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La desigualdad y los discursos sobre

pobreza
Christian Ambrosious

Vengo al país con mi familia cada año. Aprovecho las semanas de primavera en las que
no tengo que dar clases de economía en la universidad de Berlín. Durante estas
semanas, me da gusto ver a mi hijo gozar todo lo que no puede hacer en Alemania:
correr detrás de sus primos mayores, saltar las olas cálidas del pacífico, y dejarse
consentir por sus tíos y abuelos. Los fines de semana exploramos todos juntos las
increíbles bellezas del país cuando mi esposa nos lleva a playas desiertas, a tomar café
entre nubes, a nadar en lagos volcánicos y a cenar debajo de gigantescas ceibas.
ElFaro.net / Publicado el 12 de abril de 2017

Vengo al país con mi familia cada año. Aprovecho las semanas de primavera en las que
no tengo que dar clases de economía en la universidad de Berlín. Durante estas semanas,
me da gusto ver a mi hijo gozar todo lo que no puede hacer en Alemania: correr detrás de
sus primos mayores, saltar las olas cálidas del pacífico, y dejarse consentir por sus tíos y
abuelos. Los fines de semana exploramos todos juntos las increíbles bellezas del país
cuando mi esposa nos lleva a playas desiertas, a tomar café entre nubes, a nadar en lagos
volcánicos y a cenar debajo de gigantescas ceibas.

Nos movemos en esta burbuja que es privilegio de los pocos que se lo pueden pagar en
este país. Aun así, no escapamos del todo de la pobreza y la desigualdad. Y no siempre
se presenta con la cara de un niño descalzo vendiendo dulces. A veces son mensajes más
cotidianos y sutiles que nos recuerdan nuestra posición afortunada. Por ejemplo cuando
tengo que manejar despacio para evitar atropellar a la gente que camina por el paso a
desnivel que conecta Antiguo Cuscatlán con Multiplaza. Caminan en plena calle porque al
planeador urbano responsable aparentemente se le olvidó que existen peatones (supongo
que él no anda mucho a pie).

En otras ocasiones, la pobreza y desigualdad me espantan por su falta de descaro. Hace


algunos días, pasamos una noche en el lago Coatepeque, un lugar que fue candidato a ser
nombrado una de las nuevas maravillas del mundo. Es un patrimonio nacional del que
pocos pueden disfrutar y admirar: un lago sin acceso público, totalmente rodeado por
casas privadas vacacionales de fin de semana que no permiten el ingreso ni a los
habitantes locales. Son propiedades de gente que además no paga por este privilegio ya
que El Salvador es el único país de Latinoamérica donde no existe el impuesto predial (con
excepción de Cuba, isla comunista socialista donde el impuesto a la propiedad privada
tampoco no tendría mucho sentido).
Mi esposa me aconseja no hablar de política, ni de economía en ciertos ámbitos y con
cierta gente. Pero a veces es imposible hacerle caso. En una de estas pláticas, mis
interlocutores me compartieron su visión del país. Me dijeron que uno de los principales
problemas de El Salvador “es la falta de educación de los pobres”. Me sentí aliviado.
Pensé que al fin estábamos de acuerdo aunque sea en una cosa: todos los salvadoreños
deberían tener derecho a educación de calidad que lamentablemente solo algunos
colegios privados ofrecen.

Después caí en la cuenta de mi ingenuidad, al parecer lo que tienen en mente no es que


todos deberían de tener acceso a una educación de calidad. Lo que ellos querían decir es
que a los pobres les falta cultura y valores. Por esta razón los pobres no entienden que de
sus magros ingresos tienen que ahorrar para que sus hijos algún día también puedan tener
una casa bonita de en un condominio cerrado. Se esforzarían más, dejarían de tener
tantos bebés y gastarían menos en teléfonos celulares. Entiendo que para ellos la pobreza
es algo ‘cultural’, que el problema no son los obstáculos que enfrentan, sino cómo se
comportan los pobres.

Hace poco estuve en una plática del economista Alberto Alesina, de Harvard. Mostró datos
que señalaban que entre menos movilidad social experimenta una sociedad, la gente cree
más en el “sueño americano”. Entre más sombrío el panorama, más expectativas de que
con un gran esfuerzo individual se puede mejorar su situación y subir en la escalera de
jerarquía social.

Esta paradoja de la que habló Alesina también se aplica a El Salvador: a pesar de su


evidente incompatibilidad con la realidad de la gran mayoría de sus habitantes, no conozco
otro país donde aún se cultive con tanto fervor el discurso fundamentalista del mercado de
los años noventa.

Un discurso que va de mano con una narrativa individualista en la que todo privilegio se
merece. Esto me quedó claro con los mitos que la propia clase media construye a su
alrededor. Cuando estaba en una cena escuché como cada asistente contaba parte de su
historia familiar. Aparentemente todos compartían haber tenido abuelas tortilleras y
abuelos jardineros que gracias a su dedicación, ética de trabajo y ahorro habían logrado
salir de la pobreza y habían llegado al lugar que están.

Sabemos que este mito de un “sueño americano” choca con toda evidencia empírica y
hace burla de un país como El Salvador, que viene cargando una escandalosa
desigualdad desde que vinieron los primeros españoles a sembrar café.
La curva de Kuznets se hizo famosa entre economistas cuando a finales de los años 50
postulaba la expectativa de que solo sería cuestión de tiempo para que las economías de
mercado se transformaran en sociedades igualitarias. Lamentable, esta relación no existe
y nunca existió.

En Europa y EEUU no disminuyó la desigualdad por las fuerzas de mercado, pero sino
como resultado de la guerras mundiales y de una fuerte agenda redistributiva durante la
post-guerra, algo prácticamente inexistente en Latinoamérica.

Cálculos del Banco Mundial demuestran que el índice Gini de desigualdad en Alemania y
otros países europeos sería muy parecido a un promedio de Latinoamérica si no fuera por
las intervenciones del estado. Mientras que en Latinoamérica los índices de Gini antes y
después de la política fiscal son casi idénticas.

Más allá de la injusticia social que revelan estas cifras, la falta de movilidad social debería
de ser una preocupación de interés nacional. La desigualdad no solo es una cuestión
moral sino también de crecimiento económico. Muchos especialistas han afirmado que el
éxito económico de un país está relacionado a la paz social y a una mayor
igualdad, porque es eso lo que permite aprovechar el potencial productivo del capital
humano. Un estudio reciente de economistas del FMI, por ejemplo, demuestra que las
fases de alto crecimiento duran más en países sociedades más igualitarias.

A pesar de carecer de sustento empírico, es fuerte el poder de los discursos y de las


ideologías. Es el lubricante que mantiene un modelo económico que perpetúa los
privilegios de pocos, da la responsabilidad de ser pobre a los pobres y lo convierte en un
problema de superación personal.

En nuestro camino de regreso de ese al lago sin acceso para pobres, pasamos por el
bulevar Poma. Me pregunté si en las capitales de Europa hay alguna avenida de
importancia que lleve el nombre de un empresario rico. No se me ocurre ninguna. Otro
símbolo que refleja el discurso de un país cuyos héroes nacionales son los empresarios
ricos, celebrados al grado de darle nombres a sus bulevares más bonitos, en lugar de
honrar a los empleados que la han construido o las trabajadoras domésticas quienes nos
permiten vivir en nuestras burbujas de clases acomodadas.

*Christian Ambrosius es doctor en economía de la Universidad Libre de Berlín y docente


en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la misma universidad. Trabaja temas de
migración, finanzas y de desarrollo económico. Visita El Salvador con frecuencia.
Un grupo de remeros inicia su entreno en una centro de entranamiento de la
Federación de Remo en el lago de Coatepeque ubicado en el Centro Obrero
Constitución del Ministerio de Trabajo. Abierto en 2002 para los Juegos
Centroamericanos y del Caribe.