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marcial pérez

CEREBRO
QUE APRENDE
CÓMO APASIONARNOS CON EL CONOCIMIENTO
PARA TRANSFORMAR NUESTRA VIDA 
Índice
Prólogo 9
Capítulo I Pasión por aprender 15
Capítulo II La lenta evolución de la educación 21
Capítulo III La educación que necesitamos 35
Capítulo IV Si no tenemos sueños, ¿hacia dónde vamos? 47
Capítulo V No crean todo lo que creen 59
Capítulo VI ¿Cómo aprende el cerebro? 73
Capítulo VII ¡Un poco de motivación, por favor! 101
Capítulo VIII ¿Podemos ser más inteligentes? 115
Capítulo IX Necesitamos emocionarnos para aprender 127
Capítulo X Eliminando amenazas 145
Capítulo XI Me estresa aprender 171
Capítulo XII Atentos con la atención 181
Capítulo XIII Recuerdos de la memoria 199
Capítulo XIV Quiero aprender, me voy a dormir 221
Capítulo XV ¡Listos para aprender? ¡A cargar combustible! 235
Capítulo XVI Desarrollando la creatividad 259
Capítulo XVII ¿La nueva escuela? 283
Mensaje final 296
28 Recomendaciones para el estudiante 298
Bibliografía 302
Prólogo
El día en que nos conocimos personalmente, hace unos años, el autor de este
libro, que aún no era el autor de este libro me dijo, y cito textualmente:
“Hay que permitir que el neocórtex lógico haga entrar en juicio al sistema
límbico emotivo”.
“¿De qué está hablando este tipo?”. Me puso y me puse a pensar, no del todo
lúcido y medio confundido ante ese extraño juego de palabras engañosamente
neurocientíficas (para mí, claro). Y ¿Por qué este ingeniero se atrevía a enros-
trarme un enunciado de esa magnitud en la propia soberbia de mi prestigio
como profesional de la pedagogía y escritor especializado en temas educativos?
Simplemente porque había aprendido lo que no había sido yo capaz de apren-
der. Y porque todo mi itinerario de aprendizajes se fue dando en el marco rim-
bombante del tradicional protocolo normalista misionero del sistema educativo
escolar de matriz eclesial. Por lo que aquella esotérica frase me obligó a tomar
conciencia de mi ignorancia respecto de esos temas. Mi ignorancia y mi petu-
lancia, ya que solo murmuré para mis adentros: “¡Caramba con el ingenierito!”.
A pesar de que mucho de esto lo había yo enunciado pero al mismo tiempo
había quedado abierto a la discusión en mi primer libro sobre educación desde
los valores, sospeché, o mejor dicho, deduje, y luego comprobé, que este hombre
estaba implementando todo aquello que yo venía “enseñando” y escribiendo,
pero desde un perfil erudito y con un respaldo científico.
Y debido a mi golpeada autoestima, a mi amor propio e inspirado secre-
tamente por la conversión de este ingeniero a educador para el siglo XXI, me
puse a leer e investigar teniendo como brújula el enigmático enunciado de quien
todavía no era el autor de este libro pero que ya venía desarrollando un proyecto
entusiasta y apasionado de cursos, jornadas y clases con las que ayudaba a
otros, especialmente a jóvenes estudiantes a que descubrieran a partir de una
introspección, la manera en que funciona nuestra cabeza a la hora de aprender,
desaprender y de qué manera, tantas veces extraordinaria, influyen y son influi-
dos por nuestras emociones todos los procesos creativos en nuestra vida.
Cuando una madre o un padre se enfrentan desorientados a la temible
experiencia de un hijo adolescente repitiéndoles a lo largo del ciclo lectivo que
los profesores son aburridos, que lo que les hacen estudiar no sirve para nada,
que no quieren estudiar, y que la escuela no les interesa. Cuando se deduce, con
cierto sentido común, que la fama, el prestigio social y el bienestar económico
pueden ser alcanzados y mantenidos, por caminos que fácilmente eluden el es-
fuerzo y que no siempre se encuadran en la ética e incluso suelen hasta rondar
lo ilegal, es hora de interpelarnos como adultos y comenzar a investigar cómo
vamos a hacer para ayudarlos (en caso de que realmente sean ellos los que
necesiten la ayuda y no nosotros) para ir aproximándonos progresivamente a
experiencias que aporten al bien común, que es el bien mayor, que es, en defini-
tiva , el bien de cada uno.
Zigmunt Bauman diagnostica el presente diciendo que la depravación es
la estrategia más inteligente para el desposeimiento. Desviar la atención (me-
diante la tentación y la seducción) es desde luego una técnica insidiosa que
convierte en placentera la constante privación y que genera una servidumbre
que es percibida y sentida como libertad de expresión. Y entonces terminamos
convencidos, desahuciados, sin alas, no pudiendo abandonar el mismo círculo
vicioso del que nos quejamos.
Es así como nace la génesis de este libro extraordinario. De la preocupación
de un padre de familia que no ha sido un profesional de la educación sino un
ingeniero, que fiel a su profesión se las ingenió para transformar la magnitud de
una tormenta de incertidumbre en una respuesta operativa, práctica y concreta
originada en una batería interminable de preguntas.
¿Por qué no aprenden? ¿Por qué no les interesa? ¿Por qué hasta los más
abúlicos se apasionan por lo que les interesa? ¿Por qué se tiende al determi-
nismo, al pensar que llega un momento en que el cerebro no aprende más?
¿Qué pasa en la cabeza de estos jóvenes para que piensen como piensan y
sientan como sienten? ¿Qué cosas piensa un niño ante aprendizajes fuertes
como la muerte, el abandono, el enamoramiento? ¿Qué papel desempeñamos
nosotros los adultos en toda esta tempestad de información complementaria,
contradictoria, superficial o profunda que ofrecen los medios?
Y escribe el autor: “Una persona que cree que su inteligencia está dada por la
genética y es inamovible, busca mostrarse inteligente o bien evitar mostrarse en
un fracaso, aun sacrificando aprendizajes (debido a que evitar evaluaciones es
signo de que no soy lo suficientemente inteligente para tener éxito y que solo hay
una cantidad fija de inteligencia). Si confía en la capacidad propia, buscará opor-
tunidades para demostrarlo (aunque no tomará muchos riesgos). Si no confía en
las capacidades, evitará situaciones con potencial feedback negativo, en conse-
cuencia, tendiendo a evitar desafíos y minimizar riesgo intelectual. Después de
un resultado negativo la creencia de inteligencia fija invita a un menor esfuerzo,
a actuar aburrido y a diferir o aplazar. Si obtiene un buen resultado, piensa: “Si
estudio poco y me va bien, entonces soy realmente inteligente”. El fracaso usual-
mente resulta en “¿Por qué molestarse? No soy lo suficientemente inteligente
para hacerlo mejor”. “Solo unos pocos estudiantes pueden obtener altas califi-
caciones”. “Simplemente no puedo lograrlo”.
Es cuando aparece el desafío más complejo que se nos puede presentar en
nuestro rol de educadores (padres, madres, parientes, docentes, vecinos, servi-
dores públicos, autoridades políticas)… el de lograr que esos “aparentemente”
desinteresados, abúlicos y futuros exestudiantes se ocupen e interesen, hoy, en
aprender para que luego puedan descubrir el placer de esa experiencia y trans-
formarla posteriormente en pasión. Y para ello, qué mejor que ayudarles a que
se ubiquen en ese lugar privilegiado que es el de aprender a observarse cuándo
y cómo les pasa lo que les pasa ante las sensaciones de fracaso, o de entusias-
mo exagerado, o la dificultad para entender. Y de paso, apasionarnos nosotros,
sincera y profundamente, por aprender a aprenderlos.
Todos los aportes intelectuales de los que piensan el hoy y nos ayudan a
pensarlo y más aún nos ayudan a pensar cómo se nos piensa, pareciera que
arrojara más preocupación a aquellos que ya estamos preocupados y ocupán-
donos en la educación de la generación que viene.
Todas las experiencias pedagógicas siempre han sido pensadas para hacer
entender a niños y jóvenes, a través de diferentes tentativas, que la única com-
petencia intransferible e indispensable siempre es y ha sido la capacidad de
aprender. Y es un error inadmisible que este intento no se aplique a todos los
ámbitos de la vida de las personas, ya sean estas alumnos del primario, uni-
versitarios, profesionales, oficinistas, obreros, desempleados. Tener como meta
el desarrollo de la capacidad de aprender en todos los momentos y etapas de
nuestra historia personal, en cada una de las situaciones, solos, en pareja o junto
a otros, como respuesta creativa a los avatares que la vida nos presenta a diario
y que seguramente nos llenará de preguntas y más preguntas motivadoras de
más y más aprendizajes que nos ayudarán a entender más y mejor el mundo
que nos rodea reduciendo ese epitafio de la incertidumbre que solo produce
miedo e infelicidad. Y la enemiga a la que el miedo más le teme es a la creativi-
dad. La inteligencia es esa adaptabilidad dinámica al medio, porque al adaptarse
lo modifica.
Hace unos años los educadores profesionales habíamos depositado nues-
tras esperanzas pedagógicas en aquella propuesta maravillosa de “aprender a
aprender”, poniendo el énfasis en el cómo se aprende para construir el proyecto
de cómo se debe enseñar. Fundando de esta manera una profunda y meticu-
losa conversión de nuestra función de docentes enseñantes a investigadores de
campo profundizando tradicionales o novedosas teorías del aprendizaje para
concluir en la construcción de unas prácticas de la enseñanza que pudieran
resultar significativas tanto para los alumnos como para nosotros los viejos
maestros. Pero hoy es necesario que cada educador comprenda que la prác-
tica que deberemos implementar para hacernos significativos para los niños y
jóvenes será la de aprender a desaprender. Y como consecuencia necesaria de
este aprendizaje: aprender a enseñar a desaprender. Para alcanzar este objetivo
profesional hoy es elemental recurrir al estudio científico de los aportes que las
neurociencias han hecho y seguirán haciendo al caudal ya de por sí enciclo-
pédicamente complejo de las ciencias de la educación. Será el gran desafío de
toda una generación de educadores desarrollar esta capacidad de desaprender
para poder reubicarse cada vez más cerca de esta nueva generación que puede
describir y hasta entender el mundo de hoy con mayor naturalidad, esponta-
neidad y pertinencia de la que tenemos la generación anterior, que seguimos
creyendo que aún depende de las instituciones escolares la construcción de
la subjetividad de los individuos, cuando en realidad pareciera que solo aporta
obsolescencia y anacronismo. Pero claro, estamos grandes, estamos cansados,
estamos incluso decepcionados… pero bueno, seguimos estando, sin embargo,
al lado de cada joven intentando desentrañar cuál ha sido la parte de responsa-
bilidad que nos toca en esa indiferencia que aparentan demostrarnos.
Este libro ofrece algunos remansos confiables a la manera de preciosas y
preciadas herramientas para navegar esta incertidumbre. Nos dice su autor: “El
descubrimiento de que pensar algo produce efectos es quizás la llave del libre
albedrío tan ansiado para cambiar la realidad que creamos con nuestras inter-
pretaciones mentales”. Nietzsche decía: “Todavía vivo, todavía pienso; tengo que
vivir todavía porque todavía tengo que pensar”. Para él, pensar era una pasión
incomparable.
Este enfoque neurocientífico del aprendizaje, nos muestra claramente que
aún todo está por hacerse. Es mucho lo que se ha aprendido de cómo funciona
nuestro cerebro y al mismo tiempo es enorme la deuda que se tiene de su apli-
cación en los sistemas escolares.
Todo lo que se leerá en este libro es profunda y prolija información científica
acerca de los efectos beneficiosos de conocer el funcionamiento fisiológico de
nuestros cerebro en situación de aprendizaje, por lo tanto, de sus respuestas
ante la tensión y la ansiedad; y de las consecuencias auspiciosas para nuestro
organismo al acompañar todos esos procesos cerebrales con un cuidado me-
ticuloso de la salud física para lograr un equilibrio emocional que nos acerque
progresivamente a momentos de felicidad. Es apasionante poder saber qué
pasa en la química del organismo cuando descubrimos, cuando alcanzamos
plenamente un conocimiento que antes nos era vedado. Cuando se produce
una emoción, entonces, que será motor de la pasión posterior por aprender. Esa
emoción está asociada, dice Jorge Wagensberg, al gozo intelectual. “Cuando
se comprende o cuando se intuye, hay gozo intelectual, cuando se cree haber
comprendido o cuando se simula haber comprendido, hay solo alivio”. Y la es-
cuela siempre ha tendido a que alumnos y docentes aprendan solo a aliviarse,
a reproducir esa farsa que alivia. Y no hay pasión en el aprendizaje cuando se
tiene como meta el alivio sino solo cuando se ha experimentado el gozo intelec-
tual. No tiene ningún sentido convertir el estímulo en objetivo. La pasión por
seguir aprendiendo es la consecuencia de haber descubierto el ir descubriendo.
Y en este aspecto el dato que nos ofrece la realidad es que toda trampa, cual-
quier engaño dado en el ámbito del aprendizaje, cualquiera sea el fingimiento de
aprender, toda repetición actuando que se sabe, que se comprendió; cualquiera
de estas tramoyas que se hilvanan para seguir subsistiendo en el sistema es-
colar… nunca provocarán gozo, placer, pasión de ningún tipo; destilando de esta
manera dosis cada vez más altas de desaliento, desgano, infelicidad que siem-
pre serán combatida con más y más consumos de toda índole.
norberto siciliani
CAPÍTULO I
Pasión por aprender
El mundo tiene para cada persona la magnitud de
sus aprendizajes.
Motivado en la desmotivación

E
ste libro ha sido motivado por la desorientación y falta de pasión de mu-
chos jóvenes. Me refiero a quienes no encuentran interés en la escuela,
quienes no estudian ni aprenden, porque no les gusta, porque les cuesta,
porque no encuentran sentido, porque repitieron o porque no encuentran la sali-
da a su situación. Urge hacerles saber que es posible efectuar interpretaciones
más optimistas, encontrar nuevos estímulos, que la vida merece ser vivida con
alegría y entusiasmo y que ya han adquirido el derecho de hacerlo por estar
vivos. ¿Quién ha dicho que el esfuerzo de aprender debe asociarse al sufri-
miento? ¿Por qué no podemos elegir disfrutar de aprender y de hacer disfrutar
a otros, con un sistema educativo especialmente diseñado con esos fines, con
renovadas prácticas, casi como planteando una revolución educativa? ¿Por qué
hay gente que ha logrado dedicar su vida a su pasión y otra que no encuentra
cómo hacerlo? ¿Por qué no se les dice a los estudiantes en la escuela que deben
buscar ser felices porque ese es el propósito de la vida? ¿Por qué no elegir un
menú de temas atractivos y dejar que cada uno vaya eligiendo y construyéndose
a sí mismo con la ayuda de un adulto-docente-facilitador? Muchas preguntas
más tenemos para formularnos, simplemente porque toda la situación está sub-
vertida, todo es confuso. ¿Hay algo que contagie más el entusiasmo que ver a
alguien entusiasmado? ¿Y si fuera su hijo el que se contagiase, no sería mejor
aún? La propuesta es partir de cada problema que identificamos, darle un en-
foque desde los nuevos hallazgos de las sorprendentes neurociencias, sazona-
das con una pizca de filosofía, psicología, biología y otras que puedan darle el
mejor sabor a este plato de ricas ideas y conceptos y así despertar el interés por
aprender de una nueva manera.
El autor
Cerebro que aprende

Pasión por aprender


“habitar este nuevo mundo es ser capaces de inventar, también nosotros, nue-
vas teorías y prácticas y ponerles nuevas palabras. ¿habremos de ser capaces
de construir dispositivos que atiendan a los nuevos acontecimientos, que den
respuestas saludables y sean capaces de alojar a los nuevos sujetos de la
educación?”. cecilia bixio

Este libro nació como una necesidad de despertar la motivación por aprender
en muchos jóvenes desorientados. El eje de la iniciativa era la modificación de
creencias y la posibilidad de ver una nueva realidad que los impulsara a inte-
resarse por algo. Así de fatal como suena, y en muchas ocasiones peor aún, es
la situación de muchos de ellos. Comencé en el año 2008 con una vaga idea
sobre cómo crear una experiencia capaz de llamar la atención de los más de-
sesperanzados. El primer concepto que sustentó la idea fue el de la creencia de
inteligencia maleable. Si podíamos incrementar nuestra inteligencia, entonces
podríamos hacer posible lo imposible. De a poco fui sumando cada vez más
argumentos que me ayudaran a reflexionar sobre lo que nos perdemos si no
aprendemos a usar nuestro cerebro. Llegó el momento de valorar el cerebro
emocional y las raíces de la insatisfacción que este vive, la manera de crear
automotivación modificando la química cerebral desde nuestros pensamientos
y mucho, mucho más. Y así, la torre de Babel inicial continuó creciendo dando
paso a un moderno y estético edificio lleno de atractivos contenidos que llama-
ban a ser visitados. En el año 2010, la propuesta tomó formato de taller, que du-
rante cuatro años he dictado con la ayuda de algunos colegas. Ha consistido en
una experiencia pensada, elaborada e implementada para modificar creencias
limitantes y malos hábitos que dificultan el aprendizaje y la expresión del máxi-
mo potencial humano. La iniciativa parte de entender cómo funciona el cere-
bro en el aprendizaje y las razones del bloqueo emocional ocasionadas por una
variada cantidad de obstáculos que nos cuestan identificar. Desde el primer
taller y hasta nuestros días, la propuesta ha cambiado y mejorado a partir de
las respuestas de los participantes y de los nuevos conocimientos que van sur-
giendo y vamos incorporando. Cada vez que finalizábamos un Taller, nos con-
vencíamos de la importancia de continuar con el próximo. El interés demostrado,

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Marcial Pérez

la sorpresa de los estudiantes ante un mensaje alentador lleno de recursos y


herramientas para cargar en la mochila de cada uno, fueron plasmados en mu-
chas opiniones expresadas al finalizar cada actividad:
“El taller me sirvió mucho para reflexionar tanto en mi aprendizaje
como en la vida”.
“Aprendí a confiar en mí mismo para llevar a cabo mis sueños y nunca
dejar de intentar”.
“Si tenés un sueño, si querés llegar a estudiar algo, nunca podés decir
que no podés, siempre, con una postura positiva podés llegar”.
“Lo que más impactó fue la forma que tiene el cerebro de pensar,
reaccionar y aprender, también de lo que uno es capaz”.
“Aprendí el valor de aprovechar el día y no perder tiempo, los factores
distractores que influyen a la hora de estudiar, la importancia
del descanso, el deporte y el ejercicio, una buena alimentación, el
funcionamiento del cerebro”.
“En una clase alguien dijo que quería ser algo en la vida (a mí me
pasaba lo mismo). El instructor nos dijo que ya somos alguien en la
vida”.
“Tenemos muchas charlas pero no de esta perspectiva y tan bien
preparadas”.
“Aprendí los diferentes tipos de inteligencias que tenemos”.
“Las cosas que vimos nos sirven para mejorar y aplicar a nuestra vida
cotidiana”.
El material que ha constituido el soporte conceptual Yo quiero ser el cartero,
quiero que me llamen el
para los talleres fue elaborado a partir del estudio dedi- Cartero, como ese per-
cado y persistente, con la consulta a una ingente canti- sonaje maravilloso en
dad de fuentes de información actualizada, confiable y la película sobre Pablo
Neruda. Ser el que entrega
probada en el ámbito educativo tanto de revistas cientí- las cartas, aunque no las
ficas como de libros e instituciones internacionales. He- escriba. george steiner
mos hecho uso de variados recursos didácticos capaces de activar emociones
y por sobre todo, mucha pasión puesta por parte de quienes lo hemos dictado.
Al taller para estudiantes le ha seguido una capacitación virtual para docentes
de Argentina y Brasil durante 2013. Nuestra tarea no ha sido la investigación

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Cerebro que aprende

científica, sino la recopilación, la selección, la elección y el armado de una pro-


puesta convocante y comprensible que fuese capaz de revelar en cada uno ese
enorme potencial dormido que espera ser activado para transformar trayectos
de vida. No tratamos patologías, ni las estudiamos, para eso hay excelentes pro-
fesionales de la medicina que ya se ocupan. Nos interesan los miles de jóvenes
desalentados y sin rumbo. Estoy convencido de que cada uno de ellos puede
lograr interesarse por aprender, disfrutar del recorrido y beneficiarse de sus con-
secuencias, en vez de sufrirlo, desertar o prolongarlo excesiva y penosamente.
Esa es la responsabilidad nuestra, la de los adultos, con propuestas innovadoras
de calidad respaldadas por la ciencia. No podemos esperar a ver qué les depara
la vida, hay que ayudarlos a construir la propia obra de arte que quizás aún ni
hayan imaginado. Usted haría esto y mucho más por sus hijos, ¿no es así?

Palabras, palabras, palabras


A lo largo de las siguientes páginas usted notará que algunas palabras se repiten
más que otras. Y no es casual. Algunas quizás se repitan demasiado pero nunca
es excesivo un intento por enfatizar los aspectos que lo lleven a usted a impulsar,
con sus acciones, una mejora de la educación, al menos dentro de su círculo de
influencia. Le proponemos que, a modo de juego mental previo, trate de enlazar
estas palabras, buscando hacer una interpretación anticipada de lo que leerá.
Quizás le sirva para correlacionar lo que ya piensa sobre cada término con el
uso que aquí se le ha dado y contribuya así a su mejor recordación. Le pedimos
que no por haber pronosticado lo que encontrará en las próximas páginas, deje
de leerlas. Hay mucha información que le será de utilidad. Espero lo disfrute.

palabras y número de veces que aparecen en el libro


aprender/aprendizaje: 515; emoción/emocional/emociones: 268; neurona/
neuronal/neural/neurotransmisor: 262; vida/vivir: 245; cambio/cambiar/
modificar: 193; estímulo/estimulación/estimular: 153; incertidumbre/riesgo/
miedo: 135; estudiante/s,joven/jóvenes/juventud: 134; proyecto/objetivo/
sueños: 131; experiencia: 116; sensación/sentimiento: 100; valor/valores/
valorar: 85; felicidad/alegría/satisfacción: 80; percibir/percepción/sen-
tidos: 79; estrés: 76; maestro/docente/profesor: 71; creer/creencia: 68;
sentido/significado/propósito: 65; trayecto/camino/recorrido: 64; miedo/
temor: 49; tecnología: 37; motivación: 30; neurociencia: 21

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