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rsicoanausis

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ografía completa de Sigmund Freud -la primera escrita latinoamericano-, que incorpora los hallazgos recientes jvedades bibliográficas más significativas. Su autor: Emi- Irigué, argentino, psicoanalista y escritor de amplia tra-

id Freud, El Siglo del Psicoanálisis recorre cada una de las

ias biográficas del hombre cuyo descubrimiento es el he- is decisivo y controversial de los últimos cien años. Con rfundidad y un conocimiento exhaustivo tanto de la vida grafiado como de lo que ésta proyecta sobre su obra, Ro- desmenuza las relaciones personales y profesionales de sus deseos y sueños, ilusiones y errores. Este trabajo de ción está signado por una interpretación extraordinaria, nás pierde de vista la importancia de los procedimientos lalíticos para destacar algo que parecía insignificante o enturar una hipótesis estremecedora. >ro capital en dos volúmenes puede considerarse sin ^ gi n como un acontecimiento histórico en la literatuW^H tica mundial.

ISBN 950-07-1155-9

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789500 711555 >

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Diseño de tapa: María Chimondeguy/lsabel Rodrigué

Diseño de tapa: María Chimondeguy/lsabel Rodrigué E M I L I O R O D R

EMILIO RODRIGUÉ

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SIGMUND FREUD

El Siglo del Psicoanálisis

R I G U É y SIGMUND FREUD El Siglo del Psicoanálisis 00022730F K.01 R696s Rodrigue.
R I G U É y SIGMUND FREUD El Siglo del Psicoanálisis 00022730F K.01 R696s Rodrigue.

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K.01 R696s

Rodrigue. Emilio

Sigmund Freud

EDITORIAL SUDAMERICANA

BUENOS AIRES

FACULTAD DE PSICOLOilJi. ¡

Invenicuio;

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FACULTAD DE PSICOLOilJi. ¡ Invenicuio; ~ 2 2 7 3 0 . •« IMPRESO EN LA

IMPRESO EN LA ARGENTINA

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723 © 1996, Editorial Sudamericana S.A. Humberto / 531, Buenos Aires

ISBN 950-07-1155-9

Segunda parte

y

CAPÍTULO 33 EL TIEMPO DE LOS TRIÁNGULOS

Sabina Spielrein era una joven judía de 19 años, de trenzas lar­ gas hasta la cintura, ya con las “formas de una mujer madura”. La piel, suave, recuerda a la sensual niñera de Cari Gustav. Sabina, la gran paciente histérica de la segunda carta de Jung, fue responsable de un célebre adulterio y de un conturbado triángulo. Figura protagó- nica en la correspondencia de Jung con Freud*1. Oriunda de Odessa, Sabina había sido enviada por los padres a Zurich para estudiar medicina y, en un estado de sufrimiento deses­ perado, inició un tratamiento psicoanalítico con un joven psiquiatra, Cari Gustav Jung. Peter Gay nos dice sumariamente que “ella se enamoró de su analista, y Jung, aprovechándose de esa dependencia, la tomó como amante”1. El asunto es mucho más complejo e instructi­ vo. En el torbellino transferencial, Sabina inventó su mito personal de tener un hijo de Jung, una criatura de amor que se llamaría Sieg- fried: un héroe, inspiración sublimada de las dos razas. Siegfried era un mito familiar. Ella recordaba a su formidable bisabuelo, rabino muy respetado de Ekaterinoslov, gran hombre lleno de bondad, siem­ pre vestido de negro, que tenía el don de la profecía y supo prever la hora exacta de su muerte. Él - hélas- se opuso con vigor al romance de su hijo con una joven cristiana, y lo obligó a casarse con una moza judía. “Visiblemente -escribe Sabina en su diario- mi abuelo conser­ vaba dentro de sí la imagen de su primer amor, y ponía el estudio de la ciencia cristiana por encima de todo”2. Ese abuelo envió a su hija, la madre de Sabina, a una escuela cristiana, y después a la universidad. Ella, temiendo encontrar el amor en un hombre prohibido, rechazó el pedido de mano de un cris­ tiano, que al día siguiente se mató de desesperación. Sabina cargaba con esa “sombra” junguiana. Cuando partió para Zurich, sucedió lo que tenía que suceder; la joven encontró el médico cristiano necesario para la repetición del romance familiar. Cari Gustav la llama “La

Egipcia”.

*1- Aldo Carotenuto escribió su libro Una secreta simetría: Sabina Spiel­ rein entre Freud y Jungf 1980, basándose en documentos hallados en el Pala­ cio Wilson de Ginebra, que incluyen un diario de Sabina Spielrein, cartas de Spielrein a Jung, de Jung a Freud y de Freud a Sabina Spielrein.

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De la misma manera que otrora Emma Eckstein (posible Irma) había desempeñado un papel importante en la amistad conflictiva de Freud y Fliess, Sabina Spielrein hará surgir, con sutileza de mujer, nuevas fisuras en la relación entre el Maestro y su Discípulo. El ro­ mance se inicia en 1908. En la segunda carta de Jung a Sabina, él le escribe: “No sabes lo que significa para mí encontrar una persona con

quien me atreva a amar

trara a esa persona en ti”3. Fueron escarceos amorosos pero sin “cono­ cimiento” bíblico. La propia Sabina habla de “sesiones de poesía”, sin aclarar de qué se trata. En junio de ese año, ella le dijo a Freud que Jung fue el primer hombre que la besó4. En ese clima de encanta­ miento lírico y amor casi cortés, Sabina fabricó su fantasía de tener a Siegfried, crisol de razas. Tal vez Jung, en el primer .momento, entró en el delirio judeo-teutónico, en la medida en que Siegfried, en la pe­ numbra de las sesiones, se convirtió en el objeto erotizado de la trans­ ferencia sublimada. A Jung, como sabemos, le fascinaba lo mítico*2. El joven psicoanalista de 30 años hacía sus primeras armas al pie del diván, y entró en la inevitable crisis deontológica de los analistas con­ cupiscentes. El italiano Carotenuto comenta que Sabina se presentó como “una típica imagen de anima*3, atrayente y rechazante, maravi­

llosa y diabólica, exaltante y deprimente”.5 Se desencadena la tormenta. En marzo del año siguiente, Jung habla de complicaciones con una paciente, sin mencionar el nombre:

“Una paciente que hace años saqué de una neurosis incómoda, sin es­ catimar esfuerzos, traicionó mi confianza de la manera más mortifi­ cante que se pueda imaginar. Resolvió armar un torpe escándalo sim­ plemente porque me negué el placer de hacerle un hijo”6. Jung se justifica: siempre fue “un perfecto caballero”, pero “ante el tribunal de mi conciencia no me siento realmente inmaculado”7. Freud responde a vuelta de correo con una carta que recuerda la “pesada carga del hombre blanco” de los ingleses en la India:

y sería muy grande mi felicidad si encon­

También oí hablar de la paciente a través de la cual usted entró en contacto con la gratitud neurótica de los rechazados. Cuando Muthmann vino a verme, aludió a una señora que se presentaba como amante de usted, pensando que se dejaría impresionar fuertemente por la libertad que usted conservaba. Ambos presu­ mimos que la situación era muy diferente, y que la única explica­ ción posible era una neurosis de la informante. Seremos difama­ dos e importunados por el amor con que operamos; tales son los riesgos de nuestro oficio, pero no por ellos vamos a renunciar8.

*2. “En Jung, la psicología misma tiene que ser tomada en sentido míti­ co” (Philip Rieff, O triunfo da terapéutica, 1990, San Pablo, pág. 120). *3. Ánima: personificación de la naturaleza femenina en el inconsciente del hombre.

8

Jung fue hipócrita en su respuesta:

La historia que Muthmann ha estado propagando es chino para mí. Nunca tuve, en verdad, una amante, y soy el más inocente de

los maridos. ¡De allí mi violenta reacción moral! Simplemente no

consigo imaginar de quién se trata

rias9.

Tengo horror a tales histo­

Dos meses más tarde, Sabina Spielrein le escribe a Freud su pri­ mera carta: “Le estaría muy agradecida si me concediera una entre­ vista. Tiene que ver con algo de gran importancia para mí, que usted estará probablemente interesado en escuchar”10. Freud se comunica de inmediato con Jung: “¿Quién diablos es

de

su “tribunal de la conciencia” Jung vuelve a intentar una respuesta evasiva: “Spielrein es la persona sobre la que le escribí. En forma re­

sumida, su caso fue hecho público en mi conferencia de Amster-

Fue, por así decir, mi caso-test*4, razón por lo cual guardé

por ella un cariño y una gratitud especiales. Como sabía, por expe­ riencia previa, que sufriría una recaída inmediata, prolongué mi rela­ ción por años, y acabé por sentirme en la obligación moral de consa­ grarle una gran parte de mi amistad, hasta notar que las cosas habían tomado un cariz indeseable, cuando por fin rompí con efia”13 La carta se vuelve más sombría: “Es claro que sistemáticamente planeaba seducirme, lo que juzgué inoportuno. Ahora quiere vengar­ se. Últimamente ha estado haciendo correr el rumor de que voy a di­ vorciarme para casarme con una estudiante, lo que dejó a varios de mis colegas en la mayor conmoción. Ignoro lo que ella trama. Temo

que no sea nada bueno

Freud responde a vuelta de correo, entrando a su vez en el mun­ do del fingimiento: “Entendí muy bien el telegrama, su explicación confirmó mis suposiciones. Bastó recibirlo para que yo le escribiese a Fráulein Sp. una carta, en la cual fingí ignorancia”*5’ l5.

A continuación, Freud adopta un tono paternal: “Aunque peno­ sas, tales experiencias son necesarias y difíciles de evitar. Es imposi­ ble que, sin ellas, conozcamos realmente la vida y las cosas con las cuales lidiamos. Yo mismo nunca he pasado por tales apuros, aunque, no pocas veces he estado muy cerca, divisando por fin un narrow es­

cape. Creo que

do me dediqué al psicoanálisis me salvó de experiencias análogas. Pe­ ro el daño que causan no perdura. Ellas nos ayudan a desarrollar el

ella? ¿Una entrometida, una chismosa o una paranoica?”11 A pesar

dam

12

”14

el hecho de ser diez años más viejo que usted cuan­

*4. Ella fue su primera paciente. Su Anna O. El fantasmático Siegfried recuerda la gravidez histérica de Anna O. *5. O sea que Sp. no sabía que él estaba al tanto del asunto por Jung.

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caparazón que necesitamos y a dominar la «contratransferencia» que

es al final, para nosotros, un permanente problema

”16

Freud cierra el asunto hablando pestes de esas mujeres, en un to­ no tradicional de conversación entre hombres: “La manera que las mujeres encuentran para atraernos con toda la perfección psíquica, hasta que se salen con la suya, es uno de los grandes espectáculos de la naturaleza. Una vez que han alcanzado la meta, o que sea seguro

lo contrario, la constelación cambia espantosamente”17. Las hadas se vuelven brujas. Al día siguiente, asumiendo el papel de “intermediario”, por el

momento un poco tendencioso, Freud le escribe a Sabina Spielrein:

“El Dr. Jung es mi amigo y colega. Estimo que lo conozco muy bien, y

lo considero incapaz de una conducta frívola o poco noble

¿No será

que la disponibilidad de él para ayudar a alguien necesitado despertó su simpatía? Me inclino a pensar que sí, ya que conozco muchos ca­

sos

”18.

Mientras tanto, Jung se tranquiliza. Sabina Spielrein no era la responsable del rumor. Recapitulando, reconoce que él veía “todo ne­ gro”. Ahora cae en la cuenta de que se trataba de sus “ideas de refe­ rencia” y desea “retractarse sin demora”. Con ese espíritu, Jung se abre a Freud: “En obediencia a mi principio fundamental de tomar a todas las personas en serio, hasta el límite extremo, discutí con ella el problema del hijo [Siegfried], imaginando que hablaba en términos teóricos cuando en realidad Eros se agitaba sordamente entre basti­

dores. Atribuí a mi paciente todos los otros deseos y esperanzas, sin ver en mí la misma cosa. Cuando la situación se volvió tan tensa que la prolongada persistencia del vínculo sólo podía resolverse por actos sexuales, me defendí de una manera que no encuentra justificación moral. Poseído por el delirio de ser víctima de las estratagemas se­

xuales de mi paciente, le escribí a la madre de ella, diciéndole que yo

no era el gratificador de los deseos sexuales de su hija

do el hecho de que hasta poco antes la paciente había sido mi amiga mi gesto fue una auténtica canallada que sólo con mucha reluctan­

Consideran­

cia le confieso como si fuese mi padre”19.

K

¡Este Jung se las trae! El análisis epistolar termina en confesión, en la más rigurosa tradición del mea culpa cristiano. Freud se indig­

na y, a vuelta de correo, le escribe a Sabina:

Estimada colega:

Me informé por el propio Dr. Jung acerca del tema de la visi­ ta que proyecta hacerme. Ahora veo que yo tuve razón en algu­

nos asuntos y me equivoqué en otros, para su desventaja. Deseo

Le

ruego que acepte la expresión de mi total simpatía por la manera

pedirle disculpas en la medida en que mi juicio fue erróneo

digna con que usted supo dar cuenta del conflicto20.

10

Años después, en 1913, Freud volvió a escribirle, en términos aún más categóricos: “Mi relación con su héroe germánico ha sido to­ talmente demolida. Su comportamiento fue demasiado ruin”21. Las relaciones entre Freud, Jung y Sabina son, como el título del libro de Kress-Rosen lo indica, “Tres figuras de la pasión”22. Bruno Bettelheim, hoy en día sometido a duras críticas, intenta, como el propio Carotenuto, rescatar a Jung de ese calvario, absolviéndolo:

“Sea cual fuere nuestro juicio sobre la conducta de Jung con Spiel­ rein, probablemente su primera paciente psicoanalítica, no se debe olvidar la más importante consecuencia: él la curó del trastorno que motivó su intervención. [En cambio] debemos preguntarnos: ¿qué prueba tenemos de que se habría alcanzado el mismo resultado si Jung hubiera actuado con ella siguiendo los cánones de una terapia convencional?”23 Esto equivale a condecorar al violador que embaraza

a una mujer estéril.

o

¿

-

Sabina Spielrein, por su parte, tuvo un reconocimiento tardío:

“¿Por qué nosotros -se preguntó Freud- necesitamos tanto tiempo para decidirnos a reconocer una pulsión destructiva?”24 Éste era un comentario sobre el ensayo titulado “La destrucción como causa del venir-a-ser”25, donde Sabina especulaba sobre los impulsos destructi­ vos contenidos en la propia pulsión sexual26. Freud, en la ocasión, le hizo una observación maliciosa a Jung, demostrativa de que no esta­ ba dispuesto a tomar en serio a esa mujer: “Fráulein Spielrein leyó ayer un capítulo de su ensayo, seguido de un esclarecedor debate. Hi­ ce algunas objeciones a su método de abordar la mitología y las pre­ senté en la discusión con la muchacha. Debo decir que ella es bastan­ te amable y comienzo a comprender27]!!]” (el énfasis en “muchacha” y los signos de admiración son míos). Por ese tipo de intervención, Sabina Spielrein tiene su lugar ase­ gurado en el panteón de las feministas. Para finalizar su historia, ella se convirtió en miembro de la Sociedad de Viena (1911). En 1921- 3 ejerció en Ginebra. Con ella Jean Piaget hizo su análisis didáctico. En 1923 regresó a la Unión Soviética y trabajó en la Universidad del Cáucaso del Norte. Se le perdió la pista a partir de 1933, cuando el movimiento psicoanalítico fue abolido. En 1942, después de la inva­ sión nazi a la Unión Soviética, ella y sus dos hijas fueron fusiladas a sangre fría por soldados alemanes. Jung-Sabina-Freud inauguraron el Tiempo de los Triángulos; a continuación hubo otros. Antes, durante y después de la guerra, bajo el rugir de los cañones, la sexualidad fluía entrecruzada euclidiana- mente. Fue la época de Sabina, Minna, Gizela y su hija Elma, Loe y Lou. Ellas configuraron varios triángulos -la mayoría escalenos- en torno de la figura de Freud, con Ferenczi, Jung, Jones y Tausk en sus vértices. Tiempos transgresivos en los que los secretos de alcoba, vía diván, hacían estragos en las trincheras transferenciales. Comen­ cemos por Elma. En julio de 1911 Ferenczi le comunica a Freud su decisión de tomar en análisis a esta joven de 24 años, hija mayor de

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Gizela Palos, su antigua amante, y expresa: “Por el momento las co­ sas marchan”28. El ritmo de ese análisis se vio interrumpido por el suicidio del enamorado de Elma. Ferenczi le cuenta a Freud que las cosas se complican: la relación pierde su benévolo clima terapéutico. Ferenczi explica: “No consigo conservar la fría actitud quirúrgica del analista, lo que me llevó inexorablemente a una aproximación, y ya no puedo asumir la posición benévola del médico o del amigo pater­ nal”29. Esto ocurre bajo la mirada comprensiva de Gizela, que está al tanto de todo. Ferenczi le pide encarecidamente a Freud que tome a Elma en análisis. El Profesor se siente conminado a aceptar. De esa manera comienza el análisis de Elma con Freud, análisis una vez más atravesado por indiscreciones masculinas. Ferenczi, a su vez, oscila entre su deseo de casarse con la joven y la intención de re­ tomarla en análisis, una vez terminado el período terapéutico en Vie- na. Freud se pronuncia contra el casamiento. Su candidata es la ma­ dre. En esa época Ferenczi tenía 38 años, Gizela, 46 y Elma, como vimos, 24. No queda clara la posición intervencionista de Freud en lo que se refiere al desajuste de edades: Elma era un mejor partido que Gizela, ya que nuestra sociedad le otorga un descuento de más del 10% a los poseedores de pene. Andró Haymal opina que el hecho de haber analizado a Elma perturbó la relación de Freud con Ferenczi. El enredo transferencial se complica aún más cuando Freud le escri­ be a Gizela, “a espaldas de Ferenczi”, esquelas como la siguiente: “Mi última carta estaba dirigida sólo a usted, por ser demasiado sincera para él”30. Estas insinuaciones, que se repiten con Sabina, Loe y Em- ma Jung, muestran el lado más vulnerable del carácter de Freud. De hecho, nadie salió ileso del “affaire Elma”. El asunto fue una mancha en el prontuario de Ferenczi que lo perseguirá por el resto de su vida. El asunto se arrastró en tormentosos zigzagueos hasta 1919, fecha en que Ferenczi finalmente acató el consejo de Freud y se casó con Gize­ la, como premio consuelo. Segundo flash: Loe Kann. Aquí entramos en la complicada histo­ ria de los dos Jones. Loe Kann era la amante de Emest Jones en Ca? nadá. Él la define del siguiente modo:

f

Es una inválida que sufre de pielonefritis crónica y otras*compli­ caciones, razón por lo cual padece de severos dolores constantes que la llevaron a tomar altas dosis de morfina, las cuales la afec­ taron tanto física como espiritualmente31.

Loe detesta a Canadá y a los canadienses. Entonces, “mi única alternativa, ya que para mí la separación es impensable, consiste en volver a Londres”32. En la encrucijada del amor, Jones retoma a Lon­ dres, la ciudad de sus antiguos fantasmas pedofílicos. Loe va a Viena para analizarse con Freud. Éste la llama “Sra. Jones”. Tanto él, como luego su hija Anna, quedan encantados por el atractivo “salomeico” de Loe. Freud le escribe a Jones:

12

Con respecto a su señora: ella marcha muy bien, y podemos redu­

Me fue posible reconstruir

los puntos centrales de su interesante historia, haciendo que ella

cir la morfina a la mitad (3 más 3)

comprenda algunos de los hechos nodales de su vida33.

A continuación, hace un comentario sobre el carácter psicopático de la paciente:

En mi opinión, el único punto oscuro se debe a una insuficiente resistencia. Ella se muestra satisfecha con su modo de ser34.

Peter Gay señala que Freud, “haciendo a un lado la regla sagra­ da de la confidencialidad, informaba a Jones sobre los progresos de

Loe en el diván

se ha enredado en otra relación amorosa, Freud exclama: «Me hará el

favor personal de no hacer del casamiento el próximo paso de su vida, [y] de dedicar una buena dosis de reflexión al asunto»”35. La indiscreción freudiana. El propio Jones le hace una crítica en su biografía oficial: “De modo bastante curioso, Freud no era alguien

Varias veces me

contó cosas sobre la vida privada de colegas que no debería haber co­

mentado” 6‘ 36. El análisis continúa y los resentimientos de Loe comienzan a ma­ nifestarse; primero con su madre y luego con el poligámico Jones. Las cosas empeoran cuando éste visita Viena, rumbo a su análisis con Fe­ renczi. En ese momento entra en acción el segundo Jones: Herbert Jones. Loe rompe con Emest. El juvenil Herbert Jones conquista el corazón de Loe, y Freud, junto con Rank, concurre al casamiento cele­ brado en Budapest, donde Ferenczi funciona como intérprete37. Caso cerrado. Jones, como buen gentleman inglés, asimila la noticia, aun­ que probablemente no perdonó la aparición de ese hombre al que de­ nomina, con flema inglesa, “Jones II”. Meses después empezó a corte­ jar a Anna Freud.

A veces le daba consejos. Al enterarse de que Jones

a quien le resultara fácil guardar el secreto ajeno

Volviendo a la política institucional, en 1910 Freud viaja a Mu­ nich para conversar con Bleuler. El encuentro es exitoso: “Llegué a un total acuerdo con él y logré una buena relación. A fin de cuentas él

es sólo un pobre diablo, como todos nosotros

Es casi seguro que in­

gresará en la Sociedad de Zurich, y entonces se remediará la división allí”38. Al día siguiente de la partida de Bleuler, Freud conversa con Jung: “[Jung] estuvo magnífico y me hizo muy bien. Le abrí mi cora­

zón sobre el caso Adler, mis propias dificultades y mi preocupación en

cuanto a qué hacer con el tema de la telepatía

*6. Ejemplo: la masturbación de Stekel.

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Estoy más convenci-

do que nunca de que él es el hom bre del futuro. Sus propias investi­ gaciones lo llevaron lejos en el cam po de la m itología, que él quiere abrir con la llave de la teoría de la libido”39.

Lo cierto es que la convivencia feliz entre esos dos hombres pronto llegará a su fin. A principios de 1912, rememora Jones, las nu­ bes esbozadas durante el viaje a los Estados Unidos comenzaron a os­ curecerse. Ese año Freud se vio forzado a ver que Jung se encamina­ ba en una dirección que lo conducía a la separación ideológica40. En más de una oportunidad Jung dijo que era herético -casi tan­ to como Freud. El suizo operó como cómplice político en las manio­ bras de la IPA. Tal vez Freud sobreestimó el maquiavelismo junguia- no. Su anhelo, al promoverlo al frente de la Internacional, era convertirlo en pivote de todas las actividades psicoanalíticas institu­ cionales. Actuaría como nexo entre las incipientes sociedades, super­ visando las tareas administrativas de los congresos. Un gerente gene­ ral del psicoanálisis. Sucede que Jung trabajaba mejor solo, y no tenía la menor vocación para los trámites burocráticos. En suma, era inadecuado para la posición ideada por Freud41. Más aún, al Príncipe Heredero lo agobiaban las exigencias administrativas. Los temores de Freud de que Jung quisiera derrocarlo como cabeza de la Causa eran infundados42. Colín Wilson señala que Freud se dejó engañar por el aire de eficiencia de Jung, por sus gafas con armazón de acero, por el montaje del Congreso en Salzburgo, por su entusiasmo con el experimento. Él no era un hombre práctico sino un gran romántico, un bisnieto de Goethe, sobre el telón de fondo de mesas que se despla­

zan y otros portentos. El suizo, además, siempre fue un corresponsal algo remiso, ab­ sorto como lo estaba en su errático “tribunal de la conciencia”. Con el tiempo se volvió cada vez menos asiduo. Freud, desde los tiempos de la Academia Española, se esmeraba en un intercambio epistolar sen­ sible, y exigía una puntual reciprocidad; cualquier atraso podía ser interpretado como alejamiento. Rondaba el fantasma de Fliess: la pri­ mera señal de enfriamiento del rinólogo había sido su correspondeii-

cia irregular. Que Jung jurara fidelidad eterna no bastaba.

j

En los tiempos míticos de Siegfried, prosigue la polémica sobre la sexualidad, en términos teóricos. Anticipando los argumentos de Pfister en El porvenir de una ilusión, Jung escribe: “No deberíamos colocar la teoría de la sexualidad en primer plano. Tengo muchas ideas sobre eso, especialmente sobre los aspectos éticos de la cues­ tión. Creo que al anunciar en público ciertas cosas cortaríamos la ra­ ma en la que reposa la civilización, malogrando el impulso a la subli­

mación”43.

Reflexionando a los 82 años, Jung pondera el tema: “Lo que él me dijo de su teoría sexual me impresionó. Sus palabras, no obstante, no pudieron remover mis escrúpulos y mis dudas. Se los expuse varias veces, pero él me recordaba mi falta de experiencia. Freud tenía ra­ zón. En aquella época yo no tenía experiencia suficiente para justifí-

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car esas objeciones, ni desde el punto de vista personal ni desde el punto de vista filosófico”44. Al considerar esos primeros contactos, Jung agregará luego: “Fue principalmente esa actitud con relación al espíritu lo que me pareció problemático. Cada vez que la expresión de una espiritualidad se ma­ nifestaba en un hombre o en una obra de arte, él desconfiaba y recu­ rría a la hipótesis de una «sexualidad reprimida». Todo lo que no era de inmediato interpretable a la luz de la sexualidad se reducía, según él, a la «psicosexualidad»”45. Jung conserva el recuerdo vivido de un encuentro posterior, en el que, en un momento de intimidad, Freud le dice al oído:

“Querido Jung, prométame que no abandonará nunca la teoría sexual. ¡Es lo que importa, esencialmente! Debemos hacer de ella un dogma, un baluarte inexpugnable.” Decía eso lleno de ardor, como un padre que dice a su hijo: “¡Prométeme que irás todos los domingos a misa!”46

Jung, un tanto espantado, le pregunta:

- Un baluarte, ¿contra qué? Y Freud le responde:

- Contra la ola de lodo ¡del ocultismo!47

-aquí vaciló un momento y concluyó-

Jung comenta que Freud se transformaba al abordar la temática de la libido. Metamorfosis. “Una extraña expresión de inquietud apa­ recía en su rostro, borrando su habitual actitud escéptica y crítica. La sexualidad era para él una realidad «luminosa»”48. Estas diferencias en el terreno de la sexualidad no eran sólo “éti­ cas” (en el sentido con que Jung usa la palabra), sino también teóri­ cas. Los reparos junguianos a la teoría de la libido se centraban en tres nociones básicas: 1) la sexualidad infantil, 2) el llamado “período de latencia”, y 3) el papel de las experiencias infantiles en el desenca­ denamiento de la neurosis en el adulto. Para Jung, según Sulloway, la sexualidad infantil era “biológica­ mente inadmisible”49. O sea que carecería de soporte biológico-hormo- nal. Por otra parte, “el placer no es en modo alguno asimilable a la sexualidad”50. La teoría de la libido en Jung tiene alma de acordeón y eja de ser^una cosa estrictamente genital para convertirse en “ínte­ res general”. Es curioso como, al final del camino, Jung y Reich se en­ cuentran tomados de la mano, en esta biosacralización del sexo. La crítica al “período de latencia” (o sea, el lapso que va entre los cinco años y la pubertad) también se basa en supuestos biológicos; ung la sustituye por su opuesto: la sexualidad se inicia en la laten- nr* -a Sea (*ueí en términos freudianos, la sexualidad nace de su re- P esión (lo que no es una mala idea).

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Finalmente Jung, como Adler, pone el énfasis en el conflicto ac­

tual, en el desencadenamiento de las neurosis: “El hecho es que la re- gresión de la libido anula en gran parte la importancia etiológica de

las experiencias infantiles

cias infantiles sólo son importantes cuando una regresión de la libido les confiere dicha importancia”51. Freud, más tarde, llegó a una conclusión similar. Sulloway resume de la siguiente manera la teoría junguiana de las neurosis: “La libido, que en buena medida no es sexual, se ve lle­ vada por los conflictos actuales a expresarse regresivamente, produ­ ciendo síntomas que tienen tanto rasgos arquetípicos como infantiles. De ese modo, la infancia y la sexualidad pierden su estatuto privile­ giado en el'revisionismo junguiano de la teoría psicoanalítica”52. Después del viaje a América, el panorama comenzó a cambiar. Junto con la difusión del psicoanálisis, aumentaban las críticas a la teoría sexual -en Suiza en primerísimo lugar. Proliferaban en la prensa artículos que denunciaban las iniquidades de la perversa Vie- na, antro que amenazaba corromper el espíritu puro de los cantones. Los suizos son propiamente suizos. Los analistas helvéticos tuvieron serios contratiempos, tal como lo atestiguan las cartas de Pfister a Freud*7. El hecho es que, en dos años, todos los analistas de Suiza, con dos o tres excepciones, renunciaron a sus “errores” y abandona­

Desde este punto de vista, las experien­

ron la teoría maldita de la sexualidad. En julio de 1911 aparece la segunda parte del célebre ensayo de Jung titulado Transformaciones y símbolos de la libido. Es en esta se­ gunda parte del libro donde surgen las divergencias teóricas. Jung se vuelve junguiano. Freud, que había leído el borrador, envió varias pá­ ginas de críticas y sugerencias, junto con algunas observaciones elo­ giosas. Emma Jung observó que, cuando el Profesor estuvo con ellos durante el verano, parecía muy reservado con relación al asunto. Po­ co después, ella, preocupada, le escribió expresando su temor de que no apreciase la segunda parte del ensayo de su marido53. Freud recof noció más tarde que las diferencias de sus temperamentos, fuertes, heréticos, pero radicalmente opuestos, hacían que la separación fuese *

inevitable. Para el discípulo, como vimos, la gran des-idealización se produjo durante las semanas en América: “Comencé a ver claro; él mismo su- una neurosis, fácil de diagnosticar, con síntomas bastante moles­ tos, tal como pude descubrir en ocasión de nuestro viaje a América”54. Entre tanto, no hay pruebas de que los sentimientos de Freud para con Jung hayan cambiado en ese momento. En los primeros me*

con Jung hayan cambiado en ese momento. En los primeros me* *7. “Sin el psicoanálisis, habría

*7. “Sin el psicoanálisis, habría sucumbido”, carta de O. Pfister a Freud del 24 de noviembre de 1927, Correspondance de Sigmund Freud avec le pas- teur Pfister, 1967, París, Gallimard, pág. 167.

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ses de 1911 todavía lo consideraba su Príncipe Heredero. Fue el tiem­ po en que las cartas del suizo comenzaron a menguar. Cuando estaba terminando de escribir el Wandlungen II (dice Jung, en sus memorias), “sabía que el capítulo «El sacrificio» [le] cos­ taría la amistad con Freud. En él expuse mi propia concepción del in­ cesto, de la metamorfosis decisiva del concepto de libido y otras ideas que representaban mi alejamiento de Freud”55. Para Jung, el incesto, constituía una complicación personal sólo en casos extremadamente raros. La mayoría de las veces representa un contenido altamente re­ ligioso, siendo ése el motivo de que desempeñe un papel central en casi todas las cosmogonías y en incontables mitos. El incesto como momento iniciático. “Freud, ciñéndose al sentido literal del término, no podía comprender el significado psíquico del incesto como símbolo, y yo sabía que jamás lo aceptaría”56. Con esto Jung se aproximaba a las formulaciones de Adler, aunque para éste lo simbólico era una “ficción”. Según Jung, “el incesto está prohibido, no porque sea desea­ do, sino porque la angustia libre reactiva de modo regresivo datos in­ fantiles y los transforma en una ceremonia de expiación”57. En este punto, Lacan es junguiano, en la medida en que destaca el valor sim­ bólico de la situación. A partir de allí, el término “libido” comienza a designar sólo una tensión general. Otras divergencias menores, como la necesidad de una “psicosíntesis”, datan de 1909. Cuando el Profesor leyó el libro, en setiembre de 1912, la relación entre ellos se había enfriado en al­ guna medida, como consecuencia de un malentendido: Freud iba a reunirse con Jung en Kreuzlingen, pero éste recibió la carta cuando ya era tarde. Freud, frustrado, lo aguardó todo el fin de semana: “Pa­ sé dos días y una noche en un tren, para pasar dos noches y dos días en un lugar, y usted no apareció”58. A continuación, en octubre, Jung volvió de América, y en el círculo de Viena corrió el rumor de que sus conferencias habían incluido críticas a Freud. Jung le escribe: “Creo que mi versión del psicoanálisis conquistó la simpatía de muchas per­ sonas que, hasta el momento, estaban confusas con el problema de la sexualidad en las neurosis”59. El tono de la carta era frío. Jung dice que el “malentendido de Kreuzlingen” le causó una herida duradera. Le aseguro que no hay resistencias de mi parte, a menos que sea mi negativa a que me traten como un bobo lleno de complejos”60. La respuesta de Freud comienza con un “Estimado Dr. Jung” (en lugar del acostumbrado “Querido Jung”), para luego afirmar con irri- ación: “Usted redujo una buena cantidad de resistencias con sus mo- mcaciones, pero yo no le aconsejaría que anote eso en la columna del aber, porque, como usted bien sabe, cuanto más se retire de lo que es uuevo, más seguro estará de los aplausos y menos resistencia en­

contrará”61.

Es posible que, desde el lado de Jung, hayan sido varios los fac­ tores responsables de que el vino se avinagrase. El triángulo Freud- ng-Sabina, con la correspondencia mentirosa. Más importante fue

17

el viaje a los Estados Unidos, con los análisis oníricos y las interpre­ taciones salvajes. El cristal de la amistad se quebró. En 1912 se produce el segundo desmayo de Freud. Fue en la vís­ pera del Congreso de Munich. Él y Jung dieron un paseo matinal, pa­ ra conversar sobre la crisis provocada por Stekel en relación con el Zentralblatt. En ese paseo hubo una confrontación dramática en la que el Profesor “no midió sus palabras”62. Después del almuerzo en el Park Hotel, la conversación se remontó al antiguo Egipto, y Abraham subrayó que la actitud negativa de Amenofis IV con respecto a su pa­ dre estaba en el origen de su fundación del monoteísmo. Jung se irri­ tó, señalando que Amenofis fue un hombre profundamente creativo, un gran revolucionario para su época, cuyos actos no podían ser redu­ cidos a meros efectos de resistencia paterna. En ese momento Freud se desplomó, desmayado. Jung comenta: “Lo recogí en mis brazos, y lo llevé al cuarto vecino. Mientras lo cargaba, vi que se recuperaba un poco, mirándome desde el fondo de su aflicción, con una expresión que jamás olvidaré”63»*8. Cualesquiera que hayan sido las causas de ese síncope, y del otro en Bremen, ambos desmayos, concluye Jung, tienen en común la fantasía del asesinato del padre. El fantasma de la horda primitiva, entonces, fue un desencadenante. Pero, lanzando una flecha capricho­ sa, yo prestaría atención al significante “Momia”. Los cadáveres mo­ mificados en el primer desmayo; Amenofis en el segundo. No olvidar que Amenofis, con su nuevo nombre dinástico de Akhenatón, será fi­ gura protagónica en el Moisés y la religión monoteísta de Freud. Ha­ blando de momias, resulta interesante que Anzieu ligue el episodio de los desmayos con el sueño de la Autodisección64. En ese sueño, Freud ve las piernas y su propia pelvis disecadas y, en un segundo tiempo, recupera la parte inferior de su cuerpo, pero sus piernas des­ fallecen y él tiene que ser cargado por un fornido guía alpino (¿una anticipación de Jung?). Jones hace una observación interesante al ligar los desmayos con la curiosa conmoción que Freud sufrió en la Acrópolis en 1904, y que el propio Freud relacionó con el hecho de haber realizado el deseo

prohibido de superar al padre65.

En los dos episodios de desmayo con Jung (y probablemente en el desmayo con Emma Eckstein) se tiene la impresión de un Freud aplastado por la tormenta interior de sus emociones. Tal vez el sínto­ ma era señal de capitulación; quizá no soportaba un conflicto cara a

cara. Ésa fue la conclusión que sacó Jung: “Él no podía soportar una palabra de crítica. Igual que una mujer, que si la colocamos frente a una verdad desagradable, se desmaya”66.

/

»

*8. Según Jones, en ese momento Freud murmuró: “¡Qué pacífico es mo­ rir!” (Ernest Jones: A vida e a obra de Sigmund Freud, 1989, Río de Janeiro, Imago, II, pág. 155).

18

Llama la atención que Jung, un hombre que tuvo que lidiar con todas sus fuerzas contra sus propios desmayos de púber, sea tan ma- chista en esa frase lapidaria. Poco tiempo después Freud le confió a Jung la explicación de ese ataque: “No puedo olvidar que seis o cuatro años antes sufrí síntomas semejantes, aunque no tan intensos, en la misma sala del Park Ho­ tel. Estuve en Munich por primera vez cuando visité a Fliess durante su enfermedad, y esa ciudad parece haber adquirido una fuerte cone­ xión con mi relación con ese hombre. Hay una dosis de indomable sentimiento homosexual en la raíz de la cuestión”67. Jones agrega que en una visita a Freud en Viena, él confirmó la historia. O sea que ahora Jung era un nuevo Fliess redivivo. Jung pronto comienza a distanciarse, de manera ostensible, en el plano teórico. En una serie de conferencias dadas en Londres, a “su” psicoanálisis lo denomina “psicología analítica”. Declara que la teoría psicoanalítica tiene que ser “liberada del punto de vista puramente sexual. En su reemplazo, me gustaría introducir, en la psicología de las neurosis, el punto de vista energético”68. Junto con la “des-libidini- zación” de la libido, Jung marca su diferencia al hablar de los sueños. La “solidez de la teoría de la realización de deseos” concede, es cosa cierta, “pero esa forma de interpretar los sueños toca apenas la su­ perficie, y se detiene ante el símbolo”69. Más aún: en algunos aspec­ tos, como en la cuestión del poder70, él “coincidía por completo con Adler”71. La disidencia alcanzó su punto cismático. Exactamente antes de la guerra, en el invierno de 1914, Freud trabajaba en dos textos cuya finalidad era dar cuenta de las aposta- sías de Adler y Jung. Elaboraba una impasse con un ataque frontal sin descuidar los flancos, para decirlo con una metáfora bélica ade­ cuada al momento. El Narzissmus72 se constituía en una sofisticada arma teórica. “Contribución a la historia del movimiento psicoanalíti co”73, apodada “Bomba” por los todavía imberbes Señores del Anillo, era un panfleto. La bomba explotaría en el campo junguiano. Después del tenso y malogrado congreso en Munich, con sus gri • tos y desmayos, la ruptura con Jung era inminente. Los dos hombres no se hablaban, pero Jung todavía sobrevivía en la presidencia de lí. IPA. A Freud lo encolerizaba que tanto Adler como Jung siguieran llamando “psicoanálisis”*9 a su práctica. El cisma era preocupante, pero el mapa psicoanalítico se había ampliado. En torno de la dividida Viena y de la rebelde Suiza estaban las Asociaciones inglesa, alemana y húngara. Gay, removiendo archi­ vos, encontró una circular de Abraham con “la propuesta de que en mayo [de 1913J, los grupos psicoanalíticos de Berlín. Londres. Viena

u

Si bien es cierto que Adler, ya antes de 1910, llamaba a su doctrina

anaUtica*a *ní^ v*<*ua^» ^ «íung pronto denominará a la suya “psicología

19

y Budapest exigiesen la renuncia de Jung. No sorprende que, a la ca­ beza del memorando, dirigido sólo a unos pocos, haya escrito «¡Confi­ dencial!»”74 Hubo muchas discusiones sobre la táctica para librarse del suizo. Frente al enemigo, los vínculos se estrecharon. Los miem­ bros del Comité Secreto intercambian fotos, y Freud le comunica a Abraham que “su fotografía ocupará el lugar de la de Jung en la pa­ red de mi consultorio”75. Abraham, fortalecido, reitera la sugerencia de que los presidentes de las filiales repudien a Jung. Jones reco­ mienda prudencia, y su intuición es certera: el 30 de abril de 1914, Jung presenta una renuncia que el Comité no esperaba. Abraham es nombrado presidente interino. ¿Qué estará planeando Jung?, se pregunta el Comité Secreto, y

Freud responde con una “inverdad”: “

te”76. Él mismo, de hecho, recogía informaciones sobre el grupo de Zu- rich, y durante algún tiempo temió que Oskar Pfister se uniera al enemigo. Tenía razón para preocuparse. Jung, presidente de la Aso­ ciación Psicoanalítica Internacional, era conocido mundialmente co­ mo el propio Freud quiso que lo fuese: como el Número Dos. Finalmente, la guerra. En carta a Jung, Freud dice que el des­ mayo de Munich fue causado por una jaqueca, “más un factor psíqui­ co que no tuve tiempo de investigar”. A eso se suma la presencia de “un poco de neurosis que realmente necesito investigar”77. Según Co­ lín Wilson, esta admisión fue para Jung como “oler sangre”. Él cruel heredero saltó, implacable, para alcanzar la yugular. Su carta co­

ésa cuestión nos es indiferen­

mienza así:

Küsnacht, Zurich, 3 de diciembre de 1912

Esta carta es una tentativa atrevida de acostumbrarlo a mi esti­ lo. Por lo tanto, ¡cuidado!

Querido Profesor Freud,

Mis mejores agradecimientos por un pasaje de su carta en el

que habla de un “poco de neurosis” de la cual todavía no se libró. Ése “poco”, en mi opinión, debe ser un hecho tomado muy en se­

Sufrí con ese poco en mis contactos con usted, aunque us­

ted no lo haya comprendido adecuadamente cuanto intenté acla­

rio

rar mi posición78.

Luego viene la segunda dentellada:

En cuanto a ese poco de neurosis, permítame llamarle la aten­ ción sobre el hecho de que usted abre La interpretación de los sueños admitiendo en tono de lamento su propia neurosis - el sueño de la Inyección de Irma: identificación con el neurótico que necesita tratamiento. Muy significativo79.

20

Jung recuerda el episodio del análisis cruzado de los sueños, al que más tarde se referirá en sus Memorias:

K

/ Nuestro análisis, usted debe recordarlo, llegó a su fin por su ob­ servación de que «no podría someterse al análisis sin perder su autoridad». Esas palabras quedaron grabadas en mi memoria co­ mo un símbolo de todo lo que sucedió”80.

La respuesta de Freud es sorprendentemente serena:

No debe temer que yo encuentre impropio su “nuevo estilo”. Con­ sidero que, en las relaciones entre analistas, como en el propio análisis, toda forma de franqueza es permisible. También yo fui perturbado, durante algún tiempo, por el abuso del psicoanálisis al cual usted se refiere, o sea en polémicas, particularmente con­ tra las nuevas ideas. No sé si existe algún modo de prevenir esto enteramente; por el momento sólo puedo sugerir un remedio ca­ sero: que cada uno de nosotros preste más atención a su propia neurosis que a la del prójimo81.

La relación acaba. A fin de año se encontraron en el Congreso Psicoanalítico de Munich, donde, después del segundo desmayo, hubo un intento de reconciliación. Jung aclaró satisfactoriamente el equí­ voco de Kreuzlingen. Pero, en una carta ulterior a ese congreso, co­ metió un “lapsus freudiano”: “Ni aún los amigos de Adler me conside­ ran uno de los vuestros”, cuando lo que realmente quería decir era “uno de ellos”82. Freud, lógico, martilla sobre el lapsus y su obvia in­ terpretación lleva, como última gota de agua, a la explosión final. Jung, en su respuesta, comienza por decir que la técnica de tra­ tar a sus discípulos como pacientes era un error colosal:

De esa manera usted obtiene hijos serviles o chiquilines impu­ dentes (Adler-Stekel y toda la pandilla insolente que ahora cam­ bia de rumbo en Viena). Soy suficientemente objetivo como para darme cuenta de la celada. Usted anda por ahí, husmeando todo cuanto es acto sintomático en torno suyo, reduciendo de ese modo a todo el mundo al nivel de hijos e hijas, que confiesan con rubor la existencia de sus faltas. A todo esto usted se instala en la cima como un padre, sintiéndose un santo83.

*

A continuación sobreviene lo insólito:

Por pura obsecuencia, nadie se anima a tomatal profeta por las barbas y preguntarle, de una vez por todas, qué le diría a un

paciente que tiene tendencia a analizar al analista y no a sí mis-

!

jn°

Escuche bien, mi estimado Profesor, mientras usted transi­ ese tipo de cosas, no doy un rábano por mis acciones sintomá-

2

1

ticas; ellas desaparecen ante el formidable rayo de luz de mi her­ mano Freud84.

“¡

hermano Freud”!

V

Ésta es la carta más reveladora que Jung haya escrito. No cabe duda de que el suizo podía pegar duro. Abría el juego y declaraba su independencia. El discípulo, a esta altura, había alcanzado fama in­ ternacional, aunque su lugar se debía en gran parte a su posición co­ mo primer lugarteniente freudiano. Lo que deseaba, realmente, era continuar en el movimiento psicoanalítico, siempre y cuando fuese re­ conocido como su principal teórico. “Una especie de Platón para el Só­ crates de Freud”85. La respuesta del Profesor, una vez más, fue blanda, ya que la­ mentó “que mi mención del lapsus lo haya irritado tanto”86, pero eso no reflejaba sus sentimientos. Ese “hermano Freud” fue, realmente, la gota de agua que colmó la copa. En carta a Jones, se quejó de que Jung le hubiera escrito “una carta con la máxima insolencia”87. Esa “carta no puede ser respondida”, se lamenta Freud88. Jung había violado una “convención entre analistas que establece que las acusaciones de neurosis son golpes bajos”. Por lo tanto -y aquí viene el corte-, “propongo que abandonemos enteramente nuestras relacio­

nes personales”89. Fin de una relación. Todo esto sucedía en vísperas del Congreso de Munich, que se iba a realizar en setiembre de ese año bajo un cielo tormentoso. Jung ejerció la presidencia de una manera —según Jones—“poco amistosa e incorrecta”90. Fue reelegido en una votación que refleja el mar de fon­ do y también la poca información de los congresales. Tuvo a su favor 55 votos; hubo, empero, 22 abstenciones. Los biógrafos de Freud no mencionan los efectos de las rupturas de los disidentes. Las cabezas ruedan, y ellos simplemente son borra­ dos del mapa. Jung se lamenta de lo doloroso del alejamiento. “Des7 pués de la ruptura con Freud, todos mis amigos y conocidos se sepaj raron de mí. Mi libro dejó de ser considerado una obra seria. Riklin y Maeder fueron los únicos que quedaron a mi lado. Pero yo había pre­ visto mi soledad y no me ilusioné acerca de las reacciones de los pre­

suntos amigos

Vi que el capítulo «El sacrificio*» representó real­

mente mi sacrificio”91. Los años pasaron. En su autobiografía Memorias, sueños, refle­ xiones, Jung comienza diciendo: “Mi vida es la historia de un incons­ ciente que se realizó”92. No cabe duda de que Jung fue otro gigante por propia naturaleza. Tuvo una vida plena, con salud, dinero, amor, éxito y aventura. Su famosa “tendencia poligámica” lo llevó a encruci­ jadas románticas; es el héroe de la novela de Morris West El mundo de cristal, que narra su aventura con Magda von G. Pero en su misti­ cismo fue demasiado lejos para mi gusto. El segundo de sus Siete ser­ mones a los muertos comienza así: “En medio de la noche, los muer­

22

tos, de pie contra la pared, bramaron: Queremos ver a Dios. ; Dónde está? ¿Murió?”*10 Tal vez la mayor contribución de Jung, paradójicamente, esté re­ lacionada con el concepto freudiano del narcisismo. La cosa comienza con la noción de “introversión”. Ese término, introducido en 1910, ba­ se de la primera tópica jung;uiana, designaba el desprendimiento de la libido de sus objetos exteriores y su retirada al mundo interior. Así se llena un vacío en la interpretación de la patología paranoica de Schreber. Éste sería el primer momento del circuito del narcisista. Freud le reconoce mérito: “Una precondición invariable e indispensa­ ble en todo comienzo de psiconeurosis es lo que Jung apropiadamente denomina «introversión»” 93. El problema inicial que vinculó a ambos hombres fue el mecanis­ mo psíquico subyacente de la demencia precoz. Esa aproximación to­ mó forma en el interés de Freud por el caso Schreber, “el gran intro­ vertido”, gracias a una recomendación de Jung. Freud, para explicar la fantasía de “fin del mundo”, adujo una proyección del caos “inter­ no” como una verdadera implosión del mundo externo. Pero no quedó satisfecho con esa explicación, ya que no daba cuenta de los efectos sobre las pulsiones del yo. Entonces, en “ausencia de una teoría de las pulsiones bien fundamentada”, se consideraron dos hipótesis: ha­ bía que presumir que la libido sexual coincide con los “intereses en general”, o que un trastorno en la distribución de la libido ejerce un efecto negativo sobre el yo94. Jung, en Wandlungen II (1912), cita tex­ tualmente ese pasaje crucial del ensayo freudiano, y opta por la pri­ mera de las dos alternativas, o sea la de que la libido coincide con el “interés en general”, expresión que subrayó en su texto. Argumenta­ ba que el psicótico aleja del mundo exterior no sólo sus intereses se­ xuales, sino toda su potencia afectiva. Este monismo de Jung tenía que ser refutado. Como lo señala Seleznick, a “Freud [le] tomó más de un año res­ ponder a los argumentos de Jung, ya que se vio obligado a realizar una revisión de su teoría de la libido para aceptar el desafio”95. Allí comienza el desenlace, que se abre en el texto “Introducción del narci­ sismo . Ya en la segunda página se traza la distinción: al retirarse

e mundo exterior, el psicótico fija la libido en su yo; el neurótico re­ lene una imagen de los objetos, razón por la cual no pierde su rela­ ción con la realidad.

En

a con^roversia fue muy fructífera para la teoría psicoanalítica.

68 ensayo sobre el narcisismo, el conflicto entre pulsiones del yo

sus “S iete^ g° rV ^„ate8on °PÍna que Jung estaba psicótico cuando escribió gory BatP^rm£neS y que ese texto le permitió recuperar su equilibrio (Gre- House, póg 455) * *° Echoio^ °f Mind> 1972>Nueva York, Random

23

y pulsiones sexuales es sustituido por un nuevo dualismo de libido del yo y libido objetal. Al mismo tiempo, se postula que parte de las pulsiones del yo son no-libidinales, dejando así abierto el camino para las revisiones finales de la teoría de la libido que Freud presentaría en Más allá del principio de placer, y que desarrolló plenamente en El malestar en la cultura. El inconsciente, por su parte, fue un verdadero minué metapsi- cológico. Para Freud, el inconsciente era primordialmente hijo de la represión. Jung, en cambio, consideraba sus propiedades creativas, y veía en lo desconocido por lo menos tanta fuerza de vida como de muerte. De ahí las opiniones contrapuestas sobre el papel de la fan­ tasía. Freud llegó a afirmar que una persona feliz nunca fanta­

”96

El suizo, en cambio, escribe: “Tengo a la fantasía en alto

Como dice Schiller, el hombre es completamente hu­

sea

concepto. Para mí es el aspecto maternalmente creativo del hombre

masculino

mano sólo cuando juega”97. A juicio de Freud, los sueños no son creativos. Su razón de ser: la realización de deseos, la extinción pul- sional. Para Jung el soñante puede estar buscando una solución éti­ ca98. En este punto, muchos analistas son junguianos sin saberlo, comenzando por el propio Freud cuando analiza su sueño en el que pierde la cartera99- Tanto Lacan como Erikson interpretan el sueño

de Irma como una producción onírica destinada a descubrir el psi­ coanálisis100. Jung señala que Freud “también les atribuye a los sueños una función compensatoria en la medida en que preservan el dormir”. Jung rechaza asimismo la distinción trazada por Freud entre contenido manifiesto y contenido latente. El mensaje está contenido en todo el sueño, como posteriormente lo pensó Erikson. El suizo, en sus Memorias, señala: “Nunca pude concordar con la afirmación de que el sueño era una «fachada» tras la cual permanece oculto su sig­

nificado: un significado ya conocido pero negado «maliciosamente», por así decirlo, a la conciencia. Para mí todos los sueños son una par­ te de la realidad que no abriga intenciones de engañar, sino que ex­ presa algo de la mejor manera que puede”101. Jung tenía la opinión de que “entre lo consciente y lo inconscien­

te existe una relación compensatoria y

ta de completar la parte consciente de la psique, agregándole las par­ tes que faltan, con lo que impide un desequilibro peligroso”102. En su concepción monista, la mente es “un sistema autorregulado que man­

tiene su equilibrio de la misma manera que el cuerpo

de demasiado poco de un lado produce, como consecuencia, mucho del

el inconsciente siempre tra­

La existencia

otro”103.

Hay otro punto en el que la mayoría de los analistas también son junguianos sin saberlo104. Se trata de la idea de que los perso­ najes oníricos pueden representar aspectos del yo del soñante. Freud, al interpretar el contenido latente, creía que los personajes del sueño representaban a personas de la vida pasada del soñan-

24

te*11. Para Jung, “un hombre que sueña con una joven muy triste

puede estar expresando su propia tristeza” y era típico del suizo pensar que un hombre podía haber perdido contacto con su feminei­ dad (“anima”), de igual modo que muchas mujeres sufren por la fal­ ta de acceso a su faceta masculina (“animus”). Siguiendo ese princi­ pio autorregulador, “en el hombre, el inconsciente tiene rasgos

femeninos; en las mujeres, masculinos

»”105.

En realidad, son va­

rias las contribuciones de Jung en este campo. Analistas como Ma­

tivo106. rión Milner, Winnicott y Rycroft hablan de un inconsciente crea­

Para la psicología analítica “los sueños pueden contener verda­ des finales, proclamas filosóficas, ilusiones, fantasías extravagantes, recuerdos, planes, premoniciones, experiencias irracionales, incluso visiones telepáticas”107. Jung coincidía con Nietzsche en que ellos an­ ticipan la verdad. Maeder, discípulo de Jung, también habló de la “tendencia prospectiva de los sueños”108. En mi hipótesis final del sueño de la Inyección de Irma, yo mismo soy junguiano.

NOTAS

Companhia 1. Peter das Gay, Letras, Freud, pág. urna 364n. vida para o nosso tempo, 1989, San Pablo,

2. Aldo Carotenuto, Una secreta simetría: Sabina Spielrein entre Freud y

Jung, 1980, Barcelona, Gedisa, pág. 47.

3. Carta de Jung a Sabina del 30 de junio de 1908; ibíd., pág. 86.

5. 4. Ibíd., Carta pág. de Sabina 79. Spielrein del 9 de junio de 1909, ibíd., pág. 194.

6. Carta de Jung a Freud del 7 de marzo de 1909, Freud-Jung, Corres­ pondencia 7. Ibíd. completa, 1976, Río de Janeiro, Imago, pág. 257.

8. Carta de Freud a Jung del 9 de marzo de 1909, ibíd., pág. 260. 9. Carta de Jung a Freud del 11 de marzo de 1909, ibíd., pág. 262. rotenuto, 10. Carta op. cit.f de pág. Sabina 193. Spielrein a Freud del 30 de mayo de 1909, Aldo Ca­

pondencia 11. Carta completa, de Freud pág. a 277. Jung del 3 de junio de 1909, Freud-Jung, Corres­

12. Cf. C. G. Jung, “The Freudian Theory of Hysteria”, CW, IV. pondencia 13. Carta completa, de Jung pág. a 279. Freud del 4 de junio de 1909, Freud-Jung, Corres­ 14. Ibíd.

15. Carta de Freud a Jung del 7 de junio de 1909, ibíd., pág. 281.

25

16. Ibíd.

17. Ibíd.

18. Carta de Sabina Spielrein a Freud del 7 de setiembre de 1909, citada

por J. Moussaieff Masson, Against Therapy, Ernotional Therapy and the Myth of Psychological Healing, 1988, Nueva York, Atheneum, pág. 173. 19. Carta de Jung a Freud del 21 de junio de 1909, Freud-Jung, Corres­ pondencia completa, pág. 287. 20. Carta de Freud a Sabina Spielrein del 24 de junio de 1909, citada por J. Moussaieff Masson, op. cit., pág. 175. 21. Carta de Freud a Sabina Spielrein del 20 de enero de 1913, Aldo Ca-

rotenuto, op. cit., pág. 100.

22.

Nicole Kress-Rosen, Trois figures de la passiony Springer-France,

1993.

i.

'

9

J

i

23. Prólogo de Bruno Bettelheim a Aldo Carotenuto, op. cit., pág. 34

24. SE, XXII, pág. 103.

25.

S. Spielrein, “Die Destruktion ais Ursache des Werdens”, Jahrbuch

für psychoanal. und psychopath. Forschungeny 1912, págs. 465-503.

26.

Peter Gay, op. cit.ypág.

, 27. Carta de Freud a Jung del 30 de noviembre de 1911, Freud-Jung, Correspondencia completa, págs. 534-5. 28. Carta de Ferenczi a Freud del 14 de julio de 1911, Sigmund Freud- Sandor Ferenczi, Correspondancey 1992, Calman-Levy, pág. 312. 29. Carta de Ferenczi a Freud del 3 de diciembre de 1911, ibíd., pág.

334. 30. Carta de Freud a Gizela Palos del 11 de febrero de 1917, citada por Andró Haymal en “De la correspondance (avec Freud) au Journal (de Ferenc­ zif , Revue Internationale d’Histoire de la Psychanalyse, 1989, II, pág. 171. 31. Carta de Jones a Freud del 13 de julio de 1911, R. Andrew Paskau- sas (comp.), The Complete Correspondence of Sigmund Freud and Ernest Jo­ nes, 1908-1939, 1993, Londres, Harvard University Press, pág. 110.

32. Ibíd.

33. Carta de Freud a Jones del 8 de noviembre de 1912, ibíd., pág. 170.

34. Ibíd.

35. Peter Gay, op. cit., pág. 182.
36.

Ernest Jones, A vida e a obra de Sigmund Freud, 1989, Río de Janei­

ro, Imago, II, pág. 409. 37. Carta de Freud a Jones del 2 de junio de 1912, R. Andrew Paskausas

(comp.), op. cit.ypág. 285.

j

38. Carta a Ferenczi del 29 de diciembre de 1910, Sigmund Fréud-Sarí-

dor Ferenczi, Correspondance, pág. 256.

39. Ernest Jones, op. cit.f II, pág. 149.

40. Ibíd., II, pág. 150.

/

41. Ibíd., II, pág. 151.

42. P. Roazen, Freud y sus discípulos, pág. 257.

43. Carta de Jung a Jones, citada en Ernest Jones, op. cit.yII, págs. 148-49.

44. C. G. Jung. Memorias, sonhos, reflexóes, Nova Fronteira, Río de Ja­

neiro, 1962, pág. 135.

45. Ibíd., págs. 135-6.

46. Ibíd., pág. 136.

47. Ibíd.

48. Ibíd., pág. 137.

26

49. Frank J. Sulloway, Freud, biologiste de iesprit, 1981, París, Fayard., pág. 414.

50. C. G. Jung, The Theory of Psychoanalysis, 1913, CWy IV, pág. 107.

51. Ibíd., IV, pág. 107.

52. Frank J. Sulloway, op. cit.ypág. 416.

53. Carta de Emma Jung a Freud del 30 de octubre de 1911, citada por Peter Gay, op. cit.ypág. 215.

54. C. G. Jung. Memorias, sonhos, reflexóes, pág. 149.

55. Ibíd., pág. 149.

56. Ibíd., págs. 149-50.

57. Carta de Jung a Freud del 17 de mayo de 1912, Freud-Jung, Corres­ pondencia completa, pág. 574.

58. Carta de Freud a Jung del 13 de junio de 1912, ibíd., pág. 579.

59. Carta de Jung a Freud del 11 de noviembre de 1912, ibíd., pág. 585.

60. Ibíd.

'

.

61. Carta de Freud a Jung del 14 de noviembre de 1912, ibíd., pág. 587. 62. Carta de Freud a Ferenczi del 26 de noviembre de 1912, Sigmund Freud-Sandor Ferenczi, Correspondance, pág. 454.

63. C. G. Jung. Memorias, sonhos, reflexóes, pág. 142.

64. Didier Anzieu, A auto-análise de Freud e a descoberta da psicanálise,

1989, Artes Médicas, Porto Alegre, pág. 323.

65. Ernest Jones, op. cit.yII, pág. 155.

66. C. G. Jung. Memorias, sonhos, reflexóes.

67.

Carta de Freud a Jung del 29 de noviembre de 1912, Freud-Jung,

Correspondencia completa, pág. 394. 68. C. G. Jung, “On Psychoanalysis”, conferencia pronunciada en el 27° Congreso Internacional de Medicina, 1913, publicada como “Psychoanalysis and Neurosis”, en Jung, Freud and Psychoanalysis, pág. 247. 69. Carta de Jung a Freud del 29 de julio de 1913, Freud-Jung, Corres­ pondencia completa, pág. 621.

70. C. G. Jung, Memories, dreams, reflections, 1989, Nueva York, Vinta- ge Books, pág. 153.

71. Jung, “Psychoanalysis”, conferencia pronunciada en la Sociedad Psi- comédica de Londres el 5 de agosto de 1912, incluida en Jung, Freud and Psychoanalysis, pág. 240.

72. SE, XIV, págs. 67-103.

73. SE, XIV, págs. 7-66.

74. Peter Gay, op. cit.ypág. 226.

75. Carta de Freud a Abraham del 16 de marzo de 1914, A Psycho- analytic Dialogue: the Letters of Sigmund Freud and Karl Abraham, 1907- 1926, 1965, Nueva York, Basic Books, pág. 188. 76. Carta de Freud a Ferenczi del 24 de abril de 1914, Sigmund Freud- Candor Ferenczi, Correspondance, pág. 589. 77. Carta de Freud a Jung del 29 de noviembre de 1912, Freud-Jung, orrespondcncia completa, pág. 594. 79. 78. Carta Ibíd. de Jung a Freud del 3 de diciembre de 1912, ibíd., págs. 595-6.

80. Ibíd., pág. 596.

81. Carta de Freud a Jung del 5 de diciembre de 1912, ibíd., pág. 599.

82. Carta de Jung a Freud del 14 de diciembre de 1912, ibíd., pág. 604.

83. Carta de Jung a Freud del 18 de diciembre de 1912, ibíd., pág. 606.

27

84. 85. Ibíd. Colín Wilson, Jung, señor del mundo subterráneo, 1984, Buenos Ai­

res, Urbano, 86. Carta pág. de 89. Freud a Jung del 22 de diciembre de 1912, Freud-Jung, Co­

rrespondencia 87. Carta completa, de Freud pág. a Jones 608. del 26 de diciembre de 1912, The Complete

Correspondence de Sigmund Freud and Ernest Jones, 1908-1939, pág. 186. 88. Carta de Freud a Jung del 3 de enero de 1913, en Peter Gay, op. cit.y

pág. 610. 89. Ibíd. 90. Ernest Jones, op. cit.yII, pág. 156. 91. C. G. Jung. Memorias, sonhos, reflexoesypág. 150.

92. Ibíd., pág. 19.

93. SE, XII, pág. 75.

94. Ibíd.

95.

S. T. Selesnick, “C. G. Jung”, A historia da psicanálise através de

seus pioneirosypág. 88. 96. SE, XII, pág. 152. 97. C. G. Jung, “The aims of psycotherapy”, 1931. 98. C. G. Jung, The Development of Personality, CW, XVII.

99. 100. SE, E. VI, H. Erikson, pág. 237. “The dream specimem of psychoanalysis”, J. Amer.

Psychoanal. Ass.y 1954, II, págs. 5-56. 101. C. G. Jung. Memorias, sonhos, reflexóes, pág. 145. 102. C. G. Jung, “General aspects of dream psychology”, 1916, CWyVIII,

pág. 45. 103. Ibíd., CWyVIII, pág. 51. 104. Paul Roazen, op. cit.ypágs. 297-8. 105. Jung, The Practice of Psychotherapyypág. 15. 106. A. Samuels, Jung e os pós-junguianos, 1989, Río de Janeiro, Imago,

pág. 27.107. C. G. Jung, “On the nature of dreams”, 1945, CWyVIII, pág. 237.

108. C. G. Jung, The Practice o f Psychoterapy, pág. 147.

108. C. G. Jung, The Practice o f Psychoterapy , pág. 147. 28 CAPÍTULO 34 ADLER

28

CAPÍTULO 34 ADLER Y EL GOLPE DE NUREMBERG

¿En qué punto estaba la Causa, en vísperas del Segundo Congre­ so de Nuremberg? Después de la Circular de Roma de 1907 y de la creación de la sociedad vienesa, Freud comienza a pensar en una aso­

ciación internacional. Tiempos triunfalistas. Las noticias del otro la­ do del Atlántico no podían ser más auspiciosas. Stanley Hall escribe que, en el Congreso de Psicología de Harvard, se había dedicado toda una tarde al psicoanálisis. En una carta entusiasmada a Jung, Freud le dice: “Estoy convencido de que la bandera del psicoanálisis debe

flamear sobre el territorio de la vida amorosa normal

de Eros. En esa misma carta, reflexiona sobre un proyecto que revela su disposición institucionalizadora: “Me pregunto, aunque la idea no

está madura, si nuestros partidarios no podrían afiliarse a una orga­ nización mayor con fines prácticos”2. “Partidarios”, palabra nueva en el vocabulario freudiano. Le pide su opinión al Príncipe Heredero:

“Hay una Fraternidad Internacional por la Ética y por la Cultura que

se constituye

na, Knapp, que acaba de visitarme. ¿No sería oportuno que ingresá­ ramos todos?”3 Era una liga antialcohólica con Forel como presidente. Jones con­ cluye: “Nada resultó de este intento, que fue luego sustituido por la formación de una asociación puramente psicoanalítica”4. Cabe la pre­ gunta: ¿por qué una liga antialcohólica para bosquejar su propia in­ ternacional?

Creo que el asunto pasa por el alcohol - el alcohol como carnada. La propuesta de Knapp era suscrita por el renombrado Forel. Bleu- ler, discípulo y sucesor de Foreln , participaba de la cruzada. La es­ cuela de Zurich se proclama abstemia con sello de garantía suiza. La consulta del Profesor quizás estuviera destinada a agradar a los sui­ zos y a encaminar la perversa criatura psicoanalítica por la senda de a av^^er^ a<l y la moral. Momento Schnorrer. r reud desiste de la idea porque Jung, irónicamente, responde

wl.

La victoria

y cuyo gran incentivador es un farmacéutico de Ber­

4

e

la religión sólo puede ser reemplazada por la religión”5. Jung,

Ti

V ^u^us^° Forel (1848-1931) fue la piedra fundamental de Burghólzli.

(1866-lQ ^ffrandeS discíPulos: Eugéne Bleuler (1857-1939) y Adolf Meyer 50), el padre de la psiquiatría dinámica norteamericana.

29

como señala Roustang, tiene el arte infausto de pinchar todos los glo­ bos freudianos. De hecho, ya salido del capullo del espléndido y som­ brío ostracismo, Freud comenzaba a gozar de cierta reputación en Viena; no solamente entre los estudiantes, donde era casi un objeto de culto, sino en la clase intelectual en general. A la sazón estaba ter­ minando su Leonardo, acosado por calambres de escritor. Acababa de tener la primera entrevista con el Hombre de los Lobos, y estaba en­ tusiasmado con la Verlag, atareándose en la corrección de pruebas de las cinco conferencias de Worcester. El devenir de la historia se comprende mejor si comenzamos con dos cartas que Freud escribe a Ferenczi y Jung los días Io y 2 de ene­ ro de 1910, tres meses antes del Congreso de Nuremberg. Cartas de año nuevo, década nueva y planes nuevos. A Ferenczi: “¿Qué piensa de una organización más rigurosa, con la formación de una asociación y una pequeña contribución? ¿Cree que será provechosa? Le escribí unas palabras a Jung sobre el asunto”6. Las palabras a Jung fueron: “En ese momento [en el Congreso de Salzburgo] la preocupación dominante era conocernos e intercambiar ideas sobre lo que había que decir y realizar. La consecuencia natural fue la fundación del Jahrbuch, que pasó a asumir esa función. El Pró­ ximo Congreso, por tanto, podrá dedicarse a otras tareas, como la dis­ cusión y la organización de algunos puntos de importancia básica. Me inclino por pocas y bien escogidas conferencias y por prestar una atención mayor a la cuestiones prácticas relacionadas con el presente y el futuro inmediatos. ¿Qué le parece?”7 Jung no responde o responde indirectamente, pidiéndole que “se presente al Profesor material clínico”, que trate de “arrancar a sus discípulos una u otra conferencia”8. La respuesta de Ferenczi es mu­ cho más significativa:

Yo no pienso que la concepción psicoanalítica del mundo conduz­ ca al igualitarismo democrático. La elite espiritual de la humani­ dad debe conservar el predominio; creo que Platón preconizó algo semejante9. [El énfasis en “elite espiritual” es de Ferenczi.]

0

Freud entra en la misma onda: “Ya alguna vez pensé en la ánalo- gía con la hegemonía de los filósofos platónicos”. Acto seguido, reco­ mienda cautela:

Le encarezco, por su propio bien, que tenga cuidado en lo que concierne a la organización10.

Varias cosas se desprenden de este intercambio de cartas. Cuan­ do Freud pide cautela, eso significa que existe un plano político deba­ jo del tapete. Segundo, parece ser que Jung quedó fuera de la conspi­ ración. Respaldando la tesis del complot, es interesante consignar que Ferenczi viajó, el día 2 de febrero, desde Budapest a un encuen-

30

k

tro privado con el Profesor en Viena. Éste, en carta a Jung, declara:

“La compañía de Ferenczi, el domingo pasado, fue un alivio para mí, pues tengo en él una confianza total y puedo conversar con él sobre las cosas que de hecho me importan”. Freud no informó a Jung de las cosas que le importaban11. Encontramos claramente formulada por primera vez la incompa­ tibilidad entre democracia y psicoanálisis. Retomaremos este impor­ tante punto al hablar de la Psicología de las masas. El congreso tuvo lugar el 30 y 31 de marzo de 1910. El primer día fue dedicado a las contribuciones científicas. Hubo cinco en total. Freud abrió la marcha con “Las perspectivas futuras de lá terapia psicoanalítica”; Abraham presentó “Psicoanálisis del fetichismo”. Hu­ bo aportes de tres ilustres desconocidos: Marcinowsky, Stegmam y Honegger. En total, una pobrísima cosecha. En el trabajo de Freud no había nada nuevo. Como él dijo, “escogí un tema práctico para esta conferencia inaugural, con miras a despertar en ustedes su interés médico y no científico”12. El trabajo de Abraham exponía un caso de fetichismo de corsé13, de tipo stekeliano, de poco interés. Jones, siem­ pre ufano, comentá que “la parte científica tuvo mucho éxito y demos­ tró lo provechosas que eran las nuevas ideas”14. ¿Qué nuevas ideas? Las ponencias de Nuremberg no se comparan con las de Salzburgo, dos años antes, donde Freud disertó sobre el Hombre de las Ratas; el tema de Abraham había sido “Diferencias psicosexuales entre demen­ cia precoz e histeria”; el de Jung, “Demencia precoz”; el de Stekel, “Histeria de angustia”; el de Adler, “Sadismo en la vida y neurosis”, y Jones introdujo la noción de racionalización. El vaticinio de Freud se cumplió. Salzburgo fue un congreso científico; Nuremberg, político. El calambre de escritor del Profesor sería el síntoma de los tiempos. El segundo día se dedicó a los informes. Stekel presentó un tra­ bajo sobre simbolismo*2. Jung narró la experiencia de Worcester. El plato fuerte fue el aporte de Ferenczi, titulado “Sobre la necesidad de una mejor unión entre los adeptos a las enseñanzas de Freud, con su­ gerencias para una organización internacional permanente”. Jones narra que “después del programa científico, Ferenczi se pro­ nunció sobre la futura organización analítica. Hubo de inmediato una ola de protestas. En su presentación, el húngaro hizo algunas observa­ ciones muy despectivas sobre la calidad de los analistas vieneses, y su­ girió que el centro de la futura administración fuese Zurich, con Jung como presidente. Cabe decir que Ferenczi, a pesar de su encanto perso­ nal, tenía un lado decididamente dictatorial, y algunas de sus propues­ ta fueron más allá de lo habitual en los círculos científicos”15.

‘0nce82rellgaf™ e r s?mhnTla proPuest* d« investigar la cuestión, hasta en-

Ahraham, Maedér y Stekel

,8m°

P“ * d,Ch° fin 86 f° rmó una comisión con

31

El informe de Ferenczi, a pesar de la crítica de Jones, fue polémi­ co y fundamental. Abordaba los elementos primordiales de la institu- cionalización de la nueva ciencia y se trató del primer documento que encaró la transmisión del psicoanálisis. Es curioso que este antepro­ yecto de estatuto haya sido redactado por el más informal de los psi­ coanalistas, el único de los grandes pioneros que, a pesar de ser padre de la propuesta inicial, nunca fue presidente de la IPA. Documento notable, agudo, a veces ingenuo, siempre profético. La organización allí vislumbrada apunta a un doble objetivo: velar por el cuerpo doctrinario (existencia del inconsciente, papel de la se­ xualidad, método interpretativo), y, al mismo tiempo, constituirse co­ mo foro para un “análisis permanente del psicoanálisis”, un lugar pa­ ra la “crítica” mutua de sus miembros. Ferenczi hace una breve historia del movimiento, en la que reco­ noce dos tiempos. Primero, la década heroica del espléndido aisla­ miento. La hora de la burla y del sarcasmo, cuando el mayor cumpli­ do posible para con Freud era lamentar que “semejante talento fuese víctima de tamaño error”16. A continuación Ferenczi discierne una se­ gunda época, marcada por la “aparición de Jung, a quien le cabe el mérito de haber introducido, con los métodos de la psicología experi­ mental, una convalidación de las ideas de Freud Dicho lo cual, Ferenczi lanza el fósforo encendido junto al barril de pólvora, y propone a Jung como presidente de la Asociación Psi- coanalítica Internacional. En la apertura del documento, Ferenczi deja ver su ambivalencia ante el acto de institucionalización, es decir, ante su propia propuesta:

Como primeros inmigrantes al nuevo continente, hasta el día de hoy hemos tenido que sostener una guerra de guerrillas, sin di­

rección espiritual, sin unidad táctica

18

Se da cuenta de que

En ciertos estratos de la sociedad, fue precisamente ese combate no organizado, casi revolucionario, el que conquistó simpatizan­ tes; los temperamentos artísticos, dada su comprensión intuitiva

de los problemas que nos ocupan, junto con su aversión a todo lo

que sea académico, se sumaron a nuestras filas

19

Pero, junto con sus ventajas,

la guerra de guerrillas

La ausencia de una dirección favoreció la proliferación desmedi­ da de las tendencias individualistas de las posiciones científicas personales aisladas de algunos [combatientes] en detrimento del

interés común

supuso inconvenientes considerables.

20

32

Por eso, él observa que

La mayoría, habituada al orden y a la disciplina, encuentra [en la desorganización] un alimento que nutre sus resistencias. Por último, no hay que olvidar a las personas timoratas que vacilan en tomar partido, pero que estarían muy dispuestas a entrar en una organización.21

Organización es conservadurismo. Resulta obvio que Ferenczi, hijo de un revolucionario de la Primavera de los Pueblos, no se hace muchas ilusiones sobre el tipo de adeptos que el psicoanálisis recluta­ rá en esa nueva fase. Él teme a los medrosos y recela del encuadra- miento. Alude a la patología de las asociaciones. En ningún momento pretende minimizar los riesgos de la institucionalización. Anticipan­ do Tótem y tabú, toma como modelo a la familia, en la que la figura autoritaria del padre domina a los hijos en la pugna por el poder. Además confiesa su propio lugar en la horda:

Una prueba, entre otras, deriva del hecho de que aun nosotros, analistas salvajes y sin organización, condensamos en nuestros sueños la figura paterna con la de nuestro jefe espiritual. Con mucha frecuencia aniquilé y enterré, bajo una forma más o me­ nos disfrazada, al padre espiritual, altamente respetado pero, en el fondo, figura molesta a causa de su misma superioridad inte­ lectual y que, incluso, presentaba ciertas características de mi propio padre”22.

Ferenczi, al confesar el contenido de sus sueños, perpetúa el lu­ gar de la libertad de la palabra plena, continuando la tradición de la

Traumdeutung23.

Finalmente, hay una analogía entre el desarrollo del niño y la vida de las instituciones: “La actual fase autoerótica de nuestra aso­ ciación será sustituida por la fase más madura del amor objetal, en la cual la satisfacción ya no se busca en la excitación de las zonas eróge- nas psíquicas (la vanidad, la ambición), sino en los propios objetos de nuestro estudio. Tengo la convicción de que una sociedad psicoanalíti-

??

trabajara de ese modo crearía condiciones internas para su ac-

ividad, y que esta sociedad sería respetada en el exterior”24.

Así habló Sandor Ferenczi, el Gran Visir del psicoanálisis. Lxtraño discurso: tan joven en la época, tan viejo hoyen día.

se tra*Se compren(^e mejor la referencia platónica. La elite de la que

« rata es ,a de «na banda subversiva, dispuesta a conquistar el

c¡xnevo coní:inente” a cualquier precio. Incluso al precio de la ejecu- sumaria del compañero que claudica.

Lacair*0 ^eva a Pensar en cómo abre Roudinesco su biografía de

33

Jacques Lacan procuró introducir la peste, la subversión y el de­ sorden en el corazón tibio del freudismo vigente. Un freudismo que, después de haber sobrevivido al fascismo, sabrá adaptarse a la democracia al punto de olvidar la violencia de sus oríge­

nes25.

La reacción de los vieneses, lógicamente, tenía que ser virulen­ ta. Se sintieron traicionados. La discusión que desencadenó la lectu­ ra del Informe “fue tan áspera que hubo que continuarla al día si­ guiente”26. Adler y Stekel se opusieron categóricamente a la

postulación de Jung para el cargo de presidente de la nueva interna­ cional psicoanalítica. Ellos, que habían sido apóstoles de la primera hora, se veían postergados de la noche a la mañana. Y, para colmo, por un grupo de goyim (Binswanger, otro ario, sería el secretario). “Ellos, que -decía el leal Hitschmann- tomados como raza, son com­

pletamente diferentes de nosotros, los vieneses

que exaltar a los suizos era un error. Mientras que Freud argüía que “el anatema impuesto al psicoanálisis llevaba a sus partidarios a unirse en una organización internacional”, el discípulo era de la opi­ nión que se sobreestimaban los “peligros”. Se trataría del “senti­ miento de inferioridad” del Profesor28. Los vieneses presentes en Nu- remberg temían, además de la pérdida de poder, que la “censura” propuesta por Ferenczi resultase en “restricciones a la libertad cien­

”27

Adler juzgaba

tífica”29.

Se celebra una reunión de emergencia en la habitación de Stekel. Motín a bordo del Grand Hotel. El propio Freud, al enterarse del con­ clave, se apersonó para hacer un apasionado llamado a la fidelidad. Insistió en la necesidad del apoyo solidario frente a las resistencias imperantes. Después, en un gesto dramático, tiró su saco, declarando:

“A mis enemigos les gustaría verme pasar hambre; me despojarían hasta de la camisa”. Según la versión de Stekel: “Ellos me niegan hasta la ropa que llevo puesta; no sé si en el futuro me podré ganar el pan”30*31. “Nunca lo vi tan agitado”, rememora Wittels.32 Este desplazamiento del centro de poder fue una terrible afrenta para los miembros de la Sociedad de los Miércoles. A fin de apaciguar los ánimos, se proyectó una nueva revista, el Zentralblatt für P$y- choanalyse, cuyos redactores serían Adler y Stekel. Esta publicación -escribe Freud en su “Historia”- “estaba evidentemente destinada a representar a la Oposición; su objetivo era reconquistar para Viena la hegemonía amenazada por la elección de Jung”33. El propio Jung ya era redactor del Jahrbuchyprimera revista dedicada exclusivamente al psicoanálisis. Con el mismo espíritu, Adler fue nombrado presiden- te de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, con Stekel en la vicepresi­

dencia. De vuelta a casa, Freud envió a Ferenczi el siguiente “epílogo”,

como él lo denominó, sobre el congreso:

34

k

Querido amigo:

3 de abril de 1910

^

No cabe duda de que fue un gran éxito. Y, sin embargo, noso­ tros dos tuvimos poca suerte. Evidentemente, mi comunicación

recibió una respuesta tibia; no sé por qué. Tenía mucho para des­

pertar interés

Su enérgico llamado tuvo la desgracia de provo­

car tanta contradicción que ellos se olvidaron de agradecerle las importantes sugerencias presentadas. Toda sociedad es ingrata:

eso no importa. Pero ambos fuimos un poco responsables por no prever el efecto que tendría sobre los vieneses. Le hubiera sido

fácil om itir enteramente las observaciones críticas y asegurarles su libertad científica; así los habríamos privado de buena parte de su fuerza. Considero que mi aversión a los vieneses, hace mu­ cho contenida, se combinó con su complejo de hermano, de modo

que nos volvimos miopes34.

i

¿Era miopía o un forcing político destinado a desestabilizar a los disidentes? Al final de la carta, Freud no deja dudas de sus intenciones:

Con el “golpe” de Nuremberg se cierra la infancia de nuestro mo­ vimiento; ésta es mi impresión. Espero ahora un rico y promiso­ rio período de juventud35.

La respuesta de Ferenczi es significativa. Abatido por el “golpe de Nuremberg”, rememora una canción húngara que dice “Nadie en la faz de la Tierra es más huérfano que yo”, para concluir:

Me sentí conmovido por la profunda tristeza que la decisión de transferir la dirección a Zurich provocó en Adler36.

Abraham, de vuelta del congreso, en marcado contraste, escribe:

Estimado Profesor:

Imagino que ha regresado de Nuremberg completamente sa­ tisfecho. La mayor satisfacción para mí fue comprobar el estado de ánimo con que los participantes dejaron el Congreso. Viajé de vuelta con Eitingon, Hirschfeld y Koerber y, durante las nueve horas del trayecto, intercambiamos impresiones sin cesar37.

He Hpartl r este m°niento, Freud tuvo que defender al Príncipe ficad erj/* e sombrios celos generalizados y, en buena medida, justi-

lism°S

del c° COma desenfrenado. Incluso Abraham, que retorna eufórico ongreso, está celoso. Para aplacar los ánimos, Freud le escribe:

*a ^e^re Pática se instaló en esa caldera, y el maquiave-

35

Por favor, sea tolerante y no olvide que para usted es más fácil seguir mis ideas que para Jung, porque, en primer lugar, usted es completamente independiente y está más próximo a mi consti­ tución intelectual a causa del parentesco racial. Él, como cristia­ no, hijo de pastor, encuentra grandes dificultades en su camino de acercamiento a mí. Por esa razón su asociación con nosotros es tanto más valiosa. Casi diría que su aparición ha sido lo que le permitió al psicoanálisis evitar el riesgo de convertirse en una cuestión nacional judía38.

Ese mismo día, Freud le escribe a Jung:

Tengo que pedirle un gran favor. No dejé de percibir que se está abriendo una brecha entre usted y Abraham. Somos tan pocos que debemos mantenernos unidos, y una fricción por motivos personales, entre nosotros, es más grave que lo habitual. Consi­ dero al hombre [Abraham] de gran valor, y no querría verme for­ zado a prescindir de él, aunque sea evidente que no puede susti­ tuirlo a usted ante mis ojos. Tengo, por consiguiente, que pedirle

ese favor: trate de prestigiarlo

39

Existe una chocante duplicidad en estas cartas. A Abraham le di­ ce que tenga paciencia con Jung, porque la Causa necesita de él, aun­

que el suizo sea goy*3. En la carta a Jung, le manifiesta que “no que­ rría verme forzado a prescindir de Abraham”, aunque la posibilidad

En este caso Freud sería el Abraham

de sacrificarlo queda abierta

bíblico, e Isaac el Abraham psicoanalista. Son los años “políticos”, los años de la enfermedad juvenil del psi­ coanálisis como institución. Ungir a Jung como “Príncipe Heredero” no era, en modo alguno, sólo una maniobra política, un proyecto frío. “El rostro de Freud des­ bordaba alegría siempre que hablaba de Jung: «Éste es mi amado hi­ jo en quien tengo colocadas todas mis complacencias».”40

Cuando el Imperio que he fundado quede huérfano, únicamente

* Jung podrá heredarlo por entero41.

*

Así hablan los Patriarcas. Freud se había identificado desde mu­ cho antes con Moisés, con el conductor de un pueblo que, en lugar de agradecerle, iba a volverse contra é l

Jung, en esta historia, más que Príncipe Heredero parece la Be­ lla Durmiente. Partió para las Américas veinte días antes del Con­

*3. Expresión peyorativa yídish para “no judío".

36

*3. Expresión peyorativa yídish para “no judío". 36 greso. Un rico paciente de Chicago -un McCormick-

greso. Un rico paciente de Chicago -un McCormick- estaba grave­ mente enfermo. Emma Jung toma las riendas y le escribe al aprensi­ vo Profesor que su marido “le pide que no se preocupe en absoluto por Nuremberg, porque con toda certeza él estará allí”42 (el énfasis es de Emma). Freud, inquieto, comenta en una carta a Pfister:

Todavía no me conforme con el hecho de que usted no irá a Nu remberg. Bleuler tampoco va, y Jung está en América, lo que me causa temor en cuanto a que no pueda volver a tiempo. ¿Qué sT cedería si mis zunqueses me abandonaran?43

Difícil enfrentar a los vieneses sin los zuriqueses. Aparentemen­ te, Jung estaba al margen del complot. Aterrizó en Nuremberg, reple­ to de dólares y fue designado primer presidente de la Asociación Psi- coanalítica Internacional (IPA). No sabemos cómo reaccionó al hecho, ya que, después del Congreso, él y Freud pasaron un día descansando en Rothenburg. A modo de resumen: el Congreso de Nuremberg fue magro para la teoría psicoanalítica, determinante para la doctrina psicoanalítica, siniestro para el devenir político del Movimiento. Adler, por su parte, no se consoló con el evidente premio consuelo: ganaba la presidencia de una sociedad local, pero el premio mayor se lo quedaba Jung. El nuevo cargo de Adler no lo hizo más dúctil; al contrario: a partir de allí creció su anhelo de independizarse. Era un hombre ambicioso. No le resultaba fácil ser subordinado. En un momento dado, cuenta Freud, Adler se le aproximó y le dijo: “¿Piensa que me da tanto placer permanecer toda mi vida a su sombra?”44 Según la leyenda, la ambi­ ción del discípulo era una actitud reactiva a su ya mencionada infan­ cia enfermiza. Adler explica: “En circunstancias favorables, ciertos defectos de un niño engendran una disposición para un mayor rendi­

miento”45.46.

“Las diferencias científicas de Adler con relación a Freud eran tan fundamentales -dice Jones- que sólo puedo espantarme, como me espanté con el episodio Fliess, ante la paciencia [que tuvo Freud] para intentar trabajar con él durante tanto tiempo”47. El discípulo era fliessiano en la forma de encarar la bisexualidad humana. El lado fe-

“nrotcstci an en todos masculina los fren- .

Las dificultades entre ambos h£ ”\ tes. Freud juzgaba que Adler es a psicología superficial y en el C0^ L P “un campo bastante descuida o P que dicho énfasis significaba uni

propias de la vieja psicología. A de tenci6n se centra en el yo y en los

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4s Reconocía que éste era . psicoanálisis”, pero conc ui a formas del pensamien o pudo apreciar debidamen-

te los datos psicológicos, porque s

procesos conscientes, mientras que P

sas basándose en el inconsciente y e iCo\ogía profunda. Sin cen las neurosis”49. Adler naufraga en la psicologi

nc¡coanálisis comprende las c

gon los que produ-

p

em-

37

bargo, él entendía estar ampliando el dominio de esa psicología pro­ funda. “El sentimiento de inferioridad -opinaba- no es consciente pa­ ra el neurótico en la medida en que es eficaz”.50

Después del Congreso de Nuremberg, los grupos psicoanalíticos ya existentes se registraron como sociedades filiales de la IPA. La pri­ mera fue la de Berlín. Abraham era su presidente y contaba con nueve miembros, de los cuales sólo se recuerda a Eitingon. A continuación adhirió el viejo grupo de Viena, un mes más tarde, con 21 miembros, bajo la presidencia de Adler. Zurich se sumó poco después, con 19 miembros, y Binswanger en la presidencia. Bleuler y algunos otros se separaron de la Sociedad, con el pretexto de que pertenecer a una or­ ganización internacional iba contra sus principios. ¡Estos suizos! En la arena de Nuremberg, Freud enfrentó a Adler por primera vez. Al año siguiente se produjo la confrontación final. Adler había expuesto sus puntos de vista por escrito a la Sociedad en enero y en febrero de 1911. El Profesor atacó. Jones (que por lo general aplica paños fríos) en este caso es categórico: “El propio Freud fue implaca­ ble en su crítica”51. Para dar la estocada final apeló a una concepción metodológica que él mismo había superado, ya que afirmó que había datos verificables, enteramente distintos de las “interpretaciones, que están sujetas a la opinión personal”. Freud sostuvo que el psicoanáli­ sis había descubierto un conjunto de datos nuevos que hacían de él un Corpus de conocimientos. Adler amenazaba con descartar tales ha­ llazgos con nuevas/viejas “especulaciones”. La disputa iba más allá de las consideraciones científicas. No se trataba sólo de preservar al psicoanálisis de los “enemigos externos”. La intelligentsia vienesa seguía este duelo de cerca. Freud denunció a Adler. Graf comenta: “Freud -como dirigente de una iglesia- expulsó a Adler, lo expulsó de la iglesia oficial”52. Se trataba, no cabe duda, de un juicio. La acusación: herejía. La pena: excomunión del hereje. Éste fue el segundo “golpe” pos-Nuremberg: destituir a Adler y a los disidentes que lo acompañaban. Freud lo consideraba un Judas, alguien que traiciona la verdad revelada. Roazen, que pontifica como inquisidor de la Inquisición, considera que fue Freud, y no Adler, el responsable del cisma53. Sachs juzga: “Él no se compadeció de su ad­ versario y usó palabras ásperas y observaciones mordaces”54. El fiel Sachs permaneció del lado del Profesor. En la misma línea, aunque Richard Wagner apoyara a Freud, admitió que se trataba de un juicio

inquisitorial55. Freud sabía ser cruel. Cierta vez citó con “gusto” las palabras de Heine: “Tenemos que perdonar a nuestros enemigos, pero no antes de que hayan sido ahorcados”*4. En carta a Ferenczi, Freud se pronuncia: “Ahora he superado a

♦4. Citado en SE, XXI, pág. 110.

38

« r g Adler es un pequeño Fliess redivivo y también paranoico, qtekel en tanto apéndice, por lo menos se llama Wilhelm”56.

c pjay más que ironía en esta agudeza. Junto con Adler, tanto Sad-

aer51 como Stekel58 habían adoptado la concepción íliessiana de la bi- sexualidad en la represión. Stekel postulaba dos “fuentes” sexuales en el inconsciente -una homosexual, otra heterosexual- y le asignaba a este conflicto intrasistémico una importancia grande en la clínica del diván59 En su libro sobre la neurosis de angustia también se interesó or ja periodicidad de Fliess ligándola al “lenguaje de los órganos”60. Hermann Swoboda, por su parte, desarrolló una teoría modificada de los biorritmos fliessianos en la interpretación de los sueños61. Freud tuvo al principio una actitud ambivalente, aunque experimentó el mé­ todo de Swoboda con sus propios sueños, consignados en una extensa nota al pie de página en La interpretación de los sueños, en 191162. Después de la segunda reunión de febrero, esa misma noche, Adler y Stekel renunciaron a sus cargos de presidente y vice. Freud, a pedido de Hitschmann, asumió la presidencia. Hitschmann queda­ ba como vicepresidente, Sachs como bibliotecario, y Rank y Steiner conservaban sus antiguos cargos. “En esa reunión se aprobó por una­ nimidad una resolución en la que se agradecía a Adler y a Stekel por los servicios prestados, y se expresaba la esperanza de que continua­

ran en la sociedad

Adler permaneció en ella por poco tiempo; su úl­

tima aparición en una reunión se produjo el 24 de mayo.”63 Freud le comenta a Jung: “Desde anteayer asumí el liderazgo del grupo vienés. Era imposible continuar con Adler; él mismo lo enten­ dió y admitió que sus nuevas doctrinas eran incompatibles con la pre­ sidencia. Stekel, que ahora es carne y uña con él, lo acompañó en la decisión y, después de esa tentativa malograda, retomé las riendas, dispuesto a no aflojarlas ni un poco”64. Y así fue.

El siguiente paso de la “revolución palaciega”65 consistió en pedir la dimisión de Adler al cargo de codirector del Zentralblatt, o sea, al premio consuelo. Adler ahora era soldado raso. “La reacción de Adler -según Jones- consistió en explotar la si­ tuación, formando un grupo con la denominación, hasta cierto punto de mal gusto, de Sociedad de Psicoanalistas Libres” 66. Finalmente, en reunión extraordinaria del 11 de octubre de 1911, reud anunció la renuncia de Adler, Bach, Maday y Barón Hye. En esa oportunidad quedó establecido que ningún miembro podía partici- nf-if11ambas sociedades. A raíz de esta resolución se alejaron Furt-

f 10

a valiosa Margarete Hilferding, Klemperer, y Oppenheimer68. Jones

Fiir^entíii^Ue *a ma^oría

Ofensor del pluralismo científico67; Franz y Gustav Brüner;

*os seguidores de Adler eran socialistas.

niüller, su biógrafo, tuvo una activa carrera política69**5. La So-

*5

P

nard HanHk * e n e - r ana aPreciación adleriana del momento, léase de Berh-

uer, Adler-Freud Kontroverse, 1990, Francfort del Meno.

39

ciedad Psicoanalítica de Viena perdió más de un tercio de sik miem­ bros. La Sociedad de Psicoanalistas Libres, a partr de 1912 pasó a denominarse Asociación para la Psicología Individual. Individual: ex­ traño nombre para un pensador vuelto hacia lo colectivo. La explosión de la Causa psicoanalítica a partr de 1908 provoca asombro por su acelerada cronología. Recapitulemos: en 1902el cuar­ teto inicial recibe la invitación para iniciar las reuúones de bs miér­ coles. Poco a poco comienza a llegar gente, de a un<, de a dospor año. Cuando Eitingon aparece en 1907, había 10 persenas preseites esa noche. Ferenczi ingresa en 1908; los discípulos >an llegando. Y de pronto vemos que en 1908 se realiza el Primer Congreso en Sálzburgo y, al año siguiente, el Segundo Congreso en Nurenberg, con la parti­ cipación de americanos, húngaros, alemanes, suizo* y holanebses. Asombra el esfuerzo editorial que acompañad derrotero de la Causa. La primera revista publicada en la época Ue el Jahibuch für psychoanalytische und psychopathologische Forshungen ( Anuario de las investigaciones psicoanalíticas y psicopat>lógicas”) dirigido por Freud y Bleuler en 1908, con Jung como redíctor. En 1911 apa­ rece el Zentralblatt für Psychoanalyse. Después le la separación de Adler, Freud publica, en lugar de este periódico,y a partir de 1913, la Internationale Zeitschrift für árztliche Psychoaiolyse (“Revista In­ ternacional de Psicoanálisis”), con el carácter deórgano ofeial de la IPA. El año anterior había aparecido /mago, ~uyo subtítulo era Zeitschrift für Anwendung der Psychoanalyseauf die Ceisteswi- ssenschaften (“Revista para la aplicación del psicoanálisis i las cien­ cias humanas”)70. El mundo de las publicaciones, como los hmgos en Aussee, no termina allí. Desde 1906, en colaboración con el ditor Fraiz Deutic- ke, Freud organiza una colección que compila enpequeños libros los artículos ya aparecidos. Se trataba de la Sammling kleinerSchriften zur Neurosenlehre (“Colección de pequeños artícüos relacionados con la teoría de las neurosis”). Este proyecto, que comienza cin la nota necrológica de Charcot, continúa hasta 1922. Y, orno si tod) esto fue­ ra poco, también a partir de 1906 surge otra colcción: Sclriften zur angewandten Seelenkunde (“Textos de psicología aplicada”). Esta se­ rie, dedicada “a la publicación de los aportes psiológicos a los temas/ del arte y la literatura, así como a la historia de a civilizaciónV de la religión”71, fue inaugurada con el ensayo sobre l¡ Gradiva,y después incorporó el Leonardo. Freud, a partir de 1906, vela personalmentcpor la poltica edito­ rial. En ese sentido, es lo opuesto a Lacan, qu habla dd material editado como basura, y se refiere a la “poubelliation”, juefo de pala­ bras que podría traducirse como “basuricación” La letra mpresa se constituye en arma de singular importancia pra la difinión y per­ suasión. Esa política editorial aparece enfatizad en su “Cintribución a la historia del movimiento psicoanalítico”72. Mantener este aparato editorial no era trea fácil, oarticular-

40

mente por la dependencia del psicoanálisis respecto de las editoriales. Ya vimos la problemática del “huevo del cuclillo” en el caso Dora, cuando él temió que los editores, Wernecke y Ziehen, no publicaran su Psicopatología de la vida cotidiana. La primera obra lanzada por la Verlag fue, precisamente, la sex­ ta edición de ese libro, seguida por Tótem y tabú1*. A partir de 1921 comenzó a editar los textos mayores de Freud, empezando por Más allá del principio de placer. ¿Cómo se explica esa explosión? Junto con la capacidad productiva de Freud, tenemos el dinamis­ mo del Visir Ferenczi, el hombre que “por sí solo vale por una socie­ dad”74, y, finalmente, la contribución del contingente de Zurich con Jung y Riklin a la cabeza, y Bleuler en la retaguardia. A esos ingre­ dientes se sumaba el fermento de una idea nueva, cuyo potencial revo­ lucionario todavía nos sorprende casi un siglo después. Además, cam­ biando de óptica y de registro, tendría que preguntarle a mi amigo astrólogo qué constelación de planetas configuraba el hemisferio norte en 1910-11, años en los cuales, junto a la producción psicoanalítica, y bajo el mismo cielo de ese hemisferio, Wertheimer y Kohler fundaron el movimiento de la Gestalt, Watson lanzó el behaviorismo, Moreno el psicodrama, y Pavlov escribió sus primeras notas sobre el reflejo condi­ cionado. La “Carta Astral Psicológica” del siglo XX ya estaba asentada. No fue fácil, no. La empresa habría sido más simple si “El libro de los sueños” hubiese sido un éxito de librería. Freud, irónicamente, sólo llegó a ser best-seller con el postumo Wilson, la más pobre de to­ das sus obras. Tan tarde como en diciembre de 1915, cuando le escri­ bió a Ferenczi que había obtenido “una gran victoria diplomática: [el editor) Heller acordó tomar mis dos libros y mantiene la revista”75. Por fin, cuando el gran cervecero húngaro Tony von Freund, en 1918, creó una fundación de apoyo al psicoanálisis, Freud logró su in­ dependencia editorial, fundando una “casa editorial internacional del psicoanálisis”76. Así nació la Internationaler psychoanalytischer Ver­ lag, empresa que publicó libros durante más de 20 años. Fecha insti­ tucionalmente importante: el psicoanálisis, después de la primera guerra, estaba pronto para dar el segundo salto de gato.

NOTAS

1. Carta de Freud a Jung del 13 de enero de 1910, Freud-Jung, Corres- pondencia completa, 1976, Río de Janeiro, Imago, págs. 341-2.

2. Ibíd.

3. Ibíd.

imago, . 4' F. II, Jones>A pág. 81. vida e a °bra de Sigmund Freud, 1989, Río de Janeiro

41

b

5. Carta de Jung a Freud del 11 de febrero de 1910, Freud-Jflg, Corres­ pondencia completa, pág. 348. 6. Carta de Freud a Ferenczi del Io de enero de 1910, Signiud Freud- Sandor Ferenczi, Correspondance, 1992, París, Calman-Levy, pág!30. 7. Carta de Freud a Jung del 2 de enero de 1910, Freud-JPg, Corres­ pondencia completa ypág. 336. 8 . Carta de Jung a Freud del 10 de enero de 1910, ibíd., pág.;39. 9. Carta de Ferenczi a Freud del 5 de enero de 1910, Signtnd Freud- Sandor Ferenczi, Correspondance, pág. 142.

10. Carta de Freud a Ferenczi del 8 de enero de 1910, ibíd., fg- 144.

11. Carta de Freud a Jung del 2 de febrero de 1910, Freud-J^g» Corres­

pondencia cojnpleta, pág. 345.

12. SE, XI, pág. 141.
13.

Cari Abraham, “Remarks on the psychoanalysis of a cas of foot and

corset fetichism", Selected Papers on Psychoanalysis, 1927, Lond-s, Hogarth

Press.

14. Emest Jones, op. cit.yII, pág. 81.

15. Ibíd., II, pág. 82.

16. S. Ferenczi, De Vhistoire du mouvement psychoanalyti'¿e, en Oeu-

vres completes, I, pág. 163.

17. Ibíd., pág.

18. Ibíd.

164.

19. Ibíd.

20. Ibíd., págs. 164-5.

21. Ibíd., pág. 165.

22. Ibíd.

23. Ph. Julien, uEl debate entre Freud y Ferenczi”, en Ornica , I, pág. 83.

24. Ibíd., pág. 168.
25.

Elisabeth Roudinesco, Jacques Locan, 1993, París, Faytd, pág. 11.

26. Peter Gay, Freud, urna vida para o nosso tempo, 198! San Pablo,

Companhia das Letras, pág. 210.

27. Reunión Científica del 10 de octubre de 1909, Actas día Sociedad

Psicoanalítica de Viena, org. por H. Nunberg y E. Fedem, 197 Buenos Ai­

res, Nueva Visión, II, pág. 77.

28. Minutes, II, pág. 464.

29. SE, XIV, pág. 44.

30. W. Stekel, Autobiography of Wilhelm Stekel: the Life-pry of a Pio­

neer Psychoanalysty 1950, Nueva York, pág. 129.

31. Emest Jones, op. cit.yII, pág. 82.

%

j

32. Fritz Wittels, Sigmund Freud: his Personality, his Te&ing and his

School, 1924, Londres, Alien & Unwin. pág. 140 33. SE, XIV, págs. 44-45. 34. Carta de Freud a Ferenczi del 3 de abril de 1910, Sigund Freud- Sandor Ferenczi, Correspondance, pág. 165. 35. Ibíd. 36. Carta de Ferenczi a Freud del 5 de abril de 1910, ibi, pág. 167 y

169. 37. Carta de Abraham a Freud del 28 de abril de 1910, Bie Abraham y Ernst Freud (comp.), A Psychoanalytic Dialogue: the Letteiof Sigmund Freud and Karl Abraham , 1907-1926y 1965, Nueva York,{asic Books, pág. 88.

42

38. Carta de Freud a Abraham del 3 de abril de 1908, ibíd., pág. 33. 39. Carta de Freud a Jung del 3 de mayo de 1908, Freud-Jung, Corres-

y

pondéncia completa, pág. 191.

40. Emest Jones, op. cit.yII, pág. 48.

41. L. Binswanger, Freud, Reminiscenc.es of a FriendshipyNueva York,

Gruñe e Stratton, 1957, pág. 31.

42.

Carta de Emma Jung a Freud del 8 de marzo de 1910, Freud-Jung,

Correspondencia completa, pág. 356.

43. Carta de Freud a Pfister del 17 de marzo de 1910, Correspondance

de Sigmund Freud avec le pasteur Pfister, 1967, París, Gallimard, pág. 70.

44. SE, XIV, pág. 51.

45. Alfred Adler, en Minutes, II, pág. 260. Véase también su famoso es­ tudio sobre “la inferioridad de los órganos”.

46. Paul Roazen, Freud y sus discípulos, 1974, Buenos Aires, Alianza,

pág. 204.

47. Emest Jones, op. cit., pág. 141.

48. Paul Roazen, op. cit.ypág. 209.

49. Reunión científica del 22 de febrero de 1911, Actas de la Sociedad

Psicoanalítica de VienayII, págs. 538-40.

50.Ibíd.

51. Emest Jones, op. cit.yII, pág. 141.

52. M. Graf, “Reminiscences of Professor Sigmund Freud”, The Psychoa-

nal. Quarterly, 1942, II, pág. 267.

53. Paul Roazen, op. cit.ypág. 210.

54. Sachs, Freud, pág. 51.

55. Paul Roazen, op. cit.ypág. 210.

56. Carta de Freud a Ferenczi del 16 de diciembre de 1919, Sigmund

Freud-Sandor Ferenczi, Correspondance, pág. 253.

57. Isidor Sadger, “Die Bedeutung der psychoanalytischen Methode

nach Freud”, Zentralblatt für Nervenheilkunde und Psychiatrie, 1907.

58. W. Stekel, Die Sprache des Traumes: eine Darstellung der Symbolik

und Deutung des Traumes und ihre Beziehungen zur kranken und gesunden Seele, für Árzte und Psychologen, 1911, Wiesbaden.

59.

pág. 410.

Frank J. Sulloway, Freud, biologiste de Tesprity 1981, París, Fayard,

60. W. Stekel, Nervóse Angstzustánde und ihre Behandlungy1908, Viena

y Berlín, Urbam.

61. Hermann Swoboda, Die Periode des menschlichen Organismus in ih- rer psychologischen und biologischen Bedeutung, 1904, Viena, Deuticke.

62. SE, IV, págs. 166-7. 63. Ernest Jones, op. cit.yII, pág. 142. 64. Carta de Freud a Jung del 3 de marzo de 1911, Freud-Jung, Corres­

pondencia completa, pág. 458.

65.

66.

Carta de Freud a Jung del 14 de marzo de 1911, ibíd., pág. 462. Emest Jones, op. cit.yII, pág. 143. Reunión científica del 17 de mayo de 1911, Minutes, pág. 259.

67.

68. Ibíd.

69. Ibíd.

<0. Use Grubrich-Simitis, “Histoire de l’édition des oeuvres de Freud en

angue allemande”, Revue Internationale d'Histoire de la Psychanalyse, 1991,

^

pág. 18.

43

71. S. Freud, Anzeige, GW, Nachtragsband, 1907, págs. 695-6, citado por

Ilse Grubrich-Simitis, ibíd., IV, págs. 19.

72. SE, XIV, págs. 47-9.

.

73. Ilse Grubrich-Simitis, IV, pág. 22.

74. SE, XIV, pág. 33.
75.

Carta de Freud a Ferenczi del 6 de diciembre de 1915.

76. S. Freud, “Internationaler Psychoanalytischer Verlag und Preiszu-

teilungen für psychoanalytische Arbeiten”, GW, XII, pág. 333.

>

44

psychoanalytische Arbeiten”, GW, XII, pág. 333. > 44 # CAPÍTULO 35 ¿QUÉ SUCEDIÓ EN SIRACUSA? “Soy

#

CAPÍTULO 35 ¿QUÉ SUCEDIÓ EN SIRACUSA?

“Soy un niño feliz.” Sandor Ferenczi

En las vacaciones de ese inolvidable año 1910, Freud proyecta viajar con Ferenczi a Sicilia. Ya habían pasado con Jung el verano de 1909, en la aventura americana. Tiempo en que se inicia un capítulo fundamental de la transmisión del psicoanálisis. La ruta pasa por Si- racusa. Freud, una vez más, pone todo su interés en los preparativos. Se suceden largas conversaciones telefónicas con el agente de turismo en La Haya, y telegramas a Lloyd, su agencia favorita. Las cartas a Ferenczi recuerdan las escritas a Fliess en oportunidad de los “con­ gresos”. El plan original era doble: conocer Sicilia y realizar un crucero por el Mediterráneo. A último momento el viaje se complica, y no es posible hacer ambas cosas. Antes de elegir, Freud habla del “cautive­ rio” a bordo de un navio. “Ya hicimos un viaje recientemente y pode­ mos juzgar por experiencia propia.”1 Recuérdese que el viaje en el George Washington se había convertido en un gigantesco laboratorio de sueños cruzados, donde se desmenuzaron los sueños de Freud, Jung y Ferenczi, en una carambola contratransferencial a tres ban­ das. Ferenczi, por su lado, también hace una referencia a ese viaje:

Las consideraciones sobre su insatisfacción con el ambiente vie- nés podrían ser, en última instancia, una alusión a sus colegas de Viena, pero le confieso honestamente que, analizando sus sue­ ños, pensé asimismo que estaban en juego la preocupación por los miembros de su familia, y la insatisfacción con ellos”2-*l.

El viaje a Worcester había dejado marcas. Veamos una de ellas en una carta de octubre de 1909:

La referencia a su edad madura, a su edad (en el sentido intelec-

* 1* ¿El sueño de Minna bajo el baldaquín?

45

tual), el hecho de que usted haya superado todo lo que es huma­ no, todo eso corresponde exactamente a una larga meditación rea­ lizada en el navio, después de haber tomado conciencia, de una manera un poco dolorosa, de mi propio infantilismo, en compara­ ción con usted (ejemplo digno de ser imitado)3.

Luego Ferenczi entra en una actitud que denomina de “desafio”:

Me gusta ser como soy, por lo menos soy feliz, soy un niño feliz. En cuanto a usted (Prof. Fr.) es notoriamente tan viejo intelec­ tualmente, explicándolo todo, disecando todas sus pasiones y pensamientos, que no puede ser feliz.

Desde esa perspectiva, retomemos el viaje a Sicilia. El discípulo está de acuerdo en simplificar el viaje y pregunta: “¿Tenemos que lle­ var frac y esmoquin?”4. Ni una cosa ni otra, responde el Profesor. Ferenczi visita primero a la familia de Freud, de vacaciones en Leyden; luego los dos hombres parten para Sicilia, haciendo una es­ cala en París, donde Freud le hace conocer, en el Louvre, la Vierge aux Rochers de su alter ego Leonardo. Por supuesto, Roma es la para­ da siguiente. Freud, ya en su casa en la capital católica, también es el cicerone. Después bajan a Palermo, a comienzos de setiembre; visitan ruinas, revisan papiros, degustan un Bardolino suave. Finalmente llegan a Siracusa, la meta final. Esta ciudad, según Diane Chauvelot, impresionará a Freud, y “Ferenczi tampoco podrá olvidarla, aunque por razones que, como veremos, poco tienen que ver con la estética”5. Roma, París, Siracusa, fin del recorrido Ernest Jones comenta sin adornos: “La estada de los dos amigos en Sicilia fue decisiva desde el punto de vista de sus relaciones fu­

turas”6.

. ¿Qué sucedió en Siracusa? Después del viaje, Ferenczi escribe una carta que revela un ma­

que haya encontrado en mí a un compa­

lestar profundo: “Lamento

ñero de viaje con tanta necesidad de educación”7. Se define como un alumno rústico. Estamos ante un gran “goloso de análisis” que inten­ taba llevar a Freud al lugar del yo ideal en un setting de análisis per­

petuo8. El discípulo teme el repudio de su maestro, pero éste le responde de una forma solícita. Afirma que vuelve “a pensar en su compañía

durante ese viaje con sentimientos cálidos de simpatía. Yo habría

preferido encontrarlo diferente en muchos aspectos

que saliera de ese papel infantil

habría deseado

Usted estaba inhibido y perdido en

sus sueños9. Carta paternal: Freud es solícito. Ferenczi responde con una ilus­ tración antológica de lo que Nunberg entenderá por “disposición a la transferencia” en el inicio de un análisis10:

46

Querido Señor Profesor,

Budapest, 3-10-10

tɡ

?

Esperé su carta con un estado de tensión no despreciable

-casi escribo

angustia”. Intenté, en el pensamiento, familiari­

zarme con todas las posibilidades y hasta me preparé para el ca- so de que usted juzgara que ya no valía la pena interesarse por

mi. Mi plan

heroico

era permanecer fiel, sin tener en cuenta

nuestras relaciones personales11.

En el párrafo que sigue explica su malestar:

Lo que me inhibía y me llevaba al silencio y, a veces, a hacer ton­ terías, era precisamente aquello de lo que usted se quejaba. De­ seaba ardientemente una camaradería personal, libre de toda coacción (yo sé ser alegre, hasta locamente alegre) y me sentía, en cambio, colocado en un papel infantil12.

Y así se armó la tienda transferencial en la tórrida Sicilia. La de­ manda, el deseo de Ferenczi, era una fusión oceánica total. Su anhelo configura la demanda de todo paciente: “Precisamente lo que usted no me puede dar”. En esa misma carta el húngaro cuenta un sueño que habla de re­ molinos transferenciales: “En el sueño lo veía desnudo frente a mí Este sueño simboliza de una manera transparente: 1) la tendencia dos”13. homosexual inconsciente y 2) el deseo de franqueza absoluta entre los

La respuesta del Profesor fue un decidido intento de apagar el in­ cendio. Lo ha conmovido la investidura libidinal de su discípulo. Asu­ me, entonces, el discurso pedagógico de un padre enérgico, y se pre­ gunta: “¿Por qué yo no lo insulté, abriendo de esa manera el canal de la reconciliación?”14 El insulto, en el momento oportuno, es siempre una interpretación. Freud afirma su posición: “Yo ya no tengo necesi­ dad alguna de esa apertura total de la personalidad”. Él está en otra. e allí la pregunta: “¿Por qué usted se empecinó?”15 Ronda el fantasma de Fliess: “Desde el caso Fliess, en cuya supe­ ración usted me vio precisamente ocupado, esa necesidad se ha apa­ rad0 en h^- Pecluena parte de mi investidura homosexual fue reti- ^ y utilizada para el crecimiento de mi propio yo. Tuve éxito allí donde el paranoico fracasa”16. preu.a n?ce.8^ a<* de relaciones platónicas intensas ya había pasado. la m e ir :m> No (luiere entrar en la pedagogía íntima del erasta. En

la memo ra.

acluellon na GS mej°r elvidar. La memoria “depurará” las aristas “de

de l°s sabios sufíes, habla del “trabajo” benéfico de

k° que\SUCedÍÓ: el traba«i° de ^a memoria consiste en olvidar17. a ocurrido sólo se vuelve pasado cuando es recordado y

que\SUCedÍÓ: el traba«i° de ^a memoria consiste en olvidar17. a ocurrido sólo se vuelve pasado cuando

luego olvidado. Este bello estado de ánimo, en el que la memoria “óp­ tima” el yesterday, será acabadamente descrito por Freud en su ensa­ yo sobre “la transitoriedad”18; con el correr amargo de los años, dará lugar al pesimismo de El malestar en la cultura. Ferenczi no se consuela con la pátina del tiempo, y continúa ma­ nifestando su temor a que la relación se haya estropeado de modo irremediable. Freud vuelve a intentar un abordaje paternal:

Querido hijo

Estoy ciertamente acostumbrado a sus complejos y hubiera preferido un amigo lleno de confianza; pero cuando usted crea tantas dificultades, tengo que tratarlo como hijo19.

Le responderé con brevedad, sin decir nada nuevo

Sandor Ferenczi, en efecto, tenía un “complejo filial”. La muerte paterna prematura había dejado una marca, un amor insaciable al padre odiado por perdido o perdido por odiado. Este anhelo de fusión aparece en sus cartas de una manera desgarrada, que irrita a Freud. La fijación se repite. Lo mismo había sucedido con Miska Scháchte- ner, que Sandor conoció 12 años antes. Miska fue un padre ideal, un modelo incomparable, para quien trabajó con tanto ahínco que se ga­ nó el apodo de “Scháchtenerminiatura”. Y ahora el discípulo, preso en su vértigo transferencial, se ha convertido en una “Freudminiatura”, un chimpancé de frac. Dice lo que los otros callan, habla de la maldición de estar atravesado por la transferencia con un genio. Un genio que, en el escenario de Siracusa, lo pone en el lugar de analista. Freud estaba pronto para ventilar su transferencia analítica con Fliess, decantada en los alambiques del caso Schreber. Freud había necesitado de Fliess, y en ese momento necesitaba de Ferenczi. Quería asociar libremente con su colega. De allí la necesidad de ese viaje, de esa peregrinación París-Roma-Sira- cusa. El escenario psicodramático estaba montado, con papiros, rui­ nas y la caliente brisa nocturna de Sicilia. Ferenczi, que había sido su Visir, tenía ahora el papel de passeur del final del “análisis” con Fliess. Ésa es la osada tesis de Chauve- lot20. El “pase”, como sabemos, es un dispositivo institucional, inven­ tado por Lacan, mediante el cual un aprendiz de analista expone el .r análisis de su propio análisis a un passeur, tal vez aprendiz como él, que ofrece su escucha. No tengo experiencia sobre el pase, aunque, en el intento de ser crítico, me aventuro a decir que este dispositivo re­ cuerda el estadio pedagógico “annafreudiano” en la terapia de ni­ ños*2. Pero en el caso específico de Siracusa, se trata más de exorcis­ mo que de pase.

*2. Este dispositivo tiene a su favor que aparece como el “reverso de la institucionaiización del movimiento psicoanalítico”, en la medida en que evo­ ca los años informales de las reuniones de los miércoles.

48

Freud quería hablar del demonio Fliess; Ferenczi quería oír y, co­ mo vimos, el circo estaba montado. ¿Qué ocurrió entonces, cuál fue la calamidad que malogró el espectáculo? El problema no fue de falta sino de exceso. En esa encrucijada Ferenczi escuchó de más. Escuchó lo que no estaba preparado para escuchar; oyó de boca del Maestro cosas humanas, demasiado huma­ nas, más que humanas. No soportó las confidencias prematuras de un padre que, en la catarsis del momento, habló más de lo debido. Pe­ ro hablar de más conjura lo opuesto. No es que Ferenczi no deseara oír lo que Freud tenía que decir: él quería saberlo todo de su “analis­ ta-analizante”, saberlo todo acerca de ese misterioso pasado. En el ac­ to de saberlo, empero, se precipitó desde la neurosis de transferencia a una “psicosis pasional”, exagera Chauvelot que, en este punto, con­ fía en la maledicencia jonesiana. Pero no estaba preparado para la descripción de la “escena primaria” de la relación homosexual de Freud con Fliess. Un año separa el episodio de Siracusa de las “sesiones oníricas” en los Estados Unidos con Jung. Ambas fueron relaciones peligrosas, diálogos de alto riesgo en la “ruleta psicoanalítica”. Tanto Ferenczi como Jung quedaron marcados para siempre. Y Freud, probablemen­ te, también. Tal vez fue en el desenlace de esta aventura cuando Freud, alarmado, publicó su “Análisis silvestre”. Por otra parte, tanto en Siracusa como a bordo del George Was­ hington, se están explorando los límites del psicoanálisis. No los limi­ tes teóricos, ni los clínicos, sino los límites institucionales que lleva­ ron a Ferenczi, en el famoso discurso de Nuremberg, a esperar una fase de amor de objeto entre los analistas. El nuevo hombre allí vis­ lumbrado lo lleva a desear “ardientemente una camaradería personal con usted, libre de toda coacción”21. En otras palabras, el trío formado por Freud, Jung y Ferenczi ex­ perimentaba con los límites de esa droga milagrosa que era el psicoa­ nálisis circa 1908.

NOTAS

1. Carta de Ferenczi a Freud del 5 de octubre de 1909, Sigmund Freud- Sandor Ferenczi, Correspondance, 1992, Pans, Calman-Levy, pág. 84.

2.

Ibíd., pág. 213.

3. Carta de Ferenczi a Freud del 5 de octubre de 1909, ibíd.

4. Carta de Ferenczi del 19 de agosto de 1910, ibíd., pág. 220.

5. D. Chauvelot, “Siracusa 1910: el supuesto pase de Freud , Ormcar. , 1,

1981, Barcelona, Petrel, págs. 60-1.

T

,

6. Emest Jones, A vida e a obra de Sigmund Freud, 1989, Rio de Janei­ ro, Imago, II, pág. 94.

49

7. Carta de Ferenczi a Freud del 28 de setiembre de 1910, Sigmund

Freud-Sandor Ferenczi, Correspondance, pág. 224.

8 . J. Dupont, “La relation Freud-Ferenczi á la lumiére de leur correspon­

dance”, Revue Internationale d'Histoire de la Psychanalyse, IV, 1991, París,

PUF, 9. pág. Carta 187. de Freud a Ferenczi del 2 de octubre de 1910, Sigmund Freud-

Sandor Ferenczi, Correspondance, pág. 225.

10.

H. Nunberg, “Transference and Reality”, International Journal o f

Psychoanalysis, 11. Carta de 1951, Ferenczi XXXII, a Freud págs. del 1-9. 3 de octubre de 1910, Sigmund Freud-

Sandor Ferenczi, Correspondance, pág. 227.

12. Ibíd. 13. 14. Ibíd. Carta de Freud a Ferenczi del 6 de octubre de 1910, ibíd., pág. 231.

15. Ibíd. 16. Ibíd.

17. Ibíd.

18.

SE, XIV, págs. 303-9.

19. Carta de Freud a Ferenczi del 17 de noviembre de 1911, Sigmund

Freud-Sandor Ferenczi, Correspondance, pág. 236.

20. D. Chauvelot, ibíd. 21. S. Ferenczi, Oeuvres completes, I, pág. 164.

ibíd. 21. S. Ferenczi, Oeuvres completes, I, pág. 164. 50 CAPÍTULO 36 ASESINATO DE ALMAS El

50

CAPÍTULO 36 ASESINATO DE ALMAS

El “Caso Schreber” fue publicado en la misma sección del Jahr- buch en la que apareció también Wandlungen I de Jung. Apropiado nicho común. Fue el suizo quien llamó la atención de Freud sobre las Memorias de Schreber, publicadas en 1903. Jones, que no quiere re­ conocerle el mérito al Príncipe Heredero, asevera que Freud “encon­ tró casualmente” el diario de Schreber1. Sucede, sin embargo, que Freud estudió con cuidado la Dementia Praecox del suizo, que contie­ ne seis referencias a las notas autobiográficas del Senatprásident. Jung bate palmas: “Sólo ahora, habiendo recibido las pruebas, puedo apreciar su Schreber. Provoca carcajadas, pero también está brillan­ temente escrito. Si yo fuese un altruista, estaría dispuesto a decir cuánto me alegro al verlo apegarse al Schreber y mostrar a la psi­ quiatría los tesoros que allí yacen” (el énfasis en el “su” es mío)2. Con Schreber, Freud entra en el reino de las psicosis. La para­ noia había sido mencionada una década antes, en 1895, en el Manus­ crito H. Allí se presenta el caso de una solterona"1, y la paranoia es descrita como una neurosis de defensa, caracterizada por la proyec­ ción*. Un año después, en el Manuscrito K, se habla del autorrepro- che paranoico4. Antes de Siracusa, Freud estaba leyendo las pruebas del Leonar­ do; después de Siracusa comienza el caso Schreber. Llevó a Sicilia las Memorias de un enfermo de los nervios, y ésa fue su única lectura en el perturbado viaje. Trabajó el caso en el Hotel de France, en Paler- y continuó al regresar a Viena. “Emocionalmente, cronológicamente, temáticamente, el caso Sch­ reber compone un par complementario con el Leonardo”, compara Pe-

H ay> con clerto exceso adverbial. Ellos son “los dos grandes anali-

a os que no «conocieron» su diván”5. El tercero será el presidente

Primero había sido él mismo. Como Leonardo, Schreber

ranoA n era homosexual. Freud consideraba “maravilloso” a ese pa-

bradAn bre este1*0 eS°f

tamh*¿ ^

Una carta a Jun&le dijo que “debería haber sido nom­

P ^ a t r ía y director de un hospicio”6. Escribir so­

y de agonía, en la

caso fue una fuente de verdadero placer

^ trata de una “solterona de cerca de treinta años” (!!).

caso fue una fuente de verdadero placer ^ t r a t a d e una

medida en que tanto el Leonardo como Schreber se convirtieron en obsesiones. Agonía en la medida en que era exorcizado el fantasma Fliess. Estamos en los tiempos tormentosos del pleito con Adler. En car­ ta a Jung, Freud escribe:

Es bueno saber que usted ve a Adler como yo. La cosa sólo me in­ tranquiliza por reabrir las heridas del problema con Fliess. Este mismo sentimiento perturbó la paz que disfruté durante el tra­ bajo sobre la paranoia; esta vez no sé bien hasta qué punto pude mantener a un lado mis propios complejos, y de buen grado acep­ taré críticas. No se espante si no me encuentra en la mejor for­ ma 7

Estudiar a Schreber equivalía a conjurar a Fliess; pero recordar a Fliess también equivalía a entender a Schreber -y a entenderse a sí

mismo. El ensayo fue publicado con el título de “Puntualizaciones psicoa- nalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia Paranoides) descrito autobiográficamente”8. Este título refleja, una vez más, en qué lugar se ubicaba Freud en el importante debate nosográfico entre Jung, Bleuler y Kraepelin. El abordaje de la psicosis desde el ojo freudiano difiere de la visión junguiana, que anuncia la psicología analítica, y de la óptica bleuleriana de una psiquiatría dinámica. Freud optó por la paranoia de Kraepelin contra la esquizofrenia de Bleuler9. Cabe la pregunta: ¿por qué “parafrenia”? Freud señala que “le parece más conveniente dar a la demencia precoz el nombre de para-

porque [éste] no tiene connotación especial y serviría para

frenia

indicar la relación con la paranoia

”10.

La lógica de este argumento,

por sí solo pobre, tal vez gane consistencia si pensamos en el pleito nosológico anterior, en el que Freud rechazó la idea breueriana de “histeria hipnoide”, en favor de “histeria de defensa”. En ambos casos él prefiere lo dinámico por sobre lo estructural. El “estado hipnoide”, como Ja “esquizofrenia”, implica una escisión del yo, una Spaltung, término que Bleuler también empleó y que Freud adoptará en sus úl­

timos escritos*2.

*

Daniel Paul Schreber nació el 25 de junio de 1842. Poco se sabe de su infancia. El capítulo III de sus Memorias, con todos los datos referentes a los primeros años de vida, fue destruido; los editores juz­ garon que no era apto para la publicación. Fue una pena: hubiera evi-

*2. Esto aparece claramente desde un aprés-coup kleiniano. Para Mela- nie Klein, la “posición esquizoparanoide” representa la fragmentación del yo por la ansiedad paranoide.

52

tado muchas controversias. Freud, en su estudio, sólo tuvo acceso a las mencionadas Memorias. Nuevos e importantes datos fueron resca­ tados gracias a los trabajos de Baumeyer11, Macalpine y Hunter12, y de esa autoridad en Schreber que es Niederland13. Llama la atención el silencio en torno a la figura de la madre. Cuando publicaba su último artículo, Niederland descubrió que su nombre era Pauline*3. Mucho se sabe, en cambio, por obra del perseverante Niederland, sobre el padre, Daniel Gottlieb Moritz Schreber (1808-1861), ortope­ dista, pedagogo, conferenciante, eminente profesor de la Universidad de Leipzig. En el siglo pasado, su nombre era conocido en toda Ale­ mania por sus libros sobre la educación de los niños; fue el creador de la “gimnasia natural” (Zimmergymnastik), basada en la higiene, la ortopedia y la helioterapía. Daniel Paul, por lo que sabemos, puede haber sido un niño relati­ vamente “normal”. El segundo de cinco hijos, buen alumno, discipli­ nado, un adolescente que no da problemas."Creció honorablemente y se convirtió en un distinguido hombre del Poder Judicial. Se casó a los 28 años y poco se conoce de su vida sexual en tiempos de salud y de paz14. Sabemos que el matrimonio era estéril. Este hombre sin historia sufrió tres episodios psicóticos. El pri­ mero, el más leve de todos, se produjo a los 42 años, cuando compitió por una banca en el Reichstag como candidato único del Partido Libe­ ral Nacional -una facción antibismarckiana- que representaba la Ley y el Orden. Schreber fue estruendosamente derrotado por el can­ didato socialdemócrata15. Una derrota humillante. Su ánimo fue so­ cavado por el titular de un diario local que se preguntaba: “¿Quién es, a fin de cuentas, el Dr. Schreber?”16 El brote psicótico comenzó con delirios hipocondríacos, seguidos por dos tentativas de suicidio. Pasó un tiempo en la clínica psiquiátri­ ca de Leipzig, tratado por el Dr. Flechsig, que después, en el segundo episodio psicótico, se convertirá en objeto persecutorio. Recibió el alta en junio de 1885. Recuperado, fue un hombre de comprobada competencia en la magistratura. Llevó durante ocho años una vida afectiva normal, sólo ensombrecida por el hecho de no tener hijos17. Su brillante carrera lo llevó a ser nombrado, en 1893, presidente del Tribunal Supremo de Sajonia. Después del nombramiento comienza a quejarse de insom­ nio, pesadillas, ideas suicidas; sueña que reaparece su enfermedad. En esa época tiene la fantasía de que “sería bueno copular como una mujer”18. Antes de asumir el cargo, Schreber termina internado de nuevo en la clínica de Leipzig. Tenía 51 años. Fue en este segundo episodio, que se prolongó hasta 1902, cuando él redactó sus vividas y fantásticas Memorias de un enfermo de los nervios19, escritas durante

*3. Nombre significativo, ya que el hijo se llama Paul.

53

los últimos meses de su internación y publicadas al año siguiente. Pa­ ra completar la historia, una vez dado de alta, en 1902, Schreber lle­ vó una vida considerada normal hasta el accidente vascular de su mujer, en 1907*4; tuvo entonces su tercer y último brote psicótico. Permaneció internado, en desorganización hebefrénica, hasta su muerte, en 1911, mientras el libro de Freud se encontraba en prue­

bas de El galera. segundo episodio psicótico de Schreber tuvo dos fases distin­ tas. En la primera, que duró cerca de un año, sufría de terroríficos delirios de persecución, en los que caía víctima de horribles ataques homosexuales de su antiguo médico, el doctor Flechsig. El sufrimien­ to era grande, y aparecía ligado a fantasías hipocondríacas de fin del mundo. La muerte se anunciaba como inminente. Lo asediaban insis­ tentes alucinaciones auditivas: voces burlonas lo llamaban “señorita

Schreber. Una horrible sensación de estar hueco. No tenía estómago y había digerido su laringe. Cuerpo sin órganos, tema que luego fascinará tan­ to a Deleuze y Guattari20, y a G. Michaud21. “A veces -cuenta Freud- pasaba horas en total marasmo, ansiando morir”22. Lo atormentaban delirios persecutorios, la marca registrada de la paranoia. En ese con­ texto atacaba el Dr. Flechsig. Él era el “asesino del alma”. Todos, in­ cluso Dios, conspiraban23. Dios lo consideraba un idiota y lo instigaba a evacuar, preguntándole insistentemente: “¿Por qué no cagas?”24 Schreber intentaba justificar a esa divinidad errática. “Esos in­ tentos -según Freud- se valían de ingeniosos argumentos, como las otras teodiceas”25. La queja central: “¿Por qué Dios no comprende a los hombres?”26 Para un Forel, ese cuadro correspondería a una “con­ fusión alucinatoria” o, mejor aún (o peor aún), a un “estupor alucina-

torio. En la segunda fase de la enfermedad, el estado de ánimo da un giro de 180 grados. El paciente acepta voluptuosamente su destino, y lo deja en las manos de Dios. Dicha entrega cierra el ciclo delirante, iniciado por la sensación erótica inicial de que “sería bueno copular como una mujer”. La reconstrucción final del mundo es acompañada de vividas fantasías religiosas, según las cuales él se constituiría en el salvador femenino del mundo y engendraría una raza superito. Pa-’ ra Lacan, esta entrega erótica del paranoico constituye el paradigma de la relación sexual: “No hay relación sexual más que con Dios”27. La identificación psicótica con su padre ocupa un lugar central en la configuración delirante de Schreber. Niederland28, basándose

*4. Ahora sabemos, gracias a Niederland, que su madre murió en el mismo año (William G. Niederland, “Further data and memorabilia pertai- ning to the Schreber case”, Freud and his Patientst comp. por Kanzer y Glenn, 1980, Nueva York, Aronson, pág. 304).

54

t.

en la biografía de Ritter, revela que el padre de Schreber sufrió una seria lesión en la cabeza cuando tenía 51 años. Accidente que marca el comienzo de su deterioro final. El hijo, Daniel Paul, enferma tam­ bién a los 51 años, y los primeros síntomas hipocondríacos son dolo­ res de cabeza, la sensación de que su cerebro se ablandaba, desinte­ grándose. Dos años más tarde, cuando cumplía los fatídicos 53 (el padre había muerto a esa edad) él registra en sus Memorias: “El mes de noviembre de 1895 marca un importante momento en la historia

Durante ese tiempo las señales de mi transformación en

mujer fueron tan notorias en mi cuerpo que no podía ignorar adónde me iban a llevar”29. O sea, a la copulación con el padre deificado. Esa identificación con el padre muerto genera una actitud mesiánica com­ partida: padre e hijo, como observa Lacan, sueñan con una raza supe­ rior.

de mi vida

Otro dato biográfico relevante, investigado por el infatigable Nie­ derland, corrobora la importancia del hermano de Daniel Paul: Gus- tav. Este hermano mayor se había convertido en jefe de la familia después de la súbita muerte del padre en 1861. Gustav se suicidó a los 38 años, en 1877, poco después de haber sido promovido a juez (Gerichtsrat) de la Corte Provincial de Sajonia. Dieciséis años sepa­ ran los colapsos de los hermanos frente a una situación análoga de éxito fatal. Freud no elabora el tema del “fracaso ante el éxito”, que desencadena el suicidio de un hermano y el episodio psicótico del otro*5. Para la instalación de la enfermedad postula tres causas posi­ bles: el climaterio masculino, la transferencia del padre y el hermano muerto proyectados en Flechsig (el Flechsig de abajo y el Flechsig de arriba en el sistema delirante). Una cuarta causa, sólo presentada al final del ensayo, habría sido la frustración por no tener hijos: de allí la fantasía de ser una mujer fecundada por Dios. Con una rara franqueza, que Freud consideró digna de nota, Schreber no negaba sus delirios. Tanto es así que el tribunal médico que le devolvió la libertad, acordó hacerlo a pesar de que el paciente za se perdida”. “juzga llamado a redimir el mundo y devolverle la bienaventuran­

Freud sufría pero también se divertía en el país de los “flujos ce­ lestiales” con los neologismos de Schreber, tales como “asesinato de las almas” (Seelenmord) o ser “milagreado”; tanto es así que la corres­ pondencia con sus discípulos estaba atravesada por “schreberis- mos”30. Esos términos constituían la “lengua fundamental” del Senat- prasident y explican las carcajadas de Jung. Hay aquí un “humor macabro” típico de la callosidad médica, que nace haciendo bromas con los cadáveres en las aulas de anatomía. Lacan, por el contrario,

de SchrelírJl1™ Parte>no debemos olvidar que el primer episodio psicótico se produjo después del vejamen de la derrota electoral.

55

se maravilla ante esta “lengua fundamental de las psicosis”, y la com­ para con “la lengua de los maternas, capaz de pulverizar el carácter aleatorio de toda palabra”31. Lacan continuará la aventura de la Len­ gua Fundamental en su interés por el universo joyceano del syntho-

me. Los neologismos formaban parte de la tentativa delirante de ex­ plicar un universo fantasmático. La aglutinación de la lengua alema­ na permite el exotismo de algunos “schreberismos”; un ejemplo es la máquina proyectada por Schreber para mantener la cabeza conecta­ da, la Kopfzusammenschnürungsmaschine. Para Freud, el delirio de Schreber era un bocado de cardenal. Sus neologismos, su transparente femineidad, constituían pistas cla­ ras de las operaciones de su mente. Como antes con Juanito, ahora sólo era cuestión de escuchar psicoanalíticamente: la cosmogonía de Schreber tenía sentido. Freud “interpretó ese sistema del mundo co­ mo un conjunto de transfiguraciones destinadas a hacer soportable lo insoportable. Schreber había investido a sus enemigos -el Dr. Flech- sig y Dios- con tanto poder maligno, que debían haber sido muy im­ portantes para él. Y pasó a odiarlos tan profundamente como antes los había amado”32. “Ninguna parte del delirio es tratada por el paciente de una ma­

nera tan exhaustiva

Los nervios que él había absorbido asumieron en su cuerpo el carác­ ter de «nervios femeninos de la voluptuosidad», dejando la marca en la forma de su cuerpo y en la suavidad de su piel”33. El delirio marca, modela el cuerpo: “El núcleo del conflicto en la paranoia de un hom­ bre -concluye Freud- es una fantasía del deseo homosexual de amar a un hombre”34. Y aquí viene la famosa fórmula: el paranoico trans­ forma la declaración “yo lo amo”, en su opuesto, “yo lo odio”, que a su vez se convierte en “yo lo odio porque él me persigue”. O sea que pri­ mero viene la inversión y luego la proyección, llaves maestras de la paranoia. La fórmula ampliada da cuenta de los cuatro delirios típi­ cos de la paranoia. Ya vimos el primero. En el segundo caso se niega el complemento de la oración. Entonces tenemos “yo no lo amo a él”, que la proyección transforma en “ella me ama”, lo que da el delirio erotómano. Tanto Schreber en Sonnenstein como Hanold en Pompeya tienen un delirio erotómano. Sólo difiere el signo de las fórmuteis. En el tercer caso se niega el sujeto de la oración. Resulta enton­ ces la inversión: “No soy yo quien ama, es ella quien ama (a alguien) , proyección que desemboca en el delirio celotípico. Existe una cuarta posibilidad: son negados los tres términos, lo que significa: “No amo en modo alguno, no amo a nadie”. El resultado es la megalomanía, en la medida en que la libido suelta se fija en el sujeto. En el caso Schre­ ber, Lacan propone la siguiente fórmula: Yo no lo amo; es a Dios o,

quien amo, y luego la inversión Dios me ama35. El paranoico reconstruye el mundo para sobrevivir. Esa recons­ trucción incluye una regresión narcisista al estadio autoerótico de la

como su supuesta transformación en mujer.

56

ualidad infantil. Freud acababa de llamar la atención sobre este se.adió al seguir la pista del buitre en su trabajo sobre Leonardo.

Ahora completa lo que ha dicho: el niño, después de atravesar la eta- ^inicial del desarrollo autoerótico, concentra sus impulsos sexuales

Pa

asegurarse un objeto de amor. Comienza por escogerse a sí mis-

P

toma a su propio cuerpo como objeto, antes de buscar a alguien

de afuera para amar. Freud, inspirado en el trabajo de Sadger6, co­ menzaba a considerar ese estadio intermedio narcisista como un paso

esencial en el camino hacia el amor heterosexual adulto36. La “fija­ ción narcisista”, como él la denominó, contribuye a la homosexuali­ dad declarada en la vida, a su sublimación en amistades apasionadas

o en un escenario más amplio, al amor por la humanidad37. Al consi­

derar esta fijación narcisista, expresión introducida por Sadger38, Freud empieza a distinguir entre diferentes formas de represión. Y afirma que no hay represión que carezca de conexión con una fijación previa, o sea con una falla pulsional en una determinada fase del de­ sarrollo. Existe un pasaje en la Psicopatología de la vida cotidiana que anticipa la visión de la paranoia en el caso Schreber. En 1904, Freud escribe:

Considero que gran parte de la visión mitológica del mundo, que penetra a fondo en las religiones más modernas, no es más que proyección psicológica en el mundo exterior. El oscuro reconoci­

miento de factores endopsíquicos y de relaciones en el inconscien­

te se ve reflejado

ral que, a su vez, está destinada a transformarse, una vez más, en las manos de la ciencia, en una psicología del inconsciente. Así es posible aventurarse a explicar los mitos del Paraíso y la caída del hombre, de Dios, del bien y el mal, de la inmortalidad, etc.,

transformando la metafísica en metapsicología [el énfasis es de

Freud]39.

en la construcción de una realidad sobrenatu­

El paranoico vive bajo una fantasía del fin del mundo, como bien o atestigua Schreber. Aniquilamiento del “mundo subjetivo”40. El de­ sastre interno de un cuerpo vaciado de libido, de una “desorganiza­ ción orgánica de los órganos”41, es proyectado afuera, resultando en-

la

céleb ^strucción del mundo a partir de esa ruina universal. De allí otra

i*ces

el

apocalipsis.

La

obra

del

gran

paranoico

en

es

Patol ^ C0nc*usi^n freudiana: uLo que consideramos como producción h J °Jlca>formación delirante, es, de hecho, una tentativa de resta- «cimiento, de reconstrucción”42.

ADs

----üiin r ail von multipler Perversión mit i

n >db. psychoan psychopath. Forschungen, 1910, II, pág. 59.

57

Schreber era un gran psicótico, con una paranoia barroca, la “pa_ ranoia a porfía” de los psiquiatras españoles. Él fue, sin duda, un co­ mentador lúcido y sagaz de su propio estado. El brillo schreberiano fascinó a un Freud que, desde el estudio sobre Leonardo, seguía las huellas de la pulsión epistemofílica. Ahí donde Leonardo -el homose­ xual- sublima, Schreber -el paranoico- construye su frondoso delirio teogónico. Ya hablamos de la obvia identificación de Freud con Leo­ nardo. Ahora ocurre otro tanto con Schreber:

No temiendo la crítica ni la autocrítica, no tengo ningún motivo para no mencionar una analogía que tal vez perjudique nuestra teoría de la libido en la opinión del lector. Los “rayos divinos” no son en rigor más que cargas de libido objetivamente represen­ tadas y proyectadas al exterior, y le dan al delirio de Schreber

Varios otros detalles

de este delirio parecen percepciones endopsíquicas de los procesos que he postulado para comprender la paranoia 7. El futuro dirá si

una semejanza singular con nuestra teoría

mi

teoría contiene más delirio que el que yo desearía, o si el deli­

rio

contiene más verdad que la que otros creen ser posible43.

Desde ese futuro, Lacan dice lo siguiente: “El psicoanálisis no es una ciencia. No tiene el estatuto de ciencia, sólo lleva a aguardarla, a esperarla. Es un delirio, un delirio que, se espera, producirá una cien­

cia”44**8.

En esa senda, Salvador Dalí responde con su tesis de la paranoia crítica , y Lacan con su Estructura paranoica del conocimiento. Se puede decir que el “mapa del proceso paranoico esbozado por Freud, con base en un único documento, fue un brillante tour de forcé. Los estudios posteriores a lo sumo retocaron sus grandes líneas, pero su autoridad se mantiene básicamente intacta”45. Con ciertas salvedades, en lo que al caso Schreber se refiere. Porque el futuro tiene algo más que decir sobre la naturaleza del delirio del paranoico de Sonnenstein. Esa revisión se realizó a partir de los trabajos de Niederland. Él se tomó el trabajo de leer los libros del padre de nuestro héroe, y quedó aterrado. El viejo Schreber ha­ bía sido un tirano de marca mayor que impuso a Paul Daniel y a sus hermanos una infancia terrorífica de opresión física y pesadillas psí­

J

quicas.

*7. Lacan señaló otro paralelo entre la “lengua fundamentar de Schre­ ber -propia del “alma de los nervios”- y el artículo de Freud sobre el sentido antitético de las palabras (J. Lacan, Le Séminaire III: Les psychosesf Pa£*

3 6 ) .

*8. En la misma línea, Lacan dice: “La psicosis es una tentativa de ri­ gor. En ese sentido, yo diría que soy psicótico por la simple razón de que siempre intenté ser riguroso” (Scilicet, 1973, N° 6 ).

58

F1 libro más famoso del Dr. Schreber Sénior, inspirado en la au- afta de San Ignacio de Loyola, lleva un título que recuerda los

t 1° rismos del hijo: Kallip die Order die Erziehung zur Schónheit

n6° hNaturgetreue und gleichmássige Fórderung normaler Kórper- (1865). Texto dedicado a la educación de niños entre los dos y

1* ocho años. Niederland opina que “contiene pasajes indicativos de 08 los métodos y reglas fijados por el Dr. Schreber no constituían

^

preceptos teóricos destinados al mundo académico, sino que

m

regular, activa y personalmente aplicados a sus propios hijos,

hecho consignado con orgullo paterno”46. Este padre era, por encima

de todo, un disciplinador. Esa disciplina se imponía mediante casti­

gos corporales “desde la más tierna infancia

porque las partes más

innobles de la naturaleza vil del niño deben ser vencidas con la máxi­ ma severidad”47. El castigo era público, y el culpable “tenía que ten­ der la mano al ejecutor para evitar el rencor y la malevolencia futu­

ros”48. Era un fanático de la cultura física, de la dieta, del aire libre y, sobre todo, de la postura erecta. Abogaba por medidas marciales para que el niño mantuviera rígidamente la postura más correcta mien­ tras caminaba, estaba parado, estudiaba y dormía. A tal fin “maquia- veló” (para inventar nuestro propio schreberismo) una serie de apara­ tos ortopédicos que consistían en barras de hierro, bandas metálicas y esposas de contención. Sus hijos, como vimos, fueron los primeros en usar esos artefactos ortopédicos. Niederland incluye en su trabajo ilustraciones de estos aparatos de tortura. Uno de ellos, llamado el “enderezador” (Geradehalter), consistía en una barra de hierro fijada a la mesa delante del pecho, que impidía cualquier movimiento fron­ tal o lateral, de modo que la única postura posible era la erecta. El inventor agrega: “El aparato está hecho totalmente de acero

impide cualquier intento de mala postura

uno recomendado para el uso en casa y otro para llevar a la escuela, en ria”49. particular durante los dos primeros grados de escolaridad prima­

viene en dos modelos,

A la luz de estos datos, ciertos delirios del hijo, que en sus Memo­ rias él llama “milagros”, adquieren un nuevo sentido. Tenemos, por ejemplo, el “milagro-de-la-compresión-en-el-pecho”, descrito como uno e . 8 ™as penosos “ataques” a su cuerpo: “Lo soporté por lo menos Jíf188 j Cenas cíe vecesi consistía en una compresión, de modo que el tn t^ ü a °Presión, resultante de la falta de aire, se transmitía a la ”

er z ,o r * ^st.as Kopfzusammenschnürungsmaschinen , entonces, Tausk*1 C*Ue s*mP*es ‘ máquinas de influir”, tal como las describe Paterna eman SUS ra*ces reales infantiles en la parafernalia sádica

derez d

cuerP°” °* Este delirio era una clara secuela del “en-

Sénior ^acer con est°s datos revelados? Ellos pintan un Schreber

Su texto cT »C°HtraSt« Atentamente con el elogio de Freud, quien en ^

actividades en favor de la promoción de un

desarrollo106 ^

armonioso de la juventud, al procurar la coordinación en-

59

tre la educación en el hogar y en la escuela, al introducir la cultura fí­ sica y el trabajo manual con miras a elevar los niveles de salud, ejer­ cieron una influencia duradera entre sus contemporáneos”51. Escalofriante contraste. Niederland explica la incongruencia aduciendo que “resulta evidente que en la descripción de la fama y ei trabajo del padre, Freud se abstuvo de decir algo más sobre la perso­

en conformidad con la «política de mesura» que

él mismo explicitó en su monografía”52. Pero obsérvese que no se tra­ ta de “decir algo más”, sino de “decir algo menos”; esto es, de no elo­ giar al padre tirano. Para Niederland, por ser una historia tan re­ ciente -aún vivían tres hermanas de Schreber—la actitud elogiosa con que Freud trató al padre estaba justificada. De hecho, Schreber Sénior mereció una fervorosa biografía: Schreber - Das Bildungssys- tem eines Arztes53, lo cual resulta menos extraño cuando comproba­ mos que el libro fue publicado en 1936, en el apogeo del nazismo. Schreber Sénior, a lo largo de sus innúmeros libros y folletos, había sido un predicador fanático de la raza superior, siempre “erecta”.

nalidad del hombre

Heil! Me parece que, en el fondo, aducir la “política de mesura” de Freud empeora las cosas. Prefiero creer en otra explicación: Freud nunca leyó el indigesto Kallip die Order die Erziehung zur Schónheit durch Naturgetreue und gleichmássige Fórderung normaler Kórper- bildung. Pecado de omisión y no de comisión. Sabemos, con todo, que sí realizó ciertas investigaciones sobre el “viejo Schreber” a través de su discípulo Arnold Stegmann, miembro fundador de la Sociedad de Berlín y médico legista de Dresde54. Por otra parte -según Janet Malcolm- Niederland, un analista ortodoxo de Nueva York, presentó sus hallazgos sobre el sadismo del padre “como una ampliación del libro de Freud, y no como una com­ probación de diferencias. En ningún momento sostiene que el análisis de Schreber habría sido diferente si Freud hubiese tenido acceso al

. Lacan, curiosamente, concuerda con un analista ortodoxo de la isla de Manhattan: no es la cantidad de información lo que interesa, lo importante es el hilo conductor56. ¿Será así? ¿No estamos acaso an­

material por él descubierto”55.

te un “Asesinato de Almas”?

jj

1

La investigación sobre Schreber Sénior fue la materia .prima de libro de Morton Schatzman titulado Soul Murder: Persecution in the Family (Asesinato de almas: persecución en la familia) 9. P®ra Schatzman, la tesis freudiana de que la paranoia de Schreber se de- bía a una represión de la homosexualidad pierde consistencia fren e

tamaña patología paterna.

*9. Morton Schatzman trabajaba con R. D. Laing, el papa de la antips* quiatría.

60

Una cosa es, parafraseando a Winnicott, un “padre razonable- te bueno”, y otra Frankenstein. Aquí se vuelve a plantear la polé- me suscitada por el caso Dora, sobre la importancia de la “realidad "Eterna”. Sólo que con Dora, el problema era técnico: Dora podría ha- tertenido razón o no al reaccionar con repugnancia a ese precoz beso ^ado, pero Freud se habría “equivocado” en la forma y el timing de su interpretación. Esto no compromete la apreciación metapsicológica del caso. Aquí sí, ya que se plantea una cuestión de prioridades: ¿qué es más importante en el desarrollo de la enfermedad de Schreber: la represión de su homosexualidad o las vicisitudes identificatorias con un padre perverso? Cuando Schreber Júnior delira con los rayos divi­ nos de Dios, ¿no está imitando al padre, que declara que los niños tie­ nen que pensar todos los días en Dios “para reflejar en su ser interior los puros rayos de sol de Dios, el amado padre universal?”57 Ida Macalpine y Richard Hunter, en la misma línea, señalan el papel funesto del padre de Schreber y proponen una interpretación winnicottiana de la paranoia de Daniel Paul: una regresión a los es­ tadios primitivos de una libido indiferenciada58. Imitando y no, paradójicamente, identificándose. Éste es el punto de partida de Lacan, cuando retoma el caso Schreber. Él le dedicó un año al estudio de las Memorias y en su Seminario sobre las psicosis “modifica la significación de la problemática freudiana”59. En vez de considerar la enfermedad como una defensa contra la homosexuali­ dad, señala que un grave defecto en la relación paterna estaría en la base de la paranoia y, por extensión, de todas las psicosis. Lo que im­ porta es el impacto “estructural de la función paterna”60. Lacan re­ mata el punto diciendo: “El texto de Freud, incuestionablemente bri­ llante, dista de ser satisfactorio. Confunde todo, esto no tiene nada que ver con una Verdrángung (represión) [de la homosexualidad]. ¿De qué se trata cuando hablo de Verwerfung (forclusión*10)? Se trata e un rechazo del significante primordial hacia las tinieblas externas, un significante que faltará a partir de ese nivel. Allí está el mecanis­ mo fundamental que supongo en la base de la paranoia”61. aiim'r* ^orc^usl(^n>en Lacan, se distingue de la represión porque el

ro r i can^e ^orc^ul(|0 no es integrado en el inconsciente del sujeto, pe-

Q e- on\a de *as tinieblas como fenómeno alucinatorio o delirante

sión rnVade

upercePción del sujeto. En el caso de Schreber, la forclu-

ecae sobre el nombre del padre, ese bendito padre.

de “escotom' e™ m»° ^orc^uslónr’ fue introducido por Pichón, que lo distingue escotomizacraCl°n ’ emP*eado Por Laforgue en una polémica con Freud. La va”. Para La°n 8er} a una anulación de la percepción, una “alucinación negati- juicio, la nsir0811’ *aurea^dad nunca es verdaderamente escotomizada. A su Can>op. c¿i ^ ls una deficiencia, un agujero en el orden simbólico” (J. La-

•» Pag.

i / 7).

61

NOTAS

1. Emest Jones, A vida e a obra de Sigmund Freud, 1989, Río de Janei ro, Imago, II, pág. 272.

2. Carta de Jung a Freud del 19 de marzo de 1911, Freud-Jung, Corres

pondéncia completa, 1976, Río de Janeiro, Imago, pág. 466.

3. Carta de Freud a Fliess del 24 de enero de 1885, Correspondencia Sig.

mund Freud-Wilhelm Fliess, cornp. por J. M. Masson, 1986, Río de Janeiro

Imago, pág. 108.

4. Manuscrito K, ibíd., pág. 168.

5. Peter Gay, Freud, urna vida para o nosso tempo, 1989, San Pablo

Companhia das Letras, pág. 263.

6. Carta de Freud a Jung del 22 de abril de 1910, Freud-Jung, Corres­

pondencia completa, pág. 343.

7. Carta de Freud a Jung del 22 de diciembre de 1910, ibíd., pág. 440.

8. SE, XII, págs. 3-84.

9. Elisabeth Roudinesco, Historia da psicanálise na Franqa. A batalha

dos cem anos, 1986, vol. I, Zahar, pág. 123.

10. SE, XII, pág. 76.

11. F. Baumeyer, “The Schreber case”, Int. J. Psychoanal. , vol. IX, 1956,

J

págs. 513-536.

I

12. I. Macalpine y R. A. Hunter, Daniel Paul Schreber: Memoirs ofmy

Nervous Illness, 1955.

13. William G. Niederland, “Three notes on the Schreber case” Psychoa­

nal. Quarterly, XX, 1951, págs. 579-591; “Schreber’s father”, J. Amer. Psy­ choanal. Ass.y 1960, VIII, págs. 492-499; “The «miracled-up» world oí Schre­ ber’s childhood”, Freud and his Patients, M. Kanzer (cora.), 1980, págs.

267-294.

14. William G. Niederland, “The «miracled-up» world of Schreber’s child­

hood”, ibíd., pág. 269.

15. Daniel Paul Schreber, Denkwürdigkeiten eines Nervenkranken, 1903,

Leipzig, pág. 34.

,

16. Peter Gay, op. cit., pág. 261.

17. Daniel Paul Schreber, op. cit., pág. 36.

18. SE, XII, pág. 13.

19. D. P. Schreber, op. cit., págs. 3-82.

f

20. G. Deleuze y F. Guattari, El Anti-Edipo, 1974, Barcelona, Barral

Editores.

21. G. Michaud, “La notion de l’image du corps dans la clinique psycha-

nalytique”, Esquisses Psychanalytiques, 1987, VII, París.

22. SE, XII, pág. 25.

23. Daniel Paul Schreber, op. cit., pág. 55.

24. SE, XII, pág. 26.

25. Daniel Paul Schreber, op. cit., pág. 141.

26. Ibíd., pág. 25.

27. Jacques Lacan, R. S. /., livre XXII, 1974-5, versión de K. Chollet, tra-

ducido al español por R. Rodríguez Ponte, pág. 142. 28. W. G. Niederland, “Schreber: father and son”, Freud and his ra' tients, pág. 260. 29. Daniel Paul Schreber, op. cit., pág. 134.

62

on peter Gay, op. cit., pág. 262.

Flisabeth Roudinesco, Jacques Lacan, 1993, París, Fayard, pág. 513.

al' peter Gay, op. cit., pág. 262.

33 SE, XII, pág- 32.

34 SE, XII, Pág- 62.
35

Jacques Lacan, Les psychoses - Le Séminaire, livre III , 1981, París,

SeU,36.aSE, XII, pág. 60.

37. SE, X, pág. 61.

38. Bertrand Vichyn, “Naissance des concepts: auto-érotisme et narcis-

oí«me” Presse Universitaire, 1984, IX, pág. 667.

39. SE, VI, págs. 258-9.

40. SE, XII, pág. 70.

41. Gilíes Deleuze y Félix Guattari, op. cit., pág. 196.

42. SE, XII, pág. 71.

43. SE, XII, págs. 78-9.

44. Ornicar?, XIV, pág. 6.

45. Peter Gay, op. cit., pág. 265.

46. W. G. Niederland, “Schreber: father and son”, Freud and his Pa­ tients, págs. 253-4.

47. Citado por Niederland, ibíd., pág. 258.

48. Dr. Schreber, Kallip die Order die Erziehung zur Schónheit durch

Naturgetreue und gleichmássige Fórderung normaler Kórperbildung, citado por Niederland, ibíd., pág. 277.

49. Citado por Niederland, ibíd., pág. 254.

50. D. P. Schreber, Memoirs ofm y Nervous Illness, trad. de Ida Macalpi­

ne y R. Hunter, 1955, Londres, pág. 97.

51. SE. ibíd., pág. 51.

52. Niederland, ibíd., pág. 253.

53. Por A. Ritter, Leipzig.

54. Carta de Freud a Ferenczi del 6 de octubre de 1910, Sigmund Freud-

Sandor Ferenczi, Correspondance, 1992, Calman-Levy, pág. 232.

55.

pag. 79.

Janet Malcolm, In the Freud Archives, 1984, Nueva York, Knoff

56.

Jacques Lacan, Les psychoses - Le Séminaire, livre III, 1981, París,

Seuil, pags. 133-40.

tients]pág' 33inn y M' Kanzer>“Interfative summary”, Freud and his Pa-

Ynrlr5u HenX' F: Ellenberger, The Discovery ofthe Unconscious, 1970, Nueva *°rk Basic Books, pág. 450.

60 ÍS3bethRoudmesc°. Jacques Lacan, pág. 378.

1- Jacques Lacan, Les psychoses - Le Séminaire, livre III, pág. 171.

63

CAPÍTULO 37 EL LIBRO DE LOS MITOS

Si la exploración de los sueños fue la puerta del inconsciente, el tótem constituye la vía regia para la exploración del vínculo social1. Inmediatamente antes del Congreso de Weimar, Freud le informa a Jones que está comprometido “en una empresa de largo aliento que creo va a ocuparme por años y tiene que ver con la psicología de la fe y de los lazos religiosos”2. La psicología de la fe se convirtió, en efecto, en un texto pensado y repensado, sólo segundo en importancia del “Libro de los sueños”. Comienza de hecho con el “Apéndice” al caso Schreber, donde se habla de la función protectora del animal totémi- co3, y hace una breve escala en u¡Grande es Diana Efesia!”4. Freud le comunica a Ferenczi: “Estoy escribiendo Tótem con el sentimiento de que es mi mayor, mejor, tal vez mi última obra”5. Pocos meses antes había dicho: “Soy enteramente Tótem y tabú”6.

Con el “golpe” de Nuremberg concluye la infancia del movimiento psicoanalítico. Se aguarda “un rico y promisorio período de juven­ tud”7. De allí que Tótem y tabú represente una tentativa de teorizar sobre esa enfermedad juvenil del psicoanálisis que fue la Hora de las Disidencias. Este ensayo puede considerarse un tratado sobre la am­ bivalencia del hombre, de todos los hombres, en todos los tiempos. Los años juveniles que van desde el Hombre de las Ratas hasta el fin de la Primera Guerra Mundial presencian la emergencia de una temática nueva, anclada en la anterior, pero nueva. Basta pensar en los conceptos de pulsión, narcisismo, de organizaciones pregenitales de la libido y angustia de castración para percibir que Freud al mis­ mo tiempo continúa y supera las elaboraciones precedentes. En psico- patología, la atención recae sobre la neurosis obsesiva y la paranoia; estas dos puntas de lanza abren un horizonte teórico que se constitui­ rá con toda su amplitud en Tótem y tabú. Se problematiza la imagen del padre: deja de ser el perverso se­ ductor o el objeto de la fantasía, para convertirse en el elemento cen­ tral de la constitución simbólica del psiquismo humano. En efecto, a partir de las críticas de Adler, la cuestión de la socialización de la psi­ que, como Renato Mezan bien dice, “no puede ser dejada de lado. La socialización es el proceso por el cual el hombre se humaniza, pasan­ do de ser apéndice del cuerpo materno a individuo social, capaz de convivir con otros individuos sociales”8. Por “socialización de la psi­

64

que” se entiende algo así como una estructura de identificaciones simbólicas. Pero, ¿qué tipo de socialización? Esto nos remite a Dios. El sentimiento religioso surge frente al Hilfloss, esto es, al desamparo infantil que clama por un Ser Supe­ rior. La idea del “desamparo original” es vieja, había surgido con el “Proyecto”. Por otra parte, el tema religioso atraviesa la correspon­ dencia con Silberstein. Cipión le escribe a Berganza: “Nadie inventó todavía una linterna para iluminar los caminos oscuros de Dios”9. La linterna de Freud, como la de Arquímedes, ilumina los laberintos os­ curos de las psiconeurosis. El ritual religioso y el obsesivo son homó­ logos. La religión reposa en la renuncia a impulsos instintivos que continúan actuando. Ambos rituales tiene la misma filigrana. El sín­ toma religioso es “asintomático” en la medida en que todos estamos cautivos en el anfiteatro sacro-societario. Podemos globalizar la cues­ tión diciendo que: “La religión es la neurosis obsesiva de la huma­

nidad”10.

La linterna también iluminó el ritual, atizando el interés por el mito. Ésos fueron los años dorados de la relación con Jung. Freud le confía a Ferenczi: “Estoy trabajando mucho en la psicogénesis de la religión, en la misma senda de las Wandlungen de Jung”11. Tanto los comentadores freudianos como los junguianos -con la excepción de Samuels12- subestiman la intensidad de la comunión de ideas entre ambos en 1908-11. Estaban tan próximos que Freud temía plagiar a Jung:

es un tormento pensar, cuando concibo aquí o allá una idea, que podría estar tomándola de usted, apropiándome de algo que muy bien podría haber sido adquirido por usted 13**l.

Freud emplea luego la “metáfora del túnel”:

¿Por qué, Dios mío, me atrevo a seguirlo en este campo? Usted debe darme algunas sugerencias. Mis túneles probablemente se­ rán mucho más subterráneos que sus excavaciones, y sólo toma­ remos conocimiento mutuo cada vez que yo suba a la superficie para saludarlo14.

. ¿Qué significa “cavar más hondo”? La imagen, con su cuota de

rivalidad infantil, evoca a dos chicos en la playa —en una playa la- niarckiana- al borde del mar, que cavan sus respectivos pozos, pro­ curando un encuentro, o un desencuentro, de las manos que tantean

en. la arena. La idea del túnel fue de Jung, que meses antes había es­ crito:

La idea del túnel fue de Jung, que meses antes había es­ crito: •Como en el

•Como en el caso de Fliess y la bisexualidad.

65

Tenemos también que conquistar el ocultismo, a partir de la tG 1 ría de la libido. En este momento me intereso por la astroloJf que se revela indispensable para la comprensión de la mitologj3’ Hay cosas realmente maravillosas y extrañas en esos dominio oscuros. Los peligros son innumerables, pero no se preocupe, dq! favor, por mis erráticas exploraciones. Y regresaré con un rico bo­ tín para el conocimiento del alma humana15.

!

Al borde del mar también existen recelos:

9

Como mis fuerzas intelectuales se reanimaron, ya trabajo en un campo donde le causará espanto encontrarme. Conseguí desen­ trañar algunos misterios singulares y casi me sentiría forzado a no discutirlos con usted 16.

La carta, oh sorpresa, es de Freud, y no de Jung. El tema crece y crece. Surge una metáfora germinativa, fliessiana: “Hace algunas se­ manas estoy fecundado por el germen de una síntesis mayor y la da­ ré a luz en este verano”17. Y, también, una metáfora casamentera; después de contarle a Ferenczi que “el trabajo sobre el Tótem es una empresa brutal” y que está “leyendo libros voluminosos sin realmen­ te interesarme en ellos”, agrega: “Con todo esto, siento como si sólo hubiese querido iniciar una aventura amorosa, y estoy descubriendo que, para mi tiempo de vida, tengo que casarme con una nueva mu­

1

¿Quién es esta nueva mujer que amenaza desplazar a esa sober­ bia bruja llamada Metapsicología? La aventura es con Némesis. Aquí comienza el examen sistemático de una idea que es central para la coherencia teórica del psicoanálisis: la muerte del padre. Allí comien­ zan las cosas humanas. Tótem y tabú, originariamente, se inscribió en un amplio proyec­ to de síntesis de Freud y Jung, exigido por la propia dinámica psicoa- nalítica. “Proyecto que obedecía a una doble motivación: por un lado, dar pruebas de la universalidad del inconsciente y, por el otro, fundar ese principio totalizante, aplicándolo a la cultura.”19 Pero la explora- "ción conjunta no prosperó. El otro pozo en la playa se volvió un nido

jer”18.

de víboras.

'

J

¿Cuál era la cólera del profeta? Se sentía traicionado. Considera­

ba que Jung, después de Wandlungen II, había regresado a posicio­

nes prepsicoanalíticas al negarle a la “teoría de la libido” su car^c., axial. El incesto fue el centro del debate. Para Jung, la “prohibici del incestó era simplemente una fórmula o ceremonia de reparaci in re vili [sin importancia]”20. Su argumento, según mi ver, suena sólitamente banal: “En la familia, el padre era lo suficientemen

fuerte para mantener al hijo a raya con una zurra

nos años, él demostraba cualquier inclinación incestuosa. En la e más madura, por otro lado, cuando la codicia filial realmente p°

si, en esos >

66

\\aro real para el padre

el hijo ya no tendría deseos inces-

ger üíl P.e jgjdos a una mac*re con e* vientre caído y venas varico- tuosos ^1gen^ cuegt¿ón de hablar de la estética del deseo (es curioso

SaS Jung aquí se olvida del simbolismo).

qUC i diferencia entre el túnel cavado por Jung en Transformado-

^

sím b o lo s

y el de Freud en Tótem y tabú, según Renato Mezan,

neS'd definirse de la siguiente manera: para Jung la mitología expli- P11^ sexualidad; para Freud, la sexualidad explica la mitología. Atra- ca ® aunque engañosa simplificación. En la tarea de explicar los orí- ^nes ambos excavadores apelan al orden simbólico. Ambos usan ge Acción: en el caso de Freud, tenemos el padre de la horda; Jung, Uor su parte, presenta a la Gran Madre, junto con el mito del héroe. En la simbología triangular de estos mitos está en juego la estructu­ ración del sujeto. Para Jung, en el comienzo de todo está el arquetipo materno, la misteriosa Madre Naturaleza. Para Freud la historia se inicia con el asesinato del Gran Padre. Tótem y tabú es el mito mo­ derno del asesinato de Dios22. El linaje intelectual de Tótem y tabú 23 es impresionante; presenta algunas de las ideas más subversivas. Freud bebió en la fuente de Ja­ mes Frazer, que, en 1910, publicó los cuatro colosales volúmenes de Totemismo y exogamia2*, y en el gran sir Edward Bumett Tylor25, pa­ dre de la antropología evolucionista, para no hablar de las especulacio­ nes de Darwm sobre la condición social del hombre primitivo. También susurra el espíritu de Schreber; junto con este paranoico lúcido, Freud había investigado las relaciones tenebrosas de los hombres con sus dio­ ses. Tótem y tabú es una síntesis que reúne especulaciones de la antro­ pología, la etnografía, la biología, la historia de la religión y el psicoa­ nálisis. El subtítulo -tal vez olvidado- es revelador: “Algunos aspectos comunes entre la vida mental del hombre primitivo y los neuróticos”. En la búsqueda de los orígenes, Freud, en vez de partir de la mi- o ogía griega o indoeuropea, se vuelve hacia los aborígenes austra- íanos. Cava su pozo epistémico precisamente en el terreno donde la joven ciencia de la etnología está haciendo su promisorio debut. Pode-

Hnil3°^fi1Crerar, que ^ames Frazer, con su monumental La rama

t r a h n a

^ ra^t_Fbing de la antropología, actualizador de los

trabajos de Marett y Tylor.

tamos^t V n° eS un texto colateral ni una hipótesis ad hoc : es- constitnp ° ^nf P*.eza central de la teoría elaborada para explicar la

“heroncin°n

• suJet°» irreductible a las experiencias individuales. La

rrollo filo arcaica ef vivido por las generaciones pasadas”27. El desa-

penaamientnV00 ir “complejo paterno” constituye una constante del reudiano, porque permite articular el fantasma con el

*2 Conv-

torua las pierñnT .r°C°I^ar Óue Frau Jung, además de ser fea, probablemente

P

rnas torcidas y varicosas.

67

mito; el tótem con el tabú; el ideal del yo con el yo ideal, las religiones con la cultura28. Aquí tiene su origen el nombre del padre. En este sentido, el “Libro de los mitos”, por orden de importancia, es el segun­ do de los textos doctrinarios, y sólo le cede el primer lugar al “Libro de los sueños”. La primera parte del ensayo trata sobre el horror al incesto, que surge en la conjunción del totemismo con la exogamia. Para los etnó­ logos, el totemismo constituía la etapa inicial de la religión. La exoga­ mia, o “casamiento fuera”, representaba una ley de los sistemas de parentesco. Freud concluye que la finalidad de la institución totémica es impedir el incesto entre hijo y madre29. Aquí, por primera vez, se universaliza el precepto: el deseo incestuoso está presente en todas las sociedades. La fuerza de este deseo es mayor aún en las socieda­ des primitivas; ellas están verdaderamente poseídas por el pavor fun­ dante de la acción totémica30. El incesto define la diferencia entre na­ turaleza y cultura. Freud cita a Frazer: “En lugar de deducir de la prohibición del incesto la existencia de una aversión natural básica, deberíamos infe­ rir la presencia de un impulso natural que lleva al incesto. Si la ley lo reprime, como reprime a tantos otros impulsos naturales, ello se debe a que los hombres civilizados concluyeron que la satisfacción de esos instintos naturales perjudica los intereses generales de la socie­ dad”31. Una phylia se esconde tras cada phobia. Pero, junto con el de­ seo infantil de matar al padre y poseer a la madre, también existe la obediencia como anhelo positivo. En la encrucijada de coerción y re­ beldía, Freud se pronuncia a favor de la ley, contra la pulsión. La so­ ciedad es represiva porque la rebelión no se justifica, ya que los “im­ pulsos conscientes” del alzamiento tienen sus fuentes inconscientes en la envidia asesina32. El tabú es constitutivamente ambivalente: por un lado es lo sa­ grado, y por el otro, lo misterioso, lo prohibido y lo impuro33. Lo atra­ yente y lo temido se revelan en el mismo gesto ritual como pánico y espanto. La fascinación predomina: el deseo tiene por base “una ac­ ción prohibida para cuya realización existe una fuerte inclinación del ^

inconsciente”34.

Proliferan múltiples medidas para evitar y descartar la más re­ mota posibilidad de incesto. En el caso del aborigen australiano, la infracción del tabú termina en muerte sumaria. El primitivo, como el neurótico obsesivo, tiene que llevar al máximo los rituales defensivos, en los que los síntomas cumplen la misma función que los antiguos tabúes. “La prohibición del incesto es más antigua que el casamiento”35. En el mismo movimiento, Freud “afirma la hegemonía de la estructu­ ra edípica como principio de la civilización”36. La transición del ma­ triarcado al patriarcado no le preocupa, y tampoco le interesa “la maternidad caótica primordial”37. Él no le atribuye la mínima impor­ tancia a la Gran Madre junguiana.

68

Luego tenemos a la suegra. En este apartado sobre el incesto, con bastante humor, se habla de las vicisitudes de la constelación fami­ liar. La suegra, tanto en Australia como en Austria, es un ser que hay que evitar. Por añadidura, a pesar de sus senos caídos, ella reci­ be un excedente de la tendencia al incesto con la madre. “No es raro que un hombre se enamore de una mujer que después será su sue­ gra”38, comenta Freud recordando, tal vez, a la madre de Gisela, la estupenda Eleonora Fluss. La suegra, en todo tiempo y lugar, pasa a ser símbolo universal de “ambivalencia totémica”. Freud habla del sentido restrictivo de la exogamia, minimizando sus connotaciones positivas. Para Levi-Strauss, “antecediendo a toda experiencia, antes de toda deducción individual, aun antes de que se inscriban las experiencias colectivas en relación con las necesidades materiales, algo organiza el campo”, el dispositivo totémico cumple la “función clasificatoria primaria”39. Por otra parte, la prohibición de tomar mujer en el seno del clan lleva al individuo a buscarla afuera, con la instauración de la reciprocidad: para recibir la mujer de otro clan es preciso ceder la “joven de la casa” 40. 4 Los efectos sociales positivos de este trueque son minimizados por el Freud de 1913 cuando afirma que el objetivo de la autoridad en todas sus formas -horda, familia, gobierno- es el cercenamiento de la libertad 3. De esa restricción derivan las características definitorias del grupo. La gama de las acciones grupales se ve limitada por dicha coerción libidinal. La libertad individual nunca fue el objetivo de la sociedad. Este supuesto es compartido, con matices, por toda la teoría política, desde Platón hasta Marx, desde Hobbes hasta Freud. Cuan­ do los historiadores hablan de la decadencia de una institución, por ejemplo, la Iglesia medieval, se refieren al colapso de su capacidad

coercitiva41.

Tanto Freud como Durkheim señalan el carácter restrictivo de la ley en los pueblos primitivos. Existe, empero, una diferencia impor­ tante: Durkheim postula un proceso de individuación en la conciencia colectiva, en el fluir de la historia42; para Freud, en cambio, todas las formas de conciencia se encuentran en el mismo sujeto instintivo al cual la sociedad -ayer y hoy- le impone las reglas del juego. “El pri­ mitivo que aparece en Tótem y tabú no difiere del hombre contempo­ ráneo, salvo que éste tiene el infortunio de albergar a un «moderno» en su interior, mientras que el más contemporáneo de los tipos de ca­ rácter -el neurótico- sufre la presencia de un «primitivo» no identifi­ cado dentro de sí.”43 Los conceptos básicos de este primer ensayo son la universalidad del complejo de Edipo, la significación paterna del tótem y, finalmen-

*3. Esta minimización es rectificada en El malestar en la cultura y, par- lcu ármente, en Moisés y la religión monoteísta.

69

te, el carácter protector del tabú frente al polimorfismo perverso de nuestro patrimonio atávico. Luego veremos, sobre todo a partir de El malestar en la cultura, que el Asesinato del Padre va paulatinamente convirtiéndose en el tabú fundamental de un mundo regido por la pulsión de muerte.

En el segundo capítulo, “El tabú y la ambivalencia de los senti­ mientos”, Freud entra en el proteico campo de los tabúes. Los tabúes, como las perversiones, son innumerables. Entre los polinesios, lo opuesto a tabú es noay que significa lo “general”, lo “común”: tabú, en­ tonces, es lo específico, la diferencia. El tabú, dentro del círculo ini- ciático, sólo tiene lógica interna; él y sus consecuencias son axiomáti­ cas. Él es , de la misma manera que nuestra conciencia es, o sea, lo que se conoce con la más incuestionable certeza interior. De hecho, “un tabú-conciencia sería la primera forma que asumió el fenómeno de la conciencia”44. Apoyándose en Wundt, Freud examina tres tabúes esenciales: el de los enemigos, el de los gobernantes y el de los muertos. Las cabezas decapitadas de los enemigos -en la isla Timor- son acariciadas, alimentadas y reciben pedidos de perdón. “La conclusión que podemos sacar de estas observaciones es que los impulsos expre­ sados en relación con el enemigo no son solamente hostiles. Existen manifestaciones de remordimiento, de admiración por el enemigo y de mala conciencia por haberlo matado”45. El adorado enemigo de la ambivalencia totémica. Los tabúes referentes a gobernantes -sean reyes o sacerdotes- también presentan una espantosa complejidad. Su forma varía desde la Corte del Rey Arturo hasta el Eterno Imperio Japonés, donde el Mikado “piensa que es perjudicial para su dignidad y santidad tocar el suelo con los pies; por ese motivo, cuando el Emperador tiene que desplazarse, es transportado sobre los hombros de sus hombres”46. Si la conducta con los gobernantes muestra la ambivalencia, el tabú de los muertos elucida su modo operativo: la proyección. Tocar al muerto está prohibido en casi toda la faz de la Tierra, y los que de­ ben hacerlo quedan igualmente implicados47. Estos tabúes con difun­ tos ponen de manifiesto que el espíritu del muerto se vuelve demonio, como lo atestigua el culto de los eguns en el candomblé. El psicoanáli­ sis enfatiza la magnitud de la hostilidad inconsciente al cadáver"4. La ambivalencia del primitivo, en suma, es mayor que la nues­ tra; de allí la inferencia de que los pueblos civilizados han progresado*

*4. Aquí Freud hace una rara referencia etnológica a América del Sur:

“Entre los guaycurúes del Paraguay, cuando se produce una muerte, el jefe acostumbra cambiar el nombre de todos los miembros de la tribu.(Sb, XIII, pág. 55).

70

en la conciliación de sentimientos encontrados. Antropólogos ulterio­ res como Margaret Mead -e incluso el psicoanalista-antropólogo Geza Roheim- criticaron este supuesto progreso del mundo civilizado. Para Roheim, la cultura nace de un retardo neotécnico del hombre, punto que luego será elaborado por Devereux. Un tema recurrente es el del valor de la clínica para la elucida­ ción de problemas en los territorios vecinos de las ciencias del hom­ bre. Esto condujo a una célebre conclusión: “Las neurosis, por un la­ do, revelan notables semejanzas con la gran producción social del arte, la religión y la filosofía, mientras que al mismo tiempo parecen caricaturas de ellas. Podríamos arriesgar la afirmación de que la his­ teria es una caricatura de la creación artística, la neurosis obsesiva una caricatura de la religión, y los delirios paranoicos una caricatura de los sistemas filosóficos”.48 La tercera parte de Tótem y tabú se titula “Animismo, magia y omnipotencia del pensamiento”. Freud, siguiendo a Marett, acepta la división usual del desarrollo de la humanidad en tres estadios: el ani- mista, el religioso y el científico49. Admite la existencia de un estado preanimista en el que el mundo era un “terror sin nombre”. El ani­ mismo constituye un progreso que va desde la magia pura hasta la hechicería. La parte central del capítulo trata de la omnipotencia del pensa­ miento. El Hombre de las Ratas, ese "inteligente cosmopolita primiti­ vo”50, fue quien acuñó la expresión. Cuando cree en la omnipotencia del pensar, la mente se considera capaz de transformar la realidad por el poder de las ideas. El “pensamiento positivo” de Norman Vin- cent Peale representa una versión religiosa con la pequeña ayuda del american way oflife. No estamos lejos del juego del carretel, del fort- da de Más allá del principio de placer51. La omnipotencia del pensa­ miento está relacionada con el arte y la realización de deseos: “Sólo en un campo de nuestra civilización se consuma la omnipotencia del pensamiento, y ese campo es el arte. Solamente en el arte sucede que un hombre dominado por deseos realice algo que se asemeje a la rea­ lización de estos deseos, y que lo haga con sentido lúdico, producto de efectos emocionales -gracias a la ilusión artística-, como si fuese algo real”52. Freud analiza la magia “imitativa” y la magia por “contigüi­ dad”, modalidades que demuestran la eficacia simbólica de la omni­ potencia del pensamiento53.

El cuarto ensayo de Tótem y tabú, considerado el más importan­ te, se llama “El retomo infantil al totemismo”. Se pasa del tabú al tó­ tem. Los tótems, al final, son tabúes, o sea objetos sagrados. Freud toma de Atkinson-Darwin la hipótesis sobre la horda pri­ mitiva: el hombre prehistórico había vivido en pequeñas hordas, go­ bernadas por un macho dominante, sexualmente celoso. Robertson Smith había aventurado que el sacrificio ritual de la comida totémica era su componente esencial. “Adoptando la estrategia comparativa tí-

71

pica de todas sus teorizaciones -nos dice Peter Gay-, Freud aso • esas suposiciones no comprobadas, y bastante inciertas, con las fob* ^ animales presentadas por niños neuróticos, ubicando al complejo*?!

Edipo

Juanito y su fobia a los caballos, junto con el niño de la “fobia a ^ perros”, estudiado por el psicoanalista ruso Woolf55, y un caso comu8 nicado por Ferenczi, el “Pequeño Arpád”56, que se identificaba con ga~ Hiñas y, al mismo tiempo, se deleitaba al verlas matar (caso intere­ sante de “totemismo positivo”, observa Freud)57. El comportamiento de esos “niños problema” lo lleva a interpretar al animal fobígeno co­ mo representación del padre. Concluye que el sistema totémico, tal como la fobia animal de Juanito y la perversión en el gallinero del “Pequeño Arpád”, surgió de las condiciones del complejo de Edipo.

en el centro del escenario.”54 Aquí tenemos el retorno d*

“La hipótesis parece monstruosa", nos alerta Freud58» *5. La re­ construcción freudiana es bien conocida: tenemos un padre feroz y ce­ loso. Padre terrible, que disfruta sin límites del apetito de su sexo, paradigma del gozo bestial. Él es ley suprema en la horda, se apropia de las mujeres y expulsa a los hijos a medida que crecen. “Un día los hermanos que habían sido expulsados se reunieron, apalearon al pa­ dre hasta la muerte y lo devoraron, dando fin a la horda patriarcal. Unidos osaron y consiguieron hacer lo que habría sido imposible para el individuo.”59 Con el acto de comer al padre, ellos completaron la eficacia simbólica de su identificación paterna y “cada cual se apropió de una porción de su fuerza”. La comida totémica - “tal vez la primera festividad de la humanidad”- se revelaba como “la repetición y la ce­ lebración de ese acto criminal memorable”60. La cultura, entonces, nace de “un único acontecimiento catastró­ fico”61. Una especie de Big Bang humanizante, análogo, por el factor sorpresa, a la reacción del infante en el “estadio del espejo” (que luego consideraremos). Del acto consumado surge el remordimiento. Habiendo odiado y al mismo tiempo amado al temible padre primordial, los hermanos antropófagos se sintieron asaltados por remordimientos, que se pre­ sentan como una naciente “conciencia de atrición”. Una especie de “protoculpa” que, teológicamente, establecería la diferencia que va de la atrición a la contrición. En el crisol de esa muerte, el progenitor se vuelve más poderoso que nunca en vida. Los hijos “borran” el gesto parricida con la prohibición de dar*

*5. El manuscrito original hablaba directamente de una “hipótesi monstruosa” (ungeheuerliche Annahme) que, a pedido de Jones, fue diluí con el agregado de “tiene un aire de” (carta de Jones a Freud del 25 de Jun de 1913, The Complete Correspondence of Sigmund Freud and Emest Jone > 1908-1939, 1993, Londres, Harvard University Press).

72

EL

t

al padre sustituto: el tótem. Oprimidos por la atrición, ins-

tabúes fundamentales del totemismo, que debían corres­ p o r punto, a los dos deseos básicos del complejo de

pon^erja muerte del padre y la conquista de la madre. Sobre la base Edip°_ sentimiento de culpa fundarán la civilización. Después del de eS Cto los “hijos retornaron juntos” y se reconocieron como her- asC in p e la misma forma que la fraternidad nace en el acto de lfian°irar la filiación se fragua sobre el cadáver. El asesinato trans-

r°nS a literalmente al jefe de la horda en padre; el parricidio inviste

muerU ^ tauran (

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t

0

l adre de su función. “El padre no existe de no ser matado real o

a. juicamente

”62

Este tema, explicitado aquí por primera vez, se-

sl, jueg0 elaborado por Lacan al hablar del nombre-del-padre. Toda la sociedad humana está construida sobre la complicidad en aquel “acto criminal memorable”. Tótem y tabú puede ser abordado como un mito político, como un contrato que transforma el estado de Natu­

raleza en estado de Sociedad.

Freud creía que los rasgos adquiridos pueden transmitirse gené­ ticamente de una generación a otra. El universo freudiano, en efec­ to, siempre fue lamarckiano en este punto. El propio Darwin, a fin de cuentas, a pesar de sus cáusticas referencias a Lamarck, era la­ marckiano malgré lui al postular que las características adquiridas pueden heredarse. Fue una “perversión” de la naturaleza no adap­ tarse a la impecable lógica de este hombre que, en el siglo XVIII, anunció la teoría evolucionista. “La idea es poner a Lamarck entera­ mente de nuestro lado y demostrar que la «necesidad», que según él, transforma los órganos, no es más que el poder de las ideas incons­ cientes sobre nuestro propio cuerpo, ideas de las cuales podemos ver vestigios en la histeria; en suma, es la «omnipotencia de los pensa­ mientos»”. El libro termina con el famoso verso de Goethe: “En el principio era el acto” (Im Anfang war die Tat). Pues bien, en ese acto se originó a historia humana, la supremacía de Dios, el nombre del padre. En al sentido, como señala Alain Besaron, “no se ha advertido que Tó- y tabú constituye una especie de nuevo Génesis, de la misma ma- era que el Moisés representa un nuevo Éxodo, elaborados ambos so- e e Pa^rón darwiniano de la horda primitiva”63. el T - el insdifucionalización del psicoanálisis, ¿cuál era co Hp » Tótem y tabú? Aquí entramos en lo que Roudines- EdiDfn0miIla Pen°d° dogmático”. Con Tótem y tabú el complejo de diente Paf ° 8 s.er.oendral en la doctrina psicoanalítica: su reconoci­ dos de •S^.Cí)nv‘rdló en la contraseña que permitía diferenciar a adep- rciento d*elf dGl d^n t0rn° ^ ^os Señores del Anillo hacían su jura-

HeÓ®° R e c ib id o Tótem y tabú? s visto que la reflexión antropológica de Freud se basaba en

73

las grandes síntesis etnográficas del principio de siglo. Valiosa J clopedia construida por pensadores que teorizaban sin experienc^^*' recta de field-work. El caso más típico era el de Marett, que acó t* ^ braba decir, no sin razón, que para comprender la mental'H^ primitiva no era necesario vivir con los salvajes: bastaba con frec

tar la sala de profesores de Oxford64.

E1 ensayo freudiano aparece, por desgracia, en un mome crucial de la etnografía, marcado por un replanteo que afecta, sim i° táneamente, su orientación teórica, práctica e institucional Tj|

nueva fundación. Desde el punto de vista teórico, la posición evoltra cionista postulaba una ley común para el desarrollo cultural de tod los pueblos y razas. Esta generalización ya no bastaba. Réquiem na8 ra los “antropólogos de sillón”65. A partir de ese momento, en los co­ rredores de las universidades prevalece la “autoridad etnográfica”' la voz de quien “estuvo allí”, y que, si habla la lengua del salvaje

mejor.

CUen*

J ’

La observación directa se va haciendo prioritaria en dos tiempos En un primer momento, algunos exploradores, que no eran necesaria­ mente antropólogos profesionales, “organizaron expediciones tipo sur- uey”66. Luego, después de la Primera Guerra, surge la necesidad de una exploración sistemática e intensiva, que hace lugar a un nuevo tipo de investigador: el “observador participante”. Radcliffe-Brown es el exponente de la nueva antropología67. Por esas razones, sin necesidad de calar más hondo, Tótem y ta­ bú fue mal recibido desde el momento de su aparición. El influyente Boas, pontífice de la antropología norteamericana, cuestionó la uni­ versalidad del totemismo68. La obra pretensiosa de nuestro antropó­ logo aficionado vienés fue vista como una incursión extravagante en un campo que la joven ciencia había demarcado con celo. “No pode­ mos aceptar -escribe Boas- como un progreso para la etnología, la transferencia grosera de un nuevo método de investigación psicológi­ ca del individuo a los fenómenos sociales”69**6. 1 En realidad, Tótem y tabú fue la obra más rechazada de Freud. El libro se convirtió en un “asesinato metodológico del gran padre”70. Era una mera fábula que sólo ilustraba los sombríos prejuicios del propio autor. La principal polémica fue con Malinowsky. El antropó­ logo polaco, formado en Viena y radicado en Inglaterra, parte en ex­ pedición a las islas Tobriand en 1918 (segunda expedición); allí, si­ guiendo el consejo de Seligman, comienza por “poner a prueba la

*6. En estos tiempos que marcaron el fin de la antropología evolucionis­

ta, aparecieron la antropología funcionalista de Malinowsky y la difusionista

de Rivers. Esta última, continuación de la evolucionista, postulaba mienzo cultural -Egipto-, punto de partida de una difusión cultural, “

sería difusionista.

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Freud

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diana que ve ios sul*iiuí>ujuiu

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Una El oolaco reconoce el mérito de Freud por haber abierto la proble-

. c o n c e rn i e n t e a la “relación entre la vida instintiva y la organi-

social”74, pero afirma que las etapas del desarrollo infantil no zacl°nirtinentes para todas las sociedades. Entre los tobriandeses, su- ?on Pa una regla de filiación matrilineal, “no existe represión ni cen-

reviva conmigo el espíritu de los años que pasé en

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en la Nueva Guinea"’ »-

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J a” del mismo modo que “no existe reprobación moral de la sexua­

lidad infantil de tipo genital, ni un período que corresponda a lo que Freud llama «sexualidad pregenital» y, en particular, ningún interés «anal erótico»”75. Según él, los tobriandeses ignoraban el papel fisioló­ gico del padre en la procreación. Los impulsos hostiles del bebé mela- nesio se dirigían al tío, y la hermana era el objeto incestuoso. Las cul­ turas regidas por el derecho materno presentaban un “complejo nuclear” caracterizado por el “deseo de casarse con la hermana y ma­ tar al tío materno”76, es decir, por un complejo diferente del complejo

de Edipo. El Profesor, como de costumbre, no entró en el debate, contentán­ dose con una ironía: “¿Cómo es posible? Ese pueblo, entonces, no tie­ ne ano”77. Jones, igual que antes con Janet, se lanza a la polémica co­ mo paladín de la Causa. Estaba capacitado. Su interés por la antropología era muy antiguo, tanto como su amistad con Trotter, el “cirujano filósofo”78. Juntos habían estudiado a Tylor. En el debate con Malinowsky, Jones aborda el tema de la nega­ ción de la “paternidad copulativa”. Éste había sido uno de los hallaz­ gos más espectaculares de los nuevos antropólogos79. El asunto era:

¿cómo nacen los bebés? Jones sugiere que la ignorancia de la paterni­ dad fisiológica no es tan auténtica como parece, y “que el sistema de derecho materno, con su complejo avunculado, representa un modo de defensa frente al comnlpio do EHino”80. Esto es. un no auerer saber

ce ( "a*re Ubre que se respira” con las tribus de la Melanesia apare- Toh1V1<^amen^e <^escrh'° en el “Diario” de su segunda expedición a las islas Pact^^T^i^Ue Se Prest'ana a un rico ensayo psicoanalítico, pues revela el im- bre ° 1 ^°S eskelt°s y desinhibidos cuerpos desnudos de las tobriandesas so- ^ q -S P°laco “erótico”, atravesado por un voto de castidad (B. Malinowsky,

O' m the Strictest Sense ofthe Term} New York, 1967).

sabiendo. El tema no era nuevo para Jones. Él, en 1914, había n kJ í cado un ensayo, La concepción de la Virgen por el oído81, interpr^t do esta “concepción gaseosa” como una expresión fuertemente suhr' mada de las teorías sexuales infantiles, en las que las cigüe' también tienen su lugar. Escribió entonces: “Es probable que to d l las creencias en una concepción milagrosa provengan del deseo inf ^ til de excluir al padre (genital! de todo lo que tenga que ver con propio nacimiento”82. Tótem y tabú fue polémico, aun dentro del grupo analítico. El a tropólogo Geza Roheim -que ya había refutado la idea de la mavo* ambivalencia del salvaje- criticó la teoría de la horda primitiva de Atkinson-Darwin. Sostuvo además que los trabajos ulteriores realiza dos con primates superiores no ratificaban la dramática teoría de 1n ^

horda primitiva83.

i

9

De la misma manera, Tótem y tabú tuvo poco impacto en la teo­ ría política84. Su importancia teórica fue corroída tanto por las gene­ ralidades de una antropología evolucionista como por el problema de

la realidad histórica del crimen primario. Peter Gay considera que la realidad histórica del parricidio primordial no era esencial para el ar­ gumento del libro. Ese “acto criminal memorable” podía pasar como ficción. Los sentimientos de culpa serían transmitidos por mecanis­ mos menos rebuscados y científicamente más aceptables. Los neuróti­ cos, de noche, asesinan a sus padres en sueños, sin tener que ejecutar el crimen. “Presentando ese cuento asombroso, no como un hecho -sostiene Peter Gay- sino como una fantasía que aflige a los jóvenes

a través de los siglos

Freud podría haber abandonado su tesis la-

marckiana”85. Lo mismo cabe decir, como veremos, con respecto al

Moisés, en un principio concebido como “novela histórica”. Existe una diferencia entre la verdad y lo verosímil. Verdad histórica no quiere decir la historia de la verdad. Pero Freud insiste: en el principio era el acto. Hablando de la compulsión de repetición, el escenario recuer­ da a 1890, cuando le había costado mucho abandonar la teoría “ac­ tuante” de la seducción. Siempre consideró importante ese grano tác­ tico de arena que aglutina la perla fantasmática. De hecho, hasta el final de su vida sostuvo la realidad del parricidio original: “Aún hoy defiendo esa construcción -afirma en su Moisés-; repetidas veces tu­ ve que oír censuras vehementes por no haber modificado mis concep­ ciones en ediciones ulteriores del libro, después de que etnólogos más recientes rechazaran la hipótesis de Robertson Smith y presentaran otras teorías. Pero no me convencí de la corrección de esas innovacio­ nes ni tampoco de que fueran erróneas las ideas de Robertson

Smith”86.

|

Tótem y tabú, tomado como una pieza del autoanálisis, fue im; portante para la elaboración final del duelo paterno. Jones y Ferenc# leyeron juntos las pruebas, coincidiendo en que “Freud, en su imag1' nación, había vivido las experiencias que describía en su libro, su en-

76

presentaba la excitación de matar v comer al padre, y sus tuSÍaS c a n sólo reactivas”87. dud^ Y‘ncz\va más lejos e interpreta el humor de Freud:

i o hra es una comida totémica. Usted también es el sacerdote

■ J

I e

Mitra que mata al padre con sus propias manos; sus discípu-

testigos de ese acto “sagrado”. En La interpretación de los

l0S ños usted libró el combate contra su propio padre; en su tra­ bajo sobre el Tótem, lucha con las figuras religiosas paternas tan­

tasmáticas.

Entonces:

Eso explicaría la fiesta jubilosa durante la génesis de la obra (en el acto del sacrificio), seguida después por los escrúpulos. Estoy convencido de que el trabajo sobre el Tótem algún día se convertirá en un punto nodal de la historia de la civilización hu­

mana88.

Grosskurth opina que “Tótem y tabú se mezcla con la vida de fan­ tasía de Freud”89. En esa época, según ella, el Profesor tenía buenas relaciones con Sabina Spielrein y, al analizar a Elma Palos y Loe Kann, “estaba separando a las mujeres de sus «hijos» [de él]”90. Y por si todo esto fuera poco, los Señores del Anillo organizaron “una cena festival el 30 de junio, cuando Jones y Ferenczi se unieron a Sachs y Rank para ofrecer a Freud una comida «totémica» en el Konstantinhügel, en el Prater. Coronando la noche, Loe Kann le hizo entrega de una estatuilla que él adoptó como su tótem oficial”91.

Lo que caracteriza el mito de Tótem y tabú es que el padre surge ex nihilo, sin haber vencido antes a su propio padre. Es un fundador de genealogía, pero que en rigor se encuentra fuera de ella. Ahora bien, como lo señala Le Guen, ésta es prácticamente la situación de rreud en relación con el psicoanálisis: invención suya, ella lo consti- uye en fundador sin origen y sin pasado. “Podemos preguntarnos asta qué punto Freud, dominado por su fantasma, no creó en parte una situación en la que se identificaba con el padre de la horda primi­ lla. El hecho es que iba a protegerse de la actualización del fantas-

” En un primer momento, él se

hah?°r mec^°

mo tal-mpU^St° como Padre, incitando a sus discípulos a tratarlo co-

un Pasaje al acto

Por a\ , aC*U1 vale e* comentario de Mezan, que se pregunta: “¿Cómo y

es^ fantasma y, sobre todo, por qué Freud, en vez de

al Qgjp r °> ^Ptó por un «pasaje al acto», que inscribió definitivamente

ues?* p ana,is^s en

analizó

(maléfica, diría yo] historia de las institucio-

“destimlTstang se vale de un argumento similar cuando habla del

81 se tratadeSt°

^e^.pac*re del psicoanálisis, aunque no queda claro

I

e Un destino funesto o de un designio sombrío. Frente a la

77

dependencia infantil de los Señores del Anillo, nació una gen de analistas que confundían la teoría con la persona del Aun después de su muerte, la constante referencia a la figura eSor< obra del padre fundador perpetuaron esta transferencia condenad** ® “acto excomulgatorio”. La estocada de Roustang apunta, en rean ^ a Lacan, cuyos discípulos repiten, en escala de grandeza exten*^’ los fenómenos que impidieron la resolución de la transferirá SlVa>

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parte de los primeros . psicoanalistas92. . .

.

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p0r

NOTAS

1. Eugéne Enriquez, Da horda ao estado, 1990, Río de Janeiro, Zahar pág 28.

2 . Carta de Freud a Jones del 9 de agosto de 1911, R. Andrew Paskausas (comp.), The Complete Correspondence of Sigmund Freud and Ernest Jones

1908-1939, 1993, Londres, Harvard University Press, pág 113.

*1

3. SE, XII, pág. 81. 4. SE, XII, págs. 342-3. Carta de Freud a Ferenczi del 4 de mayo de 1913, Sigmund Freud-

5.

Sandor Ferenczi, Correspondance, 1992, París, Calman-I^evy, pág. 510. 31

6 . Carta de Freud a Ferenczi del 16 de diciembre de 1912.

j

7. Carta de Freud a Ferenczi del 3 de abril de 1910, Sigmund Freud-

Sandor Ferenczi, Correspondance, pág. 165. 8. Renato Mezan, Freud, pensador da cultura, 1985, San Pablo, Brasi- liense, págs. 322-6.

 

1

9.

Carta de Freud a Silberstein del 6 de agosto de 1873, Lettres de jeu-

nesse, 1990, París, Gallimard, pág. 63.

|

10.

SE, XXI, pág. 43.

A

11. Carta de Freud a Jones del 4 de noviembre de 1911, citada por Er­ nest Jones: A vida e a obra de Sigmund Freud, 1989, Río de Janeiro, Imago, II, pág. 351.

12. Andrew Samuels, Jung e os pós-junguianos, 1989, Río de Janeiro,

Imago, capítulo III.

«I

.

13. Carta de Freud a Jung del 12 de noviembre de 1911, Freud-Juig>

Correspondencia completa, 1976, Río de Janeiro, Imago, pág. 524.„

14. Carta de Freud a Jung denoviembre de 1911, ibíd., pág. 524.

15. Carta de Jung a Freud del 8 de mayo de 1911, ibíd., pág. 482. 2

16. Carta de