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La batalla de las emociones: La figura y el gobierno de Michelle Bachelet a la luz

de los efectos de la globalización en la democracia

• Sergio Fortuño L.

Aunque Michelle Bachelet no entregó en marzo de 2010 la banda presidencial chilena


a una persona que militara en su misma coalición, la Concertación por la Democracia,
su alejamiento del poder tras cuatro años de ocupar la Presidencia estuvo marcada
por las más altas cifras de aprobación ciudadana para un presidente en la historia de
la democracia chilena tras la dictadura militar. Ya instalado el gobierno de derecha
encabezado por Sebastián Piñera, Bachelet es considerada por la ciudadanía como la
principal figura política del país.

Las cifras de aprobación y la posterior evaluación de su figura con la Concertación


fuera del Ejecutivo desafían el sentido común en cuanto su gobierno debió sortear
episodios adversos en lo social, lo político y lo económico. Una movilización estudiantil
a nivel nacional que despertó las simpatías de la opinión pública, la traumática
implementación de un nuevo sistema de transporte público para la capital chilena y
tensiones constantes con la oposición que desembocaron en destituciones
ministeriales, algo inédito en la historia de los gobiernos de la Concertación de la
Democracia, sobresalen como los principales escollos que debió enfrentar su
administración. A eso debe sumarse un crecimiento económico menor al de los tres
gobiernos anteriores de su coalición y la irrupción de una crisis financiera global en
2008.

El propósito de este texto es describir cómo algunas de las principales tensiones de su


período presidencial, así como los altos niveles de aprobación que suscitó su figura
durante los dos últimos años de su mandato, se relacionan con fenómenos que
escapan del ámbito de la contingencia nacional y se enmarcan dentro del proceso más
amplio de la globalización y sus efectos transformacionales sobre el ejercicio y la
experiencia social de la democracia representativa.

Esto requiere abordar conceptualmente cuáles son los principales efectos del proceso
de globalización sobre la organización y las dinámicas políticas en el seno de las
democracias surgidas al alero del Estado moderno, y las nuevas pautas que la
globalización ha impuesto en la comunicación entre gobernantes y gobernados, tanto
en la expresión mediática de la política como en la creciente importancia que adquiere
la opinión pública como contraparte de la autoridad. Respecto de este último ámbito,
será necesario también recurrir a conceptos y formulaciones recientes de teorías de
cognición social para esbozar una compresión del mecanismo por el cual la
ciudadanía concibe y expresa sus opiniones respecto de la conducción de los asuntos
públicos.
Las cifras de aprobación de Bachelet

En el Estudio Nacional de Opinión Pública, Junio-Julio 2010, de Cep Chile1, un 77% de


los encuestados aprobó la forma en que Michelle Bachelet había conducido su
gobierno. Es el mayor porcentaje recibido por un presidente chileno desde el regreso a
la democracia.

Independientemente de su posición política, ¿Ud. aprueba o


desaprueba la forma como Michelle Bachelet condujo su
gobierno?

Fuente: Estudio Nacional de Opinión Pública, Junio-Julio 2010, de Cep Chile

En la última encuesta CEP realizada durante su mandato, dada a conocer en octubre


de 2009, Bachelet gozaba de un 78% de aprobación, considerando sólo sectores
urbanos. Los porcentajes más altos obtenidos por sus antecesores, también
considerando sólo sectores urbanos, fueron un 58% para Patricio Aylwin (en marzo de
1993), un 49% para Eduardo Frei (en diciembre de 1994), y un 61% para Ricardo
Lagos (en julio de 2005).

1
Descargable en http://www.cepchile.cl/dms/lang_1/doc_4640.html
Fuente: Estudio Nacional de Opinión Pública, Junio-Julio 2010, de Cep Chile

Al mismo tiempo, en el ultimo estudio de opinion pública de Cep Chile, Bachelet es la


figura política major evaluado del país, con un 85% de opiniones positivas y muy
positivas, seguida de lejos por el Ministro de Educación, Joaquín Lavín, con un 57% y
el Presidente Piñera, con un 56%.

Fuente: Estudio Nacional de Opinión Pública, Junio-Julio 2010, de Cep Chile

Según las encuestas mensuales que realiza la empresa de sondeos Adimark, la


aprobación a la gestión de Bachelet alcanzó la cifra récord de un 84% en el último mes
de su gobierno2. Los daños causados por el terremoto del 27 de febrero y la polémica

2
Descargable en http://www.adimark.cl/es/estudios/documentos/Ev_Gob_Terremoto2010.pdf
reacción del gobierno y los servicios públicos de monitoreo y emergencias no
efactarona la baja la opinión ciudadana sobre la mandataria.

Desde el mes de junio de 2009, la aprobación a Bachelet no bajó del 70%.


Estos resultados se registraron en un escenario de contracción económica producto de
la crisis financiera internacional y la alta aprobación durante los meses de invierno
contrasta con la evolución anual habitual de la aprobación presidencial que arroja el
mismo instrumento de medición. El promedio de aprobación para el mes de junio
entre los años 2006 y 2008 apenas superaba el 40%.

Independiente de su posición política, ¿Usted aprueba o


desaprueba la forma como Michelle Bachelet está conduciendo su
gobierno ?

Fuente: Evaluación del Gobierno Post Terremoto. Informe Especial Marzo 2010. Adimark.

El gobierno de Bachelet en el escenario político de la globalización

Sin restar importancia al quehacer específico del gobierno de Bachelet, los datos
expuestos aquí también pueden ser analizados en el contexto más amplio de las
transformaciones que el proceso de globalización ha introducido en la política y la vida
democrática.

Siguiendo a Ottone (2004, a) el proceso de globalización entraña la novedad “una


contracción sin precedentes del tiempo y el espacio cuyos efectos abracan el conjunto
de la actividad humana”. Entre sus principales rasgos distintivos se cuentan “la
generación de una economía caraterizada por la extensión sin precedentes de los
mercados financieros, la importancia creciente del mercado internacional, la creciente
producción de bienes y servicios a través de las empresas transnacionales y la
globalización de las actividades científicas y tecnológicas”.

En el plano político, “la democracia se encuentra tensionada por el proceso de


globalización y de revolución de la información que genera la centralidad de la imagen,
la tendencia a una doxocracia sin límites y los peligros de una relación perversa entre
política y espectáculo que pone cuestionamientos no menores al rol de los partidos
políticos, del parlamento, a la relación entre electores y elegidos y a la producción de
sentido de la política”.

Castells (2005) apunta que, en este contexto, “todas las tendencias políticas se
centran en en políticas de imagen que, con frecuencia, resultan ser más decisivas que
los propios contenidos programáticos. A menudo los programas políticos son también
instrumentos de creación de imagen más que compromiso de gobierno”. El autor
identifica tres fenómenos ligados a esta supremacía de la imagen: La personalización
de la política, financiación ilegal de la política y la política del escándalo, es decir, “la
destrucción del adversario mediante la destrucción de su imagen”.

Por otra parte, en la discusión sobre los procedimientos y funciones que se esperan de
las instituciones prima la noción de lo que Bobbio llamó “democracia exigente”, que, de
acuerdo a Ottone (2004, b), conjuga la exigencia a la democracia de la preservación
de las libertades que la posibilitan con una morigeración de las desigualdades
sociales. La idea de “democracia exigente” está “presente en el debate de hoy acerca
de una visión progresista a comienzos del siglo 21”.

En la vida social de la sociedad en red que surge a partir de la globalización los


sentidos de pertenencia se disipan y el Estado pierde su lugar privilegiado como
referente de la identidad y la seguridad. Según Castel, citado por Bauman (2008), esta
inseguridad actual no reside en una “carencia de protección, sino en la «falta de
claridad de su campo de acción», en un universo social que «se ha organizado en
torno a la búsqueda infinita de protección y al anhelo frenético de seguridad»”.

Todas estas nuevas tendencias y tensiones configuran para cualquier gobierno un


escenario tanto de amenazas como de oportunidades y ambas facetas se
manifestaron en el gobierno de Michelle Bachelet. Más allá de las propuestas
programáticas, su candidatura gravitó en torno a ingredientes de imagen y emoción al
ser la primera mujer con reales posibilidades de llegar a La Moneda. Su discurso en
torno al énfasis en un ambicioso plan de protección social se hizo cargo no sólo
programáticamente, sino también afectivamente, de la demanda por mayor seguridad
y estabilidad propia de los habitantes de una sociedad en red. La apuesta por atacar
algunas de las principales fuentes de desigualdades en la sociedad chilena sin
renunciar a las libertades resguardadas por una democracia representativa resonaba
con el debate en torno a la noción de “democracia exigente”.

Pero el marcado protagonismo de la opinión pública en el juego democrático, es decir,


el imperio de la doxocracia, también jugó en su contra en episodios como las
movilizaciones estudiantiles de 2006 y la caótica implementación de un nuevo sistema
de trasnporte público en Santiago. La oposición asumió como nunca en los gobiernos
de la Concertación los procedimientos de la política del escándalo y el espectáculo,
materializados principalmente en el ritual de la interpelación a ministros e incluso la
destitución de algunos de ellos a raíz de cuestionamientos de la coalición opositora.

Fue la crisis económica de 2008 la que, paradojalmente, brindó a su gobierno una


nueva oportunidad de tomar el protagonismo e imponer su propia agenda, lo que una
vez más, más allá de la presencia real de contenidos programáticos y de gestión,
descansó en gran parte en un discurso emocional construido en torno a una imagen
presidencial que se recubría del afecto de una ciudadanía reconciliada con la
presidenta.

Cognición social: El rol de las emociones y motivaciones en un escenario


político local globalizado

Diversos hallazgos de la teoría de cognición social permiten entender cómo, dentro del
marco provisto por el proceso de globalización al juego democrático, la opinión pública
se reencantó con la figura de Bachelet.
En un país como el nuestro, con un régimen presidencial fuerte, la figura del
mandatario suele ser la más prominente del paisaje político y respecto de ella se
puede esperar una mayor sofisticación política que en el caso de otros actores. Esto
implica que los juicios en torno a la presidencia están siendo permanentemente
revisados y actualizados (Feldman, 1995).

Taber, Lodge y Glathar (2001) describen el funcionamiento de un “razonamiento


político motivacional”, en el que “los individuos se sienten más cómodos cuando
encuentran información compatible con sus opiniones”. En el plano del razonamiento
político motivacional, podemos suponer una alta motivación para aprobar a la
Presidenta. Esto sugiere que el bajo nivel de apoyo de años anteriores fue un
resultado contario a las motivaciones de los ciudadanos, inclinados a la desaprobación
ante la constatación cotidiana del mal funcionamiento de una política pública de
prominencia como la reforma al sistema de transporte público en Santiago.

En 2009, a partir del mensaje presidencial ante el Congreso Pleno el 21 de mayo en


que la Presidenta anunció los bonos de invierno y los avances en su programa de
protección social, los traspiés de su gestión figuraron menos en la agenda pública y se
instaló la figura presidencial como un referente de protección y refugio en tiempos de
crisis. Más allá de los evidentes efectos prácticos de esas políticas, su componente
emocional salta a la vista. Para Clore e Isbell (2001), las emociones también son
causadas por apreciaciones cognitivas de situaciones con respecto a lo que uno
valora. “Como tales, las emociones proveen guías indispensables para realizar
elecciones adecuadas”.

Skitka y Mullen (2002) agregan que “las políticas públicas y las acciones políticas son
juzgadas como correctas o incorrectas según las implicancias para los valores que la
gente sostiene más fuertemente”. En esta dimensión, la política de protección social
del gobierno apeló al altamente transversal y poco polémico valor de la solidaridad.

La crisis económica desatada en septiembre de 2008, contrariamente a lo que cabía


esperar, constituyó una oportunidad por el gobierno, que, con el recurso de ahorros
fiscales inéditos en la historia del país, sostuvo un discurso de estar en condiciones de
hacer frente al escenario internacional adverso y de preocupación por los más
dañados por la contingencia a partir de la creación de distintos programas de empleo y
la entrega de bonos a las familias más pobres.

De alguna manera, la crisis permitió recuperar los conceptos comunicacionales con


que Bachelet llegó a La Moneda en 2006, principalmente aquellos relacionados con la
protección social. Estos contenidos programáticos son, además, muy pertinentes a la
figura de una autoridad femenina. En un trabajo que gira en torno a campañas
electorales, pero aplicable en general al ámbito de la comunicación política, Iyengar y
Simon (2000) subrayan que “asuntos ‘masculinos’ como la defensa o el crimen, serán
especialmente persuasivos… cuando el candidato es un héroe de guerra hombre,
mientras que el cuidado a la infancia y asuntos de política educacional resonarán
mejor con las creencias de los votantes respecto de una candidata mujer que además
es madre”.

El gobierno pudo desarrollar una estrategia de agenda setting a través del discurso de
la solidaridad y la protección social. Por medio del framing, enmarcó la contingencia
adversa en un relato sobre nuestro país como ejemplo de haber “hecho bien la pega”
(en palabras del Ministro de Hacienda, Andrés Velasco) durante los años de bonanza
para enfrentar las adversidades recientes.
Conclusiones

Estos elementos fueron claves en el éxito de un discurso que apeló a las resonancias
afectivas de una figura presidencial femenina, cuya principal propuesta descansaba
sobre la construcción de una sociedad más equitativa y solidaria. En una democracia
donde la opinión pública juega un rol determinante y la relación entre gobierno y
oposición sigue una lógica emocional propia de los códigos del espectáculo, factores
no previstos (movilizaciones estudiantiles, Transantiago) inclinaron primero la balanza
a favor de la oposición y luego, por medio de la crisis económica, a favor del gobierno.

Este análisis sugiere que, dadas las transformaciones del juego democrático en el
contexto de la globalización, las posibilidades de éxito de un gobierno, medidas como
aprobación a la figura presidencial, descansan sobre factores complejos y a menudo
impredecibles. Los propósitos de un programa de gobierno pueden ser llevados a cabo
o sufrir tardanzas o bloqueos por determinantes ajenos al puro ámbito de las mayorías
o minorías políticas expresadas a través del voto ciudadano o parlamentario.

La hoja de ruta de los gobiernos dependerá muchas veces del manejo de factores
exógenos y ese manejo no dependerá exclusivamente del manejo de recursos
técnicos y racionales, sino que en gran parte de la escenificación emocional de los
propósitos de los gobernantes y de su capacidad para reaccionar a contingencias
inesperadas que mezclan la dimensión objetiva de los hechos con la dimensión
subjetiva de los vaivenes de la opinión pública. Y lo que representa desafíos para la
gestión específica de un mandato presidencial es también un desafío mayor para los
sustentos de la democracia.

Bibliografía

Bauman , Z. (2008) Tiempos Líquidos: Vivir en una Época de Incertidumbre.


Buenos Aires: Tusquets.

Castells, M. (2005) La Nueva Frontera del Desarrollo: El Modelo Informacional.


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Clore & Isbell (2001). Emotions as virtue and vice. En Kuklinski, J.H. (Ed.),
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Ottone, E. (2204 a). Entre la Globalización y la Identidad Cultural: Los Desafíos


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Ottone, E. (2004 b). Bobbio Político: Pensamiento y Vigencia. Ponencia


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Skitka, L. J., & Mullen, E. (2002). Psychological determinants of public opinion.


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Taber, Lodge & Glathar (2001). Motivated construction of political judgments.


En Kuklinski, J.H. (Ed.), Citizens and Politics. Perspectives from Political
Psychology (pp. 198-226). Cambridge University Press.