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Tomo 1 Raimunda Torres y Quiroga.

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OBRAS COMPLETAS
RAIMUNDA
TORRES Y
QUIROGA
TOMO I

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Torres y Quiroga, Raimunda
Obras completas / Raimunda Torres y Quiroga ; comentarios de Carlos
Abraham ; compilado por Carlos Abraham. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de
Buenos Aires : Fundación CICCUS, 2019.
v. 1, 390 p. ; 23 x 16 cm.

ISBN 978-987-693-805-1

1. Literatura Fantástica. 2. Narrativa. I. Abraham, Carlos, com. II.


Abraham, Carlos, comp. III. Título.

CDD A863

Obra Completa 978-987-693-804-4

Primera edición: octubre 2019

Obra de tapa: “Ragazza che scrive” Federico Zandomeneghi


Diseño de tapa e interior: Andrea Hamid

© Ediciones CICCUS - 2019


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UNA PRECURSORA DEL FEMINISMO
Y LA LITERATURA FANTÁSTICA

OBRAS COMPLETAS
RAIMUNDA
TORRES Y
QUIROGA
Compilación, estudio preliminar
y notas de Carlos Abraham
TOMO I

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ESTUDIO PRELIMINAR
Por Carlos Abraham

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Raimunda Torres y Quiroga. Obras completas. Tomo I

Introducción

El presente libro es la compilación de la obra completa de Raimunda


Torres y Quiroga, una de las más destacables escritoras decimonónicas
argentinas y una pionera de nuestra literatura fantástica.
La descubrí en el año 2002, en el marco de mi investigación sobre la
literatura argentina de ese período, al compulsar los textos presentes en
periódicos y revistas literarias (una tarea ineludible, ya que gran parte de
la narrativa del período apareció en formato hemerográfico). Era una au-
tora completamente desconocida para la crítica, por lo que se hacía im-
perioso su rescate. Tras algunos artículos breves aparecidos en diversos
medios entre 2006 y 2011, incluí un extenso ensayo sobre su narrativa en
mi tratado La literatura fantástica argentina en el siglo XIX1, así como
dos de sus relatos en la antología Cuentos fantásticos argentinos del si-
glo XIX.2 Posteriormente compilé la totalidad de sus relatos fantásticos
en el libro Historias inverosímiles3 e incluí cuatro de ellos, junto con un
extenso análisis sobre su militancia feminista, en la antología en cuatro
volúmenes Cuentos fantásticos argentinos del siglo XIX4, muy ampliada

1  Abraham, Carlos. La literatura fantástica argentina en el siglo XIX. Madrid: La


Biblioteca del Laberinto, 2013. Segunda edición: Buenos Aires: Ciccus, 2015.
2  Abraham, Carlos (comp.). Cuentos fantásticos argentinos del siglo XIX. Madrid: La
Biblioteca del Laberinto, 2013.
3  Torres y Quiroga, Raimunda. Historias inverosímiles. Buenos Aires: Tren en Movi-
miento, 2014. Compilación, estudio preliminar y notas de Carlos Abraham.
4  Abraham, Carlos (comp.). Cuentos fantásticos argentinos del siglo XIX. Buenos
Aires: Ciccus, 2016.

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Vida y obra de Raimunda Torres y Quiroga. Carlos Abraham

con respecto a la edición española. El libro que el lector tiene en sus ma-
nos, culminación de un largo proceso de rastreo y de análisis, contiene
la suma de mis investigaciones sobre Torres y Quiroga, seguidas por la
totalidad de sus relatos fantásticos, humorísticos y realistas, así como
por sus ensayos y sus prosas poéticas.

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Raimunda Torres y Quiroga. Obras completas. Tomo I

II

La autora y sus seudónimos

Uno de los episodios más enigmáticos de la literatura argentina se desa-


rrolló entre 1876 y 1885. Durante ese período, una escritora completa-
mente desconocida por el reducido ambiente literario del período, que
firmaba como Matilde Elena Wuili, publicó cuentos y fantásticos y de
horror en diversos medios de la prensa porteña, como el diario La Na-
ción y los semanarios femeninos La Ondina del Plata, El Correo de las
Niñas, El Correo de las Porteñas, El Álbum del Hogar y La Alborada
Literaria del Plata. Estos cuentos, que exhibían marcadas influencias
de Hoffmann, de Poe y del Shakespeare más oscuro y sangriento, solían
llevar como título general el acápite “Historias inverosímiles”.
El interés de los lectores pronto se hizo sentir mediante cartas y hasta
consultas en la sede de los periódicos. Para aplacar los ánimos, Josefina
Pelliza de Sagasta, una de las principales colaboradoras de La Ondina del
Plata y de El Álbum del Hogar, publicó el 18 de abril de 1880 una nota en
el último de dichos semanarios anunciando que Matilde Elena Wuili es
un seudónimo y que la semana siguiente revelaría el verdadero nombre
de la escritora. El 25 de abril la expectativa se vio frustrada:

En vista del deseo manifestado por nuestra bella amiga Matilde Elena,
desistimos por el momento de descubrir un nombre que es ya una gloria
nacional y que cubierto hasta hoy con un pseudónimo pasa ante los ojos
del lector sin el doble interés que siempre inspira un nombre conocido.
Conocemos y tratamos a la inteligente novelista, tan maestra en el mane-
jo de la fantasía, pues todas sus obras dadas a luz en los periódicos son
del género, tan bello como fantástico, de esas novelas increíbles que nos
narran Hosfan [sic] y Poé [sic]. Ella cultiva con éxito feliz este extraño
género, para cuya trabazón se necesita estar dotada de un vigor extraor-
dinario en las concepciones, altamente fantásticas, y de un colorido que

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Vida y obra de Raimunda Torres y Quiroga. Carlos Abraham

no es fácil disolver en la paleta donde se busca y halla tanto para el bos-


quejo de una novela de costumbres -donde todo es sencillo y natural. (...)

La señorita Wuili no ha producido libros hasta hoy, es decir, no ha que-


rido publicar y hacerse aplaudir en sueltos de crónica, los mamarrachos
que siempre son obra de la primera juventud, pamplinas que nadie lee y
que sirven sólo para hacer dormir. Ella ha tenido el buen tono de esperar.
(...) Sus producciones forman parte de la colección que publicará en breve
bajo el rubro de “Cuentos inverosímiles o Historias extraordinarias”. No
lo recuerdo bien. Cualquiera de los títulos es bonito, pero me gustaría
más éste: “El cofre de joyas”. ¿No es verdad, lectores?

El punto más destacable del texto citado es, junto con la especifica-
ción de algunas de las influencias literarias de Wuili, que ésta no era una
simple incursora en el fantástico, sino que tenía el proyecto de realizar
una serie sostenida de relatos pertenecientes al género. El extenso artí-
culo, una de las pocas referencias biográficas existentes sobre la escri-
tora, también informaba que ésta tenía alrededor de veinte años (lo que
hablaba de cierta precocidad intelectual), que aún no había publicado
libros y que había utilizado diversos seudónimos, sin especificar cuáles.
Los seudónimos eran frecuentes en la literatura femenina argentina
del siglo XIX y principios del XX. Algunas escritoras usaban nombres
masculinos en la creencia de que uno de mujer no sería tomado en serio
por el público y la crítica. Es el caso de Emma de la Barra, que utilizó “Cé-
sar Duayén” para sus novelas Stella (1905) y Mecha Iturbe (1906). Otras
firmaban con seudónimos femeninos, ya fuera para ocultar su verdadera
identidad ante la opinión social o para no sobrecargar las páginas de una
revista determinada con excesivos trabajos bajo su nombre auténtico.
Quizá el más célebre ejemplo de seudónimo haya sido la inexistente poe-
tisa Ema Aurora Berdier, cuyas composiciones aparecieron en La Ondi-
na del Plata a lo largo de 1875, despertando la curiosidad de Rafael Obli-
gado. Se trató simplemente de una lúdica invención de Juana Manuela
Gorriti y de Bernabé Demaría, a quienes pertenecían las poesías.
Los oscuros gustos de la autora (que pronto cambió la grafía Wuili
por Wili) llamaron la atención de sus contemporáneos. Por ejemplo, en
La Alborada del Plata5 apareció, en la anónima sección de gacetilla, el
siguiente diálogo:

5  2 de mayo de 1880.

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Raimunda Torres y Quiroga. Obras completas. Tomo I

-No me gusta que me compares con Mandinga. Le tengo horror á ese


caballero.

-No le sucede lo mismo á Matilde Elena Wili, que según me han contado,
está zurciendo una colección de historias inverosímiles, donde figuran
ejércitos de demonios, almas en pena, calaveras parlantes, espectros que
hacen cabriolas sobre cráneos vacios, y otras cosas lúgubres capaz de al-
terar la fenomenal nariz, de mi honorable colega la Señorita Manolita
Rodajas.

Martín García Mérou, bajo el seudónimo “Juan Santos”, también de-


mostró interés en la obra de la autora. El 4 de mayo de 1879, en su sec-
ción de crítica literaria de El Álbum del Hogar, llamada “Palmetazos”,
destacó la influencia de los cuentos macabros del alemán Hoffmann en el
relato “La cruz de brillantes”:

“La cruz de brillantes” pertenece a Matilde Elena Wuili. Tiene bastante


interés, tanto por su argumento, en el que se admira algo de la penumbra
de Hoffmann, como por el estilo agradable con que está escrita. La autora
tiene distinguidas cualidades, cimentadas por un buen gusto literario y
una cierta gracia de la frase, que revelan al escritor en todas partes y lo
separan del que no lo es.

En 1884 apareció el anunciado libro, firmado como Matilde Elena


Wili y con un título bastante neutro: Entretenimientos literarios.6 Con-
tenía, corregidas y ampliadas, la mayor parte de las contribuciones pe-
riodísticas de la autora. También incluía algunos textos inéditos. Esta-
ba dividido en cuatro secciones: “Fantasías”, compuesta por los relatos
fantásticos anteriormente mencionados; “Retratos de brocha gorda”, con
piezas costumbristas y satíricas; “Misceláneas”, auténtico cajón de sastre
donde figuraban artículos sobre literatura, relatos amatorios y recuerdos
de viaje; y “Páginas celestes”, integrada por poemas en prosa.
El volumen me ha permitido descubrir la verdadera identidad de Wili.
Incluye dos textos, “Las nupcias de la muerte” e “Historia de una cala-
vera”, que habían sido publicados previamente en El Álbum del Hogar
por Raimunda Torres y Quiroga, una escritora de aparición frecuente en
las revistas literarias del período 1876-1884, pero de la que existen muy
pocos datos biográficos.

6  Buenos Aires: Imprenta Colón, 1884, 320 pp.

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Vida y obra de Raimunda Torres y Quiroga. Carlos Abraham

También confirma la aseveración de Josefina Pelliza de Sagasta acer-


ca de que la autora usaba varios seudónimos, pues incluye textos que
habían aparecido en El Álbum del Hogar bajo los nombres Celeste y Lu-
ciérnaga, entre otros. En esto constituye un caso único en la literatura
argentina. Otras autoras usaban un único seudónimo (como Mercedes
Rosas, que empleó “M. Sasor”) o a lo sumo variaban su firma según los
avatares vitales (como Eduarda Mansilla de García, que en sus tímidos
inicios se escondía tras el nombre masculino “Daniel”, al afirmarse su
confianza artística utilizó su nombre completo y tras su ruptura matri-
monial recurrió al autónomo “Eduarda”). Torres y Quiroga, a la manera
de los heterónimos de Fernando Pessoa, emplea simultáneamente varios
nombres, cada uno de los cuales remite a un posicionamiento estético
determinado, a una “imagen de artista” específica. Así, Matilde Elena
Wuili / Wili, con su aire centroeuropeo, es usado para textos fantásticos
de cuño hoffmaniano.7 El chispeante Luciérnaga rubrica los textos satí-
ricos y costumbristas. Celeste, límpido y espiritual, se reserva para las
prosas poéticas.8
He hallado tres reseñas. La primera se debe al ínclito Alberto Navarro
Viola, prócer de la bibliografía nacional. Tras algunos detalles de carácter

7  Las wilis o willis eran criaturas sobrenaturales del folklore eslavo, semejantes a
vampiros femeninos, y originadas a partir de los espectros de las doncellas muertas
antes de su noche de bodas. Fueron popularizadas en Occidente por el poema “De
l´Allemagne” (1835) de Heinrich Heine, quien se documentó en leyendas folklóricas
centroeuropeas. Según Heine, las wilis no descansan en sus tumbas ya que no pueden
resistir el impulso de danzar desnudas y de atacar a hombres jóvenes en caminos
desolados, obligándolos a danzar hasta que mueren de fatiga, en una especie de ven-
ganza contra el género masculino. El poema de Heine luego sería la inspiración del
célebre ballet Giselle (1841), al que la prensa hispánica de la época solía titular Gisele
o Las willis (remito, por ejemplo, al periódico madrileño El Heraldo, 18 de junio de
1844, pág. 4) o a veces simplemente como Las willis (Diario Oficial de Avisos de Ma-
drid, 28 de mayo de 1848, pág. 4). También cabe mencionar la ópera Le villi (1884) de
Giácomo Puccini, basada en el cuento “Les willis” (1856) de Alphonse Karr. Es inte-
resante señalar que estas criaturas aparecen en tres cuentos fantásticos españoles. El
primero, “Las willis” de Benito Vicetto y Pérez, publicado en La Crónica de mayo de
1845. El segundo, “La danza de las willis. Tradición húngara” de C. de M., publicado
en La Ilustración el 7 de abril de 1851. El tercero, “Azelia y las willis (Balada)” de Julio
Nombela, publicado en el Semanario Pintoresco Español el 2 y el 9 de septiembre de
1855. En cuanto al mencionado cuento “Las wilis” de Alphonse Karr, apareció en el
semanario cubano La Civilización el 1 de noviembre de 1857. Por último, tienen un rol
relevante en el popular Viajes de fray Gerundio de Modesto Lafuente (París: Garnier,
1861, pág. 174 y ss.).
8  Más adelante ampliaré el análisis sobre esta estrategia de la autora.

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Raimunda Torres y Quiroga. Obras completas. Tomo I

informativo (por ejemplo, que el libro es una recopilación de material


publicado en revistas y diarios), aventura el siguiente juicio estético:

No faltan a la autora, cuyo nombre ignoro, pues entiendo que Matilde


Elena Wili es pseudónimo, algunas dotes dignas de ser aprovechadas;
pero hace gala de derrochamiento de frase, descuidando su estilo y exa-
gerando el sentimiento.9

La segunda está firmada con las iniciales J. LL., que corresponden al


folletinista Julio Llanos. Resume los argumentos de algunos relatos, sin
ahorrar críticas a la emancipación femenina. Incluso emplea el adjetivo
“viril” como elogio supremo de uno de los textos. Cito algunos fragmentos:

Un libro nuevo pasa aún entre nosotros como un acontecimiento, y un


libro escrito por una niña es casi fenomenal. Aún se discute si la mujer
hace bien o mal en cultivar su espíritu, y si tiene o no disposiciones com-
parables a las del sexo fuerte. (…)

Alardeamos hasta disparatar ideas de progreso e igualdad. El liberalis-


mo está pegado en nosotros sobre la ropa, no ha penetrado en las indivi-
dualidades que lo ostentan. Las teorías del libre pensamiento, las voltea
la primera consecuencia que se atraviesa en la práctica. (…) La verdadera
ilustración, las ideas que se ensalzan, deben sin duda dejarse a la puerta
del hogar, porque arrinconarían la escoba y la aguja, para ser manejadas
por manos mercenarias, lo que sería profanar los atributos de la deidad
del hogar moderno.10

La tercera, sumamente escueta, apareció de forma anónima. Se con-


centraba en los textos satíricos y costumbristas, llegando a transcribir
el texto completo de “La visitera”. Omitía toda mención de los relatos
fantásticos, lo que revela claramente el carácter insólito de ese tipo de
ficciones para los hábitos de la crítica vernácula:

Presentamos a los lectores de la amena lectura este libro que, no por te-
ner ya más de un año de publicado merece pasarse en silencio. El título
dice bien lo que es, una coleccion de artículos de costumbres y crítica
social, insertos en los periódicos, y posteriormente reunidos en un libro.

9  Anuario Bibliográfico, año 1884. Buenos Aires: Imprenta de M. Biedma, 1885, pág. 235.
10  La Patria Argentina, 17 de marzo de 1884.

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Vida y obra de Raimunda Torres y Quiroga. Carlos Abraham

Sin hacer aquí una descripción de él, bastara leer uno de esos trozos que
tomamos al acaso. El lector formará su juicio sobre la soltura y facilidad
de estilo de esta autora argentina, y apreciará tambien la verdad de los
tipos que ella bosqueja.11

No estará de más mencionar una carta de Carlos Guido y Spano, don-


de el poeta agradece el obsequio del libro. Transcribo un fragmento:

Señorita Matilde Elena Wili: llegó a mis manos el libro interesante y raro
que me ha obsequiado V., con una dedicatoria que es en verdad una guir-
nalda. La recibo, inclinada la frente y confuso y sumamente grato al in-
merecido galardón.

He leído ávidamente sus creaciones fantásticas. No vuelvo aún de mi


asombro de que exista en las riberas del Plata, una soñadora que parece
haber nacido entre las brumas de las románticas regiones septentriona-
les de Europa, habitadas por genios y frecuentadas por las hadas.12

La misiva, más allá de su carácter de cortés acuse de recibo, es intere-


sante por tres razones. En primer lugar, destaca la circunstancia insólita
de que se escriba literatura fantástica en una región tan alejada de lo
que se consideraba “ámbito natural” de esa clase de textos: el norte de
Europa (en una tácita alusión a Hoffmann). En segundo lugar, la sorpre-
sa ante el género de la responsable del libro: una soñadora. Por último,
su desconocimiento de la producción previa de Torres y Quiroga, lo que
revela que los periódicos femeninos no eran demasiado visibles para la
élite cultural.

11  Revista de La Plata, vol. I, pág. 363. Buenos Aires: La Tribuna Nacional, 1885. Hay
también una escueta mención en el diario montevideano La Razón (16 de mayo de
1884), firmada por Sansón Carrasco, seudónimo de Daniel Muñoz.
12  La Nación, 26 de junio de 1884.

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