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Marcos Gómez Sancho. Tomo III Avances en CP. Cap.

91 Duelo

Podemos definir el duelo (del latín dolus, dolor) como la reacción natural ante la
pérdida de una persona, objeto o evento significativo. O también, como la reacción
emocional y de comportamiento en forma de sufrimiento y aflicción cuando un
vínculo afectivo se rompe. Incluye componentes físicos, psicológicos y sociales,
con una intensidad y duración proporcionales a la dimensión y significado de la
pérdida. Es un proceso normal, por lo cual, en principio, no se requiere del uso de
psicofármacos ni de intervenciones psicológicas para su resolución (p.447).

El luto (del latín lugere, llorar), es el duelo por la muerte de una persona querida:
se manifiesta con signos visibles externos, comportamientos sociales y ritos
religiosos. Podríamos decir que se trata del conjunto de ritos y símbolos sociales,
que favorecen el adecuado en-cauzamiento del sentimiento de pérdida del
doliente. Antes se hablaba indistintamente de duelo y luto. Hoy son conceptos
diferenciados. Se reserva la denominación de luto a los aspectos más externos y
convencionales, más formales y sociales, del comportamiento humano ante la
pérdida del ser amado. Y se aplica el término duelo para nombrar las reacciones
afectivas y, en especial, el proceso psíquico de elaboración del dolor de la muerte.
Precisando un poco más desde esta posición (p. 458).

Guía de duelo en el adulto

Duelo anticipatorio
El duelo anticipatorío comienza cuando la familia toma conciencia de la cercanía
de la muerte de un ser querido. Esto suele ocurrir generalmente cuando el equipo
médico les comunica la noticia del fallecimiento inminente o de la terminalidad del
proceso. Ahí comienza el temor a lo desconocido: el miedo al dolor que van a
experimentar tras la pérdida y los cambios en su estructura, funcionamiento y
sistema de vida. Ninguna familia, por estoica que sea, es inmune al duelo
anticipatorío.

Hoy en día la mayoría de los autores considera que el duelo anticipatorío es una
respuesta adaptativa positiva ante la muerte, porque da a las personas la
oportunidad de comenzar a trabajar los cambios profundos que conlleva la pérdida
(Aldrich, 1974) (Siegel y Wens-tein, 1983) (Rosales y Olmeda, 2001).

El duelo anticipatorío significa que la familia se va preparando para la realidad de


la muerte que se avecina y para las tareas que van a afrontar tras la pérdida. Se
conciencian para aceptar que su ser querido va a morir; para adaptarse a todas
las emociones e imaginarse sus vidas sin él. Sin embargo, y a diferencia del duelo
post-mortem, en el duelo anticipatorío hay un componente de esperanza (Rosales
y Olmeda, 2001).
Anticipar una muerte es una parte importante de la experiencia de esa pérdida. La
anticipación puede ayudar a los dolientes a prepararse para lo que les espera. Al
igual que el duelo, no todo el mundo lo va a experimentar de igual manera, ni
siquiera dentro de la misma familia.
Duelo y Fe

Denostada por unos y ensalzada por otros, la fe, como no puede ser de otra
manera, aparece rodeada de un halo de misterio. Muchas personas se plantean
qué papel juega la fe en la resolución del duelo. Por eso, en este capítulo
analizaremos algunos de los interrogantes que la fe nos plantea. Por ser la
mayoritaria en España, de entre todas las religiones analizaremos la fe católica,
aunque muchas de las reflexiones son extrapolares a otras religiones.

En primer lugar, la fe nos enfrenta a preguntas a las que no podemos dar


respuesta, ya que al fin y al cabo se basa en eso: en creer sin evidencias. La fe
puede ser un refugio para quienes han perdido a un ser querido, teniendo en
cuenta que una de las promesas que nos hace la religión es que nos
reencontraremos con nuestros seres queridos cuando muramos y que la persona
que hemos perdido está en un lugar mejor.

Para muchas personas, la fe es un apoyo muy importante. En nuestra experiencia


como psicólogos, hemos comprobado que la fe es un bastión que permite aligerar
el dolor a las personas creyentes. Hay quienes, ante una pérdida, se aterran a la
fe como a una tabla de salvación, lo que les aporta sosiego y serenidad. Sin
embargo, también hay personas que no son creyentes, siendo éste un factor que
no les resulta imprescindible para superar el duelo.