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COMENTARIO DE TEXTO

Redactado con las aportaciones de 2º Bachillerato B

Andrés estaba cada vez más encantado de su mujer, de su vida y de su casa. Ahora le
asombraba cómo no había notado antes aquellas condiciones de arreglo, de orden y de
economía de Lulú.
Cada vez trabajaba con más gusto. Aquel cuarto grande le daba la impresión de no
estar en una casa con vecinos y gente fastidiosa, sino en el campo, en algún sitio lejano.
Andrés hacía sus trabajos con gran cuidado y calma. En la redacción de la revista le
habían prestado varios diccionarios científicos modernos e Iturrioz le dejó dos o tres de
idiomas que le servían mucho.
Al cabo de algún tiempo, no sólo tenía que hacer traducciones, sino estudios originales,
casi siempre sobre datos y experiencias obtenidos por investigadores extranjeros.
Muchas veces se acordaba de lo que decía Fermín Ibarra; de los descubrimientos fáciles
que se desprenden de los hechos anteriores sin esfuerzo. ¿Por qué no había experimentados
en España cuando la experimentación para dar fruto no exigía más que dedicarse a ella? Sin
duda faltaban laboratorios, talleres para seguir el proceso evolutivo de una rama de la
ciencia; sobraba también un poco de sol, un poco de ignorancia.
Estas ideas, que hacía tiempo le hubieran producido indignación y cólera, ya no le
exasperaban.
Andrés se encontraba tan bien, que sentía temores. ¿Podía durar esta vida tranquila?
¿Habría llegado a fuerza de ensayos a una existencia no sólo soportable, sino agradable y
sensata? Su pesimismo le hacía pensar que la calma no iba a ser duradera.
—Algo va a venir el mejor día —pensaba— que va a descomponer este bello equilibrio.
Muchas veces se le figuraba que en su vida había una ventana abierta a un abismo.
Asomándose a ella el vértigo y el horror se apoderaban de su alma.
Por cualquier cosa, con cualquier motivo, temía que este abismo se abriera de nuevo
a sus pies.
Para Andrés todos los allegados eran enemigos; realmente la suegra, Niní, su marido,
los vecinos, la portera, miraban el estado feliz del matrimonio como algo ofensivo para ellos.
—No hagas caso de lo que te digan —recomendaba Andrés a su mujer—. Un estado de
tranquilidad como el nuestro es una injuria para toda esa gente que vive en una perpetua
tragedia de celos, de envidias, de tonterías. Ten en cuenta que han de querer envenenarnos.
—Lo tendré en cuenta —replicaba Lulú, que se burlaba de la grave recomendación de su
marido.
PÍO BAROJA, El árbol de la ciencia

1. Señale y explique la organización de las ideas contenidas en el texto. (Puntuación


máxima: 2,5 p.)
Desde un punto de vista externo, el texto está compuesto por numerosos párrafos de una inusual
brevedad, con tres intervenciones en estilo directo al final. La relación entre ellos viene dada,
sobre todo, por la repetición del sujeto de los hechos (Andrés), su elipsis (“cada vez trabajaba…”,
“Muchas veces se acordaba…”) o la lógica del diálogo. Además, la cohesión se logra mediante
recurrencias léxicas (casa, vida, experimentados-experimentación), semánticas (encantado, gusto,
cuidado, calma, tranquila; pesimismo, abismo, vértigo, horror…), el uso de marcadores temporales
(Al cabo de algún tiempo), de interrogaciones retóricas (“¿Por qué no había…”, “¿Habría llegado a
fuerza…”) o de verbos dicendi (pensaba, recomendaba, replicaba).
Desde un punto de vista interno, se pueden distinguir dos partes:
- Primera (“Andrés estaba…ya no le exasperaban”). El autor relata, con cierto detalle, la situación
de armonía y paz que vive en este momento Andrés, tanto en su vida personal junto a Lulú como en
su faceta profesional (idea principal), y cómo todo lo que le ha ocurrido ha transformado su mirada
sobre la realidad de su país, que ya no le provoca la indignación de antes (idea secundaria) y le
mantiene en una actitud más positiva.
- Segunda (“Andrés se encontraba…de su marido”). Se recoge en esta parte, sin embargo, el miedo
que tiene Andrés a perder este estado y cómo se siente amenazado, de una forma casi irracional. A
pesar de ello, ante su mujer, defiende su felicidad y trata de protegerse y protegerla de lo que él
supone que es fruto de la envidia de los que les rodean.
Así pues, la organización de las ideas presenta una estructura encuadrada, ya que la idea principal,
el estado de bienestar de Andrés, abre y cierra el texto, mostrando entre medias las ideas
secundarias: por un lado, su cambio de perspectiva (menos irascible) ante la forma de ver la vida y,
por otro, sus miedos ante la idea de perder el bienestar alcanzado.
2. a) Indique el tema del texto. (Puntuación máxima: 0,8 p.)
EJEMPLO I
El estado de armonía del protagonista y el miedo a su pérdida.
José Antonio Álvarez
EJEMPLO II
El estado de ánimo tranquilo de Andrés y su enorme preocupación por su desaparición.
Carlos Folgoso
EJEMPLO III
El pesimismo de Andrés Hurtado a pesar de su vida agradable y sensata.
Ángela Giner
2. b) Resuma el texto. (Puntuación máxima: 1,7 p.)
EJEMPLO I
Andrés Hurtado tiene una vida perfecta con Lulú, encuentra un buen trabajo y se siente, por primera
vez en su vida, feliz. Sin embargo, su pesimismo le hace pensar que este estado de tranquilidad no
va a ser duradero y teme que su situación cambie.
Marta Jiménez de la Paz
EJEMPLO II
Baroja describe la situación de calma en la que se encuentra Andrés, al estar casado con Lulú y
empezar a gustarle su trabajo. No obstante, al final, deja ver la actitud pesimista de Andrés y sus
miedos de que algo llegue y los desequilibre.
María Rey
EJEMPLO III
Andrés ha alcanzado un equilibrio en su vida y está feliz con su trabajo, su mujer y su casa. Realiza
traducciones y estudios y recuerda conversaciones con viejos amigos. A pesar de su felicidad, afronta
la vida con pesimismo y piensa que esa estabilidad no será duradera.
Elisa Salas

3. Comentario crítico. (Puntuación máxima: 5 p.)


El árbol de la ciencia es una obra perteneciente a la trilogía “La raza”, junto a La dama errante y La
ciudad de la niebla de la primera etapa (1900-1912) de este autor, Pío Baroja, uno de los principales
representantes de la Generación del 98. La crítica de España y el pesimismo existencial, que se
abordan en este fragmento, son dos de los temas más frecuentes de los escritores de esta época a
los que se suman otros relacionados con cuestiones filosóficas y religiosas, culturales, políticas,
sociales… La novela está estructurada en siete partes y este pasaje se incluye en la sexta, “La
experiencia de la vida en Madrid”, la única en la que el protagonista (alter ego del autor) parece
haber logrado una cierta paz interior y felicidad.
La forma de elocución escogida es una mezcla magistral de diferentes técnicas narrativas: predomina
la narración (“Andrés estaba cada vez…”), hace uso de algunas ligeras pinceladas descriptivas
(“cuarto grande”, “diccionarios científicos modernos”) e introduce tanto el diálogo directo (“-No
hagas caso de lo que te digan…”) como el monólogo directo (“-Algo va a venir…”) e indirecto
(“¿Podía durar esta vida tranquila?”). Todo ello, como es lógico, está al servicio de la peculiar
adecuación al género de este autor. En este caso, algo propio de su estilo, no se precisan apenas ni
el espacio (“Aquel cuarto grande”) ni el tiempo (“Al cabo de algún tiempo”); sin embargo, sí se
percibe claramente el papel del narrador omnisciente de la novela (“se acordaba de lo que decía
Fermín Ibarra”, “Algo va a venir el mejor día -pensaba-”…) que desarrolla al personaje protagonista
(Andrés Hurtado) y ofrece algunos rasgos de los secundarios como Lulú (“aquellas condiciones de
arreglo, de orden y de economía de Lulú”) e incluso nombra a otros bastante menos importantes
(“realmente la suegra, Niní, su marido, los vecinos…”). Además, resulta muy interesante la forma en
la que se manifiesta la subjetividad del texto, precisamente a través de ese narrador que aprovecha
para mostrar, bajo una aparente objetividad, la mirada que Baroja tiene sobre la realidad: sobre
España (“Sin duda faltaban talleres…”) o sobre la vida sin más (“Su pesimismo le hacía pensar que la
calma no iba a ser duradera”).
Pienso que la intención del autor es promover una reflexión sobre una actitud humana que, con
frecuencia y por desgracia, perjudica al ser humano: el permanente estado de infelicidad, la la
dificultad para disfrutar de lo bueno que se tiene. Y ha cumplido su finalidad, pues la incapacidad de
Andrés para la alegría, a pesar de la estabilidad y la armonía logradas, me ha hecho recapacitar
sobre la necesidad de desarrollar nuestra facultad de vivir en el presente y saborear lo que este nos
ofrece, porque, en verdad, esa es la vida verdadera, lo demás está por venir y ni siquiera sabemos si
llegará.
Me gustaría destacar dos ideas secundarias que han llamado mi atención: por un lado, me parece
muy triste la pervivencia que ha tenido la crítica que hace Baroja al atraso de la ciencia en España.
El hecho de que, aún hoy, muchos jóvenes tengan que salir fuera de España para lograr una mejor
formación pone de manifiesto la falta de inversiones en investigación, lo que es lamentable; por otro
lado, las duras palabras de Andrés a Lulú sobre los que les rodean, “Un estado de tranquilidad como
el nuestro es una injuria para toda esa gente que vive en una perpetua tragedia de celos, de
envidias, de tonterías”, me han recordado que, con demasiada frecuencia, nos dejamos influir
demasiado por los demás y prestamos mucha atención a lo que piensen de nosotros y, cuando no hay
buenas intenciones en el que aconseja o habla, es verdad que puede hacer mucho daño. Creo que,
de esta actitud humana tan dañina, contamos con muchos ejemplos en el cine (Felices 140, en la que
se describen de forma magistral las consecuencias de la envidia), el teatro (Un dios salvaje, también
llevada al cine, en la que dos parejas de alta clase social discuten y evidencian la estupidez de la
hipocresía social) o la televisión (La que se avecina, que, de forma incluso soez, critica las miserias
humanas).
En línea con lo ya expuesto, queda patente que la actualidad de los temas tratados es innegable.
Además de la crítica a la gestión de las inversiones en el desarrollo cultural, tecnológico y científico
de nuestro país, considero que las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y la búsqueda de la
felicidad son inevitables en la vida de cada uno de nosotros. De igual forma, en las creaciones
artísticas de toda índole están presentes esas cuestiones existenciales. Algunos ejemplos son: La
sombra del ciprés es alargada, novela de Miguel Delibes en la que Pedro, su protagonista está
impregnado por el pesimismo y el sentido de muerte; Amor y muerte, película del famoso Woody
Allen en la que, a través de la comedia, los personajes se debaten en discusiones filosóficas en las
que mezcla el humor con reflexiones profundamente existenciales; canciones como “Fade to black”
de Metallica o “Savages” de Marina and The Diamonds… Por último, opino que la serena felicidad de
Andrés ante la tranquilidad y el equilibrio que le aporta el amor es una realidad que nos envuelve en
nuestra vida cotidiana e impregna igualmente el arte. La famosa frase “el amor es el motor que
mueve al mundo” expresa una gran verdad que se constata en muchísimas baladas (“Por fin” de
Pablo Alborán es solo un ejemplo) o novelas y películas con finales felices o programas de televisión
como el que presenta Juan y Medio, en el que personas de avanzada edad han experimentado lo que
es el amor y, al haberlo perdido, luchan por encontrarlo de nuevo.
No existe, por tanto, en mi opinión, originalidad alguna en este texto, más allá de la impronta propia
de la peculiar forma de escribir de su autor. Es bien sabido que los autores de la Generación del 98
abordaron todos los temas a los que se ha aludido (Unamuno, en sus novelas -Amor y pedagogía, San
Manuel Bueno, mártir, Niebla…- y en sus ensayos –Vida de don Quijote y Sancho-; Maeztu y su ensayo
La crisis del humanismo; Azorín, en sus novelas –La voluntad-; Valle Inclán, en su teatro – Luces de
bohemia-; o Antonio Machado, en su poesía –Proverbios y cantares). Es más, se insertan en una
amplia tradición artística en la que se presentan, con múltiples variantes, desde los orígenes (la
preocupación por la educación moral de las personas – Coplas a la muerte de su padre, las obras de
Santa Teresa o San Juan de la Cruz, el teatro de Lope o Calderón…- o por la visión crítica de la
situación del país – El Lazarillo de Tormes, El Quijote, los artículos de Larra…) hasta nuestros días
(ya se han citado algunos ejemplos).
En conclusión, la lectura de este fragmento me anima a trabajar en dos direcciones: una interior y
otra exterior, y ambas están relacionadas. Creo que, interiormente, es fundamental evitar el
pesimismo; a mí, Andrés Hurtado, en este sentido, no me parece un modelo de comportamiento
apropiado. Prefiero ser más optimista y, aunque la vida es una constante lucha y es necesario y
bueno preguntarse por su sentido o ser capaz de detectar dónde están los problemas, no se debe
permitir que todo quede siempre envuelto en el miedo a lo malo que pueda pasar o en el enfado
ante los defectos de la sociedad. Hay que disfrutar, merecemos disfrutar de los buenos momentos
que se nos dan. Además, defiendo que, en la vida, es fundamental emprender cambios y mantener
un pensamiento constructivo, no basta con la queja recurrente. Lo importante es ofrecer
alternativas, soluciones. Debemos ser los jóvenes los que transformemos la imagen de España en el
mundo hasta sentirnos orgullosos de nuestro país y poder afirmar, como decía Unamuno, que “hay
que españolizar Europa”.

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