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Artículo para Revista Crítica.

Abril 2017 | Isabel Romero

LAS SERIES DE TV Y LA FILOSOFÍA

En un artículo de El País, de 2010, titulado “Series cum laude”, se citan


las siguientes palabras del profesor Amit Ray, del Rochester Institute of
Technology de Nueva York:

"Cuando propuse a mi decano hacer un curso de Literatura con Los


Simpson, el hombre no daba crédito"; pero en el fondo, ¿quién hace Los
Simpson? Estudiantes de la Ivy League. Gente que ha leído a Braudillard,
a Adorno, a Schopenhauer. Y todo eso está ahí, en los capítulos, si sabes
encontrarlo".

El artículo continúa comentando que “Ray fue de los primeros en


incorporar un producto televisivo a su clase, pero su razonamiento -que las series
no sólo gozan de un ejemplar sentido de la dramaturgia, sino que muestran de
forma práctica las áreas más sesudas- se fue propagando por todo Estados
Unidos”.
Ignoro si este fue el origen de los estudios filosóficos sobre las series. En
mi caso, empecé a buscarlos cuando terminé de ver Perdidos y me di cuenta de
que no podía seguir, sin ayuda, todas las pistas que cada episodio presentaba
ante el espectador. Veía un mundo tras el espejo; un mundo que, como el que
Alicia conoció, tenía sus propios códigos, su propio lenguaje, pero en el que los
habitantes eran tan humanos como nosotros y andaban envueltos en historias
de pérdidas y encuentros, de naufragios personales y hallazgos trascendentales.
La posibilidad educativa de esos relatos me parecía (y me parece) innegable.
Santiago Navaja, en su libro Manual de filosofía en la pequeña pantalla
(Madrid, 2012) expresa un convencimiento ya muy extendido y es que son las
series de televisión, sobre todo las estadounidenses, las que han propiciado un
debate y un diálogo a través de los medios de comunicación, en particular foros,
webs y blogs de Internet, en el que se plantean cuestiones tan candentes como
la reforma del sistema de pensiones (El ala oeste de la Casa Blanca), (…) los
asesinatos de cariz político (24), las estrategias comerciales de la empresa Mafia
S.L. (Los Soprano), (…) o la guerra contra el sustancioso tráfico de drogas (The
Wire).
Pero lo más significativo es que muchas series contienen una discusión
de los problemas filosóficos -políticos, morales, estéticos, empresariales,
existencialistas- que se abordan en ellas, de forma que se aúna el rigor
conceptual con la frescura expositiva y se alumbra una obra de divulgación
filosófica que satisface tanto a los fans de las series mencionadas como a
quienes busquen profundizar en los temas de la más palpitante actualidad desde
una perspectiva filosófica y reflexiva.

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Claro que estos puntos de vista han de ser mostrados, sobre todo a
aquellos espectadores legos en la materia filosófica o poco avezados en la
reflexión. Por eso es importante que estos relatos pongan un pie en las escuelas
y universidades.
En el mencionado artículo de El País se afirma que una “nueva hornada
de maestros, la mayoría por debajo de los 40 años, confiesa que recurrir a las
series es una forma de acercarse a los alumnos. "La realidad cambia y la
enseñanza también debe cambiar. Nos arriesgamos a perder contacto con las
nuevas generaciones", afirma desde Génova el profesor de la Universidad
Católica de Milán Simone Regazzoni, que además de usar Fringe y House para
enseñar Ética, ha escrito el libro Perdidos. La Filosofía (Duomo Ediciones)”.
Actualmente, el profesor Regazzoni enseña en la Universidad de Pavía y acaba
de publicar un libro titulado Ti amo. Filosofia come dichiarazione d’amore
(Milano, 2017).
Iván de los Ríos, actualmente profesor en la Universidad Andrés Bello de
Santiago de Chile, utilizaba Los Soprano para enseñar Ética de los Negocios
cuando daba clases de Filosofía Contemporánea en la Autónoma de Madrid y
de Ética en la Alcalá de Henares, También ha colaborado con la editorial Errata
Naturae (Madrid) escribiendo sobre estas series.
El mundo editorial también coopera con esta perspectiva. Ya
mencionamos en el artículo de febrero la editorial madrileña Errata Naturae.
También Ediciones Blackwell edita una serie de libros que examina la Filosofía
de series como 24, Héroes, Padre de familia o Mad Men, entre otras.

Pero no pensemos que este uso académico de las series se hace a partir
de historias que pudieran ser, en cierto modo, “ejemplares”. No es así, al menos
directamente. La mayoría de las veces se muestran conductas que son de suyo
reprobables o inmorales. La intención de los creadores es, en estos casos,
provocar el rechazo del espectador que critica inmediatamente esa conducta.
Esto sucede, generalmente, con las series que se ocupan de hombres o mujeres
de negocios que, por la naturaleza o envergadura de sus empresas, se mueven
en terrenos resbaladizos hacia lo ilegal o lo inmoral, o bien, se enzarzan en
luchas de poder en los que la ética sale seriamente menoscabada. Así sucede
en Billions (EE.UU. Showtime, 2016-) en la que se cuenta la confrontación entre
un ambicioso gestor de fondos de inversión privados y el fiscal del Distrito Sur
de Nueva York. El primero es extremadamente caritativo y generoso en público,
pero utiliza informaciones privilegiadas y sobornos para aumentar la enorme
riqueza de su empresa. Por su parte, el fiscal es despiadado, y tiene particular
fijación por los empresarios que juegan sucio y tratan de esquivar la ley.
En esta misma línea se desarrolla Damages (Daños y perjuicios) KZK,
2007-2012 que trata de una todopoderosa abogada litigadora, que hará todo lo
posible para enjuiciar a los corruptos. Eso sí, lo hará siguiendo su peculiar
sistema de valores, creado por ella. La segunda de a bordo, una joven letrada,
tendrá que decidir, a su vez, si se mueve por la ética o por la ambición.

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La ética es quizá el tema más debatido y proyectado en las series de tema


empresarial o judicial: Breaking Bad, Mad Men, Goliath… o de tema político
Scandal, House of cards, Animals Politicals o Boss. Pero también se abordan
contenidos más existencialistas como la búsqueda de sentido en Lost (Perdidos)
o la reflexión sobre la condición humana en diálogo con la robótica avanzada
(Humans), la clonación (Orphan Black) o la inteligencia artificial (Westworld).
A propósito de esta última, el actor protagonista, Jeffrey Wright, afirmó en
España el año pasado, estando de gira promocional, que “Westworld plantea
más preguntas filosóficas que tecnológicas", ya que “lo que hacen estos "nuevos
géneros" es explorar debates universales que el ser humano se lleva planteando
durante toda su existencia”. La serie, inspirada en la película homónima de 1973,
narra el día a día de un parque temático futurista basado en la conquista del
Oeste; dicho parque está atendido por androides productos de la tecnología más
avanzada, indistinguibles de los humanos, llamados “anfitriones”. Los visitantes
pueden hacer con ellos lo que quieran: retarlos en duelo, perseguirlos, matarlos,
violarlos, etc. Cada uno de ellos está inmerso en una “historia” también diseñada
por los guionistas del parque, de la que, teóricamente, es imposible salir.
Mientras que los humanos visitantes parecen buscar solo la diversión salvaje,
los androides se sienten atraídos por la búsqueda interna de su propia
conciencia. Una vez más, desde el Frankenstein de Mary Shelley (1818),
asistimos a un proceso de deshumanización en los humanos y de humanización
en las criaturas fabricadas.
También la naturaleza del mal ha sido objeto de dramatización y reflexión
en la serie True Detective (Primera temporada) que ha dado lugar a varios
estudios, algunos de ellos recordando a Nietzsche y Schopenhauer. (True
Detective. Antología de lecturas no obligatorias, Madrid 2014).

Cierto que no nos llega solo reflexión a través de las series, también nos
llega ideología o adormecimiento del espíritu crítico, según qué cuestiones. Esto
sucedió con la serie 24, que narra las actividades diarias de una Unidad
Antiterrorista. Dicha Unidad interroga a los sospechosos y culpables con técnicas
similares a las que se aplican en Guantánamo. De esta manera, los
espectadores pueden llegar a ver como “necesarias” dichas técnicas para
combatir el terrorismo. También estas intenciones tienen que decirse y
mostrarse.
El caso es que estas cuestiones llegan a los espectadores, o, al menos
son percibidas por ellos, aunque no puedan ser formuladas clara y
adecuadamente. Pero sí son debatidas. Los foros de Internet que se abrieron al
diálogo sobre las series a partir de Lost, pueden generar interpretaciones o
comentarios sobre la conducta de determinados personajes, según la gente se
identifique más con unos u otros.
De este modo, cada vez en más medida, cuestiones filosóficas, se hablan
alrededor de la televisión o se escriben en los teclados de los ordenadores. A
decir de varios filósofos, ha aparecido la filosofía popular o “popsofia”. Un grupo

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de filósofos y otros intelectuales italianos ha constituido una asociación llamada


precisamente así: Popsophia (www.popsophia.it). Ellos se definen como “la
única asociación italiana dedicada a la pop-filosofía, un género cultural
internacional que conjuga la reflexión filosófica con los fenómenos pop de la
cultura de masas. Popsophia ha creado un laboratorio permanente donde el
pensamiento crítico se contamina con las formas populares de la música, del
teatro, del deporte, de la televisión de los medios de comunicación”.
No sé si el ejemplo cundirá. A los que no somos filósofos, pero sí nos
interesan las expresiones culturales nos hace falta ayuda con los lenguajes y la
expresión de las ideas. Alguien dijo que lo importante no era aprender filosofía,
sino aprender a filosofar.

Cuando Borges llenó su literatura de filosofía (o al revés), varios


profesores de filosofía (y desde luego muchos de literatura y escritores)
escribieron que llegaba el momento de dejar la torre de marfil y bajar a la calle,
a escuchar las historias que la gente oye y saberlas contar con sus palabras.