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EMIL KRAEPELIN

EMIL KRAEPELIN

CIEN AÑOS DE PSIQUIATRÍA


CIEN AÑOS DE PSIQUIATRÍA
A. E. N. / HISTORIA

7 ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE NEUROPSIQUIATRÍA


HISTORIA
EMIL KRAEPELIN EMIL KRAEPELIN

CIEN AÑOS DE PSIQUIATRÍA


CIEN AÑOS DE PSIQUIATRÍA
A. E. N. / HISTORIA

ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE NEUROPSIQUIATRÍA


HISTORIA
7
ROBERT BURTON

CIEN AÑOS DE PSIQUIATRÍA

ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE NEUROPSIQUIATRÍA


HISTORIA / 7
La torre de Hölderlin.

4
EMIL KRAEPELIN

CIEN AÑOS DE PSIQUIATRÍA


UNA CONTRIBUCIÓN A LA HISTORIA DE LA CIVILIZACIÓN

ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE NEUROPSIQUIATRÍA


MADRID
1999
Título original: Hundert Jahre Psychiatrie

Traducción: Guillermina Sabadell Zarandona

Derechos: Asociación Española de Neuropsiquiatría, 1999


Edición: Asociación Española de Neuropsiquiatría
C/ Villanueva, 11. 28001 Madrid. Tf. y Fax: 91 431 49 11
ISBN: 84-95287-01-3
Depósito Legal: VA. 796.–1999
Detalle de la sobrecubierta: Daumier, «Figura de medio busto», São Paulo, 1862
Impresión: Gráficas Andrés Martín, S. A. Paraíso, 8. 47003 Valladolid
Distribución: Siglo XXI. Camino Boa Alta, 8-9. Polígono El Malvar
28500 Arganda del Rey (Madrid)
Colaboración técnica: SmithKline Beecham, S. A.
Directores de la edición: Fernando Colina y Mauricio Jalón
Kaiser Kraepelin

Alemania, siglo XIX

La proliferación de movimientos de carácter nacionalista


fue uno de los fenómenos constantes en la Europa del siglo
XIX. La burguesía liberal, que dominaba los resortes del po-
der económico y político, reaccionó ante los fracasados inten-
tos de revolución popular de 1820, 1830 y 1848 con acciones
más pragmáticas, desplazando progresivamente en lo social a
la aristocracia del Antiguo Régimen y encargándose del con-
trol de las masas mediante una combinación de fuerza militar,
liberalismo económico y negociación diplomática. Esa Euro-
pa de industriales y comerciantes precisaba estados más gran-
des y sólidos que las meras federaciones de ciudades o los
inestables imperios supervivientes del siglo XVIII, y aunque
éstos nominalmente no desaparecieron se revitalizó la idea de
nación. Italia y Alemania fueron los países donde este cambio
de orientación dio más rápidos frutos, culminando sus proce-
sos de unificación nacional hacia 1870. La consolidación de la
Gran Bretaña victoriana como potencia mundial de primer or-
den, la desaparición del Imperio otomano y el inicio de la in-
fluencia mundial de los Estados Unidos de América fueron
otros sucesos capitales que, ya en los inicios del siglo XX, tu-
vieron su broche en la Primera Guerra Mundial.
La unificación alemana no fue un proceso histórico homo-
géneo ni lineal. A lo largo de cien años se produjo un despla-
zamiento de la ideología liberal de los pangermanistas, inicia-
dores del proceso, a los conservadores pro-prusianos que lo
culminaron. La pugna entre Prusia y Austria por el papel hege-
mónico en la Confederación germánica, y la creación del
Zollverein (1834), unión aduanera que impulsó tanto la indus-

7
trialización como la unión política germana, facilitaron la
extensión de la ideología nacionalista en las universidades y
entre la burguesía liberal, proceso catalizado por el ambiente
intelectual del Romanticismo alemán. Aunque Federico
Guillermo IV, rey de Prusia, abortó las tendencias unionistas
del Parlamento de Francfort (1848), ya de por sí dividido entre
los partidarios de una «Pequeña Alemania» regida por Prusia,
y los defensores de una «Gran Alemania» que incluyera al
Imperio Austro-Húngaro, la unificación alemana llegará de la
mano de Otto von Bismarck, canciller de los reyes prusianos
Guillermo I y Guillermo II, y desde 1870 Alemania se con-
vierte en una potencia mundial que se apoya en su poderoso
ejército, en el desarrollo industrial impulsado por éste (meta-
lurgia, química, etc.) y en un floreciente comercio exterior
favorecido por los afanes expansionistas del Imperio: son los
Gründerjahre, los «años del desarrollo». El II Reich queda así
constituido por ventiséis estados –y hasta treinta y nueve si
consideramos también las llamadas «ciudades libres»– que
conservan sus asambleas propias (Landstag), por una asam-
blea nacional (Reichstag) y por un consejo federal (Bundesrat)
en el que Prusia tenía derecho de veto. Tras el descalabro
sufrido en la I Guerra Mundial, el herido orgullo nacionalista
será uno de los factores de desestabilización progresiva del
nuevo régimen (la llamada República de Weimar, 1919-1933),
conduciendo finalmente al nombramiento de Adolf Hitler
como canciller el treinta de enero de 1933 y al establecimien-
to del III Reich, cuya historia, triste y sobradamente conocida,
revalidó de forma siniestra el profético significado de uno de
los aforismos de Kraus: «El nacionalismo es un hervidero en el
que se incrusta cualquier otra idea»1.

1 Karl KRAUS, Contra los periodistas y otros contras, Madrid, Taurus, 1998, p. 54. No
es fácil fechar los aforismos de Kraus, escritos desde primeros de siglo hasta su muerte en
1936.

8
La escuela alemana de psiquiatría

El innegable papel de los nacionalismos como factor mo-


dulador de la producción, difusión y aplicación de las ideas psi-
quiátricas2 se combinó en la Europa decimonónica con la con-
solidación de la sociedad industrial-capitalista iniciada hacia
1750. La acumulación de capital, la creciente industrialización,
la experimentación de nuevos adelantos técnicos y la inclusión
de las clases desfavorecidas en el mercado libre del trabajo,
junto con el humanismo de la Ilustración, motivaron en la ideo-
logía burguesa la necesidad de recoger y asistir a los pobres y
enfermos, de recuperarles para la producción si era posible y
necesario o, en caso contrario, de aislarlos3. Con el nuevo or-
den burgués, la locura será confinada en instituciones progresi-
vamente ad hoc y puesta a cargo de un nuevo oficio, el de alie-
nista, nacido en las fronteras de lo sanitario y lo jurídico, que
afianzará su estatuto de especialidad médica mediante un labo-
rioso proceso, finalizado el cual, y tras distanciarse lo más po-
sible de su prehistoria filosófico-humanista, conseguirá afin-
carse en el ámbito académico y en el profesional.
Aun admitiendo que la psiquiatría inicialmente habló en
francés4, la imparable expansión conocida por la psiquiatría
germana del XIX, desde sus abigarrados inicios en los albores
del siglo hasta su aplastante influencia a partir de los Gründer-

2 Pierre PICHOT, Un siglo de psiquiatría [edición en castellano], París, Roger Dacosta,


1983, pp. 28-77 y específicamente p. 80. Ya en 1969 DÖRNER había tomado en cuenta tal
punto de vista (cf. la edición española: Klaus DÖRNER, Ciudadanos y Locos. Historia social
de la Psiquiatría, Madrid, Taurus, 1974; ver especialmente el cap. IV, «Alemania», pp. 233-
412). Un reciente estudio de la pugna entre los estados germánicos del XIX, quizá demasia-
do impregnado por el culto estadounidense a la competitividad, puede encontrarse en Edward
SHORTER, Historia de la Psiquiatría. Desde la época del manicomio a la era de la Fluoxetina,
Barcelona, J&C Ediciones Médicas, 1999, pp. 33-68. En nuestro ámbito, y desde una orien-
tación clínica y nosográfica, cf. José M.ª ÁLVAREZ MARTÍNEZ La psicosis paranoica en la clí-
nica psiquiátrica franco-alemana (1800-1932), Tesis doctoral, Barcelona, 1992.
3 Julián ESPINOSA IBORRA, «Respuesta social e institucional al problema del enfermo
mental crónico: una revisión histórica», en Julián ESPINOSA (coord.), Cronicidad en psiquia-
tría, Madrid, Asociación Española de Neuropsiquiatría, 1986, p. 27 y ss.
4 Como los autores franceses tienden obviamente a resaltar.

9
jahre –y que ni siquiera hoy puede darse realmente por extin-
guida–, ha sorprendido tanto como fascinado a los historiado-
res5, coincidiendo casi todos en destacar el multicentrismo del
estado alemán como uno de los factores más importantes de
tal desarrollo. Tras las guerras napoleónicas, el Estado central
liberará paulatinamente a los ayuntamientos de su tradicional
obligación de atender o controlar al loco, desplazándola a los
reafirmados gobiernos de los Estados regionales6. Partiendo al
principio de mínimas reformas estructurales en edificaciones
de uso anteriormente militar, eclesial o carcelario, y constru-
yendo posteriormente «establecimientos» específicos, los
Länder crearon durante la primera mitad del siglo una red de
manicomios que, durante la segunda, se vio complementada
por la proliferación de las cátedras de psiquiatría y de las clí-
nicas universitarias. Ávidos unos y otras de los honores de Es-
tado, que conllevaban tanto beneficios personales como au-
mentos de presupuesto, la innovación asistencial y la
producción científica se vieron ampliamente estimuladas7.
Además, la psiquiatría germanófona no se limitaba al Reich:
junto con la Suiza alemana –Berna, Basilea y Zurich8– y el
Imperio de los Habsburgo –Praga, Viena y Graz– conformó un
espacio de libre circulación para médicos, estudiantes y profe-
sores muy distinto al de la centralizada Francia, casi exclusi-
vamente focalizado en los aledaños de la Sorbona parisina9.
Las elucubraciones con que inauguran el siglo los
Psychiker, portaestandartes del Romanticismo aplicado a la
comprensión y al tratamiento de la locura10, y los Somatiker,

5 P. PICHOT, op. cit., p. 28 y ss.


6 Peter BERNER, «L’Allemagne», en Jacques POSTEL y Claude QUÉTEL, Nouvelle his-
toire de la psychiatrie, Toulouse, Privat, 1983, p. 194 y ss.
7 E. SHORTER, op. cit., pp. 34-36.
8 Sobre la aportación suiza a la psiquiatría alemana del XIX, ver George MORA,
«Tendencias históricas y teóricas en psiquiatría», en A. FREEDMAN; H. KAPLAN; B. SADOCK,
Tratado de Psiquiatría, Barcelona, Salvat, 1982, vol. I, p. 62.
9 P. PICHOT, op. cit., p. 34 y ss.
10 P. BERNER, op. cit., p. 197.

10
herederos del vitalismo de Stahl11, establecen entre sí una
polémica que, aunque casi estéril en lo doctrinal, facilita la
humanización de la vida dentro de los «establecimientos».
Centrados en conseguir el buen funcionamiento de los mis-
mos, en cuyo interior, además, solían vivir, y atentos lectores
de Pinel, Esquirol, Conolly y Tuke, los Irrenärtze alemanes
irán prescindiendo de las medidas de coerción más crueles y
autoritarias y abandonando otras no menos burdas basadas en
los residuos del galenismo renacentista. El racionalismo kan-
tiano12 y la «naturalización» de la locura terminarán impo-
niéndose en la psiquiatría germana: a partir de 1845, la publi-
cación de La patología y terapia de las enfermedades menta-
les, de Griesinger13, en cuya primera página se afirma rotun-
damente «Siempre debemos ver antes que nada en las enfer-
medades mentales una afección del cerebro»14, sepulta la dia-
triba entre Psychiker y Somatiker y también comienza a incli-
nar inexorablemente la balanza a favor de la «psiquiatría de
universidad» en detrimento de la «psiquiatría de asilo»15. El
canto de cisne de esta última será la Clasificación de las enfer-
medades psíquicas de Kahlbaum16, poco difundida en su

11 G. MORA, op. cit., p. 46.


12 La influencia de Kant en la psiquiatría alemana, sobre todo la de su Antropología
(1798), fue ampliamente señalada por JASPERS: el «Índice de autores» de su Psicopatología
General tiene hasta quince entradas repartidas por toda la obra (ver Karl JASPERS,
Psicopatología General, Buenos Aires, Beta, 1963; 3.ª ed. castellana, traducción de la 5.ª y
definitiva alemana de 1942). DÖRNER también lo estudia in extenso (cfr. K. DÖRNER, op. cit.,
a lo largo de todo el cap. IV, «Alemania», especialmente pp. 247-384). Ver también: Fernando
COLINA, «La huella de Kant», Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 1996,
XVI, 58, pp. 337-339, que precede a Immanuel KANT, «Ensayo sobre las enfermedades de la
cabeza», ibidem, pp. 341-351.
13 Un detallado resumen de las aportaciones de Griesinger puede verse en Erwin H.
ACKERKNECHT, Breve historia de la psiquiatría [1957], Buenos Aires, Editorial Universitaria,
1968 (3.ª ed.), pp. 102-118.
14 Citado por Paul BERCHERIE en Los fundamentos de la clínica. Historia y estructura
del saber psiquiátrico [1980], Buenos Aires, Manantial, 1986, p. 43.
15 Son términos de Karl JASPERS. Ver su «Historia de la psicopatología como ciencia»,
epígrafe 4 del «Apéndice», en Psicopatología General, pp. 954-971.
16 Ludwig KAHLBAUM, Clasificación de las enfermedades psíquicas [1863], Madrid,
DOR, 1995.

11
momento y después recuperada por el propio Kraepelin, que
toma de Kahlbaum la necesidad de un ordenamiento y la
visión evolutiva de los procesos morbosos, a lo que une tam-
bién los incipientes avances que la histología, la microbiolo-
gía, la medicina interna y la neurología habían hecho en el
estudio de lo mental de la mano de Westphal, sucesor de
Griesinger en la cátedra de Berlín, de Meynert y de Wernicke
(la corriente llamada Gehirnpathologie, «psiquiatría del cere-
bro»), entre otros17. La preeminencia que entre 1880 y 1914
obtuvo la psiquiatría alemana por encima de la francesa cris-
taliza en Kraepelin, quien se convierte en portaestandarte de la
«psiquiatría clínica» asimilando la locura a cualquier otra
enfermedad, renunciando a la anatomía especulativa18, estu-
diando el curso clínico y tratando de crear una nosología cohe-
rente como paso previo a la investigación sobre las causas,
mecanismos y tratamientos. Desde entonces hasta nuestros
días, la aplastante influencia de tal concepción no ha podido
eludir un ininterrumpido debate sobre su solidez, sus grietas y
sus posibles pies de barro19.

Emil Kraepelin

Tres grandes figuras de la psiquiatría vinieron al mundo


en 1856: el francés Jules Séglas, el austriaco Sigmund Freud
y el alemán Emil Kraepelin. Si la obra del primero quedó
oscurecida por la desvitalización de la psiquiatría francesa de
finales del XIX20, la de los otros dos ha dado su impronta in-

17 P. PICHOT, op. cit., pp. 35-36.


18 P. BERNER, op. cit., p. 198.
19 Ver P. BERCHERIE, op. cit. Muy recientemente tal debate ha sido tratado desde un
punto de vista que también combina la historia, la clínica y las aportaciones del psicoanálisis
por José M.ª ÁLVAREZ MARTÍNEZ en La invención de las enfermedades mentales, Madrid,
DOR, 1999.
20 Tal opinión, no por repetida deja de ser discutible. Una reapreciación de las ideas de Sé-
glas puede hallarse en J. M.ª ÁLVAREZ, La invención de las enfermedades mentales, pp. 147 y ss.

12
deleble a lo que los historiadores del futuro ya han comenza-
do a decir sobre la psiquiatría occidental del siglo XX, carac-
terizada por los continuos roces que en sus respectivos avan-
ces han ido surgiendo entre las corrientes psicodinámicas, con
el psicoanálisis a la cabeza, y la manera médica de entender la
locura, representada en nuestro fin de siglo por los «neo-krae-
pelinianos», como si las unas y la otra no pudieran eludir que
el único punto en común de sus maestros fuese la fecha de na-
cimiento y una cierta atracción por el Moisés de Miguel Ángel21.
Emil Kraepelin nació en Prusia, en la ciudad de Neus-
treliz, capital del gran ducado de Mecklemburg, en el norte de
Alemania, el 15 de febrero de 185622. De su padre, actor tea-
tral y profesor de música, heredó la afición por las Artes y las
Letras y quizá una cierta prevención a volver a sufrir estre-
checes económicas. Pero la influencia familiar más decisiva
provino de su hermano Karl, ocho años mayor, botánico y
zoólogo de renombre cuya principal ocupación fue la de direc-
tor del museo de Historia Natural de Hamburgo; él transmitió
a Kraepelin su amor por las ciencias de la naturaleza. Un
amigo de su padre, el Dr. Krueger, le interesó por la medicina
y le inició en la lectura del psicólogo Wundt, mediante cuyas
obras accedió «al interior de las almas de hombres y anima-
les»23. Tras una vacilación juvenil hacia la oftalmología, su

21 Freud dejó suficiente constancia de tal admiración. Respecto a la que pudiera haber
sentido Kraepelin, CASTILLA DEL PINO rescata una anécdota referida por PLAUT, según la cual
Kraepelin, no mucho antes de su muerte, le habría dicho ante una reproducción de la estatua
que tendría el mismo destino que Moisés: «Veré de lejos la Tierra Prometida y entonces mori-
ré». Ver Carlos CASTILLA DEL PINO, «Emil Kraepelin y la teoría nosológica», prólogo a Emil
KRAEPELIN, Introducción a la clínica psiquiátrica [1905], Madrid, Nieva, 1988, p. 16; da la
referencia de PLAUT: «Worte der Erinnerung an Emil Kraepelin», Zeit. f. d. g. Neurol. u.
Psychiat., 1927, 108, p. 1 y ss.
22 La biografía de Kraepelin no ha sido tan intensamente escudriñada como la de
Freud. Sus memorias, que terminó de redactar siete años antes de su muerte, no se publica-
ron hasta 1983 (Emil KRAEPELIN, Lebenserinnerungen [1919], Berlín, Springer Verlag, 1983;
hemos manejado la edición en inglés de la misma editorial: Memoirs, 1987). Más difundida
incluso en ambientes germanófonos fue la biografía debida a K. KOLLE en las sucesivas edi-
ciones de Grosse Nervenärzte [Grandes neuropsiquiatras], 3 vols., Stuttgart, 1956.
23 Memoirs, p. 3.

13
curiosidad psicológica fue más fuerte, y aconsejado por Krueger
se decidió por la psiquiatría como «única posibilidad de combi-
nar el trabajo en psicología con una profesión rentable»24.
Comienza sus estudios de medicina en Leipzig en 1874,
los continúa en Wurtzburg en 1875 y termina su primer ciclo
en 1876. Sigue entonces los cursos de psiquiatría de Franz von
Rinecker y los de Hermann Emminghaus. En 1877 decide ir a
terminar sus estudios de medicina a Leipzig, a fin de poder se-
guir los cursos de psicología de Wundt, pero a solicitud de Ri-
necker regresa a Wurtzburg el 7 de julio de 1877 para ocupar
su primer puesto como médico asistente aunque todavía no ha
leído la memoria de licenciatura; tiene entonces su primer con-
tacto con pacientes mentales, resultando fuertemente impre-
sionado y necesitando varias semanas para acostumbrarse25.
En junio de 1878 termina sus exámenes del segundo ciclo de
medicina y se propone, «quizá ingenuamente, ser profesor de
psiquiatría a los treinta años»26. En julio es nombrado asisten-
te de Bernard von Gudden en Munich, donde permanece cua-
tro años. Vuelve a marchar a Leipzig en febrero de 1882 con el
fin de obtener una plaza de Privatdozent27 (la de Munich esta-
ba ocupada por Ganser). Inicialmente fue primer asistente de
la clínica psiquiátrica con Flechsig, y después, enemistado con
él, trabajó con el neurólogo Erb, haciendo a la vez investiga-
ciones en el laboratorio de Wundt. Al año siguiente, 1883, pu-
blica la primera edición del Compendium der Psychiatrie, que
llegaría a convertirse decenios después en su gigantesco Lehr-
buch. Se trataba de un encargo de la sociedad editorial Johann
Ambrosius Abel, que un amigo le proporcionó, y que sólo lle-

24 Ibidem.
25 Memoirs, p. 7.
26 Ídem, p. 9.
27 Las universidades germanas permitían a algunos médicos de prestigio dar semina-
rios en sus instalaciones fuera de horas lectivas y cobrando honorarios a los estudiantes. Más
detalles sobre la habilitación como Privatdozent en Ernest JONES, Vida y obra de Sigmund
Freud (ed. abreviada en tres vols.), Barcelona, Anagrama, 1981 (2.ª ed.), vol. 1, p. 87.

14
vó a cabo para mejorar su situación económica y curricular.
Hubiera preferido «escribir una obra de psicología criminal [...
Además] escribiendo el libro quedaron claros para mí los es-
casos alcances de mis conocimientos psiquiátricos, y lamenté
amargamente no poder llenar sus lagunas con observaciones
hechas a la cabecera de los enfermos»28.
Bloqueada su carrera en Leipzig por la enemistad de
Flechsig, no teniendo prácticamente recursos ni trabajo,
dudando en dejar la psiquiatría por la filosofía, tentado por
«un ruso estúpido y rico» para ser su médico particular y des-
pués por Ludwig Kahlbaum para trabajar en su sanatorio pri-
vado29, vuelve a Munich en el otoño de 1883, donde se docto-
ra con una tesis sobre el Lugar de la psicología en la psiquia-
tría30 y obtiene por fin su habilitación como Privatdozent. Su
situación es cada vez más difícil: casi ningún estudiante asis-
te a sus cursos y su reputación de «psicólogo» le quita toda
posibilidad de nombramientos académicos pues todas las cáte-
dras de psiquiatría estaban entonces ocupadas por neurólogos.
Su deseo de contraer matrimonio inclinará la balanza: renun-
ciando a la carrera académica acepta en julio de 1884 un pues-
to de médico adjunto (Oberarzt) en Leubus, en la Baja Silesia
(actualmente Lubiaz, Polonia), y se casa el 4 de octubre; el uno
de mayo de 1885 se traslada a Dresde a otro puesto similar.
En septiembre de 1886, cuando nada se lo hacía suponer,
recomendado por su antiguo maestro Emminghaus es al fin
nombrado profesor extraordinario de psiquiatría en la clínica

28 Memoirs, p. 25. Sobre las sucesivas ediciones, ver P. BERCHERIE, «Cap. 12.
Kraepelin antes de 1900» y «Cap. 16. Kraepelin después de 1900 – Jaspers», en op. cit., pp.
106-116 y pp. 168-183 respectivamente. Otro análisis detallado del conjunto de la obra krae-
peliana, en Paul GUIRAUD, «E. Kraepelin», Quelques grands noms de la Psychiatrie,
Confrontations Psychiatriques, 1973, 11, pp. 83-101.
29 Dudas que fueron despejadas por su admirado Wundt, a quien siempre pedía consejo por
aquel entonces, al sugerirle que se preguntase a sí mismo por qué quería convertirse en «esclavo
personal». También Wundt, al ver que llevaba puesto un anillo de compromiso, le disuadió de
dedicarse a la enseñanza de la filosofía por ser muy poco rentable. Memoirs, pp. 25-26.
30 Publicada años después con algunos cambios: «Der psychologische Versuch in der
Psychiatrie», Psychol. Arbeiten, 1896, 1, pp. 1-91.

15
universitaria de Dorpat, en territorio ruso (actualmente Tartu,
Estonia), donde había una universidad alemana: su objetivo,
ser profesor de psiquiatría a los treinta años, se cumplía. Sin
embargo, en Dorpat experimentará diversas dificultades: la
primera, el idioma, pues la mayoría de los pacientes sólo
hablaban dialectos eslavos31; la segunda, el presupuesto de la
clínica, pues era exclusiva responsabilidad suya conseguir
fondos y administrarlos, sin ninguna colaboración estatal y
sometido a la especulación abusiva de los proveedores; la ter-
cera, la baja calidad de las instalaciones, las frecuentes enfer-
medades somáticas, etc. Hace allí otras dos ediciones de su
Tratado (1887 y 1889), entre otros trabajos32, pero a partir de
esos años el nacionalismo local se vuelve contra la coloniza-
ción académica alemana. Kraepelin ve su posición debilitada
e incluso el gobierno ruso pretende involucrarle en un oscuro
asunto de malversación de fondos. No es raro que haga todo
lo posible por volver a suelo germano y que recuerde esa
época como «una especie de exilio»33.
En 1891 es nombrado profesor ordinario de psiquiatría en
Heidelberg, donde aguanta contra viento y marea (las condicio-
nes generales de trabajo eran allí desastrosas) hasta 1903, fecha
en la que se le adjudica la cátedra de Munich, capital del reino
de Baviera, y al año siguiente inaugura la famosa Clínica Real de
Psiquiatría. Jamás dejará ya de trabajar en esa ciudad. En ella

31 De esta época procedería la chirriante frase que suele atribuírsele: «[...] la ignoran-
cia del idioma del enfermo es, en medicina mental, una excelente condición de observación»;
ver: Jaques POSTEL, «Emil Kraepelin (1856-1926)», en La psychiatrie. Textes essentiels,
París, Larousse, 1994, p. 402, donde no se referencia. En sus Memorias Kraepelin dice que
intentó inicialmente aprender ruso pero terminó dejándolo «cuando constaté que los progre-
sos alcanzados [en el aprendizaje] no eran proporcionales al tiempo ni al esfuerzo necesa-
rios». Memoirs, p. 40.
32 Su bibliografía completa puede consultarse en «Bibliography of E. Kraepelin»,

Memoirs, pp. 232-238.


33 La estancia en Dorpat queda reflejada con bastantes detalles en Memoirs, pp. 34-57.
Fue una época difícil para Kraepelin: junto a sus avances académicos sufrió la temprana
muerte de alguno de sus hijos (vivieron tres de seis), además de los inconvenientes políticos
mencionados.

16
funda en 1917 la célebre Deutsche Forschungsanstalt für
Psychiatrie, Fundación Alemana de Investigación en Psiquiatría,
que será integrada en 1924 en el seno del Max Planck Institut
(todavía existe, con el nombre de Max Planck Institut für
Psychiatrie). Se jubila en 1922 pero no abandona su infatigable
aficción a los viajes, uno de los cuales le trae a España el 30 de
diciembre de 1924 invitado a la fundación de la Asociación
Española de Neuropsiquiatras34, origen de nuestra actual A.E.N.
Muere el 7 de octubre de 1926 víctima de una neumonía cuando
estaba redactando la novena edición de su Lehrbuch.

Los Cien años de psiquiatría

Los años de Munich fueron los auténticos Gründerjahre del


llamado «Bismarck de la Psiquiatría»35. En la capital bávara y a
partir de la renovada Clínica Universitaria procuró la creación de
dos «establecimientos» de larga estancia (Eglfing en 1905 y
Haar en 1912), una red de acogida en familias y una asociación
de apoyo social post-alta. El «tercer rey de Baviera»36 se rodeó
en la cátedra de una corte de colaboradores de fuste: Alzheimer,
Nissl, Aschaffemburg y Spielmeyer, entre muchos otros. La ca-
racterística específica de las investigaciones promovidas por
Kraepelin fue la interdisciplinariedad, en una época en que las
técnicas de exploración se perfeccionaban a una velocidad verti-

34 Ver José LÁZARO, «La reunión fundacional de la Asociación Española de


Neuropsiquiatras», Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 1995, XV, 53, pp.
295-308.
35 Franz ALEXANDER y Sheldon SELESNICK, Historia de la Psiquiatría, Barcelona,
Espaxs, 1970, p. 205, se limitan a señalar la admiración de Kraepelin por el «canciller de hie-
rro»: «Se dice que la psiquiatría alemana imperial logró su preeminencia bajo el caudillaje de
Kraepelin, uno de los admiradores de Bismarck». Tal devoción quedó plasmada en uno de sus
escritos: Emil KRAEPELIN, «Bismarcks Persönlichkeit. Ungedruckte persönliche Erinnerun-
gen [La personalidad de Bismarck. Memorias personales sin imprimir]», Süddtsch. Monats-
hefte, 1921, 19, pp. 105-122.
36 «El primero Luis II, el segundo Richard Wagner, el tercero él», según C. CASTILLA
DEL PINO en op. cit., p. 16.

17
ginosa: descubrimiento de las coloraciones histológicas (lo cual
permitió afinar la anatomopatología del sistema nervioso), de la
punción lumbar, de la serología sifilítica, de las patologías psi-
quiátricas ligadas a los trastornos tiroideos, progreso de la gené-
tica, etc. Esta multidisciplinariedad culminó en la creación de la
Deutsche Forschungsanstalt für Psychiatrie.
La idea de un instituto de investigaciones psiquiátricas ha-
bía sido lanzada por primera vez por Siemens en 1912, en el
Congreso anual del Deutsche Verein für Psychiatrie. Kraepelin,
encargado de elaborar ese proyecto, tomó contacto con la Kai-
ser Wilhelm Gesellschaft y propuso un plan, rechazado por su
elevado coste. En 1915 la cuestión fue de nuevo suscitada por
la Kaiser Wilhelm Gesellschaft y Kraepelin obtuvo una dona-
ción inicial de un «rico americano»37. Otras donaciones, sobre
todo por parte de la Deutsche chemische Industrie, fueron pues-
tas en manos del gobierno de Baviera y la institución se inau-
guró el 10 de junio de 1917. Abrió sus puertas en abril de 1918,
fecha en la que tenía dos secciones de histología patológica di-
rigidas por Nissl y Spielmeyer, una sección de histología topo-
gráfica dirigida por Brodmann, una sección de serología dirigi-
da por Plaut y una sección de genealogía-demografía dirigida
por Rüdin. Con ocasión de la ceremonia inaugural, Kraepelin
pronunció su conferencia Cien años de psiquiatría, de la que
una versión considerablemente ampliada fue entonces publica-
da por la revista Zeitschrift für die gesamte Neurologie und Psy-
chiatrie y, después, por la editorial Springer38.

37 Probablemente Jacques Loeb, biólogo americano de origen alemán que trabajó para
la Fundación Rockefeller desde 1910. «Una suma inicial –de 1.700.000 marcos– fue ofreci-
da por James Loeb, Alfred Krupp, Alfred Heinsheimer y von Böttinger», P. PICHOT, op. cit.,
p. 98, nota 1. Pichot americaniza el nombre; también se confunde con los Krupp, pues en
1917 el único Alfred vivo de la saga tenía diez años; se trata del padre de éste, Gustav. Sobre
el papel de la Fundación Rockefeller en la continuidad del Instituto de Investigaciones
Psiquiátricas muniqués, ver Pierre MOREL, Dictionnaire biographique de la psychiatrie, Le
Plessis-Robinson, Synthélabo, 1996, p. 143.
38 Kraepelin firmó su versión definitiva el 4 de octubre de 1917, y se publicó meses
después: «Hundert Jahre Psychiatrie. Ein Beitrag zur Geschichte menschlicher Gesittung»,
Zeitschrift für die gesamte Neurologie und Psychiatrie, 1918, 38, pp. 161-275; y con el
mismo título, en Berlín, Julius Spring, 1918.

18
Aunque inaugura su centro de investigación en unos
momentos en que Alemania percibe su inminente derrota en la
guerra, al menos Kraepelin puede sentirse orgulloso de haber
conseguido uno de sus objetivos personales más ambiciosos. Así
se muestra en alguno de sus párrafos: «[La investigación sobre la
prevención y el tratamiento de las enfermedades mentales] es la
condición fundamental de todo desarrollo posterior. La terrible
guerra que atravesamos nos ha mostrado con total evidencia que
la ciencia podía forjar armas victoriosas para luchar contra un
mundo de enemigos, ¿podría ser de otra manera cuando se trata
de combatir un enemigo interior que intenta minar las bases mis-
mas de nuestra existencia?»39. Líneas arriba ha expresado tam-
bién su valoración sobre la calidad de la enseñanza de la psi-
quiatría en las Universidades alemanas, «muy superior a todos
los demás países»40, y sobre el ejemplo que supone el desarrollo
académico y asistencial de Munich, ahora bajo su mando41.
«Si se quiere gobernar y desarrollar un país, por de pron-
to habrá que conocerlo a fondo, en todas las direcciones y con
todas sus peculiaridades. Incluso las zonas de aparente yermo
llegan a tornarse interesantes cuando se las explora con cuida-
do»42. En Cien años de psiquiatría el Kaiser Kraepelin echa la
vista atrás sobre el largo camino recorrido por Alemania para
llegar a la situación que con esta obra celebra, pero aunque
afirme que «Un solo siglo ha bastado para aportar [a la medi-
cina mental] revoluciones que podemos comparar, con toda
justicia, con lo que ha sido realizado en los otros campos de la
ciencia médica»43, tanto las atrocidades de sus predecesores
como sus aciertos le parecen cosas igualmente preteridas44. En

39 Cien años de psiquiatría, p. 178.


40 Cien años de psiquiatría, p. 135.
41 Cien años de psiquiatría, p. 171.
42 Citado por P. PICHOT, op. cit., p. 72; no da la referencia bibliográfica.
43 Cien años de psiquiatría, p. 27.
44 Kraepelin da un amplio listado de tales atrocidades en la primera mitad de Cien
años..., que puede complementarse con el «Inventario de medios terapéuticos y de coerción

19
su panoplia personal conservará sólo las ideas del non-restraint
de su maestro von Gudden y alguna otra de la orientación clí-
nico-evolutiva de Kahlbaum. No resaltará ninguna aportación
de sus coetáneos. La psicología que aprendió de Wundt queda
reducida al estudio de los efectos de un puñado de sustancias
sobre la conducta (alcohol, té, café). Llamativamente, ni una
sola mención al psicoanálisis aparece en los Cien años de psi-
quiatría45. Tampoco concede importancia a los factores socia-
les en la producción de la locura, pero sí a los costes y cargas
que supone para la sociedad. De tendencia somatista, para él
sólo serán causas de enfermedad la herencia, los tóxicos y las
misteriosas «autotoxinas» a las que responsabiliza de todo lo
que no puede conocer46. En cuanto a las neurosis, una rápida
pasada sobre la histeria y una consideración moralista sobre las
de guerra y las de renta le resultan suficientes. Desplegada su
actividad profesional en una época prácticamente pre-terapéu-
tica, el pesimismo frente a las escasas posibilidades de trata-
miento sólo puede ser conjurado por Kraepelin mediante una
gran fe en las medidas preventivas –algunas éticamente tan
arriesgadas como la eugenesia47 o la demonización del alco-

física» proporcionado por Bérnard DE FREIMINVILLE en La raison du plus fort. Traiter ou mal-
traiter les fous, París, Le Seuil, 1977, pp. 60-115.
45 Kraepelin manifestó en varias ocasiones un absoluto desprecio por las ideas de
Freud, sobre todo en la octava edición de su Psychiatrie, de 1915, lo cual no sólo parece
deberse a diferencias científicas sino a mero antisemitismo. Sobre el racismo de Kraepelin,
ver A. TATOSSIAN (dir.), La phénomenologie des psychoses, París, L’art de comprendre, 1997.
En eso pareció hacerse eco de otro de los aguijonazos de KRAUS: «¡Tienen la prensa, tienen
la bolsa y ahora tienen también el inconsciente!», op. cit., p. 64. Por otro lado, en Francia se
dio la paradoja que anota PICHOT: inicialmente se rechazó a Freud por ser «alemán»; ver P.
PICHOT, op. cit., p. 80.
46 Ver Erwin H. ACKERKNECHT, op. cit., p. 126, y Franz ALEXANDER y Sheldon
SELESNICK, op. cit., pp. 293-294.
47 El peso que la sociedad germana concedía a la herencia como productora de locura,
vicios y peligrosidad se remonta al Medievo y fue potenciado por Kant. En 1911 Eugen
BLEULER recomendaba mucha prudencia a los psiquiatras a la hora de mencionarlo en perita-
jes por la excesiva tendencia de los jueces alemanes a considerarlo en contra del reo (ver su
Tratado de psiquiatría, edición a cargo de su hijo, Manfred Bleuler, Madrid, Espasa-Calpe,
1971, p. 714). Sobre las consecuencias de las ideas eugenetistas en Alemania (y Occidente en
general) entre 1920 y 1945, ver Julián ESPINOSA, op. cit., pp. 53-55. Pueden verse también dos

20
hol– y con la esperanza en los futuros éxitos de la investiga-
ción. Y como extrema contribución a la medicalización de la
locura, la medida generalizada y obligatoria de encamar al
loco48 parece preparar plásticamente el terreno de lo que Barton
llamaría más tarde «úlcera por decúbito mental»49.

... y cien años más

Nadie puede considerarse «el último psiquiatra», nos


recordaba Francisco Pereña no hace mucho, pues la correcta
posición histórica consiste en «tomar en cuenta, en el pensar,
la finitud del propio pensamiento»50. Con o sin perspectiva
histórica, el lector que por cualquier camino se acerque a la
ingente obra kraepeliniana se verá abocado a contradicciones.
No sólo las que le suscite el propio Kraepelin, presunto fun-
dador de «la psiquiatría clínica» que siempre repitió que la clí-
nica no le gustaba, sino también a las de sus panegiristas y sus
detractores. Pese a las críticas que recibió al comienzo y al
final de su carrera, su obra ha sido hasta hoy más perdurable
que la de sus predecesores, lo cual se debe en gran parte a las
ampliaciones y correcciones que de ella hicieron otros autores
germanos, como Eugen Bleuler, Ernst Kretchsmer y Kurt
Schneider, y a que se adecua a las expectativas de quienes
creen firmemente en el abordaje médico como única posibili-
dad de acercarse a la locura, posicionamiento respaldado por
las distintas caras del poder en la sociedad occidental.

estudios más recientes de tal panorama debidos a Raquel ÁLVAREZ PELÁEZ: «Determinismo
biológico, eugenesia y alteración mental», Revista de la Asociación Española de Neuropsi-
quiatría, 1997, XVII, 63, pp. 425-443; y «Eugenesia y fascismo en la España de los años
treinta», en Rafael HUERTAS y Carmen ORTIZ (eds.), Ciencia y fascismo, Aranjuez, Doce
Calles, 1998, pp. 77-95.
48 Cien años de psiquiatría, p. 162.
49 Russell BARTON, La neurosis institucional [1959], Madrid, Paz Montalvo, 1974, p. 5.
50 Francisco PEREÑA, «Prólogo» a Ludwig KAHLBAUM, Clasificación de las enferme-
dades psíquicas [1863], Madrid, DOR, 1995, p. 10.

21
Si nos limitamos a Cien años de psiquiatría, es innegable
su valor como documento histórico, pues la lectura que Krae-
pelin ofrece de sus precursores nos informa sobre los oscuros
albores de la profesión psiquiátrica y nos hace ver, también en
lo que muestra de sí mismo, cómo la sinrazón, igual que el ge-
nio, puede anidar tanto fuera como dentro de una bata blanca.
«La historia de la psiquiatría es una lección de modestia. Pocas
cosas enseña sobre los mecanismos infinitamente sutiles del al-
ma humana y mucho acerca de la inhumanidad fundamental
del hombre respecto al hombre»51. Tal inhumanidad no sólo se
expresa mediante tratamientos que nos hacen preguntarnos
hasta qué punto el loco ha servido de objeto para el goce vesá-
nico de sus médicos; también puede expresarse entreverada en
la testaruda filantropía de una concepción radicalmente médi-
ca de lo psíquico, en la que se iguale mente a cerebro y perso-
na a organismo, o en el decantarse por dar prioridad absoluta a
la defensa de una sociedad o una ideología por encima del
compromiso individual que cada clínico –por mucha escisión a
que esto le someta– adquiere con cada paciente.
Hablar hoy de Emil Kraepelin es propio de masoquistas bus-
cabullas: siempre incomoda a quien lo hace y a quien le escucha,
pues siempre malsonarán reduccionismos o enmudecerán afóni-
cas las críticas o desafinarán encomios vocingleros. También de
puro humano es inhumano que nos moleste recordar, junto a los
aciertos, los errores de los ídolos o bestias negras en que cada
cual se mira, pero más inhumana es aún la desmemoria interesa-
da, en contra de lo que decía una despreocupada cancioncilla52
que Kraepelin, amante de la música, seguramente tarareó en su
juventud: «Feliz es quien olvida / lo que ya no se ha de cambiar».

Ramón Esteban Arnáiz

51 Roland JACCARD, «La locura maníaco-depresiva [Reseña de la 2.ª traducción fran-


cesa de los tres primeros capítulos]», Le Monde, 4 de marzo de 1994.
52 De la opereta El murciélago, de Johann STRAUSS hijo, 1874.

22
Cien años de psiquiatría
Aprovechando la primera sesión del Establecimiento ale-
mán de investigación en psiquiatría, resultaba tentador exponer
la necesidad de esta creación apoyándonos en la evolución de
nuestra ciencia. La presente obra es resultado de ese esfuerzo,
aunque supere con mucho el marco de lo que pudimos decir en
ese momento en un tiempo estrictamente limitado. Sin embar-
go, no es inútil hacer accesible a un público más amplio la his-
toria de la psiquiatría en el curso de estos últimos cien años,
sobre todo porque su conocimiento puede contribuir a comba-
tir la desconfianza que existe hacia los establecimientos de
alienados y hacia los alienistas, todavía demasiado extendida,
por desgracia para los enfermos. Sin duda, a quien se interese
por la historia de las costumbres también le parecerá intere-
sante seguir los cambios de la actitud de los médicos y de los
profanos con respecto a los enfermos mentales. Por otra parte,
la evolución de la medicina mental abre perspectivas promete-
doras en las estrechas relaciones que mantienen las corrientes
intelectuales generales propias de cada época y las concepcio-
nes que dominan un campo científico particular, y, más allá, en
la dependencia del arte médico con relación a sus presupues-
tos científicos, y en la persistencia empecinada de los prejui-
cios profundamente arraigados. Además, el educador de jóve-
nes podría encontrar muchos elementos estimulantes en los
interrogantes particulares a los que se han visto confrontados
los alienistas. Finalmente, ¿no podría ser instructivo el desa-
rrollo de la medicina mental incluso para el jurista? ¿No se pa-
recen muchas veces las tareas que debe llevar a cabo a las del
alienista? ¿No suele pensarse que esas tareas podrían llevarse
a cabo siguiendo la misma dirección?
Munich, 4 de octubre, 1917
E. Kraepelin

25
A quien intente alcanzar una meta lejana adentrándose por
caminos difíciles le convendría mirar hacia atrás de vez en
cuando. Es muy fácil desanimarse cuando, a pesar del esfuer-
zo, no se tiene la impresión de que la meta esté cada vez más
próxima, cuando por el contrario el camino se va haciendo
cada vez más difícil e incierto, y obstáculos inesperados ame-
nazan con hacer imposible nuestro progreso. Pero si observa-
mos entonces la distancia que hemos recorrido para llegar
hasta el punto en que nos encontramos ahora, nos daremos
cuenta de que nuestros esfuerzos no han sido vanos, pues, a
pesar de todos los obstáculos, hemos avanzado, y hemos
logrado superar muchas dificultades que, antes, nos habrían
parecido imposibles de dominar.
Si existe un campo en el que este tipo de consideración
retrospectiva es adecuado, es el de la psiquiatría. Ante la mag-
nitud de las tareas que nos incumben, ante la oscuridad impe-
netrable que envuelve los procesos sutiles de nuestro cerebro
y las relaciones que mantienen con las manifestaciones psí-
quicas, finalmente, ante la insuficiencia de los medios de que
disponemos para responder a cuestiones de gran complejidad,
hasta los más confiados podrían dudar de que sea posible un
progreso apreciable de nuestro saber y que nuestra ciencia sea
eficaz. Aún no estamos muy lejos de la época en que los repre-
sentantes más eminentes de nuestra disciplina buscaban, en
alguna otra ciencia próxima, resultados más palpables, que la
medicina mental les negaba. Sin embargo, incluso la psiquia-
tría puede mirar con orgullo el camino recorrido, y tener la
certeza de que el porvenir no le negará nuevos éxitos. Un solo
siglo ha bastado para aportar revoluciones que podemos com-
parar, con toda justicia, con lo que ha sido realizado en los
otros campos de la ciencia médica.

27
A finales del siglo XVIII, la situación de los enfermos
mentales era espantosa en gran parte de Europa. Es probable
que muchos de ellos, a los que se consideraban maleantes,
vagabundos y criminales, cayeran entre las manos punitivas de
la justicia, que no solía tratarles con demasiados miramientos.
Otros, mendigos o idiotas inofensivos, podían llevar una exis-
tencia lastimosa gracias a la caridad de sus semejantes. Los
enfermos agitados, perturbadores o peligrosos, eran domina-
dos y encerrados en una habitación o en un cuartucho de su
propia casa, en «cajones para alienados», en jaulas o en cual-
quier otro lugar seguro que resultara adecuado para aislarles e
impedir que hicieran daño a los demás. Sólo algunos recibían
ayuda, cuidados y asistencia médica en ciertos hospitales,
sobre todo en el hospital Julius en Wurtzburgo. Muchos, por
falta de vigilancia, acababan suicidándose o morían acciden-
talmente, u originaban algún desastre, lo cual empujaba a sus
allegados, exasperados y preocupados, a tomar medidas más
severas contra ellos.
En esa época no había, en Alemania, verdaderos «estable-
cimientos de alienados», sino solamente secciones en los asi-
los para pobres, en los presidios, los orfanatos, los correccio-
nales y los hospitales de incurables, en los que se ingresaba a
los dementes. «Encerramos a esos desgraciados como a crimi-
nales en los más oscuros calabozos», exclama Reil en 1803,
«en cárceles desiertas, en grutas vacías encima de las puertas
de la ciudad junto a refugios de lechuzas, o en los subterráneos
húmedos de las prisiones, en las que jamás penetra la mirada
compasiva de ningún amigo de los seres humanos, y ahí les
dejamos, cargados de cadenas, consumiéndose en sus propios
excrementos. Sus cadenas han cortado la carne hasta el hueso,
y sus rostros macilentos y lívidos esperan la tumba próxima,
que ocultará sus lágrimas y nuestra vergüenza». Los autores
de la época describieron, con los más espantosos colores, el
estado de esas mazmorras para alienados. Desde 1795, el tra-
ductor anónimo de la obra de Chiarugi se lamenta: «Para todo

28
amigo de la humanidad, es ciertamente uno de los más horren-
dos espectáculos ver, en muchas casas de alienados, a las des-
graciadas víctimas de esta espantosa enfermedad encerradas
en agujeros tenebrosos y húmedos a los que nunca puede lle-
gar aire fresco, acostadas casi desnudas sobre paja sucia, que
pocas veces se cambia, en medio de su propia basura, carga-
das de cadenas. En estas casas del terror, hay más posibilida-
des de que el hombre más razonable se vuelva loco que de ver
a un loco recobrando la razón». Añade que de nueve locos que
se encontraban en uno de los «supuestos» hospitales que había
visitado, cinco habían muerto durante el verano. En 1818,
Esquirol presenta en París un informe parecido destinado al
ministerio del Interior: «Los he visto desnudos, cubiertos de
harapos, con un poco de paja nada más para protegerse de la
fría humedad del suelo sobre el que están tumbados. Los he
visto groseramente alimentados, sin aire para respirar, ni agua
para aliviar su sed, sin las cosas más necesarias para la vida.
Los he visto a merced de verdaderos carceleros, abandonados
a su brutal vigilancia. Los he visto en reductos estrechos,
sucios, repugnantes, sin aire, sin luz, confinados en antros en
los que no se encerraría ni a los animales salvajes que el lujo
de los gobiernos mantiene costosamente en las capitales. Esto
es lo que he visto en casi todas partes en Francia, así es como
son tratados los alienados en casi todas partes de Europa».
«Sí, ¡qué espanto», dice Frank en 1804, «cuando nos acer-
camos a semejante lugar de desgracia y aflicción! Un clamor
compuesto de alaridos de desesperación y de vociferaciones se
alza, y pensamos que aquí viven juntos seres humanos, que
antes destacaban por su talento y su virtud. Qué horror cuan-
do, al entrar en ese lugar, nos vemos asaltados por esos des-
graciados mugrientos y cubiertos de harapos, mientras sólo las
cadenas y las correas, o una patada en las costillas propinada
por el vigilante, impiden a los demás hacer lo mismo». El
mismo año, Höck cuenta: «En el manicomio de Berlín los que
están completamente furiosos son aislados mientras dura su

29
furor incontrolable, desnudos, encerrados en jaulas y cajones;
les dan de comer y de beber a través de agujeros, en recipien-
tes de cobre atados con cadenas». Recomienda situar los
manicomios en un lugar tranquilo y aislado, pues los gritos y
el ruido que hacen los locos furiosos molestan a las personas
civilizadas e inquietan a todo el vecindario. Como los enfer-
mos deficientes y estúpidos o confusos soportaban sin chistar
todo lo que se les infligía, se extendió la idea, ya combatida
por Tuke, de que eran insensibles al hambre, al frío y a las
heridas; sin embargo, su extremada delgadez, sus miembros
helados y el número de muertes causadas por heridas demos-
traban lo contrario. Los sufrimientos de los enfermos eran,
pues, considerados como algo evidente e inevitable, sin repa-
rar en la magnitud de su desamparo.
La situación que acabamos de describir se mantuvo en
algunos lugares hasta bien entrado el siglo XIX. Todavía en
1842, en el curso de una investigación sobre las condiciones
de alojamiento en Holanda, se encontraron enfermos «que
yacían desnudos sobre paja sucia, en un ambiente corrompido,
algunos de ellos cargados de cadenas, bajo una manta; muchos
estaban insuficientemente alimentados; hombres y mujeres
estaban juntos; hacía tiempo que algunos, a juzgar por su
aspecto, no habían visto la luz del día». En 1843, Mahir ofre-
ce la descripción siguiente de la «Narrenturm»1 que sigue
existiendo en Viena (figura 25), un edificio circular de cinco
pisos que admite entre 200 y 250 enfermos mentales encerra-
dos en 139 «agujeros». «Pasillos y celdas están tan oscuros
que más parecen calabozos, con sus puertas, verjas, argollas y
cerraduras de hierro macizo, de los que ni el criminal o bandi-
do más taimado conseguirían escapar. Una extremada sucie-
dad, un hedor espantoso, insoportable, gritos y alaridos, el cla-
mor de los gimoteos desconsolados, horribles, de gran núme-

1 «Torre de los locos».

30
ro de locos, que siguen encadenados de la manera más cruel
con pesadas cadenas y argollas de hierro, por las piernas, por
los brazos, e incluso por el cuello: eso es lo que descubre el
médico que viene a visitar esta torre. Estos pobres enfermos
mentales, los más desdichados de cuantos he visto, son trata-
dos y alimentados aquí como los animales más salvajes; pero
la peor de las casas de fieras ofrece un aspecto mucho más afa-
ble y humano. Los rostros y la actitud de todos esos locos lle-
van el sello espantoso del abandono, del dolor y de la deses-
peración. Alimentados con una pitanza escasa, padeciendo
continuos dolores corporales provocados por algunas violen-
tas pruebas terapéuticas por medio de vejigatorios perpetuos y
bálsamos para pústulas, estos lamentables enfermos no reci-
ben ni siquiera lo que a veces alegra el corazón del criminal y
del asesino más insensible, pues estos desgraciados no ven
nunca un rayo de sol ni la luz del día. Por regla general, el exa-
men y tratamiento médico son practicados solamente a través
de un pequeño agujero protegido por una sólida reja de hierro,
abierto en las puertas metálicas, y por donde salen gemidos y
alaridos, insultos y maldiciones que responden al médico de
visita. A través de este agujero, estos locos maltratados reci-
ben, como lobos o hienas, la pitanza y la bebida que les arro-
jan guardianes brutales e insensibles».
Hace cien años todavía se usaban a menudo las cadenas,
que permitían atar a los enfermos a la pared o a argollas cla-
vadas en el suelo. Sentían por entonces una angustia exagera-
da frente a los enfermos, como sigue siendo el caso hoy en día
entre los profanos, y, a causa de la brutalidad de su comporta-
miento, se les atribuía una fuerza física extraordinaria; por eso
se buscaba una protección más eficaz contra ellos. Cuando se
hizo cargo de sus funciones en el hospital Julius en 1799,
Müller encontró, en medio de cada sala de la sección de los
alienados, una gran columna de hierro equipada con cadenas,
destinada a disciplinar y a «amansar a los enfermos agitados y
maliciosos», e incluso Hayner cuenta que no pudo suprimir el

31
«horrible uso» de las cadenas en Waldheim hasta 1807.
Conolly cita el caso de un gran establecimiento privado inglés
en el que, en los años veinte, de 400 pacientes, 70 estaban casi
todo el tiempo encadenados.
En 1814, con ocasión de una visita al hospital Bedlam de
Londres, se vio a muchos enfermos vestidos únicamente con
una manta, encadenados por un brazo o una pierna a la pared,
de tal manera que no podían mantenerse ni erguidos ni senta-
dos. Durante doce años, un enfermo permaneció atado a una
barra clavada en la pared por argollas que le rodeaban el cue-
llo y por unas correas, de manera que sólo podía deslizarse
verticalmente a lo largo de esta barra; además, sus brazos esta-
ban sólidamente atados a su cuerpo. Esas precauciones se
debían a que no había aceptado que el guardián pudiera tirar
de él a discreción por medio de una cadena que llegaba hasta
la habitación vecina. Un administrador de este establecimien-
to declaró que las cadenas eran el medio más seguro para
dominar a los enfermos mentales furiosos, e incluso el doctor
Monro, interrogado por el comité de la Cámara de los comu-
nes, declaró que las cadenas no debían ser usadas para los
caballeros, aunque eran indispensables para los pobres y en
los establecimientos públicos. Güntz señala, en un informe de
viaje, que incluso en el establecimiento belga de Gheel, en
1853 todavía se utilizaban cadenas y hierros en los pies. La
figura 1 representa a una enferma en un lecho de paja, con los
brazos ligados al cuerpo, atada de la manera que acabamos de
describir con una cadena que se desliza a lo largo de una barra.
Junto a las cadenas, reinaba el látigo. Müller cuenta que
los guardianes, hombres y mujeres, del hospital Julius estaban
equipados con todo tipo de instrumentos de disuasión y casti-
go, de cadenas, de anillas para los brazos, de hierros para los
pies, pero sobre todo de sólidos vergajos recubiertos de cuero,
y que los usaban vigorosamente cuando un enfermo se ensu-
ciaba, se quejaba, protestaba, o incluso se ponía violento; «el
apaleamiento estaba a la orden del día», dice. Lichtenberg

32
1. Enferma encadenada con correas de loco.

declara que los bastonazos son a menudo más útiles con los
locos que cualquier otro medio, y les obligan a volver de
nuevo hacia el mundo del que proceden los golpes. El mismo
Reil, precursor entusiasta del tratamiento psíquico de los
locos, observa que la camisa de fuerza, el encierro, el hambre
y algún que otro vergajazo bastan para que los enfermos se
vuelvan rápidamente dóciles.
De la misma manera, Frank piensa que existen algunos
casos de «malicia y sinrazón particulares en los cuales es pro-
vechoso dar un golpe de vez en cuando», y según Autenrieth,
lo único que se puede hacer cuando las mujeres deambulan
desnudas es darles algunos latigazos e, inmediatamente des-

33
pués, obligarlas a vestirse. Neumann recomienda la vara en
caso de falta de aseo, pues su efecto favorable es progresivo,
sobre todo cuando el enfermo suele ser tratado con amor. Hay
que esperar hasta 1804 para que quien tiene el mérito de haber
reformado el sistema psiquiátrico prusiano, Langermann,
decrete que el encarcelamiento, el castigo y las palizas a los
locos deben ser decididos por los médicos. En 1817, Hayner
se subleva también con palabras vehementes contra los casti-
gos corporales infligidos a los locos, por ser injustos, nefastos
e inútiles: «¡Maldito sea, pues, de ahora en adelante», dice,
«cada golpe contra uno de esos desdichados expuestos al peor
de los sufrimientos! ¡Ay de quien permita, sea cual sea su
posición, que sean golpeados seres humanos privados de
razón!».
Pero hubo que esperar mucho tiempo para que los casti-
gos corporales desaparecieran completamente de los estable-
cimientos de alienados. Es cierto que también Horn declara en
1818 que los casos en los que los golpes favorecen la curación

2. Enfermo con camisa de fuerza en una celda.

34
del enfermo son infinitamente menos numerosos que aquellos
en que son nefastos, y rechaza el principio, introducido «en
algunos establecimientos de alienados», que consiste en
devolver los golpes a un enfermo que pega al médico o a un
guardián. Pero, todavía en 1834, Amelung afirma que el casti-
go es indispensable en «algunos casos aislados, en enfermos
extremadamente recalcitrantes y reacios a obedecer, a veces
voluntariamente sucios y malintencionados, en los cuales
todavía existe cierto grado de responsabilidad», e incluso en
1845, el director del establecimiento de Stralsunde asegura
que en caso de suciedad pertinaz, algunos azotes con vara de
abedul obran «verdaderos milagros». No obstante, añade que,
en este caso, el castigo no es lo único que actúa, sino que va
unido a «la poderosa excitación cutánea ejercida en los glú-
teos», «que tiene, manifiestamente, una influencia muy favo-
rable sobre los esfínteres de la vejiga y del ano».
Las cadenas eran completadas y, en caso necesario, susti-
tuidas por toda una serie de dispositivos más o menos inge-
niosos, que pretendían limitar la libertad de movimientos de
los enfermos. Según Oegg, casi todo el mundo admite que los
medios de coacción son tan indispensables para tratar a los
locos como los alimentos, la bebida, etc., lo son para mante-
ner la vida. El más importante de estos medios de coacción era
la camisa de fuerza, inventada por Macbride y especialmente
recomendada por Cullen; se trata de una blusa de mangas muy
largas y cerradas, que permiten atar sólidamente los brazos al
cuerpo, sobre el pecho o la espalda. La figura 2 representa a
un enfermo encerrado en su celda y con la camisa de fuerza
puesta. En 1822, Willis destacó el hecho de que sacude el espí-
ritu y le incita a reflexionar, que domina un arrebato demasia-
do intenso y de este modo trae la calma, y, por fin, que aumen-
ta las emanaciones cutáneas, lo cual es muy saludable. No
obstante, Haslam reprueba el uso de la camisa de fuerza, por-
que cuando está demasiado apretada, puede alterar considera-
blemente la circulación sanguínea y la respiración, impedir a

35
3. Manguito.

los enfermos limpiarse los mocos que se acumulan en su nariz,


rascarse cuando les pica y espantar a las moscas que les
molestan. Sin embargo, a Vering le parece injustificado este
reproche, pues cuanto más exaspera la camisa de fuerza al
enfermo, más eficaz resulta. Neumann la recomienda sobre
todo para las mujeres que riñen o se pelean, «ya que esas
camisas les dan un aspecto especialmente feo».
Se consiguen los mismos resultados con la correa para
locos, un cinturón de cuero provisto de fundas de seda para los
brazos, o guantes cosidos juntos en forma de manguito, que
permite poner las manos en seguridad. En los casos bastante
leves, también podían conformarse con simples guantes de
cuero, bloqueados a la altura de las muñecas para impedir que
los enfermos rompan, arañen o se masturben, como muestra la
figura 3. Se ataba los pies a los enfermos propensos a la fuga
o a dar patadas, o, como indica la figura 4, se les envolvían las
piernas en rodillos de chapa o de bejuco, después de haberles
atado a la pared con la camisa de fuerza.
También se utilizó mucho la silla de fuerza (figura 5),
introducida por Rush, que la calificaba de «tranquilizadora»,

36
de sedante; es una silla abierta, provista de brazos, en la que
se puede atar a los enfermos por el vientre, los brazos y las
piernas. Según Willis, permite, en pocas horas, reducir y
amansar al enfermo más reacio y más furioso. Horn observa
que la postura que se ve obligado a adoptar influye de manera
sumamente desagradable sobre la sensibilidad general del
enfermo. «Tiene que soportar una postura que le resulta forza-
da, aunque para él no sea ni muy desagradable ni muy doloro-
sa». «La postura en la que se encuentra, nueva y desagradable,
excita su atención y le dirige del interior al exterior. Al cabo
de cierto tiempo, recupera la conciencia de sí mismo, que se
había visto alterada; muchas veces, el enfermo se despierta y

4. Enfermo con camisa de fuerza y protección para


las piernas.

37
5. Silla de fuerza.

se tranquiliza, se queda pensativo y dócil». Según Roller,


Groos apreciaba tanto la silla de fuerza que declaró en varias
ocasiones que, si ésta no existiera, no le gustaría ser alienista.
Heinroth la recomienda públicamente como si se tratara del
mejor medio de coacción conocido; observó que, cuando es
utilizada en un lugar oscuro y aislado, amansa y somete a
muchos individuos masculinos o femeninos que de otro modo
no podrían ser domados. Jacobi presenta ciertas objeciones, y
cita el caso de una enferma que se pasó seis meses enteros en
la silla de fuerza. Blumröder piensa también que este medio de
control sólo consigue aumentar el furor del alienado, mantie-
ne constantemente e incluso lleva al máximo el combate que

38
sostiene contra lo que se le resiste. «Si una persona completa-
mente sana permaneciera atada, aunque sólo fuera media hora,
a la silla de fuerza», añade, «estaría de acuerdo conmigo,
sobre todo si le pica una pulga y no puede rascarse».
La cama de fuerza (figura 6), en la que se inmovilizaba al
enfermo con la camisa de fuerza puesta, tenía la misma fun-
ción que el «tranquilizador»; había una abertura en el somier
para que las deyecciones pudieran caer al suelo; en otros
casos, estaba provista de un enrejado de alambre recubierto de
paja, sobre el cual se acostaba al enfermo.
La vigilancia de los enfermos era confiada a un personal
descrito a menudo como brutal, insensible, grosero, desorde-
nado. «En cuanto a los hombres, solía tener en cuenta la fuer-
za corporal, el aspecto repulsivo; no se daba ninguna impor-
tancia al interior, los sentimientos y el espíritu. De la misma
manera, en el caso de las mujeres, se fijaban ante todo en la
fuerza muscular y en la robustez, en el coraje y la locuacidad»,

6. Cama de fuerza.

39
según cuenta Müller. Así pues, se contrataba a veces a energú-
menos radicalmente inadaptados, que nadie habría aceptado
en ningún otro sitio. Horn declara que el peor criado de Berlín
no puede ser peor que los guardianes de enfermos de la
Caridad; los sujetos que solicitaban esos puestos sólo podían
ser, en general, los peores que pudieran encontrarse, «pues
despiertan o merecen tan poca confianza que una familia bur-
guesa se lo pensaría mucho, y con toda razón, a la hora de
aceptarlos como criados». Se llegó incluso a proponer, «por
razón de economía», el empleo de antiguos reclusos como
enfermeros para los alienados, y se aplicó esta medida en el
nuevo establecimiento de tratamiento de Sonnenstein durante
varios años. En 1846, Mahir propuso emplear a militares invá-
lidos como enfermeros baratos.
Nada de todo esto resulta sorprendente si recordamos que
en una circular de servicio francesa, con fecha de 1785, se
indica que la mayoría de las personas que vigilan a los enfer-
mos mentales se hunden en la demencia o en la manía en un
plazo más o menos largo. No obstante, Esquirol observa a este
respecto, que en cuarenta años de carrera, nunca ha visto nada
parecido, aunque esta opinión sea frecuente en la mayoría de
los países, sobre todo en Alemania. Por lo demás, se com-
prende que los vigilantes escaseen en todas partes, pues el tra-
bajo en una sección de alienados no tenía, en la época, ningún
atractivo. Se cuenta que un guardián tenía que ocuparse de 20,
30 e incluso de 50 enfermos. Naturalmente, en ese caso, había
que permitirle con frecuencia atar o castigar a los enfermos a
voluntad.
Puede imaginarse fácilmente el aspecto de estos hospita-
les y su funcionamiento interno. Una ilustración de Hogarth
(figura 7) nos da una idea de ello. Las habitaciones individua-
les en las que los enfermos se pasaban el día se parecían a
menudo a calabozos sin aire ni luz; tenían pequeñas ventanas
inaccesibles, provistas de tupidas rejas, y puertas macizas,
protegidas por cerrojos o por sólidos candados, y la mayoría

40
7. Un establecimiento de alienados según Hogarth.

de las veces había también una mirilla de vigilancia. El suelo


de piedra de las celdas estaba a menudo inclinado, con el fin
de facilitar la eliminación de los excrementos cuyo olor nau-
seabundo impregnaba la habitación. Como único mueble, así
lo muestra la figura 8, la mayoría de las veces no había más
que una cama de madera o de piedra en forma de cajón,
cubierta de paja, fijada a la pared, igualmente provista de
algún medio de evacuación, y como mucho disponía de una
silla de fuerza o, en un rincón, una letrina que podía limpiarse
desde el exterior. En las tristes salas de estar comunes tampo-
co había nada que no estuviera sólidamente fijado. Una tela
metálica recubría las ventanas, las estufas estaban rodeadas de
sólidos barrotes, los bancos y las mesas estaban fijados de tal

41
manera que no pudieran moverse. La vajilla era metálica o de
madera; la ropa, cortada en un trozo de cutí o de lona basta,
tenía a menudo las orillas rematadas con cuero y estaba com-
pletada con correas, guantes, camisas de fuerza y máscaras de
todo tipo aconsejadas por el comportamiento de ciertos enfer-
mos. Algunos eran encerrados en reductos parecidos a jaulas
(figura 8). Los patios estaban desnudos, rodeados por muros
infranqueables.
El personal de vigilancia, perezoso, indiferente y escaso,
se sentía completamente impotente ante la suciedad de los en-

8. Celdas y jaulas.

42
fermos, incapaces de arreglárselas solos o manchándolo todo
con la comida, la saliva y sus inmundicias. Connolly cuenta
que en un establecimiento con 176 enfermos se consideraba
que bastaba con una sola toalla. Un olor particular, penetran-
te, ya descrito por Van Swieten y Boerhaave, flotaba, pues, en
todas las secciones de los alienados; Friedreich, en 1836, se-
guía considerándolo como un signo particularmente caracte-
rístico de la locura. También proliferaban los parásitos. Mu-
chos establecimientos estaban infestados de ratas que, según
cuenta Esquirol, mordían a veces a los enfermos dementes o
paralizados. A ello había que añadir los gritos y gemidos, las
injurias y vociferaciones de los enfermos inmovilizados; sus
continuos intentos de liberarse de sus ataduras, destruir cuan-
to estuviera a su alcance, hacerse daño a sí mismos o a los de-
más; sus comportamientos extraños, ridículos o pavorosos.
Todo ello constituía un cuadro de conjunto que permite com-
prender perfectamente el horror, aún extendido entre la pobla-
ción, que inspira la «casa de los locos». «Los alaridos noctur-
nos de los furiosos y el choque de las cadenas», dice Reil,
«suenan día y noche en los largos pasillos en los que se amon-
tonan los cajones (figura 9), y en poco tiempo hacen perder al
recién llegado la escasa cordura que aún podía quedarle».

9. Antiguo pasillo con celdas.

43
Por eso nos extraña tanto saber que hasta el principio del
siglo XIX, las casas de alienados estaban abiertas a la distrac-
ción de los curiosos. En 1799, Kant desaconseja a quienes ten-
gan nervios frágiles visitar por curiosidad las casas de aliena-
dos, pues el espectáculo de las manifestaciones patológicas
puede provocar, por la imaginación, trastornos similares; «la
mayoría de las veces, ellos mismos lo evitan, ya que temen por
su cabeza», añade. Pinel dice que, presentando una entrada,
casi todo el mundo podía acceder a la Salpêtrière. También
Müller cuenta que los guardianes y porteros del hospital
Julius, mal pagados, intentaban conseguir algún beneficio ilí-
cito dejando que miraran, hicieran rabiar y excitaran a los des-
graciados locos como bestias extrañas en un zoológico, y que,
no contentos con esto, hacían a menudo falsas descripciones
de su locura. Cuenta que ni él mismo rechazó a personas que
querían ver a los locos, un conde acompañado por su prome-
tida y el padre de ésta, pero que les llevó ante una ninfómana
que, «vestida con una bata», saltó al cuello del suegro y le
besó furiosamente; «creo que no le quedaron ganas de volver
a ver un loco», añade. En 1844, Ramaer, de Zütphen, narra que
hasta el principio del año anterior, los locos eran mostrados a
los curiosos a cambio de una modesta propina.
Pero, todavía no hemos terminado nuestra descripción de
las casas de alienados de la época. Para ser eficaces, los
medios de coacción debían ser sólidamente aplicados, y la
presión que ejercían producía a menudo hinchazón, abscesos
e incluso gangrenas y atrofias de los miembros; la falta de aseo
y las malas posturas eran causantes de extensas escaras. En la
mayoría de los casos, la alimentación era monótona e insufi-
ciente, hasta el punto de que los enfermos sufrían «el hambre
más cruel», porque, dice Langermann en 1804, se pensaba que
los enfermos mentales debían recibir una ración escasa y
pobre. Como, en general, no se vigilaba a los enfermos duran-
te la noche, y de día también estaban a menudo abandonados
a sí mismos, se originaban con frecuencia violentos combates,

44
verdaderas «corridas», usando el término de Müller, que pro-
vocaban graves heridas. Bastante a menudo también, los
enfermos atados conseguían, por su propia habilidad o con la
ayuda de sus compañeros de sufrimiento, desatarse y suicidar-
se o atacar peligrosamente a quienes les rodeaban. La fre-
cuencia de las enfermedades, de las heridas y de los acciden-
tes graves era, pues, espantosa. Según Pinel, en 1784, de 110
enfermos admitidos, 57 habían muerto, y, en 1788, 95 de 151;
más tarde, entre 1/4 y 1/3 seguían muriendo. Conolly señala
una mortalidad de un 14%, y más incluso en los centros ingle-
ses de alienados de los años veinte. Las frecuentes «desapari-
ciones» de enfermos, en algunos vetustos establecimientos
privados de Inglaterra, provocaron una amplia investigación
sobre las condiciones que allí reinaban; reveló particularida-
des que ponen los pelos de punta. Se supo sobre todo que para
ocultar esas desapariciones, la lista de los muertos había sido
falsificada, y que algunos muertos y «desaparecidos» habían
sido registrados como curados. Cuando se inició en 1813 una
importante investigación sobre las condiciones que reinaban
en el viejo asilo del condado de York, se declaró un incendio,
«exactamente en el mismo momento y, manifiestamente, con
conocimiento de los empleados», que destruyó la mayor parte
de la casa así como la mayoría de los libros y documentos.
También perecieron muchos enfermos; «nunca se supo cuán-
tos», añade Conolly.
Las graves, y muy extendidas, imperfecciones que acaba-
mos de describir brevemente, tenían su origen en dos prejui-
cios universales que dominaban la opinión pública, y sobre to-
do los médicos. Uno era la idea de que los enfermos mentales
son incurables. El duque de Larochefoucault-Lianfourt, que
hacía un informe sobre el estado de los establecimientos de
alienados ante la Asamblea constituyente de la República fran-
cesa, declaró: «Suele creerse que la locura es incurable; los lo-
cos no reciben ningún tratamiento; los que son considerados
peligrosos son encadenados como bestias salvajes». «Uno de

45
los prejuicios más funestos para la humanidad, y que es tal vez
la causa deplorable del estado de abandono en el que se deja,
en casi todas partes, a los alienados, es considerar su mal in-
curable», dice Pinel; y Davis declara: «Dejaban que el desgra-
ciado insensato se pudriera junto a su pan y su agua, como si
se tratara de un sujeto por cuyo destino no mereciera la pena
preocuparse, encadenado a la pared, acostado en su cama de
paja, en su celda oscura y aislada, víctima del principio pere-
zoso y egoísta según el cual la alienación es una enfermedad
incurable». A Damerow le parece que sólo la separación de los
centros de tratamiento y los establecimientos de alojamiento,
que empezó en los años veinte del siglo XIX, demostró que un
gran número de enfermos mentales podían curarse, y también
Griesinger dice que fue sólo en ese momento cuando se cayó
en la cuenta de que era posible devolver la salud a algunos en-
fermos. Naturalmente, muchos enfermos se habían curado an-
tes gracias a los cuidados oportunos recibidos, e incluso en
condiciones desfavorables, como lo demuestran las listas del
hospital Julius. Pero esos casos aislados no podían ocultar el
hecho de que la enorme mayoría de los enfermos ingresados en
las casas de alienados o bien se debilitaban, o se encontraban
reducidos al nivel de las bestias, de la manera más espantosa
que darse pueda. Esta situación se explica en gran medida por
el hecho de que, debido a diversas razones, no se decidían a re-
currir a la ayuda de estos establecimientos más que para los ca-
sos graves y muy avanzados, desesperados desde hacía ya mu-
cho tiempo. Pero también es cierto que muchos de los
enfermos, susceptibles al menos de mejorar de manera apre-
ciable, acababan por perder la salud en el infierno de las casas
de alienados. Los enfermos mentales suponían, pues, una car-
ga espantosa y penosa para los allegados, que no podían con-
tar con ninguna ayuda. Por eso se intentaba alejar, de la mane-
ra menos costosa posible, al miembro perdido de la familia.
Además, las manifestaciones patológicas se consideraban
muy a menudo como resultado de una dolencia o de una tara

46
personal. El comportamiento del enfermo, ya fuera ridículo y
degradante, o peligroso y exasperante, le rebajaba a los ojos de
sus parientes y mancillaba también a sus familiares. Así es
como nació un prejuicio que ni siquiera hoy en día está del
todo superado, según el cual la afección psíquica es más una
vergüenza que una desgracia para el enfermo y para su fami-
lia. Este punto de vista fue también dominante en el trata-
miento de los enfermos, considerados como criaturas moral-
mente descarriadas, desconfiadas y a menudo maliciosas. Se
pretendía, pues, ante todo librarles de sus insanias y amansar-
les infligiéndoles todo tipo de malos tratos y de castigos.
Cuando esto no bastaba, había que adoptar con ellos medidas
de seguridad, limitando al máximo su libertad de movimiento
y manteniéndoles bien vigilados, como animales salvajes.
Mientras el comportamiento extraño e imprevisible de los
enfermos engendraba cierto temor hacia ellos, y les hacía
parecer más inquietantes de lo que eran en realidad, el trata-
miento inadecuado no hacía más que aumentar su peligrosidad
de manera considerable. Inevitablemente, los enfermos sen-
tían una animosidad hacia sus verdugos y sus carceleros que
crecía rápidamente, y les empujaba a combatir continua y bru-
talmente la opresión que padecían. Por eso nos han descrito a
los enfermos de las antiguas casas de alienados como una
horda de caricaturas humanas rabiosas y frenéticas, constante-
mente furiosas, violentas, agresivas y retorcidas, a las que sólo
se podía mantener a raya usando la violencia más primaria.
Esquirol cuenta que, en muchos establecimientos franceses,
los guardianes van con perros para protegerse, y Reil propone
que los guardias lleven una coraza invisible cuando están des-
tinados a las celdas de los alienados. Para coger a los enfermos
que debían ser atados, también solían utilizarse «varas» espe-
ciales, terminadas en semi-círculo, con las cuales se sujetaba
al furioso a la pared para poder apoderarse de él.
El hecho de que hace cien años no existiera prácticamen-
te ningún alienista era a la vez la consecuencia y la causa de

47
esas teorías que decidían de la suerte de los enfermos menta-
les. Casi en todas partes, la verdadera asistencia a los enfer-
mos era confiada a los «vigilantes-jefe», a los intendentes o a
los administradores de las casas de alienados, y sólo se recu-
rría al médico en caso de enfermedad física. Entre los escrito-
res famosos que tratan de la locura, encontramos en esta época
toda una serie de profanos, teólogos y filósofos, como Beneke,
Hoffbauer, Fries, Kant; Haslam era boticario. Es cierto que
otros eran médicos, pero apenas tenían experiencia psiquiátri-
ca, como Reil y Autenrieth, y sin duda también Nasse y
Friedreich. Sólo en los grandes centros científicos había algu-
nos hombres eminentes que habían decidido dedicar su vida al
estudio y al tratamiento de los enfermos mentales, como
Lorry, Daquin, Pinel y Esquirol en Francia, Cullen, Arnold,
Perfect, Pargeter, Crichton en Inglaterra, Chiarugi en Italia,
Reil, Heinroth, Horn, Hayner, Pienitz en Alemania. Además,
había en algunos hospitales y en casas de incurables, médicos
que, habiendo observado durante muchos años a los enfermos
mentales, habían adquirido cierto conocimiento de sus males.
Pero casi todos carecían de formación médica especializada, y,
en general, sólo practicaban la medicina mental ocasional-
mente, sin poder llevar a cabo estudios científicos serios en
este campo. Además, su situación era a menudo indigna, y
ejercían una influencia insignificante en la suerte de los enfer-
mos. Müller, de Wurtzburgo, cuenta que cada vez que necesi-
taba algo para sus enfermos, tenía que redactar una petición
formal, le transmitían una respuesta negativa por medio del
criado de la casa, y nunca le consultaban en el momento de la
contratación o del despido de sus guardianes; dice incluso que
el título de «señor» no fue otorgado a los médicos hasta 1816.
Se oían las mismas quejas en otras partes. A todas luces, el
valor del tratamiento psiquiátrico era considerablemente
subestimado, como sigue siendo muy a menudo el caso hoy en
día. Al menos hasta mediados de este siglo, existía en
Inglaterra un reglamento según el cual bastaba con que los

48
establecimientos que albergaran a menos de 100 enfermos
fueran visitados dos veces por semana por un médico del
vecindario. Incluso Nasse, el gran precursor de la psiquiatría
científica en Alemania, desarrolla en 1821 un plan según el
cual el tratamiento de una parte considerable de los enfermos
mentales inofensivos debía ser confiado al clero. En todo caso,
hasta donde empezaba a desarrollarse una asistencia médica,
el número de médicos era demasiado escaso, y su sueldo era
insuficiente. En esas circunstancias, es fácil decir que, al prin-
cipio, el progreso haya sido escaso. En sus conferencias sobre
los trastornos mentales, el profesor Autenrieth, de Tubinga,
aconsejaba expresamente a sus oyentes, que no siguieran ocu-
pándose del tratamiento de los locos, pues corrían el riesgo de
volverse ellos mismos locos o idiotas.
Se comprenderá, pues, que la enseñanza de medicina
mental dispensada a los estudiantes no podía alcanzar entre
nosotros un nivel especialmente elevado. Sí que había algunas
conferencias clínicas sobre la psiquiatría, pero todavía no exis-
tían clínicas psiquiátricas en el sentido actual, por eso Roller
podía escribir en 1838: «Una clínica de alienados constituye
un problema sin resolver e insoluble». Las ideas vigentes a es-
te respecto hace un siglo se encuentran bien caracterizadas en
los planes que Nasse, gran defensor de la enseñanza de la psi-
quiatría a los médicos, desarrolló en 1819 con ocasión de la
creación de secciones clínicas destinadas a los enfermos men-
tales. Pide espacio para 6 u 8 enfermos, que deberían ser re-
novados cada 2 ó 3 meses, en función de las necesidades, por
intercambio con un establecimiento de alienados situado en
los alrededores. Debe ocuparse de la enseñanza un profesor
escogido por su aptitud entre los tres profesores de medicina
interna, de cirugía y de obstetricia; sólo en un segundo mo-
mento, el director de la clínica interna deberá pedir su capaci-
tación. Sorprendentemente, se discute mucho sobre el carácter
perjudicial, o indiferente, de las presentaciones clínicas de en-
fermos.

49
En estas condiciones, se entiende que, por su parte, la cien-
cia de la medicina mental haya conocido un desarrollo tan es-
caso. Lo que más nos sorprende, en los trabajos de esta época,
es el fuerte predominio de las discusiones generales y de los ra-
zonamientos sutiles, en detrimento de la observación y del exa-
men puramente científico de los hechos. «Se razona demasia-
do y se observa demasiado poco», declara Reil en 1803, y
todavía en 1822, Jacobi deplora que la masa de las observacio-
nes recogidas no sea suficiente para poder servir de base a un
sistema más o menos coherente. Según él, el terreno es tan res-
baladizo, la observación exacta tan difícil, la imaginación está
tan expuesta a la ilusión y el entendimiento al error, que es do-
blemente necesario seguir de manera estricta el camino de la
observación más sobria y de la más prudente inducción.
A finales del siglo XVIII, el alienista debía ante todo ba-
sarse en la filosofía o en la antropología que, según la defini-
ción de Kant, era una especie de psicología cotidiana. Así, Da-
quin escribe en 1792 La philosophie de la folie ou essai
philosophique sur les personnes attaquées de la folie; Pinel en
su Traité médico-philosophique sur l’aliénation mentale ou la
manie de 1800 menciona el caso de un enfermo cuyos sínto-
mas, «de acuerdo con las ideas que Locke y Condillac dan so-
bre los alienados», podrían parecer enigmáticos. Ruhland re-
dacta en 1801 sus Medizinisch-philosophische Betrachtungen
über die Begriffe von Gemütskrankheiten; Groos, en 1828, su
Entwurf einer philosophischen Grundlage für die Lehre von
den Geisteskrankheiten2; e Ideler declara que la psiquiatría es-
tá destinada a servir de puente entre la filosofía y la medicina.
Sin embargo, en su Antropología, Kant no se conformaba con
dar una descripción minuciosa de la locura y de sus formas, tal
como él se las imaginaba, sino que exponía de manera expre-

2 Son, respectivamente, Consideraciones médico-filosóficas sobre las nociones de


enfermedades de la mente y Esbozo de un fundamento filosófico para la doctrina de las enfer-
medades mentales.

50
sa su duda de que la medicina legal, y la medicina en general,
estuvieran capacitadas para poder saber si un malhechor está
o no loco cuando comete su acto; en su opinión, los casos de
este tipo deberían ser más bien remitidos a la Facultad de filo-
sofía. Incluso Hegel, sin tener ninguna experiencia médica,
cree poder ofrecer, una presentación de las enfermedades
mentales y de sus presuntos modos de formación.
Por eso encontramos, en los tratados y en el Nasses
Zeitschrift für psychische Ärzte, que en la época eran toda una
autoridad, extensos informes sobre la relación entre el cuerpo
y el alma, sobre la creencia en la inmortalidad, sobre la cues-
tión del «ser-unido» o del «ser-uno» del cuerpo y del alma, y
cosas parecidas. Se observa además una tendencia curiosa a
interpretar las observaciones de manera ingenua y arbitraria, y
a descubrir relaciones universales entre series de hechos aleja-
dos. Así, partiendo de la analogía que existe entre el concepto
de alma y la morfología del cerebro, Burdach intenta probar
que hay que considerar al cerebro como el órgano del alma.
Grohmann trata de la vida del cerebro en el marco de una con-
cepción del mundo en la que el número 3 tiene una importan-
cia fundamental. De la misma manera que los reinos de la
naturaleza progresan desde el telurismo hasta los «atmosferi-
lianos» y a los seres de la luz, tenemos que distinguir, en nues-
tro cuerpo, diferentes estados de desarrollo; las formaciones
abdominales, pectorales y cerebrales; entre estas últimas, la
médula alargada, el cerebelo y el cerebro; entre los sentidos, el
olfato, el oído y la vista, a los que corresponden, en el nivel
inorgánico, las fuerzas fundamentales de la vegetación, la
expansión y la contracción, y en el nivel orgánico, la produc-
ción, la irritabilidad y la sensibilidad.
Damerow desarrolla, en 1829, ideas muy similares; los
temperamentos están relacionados con las tres cavidades del
cuerpo, correspondiendo el temperamento colérico a la cabe-
za y al cerebro, el temperamento sanguíneo al pecho y a la
médula espinal, el temperamento melancólico al abdomen con

51
el sistema ganglionar. Después, vincula a estas tres cavidades,
que constituyen el sistema sensible, irritable y reproductivo
del organismo, con las tres partes del cerebro, los hemisferios
y el cerebelo; luego la sensación, el movimiento y la nutrición;
finalmente, la conciencia animal, el sentimiento animal y el
instinto animal, así como el entendimiento, la imaginación y
la voluntad. Además, esta tripartición se aplica también a los
peces, que contienen, como «animales abdominales y acuáti-
cos» que son, el germen del elemento melancólico o venoso;
los pájaros, como «animales pectorales y aéreos», contienen el
germen del elemento sanguíneo; los mamíferos, particular-
mente los carnívoros, como «animales de tierra (fuego) y de
cabeza», representan el temperamento colérico. Finalmente,
se cree que los remedios minerales deben actuar primero sobre
el sistema reproductivo, los remedios vegetales sobre el siste-
ma irritable y los remedios animales sobre el sistema sensible.
Las concepciones químicas y los descubrimientos del gal-
vanismo, de la electricidad y del magnetismo, confundido con
el supuesto magnetismo animal, solían ser empleados para
explicar las manifestaciones y los trastornos de la vida psíqui-
ca. Así, en las dos formas principales de los trastornos menta-
les, el delirio y la melancolía, Heinroth encuentra los indicios
de dos principios físicos opuestos, la fuerza centrípeta o que
contrae, el esfuerzo para perderse en el mínimo de un centro y
desaparecer así progresivamente en la nada, y la fuerza centrí-
fuga o expansiva, el esfuerzo para extenderse hasta el infinito
y desaparecer igualmente en la nada. «Encontramos represen-
tantes corporales de estas dos fuerzas en el hidrógeno y en el
oxígeno, en la medida en que aquél está ligado a los metales,
éste a los principios vegetales narcóticos; ambos se comportan
como tóxicos, pero tóxicos de especies opuestas, actuando el
metálico de manera demasiado destructora hacia el centro, el
tóxico vegetal, de manera demasiado destructora hacia la peri-
feria». Estas representaciones permitirían ofrecer «de manera
ejemplar y llena de imágenes», «del modo más concreto posi-

52
ble», el concepto de afección de la mente en la melancolía y
en el delirio.
Blumröder piensa que la demencia posterior a algunas cri-
sis epilépticas podría ser debida, en parte, al hecho de que las
convulsiones conllevan una descarga de la electricidad anor-
malmente acumulada, y ello «de manera excesiva, hasta el
punto de que la vida nerviosa (eléctrica) se escapa y se agota
totalmente». Para explicar el estado mental de un asesino,
Class utiliza la proporción de los órganos alargados con rela-
ción a los órganos redondeados, que expresa una relación pre-
cisa entre la fuerza de expansión y la fuerza de contracción; de
ahí se deriva, por una parte, la tendencia a temer a los seres
humanos, por otra, a ser propenso a explosiones violentas. Un
cerebro de aspecto retraído con induración simétrica desde
atrás hacia adelante correspondería a un entendimiento débil y
una buena memoria; además, se supone que la «fuerza atracti-
va» corresponde al polo positivo, que produce oxígeno y
aumenta de este modo la coagulación y la rigidez, así como
todos los fenómenos de oxidación, mientras que la «fuerza
expansiva», que representa el polo negativo, condiciona las
formas redondas, la combustibilidad y la blandura, puesto que
lleva a la formación de hidrógeno. Damerow, que está seguro
de que las emociones pueden provocar tumores cirrosos, indu-
raciones cancerosas del pecho, del estómago y del útero, litia-
sis, etc., considera esas producciones mórbidas como «una
especie de precipitado químico-orgánico» de la afección psí-
quica, que de este modo sería eliminada orgánicamente; «la
persistencia tenaz y fija del dolor replegado sobre sí mismo»
hacía necesaria, tal vez porque existen relaciones recíprocas
muy íntimas entre esas afecciones psíquicas y los órganos
internos, la sedimentación de materias más consistentes, más
contraídas; «podrían constituir reflejos orgánicos, formas y
símbolos patológicos de la esencia de las afecciones psíquicas».
El último vástago de estas especulaciones, imbuido de las
elucubraciones inspiradas por la filosofía de la naturaleza, lo

53
constituye el libro de Kieser aparecido en 1855, Elemente der
Psychiatrik. En los primeros capítulos de esta obra, pueden
leerse páginas enteras sin comprender el sentido de una sola
frase. El discípulo de Kieser, Feuerstein, explica las enferme-
dades mentales por una inversión, una «desviación de la pola-
ridad»; su causa primera residiría en una oscilación anormal e
involuntaria, situada en una parte periférica del cerebro.
Walther llega incluso a considerar la división cuádruple de las
regiones del mundo como la cuadruplicidad de la mente hecha
realidad; se supone que el sentido y el norte corresponden al
carbono, el entendimiento y el oeste al hidrógeno, la imagina-
ción y el sur al nitrógeno, la razón y el este al oxígeno. A estas
elucubraciones extravagantes, y a otras más, hay que añadir,
en las revistas, tratados sobre la visión a distancia y sobre la
clarividencia, sobre la adivinación y sobre la predicción, sobre
el magnetismo animal y, también, sobre la varilla mágica.
Las observaciones de enfermos ocupan un lugar ínfimo en
las publicaciones científicas alemanas de principios del siglo
pasado. Por regla general, no son utilizadas como punto de
partida de razonamientos, sino que sirven más bien para ame-
nizar explicaciones generales, y su forma breve, su insistencia
sobre lo que es curioso y extraño les da un carácter anecdóti-
co. Algunas historias especialmente notables, incluidas histo-
rias sacadas de la Antigüedad y de los poetas, están presenta-
das constantemente como hechos reales, sin haber sido antes
comprobados. También se encuentran inconcebibles errores
de observación, como en Neumann por ejemplo, que explica
que cuanto más se hunde un enfermo en su dolencia, más dis-
minuye el volumen de su cráneo, se aplana y desciende, sobre
todo por la parte de atrás.
Pero también es cierto que la mayoría de los autores psi-
quiátricos de esta época carecían completamente de experien-
cia personal. Si prescindimos de los filósofos Kant y Hegel,
que intentaban presentar las enfermedades mentales basán-
dose en el saber cotidiano, incluso los médicos que ejercían en

54
secciones de alienados tenían pocas ocasiones de llevar a cabo
investigaciones importantes. El número de los enfermos pre-
sentes en las secciones y el número anual de las ingresos era
muy escaso. Así, en la sección de alienados del hospital Julius,
una de las más antiguas y mejor dirigidas de Alemania, hubo
una media de 21 ingresos al año entre 1798 y 1823, para 70
plazas. Incluso en la sección de Pinel en París, casi nunca se
pasaba de 170 ó 190 ingresos al año. Se comprenderá que, en
estas condiciones, una ciencia que necesita un contacto per-
manente con los fenómenos naturales sólo haya conseguido
desarrollarse muy lentamente. Aunque los alienistas franceses,
que sin duda trabajaban en mejores condiciones, habían podi-
do reunir ya gran cantidad de observaciones muy valiosas, es
curioso observar que debemos la obra más famosa y más esti-
mulante de la antigua psiquiatría alemana, las Rhapsodien
über die Anwendung der psychischen Kurmethode auf
Geitseszerrüttungen de Reil, un hombre que, según él mismo
confiesa, sólo tenía, incluso ocho años más tarde, una expe-
riencia escasa o nula de terapéutica psíquica, y que evidencia-
ba esta insuficiencia. Autenrieth escribió un tratado de psi-
quiatría después de haber tenido ocasión de observar, en diez
años, a 28 enfermos mentales.
Evidentemente, la dirección general del pensamiento
médico, guiado por la imaginación más que por el estudio
riguroso de la naturaleza, también se expresó en las teorías
relativas a la esencia y a las causas de la locura. En esa
época, las discusiones giraban esencialmente en torno a la
cuestión de saber si los trastornos mentales descansan sobre
alteraciones del alma o del cuerpo. Los defensores de la pri-
mera teoría, a los que se llamaba «psiquistas», con el profesor
Heinroth, de Leipzig, en cabeza, defensor acérrimo de la uni-
dad del cuerpo y del alma, veían esencialmente en la locura la
emanación de la falta personal. «De ella nacen todos los
males, y también los trastornos de la vida psíquica. En el com-
bate que opone el amor propio natural del hombre a la razón,

55
mediadora de la manifestación del Altísimo, la voz de la con-
ciencia moral nos guía como una brújula, que podemos seguir
o no. Si el hombre vive para el mundo y para el yo, y se hunde
en el pecado, trastorna su propio desarrollo, perturba la mani-
festación de la vida destinada a hacerse real a través de él, es
decir, perturba el orden y la regularidad del ser y de la vida
misma; su falta con respecto a la vida suprema es, en lo que a
él se refiere, un trastorno de la vida, una inhibición y una limi-
tación, es decir un estado humano patológico». «Por el hecho
de abandonarse al maligno, el ser humano se convierte en
esclavo de lo no-divino y, aunque no pierda en el acto su libre
albedrío, pierde sin embargo el único estado posible de verda-
dera libertad en la vida y, a la vez, el sentimiento de pura satis-
facción y de pura felicidad. Dominado por las pasiones, el
delirio y los vicios, el elemento creador en él resulta inhibido,
suspendido y reprimido de distintas maneras; observando esta
perturbación interna del proceso de organización que lleva al
desarrollo de la vida completa, es decir, libre, obtenemos la
noción de trastorno de la vida psíquica, es decir de trastorno
psíquico». Como el alma, por esencia, es libre, sólo por sí
misma puede perder su libertad, por su inclinación al pecado; se
somete así al exterior y sucumbe a las consecuencias de la falta,
del pecado y del amor propio. Eso es lo que engendra los tras-
tornos del alma; la madre, es el alma misma; quien lo engendra
es el maligno al que el alma se une, y se acerca a ella adoptan-
do formas múltiples. «El alma y el maligno se unen como lo
hacen los sexos en todas partes: por el amor; el amor que el
alma siente hacia el maligno se llama inclinación al mal». Todo
lo anterior representa simbólicamente el deslizamiento y el hun-
dimiento, la caída al precipicio de las tinieblas. «Digan lo que
digan, no existe trastorno del alma sin alejamiento completo de
Dios. Un espíritu maligno vive, pues, en aquellos cuya alma
está trastornada; ellos son los verdaderos poseídos».
Efectivamente, Heinroth –así lo afirma un número incal-
culable de veces– encuentra en todas partes la confirmación de

56
que los trastornos del alma proceden de la entrega libremente
consentida al mal. La melancolía atónita ataca al ser humano
tras acontecimientos que actúan violentamente sobre el alma
sensible sin encontrar fuerza alguna de resistencia interior,
«puesto que el individuo, en el curso de su vida, no se ha ocu-
pado de protegerse»; la abulia con agotamiento (abulia melan-
cólica) sucede al agotamiento que, como en la abulia simplex,
«no aparece sin falta previa», mientras que la abulia anoa, la
abulia con demencia, es la «consecuencia de la disipación de
la simiente». La «melancolía con paranoia, delirio y frenesí»
aparece «tras una vida en parte disoluta y fantástica, en parte
réproba y criminal, en una naturaleza por lo demás enérgica»,
mientras que el «frenesí», la mania simplex, está basada en
una naturaleza deteriorada desde la juventud, y sus elementos
salen de las profundidades de la disposición moral descuidada
del ser humano. Heinroth reduce la insania general, la ecnoia
catholica, a «pasiones violentas, una cultura intelectual y pul-
siones indómitas, falsas», y a propósito de la insania frenéti-
ca, y la ecnoia maniaca dice: «Tampoco hay manera de salir
de este infierno, a no ser por algún milagro. La decadencia
más espantosa, los más groseros excesos, los vicios y los crí-
menes más abominables, bastan para hundir al ser humano en
este estado de total disolución espiritual». Finalmente, la
melancolía religiosa es debida al vagabundeo, a la inmersión
en los pantanos de la vida mundana, a la voz del juez que se
eleva en el último momento en el ser humano, y al espanto que
provoca en la mente y en el alma sensible abandonados. «Una
vida de excesos que ha agotado sus fuerzas, la entrega a todo
tipo de pasiones, un crimen o una serie de faltas graves: ése es
el estanque pantanoso que agita la tempestad y que deja ver
ahora los horrores de sus profundidades. Un alma trastornada
en un cuerpo trastornado; ésa es la base de la melancolía reli-
giosa». No hay que dejarse engañar por cierto aspecto de ino-
cencia: existen «sepulcros blanqueados». La monstruosidad
de los errores que conllevan ciertas teorías aberrantes en la

57
observación y el juicio de los enfermos es en este caso un tanto
sobrecogedor.
Evidentemente, Heinroth tiene que recurrir a todo tipo de
artificios para sustentar su doctrina. La vida sencilla y natural
que fluye constante, sin preocuparse por lo más necesario y
que fortalece el corazón: la relación con el Altísimo, es una
diátesis suficiente para todo tipo de trastornos anímicos, varia-
bles según el temperamento. El alma sensible, en su desarro-
llo, se halla expuesta a las influencias de toda una vida; las ela-
bora de acuerdo con su naturaleza íntima y la inclinación del
libre albedrío, y produce hojas, flores y frutos: los de la pros-
peridad o los de la decadencia. Así pues, si ciertas circunstan-
cias exteriores como el miedo, la preocupación, la pesadum-
bre, engendran trastornos en el alma, «eso demuestra con cer-
teza que tales individuos, estaban antes psíquicamente sanos,
pero moralmente descarriados». Si estudiamos una tras otra
las causas ocasionales, «veremos que las excitaciones que aca-
bamos de citar sólo producen un efecto tan importante si exis-
te de antemano no sólo una receptividad mórbida originada
por una vida desordenada, sino también una diátesis patológi-
ca real». Las sobrecargas gástricas, el mal funcionamiento de
los órganos digestivos, la corrupción de los humores segrega-
dos, los recalentamientos y enfriamientos, todas las ligerezas
de la vida, cuyas consecuencias más diversas amenazan el
cuerpo y el alma, «todo ello ¿es acaso prueba de una vida del
alma bien ordenada? ¿No es más bien la prueba de una mala
constitución de la economía psíquica? Negligencia, insensa-
tez, irreflexión, precipitación, carácter apasionado,...: son
necesarios diferentes defectos del alma llevados a un grado
monstruoso para que la actividad vital exterior se pierda y se
extravíe de manera tan importante». A propósito de la supues-
ta influencia patógena de las hemorroides reprimidas puede
leerse: «¿Son consecuencia de un modo de vida bien ordena-
do? ¿De un buen régimen psíquico y físico? La edad, la pre-
disposición hereditaria, etc., pueden tener su importancia:

58
cuando no hay excesos, ni negligencias, ni ligereza, etc., no
aparece ningún incidente grave de este tipo. Pero la glotonería
y la afición a la bebida, una vida totalmente desordenada y
disoluta, terminan por provocar tales curas de desesperación
de la naturaleza. ¡Qué deshonra para una vida humana!».
Aunque hace un gran elogio de ella, la acción curativa de
la sangría en el caso de la manía, que hace brotar la sangre,
rápida e hirviente «como si saliera jubilosa por verse liberada
del calabozo en el cual se desatara contra sí misma», no cons-
tituye para Heinroth una prueba del origen corporal de esta
enfermedad. El estado patológico del sistema vascular y de su
contenido sería más bien sólo el producto y la consecuencia
última, el sello de una vida completamente distorsionada en la
que cuerpo y espíritu, al contrario que la naturaleza, se han
agotado, saturado, excitado a fuerza de pasiones y bebida, la
huella de una vida de lujuria, sin orden ni mesura.
Naturalmente, la conclusión que Heinroth extrae de sus
teorías es que sólo la fe previene de la locura, y dedica la parte
«ética» o profiláctica de su tratado a aportar la prueba. «Así,
vivir en la fe actúa profundamente sobre la raíz terrestre de
nuestra existencia, la consolida, la refuerza durante tanto tiem-
po como peregrinamos en este cuerpo; por su esencia y por su
acción, previene y protege a todo ser humano contra cualquier
peligro de trastorno mental, contra todo tipo de estados de
abolición de la libertad; es un medio de protección seguro e
infalible que hemos buscado y encontrado bajo esta forma».
De ello podría deducirse que quien se encomienda al espíritu
no corre nunca el riesgo de convertirse en enfermo mental o
loco, y Groos, que se pregunta en 1838 si un sabio puede vol-
verse loco, concluye que una descarga de perdigones en plena
frente o un puñado de belladona pueden desafinar el instru-
mento del alma, pero que nunca acabará en el espantoso bati-
burrillo de la verdadera locura, en esos absurdos inconcebi-
bles, en esos afectos contrarios a la naturaleza y a esa volun-
tad sanguinaria; pero la resolución última tomada por el sabio

59
antes de enfermar, tal vez se revele en la enfermedad dándole
aspecto de éxtasis o de otra forma benigna, exenta de todo
rasgo horrendo.
Las teorías de Ideler, que veía la fuente principal de los
trastornos del alma, e incluso de las enfermedades en general,
en las pasiones no dominadas, son afines a las de Heinroth.
Ideler considera que existe «un principio conocido por todo
médico experimentado según el cual, con la excepción casi
única de las enfermedades debidas a heridas o a intoxicacio-
nes mecánicas (si incluimos en estas últimas todos los males
provocados por los contagios y por los miasmas), casi todas
las demás enfermedades o bien tienen su origen exclusivo en
conmociones pasionales, o bien, como estas últimas aportan
su contribución, proceden más fácilmente de sus causas habi-
tuales».
Evidentemente, al adoptar esos puntos de vista, se intentó
también derivar cada una de las manifestaciones patológicas
del tipo de las aberraciones que las habían precedido. Según
Heinroth, el delirio, un estado de confusión oniroide, es siem-
pre producto de pasiones violentas, sobre todo del amor y de
los celos; la melancolía nace de la pena, de la aflicción y de la
preocupación; las diversas formas de paranoia acompañada
por formaciones delirantes se desarrollan a partir de la sober-
bia, la ambición, la sed de gloria y riqueza, la coquetería, la
vanidad y el orgullo, la exaltación y el fanatismo. La demen-
cia es la consecuencia de los excesos, el onanismo, la tenden-
cia a la bebida, a la embriaguez, mientras que el frenesí o furor
se desarrolla cuando el hombre se vuelve salvaje, cuando
infringe los límites de la ley y el orden; después se rebela con-
tra sí mismo y contra su destino, y ataca a la ley y el orden que
se han convertido en sus enemigos, de la misma manera que él
lo ha sido suyo. El furor que se desencadena en el organismo
no es más que la manifestación exterior del estado interior.
«Al sentirse separado del Bien, con cuya esencia pura no
puede ya reunirse, lo abandona todo y se vuelve destructor,

60
corruptor». Eso nos recuerda las palabras con las que Burrow
inicia, en 1828, su libro sobre los trastornos psíquicos: «La
locura es una de las maldiciones que la ira del Todopoderoso
hizo pesar sobre la humanidad por sus pecados».
Naturalmente, las objeciones importantes que pueden
hacerse a las teorías que acabamos de presentar brevemente no
se les habían ocultado a sus autores, y dieron pie a discusiones
interminables. El primer reproche que se les puede hacer, es
que, en la práctica, es raro que el enfermo mental haya lleva-
do una vida especialmente pecadora antes de caer enfermo;
Heinroth intenta refutar esta objeción utilizando el razona-
miento que ya hemos citado, que consiste en hacer de todo ser
humano un pecador declarado o clandestino, y presenta inclu-
so los defectos de constitución como consecuencia del vicio y
el amor propio. Pero también había que explicar el hecho de
que, por un lado, no es nada raro que la locura vaya acompa-
ñada por alteraciones físicas patentes, a las cuales estaríamos
tentados de atribuir un significado etiológico, y, por otro lado,
que trastornos intelectuales evidentes pueden ser provocados
por tóxicos, afecciones febriles o lesiones del cerebro. Los psi-
quistas intentan refutar la primera observación afirmando que
las alteraciones observadas no son tanto la causa como la con-
secuencia de los trastornos intelectuales. Cuando una sensibi-
lidad apasionada persigue y alimenta una representación, un
pensamiento, durante tanto tiempo que se convierte en una
idea fija, explica Heinroth, no es extraño –es incluso más bien
natural–, que la hiperexcitación, la hipertensión o cualquiera
que sea el nombre que se dé a este proceso, dañe los órganos
frágiles del cerebro que entran en juego en el momento de la
formación de las representaciones y los pensamientos, y los
hunda a veces en un estado de tipo inflamatorio o paralítico.
Es cierto que el mal funcionamiento o el desarreglo orgánico
que de ello resulta podrá actuar después, a su vez, sobre el
alma, de manera que incluso aunque estuviera cansada de su
agitación aberrante y quisiera recuperar su punto de equilibrio,

61
ya no lo conseguiría, y quedaría presa en su propia trampa. En
otros casos, se cree que las afecciones corporales no eran pro-
vocadas más que por un tipo de vida desordenada a la finali-
dad, por excesos y perversiones, que son también la condición
previa de la formación de la afección psíquica.
Los psiquistas eluden la segunda dificultad excluyendo
del campo de la locura en general los trastornos mentales
manifiestamente provocados por daños físicos. Heinroth niega
de manera categórica que ciertos poderes somáticos nocivos,
fuerzas mecánicas, químicas, afecciones corporales, defectos
orgánicos, puedan provocar de manera peculiar y original un
«trastorno del alma auténtico, verdadero». Opone pues a las
enfermedades mentales verdaderas, caracterizadas por una
ausencia de libertad interior, los estados «de contención», en
los que la libertad no está abolida, sino solamente inhibida, en
los que, para usar su expresión, sólo pasa una nube ante un Sol
que brilla, antes o después de este eclipse, con toda su fuerza.
A estos últimos estados pertenecen los trastornos psíquicos
que siguen a una afección orgánica. Para él, la ebriedad y los
delirios febriles eran, pues, radicalmente diferentes de las
demás formas de locura. Por lo demás, deja entender que estas
dos afecciones son bastante a menudo verdaderos estados
«mixtos», en los que la ausencia de libertad va asociada a la
contención. «Antes de ser atacado por una fiebre con deli-
rium», explica, «nadie tiene una moralidad tan pura como para
que ciertos instintos, tendencias, pasiones culpables, malas
costumbres morales en general, no hayan podido insinuarse en
su vida. Mientras el organismo goce de buena salud, estas
degeneraciones morales pueden permanecer ocultas, pero
cuando la enfermedad hace bajar la guardia, todo ello resurge,
y el hombre se parece ahora a una persona ebria que mani-
fiesta lo más íntimo que hay en ella».
Es fácil entender que estas teorías hayan sido violenta-
mente atacadas por los médicos más orientados hacia la medi-
cina, los «somatistas». Retomaron la antigua doctrina de

62
Hipócrates, que ya había designado con firmeza el cerebro
como sede de los procesos psíquicos y, por consiguiente, el
lugar de la formación de las afecciones de la mente. Por una
lado, la conexión de los órganos de los sentidos y de los apa-
ratos motores con el cerebro; por otro, las estrechas relaciones
que existen entre el desarrollo intelectual y la forma del cere-
bro en los animales y en cada ser humano; finalmente, los
daños espectaculares que causan a la vida psíquica las heridas
y las afecciones groseras del cerebro: todo ello reforzaba la
convicción de que es en el cerebro donde hay que buscar,
como dice Reil, «el cuerpo de nuestro yo». Esta doctrina, ya
defendida por muchos alienistas, Chiarugi y Willis sobre todo,
se oponía radicalmente a la orientación moralizadora y teolo-
gizadora. Sus más eminentes defensores, Nasse y Friedreich,
subrayaban que el alma inmortal no puede en modo alguno
enfermar, y que sólo al cuerpo, cuando se ve atacado por esos
trastornos, puede resultarle imposible expresar de manera ade-
cuada las manifestaciones de la actividad psíquica.
Jacobi ocupaba un lugar aparte. Al observar que el estado
psicológico puede verse influido por procesos que se desarro-
llan en las más diversas partes del cuerpo, y que las inclina-
ciones psíquicas pueden ejercer una acción sobre todas las
operaciones corporales, llegó a pensar que «de ninguna mane-
ra hay que buscar exclusivamente en el cerebro las condicio-
nes orgánicas de los fenómenos psíquicos; por el contrario,
todas las partes del organismo tienen que actuar juntas para
provocar esos fenómenos, pero de distinta manera y en una
medida diferente y variable». De ello concluye que los tras-
tornos intelectuales en general no deben ser considerados
como enfermedades independientes, sino únicamente como
las formas de expresión de afecciones psíquicas extremada-
mente diversas, cuya sede puede estar situada en el cerebro,
pero también en cualquier otra parte de nuestro cuerpo, en los
pulmones, el hígado, los intestinos, el corazón, el bazo, los
riñones, los vasos sanguíneos, e incluso en la piel, los múscu-

63
los o los huesos. «Toda afección, toda enfermedad, sean cua-
les sean los sistemas y las esferas del organismo, los órganos
individuales que se hallen afectados, sean cuales sean el tipo y
la complicación de su afección, ya se trate de una enfermedad
aguda o crónica, intermitente o remitente, idiopática o simpá-
tica, es decir, como quiera que sea, toda enfermedad condicio-
na siempre a la vez una modificación mórbida especial de
fenómenos psíquicos». En este sentido, no hablaba de enfer-
medades mentales, sino más bien de «enfermedades vincula-
das a la locura».
Jacobi piensa también que, si fuera posible dar a un alie-
nado la cabeza mejor organizada que pudiera existir, lo más
seguro es que éste no consiguiera pensar correctamente ni
durante un minuto, cosa que, por el contrario, cabría esperar si
colocáramos un cuerpo sano bajo la cabeza de un loco, pues la
gran masa de la facultad vegetativa inherente a este tronco tal
vez lograra reorganizar la cabeza enferma. Esta concepción,
aunque subestime forzosamente el papel etiológico de la cons-
titución psíquica y factores afectivos, y atribuya necesaria-
mente un peso excesivo a trastornos corporales fortuitos, pone
de relieve la importancia de la observación y del examen de
los enfermos, así como de la recopilación de los datos anato-
mo-patológicos. Los trabajos de Jacobi, que se apoyaban a
menudo en investigaciones de sus colegas franceses e ingle-
ses, constituyeron el punto de partida de una psiquiatría clíni-
ca, elaborada a partir de la experiencia científica.
No obstante, se abrían a menudo vías muy inciertas para
esbozar un cuadro de las bases corporales de la locura. Se atri-
buía a menudo una gran importancia al fluido, jugo o éter ner-
vioso, que se creía segregado por el cerebro; se suponía que
era producido en cantidad más o menos importante, que modi-
ficaba los tejidos o se desplazaba y engendraba así trastornos
varios. Chiarugi insiste en las variaciones de consistencia de la
masa cerebral, así como en la acumulación y la sedimentación
de sustancias patológicas que se producen en el cerebro y que

64
«lo aplastan, alteran y excitan por una carga contra natura».
Muchos médicos atribuían una importancia particular a la can-
tidad de sangre de los vasos, al movimiento y a la composición
de la sangre en el cerebro, de lo cual debía depender el tipo de
la enfermedad mental. Cox, que busca constantemente la
causa primera de la locura en el cerebro, pensaba que había en
los locos una modificación de la circulación sanguínea, una
«plétora de la cabeza». También Rush piensa que la causa de
la locura reside inicialmente en los vasos sanguíneos del cere-
bro. Bird declara que el predominio de la sangre arterial en el
cerebro engendra el delirio, y el de la sangre venosa, la melan-
colía. Basándose esencialmente en datos anatomo-patológi-
cos, Marshal llegó igualmente a pensar que los trastornos psí-
quicos suelen mantener relaciones muy estrechas con una
constitución patológica del corazón y de los vasos sanguíneos,
sobre todo los del cerebro. Para Crichton, la manía furiosa
deriva de una sobreexcitación de los vasos, la manía benigna
de su relajamiento, y la melancolía de la inhibición total de su
actividad; mientras que se cree que ciertos trastornos vascula-
res limitados a los diferentes órganos causan las diversas for-
mas del delirio parcial. Arnold explica la utilidad de las san-
grías por una disminución de la presión ejercida sobre los
vasos cerebrales y por una reducción de su «actividad contra
natura».
Blumröder desarrolla razonamientos parecidos, y en un
lenguaje lleno de imágenes, hace derivar la locura de un tras-
torno de las relaciones entre el cerebro que piensa fríamente,
el «Phosphorus», el «Ormuzd», y la ola sanguínea plástica que
encarna la vida instintiva, el «Ahriman». En el frenesí, el cere-
bro está dominado por la sangre, mientras que en la demencia,
o bien está «aniquilado», porque la cantidad de sangre que lo
irriga es demasiado escasa, o bien se ha vuelto «impotente
para la fecundación sanguínea» debido a la extinción primaria
de la vida cerebral específica, «con toda probabilidad eléctri-
ca». Otras formas son debidas a la falta o al exceso de la

65
influencia vivificante de la sangre en ciertos puntos particula-
res del cerebro, a la alternancia de esos estados, a la influen-
cia ejercida por zonas vecinas, a la mezcla de la sangre veno-
sa y arterial en los vasos. Blumröder piensa que las arterias
cerebrales llevan «la sangre más fluida, más ligera, más fina,
más aérea»; se cree que ésta tiene con el cerebro una «afinidad
electiva», penetra en él y le determina, ejerciendo un poder
ciego cuando se encuentra debilitado y sus fibras están relaja-
das, cansadas y abatidas, pero abandona al cerebro cuando
éste «piensa un poco por sí mismo».
Al referirse a las propiedades generales de los tejidos, Reil
piensa que aparecen sensaciones átonas y desprovistas de
fuerza –y por tanto la estupidez o la demencia–, cuando la
médula nerviosa es demasiado blanda, la fibra muscular
demasiado extensible, la bilis poco salada, y el aparato genital
desprovisto de energía; mientras que aparecen sensaciones
rápidas e intensas con tendencia al delirio fijo o al furor cuan-
do la materia albumínica y fibrosa es demasiado espesa y
demasiado seca, la bilis amarga, todas las fibras tensas y las
partes sexuales muy excitables. Otros utilizan el concepto de
irritación; piensan que ésta podría actuar directamente o por
medio de otros órganos sobre el cerebro, provocando también
una inflamación y derramamientos sanguíneos, y causando de
este modo las diversas formas de trastorno mental.
El antagonismo entre los diferentes órganos del cuerpo
–por ejemplo entre el sistema vascular y el sistema nervioso,
pero también entre las diferentes partes del propio sistema ner-
vioso–, desempeña un papel importante en las explicaciones
de la locura y, sobre todo, de los resultados terapéuticos. Reil,
por ejemplo, piensa que los dos polos del cuerpo, la cabeza y
los órganos sexuales, ejercen una influencia recíproca, y añade
que es posible que una causa idéntica, una sobrecarga de mate-
ria eléctrica, engendre el furor a la altura de la cabeza y la
lubricidad a la altura de los órganos sexuales. La excitación o
la irritación de una zona puede asociarse con el embotamien-

66
to o la parálisis de otra zona, lo cual, por una parte, implica la
multiplicidad de las formas patológicas y, por otra, explica que
sea posible influir favorablemente sobre los trastornos intervi-
niendo sobre una u otra parte. Guislain declara que, por regla
general, la razón última de los trastornos psíquicos parece
residir en un desplazamiento y en una distorsión de las rela-
ciones entre el sistema vascular y el sistema ganglionar, entre
el mundo de la representación y la vida afectiva, entre lo que
es libre y lo que es involuntario, entre el espíritu y la naturale-
za. Sandtmann, el discípulo de Horn, describe, basándose en
razonamientos análogos, el «procedimiento terapéutico psí-
quico indirecto»; se trata, por vías opuestas, de influir sobre el
cerebro de manera mediata, interviniendo sobre la sensibilidad
general, sobre todo excitando el dolor, eliminando las necesi-
dades convertidas en hábitos, provocando asco, irritando la
piel. La actividad del órgano central, anormalmente debilitado
o fortalecido, sería así llevada hacia los órganos situados fuera
del centro, y quedaría restablecida «la uniformidad alterada de
la armonía de las actividades orgánicas». No obstante, Jacobi
declara que los métodos de tratamiento elaborados sobre esta
base conllevan una mortalidad elevada, y que las personas a
las que ha curado no encuentran palabras lo suficientemente
horribles para describir el estado mental al que les había lle-
vado.
Hace cien años, se solían enumerar como causas de la
locura, toda una serie heteróclita de elementos patógenos. La
ingenuidad con la que cualquier acontecimiento particular de
la vida del enfermo es, sin más, considerado como responsa-
ble de la irrupción de la afección, es extraordinaria. Aunque
dejáramos aparte la teoría de Heinroth, para quien la razón
última de todas las afecciones de la mente reside en la falta
moral personal, las causas psíquicas de enfermedad ocupan un
lugar importante. Además de los excesos y el libertinaje, se
citan también los problemas domésticos, la pobreza, la pérdi-
da de una fortuna, la educación descuidada, el amor no corres-

67
pondido, los celos, el miedo, el amor propio herido, la nostal-
gia por el propio país y, sobre todo entre los suizos, las espe-
ranzas frustradas, las muertes, los acontecimientos políticos,
el estudio excesivo, la pasión por el juego, la devoción exage-
rada, los escrúpulos de conciencia, el ansia por tener siempre
razón, la inactividad y la falta de preocupaciones tras una vida
de trabajo, el desenfreno de la imaginación, la ambición, el
orgullo, la ira, las ideas religiosas aberrantes, la superstición,
las pasiones reprimidas. Exagerando de manera maliciosa,
Ideler dice a propósito del amor desgraciado: «Quien no haya
aprendido a leer en el corazón femenino para valorar la terri-
ble función que en él desempeñan un amor desgraciado, los
celos, la vanidad, que originan necesariamente los trastornos
menstruales, toda una serie de enfermedades nerviosas y, en
fin, algunas enfermedades inevitablemente mortales, bajo
todas las especies de la tuberculosis y de la consunción, no
entenderá nunca todas esas enfermedades tenaces, a menudo
perniciosas». La nostalgia también puede tener, según
Neumann, consecuencias parecidas: «Cuando no desaparece o
cuando no lleva al suicidio, mata por una fiebre héctica: una
vez que ésta aparece, puede esperase con toda certeza la muer-
te del enfermo afectado por este tipo de añoranza; pero inclu-
so en este punto, se cura si vuelve a casa». Guislain estima que
las inflamaciones intestinales son propias de los suicidios
melancólicos y de los enfermos aquejados de nostalgia, e
incluso atribuye solamente la frecuencia de los trastornos
intestinales observados en los locos a la añoranza que se desa-
rrolla cuando los enfermos son retenidos en el establecimien-
to. De acuerdo con las ideas que estaban de moda en su época,
tenía tendencia a considerar que el conjunto de las afecciones
simpáticas de los aparatos respiratorios y digestivos eran con-
secuencias de la locura. Blumröder habla también de una
«alternancia de causa y de efecto. Una dirección parcial del
pensamiento provoca una degeneración del cerebro, que a su
vez engendra una dirección parcialmente delirante del pensa-

68
miento. Un miedo permanente produce un ablandamiento del
cerebro, y el ablandamiento del cerebro deja a los enfermos
abatidos y amedrentados. Un violento acceso de cólera produ-
ce una plétora sanguínea a la altura de la cabeza y una irrita-
ción del hígado, e inversamente, la congestión de la cabeza y
la excitación del hígado provoca la ira».
Es especialmente sorprendente ver que la alegría excesiva
es considerada como una causa de la locura. Rush habla así de
casos de locura debidos a ganancias importantes en la lotería,
o a una carrera especialmente lograda, a un matrimonio feliz;
Arnold cuenta que, según el doctor Hale del hospital Bedlam,
entre las muchas personas que se volvieron locas en 1720 tras
haber invertido en la Sociedad del océano Pacífico, eran bas-
tante más numerosas las que se habían enriquecido considera-
blemente que las que se habían quedado pobres. A Hoffbauer
eso le parece «tan natural como extraordinario». «El hombre
que ve de golpe sus deseos cumplidos, cree que no tiene que
seguir reflexionando o que no necesita actuar tras serena refle-
xión, como lo hacía antes, y piensa poder gozar sin freno de su
imaginación. Y ahora ésta afloja ligeramente las riendas de la
razón: no hace falta más para delirar». Quien de repente ve
cómo su dicha queda reducida a la nada, está obligado en cam-
bio a demostrar una «circunspección fría y tranquila», o pier-
de todo control y se convierte así en presa fácil del abatimien-
to, del desánimo y, por fin, de la demencia o de la estupidez
delirante. Horn teme que ciertas circunstancias de vida favo-
rables conlleven otro peligro: «Muchos han perdido el juicio
porque antes todo iba demasiado bien para ellos, han sido
demasiado mimados como para soportar virilmente y superar
las pequeñas contrariedades inherentes a la condición huma-
na». Otros caen enfermos, según él, «porque han vivido en el
ocio y la holganza», o «porque su ocupación se ejercía en una
sola dirección, no era lo suficientemente absorbente o propor-
cionaba un alimento demasiado abundante a una imaginación
enfermizamente activa».

69
El miedo que provoca el agotamiento intelectual, aún hoy
muy extendido, se encuentra también en Cox, que afirma que
«el pensamiento continuo e intenso» tiende a debilitar, trastor-
nar y destruir el entendimiento. «Si este pensamiento continuo
y penetrante se repite con demasiada frecuencia, escribe
Willis, sobreexcitando y maltratando el órgano, el estado mór-
bido acabará por empeorar y persistirá; aparecen entonces
alteraciones materiales en el cerebro, y el entendimiento se
desarregla». También Hoffbauer piensa que «de la misma
manera que un esfuerzo único de la imaginación puede llevar
al delirio, un esfuerzo bastante frecuente de ésta puede aumen-
tar la predisposición al delirio». Por eso los músicos, los pin-
tores y los poetas corren más riesgo que otros de sumirse en la
locura. Cita a continuación a Pinel, que observa que en las lis-
tas de Bicêtre no se encuentra ninguno de los hombres «que
ejercitan habitualmente sus facultades intelectuales», y por
tanto ningún naturalista, ningún físico, ningún químico y, con
mayor razón, ningún geómetra. Vering considera peligroso el
estudio de las ciencias abstractas. Rush señala que las perso-
nas que se esfuerzan por encontrar el perpetuum mobile, la
piedra filosofal, o que estudian febrilmente las profecías de la
Biblia, se ven fácilmente afectadas por una enfermedad men-
tal. Piensa además que el trabajo excesivo de la memoria, el
paso rápido y frecuente de un objeto a otro, en los libreros por
ejemplo, en fin, los esfuerzos intensos y constantes de la ima-
ginación en los poetas conducen fácilmente a la locura.
Müller y Vering sostienen una idea análoga, y pretenden
que la lectura asidua de novelas puede hacer perder la razón,
sobre todo a las mujeres. «¡A cuántas desgraciadas habrán
viciado el cerebro las malas novelas!», dice este último; «les
han estropeado de modo irremediable la posibilidad de disfru-
tar de la vida y de vivir normalmente». Blumröder cree que la
locura sobreviene a menudo después de haber estado soñando,
sobre todo cuando los sueños se repiten.
Es evidente que en esos casos, las manifestaciones de la

70
enfermedad son a menudo tomadas como su causa. Esta con-
fusión es sobre todo clara en Heinroth que encuentra en las
ideas de grandeza el mismo orgullo que estando sano, y que
estima que los remordimientos que siguen a las malas accio-
nes hacen a menudo que aparezca cierta melancolía. «Cuando
los mejores años de la vida han pasado», dice, «cuando la
fuerza de la vida está agotada, ¿cómo podrá la vida adoptar
una forma nueva? Sin embargo, el ser humano tendría que
poder encontrar de nuevo gusto por la vida. Entonces se aban-
dona; ése es el primer paso que lleva a la melancolía, a ese
infierno del que tan a menudo, precisamente por esa razón, es
imposible ser salvado».
Las opiniones, en cuanto a la importancia relativa de las
causas psíquicas y de las causas físicas de la locura, difieren
de modo considerable en función de la posición que cada cual
adopte en la polémica fundamental que opone psiquistas a
somatistas. Guislain considera causas psíquicas, las «que per-
judican a nuestras más poderosas necesidades, a nuestros más
tiernos sentimientos», la influencia patógena, más importante,
con mucho; se cree que desencadenan la enfermedad en cinco
de cada seis locos. Le parece incluso que el dolor moral es
punto de partida común para los trastornos de la mente, pues
observa que éstos se inician muy a menudo por disforias tris-
tes. En un estudio hecho por Esquirol, únicamente sobre
observaciones personales, la causa de la enfermedad mental
está constituida 681 veces por influencias psíquicas, 367 veces
por enfermedades físicas; en 337 casos hay que añadir la
herencia. Entre los factores que actúan sobre el organismo, se
cita sobre todo el onanismo, el abuso de mercurio, el abuso de
bebidas alcohólicas, que sin embargo no parece haber desem-
peñado la misma función que ahora, además de la insolación,
los golpes en la cabeza, las afecciones del cerebro, el cólera,
el parto, el hecho de que haya desaparecido alguna evacuación
o una supuración habitual.
La creencia en el efecto nefasto del onanismo, que aún

71
hoy en día aparece como una obsesión en algunos escritos,
estaba muy extendida; Tissot, Chiarugi, Oegg, Zeller, Hain-
dorf y otros describen sus tremendas consecuencias con los
colores más sombrios. Se creía que el onanismo podía llevar a
la consunción, la demencia, la atrofia de la médula espinal, la
parálisis y una muerte miserable, mientras que hoy en día
sabemos que no debe ser considerado, en cuanto a lo esencial,
más que como una consecuencia, y no como una causa de los
trastornos mentales. Incluso la represión o la satisfacción
desordenada del deseo sexual fueron considerados como una
causa frecuente de la locura.
La doctrina de la crisis que predominaba entonces en la
medicina hizo nacer la idea, generalmente compartida por los
antiguos alienistas, de que la salivación, la secreción lagrimal,
las erupciones cutáneas, los sudores, los vómitos, las evacua-
ciones intestinales, al eliminar del cuerpo las sustancias, en
cierto modo, nocivas, aportan frecuentemente la curación «crí-
tica» de la locura, y por tanto, la suspensión de estos procesos
puede tener un efecto patógeno. Incluso las hemorragias nasa-
les y rectales y las micciones abundantes con depósito eran
consideradas, en el caso de Vering por ejemplo, como signos
favorables al curso de la enfermedad. La desaparición del
sudor, la represión de la secreción láctea, la interrupción de los
loquios, de las menstruaciones, de los derrames hemorroidales
y nasales, la desaparición de las erupciones cutáneas, la dese-
cación de los abscesos, el retroceso del reumatismo o de la
gota de las partes exteriores hacia los órganos internos nobles,
la curación imprudente de la sarna, eran considerados en la
época como acontecimientos muy inquietantes, a los cuales se
atribuía una importancia etiológica considerable en la apari-
ción de las enfermedades mentales. Guislain describe un caso
en el que el hecho de haberse despiojado podría ser causa de
una inflamación de las meninges. Se cuentan a menudo casos
en los que una afección corporal alterna con un trastorno psí-
quico.

72
Otro grupo de causas patológicas, tan vasto como indeter-
minado, reúne los estados de los órganos del abdomen, las
inflamaciones, los desplazamientos de las vísceras, sobre todo
del intestino grueso, las estasis a la altura del sistema venoso
porta, la acumulación de lombrices en el intestino, los disfun-
cionamientos del plexo solar, la atonía del hígado, la secreción
biliar exagerada, la plétora del bazo, las afecciones de los riño-
nes, del páncreas, de los órganos sexuales. Rush menciona
trastornos mentales causados por el olor del plomo y de otros
minerales. Finalmente, también se pensaba que las modifica-
ciones de la presión atmosférica, las estaciones, las fases de la
Luna, influían en la génesis de la locura.
Podemos hacernos una idea de la confusión que podía rei-
nar en la teoría de las relaciones etiológicas leyendo a
Esquirol, que indica que «la demencia se debe al hecho de
habitar una casa recién construida, a fricciones de agua fría en
la cabeza, a la supresión de un absceso, a la supresión de un
coriza, a la retrocesión de la gota y del reuma, a la repercusión
de los herpes, o a consecuencia de la viruela». A todo ello
había que añadir además los desórdenes menstruales, el tiem-
po crítico, los partos, una caída sobre la cabeza, la senilidad,
la fiebre irregular, la supresión de las hemorroides o de las
evacuaciones, la sífilis, el abuso del mercurio, una conducta
desordenada, el abuso del vino, la masturbación, los amores
contrariados, el miedo, las sacudidas políticas, la ambición
frustrada, el exceso de estudio y de goces sensuales, la mise-
ria, las preocupaciones domésticas, e incluso la manía, la
melancolía, la epilepsia, la parálisis y la apoplejía, así como
un tratamiento demasiado activo, debilitador, y sangrías dema-
siado abundantes.
En general, no se establecían relaciones más estrechas
entre las causas patológicas –las que acabamos de citar y otras
muchas–, y algunas formas precisas de trastornos mentales,
aunque Bergmann hable de una manía y de una melancolía
mesentérica con punto de partida en las afecciones de los ner-

73
vios intestinales, y que Autenrieth circunscriba una especie
particular de epilepsia que, según se creía, procedía del ombli-
go. Sauvage calificaba de «dæmonomania polonica» la locura
que, en su opinión, aparece cuando se afeita una plica3 o cuan-
do es imposible desenredarla.
Indiquemos brevemente que la creencia en la posesión,
que había desempeñado un papel tan importante en los proce-
sos de brujería, no había sido todavía completamente supera-
da. Aunque las declaraciones de Heinroth, según las cuales el
alma del loco se acopla con el maligno, tengan que ser enten-
didas en sentido figurado, Kerner y Eschenmayer, desorienta-
dos por las manifestaciones patológicas de mujeres histéricas,
seguían creyendo que podían distinguir los trastornos debidos
a afecciones corporales y los trastornos por posesión. Kerner
indica precisamente los criterios que distinguen la locura la
posesión, y para ésta recomienda, como único medio terapéu-
tico, la palabra sagrada y el nombre de Cristo. «No me parece
imposible imaginar», declara en 1835, «que un profeta o un
taumaturgo enviado por Dios, o un verdadero mago que entra-
ra en una de nuestras casas de alienados pudiera encontrar,
entre un gran número de alienados incurables, algunos verda-
deros poseídos, y podría curarles o con un simple exorcismo
en nombre de Cristo, o ayudándose también por medios físi-
cos. (Lo mismo puede aplicarse a los epilépticos)». En muchos
escritos teológicos, esta teoría ha sido defendida hasta después
de mediados del siglo pasado, y hasta estos últimos años, yo
mismo he visto regularmente enfermos mentales que, antes de
ser llevados al establecimiento, habían sido tratados con agua
bendita y exorcismos.
Para definir las formas patológicas, nos basábamos ante
todo en el comportamiento exterior de los enfermos. Partiendo

3 Enfermedad del «cuero cabelludo» que causa el apelmazamiento del pelo, por aglo-
merarse y pegarse el pelo por polvo, grasa y costras, de modo que no se puede desenredar ni
cortar sin que la sangre brote, debido a la suciedad.

74
de un punto de vista de este tipo, el gran sistematizador Lineo,
ya había dividido las enfermedades mentales, como los ani-
males y las plantas, en una serie de géneros, especies y subes-
pecies. También Chiarugi intenta una clasificación parecida.
Distingue tres géneros, la melancolía, la manía y la demencia;
a su vez, cada género puede descomponerse en una serie de
especies e innumerables subespecies, en parte en función del
grado de trastorno, en parte en función del tipo de los fenó-
menos patológicos, del contenido de las representaciones, del
humor y del comportamiento de los enfermos, pero también
en parte en función de las supuestas causas, que se presentan
en gran número en el momento de la creación de nuevas for-
mas patológicas. Inspirándose en esos modelos, Flemming
dividió más tarde la «familia de los trastornos del alma (amen-
tiæ)» en dos grupos principales, infirmitas et vesania, y luego
en gran número de clases y especies, utilizando igualmente
como hilo conductor unas veces la amplitud, otras el tipo o la
forma evolutiva del trastorno, y, si se tercia, su causa.
Pero la mayoría de los investigadores se conformaban con
clasificaciones mucho más sencillas, que sólo tenían en cuen-
ta las diferencias más destacadas entre los cuadros patológi-
cos. Así, Esquirol distingue la melancolía y la monomanía con
delirio parcial, siendo aquélla acompañada por un humor tris-
te, ésta por un humor alegre, y luego la manía con delirio
general y agitación, la demencia con obliteración e incapaci-
dad de pensar, y la idiotez o cretinismo. Kant distingue la estu-
pidez (amentia), el delirio (dementia), la insania y la extrava-
gancia (vesania); Oegg la manía o furor, la demencia y la para-
noia o el delirio, que incluye también la pesadumbre.
Habitualmente, la división se basa en la clasificación de las
diferentes facultades del alma, y, además, en la teoría de la
exaltación y de la depresión. Así, Heinroth define el delirio
como la exaltación del alma sensible, la paranoia como la
exaltación de la facultad representativa, el frenesí como la
exaltación de la facultad volitiva, constituyendo la depresión

75
de estas tres facultades la melancolía, la demencia y la abulia.
Groos utiliza una tripartición análoga, que vincula a la idea
platónica de relación inmediata entre el cerebro y la facultad
representativa, entre el pecho y el alma sensible y entre el
abdomen y la facultad de desear; pero añade un cuarto grupo,
la exaltación o la depresión de estas tres facultades del alma,
que constituyen respectivamente la manía y la demencia inna-
ta. Siguiendo con esta división, Buzorini califica los trastornos
de la facultad representativa de vesaniæ encephalopathicæ, los
trastornos de la facultad sensitiva de vesaniæ ganglio-thora-
cicæ, y los de la facultad de desear de vesaniæ ganglio-abdo-
minales, constituyendo el último grupo mixto las vesaniæ
encephalo-gangliopathicæ.
En 1844, Jacobi seguía caminos similares y oponía dos
grupos principales, los trastornos de la facultad de desear y los
trastornos de la facultad intelectual, revistiendo ambos la
forma de la exaltación o de la depresión. De este modo, se
tiene en el primer caso la manía y la melancolía y en el segun-
do el delirio y la demencia. Pero añadía formas mixtas: el deli-
rio y la idiotez. Desde el punto de vista del detalle, se distin-
guían también todo tipo de variantes en función de los rasgos
patológicos más destacados. Se hablaba de melancolía «erra-
bunda, misanthropica, silvestris, anglica, hyphocondriaca,
religiosa, catholica, de erotomanía, de dæmonomania, de
metromania, de mania extática, de moria maniaca, etc.».
Heinroth cita, como subespecies de su paranoia, la confusión,
la insania, la extravagancia y la idiotez, según que trastorno de
las representaciones se extienda a todos los campos, a objetos
o relaciones del mundo sensible, a lo suprasensible o a la pro-
pia persona.
Cuanto más oscura es la esencia de una enfermedad, más
numerosos son los medios médicos a los cuales se recurre para
combatirla. «La abundancia de los medios utilizados para
combatir una enfermedad determinada», dice Damerow,
«revela la pobreza e indigencia del arte». Este principio se

76
aplica también al tratamiento de los trastornos mentales prac-
ticado hace cien años. Nos sorprenderá que Schneider haya
podido escribir en 1824, una obra de cerca de 600 páginas
dedicada exclusivamente a los medios terapéuticos de las
enfermedades psíquicas, y que Reil haya escrito en 1803, más
de 500 páginas sobre el uso del método de curación psíquica
en los desarreglos de la mente. En los informes sobre casos de
la época, advertimos también una curiosa hiperactividad médi-
ca, que no conseguía nunca encontrar satisfacción a pesar de
prescripciones médicas cambiantes y complejas. Se explica
sobre todo por la tendencia general a suponer relaciones etio-
lógicas entre influencias indeterminadas y los fenómenos
patológicos que se producen a continuación. Al poder sobre-
venir la locura –según la opinión de los médicos de entonces–
tras todo tipo de casualidades desafortunadas, cabía la posibi-
lidad de eliminarla por intervenciones médicas acertadas, o
bien por un remedio adecuadamente escogido, o por una res-
puesta inmediata, o por una de las medidas que se reunían bajo
el nombre de procedimiento terapéutico psíquico directo o
indirecto.
No se comprendía que la evolución de la locura está
esencialmente determinada por el tipo de proceso patológico
que se encuentra en la base, y no por acontecimientos exte-
riores. Así, Mahir cuenta que Riedl aconsejaba prestar la
mayor atención a los furiosos, «pues errores en el tratamien-
to, incluso mínimos, tienen como consecuencia su incurabili-
dad». Guislain y su traductor Zeller declaran que una sangría
inoportuna en el curso de una melancolía puede sumir al
enfermo en el frenesí y la demencia. «Un solo paroxismo mal
tratado», dice Oegg, y Blumröder abunda en el mismo senti-
do, «puede decidir de la curabilidad o incurabilidad». De la
misma manera, Neumann piensa que las aspersiones frías
favorecen el paso de la manía a la demencia, y que el colum-
pio de Cox, del que hablaremos más adelante, que es «por lo
demás relativamente inútil», puede prevenir este peligro. «Si

77
es raro en general conseguir curar a los locos», declara con
firmeza, «la culpa es tanto del arte o de quien lo practica
como de la enfermedad»; esta idea sigue encontrándose aún
hoy muy a menudo entre los parientes de nuestros enfermos,
que atribuyen el desenlace funesto de la afección a todo tipo
de circunstancias desfavorables o a medidas desacertadas,
pero ante todo a los supuestos errores del médico. Se pensa-
ba, pues, a menudo que la proporción de las curaciones con-
seguidas por un médico o en un establecimiento era el crite-
rio de la calidad del tratamiento, cuando en realidad depende
ante todo de las características de los pacientes tratados.
También se comprende así la creencia, muy extendida, en la
acción curativa de las «crisis», y se esperaba que su produc-
ción artificial pudiera ejercer una influencia decisiva en la
marcha de los acontecimientos. Guislain consideraba incluso
la necrosis como un signo de acumulación de suero en la caja
craneal, y tras haber evacuado una cantidad abundante de pus
fuera de las cavidades con necrosis, veía cómo mejoraban
rápidamente los fenómenos cerebrales.
El tratamiento físico de la locura estaba dominado por el
uso de eméticos y purgantes. Schneider no cita menos de 34
eméticos y, aparte de las aguas minerales, 50 purgantes distin-
tos, empleados en preparaciones muy variadas. Se creía que
los vomitivos excitaban los nervios del abdomen y aguijonea-
ban la actividad de diversos órganos por medio de una sacudi-
da; después, liberaba el estómago y las partes superiores de los
intestinos de la mucosidad, de la bilis, de los alimentos no
digeridos, de los tóxicos, de los ácidos y de otras sustancias
nocivas; y, finalmente, calmaban o excitaban de manera
«antagonista», por el asco, algunas zonas nerviosas. Vering
piensa que los eméticos afectan también al cerebro porque
existe una conexión muy estrecha entre el estómago y el cere-
bro. Según los médicos de entonces, la «cura por el asco»,
muy utilizada, podía desempeñar una función aún más impor-
tante alejando al enfermo de las manifestaciones tumultuosas

78
de un individualismo indómito, base de la locura, y devol-
viéndole a sí mismo. «Sus efectos estremecedores son senti-
dos hasta por el demente más apático», declara Vering. Según
Neumann, es la que mejor conviene «cuando las representa-
ciones del enfermo son salvajes y excitadas; entonces el asco
le reduce». «En todas las formas de malestar psíquico», decla-
ra Schneider, «ya sea la manía, la melancolía o la moria, puede
admitirse, de manera figurada, que la personalidad subjetiva
está, en cierto modo, aniquilada, y que la psique, enteramente
separada de su envoltorio corporal y flotando en regiones
superiores, no reconoce ya su propia personalidad. La cura por
el asco, pero también el uso repetido de los eméticos y de los
purgantes, introduce en cierto modo en el organismo material
una nueva enfermedad, que es señalada en el abdomen al sen-
sorio común por afectar de manera inmediata al gran plexo
nervioso gástrico y al conjunto del sistema de los ganglios ner-
viosos. Como, mientras tanto, la psique se mantiene por algu-
nos hilos en relación con su sustrato material, en cierta mane-
ra, se ve obligada a descender cada vez más desde sus regio-
nes suprasensibles y volver a su envoltorio para inspeccionar
las modificaciones que se han producido allí durante su ausen-
cia. Ese es el acto de reflexión y el ancora sacra de la perso-
nalidad íntegra que vuelve; por este hecho, cuanto más dura el
asco, más intensa es la atención, antes inexistente, que la psi-
que aporta a este nuevo proceso, más se aleja de su territorio
trascendental, y más clara y nítida es la conciencia de la per-
sonalidad que vuelve, pues un asco duradero impide total-
mente al loco dar libre curso a sus ideas».
Este médico pondera especialmente el mérito de la ipeca-
cuana; cuenta que nada más dar de beber una o varias tazas de
decocción de raíz emética a enfermos furiosos, «se produjeron
una paz y una alegría general maravillosa; era como si la psi-
que, tras haber dado la impresión de que se había liberado
completamente de su envoltura, había sido de nuevo unida al
cuerpo en una unidad armónica, con un poder inconcebible».

79
El uso de purgantes se basaba principalmente en las rela-
ciones etiológicas estrechas que ligan la locura a las afeccio-
nes del abdomen, sobre todo del hígado, los intestinos y el ple-
xo solar; se creía que «las hinchazones y los alimentos sin
digerir» acumulados se eliminan, el sistema vascular y ner-
vioso se ve favorablemente influido y las congestiones aleja-
das de la cabeza. Aquí también, se piensa que los dolores ab-
dominales, con las manifestaciones consiguientes, desvían la
atención del enfermo de sus ideas y la dirigen al estado de su
cuerpo. Con la ayuda de una máquina especial, se usó el taba-
co, bajo forma de clísteres de humo de tabaco, en los estadios
más graves de la demencia y de la melancholia attonita, que
se atribuía a un estado patológico del abdomen, entumecido u
ocasionado por un estreñimiento pertinaz. Se creía que el elé-
boro, ya muy apreciado por los antiguos como tratamiento de
los trastornos mentales, hacía desaparecer la plétora abdomi-
nal, restablecería los derrames sanguíneos reprimidos, elimi-
naba las «impurezas atrabiliarias» y regularizaba las estasis
viscerales. El estímulo de la salivación por el mercurio es un
método parecido; según Schneider, podría ser útil en caso de
melancolía provocada por amores desgraciados, pues existe
relación entre las glándulas salivares y el sistema genital.
Se utilizaban relativamente poco los medios narcóticos;
sólo el beleño, el lauroceraso4, la belladona, el acónito y sobre
todo el opio, cuya acción favorable en la melancolía es ya ala-
bada por Chiarugi, se siguen utilizando hoy. Según Mahir,
Guislain temía que estos remedios produjeran parálisis e incu-
rabilidad. Aún no se disponía de somníferos en el sentido
estricto del término, puesto que son productos recientes de la
química. En cambio, se utilizaban a menudo medios excitan-
tes, vivificantes; junto a numerosos aceites de esencias, tisanas
y especias, se recomendaba el alcanfor, la valeriana, el almiz-

4 Laurel cerezo.

80
cle, el castóreo5, las cantáridas6, el fósforo, el éter, el espíritu
de vino, el amoniaco.
Los medios que sirven para provocar una distracción e irri-
tar la piel ocupaban un lugar importante en el tratamiento de la
locura, de acuerdo con las teorías médicas de la época. Se trata
sobre todo de los sinapismos y los vejigatorios aplicados en la
cabeza y en la nuca, que, según se creía, producían en caso de
retención de secreciones cutáneas, después de un depósito inte-
rior de gota, en el momento de las metástasis lechosas, una
especie de transformación, de «metaesquematismo» de la enfer-
medad, así como las fricciones de la parte alta de la cabeza con
bálsamos que producían pústulas. Este último procedimiento,
muy apreciado por muchos médicos, proscrito también resuel-
tamente por otros, producía graves inflamaciones del cuero
cabelludo, atrofias, que podían llegar hasta el desprendimiento
«de una especie de gorro de noche», e incluso a la necrosis de
los huesos del cráneo, y la destrucción de las partes genitales,
pues los enfermos empeoraban a menudo considerablemente las
heridas provocadas por pústulas, y frotándose, llevaban a otras
partes del cuerpo el bálsamo irritante. «Los dolores que causan
esas pústulas son a menudo imposibles de describir», dice
Schneider. No obstante, como Horn, espera que el manteni-
miento de una sensación dolorosa sea útil para «devolver la con-
ciencia perdida de la personalidad, despertar a esta última de su
sueño suprasensible y mantenerla despierta». Las hormigas y la
inoculación de la sarna permitían conseguir resultados pareci-
dos, alejando la atención de las aberraciones que engañan a la
imaginación, suscitando nuevas series de pensamientos; hay
que mencionar también aquí la flagelación con ortigas, que
puede ser usada «con unos resultados notables» en los locos

5 Usada habitualmente como antiespasmódico, es una sustancia resinosa, de olor desa-


gradable, que segregan dos glándulas del castor.
6 La cantárida (o lytta vesicatoria) es un tipo de escarabajo (kántharos) que se emplea
como vejigatorio.

81
perezosos, astutos, retorcidos, tercos, reacios al trabajo, profun-
damente encerrados en sí mismos, y en aquellos que tienen ten-
dencia a suicidarse. Finalmente, hay que citar los sedales7 que,
según Neumann, sacan a los enfermos del mundo del sueño y
los devuelve al mundo real, las cánulas, las ventosas secas, las
incisiones cutáneas y el hierro candente, a menudo empleados
como medio de diversión. La quemadura se aplicaba simultáne-
amente en la parte alta de la cabeza y en la planta de los pies;
«el dolor causado de este modo supera evidentemente cualquier
descripción», añade aquí también Schneider. Pienitz recomien-
da las irritaciones cutáneas, sobre todo en los casos que ya no
son del todo recientes y en enfermos con delirio fijo, cuando tie-
nen un comportamiento «demasiado inflexible y arrogante».
La sangría, que, según se creía, aliviaba de su sangre al cere-
bro congestionado, e influían también favorablemente en la com-
posición misma de la sangre, era uno de los medios más utiliza-
dos por los antiguos alienistas. Rush pondera mucho sus virtu-
des, y cuenta un caso en el que ordenó con éxito 47 sangrías en
11 meses. Pero ya en la época se admitía que en muchos enfer-
mos mentales, era más frecuente la escasez que el exceso de san-
gre. El empleo insensato e inmoderado de la sangría será por
tanto decididamente combatido por muchos alienistas. Esquirol
cita, censurándolo, el caso de un enfermo al que sangraron 13
veces en 48 horas. Pinel dice que a veces no se sabe muy bien
quién está más loco, si el que ordena la sangría o aquél a quien
se le practica, y Guislain declara que una sola sangría hecha a
destiempo o demasiado abundante puede llevar a una demencia
incurable. Para eliminar las estasis de los derrames habituales de
la nariz, de los hemorroides y de los órganos genitales, se solía
recurrir a las sanguijuelas y a los sedales aplicados en la frente,
la nariz, la nuca, el ano y el abdomen. Parry intentaba reprimir
los ataques de manía comprimiendo la carótida, y Bird llegó a

7 Los sedales que se utilizan para tratar abcesos y ampollas pasándolos por la piel afec-
tada.

82
proponer su ligadura. Incluso se intentó a veces, o al menos a
discutir su posibilidad, la transfusión de sangre animal. Heinroth
piensa que cuando todas las fuerzas vitales están, por decirlo así,
muertas, cabe esperar que el principio vital fresco de la sangre
nueva vuelva a fecundar el cerebro y los nervios, mientras que
Chiarugi recomienda prohibir completamente este «invento
insensato y peligroso».
Frecuentemente se consideraba que los enfermos agitados
no debían recibir una alimentación demasiado abundante.
Aunque muchos médicos hayan reconocido, con toda razón,
que la excitación aparece a menudo durante estados de debili-
dad física, se solían asociar los eméticos y los purgantes con
bebidas refrescantes o con sopas espesas y abundantes, evi-
tando una alimentación más consistente; también se dejaba sin
comer a muchos enfermos para castigarles por su «mal com-
portamiento». Vering piensa que después de haber privado a
los locos durante bastante tiempo del alimento y la bebida
indispensables, se observan efectos muy saludables. Para
actuar sobre la sensibilidad general, Heinroth recomienda,
además de los medios de control, no sólo el hambre y la sed,
sino también la privación del sueño, despertándoles repetidas
veces; sin embargo, no parece que este medio, que él mismo
califica de cruel, haya sido muy empleado.
Los baños eran empleados bajo formas muy diversas. El
«baño por sorpresa», la inmersión súbita en agua fría, se utili-
zaba para conseguir una conmoción violenta de todo el cuer-
po, con los efectos secundarios que conlleva. «Asestando un
duro golpe psíquico», tenía que romper la serie de las repre-
sentaciones aberrantes, y dejar sitio para nuevas series de pen-
samientos, tal vez sanos. Además, parece haber sido utilizado
sobre todo para asustar cuando «el enfermo se niega terca-
mente a aceptar la medicación, o no quiere someterse a medi-
das consideradas inadecuadas». Habiéndose curado un enfer-
mo, al parecer, tras haberse tirado a una fuente, se propuso
sumergir también a los alienados mientras aguantaran sin res-

83
pirar, «lo que se tarda en decir el salmo del Miserere». Richard
recomienda rociar con fuerza a los furiosos o regar su rostro
con agua fría; cree que así les «inspirará el respeto tanto por la
persona que les riega como por el agua, de tal manera que,
sobre todo al ver agua, de acuerdo con las reglas de asociación
de ideas, se acostumbren a pensar en su comportamiento inde-
bido y el castigo que conlleva, así como a reconocer sus fal-
tas». Situándose en ese mismo punto de vista, Rush considera
apropiada la inyección de agua fría en las mangas de la ropa.
Además, se empleaban las duchas que caían en el hospital
Julius desde una altura de más de cinco metros en un receptá-
culo con forma de embudo que sujetaba la cabeza del enfer-
mo. Schneider inventó una instalación que permitía, tan a
menudo y durante tanto tiempo como se deseara, arrojar a un
enfermo a un gran depósito de agua fría, y esperaba que esta
instalación resultara «de mucha ayuda contra la locura».
Langermann, en un informe que data de 1804, lamenta que no
haya baño de inmersión en su establecimiento de St. Georgen,
pues la alteración vinculada a la caída inesperada en el agua y
la reiteración del miedo que precede siempre a este baño
espantoso suscitan, en muchos enfermos difíciles o a los que
resulta imposible sacar de sus locos pensamientos, una tensión
benéfica de la mente y una actividad espontánea. La figura 10
representa una instalación de inmersión, un puente con un
kiosco atractivo, donde el enfermo cae bruscamente al agua
una vez que ha entrado en él.
También se usaban las afusiones. Se arrojaba a la cabeza
del enfermo atado en una bañera, «con cierta fuerza» y desde
una altura importante, 10, y hasta 40 ó 50 calderos de agua fría,
como se aprecia en la ilustración de Horn (figura 11). Esta me-
dida debía ser empleada contra los estados más graves de la
melancolía y la hipocondría, sobre todo cuando se dan con agi-
tación, arrebato, estreñimiento, y cuando los enfermos han lle-
vado una vida desarreglada, se han entregado a la bebida o han
tenido una alimentación demasiado fuerte. Horn habla muy

84
10. Puente con baño de inmersión.

11. Baño por afusión.

85
bien de este procedimiento y piensa que ha sanado a una gran
cantidad de enfermos mentales cuya curación sin duda no ha-
bría podido conseguirse de otra manera. «Tranquiliza y apaci-
gua al rabioso; refresca la cabeza del enfermo, constantemente
recalentada por la congestión sanguínea; favorece el buen com-
portamiento, la docilidad y el orden en el insensato; devuelve
la palabra al mudo; disuade a quienes quieren suicidarse; de-
vuelve a la conciencia de sí mismo al melancólico silencioso,
que parecía que ya sólo vivía para rumiar sus obsesiones; rea-
nima con fuerza al que tendía a volverse demente, y en muchos
casos puede ser un excelente medio para asustar y para casti-
gar, para mantener la calma y el orden». Amelung, en cambio,
declara que las afusiones no son útiles, y que, con frecuencia,
agravan el estado patológico. «Los enfermos se volvían gene-
ralmente más agitados, más furiosos y más confusos, incluso a
pesar de estar más calmados, justo después del baño». Pienitz
emplea pocas veces este remedio, pero en esas ocasioness
«siempre con cierta solemnidad y exhortando a mejorar». Ja-
cobi cuenta, reprobándolo, que en un establecimiento se arro-

12. Baño por aspersión.

86
jaron diariamente, entre 200 y 300 calderos de agua fría sobre
la cabeza de un enfermo durante varias semanas seguidas.
En los baños por aspersión (figura 12), se rocía el occi-
pucio, la nuca y la espalda del enfermo, bien atado, de lejos,
con un fuerte chorro de agua helada lanzado con una mangue-
ra. Aparte de las afecciones inflamatorias, estos baños se usa-
ban con «locos reacios, desconfiados y rebeldes, para devol-
verles a la disciplina de la casa; les asusta mucho este sistema,
hasta el punto de que, muchas veces, una simple amenaza
basta para conseguir nuestro propósito». También se tiraba
desde gran altura, por un tubo estrecho, un chorro fino de agua
fría en un punto en la parte superior de la cabeza (figura 13).
«La sensación que se produce de modo progresivo», observa
Schneider, «es a menudo insoportable para el enfermo, lo cual
explica que antaño se usara en derecho penal este medio dolo-
roso como un grado moderado de tortura». «De esta manera»,
añade, «utilizamos este medio con los locos que padecen cefa-

13. Ducha con chorro.

87
lea continua, violenta y nerviosa, y en aquéllos que presentan
un insomnio secundario y violentas congestiones de la parte
posterior de la cabeza». Jacobi cuenta haber visto cómo el hilo
de agua desgarraba y desprendía, en unos minutos, la epider-
mis de la cabeza. Las duchas en forma de lluvia eran menos
brutales. En algunos casos, también se utilizaban las aspersio-
nes calientes de la cabeza, que sin embargo podían producir
recalentamientos de la cara y de las orejas.
Si hoy dudamos, con toda razón, de los resultados de estas
medidas terapéuticas, a veces positivamente crueles, nos
declaramos sin embargo de acuerdo con el elogio de los baños
calientes, frecuentemente recomendado por los antiguos alie-
nistas. De esos baños se esperaba ante todo un efecto favora-
ble en lo que se refiere a la suciedad, pero también un aumen-
to de las exhalaciones cutáneas, cuya disminución era consi-
derada como una causa de melancolía; la reaparición de erup-
ciones cutáneas reprimidas, gracias a los baños calientes, tam-
bién tenía que contribuir a la curación. Se destaca igualmente
el efecto hipnótico y la sedación que se suele conseguir en los
enfermos debilitados y degradados. Tuke considera que en la
mayoría de los casos de melancolía, los baños calientes son
más importantes y más eficaces que todos los demás remedios.
«En los enfermos de sexo femenino, frágiles, cuyo cuerpo se
halla muy degradado por múltiples razones», dice Cox, «cuan-
do la violencia de los síntomas y el furor amenazan la vida, y
cuando son rechazadas las medicaciones internas, el baño
caliente tiene la facultad de suavizar los movimientos ator-
mentados del alma y el cuerpo». Mitivié amplió la duración de
los baños, según la intensidad de la agitación y violencia del
loco, hasta 6 u 8 horas. También se recomienda a veces el
enfriamiento simultáneo de la cabeza. Para evitar que los
enfermos agitados y reacios se salieran del baño, se utilizaban
bañeras cubiertas en las que el enfermo estaba instalado de tal
manera que sólo asomara la cabeza; se siguen empleando esas
bañeras en algunos hospitales. Como, a pesar de todo, el agua

88
salpicaba mucho, Hayner envolvía la cabeza del enfermo con
una especie de embudo.
Para provocar una irritación cutánea más intensa, se aña-
día sal gorda al agua del baño, y Schneider proponía incluso
baños generales con mostaza, que según creía, habían de sen-
tar muy bien a los locos recalcitrantes, desconfiados, perezo-
sos, flemáticos, que rumian silenciosamente en su rincón.
Cosa extraña, Cox recomienda, para combatir el rechazo de
alimentos, baños de avena diluida o de agua y leche, y
Schneider baños de caldo de carne.
Naturalmente, se probó en los enfermos la electricidad,
recientemente descubierta, y el galvanismo, ya que se pensa-
ba que en muchas enfermedades nerviosas, el fluido nervioso
o eléctrico se acumulaba de manera patológica en el cerebro.
Se usaron los más diversos procedimientos, el viento eléctri-
co, las chispas, el baño de aire eléctrico, los choques eléctri-
cos, la galvanización. Schneider considera incluso la posibili-
dad de influir por separado, por medio del tratamiento polar,
cada una de las zonas del cerebro que Gall señala como sede
de diversas funciones psíquicas. También se creía en la posi-
bilidad de deducir –por el hecho de que el tratamiento con un
polo agravaba la afección–, que un cambio de polo eléctrico
tendría un efecto favorable.
Se consideraba igualmente como una especie de fenóme-
no eléctrico el magnetismo animal, que a veces se empleó para
tratar a los locos. Haindorf hace un panegírico entusiasta, y ve
en ello «el medio terapéutico supremo para el género huma-
no»; considera que hace posibles «las premoniciones y las pre-
dicciones». Heinroth, que lo califica de «rama salvaje de la
creencia» y reconoce con toda razón que la voluntad del mag-
netizador desempeña un papel esencial, da sin embargo un
paso adelante y alude a la posibilidad de actuar sobre los tras-
tornos mentales únicamente por la voluntad que da la fe. «Si
un alma impura puede corromper a un alma pura», opina,
«entonces un alma sana, que toma su fuerza de Dios, puede

89
devolver la salud a un alma enferma». Cree que un contacto
espiritual, una influencia psíquica directa, aunque no existan
en nuestros días, debido a la tensión de nuestra voluntad,
podrían ser posibles de todas formas gracias a la ley superior
del alma pura. No obstante, enseguida argumenta que esa idea
va a parecernos irresponsable e irracional, pero añade que sólo
la experimentación, a decir verdad difícil de llevar a cabo
debido a condiciones casi imposibles de cumplir, podría deci-
dir esta eventualidad.
A la larga, así lo dejan presentir los pasajes que acabamos
de citar, el tratamiento estrictamente médico de los enfermos
mentales no podía satisfacer a los alienistas propensos a la
reflexión. «Es un espectáculo indignante», exclama Reil con
vehemencia, «ver cómo el empírico obstinado trata a sus
enfermos mentales. Como un topo ciego, se revuelca en sus
entrañas y busca el alma en el lugar en el que la naturaleza ha
dispuesto el taller de las operaciones más bajas de la bestiali-
dad. Quiere corregir las debilidades de la facultad mental dilu-
yendo una sangre atrabiliaria y licuando jugos coagulados en
el sistema venoso porta, combatir el dolor moral por medio del
eléboro y las elucubraciones aberrantes con clísteres. ¡Ay de la
imagen de Dios que cae bajo semejante garlopa!» Del mismo
modo, Neumann dice: «Ya es hora sin embargo de dejar de
buscar la hierbecita o la sal o el metal que, en dosis homeopá-
ticas o alopáticas, cure la manía, la demencia, el delirio, el
furor o la pasión; nadie los encontrará, así como tampoco se
inventará la píldora que convierta a un niño mal educado en
uno bien educado, o a un hombre ignorante en un artista habi-
lidoso, o un patán en un distinguido caballero, fino y educado.
Aunque despellejen a los enfermos con ungüentos de verdugo,
aunque se haga el elogio de la inquisición española inventan-
do mártires, nada de todo eso permitirá avanzar mínimamente
en la curación de los locos. Será más bien el hábito, el ejerci-
cio, el esfuerzo los que modifiquen las actividades psíquicas
del ser humano, no las medicaciones». Y Conolly observa

90
lacónicamente: «También parece que, en general, las cualida-
des de una larga serie de artículos escogidos de la farmacopea
sólo han sido señalados con la mayor confianza por aquéllos
que menos ocasión tenían de usarlos en centros importantes».
De modo manifiesto, una gran parte de las medidas que
acabamos de mencionar, aparentemente médicas, actuaban
sobre todo, o únicamente, influyendo sobre la vida psíquica,
provocando miedo, más que otra cosa. Como los médicos,
incluso los que concedían un lugar importante a las causas
físicas de la locura, no podían liberarse de ninguna manera de
los puntos de vista según los cuales juzgamos los actos de los
seres humanos en la vida diaria, el comportamiento de muchos
enfermos les parecía absurdo, necio, malintencionado, retorci-
do, terco, indisciplinado, arrogante, e intentaban combatirlos
con los medios empleados en la educación. Neumann conclu-
ye la observación que hemos citado antes con la frase: «El que
padece una enfermedad de las representaciones debe ser trata-
do como un niño maleducado, irresponsable, al que hay que
educar mejor, y los medios que sirven para educar al niño
mejoran también al loco». Autenrieth sostiene la misma opi-
nión: «El médico nunca puede llegar a convencerse a sí mismo
ni a los demás lo suficiente de que los confusos, la mayoría de
las veces, se parecen a niños grandes maleducados y tercos, y
que como con estos últimos, hay que utilizar la severidad para
que mejoren, pero en ningún caso hay que tratarles con cruel-
dad». También Pinel piensa que hay que considerar a los
enfermos como a niños que tienen demasiadas energías y que
pueden hacer un uso peligroso de las mismas. Willis declara
que son como niños tercos y maleducados que siempre creen
comprenderlo todo mejor que sus padres y sus vigilantes, que
no hacen nada de lo que se les exige y siempre quieren lo que
está prohibido. Para curar a los enfermos mentales,
Langermann recomienda estudiar los preceptos, las estratage-
mas y los métodos por medio de los cuales los educadores for-
jan las almas de los niños, estimulan, ejercitan y forman su

91
entendimiento, dominan sus emociones, mejoran sus malas
costumbres. Hoffbauer considera que es posible devolver la
razón al loco, y considera su amansamiento como una segun-
da educación. «¿No se ha comparado a menudo el tratamien-
to de los enfermos psíquicos con la educación de los niños?»
pregunta Heinroth, y añade: «Los especialistas afirman que
esta comparación es justa».
«El respeto y el amor que siente el niño por sus padres y
sus educadores», dice Vering, «el miedo al castigo por las fal-
tas cometidas, son los primeros y más poderosos resortes que
llevan al niño a someterse y a obedecer. Todos los alienistas
están de acuerdo en decir que las emociones que acabamos de
mencionar son, igualmente para el loco, los motivos más
poderosos de obediencia y sumisión, pero también que el
médico sólo puede despertar esos impulsos prodigando un tra-
tamiento verdaderamente paternal. La razón y la experiencia
muestran ampliamente que la conducta del médico con res-
pecto a los locos, en general, debe ser parecida a la que un
padre bueno y cariñoso observa en la educación de sus hijos».
Por lo tanto, los rasgos principales de esta conducta deberían
ser: seriedad adulta y dignidad, bondad y benevolencia, preo-
cupación e interés, severidad y a la vez, suavidad.
Primero, se intentaba influir sobre los enfermos invocan-
do motivos razonables y usando la persuasión. Según Reil, el
médico debe entonces evitar toda retórica y presentar sus ideas
y sus argumentos de una manera tan nítida y tan evidente que
sean asequibles para el entendimiento más común. Cuando
existe una idea fija, tiene que convencer al enfermo o bien de
la imposibilidad de su realización, y apartarle así de su delirio,
o bien despertando otras ideas. No obstante, la experiencia
cotidiana enseña que es predicar a sordos. Se aconseja, pues,
abundar primero en el sentido del enfermo con el fin de ganar
su confianza, y sólo después intentar el verdadero objetivo;
por ejemplo, como propone Chiarugi, se puede hacer como si
estuviéramos convencidos de la verdad de la idea falsa del

92
enfermo, y luego, recomendarle un medio terapéutico para
combatirla. La astucia y el ingenio serán aquí de mucha ayuda.
Se creía que cuando el entendimiento tomaba vías aberrantes,
también debía ser atacado por el entendimiento; una observa-
ción pertinente hecha repentinamente puede permitir al enfer-
mo recuperar el juicio. Por eso se recurría a todo tipo de estra-
tagemas con el fin de convencer a éste de la inexactitud de sus
representaciones. Se daba la absolución divina al melancólico
afectado por un delirio de pecado, solemnemente o llevando a
cabo una imitación de sesión de tribunal, haciendo a veces
aparecer un ángel artificial. Cox también proponía combatir
las ideas delirantes utilizando las inscripciones murales lumi-
nosas de aspecto sobrenatural, producidas con fósforo.
Para curar los trastornos hipocondríacos, se utilizaban
simulacros de operación; se mostraba al enfermo, como si
fuera el resultado de la operación, la supuesta causa de sus
males, por ejemplo una serpiente o un lagarto que se fingía
haber sacado del cuerpo. Jacobi cita el ejemplo de un enfermo
del establecimiento de Wurtzburgo que, en su delirio, creía
que tenía una persona en el vientre y hablaba con ella.
«Pusieron un gran vejigatorio sobre el vientre del enfermo;
una vez que hubo actuado durante el tiempo suficiente, el tau-
maturgo lo cortó, exhibió un maniquí que se usaba para los
ejercicios de obstetricia, que habían traído en secreto, como si
acabara de sacarlo del vientre del loco, y lo alejó rápidamen-
te. La ilusión tuvo un éxito total. En un primer momento, el
enfermo sintió una alegría infinita por su liberación». Pero
unos minutos más tarde, después de haber visto el cordón
umbilical, se le ocurrió que se le había quedado otro dentro de
su vientre, de tal modo que la idea no desapareció. Cuando el
enfermo pensaba que algunas partes de su cuerpo habían cam-
biado o desaparecido, solían hacer que volviera a sentirlas
practicando maniobras perceptibles. Se nos cuentan toda una
serie de curaciones de este estilo en forma de historias embe-
llecidas. Son siempre los mismos casos, pues los autores

93
observan que hay que ser muy hábil para engañar a los enfer-
mos, y que éstos, por su sagacidad, desaniman a menudo al
médico. Se puede convencer al enfermo de que se le ha libe-
rado del mal que sufría antes, dice atinadamente Hoffbauer,
pero no de que se ha estado atormentando por un producto de
la propia imaginación.
También se intentaba actuar sobre los enfermos suscitan-
do emociones. Damerow explica que todo lo que puede pro-
vocar locura –por tanto influir sobre la vida del alma–, puede
también ser un medio terapéutico. Establece pues una corres-
pondencia entre las diferentes formas de emoción y las diver-
sas clases de remedios, entre la alegría y la valeriana y, en
grado más elevado, el opio y el vino; entre la alegría y los
medios tonificantes; entre el miedo y los medios refrigerantes,
salinos y debilitantes; entre la ira y los aceites de esencias y el
fósforo; entre la preocupación y la ipecacuana; entre el espan-
to y los narcóticos, la nuez vómica y la belladona. Considera
que hay que aprender a emplear correctamente esos tóxicos
psíquicos y a dosificarlos adecuadamente. Haindorf recomien-
da cuidar la melancolía reprimiendo las pasiones que la origi-
nan por medio de otras pasiones que le son opuestas.
Se esforzaban sobre todo por oponerse con medidas vio-
lentas a las manifestaciones patológicas de los locos, por edu-
carles y controlarles. «Las excrecencias del alma sensible, que
se encuentran en los enfermos brutales, engreídos, ambicio-
sos, altivos, orgullosos, vanidosos, rencorosos y envidiosos,
sólo pueden ser dominados y extirpados por la humillación, la
vergüenza y el desprecio», afirma Schneider. Hay que humi-
llar sensiblemente a los locos que padecen «melancolía meta-
morphosa», con metamorfosis de su rango, su estado y su per-
sonalidad, con el fin de que sientan con más fuerza su nulidad
y su servidumbre. No obstante, a Hoffbauer, que por lo demás
proscribe cualquier brutalidad hacia los enfermos, le parece
que, por motivos educativos, Willis acierta al autorizar a sus
guardianes a replicar al instante a todos los golpes de los

94
enfermos. Para combatir la vanidad de algunos enfermos,
Esquirol recomienda conceder cierta superioridad a otros, con
el fin de que los primeros sientan cierto desagrado con rela-
ción a su propia posición. Heinroth dio un buen bofetón a una
enferma, después de haberla avisado, que se pasaba el tiempo
injuriándole e insultando a otras personas; este bofetón la
devolvió completamente a los límites de la decencia, y a par-
tir de entonces ejerció sobre ella tal ascendiente que se some-
tió, casi ciegamente, a todas sus exigencias. Haslam opina que
el vigilante en jefe de una casa de alienados debe ser respeta-
do por los enfermos, tener un carácter firme, y, en momentos
determinados, saber mostrar su autoridad de manera perento-
ria. «Debe amenazar pocas veces, pero sí ejecutar su amenaza,
y cuando se nieguen a obedecerle, el castigo debe imponerse
al momento, lo cual implica una vigilancia estrecha. Cuando
el alienado es robusto y fuerte, el vigilante jefe debe solicitar
la ayuda de otros hombres, para asustar y conseguir sin difi-
cultad y sin peligro una rápida obediencia». Autenrieth llega
incluso a decir que cualquier curación completa implica un
«quebrantamiento de la voluntad», un consentimiento a la
voluntad de las personas superiores.
También Pinel observa que para tratar la manía, uno de los
medios más eficaces es el arte de «subyugar y domar, por
decirlo así, al alienado, situándole bajo la estrecha dependen-
cia de un hombre que, por sus cualidades físicas y morales, sea
el adecuado para ejercer sobre él un ascendiente irresistible, y
modificar la cadena viciada de sus ideas». Hay que inculcar a
los enfermos el sentimiento de la necesidad. «En seguida com-
prenden que, inevitablemente, deben someterse a lo que de
ellos se exige, que la voluntad de los médicos es para ellos una
ley fija e inmutable. Una vez que, por diversos medios, se les
ha inculcado sólidamente esta idea, piensan tan poco en opo-
nerse a esta voluntad como en luchar contra las leyes de la
naturaleza». El médico debe, pues, infundir respeto al enfer-
mo. Como ejemplo muy ilustrativo, cita el caso del doctor

95
Willis, un inglés que además era, en un principio, eclesiástico.
«Destacan en su rostro la tranquilidad y la afabilidad, pero
cambia de carácter cuando se enfrenta por primera vez a uno
de sus enfermos; el conjunto de sus rasgos forma de repente
otro rostro que impone respeto y atención a los mismos enfer-
mos; su mirada penetrante parece leer en su corazón y adivi-
nar sus pensamientos a medida que se forman, prepara así un
dominio que se convierte en uno de sus medios de curación y
que de ninguna manera se opone a los métodos más suaves».
Lo que es fundamental para la curación, dice Haindorf, es que
el médico psicólogo infunda respeto sólo con su presencia e
inspire obediencia al enfermo, sin asustarle. «Tiene que domi-
nar perfectamente el juego de su fisonomía, de tal manera que
sólo con la mirada, haga entender su disposición al enfermo.
La seriedad o el buen humor, la benevolencia o la dureza, la
amistad y el amor o el desprecio y el rechazo total, en función
de determinadas circunstancias, tienen que sucederse en su
rostro, y la expresión de su voluntad debe reflejarse claramen-
te en sus rasgos». Rush explica que la primera tarea del médi-
co, cuando entra en la celda del enfermo, es «atrapar su ojo (to
catch the eye) y turbarle con su mirada». Pargeter usa el
mismo procedimiento; Heinroth y Roller también recomien-
dan conjugar severidad y suavidad. El médico psíquico se pre-
senta como una ayuda y un salvador, dice Heinroth, como un
padre y como un benefactor, como un amigo interesado, como
un educador amistoso, pero también como un emisario de la
justicia que siente, juzga y castiga y, por decirlo así, como el
Dios visible de los enfermos; es comparable en su acción a un
monarca. «La ley, la disciplina de la casa, declara Roller, se
manifiesta como el fatum inexorable de los antiguos, al que
debían plegarse hasta el ‘deus omnipotens’; de ella proviene la
severidad, la suavidad procede del médico. El que se resiste
choca contra esa ley; el que acepta, es acogido por el médico.
La ley dicta el castigo, el médico da la recompensa. Aquélla
despierta el miedo y la obediencia en el alma del loco, éste

96
despierta el amor y la confianza». «La orden del médico»,
explica Vering, «debe ser expresada con seriedad, fuerza y
dignidad, con voz de mando, adoptando un tono imperativo,
de manera que, hasta por su aspecto, el médico expresa de
manera imponente una voluntad firme e inmutable, el ‘sic
volo, sic jubeo’8. Cuando la orden no es obedecida, puede aña-
dirse la amenaza. En ese caso, hay que amenazar con voz de
trueno, adoptando una mirada y un aspecto enfurecidos. Una
amenaza que traduce con fuerza el terrible: ‘Quos ego...’9 con-
sigue detener, al menos por un momento, los movimientos y
los gestos salvajes del loco más furioso, en la medida en que
no es totalmente inaccesible a las impresiones exteriores».
Siguiendo con este tipo de razonamiento se llega, natural-
mente, a intentar educar de manera metódica a los enfermos
por el castigo y la recompensa. Pinel los considera como uno
de los medios más fiables de curación. El conjunto del trata-
miento debe ser adaptado al comportamiento del enfermo.
«Para los locos orgullosos y joviales», dice Vering, «hace falta
una habitación sencilla, equipada de manera muy indigente,
con los muebles indispensables. Ofrezcamos al loco melancó-
lico, temeroso y respetuoso, una estancia amable, una habita-
ción clara, con una vista agradable, adornada con cuadros de
muchos colores que representen grupos cómicos o alegres pai-
sajes». «Hay que humillar al orgulloso y hacerle sentir con
fuerza su nulidad y su dependencia; hay que tratar al loco ale-
gre y enamorado con seriedad y severidad, de tal manera que
esté continuamente asustado. Hay que conceder al alienado
melancólico, temeroso y respetuoso, un trato suave e indul-
gente». «Si el loco es recalcitrante, si tiene mal carácter, si
tiene una tendencia particular a cometer actos desordenados,
peligrosos para él mismo o para los demás, hay que doblar la

8 «Esto es lo que quiero, esto es lo que ordeno».


9 «Aquéllos a quienes yo ...»: Virgilio, Eneida, I, 135.

97
vigilancia y castigar inmediatamente, de manera ejemplar,
cada una de sus faltas».
La «constitución» del Sonnenstein contempla que la deso-
bediencia y la mala voluntad de los pacientes sean enérgica-
mente castigadas. «El mismo castigo debe seguir, tras examen,
lo antes posible a la falta». Reil dice que, puesto que el loco
no tiene en sí mismo motivos que le permitan decidirse, hay
que forzarle desde el exterior para que acepte que se actúe
sobre él. Declara que es necesario disciplinar a los insensatos
como a los animales y a los niños, recompensar el bien con el
placer físico, y castigar con algo desagradable; al repartir de
manera adecuada ambos sentimientos, se lleva al enfermo
hacia la vía que le es útil y provechosa, se le somete y se le
obliga a obedecer sin condiciones. En su opinión, los enfer-
mos que se portan mal, que son embusteros, malintenciona-
dos, desobedientes, recalcitrantes, que reconocen como tales
esos malos modos y comprenden la finalidad de los senti-
mientos dolorosos que se les infligen, pueden mejorar con un
castigo adecuado. Pero éste no debe ser prescrito más que de
acuerdo con la opinión de los vigilantes jefes, debe ser ejecu-
tado en presencia de los otros enfermos por un verdugo espe-
cial, con vergajos o látigos, pero sin patetismo, y no debe ser
ni excesivo, ni cruel, ni perjudicial para su salud. No obstante,
piensa que el encierro, el hambre y los insultos podrían servir
de castigo. Por otra parte, hay que mostrar al enfermo ejem-
plos de grandes virtudes sacadas de la historia antigua y
reciente, hacer que preste atención a períodos de su propia
vida, cuando era razonable, ponerle en contacto con personas
que alaban sus buenas acciones y reprueban sus locuras. Cita
a Erhard, que dice haber visitado una casa de alienados en la
que se ponía en la picota a los enfermos sucios. «Es eficaz»,
dice, «les asustaba mucho esta humillación». En una antecá-
mara muy visitada del establecimiento de Bayreuth, Von
Hirsh hizo colocar un cartel que indicaba la causa del castigo,
y Leupoldt recomienda, en las ocasiones solemnes, «enunciar

98
de manera adecuada una crítica somera sobre cada enfermo,
en función de lo que ha hecho en el semestre transcurrido».
Esquirol cuenta que los enfermos se tranquilizan como por
arte de magia cuando les amenazan con mandarles con los
incurables. También la ducha le parece un buen remedio para
calmar el furor, anular las resoluciones peligrosas y forzar al
enfermo a la obediencia.
Naturalmente, esas teorías encontraban un apoyo sólido
en la doctrina de Heinroth y de sus discípulos, para quien el
trastorno mental procede de un falta moral, del abandono
libremente consentido al pecado. «Los individuos menos
libres», dice Heinroth, «son precisamente los que desean más
libertad, la cual les resulta nefasta. No existe para ellos ningún
tipo de ley, la razón no existe. Y sin embargo, sólo la ley puede
devolverles al orden; y como ello no es posible de otra mane-
ra, la ley debe parecerles una imposición, de manera mecáni-
ca: su voluntad no contenida debe plegarse a la obligación, su
instinto sin freno debe ser devuelto a sus límites cada vez que
quiera manifestarse. Pero sólo una limitación de los movi-
mientos corporales por medio de ataduras inofensivas permite
alcanzar este objetivo; mi experiencia me lo demuestra a dia-
rio, ésa es una ayuda preciosa, que puede incluso bastar para
devolver a los enfermos a sí mismos. Pues el enfermo no
puede sentir durante mucho tiempo esta resistencia constante
sin hacer caso; y esta atención es el primer paso que le lleva
hacia la reflexión razonable. Por este hecho, suelo limitar de
esta manera a todos aquéllos que quieren afirmar su voluntad
privada de libertad, aunque no sean ‘maniaci’, hasta que se
doblegan a la voluntad médica. No obstante, si el médico tiene
una voluntad lo suficientemente fuerte como para infundir res-
peto inmediatamente a los enfermos durante cierto tiempo, o
incluso para actuar de manera persistente sobre ellos, no nece-
sita medios de contención mecánicos; pero en caso contrario,
no es posible arreglárselas sin este medio auxiliar». Las refle-
xiones de este tipo llevaron, pues, a oprimir metódicamente a

99
los enfermos, no ya, como antes, por crueldad o por miedo,
sino con la intención calculada de devolverles al buen camino.
Richard explica que para que una falta arraigada pueda ser
corregida, la aplicación del castigo prescrito por la ley y la
falta deben convertirse, por decirlo así, en «ideæ sociæ».
Hayner considera que un rigor exagerado en el uso de los
medios de contención evita muchas sensaciones dolorosas y
desagradables a los pobres enfermos, y que cuanto más estricta
y escrupulosamente se insista sobre el hecho de que todo recién
llegado debe plegarse al reglamento, menos necesario será
recurrir después a los medios de corrección y de amansamiento.
No obstante, se percibía a menudo la incompatibilidad
entre la postura médica y la violencia punitiva. «El médico de
un establecimiento de alienados no debe nunca intentar inspi-
rar miedo por sí mismo», dice Jacobi, «pero tiene que tener
bajo sus órdenes a un individuo que acepte esta tarea desagra-
dable, que sólo actúe de acuerdo con los preceptos del médico
y que pueda oponerse, en caso de necesidad, a la vehemencia,
al arrebato y violencia de los furiosos». Neumann es aún más
preciso cuando dice que el médico debe hacer como si fuera
completamente inocente de los medios de coacción, «pues si
el enfermo le considera autor de la represión, pierde su con-
fianza y, con ella, toda posibilidad de ayudarle. En las casas de
alienados, tiene que haber al menos un guardián o un subordi-
nado al que teman los enfermos, y que esté autorizado para
utilizar todos los medios necesarios de coacción». Debe tener,
explica Guislain, una fuerza física considerable, ser imponen-
te, tener una voz potente que suene bien y un carácter decidi-
do. Es difícil comprender que se pretendiera conservar, en
semejante juego del escondite, la confianza en el médico.
Haindorf procede de manera más honrada, cuando dice que
todos los castigos deben ser aplicados en público, en presen-
cia del médico y de otros enfermos, «con el fin de no desper-
tar ninguna sospecha de injusticia y crueldad en el espíritu de
los demás enfermos».

100
Para someter rápidamente y sin condiciones al enfermo a
la voluntad del médico, se procedía ante todo a su aislamien-
to, es decir, se le situaba en un medio radicalmente extraño.
«Con muy pocas excepciones», afirma Georget, «puede decir-
se que en su casa no recuperan la salud», e incluso Autenrieth
piensa que es posible que un insensato no pueda nunca ser de-
vuelto al seno de su familia. Rush recomienda dar al enfermo
ropa diferente, hacerle dormir en una habitación desconocida
y que le vigilen personas extrañas; tampoco tiene que tener na-
da en los bolsillos que pueda recordarle su situación anterior.
También se creía que todo lo que atañía a las representa-
ciones anteriores del enfermo excitaba de nuevo sus ideas mor-
bosas y contribuía a anclar en él su delirio. Haindorf considera
incluso que cuando se recuerda al enfermo que ha estado loco,
éste puede sumirse otra vez en la locura, por vergüenza, y que
nadie conseguirá ya sacarle de allí. Por eso hay que despertar
en él otras sensaciones, interrumpir las cadenas anteriores de
sus pensamientos. Todo ello explicaría, para Esquirol, que las
curaciones sean más frecuentes en los casos de extranjeros que
vienen a París que en los parisinos. Willis, que tuvo que tratar
a la reina de Portugal y a Jorge III de Inglaterra, empezó por
cambiar las habitaciones, los muebles y el personal de servicio;
en el primer caso, sus esfuerzos fueron vanos, porque, según
parece, no pudo cambiarse a la vez al confesor. Igualmente,
observa que en su establecimiento, en circunstancias idénticas,
los extranjeros recobran la salud más fácilmente que los ingle-
ses, porque su aislamiento es más completo. Por eso se reco-
mendaban a menudo los viajes; tenían como finalidad, explica
Chiarugi, presentar a la imaginación, incluso en contra de su
voluntad, objetos siempre nuevos, y reprimir así las ideas mór-
bidas. También se solían suprimir, dentro de lo posible, las visi-
tas de los parientes y amigos; todavía en 1831, Roller sostiene
que, la mayoría de las veces, las visitas tienen un efecto nefas-
to mientras dura la enfermedad: «suele conllevar un paroxismo
o una agravación de la enfermedad». Es casi seguro que esta

101
interrupción, bienintencionada, de las relaciones entre los
enfermos y su familia, que hizo pasar durante mucho tiempo a
los pacientes por «enterrados vivos», abandonados, sin ayuda,
a la arbitrariedad de los médicos, contribuyó mucho a alimen-
tar la antigua desconfianza que el profano sentía con respecto a
los establecimientos de alienados, que hoy ha perdido ya toda
razón de ser. Cuanto más tupido era el velo de secretos que
ocultaba la vida de los establecimientos a los ojos de todo el
mundo, mayor era el crédito que se daba a las ideas de perse-
cución de los enfermos.
Hay que reconocer que los antiguos alienistas se han
esforzado honrada e ingeniosamente por poner en práctica los
principios terapéuticos que creían adecuados. La siguiente
nota de Neumann permite adivinar cómo se procedía con un
enfermo que empezaba a excitarse: «Sientan al enfermo en la
silla de fuerza, le sangran, le aplican 10 ó 12 sanguijuelas en
la cabeza, le cubren con sábanas húmedas y heladas, luego le
echan unos 50 calderos de agua helada en la cabeza, le hacen
tragar una sopa ligera, beber agua y tomar sal de Glauber»10.
La prescripción de Heinroth, destinada a tratar el frenesí gene-
ral, nos da la misma impresión: sangrías, en caso necesario
hasta el desvanecimiento, repetición de las sangrías, corona de
sanguijuelas en torno a la cabeza, aspersiones frías, ducha en
la parte alta de la cabeza previamente afeitada, escarificacio-
nes con introducción de polvo de cantáridas o fricción con tar-
trato de antimonio, ingestión de vino emético para hacer una
cura de asco o empleo de belladona, de agua de lauroceraso,
de graciola11, de eléboro según las circunstancias, y, cuando la
agitación es absolutamente incontrolable, la máquina rotatoria
(de la que hablaremos más adelante).
En un informe sobre el establecimiento de Marsberg de
1819, se encuentra una enumeración de los medios de control

10 Es la mirabilita: sulfato sódico que se halla en los depósitos salinos continentales.


11 Herbácea de pésimo olor, usada como emético también.

102
utilizados; para prevenir los abusos, su utilización está gra-
duada de la manera siguiente. Se empieza por reducir a la
mitad la cantidad de alimento, o hasta que el enfermo empie-
ce a pasar hambre; esta medida podrá ser reforzada encerrán-
dole en un cuarto oscuro, teniendo que adoptar el guardián un
comportamiento intencionadamente indiferente con respecto
al enfermo. El grado siguiente lo constituye el empleo de la
blusa inglesa o la camisa de fuerza, trabándole manos y pies
con cuerdecillas de algodón o inmovilizándole en la cama con
cinturones, y la correa para locos furiosos, que permite atar los
brazos al cuerpo; en caso de necesidad, también los pies han
de ir atados juntos con cinturones. Se consigue el mismo
resultado cosiendo las mangas a la blusa que se abrocha por
detrás, y cosiendo, por su lado interno los pantalones juntos
hasta los pies. Todos estos medios deben «ser utilizados úni-
camente en los estados psicológicos fijados por los filósofos y
los médicos que han escrito por experiencia sobre los enfer-
mos psíquicos». Lo mismo ocurre con los castigos corporales
utilizando finos látigos de cuero o, mejor, varas; no deben ser
aplicados más que cuando el loco tiene todavía conciencia de
la transgresión y el castigo, y cuando ningún otro medio más
suave puede hacer que los enfermos obedezcan a los guardia-
nes. Este informe nos enseña también que existen todo tipo de
medidas cuyo empleo está proscrito: una artesa en la que se
encerraba a los enfermos; tablillas de hierro; esposas; encade-
nar al suelo, a maderos, a bolas de hierro; bastonazos; sumer-
gir en el agua; castigar con hierro candente. En cambio, en
algunos casos, se les colgaba por cuerdas, se usaba la másca-
ra de Autenrieth, se empleaba el saco y el columpio de Cox.
Llegamos así a un conjunto de inventos que, según se
creía, habían de servir para fines terapéuticos particularmente
refinados, que imprimieron, durante décadas, un sello un tanto
extraño a la práctica de los alienistas. Las tareas que se inten-
taban resolver consistían en reprimir las manifestaciones pato-
lógicas; después, en conseguir orientar correctamente la aten-

103
ción del enfermo, despertar representaciones sanas, suscitar
sentimientos y educar la voluntad. Para alcanzar el primer
objetivo, se utilizaban, además de las influencias psíquicas
adecuadas, los verdaderos medios de fuerza que antes se utili-
zaban únicamente por seguridad. Su número fue aumentado
debido a toda una serie de nuevos dispositivos. Encontramos
el uso de fajas, especialmente recomendado por Heinroth para
las mujeres, el cesto de mimbre (figura 14), así como el fére-
tro, el armario inglés o la jaula de reloj de pared, donde los
enfermos rebeldes y furiosos eran encerrados de tal manera
que sólo les asomaba la cara. Según Nostiz, no debe ser em-
pleado más que en los pocos casos en que el comportamiento
agitado del loco es más consecuencia de su mala voluntad, de
un desafío reiterado, que del verdadero estado patológico. A
su descripción, Schneider añade de manera significativa: «A
la vez, hay que tener cuidado de que los locos no puedan abrir-
lo, pues en ese caso, su furia no tendría límites».
Con la misma finalidad, se utiliza un saco alto y ancho in-
ventado por Horn, cuya parte superior va protegida por un
hule; se desdobla sobre el enfermo a partir de la cabeza y se
anuda abajo. «Infunde respeto al enfermo», declara Horn, «le
asusta haciéndole sentirse coaccionado, a algunos les hace su-
poner la inutilidad de sus intentos de destrucción y a otros les
convence de ello». Además, subraya que muchos insensatos

14. Cesta.

104
agitados y turbulentos, a los que otros medios, por lo demás vi-
gorosos, no habían conseguido reducir a la docilidad, discipli-
na y tranquilidad, se volvían gracias al saco mucho más tran-
quilos, más dóciles y más receptivos a otros medios de cura
psíquica indirecta. A muchos enfermos que se negaban a co-
mer, les afectaba tanto la amenaza del saco «que preferían se-
guir viviendo y aceptaban tomar el alimento que habían recha-
zado tercamente». Por desgracia, un enfermo murió al utilizar
el saco, por lo que Horn fue obligado a abandonar su puesto.
Para este mismo médico, el medio sedativo más inocuo, el más
cómodo y el más seguro es obligarle a estar de pie, como en
la figura 15; se consigue fijándole a unas anillas, entre 8 y 12
horas seguidas, y recuerda una crucifixión; suaviza las crisis de

15. Posición erguida obligada.

105
furor más violentas, favorece el cansancio y el sueño, vuelve al
enfermo dócil e inofensivo, y despierta en él un sentimiento de
respeto hacia el médico. Después de varias sesiones, los locos
lo temen de tal manera que basta con amenazarles con eso pa-
ra que vuelvan al orden y a la obediencia. Constituye, pues, un
castigo especialmente adaptado a los enfermos que molestan a
los demás con su agitación y que no respetan el reglamento,
por su terquedad y su comportamiento obstinado, remiso y pe-
rezoso. Neumann lo recomienda por ser «el castigo más ade-
cuado para las peores faltas de los locos».
La máscara y la pera de Autenrieth, representadas en la
figura 16, constituyen otros medios para someter. La primera,
hecha de cuero, obstruye la boca; a la vez, naturalmente, hay
que atar los brazos del enfermo. Su finalidad consiste en «inte-
rrumpir los gritos irracionales o los llantos y los gemidos
intencionados, sin objeto, así como evitar los reproches de los
vecinos a los que esos ruidos molestan. Cuando se emplea este

16. Máscara y pera de Autenrieth.

106
extraño método, el loco siente cierto despecho porque su ter-
quedad ha sido, finalmente, vencida, despecho que explica
que, muchas veces, los locos preferirían soportar todos los tor-
mentos antes que tener que llevar esa máscara. Pues, en
muchos aspectos, aunque se lo prohiban rigurosamente, los
locos se comportan y actúan igual que niños malcriados y
maliciosos, que demuestran su terquedad y su mala educación
gritando, haciendo ruido y enfureciéndose». «Así pues, si se lo
impiden con el aparato en cuestión, pierden las únicas armas
que les permitían vengarse, y, poco a poco, van sintiendo su
total impotencia». La pera, hecha al torno con madera dura, es
menos eficaz; aplicada a la boca, como una mordaza, es cier-
to que impide al enfermo hablar, pero no gritar. Las máscaras

17. Enfermo con máscara de hierro.

107
de hierro, representadas en la figura 17, servían para proteger
de las mordeduras y de los escupitajos.
Las máquinas rotatorias, empleadas primero por Cox,
sobre una idea de Erasmus Darwin, constituyen un segundo
grupo de medios terapéuticos. El enfermo estaba o sentado en
una silla que giraba sobre su propio eje (figuras 18 y 19), o
atado a una cama, con la cabeza hacia afuera, y daba vueltas
en círculo (figura 20); las rotaciones podían llegar a 40 ó 60
por minuto. Los efectos de estas máquinas, sobre todo los de
la cama rotatoria, eran extraordinarios. Como, por la fuerza
centrífuga, enviaba la sangre hacia el cerebro, podía verse
cómo aparecían molestias violentas, disestesias, miedo de
ahogarse, náuseas, vértigos, vómitos, micción y defecación, y,
finalmente, hemorragia de la membrana conjuntiva.

18. Silla rotatoria.

108
Normalmente, las personas sanas pedían que detuvieran la
máquina antes de que pasaran dos minutos, pero muchos
enfermos soportaban hasta cuatro minutos de rotaciones. Se
empleaba este medio con los furiosos, los melancólicos, los
locos recalcitrantes y rebeldes, para acostumbrarles a aceptar
el reglamento, a llevar una vida bien ordenada y, sobre todo, a
obedecer; también se utilizaba con los que tenían tendencias
suicidias, con los que se negaban a comer, con los enfer-
mos mentales con mutismo, pasivos, perezosos, en la epilep-
sia y en el «frenesí general». «Si fracasa este tratamiento»,
dice Heinroth, «todo fracasa».

19. Máquina rotatoria.

109
La silla rotatoria y el columpio de Hallaran, ideados de
acuerdo con los mismos principios, producían trastornos pare-
cidos, aunque menos intensos. Schneider asegura que la pri-
mera puede girar tan deprisa que «un hombre sano y razona-
ble vacía el estómago en cinco minutos»; por esto, sería muy
útil como emético barato; Knight la recomienda en caso de
estreñimiento pertinaz y en las afecciones dispépticas con pro-
ducciones ácidas. «La asociación acertada» del vértigo y el
vómito «permiten, pues, producir violentas conmociones del
organismo, cuyo efecto es a menudo muy saludable». Horn
cuenta que amansa a los enfermos furiosos, y vuelve dóciles y
ordenados a los enfermos coléricos y agitados; despierta y
hace más asiduos a aquellos que rehuyen el trabajo o son pere-
zosos. El miedo puede aumentar esos efectos; para ello, se uti-
liza la silla rotatoria en una habitación cerrada y oscura, a la
vez que se producen ruidos inhabituales, esparciendo olores
aromáticos especiales o produciendo otros estímulos excitan-
tes. Cox piensa también que puede sustituir a los viajes por
mar. En todo caso, él y otros médicos han encontrado en la
silla rotatoria un excelente medio auxiliar, incluso en los casos
más desesperados. «Cuanto mayor sea la receptividad del
enfermo, cuanto menos acostumbrado esté a medios de este
tipo, más respeto le infundirá el aparato, más desagradable y
fastidioso le resultará su empleo, y más provechosos serán los
efectos de este medio auxiliar», declara Horn. Citemos, entre
las instalaciones más anodinas, la cuna de fuerza, en la que se
mecía durante horas al enfermo maniatado, recomendada ya
por Celso para combatir el insomnio, o las hamacas, que per-
mitían columpiar a los enfermos vertical u horizontalmente; a
la vez, se les podía tirar de repente al agua, o rociarles regu-
larmente con un chorro de agua. La eficacia de estos medios
se deberá a las sensaciones de vértigo, pero también a la ten-
sión que provoca la espera de un hecho desagradable. El tra-
ductor anónimo de Chiarugi recuerda el caso de un enfermo
«dominado por una rabia extremadamente violenta» que se

110
20. Cama rotatoria.

calmó al cabo de unas horas, cuando, después de haberle atado


con una cuerda de secar ropa, le colgaron al aire y le dejaron
balanceándose así.
La rueda hueca (figura 21), inventada por Hayner según
una proposición de Reil, se basaba en otro principio. Hayner
pretendía sacar constantemente al enfermo de su dispersión y
devolverle a sí mismo, sacarle del mundo del sueño y devol-
verle al mundo real; quería atajar la corriente de sus ideas, la
mayoría de las veces imperfectas y descosidas, dirigir conti-
nuamente su atención sobre algo preciso, despertar y asentar
su conciencia de sí mismo. Para conseguirlo, ideó una gran
rueda montada como un torno de mano, acolchada por dentro,
en la que se encerraba al enfermo. Cuando no se portaba bien,
el paciente encerrado en la rueda se veía obligado a correr

111
21. Rueda hueca.

hacia adelante o hacia atrás, y dependía enteramente de él que


le dejaran en paz o no. Si le entraban ganas de estropear la
rueda, era fácil detenerle imprimiendo desde fuera un impulso
a la rueda, que enseguida ponía al enfermo en movimiento.
Así, sacándole de vez en cuando para que tenga al posibilidad
de satisfacer sus necesidades, el enfermo puede pasar entre 36
y 48 horas en la rueda, y para entonces o bien «se ha amansa-
do y se ha decidido a obedecer gracias a la operación fijadora
de la rueda», o bien está tan cansado por el movimiento bene-
ficioso de la marcha que se duerme tranquilamente, lo cual le
calma interiormente y abrevia el paroxismo. Este instrumento,
observa Nostiz, ha ejercido un efecto muy saludable sobre un
enfermo del Sonnenstein, cuyo furor era invencible, y fue el
primer atisbo que le permitió recuperar la conciencia de sí
mismo; sin embargo, su utilización fue abandonada por el pro-
pio Hayner.
Por lo demás, no todos los médicos de esa época aproba-
ban las aberraciones que acabamos de describir. Damerow

112
escribe en 1829: «No obstante, estos medios mecánicos no
están desprovistos de interés histórico, pues sin duda había
que pasar por una fase en la que se intentaba actuar sobre la
locura por mediación de procedimientos mecánicos. Los mis-
mos adeptos parecen ya más indiferentes a su uso.
Seguramente serán sustituidos más tarde por medios más ade-
cuados, nos gustaría decir más ingeniosos, y tal vez dentro de
unos siglos serán mostrados como curiosidades en museos,
para sorprender a los contemporáneos», predicción que se
cumplió muy poco después.
Pero a menudo encontramos también, entre nuestros auto-
res, declaraciones que anticipan considerablemente los pro-
gresos de la medicina mental. Ya Chiarugi, que considera que
los latigazos en la espalda son útiles «con muchos furiosos
indomables», los declara inútiles, cuando éstos han conserva-
do cierto grado de razón; le parecen perjudiciales, crueles e
inhumanos con aquéllos a los que la confusión intelectual ha
dejado insensibles al miedo, peligrosos en el caso de los enfer-
mos que son menos furiosos y, en ciertas condiciones, morta-
les; añade que desde que los golpes están prohibidos en el hos-
pital de Florencia, ha aumentado el número de furiosos que se
curan. El procedimiento que consistía en oponerse con ame-
nazas e incluso con golpes a las ideas de los locos sólo conse-
guía excitarles y aumentar su terquedad; no es tan difícil lle-
varles con bondad, al largo y tortuoso camino del reconoci-
miento de la verdad, e instilarles, por decirlo así, la razón gota
a gota. En general, hay que ceder a sus inclinaciones, consin-
tiéndoles todo lo que pueda calmarles, pero sobre todo, no hay
que burlarse de ellos.
«El hombre sabio e instruido», dice Pinel, «no aprecia en
esas explosiones de la manía, más que un impulso automático,
o más bien el efecto necesario de una excitación nerviosa que
no merece mayor indignación que la que despierta el choque
de una piedra arrastrada por su fuerza de gravedad específica.
Concede a esos alienados toda la libertad de movimientos que

113
pueden ser compatibles con su seguridad y la de los demás, les
oculta hábilmente los medios de coacción que emplea, como
si no tuvieran que obedecer más que a las leyes de la necesi-
dad». «Una ley inviolable de todo hospicio bien llevado, debe
ser la de conceder al alienado una libertad tan amplia como
pueda permitir la prudencia; aplicar un grado de represión
razonable a sus extravíos más o menos fogosos; proscribir con
severidad cualquier mal trato por parte de los empleados de
servicio, cualquier acto de violencia; emplear oportunamente,
en el ejercicio de sus funciones, la suavidad y la firmeza, for-
mas conciliadoras, o el tono imponente de la autoridad y de
una voluntad inflexible».
Knight recomienda no prestar atención alguna a las ideas
morbosas, e intentar distraer al enfermo con objetos indiferen-
tes; añade que «quien se dedica al tratamiento psíquico de los
locos debe usar siempre con ellos tacto y benevolencia, y
soportar de vez en cuando no sólo con paciencia, sino también
con buen humor, la arrogancia e incluso las más groseras ofen-
sas, en lugar de imponer la menor coacción al enfermo que no
es consciente de la naturaleza de su ofensa». Hayner se suble-
va contra el castigo a los enfermos: «Los excesos de los enfer-
mos son casi siempre consecuencia de las ilusiones sensoria-
les patológicas o de un delirio patológico erróneo. Sí que es
indicado a menudo impedir las operaciones psíquicas anorma-
les produciendo impresiones sensoriales desagradables; pero
no por ello hay que emplear los castigos usados normalmente
para reprender, pues, en justicia, los castigos no se aplican más
que a los actos de los hombres capaces de desear libremente,
de acuerdo con motivos razonables. Sin embargo, el enfermo
mental es incapaz de ello; en consecuencia, los castigos son
para él una injusticia». De manera menos coherente, Roller
declara, en 1831, que a veces el loco tiene que considerar las
medidas que se adoptan con respecto a él como verdaderos
castigos, por poco que, en realidad, lo sean. Considera, pues,
necesario organizar una especie de procedimiento judicial, y

114
después intervenir rápidamente y de manera inflexible; pero
los castigos empleados no deben parecerse a los que se utili-
zan en la vida normal, pues las asociaciones de ideas que des-
piertan pueden ser perjudiciales. Los consejos de Amelung
son muy curiosos; recomienda no tratar a los locos en general
como a niños irresponsables, sino más bien comportarse con
ellos, cuando se les habla y cuando es necesario tratarles,
como si conservaran toda su razón, y evitar en su tratamiento
cualquier medida inusual, infantil y ridícula, pues éstas son
ineficaces o despiertan la mala voluntad y la desconfianza. «El
comportamiento más adecuado del médico, adoptado con
todos los locos, consiste indiscutiblemente en tener siempre
un trato amistoso y confiado, en conversar con ellos de mane-
ra agradable, a veces, en función del carácter del enfermo, bro-
meando, y ocurra lo que ocurra, en observar la mayor calma
posible incluso cuando tienen una crisis muy agitada, a menu-
do inoportuna, pero, cuando aún puede suponerse en ellos
cierto grado de capacidad de entendimiento, en presencia de
desórdenes, de bravatas o de mala intención, no hay que des-
cuidar la seriedad necesaria e incluso, a veces, la severidad».
Encontramos declaraciones parecidas en Hayner y
Leupoldt. El primero quiere que se conceda a los enfermos
tanta libertad como «permita el orden introducido en el esta-
blecimiento sin que su propia vida o la vida de sus compañe-
ros de sufrimiento corra peligro»; hay que tratarles pues
«hasta donde sea posible, como a personas razonables, con la
mayor consideración y miramientos». El segundo, por su
parte, dice brevemente: «Hemos de suponer, pues, en los locos
en general, más personalidad y razón que lo habitual, y esta-
remos más acertados en nuestros intentos de curación».
Reil intentó organizar metódicamente el tratamiento psí-
quico de los enfermos mentales; pero como le faltaba expe-
riencia, se limitó a proposiciones que, la mayoría de la veces,
no son más que juegos ingeniosos. Manifiestamente influido
por las teorías de Pinel, considera que ante todo hay que obli-

115
gar al enfermo a obedecer, para hacerle sensible a las influen-
cias médicas. «Causando impresiones intensas y dolorosas,
conseguimos a la fuerza la atención del enfermo, le acostum-
bramos a obedecer sin condiciones, e imprimimos de manera
indeleble en su corazón el sentimiento de la necesidad. La
voluntad de sus superiores debe ser para él una ley tan fija e
inmutable que no pensará en oponerse a ella, como tampoco
piensa en luchar contra los elementos». Para ello, el médico
debe adaptarse perfectamente a las necesidades del caso parti-
cular, pero al principio, siempre será necesaria cierta severi-
dad. En primer lugar, para someter al enfermo, hay que reti-
rarle cualquier tipo de apoyo con el fin de que se sienta com-
pletamente desamparado. Por lo tanto, hay que alejarle de su
casa y de su entorno habitual, y llevarle, en medio de escenas
solemnes y horripilantes, a ser posible de noche y por caminos
apartados, a una casa de alienados que no conozca. «Al acer-
carse, oye el toque del tambor, el trueno del cañón, pasa por
una serie de puentes; le reciben unos moros». «Los oficiantes
tendrían que hablar una lengua desconocida y sonora». «Una
llegada rodeada de signos tan ominosos puede aniquilar al ins-
tante cualquier veleidad de rebeldía». Unas órdenes breves,
que se hacen respetar a la fuerza, acabarán con cualquier resis-
tencia.
Una vez alcanzada esta finalidad, se termina la coacción,
y se pasa al procedimiento contrario, se actúa de manera abier-
ta y amistosa, y se recompensa el comportamiento del enfer-
mo dándole cosas agradables. Se intenta ahora acostumbrarle
al orden y a la regularidad, despertar su atención, y, finalmen-
te se le obliga a realizar una actividad propia. Para alcanzar la
primera meta, se emplean impresiones que agradan o desagra-
dan al enfermo, se le somete además a todo tipo de estímulos
violentos, se le presentan objetos interesantes y chocantes, se
le hace vivir aventuras extrañas. «Se lleva por ejemplo al
enfermo a un subterráneo oscuro y silencioso, lleno de los
objetos más extraños, fijos y móviles, muertos y vivos. Si se

116
necesitan impresiones que asusten, serán por ejemplo pasadi-
zos ventosos, lluvias repentinas, columnas de hielo, hombres
con pieles, estatuas de mármol, manos de muertos que rozan
levemente la barba». Se podrían utilizar incluso buscapiés,
disparos, cañonazos, el sonido desgarrador de un instrumento
de viento, el rugir continuo de un tubo de órgano de 32 pies,
algunos toques de pandereta, una cacofonía salvaje de sonidos
de tambor, campanas, caramillos, voces humanas, alaridos de
animales, una cencerrada, representaciones musicales. Las
representaciones teatrales, con presencia de verdugos y de
muertos que salen de sus tumbas en la escena, tienen como
finalidad actuar sobre la vista; aquí, «se podría investir caba-
lleros a los Don Quijote, serían descargadas de su peso las
mujeres que se creyeran embarazadas, los locos serían trepa-
nados, los pecadores arrepentidos serían absueltos solemne-
mente de sus crímenes».
Se cree que estas impresiones sensoriales intensas, estos
golpes que sacuden la imaginación, han de despertar al enfer-
mo de su vértigo. «Le alzan por medio de un aparejo situado
en una bóveda alta, de tal manera que, como Absalón, flota
entre cielo y tierra, se disparan cañones a su lado, se avanza
hacia él con disfraces espantosos, llevando hierros candentes,
se le arroja por torrentes impetuosos, se finge entregarle a los
animales salvajes, a las bromas de espantapájaros y demonios,
o se le deja flotando en el aire sobre un dragón que escupe
fuego. Se le enseñará unas veces una fosa subterránea que
contenga todos los horrores que el dios de los infiernos haya
podido ver, otras veces un templo encantado en el que, al son
de una música solemne, una criatura encantadora haga surgir
mágicamente de la nada, una tras otra, apariciones espectacu-
lares».
Para obligar al enfermo a tener una actividad personal,
hay que exponerle a simulacros de peligros que le obliguen a
inventar por sí mismo maneras de salvarse y emplearlas de
manera adecuada. Se le lleva a un terreno con vallas y labe-

117
rintos, donde le persiguen entre canalones y duchas. En un
sitio tranquilo y ameno, le recibe una bestia suelta; en otro
lugar, se hunde el suelo; se cae a una fosa, de la que le cuesta
mucho salir. En otra fosa, tiene que bombear el agua que le
llega hasta el cuello si no se da prisa, tiene que andar por sen-
deros estrechos, nadar, ir en barca, montar caballos nerviosos
y que cocean.
Más tarde, tendrá que trabajar, primero en un trabajo físi-
co y mecánico, después en trabajos más difíciles. Reil reco-
mienda ocuparle con juegos de construcción, la composición
de paisajes, la danza, el columpio, el ejercicio, el malabaris-
mo, tirar anillas, saltar a la cuerda, así como la pintura, el dibu-
jo, el canto, la música y el espectáculo; el enfermo tiene que
copiar, aprender de memoria, contar, hacer correcciones, lle-
var un diario. También propone pedir a los enfermos que pre-
paren fortificaciones, y que los más inteligentes hagan el plano
y se encarguen de la vigilancia. Lo que se considera esencial
es el respeto escrupuloso a las órdenes dadas. Se pide al enfer-
mo que resuelva las tareas intelectuales más variadas, se regu-
la su vida instintiva y se educa su espíritu con todo tipo de
pruebas. «Gracias a una sucesión de excitaciones psíquicas,
hacemos caminar así a los enfermos desde los grados más
bajos de la sinrazón hasta el uso perfecto de la razón».
Todos los alienistas con experiencia reconocieron ense-
guida el valor extraordinario de la ocupación en el tratamien-
to de los enfermos mentales, sobre todo la de los trabajos agrí-
colas y de jardinería. Los autores repiten incansablemente la
historia del granjero escocés citado por Gregory en sus confe-
rencias, que conseguía buenos resultados atando a los enfer-
mos a un rastro o a un carro como si fueran animales de tiro.
También citan a menudo el establecimiento de Zaragoza que
lleva la inscripción «urbis et orbis»; Pinel dice que ahí tratan
a los enfermos de manera ejemplar y muy eficaz llevándoles a
hacer todo tipo de trabajos del campo. «La experiencia más
constante enseñó en este hospicio», añade, «que ése es el

118
medio más seguro y más eficaz para recuperar la razón; y que
los nobles, que rechazan altivamente y con orgullo cualquier
idea de trabajo manual, tienen también la triste ventaja de per-
petuar sus extravíos insensatos y su delirio».
Rush cita una serie de casos en que los enfermos se cura-
ron tras haber reanudado sus ocupaciones favoritas, y aconse-
ja pedir al enfermo que lea en voz alta, que aprenda cosas de
memoria o copie libros interesantes. Esquirol, Heinroth,
Langermann, Willis, Jacobi y otros muchos, ponderan también
las virtudes terapéuticas del trabajo, de la ocupación en sí y de
la satisfacción interior que proporciona. Curiosamente, Horn
no atribuye ningún valor a esta última. Sólo quiere que el tra-
bajo esté realizado con orden y meticulosidad, bajo una vigi-
lancia estricta, e incluso piensa que los trabajos deben ser
impuestos; serían en general más útiles y más provechosos
cuando el enfermo los realiza con desgana. «Los placeres y las
alegrías son aquí de menos ayuda que las obligaciones y las
penas». Esta idea, debida sin duda a las malas condiciones que
reinaban en la Caridad y de las que hace una amarga descrip-
ción, le incitó a prescribir a los enfermos trabajos absoluta-
mente sin sentido: cavar y volver a llenar una fosa, rodar en los
dos sentidos en un coche ligero, hacer ejercicios con fusiles de
madera bajo el mando de suboficiales, como muestran las
figuras 22 y 23; estos ejercicios también fueron introducidos
en el Sonnenstein.
Al contrario, Leupoldt destaca que el trabajo no debe ser
realizado de manera demasiado mecánica, sino que por el con-
trario, conversando de vez en cuando con el enfermo, hay que
llamar constantemente su atención sobre la naturaleza y la
constitución del objeto de que se ocupa, y sobre las razones
por las cuales es preciso usarlo de un modo u otro. «Sólo eso
permite dar un sentido más razonable a la ocupación, y sólo
entonces ésta interesa al ser humano por entero; queda así disi-
pado el embotamiento, se elimina la dispersión, se quebranta
la idea fija, el delirio soñador, la especulación vacía y loca

119
22. Paseo en coche.

23. Ejercicio.

120
quedan vinculados a objetos sensibles, y acostumbrados a la
realidad». Jacobi y Neumann defienden la misma idea, pues
los trabajos inútiles indignan a los enfermos, que se sienten
objeto de nuestros caprichos y nuestra arbitrariedad. «Acaban
por odiarnos y les desagrada hacer su trabajo», añade este últi-
mo, «sí, acaban por despreciarnos, pues reforzamos su opinión
de que sólo ellos son razonables, y que nosotros en cambio
somos insensatos, une opinión muy frecuente entre los locos».
A menudo se recomiendan los viajes como excelente
medio de distracción, sobre todo al principio de la afección y
en el período de curación. Se creía que podían distraer al
enfermo, reprimir sus representaciones mórbidas, estimular su
voluntad obligándole a arreglárselas en circunstancias incó-
modas. Contrariamente a lo que pensamos hoy, Heinroth con-
sidera que «un viaje largo, fuente de todo tipo de excitaciones,
de inconvenientes, de actividades» está indicado en caso de
melancolía. «Para estos enfermos, el viaje es una medicina
universal», dice. «También es el mejor medio de devolver al
enfermo el apetito y el sueño perdidos, de disipar su cobardía
y sus temores, sus rumias sombrías, devolverle a la sociedad y
las tareas que ha rehuido».
Haindorf y Schneider hablan muy bien de la ocupación
por medio de la música y el canto. También suele destacarse
la utilidad de la instrucción y de las prácticas religiosas: por
ejemplo, Jacobi, Roller, Zeller, y sobre todo Heinroth.
«Aprendamos a conocer mejor la religión, y veremos cómo
sólo ella puede proteger de todo tipo de trastornos del alma».
La medicina mental practicada hace cien años, de la que
acabamos de ofrecer un cuadro general, puede ser caracteriza-
da brevemente por los rasgos siguientes: negligencia y trato
brutal de los locos, falta de alojamientos adecuados y de asis-
tencia médica, representaciones oscuras y aberrantes sobre las
causas y la esencia de la locura, tortura de los enfermos por
medio de medidas terapéuticas insensatas, a veces extravagan-
tes y perjudiciales. No obstante, sería injusto ignorar los inten-

121
tos de progreso que a menudo se realizaban a la vez. Ya en la
época, e incluso desde mucho antes, algunos establecimientos
ofrecían a los enfermos mentales una asistencia cuidadosa y
adaptada a cada caso. También existía un gran número de
médicos a los cuales una amplia experiencia o una habilidad
natural habían permitido una comprensión más acertada de los
trastornos psíquicos, y que, movidos por un vivo interés,
intentaban cuidar a sus enfermos de manera correcta, sin pre-
juicios. Pero estas excepciones no podían influir de manera
decisiva sobre el estado general de los conocimientos científi-
cos, ni alterar la suerte de la gran masa de los enfermos; sólo
eran semillas de las que había de nacer, cuando las circuns-
tancias fueron más favorables, la terapéutica mental del siglo
siguiente.
La construcción de los establecimientos de alienados, al
permitir la formación de un cuerpo de alienistas profesiona-
les, aportó progresos decisivos. Es cierto que había en el siglo
XVIII algunos hospitales reservados a los locos, pero hubo
que esperar a las primeras décadas de la época actual para que
se construyeran a gran escala establecimientos psiquiátricos
independientes. Una revista de Lahr indica que en Alemania,
antes de 1800, existían establecimientos semejantes en
Rockwinkel, cerca de Bremen, en Francfort, en Neuss, en
Blankenburg, en Waldheim, en Lubeck y en Bayreuth. En
Francia, el establecimiento más antiguo se encontraba en
Avignon (1681); en Inglaterra, en Springfield (1741); en Italia,
en Florencia (1645); en Polonia, en Varsovia (1728); en
Austria, en Salzburgo (1772); en Dinamarca, en Copenhague
(1766); en Suecia, en Upsala (1766). Pero, debido a la rápida
acumulación de los enfermos incurables, estos establecimien-
tos eran sobre todo depósitos de ruinas mentales, con los que
sólo podían conseguir escasos éxitos terapéuticos. Por eso,
Autenrieth dice en 1807 que las casas de alienados habituales,
«en las que nadie intenta devolver la salud a los enfermos», no
tienen que albergar más que a enfermos declarados incurables,

122
y que hay que repartir a los demás entre médicos particulares
que, ya sea por filantropía, ya sea por orgullo, quieran empren-
der este tipo de curas, aunque «la duración excesiva de una
ocupación ininterrumpida de este tipo» les agota fácilmente.
Haindorf declara en 1811 que, visto el estado de los esta-
blecimientos psiquiátricos públicos de Alemania, «pocos
podrán ser curados por el arte, mientras el azar no haga algún
milagro». En 1821, a Vering le parece que es lógico dudar
antes de enviar a un enfermo mental al establecimiento de alie-
nados, ya que el hecho de arrancarle brutalmente de su medio
ambiente habitual para situarle en otro extraño puede produ-
cirle una conmoción, y sobre todo, al verse encerrado en un
edificio en el que reina un poder totalmente desconocido para
él, y cuya organización interna recuerda más la de un estable-
cimiento penitenciario que la de un establecimiento de trata-
miento. En el caso de los dementes, los locos furiosos y los
enfermos completamente delirantes, el internamiento puede
no ser perjudicial, y en algunos casos puede ser hasta saluda-
ble; pero puede causar en otros enfermos una impresión pro-
funda y muy dolorosa, renovada día tras día por el espectácu-
lo de los otros internos cuyos comportamientos constituyen
una triste colección de locuras penosas, de salvajismo brutal,
de miseria y de gemidos conmovedores, de total nulidad inte-
lectual. En cierta medida, estos escrúpulos estaban justificados
en la época, pero hoy que la situación se ha transformado radi-
calmente, es sabido que, muy a menudo, impiden hospitalizar
a tiempo a los enfermos: el profano piensa que antes tienen
que estar «maduros» para el ingreso. Vering recomendaba que
se intentara primero un tratamiento en casa, bajo la dirección
de un especialista, y que no se recurriera a la ayuda de un esta-
blecimiento más que cuando no se había apreciado ninguna
mejoría al cabo de seis meses. También se da con frecuencia
el temor al secuestro ilegal, que sigue existiendo hoy y contra
el que Nostiz lucha encarnizadamente. «No son pocos los
casos», declara Höck, «en que seres despreciables han hecho

123
encerrar a personas honradas en casas de locos para conseguir
beneficios materiales, o por maldad».
Sin embargo, algunos médicos abiertos y autoridades
comprensivas intentaban con tesón mejorar la situación deses-
perada de los locos. Se elaboraron todo tipo de planes de esta-
blecimientos de alienados; el resultado era a menudo extrava-
gante porque se carecía de experiencia y porque no se sabía
nada de la esencia del tratamiento de los trastornos mentales.
Es característica sobre todo la construcción de numerosas
habitaciones individuales, pequeñas; en efecto, se creía que
cada enfermo debía, en la medida de lo posible, disponer de
una habitación personal. Sobre todo en Inglaterra, se inspira-
ban del plano de las cárceles, en las que desde un solo punto
se podían vigilar largos pasillos, a los que daban las puertas;

24. Plano en forma de estrella de un establecimiento inglés, con muchas células individuales.

124
24 bis. Plano de la prisión de Mazas (no recogido en el original).

se vieron así aparecer planos extraños en forma de cruz, de cír-


culo o de estrella, como por ejemplo en las figuras 24 y 25; la
figura 25 representa la «torrre de los locos» de Viena, abierta
en 1784.
A la vez, se intentaba explotar todo lo que podía ejercer
una influencia favorable sobre los enfermos. «El estableci-
miento de alienados debe encontrarse en una región agrada-
ble», dice Reil, «cerca de lagos, ríos, cascadas, montañas y
prados, ciudades y pueblos. Hay que darles la posibilidad de
practicar la agricultura, la cría de ganado y la jardinería». Así,
se podrá «distraer y ocupar» al enfermo «como lo exige su

125
25. Torre de los locos en Viena.

enfermedad. Se le podrán ofrecer todas las alegrías de la vida,


las alegrías tranquilas del campo y las distracciones de la ciu-
dad, ocuparle según sus necesidades, con la jardinería y los
trabajos del campo, o por medio de las profesiones y artes del
ciudadano». La construcción debe tener la forma de una gran-
ja. Además de las alcantarillas, los baños de afusión y las
duchas, tiene que disponer de cuevas, grutas, templos mági-
cos, de espacio para hacer ejercicio y gimnasia, lugares en los
que puedan darse conciertos, espectáculos y practicar todo
tipo de actividades destinadas a ejercitar la atención, es decir,
instalaciones que permitan exponer al enfermo a simulacros
de peligro para animarle a valerse por sus propios medios.
Frank propone que se añadan pájaros cantores y plantas exóti-
cas en los pasillos, arpas eolias en las ventanas; además, debe
tener la oportunidad de jugar a los bolos y, sobre todo, de

126
hacer equitación, actividad que ejerce una influencia favora-
ble. Una habitación tiene que estar dedicada a las apariciones
mágicas; el suelo estará provisto de una trampilla, para que se
pueda someter a los enfermos, en un cuarto subterráneo, a las
mismas pruebas por las que pasan los masones.
Heinroth ofrece una imagen un poco más sencilla para un
centro de tratamiento que debe ser un establecimientos de edu-
cación. Él también desea un entorno ameno, paseos alegres,
jardines, prados, talleres, una biblioteca decente, aparatos de
gimnasia, un gabinete de historia natural, habitaciones en las
que se puedan hacer ejercicios musicales, dibujo y pintura,
juguetes, bolos, billares. Tiene que haber personas capaces de
enseñar trabajos manuales, artes y ciencias, música, dibujo,
historia natural, física, gimnasia, así como sastres, zapateros,
carpinteros, etc.
La complejidad, la extravagancia y sobre todo el elevado
coste de estos planes no contribuían a facilitar su realización.
En cambio, se consiguió crear progresivamente, en castillos
abandonados, viejos claustros y antiguos hospitales, un aloja-
miento decente para muchos enfermos mentales, y sobre todo,
se pudo iniciar un tratamiento y una asistencia médica de la que
pudieron beneficiarse. Pero el estudio preciso de las necesida-
des de los enfermos hizo desear cada vez más la creación de
establecimientos reservados a los enfermos recientes, curables,
cuya afección, se pensaba, podía verse agravada por la presen-
cia de los incurables, y podía incluso convertirse en incurable.
«Por la impresión que causan», dice Reil, «los incurables retra-
san la curación, ocasionan recaídas, es decir, echan abajo los
más bellos planes elaborados con tanto trabajo para tratar a los
enfermos curables. No debería darse el mínimo contacto entre
curables e incurables». Horn también piensa que la emoción
inevitable y la inquietud que conlleva la repetición de los paro-
xismos son nefastos para los enfermos en vías de curación.
Estas consideraciones llevaron, en Alemania, a la creación
de los primeros establecimientos de tratamiento de los aliena-

127
dos12, situados primero en los edificios ya existentes, en el
Sonnenstein (1811) y en Siegburgo (1815), más tarde, primer
edificio construido especialmente para este fin, en
Sachsenberg (1830). Estas creaciones ejemplares abrieron
nuevos horizontes. «El Sonnenstein», escribe Damerow, «era
el amanecer de un nuevo día para el sistema psiquiátrico públi-
co de Alemania y para la propia Alemania. Los suaves rayos
de luz que partían de ese punto culminante derramaron su cla-
ridad, el calor y la vida en la oscuridad de los establecimien-
tos de alienados; y se empezó a dudar y a creer que el resta-
blecimiento duradero de las enfermedades mentales no era ya
un fenómeno raro, sino el fruto maduro del conocimiento, que
ha extendido la semilla de la humanidad y de la ciencia sobre
todos los campos del sistema psiquíatrico, simiente que ahora
germina y florece en la patria, y ha producido frutos de gran
nobleza». De todos lados acudían visitantes a esos nuevos
establecimientos, tratando de inspirarse en ello para construir
otros parecidos.
Apreciaremos mejor la importancia que tuvo el desarrollo
rápido de los establecimientos psiquiátricos para la población
sabiendo cómo se ocupaban antes de los enfermos. En 1845,
Pitsch, de Pomerania, donde se había abierto el establecimien-
to de Rügenwald en 1841, cuenta que muchos enfermos men-
tales se encuentran todavía abandonados a la vigilancia y los
cuidados de parientes lejanos y de particulares interesados,
«que, por una modesta suma, a menudo tratan a los locos que
vagan medio desnudos por las ciudades y los pueblos, como si
fueran ganado, muchas veces importunando a la población; les
dejan buscar en las casas vecinas las migas de pan que calma-
rán su hambre; les encierran por la noche en algún establo,
acostados en el suelo sobre miserables jergones de paja; la
mayor parte del tiempo les abandonan a su triste destino, les

2 Los establecimientos «de tratamiento», Heilanstalten, eran en estricto sentido donde


se curaba (heilen) a los enfermos: eran «casas de salud».

128
castigan y, cuando su furor llega el paroxismo, les cargan de
cadenas y cuerdas, como atestiguan todavía las huellas que lle-
van sobre su cuerpo miserable algunos locos traídos al esta-
blecimiento, y les dejan convertirse en verdaderas bestias
entre la basura y la miseria. Esta horrible descripción no es
pura invención; por desgracia, es demasiado cierta, y hace
necesario un cambio urgente». «Hasta ahora, la mayoría de los
enfermos enviados al establecimiento llegan en un estado
extremadamente penoso. Mal vestidos y mal alimentados,
muy sucios, convertidos en bestias, hasta el punto de que ya no
es posible colocarles entre particulares, pues de los seres
humanos ya sólo tienen la apariencia». Dahl señala en un
informe de 1859 que en muchos lugares de Noruega, los enfer-
mos están colocados en casas particulares, puestos en venta
pública y adjudicados a bajo precio.
La admisión en el establecimiento planteaba graves pro-
blemas, pues a menudo lo dificultaban complicadas formali-
dades, o también a veces, la superpoblación que se producía al
poco tiempo, hasta el punto de que daba lugar a largas «listas
de espera». Jacobi considera que la admisión de un enfermo
puede producirse al cabo de dos días en el mejor de los casos,
y como máximo al cabo de diez, mientras que, con el ritmo
habitual de las cosas, pueden transcurrir tres semanas. La des-
cripción del establecimiento del Sonnenstein indica sin
embargo que en algunas circunstancias, hacen falta años para
conseguir los papeles necesarios para la admisión. Es inútil
enumerar los peligros y los problemas que ocasionaba seme-
jante lentitud. Hoy, en casi todas partes, cualquier caso urgen-
te puede ser hospitalizado al momento, sobre todo en las gran-
des ciudades.
Realmente, no fue fácil recorrer el largo camino que llevó
desde esta época al estado actual de nuestro sistema hospitala-
rio. Lo que hoy nos parece evidente, es decir, la hospitaliza-
ción rápida, fácil y segura de todo enfermo mental, un trata-
miento y cuidados en los que se apliquen todos los recursos

129
que la ciencia y la experiencia han puesto a nuestra disposi-
ción, representó primero una innovación inaudita, a la que se
opusieron las mayores resistencias. Gracias a un trabajo infa-
tigable y cotidiano, a fuerza de tesón, de abnegación, entu-
siasmo y esperanza, nuestros predecesores consiguieron supe-
rar las dificultades que les imponían la naturaleza de sus enfer-
mos y, sobre todo, la sinrazón y la indiferencia de las masas,
así como la indigencia de los medios de los que disponían para
llevar a cabo esa tarea. Para apreciar la suma de trabajo reali-
zada en este campo en un siglo, basta con decir que en 1911,
había en Alemania 187 establecimientos psiquiátricos públi-
cos y 16 clínicas universitarias, 5 secciones para enfermos
mentales en los hospitales militares, 11 en los establecimien-
tos penitenciarios, 225 establecimientos privados, así como 85
establecimientos de tratamiento y de cura destinados a los
enfermos alcohólicos, a los nerviosos y a los degenerados. El
número de enfermos y débiles mentales ingresados en los esta-
blecimientos era de 143.410. Naturalmente, este importante
resultado no pudo ser conseguido sin la colaboración activa de
los gobiernos y autoridades. Una vez que los médicos les
hubieron hecho tomar conciencia de la necesidad de prestar
asistencia a los alienados, rivalizaron por crear instalaciones a
cual más ejemplar. Hay que mencionar sobre todo los minis-
terios de Hardenberg y de von Nostiz y Jäkendorf, que fueron
los primeros en apreciar en su justo valor la gran tarea que
constituye la lucha contra la locura y contribuyeron a su solu-
ción por todos los medios.
Cada nuevo establecimiento psiquiátrico se convierte en
una fuente abundante e inagotable de experiencia médica. Así
se formó progresivamente un cuerpo especializado de obser-
vadores, de alienistas profesionales que dedicaron su vida a
elucidar los estados psíquicos mórbidos y a encontrar los
medios de curarlos. En 1911, el número de alienistas que ejer-
cían en Alemania llegaba ya a 1376. Ennemoser y Ruer consi-
guieron su agrupación en 1825; el Verein Deutscher Irren-

130
ärzte, después Deutscher Verein für Psychiatrie13, es de 1842,
y elaboró en 1860, y sobre todo en 1864, unos estatutos más
precisos; cuenta hoy, aproximadamente, con unos 700 miem-
bros.
Habiendo sido correctamente apreciadas las tareas entre
nosotros, en Alemania, muy pronto se puso al médico a la
cabeza del establecimiento, al parecer, primero en Siegburgo;
y se subordinaron a su dirección todos los detalles de funcio-
namiento, aunque Reil haya propuesto compartir la autoridad
entre el vigilante, el médico y el psicólogo, que no debían
estar separados por ninguna jerarquía aparente. «Para que
pueda obtenerse una curación cualquiera en un establecimien-
to de alienados, todo, salvo la gestión económica debe estar
bajo la dirección del médico verdaderamente psicólogo»,
declara Haindorf, y Heinroth insiste: «El médico es el alma
del establecimiento, y toda organización debe plegarse a sus
opiniones y a sus propósitos». Esboza del médico el retrato
siguiente: «No es absolutamente necesario que infunda respe-
to por su aspecto, por su voz, por su mirada; pero es una ven-
taja si eso ocurre. En todo caso, tiene que tener buena salud, y
poder soportar las fatigas psíquicas, por ejemplo, levantarse
por la noche, sin inconveniente. Debe ignorar el temor y no
tener miedo de sufrir, no debe ser impaciente ni impetuoso, ni
tampoco perezoso o malhumorado. Tiene que interesarle su
trabajo, sólo debe preocuparle su obra; tiene que llevarla a
cabo con placer y amor. Debe tener un carácter firme, honra-
do, filantrópico, no debe ser ni testarudo ni débil, ni rudo ni
brusco, pero aún menos, delicado y afeminado; tiene que saber
conjugar perfectamente severidad y suavidad, pues ambas son
igualmente necesarias en función de las circunstancias. Como
hombre de ciencia y de arte, debe ser médico en todo el senti-
do del término, formado por estudios, adiestrado por la expe-

13 «Sociedad de alienistas alemanes» y «Sociedad alemana de psiquiatría».

131
riencia. No tiene que ser ni un empírico ciego, ni un especula-
dor vano. Debe sentirse vinculado a la naturaleza y dar impor-
tancia al aspecto espiritual. Debe dominarle la razón, pues lo
que debe combatir es la sinrazón. Tiene que tener experiencia
del mundo y saber cómo tratar a los hombres en función de sus
particularidades individuales. Finalmente, tiene que compren-
der a fondo el método de la medicina psíquica, en la teoría y
en la práctica, y no la de un solo maestro, sino la de todos los
maestros. Tiene que saber examinar y observar. Si quiere
hacer avanzar la medicina psíquica, tiene que ser una cabeza
genial, pero no exaltada; el verdadero genio, si obedece a leyes
estrictas, no es pura mecánica».
Haindorf no es menos exigente; espera del «médico de los
alienados» una profunda humanidad, un espíritu y un corazón
formados por la ciencia, el arte y el mundo, un carácter enér-
gico de palabra y hecho, unido a un aspecto bello y digno:
«Tiene que unir, al carácter apacible de una mujer, la dureza y
la severidad del hombre; en su comportamiento, tiene que unir
adecuadamente la amistad, el amor y la benevolencia con la
severidad, la dureza y el rigor, y saber siempre, adoptando una
actitud humana, granjearse la confianza de los enfermos».
Leupoldt se expresa de manera más lírica: «El alienista tiene
que ser un Fausto, o más bien, tiene que haberlo sido. Que ha-
ya pasado por momentos buenos y malos, pero sobre todo que
sea rico en experiencias interiores, sin ser ajeno ni a la baja vi-
da de la vulgaridad del arroyo y el lodo, ni a la vida elevada y
noble del genio, con cierta experiencia de un misticismo tur-
bio y falso y su contrario, de orgullo parcial y superficial; que
conozca las tempestades de las pasiones y del tormento de la
duda; que haya experimentado la idolatría de los placeres sen-
suales desenfrenados y los de la renuncia sombría y angustia-
da del mundo; sin ser incoherente, ni soso, ni apagado, ha-
biendo conseguido el equilibrio dorado entre una dispersión
inconsistente y la pedantería rígida, debe ser un hombre com-
petente, polifacético, razonable. Y también un buen médico».

132
Oegg, por su parte, presentó un modelo parecido.
«Además de cierto talento y cierta disposición, que deben ser
innatos y que no se pueden adquirir de ninguna manera, para
dedicarse a semejantes enfermos, armado de los conocimientos
necesarios de filosofía, psicología y el arte general de curar
–que por otra parte incluyen la habilidad en las relaciones y un
profundo conocimiento del hombre–, el médico de los locos
debe ignorar el miedo, tener serenidad, saber captar las cosas
con sagacidad y rapidez y, sobre todo, tomar decisiones, con el
fin de poder explotar lo mejor posible, en todos sus detalles,
todos los hechos favorables para el tratamiento; tiene que ser
paciente y disponer de buena voluntad, soportar con ecuanimi-
dad cualquier disgusto, unir la delicadeza y un cariñoso interés
con la seriedad adecuada y, en caso necesario, una severidad
implacable, con el fin de no ser ni excesivamente ni demasiado
poco indulgente, y no poner en peligro el prestigio tan necesa-
rio y el respeto que ante todo se le debe. El amor a la ciencia y
un vivo interés por el destino de sus enfermos deben mante-
nerle en una actividad infatigable; debe ser irreprochable, ínte-
gro, justo y dueño de sí mismo hasta el punto de que, en las
múltiples situaciones que se le presenten, nunca permitirá la
mínima malversación, no tolerará abusos, y dará así a sus
subordinados un modelo poderoso de noble entrega, por el bien
de sus enfermos».
Hombres que se acercaban a esos modelos tenían que ser
capaces de transformar la complicada herramienta del estable-
cimiento de alienados, con el fin de que se adaptara siempre
mejor a las exigencias de la terapéutica. Hoy, podemos decir
con orgullo que el desarrollo de los establecimientos psiquiá-
tricos ha producido una larga serie de personalidades eminen-
tes, médicos distinguidos, investigadores perspicaces, admi-
nistradores lúcidos y voluntariosos y filántropos desinteresa-
dos. Ello se debe sin duda al hecho de que sólo hombres dota-
dos de un talento especial se volvían hacia el campo virgen de
la medicina mental.

133
El triunfo de la observación científica de los hechos sobre
el punto de vista filosófico y moralizador fue el primer fruto
de este nuevo desarrollo. Hombres que tenían un estrecho con-
tacto cotidiano con los enfermos no podían ignorar la evolu-
ción regular de los trastornos mentales, las profundas relacio-
nes que mantienen con daños físicos, el sometimiento y la des-
trucción de la personalidad sana que implican; a la vez, la
penetración en la multiplicidad infinita de las vivencias dia-
rias, les llevó a esa explotación prudente de la experiencia
individual, que es la señal característica de la investigación
naturalista. Aunque a la larga no pudiera mantenerse la doctri-
na de los somatistas, radicalizada por Jacobi, se hizo cada vez
más evidente que había que reconocer en la locura, y así lo
habían dicho ya antes muchos investigadores, la expresión de
operaciones cerebrales patológicas, condicionadas por una
constitución defectuosa o por trastornos secundarios.
Griesinger sobre todo, dio su forma, aún válida hoy en día, a
esta concepción puramente médica de las enfermedades men-
tales; debido a su participación eminente en la reforma de la
medicina clínica, sería la persona especialmente indicada para
establecer una relación entre medicina mental, demasiado
encerrada sobre sí misma en los establecimientos, y las cien-
cias afines. Griesinger insistía en el hecho de que las enferme-
dades mentales no constituyen más que un grupo particular de
enfermedades del cerebro, y no pueden ser comprendidas
correctamente más que a partir de este punto de vista. Pensaba
que existía una analogía entre algunos signos psíquicos pato-
lógicos, determinados trastornos del cerebro y la médula espi-
nal, por ejemplo entre la moria y la parálisis agitans, entre la
manía y la epilepsia, entre la demencia y la parálisis general.
Por eso, abogaba por una estrecha vinculación científica entre
psiquiatría y neurología, que, sin embargo, en un primer tiem-
po sólo pudo ser llevada a cabo en las universidades. Meynert
y Wernicke siguieron después caminos similares intentando
comprender las enfermedades mentales a partir de la estructu-

134
ra del cerebro, intentando explotar en psiquiatría las experien-
cias recogidas en el curso de la observación de las enfermeda-
des del cerebro.
La creación de establecimientos psiquiátricos permitió
organizar una enseñanza de terapéutica mental para los jóve-
nes médicos; pudieron formarse escuelas, y la experiencia que
cada investigador adquiría en su campo ya no desaparecía con
él. Parece ser que Chiarugi fue el primero en dispensar una
enseñanza psiquiátrica en Florencia en 1805; se cuenta que
Pinel hizo lo mismo en 1814; en todo caso, su sucesor
Esquirol ofrecía conferencias regularmente, desde 1817, ante
una nutrida audiencia. En Alemania, los primeros profesores
de psiquiatría fueron Horn, que tuvo en Berlín una actividad
clínica ocasional desde 1806, y Heinroth en Leipzig desde
1811. Nostiz observaba con humor que la cátedra de música,
considerada indispensable para la comunidad científica, es
más antigua que la cátedra de terapia psíquica. En Baviera, la
enseñanza psiquiátrica se remonta a 1836, año en que Marcus
organizó sus primeras conferencias en el hospital Julius de
Wurtzburgo; luego, siguió Erlangen en 1849, Munich en 1861,
en ambos casos bajo la dirección de Solbrig. Pero durante
décadas, la enseñanza clínica de medicina mental quedó limi-
tada a las secciones hospitalarias o a los establecimientos psi-
quiátricos que se encontraban cerca de ciudades universitarias.
Aunque Leupoldt hubiera esperado desde 1828 «que en lo
relativo a la psiquiatría, una clínica tan necesaria pudiera ver
pronto la luz», no se construyó la primera clínica psiquiátrica
alemana autónoma hasta 1878 en Heidelberg; más tarde, se
crearon muchas. Hoy, todas las facultades alemanas de medi-
cina disponen de cátedras de psiquiatría, y a menudo también
de excelentes establecimientos de enseñanza perfectamente
equipados; sobre este punto, somos muy superiores a todos los
demás países.
Por desgracia, a lo largo de esta evolución, los vínculos
entre las clínicas y los establecimientos psiquiátricos se debi-

135
litaron demasiado pronto. Las clínicas, que muchas veces con-
cedían un lugar importante a la neurología, disciplina atracti-
va, se alejaron, en cuanto a sus aspiraciones y modo de traba-
jo, de las necesidades de la psiquiatría de los establecimientos,
y ésta, debido a su aislamiento geográfico, a la uniformidad de
las tareas y a otras muchas circunstancias desfavorables, se vio
amenazada con perder su estrecho contacto con los centros de
la vida científica. Será una tarea importante para ambas partes,
evitar en el futuro, en la medida de lo posible, los peligros que
este alejamiento pudiera hacer correr al desarrollo de nuestra
ciencia. Sólo desde 1804 existe en Alemania un examen obli-
gatorio de psiquiatría para todos los médicos aspirantes, pero
ya había sido introducido en Baviera en 1861.
El enriquecimiento creciente de la experiencia y el deseo
de comunicarla a otros estimularon cada vez más la literatura
científica especializada, y llevaron también a la redacción de
tratados y a la creación de revistas. Los primeros tratados ale-
manes fueron los de Haindorf (1811) y de Vering (1817); lle-
garon poco después los de Heinroth, Neumann, Jacobi, Ideler,
Friedreich, Blumröder, Bird, Kieser y Flemming; vino luego
la obra fundamental de Griesinger, que fue seguida por más de
30 presentaciones sintéticas de nuestra ciencia. Las primeras
revistas psiquiátricas, creadas por Reil en 1805 y en 1808,
eran co-editadas por filósofos y psicólogos, y sólo la Nasses
Zeitschrift für psychische Ärzte adoptó un punto de vista más
médico, a la vez que seguía concediendo un lugar importante
a las teorías no médicas. La Allgemeine Zeitschrift für
Psychiatrie se publica desde 1844. Hoy, sólo en Alemania,
disponemos de más de una docena de revistas, que tratan de
cuestiones de psiquiatría general o de campos especializados
de la medicina mental.
La ciencia joven que se desarrollaba tuvo luego que des-
cribir y delimitar las formas patológicas. La obra de Jacobi
sobre la manía, aparecida en 1844, dio el impulso más decidi-
do en esta dirección; su primera parte consiste en una presen-

136
tación exhaustiva de cada una de las formas de la locura, basa-
da en numerosas y cuidadosas observaciones de enfermos.
Antes, Esquirol había perseguido ya metas similares, pero la
obra alemana supera en cuanto a método, precisión y conteni-
do objetivo a todas aquéllas que la han precedido, y puede ser-
vir de modelo a los trabajos cada vez más numerosos, por
suerte para la ciencia, que intentan explorar y presentar con
todo detalle, apoyándose con la mayor precisión posible en los
hechos, algunas cuestiones especializadas de nuestra discipli-
na. Los clínicos franceses, favorecidos sobre todo por la tradi-
ción de la escuela de París, continuada durante mucho tiempo
de manera ininterrumpida, por la riqueza de las observaciones
que ofrece su capital, pero también por su fino don de obser-
vación, por su penetrante inteligencia y por su claridad de
exposición, tienen en su haber brillantes realizaciones de este
tipo. Gracias a ellos, la doctrina de la parálisis general, de la
locura circular, de los trastornos mentales consecutivos a las
enfermedades agudas, de la histeria, de la paranoia y de las
diversas formas de locura de la degeneración, ha hecho pro-
gresos decisivos.
En Alemania, los progresos eran más lentos. También aquí,
los investigadores habían reconocido, como Chiarugi, Esquirol
y otros muchos antes que ellos, que trastornos absolutamente
diferentes pueden sucederse en el curso de la misma evolución
patológica, observación que había llevado a los alienistas fran-
ceses a delimitar la locura circular. Basándose en los mismos
hechos, Guislain elaboraba su teoría según la cual los múltiples
cuadros clínicos patológicos son las formas de expresión de los
esfuerzos de compensación que se oponen a la irrupción de un
mal psíquico y que afectan a territorios cada vez más amplios.
Así, bajo la acción inmediata de la irritación, se ve aparecer el
sentimiento de tristeza, la melancolía; vienen luego accesos de
ira y de furia, la «locura furiosa», que son la reacción contra el
«instinto de conservación». Las «anomalías extrañas de las
decisiones», las manías, manifestaciones de la «estupidez», las

137
«tensiones nerviosas» bajo forma de «éxtasis», las convulsio-
nes y finalmente las falsas representaciones, que encontramos
en la «paranoia», bajo forma de imaginación «apesadumbrada»
o «reconfortante», de delirio de persecución o de grandeza,
constituyen otros esfuerzos de descarga. La diversidad de los
cuadros patológicos observados descansaría esencialmente en
la variedad de las constituciones personales, idea que defendía
Jacobi bajo una forma similar en su descripción de los «tem-
peramentos».
Las ideas de Guislain parecen haber inspirado la teoría
más tardía de Zeller, desarrollada por Hagen y por Griesinger,
que hace de ella la base de su exposición de los trastornos psí-
quicos. Según Zeller, las formas clínicas de la locura constitu-
yen, en cuanto a lo esencial, fases evolutivas; los cuadros
acompañados de emociones vivas, la melancolía, la manía, y
el delirio, deben ser considerados como los primeros grados
curables de la afección, mientras que los trastornos del pensa-
miento y de la voluntad, que sobrevienen de manera más inde-
pendiente, la paranoia y la demencia, anuncian el paso a esta-
dos de debilidad incurables. Como todas estas formas pasan
de una a otra sin fronteras muy delimitadas que las separen, la
identificación del caso particular era muchas veces extrema-
damente arbitrario. Por eso, las cuestiones de clasificación
parecían constituir una tarea muy ingrata. A Gudden todavía le
parecía que la identificación y la delimitación de formas par-
ticulares de enfermedad psíquica era una tarea insoluble, y a
cualquiera que intentara recabar su opinión sobre este tema,
contestaba con su famoso «No lo sé». La teoría de Zeller-
Griesinger también se desmoronó cuando Snell y Westphal
demostraron que la demencia no era siempre la terminación de
un trastorno mental acompañado de emoción, sino que tam-
bién podía presentarse de manera «primaria», autónoma.
Lo que hacía tan difíciles los progresos en este campo, era
que todos los intentos de división se basaban casi de modo sis-
temático en las manifestaciones exteriores de la locura, y fra-

138
casaban porque era imposible introducir en cuadros bien deli-
mitados los cuadros constantemente cambiantes e intrincados
que se observan en los enfermos. Sólo de manera muy progre-
siva destacaron del caos de las formas patológicas caracteriza-
das únicamente por sus estados psíquicos algunos grupos que
parecían basarse en condiciones etiológicas comunes: los deli-
rios febriles, cuya pertenencia a las enfermedades mentales se
discutió durante mucho tiempo, los trastornos alcohólicos, la
demencia senil, los estados de debilidad innata. Después, la
parálisis progresiva destacó cada vez más claramente de la
masa informe de los cuadros clínicos. Los médicos franceses
ya habían reconocido su especificidad, mientras Griesinger
seguía viendo en ella sólo una manifestación que ocasional-
mente acompañaba a la locura.
Lo que caracterizaba a esta enfermedad, era la relación
que mantenía con las manifestaciones de una afección del
cerebro, pero sobre todo su desenlace siempre mortal. Ya
Esquirol, que ofrece una buena descripción de los cuadros
patológicos de la parálisis general, había observado que las
dificultades de la palabra permiten prever un desenlace mor-
tal, y ciertas investigaciones habían mostrado que, en el caso
de esta enfermedad, se trata de un proceso patológico con evo-
lución regular, acompañado por alteraciones cerebrales preci-
sas. Basándose en este ejemplo, Kahlbaum se esforzó por
poner un poco de orden en la clasificación de los trastornos
mentales. Él fue el primero en subrayar con la mayor insisten-
cia la necesidad de distinguir los cuadros de estado, que son
las formas de manifestación pasajeras de una afección, y los
procesos patológicos que están en la base de los mismos. Los
cuadros de estado alternan a menudo en el mismo enfermo de
forma muy variada, de tal manera que es imposible sacar de
ello conclusiones relativas al proceso patológico variable. Por
otra parte, cuadros de estado idénticos o, en todo caso, muy
parecidos, pueden ser debidos a enfermedades radicalmente
diferentes. Lo que ante todo permite decidir sobre su signifi-

139
cación profunda, es la evolución y el desenlace de la afección
y, llegado el caso, los datos anatomo-patológicos.
Basándose en estas reflexiones, Kahlbaum intentó delimi-
tar un segundo proceso patológico análogo a la parálisis gene-
ral, que debía asociar del mismo modo trastornos psíquicos y
manifestaciones corporales que acompañan: fue la catatonía,
cuyas tensiones musculares corresponden a las parálisis de la
parálisis general. Aunque no puede sostenerse esta concep-
ción, la vía adoptada por Kahlbaum era acertada. El estudio
detallado de la evolución y del desenlace de los trastornos psí-
quicos, en ciertos casos también el hecho de tener en cuenta
datos anatomo-patológicos y, finalmente, una mejor compren-
sión de la etiología, nos han permitido, efectivamente, distin-
guir hoy toda una serie de formas patológicas reales, y a
menudo también reconocerlas a partir de sus cuadros de esta-
do. Lo que los antiguos médicos presentían pero no conse-
guían especificar, podemos expresarlo hoy en una serie de
principios que pueden ser enseñados. Así, en numerosos
casos, incluso un principiante es capaz de prever al menos en
sus rasgos generales, la evolución ulterior, con una certeza que
los antiguos alienistas sólo conseguían tras varias décadas de
experiencia. Todavía estamos lejos de dominar realmente estas
cuestiones, pero parece que hemos encontrado la vía que ha de
llevarnos a nuestra meta, y que un trabajo paciente nos acer-
cará constantemente a ella.
Sin embargo, este descubrimiento arruinó una buena parte
de la confianza que teníamos en la eficacia de nuestra activi-
dad médica. Sabemos que el destino de nuestros pacientes está
ya decidido en gran medida cuando se desarrolla su afección.
Aunque muchas veces podamos atenuar las manifestaciones
patológicas y crear las condiciones más favorables al proceso
de curación, sólo de modo excepcional conseguimos interve-
nir de manera decisiva en la evolución de la afección. Pero si
estamos a cubierto de la ilusión que se permitían los antiguos
médicos, que atribuían a su acción una influencia decisiva

140
sobre el desenlace de la locura, es precisamente porque, muy
a menudo, podemos prever con exactitud lo que reserva el
porvenir.
Por otra parte, ya era posible un control científico cada
vez más perfecto de las observaciones que se ofrecen a diario
al médico. Investigaciones más precisas revelaron, en efecto,
que los diferentes cuadros de estado que vemos alternar en el
curso de la evolución del mismo proceso patológico terminan
por tener ciertos rasgos característicos que permiten reconocer
su unidad. Inversamente, algunos cuadros de estado que perte-
necen a enfermedades diferentes pueden a veces parecerse de
manera considerable, pero nunca son perfectamente idénticos.
Una vez que se sabe reconocer este parentesco general y estas
diferencias sutiles estudiando los tipos evolutivos, se ven apa-
recer, en el cuadro patológico, detalles a los que antes no se
había prestado atención.
El perfeccionamiento de nuestras técnicas de investiga-
ción también ha contribuido en gran medida a estos progresos.
Una comprensión más afinada de los diferentes estados psico-
lógicos, sobre todo gracias a las pruebas psicológicas, nos
permite apreciar correctamente en el comportamiento de los
enfermos, algunos matices sutiles pero esenciales para la
interpretación, incluso cuando es imposible un examen más
preciso de los procesos internos en el caso particular. Además,
hoy en día disponemos de toda una serie de técnicas de exa-
men capaces de ofrecernos informaciones sobre las diversas
manifestaciones físicas que acompañan a la locura. Todo lo
que nos han enseñado las ciencias afines sobre las afecciones
de los ojos, de los oídos, del corazón, de la sangre, sobre el
examen de las pupilas, de los reflejos, de la presión sanguínea,
de las secreciones, etc., permite forjarnos un juicio preciso
sobre el estado físico de nuestros enfermos. En lo que se refie-
re a la psiquiatría, corresponde una importancia particular a
los pesos corporales, que ya permitían a Chiarugi y a Esquirol
sacar conclusiones pertinentes sobre el desenlace de la locura,

141
y que para el alienista de hoy se han convertido en un auxiliar
absolutamente indispensable para apreciar la evolución pato-
lógica. En algunos casos, también debemos puntos de referen-
cia importantes a las investigaciones sobre el metabolismo y,
sobre todo, al descubrimiento de las alteraciones que se ope-
ran en la sangre y el líquido cefalo-raquídeo bajo la influencia
de la sífilis.
Convencidos de que había que buscar la clave de la com-
prensión de la locura en los estados del cerebro, los alienistas
dirigieron muy pronto su atención a ese órgano. Neumann
empieza su libro sobre las enfermedades de la facultad repre-
sentativa con una explicación de anatomía cerebral compara-
da; Haindorf también utiliza la anatomía comparada como
punto de partida de sus consideraciones. Meckel se esforzó
por determinar el peso específico de la médula cerebral en las
personas sanas y en los locos. Las únicas alteraciones com-
probables en la autopsia eran la cantidad más o menos abun-
dante de sangre en los vasos sanguíneos, las hemorragias y las
trombosis vasculares; además, se observaba bastante a menu-
do, en los enfermos vivos, los signos de un aflujo exagerado o
escaso de la sangre a la cabeza. La idea de que una alteración
en la distribución de la sangre al cerebro constituye la base de
diversas manifestaciones patológicas encontró por eso nume-
rosos discípulos, desde Cox, Rush y Mayo en los tiempos anti-
guos, hasta Wolff, que creía poder reconocer, a partir de la
forma del pulso, las perspectivas de curación de los enfermos
mentales, y hasta Meynert, que intentaba explicar la sucesión
de la melancolía y de la manía en un mismo enfermo por la
modificación del aflujo sanguíneo a ciertas partes del cerebro
determinada por los nervios vasculares. Es significativo de la
gran importancia que se atribuía a esas cuestiones en nuestra
ciencia, el hecho de que Graschey emprendiera, para preparar
sus investigaciones en ese campo, un amplio estudio sobre el
movimiento ondulatorio en los tubos elásticos.
Otros investigadores, siguiendo las ideas emitidas por

142
Griesinger, intentaban hacer progresar la psiquiatría estudian-
do minuciosamente las afecciones groseras del cerebro y la
médula espinal, que planteaban problemas más fáciles de re-
solver y más gratificantes. Westphal, Hitzig, Fürstner, pero so-
bre todo Wernicke y sus discípulos, Liepmann, destacaron en
este sentido, y aportaron a la medicina mental gran cantidad
de hechos y conocimientos nuevos, que sin embargo han acla-
rado sobre todo las afecciones acompañadas de alteraciones
cerebrales graves: la parálisis general, la locura que acompaña
a las afecciones vasculares, los focos cerebrales y los tumores.
Las dificultades de nuestra disciplina han contribuido sin
duda a que los alienistas, como demuestran los ejemplos que
hemos citado, intenten alcanzar su meta dando algunos ro-
deos, y ejerzan con gran éxito en otras disciplinas próximas.
Es sorprendente sobre todo en lo que se refiere a la anatomía
cerebral, que los alienistas han hecho progresar considerable-
mente como Meynert y Gudden. Meynert puso en evidencia la
estructura sutil de la corteza cerebral e intentó comprender las
grandes conexiones y la importancia de las diferentes regiones
del cerebro. Por su parte, Gudden se había creado, con su pro-
cedimiento de degeneración, una herramienta de una finura y
una precisión nunca alcanzadas, que le permitió descubrir len-
tamente –pero de manera absolutamente segura y metódica–,
en la construcción maravillosa e indeciblemente compleja del
cerebro, la dependencia recíproca de algunos haces de fibras y
de algunos grupos celulares. Sus discípulos, von Monakow y
Nissl sobre todo, le han seguido en esta vía. Por otro lado,
Wernicke y Obersteiner continuaban la obra de Meynert,
rematada por la fundación en Viena del importante
Establecimiento de investigación cerebral de Obersteiner. Por
desgracia, en general, el interés verdaderamente psiquiátrico
de los descubrimientos hechos en anatomía cerebral ha resul-
tado inferior a lo que cabía esperar. Sin embargo, siempre se
ha dado a esta disciplina una importancia tal que se han con-
cedido cátedras de psiquiatría a investigadores que habían

143
dedicado su trabajo, de manera exclusiva, a la fisiología o a la
anatomía del cerebro. Todo ello es prueba de una constante
preocupación por dar una base científica a nuestra ciencia,
pero también, curiosamente, supone un menosprecio del tra-
bajo llevado en cabo a la cabecera de los enfermos.
Hasta estos últimos tiempos, el estudio de los procesos
psíquicos patológicos se veía considerablemente limitado por
las dificultades que se encontraban para poner en evidencia
las alteraciones cerebrales que se encuentran en su base. Sin
embargo, la recopilación de datos anatomo-patológicos ha
sido un factor poderoso de progreso en otros campos de la
medicina. Naturalmente, los antiguos médicos, sobre todo
Arnold, Esquirol, Guislain, Greding, se habían esforzado en la
búsqueda, tras la muerte, de las huellas de los trastornos mór-
bidos, pero no se reunían ninguna de las condiciones necesa-
rias para el éxito, y estas tentativas estaban condenadas al fra-
caso. «He visto cómo el doctor Gall desplegaba el cerebro
como un pañuelo», declara Müller, «sin encontrar nada relati-
vo a las enfermedades mentales», y Cox dice que los resulta-
dos de las investigaciones de los anatomistas podrían hacer
pensar que el cerebro no tiene mucho que ver con el entendi-
miento. Jacobi parece hablar de modo profético cuando dice
en 1834, al rehusar la ayuda del «psicólogo» en el sentido de
Reil: «Habría sido mucho más indicado que pidiera, en su
lugar, un anatomista y un químico competentes, pues en los
hechos, el director de un establecimiento tan grande difícil-
mente encontrará tiempo para proseguir como se debe todas
las investigaciones anatómicas y todos los análisis químicos
necesarios, y a menudo puede carecer de talento y de práctica
en este campo, mientras que nada impide, que otra persona se
ocupe, bajo su dirección y de acuerdo con sus ideas, de esos
trabajos». Fueron necesarias muchas décadas para que este
deseo se convirtiera en realidad. Blumröder señala igualmen-
te que el microscopio y el análisis químico podrían ser pode-
rosos auxiliares de la anatomía patológica.

144
Todo lo que se podía encontrar en la época, eran anoma-
lías de los huesos del cráneo o de las meninges, afecciones
vasculares, diferentes grados de nivel de la sangre en el cere-
bro, modificaciones del peso del encéfalo, atrofias e hipertro-
fias, ampliaciones de los ventrículos cerebrales, destrucciones
groseras, hemorragias, reblandecimientos, focos purulentos,
tumores, procesos inflamatorios. Además, se concedía una
atención especial a la acumulación de las calcificaciones en
torno a la glándula pineal, al aneurisma de los senos venosos
de los ventrículos cerebrales, a modificaciones de color, a la
blandura o dureza del tejido cerebral. Algunas alteraciones
cadavéricas, hematomas, alteraciones de color, ablandamien-
tos pútridos, han sido considerados sin duda durante mucho
tiempo como expresión de procesos patológicos. Chiarugi
cuenta que en la demencia con verborrea, confusión y furor,
encontró a menudo los vasos sanguíneos llenos de aire. Según
Vering, los ventrículos cerebrales están unas veces vacíos,
otras llenos de serosidades.
En estas circunstancias, se entiende que los intentos de
explicación anatomo-patológica de la locura hayan llevado en
muchas ocasiones a un cierto desaliento. Knight, que cree
haber observado en los enfermos mentales en general «una
dilatación bastante grosera de los vasos sanguíneos y una
hemorragia bastante abundante», declara sin embargo que
nunca ha descubierto, en los cerebros de los enfermos menta-
les, una alteración que no haya encontrado también en las per-
sonas sanas. Esquirol y Jacobi son de la misma opinión.
Neumann también señala que en la autopsia, es muy frecuen-
te no poder encontrar ninguna huella de alteración patológica
del cerebro, pero que a veces se encuentra el cerebro comple-
tamente destruido, en avanzado estado de enfermedad, e inclu-
so lesionado por cuerpos extraños, sin que se haya dado,
estando en vida, ningún rastro de trastornos intelectuales,
mientras que sí existía la alteración mucho antes de la muerte.
Por eso, Zeller podía decir en 1848: «Cuando nos pregunta-

145
mos si, en general, las observaciones y las investigaciones más
recientes en el campo de la anatomía patológica han sido tan
útiles como muchos decían para el conocimiento de los tras-
tornos psicológicos, tenemos que responder que no, al menos
en lo que a nosotros se refiere». Sea como fuere, los trabajos
realizados han permitido ya uno de los descubrimientos más
importantes de nuestra disciplina, la delimitación de la paráli-
sis progresiva por Bayle y Calmeil en los años veinte del siglo
pasado. Pero en otras partes, se tanteaba en una oscuridad
total: así se intentó establecer una relación entre las manifes-
taciones patológicas con la masa de la «arena cerebral» que
envolvía la glándula pineal o con las finas formaciones fibro-
sas presentes en la superficie de los ventrículos cerebrales, los
«cordones», que Bergmann describía como muy importantes.
Se esperaba incluso poder encontrar importantes bases de la
locura en las alteraciones de otras vísceras, sobre todo en los
intestinos y los demás órganos del abdomen, así como en las
relaciones recíprocas entre los diferentes órganos.
Sólo la exploración del cerebro sano y enfermo por medio
del microscopio pudo aportar cambios. Chiarugi parece pre-
sentirlo ya cuando escribe, tras haber reconocido que es fre-
cuente que el examen más preciso del cerebro de los locos no
revele ninguna alteración patente: «Sin embargo, aunque esta
alteración no es siempre perceptible, es posible que exista, y
aunque sus dimensiones sean mínimas, ¿no puede acaso bas-
tar para perturbar las funciones intelectuales?» Incluso en la
época de Gudden, era todavía prácticamente imposible poner
en evidencia las alteraciones de los tejidos cerebrales en los
enfermos mentales. La técnica de coloración en el microsco-
pio, que debemos sobre todo a Nissl y a Weigert, permitió
hacer progresos decisivos. Con una perfección cada vez
mayor, se pudo por fin representar de manera coloreada, con
sus particularidades y sus alteraciones más sutiles, los diver-
sos tejidos que componen el cerebro, caracterizar la multi-
tud de productos mórbidos y distinguir unos de otros; todo ello

146
abrió nuevas perspectivas de investigación, insospechadas
hasta entonces. Gracias a la actividad infatigable y metódica
de los dos fundadores de esta línea de investigación, Nissl y
Alzheimer, así como de sus numerosos discípulos, fue final-
mente posible sentar las bases de una comprensión médica de
los procesos patológicos que producen la locura. No obstante,
pocas veces avanzamos en terreno firme, y parece dudoso que
nuestras técnicas actuales puedan bastar para resolver las ta-
reas que nos ocupan; pero se ha establecido un encuentro per-
fecto con los trabajos correspondientes en los otros campos de
la medicina, y se tiene ya la posibilidad de una colaboración
científica, que sin duda redundará en provecho de todas las
partes. El motor más importante de todos esos progresos ha
sido la experimentación animal, pues ha permitido, en condi-
ciones más fáciles que en el ser humano, simular y seguir la
evolución de numerosos procesos patológicos que son, en el
hombre, extremadamente intrincados y están detenidos en
ciertos estados evolutivos.
Este trabajo de investigación debe ante todo permitirnos
comprender los procesos sutiles que tienen su sede en la cor-
teza cerebral, conocer su evolución, así como –de ser posible–
sus condiciones de aparición, y, por fin, delimitarlos recípro-
camente. Pero nuestra tarea no acaba ahí. Lo que determina
ante todo la morfología de los trastornos psíquicos, es la
extensión en el cerebro del proceso que los engendra, la
dimensión y el tipo de las regiones a las que afecta. Existe, sin
duda, un vínculo estrecho entre la complejidad extraordinaria
de la estructura cerebral, la asociación de innumerables for-
maciones diferentes por su forma, su tipo y su localización, y
la cantidad infinita de operaciones singulares de las que se
compone todo proceso psíquico. Nuestro último objetivo, por
desgracia aún inaccesible, consiste en conocer el número, el
tipo y la importancia de todas esas regiones individuales que
componen la gran máquina cerebral y que se reúnen en un tra-
bajo común; después, en ser capaces de sacar conclusiones

147
relativas a la sede y a la extensión de las alteraciones mórbi-
das que las causaron a partir de los trastornos manifiestos.
Es sabido que los esfuerzos que se han realizado para
avanzar en esta dirección no datan de hoy. Pero se empezó pri-
mero por elaborar teorías completamente arbitrarias. Así,
según Neumann, Schellhammer situaba el entendimiento en
los cuerpos estriados, pero situaba la facultad de juzgar y la
sensación en la mayor circunvolución de los hemisferios.
Willis buscaba la imaginación en el cuerpo calloso, las pasio-
nes en el par anterior de los cuadrugéminos, los instintos en la
glándula pineal. Allí situaba Lancisi el juicio; Glaser creía que
la memoria residía en el cerebelo. «Es fácil imaginarse»,
añade Neumann, «que todas estas hipótesis carecían de base».
Para Haindorf la médula espinal es la sede del «sentimiento
animal de sí mismo», el encéfalo lo es de las diferentes facul-
tades del alma, y el cerebelo como el «órgano de la concien-
cia concentrada y de la afectividad», porque su organización
es la más compleja y la más perfecta, porque su circunvolu-
ción es la más marcada, porque su forma es redondeada y por
tanto absolutamente perfecta, y porque no emite ningún ner-
vio, y por tanto está cerrado sobre sí mismo.
A Schröder van der Kolk le parece que los lóbulos occipi-
tales y parietales son sede de las emociones, y el cerebro fron-
tal el del entendimiento. Blumröder declara que el cerebelo es
el «cerebro individual (opuesto al cerebrum, que es el cerebro
divino), el cerebro de la acción, el cerebro Ahriman, el cerebro
de la sangre (como agente ciego, en oposición al cerebrum que
es juez vidente)». Guislain buscaba la sede de los procesos
afectivos en las regiones temporales y parietales. Bergmann
estableció todo tipo de relaciones arbitrarias entre las diversas
funciones psíquicas y sus «sistemas de cordones».
Después, a principios del siglo pasado, la frenología, fun-
dada por Gall y Spurzheim, se esforzó por delimitar, en la
superficie del cerebro, toda una serie de zonas que, según se
creía, eran sede de facultades precisas del ser humano. El

148
método Gall consistía, por una parte, en establecer una rela-
ción entre el desarrollo más importante de ciertas zonas del
encéfalo de los animales y ciertas cualidades psíquicas nota-
bles, y, por otra parte, en examinar la forma exterior del crá-
neo de seres humanos que tuvieran facultades, tendencias o
deficiencias particulares, y luego considerar las protuberan-
cias o huecos observados en tal o cual lugar como la expresión
de esas particularidades personales. Las objeciones que hay
que hacer a este método son evidentes. En primer lugar, la
superficie del cráneo no refleja en absoluto la del cerebro; por
otro lado, la mayor parte de las formaciones cerebrales no
ejercen absolutamente ninguna influencia sobre la redondez
de los hemisferios. Además, las relaciones establecidas entre
la forma del cerebro y las cualidades psíquicas eran excesiva-
mente groseras y arbitrarias. Finalmente, las facultades así
repartidas en la superficie del cerebro eran elegidas de mane-
ra perfectamente gratuita, y eran a la vez tan complejas que su
localización en una zona cerebral estrechamente circunscrita
no parece posible.
La investigación demostró más tarde que también las tesis
de Gall eran aberrantes. Incluso durante cierto tiempo, se
rechazó la idea fundamental, seguramente exacta, de la exis-
tencia de una relación entre ciertas operaciones y algunas par-
tes del cerebro, después de que Flourens, basándose en expe-
rimentos animales, se afirmara en la opinión de que las des-
trucciones no conllevan más que lesiones generales, y no cir-
cunscritas, del funcionamiento psíquico. Pero este principio
fue refutado cuando Fritsch y Hitzig, en 1870, lograron pro-
vocar convulsiones circunscritas a ciertos grupos musculares
precisos estimulando eléctricamente algunos puntos de la
superficie del cerebro. El combate entre los partidarios y los
adversarios de una relación estrecha entre las funciones cere-
brales y algunas regiones circunscritas del cerebro fue incier-
to durante mucho tiempo, pero hoy se reconoce la existencia
de esta relación; sin embargo, hay que admitir que en todos los

149
procesos bastante complejos, intervienen numerosas estructu-
ras individuales. Esta teoría ha sido confirmada en el hombre
desde hace mucho gracias a la doctrina de Broca, que demos-
tró que la afasia es posterior a la destrucción de la tercera cir-
cunvolución frontal izquierda. Vino luego el brillante descu-
brimiento de Wernicke, que encontró en la circunvolución
temporal superior izquierda la sede de la comprensión de la
palabra, y después la prueba de la existencia en el hombre de
relaciones entre la visión y ciertas regiones de la corteza occi-
pital, que venía a confirmar las experiencias animales de
Munk. Se dividió así la superficie cerebral de manera análoga
pero mucho más sencilla, cartográfica, en regiones individua-
les en las que se situó el origen de algunas manifestaciones
voluntarias y de algunas percepciones. Después, basándose en
exámenes históricos y evolutivos, Flechsig consiguió indivi-
dualizar bastantes campos de la corteza, a algunos de los cua-
les llamó centros sensoriales y a otros centros asociativos.
Todos esos intentos que apuntaban a localizar el origen de
algunas funciones mentales se caracterizan porque no tienen
lo suficientemente en cuenta la estructura de la corteza cere-
bral. Ya Meynert había descrito no sólo la articulación de este
órgano en capas individuales, superpuestas, sino también cier-
tas diferencias locales de esta estratificación. Así pues, si ano-
malías de estructura corresponden a anomalías de las funcio-
nes, y tenemos razones para suponerlo, la corteza cerebral no
puede constituir una unidad, contrariamente a lo que las divi-
siones cartográficas suponen; es necesario pensar que las dife-
rentes sub-regiones están no sólo yuxtapuestas, sino también
superpuestas y, a menudo, intrincadas de manera compleja.
Esta teoría encuentra su apoyo más poderoso en las investiga-
ciones iniciadas por Von Vogt y Brodmann en el instituto de
neurobiología sobre las diferencias locales de la estructura de
la corteza cerebral. Mostraron que este sustrato de nuestra
vida psíquica está compuesto por gran número de formaciones
lenticulares de estructura y de diámetro diferentes, cuya exten-

150
sión y relación recíproca varían de manera importante en los
animales. Parece que constituyen las sedes de las funciones
psíquicas simples que participan, en proporción variable, en
todo proceso consciente. Sin embargo, son escasas las forma-
ciones de este tipo para las cuales se haya podido demostrar
una relación con funciones precisas.
Durante mucho tiempo, la doctrina de las causas de la
locura se vio poco modificada por los progresos de la ciencia;
no se hizo ningún intento serio, sobre todo para establecer una
relación más estrecha entre esas causas y algunas formas pato-
lógicas. Era culpa, en parte, de una mala delimitación de las
formas patológicas, que descansaba únicamente sobre los cua-
dros de estado y no sobre los procesos patológicos que están
en la base de los mismos. Por eso, incluso en las construccio-
nes doctrinales de un Meynert o de un Wernicke, el estudio de
las causas patológicas queda relegado a un segundo plano. Sin
embargo, es indudable que cada vez que existe realmente una
relación etiológica entre un daño y la locura declarada, la
forma misma de la locura tiene rasgos característicos. No obs-
tante, las influencias etiológicas son a menudo complejas y las
relaciones son, por esto mismo, difíciles de captar. Sea como
fuere, debemos intentar, y no tendría por qué ser siempre
demasiado difícil, aprender a reconocer con cierta probabili-
dad el daño causal a partir del tipo del cuadro patológico.
El descubrimiento del origen sifilítico de la parálisis
general representa el progreso más importante que se haya
realizado hasta ahora en el conocimiento de las condiciones de
aparición de la locura. Inicialmente presentido por algunos
observadores, considerado después probable por datos cada
vez más convincentes, el origen sifilítico de esta afección
mortal ha sido recientemente declarado fuera de toda duda
gracias al descubrimiento de la reacción de Wassermann en la
sangre y en el líquido cefalo-raquídeo. Más tarde, se puso de
manifiesto el agente patógeno, identificado mientras tanto, en
la masa cerebral. No obstante, no se ve todavía muy bien el

151
tipo particular de estas relaciones etiológicas, pues existen
afecciones cerebrales sifilíticas que se alejan considerable-
mente de la parálisis general.
Al desvelar la importancia psiquiátrica de esta terrible
endemia, la investigación sobre la sífilis y, sobre todo, la ines-
timable técnica de la reacción de Wassermann aclararán con
toda probabilidad otros vastos dominios de nuestra ciencia.
Así, evaluamos mejor la frecuencia de las contaminaciones no
diagnosticadas en el conjunto de nuestros enfermos, y conse-
guimos interpretar de manera exacta bastantes casos descono-
cidos hasta ahora. Además, una investigación paciente y com-
prensiva en el campo de las formas de debilidad innata y
adquirida precozmente revelará sin duda una extensión ines-
perada de las influencias sifilíticas. Seguramente, lo mismo
ocurrirá con numerosas formas de constitución frágiles, mar-
cadas sobre todo por deficiencias morales. Es muy importante
descubrir esos factores patógenos, pues sólo su identificación
permitirá combatirlos.
La época reciente nos ha aportado otro gran descubri-
miento en el campo de la doctrina etiológica. Aunque no tiene
un alcance inmediato idéntico al del descubrimiento anterior,
abrió perspectivas científicas de una importancia tal vez ma-
yor para el futuro. Se trata de las influencias que ejerce la ac-
tividad del tiroides sobre la salud física y psíquica, puesta de
manifiesto sobre todo por Kocher. Un exceso o un agotamien-
to de la secreción de la hormona tiroidal pueden provocar
afecciones graves e incluso mortales, acompañadas por mani-
festaciones características; a la hipersecreción corresponde la
enfermedad de Basedow, al agotamiento de la secreción co-
rresponden en el adulto el mixedema, en el niño el cretinismo.
El tratamiento del cretinismo, hecho posible por este descu-
brimiento, dio resultados a veces verdaderamente milagrosos,
hasta tal punto que se pudo esperar que su asociación con me-
didas más generales de cuidado de la salud permitiría erradi-
car progresivamente esta terrible plaga de los países montaño-

152
sos. Además, el ejemplo del tiroides dirigió la atención de los
investigadores sobre el papel que desempeñan todas las demás
glándulas endocrinas en nuestra economía corporal. Puede in-
cluso decirse que estos descubrimientos han ejercido a menu-
do una influencia decisiva sobre nuestra comprensión del fun-
cionamiento interno del organismo. Aunque las relaciones
parecen ser, en el caso de estas glándulas, bastante menos sim-
ples que en el caso del tiroides, se han hecho numerosos des-
cubrimientos y han resultado importantes para la teoría de los
trastornos del desarrollo, incluso en nuestra disciplina.
Los trastornos del metabolismo pertenecen a un campo
próximo; desempeñan seguramente un papel importante en
muchas formas de la locura, como parecen demostrarlo sobre
todo las oscilaciones muy intensas del peso corporal. El análi-
sis de la composición de la orina, casi el único realizado
durante mucho tiempo, ha resultado, sin embargo, completa-
mente insuficiente para permitirnos determinar las numerosas
anomalías de la economía corporal que suponerse puedan. En
cambio, un estudio detallado del metabolismo global, realiza-
do a mayor escala y poniendo en práctica las técnicas que últi-
mamente han alcanzado una gran perfección, parece prometer
una importante cosecha en el campo de la epilepsia, de la pará-
lisis general, de la locura maníaco-depresiva y de la demencia
precoz. Los pocos trabajos realizados hasta ahora permiten
esperar resultados favorables. Las investigación serológica,
aunque más precisa, tal vez consiga aportarnos informaciones
aún más valiosas. No obstante, las grandes esperanzas que
había despertado el procedimiento de la diálisis de Abderhal-
den no se han visto confirmadas, al menos en nuestra discipli-
na. Sin embargo, parece que conseguiremos la clave de la
comprensión de muchos procesos físicos, sanos y mórbidos,
por medio del estudio de la sangre y del citoplasma, y que las
investigaciones perseverantes y extensivas en esa dirección
también serán provechosas para nuestra ciencia.
Si bien se han llevado a cabo grandes cambios en la doc-

153
trina de las causas y de las bases corporales de la locura, las
teorías relativas a la producción de los trastornos mentales por
influencias psíquicas se han modificado poco. No obstante, la
importancia de estas influencias ha sido apreciada de manera
muy diversa. Mientras que los antiguos psiquistas les concedí-
an el lugar más importante, los somatistas tenían tendencia a
considerarlas completamente accesorias. Las concepciones
populares, por el contrario, les concedían un papel importante
en el origen de la locura, y el mismo Griesinger las juzgaba
más decisivas en general que los daños corporales. Hoy pode-
mos delimitar las cosas de manera bastante clara. Sabemos
que muy a menudo, las supuestas causas psíquicas, el amor
desgraciado, los fracasos profesionales, el agotamiento, no
engendran la afección, sino que son sus consecuencias; que
además, muchas veces son sólo sucesos externos que hacen
surgir trastornos ya instalados; y finalmente, que, en general,
sus efectos dependen en gran medida de la constitución de la
persona afectada. Pero, sin lugar a dudas, existe un grupo de
trastornos psíquicos que son desencadenados solamente por
causas psíquicas, constituidas por influencias afectivas. Los
más importantes son las afecciones histéricas –cuya naturale-
za ha sido precisada por Charcot y Möbius sobre todo–, la
neurosis de accidente, provocada por la legislación sobre los
accidentes, y la neurosis de guerra que se le parece mucho.
La constitución fundamental del ser humano, condiciona-
da ante todo por las influencias de la herencia, desempeña fre-
cuentemente un papel decisivo en la génesis de la locura. Muy
pronto, los alienistas reconocieron la importancia desfavorable
de la carga hereditaria, y subrayaron que ciertos trastornos
mentales importantes de los padres, pero también otro tipo de
anomalías y de daños que les aquejan, pueden ser funestos
para sus descendientes. También se dieron cuenta rápidamen-
te de que las influencias hereditarias de las generaciones ante-
riores siguen actuando y pueden expresarse en los colaterales.
Se dedicaron, pues, innumerables estudios a la herencia de los

154
enfermos mentales, teniendo en cuenta todo lo que se creyera
que podía tener consecuencias hereditarias en cada caso parti-
cular. No sorprenderá que los resultados así obtenidos hayan
sido muy distintos en función del cuidado puesto en la recopi-
lación de los datos y de la importancia atribuida a las indica-
ciones individuales, y que no hayan dado más que una imagen
muy vaga de la importancia variable que corresponde a la
constitución hereditaria en las diferentes formas de locura.
Hasta estos últimos tiempos, ni siquiera había interés en esta-
blecer una comparación con la carga hereditaria de las perso-
nas mentalmente sanas; ahora bien, como han mostrado sobre
todo las investigaciones de Diem, ésta no es verdaderamente
inferior a la de los enfermos mentales más que en lo que se
refiere a las afecciones parentales. Este solo hecho basta para
mostrar que existen en la serie hereditaria, además de las
influencias desfavorables, influencias correctoras muy fuertes,
y que, de manera general, los cruzamientos diluyen los facto-
res hereditarios negativos; pero también pueden reforzarlos.
Eso reduce considerablemente el alcance de la doctrina de
Morel, que describía un aumento de las alteraciones degene-
rativas hereditarias a lo largo de las generaciones y que ejerció
una gran influencia en la psiquiatría, sobre todo la francesa.
Esta doctrina lleva a oponer, particularmente en Magnan,
sobre todo los trastornos mentales de los degenerados y los
trastornos mentales de las personas cuya constitución es nor-
mal. Aunque haya aclarado considerablemente las estrechas
relaciones que unen ciertas formas de locura con la predispo-
sición hereditaria, la separación radical de esos dos grupos ha
resultado impracticable.
Sólo se consiguió elaborar con éxito la cuestión de la
influencia que ejerce la herencia sobre la forma particular de
la locura, muy importante, cuando se pudo conocer mejor toda
una serie de procesos patológicos reales. Antes, se tendía a no
ver en la carga hereditaria, de manera muy general, más que
un deterioro de la constitución, que podía manifestarse de

155
cualquier manera en los descendientes. Las investigaciones
más recientes –las de Pilcz son las más exhaustivas– mostra-
ron no obstante que existen sin duda relaciones más estrechas
entre las influencias hereditarias de los antepasados y los esta-
dos patológicos que condicionan a los descendientes, aunque
en el caso individual se encuentran muchas veces ocultas por
todo tipo de factores diversos. En estas indagaciones, como en
todas las investigaciones sobre la herencia, hay que tener
siempre en cuenta la diferencia entre carga hereditaria en sen-
tido estricto y lesión embrionaria, diferencia sobre la cual se
ha insistido recientemente. La carga hereditaria es un deterio-
ro de la masa hereditaria debida a la composición de las gene-
raciones anteriores; la lesión embrionaria, en cambio, es la
lesión de la constitución del embrión por daños que habían
alcanzado personalmente a uno de los padres.
Como es sabido, las investigaciones innovadoras de
Mendel, suscitaron cuestiones completamente nuevas para la
doctrina de la herencia. El descubrimiento de las leyes de la
herencia obligó a la psiquiatría, como a las demás ciencias, a
reanudar sus estudios en este campo, a partir de puntos de
vista modificados y ampliados. Estas indagaciones, emprendi-
das a gran escala por Rüdin, tienen como finalidad descubrir
las leyes particulares que rigen la herencia de las diferentes
constituciones patológicas en el caso de la locura, luego,
determinar en qué condiciones se forma por primera vez un
germen patológico transmisible a la posteridad. Es probable
que para contestar a estas cuestiones importantes sea necesa-
rio un seguimiento continuo y detallado de largas series de
generaciones, y que sólo los investigadores futuros recojan los
frutos de las indagaciones que se inician hoy. Pero ellos no
podrían cosechar si nadie hubiera querido sembrar.
Llegamos aquí a los límites de los campos recientes de la
investigación. Sólo un futuro lejano nos mostrará cómo la con-
junción de los daños exteriores y de las peculiaridades de la
personalidad afectada conlleva la diversidad infinita de las

156
manifestaciones patológicas. Algunos hechos aislados nos
permiten ya pensar que sobre todo la edad, pero también el
sexo, la raza y la constitución familiar pueden influir en la
morfología particular de los cuadros patológicos. Una psi-
quiatría comparativa, capaz de estudiar esas relaciones y de
transformar las vagas impresiones actuales en conocimientos
precisos, aumentaría considerablemente lo que sabemos de la
esencia y de las condiciones de aparición de la locura. Las
investigaciones demográficas, el estudio de los procesos y de
las mutaciones que tienen lugar en el seno de la población, por
medio de censos metódicos, también podrán contribuir a
ampliar nuestros conocimientos. Nos ofrecerán informaciones
sobre las manifestaciones patológicas psíquicas más o menos
intensas que se observan en la población, pero sobre todo, nos
indicarán si tenemos que contar o no con un aumento progre-
sivo de estos trastornos, cuestión fundamental, aún abierta y
capital para nuestro destino.
Naturalmente, la formación de un cuerpo de alienistas y el
desarrollo de una ciencia especializada independiente que de
ello resultó, ejercieron una influencia decisiva sobre el trata-
miento de los enfermos mentales. Se cuenta que el 24 de mayo
de 1798, Pinel, con la autorización de la Asamblea nacional,
liberó de sus cadenas a 49 locos de Bicêtre; el pintor Robert-
Fleury dedicó recientemente un cuadro a este acontecimiento.
Lähr indicó que este hecho, con esta forma, fue probablemen-
te una invención; sin embargo, expresa algo de alcance gene-
ral, a saber, que son los médicos quienes han liberado a los
enfermos de sus cadenas. Pero hubo que esperar varias déca-
das antes de que se generalizara este movimiento en favor de
un tratamiento más humano de los locos. Cuenta Esquirol que
algunos establecimientos le han rechazado las camisas de
fuerza que recomendaba para sustituir a las cadenas, porque
estas últimas eran más baratas. La desaparición de las cadenas
vino acompañada por la supresión progresiva de los castigos
corporales, aunque muchos alienistas, durante cierto tiempo,

157
los hayan considerado y empleado como medio educativo
indispensable para combatir las malas inclinaciones de los
enfermos.
Las cadenas fueron primero sustituidas por otros medios
de fuerza menos brutales, así como también los instrumentos
de tortura que hemos descrito antes y que tenían que haber
enderezado una vida psíquica trastornada. Sin embargo, al
cabo de unas décadas, este espectro había desaparecido de los
establecimientos de alienados, pues estaban convencidos de la
inutilidad y de la crueldad de esos métodos. No obstante,
Leuret todavía preconizaba, en 1834, la «intimidación» de los
enfermos, la represión de sus costumbres desagradables y de
sus representaciones delirantes por un uso metódico de las
duchas frías. Pero, en general, la coacción corporal ya no se
usaba en esta época más que para protegerse de los comporta-
mientos peligrosos de los enfermos.
El mérito de haber abolido esta última medida correspon-
de a los médicos ingleses Gardiner Hill, Charlesworth y sobre
todo Conolly. El 21 de septiembre de 1839, Conolly, animado
por las experiencias de los otros dos médicos que acabamos de
citar, se atrevió a suprimir de una vez todos los medios de
fuerza en el gran establecimiento de Hanwell. El intento fue
un éxito brillante, pero únicamente, y Conolly no se cansa de
repetirlo, porque a la vez se produjo un cambio radical en el
conjunto del tratamiento y de los cuidados prodigados a los
enfermos mentales. En lugar de la coacción corporal, que no
hacía más que reprimir de manera puramente exterior las
manifestaciones patológicas, había que introducir medidas
que pudieran influir favorablemente sobre la vida psíquica de
los enfermos, prevenir el desarrollo de malas inclinaciones y
de incidentes, o neutralizarlos de otra manera. Conolly lo con-
sigue ofreciendo un alojamiento agradable para los enfermos,
teniendo cuidadosamente en cuenta sus necesidades, tratándo-
les con afecto, dirigiéndoles palabras amistosas, respetando su
particularidad personal, encontrándoles una ocupación y una

158
distracción adecuadas. Observó que los enfermos no eran, ni
de lejos, tan peligrosos como parecían antes, y que muchas de
sus particularidades desagradables, molestas y desconfiadas
eran sólo consecuencia de un tratamiento que intentaba repri-
mir violentamente las manifestaciones patológicas. Como en
la fábula de la apuesta entre el sol y el viento a propósito del
abrigo del paseante, el sol ardiente de la filantropía triunfó
rápidamente donde el asalto brutal de la violencia había fraca-
sado.
Es evidente que no se habría podido llevar a cabo esta
reforma sin la colaboración enérgica, entregada e inteligente
del personal de vigilancia. Ya Heinroth exigía al personal de
servicio de los establecimientos de alienados que fueran «per-
sonas sanas, vigorosas, valientes, hábiles, sensibles, activas;
que tuvieran un espíritu lo suficientemente abierto para captar
y saber aplicar las pequeñas preparaciones y las pequeñas
estratagemas propias al tratamiento de los enfermos mentales,
o para plegarse a ellos y a sus particularidades. No deben ser
ni arrogantes ni salvajes, ni flemáticos, ni cohibidos, ni dor-
midos, ni bebedores; su aspecto debe ser decente y limpio. En
cierto modo, son los confidentes de los enfermos, y por tanto
tienen que intentar conseguir su confianza, pero también
ganarse une especie de consideración adoptando un comporta-
miento amistoso pero firme y reflexivo».
Por lo tanto, había que permitir a esos auxiliares extrema-
damente importantes que resolvieran cada vez mejor sus difí-
ciles tareas, trabajo al que los alienistas se han dedicado con
éxito creciente hasta hoy. Ante todo, era necesario contratar a
personas adecuadas proponiéndoles un salario adecuado, y
vincularles a su oficio dándoles la posibilidad de fundar una
familia, pagándoles una jubilación, permitiéndoles beneficiar-
se de un seguro, concediéndoles un descanso suficiente y faci-
litándoles una alojamiento agradable. La desaparición progre-
siva, en el curso del tiempo, de los graves inconvenientes y de
los peligros que antes hacían insoportable el oficio de enfer-

159
mero, facilitó en gran medida esta tarea. También hubo que
dar una formación teórica y práctica al personal de cuidados,
dispensándoles una enseñanza, a veces obligándole a seguir
estudios y examinarse. Como los cuidados eran ahora los de
un hospital, se pudo proceder en estos últimos tiempos a la
contratación a gran escala y con gran éxito de enfermeras,
incluso para enfermos masculinos, mientras que hace cien
años, se consideraba a menudo que era necesaria la presencia
de personal masculino para las secciones de mujeres furiosas.
Es difícil representarse con la intensidad necesaria la
mutación que provocó la desaparición progresiva de los
medios de fuerza en los establecimientos psiquiátricos. Con
ellos desapareció también, de manera progresiva, la tendencia
profundamente arraigada de castigar el comportamiento de los
locos, fuera de la manera que fuese. Las medidas de represión
no tenían ya como finalidad hacer sentir al enfermo lo inde-
cente de su comportamiento, sino solamente protegerle y pro-
teger a quienes le rodeaban. Los establecimientos se convir-
tieron así en lugares de máxima libertad, donde los enfermos
no eran reprimidos más que en la medida en que lo exigía su
protección y la de sus compañeros de sufrimiento. Este cam-
bio de punto de vista ejerció una influencia muy profunda
sobre los huéspedes y en el espíritu de los establecimientos.
Los enfermos se fueron tranquilizando, eran cada vez más
influenciables, más abordables, confiaron en su entorno y sin-
tieron de manera benéfica los cuidados que les prodigaban
para aliviar sus males por todos los medios; se plegaban, pues,
con más facilidad a las prescripciones de los médicos. El com-
bate incesante que tantos enfermos mentales mantenían contra
la privación indispensable de su libertad y contra aquéllos a
quienes consideraban sus opresores perdió su animosidad, al
menos en gran medida, cuando dejaron de alimentarlo la vio-
lencia y las medidas punitivas.
A pesar de estas mejoras evidentes, el movimiento lanza-
do por Conolly se extendió lentamente, sin duda porque las

160
condiciones necesarias para la sustitución de los medios de
coacción por otras instalaciones sólo pudieron crearse progre-
sivamente. En Alemania, Ludwig Meyer fue el primero en dar
el paso en 1862, al suprimir los medios de fuerza corporales.
Pero este combate innovador duró todavía décadas, antes de
que se admitiera universalmente que las medidas de fuerza,
salvo muy escasas excepciones, no eran indispensables, y que
por tanto podían ser rechazadas. En el curso de estos últimos
treinta años, con decenas de miles de enfermos, sólo una vez
tuve que recurrir a la fuerza; se trataba de un epiléptico confu-
so y muy excitado cuya vida estaba amenazada por una hemo-
rragia, y al que até a la cama con sábanas durante unos días.
Para sustituir los medios de fuerza en los estados de exci-
tación grave, Conolly recomendaba encerrar temporalmente a
los enfermos en una celda acolchada. Este aislamiento, que
recordaba, de forma atenuada, a la reclusión de los enfermos
en «mazmorras», jaulas y otras lugares de seguridad, sigue
siendo considerado hoy en día indispensable por muchos alie-
nistas, y en efecto lo es cuando las condiciones no permiten
disponer de las mejores instalaciones. Autenrieth fue el pri-
mero en Alemania en mejorar las mazmorras en las que se
confinaba a los locos inventando la celda con empalizada,
cuya estufa y ventanas eran protegidas de los ataques del
enfermo por fuertes barrotes de madera, de tal manera que
podía dejarse al paciente su libertad de movimiento. Eso es
precisamente lo que criticaba Heinroth: la voluntad ha de ser
limitada, pues todo el poder, toda la esencia de la enfermedad
se concentran en ella. En Alemania se utilizaron a menudo las
celdas acolchadas, pero los graves problemas que se origina-
ban cuando se ensuciaban aconsejaron su abandono. En cam-
bio, todo establecimiento dispuso de un número más o menos
importante de habitaciones de aislamiento, que se caracteriza-
ban sobre todo por sus ventanas y puertas protegidas, suelos,
paredes y techos lavables, y por la ausencia de todo elemento
que pudiera ser objeto de una actividad destructora o peligro-

161
sa para el enfermo. Naturalmente, en estas circunstancias no
pueden resultar habitaciones agradables de ocupar, pues, si
exceptuamos tal vez un ropero, todos los muebles quedan
excluidos. Para que se acueste el enfermo, la mayoría de las
veces se utiliza un jergón que se introduce por la noche, con
una sábana a menudo de gruesa lona; pero a veces hay que
encerrar desnudos a muchos enfermos destructores, sólo con
un poco de paja o algas secas.
El aislamiento despertó una lucha continua y encarnizada
entre el espíritu inventivo de los alienistas y los técnicos por
un lado y, por otro, los instintos mórbidos tenaces. En conjun-
to, son estos últimos los que han triunfado. Es imposible
luchar eficazmente contra las destrucciones, las auto-mutila-
ciones y la suciedad de los enfermos encerrados en las celdas
de aislamiento. Por el contrario, se cayó en la cuenta de que el
aislamiento, entre otros graves inconvenientes, más bien favo-
rece esos comportamientos problemáticos, y hace aparecer los
inquietantes «artefactos de manicomio», totalmente embrute-
cedores, que son el terror de todo alienista. Catástrofes seme-
jantes sólo aparecen tras una larga reclusión de los enfermos,
pero una vez que se empieza a utilizar el aislamiento, se tien-
de con mucha facilidad a generalizar su uso, y cada vez es más
difícil limitarlo. También es innegable que el aislamiento,
salvo en casos excepcionales, no elimina las manifestaciones
patológicas, sino que simplemente las disimula, y dificulta los
cuidados y la vigilancia; además, muchas veces es necesario
dominar al enfermo resistente antes de poder aislarle.
Naturalmente, los alienistas intentaron atajar los proble-
mas causados por el aislamiento, y fueron cada vez más nume-
rosos los que desearon su supresión total. Wattenberg,
Heilbronner y Hoppe sobre todo, abogaron con fuerza por un
tratamiento «sin celda». No hay duda de que hoy en día se
puede renunciar a la reclusión de los enfermos mentales, lo
cual constituye un progreso importante en la transformación
de los establecimientos de alienados en simples hospitales.

162
Desde hace quince años, he podido prescindir totalmente del
aislamiento, y creo que también podría evitarse en los grandes
establecimientos si, de entrada, tratáramos a todos los enfer-
mos sin recurrir a ello. Sin embargo, para eso es necesario
tener instalaciones costosas, de las que no se dispone en todas
partes; ante todo, es necesaria una asistencia médica suficien-
te, un personal de vigilancia numeroso y bien formado, y
mucho sitio en las secciones de los enfermos.
Dos progresos importantes en esta dirección fueron la ins-
tauración de una vigilancia constante, bajo el impulso de
Parchappe, y obligar a los enfermos recientes a acostarse
como remedio terapéutico, cosa que Guislain fue el primero
en emplear sistemáticamente en los melancólicos. Aunque en
su origen no parecía necesario el ingreso para el tratamiento
más que en el caso de los que padecían enfermedades orgáni-
cas, para los inválidos o los paralizados, se fue distribuyendo
progresivamente un número cada vez mayor de enfermos
recientes en secciones especiales en las que se acostaba a los
enfermos con fines terapéuticos, de manera más o menos
estricta. Se cayó en la cuenta entonces de que las manifesta-
ciones patológicas más intensas recibían casi siempre influen-
cias favorables. Los deprimidos se sentían más libres; los agi-
tados se tranquilizaban; los tercos se volvían abordables; su
peso aumentaba. Todo eso mostraba al médico que, antes que
nada, el cerebro enfermo necesita calma, como cualquier otro
órgano enfermo de nuestro cuerpo. El comportamiento de los
enfermos se hizo cada vez más apacible y discreto; la vida
interior de los establecimientos de alienados iba pareciendo
cada vez más la de un hospital corriente. Una comparación
entre una sala de vigilancia de nuestra clínica, representada en
la figura 26, y las antiguas celdas en las que se encerraba a los
furiosos, muestra claramente este cambio.
Además, al hacerles guardar cama, se puede vigilar y cui-
dar mucho mejor a los enfermos. El hecho de que movilizara
relativamente poco al personal, permite observar día y noche

163
26. Sala de vigilantes de la clínica psiquiátrica de Munich.

sin interrupción, a muchos enfermos. Así, al intervenir a tiem-


po, fue posible reprimir en germen muchos inconvenientes,
trastornos y peligros; las auto-mutilaciones y los accidentes
fueron cada vez más escasos; los enfermos sucios, inválidos y
los que se negaban a alimentarse pudieron disfrutar de cuida-
dos infinitamente mejores. Por estas razones, el hecho de
acostar a los enfermos con fines terapéuticos, que defendió
enérgicamente sobre todo Neisser, se ha generalizado rápida-
mente, sobre todo en Alemania, mientras que en el extranjero
todavía se dudaba. Todo buen establecimiento dispone hoy
entre nosotros de amplias salas de vigilancia, ofreciendo la
tranquilidad y cuidados específicos no sólo a todos los que lle-
gan sino también a los viejos huéspedes cuyas antiguas mani-
festaciones patológicas reaparecen. En los asilos municipales
especialmente destinados a los enfermos recientes, como en
nuestra clínica, es una regla absoluta acostarles, que sólo se
suspende para los enfermos en vías de curación y para los
enfermos crónicos.

164
El hecho de acostarles ya había permitido limitar de
manera importante el recurso al aislamiento; otro progreso
pudo ser realizado en esta dirección gracias al uso generoso de
los baños calientes, bajo forma de baños de larga duración
sobre todo. Los antiguos médicos ya habían alabado muchas
veces la acción sedativa de este medio: en los años 40, Brierre
de Boismont prolongaba los baños durante 6 y 14 horas, y los
completaba con aspersiones. En nuestros días, Scholz utiliza
frecuentemente los baños prolongados; suele usar bañeras
cubiertas de lona. Lo que se oponía a prolongar la duración de
los baños, aparte de los costes, era sobre todo el temor a una
acción debilitadora y un desfallecimiento repentino del cora-
zón. Pero las experiencias hechas en el curso de estas últimas
décadas mostraron que los enfermos soportaban los baños de
larga duración, incluso cuando se prolongan durante varios
días o varias semanas, salvo en casos raros; hoy en día en
Alemania, se cuentan entre los medios de tratamiento indis-
pensables. En las instalaciones ejemplares, hacen el aisla-
miento totalmente facultativo y permiten así vigilar constante-
mente a todos los enfermos, lo cual representa una gran ven-
taja. Permiten tratar al momento cualquier crisis de manera a
la vez adecuada y suave, y reducir al mínimo los graves pro-
blemas ligados a la suciedad y a la destrucción. Finalmente,
protegen de las escaras a los enfermos inválidos y paralizados,
cosa que es muy difícil de evitar en los enfermos sucios que
permanecen en cama durante mucho tiempo. La figura 27
puede dar una idea de la instalación actual de una habitación
reservada a los baños de larga duración.
No hay que ignorar sin embargo que también la industria
química nos ha permitido superar muchas dificultades que los
antiguos médicos debían combatir duramente, poniendo a
nuestra disposición, en el curso de estas últimas décadas, toda
una serie de somníferos y sedantes desconocidos hasta ahora.
El primer somnífero de verdad fue el hidrato de cloral, reco-
mendado por Liebreich en 1869; casi todos los somníferos

165
27. Cuarto para baños de la clínica psiquiátrica de Munich.

posteriores también fueron fabricados y experimentados pri-


mero en Alemania. Es cierto que no tenemos que considerar
estos remedios más que como un mal menor, y que su uso
expone a grandes peligros. Pero también es cierto que para
innumerables enfermos son una ventaja inapreciable, y que
han contribuido mucho a dar a las salas de los establecimien-
tos psíquicos la tranquilidad de los hospitales, eliminando así
una gran parte del horror que la imaginación profana les sigue
atribuyendo.
También conviene señalar que los progresos generales de
la terapéutica han contribuido de muchas maneras a mejorar
considerablemente la asistencia médica en los establecimien-
tos psiquiátricos. Además de las medidas de prevención de las
enfermedades contagiosas, que encuentran ahí un terreno
favorable, y el tratamiento más eficaz de las enfermedades

166
físicas de todo tipo, sobre todo los éxitos de las intervenciones
quirúrgicas, mencionaremos solamente inventos como la
jeringa de Pravaz y las sondas gástricas de caucho, que adqui-
rieron gran importancia en el tratamiento de nuestros enfer-
mos. Ambas nos independizan casi totalmente de las resisten-
cias patológicas a la toma de medicamentos y a la comida,
resistencias a menudo antes insuperables para los médicos.
Así, en muchos casos en los que toda ayuda eficaz parecía
antes excluida, ahora podemos aportar calma con rapidez y
seguridad, y evitar que decaigan las fuerzas.
Bastan unas palabras para decir que las revoluciones que
se han llevado a cabo en el funcionamiento interno de los es-
tablecimientos psiquiátricos, y que acabamos de describir,
cambiaron profundamente su aspecto, e incluso la arquitectu-
ra de esos edificios. El movimiento de separación de los esta-
blecimientos de tratamiento y de los establecimientos de alo-
jamiento, iniciado a principios del siglo pasado, desemboca
bastante pronto en una «asociación relativa» de los dos tipos
de establecimiento, en una anexión del segundo por el prime-
ro, bajo el impulso sobre todo de Damerow. Se cayó en la
cuenta de que a menudo era imposible reconocer con certeza
la curabilidad de un caso, que los incurables se acumulaban
rápidamente en los establecimientos de tratamiento, y que a
veces se podían señalar curaciones inesperadas en los estable-
cimientos de alojamiento. Además, muchos incurables se con-
virtieron en elementos preciosos, e incluso indispensables en
la vida de los establecimientos, y el traslado de un enfermo de
un edificio a otro representaba muchas veces para su familia,
y a veces también para él mismo, cierta crueldad. Todas esas
razones orientaron el nacimiento de nuestro sistema actual, en
el que los enfermos están repartidos en los establecimientos en
función de su comportamiento y sus necesidades, y no en fun-
ción de su tipo y de sus perspectivas de curación.
Pero naturalmente, como los enfermos curables no se que-
dan hospitalizados más que cierto tiempo, los incurables cons-

167
tituyen la masa principal de los enfermos alojados en los esta-
blecimientos sin circulación. Esa es la razón de que el trata-
miento se orientara cada vez más hacia un nuevo objetivo,
conservar y utilizar en la medida de lo posible las fuerzas físi-
cas afectadas. Lo que permite alcanzar esta meta es la ocupa-
ción, ya reiteradamente recomendada por los antiguos alienis-
tas. La idea de Reil, según la cual el establecimiento de alie-
nados debe parecerse a una granja, traduce bien esta nueva
orientación; estuvo representada en Francia sobre todo por
Ferrus. Por eso se anexionaron a menudo a los establecimien-
tos talleres y jardines, y muchas veces también huertas y esta-
blos. En muchos sitios se formaron pequeñas colonias en las
que los enfermos pacíficos, capaces de trabajar, podían gozar
de un grado importante de libertad y de autonomía, a la vez
que ejercían una actividad regular.
La influencia favorable que esas instalaciones ejercieron
sobre los enfermos fue evidente. Sin embargo, todos esos
intentos fueron primero desordenados. La anexión de un gran
establecimiento psiquiátrico a la propiedad de Altscherbitz en
1876, por iniciativa de Köppe, fue un progreso determinante.
La vida de este establecimiento se basó intencionadamente en
el conjunto del funcionamiento agrícola, y se intentó a la vez
conceder a los enfermos la mayor libertad posible, compatible
con su estado. Este primer intento, realizado a gran escala, fue
coronado por un éxito ejemplar, y Altscherbitz se convirtió en
el modelo de gran número de establecimientos «coloniales»
similares, sobre todo en Alemania. Aunque las instalaciones
tengan que diferir en algunos detalles en función de la parti-
cularidad de la población, es indudable que la ocupación
máxima de todos los enfermos, aptos para al trabajo, por poco
que sea, a través de una actividad sana, constituye el medio
auxiliar más precioso de nuestro sistema de cuidados psiquiá-
tricos. En la figura 28 puede verse a algunos enfermos de
Altscherbitz recogiendo hierba con entusiasmo.
Para que los enfermos gozaran de la mayor libertad de

168
28. Enfermos trabajando en Altscherbitz.

movimiento posible y disfrutaran del mayor número de oca-


siones de tener una actividad, se abandonó la organización
anterior de los establecimientos, imitada de las de los cuarte-
les o las cárceles. Los edificios gigantes fueron desmantelados
y sustituidos por numerosas construcciones individuales que
se parecían muchas veces a casas de campo, cuyo acondicio-
namiento interior estaba adaptado a las necesidades de los
diferentes grupos de enfermos. El establecimiento de aliena-
dos, con sus casas de todo tipo de formas dispersadas irregu-
larmente en los jardines y en los parques, fue adquiriendo el
aspecto de una propiedad o de un pueblo, tanto más cuanto
que a veces se utilizaban viejas granjas ya existentes para
albergar a algunos enfermos. A la vez, se esforzaban por evi-
tar dentro de lo posible todo lo que pudiera recordar el carác-
ter específico del establecimiento. Las altas murallas fueron
sustituidas por barreras y por simples setos, los barrotes de las
ventanas fueron sustituidos siempre que no fueran necesarios;

169
se dejó incluso de cerrar las puertas cuando los enfermos se
encontraban en estado de circular libremente por toda la
extensión del establecimiento. Apenas es necesario decir que
se insistió cada vez más en el bienestar, en la habitabilidad e
incluso en las decoraciones artísticas cuando se arreglaban las
casas individuales.
Hay que decir también, aunque sea brevemente, que toda
una serie de progresos técnicos han contribuido de manera efi-
caz a borrar todo parecido entre nuestros establecimientos
actuales y las antiguas casas de alienados. Nos resulta difícil
imaginarnos cómo podían ser éstas cuando no había agua
corriente en la casa, ni cisterna en los servicios, ni máquina de
vapor en el lavadero y la cocina, cuando la iluminación proce-
día de lámparas de aceite y velas de sebo, cuando se protegí-
an las estufas con rejas o cuando había una calefacción de aire,

29. La casa de locos de Kaulbach.

170
excesivamente imperfecta, cuando se protegían con barrotes
de hierro los cristales de las ventanas de los enfermos agitados
porque no había cristal transparente grueso, cuando no había
teléfono interior para comunicar fácilmente todas las habita-
ciones a cualquier hora del día o de la noche.
El desarrollo de la asistencia psiquiátrica en Munich es
particularmente representativo de la mutación radical que se
ha llevado a cabo en un solo siglo. Abandonando las viejas
«casuchas de locos» del hospital del Espíritu Santo, con sus
cadenas y sus argollas, los enfermos llegaron en 1801 a la casa
de alienados de Griesinger, que contaba con 25 plazas; pronto
adquirió una mala reputación proverbial y estaba tan superpo-
blada que ni siquiera se podía distribuir a los enfermos de
acuerdo con su sexo. Las condiciones que reinaban allí eran
probablemente idénticas a las que se daban en el antiguo esta-
blecimiento de Düsseldorf (figura 29), que Kaulbach describió
de manera tan realista en los años 20. La figura 30 muestra su
fachada severa. En 1859, se construyó, pues, en el valle el
establecimiento psiquiátrico del distrito, dirigido primero por

30. Antiguo establecimiento de alienados de Griesinger en Munich.

171
31. Antiguo establecimiento de alienados de distrito de Munich.

Solbrig, luego por Gudden, representado en la figura 31; el 1


de abril de 1860 había 166 enfermos, y después fue agranda-
do varias veces. Su arquitectura era la de un cuartel, y com-
prende, como lo muestra el plano de la figura 32, dos jardines
cuadrangulares en el ala de los hombres y dos en el ala de las
mujeres; el número de plazas disponibles llegó a 500 en 1878.
Como también éste estaba superpoblado, se decidió la cons-
trucción del establecimiento-colonia de Gabersee, que pudo
abrirse en 1833. La figura 33 muestra una vista de su calle
principal, parecida a la de un pueblo, con algunos enfermos
trabajando. Finalmente, el viejo establecimiento fue comple-
tamente abandonado. Fue sustituido en 1905 por otro más
grande en el campo de Eglfing, al que se anexionó en 1912 el
de Haar, muy cercano. El plano de la figura 34 muestra la dis-
posición dispersa y de tipo campesino de los edificios indivi-
duales de Eglfing; la figura 35 representa la iglesia y algunos
edificios de Haar. El número total de los enfermos ingresados
en los tres establecimientos actuales de la Alta Baviera y en la
clínica psiquiátrica edificada en 1904 era de 2.751 el 1 de
enero de 1917; por lo tanto, en 57 años había aumentado un
1.657%.

172
32. Plano del antiguo establecimiento de alienados de distrito de Munich.

33. Calle de Gabersee con enfermos trabajando.

173
34. Plano del establecimiento de alienados de
distrito de Eglfing.

35. Vista interior del establecimiento de alienados de distrito de Haar.

174
El último eslabón de la asistencia psiquiátrica es el que
constituye el cuidado familiar, la inserción de enfermos ade-
cuados entre parientes o personas extrañas, bajo vigilancia
médica. Este sistema tiene su modelo, como es sabido, en la
localidad belga de Gheel, que fue durante siglos una especie
de lugar de peregrinación en el que los enfermos mentales
esperaban encontrar su curación. Por este hecho, muchos
enfermos estaban alojados en casas particulares. A pesar de la
cantidad de inconvenientes, esta forma de cuidados presenta
tantas ventajas que se ha imitado, progresivamente, en otras
partes. En Alemania, existe desde hace más de un siglo en
Rockwinkel, pero sólo se ha desarrollado en el curso de las
últimas décadas, y se practica hoy, con más o menos éxito, en
muchos sitios. Cuando la población se presta a estas pruebas,
el regreso de los enfermos a una familia que les ofrece una
libertad total de movimiento, una ocupación regular y útil y un
apoyo afectivo, es sin lugar a dudas superior a la asistencia
ofrecida por los establecimientos. Sin embargo, es indispensa-
ble elegir cuidadosamente a los enfermos y garantizar una
vigilancia médica fiable.
Pero la asistencia a nuestros enfermos prosigue ahora des-
pués del fin del tratamiento médico. Desde hace varias déca-
das se formaron en muchos sitios asociaciones de ayuda a los
enfermos dados de alta; la asociación fundada en Heppenheim
por Ludwig, sobre todo, fue ejemplar. El objetivo de estas aso-
ciaciones es facilitar el regreso a la vida de los enfermos que
se han curado o han mejorado, y de respaldarles por todos los
medios, con el fin de mantener y consolidar los efectos favo-
rables del tratamiento practicado en el establecimiento. Pero,
y es casi tan importante, también han contribuido mucho a
establecer relaciones más estrechas entre los médicos de los
establecimientos y la población, a debilitar progresivamente
los prejuicios profundamente arraigados contra los estableci-
mientos, y a hacer que franjas más amplias de la población
tomen conciencia de los deberes que nos ligan a nuestros

175
semejantes afectados por enfermedades mentales. La mayor
apertura de los establecimientos psiquiátricos al mundo exte-
rior, favorecida por la desaparición de las murallas, por la ocu-
pación campestre de los enfermos, por la concesión de una
gran libertad de circulación y por la autorización generosa de
visitas, ha actuado en el mismo sentido.
Si comparamos la situación actual de los enfermos men-
tales con lo que era hace cien años, la mutación prodigiosa
que se ha llevado a cabo salta a la vista. Lo que Nostiz escri-
bía en 1829 se ha confirmado plenamente: «Si se considera
imparcialmente todo lo que se ha realizado por escrito, en
teoría y en cuanto a los hechos en el lapso de tiempo en cues-
tión (la segunda mitad del siglo pasado), aunque demasiado
corto para permitir cambios radicales, no es arriesgado espe-
rar de la psiquiatría progresos concretos, y, de su puesta en
práctica en los establecimientos psiquiátricos, una mutación
esencial en el curso de este mismo siglo». Poco a poco, han
sido superados los prejuicios, los inconvenientes y las cruel-
dades han sido eliminados, se han descubierto y seguido nue-
vas vías que permitían atenuar las afecciones psíquicas. Este
desarrollo ha sido guiado constantemente por un conoci-
miento científico creciente de la esencia y de las condiciones
de aparición de la locura, fruto de un trabajo científico cons-
tante y de los progresos generales de la medicina. El trabajo
infatigable de una larga serie de alienistas ha metamorfosea-
do progresivamente la suerte de los enfermos mentales de tal
manera que, en este campo, hemos alcanzado lo que nos
habíamos propuesto. Es cierto que todavía deben ser elimi-
nados muchos defectos de detalle, y han de ser aportados
todo tipo de mejoras, pero seguramente no será exagerado
decir que hoy, en cuanto al principio, se han encontrado las
formas en las cuales tendrá que evolucionar la asistencia psi-
quiátrica de los tiempos futuros.
Sin embargo, la satisfacción que nos aportan estos éxitos
lleva aparejada una gran dosis de amargura. Cuando contem-

176
plamos la obra grandiosa que constituye nuestra asistencia psi-
quiátrica actual, creada en todas partes a costa de sacrificios
extraordinarios, cómo no lamentar que a pesar de todo no
pueda satisfacer todas las expectativas que había despertado
en nosotros. Nos resulta imposible ignorar que la mayor parte
de los enfermos que ingresamos en nuestros establecimientos,
de acuerdo con nuestros conocimientos actuales, están ya per-
didos de entrada, que ni los mejores cuidados podrán devol-
verles una salud perfecta. Es cierto que nuestro sistema de
asistencia crea condiciones de existencia humanamente satis-
factorias para muchos inválidos psíquicos que de otro modo se
verían reducidos a la miseria, pero sólo sirve de manera muy
limitada a nuestro verdadero objetivo, la curación de los
enfermos. Una encuesta realizada a petición mía por Vocke
sobre los enfermos que permanecen ingresados el 1 de enero
de 1917 en Eglfing arroja un resultado que no sorprenderá al
especialista: de 1.183 casos, no menos de 826, es decir el 70%,
deben ser considerados probablemente incurables. Aunque,
naturalmente, haya que tener en cuenta el hecho de que las
personas curadas abandonan los establecimientos mientras
que los incurables se acumulan, es evidente que nuestro siste-
ma de asistencia psiquiátrica, a pesar de su perfección, no es
capaz por sí solo de aliviar de manera decisiva el mal inexpre-
sable de las enfermedades mentales.
Debemos, pues, preguntarnos si existen otras vías que per-
mitan conseguir mejores resultados. A esta pregunta, es posi-
ble responder con un «sí» tajante. Primero, la prevención de la
locura no ofrece malas perspectivas, aunque hoy ésta sólo sea
posible cuando conocemos con precisión las causas de la afec-
ción y somos capaces de combatirlas. En principio, tres gran-
des plagas pueden ser al menos prevenidas: la degeneración
hereditaria, el abuso de alcohol y la sífilis. Según las más pru-
dentes evaluaciones, provocan al menos una tercera parte de
los trastornos mentales que vienen a buscar tratamiento a
nuestra clínica. Podemos añadir el morfinismo y la cocaino-

177
manía, así como la neurosis traumática, que son igualmente
accesibles a nuestra acción preventiva. Un maestro absoluto
que, guiado por nuestros conocimientos actuales, consiguiera
intervenir brutalmente en los hábitos de vida de los seres
humanos, podría con toda seguridad, en unas décadas, dismi-
nuir considerablemente la frecuencia de la locura. Sin embar-
go, podemos abrigar otras esperanzas. La esencia de la mayo-
ría de los trastornos mentales está actualmente envuelta en una
profunda oscuridad. Pero nadie negará a una ciencia tan joven
la posibilidad de aportar, gracias a la investigación, nuevos
conocimientos, como ocurrió de manera tan sorprendente en
el campo de las afecciones engendradas por la sífilis. Tal vez
descubramos las causas de otras muchas formas de locura, que
podrán convertirse en el objetivo de nuestras medidas preven-
tivas, y tal vez obtengamos éxitos terapéuticos en campos aún
inaccesibles, como lo era el cretinismo antes del descubri-
miento del tratamiento tiroideo.
Pero sólo la investigación científica podrá ayudarnos a
realizar semejantes progresos. Ella fue en el pasado el motor
de la acción médica, y de su trabajo dependerán de manera
esencial nuestros éxitos futuros. No es, contrariamente a lo
que podría pensarse, la venerable manía de algunos espíritus
iluminados, sino la condición fundamental de todo desarrollo
posterior. La terrible guerra que atravesamos nos ha mostrado
con total evidencia que la ciencia podía forjar armas victorio-
sas para luchar contra un mundo de enemigos, ¿podría ser de
otra manera, cuando se trata de combatir a un enemigo interior
que intenta zapar las bases mismas de nuestra existencia?
Hardenberg decía ya, en un decreto del 16 de febrero de 1805:
«Es deber del Estado, para el bien de los desgraciados cuya
razón está trastornada y para el progreso de la ciencia en gene-
ral, adoptar todas las medidas que puedan llevar a esa meta.
Sólo esforzándonos por alcanzar en las mejores condiciones
posibles esta meta podremos dar a esta parte importante y difí-
cil de la medicina la perfección necesaria para el bien de la

178
humanidad que sufre, y que sólo consiguen alcanzar algunos
centros que reúnen todas las condiciones para llevar a cabo
experimentos, basados en una teoría fundamental y para utili-
zarlos en favor del progreso de la ciencia».
Quien conozca el estado actual de nuestra ciencia entende-
rá que su desarrollo necesita estructuras radicalmente distintas
de las que tenemos hoy. La particularidad de la psiquiatría hace
que, para responder a los nuevos interrogantes que se le plan-
tean constantemente, tengan que colaborar toda una serie de
ciencias parciales y auxiliares, al margen de la observación
constante del enfermo: la exploración del cerebro sano y enfer-
mo en sus más sutiles detalles, la psicología, la doctrina de la
herencia y de la degeneración, la química del metabolismo, la
serología. Pero para dominar cada uno de estos campos, son
necesarios especialistas particularmente formados, todavía
muy escasos y que, vistas las circunstancias exteriores adver-
sas, no pueden hallar hoy campo de actividad. Estas reflexio-
nes muestran claramente que sólo una promoción metódica de
la investigación científica, con grandes medios, podrá acercar-
nos a nuestro objetivo. Con orgullo y alegría vemos que ha sido
posible entre nosotros, en Alemania, mientras la guerra mun-
dial causa estragos, sentar las bases de un Instituto de investi-
gación cuya tarea consistirá en elucidar la esencia de los tras-
tornos mentales y descubrir los medios de prevenirlos, ate-
nuarlos o curarlos. A todos aquéllos que han contribuido al
triunfo de esta gran obra, ante todo Su Majestad nuestro Rey y
los generosos donantes, dirigimos hoy nuestro más caluroso
agradecimiento. Pero, más que por lo que podamos decir hoy,
serán recompensados por la esperanza que hace brotar este ser-
vicio, pues hoy se reúnen las condiciones para seguir trabajan-
do, siguiendo nuevas vías, combatiendo los peores males que
puedan agobiar al ser humano.
No obstante, nuestro trabajo está sólo en sus inicios.
Incluso en el mejor de los casos, los frutos de la actividad
científica suelen madurar con mucha lentitud, y precisamente

179
en nuestra disciplina, no hay que pensar en éxitos rápidos y
deslumbrantes. Además, la adquisición de los medios muy
importantes necesarios a la independencia del Instituto de
investigación es un problema aún no resuelto. Creemos poder
esperar, confiadamente, su solución. Los gastos que ocasiona
nuestro actual sistema de asistencia psiquiátrica son tan eleva-
dos que todo lo que pueda contribuir a disminuirlos debe
encontrar un apoyo total de todas partes. Basándome en las
cifras de Vocke, he calculado que el funcionamiento de un
gran establecimiento de investigación, con un presupuesto
anual de 200.000 marcos, no supondría más que un 1/10 % de
la suma total de los 200 millones que Alemania gasta para sus
establecimientos. Si los trabajos del Instituto de investigación
consiguieran, pues, prevenir un solo caso patológico de cada
1.000, o mejorar cada año a un solo huésped de estableci-
miento de cada 1.000, de tal manera que pudiera ser devuelto
a la vida corriente, los gastos del trabajo científico quedarían
cubiertos. ¿Podrá cerrarse el pueblo alemán a tales reflexio-
nes? Me parece que podemos recordar aquí las palabras de
Müller que refuta, en 1824, la idea según la cual es imposible
mejorar la situación de los locos porque no se pueden encon-
trar los medios necesarios para alcanzar este objetivo. «Hay,
en el mundo de Dios», dice, «tantos seres humanos solteros y
sin niños, que llevan consigo una abundante bendición del
cielo, en los que el sentido de la caridad no ha muerto, sino
que sólo está adormecido, y debe ser despertado y llevado
hacia una meta bella y sagrada. ¿Y qué objetivo podría ser más
elevado que el de cuidar de un hermano que padece una enfer-
medad basada en la humanidad misma, a la que todos estamos
expuestos más que a cualquier otra, y que no podemos impe-
dir ni por la inteligencia ni por el rango ni por la fortuna?».

180
Bibliografía

Presentaciones históricas

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sito de la psiquiatría en Wurtzburgo desde hace 300 años], 1899.
También se encontrarán presentaciones históricas más breves en HEINROTH
(cf. 33) y VERING (cf. 60), así como en los grandes tratados de psiquiatría (v.
Krafft-Ebing, Schüle, Kraepelin) y en PÄTZ, Die Koloniesierung der
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Fuentes principales

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der Irrenhäuser zur Abstellung einiger schwerer Gebrechen in der Behandlung
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64. FODÉRÉ, Traité du délire [Tratado sobre el delirio], 1817.
65. GEORGET, De la folie [De la locura], 1821.
66. GUISLAIN, Abhandlung über die Phrenopathien [Tratado sobre las
Frenopatías], 1838 traducción alemana por Wunderlich.
67. GUISLAIN, Klinische Vorträge über Geisteskrankheiten [Lecciones
orales sobre las enfermedades mentales], 1854. Traducción alemana por
Lähr.
68. LEURET, Fragments sur la folie [Fragmentos sobre la locura], 1834.
69. PINEL, Philosophisch-medizinische Abhandlung über Geistesveri-
rrungen oder Manie (traducción alemana por Wagner de la primera edición fran-
cesa del Tratado médico-filosófico de la enajenación mental), 1801.
70. PINEL, Traité médico-philosophique sur l’aliénation mentale, 2.ª edi-
ción, 1809.
71. ARNOLD, Observations on the nature, kinds, causes and preventions of
insanity, lunacy or madness [Observaciones sobre la naturaleza, tipos, causas de
la manía, y modo de precaverla], 1784-1788.
72. CONOLLY, Die behandlung der Irren ohne mechanischen Zwang [El
tratamiento de los locos sin coacción mecánica], 1860. Traducción alemana de
Brosius.
73. COX, Praktische Bemerkungen über Geisteszerrüttung. Nebst einem
Anhange über die Organisation der Versorgungsantalten für unheilbare Irre, von
Profesor Reil [Observaciones prácticas acerca del desarreglo mental. Con un
apéndice sobre la organización de los establecimientos de asistencia a los locos
incurables, por el profesor Reil], 1811.
74. CRICHTON, An inquiry into the nature and origine of mental derange-
ment, 1798. [Investigaciones sobre la naturaleza y origen de las enajenaciones
mentales].
75. HARPER, A treatise on the real cause and cure of insanity, 1789
[Tratado sobre la verdadera causa y curación de la locura].
76. HASLAM, Über die psyschiche Behandlung der Wahnsinnigen [Sobre
el tratamiento psíquico de los alienados] (traducción alemana del original inglés,
por Wagner, con notas de Horn). Nasses Zeitschr. f. psychische Ärzte. 2, 1, 105,
1819.

185
77. KNIGHT, Beobachtungen über die Ursachen, Symptome und Behand-
lung des Irreseins [Observaciones sobre las causas, los síntomas y el tratamien-
to de la locura], 1829. Traducido por Engelken.
78. Reports of the Comittee on Madhouses. 1-3, 1815-1816.
79. RUSH, Medizinische Untersuchungen und Beobachtungen über die
Seelenkrankheiten [Investigaciones y observaciones médicas sobre las enferme-
dades del alma], 1825. Traducido por König.
80. SPURZHEIM, Observations on the deranged manifestations of the mind
or insanity, 1818.
81. WILLIS, Über Geisteszerrüttung [Sobre el desarreglo mental], 1826.
Traducción alemana del latín con añadidos y observaciones críticas de Amelung.
82. CHIARUGI, Abhandlung über den Wahnsinn überhaupt und insbeson-
dere, nebst einer Zenturie von Beobachtungen [Tratado sobre la alienación en
general y en particular, con un centenar de observaciones], 1795. Traducción
anónima del Trattato medico analitico della pazzia, 1792.

186
Índice onomástico

Abderhalden: 153. Conolly: 11, 32, 45, 90, 158,


Alzheimer: 17, 145. 160, 161.
Amelung: 35, 86, 115. Cox: 65, 70, 77, 88, 89, 93,
Arnold: 48, 65, 69, 144. 103, 108, 110, 142, 144.
Autenrieth: 33, 48, 49, 106. Crichton: 48, 65.
Basedow: 152. Cullen: 35, 48.
Bayle: 146. Dahl: 129.
Beneke: 48. Damerow: 46, 51, 53, 76, 94,
Bergmann: 73, 146, 148. 112, 128, 167.
Bird: 65, 82, 136. Daquin: 48, 50.
Blumröder: 38, 53, 65, 66, Darwin: 108.
68, 70, 77, 136, 144, 148. Davis: 46.
Boerhaave: 43. Diem: 155.
Brierre de Boismont: 165. Ennemoser: 130.
Broca: 150. Erhard: 98.
Brodmann: 18, 150. Eschenmayer: 74.
Burdach: 51. Esquirol: 11, 29, 40, 43, 47,
Burrow: 61. 48, 71, 73, 75, 82, 95, 99,
Buzorini: 76. 101, 119, 135, 137, 139,
Calmeil: 146. 141, 144, 145, 157.
Celso: 110. Ferrus: 168.
Charcot: 154. Feuerstein: 54.
Charlesworth: 158. Flechsig: 14, 15, 150.
Chiarugi: 28, 48, 63, 64, 72, Flemming: 75, 136.
75, 80, 83, 92, 101, 110, Flourens: 149.
113, 135, 137, 141, 145, Frank: 29, 33, 126.
146. Friedreich: 43, 48, 63, 136.
Class: 53. Fries: 48.
Condillac: 50. Fritsch: 149.

187
Fürstner: 143. Hill: 158.
Gall: 89, 144, 148, 149. Hipócrates: 63.
Georget: 101. Hirsh: 98.
Glaser: 148. Hitzig: 143, 149.
Graschey: 142. Höck: 29, 123.
Greding: 144. Hoffbauer: 48, 69, 70, 92,
Gregory: 118. 94.
Griesinger: 11, 12, 46, 134, Hogarth: 40.
136, 138, 139, 143, 154, Hoppe: 162.
171. Horn: 34, 37, 40, 48, 67, 69,
Grohmann: 51. 81, 84, 104, 105, 110, 119,
Groos: 38, 50, 59, 76. 127, 135.
Gudden: 14, 20, 138, 143, Ideler: 50, 60, 68, 136.
146, 172. Jacobi: 38, 50, 63, 64, 67,
Guislain: 67, 68, 71, 72, 77, 76, 86, 88, 93, 100, 118,
78, 80, 82, 100, 137, 138, 121, 129, 134, 136, 138,
144, 148, 163. 144, 145.
Güntz: 32.
Kahlbaum: 11, 12, 15, 20,
Hagen: 138.
Haindorf: 72, 89, 94, 96, 139, 140.
100, 101, 121, 123, 131, Kant: 44, 48, 50, 54, 75.
132, 136, 142, 148. Kaulbach: 171.
Hale: 69. Kerner: 74.
Hallaran: 110. Kieser: 54, 136.
Hardenberg: 130, 178. Knight: 110, 114, 145.
Haslam: 35, 48, 95. Kocher: 152.
Hayner: 31, 34, 48, 89, 100, Köppe: 168.
111, 112, 114, 115. Kraepelin: 7, 12, 13, 16, 17,
Hegel: 51, 54. 18, 19, 20, 21, 22.
Heilbronner: 162. Kraus: 8.
Heinroth: 38, 48, 52, 55, 56, Lähr: 157.
57, 58, 59, 60, 61, 62, 67, Lancisi: 148.
71, 74, 75, 76, 83, 89, 92, Langermann: 34, 44, 84, 91,
93, 96, 99, 102, 104, 109, 119.
119, 121, 127, 131, 135, Larochefoucault-Lianfourt:
136, 159, 161. 45.

188
Leupoldt: 98, 115, 119, 132, Nissl: 17, 18, 143, 146, 147.
135. Nostiz: 104, 112, 123, 130,
Leuret: 158. 135, 176.
Lichtenberg: 32. Obersteiner: 143.
Liebreich: 165. Oegg: 35, 72, 75, 77, 133.
Liepmann: 143. Parchappe: 163.
Lineo: 75. Pargeter: 48, 96.
Locke: 50. Parry: 82.
Lorry: 48. Perfect: 48.
Ludwig: 175. Pienitz: 48, 82, 86.
Macbride: 35. Pilcz: 156.
Magnan: 155. Pinel: 11, 44, 45, 46, 48, 50,
Mahir: 30, 40, 77, 80. 55, 70, 82, 91, 95, 97, 113,
Marcus: 135. 115, 118, 135, 157.
Marshal: 65. Pitsch: 128.
Mayo: 142. Pravaz: 167.
Meckel: 142.
Ramaer: 44.
Mendel: 156.
Reil: 28, 33, 43, 47, 48, 50,
Meyer: 161.
Meynert: 12, 134, 142, 143, 55, 63, 66, 77, 90, 92, 98,
150, 151. 111, 115, 118, 125, 127,
Mitivié: 88. 131, 136, 144, 168.
Möbius: 154. Richard: 84, 100.
Monakow: 143. Riedl: 77.
Monro: 32. Robert-Fleury: 157.
Morel: 155. Roller: 38, 49, 96, 101, 114,
Müller: 31, 32, 40, 44, 45, 121.
48, 70, 144, 180. Rüdin: 18, 156.
Munk: 150. Ruer: 130.
Nasse: 48, 49, 63. Ruhland: 50.
Neisser: 164. Rush: 36, 65, 69, 70, 71, 82,
Neumann: 34, 36, 54, 68, 77, 84, 96, 101, 119, 142.
79, 82, 90, 91, 100, 102, Sandtmann: 67.
106, 119, 136, 142, 145, Sauvage: 74.
148. Schellhammer: 148.

189
Schneider: 21, 77, 78, 79, Vogt: 150.
80, 81, 82, 84, 87, 89, 94, Walther: 54.
104, 110, 121. Wassermann: 151, 152.
Scholz: 165. Wattenberg: 162.
Schröder van der Kolk: 148. Weigert: 146.
Snell: 138. Wernicke: 12, 134, 143, 150,
Solbrig: 135, 172.
151.
Spurzheim: 148.
Swieten: 43. Westphal: 12, 138, 143.
Tissot: 72. Willis: 35, 37, 63, 70, 91, 94,
Tuke: 11, 30, 88. 96, 101, 119, 148.
Vering: 36, 70, 72, 78, 79, Wolff: 142.
83, 92, 97, 123, 136, 145. Zeller: 72, 77, 121, 138,
Vocke: 177, 180. 145.

190
ÍNDICE

Prólogo............................................................................. 7

Cien años de psiquiatría .................................................. 23

Bibliografía ...................................................................... 181

Índice onomástico............................................................ 187

191