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Avellaneda, cementerio industrial.

“Amanece, la avenida desierta pronto se agitará.


Y los obreros fumando impacientes, a su trabajo van.
Sur, un trozo de este siglo, barrio industrial”.
Avellaneda Blues, Manal. 1970.

Molinos Río de La Plata. Fuente: The Walking Conurban.

Mi padre siempre contaba que, cuando era todavía un niño, en el barrio salía el sol en
pleno mediodía. El cielo de las mañanas permanecía encapotado mientras las chimeneas
despedían el humo de las fábricas. Durante los inviernos, la neblina y el esmog se abrazaban
creando una espesa cortina que no le dejaba ver las esquinas de Brandsen, la calle de casa y el
camino que tomaba para ir a la escuela. A mediados de la década de los setenta, las
chimeneas dejaron de humear. Jamás había sido tan triste que los días amanecieran soleados.
Todas las mañanas, durante seis años, hice el mismo camino: una cuadra de Brandsen, una
de Vedia, tres de Luis María Campos, una de Acha y, finalmente, una larga y lenta de Av.
Mitre, la calle de la escuela Ricardo Gutiérrez. La misma casa y la misma escuela que
protagonizan los recuerdos de mi padre, diferente camino. Cada desvío era mi forma de evitar
las curtiembres y los galpones abandonados, sitios inhóspitos que me atemorizaban.
Sarandí es tierra de curtiembres y fábricas textiles abandonadas. El hedor agrio que se
levanta desde el arroyo entubado del mismo nombre es el recuerdo vivo de su pasado
industrial de chimeneas humeantes y pastos cubiertos de bolitas de hollín. Este paisaje se
repite en Gerli, Piñeyro, Dock Sud y en el resto de los barrios de Avellaneda. Fábricas
desocupadas de fachadas entre grises y amarillentas que tiñen manzanas enteras de color
sepia.
Siempre pensé en Avellaneda como una necrópolis. Un cementerio de fábricas y
curtiembres deshabitadas, huecas. Retazos de pasado con los que todavía no se ha resuelto
qué hacer. Pocos son los que fueron reciclados, como en el caso del centro cultural “La
Curtiembre” en Sarandí. De otros sólo sobreviven los cimientos, que ahora sostienen
edificaciones muy distintas a las que en otros tiempos sostenían, eso es lo que pasó con La
Sulfúrica que hoy es un hipermercado Coto. Algunos incluso son aprovechados en su
abandono, esto es lo que sucede en la rivera del Riachuelo con los restos de la aceitera Bycla,
que ahora son utilizados como escenario de combates de paintball. En cuanto al resto, los
retazos de pasado que no están abandonados, ni fueron reciclados o demolidos, ahora son
centros de logística como la sede de Global System que habita la ex siderúrgica TAMET.

Ex aceitera Bycla. Fuente: The Walking Conurban.

Poco queda de la ciudad de la canción de Manal, “Avellaneda Blues”. En sólo una década,
Avellaneda dejó de ser la cuna de la industria argentina para convertirse en una ciudad
huérfana. Su decadencia fue parte del plan económico de la última dictadura militar. En esa
época, para Martínez de Hoz y muchos otros, las fábricas cerradas eran más rentables que las
fábricas de chimeneas humeantes. El golpe letal que la convirtió en el cementerio industrial
que es ahora se lo dió la especulación financiera del menemismo y la desindustrialización que
acabó también con más de la mitad de las fábricas del país.
El abandono no tiñe sólo las fachadas fabriles. Son innumerables los bares y cafés que
alguna vez supieron ser puntos de encuentro de una ciudad entera y han sido reducidos al
olvido de las persianas bajas y paredes descascaradas. Bares que en otros tiempos fueron
famosos por su tradición sindical han devenido en locales que poco tienen que ver con su
pasado obrero. Esto sucedió con la pizzería Las Palmas, en Avenida Mitre y Sarmiento, justo
frente a la Plaza Alsina: una esquina donde se respiraba la discusión política es ahora una
sucursal de la cadena Pertutti, un local de dos pisos que tiene un gemelo a menos de 150
metros. Lo mismo se puede decir del bar García Lorca, en cuya esquina ahora habita una
oficina de La Caja Seguros.
La cuadra de La Pizzería Los Tres Ases, sitio de culto barrial sarandiense, expresa el
espíritu de la ciudad. A pocas cuadras del viaducto, es un oasis de historia en medio del
abandono. Su fachada recientemente restaurada resalta entre las paredes desteñidas y
cubiertas de afiches despegados y rasgados. A su lado yacen los restos del bar “Sarandí”,
cerrado hace años, sus ventanas fueron tapiadas y su toldo de chapa oxidada parece a punto
de desmoronarse. Se cuenta que fue un bar icónico para el barrio del viaducto, pero su puerta,
cerrada hace años, no nos deja entender por qué.

Calles de Sarandí. Fuente: The Walking Conurban.

Avellaneda es historia en carne viva, es el neoliberalismo hecho paisaje. Pero el


neoliberalismo no sólo quebró el paisaje de la ciudad, también quebró familias. Hogares
obreros quedaron huérfanos junto a las fábricas, torciendo su destino y corroyendo su
identidad. Toda una generación, hija de obreros, no pudo heredar la tradición familiar. Junto a
mi padre, hijo de un obrero curtidor y una zurcidora, que al crecer se convirtió en chófer, son
miles los que sólo pueden invocar a la Avellaneda industrial a través de su recuerdo infantil.

María Florencia Gondariz.