la Universidad


Nacional Mayor de San Marcos y el National Museum of Ethnology de Japón en 2005. Los objetivos de
las investigaciones en el lugar son caracterizar a la sociedad establecida allí durante el Periodo Formativo,
entender el proceso de su desarrollo social e interpretar su transformación desde una sociedad de organiza-
ción preestatal a una más compleja en la que se configura el Estado y se establece la relación de poder de los
líderes y las autoridades, quienes lograron, con éxito, dar continuidad a un sistema de ordenamiento social
(puesto y rango), y las formas de distribución de la producción (obtención de materiales excedentes) entre
la población que sustentaba el sistema. Se pretende aquí una aproximación a esta problemática mediante
los resultados de las excavaciones y los análisis de los materiales culturales y naturales recuperados.

2. El centro ceremonial de Pacopampa

El sitio arqueológico de Pacopampa se localiza en el centro poblado de San Pedro de Pacopampa, distrito
de Querocoto, provincia de Chota, en el departamento de Cajamarca, a 2500 metros sobre el nivel del
mar, en la vertiente oriental de la cordillera occidental de los Andes (Figs. 1, 2). Se ubica en la margen
izquierda del río Chotano, uno de los afluentes del río Marañón. Ecológicamente, pertenece a la zona de-
nominada quechua, la que presenta un clima templado propicio para la agricultura de racacha, maíz, fríjol,
calabaza, yacón y papa (Rosas y Shady 1974: 9).
Alrededor del complejo hay una serie de montículos artificiales, al parecer relacionados entre sí, de-
nominados La Capilla, El Mirador y La Laguna. Por lo tanto, cuando se utilice la expresión «centro cere-
monial de Pacopampa» se estará comprendiendo en ella un área amplia que incluye dichas elevaciones. El
edificio principal de Pacopampa está conformado por tres grandes plataformas a desnivel que ascienden
sobre una colina rocosa. Las estructuras principales, que son las que mejor se conservan, se encuentran en
la Tercera Plataforma —es decir, la plataforma superior—, en la que se localiza una plaza cuadrangular
hundida rodeada por tres plataformas laterales en sus lados oeste, sur y norte. Es notoria, además, la presen-
cia de un montículo circular en el extremo oeste de la plataforma. La Segunda Plataforma también cuenta
con una plaza cuadrangular hundida —de mayor dimensión que la ubicada en la Tercera Plataforma—,
que dispone de una escalera de acceso al oeste.

3. Investigaciones arqueológicas realizadas en Pacopampa

La primera expedición arqueológica al sitio de Pacopampa fue organizada en 1939 por el arqueólogo
Rafael Larco Hoyle, quien recolectó vasijas de cerámica, objetos de hueso y piedras labradas, algunos de

ISSN 1029-2004
NUEVAS EVIDENCIAS DEL SITIO ARQUEOLÓGICO DE PACOPAMPA... 71

Fig. 1. Mapa de ubicación del sitio arqueológico de Pacopampa (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Pacopampa).

ellos descubiertos por los lugareños en las chacras de los alrededores. Los monolitos recuperados se en-
cuentran en el Museo Larco Herrera de Lima, salvo uno con forma de felino que se ubica en la plaza del
poblado de San Pedro de Pacopampa. En 1966, el doctor Pablo Macera, quien fuera director del Seminario
de Historia Rural Andina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, visitó el complejo y decidió
empezar las investigaciones arqueológicas con fondos de esa casa de estudios; luego, invitó a los arqueólo-
gos del Museo Nacional de Antropología y Arqueología, lo que dio inicio a un programa de investigaciones
en el complejo y su entorno. Fue en este contexto en el que varios estudiosos realizaron excavaciones tanto
en el sitio (Rosas y Shady 1970, 1974; Fung 1976; Morales 1980, 1998) como en yacimientos cercanos
(Flores 1975; Kaulicke 1975, 1981; Santillana 1977). Estos trabajos comenzaron a esclarecer la cronología
del complejo, aunque, debido a la escala de las investigaciones, solo se pudo plantear, tentativamente, las
respectivas asociaciones arquitectónicas.
Las secuencias cronológicas presentadas por los investigadores anteriores pueden dividirse en dos o tres
fases. Dentro del complejo, H. Rosas y R. Shady (1970) propusieron una secuencia compuesta por las fases
Pacopampa-Pacopampa (1200 a.C.-800 a.C.) y Pacopampa-Chavín (800 a.C-?). Por su parte, R. Fung
(1976) excavó dos unidades pequeñas en la Tercera Plataforma, y obtuvo una secuencia estilística de cerá-
mica de seis fases que correspondería a un periodo de ocupación del sitio. Fuera de Pacopampa, P. Kaulicke
(1975, 1981) realizó excavaciones en el complejo de Pandanche, las que le permitieron descubrir una fase
anterior a las dos propuestas por H. Rosas y R. Shady. Esta fue denominada Pandanche A y corresponde a
la más antigua del Periodo Formativo en la zona. Posteriormente, D. Morales (1980, 1998), por medio de
la integración de estos datos, propuso una secuencia de tres fases: Pacopampa Inicial, Pacopampa Apogeo
y Pacopampa Expansivo (Fig. 3).

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72 YUJI SEKI ET AL.

Fig. 2. Vista general del sitio de Pacopampa (foto: Proyecto Arqueológico Pacopampa).

Desde que el Proyecto Arqueológico Pacopampa inició sus investigaciones en 2005 se concentró en la
Tercera Plataforma, en donde se encontraron evidencias arquitectónicas en superficie (Tosso 2005; Seki y
Tosso 2006, 2007; Seki y Morales 2009). Si bien aún no se han alcanzado todos los objetivos planteados
en la investigación, en este trabajo se presentan algunos datos recuperados que han contribuido a un mayor
entendimiento de ciertas problemáticas, como la cronología y la configuración arquitectónica y funcional
asociada al desarrollo histórico del monumento. Los sectores intervenidos por medio de excavaciones son
los siguientes (Fig. 4):

a) Sector A: área comprendida entre el muro del frontis de la Tercera Plataforma y el muro este de la plaza
cuadrangular hundida.

b) Sector B: superficie que corresponde a la plaza cuadrangular hundida y las plataformas Sur y Norte que
la rodean. Se ha excavado durante cuatro temporadas (2005-2008).

c) Sector C: zona entre el muro oeste de la plaza cuadrangular hundida y el inicio del talud del Edificio
Circular o Montículo G (Morales 1998). Este sector comprende la Plataforma Principal y la Plataforma
Oeste.

d) Sector D: espacio que incluye el Edificio Circular o Montículo G, y su entorno al sur y al norte.

e) Sector E: área en declive entre el muro oeste de la plaza cuadrangular hundida de la Segunda Plataforma
y el muro del frontis este de la Tercera Plataforma.

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Fig. 3. Secuencia cronológica de Pacopampa y otros sitios de la sierra norte (elaboración del cuadro: Proyecto Arqueológico Pacopampa).
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Fig. 4. Plano de Pacopampa, con la indicación de las áreas de excavación (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Pacopampa).
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4. Problemática de la cronología

Líneas arriba se señaló que uno de los aportes más importantes realizados por los anteriores investiga-
dores en Pacopampa fue el establecimiento de una cronología compuesta, inicialmente, por dos fases
(Pacopampa-Pacopampa o Pacopampa Apogeo y Pacopampa-Chavín o Pacopampa-Expansivo), y luego
ampliada a tres, por la inclusión de una fase anterior a ellas (Pandanche A o Pacopampa Inicial), relacio-
nada con la aparición de la cerámica en la zona (Periodo Formativo Temprano o Periodo Inicial). Esta cro-
nología se sustenta en escasos fechados radiocarbónicos (Rosas y Shady 1970; Kaulicke 1981), motivo por
el que el Proyecto Arqueológico Pacopampa se propuso confirmarla con la realización de mayor cantidad
de dataciones absolutas. Hasta el momento se cuenta con 20 fechados radiocarbónicos (Tabla 1), los que
confirman la cronología ya propuesta. De este modo, se identificaron dos fases, Pacopampa I y Pacopampa
II, que, según las fechas de carbono-14, corresponden a los rangos de 1200 a.C.-900 a.C. para Pacopampa
I y de 900 a.C.-500 a.C. para Pacopampa II. Estas fases se correlacionan con la cronología propuesta por
los trabajos anteriores. Además, aunque no se cuenta aún con fechados radiocarbónicos correspondientes,
se prevé proponer una fase de ocupación posterior (¿fase Pacopampa III?). De manera reciente, se ha regis-
trado un contexto de sello de la plaza cuadrangular hundida de la Tercera Plataforma, el que parece estar
relacionado con el abandono del sitio. Este contexto presenta material cerámico asociado perteneciente a
la fase Cajamarca Inicial (c. 0-200 d.C.) o Temprano (c. 200-450 d.C.).

5. El desarrollo arquitectónico del sitio arqueológico

Las investigaciones del proyecto han puesto en evidencia que los elementos arquitectónicos encontrados en
la superficie del complejo pertenecen, principalmente, a la fase Pacopampa II. Debajo de esas construcciones
se han identificado varias evidencias arquitectónicas correspondientes a la fase precedente, Pacopampa I.

5.1. La fase Pacopampa I (1200 a.C.-900 a.C.)

Las evidencias arqueológicas de la fase Pacopampa I fueron recuperadas en los sectores A, C y D. La larga
distancia entre ellos dificulta la correlación estratigráfica de sus construcciones. En este artículo se presenta
la secuencia establecida en el Sector C. En las excavaciones de una trinchera de 25 metros, desde la falda
del Montículo G hacia el este, se han identificado varias subfases en Pacopampa I, las que pueden ser
agrupadas en dos grandes subfases, Pacopampa I-A y I-B. Estas tienen edificaciones con orientaciones y
características particulares, aun cuando ambas están asociadas a la cerámica típica de Pacopampa I, cuya
decoración se caracteriza por incisiones cortantes o superficiales, pintura postcocción en zona, aplicaciones
de tiras sobrepuestas, pintura precocción de color rojo, ante y blanco, con engobe rojo y motivos general-
mente geométricos, aunque a veces hay diseños figurativos (formas de serpiente, jaguar o ave).

5.1.1. La subfase Pacopampa I-A. Las estructuras pertenecientes a esta subfase muestran un desarrollo
continuo de edificaciones que se superponen, pero mantienen el mismo eje de orientación, lo que permite
dividirla en varios momentos constructivos. Sus muros están desviados aproximadamente 10° al Oeste con
respecto a los muros de la subfase Pacopampa I-B.
El primer momento constructivo, Pacopampa I-A (1), se caracteriza por la edificación de una plata-
forma baja, de alrededor de 50 centímetros de alto (C-Plt. 8), ubicada en el extremo este de la trinchera.
Solo se conservó una hilada de piedras medianas, las que fueron cubiertas por un empaste de barro y
asociadas a un nivel de piso de tierra de cascajo anaranjado. Debido al desmontaje de este muro no se
tiene evidencia determinante del nivel del piso superior, pero se registró una capa muy delgada (2 a 4
centímetros) y bastante horizontal que parece corresponder a este nivel, pero su extensión hacia el oeste y
asociación a otras estructuras es aún desconocida.
Se recuperó cerámica perteneciente a la fase Pandanche A o Pacopampa Inicial en una capa entre el
piso de la subfase Pacopampa I-A (1) y la tierra estéril. Esta es la primera evidencia de dicha fase en el sitio
de Pacopampa, aunque Morales encontró la misma fase en sus excavaciones en La Capilla (Morales 1998).

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Tabla 1. Fechados radiocarbónicos del sitio arqueológico de Pacopampa. ML: Montículo Laguna (elaboración de la tabla: Proyecto Arqueológico Pacopampa).
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Sin embargo, aún no se ha definido si hubo ocupación o algún tipo de actividad cultural de esta fase en el
Sector C, pues el estrato con cerámica es muy delgado y no está asociado a evidencia constructiva alguna.
El material carbonizado asociado a la cerámica obtuvo un fechado no calibrado de 3070 ± 40 a.p. (Lab.
254196).
En un segundo momento constructivo, la subfase Pacopampa I-A (2), se construyó una plataforma
(C-Plt. 7) compuesta de tres niveles: los dos primeros forman una especie de calzada escalonada, de 1,10
metros de ancho, definida por pequeños muretes de contención superpuestos a los que se accede desde un
nivel de piso calcáreo, mientras que el nivel superior de la plataforma (de 60 centímetros de alto) tampoco
se ha definido con claridad. De nuevo, la observación de la estratigrafía indica una capa homogénea de
cascajo, la que puede interpretarse como la base de un piso.
El tercer momento constructivo, la subfase Pacopampa I-A (3), se caracteriza por el desmantelamiento
y cubrimiento de las estructuras anteriores. Encima de la plataforma de la subfase Pacopampa I-A (2) fue
construida otra plataforma de poca altura (C-Plt. 6) con un muro de contención conformado por piedras
de mediano tamaño y rectangulares. Sobre el piso exterior se encontró un hoyo de 15 centímetros de
profundidad que tenía un relleno de carbón y piedras pequeñas. Se extiende hacia el este y presenta tierra
de coloración rojiza en los bordes, lo que indica que pudo haberse realizado una quema in situ, y que el
carbón resultante se distribuyó de manera homogénea sobre una superficie no menor a 1,80 metros de
largo. El nivel del piso superior tampoco se conservó en su integridad, pero fue posible alcanzar su nivel de
base de cascajo. Se extiende hacia el oeste por un espacio de 4,20 metros, aunque no se pudo determinar
otra estructura asociada.
En el cuarto momento constructivo, la subfase Pacopampa I-A (4), se cubrieron, nuevamente, las
estructuras anteriores, para construir una plataforma a desnivel con planta rectangular y una esquina en
forma de «L» (C-Plt. 4), a la que se accede desde un nivel de piso de composición calcárea y un peldaño
de 20 centímetros de alto. Al interior de esta plataforma se hallaron varias capas de cascajo y un relleno
de piedras pequeñas y medianas de forma irregular. El muro de contención oeste se asocia, mediante un
nivel de piso, a una plataforma escalonada de dos niveles (C-Plt. 1; Fig. 5), con lo que se conformaba un
corredor de 90 centímetros de ancho. Esta plataforma posee un mínimo de 30 metros de longitud; el
muro más bajo es de 80 centímetros de altura, el siguiente tiene 40 centímetros, y el último solo alcanza
15 centímetros debido a que fue desmantelado, lo que motivó que no fuera posible determinar con exacti-
tud el nivel superior de esta estructura. Los niveles de piso existentes tanto al exterior como entre los antes
mencionados presentan una gruesa capa de material calcáreo.
Durante el quinto momento constructivo, la subfase Pacopampa I-A (5), se construyeron dos platafor-
mas (Fig. 6) mediante el desmantelamiento parcial de los muros y la reutilización de los pisos y el acceso
anterior. Una plataforma tiene perfil escalonado; su primer nivel posee una extensión de 4,60 metros de
largo por 3 metros de ancho, y su muro norte fue colocado de manera transversal a los del momento pre-
cedente, sobre la superficie de los pisos previos. Debajo de las piedras de la esquina noreste y sobre el piso
se registró la colocación de parte de un plato de cerámica de tipo Negro Inciso Fino, con representaciones
geométricas y figurativas, al parecer la boca de un personaje felinizado.
El segundo nivel, más alto, debió alcanzar una longitud de 85 metros y 3 metros de ancho. Posteriormente
se construyó, en el lado norte, otra plataforma, de la que solo se observa el muro de contención sur, con
lo que se definía otro espacio más hacia el norte, el que aún no se ha definido completamente debido a las
limitaciones de la excavación.

5.1.2. La subfase Pacopampa I-B. Durante esta etapa se produjo un cambio drástico en la configuración
arquitectónica del sitio, lo que determinó la presencia de nuevas edificaciones cuyos muros presentaban
una orientación sureste-noroeste de 10° más hacia el Este en comparación con los muros de las subfases
anteriores.
En el Sector C, las estructuras pertenecientes a la subfase Pacopampa I-A fueron cubiertas del todo
por gruesas capas de relleno de tierra y piedras. Este relleno es contenido por un gran muro (CM-17) que
define a la Plataforma Oeste (Fig. 7). El muro está compuesto por tres hiladas de piedras grandes, tiene
una extensión de más 25 metros de largo (aunque solo se ha identificado la esquina sur), 1 metro de alto
y 0,60 metros de ancho. De la parte alta de la Plataforma Oeste se ha conservado la capa de cascajo, que

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Fig. 5. Sector C. Plataforma escalonada C-Plt. 1 de la subfase Pacopampa I-A (2) (foto: Proyecto Arqueológico Pacopampa).

es la base del piso, y a 15 metros hacia el oeste del muro se halló un fragmento de piso asociado a otro
muro de contención; este nivel puede asociarse a dicha plataforma por encontrarse sobre la misma capa de
cascajo. Si la altura original de dicha plataforma fue de alrededor de 1,60 metros, el nivel más alto pudo
estar asociado a las partes externas del Edificio Circular o Sector D. El piso exterior de la Plataforma Oeste
se compone de una capa de 4 centímetros de material calcáreo, superficie bastante regular que se extiende
hacia el este, y sobre esta se recuperó material carbonizado del que se obtuvo muestras para dos fechados
no calibrados de 2800 ± 40 a.p. (Lab. 227410) y 2910 ± 40 a.p. (Lab. 239345).
En el extremo sur del Sector C está la Plataforma Principal, en la que se ubica el Edificio Principal I,
de 13 metros de ancho por 20 de largo, y la Plataforma Perimetral. La estructura se compone de cinco
recintos de planta rectangular, articulados simétricamente con respecto al eje arquitectónico, que se orga-
nizan de Este a Oeste de la siguiente forma: tres recintos contiguos, uno central y dos laterales más peque-
ños —uno al norte y otro al sur del primero—, desde donde se accede, a través de dos ingresos laterales
distribuidos en forma simétrica y respetando el eje constructivo, a un recinto alargado y angosto, para
terminar en un último recinto de formas similares. Sobre el piso de los tres primeros recintos, ubicados
en la parte oriental, se hallaron varios fogones a cuyos alrededores había superficies muy quemadas. Estos
recintos fueron construidos con muros conformados por una doble hilera de piedras de tamaño mediano a

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Fig. 6. Sector C. Plataformas paralelas de la subfase Pacopampa I-A (4) (foto: Proyecto Arqueológico Pacopampa).

grande y forma rectangular; poseen gruesos empastes de barro y enlucidos de material arcilloso y calcáreo,
una composición semejante a la que hay en los niveles de piso, varios de los cuales presentan buen estado
de conservación. El Edificio Principal I está rodeado por una plataforma baja, denominada Plataforma
Perimetral, cuyo nivel de piso es el mismo que el de la parte exterior de la Plataforma Oeste.

El frontis de la Tercera Plataforma: las excavaciones en el frontis de la Tercera Plataforma en el Sector A


revelaron evidencias estratigráficas de que fue construido en la fase Pacopampa I (Fig. 8). Si se considera la
misma dirección de los muros del frontis y de la Plataforma Oeste en el Sector C, existe la posibilidad de
que el frontis fuera construido en la subfase Pacopampa I-B (1). Por otro lado, todavía no se dispone de
datos para definir la posición cronológica de la Primera Plataforma y la Segunda Plataforma.
El muro del frontis de la Tercera Plataforma está compuesto por grandes piedras rectangulares de más
de 2,50 metros de largo, dispuestas horizontalmente y trabajadas de manera cuidadosa. Alcanzó una altura
aproximada de 3,40 metros y terminaba en un piso superior de color blanco del que no se ha hallado
evidencia arquitectónica asociada. Este piso fue modificado en el segundo momento de la fase Pacopampa
I-B, aunque no se ha podido establecer su correspondencia con la cronología del Sector C. El nuevo piso,
que cubría el precedente, se asocia a la construcción del muro A-M5, que está retirado 9 metros al oeste

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Fig. 7. Sector C. Plataforma Oeste de la subfase Pacopampa I-B (1) (foto: Proyecto Arqueológico Pacopampa).

del frontis y se ubica paralelo a este. Solo hay una hilera, la que presenta doble cara y piedras finamente
talladas. El piso asociado al muro se extiende hacia el oeste y fue destruido con el objeto de instalar la plaza
hundida, por lo que se infiere que esta pertenece a la siguiente fase, Pacopampa II. A 2 metros al este del
muro, y de manera paralela a la plataforma, fue construido un canal abierto de 45 centímetros de ancho
y 10 de profundidad.

El Edificio Circular: los trabajos realizados en el Sector D, ubicado en el extremo noroeste de la Tercera
Plataforma, a 110 metros al oeste del muro del frontis este, dejaron en evidencia una edificación circular
(Fig. 9), al parecer, construida durante Pacopampa I; sin embargo, aún no ha podido ser relacionada con
exactitud a una de las dos subfases de Pacopampa I definidas en el Sector C a causa de que el área entre am-
bos sectores fue erosionada posteriormente y no quedan vestigios de los estratos culturales para interpretar
tales relaciones. A pesar de esto, se considera que la edificación desempeñaba un papel principal en la fase
Pacopampa I debido a su ubicación y forma particular (Sakai et al. 2008).
El Edificio Circular tiene una altura aproximada de 1,20 a 1,40 metros y se compone de dos plataformas:
la primera es una plataforma circular (D-Plt. 1) que tiene un diámetro de 28 metros y una altura de 1,40
metros, aproximadamente. Se sostiene por un muro construido por grandes piedras cubiertas con un

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Fig. 8. Frontis este de la Tercera Plataforma (foto: Proyecto Arqueológico Pacopampa).

grueso revoque de color beige. Esta plataforma está circunscrita o rodeada, salvo en el lado este, por un
muro en forma de anillo —que tiene de 0,30 a 0,50 metros de ancho y de 0,40 a 0,50 metros de alto— y
que está cubierto por el mismo revoque.
Al este de la plataforma circular se une a una segunda plataforma (D-Plt. 2) de 0,30 a 0,40 metros de
alto y 4,70 metros de ancho. Es sobre esta plataforma que se erigió un recinto cuadrangular —de 7,60
metros de largo por 3,40 metros de ancho y 1,40 metros de altura— en cuyo interior y adosado al muro
de la plataforma circular se construyeron dos muros laterales de doble cara —de 3,40 metros de largo por
25 centímetros de ancho y 1,40 metros de alto cada uno— con columnas de 20 centímetros de ancho
unidas a ellos y tres banquetas de dimensiones diferentes separadas por dos de esas columnas (Fig. 10). La
denominada Banqueta I tiene 1,30 metros de largo, 0,24 metros de alto y 0,50 a 0,70 metros de ancho; la
Banqueta II tiene 2,30 metros a 2,40 metros de largo, 0,24 metros de alto y de 90 centímetros a 1 metro
de ancho, y la Banqueta III tiene 1,30 metros de largo, 24 centímetros de alto y de 0,70 a 1,10 metros
de ancho. Además, se registró un fogón central, muy quemado, de 30 centímetros de diámetro por 14
de profundidad, que se enmarca en un piso que une todos estos componentes constructivos. Alrededor
del fogón el piso está muy quemado y, al parecer, el calor del fogón alcanzó las cercanías de las banquetas,
lo que induce a proponer que estas no sirvieron de asiento, sino para depositar algún objeto relacionado
con las actividades que involucraron dichos eventos de quema. Además de este fogón, se ubicaron varias
cavidades con quemas (cuatro al frente de la Banqueta I y una al frente de la banqueta III). Todo el recinto
y las estructuras que contiene estuvieron revestidos por un enlucido de color beige.

5.2. La fase Pacopampa II (900-500 a.C.)

Las investigaciones del proyecto demostraron que, durante la fase Pacopampa II (800 a.C.-500 a.C.), se
reutilizaron la Plataforma Oeste y el Edificio Circular de la fase Pacopampa I, las que fueron remodeladas
y se erigieron nuevas edificaciones, entre las que destacan la plaza cuadrangular hundida y las plataformas

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Fig. 9. Sector D. Edificio Circular (foto: Proyecto Arqueológico Pacopampa).

que la rodean en forma de «U», y que cambian la configuración arquitectónica de la Tercera Plataforma.
Respecto a la cerámica asociada a esta fase, cabe decir que es muy popular la cerámica gris pulida y la
decoración basada en diseños circulares estampados. Hay representaciones de animales, como el jaguar, la
serpiente y diversas aves mediante modelado e incisiones cubiertas con pigmento rojo.
Sobre la base del plano topográfico se ha establecido la existencia de un eje constructivo y visual (Seki
et al. 2006; Sakai et al. 2008) que pasa por el centro de las escaleras oeste y este de la plaza cuadrangular
hundida. Dicho eje se proyecta hacia el oeste por el medio de todos los vanos de acceso de los recintos de la
Plataforma Principal, mientras que, hacia el este, pasa por el centro del muro del frontis este de la Tercera
Plataforma. Ese eje pasa, además, por el centro de la plaza hundida de la Segunda Plataforma. Se puede
especular que la configuración de estas construcciones fue diseñada sobre la base del eje principal y, por lo
tanto, todas estas edificaciones corresponden a la fase Pacopampa II. Esta hipótesis se confirma mediante
las evidencias recuperadas en el área este de la Tercera Plataforma. Las investigaciones, especialmente en el
Sector B, permitieron identificar dos subfases (Pacopampa II-A y Pacopampa II-B), en cuyo intervalo se
han podido determinar cambios menores a los que se denominó momentos arquitectónicos.

5.2.1. La subfase Pacopampa II-A. El primer momento de la fase Pacopampa, la subfase Pacompampa
II-A (1), identificado en el Sector B, a 30,50 metros al oeste del frontis de la Tercera Plataforma, supuso la
instalación de una plaza cuadrangular hundida de alrededor de 30,80 por 31 metros de superficie y 1,20
metros de una profundidad. Está compuesta por cuatro muros perimetrales, descubiertos casi en su tota-
lidad por los investigadores anteriores (Rosas y Shady 1970; Fung 1976). A la plaza se accede por medio
de cuatro escaleras axiales de 4 metros de ancho cada una, y que están encajadas al centro de los cuatro
muros perimétricos. Las escaleras de los lados este y oeste ya habían sido excavadas (Rosas y Shady 1970),
en tanto que las escaleras norte y sur fueron registradas durante las excavaciones del Proyecto Arqueológico
Pacopampa en la temporada 2007 (Fig. 11). La mayor parte de la plaza presentaba un piso de color blanco,
pero en ciertas zonas se halló un piso de lajas de piedra (Rosas y Shady 1970; Fung 1976; Seki et al. 2006).

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Fig. 10. Sector D. Banquetas adheridas al Edificio Circular de la fase Pacopampa I (foto: Proyecto Arqueológico
Pacopampa).

El material carbonizado encontrado encima del piso blanco arrojó un fechado no calibrado de 2670 ± 40
a.p. (Lab. 245513). Las excavaciones del proyecto han determinado que, durante esta subfase, la plaza es-
taba libre de cualquier estructura. Cerca del centro de la plaza, se registró, sin embargo, una roca alargada
vertical a modo de huanca, de 60 centímetros de alto, 50 centímetros de largo y 40 de ancho, que fue
derribada posteriormente.
Las escaleras sur y norte llevan a las correspondientes plataformas Sur y Norte. La Plataforma Sur
se encuentra en mal estado de conservación debido a que su lado sur sufrió un desplazamiento. Sobre
la superficie de la Plataforma Norte se observan restos de construcciones que confirman la presencia de
pequeños recintos cuadrangulares ubicados alrededor de un patio. Al centro de la Plataforma Norte fue
registrado el primer piso asociado a un recinto y un posible patio hundido, en tanto que en el extremo
oeste se reportó una plataforma baja. El piso superior de dicha plataforma se extiende hacia el norte hasta
dar con una esquina de un recinto a desnivel a modo de patio hundido, el que presenta un piso de lajas a
1,06 metros con respecto al piso superior de la plataforma. Este patio hundido tiene muros delimitantes
con perfil escalonado, de 1,05 metros de alto y 1,20 metros de ancho total.
El segundo momento constructivo es Pacopampa II-A (2). Durante este momento, la plaza cuadran-
gular hundida no presenta renovación del piso, al contrario de las dos plataformas laterales que la rodean,
las que sí evidencian remodelaciones poco drásticas y nuevas construcciones. En la Plataforma Norte
hay indicios de renovación del piso que se asocia a una serie de edificaciones —en forma de plataformas
bajas— tanto al oeste como al norte. Al centro de la Plataforma Norte, un patio hundido de la subfase an-
terior muestra vestigios de haber sido reutilizado parcialmente, mediante la modificación del piso anterior,
para instalar en él un nuevo patio. En el extremo oeste de la Plataforma Norte se identificó la esquina de
una plataforma baja, la que se extiende hacia el oeste. Para tener acceso a esta, se colocó un piso de lajas
asociado al piso blanco en pendiente. Está relacionada con un canal de 60 centímetros de ancho que tiene
una dirección Oeste-Este y rompe el piso anterior. A 2,90 metros al norte de dicha plataforma baja se

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Fig. 11. Escalera sur de la plaza cuadrangular hundida en la Tercera Plataforma de la subfase Pacopampa II-A (1). Nótese el
muro construido para sellar la escalera en la subfase Pacopampa II-B (1) (foto: Proyecto Arqueológico Pacopampa).

instaló una nueva plataforma mediante la superposición de una serie de rellenos, los que cubren el piso de
lajas y pertenecen a la subfase anterior. Sobre la superficie de esta nueva plataforma se registró una hilera
de piedras destruida por estar muy expuesta.

5.2.2. La subfase Pacopampa II-B. Durante esta subfase se produjeron algunos eventos que cambia-
ron el carácter funcional de la plaza cuadrangular hundida y, probablemente, también el de las áreas de
las plataformas adyacentes. La plaza continuaba en uso, en asociación a un nivel de piso sobre el que se
edificaron varias estructuras con un eje totalmente diferente al que caracterizaba y configuraba a las de la
subfase anterior. Sobre la base de las evidencias de superposición arquitectónica se han podido diferenciar
dos momentos constructivos.
En el primer momento, la subfase Pacopampa II-B (1), las escaleras sur y norte de la plaza cuadrangular
hundida fueron selladas mediante un muro de contención, edificado sobre el primer peldaño de ambas
escaleras con una capa de relleno de tierra y algunas piedras. Es muy probable que las escaleras este y oeste
también fueran selladas (Fig. 12). El piso anterior de la plaza fue cubierto con tierra y piedras para instalar
un nuevo nivel de actividad.
Para acceder a la plaza se construyeron, en esta subfase, nuevas escalinatas ubicadas en la esquina
noroeste y sureste de la plaza (Fig. 13). Las escaleras se colocaron por medio de un «corte» de sus muros
perimétricos. El piso exterior de la plaza se elevó y, para sostener el nuevo nivel, se levantó un nuevo
paramento. Este se caracteriza por presentar dos hiladas superpuestas de grandes piedras rectangulares
colocadas de cabeza y alternadas de manera horizontal, una técnica completamente distinta a la utilizada
en los muros perimétricos.
Hacia el lado norte del centro de la plaza se edificaron dos estructuras paralelas: una plataforma rectan-
gular (B-PH-Plt. 1) y un recinto (B-PH 1) con dos compartimientos (Fig. 14). La Plataforma B-PH-Plt. 1
mide 3,80 metros de Sur a Norte y 2,40 metros de Oeste a Este, y la altura conservada es de 0,52 metros,

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Fig. 12. Escalera norte de la plaza cuadrangular hundida en la Tercera Plataforma de la subfase Pacopampa II-A (1). Nótese
el muro construido para sellar la escalera en la subfase Pacopampa II-B (1) (foto: Proyecto Arqueológico Pacopampa).

aunque se desconoce la elevación original. Fue construida mediante cuatro muros de contención que están
conformados con el mampuesto de dos hiladas de piedras cuadrangulares talladas toscamente. Del recinto
B-PH 1 solo se preservan los restos de los muros perimetrales norte, este y oeste; además de un pequeño
muro de división con orientación Norte-Sur. El recinto tiene un ancho de 1,20 metros (Este-Oeste) y una
longitud de 1,80 metros (Norte-Sur), pero originalmente tuvo 3,60 metros de largo. La altura de los mu-
ros es de 0,40 metros y no se observa ningún acceso. Es interesante que la orientación de los muros, cuyo
eje es casi Sur-Norte, difiera en casi 15° hacia el Norte de los muros perimetrales de la plaza, así como de
los de las plataformas y las estructuras asociadas a la subfase anterior. Al centro de la Plataforma Norte se
mantiene en funcionamiento el patio hundido central.
En el segundo momento de la subfase Pacopampa II-B (2) se construyó en la plaza una nueva plata-
forma (B-PH-Plt. 2), de la que las excavaciones del proyecto solo han registrado el lado norte debido a la
escala de destrucción posterior que presenta. Esta plataforma mide 2,30 metros de ancho y, por ahora, su
longitud es desconocida, aunque se estima que fue mayor de los 3,20 metros de longitud que se registraron
para el muro este. Está orientada de suroeste a noreste (16° de acimut), desviada al Este con respecto a las
estructuras precedentes. La orientación se infiere de la presencia de los restos de una escalera saliente, muy
derruida, que se adosa al muro norte de la plataforma. En este momento de la subfase Pacopampa II-B (2)
se produce el sello de la escalera, por lo menos en la esquina sureste de la plaza hundida —antes de la des-
trucción de su tramo sur—, mediante la edificación del muro sobre el primer y segundo peldaño. Después
del sello de la escalera sureste de la plaza se construyó una estructura cuadrangular alta para cubrir del todo
dicha escalera. Aún no es posible determinar si la estructura fue erigida inmediatamente después del sello
o si pertenece a la siguiente fase (Pacopampa III). En la Plataforma Norte se han identificado las diversas
subfases constructivas, entre ellas un muro largo que corre paralelamente a la plaza y algunos recintos cua-
drados que rodean un espacio central a modo de patio. Dentro del relleno de un recinto y otros muros se
encontraron tres entierros de niños.

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Fig. 13. Escalera ubicada en la esquina noroeste de la plaza hundida de la subfase Pacopampa II-B (1) (foto: Proyecto
Arqueológico Pacopampa).

La escalera entre la Segunda y la Tercera Plataforma: por ahora constituye una tarea difícil aplicar la crono-
logía descrita en el Sector B a otros sectores. Se realizó una trinchera que sigue el eje constructivo descrito
líneas antes en un área ligeramente en talud, entre el nivel del piso exterior del muro del frontis de la
Tercera Plataforma y la superficie de la Segunda Plataforma, es decir, en el Sector E. Entre ambas existe una
diferencia de 5 metros de altura, lo que sugiere la existencia de otros muros de contención para sostener el
nivel del piso delante del frontis, así como algún sistema de acceso. Se registraron dos muros de contención
y una escalera monumental entre la Segunda Plataforma y el nivel del piso inferior del frontis de la Tercera
Plataforma (Fig. 15). Esta escalera fue construida con piedras bien labradas, presenta una caja de ancho
aproximado de 5 metros y debió alcanzar una altura total de 7,30 metros, aunque solo se ha documentado
una altura conservada de 2,90 metros. Se compone de dos tramos: el primero e inferior comienza desde
un nivel de la Segunda Plataforma y se caracteriza por ser una escalinata cuya caja está empotrada en una
plataforma. La escalera tiene siete peldaños y alcanza una altura de 2,20 metros; cada peldaño tiene un alto
promedio de 30 centímetros. El último alcanza el nivel de la cabecera de la plataforma encontrada, donde
hay un descanso de dos niveles, de 1 metro de largo cada uno, divididos por un muro de contención com-
puesto por una sola hilera de piedras. Del material carbonizado hallado directamente encima del peldaño
se obtuvo un fechado no calibrado de 2680 ± 40 a.p. (Lab. 244567).
Terminado el muro de contención comienza el segundo tramo de la escalinata, el que se caracteriza
por ser un tipo de escalera saliente cuya caja está compuesta por muros laterales. Solo se han registrado los
cuatro primeros peldaños debido al menor grado de preservación en comparación con el tramo inferior.
Los restos de esta escalera alcanzan una altura de 1,30 metros, y dado que restan otros 3,30 metros para
llegar al nivel del piso del frontis de la Tercera Plataforma, es muy posible que esta escalera presentara un
tercer tramo en el pasado.
La ubicación de la escalera seguida por el eje principal indica que esta estructura fue construida de
manera minuciosa, conforme un plan arquitectónico general que incluía las plazas y las plataformas de

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Fig. 14. Plataforma (B-Plt. 1) y recinto (B-R2) en el centro de la plaza hundida (foto: Proyecto Arqueológico Pacopampa).

la Tercera Plataforma. En tal sentido, es probable que la escalera perteneciera al primer momento de la
subfase Pacopampa II-A (1) en el Sector B. Se registraron evidencias de la modificación de la escalera —en-
tre ellas un murete de piedra agregado posteriormente sirvió para limitar la parte lateral sur del descanso
entre dos tramos—, aunque se desconoce si corresponde a la subfase Pacopampa II-A (2) o la subfase
Pacopampa II-B en el Sector B.

El frontis de la Tercera Plataforma: la excavación de una trinchera entre el frontis de la Tercera Plataforma
y la plaza hundida permitió observar que la parte superior del muro del frontis de esta plataforma fue
remodelado por medio del reemplazo de las piedras que lo conformaban (Seki y Tosso 2006). Las piedras
de Pacopampa II son más toscas en su tratamiento y de menor tamaño en comparación con las de la fase
precedente. De manera paralela, los pisos y las estructuras superiores de esta fase fueron cubiertos para la
instalación de nuevas construcciones, lo que incluyó un canal subterráneo asociado al frontis, que tenía
una salida correspondiente.
Como parte de la fase Pacopampa II, en el Sector A se identificó un muro de contención directamente
sobre el muro oeste del canal abierto de la fase Pacopampa I, que había sido sellado con anterioridad.
Además, un murete compuesto por una hilera de piedras fue colocado 40 centímetros en frente del reuti-
lizado muro A-M5, lo que creaba un espacio entre ambos que fue empleado como canal abierto. Dicho
canal presentó como base un piso con lajas. Hacia el oeste de A-M5 se construyó una plataforma con el
muro de contención A-M4 (Fig. 15), y sobre ella se edificó un recinto de 3 metros de ancho, pero no se ha
podido determinar su longitud debido a lo limitado del área excavada. Los muros del recinto están com-
puestos por dos hileras de piedra revestidas y enlucidas con barro. Al este hay un canal abierto, sin base y
compuesto de muros pequeños. El nivel del piso de la plataforma sostenida por el muro A-M4 se extiende,
aproximadamente, 18 metros hacia el oeste hasta tocar la cabecera del muro este de la plaza cuadrangular
hundida ubicada en el Sector B. Las construcciones descritas en el frontis están asociadas con esta plaza y
es probable que correspondan a la subfase Pacopampa II-A (1) en el Sector B.

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Fig. 15. Sector E. Escalera de acceso desde la Segunda a la Tercera Plataforma (foto: Proyecto Arqueológico Pacopampa).

Del siguiente momento se ha registrado la reutilización de las estructuras mediante la modificación de


los muros del recinto. Los pisos asociados a estas estructuras de la subfase anterior fueron cubiertos por
capas de relleno y renovados, y el canal descrito fue disturbado por la instalación de otro. En ese momento,
el nivel del piso estaba asociado a la cabecera del muro este de la plaza hundida, lo que lleva a suponer que
la modificación corresponde a la subfase Pacopampa II-A (2) en el Sector B.

La Plataforma Principal: la escalera oeste de la plaza cuadrangular hundida comunica con el patio delan-
tero, de 20 metros de longitud, del área denominada como Plataforma Principal (Fig. 16). Se trata de
una plataforma muy baja, con muros de una sola hilada, bordeada por un canal abierto que, a su vez, es
circundado por otra plataforma pequeña, con lo que los dos primeros elementos quedaban en un nivel
ligeramente más bajo a modo de patio hundido.
Desde aquí se ingresa al Edificio Principal II, construido a 8 metros al oeste sobre el Edificio Antiguo,
el que fue cubierto con capas de cascajo amarillento. El Edificio Nuevo se compone de cinco recintos
de forma rectangular —aunque se pueden proponer otros tres más—, articulados simétricamente con
respecto al eje arquitectónico utilizado desde la fase Pacopampa I. Estos se organizan de este a oeste de
la siguiente forma: tres recintos contiguos, uno central y dos laterales (hipotéticos) más pequeños; luego,

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se repite este patrón: uno central de forma similar al anterior y dos laterales, uno al norte y otro al sur
(hipotético). Desde aquí se ingresa a un recinto alargado y angosto a través de un acceso al centro del eje y,
seguidamente, a un último recinto de formas similares, pasando por una entrada lateral hacia el norte del
eje. Los recintos de este edificio son similares en técnica constructiva y acabados a los del Edificio Principal
I de la fase Pacopampa I.
El Edificio Principal II está bordeado por una plataforma baja denominada Plataforma Perimetral. Se
registró, también, la reutilización de la Plataforma Oeste, modificada mediante la reducción de más de
11 metros de su longitud en el área sur. Hacia la parte norte se desmanteló, de manera parcial, el C-M17
para la instalación de los muros laterales de una escalera —que tiene la misma orientación de la escalera
del Edificio Circular—, compuesta por tres peldaños de piedra labrada de forma rectangular. Además, se
construyó una plataforma adyacente a la Plataforma Oeste mediante un muro de contención adosado de
forma perpendicular al lado sur de la caja de la escalera.

La Dama de Pacopampa: el entierro C-Ent. 09-02, denominado La Dama de Pacopampa, fue colocado
al interior del Hoyo 09-02 (Fig. 17), en la parte este de la Plataforma Principal. Este evento fue posterior
al cubrimiento del Recinto 8, pertenece a la fase Pacopampa I y fue previo a la construcción del Recinto
4, que corresponde a la fase Pacopampa II, lo que coincide con el eje constructivo que divide simétrica-
mente a los recintos y el hoyo. Su matriz consiste de una cavidad circular que tiene un diámetro inicial de
0,85 por 0,95 metros, así como 1,40 metros de profundidad. Desde este nivel, a 30 centímetros al oeste,
hay otro pozo de 0,80 por 0,65 metros y 0,70 metros de profundidad, lo que hizo que la profundidad
total sume 2,10 metros, sus paredes sean casi rectas y tenga una base plano-ovalada (Fig. 18). Luego de la
colocación del individuo, se depositaron diversas capas de relleno: las dos primeras se componen de un
bloque de piedra de gran tamaño, de 30 a 50 centímetros, y de forma irregular rodeado de varias piedras
pequeñas en una matriz de tierra arcillosa de color marrón claro con inclusiones reducidas de cascajo. La
tercera presenta mayor cantidad de tierra y cascajo, además de algunos bloques de material utilizado en los
enlucidos y varias piedras pequeñas. El cuarto relleno se compone de seis lajas grandes de andesita —de 50
por 40 centímetros, y entre 5 y 10 centímetros de grosor en promedio— dispuestas en forma horizontal y
oblicua. La última laja, de 70 por 20 centímetros y 8 centímetros de grosor, colocada en forma casi vertical,
está rodeada de cuatro piezas de cerámica que conformaban un nivel de ofrendas: una botella pequeña
de cuello largo, con borde engrosado hacia el exterior, cuerpo globular y base plana; una taza de borde
biselado, vertedera y asa de forma cilíndrica, con decoración incisa de círculos concéntricos delimitados
por líneas horizontales; una compotera de cuerpo compuesto, con una base pedestal que presenta orificios
que permiten el ingreso de aire para mantener la combustión en su interior, y un cuenco de base plana y
paredes divergentes encontrado al interior de la compotera. Entre estas dos últimas piezas se encontraron
ceniza y carbón.
Los datos preliminares del análisis antropológico indican que se trata de un individuo de sexo feme-
nino, de entre 20 y 40 años de edad, y alrededor de 1,55 metros de estatura. Estaba en posición flexionada
y recostada sobre su lado izquierdo, con la parte frontal del cráneo sobre la base del pozo y la mano derecha,
al parecer, sujeta el antebrazo izquierdo. Presenta el cráneo deformado y en las áreas circundantes a él se
registró una fuerte pigmentación de cinabrio y una sustancia azul no identificada. El individuo estaba ata-
viado con cuatro piezas de oro (Fig. 19): dos orejeras de forma cilíndrica —de 6 centímetros de diámetro,
1 milímetro de grosor, base cilíndrica de 5 centímetros de diámetro, 15 centímetros de alto y 18 gramos
de peso, aproximadamente— y dos aretes o pendientes de forma triangular que consisten de láminas de 2
a 3 milímetros de grosor, alrededor de 50 gramos de peso, 26 centímetros de largo por 11 de ancho en su
parte superior —que tiene esquinas agudas—, y 3,5 centímetros en la parte baja, de borde redondeado.
Presenta un diseño repujado de listones en forma de «U» invertida, lo que imita, posiblemente, el plumaje
de un ave, y tiene un reborde delgado —de menos de 1 centímetro de ancho— sin decoración. Además
de estas piezas, se encontraron objetos confeccionados con un material malacológico aún sin analizar: un
collar y una tobillera, correspondiente al pie derecho, confeccionados con el mismo tipo de cuentas. Cada
una de estas tiene forma cuadrangular y 1 centímetro de lado, con uno o dos orificios, y una estructura
interna a modo de láminas muy finas y frágiles. Un cordel o tira sujeta los muslos del individuo en forma
envolvente y fue confeccionado con cuentas pequeñas y frágiles de forma tubular y 3 milímetros de largo

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Fig. 16. Sector C. Vista panorámica, en dirección noreste-suroeste, de la Plataforma Principal (foto: Proyecto Arqueológico
Pacopampa).

Fig. 17. Sector C. Entierro 09-02, la Dama de Pacopampa (foto:


Proyecto Arqueológico Pacopampa).
Fig. 18. Sector C. Corte Sur-Norte del Hoyo 09-02 (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Pacopampa).

Fig. 19. Objetos de oro y un disco de crisocola asociados al Entierro


09-02 (foto: Proyecto Arqueológico Pacopampa).
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por 2 de grosor. Afortunadamente, se han conservado algunos fragmentos de la fibra que atravesaba estas
cuentas, aunque todavía no se ha determinado su origen. Por último, se registró una pieza lítica trabajada
de color verde con áreas blancas (crisocola) y forma circular (3 centímetros de diámetro y 7 milímetros de
grosor) debajo y al lado derecho del maxilar inferior. Es probable que la pieza estuviera dentro de la boca.

El Edificio Circular: como se indicó líneas atrás, durante esta subfase el Edificio Circular también fue re-
modelado, se elevó su altura y se construyó en el frente este una nueva Plataforma Este (D-Plt. 4) de planta
rectangular, de 18 metros de largo, 7,40 metros de ancho (lado norte) y 1,20 metros de alto, asociada a
un nuevo «anillo» de 1 metro de ancho y alto. Esta construcción sepultó el recinto de planta cuadrangular
con banquetas de la fase Pacopampa I. Sobre la Plataforma Circular se construyó una nueva plataforma
superior de 2,16 metros de alto (D-Plt. 5). En la parte central de la Plataforma Este se instaló una escalera,
lo que requirió el desmontaje y reutilización de la parte central de la Plataforma Este de la fase anterior
(Fig. 9). Esta escalera asciende en dirección Este-Oeste hacia la superficie de la plataforma circular elevada.
Por el grado de destrucción, producto del vandalismo, no se ha podido determinar si esta escalera alcanzó
la cima de la edificación o solo llegó hasta la Plataforma Circular, ligeramente elevada en dos hiladas, de su
muro perimetral. En la plataforma superior (D-Plt. 5), al sur del eje de la escalera central, se reportó la ins-
talación de una escalera, de menores dimensiones, que alcanza la cima de la plataforma. Esta escalera está
asociada a los muros que configuran sus respectivas calzadas a modo de un segundo nivel de la Plataforma
Circular. Es probable que esta pequeña escalera corresponda a un momento constructivo posterior o que
funcionara, junto con la escalera central, como un único sistema de acceso indirecto hasta la cima. Sin
embargo, la evidencia de la superposición de pisos en las calzadas estaría en correlación con los momentos
de renovación de pisos que caracterizan esta subfase en el Sector B.

5.2.3. La fase Pacopampa III. Esta fase corresponde a una posible ocupación que se caracteriza por
estructuras muy diferentes a las de la fase precedente. Estas consisten de muros conformados por piedras
grandes dispuestas de manera vertical y, en algunos casos, alternadas con piedras pequeñas colocadas en
posición horizontal.
Antes de las intervenciones se advertía el trazado de un recinto de forma trapezoidal en la superficie de
la Tercera Plataforma, cerca de la esquina sureste de la plaza cuadrangular hundida (Seki et al. 2006). El
exterior de esta estructura fue excavado por Fung (1976), quien reportó que era muy superficial y que no
presentaba un piso asociado. De manera adyacente se pueden observar otros muros de similares caracte-
rísticas que conforman una especie de recinto perimetral que rodea el sector frente al este de la plaza hun-
dida. En el centro de esta plaza, a 2 metros hacia el este de las estructuras de la fase anterior, se construyó
un muro de similares características. El muro presenta un vano en la parte media y tiene una orientación
totalmente distinta a la de las estructuras de las dos subfases anteriores. Durante esta fase, las estructuras
anteriores eran visibles y, quizá, fueron reutilizadas. Aún no se cuenta con fechados radiocarbónicos para
esta fase ni se ha podido hacer una distinción de sus restos arqueológicos característicos, como la cerámica.
Sin embargo, estratigráficamente, se ha podido aislar a esta fase, y se puede sugerir que este nuevo patrón
constructivo se asemeja a aquel que caracterizó a las fases Layzón o Sotera del Periodo Formativo Final,
identificadas en la parte sur de Cajamarca (Seki et al. 2006).

5.2.4. La fase Cajamarca. Las investigaciones realizadas en la plaza cuadrangular hundida han permitido
hallar evidencias que ayudan a determinar el momento en que este espacio fue sellado, lo que, probable-
mente, también corresponda con el abandono total del sitio. La plaza fue cubierta en su integridad por una
serie de rellenos compuestos por una alternancia de tierra y piedras naturales, así como de restos de estruc-
turas arquitectónicas adyacentes desmanteladas, los que habrían sido acarreados hacia la plaza, ya que estas
capas contienen diversos objetos culturales como tiestos, materiales líticos, objetos de hueso, entre otros,
correspondientes, en su mayoría, a la fase Pacopampa II.
Con respecto al cubrimiento de la plaza, se cree que, inmediatamente antes y durante este proceso, se
colocó una serie de ofrendas, entre ellas, vasijas de cerámica pequeñas (miniaturas), «cantaritos» y algunos
cuencos. Solo en las unidades de excavación de la plaza se ha registrado un total de 213 vasijas asociadas a
unos pequeños artefactos tubulares de barro, puntas de proyectil con escotadura basal, cuentas de crisocola

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Fig. 20. Sector B. Cerámica de la fase Cajamarca Temprano (foto: Proyecto Arqueológico Pacopampa).

trabajadas y en estado natural, láminas de oro, entre otros. Además, se hallaron cuatro cráneos y dos maxi-
lares inferiores humanos. Todas las ofrendas presentaban una distribución particular: se concentran, en
mayor número, en torno de las plataformas (B-PH-Plt. 1) y el recinto (B-PH 1), lo que permite plantear
que estas estructuras estaban en pleno uso o eran visibles en la plaza, y que existió cierto respeto hacia ellas.
Inmediatamente después de depositar las ofrendas, la plaza fue sellada, con lo que se infiere que se trató de
un enterramiento ritual.
El análisis preliminar de estas vasijas indica que algunos cuencos fueron elaborados de una pasta de
arcilla que contiene caolinita y pintura roja al exterior e interior del borde, la que forma diseños de bandas
en rojo sobre el fondo natural. Este tipo de cerámica corresponde al estilo de la fase Cajamarca Inicial (0-
200 d.C.); sin embargo, también hay cerámica de la fase Cajamarca Temprano (200-450 d.C.; Fig. 20).
Ambas fases pertenecen al Periodo Intermedio Temprano (Terada y Matsumoto 1985).

6. Conclusiones

Durante estas cuatro temporadas de investigaciones en Pacopampa, uno de los logros más significativos ha
sido la verificación de la cronología, tanto sobre la base de los fechados radiocarbónicos como en lo que se
refiere a la secuencia estratigráfica asociada a la superposición arquitectónica y las piezas cerámicas diagnós-
ticas. Además, se identificaron dos posibles nuevas fases (Pacopampa III y Cajamarca). Aunque falta co-
rrelacionar de manera detallada las construcciones de los diferentes sectores para entender la planificación
y el proceso arquitectónicos, en la parte final del presente artículo se presentan algunas interpretaciones
tentativas sobre la sociedad que ocupó este complejo sobre la base de las características arquitectónicas de
cada fase.
Se puede concluir que el sitio de Pacopampa fue, sin duda, edificado en la fase Pacopampa I. En esta
fase, el Edificio Circular desempeñaba un papel principal. Como se mencionó en otro artículo (Sakai et
al. 2008), la disposición de las construcciones fue ordenada según un eje de orientación que partía de
dicha estructura, lo que quiere decir que existió una planificación relacionada con el paisaje. Esto permite
suponer que ya había un liderazgo en la sociedad. Sin embargo, los recintos con banquetas asociados al
Edificio Circular miran hacia el exterior, probablemente sin obstaculizar la vista desde fuera. En otras
palabras, no había un control rígido del acceso, si bien aún falta analizar en detalle los accesos a la cúspide
identificados.
Otros datos de la fase Pacopampa I apoyan la idea descrita. Al lado este del Edificio Circular, en el
Sector C, fueron instaladas las plataformas de diferentes niveles. Durante esta fase se construyeron las
plataformas escalonadas y se las modificó para ampliarlas hacia el este y aumentar sus dimensiones. Esto
constituye un fenómeno de renovación de la arquitectura pública y ceremonial que también se dio en los

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sitios de Huacaloma (fase Huacaloma Tardío) y de Kuntur Wasi (fase Ídolo), ubicados en la parte sur del
departamento de Cajamarca. Las piezas de cerámica de Pacopampa I y las de ambos sitios cajamarquinos
son idénticas.
Según las investigaciones realizadas por la Misión Japonesa en Huacaloma y Kuntur Wasi (Onuki
1995; Seki 1999; Terada y Onuki 1982, 1985), es indudable que la renovación de la arquitectura pública y
ceremonial fue el motor principal del desarrollo de la sociedad, pues incentivó aspectos socioeconómicos,
como la administración de la mano de obra, la aparición de excedentes y el establecimiento de la especiali-
zación del trabajo, entre otros. Sin embargo, también es real que la renovación limitaba el desarrollo social
debido a que este tipo de actividad colectiva se podía lograr mediante el voluntariado social. Por otro lado,
no se han identificado clases sociales ni se han encontrado indicios de un liderazgo firme en alguna de las
fases de los sitios de Huacaloma y Kuntur Wasi, tal como sugiere el supuesto de arriba. En este sentido,
en la fase Pacopampa I, en la que se advierte un fenómeno de renovación similar a los de los yacimientos
mencionados, no se puede esperar una sociedad tan compleja como la que se desenvolvió en la fase poste-
rior (Pacopampa II).
En la fase Pacopampa II apareció otro modelo de desarrollo social, es decir, diferente del modo de
manejo del poder. La disposición de las construcciones fue planificada en gran escala. El eje principal pasa
no solo por el centro de la Plataforma Principal y de las plazas de la Segunda y Tercera plataformas, sino
también por el centro de otro montículo (La Laguna), que se ubica frente al sitio de Pacopampa. Además
de la disposición, se advierte la importancia del control del acceso. Como se mencionó antes, dos plazas
hundidas se construyeron en esta fase. La plaza más grande se instaló en la Segunda Plataforma y la otra,
más pequeña, se dispuso en la Tercera Plataforma. En la ubicación de las plazas se refleja el control del
acceso a las actividades ceremoniales. Si se tiene en cuenta sus dimensiones, la plaza de la parte baja puede
contener más gente que la de arriba.
Se puede advertir otro control del acceso desde la Segunda hasta la Tercera Plataforma. La gran escalera
descrita no alcanza directamente al nivel superior de la Tercera Plataforma. Al llegar a la base del frontis
de la Tercera Plataforma, el tramo gira a la izquierda o a la derecha para tomar el último acceso, aunque
todavía se desconoce su ubicación. Además, en la Plataforma Principal se han registrado indicios del con-
trol del acceso a los recintos en ambas fases. Si se compara las dimensiones de los primeros recintos, estos
son más grandes que los más alejados ubicados al oeste. Es decir, el espacio daba cabida, cada vez, a menor
cantidad de gente. Por otro lado, el acceso hacia el último recinto en la fase Pacopampa I no se realizaba
conforme a un eje central, sino que existen dos ingresos laterales, los mismos que, hacia la fase Pacopampa
II, convergían en uno solo hacia el norte, lo que evidencia una mayor restricción de acceso hacia el último
de los ambientes, al parecer, el más importante del edificio. En una subfase posterior, esta estructura es más
restringida debido a la colocación de un murete al exterior de los dos últimos recintos alargados.
En la fase Pacopampa II se puede observar que el modo principal del desarrollo social no fue el de la
renovación o ampliación en forma simple, sino que se basó en el control del acceso. Su particular planifica-
ción arquitectónica, que dio paso a la plaza construida en forma semisubterránea y los recintos agrupados,
no permitía adoptar el primer modo (de renovación y ampliación). En la segunda subfase de Pacopampa II
es posible que todas las escaleras de la Plaza Hundida dejaran de funcionar y que se instalasen dos escaleras
pequeñas en sus esquinas; además, se construyeron varias plataformas y un recinto con un eje diferente al
de la plaza. Esto constituyó una negación a la planificación anterior aun cuando las plataformas Principal y
Norte estaban vigentes. De todos modos, debido a la reducción de las proporciones de la escalera, el acceso
a la plaza fue reducido.
Las observaciones sobre el diferente modelo del cambio social obtenidas por los datos arqueológicos
llevan a otra pregunta, más compleja: ¿cuál fue la fuente del poder? Para contestarla, naturalmente, se de-
ben analizar los restos arqueológicos y obtener información acerca de los aspectos económicos, religiosos
y coactivos, lo que queda como una tarea para el futuro. Sin embargo, se puede adelantar que, si en la fase
Kuntur Wasi, en el sitio homónimo, las estructuras fueron drásticamente modificadas y la planificación
arquitectónica fue muy elaborada en comparación con la fase anterior (la Plaza Cuadrangular Hundida
y las plataformas que la rodean en la Plataforma Principal se instalaron según el eje), eso constituye una
evidencia de similitud en los procesos de desarrollo social desde el modo de la renovación o ampliación de
las construcciones (fase Ídolo) hasta el modo del control del acceso (fase Kuntur Wasi).

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Lo interesante en el caso del complejo de Kuntur Wasi es que este modo de cambio está asociado a
varias evidencias de diferenciación social —como las tumbas con ofrendas ricas y exóticas, la deformación
craneana y el uso de cinabrio—, las que están solo en algunos contextos especiales. Probablemente, la
fuente de poder de los individuos líderes de Kuntur Wasi procedía de las actividades ceremoniales y la
adquisición de materiales exóticos mediante el intercambio a larga distancia (Seki 2008). Aunque no se
pretende aplicar esta propuesta al caso de Pacopampa, el modelo de Kuntur Wasi permite un acercamiento
a las características de su sociedad. Aún quedan varias tareas por realizar para las próximas temporadas de
investigación. La culminación de los análisis de los materiales culturales y naturales recuperados en esas
temporadas podrán esclarecer las propuestas reseñadas líneas arriba.

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2008, VENTARRÓN
97-117 Y COLLUD-ZARPÁN
/ ISSN 1029-2004 97

Los complejos de Cerro Ventarrón y Collud-Zarpán:


del Precerámico al Formativo en el valle de Lambayeque

Ignacio Alva Meneses a

Resumen

Las investigaciones arqueológicas en el área del cerro Ventarrón y el complejo Collud-Zarpán, iniciadas en 2007, han permitido
conocer las características del origen y florecimiento de la civilización en el valle de Lambayeque. El Templo o Huaca Ventarrón,
ubicado al pie de la elevación del mismo nombre, fue el núcleo de un primigenio centro ceremonial cuya fase inicial ha sido
fechada alrededor de 2035 a 2300 A.C. En esta zona también se ubica el sitio de Arenal, situado en la falda suroeste de cerro
Ventarrón. Este conjunto presenta alrededor de 1 kilómetro cuadrado de arquitectura monumental del Periodo Arcaico. Por su
parte, durante el Periodo Formativo —y, tal vez, desde el Periodo Inicial—, el complejo Collud-Zarpán, localizado al noroeste
de Huaca Ventarrón, constituyó la capital teocrática del valle y abarcó más de 2 kilómetros cuadrados de arquitectura ceremonial
repartida entre dos montículos alineados en sentido Este-Oeste.

Palabras clave: centro, paraje sagrado, culto al fuego, chaco, interacción cultural, continuidad

Abstract

THE CERRO VENTARRÓN AND COLLUD-ZARPÁN ARCHAEOLOGICAL COMPLEXES: FROM THE


PRECERAMIC TO THE FORMATIVE PERIOD IN THE LAMBAYEQUE VALLEY

Archaeological research at the Cerro Ventarrón and Collud-Zarpán complex, which began in 2007, has revealed the origins and
emergence of early civilization in the Lambayeque Valley. The Huaca Ventarrón Temple was the core of a primeval ceremonial
center whose first phase is dated around 2035-2300 BC. This center complex includes the archaeological site of Arenal, located
on a hillslope to the southwest. The site has 1 square kilometer of Archaic Period monumental architecture. During the Formative
Period, probably beginning in the Initial Period, the Collud-Zarpán site, situated at the northeast end of the Huaca Ventarrón
Complex, was the valley’s theocratic capital. It covered more than 2 square kilometers of ceremonial architecture spread between
two mounds aligned east to west.

Keywords: center, sacred landscape, fire cult, chaco, cultural interaction, continuity

1. El valle de Lambayeque

La cuenca de los ríos Chancay, Lambayeque y Reque es una de las más amplias y de regular aforo en la costa
norte. Limita al norte con la cuenca del río La Leche y al sur con la de Zaña, ambas de menor descarga
fluvial. En la parte alta del valle, el río Chancay se divide en tres ramales: el Reque, el Lambayeque y el
Taymi. El ramal Reque es el río primordial que recorre la margen izquierda del valle. Su cauce es sinuoso y
hondo, y en algunos sectores de la cuenca constituye el límite sur de los terrenos cultivables; al cruzar hacia
el valle bajo, toca la falda sur del cerro Ventarrón antes de desembocar en el mar, 20 kilómetros abajo. El

a
Museo Tumbas Reales de Sipán.
Dirección postal: av. Juan Pablo Vizcardo y Guzmán s.n.o, Lambayeque, Perú.
Correo electrónico: alvameneses@yahoo.es ISSN 1029-2004
98 IGNACIO ALVA MENESES

ramal central, denominado Lambayeque, está totalmente canalizado, irriga una gran extensión de cultivos
y proporciona agua a las principales ciudades. Uno de sus canales alimenta el reservorio de potabilización
de Boro, bajo la falda noreste del cerro Ventarrón. El tercer ramal es el Taymi, que corresponde a una gran
infraestructura de riego de la margen derecha, magna obra que alcanzó su culminación hacia el primer
milenio de nuestra era. En el siglo XX fue modificado y su curso quedó establecido en una cota más baja
y, aunque disminuido, sigue siendo el principal canal de riego del valle.
En las últimas etapas del desarrollo preinca, el progreso de la agricultura antigua alcanzó a incorporar
vastas redes de canales intervalles, con seguridad ampliaciones de las acequias matrices que debieron ini-
ciarse durante el Periodo Formativo. Hacia finales del primer milenio de esta era, ya se irrigaba 70% más
superficie que en la actualidad, lo que supone la creación de las obras de ingeniería hidráulica más comple-
jas y eficientes del Perú antiguo. Se puede entender que este perfeccionamiento solo fue posible gracias a
un modelo cultural basado en la experiencia, la memoria y el ejercicio de la propiedad colectiva, por lo que
la dependencia del mantenimiento y las ampliaciones del complicado sistema hidráulico debió estar fun-
damentado en un arraigado sentido de continuidad, por lo menos hasta el final de la cultura Mochica.
La región de Lambayeque constituye un caso particular en el área andina en cuanto a modelo de
continuidad cultural, algo explicable recién a partir de las investigaciones del autor. Mientras que otros
valles aledaños no alcanzaron la complejidad que lograron las culturas de este territorio durante el Periodo
Arcaico, Lambayeque se constituyó en el eje de influencia de la zona. Si bien algunos valles al sur, hasta la
costa central, alcanzaron progresos tempranos, hubo otros que quedaron truncos o que lograron recons-
truirse luego de hiatos culturales más o menos largos. Es posible que ciertas ventajas en recursos naturales
y condiciones climáticas favorecieran el desarrollo sostenido de esta parte de la costa norte y, con ello, la
perpetuación de una de las tradiciones culturales más sobresalientes y duraderas en la historia de las civi-
lizaciones.
El área del cerro Ventarrón pertenece, políticamente, al distrito de Pomalca, provincia de Chiclayo,
departamento de Lambayeque. El acceso desde la ciudad de Pomalca se hace por medio de una trocha
carrozable de 4 kilómetros de longitud que conduce al centro poblado de Ventarrón, en la falda oeste. El
cerro dista 22 kilómetros del litoral y consiste de una estribación aislada, con una altura máxima de 228
metros, que ocupa una posición singular y estratégica en la parte baja del valle de Lambayeque, al centro
de la llanura aluvial, muy cerca de la margen derecha del río Reque. Semejante ubicación comparten los
sitios de cerro Corbacho, en Zaña, y La Raya, en Túcume, en sus respectivos valles (Fig. 1).
Además de este estratégico emplazamiento, ciertos detalles especiales de la morfología del cerro
Ventarrón facilitaron su temprano reconocimiento y prestigio religioso como montaña tutelar del valle. Su
ubicación entre dos ríos, orientación al Norte y característica forma alargada, horizontal y cima plana, a
manera de gigantesca plataforma, destacan su presencia. Del mismo modo, los colores amarillento y rojizo
en tonos oscuros de la composición mineral de su macizo, con marcadas fallas geológicas fracturadas en
planos verticales y horizontales a manera de red debieron fomentar el carácter simbólico de «centro» de su
entorno.
De esta manera, el paisaje de Ventarrón comprende la relación de una elevación central con el río
mayor. Este marco, dotado del mejor clima de la costa peruana, favoreció el desarrollo de una primigenia
industria del algodón, sumada a los cultivos de lagenarias, plantas hortícolas y raíces que constituyeron el
paradigma de la abundancia de recursos. La creación y desarrollo de la infraestructura agraria debió darse
al mismo tiempo que la arquitectura monumental, la que surgió como una contraparte organizativa y un
eficaz catalizador colectivo.
El poder unificador de la arquitectura sagrada como elemento de apropiación e interpretación cultural
del paisaje explica su temprana complejidad y relevancia durante el Periodo Arcaico. Sería importante
comprobar si los bloques arcillosos con los que se construyó el complejo Ventarrón fueron acarreados
desde riberas y campos que se habilitaban gradualmente para la agricultura. Tal vez si se entiende la in-
terdependencia de las actividades agrícolas y arquitectónicas se podrían explicar las remodelaciones y re-
orientaciones de los templos de acuerdo con los calendarios ligados al mantenimiento y proyecciones del
sistema hidráulico. En una visión general de los procesos de desarrollo del valle, cada periodo representaría
una ampliación de las redes de riego en función a un nuevo eje constituido a partir de una refundación
del centro.

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LOS COMPLEJOS DE CERRO VENTARRÓN Y COLLUD-ZARPÁN 99

Fig. 1. El cerro Ventarrón y los sitios investigados (foto satelital de Google Earth 2007; retoque digital: Ignacio Alva
Meneses).
2. Antecedentes de las investigaciones actuales

Parte del complejo arqueológico del área del cerro Ventarrón fue registrado con el número 43 en el in-
ventario de monumentos arqueológicos realizado en 1983 (Ravines y Matos [comps.] 1983), atribuido al
Periodo Intermedio Tardío y clasificado como centro poblado. Sus coordenadas geográficas son 6º47’45’’
de latitud sur y 79º45’15’’ de longitud oeste. Esta categoría y ubicación corresponden a las evidencias del
sector sur del cerro, pero no comprenden a la Huaca Ventarrón ni al sector Arenal, en el flanco oeste. Del
mismo modo, el complejo Collud figura con el número 42 y se le asigna el nombre de Collus en el mencio-
nado inventario. Fue definido como un complejo de pirámides de la cultura Lambayeque, pues, a primera
vista, destacan estas estructuras tardías. Los primeros registros fotográficos conocidos del área arqueológica
del cerro Ventarrón y Collud-Zarpán fueron realizados por Heinrich E. Brüning hacia la primera década
de 1900.1 En cuanto a los estudios realizados en la zona, fue Paul Kosok, en su memorable publicación
de 1965, quien se refirió, brevemente, al sitio de Collud y presentó una aerofotografía del sitio antes de
que fuera invadido por los pobladores que hoy ocupan las dos terceras partes del área. Entre 1970 y 1972,
Óscar Fernández de Córdova, entonces Director del Museo Brüning, recolectó fragmentos de cerámica y
dos ejemplares de adobes cilíndricos que denotaban la probable existencia de arquitectura monumental.
El único artículo específico sobre los complejos Ventarrón y Collud-Zarpán es de autoría del suscrito y
fue publicado en el suplemento Lundero, edición cultural del diario La Industria, en enero de 2006, bajo
el título Cerro Ventarrón en la arqueología de Lambayeque. Allí se expusieron algunas observaciones preli-
minares como resultado de reconocimientos continuos, se explicó la importancia de la zona y se planteó la
urgente necesidad de su investigación. La depredación por huaqueo afectó por décadas ambos complejos.
Durante la primera mitad del siglo XX, los hacendados pagaban a peones dedicados a buscar objetos ar-
queológicos y fue así como se formaron valiosas colecciones.2 Un caracol de la especie Strombus, utilizado

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100 IGNACIO ALVA MENESES

como pututo y grabado con la imagen de un personaje que toca una trompeta, fue hallado por casualidad
en las inmediaciones del aeropuerto de Chiclayo, cerca de la zona de Collud-Zarpán. El estilo temprano de
la recargada imagen puede atribuirse a Chavín A (Bischof 1998). Se cree que la pieza procedía de alguna
tumba profanada.
El complejo de Collud representa un caso grave de invasión de zonas arqueológicas. Desde la década
de los cuarenta —cuando se construyeron las primeras casas alrededor de la casa del caporal— hasta la
actualidad, han sido ocupadas las tres cuartas partes del monumento con más de un centenar de viviendas
alineadas al pie de las altas pirámides lambayeque, las que, a su vez, se erigieron sobre vastas plataformas
del Periodo Formativo, identificadas a partir de las investigaciones del autor. A finales de la década de
los sesenta, un huaquero encontró el cuerpo momificado y envuelto en finos textiles de un personaje
correspondiente a la cultura Lambayeque. El excelente estado de conservación en que se hallaba motivó
la intervención de las autoridades, que lo requisaron y lo entregaron al Museo Brüning, donde se exhibe
hoy en día.
El complejo de Zarpán, que no tiene ocupaciones modernas, se ubica cerca del pueblo de Collud y de
la ciudad de Pomalca, y sus poblaciones respectivas depredaron el sitio. Algunos pozos de huaqueo permi-
ten ver la arquitectura de adobe y la basura de épocas tardías superpuestas a capas de relleno y arquitectura
del Periodo Formativo. Se comenta que, a finales de la década de los ochenta, el saqueo de una importante
tumba del Periodo Formativo, ubicada en el flanco este, produjo varios objetos de orfebrería, lo que desató
una «fiebre de oro» que devastó el monumento en pocos años. Las versiones sobre el contenido y la ubica-
ción de la tumba se han perdido en la imaginación popular. Es probable que una corona de oro recuperada
en los Estados Unidos, repatriada y entregada en custodia al Museo Brüning, provenga de aquel contexto.
La pieza tiene semejanzas con el estilo de las coronas descubiertas en el sitio de Kuntur Wasi (Onuki [ed.]
1995).
En 1989, un trabajador del Museo Brüning, residente en el centro poblado de Ventarrón, informó al
director, Walter Alva, que pobladores y huaqueros «profesionales» depredaban sistemáticamente la Huaca
Ventarrón. En esa fecha, el autor visitó la zona y observó entre los escombros los restos de paredes deco-
radas en color rojo y blanco. Se dispuso la protección del monumento hasta que se lograse ejecutar un
proyecto de investigación y se planteó la urgencia de evitar su destrucción, acelerada por la extracción de
material para construcción de viviendas: desde la fundación del poblado en la década de los cincuenta, los
habitantes han extraído material del templo para la fabricación de los adobes que, luego, emplean en sus
casas.

3. Inicio de las excavaciones

Recién en agosto de 2007, tras años de monitoreo y reconocimientos esporádicos, se inició el Proyecto
Arqueológico Cerro Ventarrón-Complejo Collud-Zarpán, con presupuesto de la Unidad Ejecutora
Naylamp-Lambayeque. Bajo la dirección de Walter Alva, participaron cinco arqueólogos, entre ellos el
autor del presente artículo, dos especialistas en conservación y alrededor de 120 obreros.
La fase previa al inicio formal del proyecto supuso el desmontaje de corrales, la eliminación de letrinas
y la remoción de 150 camionadas de basura que cubrían parte de Huaca Ventarrón. Las excavaciones,
realizadas mediante trincheras exploratorias, perfilamiento de pozos y unidades de 10 por 10 metros, per-
mitieron registrar y documentar, por primera vez, la arquitectura monumental más antigua de la región.
Paralelamente, se inició el tratamiento de conservación que permitiría, en adelante, la puesta en valor del
complejo.

3.1. El sitio Huaca Ventarrón

Se trata del templo principal del centro ceremonial, erigido en la falda oeste del cerro Ventarrón, sobre un
promontorio rocoso en el centro de la ensenada. Su arquitectura consiste de una gran plataforma escalo-
nada con acceso desde el norte, con recinto culminante y salas laterales en la parte baja. Fue edificado en
tres fases superpuestas y posteriores remodelaciones sintetizaron el diseño; hasta el momento, suman 10

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Fig. 2. Huaca Ventarrón. Inicios de la excavación (foto: Ignacio Alva Meneses).

fases identificadas. La más antigua, que aún no se conoce en su totalidad, fue construida sobre el aflora-
miento rocoso que marcó el principio de su carácter sagrado, así como la orientación y distribución del
diseño arquitectónico. Desde la cima del templo se controlaba visualmente el amplio valle de Lambayeque
y el curso del río Reque, lo que daba la impresión de ubicarse en el centro mismo de todo el territorio
circundante. Desde allí debieron dirigirse las primeras actividades de agricultura y la organización de la
sociedad en torno de la ideología basada en el carácter central del paraje.
Las excavaciones comenzaron por la limpieza de pozos de huaqueo concentrados en la parte superior
de la estructura (Fig. 2). Esta destrucción había arrasado decenas de tumbas de los periodos Formativo y
Chimú-Inca depositadas de manera intrusiva dentro de la arquitectura del templo, durante su uso como
necrópolis que se dio tiempo después de su abandono. Desde el inicio de las excavaciones, y a pesar de la
destrucción del monumento por huaqueo, actividades de cantería y erosión natural, fue posible identificar,
en casi todos los sectores, los componentes arquitectónicos y comprobar la secuencia de las remodelacio-
nes. Luego, como resultado de la temporada 2008-2009, se constató que, bajo el nivel del terreno, había
considerables disposiciones de arquitectura cubiertas por deposiciones episódicas de arrastre pluvial; se
trataría de paramentos basales que dieron altura al templo en partes donde el afloramiento de roca no
emergía lo suficiente, especialmente en el sector suroeste.
En el destruido sector norte se registró un sistema de escalinatas acondicionadas a un pasaje natural del
afloramiento, entre dos moles pétreas alineadas en dirección noroeste (azimut de 308°). Esta primera fase,
que resulta modesta en comparación con la segunda, se conforma de celdas construidas con rocas medianas
acarreadas del entorno y unidas con mortero de barro. Esta técnica se entiende como la más temprana, por
lo menos en el sector norte, pues se levanta sobre la roca madre. La escalinata terminaba en una serie de
muros de contención y celdas rellenas de tierra suelta mezclada con ceniza y algunas valvas de choro (Fig. 3).
Se comprobó que el volumen final resultaba en una plataforma enlucida y ampliada en una subfase.
En la cima del monumento, bajo el piso del recinto principal de la segunda fase —por cierto, la mejor
conservada y documentada—, se localizó también un primer fogón ritual. El contenedor de la hoguera
estaba apenas cortado por el pozo de saqueo más profundo. El piso alrededor del fogón tenía buen aca-
bado y se encontraba sobre un apisonado asentado en la roca madre. Lamentablemente, la excavación fue
restringida en vista del relleno suelto que cubrió la primera fase y cuya inconsistencia habría afectado la

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Fig. 3. Huaca Ventarrón. Escalera lateral de la plataforma de la fase 2 y alineamientos de las estructuras de la fase 1 (foto:
Ignacio Alva Meneses).

estabilidad de los componentes de las fases 2 y 3. Sin embargo, se alcanzó a definir una porción del para-
mento lateral oeste de 62 centímetros de alto. Este fogón semicircular, de 1,60 metros de diámetro, está
empotrado en el paramento (Fig. 4). A nivel del piso, un chaflán, de 20 centímetros de alto, sirvió para
contener la ceniza. Sobre el paramento, al costado sur del fogón, se descubrió un altorrelieve de magnífico
tratamiento plástico, tal vez un símbolo de abundancia natural, con la representación de dos peces dis-
puestos lado a lado, pero que miran en dirección opuesta (Fig. 5). Un fechado calibrado de radiocarbono
reciente de una muestra de material vegetal asociado al fogón de la primera fase arrojó el resultado de
2300-2035 a.C. (calib.) (LABEC-Istituto Nazionale de Fisica Nucleare, Florencia; 3766 ± 43 a.p.), el más
antiguo de los que se dispone para el complejo.
A partir de la segunda fase se aprecia un cambio radical en la arquitectura. En cuanto a técnica y
materiales, se empieza a utilizar, de manera exclusiva, bloques sedimentarios de arcilla compacta unidos
con aglomerante de barro y se enlucen las fachadas. La arcilla seca absorbió rápidamente la humedad del
aglomerante y aceleró el fraguado, lo que permitió el alzado monumental y casi vertical de las fachadas. A
partir de ese momento, la técnica se mantuvo sin cambios hasta la última fase, lo que originó exigencias
conceptuales de un diseño inspirado en proporciones arquetípicas. Si bien la nueva técnica representó una
innovación, antes de perfeccionarse se apuró el diseño de una obra majestuosa que definiría los cánones de
una importante tradición arquitectónica en la costa norte.
La segunda fase cubre el afloramiento rocoso e incluye la reorientación del eje del templo hacia el Norte
en función del entorno paisajístico predominante (Fig. 6). El llamado Templo Rojo-Blanco representa un
primer modelo arquitectónico monumental, abierto al norte e iniciado en una plataforma baja delantera
que soportaba una amplia escalera de 12 metros de ancho y 11 pasos de ascenso hacia la Plataforma
Central, de 30 metros de ancho por 46 de largo, en cuya cima se erigió el recinto principal. Al costado oeste

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Fig. 4. Huaca Ventarrón. Recintos centrales con espacio para fogón de las fases 1 y 2 (foto: Ignacio Alva Meneses).

de la plataforma baja se logró definir una escalera lateral pequeña, tal vez de uso restringido (Fig. 3). El
acceso público debió hacerse por el frente norte, el que, lamentablemente, fue destruido en su integridad
debido a la extracción de material para la fabricación de adobes por parte de los actuales habitantes de la
zona.
El recinto culminante constituyó el ambiente más importante y sagrado del templo. En la fase 2,
todas sus caras estuvieron pintadas con anchas bandas oblicuas de color blanco en forma de zigzag sobre
fondo rojo (Fig. 7). Su amplio vano delantero, de 5,80 metros, presentaba jambas de color negro. Aquí se
registraron porciones decoradas con los mismos colores derruidos a lo largo del umbral. Estos pudieron
corresponder a un enorme dintel de barro dispuesto sobre la portada, que pudo haber sido derribado o
que colapsó antes del enterramiento para dar paso a la tercera fase. El recinto, de 9,70 metros de ancho por
16,70 de largo, tiene esquinas redondeadas. En su pared oeste interior se construyó un singular espacio
cóncavo y de planta semicircular a modo de chimenea abierta de 1,20 metros de ancho y 3 de altura. Con
seguridad, era el lugar donde debió de mantenerse un fuego sagrado, un elemento fundamental en los cul-
tos más antiguos. De las cenizas se tomaron las muestras de carbón que arrojaron una antigüedad de 4000
a.p. (Beta Analytic Radiocarbon Dating Laboratory, Florida, Estados Unidos).
Al fondo del recinto, contra la pared sur, una doble banqueta corrida, con pasos de 1,30 y 3,35 me-
tros de alto, debió funcionar como altar o estrado. A cada extremo de la banqueta, sobre el primer paso,
se ubicaron dos muros perpendiculares de tabique. En estos dos paneles y en la porción de pared lateral
contigua con la que forman ángulo se plasmaron magníficos murales polícromos que han sorprendido por

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su iconografía original, excepcional para las tradiciones culturales tempranas del antiguo Perú: el probable
tema del «venado en la red» (Fig. 8). En un primer momento, durante la temporada 2007, se excavó y res-
tauró el panel del lado oeste; y, a partir de octubre de 2009, se develó el panel este, con lo que se comprobó
la simetría arquitectónica e iconográfica. Se pueden interpretar ambas imágenes como la representación
de un cerco de redes (chaco) donde han sido atrapados tres animales; la red multicolor oculta las figuras
y establece un juego óptico; los cuadrúpedos en color negro apenas se distinguen con una banda ondeada
gris que recorre su contorno desde el cuello a la pata trasera, lo que da la apariencia de movimiento o
abatimiento. Las patas flexionadas tienen una línea blanca que marca el casco, mientras que la cabeza
presenta un gran ojo, hocico, dientes cuadrados de herbívoro y orejas romboidales. La cola levantada está
delineada por una curva blanca. La representación de venados capturados en redes parece haber sido un
tema esencial para la ideología de las primeras sociedades andinas, que sacralizaban la cacería ancestral y la
fauna. Constituye un sorprendente caso de continuidad cultural, pues el ritual trascendió como tal hasta la
época de los mochicas. En el contexto del complejo de Ventarrón, el ritual colectivo de la caza parece haber
servido para reivindicar la importancia de las redes en la articulación de la economía, como una metáfora
del orden social. En cuanto a los venados, se presume que representan la abundancia natural de recursos
en función a ciclos de renovación del tiempo.
El sector suroeste del templo presentaba un ala lateral anexa severamente afectada por las canteras de
adobe. Es probable que fuera cortada por un canal de riego que marca el actual límite del monumento.
Este componente arquitectónico estuvo conformado, en sus primeras fases, por dos recintos alineados de
este a oeste y abiertos al norte, separados por un muro divisorio delgado hecho con una técnica semejante
a la quincha. El primero habría estado unido al flanco oeste de la plataforma principal; el segundo se alineó
al oeste del primero separado por un corredor y un muro divisor delgado y alto con planta en forma de «C»
que lo encerraba. Desafortunadamente, la extracción de material para la fabricación de adobes destruyó
las tres cuartas partes del segundo recinto y solo quedaron restos de pintura de la pared este adheridas al
relleno húmedo de cobertura y el fondo de la sala (pared sur). Originalmente, toda la fachada de estuvo
pintada. En la última temporada de trabajo (mayo de 2009) se descubrió y trató una porción del mural,
con lo que se logró definir el diseño de fondo rojo, marco gris y dos bandas blancas verticales.
El primer recinto del ala lateral también fue parcialmente destruido, lo que afectó el machón y parte
del dintel del lado oeste de la portada. Los fabricantes de adobe vaciaron el relleno que cubrió el interior, lo
que dejó al descubierto las paredes oeste y norte. Como resultado de las últimas excavaciones, se descubrió
el fondo de la sala, que tiene una singular planta cruciforme que semeja la mitad de la típica cruz andina
o chacana, un hallazgo que ubicaría a este sitio entre los más antiguos en incluir dicho icono (Fig. 9). Es
probable que este recinto corresponda a la segunda fase constructiva si se considera que el delicado trabajo
de diseño, construcción y pintado en colores blanco, negro, gris, rojo y amarillo denotan la misma expre-
sividad. El carácter de «centro» del lugar, refrendado por el símbolo cruciforme, parece fundamentarse en
la situación del templo respecto del cerro y de esta formación en el contexto del valle. Semejante expresión
conceptual —con las mismas representaciones, pero en parajes antagónicos posteriores— se encuentra
también en los petroglifos de Cumbemayo y en la Galería Central de Chavín de Huántar.
El fondo de la cámara cruciforme funcionó como lugar para un fogón ceremonial. Se encontraron
restos de carbón en las pequeñas zonas del piso que se excavó. Las paredes del estrechamiento final, con-
tenedor del espacio donde se colocó el fuego, lucen quemadas: rojizas en la parte baja por exposición
directa al fuego, mientras que la parte superior está tiznada por hollín. El fogón de la planta cruciforme se
encontraba visible tras un amplio umbral y encajaba en un juego de proporciones simétricas. Sin embargo,
el ambiente presenta otro fondo indirecto y más amplio al este, que aún no se ha definido.
En el diseño del recinto lateral se percibe una especial preocupación por la modulación de ciertos pa-
trones arquitectónicos que obedecían a criterios conceptuales, al margen del cálculo de las posibilidades
técnicas. Se advierte una clara simetría espacial y cánones modulares. Al parecer, se usaron medidas fijas
con cuerdas y progresiones a partir de plantas circulares y volúmenes cúbicos, lo que evidencia que la
arquitectura tuvo un profundo valor, pero, en ese afán, los 3 metros de altura de las paredes del recinto,
que remataban en solo 30 centímetros de cabecera, cedieron por deficiencias técnicas al momento de la
construcción o inmediatamente después. La inclinación del lado oeste del recinto y del muro divisorio

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Fig. 5. Huaca Ventarrón. Altorrelieve de peces asociado al espacio para fogón de la fase 1 (foto: Ignacio Alva Meneses).

Fig. 6. Huaca Ventarrón. Reconstrucción isométrica de la fase 2 (elaboración del arte: César Piscoya; Museo Tumbas Reales
de Sipán).
Fig. 7. Huaca Ventarrón. Fachada del recinto central de la fase 2, esquina sureste (foto: Ignacio Alva Meneses).

Fig. 8. Huaca Ventarrón. Mural figurativo, denominado Chaco, de la fase 2 (foto: Ignacio Alva Meneses).
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Fig. 9. Huaca Ventarrón. Recinto lateral de planta cruciforme, probablemente correspondiente a la fase 2 (foto: Ignacio Alva
Meneses).

hizo necesario su enterramiento. Una vez sellado con relleno compacto, se construyó el primer nivel del
piso de la plataforma baja, el que definió, en adelante, la función del ala lateral, posiblemente a partir de
la fase 3.
Para erigir una tercera fase, que se denominó Templo Verde, se cubrió por completo el interior del
Templo Rojo-Blanco. Durante el evento de entierro se depositaron preciadas ofrendas en el apisonado
preparado sobre el primer bloque de relleno. En el eje central, que tuvo carácter ceremonial, se halló una
trompeta de caracol de la especie Tricornis peruviana. Al exterior, en la cobertura del atrio, al pie de la
esquina sureste del recinto, se depositó otra ofrenda simultánea: una concha de nácar en forma de media-
luna y de 15 centímetros de envergadura. Se aprovechó la concavidad de la concha y se grabó, con finas
incisiones, la imagen de una cabeza central sonriente con siete bandas radiadas y punteadas a manera de
pectoral (Fig. 10). Por último, sobre el nivel de relleno que cubrió la cabecera del recinto, se registró el es-
queleto completo de un guacamayo asociado a un rústico collar de siete cuentas de turquesa. Las ofrendas
debieron representar complejas metáforas referidas al simbolismo del color y las regiones de la cosmología
de los ocupantes de este complejo. Sus procedencias brindan una idea de la antigüedad de la interacción
interregional e importancia de Ventarrón en aquel contexto cultural.
Para construir la tercera fase, el recinto central se rellenó totalmente con material arcilloso compacto
hasta su cabecera; al exterior, sobre el atrio, se dispuso una serie de cámaras o celdas de contención de re-
lleno, de 1 metro de lado en promedio, hechas de bloques arcillosos unidos con barro y que contenían tie-
rra suelta. Al llegar al vértice de la plataforma se construyó un muro de contención ligeramente replegado
sobre la alta fachada anterior. Una vez elevada la fachada, se construyó un sistema de grandes contrafuertes
—de más de 6 metros de altura— para apuntalar el relleno masivo de la cima (Fig. 11). Este cinturón
estructural brindó un impresionante aspecto de solidez y equilibrio arquitectónico, una solución apro-
piada que parece inspirada en las formas de las colinas circundantes. Es posible suponer que los volúmenes
trapezoidales, sobresalientes a modo de almenas, produjeran un juego de sombras con el curso anual del
Sol que bien pudo corresponder a un sistema de cálculo calendárico (Fig. 12). Sobre el atrio se edificó el
nuevo recinto central, idéntico al anterior en las proporciones del vano, esquinas curvas y fogón contra la
pared oeste, pero ligeramente más amplio al norte y doble en el espesor de sus paredes, las que, al exterior,

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106 IGNACIO ALVA MENESES

Fig. 10. Huaca Ventarrón. Dibujo de una


imagen grabada en una concha marina
asociada al término de la fase 2. Ancho: 15
centímetros (elaboración del dibujo: Ignacio
Alva Meneses).

estaban pintadas de un color verde semejante al que proviene del óxido de cobre. Lamentablemente, el
piso interior del ambiente fue destruido por el saqueo. Al parecer, varias tumbas del Periodo Formativo
fueron arrasadas sin dejar más evidencias que algunos fragmentos de platos y vasijas que se relacionan con
los estilos Cupisnique o Chavín A. Los pocos restos no dan idea de la cantidad de materiales expoliados.
Por los comentarios de los pobladores y la gran concentración de pozos, es probable que se hayan perdido
varios contextos importantes.
La plataforma de acceso situada al norte debió ampliarse en la fase 3, cubriendo la anterior, pero fue
destruida por la extracción moderna de material, que llegó hasta la roca madre. En la esquina noroeste
logró definirse una amplia escalinata lateral indirecta de dos tramos, que accedía a los dos niveles de una
terraza escalonada que corre alrededor de la plataforma y al pie de los contrafuertes. Esta escalinata parece
haber tenido una función equivalente a la que tuvo la escalinata pequeña de la segunda fase, es decir, un
acceso indirecto desde el este, que cambia de un carácter restringido en la fase 2 a ampliado en la fase 3.
Tiene 15 peldaños en el primer tramo y decrece en su ancho en su ascenso hacia la cima. El tramo final
tiene ocho pasos y el escalón más ancho, en la base, tiene 3,50 metros. En la misma fase, la escalinata se
amplió hacia el sur con otro paño del mismo ancho y semejante volumen.
De las evidencias que quedaron sobre la cima de la estructura se puede inferir que las tres primeras
fases de la secuencia arquitectónica mantienen el recinto central con un espacio destinado para un fogón
ceremonial. Al parecer, a partir de una cuarta fase, el recinto central desaparece a medida que se cubre la
mitad de su altura y se termina de sepultar en la fase siguiente. Aunque la erosión pudo destruir los últimos
vestigios de dichas estructuras, la secuencia indica una tendencia al crecimiento masivo del volumen de la
plataforma (Fig. 13). A manera de síntesis, se pueden diferenciar tres componentes arquitectónicos pri-
mordiales que comprenden elementos secundarios y estos, a su vez, contienen dispositivos ceremoniales.

3.2. El sitio de Arenal

Se denominó Arenal a la amplia ladera oeste del cerro Ventarrón que se extiende 800 metros en dirección
Norte-Sur y 250 metros en dirección Este-Oeste, colindante y al este de Huaca Ventarrón. El área apa-
rece totalmente cubierta por una gruesa capa de arena eólica. Desde la primera temporada de los trabajos
arqueológicos, se hicieron amplias excavaciones prospectivas para documentar las porciones de una gigan-
tesca obra arquitectónica de las mismas características de Huaca Ventarrón. El edificio estaba construido
sobre la ladera del cerro, perfectamente adaptado al relieve y diseñado, probablemente, como una pro-
yección de la montaña, que en esa cara presenta formas geológicas espectaculares y una gama de colores

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Fig. 11. Huaca Ventarrón. Contrafuerte de la fachada de la fase 3 (foto: Ignacio Alva Meneses).

minerales —negro, amarillo y rojo— que también se han registrado en una fachada pintada del conjunto
(Fig. 14). Tan elaborado y extenso asentamiento obligaría a reevaluar la importancia de Lambayeque en el
proceso de civilización de los Andes.
El yacimiento arqueológico como tal pasaba inadvertido. El intento de determinar el contexto de los
restos de cerámica del Periodo Formativo diseminados en la superficie, entre centenares de pozos de saqueo,
fue lo que llevó a descubrir la arquitectura monumental sepultada por el denso depósito eólico. La primera
excavación, denominada Sector 1, comprendió una larga trinchera, orientada de Este a Oeste, ubicada en
el centro del sitio. Bajo la gruesa capa de arena se definió un sistema de terrazas escalonadas de enormes
proporciones a modo de paramentos masivos de contención de rellenos. Cada paso, finamente enlucido
pero erosionado luego del abandono, conserva hasta 2,50 metros de altura y los pisos de cada plano se
extienden entre 6, 11 y 19 metros. Los accesos de la estructura funcionaban mediante escalinatas apoyadas
en las altas fachadas. La colosal construcción se habría extendido de norte a sur y su base se encontraría en
la parte baja de la pendiente, probablemente 40 metros al oeste. Las excavaciones siguieron la elevación de
la ladera (hacia el este), y sobre el último y más amplio terraplén se ubicó una plataforma culminante con
un frente de 9 metros orientado al oeste, esquinas curvas y pintura mural de color rojo, amarillo y negro
en bandas horizontales aplicada en el paramento lateral norte, del que se definieron 15 metros (Fig. 14). A
los 9 metros se encontró un muro transversal adosado de perfil escalonado, con orientación Norte-Sur, que
se proyectaba bajo la arena más allá de la excavación. La plataforma fue erosionada por un acarreo aluvial
que rebajó su altura siguiendo la inclinación de la cuesta. En algunas secciones se conservan 2,50 metros
de elevación y 1,60 de espesor, mientras que su interior fue cubierto por un relleno compacto.
Al pie de la esquina noroeste de la plataforma se descubrió una tumba del Periodo Formativo, la que
mantiene el típico patrón de los contextos funerarios intrusivos que fueron depositados cortando la ar-
quitectura arcaica. Consistía en una cavidad pequeña, proporcional al cuerpo, excavada en el piso y parte

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del paramento, y sellada con bloques de piedra canteada unida con aglomerante de barro. Contenía la
osamenta de un infante tendido en posición decúbito dorsal y dispuesto sobre un lecho de arena fina. La
cabeza, orientada al Norte, presentaba restos de cinabrio. Sobre el sello de la tumba se ubicó un ceramio de
estilo Cupisnique, de asa-estribo y forma globular-lobulada con cabezas estilizadas incisas en cada protu-
berancia (Fig. 15). Se puede deducir que la monumental arquitectura precerámica de Arenal, al igual que
en Huaca Ventarrón, fue utilizada como necrópolis durante el Periodo Formativo en función a la referencia
visual y a sus posibles vínculos de ancestralidad. Se registraron decenas de cavidades de tumbas saqueadas
que tuvieron sellos consistentes en piedras. Para los saqueadores fue relativamente fácil sondear cada tumba
entre la arena y la arquitectura de barro.
Aprovechando los pozos de saqueo en uno de los amplios paramentos escalonados, se realizó una cala
exploratoria en la que se registró una fase arquitectónica anterior. Se pudo comprobar que las remodelacio-
nes se dan del mismo modo que en Huaca Ventarrón, es decir, el relleno que cubre la construcción prece-
dente forma la nueva fachada. La estructura antigua remataba en un podio escalonado, con el último nivel
pintado de rojo. La arquitectura y pintura tienen el buen acabado de Huaca Ventarrón. Al pie del peldaño
pintado se encontró un depósito de ofrendas intrusivo que contenía un caparazón de armadillo, un gancho
de estólica y dos cuencos llanos de estilo Cupisnique dispuestos sobre un lecho de fibra vegetal.
En el mismo sitio de Arenal, a 200 metros al noreste del Sector 1, se excavó otra área, denominada
como Sector 2, en un nivel más alto de la pendiente. Se trata de una terraza natural cubierta por el mismo
proceso de enarenamiento. Las excavaciones revelaron un conjunto arquitectónico con tres fases super-
puestas abiertas hacia el oeste; desde esa posición, la vista panorámica del valle es impresionante (Fig. 16).
La técnica constructiva en todas las fases emplea bloques de arcilla y mortero de barro. La estructura más
baja e inicial es una terraza escalonada construida sobre el lecho rocoso del cerro. En el lado norte se ubi-
caron escalinatas correspondientes a dos fases. En la primera, los pasos son cortos y fueron cubiertos por la
segunda, de pasos altos. La segunda fase se caracteriza por una serie de recintos conexos mediante corredo-
res y accesos indirectos. Se pueden diferenciar secciones laterales que confluyen en un espacio central con
un fogón. El último momento presenta escalinatas amplias que ascienden desde una explanada hasta una
plataforma escalonada. A un lado de la escalera se levantó un único recinto abierto al norte.
Al igual que el primero, el Sector 2 fue removido por los saqueadores. Conforme se definían los com-
ponentes arquitectónicos, se registraron restos de tumbas intrusivas. Las más elaboradas consistieron en
cámaras rectangulares confeccionadas con lajas de piedra. Entre los escombros del saqueo se recuperaron
fragmentos de cerámica de estilo Cupisnique, probablemente asociados a los contextos funerarios. Los
tipos de restos incluyen botellas de gollete recto, platos y vasijas de asa-estribo; la decoración incisa o pin-
tada corresponde a los estilos cerámicos registrados para la costa norte. Sin embargo, otro tipo de tumbas
simples, sin cobertura de piedras —razón por la que quedaron a salvo de los saqueadores— estuvieron
depositadas en la capa de arena limpia que cubrió cada fase. Se documentaron 12 entierros de este tipo, que
corresponderían a la ocupación original. Los cuerpos se encontraban en posición fetal, muy flexionados y,
con la excepción de lascas de cuarzo, carecían de ofrendas asociadas.
El complejo de Arenal presenta una secuencia arquitectónica semejante a la de Huaca Ventarrón, con
dos o más fases del Periodo Arcaico o Periodo Precerámico Tardío. La última fase quedó expuesta a la
intemperie luego del abandono, sin adiciones arquitectónicas posteriores, salvo el uso exclusivamente fune-
rario durante el Periodo Formativo. La ocupación tardía, quizá vigente en un corto lapso correspondiente a
las épocas lambayeque, chimú e inca, erigió estructuras menores en la periferia de la ensenada, lo que evitó
la superposición, pues, en ese tiempo, la ocupación se concentró en el flanco sur del cerro.
Hay expectativas respecto al gran volumen de la ocupación precerámica sepultada en Arenal. Durante
la última temporada, mediante la excavación de un sector ubicado al sureste y las prospecciones en el
noreste, se comprobó que el yacimiento cubre un área aproximada de 30 hectáreas. En ese sentido, las
fotografías satelitales permiten reconocer los alineamientos del enorme sitio. En la actualidad se hacen
coordinaciones para efectuar pruebas geofísicas de prospección bajo la superficie. En adelante, la investiga-
ción progresiva permitirá comprender la trascendencia y complejidad de este primer proceso cultural cuya
existencia y características abordan temas esenciales de los orígenes de las sociedades complejas y formas
tempranas del Estado.

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Fig. 12. Huaca Ventarrón. Reconstrucción isométrica de la fase 3 (elaboración del arte: César Piscoya; Museo Tumbas Reales
de Sipán).
Fig. 13. Huaca Ventarrón. Plano de las fases arquitectónicas identificadas (elaboración del plano: Fernando Huamán Rioja; Proyecto Arqueológico Ventarrón Collud-Zarpán).
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Fig. 14. Arenal, Sector SE, subsector Arenal 1. Plataforma culminante con pintura mural (foto: Ignacio Alva Meneses).

Fig. 15. Arenal, Sector SE, subsector Arenal 1. Cerámica


del Periodo Formativo recuperada en las excavaciones (foto:
Ignacio Alva Meneses).

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Fig. 16. Arenal, Sector SE, subsector Arenal 2. Recintos y plataformas en pendiente (foto: Ignacio Alva Meneses).

3.3. El complejo de Collud-Zarpán

El complejo de Collud-Zarpán se ubica a 1 kilómetro hacia el oeste del extremo norte de cerro Ventarrón,
frente a una proyección denominada cerro Boró. Está conformado por dos grandes montículos de planta
irregular, con una separación de 150 metros entre uno de otro: Zarpán, al este, y Collud, al oeste. Ambos
tienen proporciones similares: entre 500 por 300 metros de lado y 7 metros de altura promedio, alarga-
dos en dirección Norte-Sur y desviados 20º al este del Norte. En el conjunto de Collud, la ocupación
tardía superpuesta a la arquitectura del Periodo Formativo alcanza monumentalidad. Sobre la parte media
del gran montículo destacan tres plataformas piramidales de filiación cultural lambayeque (Kosok 1965;
Reindel 1993).

3.3.1. El sitio de Huaca Collud. La excavación en Collud se emprendió con la intención de comple-
mentar la investigación sobre los procesos culturales tempranos del valle y comprometer la conservación
del sitio ante la destrucción y deterioro ocasionadas por el centro poblado que ha invadido las tres cuartas
partes del conjunto en la actualidad.
Al comienzo de los trabajos se detectó un paramento bajo ubicado al extremo noreste, alineado de
Norte a Sur, construido con grandes bloques de piedra que empezaban a ser usados como material de can-
tera y que, sin duda, formaban parte de una estructura monumental. Con la finalidad de definir el frente
norte se excavaron trincheras de sondeo, las que no ofrecieron resultados positivos pues dicha sección ya
había sido destruida por las áreas de cultivo que bordean los límites del montículo. Sin embargo, una
trinchera profunda, situada al centro y en la parte alta del frente norte, logró ubicar, cubierta por grandes
cantidades de arena, la monumental fachada escalonada de un templo de una fase anterior al paramento
de piedra. Se trata de una gran plataforma de perfil escalonado en la que cada uno de sus tres niveles tiene
más de 2 metros de altura, mientras que el ancho de cada grada es de 3,50 metros. En la composición de
los paramentos se utilizaron adobes cilíndricos finamente acabados de hasta 80 centímetros de largo, co-
locados de cabeza, unidos con mortero arcilloso y dispuestos a modo de dique, lo que contuvo el enorme
volumen de relleno interno.

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El frente, de unos 70 metros, presenta una imponente escalinata central de 25 pasos y 25 metros de
ancho (Fig. 17). Asimismo, se comprobó que el lado este del templo, también escalonado, se extiende por
cerca de 140 metros. En la parte superior se registraron fragmentos de columnas derruidas y superpuestas
sobre una escalera y un atrio, correspondientes a la última fase de construcción del templo. Estos elemen-
tos arquitectónicos erosionados quedaron reducidos a segmentos sobre bases de piedra, a la par que se
advirtieron adobes cónicos en su composición interna. Asociados a las columnas se definieron secciones
de dos pisos superpuestos quemados, correspondientes también a las fases terminales. No se ha podido
determinar si se trató de un ritual de incendio final o de una técnica constructiva. La excelente conserva-
ción de la fachada escalonada y las escaleras se explica, entonces, por el enterramiento del templo antiguo
sobre el que se erigieron las estructuras de la nueva fase, caracterizada por columnas cilíndricas y quema
de pisos. Hacia el sur del amplio atrio se ubicó la plataforma culminante, alineada en el eje de la escalinata
central. Las excavaciones realizadas hasta el momento han registrado, bajo la densa capa de basura tardía,
una última remodelación de sus escaleras y atrio, el que se encuentra severamente afectado por la ocupa-
ción lambayeque. Sin duda, uno de los hallazgos más significativos fue un paramento bajo, a manera de
zócalo, decorado con un extraordinario relieve polícromo ubicado al pie de la fachada noreste (Fig. 18, a,
b). Probablemente bordeaba el edificio y se proyectaba en el frontis norte delante de la escalera y frente a
una posible plaza a desnivel arrasada por actividades agrícolas modernas. Esta devastación cortó también la
proyección norte del paramento decorado al momento que rebajó el contorno del yacimiento.
Lo que queda de la imagen reproduce una cabeza de perfil con rasgos híbridos antropozoomorfos,
rostro con dientes de felino y pico de ave de rapiña que es, al mismo tiempo, el quelícero de un arácnido.
Sobre la cabeza, a modo de cabello y bajo el cuello, emergen bandas rojas con un canal central blanco
que se entrelazan alrededor de la misma cabeza como una red y se proyectan hacia atrás formando una
serpiente entrelazada. Se advierte que la red destaca como vínculo conceptual (Fig. 18, b). La Deidad
Arácnida presenta una serie de rasgos que corresponden a los más complejos y heterogéneos del sistema
iconográfico cupisnique (Cordy-Collins 1992; Burger y Salazar-Burger 1993; Alva Meneses 2006c, 2008).
Se trata, fundamentalmente, de una especie de quimera que sintetiza rasgos animales y humanos, con
cabezas-semilla dentro de una red sobre la espalda y/o capturadas junto a plantas de algodón o maíz. Este
icono debió expresar un discurso metafórico que articuló las esferas productivas con un bagaje de valora-
ciones cosmológicas. Iconográficamente, esta imagen de Collud se puede comparar con la de un relieve del
templo de Garagay, en la costa central. Podría corresponder, también, a la misma Deidad Arácnida idea-
lizada que figura en platos y vasos de piedra del sitio de Limoncarro, ubicado en el valle de Jequetepeque
(cf. Sakai y Martínez, este número). En el ámbito local, se observa una reiteración iconográfica del motivo
«cabeza dentro de la red» con la vasija asociada a la tumba cupisnique registrada en Arenal. Diversos frag-
mentos recuperados, así como ciertas piezas en colecciones locales, tienen por decoración retículas incisas
y/o abstracciones de la Cabeza Divina. Una corona de oro, saqueada en las inmediaciones de Zarpán y
que se exhibe en el Museo Brüning, representa cabezas dentro de una red. Este tipo de coronas caladas son
recurrentes en las tumbas de máxima jerarquía excavadas en Kuntur Wasi, en el valle del Jequetepeque,
y proporcionan una idea de la importancia y trascendencia de este icono. Es probable que Collud —o,
más propiamente, el valle de Lambayeque— fuera un centro medular en la concepción y difusión de la
tradición religiosa Cupisnique.
Se puede inferir una relación de continuidad entre el motivo del «venado en la red» de Ventarrón y la
Deidad Arácnida, creadora de las redes. Es posible que la importancia de estas en la organización del tra-
bajo para el cultivo de algodón y confección e impacto para la economía y la articulación social inspirara,
en un primer momento, su elevación a icono con una función determinada en los ritos propiciatorios. A
medida que se alcanzaba un mayor desarrollo, se necesitó de una deidad central del panteón que repre-
sentara el control y equilibrio social frente a la dependencia del orden natural. En ese sentido, la Deidad
Arácnida ofreció los rasgos simbólicos necesarios ligados a la producción agrícola, la industria textil y los
ciclos de la naturaleza. Las arañas representaron el paralelismo ideal de la condición ancestral, creadora y
central del grupo de poder. La persistencia de la Deidad Arácnida cupisnique en el Periodo Intermedio
Temprano demuestra el grado particular de continuidad que se logró en el valle de Lambayeque con las
evidencias de Sipán. Es posible suponer que, ante la alineación crítica que representó la tendencia chavín

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y el manejo de una esfera cultural tan extensa, la restauración ideológica se hiciera bajo los antiguos con-
ceptos de continuidad de las costumbres ancestrales y de centralidad. Sipán se convirtió en el centro del
valle medio y las tumbas de máxima jerarquía, que contienen los iconos más importantes tienen entre sus
representaciones a la misma Deidad Arácnida.
Las características de la gran plataforma de adobes cilíndricos definida en el sector noreste de Collud
revelan significativas semejanzas con Huaca Lucía de Chólope (Shimada et al. 1983). Ambos componentes
son parte de complejos de grandes dimensiones, si bien se debe considerar que, en el caso de Collud, solo se
ha excavado un pequeño porcentaje de la superficie total del sitio (Fig. 19). Los templos tienen similitudes
en cuanto presentan escalera central, fachada escalonada y columnas sobre el atrio. Collud tendría mayores
dimensiones debido a su escalinata de 25 peldaños y 25 metros de ancho, y los tres niveles escalonados de
su frontis; mientras que Huaca Lucía presenta una escalera de 23 escalones, 16 metros de ancho y dos nive-
les en su fachada. El autor sugiere que estas diferencias podrían definir una jerarquía. Similar patrón arqui-
tectónico de plataforma masiva escalonada, con acceso central y plataforma culminante, se puede observar
en los templos principales de Purulén, en el valle de Zaña, y Kuntur Wasi y Pacopampa, en Cajamarca.
Este modelo podría representar una identidad o tradición común que tendría como mayor exponente al
complejo de Collud-Zarpán. Es posible determinar que el auge de la arquitectura ceremonial se fomentó
por interacción y emulación competitiva, con lo que se consolidaron ciertos patrones en el afán de alcanzar
la cumbre de la monumentalidad dentro de un sistema macrorregional y panandino.

3.3.2. El sitio de Huaca Zarpán. El conjunto de Huaca Zarpán comprende también un extenso montí-
culo, más o menos plano, ubicado al este de Collud (Fig. 20). Hacia el sector central y noreste se recono-
cen dos plataformas extensas con arquitectura superficial, correspondientes a la fase Lambayeque Tardío,
afectadas por excavaciones clandestinas. Durante la primera temporada se excavaron tres sectores y se
reconoció, al noroeste, la fachada expuesta y semidestruida de un templo con gradería orientada al oeste.
El frente, de 15 metros, fue construido también con adobes cilíndricos. Las estructuras del atrio sobre la
escalera estaban removidas, probablemente por la densa ocupación de la fase Lambayeque Tardío, que
luego las cubrió con una densa capa de relleno en numerosos niveles de tierra cenicienta, escombros de
construcción y estiércol de camélidos. En este relleno también se depositaron tumbas.
En el sector sureste del conjunto, al borde del yacimiento y libre de reocupación tardía, se logró definir
una serie plataformas bajas de planta cruciforme con dos fases superpuestas: la inferior conservada y la
última afectada por quemas previas al abandono. Se registró la tumba de un infante dentro del relleno de
la plataforma, asociado a un cuenco decorado con círculos concéntricos semejante a otro hallado en las ex-
cavaciones del sitio de Morro de Eten. Fragmentos de cerámica recuperados sobre el piso de la plataforma
corresponden, del mismo modo, a variados estilos del Periodo Formativo. Algunos tipos singulares fueron
tinajas decoradas con incisiones anchas y profundas semejantes a los reportados para la fase Pacopampa-
Chavín. En un caso excepcional, los motivos son parecidos a los de la Estela Raimondi, lo que indica una
sincronía con el apogeo de esta fase y estilo (Fig. 21).
En el centro del yacimiento se ubicó un tramo de canal o ducto subterráneo construido con lajas
de piedra y orientado, inicialmente, de Norte a Sur. Se trataría de un dispositivo ritual de culto al agua,
presente en otros templos de la misma esfera cultural. Se siguió su trayectoria hasta que volteó 90º hacia
el Este, y se perdió bajo bloques de roca de hasta 1 metro por lado. Estos eran parte de un derrumbe que
provenía de la cabecera de un paramento de 2,50 metros de alto, que resultó ser el frente sur de un templo
de piedra canteada (Fig. 22). El alineamiento de la fachada del templo tenía más de 47 metros de longitud
y en la rústica disposición de sus bloques pétreos se advirtió cierto parecido con la perfecta fachada del
Templo Nuevo de Chavín. La gruesa capa de relleno que cubre la arquitectura del Periodo Formativo,
semejante a la del sector noroeste, hace suponer que el desmontaje del paramento de piedra se hizo, igual-
mente, en tiempos lambayeque.

4. Enfoques y perspectivas

Con lo que se ha expuesto en esta contribución queda demostrado que el surgimiento de un primer sis-
tema cultural en Lambayeque marcó el inicio de una larga y sostenida tradición fortalecida, en ese primer

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Fig. 17. Collud. Escalinata central del templo en el sector noreste (foto: Ignacio Alva Meneses).
Fig. 18. Collud. a. Relieve mural con la representación de la Deidad Arácnida (foto: Ignacio Alva Meneses); b. Dibujo de las
porciones del panel descubierto hasta la fecha, según reconstrucción de Bruno Alva (elaboración del dibujo: Manuel Olivos).
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Fig. 19. Collud, sector noreste. Reconstrucción isométrica (imagen retocada por Bruno Alva Meneses, sobre la base de una foto
de Eduardo Herrán).

Fig. 20. Zarpán. El conjunto arqueológico completo, visto desde una avioneta (foto: Eduardo Herrán).

momento, por la estratégica posición territorial de los complejos de Ventarrón y Collud-Zarpán. Se puede
trazar una correspondencia entre patrones que definen una tradición cultural regional con procesos de
continuidad y cambio del Periodo Arcaico al Periodo Formativo. La transición del uso del paisaje, patrones
arquitectónicos y temas iconográficos siguen un hilo de persistencia coherente que se percibe más allá de

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Fig. 21. Zarpán. Tiestos del Periodo Formativo (foto: Ignacio Alva
Meneses).

Fig. 22. Zarpán. Fachada de piedra canteada (foto: Ignacio Alva Meneses).

esta última etapa. En este sentido, las edificaciones del Periodo Arcaico sobre el promontorio y pendiente
oeste del cerro destacarían la condición emergente de la civilización. La arquitectura, como representación
colectiva, nace, de manera efectiva, de la montaña, como una proyección de sus formas, hasta saturar el
espacio-tiempo sagrado. En ese momento, el nuevo ciclo cultural se reinició de forma gradual, necesaria-
mente cerca de la montaña originaria, y comenzó la edificación de un nuevo centro neutral que surgió como
síntesis entre la noción de ancestralidad ligada al paisaje y la creciente esfera de interacción macrorregional.
Se debe reconocer al desarrollo que se dio en esta parte del valle, abundante en recursos, como el pro-
ceso natural de continuidad cultural del Periodo Precerámico al Formativo. Lógicamente, la transición fue

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LOS COMPLEJOS DE CERRO VENTARRÓN Y COLLUD-ZARPÁN 115

lenta y deben existir eslabones bajo las fases y reocupaciones monumentales. Una propuesta tentativa de
secuencia cultural del Periodo Formativo, basada en los datos disponibles, indica que la arquitectura de
abobes cilíndricos fue anterior a la de piedra canteada. La primera corresponde al estilo Cupisnique y la se-
gunda al estilo Chavín. En términos generales, el autor concuerda con la idea de que la cultura Cupisnique
resultó de una larga síntesis donde la interacción promovió desarrollos y acrecentó el centralismo natural
de ciertas regiones, además de fortalecer tradiciones culturales cada vez más homogéneas que alcanzaron
su apogeo hacia el primer milenio a.C. Por último, la emulación del estilo Chavín, tal como se observa en
Zarpán, representó el agotamiento de la cadena de interacción religiosa que precipitó la crisis y favoreció
la posterior reorganización de las culturas de la costa norte en el ámbito regional, incluso sobre los iconos
y conceptos de la tradición Cupisnique.

Notas
1
Fotos de murallas y recintos de pirca, una bóveda subterránea y estructuras de tapial del flanco sur del
cerro, así como una panorámica del complejo Collud se publicaron en la edición sobre la obra de Brüning
realizada por el Hamburgisches Museum für Völkerkunde en 1990.
2
En 1967, durante un simposio organizado por el Centro de Estudios Arqueológicos de Lambayeque, se
exhibieron extraordinarias muestras de cerámica formativa procedentes del valle, las que formaban parte
de las colecciones privadas de los hacendados locales. Entre ellas destacaba la de Boris de la Piedra, dueño
de la hacienda Pomalca.

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116 IGNACIO ALVA MENESES

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ISSN 1029-2004
SOCIEDADES,
BOLETÍN DE ARQUEOLOGÍA PUCP SECTORES
/ N.° 12 / 2008, 119-139Y/SITIOS FORMATIVOS...
ISSN 1029-2004 119

Sociedades, sectores y sitios formativos en los valles de


Zaña y Jequetepeque, costa norte del Perú*

Tom D. Dillehay a

Resumen

El presente artículo se enfoca en el estudio de los principales sitios del Periodo Formativo de los valles de Zaña y Jequetepeque, y
analiza, en especial, los patrones de asentamiento, arquitectura y sectores específicos al interior de ambos valles donde los yacimien-
tos se concentran. Se presta particular atención a los estilos cerámicos Cupisnique y Huacaloma, los que manifestaron filiaciones
diferentes de acuerdo con el tiempo, el espacio y el ámbito en el que se desenvolvieron, con lo que conformaron patrones regionales
durante el Periodo Formativo. En este trabajo se postulan varias hipótesis respecto de los factores que explican estos patrones.

Palabras clave: Periodo Formativo, sectores, Cupisnique, Huacaloma, Zaña, Jequetepeque

Abstract

SOCIETIES, SECTORS AND FORMATIVE PERIOD SITES IN ZAÑA AND JEQUETEPEQUE VALLEYS, NORTH
COAST OF PERÚ

This article focuses on the major Formative Period sites of the Zaña and Jequetepeque valleys, focusing on settlement patterns,
monumental architecture, specific sectors within the two valleys where sites were concentrated. Specific attention is given to the
Cupisnique and Huacaloma ceramic styles in the valleys. The two valleys shift cultural allegiances through time and space to
provide regional Formative patterns. Factors explaining these patterns are postulated.

Keywords: Formative Period, sectors, Cupisnique, Huacaloma, Zaña, Jequetepeque

1. Introducción

En los últimos años ha cambiado el concepto que se tenía respecto del papel que desempeñaron diversas
culturas regionales en la formación de las primeras civilizaciones de los Andes centrales. La propuesta
tradicional, dominante desde la década de los setenta y ampliamente aceptada entre los arqueólogos, con-
sidera a la sierra —en especial el área de Chavín de Huántar— como la cuna de la civilización andina
y lugar desde el que se difundieron los avanzados elementos culturales encontrados en zonas periféricas
(Tello 1960). Sin embargo, esta perspectiva tradicional, sustentada en un modelo monocéntrico, pronto
cambió y se optó por propuestas que favorecían el desarrollo multirregional independiente y la existencia
de esferas de interacción (por ejemplo, Bennett 1948; Moseley 1975; Burger 1992; Shady y Leyva [eds.]
2003), aunque el protagonismo de algunas regiones en los procesos conducentes a la civilización no se ha
aclarado de manera concluyente. Otro tema de interés ha sido el concepto de centro ceremonial al final de
los periodos Precerámico y Formativo (Periodo Inicial y Horizonte Temprano) (v.g., Donnan 1985; Rick
2008), el que también ha sido cuestionado como herramienta analítica, ya que la idea de centralidad no es

* Traducción del inglés al castellano: Oscar Hidalgo


a
Vanderbilt University, Department of Anthropology.
Dirección postal: Nashville, Tennessee, 37365, Estados Unidos.
Correo electrónico: tom.d.dillehay@vanderbilt.edu ISSN 1029-2004
120 TOM D. DILLEHAY

Fig. 1. Mapa con la ubicación de los sitios formativos en el valle de Zaña mencionados en el texto (elaboración del mapa:
Tom D. Dillehay, 2010).

definida organizacional, social ni demográficamente (Patterson 1999; Dillehay 2006). En otras palabras,
no hay una definición común para el concepto de centro, ni evidencia arqueológica sólida para determinar
sus características internas o que demuestre la existencia de sitios periféricos subordinados a este. Poca o
ninguna investigación se ha realizado en torno de la gran mayoría de «centros ceremoniales» andinos como
para relacionarlos funcionalmente con los sitios arqueológicos.
En este artículo, más que indagar respecto de los centros, se identifican los sectores de los valles, las
asociaciones y las esferas de interacción entre las cuencas vecinas de Zaña y Jequetepeque, en la costa norte
del Perú. La delimitación geográfica del área responde a la experiencia profesional del autor de este artículo
en la zona y no presume una necesaria relación histórica entre dichas cuencas. La intención es poner de
manifiesto las semejanzas y desencuentros en los procesos por los que la diferenciación de los asentamien-
tos y, en menor medida, la complejidad sociopolítica inferida surgieron en el lapso entre la parte tardía
del Periodo Precerámico y el Horizonte Temprano (c. 4500-2500 a.p.). Se considerarán dos dimensiones
de la complejidad social: el incremento de la heterogeneidad (diferenciación horizontal o no vertical) y
el aumento de la desigualdad vertical o jerarquía (McGuire 1983). La evidencia de la creciente heteroge-
neidad, tal como el comienzo de las diferencias sectoriales en arquitectura y el espacio predispuesto para
las reuniones públicas, se inicia a principios del Periodo Inicial (4000-3500 a.p.) en los valles de Zaña y
Jequetepeque, mientras que el incremento de la desigualdad vertical se da, principalmente, en el lapso
entre fines del Periodo Inicial y el Horizonte Temprano (3500-3000 a.p.) (Figs. 1, 2).
Desafortunadamente, hasta el momento son pocos los sitios de los inicios de los periodos Precerámico
y Formativo en estos dos valles que han sido excavados y fechados por radiocarbono, lo que hace difícil
especular respecto de la economía de la zona, así como precisar la cronología de dichos complejos y de

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SOCIEDADES, SECTORES Y SITIOS FORMATIVOS... 121

Fig. 2. Mapa de la ubicación de los sitios formativos en el valle de Jequetepeque mencionados en el texto (elaboración del
mapa: Tom D. Dillehay y Alan Kolata, 2010).

los procesos. Una aproximación al patrón de asentamiento es el enfoque más amplio y, al mismo tiempo,
directo para la reconstrucción de los modelos de organización local y regional en los dos valles; además,
puede aplicarse cuando las complejidades sociales se infieren de los patrones de asentamiento y comu-
nitarios expresados en diferentes niveles. Estas inferencias se derivan de los datos generados por varias
prospecciones regionales sistemáticas realizadas con anterioridad en los valles de Zaña y Jequetepeque
(Reichlen y Reichlen 1949). Dicha información, aunada a la obtenida en las excavaciones en algunos
sitios —específicamente en San Luis, Limoncarro, Poro Poro, Purulén y Montegrande—, proporcionan
un mínimo de material para elaborar hipótesis sobre la comunidad, la economía, así como sobre los cam-
bios sociopolíticos y demográficos durante el periodo bajo análisis. El autor plantea, más adelante, que la
transformación sociopolítica de una localidad cívico-administrativa en la parte tardía del Precerámico y
el Periodo Inicial en una «entidad política» sectorial multisitio en la parte tardía del Periodo Inicial y del
Horizonte Temprano se produjo en forma de cambios multifacéticos afectados por las condiciones medio-
ambientales, las estrategias económico-políticas preexistentes y la ideología. La dinámica que enfatiza este
proceso quizá se comprenda mejor como un cambio en las estrategias políticas manifestado en el desarrollo
de sectores o nodos territoriales, integrados por varios asentamientos contiguos, en lo que se puede iden-
tificar como las primeras entidades político-económicas coherentes situadas en el valle medio superior de
Zaña y el medio de Jequetepeque durante el Periodo Inicial. En el transcurso del Horizonte Temprano,

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estos sectores o nodos esenciales desaparecieron o se diluyeron en entidades menores caracterizadas por
poblaciones dispersas y localidades cívico-administrativas menos conspicuas.
Las causas de tal desarrollo, hasta cierto punto, pueden relacionarse con estrategias políticas empleadas
por líderes locales laicos y/o religiosos. De acuerdo con Blanton et al. (1996) y Feinman (1995), las estrate-
gias políticas pueden clasificarse en dos grandes grupos, redes y corporaciones, los que no necesariamente
son excluyentes. En el ámbito social, las estrategias a lo largo de una red enfatizan la identificación de los
individuos de la elite por medio de las estructuras de vivienda y enterramiento, los elementos definitorios
de posición social, los símbolos de riqueza y estatus, especialmente la locación y el estilo arquitectónico
residencial, y los objetos de prestigio obtenidos en el comercio a larga distancia. Los individuos de las elites
tienden a formar redes intergrupales para el intercambio de valores y símbolos con contenido político para
negociar poder y estatus. Tal formación social individualizada puede ser reforzada por un ritual ancestral
que legitima la regulación de la sociedad por un número de individuos o unidades familiares de alto rango.
En contraste, las estrategias corporativas caracterizan una formación social de orientación grupal en la que
se enfatiza la importancia de la definición comunal mediante la inversión en proyectos de construcción
realizados con el trabajo colectivo, en el que la diferenciación individual y al interior del grupo es mínima.
La integración social puede enfatizarse por medio de un ritual basado en un banquete o una ideología
generalizada. Aunque en muchas formaciones políticas de rango medio pueden verse ambas estrategias,
este modelo destaca a los actores políticos y religiosos, además de ser relevante para la presentación de la
variabilidad sociopolítica entre las sociedades del Periodo Formativo en el área estudiada.

2. Del Periodo Precerámico Medio al Precerámico Tardío (7000-4500 a.p.)

En contra de las antiguas percepciones que suponían el comienzo de la civilización andina durante el
Periodo Inicial, en la actualidad se admite que muchos elementos ya existían durante la parte tardía del
Periodo Precerámico (Donnan 1985; Shady 2005; Haas y Creamer 2006), e incluso antes, durante el
Precerámico Medio (Dillehay et al. 2004). Hacia la mitad del Holoceno (c. 7000 a 5000 a.p.) hay eviden-
cias de recolectores avanzados que practicaban una economía de amplio espectro que incluía la horticul-
tura. Estos grupos vivían en viviendas permanentes y trabajaban en construcciones públicas, tales como
pequeños montículos y canales de irrigación en los bosques estacionalmente secos del área de estudio, en
especial en la parte alta de los valles de Zaña y Nanchoc (Dillehay, Netherly y Rossen 1989; Rossen 1991;
Dillehay, Rossen, Andres y Williams 2007; Dillehay, Ramírez, Pino, Collins, Rossen y Pino-Rivero 2008;
Stackelbeck 2008). Aunque la combinación de las economías recolectora y agrícola existe desde, al menos,
9000 a 7000 a.p., la producción de cosechas significativas se añadió a la dieta solo después de la innovación
del canal de riego alrededor de 6000 a.p. (Dillehay, Bonavia y Kaulicke 2004; Dillehay, Rossen, Anders y
Williams 2007; Piperno y Dillehay 2008). El compromiso con la producción de cultivos no significó una
simple intensificación de la vida sedentaria, estructurada alrededor de la agricultura sostenible, sino que
fue la consecuencia de un conjunto de decisiones y respuestas que resultaron en cambios de organización
fundamentales en la sociedad, riesgos incrementados e incertidumbres. Esto no constituyó una revolución,
sino una transición o evolución gradual. Los cambios sociales en las características conductuales y mate-
riales se produjeron con bastante rapidez en algunos sectores, mientras que otros fueron inventados o in-
troducidos, intensificados, implementados, refinados y gradualmente trabajados al interior de los sistemas
culturales locales durante muchas generaciones. Estos cambios y otros de distintas regiones de los Andes
proporcionaron los fundamentos para el posterior desarrollo de la civilización andina (cf. Bonavia 1991;
Lavallée 2000; Raymond y Burger 2003; Dillehay et al. 2004; Aldenderfer 2005).
También hubo grandes variaciones en las funciones sociales y rituales que se desarrollaron en coordi-
nación con las nuevas tecnologías agrícolas (Dillehay, Netherly y Rossen 1989; Dillehay, Rossen, Andres y
Williams 2007). Estas variaciones se reflejan en el cambio de las estructuras domésticas de planta circular
a las de planta rectangular, de la horticultura de una estructura doméstica individual a la agricultura de
irrigación multifamiliar, y en la aparición de evidencias de reuniones públicas en dos pequeños montículos
en el valle de Nanchoc (sitio CA-09-04), lo que ocurrió entre 7000 y 6500 a.p., y duró hasta cerca de 4500
a.p. Con obras públicas que se manifestaban en forma de montículos y canales, hubo énfasis en la inten-
sificación del desarrollo e interacción de las comunidades. La aparición de lugares públicos, comunidades

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sedentarias y producción de cultivos alimentarios entre los periodos Precerámico Medio y Precerámico
Tardío fue seguida por el establecimiento de una creciente diferenciación social, y una intensiva y más
amplia producción de alimentos en los sectores bajo y medio del valle, como lo evidencian la arquitectura,
algunas tumbas y restringidos bienes de prestigio (Dillehay [ed.] e.p.). A diferencia de la región del Norte
Chico, ninguna de las dos cuencas bajo estudio se caracteriza por sitios arquitectónicos monumentales
durante el Periodo Precerámico Tardío, sino por numerosos asentamientos pequeños y medianos que se
encuentran a lo largo de ellas.

3. El Periodo Inicial (4500-3000 a.p.): la diferenciación sectorial

El Periodo Inicial se hace reconocible como bloque cultural en el área de estudio entre 4500 y 4000 a.p.
Durante esa etapa, varios sitios comparten una cultura material semejante, que llega a su punto culmi-
nante en las esferas de los estilos cerámicos Huacaloma y Cupisnique, el primero localizado en la sierra
de Cajamarca, y los sectores altos y medios de los valles de Zaña y Jequetepeque, y el segundo situado,
principalmente, en los llanos costeros y los sectores bajos. Estos sitios no solo expresaron diferencias entre
los sectores del valle mediante la cultura material, sino que también remarcaron sus diferencias respecto
de sitios cercanos. Diversos sistemas económicos y sociales se desarrollaron en estos sectores, condiciona-
dos por la localización de las zonas ecológicas, ya sea que estuvieran situados a lo largo del litoral y llanos
costeros entre 20 y 470 metros de altitud, en las laderas boscosas de los Andes, entre 500 y 1500 metros
de altura; o en las tierras más altas y de más densa vegetación, entre 1800 y 2600 metros sobre el nivel del
mar. Fue una época de heterogeneidad cultural y diferenciación horizontal entre asentamientos aislados
y unos pocos agrupados. Al mismo tiempo, varias tendencias comunes pueden observarse para ambos
valles: adaptación exitosa a los diferentes ambientes locales, uso temprano de recipientes de cerámica para
los alimentos, desarrollo de grandes comunidades sedentarias, producción o intercambio de bienes para
los rituales, incremento de la interacción entre los sitios y singularización del estatus de una minoría de
individuos o de grupos pequeños en los restos arquitectónicos y funerarios.
Los cambios drásticos en la organización económica y social son más evidentes después de 3500 a.p.
Hay información considerable del incremento de la dependencia de más sectores en la agricultura, como
sugiere la localización de sitios más cercanos a llanuras aluviales fértiles en los valles costeros o laderas ate-
rrazadas en la sierra, donde, con probabilidad, se dio la agricultura de riego. Los sitios de esta etapa tienden
a mostrar más características de las tradicionalmente asociadas a las sociedades del Periodo Formativo:
agricultura, producción de cerámica, herramientas de piedra pulida, estructuras ceremoniales y públicas,
y la ocupación de los asentamientos a largo plazo. Hay también buena preservación de la organización co-
munitaria en varios complejos, pero este es un fenómeno que se da, en especial, en los sectores de Purulén
y Tembladera. En estos también hay evidencia del inicio del desarrollo de la diferenciación social, incluso
de una incipiente jerarquía y liderazgo formalizado que, posiblemente, incluía organizaciones políticas
sectoriales —una tendencia que continúa durante el Horizonte Temprano—. Las cualidades de liderazgo
probablemente incluían las labores administrativas, la comunicación con el mundo ancestral y sobrenatu-
ral y, posiblemente, la coordinación para la defensa y el manejo de la interacción con grupos humanos de
otras áreas.

4. El valle de Zaña

En el valle medio superior de Zaña, entre 2200 y 2600 metros de altitud, se encuentra un agrupamiento
significativo de sitios del Periodo Inicial. Hay, al menos, ocho complejos notables con arquitectura pública
en este sector. Los más importantes son Poro Poro, El Palmo, El Cedral, La Toma (Fig. 3) y Uscundal
(Dillehay y Netherly 1986) (Fig. 1). Los dos últimos se ubican uno frente al otro a través de una pro-
funda garganta, algo similar a lo que ocurre entre los conjuntos de Layzón y Agua Tapada, en la cuenca
de Cajamarca. La plataforma principal en La Toma mide entre 10 y 12 metros de alto y cerca de 80
metros por lado. Los niveles más profundos datan del Periodo Precerámico Tardío, alrededor de 4300
a.p. (Dillehay [ed.] e.p.), pero la arquitectura visible aún en pie —una colina con terrazas modificada en

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124 TOM D. DILLEHAY

Fig. 3. Vista del sitio de La Toma, en el alto valle de Zaña. Se observan las plataformas artificiales (foto: Tom D. Dillehay,
1984).

un montículo-plataforma— se asocia con el Periodo Inicial. Uscundal es similar en tamaño y forma a


La Toma, pero no ha sido excavado. La cerámica del Periodo Inicial en ambos sitios se relaciona con los
estilos de Huacaloma (Terada y Onuki 1985). En 1985 se realizaron cateos en La Toma y se encontraron
depósitos culturales correspondientes al lapso entre el Periodo Precerámico y el Horizonte Temprano. La
secuencia muestra bordes de tipo pie-crust, ollas sin cuello y pocos bordes de cuellos evertidos en los niveles
cerámicos más profundos. Estos fechan hacia alrededor de 4000 a.p. (Fig. 4). La cerámica del Horizonte
Temprano es del tipo Huacaloma Tardío y tiene decoración pintada e incisa.
Otro sitio sin excavar es El Cedral, un montículo-plataforma de varios niveles localizado en el denso
bosque montano y húmedo de la zona de Taulis, y similar en forma a La Toma y Uscundal, pero más
pequeño en dimensiones. Poro Poro consiste de un gran complejo que cubre alrededor de 8 kilómetros
cuadrados; tiene arquitectura monumental, caracterizada por montículos aterrazados de planta rectangular
levantados de cara a una plaza semirrectangular hundida (Alva 1988b), y mampostería de buen acabado,
similar a la de Chavín de Huántar y Tiwanaku. La cerámica en el lugar se relaciona con la de Huacaloma,
Pacopampa y Kuntur Wasi. Aunque es probable que muchos de estos sitios fueran ocupados al mismo
tiempo, no hay evidencia que sugiera que uno controló a los demás; por el contrario, tal parece que cada
entorno actuaba como una sede cívico-administrativa independiente que regentaba su propio territorio y
mantenía relación con los otros, aunque pudo haber existido un acuerdo algo más formal entre los muy
cercanos complejos de La Toma y Uscundal. Todos estos conjuntos se ubican entre 2200 y 2500 metros
de altura sobre el nivel del mar, y se extienden por un área aproximada de entre 25 y 30 kilómetros. Con
excepción de los depósitos precerámicos en los fundamentos de las construcciones de La Toma, ninguno
de los complejos en este sector tiene fechados radiocarbónicos. Se presume que la economía principal de la
zona se basó en la agricultura y la ganadería.
Tal como lo han reportado investigadores anteriores (Alva 1987, 1988a, 1988b; cf. Dillehay y Netherly
1986), hay varios sitios de dimensiones menores e intermedias en el sector medio alto del valle de Zaña
que muestran arquitectura y vestigios de asentamientos residenciales, incluso cementerios saqueados, pero
ninguno fue construido como los complejos más grandes mencionados líneas atrás, ni ha sido mapeado o
estudiado sistemáticamente. Se encuentran en las proximidades de Niepos y La Florida, en el lado sur del
valle, y en Udima, Monteseco y El Calvario, en el lado norte, sobre los 2200 metros sobre el nivel del mar.

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Fig. 4. Perfiles de la cerámica formativa excavada en el sitio de La Toma. Los dibujos están ordenados estratigráficamente
(elaboración de los dibujos: Tom D. Dillehay, 2010).

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Fig. 5. Los dos edificios con planta en forma de «U» del sitio de San Luis, valle medio de Zaña (elaboración del dibujo: Tom
D. Dillehay, 2004).

Sobre la base de cerámica saqueada de las tumbas de varios de estos sitios, se cree que florecieron en la parte
tardía del Periodo Inicial y la parte tardía del Horizonte Temprano.
San Luis es el sitio principal del Periodo Inicial en el valle medio de Zaña. Consta de dos pequeños
montículos con planta en forma de «U», localizados en una pampa en el banco norte del río (Dillehay,
Bonavia y Kaulicke 2004). El montículo del norte (Complejo A) mide alrededor de 80 por 90 metros, y
el del sur (Complejo B), unos 120 por 250 metros (Fig. 5). Estas elevaciones artificiales alcanzan entre 3 y
4 metros de altura, y están compuestas por piedras sin cantear. Los escalones del frente y el atrio de ambos
montículos tenían fragmentos de motivos geométricos en estuco pintado de rojo, azul y amarillo y en sus
cimas existen pequeños recintos. Las estructuras parecen haber sido construidas en dos fases que están
fechadas en 3290 y 3280 a.p., respectivamente (Dillehay 2004). La cerámica muestra una fuerte afinidad
con los estilos Huacaloma, de Cajamarca, y Montegrande, de Jequetepeque. Por su ubicación, y los restos
de flora y fauna, se advierte una economía agrícola. No hay evidencia de que San Luis administrara o fuese
administrada por otro sitio más grande, por lo que parece haber sido una sede cívico-administrativa aislada
que prestaba servicios a varios asentamientos residenciales locales.
Las prospecciones realizadas en el valle medio dieron por resultado la ubicación de 15 pequeños sitios
domésticos de la parte tardía del Periodo Inicial, los que, se cree, eran fincas o granjas de nivel familiar
(menos de 0,50 hectáreas en tamaño) asociadas a las actividades en San Luis. Las superficies de los tiestos
recogidos de esta área, por lo general del estilo Huacaloma, son toscas, con incisiones y sin pulir, y mues-
tran una indistinguible afinidad con la cerámica de San Luis. Ninguno de estos sitios se relaciona con
arquitectura visible, pero dos de ellos tienen fechados radiocarbónicos que coinciden con los de San Luis,
por lo que se infiere que este complejo y sus sitios domésticos asociados se ubican entre, aproximadamente,
3250 y 3100 a.p.
Situado 5 kilómetros valle abajo, sobre la ribera norte del río, está Pampa de Cana Cruz, un geoglifo de
la parte tardía del Periodo Inicial compuesto por miles de fragmentos de roca que forman un largo cuerpo
de apariencia humana, con ojos circulares y una boca con colmillos (Fig. 6). Más abajo, cerca del litoral,
hay evidencias de una economía de subsistencia mixta y del desarrollo de una tradición local distinta en el
sitio de Purulén, que tiene notables características cívico-administrativas (Fig. 7). Se localiza en el lado sur

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Fig. 6. Vista del geoglifo en la Pampa de Cana Cruz, valle medio de


Zaña (foto: Tom D. Dillehay, 1992).

Fig. 7. Vista de varias huacas en el sitio de Purulén, valle bajo de Zaña (foto: Google Earth 2009, retocada por Tom D.
Dillehay).

del río Zaña, a lo largo de la base norte de las montañas de Purulén. Se extiende por cerca de 8 kilómetros
cuadrados, con un área monumental que abarca casi 3 kilómetros cuadrados y consta de 15 grandes mon-
tículos que varían en tamaño, pero tienen una forma similar (Alva 1986). Extensas áreas de estructuras
domésticas y residuos fueron recuperados alrededor y entre los montículos. La arquitectura principal de
estas elevaciones artificiales se compone de plataformas de planta rectangular de dos niveles hechas con
bloques de piedra y rellenos. Frente a los montículos se ubican plazas divididas por escaleras, pero estas, en
su conjunto, no conforman estructuras con planta en forma de «U». En la parte superior de los montículos

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Fig. 8. Reconstrucción isométrica de la arquitectura de una huaca con plataformas escalonadas en la zona de Chungal, valle
medio de Jequetepeque (redibujado de Ravines 1985: 217).

fueron erigidas pequeñas construcciones. La economía de Purulén se estableció en función de los recursos
marítimos y, en menor medida, en la agricultura y en la flora y fauna terrestres. Los estilos de la cerámica,
que son típicos de Cupisnique, y un único fechado de radiocarbono de 3350 a.p. ubican al sitio en la parte
tardía del Periodo Inicial. Ligeramente dispersos por el valle bajo, cerca de Cayaltí, Mocupe y Purulén, hay
varios otros sitios pequeños, quizá caseríos, con cerámica cupisnique, que no están agrupados alrededor de
un lugar más grande, como sí ocurre con los del valle medio, cerca de San Luis.

5. El valle de Jequetepeque

El Periodo Inicial es más visible arqueológicamente en el sector de Tembladera, en el valle medio de


Jequetepeque, que muestra vínculos costeros y, más aún, serranos, dominados por el estilo Huacaloma y
otros derivados del Cajamarca Temprano (Fig. 2). Tembladera se localiza en la llamada chaupiyunga, zona
geográfica en la que el ají, la coca, las frutas y otros cultivos pueden crecer durante todo el año. Este sector
se caracteriza por presentar 52 sitios del Periodo Inicial y del Horizonte Temprano, de los que 30 tienen
arquitectura pública y otros son cementerios (Ravines 1985; Tellenbach 1986). El trazado de la mayoría de
estos sitios consiste en plataformas aterrazadas de piedra de poca altura y plazas rectangulares (Figs. 8, 9).
El sector de Tembladera se relaciona también con varias áreas de pedregales caracterizadas por petroglifos
similares a la iconografía representada en la cerámica de otros sitios del Periodo Inicial (Ravines 1985). La
cerámica se parece más a la de la sierra próxima (Huacaloma, en Cajamarca) que a la de los sitios costeros
cupisnique.
Los sitios de Tembladera varían en tamaño desde menos de 1 hectárea hasta más de 50. En conjunto,
si se asume que muchos de estos sitios fueron contemporáneos, parecen formar una jerarquía de asenta-
miento de dos niveles hacia 3500 a.p. Se desconoce la razón por la que este sector estaba tan fuertemente

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Fig. 9. Reconstrucción isométrica de la arquitectura de una huaca con terrazas escalonadas en la zona de Montegrande, valle
medio de Jequetepeque (redibujado de Ravines 1985: 221).

desarrollado durante el Periodo Inicial, al menos en lo relacionado con la construcción de canales de


irrigación en este pequeño bolsón con fértiles suelos del valle medio. Varios factores sociales e ideológicos
pueden, también, haber motivado a las poblaciones a establecer asentamientos más grandes, más densos y
con nuevas formas de organización comunitaria en este sector. Los cambios en las relaciones sociales son
evidentes a partir de los nuevos tipos de restos arquitectónicos. Por ejemplo, la mayoría de los sitios con-
tienen plataformas de piedra, interpretadas como estructuras cívico-administrativas o estructuras públicas,
y cimientos del mismo material; algunos de ellos pueden haber sido templos. A pesar de cierto nivel de
estandarización en la organización del espacio y de la arquitectura en muchos de los complejos, los grupos
residenciales enfatizaron la diversidad entre sus ambientes mediante la elaboración y el tamaño de sus di-
versas áreas y estructuras domésticas. Aunque los grupos residenciales probablemente se integraron en co-
munidades intrasitio más grandes, si no lo hicieron en otras que abarcaran varios asentamientos, también
pueden haber desarrollado características más fuertes como grupos residenciales corporativos.
El complejo cívico-residencial de mayores dimensiones en el sector de Tembladera se localiza en
Montegrande (4000-3000 a.p.). Dos grandes edificios rectangulares en el sitio, trazados y orientados hacia
el sur, se asemejan, en diseño, a las estructuras de Layzón y Kuntur Wasi, ambos cercanos a las cabeceras
del valle de Jequetepeque (Fig. 10). Alrededor de ellos hubo numerosas viviendas, y muchas de ellas no pa-
recen haber sido ocupadas al mismo tiempo. Asimismo, se encontraron varios patios con viviendas agluti-
nadas, cerca de 10 en cada uno, hecho que indica que el asentamiento se planeó de manera cuidadosa. Los
grandes edificios estaban hechos de mampostería de piedra sin cantear cubierta con un enlucido de arcilla
y decoración figurativa de adobe, mientras que las viviendas residenciales eran de caña y barro. Las exca-
vaciones de Tellenbach (1986) demostraron que los ocupantes de comienzos del Periodo Inicial tuvieron
acceso a bienes de intercambio interregional, tales como las conchas Spondylus de la costa de Ecuador.
Montegrande parece haber experimentado dos diferentes fases de construcción y, posiblemente, de
ocupación. La primera fase se asocia con la arquitectura cívico-ceremonial, Huaca Antigua, encabezada por
una plaza rectangular hundida. La segunda se vincula con Huaca Grande y unos ambientes con fogones
hundidos similares a los encontrados en Kotosh. La arquitectura de la primera fase es algo parecida a las
estructuras de Purulén, en tanto que la de la segunda constituye una reminiscencia de la de Kotosh, lo

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Fig. 10. Vista de una de las huacas mayores en el sitio de Montegrande, valle medio de Jequetepeque (foto: Google Earth 2009,
retocada por Tom D. Dillehay).

que sugiere afinidades con las regiones costeras, pero principalmente con las de la sierra, hecho, también,
bastante enfatizado por la presencia de tiestos del estilo Huacaloma. Tellenbach (1986) percibió el sitio
como ocupado por una sociedad jerárquica y sostenida por una economía agrícola. La ocupación final de
Montegrande se ubica entre 2900 y 2600 a.p. (Ulbert 1994: 150-151).
El surgimiento de nuevos patrones de intercambio, relaciones sociales y creencias asociadas también se
refleja en la arquitectura y la iconografía de la cerámica de estilo Huacaloma en los sitios de Tembladera.
La uniformidad cultural y sectorial, y la magnitud de sus construcciones hacen tentador el planteamiento
de una política de control del sector medio del valle o, incluso, la posibilidad de que haya podido extender
su influencia a otros sectores. Sin embargo, no se sabe casi nada acerca, por un lado, de las relaciones —o
de sus formas específicas— que mantuvieron los sectores y los sitios individuales en el valle; y, por el otro,
los propios valles entre sí. Sea cual hubiera sido el grado de unificación social y económica, el proceso de
interacción no siempre fue pacífico. Fortificaciones menores asociadas con algunos tiestos del Periodo
Inicial y de la parte tardía del Horizonte Temprano encontradas en pocas cumbres del valle bajo y medio
sugieren que la rivalidad entre algunos grupos posiblemente terminaba en violencia física.
Otro sitio del Periodo Inicial es Limoncarro (Fig. 11), que se ubica en el banco norte del río Jequetepeque,
en el valle bajo, y tiene afinidad con la cultura Cupisnique. Ha sido identificado como un centro cívico-
ceremonial construido con planta en forma de «U» y una plataforma de tres niveles (observación personal
del autor, 2000; cf. Sakai, este número). Algunas áreas al interior de la estructura en forma de «U» están
decoradas e incluyen columnas. También se encontraron, en las proximidades, cuencos y tazas de esteatita
tallados con el arte cupisnique. Los temas centrales de esta iconografía son los animales carnívoros, los
felinos y las arañas.
Situado más lejos valle bajo, en el lado sur del río y cerca del océano Pacífico, está Puémape, que
inicialmente se estableció en tiempos del desarrollo de Montegrande y Cupisnique (Elera 1998). El sitio,
que tiene cerca de 20 hectáreas, ha sido bastante saqueado y la presencia de numerosas dunas en forma
de medialuna o barjánicas ha ocultado los detalles arquitectónicos bajo la superficie. Sus fechados radio-
carbónicos abarcan un rango de entre 4000 y 2300 a.p. (Elera 1998). Puémape puede ser el único sitio

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Fig. 11. Vista del sitio de Jatanca, valle bajo de Jequetepeque (foto: Google Earth 2009, retocada por Tom D. Dillehay).

importante en ambos valles, ya que fue ocupado desde la parte temprana del Periodo Inicial hasta la tardía
del Horizonte Temprano.
Puémape está compuesto por un cementerio, que ha sido saqueado, y algunas estructuras asociadas.
Unas cuantas eran de carácter doméstico y otra, identificada como un «templo revestido de piedra», se
asienta sobre un área funeraria (Elera 1998). Los muros de esta compleja estructura se construyeron con
bloques grandes, alargados y separados por piedras más pequeñas, redondeadas, que se apilan en columnas.
Su orientación tiende al este del eje Norte-Sur, y tiene varios elementos principales: una plaza elevada,
una escalera, una entrada secundaria y una terraza elevada. La plaza tiene 18 metros por lado y una altura
aproximada de 1,20 metros.
Distribuidos por todo el valle hay varios pequeños conjuntos residenciales caracterizados por reducidos
tiestos dispersos y otros desechos, que son típicos de los estilos Huacaloma o Cupisnique. Varios de estos
yacimientos se sitúan en lo profundo del curso medio y superior de pequeñas quebradas aisladas, probable-
mente asociados a agricultura oportunista a lo largo de terrazas a desnivel durante los ciclos húmedos del
año (Fig. 2). Se trata de pequeños caseríos cuyas dimensiones oscilan entre 0,20 y 0,70 hectáreas.

6. Discusión acerca del Periodo Inicial

En términos generales, se observan dos patrones de distribución de los asentamientos entre los muchos
agrupamientos de sitios en los sectores de las partes media y alta de los valles. El primero es un sistema
monocéntrico: cada sector se halla dominado por un gran sitio. Purulén y Limoncarro se adaptan a este
patrón para los dos sectores más bajos del valle. San Luis se adapta a él para la zona media del valle de
Zaña. El segundo patrón es un sistema policéntrico: en cada agrupamiento hay múltiples asentamientos
de mediano tamaño, esparcidos uniformemente sobre el paisaje. Los sectores de Tembladera y el alto Zaña
tienen este modelo. El segundo patrón puede, además, clasificarse en dos tipos: sistemas policéntricos li-
neales y policéntricos dispersos. El modelo lineal se manifiesta en los sitios de Tembladera en el norte y en
los bancos del sur del valle medio del Jequetepeque. El modelo disperso está representado por La Toma y

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Uscundal, Poro Poro, El Cedral y otros sitios de la sierra de Zaña que se adecuan a la agreste y más extensa
topografía del sector. El segundo tipo de distribución del asentamiento en el sector de Tembladera es uno
que muestra conjuntos bastante grandes de más de 25 hectáreas con o sin recintos. Una jerarquía de asen-
tamientos de dos niveles, que coexiste con centros grandes y pequeños, se observa en los agrupamientos
del sector medio. Los sitios de menor importancia fueron dispuestos alrededor de los de mayor significa-
ción y, a su vez, fueron rodeados cercanamente por un nivel más bajo de asentamientos. Estos sistemas
de asentamiento policéntricos dispersos son los más complejos en la región. En este subtipo, los sistemas
policéntricos lineales y los dispersos se desarrollaron en diferentes condiciones geográficas: la circunscrita
zona árida del valle medio de Jequetepeque y el bosque húmedo montano del valle medio superior de
Zaña, respectivamente.
Es de señalar que las diferencias en los patrones de asentamiento no coinciden con la dicotomía en
la estrategia política que se revela en los restos arqueológicos de estos sectores, la que puede caracterizarse
como aquella entre las redes y las estrategias corporativas. No hay evidencia que sugiera la redistribución e
intercambio de bienes de prestigio. Al parecer, la estrategia político-económica se centró en la producción y
manipulación de espacios y lugares de prestigio en lugar de bienes. Las funciones de un sistema de este tipo
estaban destinadas, quizá, a cimentar alianzas entre los líderes de los diferentes asentamientos, en especial
en el apretadamente ocupado sector de Tembladera, y a atraer y establecer relaciones de patrocinio con los
jefes de los grupos más pequeños. Esta estrategia política puede haber facilitado una expansión constante
de la influencia ideológica en este sector, como se revela en sus patrones de asentamiento, más integrados.
Lo mismo puede decirse de los sitios del valle medio superior del Zaña, pero en menor medida en términos
de integración intrasitio. Los grupos de elite en ambos sectores parecen haber empleado estrategias corpo-
rativas para crear y mantener el poder.
Poco se sabe acerca de la parte temprana del Periodo Inicial y sus conexiones con el anterior Periodo
Precerámico Tardío, aunque de alguna evidencia se dispone para los sectores de Nanchoc y Tembladera.
Sin embargo, la arquitectura distintiva —y, en menor medida, las tradiciones cerámicas tempranas en los
dos valles y, en general, en toda la región—, parece haberse mantenido durante casi todo el Periodo Inicial.
La última parte de esta época, de 3500 a 3000 a.p., fue testigo de que el estilo cerámico de Huacaloma se
extendió desde la cuenca de Cajamarca hasta los sectores medio y alto de ambos valles. Hay una tendencia
a la homogenización de la cerámica en los valles bajos y medio bajos que culmina en la esfera de cerámica
cupisnique, en la parte inicial del Horizonte Temprano. La amplia distribución de la cerámica cupisnique
en la costa norte —y más aún en el valle de Jequetepeque que en el de Zaña— representa el surgimiento
de una nueva esfera cultural.
La tendencia homogeneizadora de la cerámica dentro de los ámbitos de Huacaloma y Cupisnique es
paralela a los cambios en la arquitectura. Investigaciones en La Toma, Uscundal y Poro Poro, en el valle de
Zaña, y varios sitios en el sector de Tembladera, valle de Jequetepeque, muestran que, en la parte tardía del
Periodo Inicial, los residentes crearon las mayores plataformas, pirámides y plazas públicas. La construcción
de mampostería se convirtió en una característica definitoria de su arquitectura. Las formas prominentes
de la arquitectura pública durante este periodo fueron las plataformas semirrectangulares y rectangulares,
así como los complejos formados por un patio y múltiples recintos. Las construcciones monumentales más
tempranamente contemporáneas aparecieron en la región que subsume los conjuntos de Montegrande y
Purulén. Los residentes de San Luis construyeron plataformas de 2 a 3 metros de alto, asociadas a plazas
con planta en forma de «U», hacia la parte tardía del Periodo Inicial Tardío. Durante el Periodo Inicial,
los monumentos con planta en forma de «U» y patios semihundidos estuvieron casi ausentes, excepto en
el caso de Limoncarro y, a finales del Periodo Inicial y en el Horizonte Temprano, en el sitio serrano de
Kuntur Wasi, valle alto del Jequetepeque. Las otras estructuras en forma de «U» están en San Luis, pero no
tienen patios hundidos. Grandes montículos-plataforma escalonados caracterizaron al valle alto de Zaña,
mientras que los montículos de planta rectangular con patios hundidos semirrectangulares fueron típicos
en el sector de Tembladera. La evidencia actual muestra que solo aparecieron columnas decoradas en los
sitios de San Luis y Limoncarro.
Todas estas estructuras representan lugares prestigiosos asociados con funciones cívicas, administrativas
y, quizá, ceremoniales. Cada uno de estos sectores tiene su propio conjunto arquitectónico, al parecer, vin-
culado a las religiones locales y a las tradiciones sociales, pero, igualmente, con tendencias ideológicas más

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amplias derivadas de Cajamarca y otros territorios. De manera coincidente, algunos objetos de prestigio,
en particular vasijas de cerámica decoradas con motivos distintivos, se distribuyeron tanto entre diversos
sectores como en otras regiones, probablemente como resultado de la interacción interregional entre figu-
ras religiosas (por ejemplo, sacerdotes y chamanes) que eran, al mismo tiempo, importantes ritualmente y
patrocinadores de las artes y de la manufactura de todo tipo de objetos. Cabe suponer que tal interacción
promovió también el intercambio de algunos elementos de culto y de estilos artísticos, en particular en
relación con el estilo Cupisnique, aunque los propios cupisnique, al parecer, nunca formaron un sistema
centralizado de producción y distribución de símbolos y bienes de prestigio a una escala interregional.
Tales tipos de sistemas, orientados localmente, quizá correspondan a un entorno político sectorial del
Periodo Inicial.
En suma, estas esferas arquitectónicas y alfareras parecen haberse desarrollado de manera local en el caso
de Cupisnique y bajo la influencia de distantes grupos de la sierra en el caso de Huacaloma. Montegrande,
La Toma/Uscundal, Poro Poro y las áreas aledañas muestran ciertos rasgos en común, aunque sus estilos
arquitectónicos son diferentes. Estos patrones parecen no representar conjuntos culturales, sino tendencias
especializadas al interior de sectores definidos en los valles. Un número relativamente pequeño de objetos
portátiles con decoración llegó desde los cercanos sitios de Cajamarca, presumiblemente por medio de
complejos de ese tiempo, como Kuntur Wasi y Layzón.
En torno de otros temas, en el área de Tembladera, el papel fundamental de la construcción monumen-
tal parece haber continuado desde la parte temprana del Periodo Inicial, como sugieren Montegrande y
otros sitios. Tal tipo de construcción no solo fue una consecuencia del incremento de la complejidad social,
sino un promotor de mayor desarrollo. No es claro si existía un patrón de organización política horizontal
o vertical entre los grandes conjuntos del valle medio superior de Zaña. Sin embargo, parece que debe ha-
ber habido algún grado de jerarquía vertical entre los sitios de Tembladera durante el Periodo Inicial, dada
la uniformidad y contigüidad espacial de estos asentamientos.
Sobre la base de los limitados datos de los dos valles, se puede plantear, de manera tentativa, que, al
final del Periodo Inicial, hubo cambios sociales sustanciales determinados por la participación más amplia
de las prácticas culturales en todos los sectores segmentados de ambos valles —y más allá—, la institucio-
nalización creciente de la diferenciación social, si no desigualdad, y la incipiente articulación política, que
implicaba una mayor coordinación del acceso a los recursos y el trabajo humano, y quizá el control sobre
ellos. A pesar de los indicios de una mayor división social y, posiblemente, alguna centralización política,
como lo sugieren los patrones comunitarios y de asentamiento de los sitios de Tembladera, solo existen
pistas ambiguas de liderazgo durante esta etapa, lo que debe deducirse, en gran medida, sobre la base de
la confirmación de la presencia de esos líderes necesarios para organizar los proyectos públicos como, por
ejemplo, la arquitectura civil y los canales.
De manera evidente, la mayoría de sectores experimentó una disminución de los proyectos de cons-
trucción monumental hacia fines del Periodo Inicial y el Horizonte Temprano. De todos modos, no ha
habido suficiente investigación en el valle medio superior del Zaña como para determinar la extensión de
la ocupación del Horizonte Temprano. De manera curiosa, aunque el sector de Tembladera muestra una
densa ocupación del Periodo Inicial, hay pocas evidencias del Horizonte Temprano, lo que, quizá, sugiere
una crisis importante en esta época (Burger 1992: 97-98). Tal disminución puede haber desconectado a
las masas de los viejos patrones de vida centrados en la construcción de edificios, las ceremonias públicas y
el trabajo organizado por las elites. Por otra parte, es concebible que, como los proyectos de construcción
disminuyeron, se requiriesen e ideasen nuevas fuerzas de organización administrativa del trabajo y de
otras entidades logísticas, quizás con la inclusión de incentivos novedosos para las partidas de trabajado-
res voluntarios y, fuera de esos grupos, para sostener los requerimientos del mantenimiento activo de los
canales de irrigación y los campos de cultivo. Previamente, durante el Periodo Inicial, la autoridad de las
elites debe haber sido reconocida por la población que participaba en tales actividades, las que incluían
la construcción y mantenimiento de los grandes monumentos. Los proyectos de construcción para pro-
pósitos religiosos proporcionaron un fundamento para la movilización de una creciente, si no grande,
mano de obra. Cuando los trabajos iban a concluir, es probable que las elites y las no elites fueran menos
dependientes entre sí.

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La organización social residencial parece haber sido menos integrada en los sectores del valle medio
y superior de Zaña que en el sector de Tembladera durante la parte tardía del Periodo Inicial. Este caso
sugiere mayor dispersión espacial y un tamaño más pequeño de los grupos de sitios, con sistemas de asenta-
miento descentralizado y una débil red de producción e intercambio de objetos de prestigio. Sin embargo,
es a partir de la variabilidad de los patrones de asentamiento en este, quizá, menos integrado sector que
pudo haber surgido una entidad política hacia la parte tardía del Horizonte Temprano, cuando, al parecer,
se conectó con procesos similares y más expansivos que ocurrieron en la cuenca más alta y próxima de
Cajamarca. Una investigación de mayor alcance podría indicar que esto puede evidenciarse en sitios de los
sectores de Udima y Niepos del valle alto de Zaña.
En relación con la economía durante la parte tardía del Periodo Inicial, los sitios más importantes pa-
recen agruparse en sectores (los de Tembladera y el valle medio y medio superior de Zaña) con abundantes
tierras de cultivo, en cuyo interior los ocupantes tendían a elegir ubicaciones residenciales cercanas a los
ríos, que ofrecían fácil acceso al agua para la irrigación y los usos domésticos. La pesca debe haber sido
importante para los asentamientos de Puémape y Purulén, así como para algunos pequeños conjuntos
localizados a lo largo o cerca de la costa. La cría de camélidos fue, quizá, una parte significativa de la eco-
nomía en la sierra, en especial en el valle alto de Zaña.
Aunque hay pocos datos disponibles, las tendencias económicas pueden suponerse como de creci-
miento continuo sin un cambio estructural importante. La producción agrícola pudo haber crecido y
promovido el incremento de la población en el valle medio. Sin embargo, cada grupo doméstico parece
haber ejercido una actividad económica que persistió desde el Periodo Formativo Temprano al Formativo
Tardío y que consistió, en especial, de la agricultura y la manufactura de objetos en contextos domésticos.
La administración económica pudo no haber sido una parte importante de las actividades de la elite. Es
probable que el comercio a larga distancia se centrase en pequeñas cantidades de objetos de prestigio que
distinguieran a ciertos individuos o grupos, y mejorara su reconocimiento, pero quizá tuvo un efecto
relativamente reducido en la organización económica en general. Aunque la concentración excepcional
de recursos y las condiciones particularmente favorables de producción estimularon el crecimiento de
algunas comunidades especializadas, tal como Puémape y Purulén a lo largo de la costa, la economía de
los agrupamientos más grandes se basó, con solidez, en la producción agrícola local. Hay poca evidencia
arqueológica de una manufactura de objetos continua y cuantificable. La principal preocupación para los
líderes puede haber sido no la regulación económica sino el reclutamiento de mano de obra y la retención
de la población.
Al igual que aquellos del Periodo Precerámico Tardío, los grupos residenciales del Periodo Inicial con-
tinuaron sirviendo como focos primarios de producción económica. Los datos obtenidos de basureros
domésticos en Montegrande contienen numerosos materiales relacionados con el trabajo de cerámica,
concha, hueso y otros objetos y herramientas de piedra. En otras palabras, las actividades productivas apa-
rentemente estuvieron dispersas en amplias áreas residenciales, y no hay una clara evidencia de un control
centralizado de las instalaciones para la producción. La especialización en el ámbito comunitario pudo
haber ocurrido durante la concentración de materias primas valiosas o ciertas piezas únicas, lo que incluyó
vasijas de cerámica. Para la mayoría de la población, las actividades agrícolas siguieron siendo la base de su
economía. Un amplio número de asentamientos parecen haber sido autosuficientes y haberse mantenido
económicamente independientes, lo que implica que los fundamentos económicos de los grandes asenta-
mientos del Periodo Inicial y Horizonte Temprano descansaban, de manera primordial, en la producción
agrícola local más que en la administración centralizada de las industrias manufactureras o el control del
comercio en grandes cantidades. Sin embargo, esto no supuso que los líderes descuidaran las actividades
económicas.

7. El Horizonte Temprano

Los más notables sitios de esta época son Kuntur Wasi, localizado en las cimas más altas del valle de
Jequetepeque, a 2600 metros sobre el nivel del mar, y el previamente tratado sitio de Puémape. Al igual
que La Toma y Uscundal, Kuntur Wasi se caracteriza por una gran cumbre aterrazada sobre una colina,

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modificada por la construcción de varias plataformas alrededor de una plaza hundida que forman una
estructura con planta en forma de «U». Las escaleras de su plaza central se decoraron con tallas de piedra
del estilo Chavín (Onuki 1990, 1999). Aunque no hay un solo sitio monumental del Horizonte Temprano
en los valles bajos y medios de Zaña y Jequetepeque, hay conjuntos domésticos multicomponentes de
menor dimensión y cementerios asociados con cerámica elaborada de esta etapa. Por ejemplo, Ravines
(1985) reportó la presencia de tiestos y algunos caracteres arquitectónicos en los complejos del sector de
Tembladera. Alva (1988a) también encontró evidencias del Horizonte Temprano en varios parajes serra-
nos de los sectores de Poro Poro, Udima y Niepos, del valle medio superior de Zaña, pero ningún sitio es
específicamente designado como un «centro» del Horizonte Temprano. Hay, también, algunas evidencias
de los primeros entierros del Horizonte Temprano en la costa en Puémape (Elera 1998), pero no existen
indicios específicos de la arquitectura más importante de esta época. Asimismo, ocurre una disminución
en el número de pequeñas granjas o fincas, de menos de 0,20 hectáreas, documentadas para este periodo
(Dillehay, Kolata y Swenson 2009), con solo un total de 11 locaciones en ambos valles, comparado con
más de 60 del Periodo Inicial.
Estos patrones contrastan con sitios del Horizonte Temprano en otras áreas, como el valle de Casma,
donde parece los asentamientos parecen ser más y de mayores dimensiones, así como evidencias de la
manufactura de objetos y, quizá, de instalaciones para almacenamiento. Esto no implica que los dos valles
estudiados fueran parcialmente abandonados o experimentaran una reducción en su población, pero sí que
el registro dejado por las sociedades del Horizonte Temprano fue menos visible y monumental. En el caso
de los densos sitios del Formativo en el valle medio de Jequetepeque, las poblaciones de Tembladera, de
pequeñas a moderadas, quizá se volvieron menos dependientes de las elites en términos de relaciones eco-
nómicas y políticas, y el poder de estas se acentuó en menor grado. En el valle medio superior de Zaña, los
grandes sitios monumentales parecen haber sido abandonados u ocupados de manera breve durante esta
época, al parecer sin cambios drásticos en las prácticas económicas, pero poco se sabe de las poblaciones re-
sidenciales en este sector, lo que, en ese sentido, hace difícil inferir las relaciones entre la elite y la no elite.
Por último, entre los dos valles puede encontrarse una similitud en el papel del conflicto y la violencia.
En los sectores más densamente poblados de ambas regiones, la evidencia de conflicto es sugerida por la
presencia de «fortalezas» en colinas menores, caracterizadas por cerámica de la parte tardía del Periodo
Inicial y del estilo Cupisnique, como también la confirma, más tarde, los entierros humanos con cabezas y
extremidades faltantes en el cementerio salinar en Puémape (Elera 1998).

8. Epílogo

Es difícil negar la importancia de los procesos locales en el desarrollo de las civilizaciones del Periodo Inicial
y el Horizonte Temprano. Sin embargo, las poblaciones del valle medio superior de Zaña y el valle medio
de Jequetepeque, donde se localiza la más grande concentración de sitios del Periodo Formativo, podrían
haber tomado los conceptos de diferenciación horizontal o vertical, liderazgo, creencias religiosas —y los
símbolos materiales que los acompañaron— de Cajamarca o de otros grupos humanos. Probablemente
una tendencia a la adaptabilidad y a la inclusión absorbente de nuevas ideas facilitó el rápido desarrollo de
estos sectores de los dos valles después del lapso 4500-4000 a.p. La introducción de elementos foráneos
huacaloma durante el Periodo Inicial debe haber restringido iniciativas de parte de las elites locales. En este
proceso, los ocupantes de los sectores del valle medio superior de Zaña y del valle medio de Jequetepeque
pueden haberse convertido en algunos de los seguidores más leales de la tradición Cajamarca Temprano.
Entre los elementos fundamentales de la civilización andina formativa que surgió durante el Periodo
Inicial se puede considerar la noción de liderazgo asociada a edificios cívico-administrativos (ceremonia-
les) flanqueados por áreas residenciales (cf. Burger 1992). Este cambio fundamental puede haber sido
de naturaleza ideológica. Un nuevo esquema de este carácter, asociado a una elite emergente y grupos
no pertenecientes a ella, debe de haber penetrado varias capas de la sociedad, transformando creencias y
prácticas rituales en la mayor parte de la población. El autor del presente artículo postula que la primera
evidencia se encuentra en el sector de Tembladera, donde la aparición de la arquitectura monumental y
los conjuntos conformados por patios y viviendas, y el desarrollo de asentamientos residenciales menores

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fueron, probablemente, integrados a un sistema jerárquico, semicentralizado y de ideologías coalescentes


que formaron una entidad política multisitio de carácter sectorial. Este mismo grado de integración no
se ha comprobado en otros sectores del área estudiada, si bien la investigación futura podría demostrar si
alguna vez existió entre los complejos del valle medio superior de Zaña.
Es probable que las nuevas ideologías religiosas se convirtieran en mecanismos cruciales para inte-
grar una creciente población en cualquiera de los agrupamientos sectoriales, antes divididos en unidades
autónomas más pequeñas. Estas ideologías sirvieron quizá, a la vez, para unir comunidades crecientes y
dividirlas en grupos privilegiados y no privilegiados. Las ideologías asociadas con el liderazgo en los dos
valles también parecen mostrar alguna conexión con aquellas que se reflejan en la arquitectura y la icono-
grafía. Por ejemplo, la representación de individuos destinados para el sacrificio en la cerámica cupisnique
se convirtió en un tema iconográfico significativo durante la parte tardía del Periodo Inicial. Es posible
que un importante componente del liderazgo en más de un sector fuera la ideología y las relaciones con el
mundo sobrenatural de los ancestros y deidades. Otros patrones comunes que también surgieron durante
esta etapa fueron la trascendencia de los rituales públicos, la representación de la ideología simbolizada en
los bienes manufacturados y, quizá, la inquietud por la relación con los ancestros.
Sobre la base de una cantidad pequeña de sitios con cerámica del Horizonte Temprano y un diagnós-
tico no muy claro de la arquitectura, se podría decir que la densidad poblacional decreció, si es que los
grupos humanos no se dispersaron, en algunas áreas después de 3000 a.p., pero esto necesita ser estudiado
mediante la recopilación de más datos cronológicos y que sean procedentes de asentamientos. Las simili-
tudes más grandes en los estilos de cerámica de diferentes sitios durante esta época también sugieren que
hubo interacciones más frecuentes entre las comunidades. El desafío que frena estas interpretaciones es la
identificación de la naturaleza específica de estas interacciones, tanto competitivas como pacíficas. Los con-
flictos entre áreas de asentamiento y la violencia al interior de las unidades políticas fueron, probablemente,
partes integrales de la vida del Horizonte Temprano.

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LA SECUENCIA
BOLETÍN DE ARQUEOLOGÍA CRONOLÓGICA
PUCP / N.° DE LOS
12 / 2008, 141-169 CENTROS
/ ISSN CEREMONIALES...
1029-2004 141

La secuencia cronológica de los centros ceremoniales de


la Pampa de las Hamacas y Tembladera,
valle medio de Jequetepeque

Eisei Tsurumi a

Resumen

En el valle medio de Jequetepeque, en especial en la zona de la Pampa de las Hamacas, existe un gran número de centros ceremo-
niales del Periodo Formativo, los que no han sido estudiados de manera adecuada, ni se ha establecido entre ellos los vínculos o
relaciones de contemporaneidad que podrían aportar en su explicación. El autor del presente artículo dirigió un proyecto arqueo-
lógico de tres temporadas en la región de la Pampa de las Hamacas y el área colindante al pueblo moderno de Tembladera, unos 5
kilómetros al sureste. En este trabajo se reevaluarán los datos de las investigaciones anteriores acerca del ordenamiento cronológico
de los centros ceremoniales formativos en esta parte del valle, y se los contrasta con la nueva información obtenida a partir de este
proyecto, el que ofrece una nueva perspectiva para dichas relaciones y hace posible establecer una detallada tabla cronológica de
más de tres fases: Hamacas (1500-1250 a.C. [calib.]), Tembladera (1250-800 a.C. [calib.]) y Lechuzas (800-550 a.C. [calib.]).
Los resultados de las investigaciones sugieren que la ubicación de los centros ceremoniales se trasladaba gradualmente hacia el
este. Aquí se propone una hipótesis para explicar por qué la población local abandonó el centro anterior y apostó por una nueva
ubicación, al este, por medio de perspectivas ecológicas e ideológicas.

Palabras clave: Complejo Hamacas, Pampa de las Hamacas, Las Huacas, Tembladera, centro ceremonial, cronología

Abstract

THE CHRONOLOGICAL SEQUENCE OF THE CEREMONIAL CENTERS OF THE HAMACAS PLAIN AND
TEMBLADERA, THE MIDDLE JEQUETEPEQUE VALLEY

Multiple ceremonial centers dating to the Formative Period have been discovered in the middle Jequetepeque Valley, especially in
the region of the Hamacas Plain. However, the relationships among these centers have not been discussed with appropriate chro-
nological control. The author conducted an archaeological study during three field seasons mainly in the region of the Hamacas
Plain, and an area near the modern village of Tembladera, located approximately 5 kilometers to the southeast. In this article,
previously collected chronological data from these sites are evaluated for the middle Jequetepeque Valley. New data provide insight
into the relationships between these centers, now making it possible to establish a fine-grained chronology over three phases: the
Hamacas Phase (1500-1250 cal BC), the Tembladera Phase (1250-800 cal BC) and the Lechuzas Phase (800-550 cal BC).
The results of this research suggest that the location of the ceremonial centers gradually shifted to the east. An attempt is made to
explain why local populations abandoned the previous centers in favor of new locations to the east, from both an ecological and
an ideological perspective.

Keywords: Hamacas Complex, the Hamacas Plain, Las Huacas, Tembladera, ceremonial center, chronology

1. Introducción: la Misión Arqueológica Japonesa en el valle de Jequetepeque

La Misión Arqueológica Japonesa ha realizado investigaciones de manera continua en los sitios formativos
asentados en la parte serrana del valle de Jequetepeque, es decir, tanto en la cuenca de Cajamarca (Terada

a
The University of Tokyo, The University Museum.
Dirección postal: 7-3-1 Hongo, Bunkyo-ku, Tokyo 113-0033, Japón.
Correo electrónico: et@um.u-tokyo.ac.jp ISSN 1029-2004
142 EISEI TSURUMI

Fig. 1. Plano general del Complejo Hamacas (redibujado de Ravines 1981: hojas 2, 3, 4, 5; elaboración del dibujo: Eisei
Tsurumi y Yuko Ito).

y Onuki 1982, 1985) como en Cerro Blanco y Kuntur Wasi, provincia de San Pablo, (Onuki 1995). Los
resultados permitieron reconocer la existencia de elementos formativos característicos de la costa norte e
indujeron a abordar la relación entre la costa y la sierra. Por este motivo, el valle medio se convirtió en una
zona de interés, pues se trataba de una excelente área de investigación si se quería confirmar la relación
entre los elementos culturales de ambas áreas. Así, en 1993, Yuji Seki realizó excavaciones en el sitio de La
Bomba (Seki 1997). Después, en 1999, algunos miembros de la Misión, incluso el autor del presente tra-
bajo, efectuaron reconocimientos superficiales en la parte baja y media de los valles de la costa norte (Kato
et al. 1999). Estos trabajos permitieron confirmar la existencia de varios sitios formativos en la Pampa
de las Hamacas, un área ubicada en la margen norte del río (Fig. 1), en el valle medio de Jequetepeque.
Keatinge (1980: 475) indicó que, como consecuencia de la construcción de la represa de Gallito Ciego
y una carretera, habría de perderse casi la totalidad de los vestigios arqueológicos. En la actualidad —ya
finalizada la represa— aún se conservan algunos de ellos. De acuerdo con el resultado de los análisis de
los datos obtenidos en ese proyecto, Masato Sakai, otro miembro de la Misión, realizó, desde 2000, exca-
vaciones en el Templete de Limoncarro, un complejo ubicado en el valle bajo (cf. Sakai y Martínez, este
número). Con el fin de integrar todos los datos del valle, así como para esclarecer el proceso social local,
Yasutake Kato y el autor emprendieron un proyecto de investigación en el valle medio a partir de 2003.

1.1. Antecedentes de investigaciones en la Pampa de las Hamacas

Desde la década de los sesenta, el valle medio de Jequetepeque ha sufrido una gran merma en su pa-
trimonio cultural arqueológico mueble, lo que incluye numerosas piezas de cerámica pertenecientes al
Periodo Formativo (Alva 1986). En la década de los ochenta se ejecutaron varios proyectos arqueológicos
en el área que iba a ser intervenida por la represa de Gallito Ciego. En la Pampa de las Hamacas, en es-
pecial, se registraron varios asentamientos arqueológicos correspondientes a dicha etapa (Keatinge 1980;
Ravines 1981; Ravines y Matos [comps.] 1983). El equipo del PRAJ (Proyecto de Rescate Arqueológico
Jequetepeque) elaboró un mapa que brindaba información acerca de las estructuras visibles de esta zona
(Ravines 1981), limpió las superficies, excavó trincheras en algunos de los complejos (Ravines 1982) e
informó de la presencia de arquitectura monumental (Ravines 1985). Algunos de los yacimientos fueron

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LA SECUENCIA CRONOLÓGICA DE LOS CENTROS CEREMONIALES... 143

excavados de manera exhaustiva por investigadores de la Kommission für Allgemeine und Vergleichende
Archäologie, perteneciente al Deutsches Archäologisches Institut, entre ellos los complejos arquitectónicos
de Montegrande (Tam y Aguirre 1984; Paredes 1984; Tellenbach 1986; Ulbert 1994) y Huaca Campos
(Carcelén 1984). Otros trabajos iniciados de manera paralela fueron la ubicación y documentación de
los yacimientos con petroglifos (Pimentel 1986), además del registro de cementerios y piezas saqueadas
correspondientes a la misma época (Alva 1986).

1.2. Objetivos y temática del proyecto

Según el inventario del PRAJ, entre los poblados de Tembladera y Montegrande hay 36 sitios formativos,1
si bien en el presente artículo se les describirá de otra manera; varios de ellos presentan arquitectura monu-
mental (Ravines 1985: 131) y es probable que la mayoría fueran ceremoniales. Solo en esta zona del valle
se concentran centros de este tipo de una manera muy densa, pero sobre este último punto no se ahondó
durante las investigaciones previas. El PRAJ también refirió la variedad arquitectónica de los monumentos
y su correspondencia cronológica. Gracias a su amplio trabajo se pudo conocer la secuencia cronológica
durante los periodos Formativo Temprano (1500-1250 a.C. [calib.] en este artículo) y Formativo Medio
(1250-800 a.C. [calib.]). También se alcanzó a precisar que, alrededor de los sitios con arquitectura mo-
numental, se localizaban las zonas residenciales, aunque fue difícil entender, de manera sincrónica, las
relaciones entre los asentamientos y sus procesos sociales.
Las excavaciones detalladas en Montegrande han permitido profundizar en temas como la organiza-
ción social. Varios tipos de datos procedentes de este complejo, tales como los entierros con ofrendas, las
viviendas cercanas al edificio ceremonial y su diferenciación de las ordinarias, así como la uniformidad en
la orientación de la arquitectura ceremonial y residencial, constituyen evidencias de una sociedad gober-
nada por una clase dominante (Tellenbach 1986: 295). Sin embargo, este asentamiento solo corresponde
al Periodo Formativo Temprano, lo que quiere decir que no se desarrolló en un lapso más prolongado. En
otras palabras, lo que faltó realizar fue una síntesis de dichas discusiones. Se necesita esclarecer las relaciones
cronológicas y funcionales entre los asentamientos para explicar adecuadamente su densidad, algo que es
muy característico en esta zona.
Como se ha mencionado líneas arriba, la comparación en el ámbito regional e interregional es un obje-
tivo del proyecto; sin embargo, la peculiaridad de este territorio obliga a tratar el tema también a escala lo-
cal. En 2003, 2004 y 2005 se ejecutó el Proyecto Arqueológico Las Huacas, valle medio de Jequetepeque,
provincia de Contumazá, en el departamento de Cajamarca (Tsurumi et al. 2003; Tsurumi et al. 2005;
Cholán et al. 2006), el que tuvo como objetivo principal la excavación en el conjunto Las Huacas. El
objetivo de esta investigación fue determinar la cronología del sitio, ya que se trata del mayor conjunto
arquitectónico en la Pampa de las Hamacas, además de ser evidente su larga secuencia de ocupación
(Fig. 11). De manera simultánea, se efectuaron excavaciones de pequeña escala en otros cuatro sitios de
la pampa con la intención de examinar las relaciones cronológicas y funcionales entre ellos. También se
realizaron excavaciones en tres complejos formativos que se encuentran de 5 a 7 kilómetros valle arriba,
entre los pueblos de Tembladera y Yonán, para que sirvieran de contraste en relación con los del área de
interés principal. El autor informó brevemente acerca de los resultados de dichas investigaciones en otra
publicación (Tsurumi e.p.).
El objetivo inicial del presente artículo consiste en exponer los planteamientos del autor acerca de la
secuencia cronológica de esta área. En segundo lugar, se intentará explicar las relaciones funcionales entre
estos sitios sobre la base de los resultados del análisis del paisaje. Tanto los datos obtenidos en la Pampa
de las Hamacas como en los complejos del área de Tembladera serán citados como soporte de las ideas
expuestas.

2. Comparación entre los centros ceremoniales del Complejo Hamacas

Al conjunto compuesto por los sitios con arquitectura ceremonial de la Pampa de las Hamacas, así como
a los ubicados dentro de una pequeña porción en la orilla opuesta, los utilizados como zonas residenciales

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144 EISEI TSURUMI

Fig. 2. Plano del sitio de Hondón (redibujado de Ravines 1981: hoja 5; elaboración del dibujo: Eisei Tsurumi).

y los cementerios asociados se le ha denominado Complejo Hamacas. En el presente artículo, el autor


considera que estos sitios tienen relaciones muy estrechas, por lo que es preciso mencionarlos como una
sola unidad.2 Además, presenta su propuesta de la secuencia cronológica del complejo, si bien cabe señalar
que no se debe esperar una mayor elaboración de esta hipótesis en futuras investigaciones, pues la mayor
parte del sitio se perdió debido a la construcción de la represa y de la carretera, así como por excavaciones
clandestinas muy intensivas. Es por ese motivo que, con fines comparativos, se utilizarán la cerámica, la
arquitectura, las tumbas de los centros ceremoniales y las dataciones radiocarbónicas para establecer una
secuencia probable. Los datos a contrastar han sido ordenados en la Fig. 12.

2.1. Descripción general del Complejo Hamacas

Acerca de la relación funcional entre los monumentos se ha obtenido un dato sugerente por medio de la
excavación de una plataforma registrada como 10.2 por el PRAJ. Aunque la mayoría de las plataformas en
la Pampa de las Hamacas tiene una escalinata principal en la cara sur, que sigue la inclinación del terreno,
se ha confirmado que la plataforma 10.2 posee, también, una escalinata en la cara norte. Entre 80 y 220
metros al norte de esta plataforma hay otros cuatro conjuntos arquitectónicos que presentan accesos en
el lado sur. Es decir, los cinco conjuntos arquitectónicos se asentaron alrededor de un espacio amplio y
por medio de este se podía acceder a las plataformas. Cabe mencionar que estas se relacionaban estrecha-
mente y formaban un conjunto arquitectónico que funcionó como un único centro ceremonial, el que
ha sido denominado Ataúdes. De igual manera, otras plataformas y plazas colocadas en esta zona pueden
considerarse conjuntos arquitectónicos. A excepción de Montegrande y Las Huacas, que ya habían sido
definidos con una denominación, los demás grupos fueron nombrados de acuerdo con las circunstancias,
las características o el nombre del lugar.3 Los códigos y nombres de plataformas asignados por investiga-
dores precedentes serán considerados nombres propios de cada elemento del conjunto. Aunque se registró
cerámica del Periodo Formativo en varios sitios monumentales, no se incluyó a los complejos que carecen
de fundamento sobre sus posiciones cronológicas.
La mitad oeste de la Pampa de las Hamacas pertenece al lecho de la quebrada Montegrande y forma
una pendiente suave. Por sus ubicaciones, las plataformas de esta zona pueden ser agrupadas en tres unida-
des de centro ceremonial. El sitio más hacia el oeste es denominado Hondón (Fig. 2) y consiste de cuatro
plataformas o conjunto de plataformas que colindan con la falda empinada del cerro; en la actualidad se
encuentran cubiertas del todo por el nivel de agua de la represa. Asimismo, Ataúdes (Fig. 3), mencionado
líneas arriba, está formado por cuatro conjuntos arquitectónicos en el norte, se ubican junto al declive y
se extienden hasta la parte plana del lecho donde se encuentra situada la plataforma 10.2. Al este de ellos
hay cuatro conjuntos de plataformas que forman el sitio de Pendiente (Fig. 4). Aunque más al sur también
se registraron varios yacimientos asociados con cerámica formativa, algunos de los cuales conformaban
plataformas monumentales, no han sido incluidos en el complejo debido a la falta de fundamentos para
determinar sus posiciones cronológicas. En la mayoría de dichos yacimientos también se documentó ce-
rámica tardía.

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LA SECUENCIA CRONOLÓGICA DE LOS CENTROS CEREMONIALES... 145

Fig. 3. Plano del sitio de Ataúdes (redibujado de Ravines 1981: hoja 5 y de Tsurumi e.p.: fig. 5; elaboración del dibujo: Eisei
Tsurumi).

La mitad este de la pampa se compone de una serie de mesetas separadas por quebradas. Según la
descripción de Tellenbach (1986: Tafel 1), pueden distinguirse tres mesetas. Sobre la Meseta 1 estuvo el
centro ceremonial de Desaparecido (Fig. 5), en la Meseta 2 se encuentra Montegrande (Fig. 6), en la parte
oeste de la Meseta 3 está el sitio de Las Huacas (Figs. 7, 11) y en la parte central de la misma se ubica
Panteón (Fig. 8); sobre la cresta del extremo este de la pampa se localiza el sitio de Megalito (Fig. 9). Los
dos monumentos de Montegrande, el Complejo Norte y el Complejo Sur, están separados unos 500 me-
tros, pero entre ellos existen numerosas terrazas artificiales que, en conjunto, forman un centro ceremonial.
Asimismo, es de suponer que los dos monumentos sobre la Meseta 1, el 12.18 y el 12.19, formaban parte
del sitio llamado Desaparecido, el que no ha podido ser examinado pues, como su nombre lo indica, ya no
existe en la actualidad. Panteón presenta el conjunto arquitectónico 13.17 y las tumbas 13.18 y 13.19, es
decir, solo elementos formativos del conjunto 13B del PRAJ (Ravines 1982: 148), que también incluye al-
gunos edificios tardíos. El sitio 13.8 es un centro ceremonial bastante alterado por ocupaciones posteriores;
la parte que corresponde al Periodo Formativo ha sido denominada por el autor como Megalito. El sitio
14.10, situado más al este, fuera de la pampa, fue nombrado Chungal; no se trata de un centro ceremonial
propiamente dicho, sino de una ocupación residencial, según los resultados de las investigaciones.
En la orilla opuesta, en la margen sur, no se realizaron investigaciones intensivas, aunque en la tempo-
rada 2004 se encontraron algunos sitios asociados con cerámica formativa. Entre ellos está el sitio de Mal
Paso (Fig. 10), el que, por su forma y características arquitectónicas, podría ser un centro ceremonial. Los
ocho sitios de la margen norte y el encontrado en la margen sur corresponderían a centros ceremoniales del
Complejo Hamacas. Para examinar sus posiciones cronológicas se emplearán los términos de la secuencia
definida en Las Huacas: fase Hamacas (Formativo Temprano) y fase Tembladera (Formativo Medio).

2.2. Comparación de la cerámica

2.2.1. Cronología de la cerámica de Las Huacas. Los tiestos recuperados en el sitio de Las Huacas se
clasificaron tipológicamente y se asociaron con la estratigrafía, con lo que se estableció, a partir de estos

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EISEI TSURUMI

Fig. 4. Plano del sitio de Pendiente (redibujado de Ravines 1981: hoja 4 y Ravines 1985: figs. 2, 4, 9; elaboración del dibujo: Eisei Tsurumi).
LA SECUENCIA CRONOLÓGICA DE LOS CENTROS CEREMONIALES... 147

Fig. 5. Plano del sitio de Desaparecido (redibujado de Ravines 1981: hoja 4 y de Ravines 1982: fig. 3; elaboración del dibujo:
Eisei Tsurumi).

resultados, la división temporal de las fases Hamacas y Tembladera. Algunos de los tipos reconocidos sir-
vieron para ubicar otros sitios ceremoniales dentro de la cronología del Complejo Hamacas.
La cerámica de la fase Hamacas de Las Huacas se puede comparar con la de Montegrande, que co-
rresponde a la misma fase. La arquitectura en Montegrande fue dividida en dos fases, pues se consideró el
proceso de reconstrucción de los edificios ceremoniales y los residenciales (Fig. 6, A, B). En la primera fase
(Montegrande I) se halló solo cerámica local (alfar A) y, en la siguiente (Montegrande II), se ubicó la del
tipo alfar B, muy similar a la cerámica hallada en la cuenca de Cajamarca (Ulbert 1994). El tipo marrón,
que ocupa la mayor parte del alfar A, corresponde al grupo HM Marrón A (dividido en HM Marrón A
y HM Marrón Alisado) de Las Huacas (Fig. 13, A), y el alfar B al grupo HM Marrón B (Fig. 13, B). De
las plataformas pequeñas que pertenecen a las capas inferiores de Las Huacas —que corresponden a la pri-
mera subfase, denominada Hamacas 1 (Figs. 7, A; 11, A)— se registraron tiestos del grupo HM Marrón
A, aunque la cantidad de muestras no es suficiente como para adelantar conclusiones. En el relleno de
las plataformas de la fase Hamacas 2 (Figs. 7, B; 11, B), construidas para cubrir los recintos anteriores, se
recuperó cerámica de ambas categorías. Es importante señalar que la secuencia de Montegrande fue con-
firmada en Las Huacas, por lo que el autor postula que puede ser aplicada en el resto de yacimientos de la
Pampa de las Hamacas. A partir de lo explicado, se puede asumir que los sitios que tienen solo cerámica del
grupo HM Marrón A son de la fase Hamacas 1, y los que presentan el tipo HM Marrón B corresponden
a la fase Hamacas 2.
En el caso de Las Huacas, la arquitectura de la fase Tembladera también puede diferenciarse en dos
fases: Tembladera 1 (Figs. 7, C; 11, C-D) y Tembladera 2 (Figs. 7, D; 11, E-H).4 Los tipos de cerámica

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148 EISEI TSURUMI

Fig. 6. A. Plano del Complejo Norte (fase Montegrande I); B. Plano del Complejo Norte (fase Montegrande II) (redibujado
de Tellenbach 1986: Tafeln 168, 169; elaboración del dibujo: Eisei Tsurumi); C. Plano del Complejo Sur (redibujado de
Paredes 1984: fig. 8 y Tellenbach 1986: Tafel 2; elaboración del dibujo: Eisei Tsurumi).

asociados a estas fases también difieren,5 pero en los demás sitios de esta fase no se logró recuperar, en los
contextos propicios, la cantidad de muestra ideal para los análisis comparativos; debido a ello, no fue po-
sible profundizar en la subdivisión.
De esta manera, se estableció la secuencia cronológica de la cerámica de estas dos fases sobre la base de
los fragmentos recuperados en Montegrande y Las Huacas. Lamentablemente, no se pudo realizarr exca-
vaciones en la totalidad del Complejo Hamacas, por lo que, en varios casos, solo se usarán los datos de los
tiestos de superficie. Un segundo inconveniente en relación con la datación de la fase Hamacas se refiere al
hecho de que es posible que el grupo HM Marrón A se encuentre de manera más fácil que el grupo HM
Marrón B debido a que se producía de manera local y durante las fases Hamacas 1 y 2 (Ulbert 1994). Para
tener una mayor certeza acerca de la cronología propuesta, más adelante se analizarán otros elementos, no
cerámicos.

2.2.2. Cerámica asociada a los centros ceremoniales. Se inicia esta parte del artículo con una breve des-
cripción de la cerámica hallada en los sitios arqueológicos del lado oeste de la pampa. El sitio de Hondón
se anegó debido al agua de la represa y solo se sabe que la cerámica encontrada pertenecía al Formativo
(Ravines 1981: 23-24). En el sitio de Ataúdes (al este de Hondón) se hallaron, durante las excavaciones
de 2004, tiestos del tipo HM Marrón A que formaban parte del relleno de la plataforma 10.2. Asimismo,
en la superficie del conjunto de plataformas 10.5W, 10.5E y 10.4 solo se encontró el tipo HM Marrón
A.6 Gracias al registro proporcionado por los trabajos anteriores, se sabe que en la plataforma 10.4E se
recolectaron nueve fragmentos típicos de la fase Hamacas (Ravines 1982: fig. 162, 1-5,7-10), de los que

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Fig. 7. Plano del sitio de Las Huacas. A. Fase Hamacas I; B. Fase Hamacas 2; C. Fase Tembladera 1a; D. Fase Tembladera 2c (redibujado de Ravines 1981: hoja 3; elaboración

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del dibujo: Eisei Tsurumi).


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Fig. 8. Plano del sitio de Panteón (redibujado de Ravines 1982: figs. 111 y
127, y Ravines 1981: hoja 3; elaboración del dibujo: Eisei Tsurumi).

Fig. 9. Megalito (redibujado de Ravines 1982: fig. 49 y Ravines 1981, hoja 2;


elaboración del dibujo: Eisei Tsurumi).

Fig. 10. Plano del sitio de Mal Paso (elaboración del dibujo: Eisei Tsurumi).

ocho son del tipo HM Marrón A y uno corresponde al HM Marrón B (Ravines 1982: fig. 162, 9), según
el análisis del autor.
Las plataformas o conjuntos de plataformas 11.2, 11.3 y 11.4 del sitio de Pendiente fueron excavadas
por el PRAJ y, según la publicación respectiva (Ravines 1985: 135, 133, 138), la cerámica que se halló era
parecida a la de la fase Huacaloma Temprano de la cuenca de Cajamarca (Terada y Onuki 1982); en otras
palabras, corresponden a la fase Hamacas. De estas estructuras, la plataforma 11.4 aún es reconocible —si
bien eso depende del nivel de agua de la represa— en las piedras alineadas que originalmente formaron
muros. En esta plataforma se recolectaron tiestos del tipo HM Marrón A. También se pudo encontrar
material del tipo HM Marrón A en el conjunto 11.1, aunque no se ha realizado excavación alguna en el
lugar. En cuanto al sitio de Desaparecido, los datos de su cerámica son limitados. Mediante las excavacio-
nes hechas por el PRAJ, del relleno de la plataforma 12.19 solo se obtuvieron tres muestras de cerámica, y
una de ellas parece corresponder al tipo HM Marrón B (Ravines 1985: fig. 146).

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Fig. 11. Proceso tentativo de la renovación del sitio de Las Huacas (elaboración de los dibujos: Eisei Tsurumi).
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Fig. 12. Comparación entre los centros ceremoniales del Complejo Hamacas. HM: fase Hamacas; TB: fase Tembladera (elaboración del diagrama: Eisei Tsurumi).
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Fig. 13. Cerámica diagnóstica de Las Huacas. A, 1-5. HM Marrón A; 6-8. HM Marrón Alisado; B, 9-12. HM Marrón B;
C. Cerámica de la fase Tembladera (elaboración de los dibujos: Eisei Tsurumi).

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Descritas las características de la cerámica de los sitios Montegrande y Las Huacas, queda por referir
la de Panteón. El PRAJ excavó el conjunto denominado 13.17 y reportó varios tiestos típicos de la fase
Tembladera, los que habían sido encontrados fuera del núcleo de las plataformas. Dicho equipo de trabajo
admitió no haber hallado elemento cultural alguno al interior del edificio. Aunque casi todos los fragmen-
tos correspondían a la fase Tembladera,7 las muestras incluían una pequeña cantidad del tipo HM Marrón
A (Ravines 1982: fig. 126, 6) de la parte este del conjunto (13.16), y HM Marrón B (Ravines 1982: fig.
126, 3, 7, 17) en los alrededores de la tumba 13.19, ubicada al sur. Este dato no es suficiente para determi-
nar con exactitud la etapa de funcionamiento de los edificios ceremoniales. Por ejemplo, se puede suponer
que la cerámica de Las Huacas, durante la fase Tembladera, fue desechada sobre la superficie de las platafor-
mas abandonadas del conjunto 13.17, que funcionó solo en la fase Hamacas. En 2004, el autor examinó la
secuencia constructiva de este conjunto y excavó en el relleno de la segunda fase constructiva, en donde se
hallaron tiestos de la fase Tembladera. Debido a ello, se puede determinar que la arquitectura ceremonial
de Panteón coexistía con las estructuras de Las Huacas durante esa fase. A 100 metros al norte de las tum-
bas de 13.18, el PRAJ excavó una serie de terrazas con viviendas en el sector 13.7 e informó del hallazgo de
numerosos tiestos (Ravines 1982: 153). La mayoría de la cerámica insertada en sus láminas (Ravines 1982:
fig. 115, 5; 7; fig. 116, 1-7; 11-21) es diagnóstica de los grupos HM Marrón A y HM Marrón B de la fase
Hamacas, aunque también hay ejemplares semejantes a los de la fase Huacaloma Tardío de Cajamarca,
que corresponde a la fase Tembladera de esta zona, según sus descripciones tipológicas. La cerámica de
13.10, que se ubica a 50 metros al sur del conjunto 13.17, también incluye el tipo HM Marrón B (Ravines
1982: fig. 121, 2). A manera de síntesis, se considera que las actividades realizadas en esta meseta fueron
temporales y limitadas durante la fase Hamacas, y que la construcción de edificios ceremoniales y tumbas
grandes se dieron en la fase Tembladera.
El conjunto de plataformas del sitio de Megalito, del tipo de arquitectura ceremonial que utiliza piedras
muy grandes, fue reutilizado en la época chimú a gran escala. La mayoría de la cerámica registrada por el
PRAJ pertenece al estilo Chimú (Ravines 1982: 70-72). Con las excavaciones de 2005 se confirmó que
el relleno de la época formativa no incluía restos significativos de cerámica, lo que sí se dio en el relleno
de la primera fase constructiva de Ataúdes, en la plataforma 12.19 de Desaparecido y en la primera fase
constructiva del conjunto 13.17 de Panteón. Además, la mayor parte del relleno fue arrastrado por las
corrientes de agua producidas por las excesivas precipitaciones en la zona. Debido a esto, no se pudo re-
colectar material cultural (cerámica) del Periodo Formativo en sus contextos originales. De las capas supe-
riores, asociadas a la ocupación chimú, se recuperaron varios tiestos de la fase Tembladera y algunos, muy
pocos, de la fase Hamacas. Con esta información, de carácter no concluyente, se puede sugerir que el uso
de la alfarería durante la fase Hamacas fue muy limitado, y que la arquitectura monumental fue levantada
durante la fase Tembladera, al igual que el caso de Panteón.
En el nivel superficial del sitio de Mal Paso, en la margen sur, se encuentran muy pocos tiestos, pro-
bablemente debido a que han sido arrastrados por el agua de la represa. Una pequeña cantidad de ejem-
plares de las muestras encontradas son del tipo HM Marrón A. La arquitectura tiene el carácter de la fase
Tembladera, como se mencionará luego.

2.3. Comparación de las características arquitectónicas

El autor de este artículo analizó y contrastó las características arquitectónicas de los sitios del Complejo
Hamacas con el objetivo de ordenarlos cronológicamente.

2.3.1. Espacios públicos (plazas rectangulares y espacios amorfos sin delimitación). Varios centros
ceremoniales del Complejo Hamacas tienen plazas rectangulares delimitadas por muros que pueden con-
siderarse como espacios públicos para la realización de ceremonias y/o reuniones. Algunos sitios no tienen
una plaza formal, pero el espacio entre sus plataformas —denominado aquí como espacio rodeado—
puede haber tenido la misma función. En primer lugar, se procede a comparar tales espacios públicos
morfológicamente.
En el sitio de Hondón no hay una plaza rectangular (Fig. 2). Las cuatro plataformas están colocadas en
fila en dirección Oeste-Este. Es de suponer que el espacio abierto al sur de ellas funcionaba como un área

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pública. El sitio de Ataúdes (Fig. 3) tampoco tiene una plaza, pero, en su lugar, como se ha indicado an-
teriormente, se encuentra un espacio rodeado por las plataformas. En el sitio de Pendiente (Fig. 4), cuatro
conjuntos de plataformas se colocaron alrededor de un área. De manera particular, la plataforma 11.4 tiene
una escalinata en su lado este, por lo que solo se puede acceder a ella desde el espacio rodeado. Al mismo
tiempo, una plaza rectangular delimitada por muros de doble cara fue añadida a la plataforma 11.2. Las
plazas delimitadas de esta manera por muros de doble cara con dos accesos se encuentran en otros sitios
hacia el lado este. En el sitio de Desaparecido (Fig. 5) también hay una plaza cuadrangular con muros de
doble cara que la circundan de manera adyacente a la plataforma 12.18.
En la fase Hamacas 1, al interior de la arquitectura ceremonial del Complejo Norte de Montegrande
(Fig. 6, A), se encuentra una plaza rectangular delimitada por muros de doble cara al sur de la plataforma
llamada Huaca Antigua. En la fase siguiente, esta plaza fue remodelada y se convirtió en una plaza hundida
que presenta sus cuatro lados delimitados por muros de una sola cara (Fig. 6, B). En el Complejo Sur de
la misma fase (Fig. 6, C) se configura una forma que contiene tres plazas rectangulares delimitadas por
muros de doble cara.
El sitio de Las Huacas no tenía plazas durante las fases Hamacas 1 y 2 (Figs. 7, A-B; 11, A-B). En la fase
Tembladera 1 (Figs. 7, C; 11, C-D) fue construido un montículo que contenía una plaza, nombrada B,
en su cima. Aunque su forma no es muy clara debido a su mal estado de conservación, se puede decir que
fue hundida. Además, su esquina noroeste está delimitada por dos muros paralelos de diferentes niveles
que semejan una banqueta, mientras que en su esquina suroeste se construyó un canal subterráneo. En la
fase Tembladera 2 (Figs. 7, D; 11, E-H) había dos plazas hundidas con cuatro escalinatas. Cada muro de
las plazas presenta una especie de banqueta compuesta por dos muros paralelos. Las escalinatas se situaron
en el centro de cada lado, y sus muros laterales son gruesos y tienen doble cara. El canal de la Plaza B se
desmoronó, probablemente, por deslizamientos de tierra muy fuertes y, luego, fue reconstruido.
En las excavaciones de 2004, en el conjunto 13.17 del sitio de Panteón, el autor confirmó que había
una plaza hundida dentro del espacio rodeado por cuatro plataformas. Aunque no está bien conservada, se
puede suponer que tuvo escalinatas en cada lado para acceder a las cuatro plataformas (Fig. 8). Al parecer,
no tenía mucha profundidad y tampoco presenta las banquetas como existen en Las Huacas. En el caso
de Megalito no se han hallado evidencias de una plaza hasta el momento. En Mal Paso, que se sitúa en la
margen sur del valle, hay una plaza hundida delimitada por muros con banquetas, configuración que es
muy similar a la de Las Huacas (Fig. 9). Su esquina noroeste fue erosionada por el agua procedente de la
represa y en el nivel superficial se confirmó la presencia de un canal que pasaba por debajo del piso original.
Aunque había poca cantidad de cerámica asociada, la forma muy característica de su plaza permite consi-
derar la posibilidad de que este sitio funcionara como un centro ceremonial durante la fase Tembladera.

2.3.2. Plataformas

1) Unidad Modular de Recintos de Planta Rectangular: los esposos Pozorski informaron sobre varios ejem-
plos de combinación fija de recintos, atrios y escalinatas frontales al interior de los centros ceremoniales
formativos en el valle de Casma. A este tipo particular de arquitectura lo denominaron Unidad Modular
de Recintos de Planta Rectangular (Pozorski y Pozorski 1998), abreviado como UMRPR en las Figs. 12 y
14. Por otro lado, Shibata señaló que hay varios ejemplos similares en otras zonas, y mencionó a las plata-
formas 10.4E de Ataúdes, la 11.4 de Pendiente y Huaca Antigua de Montegrande del Complejo Hamacas
(Shibata 2004: 85-87). Otras cuatro plataformas de Ataúdes también son semejantes. Aunque en el sitio
de Hondón no se confirmó la presencia de esta combinación, y que el sitio de Desaparecido, que está entre
Pendiente y Montegrande, no la tiene, cabe decir que la mayoría de las plataformas de este tipo se ubican
en la parte oeste de la pampa y todos están asociados, a manera de tendencia, principalmente con la cerá-
mica del grupo HM Marrón A.

2) Recinto sin entrada: el recinto sin entrada es un tipo de recinto rodeado de muros por los cuatro lados
y que no tiene accesos. Para ingresar se debió haber empleado algún ingenio, como la actual escalera de
mano. Solo se encuentra encima de la plataforma Huaca Grande, en la Plataforma Principal del Complejo

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Fig. 14. Secuencia cronológica del Complejo Hamacas y Lechuzas (elaboración del diagrama: Eisei Tsurumi).
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Sur del sitio de Montegrande y en la Plataforma C1 de Las Huacas (Figs. 7, B-D; 11, B-H). Estos edificios
están asociados a la cerámica del tipo HM Marrón B o a la de la fase Tembladera.

3) Número y orientación de las escalinatas para acceder a las plataformas: como se ha indicado arriba, por
la inclinación hacia el sur del terreno de la Pampa de las Hamacas, la mayoría de las plataformas tienen un
muro de contención alto y firme en su lado sur, y la escalinata principal está asociada a esta sección, si bien
en el sitio de Mal Paso, ubicado en la margen sur, sucede lo contrario. Pero en los casos de las plataformas
construidas sobre terreno relativamente horizontal o las de grandes dimensiones, estas presentan muros
muy firmes en todos sus lados. Debido a ello, el número y la orientación de las escalinatas pueden variar.

Las plataformas con presencia de la Unidad Modular de Recintos de Planta Rectangular tienen una
forma fija con una sola escalinata. El sitio de Ataúdes (Fig. 3) está compuesto por cuatro plataformas ubi-
cadas en la parte norte, sobre una pendiente muy pronunciada. Todas ellas poseen escalinatas en el lado
sur, y en la plataforma 10.2 —localizada en la zona menos empinada— se observan escalinatas en el lado
norte. Ninguna de las plataformas tiene accesos con orientación Este-Oeste.
En el sitio de Pendiente (Fig. 4), cada una de las tres plataformas del lado norte tiene una escalinata
en su lado sur, aunque la 11.4, un ejemplo con presencia de la Unidad de Modular de Recintos de Planta
Rectangular y que se ubica sobre terreno relativamente horizontal, tiene una escalinata en el lado este. Los
centros ceremoniales que se ubican hacia el este de este sector presentan escalinatas con orientación Este-
Oeste, además de las que tienen orientación Norte-Sur (con excepción del sitio de Desaparecido; cf. notas
12 y 17). Estos ejemplos poseen, en su mayoría, una escalinata, pero también se puede afirmar la presencia
de plataformas con dos de ellas. En la plataforma 12.19 del sitio de Desaparecido (Fig. 5) y en Huaca
Grande de Montegrande (Fig. 6, B) se puede advertir la planta de dos escalinatas contrapuestas, donde
los dos accesos se localizan en ambos lados de la elevación y se la puede atravesar por el centro. En ambos
edificios se hallaron asociados tiestos del tipo HM Marrón B.
Por ahora, en Las Huacas no se ha confirmado la presencia de dos escalinatas contrapuestas en la fase
Hamacas ni tampoco en la fase Tembladera. Sin embargo, se halló otro patrón de ubicación de las escalina-
tas que llamó la atención y que se denominó escalinatas cruzadas. En la fase Tembladera 1 (Figs. 7, C; 11,
C-D), a la Plataforma A1 le fue añadida una escalinata en el lado norte,8 aparte de la escalinata principal
del lado este. Esta forma de colocar las escalinatas en la plataforma formaría, en relación con la orientación
de su eje, un ángulo de 90°. Aunque la escalinata norte fue sellada en la fase Tembladera 2 (Fig. 7, D; 11,
E), la población local refirió que, anteriormente, se observaban piedras alineadas en el otro lado de la plata-
forma, el lado sur, lo que indicaría la posibilidad de la aparición del patrón de escalinatas cruzadas, pero en
distinta dirección. En la Plataforma C1 también fue añadida una escalinata en su lado este y se colocaron
escalinatas cruzadas en la fase Tembladera 2.9 A manera de síntesis, en la época más temprana solo existía
la planta de una escalinata; después, apareció la de escalinatas contrapuestas y, como último cambio, se
añadieron las escalinatas cruzadas.

2.4. Comparación de las dataciones radiocarbónicas

Doce muestras de carbón recuperadas durante la ejecución del proyecto fueron fechadas por AMS en el
Laboratory for Radiocarbon Dating de The University of Tokyo. En Las Huacas se extrajeron, principal-
mente, muestras de fogones (Tabla 1) para que puedan coincidir con las fases constructivas con una gran
probabilidad (Fig. 11, B, E, G). Una muestra de la fase Hamacas 1 fue tomada de una capa de ceniza que
se sedimentó al costado de una pequeña plataforma (Fig. 11, A), porque en esta fase no se pudo identi-
ficar fogones. Sobre la base de estos análisis se enumeran a continuación los siguientes resultados: la fase
Hamacas 1 tiene el fechado de 1450-1350 a.C. (calib.), a la fase Hamacas 2 corresponde el fechado de
1350-1250 a.C. (calib.), a la fase Tembladera 1 se le atribuyó el fechado de 1250-1000 a.C. (calib.), y a la
fase Tembladera 2 el de 1000-800 a.C. (calib.). Hay una capa de sedimentación por agua que cubre la falda
este de la Plataforma A1 de la fase Tembladera 2, que puede ser el producto de una inundación ocurrida
después del abandono del sitio, probablemente en el Periodo Intermedio Tardío, según los fragmentos

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Tabla 1. Dataciones radiocarbónicas de Las Huacas. * indica datación por AMS (elaboración de la tabla: Eisei Tsurumi).

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asociados. Tres muestras de esta capa fueron analizadas y resultaron pertenecer a la fase Tembladera, por lo
que se presume que se trata de carbón arrastrado por corrientes de agua desde la Plataforma A1.
De la plataforma 10.2 del sitio de Ataúdes fueron extraídas tres muestras del relleno porque no se en-
contró fogón alguno (Tabla 2). Esta plataforma presenta dos momentos dentro de la fase Hamacas. Se to-
maron dos muestras de debajo del piso de la primera fase constructiva, mientras la tercera, adherida sobre
dicho piso, corresponde a la segunda fase constructiva. Debido al resultado de la datación, el autor sostiene
que la primera fase tiene un fechado alrededor de 1450-1400 a.C. (calib.) y la segunda debe ser posterior.
Este fechado coincide con el de Las Huacas y tiene una gran probabilidad de fechar la fase Hamacas 1. Si
se considera la hipótesis de que el sitio de Hondón es más antiguo que Ataúdes, lo que se explicará más
adelante, y con la finalidad de redondear el número de años, el autor propone el fechado de 1500 a.C.
(calib.) para el inicio de los asentamientos del Complejo Hamacas.
A continuación se resumen los fechados presentados por las investigaciones anteriores. En el caso de
Montegrande se efectuaron dataciones, con el método de termoluminiscencia, de una muestra de cerá-
mica (alfar A) y se obtuvo un fechado de, aproximadamente, 1800 a.C. (calib.) (Ulbert 1994: 150). El
autor considera que este fechado es muy antiguo y puede revisarse. Según Tellenbach, el asentamiento de
Montegrande duró alrededor de 100 años, lo que no es un lapso muy prolongado (Tellenbach 1986: 294).
El PRAJ extrajo dos muestras de carbón del conjunto 13.17 de Panteón,10 las que fueron analizadas, tam-
bién, en el Laboratory for Radiocarbon Dating de The University of Tokyo (Terada y Onuki 1985: 267-
269) y se obtuvieron fechados que corresponden a la fase Tembladera 1, un resultado que no se contradice
con los datos de las investigaciones actuales.

2.5. Las torres funerarias y el abandono del centro ceremonial

Además de los datos mencionados, las tumbas incorporadas a la arquitectura ceremonial también sugie-
ren una clave para establecer la secuencia cronológica. Consisten de edificaciones a manera de columnas
hechas de piedra y se las puede denominar torres funerarias. Del valle de Virú se reportaron varios ejem-
plos de este tipo de estructuras, como se explicará más abajo (Zoubek 1998). En el sector alto del valle
medio de Jequetepeque, además de la Pampa de las Hamacas, fueron excavadas dos torres del Periodo
Formativo Temprano en el sitio de La Bomba (Seki 1997). En el sector bajo, según el plano de planta del
sitio de Polvorín, hay dos estructuras de planta circular que podrían también pertenecer a torres funerarias
(Ravines 1985: fig. 13).
Los resultados de las excavaciones en Montegrande confirman la relación cronológica entre la arquitec-
tura y las tumbas. Una torre funeraria descubierta encima de la plataforma de Huaca Grande (Fig. 6, B) fue
construida «antes de decaer» dicha estructura (Tellenbach 1986: 272-273, 294). En la parte superior de las
plataformas del Complejo Sur, todas de la misma fase, se informó de la presencia de ocho torres en total
(Fig. 6, C; Paredes 1984). Dos de ellas se encontraban sobre la Plataforma Principal y ocupaban espacios
que, originalmente, fueron recintos. Cabe mencionar que fueron elaboradas en el último momento de
ocupación, es decir, cuando la arquitectura ceremonial perdió su función como espacio de actividad social
o después de su abandono.
Sobre la base de los datos presentados se puede proponer una hipótesis. Se edificaba una torre funera-
ria, probablemente perteneciente a un sacerdote, en el momento del abandono de un centro ceremonial.
Al parecer, este fue un rito propio de la zona. Los sitios del lado oeste de la pampa, desde Hondón hasta
Montegrande, asociados a cerámica de la fase Hamacas, poseen torres en la parte superior o al costado de
las plataformas (Figs. 2, 3, 4, 5, 6), por lo que se puede interpretar que estas se colocaron al abandonarse los
sitios. Si se tiene en cuenta esta hipótesis, las torres funerarias adquieren mucha importancia para estudiar
la secuencia cronológica de esta área.
Estas tumbas no representan todos los contextos funerarios en la región. Por ejemplo, en Montegrande
hay entierros con ofrendas hechos en la plataforma ceremonial con ausencia de una torre funeraria
(Tellenbach 1986: 272-274). También hay varias torres alejadas de los centros ceremoniales, ubicadas
de manera independiente en el terreno. Quizá solo las torres construidas muy cerca de la arquitectura
ceremonial pueden relacionarse con su abandono. No se sabe en qué sentido varió el tratamiento de

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Tabla 2. Dataciones radiocarbónicas de Ataúdes. Los fechados fueron calibrados con OxCal v4.0.1. La curva de calibración es HCal04. HM: fase Hamacas; TB: fase Tembladera.
* indica datación por AMS (elaboración de la tabla: Eisei Tsurumi).
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los individuos enterrados, pero si se asume la existencia de una clase dominante en las comunidades del
Complejo Hamacas, este grupo pudo consistir de varias personas. Por ejemplo, es probable que alguno
de ellos falleciera en tiempos en que el centro ceremonial se desarrollaba normalmente, por lo que pudo
haber sido enterrado en la plataforma sin necesidad de construir torre alguna o, también, sepultado en una
estructura alejada del sitio.
En los edificios monumentales de Las Huacas no se registraron entierros con ofrendas, y tampoco hay
torres funerarias o entierros debajo del piso. Aunque no se ha excavado la totalidad de Las Huacas, es de
suponer que no existieron tales entierros,11 lo que puede relacionarse con el carácter propio de Las Huacas.
En el sitio de Panteón se encuentra el grupo de torres funerarias de mayor dimensión del valle (Fig. 8) y
que, al mismo tiempo, está al lado de Las Huacas, el principal centro ceremonial de la zona, una situación
que no parece determinada por la casualidad. Se puede deducir que los sacerdotes de Las Huacas fueron
enterrados en las torres de Panteón, si bien no quedan evidencias de ello debido al saqueo y destrozo in-
tensivos. Es probable que el sitio de Las Huacas extendiese su prestigio sin ser abandonado y, por ello, no
se enterró a los muertos en su arquitectura ceremonial, sino en el cementerio construido especialmente
para ellos.

3. La secuencia cronológica

3.1. El Complejo Hamacas

Los datos mencionados líneas atrás están ordenados en la Fig. 12. Con esta referencia, el autor estableció
la secuencia cronológica, que es el motivo principal del presente artículo, de tal manera que le permitiera
comparar los elementos característicos de cada centro ceremonial y determinar los momentos de su fun-
dación y abandono (Fig. 14). Los fechados de algunos centros ceremoniales de la fase Hamacas 1, que se
asocia a la cerámica del grupo HM Marrón A, están divididos en cuartos de siglo por comodidad, ya que
es necesario colocar cinco centros ceremoniales que corresponden a esta fase, relativamente corta, que dura
unos 150 años. Aunque es un punto de discusión muy importante, no se sabe cuántos centros ceremonia-
les, sostenidos por una comunidad con una «clase dominante», funcionaron de manera contemporánea.
No se puede negar la posibilidad de que dos o tres conjuntos arquitectónicos existieran al mismo tiempo,
como los mostrados en la Fig. 14. Se debe advertir que las evidencias halladas no favorecen dicha coexisten-
cia ni tampoco la niegan. Lamentablemente, en el futuro tampoco se podrá hacer algo al respecto porque
la mayoría de estos sitios ya no existen. El resultado es un manejo simple de los datos cronológicos.
Se puede inferir que, hacia 1500 a.C. (calib.), se edificó el sitio de Hondón, pero no se sabe si existie-
ron otras ocupaciones en otras partes de la pampa. En el momento en que surgió Ataúdes, alrededor de
1450 a.C. (calib.) según la datación radiocarbónica, había, al menos, pequeñas viviendas en Las Huacas, lo
que sugiere la aparición de zonas residenciales dispersas en diversas partes de la pampa. Luego, de manera
sucesiva, se edificaron los sitios de Pendiente, Desaparecido y Montegrande.12 Los centros ceremoniales de
la parte oeste de la pampa fueron abandonados, también progresivamente, y se les agregaron, luego, torres
funerarias. La cuestión más importante sobre la fase Hamacas 1 es que los centros ceremoniales fueron
fundados y abandonados en orden, es decir, que se «trasladaron» en sentido gradual.
En Montegrande y Las Huacas la transición de la fase Hamacas 1 a Hamacas 2 fue relativamente
rápida. En Las Huacas apareció arquitectura de más volumen y es probable que empezara a funcionar
como un centro ceremonial. En la fase Tembladera 1, Las Huacas se extendió en mayor proporción. En
Montegrande y al oeste, los centros ceremoniales fueron abandonados del todo. El autor de este artículo
es de la opinión que, tanto Panteón como Megalito, al este, estuvieron vigentes al mismo tiempo que Las
Huacas. Algunos estudiosos consideran al sitio de Panteón como parte de Las Huacas, pero, por ahora, se
prefiere analizarlos por separado, ya que en Panteón no se encuentra el patrón de plaza con banquetas que
caracterizaba a Las Huacas, que lo adoptaba en forma reiterada. En la fase Tembladera 2, la escala de Las
Huacas se incrementó notablemente. En esta fase apareció, quizá, Mal Paso, en la margen opuesta. Cabe
decir que, durante las fases Tembladera 1 y 2, varios centros ceremoniales coexistieron por un tiempo largo,
lo que difiere del patrón de la fase Hamacas.

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Fig. 15. Lechuzas (redibujado de Tsurumi e.p.: fig. 6).

3.2. El sitio de Lechuzas en Tembladera

Alrededor de 800 a.C. (calib.) todos los centros ceremoniales de la fase Tembladera fueron abandonados;
sin embargo, los trabajos de campo actuales han confirmado la continuación de la secuencia cronológica,
ya descrita, fuera de la pampa. El centro ceremonial de Lechuzas13 se sitúa en la margen opuesta del pueblo
de Tembladera, a casi 5 kilómetros de la Pampa de las Hamacas en dirección al valle alto (Fig. 15). Los
resultados de la excavación de la temporada 2005 confirmaron que este monumento fue construido, prin-
cipalmente, durante el Periodo Formativo Tardío (800-550 a.C. [calib.]),14 es decir, después del abandono
de los centros ceremoniales del Complejo Hamacas. Las evidencias de actividades de esta fase, denominada
Lechuzas, son muy escasas en la Pampa de las Hamacas; solo en el sitio de Chungal, que está al este de la
pampa, se encontraron algunos fragmentos de cerámica fina de esta fase, si bien no se hallaron estructuras
arquitectónicas asociadas.
La Plataforma A, el edificio principal de este yacimiento arqueológico, presenta un conjunto compli-
cado de recintos y atrios, así como corredores para conectarlos. En el contorno no existen torres funerarias,
pero cabe la posibilidad de que varios cadáveres se enterraran debajo del piso sin utilizar torres como
marcadores. El sitio de Lechuzas tiene características diferentes a las del Complejo Hamacas en su confi-
guración arquitectónica y sus prácticas funerarias, pero más adelante se manifestó un fuerte vínculo entre
ellos. Aunque se pudo recolectar cerámica posterior a la fase Lechuzas en algunas partes del valle medio
de Jequetepeque, hasta el momento no se ha podido confirmar la existencia de arquitectura monumental
asociada.

4. Relaciones entre los centros ceremoniales

Para concluir, se presentará, de manera breve, las ideas del autor acerca de las relaciones entre estos centros
ceremoniales sobre la base de los análisis diacrónicos mencionados arriba.

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Fig. 16. Acumulación de flujo de agua en cada centro ceremonial (elaboración del diagrama: Eisei Tsurumi y Yuko Ito).

4.1. La perspectiva ecológica: evitar desastres y obtener recursos hidráulicos

Según el estudio del PRAJ, la tierra de las terrazas asociadas a la plataforma 11.3 del sitio de Pendiente pre-
sentó evidencias de actividad agrícola (Ravines 1985: 133). Por medio del análisis de muestras de almidón,
se confirmó la presencia de productos agrícolas durante la fase Hamacas. En especial, hay restos de yuca
hallados dentro de vasijas utilizadas para cocer alimentos, lo que representa la primera evidencia de uso de
cerámica en el valle.15 Los primeros centros ceremoniales probablemente estuvieron constituidos por un
edificio ceremonial, una zona residencial y terrenos agrícolas, y quizá fueron edificados en la mitad oeste de
la pampa porque era favorable para la agricultura. Durante parte del siglo XX, el poblado de Montegrande
utilizaba esta zona para la agricultura hasta que se anegó por el agua de la represa.
Al mismo tiempo, este fértil terreno presenta un problema serio: en tiempos de ocurrencia del fenó-
meno de El Niño, como en 1998, pueden ocurrir huaycos. En Montegrande y Las Huacas hay evidencia
de huaycos que devastaron la arquitectura de forma reiterada. Se infiere que el traslado de los centros
ceremoniales hacia el este constituía una estrategia para evitar estos fenómenos naturales. Por medio de un
modelo tridimensional realizado con el registro de la topografía original de esta área, se ha podido evaluar
cómo cae el agua de las precipitaciones a manera de escorrentías provenientes de los cerros cercanos.16
Según los resultados obtenidos (Fig. 16), los sitios del lado oeste de la pampa están expuestos a mayores
riesgos que los del este. Por ello, el traslado al este puede explicarse como una estrategia para refrenar el
daño ocasionado. La ubicación de Las Huacas no es muy adecuada, pero se construyó un muro que atra-
viesa la meseta y que, posiblemente, servía para reducir la cantidad de agua antes de que llegara al núcleo
del monumento. Es una medida que no se puede tomar en Hondón ni en Ataúdes, que están en la falda,
bastante empinada, del cerro.

4.2. La perspectiva ideológica: el culto a los ancestros en los centros ceremoniales

La dirección de acceso a las estructuras arquitectónicas puede identificarse como la orientación de su eje.
Los primeros dos centros, Hondón y Ataúdes, solo tienen escalinatas en dirección Norte-Sur. Sin embargo,
los sitios posteriores a estos presentan escalinatas en dirección Este-Oeste (noroeste y sureste, en sentido
estricto).17 Según los resultados del análisis de visibilidad entre los centros ceremoniales por medio del
modelo tridimensional,18 todos los centros, menos Hondón, están al alcance de la vista entre sí; Ataúdes,

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Fig. 17. Análisis de visibilidad respecto del sitio de Ataúdes (elaboración del dibujo: Eisei Tsurumi y Yuko Ito).

en especial, tiene una alta visibilidad (Fig. 17). Es evidente que los centros ceremoniales posteriores fueron
diseñados con la intención de divisar a los anteriores frente a su eje. Como resultado, las escalinatas de cada
centro forman una línea de Oeste-noroeste a Este-sureste, mientras que Mal Paso, en la margen sur, dirige
su eje directamente hacia el sitio de Ataúdes.
Con el fin de explicar esta intención, el estudio de las comparaciones de las torres funerarias de la huaca
El Gallo, en el valle de Virú, es muy sugestivo. Zoubek (1998) señaló el papel de tal tipo de tumba, que
formaliza la individualidad del cadáver visible y se relaciona con el culto a los ancestros (Zoubek 1998).
La mayoría de las torres asociadas a los centros de la fase Hamacas están encima de las plataformas, o en
su lado sur o este, lo que facilita la observación desde los sitios posteriores. Se presume que el culto a los
ancestros tuvo un papel importante para los individuos que formaban parte de la clase dominante en los
centros ceremoniales del Complejo Hamacas. En cierto sentido, estos centros ceremoniales no fueron
abandonados, sino solo «clausurados» mientras siguieron constituyendo un elemento importante en el
paisaje religioso.
Esta explicación no se contradice con la mencionada antes. Como sugieren las tumbas del valle bajo de
Jequetepeque (Alva 1986) y las torres de la huaca El Gallo —que fueron rellenadas con tierra agrícola—,
los contextos funerarios de la costa norte pueden relacionarse con la agricultura (Zoubek 1998). El rito
de la práctica agrícola, la construcción de un paisaje ceremonial y la prevención de desastres obligaron al
traslado hacia el este, lo que resultó en una densa concentración de centros ceremoniales. Cabe mencionar
que Lechuzas presenta una apariencia distinta a la de los sitios del Complejo Hamacas, además de encon-
trarse alejado de este conjunto; no obstante, se advierte una estrategia parecida a la hora de seleccionar el
terreno. La Plataforma A de Lechuzas está edificada sobre un montículo natural muy alto y, debido a ello,
no se halló señal alguna de destrucción causada por el agua. El eje de los edificios de Lechuzas no se dirige
exactamente hacia los centros del Complejo Hamacas, pero desde la Plataforma A se distingue muy bien
la integridad de ellos.

5. Comentarios finales

El objetivo principal del presente artículo era demostrar la hipótesis del autor acerca de la secuencia cro-
nológica en esta área del valle de Jequetepeque. Aún faltan muchos datos para consolidarla, si bien se

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LA SECUENCIA CRONOLÓGICA DE LOS CENTROS CEREMONIALES... 165

puede esperar obtener muchos resultados de futuras investigaciones, por lo que es más importante elaborar
planteamientos teóricos. Gracias a la comparación con los datos de otras zonas, donde se ha establecido
una cronología prolongada y firme, se podrá demostrar, de manera más clara, la secuencia de los centros
ceremoniales y el proceso social.
Con este propósito se mencionó el tema de las relaciones funcionales entre dichos complejos, aunque
muy brevemente. Se enfocó el fenómeno del traslado, que derivó en una concentración de centros, un
aspecto muy característico de esta zona, sobre todo durante la fase Hamacas, por lo que falta discutir la fase
Tembladera. En esta fase no se repitió el traslado, sino que se desarrollaron varios centros ceremoniales en
paralelo y dilatadamente. Además del análisis del paisaje, a futuro se necesitará comprender los aspectos in-
herentes a la sociedad que ocupó esta zona; en especial, reflexionar acerca de la importancia de la discusión
sobre la jerarquía social y considerar la diferencia entre los sitios en cuanto a sus dimensiones y contextos
funerarios. Sobre este tema se profundizará en otra ocasión.

Agradecimientos

El estudio presentado en este artículo se realizó con el apoyo del Grants-in-Aid for Scientific Research
del gobierno del Japón. Quisiera agradecer a los investigadores que participaron en las temporadas reali-
zadas, entre ellos, Regina Abraham (codirectora en la temporada 2003), Anyanett Mora (codirectora en
la temporada 2004), Raúl Cholán (miembro en la temporada 2004, director en 2005), Nelly Martell
(2003), Carlos Morales (2004 y 2005), José Peña (2005) y Moira Novoa (2005). Expreso, asimismo, mi
reconocimiento al Instituto Nacional de Cultura, filial Cajamarca, por las facilidades proporcionadas a
nuestro trabajo. El análisis de los materiales se realizó con la colaboración de muchos especialistas. En los
análisis de materiales orgánicos contamos con la colaboración del biólogo Víctor Vásquez y la arqueóloga
Teresa Rosales (Universidad Nacional de Trujillo), así como con el apoyo del doctor Kunio Yoshida (The
University of Tokyo) para la datación radiocarbónica. Para el análisis del paisaje, me asistieron en las
operaciones de los datos tridimensionales la magíster Yuko Ito y el magíster Yuta Kaneko, mientras que el
Proyecto Especial Jequetepeque-Zaña me ofreció, gentilmente, datos topográficos. Por último, expreso mi
profunda gratitud a La Misión Arqueológica Japonesa, por su apoyo a mi estudio en su integridad.

Notas
1
Esta cantidad se refiere al número total de sitios formativos entre los sectores de Tembladera-Chungal y
Chungal-Montegrande (Ravines 1985: 131).
2
Keatinge mencionó a estos sitios como Tembladera Sites (Keatinge 1980). En el presente trabajo se separa
la Pampa de las Hamacas del área de Tembladera.
3
Así se tienen, por ejemplo, Hondón (característica topográfica), Ataúdes (reutilización como cementerio
moderno), Pendiente (característica topográfica) y Desaparecido (estado de conservación). En los casos de
Panteón (combinación de centro ceremonial y cementerio) y Megalito (característica arquitectónica) los
nombres fueron definidos en relación con las características de los sitios. Las denominaciones de Mal Paso
y Chungal corresponden a los lugares de ubicación.
4
Dentro de la fase Tembladera 1 hay dos momentos o subfases (Fig. 11, C, D); la Fig. 7, C corresponde
al primer momento (Fig. 11, C). En la fase Tembladera 2 se confirmó la presencia de cuatro (Fig. 11, E, F,
G, H) y la Fig. 7, D alude al tercer momento (Fig. 11, G).
5
La cerámica de la fase Tembladera presenta mayor variedad que la de Hamacas, como se muestra en la
Fig 12. El tipo TB Marrón, el más frecuente de la fase Tembladera, es similar al grupo HM Marrón A de

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la fase Hamacas en lo que se refiere a la pasta y al acabado superficial, pero difiere en varios otros aspectos.
Por ejemplo, se confirmó la presencia de botellas de asa estribo debido a varios fragmentos de esta clase de
gollete que no existió en la fase anterior (Fig. 13, C; 17). Aunque no se ha recuperado una pieza completa,
estos golletes pudieron corresponder a los cuerpos decorados con pintura postcocción y/o cuerpos ador-
nados con tablas de arcilla, todo ello característico del estilo local, muy famoso, de esta zona. Cabe decir
que, en la fase Tembladera 2, se añadió aún más variedad. Merece una mención especial la aparición de
botellas de asa estribo de pasta gris y muy compacta en esta fase (Fig. 13, C, 28, 29), semejantes a las del
estilo Cupisnique Clásico de la costa (Elera 1998). También hubo botellas y cuencos de color anaranjado
que tienen piezas equiparables en Kuntur Wasi desde la fase Ídolo (Inokuchi 1997: 179). Estos datos sir-
ven para esclarecer la secuencia cronológica no solo a escala local, sino también en los ámbitos regional e
interregional.
6
El sitio 10.5 fue registrado como un conjunto arquitectónico por el PRAJ. En 2004, el autor pudo
examinar de manera detallada su planta, ya que el relleno de las plataformas se perdió debido al agua de
la represa y solo quedaron las piedras de los muros. Se confirmó que este sitio consistía de dos conjuntos
de plataformas aterrazadas; el conjunto del oeste fue registrado como 10.5W y el del este como 10.5E,
denominaciones que se deben a las letras iniciales de las palabras West (Oeste) e East (Este). El conjunto ar-
quitectónico 10.4W corresponde al 10.4 en el mapa (Ravines 1981: hoja 5) y el 10.4E es el sitio excavado
bajo el código 10.4 por el PRAJ (Ravines 1982, 1985).
7
La olla sin cuello del tipo HM Marrón A de la fase Hamacas tiene una pared más delgada (0,3-0,5
centímetros) que su borde (0,7-0,9 centímetros). En el caso de las piezas del tipo TB Marrón de la fase
Tembladera, el espesor de la pared es mayor (0,6-1 centímetros) y casi no difiere del borde. A propósito
de la decoración, las piezas con diseños complicados realizados de manera burda e incisos gruesos corres-
ponden a la fase Tembladera 2; los fragmentos de ollas reportados por el PRAJ (Ravines 1982: fig. 132)
incluyen varios especímenes similares.
8
Es la única escalinata que tiene un descanso y dobla 90° en el Complejo Hamacas.
9
En el presente trabajo no se incluyen las terrazas domésticas, que presentan formas de planta complicadas
y tienen múltiples accesos, como la gran terraza en forma de «L» de Montegrande, que tiene accesos en los
lados norte, este y sur.
10
El PRAJ también extrajo tres muestras de carbón del conjunto 14.14, las terrazas que se localizan cerca
de Chungal (14.10). Fueron tomadas de contextos de la fase Hamacas (Terada y Onuki 1985: 267-269),
y resultaron casi corresponder a la fase Hamacas 2.
11
Como contexto funerario perteneciente al Formativo solo se recuperó un esqueleto completo sin ofren-
das asociadas en la Plataforma C1. Fue enterrado en el momento de renovación de esta plataforma en la
fase Tembladera.
12
Como se presentó en la Fig. 12, existe la posibilidad de que el sitio de Montegrande se edificara antes que
el de Desaparecido, si se tienen en cuenta sus características arquitectónicas y alfareras. Desde un ángulo
diferente, si se les considera como un único centro ceremonial, la secuencia cronológica de los centros del
Complejo Hamacas podría mostrar patrones como los siguientes: a) se estableció un orden de ubicación
de oeste a este; b) siempre coexistieron dos centros ceremoniales simultáneamente, y c) desde el sitio de
Pendiente al este, todos los centros tienen algún acceso orientado al este u oeste. Sin embargo, una quebrada
profunda que los separa obliga a dejar esta idea como una hipótesis de fundamentos no concluyentes.
13
Puede corresponder al cementerio temprano registrado como La Ramada (Alva 1986), ya que en la su-
perficie de este sitio se observan numerosos huesos humanos dispersos. Los vecinos de la localidad llaman
Lechuzas o Huaca de las Lechuzas al montículo de la Plataforma A.

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14
Al no encontrar fogones en Lechuzas, se extrajeron dos muestras de carbón del relleno de la Plataforma
A, que no tenían relación con eventos de combustión. La datación radiocarbónica produjo fechados muy
antiguos. Un fechado del relleno de la Plataforma A (TKa-14125) arrojó el resultado de 3615 ± 30 a.p.,
mientras que otra muestra, tomada de un entierro (TKa-14126) produjo el fechado de 3435 ± 30 a.p. De
manera provisional, el autor asigna el lapso temporal de la fase Kuntur Wasi, del sitio homónimo, a la fase
Lechuzas.
15
Se confirmó la presencia de almidón a partir de muestras extraídas del hollín de tiestos quemados. En la
fase Hamacas, la yuca es el vegetal predominante. El trabajo de análisis fue realizado por el biólogo Víctor
Vásquez y la arqueóloga Teresa Rosales, de la Universidad Nacional de Trujillo.
16
El modelo tridimensional fue dividido en cuadrículas de 2 por 2 metros que cubren la Pampa de las
Hamacas. Por medio de la comparación de la altura de cada cuadrícula se puede calcular la inclinación
del terreno y la acumulación de flujos en cada cuadrícula, es decir, la dirección de las corrientes de agua a
una cuadrícula específica. La Fig. 16 indica la totalidad de la acumulación de flujos en las cuadrículas que
corresponden a la arquitectura de los centros ceremoniales. Constituye un cálculo muy elemental aún y no
se ha considerado la influencia de otros elementos, como las aguas subterráneas, la vegetación, los datos
litológicos, entre otros. Los programas utilizados para este análisis fueron el ESRI ArcGIS 9.1.1 y el Spatial
Analyst.
17
Esta discusión no es coherente porque existe una excepción. Al sitio de Desaparecido le falta la escali-
nata con orientación Este-Oeste. El autor alega aquí dos posibles explicaciones. La primera es que, como
se mostró en la nota 12, Desaparecido y Montegrande formarían un solo conjunto arquitectónico. La
segunda posibilidad es que existía otra unidad arquitectónica con dicho tipo de escalinata en la Meseta 1
donde está Desaparecido, aunque esto no fue detectado de manera clara por el PRAJ debido a la destruc-
ción o el recubrimiento total causados por la erección de edificios posteriores. En efecto, el PRAJ sugirió
la presencia de edificios formativos por debajo de los tardíos en los sitios 12.8 y 12.16 (Ravines 1981: 25-
26), que están situados en el lado sur del sitio 12.19. Esta sección se encuentra entre la plataforma 11.4
de Pendiente y el Complejo Sur de Montegrande, que tienen escalinatas con orientación Este-Oeste, por
lo que se infiere que la última hipótesis no es inverosímil, pero que, de todos modos, no se puede plantear
con certeza debido a la carencia de pruebas concluyentes.
18
En el caso de Ataúdes (Fig. 17), se colocaron 28 puntos de visión en los bordes de sus plataformas dentro
del modelo tridimensional. Entre cualquier cuadrícula de la parte gris de la pampa y cualquier punto de
observación en Ataúdes hay una elevación de terreno que obstaculiza la visibilidad. El programa utilizado
para este análisis fue el ESRI ArcGIS 9.1.1.

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168 EISEI TSURUMI

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EXCAVACIONES
BOLETÍN DE ARQUEOLOGÍA PUCP EN EL
/ N.° 12 / 2008, TEMPLETE
171-201 / ISSNDE LIMONCARRO...
1029-2004 171

Excavaciones en el Templete de Limoncarro,


valle bajo de Jequetepeque

Masato Sakai a y Juan José Martínez b

Resumen

La presente es una primera aproximación al estudio que se realiza en la actualidad en el Templete de Limoncarro, complejo reco-
nocido como un sitio de la cultura Cupisnique. En este se han efectuado excavaciones a lo largo de cinco temporadas y se ha com-
probado la existencia de dos fases de construcción. Las edificaciones de la primera fase, denominada La Calera, son muy escasas,
en tanto que a la segunda fase, nombrada como Limoncarro, corresponden la plaza hundida y las tres plataformas identificadas,
las que fueron objeto de reparaciones frecuentes mientras estuvieron vigentes. Algunas de las estructuras hechas con adobes cónicos
en dichas plataformas representan rostros de animales, los que se asemejan a la iconografía cupisnique.

Palabras clave: Periodo Formativo, Cupisnique, Limoncarro, adobes cónicos, arquitectura zoomórfica

Abstract

EXCAVATIONS AT THE TEMPLETE DE LIMONCARRO IN THE LOWER VALLEY OF JEQUETEPEQUE

This is a first synopsis of the research that we have realized at the Templete de Limoncarro recognized as a site of the Cupisnique
culture. At this Templete we have excavated five times and identified two phases of construction. The structures of the first phase,
La Calera, are very few, while at the second phase, Limoncarro, are constructed a sunken court and three platforms, which are
the objects of frequent repair. Some structures of conic adobe at the platforms represent faces of animals, which seems to be of the
Cupisnique iconography.

Keywords: Formative Period, Cupisnique, Limoncarro, conical adobe, zoomorphic architecture

1. Introducción

El Templete de Limoncarro se encuentra al pie del cerro La Calera, ubicado en el curso bajo del río
Jequetepeque, costa norte del Perú. Se localiza a unos 20 kilómetros de la costa y alrededor de 150 metros
sobre el nivel del mar, sobre las coordenadas 17º17’ de latitud sur y 79º26’ de longitud oeste. Forma parte
del distrito de Guadalupe, provincia de Pacasmayo, departamento de La Libertad (Fig. 1). El complejo
fue descubierto en 1968, durante la realización de excavaciones a cargo de Jorge Zevallos Quiñones, de
la Universidad Nacional de Trujillo. En esos trabajos se hallaron tres relieves de barro que representaban
las cabezas de felinos (véase Barreto 1984; Pozorski 1976); cada escultura medía 1 metro de altura, 60
centímetros de ancho y 70 centímetros de profundidad. Los investigadores sugieren que estas imágenes se
parecen mucho a los relieves de cabezas de felinos hallados en la Huaca de los Reyes, en el valle de Moche
(Pozorski 1976: 214).

a
Yamagata University, Faculty of Literature and Social Sciences.
Dirección postal: 1-4-12 Kojirakawa, Yamagata, 990-8560, Japón.
Correo electrónico: sakai@human.kj.yamagata-u.ac.jp
b
Museo Nacional de Arqueología y Etnología Heinrich Brüning.
Dirección postal: av. Huamachuco s.n.o, Lambayeque, apdo. 33, Perú.
Correo electrónico: juanmartínezf@yahoo.es ISSN 1029-2004
172 MASATO SAKAI Y JUAN JOSÉ MARTÍNEZ

Fig. 1. Mapa con la ubicación de las ciudades actuales y los sitios arqueológicos mencionados en el texto (elaboración del
dibujo: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

En el sitio de Guayabo, ubicado a una distancia aproximada de 2 kilómetros al este del Templete de
Limoncarro, varios tractores (Salazar-Burger y Burger 1982: 216) pusieron al descubierto gran cantidad
de restos arqueológicos, en 1969. No solo se encontraron cerámica y cuentas, sino también un vaso de
piedra cuya superficie tenía esculpida la representación de arañas en el estilo Cupisnique (Salazar-Burger
y Burger 1982: 216; Deza 1996: 51). Más tarde, un equipo alemán de investigación arqueológica trabajó
en el levantamiento del plano del sitio y en la limpieza de los pozos de excavaciones clandestinas; de esta
manera, se pudo identificar el uso de adobes cónicos, un rasgo típico de dicha cultura (Barreto 1984),
en la construcción del edificio. Además, se comprobó la presencia de un dibujo lineal en el relieve lateral
(Barreto 1984: 546). Estas investigaciones permitieron definir al templete como un sitio representativo de
esa cultura, aunque no quedó claro si la cerámica cupisnique encontrada en el lugar procedía realmente
de este complejo, pues no se habían realizado suficientes excavaciones. Asimismo, dado que no se contaba
con fechados radiocarbónicos, tampoco se podía plantear conclusiones decisivas sobre la datación de la
construcción.
En el Templete de Limoncarro se efectuaron excavaciones científicas a lo largo de cinco temporadas
por parte del equipo dirigido por los autores (Sakai y Martínez 2000, 2001, 2002, 2003; Martínez y Sakai
2005). En ellas no solo se examinó la cronología de las edificaciones y de la cerámica, sino que se procuró
tomar la mayor cantidad posible de muestras de carbón. El presente artículo compendia los primeros resul-
tados de los estudios en curso y pone a consideración del lector los datos preliminares de las investigaciones
realizadas.

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EXCAVACIONES EN EL TEMPLETE DE LIMONCARRO... 173

2. Las dos fases del Templete de Limoncarro

2.1. Arquitectura y cerámica

Como se ha mencionado líneas atrás, en el Templete de Limoncarro existen dos fases de construcción; y
aunque de la primera fase solo se observan actividades constructivas de pequeña escala, es de la segunda de
la que se conservan tres plataformas y una plaza central (Fig. 2), lo que sugiere que se realizaron reconstruc-
ciones con frecuencia. Estos cambios en las edificaciones afectaron también los atributos de la cerámica.
En otras palabras, las transformaciones en las actividades constructivas y alfareras se produjeron de manera
simultánea, lo que permite suponer que, en esta etapa, se generó un gran cambio social.
Del análisis de las tiestos hallados en el Templete de Limoncarro se obtuvo la verificación de dos gru-
pos: aquellos que se hallaron entre la tierra de relleno de las construcciones de la fase La Calera y los que se
extrajeron de la tierra de relleno de las construcciones de la fase Limoncarro. De esta manera, se denominó
al primer grupo cerámica de la fase La Calera, y al segundo cerámica de la fase Limoncarro. En cuanto a
la cerámica de la fase La Calera se han identificado los tipos CL-Marrón Fino (Fig. 3a), CL-Marrón Inciso
(Fig. 3b), CL-Marrón Alisado, CL-Gris, LM-Negro Alisado (Fase La Calera), LM-Marrón Tosco (fase La
Calera), mientras que la de la fase La Calera se compone de nueve tipos: LM-Negro Inciso (Fig. 3c), LM-
Gris (Fig. 3d), LM-Marrón Pulido (Fig. 3e), LM-Negro Pulido (Fig. 3e), LM-Marrón Inciso (Fig. 3f),
LM-Negro Alisado, LM-Rojo Alisado, LM-Marrón Alisado y LM-Marrón Tosco. Además, la cerámica de
la fase Limoncarro se parece mucho a la cerámica del tipo Cupisnique (Alva 1986; Elera 1998).
La comparación de la cerámica de ambas fases permite afirmar que, tanto en la primera como en la se-
gunda, se utilizaron los mismos tipos de cerámica, es decir, ollas sin cuello de tipo Marrón Tosco y cuencos
de tipo Negro Alisado, lo que supone que las técnicas de producción alfarera fueron heredadas a lo largo
de estas dos etapas. Sin embargo, con la llegada de la fase Limoncarro se incrementó la variedad de formas.
Así, junto a las ollas sin cuello de tipo Marrón Tosco se produjeron ollas con cuello corto, en tanto que la
producción de vasijas de tipo Negro Alisado no se limitó a cuencos, sino que también se fabricaron jarras
y ollas sin cuello. En el caso de los cuencos, hubo un gran incremento en la diversidad de las formas de
los bordes de la cerámica: mientras que en la fase La Calera los bordes eran biselados hacia afuera, durante
la fase Limoncarro se agregaron bordes planos y biselados al interior. Asimismo, con la llegada de la fase
Limoncarro aparecieron nuevas expresiones iconográficas, entre las que destacan las representaciones de
animales, en especial felinos y aves de rapiña.

2.2. Fechados

Dado que el carbón obtenido del Templete de Limoncarro se extrajo de los rellenos de las principales
construcciones, no es posible asegurar que se trate de un material de buena calidad; lo que sí se puede
afirmar del carbón recogido directamente de un fogón o de la superficie de un piso. Durante el proceso de
remoción de tierra en las actividades de construcción, los rellenos que contenían carbón de las fases más
antiguas fueron utilizados en las construcciones de fases posteriores, lo que significa que el valor medido
que arroja el carbón recogido de la tierra de relleno no necesariamente indica el fechado de las estructuras
que lo contienen. Es por eso que, de usarse el carbón extraído de los rellenos para determinar la antigüedad
de las estructuras a partir del análisis de la mayor cantidad posible de muestras y su comparación con los
datos estratigráficos, sería necesario eliminar las dataciones radiocarbónicas que no reflejen el fechado de
las construcciones.
Al realizar la datación de las 24 muestras de carbón halladas en el complejo de Limoncarro (Tabla 1) fue
posible separar dos grupos: uno fue fechado en alrededor de 3100-2600 a.p. (hacia 1000 a.C.), mientras
que el otro indicó una antigüedad de 3800-3700 a.p. (alrededor de 2000 a.C.). Para dar mayor precisión a
la medición se utilizó el programa OxCal 4.1, que permite calibrar fechados radiocarbónicos. Al comparar
el valor de las muestras de carbón con los datos de la escala estratigráfica se descubrió que el relleno de las
construcciones de la fase La Calera contenía carbón de ambos grupos. Similar situación se presentó en el
relleno de la fase Limoncarro. En ambos casos, los materiales carbónicos con los que se realizó la datación

ISSN 1029-2004
174 MASATO SAKAI Y JUAN JOSÉ MARTÍNEZ

Fig. 2. Panorámica y plano del Templete de Limoncarro (foto y elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Templete de
Limoncarro).

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Fig. 3a. Cerámica de la fase La Calera. Tipo CL-Marrón Fino (1 y 2) (fotos y elaboración de los dibujos: Proyecto Arqueológico
Templete de Limoncarro).

habían sido extraídos del relleno ubicado debajo del piso, por lo que no era posible que se hubieran mez-
clado con los de una época más reciente, aunque es probable que pudieran haberse mezclado con los de
una época más antigua. En otras palabras, el carbón contenido en la tierra que sepultó los restos de la fase
La Calera podría corresponder a la fase La Calera o a otra anterior a ella, pero, sin duda, no pertenecía a
la fase Limoncarro.
Del primer grupo de carbón, aquel obtenido en el relleno de la fase La Calera, se obtuvieron fechados
radiocarbónicos un poco más antiguos que lo que indicaron las muestras del relleno de la fase Limoncarro
(Tabla 1). Es así que se puede considerar posible que las muestras de carbón del primer grupo reflejen los
fechados de las construcciones de la fase La Calera. De acuerdo con esta medición, la fase Limoncarro se
situaría entre 1000 y 800 a.C., mientras que la fase La Calera correspondería al intervalo 1100 a.C.-1000
a.C. Dado que estos valores coinciden con el Periodo Formativo Medio, resulta coherente afirmar que la
cerámica de la fase Limoncarro pertenece a dicho periodo. En cuanto al segundo grupo, este no establece
diferencias entre las fases La Calera y Limoncarro, por lo que se concluye que no refleja los fechados de las
construcciones. Sus resultados se concentran hacia, aproximadamente, a 2000 a.C., lo que parece indicar
que se trata de un elemento anterior al funcionamiento del templete, probablemente producto de un in-
cendio en los cerros o de algún otro fenómeno.

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Fig. 3b. Cerámica de la fase La Calera. Tipo CL-Marrón Inciso (elaboración de los dibujos: Proyecto Arqueológico Templete
de Limoncarro).

3. La arquitectura del Templete de Limoncarro

a) La fase La Calera: el trabajo de determinación de las construcciones de la fase La Calera enfrentó


ciertas dificultades, ya que sobre sus restos se habían construido las plataformas y la plaza hundida de la
fase Limoncarro. La edificación de la plaza había implicado la destrucción de las estructuras de la fase La
Calera. Tras una delicada limpieza de la zona, la cuidadosa observación de los rasgos al interior de los pozos
de huaqueo y la inspección detallada del interior de las plataformas se pudo identificar los pisos y muros
de dicha primera fase. El piso fue hallado debajo de la Plataforma Central de la fase Limoncarro. Aunque
solo se desenterró una superficie de 5 metros de largo se pudo estimar que durante el tiempo en que estuvo

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EXCAVACIONES EN EL TEMPLETE DE LIMONCARRO... 177

Fig. 3c. Cerámica de la fase Limoncarro. Tipo LM-Negro Inciso (4 y 5) (fotos y elaboración de los dibujos: Proyecto Arqueológico
Templete de Limoncarro).

vigente debió extenderse por al menos 10 metros de largo; incluso se hallaron tramos de este piso alrede-
dor de la Plataforma Central. De otro lado, durante la limpieza de los pozos de huaqueo existentes en la
Plataforma Sur se halló un muro de dos caras, de 1,75 metros de ancho, perteneciente también a la fase
La Calera y que había sido reutilizado como parte de los cimientos de piedra de la plataforma de la fase
subsiguiente.

b) La fase Limoncarro: a comienzos de esta etapa se construyeron la plaza hundida y las tres plataformas, las
que fueron remodeladas con frecuencia. La obra pública de mayor magnitud debió consistir en el relleno
de la plaza hundida para volver a convertirla en un espacio plano. A partir de esta remodelación se puede
dividir la actividad constructiva de la fase Limoncarro en dos subfases: la primera, constituida por la etapa
en que funcionaba la plaza hundida, y la siguiente caracterizada por el funcionamiento y vigencia de la
plaza llana.

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Fig. 3d. Cerámica de la fase Limoncarro. Tipo LM-Gris (foto y elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Templete de
Limoncarro).

3.1. La Plaza Central

La Plaza Central está rodeada por tres estructuras arquitectónicas: la Plataforma Central, al oeste; la
Plataforma Sur y la Plataforma Norte. La plaza fue construida en dos etapas; durante la primera se edificó
la plaza hundida, un espacio de 34,60 metros por lado, 0,40 metros de profundidad y muros de piedra.
Se hicieron reparaciones posteriores, mientras que el muro norte fue modificado, para lo que se aplicaron
adobes cónicos. Antes de los arreglos, la esquina noreste de la plaza se componía de dos ángulos, lo que se
modificó para dar a la plaza su forma cuadrada. En la segunda etapa, la plaza hundida fue rellenada y sobre
ella se creó una plaza llana de 46,40 metros de Norte a Sur.

3.2. La Plataforma Central

La Plataforma Central consta de una planta cuadrangular y esquinas redondeadas, mide 35 metros de
Norte a Sur, 30 metros de Este a Oeste y de 3,50 a 4 metros de altura. En el lado este de la plataforma, el
que da hacia la Plaza Central, se encuentra el frontis principal, constituido por el muro de piedra de una
terraza de forma escalonada. En el centro de ese lado de la terraza se encuentra una escalera de más de 15

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EXCAVACIONES EN EL TEMPLETE DE LIMONCARRO... 179

Fig. 3e. Cerámica de la fase Limoncarro. Tipo LM-Marrón Pulido (7) y Negro Pulido (8) (fotos y elaboración de los dibujos:
Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

escalones y 15 metros de ancho. Las paredes exteriores en los lados norte y sur están formadas por muros
de contención. Sobre la parte superior de la Plataforma Central se extiende el piso, cuyo recubrimiento fue
parte de la reconstrucción de la escalera central y las demás estructuras. Es verificable la existencia de cuatro
etapas en el proceso de construcción; en la primera se optó por la piedra, mientras que en las tres siguientes
se prefirió el adobe cónico, sobre todo para las estructuras edificadas sobre las plataformas.

a) Limoncarro Temprano 1: sobre el piso de la plataforma (piso 4) se trazaron, al menos, dos dibujos linea-
les en intervalos de unos 5 metros (Figs. 4, 5). Fueron distribuidos sobre la parte noreste de la Plataforma
Central y alineados desde el muro exterior en el lado este a lo largo de 8 metros. Ambos dibujos se
componen de rectángulos de 50 centímetros de Norte a Sur por 80 centímetros de Este a Oeste, y en su

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Fig. 3f. Cerámica de la fase Limoncarro. Tipo LM-Marrón Inciso (fotos y elaboración de los dibujos: Proyecto Arqueológico
Templete de Limoncarro).

interior se dibujaron dos líneas paralelas. En la parte sureste de la Plataforma Central, sobre este mismo
piso, se construyó un muro de dos caras. Como se mencionó arriba, también hay una escalera que baja de
la plataforma a la plaza, pero se encuentra notablemente dañada, en especial la parte central. Al realizar la
limpieza de esta estructura se halló el esqueleto de un infante, de 42 centímetros de largo y 16 de ancho
(ATM-2), entre los cascajos del relleno interior de las escaleras. No se pudo determinar el sexo, pero estaba
con las piernas estiradas y la cabeza dirigida hacia la parte superior de las escaleras; asociado a estos restos
había un textil dañado. El sitio del hallazgo se encuentra 80 centímetros por debajo de uno de los peldaños
de la escalera (Fig. 6). Debido a que el cuerpo fue enterrado al momento de la instalación de la escalera, es
probable que haya formado parte de un ritual de construcción.

b) Limoncarro Temprano 2: en esta etapa, la superficie de la Plataforma Central fue cubierta por tierra de
relleno que elevó el piso en, al menos, 30 centímetros (Figs. 7, 11). También se reparó el muro exterior,
cuyo material en la primera etapa fue la piedra, mientras que en Limoncarro Temprano 2 se utilizó adobes
cónicos. En el lado sur de la plataforma se enterró el muro de piedra y, en su reemplazo, se levantó, frente
a la fachada, un muro de adobes cónicos. En el extremo opuesto (la cara norte), solo se acumularon adobes
cónicos encima del muro de piedra; algo similar ocurrió en la cara este, donde solo se incrementó la altura
del muro de piedra tradicional, aunque aquí, además del recubrimiento del piso, se aumentó un peldaño
a la escalera central, con lo que su número total de pasos pasó a ser de 16. Sobre el piso recubierto (piso
3) de la plataforma se construyeron cuatro muros de baja altura con ambas caras enlucidas y un pequeño

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Tabla 1. Tabla de fechados radiocarbónicos del Templete de Limoncarro (elaboración de la tabla: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro). EXCAVACIONES EN EL TEMPLETE DE LIMONCARRO...

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Fig. 4. Reconstrucción hipotética del Templete. Limoncarro Temprano 1 (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico
Templete de Limoncarro).

cuarto (Cuarto N-E) de planta cuadra de 6 metros por lado. Este cuarto no era independiente, sino que
formaba parte de una estructura mayor que continuaba en el lado oeste; es probable que representara el ojo
de un animal y que toda la estructura estuviera reproduciendo su rostro (Fig. 11). Sin embargo, todavía no
se dispone de datos que confirmen esta hipótesis. Durante esta etapa se anexó un muro en forma de «L»,
construido con adobes cónicos, en la esquina sureste de esta estructura. Se presume que esta parte de la
estructura funcionó hasta la última fase de la Plataforma Central.

c) Limoncarro Temprano 3: debido al recubrimiento de la superficie de la plataforma, el piso 2 experi-


mentó una elevación durante esta época, con lo que el muro exterior se hizo un poco más alto y los pelda-
ños de la escalera central aumentaron a 17 (Fig. 8). Sin embargo, debido al derrumbe del decimoséptimo
escalón, esta hipótesis no ha podido ser confirmada con las excavaciones. Lo que sí se ha corroborado es
que el piso interior del Cuarto N-E fue enterrado y en su lugar se construyó una plataforma pequeña
(Plataforma N-E). Esta plataforma tampoco era una estructura independiente, sino que uno de sus muros
se proyectaba hacia el lado oeste.

d) Limoncarro Tardío: en esta subfase, la superficie del piso sobre la plataforma fue nuevamente recubierta,
y debajo del nuevo piso (piso 1) el espacio fue cubierto por completo con adobes cónicos (Figs. 9, 10).
El muro exterior se hizo un poco más alto, por lo que es probable que se incrementara un peldaño a la
escalera, con lo que se hubiera alcanzado los 18 pasos, pero esto no se ha podido verificar por medio de las
excavaciones. En esta subfase se enterró la Plataforma N-E de Limoncarro Temprano 3 y se construyó una
nueva (Plataforma Chica), de 7 metros de Norte a Sur por 18 metros de Este a Oeste.

Durante los trabajos se encontraron varios pozos de huaqueo, relativamente grandes, distribuidos en
las zonas central y este de la Plataforma Central. Al limpiar el pozo de la parte central de la plataforma se
hallaron los restos de un infante de alrededor de cuatro años, de sexo no identificado y en posición flexio-
nada (ATM-1). Su cabeza estaba orientada hacia el Norte y no tenía ofrendas funerarias. Otros tres hoyos
clandestinos, alineados de Norte a Sur, fueron hallados en la parte este de la plataforma; se les denominó
Pozo Grande 1 (6 metros de Este a Oeste, 3,30 metros de Norte a Sur y 1,68 metros de profundidad), Pozo

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EXCAVACIONES EN EL TEMPLETE DE LIMONCARRO... 183

Fig. 5. Plano general del Templete de Limoncarro. Limoncarro Temprano 1 (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico
Templete de Limoncarro).

Grande 2 (5,40 metros de Este a Oeste, 3,20 metros de Norte a Sur y 1,20 metros de profundidad) y Pozo
Grande 3 (8 metros de Este a Oeste, 5 metros de Norte a Sur y más de 1,20 metros de profundidad).
Al realizar la limpieza del Pozo Grande 3 se comprobó que en el lugar existió una fosa previa, aunque
su área original no estaba por completo alineada con la del hoyo moderno. Durante el análisis de la anti-
gua excavación se observó que se había horadado los pisos 3 y 4 de la Plataforma Central, y que el piso 1
estaba por encima de la fosa. Debido a que la parte superior de la fosa fue destruida por los saqueadores,
no se pudo determinar cuál era la entrada, aunque es posible que comenzara en el piso 2. Es decir, esta fosa
parece haber sido excavada como parte de la renovación del templo de Limoncarro y no constituye una
alteración moderna. Gracias a la observación de las secciones transversales en la tierra que cubría el área, se
verificó que esta fosa fue removida en más de dos ocasiones. Además, entre la tierra del pozo se encontraron
accesorios hechos de conchas, así como algunos pocos huesos humanos. Cabe señalar que los pozos gran-
des 1 y 2, así como la fosa del Pozo Grande 3, tenían forma ovalada y eran un poco más profundos en la
parte este, lo que lleva a suponer que se trataba de tumbas con forma de bota, debido a que la experiencia
indicaba que, si se trata de una tumba con esa forma, la planta resultante en la parte superior de la abertura
es ovalada. Asimismo, se presume que en la sección más profunda había un recinto con entierros.

3.3. La Plataforma Sur

La Plataforma Sur tenía forma rectangular y sus dimensiones eran de 33 metros de Este a Oeste, 12 metros
de Norte a Sur y entre 1 y 2 metros de altura. Solo el muro exterior de la Plataforma Central, que daba a la

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Fig. 6. Ubicación de la tumba ATM-2 en la Plataforma Central. Limoncarro Temprano 1 (elaboración del dibujo: Proyecto
Arqueológico Templete de Limoncarro).

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EXCAVACIONES EN EL TEMPLETE DE LIMONCARRO... 185

Fig. 7. Reconstrucción hipotética del Templete de Limoncarro. Limoncarro Temprano 2 (elaboración del dibujo: Proyecto
Arqueológico Templete de Limoncarro).

Fig. 8. Reconstrucción hipotética del Templete de Limoncarro. Limoncarro Temprano 3 (elaboración del dibujo: Proyecto
Arqueológico Templete de Limoncarro).

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Fig. 9. Reconstrucción hipotética del Templete de Limoncarro. Limoncarro Tardío (elaboración del dibujo: Proyecto
Arqueológico Templete de Limoncarro).

Fig. 10. Plano general del Templete de Limoncarro. Limoncarro Tardío (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico
Templete de Limoncarro).

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EXCAVACIONES EN EL TEMPLETE DE LIMONCARRO... 187

plaza, incluía dos gradas; los demás formaban parte del muro de contención. La estructura de ese muro se
puede observar desde la Plataforma Sur: las paredes exteriores de los lados sur, este y oeste están formadas
por una sola grada y solo el ala norte, la que da a la Plaza Central, está constituida por un muro de piedra
de dos gradas.
En la parte central de la cara norte de la Plataforma Sur se instaló una escalera. Debido a la concentra-
ción de pozos de huaqueo en esta zona, los daños resultan evidentes; sin embargo, de lo que ha quedado
de la estructura, se calcula que tenía 9,50 metros de ancho. La estructura superior de la Plataforma Sur fue
remodelada junto con el recubrimiento del piso, lo que supuso la superposición de construcciones corres-
pondientes a cuatro etapas distintas. En la primera, el material utilizado fue la piedra, en tanto que a partir
de la segunda etapa se empleó el adobe cónico.

a) Limoncarro Temprano 1: a esta etapa corresponde una plataforma baja de alrededor de 1 metro de
altura. Aunque en la cara norte se había levantado un muro de dos gradas, no se construyó una escalera
(Figs. 4, 5).

b) Limoncarro Temprano 2: en la cara norte de la plataforma se reutilizó el muro de dos gradas construido
en la etapa anterior, aunque se reparó la parte central para permitirle alojar una escalera de 9,50 metros de
ancho (Figs. 7, 12) y tres peldaños. Como peldaño inferior, de unos 30 centímetros de altura, se empleó la
grada baja del propio muro de piedra; se insertó un segundo peldaño de adobes cónicos y la grada superior
original del muro de piedra de Limoncarro Temprano 1 se convirtió en el tercer peldaño.
Dado que la cara norte de la plataforma está muy afectada por las excavaciones clandestinas, ambos
muros laterales de la escalera también están en mal estado. El más dañado es el muro oeste, del que solo
queda una superficie de 55 centímetros de profundidad y 40 centímetros de altura. Por otro lado, en la cara
este de muro lateral de la escalera se comprobó la presencia de un dibujo lineal (Figs. 14, 20). Este dibujo
se parece mucho a los que fueron hallados en las denominadas Unidades de Relieve con forma de caja.
Las Unidades de Relieve se ubican sobre la terraza inferior y de espaldas al muro de la terraza superior
de la plataforma (Figs. 12, 13, 14). En la construcción de estas estructuras se adoptó el adobe cónico y se
cubrieron sus superficies con arcilla gris. A partir de los fragmentos de la capa de enlucido encontrados en
las inmediaciones, se cree que debió haberse aplicado una capa final de color blanco. Debido a su marcado
deterioro, en especial a causa de los saqueadores, no se puede arriesgar conclusiones acerca de sus caracterís-
ticas. Solo es posible asumir que si las Unidades de Relieve se distribuían simétricamente hacia la derecha e
izquierda pudieron haber sido seis en total, tres hacia el este de la escalera y las tres restantes hacia el oeste.
La primera y la cuarta, partiendo del este, desaparecieron por completo debido al saqueo a lo largo del
tiempo, en tanto que de la sexta solo quedan fragmentos del muro lateral. En el lugar en el que original-
mente debieron hallarse estas estructuras hoy solo se encuentran grandes hoyos. Respecto de las Unidades
de Relieve 2, 3 y 5 se ha verificado la presencia de relieves y dibujos lineales (Fig. 14). En sus superficies
frontales se trazó relieves con la representación del labio de un felino (Figs. 15, 18, 21). Se postula que estas
efigies contenían las mismas representaciones que los tres relieves descubiertos en el complejo de Caballo
Muerto en 1968 (Pozorski 1976: 214).
La Unidad de Relieve 2 está dañada en la esquina este de la fachada principal y en la parte superior.
Se presume, de acuerdo con lo que queda de la efigie, que esta unidad tenía 1,35 metros de ancho, 75
centímetros de profundidad y alrededor de 95 centímetros de altura. Del relieve de la fachada principal
solo queda el extremo oeste de los labios; la superficie del lado este ha desaparecido por completo (Fig. 15).
Sin embargo, en el lado oeste de la fachada se confirmó la presencia del motivo Felino-Araña, en el que la
cabeza pertenece a un felino y las patas son de una araña (Fig. 16). Esta imagen se ha expresado mediante
líneas grabadas y bajorrelieves de poca profundidad.
La sección central de la Unidad de Relieve 3 fue extraída en excavaciones clandestinas, por lo que del
diseño solo queda un extremo de los labios y los dientes (Fig. 18). La parte superior de la estructura tam-
bién fue destruida, por lo que ha quedado de una altura de solo 76 centímetros. En cuanto a su ancho, de
1,35 metros, y fondo, de 75 centímetros, es similar a la Unidad de Relieve que se encuentra al lado este.
En la parte superior de la esquina noroeste de esta unidad hay una protuberancia de forma ovalada, que
debido al daño que presenta no puede ser interpretada. También en el extremo noreste, hay rastros de un

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Fig. 11. Plataforma Central. Limoncarro Temprano 2. a. Plano; b. Reconstrucción hipotética (elaboración de los dibujos:
Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

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Fig. 12. Plataforma Sur. Limoncarro Temprano 2. a. Plano; b. Reconstrucción hipotética (elaboración de los dibujos: Proyecto
Arqueológico Templete de Limoncarro).

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Fig. 13. Plataforma Sur y Unidad de Relieve 5 (foto: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

elemento decorativo desprendido, por lo que es posible que existiese allí una protuberancia similar. Se ha
comprobado la presencia de diseños en las caras este y oeste de esta unidad. En la superficie del lado este se
dibujó el motivo del felino-araña (Fig. 17) que, aunque tiene diferencias en los detalles, se parece mucho a
la imagen trazada en la Unidad de Relieve 2 (Fig. 16). En cuanto a la cara del lado oeste, se ha perdido una
gran sección de la parte superior, sin embargo, lo que se puede inferir a partir de lo que queda es que, quizá,
se había plasmado la misma imagen (Fig. 19). Los diseños de la cara este y oeste de la Unidad de Relieve 3
son simétricos contrapuestos. Además, los diseños de la superficie del lado este de la Unidad de Relieve 3
también están en relación simétrica opuesta con la superficie del lado oeste de la Unidad de Relieve 2.
Hacia el oeste de la Unidad de Relieve 3 hay un muro adyacente a la escalera central, el que muestra, en
su cara este, una representación iconográfica, no muy bien conservada, pero que parece tratarse del mismo
motivo del Felino-Araña (Fig. 20). Si se compara esta imagen con la que hay en la superficie del lado oeste
de la Unidad de Relieve 3, se advertirá que guardan el mismo tipo de simetría mencionado antes. En resu-
men, en las Unidades de Relieve de la parte este de la Plataforma Sur, se repite de manera reiterada el mo-
tivo del Felino-Araña en simetría contrapuesta. Este mismo diseño está en el muro lateral de la escalera.
En lo que respecta a la parte oeste de la Plataforma Sur, no se logró identificar si hubo una correlación
similar de diseños o si fueron del mismo tipo que los del lado este, ya que las excavaciones clandestinas
habían devastado las Unidades de Relieve. Solo ha quedado una estructura, la quinta, con vestigios apenas
visibles de lo que pudo haber sido trazado en su superficie. Las otras dos fueron inutilizadas: la de su lado
este desapareció, mientras que de la de su lado oeste solo han quedado pedazos del muro lateral.
La Unidad de Relieve 5 era del mismo tamaño que la de la parte este de la Plataforma Sur: tenía 1,35
metros de ancho y 75 centímetros de profundidad. Algunas secciones se han derrumbado, pero aún man-
tiene una altura de 50 centímetros. Es probable que en la cara frontal se trazaran los labios de un felino
aunque actualmente solo queda el extremo oeste de la boca (Fig. 21). Se puede observar que la decoración
en bajorrelieve es poco profunda. Alrededor de dos círculos hay adornos con forma de lengüeta; se con-
firmó la presencia de por lo menos cuatro de ellas. Esta decoración también existió en el extremo este de

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EXCAVACIONES EN EL TEMPLETE DE LIMONCARRO... 191

Fig. 14. Reconstrucción hipotética de las Unidades de Relieve y la escalera de la Plataforma Sur (elaboración del cuadro y los
dibujos: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

la boca, tal como indican las fotos tomadas en 1968 (Barreto 1984: 546). Además, en la parte superior del
extremo noreste de la Unidad de Relieve 5 quedan restos de algún elemento que se ha descascarado. Restos
como este también se encontraron en la Unidad de Relieve 3, lo que permite suponer que, originalmente,
había allí una protuberancia. En cuanto a los dibujos lineales trazados en la cara este de la Unidad de
Relieve 5, reportados por el equipo de investigación alemán (Barreto 1984: 546), se comprobó que habían
sido devastados en su totalidad por las excavaciones clandestinas. Al analizar las ilustraciones publicadas en
la década de los ochenta no resulta evidente la intención del diseño, aunque parece ser parte de un rostro.
De otra parte, la superficie del lado oeste no ha sido investigada hasta el momento, y tampoco ha su-
frido daños significativos como consecuencia de las excavaciones clandestinas. Al excavar en esta zona se
hallaron trazos lineales que combinan los perfiles de dos animales (Fig. 22). De estos diseños zoomorfos
trazados con líneas grabadas, uno representa a un ave de rapiña y el otro a un animal antropomorfizado. Si
se comparan estos diseños con las imágenes del lado este, al menos en la parte que aún existe, no es posible
confirmar una simetría contrapuesta como la de las Unidades de Relieve 2 y 3.
En la parte noreste de la Plataforma Sur se construyó un muro bajo de dos caras de 30 centímetros de
altura. En el lugar donde culmina la escalera se erigió un muro de dos caras de unos 3 metros de largo y
0,45 metros de ancho. En el muro oeste de la plataforma se anexó un muro de dos caras de alrededor de

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Fig. 15. Unidad de Relieve 2. Cara frontal (elaboración del dibujo y foto: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

Fig. 16. Unidad de Relieve 2. Cara oeste (elaboración del dibujo y foto: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

1 metro de ancho, muy similar al muro de adobe en forma de «L» de la Plataforma Central y al muro de
adobe de 60 metros de longitud de la Plataforma Norte.

c) Limoncarro Temprano 3: el muro de piedra de dos gradas que se encontraba en la cara norte de la
Plataforma Sur fue remodelado para que presentara una sola grada. Al momento de la reconstrucción, se
apilaron piedras sobre la grada inferior. Como resultado, todas las Unidades de Relieve que estaban sobre
el muro de la grada inferior quedaron totalmente cubiertas.

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EXCAVACIONES EN EL TEMPLETE DE LIMONCARRO... 193

Fig. 17. Unidad de Relieve 3. Cara este (elaboración del dibujo y foto: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

Fig. 18. Unidad de Relieve 3. Cara frontal (elaboración del dibujo y foto: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

d) Limoncarro Tardío: el piso superior de la plataforma se elevó cerca de 70 centímetros, y es probable


que los peldaños de la escalera aumentaran a cinco. Dado que la cara norte de la plataforma se derrumbó
por completo debido al saqueo, no se pudo verificar la presencia del muro lateral adyacente a la escalera
ni se pudo determinar la forma de esta. Si se considera la distribución de las construcciones que subsisten
y el área revelada por la capa de cascajos utilizados en el relleno, se presume que el cuarto peldaño debió
haber sido formado a partir de la modificación del muro de dos caras de 3 metros mencionado arriba, y
que el quinto peldaño fue destruido con el derrumbe de la parte superior de la plataforma.

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Fig. 19. Unidad de Relieve 3. Cara oeste (elaboración del dibujo y foto: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

Fig. 20. Muro adyacente a la escalera. Cara este (foto: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

En esta etapa se agregó un peldaño conformado por mandíbulas de araña escultóricas y hechas en barro
en la última grada inferior de la escalera (Figs. 23-26). Este diseño no solo se ha representado en un vaso
de piedra hallado en el sitio de El Guayabo, valle bajo del Jequetepeque, sino que también se ha encon-
trado en vasos y platos de piedra descubiertos en regiones cercanas a esa cuenca en la costa norte del Perú
(Salazar-Burger y Burger 1982). Se ha sugerido que la presencia del peldaño escultórico formaba parte de
un diseño completo representado sobre la integridad de la Plataforma Sur. De ser así, es probable que la
integridad del edificio reprodujera el rostro de dicho animal.
Sobre la plataforma, tanto al lado derecho como izquierdo de la escalera, se encontraron pequeños mu-
ros de planta recta y ondulante, y recta y dos pequeñas estructuras cuadrangulares colindantes (Fig. 24). Si

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EXCAVACIONES EN EL TEMPLETE DE LIMONCARRO... 195

Fig. 21. Unidad de Relieve 5. Cara frontal (foto: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

Fig. 22. Unidad de Relieve 5. Cara oeste (foto: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

se mantiene la hipótesis de que la totalidad de la plataforma representaba el rostro de un animal, es posible


que las estructuras cuadrangulares conformaran los ojos y los muros en zigzag, las cejas. Además, si se suma
este diseño al de las mandíbulas que aparecen en la escalera, se perfilaría la figura de un animal que abre la
boca en dirección a la plaza. A pesar de que el diseño de las mandíbulas, característico en las representacio-
nes de arañas, alude a rasgos zoomorfos, los ojos y las cejas insinúan características humanas, con lo que
resulta la simbolización de una araña antropomorfizada.

3.4. La Plataforma Norte

La Plataforma Norte consta de una estructura de planta cuadrangular de 12 metros de Norte a Sur, 34 me-
tros de Este a Oeste y 2 metros de altura (Fig. 27), construida con adobes cónicos. Las caras exteriores de
las plataformas Central y Sur, que colindan con la Plaza Central, están compuestas por muros de piedra de

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Fig. 23. Plano de la Plataforma Sur. Limoncarro Tardío (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Templete de
Limoncarro).

dos gradas, mientras que las caras exteriores de la Plataforma Norte consisten en muros de adobes cónicos
de una sola grada. En el centro de estos muros se instaló una escalera de 9,50 metros de ancho, que daba
acceso a la plaza hundida y a la plaza llana.
Al inicio, las investigaciones se concentraron en la cara sur de la plataforma, lo que no permitía com-
probar las superposiciones en la construcción. Para determinar si existieron o no dichas superposiciones, se
excavó una parte de la cara superior de la plataforma, lo que dejó al descubierto la presencia de tres pisos
superiores. El primero y el segundo, partiendo de la superficie, se encontraban bastante destruidos, lo que
podría ser consecuencia de la ocurrencia de pasados fenómenos de El Niño u otro tipo de lluvia torrencial,
pues se observó indicios de corrientes de agua. En contraste, el tercer piso superior está bien conservado.

a) Limoncarro Temprano 1, 2 y 3: en estas etapas fue construida una plataforma de planta cuadrada inme-
diatamente encima de tierra estéril. En la superficie del piso más antiguo se hallaron pequeñas estructuras
de forma cuadrada o en «L». Estaban notablemente deterioradas, mas, al unir lo que quedaba de las estruc-
turas, se reparó en que, en planta, tenían la forma de ojos con cejas. Dado que la parte de la boca estaría
representada por la escalera central, se confirmó que, en la Plataforma Norte, también se había trazado el
rostro de un animal antropomorfo (Fig. 27).
El contorno de este rostro se delineó por medio de las caras exteriores de la plataforma. De estas, solo
la del lado norte presentaba una cavidad en la parte central, en tanto que las de los extremos tenían partes
salientes, por lo que corresponderían a las orejas del animal reproducido. Además, existe un muro de dos
caras, de alrededor de 60 metros de longitud y 1 metro de ancho, unido a la Plataforma Norte que tiene
forma recta y ondulante, y que podría interpretarse como la cola torcida de un felino (cf. Fig. 4). Aunque

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EXCAVACIONES EN EL TEMPLETE DE LIMONCARRO... 197

Fig. 24. Reconstrucción hipotética de la Plataforma Sur. Limoncarro Tardío (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico
Templete de Limoncarro).

se omitió la parte del tronco, están detalladas las partes que constituyen los rasgos distintivos del cuerpo.
En ese sentido se parece mucho a un geoglifo del Periodo Formativo ubicado en el valle medio de Zaña
(Alva y Meneses de Alva 1982). También se pudo determinar que la estructura que representa al felino
antropomorfo y a la araña antropomorfa no son contemporáneas, sino que la primera se erigió en la etapa
inicial de la Plataforma Norte —la primera de la fase Limoncarro— y la segunda fue hecha durante la
etapa final de la Plataforma Sur.

b) Limoncarro Tardío: en esta etapa se confirma la existencia de dos pisos sobre la plataforma, pero no se
erigieron estructuras sobre ellos. Su deterioro es evidente y es posible que se deba a la ocurrencia de lluvias
torrenciales, puesto que en las inmediaciones se pueden observar vestigios del paso de corrientes de agua.

4. Reflexiones finales

En el Templete de Limoncarro hubo dos fases de construcción. A la primera se le ha denominado La


Calera, mientras que a la segunda Limoncarro. Las estructuras de la fase La Calera son muy escasas, y solo

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Fig. 25. Limoncarro. Representación de mandíbulas de araña (foto: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

Fig. 26. Representación de la araña. A la izquierda, detalle de la mandíbula (Museo de Arte Precolombino, Cuzco; foto:
Masato Sakai).

consisten de unos pisos y un muro de dos caras. Por otro lado, al llegar la fase Limoncarro, se construyó la
plaza hundida y tres plataformas, las que fueron objeto de reparaciones frecuentes. En la fase La Calera se
construyeron las estructuras con piedra y, luego, en la fase Limoncarro, se erigieron con piedras y, también,
adobes cónicos. Algunas de las construcciones hechas con adobes cónicos representan rostros de animales
(Fig. 28). En cuanto a la cerámica, las representaciones zoomorfas son destacadas en la fase Limoncarro, y
se parecen mucho a las de la cerámica de estilo Cupisnique.
Aunque la Plataforma Central se construyó solo con piedras en la etapa inicial de la fase Limoncarro
Temprano, entre las modificaciones posteriores se incluyó el cambio de la materia prima con el empleo de
adobes cónicos. Esta tendencia se observó también en la Plataforma Sur. No obstante, en la Plataforma
Norte se optó por el uso de los adobes cónicos. En ese sentido, solo la Plataforma Norte difiere en el uso del
material, aunque se pudo determinar que las tres plataformas fueron erigidas en la misma etapa que la plaza
hundida. ¿Por qué se utilizaron dos tipos de materia prima para erigir las tres estructuras cuando pudo
haber sido más provechoso emplear solo uno? Es posible que las plataformas Central y Sur se construyeran
mediante el reciclaje de los materiales de las estructuras de la fase La Calera, en tanto que la Plataforma
Norte requiriera de material nuevo —los adobes cónicos—, que no había existido en otra estructura ante-
riormente. En el Templete de Limoncarro las figuras zoomorfas se presentan desde que empieza a utilizarse
el adobe. La aparición de esta iconografía en este sitio sugiere que este fue el momento de transformación

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EXCAVACIONES EN EL TEMPLETE DE LIMONCARRO... 199

Fig. 27. Plataforma Norte. a. Plano; b. Vista de la cima; c. Reconstrucción hipotética del edificio. Limoncarro Temprano 1,
2 y 3 (elaboración de los dibujos y foto: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

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Fig. 28. Representaciones halladas en las plataformas y materiales de las construcciones (i: Unidades de Relieve con represen-
tación zoomorfa (elaboración del cuadro: Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro).

en la conceptualización de los seres humanos y los animales, algo que debía reflejarse, efectivamente, en la
construcción y el empleo de nuevos recursos.

Agradecimientos

El trabajo de campo sobre el que se basa este artículo fue financiado por subvenciones de la Japan Society
for the Promotion of Science y la Misión Arqueológica de la Saitama University, dirigida por Yasutake
Kato. El Proyecto Arqueológico Templete de Limoncarro forma parte de los proyectos de esta misión
arqueológica. Los permisos de investigación y excavación fueron autorizados por el Instituto Nacional de
Cultura del Perú. Expresamos nuestros agradecimientos a diversas personas e instituciones que apoyaron y
participaron en este proyecto, entre ellos, los profesores Yoshio Onuki, Yasutake Kato, Kinya Inokuchi, Yuji
Seki y Kazuhiro Uzawa, así como Regina Abraham, Javier Alemán, Jesús Briceño, Karen Chinen, Patricia
Chirinos, Manuel Curo, César Gálvez, Ken Hirota, Ryoji Izuta, Lise Mész, Yasuharu Mine, Gentaro
Miyano, Úrsula Muñoz, Ceyra Pasapera, Miguel Pazos, Koichiro Shibata, Sawako Tokue, Eisei Tsurumi
y Kunio Yoshida, el Instituto Nacional de Cultura de La Libertad, el Museo Nacional de Arqueología y
Etnología Heinrich Brüning de Lambayeque, así como las autoridades de Guadalupe y Tamarindo.

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EXCAVACIONES EN EL TEMPLETE DE LIMONCARRO... 201

REFERENCIAS
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LA ICONOGRAFÍA
BOLETÍN DE ARQUEOLOGÍA PUCP / N.° 12EN LOS 203-218
/ 2008, OBJETOS DEL 1029-2004
/ ISSN SITIO DE KUNTUR WASI 203

La iconografía en los objetos del sitio de Kuntur Wasi

Yoshio Onuki a

Resumen

Los materiales asociados a los templos y tumbas del sitio de Kuntur Wasi, Cajamarca, contienen representaciones iconográficas que
conviene analizar para entender mejor la cosmología que daba fundamento a las actividades ceremoniales en el templo y a las de
la vida cotidiana del pueblo. El presente trabajo es un avance en tal sentido, pues resume las características de las representaciones
figurativas en los monolitos y la pintura mural. El análisis revela que el templo de Kuntur Wasi encierra elementos que permiten
descifrar el significado del mito y del culto al agua, así como del papel importante que tenía el reptil acuático —en forma de
caimán, cocodrilo o anaconda— para este grupo social.

Palabras clave: Kuntur Wasi, Periodo Formativo, escultura lítica, iconografía, caimán, cocodrilo, anaconda

Abstract

THE ICONOGRAPHY ON OBJECTS FROM THE KUNTUR WASI SITE

The archaeological materials associated with the Kuntur Wasi Temple in Cajamarca reveal rich iconographic representations.
They are important for revealing the cosmology that gave meaning to the ceremonial activities of the temple, as well as the daily
life of the people. This article presents a brief description of the characteristics of the stone sculpture and mural paintings found at
Kuntur Wasi. It ascribes a meaning related to the myth and ritual of water and to the important role played by aquatic reptiles
such as crocodiles, caimans or anacondas.

Keywords: Kuntur Wasi, Formative Period, stone sculpture, iconography, caiman, crocodile, anaconda

1. Introducción

Las excavaciones en el complejo de Kuntur Wasi, efectuadas entre 1988 y 2002, revelaron información
importante acerca del Periodo Formativo en el norte del Perú, lo que hizo posible establecer la cronología
del sitio y señalar los cambios en la arquitectura y en la tipología cerámica. Además, develaron algunas
tumbas especiales con objetos de oro y otros artefactos. Queda por realizar aún el estudio sistemático de
la cerámica, los objetos de barro, de piedra y de hueso, y las esculturas líticas conocidas como monolitos.
Dichos materiales son aptos para el estudio de la tipología y la tecnología; algunos, incluso, contienen
representaciones figurativas.
En este artículo, el autor aborda algunos significados cosmológicos mediante la observación de las
representaciones artísticas en los objetos de oro, las esculturas de piedra y los fragmentos de pintura mural,
además de poner en debate la relación entre este y otros sitios de la región, así como sugerir la idea o con-
cepto que pudo haber dado origen a los templos del Periodo Formativo. La argumentación del autor no se
limita al análisis de los objetos encontrados en la zona, sino que trata de ampliar la relación con otros tipos
de representaciones en regiones fuera del territorio de los Andes centrales. En ese sentido constituye una
primera aproximación desde una perspectiva de análisis mucho más amplia.

a
The Little World Museum of Man.
Dirección postal: 484-0005 Imai Narusawa 90-48, Inuyama City, Aichi Prefecture, Japón.
Correo electrónico: kunturonyoshi@gmail.com ISSN 1029-2004
204 YOSHIO ONUKI

2. El sitio de Kuntur Wasi

El sitio arqueológico de Kuntur Wasi se encuentra en la cima de un cerro ubicado en la cresta de la ver-
tiente occidental de los Andes, a 2300 metros sobre el nivel del mar, en la provincia de San Pablo, departa-
mento de Cajamarca (Fig. 1). Desde allí se observa el valle de Jequetepeque y el camino a lo largo del río del
mismo nombre, el que desemboca en el océano Pacífico, a unos 90 kilómetros del complejo. El ambiente
alrededor del sitio pertenece a la región yunga, según la clasificación de Javier Pulgar Vidal; allí se cultiva
maíz, yuca, frijol, palta, chirimoya y lúcuma, entre otras especies. En la zona más alta —que se extiende
desde la ciudad de San Pablo—, ya en la región quechua, se produce papa, tarwi (chocho, leguminosa
propia de los Andes), trigo y arveja (Fig. 2). Las excavaciones efectuadas de 1988 a 2002 establecieron que
la cronología de Kuntur Wasi consistía de las siguientes etapas: a) fase Ídolo, b) fase Kuntur Wasi, c) fase
Copa y d) fase Sotera. Por otro lado, para el sitio cercano denominado Cerro Blanco, que ocupa la misma
cresta, se determinó una cronología de tres fases: a) La Conga, b) Cerro Blanco y c) Sotera.
Estas cronologías corresponden a la establecida en el valle de Cajamarca por medio de las excavaciones
en los complejos de Huacaloma, Layzón y Kolguitín, y la comparación de sus secuencias se presentan en la
Fig. 3. La primera ocupación sedentaria con cerámica y construcciones de piedra en esta zona corresponde
a la fase Huacaloma Temprano, en el valle de Cajamarca, y a la fase La Conga, en Cerro Blanco. No hay
evidencia de ocupación contemporánea en el sitio de Kuntur Wasi. Las dos fases comparten la mayoría de
las características de la cerámica, las que también son representativas en la cerámica de Montegrande, sitio
del valle medio del Jequetepeque (Terada y Onuki 1982, 1985; Tellenbach 1986; Onuki y Kato 1995; Seki
1998). A continuación se resume la secuencia de las fases en el complejo en cuestión (Kato 1993; Onuki
y Kato 1995).
A la fase Ídolo corresponde la primera ocupación del cerro Kuntur Wasi, cuya cima fue aplanada y
preparada para la construcción de plataformas y plazas, las que fueron edificadas con piedras que no tenían
un acabado fino, pero que fueron cubiertas con un revoque y pintadas de color blanco. Una escultura de
barro, en relieve y que representaba un hombre con cara de felino, fue descubierta en asociación con un
cuarto erigido sobre una plataforma baja. Los trabajadores de la excavación lo nombraron El Ídolo.
La siguiente fase fue denominada Kuntur Wasi. En esta etapa, el cerro fue modificado en su integridad
para edificar una plataforma cuadrangular elevada de casi 12 metros de alto, con muros de contención
conformados por grandes piedras en los cuatro lados. En el centro de la fachada principal, que mira al no-
reste, se construyó una escalera de 11 metros de ancho, que conduce hasta la cima. Allí arriba se extendió
un complejo ceremonial con planta en forma de «U» que rodeaba una plaza cuadrangular hundida. Esta
plaza tiene cuatro escaleras de cuatro peldaños ubicadas al centro de cada uno de sus lados. Cuatro bloques
esculpidos o monolitos fueron colocados a manera de peldaños finales superiores. En un primer momento
fueron considerados dinteles, pero dos ejemplares, hallados in situ por la Misión Arqueológica Japonesa,
indicaron su función original. Los otros dos fueron descubiertos en 1946.
Tres plataformas elevadas rodean esta plaza hundida: la Plataforma Central, la Plataforma Este y la
Plataforma Norte. La Plataforma Central —bajo cuya superficie se encontraron tumbas especiales con ob-
jetos de oro asociados (Onuki 2008)— tiene forma rectangular, en tanto que las otras dos son cuadradas.
Estas tienen también una plaza hundida en su cima —si bien de menores dimensiones que la central— y
alrededor de ella se construyeron diversos recintos. A este conjunto de recintos con una plaza asociada se le
denominó Complejo Plataforma-Patio, y es muy parecido a una kancha, el típico complejo arquitectónico
de los incas.
Detrás del templo con planta en forma de «U» y a 2 metros de profundidad se ubica una plaza hundida
de forma circular y dos escaleras. Aunque no se ha esclarecido todavía cuántos, se sabe que hubo edificios
de tipo Complejo Plataforma-Patio alrededor de esta plaza circular. Debajo del piso de dos de estas estruc-
turas identificadas se pudieron encontrar, asimismo, tumbas especiales con objetos de oro asociados. Es
preciso mencionar que existe un sistema muy elaborado de canales subterráneos por debajo de las platafor-
mas y plazas. Los pequeños canales se conectan a conductos más grandes, los que tienen salidas o aberturas
en los muros de contención que bordean la cima del cerro. Estos conductos discurren detrás de los muros
de contención, lo que implica que la red de canales y desembocaduras debió haber sido planificada antes
del inicio de las construcciones de esta fase.

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LA ICONOGRAFÍA EN LOS OBJETOS DEL SITIO DE KUNTUR WASI 205

Fig. 1. Mapa del Perú con la distribución geográfica de Kuntur Wasi y otros sitios del Periodo Formativo (elaboración del
dibujo: Eisei Tsurumi).

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Fig. 2. Mapa con la ubicación de los sitios del Periodo Formativo en los valles de Jequetepeque y Cajamarca (elaboración del dibujo: Eisei Tsurumi).
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Fig. 3. Cuadro cronológico correspondiente al valle de Cajamarca y los sitios de Cerro Blanco y Kuntur Wasi (elaboración del
cuadro: Yoshio Onuki).

Un tercer momento lo constituye la fase Copa, durante la que se da el mismo proceso constructivo
a partir de la idea originada en la arquitectura ceremonial de la fase Kuntur Wasi, si bien con algunas
modificaciones. El templo con planta en forma de «U» se mantuvo, pero se expandió la Plaza Central, lo
que significó que los cuatro monolitos fueran reubicados en las nuevas escaleras. Con esta remodelación se
incrementó la altura de las dos plataformas que estaban en los brazos. No hay evidencia de alteración del
interior del relleno de la Plataforma Central. Tampoco se sabe con certeza si las elites de la fase Copa respe-
taban la importancia de la Plataforma Central que contenía las tumbas especiales de la fase Kuntur Wasi;
sin embargo, llamó la atención de los investigadores la presencia de dos tumbas especiales correspondientes
a la fase Copa debajo de los pisos de las dos plataformas que forman los brazos de la arquitectura con planta
en forma de «U». Aunque no se encontraron los restos óseos, se descubrieron dos hoyos algo profundos
con restos de cinabrio y una botella de asa estribo en cada uno.
Al inicio de la fase Copa, la Plaza Circular fue rellenada con tierra, cenizas y piedras, pedazos de pintura
mural, muchos fragmentos de huesos y cornamentas, así como cerámica. Estos pertenecían a la arquitec-
tura de la fase Kuntur Wasi y los objetos asociados a ella. Después de rellenar dicho espacio, los ocupantes
de la fase Copa lo convirtieron en una plaza rectangular debajo de la que se extendía un nuevo canal; estos
fueron conectados a los antiguos y, eventualmente, se reutilizaron las salidas en los muros de contención.
El final de esta fase es algo brusco. Al parecer, hubo un cambio en el papel que desempeñaba el centro
—algo que pudo deberse a un decaimiento de la autoridad implantada—, lo que acarreó la demolición del
templo con planta en forma de «U» en la última subfase; finalmente, el centro fue destruido por completo
a comienzos de la fase Sotera. Durante esta actividad destructiva, la fachada principal fue cubierta en su
integridad con piedras y tierra, es decir, los escombros de las construcciones precedentes que gozaban de
prestigio durante la fase Copa. El sitio cesó en su función ceremonial y perdió preponderancia como nú-
cleo de integración social.

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208 YOSHIO ONUKI

3. El simbolismo de los monolitos

Los monolitos hicieron famoso el sitio Kuntur Wasi desde 1946. El más grande fue descubierto por los
agricultores de la zona y la noticia fue enviada a Julio C. Tello; la Misión Japonesa lo denominó, de manera
tentativa, Monolito 1. Los arqueólogos enviados por Tello descubrieron otras tres piezas: una de ellas repre-
senta un hombre-jaguar con las costillas muy visibles y marcadas, y fue catalogado como Monolito 2 por
los arqueólogos de la Misión; las otras dos eran los bloques colocados en las escaleras de la Plaza Central del
templo. Posteriormente, como se mencionó arriba, las excavaciones de los investigadores japoneses sacaron
a la luz otros dos monolitos, los que completaron los cuatro destinados a cada una de las escaleras de esta
plaza. A estos se les asignaron los números 3, 4, 5 y 6. Asimismo, se halló una pieza que carecía de la parte
de la cabeza o rostro y se le llamó Monolito 7. Otra escultura lítica, que tiene la representación de un jaguar
sentado y recibió el nombre de Monolito 8, fue encontrada al interior de los escombros de la plaza de la
Plataforma Este; tenía la cara dañada, posiblemente por la exposición a un fuerte fuego. Otras dos piedras,
semejantes a las lajas gruesas rectangulares que llevan la representación de caras de felino y que fueron
halladas en los escombros de los edificios de la Plataforma Norte de la fase Copa, fueron denominadas mo-
nolitos 9 y 10. También se encontró una escultura de piedra, relativamente pequeña, que reproduce una
cara y cabeza humanas con colmillos de felino; la parte del cuello consiste de una protuberancia a modo de
cabeza-clava, pero en postura vertical. Se la descubrió entre los escombros de los edificios de la fase Copa y
se la llamó Monolito 11. Por último, una piedra en forma de laja, con la figura de un rostro humano con
boca redonda, fue hallada entre los escombros de la Plaza Central, en un contexto que corresponde a la fase
Copa. Esta pieza fue nombrada Monolito 12.
Es importante mencionar que todos los monolitos se encontraron al interior de los contextos de la fase
Copa o inmediatamente debajo de la capa superficial del sitio, lo que hace suponer que pertenecieron a
dicha fase. Sin embargo, el estilo y los detalles de la representación artística muestran mucha semejanza,
casi exactitud, con la correspondiente a los objetos óseos, de oro y de cerámica de la fase Kuntur Wasi; es
decir, resulta muy difícil encontrar al menos cierta similitud entre estas representaciones líticas y los objetos
pertenecientes a la fase Copa. Esta observación lleva a la conclusión de que la mayoría de los monolitos,
especialmente los de gran tamaño, fueron fabricados y distribuidos en el templo durante la fase Kuntur
Wasi y que fueron reutilizados en el templo de la fase Copa. La persistencia del complejo ceremonial
desde la fase Kuntur Wasi hasta la fase Copa y la continuidad básica de la cerámica también corroboran
esta interpretación. Ya que en el edificio se reiteraban las actividades de renovación y reconstrucción —al
final, también la de destrucción—, es imposible que las esculturas de piedra mantuvieran sus posiciones
originales.
Dos monolitos fueron encontrados en la primera terraza, al frente de la fachada principal. No se han
hallado indicios que permitan determinar su posición original. Uno fue descubierto en 1946, partido en
dos, y la Misión Japonesa lo llamó Monolito 13; representa a un hombre sentado y carece de cabeza. El
otro, el Monolito 14, consiste de un torso sin cabeza que tiene un cinturón del que cuelgan siete rostros,
posiblemente humanos. Si bien no se sabe la causa, sí se puede determinar que las cabezas de varios mono-
litos fueron cortadas o dañadas de manera intencional. Una posible explicación es que fuera consecuencia
de la extirpación de idolatrías que llegó a la región de Cajamarca, si bien no hay evidencias concluyentes.
En el siguiente acápite se abordarán algunos de los temas representados en los monolitos (Tabla 1).

3.1. Monolito 1

Es la pieza más grande y mejor conocida de las piedras esculpidas de Kuntur Wasi (Figs. 4, 5). Tiene dos
lados tallados: uno tiene la representación de un personaje de pie, con las piernas cruzadas y un llamativo
rostro de nariz grande y boca con colmillos cuadrados. Posee un ojo excéntrico de forma cuadrangular,
mientras que el otro es redondo y esta rodeado por la cola de una serpiente. Sus dos manos sujetan una
cabeza pequeña semejante a la de un ser humano. El otro lado del monolito muestra a un personaje con
dos ojos redondos y, aunque el rostro no posee mandíbula inferior, la mandíbula superior está provista
de una dentadura sin colmillos, pero con un diente central agudo de forma triangular. Además, coge con
ambas manos una lanza larga cuya punta tiene, asimismo, triangular.

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Tabla 1. Los monolitos de Kuntur Wasi (elaboración de la tabla: Yoshio Onuki).

Tanto el ojo cuadrado como el redondo y rodeado por la cola de una serpiente son las características
más destacadas de las cuatro piedras de las escaleras de la Plaza Central. Su distribución, que alude a una
oposición dualista de dos tipos, se explicará en párrafos posteriores. De momento, debe decirse que es muy
probable que el Monolito 1 sea la representación de la integración de dos oposiciones en una sola cara. El
personaje con lanza parece reiterar la idea de que el rayo es una «lanza» arrojada por el dios del trueno de
los mitos de la época inca, recogidos por los españoles (Figs. 4, 5). Resta saber si la pequeña cabeza humana
constituía una ofrenda o un sacrificio dedicado a algún dios para que controlara la lluvia.
Es tentadora la idea de que el Monolito 1 pudiera haber sido la deidad máxima o el principio funda-
mental que controlaba el balance entre las dos oposiciones de la estructura del universo en la cosmología
andina de esta época. La naturaleza está sobre el balance de estas dos oposiciones, así como lo están las
estaciones de sequía y de lluvia. El agua, en general, es muy importante para la vida agrícola, por lo que es
de suponer que el rito para el control de la lluvia tenía el máximo valor en el templo de Kuntur Wasi.

3.2. Los cuatro monolitos de la Plaza Central

En la Plaza Central se encuentran los monolitos 3, 4, 5 y 6. El Monolito 3 está en la escalera del lado sur,
dispuesto en paralelo a la Plataforma Central, y tiene en frente al número 4. El Monolito 5 está en la esca-
lera que conduce a la Plataforma Este y tiene en frente al 6. Los bloques 3 y 4 son de piedra de color rojizo,
en tanto que los otros dos (5 y 6) son de piedra blanca, de manera que los colores utilizados ya expresan
un dualismo. De otra parte, la técnica utilizada para esculpir los rostros de jaguar en estos bloques era muy
sofisticada, pues, por un lado, se observa la cara frontal y, al mismo tiempo, se pueden ver dos perfiles de
ese animal frente a frente (Figs. 6, 7, 8).
El Monolito 3 tiene los ojos cuadrados, a diferencia de los otros tres que los tienen redondos y rodeados
por la cola de una serpiente (Fig. 6). En este caso no se presenta una oposición uniforme de dos contra dos

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210 YOSHIO ONUKI

Fig. 4. El Monolito 1, que muestra dos tipos de ojos distintos Fig. 5. La otra cara del Monolito 1, que muestra un indi-
(foto: Yoshio Onuki). viduo que sujeta una lanza (foto: Yoshio Onuki).

—como sí se da con el color— sino que es dispar, es decir, de uno frente a tres. En la plaza se representa la
oposición de manera separada, en tanto que el Monolito 1 lleva esta oposición en una sola cara del bloque,
como si reprodujera la integración de dos principios opuestos.
Otro aspecto llamativo es la boca: en los cuatro monolitos ubicados en las escaleras de la Plaza Central
es un hueco desproporcionadamente profundo, como si fuera la desembocadura de un tubo. Es muy posi-
ble que la Plaza Central simbolizara un valle o lago rodeado por cerros con jaguares de cuyas bocas salía el
agua, la que fecundaba las tierras de cultivo y daba vida a las plantas, los animales y los seres humanos. La
Plataforma Central aludía al cerro más alto donde están enterradas las momias con objetos de oro, piedras
preciosas y conchas marinas de procedencia lejana. Los individuos enterrados de ese modo deben haber
sido los ancestros momificados, los fundadores de las familias de las elites y los sacerdotes del templo, un
esquema muy parecido al de las momias de los reyes incaicos fundadores de panacas. Lucy Salazar-Burger
escribe acerca de Machu Picchu de la siguiente manera: «In Andean ideology, the mummified remains of
ancestral dead (mallquis) were the object of great veneration because they provided for the continuation of life
for their communities (Salomon 1966). The mallquis were considered the ultimate source of food, water, and
agricultural land, and their burial places were located in natural or modified caves (machays)» (Salazar-Burger
2004: 45). Aunque no se puede aplicar la ideología incaica a Kuntur Wasi de manera categórica, tampoco
se puede dejar de lado la posibilidad de que el cerro sobre el que se asienta el complejo fuera considerado la
fuente de origen del agua, el machay de los ancestros que conectaba a los vivos con el mundo sobrenatural,
y que también habría constituido el eje cósmico.
De manera similar, el Monolito 12 tiene la boca de forma cónica profunda y es muy probable que su
representación tuviese relación con el agua (Fig. 9). Fue derribado al final de la fase Copa, lo que significa

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LA ICONOGRAFÍA EN LOS OBJETOS DEL SITIO DE KUNTUR WASI 211

Fig. 6. El Monolito 3. Los ojos son cuadrados y las cabezas de serpiente representan las puntas de sus cabellos (foto: Yutaka
Yoshii).

Fig. 7. El Monolito 4. Los ojos son redondos y están rodeados por la cola de una serpiente (foto: Yutaka Yoshii).

que estaba en alguna parte de la Plataforma Este, y que tuvo algún vínculo con los cuatro bloques tallados
ubicados en las escaleras. Cabe mencionar aquí que estos esquemas de representación se pueden ver en
otros soportes. Así, en el Museo Nacional de Antropología, Arqueología e Historia de Lima hay una botella
con asa estribo, de color negro, que procede de la costa norte y es del estilo Cupisnique. Su cuerpo tiene la
cara de un felino con dos tipos de ojos y la boca en forma de un tubo de sección cuadrangular.

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Fig. 8. El Monolito 6, de ojos redondos y color blanco, ubicado en la escalera del lado este (foto: Yutaka Yoshii).

Fig. 9. El Monolito 12 (foto: Yoshio Onuki).

La Plaza Central tiene forma cuadrangular hundida y estaba bordeada por tres plataformas que tenían
recintos encima. Hay dos canales que se originan en esta plaza y sus salidas están en la fachada principal.
Los cuatro monolitos, los canales subterráneos y las salidas llevan a suponer que el conjunto arquitectónico
de la cima fue la fuente mítica del agua y el lugar en donde se realizaban actividades rituales relacionadas
con el control del agua y la lluvia.

3.3. Las cabezas decapitadas

En dos monolitos se observa una cabeza humana en las manos de la figura principal. El Monolito 1 mues-
tra una cabeza pequeña sujeta por las manos con garras del personaje principal. El 7 también sostiene una

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LA ICONOGRAFÍA EN LOS OBJETOS DEL SITIO DE KUNTUR WASI 213

Fig. 10. El Monolito 7 (foto: Yoshio Onuki).

cabeza humana entre sus manos con garras, propias de un ave de rapiña (Fig. 10). La representación de
cabezas cortadas es notable en la corona de oro de 14 caras encontrada en la Tumba 1 de la Plataforma
Central. Es evidente que el marco hexagonal que tiene cada cara reproduce el borde de una canasta (cf.
Onuki [ed.] 1995). Hay representaciones de cabezas decapitadas en bolsas o canastas en la cerámica del
estilo Cupisnique de la costa norte; también existe un dibujo inciso en un plato de piedra que procede del
valle bajo de Jequetepeque, que representa a un monstruo-araña que carga cabezas humanas en una bolsa
e, incluso, tiene una cabeza agarrada por el cabello en una «mano» (Salazar-Burger y Burger 1982; cf. Sakai,
este número). La «araña con cabeza y cuchillo» es un motivo destacado en la decoración mural de la Huaca
de la Luna de Moche y de la Huaca Cao (El Brujo), así como en las piezas de oro de forma semilunar de
Sipán. No se ha podido determinar si la cabeza cortada tiene o no relación con el culto al agua, aunque
parece probable que en los casos moche estén haciendo referencia directa a la guerra y al sacrificio. En todo
caso, hay estudios sobre la decapitación en las culturas andinas (Benson y Cook [eds.] 2001), por lo que
en este artículo no se abundará en el tema.
Aunque no tiene cabeza cortada ni cuchillo, el Monolito 2 llama la atención debido al personaje, que
tiene los ojos redondos rodeados por la cola de una serpiente. Su característica más notable la conforman
las costillas, esculpidas con cierto énfasis. El motivo del «hombre con costillas» se encuentra con frecuencia
en los tejidos de Paracas (Frame 2001: 60, fig. 4.1). Estas figuras tienen cuchillos y se arquean hacia atrás
como si fueran a cortar su propio cuello con ellos. Todavía no es posible trazar un vínculo entre las figuras
paracas y el Monolito 2 de Kuntur Wasi, pero vale la pena proponerlo para un estudio futuro (Fig. 11). Por
su parte, aunque no empuña un cuchillo y no tiene otro objeto en las manos, el Monolito 14 representa a
un personaje al que le falta la cabeza, si bien alrededor de su cintura lleva colgadas siete cabezas (Fig. 12).

3.4. Dos tipos de ojos

Un lado del Monolito 1 tiene representada una cara grande de felino con dos ojos de distinto tipo. El ojo
derecho tiene forma rectangular o cuadrada, mientras que el izquierdo es redondo, y está rodeado por la
cola de una serpiente. Los otros cuatro monolitos tienen relación con uno u otro de estos dos tipos de

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214 YOSHIO ONUKI

Fig. 11. El Monolito 2 (foto: Yoshio Onuki).

ojos: el Monolito 3 tiene los ojos cuadrados, en tanto que los designados 4, 5 y 6 los tienen redondos y
rodeados por la cola de una serpiente. Si bien el personaje del Monolito 1 tiene los dos tipos de ojo en
la misma cara, a diferencia de los bloques colocados en las escaleras de la Plaza Central, no cabe duda de
que esta representación alude a la oposición entre las dos formas explicadas anteriormente. Como se ha
descrito en el caso de la excepcional botella de asa estribo que lleva dos tipos de ojos y la boca en forma de
tubo, motivos y aspectos característicos y recurrentes de los cuatro monolitos de la Plaza Central, todavía
falta esclarecer el significado de esta oposición y acumular más ejemplares de la misma imagen antes de
dilucidar esta cuestión.
Es interesante advertir que, de estos cuatro monolitos, dos de ellos —los numerados como 3 y 4—
fueron descubiertos en 1as excavaciones en 1946 sin que se dejara registro del contexto, a diferencia de lo
que ocurrió con los monolitos 5 y 6 que, como ya se mencionó, fueron hallados in situ durante las excava-
ciones de la Misión Japonesa en 1989 y 1990. Los monolitos 3 y 4 son piedras de color rojizo, y mientras
el Monolito 3 posee ojos cuadrados, el 4 los tiene redondos. En cuanto al Monolito 5, este fue hallado en
la escalera de la Plataforma Este, confeccionado en piedra de color blanco y con los ojos redondos, la ex-
pectativa en torno del cuarto bloque tallado contemplaba que se encontrara en la escalera de la Plataforma
Oeste, que fuera de piedra de color blanco y que tuviera los ojos cuadrados, con lo que se completaría la
estructura dualística: rojo frente a blanco y ojos cuadrados frente a ojos redondos. Según lo esperado, el
cuarto monolito fue hallado en la escalera del oeste y la piedra era de color blanco; sin embargo, tenía los
ojos redondos. El dualismo resultante no era perfecto, por lo que solo quedó vigente el dualismo del color
de las piedras.

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LA ICONOGRAFÍA EN LOS OBJETOS DEL SITIO DE KUNTUR WASI 215

Fig. 12. El Monolito 14 (foto: Yoshio Onuki).

Como resultado de estas observaciones, se determinó que la oposición de las formas de los ojos en la
plaza es de uno a tres: la cuadrangular en el sur, hacia la Plataforma Central, y la redonda en las demás.
Esta clase de oposición tiene otro ejemplo, no en Kuntur Wasi sino en una pieza cerámica del estilo Ídolo
o Tembladera cuya procedencia es desconocida. Se trata de un plato con base plana y cuatro perfiles
estilizados de reptil dibujados con incisiones en el exterior de la base. Tres de ellos tienen dientes frente
al labio superior arqueado y uno no los presenta. Si se considera la manera sofisticada de representación
característica del Periodo Formativo, se descarta la posibilidad de que se tratara de una omisión u olvido del
dibujante, sino que, por el contrario, fue producto de una confección artesanal consciente. Por lo tanto, es
necesario ahondar en la búsqueda de esta particular composición de opuestos, de uno frente a tres, entre
los materiales arqueológicos.

3.5. La representación del caimán

Se encontraron muchos restos de pintura mural dentro de los escombros del relleno de las plazas. Es muy
probable que esta adornara las paredes de las estructuras que estaban al costado de las plazas. En el caso de
la Plaza Central de la fase Copa, se conservaban algunas partes de la pintura mural y el relieve en la pared
este de la plaza. Dos pequeños ejemplos representan cabezas de serpiente. Hay un relieve más grande que
estos y fue encontrado en la cara exterior de la pared del edificio sobre la Plataforma Norte de la fase Copa.
Reproduce la cabeza de una culebra, erguida y volteada hacia atrás. Este diseño recuerda a la decoración
pintada en la escalera baja de la Huaca de la Luna, en Trujillo.
Dos fragmentos de pintura mural llaman la atención. Uno fue descubierto al interior de los rellenos
de la Plaza Circular de la fase Kuntur Wasi. Es un fragmento tan reducido que no se puede determinar
la integridad de la figura que estaba plasmada, aunque, al menos, es posible distinguir una boca de labios
largos en rojo, dientes y colmillos. Otros colores utilizados son el negro, el blanco y el amarillo. Esta figura
se asemeja a la decoración de la pared del atrio del templo de Cardal, en el valle de Lurín, conocida gracias
a las publicaciones de Burger (Burger 1992). El otro fragmento corresponde a una decoración pintada, la
que fue hallada pegada al piso de la Plaza Central de la fase Copa. Es obvio que adornaba una pared del

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216 YOSHIO ONUKI

Fig. 13. Fragmento de pintura mural del sitio de Huacaloma (foto: Yoshio Onuki).

edificio en la Plataforma Este y que cayó cuando dicha estructura fue destruida. La figura pintada parece
ser la de una serpiente, pero también puede considerarse otro punto de vista. El perfil de la «serpiente»
tiene el labio superior con los dientes y colmillos en blanco, y la cabeza y cuello pintados en amarillo. La
parte debajo de la comisura de la boca, en lugar de la mandíbula, está pintada en color azul o verde. Las
características notables son el labio superior largo que lleva dientes y colmillos, y la ausencia de mandíbula.
Al parecer, el labio superior estaba arqueado originalmente.

3.6. Las representaciones simbólicas relacionadas

Es de suponer que la boca de reptil sin mandíbula que tiene el labio superior muchas veces arqueado
corresponde al de un caimán, si bien también puede tratarse de un cocodrilo. En la mayoría de las repre-
sentaciones de la boca sin mandíbula se advierte que tanto la dentadura como los colmillos salen desde
arriba, algo que es una característica propia del caimán y distinta a la del cocodrilo. Sin embargo, en la
representación simbólica y mitológica ocurre, con frecuencia, la substitución entre las especies. De hecho,
en la mitología sudamericana, el caimán, el cocodrilo y la anaconda se substituyen entre sí en los mitos de
una vasta área de la selva tropical, y tienen casi el mismo papel en el contexto del mito o toman, aproxi-
madamente, la misma posición estructural (Roe 1982: 197-202). Por el momento se evitará indagar más
acerca de la diferencia entre ellos, en especial entre el caimán y el cocodrilo, por lo que se tratará a ambos
como uno solo de estos reptiles: el caimán.
El labio arqueado con dientes y colmillos también aparece en un mural del templo de la fase Huacaloma
Tardío en el sitio de Huacaloma, valle de Cajamarca. Hay un fragmento relativamente grande que lleva el
diseño del labio rojo arqueado con dientes blancos (Fig. 13). Destaca, asimismo, un fragmento de relieve
en el que se reproduce una boca con labio arqueado y dientes (Fig. 14), y un ejemplar, de grandes dimen-
siones, que tiene la representación del labio largo del que salen los dientes y colmillos.
Estos tres ejemplos corresponden de la fase Huacaloma Tardío; la cerámica de esta fase comparte mu-
chas características con la de la fase Tembladera del valle medio de Jequetepeque y la de las fases Ídolo y La
Conga de Kuntur Wasi y Cerro Blanco. Se mencionó líneas atrás que existe un plato del estilo Tembladera
que pertenece a una colección privada cuyo diseño consiste de cuatro rostros de caimán con el labio ar-
queado. Es posible que una botella con pico largo de la misma colección también represente a dicho reptil
(Alva 1986: fig. 66, a, b). Tiene la boca grande, un labio arqueado sin mandíbula, pero con dientes y col-
millos. El acabado y el uso de pigmento rojo aplicado en postcocción, tal vez cinabrio, lleva a considerar

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LA ICONOGRAFÍA EN LOS OBJETOS DEL SITIO DE KUNTUR WASI 217

Fig. 14. Fragmento de relieve del sitio de


Huacaloma (foto: Yoshio Onuki).

que la botella pertenece al estilo Tembladera. Otra botella, con pintura postcocción roja, exhibe el perfil
del caimán y las características de su estilo sugieren como lugar de procedencia el valle de Jequetepeque
(Alva 1986: fig. 63, a, b).
Es sumamente interesante observar que en los frisos del Templete de Limoncarro existe la representa-
ción de un caimán con un labio arqueado sin mandíbula (véase Sakai, este número), por lo que se puede
suponer que la representación de este reptil se hallaba en esta forma característica desde el valle bajo de
Jequetepeque hasta la cuenca de Cajamarca. El motivo del caimán forma parte de los mitos que se com-
partían en las sociedades de la sierra norte y el valle de Jequetepeque durante la parte temprana del Periodo
Formativo, y es probable que se difundiera con la cerámica más característica en las fases contemporáneas
en Pacopampa, Huacaloma, Cerro Blanco, Kuntur Wasi (fase Ídolo) y Tembladera. Por cierto, es obvio
que este motivo se extiende hasta el valle de Lurín, en la costa, y hasta Chavín de Huántar, en la sierra. En
relación con este tema, Burger ha presentado un estudio que propone para la cultura Manchay (Burger y
Salazar-Burger 2008). Asimismo, la distribución de varios motivos iconográficos en su forma característica
no constituye un fenómeno independiente, sino el resultado de una difusión. El tratamiento de este tema
no se agota aquí, por lo que el autor ha expuesto diversas ideas en el presente trabajo y se tratarán con más
amplitud en el futuro.

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LA 12
BOLETÍN DE ARQUEOLOGÍA PUCP / N.° ARQUITECTURA
/ 2008, 219-247 DE KUNTUR
/ ISSN WASI
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La arquitectura de Kuntur Wasi:


secuencia constructiva y cronología de un
centro ceremonial del Periodo Formativo

Kinya Inokuchi a

Resumen

Las excavaciones en el sitio arqueológico de Kuntur Wasi, realizadas desde 1988 hasta 2002 por parte de la Misión Arqueológica
Japonesa, han podido esclarecer en detalle la secuencia arquitectónica de un centro ceremonial en la sierra norte del Perú durante
el Periodo Formativo y han establecido nueve subfases constructivas. Según los análisis, al inicio de la fase Kuntur Wasi se estable-
ció el Principio Constructivo Básico del Templo, compuesto por tres elementos arquitectónicos; este principio se mantuvo vigente
hasta la segunda subfase constructiva de la fase Copa. Por último, en la fase Sotera, Kuntur Wasi dejó de funcionar como un centro
ceremonial. Los resultados del estudio de la secuencia constructiva de este complejo ofrecen un punto de referencia desde el que es
posible discutir el proceso social del Periodo Formativo en los Andes centrales en un contexto más amplio.

Palabras clave: Kuntur Wasi, Periodo Formativo, cronología, secuencia arquitectónica

Abstract

THE ARCHITECTURE OF KUNTUR WASI: CONSTRUCTION SEQUENCE AND CHRONOLOGY OF A


CEREMONIAL CENTER OF THE FORMATIVE PERIOD

The excavations in the archaeological site of Kuntur Wasi, carried out from 1988 to 2002 by the Japanese Archaeological
Mission, have clarified, in detail, the architectural sequence of this ceremonial center in the northern highlands of Perú during
the Formative Period. The authors have established nine architectural sub-phases at the site. According to our analyses, at
the beginning of the Kuntur Wasi phase, the «basic construction principle» of the temple was established. This is composed
of three architectural elements, which were maintained until the second sub-phase of the Copa phase. However, in the last
sub-phase of the Copa phase the importance of the «basic construction principle» was lost. During the Sotera phase, Kuntur
Wasi no longer functioned as a ceremonial center. The results of our analysis of the architectural sequence at Kuntur Wasi
offer a point of reference for discussing social processes of the Formative Period in the Central Andes within a broader context.

Keywords: Kuntur Wasi, Formative Period, chronology, architectural sequence

1. Introducción

El sitio de Kuntur Wasi, correspondiente al Periodo Formativo, se encuentra en el centro poblado menor
de Kuntur Wasi, provincia de San Pablo, departamento de Cajamarca, a 2300 metros sobre el nivel del
mar, en la vertiente occidental de las elevaciones de la sierra norte del Perú (Fig. 1). Es conocido entre los
arqueólogos desde hace más de 60 años, debido a investigaciones anteriores a las del proyecto de la Misión
Arqueológica Japonesa.

a
Saitama University, Faculty of Liberal Arts.
Dirección postal: Shimo-okubo 255, Sakura-ku, Saitama-shi, Saitama-ken, 338-8570, Japón.
Correo electrónico: inokuchi@mail.saitama-u.ac.jp ISSN 1029-2004
220

ISSN 1029-2004
KINYA INOKUCHI

Fig. 1. Ubicación del sitio de Kuntur Wasi en el valle de Jequetepeque (elaboración del dibujo: Kinya Inokuchi, Eisei Tsurumi y Yuko Ito).
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En 1946, Julio C. Tello recibió la noticia de la existencia de unos monolitos de piedra en el área de
San Pablo y decidió enviar a un equipo de arqueólogos peruanos del Museo Nacional de Antropología
y Arqueología de Lima, quienes se encargaron de realizar excavaciones durante seis meses en la colina
de Kuntur Wasi. Rebeca Carrión Cachot presentó los resultados de estas investigaciones en un artículo
(Carrión Cachot 1948), en el que describió los monolitos, la alfarería y las tumbas encontradas. Entre
1982 y 1983, el proyecto arqueológico del valle de Jequetepeque dirigido por Michael Tellenbach realizó
un levantamiento taquimétrico en este sitio y publicó el plano topográfico (Ulbert y Eibl 1985).
En 1988, la Misión Arqueológica Japonesa, dirigida por Yoshio Onuki y Yasutake Kato, inició excava-
ciones intensivas y sistemáticas en el complejo. El proyecto realizó investigaciones hasta 2002, durante un
total de 12 temporadas. Por otra parte, en 2000, la UNESCO inició un programa para la conservación y
restauración del sitio, que finalizó en 2003.
La Misión Arqueológica Japonesa ha presentado los resultados de las investigaciones de la primera etapa
del proyecto (1988-1990), los que incluyen descripciones y análisis preliminares de ocho tumbas asociadas
con objetos de oro y otras piezas elaboradas encontradas durante las excavaciones (Kato 1994; Onuki, Kato
e Inokuchi 1995; Onuki 1997), así como la cronología del sitio basada en el análisis tipológico de la cerá-
mica (Inokuchi 1998). En este artículo se presentan los resultados del análisis de la secuencia constructiva
basada en los datos arquitectónicos obtenidos en la integridad de las temporadas del proyecto y su relación
con la cronología. Este trabajo constituye la primera publicación que expone modelos tridimensionales de
la arquitectura del complejo de Kuntur Wasi para la explicación del desarrollo del estudio.

2. La cronología y la cerámica de Kuntur Wasi

En las primeras temporadas de investigación en Kuntur Wasi se establecieron cuatro fases básicas del sitio
sobre la base de los datos de la cerámica. El rango temporal de cada fase se basa en los fechados calibrados
de los materiales orgánicos correspondientes a las estructuras o a otros materiales pertenecientes a cada
fase (Tsurumi, Yoshida y Yoneda 2007). De esta manera, se definió la secuencia siguiente: en primer lugar
está la fase Ídolo ([abreviatura: ID] 950 a.C.-800 a.C.), a la que siguen las fases Kuntur Wasi (KW; 800
a.C.-550 a.C.), Copa (CP; 550 a.C.-250 a.C.) y, por último, Sotera (ST; 250 a.C.-50 a.C.) (Tablas 1-3).
Si se consideran el contexto y los estados de las muestras del material, los rangos temporales de la fase Ídolo
y de la fase Kuntur Wasi son bastante seguros; en cambio, es difícil determinar el inicio y el fin de la fase
Sotera por el momento. El análisis tipológico de la cerámica de Kuntur Wasi muestra complejos cerámicos
particulares que permiten distinguir las fases de los estratos registrados en este lugar. Se establecieron 61
tipos de cerámica:1 16 tipos de la fase Ídolo, 25 tipos de la fase Kuntur Wasi —de las que ocho pertenecen
al complejo Sangal—,2 14 tipos de la fase Copa y seis de la fase Sotera (Figs. 2, 3).
De manera muy breve, se pueden resumir las características de la cerámica de cada fase del siguiente
modo: la alfarería de la fase Ídolo tiene carácter regional, es decir, es común a algunos sitios de la sierra
norte; la de la fase Kuntur Wasi, cuyas características no se observan en la mayoría de la cerámica prece-
dente, muestra mucha variedad y es muy posible que fuera llevada desde la costa (Inokuchi 1998: 176);
la del complejo Sangal (SG), que pertenece a la fase Kuntur Wasi, tiene nuevas características regionales
o locales; la cerámica de la fase Copa, que también tiene carácter local, se produjo en grandes cantida-
des, mientras que la de la fase Sotera tiene mucha similitud con la cerámica de la parte final del Periodo
Formativo en la cuenca de Cajamarca, desde donde fue introducida.

3. Metodología

Yasutake Kato presentó la secuencia del conjunto arquitectónico de Kuntur Wasi sobre la base de los re-
sultados de las investigaciones de las temporadas 1988, 1989 y 1990 (Kato 1994; Onuki, Kato e Inokuchi
1995). Los datos arquitectónicos obtenidos en las excavaciones desde 1993 hasta 2002 han permitido es-
clarecer la secuencia arquitectónica con más detalle. Las excavaciones se concentraron en la cima del cerro,
que se ha denominado Plataforma Principal, y en la terraza en el lado noreste, o Primera Terraza (Fig. 22).
En total, el área excavada en la Plataforma Principal y la Primera Terraza comprende 11.239 metros cua-
drados, es decir, aproximadamente 43,2% de la superficie completa (26.019 metros cuadrados) de dichas

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Tabla 1. Fechado de los materiales orgánicos y óseos humanos recuperados en las excavaciones en Kuntur Wasi (fases Ídolo y Kuntur
Wasi). El fechado calibrado fue calculado con el programa OxCal v4.0.1; curva de calibración: SHCa104. * indica material óseo
humano (según Tsurumi, Yoshida y Yoneda 2007: tablas 3-1, 3-2).

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Tabla 2. Fechado de los materiales orgánicos y óseos humanos recuperados en las excavaciones en Kuntur Wasi (fase Copa [1]). El
fechado calibrado fue calculado con el programa OxCal v4.0.1; curva de calibración: SHCa104. * indica material óseo humano
(según Tsurumi, Yoshida y Yoneda 2007: tabla 3-3).

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partes. La estrategia de excavación consistió en la realización de largas trincheras y, luego, de ampliaciones


para determinar las formas y dimensiones de las estructuras. Asimismo, se excavó o profundizó hasta los
niveles de los pisos correspondientes a las estructuras para obtener datos estratigráficos con el fin de inter-
pretar las secuencias arquitectónicas.
En todas las temporadas se elaboraron planos a escala de 1 a 20 o 1 a 40 en cada sector. En suma, se
trazó alrededor de 1200 hojas de planos. Al mismo tiempo, se estudiaron los muros, se consideraron sus
niveles y se analizó la estratigrafía con la cerámica relacionada para las interpretaciones de la secuencia
constructiva. En el laboratorio se confeccionaron planos a escala de 1 a 100 de cada momento de la secuen-
cia constructiva. Sobre la base de estos análisis se definieron nueve subfases constructivas. En la fase Ídolo

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Tabla 3. Fechado de los materiales orgánicos y óseos humanos recuperados en las excavaciones en Kuntur Wasi (fases Copa [2] y
Sotera). El fechado calibrado fue calculado con el programa OxCal v4.0.1; curva de calibración: SHCa104. * indica material óseo
humano (según Tsurumi, Yoshida y Yoneda 2007: tablas 3-3, 3-4).

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Fig. 2. Cerámica de Kuntur Wasi. a. ID-Rojo y Blanco A; b. ID-Pintado Postcocción en Zona (fase Ídolo); c. KW-Gris Fino;
d. KW-Rojo sobre Anaranjado (fase Kuntur Wasi) (foto: Proyecto Kuntur Wasi).
Fig. 3. Cerámica de Kuntur Wasi. a. SG-Marrón Inciso (fase Kuntur Wasi); b. CP-Marrón Inciso B; c. CP-Rojo y Blanco (fase
Copa); d. ST-Rojo sobre Blanco (fase Sotera) (foto: Proyecto Kuntur Wasi).
LA ARQUITECTURA DE KUNTUR WASI 227

hay dos subfases constructivas, ID-1 (Fig. 4) y ID-2 (Fig. 5); la fase Kuntur Wasi tiene otras dos, KW-1
(Fig. 6) y KW-2 (Fig. 12); la fase Copa comprende tres, CP-1 (Fig. 13), CP-2 (Fig. 16) y CP-3 (Fig. 18),
y la fase Sotera presenta dos, ST-1 (Fig. 19) y ST-2 (Fig. 20). De dichos planos en dos dimensiones se han
podido hacer modelos tridimensionales para cuatro subfases, KW-1 (Figs. 22, 26, 27), KW-2 (Figs. 23,
28, 31), CP-1 (Figs. 24, 29, 32) y CP-2 (Figs. 25, 30), cuyos datos arquitectónicos, de manera visible, son
más abundantes.3

4. La secuencia constructiva del conjunto arquitectónico de Kuntur Wasi

A continuación se describirá la secuencia arquitectónica de Kuntur Wasi por fases y subfases, las que han
sido determinadas conforme a los resultados de los trabajos de campo.4

4.1. La fase Ídolo

4.1.1. Ídolo 1. Durante la fase Ídolo se construyeron las primeras estructuras ceremoniales directamente
sobre la tierra estéril. Aunque no se tienen muchos datos arquitectónicos, en la cumbre del cerro se encon-
traron evidencias limitadas de las actividades de construcción de algunas plataformas y plazas (Fig. 4). En
la subfase constructiva ID-1 (subfase Ídolo 1) se edificaron, al menos, cuatro plataformas: la ID-Plataforma
Central (Plataforma Central Ídolo), la ID-Plataforma Noreste, la ID-Plataforma Este 1 y la ID-Plataforma
Sureste, todas con una misma orientación. La ID-Plataforma Central, que tiene 10,20 metros de ancho
y 1,60 metros de alto, se encuentra, aproximadamente, en el centro de la cumbre. La ID-Plataforma
Noreste, que está situada al frente de la ID-Plataforma Central, tiene 20 metros de ancho. El eje central
de las dos plataformas es el mismo. Se observan conjuntos arquitectónicos compuestos de una plataforma
y una plaza: la ID-Plataforma Este 1 con la ID-Plaza Este, y la ID-Plataforma Sureste con la ID-Plaza
Sureste.

4.1.2. Ídolo 2. Aunque no se disponía de muchos datos arquitectónicos detallados, debido a los rasgos
descubiertos, era evidente que en esta fase se presentaron dos subfases constructivas en la fase Ídolo (Fig. 5).
La arquitectura de la subfase ID-1 se modificó en la subfase ID-2, cuando la parte baja de la ID-Plataforma
Central fue bordeada por muros de doble cara. En la ID-Plataforma Este 1 se ampliaron los lados noreste y
noroeste. De manera simultánea, se construyeron nuevas plataformas y plazas: la ID-Plaza Central, la ID-

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228 KINYA INOKUCHI

Fig. 4. Plano del conjunto arquitectónico de la subfase ID-1 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Eisei Tsurumi).

Plataforma Noroeste y la ID-Plataforma Este 2. Encima de la ID-Plataforma Noroeste hay dos recintos.
En el piso se encontró un ídolo de barro en altorrelieve de 73,5 centímetros de altura y representa a un
hombre-jaguar (cf. Onuki [ed.] 1995).

4.2. La fase Kuntur Wasi

4.2.1. Kuntur Wasi 1. En el inicio de la fase Kuntur Wasi, es decir, en la subfase constructiva KW-1, se
destruyeron o cubrieron todas las estructuras de la fase Ídolo y se erigió un nuevo conjunto arquitectónico
en gran escala (Figs. 6, 22). No se han encontrado evidencias de la reutilización de las estructuras de la fase
precedente. Algunos de los elementos arquitectónicos más importantes de esta fase fueron conservados
hasta la subfase CP-2 de la fase Copa y se los denominó Principio Constructivo Básico del Templo. Se
trata, específicamente, de tres elementos fundamentales: a) edificación de la Plataforma Principal, b) crea-
ción de un Conjunto Arquitectónico Central del Templo y c) establecimiento de un sistema de canales.

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LA ARQUITECTURA DE KUNTUR WASI 229

Fig. 5. Plano del conjunto arquitectónico de la subfase ID-2 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Eisei Tsurumi).

A continuación se describe el conjunto arquitectónico del centro ceremonial de la fase Kuntur Wasi sobre
la base de estos tres aspectos.

Construcción de la Plataforma Principal: al inicio de la fase Kuntur Wasi se construyó un inmenso muro con
tres gradas que rodeaba toda la cima del cerro —es decir, la Plataforma Principal— que mide, aproximada-
mente, 140 metros de ancho de noroeste a sureste y 160 metros de largo de noreste a suroeste en la base, y
tiene 8,70 metros de alto. También se estableció un acceso, la KW-Escalera Principal (Escalera Noreste 1),
de 11 metros de ancho, en el centro del muro de contención de la Plataforma Principal del lado noreste
(Fig. 7). Si se desciende por la escalera, se encuentra la Primera Terraza, que tiene alrededor de 120 me-
tros de ancho por 40 metros de largo. En el centro de la terraza hay una plaza cuadrangular, la KW-Plaza
Noreste, que mide casi 26,50 metros de ancho por 27 metros de largo (Fig. 8). Como se mencionó arriba,
en la cima del cerro también se edificaron estructuras en la fase Ídolo. Sin embargo, no se hallaron eviden-
cias del muro de contención que sostenía el terreno de la cumbre ni vestigios de utilización de la terraza en

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Fig. 6. Plano del conjunto arquitectónico de la subfase KW-1 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Eisei Tsurumi).
LA ARQUITECTURA DE KUNTUR WASI 231

Fig. 7. Lado noreste de la Plataforma Principal y la KW/CP-Escalera Principal luego de su restauración (foto: Proyecto Kuntur
Wasi).

el lado noreste del cerro durante esta fase. Según los datos de excavación, esto indicaría que la Plataforma
Principal fue erigida en el inicio de la fase Kuntur Wasi, es decir, en la subfase constructiva KW-1.

Construcción del Conjunto Arquitectónico Central del Templo: encima de la Plataforma Principal se erigieron
varias nuevas estructuras en la subfase KW-1. El conjunto arquitectónico más importante, al que se le de-
nominó Conjunto Arquitectónico Central del Templo, se compone de una plaza cuadrangular hundida o
KW-Plaza Central (Fig. 9), y cuatro plataformas a su alrededor, que son la KW-Plataforma Central, la KW-
Plataforma Este, la KW-Plataforma Norte y la KW-Plataforma Noreste (Figs. 26, 27). La KW-Plataforma
Noreste está a un nivel muy bajo (70 centímetros de alto) y tiene acceso directo a la KW-Plaza Central,
por lo que se puede decir que las tres plataformas —la KW-Plataforma Central, la KW-Plataforma Este
y la KW-Plataforma Norte— están dispuestas a los tres lados de la KW-Plaza Central en forma de «U», y
que el lado noreste de la plaza está abierto.
Las construcciones del Conjunto Arquitectónico Central del Templo están situadas en dos ejes princi-
pales: de noreste a suroeste y de noroeste a sureste. En el eje que pasa de noreste a suroeste se encuentran
la KW-Plataforma Noreste, la KW-Plaza Central y la KW-Plataforma Central. Las escaleras entre ellas
tienen el mismo eje. Sobre el otro, que pasa de noroeste a sureste, se ubican la KW-Plataforma Norte, la
KW-Plaza Central y la KW-Plataforma Este. Los dos ejes se cruzan en el centro de la KW-Plaza Central. La
ubicación de la arquitectura indica que la KW-Plaza Central fue el espacio ceremonial más importante de
todo el complejo. Mide, aproximadamente, 23,50 metros de ancho, 24 metros de largo y 0,50 metros de
profundidad. En el frente suroeste de esta plaza se encuentra la KW-Plataforma Principal que tiene 24,50
metros de ancho, 15 metros de largo y 1,50 metros de alto. La ubicación de la KW-Plataforma Este y la
KW-Plataforma Norte, ambas de 18 metros de ancho y 25 metros de largo, es simétrica. Al suroeste del
Conjunto Arquitectónico Central del Templo se encuentra la KW-Plaza Circular, que mide alrededor de
15,60 metros de diámetro y 2,20 metros de profundidad.5

Establecimiento de un sistema de canales: el tercer elemento del Principio Constructivo Básico del Templo lo
constituye el sistema de canales. Al inicio de la fase Kuntur Wasi se construyeron conductos subterráneos
que corren por debajo de los pisos o dentro de las plataformas, y tienen salidas o aberturas en los muros de

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Fig. 8. La KW/CP-Plaza Noreste de la Primera Terraza restaurada (foto: Proyecto Kuntur Wasi).

Fig. 9. La KW/CP-Plaza Central restaurada (foto: Proyecto Kuntur Wasi).

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LA ARQUITECTURA DE KUNTUR WASI 233

Fig. 10. Salida del KW-Canal 8 en el muro de contención del lado noroeste de la Plataforma Principal (foto: Proyecto Kuntur
Wasi).

contención de la Plataforma Principal (Fig. 10). Por lo tanto, se puede postular que el establecimiento de
un sistema de canales en el centro ceremonial fue previamente planificado.
La KW-Plaza Central tiene dos entradas o sumideros de canal. Uno de ellos, el KW-Canal 7 (Fig. 11),
corre por debajo de la plaza, pasa por dentro de la KW-Plataforma Noreste y sale en el muro de conten-
ción del lado noreste de la Plataforma Principal, que tiene seis salidas de canal en total. La KW-Escalera
Principal también sirvió para el desagüe, ya que a ambos lados de sus peldaños y muros hay dos zanjas de
35 centímetros de ancho (KW-canales 4 y 5). Las zanjas se conectan a los canales que corren por encima
de la KW-Plataforma Noreste.

Tumbas extraordinarias y monolitos de piedra: otros eventos realizados en la subfase constructiva KW-1 que
valen la pena de ser mencionados son entierros extraordinarios con objetos de oro y las estructuras con
monolitos de piedra que presentan una iconografía muy elaborada. Durante las excavaciones de las tempo-
radas 1989 y 1990 se encontraron cuatro tumbas con objetos de oro debajo del piso de la KW-Plataforma
Central (A-Tm 1, A-Tm 2, A-Tm 3 y A-Tm 4). En 1997 se halló otra tumba con objetos de oro (B-Tm
1) en el relleno sellado por el piso de la KW-Plataforma Noroeste 2. De acuerdo con la estratigrafía, estas
tumbas especiales fueron preparadas durante la construcción de las nuevas plataformas de la fase Kuntur
Wasi.6 Al mismo tiempo, se cree que los monolitos de piedra fueron dispuestos en el conjunto arquitectó-
nico del centro ceremonial en la fase Kuntur Wasi.7 Los entierros especiales y la colocación de monolitos
deben haber tenido relación con la construcción del nuevo conjunto arquitectónico de la subfase cons-
tructiva KW-1.

4.2.2. Kuntur Wasi 2. En la subfase constructiva KW-2 básicamente no hubo cambios en la ubicación
de las estructuras (Figs. 12, 23). Se mantuvo el Conjunto Arquitectónico Central del Templo, construido
en la subfase KW-1 (Fig. 28), aunque sí se realizan ampliaciones y modificaciones parciales de las estruc-
turas. A la KW-Plataforma Este se le agrega una grada a su perímetro y sobre ella se construye una plaza

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Fig. 11. El KW-Canal 7 en la KW-Plaza Central (foto: Proyecto Kuntur Wasi).

cuadrangular, la KW-Plaza Este, y cuatro plataformas pequeñas. La KW-Plaza Este mide 8,50 metros de
ancho, 10 metros de largo y 0,30 metros de profundidad. La KW-Plataforma Norte y la KW-Plataforma
Noreste se amplían en el lado sureste. En la KW-Plaza Central se construyeron dos nuevas escaleras en los
lados noroeste y sureste.

4.3. La fase Copa

4.3.1. Copa 1. En la fase Copa se desarrolló una intensa actividad constructiva; sin embargo, se puede
determinar que persistió el Principio Constructivo Básico del Templo establecido en la fase Kuntur Wasi
(Figs. 13, 24). Durante la subfase constructiva CP-1, en la parte noreste de la Plataforma Principal, per-
manecen las orientaciones de las estructuras, pero en la parte suroeste se produjo un importante cambio:
se construyeron estructuras con eje y dirección distintos a los de la parte noreste. Para un mejor entendi-
miento, a continuación se explica cada sección en detalle (Fig. 14).

Parte noreste de la Plataforma Principal: si bien la mayoría de los muros se volvieron a construir y todos los
pisos se renovaron durante la subfase CP-1, no hay grandes cambios en la ubicación de las estructuras en

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Fig. 12. Plano del conjunto arquitectónico de la subfase KW-2 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Eisei Tsurumi).
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Fig. 13. Plano del conjunto arquitectónico de la subfase CP-1 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Eisei Tsurumi).
LA ARQUITECTURA DE KUNTUR WASI 237

Fig. 14. Reconstrucción del conjunto arquitectónico de la Plataforma Principal en la subfase CP-1, compuesto por dos seccio-
nes (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Yuko Ito).

el sector noreste de la Plataforma Principal (Fig. 29). El piso de la CP-Plaza Central fue renovado y dos
nuevos canales subterráneos (CP-Canal 11 y 12) se conectaron con el CP-Canal 7 construido durante
la fase Kuntur Wasi. Encima de la CP-Plataforma Central, en la parte suroeste, se agrega una grada a su
perímetro. En la CP-Plataforma Este y la CP-Plataforma Norte se efectuaron algunas ampliaciones, al
igual que en los espacios entre la CP-Plaza Central y las dos plataformas, en donde se construyeron algu-
nos cuartos y plataformas de pequeñas dimensiones. Por su parte, la CP-Plataforma Noreste también fue
objeto de renovaciones.

Parte suroeste de la Plataforma Principal: en esta parte cambió drásticamente la ubicación de las estructuras.
Al inicio de la fase Copa, la KW-Plaza Circular se cubrió del todo con una gruesa capa de tierra y encima
se construyeron nuevas estructuras (Figs. 31, 32). La orientación de los muros es diferente a la anterior.
Al mismo tiempo, se construyó un nuevo acceso a la Plataforma Principal, la CP-Escalera Suroeste, que
tiene 2 metros de ancho. Las estructuras de mayor importancia en la parte suroeste son la CP-Plataforma
Suroeste 1, que mide 14 metros de ancho, 6,50 metros de largo y 0,70 metros de alto, y la CP-Plaza
Suroeste 1 que mide más de 15 metros de ancho, 16,50 metros de largo y 1,40 metros de profundidad.
Este conjunto tiene un eje común, que se alinea con la CP-Escalera Suroeste. Debajo del piso de la CP-
Plaza Suroeste 1 se construyeron varios canales subterráneos que tienen salidas (CP-Canal 30) en el muro
de contención del lado suroeste de la Plataforma Principal.
En la parte noreste de la Plataforma Principal, si bien en cada estructura se realizaron ampliaciones y
modificaciones, el Conjunto Arquitectónico Central del Templo siguió vigente y los dos ejes principales
de la arquitectura se mantuvieron. Asimismo, aunque algunas secciones de sus muros fueron reforzadas, la
Plataforma Principal continuó en uso. Los sistemas de canales persistieron y se ampliaron, conectándose
nuevos canales con los ya instalados en la fase Kuntur Wasi. Se puede decir que los tres elementos arqui-
tectónicos del Principio Constructivo Básico del Templo se conservaron en esta etapa. Por otro lado, en la
parte suroeste de la Plataforma Principal hubo un cambio muy significativo. En conclusión, se puede decir
que, durante la fase Copa (subfases CP-1 y CP-2), hay dos aspectos característicos: el mantenimiento del
Principio Constructivo Básico del Templo y la construcción de un nuevo conjunto arquitectónico.

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Fig. 15. Escultura lítica que re-


presenta el Principio Constructivo
Básico del Templo (fase Copa; 27
por 22,6 por 14,8 centímetros)
(foto: Yutaka Yoshii).

La importancia del concepto analítico del Principio Constructivo Básico del Templo se manifiesta en
una escultura en piedra encontrada en un estrato correspondiente a la fase Copa (Fig. 15). Representa
una imagen arquitectónica conformada por una plataforma principal escalonada de tres gradas, una plaza
cuadrangular en su centro y una escalera en el frente, lo que coincide con las construcciones preeminentes
halladas en el centro ceremonial de la fase Kuntur Wasi. La existencia de esta «maqueta» de piedra indicaría
que no solo la arquitectura, sino también una idea o principio constructivo, seguía teniendo gran impor-
tancia durante el desarrollo de la fase Copa.

4.3.2. Copa 2.

Parte noreste de la Plataforma Principal: durante esta subfase constructiva se mantuvo la ubicación de las
estructuras básicas (Figs. 16, 25, 30), por lo que se puede decir que el Principio Constructivo Básico del
Templo persistió. Por otra parte, se dieron algunas ampliaciones de las plataformas: el lado noroeste de la
CP-Plataforma Este se extendió en 1 metro, en la CP-Plataforma Noreste se modificó la sección sureste
y se construyó un nuevo acceso de tres gradas en la esquina este, en tanto que en la CP-Plataforma Norte
también se hizo una ampliación de cerca de 1 metro hacia el lado suroeste. Otro aspecto importante lo
constituyen las construcciones de los recintos alrededor de las plazas encontradas en la subfase CP-2. En la
CP-Plaza Norte, sobre la CP-Plataforma Norte, se identificaron 10 recintos alineados en tres de sus lados,
y alrededor de la CP-Plaza Oeste 2, ubicada en el lado oeste de la Plataforma Principal, se hallaron otros
17 recintos.

Parte suroeste de la Plataforma Principal: durante la subfase CP-2, las nuevas estructuras se concentraron
en esta zona (Fig. 33). El cambio más importante fue la construcción de una nueva plaza, la CP-Plaza
Suroeste 2, que mide, aproximadamente, 14 metros de ancho por 17 metros de largo, y se ubica frente a la
CP-Escalera Suroeste. Durante la subfase CP-2, la CP-Plataforma Suroeste 1 y la nueva CP-Plaza Suroeste
2 pasaron a ocupar un lugar preponderante. Por otro lado, la CP-Plaza Suroeste 1 (Fig. 17), construida en
la subfase CP-1, se redujo en sus dimensiones y en el lado sureste se levantaron nuevas plataformas, la CP-
Plataforma Suroeste 6 y 7. Al igual que en la parte noreste, se verificó la construcción de varios recintos. Se
encontraron cinco de ellos alrededor de la CP-Plaza Suroeste 6, erigidos en esta misma subfase.

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Fig. 16. Plano del conjunto arquitectónico de la subfase CP-2 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Eisei Tsurumi).
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Fig. 17. La CP-Plaza Suroeste 1 en la subfase CP-2 (foto: Proyecto Kuntur Wasi).

4.3.3. Copa 3. En la subfase constructiva CP-3, la última de la fase Copa, se produjeron cambios fun-
damentales en el sitio (Fig. 18). Aunque la Plataforma Principal todavía estaba en uso, se cubrieron la
CP-Plaza Noreste de la Primera Terraza, construida en la subfase KW-1, y la CP-Escalera Suroeste en el
lado opuesto, construida en la subfase CP-1. Además, la CP-Plaza Central, que era el espacio ceremonial
de mayor importancia del Conjunto Arquitectónico Central del Templo, fue también enterrada. Si bien
algunas estructuras, como, por ejemplo, la CP-Plataforma Central, el CP-Atrio Norte y la CP-Plataforma
Este, estaban vigentes de acuerdo con los datos estratigráficos y los niveles, no se ha podido determinar si
se las reutilizó. Se puede decir, con certeza, que se perdió coherencia en el eje de alineamiento del Conjunto
Arquitectónico Central del Templo. Al mismo tiempo, se comprobó que la mayoría de las entradas de los
canales fueron clausuradas y dejaron de funcionar. El sistema de canales del templo, establecido en la fase
Kuntur Wasi, y que fue modificado y conservado durante las subfases CP-1 y CP-2, fue abandonado.
En conclusión, en la subfase CP-3 el Principio Constructivo Básico del Templo —que se consolidó en
el inicio de la fase Kuntur Wasi y se mantuvo hasta la subfase CP-2— perdió importancia. No es posible
reconocer el plano integral de la arquitectura de la subfase CP-3, pero se puede afirmar que el conjunto
arquitectónico compuesto de plataformas y plazas desapareció, y los recintos pasan a ocupar un lugar de
mayor preponderancia.

4.4. La fase Sotera

Durante la fase Sotera, en la parte final del Periodo Formativo, se produjo otro cambio de importancia.
Además de la destrucción de las estructuras anteriores, se cubrió también la CP-Escalera Principal —el
único acceso a la Plataforma Principal que permanece en uso hasta la fase Copa— a inicios de la fase
Sotera. Además, todas las construcciones en la Primera Terraza y la Plataforma Principal de la subfase CP-3
fueron enterradas o destruidas.
Aunque se han confirmado dos subfases constructivas, es decir, ST-1 (Fig. 19) y ST-2 (Fig. 20), no son
muchas las evidencias arqueológicas de las construcciones correspondientes a esta fase. Se han encontrado
algunos muros de doble cara que podrían corresponder a las viviendas en la parte norte de la Plataforma

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Fig. 18. Plano del conjunto arquitectónico de la subfase CP-3 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Eisei Tsurumi).
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Fig. 19. Plano del conjunto arquitectónico de la subfase ST-1 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Eisei Tsurumi).
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Fig. 20. Plano del conjunto arquitectónico de la subfase ST-2 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Eisei Tsurumi).
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Fig. 21. Cuadro cronológico del sitio de Kuntur Wasi y las nueve subfases constructivas (elaboración del cuadro: Kinya
Inokuchi).

Principal y la parte noroeste de la Primera Terraza. Eso no significa que no se hubieran dado actividades
ceremoniales en dicha fase. Se han encontrado algunos tiestos finos y tumbas con objetos asociados, pero
lo cierto es que, a partir de esta fase, Kuntur Wasi dejó de funcionar como centro ceremonial.

5. Conclusiones

La secuencia arquitectónica y la cronología de Kuntur Wasi se basan en los datos obtenidos a lo largo de
investigaciones intensivas, por lo que estos resultados son muy importantes y confiables como puntos de
referencia (Burger y Salazar-Burger 2008: 95), y permiten tratar el proceso social del Periodo Formativo en
los Andes centrales dentro de un contexto más amplio.
El análisis detallado de la secuencia del conjunto arquitectónico ofrece otro aspecto de la cronología
que muestra el proceso de Kuntur Wasi. Se puede resumir brevemente la secuencia del conjunto arquitec-
tónico del complejo de acuerdo con la cronología general del Periodo Formativo (Fig. 21). En la fase Ídolo,
que pertenece a la parte tardía del Periodo Formativo Medio o al término del Periodo Inicial, se iniciaron
las actividades de construcción del templo en Kuntur Wasi. En la fase Kuntur Wasi, atribuida al Periodo
Formativo Tardío u Horizonte Temprano, las estructuras de la fase Ídolo se cubrieron en su integridad y
se construyó un nuevo conjunto arquitectónico a gran escala como centro ceremonial. Se instauró lo que
se ha denominado aquí como Principio Constructivo Básico del Templo, compuesto de tres elementos: la
construcción de la Plataforma Principal, de un Conjunto Arquitectónico Central del Templo y el estable-
cimiento de un sistema de canales. Esta fue la innovación más significativa ocurrida en el sitio, si bien los
entierros de tumbas especiales y la colocación de monolitos de piedra en las edificaciones también fueron
eventos muy importantes asociados con la erección de un nuevo conjunto arquitectónico en el centro
ceremonial.
En la fase Copa, en la parte tardía del Periodo Formativo Tardío, aunque las actividades constructivas
todavía eran muy intensas, se mantuvo el mismo principio hasta la subfase CP-2. Sin embargo, en la parte
suroeste de la Plataforma Principal se construyó otro conjunto arquitectónico cuya orientación de muros

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Fig. 22. Reconstrucción del conjunto arquitectónico de la subfase KW-1 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Yuko Ito).

Fig. 23. Reconstrucción del conjunto arquitectónico de la subfase KW-2 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Yuko Ito).
Fig. 24. Reconstrucción del conjunto arquitectónico de la subfase CP-1 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Yuko Ito).

Fig. 25. Reconstrucción del conjunto arquitectónico de la subfase CP-2 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Yuko Ito).
Fig. 26. Conjunto Arquitectónico Central del Templo de la subfase KW-1 (vista desde el norte) (elaboración del gráfico: Kinya
Inokuchi y Yuko Ito).

Fig. 27. Conjunto Arquitectónico Central del Templo de la subfase KW-1 (vista desde el noreste) (elaboración del gráfico:
Kinya Inokuchi y Yuko Ito).
Fig. 28. Conjunto Arquitectónico Central del Templo en la subfase KW-2 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Yuko Ito).

Fig. 29. Conjunto Arquitectónico Central del Templo en la subfase CP-1 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Yuko Ito).
Fig. 30. Conjunto Arquitectónico Central del Templo en la subfase CP-2 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Yuko Ito).

Fig. 31. Conjunto arquitectónico en la parte suroeste de la subfase KW-2 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Yuko Ito).
Fig. 32. Conjunto arquitectónico en la parte suroeste de la subfase CP-1 (elaboración del gráfico: Kinya Inokuchi y Yuko Ito).

Fig. 33. Conjunto arquitectónico en la parte suroeste de la subfase CP-2 (Elaboración del gráfico:Kinya Inokuchi y Yuko Ito).
LA ARQUITECTURA DE KUNTUR WASI 245

difería respecto de la anterior, y al mismo tiempo, se creó un nuevo acceso en el lado suroeste del muro de
contención de la Plataforma Principal. Durante la subfase CP-3, la última subfase constructiva de la fase
Copa, se abandonó el Principio Constructivo Básico del Templo. La KW/CP-Plaza Central y la KW/CP-
Plaza Noreste, dos plazas importantes del centro ceremonial, fueron cubiertas y la mayoría de los canales
dejaron de funcionar. Por último, en la fase Sotera, correspondiente al Periodo Formativo Final, el centro
ceremonial ya no era vigente.
El presente estudio muestra un caso muy importante del Periodo Formativo, particularmente del
Formativo Tardío, al que corresponden las fases Kuntur Wasi y Copa. Se puede observar un proceso co-
mún en la sierra norte del Perú en los periodos Formativo Medio y Tardío y que involucra sitios arqueoló-
gicos como Kuntur Wasi, Huacaloma, Pacopampa y Chavín de Huántar: el establecimiento de un centro
ceremonial con una actividad muy intensa y su transformación, lo que incluyó aspectos de continuidad,
ruptura y abandono final. Se puede considerar que estos son fenómenos clave para esclarecer el proceso
social del Periodo Formativo en general. En el caso de Kuntur Wasi, se puede observar, en detalle, la com-
plejidad de la secuencia de continuidad y cambio en el Formativo Tardío.
Sobre la base de los datos de la cerámica se establecieron dos fases dentro del Periodo Formativo Tardío:
la fase Kuntur Wasi y la fase Copa. Además, de acuerdo con el análisis de la arquitectura, se puede definir
una línea de continuidad muy significativa del Principio Constructivo Básico del Templo que se extiende
desde la subfase KW-1 hasta la CP-2, con una interrupción o corte del centro ceremonial al final de la fase
Copa, es decir, la subfase CP-3, durante el Periodo Formativo Tardío. Sin embargo, en los centros cere-
moniales del Periodo Formativo se puede advertir procesos aún más diversos de transformación material
tanto en la arquitectura, la cerámica y otros objetos, así como en el sistema social, el sistema de poder, la
estratificación social y los intercambios entre los sitios. Por lo tanto, para esclarecerlos, se debe profundizar
la discusión por medio de la comparación cruzada de los distintos tipos de datos.

Agradecimientos

En las investigaciones del sitio de Kuntur Wasi han participado numerosos arqueólogos y estudiantes pe-
ruanos y japoneses, por lo que quisiera agradecer a todos ellos por su colaboración y esfuerzo. Agradecemos
también al Instituto Nacional de Cultura, filiales de Lima y Cajamarca, por autorizar las excavaciones y
por su constante apoyo.

Notas
1
En primera estancia, el autor estableció 46 tipos de cerámica sobre la base de los datos obtenidos de la
primera etapa de las excavaciones en Kuntur Wasi en tres años, desde 1988 hasta 1990: siete tipos de la
fase Ídolo, 17 de la fase Kuntur Wasi, seis del complejo Sangal, 13 de la fase Copa y tres de la fase Sotera
(Onuki, Kato e Inokuchi 1995: 23). Posteriormente, se analizaron y clasificaron los datos de la cerámica
obtenidos en todas las temporadas, por lo que se cambió una parte de la tipología y, por último, se definie-
ron 61 tipos en total (Inokuchi 2007).
2
Según el análisis de la cerámica, la del complejo Sangal apareció en algún momento de la fase Kuntur
Wasi; sin embargo, los otros tipos de cerámica de esta fase se encuentran durante la totalidad de su du-
ración. El complejo Sangal no solo constituye una fase o subfase, sino un complejo cuyos elementos son
distintivos. Por lo tanto, el comienzo de la subfase constructiva KW-2 no coincide con el momento en que
aparece la cerámica del complejo Sangal.
3
Los modelos arquitectónicos tridimensionales de Kuntur Wasi se han realizado con el programa Sketch
Up Pro de Google. No se trata de simples modelos especulativos, sino de reconstrucciones fieles a los datos
obtenidos en las excavaciones y las interpretaciones arqueológicas. La ventaja del modelo tridimensional

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246 KINYA INOKUCHI

es que es posible trasladar el punto de vista a cualquier ángulo (cf. Figs. 26, 27), alejando o acercando la
perspectiva. En el presente artículo se presentan solo las figuras en dos dimensiones modificadas de los
archivos originales de Sketch Up. En el aspecto técnico se contó con la colaboración de Yuko Ito, quien
participó también en las excavaciones.
4
Yasutake Kato documentó la secuencia del conjunto arquitectónico de Kuntur Wasi según los datos de
las excavaciones realizadas entre 1988, 1989 y 1990 (Kato 1994; Onuki, Kato e Inokuchi 1995). Los
resultados que se presentan en este artículo se basan en datos obtenidos en todas las temporadas de inves-
tigación. Al mismo tiempo, se ha cambiado el sistema de denominación de las estructuras. Las que tienen
un nombre distinto en esta contribución son las siguientes:

(Kato 1994; Onuki, Kato e Inokuchi 1995) (el presente artículo)

ID-Plataforma Secundaria ID-Plataforma Noroeste


KW-Escalera Delantera KW-Escalera Noreste 2
KW-Plaza Delantera KW-Plaza Noreste
KW(CP)-Plaza Cuadrangular KW(CP)-Plaza Central
KW(CP)-Plaza Sudeste 1 KW(CP)-Plaza Sureste 2
KW-Plz. Sudeste 2 KW-Plaza Sureste 3
KW(CP)-Plaza Sudeste 3 KW-Plaza Sureste 1
CP-Plataforma Introductoria CP-Plataforma Noreste
5
Como se presenta en el plano de las Figs. 6 y 12, en la KW-Plaza Circular se halló una escalera de forma
semicircular en el lado noreste, pero no se encontró la escalera del lado opuesto —en el lado suroeste de la
plaza—, posiblemente debido a la destrucción ocurrida durante la fase Copa. Sin embargo, si se consideran
las características de la plaza circular hundida y se las comparas, en general, con otros sitios del Periodo
Formativo, es posible asumir que la KW-Plaza Circular tuviera dos escaleras en ambos lados. Por lo tanto,
en los modelos tridimensionales de las Figs. 22, 23 y 31 se ha añadido la otra escalera del lado suroeste.
6
En las excavaciones de 1996 se encontró una tumba de la fase Kuntur Wasi (G-TM 6) asociada con un
objeto de oro en el sector de la parte sur de la Plataforma Principal (Onuki 1997: 96-97). Si se considera el
contexto estratigráfico, se asume que dicha tumba pertenece a la parte tardía de la fase Kuntur Wasi.
7
A pesar de la fama alcanzada por los monolitos de piedra encontrados en 1946 (Carrión Cachot 1948),
no se sabe lo suficiente como para determinar cuándo fueron utilizados en la secuencia del sitio. Durante
las excavaciones fueron encontrados dos monolitos intactos en los últimos peldaños superiores de las es-
caleras del lado sureste y del lado noroeste de KW/CP-Plaza Central. Dichas escaleras fueron agregadas
en la subfase KW-2, ya que, en la subfase KW-1, la plaza tenía solo dos escaleras (en el lado noreste y el
lado suroeste). Según las investigaciones realizadas, es muy probable que los dos monolitos hallados en las
excavaciones también fueran colocados en las gradas que se encuentran en los lados sureste y noroeste de
la KW-Plaza Central en la subfase KW-1 (Fig. 6).

ISSN 1029-2004
LA ARQUITECTURA DE KUNTUR WASI 247

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LA DIFUSIÓN
BOLETÍN DE ARQUEOLOGÍA PUCP / N.° 12 / DE LOS
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249-259 DOMESTICADOS...
/ ISSN 1029-2004 249

La difusión de los camélidos domesticados en el norte


del Perú durante el Periodo Formativo

Kazuhiro Uzawa a

Resumen

En este artículo se exponen los resultados de los análisis en muestras de huesos animales de dos sitios del Periodo Formativo, Kuntur
Wasi y Pacopampa, ubicados en el norte del Perú. Ambos complejos se localizan fuera de la distribución natural de los camélidos
salvajes. Gracias a estos estudios se podrá comprender, de manera más clara, la introducción del camélido domesticado en esta
región y su forma de utilización. Existe una correspondencia entre el momento de la introducción del camélido domesticado y los
cambios en la estructura social. En esa época se habría dado el paso de una sociedad basada en la subsistencia local a una que
establecía una red extendida de intercambio.

Palabras clave: camélidos sudamericanos, dispersión de animales domésticos, cambio en la subsistencia, arqueozoología

Abstract

DOMESTIC CAMELIDS DISPERSAL TO THE NORTHERN HIGHLAND OF PERÚ DURING THE FORMATIVE
PERIOD

In this paper, faunal data from two Formative sites, Kuntur Wasi and Pacopampa, are compared. At both sites, the composition
ratio of the camelids to deer increased in the late Formative Period. This change of taxonomic composition in the bone sample is
interpreted as the subsistence shift from deer hunting to camelid herding. By integrating the faunal data from these sites, it can be
suggested that the timing of camelid introduction to the sites corresponds with an overall change of the social framework, which is
the shift from a regional society to more widespread network of societies.

Keywords: South American camelids, dispersal of domestic animals, subsistence change, archaeozoology

1. Introducción

Los camélidos sudamericanos tienen un papel importante en el desarrollo de las sociedades andinas; lo fue
así para los cazadores antiguos tanto como lo es para los pastores y agricultores de la actualidad. De manera
especial, las formas domesticadas (llama y alpaca) fueron un instrumento clave para la relación entre las
sociedades locales del Periodo Formativo y la consecuente expansión de los Estados tempranos (Uzawa
2007). Actualmente, hay cuatro especies de camélidos: dos son salvajes —el guanaco (Lama guanicoe) y
la vicuña (Vicugna vicugna)— y las otros dos —la llama (Lama glama) y la alpaca (Vicugna pacos)— son
domesticadas. Recientes estudios biomoleculares han demostrado que la llama desciende del guanaco y la
alpaca de la vicuña (Kadwell et al. 2001); ambas especies fueron utilizadas no solo como alimento y bestias
de carga, sino también para aprovechar su cuero y fibra.
Los orígenes de la domesticación de los camélidos fueron estudiados anteriormente por Jane Wheeler
en la década de los ochenta. Esta investigadora concluyó que dicho proceso ocurrió entre 6500 y 6000

a
University of East Asia, Faculty of Human Sciences.
Dirección postal: 2-1 Ichinomiya-gakuencho, Shimonoseki, Yamaguchi 751-8503, Japón.
Correo electrónico: kuzawa@toua-u.ac.jp ISSN 1029-2004
250 KAZUHIRO UZAWA

a.p. en el ecosistema de puna de los Andes centrales, específicamente en la zona alta de Junín (Wheeler
1984, 1988, 1995), aunque, en los últimos años, se han reportado evidencias zooarqueológicas en los
Andes centro-sur, incluidos el norte de Chile y el noroeste de Argentina, lo que permite a algunos estudio-
sos sugerir que estas dos últimas regiones también deben ser consideradas como posibles áreas de origen
de la domesticación (Yacobaccio 2004; Mengoni Goñalons y Yacobaccio 2006). No obstante, se podría
decir que la mayor parte de las muestras y la gran variedad de evidencias han sido obtenidas en los Andes
centrales, es decir, en el Perú. Aunque puede tenerse en cuenta múltiples hipótesis sobre el origen de la
domesticación, Junín debe ser entendido como un centro indispensable para este proceso, lo que debe ser
tomado en consideración por los arqueólogos que trabajan en el área norte del país.
Al margen del lugar del origen, es poco lo que se sabe de la aparición de los camélidos domésticos, de
su proceso de dispersión o del impacto que tuvieron en las sociedades prehistóricas. Solo se cuenta con
evidencias presentadas de manera unilateral en lugares como los valles interandinos y la costa norte, entre
otros (v.g., Shimada y Shimada 1985; Wheeler et al. 1995; Wheeler 2005). Sin embargo, estos datos son
de carácter fragmentario, por lo que la discusión sobre la difusión de los camélidos domésticos debe ser
evaluada. Las principales preguntas son las siguientes: 1) ¿cómo y cuándo se produjo el proceso de difusión
de los camélidos domesticados?; 2) ¿cómo eran los primeros camélidos domesticados con respecto a los
que hoy se conocen?; 3) ¿cómo se utilizaron los camélidos domesticados durante el Periodo Formativo?;
¿qué diferencia existe con la manera actual de uso de los camélidos por parte de los pastores y agricultores
andinos?, y 4) ¿qué tipo de relación se puede establecer entre el cambio de las sociedades formativas y la
difusión de los camélidos?
Además, para conocer el índice de domesticación de los camélidos se necesita reunir las evidencias
de carácter directo e indirecto. Las evidencias directas incluyen el cambio morfológico de los dientes
incisivos y la variabilidad osteométrica de los demás huesos de los individuos (Wheeler 1982, 1984).
Lamentablemente, los dientes de las llamas y los guanacos no pueden ser distinguidos con facilidad. La
comparación osteométrica es también valiosa para distinguir a las cuatro especies de camélidos (v.g., Kent
1982; Mengoni Goñalons et al. 2006). Por lo general, tanto la llama como la alpaca son más grandes que
sus antepasados salvajes; sin embargo, los valores osteométricos de cada ejemplar pueden superponerse. Por
otro lado, la evidencia indirecta de la muestra a estudiar incluye las características de diversidad de la espe-
cie y su índice de mortalidad (v.g., Wing 1972; Hesse 1982). En las colecciones de Junín, Wheeler señaló la
explotación creciente de camélidos y la alta proporción de mortalidad de neonatos causada por el encierro
en corrales insalubres (Wheeler 1984). El presente estudio se enfoca en el proceso de difusión de los camé-
lidos domesticados en la sierra norte del Perú sobre la base de estas evidencias directas e indirectas.

2. Materiales y métodos

Para reunir las evidencias directas e indirectas se necesita un alto número de muestras bien preservadas.
Este artículo expondrá los resultados de los análisis efectuados en las muestras de dos sitios del Periodo
Formativo: Kuntur Wasi y Pacopampa (Onuki [ed.] 1995; Seki y Tosso 2007; ver Fig. 1). Ambos se ubican
fuera de la distribución natural de los camélidos salvajes. Gracias a estos estudios se podrá comprender, de
manera más clara, la introducción del camélido domesticado a esta región y su forma de utilización.
El sitio de Kuntur Wasi se sitúa en la ladera occidental de los Andes, a 2200 metros de altura, mientras
que Pacopampa se sitúa en el lado oriental, a 2500 metros de altura. Entre ambos complejos es posible esta-
blecer ciertas semejanzas, dado que son contemporáneos: sus fases pueden correlacionarse y se encuentran
a alturas similares, sin embargo, sus contextos arqueológicos son distintos, ya que cada uno mantuvo, en
forma independiente, una mayor o menor relación cultural con la costa, en el caso de Kuntur Wasi, o con
la selva, en el caso de Pacopampa; además, sus microecosistemas son ligeramente diferentes.
En el caso de Kuntur Wasi, la investigación zooarqueológica comenzó en 2003 y durante cuatro tem-
poradas se analizó, de manera detallada, una muestra de 10.000 especímenes, de los que 4000 fueron
identificados claramente por especie. Estas muestras de huesos animales fueron ordenadas en cuatro fases
cronológicas definidas. En relación con Pacopampa, el estudio zooarqueológico comenzó en 2007, por lo
que los resultados son, aún, preliminares. La muestra analizada fue de 2000 especímenes, de los que 900

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LA DIFUSIÓN DE LOS CAMÉLIDOS DOMESTICADOS... 251

Fig. 1. Mapa con la ubicación de los sitios arqueológicos mencionados en el texto (elaboración del dibujo: Kazuhiro
Uzawa).

fueron identificados por especie. Estas muestras fueron clasificadas en dos fases cronológicas. Los métodos
de clasificación aplicados fueron: a) la proporción relativa de camélidos basada en el número de especí-
menes identificados (NISP, por sus siglas en inglés) en las colecciones, b) la composición de edad de los
camélidos basada en la erupción y el uso de dientes del maxilar inferior. Por otro lado, la clasificación de
los camélidos se basó en el valor osteométrico.

3. Los resultados

a) La abundancia relativa de los animales: en Kuntur Wasi se identificó un total de 12 mamíferos. La es-
pecie dominante de la muestra estudiada fue el venado, un animal común que todavía se puede encontrar
alrededor del sitio. La segunda especie dominante la conforman los camélidos. Estas dos taxa comprenden
el 80% de los animales explotados en el complejo, mientras que el resto lo conforman el perro, el cuy, el
zorro andino, la zarigüeya, el oso de anteojos, el jaguar o puma y algunos roedores.
Hasta el momento se han identificado siete mamíferos en la muestra de Pacopampa. La escasa variedad
taxonómica en comparación con Kuntur Wasi podría ser el reflejo del número limitado de especímenes

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252 KAZUHIRO UZAWA

Fig. 2. La proporción relativa de camélidos y cérvidos en el sitio de Kuntur Wasi (elaboración del diagrama: Kazuhiro
Uzawa).

estudiados. En este sitio también se observa la tendencia general de predominancia en la utilización de


venados y camélidos.

b) Los camélidos comparados con los cérvidos en Kuntur Wasi: en esta sección se realizará una compa-
ración por medio de la proporción relativa de camélidos en cada uno de los complejos en cuestión. La
Fig. 2 muestra los resultados del sitio de Kuntur Wasi. La proporción relativa de camélidos y cérvidos fue
calculada sobre la base del NISP de estas taxa. Se puede observar que, en la fase Ídolo (Periodo Formativo
Medio), no había camélidos en el complejo; esto implica que no existían camélidos salvajes en los alrede-
dores durante esa fase, de lo que se infiere que fueron introducidos en forma domesticada. Por lo tanto,
en Kuntur Wasi, la aparición de los camélidos comienza en la fase del mismo nombre (Periodo Formativo
Tardío), aunque en proporciones bajas. Hacia la fase Sotera (fines del Periodo Formativo), la proporción
de camélidos y cérvidos llegó a ser casi la misma; sin embargo, es notorio que el número de camélidos no
superaba al de cérvidos.
Antes de exponer el resultado preliminar de la muestra de Pacopampa, se evaluará el resultado de la
comparación entre Kuntur Wasi y otros cuatro sitios excavados con anterioridad en lo que se refiere a la
proporción relativa solo de camélidos (ver Fig. 3). Los cuatro complejos a los que se hace referencia se ubi-
can en la parte central y norte del Perú, y fueron estudiados por diversos investigadores. Geográficamente,
se puede advertir que están distribuidos entre las tierras altas de Junín y que, junto con Kuntur Wasi (ubi-
cado en una zona más baja que los anteriores), forman una línea relativamente recta. También se advierte
que Kuntur Wasi, en comparación con otros complejos, presenta una introducción de camélidos posterior
y en proporciones más bajas.
Sobre la base de los resultados de Kuntur Wasi, el autor presenta una hipótesis tentativa acerca de la
dispersión doméstica de camélidos en la sierra norte del Perú. La introducción de estos animales concuerda
con el fenómeno denominado inclinación geográfica, es decir, los sitios más distantes a Junín habrían re-
cibido más tardíamente la llegada de los especímenes domesticados.

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Fig. 3. La proporción relativa de camélidos en Kuntur Wasi y otros cuatro sitios del Periodo Formativo investigados anterior-
mente. Estos se ubican en la parte central y el norte de Perú, y fueron estudiados por varios investigadores: Chavín de Huántar
(Miller y Burger 1986), Huacaloma (Shimada 1985) y Kotosh (Wing 1972) y Huaricoto (Sawyer 1985) (elaboración del
diagrama: Kazuhiro Uzawa).

c) Los resultados del sitio de Pacopampa: se mencionó arriba, sobre la base de los resultados del sitio de
Kuntur Wasi, que la introducción de los camélidos domesticados podría haberse dado de manera más lenta
en los sitios más alejados de Junín. Sin embargo, los resultados de los análisis preliminares de muestras
procedentes de Pacopampa parecen contradecir esta predicción (ver Fig. 4).
El autor postula que el modelo básico de difusión puede ser refutado si los datos actuales demuestran
una imagen verídica de los procesos del pasado, por lo que se necesitará un patrón alternativo. En el Periodo
Formativo, es probable que algunas regiones hayan modificado su forma de subsistencia de manera más
temprana que otras, y que estos cambios sociales hayan estado en relación con el modo de explotación de
los animales. En ese sentido, el empleo que se dio al camélido domesticado constituye un factor clave para
comprender todo el proceso. Con el objetivo de definir este aspecto será necesario analizar con más detalle
la muestra y, de esta manera, diferenciar las clases de camélidos que fueron utilizados.

d) Los camélidos desarrollados en Kuntur Wasi: como se mencionó líneas antes, la distinción entre las
cuatro especies modernas de camélidos, sobre la base de la morfología, es difícil; sin embargo, la compa-
ración osteométrica constituye un método útil. Las medidas más utilizadas para la clasificación de estas
cuatro especies son el ancho y la altura de la articulación proximal de la primera falange. Este artículo solo
presentará los resultados de la colección de Kuntur Wasi, ya que no se cuenta con muestras suficientes para
el caso de Pacopampa.
La Fig. 5 presenta una comparación osteométrica de las muestras. El eje horizontal indica el ancho,
mientras que el eje vertical indica la profundidad de la faceta de la articulación proximal de la primera
falange de los camélidos. Como resultado de este análisis se pueden identificar dos grupos, uno pequeño y
uno grande. Al ser equiparados con las medidas de los especímenes modernos, se puede decir que el grupo
pequeño corresponde a la alpaca actual y el grupo grande a la llama contemporánea.

Sobre la base de este resultado, cerca del 85% de los camélidos serían llamas y alrededor del 15% alpa-
cas. En las actuales comunidades de pastores no solo se consume la carne de la llama, sino que el animal es
utilizado para el transporte de objetos diversos hasta que alcanza la edad máxima. La edad de los camélidos
se calcula según la erupción y desgaste de los dientes de la mandíbula (Wheeler 1982). La clasificación

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254 KAZUHIRO UZAWA

Fig. 4. La proporción relativa de camélidos en Kuntur Wasi y Pacopampa (elaboración del diagrama: Kazuhiro Uzawa).

Fig. 5. Comparación osteométrica de los camélidos en Kuntur Wasi. El eje horizontal indica el ancho, mientras que el eje
vertical indica la profundidad de la faceta de la articulación proximal de la primera falange de los camélidos. Se advierte la
formación de dos grupos (elaboración del diagrama: Kazuhiro Uzawa).

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Fig. 6. Índice de mortalidad de los camélidos en Kuntur Wasi. Se reunieron los datos de los perfiles de edad calculados en cada
fase del Periodo Formativo Medio hasta el final de la ocupación en el complejo. Su promedio se muestra con el punto negro
grande (elaboración del diagrama: Kazuhiro Uzawa).

consiste de tres etapas: a) joven, que corresponde a los especímenes menores a cuatro años de edad; b)
adulto, que comprende a los especímenes de entre cuatro a siete años; c) adulto mayor, que abarca a los
especímenes mayores a los siete años de edad. En comparación, los camélidos domesticados modernos
tienen un máximo de vida de entre 10 y 15 años. Se reunieron los resultados del perfil etario calculado en
cada fase, desde el Periodo Formativo Medio hasta el Final en Kuntur Wasi (véase Fig. 6). Los especímenes
jóvenes conforman el 69% de la colección, los adultos el 13% y los adultos mayores el 18%. La proporción
de especímenes jóvenes es alta; sin embargo, la presencia de individuos adultos mayores también indica
una característica importante del complejo, es decir, la posibilidad del aprovechamiento de este animal
como bestia de carga. En ese sentido, existe un ejemplar perteneciente, sobre la base de comparaciones con
especímenes modernos, a un individuo de entre 10 a 15 años de edad. Esta corresponde a la longevidad
máxima que se puede alcanzar bajo condiciones de crianza óptimas, lo que sugiere que dicho animal no
estaba destinado para el consumo de carne sino para el propósito especial de ser el líder de una caravana
(véase Fig. 7).
La aparición de los camélidos domesticados en Kuntur Wasi ocurre, aproximadamente, hacia 2000
a.p. El tipo de camélido que más se explotó en este lugar fue la llama. Las muestras de camélido analizadas
indican una proporción alta de individuos jóvenes y la presencia de individuos adultos. Se puede decir que
los camélidos fueron utilizados como bestias de carga, al igual que en el presente. Su inclusión en la zona
debió haber demandado el desarrollo de nuevos conocimientos y técnicas que permitieran mantener un
nuevo sistema de subsistencia, es decir, la crianza de estos animales. Los habitantes de Kuntur Wasi debie-
ron haber agregado estos nuevos conocimientos a su lista de recursos.
En conclusión, se observa que la sociedad del Formativo de Kuntur Wasi desarrolló hasta tres modos
de subsistencia: la agricultura, la caza y la crianza de camélidos. ¿Tuvo algún impacto en su sociedad la apa-
rición de los camélidos domesticados? Para proponer una respuesta, el autor encuentra necesario conocer,

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Fig. 7. Una mandíbula de camélido excavada en Kuntur Wasi. Según el desgaste de los dientes, la edad de este individuo era
de entre 10 y 15 años (foto: Kazuhiro Uzawa).

en primer término, las características de la actividad de crianza de camélidos en la sociedad contemporánea


y, luego, establecer las comparaciones correspondientes con la sociedad formativa sobre la base de las evi-
dencias explicadas anteriormente.

4. Discusión: la utilización de los camélidos modernos y los del Periodo Formativo

Según el etnólogo Inamura (1995), el pastoreo de camélidos que se dio en los Andes puede ser clasificado
en dos tipos:

a) Los pastores permanentes: grupo de individuos que tenían su residencia en la puna, un lugar inapro-
piado para la agricultura. Se desplazaban hacia las partes más bajas de los valles para realizar intercambios
con las poblaciones respectivas. Utilizaban sus camélidos como bestias de carga; luego los usaban como
fuente de carne y para cambiarlos, por ejemplo, por parte de una cosecha. En este caso, parece ser que se
establecieron relaciones entre dos o más sociedades.

b) Los pastores-agricultores: grupos que tuvieron dos tipos de residencia, una en la puna, donde se encon-
traban los criadores de camélidos, y la otra en zonas más bajas, donde se ubicaban las áreas de cultivo. Es
probable que, en este caso, se tratara de una única sociedad.

En ambos tipos de pastoreo, las viviendas se ubicaban en la puna y se utilizaban a los animales para
transportar productos agrícolas desde las zonas más bajas. Ante la pregunta de si sería posible aplicar estos
modelos al caso de Kuntur Wasi en el Periodo Formativo, el autor rechaza esta posibilidad por dos razones:
en la sierra norte del Perú la altitud es más baja que en la sierra sur; debido a ello, la puna es un tipo de
ecosistema no desarrollado en el norte. En segundo lugar, Kuntur Wasi se ubica en la frontera entre las
zonas yunga y quechua, y a ello se debe que su ecosistema sea de clima tibio y propicio para el cultivo, mo-
tivo por el que los habitantes de la zona no habrían necesitado de bestias de carga para traer los productos
agrícolas de otros pisos ecológicos.
La caza de venado parece haber suministrado la cantidad suficiente de carne hasta la fase final del
Periodo Formativo en Kuntur Wasi. Debido a ello, el desabastecimiento no fue una causa para la crianza

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Fig. 8. Los modelos de sociedad correlacionados con las evidencias arqueológicas del sitio de Kuntur Wasi (elaboración del
cuadro: Kazuhiro Uzawa).

de camélidos, ya que como, se ha visto, la presencia de venados fue constante. Entonces, ¿por qué se realizó
la crianza de camélidos y qué clases de objetos transportaban? Para contestar a esta pregunta se necesita
tomar en cuenta otras características arqueológicas de este sitio.

5. Conclusiones: las características arqueológicas y la difusión de los camélidos domesticados

La Fig. 8 resume los modelos de sociedades por medio de una correlación entre las evidencias arqueológicas
de las fases del sitio de Kuntur Wasi. Si se observan los datos acerca de los camélidos en el cuadro pro-
puesto, se advierte una correspondencia entre el momento de la introducción del camélido domesticado
—que equivale en tamaño a la llama moderna— y los cambios en la estructura social. En ese momento se
habría dado el paso de una sociedad basada en la subsistencia local a una que establecía una red extendida
de intercambio que promovió el transporte de bienes entre diferentes regiones. Por lo tanto, aún en una
sociedad como la de Kuntur Wasi, basada en un ecosistema conveniente para la actividad agrícola y que
permitía una economía autosuficiente, la crianza de camélidos domesticados habría ofrecido contribu-
ciones valiosas. Se puede decir que esta actividad fue, con probabilidad, un factor clave que incentivó la
aparición de esas redes sociales extendidas.
Para el futuro será necesario investigar los datos procedentes de diversos sitios que tuvieron diferentes
funciones durante el Periodo Formativo, es decir, no solo centros ceremoniales, sino, por ejemplo, áreas
domésticas. En este sentido, el objetivo actual de las investigaciones es aumentar el conocimiento alcan-
zado con el análisis de los datos zooarqueológicos de Pacopampa. De este modo, la comparación entre
dos complejos ofrecerá una oportunidad valiosa y, con ello, la posibilidad de comprender el modelo de la
dispersión y domesticación de los camélidos en el área norte del Perú durante el Periodo Formativo, espe-
cialmente en las etapas Media y Tardía.

Agradecimientos

La presente investigación se desarrolló en el marco de los proyectos arqueológicos Kuntur Wasi y Pacopampa.
Agradezco, por su apoyo y esfuerzo, a todos sus integrantes.

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12 / 2008, 261-286 COMPLEJO DE CABALLO MUERTO...
/ ISSN 1029-2004 261

Excavaciones en Huaca Cortada,


complejo de Caballo Muerto, valle de Moche:
un informe preliminar

Jason Nesbitt,a Belkys Gutiérrez b y Segundo Vásquez c

Resumen

En este artículo se presentan los resultados preliminares de la primera temporada de excavaciones en Huaca Cortada, complejo de
Caballo Muerto, valle bajo de Moche. A pesar de que es uno de los edificios más grandes de dicho conjunto, hay poca información
sobre su ocupación. El actual estudio, enfocado en varios aspectos de este tema, ofrece una comprensión más detallada de las fases
de construcción y de su cronología. Se determinó que Huaca Cortada fue erigida alrededor de 1500 a.C. (calib.); sin embargo,
la presencia de cerámica asociada a fases de una ocupación más tardía sugiere una historia más larga y compleja. Además, las
excavaciones demuestran que el montículo fue construido en múltiples fases y con el objeto de aumentar sus dimensiones. Más
aún, algunas fases tienen depósitos con sedimentos producidos por las fuertes lluvias asociadas al fenómeno de El Niño. Estas
conclusiones desafían las afirmaciones previas, que indicaban que Huaca Cortada había sido levantada en una sola fase y bajo
la dirección de una autoridad centralizada.

Palabras clave: Periodo Inicial, arquitectura monumental, fenómeno de El Niño, valle de Moche

Abstract

EXCAVATIONS AT HUACA CORTADA, CABALLO MUERTO COMPLEX, MOCHE VALLEY: A PRELIMINARY


REPORT

In this article, we present the preliminary results of the first season of excavations at Huaca Cortada, Caballo Muerto Complex,
lower Moche Valley. While Huaca Cortada is one of the largest mounds at Caballo Muerto, there is little known about its occu-
pation. Our research focused on various aspects of the site’s occupation including a more detailed understanding of its construction
and chronology. We have determined that Huaca Cortada was first constructed around 1500 cal BC. However, the presence of
pottery associated with later architectural phases indicates a longer and more complex occupational history. Furthermore, the exca-
vations showed that Huaca Cortada was built in multiple construction phases to increase its size through time. This fact challenges
previous conclusions that Huaca Cortada was built in a single construction episode, which was directed by a centralized political
authority. Interestingly, several of the building phases of the mound have sedimentary deposits formed by strong rains associated
with the El Niño phenomenon.

Keywords: Initial Period, monumental architecture, El Niño phenomenon, Moche Valley

1. Introducción

Entre octubre de 2007 y julio de 2008, los autores condujeron investigaciones arqueológicas en el com-
plejo arqueológico Caballo Muerto, las que permitieron realizar excavaciones en las denominadas Huaca

a
Yale University, Department of Anthropology.
Dirección postal: PO Box 208277, New Haven, Connecticut, Estados Unidos.
Correo electrónico: jason.nesbitt@yale.edu
b
Dirección postal: calle Los Pinos 518, urb. La Rinconada, Trujillo, Perú.
Correo electrónico: belkysgl@hotmail.com
c
Universidad Nacional de Trujillo, Facultad de Ciencias Sociales, Escuela de Arqueología.
Dirección postal: av. Juan Pablo s.n.o, Ciudad Universitaria, Trujillo, Perú.
Correo electrónico: svelbrujo@hotmail.com ISSN 1029-2004
262 JASON NESBITT, BELKYS GUTIÉRREZ Y SEGUNDO VÁSQUEZ

Cortada, Huaca Curaca y Huaca de la Cruz. El objetivo de estos estudios fue crear una nueva cronología
para Caballo Muerto, con el fin de entender los orígenes de la cultura Cupisnique en el valle de Moche.
De manera preliminar, este artículo se enfoca en la primera temporada de excavaciones en Huaca Cortada,
uno de los montículos más grandes del complejo en cuestión, y a partir de ello, expone detalles sobre la
historia de su construcción, plantea una discusión acerca de los primeros dos fechados de carbono-14
y propone un resumen de la secuencia cerámica para, finalmente, presentar evidencia sedimentológica
del fenómeno El Niño en asociación directa con diferentes fases de ocupación. Los datos indican que el
edificio tuvo una ocupación más prolongada de la que se planteó con anterioridad. Esta conclusión tiene
implicaciones para el conocimiento del crecimiento y desarrollo de Caballo Muerto, y la naturaleza de la
organización sociopolítica durante el Periodo Inicial en el valle de Moche.

2. El complejo de Caballo Muerto: una reseña de estudios anteriores

El Periodo Inicial (alrededor de 1700-800 a.C. [calib.]) fue una etapa de cambios sociales, religiosos y
económicos en el valle de Moche. Entre las innovaciones importantes estaban la aparición de la cerámica,
el aumento en el número y tamaño de los sitios (Billman 1996, 1999), la intensificación y expansión de
los sistemas de riego (Farrington 1974; Moseley y Deeds 1982; Billman 2002), y la reorientación de la
economía de subsistencia hacia una basada en los recursos del interior del valle (S. G. Pozorski 1976, 1979,
1983; S. G. Pozorski y T. G. Pozorski 1979a). Por otro lado, algunos arqueólogos han destacado el aumento
en el número de sitios en este valle en comparación con el Periodo Precerámico Tardío (Billman 1996,
1999).1 Los sitios más significativos construidos en el valle durante el Periodo Inicial son Menocucho,
Huaca Sacachique (o Huaca Caña), Puente Serrano y Huaca de los Chinos, así como la aldea de Pampas
Gramalote (Watanabe 1976; S. G. Pozorski y T. G. Pozorski 1979a; Conklin 1990; Billman 1996, 1999;
Gutiérrez 1998; Gálvez y Runcio 2007; Briceño y Billman 2009; Pleasants 2009). Sin embargo, el sitio
más conocido por su monumentalidad es el complejo de Caballo Muerto.
Caballo Muerto está situado en el valle bajo de Moche (Fig. 1), a una altura de 150 metros sobre el
nivel del mar. Consiste de ocho edificios que datan de entre el Periodo Inicial y el Horizonte Temprano,
y que se distribuyen sobre un área de 2 kilómetros cuadrados (Fig. 2). Las excavaciones en los campos
de cultivo alrededor de Huaca Cortada revelaron una ocupación residencial/doméstica profundamente
enterrada, casi 2 metros por debajo de la superficie actual. Por otro lado, en sectores como las chacras de
caña de azúcar que rodean Huaca Herederos, las ocupaciones de carácter doméstico estuvieron cubiertas
por casi 4 metros de tierra (Feldman y Kolata 1978). Es probable que la mayoría de los terrenos cerca de
los otros edificios tuvieran ocupaciones secundarias, similares a las de Huaca Cortada. Sin embargo, esta
constituye una hipótesis que deberá probarse con excavaciones futuras.
Aunque Caballo Muerto ha sido conocido desde la segunda década del siglo pasado,2 no fue sino hasta
la década de los sesenta que el sitio fue investigado. Claude Chauchat, Luis Watanabe y sus colegas hicie-
ron excavaciones en Huaca Herederos Chica, y registraron cerámica y arquitectura del Periodo Inicial y el
Horizonte Temprano (Watanabe 1976; Chauchat et al. 2006: 244-246). Posteriormente, Watanabe inició
investigaciones en Huaca de los Reyes, Huaca de la Cruz y Huaca Guavalito como parte de un estudio
más amplio sobre la ocupación temprana en el valle de Moche (Watanabe 1976, 1979). En 1973, Thomas
Pozorski realizó excavaciones en todos los edificios de Caballo Muerto (T. G. Pozorski 1975, 1976, 1980,
1982, 1983). Uno de sus aportes más importantes fue la publicación del hallazgo de una serie de frisos
o relieves antropomorfos de Huaca de los Reyes (Moseley y Watanabe 1974; T. G. Pozorski 1975, 1980;
Watanabe 1979). Este descubrimiento fue crucial para establecer la importancia de Caballo Muerto y
entender el Periodo Formativo. Los trabajos pioneros de Pozorski permitieron establecer la primera cro-
nología del conjunto, que se basó en la seriación de rasgos arquitectónicos, estilos de cerámica y fechados
radiocarbónicos (T. G. Pozorski 1983). Además, dividió la ocupación en tres componentes, los que abar-
caron el lapso entre c. 1400 y 400 a.C. (fechas sin calibración; véase Tabla 1).
Las investigaciones que se resumen en este artículo han demostrado que hay problemas críticos en la
cronología de Pozorski, los que han causado algunas interpretaciones erróneas acerca de la naturaleza del
Periodo Inicial y el Horizonte Temprano en el valle de Moche. Por ejemplo, en dicha cronología, Huaca

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EXCAVACIONES EN HUACA CORTADA, COMPLEJO DE CABALLO MUERTO... 263

Fig. 1. Ubicación del complejo arqueológico de Caballo Muerto (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Caballo
Muerto).

de la Cruz pertenece al Horizonte Temprano (T. G. Pozorski 1983), una propuesta que fue perpetuada
en la literatura arqueológica (Burger 1992: 188; Billman 1996). Sin embargo, información más reciente
muestra, de manera clara, que Huaca de la Cruz corresponde al Periodo Inicial Temprano. Cabe indicar
que Koichiro Shibata (2004) ya había advertido las semejanzas entre las plazas en Huaca de la Cruz y
las unidades modulares rectangulares encontradas en varios sitios del valle de Casma que pertenecen al
Periodo Inicial Temprano (S. G. Pozorski y T. G. Pozorski 1998). Esta observación se apoya en las exca-
vaciones dirigidas por Nesbitt en la cima de Huaca de la Cruz (Nesbitt 2009),3 en donde se encontró un
complejo de ambientes idénticos, en planta, al Edificio de Barro registrado en Cerro Sechín (Tello 1956;
Samaniego et al. 1985; Fuchs 1997).
Otras dificultades cronológicas son evidentes a partir de los fechados de carbono-14 (Tabla 2). El
problema más obvio es la gran variabilidad que existe en los de Huaca de los Reyes, la que es todavía más
manifiesta debido a que los datos pertenecían al mismo contexto en el que fue hallada una serie de postes
de la primera fase de construcción (T. G. Pozorski 1983). A pesar de este hecho, Pozorski (1980, 1982,
1995) propuso para Huaca de los Reyes una edad promedio de 1300 a.C. (sin calibración). Este fechado
es, probablemente, demasiado temprano porque la cerámica de este edificio incluía botellas de asa-estribo
y vasijas con engobe rojo y pintura de grafito, rasgos que corresponden al Periodo Inicial Tardío (1200-800
a.C. [calib.]) en la secuencia de la costa norte (Shimada et al. 1982; Elera 1993, 1997; Ikehara y Shibata
2008; Pleasants 2009).
Por último, la mayoría de los montículos en la secuencia de Caballo Muerto no cuenta con fechados
absolutos, como Huaca Cortada o Huaca Herederos Grande. Por lo general, estos montículos son dispues-
tos en grupos cronológicos relativos basados solamente en los rasgos arquitectónicos, como su orientación
y tamaño. Como se ha mencionado, esta metodología deriva en errores, y ese también ha sido el caso de

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Fig. 2. Foto satelital del complejo arqueológico de Caballo Muerto. 1. Huaca Herederos Grande; 2. Huaca Herederos Chica;
3. Huaca Cortada; 4. Huaca Curaca; 5. Huaca Guavalito; 6. Huaca de la Cruz; 7. Huaca de los Reyes (foto: cortesía de la
Geoeye Foundation).

Huaca de la Cruz. Este aspecto es importante porque en la secuencia de Caballo Muerto se forma la base
del entendimiento acerca del Periodo Inicial y el Horizonte Temprano en el valle de Moche. Por ejemplo,
Billman (1996, 1999) confía en la secuencia de Pozorski para demostrar cambios importantes en los
patrones de asentamiento durante el Periodo Inicial. Sin embargo, si hay errores graves en la secuencia
relativa, ¿cómo se puede confiar en dichos cambios? En este artículo se intenta aportar nueva información
cronológica (relativa y absoluta) acerca de las características de Huaca Cortada.

3. Investigaciones en Huaca Cortada

En la actualidad, Huaca Cortada es un edificio situado entre campos de cultivo en la base este del cerro
La Virgen. Se ubica al norte de Huaca Herederos Grande y Huaca Herederos Chica y directamente al este
de Huaca Curaca. En un inicio, Huaca Cortada fue investigada por Thomas Pozorski, quien excavó ocho
unidades y de ellas infirió dos conclusiones principales sobre su ocupación.
La primera consistía en que el edificio debía datar de antes de 1400 a.C. (sin calibración) y, por lo tanto,
se trataría de uno de los monumentos arquitectónicos más tempranos de Caballo Muerto (T. G. Pozorski
1983: 4, tabla 1). Su propuesta cronológica estaba basada, principalmente, en el tamaño, orientación y
relaciones espaciales con otros montículos; sin embargo, no hubo fechados absolutos para apoyar esta con-
clusión. Se publicaron los resultados del análisis de una pequeña cantidad de cerámica, pero las muestras
resultaban ambiguas en términos de cronología. La segunda conclusión a la que arribó Pozorski se refería
a la naturaleza de la organización social durante el Periodo Inicial en el valle de Moche. Él planteaba que
Huaca Cortada estaba conformada por 192.000 metros cúbicos en volumen y que correspondía a un solo

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Tabla 1. Los tres grupos cronológicos de Caballo Muerto. Los nombres de montículos en negrita cuentan con fechados
radiocarbónicos (según T. G. Pozorski 1976 y 1983: 6, table 2).

gran evento de construcción (T. G. Pozorski 1976: 455; T. G. Pozorski y S. G. Pozorski 1993: 390). En
su tesis de doctorado, Billman (1996: 171, tabla 6.14) hizo un cálculo más conservador de 72.000 metros
cúbicos. Según Pozorski, la razón de este gran tamaño radicaba en que una sociedad jerárquica, como un
cacicazgo, era necesaria para dirigir la erección de un edificio grande como Huaca Cortada. Como se men-
cionará más adelante, las investigaciones de los autores de este artículo indican que el volumen de Huaca
Cortada es mucho menor y que fue construida en varias fases constructivas. Esta información implica la
existencia de otras formas de organización social.

3.1. Descripción de la arquitectura

Huaca Cortada consiste de un edificio central que mide 102 metros de largo por 80 de ancho en la base
y tiene de 20 a 21 metros de altura (Figs. 3, 4). De manera adyacente a su base este hay dos plataformas
bajas que cercan una gran plaza, con lo que se forma, en conjunto, una estructura con planta en forma de
«U». En la actualidad, la plataforma sur es visible, a diferencia de la plataforma norte, que resulta casi im-
perceptible debido a la destrucción causada por la práctica de agricultura moderna en la zona. Sobre la base
de información reciente se ha trazado un nuevo plano de Huaca Cortada y se ha calculado que el volumen
real debió haber estado entre 55.000 y 65.000 metros cúbicos, lo que es mucho menos que el propuesto
por Pozorski. En términos de altura y base, Huaca Cortada es el montículo más grande de Caballo Muerto
después de Huaca Herederos Grande.
Huaca Cortada lleva este nombre debido a una inmensa trinchera que corta el montículo a lo largo de
su eje Este-Oeste. Esta zanja, supuestamente, fue el resultado de las actividades de huaqueros durante la
época colonial. Durante la limpieza de la trinchera, se encontró un fragmento de cerámica vidriado que
posiblemente perteneció a dicha etapa. Por otro lado, la trinchera causó la destrucción total del interior
del monumento y la mayor parte de la arquitectura que debió existir en su cima. Sin embargo, durante un
reconocimiento de esta sección del edificio, al norte y al sur de la trinchera, se encontraron rastros de las
bases de muros que, es posible, habrían sido componentes de ambientes cuadrangulares.
Pese a la destrucción que provocó, la zanja constituyó una gran oportunidad para las excavaciones y,
al mismo tiempo, un reto metodológico. El obstáculo principal fue que la «excavación» de los huaqueros
ocasionó el depósito por acarreo de una enorme cantidad de material componente de la estructura dis-
turbada, lo que enterró parcialmente la fachada este, o fachada principal. Este material consistía de un
depósito mixto compuesto por cerámica que pertenecía al Periodo Inicial y a las culturas Moche y Chimú,

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Tabla 2. Relación de los fechados carbónicos calibrados de Caballo Muerto. Todos los fechados fueron calibrados por medio del programa OxCal v4.0.5 y la curva hemisférica sur
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(McCormac et al. 2004) (elaboración de la tabla: Jason Nesbitt).

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Fig. 3. Mapa topográfico de Huaca Cortada (elaboración del dibujo: Proyecto Arqueológico Caballo Muerto).
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Fig. 4. Vista general de Huaca Cortada (foto: Jason Nesbitt).

lo que sugiere que el edificio tuvo una ocupación posterior al Periodo Formativo. Por esta razón, el primer
paso en las investigaciones fue la difícil tarea de limpiar las capas mixtas para alcanzar la arquitectura que
pertenecía al Periodo Inicial. La trinchera ofreció, también, algunas oportunidades que pocas veces tienen
los arqueólogos. Es así que se consiguió hacer tres excavaciones a lo largo de su eje Este-Oeste, lo que per-
mitió exponer secciones del interior del montículo, algo que es difícil de hacer en circunstancias normales
(Flannery 1976). Además, el perfilado de la trinchera permitió ver el relleno detrás de la fachada este.
Una excavación en el lado norte de la trinchera reveló un grueso relleno (Fig. 5), caracterizado por
niveles ordenados de cantos rodados que se alternaban con capas niveladas de arcilla gris. La segunda ex-
cavación, al sur de la trinchera, reveló un perfil distinto. En este caso se encontró una larga fila de piedras
canteadas, que medía 15 metros de longitud (Fig. 6). Debajo de esta fila había una capa de arcilla gris y
un relleno de rocas grandes unidas con barro. Se siguió esta fila hasta su término y no se pudo ubicar una
esquina, por lo que es probable que el resto de la estructura fuera destruida cuando los huaqueros cortaron
el edificio. Los autores plantean que esta estructura funcionó como una cámara para contener el relleno.
Una serie de excavaciones en los lados este, oeste y sur demostraron que Huaca Cortada tiene cuatro
o cinco terrazas superpuestas. Las primeras dos son las más grandes y miden 4,50 y 4,20 metros de altura,
respectivamente. Las dos o tres terrazas superiores miden alrededor de 3 metros. La mampostería de los
muros consiste de filas de piedras canteadas que se alternan con piedras horizontales más pequeñas (pachi-
llas) (Fig. 7). Esta técnica es parecida a la de los muros del complejo de Sechín Alto, situado en el valle de
Casma, aunque en una escala más pequeña (Burger 1992: 83, fig. 63). Los muros están cubiertos por múl-
tiples capas de enlucido y hay rastros de pintura blanca en algunos de los segmentos bien preservados.

3.2. La Trinchera 1: excavaciones en la fachada este

La mayor parte de las excavaciones se enfocó en la fachada este de Huaca Cortada. La estrategia aplicada
fue la realización de una trinchera (Trinchera 1) a lo largo de esa fachada y pasar por la parte central del

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Fig. 5. Perfil norte del relleno detrás de la fachada este (foto: Jason Nesbitt).

montículo con la esperanza de encontrar rasgos arquitectónicos cruciales como la escalinata principal.
Las excavaciones permitieron identificar tres elementos significativos: 1) la superficie de la cumbre de la
primera terraza, 2) una plataforma central y 3) una estructura enigmática que posiblemente corresponde a
una escalinata tardía perteneciente a la ocupación final de Huaca Cortada.
La fase más temprana concuerda con los datos recuperados en las excavaciones en la cima de la primera
terraza (Terraza 1), la que tenía cinco pisos superpuestos que corresponden a diferentes remodelaciones del
edificio. Lamentablemente, debido al intento de conservar los pisos más tardíos, solo se pudo exponer un
segmento pequeño del primero. Este fue excavado en la esquina norte de la trinchera, donde la Terraza 1
pasa por detrás de una plataforma central. El primer piso (capa 9/10) está compuesto por arcilla dura de
color gris claro y en él se encontró una pequeña estaca de madera encajada que arrojó dos fechados AMS
de 3330 ± 41 a.p. y 3297 ± 45 a.p. Cabe la probabilidad de que la estaca se haya puesto en ese lugar para
marcar la ubicación de la construcción del muro sur de una plataforma central que fue levantada sobre el
piso temprano. El primer piso discurre por debajo y fue, por lo tanto, elaborado antes que la plataforma
central (Estructura 2).
La Estructura 2 es una plataforma central masiva que corresponde a la segunda fase de arquitectura.
Está orientada al Este, siguiendo el eje de Huaca Cortada, y es probable que formara parte del acceso
principal en la antigüedad. Las excavaciones encontraron las fachadas enlucidas norte y sur, las que deter-
minaron que la plataforma midiera 12,10 metros de ancho. Esta tiene planta rectangular, fue construida
sobre parte de la Terraza 1, adosada a la Terraza 2, y desciende el montículo en forma escalonada. La parte
superior de la plataforma, que se adosa a la Terraza 2, mide menos de 1 metro de alto y la parte inferior de
la Estructura 2 que cubre la Terraza 1 mide 4,40 metros (Fig. 8).
Hay evidencias de que la cumbre de la plataforma fue destruida en la antigüedad. Una fila de piedras
que forma la fachada sur está ausente en la parte superior de la Estructura 2 y, por lo tanto, no existe una
superficie o piso preservado. Aprovechando el espacio destruido, se hicieron dos cateos del interior de la
plataforma para entender la posición cronológica de este edificio en la secuencia de construcción de Huaca

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Fig. 6. Perfil sur del muro/cámara del relleno detrás de la fachada este (foto: Jason Nesbitt).

Cortada. Estas excavaciones demostraron que la plataforma fue cubierta por un grueso relleno de adobes
cónicos, rocas y barro. Los adobes cónicos fueron hallados concentrados en el extremo oeste, donde la
plataforma se adosa a la Terraza 2.
Como se mencionó antes, debajo del relleno de la plataforma se encontró la superficie original, que
corresponde al piso (capa 9/10) de la primera fase. Entre este piso y el relleno de la plataforma se encontró
un depósito de sedimentos laminares de entre 8 y 10 centímetros de grosor (Fig. 9), compuestos de arena
fina con huellas de ondulación en la superficie. Es evidente que estos sedimentos fueron producto de
precipitaciones, probablemente como consecuencia del fenómeno de El Niño (para ejemplos similares, cf.
Uceda y Canziani 1993; véase Fuchs 1997). Además, la presencia de los sedimentos indica que el piso de la
Terraza 1 estuvo expuesto por un tiempo antes de la construcción de la plataforma edificada sobre él.
Después de la construcción de la Estructura 2, se hizo una serie de cuatro pisos sobre la Terraza 1 y
adosados a la Estructura 2, lo que sugiere que los pisos fueron posteriores a la plataforma central. Resulta
interesante observar que los últimos tres pisos se alternan con capas de sedimentos laminares, lo que indica
que estuvieron expuestos a lluvias fuertes. En el caso del piso más tardío en la secuencia (capa 5), se descu-
brió un segmento largo, de 5 metros de Norte a Sur por 2 metros de Oeste a Este, sobre el que había una
capa gruesa de sedimentos laminares, ceniza y restos quemados de maní (Arachis hypogea) y caña (Gynerum
sagittatum), así como una pequeña cantidad de cerámica diagnóstica, fragmentos de botellas y ollas sin cue-
llo. Además, el segmento muestra un cambio interesante en los patrones arquitectónicos. Dos columnas
circulares, de alrededor de 86 centímetros de diámetro y separadas por un espacio de 1,10 metros (Fig. 10),
estuvieron asociadas con este piso, lo que implica una modificación tardía al interior del Periodo Inicial.
Cada columna tiene improntas de caña y se alinea con restos de arcilla quemada. En su interior también se
halló abundancia de fragmentos de dicha planta herbácea. En la columna sur se pudo esclarecer algo más
acerca de su elaboración, ya que se halló un grupo de palos de caña envueltos en soguillas de fibra (junco),
los que conformaban su núcleo. Es interesante el hecho de que estas columnas tienen semejanzas con las
descritas para la cumbre del Montículo F, en Huaca de los Reyes (T. G. Pozorski 1976: 393).

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Fig. 7. Muro expuesto en la fachada este que muestra la técnica de mampostería (foto: Jason Nesbitt).

Después del último piso, la primera terraza fue enterrada por una capa de derrumbe que parece ser el
resultado del desplome de parte de los muros del montículo. Esta capa contiene gran cantidad de cerámica
que, en un primer momento, fue asociada con la ocupación tardía del lugar durante del Periodo Inicial.
Muchos de los tiestos estaban decorados con engobe rojo, zonas de pintura de grafito e incisiones que
corresponden al Periodo Inicial Tardío. Los autores llaman a esta la fase San Lorenzo y presumen que repre-
senta una ocupación más tardía que colapsó durante la penúltima fase de ocupación. Aunque aún se inves-
tigan los posibles procesos que causaron la destrucción de parte de la huaca, se ha concluido que, después
del abandono y derrumbe que cubrió la terraza, hubo una ocupación final sobre la capa de escombros.
La construcción final en Huaca Cortada, que consiste de una larga estructura escalonada, se conoce
como Estructura 1. Al excavarla, se la encontró cubierta por sedimentos laminares que indican que estuvo
expuesta a la intemperie por algún tiempo. Había sido construida encima de la capa de derrumbe mencio-
nada líneas arriba, sobre la Estructura 2 y cortaba la plataforma central; es posible que fuera la responsable
de la destrucción de la superficie de la Estructura 2. Esta última se adosa al piso de la Terraza 2 y se orienta
al Este. Sin embargo, a diferencia de la Estructura 1, está mal edificada y es bastante irregular. Se excavó
un segmento de 9 metros, en sentido Este-Oeste, donde se pudo confirmar que era mucho más larga y,
probablemente, continuaba hasta el final del edificio. Está construida como una serie de bloques escalo-
nados, cada uno de 3,40 metros de longitud por 2,50 metros de ancho, y que descienden hacia el este.
No hay una superficie preparada, y es posible que estuviera erosionada o que nunca fuera terminada. Las
caras norte y sur se componen de rocas angulares unidas con mortero de barro. No hay certeza respecto
de cuál fue su función, pero su orientación, inclinación y forma sugieren que fue una escalinata edificada
inmediatamente después de que Huaca Cortada fuera abandonada.
Los perfiles norte y sur debajo de la Estructura 1 son distintos. En el lado norte (Fig. 11), la estructura
está sobre un grueso depósito de barro. En contraste, el lado sur consiste de una capa inclinada de piedras
grandes que miden casi 1,85 metros de grosor. Esta capa empieza al nivel del colapso del muro de la Terraza
2 (Fig. 12), lo que indica que la Estructura 1 fue construida después de esta destrucción. No se ha podido

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Fig. 8. Las terrazas 1 y 2. 1. Superposición de pisos antes de las excavaciones; 2. La Terraza 1; 3. La Terraza 2; 4. La fachada
sur de la Estructura 2; 5. La boca de la trinchera de los huaqueros (foto: Jason Nesbitt).

determinar qué la causó, pero entre las posibilidades caben tanto un terremoto como factores humanos.
Lo que sí se puede señalar es que la estructura corresponde a los últimos momentos de ocupación en la
Huaca Cortada. Hasta el momento, no se dispone de muestras que permitan fechar este edificio, pero
algunos tiestos, recuperados de los depósitos ubicados directamente debajo de la construcción, representan
un estilo de cerámica distinto al de las fases anteriores.

3.3. La trinchera cerca de la cumbre de Huaca Cortada

Se encontró evidencia adicional de múltiples fases de construcción durante las excavaciones realizadas
cerca de la cumbre. Se hizo una trinchera en forma de «L» en el lado norte del interior de la zanja de los
huaqueros, la que permitió descubrir dos muros claramente superpuestos. Es probable que, en la anti-
güedad, los muros formaran parte de cuartos u otros ambientes ubicados encima del montículo. Al muro
más temprano se le denominó Muro A y, al más reciente, Muro B. Los dos fueron cortados por la zanja y
comparten la misma orientación de la fachada este.
Se excavaron alrededor de 7 metros de longitud del Muro A y se observó que las técnicas de mampos-
tería eran idénticas a las de la fachada este de la huaca. En diversos segmentos del muro se encontró un
enlucido de barro sin pintura; además, las cuatro filas de piedras que lo componen le dan una altura de
1,45 metros. Directamente detrás del muro había un relleno ordenado, parecido al descrito para la fachada
este; en un principio estuvo separado del Muro B por un relleno intencional de escombros con el que se
enterró la ocupación asociada con dicho muro. El Muro B estaba, claramente, superpuesto al Muro A y
era más alto que este. Se excavaron 3,10 metros de longitud del Muro B, y su altura máxima es de 1,65
metros. La técnica de mampostería utilizada es idéntica a la del Muro A (Fig. 13). Inmediatamente al este

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Fig. 9. Los sedimentos debajo del relleno de la Estructura 2. 1. Relleno de la Estructura 2; 2. Sedimentos laminares; 3. Piso
temprano de la Terraza 1; 4. Muro de la Terraza 2 (foto: Jason Nesbitt).

del Muro B se colocó otra capa de rocas grandes como relleno, lo que parece indicar que hubo otra terraza
superpuesta. Dado que no fue posible extender las excavaciones, no se pudo vincular la superposición
de los muros con la secuencia constructiva de la fachada este. Lo que sí se puede concluir de los trabajos
realizados es que las comunidades que construyeron Huaca Cortada intentaron incrementar la altura del
edificio en varias oportunidades.

3.4. Excavaciones en la plataforma sur de Huaca Cortada

El brazo derecho de Huaca Cortada es una plataforma baja que está parcialmente destruida por actividades
agrícolas modernas. En la actualidad, la plataforma consiste de un pequeño montículo amorfo con algunos
rastros de un muro de contención en su lado sur. Aunque la superficie está bastante dañada, hay depósitos
de rellenos que proporcionaron información respecto de un edificio de adobe que perteneció a una fase
constructiva precedente. En esta plataforma se excavó una trinchera de 2 por 6 metros, lo que permitió
identificar una estructura de adobes colapsada (Fig. 14) que, estratigráficamente, estaba debajo de la su-
perficie de la plataforma. La estructura se encuentra sobre una superficie de arcilla y barro endurecido. La
actual investigación logró definir una fachada construida con adobes y una esquina que formaba un edi-
ficio cuadrangular. Los adobes eran grandes, pues tenían un promedio de 35 centímetros de base y de 30
a 40 centímetros de longitud. Asociados a esta estructura se encontraron algunos fragmentos de cerámica,
incluso el correspondiente a una olla sin cuello con decoración de punteado en zona e incisiones. Al norte
del edificio de abobes se registró una superficie de arcilla y arena fina que debió estar superpuesta a dicha
estructura. Sobre ella se recuperaron un cuenco con engobe rojo incompleto y un fragmento de botella
que pertenecía a la fase San Lorenzo.
En resumen, la estructura de adobes representa una fase más temprana de construcción de la plataforma
sur. La última fase es la plataforma baja, actualmente visible en la superficie. Es interesante mencionar que

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Fig. 10. Las dos columnas circulares de la capa 5 (piso de la Terraza 1) (foto: Jason Nesbitt).

Fig. 11. Perfil norte de la Estructura 1. 1. La Estructura 1; 2. Muro de la Terraza 2; 3. Capa de barro; 4. Relleno de la
Estructura 2; 5. Fachada norte de la Estructura 2 (foto: Jason Nesbitt).

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Fig. 12. Perfil sur de la Estructura 1. 1. La Estructura 1; 2. Capa de derrumbe; 3. Relleno de la Estructura 2; 4. Muro destruido
de la Terraza 2; 5. Piso (foto: Jason Nesbitt).

Fig. 13. Superposición de los muros A y B. 1. Muro A; 2. Muro B; 3. Relleno ordenado; 4. Relleno entre muros A y B; 5. Relleno
sobre Muro B; 6. Piso del Muro B (foto: Jason Nesbitt).

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las excavaciones de Pozorski, en la década de los setenta, también revelaron varios eventos de construcción
en la plataforma norte lo que permite hacer comparaciones. En sus trabajos, Shelia Pozorski (1976: 352-
353) siguió una fila de rocas que la condujeron a una banqueta, la que llevó a excavar alrededor de la zona
y descubrir ocho niveles de pisos superpuestos.

3.5. Excavaciones fuera de Huaca Cortada

Durante las excavaciones en Huaca Cortada se realizaron cateos de pequeña escala en los campos de cul-
tivo que rodean a este edificio. El propósito de estas unidades fue determinar si Caballo Muerto tuvo una
ocupación doméstica, como otros sitios en la costa durante el Periodo Inicial. Los trabajos tuvieron éxito
en este propósito; cada unidad alcanzó capas de esta etapa a más de 2 metros por debajo de la superficie.
Las ocupaciones domésticas fueron reconocidas por la presencia de pisos de barro compacto y por
algunos fogones superpuestos. Los fragmentos de arcilla quemada con improntas de caña encontrados
indicaban que las estructuras de ese carácter fueron hechas con quincha. De otro lado, se recogieron varias
muestras tanto del suelo de los fogones como de los tiestos con residuos adheridos para realizar análisis
de su contenido. Los estudios preliminares indicaron que los habitantes del lugar tenían una dieta mixta
de recursos marinos y productos agrícolas (Vásquez y Rosales 2009a, 2009b). La colección de cerámica
consistía de ollas sin cuello y con residuos de carbón. En una de las ocupaciones más profundas se encontró
una botella de cuello largo que tenía similitudes con la cerámica del estilo Montegrande (Ulbert 1994).
Otras unidades presentaron cerámica con engobe rojo que, estratigráficamente, era posterior. En otras
palabras, la ocupación en el área de campos de cultivo era, poco más o menos, contemporánea con la de
Huaca Cortada.
Al norte del edificio se efectuó un cateo grande que permitió encontrar una estructura que, con pro-
babilidad, fue de tipo ceremonial (Fig. 15). Estaba muy mal conservada, pero hizo posible definir el de-
lineamiento de un enlucido de barro y de los adobes cónicos desechos que formaban la base. La planta
es cuadrangular y con esquinas redondeadas; el piso carecía de artefactos o rasgos, excepto por un hoyo
central, en donde, posiblemente, se colocó un poste. Aun cuando el piso estaba limpio, se halló abundante
cerámica del Periodo Inicial en el relleno de arena gruesa de río dispuesto intencionalmente sobre la es-
tructura con el objeto de sellarla.

4. La cronología

En la actualidad, solo se dispone de dos fechados de carbono-14 a partir de muestras tomadas de una estaca
encajada en el piso más temprano de la Terraza 1 de la fachada este. Estas son importantes porque datan no
solo la primera ocupación de Huaca Cortada, sino también un episodio del fenómeno de El Niño que ocu-
rrió antes de la construcción de la Estructura 2. Para los análisis radiocarbónicos se cortó la madera en dos
partes, de modo que fueron dos las muestras que se sometieron a evaluación en el laboratorio de AMS de la
University of Arizona. Los resultados obtenidos fueron 3330 ± 41 a.p. y 3297 ± 45 a.p.; con la calibración
respectiva, los fechados son 1666-1442 a.C. (calib.) y 1628-1418 a.C. (calib.), con 2 sigmas de rango de
error. Debido a que ambas muestras procedían del mismo contexto, se pudo calcular el promedio (Long y
Rippenteau 1974) por medio del programa OxCal, de manera que se produjo un fechado de 1621-1443
a.C. (calib.) (Tabla 3). De este modo, el fechado de la primera fase conocida de Huaca Cortada se ubica en
la primera mitad del segundo milenio a.C., lo que apoya, parcialmente, la cronología de Thomas Pozorski
(1983). Sin embargo, hay evidencias que indican, de manera contundente, que la ocupación de Huaca
Cortada fue más compleja y prolongada que lo implica un solo episodio. Las excavaciones en el edificio
central produjeron abundantes pruebas de múltiples fases de construcción; los autores postulan que hubo
tres fases de cerámica asociadas a ellas.
La colección de cerámica de Huaca Cortada es relativamente pequeña; la mayoría fue encontrada
en contextos de relleno que cubrieron los pisos de las terrazas. Sin embargo, la cerámica disponible es
informativa en vista de la posición cronológica de la ocupación del edificio. Si bien el análisis todavía se
encuentra en curso, el presente trabajo proporciona una descripción preliminar que permitirá realizar

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Fig. 14. Capa con adobes cónicos debajo de la plataforma sur (foto: Jason Nesbitt).

Fig. 15. Estructura ceremonial en el campo de cultivo al norte de Huaca Cortada. 1. Piso; 2. Muro de adobes cónicos; 3.
Relleno intencional; 4. Piso superpuesto sobre relleno intencional; 5. Derrumbe de rocas grandes fuera de la estructura (foto:
Jason Nesbitt).

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Tabla 3. Los dos fechados calibrados radiocarbónicos de Huaca Cortada (elaboración de la tabla: Jason Nesbitt).
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comparaciones con la cerámica descrita en anteriores investigaciones en Caballo Muerto y en otros sitios
de la costa norte:

a) La cerámica de la fase Cortijo: este nombre identifica a la cerámica asociada a la primera fase de
construcción de Huaca Cortada, a la que se denominó fase Cortijo. Aunque solo se hallaron dos
fragmentos de esta fase en el relleno de la plataforma central (Estructura 2), es oportuno mencionar que
gran cantidad de tiestos de la misma fase fueron ubicados en Huaca de la Cruz y en algunos cateos al
sur de Huaca Cortada.
En lo que se refiere a las dos muestras halladas en la plataforma central de Huaca Cortada, la primera
corresponde a una botella de un solo pico (Fig. 16, a), cuyo exterior es de color gris oscuro, con zonas de
oxidación. El pico comparte rasgos formales con botellas descritas para el sitio de Montegrande (Ulbert
1994). El segundo fragmento diagnóstico pertenece a una olla sin cuello con el borde parcialmente redon-
deado. Tiene una pasta porosa con toscas inclusiones de granos de arena.

b) La fase San Lorenzo: representa un cambio drástico en el estilo (forma y decoración) de la cerámica
en comparación con la fase Cortijo (Figs. 16, 17, 18). Una porción proviene del último piso de la
primera terraza y una muestra más grande pertenece al relleno sobre dicho piso. Entre los fragmentos
asociados al piso hay un borde de botella, probablemente de asa-estribo, de color monocromo oscuro,
con una pasta fina de color gris (Fig. 16, c); otro fragmento parece corresponder a un asa estribo, que
también tiene una pasta gris (Fig. 16, e), y un tiesto pertenece a una olla con un complejo patrón de
incisiones (Fig. 16, o). La gran mayoría de la cerámica de estilo San Lorenzo procedía de la gruesa capa
de escombros que cubría la fachada este y consistía de cuencos con engobe rojo, fragmentos de botellas
de tipo asa-estribo con engobe rojo, incisiones y zonas de pintura de grafito. Hay escasos especímenes
modelados, como un probable pie que era parte de una botella negra de pasta gris (Fig. 17, d; 18, a), y
otro, acaso importado, que era parte de un cuenco bícromo (Figs. 17, g; 18, f ), con zonas de pintura
roja sobre un engobe anaranjado separadas por incisiones anchas. Los autores postulan que este último
tiesto proviene de la región de Cajamarca, del estilo conocido como Huacaloma Red on Orange de la fase
Huacaloma Tardío (véase Terada y Onuki 1985: plate 29, e).
En resumen, la cerámica de estilo San Lorenzo marca una transición importante en la secuencia ce-
rámica de Caballo Muerto. Se trata de una gran cantidad de cerámica fina que comparte características
con la que los arqueólogos llaman cupisnique. Por ejemplo, la combinación de rasgos estilísticos como
botellas negras, con engobe rojo y zonas grafitadas separadas por incisiones tiene similitudes con los es-
tilos Cupisnique Transitorio y Cupisnique Clásico definidos por Larco (1941), o Cupisnique Medio en
la terminología de Elera (1993, 1997). Si se hace una comparación, la cerámica de estilo San Lorenzo
es parecida a la publicada de Huaca de los Reyes. De manera particular, el uso de grafito es común en la
segunda fase de construcción de Huaca de los Reyes y también se presenta en Huaca Herederos Grande
(Watanabe 1976: 70-74, 216; T. G. Pozorski 1983: 15). Desde una perspectiva más amplia, esta cerámica
es similar a la de Huaca de los Chinos. Hasta el presente no se ha datado la fase San Lorenzo; sin embargo,
hay fechados de carbono-14 de la Huaca de los Chinos (Pleasants 2009) que ubican el estilo San Lorenzo
entre 1000 y 800 a.C. (calib.).

c) La fase Laredo: esta tercera fase está asociada con el uso final de Huaca Cortada. Materiales de esta fase
(Figs. 19, 20) proceden de la capa debajo de la Estructura 1, que está claramente superpuesta a la capa
con cerámica de estilo San Lorenzo. Esta cerámica exhibe continuidades y diferencias con la de la fase
precedente. Las continuidades incluyen el uso de engobe rojo en combinación con pintura de grafito;
sin embargo, la cerámica Laredo tiene vasijas que están total o mayormente cubiertas con engobe de
grafito. Por ejemplo, la Fig. 19, d muestra un cuenco abierto con borde biselado que tiene una incisión
con pintura de grafito; además, el interior está íntegramente cubierto de grafito, lo que genera una
superficie brillante. Los bordes de las botellas también cambian de forma durante la fase Laredo. Dos
botellas, una cubierta de grafito y la otra con engobe rojo, tienen un grueso reborde de forma triangular
que contrasta con los bordes de las botellas de la fase San Lorenzo.

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Fig. 16. Cerámica de la fase Cortijo (a) y la fase San Lorenzo (b-r) (elaboración de los dibujos: Proyecto Arqueológico Caballo
Muerto).

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EXCAVACIONES EN HUACA CORTADA, COMPLEJO DE CABALLO MUERTO... 281

Dos tiestos de la fase Laredo parecen haber sido importados (Figs. 19, e, i; 20, e, f). El primero es el
fragmento de una botella polícroma que tiene una pasta fina de color gris. La parte exterior está cubierta
con engobe rojo claro con bandas de pintura blanca y crema. Dentro de la banda crema hay un diseño con
incisiones cortantes que forman un posible ojo excéntrico. El segundo fragmento exhibe rasgos foráneos
y era parte de un cuenco abierto; tanto el exterior e interior del tiesto tienen engobe rojo. El exterior in-
cluye una banda horizontal de pintura blanca y otra de grafito separadas por incisiones. La utilización de
pintura polícroma como una técnica de decoración es rara en el valle de Moche. Hay ejemplos inusitados
de cerámica polícroma (rojo, negro y blanco) en el valle medio de Jequetepeque (Tsurumi 2008: 144, figs.
4-129), pero en la zona de Piura son conocidos (Kaulicke 1998) y lo son todavía más en la ceja de selva,
cerca de la región de Bagua (Shady y Rosas 1979).

5. Discusión y conclusiones

Tal como se había anunciado en la introducción, este artículo proporciona una reseña preliminar sobre los
trabajos en curso de los autores en el complejo arqueológico de Caballo Muerto. Aunque podría resultar
prematuro discutir en detalle la organización sociopolítica —que fue lo que inspiró en primer lugar la
investigación—, vale la pena evaluar, como parte de este estudio, los resultados que pueden modificar la
comprensión actual de Caballo Muerto y del Periodo Inicial en el valle de Moche.
Los dos fechados radiocarbónicos de la fase más temprana conocida de Huaca Cortada indican una
ocupación inicial que no es más tardía que la primera mitad del segundo milenio a.C. (calib.). El fechado
temprano parece confirmar la posición cronológica que identifica a Huaca Cortada como un sitio tem-
prano en la secuencia de Caballo Muerto (T. G. Pozorski 1983). Sin embargo, como se destacó en este
aporte, su ocupación probablemente se prolongó por mucho más tiempo. Esta hipótesis se sustenta en la
presencia de la cerámica de las fases San Lorenzo y Laredo, lo que implica una ocupación tardía posterior
a c.1000 a.C. (calib.).
Sobre la base de las similitudes de la cerámica, hay razones sólidas para especular que, durante sus fases
tardías, la ocupación en Huaca Cortada fue simultánea con la de Huaca de los Reyes y, quizás, con la de
Huaca Herederos Grande. Además, los fechados de carbono-14 de la primera fase de Huaca Herederos
Chica también indican contemporaneidad durante el Periodo Inicial Temprano. Por lo tanto, es posible
que, durante las fases tardías, Huaca Cortada, Huaca de los Reyes y Huaca Herederos Grande, los tres
edificios más grandes de Caballo Muerto, fueran contemporáneos. Esta es una hipótesis que requiere de
futuras investigaciones y mayor información.
También se mencionó que Thomas Pozorski planteó que Huaca Cortada fue construida en una sola
fase, lo que habría requerido de una autoridad centralizada que dirigiera y coordinara la mano de obra (T.
G. Pozorski 1976; T. G. Pozorski y S. G. Pozorski 1993). La presente investigación cuestiona este escenario
por razones empíricas. En primer lugar, las excavaciones en la zona alrededor de Huaca Cortada no han
mostrado evidencias de grupos de elite. En términos de la arquitectura monumental, los datos indican que
el volumen real de Huaca Cortada es mucho menor de lo que postulan los cálculos de Pozorski, lo que
significa que la construcción del montículo central necesitó mucho menos inversión de mano de obra. Esta
inferencia, combinada con la evidencia de varios eventos constructivos, como los esfuerzos para levantar
la altura del edificio, lleva a la conclusión de que la huaca creció de manera progresiva hasta convertirse en
un monumento impresionante.
El proceso de construcción en diferentes eventos es, en este sentido, similar al de la arquitectura mo-
numental de la cultura Manchay, en la costa central del Perú (Burger y Salazar-Burger 2008). A partir de
sus investigaciones, Burger (1992, 2009; Burger y Salazar-Burger 2008) propone que la organización de
las sociedades del Periodo Inicial fue más descentralizada y que la presencia de arquitectura monumental
no necesariamente implicaba la presencia de elites. Los autores del presente trabajo plantean que, pro-
bablemente, este tipo de organización también existió en el valle de Moche durante el Periodo Inicial.
Es posible que la renovación de la huaca y la construcción de las diversas fases fuera un componente de
eventos religiosos o festines, como es el caso de algunos monumentos del Periodo Precerámico Tardío
(Vega-Centeno 2007).

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282 JASON NESBITT, BELKYS GUTIÉRREZ Y SEGUNDO VÁSQUEZ

Por último, es necesario mencionar la relevancia de los cambios climáticos repentinos, como el fenó-
meno de El Niño. Este artículo presenta evidencias contundentes de la asociación directa entre los sedi-
mentos producidos por lluvias fuertes y la secuencia de varias fases de ocupación de Huaca Cortada. Se ha
podido fechar el evento más temprano, ocurrido antes de la construcción de la Estructura 2, en alrededor
de 1600-1500/1450 a.C. (calib.). Este dato muestra que la edificación de los monumentos tempranos
de Caballo Muerto se realizó en un contexto ambiental muy dinámico. Varios arqueólogos han señalado
la importancia de El Niño al explicar los cambios en una cultura, de modo particular en la circunstan-
cia de un «colapso» (Van Buren 2001). En el caso específico del Periodo Inicial, Sandweiss y sus colegas
(Sandweiss et al. 2001) sugieren que un aumento en la frecuencia de El Niño alrededor de 1100-800 a.C.
(calib.) causó la declinación de las tradiciones de arquitectura monumental en la costa central y norte.
Obviamente, el primer episodio relacionado con dicho fenómeno en Huaca Cortada ocurrió mucho antes.
Al parecer, las fuertes lluvias inesperadas no fueron percibidas como interrupciones (McIntosh et al. 2000)
para las comunidades que erigieron Huaca Cortada en el Periodo Inicial Temprano. En cambio, uno de los
eventos más grandes del edificio ocurrió inmediatamente después o, quizás, durante este temprano fenó-
meno climatológico. Es interesante advertir, desde una perspectiva más amplia, que hay patrones similares
de asociación de fases de construcción a la ocurrencia de lluvias. Estos ejemplos incluyen el centro moche
de Huaca de la Luna (Uceda y Canziani 1993) y uno de los templos del siglo XIV d.C. del complejo ar-
queológico de Túcume (Narváez 1995: 105-106).

Agradecimientos

En primer lugar, quisiéramos agradecer al doctor Peter Kaulicke, de la Pontificia Universidad Católica
del Perú, por invitarnos a participar en el VI Simposio Internacional de Arqueología PUCP. También
agradecemos el arqueólogo Rafael Valdez, por su paciencia y ayuda en la edición del manuscrito. Durante
las excavaciones en Caballo Muerto nos ayudaron en el campo Nancy Villa, Liliana Pretell y Kory Tyka
Ávila. Asimismo, recibimos consejos del arqueólogo Cesar Gálvez. De otro lado, Santiago Alvarado, Henry
Chavarri, Alex León, Juan Carlos Rasco, Juan Carlos Samaniego y Anderson Seranqué, alumnos de la
Universidad Nacional de Trujillo, proporcionaron un gran apoyo en la segunda temporada de excavaciones
y en los estudios de gabinete. Merece un reconocimiento especial el señor Jorge Gamboa, por su ayuda
en el campo y con la elaboración de algunas excelentes ilustraciones de la cerámica. Por último, queremos
agradecer a Richard Burger, Lucy Salazar, Yuichi Matsumoto, Gabriel Prieto, Carlos Chiriboga, Kirsty
Escalante y Will Gardner por leer este artículo en manuscrito y por brindarnos sus sugerencias.

Notas
1
El Periodo Precerámico Tardío es poco conocido en el valle de Moche. Hasta el presente, hay solo dos
sitios que corresponden a esta etapa, Padre Abán y Alto Salaverry, que los esposos Pozorski excavaron en la
década de los setenta (S. G. Pozorski 1976; S. G. Pozorski y T. G. Pozorski 1979b). Ambos son pequeños
y están ubicados cerca de la orilla costera. En el caso de Alto Salaverry, hay evidencias de ocupación do-
méstica y de arquitectura pública, lo que incluye una estructura circular semisubterránea (S. G. Pozorski
y T. G. Pozorski 1979b).
2
En un ensayo sobre Huaca de los Reyes, Conklin (1985: 142, fig. 4) presenta una foto aérea del sitio to-
mada por la Expedición Shippee-Johnson en 1929. En su libro Los Mochicas, Larco (1938-1939) publicó
un mapa de los sitios arqueológicos en el valle de Moche que incluye el grupo Herederos. Es probable que
el término «grupo» se refiera a los complejos de Huaca Herederos Grande y Huaca Herederos Chica.
3
Los tiestos que se encontraron en Huaca de la Cruz tienen un estilo de decoración similar a la cerámica
de Guañape Temprano (Strong y Evans 1952) y Montegrande (Ulbert 1994). Esta cerámica corresponde
a la de la fase Cortijo.

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Fig. 17. Cerámica de la fase San Lorenzo (elaboración de los dibujos: Proyecto Arqueológico Caballo Muerto).

Fig. 18. Fragmentos de cerámica de la fase San Lorenzo (fotos: Jason Nesbitt).
Fig. 19. Cerámica de la fase Laredo (elaboración de los dibujos: Proyecto Arqueológico Caballo Muerto).

Fig. 20. Fragmentos de cerámica de la fase Laredo (fotos: Jason Nesbitt).


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1029-2004 287

El sitio de Cerro Blanco de Nepeña dentro de la


dinámica interactiva del Periodo Formativo

Koichiro Shibataa

Resumen

El sitio de Cerro Blanco, ubicado en el valle bajo de Nepeña, es un centro ceremonial del Periodo Formativo que, desde su
descubrimiento a inicios del siglo XX, ha sido considerado receptor de la influencia chavín, aunque sin ofrecerse las explicaciones
apropiadas al respecto. En este breve ensayo se presenta, en primer lugar, una secuencia local complementada con los datos del
sitio vecino de Huaca Partida y, luego, se trata de ubicar dicha secuencia dentro de un marco cronológico interregional. Esta
comparación sincrónica sobre la base de las nuevas evidencias pone en relieve un episodio de intensiva interacción transregional
ocurrido durante el Periodo Formativo, en cuyo marco Cerro Blanco de Nepeña surge como uno de los sitios clave para entender
la dinámica de esta etapa prehispánica.

Palabras clave: costa norcentral, Chavín, interacción interregional, Periodo Formativo

Abstract

CERRO BLANCO OF NEPEÑA VALLEY IN THE INTERACTIVE DYNAMICS OF THE FORMATIVE PERIOD

The Cerro Blanco site, located in the lower Nepeña Valley, is a ceremonial center of the Formative Period, which has been
considered, without adequate substantiating data, to have been influenced by the Chavín culture. In this brief paper, a local
chronology, complemented with data from the nearby site of Huaca Partida, will be presented in an attempt to establish Cerro
Blanco within an interregional chronological frame. On the basis of the new archaeological evidence, this broad synchronic
comparison suggests an episode of intensive trans-regional interaction. In this context, Cerro Blanco emerges as an essential site
for understanding social dynamics during the Andean Formative Period.

Keywords: north-central coast, Chavín, interregional interaction, Formative Period

1. Introducción

Muchas de las investigaciones del Periodo Formativo aluden a la discusión acerca de la presencia de mate-
riales culturales similares dentro de un mismo territorio, un fenómeno denominado horizonte Chavín o,
simplemente, Chavín. El presente ensayo aborda nuevamente este tema, aún presente en los argumentos
que explican conceptos como interacción interregional, relaciones de centro-periferia, esfera de influencia,
entre otros, pero utiliza los resultados de las tres temporadas de excavaciones en los sitios de Cerro Blanco y
Huaca Partida, ubicados en el valle bajo de Nepeña, en la costa norcentral peruana. La cronología que se ha
establecido es crucial para la discusión, dado que se carecía de una secuencia local sólida para el Formativo
costeño (cf. Kaulicke 1998: 364) y debido a la estratégica ubicación geográfica de Nepeña, lo que permite
correlacionar en un mismo intento los datos de la costa norte, costa central y sierra adyacente (Fig. 1).
Uno de los resultados de estas comparaciones es el esbozo de un episodio de intensiva interacción cultural,
ocurrido alrededor del lapso 800-700 a.C. (calib.), en una vasta área andina.

a
Yamagata University, Faculty of Literature and Social Sciences.
Dirección postal: Koshirakawa-machi 1-4-12, Yamagata-shi, Yamagata-ken 990-8560, Japón.
Correo electrónico: huacapartida@yahoo.co.jp ISSN 1029-2004
288 KOICHIRO SHIBATA

Fig. 1. Mapa de ubicación del valle bajo de Nepeña y algunos sitios del Periodo Formativo (elaboración del dibujo: Koichiro
Shibata y Hugo Ikehara).

2. El valle bajo de Nepeña y el sitio arqueológico de Cerro Blanco

El valle de Nepeña está ubicado en la costa norcentral, al norte del valle de Casma. Los sitios de Cerro
Blanco y Huaca Partida, situados en la porción baja del valle, pertenecen al distrito de Nepeña, provincia
de Santa, en el departamento de Ancash. Cerro Blanco se encuentra en la margen derecha del valle bajo, a
unos 18 kilómetros al este del litoral y a 145 metros sobre el nivel del mar (Fig. 1).1 Fue construido sobre
el fondo aluvial del valle, el que se utiliza actualmente como zona agrícola destinada al cultivo industrial
de caña de azúcar. Está compuesto por tres montículos artificiales o plataformas (Fig. 2): la Plataforma
Principal, conformada por dos plataformas rectangulares superpuestas (Inferior y Superior), tiene una base
115 por 85 metros aproximadamente.2 La Plataforma Superior ocupa la mitad suroeste de la Plataforma
Inferior y alcanza una altura de 14 metros sobre la superficie del campo de cultivo actual. La Plataforma
Sur corresponde al sector en el que Julio C. Tello trabajó durante los años 1933 y 1934 y desenterró un

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Fig. 2. Plano del sitio de Cerro Blanco de Nepeña (levantamiento y digitalización: César Valverde; elaboración del plano de la trinchera Esquina NE: Delicia Regalado y Koichiro

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289

Shibata; elaboración del dibujo: Koichiro Shibata).


290 KOICHIRO SHIBATA

«templo» decorado con relieves polícromos. Esta plataforma tiene la apariencia de un montículo triangu-
lar, posiblemente alterado por construcciones modernas, mide alrededor de 90 por 65 metros y tiene una
altura de 4 metros. La Plataforma Norte es más pequeña, con, aproximadamente, 70 por 25 metros y 3
metros de altura.
La Plataforma Principal y la Sur están separadas por una carretera y, debido a ello, fueron registradas
por Proulx (1968) como sitios independientes inicialmente; sin embargo, luego fueron reconocidas como
parte de un mismo complejo (Proulx 1985; Daggett 1987). Henning Bischof, en un artículo enfocado
en los relieves, presentó una hipótesis admisible, derivada del análisis de una foto aérea y la observación
directa, en la que proponía que estas tres plataformas formaban un templo con planta en forma de «U»
similar a los descritos para la costa central (Bischof 1997), mientras que Vega-Centeno (2000) señaló su
semejanza con el Templo Nuevo de Chavín de Huántar. Al inicio del proyecto dirigido por el autor se con-
sideraba esta hipótesis inicial de Bischof, reforzada por la supuesta presencia de un pasadizo que conectaba
la Plataforma Principal y la Plataforma Sur (Daggett 1987), además de las observaciones propias del autor
durante visitas realizadas entre 1997 y 2001. Los datos obtenidos en los trabajos arqueológicos subsecuen-
tes han comprobado parcialmente dicha hipótesis.

3. Receptor sin evidencias

Luego de las excavaciones en la década de los treinta, el «templo» de Cerro Blanco siempre fue interpretado
como un receptor de influencias no locales. El primero en hacerlo fue Tello, quien presumió que era una
adaptación de la influencia chavín en la costa (Tello 1943: 138); para su discípula Rebeca Carrión Cachot,
se trataba de un templo edificado por los colonos chavín que habían llegado a la zona mediante conquista
(Carrión Cachot 1948: 168). A pesar de las nuevas evidencias que revelaron la fuerte presencia prechavín
tanto en la sierra como en la costa, en las décadas subsiguientes varios estudiosos no tuvieron otra alterna-
tiva que ubicar este sitio en el esquema general de la «influencia chavín» (Rowe 1967; Willey 1971; Roe
1974; Lumbreras 1974; Proulx 1985), en muchos casos de modo pasivo debido a la escasez de datos. Uno
de los pocos estudiosos que publicó una hipótesis distinta fue Rafael Larco Hoyle (1941), quien falleció
antes de discutir su idea en relación con el hallazgo de la Galería de las Ofrendas, según cuenta Lumbreras
(1971: 11). Estimable fue la perspicacia de Daggett (1984), quien enmarcó la Plataforma Sur en el Periodo
Inicial3 —es decir, anterior al auge de Chavín— y consideró a la Plataforma Principal como parte del
Horizonte Temprano,4 lo que fue confirmado luego de las excavaciones realizadas por el autor del presente
artículo. En las últimas décadas, Burger volvió a referirse este sitio, muy conocido pero poco aclarado, y
lo asignó como una temprana aparición del Chavín Horizon-Style en la costa (Burger 1992: 199-200). Por
último, luego de las excavaciones del autor, Cerro Blanco fue interpretado, una vez más, como colonia de
Chavín (S. G. Pozorski y T. G. Pozorski 2008: 626) o la primera evidencia de la expansión del culto chavín
(Burger 2008: 699).
De manera evidente, Chavín es un sitio importante, pero ninguno de los autores previamente men-
cionados ha descrito evidencias convincentes para definir el sentido de la relación entre Chavín y Cerro
Blanco. Esta discusión acerca del vínculo entre ambos yacimientos requiere más que la simple lógica cro-
nológica presentada en otras oportunidades.5 Antes de describir la secuencia cronológica establecida para
Cerro Blanco es preciso referirse a los estudios previos de la región en la que se ubica, pues este aspecto es
crucial para determinar la dirección de la influencia sobre la base de los estilos artísticos y la iconografía.
La costa norcentral tiene una larga y compleja tradición de iconografía que, anteriormente, se había con-
siderado chavinoide. Ya para la década de los ochenta, los sitios clave, como Pampa de las Llamas, fueron
reubicados, con sus respectivas iconografías, en un espacio claramente prechavín (S. G. Pozorski y T. G.
Pozorski 1986). En la actualidad se pueden agregar otros ejemplos: Sechín Bajo, en Casma (véase Fuchs et
al., siguiente número) y San Juanito, en el valle del Santa. En cuanto a la iconografía de la etapa relacionada
con Cerro Blanco, es de suponer que hubo una interacción entre la costa norcentral y la sierra correspon-
diente, y puede ser que tuviera un sentido desde la costa a la sierra, pero es difícil de considerarla en la
dirección opuesta. En ese aspecto, es más lógico ubicar la iconografía de Cerro Blanco dentro del contexto
regional de desarrollos iconográficos en la costa norcentral.

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Fig. 3. Perfil norte de la trinchera en el frontis de la Plataforma Principal (véase los puntos C-D de la Fig. 2) (elaboración
del dibujo: Koichiro Shibata).

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292 KOICHIRO SHIBATA

4. La cronología del sitio

Sin entrar en detalles respecto de la excavación y de los hallazgos (cf. Ikehara y Shibata 2008; Shibata e.p.
a), aquí se presentan el resumen de la secuencia cronológica local, que constituye uno de los resultados de
las excavaciones en las temporadas 2002 y 2004 en Cerro Blanco, y una serie de fechados radiocarbónicos
(Tabla 1) complementados por las excavaciones de 2004 y 2005 en Huaca Partida.

4.1. La fase Huambocayan (HC) (1500-1100 a.C. [calib.])

Esta fase solo se ha registrado en el área de la Plataforma Principal de Cerro Blanco, en las capas inmedia-
tamente superiores al estrato estéril (Fig. 3, piso 7 y fogón), que es la ocupación más temprana del sitio, y
no se ha hallado elemento arquitectónico alguno asociado, pero un grupo de fragmentos cerámicos —que
en muchos casos está asociado a los fogones o huellas de quema— presentan gran similitud con aquellos
de la fase Haldas del valle de Casma,6 así como con los del Templo de Tizal, en el valle bajo de Chao.7 La
única forma cerámica identificada claramente es la olla sin cuello (Fig. 4, a, b).

4.2. La fase Cerro Blanco (CB) (1100-800 a.C. [calib.])

4.2.1. La arquitectura y la estratigrafía. En esta fase se establece el conjunto ceremonial compuesto de


las tres plataformas, dispuestas, probablemente, en forma de «U». Cada plataforma se puede subdividir en
varias fases constructivas. Al inicio, la Plataforma Norte parece haber sido construida, de manera exclusiva,
con adobes cónicos; luego, sobre dicha estructura de adobes muy poco definida, se edificó una plataforma
rectangular alargada y revestida con muros de contención de rocas canteadas pequeñas; además, hay evi-
dencias de la construcción de un espacio destinado a almacenar los restos procedentes de eventos con
festines (Ikehara y Shibata 2008). Este ambiente, denominado BR-1, presenta el uso de adobes cónicos
junto a piedras canteadas.
El núcleo de la Plataforma Principal estaba revestido, en un inicio, con adobes cónicos (Fig. 3, AM-
202N; Fig. 5, AM-304). En el área de excavación delimitada, esta plataforma generalmente mide 1,10
metros de altura (Fig. 3, piso 3, AM-202N, piso 4), excepto en los extremos norte y sur, elevados en forma
de pequeños muros de doble cara, en donde mide 1,50 metros de altura desde el piso asociado (Fig. 5,
piso 4B, AM-304). Esta plataforma baja pero ancha, con 70 metros de Norte a Sur, presenta muros de
contención en los lados norte (AM-304), sur (AM-201) y oeste (AM-202, AM-202N). La cara oeste se
encuentra precisamente debajo de la fachada (AM-3, AM-4) de la arquitectura de la siguiente fase. El
muro del lado este aún no está determinado, por lo que la disposición de tres plataformas en forma de «U»
mencionada arriba podría ser distinta de lo que aparece en el plano topográfico. Posteriormente, en una
subfase tardía, a la zona central se agregaron secciones construidas con muros de rocas canteadas pequeñas
(Fig. 2, AM-101, AM-102; Fig. 3, AM-103N), algunas veces alternadas con adobes cónicos (AM-104). Es
probable que, en ese momento, se instalaran algunos muros hechos de piedras y adobes cónicos mezclados
(AM-204, AM-206) al lado sur de dicha plataforma.
En cuanto al sector de la Plataforma Sur, se considera, de manera provisional, que el «templo» con
relieves excavado por el equipo de Tello fue la primera fase constructiva en dicha área, si bien cabe la pro-
babilidad de que haya habido una ocupación más temprana. Tanto los fechados radiocarbónicos como los
materiales constructivos y las pocas muestras cerámicas indican que el «templo» perteneció a esta parte de
la secuencia formativa (Shibata 2006, e.p. a). Este edificio ornamentado fue construido con muros de can-
tos rodados y adobes cónicos y paralelepípedos. La segunda fase, que también presenta frisos polícromos
en algunos muros, cubre por completo la primera y se observan rocas canteadas pequeñas y adobes cónicos
en los muros. Queda pendiente determinar la posición cronológica de la tercera fase; sin embargo, el autor
postula que debió pertenecer a la parte tardía de la fase Cerro Blanco, si se tiene en cuenta el uso de adobes8
junto a piedras, la presencia de pintura mural9 y la escasez de cerámica en el relleno arquitectónico.10 Los
frisos del sitio de Huaca Partida corresponden a esta fase (véase Figs. 14-16), según lo indican los fechados
respectivos, las técnicas arquitectónicas y la posición estratigráfica idénticas a las de Cerro Blanco.

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Tabla 1. Fechados radiocarbónicos del sitio de Cerro Blanco (temporadas 2002 y 2004) (elaboración de la tabla: Koichiro Shibata).
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Fig. 4. Cerámica de la fase Huambocayan (HC) proveniente de varias unidades del frontis de la Plataforma Principal. c-d.
Punteados; e. Impronta (elaboración de los dibujos: Hugo Ikehara).

4.2.2. Los materiales. La cantidad de material encontrado en esta fase es escasa, a excepción de un am-
biente de la Plataforma Norte relacionado con restos de festines. Este hecho, sumado a la continuidad de
elementos cerámicos entre la fase Cerro Blanco y la siguiente, dificultan el diagnosticar qué elementos
corresponden de manera exclusiva a cada una de ellas. Por ejemplo, las ollas, las botellas y los cuencos
presentan formas comunes con la siguiente fase, así como un tipo cerámico de pasta gris muy fina y otro
poroso con superficie roja y bandas grafitadas (Fig. 6, k-l). Sin embargo, se pueden mencionar ciertas ten-
dencias de esta fase: las ollas sin cuello no decoradas (Fig. 6, a-d) muestran casi siempre el labio redondeado
o tienen un ángulo agudo en la parte exterior (borde biselado interior) como en el caso de la fase anterior;
y si bien hay pocos datos sobre botellas, los ejemplos tienden a presentar el borde no tan engrosado o ever-
tido, sino ligeramente acampanado (cf. Ikehara 2007: lám. 1). Con respecto a la decoración, las incisiones
tienden a ser delgadas (Fig. 6, h-i).

4.3. El Episodio CB/NP (inicio de la fase Nepeña)

Tanto en Cerro Blanco como en Huaca Partida un episodio de renovación arquitectónica entre las fases
Cerro Blanco y Nepeña manifiesta sus particularidades. Se observa el uso de muros toscos para la cimen-
tación (Figs. 2, 5, AM-305, AM-306) con algunos rellenos de espacios.11 El relleno debajo del piso de la
arquitectura megalítica de la fase Nepeña (Fig. 5, capas 9A, 9B) no solo contiene casi el mismo conjunto
cerámico que los estratos sobre el piso (Figs. 7, 8), sino que también se caracteriza por albergar la primera
aparición y concentración de materiales foráneos, como la obsidiana. Es interesante la coincidencia de
que los estratos de restos de festines correspondientes a este episodio —es decir, el evento BR-1(B) de la
Plataforma Norte— contienen las primeras muestras de maíz en el sitio y la mayor concentración de restos
de obsidiana (Ikehara y Shibata 2008; Fig. 9, B). Además, las capas del evento BR-1(B) muestran la mayor
densidad de cerámica en los eventos registrados (Fig. 9, A), lo que indicaría ceremonias más grandes o
frecuentes; por lo tanto, es de suponer que la renovación del templo, de mayor envergadura entre la fase
Cerro Blanco y la siguiente, fuera realizada en relación con los festines enfatizados, las comunicaciones
transregionales intensivas y la introducción tanto de materiales como de conocimientos foráneos.
Por otra parte, el hecho de que ese episodio en la Plataforma Principal tiene que ver, estratigráfica-
mente, con la construcción de la arquitectura megalítica explicada más adelante y la aparición de un
conjunto cerámico claramente correspondiente a esta puede definir el inicio de la fase Nepeña. Lo mismo
sugieren los fechados.

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Fig. 5. Perfil oeste de la trinchera Esquina NE de la Plataforma Principal (véase los puntos A-B de la Fig. 2) (elaboración del dibujo: Delicia Regalado y Koichiro Shibata).
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Fig. 6. Cerámica de la fase Cerro Blanco (CB) proveniente de varias unidades de la Plataforma Principal y de la Plataforma
Sur (solo c). h. Pigmento rojo postcocción dentro de las incisiones; j. Engobe rojo en zona marcada con incisiones; k-l. Grafitado
en banda sobre la superficie engobada en rojo; m. Impronta (elaboración de los dibujos: Hugo Ikehara).

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Fig. 7. Cerámica del Episodio CB/NP proveniente de la capa 9B de la trinchera Esquina NE (véase la Fig. 5), excepto h,
procedente del contexto correspondiente cerca de AEs-1. l-m. Líneas bruñidas cruzadas; s-u. Grafitado en área (elaboración
de los dibujos: Hugo Ikehara).

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Fig. 8. Cerámica de la fase Nepeña (NP) proveniente de las capas 5-7 de la trinchera Esquina NE (véase la Fig. 5). j-k. Posible
florero; l. Compotera; p. Líneas bruñidas cruzadas; q-r. Grafitado en área (elaboración de los dibujos: Hugo Ikehara).

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Fig. 9. Frecuencia de materiales hallados en el recinto BR-1 de la Plataforma Norte. A. Densidad de fragmentos de cerámica
por metro cúbico de cada estrato (modificada de Ikehara 2007: fig. 4.10); B. Número de fragmentos de obsidiana por estrato
y las primeras evidencias de maíz (elaboración del diagrama: Koichiro Shibata).

4.4. La fase Nepeña (NP) (800-450 a.C. [calib.])

4.4.1. La arquitectura y la estratigrafía. Durante esta fase no se observan actividades constructivas en


la Plataforma Norte ni en la Plataforma Sur, con excepción de un sello en el recinto BR-1 utilizado para
el descarte de material de festines. En cambio, la renovación arquitectónica de la Plataforma Principal es
resaltante y de gran envergadura. El nuevo edificio de la fase Nepeña cubre por completo las estructuras de
la fase anterior, y el nivel del nuevo piso exterior asociado se eleva entre 70 centímetros y 1,50 metros en
las áreas investigadas (Figs. 3, 5), lo que sugiere una extraordinaria inversión en mano de obra y recursos,
o una condición (elevación del terreno) causada por fenómenos naturales.
Una de las características más destacadas de esta remodelación es el revestimiento de la Plataforma
Principal realizado con una mampostería de rocas canteadas de gran tamaño que, a veces, exceden el metro
de largo, lo que se ha calificado de megalítico, y la desaparición por completo del uso de adobes para los
muros exteriores. En ciertas partes de importancia, como las escalinatas, se observa el uso de rocas delgadas
en forma de cuñas o pachillas para ajustar las grandes rocas canteadas de los muros (ver AM-3 y AM-1003
en las Figs. 5, 10). La Escalinata Blanco y Rojo (AEs-1), ubicada en la parte central de la fachada del lado
este, está dividida en dos, una pintada en blanco en la mitad sur, y otra decorada en rojo y blanco en la
mitad norte (Fig. 11). Sobre esta plataforma megalítica se encuentra otra de pequeñas dimensiones, de-
nominada Plataforma Superior. Según la ubicación de las lajas caídas, es de suponer que la escalinata que

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Fig. 10. Superposición de arquitectura entre las fases Cerro Blanco y Nepeña. Vista desde el norte de la trinchera Esquina NE,
Plataforma Principal (foto: Koichiro Shibata).

conducía hacia la Plataforma Superior estaba techada con dinteles de roca de gran tamaño (Fig. 12). La
forma de la escalinata, así como otras características arquitectónicas halladas en la arquitectura megalítica
de la fase Nepeña de Huaca Partida, como los ductos de ventilación y el techo construido con la técnica de
falsa bóveda, constituirían elementos foráneos.

4.4.2. Los materiales. Mientras algunas características de los artefactos se mantienen de la fase anterior, se
agregan otras novedosas y muy resaltantes tanto en la forma como en la decoración de las vasijas cerámicas.
Es notable la aparición de una nueva forma de borde de las ollas sin cuello. Si bien en menor proporción,
se conserva la forma de bordes de fases anteriores, mientras que, en la fase Nepeña, el borde muestra un
ángulo agudo en la parte interior (borde biselado exterior) con una mayor frecuencia (Figs. 7, a; 8, b).12
Los picos de las botellas muestran básicamente dos formas: una que se observa en la fase anterior y otra que
aparece por primera vez. Dicha nueva forma del pico se caracteriza por su reborde en media ojiva exterior
(cf. Elera 1997: 190), es decir, un perfil en forma de flecha truncada (Fig. 7, h). Algo parecido ocurre en los
bordes de los cuencos que, en su parte exterior, presentan un reborde anillado (Fig. 8, m). Algunos tipos
decorativos son característicos de esta fase, incluyendo el Episodio CB/NP, como rocker stamping (Fig. 8,
q), la pintura de grafito en área (Fig. 7, s-u; Fig. 8, q-r), los diseños de círculos concéntricos o de círculo
e impreso de punto pintados con pigmentos rojos (Ikehara y Shibata 2008: fig. 15, E), y las líneas incisas
acanaladas anchas en combinación con punteados alargados (Fig. 7, r), las que tienen su mayor presencia
en esta fase. Otros tipos, como las líneas bruñidas cruzadas (Fig. 7, l-m; 8, p), los círculos concéntricos y
los círculos con puntos (Figs. 7, k; 8, n-o), comienzan a aparecer en esta fase y continúan en la siguiente.
La mismo se dio con las antaras y discos perforados fabricados de tiestos reutilizados, mientras otros mate-
riales, como la obsidiana, continúan desde el Episodio CB/NP, pero casi desaparecen en la fase Nepeña.

4.5. La fase Samanco (SM) (450-150 a.C. [calib.])

La arquitectura megalítica de la fase anterior cesó de renovarse y todos los accesos fueron sellados. El he-
cho de que en algunas zonas fueran encontrados niveles apisonados, y lentes o concentraciones de basura

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EL SITIO DE CERRO BLANCO DE NEPEÑA... 301

Fig. 11. Reconstrucción hipotética de la AEs-1 (Escalinata Blanco y Rojo o Escalinata Principal), fase Nepeña (elaboración
del dibujo: Koichiro Shibata).

orgánica alrededor de los muros de contención perimétricos implica constante actividad humana, pero de
carácter distinto a la de las fases anteriores. Debido a que hasta el presente no se ha definido arquitectura
alguna perteneciente a esta fase, la identificación de los estratos y su contenido respecto de ella entrañan
cierta posibilidad de mezcla. Sin embargo, la comparación con los contextos seguros de la fase Nepeña y
el distintivo material del periodo posterior (Moche) brinda suficientes condiciones para definir los rasgos
materiales de la fase Samanco.
En general, la tendencia iniciada en la fase Nepeña continúa y se intensifica. Por ejemplo, la olla sin
cuello casi siempre tiene el borde biselado exterior (Fig. 13, a-c). 13 En el caso de la olla con cuello y/o los
cántaros, el borde suele ser más evertido que antes (Fig. 13, d-e). La variedad y la proporción de la cerá-
mica decorada disminuyen de manera notable, pero los diseños de círculos concéntricos y de círculo con
punto(s) (Fig. 13, c, f ) persisten como uno de los pocos tipos decorativos,14 mientras que la textura de im-
presiones de red o textil (Fig. 13, g) constituye una decoración exclusiva de esta fase. Las antaras y los discos
perforados de tiestos reutilizados son muy comunes, en tanto que la obsidiana deja de ser frecuente.

5. Comparación y reinterpretación

El valle bajo de Nepeña se ubica en la costa norcentral, región estratégica para el estudio del Periodo
Formativo según el estado actual de las investigaciones, es decir entre la costa norte (Cupisnique), la costa
central (Garagay, Cardal, Manchay, entre otros) y la sierra de Ancash (Callejón de Huaylas, Chavín de
Huántar, entre otros). De esta manera, las nuevas evidencias del valle bajo de Nepeña brindan una sinapsis
o bisagra con la que se pueden relacionar datos de dichas regiones. Aquí se presenta un ensayo de com-
paración interregional sobre la base de la cronología establecida en Cerro Blanco complementada con los
datos de Huaca Partida.

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Fig. 12. Escalinata Superior junto a un dintel caído. Vista desde el oeste, fase Nepeña (foto: Koichiro Shibata).

5.1. Las fases Cerro Blanco, Cupisnique Clásico y la cultura Manchay

Cuando florecían los templos ornamentados con relieves y pinturas murales de Cerro Blanco y Huaca
Partida durante la fase Cerro Blanco, al menos tres sitios existían en las cercanías: PV31-27, PV31-192
(Proulx 1985) y un sitio no registrado en la falda de la elevación rocosa denominada Cerro Blanco, al este
del complejo arqueológico estudiado, todos ellos caracterizados por el uso de adobes cónicos. Mientras
que la técnica constructiva basada en el empleo del adobe cónico y los frisos equivalentes a los de Cerro
Blanco y Huaca Partida se observaron en complejos más tempranos en los valles de Chao, Santa y Casma,15
en estos valles no se ha confirmado la presencia de sitios contemporáneos similares a los de la fase Cerro
Blanco en Nepeña. Debido a tal circunstancia, es de suponer que los centros ceremoniales del valle bajo de
Nepeña no tenían contactos estrechos con los de los valles adyacentes.
Fuera de la costa norcentral, la segunda fase de Huaca de los Reyes en el valle bajo de Moche (T. G.
Pozorski 1976) debe de ser uno de los complejos coetáneos con la fase Cerro Blanco de Nepeña. Esto se
infiere sobre la base de los fechados radiocarbónicos, así como por la similitud en la cerámica, el diseño
arquitectónico y otras manifestaciones materiales, como el estilo de los relieves de barro. Asimismo, Huaca
Lucía, que muestra evidencias de un friso polícromo (Shimada et al. 1982: fig. 16), y el sitio de Casa
Grande, en el valle bajo de Chicama (Kosok 1965: figs. 31, 32), pueden incluirse en este grupo. Todos
estos tienen que ver con el complejo cultural de la fase Cupisnique Clásico (Elera 1997).
La mayoría de centros ceremoniales con planta en forma de «U» ubicados en los valles bajos de la costa
central —Garagay, Cardal, Manchay Bajo, entre otros— y que se han agrupado en lo que se ha denomi-
nado la cultura Manchay (Burger y Salazar-Burger 2008) son contemporáneos, según los fechados existen-
tes, y aunque no se sabe mucho del conjunto cerámico asociado a este tipo de arquitectura, la iconografía
y el diseño arquitectónico sugieren interacciones de larga distancia. En la sierra, la fase Ídolo de Kuntur
Wasi y la parte temprana de la fase Huacaloma Tardío del sitio de Huacaloma, en Cajamarca, correspon-
den, aproximadamente, a la fase Cerro Blanco y muestran las primeras evidencias de relieves y pinturas
polícromas de esta región (Onuki [ed.] 1995; Terada y Onuki 1985). Aún se requiere de mayor discusión
para correlacionar la secuencia de Cerro Blanco de Nepeña y la de Chavín de Huántar, debido, sobre todo,
a la coyuntura actual en que las cronologías de Chavín están en debate. Por lo tanto, dejando tal discusión

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EL SITIO DE CERRO BLANCO DE NEPEÑA... 303

Fig. 13. Cerámica de la fase Samanco (SM) proveniente de varias unidades de la Plataforma Principal. g. Impronta de red o
textil (elaboración de los dibujos: Hugo Ikehara).

para otra oportunidad, este breve artículo continuará citando, básicamente, la secuencia propuesta por el
equipo de la Stanford University (Kembel 2001, 2008; Mesía 2007; Rick 2008).
En resumen, el lapso paralelo a la fase Cerro Blanco, que corresponde, aproximadamente, al Periodo
Formativo Medio definido por la Misión Japonesa, se caracteriza por la presencia frecuente de frisos polí-
cromos; no obstante, se necesita prestar atención a los posibles antecedentes en la costa norcentral, donde
se muestra una larga tradición de iconografía compleja desde el Periodo Formativo Inicial —es decir,
el Periodo Arcaico Tardío—, lo que incluye el uso de kennings desde, al menos, el Periodo Formativo
Temprano.16 En todo caso, una marcada diferencia estilística de la iconografía entre ambas épocas facilita-
ría la identificación (cf. Bischof 2000).

5.2. El Episodio CB/NP, la Galería de las Ofrendas y la interacción transregional

La primera fase de Chavín de Huántar que se puede vincular con las del valle de Nepeña es la fase Blanco
y Negro, en la que se construyen el Portal Blanco y Negro, la Plaza Circular y la Galería de las Ofrendas,
entre otras estructuras (Kembel 2001, 2008). Según los investigadores, esta fase corresponde a una parte
temprana del lapso asociado a la cerámica de estilo Janabarriu (Rick 2008; Kembel 2008), el que se ha
redefinido entre 800 y 500 a.C. (calib.) (Mesía 2007), es decir, se desarrolla en paralelo a la fase Nepeña.
Sin embargo, cabe recordar que los fechados correspondientes a la fase Blanco y Negro se concentran en
la parte más temprana de intervalo temporal, alrededor de 800 a.C. (calib.), lo que, curiosamente, coin-

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304 KOICHIRO SHIBATA

cide con los fechados de la última parte de la fase Cerro Blanco en el valle bajo de Nepeña. Es preciso,
entonces, presentar aquí tres rasgos iconográficos de la fase Cerro Blanco compartidos casi exclusivamente
con Chavín de Huántar. Los primeros dos rasgos corresponden al kenning, término literario que Rowe
(1967) aplicó a aquella clase de figuras metafóricas como el «cabello» del Lanzón convertido en culebras.
Entre varios kennings, el de «hueso/dientes», explícitamente expresado en artes inmóviles, lo que incluye
los monolitos, se ha hallado en Cerro Blanco (Bischof 1997: fig. 19), Huaca Partida (Fig. 14, b, izquierda;
Fig. 15), Chavín de Huántar (Rowe 1967: figs. 6, 9 y 19, entre otras) y, posiblemente, algunos sitios
alrededor del mismo Chavín (Burger 1983: fig. 63). Otro kenning es el de «pie/cabeza», grabado en las
artes murales, que se encuentra en Huaca Partida (Fig. 14, c), Huaca de los Reyes (T. G. Pozorski 1976:
figs. 38, 48) y Chavín de Huántar (Rowe 1967: figs. 8, 9 y 11, entre otras). El tercer rasgo es un conjunto
iconográfico compuesto de seres antropomorfos alados colocados sobre felinos que solo comparten Chavín
de Huántar (Lumbreras 1977: fig. 18) y Huaca Partida (Figs. 14, a-d; Fig. 16). Los fechados procedentes
de la fase Cerro Blanco y del Episodio CB/NP en el sitio de Huaca Partida se concentran hacia 850-800
a.C. (calib.), es decir, un lapso paralelo o sutilmente anterior a los fechados arriba mencionados de Chavín
de Huántar.
Además, el conjunto cerámico y otros materiales de la Galería de las Ofrendas (Lumbreras 1993)
comparten muchas características con aquellas del Episodio CB/NP en la Plataforma Norte (cf. Ikehara y
Shibata 2008); esto es: una visiblemente alta proporción de vasijas importadas, sobre todo botellas y cuen-
cos de estilos afines en ambos sitios, presencia de lascas de obsidiana, y cantidad de huesos de mamíferos,
como camélidos y canes, algunas veces con huellas de quema y/o corte (Víctor Vásquez, comunicación
personal).
Este paralelismo entre el valle bajo de Nepeña y Chavín de Huántar parece coincidir con un evento
observado en Kuntur Wasi, el sitio investigado más extensa e intensivamente en la sierra norte. Como lo
sucedido en Nepeña, la arquitectura de rocas canteadas pequeñas fue cubierta con una inmensa plataforma
megalítica y, al mismo tiempo, se enterraron personajes importantes junto a ornamentos de oro, cerámica
de manufactura fina, así como objetos provenientes de regiones distantes (cf. Onuki [ed.] 1995). Todas
estas comparaciones, así como los materiales que indican una intensiva actividad de intercambio a larga
distancia, ofrecen bases materiales para una interpretación. Hacia 800 a.C. (calib.), es decir a fines de la
fase Cerro Blanco o comienzos de la siguiente fase en el valle de Nepeña, hubo un breve momento, si bien
no de varios siglos, en el que los movimientos transregionales de materiales e individuos fueron de mayor
envergadura, lo que se relaciona con la renovación o modificación arquitectónica de algunos centros emi-
nentes con materiales y elementos introducidos, como se observa en los sitios arriba mencionados. En el
futuro, valdría la pena prestar atención a este problema e investigar complejos del Periodo Formativo que
comprendan esta secuencia.

5.3. La fase Nepeña, su singularidad en la costa y la red de comunicación

La mayoría de los sitios construidos con adobes cónicos del valle bajo de Nepeña, como PV31-27 y PV31-
192 mencionados anteriormente, parecen haber sido abandonados. Con excepción de Cerro Blanco y
Huaca Partida, que son renovados con la construcción de edificios de arquitectura megalítica, no se han
hallado sitios monumentales equivalentes en el valle bajo.17 Sin embargo, es probable que centros cere-
moniales con organización espacial distinta e innovadora, como Caylán, Samanco (Proulx 1985; Daggett
1999) y Huambacho (Chicoine 2006a, 2006b), comenzaran a surgir en este momento según parece mos-
trar el rango temprano de la calibración de los fechados y el conjunto cerámico registrado en este último
sitio.
En otros valles de la costa norcentral no se han reportado sitios semejantes a Cerro Blanco y Huaca
Partida, con el revestimiento de muros megalíticos ni centros sobrevivientes con características tradiciona-
les de la fase anterior, en tanto que los que presentan diseños semejantes a los de la tradición descrita por
Chicoine para el sitio de Huambacho (véase Chicoine, este número) se extienden desde el valle de Chao
hasta el de Supe (S. G. Pozorski y T. G. Pozorski 1987; Wilson 1988; Valkenier 1995; Cárdenas 1998,
2003; Przadka y Giersz 2003).

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Fig. 14. Huaca Partida en la fase Cerro Blanco. a. Reconstrucción hipotética (elaboración de los dibujos: Hugo Ikehara y
Koichiro Shibata); b, c. Pintura mural polícroma (elaboración del dibujo: Koichiro Shibata; d. Altorrelieve (elaboración del
dibujo: Koichiro Shibata).
Fig. 15. Huaca Partida, fase Cerro Blanco. Detalle del kenning «hueso/dientes» (foto: Koichiro Shibata).

Fig. 16. Huaca Partida, fase Cerro Blanco. Detalle del rostro del felino en altorrelieve (foto: Koichiro Shibata).
EL SITIO DE CERRO BLANCO DE NEPEÑA... 305

Los fechados y una serie de rasgos materiales indican que los siguientes sitios monumentales se pueden
ubicar paralelos a la fase Nepeña: la fase Kuntur Wasi, del sitio homónimo (Onuki [ed.] 1995), la Huaca
Guavalito, del complejo Caballo Muerto (T. G. Pozorski 1976), la fase La Pampa, del sitio de La Pampa
(Onuki y Fujii 1974; Terada [ed.] 1979), así como las fases Blanco y Negro, y Soporte relacionadas con
la cerámica janabarriu del sitio de Chavín de Huántar (Mesía 2007; Kembel 2008). Las características
de la cerámica asociada —y, en algunos casos, los fechados de las fases contiguas— permiten agregar a la
lista los siguientes centros ceremoniales: Pallka, del valle medio de Casma (Tello 1956; S. G. Pozorski y T.
G. Pozorski 1987), y la fase Capilla Temprano, del sitio de Huaricoto (Burger 2003). En la costa, mien-
tras que existen muy pocos sitios monumentales, varios conjuntos habitacionales o cementerios muestran
cerámica de esta época (Palacios 1988; Elera 1997; Silva y García 1997) y, en parte por esto, el Periodo
Formativo Tardío u Horizonte Temprano suele interpretarse como una etapa de crisis en esta parte del
territorio andino.18
En general, durante la fase Nepeña, que corresponde a la parte temprana del Periodo Formativo Tardío,
se presentan varias características compartidas entre centros ceremoniales de una vasta región norte y cen-
tral. Aun si se deja de lado la cuestión de la «crisis» en la costa, el patrón de distribución de aquellos centros
sugiere que la red de comunicación no era panregional o uniforme, sino, más bien, una red dispersa hecha
de unos relativamente pocos nudos y líneas de conexión.
Con respecto a los materiales cronológicamente diagnósticos, los siguientes rasgos son de fuerte ten-
dencia, si bien no son del todo exclusivos para este periodo. Para la decoración cerámica se pueden men-
cionar la de rocker stamping, la pintura grafitada en área y los diseños de círculos concéntricos o de círculo
con punto, en este último caso algunas veces con pigmento rojo postcocción.19 Aún queda por confirmarse
la ausencia de adobes cónicos en la costa. Por último, como sugerían varios investigadores, el aumento de
camélidos y de maíz conforma una tendencia, aunque varía de acuerdo con la región.
Además, es preciso señalar que, muy probablemente, la mayor parte de la obsidiana excavada de cen-
tros ceremoniales pertenece a esta época. Entre 11 muestras de obsidiana excavadas del contexto formativo
del sitio de Cerro Blanco, nueve pertenecen a la fase Nepeña.20 En el caso de la zona residencial de Chavín
de Huántar, se tiene información que más del 90% de obsidiana desenterrada procede de contextos jana-
barriu (Burger et al. 1998: 245) y, si se aplica la corrección cronológica de Janabarriu planteada por Mesía
(2007), corresponde al mismo lapso que la fase Nepeña. Lo mismo sucede en el sitio de Kuntur Wasi,
donde también más del 90% de obsidiana registrada proviene de la fase Kuntur Wasi (Sakai y Shimizu
2002). En esta lista de coincidencias se pueden incluir algunos sitios como La Pampa21 y Pallka.22 Si bien
falta aún mucho para completar la relación, los datos de tres sitios de larga secuencia y fechados por radio-
carbono son sugerentes como para asumir que, paralelamente a la fase Nepeña, hubo una intensiva comu-
nicación transregional entre algunos complejos prominentes, al menos en las regiones norte y norcentral
peruanas.

5.4. La fase Samanco y las tendencias regionales

Mientras los templos megalíticos de Cerro Blanco y Huaca Partida cesan sus funciones originales, una
nueva forma de centros, que comienza en algún momento de la fase anterior, cobra fuerza en el valle bajo
de Nepeña. Entre tales sitios destacan Caylán, Samanco, Sute Bajo o VN-35 y 36 (Cotrina et al. 2003)
y Huambacho (Chicoine 2006a, 2006b); los dos últimos han sido excavados, mientras que Huambacho
presenta una serie de fechados que ayudan a determinar su posición cronológica.
Como se mencionó líneas atrás, los nuevos centros relacionados con la tradición descrita por Chicoine
para Huambacho aparecen casi exclusivamente en la costa norcentral. Aparte de dichos complejos del
valle de Nepeña, se pueden listar los sitios similares de San Diego, Pampa Rosario (S. G. Pozorski y T. G.
Pozorski 1987) y el Templo de los Pilares en Chankillo (Ghezzi 2006: fig. 3.7), en el valle de Casma, así
como, posiblemente, los complejos de las Huacas de Coishco, del valle de Chao (Cárdenas 1998, 2003), y
Chimu Capac, del valle de Supe (Valkenier 1995). Fuera de la costa norcentral son pocas las características
compartidas en arquitectura, pero, según los fechados y/o la cerámica, los siguientes sitios o fases serían
coetáneos: Templo El Rollo, de La Granja (Wester et al. 2000), la fase Copa, del sitio de Kuntur Wasi
(Onuki [ed.] 1995) y la fase Capilla Tardío del sitio de Huaricoto (Burger 2003).

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306 KOICHIRO SHIBATA

Si se resumen los datos publicados, durante la parte tardía del Periodo Formativo Tardío —es decir, la
fase Samanco en el caso del valle bajo de Nepeña— disminuye el uso y/o variedad de los frisos de barro,
de la escultura lítica y la cerámica decorada como medio de expresión religiosa, lo que tiene relación con la
disminución del grado de homogeneidad interregional en la cultura material. Pocas tendencias interregio-
nales serían, en el caso de la arquitectura, recintos de planta cuadrada conglomerados a veces alrededor de
una plaza o patio, o los planos arquitectónicos consistentes en piedras pequeñas intercaladas con bloques
grandes en aparejos como, por ejemplo, en forma de «080».23 En el caso de materiales muebles, las vasijas
decoradas con diseños de círculos concéntricos o de círculo con punto(s), puntas de pizarra pulida, anta-
ras, entre otros,24 aparecen en algunas regiones en esta etapa, pero es preciso anotar que el uso de la antara
cerámica destaca más en la costa norcentral y su correspondiente parte serrana que en otras regiones. 25
En todo caso, no obstante hay ciertas tendencias compartidas de carácter interregional, lo más claro es la
presencia de una heterogeneidad cultural.

6. Comentarios finales

6.1. Reubicación del momento de interacción transregional en mayor intensidad

Antes de culminar el presente aporte, se debe indicar que el cuestionamiento de la vigencia del término
«horizonte» no es parte del presente estudio. Sin embargo, no es difícil señalar tres momentos marcados
durante el Periodo Formativo en los que se observa cierta escala de similitud interregional de materiales
culturales. Es de suponer que se puedan encontrar algunos puntos dudosos en la comparación de los sitios
y fases presentados, pero es claro que no hay suficientes razones para enfatizar la similitud material o inter-
cambios interregionales durante la mitad tardía del primer milenio a.C., que corresponde a la fase Samanco
del valle bajo de Nepeña. Más bien, el tiempo de mayor similitud cultural y material acompañado con
una intensificación de la red de intercambios a larga distancia, debe de estar en un lapso paralelo a la fase
Nepeña, con énfasis en su inicio. Para que las comparaciones sean claras, se agrega una tabla cronológica
interregional sobre la base de la secuencia establecida en los sitios del valle de Nepeña (Fig. 17).

6.2. Cerro Blanco: de lo receptivo a lo interactivo

Desde el punto de vista cronológico y regional, no es admisible ni convincente considerar que los templos
polícromos de la fase Cerro Blanco eran receptores de la influencia chavín, tal como algunos investigadores
han vuelto a interpretar (Burger 2008; S. G. Pozorski y T. G. Pozorski 2008). Si se sigue la misma lógica
que sostiene que la Plaza Circular y la planta en forma de «U» de Chavín de Huántar se consideran inspi-
radas en las de la costa norcentral y de la costa central, respectivamente (Burger y Salazar-Burger 2008),
la iconografía mural de la fase Cerro Blanco podría ser, incluso, una de las fuentes de inspiración para las
lápidas de Chavín.
En cambio, el fenómeno de la fase Nepeña sería distinto, pues muestra una arquitectura megalítica con
fuerte presencia de elementos y materiales serranos en los sitios de Cerro Blanco y Huaca Partida. Incluso si
se adopta la renovada secuencia de Chavín, sería coetáneo con el momento de su apogeo en la fase Blanco
y Negro. Así, al parecer, Burger advirtió un mayor impacto del culto chavín en la fase Nepeña (Burger
2008: 699). Esta interpretación queda pendiente de investigar; sin embargo, hay una fuerte presencia de
materiales y elementos costeños en Kuntur Wasi y Chavín de Huántar en este mismo momento, es decir,
una situación inversa de la de Nepeña, que sugiere que dicha influencia no era unilateral, sino que todavía
interactuaban la sierra y la costa donde aun pocos centros ceremoniales, como los del valle de Nepeña,
subsistían. Por el momento, las razones de la intensificación de tales comunicaciones transregionales en
esta época están pendientes de mayores investigaciones. De este modo se cierra el presente trabajo y se
espera haber demostrado una vez más que trabajos continuos en un mismo sitio o zona, con investigacio-
nes destinadas a definir las secuencias locales, son tan cruciales como aquellos que tienen como objetivo
la definición de la ocupación sincrónica con el fin de entender, de manera más precisa, la dinámica social
del Formativo andino.

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Fig. 17. Comparación interregional de cronologías sobre la base de la secuencia del valle de Nepeña Notas: 1. Los sitios y/o fases están ubicados, básicamente, según datación radio-
carbónica en los casos disponibles; 2. Los que no cuentan con datación o que muestran fechados ambiguos se ubican por las comparaciones cerámicas y arquitectónicas; 3. En casos
con cita, se disponen conforme a los lapsos fechados por cada autor; 4. Algunos sitios con larga ocupación están en un espacio más representativo (por ejemplo, Huambacho); 5. No
se distinguen entre los nombres de sitio y fase excepto si el nombre de la fase coincide con el del sitio; 6. La línea negra gruesa representa un pronunciado cambio cultural asociado a

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evidencias de intensivos intercambios interregionales (las tumbas especiales del inicio de la fase Kuntur Wasi, el episodio CB/NP en Cerro Blanco de Nepeña, la Galería de las Ofrendas
en Chavín de Huántar, entre otros) (elaboración del cuadro: Koichiro Shibata).
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Agradecimientos

El Proyecto de Investigación Arqueológica Cerro Blanco de Nepeña (2002 y 2004) se realizó gracias a los
financiamientos ofrecidos por la Heiwa Nakajima Foundation y la Japan Society for the Promotion of
Science. Agradezco a la Dirección de Relaciones Internacionales, al Departamento de Humanidades, a la
Especialidad de Arqueología de la Pontificia Universidad Católica del Perú y, sobre todo, al doctor Peter
Kaulicke, docente de dicha casa de estudios. Fue indispensable ser un investigador afiliado a dicho depar-
tamento tanto en los aspectos logísticos como para conocer a excelentes jóvenes arqueólogos que contribu-
yeron, con su trabajo, a este proyecto. Debo un reconocimiento muy grande a los pobladores de Nepeña,
Cerro Blanco y Capellanía, así como a la empresa agroindustrial San Jacinto. Retornar a aquellas tierras y
seguir con trabajos arqueológicos en los mismos sitios son mis mayores deseos en este momento.
Todos los éxitos de los trabajos de campo corresponden a la abnegación del licenciado Juan Ugaz y
la licenciada Delicia Regalado, amigos y colegas que codirigieron las temporadas 2002 y 2004 en Cerro
Blanco. A ello se sumaron los grandes logros producidos en la excavación de Huaca Partida, codirigida con
el licenciado Segundo Hernández en la temporada 2005. Colaboraron de manera constante en el proyecto
de Cerro Blanco, Gabriela Cervantes, Hugo Ikehara, Katherina Ríos, Marco Rivas y María Helena Tord,
en tanto que Yessenia Bejar, Bárbara Carbajal, Miguel Fujimori, Lúrica Hayakawa, David Oshige y Héctor
Saldaña nos apoyaron en los momentos más atareados. El talento y dedicación de Hugo Ikehara han sido
imprescindibles, como se advierte en los dibujos de cerámica del presente artículo. El doctor Donald
Proulx me proporcionó una serie de fotos de Cerro Blanco y Huaca Partida tomadas en su visita de 1967,
que sirvieron y servirán para nuestro proyecto más adelante. Intercambios de comentarios con los doctores
Henning Bischof, Richard Burger, Christian Mesía, Thomas Pozorski y John Rick en varias oportunidades,
brindados de manera tolerante a pesar de las diferencias en nuestras hipótesis, me facilitaron elaborar el es-
quema cronológico. Agradezco también a los especialistas Víctor Vásquez y Teresa Rosales, que asumieron
los análisis de los restos malacológicos y óseos. Por último, debo mencionar que la Misión Arqueológica
Japonesa nos ha brindado hasta hoy una sólida y amplia plataforma común, producto de 50 años de his-
toria, desde los aspectos metodológicos y logísticos hasta los más personales, sobre la que cada uno de sus
miembros ha podido y podrá realizar sus objetivos.

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EL SITIO DE CERRO BLANCO DE NEPEÑA... 309

Notas
1
Debido a la corrección de datos topográficos, a las altitudes de los perfiles presentados en las publicacio-
nes hasta 2008, como los de la Plataforma Norte (Ikehara y Shibata 2008: fig. 5), se requiere restar 23,865
metros. No hay corrección de alturas en los planos.
2
La referencia a las dimensiones de las plataformas no se basa en los datos de excavación de arquitectura
formativa, sino en la observación topográfica de la superficie erosionada. La única medida original confir-
mada por datos excavados es el ancho, en dirección Norte-Sur, de la Plataforma Principal. Mide 70 metros
en la fase Cerro Blanco y 73 metros en la fase Nepeña.
3
Esto fue deducido del hecho de que Daggett no encontró la cerámica decorada con rocker stamping, pei-
nados, estampados de círculos o bruñidos en patrón que consideraba diagnóstica del Horizonte Temprano
en los sitios edificados con adobes cónicos en el valle de Nepeña, como la Plataforma Sur de Cerro Blanco
(PV31-36) (Daggett 1984: 102).
4
Esto se debe a la presencia del muro megalítico y la cerámica decorada con líneas bruñidas hallada en el
sitio. La arquitectura megalítica, como la de la Plataforma Principal de Cerro Blanco (PV31-37), tiende a
asociarse a dicha clase de cerámica (Daggett 1984: 372, 432).
5
El «templo» con relieves excavado por el equipo de Tello data hacia 800 a.C. (calib.) según la medición
radiocarbónica, es decir, una etapa paralela o anterior a la de la culminación de las construcciones arqui-
tectónicas monumentales en Chavín (Shibata 2006, e.p. a).
6
Esta cerámica se caracteriza por la decoración de punteados ligeramente alargados en zona (T. G. Pozorski
y S. G. Pozorski 2005: fig. 5; S. G. Pozorski y T. G. Pozorski 2006: fig. 7) y para esta fase (Haldas) los
Pozorski definen el lapso aproximado de 1400-1000 a.C. (calib.) (T. G. Pozorski y S. G. Pozorski 2005:
156).
7
En este sitio se observa el mismo tipo de cerámica asociada a una estructura idéntica a la de Casma
(Huapaya 1978-1979; Cárdenas 1998; cf. Shibata 2004: 85-87). Los dos fechados obtenidos para el
Templo de Tizal (1350 ± 60 a.C. [PUCP-N.o 30] y 1420 ± 70 a.C. [PUCP-N.o 29]) coinciden bien con
las fases Haldas y Huambocayan (Huapaya 1978-1979: 132).
8
En el caso de otros sectores de los sitios de Cerro Blanco y Huaca Partida durante ocupaciones formativas,
los adobes se usan en la fase Cerro Blanco de manera exclusiva.
9
Aunque en el desarrollo del proyecto dirigido por el autor no se ha hallado pintura mural in situ de esta
fase, Tello informó que sí encontró vestigios de ella durante sus trabajos (Tello 1942: 115; MAAUNMSM
[ed.] 2005: 62, 67, 68).

En ambos yacimientos estudiados, el relleno arquitectónico de la fase Cerro Blanco tiende a contener
10

muy poca cantidad de tiestos en comparación con el de la fase Nepeña.


11
Además de poder subdividirse el relleno en algunas etapas de trabajo, tanto en Huaca Partida como en
la Plataforma Principal de Cerro Blanco se han detectado varias huellas de quema en ciertos niveles de
relleno, las que sugieren actividades ceremoniales relacionadas con la renovación del templo. Cabe men-
cionar que una de tales huellas fue fechada para definir el inicio de la fase Nepeña.
12
En casos sin decoración, el cuerpo suele ser rosado y duro por la buena cocción oxidada, una combina-
ción de atributos que no existía en las fases anteriores.

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13
Hay casos que presentan otra boca en el cuerpo (cf. S. G. Pozorski y T. G. Pozorski 1987: fig. 33).
14
La decoración de varios puntos dentro de un círculo sería una característica de la fase Samanco.
15
Los sitios con adobes cónicos en los valles bajos de Santa y Chao son, probablemente, precerámicos
(Cárdenas 1998, 2003). En el valle de Casma, Cerro Sechín y Sechín Bajo son de dicha etapa (Fuchs
1997; cf. siguiente número), mientras que Sechín Alto, Taukachi-Konkan y Pampa de las Llamas muestran
fechados contemporáneos a la fase Huambocayan o algo más tempranos (S. G. Pozorski y T. G. Pozorski
1992).
16
Un friso de Huaca A de Pampa de las Llamas puede constituir uno de estos ejemplos (S. G. Pozorski y
T. G. Pozorski 1986: fig. 5).
17
Mientras Kushipampa y Paredones se sitúan en el valle medio, además de poder ser unos siglos más
tardíos (Ikehara, comunicación personal 2009), Quisque, en el valle bajo, es de carácter defensivo y queda
pendiente definir el carácter de la estructura de piedra de Pañamarca (Proulx 1985).
18
Onuki denomina a esta época Blanco Costeño (Onuki 1993), mientras que Burger la llama Crisis on the
Coast (Burger 1992). El autor propone la expresión alternativa «reorganización costeña» sobre la base de
las evidencias en la costa norcentral (Shibata e.p. b.).
19
Círculos concéntricos y círculos y punto, con o sin pigmento rojo, conforman algunas de las diversas
decoraciones de esta época.
20
Cinco lascas son de capas correspondientes al Episodio CB/NP, es decir, el inicio de la fase Nepeña.
21
Lascas de obsidiana yacen en la superficie del cerro de Yesopampa, donde se observan estructuras y ce-
rámica de la fase La Pampa.
22
Muestras de obsidiana fueron encontradas junto con cerámica janabarriu por el proyecto ejecutado
por los arqueólogos de la Universidad Nacional Federico Villareal (Jack Chávez, comunicación personal
2008).
23
«0» significa una roca grande alargada y «8» alude a piedras pequeñas apiladas. Los ejemplos se observan
tanto en la costa como en la sierra (Brennan 1980: fig. 11; Seki 1998: fig. 8).
24
Los círculos concéntricos y círculo y punto(s) constituyen algunos de los pocos tipos decorativos de la
época. Las puntas de pizarra y las antaras ya existen desde la fase anterior pero en menor frecuencia.
25
Los ejemplos provienen de los valles bajos de Santa (Cárdenas 1998: figs. 27 y 29; 2003: 117-119),
Nepeña (Chicoine 2006a, 2006b) y Casma (S. G. Pozorski y T. G. Pozorski 1987; Ghezzi y Ruggles 2007),
así como del sitio de Sajarapatac, en Huánuco (Yuichi Matsumoto, comunicación personal 2008).

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