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La investigación como cultura

Inaugurar un master no tiene nada de original salvo que, como vamos a hacer en LIT, nos demos una oportunidad para volver a replantearnos la relación de la Universidad con su entorno, así como de revisar los ingredientes que configuran eso que llamamos cultura académica. Así de simple y así de estimulante es el compromiso de quienes nos hemos involucrado en este proceso.

Un master obliga a presentar una tesis y eso significa que hay que investigar, una tarea que imaginamos propia de científicos pero que, en realidad, todos y todas practicamos de forma ordinaria. Y es que, en efecto, todos tenemos derecho, y a veces necesidad o urgencia, de imaginar otras formas de vivir juntos. Y, si de verdad queremos darle forma a nuestros anhelos, tendremos que investigar mucho y no siempre en las mejores circunstancias, pues si no nos gustan las respuestas disponibles, tendremos que aprender a hacernos nuevas preguntas y buscar alternativas que sean tan baratas y sostenibles como inclusivas y conviviales.

Lo normal es que la tesis de master se organice como una actividad semiprivada en la que están involucrados el aspirante y un profe que actúa como mentor. Se supone que ambos serán capaces de construir una relación mutuamente beneficiosa que debería desembocar en el acto de defensa de la tesis, momento en el que, tras recibir los comentarios y la calificación del jurado, el trabajo conjunto es concluido y validado. Pero hay más posibilidades. Las cosas podrían hacerse de otra manera. Y para eso escribimos este texto. Queremos explicar otro modo de enfocar la obligación, aceptada por los matriculados, de hacer una tesis.

Nuestra propuesta está asociada a una idea simple: ¿se puede imaginar el proyecto de tesis como expresión de una cultura de la investigación de naturaleza más colaborativa y menos individual? Para explorar esa posibilidad, vamos a insertar algunas prácticas de la cultura del prototipado en la cultura del proyecto. Esto significa que queremos que el primer diseño de la tesis se haga colaborativamente, incorporando distintas sensibilidades y estimulando las

prácticas de la iteración incremental, la ideación rápida, la mirada local, la intención de impacto

y el afán experimental. Querríamos que la relación entre tutor y aprendiz fuera menos

jerárquica, privada y, digamos, voluntarista. El tutor no dirige, sino que facilita, acompaña y empodera. El aprendiz, por su parte, no es adiestrado sino que aprende mientras ensaya, contrasta y documenta.

Para intentar esta transformación hemos diseñado una estrategia simple, barata y practicable. Nuestra propuesta se realiza en dos fases, separadas por unos días de trabajo individual. En la primera fase dedicaremos dos días a entender la cultura del prototipado para después aplicarla

al diseño de un proyecto de investigación. En la segunda fase, cada quien elabora en privado el

primer prototipo de su propuesta (anhelo o inquietud) de investigación y luego, ya presencialmente, la discute con los colegas, lo que estimula la doble capacidad de, primero, formalizar, aterrizar y materializar las ideas propias y, segundo, de escuchar los comentarios ajenos e incorporarlos selectivamente.

El modo investigador Hacer una tesis es una tarea un poco extravagante. Algunas personas la

El modo investigador

Hacer una tesis es una tarea un poco extravagante. Algunas personas la inician por obligación y otras por equivocación. Quien quiera tener un título de master tiene que hacerla y el asunto es

si

podemos convertirla en una experiencia satisfactoria. Por supuesto cada quien decide su tema

y

se busca un tutor que le acompañe en el proceso. Hay entonces un amplio margen para

trabajar eso que siempre quisimos comprender mejor. También podemos apostar por asuntos

que tengan que ver con lo que (nos) pasa. Nadie nos obliga a desentendernos de nosotros

mismos, ni de lo que nos importa. Y además queremos hacerlo con unos plazos asumibles, pues

ni tenemos toda la vida, ni buscamos saber más que nadie de algo.

Hacer una tesis nos va a poner en situación de investigar. Tendremos que investigar. Aprenderemos a transformar una preocupación genérica en una pregunta concreta cuya

respuesta sea abordable aquí y ahora, con los recursos que tenemos a mano y en lo plazos de los que dispongamos. Aprenderemos a ser reduccionistas, lo que es tanto como decir que vamos

a tomar muchas decisiones para acotar la problemática, definir un campo empírico o construir

hipótesis razonables. Pero la diferencia entre un gesto reduccionista y otro manipulador es que el primero revela el código, comparte los motivos, pide comentarios, reconoce los riesgos y

admite las debilidades.

La primera vez que alguien se pone en modo investigador se imagina ante una actividad cerebral, solitaria y exquisita. Es normal sentirse superado e incapaz. Investigar sería algo para sabios distraídos y ajenos a las cosas terrenales. Es frecuente la creencia en que el fin de la investigación es la originalidad o, en otras palabras, los descubrimientos. Pero las cosas son de otra manera, De hecho debemos imaginarla como una tarea más colaborativa, abierta, mundana, agitada y mañosa. Tampoco creo que la originalidad sea su misión principal. Hay muchos aprendizajes necesarios en la tarea de reconfigurar relaciones, enlazar experiencias,

visibilizar redes, conectar itinerarios, ensanchar espacios o revalorizar objetos. La originalidad, creo, es un bien más vinculado a la propiedad que a la convivialidad. Hay que revisarla para incluir otros desbordamientos que hagan el mundo más habitable, sostenible o igualitario.

Investigar, por otra parte, es algo ordinario. Todxs tomamos decisiones después de haber explorado la situación, documentado alternativas, contrastado pareceres, consultado

autoridades e imaginado consecuencias. Obviamente, cuando tenemos menos tiempo simplificamos tanto como podemos. Pero, también lo hacemos cuando los recursos son más abundantes. Atreverse a simplificar, actuar en precario, compartir dudas, copiar de los mejores, hacer pruebas, arriesgar iniciativas o reciclar recursos, son parte principal del teatro donde ocurre la investigación. Un escenario que no siempre tiene que estar en la Academia. No vamos

a extendernos en este punto salvo para mencionar la inmensa deuda que, como productores de

conocimiento, tenemos con el activismo medioambiental, las organizaciones sindicales, los promotores del cooperativismo, el movimiento hacker, los defensores de los derechos humanos, las agrupaciones de consumidores o los colectivos de afectados por enfermedades minoritarias o diagnósticos controvertidos.

Investigar es una cosa muy seria. Cierto, nos jugamos mucho, pero también es algo frecuente, cercano y común. Todxs tenemos derecho a imaginar otro mundo posible. No es un asunto de la incumbencia exclusiva de los expertos: figurar otras formas de relacionarnos, de habitar nuestras calles, o de alimentarnos y cuidarnos, son cuestiones que nos conciernen a todxs. Tanto, que me parece muy atinado reclamar un derecho a investigar. No sólo todxs investigamos, también todxs necesitamos investigar. Es más fácil cuando tenemos una motivación, como también puede ayudarnos alguna lectura, compromiso o herramienta. Y a eso vamos.

Los textos que sugiero no son fáciles, aunque si remuneradores. Dan mucho a cambio de un poco de tiempo. No espero que se lean en profundidad, masticando cada palabra hasta deglutir cada aroma o significado. Lo que busco es una buena conversación entre todxs que parta de alguna de las ideas encontradas en los artículos y que nos permita llegar juntos a algún sitio. Cada quien va a leer dos artículos con el propósito de cosechar, para luego compartir, algún argumento que la haya parecido singularmente sugerente. No se trata de desentrañar ningún arcano, ni de hacernos especialistas en la jerga que sostiene tales provocaciones. Lo que se pretende es fácil de resumir en una línea: abrir nuestra cabeza a las muchas formas de entender lo que es la investigación. Obviamente no queremos ser exhaustivos. No buscamos escribir tratados, ni parecer eruditos. Nos basta con entender que la palabra ciencia es tan controvertida, como tentativo es todo lo que se asocia a la noción de investigación. Tenemos que deshacernos de la idea de certeza y abrirnos a la de provisionalidad.

Hay muchas maneras de vivir la incertidumbre. Los investigadores la adoran: cada vez que ven

algo inestable, solapado, polémico o frágil se frotan las manos y piensan que tienen ante si un objeto experimental. Y, a veces, tienen tiempo, recursos, apoyos y ganas de diseñar una forma de acercarse para entenderlo algo mejor. Saben, sin embargo, que transferir lo que aprenden es necesario y eso les obliga a contarlo con palabras que los demás puedan entender, comparar

y apropiar. No es un asunto menor, pues las palabras materializan las experiencias y crean un

mundo compartido y contrastado. Investigar no sólo es una actitud personal, sino también una cultura, una forma de relacionarme con los demás.

Los investigadores construyen objetos experimentales. Transforman cualquier cosa en algo que puede ser puesto a prueba, en algo que reclama robustecer la fiabilidad con la que lo hablamos, lo usamos, lo conectamos o lo miramos. Muchas veces la circunstancia, ya sea por el lugar donde

estamos, ya sea por las personas que nos acompañan, demanda mayores o mejores pruebas de confianza. Los científicos suelen echar mano de máquinas, lenguajes o dispositivos sofisticados. Y lo hacen genial. Tener acceso a esas herramientas no es fácil. También es verdad que ellos se enfrentan a problemas no tan ordinarios como los que afrontamos el común de los mortales. La gente corriente lo que hace es imaginar una causa que supuestamente provoca la situación que queremos superar. Y pregunta a unos y otras cómo lo ven, qué opinan, qué harían, de dónde sacan elementos de convicción o cómo lo resolvieron. Y cuando las cosas te importan, cuando te va algo en la respuesta, no te conformas con evasivas, banalidades, barruntos o sospechas. Quieres estar seguro y pides pruebas. No es fácil, ni es imprescindible hacerlo con malos modales. Ganar confianza puede ser también una manera de cuidarnos.

Tener una motivación y documentar la forma en la que hemos procedido ayuda mucho. Es muy importante, pero no basta. Una respuesta es tanto más robusta cuando cumple dos condiciones:

una, ha sido capaz de escuchar e incluir en sus conclusiones más interlocutores; dos, ha referido sus argumentos a datos y/o testimonios procedentes de un campo empírico o, en otras palabras, un espacio de experimentación donde cabe cualquier pregunta con sentido y abordable (se comprende y se puede responder). Diseñar un campo empírico entonces reclama el atrevimiento de las preguntas incómodas, inseguras y pendientes, como también la humildad de admitir que tiene que haber una correlación clara entre lo que queremos saber y lo que podemos saber. Tener buenas preguntas es básico, porque una buena pregunta no sólo es comprensible y asumible por otrxs, sino que puede convocar varias estrategias de respuesta. Una buena pregunta entonces contiene el germen de sus respuestas potenciales y evoca una forma de contrastarlas y validarlas, porque las buenas preguntas no buscan soluciones perfectas, sino aproximadas y funcionales.

Lo que podemos saber es muy poco en relación a lo que queremos saber. Los industriales validan en el mercado, los científicos en el laboratorio y nuestros vecinos en la oficina y en la escalera. Lo que sabemos experiencialmente se valida cada vez que narro una vivencia y quien la escucha se siente reconocido. La robustez de la experiencia crece cuando son muchos los involucrados y la tarea de compartir ensancha nuestro mundo y nos empodera. A los productores, comerciantes y consumidores solo les consuela el éxito mercantil. Para los académicos resulta clave que otros y otras adopten sus propuestas. Para los políticos nada es más relevante que la convivialidad, mientras que para los juristas es decisiva la estabilidad y consistencia del orden institucional. En fin, por grande que sea nuestra admiración por la academia, hay que admitir que no todo el conocimiento contrastado que hay en el mundo es de origen científico.

Hasta aquí son muchos y complejos los asuntos tratados. No lo hacemos para sembrar confusión. Básicamente lo que hemos dicho se resume pronto: investigar para conocer lo que no sabemos reclama el atrevimiento de imaginar preguntas cuya respuesta queremos explorar con otros según un protocolo que se pueda compartir, mejorar y remezclar. No consiste en aplicar una metodología, sino en participar de una cultura que confía en la inteligencia colectiva, defiende su condición pública, aprende de sus fracasos y goza cacharreando con lo provisional. Solo tiene una regla segura: hay que revelar el código de lo que hemos hecho para que otros puedan entenderlo , mejorarlo y apropiarlo. Un sola regla es algo sorprendente e increíble. Un investigador se pasa la vida copiando, pero lo hace con criterio: da reconocimiento a quienes copió y le han precedido. Los mejores investigadores siempre tiene una lista interminable de deudas, y se sienten orgullosos y felices de pertenecer a esa comunidad de aprendizaje.

Dejarse afectar

Este texto no aspira a enseñar nada a los que ya saben. Se conforma con motivar a los que tienen dudas y no saben o no se atreven a dar el primer paso. Para ellos están pensadas las siguientes líneas. En lo que sigue quiero tratar tres asuntos, todos relacionados con los primeros pasos: ¿qué leer y cómo leer? ¿Cómo encontrar información significativa? Y, ¿cómo hacer nuestro primer índice?

Las lecturas iniciales que se proponen son de inmersión y lo normal es que su lenguaje nos parezca extraño. Eso no debe preocuparnos, porque lo que se espera es que nos dejemos llevar por su música, por el ritmo o el estribillo, y que nos quedemos con algún fragmento. La idea es que cosechemos aquello que más no haya sorprendido o cuestionado, para después compartirlo en la sesión inicial que dedicaremos a explorar eso que hemos llamado la cultura de la investigación. El que lo desee puede profundizar en los contenidos, pero lo que yo recomiendo es abrirse a la posibilidad de dejarse afectar. Más que adoptar un gesto severo con los contenidos, preferiría que bailemos con su melodía. No tiene por qué ser nuestra música preferida para que sea divertido. Estamos empezando una aventura y conviene hacerlo con calma y buen tono. Si estuviéramos hablando de una película, nadie propondría verla en profundidad, sino más bien disfrutarla. Pues lo mismo, gocemos con nuestras lecturas. Y al terminar, lo normal es que nos preguntemos ¿qué te pareció? ¿con qué te quedas? ¿qué te sorprendió? ¿hubo alguna escena particularmente conmovedora? Y tras la experiencia individual, llega otra tan interesante como la primera pero de carácter colectivo, donde lentamente vamos contrastando nuestras respectivas miradas y afectaciones. La idea no es ser especialistas, y por eso nadie abusa de la erudición, ni se toma demasiado en serio lo que dice o lo que escucha. En general, lo mejor actitud es construir a partir de lo que las otras personas proponen. La idea es que la conversación nos permita contrastar puntos de vista, sin antagonizar con nadie ni demoler nada, tratando de explicarnos mejor y de escuchar más. Si cada intervención opera como una invitación a bailar, cuando termine nuestro ejercicio de lectura colectiva todos habremos bailado con todos, divertido con la música y alegrado por compartir.

Lectura colaborativa: cultura de la investigación

Las lecturas propuestas no deben ser leídas en profundidad. No son textos sagrados ni canónicos. Son escritos que ojalá provoquen una buena conversación sobre lo que representa investigar. No queremos ser expertos en discursos sobre lo que debe o no debe ser la investigación. Queremos aprender a investigar investigando y no disponemos de mucho tiempo. Tenemos que atrevernos a hacerlo con lo que tengamos a mano, tanto si nos faltan recursos, como si es el tiempo lo que escasea. Pero es ridículo querer partir de cero y por eso hay algunas lecturas que debemos compartir. Cada participante sólo tendrá que leer dos textos y cosechar un par de asuntos que le hayan sacudido o entusiasmado y explicar a sus compañerxs los motivos del impacto.

Lo experimental está asociado a lo tentativo, mientras que lo científico suele pensarse como lo seguro. ¿Cuál es entonces la relación entre ciencia e investigación? Y qué significa que en Kyoto se reúnan a discutir científicos, políticos y activistas?

B. Latour (1998), “From the World of Science to the World of Research?,” Science 280: 208-209.

¿Estamos exagerando el papel de los expertos en la gestión del mundo? Nadie diría que sobran: los necesitamos, pero faltan otros actores. ¿Qué ocurre cuando es imposible llegar a conclusiones irrefutables? ¿Cómo sería el nuevo compromiso que se nos exige?

Latour, B (2010) An attempt at a ‘compositionist manifesto”, New Literary History 41: 471–490.

¿Qué puede hacer la gente que no acepta un diagnóstico o que no se conforma a lo que le ofrece el sistema público de salud? ¿Puede la gente

Callon, Michel, and Vololona Rabeharisoa (2003), “Research ‘in the Wild’ and the Shaping of New Social

común producir organizaciones y saberes tan reconocidos como contrastados? ¿Qué tenemos que aprender de “los que no saben”?

Identities”, Technology in Society 25:

193-204.

Pensar desde lo concreto, lo situado y lo practicado es una reclamación que cuenta con multitud de partidarios. Lxs pragmáticxs, lxs constructivistas, lxs feministas lo vienen argumentando desde hacia décadas Hacerlo, sin embargo, tiene consecuencias y no son menores.

Gherardi, S (2001), “From organizational learning to practice- based knowing”, Human Relations 54: 131-139 .

La gente tiene derecho a imaginar que otro mundo es posible y no tarda mucho en descubrir que desearlo es fácil, pero argumentarlo requiere de un gran esfuerzo, tanto individual como colectivo. ¿Qué sucede si desparroquializamos la investigación y somos capaces de encontrar mucha sabiduría en otras formas de interactuar que no antepongan la objetividad a la convivialidad?

Appadurai, A. ( 2006), The right to research, Globalisation, Societies and Education 4: 167– 177

Los hackers no son gentes que saben, discuten o viven de la tecnología, sino que todo lo que quieren decir lo expresan con la tecnología. Lo abierto, lo libre, lo colaborativo no son discursos cuya solución sea política, sino que merecen una respuesta tecnológica.

Kelty, Christopher (2005), Geeks, Social Imaginaries, and Recursive Publics, Cultural Anthropology 20:

185–214.

Trabajar en abierto, apreciar lo inacabado, promover lo frágil o abrazar lo colaborativo, son el ecosistema que favorece la producción de un prototipo: un objeto siempre abierto a todas sus posibilidades y nunca verdaderamente acabado. ¿Qué ventajas tiene pensar con prototipos?

Corsín-Jiménez, A (2013), “The prototype: more than many and less than one”, Journal of Cultural Economy 7: 381-398

Hacer un prototipo puede ser un proceso guiado y seguir ciertos protocolos que lo faciliten. Hay muchas formas de hacerlo, pero lo más urgente es separarse de la cultura del proyecto que siempre lo posterga todo para cuando se den las condiciones óptimas. ¿Cabe pensar en una plantilla, o canvas, para prototipar?

Lafuente, A (2018), “El prototipo

como

objeto experimental”,

https://www.academia.edu/3791672

6/El_prototipo_como_objeto_experi

mental

Tirar del hilo

Buscar información es cada vez más difícil. Todxs nos sentimos un poco perdidos y desbordados. Nunca hubo tanta cosa a disposición de quien la necesite, pero no toda tiene la misma relevancia ni ha sido sometida a los mismos controles de calidad. No creo que la mejor forma de navegar este inmenso sunami en el que se ha convertido la información sea tener unas cuantas web de referencia e ir a ellas a buscar algo fiable. Lo que suele ocurrir es que también esas web de prestigio son exuberantes y hay que saber mucho para moverse en ellas con cierta soltura. Creo que a estas alturas todxs hemos aprendido que documentar algo no es lo mismo que disponer de más información. Información hay, pero para encontrar la que necesitas se requiere tener claridad en lo que se buscas o, en otras palabras, preguntar con mayor precisión, con otra finezza. Para que Google responda necesitamos, emulando a Arquímedes, un punto de enganche o, siguiendo con el símil italiano, un toque virtuoso.

La mejor ayuda es un texto de partida. Un lugar fiable donde encontrar los dos primeros conceptos que de verdad me interesan, algunos autores con los que quisiera dialogar y las conexiones primeras que no debería ignorar. El texto de partida es la palanca arquimediana y para encontrarlo todavía no hemos inventado nada que supere las prácticas más ordinarias y tradicionales: preguntar a los que saben (escuchar). En el ámbito de la academia lo normal es que siempre conozcamos, aunque sea de oídas, a un/a profe de la que nos sentimos más cercanxs. No tiene que ser especialista en eso de lo que ni siquiera sabemos bien cómo preguntar, basta con que nos dedique un rato para que podamos explicar en qué nos gustaría trabajar. Seguro que conoce a alguien o que recuerda un texto que alguna vez leyó.

Si tengo el texto primero, si su contenido me representa, si logro identificarme con su relato y los hilos que lo tejen, es decir con los conceptos que utiliza y el material empírico que los sostienen, entonces he dado un paso de gigante. No es que la cantidad de información deje de ser portentosa, sino que disponemos ya de herramientas adecuadas para navegar por un mar tan proceloso. Nuestras búsquedas pueden ser matizadas y mezclar tres palabras antes del enviar la solicitud. De las primeras respuestas aprendemos qué mezcla de términos sacados del primer artículo nos acerca más a lo que nos interesa, lo que puede ser una pista clave para sucesivas búsquedas. Es muy probable que tras un par de horas de exploración ya tengamos un

que tras un par de horas de exploración ya tengamos un puñado de textos en los

puñado de textos en los que apoyarnos y es casi seguro que nuestra inicial preocupación haya ido tomando forma y modificándose influida por las lecturas breves que vamos iniciando.

Seguro que Google nos lleva a Wikipedia, un excelente punto de partida, especialmente en la versión en inglés. Las fuentes que citan los artículos son confiables y originales, pues quienes escriben saben que todo lo que argumenten será cuidadosamente revisado y que la enciclopedia exige de quienes colaboran que respeten el principio de neutralidad y que referencien sus afirmaciones, especialmente si son controvertidas. No me parece muy útil dedicar espacio a mencionar la importancia de Youtube, TED, Google Académico, Academa.edu o ResearchGate a la hora de encontrar más contenidos relevantes.

Iterar procesos

Hacer una investigación que adopte el formato tesis parece una tarea que nunca es para nosotros. Eso es para listos, gente que sabe lo que quiere y va derecha al grano. Gente que no es como nosotros que siempre andamos entre dudas y que vivimos en un mar de inseguridades, por no hablar del poco tiempo que seguramente podremos dedicarle. Siempre tenemos dificultades que valorar, pero es que además la tesis se ha convertido en algo que pareciera nacido de la ocurrencia de un tutor, cuando querríamos algo que fuera rastreable y de código abierto. Una tesis entonces podría ser un proyecto más colaborativo y menos exclusivo o, en otras palabras, menos vinculado a la naturaleza privada, bi-personal y jerárquica de la relación director-aspirante.

Nada nos impide hablar de la tesis como de un entregable potencial y característico de una cultura de la investigación tejida por lo abierto, lo público, lo mundano, lo colectivo y lo protocolizado. Abierta porque el código que facilita su desarrollo está a la vista de todos. Pública

facilita su desarrollo está a la vista de todos. Pública porque sus resultados son accesibles y,

porque sus resultados son accesibles y, en consecuencia, pueden ser criticados, apropiados y mejorados. Mundana porque ponemos especial interés en conectar lo que hacemos con lo que preocupa a nuestros vecinos y conciudadanos lo que nos obligará a salir del aula y escuchar el murmullo de la urbe. Colectivo porque no imaginamos nuestra investigación como un asunto privado y (casi) secreto, sino que constantemente buscamos compartir nuestras dudas y hallazgos para crecer con otros. Protocolizado para que las reglas del juego y las responsabilidades de cada quien estén claras desde el primer momento.

La idea de proponer una plantilla (canvas) que ayude al principiante a dar los primeros pasos

nace de la convicción de que de una u otra forma hay preguntas que todos debemos hacernos

y que cuanto antes las descubramos más rápido llegaremos al meollo de la cuestión. Nuestro

canvas propone un circuito con 7 pasos. Cado uno es presentado mediante un título y un grupo

de

preguntas que ayuden a centrar la atención en lo que es urgente. Hay muchas preguntas pero

no

todas tienen que ser respondidas. Hay muchas formas de llegar a la misma respuesta y cada

quien se siente más interperlado por alguna de las preguntas propuestas. La idea es que encontremos en alguno de esos interrogantes la inspiración para arriesgar una primera respuesta. Cuando la encontremos, escribimos la respuesta en la casilla correspondiente del canvas y pasamos a la segunda siguiente.

La segunda, tercera y cuarta tratan de empujarnos hacia la focalización. Si logramos una pregunta provisional en la segunda etapa, podremos avanzar en la dirección del cómo

segunda etapa, podremos avanzar en la dirección del cómo podríamos responderla y qué necesitaríamos para lograrlo.

podríamos responderla y qué necesitaríamos para lograrlo. Ese es el objetivo

que te proponemos en la tercera casilla: la metodología o, en otras palabras, tener un plan de lo que vamos a hacer. Ahí es nada! La mera mención del palabro ya asusta, pero si respondemos las preguntas tendremos una especie de hoja de ruta provisional y, por el momento, no necesitamos nada más, y por eso debemos pasar a las etapas 4 y 5. La 4 quiere animarte a pensar a partir de unos objetivos claros, concretos y asumibles. Según mi experiencia

lo

que más espanta a todo el mundo es eso que algunos llaman marco teórico

y

que, definitivamente, suele ser el refugio de todos los pedantes,

definitivamente, suele ser el refugio de todos los pedantes, especialmente en la academia. Alguien tiene teoría

especialmente en la academia. Alguien tiene teoría cuando ha encontrado un

texto que le ayuda a pensar el asunto que le preocupa. A veces son varios

porque pronto descubrimos que cualquier problema, por raro que parezca, ya

ha sido tratado por mucha gente y desde hace tiempo. Tener un marco teórico

sólo es organizar una conversación amable (y no de listillos!) con esos autores, reconociéndoles

lo que te enseñaron y explicando en qué medida tus casos no se ajustan del todo a los

planteamientos que ellos hicieron. Contar esas convergencias y mostrar esas divergencias con

elegancia, generosidad y detalle es la mayor alegría de quien escribe para aprender, compartir

e

introducir algún matiz que merece ser reconocido. Ser original no equivale a ser más que nadie

o

mejor que otros. Y ni siquiera tiene que ser el objetivo principal de la investigación. La

originalidad puede estar vinculada a la generosidad con la que organizamos la conversación con

los autores que nos acompañaron, la sensibilidad con la que nos dejamos afectar por el relato ajeno de “los que no saben” o el cariño que pusimos al relatar ese matiz que ensancha el mundo

y lo hace más inclusivo o polifónico. Ser originales entonces puede ser también otra manera de ser más hospitalarios y de cuidarnos mejor. La casilla 6 describe la oportunidad que nos damos de compartir resultados provisionales, incompletos o inseguros para recibir comentarios que nos ayuden a crecer. Quien nos regala alguna sugerencia también aprende porque descubre la potencia, plasticidad o pertinencia de alguna idea que utilizó para otro asunto y cuya pertinencia se expande a distintos contextos. Esta forma de trabajar, propia del gesto bricoleur, hace de la investigación una práctica más artesanal, tentativa y ordinaria de lo que habíamos imaginado. Investigar es andar a ciegas, entrever sombras, escrutar restos o manejar fallas. En verdad es emocionante. Y por eso es tan importante trabajar en abierto y crear las condiciones para que la colaboración desplace a la competición.

En la casilla final se nos pide una imagen que muestre a un golpe de vista todo el mapa de nuestro trabajo: es un prototipo. Por supuesto lo podemos cambiar cuantas veces lo consideremos necesario. El mapa tiene un titulo (casilla 2) y se muestra con tres columnas: una para cada objetivo (casilla 4). Debajo del título escribimos un resumen de 2-3 líneas de lo que buscamos. Debajo de cada objetivo o parte de la tesis escribimos en 2-3 líneas lo que trataremos en cada una. Y, de nuevo, cada objetivo particular será dividido en tres partes diferenciadas que también serán resumidas.

Debajo de cada sub-parte escribiremos el autor que más nos ayuda a entenderla. El mapa o prototipo de la tesis es provisional y, con toda probabilidad, será rehecho a lo largo de proceso. La primera vez puede ser iterado varias veces hasta dejarnos mínimamente satisfechos. Un buen prototipo es una maqueta porque permite ver detalles y da una idea de conjunto. Pero no sólo es funcional. Su potencia desborda el tutorial de urgencia. Un prototipo nos empuja a escuchar, nos incita a compartir, nos enseña a contrastar, nos anima a desmadejar y nos pide cacharrear. Prototipar es darse permiso. Las maquetas tienen fobia a la incertidumbre, los prototipos emergen de la experimentación. Las maquetas se hacen para asegurar un cliente, los prototipos para engendrar un cómplice. Un prototipo te puede cambiar la vida, mientras que una maqueta la hace más segura. Quien prototipa nunca es inocente. Y, en fin, prototipar siempre es una actividad de mucho riesgo: te puede cambiar la vida. Esa es la promesa de una tesis.

Y, en fin, prototipar siempre es una actividad de mucho riesgo: te puede cambiar la vida.