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Salvador Elizondo

NARDA
O E,LVE,RANO

J i. d i,r{*.dd* *{d lJ*


¡,rt'i¡l- ! d t ... ..'a /. ....

tca Vasconcelos

letras mexicanas
FONDO DE CULTURA ECONOMICA
t letras mexicanas
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NARDA O ELVERANO
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Comentarios y sugerencias: editor@fce.com.mx


Primera edición (Ediciones Era), t966
Segunda e{ición (Editorial Vuelta), 1992
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Tércera edlción (coNAcuLrA), 1992 l

Cuarta edibión (rce), 2000

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mftA iXqir¡gtl,? ,'i[i lif)ffifil0 rEmmt "T.icnes que venif elpk,nlc",le habír dicho, ','esa
0ü)AilCüi ,:iJ,.:i.J¡i,i:j( 'l¡gH¡BlDl $, VE¡$IA 0 será colnqla prueba de fuegg de tus sentimien-
aEPnmtjüstoh í0lt{ ij etli¡"r¡r rüi¡ Fl|tE$ 0t ttjcRo, AL tos':. Ell4 no hubiera querido e-star sole conél ellf
Q$ ¡llfRlUl ($r¡. rtl$pil$:.:s¡ Sf ',f rft,$rnAl¡ LAS en el campo. Pero no podfa negarse pofque mu.
8ll¡Cl0flE$f,fi[Ut$'¡ri It' i,0: *a ;u],riü3 Sl,fs gtS, t6t IER chas veces, desde que se habían conocido, ella
Y flEftA$ AftüA8ir; ,i':,. '.üJrür PE$¡L Pf;n¡ Et D¡STRITO
le habfa dicho: "Me gustarfa estar sola contigo en
F€DEf,At ttri$IERh."úTr& f f^RAl08r u REflfiltCAEft
u4 cuarto; ver cómo eres en la]intif¡¡idad,.cüzlft,
ffiTERtAF¡Í}ERII'
do,te sientas en un sillón y. te pones a leer o a
fumarl'. Por eso el plc:nic e:rÍr como una fémrrla
de transacción. La soledad, pero no la soledad su-
cia del consabido @gartamentq equív.ocp, peque-
ño y abigarrado, con los inevitables cartples de
París y de Picasso, el cuadro diz que abstracto,
el,togadisgos, los ci,garrillos reseco6, los übrCp gue
no interesan:y los,mu€bleq rnll tepizados, 6ino
Se prohfbe la reproducción total o parcial de esta obra une soledada¡ierta hacia las:qopas de tos árbo-
el diseño tipográfico y de portada-'
-incluido
sea cual fuere el medio,electrónico o mecánico, les y hacialas feldaq de los montes €n la mañena.
sin el consentimiento por escrito del editor. "S€rá üo,eDCU€ntro en la' nzulu; le?a", habfa di-
ch,o,un pgco:p?ra obligarla y un poco para,que
ella estuviera segura de sus buenas intenciones.
D. R. @ 2000, FoNoo p¡ Cut-tuu EcoNÓMcA
Carretera Picacho-Ajusco, 227 ; 14200 México, D' F' Aqbos gustaban, sin embargo, de estaral cubier-
www.fce.com.mx
tq; {maban el gine y los cafés, y l4s" vueltas a le
rsBN 968-16-61s7-5 maqzaria.en automóvil porque asf siempre esta-
Impreso en México
ban,p4Jo.techo., Parccle corno que las estrellap
los inquietaban y de noche se detenían en alguna la menor importancia. Por eso que
*,
il
esquina solitaria y se quedaban hablando largo no había hecho mal aceptando. :
rato en el interior del coche. Sólo el sol de me- El. cifraba todas sus esperatuas én ese paseo.
!
t diodfa los llenaba de entusiasmo a pesar de sus Odiaba latuttutaleza, es verdad. Sobre todo, ese
furclinaciones. .l\l mediodfa les gustaba enconu?rse campó agresivo err.- que los perros'hambrientos
:
en el Centro y mezclarse al bullicio de los em- acudfan:inva¡iablemente e devorai los restos de
pleados y de los turistas porque ellos eran como l¿ comida yen donde, corno en las playas, siem-
une isla bafo lds árboles de los Jardines públicos pré surgfu el espectáculo de esas muieres gordas
y ella le decfa: "¡Cuántas veces he pasado por aquí que llevari pantalones, esos empleados deplora-
y nuncri me había parecido conio ahora!" Se equi bles que iuegan futbol con strs hiios, esos ado-
vocaba quizá, peto en ese equivocación estaba lescentes qu€ tocan con sus guitarras canciones
contenido todo lo que él emaba en ella y le ate- de rnoda. Durante aquellos dras hizo un minucio-
noúzebe la posibilidad de que su separación so inventario de las'localidades y de las pósibili-
inrninente tuviera lugar entre un estrépito de dades que ofiecía el dfa de campo. El trópico no
automóviles o en vna ga,rgoniére de mal gusto. era lo suficientemente sereno para ser escenario
El ptc*tc ponfa una note neutra, pero que po- del diálogo que tenía previsto. El v.ino tel vezrsur:
drla interpretarse como sublime, en el recuerdo tiríá un efecto demasiado violento o derrr¡siado
de aquella escena de despedide.Ellababfu acep- opresivo en el calor. Serfa preciso dirigirse hacia
tado. Él esperaba retenerla para siempre, pero el norte, Ese paisaje alpino inmediatamente al al-
ella, después de haber aceptado, llegaba a su cá- cance de la mano, con sus barrancas de abetos,
se por la noche y lloraba igual que siempre, en- con sus'riachuelos de guiiarros, con su posibili-
cerrada en su cu¿rto mientras sus padres y sus dad de detenerse un momento en la c mimrAqtrd
hermanos pequeños vefan la televisión. Era co- recoger una piña y exclamar: "¡Mira, está llena
mo'unaanciana o como una niña. De la ilusión de piñones!"t como si en esta frase quedara com-
pasabaal desencanto, temerosa siempre de per- prendido únvego arnoralanatureleza. Yese frío
der la estabilidad de sus sentimientos. Pero su in- tierno, templado, que siempre iustifica una bo-
tuición, que las más de las veces la inquietaba, tella de vino; un queso fuerte con unos trozos
le decfa altore que ese dle de campo notendrfa de'pan, un grito salvaie de efusión musical en

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medio del silencio que sólo estarfa roto por el de Chopin.,.; 4.OO p.tn., La Farlciulla ful West..."
¡ ruido de la corriente de un arroyo. En fin...
i
Pero en realidad era un paseo como cualquier
t ¿Lloverla? En la tarde, qvlzá. Si llovía te¡npreno, otro. Cuántas veces h,tra,bízvisto como si no fue-
3 esto sería una buena ocasión para encerrarseen ran a volver a.verse iamás. Su encuentro había
el coche para escuchar el radio y ponerse bajó sido unelarga despedida que siempre se prolon-
techo. Besarse o quedarse quietos viendo r€sba: gaba más y m¿fs sin que sus sentimientos cristali-
lar la lluvia en el parabrisas y en las ventanillas zaran, sinque entre ellos se rs¿lizara ese contacto
sin decir una sola palabra. Todo tenla que estar que lleva consgo la ¡evelación de una verdad
previsto. No estarla por dem6 llarna¡,at Obser_ presentida pero siempre desconocida. Este paseo
vatorio el sábado por la terde pan cerciorarse por el caqrpo, meliciosamente inventado, ffiü-
de las condiciones del üempo pare el dfa siguiente ciosarlente aceptado como r¡n hecho ineviable,
o,Con$ultarlo en.los periQ{icps de la tarde. De repr,gqentaba una definición de todos esos sen-
la perfección de un ijnstante dependía la rcallza- timientos desvafdos e lnformes. Se habfan im-
ción de un sueño. Su decisión estaba regida por puesto una disciplina regida por la cautela. L-a
un preiuicio contra la luminosidad, contra la eu, cita tendrfa lugar después de que hubieran pasado
foria agoblante del sol y del verano.,ta de ellos varios dfas sin verse. "Tienes que meditar mu-
habfa sido una relación mantenida beiolalluvia, cho acerca de lo nuestro", le habíTdicho é1.y ella
en la venügca que hacfa golpear las puertas, sotn: habfa aceptado gustosa esta separación porque
breada de nubarrones y qgitada de presurooas en el fondo le inquietaba la proximidad que ya
! cafferas para llegar a la portezuela deLcoshe clxm- se habfa establecido entre ellos. i'Nuestra verda-
l
do empezaban e caer las primeras gotas del chr¡- dera rebcJón se dercidirá el domingo y entonces
basco. Tuvo por eso buen cuid4do de cargef tendremos que afrontada". , . ,
'la clman fotográñga con una pelfcula
ultlasen: Cuando la vio salir en pantalones y con aquella
sible, apropiada para esa diminuta presencia de blusa ligera slntió un desencanto mornentáneo.
sol. El sábado porla tarde consultóatentamente "La apariencia de las mujereg ritrr vez coincide
los horarios de l4s estaciones de radio: ,,..,12.jO co:r los sentimientqs que nos. inspiran", pensó
p.rn., canciones italianas; 1.00 p.m., preludio sin saber qué respgnder al sdudo mitad ceriñoso,

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ll
pero mitad irónico, que ella le dirigfa'sonriente manera absolutamente animal con que se inquie-
desde la puerta de aquella casa aiene de tan las muieres ante el peligro físico. "No corras
una amiga- en la que
-la
se habfan dado cita. Hu- tanto", decla. Une curva pronunciada, un cicüs-
biera preferido una falda de tela escocesa, un ta incauto, un perro ezotedo que pretendía cru'
saco de tweed, unos mocesines de cuero rciiza za\ b carretera en medio de aquel tráfico de
que fueran como la premonición de un bosque automóviles y de camiones llenos de excursio-
de pinos. La blusa, sobre todo, indicaba eviden- nistas, le producfan,un sobresalto rnecánico que
temente hacia el trópico y a la vez que inven- sólo se iba aliviando con la presencia gadt vez
ttlabe sus preferencias sólo pudo decir torpe- más tangi-bte del campo. Cuando las últimes ca-
fnente, sin la acostumbrada entonación satírica, sas quedarona$ás, una locuacidad sin sentido la
a modo de saludo: "Buenos dfas, señora conde- invadió y empezÓ a desarrollar su tema predilec'
s2...", peroesta fórmula convenida entre ellos ha- to: el de su capacidad para. resolver los proble-
bía sonadoan falsa que se mordió el labio inferior mas de sus amigas sin acertar iarnás a resolyer
para reprochárselo. El encuentro era poco feliz los suyos. l

desde un principio. Ella subió al coche y él tuvo no sé ...suPongo que no soy madura
-Yo sin percatarse de los primeros pinos que
dificulad para hacerlo arrancar. -decfa
cornenzaban a verse desde la ene¡eta-. Supon-
-Norte
o sur, ¿que prefieres?
-le diio cuan-
do llegaron ala gran avenida en que era preciso go que nr¡nca llegaÉaserlo... Siento que me fal-
decidir el rumbo. ta algo fundame¡rtal de la vida, pero me resisto'..
,l Estoy "bloqueadal', como-dicen. Malú en cafn-
-Norte -respondió ella-. Está más cerca. bio... yo no lo entiendo ...con todo y que Freddy
:rl Vamos a Puente de Piedra.
'll es un encanto...
Se alegró de que Ia eleciión de ella coincidie-
ra con su propia preferencla, pero le pareció que Esa conversacién lo irriteba. Siempre tnbia'crel-
la reSpuesta delztaba el deseo de consumar este do que la verdadera sabiduría de las mujeres no
sacrifico con un mfnimo de ceremonla, de vaci- podía ser producto más que del alcohol o del
lación y de entusiasmo. amor. "¿Por qué no habla de otra cosa?", pensa-
Apenas hablaban durante la primera parte ba, "...de nosotfos, de sus sentimientos hacia mf'
del trayecto. Ella a veces se inquieaba, de esa de to que está pasando ahora, en este ¡)aseo..."

t2 t3
Por ñn llegaron. Era un lugar desierto baJo el .,-Hace frfo, ¿verdad? -diio.
cielo nublado .11^bf^ deiado que ella lo guiara has" me va e der el reumatisrno.
t^allíhaciéndole creer que no conocfa aquellu-
-Sí,
Cadavez que pensaba que ella en un ser en-
ger, pero ella no lo tuvo en cuenta y tomándolo fermizo latmabemás. En ese momento hubiera
de la mano se ofreció a mostrarle las bellezas que, querido tornarla de la maRo, acaúciarrla; expre-
ella, ya conocía. saile de:alguha manera elrdeleite que en él pro-
Ll,Jfá abaio hay un riachuelo y una caída de ducía la compasión que ella le ihspiraba. La
agua
-le dijo. trabajosamente la pendiente, sal'
' Descéndían
ascensión deLtberrertca los había fatigado. Ella
abri6la portezuela del coche y se sentó con los
tando de una toca a otra, esquivando las ramas pies colgando hacia afuera en el asiento delante-
de los pinos abatidas hasta'el suelo por la lluvia ro.:Con la ctbeze epyada sobre su brezo en el
que habfa caído durante la noche. Cuando llega- respaldo del asients. Étteveía, repitiéndose'a sí
iónebtlo, el riachuel'ó:y b calda de agua habfan mismo, sin atreverse a decido en voz rlr¡t ",¡Qué
desaparecido. Un lecho de guiiarros, de piedras bella te ves asf!, ¡qué bella te ves así...!"
lisas y reddndás, éra lo tinico que quedabt. heibodido entender en,qué eonsiste
-Nunca
' -'Han secado el rfo... ¡pobrecito! -düo, el reumatismo
-dijo al fin.
Él'no supo qué responder, Itero en,ese momen- Yo he tenido desde que era
to sintié como que eperurs se conocían.,En aqüella chica
-Es espantoso.
y luego sonrió tristemente,agregan-

.,1I
hondonada, en la proximidad de aquel recuer- do-: -diio
Allá más adela¡rte está el puentede piedra.
do que en reáidad era sólo de ella se habían se. ¿;Comefemos ¿llf, si quieres... abiió lá por-
iil
parado hasa quedar leianos el uno del otro, como
-y
tezuelatrasetaparz sentarse un momento, como
tI
dos garabatos sin sentido. Después volvierón a ella. Luego alargí el brazo para acariciarle el cue-
escalar la cuesta, aferrándose a las ratnas caídes llo y la nuca rnientras ella apoyabr la cabeza fuer-
y llegaron sofocados hasta el coche. temeRte contra,le'mano de é1.
a sac t las cosas. , :-;Tengo mucha'hambre .
-Vamos l:Espera; \¡atmos a quedarnos asf un rato. Te
espera. Es temprano todavía.
-No;
Él querfa prolongar'al máximó Crda una de las tomaré unas,,fotos. : "
etapas del paseo. l : , -:-Estoy horrible €n estas'fechas.

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el exposímetro. A ver si salen aquí leianla, como un gemido agudfsimo,y perfecta-
-Pásame
dentro del coche. mente deñnido en su pequeñez. Se detuvieron.
Ella alatgó el bnzo hacia la cajuelita y luego Volvió la mirada hacia el coche iunto al cual pu-
le tendió el exposfmetro. É1, al tomarlo, sintió te, do distinguir la figura imprecisa de unrniño. Era
ner que romper aquella caricia estática" ., el prime¡ ser htrmano que encorrtrahrr desde que
-Te v-oy a torner una foto como del Vogue.
la ciman. , hablan llegado. El niño les hlzo un signo infor'
Pásame ,r .,, : me,y lento qon el fuazo en alto que pareclaapun-
Se puso a escrutar ese rostro largo rato a tra- ta¡ hacie el automóvil, i'i.
vés del visor despulido mientras ella hacía caras cuf{4[ol .-:-le gritó señalafrdo v,agamente
I
chistpsas y serias. Se deleitaba afocando y desa- -¡Sf;
en dirección del coche,y luego, haciends url.gesto
focando aquella imagen,,haciéndola surgir de la que describía con el fndicq extendido un círculo
tl bruma, enturbiándola luego y luego, nuevamen- en el aire-: ¡Al rato tegresamo-s! y si-
I

te, haciéndola nftida. -agregó


guierorr caminando haeia el llano.
-dijo de pronto y ella se turbó.
p.mo
-Te
.En ese momento oprimió el disparador.
.

7¡Quésoledad! -dijo uno de los dos cuando


se sentaron sobre el paso seco cerca de los afcos
-Eso no vale
-dijo ella-, es un truco. Te derruidos,,Todo lo que decían eralugar común.
,t odio. Pero él seguía mirándola a rravés del lente Decidiero¡ entonces comer en silencio, en eqe
de la cámara fotográfica. silenciq hecho de frases si4 importancia.
i,ti e comer algo, te digo. qué.buenp está.este vino!
;rll
,lll -Vamos -¡Hmnrñ... .

digo que te esperes un momento. Otra heber trefdo unos rrqrtinis en 9l tber-
llll I
-Te
foto. -Debía
rI
mos Eara antes de coIIler.. :i,.; ti ,
-No; yaguapísima.
no. Estoy horrible.
,,?No flr€ $¡qtrin los martinls.
-Estás ..
r.Yo en rcelided prefiero el gibson. ,, ,

-Es
imposible; me estoy muriendo de hambre. es el gibson? ,
Caminaban hacia el pequeño llano donde es- -¿Qué ,

como el martini, pero con cebollita.


¡abart las guinas del puente de piedra. El coche -Es
TEl,camembert está en su punto... y luego con
ya casi se había perdido de visa cuando.escucha,
este vino..
ron un grito diminuto, apenas perceptible en la está bueno.
-Realmente
t6 r7
qué año es? A lo leios, como si viniera de un mundo r€fno.
-¿De
una de las mejores. tísimo, se oía el ruido de los camiones enla carre-
-59;
'-Lástima que no'hay nada de postre. tera. Ella extendió el bnz.o y le mesó suavemente
' t :l el pelo que le cafa sobre la frente. "¿Por qué.rne
-Hay:besos...
Ella sonrió y lo preguntas?; ipor qué...?", pensé sinatreverse
él'encendió el radio de transito-
res, pero al poco reto se fue la onda. aabúr los,ofos, sin atreverse a encontrar esa mi-
Tampoco habían traído café. Cúando termina- rada que le c¿fu encima corno un pesodeplomo.
qué,me lo preguns$?
ron de comer se tendieron lado aledo y se queda-
-¿Por -diio apoyando
ron largo rato fumando y viendo pasar las nubes su mano sobre los hombros de é1, aprodmándola
lentamente a su cuello, atrayéndolo levemente h+
rl

tl que le aglomeraban poco a poco pira hacerse llu-


via. Una débil somnolencia se iba apoderando de cia sf sin lograr que él se ecerc:ra para besada.
til ellos, pero se resistfan tenazmente al sueño. Erá que me.afiras diio é1.
ll

preciso hablar. Erapreciso resolver las cosas, ha-


-Dime -le
Ella se incorporó con los.oJos cerrados, tncia
cer el balance de esta experiencia. Él se incorpo- é1, ofreciéndole sus labios. Se besaton. Pero no
I
r6'y apoyrdó sobre los codos le acariciaba la bien se habían tocado sus bocas, un grito, como
I cabellera quitándote las briznas de pasto, rozan- un borbotón de sangre, corno rtne carcalada,en
I
do con las puntas de sus dedos la piel de sus una pesadilla, los separó. Ella estaba lfvida y sus
mejillas y de su frente, colocando el antebrazo labios temblaban'en el espasmo del grito queaca-
ft
tI debajo de su cabezapar^que le sirviera de almo- baba de larrzaq un grito que como unpáiaro me-
rlI hadilla. La tomó de los hombros y oprimiéndola léfico aleteó en las copas de los pinos y se perdió
,il ll

ür fuertemente reclinó la ctbeza sobre su'seno; eS- a lo lejos en las faldas de los montes; sus manos
cuchando su respiración, deseando poder oír su crispadas lé clávaban las uñas en los brazos y sus
pulso. Luego volvió a incorporarse y la miró fi- oios horrorizados estaban fijos en un punto in-
iamente a los oios. visible, inquietante, €€rc2rto. :

-¿Vefdad que eres mía? diio con voz trémula, ocultando


-Mire'.,. --le
Ella no respondió. Cerró los oios sonriendo, el rostro contra su:pecho..;j,,,allf... atfás de ti...
fingiéndose dormida Reteniéndola atln'volvió le cabeza y su abra-
que eres mía... zo se congeló en un escalofrío que le cruzó el
-Dime
ie r9
rostro como r¡n azote. También hubiera querido
gritar, pero no pudo.
A unos pasos de ellos eetaba el niño. Era un al- EN I,A PLAYA
bino deforme, dernente. Su mlrada escueta, te-
naz, &,albino, surgíe de los párpados.enrojecidos Cuando ya estaba cerca de donde se rompfan las
como salc el pus de una llaga y su cr-áneo dimi- olas cesó de remar y dejó que la lancha bogara
nuto, cubierto de lana grb, s€ elabalenamente hacia la orilla con el impulso de la marefada. Es-
Ere¡ír czrer, como de plomo, sobre el pecho cu- taba empapado de sudor y el sucio traie de lino
bierto dc harapos, con un ritmo precario e infor- blanco se le adhería a la gordura del crrerpo im-
fne que [e hacfa salir la lengua fuera de la boca pidiendq o diflcultendo sus movimientos. Habfá
desdenada, entreabierta. Su sonrisa era como una remado durante varias horas tratando de escapar
mueca obscena. Las manos sonrosadas del idio- de sus perseguidores. Su impericia lo habfa lle-
ta dibufaban un gesto incomprensible y sucio vado costeando hasa esa extensa pley que con
apuntando los dedos escaldados hacia eü.os. sus dunas se metfa en el mar hasta donde la tan-
El retomo fue largo y silencioso. Cuando lle- cha estaba ahora. Se limpió con la rnano el su-
garonala casa de lereúg¡a,llovfa a cántaros y elle dor que le corría por la frente y rniró hacia tierr¿.
rll se quedó en el coche todavfa unos minutos has- Luego se volvió y vio a lo leios, como un punto
ta que amainó. Luego descendió y deode el po-r- diminuto sobre las aguas, la lancha de Van Guld
rtl
til
tón se volvió hacia é1. ,l que lorvenla siguiendo.'"Si logro pasar al otro la-

iil -Adiós -musitó haciendo un gestoirnpercep do de la duna estoy a salvo", p€tró acariclando
ti
tible con la mano. la Luger que habfa sacado del bolsillo de la cha-
üli
Aún estabe páliü y asl b rccorderle pale quet¿ para cerciorarse dé que no lá habfa perdi-
siempre. ,
do. Volvió a gaardx la pistola, estavez en el
él como si estuviera hablando bolsillo trasero del pantalóñ y trató de dar otro
-Adiós... -diio
consigo mismo, haciendo un movlmiento de ca- golpe de remo para dirigir la láncha hácia lapla-
beza detrás,del vidrio empañado de lavent¿nilla. ya, pero la gorduta dificulaba sus movlmientos
Pero los dos estaban pensando en otra cosa y no ¿onsfgtrió cambiar'et ru'm¡ó dél bote. En-
colerlzado, errolí el renio llrarlale costa.'Estaba

20 2t
tan cerca que pudo oír el golpe seco que produjo el agua y las volvió a mirar. Su aspecto era más
sobre laarenahúmeda, pero la lancha se desliza- siniestro ahora. La piel, desprendida de sus raí-
ba de largo sin encdlar. Habíapozars y no sabía ces de sangre, tenía una apariencia ctdavérica.
nadar. Por eso no se tftó alagluaparallegat ala Volvió a cerrar los puños esperando que sangra-
orilla por su propio pie. Una vez más se volvió ran nuevamente y luego apoyó las palmas con-
haciasus perseguidores. El punto había crecido. tra los muslos hinchados que distendían la tela
Si la lancha no encallaba en la arena de la playa, del pantalón. Vio las rnanchas que habían deja-
le darlan alcance. Tomó el otro remo y decidió do sobre el lino sucio y miró hacia atrás, pero no
i utilizarlo como timón apoyándolo sobre la bor- pudo estim¿r el crecimiento del bote persegui-
1l
da y haciendo contrapeso con toda la fuerze de dor porque en ese momento un golpe de agua
I

su gordura. Pero se había equivocado y la lan- ledeó la lancha y haciéndola virar la impulsó de
tll cha viró mar adentro. Entonces sacó rápidamente costado, a toda velocidad, hacialaplaya. La qui-
I el remo del agua y repitió la misma operación en lla rasgó la superficie tersa y nítida de la arena con
el lado opuesto. La lancha recibfa allí el embate un zumbido agudo y seco. El gordo apoyó fuer-
de la corriente y viró con tanta velocidad que el temente las manos contra la borda, inclinando el
gordo perdió el equilibrio y por no caer sobre cuerpo haciz atrás, pero al primer tumbo se fue
la borda soltó el remo que se alejó flotando sua- de bruces contra el fondo de la lancha. Sintió que
vemente en la estela. La lancha abogtbap2ralela la sangre le corría por la c ra y apretó la Luger
a la costa y daba tumbos sobre las olas que re- contra sus caderas obesas.
ventaban contra su casco. Iba asido alaborda.
De vez en cuando miraba hacia a¡rás. I¿ lancha
de su perseguidor seguía creciendo ante su mi- Van Guld iba apoyado en la popa, detrás de los
rada llena de angustia. Cerró los ojos y dio de pu- cuatro mulatos que remaban rítmicamente. Go-
ñetazos sobre el asiento, pero esto le produio un bernaba el vástago del timón con las piernas y
vivo dolor, un dolor físico que se agregaba al había podido ver todas las peripecias del gordo
miedo como un acento maléfico. Abrió las ma- a través de la mira telescópica del Purdey. Cuan-
nos regordetas, manicuradas y las miró durante do el gordo dio los puñetazos de desesperación
un segundo. Sangraban de remar. Las metió en sobre el asiento, Van Guld sonrió e hizo que la

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tan cercÍl que pudo oír el golpe seco que produjo el agua y las volvió a mirar. Su aspecto era más
sobre learene húmeda, pero la lancha se desliza- siniestro ahora. La piel, desprendida de sus raí-
ba de largo sin encallar. Hebla pozas y no sabía ces de sangre, tenía una apariencia cadavérica.
nadar. Por eso no se tiró al Tgua parallegar ala Volvió a cetrar los puños esperando que sangra-
orilla por su propio pie. Una vez mis se volvió ran nuevamente y luego zpoyó las palmas con-
hacia sus perseguidores. El punto había crecido. tra los muslos hinchados que distendían la tela
Si la lancha no encdlabaenlaarena delaplaya, del pantalón. Vio las rnanchas que habían deja-
le darían alcance. Tomó el otro remo y decidió do sobre el lino sucio y miró hacia atrás, pero no
utilizarlo como timón apoyándolo sobre la bor- pudo estifiutr el crecimiento del bote persegui-
da y haciendo contrapeso con toda la fuerza de dor porque en ese momento un golpe de agua
su gordura, Pero se había equivocado y la lan- ladeó la lancha y haciéndola virar la impulsó de
cha viró mar adentro. Entonces sacó rápidamente costado, atoda velocidad, hacia la playa. La qui-
el remo del agua y repitió la misma operación en lla rasgó la superficie tersa y nítida de la arena con
el lado opuesto. Lalancha recibía allí el embate un zumbido agudo y seco. El gordo apoyó fuer-
de la corriente y viró con tanta velocidad que el temente las manos contra la borda, inclinando el
gordo perdió el equilibrio y por no caer sobre cuerpo hacia atrás, pero al primer tumbo se fue
la borda soltó el remo que se alejó flotando sua- de bruces contra el fondo de la lancha, Sintió que
vemente en la estela. La lancha ebogebaparalela la sangre le corría por la c ra y zpretó la Luger
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a la costa y daba tumbos sobre las olas que re- contra sus caderas obesas.
ventaban contra su casco. Iba asido alaborda.
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De vez en cuando miraba hacia atrás. La lancha
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de su perseguidor seguía creciendo ante su mi- Van Guld iba apoyado en la popa, detrás de los
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ñetazos sobre el asiento, pero esto le produjo un bernaba el vástago del timón con las piernas y
vivo dolor, un dolor físico que se agregaba al había podido ver todas las peripecias del gordo
miedo como un acento maléfico. Abrió las ma- a través de la mira telescópica del Purdey. Cuan-
nos regordetas, manicuradas y las miró durante do el gordo dio los puñetazos de desesperación
un segundo. Sangraban de remar. Las metió en sobre el asiento, Van Guld sonrió e hizo que la

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cruz de la mira quedara centrada sobre su enonne
de espuma sobre laarcne. Apuntó luego el Purdey
trasero, pero no hubiera disparado porque
toda_ haciala selva que asomaba por encima del punto
vía estaba fuera del alcance del purdey,
un arma más alto de la duna. Las copas de las palmeras
Vella ma¡at elefantes amenos de cincuenEmetros. y de las ceibas se agitaban silenciosas en su retina,
aprisa remen! _gritó Van Guld y lue_
-¡Más
go pensó parasí-: Tenemos que llegar
pero Van Guld adivinaba el ctrillido de los monos,
antes de los gritos de los loros, mezclándose a la iadeante
que cruce la dune.
ll
respiración del gordo, tendido con el rostro y las
Los negros alzarcnmás que antes los remos
fue- manos sangrantes sobre la arena ardiente.
rl
ra del ego y,jadeando, emitiendo ungemido
en_ vamos! ¡Más aprisa! diio a los
-le
ü11

trecortado e cada golpe, comenzaronz remxt -¡Vamos,


ll1i a mulatos. Éstos sudaban copiosamente y sus tor-
doble cuenta. El bote se deslizaba ígilsobre
jlli
el sos desnudos se arqueaban, tirantes como la cuer-
agua casi quieta, bajo el sol violento que
caía e da de un arco, acadagolpe de remo. Su impulso
I plomo del cielo lfmpido, azul. De la selva, más
movía labarca, a espasmos, marcados por el ja-
allá de la duna que estaba más lejana de lo que
deo de su respiración y no se atrevían amirerllra-
se la imaginaba viéndola desde el mar,
el chilli_ cia La costa donde estaba el gordo, sino que se
do de los monos y de los loros llegaba a veces
tenían con la mirada al frente, como autómatas.
como un murmullo hasta lalanctv, mezclado
con aprisa!, ¡más aprisa! e gritar
el tumbo de las olas sobre laarena,con el fragor -¡Más
Van Guld.
-volvió
de la espuma que se rompía en esquirlas lumino_
Su voz erzüifenacomo el grito de un avem -
sas, blanqufsimas, a un costado de la
barca. rinay se destacaba de las olas, de la brisa, como
Con un movimiento horizontal de la carabina,
algo de metal, sin resonancia y sin eco.
Van Guld siguió el trayecto de la barca del gor_
do cuando ésta encallaba sobre laarcnz.Apuntó
durante algunos instantes le ctuz de la mira
so- El gordo se palpaba el bolsillo del pantalón
bre Ia calva perlada de sudor de su presa que ya_
nerviosamente, dejándose unas difusas manota-
cla boca abaio junto a la lancha volcada. Las
das de sangre en el trasero. Allí estaba la Luger.
enormes caderas del gordo, entalladas en
el lino. Si le daban alcance en el interior de la selva ten-
mugriento de su traje, eran como un monÍculo
drfa que servirse de ella aunque era un tirador

24
25
inexperto. Trató de incorporarse, pero no lo gesto del gordo, visto a través del anteojo, sobán-
consiguió al primer intenro. La quilla del bote dose el trasero con la mano ensangrentada. Los
babía caído sobre su pie, aprisionándolo conrra pantalones blancos le habían quedado mancha-
la arena. Pataleó violentamente hasta que logró dos de rojo. "Como las nalgas de un mandril",
zafailo para ponerse en cuatro patas y así poder pensó Van Guld bajando sonriente el rifle y apo-
incorporarse con mayor facilidad. pero luego yando pacientemente la barbilla sobre sus manos
pensó que puesto de pie, ofrecía un blanco mu- cruzadas que descansaban en la boca del grueso
II cho más seguro ela carabina de Van Guld. Si se cañón del Purdey. Estuvo asíun momento y lue-
I arrastraba por la playa hasta ascender la duna, su go volvió a empuñar el rifle para seguir los mo-

cuerpo se confundiría, tal vez, con laarenapara vimientos del gordo, Cuando lo vio caer de boca
{ esquivar las balas que le dispararía su perseguidor. en la arena lanzó una carctiada.
ill
Parapetado en Ia borda de la lancha miró en
ti
dirección de Van Guld. Lalanchahabíacrecido
en sus ojos considerablemente. Casi podladistin- Después, el gordo se incorporó con dificultad y
guir la silueta de Van Guld erguida en la popa, se sentó respirando fatigosamente. Su cata esla-
,ll
escudriñando la blanca extensión delapleya, tra- ba cubierta de sudor. Con las mangas se eniugó
tando de apuntar con toda precisión el rifle so-
rl

l1l
la boca y la frente. Miró un instante la chaqueta
t; bre su cuerpo. Esto era una figuración pues Van manchada de sudor y de sangre y luego notó que
'( Guld'estaba en realid¿d demasiado leios. El bote uno de sus zapatos se había desatado. Alargó el
rr
l1'
seguía siendo un punto informe en el horizonte. brazo tratando de alcanzar las aguietas pero no
illl lSe incorporó pensando que tendría tiempo de lle- logró asirlas por más que dobló el tronco. Tomó
rl.l,
gar hasta la duna, Echó a correr, pero no bien ha- entonces la pierna entre sus manos y empezó a
bíadedo unos pasos, sus pies se hundieron y dio jalarlahacia sí. Unavez que había conseguido po-
un traspié; cayó de cara sobre laarena que le es- ner el zap to al alcance de sus manos las aguje-
cocía la herida que se había hecho en la frente. tas quedaban debajo del pie y por más esfuerzos
que hacía por atarlas, no podía pues sus dedos
además de estar heridos, eran demasiado cortos
.A Van Guld le pareció enormemente cómico el y demasiados torpes para retener fiiamente las

26 27
cintas y anudarlas. Trutó entonces de quitarse el descarnados, pero rrna vez que tenía asida la
zapato, pero tampoco lo consiguió ya que sus bra- Luger por la cacha los dolores se calmaron d con-
zos arqueados sobre el vientre voluminoso no tacto liso, acerado, frío, del lrma. Lasacó y des-
eran lo suficientemente largos para eiercer una pués de fuotafla contra el pecho de la chaqueta
presión efectiva sobre el zapato. Se echó boca para secarla, la amartilló volüéndose en dirección
aniba y, a¡rdándose con el otro pie, trató de sa- de la costa, hacia la lancha de Van Guld. Pudo
car el zapato haciendo presión sobre él con el ta- distinguir a los cuatro negros que se inclinaban
ti
cón. Al fin logró sacar el talón. Levantó la,pierna simultáneamente al rcmat. La cabeza rubia e in-
ill
I
en el aire y agitando el pie violentamente al ca- móvil de Van Guld se destacaba claramente por
r{l
bo de un momento hizo caer el zlrpato en la arena. encima de las cabez.as oscilantes y negras de
los remeros.
lI
(
Ese pie, enfundado en un diminuto zapato pun-
tiagudo de cuero blanco y negro primero y en El gordo estaba de espaldas a é1. Van Guld vio
rl
:, un grueso calcetín de lana blanca después, con cómo sacaba la pistola del bolsillo del pantalón
il
la punta y el talón luidos y manchados por el su- y cómo agitaba elbnzo mientras la secaba con-
1|; dor y el contacto amarillento del cuero, agitán- tra la chaqueta, pero no vio cómo laamartillaba.
,;i dose temblorosamente, doblando y distendiendo "No sabe usar la pistola", pensó Van Guld cuando
Íl

ir'
coquetamente los dedos regordetes dentro del vio que el gordo se dirigía cojeando hacia la duna
ll" calcetín, producía una sensación grotesc4 ridí- con la pistola tenida en alto, con el cañón apun-
,tf:
rl.l,:
cula, cómica, ctuzado como estaba por los dos tando hacia arriba, casi tocándole el hombro y
hilos de arañamilimétricamente graduados de la con la línea de fuego rozándole la cara.
mira del Purdey.
Apoyándose con las manos, el gordo levantó
el trasero y luego, doblando las piernas hasta po- Le faltabanunos cuarenta metros pzrallegar ala
ner los pies debaio del cuerpo, se puso de pie. falda de la duna. Si se arrasuaba hasta. allí no
Introdujo la mano en el bolsillo para sacar la pis- podría desplazarse con suficiente rapidez y da-
tola. Esto le produio fuertes dolores en los dedos ría tiempo a sus perseguidores de llegar por la

28 29
costa hasta situarse frente a é1. Consciente de su labios y se quedó así unos instantes hasta que la
obesidad, pensó que si corría su cuerpo ofrece- brisa secó su saliva. Tomó luego el Purdey y lo
ría durante el tiempo necesario un blanco móvil, apuntó hacia el gordo mancha diminuta,
lo suficientemente lento para ser alcanzado con
-una
blanca, informe-, mirando através del anteojo.
facilidad. Se volvió hacialabarca de Van Guld. "Hasta la brisa nos ayuda bastará con
Calculó mentalmente todas sus posibilidades. La
-pensó-,
ponerle la cruz en el pecho, y si va corriendo
velocidad con que se acercaba le permitiría qui- la brisa se encargará de llevar el plomo hasta
l zállegar a tiempo a la cuesta de la duna arrastrin- donde él esté". La vertical no importaba; a lz
li
¡[l
dose. Se echó a tierra, pero no bien lo había orilla del mar el aire corre en capas extendidas.
hecho se le ocurrió que alllegar ala dunay para "A veces tiende a subir enlaplaya; medio grado
llii
ascender la cuesta que lo pondría a salvo, tendría hacia abajo, por si acaso. Si está quieto, un gra-
tI
que ofrecerse, de todos modos, erguido al fue- do a la izquierda para la brisa", re-
I ^provechar
go de Van Guld. flexionó y bajando el rifle nuevamente se dirigió
a los remeros:
( atoda prisa! dijo mirando fi-
Van Guld a los remeros bajando
-¡Vamos, -les
jamente el punto delaplaya en donde se encon-
fl
( -¡Paren! -dijo
el rifle. Los negros se arquearon sobre los remos traba el gordo.
;il

ril
conteniendo la fuetza de la corriente que ellos
i' mismos habían provocado con el último golpe
ll' de remo. Los músculos de sus brazos y de sus "Se han detenido", pensó el gordo mientras
I rli
rl.1; hombros se hinchaban con el esfuerzo de parat estaba calculando su salvación. Echó a correr. No
el bote. Van Guld escupió sobre la borda para había dado tres pasos cuando volvió a caer, pues
cerciorarse de que el bote se había detenido. Un como le faltaba xn zp to se le había torcido un
páiaro salvaje aleteó rompiendo el silencio. Van tobillo y el pie descalzo se le había hundido en la
Guld clavó la vista delante de sí, en dirección aÍena. Su situación eraahora más expuesta ya que
del gordo, luego, humedeciéndose los labios con no podía parapetarse en la lanchay todavía esta-
la lengua volvió la cata mar adentro. Con la vis- ba demasiado lejos de la duna. Boqueó tratando
ta fija en el horizonte volvió a humedecerse los de recobrar el aliento. El corazón le golpeaba las

30 31
costillas y a través de todas las capas de su grasa la mitad del trayecto hacia la duna. Un mono
escuchaba el rumor agitado del pulso. Se puso la¡26 un chillido agudísimo y corto, como un
la mano en el pecho tratando de contener esos disparo. El gordo se detuvo volviéndose angus-
latidos, pero como sólo estaba apoyado, con to- tiado hacia la lancha de Van Guld. Con los bra-
do su peso, sobre un codo, los brazos le empe- zos extendidos y las manos colgándole de las
zaÍor: a temblar. Apoyó entonces las dos manos muñecas como dos hilachos se quedó quieto en
sobre laarcnay tfat6 de incorporarse. Haciendo mitad delaplaya. Se percató de que en su mano
ll presión con los pies sobre el suelo, consiguió, derecha llevaba la Luger. La acercó para veila
il al cabo de un gran esfuerzo, ponerse en pie y se mejor y se volvió nuevamente hacia la lancha
ll:
volvió bacia la lancha de sus perseguidores. de Van Guld, luego extendió elbnzo con la pis-
:r tola en dirección de sus perseguidores. Oprimió
tI el gatiüo. Nada. Volvió aapoyar el dedo regordete
Itii Sin servirse de la mira telescópica, Van Guld pu- con todas sus fuerzas pero el gatillo no cedía. Cor-
do darse cuenta de que el gordo se había vuelto tó otro cartucho apresuradamente y labalasaltó
; hacia ellos. Los mulatos remaban rítmicamente de la reclmara rozlndole la cara. Extendió en-
( tonces el brazo y oprimió el gatillo con todas
( y la lancha se acercaba inexorablemente.
ill aprisa! a decir Van Guld. sus fuerzas.
-¡Más -volvió
,(l
rr
lf' Su voz llegó difusa hasta los oídos del gordo que "Tiene el seguro puesto", pensó Van Guld para sí.
rÍi después en voz alia.
tuvo un sobresalto en cuanto la oyó y echó a co-
qil -¡Imbécil! -dijo
Los negros siguieron remando impasibles.
rrer hacia la duna. A cada paso se hundía en la
aren por su propio peso y le costaba un gran
esfuerzo avarrz t.
El gordo examinó cuidadosamente la pistola. Con
las manos temblantes comenzó a manipulade to-
Van Guld vio con toda claridad cómo el gordo dos los mecanismos. Volvió a cottat cartucho
corría dando traspiés en la arena . Habla cubierto y otra bala le saltó a le cera. Oprimió un botón y

32 33
el cargador salió de la cacha. Apresuradamente viento. La lancha siguió avanzando'hasta quedar
volvió a ponerlo en su lugar; luego oprimió otro colocada directamente frente al gordo.
botón que estaba en la guarda del gatillo. Era el
seguro delaaguja. Como al mismo tiempo esta-
ba oprimiendo el gatillo, la pistola se disparó en Volvió a oprimir el gatillo. La Luger hizo un clic
dirección de la duna produciendo una nubecilla diminuto. Se había agotado el cargador. Arrojó
de pólvora quemada y un pequeño remolino de la pistola y echó a correr, pero no en dirección
aÍen en la duna. A lo lejos entre las copas de los de la duna, sino en dirección contraria ala de la
árboles, se produjo un murmullo nervioso. El gor- lancha de Van Guld. Cuando se dio cuenta de que
do se asustó al oít la detonación, pero no se había su huida era errada se detuvo. Vaciló. Luego co-
dado cuenta cabal de que el tiro había partido de rrió en dirección de la duna. Cuando lleg6 a la
su propia arma. Se volvió hacia Van Guld. Podía cuesta se fue de bruces y cayó rodando en la are-
distinguir todos los rasgos de su rostro impasible, na. Se incorporó rápidamente e intentó nueva-
mirándolo fiiamente desde lapopa de la lancha. mente ascender la duna.
Echó a correr. De pronto se detuvo y empuñan-
do la Luger la apuntó nuevamente hacia Van
Guld. Tiró del gatillo, pero el arma no disparó. Van Guld empuñó el Purdey y encañonó al
Se acordó entonces del botoncito que estaba en gordo, pero no tenía intención de disparar toda-
la guarda del gatillo y lo apretó. Oprimió el gati- vía. Miraba a través del telescopio cómo trataba
llo varias veces. de subir por la duna, resbalando sobre la arena,
rascando para asirse a ese muro que siempre se
desvanecía entre sus dedos sangrantes.
Las balas pasaron lejos de Van Guld y de su lan-
cha. La brisa que les iba en contra las había des-
viado y las detonaciones no llegaron a sus oídos El gordo cayó sentado al pie de la duna, Primero
sino después de unos instantes. El gordo se ha- corrió a cuatro patas a lo largo del montículo,
bía quedado inmóvil. Tres volutas de humo blan- ale¡'ándose de Van Guld, pero a cada momento
co lo rodeaban deshaciéndose lentamente en el volvía a caef de cara. Finalmente logró avanzaÍ

34 35
corriendo con los brazos extendidos parl StJAr' U¡avez que Van Guld había pasado de largo, el
dar el equilibrio. gordo se volvió y empezó a escalar la duna, pe-
ro avanzaba muy lentamente porque todos los
apoyos se desmoronaban baio su peso. Sus ma-
Van Guld ordenó a los mulatos que lo siguieran nos cavaban en la aten tratando de encontrar un
desde el mar. Se pusieron a remar y la lancha punto fijo al cual asirse.
avanzaba suavemente sobre las olas, pera'lela tl
gordo que corría dando tumbos. Le cruz del Pur-
dey se encontraba un grado a la izquierda y me- Van Guld hizo virar la lancha en redondo.
dio grado abaio del pecho del gordo.

Mientras la lancha volvía sobre su estela y los


Se había adelantado alalancha que ahora boga- perseguidores le daban la espalda, el gordo as-
ba más lentamente pues había entrado en esa fa- cendió considerablemente y su mano casi logró
ia de mar donde las olas se rompen y donde la asirse al borde de la duna. Tntaba de empuiarse
fuerza de los remos se dispersa enla marciada. con los pies, pero se le deslizabanhacia tbajo.
El gordo se detuvo, apoyado contra el túmulo de
aren?que se alzaúatras é1. Respiraba con dificul-
tad y no podla seguir corriendo. Van Guld quedó colocado frente a é1. Sonriente,
lo miraba patalear y levantar nubecillas de arcna
con los pies. Volvió a encañonarlo y a través
La lancha de Van Guld pasó lentamente ante é1. de la mira pudo adivinar con toda ceÍteza el ros-
Por primera vez se encontraron sus miradas. Al tro sudoroso, sangrante del gordo que jadeaba
pasar frente al gordo Van Guld levantó la vista congestionado.
del telescopio y se quedó mirando fijamente al
gordo que, también, lo miraba pasar ante é1, re-
sollando pesadamente, indefenso. Hubo un momento en que sus pies, a fuerza
de qavar furiosamente, encontraron un punto de

36 37
tiempo suficiente de apuntarle con todacefteza,
apoyo. Su cuerpo se irguió tratando de alcan- igual que si se quedaba a}:.í mismo.
i^, .onlas manos la cresta de la duna y por fin
lo consiguió. Entoncespataleó más fuerte, tratan-
do de elevar las rodillas a la alu¿ra de sus bra- Van Guld bajó el rifle medio grado de la cruz.
zos, pero Lt atetta se desvanecía siempre baio Pensó que sobre todo en la cresta de la duna la
,r, Logró sin embargo retener la altu-
"rr.tpo. capa de aire extendido tendería a subir. La co-
ra que trabít alcenzado sobre la duna' Deseaba rrección horizont¿l era ahora deleznable ya que
entónces que más ellá de esta prominencia hu- se encontraba direcamente enfrente del gordo,
biera otra hondonada para poderse ocultar y con la brisa a su espalda.
ganaf tiempo.

Resignado, el gordo subió al borde y se puso de


Van Guld habíacentrado la mira sobre la espal- pie sobre la duna volviéndose hacia Van Guld.
da del gordo' Acerrojó el Purdey haciendo en-
ffar un casquillo en la recáman' Lm rtillando la
al mismo tiemPo'
^gtJia La lancha producía un chapoteo lento sobre las
olas débiles del mar apacible. A lo lejos se oían
los gritos de los loros que se ajetreaban en el fo-
Cuando llegó a la cima vio que laarcna se exten- llaie de las ceibas. Le tenía la cruz puesta en el
día en una planicie nivelada hasta donde comen-
cuello para dzrJe en medio de los ojos, pero lue-
zaba la selva. Esaba perdido' Se quedó unos go bajó el rifle un poco más, hasta el sexo, para
instantes tendido sobre el borde de arena y miró darle en el vientre, porque pensó que si le daba
sobre sus hombros en dirección de Van Guld que enlacabeza el gordo no sentiría su propia muer-
lo tenía encañonado. Estaba liquidado' pero no te y que si le daba en el pecho lo mataría dema-
sabla si dejarse deslizar nuevamente hacia la
pla-
siado rápidamente.
ya o seguir avanzando sobre la duna hacia la sel-
va. Eran unos cien metros hasta los primeros
árboles. Para Llegat a ellos daúa a Van Guld el
39
38
El gordo lo miraba con las tnenos colgantes, san_
grantes, separadas del cuerpo, en una actitud afe_
minada y desvalida. NARDA O Et VERANO

Cuando partió el disparo, la lancha dio un tum_


bo escueto, levísimo. ¿#:k'r:,il:ii** ;"."ff]'
fllll "TI"::,U?i T',.Hl,:l ""''
li;; Tbe Cbarge oÍ tbe Light Brigade.
f(
Sintió que las entrañas se le enfriaban y oyó un
(i;l murmullo violento que venía de la selva. Se des_
plomó pesadamente y rodó por la duna hasa que_ Ha sido un día terrible. 23 escenas y todas en
r' dar despatarrado sobre laplayacomo un bañista secuencia. Joyce ni siquiera se desmaquilló y se
(, ,,

tomando el sol. Boca arriba como estaba notó, ha quedado dormida con la luz encendida. Apro-
por primera vez desde que había comenzado su vecharé el silencio y la soledad que su fatiga me
('li huida, la limpidez magnífica del cielo. deiapanescribir la crónica de estas vacaciones.
( .1, Puede decirse que el verano ha terminado. Ha
{. llegado el momento de concretar todas las ex-
Van Guld hai6 el rifle. La brisa agiaba sus cabellos
(:
periencias que han hecho esta temporada me-
rubios. Todavíeestuvo mirando unos instantes el
r morable y es preciso empezar por el principio.
,r:, cuerpo reventado al pie de la duna. Luego ordenó
No olvidaré ianás esa mañana de abril en que
tL,. a los remeros partir. Labarcase puso en marcha.
(:1,,, Max y yo nos sentamos en une teÍtaz de café
Los mulatos jadeaban agobiados de sol, impul-
para planear nuestras vacaciones. Habíamos de-
sando los remos fatigosamente. Van Guld apoyo
cidido pasar el verano ala orilla del mar, en un
el Purdey contra la borda y encendió un cigarri_
balneario de moda, pero al mismo tiempo ex-
llo. Las bocanadas de humo se quedaban suspen_
clusivo. Nunca más volveríamos a uno de aque-
sas en la quietud del viento, como abandonadas
l|os camps de turistas nórdicos en los que las
de la lancha que se iba convirtiendo poco a poco
muieres florecen en torno a sus tiendas de cam-
en un punto lejano, imperceptible.
paña de lona o de plástico como flores de mal

40
41
agüero, enrojecirtas por el sol y rodeadas de niños
tro carácter. El proveeúa el cinismo y yo la in-
rubios y pecosos y en los que los hombres jue-
genuidad.
gan a los bolos o escuchan laredio al anochecer.
Este fue nuestro error de base.
No teníamos mucho dinero, pero síel suficiente
panalquilar una pequeñauitta situada en lo alto
El uillino está situado sobre los acantilados y
de los acantilados y que domina toda la bahía.
desde él se dominelabehíe casi cerrada de Be-
Teníamos ambién un bonito automóvil deporti_
llamare. Hay una estrecha y larga escalinata de
vo y un poco por curiosidad, pero también, claro
lr travertino que baja entre las rocas hasta laplaya.
r; está, por econornía, habíamos decidido compartir
Hay un embarcadero al que estáarn rr:'do un pe-
Í" una sola mujer entre los dos.
queño velero blanco y reluciente que pertenece
r;i ¡Con cuántanitidezrecuerdo ahora los inicios
a la casa. En términos generales la situación no
de nuestra aventura! Todavíasalíamos ela calle
;: deia que desear. Cuando llegamos aquf cref-
rrarda
rii bien abrigados y de seguro que fue el frfo el que
mos que todas estas cosas constituirían r¡n atrac-
nos metió esta idea enla cabeza aquella mañana
Ín[
llena de ventiscas. yo siempre he dicho que el frío
tivo más que suficiente para quienquiera que
quisiera pasar un verano en nuestra compañía.
rl es uno de los más enérgicos afrodisiacos que
exis_
tl Mientras nos instalábamos discutlamos las carac-
ten. S( para mí toda la cosa tiene un trasfondo de
t., terísticas que debería reunir nuestra compañera.
deseo insatisfecho. Ma:r es menos ardiente que yo.
;li Max se inclinaba por una mujer rica, bla.sée, cul-
(: A él le gusta concebir el trato con las mujeres co_
ta y de cuarenta años. Yo, por mi parte, pensaba
r mo un deporte necesario panhsalud sobre el que
rf- que el ideal sería una detni-rnondaine adoles-
,( se puede teofizat desde cierta altuta, aunque
i en cente, tonta y pobre. Serla más fácil manipularlaa
r li.. el fondo se escandaliza sin atreverse a confesarlo.
nuestro antoio. Finalmente nos pusimos de acuer-
-Pan hacerlo como se debe es preciso plan_
tearlo con ingenuidad
do. Serviría cualquiera que tuviera cuando me-
dijo después de que nos una de las cualidades que uno u otro pedía.
yo le había expuesto el-megermen de la idea_; con Tal eta nuestra estrecha amistad.
ingenuidad, pero con cinismo al mismo tiempo.
Al atardecer fuimos a Bellamare.Hacía algunos
Yo estaba totalmente de acuerdo. Decidimos
años habfa sido un pueblo de pescadores sucio
entonces repartirnos los ingredientes según nues_
y maloliente, pero con una bonita bahía. Ahora
42
43
perdido toda posibilidad de elección. Eran dema-
es un "pueblo de pescadores", higiénico, destar-
siadas, tantas que nunca había una que estuviefa
taltdo en la medida en que la ruina es necesaria
aislada de las demás. Decidimos entonces ir a ce-
al turismo. Encada casa pintada de rosa, de ocre
viejo, de azul, de amarillo, funciona urn botte', nar. Et'¿ preciso encontrar una muier que estu-
un snack-ba.r, unaterÍaza con orquesta, utta ca-
viera sepanda de sus congéneres para poder
apreciarla sin restricciones, sin que su multitud
ue con jazz. El Albergbo d'Ingbilterrrúr, con sus
banderas ondeando sobre la puerta principal, do-
nos produiera el etnbarras du cboix'
mina desde el punto más alto de la costa todzla Traté de convencer a Max de que diéramos una
l: vuelta por la estación del ferrocarril' Ese era el
t;: bahía así como las salientes que a su vez van for-
t: mando otras bahías a lo largo del litoral. Los pes-
meior lugar para reclutar una compañen. El di-
rettissimo no tardaúaen llegar catgado de ingle-
::l cadores se han convertido en "botones" de los
sas, francesas, belgas, suecas, suizas, alemanas.
f' hoteles exclusives o en meseros de los bares de
(:l Podríamos decirles que alquilábamos cuartos o
moda y el execrable olor a peces y a crustáceos
algo por el estilo como hace toda la gente en es-
muertos se ha transformado, durante la mañana
te país. Pero Max tenía mucha hambre y se negó.
qqi

.t en un refrescante olor a S&o/, durante el medio-


il Fuimos a un restaurant de negros africanos. Se
dla en un sabroso olor a aio. Durante el aperiti
(l:
llama Baobab. Yo creo que este nombre, con el
rl vo de la terde comienzá a olerse /oy con su
que sólo me habfa topado enel Petit Prince' nun-
fngancia de limón sublimado que poco a poco,
ca se fne olvidatá.
'(l' conforme avanza la noche, se convierte en ese
tl ' Desde que entramos nos pusimos a mirarla.
rl* olor cálido, ¡enaz, ineluctable, de cuerpo asolea-
,( Estaba sentada sola, en una pequeña mesa colo-
ll
do que suda mientnsbaila a los compases de un
ril., cada cerca de un estrado de dimensiones míni-
cha-cha-chá o de 'Nel blu dipinto di blu'.
mas sobre el que un negro gigantesco, desnudo
Era la hora deUoy. Max y yo nos sentamos en la
hasta l¿ cintura, golpeaba rftmicamente unos tro-
tertaz de un cafecito con sinfonola situado en
zos de madera produciendo lo que con una gran
la pequeña plaza frente al embarcadero. El des-
amplitud de criterio estético pudiera calificarse
file interminable de las mujeres que considerába-
de música de percusión. Era el dueño del Bao-
mos como posibles candidatas a compartirnos fue
tan abrumador que cuando oscureció habíamos
baby no bien nos hubimos sentado se apresuró a

45
44
dar por terminada su presentación para dirigirse verdes y pelo rubio muy corto. Su traje no era
a nosotros. El menú era hablado y consistía en el último grito de la moda veraniega aunque era
el proferimiento de una l^rg lista de inmundi- elegante, lo que seguramente indicaba que tenía
cias de tiena, mar y cielo, s zonadas con otras poco dinero. Además eralamujer de un canfbal;
tantas excrecencias eméticas. No nos entusiasma- eso quería decir que no discriminaba mucho sus
ban las viandas. El elefantiásico máite d'botel no relaciones. Definitivamente me gustó.
se desanimó, sin embargo. Sonrió mostrando una que si quiere cenar con nosotros
n larguísima hilera de dientes limados enpunta, co- -Dile
dije al negro, pero luego me turbé porque Max
-le
t:
mo las fauces de un tiburón. Su índice curvado me dio una patada en la pierna por debajo de
t:,
haciaatrás y sonrosado por debaio señaló en di- la mesa.
Íi rección de la mujer que estaba sentada en el otro Comprendf que habfa hecho mal, pero no hubo
t- extremo. Hizo también un guiño que delataba su
(:l tiempo de reparar el daño. Lotario se volvió hacia
manifiesta condición de alcahuete cuando dijo: su mujer y le tronó los dedos señalándonos con
rti de Tchomba gustar a señores? un meneo de cabeza.. Ella se puso inmediatarnente
-¿Mujer
"T La visión de sus dientes afilados ponla un acen- de pie y vino hacia nosotros. Era pequeña y son-
(l;
to totalmente equfvoco a esa pregunta: ¿Estába- reía todo el tiempo. Su rostro delatabeuna sumi-
(: mos acaso entre caníbales? sión afectuosa, no sólo al negro, sino a todos los
rd
comerla? preguntó a su vezMax.' hombres que la hubieran querido saborear como
(: -¿Paru -le
t'
rl''
-No; mujer de Tchomba para acompañar.
de pan?
parte del menú. Tchomba se apresuró aacercarle
,tll, -¿Sirve una silla y su mujer se sentó, siempre sonriente,
(ln
-Para
acompañar comida, par¿ acompaim pla- animada de una alegrle frágll y humilde.
ya, p^r^acompañar dormir... el negro iun- vez tu muier pueda aconsejarnog lo
-diio
tando las dos manos y ladeando la cabeza con los -Tal
que debemos ordenar diio Max al negro,
ojos cerrados. -le
y sin volverse a mftafla siquiera se dirigió a
En lo que l:abía durado este diálogo yo me ha- Tchomba-: ¿cómo se llama?
bfa puesto a analizar a la mujer de Tchomba. A verdadero nombre es Elise, pero este vera-
grandes rasgos parccía reunir los requisitos indis- -Mi
no quiero llamarme Narda ella; luego
pensables para mí Era una adolescente de oios -contestó
agregó-: como la novia de Mandrake el Mago.

46 47
Esto me olió mal. Las mujeres que cambian de que me tranquilizaba después de mis suposicio-
nombre según las estaciones son seres que se nes acerca de Mme. Sagan.
creen refinados, esclavos de la banalidad que han nombre... cambiar hombre...
leído a Mme. Sagan y nlda más, pero el pseudó-
-Cambiar
Tchomba repitiendo el gesto que significaba
-dijo
nimo no estaba mal. Me gustaba; era un nombre "dormir" y mostrando su dentadura, inofensiva
diáfano y firme ala vez. de tan terrible, en ufur sonrisa bonachona que le
para mí. ctuzaba la cara de oreia a oreja.
-Narda... -dije
gusta mi nombre? mirán- quiero un filete de boa y vino de kola
¿Narda?
t:
f:
-¿Te
dome sonriente.
-diio -Yofindmente Narda poniéndose seria. Max y
f' El tuteo había venido demasiado pronto.
-diio
yo ordenamos lo mismo y Tchomba se retiró.
(;
dije, no parece un nombre de plati- Cuando terminamos de comer, el vino de ko-
-Sí -le
llo como Elise. la se nos tnbía subido a,la cabeza. Narda era una
;::
(il
Suiza casi todas las muchachas se llaman muier perfecta y habíamos concluido un pacto
-En
Elise, como en Alemania... o también Heidi. con ella. Todavía bebimos un último sorbo de
qtl

,J el colmo que la muier de un caníbal se kola en unas copas hechas con cráneos humanos
(i; -Sería
llamara Heidi Max displicentemente. para brindar por el éxito de nuestro veraneo. Para
(i
.-Oh -dijo
Narda-, yo no soy su muier. Fui regocijb de Max habíamos descubierto también
(l:,
-diio
su mujer el verano pasado, pero este año ya no que Narda pertenecía a una riquísima familia de
¡ii
(:
me gustan los negros. Se civilizan demasiado pron- relojeros y que estudiaba filología en el Politéc-
t'
1l''
to; por eso ahora todavía me considera como su nico de Zürich.
,(:: . mujer, porque ya se civilizó volviéndose al
rl,,.i , -Y
negro con una sonrisa maliciosa, pero llena de Decidimos ir abailat para celebrarlo y en el ca-
afecto, le preguntó-: ¿Verdad que ya te civili- mino Max y yo nos planteábamos ya los primeros
zeste, mi tigre del Kilimaniaro? principios de nuestro angst. ¿Acaso se suscitaría
El negro sonrió estúpidamente, mostrando sus una rivalidad entre nosotros? ¿Daúa Narda de sí
dientes puntiagudos, sin entender cabalmente el para satisfacernos a ambos sin deiar nada que
sentido de la pregunta. desear a ninguno de los dos? Habría que poner-
Esta muchacha había leído a Hemingway, lo la a prueba durante el baile. Era preciso que sus

48 49
reacciones fueran idénticas con ambos. Cuando y en la penumbra impregnada de jadeos y de ca-
llegáramos ala casa nos sentaría- ricias, profería devez en cuando, hablando casi,
-pensamos-
mos los tres en torno a la mesa a fumar el último con una voz ronc y quebradiza, como temien-
cigarrillo antes de acostarnos mientras hacíamos do romper el manoseo slou-motion qve construía
el cotejo de nuestras experiencias y mientras de- la atmósfera de aquella diminuta y abiganadaca-
cidíamos en qué cama dormiría Narda, pues a to- tedral de la entrepierna, el refrán de su canción:
do esto era preciso que quienes lo decidiéramos ...You can take tne, baby, put rne on your big
Iri fuéramos nosotros, Max y yo, pero, ¿cómo? [brass bed
f:l Enla boite, que representaba el interior de un Eagle Rock me, baby, till myface turns cberry
f'
"jacal" mexicano, las parefas practicaban un ero-
(i tismo tácito a los compases entrecortados y so-
fred...
Era el relajamiento absoluto de las costumbres;
i:,r ñolientos de un blues que una negra muy gorda por eso se estaba tan bien allí y Narda se convir-
tl
lll t
producía en un piano vertical pintado de color tió de pronto, al contacto de aquella realidad lle-
ui I
de rosa fuerte. A estas horas el olor deJoy se mez- na de penumbra y de seqsualidad, cálida, suave
llt claba con el del humo de tabaco, con el de gin, y dulce como el Marsala de Mrs. Topbrick, en un
rl;
quizá. con el de mariguana. Se gtardaba silencio ser que refleiaba todo el esplendor de la noche.
rl
(:,, y los cuerpos no producían más que un sonido Max come nzaba a aceptarla. Mientras bailába-
tl pegaioso de alpargatas, de sandalias de playa que mos ab r azados es trechamente, acar iciándonos la
rl
f'
tozaban pesadamente el piso, de carne que no espalda con esa avidez minuciosa, perezosa, al út-
rf' '
se frota de tan cercana. Las muieres se abando- mo del blues, sus ojos grises nos seguían en un
',(li,
rlli
naban a esa luiuria lenta, callada, que no tiene más close-up en el que sólo el rostro de Narda estaba
r

manifestación que una respiración agitada, pero en foco y yo no era más que un borrón en me-
apenas perceptible, una respiración que las hace dio de la bruma íntima. Pero yo la veía en un
mostrar los dientes, no sé por qué. Mrs. Topbrick close-up muchísimo más violento; hubiera podi-
.do
contar las células de su piel, células tibias que
-tal era el nombre de la negra que tocaba el pia-
no y el nombre también de aquel antro- bebía, se reproducían vertiginosamente en esa mínima
durante las pausas de su ejecución, pequeños sor- y tersa primavera de su rostro, ajeno siempre, le-
bos de un enorme tarro lleno de vino de Marsala iano y sonriente de todo.

50 5r
Luego Max bailó con ella. Yo los veía deslizar estaba Narda y me contestó que habla ido al
se torpemente sobre la pequeña pista de baile, "ladies". En ese momento volvf la mirada hacia
chocando contra las otras pareias, tambaleándo- el piano color de rosa.
se a veces cuando perdían el ritmo. Pero no los diie a Max seír¿lando hacia el piano.
vefa en close-up. Era más bienwplan americain -Mira -le
La silueta de Tchomba se erguía maiestuosa.
enfocado alaa'ltute de sus cinturas. Max se insi- Acodado sobre la cubierta del piano coreaba con
nuaba conrnaladresse, como todos los de su ra- movimientos rítmicos de sus hombros los com-
li; z.a, gente sin ritmo, o con un ritmo propio que pases del blues de Mrs. Topbrick.
r:" nunca está de moda. Narda se abandonabalesta qué tarda tanto? Max.
t'' caricia impersonal con amor. ¿Amábamos ya a esa -¿Porson las muieres -preguntócontesté.
(::
muJer diminuta y frágil? -Asf -le
En ese momento nuestra muier apareció por
;:ir, Una rubia rápida, elegante y esbelta, pero ine- una puerta que estaba decorada con una enor-
ri ficaz como un cohete de la Nese cayó de espal- me reproducción de le Danza de la Tierra de
ilr
¡( li
das sobre la mesa. De seguro que no se había Diego Rlvera (el de los hombres era reconocible
llt hecho daño y que sólo se trataba de un elabora- por el retrato de cuerpo entero de Emiliano Za-
(: ,,
do paso de baile porque su compañero, un in- pata con su fusil en ristre). Cuando Narda pasó
il
(,: glés de pelo alborotado se incünó sobre ella que frente al piano para venir hacialá mesa Tchom-
;; ii yacla entre nuestros vasos y ceniceros volcados. ba la tomó bruscamente del brazo y la atrajo
rl say, a bit jerky, isn't it, rny dear? hacia é1. Ella no hizo ningún movimiento de re-
f" -I -dijo
y le dio un beso fogosísimo en el oio izquierdo,
rl"" sistencia, pero durante un instante volvió la vis-
,(::,
luego, supino como estaba, se dirigió a mí-: So ta hecie nosotros srn encontrarnos. El negro le
rl,i r
soW, old cbap; baue some rnore on lrre. dijo algo al ofdo, sonrió imbécilmente como era
Tomó alarubia de los hombros y la incorporó su costumbre y la soltó. Narda entonces prosi-
para seguir bailando. guió hacia la mesa.
Este incidente me distraio y perdí de vista a quiere que me vaya con él
nuestra aflrante y a mi amigo. Pedí otra tanda de -Tchomba
en cuanto se sentó-, ahora están de moda esas
-dijo
copas y entonces llegó Max a sentarse alamesa. reivindicaciones. Talvez lo que quiere es dinero.
Estaba agotado de bailar. Le pregunté que dónde tenemos mucho dinero Max.
-No -diio
52 53
quiere? pregunté a Narda. Sólo t¡n borracho puede ser tan vulgar, pensé
sé lo
-le
-¿Cuánto que valgo contestó-, pero luego pzra mí
-No -me conmigo Max.
lo que sea, yo se lo daré. Me temo que se l:raena- -Dormirás -dijo
Esta manera tan directa de plantear la cuestión
morado de mí el pobre estúpido. Ahora quiere
capitalizat sus sentimientos. me ofendió, pero Max estaba tan borracho co-
eres nuestra, ¿verdad? mo yo. Por eso lo perdoné.
-Ahorano soy de ustedes: -le dije.
ustedes son míos. al marienbad Narda son-
riendo con una sonrisa llena -diio
[i: -No; el caso es lo mismo. -Decídanlo
de gin.
f;:i -Para quiere decir que dormirás conmigo
Narda-; es enteramente diferente. -Eso -le
f" -No -dijo
Tchomba nos miraba fijamente desde el pia- dije.
il no. Suponía seguramente que hablábamos de él La borrachera me producía una inefable con-
f"' y sus labios se arqueaban, de vez efi cuando, en ftanza en mí mismo. Narda lattr;ó una carcajada
(:
una especie de sonrisa, mostrando sus fauces de estentórea. Elnegro, desde donde estaba, se tur-
)rnt
rft I caníbal en nuestra dirección. Luego comenzó a bó un instante y deió de golpear el piano volvien-
golpear la cubierta del piano. Decididamente te- do la mirada hacia nosotros.
(lt ,

¡ía la manía de la música de percusión. nunca pierdes? preguntó mien-


-¿Acaso -me
tras comenzaba a disponer las cerifias sobre la me-
Ya sólo bailaban el inglés y la rubia y nosotros
;; ii
bebíamos en silencio. Le puse a Narda una mano sa en el orden necesario: 7... 5...3... 1...
I,
-le contesté-, pero siempre
sobre el muslo y se lo acaricié durante un buen perder
il" l -Puedo
gano.
I l"' rato. Las mujeres que han tomado sol conservan
-diio ella volviéndose
1{,.
,

el calor durante mucho tiempo y su piel se vuel- empieza?


llu , -¿Quién
hacia Max.
ve inquietantemente tersa. Mientras yo llegaba a
estas conclusiones, Max la besaba en el cuello y Talvez supiera suficiente lógica matemática o
en la nuca. lo que fuera como para poder prever el resultado
unos niños tontos... son unos niños muy final de la patida en función de cómo y quién
-Son con su voz lánguida de puta empzaba. Su pregunta me dolió. Era una pregun-
tontos...
-decía por quiín decidirme esta noche. ta maliciosa que delataba, involuntariamente qui-
amateur-. No sé
eL azx decida diie. zá, una preferencia. Max alatgó la mano hacia
-Que -le
>1 55
las cerillas y retiró tres de la hilera superior. Yo Cuando salimos de allí estaba amaneciendo.
entonces retiré las tres de la tercera hilera. Narda Las gaviotas revoloteaban en torno a los másti-
juntó entonces las manos sobre sus labios como les de los yates anclados frente aleplaza produ-
tratando de concentrarse en el desenlace. Max ciendo un graznido molesto, un aleteo irritante .
titubeaba. Yahabía alargado la mano para, reti- Max y yo estábamos perdidamente borrachos.
rar otras dos cerillas de la hilera superior, pero Narda nos miraba compasiva y sonreía ante nues-
se arrepintió y dirigió sus dedos hacie la última tra desventura. Esto es, creo, lo último que re-
t:,: hilera: la de la cerilla solitaria. Estaba a punto cuerdo de aquella noche: sus grandes ojos verdes
t:,,; de tomarla. y su pelo rubio agitado en la brisa marina del
r:,' Narda separando violenta- alba. Nos tendimos a dormir sobre unos corda-
-¡Oh! -exclamó
:i;; mente las manos. ies en el muelle pan deier que ella durmiera en
t' Max retiró rápidamente la mano par? recapl- el coche.
ri
citar, luego la volvió aalargar. Estaba ya muy cer- No supe nunca si el rostro de Tchomba, intui-
)tll
r( lli
ca de la segunda hilera de cerillas y seguramente do, visto de alguna manera imprecisa en aquel
ll r: iba a reürar las cinco que la componían cuando amanecer gris, fue un sueño o si anduvo rondan-
ü,,
( de pronto, sin darnos cuenta de cómo habían do corpóreamente por el embarcadero.
ocurrido las cosas, la rubia y el inglés volvieron
;; ii a c et sobre la mesa attapando con sus cuerpos El dfa siguiente lo pasamos enlaplaya, tendidos
t,
la mano de Max y trastocando con su peso la dis- cercÍr de nuestro embarcadero. Una quietud mag-
r' I
t"" posición del tnarienbad. níñca de mar y cielo contribuía a nuestro resta-
atq. sorry! el inglés tratando con di- blecimiento, además de un cubo con botellas de
llr rr -I -diio
ficultad de poner en pie sputnik-: Do baue cefi/ezahelada, después delaparanda de la no-
^su
sorrre on me! volviéndose a nosotros che anterior. Sólo Narda se agitaba en torno a nos-
-exclamó
vn vez que había conseguido poner en pie a la otros, saltando en la arena, bailoteando entre la
rubia e inmediatamente llamó al mesero y le or- espume de las olas que se rompfan suevemente.
denó un recambio de copas. Ésas llegaron en po- A veces se acercaba y riéndose burlonamente
co tiempo y seguimos bebiendo en silencio hasta adoptaba actitudes insinuantes, haciendo caer los
que nos avisaron que iban a ceffar el lugar. tirantes de su traie de baño por los brazos dorados

56 57
por el sol o arqueando la cintura como hacen aleiaba. Narda iba de pie sobre la quilla y la brisa
las del strip-tease. Nosotros no le hacíamos caso le dborotaba la cabellera rubia. Parecla el mas-
porque estábamos muy cansados. yo estaba le- carón dora{o de un barco antiguo.
yendo el Times Literary Supplement. Max esta- Cuando el velero se perdió de vista me puse
ba simplemente tendido sobre la arena, viendo a tomar más fotos, pero en un momento dado
pasar las nubes como el extranjero, pero en una eché un vista;zo a mi ¿lrededor y encontré a mi
ocasión Narda se acercó demasiado a Max y éste la espalda, a unos pasos de donde yo estaba, la fi-
[:,: cogió por un tobillo y la jaló con tanta fuerza que gura gigantesca y negra de Tchomba. Me miraba
f; til la hizo caer junto a él sobre la arena. Max, no sonriente como siempre, mostrando sus fauces
r'' sin cierta displicencia, la retuvo en sus brazos
(il, de tiburón . Hizo una pequeña reverenc ia agitan-
y la besó en la boca. Dejé de lado el periódico do por encima de su cabeza un enorme sombre-
f' 'i y les tomé una fotografía, iusto mientras se esta- ro de paia desteiido en las alas. No le devolví el
(:"
ban besando. saludo, pero señalándole las botellas de cenveza
)nl;
(r lli a dar una vuelta en el velero lo invité a que se acercara.
Narda cuando sus bocas se separaron. -dijo
-Vamos
ll rl
satisfechos con platillo especial del
(1,,,,,
parece una gran idea! -¿Señores
(l -¡Me prfncipe Tchomba?
-exclamé.
Los dos se volvieron hacia mí sorprendidos,
(:i prasa?, ¿has venido por dinero? pre-
-¿Qué -le
-...Ya comprendo luego-, supon- gunté pensando en lo que Narda nos había dicho
rúl ll
(::'
go que he metido la -agregué
pata. la noche anterior.
r. 1l
te equivocas
-me dijo Max con esa no es momento. Príncipe Tchom-
¡l'"' '
-Siempre -Todavíe
'l:;; suficiencia kantiana que era tan suya. ba ofrece todavía extenso surtido de mercancía
llrr
-Tú te quedas aquí tomando fotos. Estoy se-
¡

exótica.
gura de que eres un gran fotógrafo... Narda a ofrecernos una negra?
sonriendo coquetamente. -dijo -¿Vienes joven
es ingenuo. Príncipe Tchom-
A través del visor delacámara vi cómo se diri- -Tubab
ba ofrece paraíso chiquito, yerbita mágica pan
gíanal velero. Narda saltó a bordo mienrras Max ver muieres hermosas en la soledad, mujeres her-
desamarraba la barca,luego subió en ella e izó mosas como Elise...
la vela, Tomé otra fbtografía del velero que se pregunté.
-¿Opio? -le
58 59
respondió mostrándome sus Parecía que estaba recitando uno de esos ex-
-Mariguana -me
imprescindibles dientes de aserradero. traños encantamientos hipnóticos que se escu-
-No me interesa
-le diie-, ¿por qué meior chan en las películas deTanán (serie Weismüller).
no me consigues un cartón de Camels? Todo en él recordaba Trader Horn. Tomó lue-
Tchomba lanzó una carcaiada de caníbal. go entre sus dedos curvos micámarafotogrifica.
se burla de Tchomba-dijo riéndose pensativo observando
-Tubab pero -Hasselblad... -dijo
todavía-, Tchomba ofrece mucha mer- cuidadosamente el lente-. Tchomba tiene exten-
Itii cartcla interesante... carne seca de tubab con- so surtido semidiós sueco; sólo ocho veces cien
[:i dimentada con salsa de hashish... ver pellcula dólares en billetes con visor deportivo y juego
t'
del plomero... ver curandero de tribu de Tchom- completo de filtros Wratten. ¿Tubab ha hecho
(, bapracticar cirugfa ceremonial sobre muchacha imagen de Elise con Hasselblad?
t"-i negra... extenso surtido de capotes anglaises par de veces respondí-, pero no son
( importadas del Oriente leiano... olisbos japone-
-Un
muy buenas
-le
y príncipe Tchomba puedan
r¡ill
llr
ses... extenso surtido en la trastienda de Tchom-
ba... edición secrete poemas eróticos de Mao
-Tal vez tubab
hacer transacción.
(,'r
Tse Tung, eiemplar numerado... latitas de glán- me interesa tu mercancía.
il
dula de tubab para condimentar guisos... meior
-No tubab quiere dólares, libras esterlinas, ru-
que trufas... pfldoras anticonceptivas de Puerto
-¿El
rd iii blos, piastras, marcos federales, francos suizos...
Rico para la novia del tubab, un bonito regalo... o primera edición Poulet-Malasis de Fleurs du Mal
rf.lI
rl'" souuenirs de Auschwitz, portafolio de piel de de Verlaine...?
rl*' '
tubab con tatuaie de Viviane Romance desnu- Su cultura literaria tenía ciertas lagunas.
tli¡i
al grano
-le dije interrumpiéndolo.
r

da... chalecos para el tubab hechos en Burling-


-Vamos
ton Arcade con tela de pelo humano... meior Tchomba interesa obtener urgen-
-Príncipe
que vicuña... fotografras auténticas de la confe- temente fotografía de Elise totalmente desnuda
rencia de prensa tle Marilyn en Mexico City... con partes religiosas del cuerpo bien visibles.
manuscrito autógra,fo deEzta Pound... extenso vas a hacer "yu-yu"?
-¿Le
surtido... utide selection... grande assortin ento...
grande uariété...
-El tubab se burla.
no poder complacerte.
-Lamento
6o 6t
Tchomba sólo desea imagen de Elise unalarga siesta. Pensé patamí, sin embargo, no
-Príncipe sé por qué, que talvez esa noche Narda seúamía.
como recuerdo, como souuenir de época feliz...
qué desnuda entonces?, ¿y porqué tanta Fui a Bellamare y me quedé allí hasta que se
-¿Por
urgencia? hizo de noche. Miraba los yates que regresaban
nunca ha estado enamorado?, ¿no? a aúac r en el muelle de la plaza. Vi cómo poco
-¿Tubab a poco se iban encendiendo las luces de neón,
Esta razón me pareció bastante convincente.
bien diie-. Trataré de tomar la fo- cómo se iba organizando la música en el corazón
It]iiI
-Está -le
to, pero me darás el autógrafo deEzra Pound por automático de las sinfonolas, cómo empezaba a
t:ili I
ella. ¿De acuerdo? surgir del interior abovedado de los pequeños res-
r'
acuerdo, tubab Tchomba miran- taurantes, de las teftazs de los bares; cómo se
fl;
do
-De
pensativo hacia el
-dijo
horizonte surcado de pe- iba elevando el olor del perfume de la noche hasta
l'1¡l queños veleros. que en \abahía el mar y la, tiena se fundían sin
(' saber cuál eracuál en su negruracruzadasólo por
)llr;
Luego se puso de pie y sacudió al viento los
rril i
faldones de su cotón color de rosa. Se descubrió la línea curva de las luces del balneario.
lln r nuevamente para hacer la reverencia y se aleió Cuando llegué a la casa Max estaba sirviendo
(,,rr
(:' lentamente porLaplaya. También zélle tomé una unas copas y Narda se estaba duchando en el cuar-
foto mientras se aleiaba. to de baño con la puerta abierta. Su desnudez era
¡¿; I Era ya demasiado tar de para almorzat cuando implacable, surcada de aquella lluvia humeante
(:
l'ltt
regresaron Max y Narda. El velero atracó de pron- que resbalabaalo largo de su cuerpo tostado por
¡l'''', to sin que yo casi me diera cuenta, sin que hu- el sol como por una duna de oro. Max me alargó
,li:,,i
tl,*fll
biera surgido lentamente en el horizonte como se una copa sonriente. Se había establecido entre él
supone que deben hacerlo todos los barcos. No, y Narda una inteligencia a la cual de momento
súbitamente oí sus risas y la bar ca ya estaba anta- yo eratodavía. ajeno, pero cuya verdadera natu-
nada. Caminaban cogidos de la mano y al diri- taleza no se me escapaba. }{tbía que respetar
girse a lacasa no pasaron muy cerca de donde yo nuestro pacto. Si hubiera sido de día hubiera po-
estaba. Desde lejos me hicieron un saludo agitan- dido tomat la fotogrtfía, pero en ese momento
do los brazos. Hacíamucho calor y seguramente no tenía bombillas paraelflasb.Yo hubiera que-
estaban muy fatigados de navegat. Dormirían rido no mirarla. Cuando menos no tan fijamente

62 63
porque me parecía que era primitivo, que la con- pregunté al oído.
templación de un cuerpo de muier debe tomar-
-¿Asf? -le
así.
se en pequeñas dosis para no malgastarlo, que una
-Sí;
Seabnzóamíy apoyó laebezasobre mi hom-
mujer desnuda no debe ser una costumbre sino bro. Sentía la humedad de su cabellera impreg-
un acontecimiento. Narda tefafezba Ladies of nándome, filtrándose a través de la camisahesta
Spain y ag:rtaba el cuerpo en una parodia de danza tocar mi piel. La besé y comenzamos a bailar. Max
española. Salió de la rcgadera y se envolvió en aptgó las luces y se tiró sobre el sofá. Al poco
ffit una toalla. Cantando con mayor entusiasmo to- rato se había quedado dormido. Cuando menos
t:iit davía que antes vino bailando hasta donde está- así parecía en la oscuridad. Bailando y bailando
rq
bamos. Yo le di la espalda y apuré nerviosamente llegamos hasta la recimara, pero no nos tendimos
(1,,
mi copa fiiando la mirada en el océano, quieto en la cama sino que seguimos bailando hasta que
fl1t I y negro, que estaba más allá de la ventana, pero se acabó el disco.
(:'"
de pronto sus brazos me ciñeron por los hom-
)ru
r!lill bros y sentí sus labios, tarareando todavía muy Hacíacalor. El alba nos despertó desnudos, abra-
llt:r lentamente Ladies of Spain, moverse cálidos, hú- zAdos el uno al otro. Lahtzgris se filtraba por la
(,r
medos, sobre mi nuca. celosía de las venecianas. Afuera, sobre el mar y
I

(: '

sabes lo que es un sicofante? pre- la costa, los primeros rayos del sol comenzaban
,dtiii
-¿Tú
guntó entonces adoptando un tono serio. -me a dispersar la bruma que como un enorme gato
.1il El aliento sibilante y tenue que producíalaúl- se revolvía sobre sí misma. No se rompía el si-
f

tima palabra de su pregunta me hizo estremecer. lencio sino con el tumbo acompasado de las olas
rf "'' que venía desde leios.
-¿Unsicofante Un sicofante... pues...
sicofante?
tl¡rrt
es un sifón de ducha qué...? diio.
-Un
sentenciosamente.
-dijo Max -¿Sabes -me
-¿eué?
-No importa Narda-. Tengo ganas de nos estuvo mirando,..
-dijo
búlar. Que Max ponga un disco para que tú y yo
-Tchomba...
-¿Cuándo?
bailemos. noche.
Me volví ha cia ella. La toalle hg;bía caldo a nues-
-Esta sabes?
-¿Cómo
tros pies. La abncé por la cintura. vi detrás de la ventana.
-Lo
64 65
qué no me diiiste? Era negro con los asientos tapizados de tercio-
-¿Por
qué? pelo roio y tenfa placas de Montecarlo. Cuando
-¿Para
gusta que nos haya esrado mirando? me fui me diio que lo iba a.vender y asf lo hizo.
-¿Te
-sl. qué? -¿Y
ahora que has vuelto qué te ha dicho?
-¿Por que vuelva con é1. Me ha ofrecido
sf. -Quiere
comprar nuevamente un Rolls.
-Porque
segura de que era él? dónde saca tanto dinero?
[;:r -¿Estás -¿De
I
unos oios y unos dientes como los de é1. veces tiene mucho y otrar¡ veces no tiene
t:) -Eran -A
i
gustaba mucho... el año pasado? nada dijo y saltó fuera de la cama-. Tengo
f'"fl -¿Te -me
veces me gustaba. hambre
(; -A te gusta más, él o Max y yo? -a$egó
envolviéndose en un cobertor.
-¿Quién Salió del cuarto. Yo me quedé en la cama pen-
Í"lrt _,Ety yo éramos algo distinto. Me gustaba mu-
(-"
¡
sando en lo que me habfa contado. No me cref
cho porque ete cap z de comerse un coneio vi- lo del Rolls con asientos de terciopelo roio. De
)¡;r r

*rill ,
vo, destrozlndolo poco a poco, matándolo a vez en cuando la oíatantear por la casa, pero en
ll¡:r r mordiscos y porque me llevaba a pasear por la todo el dfa no la volví a ver. Cuando salf de la
(¡r'
costa en su Rolls tapizedo de terciopelo roio, Me cama era más de mediodía. Max también habla
ofrecfa dinero a veces... salido. Eché un vist^zo aleplzye desde laterca-
rtl;l '
lo aceptabas? za. AJlí estaba el velero, pero no pude ver aMax
-¿Ttt para darle gusto.
r,lil -Sf, a veces...
qué
o a Narda. Me dirigí ala playa y estuve al sol la
viene a mirarnos? mayorparte del día. Luego fuiaBellamareacom-
-¿Por
vez pafa prepararse. prar bombillas para elflasb.
lii,¡lll -Tal a qué?
-¿Prepararse Cuando volvf a case por l^tarde Narda heble
sé; es un tipo raro. Le gustan ciertas co- regresado, Pero Max no est¿ba con ella. Erepar
-No
sas que yo no conozco ni comprendo. te de nuestro pacto no pedir cuengr a nadie. Tra-
llevar por la imaginación.
-Te dejas
yo lo conozco mejor que tú.
té de besarla, pero no se deió. Le pedí perdón
-No; verzrs tiene Rolls? y empezó allonr. Le supliqué nuevamente que
un me perdonara tomándole la mano, pero enton-
-¿De
ya no. Lo tenía el año pasado paramí. ces se fue a la tecámara y se encerró con llave.
-Ahora
66 67
Desde el pasillo le estuve hablando durante al- flores que sólo se abren al anochecer: sin que nos
gunos minutos, pero sólo oía sus sollozos a tra- diéramos cuenta de ello.
vés de la puerta. Al cabo de un rato me aburrí. qué no bailamos un poco? al ca-
Además Max acababa de volver. -¿Por
bo de un rato.
-diio
ha sucedido? pregunté. está muy bien así, sin beilar
-¿Qué qué?
-le
contestó evasivamente -Se -le contesté.
-Nada. ¿Por -me Se volvió entonces hacia Max.
mientras se servía una copa-, ¿quieres un bailar contigo, Max.
llil 1l
maftini? -Quiero
Max se puso de pie y la tomó en sus brazos con
llli i En realidad no me importaba lo que había su- poco entusiasmo. Se movfanapenas yyo los mi-
r''
cedido, con tal de que nuestro pacto con Narda raba reflejados en el vidrio de la ventana. Era ya
(::;
no se rompiera. Tomé la copa que me tendía. Max de noche. El mar se habfa fundido con la tierra
l"lrt t alzó la suya. en una línea curva de luces a lo leios. Estuvimos
por nuestra amistad
-dijo en tono
{1"
ll¡r -Brindo así mucho rato. De vez en cuando alguno de los
Ntiil
'r
wagneriano. tres volvía a llenar las copas, pero sólo Narda
ll¡:r
(¡rr
I

-Sí -diie yo-, está bueno... por nuestra


amistad.
y Max bailaban. Dejaron de bailar cuando deci-
'
dimos comer unos sandwiches. Comimos en
Luego puso unos discos. Estaba cayendo el día. silencio. Hacía mucho calor y ei alcohol había
,l iii I Me senté frente alaventarn que daba al mar. ¡Qué comenzado a surtir su efecto.
bien se estaba allí, taahora, con esa música, con a desnudarnos Narda-, iremos
l'llt
rl"' ' una copa en la mano, sin pensar en nada más que -Vamos
a bañarnos a la playa.
-diio
'il1:i
l
en lo bien que se estaba allí! Los sollozos de Nar- Me puse de pie y me dirigf rápidamente altre-
tliirl'
da habían cesado. Cruiió la cerradura de su puerta cán:ara. En un instante atmé la cáman cole el flasb
y luego se abrió. Narda vino caminando muy des- y volví a la sala.
pacio hasta donde yo estaba y se apoyó en el res- bien la estamos pasando! Hay
paldo de mi sillón. Ni Max ni yo la saludamos o -¡Qué -diie-.
que guardar un recuerdo de esta noche. Tomaré
hicimos como si nos hubiéramos percatado de unas fotos.
su presencia, sin embargo, Narda había floreci- a llenar las copas y puse un disco de
do en ese momento junto a nosotros como esas -Volví
música tropical.

68 69
*...Luego iremos a bañarnos almar,baiolaluz para poder verla bailar. Max bebía y fumaba plá-
de la luna cidamente.Lacámara pendía de mi cuello apun-
-agregué. tando ineluctablemente, como un arma mortal,
Yo sabíaperfectamente que no había luna, pero
hable que decir algo por el estilo. en dirección de Narda que aturdida de su propio
movimiento se habfa olvidado de ese ojo impla-
-¿Por
qué no bailas, Narda?
dola de los hombros.
-le dije tomán- cable que, como el de Tchomba,laacechaba en
entusiasmada-, ¿quieren que bai- la oscuridad.
ll:; r, -Sf -diio
le para ustedes? En el momento deseado no tendría más que
[:l ii
A Max decididamente no le interesaba esta oprimir el disparador y entonces se producftíael
r'
exhibición. fogonazo cegador. Yacié mi copa para darme áni-
rl:;,
-dije yo-. iUna danza exótica!
mos. Después me puse a esperar una buena pose.
f"il I
-¡Claro!
Narda comenzó a contonearse. Se habíavuelto
rl,
I' fluida de pronto y de todo su cuerpo comenzó Debió ser muy tarde ya porque sólo quedaban
llll
aem ttat una sensualidad rítmica, esbozadaape- unos cuantos lugares abiertos en Bellamare. Los
'tiii,l
lll:r r,
nas en ese momento, pero que a cada instante cafés y los bares situados frente al muelle habían
(¡l ú'

se iba definiendo y precisando con mayor fuerza. cerrado y la plaza estaba desierta. Fuimos a pie
*Apagala luz mientras que con un hasta Bellamare porque Narda se había llevado
-me diio el coche en su huida. Durante la camirnta yo ha-
,l(li movimiento violento de sus piernas la¡zólos za-
rl'1lt
patos a un rincón de la sala. bía estado especulando acerca de las consecuen-
rl"" Corrí hacia el apagador y en la penumbra dis- cias de mi acción. En realidad estaba perplejo
{f
puse la profundidad de foco al tacto. Luego volví pues el fogonazo delflasb no había tenido sino
rl i¡il "

al sillón y me parapeté en el respaldo, de espal- un resultado incomprensible. La vida se había


das a la ventana. No se veía más que su silueta. quedado congelada en aquella fotografía toma-
Su vestido de playa cayó al suelo en medio de da con todas las agtavantes. Narda se había que-
la da¡za y su cuerpo, indefinido pero real, se ar- dado tan quieta ante ese violento orgasmo de
queaba y se mecía, desplazándose apenas, a los luz que yobabía producido que era como si se
compases de aquellos tambores salvajes. hubiera muerto en esa actitud. Cuando llegamos
Dejé pasar mucho rato p ra darle confiarrzay a la plaza estábamos fatigados. Max guardaba

70 71
un silencio tenaz, animoso, contra mí. Recorrí cabellera rebelde que había tirado nuestras copas
con la vista, hasta donde pude, todos los res- la noche en que habíamos conocido a Narda. Ella
quicios de la plaza y las callejuelas que en ella nos vio cuando entramos, pero no nos hizo nin-
desembocaban tratando de descubrir el coche, gún caso. Max estaba muy deprimido y nos fui-
indicio de la presencia de ella. Ese pueblo des- mos al bar. Durante mucho tiempo la estuvimos
conocido, con sus calles accidentadas y tortuo- viendo bailar con el inglés. Varias veces cayeron
sas, nos traicionaba en nuestra búsqueda. Andu- iuntos sobre las mesas de los demás, volcando
las copas y los ceniceros. Cuando por accidente
tl:l il
por
I

vimos mucho rato guiados el fulgor lejano


r sus oios se encontraban con los nuestros, su mi-
f:;il ir
de los letreros de neón cuando los descubríamos
(;; en la distancia o cuando los intuíamos más allá rada nos traspasaba, pasaba por nosotros como
si no existiéramos, aniquilando nuestra presen-
,

de la vuelta de una esquina. De vez en cuando


f"tl r
me lamentaba con Max. Pero me lamentaba,más cia con su frialdad, diluyendo nuestra existencia
rl'
ll¡: r conmigo mismo y esto me irritaba. Me dolía te- con su desprecio.
'
ner que arrepentirme de lo que había hecho. Max-, yo creo que aquí no
-Bueno -dijo
rri:l,
lll:r
(l¡'
lr,
Después de todo ¿no éramos nosotros gente ci- hay nada que hacer.
('"' vilizada? ¿Qué misterio encerraba la huida de Nar- espera dije nerviosamente.
-Espera, -le
Yo no quería irme. Prese¡tíala inminencia de
da ante aquella luz intensísima? Su reputación
,ll;i
estaba a salvo, cuando menos en la medida en acontecimientos importantes' En un momento en
rl'1ll que su reputación era una cosa perfectamente de- que la música cesó, Narda vino hacia nosotros.
finida. Yo no había atentado contra el pudor o Sin decir una sola palabn y mirándonos apenas'
ri ;¡t I
contra las costumbres. No; sin quererlo tal vez arrojó las llaves del coche sobre el mostrador del
había yo develado un arcano, urra esencia turba- bar. Luego se fue otfa vez con el inglés.
dorá, una vergüenza inquietante. Haciéndome Al poco rato llegó Tchomba. De inmediato se
todas esas reflexiones llegamos a Topbrick's. puso a tamborilear sobre la cubierta del piano.
Nuestro coche estaba pando frente a la puetta De cuando en cuando me dirigía una sonrisa de
por la que escapabatodavía un bullicio nervioso inteligencia. Ét y yo teníamos ahora algo en co-
de música y de baile. Entramos. Narda estaba bai- mún. Max no lo tomaba en cuenta. Pero yo' por
lando, abandonada en los brazos del inglés de la mi parte, cadavez que volvía los ojos hacia mí,

-f., 73
sentía que nos ligaba una complicidad. Al cabo
orgullo herido por aquel beso-. Estaré por la
de un rato vino a donde estáhmos. Max le dio plaza a las seis de la tarde.
la espalda. ¿Por qué le demostrabaterúaaversión?
Echó una última mi¡eda a Narda que se disponía
habíamos decidido no pedir cuentas a nadie y sin"
a marcharse con el inglés y luego se fue. Pocos mi-
embargo yo me preguntaba qué era lo que Nar_
nutos después Narda pasó ante nosotros del bra-
dzhabla podido decirle aMax^cerc^del negro zo de su compañero, pero no nos miró siquiera.
para que actueta ahora así con é1.
Cumplícon mi parte del trato. Al dla siguiente
noches, tubab
-me dijo sin espe_
lilr nt

-Buenas y hice entrega a Tchomba del rollo sin revelar. Es-


t::t ir rar más agregó-: ¿tienes mi encargo?
rr, ¡ taba igual de sonriente que siempre. Me entregó
-No -le conresté-; Narda nós ha dejado. un sobre cerrado y se fue corriendo después de
(;,;
Nuestro trato queda sin efecto.
darme una palmada afectuosa en el hombro. Me
l'll I'
ri,''
-Tubab se burla, como siempre, de príncipe senté enle tenezede un café y abtl el sobre. Con-
Tchomba.
)l;l',,
tenfa un papel artificiosamente manchado con té
gustó el sbout de la otra noche? y desgarrado adrede de las orillas sobre el que
{il t,: -¿Te
Tchomba sonrió.
ilt;r:,
lllr n
estaba escrito, con tinta azul, lo siguiente:
sltow?
-¿CuáI -dijo al fin dándome la espalda.
Narda seguía bailando. En un momento dado
A POEM BY MR. EZRA POUND.
Cannon to rigbt of tbem,
ella y el inglés se detuvieron pzr:a besarse en la
'llll
ili
Cannon to left of tbem,
boca, en mitad de la pista. La música cesó mien-
rl'll:'' Cannon bebind tbem
tras se estaban besando porque ya sólo ellos bai_
Volley'd and tbunder'd;
laban. Cuando se produjo ese silencio Tchomba
rfrlÍ t Storm'd at utitb sbot and sbell,
se volvió para verlos. La visión de Narda besán-
Wbile borse and bero fell,
dose con aquel hombre desdibujó por un mo-
Tbey tbat bad fougbt so well
mento la inseparable sonrisa. A mí me produjo
Came tbro, tbe jaus oÍ Deatb,
una emoción violenta. &...
preciso que Tchomba rcnga foto de Elise y un poco más abajo
lo -Es
decía:
más pronto diio.
-me contesté, Here written by bis own band. Venice, Decem-
tendrás acicateado en mi
-La -le ber 5tb, 1959.

74
75
Sentf vergüenza de que me hubieran estafado eran calaveras humanas se encendía y seapagaba.
par dessus le marcbé. Comprendf que nunca vol- Sobre la copa frondosa se leía el nombre del lugar
verlaa ver a Narda. escrito con letras roias que imitaban manchones
de sangre. Estacionado frente a la puerta estaba
Y sin embargo Max y yo abrigábamos laespnnza un enoflne Rolls Royce Silver Cloud negro que
de que Narda volvería. Pasaron muchos días y al despedía, en coniunción con laluz del letrero,
atardecer siempre estábamos en la casa porque ,
un destello roio de su interior. Las placas carac-
ll::r r( pensábamos que si volvfa, volverfa alcaer ta no-i terfsticas del Principado de Mónaco, con el es-
[;:rif; che. Cuando el sol se ponfa y Narda no llegaba cudo del Automóvil Club de Montecarlo, eran
rr.
bebíamos y especulábamos acerca de ellay de su claramente visibles. Max no pareció darle nin-
fi.:i posible retorno al dia siguiente. ¿La amábamos? guna importancia a todo esto. Parecía que ni si-
l'lill Quién sabe. Agotadala espetenzl cotidiana nos quiera se había percatado de esta enorme presen-
ti'" íbamos tambaleantes a dormir. pero llegó el día cia negra, reluciente y perfecta, sangfante por
)nu
{it:: en que nuestra esperilr?a, no quiso contentarse dentro como el cuerpo de un rey salvaie que
lltrr con hablar de ella, con esp€rarla y decidimos ir ha sido sacrificado por sus enemigos que se dis-
It¡'' ponen a devorarlo en un acto de canibalismo
ti""
al pueblo por la noche.
Primero fuimos a Topbrick's. No estaba allí. El ritual. Yo tuve entonces la seguridad de que esa
;litrX inglés seguía cayéndose sobre las mesas, volcan- noche volverfamos a ver a Narda, pero me guar-
rl'1il:'
do, como siempre, los vasos. Esta vez bailaba con dé muy bien de decfrselo aMax porgue, en rea-
vne starlet de cierto renombre en la región. No lidad, más que una segurid?d, era una esperanza
rl"' ''
nos detuvimos mucho tiempo allf. Tomamos una llevada a sus límites extremos y me di cuenta
ri;¡f':
copa y salimos. Caminamos como la primera no- en ese momento de que Narda se había repar-
che, sólo que en sentido inverso, hasta el Bao- tido generosamente entre nosotros; habfa desme-
bab. No habiéndola encontrado en Topbrick,s nuzado su vida en porciones perfectas paracada
teníamos la esperanza de que casi seguramente uno. A Max le había revelado la verdadera natu-
se hallaría en el restaurant canlbal. No estaba muy raleza de Tchomba y a mí me habla entregado
leios. Llegamos hasta el antro. El anuncio de neón la fantasía del Rolls con los asientos tapizados
que representaba un árbol enorme cuyos frutos de terciopelo rojo: una fantasía que entonces,

76 t1
en el momento en que nos acercábamos vacilan- llegó7un mozo con las copas de cráneo humano
tes al Baobab, sehabía convertido en una reali- y ,rtú" jarra de vino.
dad reluciente, magnífica, indudable. A Max se le subió bastante pronto porque al
Entramos. A pesar de que la oscuridad era casi cabo de un rato decidió no ocuparse más de mí.
absoluta pudimos darnos cuenta de que nosotros Su mirada estaba fiia en un punto indetermina-
éramos los únicos clientes. Sobre el pequeño es- do de aquel salón. Yo miraba hacia todas par-
trado se adivinaba la silueta enorme, acuclillada, tes tratando de descubrir la presencia de Narda.
iltil de Tchomba que producía su música en un com- En aquella oscuridad era imposible discernir
Ililir plicado xilófono de cráneos humanos. Esa noche nada con precisión más allá de nuestra mesa.
flt"¡
estaba inspirado y todo en él recordaba a esos Tchomba estaba como en éxtasis. Sus largas ma-
til.
junkers que después de haber tomado parte en nos se deslizaban en la sombra como serpien-
'l'1ill, unas aguerridas maniobras militares o de haberse tes. Sólo de vez en cuando un refleio accidental
lf"
batido en duelo a sable, se sient¿n al piano atocar bacía brillar las canillas con las que percutía so-
)lrr,
{lil: alguna piezadelCarnaual de Schumann o que se bre su instrumento, pero tal en la oscuridad
llr: extasían ante el sorpresivo florecimiento de un aquella noche que ni siquiera sus dientes afilados
tlirr
(1"'
l
geranio en pleno invierno, como Eric von Stro- y blanqufsimos brillaban como siempre. Atrás
heim en La Grande lllusion. Esa impresión era de nosotros, sin que pudiéramos más que adivi-
iittirl tanto más patente ya que lo que Tchomba estaba narlas, se movfan unas sombras; eran los emplea-
(' lr
rl'l¡r'
tocando no era del todo original: eran unas va- dos de Tchomba, pero su presencia no tenía
1f'r "r I
riaciones, sincopadas y salvajes, sobre €l tema de ningin significado inquietante. Todo era más bien
tf.a'ú
Für Elise. Pensé que, después de todo, el negro triste: aquella música lenta y reiterada y sobre to-
{ilil,i
poseía un espfritu delicado. do la ausencia de Narda, una ausencia inconmen-
-Hoy no damos servicio -diio mientras se-
gufa tocando y luego agregó-: pero los tubabi
surable que todo lo pintaba de negro, de negro
caníbal Pronto se agotó el vino de kola. Max
son bienvenidos de todos modos. Talvezdesean hubiera querido seguir bebiendo todale noche,
compartir una iarra de vino de kola con prínci- pero yo me puse de pie. Lartzé una última ojea-
pe Tchomba. da a mi alrededor. Nada. Sólo Tchomba golpean-
Hizo un signo en la oscuridad y al poco rato do sus celaveras.

78 79
il"

Nos fuimos hacia la puerta. Al pasar frente al unos pescadores en la playa. Esto fue lo que él
negro, éste dejó de tocar. dijo y nos pidió que fuéramos tan amables de
tubabi espero que pronto identificarlo. Fuimos conducidos a un cuarto ve-
-Adiós,
nos volvamos a ver.
-dijo-, cino. Olía a formol y las paredes estaban pinta-
A míme tendió un sobre. Me acordé entonces das de verde claro.
del autógrafo de Ezra Pound. signori, coraggio! cuando notó
-Su, -diio
que vacilábamos antes de trasponer el umbral
l;:r.
-Me aestafaste -le dije. contestó sonriendo
mí también de aquella puerta.
-Tú -me
más burlonamente que nunca.
Hit Estaba tendida en una mesa de madera, sobre
'
i
fii'
lir,. Salimos de allí. Estaba amaneciendo. Max iba las páginas manchadas del Corriere della Dome-
I $l: callado. Durante todo el trayecto ala casa guar- nica.: lo que quedaba de ella. Sangrante, medio
I ih'
lltll dó silencio y cuando llegamos se fue directamente carbonizada, purulenta; las manos arrancadas de
a su cuarto sin decirme buenas noches siquiera. las muñecas como por el taio de un cuchillo sin
Íl;;; Yo me quedé dormido en el sillón hasta que me filo; su cuello como si hubiera sido herido por
despertaron los de la Questura que llegaron al una sierra de leñador. Una desnudez dorada de
alba, como en Le jour se léue de Carné. sol, de fuego, de incisiones rituales. Su rostro pa-
Nos llevaron directamente con el inspector. recía sonreír y el pelo corto y rtrbio vibraba a
Éste se puso de pie cuando entramos interrum- veces sobre su frente movido por la ráfaga que
piendo una conversación con un individuo que cruzaba aquel cuarto entre la ventana mal cenada
preguntaba por una muchacha que se habíape* y la puerta entreabierta. Sus oios verdes nos mira-
dido durante un paseo en yate por las islas veci- ban más fiiamente y más verdemente que nunca.
nas. No parecía muy afectado por la desaparición Dimos fe. Cuando salimos dele Questura p!-
de la muchacha. El inspector le dijo que no ha- dimos oír unos golpes rítmicos, hipnóticos, sin-
bía noticias y lo despidió cortésmente. Luego copados, que alguien producía golpeando con el
se dirigió a nosotros y nos explicó que en nues- canto de la mano sobre unos barrotes de hiero.
tro caso se trataba de una simple formalidad ya
que el culpable se hallaba convicto y confeso. Esa misma tarde Max decidió marcharse. Va a
El cadáver de Narda había sido encontrado por pasar el resto del verano en una colonia estival de

80 81
con los gastos durante el resto del verano: ella
compatriotas suyos situada a pocos kilómetros
comofigurante y yo como uno de los diez aiuti
de aquf. Lo acompañé d autobús. Yo decidípasar
registra y a veces, gracias a la Hasselblad, como
el resto de las vacaciones enla uilla. El alquiler
stillman en una producción muy importante que
ha sido pagado por adelantado. Cuando regresé
han venido a filmar aquí. El director es toda una
de dejar aMaxabúel sobre que me habíadado
personalidad. Según dicen los críticos nadie co-
Tchomba. Eran las fotos y los negativos. Las es-
mo él ha penetrado tan profundamente en el d-
tuve viendo con atención durante mucho tiem-
ma de la muier moderna. La película trata de una
po y, cosa curiosa, en ninguna de ellas en los
liiS:':
Hit
4
I
-o
negativos- aparccíaNarda. Había,una de Max re-
fiesta en la que sde un caballo y unos muchachos
l.f lanzan unos cohetes; termina con la ecttiz prin-
costado en la arena, otra de Max piloteando el
iltl cipal francesa entrada en carnes- que le
velero, otra del salón de la casa con la puerta del -una
lee una c rteesu marido sin que ninguno de los
f'lill cuarto de baño abiera al fondo, una de Tchomba
tl'"1 dos sepa quién la escribió.
de espaldas enlaplaya. Sobre el reverso de la de
)h¡' '
la puerta del cuarto de baño estaba escrito lo si- Joyce es exclusivamente mía. No he querido
+l,lii
compartirla ni siquiera con el ioven que manipula
lll:'¡' ' guiente: No creíste lo del Rolls tapizado de ter-
lir{: i: elboom del micrófono. Es quiá por esto que ella
ciopelo rojo, ¿uerdad? Narda.
a veces está deprimida y triste. Yo entonces la
tomo en rnis brazos y le digo pan dafle ánimos:
;itttl I
Han pasado vxias semanas desde que se fue Max.
qué eres desdichada, Joyce, si la vida
1l'llll' Creo que conseguí, después de todo, normalizar -¿Por
es tan bella?
mi situación, cuando menos en la medida de mis
Ella me responde invariablemente:
ri;¡[ii
posibilidades. Todas las noches desde entonces
sé si soy desdichada porque no soy libre
he ido a Topbrick's. Compar¡o la uilla con la -No
o si no soy libre porque soy desdichada...
starlet de nombre regional que bailaba con el in-
Los fines de semana, cuando me queda algún
glés la última noche que estuve en Topbrick 's con
tiempo libre, me voy e1t el coche por la costa a
Max. Es una buena chica. Se hace llamar Joyce
visitar aMex. Vive con una familia de adorado-
-su verdadero nombre es Marion Silbers-
Proust
res del sol y duerme colectivamente en el inte-
tein y nació en Flatbush Avenue, Brooklyn- y
rior de una tienda de campaña de tela ahulada.
los dos hemos conseguido tnbaio para ayudarnos

83
82
La última vez que lo fui a ver salimos e caminar
por la playa.
dgo que tú no sabes dijo detenién- LA PUERTA
-Hay -me
dose. Yo quise seguir caminando y lo dejé unos
pasos atrás de mf-. La última vez que estuvimos Llevaba cuatro meses encerrada en esa casa de
e¡ el Baobab vi e Narda. Estaba sentada como sdud, pero si le hubieran pedido una descripción
la primera noche. Sola, en la mesita iunto al es- exacta de ella no hubiera sabido hacerla. St, co-
Hir, trado de Tchomba. Sólo fue un instante, pero es- nocía los cuartos, pintados de verde pálido, que
liilr[i i
toy seguro que era ella. se sucedían los unos a los otros a lo largo de los
ri'.
Yo seguí camin¿ndo como si no hubiera oído oscuros corredores, los baños con muros de azu'
fl;:,
nada de lo que había dicho y él se quedó allími- leio blanco que nadie usaba, los sanitarios inma-
I,M rando las olas que se rompían en la arena muy nentemente fétidos de los que cada mañana las
("'
cerca de nosotros. afanadoras recogfan los pedacitos de papel man-
)l;t
{Í:::, chados de excremento, de flemas, de sangre o de
llr: ' Hoy han dado el urapitup temprano porque ha semen que las internas arcoieban sobre los mo-
llil'i;
tl"l, il
sido un día muy pesado: 23 escenas todas en se- saicos aiedrezados del piso durante el dfa. Con
cuencia. Al pasar por Bellamare he notado que su bara rz;lda de algodón blanco, manchada y su-
iiltllll han arriado el UnionJack del Albergbo d'Ingbil- cra de sudor en el escote, recorría descalza ese
rf'l['' terra. Esto quiere decir que los ingleses se han edificio de fachada presuntuosa al que se llegaba
marchado y que ha llegado el otoño. Joyce ve- cruzando un iardín estúpidamente bien cuidado
riitrllli
níe e mi lado en el coche y ascendimos a toda que se extendla ante la gran puerta de acero in-
velocidad la cuesta que conduce ala casa. Detrás oxidable y vidrio; luego el vestíbulo de mármol
de nosotros se estaba poniendo el sol. gris y las salas de visita, pintadas también de ver-
Pero basta de palabras. Un gesto. No escribo de pálido, afuareadas con muebles forrados de
más. cuero artificial y sobre las que presidfa lamirada
paciente y angélica de un Sagrado CorazÓn deJe-
sús, o lracabezedespectiva, indiferente denuo de
los bien orgenizados pliegues de su manto rojo,

84 85
{r,

de la Fabiola de Henner. Traspuesta la segunda


puerta se extendía ese mundo aparentemedte apa- de la mañana, cuando todavíe se oía cantar a los
cible, silencioso de la locura. Los prados de cés- gallos mis allá de la el¡a barda de ladrillo rofo,
ped verde sobre los que las mujeres escupían el estruendo precipitado y súbito de los grandes
gn¡esas flemas, sobre todo en lamañarn; las can- camiones que pasaban frente ala clfnice, por la
chas de tenis abandonadas, carcomido el pavi- carfetenai luego el desayuno: café con leche ti-
mento de polvo de ladrillo; la piscina lamosa, bio, avena, bizcochos... Pero no; antes del desa-
recubierta de azulejo blanquecino, en la que na- yuno, una voz que recorría los largos p¿sadizos
[il, desiertos, tres veces a la semana... ¿tds lunes,
die se baínba ya y cuyo fondo resbaladizo, sur-
liilt,;;
rhr
i
cado intermitentemente de gruesas ratas, ya sólo miércoles y viernes?, ¿los martes, jueves y sába-
era un abismo inquietante, insondable, escudri- dos? "Insulina...", gritaba la voz que recorría
ti,;r
ñado por contemplaciones turbias, demenciales presurosa esos corredores al amanecer, "Inssu-
flilr'
':t y en cuyo borde se sentaban las internas ahablar liiiiiii-na", hasta que se perdía en un resquicio de
ü'
llr:" deshilvanadamente mientras fumaban cigarrillos la casa enorme. Al poco tiempo se escuchaban
ili::; corrientes que luego anoiaban al fondo. los pasos descalzos de las enfermas que, semides-
iltn
Latgo rato, desde lateneza, en que estaban las nudas o apenas arropadas en sucias pijamas de
i|,¡rr;,

It' dos mesas de ping - pong, había estado contem- franela, acudían adormiladas, sin,asearse, a ese lla-
y'h",'
plando cómo la luz de letardebacíavibnr las úl- mado que era corno una convocación secreta ha-
!lrl|iti
ilh*,¡ timas hojas de los ciruelos que se arrxvaban cia una cáman de tortura en la que se cumplía
It "r
rfil¡: ' lentamente por las veredas trazadas entre los man- un rito propiciatorio para iniciar el día. Después
¡fttn
tflr'r ! tos de césped. "El otoño...", pensó dejando es- del desayuno la distribución de cigarrillos. Ha-
rtiltl l: capar, muy lentamente entre sus labios heridos blaalgo en todo esto que desentonaba: las mon-
por las convulsiones de los electrosbocks, una bo- ias austeras, como grandes páiarcs de plumaje
canada de humo que el viento se llevaba hasta blanco blandfan, ante las enfermas que se apiin-
la piscina en que dos internas, sentadas en el bor- ban en su torno, las caietillas multicolores de ta-
de, fumaban, también, calladamente. baco négro que les erenanebatadas ávidamente.
Al cabo de cuatro meses se había acostumbra- A ella siempre le recordabaalaciganera del Pee-
do a la rutina del manicomio; el aseo sumario pin' Tom's aquella noche en que se le habían su-
bido las copas y en que habíabuledo hasta la hora
86
87
ry"

de cerrar. Al amanecer había salido de la cama habíavuelto a su cuarto. El camisón de seda había
como impulsada por una urgencia implazable de resbalado por sus hombros, a lo largo de su talle y
aleiarce de esa respiración satisfecha y apenas per- de sus piernas. Desnuda, se tendió en la alfombra.
ceptible que alentaba a su lado. Se l:abía dirigi- Sintió frío y, apoyando la cabeza sobre las rodi-
do alaventarra yhabíadescorrido las cortinas' La llas, abrigándose el pech<, con las manos alaryadas
ciudad, cubierta de niebla gris se extendía inter- y blancas, se había abandonado unos instantes a la
minable ante sus ojos y tuvo la sensación, por pri- sensación excitante que su cabello suave le pro-
mera vez en su vida, de que aquél era un día ducía roza¡do sus muslos ateridos. Luego sintió
marcado, un día en que el alba grisáce4 opresi- cómo su saliva y sus lágrimas silenciosas le res-
va, perduraúa para siempre' Largo rato perma- balaban por los senos y por las piernas hasta el
neció junto alaventana viendo la calle desierta. pubis. Eso era todo. No podía recordar nada más.
Encendió un cigarrillo: Peepin' Tom's... música ''El otoño. . . ", volvió a pensar. Una ráfaga fría
y baite... tod.as las noches... dos orquestas--. De- trataba empecinadamente de arranctr las últimas
positó el cerillo consumido en el reborde de la hojas al follaje de los ciruelos y de las jacanndas.
ventana. Por su mente cruzaron fugazmente las Las hojas caían como una lluvia de oro sobre el
palabras de aquella canción: "Acércate más,... y césped; el viento jugueteaba todavía, unos instan-
más... y más... pero mucho más..." Su boca bal- tes con ellas antes de empujarlas, como si fuera
bució casi imperceptiblemente esas palabras: con una tenacidad imperceptible, hacia la pisci-
"Come clo... ser to meee'.'" y el vidrio de la ven- na. Dejó de pensar en la rutina de todos los días
tari:¡ se empañó con su aliento cálido. Con la pun- que había pasado allí. A lo largo de esos cuatro
ta del dedo, sobre el vaho, trazó sus iniciales en meses lo único significativo era el recuerdo de
letras de imprenta: ¡Hs, el monograma de Cristo'.. su hijo, un ser que ahora le era lejano y ajeno y
Esa imagen era quizá la última que recordaba la esperanza, la esperanza que solía renacer a ca-
con claridad de su vida anterior. Lo demás eran da instante, la esperanza de salk de ahí o de que,
sólo fragmentos informes' Tenía la sensación de cuando menos, alguien viniera avisitarla. Una es-
que había ido hasta la tecámata de su hiio y lo peta;nz totalmente infundada.
habíamirado dormir, de que se había sentado en Lanzó la última bocanada de humo y trató de
el borde delacama, de que, ag¡tada febrilmente, anoiar el cigarrillo consumido a la plscina, pero

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no lo logró. El cigarrillo, humeante todavía, cayó piemas. Se percató al cabo de un rato de que yacía
a unos pasos del borde y el viento lo atizaba sin sobre esa cama un cuerpo quieto, inanimado, que
moverlo, affancándole agitadas y pequeñísimas eru el cuerpo de ella: su cadáver. Un escalofrío
humaredas. Se puso de pie y se dirigió a su cuarro. de terror le cruzó la espina y en un instante su
Después de cruzar los corredores oscuro.s, la su- frente se cubrió de sudor con el bochorno opre-
cesión de puertas entreabiertas d€tnís de las cuales sivo que le produfo la revelación súbita del rom-
se escuchaban, a veces, canciones populiares sa- pimiento de todas las cosas de su vida. Todo, en
lilf" lidas de los radios de transistores, imprecacio- ese momento, le fue aieno, menos ese cuerpo
[i]ilti nes apenas balbucidas, conversaciones informes blanco, suave, doliente que yacía sobre la carta
I't' '" '
plagadas de palabras obscenas, gemidos produ- sucia como un obieto deteriorado y sin sentido.
cidos por las convulsiones, llegó hasta su peque- Trató de pensar en otra cosa, pero a su mente
|f"' ño cuarto de paredes desnudas, pintadas de verde no acudió más que una sola imagen: la de la
pálido, un color como el de los cadáveres, y se puerta.
)h¡,,
rLil I
tendió en la cama. Instintivamente se llevó las Esa puerta formaba parte del rltisterio de la ca-
,l¡r', manos cruzadts al pecho como si tratara de cu- sa de descanso. Al final de un largo pasillo se er-
lir,,l i
brir sus senos desnudos. Muchas veces se tendía guía como una barrera infranqueable, un sexo
asípanpensar en su esperanzaqtJe poco a poco secreto e inviolado. Cuántas veces, en su afán por
littli l se le habla ido muriendo, pero siempre cruzaba dirimir las horas caminando alo largo de aque-
i 'l
'lf 'r
i
las piernas ala altura de los tobillos púa no pa- llos corredores, en las tardes de lluvia, había lle-
recer un cedáver. Una superstición que ella ha- gado hasta ella sin explicarse ese término violento
bía inventado desde que era niña. Pero ese día, de la continuidad del pasillo que representabzla
'llfll tendida ahí, sobre esa cama estrecha, sobre las puert¿. ¿Hubiera osado abrirla? No; parecía en-
sábanas de manta arrugadas, contemplaba fiia- cerrar un misterio tenebroso, como si detrás de
mente el cielo de la tarde, un cielo gris y sin sen- aquellas relucientes y pesadas hojas de cedro, con
tido como aquel cielo del alba que hLtbía estado su cerradura de bronce pulido, estuviera oculto
mirando desde la ventana de su cuarto el día en un cadáver; su cadávet talvez. En las noches ha-
que la heblantraído ahí y por mirar ese cielo que bía llegado a soñar con esa puerta, pero ni los
le recordaba la libertad perdida olvidó cruzarlas sueños le hablan revelado su misterio. Se había

90 9r
soñado perseguida, unas veces por el médico del Se incorporó y trató de contener el temblor que
establecimiento cuya batablanca y almidonada hrabía invadido sus piernas. Miró una vez más ha-
adivinaba cruzat como una aparición siniestra por cialaventana. El atardecer era un enorme paño
entre los corredores, siguiéndolahasta el último gris que la cegaba. Sus manos recorrieron rgita-
confín de la casa, amenazándola con un peque- das la carne de su cuello y de sus senos como bus-
ño bisturí que relucía en la penumbra. De pron- cando en el ritmo de su respiración convulsa una
to llegaba ante la puerta, pero no osaba abrirla vezmás la certidumbre de su cuerpo que, pensó,
qit; y prcfefia, en su angustia, entregarse a las cañ- era lo único que aún le pertenecía. Oprimiendo
[il]il cias cruentas que el médico le prodigaba en to- sus sienes se puso de pie y luego se dirigió rlpa-
l'.r, do el cuerpo, reteniéndola de pie, en unabrazo sillo, volvió la cabeza a un lado y otro. El sol de
(;:.rr
marmóreo, contra el marco bar¡izado. Otras ve- latarde se colaba en pequeños manchones inter-
¡i;i: ces la perseguía una caterva de perros rabiosos mitentes de luz mortecina a lo largo del corre-
ti'l: seguidos de los vigilantes y lx afanadoras que vo- dor. Al fondo estaba la puerta, apenas visible en la
)l¡,''
ciferaban insultos soeces a sus espaldas. Al llegar penumbra. lJna carcajada demente llegó, saliendo
rli:11
)l:¡,i; a la puerta le daban alcance y entonces desperta- de uno de los cuartos hasta donde ella estaba. Pe-
ri/11 babañada en sudor frío, convulsa, gimiente. Se ro la música de los radios como que se había ocul-
ri"iil
t)r.'t incorporaba sobre la almohada y lloraba hasta que tado y sólo el silencio, el agitado palpitar de su
iillfll el sueño la vencía nuevamente. cotazón abrumado por el imperativo de su an-
La sola imagen de esa puerta la estremecía;por gustia, se escuchaban. Corrió y al llegat ante la
I'f 'l
eso, cuando la imaginó en esa tarde que como puerta se detuvo iadeante. Se sentía desfallecer.
tillllr el alba grisácea de su locura parecía intermina- Cerrando los oios trató de recobrar el aliento.
l,lt{l I
ble, sintió como un afán imperioso por vencer Alargó la mano temblorosa hasta tocar la cerra-
esa imagen que era ya, en el abandono total en dura reluciente y fría. Volvió a abrk los oios y
que vivía, la única posibilidad de un encuentro amfuar su mano que como lagara de una arpía
trascendental; el encuentro consigo misma, con retenía epiléptícamente la bola de bronce. "Come
un tigre o con un asesino, con su propio cadávet clo... ser to meeee..." sonaron las palabras zum-
entregado para siempre, desnudo, a la otra ella bando en sus oídos. Haciendo acopio de todas
que con una mano temblorosa abriría la puerta. sus fuerzas dio vuelta a la maniia y tiró.

92 93
Un rostro la miraba fijamente desde ese resqui-
cio sombrío. El terror de esa mirada la subyugó.
Se acercó todavíamás al pequeño espeio que re- LA HISTORIA SEGÚN PAO CHENG
lucía en la penumbra. El rostro sonreía dejando
escapar, por la comisura de los labios, un hilillo En un día de verano, hace más de tres mil qui-
de sangre q]ue caía, goteando lentamente, en el nientos años, el filósofo Pao Cheng se sentó a la
quicio. De pronto no lo reconoció, pero al cabo orilla de un arroyo a adivinar su destino en el
ill,i de un momento se percató de que era el suyo. caparazón de una tortuga. El calor y el murmu-
lifititi llo del agua pronto hicieron, sin embargo, vagat
frl
sus pensamientos y olvidándose poco a poco de

til;;:t;
las manchas del carey, Pao Cheng comenzó a
i:fi:: inferir la historia del mundo a partit de ese mo-
ti'':l mento. "Como las ondas de este arroyuelo, así
llp',
rt:ilj
corre el tiempo. Este pequeño cauce crece con-
iln', forme fluye, pronto se convierte en un caudal
ri/:ilr hasta que desemboca en el mar, ctuza el océa-
ti':il
{lll itr
no, asciende en forma de vapor haciala nubes,
iilfllti vuelve ac et sobre lamontañacon la lluvia y ba-
ri'llit ja, findmente, etra vez convertido en el mismo
r'lt'1ll
arroyo..." Éste era, más o menos, el curso de su
r,,."¡ ll pensamiento y así, después de haber intuido la
,rll|;lll
redondez de le tierra, su movimiento en torno
al sol, la traslación de los demás astros y la pro-
pia rotación de la galaxia y del mundo, "¡Bah!",
exclamó, "este modo de pensar mealeja de la Tie-
rra de Han y de sus hombres que son el centro
inamovible y el eje en torno al que giran todas
las humanidades que en él habitan..." Y pensando

94 95
T

hasta que de pronto se detuvo ante una casa en


'j
nuevamente en el hombre, Pao Cheng pensó en
I
la historia. Desentrañó, como si estuvieran escri- cuya fachada parecían estar inscritos los signos
tos en el caparazón de la tortuga, los grandes { indescifrables de un misterio que lo atrúa irre-
acontecimientos futuros, las guerras, las migra- sistiblemente. A través de una de las ventanas
ciones, las pestes y las epopeyas de todos los pue- I pudo vislumbrar a un hombre que estaba escri-
blos a lo largo de varios milenios. Ante los oios $
rf biendo. En ese mismo momento Pao Cheng sin-
de su imaginación caían las grandes naciones y tió que allí se dirimía una cuestión que lo atañía
lll,i nacían las pequeñas que después se hacían gran- r1
íntimamente. Cerró los ojos y acariciándose la
rift:; des y poderosas antes de ser abatidas a su vez. frente perlada de sudor con las puntas de sus de-
ri.i,,
Surgieron también todas las razas y las ciudades dos alargados trató de penetrar, con el pensa-
il::: habitadas por ellas que se alzabanun instante ma- miento, en el interior de la habitación en la que
l\t"i jestuosas y luego caían por tiefiapara confundirse el hombre estaba escribiendo. Se elevó volando
ri''t:;
con la ruina y la escoria de innumerables gene- del pavimento y su imaginación traspuso el re-
)ll¡,',
raciones. Una de estas ciudades entre todas las borde de la ventana que estaba ebiena y por la
iilil; que existían en ese futuro imaginado por pao que se colaba unarifaga fresca que hacía temblar
llr¡:il
Cheng llamó poderosamente su atención y su di- las cuartillas, cubiertas de incomprensibles carac-
li'ltr
lillitl vagación se hizo más precisa en cuanto a los de- teres, que yacían sobre la mesa. Pao Cheng se
;iltli:t talles que la componían, como si en ella estuviera acercó cautelosamente al hombre y miró por en-
ll'l:l¡r
l'll'ilI
encerrado un enigma relacionado con su perso- cima de sus hombros, conteniendo la respiración
na. Aguzó su mirada interior y úa;tó de penetrar para que éste no notara su presencia. El hombre
rllll¡r
en los resquicios de esa topografía increada. La no lo hubiera notado pues parecfa absorto en su
¡rllllt
fuerza de su imaginación era tal que se sentía tarea de cubrir aquellas hojas de papel con esos
caminar por sus calles, levantando la vista azor"- signos cuyo contenido todavíaescapaba al enten-
do ante la grandeza de las construcciones y la be- dimiento de Pao Cheng. De vez en cuando el
lleza de los monumentos. Latgo rato paseó pao hombre se detenla, mkabe pensativo por la ven-
Cheng por aquella ciudad mezclándose a los t¡om- tana, aspiraba un pequeño cilindro blanco que
bres ataviados con extrañas vestiduras y que ha- ardíaen un extremo y arcoiabauna bocanada de
blaban una lengua lentísima, incomprensible, humo azulado por la boca y por las narices, luego

96 97
volvía a escribir. Pao Cheng miró las cuartillas ter-
minadas que yacían en desorden sobre un extre-
mo de la mesa y conforme pudo ir descifrando íNorcn
el significado de las palabns que estaban escri-
tas en ellas su rostro se fue nublando y un esca-
Puente de piedra
lofrío de terror cruzó, como la reptación de una
serpiente venenosa, el fondo de su cuerpo. "Es-
En la playa.... '..21
te hombre está escribiendo un cuento", se dijo.
llli
Pao Cheng volvió aleer las palabras ¿scritas so- . ... -.. .41
riilrl
lo'*
Narda o el verano. ..
bre las cuartillas. "El cuento se llama La bistoria
según Pao Cheng y trata de un filósofo de la an-
üi,lr
rh-'i
ügüedad que un díase sentó alaoúllade un arro-
La puerta ...85
rlrl
d"'::l yo y se puso a pensar en... ¡Luego yo soy un Cheng .i. .. .'95
La Historia según Pao
il;¡,', recuerdo de ese hombre y si ese hombre me ol-
illi;l
vida moriré!..."
ll|r:il
ri"lrr
El hombre, no bien habíe escrito sobre el papel
(:lltr
lillllt
las palabras "...si ese hombre me olvida moriré",
li"iii se detuvo, volvió a aspirar el cigarrillo y mien-
'l'll'lll
frl'*rr
tras dejaba escapar el humo por la boca su mira-
il:til da se ensombreció como si ante él ctuzata una
i,ttlill nube cargada de lluvia. Comprendió, en ese mo-
mento, que se hebía condenado a sf mismo, para
todala eternidad, a seguir escribiendo la historia
de Pao Cheng, pues si su personaie en olvidado
y moríe, é1, que no era más que un pensamiento
de Pao Cheng, también desaparecería.

98
Renovado¡ fu
ha creado a I
NT:605402 863M E45 N42 2000 Elizondo
donde el
lenguaje se s I llllll lllll lllll lllll lllll lllll llll llll , herrajes
mallarmeano Adq: 1 02236, Vol:1, Ej: 1 1, General aga a lra-
Narda o el verano / Salvador ELizondo.
vés de imago Elizondo, Salvador, 1932- idad con-
tradictoria. l\ aA Biblioteca Vasconcelos vocación
filosófica que , premisa.
Primer volr.^,.-rr ue rv^rvr urrveD puurr!duub pur Duz(rlloo, t{arda o el
verano aborda los paradójicos misterios de las relaciones humanas y la iden-
tidad. Inauguración de una propuesta literaria novedosa, en ellos se perñla
lo que sería la escritura del autor: un mundo donde la realidad y la fantasía
se confunden; un lenguaje y una técnica impecables, capaces de crear imá-
genes y sensaciones de gran intensidad; un acercamiento oblicuo a la dimen-
sión de la realidad que revela su ¡ostro oculto. El amor, la locura, el asesina-
to, el deseo e incluso la palabra creadora son instantes que el autor capta con
sagacidad y humor negro.

Salvador Elizondo (México, 1932), narrador, ensayista, poeta, dramaturgo y


traductor, cursó letras y artes plásticas en la uNaru. Hizo estudios superiores
en diversas universidades del extranjero, entre ellas Cambridge, y en el
Institut des Hautes Études Cinematographiques. Fue becario del cve y de las
fundaciones Ford y Guggenheim. Ha colaborado en varias revistas y suple-
mentos del país, como Ercélsior, Universidad de México, Unomásuno y
Vuelta, enl're otros. Es miembro de la Academia Mexicana y de El Colegio
Nacional. En 1965 recibió el Premio Xavie¡ Villaumrtia por su novela
Farabeufy en 1990 el Premio Nacional de Letras por toda su obra.

En la portada: Ilustracíón de Salyqdc¡r Elizondo/Fotograffu: Paulina Lqústq

NT:605402
Adq: 102236
Vol: 1
Ej:11
General

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