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LA VOCACIÓN

Introducción
Este concepto tiene una carga teológica, ya que expresa el
encuentro entre la iniciativa divina y la respuesta humana, entre
eternidad y tiempo. Es clave en la comprensión de la
espiritualidad cristiana, pues la vida de Cristo, y de todo seguidor
suyo, tiene carácter vocacional.
En su etimología del término griego KALEIN significa llamar,
convocar a alguien, también tiene el sentido de invitar, y por
último de dar nombre, que es tanto como otorgar un estatus
opuesto en el mundo (así los padres al dar nombre a su hijo
culmina en el acto procreador, distinguiendo la nueva criatura de
todas las demás, a imitación de Dios, que llamando a Adán y Eva
por su nombre nos llama la existencia, y a su vez, invitando a dan
a dar nombre a los animales le hace participar en el proceso
creador, al tomar no sólo la propiedad sino también la
responsabilidad del cuidado de las criaturas que ha puesto en sus
manos.
Actualmente, el significado moderno de vocación, como
inclinación a cualquier estado, profesión o carrera, denotan la
tendencia natural del sujeto hacia una actividad que le atrae,
dando sentido a su existencia, siguiendo un instinto que lleva a la
realización y plenitud de su ser persona en medio del mundo y de
la sociedad, poniendo a su servicio los dones y aptitudes que ha
recibido en su naturaleza humana, y que en la fe son don de Dios,
y por ende, conllevan una tarea encomendada por Él como
misión.

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1. LAS SAGRADAS ESCRITURAS
Ya en el antiguo testamento los llamados constituyen a un pueblo
elegido, dentro del cual Dios llama singularmente a cada uno para
realizar una misión específica a favor del mundo, y siempre en
colaboración con la comunidad creyente.
Con la llamada divina, Dios invitó a Abraham; y luego a los
hebreos esclavizados en Egipto, por medio de Moisés, a salir de
su tierra, a evadirse de las estructuras establecidas por el hombre,
para llevar a todas las gentes una bendición, el mensaje de
salvación, la liberación de toda opresión, según la voluntad
establecida por Dios, siendo a su vez portadores de una llamada
universal a la santidad, que no es otra cosa que pasar por este
mundo mirando, contemplando las criaturas, con los ojos de Dios.
En las diversas narraciones bíblicas de vocación coincide una
estructura común:
1º la iniciativa es siempre de Dios, que elige una persona a la cual
se dirige para darle a conocer su voluntad.
2º esa voluntad consiste en el cumplimiento de una determinada
misión, en la consigna del encargo relacionado con el destino de
su pueblo.
3º esa iniciativa divina requiere una respuesta por parte de dicha
persona: su libertad es interpelada a manifestar la propia
disponibilidad para ser instrumento y servidor de Dios.
En el nuevo testamento los discípulos son llamados a dejar las
redes, para convertirse en pescadores de hombres. El significado
metafórico de este pasaje evangélico simboliza la misión de
rescatar al hombre del mal, que no deja de acecharnos. Si no
creemos en la influencia del mal sobre nosotros, para qué vino
Jesús, para que se reveló Dios, y para qué predica y por qué ora la

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Iglesia. Tenemos que tener muy claro que un cristiano es un
seguidor de Cristo, un continuador de su misión, y los santos no
son otra cosa que instrumentos elegidos por Él para actualizar en
el mundo la presencia constante de Cristo entre nosotros.
Como sabréis en un principio los cristianos eran llamados santos,
y Santo no significa otra cosa que una persona elegida, para
dedicarse de manera especial a una misión concreta (estar
consagrado a), que en vuestro caso es una vida comunitaria de
oración en alabanza a Dios, como acto de reparación, y como
súplica, por la conversión de los pecadores, por la salvación de
muchas almas, que Dios pone en encomienda a vuestras
plegarias.
Aunque resulte difícil de creer, una vida coherente con la
voluntad de Dios y que intercede en su oración por otras personas,
tiene una fuerza, un poder y un resultado efectivo, que causa
efectos espirituales reales en la persona por la que se reza, pues
por este medio se aparta la influencia de los malos espíritus de
dicha persona. Y por otro lado, se invoca la influencia benéfica de
los santos, de los ángeles, y sobre todo el espíritu Santo, que
actúan sobre la conciencia humana, que guía nuestras decisiones,
nuestros actos.

2. EL TESTIMONIO DE LA TRADICIÓN
Los primeros cristianos fueron cruelmente perseguidos hasta la
muerte, y eran considerados en su mayoría como mártires, en su
significado original mártir significa dar testimonio, y aunque a
veces no lo creáis vuestra vida encerrada en este monasterio es un
testimonio que valora en gran medida las gentes que os rodean, es
un orgullo para el pueblo, es un recuerdo constante de la
presencia de Dios en medio de ellos, aunque a veces puedan

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considerar como un sin sentido vuestra forma de vida; estéril en el
sentido genético, pero sin embargo, en nuestra fe, un vergel de
fertilidad, donde se da a luz, se lleva a la Luz, a infinidad de
almas, de seres humanos creados por Dios, y encomendados a
nuestro cuidado, para llegar a su plena realización, que es vivir
eternamente junto a él, sin olvidar la terrorífica posibilidad de que
muchas personas se pierden, lo rechazan, para vivir eternamente
en soledad la oscuridad del odio y el rencor, no pudiendo
experimentar la paz, la alegría y la felicidad del amor, que se
siente estando junto a Dios, en comunión con Él, con su voluntad,
pues Él sólo quiere lo mejor para nosotros, sin ninguna
imposición.
Tras las terribles persecuciones romanas, en el siglo cuarto llegó
la paz con Constantino, y la Iglesia pasó de ser perseguida a gozar
de libertad y un estatus privilegiado en la sociedad. Sin embargo
el fin de las persecuciones, y los bautismos masivos y obligatorios
para los paganos, sin una auténtica conversión, condujo a la
religiosidad cristiana a un declive en su ejemplaridad de
comportamiento moral.
Este debilitamiento de la vida cristiana desencadenó el
surgimiento de la vida monástica, personas que decidieron
apartarse de las poblaciones donde reinaba la inmoralidad, para
poder llevar a cabo una vida en comunidad donde reinará la
voluntad de Dios, es decir una vida humana con mayor
coherencia. De este modo se dedicaban no sólo a la oración sino
también a la ayuda de los más desfavorecidos, y la asistencia a los
enfermos e impedidos.
De este modo paulatinamente el concepto de vocación entendido
como llamada de Dios dirigida personalmente a todos los
bautizados, se desliza hacia un sentido personal de llamada
interior a seguir a Cristo ser una forma de vida, que hasta hace

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poco ha sido llamada "estado de perfección", pero que en realidad
comenzó por ser una forma de vida acorde al designio divino
sobre el hombre, y que a su vez de manera implícita, era una
denuncia de las formas de vida desviada, y a su vez un incentivo,
una llamada, a llevar una existencia con sentido.
Posteriormente se fue institucionalizando la vida monástica en
diversas órdenes establecidas bajo el amparo de la jerarquía de la
Iglesia, de una manera organizada, dando lugar así a una forma de
vida que era elegida por gran parte de la población, sin que ello
desdijera de la religiosidad de las gentes del pueblo que poco a
poco también fueron adquiriendo una vida de mayor piedad y
coherencia con la moral cristiana. Con la salvedad de que la
respuesta positiva a la vocación de una vida monástica conllevaba
una serie de renuncias para poder llevar a plenitud los llamados
consejos evangélicos, que se concretan o resumen en los tres
votos de obediencia pobreza y castidad a partir del siglo XIII.

3. MAGISTERIO
hasta no hace mucho la vida consagrada era denominada "estado
de perfección", a partir del concilio Vaticano segundo, todo
cristiano, todo miembro del pueblo de Dios, esta llamado a la
santidad, y los medios para llegar a ella incluyen el matrimonio
por la soltería como situaciones en las que una persona también
está llamada a seguir a Cristo. Esto no resta la importancia que
luego se le da a todas las formas de vida religiosa, como pilar
fundamental de la Iglesia en la evangelización, la oración y las
obras de caridad.

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4. ELEMENTOS DE LA VOCACIÓN
4.1. La elección divina
Dios elige y predestinada para ser conformes a la imagen de su
hijo, para ser hijos en el hijo. Por pertenecer al ámbito del
conocimiento divino, la elección constituye un misterio
insondable: la vocación es el misterio de la elección divina. "No
me habéis elegido vosotros a mi, sino que yo os he elegido a
vosotros" (JN 15.16). Un correcto planteamiento de la misteriosa
relación entre predestinación y libertad exige huir de las
concepciones opuestas de vida, como destino ciego, y de vida,
como casualidad.
Descartadas estas ideas por la fe, hay que poner atención en no
caer en la primera concepción: Dios no juega con el hombre una
partida de ajedrez conociendo de antemano los movimientos que
éste realizara, ni impondrá así su voluntad siempre vencedora.
Dios es un padre que, por amor al hombre y al don de naturaleza
más grande concedido, la libertad, ha enviado a su unigénito para
revelar su plan de salvación y glorificación.
Por su parte, el hombre no se sitúa ante un dios lejano y ajeno a su
existir, sino ante un padre amoroso que, queriendo lo mejor para
el, tiene previsto un designio personal e intransferible. Ese plan
divino no de buscarlo el hombre en una mente eterna e
inaccesible, sino en la historia de la propia existencia vivida en
confiado diálogo con el punto Dios concede a la libertad un
espacio grande: la predestinación no la elimina ni sustituye, la
crea y le da sentido.
Pero para firmar el protagonismo de la libertad, es decir, la
aceptación del hombre de la modalidad histórica en la que se
concreta y realiza su filiación, no hace falta negar la existencia de
un designio divino eterna.

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Esta elección es, por tanto, eterna, desde siempre y para siempre:
"porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables" (RM
11.29); gratuita, en el sentido de que precede cualquier mérito
humano; y comporta una misión particular una tarea la historia de
la salvación, cuyo contenido se determinará de acuerdo con las
dotes recibidas con la personal condición de estado de vida.

4.2. Manifestación de la elección o llamada.


En sentido estricto, la vocación es la manifestación en el tiempo y
en la historia de esa elección divina. En el caso de los patriarcas,
profetas, apóstoles, Dios llama directamente, pero lo habitual es
que se sirva de mediaciones humanas y utilice sucesos corrientes
y factores como la familia y la educación cristiana. Casi nunca
llama Dios con hechos extraordinarios, milagrosos, contundentes
o totalmente evidentes.
Aunque el conocimiento, siempre genérico y en sus rasgos
esenciales, de un plan de Dios pueda tener lugar en un
determinado momento, la vocación no es, sin embargo, sinónimo
de instante, de suceso inmediato, sino que adquiere los rasgos de
una historia: implica tiempo y duración (conlleva un proceso),
aunque pueda tener un momento clave.
La llamada es dinámica y progresiva ya que Dios no manifiesta de
golpe todos los detalles de una vocación, sino de los va mostrando
poco a poco con el paso de los años: cada situación y
acontecimiento va escribiendo la vida del hombre y manifestando
su "contínua" vocación.

4.3. Escucha y discernimiento de la vocación.

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Para que la llamada divina resuene en lo profundo del alma se
requiere tener conciencia de estar siendo interpelado y saber
discernir su contenido con una certeza moral que difícilmente será
absoluta y total, pues la evidencia racional deja poco espacio a la
libertad del amor. La disponibilidad a la llamada interior del
espíritu es inseparable del diálogo habitual con Dios y, de la
sensibilidad a las necesidades de la Iglesia, y del mundo.
Las aptitudes o idoneidad para seguir un determinado camino, la
rectitud de intención, las orientaciones y consejos que la dirección
espiritual, son signos internos y externos que pueden corroborar la
autenticidad de la vocación.

4.4. La respuesta humana.


Dios no deja de conceder las gracias necesarias, la luz de la
inteligencia y el impulso en la voluntad, para que el hombre
pueda discernir la llamada, decidir su respuesta, y llevar a cabo la
misión encomendada, en palabras de San Pablo: "Dios da el
querer y el obrar" . La respuesta a la iniciativa divina no debería
ser nunca fruto de la superficialidad y menos aún de una
inclinación pasajera.
Ésa respuesta tiene carácter de totalidad puesto que la vocación es
abarca nuestro ser, abraza la vida entera en todas sus facetas y
momentos: la fe y la vocación de los cristianos afectan a toda
nuestra existencia. Esto no significa que todas y cada una de las
acciones del cristiano estén orientadas únicamente por la llamada,
como si la libertad consistiera en la mera aceptación de una
voluntad divina que fuera siempre comprobable, sino que cada
una de las decisiones y acciones deben ser tomadas y vividas en la
lógica de la vocación, unificando la entera existencia cristiana.

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Otro aspecto de la respuesta que su carácter permanente: si la
respuesta la vocación un acto de amor a Dios, perseverar es
permanecer en esa respuesta de amor es fidelidad dinámica (en
este monasterio también perseveran los muebles, lo importante en
la vocación es la fidelidad), por tanto es un ejercicio constante de
la libertad para madurar la propia vocación y realizar el proyecto
divino, que sólo conoceremos plenamente al entrar en la
eternidad. La respuesta la vocación constituye, por tanto, un
compromiso personal que incluye la entrega a Dios del propio
futuro.