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La muerte pre-venida

María Alejandra Tortorelli


Licenciada en Filosofía

Pre-venir la muerte es no dejarla llegar. Y, sin embargo, conjurándola se la anticipa y actualiza en


más de una forma.

Matar la muerte para que ésta no venga es como el relato de Samarkande. “Se cuenta que un
soldado se encuentra con la muerte en el desvío de un mercado y cree verle hacer un gesto
amenazador hacia él. Corre hacia el palacio del rey a pedirle su mejor caballo para huir de la
muerte durante la noche, lejos, muy lejos, hasta Samarkande. Con motivo de ello el rey convoca a
la muerte al palacio para reprocharle que espante de eso modo a uno de sus mejores servidores.
Pero ésta le contesta asombrada: ‘No he querido causarle miedo. Era solamente un gesto de
sorpresa al ver aquí a ese soldado, cuando teníamos cita a partir de mañana en Samarkande.”
Queriendo huir uno no hace más que ir a su encuentro anticipadamente.

Ciertamente, lo sabemos, no nos es fácil hablar de la muerte; mas eso, justamente y, por ello
mismo, habla ya de la muerte. El hecho mismo de que estemos aquí reunidos para pensar la
muerte dice de su ausencia. El hecho de que debamos, y es urgente, construir colectivamente, un
intercambio con la muerte indica hasta qué punto su experiencia está proscripta. Nuestra cultura es
una cultura que rehúsa la muerte, que mata la muerte. “La muerte técnica —escribe Iván Illich en
su libro Némesis Médica— ha ganado su victoria sobre el acto de morir. La muerte mecánica ha
nacido y destruido a todas las demás muertes.”1

No tenemos rito de la muerte, no tenemos fiesta de los muertos, no tenemos palabra que la
nombre sin cierto gesto de rehusamiento simultáneo, como quien intenta conjurarla a la vez que la
menciona por lo bajo. Sin embargo, una cultura que rehúsa la muerte no deja de ser por ello una
cultura de la muerte, una cultura de la muerte de la muerte.

Se objetará, y no sin dar razones, que lo contrario se impone: que una cultura que rehúsa la
muerte es una cultura que valora y sobrevalora la vida. Y, sin embargo, cabe preguntarnos hasta
qué punto una cultura que mata la muerte no es ella misma una cultura muerta; es decir, una
cultura que, por ello mismo, simultáneamente, mata la vida, rehúsa la vida. Una cultura anestésica,
narcótica, apática. Un cultura donde “el dolor —otra vez Illich— se convierte en una demanda de
más drogas, hospitales, servicios médicos y otros productos de la asistencia impersonal haciendo

1
Ivan Illich, op.cit., p.276

1
surgir, entre los consumidores de anestesia, una demanda creciente de insensibilidad,
desconocimiento e incluso inconsciencia artificialmente inducidos.”2

La expropiación de la muerte es una expropiación de la vida. Una cultura que carece de cultura de
la muerte es una cultura que carece de cultura de la vida. “Nuestra muerte —afirma Octavio Paz—
ilumina nuestra vida. Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida.”Muerte de
cristiano o muerte de perro son maneras de morir que reflejan maneras de vivir. Si la muerte nos
traiciona y morimos de mala manera, todos se lamentan: hay que morir como se vive. La muerte
es intransferible, como la vida. Si no morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra la
vida que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala suerte que nos mata. Dime
cómo mueres y te diré quién eres.”3

Por el contrario, “La muerte moderna —continúa Octavio Paz— no posee ninguna significación que
la trascienda o refiera a otros valores. En casi todos los casos es, simplemente, el fin inevitable de
un proceso natural. En un mundo de hechos, la muerte es un hecho más. Pero como es un hecho
desagradable, un hecho que pone en tela de juicio todas nuestras concepciones y el sentido
mismo de nuestra vida, la filosofía del progreso (el progreso hacia dónde y desde dónde?,
preguntaba Scheler) pretende escamotearnos su presencia. En el mundo moderno todo funciona
como si la muerte no existiera. Nadie cuenta con ella. Todo la suprime: las prédicas de los
políticos, los anuncios de los comerciantes, la moral pública, las costumbres, la alegría a bajo
precio y la salud al alcance de todos que nos ofrecen hospitales, farmacias y campos deportivos.”4

Vivimos rodeados de dispositivos “naturales” de pre-vención. Vivimos asegurados. La prevención


se ha vuelto —como lo sostiene Jean Baudrillard— un “principio universal, “un principio universal
de prevención”. Es “una suerte de profilaxis a escala mundial, no solamente de todo crimen, (como
lo plantea ejemplarmente la película de Spielberg “Minority Report”) sino de todo hecho que
pudiera perturbar un orden mundial dado como hegemónico. Ablación del “Mal” bajo todas sus
formas, ablación del enemigo que no existe como tal, ablación de la muerte. “Cero muerte” se
convierte en el leiv motiv de la seguridad universal.”5

Cero muerte, cero sufrimiento, cero dolor, cero vida. Muerte técnica, vida medicalizada. Vuelvo a
Illich: “Cuando la civilización médica cosmopolita coloniza cualquier cultura tradicional, transforma
la experiencia del dolor. (...) Esta experiencia implica un desempeño humano único llamado
sufrimiento. La civilización médica tiende a convertir el dolor en un problema técnico y priva así al
sufrimiento de su significado personal intrínseco. La gente desaprende a aceptar el sufrimiento
2
Ivan Illich, Némesis Médica, p. 182
3
Octavio Paz, El Laberinto de la Soledad, “Todos Santos, Día de Muertos”, Ed Cuadernos Americanos,
México, 1950
4
op.cit.
5
Jean Baudrillard, “La Máscara de la Guerra”, Página 12, Jueves 13 de marzo de 2003

2
como parte inevitable de su enfrentamiento consciente con la realidad y aprende a interpretar cada
dolor como un indicador de su necesidad de comodidades o de mimos. Las culturas tradicionales
afrontan el dolor, la invalidez y la muerte interpretándolos como retos que solicitan una respuesta
por parte del individuo sujeto a tensión; la civilización médica los transforma en demandas hechas
por los individuos a la economía y en problemas que pueden eliminarse por medio de la
administración o de la producción. Las culturas son sistemas de significados, la civilización
cosmopolita un sistema de técnicas. La cultura hace tolerable el dolor integrándolo dentro de un
sistema significativo; la civilización cosmopolita aparta el dolor de todo contexto subjetivo o
intersubjetivo con el fin de aniquilarlo.”6

Sabemos, y es casi una obviedad, que no hay vida sin muerte, así como no hay yo sin otro, no hay
interior sin exterior. Y, sin embargo, según nuestra lógica de la identidad y de la oposición,
persistimos en pensar en términos aislados, constituidos en sí mismos y puestos luego en franca
oposición o en posición de ajenidad exteriorizada. Vivimos tensados, enfrentados, y es una lucha
sin fin, entre la Vida./la Muerte, el Alma/el Cuerpo, el Ser/la Nada, lo Propio/lo Ajeno, el yo/el Otro
sin siquiera revisar la división primera y su instituido y reforzado antagonismo. “Perra aristotélica —
escribía Cortazar— que lo binario que te afila los colmillos, sepa de alguna manera su innecesidad
cuando otra esclusa empieza a abrirse en mármol y en peces, cuando Jai Singh con un crital entre
los dedos, es ese pescador que extrae de la red, estremecida de dientes y de rabia, una anguila
que es una estrella, que es una anguila que es una estrella que es una anguila....” 7 Persistimos y
estamos entrenados en pensar y en actuar, consecuentemente, según términos aislados y
opuestos. Y, sin embargo, la vida la muerte, yo otro, interior exterior, lo propio lo ajeno no son
“términos” en sí mismos. No empiezan ni terminan en sí mismos. Van y vienen de uno al otro, uno
en el otro, indecidibles. Son términos bífidos, si se quiere, por sugerir aquí una figura que no
admite representación alguna, si por representación entendemos la posibilidad de una identidad
aislada y plena en sí misma: la vida en si misma o la muerte en sí misma; como si cada una
pudiera pensarse independientemente de la otra. Esta co-institución y destitución de lo uno en lo
otro, esta différance en el origen —como sugiere Derrida—, que dando la vida da la muerte en una
mutua acogida —no hay vida sin muerte—; amenaza, pone en peligro, cuestiona, toda nuestra
lógica de la identidad y de la oposición, toda nuestra institución de lo uno indivisible y, con ello,
toda nuestra ética de la propiedad de lo propio: lo propio del sí mismo, el “yo mismo”, “mi” cuerpo,
“mi” casa, “mi” Nación, “mi” vida, “mi” lengua— en detrimento o a expensas de la ajenidad
amenazadora de lo Otro. De la muerte también.

Tanto nos hemos aferrado a este “si mismo”, a esta propiedad de lo propio, que toda ajenidad
implica hostilidad expulsable o aniquilable. También la muerte. La muerte de la muerte. Estaremos
dispuestos a vérnosla con la propiedad de esta ajenidad y con la impropiedad del “sí mismo” que
6
Illich, op. cit., 179-80
7
Julio Cortazar, Prosa del Observatorio, Editorial Lumen, pp.15-6

3
ésta trae aparejada? Es, acaso, posible una ética de la hospitalidad que, desrepresentando lo
propio, sea capaz de dejar venir lo ajeno en vez de pre-venirlo? Estaremos dispuestos a una ética
hospitalaria de lo ajeno? Y, en este sentido, es el hospital hospitalario de la muerte del Otro? Hace
falta todo un otro trazado, otras prácticas, otro modo de habitar, otra morada, para que la ajenidad
de lo otro —la muerte también—sea posible. Hace falta otra distribución, ya no antagónica, que
desligue a la muerte de ese desligamiento que supone en tanto amenaza, aniquilamiento u ofensa
narcisista; otra distribución y otro gesto que la desligue de ese desligamiento para que otro lazo
sea posible con el morir; con el morir como experiencia y como acontecimiento.

En un mundo sobresignificado y sobremedicalizado donde los dispositivos teóricos, técnicos y


mediáticos están prestos a expropiar —por apropiación o por prevención— cualquier alteridad
perturbadora, cualquier ajenidad supuestamente amenazadora, ningún acontecimiento ni ninguna
experiencia habrán de tener lugar. El dejar morir como experiencia es dejar venir el acontecimiento
del morir. “El acontecimiento —sostiene Derrida— es otro nombre para lo que, en lo que llega, no
se llega a reducir ni a negar. Es otro nombre para la experiencia misma que es siempre
experiencia de lo Otro”8 El morir y el vivir son experiencia y son acontecimiento allí donde carecen
de representación programable, previsible, prevenible. Estaremos dispuestos a una práctica, no
sólo hospitalaria, que sea capaz de sostener una interrogación allí donde las respuestas están
prestas a suturar cualquier experiencia y cualquier acontecimiento? “El dolor siempre remite a una
pregunta no contestada. Se refiere a algo abierto.(...) Viviendo es una sociedad que valora la
anestesia, tanto los médicos como sus clientes en potencia son readiestrados para suprimir la
intrínseca interrogación del dolor.”9

Illich, quien prolonga la noción de yatrogenia médica en yatrogenia social y cultural, nos dice: “La
yatrogenia cultural se produce cuando la empresa médica mina en la gente la voluntad de sufrir la
realidad. La medicina profesionalmente organizada ha llegado a funcionar como una empresa
moral dominante que publicita la expansión industrial como una guerra contra todo sufrimiento. Por
ello ha socavado la capacidad de los individuos para enfrentar su realidad, para expresar sus
propios valores y para aceptar cosas inevitables y a menudo irremediables como el dolor y la
invalidez, el envejecimiento y la muerte.”10 Y agrega: “Allí donde una cultura se medicaliza, los
individuos se someten a las instrucciones emanadas de custodios higiénicos. La medicalización
constituye un prolífico programa burocrático basado en la negación del derecho de cada hombre a
enfrentar el dolor, la enfermedad y la muerte.”11 La única muerte que no habremos de morir es la
muerte expropiada y no la que nos es propiamente ajena y ajenamente propia. Del mismo modo en
que no se vive una vida expropiada, un cuerpo expropiado, un nacimiento expropiado.

8
Jacques Derrida, Ecografias de la Televisión, Buenos Aires, Eudeba, 1996, p. 24
9
Illich, op. cit., p. 191
10
Ivan Illich, Némesis Médica, p. 171
11
Ivan Illich, op.cit., pp. 176-7

4
Es curioso que, en este sentido, y como lo señalaba Illich, sea el hospital el espacio menos
hospitalario para dejar venir el acontecimiento del morir. La hospitalidad para con el acontecimiento
como experiencia de lo otro es, luego, una responsabilidad médico-hospitalaria y es urgente.
“Proteger la decisión o la responsabilidad por medio de un saber, de cierta seguridad teórica o de
la certeza de tener razón, de estar del lado de la ciencia, de la conciencia o de la razón, es
transformar esta experiencia en el despliegue de un programa, en la aplicación técnica de una
regla o de una norma...”12 No dejar morir —no dejar siquiera hablar del morir— es matar la
experiencia del morir. Ningún saber, ni técnico, ni médico, ni psicoanalítico, ni filosófico puede
apropiarse de aquello que, siéndonos más propio, sin embargo nos es, exclusivamente, ajeno.-

María Alejandra Tortorelli


Licenciada en Filosofía
alejandratortorelli@yahoo.com.ar

12
Jacques Derrida, Aporías, op.cit., p.41