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Desde el escenario por Abel Velázquez parte 1 de 5

=VIRGINIA=

Para repetir el mal llegó tu par de ojos al cuento


Y para otra luz de sol tu abrazo me abrigó...
Alejandro Filio

Virginia
Ojos verdes cuanto tiempo te miré. Ojos verdes del color de la mañana.
Ojos verdes no sé si te olvidaré. Ni nada...
Alejandro Filio

Virginia estaba parada detrás de la barra. Había pasado realmente poco tiempo desde la última vez
que hablamos y a decir verd ad no encontramos, ninguno de los dos, nada amable que decirnos. Los
mismos miedos, las mismas detenciones absurdas que nos separaban una y otra vez. Apenas unas
semanas antes, el silencio había acompañado cada uno de nuestros desencuentros. El silencio y la
sensación de pérdida. Roberto la miraba aparentando sonreír. Él sabía perfectamente que estaba
mirándome pidiendo le devolviera el gesto, buscando dentro de mí que en el silencio, mi voz cantara
para ella. Pero no había nada. El efecto de la revolución emocional que tuve con o contra Virginia había
desaparecido sin explicación alguna. Apenas y la incomprensión se habría paso entre mis
convencionales dedicatorias. Probablemente porque pensé en el egoísmo de aquella mujer que no me
podía ver como hombre desde el fondo de sus ojos verdes, posiblemente porque también antes me había
contemplado en la derrota, pidiéndole que me amara y ella simplemente no pudo. Tal vez era el
cansancio de buscarme en su mirada y jamás encontrarme. Lo cierto es que el vacío era la definición de
la sensación extraña entre ambos. Era muy raro pero por primera vez sentía un alivio infinito de no
encontrarme abatido por la carencia de ella. Creo que todo se remontó a aquella noche cuando mi
hermano me dio la noticia de que ella y Roberto habían descubierto que eran el uno para la otra. Esa
noche recuerdo que me dieron ganas de llorar, no por ella sino porque de todos los tipos del mundo,
había caído en manos de mi hermano virtual. La verdad es que pocas veces uno tiene la oportunidad de
escoger a quienes quiere considerar como sus hermanos y Roberto era sin dudarlo uno de los pocos.
Lo conocí cuando recién entró a la universidad y de inmediato tuve la confianza como para saber que
el tipo tenía una extraña afinidad conmigo. El teatro, la música, la tecnología y la manera en la que
descaradamente se reía y se ríe de las formas y las maneras serias de ver la vida, son la clase de cosas
que me han admirado desde siempre de mi hermano el loco. Incluso sus puntadas extrañas como la
noche que pasó por mí para ir a Querétaro a darle serenata a la mujer de su vida, ni siquiera recuerdo
cómo se llamaba, pero era la mujer de su vida y había que cumplir, así tuviéramos que manejar tres
horas en la madrugada y regresar a casa apenas cayendo la mañana con alguna mentira acerca de donde
estuve o que hice. Roberto siempre ha tenido un lugar muy especial dentro del círculo de mis amigos, tal
vez porque es el único que tiene la capacidad de amar sin dar a cuentagotas, el se enamora y punto.
Además no esconde nada, llora, grita, baila y todos esos clichés que las películas americanas hacen de
sus héroes románticos y melosos. Roberto era como la demostración de la existencia del Happy end. De
que las cosas no podían ser tan dramáticas como en una canción de José Alfredo, como en una pelea de
cantina o en una borrachera al estilo mexicano. Él era más bien bobo, al estilo de las películas de Meg
Ryan. De ese tipo de personas que espera ser feliz ever after. Roberto vivía para estar enamorado de la
más imperfecta de las mujeres y saber que su amor iba a alcanzar para virar el mundo completo hacia la
fantasía y la despreocupación. Eso fue lo que siempre le admiré. Por eso cuando en la universidad nos
enamoramos de la misma mujer yo no tuve corazón para continuar detrás de ella, me hice a un lado no sé
si temiendo perder frente a la alegría interminable del loco o más por saber que mi enamoramiento no
era tanto y me quité del camino esperando también que pudiera ser muy feliz. Tharyn se llamaba. Bueno
se llama, pero hace mucho que no la veo y creo que él tampoco. Roberto se enamoró hasta las manitas
de aquella problemática rubia que le gustaba imaginarse musa de malogrados versos y canciones escritas
siempre para alguien más. Yo también estaba semi enamorado de ella pero a diferencia de él yo no podía
ofrecerle una sola sonrisa detrás de mi mundo de depresiones y lágrimas heredadas de la culpa de no
haber amado antes. Seguramente ella lo notó y se miró como en un pozo sin fondo donde ya tenía
suficiente con su propia tristeza como para encima, echar a cuestas la mía. Por eso prefirió arriesgarse
con Roberto, porque sabía que cuando menos el tipo estaba feliz y tanto que contagiaba. Yo entendí y
hasta me alegré en aquel entonces; como después de llorar la pérdida de Vicky, supe que no pudo haber
caído en mejores brazos que los de mi amigo.
Tal vez por eso no comprendía la tristeza en la mirada de la mujer compartida otra vez por ambos esa
noche. Tal vez por eso la observaba resistirse a los besos, a los abrazos de Roberto. Quizá también por
eso se levantó de la mesa sin decir palabra y se parapetó detrás de una barra, como despidiéndose de mí
y de lo que dejaba ir conmigo de su mundo de fantasías incompletas y lágrimas por nadie. Yo no
entendía pero tampoco me hacía sentir bien mirarla desde el escenario queriendo no mirarla. Ya antes
había pasado. Una o dos semanas antes que llegó a la despedida de su cuñada bastante tarde y triste. Esa
vez también se detuvo en la barra a mirarme, como intentando comparar lo que tenía en su mundo y lo
que había detrás del mío. No sé bien qué fue lo que pensé. Era algo similar a la cara del niño que acaba
de catafixiar su bicicleta y su avalancha por una sala comedor y no sabe si le fue mejor o peor pero el
resto de los acompañantes se siente feliz por él. Esa era la mirada que tenía. Yo desde el fondo de mi
corazón, me despedí en silencio de todo lo que ella representó para mí, el mismo día que supe que
Roberto era el afortunado; tal vez también pensando que el cuento en brazos de mi amigo era mucho
más entretenido que el mío, cansado de dramatizar las pérdidas y las desesperanzas. Mirándola detrás de
la barra, también supe que mis deseos de amarla fueron superiores incluso al verdadero amor que le tuve,
que ella fue más la esperanza de hallar a la mujer correcta que la misma mujer correcta. Mirándola
desarmada y a punto de llorar, pidiendo perdón en silencio supe que no estaba enamorado de Virginia,
que no podía amarla y que lo mejor era dejarla ser feliz con quien podía hacerla feliz. Es muy triste darse
cuenta de que la mujer de tu vida no vive en el cuerpo de la mujer que creíste era la mujer de tu vida. Me
miré dentro del escenario protegido por la cuarta pared creada por Grotowski y más solo que antes. Me
había quedado sin la esperanza de amar o por lo menos sin el pretexto de esa esperanza que ahora se
paseaba del brazo de mi hermano putativo. ¡Qué suerte tiene este cabrón, pensé! Antes de bajarme del
escenario para terminar la noche

Abel Velasquez Nardo “El Mago”

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