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Quehacer
Revista de desco

N° 2 Segunda Época / ENE - MAR 2019

TEMA: VELASCO, 50 años después

Presentación

El tres de octubre de 2018 se cumplieron cincuenta años del inicio de lo que los militares peruanos
llamaron el “Proceso Revolucionario de las Fuerzas Armadas”. Se inició con un “golpe de Estado”
muy propio de esos años.

En esa década en el Perú se dieron tres golpes de Estado, uno de ellos fue el del General Juan
Velasco Alvarado, un militar de origen piurano que había entrado a las Fuerzas Armadas como
soldado raso para terminar siendo General y Presidente del país. La orientación del golpe de Estado
del tres de octubre fue a contracorriente de los otros golpes que en esa misma década y años
después se dieron en la región y que aplicaron una violencia indiscriminada, con un saldo de
cientos de miles de muertos, desaparecidos y exiliados.

El “velasquismo” fue, como se dijo, “una “revolución peculiar” en el Perú y América Latina.
Mientras que los militares de otros países, con apoyo de los gobiernos de Estados Unidos y las
derechas nacionales, combatían el comunismo, perseguían a los sectores progresistas, violaban los
derechos humanos y buscaban, con éxito, liquidar la democracia, el golpe de los militares peruanos
caminaba en otro sentido. Un proceso autoritario que combinaba un conjunto de reformas radicales
y la democratización de la sociedad peruana.

Para pocos, en verdad para muy pocos, los años del proceso velasquista (1968-1975) fueron una
desgracia. Para emplear las frases de unos de sus críticos fueron “siete años de desvarío”. Para
otros, diríamos una mayoría, este proceso puso fin al viejo sistema oligárquico que había dominado
la economía, la política y la sociedad, y que tenía como una de sus expresiones el latifundio y los
llamados “barones del azúcar”, y como contraparte la servidumbre y el “pongaje”, una suerte de
dominación total que unía esclavitud y racismo al mismo tiempo.

Este segundo número de Quehacer busca presentar y discutir, a partir de voces múltiples, diversas
y distintas, qué fue realmente este proceso, qué significó para el país y para los peruanos y
peruanas. En este número tienen la palabra (o la pluma) los que colaboraron con este proceso y los
que estaban en contra. También “hablan” lo hijos de los líderes del velasquismo, como los jóvenes
de hoy que no vivieron este proceso y que nos dan su versión sobre el significado que para ellos
tiene y tuvo este proceso. Ello incluye una larga entrevista a Francisco Guerra-García, uno de los
más destacados intelectuales del “velasquismo”.

También se hace un análisis sobre las razones que permitieron el triunfo, en Brasil, del ex militar,
militante evangélico y ultraderechista Jair Bolsonaro y el impacto de su elección en América
Latina. Asimismo, presentamos una mirada a las relaciones de América Latina y Estados Unidos
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en la actualidad. Publicamos un artículo sobre el crecimiento de la extrema derecha en Europa,


tema que cobra actualidad en la región luego del triunfo de Bolsonaro en Brasil.

Agradecemos a todas y todos aquellos que contribuyeron a que este segundo número de Quehacer
sea una realidad. En especial a nuestros colaboradores que generosamente y de manera entusiasta
aportaron textos de calidad. A ellas y ellos gracias.

Finalmente, esta revista expresa su rotundo apoyo a la lucha contra la corrupción y la impunidad
que llevan a cabo diversos sectores sociales y políticos desde el Estado como también desde de la
sociedad. No podemos ni debemos permitir que malos políticos, empresarios, funcionarios
públicos, parlamentarios, etc. hagan de la democracia y de la política una suerte de parodia para
beneficio de una minoría. La corrupción, además de ser un delito, nos condena a ser un país pobre,
atrasado y subdesarrollado.

De otro lado, estamos convencidos que esta lucha contra la corrupción nos hace mejores peruanos
y peruanas y nos permite ver con un poco más de optimismo el futuro del país. Construir un Estado
social de derecho, una sociedad igualitaria, justa, tolerante y democrática no es una tarea fácil,
pero es una tarea que nos convierte en dueños de nuestro propio destino.

Alberto Adrianzén, director

Ayudar al viejo topo

HÉCTOR BÉJAR
Abogado y Sociólogo, Doctor en Sociología por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Desde el 3 de octubre de 1968 hasta el 29 de agosto de 1975, las Fuerzas Armadas y sus aliados
civiles, técnicos, intelectuales, artistas y líderes populares, iniciaron una nueva estructura
económica, social y cultural del Perú. Esa obra nacional, colectiva, quedó frustrada.

Por su naturaleza institucional, el proceso de cambios tuvo contradicciones. Fue incomprendido,


encontró sus propios límites y acabó siendo víctima de una conspiración tejida por los enemigos
de siempre. Pero dejó huella.

Crearon una base energética y minera.

La pesca harinera fue complementada por otra destinada al consumo interno.

Se mantuvo y desarrolló la industria ligera y manufacturera.


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El Acuerdo de Cartagena y el Pacto Andino empezaron a crear un mercado común para la industria
del Perú y los países miembros. La cogestión en las empresas privadas y la autogestión en las
empresas de trabajadores como sector prioritario de la economía, democratizaron la producción.

La reforma agraria adjudicó más de seis millones de hectáreas a grandes empresas agroindustriales,
sociedades agrícolas de interés social y empresas comunales manejadas por los campesinos, que
contaban con el Banco Agrario y la asistencia técnica del Estado.

Los Super Epsa [Empresa Pública de Servicios Agrícolas] mantuvieron precios básicos en
beneficio de una economía urbana estable.

El Sistema de Planificación Nacional proyectó un desarrollo autónomo y equilibrado.

El Instituto Nacional de Administración Pública INAP empezó a formar cuadros técnicos para la
nueva carrera pública.

Las divisas fueron administradas por un Banco Central nacionalizado en beneficio del país. La
Corporación de Desarrollo COFIDE, los bancos nacionalizados, la banca de fomento, las mutuales,
el Banco Hipotecario, las cooperativas de crédito y la banca privada regulada, formaron una
poderosa red financiera para el desarrollo.

Fueron reconocidos los pueblos amazónicos, se empezó a demarcar sus territorios, respetando su
cultura.

Miles de sindicatos fueron organizados. La Confederación General de Trabajadores del Perú


CGTP, fue reconocida.

Surgieron la Comunidad Autogestionaria de Villa El Salvador y comités de desarrollo con


millones de pobladores.

Consejos educativos comunales con participación de la sociedad fueron creados dentro de la


Reforma Educativa. Fueron organizadas las Escuelas Superiores de Educación Profesional, ESEP,
para la formación de técnicos medios.

Se abrió paso una política exterior independiente y digna.

El SINAMOS, Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social, organizó al pueblo:


comunidades campesinas, cooperativas agrarias, sociedades agrarias de interés social, ligas
agrarias, Confederación Nacional Agraria, comunidades industriales, Confederación Nacional de
Comunidades Industriales, CONACI. El objetivo era transferir el poder político asumido por las
Fuerzas Armadas a los trabajadores organizados.

La socialización de los diarios de circulación nacional empezó a transferir poder mediático y


educativo a las organizaciones populares. En 1975 fueron promulgadas las Bases Ideológicas de
la Revolución Peruana estableciendo que la economía del nuevo Perú estaría compuesta por los
sectores estatal, cooperativo, privado y de propiedad social, siendo este último el prioritario.
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El Perú se encaminó hacia un socialismo sin calco ni copia, surgido de su propia realidad
económica y social.

Sin embargo, se permitió que algunos latifundistas desmantelen los fundos antes de su
adjudicación; a través de los controles de precios se subordinó la economía campesina a la
economía urbana; al iniciar la explotación de petróleo en la selva no hubo idea del daño ecológico
resultante; hubo una temprana burocratización del proceso al carecerse de cuadros revolucionarios;
reflejos represivos de algunos jefes militares causaron acontecimientos repudiables por falta de
manejo de los conflictos sociales.

Luego de una conspiración y un golpe de estado, a partir de agosto de 1975 hasta 1979, Francisco
Morales Bermúdez, Pedro Richter Prada, Luis Cisneros Vizquerra y su grupo de militares
conservadores, en coordinación con los Estados Unidos y las dictaduras de Pinochet, Videla y
Bánzer, paralizaron el proceso, desactivaron la transferencia del poder al pueblo y reorientaron su
entrega hacia los partidos de la oligarquía.

En la Constituyente de 1979, el Apra y el PPC llenaron la nueva Carta con un discurso hipócrita
que dejó puertas legales abiertas para la restauración oligárquica.

Elegido en 1980, Fernando Belaúnde entregó el Ministerio de Economía a Manuel Ulloa, que
bloqueó créditos a las empresas cooperativas y estatales y auspició la parcelación de las tierras.

Entre 1985 y 1990, Alan García entregó a sus cómplices, conocidos como los doce apóstoles, agua,
electricidad, comunicaciones y servicios prácticamente gratuitos, lo que generó la quiebra del
aparato empresarial creado por la revolución de 1968. Gerentes y ejecutivos corruptos, puestos por
Morales, Belaúnde y García, dilapidaron las empresas públicas, quebraron la seguridad social y
presentaron la bancarrota como una supuesta incapacidad del Estado para administrar empresas.

No era el Estado el incapaz. Eran los ladrones que asaltaron el Estado.

Abimael Guzmán y Alberto Fujimori, hermanos gemelos en frialdad y crueldad, acabaron la


destrucción mediante el terrorismo subversivo y de estado.

Colonizadas las Fuerzas Armadas por los poderes fácticos, se las dejó imposibilitadas por ahora
para ser un agente de cambio. Los peruanos ya no somos dueños de nada, salvo de nuestra rabia o
depresión.

Nuestro país es tributario de los poderes internacionales a los que entrega sus materias primas y
permite exportar las utilidades de las empresas saqueadoras o monopólicas. El ahorro forzoso de
los pocos peruanos que disfrutan de un empleo estable ha sido confiscado por los dueños del Perú
a través de las AFP.

A todo esto se le llama neoliberalismo.

Son las viejas mañas de una oligarquía resurrecta que ni olvidó ni aprendió.

Una pobreza alucinante cubre los cerros, los arenales, las minas “informales”, las provincias
abandonadas.
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Hay dinero sucio abundante, que procede de todos los tráficos.

El Estado y sus instituciones han sido secuestrados por las mafias.

Pero la sombra de Velasco y sus compañeros persigue a los mafiosos de hoy.

El pueblo es seducido, engañado o manipulado por sus amos. Ha sido liberado del latifundio pero
es prisionero del capitalismo; y está sometido a las bandas criminales que han capturado el
gobierno y los partidos políticos.

Una dictadura implacable que persigue, apresa, hiere o mata si es necesario, se ejerce sobre
cualquier protesta.

Los disidentes son silenciados, ridiculizados, estigmatizados o linchados mediáticamente por los
sicarios y sicarias de la pantalla y el papel periódico. Los cómplices son premiados con el
parlamento y la burocracia.

Los nietos o bisnietos de los siervos liberados son ahora millones de microempresarios que tienen
el individualismo y el éxito como valores y la solidaridad familiar como práctica cotidiana. Pero
están condenados a la pobreza.

El malestar se expresa en la protesta y la elección de gobiernos alternativos en las regiones; pero


esos gobiernos tienen gestiones mediocres.

Se detesta al Parlamento, al Poder Judicial, a la burocracia, a todo el sistema.

Los sectores marginales son habitados por el fujimorismo y las iglesias pentecostales que
amenazan con el demonio y predican contra las mujeres y los gays.

¿Se puede pensar en una guerra de posiciones, una sola estrategia que una a los pueblos que
protestan, los intelectuales contestatarios, los jóvenes que no quieren ser sometidos a la esclavitud
y las izquierdas electorales?

Actuar contra el sistema, en el poder y desde fuera del poder. Actuar contra el sistema, en el sistema
y fuera del sistema.

La parte honesta del Perú lucha contra el virus de la corrupción y trata de superar la inmuno
deficiencia adquirida en cuarenta años de ignominia.

La historia, como un viejo topo, sigue haciendo su trabajo. A pesar nuestro. Hay que ayudar al
topo.
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Las “reformas-vacuna” del velasquismo


Una retrospectiva
JORGE MORELLI
Periodista político

Este no es un ensayo político o económico. Es un paseo de Forrest Gump por una época de la que
uno descubre el origen y comprende el destino solo muchos años después. Han pasado 50 años.
Es hora de poner en contexto al gobierno del golpe del 3 de octubre de 1968. Para eso hay que
remontarse diez años antes, a 1959 y la captura por Fidel Castro del poder en Cuba.

Este es el epicentro cuyas repercusiones continúan hasta hoy en América Latina. La estrategia de
exportación de la revolución castrista a América del Sur ha durado 60 años. También su
contrapartida, la estrategia de EEUU hacia América Latina, que comenzara igualmente seis
décadas atrás, en 1959.

Santo Domingo, 1959


En cierto modo, me tocó ser testigo involuntario de ello. En la República Dominicana, la isla
vecina de Cuba, gobernaba en 1959 con mano de hierro Rafael Leonidas Trujillo -“benefactor de
la Patria y padre de la Patria Nueva”, según coreaban los niños en el Colegio La Salle de Santo
Domingo, entonces Ciudad Trujillo-, a quien alguna vez vi saludar con guantes blancos bajo el
calor de cuarenta grados. Ese primero de enero de 1959, mi padre, por entonces diplomático
peruano en la isla, me despertó hacia la medianoche. Tenía yo ocho años. Me llevó al fondo de la
casa donde escondía un radio Zenith de onda corta. Me dijo: escucha bien esto, que no lo vas a
olvidar. En efecto, no lo he olvidado. Era Fidel Castro hablando desde La Habana la noche en que
derrocó a Fulgencio Batista.

Meses después, vaga explicación mediante, mi padre me llevó al aeropuerto y me embarcó en un


Constellation TWA de tres colas, rumbo a Lima. Solo años más tarde me animé a preguntar qué
ocasionó esa decisión. La respuesta solo abrió más preguntas. Semanas después del golpe de
Castro, mi padre recibió un anónimo amenazante. Sabían que a diario iba yo al colegio en bicicleta.
En la isla, por aquel entonces, desaparecía la gente. Mi padre no se detuvo a averiguar. Y no supo
más. Su respuesta cerró el tema por décadas. Caía por su peso, sin embargo, la pregunta. ¿Qué
podía haber causado que el por entonces primer secretario de la Embajada del Perú en la República
Dominicana recibiera de la dictadura de Trujillo una amenaza? Treinta años después, a raíz de una
conversación con un buen amigo, ex estudiante de la Universidad de Cornell, los cabos empezaron
a atarse.

Los “hijos de perra”


Luego de la revolución castrista, el gobierno de EEUU llegó a la conclusión de que los dictadores
como Batista, Trujillo o Somoza en Nicaragua –por años considerados como “sus hijos de perra”
por el gobierno americano, según la frase atribuida a Franklin D. Roosevelt- incubaban
revoluciones comunistas como la de Castro en Cuba. Se produjo entonces un giro estratégico. El
gobierno del partido demócrata que llevó a John Kennedy al poder tomó la decisión de deshacerse
de ellos. Trujillo no temía a los comunistas, a quienes tenía a raya hacía treinta años en la isla.
Pero sí temía con razón a EEUU. Desestabilizado, moriría asesinado después en un atentado que
voló su automóvil, un Cadillac negro que vi pasar muchas veces por la avenida Nicolás Penson,
ante la puerta de mi casa.

Treinta años después, volví donde mi padre con este hallazgo a preguntarle si alguna vez en Santo
Domingo en 1959 tuvo contacto con la embajada americana. Dijo que, en efecto, tuvo como amigo
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a un funcionario que bien pudo ser de inteligencia ya que insistía en conversar en el automóvil
para no ser grabado. Probablemente lo fueron, en efecto, por el gobierno de Trujillo. Por eso la
amenaza anónima que terminó con mi salida de la isla, a la que no volví. La pequeña historia no
es sino la minúscula cola del huracán de lo que sería el giro estratégico de política exterior de
EEUU hacia Latinoamérica.

Durante las décadas siguientes, las sociedades latinoamericanas tuvieron que dar paso a profundas
reformas económicas y sociales destinadas a reducir drásticamente la desigualdad. Eran “reformas-
vacuna”, destinadas a crear anticuerpos para evitar el contagio del castrismo cubano. Según el
nuevo diagnóstico, la desigualdad incubaba las condiciones para la exportación de la revolución
castrista a Sudamérica. Por eso el Che Guevara iría a Bolivia. Por eso la Alianza para el Progreso
de Kennedy. Por eso el proyecto de desarrollo de Cornell en la comunidad andina de Vicus, en
Ancash, el primero de su género. Por eso la reforma agraria del primer gobierno de Belaúnde, cuyo
fracaso incubó el golpe de Estado del “gobierno revolucionario de la Fuerza Armada”, que
terminaría en el intento fallido de arrastrar al Perú de la mano de Cuba a la órbita de la Unión
Soviética.

La muerte de Castro fue la del mayor general del campo comunista, el que casi triunfó y finalmente
fracasó. Por años trató de exportar el comunismo a Sudamérica, con Allende en Chile, con Velasco
en Perú, con Chávez en Venezuela. Se valió del petróleo venezolano para comprar gobiernos desde
Centroamérica hasta Brasil y Argentina. El giro estratégico originado en 1959 en Cuba -que tocaría
las vidas de tanta gente y cambiaría profundamente para bien y para mal la historia de América
Latina durante seis décadas- no tuvo, sin embargo, su desenlace final con la muerte de Fidel Castro.
No ha llegado a su término aún en Venezuela. Pero en el Perú, entre 1968 y 1980, el primer
experimento latinoamericano de una revolución de izquierda hecha por la Fuerza Armada, marcó
al país profundamente y dejó una huella que aún no se borra.

Expreso, 1961 y 1986


Menos de dos años después de la captura del poder en Cuba, el diario Expreso de Lima publicó en
el día de su fundación, el 24 de octubre de 1961, un editorial que recomendaba al Perú tres
“reformas-vacuna” fundamentales: la política de sustitución de importaciones de la CEPAL de
Raúl Prebisch; la reforma agraria como instrumento para acabar con la desigualdad, y un papel
para el Estado en la actividad empresarial.

Veinticinco años más tarde, para su aniversario en octubre de 1986, recién elegido presidente Alan
García, el diario publicó un ensayo escrito por Jaime de Althaus y por mí, La estrategia del
subdesarrollo. Argumentaba que lo que había llevado al Perú a la ruina económica y a la violencia
terrorista, por entonces ya manifiestas, era una estrategia fallida, una verdadera estrategia de
subdesarrollo, compuesta de 1) una fracasada política industrial sustitutiva de importaciones, 2)
una reforma agraria que había hecho retroceder siglos al agro peruano, y 3) una desbocada
actividad empresarial del Estado que lo había llevado a la quiebra. Sin saberlo pisábamos callos:
era exactamente la misma receta que Expreso había recomendado en su editorial original -
sustitución de importaciones, reforma agraria, actividad empresarial del Estado–, a la que le
habíamos atribuido, 25 años después, la ruina de la Nación.

Aún 25 años después, sin embargo, el primer gobierno de Alan García aplicaría todavía la misma
receta que desembocaría en la hiperinflación y la violencia terrorista. La misma en la que Belaúnde
había fracasado (en parte por responsabilidad del partido del propio García). Tuvo que pasar
mucho aún para que el Perú abandonara finalmente aquella fallida obsesión ya en sus estertores
finales, en los 90.
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¿Cómo juzgar en su contexto histórico, en su antes y su después, la estrategia económica y política


del “gobierno revolucionario de la Fuerza Armada”? El hecho es que el velasquismo no se apartó
mucho ni en su primera ni en su segunda fase de la receta de las “reformas-vacuna” de los sesenta.
Lo que hizo fue radicalizarlas hasta el límite de lo que la sociedad peruana podía procesar y más
allá de lo que la economía podía tolerar. Como otros experimentos latinoamericanos de izquierda
antes y después, las “reformas estructurales” del gobierno militar estaban económicamente
condenadas desde un principio por lo que podríamos llamar su ángulo ciego. El error fue el típico,
el mismo que ya le había ocurrido entre 1970 y 1973 al gobierno de la Unidad Popular de Salvador
Allende en Chile: el ahorcamiento de las divisas.

Ahorcado por las divisas


La propiedad y la gestión estatal no sólo de los recursos naturales, sino de los servicios públicos
esenciales, destinados supuestamente a una acumulación de capital en el país, trabó la capacidad
de la oferta de responder a la demanda del mercado.

En la otra mano, un incremento masivo de la demanda por aumento de la capacidad adquisitiva -


debido a la política salarial- condujo progresivamente a la inflación, que alimentó la devaluación,
que alimentó a su vez a la inflación en un espiral que ya no se detendría hasta 1990.

Morales Bermúdez anunció al Perú en 1976, luego de la caída de Velasco, una inflación de dos
dígitos, palabras que el Perú jamás había escuchado y menos experimentado. Hoy ha sido harto
estudiado el ciclo de la sustitución de importaciones proteccionista, que genera un mercado cautivo
para una industria dependiente de divisas. Basada en los cimientos falsos de unos aranceles altos
y en el ensamblaje de importaciones industriales, esta política mostraba inequívocas señales de
agotamiento ya en el primer gobierno belaundista, mucho antes de que el gobierno militar la
relanzara hasta el delirio, prohibiendo del todo las importaciones de ciertos bienes industriales
producidos en el Perú.

Contrasta violentamente esta política de “encomienda” colonial con la apertura absoluta, sin
límites, a las importaciones de alimentos -trigo, leche- subsidiados por los países productores y
vueltas a subsidiar en el país con dólar “MUC”. Esta terminaría por dejar sin mercado a los
productores nacionales de esos mismos alimentos. Todo con el objeto de mantener bajos los
precios en beneficio del consumidor por razones políticas. Al igual que en el caso de los recursos
naturales y los servicios públicos del Estado, un mercado cerrado para los industriales y
completamente abierto para los comuneros del Perú terminó por desconectar el mecanismo que
une a la oferta con la demanda en el mercado.

El pecado original fue el desconocimiento de la realidad del mercado. Ninguna reforma agraria -
no importa cómo fuera gestionada- habría sobrevivido al despropósito de la política agraria del
“gobierno revolucionario de la Fuerza Armada”.

Huarochirí, 1974
Otro testimonio personal puede ayudar a ilustrar en algo lo que esas políticas agrarias significaron
para las comunidades andinas. Las desventuras de los terratenientes latifundistas del Perú han sido
por años harto publicitadas. La ironía es que nunca se eliminó el latifundio. Fueron convertidos en
“sociedades agrícolas de interés social” (SAIS) o en cooperativas. El punto de vista de las
comunidades, en cambio, es aún desconocido cuando se evalúa en retrospectiva la reforma agraria
militar.
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A San Damián en las alturas de Huarochirí, poblado fundado en el siglo XVI para la reducción de
las comunidades de Checa y Concha del virrey Toledo -aún posee una campana de más de 400
años de antigüedad-, llegamos Jaime Althaus y yo en 1974 como estudiantes de tesis de
Antropología. Nos tocó un incidente difícil para novatos en el oficio, que resultó, sin embargo, la
más aleccionadora experiencia de lo que entonces sucedía con el régimen comunal de la tierra en
la sierra del Perú, en plena reforma agraria del gobierno militar.

El automóvil en que llegamos a San Damián, un pequeño escarabajo de mi propiedad, amaneció


la mañana siguiente desbarrancado por una alta pendiente que daba al río Lurín, al fondo de la
quebrada. Afortunadamente, el vehículo quedó atascado y pude sacarlo con una yunta de bueyes.
La situación planteaba, sin embargo, preguntas perentorias. Descartando la investigación que nos
había llevado allí, lo profesional era convertir en foco de la investigación el por qué habían
ocurrido esos hechos. El misterio no fue fácil de resolver, pero la verdad se fue abriendo paso poco
a poco a lo largo de meses.

El organismo del gobierno militar llamado Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social
(Sinamos) se presentaba con frecuencia por entonces en las comunidades con el objeto de preparar
la “reforma estructural” que vendría, que consistía en la transformación de la comunidad en
cooperativa de producción. Esto era el fruto de un prejuicio: que las comunidades andinas eran
supervivencias del ayllu -lo que es falso, tratándose de una institución del Virreynato-. Pero los
funcionarios asumían de hecho que, de alguna manera, la comunidad andina era el remanente de
un imaginario comunismo primitivo. Esta era la prenoción ideológica común a toda la burocracia
que administró la reforma agraria militar. Debió sorprender a los funcionarios el rechazo y la
cerrada resistencia pasiva que los comuneros andinos opusieron a semejantes ideas en nombre de
su derecho a la propiedad privada.

El gobierno militar nunca sospechó una verdad histórica que, por entonces, ya las facultades de
Antropología conocían de sobra y sobre la cual existía abundante literatura etnográfica: que la
comunidad andina es un modelo complejo, sofisticado, en el que existen no menos de tres tipos de
tenencia de la tierra agrícola y de pastos: la propiedad privada en las tierras bajas, la concertación
comunal de cultivos en las tierras de secano regadas con lluvias; y el uso comunal de las tierras de
pastos, sin que todo eso interfiera en modo alguno con la propiedad privada de las semillas, de los
animales y, desde luego, de sus frutos para el autoconsumo y la venta al mercado.

El intento ideologizado, reaccionario, del gobierno militar de aislar la institución comunal fuera
del tiempo, fuera de la historia, topó con la resistencia formidable de los comuneros que jamás
permitieron avanzar los planes de cooperativización de las comunidades. Algunas lo aceptaron
solo de nombre y años después, para sorpresa de desavisados, volvieron a ser comunidades. La
lección: no se puede congelar las instituciones fuera del tiempo. Y tampoco -como intentó Alan
García veinte años después, cuando sus artículos del Perro del Hortelano- forzar su evolución más
allá de lo que la institución tolera. La violencia es el resultado, como el Perú debió aprender en
Bagua.

En la época de nuestro trabajo de campo en San Damián, la situación de violencia ya era álgida.
El resto de la historia cae por su peso: los comuneros asumieron que los visitantes no éramos
estudiantes sino agentes del odiado Sinamos. La prueba: el organismo utilizaba entonces vehículos
del mismo tipo y color del que nos había llevado allí. La conclusión de la experiencia fue muy
clara: las comunidades andinas siempre fueron una combinación de propiedad privada y propiedad
comunal, adaptada a las condiciones del uso de la tierra y el agua. Desgraciadamente, los ecos de
ese trágico malentendido aún perduran hoy.
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Cañete y Pativilca, 1989

Transcurridos 20 años de la reforma agraria militar, hubo sinceros esfuerzos por comprender qué
había quedado en claro de todo ello, más allá del mito justiciero sobre “el patrón que no comería
ya de la pobreza” del campesino. No debió sorprender a nadie, sin embargo, que algunas
cooperativas agrarias de producción del gobierno militar volvieran a ser comunidades, como
tampoco debió serlo que las cooperativas que habían sido haciendas se parcelaran siguiendo el
mismo viejo modelo comunal.

Veinte años después de la reforma agraria militar, dos trabajos de campo sobre el tema, focalizados
en la parcelación de las cooperativas de producción permitieron comparar su evolución divergente.
El visible contraste entre los casos demandaba una explicación. ¿Por qué nunca se parcelaron las
cooperativas azucareras?

Mientras en las cooperativas de producción de Cañete, de baja capitalización, hubo parcelación


masiva, en Pativilca, la cooperativa azucarera de Paramonga, la más moderna del Perú anterior a
la reforma agraria, no llegó a parcelarse nunca, como tampoco lo hicieron las demás cooperativas
azucareras norteñas. En lugar de parcelación, lo que estas hicieron fue otorgar participación
accionaria a los socios, que venderían años después esas acciones, igual que los parceleros sus
tierras, para dar paso a nuevos compradores; es decir, a una nueva capitalización de la tierra.

La escala de la capitalización era el factor decisivo. La prueba ácida: en Cañete un caso de


excepcional liderazgo empresarial, por encima de la economía parcelaria familiar se eludió la
parcelación en la cooperativa agraria Cerro Alegre. Son realidades mejor iluminadas por el
enfoque de la antropología económica “sustantivista” (Polanyi). A ello estuvieron dedicados
informes publicados en Expreso, escritos conjuntamente con el ingeniero agrónomo Luis
Guillermo Novoa Soto.

Fue Novoa quien, habiendo estudiado en Cornell, me dio la pista sobre la estrategia de EEUU para
América Latina en respuesta a la revolución castrista, que fue el hilo de la madeja de la historia
que ocupa las primeras líneas de este ensayo de la memoria. Vaya para él mi agradecimiento de
compañero de viaje y de amigo.

En cuanto a la memoria del general Juan Velasco Alvarado, en 1989 su fotografía colgaba aún de
la pared del local de la cooperativa agraria de Cerro Alegre en Cañete, como hasta 1983 continuaba
en la pared del local comunal de Uchuraccay en Ayacucho la fotografía del mariscal Oscar R.
Benavides. Así es el Perú.
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Reforma agraria e identidades


Notas sobre la experiencia peruana
RAMÓN PAJUELO TEVES
Investigador asociado del Instituto de Estudios Peruanos y director de la revista Ojo Zurdo

La reforma agraria puede ser vista como uno de los principales nudos críticos de la historia
latinoamericana contemporánea. Especialmente en la segunda posguerra, en varios países fue un
elemento clave de amplios procesos de nacionalización y democratización que tuvieron diferentes
desenlaces. Esa historia aún no ha culminado. Vemos actualmente el regreso del tema como punto
clave de una agenda que vuelve a colocar la cuestión de la tierra -y otros recursos como el agua-
en el centro del candelero político.

Durante décadas, las disputas que rodearon a las reformas agrarias mostraron la férrea oposición
de los sectores conservadores, así como los sueños revolucionarios de partidos y movimientos
sociales de izquierda. Esto en un contexto de acelerados y profundos cambios sociales ocurridos
en todos los países.

Con excepción de México y Bolivia, donde tuvieron lugar reformas radicales asociadas a las
revoluciones de 1910 y 1952, respectivamente, la transformación de las formas tradicionales de
tenencia de tierra se hizo un asunto inaplazable. En un escenario mundial en el cual se sacudían
aceleradamente las certidumbres -especialmente luego de la revolución cubana y los sucesos de
mayo 68-, la reforma agraria fue vista como problema central de una ola revolucionaria que debía
tener uno de sus laboratorios más importantes en Latinoamérica. Tal como destacó el historiador
Eric Hobsbawm en sus memorias y escritos de la época, la esperanza de la revolución tuvo como
principal nudo a desatar el de la reforma agraria. 1

El nudo llegó a desatarse en varios lados, pero sin el resultado de una revolución como la esperada
(la experiencia de Perú corresponde en gran medida a esta primera situación). En otros casos, el
nudo se desató a medias (como ocurrió en Ecuador y algunos países de Centroamérica, por
ejemplo). Otros países mostraron que el nudo permaneció o solo se desajustó un poco (Colombia
y en gran medida Brasil, con el resultado de una prolongada guerra civil y un ciclo de dictadura y
fuerte movilización social, respectivamente). En todo caso, la reforma agraria no fue el disparador
de una revolución social subcontinental, que en cierto momento parecía imparable. Pero tampoco
fue un simple saludo a la bandera. En todos lados se asoció a una profunda transformación social
que hasta ahora no conocemos plenamente. El asunto de las identidades –los modos de nombrarse,
autodefinirse e identificar a los demás- entra a tallar en esta historia.

Para situarnos plenamente en el espacio andino, cabe mencionar sucintamente experiencias


vecinas a las de Perú. En Bolivia, una profunda reforma agraria posibilitada por la revolución de
1952, se asoció a un férreo control sindical estatal, que terminó desmontado desde sus cimientos
por el propio campesinado indígena movilizado. La recuperación de las instituciones étnico-
territoriales de base (ayllus, marqas, comunidades y otros) ocurrió junto a la expansión de una
fuerte identificación originaria, con el resultado de la formación de un extenso movimiento
indígena. En Colombia, el nudo irresuelto de la reforma agraria condujo a una fuerte situación de
violencia, la cual se prolongó durante décadas, con centenares de miles de muertos. El problema
de la concentración de tierras sigue planteado hasta la actualidad. Fue en Ecuador donde se
implementaron varias reformas agrarias, que sin embargo no desaparecieron del todo la presencia
terrateniente. Por ello, mientras muchas haciendas se modernizaron con rapidez, también se
conformó un poderoso movimiento indígena basado en la revaloración de las comunas, el cual
optó por la vía de la lucha política no violenta, no armada.
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En Colombia y Ecuador, a diferencia de lo ocurrido en Perú y Bolivia, las denominadas haciendas


son hasta hoy un elemento gravitante del paisaje rural. Cualquier visitante que recorra actualmente
la sierra ecuatoriana, hallará muchas haciendas transformadas en modernas empresas
agropecuarias, junto a una dinámica actividad turística que incluye el recorrido u hospedaje en las
casas de hacienda. En Perú, en cambio, las haciendas fueron extirpadas casi completamente debido
a la reforma agraria. El reparto de las tierras a manos de los ex siervos o hacienda runas y
comunidades adyacentes, se acompañó de la destrucción o cambio de uso drástico de las propias
casas de hacienda. La modificación de la tenencia de tierra y del paisaje rural (incluyendo la
arquitectura señorial hacendaria), tuvo lugar junto a un intenso cambio de tipo sociocultural, el
cual desterró de la conciencia colectiva la identificación de indio. Un nuevo horizonte de identidad
basado en la idea de campesino, así como en la institución comunidad campesina, aceleraron el
descrédito de las identidades étnicas -indígena, indio- asociadas al dominio de los hacendados. Sin
embargo, ello no implicó la desaparición de todo el orden de dominación basado en la
discriminación racial y étnica de larga data. La reforma agraria peruana fue un sacudón social, no
una revolución. Como resultado de ello, viejos problemas de poder, identidad y conflictividad
social se resituaron en un nuevo escenario de modernización y lucha sociopolítica. En Ayacucho
y otras regiones, dicho escenario siguió incubando una tragedia que se desató con toda fuerza en
las dos décadas finales del siglo XX.

Un caso interesante es el de la comunidad de Lauramarca, ubicada en las alturas de Ocongate,


Cusco, muy cerca al nevado Ausangate, el apu tutelar de dicha región. Desde la colonia,
Lauramarca fue el centro administrativo de una enorme hacienda que, luego de tener varios
propietarios, acabó bajo control de la iglesia. Con la reforma agraria, los diversos sectores de la
hacienda se independizaron del “centro”, convirtiéndose en comunidades campesinas
independientes. En la propia Lauramarca, después del fracaso de una experiencia cooperativa
impulsada por el SINAMOS, los hacienda runas optaron por convertirse en comunidad.

Hacienda Lauramarca. Grabado

Con el fin de eliminar cualquier rastro del tiempo de los hacendados, y de proteger mejor las
flamantes tierras de comunidad, desmontaron una a una las enormes paredes de la casa hacienda,
cuyos adobes fueron repartidos entre las familias, así como el terreno, una parte del cual fue
reservado para uso comunal. Los viajeros que llegan hoy a la zona atraídos por la leyenda de la
famosa hacienda Lauramarca, encuentran apenas los restos de un muro derruido en lo que debió
haber sido una imponente casa de hacienda. Al costado, en parte del antiguo patio señorial, los
comuneros edificaron una plaza cívica sembrada de cascajo, en la cual se luce un pedestal para la
bandera. Rodean a la plaza una pequeña capilla en completo abandono (ahora la mayoría de la
gente es evangélica), así como el local de la escuela y las instalaciones del gobierno municipal de
centro poblado menor (con mucho orgullo, los comuneros destacan haber alcanzado ese status,
recuperando de cierta forma el hecho de ser el “centro” de la vieja Lauramarca).

La transformación del paisaje ocurrió junto a un profundo cambio sociocultural, cuyas raíces se
pueden rastrear con anterioridad a la reforma agraria. Los padres y abuelos de los actuales
pobladores de Lauramarca, sobrevivieron con base en la crianza de camélidos y agricultura
tradicional. Hoy la comunidad prácticamente no tiene camélidos, pues han sido reemplazados por
vacunos para engorde y producción lechera. Asimismo, muchas tierras dedicadas anteriormente al
cultivo de papas de altura, ahora exhiben pastos para los animales, así como fitotoldos para la
producción de hortalizas. Todos los días, la leche producida es llevada a un reservorio instalado
en una comunidad vecina, lo cual permite a muchas familias contar con un ingreso fijo diario que
es la base de su reproducción. Junto a la comercialización de leche y productos agrícolas, se
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expanden diversos negocios, así como una creciente actividad de transporte que refleja la mayor
movilidad de la población en el territorio.

El ímpetu económico se deja ver también en aspectos como la transformación de las viviendas, en
su gran mayoría de material noble, así como en el incremento de automóviles. La gente de
Lauramarca rechaza enfáticamente el uso de las palabras indio e indígena para autodenominarse,
por el hecho de estar asociadas al tiempo de hacienda y la servidumbre. Prefieren definirse como
comuneros, campesinos y hasta incas, con singular orgullo por sus orígenes e identidad ancestral.
Defienden el quechua como idioma materno, pero también usan con frecuencia el castellano.
Asimismo, manifiestan que su identidad proviene de un origen propio, que se revela entre otras
cosas en el idioma, la vestimenta tradicional, así como en la misma condición de comuneros de
Lauramarca. Ser comunero es algo que no se agota en la sola inscripción al padrón de la
comunidad, sino que es una denominación mucho más significativa, que integra nociones de
territorio, condición social, origen cultural y sentido cívico.

En Perú es común destacar que la aplicación de la reforma agraria trajo dos cambios
fundamentales: la desaparición de los terratenientes y la modificación de la propiedad de tierra.
Prácticamente se dejan de lado sus implicancias en el ámbito de las identidades, específicamente
de aquellas asociadas a categorías étnicas como las de indio/indígena, mestizo y blanco. Dichas
palabras hicieron parte de una taxonomía sociocultural de larga data que, debido al cambio de
condiciones de dominación social que acarreó la reforma agraria, también terminó profundamente
modificada. La reforma agraria abrió las puertas a un proceso irreversible de cambios de la
clasificación social y autoidentificación.

Así, el derrumbe de dominación hacendaria abrió paso a nuevos discursos de identificación


colectiva como campesinos, comuneros y peruanos. El lenguaje orientado a esquivar cualquier
resquicio de la dominación hacendaria, a través de la reivindicación de lo campesino y el rechazo
de las categorías raciales, acompañó la primacía de la comunidad campesina reconocida por el
Estado. Durante el velasquismo, ocurrió que la denominación oficial de “comunidades indígenas”,
fue dejada de lado por el Estado, siendo reemplazada por el uso de las denominaciones de
“comunidades campesinas” en la costa y “comunidades nativas” en la Amazonía. Este aspecto,
que no se restringe al uso de denominaciones legales, sino que implica el cambio de profundas
nociones de identidad étnica, ha sido en gran medida ignorado en los debates sobre las implicancias
de la reforma agraria.

En Perú lo étnico sigue visto como elemento exótico o extraño, prácticamente ajeno a la esfera de
la ciudadanía. La diversidad cultural y étnica del país, resulta colocada por fuera del ámbito de lo
público-ciudadano, en el cual predomina un sentido común colonial. En ese sentido, necesitamos
avanzar a comprender el juego de lo étnico y lo ciudadano como vectores de un único tejido
sociocultural, el cual entremezcla históricamente formas de dominación y luchas por igualdad de
los abajo, en su anhelo de llegar a ser peruanos y ciudadanos de pleno derecho.2

Entretanto, aún resultan predominantes dos lecturas esencialistas: de un lado, se defiende la


supuesta autenticidad y originalidad de lo “indio” e “indígena”, como si se tratase de atributos
naturales y no de identidades socio-históricas. De otro, se niega lo étnico y la propia diversidad
cultural, rechazando de plano la legitimidad de demandas y proyectos alternativos encarnados en
las luchas y esfuerzos de la gente, para engarzar dimensiones de identidad aparentemente dispares.
El análisis de lo étnico no puede reducirse a una perspectiva binaria, la cual no logra ir más allá de
la distinción entre “indios” y “no indios”. Oposición a la cual se agregan o insertan otras
denominaciones, como las de “mestizo” y “blanco”. Incluso en censos estatales, como el último
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efectuado en Perú en 2017, se incluyó la novedad de la autoidentificación, pero a través de


categorías culturales y raciales entremezcladas, que abonan a la confusión existente.

Es clave recordar que la reforma agraria transformó las condiciones de identificación social en el
conjunto de la sociedad peruana. En ese sentido, recolocó identidades particulares tradicionales,
facilitando el avance de nociones más amplias y democráticas de derechos y pertenencia. Nociones
que posteriormente han brindado piso a nuevas formas de identificación social y peruanidad.

En medio siglo, la reforma agraria no ha dejado de estar en el centro de agudas polémicas en torno
a las posibilidades de desarrollo y democratización en el país. Luego del derrocamiento de
Velasco, pasó a ser rechazada por unos y defendida por otros. Morales Bermúdez y el resto de
militares de la “segunda fase” no se atrevieron a eliminarla, pero allanaron el terreno para a una
contrarreforma agraria que tomó cuerpo en el segundo belaundismo (1980-1985, especialmente en
las tierras de la Costa). Posteriormente, desde la década de 1990, junto al proceso de
neoliberalización que aún envuelve a la sociedad peruana, una leyenda negra en torno a la reforma
agraria busca presentarla como el peor de los males de nuestro pasado reciente. No es el punto de
vista de mucha gente. Por ejemplo, de los comuneros de Lauramarca y otras muchas comunidades
en el país, para quienes significó una auténtica liberación. La reforma agraria les abrió las puertas
para seguir luchando por ser actores de su propio destino, como campesinos, comuneros, quechuas,
cusqueños o más precisamente peruanos verdaderamente iguales al resto.

1. Véase de Eric Hobsbawm: Años interesantes. Una vida en el siglo XX (Barcelona, Crítica, 2003) y ¡Viva la
revolución! Sobre América Latina (Barcelona, Crítica, 2018).

2. En esa línea véase: Ramón Pajuelo, "Más allá de la ‘desgraciada raza indígena’ y la ‘violenta nación aymara’.
Protestas indígenas y sentido común ciudadano en el Perú de inicios de los siglos XX y XXI”. En: Christophe
Giudicelli, Gilles Havard y Gilles Rivière (eds.) Des “révoltes indiennes” aux "émeutes autochtones".
Sociétés amérindiennes, autonomie et criminalisation des conflits (Amériques, XVIe-XXIe) (París, EHESS,
Université Rennes, 2018, en prensa). También el libro: Un río invisible. Ensayos sobre política, conflictos,
memoria y movilización indígena en el Perú y los Andes (Lima: Ríos Profundos Editores, 2016).

Velasco y los recursos naturales: Renta y soberanía

HUMBERTO CAMPODÓNICO

El 9 de octubre de 1968, seis días después del golpe militar presidido por el General Juan Velasco
Alvarado, el Ejército tomó los pozos petroleros y la Refinería de Talara, de propiedad de la
International Petroleum Company (IPC), declarando su nacionalización como también el Día de
la Dignidad Nacional. Ese mismo día el presidente Velasco en su mensaje a la Nación declaró:
“Hace más de 50 años que, como una dolorosa herida, el problema de La Brea y Pariñas ha
constituido para la república un capítulo de oprobio y de vergüenza, por representar un ultraje a la
dignidad, al honor y a la soberanía de la nación”. Y ese mismo día flameaba en la refinería de
Talara, como dijo Velasco, “el emblema nacional como expresión de nuestra indiscutida
soberanía”.
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Había bastantes motivos para ello. Durante todo el siglo XX la IPC había tenido el cuasi monopolio
de la producción, refinación y comercialización del petróleo y había innumerables denuncias
acerca de su comportamiento abusivo en materia de apropiación de rentas, fijación precios
elevados y, sobre todo, un impresionante poder político, apoyado por el régimen oligárquico
gobernante.

Todo se origina con la firma del Acta de Talara entre el gobierno de Belaúnde y la IPC. El Acta
contemplaba que la IPC podía seguir operando la Refinería de Talara en forma de concesión por
un lapso de 40 años. La empresa estatal le cobraría a la IPC un precio acordado por la venta del
crudo y el gas. Asimismo, se acordaba la condonación de los impuestos no pagados por la IPC,
que sumaban varias decenas de millones de dólares.

El problema central fue la denuncia, por parte del presidente de la empresa estatal de petróleo, la
EPF, de que había desaparecido la página 11 del Acta de Talara, que establecía el precio que la
empresa estatal debía cobrarle a la IPC por el crudo producido.

La indignación fue mayúscula. El partido Acción Popular se dividió. Fernando Belaúnde había
ganado las elecciones de 1963 enarbolando un programa reformista, que incluía varios temas
claves como la reforma agraria de la tierra (base del poder económico y político de la oligarquía)
y la recuperación de la soberanía nacional sobre la industria petrolera, aunque no necesariamente
la nacionalización. Tras el escándalo, su gobierno cayó prácticamente en una crisis terminal.

El contexto internacional después de la II Guerra Mundial


La nacionalización de la IPC no fue un tema solamente “peruano”, sino que formó parte de un
vasto movimiento internacional que comenzó con el fin de la Segunda Guerra Mundial y que tuvo
como eje la lucha por la independencia de los países africanos y asiáticos, que eran colonias de las
principales potencias europeas. Los puntos más altos de esta lucha fueron la independencia de casi
todos los países africanos y asiáticos (incluidas la China y la India) después de largas luchas por
la independencia nacional, lo que incluye la guerra de Vietnam que logró la unidad y la
independencia de ese país, derrotando a EEUU.

Este vasto movimiento mundial se planteó importantes luchas por la recuperación de la soberanía
nacional y la renta del petróleo, principalmente, hasta ese entonces dominadas por empresas
norteamericanas y británicas, llamadas las Siete Hermanas (Esso, Mobil, Shell, British Petroleum,
Chevron, Gulf y Texaco).

Este movimiento terminó con las concesiones petroleras, cuya duración era de 100 años y otorgaba
la propiedad de los hidrocarburos a las empresas. En su lugar, los gobiernos de estos países
constituyeron empresas estatales, que tenían la propiedad de los hidrocarburos. Los principales
países petroleros formaron la Organización de Países Exportadores de Petróleo (la OPEP), con el
objetivo de participar en la generación y distribución de la renta petrolera mundial.

En América Latina este movimiento comenzó mucho antes y en casi todos los países hubo
enfrentamientos políticos para recuperar la soberanía sobre la renta petrolera. Argentina fue el país
pionero: en 1922 se constituyó la estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF). Le siguió
Petróleos Mexicanos en 1938, bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas. Más adelante se formaría la
Empresa Petrolera Fiscal en el Perú (EPF, antecesora de Petroperú), Ecopetrol en Colombia,
PDVSA en Venezuela, Petrobras en Brasil, CEPE en Ecuador, ENAP en Chile, YPFB en Bolivia
y ANCAP en Uruguay.
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Fue también durante los años 60 que se formalizó un nuevo modelo de contrato con las empresas
extranjeras, llamado también de participación en la producción. Estos nuevos contratos fueron
resistidos por las Siete Hermanas (en 1953 se dio un golpe de Estado en Irán contra Mossadegh,
poniendo en el poder al Sha de Irán), pero finalmente se adoptaron en muchos países en desarrollo
y también en el Perú.

Las estrategias de desarrollo: teoría de la dependencia e industrialización por sustitución de


importaciones
El gobierno militar adoptó una estrategia de desarrollo que se sustentaba -por lo menos, en el
discurso- en la teoría de la dependencia y, también, en la necesidad de industrializar al país para
superar el subdesarrollo. Veamos esto más de cerca.

En el Plan Nacional de Desarrollo 1971-75, se dice: “Desde comienzos de la época moderna


algunas sociedades del Viejo Mundo expandieron su acción hacia zonas que les eran periféricas,
las dominaron económicamente y las incorporaron en condiciones de subordinación al naciente
sistema capitalista europeo. Nuevos centros de poder industrial surgieron posteriormente en otras
partes del mundo, pero la dinámica de su dominación sobre áreas periféricas fue básicamente la
misma. Las relaciones de subordinación serían más tarde denominadas relaciones de dependencia.
El fenómeno de dependencia alude, por tanto, a las relaciones de subordinación económica
establecidas entre países económicamente poderosos y países económicamente débiles. Y aunque
la dependencia tiene otras dimensiones importantes, su connotación básica es de carácter
económico. En este sentido, dependencia alude al fenómeno imperialista, es decir, a la penetración
de los intereses económicos de los centros industriales de gran poder sobre área de economía
menos diversificadas y de carácter pre-industrial”.

Como se aprecia, la relación de dependencia va mucho más lejos que los planteamientos de Raúl
Prebisch, Secretario Ejecutivo de la CEPAL, que desarrolló el concepto centro-periferia, donde el
centro eran los países industrializados y la periferia los países del Tercer Mundo. Vale la pena
recalcar que el concepto centro-periferia no hace alusión al “fenómeno de la dependencia” ni,
menos, al fenómeno imperialista.

En el análisis de Prebisch, la falla fundamental es que las teorías económicas de especialización


en las ventajas comparativas como modelo para el desarrollo habían fracasado. Cada país debía
especializarse en la producción de aquellos bienes y mercancías en los que tiene una ventaja
comparativa. Esta teoría dice que cuando se produce el intercambio de bienes entre los países, los
precios de todas las mercancías, tenderán a igualarse, ya sean estos bienes industrializados con
alto valor agregado, o productos básicos, con muy poco valor agregado, como el petróleo, el cobre,
el banano y el azúcar.

La realidad ha determinado que eso no sea así, por diversos motivos, dice Prebisch, siendo uno de
los más importantes el hecho de que los sindicatos de obreros de los países industrializados se
apropian, mediante la negociación colectiva y las luchas salariales, de la “tajada” del aumento de
la productividad que debía trasladarse al abaratamiento de los precios de las mercancías producidas
en esos países.

Por ello, América Latina debe dejar de lado la teoría de las ventajas comparativas y avanzar en un
proceso de industrialización por sustitución de importaciones, donde le cabe un rol preponderante
a las políticas explícitas del Estado para su impulso: banca de desarrollo, protección del mercado
interno vía el alza de aranceles, tasa de interés diferenciado e incentivos tributarios.
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En los hechos, el gobierno de la Fuerza Armada adoptó un híbrido de las dos teorías. Impulsó
reformas estructurales de fondo para cambiar las relaciones de dependencia: expropiaciones de
empresas imperialistas, reforma agraria, refuerzo de empresas públicas ya creadas (como
SiderPerú) y creación de nuevas empresas (como Petroperú, MineroPerú, SiderPerú, ElectroPerú,
Induperú, entre otras) así como un fuerte apoyo a las empresas de propiedad social.

Y también puso en marcha la industrialización por sustitución de importaciones, con muchas de


las medidas reseñadas líneas arriba. Pero fue mucho más lejos que lo expuesto por Prebisch al
crear, dentro de las empresas, la Comunidad Industrial formada por todos los estamentos de la
empresa (incluidos los empleados y obreros), que poco a poco detentaría el 50% de las acciones
de la empresa.

El rol de los recursos naturales: petróleo y minerales


En esta estrategia cumple un rol central la apropiación del Estado en la renta de los recursos
naturales, componente central de la soberanía y de la recuperación de la dignidad nacional.

El gobierno militar apoyó decididamente a Petroperú en todos los aspectos, destacando las
inversiones en exploración de petróleo en la Amazonía. Fue Petroperú el primero en descubrir
petróleo en la Selva, con los pozos de Trompeteros, Capirona y Pavayacu. En esta estrategia no se
dejó de lado al capital extranjero, que también participó con 16 contratos en la selva amazónica.
Solo uno de los contratistas encontró petróleo: Occidental Petroleum en el Lote 1-AB 1

El gobierno militar llevó al Perú a formar parte del Consejo Intergubernamental de los países
Exportadores del Cobre (CIPEC), junto con Chile, Zambia y Zaire. Su objetivo era coordinar las
políticas de los países miembros a fin de optimizar los ingresos provenientes de la explotación del
cobre emulando, de alguna manera, a la OPEP. Este intento no tuvo éxito y la organización llegó
a su fin en 1988.

También debe destacarse que el gobierno militar permitió la actividad minera de empresas
extranjeras, destacando fundamentalmente la empresa Southern Perú Copper Corporation, filial de
ASARCO, empresa de EEUU (en el 2004 el Grupo México adquirió la mayoría accionaria que le
permitió ser propietaria de la SPCC).

Un breve colofón: El “argumento final” de los militares reformistas


Es cierto que los militares querían que los recursos naturales sean los generadores de rentas
importantes y de divisas para impulsar la industrialización del país. Pero estos objetivos chocaron
con problemas de tiempo de maduración de los proyectos y, más importante aún, con cambios en
la coyuntura política.

En efecto, el oleoducto hasta Bayóvar recién entró plenamente en operaciones en 1978, por lo que
solo en ese momento se pudo valorizar el petróleo encontrado en la selva. De su lado, la mina
Cuajone comenzó a producir en 1976, llegando a su máximo recién en 1978.

Sin embargo, la coyuntura política comenzó a cambiar en 1975, después de la salida del general
Velasco, lo que coincidió con el inicio de la crisis económica. Es en esos años que el gobierno del
general Morales Bermúdez comienza la llamada “segunda fase”, que desemboca en la salida de
los militares reformistas a mediados de 1976.
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Así las cosas, los objetivos iniciales del gobierno militar quedaron truncos. Es importante anotar
que éstos eran parte de un plan mayor, como afirma Fernando Sánchez Albavera en su libro
“Minería, Capital Transnacional y Poder en el Perú” (DESCO, 1981), pues se contemplaba que
una vez que se llegará a cierta cantidad todo iba a ser nacionalizado: “Para los sectores progresistas
era cuestión de tiempo. Southern debía ser expropiada después de culminar la inversión de
Cuajone. Sin embargo, se pecó de ingenuidad. Los sectores progresistas de la FA fueron barridos
y la Southern es hoy la empresa más importante y el símbolo del poder transnacional en el Perú”.

Esta idea, de primero expropiar las empresas que explotaban nuestros recursos naturales para luego
nacionalizarlas en su integridad, es un buen ejemplo de la radicalidad de un proceso que no se
quedaba en el mero estatismo, como se afirma muchas veces, sino que aspiró a construir, como se
decía en esos tiempos, una sociedad distinta, ya que estatización y nacionalización no es lo mismo.

1. Humberto Campodónico, La Política Petrolera 1970-1985, El Estado, las contratistas y


PetroPerú, DESCO, 1986, 360 páginas

"El velasquismo cambió al Perú para siempre"


Una entrevista a Francisco Guerra García, por Alberto Adrianzén y Eduardo Ballón

A cincuenta años del inicio del gobierno militar, ¿cuál consideras que fue el cambio fundamental
que generó el velasquismo?

Para mí el gran cambio producido por Velasco fue la liquidación del régimen oligárquico en el
país. Creo que esto ya muchos lo aceptan, algo que no era así hace cincuenta años. El proceso
velasquista entroncó, además, con un proceso histórico que se expresaba en la crisis del régimen
oligárquico que ya estaba bastante disminuido en esos años. El velasquismo, por ello, responde a
un conjunto de demandas y procesos que se inician a fines de los veinte. Sostengo que los
programas del partido socialista y del partido aprista, más allá que muchos los hayan querido
enfrentar, se parecían más de lo que se cree. Tenían muchísimos elementos en común como
también sus diferencias importantes, pero creo que el proceso velasquista responde a esa
problemática. Si me preguntas si ese proceso fue una revolución, yo diría que sí en cuanto a la
magnitud de los cambios estructurales que siempre se realizan a plazos. Pero si me dices que toda
revolución requiere la participación de las masas, entonces no lo fue. Por ahí va mi pensamiento.

En tu libro sobre el velasquismo afirmas que la democracia que se pensaba construir no se basaba
únicamente en votar cada cinco años ya que era una democracia participativa de todos los sectores
sociales.

No he cambiado mis ideas; yo escribí mucho sobre el proceso de Velasco, en los diez años
posteriores y quizá un poquito más. Sigo fiel a mis convicciones; mis obras han sido muy
testimoniales. Creo que el gobierno de Velasco y el proceso que lideró son los que establecen el
divorcio entre el viejo régimen oligárquico y el presente, sentando, de alguna manera, nuevas bases
para el futuro del país que no fueron completadas. Por eso muchas cosas siguen sin ser enfrentadas
con la suficiente eficiencia.
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En este ciclo en el que aludes al Apra, al Partido Socialista, a Belaúnde, como antecedentes del
velasquismo, ¿qué opinas de aquellos que, como Oscar Ugarteche, afirman que en sentido estricto
el velasquismo va más allá del belaundismo pero es comprensible a partir de éste?

Solo de Belaúnde, no creo. La reforma agraria en términos de transferencia de tierras, que es el


punto importante, arranca con el golpe militar de Pérez Godoy en el 62. Con el tiempo, he ido
apreciando a Belaúnde más de lo que lo hacía en esos años; mi opinión entonces era muy crítica.
Si bien el Perú, en función de sus problemas más importantes, siguió igualito porque hubo muy
pocas transformaciones, creo que defendió la democracia. Pudo cerrar el congreso, y la gente lo
hubiese aplaudido. Pero ese no era su temperamento. Por eso respeto a Belaúnde como demócrata.
Y si bien no enfrentó los problemas más gruesos del país, hay temas importantes que sí fueron
tratados como el tema municipal, el respeto por las normas o el respeto por la democracia y sus
formas.

De todas las reformas de Velasco ¿cuál te parece la más importante?

La más importante para mí y para otros es la reforma agraria porque liquida el régimen oligárquico,
algo que hoy se puede comprobar. Después hay otras reformas significativas, algunas de ellas
truncas, como la reforma educativa. Ese proceso fue muy bien planteado. El núcleo de gente que
tuvo a su cargo su dirección, era muy interesante: estaban Augusto Salazar Bondy, en primer
puesto, Emilio Barrantes y también Walter Peñaloza. Todos ellos tenían, como se dice, experiencia
de aula, de clase, de universidad, de dirección, de manejo. También hubieron otras reformas
importantes. Una de ellas fue la apertura al mundo. La primera vez que salí al extranjero fue en
1961; hasta ahora recuerdo que en mi pasaporte, en la página cuatro, decía que con ese documento
no se podía ir a China, Rusia, toda la Europa socialista, etcétera. El proceso velasquista nos abrió
al mundo. Antes de ello no podías viajar a Cuba, y sí lo hacías, tenías que hacerlo a través de otro
país, como México, que no te sellaba el pasaporte. La comunidad laboral fue otra reforma
importante, más allá de que su viabilidad política y económica fueran dudosas en relación a su
viabilidad. Hay que recordar que el único partido de la izquierda que apoyó al velasquismo, fue el
Partido Comunista, que veía en este proceso cosas muy importantes. Durante el gobierno de
Velasco se reconocieron más sindicatos que en toda la historia anterior; como eso, hubieron
muchas cosas importantes.

Cuando Velasco libera a los presos políticos en 1970, el único que no entra al proceso es Hugo
Blanco. Blanco nunca apoyó y siempre mantuvo su distancia, inteligente y mesurado. Otros, como
Héctor Béjar que venía de la guerrilla y antes del Partido Comunista, si lo hicieron. Nosotros
llamamos al proceso velasquista una revolución participatoria, porque queríamos una participación
diferente. Mi propia mirada, por cierto, se desprende de mi vínculo con el proceso. Yo no lo viví
en su inicio; a mí me buscaron entre fines del 68 y comienzos del 69; desde entonces fue un
régimen que me sorprendió constantemente y que te planteaba la necesidad de profundizar y
ampliar las reformas. Esa es otra perspectiva que mantengo.

Da la impresión que tu mirada apunta a entender el velasquismo antes que como un proyecto
político como un proceso/ horizonte que permitía la confluencia, la agrupación, la participación
de varios distintos que apostaban por cambios: democracia cristiana, social progresismo, partido
comunista, apristas radicales, etc.

Un dato importante son las distintas procedencias ideológicas y partidarias de aquellos que
trabajamos en el gobierno y fuimos un segmento importante. Un ejemplo fue Carlos Delgado,
aprista y secretario privado de Haya, un intelectual importante y refinado. Compartíamos varios
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puntos: participación con base económica, es decir los campesinos van a participar sí, pero con la
tierra y así, en otros campos; los obreros vía la comunidad industrial. Esa idea de una participación
amplia, para nosotros, era parte constitutiva del proceso. Yo desde chico siempre he creído que las
cosas no cambian de un momento a otro, que todo es un proceso.

¿Cómo viviste la caída de Velasco?

Siempre que he tomado vacaciones, han sucedido cosas feas. Yo llegaba con mi mujer y mis hijos
a Paracas a pasar cuatro días, y la radio anunció su caída. Siempre he pensado que ese proceso,
que esa revolución de cambios, solo era posible con Velasco. No he conocido otro líder militar
que tenga su fuerza, su voluntad. Nadie tenía el “punche” o su voluntad de manejo del ejército que
era vital porque su régimen fue en términos de ejercicio de los roles de poder, el más militar de los
regímenes militares en el Perú. Sin embargo -y esta es una infidencia de mi parte- el mal que él
tenía y que motivó que le corten la pierna, era consecuencia… no puedo ser tan preciso, de un
proceso de arteriosclerosis… mantenía su cabeza impecable pero no el control de sus sentimientos.
En esa situación estaba a su caída.

Sus problemas de salud empezaron a mellar en su capacidad física y de control. Da la impresión


que a partir de eso empieza a desconfiar del escenario que tiene al frente, y hay quienes aprovechan
y se debilita lo que él había encabezado.

Primera cosa, ya había un desgaste entre las relaciones con y entre las Fuerzas Armadas. El primer
enfrentamiento se dio cuando la Marina saca la flota a altamar como una suerte de protesta y
desafío al mismo tiempo. ¿Preguntan si la enfermedad, la edad, etc. no le hizo volverse
desconfiado? Yo creo que esa era una característica buena de un político para una situación de ese
tipo. Velasco era un político muy astuto, y la astucia va con la desconfianza. Para un político que
toma decisiones que otros ejecutan, siempre hay desconfianza. En ese sentido era desconfiado.
Además, tenía la mano muy dura. Cuando alguien importante no aceptaba una propuesta, por
ejemplo, ese alguien no era llamado a un cargo político; eso lo he visto. De otro lado, Velasco
sufrió las consecuencias del desgaste propio de un régimen que era muy intenso y que se agudizó
en los últimos dos años. Era un régimen militar donde el peso político personal de Velasco era
importante. Por eso cuando el proceso se fatiga luego de varios años de gobierno, aparecen las
diferencias internas. Para mí, en un régimen autoritario -técnicamente desde la teoría democrática
moderna el gobierno militar fue un régimen autoritario, en eso no hay vuelta-, las mayores
diferencias son siempre internas.

Francisco Guerra García

¿Tú dirías que el golpe de Morales fue decisión institucional?

Sí. Una de sus primeras expresiones fue cuando sacaron al general José Graham que en ese
momento era el jefe del Comité de Oficiales Asesores de la Presidencia (COAP). Graham era un
hombre clave. Institucionalmente el COAP fue un espacio muy importante donde se discutían
abiertamente todos los problemas; no había una decisión que no sea discutida en ese espacio. Ahí
también estaban presentes los civiles, técnicos y profesionales. Por eso digo que la salida del
general Graham fue una señal importante.

¿Cuál es tu opinión sobre Morales Bermúdez? Él hizo un consenso sobre la contrarreforma, una
correlación de los militares que se van a la derecha, ¿cuál es tu visión?
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Morales tenía una buena relación con Velasco, sin embargo, a nosotros no nos quería, pero esas
cosas no cuentan en un proceso tan grande. Además, era un hombre muy legitimado en el Ejército.

Se habla mucho de la famosa “aplanadora”. ¿Ustedes cuándo se autodefinen como grupo?

Yo me conocía con Carlos Franco de años y coincidíamos en todas las cosas importantes. Quien
nos convoca, también éramos amigos, fue Carlos Delgado, que había sido secretario privado de
Haya de la Torre. Carlos era un líder fuerte. Todos teníamos experiencia política, militancia y
experiencia de trabajo. Se sumaba también una cosa generacional; nos entendíamos bien la mayor
parte del tiempo y eso nos cohesionó como grupo. En general, no creo que haya habido un régimen
en el Perú que haya absorbido tanta gente inteligente como el de Velasco.

Antes de la caída de Velasco, los dos sectores progresistas más visibles del gobierno militar -el
diario Expreso y la Aplanadora- fueron perdiendo peso, que pareció ganarlo coyunturalmente el
grupo “La Misión”. El general Rodríguez Figueroa dejó SINAMOS y optó por volver al fuero
militar para ser jefe de la segunda región; fue entonces que el general Zavaleta, que no era parte
de ninguno de los dos grupos progresistas, entró a SINAMOS. ¿Se podría decir que el velasquismo
progresista se empieza a desarmar desde ese momento?

Zavaleta era una buena persona, pero no tenía una presencia fuerte. El cambio de Leónidas
Rodríguez y su retorno al ámbito castrense, en mi opinión, indicaba una situación de bajada, de lo
que fueron los cinco años primeros. Sin embargo, creo que la denominada Misión ha sido
sobreestimada en la crítica. Dos generales figuraban en sus filas, el general Javier Tantaleán, un
militar muy político y Pedro Richter.

¿Cuál es tu visión sobre los diplomáticos que aparecen en ese período?

La mejor generación fue la de esa época, sin duda. García-Bedoya, Alzamora, Pérez de Cuellar,
Marchand… Mucha experiencia e inteligencia.

¿Cómo fueron las relaciones entre el gobierno de Velasco y Estados Unidos?

Los americanos nunca pudieron “entrar” al gobierno, nunca; ni siquiera sabían lo que pasaba y se
decidía.

Tú harías una diferencia entre el velasquismo y los demás regímenes militares de la región en esa
época.

Todos los libros dicen que sí. La primera diferencia es que los otros regímenes militares lo que
hacían era perseguir a la izquierda y meter presos a los comunistas.

Tú fuiste senador, te tocó investigar a Alan García. ¿Cuál es tu visión ahora de Alan García?

Yo hice un dictamen sobre la base de discusión que venía de diputados. Recibí muchas críticas y
otros se quejaron y pusieron caras duras por las acusaciones contra Alan García. Diez días fue el
plazo para nuestro informe. En cualquier caso, García era un gran orador, pero para mí un
charlatán; yo hice un dictamen para que vaya preso por enriquecimiento ilícito.
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¿Estamos frente al fin del APRA?

No, pero quiero que cada vez sean menos.

“La mujer no era el sujeto principal de la reforma agraria”

Una conversación con Lourdes Huanca, por Lía Ramírez Caparó


Socióloga, licenciada de la Pontificia Universidad Católica del Perú
(PUCP), estudiante de maestría en el Programa de Estudios Andinos
en Historia de la PUCP, becaria del programa KAAD.

A 50 años del inicio del gobierno de Velasco Alvarado no existe un balance consensuado sobre su
Reforma Agraria, reconocida como una de las más radicales en la región. Las disputas sobre esta
suelen centrarse en análisis económicos, dejando de lado los resultados “inmateriales” tales como
el sentido de ciudadanía que fortaleció al campesinado. Así, más allá de su repercusión económica
efectiva, esta significó la ruptura de un sistema que obviaba al campesinado de la propiedad, de la
educación y de la representación política.1

Sin embargo, esta apreciación debe ser evaluada con matices, considerando los diferentes efectos
entre hombres y mujeres. En un país en donde autoridades locales “apuestan a sus esposas”2 es
necesario revaluar en qué medida el empoderamiento, la representación política, la propiedad y
conciencia ciudadana, tuvo igual impacto en hombres y mujeres. Si bien existen algunos trabajos
académicos que muestran la revalorización de la mujer durante el velasquismo a través de
programas de planificación familiar,3 es notable la ausencia de un balance que observe de manera
principal la posición de las mujeres campesinas en la Reforma Agraria y sus repercusiones hoy.

Impulsada por estas cuestiones entrevisté a Lourdes Huanca, lideresa de la Federación Nacional
de Mujeres Campesinas, Artesanas, Indígenas, Nativas y Asalariadas del Perú
(FENMUCARINAP). Lourdes me dio a conocer las dificultades de las mujeres campesinas en la
representación política, así como las repercusiones de la reforma agraria para estas.

“Ser dirigenta, no es todo color de rosa”


Lourdes Huanca Atencio nació en 1968, en Tacna. Fue educada por su padre hasta los 8 años,
cuando decidió vivir con su madre en Moquegua. Allá la vida se hizo difícil. Se casó joven y a la
llegada de su primer hijo se involucró en la organización local del vaso de leche. “Soy una
peleona”, me dijo, luego de contarme las críticas con las que arremetía en contra de las
reparticiones injustas de alimentos. A los 25 años ganó su primer cargo político en el Frente de
Defensa Moqueguano, en la Secretaría de la Mujer. Su primera experiencia como dirigente política
le dejó un aprendizaje importante: cuando eres mujer, hacer política es un problema en la casa.
Recuerda cómo su esposo la cuestionaba después de haber aceptado su cargo dirigencial: “¿Quién
te ha dado autorización para que tú puedas asumir un cargo?”. Lourdes rememora: “Ahí recuerdo
a mi padre que me decía “tú eres un ser humano y tienes derecho a tomar decisiones”.

Lourdes es una mujer que habla con fuerza pero también con picardía y pasión. Ella me confirma
que su primera experiencia política fue en un contexto urbano. De cómo empezó su lucha como
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mujer campesina. Me habla de Coscore, una comunidad campesina cuyo territorio se veía
vulnerado desde la instalación de la minera Cuajone a mitad de los setentas. “Me quedó algo en el
pecho, en mi alma, en mi vida, de seguir luchando por el territorio, porque siguen quitando tierras”,
dice al recordar que su madre había sido despojada de sus tierras por esta mina. Las consecuencias
de enfrentarse a “estos monstruos” fueron determinantes para que Lourdes continúe. La minera
había conseguido el apoyo de algunos miembros de la comunidad para empezar una campaña en
su contra, recurriendo incluso a quemar un muñeco con su nombre. “Pero eso me ha servido para
continuar”, dice Lourdes y recuerda a su amiga Cristal, que le decía “sigue luchando”. “Aprendí
que al ser dirigenta no todo es color de rosa”, afirma.

Lourdes viajó a Lima por primera vez para la Reunión de Frentes de Defensa convocada por
Gustavo Mohme en el contexto de la recuperación democrática. Dado que el Frente de Defensa
Moqueguano carecía de recursos, el viaje a Lima parecía inviable, pero, “si te vas a detener por la
plata estas jodida”, recuerda Lourdes, que llegó a la capital en un tráiler desde Moquegua. “Mi
primer viaje a Lima como dirigenta fue tirando dedo, en mi carterita tenía 5 soles”. En Lima se
quedó hospedada en el local de la Confederación Campesina del Perú (CCP) y desde entonces se
involucró con la organización llegando a ser dirigenta de la Comisión Nacional.

“En la CCP he estado cinco años. Siempre buscando aprender”. Esta organización, siente ella, le
dio una base para su desarrollo político. Conoció a asesores como Gustavo Mohme y Javier Diez
Canseco quienes le enseñaron a analizar la coyuntura política, “pero no era fácil, recibía mis clases
de 12 a las 3 de la mañana, porque quería aprender”. Lourdes se obligó a aprender cómo funciona
la computadora “yo he malogrado dos computadoras en la CCP”, me cuenta como revelando una
travesura, “pero una vez sabiendo el Internet es como quitarse la venda, porque tienes el poder en
ese momento”.

Sin embargo, la militancia en la CCP fue difícil, tanto por las condiciones de vida que implicaba
quedarse en Lima, como por la constante batalla política para ser reconocida en esta organización.
Para Lourdes la desigualdad política entre hombres y mujeres se reduce a la legitimidad que tiene
el hombre cuando habla, a diferencia de la mujer. “En la CCP me puse brava […] Yo quería
participar en las reuniones y no me dejaban”. En los cinco años que militó en la CCP la lucha era
hacer políticamente visibles a las mujeres, y ante la impotencia que esto implicaba Lourdes
encontró importantes aliadas, “no lloraba delante de los varones […] Flora Tristán [ONG
feminista] era mi paño de lágrimas”.

En 2005 decidió dejar la CCP para emprender una organización de y para mujeres. “La CCP es
una organización muy buena políticamente […] pero no ve el tema de la mujer”. Lourdes fue muy
clara cuando me comentó que su deseo no era divisionista. Para ella era necesario un espacio para
transmitir su experiencia política y empoderar a otras mujeres “para poder trabajar de igual a
igual”. Esta decisión implicó fracturas con sus compañeros de la CCP que las tildaban de
divisionistas. Lourdes ya no podía vivir en el local de la CCP “me botaron un día a las 11 de la
noche” y fue acogida en un refugio de mujeres, pero dada la lejanía de este lugar muchas veces se
quedaba a dormir en las calles del centro de la ciudad. “Aquí si yo he resistido es porque he tenido
calle […] en la Plaza Bolognesi hay una callecita, ahí dormía cuando no tenía donde dormir, ahí
hay carros malogrados, ahí dormía”.

Esto le dio más fuerza para emprender el proyecto de mujeres que quería, logrando agrupar a
mujeres de diferentes partes del país como Ana Díaz, Gladis Campos, Susan Portocarrero, Rosa
Ojeda. Uno de los temas más difíciles era la imposibilidad de las mujeres de quedarse en Lima.
Una de las compañeras, Celia Mansilla, ofreció su casa para ellas. “Esta casa que estamos acá es
la primera casa comunal que ha tenido la FENMUCARINAP […] todas nos veníamos acá. A mí
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me habían botado de la CCP y dije, 'voy a tener que tener una casa y nunca más una mujer va a
ser botada de esta manera’”.

“La reforma agraria no solucionó la vida de las mujeres”


“Cuando ponen la Reforma Agraria yo tenía un año de vida, ¿te das cuenta la historia del Perú…?
uff qué sería”, me dice Lourdes cuando le pido su opinión sobre la Reforma Agraria. Continúa:
“la reforma agraria fue importante para un despertar de los campesinos, para que estemos unidos,
para que no seamos esclavizados […] [sin embargo] la mujer no era el sujeto principal [de la
reforma agraria] eran los machos, eran los varones”.

En efecto, la Ley de Reforma Agraria adjudicó la tierra a los hombres. Durante el belaundismo la
Reforma Agraria estipuló como requisito el trabajo directo de la tierra, imposibilitando a las
mujeres la posesión de ésta al no ser consideradas como trabajadoras directas. De manera que la
posesión de las mujeres dependía de su esposo, y a su muerte o abandono, estas también eran
expulsadas de las tierras. Durante el velasquismo, esta situación no mejoró mucho. Si bien se
permitió a las viudas conservar las tierras (Decreto Supremo 212-69-AP), la mujer no recibiría
tierras en otras condiciones. En efecto, de acuerdo a la ley N° 17716, la adjudicación de tierra
estaba dirigida al “jefe del hogar” –no jefa– que de manera casi automática correspondía al varón.
Problemas similares ocurrían con las comunidades nativas regidas bajo la Ley de Comunidades
Nativas decretada en 1974.4

Este modelo legal repercutió en otros beneficios de la reforma. Lourdes cuenta que las mujeres no
podían acceder a un préstamo del Banco Agrario por no ser consideradas trabajadoras “¿tú cómo
vas a pagar? ¿Con que vas a pagar?”, recuerda haber escuchado. Lourdes cuenta el caso de su
hermana Teresa, cuya familia había sido beneficiada por la reforma en el distrito de La Yarada; si
bien ella logró sacar un préstamo, era su esposo el que decidía qué hacer con el dinero.

“Hasta ahora hay lugares que el esposo tiene el terreno y si se murió viene el hijo mayor, y si tú
eres la que te has casado con el campesino que se murió, bueno eres migrante, regrésate a tu tierra”,
dice Lourdes, enfatizando la desposesión de las mujeres campesinas aún después de la Reforma
Agraria. En las comunidades campesinas el no reconocimiento de las mujeres como propietarias
restringe su representatividad política en las asambleas comunales, es decir, de ser empadronadas
como “comuneras calificadas”. Esto repercute en las posibilidades de las mujeres para asumir
cargos. “¿Y si le dan el cargo?: secretaria, tesorera ¿porque no hay un secretario y hay una
presidenta?”, cuestiona Lourdes, y menciona que actualmente se está peleando por el cambio
general de los estatutos de las comunidades campesinas para favorecer la representación política
de las mujeres.

El escaso poder de las mujeres campesinas en sus asambleas resulta curioso, considerando la
participación de estas en la lucha por la tierra. En efecto, Lourdes afirma que la mujer siempre ha
estado activa en la defensa de la tierra: “defienden [la tierra] con la vida porque las abuelas les han
dicho tienes que defender la tierra, tienes que defender el agua”. Para Lourdes el problema es que
las mujeres no se encuentran empoderadas en sus relaciones domésticas e íntimas, “dicen que han
nacido para tener hijos”. Por eso desde FENMUCARINAP plantean entender el cuidado y decisión
del cuerpo como el de la tierra. Cuidar el territorio de tu cuerpo y tener autonomía en ese territorio.

Para Lourdes la desigualdad en la posesión de la tierra y la participación política de la mujer es


parte de una estructura en donde la mujer es la segunda. Resulta claro que la Reforma Agraria no
concibió a la mujer como el sujeto central de su revolución, las concibieron como cónyuges. Por
eso afirma “no queremos que nos miren como la segunda […] somos el sujeto principal […] que
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también las mujeres queremos nuestros territorios, nuestras tierras” y termina mencionando “ya
vamos a llegar al bicentenario y seguimos con mujeres sin tierras, o sea yo, Lourdes Huanca, tengo
que tener mi tierra, mi título como persona”.

Es claro, como dice Lourdes, que la reforma agraria transformó la vida de las mujeres, quienes
tenían una posición de subordinación –incluso peor que la de los hombres– al ser cercanas a
espacios domésticos del mundo de las haciendas. Sin embargo, el sentido de ciudadanía y
empoderamiento para las mujeres campesinas tiene aún un largo camino. Lourdes es enfática
mencionando que esta lucha debe realizarse de manera organizada. Por esta razón se creó
FENMUCARINAP. “Tenemos que enseñar a dirigentes a luchar y eso cuesta. […] Hemos visto
compañeras que antes no podían hablar y ahora gritan, no importa con los motes encima”. La
consolidación de una plataforma de mujeres campesinas “ha costado sueño, hambre y sed” y dice
orgullosa “¡hemos aguantado tanta historia, carajo!”.

1. Zapata, A. (6 de octubre de 2016). ¿Velasco jodió al Perú? (F. Durand, Entrevistador) Otra
Mirada

2. Bueno, K. (7 de Noviembre de 2018). "Yo le voy a dar a mi mujer". NoticiasSer.pe

3. Barboza, M. (2013). La Liberación de la mujer en el Perú de los 70’s : una perspectiva de


género y Estado. Lima.

4. Merino, B. (1997). “La mujer peruana en la legislación del siglo XX”. Lima: Congreso de
la República.

¿Es necesaria una nueva reforma agraria?

FERNANDO EGUREN
Sociólogo. Fundador y presidente del Centro Peruano de Estudios Sociales – CEPES y Director
de la Revista Agraria

Las reformas agrarias de los años sesenta y siguientes en América Latina fueron ejecutadas por
razones tanto sociopolíticas –evitar una revolución a la cubana– como económicas –facilitar el
desarrollo económico, sobre todo industrial–. En el Perú, además, fueron impulsadas por vigorosos
movimientos campesinos desplegados entre las décadas de 1950 y 1960. Ya desde el segundo
gobierno de Manuel Prado (1956-1962) se anunciaba la necesidad de una reforma agraria en el
país. Tanto el gobierno militar de 1962-1963 como el gobierno de Fernando Belaúnde (1963-1968)
aprobaron leyes de reforma agraria, aunque de alcance limitado.

Finalmente, el gobierno del general Juan Velasco Alvarado (1968-1975) ejecutó una reforma
agraria radical. Sus impactos sobre la sociedad peruana fueron enormes. Los hacendados –
modernos y tradicionales– fueron barridos del campo. Alrededor de diez millones de hectáreas de
tierras agrícolas fueron redistribuidas, la mayor parte en forma asociativa (cooperativas agrarias
de producción y variantes), que en su mayoría se disolvieron en la década de 1980. Se aceleró la
liquidación de las relaciones semiserviles que caracterizaban las relaciones hacendado-trabajador
en muchas partes del país y se amplió notablemente la población que accedió a la condición
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ciudadana. Pero la producción se vio afectada, dada la complejidad, radicalidad y amplitud de la


reforma. Esto último ha sido el centro de las críticas de quienes se opusieron a la reforma,
ignorando la trascendencia de las transformaciones sociopolíticas. En suma, se democratizó y
modernizó la sociedad rural, pero no ocurrió lo mismo con la economía rural.

A mediados de los años noventa se da un impulso modernizador de la economía rural de una parte
de la costa del país. Este impulso fue el resultado de la confluencia de a) una economía global en
expansión, b) la apertura de la economía peruana al mercado internacional y la multiplicación de
tratados de libre comercio, c) la sostenida voluntad política del Estado por promover la gran
inversión privada, d) los radicales cambios en la legislación agraria liberalizando el mercado de
tierras, y e) el subsidio de miles de millones de dólares de recursos fiscales a las corporaciones
agroexportadoras que adquirieron inmensas extensiones de nuevas tierras irrigadas gracias a
inversiones públicas.

La visibilidad de los “indicadores de éxito” de esta modernización, como el incesante crecimiento


del valor de las exportaciones, la transformación del paisaje agrario en algunos valles costeños, la
introducción de tecnologías sofisticadas y un discurso que los exalta permanentemente, ha
terminado por convencer a buena parte de la opinión pública (los empresarios y los tomadores de
decisión no requieren ser convencidos) que ese es el camino que debe orientar el desarrollo de toda
nuestra agricultura.

Pero esta modernización no solo deja fuera al 99% de los agricultores del país, que son pequeños
y suman más de 2.2 millones de familias. Su propia sostenibilidad está siendo cada vez más
cuestionada internacionalmente pues va a contracorriente de dar respuesta adecuada a los grandes
desafíos de la humanidad: la inseguridad alimentaria, el cambio climático, el uso intensivo de
energía fósil, las externalidades ambientales negativas, la reducción de la biodiversidad, la extrema
inequidad en la distribución de activos (sobre todo de la tierra y el agua), la gran concentración de
poder territorial ahí donde se instalan, el desplazamiento de la agricultura familiar.

Hace cinco décadas el reclamo por una reforma agraria enfatizó en la redistribución de las tierras
por ser un asunto de justicia. Actualmente, una reforma agraria tendría que enfrentar y corregir no
sólo la nueva concentración de las tierras agrícolas y del agua, sobre todo en la costa, sino la
necesidad de una reorientación del desarrollo hacia una agricultura social, económica y
ambientalmente sostenible.

Lamentablemente, una reforma agraria es un imposible en el corto y mediano plazo por la


debilidad de las organizaciones del campo, su falta de representación en la esfera política, la
hegemonía de la ideología liberal, la indiferencia de la opinión pública urbana, la ausencia de
debate público y el sometimiento del Estado a los intereses corporativos.

Entre promesas e instituciones


El lado humanista del velasquismo

NARDA HENRÍQUEZ
Profesora principal de la Pontificia Universidad Católica del Perú
Página 27

El proceso velasquista es un punto de quiebre en la construcción nacional y en la conformación


del Estado. Gobierno de facto que escapa al “signo” característico de las dictaduras militares y
terrorismo de Estado de la época. Pone en marcha reformas estructurales, pero también desde
nuestro punto de vista, cambios institucionales y subjetivos, algunos de los cuales revierten y otros
persisten y se resignifican.

Los códigos de género presentes en la cultura política e institucional no formaban entonces parte
ni del discurso ni de la academia. Hubieron propuestas de cambio concretas, como la reforma
agraria, pero orientaciones difusas y tensiones en torno a las libertades individuales. Respecto de
la situación de las mujeres, algunos lineamientos generales pero escasas medidas gubernamentales.
Podríamos apreciar entonces un Estado reformista duro con un lado humanista blando -sobre todo
en torno a la reforma educativa- que se nutre o es interpelado desde las mujeres organizadas, sobre
todo las de clases medias urbanas, que se atrevían a tener una voz pública.

La reforma agraria afecta el poder terrateniente, espina dorsal de la dominación nacional, e incide
de modo directo en los brutales y ominosos lazos de dominio sobre las personas tratadas como
siervos así como en las bases materiales del poder oligarca y gamonal. La reforma subvierte las
representaciones que los campesinos tenían de sí mismos, no sólo en los lemas de la época, sino
en la memoria que preservan. Eso no ha desplazado la figura del patrón, bueno o perverso, ni el
que la mujeres sigan siendo “más indias” o sean las “cuidadoras” en el campo y en la ciudad.

En este proceso, la cuestión indígena fue subsumida en el problema de la tierra y se reelabora como
símbolo en la figura de Túpac Amaru. Las mujeres no fueron incluidas como beneficiarias a pesar
de que participaron del trabajo familiar y de las relaciones de servidumbre, incluso doméstica, en
las haciendas. En el campo había altas tasas de analfabetismo entre mujeres, también altas tasas
de mortalidad materna e infantil, que constituían áreas del quehacer de las políticas públicas
indiferenciadas por género. Esta indiferenciación se produce tanto en el campo como en la ciudad,
en las esferas partidarias como en las políticas públicas.

A lo largo de los setenta las mujeres más activas se involucraron en el trabajo gremial y en
iniciativas organizativas en diversos escenarios. Estas experiencias como la ampliación de la
educación y la profesionalización de las mujeres favorecen la generación de capacidades críticas
desde donde se conforman agendas y demandas organizadas. El proceso velasquista coincide con
los esfuerzos pioneros de diversos sectores de mujeres que reflexionan sobre su propia situación;
desde entonces serán activas interlocutoras de las políticas públicas.

La ampliación de la educación, en marcha desde mediados de siglo veinte, llegó sobre todo a las
mujeres de las ciudades incluyendo un lento y sostenido proceso de incorporación al mercado de
trabajo y a las universidades. Esto ocurría en medio de pautas y marcos tradicionales, como la
educación segregada para varones y mujeres, estereotipos de las ocupaciones femeninas,
manteniendo los temas de sexualidad y reproducción como un tabú, y marcos jurídicos que
consagraban la dependencia económica y subordinación de las mujeres. Las aspiraciones de
progreso que la educación significa eran una promesa más que una realidad.

La reforma educativa del velasquismo insufló en el sistema educativo orientaciones


modernizadoras e innovadoras para la época, que abordan parcialmente algunos de los problemas
arriba enunciados, y que se vinculaban a las ideas humanistas de su principal artífice, el filósofo
Augusto Salazar Bondy, quien atiende la sensibilidad de su entorno respecto de la situación de
marginación de las mujeres e incorpora los aportes de colectivos en que participaron Helen Orvig,
Página 28

Violeta Sara Lafosse, entre otras. La reforma educativa estableció la coeducación, la educación
bilingüe, oficializa el quechua, promueve la educación técnica. En 1972 se crea en el Ministerio
de Educación el Comité Técnico de revaloración de la Mujer (COTREM) que incide en diversos
niveles del sistema educativo y en textos escolares con criterios y contenidos referidos a la familia,
la situación de la mujer y aspectos generales sobre la sexualidad. A nivel administrativo, este
proceso permea otros sectores y cuenta con la participación de algunas representantes de
organizaciones de mujeres.

Los lineamientos plasmados en la política educativa coexistieron con la “doble moral”, el


disciplinamiento de las mujeres desde las familias, y marcos jurídicos tradicionales, así como con
la desvalorización de las lenguas nativas. A pesar de estos límites, la reforma educativa abrió
brecha en dinámicas institucionales que han perdurado, como la coeducación, suscitó entre
funcionarios públicos y maestros sensibilidades y responsabilidades respecto del abordaje sobre la
situación de las mujeres y coadyuvó con otras iniciativas nacionales e internacionales, y, de la
sociedad civil sobre el valor de la persona.

La creación de la Comisión Nacional de la Mujer Peruana (CONAMUP) en 1975 fue recibida con
desconfianza; no obstante suscitó gran expectativa y motivó un masivo registro de organizaciones
de mujeres, nuevas y tradicionales, mostrando la efervescencia por espacios colectivos y voz
propia, así como la irrupción de nuevas generaciones de dirigentas de base y de sectores laborales;
a pesar de ello, la participación en las élites políticas era restringida. Los temas de agenda se
centraron en educación, trabajo y en la “incorporación de la mujer al desarrollo”; habrá todavía un
largo trecho por recorrer hasta que surjan en la agenda enunciados sobre derechos sexuales y
reproductivos, la autonomía sobre el cuerpo y la sexualidad, la diversidad sexual, la perspectiva
de género.

El proyecto velasquista encaró la necesidad histórica del conflicto redistributivo de la época en


torno a la tierra y las aspiraciones de progreso en torno a la educación, aunque no logró avanzar
hacia la salud y la vivienda. Innovó en términos de una sociedad autogestionaria y participativa,
lo que en gran parte se revirtió, pero que a la vez lo condujo a incluir a las mujeres en algunas de
sus políticas. Para las nuevas generaciones, el legado velasquista es de los pocos – en la historia
peruana - intentos de construcción de un Estado social moderno, que buscó superar las taras del
pasado y poner en marcha una economía planificada para una colectividad solidaria. Para las
organizaciones de mujeres fue un interlocutor dialogante que no rompe con la moral social de la
época pero que introduce en la función pública el discurso de la dignidad de las personas.

Velasco y los trabajadores


ENRIQUE FERNÁNDEZ-MALDONADO
Sociólogo. Editor de TrabajoDigno.pe

Como muchos, crecí escuchando que el velasquismo fue la génesis de todos nuestros males. Que
nos dejó un Estado elefantiásico, intervencionista y burocrático. Que la Reforma Agraria fue un
fracaso. Que las empresas públicas y de propiedad social fueron focos de ineficacia y corrupción.
Y así, como una letanía, asistí por años a una retahíla interminable de problemas y “errores”
atribuidos al corto gobierno de Velasco (1968–1975) que resulta ocioso enumerar en este artículo.

Más allá de esta visión simplista, parcial e intencionada del proceso militar, lo cierto es que durante
el velasquismo se dieron transformaciones fundamentales para ayudar a comprender el Perú actual.
Una de ellas residió en la reforma laboral que impulsó entre 1970 y 1975, expresada en la
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aprobación de una legislación garantista de los derechos de los trabajadores. Esta decisión
descolocó a la oligarquía y a la naciente burguesía local, que de pronto, como nunca antes, tuvieron
que enfrentar a un proletariado organizado y empoderado legalmente en crecimiento.

Velasco impulsó una revisión integral de la legislación laboral que cambió la orientación de un
Estado que hasta entonces había abdicado de su rol tutelar (Neves, 2016). En términos generales,
durante su gobierno se impuso un modelo de intervención en el mercado de trabajo y en las
relaciones laborales. En lo individual, estableció mecanismos de protección al trabajador en la
contratación y despido. En lo colectivo, promovió el reconocimiento de sindicatos y también la
negociación colectiva, ubicando al Estado como árbitro de las convenciones colectivas (Verdera,
2000). Parte de estos principios fundamentales quedaron consagrados en la Constitución de 1979.

De todos los derechos constituidos, el que mayor relevancia tuvo fue la estabilidad laboral. La ley
N° 18471 de 1970 estableció que el trabajador pasaba a gozar de estabilidad en el empleo a partir
de su tercer mes de labores, es decir, era incorporado a un régimen de contratación indeterminada
que lo protegía del despido arbitrario (Mujica, 1987). Esta norma tendría una vigencia parcial hasta
el primer aprismo (1987), para desaparecer totalmente con la reforma neoliberal fujimorista
(1991–1996). Cinco décadas después, hay quienes siguen acusando al “proteccionismo laboral”
de Velasco de ser la causa de la alta informalidad y subempleo de nuestros días.

Una segunda reforma fundamental, pero de menor duración, fue la creación de la Comunidad
Industrial. Este sistema incorporaba la participación de los trabajadores en la gestión y propiedad
de las empresas. El modelo no llegó a cuajar, y el rápido final de la “primera fase” del gobierno
militar impidió que la masa laboral tuviera tiempo para asumir el reto de la administración
empresarial.

El impacto de las reformas velasquistas sigue siendo hoy objeto de debates y polémica. Para la
derecha el proteccionismo y rigidez de su propuesta laboral estarían a la base del subempleo,
informalidad y precariedad laboral. No consideran en su análisis los efectos de la crisis e
hiperinflación de fines de los ochenta, ni el impacto del shock económico y de la flexibilización
laboral de inicios de los noventa, en la calidad del empleo y sus indicadores paupérrimos.

Obvian deliberadamente que fue por esos años que la tasa de sindicalización y el número de
sindicatos creció como nunca. Que los cambios introducidos fomentaron la participación de los
trabajadores en la distribución del ingreso y el crecimiento del empleo asalariado estable. Que los
salarios y remuneraciones alcanzaron su pico máximo (1974). Y que la participación de los
ingresos laborales como porcentaje del PBI logró su mayor proporción (Alarco, 2018).

Nada de eso importa. Velasco seguirá siendo el cuco que, al reconocer al trabajador como sujeto
de derechos, le dio poder para pelear por mejores condiciones de vida. Una herejía para el Perú
oligárquico y, ahora, neoliberal.
Velasco: ¿Política industrial o revolución industrial?

IGNACIO BASOMBRÍO ZENDER


Abogado, Estudio Flores-Aráoz

La política industrial durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado completó un ciclo que se había
iniciado en 1940 y perfeccionado en 1959, con la denominada Ley de Promoción Industrial. El
propósito de las decisiones adoptadas en tales momentos de la historia económica del Perú fue el
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de impulsar la transformación industrial manufacturera para superar la condición de economía


primaria que caracterizaba al Perú.

En 1970 se produce una profundización de la política industrial del país. Se incorporan diversos
elementos orientados a superar la estructura tradicional. El primer elemento considerado en esa
nueva política fue el establecer prioridades, a partir del desarrollo de la industria básica reservada
para el Estado o, en determinados casos, en asociación con el sector privado.

Se establecieron cuatro prioridades dentro de las cuales se incorporaron las diferentes ramas de la
actividad manufacturera. El modelo desarrollado establecía estímulos diferenciados para permitir,
mediante la reinversión de las utilidades, la capitalización nacional y de las propias empresas. A
menor prioridad menos incentivos. Pero en todos los casos existían porcentajes importantes de las
utilidades que podrían ser capitalizadas libres de impuestos en función de programas de ampliación
y diversificación de la actividad productiva.

Un segundo elemento de la política industrial estuvo referido a la reserva del mercado interno para
la producción manufacturera nacional, dentro del marco de la política de sustitución de
importaciones aplicada entonces por la casi totalidad de los países de América Latina. Tal política,
además, constituyó el factor que explicó en el siglo XIX el crecimiento de la industria en los países
centrales.

El desarrollo de la industria se complementó, en el caso peruano, con un novedoso instrumento: la


promoción de la investigación y el desarrollo de la tecnología. En un aporte importante en esta
materia se estableció el derecho de las empresas para utilizar un porcentaje de su renta neta para
ejecutar programas de investigación y desarrollo tecnológico. Debe recordarse que, en la década
de los años 70, se otorgó importancia a tal política y, por tanto, buena parte de los países de la
región impulsaron las tecnologías propias y adecuadas a la realidad nacional. La política industrial
peruana estableció un mecanismo financiero y con contenido en cuanto al impacto de los proyectos
para lograr tal objetivo. En ese marco, la política industrial incorporó nuevos elementos en materia
de protección del desarrollo de la propiedad industrial, armonizando el modelo peruano con los
criterios adoptados en el Grupo Andino.

La integración subregional dentro de los alcances del Acuerdo de Cartagena constituyó un


referente y un telón de fondo para las acciones de desarrollo. De tal manera, el Perú participó
activamente en los Programas Sectoriales de Desarrollo Industrial, cuyo propósito era permitir, en
un espacio económico mayor que el nacional, la captación de inversiones y de tecnologías para
impulsar áreas importantes y priorizadas de la actividad manufacturera.

Por otro lado, fue en el marco de la política andina, concordante con las decisiones del gobierno
peruano, que se establecieron términos y condiciones para la participación de la inversión
extranjera, regulando las transferencias de utilidades y el porcentaje de capital foráneo en las
empresas, así como en lo relativo a la transferencia de tecnología y de su costo.

La política industrial protegió el mercado interno; se establecieron además las bases del desarrollo
del mercado internacional para los productos manufacturados y con valor agregado, mediante el
régimen de promoción de exportaciones.

Finalmente, la política industrial tuvo un componente de reforma de la empresa. Se creó la


Comunidad Industrial que tenía como derecho participar progresivamente y con un límite en el
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capital de la empresa y en su dirección, mediante un sistema de cogestión acotado al área de la


dirección superior de las empresas, es decir en el Directorio.

Apunte sobre la reforma educativa

TERESA TOVAR SAMANEZ


Magíster en Sociología por la PUCP y Máster en Democracia y educación en valores por la
Universidad de Barcelona. Docente de la Maestría de gerencia social de la PUCP.

El gobierno de Velasco Alvarado significó el fin del orden oligárquico, de los latifundios y la
servidumbre de los indígenas. La frase “el patrón no comerá más de tu pobreza”, eslogan de la
Reforma Agraria, se perennizó. Pero pocos recuerdan la trascendencia de la reforma educativa, la
más importante de nuestra historia republicana.

Una Comisión integrada por reconocidos intelectuales (Emilio Barrantes, Wálter Peñaloza y
Augusto Salazar Bondy) elaboró sus fundamentos, que se plasmaron en el famoso “Libro Azul”
(oficialmente “La educación del hombre nuevo. La Reforma educativa peruana”) y en una Ley de
Educación. El objetivo era construir “un hombre nuevo para una sociedad nueva”. La reforma
educativa era parte de la transformación del país e involucró un cambio total de la educación, desde
sus enfoques hasta sus diversos componentes, estructuras y procesos.

El signo más importante de estos cambios fue la igualdad. Pudimos verlo en aspectos muy
concretos como el uniforme único, que los colegios privados tuvieron que aceptar a regañadientes.
Ya no era posible distinguir en la calle a un estudiante de una Gran Unidad escolar de uno de un
colegio privado como el Humboldt. El gobierno declaró el quechua como idioma oficial e instituyó
la educación bilingüe como parte de la reivindicación de la dignidad de la población indígena, que
también se afirmó mediante el programa de alfabetización ALFIN. En el plano cultural el huayno
y la música afroperuana, que antes eran motivo de vergüenza, ingresaron a las fiestas y a las
escuelas, y allí se quedaron.

La filosofía de igualdad fue de la mano con la promoción de la “conciencia crítica”. La educación


debía tener un signo de “desalienación”, que desde un enfoque humanista hiciera posible la
recuperación de la dignidad de todos los seres humanos y provocara “una alteración substancial
de la cultura de dominación” (Libro Azul). En las escuelas se leía por ejemplo el cuento Paco
Yunque de César Vallejo. Este muestra la humillación y vejámenes que Humberto Grieve, hijo del
gerente inglés de los ferrocarriles de la Peruvian Corporation, ocasiona a Paco, hijo de la empleada
doméstica de su casa.

Se flexibilizó la estructura del sistema educativo desde una concepción de “educación permanente”
y “educación para el trabajo”, priorizando el contacto entre educación, contexto y comunidad e
incluyendo nuevas formas de educación: la educación de adultos, los programas educativos para
áreas rurales, la educación comunitaria, la teleducación y las Escuelas Superiores de Educación
Profesional (formación pre-universitaria vinculada a una proyección laboral).
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La reforma se implementó mediante una estrategia de descentralización afincada en los Núcleos


Educativos Comunales que buscaban vincular la escuela con la vida de la población, recuperando
la tradición de cooperación campesina y rompiendo con el esquema de la escuela ajena, cerrada y
remota.

La contrarreforma de Morales Bermúdez y del segundo gobierno de Belaúnde terminó con los
signos “radicales” de Velasco. El cuento Paco Yunque fue retirado de los materiales educativos,
se anuló la obligación de usar el uniforme único y se retornó a la vieja estructura: inicial-primaria-
secundaria-superior.

Algunos cambios trascendieron. Destaca la educación bilingüe y la reivindicación de la diversidad


cultural, que hoy se fusiona en la educación bilingüe intercultural como política nacional.
Asimismo la flexibilidad del sistema educativo fue rescatada por La Ley de Educación de 2003.
Pero hay mucho más que reivindicar, pues varios de sus aportes y potencial se han debilitado o
desdibujado, como el vínculo escuela-comunidad, el sentido crítico y emancipatorio de la
educación y la fuerza de la educación permanente en todos los espacios de la vida.

También es preciso superar sus errores y límites, donde el más importante, a mi modo de ver, fue
el desencuentro entre la reforma y el movimiento magisterial.

La reforma educativa actual tiene mucho que aprender del Libro Azul.

Velasquismo y política exterior

ALBERTO ADRIANZÉN M.
Sociólogo de la PUCP. Egresado de la Maestría en Ciencias Políticas de El Colegio de México.
Miembro de desco y Director de la revista Quehacer.

Antes de explicar en qué consistió la diplomacia en el velasquismo es necesario definir qué


entendemos por política exterior y por política internacional.

Como señala el desaparecido Embajador Carlos García-Bedoya en su libro “Política Exterior


Peruana. Teoría y Práctica”, la política exterior expresa los propósitos de un Estado en el ámbito
externo. “Es decir, señala sus objetivos y los procedimientos mediante los cuáles cree que puede
alcanzarlos” (p.60). De otro lado, la política internacional, “vendría a ser el resultado de esa
convergencia de intereses distintos provenientes de centros autónomos de decisión y que compiten
entre sí…” (p.60).

En ese sentido, toda política exterior es una “política interna” no solo porque la diseña y la concreta
el Estado (y la sociedad) sino también porque es parte de un proyecto que está definido, entre otros
factores, por la geografía, la historia y por los que gobiernan. De ahí que se pueda decir que la
política exterior fue la “cara externa” del velasquismo y una pieza estratégica de un proyecto
nacional que buscó desarrollar y transformar el país, y que partía de la idea que “la lucha por la
independencia del Perú no ha terminado” (p.83). La política exterior de esos años fue moderna y
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progresista porque rompió con una vieja política exterior que daba prioridad a las relaciones
bilaterales (o fronterizas) con nuestros vecinos, mantenía relaciones especiales con Estados
Unidos, y estaba al servicio de la élite y del poder económico.

Podemos decir que la política exterior velasquista estaba orientada a “coadyuvar” el


“establecimiento de esa independencia definitiva”, es decir, alcanzar la “plenitud de la
independencia” (p.83). Por lo tanto, había que dejar de ser un país dependiente, sin identidad ni
personalidad internacionales. Para ello era necesario una nueva política exterior. Dicho en palabras
del Embajador García-Bedoya: “Esa es la esencia de la política latinoamericana del Perú, de la
política andina del Perú respecto al SELA [Sistema Económico Latinoamericano] y al CECLA
[Comisión Especial de Coordinación Latinoamericana]. Esta es básicamente la esencia de la
política exterior con respecto a lo que hemos llamado el nacionalismo latinoamericano; esto es
buscar la propia identidad del Perú y América Latina en el contexto de la política mundial. De un
lado, tomar distancias frente a los Estados Unidos, cosa que es inevitable para países como los
nuestros, y, por otro, reforzar nuestra propia capacidad de negociación económica, de presencia
internacional y de identidad internacional. De manera que la acción unitaria de la política
latinoamericana no tiene relación directa con problemas de carácter bilateral…” (p. 132). Por eso
no es nada extraño que diga que el máximo nivel de integración es el “político” y que el mismo se
fundamenta en la “participación del pueblo”.

El General Velasco con Salvador Allende, presidente chileno que saluda al alcalde de Lima Chachi
Dibós, observa la escena el General Leonidas Rodríguez Figueroa. Atrás el embajador Carlos
García Bedoya. La Prensa. Lima, 3 de setiembre de 1971. Colección de Herman Schwarz

El General Velasco con Salvador Allende, presidente chileno que saluda al alcalde de Lima Chachi
Dibós, observa la escena el General Leonidas Rodríguez Figueroa. Atrás el embajador Carlos
García Bedoya. La Prensa. Lima, 3 de setiembre de 1971. Colección de Herman Schwarz

En este contexto podemos entender mejor porqué el distanciamiento con Estados Unidos. (o
antimperialismo) en esos años; el impulso a los procesos de integración subregional (andino) y
regional; la apertura de relaciones con la Unión Soviética, la China Popular, Cuba y con el llamado
bloque socialista; así como la política multilateral, la presencia activa del Perú en el Movimiento
de los No Alineados, en el diálogo Norte-Sur, en el movimiento tercermundista. Todas estas
políticas tenían como objetivos “la preservación de la propia identidad nacional”, mejorar nuestra
capacidad de negociación y alcanzar “la plenitud de la independencia”, en un sistema internacional
interdependiente al que era necesario democratizar. El último ejemplo de esta política exterior
progresista fue lograr, gracias a la intervención de los países andinos, que Nicaragua, en plena
guerra civil en 1979, fuese declarado “país beligerante”, lo que fue decisivo para el derrocamiento
de la vieja dictadura somocista.

De más está decir que esta política exterior fue expresión de un grupo de militares encabezado por
el general Juan Velasco, donde destacó el general Edgardo Mercado Jarrín, que llevaron a cabo un
“proceso revolucionario”, como ellos mismos lo calificaron; y de un grupo de diplomáticos de
carrera, nacionalistas, modernos, democráticos y al mismo tiempo progresistas, cuya figura
principal fue el Embajador Carlos García-Bedoya, quien ejerció como Canciller y fue el
diplomático más importante del último tramo del siglo pasado, fundador de una nueva política
exterior. Murió en octubre de 1980 a la edad de 55 años.

Hoy nuestra política exterior ha tomado otro camino. Como en el pasado desarrolla un activo
bilateralismo, sin integración subregional y regional con nuestros vecinos; una mayor dependencia
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política con los Estados Unidos y una integración puramente económica a un proceso globalizador
vez más desigual.

Velasco y la aparición del “tema mujer”

VIOLETA BARRIENTOS SILVA

El gobierno revolucionario del general Juan Velasco Alvarado coincidió en el tiempo con las
demandas levantadas de la segunda ola del feminismo desde 1968. Las reformas velasquistas no
necesariamente contenían lo que luego vendría a llamarse “enfoque de género”; hubo necesidad
de que un grupo de mujeres llamara la atención al respecto. Estas demandas fueron recibidas en la
medida que el gobierno se orientaba por una doctrina humanista, de “liberación”, con el objetivo
de crear el binomio nacionalista “Pueblo-Fuerza Armada”.

En esa interacción se formaron grupos sin reconocerse como “feministas”, como el “Grupo
Promoción de la Mujer”, de Helen Orvig, Violeta y Elena Sara Lafosse en 1971, “Acción para la
Liberación de la Mujer Peruana” de Cristina Portocarrero y Ana María Portugal en 1972,
Promoción Cultural “Creatividad y Cambio” de Rosa Dominga Trapasso y Timotea Galvín, y el
Grupo de trabajo "Flora Tristán“ con Lía Morales y Carmela Mayorga en 1973. Sus integrantes
fueron activas en la formulación de políticas públicas relativas a la igualdad de la mujer en el
ámbito familiar, educativo, político y económico. Se trataba de una “revalorar” a la mujer que al
igual que la población campesina era un grupo que sufría opresión. Esta idea quedó expresada en
el artículo 11 de la Ley General de Educación de 1972, redactado por Helen Orvig, esposa de
Augusto Salazar Bondy, ideólogo de la “filosofía de la liberación” y principal asesor de la reforma
educativa: “La Educación será reorientada hacia la revalorización de la mujer, ofreciéndole las
mismas oportunidades para su desarrollo personal, libre y pleno”.

Por primera vez, un instrumento de política pública como el Plan Inca publicado en 1974 describió
la situación de las mujeres. En su acápite 23 se reconocía que la mujer no ejercía sus derechos, ni
tenía acceso a puestos directivos; que en el matrimonio el hombre disponía de sus bienes sin su
consentimiento, y que en los estratos más bajos se presentaba mayor violencia contra la mujer.
Había que lograr como objetivo la igualdad con el hombre en derechos y obligaciones.

1975 fue declarado Año Internacional de la Mujer por Naciones Unidas, y Año de la Mujer
Peruana, por el gobierno revolucionario. Se creó la Comisión Nacional de la Mujer Peruana
encabezada por Consuelo Gonzales Posada, esposa del general Velasco, para coordinar a las
organizaciones “femeninas”; organizaciones campesinas, trabajadoras y barriales. Se instauraron
las “Tribunas de Opinión” en Lima, asambleas donde las organizaciones de base barrial planteaban
sus demandas y críticas. Se incorporó a las mujeres en el servicio militar y se llevó a cabo un
análisis de la situación de la empleada doméstica, que prolongaba en la práctica situaciones de
servidumbre colonial.

Se trataba sin duda de una “revolución desde arriba” llevada a cabo en conjunto por militares
nacionalistas y cuadros provenientes del catolicismo progresista bajo las ideas del Concilio
Vaticano II, lo que hizo que se guardara distancia con los planteamientos de los feminismos
norteamericanos o europeos que también reivindicaban una autonomía sexual y reproductiva. De
allí que muchas asesoras del régimen no se autodenominaran “feministas”.
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Luego de la dictadura, la agenda de liberación de las mujeres reclamando un lugar específico


condujo a la formación por separado de grupos feministas apoyados por la cooperación
internacional, sin que se lleve a cabo la integración de las ideas feministas en las organizaciones
de derechos humanos o centros de estudio de la realidad social peruana mucho más influenciadas
por sectores progresistas de la iglesia. Las mujeres de sectores más populares debieron organizarse
en torno a las crecientes necesidades de la crisis económica y la violencia de los años ochenta.

Los militares y el vacío político de la revolución

EDUARDO TOCHE M.
Historiador. Vicepresidente del Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo – desco.

La fantasía de la derecha peruana es Juan Velasco, condensador de todos los males


contemporáneos del país. También de una parte importante de la izquierda peruana, para quien la
persona encarna per se el sentimiento antioligárquico. En ambos casos, se pone de lado la fórmula
usada por los protagonistas del golpe de octubre de 1968 para autoidentificarse: gobierno
revolucionario de la Fuerza Armada. La decisión política tomada en 1968 fue un resultado de la
experiencia institucional de los militares peruanos, que fue acumulándose durante el siglo XX.

Primero, las guerras mundiales cambiaron radicalmente el concepto de las mismas. Exigían una
inmensa movilización de recursos –sobre todo, industriales- que países empobrecidos como el
Perú no podía llevar a cabo. Para ello era indispensable la existencia de una entidad articuladora,
lo que requería una reorganización del Estado bajo la perspectiva de la seguridad. De esta manera,
afirmaba el general José del Carmen Marín, el Estado debía responsabilizarse de diseñar y llevar
a cabo políticas destinadas a la libertad económica, al progreso y el bienestar material del país,
todos ellos factores íntimamente ligados a la defensa nacional.

Segundo, en esa línea el Estado debía ser entendido como “la sociedad organizada”, teniendo como
finalidad suprema el bienestar de sus miembros mediante el progreso y el crecimiento económico
conseguidos con medios propios. En esta comprensión no quedó espacio para la política y sólo se
reconoció como propósito común el expresado por el interés del Estado, el cual reemplazaría los
procedimientos representativos con la planificación construida alrededor de una doctrina
desarrollista que debería implementarse “en nombre de la Nación”.

Tercero, esto significaba que los militares estuvieron convencidos de la superioridad de un


planteamiento tecnocrático sobre los procedimientos políticos y también de la extrema debilidad
de las organizaciones políticas y sociales, que mostraban incapacidad para formular un proyecto
hegemónico. Esto acarreaba un problema: la inexistencia de los agentes públicos que debían llevar
a cabo la tarea, porque el derrotero histórico seguido por el Estado peruano no estuvo signado por
la formación de un sector de funcionarios que con el transcurso del tiempo fuera adquiriendo
autonomía relativa y, a su vez, formulara sus propios objetivos proclives a convertirse en políticas
de Estado.

La ausencia de una burocracia civil debidamente articulada condujo a los militares desarrollistas
a buscar conexiones con algunos sectores intelectuales que sentían cercanos a sus planteamientos.
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La cooptación de profesionales con capacidades técnicas así como una creciente influencia en la
alta función pública fue decisivo para que el CAEM [Centro de Altos Estudios Militares del Perú]
incorpore a funcionarios públicos civiles entre sus alumnos, inicialmente provenientes del
Ministerio de Relaciones Exteriores, para ampliarse en los años posteriores a personas vinculadas
a los ministerios de Agricultura, Educación, Fomento y Salud, así como profesionales que
ocasionalmente se desempeñaban como asesores.

Así, el fin del régimen militar mostró el agotamiento de los esquemas desarrollistas elaborados por
sus gestores durante las décadas previas. Aunque tuvo éxito en su instalación, en 1968, los
problemas políticos que derivaron de la aplicación de su proyecto se tornaron inmanejables y
surgió un difícil trance cuando debieron institucionalizar los cambios para “consolidar el proceso”.
Que no sucediera así se debió a los factores coyunturales que aparecieron de modo imprevisto y,
según Alfred Stepan, a la ausencia de resolución cuando surgieron contradicciones entre la
“relativa autonomía” con la que los militares condujeron el aparato estatal, y la presión ejercida
por los diversos grupos sociales que obligaba a una respuesta para asegurarse un indispensable
respaldo. Como se sabe, finalmente no ocurrió así.

La reforma de la prensa de Velasco

RAFAEL RONCAGLIOLO ORBEGOSO


Profesor Honorario de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ex Ministro de Relaciones
Exteriores y Ex Embajador del Perú en España.

Primero, lo evidente: la reforma de la prensa de Velasco terminó siendo mero control


gubernamental de los periódicos.

Segundo, lo paradójico: Se había formulado como democratización de las comunicaciones. Con


este propósito, promesa o ilusión, participamos en ella una generación de jóvenes de entonces, la
mayoría de los cuales somos ahora críticos y autocríticos del experimento.

Tercero, el diagnóstico de base para la reforma: los medios de comunicación son, de hecho, el
“cuarto poder” del Estado.

Son de verdad, un poder. Reflejan la realidad y, al mismo tiempo, la producen. No son


omnipotentes, pero tampoco impotentes. Fijan en parte la agenda de la política e influyen sobre la
educación de las personas tanto o más que la misma escuela. Alguien los llamó la “escuela
paralela”. Ahora, las redes sociales han modificado en algo esta situación, pero era tal cual en
1968.

Prueba de su poder es que no hay golpe militar exitoso en la historia republicana que no haya sido
auspiciado por los grandes diarios. También el de Velasco Alvarado. La oposición mediática a
Velasco no empezó por el golpe sino por las reformas que vinieron después.
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Todo esto era y sigue siendo verdad, pero no es toda la verdad. Los medios privados aseguran
diversos grados de libertad frente a los gobiernos. Los periodistas han cumplido y cumplen un
papel fiscalizador realmente indispensable para la vida democrática.

Cuarto, la reforma misma: En el diseño, los grandes diarios pasaban a manos de sectores
organizados de la sociedad: trabajadores urbanos, campesinos, comunidad educativa,
cooperativas, intelectuales, artistas, etc. Pero los sectores destinatarios o no existían o eran muy
débiles. No había una comunidad educativa. La Confederación Nacional Agraria representaba sólo
a una parte del campesinado. Las centrales sindicales realmente existentes quedaron fuera.

Y, sobre todo, este diseño, como otras reformas, entraba en contradicción con el carácter
autoritario del régimen militar. Expropiar los diarios era consistente con el autoritarismo y, por lo
tanto, tenía consenso militar. Pero transferirlo a las organizaciones sociales era otro cantar.
Morales Bermúdez se deshizo de Velasco y, con despidos y persecuciones, acabó con el proyecto.

En el manejo de la televisión, el gobierno se entendió con Genaro Delgado Parker, quien


previamente había separado la productora de TV de su canal, para evadir la intervención estatal.
El programa político “Quipu”, lanzado en 1972, no fue iniciativa del gobierno y sólo duró nueve
meses, con varias cancelaciones en ese lapso. También aquí lo autoritario predominó.

En general, no se puede entender el gobierno de Velasco sin asumir esta contradicción permanente
entre el propósito de participación y el carácter autoritario del régimen.

Es notable que, a pesar de ella, se realizaran cambios tan importantes para la historia del Perú,
como la recuperación del petróleo, la reforma agraria, el establecimiento de una genuina política
exterior de apertura al mundo y la reivindicación de una identidad popular, simbolizada en la figura
de Túpac Amaru.

El gobierno de Velasco y la autonomía reproductiva de las mujeres

SUSANA CHÁVEZ A.
Feminista Obstetra, maestra en salud pública, especialista en políticas públicas y salud sexual y
reproductiva. Directora de PROMSEX

La llegada de Velasco al poder se produjo en un contexto de proceso migratorio que no se ha


repetido en la historia y que solo fue superado una década después a causa del conflicto armado
interno. Dicho proceso llevó no solo a un crecimiento acelerado de algunas ciudades del país, sino
también al empobrecimiento rural, que parece mantenerse en el tiempo.

Los datos que se disponían en los sesenta ya no hacían referencia al despoblamiento de los
cincuenta. Surgieron las primeras instituciones privadas de planificación familiar, apoyadas por
agencias internacionales y por la Agencia de Cooperación Internacional del Gobierno de los
Estados Unidos de Norteamérica, USAID, bajo un enfoque sanitario (evitar la extensión de
enfermedades) y de seguridad (reducir la presión migratoria como escape de países pobres a países
ricos). 1

Simultáneamente, se dio otro proceso: aparecieron las primeras demandas feministas que incluían
políticas del cuerpo, enfocadas en la autonomía reproductiva que, inspiradas en el movimiento
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feminista global y regional, proponían legalizar el aborto y erradicar la violencia, ejes que fueron
el preámbulo de las Conferencias de la Mujer de Naciones Unidas y de la Convención por la
Eliminación de todas Formas de Discriminación en Contra de la Mujer (CEDAW).

Aunque el Estado Peruano fue parte de este proceso, las políticas nacionales no incluyeron esta
dimensión, aun cuando las reformas apuntaban a transformaciones hacia la igualdad de las mujeres
en el campo educativo, sindical y de participación social, pues tal como señala Cueto, Velasco
“abrazó sin mayores elaboraciones una ideología pro natalista”, 2 prohibió todas las actividades
referidas a la planificación familiar, inclusive la educación sexual, y expulsó del país a
organizaciones que trabajaban en planificación familiar.

Velasco rubricó el primer informe de población del país,3 en el que se recogieron evidencias de
los desafíos del crecimiento poblacional (por encima del promedio latinoamericano) y en el que
se daba cuenta de la altísima tasa de fecundidad (6.8 hijos por mujer). No obstante, la respuesta al
problema fue opuesta al sentido común: se exhortó a las mujeres a que tuvieran más “soldados
para el pueblo”, se alineó al sector de la iglesia y con una mano se deshizo lo que la otra mano
proponía. Se postergaron avances que, de haberse concretado, hoy habrían producido una historia
distinta tanto para las mujeres como para el Estado Laico y la modernidad peruanas.

Hoy, a 50 años de la revolución velasquista, el avance en políticas del cuerpo continúa siendo
limitado. Si bien la tasa de fecundidad continúa en descenso, la posibilidad de que todas las
mujeres ejerzan su autonomía reproductiva de forma libre y segura es un pendiente, sobre todo
cuando hablamos de mujeres jóvenes, indígenas, afrodescendientes o pobres.

Si bien los avances en derechos humanos y en tecnología son una realidad para muchas mujeres,
especialmente para las que son adultas, se encuentran informadas y forman parte de la clase media
peruana, aún hay miles de mujeres que no disponen de métodos anticonceptivos y mucho menos
tienen acceso a un aborto legal y seguro. Y lo que es peor: su reproducción es definida por razones
ajenas a ellas, aun cuando esto se reconozca como una clara vulneración de sus derechos.

1. Cueto, M. La vocación por volver a empezar: las políticas de población en el Perú. Revista
Peruana de Medicina Experimental Pública 23 (2), 2006.

2. Ibid.

3. Oficina Nacional de Estadística y Censos. La Población del Perú. CICRED, 1974.

El ejemplo de Villa El Salvador


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RAMIRO GARCÍA Y JAIME MIYASHIRO

El nacimiento de Villa El Salvador tiene como el antecedente más importante la toma de tierras en
abril de 1971 en el distrito de San Juan de Miraflores, duramente reprimida por las fuerzas
policiales. Los pobladores resistieron, lograron llamar la atención de los medios de comunicación
y el apoyo abierto de la iglesia católica logrando así iniciar un proceso de negociación con el
Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas.

El contexto de cambio lo permitía. El gobierno militar vio en esa “invasión” una oportunidad para
ofrecer, además de terrenos para vivienda a los miles de pobres y a los migrantes que llegaban a
Lima, un proyecto de nueva ciudad modelo, una comunidad autogestionaria de inspiración
socialista, que iba muy a tono con el llamado “proceso revolucionario de las Fuerzas Armadas”.

Las primeras familias en llegar ocuparon los terrenos demarcados por el gobierno. La ocupación
fue de norte a sur y el proceso de inscripción se daba en una dependencia del gobierno relacionada
a los temas de vivienda. Cuando se ocupó parte significativa del territorio y se habían conformado
los grupos residenciales, eran las Juntas Directivas quienes reasignaban los lotes, sirviendo como
un mecanismo para controlar y evitar la especulación y el acaparamiento de la tierra.

Por ejemplo, si había un lote en abandono se procedía con el “blanqueo del lote” como se le
denominaba a la acción de recuperación del terreno para la comunidad y la Junta Directiva Central
decidía su nueva asignación de acuerdo a algunos criterios: no poseer lote en otro lugar, contar
con familia y asumir el compromiso de participar y apoyar todas las actividades comunitarias,
entre otros. El lote entregado a la familia pasaba a ser propiedad individual. El principal criterio
para validar la posesión era el habitar el terreno, comenzar a construir la futura vivienda y hacer
vida en la comunidad.

En 1973 en asamblea general de los dirigentes se acuerda que Villa El Salvador sería denominada
como Cooperativa Integral Comunal Autogestionaria - CICA. Luego de intensos debates sobre la
naturaleza del modelo cooperativo, se acuerda el nombre de Comunidad Urbana Autogestionaria
de Villa El Salvador – CUAVES. Es esta entidad de autogobierno la que se encargaría por entonces
de gestionar los terrenos libres.

Ya en los años noventa la mayoría de terrenos destinados para vivienda habían sido ocupados y
comenzaron a tomarse los terrenos disponibles para los equipamientos urbanos previstos en la
planificación original del asentamiento.

Es cierto que transcurridas varias décadas el proyecto socialista y comunitario de ciudad que
representaba Villa El Salvador entró en crisis. Sin embargo, su importancia radica en que logró
construir un imaginario de que es posible crear y construir colectivamente una ciudad por los
propios pobladores. Figuras como María Elena Moyana, asesinada por Sendero Luminoso, o
Michel Azcueta, su primer alcalde, fueron parte de ese imaginario que en 1987 hizo a Villa El
Salvador merecedora del premio Príncipe de Asturias por “su práctica ejemplar para organizar una
ciudad solidaria y económicamente productiva”.

Mural realizado por la artista plástica Fiorella Parvina, en el Centro de Comunicación Popular de
Villa El Salvador. Foto de Mario Zolezzi.
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Mural realizado por la artista plástica Fiorella Parvina, en el Centro de Comunicación Popular de
Villa El Salvador. Foto de Mario Zolezzi.

Y si bien la promesa de construir una ciudad modelo autogestionaria quedó en el camino, Villa El
Salvador es, acaso, el mejor ejemplo de que es posible la autogestión y la superación de las lógicas
de consumo y mercantilización de la vivienda. Villa nació como consecuencia de un acuerdo social
entre sus pobladores. Eso es precisamente lo que ahora necesitamos para que los pobres de la
ciudad no tengan que ocupar los terrenos residuales y de mala calidad. Es decir, lo que necesitamos
para dejar de vivir en una ciudad desigual y dividida.

La reforma agraria: hacendados y campesinos en la Sierra Central

GISSELA OTTONE

Ingeniera de Industrias Alimentarias. Jefa del Programa Regional descocentro, del Centro de
Estudios y Promoción del Desarrollo – desco y Presidenta de la Asociación Centro de Estudios y
Promoción del Desarrollo Andino Amazónico.

Después de casi cincuenta años, la Reforma Agraria llevada a cabo por el gobierno del General
Velasco sigue generando agudas controversias. En ese sentido, abundan los testimonios y análisis
sobre su impacto en la población campesina. Sin embargo, muy poco se habla de los hacendados,
aquellos a quienes se les expropiaron las tierras.

Recordemos lo sucedido en la Sierra Central, especialmente los departamentos de Junín y


Huancavelica. Junín fue un departamento en donde surgieron fuertes y emblemáticos conflictos
previos a la reforma de 1969, como resistencia a la expansión de la división ganadera de la Cerro
de Pasco Corporation. Como respuesta, en 1964 el gobierno de Belaúnde promulgó una ley de
reforma agraria que priorizó precisamente a Pasco y Junín.

Paralelamente a la concentración de tierras por parte de la minera, también estuvo la impulsada


por la Sociedad Ganadera Fernandini –llamada después Algolán– que luego de expropiarse se
adjudicó inmediatamente 207 000 hectáreas de sus tierras. Esta hacienda llegó a tener 309 090
hectáreas (llegando hasta la costa de Ica y selva de Huánuco), 352 264 cabezas de ganado ovino,
13 408 vacunos y 1105 equinos.

Estos fueron los antecedentes para la formación de las SAIS Túpac Amaru, integrada por quince
comunidades campesinas y una cooperativa de servicios, y Cahuide sindicada como la empresa
campesina más extensa no solo del departamento de Junín sino del país, pues sus 270 000 hectáreas
abarcaron los distritos de Pariahuanca, Chongos Alto y Santo Domingo de Acobamba (provincia
de Huancayo), Yanacancha (distrito de Chupaca) y el distrito de Comas (provincia de Concepción)
del departamento de Junín, además del distrito de San Marcos de Rochac (provincia de Tayacaja),
en Huancavelica. Sus unidades de producción se localizaron sobre las antiguas ex haciendas Laive
(37000 ha), Antapongo (36000 ha), Tucle-Río de la Virgen (18000 ha), Acopalca (37000 ha),
Huari (3 000 ha), Runatullo (102000 ha) y Punto (20000 ha), ubicadas en ambas márgenes del río
Mantaro.
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En el caso de Huancavelica, aunque con una rentabilidad más cercana a la subsistencia, las
haciendas poseían una gran importancia, sobre todo, por el control de la mano de obra campesina
que permitía la propiedad de la tierra. Entre las haciendas teníamos a Palcas y Constancia, cuyo
propietario era la familia Alarco; Rumichaca, de los Delgado; Pichoy y Ocopa de la familia
Larrauri Vidalón; Pampachacra de Fabriciano Salazar y su esposa Olinda Patiño, entre otras.

Como consta en los testimonios recopilados por Mercedes Crisóstomo, una experiencia que marcó
la vida de muchos huancavelicanos, fue haber servido como pongos: “los gamonales nos hacían
sufrir”. Por eso, recuerdan nítidamente al patrón huyendo, esquivando las piedras lanzadas con
“huaracas” por los comuneros cuando empezó la reforma agraria por esos lares.

De la fusión de más de 54 haciendas se conformó la SAIS Huancavelica en 1974. Abarcaba por lo


menos tres provincias del departamento de Huancavelica, pero fundamentalmente Angaraes, con
más de 83000 hectáreas, incorporando a ex yanaconas de esas haciendas así como a comuneros.
Pero se impusieron los conflictos entre los socios y las comunidades que quedaron fuera de la
organización. La SAIS Huancavelica sería disuelta en 1980 por la presión de los campesinos. No
siempre la reforma salió como lo esperaban los tecnócratas del Gobierno Militar. Los comuneros
se opusieron a que la SAIS se consolidara porque “eran ingenieros (…) eran como los
hacendados”.

Algunos ex hacendados pugnaron por recuperar sus haciendas a través del Poder Judicial, incluso
violentamente como en Colcabamba, Huancavelica. Otros pensaron en la autoparcelación y hubo
quienes decidieron ceder a la propuesta de gobierno con la finalidad de no poner en riesgo posibles
futuros negocios. Otros se fueron a vivir a Lima a la espera del pago del “bono agrario” prometido.

El hijo del General Fernández-Maldonado

GUILLERMO FERNÁNDEZ-MALDONADO CASTRO


Abogado por la PUCP. Doctor en Derecho de la Universidad Alcalá de Henares. Representante
Adjunto de la Oficina en Colombia del Alto Comisionado de de las Naciones Unidas para los
Derechos Humanos.

El general Jorge Fernández-Maldonado fue Ministro de Energía y Minas en el gobierno de Juan


Velasco, de 1969 a 1975; luego, durante el gobierno de Morales Bermúdez fue Presidente del
Consejo de Ministros, Ministro de Guerra y Comandante General del Ejército. Se retiró en 1976.
Fue uno de los fundadores del Partido Socialista Revolucionario y senador por Izquierda Unida
entre 1985 y 1990. En esta nota, su hijo Guillermo comparte su mirada sobre aquellos años y su
valoración del proceso velasquista

El gobierno del general Velasco Alvarado marcó la vida de mi familia y la mía. Soy el menor de
cuatro hermanos y en 1968 tenía diez años. Mi padre fue uno de los cuatro coroneles que
acompañaron a Velasco desde la preparación del golpe de Estado. En los siguientes ocho años mi
padre desempeñará altos cargos en el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, desde
Ministro de Energía y Minas hasta Ministro de Guerra y Primer Ministro. En dicho período se
convirtió en uno de los principales líderes e ideólogos del sector revolucionario del gobierno,
basándose en las encíclicas papales.
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Conforme fui avanzando en edad, conocimiento y experiencia, mayor fue mi asombro por la
audacia reformista del gobierno de Velasco hace 50 años y mejor comprendía el compromiso de
mi padre con dicha revolución. Y es que este grupo de militares rompió la tradición militar golpista
y conservadora de la región. No los movió la ambición ni se sublevaron contra un gobierno para
poner “orden”. Se rebelaron contra un sistema que hizo un Perú profundamente injusto y contra
una clase dirigente indolente ante la vida indigna de millones de peruanos. Intentaron cambiarlo
con las ideas y medios de que disponían.

Yo hubiese deseado que un gobierno elegido haya intentado las reformas. De hecho, otros
gobiernos en la región lo intentaron y hoy sabemos que fueron derrocados debido a la intervención
de potencias extranjeras. Los propios militares sabían de sus limitaciones. Mi padre decía que la
reforma agraria seguro fue deficiente en lo técnico, pero es que su objetivo era social y humano,
no económico: devolver la dignidad a los campesinos explotados. Pese al tiempo transcurrido, son
pocos los juicios desapasionados sobre dicho gobierno.

Mi etapa de “hijo del ministro” la pasé en el colegio Champagnat de Miraflores. Era un colegio de
clase media y aunque no faltaban las burlas contra los “cachacos” y el gobierno, nunca me sentí
acosado ni discriminado. Ayudó mucho tener profesores y hermanos maristas que nos dieron una
avanzada formación crítica de la realidad peruana, con lecturas que incluían textos como Los siete
ensayos de interpretación de la realidad peruana de José Carlos Mariátegui o Guano y burguesía
en el Perú de Heraclio Bonilla. Claro, había de todo, como el profesor de trigonometría que solía
exclamar ¡Maldito sea Velasco! cuando alguien fallaba en un examen. De modo que mi
adolescencia no fue “normal”. Tenía un padre militar, ministro y de izquierda, en tanto mi círculo
social juvenil era anti militar, reaccionario y racista.

Ya en la universidad, a mi padre no le agradó que eligiera estudiar derecho, pues decía que “los
abogados son los profesionales para mantener el statu quo y yo soy un revolucionario”. Desde
joven tuve muchas presiones para entrar en el activismo político, pero, aunque nunca lo hice, seguir
la política siempre fue un foco de especial interés. Las mezquindades políticas que observé tras
diez años de trabajo en el congreso fortalecieron mi decisión. ¿Qué hacer entonces para contribuir
a un cambio?

Alberto Fujimori abrió la puerta que cambió mi vida. En 1992, la disolución del congreso por
Fujimori me dejó sin trabajo. Allí empiezo a trabajar para la ONU en la Comisión de la Verdad de
El Salvador. En los siguientes 25 años he seguido trabajando en la ONU, en especial en países en
conflicto, como El Salvador, Guatemala, Afganistán y actualmente en Colombia, para apoyar a
gobiernos y sociedades en su lucha por la vigencia de la paz y los derechos humanos. También
hoy veo pocos juicios desapasionados sobre los derechos humanos.

La Hija del General

Sobre mi padre, el General Oscar Vargas Prieto


VIRGINIA VARGAS
Feminista, Socióloga. Socia fundadora del Centro Flora Tristán en Perú. Integrante del Programa
Democracia y Transformación Global en Perú y de la Articulación Feminista Marcosur en
América Latina.
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Durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado, el General Oscar Vargas Prieto fue Contralor de
la República (de 1971 a 1972). A inicios de 1975 fue nombrado presidente del Comando Conjunto
de la Fuerza Armada y por un breve período continuó en ese cargo ya en el gobierno de Morales
Bermúdez. Pasó al retiro en 1976. Su hija Virginia trae a la memoria aquella época, apuntando a
las contradicciones entre el autoritarismo militar reformista y los proyectos de cambio truncos en
la América Latina de esos años.

Como hija de militar, crecí rodeada de hijos, hijas, esposas de militares, además de los oficiales
amigos de mi padre. Sí conocí a Velasco, estudié primaria con su hija Pocha. Sabía que mi padre
se había opuesto al golpe de la Junta Militar de 1962 y, por ello, fue cambiado a Iquitos. Allí
reconocí su sentido de justicia y su acercamiento a Mariátegui, moqueguano como él. Este fue el
inicio de largas conversaciones sobre el país y sus tremendos desbalances.

A mediados de 1968 me casé y fui a vivir a Chile. Mi matrimonio, solo por civil, estuvo rodeado
de los amigos de mi padre: Richter, Fernández Maldonado, Velasco y otros que a la distancia se
me olvidan. Por mi lado, estaban el padre Gustavo Gutiérrez y todxs mis amigxs de la universidad.
Combinación rara avis.

Yo estaba en Santiago cuando el golpe en Perú. No me alegró, yo ya era una mujer de izquierda.
Mi padre me explicaba que no era una dictadura, sino una acción reformista que pretendía terminar
con los privilegios de pocos contra la mayoría. Como sabiamente dijo Bourricaud, era una
“dictablanda” con reforma agraria incluida, iniciada con una frase histórica: Campesino, ¡el patrón
no comerá más de tu pobreza!

El golpe de Estado en Chile fue en 1973. Una noche, con amigxs en casa, rodearon la casa 60
militares armados. Días antes habían llegado fotos de Velasco Alvarado tomándole juramento a
mi padre como Contralor de la República. Casi en broma, las habíamos puesto a la vista, “por si
acaso vengan los milicos”. Después de gritar, revisar, romper, apuntar con sus bayonetas, el Mayor
a cargo miró las fotos y mi amiga dijo: es el papá de la señora, un militar muy importante y está
con el General Velasco Alvarado, presidente del Perú… No se fueron inmediatamente, ¡pero
bajaron el tono! ¡Habían reconocido quién era ese general!

Pasada esta terrorífica experiencia, escribí una larga carta a mi padre contándole lo que había
pasado en nuestra casa, lo que estaba pasando en Chile, con la represión, asesinatos, cuerpos
flotando por el río Mapocho, toque de queda… y un embajador peruano absolutamente insolidario.
Mi padre leyó mi carta en el Consejo de Ministros y, junto con las gestiones del General Tejada,
de la aviación, cuyo hijo David también estaba en Chile, se decidió enviar dos aviones a Santiago,
a recoger a los 400 asilados en la embajada… y a “la hija del general”. Pinochet lo recibió, le puso
un carro con chofer, le regaló unas espuelas (que aun las tiene mi hija, Alejandra, pero ya hace
rato que le hicimos una limpia milenaria). Mi padre conoció a mis amigxs militantes, que estaban
buscando formas de enfrentar la dictadura. Y con ellos fue muy generoso, en consejos y formas de
evitar sospechas y ser más efectivos en las tareas de “resistencia civil”.

Mi regreso a Lima significó un cambio total en mi vida. Inicialmente desadaptada, después de la


experiencia chilena, ¡no me atraían los golpes militares! En el momento del golpe de Morales
Bermúdez mi padre era Comandante General del Ejército e, institucionalmente, le correspondió
ser Primer Ministro. Solo estuvo seis meses, pero en ese tiempo estableció un “consejo” de la
sociedad civil y me pidió nombres de gente democrática. Le di una lista y él los invitó (entre ellos,
Enrique Bernales). Este golpe fue inicialmente considerado “ambidextro”, por la presencia
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“progresista” de mi padre y de Fernández Maldonado, quien lo reemplazó en el Premierato,


también por pocos meses. Luego, se consumó la derechización.

Fueron años de mucha efervescencia


FABRICIO FRANCO
Sociólogo y cientista político, especializado en políticas y gestión pública. Profesor-investigador
en Flacso-Chile.

Desde 1970 hasta 1975 Carlos Franco participó en el gobierno de Juan Velasco Alvarado como
asesor político de la Alta Dirección del Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social,
SINAMOS. En este breve apunte, su hijo Fabricio valora las principales reformas impulsadas por
el velasquismo y el impacto del proceso en un paralelo entre la vida nacional y la vida familiar.

Cincuenta años después, el Gobierno de Velasco sigue siendo ¨la bestia negra¨ de la derecha en el
Perú y, ciertamente, esta tiene razón para percibirlo de esta manera. Varias de sus reformas
afectaron no solo la propiedad sobre las que se sustentaba el bienestar de estos sectores sino
también las formas de relacionamiento de campesinos, migrantes y obreros urbanos con el resto
de la sociedad y con el Estado.

Varias de los cambios que se llevan adelante entre 1968 y 1975, como la reforma agraria, la
nacionalización del petróleo, el fortalecimiento de sindicatos y una política exterior más autónoma,
expresan un consenso reformista propio de los sesenta y setenta al que adscribían no solo sectores
de izquierda. Por ejemplo, los primeros dos puntos eran, con diversos grados de intensidad,
reconocidos como necesarios por sectores de centro y de derecha como el diario El Comercio.

Dimensiones que hoy son recusadas por diversos sectores, como una fuerte intervención estatal en
la economía eran el enfoque prevalente en sociedades como la israelí, la inglesa, la alemana o la
chilena y, la apuesta por los más pobres y un énfasis mayor por el gasto social estaban en la base
de programas como el de Johnson en EE.UU o en el Concilio Vaticano II. En otras palabras y
paradójicamente, el programa de cambios que llevó adelante el gobierno que varios consideran el
más radical de la historia del Perú estaba dentro del marco de lo que hoy denominaríamos la
centroizquierda.

Ciertamente, esto fue llevado adelante por un gobierno autoritario. Pero cierto es también que la
democracia peruana entre los años cuarenta y sesenta era un sistema político débil en buena medida
porque el Perú no era una sociedad de ciudadanos. Una parte importante de nuestra población
rural, que alcanzaba en aquel momento cerca del 50%, estaba sometida a relaciones serviles y
cerca del 40% era analfabeta. Justamente uno de los principales legados del Gobierno de Velasco
fue iniciar la transición hacia mayor ¨ciudadanización¨ de la sociedad peruana, incorporando
nuevos actores populares al espacio de lo público, más conscientes de sus derechos. Otro elemento
clave cuyas bases sentó fue la construcción de identidad(es) peruana(s) más claramente
identificada con sus raíces andinas y mestizas modificando los ejes bajo los cuales nos percibimos
y definimos. En ese sentido, el Perú contemporáneo es tributario de estas transformaciones. Desde
mi perspectiva, este rol emancipatorio es su principal legado y probablemente con el paso de los
años cobre un mayor reconocimiento, sin desconocer que errores de enfoque hubieron varios.

En términos personales para los hijos de padres en mitad de sus treintas comprometidos
activamente en el gobierno fueron años de mucha efervescencia, acompañándolos a actividades de
entrega de tierras, marchas y mítines políticos y eventos culturales. Esto se combinaba también
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con algunas ausencias, particularmente de nuestro padre y con reuniones multitudinarias en casa
con gente discutiendo y conversando de política, de las marchas y contramarchas de la gestión del
gobierno. Si los años de infancia dicen que son definitorios en varios sentidos, estos los fueron
notoriamente para nosotros.

Bodas de oro del Gobierno Revolucionario: la democratización de Velasco.


GELIN ESPINOZA PRADO
Politóloga e investigadora de la Pontificia Universidad Católica del Perú

“En nuestros tiempos pasados, nosotros éramos sirvientes de los hacendados […] No teníamos ni
voz ni voto. No teníamos la educación, ni derecho, éramos como esclavos" 1

Quien escribe estas líneas es nieta de campesinos que fueron testigos de algo que hubiese sido
impensable para sus padres y abuelos: ser dueños de su propia tierra y cultivarla. Las anécdotas
sobre las luchas por las tierras han sido una constante en mi niñez. Mi abuela, una mujer quechua
hablante contaba orgullosa que las tierras que en el futuro nos pertenecerían a mí y a mis primos
se las había dado Velasco, que había sido Velasco quien los había liberado, que era por Velasco
que ella ya no sentía vergüenza de hablar en quechua y que era por Velasco que sus hijos e hijas
habían podido ir al colegio, privilegio que ella no pudo tener.

A los 50 años del golpe militar encabezado por el General Juan Velasco Alvarado (1968), el debate
sobre sus consecuencias políticas, económicas y sociales vuelve a la palestra con opiniones a favor
y en contra. Quienes lo defienden sostienen que su gobierno ejecutó reformas redistributivas y
necesarias para terminar con el dominio de los terratenientes. Por otro lado, quienes lo condenan
resaltan el carácter dictatorial de su gestión, al haber llegado al poder por medios no democráticos,
además de haber sumido al país en un fracaso económico.

En el debate sobre las implicancias negativas del golpe militar de Velasco sobresalen figuras como
José María Caballero 2 y Matos Mar,3 para quienes la reforma únicamente había logrado terminar
con el poder de los terratenientes. Desde un enfoque económico, Caballero sostiene que la Reforma
Agraria, más allá de la redistribución, habría sido un fracaso. Para Caballero, la reforma había sido
sesgada y había beneficiado especialmente a los trabajadores estables de las empresas, sobre todo
de las costeñas. Desde un enfoque político, Matos Mar sostiene que la reforma agraria peruana
muestra los límites de los enfoques reformistas de transformación social. Además, para el autor,
la reforma solo agudizó las características estructurales del subdesarrollo capitalista, es decir, su
dependencia, descapitalización y desequilibrio regional. Ahora bien, las críticas presentadas por
Caballero y Matos Mar pretendían ser una crítica de izquierda hacia la reforma, sin embargo, estas
críticas serían tomadas por los sectores conservadores para deslegitimar al gobierno de Velasco y
su reforma, críticas y argumentos que perduran hasta la actualidad.

Sostener que el gobierno de Velasco fracasó analizando la reforma agraria desde una visión
únicamente económica sería un grave error, ya que invisibiliza el impacto que tuvo la
redistribución de la tierra en las relaciones sociales y políticas en las zonas rurales del Perú. La
reforma emprendida por Velasco fue democratizadora no solo por la repartición de tierras, sino
también porque emprendió un conjunto de medidas para revalorizar y empoderar a la población
indígena, hasta entonces excluida.

Tres fueron las reformas más significativas emprendidas por Velasco Alvarado. En primer lugar,
la implementación de la reforma educativa que buscaba empoderar a los campesinos. Esta reforma
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es iniciada en 1972 y si bien no era exclusiva para las zonas rurales, buscaba superar la
reproducción de patrones de explotación y formar a un individuo independiente. Velasco era
consciente que para el éxito de la revolución la educación y la escuela eran elementos importantes.
Esta iniciativa fue bien recibida por los pobladores rurales, para los que la educación había sido
un anhelo esquivo desde los años 20.4

En segundo lugar y vinculado al punto anterior, Velasco emprendió una revolución cultural,
revalorizando la cultura quechua y oficializándola como idioma nacional. Para su propagación
impulsó el uso de lenguas indígenas en los colegios, empleó los medios radiales y televisivos,
promovió la creación de concursos regionales para que esta pueda ser expresada en la música,
danza y artesanía. Finalmente, la reforma agraria modificó el poder del ámbito local. La reforma
cambió la estructura de poder y le quitó el dominio a los grandes hacendados, que hasta antes de
la reforma contaban con el control absoluto para recoger rentas y generar alianzas.5

Pese a estos notorios avances, hay quienes dicen que nada de lo que hizo Velasco tiene legitimidad
porque rompió con el orden democrático, pero ¿podemos llamar democracia a un régimen donde
la oligarquía mantenía un control sobre quiénes podían ser ciudadanos, candidatos y quienes
llegaban al poder? Recordemos que hasta antes de la Constitución de 1979, el sistema político
formal estaba bloqueado porque se exigía saber leer y escribir para ejercer el derecho de sufragio.
Esto perjudicaba directamente a los campesinos, quienes en su gran mayoría no tenían acceso a la
educación, eran analfabetos y por lo tanto no podía votar. En este contexto de democracia para las
élites y exclusión para los campesinos, el gobierno revolucionario era uno de los pocos caminos
viables para emprender los grandes cambios que el Perú necesitaba para romper con la tradición
latifundista. Desde el gobierno revolucionario, los campesinos y campesinas fueron ciudadanos y
sujetos con derechos.

1. Testimonio aparecido en: Asensio, R. (2016). Los nuevos Incas. La Economía Política del
Desarrollo Rural Andino en Quispicanchi 2000-2010. Lima: Instituto de Estudios
Peruanos.

2. Caballero, J. (1980). Agricultura, reforma agraria y pobreza campesina. Instituto de


Estudios peruanos. Lima. Caballero, J. y N. Flores (1976). Algunos aportes para el
conocimiento de los problemas post-reforma agraria en ciertas zonas de Cajamarca y La
Libertad. Cuadernos CEPES. Lima, mimeo.

3. Matos, M. (1976) "Comunidades indi?genas del a?rea andina". En: Hacienda, comunidad
y campesinado en el Peru?, Peru? Problema 3. Instituto de Estudios Peruanos. Lima (2a
edicio?n).

4. Ascencio (2016) nos presenta los esfuerzos de la comunidad de Pacchanta (Cusco) por
tener una escuela local. Esfuerzo y anhelo que no pudo materializarse por la oposición de
las autoridades locales, quienes desplegaron actos violentos para expulsar a los profesores
que la comunidad había contratado.

5. Eguren, F. (2009). La reforma Agraria en el Perú. Debate Agrario, 44.

Velasco y la diversidad musical que despegó con ayuda de la Reforma Agraria


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FERNANDO RÍOS CORREA


Bachiller en Antropología por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Investigador del
Instituto de Etnomusicología de la PUCP.

Perú está construyendo un modelo de industria musical muy particular en Sudamérica: mientras
que en países vecinos, ahora mismo, se masifican tendencias encabezadas por clases medias
metropolitanas (y blancas), nuestras músicas más exitosas son campesinas, regionales, de
asentamientos humanos y se interpretan en lenguas indígenas. En YouTube, solo 10 videoclips
estrenados en los últimos dos años de agrupaciones de cumbia y géneros andinos como el huayno
o la tunantada suman 180 millones de visualizaciones, y propuestas de Juliaca, Tingo María, Jauja,
Ayabaca, La Mar, Purús y Yurimaguas, en español, quechua, aimara y asháninka, se perfilan para
el 2019 como tendencias nacionales.

Probablemente no sea la mejor noticia para los grandes medios de comunicación, o para los
interesados en industrias musicales que entienden por música exitosa solo aquella que suena a rock
y aparece en una cadena internacional de música pop, pero así es como hemos construido nuestro
consumo y producción cultural, y la responsabilidad de las ciencias sociales, además de
sistematizar los fenómenos, es explicar los procesos que permitieron construir estos entornos.

¿Qué tienen que ver las industrias musicales, las ciencias sociales y la importancia del
velasquismo? Que no se puede explicar ninguno de los entornos señalados en el párrafo anterior
sin abordarlos desde la Reforma Agraria y los procesos revolucionarios iniciados en 1968. No es
fácil, varios de los que hemos sido formados en la última década en las aulas universitarias tenemos
en común haber “descubierto” la trayectoria de Juan Velasco Alvarado de forma tangencial, no
necesariamente por las lecturas, sino por el análisis de nuestras historias de vida. Aclaro esto
porque debo enfatizar que mis investigaciones sí están influenciadas por mi experiencia familiar.

Llegué a Velasco cuando caí en la cuenta de que mis hermanos y yo éramos los primeros
universitarios en ambas líneas familiares, que nuestra madre -y sus hermanos- en Montero, Suyo
y Piura eran los primeros letrados, y que alfabetizarlos solo había sido posible por la aparición de
escuelas elementales gestionadas por las comunidades, donde nuestras abuelas y bisabuelos
estaban haciendo tomas de tierras desde el gobierno de Bustamante, en contra de hacendados que
robaban miles de tupus de tierra apelando a la tortura, la pólvora y el subprefecto, situación que
apenas desaparece con la caída de Belaúnde. Fui descubriendo que casi toda mi promoción
sanmarquina tenía una historia parecida, que siempre estaba relacionada con una hacienda y la
Reforma Agraria. El proceso había marcado a los que veníamos de áreas urbanas pobres y recién
lo empezábamos a descubrir durante la educación superior. Éramos pobres, pero íbamos a la
escuela para ser profesionales, no a la hacienda para ser pongos del hacendado, como la bisabuela.

Yo venía del mismo distrito que Corazón Serrano, Veintiséis de Octubre, y de hecho éramos casi
vecinos por el mismo proceso: nuestras familias habían migrado de la misma provincia, gracias a
que los ancestros (el señor Guerrero y la señora Neira en el caso de ellos, y el señor Correa y la
señora Robledo en mi caso) habían podido acceder a tierras en el proceso de la Reforma Agraria,
con cuyo sustento, la cosecha de sus chacritas, lograron financiar el viaje de los hijos mayores,
quienes a su vez trajeron a los últimos, para asegurarles acceso educativo y laboral en la capital
regional.

Esta dinámica no era exclusiva de la familia Neira ni de la mía, de hecho Pacaipampa, tierra de
Corazón Serrano, vivió uno de los procesos más dramáticos: según Karin Apel, once haciendas
ocupaban más de 73 mil hectáreas, las que antes de la Reforma Agraria fueron tomadas por 1313
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pequeños propietarios, lo que generó la aparición de predios como Cachiaco, comunidad de los
Guerrero Neira. En diversas conversaciones con los fundadores de la agrupación, refieren que, si
bien los hermanos mayores migraron, el padre y la madre seguían apoyando con lo que generaban
en sus chacras. Es evidente una relación entre la trayectoria de la agrupación sanjuanera y los
procesos de reforma agraria.

Pero no solo este grupo fue influenciado. Es notorio que en las regiones donde ocurrieron cambios
más profundos en la tenencia de la tierra a favor de yanaconas, indígenas o colonos, hubo luego
de la década de 1990 enormes avances en la comunicación y producción masiva de expresiones
musicales rurales. Así, Cusco, donde según el Censo Agropecuario de 1961, 469 hacendados se
repartían 1 420 905 hectáreas, es hoy un departamento que manufactura cientos de agrupaciones
de huayno sureño, huayno con requinto, cumbia sureña y huayno cusqueño. En esa comparativa,
Puno es igual de sorprendente: la tierra de la cumbia sureña, cuyas productoras multimedia
manejan la carrera de agrupaciones campesinas e indígenas de Cochabamba, Iquique, Antofagasta,
Tacna y El Alto, contaba hasta 1961 con 84 sociedades mercantiles que concentraban 573 580
hectáreas, mientras que un total de 22 comunidades apenas poseían 21 243. Ni una ni otra región
tuvo antes de la Reforma Agraria algún movimiento musical campesino con el poder interregional
que tienen sus pares contemporáneos.

Para lograr que estas regiones se conviertan en clústeres musicales se requería movilidad social
indígena y campesina. No era posible generar grandes mercados para las diversas variantes de
huayno sin músicos formados en escuelas y productores educados en universidades públicas
locales, algo que apenas comenzó a suceder a fines de la década de 1980. Lo que la Reforma
Agraria y la masificación del quechua permitió fue dotar de algo que puede sonar hasta básico:
libertad. La seguridad sobre la tierra facilitó, a partir de la década de 1980, que miles de familias
rurales “expulsen” a sus hijas e hijos a las capitales regionales a trabajar y estudiar. Existen decenas
de testimonios que relatan los diversos mecanismos que las haciendas utilizaban para anular la
capacidad de movilidad educativa, cultural y económica de sus colonos y esclavos.

Los párrafos anteriores no describen una investigación completa ni apuntan a conclusiones, sino
que se esbozan para narrar los senderos por los que yo me moví en las investigaciones musicales
a partir de reconocerme como un hijo de la Reforma Agraria de Juan Velasco Alvarado, paisano
mío. Considero que el velasquismo no solo es una postura política o de moda, sino que nos puede
ayudar a dibujar de manera más rica y compleja nuestras pesquisas, como en el caso de las músicas
andinas y tropicales.

No veo factible construir una narración del Perú contemporáneo sin reconocer que nuestra
república se refundó cuando se abolió el latifundio, y que nuestra diversidad cultural, hoy en la
cresta de nuestro reconocimiento como nación, solo ha sido posible con indígenas y campesinos
libres y dueños de su propia tierra.

Bolsonaro presidente ¿Y ahora?


SILVIO CACCIA BAVA
Sociólogo. Director del periódico Le Monde Diplomatique Brasil.
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Jair Messias Bolsonaro fue elegido como presidente de la República de Brasil, con 58 millones de
votos, es decir 39% de los electores brasileños. Bolsonaro, 63 años, capitán reformado del Ejército,
de extrema derecha, tiene una larga lista de pronunciamientos que defienden la tortura, el asesinato
de opositores, la esterilización de mujeres pobres, la privación de los derechos laborales de las
empleadas domésticas, entre otros. Es racista, muestra desprecio o prejuicio contra mujeres y
niñas, siente odio por homosexuales y por toda la comunidad LGBT. Pretende extinguir todos los
“quilombos” y las reservas indígenas para abrir espacio al agronegocio y la minería. La cuestión
ambiental simplemente es ignorada, habilitando al agronegocio a destruir las reservas forestales,
así como las riberas de los ríos y sus cabeceras.

Bolsonaro inició su trayectoria política como concejal en Río de Janeiro (1989-1990) y, a partir de
entonces, como diputado federal, con siete mandatos consecutivos, por 28 años, pasando por varios
partidos políticos. Se presenta, sin embargo, como un outsider, alguien que no es político y que
vino para erradicar la corrupción y cambiar un sistema político necrosado.

Su campaña, basada en el combate a la izquierda, el estímulo al odio y en las fake news, enfocó
como enemigo al Partido de los Trabajadores y sus electores, calificados de ladrones y corruptos
que necesitan ser eliminados de la vida política por todos los medios, inclusive por la prisión y
hasta por la eliminación física.

Hasta junio de 2018, Bolsonaro tenía una presencia discreta en las encuestas electorales, con 17%
frente al 30% de Lula. Se convirtió en la alternativa de las élites cuando el partido de centro-
derecha, el PSDB, naufragó en las elecciones. En la primera vuelta, el PSDB no consiguió ni
siquiera el 5% de las preferencias de los electores. Lula, el candidato de mayor convocatoria
popular, que se perfilaba a ganar la elección presidencial en la primera vuelta por el PT, fue preso
y alejado de las elecciones el 7 de abril, sin ninguna prueba que sustente su condena. A partir de
ahí, la derecha – y todos los medios – pasó a atacar al PT, acusándolo de ser una banda de ladrones
liderado por un condenado en prisión.

Bolsonaro contó con el apoyo de la élite empresarial y financiera del país, de los principales
canales de televisión y diarios de la gran prensa (controlados por cinco de las familias más ricas
del país), de las iglesias evangélicas, de sectores importantes de las clases medias y de sectores
populares en los cuales la Iglesia Evangélica Neopentecostal tiene una presencia importante. Estos
sectores sociales optaron por Bolsonaro principalmente para expresar su anti-petismo y la defensa
de valores conservadores, algo cultivado en los últimos cinco años por los medios dominantes,
que, además, atribuían al PT la corrupción endémica, la recesión económica, el desempleo y todos
los problemas de la sociedad brasileña.

El desgaste, sin embargo, no fue solo del PT, sino que se extendió a todos los partidos, una vez
que, de a pocos, fue comprobándose que el uso de recursos ilícitos en las elecciones involucraba a
todos.

Cabe señalar que el PT, a pesar de la masacre de los medios y las redes sociales, fue el que menos
sufrió al fin de cuentas. Fueron elegidos cuatro gobernadores en la región Nordeste y la mayor
bancada de la Cámara de Diputados (56 diputados federales) y, como partido, aún cuenta con la
preferencia del 24% del electorado brasileño. El PSDB, su mayor adversario en las últimas
elecciones, obtuvo el 4% de las preferencias del electorado, consiguiendo el MDB, partido del
presidente Temer, el mismo porcentaje. Los demás partidos no lograron más que 1%.
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Lo que se observa es la desintegración de la centro-derecha y la desaparición del discurso social-


demócrata. La idea de un pacto social, expresado en la Constitución de 1988, fue abandonada por
las élites y por los partidos conservadores.

Sin embargo, el determinante para la elección de Bolsonaro fue su activismo en las redes sociales,
con la utilización de un impresionante aparato tecnológico y la difusión en escala industrial de
fake news, falsedades y mentiras que, hasta absurdas, tuvieron millones de views a lo largo de la
campaña electoral.

Fueron miles de fake news creadas diariamente, como respuesta y resignificación de las
movilizaciones y pronunciamientos de sus opositores. Según una investigación realizada del 16 de
agosto al 7 de octubre, sólo cuatro de las cincuenta imágenes más replicadas en el WhatsApp eran
verdaderas.1 Y las investigaciones demuestran que el 47% de las personas que visualizan los
mensajes de WhatsApp creen en ellas, no distinguiendo las mentiras de la información.

Un ejemplo es la difusión de una mamadera con un chupón de látex en forma de pene y los dichos
de que su oponente, el candidato del PT, Fernando Haddad, pretendía implantar su uso en todas
las guarderías del país, en una campaña contra la homofobia. Esta noticia falsa fue vista por 3,6
millones de personas. Cabe recordar que Fernando Haddad fue ministro de Educación, con una
evaluación excelente de su trabajo.

Contando con el apoyo, declarado informal, de Cambridge Analytica y de Steve Bannon, el


marketero norteamericano que utiliza datos personales de los electores para dirigirles mensajes
específicos de acuerdo a su perfil y que estuvo detrás de la campaña de Trump, Bolsonaro
transformó el modo de hacer política en estas elecciones, que llevaron la marca de una enorme
manipulación del electorado, bajo la complacencia del Tribunal Superior Electoral y del Supremo
Tribunal Federal. Incluso después del video en el cual el hijo de Jair Bolsonaro, Eduardo
Bolsonaro, electo para el Senado con la mayor votación de la historia, afirma que para cerrar el
Supremo Tribunal Federal basta movilizar a un cabo y un soldado, el STF permaneció en silencio,
amedrentado.

Según Steve Bannon, “si no fuese por Facebook, Twitter y otros medios sociales, habría sido cien
veces más difícil para el populismo ascender (…)” y Bolsonaro cuenta con un gran grupo, muy
sofisticado, de brasileños expatriados trabajando en los Estados Unidos. Según él, “hoy, la política
es, en realidad, una narrativa mediática” 2

La demonización del adversario durante la campaña electoral fortaleció el antipetismo y llevó a


un sinnúmero de agresiones físicas y hasta asesinatos de electores de Haddad e integrantes de
grupos minoritarios por bolsonaristas radicalizados.

En Porto Alegre, el día 8 de octubre, una joven con una camiseta que llevaba escrita la frase “Él
no”, declarando que no vota por Bolsonaro, al descender de un ómnibus fue agredida por tres
hombres, que le dieron golpes y trazaron con una navaja en su barriga la esvástica nazi, gritando
“¡Bolsonaro! Él sí”. El delegado titular de la 1ª Delegación de Porto Alegre, Paulo Jardim, al
comentar la denuncia registrada en su Delegación, declaró que la esvástica marcada con una navaja
no es un símbolo extremista y sí de amor, un símbolo milenario budista.

La policía se muestra coludida con la radicalización y así estimula estos comportamientos


criminales. El temor que se cierne sobre todos es que la violencia política se propague por la
sociedad, sin ningún control, al estilo del “modo filipino de gobernar”.
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Electo por un partido minúsculo sin ninguna expresión, el Partido Social Liberal (PSL), Bolsonaro
enfrenta el desafío de gobernar. Sin experiencia administrativa, su equipo de campaña reúne seis
generales de reserva y economistas ultraliberales, liderado por Paulo Guedes, banquero, integrante
y dirigente del Instituto Millenium, un think tank que propone, por ejemplo, la privatización de
todo lo que es público e interese al mercado, la destrucción de los derechos laborales, la reducción
de las pensiones por jubilación y el recorte de las políticas sociales.

El propio Bolsonaro y sus generales hacen declaraciones en defensa de la dictadura, poniendo en


jaque a todas las instituciones de la República y amenazando con gobernar sin el Congreso y hasta
promover el impeachment y poner tras las rejas a los integrantes del Supremo Tribunal Federal.

Sin planes de gobierno ni proyecto para el país, este grupo que se apropia del poder llevará a Brasil
a una situación de crisis económica, social y política sin precedentes, hará uso de la represión
violenta para garantizar su gobernabilidad, promoverá la persecución de sus opositores políticos y
buscará destruir todas las organizaciones de la sociedad civil que representan a los sectores más
empobrecidos y defienden sus derechos.

Además de los militares, dirigentes del mercado financiero, del agronegocio, de bancos
internacionales de inversiones, son considerados para integrar los ministerios del gobierno
Bolsonaro. Según Bolsonaro, será el fin de los sindicatos, de las ONG, de los movimientos
sociales. Al comparar la dictadura brasileña con la argentina, declaró que la dictadura brasileña
debería haber matado a 30 mil opositores, como lo hicieron los militares en Argentina.

Con la ayuda de Temer, la ley antiterrorista está siendo regulada por el Congreso con vistas a
endurecer las penas sobre cualquier grupo que el gobierno desee calificar como terrorista. Y Jair
Bolsonaro ya anunció su voluntad de clasificar a los movimientos sociales como terroristas,
especialmente al Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST) y el Movimiento de los
Trabajadores Sin Techo (MTST), los dos mayores movimientos sociales del país.

Lo que ahora se ve como posible coalición de gobierno es la articulación entre un radicalismo


estúpido y rastrero – fruto de la manipulación mediática que alienta a la clase media, la cual
identifica al PT como la razón de todos los males, debiendo por eso ser destruido – y un
ultraliberalismo internacional que ve en la crisis brasileña el camino para apropiarse de las riquezas
del país y acabar con toda ilusión de soberanía nacional. Este ultraliberalismo reafirma el papel de
colonia de Brasil y de América Latina, vista como una plataforma de explotación depredadora por
parte de las multinacionales, específicamente el sistema financiero internacional.

En un escenario de alto desempleo (13.1%), precarización e informalización de las relaciones de


trabajo con la correspondiente pérdida de los derechos laborales y rebajas salariales,
empobrecimiento generalizado, población endeudada (40% de los adultos integran el registro
nacional de personas que no logran pagar sus deudas en la fecha prevista) y la reducción drástica
de los recursos destinados a las políticas sociales por la imposición de una enmienda constitucional
que congela los gastos sociales del gobierno federal por 20 años, el modelo de sobre-explotación
que se pretende intensificar tiene un alto potencial conflictivo.

Sin intención de restaurar un pacto social en el cual las amplias mayorías puedan beneficiarse de
una pequeña parte de la riqueza producida, el gobierno Bolsonaro debe hacer uso de la represión
y el terror para contener las previsibles manifestaciones de protesta y reivindicaciones.
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Este escenario solo tiende a agravarse y debe también generar tensión en su propio equipo de
gobierno, sus alianzas políticas y sus relaciones con el Congreso. Por el perfil autoritario de
Bolsonaro, que ya desautorizó a sus principales asesores en pronunciamientos sobre lo que harán
en el gobierno, no será sorpresa que el nuevo gobierno entre en crisis en un corto período de
tiempo.

Los desenvolvimientos son imprevisibles, pero varias declaraciones de los generales señalan que,
si la estabilidad política llegara a ser amenazada por presiones sociales o por conflictos con el
Congreso, ellos podrán asumir directamente el gobierno, en nombre de la preservación del orden,
de la Constitución y de la estabilidad.

Por otro lado, es importante observar que 89.5 millones de electores brasileños no votaron por
Bolsonaro y, de ellos, 47 millones votaron por el PT. Si las violencias contra las movilizaciones
en defensa de los derechos se multiplican, es previsible la formación de un frente antifascista y de
un poderoso bloque de oposición.

1. Estudio realizado por la Universidad de Sao Paulo, Universidad Federal de Minas Gerais
y Agencia Lupa, publicado en la Folha de Sao Paulo el 18 de octubre de 2018.

2. “Capitalismo esclarecido e populismo de Bolsonaro aproximarão o Brasil dos EUA, diz


Steve Bannon”, Folha de SaoPaulo, 29 de octubre de 2018.

América Latina bajo la bota de Trump


JOSÉ F. CORNEJO
Licenciado en Filosofía. Analista internacional.

Cuando Donald Trump fue electo como presidente de los Estados Unidos hace dos años, la
mayoría de gobiernos de la región reaccionó con asombro y estupefacción. Como candidato,
Trump se había expresado duramente frente al problema migratorio, con desembozadas
declaraciones racistas sobre los latinoamericanos y, además, había amenazado con retirarse de los
tratados de libre comercio, el TLCAN y el TPP. ¿Qué podía esperar América Latina del gobierno
de Donald Trump?

Irrelevancia estratégica pero imprescindible retaguardia


Es un lugar común en los análisis sobre las relaciones entre los EEUU y Latinoamérica, afirmar
que nuestra región carece de relevancia estratégica para su política exterior. Esto, que es
indiscutible, muchas veces se malinterpreta como un desinterés de los EEUU sobre lo que ocurre
en América Latina. Me parece un grave error. Efectivamente, en su último documento sobre
Seguridad Estratégica Nacional se afirma que los EEUU “han entrado en un período de
competición con grandes potencias”. Que “China y Rusia se han convertido en serios competidores
que están construyendo las bases materiales e ideológicas para contestar la primacía y el liderazgo
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de los EEUU en el siglo XXI”. Y que por tanto “el principal interés para la seguridad nacional de
los EEUU es impedir la dominación de la masa continental Euroasiática por potencias hostiles”.

Esto es un propósito descomunal. EEUU, que no es un país europeo ni asiático, quiere, ni más ni
menos, manejar los destinos de esta inmensa masa continental de países y mantenerla bajo su
dominación. Esta política exterior “unipolar” y de “dominación global” no empieza con Trump,
esta fue una política formulada por Brzezinski hace más de 25 años, luego del colapso de la URSS.
Desgraciadamente, en las élites americanas ha cristalizado una suerte de “hubris” imperial bajo la
sensación de sentirse los triunfadores de la Guerra Fría: el ganador se lo lleva todo, impone las
reglas y se hace lo que él quiere en el sistema mundial. Como hemos podido apreciar en varias
ocasiones en los foros multilaterales, cada vez que no consigue imponer su posición, patea el
tablero. Defender a capa y espada un orden mundial unipolar en donde “América dirige”, es el
norte de la política exterior americana, sean Demócratas o Republicanos los que estén en el
gobierno.

Pero volvamos a nuestros asuntos latinoamericanos. El hecho de no estar en las primeras filas de
este combate de gigantes, no significa que no seamos importantes. El aparente menosprecio de los
EEUU hacia nuestra región esconde que en los presupuestos de su estrategia mundial está
claramente el objetivo de mantener un control firme y subordinado de América Latina a sus
intereses globales. De tal manera que, en la medida que tensa su confrontación estratégica con
Rusia y China, más busca afirmar su dominio sobre nuestra región, como retaguardia
imprescindible a sus aspiraciones globales. Eso debemos tenerlo absolutamente claro. Veamos
ahora que ha significado para América Latina la llegada de Donald Trump.

El regreso al garrote y la zanahoria


La administración Obama había hecho gestos diplomáticos para endulzar las relaciones con
América Latina, ante el auge del regionalismo soberano que buscaba limitar la injerencia
estadounidense en los asuntos latinoamericanos (CELAC, UNASUR). Junto con la tímida apertura
hacia Cuba, sorprendió el discurso de John Kerry al afirmar que para los EEUU “la era de la
doctrina Monroe ha terminado”. Pues bien, la tinta no estaba aún seca cuando la llegada de Donald
Trump al grito de caballería “América primero” resucitó esta vetusta doctrina imperialista del
garrote y la zanahoria. Por la voz de su Secretario de Estado y magnate petrolero, Rex Tillerson se
nos anunció que la Doctrina Monroe es “tan relevante hoy como lo fue el día de su escritura”.

Esta desfachatada resurrección de la Doctrina Monroe por parte de la administración Trump se


propone, en primer lugar, reforzar la posición comercial de sus multinacionales con una política
de acuerdos bilaterales, ya no multilaterales; luego, se plantea disminuir la “influencia maligna”
de Rusia y China en la región, reforzar la “seguridad hemisférica” con un mayor despliegue de su
presencia militar, así como derrotar a los “anacrónicos y autoritarios gobierno de izquierda” que
perduran en América Latina.

Reforzar la dependencia económica


El desprecio por las instancias internacionales y los acuerdos firmados ha sido la marca de fábrica
de la administración Trump desde que asumió sus funciones. En el plano comercial, junto con el
retiro del TTP, uno de sus objetivos era desconocer TCLAN, acuerdo de libre comercio entre
Canadá, México y los EEUU. Aprovechando su posición de fuerza logró imponer la renegociación
de un TCLAN2, que puede servir de pauta para vaticinar las futuras iniciativas comerciales en la
región. Según Ugarteche y Negrete (Alainet 16.10.2018), hay tres capítulos que generarán
“profundas transformaciones económicas y políticas en América del Norte, y entre la región y el
mundo. Una se refiere a la continuidad en la guerra comercial económica de EEUU contra China
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y Cuba tomando como aliados a Canadá y México; otro se refiere al deseo de sostener al dólar
como moneda de reserva internacional; y el último se refiere a la regulación de los derechos de
autor y la propiedad intelectual”. Todos los retoques acordados se realizan en exclusivo beneficio
del socio mayor. La negociación del TCLAN2, ha sido solo una maniobra de Trump para reforzar
la subordinación de las economías de México y de Canadá a los intereses de los EEUU.

Luego de su triunfo obtenido con el TCLAN2, su próximo objetivo es el MERCOSUR, en


particular Brasil. Recientemente, en una conferencia de prensa, Trump se refirió al “injusto” déficit
comercial que los EEUU tienen con Brasil. En el 2017 Brasil tuvo un superávit de US$ 2,060
millones en su intercambio comercial con los EEUU. Esta iniciativa le será facilitada con el
inminente triunfo del denominado “Trump tropical”, el ex militar fascista Jair Bolsonaro, en la
segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil. Con Mauricio Macri sometido al FMI
en la Argentina y, Bolsonaro y su Chicago boy Paulo Guedes en Brasil, Trump podrá desarmar
fácilmente el frágil modelo proteccionista del MERCOSUR y subordinar completamente las
economías de estos países al dominio económico americano. Luego del triunfo del NO al ALCA,
está sí que será una revancha del imperio muy amarga de tragar para la región.

De más está decir que, la administración Trump buscará además entorpecer el aprovisionamiento
de materias primas destinadas a China, que se ha convertido en el principal socio comercial y
destino de las exportaciones de Brasil y Argentina.

Despliegue continental y militarización de la ayuda


En materias de defensa y seguridad, como ha recordado recientemente Juan Gabriel Tokatlian (El
Clarín, 4.09.2018) EEUU utiliza el pretexto del “peligroso avance militar” de China, Rusia e Irán,
para reforzar su despliegue militar en el subcontinente americano. Cuenta con el Comando Sur con
sede en Miami, la reactivación el 2008 de la IV Flota, bases militares en Aruba, Colombia, Cuba
y Honduras, así como bases operacionales secretas en otros países de la región incluido el Perú.
Ha restablecido sus relaciones militares con el Ecuador, con la presencia nuevamente de militares
americanos en el país, cosa que está prohibida por la constitución.

En su reciente visita a Brasil, el secretario de Defensa James Mattis discutió los planes para una
intervención militar contra Venezuela, negoció la utilización de la base militar espacial de
Alcántara y concretó diferentes contratos con la industria militar brasileña que comprometen
seriamente el proyecto de un complejo industrial militar brasileño soberano. Es decir, desde la
frontera con México hasta la Patagonia, los EEUU tienen una presencia militar incontestable por
alguna potencia extra continental. Por otro lado, en lo que se refiere a la ayuda de los EEUU a la
región, en los presupuestos 2017 y 2018, constatamos nítidamente su creciente militarización al
estar destinadas más del 60% de las partidas a ser manejadas directamente por el Pentágono. Esto
significa que en las embajadas americanas, serán los oficiales de inteligencia, los agregados
militares, los agentes de la DEA, los encargados de administrar el reparto de las zanahorias.

La nueva política del gran garrote


Como era de esperarse para un bravucón y sulfuroso presidente como Trump, que profiere
amenazas de destrucción, sanciones y represalias a diestra y siniestra, lo que no se pudo conseguir
con los dólares se conseguirá por la fuerza. En el terreno político, la administración Trump decide
apoyar la elección fraudulenta, contestada incluso por la misión de observación de la OEA, de
Juan Orlando Hernández en Honduras. Es bueno recordar que es precisamente la política
neoliberal y represiva de su lacayo en Tegucigalpa la que está a la base de la ola migratoria de
hondureños que en estos momentos ocupan los titulares de los medios. Abandona el tímido
acercamiento con Cuba con el pretexto de una “agresión acústica” contra sus funcionarios por
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parte de las autoridades cubanas, y refuerza el bloqueo económico y las campañas de


desestabilización en contra del gobierno castrista.

En Nicaragua ha desplegado acciones abiertas y encubiertas para conseguir un cambio de régimen,


y amenaza de aplicar al gobierno de Ortega draconianas sanciones económicas en la denominada
Nica-Act, inspirada en la Magnitsky Act que instauró sanciones económicas en contra de Rusia.
Endurece y amplía las sanciones y la guerra económica iniciadas por Obama en contra de
Venezuela, amenazando incluso a Caracas de una intervención militar para “salvar al pueblo de la
tiranía de Maduro y restablecer la democracia en Venezuela”.

En la VIII Cumbre de las Américas se consagra el retorno a su liderazgo hegemónico sobre la


región restableciendo a la OEA como el ente articulador de su Doctrina Monroe, desmantelando
los organismos regionales soberanos (UNASUR). Con la complicidad de los países agrupados en
el “Grupo de Lima” impone arbitrariamente la marginación del gobierno legítimo del Presidente
Maduro y su reemplazo por figuras de la oposición venezolana en el exterior. Burlándose de la
voluntad popular, son los EEUU el que decide quien debe gobernar en nuestros países.

Toda esta política de injerencia, desestabilización y guerra económica se trasviste ante la opinión
pública como una defensa de los DDHH y lo valores liberales que supuestamente inspira la política
exterior de los EEUU. Pero en más de una ocasión, los EEUU han dado muestras claras que no
creen en la universalidad de los DDHH. Recientemente el asesor de seguridad, John Bolton, ha
declarado amenazadoramente que para los EEUU el Tribunal Penal Internacional “está muerto”,
ante el intento del TPI de iniciar una investigación de posibles crímenes de guerra cometidos por
las tropas americanas en Afganistán. Los EEUU no son signatarios del tratado internacional sobre
los DDHH, como tampoco de la Convención Americana de DDHH conocida como el Pacto de
San José. Actualmente con su manejo cínico e hipócrita del cruel y salvaje asesinato del periodista
disidente saudí Khashoggi, los EEUU y sus aliados de la OTAN, nos muestran el derrumbe moral
en el que se basa su llamado “orden liberal internacional”. Por ello, no se puede ser demócrata,
progresista y muchos menos de izquierda, si se apoya las políticas ilegales, desestabilizadoras y
belicistas de los EEUU en nuestra región.

Para concluir debemos reconocer que se vienen tiempos difíciles y sombríos para América Latina,
en tanto se mantenga la tenaz voluntad de la política exterior estadounidense: dominar y subordinar
nuestra región a su hegemonía.

Europa: Las derechas duras y la antipolítica


LEYLA BARTET
Escritora, periodista y socióloga del Institut d’Etudes du Développement Économique et Social.
Univ. Panthéon Sorbonne, Paris I.

Parafraseando a Marx podría decirse que un fantasma recorre Europa. Pero esta vez no se trata del
comunismo, sino de lo que en su reciente libro “Las nuevas caras de la derecha” (Siglo XXI
Editores, 2018) el historiador Enzo Traverso llama post fascismo, es decir, la nueva expresión de
la derecha emancipada de la matriz histórica que la vio nacer. En efecto, a diferencia de los
fascismos del siglo XX, impregnados de un contenido ideológico fluctuante, los partidos post
fascistas apuestan por la “normalidad” para intentar transformar el sistema desde dentro y de
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alguna manera “naturalizar” una forma de pensamiento que destruye los principios básicos de la
democracia.

La crisis de los partidos políticos tradicionales ha sido precedida por otras manifestaciones que le
dan origen: el incremento de las asimetrías sociales, el desempleo y subempleo que afecta a los
más vulnerables, las promesas incumplidas de la Unión Europea, incapaz de oponerse a la
concentración de la renta y la riqueza. Este cóctel explosivo alimenta fenómenos sociales
concomitantes como el rechazo a la inmigración y el anti islamismo primario que caracterizan al
post fascismo.

Más allá de las diferencias de origen y de naturaleza que estas nuevas derechas extremas poseen,
resultan evidentes sus rasgos comunes y sus efectos en el paisaje político europeo. Tanto
Alternativa para Alemania como el Frente Nacional francés, la Lega Nord en Italia, Vox en España
(que cuenta con las abiertas simpatías del Partido Popular), Alba Dorada en Grecia, Jobbik, el
partido de Viktor Orban en Hungría o Ley y Justicia del fallecido Lech Kaczynski en Polonia y
las derechas de Europa Central (Austria, República Checa, Eslovaquia) para no mencionar a
aquellas de Bélgica y los Países Bajos y hasta el remanso socialdemócrata escandinavo, todas han
experimentado un crecimiento exponencial en los últimos tiempos. Y este peso político no sólo se
ha reflejado en las urnas. Ha determinado también una derechización del espacio público,
obligando a los partidos de centro-derecha a endurecer sus propuestas para no perder a su
electorado tradicional que de otro modo prefiere los discursos más radicales.

Todos estos movimientos (y este sería uno de los rasgos comunes) despliegan una xenofobia que
se ha renovado en el plano retórico. Ya no se define con los viejos clichés del racismo clásico
antisemita. Ahora apunta en especial a los inmigrantes o a las poblaciones “provenientes de la
inmigración”, es decir, de origen colonial incluidos los nacidos en suelo europeo. El eje estructural
de ese nuevo nacionalismo no es el antisemitismo sino la islamofobia. Y todos comparten otras
afinidades como el nacionalismo proteccionista contra la globalización y el repliegue contra la
Unión Europea aprovechando los problemas que aquejan a este organismo regional. Todo esto
coronado por el autoritarismo y la apología de las políticas securitarias.

La crisis de los partidos tradicionales


¿A qué se debe la desafección creciente del electorado frente a los partidos “históricos”? Algunos
especialistas como Régis Meyran 1 se refieren al fenómeno como una forma de antipolítica. Por
su parte, el historiador francés Pierre Rosanvallon, gran defensor de la autogestión y ex consejero
del Presidente François Mitterrand, habla de una patología política, una enfermedad que aqueja a
las sociedades europeas. El filósofo italiano Roberto Espósito, miembro fundador del Centro de
Investigación sobre el Léxico Político Europeo y profesor de la Universidad de Nápoles, prefiere
hablar de impolítica, un término que explica una actuación contraria a la definición original del
“hacer política”. 2

Todas estas expresiones (y la lista no es exhaustiva) presentan a la democracia representativa como


paralizada y vampirizada por la contrademocracia. Espósito evoca un enfoque desencantado de la
política que la reduce a su facticidad, a su pura materialidad, sin proyectos ni ideología. Por ello,
presentarse como un empresario que gestiona bien resulta especialmente eficaz.

En el pasado, las fuerzas políticas encarnaban valores. La representación política tenía una
connotación sacralizada y el pluralismo político era la expresión del conflicto de ideas y de
compromisos intelectuales fuertes. En la actualidad todos los hombres de Estado (desde Emmanuel
Macron, que trabajó para la Banca Rothschild, hasta el empresario mediático Berlusconi) se
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pretenden “buenos administradores” pragmáticos y, sobre todo, post ideológicos. La política,


según Traverso, ha dejado de encarnar valores para tornarse un lugar de pura gobernabilidad y
distribución del poder, de administración de los recursos públicos. En el campo político
tradicional, aquel de los partidos históricos europeos, ya no se combate por ideas: se construye
carreras. Esta “anti política” surge de la decadencia de la política convertida en un cascarón vacío.
El electorado constata que en los últimos 30 años la alternancia de gobiernos de centro derecha o
de centro izquierda no ha generado modificaciones fundamentales en su calidad de vida. Ha sido
un simple cambio de personajes en la administración de los recursos públicos. Y la crítica y el
debate están ausentes de la mayoría de los medios monopólicos. En este contexto, los movimientos
post fascistas llenan fácilmente el espacio desocupado por los “clásicos”.

Esta situación de desideologización de los partidos ocurre además dentro de una situación regional
muy favorable, aquella del desencanto de las promesas europeístas que se han convertido en objeto
de críticas, tanto de la izquierda radical que acusa a la Unión Europea de defender los intereses del
gran capital, como de los post fascismos que propugnan la recuperación de la soberanía nacional,
el fin de la libre circulación y el proteccionismo económico.

El rapto de Europa
La mitología griega cuenta que la ninfa Europa fue secuestrada por Zeus, convertido en seductor
toro blanco de brillantes cuernos. El toro se acercó a ella con cariño y mansedumbre. Cuando
Europa se decidió a montar sobre su lomo, el toro se incorporó, corrió a toda velocidad y raptó a
la asustada ninfa. El mito podría utilizarse como metáfora reemplazando al toro blanco por la
Unión Europea. En efecto, la crisis del modelo se hace visible con la quiebra de Lehman Brothers
hace unos diez años. Las políticas de austeridad y reforma estructural -propugnadas entonces por
el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea, la “troika” a
la que se refería el el ex ministro de economía griego Yanis Varoufakis- afectó a los países más
frágiles: Irlanda, Portugal, Grecia y Chipre. Y dentro de ellos, a los más pobres. La fractura social
se convirtió en el epicentro de la crisis.

Desde entonces la concentración de la riqueza no ha dejado de aumentar. Según datos del Global
Wealth Data Group, en 2017 el 31 por ciento de la riqueza total europea pertenecía al 1% de la
población adulta. Paralelamente, las instituciones y las políticas redistributivas han sido objeto de
una sistemática operación de acoso y derribo quedando muy mermada su capacidad financiera y
su legitimidad.

Para nadie es un secreto que el poder económico se traduce en poder político. Las grandes
corporaciones y los grupos de presión que los representan no dudan en hacer efectivo ese poder
poniendo a su servicio a las instituciones. El resultado de esto es que la Unión Europea representa
cada vez más los intereses de las élites económicas y políticas. Esto ha generado una desafección
creciente del modelo de gobernanza neoliberal que se expresa en un voto de protesta centrado en
opciones autoritarias de extrema derecha. Ante el argumento “No hay suficiente para todos” que
subyace a las políticas de ajuste draconianas, la extrema derecha propugna lo que en “Ay Europa!”
(Trotta. Madrid, 2009) Jürgen Habermas llama “el chovinismo del bienestar” expresado en la
tensión latente entre el estatuto de ciudadanía y la identidad nacional. Así, el malestar social y la
polarización política se canalizan hacia el chivo expiatorio: el inmigrante, el extranjero, el “otro”.

Los orígenes del post fascismo


Los medios de comunicación informaron en 2006 sobre la pugna entre derecha tradicional y
movimientos post fascistas como el PVV en los Países Bajos. En las elecciones europeas de 2009
el llamado Partido de la Libertad de Geert Wilders obtuvo 4 eurodiputados. Este triunfo electoral
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trajo como consecuencia una radicalización del centro-derechista Partido Popular de Países Bajos
(VVD) que, ya para 2010, proponía en su programa excluir del Estado de Bienestar a los
inmigrantes: sí a la redistribución de la riqueza, pero sólo para los ciudadanos nacionales. De allí
en adelante, la derecha ha ido ganado terreno en Holanda y algo semejante ha ocurrido también en
Bélgica, que además suma a su paisaje político el viejo conflicto irresuelto entre flamencos y
valones.

Este fenómeno de radicalización de las derechas históricas se ha visto también en Austria, donde
la llegada de una coalición derecha-extrema derecha fue recibida con normalidad por la Unión
Europea, ya que Viena cumplía con los objetivos económicos establecidos. Algo parecido ha
ocurrido en Suiza, Dinamarca y, desde hace poco, en Suecia donde su modélica socialdemocracia
no dudó en endurecer sus políticas sobre inmigración y acogida de refugiados frente al avance de
la derecha.

Otro caso emblemático es el de España. Tras la moción de censura por corrupción que quitó a
Mariano Rajoy (del centro derechista Partido Popular) de la presidencia del Gobierno, fue
reemplazado en el cargo por Pedro Sánchez, de la corriente de izquierda del Partido Socialista
Obrero Español (PSOE). Desde entonces y frente al reto de un gobierno en minoría, los socialistas
se esfuerzan por encontrar consenso con los nacionalistas catalanes y vascos y con el partido
Podemos, que no ha dudado en apoyarlo. El PP por su parte eligió como nuevo presidente al muy
conservador Pablo Casado, delfín de José María Aznar. Y el centro derechista Ciudadanos
continúa su alianza táctica con el PP para acosar al gobierno socialista. Por otra parte, el hasta hace
poco inexistente partido Vox, paradigma del post fascismo español creado en 2013, reunió hace
poco a más de 10 mil seguidores en Madrid. Ante una animada sala, el exaltado secretario general
de Vox, Javier Ortega Smith, no dudó en proponer el fin de las autonomías, ilegalizar los partidos
independentistas y de izquierda, expulsar a los inmigrantes clandestinos, prohibir el aborto y el
matrimonio gay, derogar la Ley de Memoria Histórica y terminar con el Estado de Bienestar. Bajo
el lema “España viva”, Ortega Smith exigió mano dura frente a los independentistas catalanes.
Copiando a Donald Trump, repitió muchas veces “España es lo primero” (America First). Vox no
tiene aún presencia parlamentaria en España pero su crecimiento ha sido grande desde su creación
y nadie duda que ingrese al Parlamento Europeo en las próximas elecciones.

Otro ejemplo del aggiornamento de la ultraderecha es el cambio del discurso del Frente Nacional
en Francia. Durante mucho tiempo y desde su creación en los años setenta, el FN de Jean Marie
Le Pen había expresado un antisemitismo abierto que lo había llevado a un revisionismo histórico
escandaloso: “los campos de concentración son detalles de la historia”, llegó a decir. Su hija
Marine ha roto con el padre y ha establecido con él una distancia que pretende “normalizar” el
partido, evitar confrontaciones con el sistema, integrándose en los espacios políticos de la V
República. Empieza a preocuparle su respetabilidad y practica una forma de “entrismo”. Marine
Le Pen dice ahora que los enemigos de la patria ya no son los judíos, sino los musulmanes que
ponen en peligro la seguridad nacional y la homogeneidad cultural europea. Su relativo éxito
electoral -fue sin duda el partido más votado en las últimas elecciones- se acompaña del hartazgo
de las clases populares.

Felizmente todo parece indicar que por el momento las fuerzas que dominan la economía global
no apuestan por las opciones tipo Frente Nacional. No apoyaron en Francia a Marine Le Pen así
como en EEUU, Wall Street sostuvo a Hillary Clinton y no a Donald Trump. Pero en una Europa
fragilizada y polarizada, nada garantiza la evolución que esto pueda tener.

1. Meyran, Régis. Le Mythe de l’identité nationale. Ed. Berg. Paris 2015


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2. Esposito, Roberto. Catégories de l’impolitique. Ed. Le Seuil. Paris 2

¿En qué momento jodió el rock a Velasco?

WILI JIMÉNEZ TORRES


Comunicador. Co-fundador y administrador de la plataforma ¡VUNP! ¡Vale un Perú! y
colaborador de Rock Achorao’

Uno de los temas que siempre causa debate cuando se repasa la historia del rock hecho en el Perú,
es la relación que tuvo el Gobierno de Juan Velasco Alvarado con este género, y sus representantes
locales. Es probable que ello nunca se agote. El principal protagonista tendría que ser entrevistado
y eso ya no es posible. Lo que sí se puede es acudir a colegas autores que se han referido al tema
en libros dedicados a la apasionante historia local de una música que nos hemos apropiado -como
antes ocurrió con el vals- y que se ha arraigado fuerte en nuestro medio. Nuestro rock.

El primer autor que trató el tema en un libro sobre rock es el filósofo y ex “gritante” de bandas de
rock subterráneo Pedro Cornejo. En la reedición de su libro “Alta Tensión. Breve historia del rock
en el Perú” (Contracultura, 2018) escribe su visión final sobre el particular:

"Uno de los elementos centrales de la dictadura de Velasco fue su discurso ‘nacionalista’ y


‘antiimperialista’ que, en la práctica, se tradujo en un enfrentamiento con las políticas
implementadas hasta ese momento por los Estados Unidos en América Latina y en un rechazo de
la penetración cultural ‘yanqui’.

Desde esa perspectiva, el rock era un foco de ‘alienación’ juvenil que era necesario combatir. Y el
gobierno militar lo hizo pero no de una manera violenta… Por un lado, los medios masivos de
comunicación fueron confiscados y, en consecuencia, dejaron de ser una ventana para el rock local.
Por otro lado, la importación de equipos e instrumentos se volvió virtualmente imposible. Por
último, y como resultado de su política de no alineamiento, el Perú quedaba fuera del eje
anglosajón lo cual para el rock peruano significaba quedar aislado de su conexión con la escena
internacional.

Sería inexacto, sin embargo, explicar el declive del rock peruano únicamente por el acoso de la
dictadura militar. No hay que olvidar que en otros países -Argentina, por ejemplo- el rock enfrentó
procesos autoritarios más duros y no sólo sobrevivió sino que alcanzó una cohesión aún mayor.
Hubo, pues, otros factores. Entre ellos habría que considerar, tal vez, el hecho de que el rock
peruano era, ante todo, una forma de entretenimiento, tanto para quienes lo hacían (los músicos)
como para quienes lo escuchaban (el público), y no un medio de expresión, una forma de vida o
una fuente de valores alternativos a los que ofrecía la sociedad. Seguramente había quienes lo
asumían de esta segunda manera pero constituían un segmento minoritario dentro del circuito de
músicos y oyentes. Al respecto, es revelador observar que la mayoría de músicos peruanos de los
sesentas concebían al rock como un hobby o como un entretenimiento pasajero que debía ser
dejado de lado cuando ya fueran adultos… Por ello, no es sorprendente que la mayoría de músicos
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de rock en actividad a principios de los setenta se hayan ido del país o se hayan dedicado a otra
cosa cuando las condiciones existentes dejaron de ser propicias"

Hugo Lévano, uno de los más acuciosos investigadores de nuestras músicas contemporáneas de
origen anglo, editor del libro “Sótano Beat. Días felices” (Contracultura, 2012), ha hecho un
interesante y extenso informe sobre el tema para la revista “Urbanoide” (2018), donde responde a
las preguntas recurrentes cuando se habla del rock en la época del gobierno velasquista. Revisemos
algunas:

“¿Velasco prohibió las matinales?

No, no se conoce ningún decreto de la dictadura que haya afectado directamente a las matinales,
esas presentaciones musicales dirigidas al público adolescente brindadas por artistas de rock,
nueva-ola y tropical, en los cines de Lima…

¿Se prohibió el rock en las radios? ¿Se desalentó a los grupos?

… se apoyó a los músicos locales con la Ley de Comunicaciones (1971), que estableció que un
importante porcentaje de la programación hertziana tenía que ser producida en el país. La
ordenanza animó, indirectamente, a los sellos a fichar y grabar artistas nacionales de todos los
géneros, incluido el rock. Así, en 1972 se vivió un aumento de la producción de discos de 45 y 33
RPM, entre los cuales están los LP de los nacionales Pax, Traffic Sound, El Polen, We All
Together, Los Belking’s, Tarkus y El Álamo…

¿Se prohibió la importación de instrumentos eléctricos y equipos de música?

En 1969 se promulgó la ley que prohibió la importación de artículos de lujo… probablemente sí


incluyó a instrumentos y equipos de música de gama alta. Sin embargo, no provocó un
desabastecimiento dramático, ya que los de gama media fueron periódicamente ofertados por los
medios… Vista en retrospectiva, la restricción incentivó la aparición de lutieres nacionales, cuyas
guitarras, bajos y órganos eléctricos, a precios populares, los colocaron al alcance de los jóvenes
de Lima y las demás regiones, viviéndose en todo el país un evidente aumento de los grupos
eléctricos de rock y cumbia

¿La inestabilidad política afectó la producción de discos y la vida artística?

Testimonios de estos contratiempos los encontramos en la historia de la producción del LP Lux


(Sono Radio, 1972), de Traffic Sound: ‘Su salida al mercado se vio entorpecida por problemas
sindicales en la casa discográfica, lo que a la larga causó la desaparición de los masters

En conclusión, a fines de los años 60 el rock hecho por peruanos pasó de ser una manera de
experimentar ser joven a ser una incipiente industria, en tiempos convulsionados. Creo que si
hubiera tenido la cohesión de un movimiento o los músicos rockeros hubieran estado organizados,
por ejemplo, con un sindicato, hubieran hecho frente a la situación de otra manera. El gobierno
militar no tenía una posición firme sobre el tema, lo que explica por ejemplo el funcionamiento de
una radio como Atalaya que básicamente estaba dedicada a emitir los éxitos del ranking
norteamericano Billboard. Ni qué decir de la actuación de Gerardo Manuel -considerado prócer de
nuestro rock- y amigos en una fiesta del mismísimo Juan Velasco, o su presencia en el concierto
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de la banda canadiense Marshmallow Soup Group en la inauguración de la Feria Internacional del


Pacífico del año 1969. Esta historia le sobrevive al general que se hizo presidente.

Política en la escena teatral. Cincuenta años después

PERCY ENCINAS
Investigador, especialista en artes, educación y cultura. Universidad Nacional Mayor de San
Marcos / Asociación Iberoamericana de Artes y Letras.

1968 es un hito en la historia socio política del mundo. También del Perú. No solo el mayo francés
o la eclosión del hipismo. El florecimiento de la primavera de Praga y su aplastamiento. También
la masacre de My Lai, la de Tlatelolco, el asesinato de Memphis nos recuerdan las cuentas
pendientes por tantos otros crímenes en nuestra América. Y, aquí, Velasco. Ese personaje que ha
devenido mala palabra, blasfemia, una especie de invocación demoníaca para los sectores más
nostálgicos de la oligarquía terrateniente.

Aún falta escribir una historia de la cultura peruana que evidencie la impronta de esta pretendida
revolución. Lo cultural fue un campo sobre el que operó con voluntad política expresa. Pero sobre
todo, está pendiente analizar su influencia sobre el mapa teatral del país que, a partir de la década
de los años setenta, en el cenit del velascato, produjeron los giros y transformaciones más
importantes no solo en Lima sino también, y quizás principalmente, en importantes plazas del
interior. Yego, Yuyachkani y Cuatrotablas en Lima, Barricada en Huancayo, Los Audaces en
Arequipa, entre muchos otros grupos teatrales, no podrían explicarse sin los fuertes vientos de
progresismo que alentaban proyectos colectivistas ilusionados con la posibilidad de las utopías.
Asimismo, un nacionalismo de autorías que impulsó a Sara Joffré a crear las muestras nacionales
y regionales desde 1974 para que se ofrezca “teatro peruano”, revela una coincidencia con el
discurso reivindicativo que imperaba en esos años desde la iniciativa gubernamental que merece
dilucidarse con cuidado.

Tampoco es casualidad que a partir de los años setenta, los emprendimientos teatrales utilicen casi
siempre el sistema cooperativo de puntos para la repartición de ingresos. Modelo consolidado hasta
la actualidad, no solo entre los proyectos de teatro independiente, que coincide con la tercera vía,
alentada por el “Plan Inca” y que sobrevive entre la enorme mayoría de teatristas. El balance de
ese periodo es otra de las investigaciones pendientes que las universidades que forman
profesionales del teatro siguen eludiendo.

Son tiempos de vertiginosa comunicación a través de tecnologías cada vez más omnipresentes,
que nos ofrecen contactos electrónicos inmediatos, acceso a bancos de contenidos inabarcables,
babélicos e indigeribles que han convertido la gestión de big data en una cuestión de necesidad
estratégica para países, corporaciones y comunidades, además de haber facilitado la manipulación
de opinión pública más veloz de la historia en el fenómeno que ha dado en llamarse posverdad.
Son tiempos donde lo inmaterial parece ser el signo y la tendencia, donde las clases medias y
ascendentes -cada vez más amplias en países como el nuestro, pero también más saturadas bajo la
presión de productividad que ellas mismas se autoimponen- siguen optando con más o menos culpa
por el consumo de entretenimiento. Cabe preguntarse ¿qué lugar ocupa el teatro?
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Pensadores como el alemán Boris Groys o el coreano Byung Chul Han coinciden en señalar que
la sociedad contemporánea, urbanizada en su mayoría, vive entrampada en una hiperactividad que
ya no se corresponde con la que describiera Guy Debord en La sociedad del espectáculo, en la que
el tiempo libre se asociaba con la pasividad y el escape de las condiciones ordinarias.

La gente hoy, por el contrario, elige programas de diversión hiperactiva, sean de consumo de fin
de semana, sean tours vacacionales con agendas rigurosas que planean al minuto hasta “los
descansos”. Las personas se transforman en infatigables productores de contenidos - fotografías,
selfies, comentarios en redes, intercambio de mensajes con imágenes, opiniones impulsivas, pero
sobre todo simple exclamaciones- en lugar de receptores competentes de objetos o eventos de
cultura. Del consumo pasivo a la producción activa. Hiperactiva. Constituyendo sujetos que,
conectados al internet, devienen compulsivos, incontinentes e inmediatistas. Respecto a la cultura,
son mucho menos contempladores y más perpetradores. Cada tweet, meme, publicación en
Facebook, emoticon en grupos de WhatsApp o Telegram, o post en Instagram es, en última
instancia, una micro producción que delata su precariedad y banalidad en la biósfera cultural.

Les resultan más dadas a su actual necesidad las actividades y ficciones espectaculares pero de
historia lineal. Se agudiza la tendencia de los públicos a exigir formas (así sean fórmulas) que
sacien su necesidad de mucha acción, terror o humor pero que permitan seguirse a través de
narratios claros y si fueran ordenados en secuencias lineales y consecutivas, mejor. Las sagas, de
alguna manera, en las series o el cine, ofrecen ese auxilio de referencia. Los espectáculos teatrales
de gran formato, que requieren de numeroso público que sostenga una taquilla tienen presente este
requerimiento de su mercado: Nada muy “denso”, por favor, nada que exija pensar mucho o
acordarse de problemas. Sin embargo, el teatro de arte está.

En un contexto de ese tipo, sostengo que los teatros peruanos ofrecen su naturaleza disidente. Esto
es, su dimensión política. Desde el mismo hecho de existir y subir a escena. Intentemos visibilizar,
al menos, dos perspectivas que sustentan lo dicho. Una: la organizativa. Reunir las voluntades de
un colectivo (el teatro siempre lo es, así se trate de un unipersonal) para poner una obra es, desde
el génesis del proyecto, algo casi imposible de ser rentable. Cuanto más artístico se pretende el
montaje, más exploraciones, desafíos, riesgos y problematizaciones debe asumir. Por lo tanto, más,
muchas más horas de trabajo para idear, proponer, probar, corregir, pulir. Ese costo no puede ser
asumido casi nunca por la taquilla. Porque las innovaciones suelen inaugurar formas o
combinaciones y, por lo mismo, no coinciden con los gustos masivos, al menos no al inicio.

De eso se trata el arte. Otros proyectos que estén más atentos de la sintonía con amplios públicos
–decisión legítima, por cierto— clasifican dentro de otra naturaleza que puede contener elementos
artísticos pero no prioriza ese carácter sino que lo instrumentaliza. Usa el arte como un medio para
alcanzar otras metas. Las económicas de una exitosa temporada comercial, por ejemplo. Pero el
solo hecho de que un equipo de artistas se reúna para idear y componer un proyecto teatral
configura un acto de disidencia contra la lógica rentabilista del capital. Esto no impide, por cierto,
que en el teatro haya obras originales y taquilleras que, además, ofrecen una experiencia que
fomenta el espíritu crítico. Casos como Pataclaun en los noventa o como la inteligente Las chicas
del 4° C (2018), de César de María, dirigida por Adrián Galarcep, son excepciones que lo
confirman.

Otra perspectiva: la temática. De qué se ocupan las dramaturgias de nuestro medio. Las formas de
afrontar la política en nuestro teatro han cambiado, su naturaleza es distinta a la que impulsó a los
artistas escénicos del paradigma progresista setentero. Entonces se creía en un teatro de agitación
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social y política explícita. Es indicativo que el original nombre del señero grupo de Lima, nacido
del ímpetu creativo de egresados de los colegios públicos Guadalupe y Rosa Santa María sea:
“Yego, teatro comprometido”. Sus obras entre 1969 y 1970, además de originales, eran
iconoclastas: Fue entre nosotras; Alicia encuentra el amor en el maravilloso mundo de sus quince
años; El prejuicio universal, etc. Las iniciáticas de Yuyachkani: Puño de cobre (1972), Allpa
Rayku (1978), Los hijos de Sandino (1981) evidenciaban su vocación denunciadora, programática,
casi proselitista hacia una lucha que debía contribuir a la revolución (de inspiración castrista) y a
la reivindicación política de los explotados.

Medio siglo después, el teatro no deja de emitir politicidad, incluso entre quienes no son
conscientes de ella. Pero lo hace premunido de una madurez artística mayor, sus banderas parecen
ser otras. Se asienta en sus dominios –los del arte-- consecuente con sus posibilidades y
limitaciones para señalar, discutir, exponer los malestares de su tiempo.

Tres poéticas relevantes que conviven actualmente en nuestros escenarios serían: la poética teatral
de la memoria, de las sexualidades y la que podríamos llamar de la aspiración de autonomía. Que
una obra se proponga parte de cierta poética, no impide que tenga en sí características de otras. Se
le propone en una por considerarse que es la predominante pero nunca que aplica a una sola, lo
que sería reduccionista.

La poética de la memoria podría llamarse también, siendo más explícitos, de la memoria del
Conflicto Armado Interno (CAI). O quizás, por lo representado en las más recientes, se trate de la
Posmemoria. Aunque muchos despistados que asocian teatro peruano con las salas del mainstream
de la capital no lo sepan, hay una larga tradición de obras de esta poética que se remonta a la
década del ochenta. Quizás Carnaval por la vida (1987) del colectivo Vichama de Villa El
Salvador, El caballo del Libertador (1986) y Pequeños héroes (1988) de Alfonso Santistevan o
Contraelviento (1989) de Yuyachkani sean hitos inaugurales del abordaje con otras tempranas
como Voz de tierra que llama (1992) del grupo Barricada de Huancayo o Entre dos luces (1992),
de César Bravo.

Los concursos que fomentan la literatura dramática en este siglo han producido varias obras
también con este tema central. El concurso de dramaturgia del Ministerio de Cultura (que parece
haber sido ya desactivado) incluyó una categoría precisamente dedicada a fomentar la escritura de
guiones sobre este periodo de nuestra historia contemporánea. Entre las más relevantes de años
recientes están La cautiva (2014), de la dupla creativa Luis León/Chela de Ferrari. Que además de
su justa selección para distintos festivales dentro y fuera del país, tuvo el impacto político de hacer
reaccionar a un ministro del interior y a un procurador antiterrorismo en uno de los mayores
despropósitos y ridículos estatales de los últimos tiempos al iniciar una investigación a la obra por
posible apología. Otra obra fue La hija de Marcial (2015), escrita y dirigida por Héctor Gálvez que
se anticipó en la fecha de su escritura a una controversia política: la de los enterramientos del
enemigo vencido. Una impactó la realidad, la otra la anticipó. Ambas nacen de la dramaturgia
literaria, pero hay otros modos de componer para el teatro que, como el caso de Sin título/Técnica
Mixta (Yuyachkani, 2004), ofrecen también relevantes trabajos inscritos en esta poética.

La poética de las sexualidades se propone también a partir de un eje temático. Estas propuestas
exhiben una clara intención de disentir de las representaciones que invisibilizan, marginan,
estigmatizan o menosprecian a diversas sexualidades, al excluirlas de la esfera del reconocimiento
y de sus derechos. Desde la célebre adaptación (inconsulta) que hiciera Luis Felipe Ormeño de El
beso de la mujer araña de Puig en 1978 para Teatro del Sol han subido a los escenarios muchas
obras sobre estos tópicos. Pero, especialmente en los últimos años, su profusión es notoria, muy
en consonancia con las preocupaciones de un sector letrado peruano que tiene que ver menos con
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la izquierda y más con una posición de principios liberales. Otra vez podría pensarse que la
literatura dramática es el tipo de composición que, naciendo de un guion previamente escrito,
genera montajes en esta poética. Sin embargo, una de las obras más relevantes de esta vertiente es
una de teatro testimonial: Desde afuera (2014) del grupo No tengo miedo. Creada con los
materiales de vida de cuatro personas de distintas orientaciones sexuales, constituye uno de los
trabajos escénicos más atrevidos e impactantes de la escena reciente en el país.

Pero hay muchos otros creadores preocupados por estas cuestiones. Desde la dramaturgia literaria,
Eduardo Adrianzén ha investigado y escrito sobre personajes icónicos del arte poniendo énfasis
en su condición homosexual: Demonios en la piel (2007), basada en el trágico fin del cineasta
Passolini; Sangre como flores (2009), basada en la vida de García Lorca; o Libertinos (2012) donde
explora el desenfreno del poeta francés del siglo XVII Claude Le Petit. La dramaturgia de Mario
Vargas Llosa también recoge un personaje o una relación homosexual en sus obras La chunga
(1986); Ojos bonitos, cuadros feos (1996) y Al pie del Támesis (2008). La lista de autores con esta
inquietud en sus ficciones para la escena es mayor: Jaime Nieto, Diego La Hoz, Gonzalo Rodríguez
Risco, Daniel Dillon, Claudia Sacha, Daniel Fernández, entre otros.

Desde la performance escénica están el colectivo elgalpon.espacio que encabezan Jorge Baldeón
y Diana Collazos (particularmente expresas las escenas de Liliana Albornoz y Lucero Medina en
Cuestión de Fe, en 2010). Un espectáculo auto clasificado como “instalación performática” fue
Goce carnal (2011) dirigido por Milagros Esquivel, Andrés León Geyer y Ricardo Ayala. Otros
trabajos individuales como los de Frau Diamanda, Samuel Dávalos, Fernando Flores, Toto Flores,
entre otros, componen el panorama de esta poética en nuestro medio.

La poética de la aspiración de autonomía reúne obras que directamente cuestionan el modelo


vigente de sociedad en la que las personas viven excesivamente dependientes, embridadas por
imposiciones productivistas, sometidas bajo mandatos sociales que les imponen roles y formas de
realizarlos, así como dinámicas de consumo contra las que no tienen posibilidad de oponerse y
mucho menos de liberarse. Aquí pueden inscribirse algunas de Mariana de Althaus, como las de
su trilogía sobre la maternidad: Entonces Alicia cayó, La mujer espada, Criadero. También Padre
nuestro. Vanessa Vizcarra vadea esta poética con Una historia original. Lo mismo que Tirso
Causillas con Financiamiento desaprobado (2016) o Renato Fernández con los personajes
alegóricos de Ciudad Cualquiera (2016). También Daniel Amaru Silva con Salir (2016) y la breve
Pedido pendiente (2015) que, con otros matices en los personajes, son pasibles de incluirse en esta
poética.

Pero quienes más explícitamente ofrecen obras que dan forma a esta poética serían Cinthia
Delgado con la hilarante Una pequeña guerra de independencia (2017) y Carlos Gonzáles
Villanueva con una exitosa trilogía ganadora de premios: Deshuesadero (2014), Oda a la Luna
(2015) y El hombre intempestivo (2018). Los protagonistas de estas obras son ambivalentes,
parecen descolocados, fuera de lugar –en el caso de los personajes de Delgado además exhiben
una conmovedora e ingenua terquedad— pero a la vez los signan destellos de lucidez que les
otorgan un carácter especial. Dotados de honestidad, pesimismo e ironía, exponen su
inconformidad y disenso frente al mundo que los domina: un poder que se revela como un
mecanismo implacable, capaz de devorarlos o, por lo menos, un absurdo asfixiante del que
desearían (algunos hasta intentan) sacudirse para obtener una digna autonomía.

Hay, sin duda, otras obras que bien pueden enriquecer esta propuesta. Hay, también posibilidad de
identificar otras poéticas. Como hay obras que desafían por sus cualidades insulares todo intento
de clasificación. Uno de los casos más fascinantes es, quizás, el del espectáculo Ino Moxo (2014),
de Integro, dirigido por Oscar Naters. Esta obra de lenguajes interdisciplinarios, es un tejido
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sensorial en el que confluyen los materiales plásticos de varias herencias pero con predominio de
los amazónicos. Ofrece varios desafíos al espectador actual: le exige atención, concentración, que
acepte suspender la superficialidad del multitasking y desconectarse del vértigo de su cotidianidad
urbana para entregarse al goce estético que le asediará los sentidos, incluyendo el sentido crítico.
Eso en sí mismo, sostengo, es ya una acertada toma de posición. Es casi, si me permiten, junto con
las otras poéticas señaladas, la tentativa, cincuenta años después, de una nueva respuesta política,
más propia y pertinente desde nuestros escenarios.

Rimbaud en Polvos Azules


Nuevas representaciones sociales en la poesía del setenta

CARLOS VILLACORTA GONZÁLES


Doctor en Literatura Latinoamericana. Profesor Asistente de español en la Universidad de
Maine, USA.

“Atención, éste es el júbilo, éste es el júbilo / huyendo del silencio, viene, viene, se queda, / limpia,
éste es el júbilo, el silencio le huye”. Así comienza Un par de vueltas por la realidad (1971), el
primer poemario de Juan Ramírez Ruiz, poeta chiclayano que migró a Lima como tantos jóvenes
en busca de educación y de trabajo. En su emblemático primer libro, Ramírez Ruiz capta la
efervescencia política y social del momento: las vivencias cotidianas, las relaciones amorosas, los
desastres naturales, los abusos y las injusticias, situaciones que con las que todo peruano debe
lidiar día a día, y que la poesía peruana no había retratado con la urgencia necesaria. “Se nos ha
entregado una catástrofe para poetizarla” escribiría Ramírez Ruiz junto con el poeta Jorge Pimentel
en 1970 en Palabras Urgentes, texto fundador del movimiento Hora Zero. Así inicia la década del
setenta, con la esperanza de un cambio que la poesía buscó reflejar.

Fundado en 1970, el proyecto poético neovanguardista Hora Zero tuvo como objetivo romper con
el status quo social y literario peruano y refundarlo proponiendo una poesía nacional y
latinoamericana: “Hemos nacido en el Perú, país latinoamericano y sudamericano”. Contando
entre sus filas con poetas como Enrique Verástegui, Mario Luna, Jorge Nájar, Julio Polar y José
Carlos Rodríguez, entre otros, Hora Zero recogió aquellas voces ignoradas, censuradas u olvidadas
por la literatura, es decir la voz de los sujetos populares, aquellas vivas que sonaban en la calle sin
representación en la institución literaria peruana.

Esta renovación se valió del “Poema Integral”, propuesta poética que buscaba insertar la compleja
y vasta experiencia de la realidad, sus entramados tanto sociales, políticos como subjetivos, en el
poema, a través de un lenguaje diferente: “ [un] lenguaje sencillo, popular, directo, duro y sano
[con] la capacidad de expresar toda la energía de una experiencia latinoamericana en un lenguaje
latinoamericano”. Estas ideas de cambiar la vida (siguiendo al poeta Arthur Rimbaud) y cambiar
al mundo (siguiendo al pensador Karl Marx) no eran nuevas: ya los cambios se anunciaban
internacionalmente con el triunfo de la Revolución Cubana así como con las protestas de mayo del
68; y en el plano local, con los cambios poéticos inaugurados por la generación del sesenta
(Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza, Javier Heraud), así como con la instauración del gobierno
militar con Juan Velasco Alvarado a la cabeza. La aparición de una poesía conversacional en los
años sesenta, una enfocada en una dicción coloquial, es clave para entender la tarea de representar
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las nuevas voces urbanas. Hora Zero radicaliza este uso convirtiéndolo en arma poética para la
representación de nuevas voces.

¿Pero quién era exactamente el nuevo sujeto peruano? Este es un asunto clave para el gobierno de
turno. Las distintas reformas del velascato desestabilizan en buena medida al sujeto peruano con
el fin de crear uno nuevo así como de ampliar el concepto de peruanidad. Velasco reemplaza al
Día del Indio por el Día del Campesino, reconoce el quechua también como idioma oficial del
Perú, y lleva a cabo la tan postergada Reforma Agraria, con lo que busca incorporar al sujeto
andino como pieza importante del programa económico nacional. De esta manera, el grupo
oligárquico, ya en decadencia, sufre un último golpe con el que se quiebra su hegemonía. Al mismo
tiempo, la búsqueda de la movilización social implicaba hacer más partícipe a otro grupo social:
los trabajadores en la urbe. Este sujeto ya no se puede definir únicamente como un mestizo en
cuanto sujeto hijo de dos razas diferentes (la español y la indígena), sino también como ‘cholo’.
Dice Julio Cotler: “El cholo se caracteriza por su situación incongruente: por su origen social está
cerca del indígena, pero por sus ingresos y la independencia que tiene frente al mestizo, se aleja
de aquél. Sus referencias culturales son igualmente ambiguos, al mantener rasgos indígenas y
adoptar características de naturaleza mestiza, pero otorgándoles un nuevo contenido urbano”.

El radical cambio aplicado por Velasco, entonces, no crea de la noche a la mañana a un “nuevo
hombre” sino que intenta insertar una nueva identidad en una nueva sociedad. Al desmantelar las
obsoletas bases de la sociedad peruana, Velasco pone en jaque la identidad nacional. La creación
de Sistema Nacional de Movilización Social (SINAMOS) en 1971 como una “manera de estimular
la intervención del pueblo peruano” debe entenderse también como la instauración de un aparato
regulador y mediador de la multiplicidad de voces que aparecen en el escenario político, un nuevo
grupo que necesita ser escuchado y cuyas demandas debían ser atendidas. Sin embargo, queda la
pregunta ¿hasta qué punto se estableció un diálogo horizontal entre ellos y la verticalidad del poder
militar? En este contexto político, los poetas de Hora Zero intentarán, dentro de sus propias
contradicciones, lograr ambos cometidos: invitar a la participación poética, representar a los
nuevos sujetos, y comenzar un nuevo diálogo.

Por supuesto, en esta primera mitad de la década de los setenta no hay que olvidar al grupo Estación
Reunida, que reunía a los poetas Elqui Burgos, Tulio Mora, Óscar Málaga, José Watanabe. Junto
con Hora Zero definieron un estilo que tendría como resultado poemarios emblemáticos como el
ya mencionado Un par de vueltas por la realidad (1971), En los extramuros del mundo (1971) de
Enrique Verástegui, Kenacort y Valium 10 (1971) y Ave Soul (1973) de Jorge Pimentel, Álbum
de Familia de José Watanabe (1971), entre otros.

En estos libros aparecen personajes cuyas historias se han vuelto representativas de la nueva poesía
peruana: la joven enfermera Irma Gutiérrez; la destrucción de la casa del poeta Mario Luna por el
terremoto de 1970; la joven Juana Cabrera, desalojada de su casa; la terrible historia de Pedro
Sifuentes Calderón mejor conocido como el sargento de las Aguas Verdes quien a sus 64 años
rememora su vida en algún bar de la ciudad: “Fui mozo de restaurante en La Victoria / cargador
de bultos en La Parada / rencauchador de llantas en un grifo perdido”. Además, en el 41 peleó en
la guerra con el Ecuador, donde recibió el grado de sargento: “en Aguas Verdes agarré un fusil por
primera vez / pero más que matar cantábamos y escribíamos cartas / y componíamos valses dentro
de una trinchera / que nos salvaguardaba de una bala perdida / de una granada de la metralla que
retumbaba / a diestra y siniestra”. Así mismo, se recrean las calles de Lima, por donde deambulan
y caminan los nuevos ciudadanos, entre ellos el poeta francés Arthur Rimbaud: “Rimbaud apareció
en Lima un 18 de julio de mil novecientos setenta y dos. / Venía calle abajo con un sobretodo
negro y un par de botines marrones. / Se le vio por la Colmena repartiendo volantes de apoyo a la
huelga de los maestros”.
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No hay que olvidar las voces de poetas como Sonia Luz Carrillo, Enriqueta Beleván y
especialmente María Emilia Cornejo cuyos primeros poemas escritos en las aulas de San Marcos
demuestran no solo otra sensibilidad a tomar en cuenta sino el valor de la poesía escrita por las
mujeres. Versos como estos: “Soy / la muchacha mala de la historia/ la que fornicó con tres
hombres / y le sacó cuernos a su marido”, implicarían un nuevo camino en la poesía peruana que,
pocos años después, será debidamente ampliado con la publicación de Noches de Adrenalina de
Carmen Ollé en 1981.

En cuanto a su participación política, los poetas de Hora Zero afirmaron en su manifiesto que ellos
estaban “atentos a lo que se está haciendo en el país”. Efectivamente, los poetas de Hora Zero y
Estación Reunida no solo estaban atentos sino que varios participaron directamente en el proceso
de transformaciones estructurales. Poetas como Tulio Mora, Manuel Morales, José Watanabe
trabajaron en el SINAMOS; Jorge Pimentel, Juan Ramírez Ruiz, Enrique Verástegui, Vladimir
Herrera en el diario ‘La Crónica’; Jorge Nájar, en el Ministerio de Agricultura; José Rosas Ribeyro,
Elqui Burgos, Sonia Luz Carrillo, Oscar Málaga y Ricardo Falla en el Ministerio de Educación;
Antonio Cillóniz, en el Instituto Nacional de Cultura. Si bien había suspicacia de los poetas hacia
el gobierno, existió un espíritu colaborador al menos a nivel personal entre ellos y el Estado. La
confiscación de los medios de comunicación en el año de 1974 fue el punto de quiebre entre la
sociedad peruana y el gobierno militar. Desde ese momento una continua represión social significó
el divorcio entre la poesía y el gobierno de turno.

A partir de 1975 y con el nuevo gobierno militar de Francisco Morales Bermúdez, la actitud de los
poetas es claramente de mostrar el fracaso y la represión del momento. En ese punto aparece la
segunda etapa de Hora Zero, esta vez sin Ramírez Ruiz; también se crea el grupo La Sagrada
Familia (1977-1979) con los poetas Edgar O’Hara, Luis Alberto Castillo, Enrique Sánchez
Hernani, Roger Santiváñez y el narrador Guillermo Niño de Guzmán. La poesía representará, en
mayor o menor medida, un espacio de represión y muerte, donde la esperanza de un cambio social
ha desaparecido dando lugar a uno de resistencia contra el orden autoritario.

Entre estos libros podemos mencionar Cinco razones puras para comprometerse (con la huelga)
(1978) de Cesáreo Martínez quien evalúa que los problemas sociales que el gobierno militar
pensaba solucionar aún persisten: “En esta comarca, señores del poder, hace siglos que la vida es
imposible”; el poemario Mitología (1977) de Tulio Mora, que presenta el recorrido y muerte de
cuatro personajes mítico-marginales andinos por la ciudad capital; Tiro de Gracia (1979) de
Feliciano Mejía, que también reconstruye las muertes de ciudadanos en diversas marchas, huelgas
y protestas durante el gobierno militar de Velasco y Francisco Morales Bermúdez; Cruzando el
Infierno (1978) de Jesús Cabel, que enfatiza la pérdida de la inocencia en una ciudad desamparada:
y De la vida y la muerte en el matadero (1978) de Rubén Urbizagástegui, donde Lima aparece
como el espacio de la indiferencia: “Me pides que te cuente de Lima / y no quieres creer / que
Lima es solo 200 balcones donde 200 militares / quisieran tomar el sol / que existe un río hablador
que es mudo / y otro chillón que es sordo / que vivo y revivo en sus calles de ceniza / pero que mi
corazón se emborracha / y nace y muere y habita en Virunhuara”. Finalmente, frente a tanta
represión, Enrique Verástegui hace un llamado a la revolución en Praxis asalto y destrucción del
infierno (1980): “luchar es de hecho el triunfo más hermoso”. Atrás ha quedado el inicial júbilo
del cambio y la esperanza de una sociedad más igualitaria.

Los años setenta, entonces, son primero la consagración de una diversidad de discursos que, al
mismo tiempo, buscan construir la ciudad utópica: la nueva Lima, promesa del cambio social. Al
mismo tiempo, es el momento en el que confluyen distintas voces y aproximaciones, algunas muy
disímiles entre sí, pero todas bajo la sensibilidad (poética y social) de un tiempo de revolución. A
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pesar de las contradicciones mismas de tan complejos y ambiciosos proyectos, tanto Hora Zero
como Estación Reunida o La Sagrada Familia son ejemplos de una renovación poética que es, sin
duda, uno de los proyectos estéticos de democratización más importantes de la segunda mitad del
siglo XX. Si muchos de los poetas de la década de los años sesenta no pudieron reconocerse ni en
la nueva urbe ni en los sujetos que la habitaban, los poetas de los setenta buscarán crear, a partir
de la diversidad social, los lazos necesarios para la construcción de la nueva nación peruana.

Sobre “Sexualidades amazónicas…” de Luisa Elvira Belaúnde

MANUEL CALLA APOLAYA

Sexualidades amazónicas. Género, deseos y alteridades. 1ª ed.- Lima. La Siniestra Ensayos, 2018.
BELAUNDE, Luisa Elvira

El libro “Sexualidades amazónicas…” es un conjunto de ensayos que abordan al género y la


sexualidad de los pueblos de la Amazonía desde su propio pensamiento, cosmología y prácticas
socioculturales. En este sentido, y destacando la singular percepción de los pueblos amazónicos a
partir de diversos trabajos etnográficos, es que resulta una necesaria contribución a los debates que
se desarrollan en la actualidad sobre el género y la sexualidad.

La autora nos introduce al diverso mundo sexual amazónico, en primer lugar, mostrando un
contraste básico entre la sexualidad occidental y la amazónica: la primera se desenvuelve en
relación al placer, la transgresión, al cuerpo como foco del goce y muy ligada al sentido de culpa
y pecado; la segunda, como un movimiento de relación y comunicación con el otro, con la
alteridad. Así, se distancia de los estudios de género que utilizan las teorías de poder y jerarquías
y dominación (debido al carácter históricamente construido en contextos y situaciones
específicas), por el análisis social y antropológico que priorice el universo moral, los significados
y las relaciones entre las personas de un mismo género y de género distinto. Cabe mencionar que
si bien los pueblos amazónicos han sido y son parte de los procesos coloniales y políticos de hace
más de 500 años -lo que indica que no es que sean un “ente aparte”- las nociones de jerarquía y
dominación que hayan podido absorber del mundo occidental no necesariamente se equiparan con
sus propias nociones o percepciones de la realidad.

En segundo lugar, nos indica el vacío que existe en la actualidad respecto a estudios etnográficos
que introduzcan a la mujer amazónica no solo como un objeto de intercambio comercial (como las
teorías de Lévi – Strauss), sino, y sobre todo, como agente de acción con propias capacidades,
puntos de vista y experiencias. Esto permitirá una mirada no constreñida solo a relaciones de
dominación entre géneros, sino, también, sujetos en constante dinámica y comunicación que
resignifican su percepción de la realidad.

De acuerdo a la autora, para visibilizar la diferencia entre los hombres y las mujeres, las relaciones
de género desde una perspectiva amazónica, es necesario comprender el espacio de la corporalidad
desde una serie de nociones y prácticas, tales como: las concepciones de género cruzada y paralela,
la noción de sangre, la práctica del resguardo (dieta y reclusión), producción, depredación y
comunicación con los seres del cosmos.
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La reproducción paralela es la idea de que lo femenino se adquiere por la madre y lo masculino


por el padre; es decir, los hombres y mujeres son dos tipos diferentes de seres humanos y llevan
vidas paralelas, produciendo y manejando conocimientos propios. La reproducción cruzada es la
noción de que los hombres y las mujeres son un mismo ser humano, donde cada cual contribuye
con sus alimentos, sus artefactos y sus conocimientos en beneficio de una vida en común. Afirma
la autora que estas dos concepciones de género coexisten en el tejido social amazónico.

La noción de sangre, muy importante en el manejo etnográfico de la autora, es el principal vehículo


tanto de la distinción como de la unidad entre los géneros a lo largo de la historia y experiencias
de las personas amazónicas. No solo se ciñe a una mirada biológica de la sangre, sino, reúne a esta,
lo mental y lo espiritual, lo cual indica que el manejo del flujo de la sangre en la historia de la vida
es un proceso constitutivo de la fertilidad, la salud, el trabajo, la creatividad, el bienestar, la
religiosidad, la identidad personal y los vínculos interétnicos. Así, para entender la dinámica de
los géneros es necesario comprender que la sangre es el vehículo principal que ejecuta tanto la
diferenciación como la unidad de los géneros. La sangre está asociada al pensamiento porque
circula en el cuerpo, es decir, los pensamientos son estados de la sangre. Cuerpo, sangre y
pensamiento son una tríada que detenta poder al ser nociones que proyectan vida en el mundo
amazónico. Asociado a ello, un elemento relevante de las relaciones de género es la transformación
de las personas por medio del manejo de la sangre asociado a prácticas de dieta y reclusión, lo que
la autora señala como el “resguardo”.

El resguardo es sinónimo de proteger, cubrir, asociado a momentos de dieta y reclusión donde se


“fabrican personas”, se “hacen personas”. Es el conjunto de los aspectos movilizados por las
tecnologías corporales que incluyen una variedad de prácticas, tales como restricciones
alimenticias, reclusión, uso de sustancias vomitivas, plantas y la abstinencia sexual. Estas dietas o
reclusiones se dan en momentos en que los cuerpos están transformándose, están creciendo,
adquiriendo habilidades o conocimientos en pos de llegar al estado deseado. Para que este
transcurrir sea correcto, es necesario que el resguardo no sea quebrado, lo que generará el riesgo
de ser un “otro”, volverse un “otro”.

Los momentos de pasaje (liminales) como la pubertad, el parto o la muerte, deben ser protegidos,
resguardados dada la importancia del proceso de transformación que constituyen; la quiebra del
mismo implica convertirse en otro ser, pudiendo ser percibido como rabioso, no pariente o presa
de “otredad”. La abstinencia sexual, en particular, es un instrumento esencial de transformación
del cuerpo y de la personalidad durante el cumplimiento estricto de los resguardos, especialmente
en la pubertad. La abstinencia sexual tiene un efecto de protección debido a que, para los pueblos
amazónicos, el sexo es intrínsecamente una apertura al otro. Así, cuando los cuerpos están
transformándose, es importante evitar la exposición a los peligros provenientes de ese otro, de ahí
el sentido de la reclusión como forma de aislarse.

Podría asociarse el resguardo con una práctica de prohibición o represión. Sin embargo, esta
asociación no es correcta. En primer lugar, el resguardo no se centra en censurar el placer (noción
europea), sino en la necesidad de generar un estado de protección adecuado para posibilitar la
transformación de los cuerpos y las personalidades durante las fases liminales de la vida.

Por último, la autora señala que los procesos de colonización amazónica, escolarización, la
migración urbana de las poblaciones indígenas, la ampliación de las expectativas de que los hijos
accedan a educación, salud, y el consumo de mercancías, ha permitido que aumenten las relaciones
sexuales y amorosas entre personas de distintas proveniencias (sobre todo entre hombres mestizos
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y mujeres indígenas). Agregado a ello, está el hecho de que los líderes políticos indígenas luchan
por el reconocimiento étnico y la legalización de sus tierras por parte del Estado, lo cual está
vinculado con la decisión colectiva de crecimiento demográfico. Todo lo anterior genera que se
vayan dejando de lado las prácticas tradicionales de control de la natalidad y los rituales de dieta
y reclusión asociados al manejo de la sangre.

Sobre "La domesticación de las mujeres: patriarcado y género en la historia peruana" de María
Emma Mannarelli
NATALY VÁSQUEZ

“La domesticación de las mujeres: patriarcado y género en la historia peruana” reúne una serie de
artículos de María Emma Mannarelli que, escritos a lo largo de 15 años, tienen como hilo
conductor la reflexión acerca de la regulación de los impulsos en las sociedades jerárquicas, y su
relación con la privatización de las funciones corporales, así como con el carácter de las
instituciones.

El primer capítulo aborda la variación de los patrones matrimoniales en el área andina y el


intercambio de mujeres en el marco de alianzas matrimoniales, donde su apropiación era fuente
de prestigio y autoridad. Mannarelli muestra cómo las pautas de subordinación produjeron
diversos posicionamientos de las mujeres: desde aquellas que permanecieron en sus comunidades
viviendo en los márgenes y manteniendo sus costumbres tradicionales hasta quienes renunciaron
a su calidad de indias mitayas y se emparejaron con hombres no indígenas; así como quienes se
encaminaron a la resistencia abierta, adquiriendo papeles protagónicos.

La autora describe las relaciones de género durante la etapa de conquista, signadas por ideas de un
honor masculino basado en la virtud y uno femenino anclado en el recato sexual. Asimismo, revisa
el papel jugado por las mujeres en la reproducción de valores culturales hispanos, como
responsables de la introducción de la cultura, los gustos culinarios, pautas de vestir y formas de
cuidado doméstico y difusión de los preceptos religiosos. En la tradición ibérica la mujer era
considerada moral y mentalmente inferior al hombre, y la idea de que era proclive al mal y débil
frente a tentaciones justificaba que la Iglesia debía “velar” por ellas.

En cuanto a la relación entre la mujer y el ámbito público, la autora evidencia que la tutela
masculina fue preeminente en la configuración de su interacción social. En la medida en que para
estadistas y filósofos doncella, casada, viuda y monja era los únicos estados válidos para las
mujeres, la reproducción familiar y el matrimonio era concebidos como pilares primordiales de la
existencia femenina, mandato que alcanzaba el cuerpo femenino, sobre el que el esposo tenía (más)
derecho.

El concepto de Estado Patrimonial expresa el peso de los poderes privados en la historia del Perú
durante la Colonia y la República. Este Estado se resistió a tomar una postura que regule el
comportamiento entre hombres y mujeres, por lo que se delegó esta responsabilidad a la Iglesia.
En un mundo en el que la identidad femenina se sustentaba en la maternidad, en el permanecer en
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casa y no descuidar la descendencia, lo público está sostenido solo por el hombre y la prolongación
de este estado de cosas ha sido una condición para mantener sus privilegios.

En cuanto a la idea de domesticación, esta aparece asociada a la sexualidad de las mujeres, con la
reproducción, el cuerpo y el deseo de las hijas controlados por los padres y la monogamia como
práctica casi exclusivamente femenina. Si el matrimonio trasladaba la protección de las mujeres
del padre al marido, el divorcio era impensable porque dejaba sin titular dicha protección. El
significado mismo del matrimonio quedó diferenciado por género: mientras el hombre se casaba
por placer y para tener quien lo cuide, para la mujer la unión significaba una mejora de posición o
tener alguien para que administre sus bienes; es así como la liberación femenina era la condición
para poner en jaque al matrimonio por conveniencia.

De otro lado, Mannarelli diferencia entre la escritura como medio de comunicación y la escritura
como medio de distinción/exclusión, condición que señala como predominante en la historia del
Perú. Si la Iglesia excluía explícitamente a la mujer de cualquier instancia de poder, las mujeres
no podían escribir públicamente y tribunales como el de la Inquisición fueron una manera de
ejercer control sobre la actividad literaria de las mujeres.

En la República, la educación secundaria posibilita para la mujer un espacio independiente de la


prédica de la Iglesia Católica. Este paso hacia la liberación trajo consigo actitudes castrantes por
parte de los padres, con ideas como que las niñas no debían ir al colegio porque solo aprenderían
a "mandar cartas a muchachos", según testimonios de mujeres adultas presentados por la autora.
Por el contrario, escribiendo, las mujeres probaron su capacidad de elaborar un lenguaje propio y
de producir conocimientos. Es así como el acceso de las mujeres a la palabra escrita fue una señal
de expansión de lo público y de la ciudadanía.

Metal (pop) y melancolía


Sobre "Buen viaje, Ikarus 10", poemario de Pablo Salazar-Calderón

TERESA CABRERA ESPINOZA


Escritora. Editora de Revista Quehacer

Breve genealogía
En 1974 la Administradora Paramunicipal de Transporte de Lima (APTL) adquirió 50 vehículos
de transporte de pasajeros a la Fábrica de Carrocería y Vehículos Ikarus, insignia de la economía
socialista húngara. Suena hoy un poco exótico, pero por entonces Ikarus estaba a solo un año de
convertirse en uno de los cuatro mayores fabricantes de autobuses del mundo, compitiendo con
Mercedes Benz, Toyota y la checa LIAZ, también del poderoso bloque comunista. En Lima, estos
buses del Este serían usados para alcanzar los bordes de una ciudad que se iba de las manos: línea
A a Villa El Salvador, línea B a Chorrillos, línea C a San Juan de Lurigancho.

Poco después, el gobierno militar va a estatizar la APTL y fundar la inolvidable ENATRU Perú
Lima-Callao, en 1976. Para 1977 los húngaros de Ikarus se jactaban de haber producido 100 mil
autobuses que recorrían las ciudades de todos los mundos: el capitalista, el socialista, el estatista,
el tercermundista. Para 1984 ya habían doblado la producción. Las existencias de Lima, por el
contrario, habían mermado. De la flota de 50 adquiridos en 1974 solo 11 están operativos a inicios
de 1980 y recorren la ciudad junto a unas cuantas docenas de Bussing y a algunos centenares de
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resistentes Volvo Vanhool, que a falta del cautivante diseño del Ikarus o del nombre pegajoso de
Bussing, tenían buenos repuestos, elemental verdad que permitió su supervivencia.

Así empezaban los ENATRU una década en la que diversificaron su uso: ya no solo transportaron
pasajeros, también se afianzaron como el escenario privilegiado para la oratoria popular y la venta
ambulatoria. Un auténtico espacio público. Eventualmente se convertirían en armas de guerra,
como aquella vez en octubre del 86 cuando Sendero Luminoso secuestró uno para llenarlo de
explosivos, aunque antes de huir el comando tuviera la amabilidad de dejar a los asustados
pasajeros en su paradero del Puente Atocongo, o aquella otra vez en el verano del 87 cuando el
MRTA incendió 3 destartaladas unidades luego de que el gobierno de García anunciara una
enésima alza de pasajes. Por entonces, la poderosa Ikarus de Hungría había llevado a la máxima
potencia su diseño modular y podía abastecer de carrocerías al fabricante canadiense de autobuses
Orión.

Qué pronto acabaría todo esto, allá y acá. Tras el Muro, cayó Ikarus, privatizada en 1991. Ese
mismo año, en el lejano Perú, el Gobierno de Fujimori liberaliza el servicio de transporte. Ese
mismo año, el ex policía desempleado José López, natural de Ayacucho, compra en Chile una
coaster de segunda que sería el inicio de su imperio interestelar: el consorcio Orión. En agosto de
1992 ENATRU, ya un estegosaurio en tierra de combis velociraptor, fue vendida a sus trabajadores
tras fracasar los intentos de una privatización más lucrativa. Una de las empresas formadas por
estos expulsados de la tierra del trabajo y lanzados al incierto aire del emprendimiento fue Ikarus
10, un nombre tomado de un tiempo extraño para iniciar el recorrido de una nueva era.

Metal y melancolia
Para referirse a los materiales poéticos de los años 70 la poeta y profesora Sonia Luz Carrillo
señala que la ciudad es un "estado de ánimo, perspectiva hecha lenguaje".1 En un célebre artículo
de 1985 titulado Lima, crónica de un deterioro, el historiador Tito Flores Galindo afirma que “una
ciudad es también la forma como la imaginan quienes la recorren”.2

Las poetas y los poetas de los años 70 definieron y actuaron la calle como una situación para el
lenguaje. Para su lenguaje. Eso marcó su vitalismo. En los 80 sus continuadores, herederos y
desheredados encontraron y experimentaron de manera cruda que la ciudad, a decir de la escritora
Patricia de Souza, era también el lugar de los “enfrentamientos sociales y vejaciones, donde el
lenguaje reproduce los cortes sociales”.3

De una década a otra, la intensidad de la ciudad cobró otro signo. Las masas urbanas no son ya los
migrantes que la asedian, con sus cuerpos sobre los arenales tizados, ni son los cuerpos volcados
a las calles bajo las banderas de la movilización, el paro y la revolución a la salida de la fábrica,
del local del partido, a la vuelta de la esquina. La experiencia de lo masivo en la ciudad es ahora
raigal-económica: la escasez material, la saturación de los bienes públicos, la determinación de
ocupar la calle y hacerla producir.

En el imaginario sobre la ciudad de esa década anida una disputa. Unos ponen el énfasis en el
desborde estructural, otros en la experiencia del deterioro. Es en esta segunda vertiente donde
encontramos el punto de partida del libro de Pablo Salazar-Calderón: en un ir y venir que cruza
una poética de la ciudad y una ética del recordar para producir una imaginería fantástica. Si el
material-deterioro, material-emblema, material-pasado son la ignición del proceso poético en Buen
viaje, Ikarus 10 su destino no es la ciudad, sino el espacio exterior.

Lima
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Las lectoras y lectores de Buen viaje, Ikarus 10 (Paracaídas Editores, 2018) tendrán la impresión
de estar en Lima. Encontrarán sugerencias de estar en una ciudad abierta, en un desplazamiento
en el que distinguimos Lima por sus promontorios, huacas y descampados (Zorros,p.11; País
Autobot, p.13). Para más certeza, se nos ofrecen algunos de sus hitos urbanos: Vía Expresa, Morro
Solar, Quebrada Armendariz. Pero Buen viaje, Ikarus 10 nos hace aparecer también y de pronto
en lugares-restos, puntos reconocibles producidos en el curso de una devastación que no se nos
revela, pero que intuimos cuando notamos que la indefinición nominal se resuelve con la marca
de un evento en la superficie: se nos sitúa en “cráteres” (¿qué es un cráter sino la marca de un gran
evento en la superficie?), o se nos señala “el punto conocido como crash” (La reaparición del
piloto, p.35).

Enatru en febrero de 1982, publicada en “El Dominical” de El Comercio. szf.30796 en el thread


los-antiguos-omnibus-limenos de forosperu

Enatru en febrero de 1982, publicada en “El Dominical” de El Comercio. szf.30796 en el thread


los-antiguos-omnibus-limenos de forosperu

Estas tres dimensiones (lo desolado, lo conocido, lo misterioso) se integran únicamente porque en
los textos subimos y bajamos de enatrus y combis donde las relaciones sociales se reducen a las
que son funcionalmente necesarias mientras subimos y bajamos de estos vehículos: Vendedores,
choferes, cobradores, pasajeros.

Poco a poco vamos a entender que no estamos en la ciudad. Quizá lo que vemos no es otra cosa
que una proyección fantasmal de la ciudad. Quizá somos Juan en el Libro de las Revelaciones y
somos testigos de eventos fragmentarios de tiempos que no comprendemos y que tratamos de
aprehender con metáforas de otra época. O es que como ocurre ahora cada vez que pegamos la
vista en la pantalla del móvil, quizá solo estamos asomándonos a la experiencia de nuestros
contemporáneos desde otra dimensión.

Pero no. Cuando nos alejamos de lo real, nuestra salida de Lima se produce por una elaboración
fantástica que bebe de dos fuentes. Una, el imaginario infantil y los guiños de una adolescencia
pop: los autobots, el pimbol, la película Back to the future (1985). Otra, la de una temprana
conciencia del país (millones de intis, lamparines de kerosene y el misterioso asteroide AG1986).
Y en nada de esto el poeta resbala en la tentación de explotar la nostalgia. Es otro su uso.

Estos materiales son ofrecidos con cierto aire naive para orientarnos en una extraña secuencia
temporal (pasan años, gobiernos de facto) Estamos en la Lima de los años 80 moviéndonos en
bestias motorizadas de los años 70, también estamos en los años 90, bajo un nuevo contrato social
y hemos pasado del potente frenazo al violento bocinazo. Del “rolls royce de los autobuses” y su
innoble decadencia ochentera a combis que ya estaban destartaladas en los primeros meses de su
pobre servicio. Y también en el otro sentido, de la irreductible combi al ómnibus de las ventanas
enormes y el fascinante acordeón. Vehículos que ya no pudieron atender ni contener nuestros
millones de ineficaces viajes.

Combate interurbano interespacial


Todo este descalabramiento temporal nos conduce a la revisión histórica del combate militar del
11 de abril de 1980, entre la Fuerza Aérea Peruana, representada por un Sukhoi 22 y fuerzas no
humanas, representadas por un objeto volador no identificado. El combate ocurrió en los cielos de
La Joya, en Arequipa. Este es el despegue definitivo de Buen viaje, Ikarus 10. Se trata de la sección
ENATRUS A LA VELOCIDAD DE LA LUZ, en la que se resitúan todos los elementos del fresco
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en un sector indeterminado del espacio o quizá en la frágil conciencia del piloto peruano que por
primera, y hasta donde se sabe, única vez, enfrentó a fuerzas extraterrestres.

Se trata de un hecho histórico, real, en el sentido en que son reales e históricas, documentadas, las
experiencias de contacto extraterrestre reportadas por un piloto de la aviación peruana en The
History Channel. Es en esos nueve poemas de revisión histórica para-temporal en los que el
lenguaje de Salazar-Calderón encuentra una ficción a la medida de su proyecto poético, el mismo
que desde Terrado de cuervos, su libro de 2008, no ha hecho sino expandirse, para bien de las
lectoras y los lectores de poesía.

Carrillo, Sonia Luz. La ciudad poetizada. En: Socialismo y Participación N° 100. Edición especial.
Lima, CEDEP, enero 2006 pp. 241-246

Flores Galindo, Alberto. Lima: crónica de un deterioro. Ensayo-reseña del libro “Memoria y
Utopía de la Vieja Lima” de César Pacheco Vélez.En: Apuntes. Revista de Ciencias Sociales N°17.
Segundo semestre 1985. Centro de Investigación, Universidad del Pacífico, Lima Perú.

De Souza, Patricia. Escribir en tiempos de guerra. Reseña a Kloaka. Antología poética (2014).
Publicada en Babelia, suplemento de El País el 18.03.15

DESCO

Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo, es una institución no gubernamental del desarrollo
que forma parte de la sociedad civil peruana, desde hace 52 años, dedicada al servicio de la
promoción del desarrollo social y el fortalecimiento de las capacidades de los sectores menos
favorecidos del país.

Jr. Huayna Cápac 1372 Jesús María, Lima - Perú. (51-1) 613-8300.

www.desco.org.pe

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