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CURAR VIEJAS HERIDAS

A causa de la tendencia humana de perpetuar las viejas emociones, casi to

dos llevamos dentro nuestro una


acumulación de dolores emocionales antiguos. El sedimento de dolor que deja cada emoción que
no se afronta plenamente, que no se acepta y, también, que no se abandona, se reúne en un
campo de energías que residen en la células del cuerpo. Esa memoria de nuestro organismo seguirá
recordándonos que hay una herida abierta, que nunca hemos cerrado convenientemente. Nuestro
cuerpo nos avisa constantemente de que estamos en deuda con el pasado.

Una vieja herida es, básicamente, no aceptar una emoción o un conjunto de emociones sobre lo
que ha sucedido en el pasado. Tenemos dolor cuando no se cumplen nuestras expectativas
respecto a una situación, cuando no tenemos aquello que queríamos o bien cuando la vida nos ha
traído lo que juzgamos como malo. Esas heridas permanecerán dentro nuestro y no las podremos
cicatrizar a menos que asumamos la responsabilidad de tratarlas y curarlas.

Todos hemos sufrido heridas en la vida. Algunas pueden ser como un corte en la piel, por ejemplo,
una separación; otras pueden ser como un apuñalamiento, una violación; otras pueden ser como
una amputación, la muerte de un hijo. Todas estas heridas deben ser trabajadas y resueltas
porque si no se resuelven a tiempo nos pueden acompañar durante toda la vida de manera que
dejen más dolor y sufrimiento. Pero tenemos la capacidad de saber cuál fue el dolor, cuál fue su
raíz y por qué sucedió.

El ser humano está diseñado para aceptar todo lo que hay y lo que suceda en este mundo. El
problema de las viejas heridas y de los consecuentes dolores es que decimos no a ciertas cosas, no
las queremos aceptar y dejamos que las emociones acampen a su aire sin atender ese dolor.
Creemos que el tiempo, por sí solo, cura las heridas; pero el tiempo lo que simplemente hace es
pasar, transcurrir, y en realidad no cura nada, lo deja todo aletargado, con los dolores latiendo
dentro nuestro.

Con el paso de los años, a veces pensamos que hemos curado una herida tan solo porque
transcurrió el tiempo, pero lo que realmente hemos hecho es sustituirla por otro dolor o acallarla.
Por lo tanto, la herida seguirá abierta, sangrando, y no podrá cerrarse por sí sola. Las situaciones
sufridas, por ellas mismas, no son dolorosas; es la carga emocional con la que nosotros vivimos la
situaciones lo que hace que sintamos el dolor. Por lo tanto, no podemos vivir con una herida
abierta a carne viva. Es imposible. Pero sí que podemos vivir con una cicatriz, ya cerrada.

La información que nos deja una vieja herida abierta es: ‘no tengo, no soy, no valgo’, una culpa
práctica que no hace vencibles a cada momento, pasándonos facturas emocionales y orgánicas.
Pero nada de lo que sucedió en el pasado debe impedir que el presente sea pleno. Por lo tanto,
todos tenemos heridas que se pueden curar y así tener un presente satisfactorio y sin nuevos
dolores y afectaciones.

Trauma, en griego, significa herida. Un trauma es un hecho que nos coge por sorpresa y de pronto
perdemos el control. Su incidencia en nuestra mente es como un terremoto; sin saber por qué ni
cómo ha llegado estamos inmersos en una situación totalmente nueva, sin conocer la manera
resolverla. Pero a pesar de lo traumático de la situación y de que genere una herida, podemos
sanarla si actuamos de manera correcta, sin dejarla a merced del tiempo, de las circunstancias o
de la suerte.

Habitualmente, cuando pasamos por un trance doloroso tratamos de volver a tomar el control de
la situación yendo hacia delante. Ese control que queremos tomar lo intentamos realizar no
pensando en aquello que nos hizo daño, sino caminado hacia delante, obviando lo que sucedió. Y
nos decimos: ‘cada vez que pienso en lo que sucedió lo paso mal, por lo tanto es mejor no pensar
y no tocar la herida; la dejo estar’. Pero precisamente ese no tocar o no pensar es la paradoja que
nos lleva a pensar más.

Por ejemplo, si ahora digo al lector: ‘intenta no pensar en una pelota’;seguro que en la mente
habrá una pelota. El hecho de no pensar en la pelota es pensar en la pelota. Esto es lo que muchas
veces las personas hacen: no querer pensar en un problema que pasó, querer apartar aquella
imagen desagradable, la sangre, el accidente, el suceso traumático, etc., pero la mente continúa
guardando perfectamente lo sucedido a pesar de la orden que le damos. Cuando más intentamos
no pensar, más pensamos y más tiempo está en la cabeza ese dolor. Como diría Oscar Wilde, ‘con
la mayor de las intenciones conseguimos el peor de los resultados’.

Un caso típico es cuando después de una ruptura matrimonial muchas personas se quedan
enganchadas al dolor de la separación y después de muchos años continúan adheridas a un suceso
que ya pasó. Las heridas siguen abiertas y permanecen sangrando porque no se acepta que
sucediera. Solamente se cerrarán si las limpiamos, las curamos a tiempo y las vendamos durante
unos días. Superada este cura en el hospital, será más fácil vivir sin resacas ni dependencias del
pasado

Curando viejas heridas

* Conocer las señales pico de las emociones negativas para actuar.Cuando vivimos en la banda
alta de las emociones positivas, nos sentimos bien y nos creemos firmes y felices. Pero cuando
vivimos en la banda alta (o pico) de las emociones negativas, hemos de darnos cuenta de que esas
emociones negativas son una alerta del cuerpo que nos avisa de que estamos en peligro, estamos
al límite o viviendo en el límite. Por lo tanto, las emociones altas o pico nos avisan de que
tenemos una deuda pendiente con un suceso pasado o heridas no cicatrizadas y que debemos
afrontarlo decididamente, preferentemente con ayuda de un profesional.
* Huir de los consejos gratuitos y sesgados. A veces, para ayudarnos, algún amigo o familiar nos
puede intentar animar diciéndonos que pasemos del tema o que nos echemos el problema a la
espalda. Pero lo que realmente sucede es que el tema nos pasa factura o el problema sí que se nos
carga en la espalda y nuestro organismo lo acusa con enfermedades y dolencias. Los consejos
externos que nos animen a huir de la realidad, no habrán de ser bienvenidos, sino rechazados
totalmente.
* Entender que intentar olvidar no soluciona las cosas। Muchas personas van a las terapias
solicitando al doctor que les ayude a olvidar. Pero justamente de lo que se trata es de no olvidar,
sino de recordar, de elaborar, de saldar cuentas con el pasado, de dejar ese pasado en su lugar, de
afrontar el presente y de decidir el futuro. El olvido encubre los problemas y no los soluciona. Las
heridas sin cerrar nos remiten constantemente al pasado y no nos dejan avanzar.
* Empezar a asumir que el problema es de uno mismo, no de los demás.Los sucesos traumáticos,
por muy duros que sean no son de nadie más que de uno mismo. Culpabilizar constantemente y
permanentemente a otras personas es excusarse para no cerrar el episodio y la herida abierta. No
obstante, no hay que acusarse diciéndonos que el problema somos nosotros, sino que el problema
lo tenemos nosotros.
* La aceptación es clave para superar lo que pasó. Nada se podrá superar si no aceptamos
absolutamente lo que sucedió. Intentar cerrar una herida sin decidir estar de acuerdo que lo que
pasó y admitirlo plenamente, significará dejarla abierta y sangrando. Aceptar es entender que uno
fue actor de todo lo que sucedió, que ya no puede cambiar nada de lo que pasó y que en
conciencia plena asume que la salida y la solución parte de esa asunción y conocimiento.
* Optar por una felicidad que no dependa de las circunstancias externas sino exclusivamente
internas. Ser feliz hoy no debería depender de lo que sucedió un día de hace tiempo, sino deberá
depender de ser quien soy. Nos debemos decir con convicción: ‘a pesar de lo que sucedió, está
muy bien ser quien soy, y, a partir de esto, voy a andar un nuevo camino’.Y aceptar que aquel
dolor sucedió y que aquello pasó, pero que nosotros somos los auténticos gestores de nuestra
felicidad.
* Identificar las emociones que asociamos al hecho traumático. Los dolores pasados dejan
emociones concretas: la rabia, la tristeza, la pena, la angustia, la sensación de soledad, la
inseguridad, etc. Si identificamos el dolor, sabremos cómo podremos luchar contra él. Por
ejemplo, las personas que actúan con rabia, lo que hacen es protegerse con ella, haciéndose más
daño, prolongando los dolores y retroalimentándose. O las personas que responden a un suceso
doloroso y traumático con tristeza, sin querer se regodean en la tristeza, aumentando más su
malestar. Conocer la emoción que asociamos al suceso traumático, nos permitirá actuar contra esa
emoción. Por ejemplo, obviándola, no reproduciéndola constantemente u optando por ensayar una
emoción totalmente contraria.
* Escribir en un papel todo lo que sucedió. Ante una herida que sangra y que no cierra, escribir
todo lo que sucedió en un papel, con todas las palabras, aunque sean duras y feas, es descargarse
del acoso del dolor. El dolor hay que vomitarlo para que se vaya, soltarlo para que nos deje en
paz, dejarlo en el papel para abandonarlo. Es conveniente no leer o releer lo que se ha escrito.
Después de haber escrito todo es mejor tirar o quemar el papel.
* Perdonar y perdonarse para pasar página. Perdonar y perdonarse no es fácil, porque muchas
veces no sabemos cuándo estamos listos para perdonar o perdonarnos. Pero sí que debemos tener
en mente que el perdón tendrá que llegar en un momento u otro. Saberlo nos ayudará a esperarlo.
No obstante, es importante no perdonar antes de tiempo. Primero habremos de sentir el dolor de
las ofensas y sus emociones para liberarlo poco a poco; después, el perdón saldrá solo. El perdón
es aceptar aquello que no acepté. Perdonar es perdonarme a mí mismo, y liberarme de la cadena
que me ata a esa situación o a ese pasado. Como dijo Francisco de Quevedo: ‘no es sabio el que
sabe donde está el tesoro, sino que es sabio aquel que trabaja para sacarlo’.

©2011 Josep Marc Laporta