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Patricia Churchland lo explica así:

La principal tarea [del cerebro] es poner en su debido sitio a las distintas partes
del cuerpo con el fin de que el organismo como tal sobreviva. Las mejoras en el
control sensomotor suponen una ventaja evolutiva: un estilo más sofisticado de
representación [del mundo] es ventajoso siempre y cuando […] potencie las
oportunidades de supervivencia del organismo como tal. La verdad, cualquiera
que esta pueda ser, pasa a un segundo plano.

Thomas Nagel, el destacado filósofo y ateo, se muestra de acuerdo en el último


capítulo de su libro La última palabra. Nagel se pregunte:
[¿Podemos tener] una confianza continuada en la razón como fuente de
conocimiento acerca del carácter no aparente del mundo? En sí misma, creo yo,
la historia de la evolución [de la raza humana como tal] no da razón que
justifique esa confianza.25

Ahora bien, si es en verdad cierto que no podemos fiarnos de


nuestras facultades inductoras de creencias para que nos expliquen la verdad de
Dios, ¿por qué deberíamos confiar en ellas como fuente de información
fidedigna respecto a cualquier posible cosa, la ciencia evolutiva incluida?