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“Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo”

“Me niego a vivir en un mundo ordinario como una mujer ordinaria.

A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis.

Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo.

No me adaptaré de mi mundo. Me adaptaré de mi misma”

"El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo,

tan indispensable como la poesía."

"La vida se dilata o expande en proporción al propio coraje"

"Sólo el latido unísono del sexo y el corazón puede crear éxtasis"

"No vemos jamás las cosas tal cual son,

las vemos tal cual somos"

"Sólo creo en el fuego. Vida Fuego.

Estando yo misma en llamas enciendo a otros.

Jamás muerte. Fuego y vida"

"La única anormalidad es la incapacidad de amar"

"Yo, con un instinto profundo,

elijo un hombre que provoca mi fuerza,


que ejerce demandas enormes sobre mi,

que no duda de mi coraje ni mi rudeza,

que tiene coraje de tratarme como una mujer"

"Es la culpa, el miedo,

la impotencia lo que hace crueles a los hombres"

"La carne contra la carne produce un perfume,

pero el roce de las palabras

no engendra sino sufrimiento y división"

"Hay sólo dos clases de libertad en el mundo;

la libertad del rico y poderoso,

y la libertad del artista y el monje

que tienen el coraje de renunciar a las posesiones"

"Cuando haces un mundo tolerable para vos,

haces un mundo tolerable para otros"

"Somos como escultores,

constantemente tallando en los demás imágenes que

anhelamos, necesitamos o deseamos,

a menudo en contra de la realidad,

contra su beneficio, y siempre, al final,


un desengaño,

porque no se ajusta a ellos"

"Hay dos modos de llegar a mí, mediante los besos o la imaginación.


Pero existe una jerarquía; los besos por sí solos no bastan."

“Artaud… la cara de mis alucinaciones. Los ojos alucinados. Los rasgos


angulosos, tallados por el dolor. El hombre soñador, diabólico e inocente,
frágil, nervioso, potente… Realmente es un hombre alucinado y alucinante…
es un decadente quebrantado y tembloroso, otro “decadente entusiasta”…
opio, quizá. Sus ojos trascienden lo que miran. La cara demacrada, la malicia,
la pasión, la violencia.”

Anaïs Nin, 12 de Marzo de 1933.

En “Incesto: diario no expurgado” 1932-


1934

de Junio de 1933 (C)

[...]

Vi a Artaud apresado por la sacerdotisa inca, por la serpiente


emplumada, por las plumas y la fluidez, la astucia y la ternura.

-Tan frágil y suave –dijo. Y me miro con ojos


absolutamente trastornados. Absolutamente trastornados.
-La gente cree que estoy loco –añadió.

En ese momento sus ojos me dijeron que efectivamente lo


estaba, y amé esa locura. Al mirar los bordes ennegrecidos por el
láudano, una boca que no quería besar…, y supe que otra vez me
atraía la muerte, siempre me atraía la muerte, hasta el fin, las
culminaciones, las locuras. Ser besada por Artaud era ser
envenenada; conocía esos estremecimientos de una vida
espectral y e sorprendía que Artaud me considerara tibia y
carnal…

-No esperaba encontrar mi locura en ti –declaró.

Hablaba como un poeta y yo reía al pensar en mi avidez de


poesía. ¿Estaba ahí con Artaud porque vertía poesía; porque
creía en la magia; porque se identificaba con Heligábalo, el
emperador romano demente; porque su teatro, sus obras y su
ser estaban entrelazados; porque en el taxi hablaba como
Hamlet y se apartaba el pelo de la cara aterradoramente mojada
y demacrada? Ha atrapado mi imaginación. La domina; camina,
habla, lee, evoca momias, decadencia romana, drogas, locura,
muerte. Y yo trataba nuevamente de entrar en una experiencia,
atravesarla sin entregar mi yo, y era cada vez más difícil…
penetro con cautela en las regiones fantásticas de Artaud, y él
también pone sus manzanas torpes sobre mí, sobre mi cuerpo y,
como la mandrágora al roce de la mano humana, doy alaridos.
Anaïs Nin

En “Incesto: diario no expurgado” 1932-


1934

8 de Junio de 1933 (B)

[...]

Sé que me veo arrastrada a esta impasse una y otra vez, y que


enfrento el mismo desenlace, la posesión física.; y que no me
interesa ala posesión física sino el juego, como el sucede a don
Juan, el juego de la seducción, de enloquecer al otro, de poseer a los hombres, no solo
físicamente sino también sus almas; soy más absorbente que las putas.

[...]

Juego con el sexo, pero también con las almas, las


imaginaciones. Una puta es una puta honrada. Yo seduzco los
cuerpos y las almas de los hombres, juego con cosas serias,
sagradas. Como dijo Henry, amo el sacrilegio. Soy una nueva
clase de hechicera. Los hombres de vida seria, profunda, los que
no caen en las redes de las putas, los hombres menos sometidos
a la voluntad femenina: he ahí los hombres que poseo. Soy un
veneno que no se limita a atacar la carne, sino que penetra hasta
fuentes más profundas.
Anaïs Nin

En “Incesto: diario no expurgado” 1932-1934

8 de Junio de 1933 (A)

Hugh se va de prisa a Londres, Henry viene a Louveciennes.


Dejo a Henry para ver a Artaud, que me recibe con cara
atormentada:

-Soy clarividente. Veo que no hablabas en serio el otro día.


Inmediatamente después de nuestra conversación en el jardín,
te volviste fría y distante; tu rostro se volvió impenetrable.
Escapabas al roce de mi mano. Huías. Ah, eres peligrosa,
siempre lo supe…

-Pero no se trataba de amor humano.

-¡Pero somos seres humanos! ¡Es monstruoso lo que esperas de


un hombre!

Sabía que Artaud era un loco enfermo y atormentado, sentía


interés por él, pero no un interés humano; y él, tan morboso e
inestable, quería el trofeo que , sabía, reclamaban Allende,
Henry y Eduardo, y lo quería todo para sí… no sé porque.
Sentados en el Coupole, nos besamos y traté de demostrarle que
era sincera, que era un ser dividido, que eso no era un juego sino
una tragedia… porque no podía amar imaginativamente y a la
vez humanamente. Y poco a poco la historia de mi “locura”, tan
semejante a la suya, lo conmovió… Porque los seres humanos le
parecen espectrales y él teme la vida, duda de ella. Dice que lo
fascinaban mis deslizamientos, mi lucidez, mi vitalidad… que era
la serpiente emplumada… víbora y ave…

Anaïs Nin
En “Incesto:
diario no expurgado” 1932-1934

2 de Agosto de 1933

…Como si el amor por mi padre me hubiera dado el coraje para


vivir mi vida sin miedos. Nadie volverá a sufrir a causa de lo que
Artaud llama mis “oscilaciones tenebrosas”. No habrá más
excusas ni justificaciones. Si a los ojos de cierta gente soy
perversa o monstruosa, tant pis. Sólo me importa mi propio juicio.
Soy lo que soy.

[...]

Ahora Artaud ha lanzado su anatema (la furia de un monje


castrado) y me ha declarado un ser peligroso y maléfico… ¿qué
pasa?

Me acusó de vivir “literariamente”, de llevar una vida romántica.


¿Qué tiene de malo vivir literariamente, si es mejor que la
realidad?

A medida que aumentan nuestras fuerzas, nos volvemos más


malignos. El débil sufre. Me parece que experimenté cierto placer
al torturar a Artaud. Fui irónica y devolví los golpes. No permití
que me acusaran.

Anaïs Nin
En
“Incesto: diario no expurgado” 1932-1934

The Diary of Anaïs Nin, Volume 1: 1931-1934


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"Am I, at bottom, that fervent little Spanish Catholic child who chastised herself for loving toys,
who forbade herself the enjoyment of sweet foods, who practiced silence, who humiliated her
pride, who adored symbols, statues, burning candles, incense, the caress of nuns, organ
music, for whom Communion was a great event? I was so exalted by the idea of eating
Jesus's flesh and drinking His blood that I couldn't swallow the host well, and I dreaded
harming the it. I visualized Christ descending into my heart so realistically (I was a realist
then!) that I could see Him walking down the stairs and entering the room of my heart like a
sacred Visitor. That state of this room was a subject of great preoccupation for me. . . At the
ages of nine, ten, eleven, I believe I approximated sainthood. And then, at sixteen, resentful of
controls, disillusioned with a God who had not granted my prayers (the return of my father),
who performed no miracles, who left me fatherless in a strange country, I rejected all
Catholicism with exaggeration. Goodness, virtue, charity, submission, stifled me. I took up the
words of Lawrence: "They stress only pain, sacrifice, suffering and death. They do not dwell
enough on the resurrection, on joy and life in the present." Today I feel my past like an
unbearable weight, I feel that it interferes with my present life, that it must be the cause for this
withdrawal, this closing of doors. . . I am embalmed because a nun leaned over me,
enveloped me in her veils, kissed me. The chill curse of Christianity. I do not confess any
more, I have no remorse, yet am I doing penance for my enjoyments? Nobody knows what a
magnificent prey I was for Christian legends, because of my compassion and my tenderness
for human beings. Today it divides me from enjoyment in life."
p. 70-71

"As June walked towards me from the darkness of the garden into the light of the door, I saw
for the first time the most beautiful woman on earth. A startling white face, burning dark eyes,
a face so alive I felt it would consume itself before my eyes. Years ago I tried to imagine true
beauty; I created in my mind an image of just such a woman. I had never seen her until last
night. Yet I knew long ago the phosphorescent color of her skin, her huntress profile, the
evenness of her teeth. She is bizarre, fantastic, nervous, like someone in a high fever. Her
beauty drowned me. As I sat before her, I felt I would do anything she asked of me. Henry
suddenly faded. She was color and brilliance and strangeness. By the end of the evening I
had extricated myself from her power. She killed my admiration by her talk. Her talk. The
enormous ego, false, weak, posturing. She lacks the courage of her personality, which is
sensual, heavy with experience. Her role alone preoccupies her. She invents dramas in which
she always stars. I am sure she creates genuine dramas, genuine chaos and whirlpools of
feelings, but I feel that her share in it is a pose. That night, in spite of my response to her, she
sought to be whatever she felt I wanted her to be. She is an actress every moment. I cannot
grasp the core of June. Everything Henry has said about her is true."

I wanted to run out and kiss her fanatastic beauty and say: 'June, you have killed my sincerity
too. I will never know again who I am, what I am, what I love, what I want. Your beauty has
drowned me, the core of me. You carry away with you a part of me reflected in you. When
your beauty struck me, it dissolved me. Deep down, I am not different from you. I dreamed
you, I wished for your existance. You are the woman I want to be. I see in you that part of me
which is you. I feel compassion for your childlike pride, for your trembling unsureness, your
dramatization of events, your enhancing of the loves given to you. I surrender my sincerity
because if I love you it means we share the same fantasies, the same madnesses"

Anaïs Nin

Anaïs Nin (1903-1977) nació en Neuilly, cerca de París, Francia, el 21 de febrero de 1903, su
madre era franco-danesa llamada Rosa Culmell y su padre había nacido en Cuba de nombre
Joaquín J. Nin, con el que mantuvo una relación incestuosa.

A los 11 años emigró a Estados Unidos con su madre y recibió la mayoría de su educación allí.
Novelista y escritora de historias cortas, Nin era virtuosa y dedicada, pero nadie lo supo sino hasta
1960, cuando mostró al mundo sus diarios; estos fueron tomados por las feministas
contemporáneas como ejemplo de una mujer independiente que sobrevivió a los prejuicios de las
décadas pasadas.

En 1914 se muda con su madre a la ciudad de Nueva York donde asiste a escuelas católicas. Deja
la escuela a los 16 años, trabaja como modelo, estudia baile y regresa a Europa en 1923. Ese
mismo año contrae matrimonio con un banquero neoyorquino, Hugh Guiler, quien más tarde
ilustraría algunas de las novelas de Nin bajo el seudónimo Ian Hugo. Poco se conoce de esta
relación.

Anaïs Nin es mejor conocida por su lírica, a veces erótica, siempre de un estilo sensual. En algún
momento escribió historias eróticas a pedido, movida por presiones financieras. Muchas de estas
están en las colecciones Little Birds y Delta of Venus. Los eventos son sexuales, pero el tono es
filosófico y de autoconocimiento.

Tuvo un affair con Henry Miller y con su esposa June durante los años '30. Una película basada en
estos hechos fue realizada en 1990 por Philip Kaufman.

Estudió psicoanálisis bajo la tutela de Otto Rank y por su cuenta en la ciudad de Nueva York de
1934 a 1935. Regresa a Francia en el 1935, donde ayuda a establecer una casa editora, Ediciones
Siana, en parte porque ninguna otra casa editora se atrevía a publicar sus obras dado su cargado
contenido erótico.

En el 1939 regresa a la ciudad de Nueva York, donde continúa escribiendo. Sin embargo, no sería
descubierta hasta el 1960 por el mundo literario en general.

Más adelante se dió a conocer por una serie de diarios extremadamente personales, redactados
desde el 1931; El diario de Anais Nin (10 vols. 1966-83). Desde entonces se publicaron varios
diarios adicionales. Anaïs murió en Los Angeles en 1977.

FRAGMENTOS DEL DIARIO:

"Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo. Libre o no libre, casado o soltero, heterosexual u
homosexual, son aspectos que varían de cada persona."

"Nunca me he tomado la molestia de describirme en el Diario, tiene gracia hablar con alguien sin
decirle quién se es. Ahora voy a cumplir ese pequeño deber.

"Soy Ángeles, Anaïs, Juana, Antolina, Rosa, Edelmira Nin y Culmell. Tengo doce años y estoy
bastante alta para mi edad, todo el mundo lo dice. Soy delgada, tengo los pies grandes y las
manos también, con los dedos largos, que suelo crispar por nerviosismo. Tengo la cara muy pálida,
unos grandes ojos castaños, perdidos, y temo que revelen mis insensatos pensamientos. La boca
grande, me río muy mal, y sonrío regular. Cuando me enfado, hago una mueca con los labios. En
general estoy seria, un poco distraída. Mi nariz es un poco Culmell, quiero decir, un poco larga,
como la de la abuela. Tengo el pelo castaño, no muy claro, que me llega un poco por debajo del
hombro. Mamá dice que son mechas, y yo siempre las oculto en una trenza o recogiéndomelo con
una cinta. Mi carácter: me enfado con facilidad, no puedo soportar la menor broma, pero me gusta
hacerlas. Me gusta el trabajo; adoro a mamá y a papá y por encima de todas mi tías y todo el resto
de mi familia, sin contar mamá, papá, Thorvald y Joaquinito, quiero mucho a mi abuela. Me
encanta leer y escribir es una pasión."

"Creo firmemente en Dios y en todo lo que Dios me dice a través de la Santa Iglesia.
Siempre recurro a la oración. Me cuesta tomar afecto, y sólo consigo querer a la
gente que me parece igual que yo. Soy francesa, una francesa que ama, admira y
Trailer del
respeta su país, una verdadera francesa. Siento admiración, aunque no tan fuerte,
film
claro, hacia España y sobre todo hacia Bélgica. Mis pensamientos, el Diario los
Henry &
conoce tan bien como yo, incluso mi retrato." (20 de Mayo de 1915)
June
"Siempre creí que era la artista que llevo dentro la que hechizaba. Creía que era mi
casa esotérica, los colores, las luces, mis vestidos, mi trabajo. Siempre estuve dentro de la concha
de la gran artista que trabaja, temerosa e inconsciente de mi poder. ¿Qué ha hecho el doctor
Allendy?. Ha dejado de lado a la artista, ha manejado mi alma interior, sin sus antecedentes, sin mi
creación. Incluso me ha inquietado su desinterés por la artista y me asombra que se haya
apoderado así de mí, tan dépuillée de artificios, de ropajes, de encantos, de elixires." (23 de
octubre de 1932)

"No tengo ninguna moralidad. Sé que la gente se horroriza, pero no yo. Ninguna moralidad
mientras el daño hecho no se manifieste por sí mismo. Mi moralidad no se reafirma cuando me
enfrento con el dolor de un ser humano..."

"Me fui a mi cuarto, envenenada. Soplaba incesante el mistral, seco y cálido. Así llevaba días,
desde que llegué. Destrozaba mis nervios. No pensé en nada. Me sentía dividida, esa división me
mataba, la lucha por sentir la alegría, una alegría inalcanzable. La irrealidad opresiva. De nuevo la
vida retrocediendo, eludiéndome. Tenía al hombre que amaba en mis pensamientos; lo tenía en
mis brazos, en mi cuerpo. El hombre que busqué por todo el mundo, que marcó mi niñez y me
perseguía. Había amado fragmentos de él en otros hombres: la brillantez de John, la compasión de
Allendy, las abstracciones de Artaud, la fuerza creativa y el dinamismo de Herny. ¡Y el todo estaba
allí, tan bello de cara y cuerpo, tan ardiente, con una mayor fuerza, todo unificado, sintetizado, más
brillante, más abstracto, con mayor fuerza y sensualidad! Este amor de hombre, por las
semejanzas entre nosostros, por la relación de sangre, atrofiaba mi alegría. Y de este modo, la
vida hacía conmigo su viejo truco de disolución, de pérdida de lo palpable, de lo normal. Soplaba el
viento mistral y se destruían las formas y los sabores. El esperma era un veneno, un amor que era
veneno..." (Escrito en julio de 1933 en Chamonix a partir de notas tomadas en junio de ese mismo
año sobre las vacaciones con Le Roir Soleil y Anaïs en Valescure.)

"Habría querido terminar mi diario sin la confesión de un amor prohibido. Por lo menos, quería que
mi amor incestuoso quedara sin escribir. Había prometido a mi Padre el más absoluto secreto.
Pero una noche, aquí en el hotel, cuando me di cuenta de que no había nadie para hablarle de mi
Padre, me sentí ahogada. Y empecé a escribir otra vez, mientras Henry leía a mi lado. Era
inevitable. No podía eliminar mi diario cuando alcanzaba el clímax de mi vida, en el preciso
momento en que más lo necesitaba para conservar mi sinceridad, por grande que fuera mi crimen."
(2 de julio de 1933)
Corazón cuarteado
Título Original: The Four-Chambered Heart
Traducción de Francesc Parcerisas

La guitarra destilaba su música.


Rango la tocaba con el cálido color cobrizo de su piel, con la pupila
de carboncillo de los ojos, con la espesa fronda de sus cejas,
derramando en la caja color miel los sabores del camino abierto en
el que vivía su vida de zíngaro: tomillo, romero, orégano, mejorana
y salvia. Derramando en la caja de resonancia el vaivén sensual de
su hamaca colgada en la carreta gitana y los sueños nacidos en su
colchón de crin negra.
ídolo de los clubs nocturnos, en donde hombres y mujeres obstruían puertas y ventanas,
encendían velas, bebían alcohol, y bebían de su voz y de su guitarra, las pociones y las hierbas del
camino abierto, las cencerradas de la libertad, las drogas del ocio y de la pereza.
Al amanecer, las mujeres, sin contentarse con la transfusión de vida proporcionada por las cuerdas
de tripa, henchidas de la savia de su voz
traspasada a sus venas, querían tocar su cuerpo
con sus manos. Pero al amanecer, Rango se
echaba la guitarra al hombro y alejábase
caminando.
-¿Estarás mañana aquí, Rango?
El mañana podía encontrarle tocando y cantando
a la cola negra que su caballo meneaba
filosóficamente, camino hacia el Sur de Francia.
Djuna se inclinaba hacia ese Rango ambulante
para captar todo lo que su música contenía, y su
oído detectaba la presencia de aquella
inalcanzable isla de felicidad que había estado
persiguiendo, que había entrevisto en la fiesta a la
que nunca asistiera pero que, siendo niña, había
contemplado desde la ventana. Y como un viajero
perdido en un desierto, se inclinaba más y más
anhelante hacia aquel espejismo musical de un
placer desconocido para ella, el placer de la
libertad.
-Rango, ¿querrías tocar alguna vez para que yo
bailase? –preguntó con dulzura y fervor, y Rango,
que iba a salir, se detuvo para inclinarse ante ella,
con una inclinación de asentimiento que se había
ido creando durante siglos de estilización y
nobleza de porte, con una inclinación que
denotaba la generosidad del gesto de un hombre
que nunca había estado atado.
–Cuando quieras.
Mientras concertaban el día y la hora, y mientras ella le daba su dirección, caminaron
instintivamente hacia el río.
Sus sombras, que avanzaban ante ellos, revelaban el contraste existente entre ambos. El cuerpo
de él era dos veces mayor que el de ella. Djuna caminaba en línea recta, como una flecha; Rango
deambulaba. Mientras le encendía un cigarrillo, las manos de él temblaban, las de ella
permanecían firmes.

–No estoy borracho –dijo él, riendo–, pero me he emborrachado tan a menudo que, por lo visto, me
han quedado manos temblorosas para toda la vida.
–Rango, ¿dónde tienes el carro y el caballo?
–No tengo carro ni caballo. Hace mucho tiempo que no los tengo. Desde que Zora se puso
enferma, hace años.
–¿Zora?
–Mi mujer.
–¿Tu mujer también es gitana?
–No, y yo tampoco. Nací en Guatemala, en la cumbre de la montaña más alta. ¿Te sientes
desilusionada? Esa leyenda era necesaria para mantenerme, para el club nocturno, para ganarme
la vida. Y, además, me protege. En Guatemala tengo una familia que se avergonzaría de mi vida
actual. Me escapé de casa a los diecisiete años. Me crié en un rancho. Incluso hoy en día mis
amigos dicen: «Rango, ¿dónde tienes el caballo? Siempre parece que lo acabas de dejar en la
cancela».
Viví con los gitanos en el Sur de Francia. Me enseñaron a tocar. Me enseñaron a vivir como ellos.
Los hombres no trabajan; tocan la guitarra y cantan. Las mujeres les cuidan robando comida bajo
sus amplias faldas. ¡Zora nunca logró aprenderlo! Se puso muy enferma. Tuve que dejar de vagar.
Ya hemos llegado a mi casa. ¿Quieres pasar?
Djuna contempló la casa de piedra grisácea.
Todavía no había borrado de sus ojos la imagen de Rango en los caminos abiertos. El contraste
resultaba doloroso y dio un paso atrás, súbitamente intimidada por un Rango sin caballo, sin
libertad.

Las ventanas de la casa eran largas y estrechas. Parecían enrejadas. Djuna todavía no podía
soportar la visión de cómo Rango había sido capturado, domesticado, enjaulado, de cuáles habían
sido las circunstancias, y quién su artífice.
Estrechó su mano grandota, la mano grande y cálida de un cautivo, y le abandonó con tanta
rapidez que él quedó aturdido. Permaneció sorprendido, balanceándose, encendiendo torpemente
otro cigarrillo, preguntándose por qué ella había salido huyendo.
No sabía que Djuna acababa de perder de vista una isla de felicidad. La imagen de una isla de
felicidad evocada por su guitarra se había desvanecido. Avanzando hacia un espejismo de libertad,
había penetrado en un bosque lóbrego, el bosque lóbrego de sus ojos oscureciéndose al decir:
«Zora está muy enferma». El bosque lóbrego de su pelo despeinado al inclinar la cabeza,
arrepentido: «Mi familia se sentiría avergonzada de la vida que ahora llevo». El bosque lóbrego de
su perplejidad en el momento de ir a entrar en una casa demasiado gris, demasiado mísera,
demasiado hacinada para su cuerpo grande y potente.

Su primer beso fue presenciado por el río Sena, que llevaba góndolas de farolas callejeras
reflejadas entre sus pliegues de lentejuelas, que llevaba halos de farolas floreciendo en matorrales
de adoquines de negro lacado, que llevaba árboles de plateada filigrana abiertos como abanicos
tras cuyo reborde los ojos del río les incitaban a ocultos coqueteos, que llevaba húmedas
pañoletas de niebla y el cortante incienso de las castañas asadas.
Todo había caído al río y era arrastrado por él, excepto el pretil en el que ellos se encontraban.
Su beso fue acompañado por el organillo callejero y duró toda la partitura musical de Carmen y,
cuando finalizó, ya era demasiado tarde; habían apurado la poción hasta su última gota.
La poción que beben los amantes no la prepara nadie: la preparan ellos mismos.
La poción es la suma de toda nuestra existencia.
Cada palabra dicha en el pasado ha ido acumulando formas y colores en la persona. Lo que
discurre por las venas, además de sangre, es la destilación de cada acto cometido, el sedimento
de todas las visiones, deseos, sueños y experiencias. Todas las emociones pretéritas confluyen
para teñir la piel y aromatizar los labios, para regular el pulso y producir cristales en los ojos.
La fascinación ejercida por un ser humano sobre otro no es la personalidad que éste emite en el
instante mismo del encuentro, sino una recapitulación de todo su ser de la que emana esa
poderosa droga que captura la ilusión y el apego.
No existe momento de encanto que no tenga largas raíces en el pasado, no existe momento de
encanto nacido de la tierra yerma, accidente despreocupado de la belleza, sino suma de grandes
aflicciones, crecimientos y esfuerzos.
Pero el amor, el gran narcótico, era el invernadero en el que todas las personalidades se abrían en
plena eclosión... amor el gran narcótico era el ácido en la botella del alquimista que hacía visibles
las sustancias más inescrutables… amor el gran narcótico era el agent provocateur que exponía a
la luz del día todas las personalidades secretas… amor el gran narcótico otorgaba clarividencia a
las yemas de los dedos… bombeaba iridiscencia a los pulmones para rayos X trascendentales…
imprimía nuevas geografías en el revestimiento de los ojos… adornaba las palabras con velas, los
oídos con aterciopeladas sordinas… y pronto el pretil dejó caer también sus sombras al río, para
que el beso pudiese ser bautizado en las aguas
sagradas de la continuidad.

A la mañana siguiente, Djuna recorrió el Sena


preguntando a los pescadores y a los marinos de
las barcazas si había por alquilar alguna barcaza
en la que ella y Rango pudieran vivir.
Mientras permanecía junto al parapeto del pretil,
inclinándose luego a contemplar las gabarras, un
policía la estuvo vigilando.
(¿Acaso piensa que voy a suicidarme? ¿Tengo
aspecto de alguien a punto de suicidarse?¡Él sí que
está ciego!¡Nunca he tenido tan pocas ganas de
morir, precisamente el día en que empiezo a vivir!)

El agente contempló cómo bajaba corriendo las


escaleras para hablar con el propietario de
«Nanette», una barcaza de un rojo chillón.
«Nanette» tenía ventanucos acicalados, con
cortinitas de cuentas igual que las ventanas del
portero en los edificios de pisos.
(¿Para qué poner en una barcaza los mismos
ornamentos que en una casa? Esa gente no está
hecha para el río, ni para los viajes. Les gusta lo
familiar, les gusta seguir viviendo en tierra firme,
pero Rango y yo queremos huir de casas, cafés,
calles, gente. Queremos encontrar una isla, una
celda solitaria, donde podamos soñar juntos en
paz. ¿Por qué iba a pensar el policía que podía
echarme al río en ese momento, cuando jamás
había sentido tan pocas ganas de morir? ¿O acaso
está ahí para reprocharme que me hubiera escabullido de casa de mi padre anoche, después de
las diez, tomando infinitas precauciones, dejando la puerta principal abierta para que no me oyera
salir, desertando de su casa con el corazón desbocado porque ahora tiene el cabello blanco y ya
no entiende que alguien necesite amar, porque lo ha perdido todo, y no a causa del amor, sino de
sus juegos con el amor?; cuando se ama como si se jugase, uno lo pierde todo, como él perdió
hogar y esposa, y ahora se aferra a mí, temiendo la pérdida, la soledad.)

Aquella mañana se despertó a las cinco y media, destrenzó suavemente su cuerpo de entre los
brazos de Rango y llegó a su habitación a las seis, y a las seis y media su padre llamó a la puerta
porque estaba enfermo y quería que le cuidase.
¡Alí Baba protege a los amantes! Les da suerte como a los bandidos, y sin culpabilidad alguna;
porque el amor llena a algunas personas y las lleva más allá de toda ley; no existe tiempo ni lugar
para lamentaciones, dudas, cobardías. El amor corre libre y atolondrado; y todas las simpáticas
añagazas perpetradas para proteger de sus quemaduras a otros –los que no son amantes, sino tal
vez víctimas de esa expansión del amor– les permiten tomárselas con cariño y alegría, tomárselas
con cariño y alegría como Robin Hood, u otros juegos infantiles; porque Anahita, la diosa de la
luna, ya vendrá a juzgarnos e imponer un castigo, señor policía. De modo que mejor será que
espere sus órdenes, porque estoy segura de que no me comprendería si le dijese que mi padre es
deliciosamente claro y egoísta, tierno y mentiroso, formal e incurable. Agota todos los amores que
se le ofrecen. Si no abandonase su casa por la noche para calentarme en las manos ardientes de
Rango, moriría en mi empeño, árida y estéril, reseca, mientras mi padre monologa sobre su
pasado, y yo bostezo bostezo bostezo...
¡Es como si mirase álbumes familiares, colecciones de sellos! Compréndame, señor policía, si
puede: si lo único que yo tuviese fuera eso, entonces sí que estaría en peligro de saltar al Sena, y
usted tendría que darse un buen remojón para salvarme. Mire, tengo dinero para un taxi, canto una
canción de acción de gracias al taxi que alimenta el sueño y lo transporta incólume, frágil pero
incólume, a todas partes. El taxi es el objeto que más se asemeja a las botas de siete leguas,
perpetúa el ensueño, mi vicio, mi lujo. Oh, si lo desea puede arrestarme por soñar, por ese
vagabundeo desaforado, puesto que en él reside la célula, el germen misterioso, acolchado,
fecundo, del que todo nace; todo lo que el hombre ha alcanzado alguna vez ha nacido de esa
pequeña célula...)

El policía pasó y no la arrestó, de modo que confió en él y descubrió que sabía muchas cosas.
Conocía muchas barcazas aquí y allá. Conocía una en la que servían patatas fritas y vino tinto a
los pescadores, otra en la que los trotamundos podían pasar la noche por cuatro cuartos, una en la
que una mujer con pantalones esculpía grandes estatuas, otra convertida en piscina para niños,
otra más, para hombres, llamada el lanchón de las luces rojas y más allá de ésa todavía, otra que
había sido utilizada por una compañía de actores para viajar por toda Francia, y en ésa podía
preguntar, porque estaba vacía y desahuciada para efectuar largos viajes...

Se hallaba anclada cerca del puente, larga y ancha, con una proa recia de la que colgaba la
pesada cadena del ancla. No tenía ventanas en la borda, pero sí una trampilla de vidrio en cubierta
que le franqueó un viejo vigilante. Descendió una escalerilla estrecha y empinada y se encontró en
una estancia amplia, iluminada a través de claraboyas, y luego con una habitación más chiquita, un
pasillo y más camarotes pequeños a cada lado.
La gran pieza central, que había sido empleada como escenario, estaba todavía repleta de
decorados abandonados y cortinajes y vestidos. Los pequeños camarotes que se abrían a ambos
lados sirvieron otrora de camerinos para los actores ambulantes. Ahora se hallaban llenos de botes
de pintura, madera para el fuego, herramientas, sacos viejos y periódicos. En la proa de la gabarra
había una amplia habitación empapelada con reluciente tela alquitranada. Las claraboyas sólo
dejaban ver el cielo, pero dos aberturas en la pared, que se abatían con una cadena como puentes
levadizos, se hallaban cortadas tan sólo a unas pulgadas sobre el nivel del agua y se abrían sobre
la orilla.
El vigilante ocupaba uno de los camarotes pequeños. Llevaba boina y un blusón azul oscuro, de
algodón, como los campesinos franceses.
Le explicó:
–Antaño fui capitán de un yate de recreo. El yate explotó y perdí la pierna. Pero puedo traerle
agua, y carbón y leña. Puedo bombear la sentina todos los días. Esta barcaza sólo necesita que se
le vigilen las vías de agua. Es bastante vieja, pero la madera es resistente.
Las paredes de la gabarra se curvaban como el interior del vientre de una ballena. En las viejas
cuadernas podían verse las huellas de antiguos cargamentos: madera, arena, piedra y carbón.
Cuando Djuna se iba, el viejo vigilante tomó un trozo de madera de cuyos extremos pendía un
cubo colgado de una cuerda. Lo balanceó sobre sus hombros como un aguador japonés, y empezó
a saltar tras ella con su única pierna, manteniendo un equilibrio milagroso sobre los grandes
adoquines.

La noche invernal llegó cubriendo la ciudad, espolvoreando los reverberos callejeros de neblina y
humo hasta disolver su luz en una aureola de santidad.
Cuando Djuna y Rango se encontraron, él se hallaba triste por no haber encontrado ningún sitio
donde cobijarse. Djuna dijo:
–He encontrado algo que has de ver; si te gusta, puede servirnos.
Mientras caminaban por los muelles, al pasar frente a la estación, por una calle que estaba en
obras, Djuna se apoderó de uno de los farolillos rojos dejados por los trabajadores, y avanzó con
él, siempre encendido, hacia el otro lado del puente. A medio camino se encontraron con el policía
que la había ayudado a dar con la barcaza. Djuna pensó: «Me arrestará por haber robado un
farolillo de las obras».
Pero el agente no la detuvo. Limitose a sonreír, sabiendo hacia dónde se dirigía, y, cuando
pasaron junto a él, simplemente echó una mirada a la constitución de Rango.
El viejo vigilante apareció inesperadamente en la trampilla y gritó:
–¡Eh, quién va! Ah, es usted, señorita. Espere. Le abriré –y abrió de par en par la portezuela de la
trampilla.
Bajaron la escalerita de caracol y Rango olisqueó complacido la brea. Al contemplar la pieza, las
sombras, las cuadernas, exclamó:
–Es como los cuentos de Hoffmann. Es un sueño. Un cuento de hadas.
El anciano abuelo del río, ex capitán de un yate de recreo, resopló con insolencia ante esa
observación y volviose a su camarote.
–Esto es lo que yo quería –dijo Rango

Inclinose para entrar en la diminuta habitación situada en la proa de la barcaza; era como una
pequeña prisión en punta, con las ventanas enrejadas. La enorme cadena del ancla colgaba ante
los barrotes de hierro. El suelo estaba desgastado, podrido por la humedad, y a través de los
agujeros podían distinguir el agua que se acumula en la sentina de todos los barcos, como dedos
posesivos del mar y del río afirmando su dominio sobre el navío.
Rango dijo:
–Si algún día me eres infiel, te encerraré en este camarote.
Con las esbeltas sombras que les rodeaban por todas partes, las cuadernas medievales crujiendo
sobre sus cabezas, las salpicaduras del agua, el moho de la sentina y el quejido herrumbroso de la
cadena del ancla, Djuna creyó en sus palabras.
–Djuna, me llevas a vivir al fondo del mar, como una sirena de verdad.
–Tengo que ser una sirena, Rango. No me asustan las profundidades, pero sí la vida superficial.
Pero tú, pobrecito Rango, vienes de las montañas, el agua no es tu elemento. No serás feliz.
–Los hombres de las montañas siempre sueñan con el mar, y lo que más me gusta de todo es
viajar. ¿Hacia dónde vamos a zarpar ahora?
Mientras pronunciaba estas palabras, otra barcaza pasó río arriba, junto a la suya. Toda la gabarra
se estremeció; el gran esqueleto de madera crujió como los huesos de un gigante.
Rango se tumbó y dijo:
–Estamos navegando.
–Estamos fuera del mundo. Todos los peligros están afuera, afuera en el mundo.
Todos los peligros... los peligros para el amor venían, o eso creían ellos, y lo creen todos los
amantes, de afuera, del mundo, y jamás hubieran sospechado que la simiente de la muerte del
amor pudiese hallarse en ellos mismos.
–Quiero tenerte aquí, Djuna. Me gustaría que nunca abandonaras la barcaza.
–No me importaría quedarme aquí.
(Si no fuese por Zora, Zora que esperaba la comida, que esperaba las medicinas, que esperaba
que Rango encendiese el fuego.)
–Rango, cuando me besas la barcaza se mece.
El farolillo rojo proyectaba sombras caprichosas, febriles luces rojas sobre sus rostros. Rango lo
bautizó como la lámpara afrodisíaca.
Encendió el fuego en la cocina. Tiró el cigarrillo al agua. Le besó los pies, le desabrochó los
zapatos, le quitó las medias.
Oyeron algo que caía al agua.
–Es un pez volador –dijo Djuna.
Él se echó a reír:
–En el río, el único pez volador eres tú. Cuando te tengo en mis brazos, sé que eres mía. Pero tus
pies son tan rápidos, tan veloces, que te llevan con alada ligereza a un lugar desconocido, lejos de
mí, demasiado veloces, demasiado rápidos.
Se frotó la cara, pero no como hace todo el mundo, con la palma de la mano. Se la frotó con los
puños cerrados, como hacen los niños, como hacen los osos y los gatos.
La acarició con tanto fervor que el farolillo rojo cayó al suelo, el vidrio rojo se quebró y el aceite
ardió en mil llamitas agrestes. El fuego encantaba a Djuna, y siempre había querido vivir cerca del
peligro.
Cuando el aceite fue absorbido por el maderamen grueso y seco del suelo, el fuego se consumió.
Se quedaron dormidos.

El ebrio abuelo del río, ex capitán de un yate de recreo, había vivido solo en la barcaza durante
mucho tiempo. Había sido su único guardián y propietario. El corpachón de Rango, su oscura tez
india, el revuelto pelo negro, su voz profunda y vehemente, asustaban al viejo.
Por la noche, cuando Rango encendía la cocina en su dormitorio, el viejo empezaba a maldecirle
desde su camarote porque hacía ruido.
Además, también se hallaba resentido porque Rango no le permitía ocuparse de Djuna, y cuando
se hallaba borracho
mascullaba contra él,
mascullaba amenazas en
lengua apache.

Una noche, Djuna llegó un


poco antes de medianoche.
Era una noche ventosa con
hojas muertas
arremolinándose en círculos.
Siempre tenía miedo a bajar
sola las escaleras de los
muelles. No había luces.
Tropezaba con vagabundos
que dormían, con prostitutas
que pregonaban su mercancía
ocultas tras los árboles.
Intentaba superar sus temores
y corría escaleras abajo, junto
a la orilla del río.
Pero finalmente acordaron que
desde la calle tiraría una
piedra al techo de la barcaza
para advertir a Rango de su
llegada y que él saldría a
buscarla a lo alto de las
escaleras.
Esa noche Djuna intentó reírse
de sus temores y bajar sola.
Pero cuando llegó al lanchón Anais Nin en 1972
no había luz en el dormitorio,
no fue Rango quien salió á su
encuentro sino el viejo vigilante, que se asomó por la trampilla, balanceándose a causa de la
bebida, con los ojos enrojecidos, tartamudeando.
Djuna dijo:
–¿Ha llegado el señor?
–Pues claro que sí, está aquí. ¿Por qué no baja? Baje, baje.
Pero Djuna no veía luz en la habitación, y sabía que si Rango estaba allí oiría su voz y saldría a su
encuentro.
El viejo vigilante mantuvo la trampilla abierta, mientras golpeaba con los pies y decía cada vez con
mayor irritación: «¿Por qué no baja? ¿Qué le ocurre?»
Djuna sabía que estaba borracho. Le temía, y empezó a retirarse. Cuanto más aumentaba la
cólera del vigilante, más se convencía ella de que debía irse.
Las imprecaciones del viejo la siguieron. Sola en lo alto de las escaleras, en el silencio, en la
oscuridad, se sintió llena de temores. ¿Qué estaba haciendo el viejo allí, en la escotilla de entrada?
¿Habría lastimado a Rango? ¿Se hallaba Rango en la habitación? Al viejo vigilante le habían dicho
que no podía seguir en la barcaza. Tal vez se hubiese vengado por su cuenta. Si Rango había
sufrido algún daño, se moriría de pena.
Tal vez Rango había ido por el otro puente. Era la una en punto. Tiraría otra piedra a la cubierta
para ver si respondía.
En el momento en que cogía la piedra llegó Rango.
Al regresar juntos a la gabarra, se encontraron con el viejo que todavía seguía allí, mascullando
para sus adentros.
Rango tenía accesos de ira y de violencia. Dijo: –Le han dicho que se vaya. Puede largarse
inmediatamente.
El viejo vigilante se encerró en su camarote y continuó profiriendo insultos.
–No pienso salir en ocho días –gritó–. He sido capitán, y puedo volver a serlo cuando me dé la
gana. Ningún negro va a sacarme de este sitio. Tengo derecho a quedarme aquí.
Rango quería ponerle de patitas en la calle, pero Djuna le contuvo:
–Está borracho. Mañana no abrirá el pico.
El vigilante se pasó la noche bailando, escupiendo, roncando, maldiciendo y amenazando.
Tamborileaba sobre su plato de hojalata.
La cólera de Rango crecía, y Djuna recordó que otras personas habían comentado: «El viejo es
más fuerte de lo que parece. Le he visto tumbar a un hombre como si nada». Sabía que Rango era
más fuerte, pero temía al viejo traicionero. Un golpe por la espalda, una investigación, un
escándalo. Y, sobre todo, que Rango resultase herido.
–Sal de la barcaza y deja que me las entienda con él –dijo Rango.
Djuna le disuadió, calmó su cólera, y al amanecer se quedaron dormidos.
Cuando salieron, al mediodía, el viejo vigilante ya estaba en el muelle bebiendo vino tinto con los
vagabundos; al pasar ellos escupió en el río con ostentoso desdén.

La cama estaba colocada baja, sobre el suelo; las cuadernas embreadas crujían sobre sus
cabezas. El fogón resoplaba calor, el agua del río lamía las bordas de la barcaza, y los reverberos
del puente proyectaban una débil luz amarillenta sobre la habitación.
Cuando Rango empezó a quitarle los zapatos a Djuna, para calentarle los pies con sus manos, el
viejo del río empezó a gritar y cantar, lanzando sus sartenes contra las mamparas:

Nanette da por dar lo que otras quieren cobrar.


Nanette es generosa,
Nanette ofrece su amor bajo un farolillo rosa.

Rango se incorporó de un brinco, furioso, los ojos desencajados, el pelo revuelto, todo su
corpachón tenso, y corrió hacia el camarote del viejo. Golpeó la puerta. La canción se interrumpió
un instante, y luego volvió a oírse:

Nanette llevaba una cinta en su negra cabellera.


Nanette no tenía en cuenta lo que el viento se lleva...

Luego tamborileó sobre su plato de hojalata y calló.


–¡Abra la puerta! –gritó Rango. Silencio.
Entonces Rango se precipitó contra la puerta, que cedió, saltando hecha añicos.
El viejo vigilante yacía semidesnudo sobre un montón de trapos, la boina en la cabeza, restos de
sopa en la barba, sosteniendo un garrote que temblaba de terror.
Rango, con sus dos metros de altura, el pelo negro al viento, parecía Pedro el Grande, dispuesto a
dar la batalla.
–¡Fuera de aquí!
El viejo estaba obnubilado por la borrachera, y se negó a moverse. Su camarote olía tan mal que
Djuna retrocedió. Había cazos y sartenes esparcidos por el suelo, sucios, y cientos de viejas
botellas de vino que despedían un rancio olor.
Rango obligó a Djuna a que volviese al dormitorio y fue en busca de la policía.
Djuna le oyó volver con el agente, y escuchó sus explicaciones.
Oyó como el policía decía al vigilante:
–Vístase. El propietario le dijo que se fuese. Tengo la orden aquí. Vístase.
El vigilante permanecía tumbado, rebuscando sus ropas. No daba con la embocadura de los
pantalones. Se quedó mirando una de las perneras como si le sorprendiese su pequeñez.
Rezongaba. El agente esperó. No podían vestirle porque se quedaría fláccido. Iba mascullando:
–Bueno, ¿qué más me da? He sido capitán de un yate. Una cosa blanca y elegante, no una de
estas barcazas descuajaringadas. Y además tenía un traje blanco. Aunque me echen al río, a mí
me da lo mismo. No me importa morir. No soy un viejo malo. Le hago sus encargos, ¿no? Voy a
buscar el agua, ¿no es cierto? Y traigo el carbón. Qué importa si por la noche canto un poquitín.
–No se limita a cantar un poquitín –dijo Rango–. Hace un ruido de mil demonios cada vez que
vuelve a casa. Empieza a golpear con los cubos, arma una escandalera, aporrea las paredes, está
siempre borracho, se cae por las escaleras.
–Estaba dormido como un tronco, ¿verdad? Dormido como un tronco, se lo digo yo. ¿Quién es el
que ha derribado la puerta, a ver, dígame? ¿Quién se ha metido en mi camarote? No pienso irme.
No encuentro los pantalones. Éstos no son míos, son demasiado pequeños.
Entonces se puso a cantar:

Laissez moi tranquille, Je ferais le mort.


Ma chandelle est morte Et ma femme aussi.

Entonces Rango, el policía y Djuna se echaron a reír. No podían parar de reír. Tan atribulado e
inocente parecía el viejo.
–Si se está calladito se puede quedar –dijo Rango.
–Si arma escándalo –dijo el policía–, volveré a buscarle y le meteré en chirona.
–Je ferais le mort –dijo el viejo–. Ni se enterarán de que estoy aquí.
Ahora estaba totalmente sorprendido y dócil.
–Pero nadie tiene derecho a derribar una puerta. Ya se lo digo yo, ¡vaya modales! He tumbado a
algunos hombres con frecuencia, pero jamás he derribado una puerta. Se acabó la intimidad. Ya
no hay modales.
Cuando Rango regresó al dormitorio, encontró a Djuna que todavía seguía riéndose. Él abrió los
brazos. Ella ocultó el rostro sobre su chaqueta y dijo:
–¿Sabes una cosa? Me ha encantado el modo como has derribado la puerta.
Se sentía liberada de alguna secreta acumulación de violencia, como ocurre cuando
contemplamos una tormenta de la naturaleza, con rayos y truenos descargando nuestra cólera.
–Me ha encantado el modo como has derribado la puerta –repitió Djuna.
A través de Rango había vislumbrado algún otro reino al que hasta entonces jamás había tenido
acceso. A través de su acción había palpado cierto clima de violencia que nunca había antes
conocido.

El Sena empezó a crecer debido a las lluvias, y superó las marcas dibujadas en las piedras del
Medioevo. Al principio recubrió los muelles con una delgada capa de agua, y los trotamundos
acuartelados bajo el puente tuvieron que mudarse a sus casas de campo bajo los árboles. Luego
lamió el pie de las escaleras, ascendió un peldaño, y luego otro, y por fin se detuvo en el octavo, a
suficiente altura como para que se ahogase un hombre.
Las barcazas allí estacionadas subieron con la crecida; los inquilinos de las gabarras tuvieron que
botar sus barquichuelas de remos y remar hasta la orilla, trepar por una escalerilla de cuerda
colgada en el pretil, saltar el paredón y dar en tierra firme. A los paseantes les encantaba
contemplar ese ritual, como una grata invasión de la ciudad por los habitantes de las barcazas.
Por la noche la ceremonia era peligrosa, y remar de las barcazas a la orilla y viceversa tenía su
peligro. A medida que el río crecía, las corrientes se volvieron turbulentas. El Sena sonriente
mostraba una faceta más abominable de su carácter.
La escalerilla de cuerda estaba vieja, y su solidez había sido mellada en parte por el tiempo.
El comportamiento caballeresco de Rango casaba con aquellas circunstancias: ayudaba a Djuna a
saltar por encima del pretil sin mostrar apenas el festón de conchas de su combinación a los
curiosos mirones; luego la metía en la barquita, y remaba con vigor. Al principio permanecía de pie
y con una pértiga empujaba el bote lejos de la orilla, porque éste tendía a ser arrastrado por las
aguas contra la escalera, y luego otra corriente lo empujaba en dirección opuesta, y tenía que
luchar para evitar que los arrastrase río abajo.
Con los pantalones arrollados, sus piernas fuertes y oscuras al desnudo, el cabello flotando al
viento, tensos los musculosos brazos, Rango sonreía disfrutando de su poder, y Djuna se
recostaba y dejaba que cada día la rescatase de nuevo, o la paseara remando como si fuera una
gran dama veneciana.

Rango no permitía que el vigilante les llevase en el bote. Quería ser él quien llevaba a su dama
hasta la barcaza. Quería dominar para ella la tumultuosa corriente, depositarla sana y salva en su
hogar, sentir que la raptaba de la tierra, de la ciudad de París, para cobijarla y ocultarla en su
propia torre de amor.
Al filo de la medianoche, cuando otros sueñan con chimeneas encendidas y mullidas zapatillas,
con encontrar un taxi para volver a casa desde el teatro, o con perseguir falsas alegrías por los
bares, Rango y Djuna vivían un rescate épico, una batalla con un río colérico, un viaje lleno de
dificultades, pies mojados, ropas húmedas, una aventura en la que el amor, la puesta a prueba del
amor, y la recompensa se fundían en un solo momento de plenitud. Porque Djuna presentía que si
Rango caía y se ahogaba, ella también perecería, y Rango sentía que si Djuna caía en la gélida
corriente, él moriría por salvarla. En ese instante de peligro comprendían que cada uno era la
razón de vivir del otro, y volcaban todo su ser en aquel instante.
Rango remaba como si se hallasen perdidos en medio del mar, no en el corazón de una ciudad; y
Djuna permanecía sentada y le contemplaba con admiración, como si participasen en un torneo
medieval y su dominio del Sena fuese el supremo ofrecimiento votivo a su poder femenino.
Debido a su adoración y a su amor, Rango tampoco permitía que nadie le encendiese el fuego,
como si él fuera el calor y el fuego que secase y reanimara sus pies. La llevaba en volandas por la
portezuela de la trampilla hasta la helada pieza, húmeda a causa de la niebla invernal. Ella
permanecía tiritando, mientras Rango encendía el fuego con una intensidad que traslucía su deseo
de calentarla, de modo que aquello ya no parecía un fogón ordinario, humeante y renqueante, y
Rango dejaba de ser un hombre cualquiera prendiendo la lumbre con periódicos húmedos, para
erguirse como una especie de héroe de las valquirias encendiendo una hoguera en una Selva
Negra.
Así es como amor y deseo devolvían toda su dimensión a los actos insignificantes, renovando en
una sola noche invernal de París toda la grandeza del mito.
Ella se echó a reír cuando Rango logró encender la primera llama, y le dijo:
–Eres el Dios del Fuego.

Él la llevó tan al fondo de su calor, cerrando tan íntimamente la puerta de su amor, que era
imposible que entrase el aire exterior y corrosivo.
Y ahora estaban contentos, habían alcanzado el sueño de todos los amantes: la isla desierta, la
celda, el capullo en el que crear juntos y, desde el principio, un mundo.
En la oscuridad se ofrendaban sus múltiples personalidades, evitando sólo las más recientes, la
historia de los años anteriores a su encuentro, por ser terreno peligroso del que podían surgir
disensiones, dudas y celos. En la oscuridad más bien buscaban ofrecerse mutuamente su
personalidad más antigua, más inocente, menos poseída.
Éste era el paraíso al que todo amante desea volver con el ser amado, recobrando una
personalidad virgen que brindarse mutuamente.
En ese momento Djuna se sentía una muchachita jovencísima, volvía a notar el contacto del
crucifijo que había llevado atado al cuello, y el incienso de la misa en las ventanas de la nariz.
Recordaba el altarcito situado junto a su cama, el olor de las velas, las ajadas flores artificiales, el
rostro de la virgen, y la sensación de muerte y de pecado inextricablemente enlazadas en su
cabecita infantil. Volvió a sentir sus senos pequeños contra el vestido modesto, y las piernas
apretadas con fuerza. Ahora era la primera chica que él había querido, la que había ido a visitar en
su caballo, después de viajar toda la noche por las montañas para lograr verla fugazmente. Su
rostro era el rostro de aquella muchacha a la que Rango sólo había hablado a través de una verja
de hierro. Su rostro era el rostro de sus sueños, un rostro con el dilatado entrecejo de las
madonnas del siglo XVI. Él se casaría con esa muchacha y la guardaría celosamente, como un
esposo árabe, y el mundo jamás la vería ni sabría de ella.

En el fondo de ese amor, bajo la vasta tienda de ese amor, mientras él hablaba de su infancia
recobraba, también, la inocencia, una inocencia mucho mayor que la primera pues no brotaba de la
ignorancia, del temor, o de la neutralidad de la experiencia, sino que nacía como un oro puro y
refinado, producto de muchas pruebas y selecciones, del rechazo voluntario de las heces; nacía,
tras múltiples profanaciones, del valor que emanaba de capas del ser mucho más profundas,
inaccesibles a la juventud.
Rango hablaba en la noche:
–La montaña en donde nací era un volcán apagado. Estaba más cerca de la luna. Allí la luna
resultaba tan inmensa que asustaba al hombre. A veces aparecía con un halo rojizo, que cubría
medio cielo, y todo quedaba teñido de rojo... Cazábamos un pájaro que se aferraba tanto a la vida
que, después de haberle disparado, los indios debían arrancarle dos plumas y hundírselas en el
pescuezo, porque de lo contrario no se moría... Matábamos patos en los marjales, y en una
ocasión quedé atrapado en las arenas movedizas y me salvé desprendiéndome rápidamente de
las botas y saltando a tierra firme... Había un águila domesticada que anidaba en nuestro tejado...
Con las primeras luces, mi madre reunía a toda la familia y rezábamos el rosario... Los domingos
dábamos comidas formales que duraban toda la tarde. Todavía recuerdo el sabor del chocolate,
que era espeso y dulce, al estilo español... Venían prelados y cardenales con sus púrpuras y
dorados aderezos. Vivíamos como en la España del siglo XVI. La grandiosidad de la naturaleza
que nos rodeaba nos sumía en una especie de trance. Era tan inmensa que causaba tristeza y
soledad. Al principio, después de Guatemala, Europa parecía tan pequeña, tan zarrapastrosa. Una
luna de juguete, me dije, un mar de juguete, casas y jardines tan diminutos. En mi tierra
tardábamos seis horas en tren y tres semanas a caballo para llegar a la cima de la montaña
adonde íbamos a cazar. Permanecíamos allí durante meses, durmiendo en el suelo. Había que
avanzar lentamente, debido al esfuerzo del corazón. Más allá de cierta altura, los caballos y mulas
no lo soportaban; les empezaban a sangrar los oídos y la boca.
Cuando llegábamos a los casquetes de nieve el aire era casi negro de tan intenso. Mirábamos
desde acantilados cortados a pico, miles de millas más abajo, y al fondo veíamos la pequeña y
exuberante jungla tropical, de un verde lujuriante. A veces mi caballo avanzaba horas y horas junto
a una cascada, hasta que el sonido de la catarata me hipnotizaba. Y durante todo ese tiempo, en la
nieve y en la jungla, soñaba con una mujer pálida y esbelta... Cuando tenía diecisiete años me
enamoré de una estatuilla de una virgen española, que tenía ese entrecejo ancho que tú tienes.
Soñaba con esa mujer, que eras tú, y soñaba con ciudades, con vivir en ciudades... Arriba, en la
montaña donde nací, nunca caminabas a pie llano, siempre caminabas por escaleras, una
escalinata eterna hacia el cielo, construida con gigantescos bloques de piedra.
Nadie sabe cómo lograron apilar esas piedras los indios; parece humanamente imposible. Parecía
más una escalera construida por dioses, porque los peldaños eran más altos de lo que podía
soportar el paso de un hombre. Fueron construidas para dioses gigantes, para los gigantes mayas
esculpidos en granito, los que bebían la sangre de los sacrificios, los que reían ante los exiguos
esfuerzos de los hombres que se cansaban de dar aquellas grandes zancadas por las laderas de
las montañas. Los volcanes entraban a menudo en erupción y enterraban a los indios con fuego y
lava y cenizas. Algunos fueron alcanzados mientras bajaban las piedras, los hombros doblegados,
y quedaron petrificados en lava, como si hubiesen recibido la maldición de la tierra, las maldiciones
de las entrañas de la tierra. A veces hallábamos restos de huellas mayores que las nuestras.
¿Podían ser las botas blancas de los mayas? Donde yo nací empezó el mundo. Donde yo nací
existen ciudades enterradas bajo la lava, niños nonatos destruidos por volcanes. Allí arriba no
había mar alguno, pero sí un lago que originaba tempestades igualmente violentas.
A veces el viento era tan cortante que parecía que iba a decapitarte. Las nubes eran horadadas
por tormentas de arena, la lava se solidificaba en forma de estrellas, los árboles morían de fiebres
y desparramaban hojas cenicientas, el rocío se evaporaba donde caía, y de los labios resecos y
resquebrajados de la tierra levantábanse nubes... Y allí nací yo. Y el primer recuerdo que tengo no
se parece en nada al de otros niños; mi primer recuerdo es una pitón devorando a una vaca... Los
pobres indios no tenían dinero para comprar ataúdes para sus muertos. Cuando los cadáveres no
son depositados en ataúdes se produce una combustión, pequeñas explosiones de llamas azules,
como cuando quema el azufre. Esas llamitas azules, vistas de noche, son extrañas y
sobrecogedoras... Para llegar a casa teníamos que cruzar un río. Luego venía el patio delantero
que era tan grande como la Place Vendóme... Luego la capilla que pertenecía a nuestro rancho.
Cada domingo enviaban a un sacerdote desde la ciudad para que dijese misa... Era una casa
vasta y destartalada, con muchos patios interiores. Era de un estuco de color coral pálido. Había
una sala completamente llena de armas de fuego, todas ellas colgadas de las paredes. Otra pieza
estaba repleta de libros. Todavía recuerdo el aroma a madera de cedro de la habitación de mi
padre. Me encantaba su elegancia, su hombría, su valor... Una de mis tías se dedicaba a la
música; se casó con un hombre muy brutal que la hizo infeliz. Se dejó morir de hambre, tocando el
piano durante toda la noche. Mi interés hacia el piano me viene de oírla tocar noche tras noche,
hasta que murió, y de descubrir posteriormente aquella música. Bach, Beethoven, lo mejor, que en
aquel tiempo eran muy poco conocidos en aquellos ranchos tan lejanos.
A las escuelas de música sólo iban las niñas. Se consideraba que era un arte afeminado. Tuve que
dejar de asistir y estudiar por mi cuenta porque las muchachas se reían de mí. Aunque era tan
grandote, y tan bruto en muchos aspectos, y me gustaba cazar, pelear, montar a caballo, lo que
más me gustaba era el piano... La obsesión del hombre de las montañas es ver el mar. Jamás
olvidaré mi primera visión del océano. El tren llegó a las cuatro de la madrugada. Yo estaba
aturdido, profundamente conmovido. Incluso ahora, cuando leo la Odisea, lo hago con la
fascinación del hombre de la montaña por el mar, del hombre de la nieve por los climas cálidos, del
indio oscuro y apasionado por la luz y la apacibilidad griega. Y también es eso lo que me atrae
hacia ti, porque tú eres el trópico, llevas el sol en ti, y la suavidad, y la claridad...

¿Qué le había ocurrido a aquel cuerpo hecho para la montaña, la violencia y la guerra? Una llamita
azul de música, de arte, proveniente del cuerpo de una tía que había muerto interpretando a Bach,
una llamita azul de inquieto azufre había entrado en su cuerpo hecho para la caza, para la guerra,
para las lides del amor. Aquel señuelo le había alejado de su origen, atrayéndole hacia ciudades,
cafés, artistas.
Pero no le había convertido en artista.
Había sido una especie de espejismo, que le había apartado de otras vidas, privándole de rancho,
lujos, padres, matrimonios e hijos, para convertirle en un nómada, en un trotamundos, en un
hombre inquieto y errante que jamás podría regresar a su hogar: «Porque estoy avergonzado, no
tengo nada que mostrar, volvería como un pordiosero».
La llamita azul de la música y la poesía sólo titilaba por la noche, durante las largas noches de
amor, eso era todo. Durante el día era invisible. En cuanto llegaba el día, su cuerpo se erguía con
tal energía que Djuna pensaba: conquistará el mundo. Su cuerpo: un cuerpo que no había sido
esculpido como el de un hombre de ciudad, con la precisión y la finura de una estatua acabada
hasta el más mínimo detalle, sino modelado en un barro más compacto, más tosco incluso, de
contornos más bastos, más cercano a la escultura primitiva, como si hubiera mantenido un tanto
los perfiles más duros del indio, de los animales, de las rocas, la tierra y las plantas.
Su madre solía decir: «No me besas como un niño, sino como un animalillo».
Empezaba el día lentamente, como un cachorro, frotándose los ojos con los puños cerrados,
bostezando con los ojos cerrados, con una divertida y taimada arruga que le subía desde la boca
hasta el pómulo; toda su fuerza, como en el león, oculta en una forma suave, sin ningún signo
visible de esfuerzo.
En la ciudad, aquel cuerpo hecho para movimientos violentos, para saltar, para enfrentarse a algún
tipo de peligro, para equipararse a la zancada del caballo, de nada servía. Tenía que ser
desechado como un manto superfluo. Los firmes músculos, nervios, instintos, la rapidez animal
eran inútiles. Lo que debía despertar era la cabeza, no los músculos y tendones. Lo que debía
despertar era la conciencia de un tipo diferente de peligros, un tipo diferente de esfuerzo, todo ello
debidamente considerado, comprobado, aprendido en la cabeza, mediante un talento y una
sabiduría abstractos.
La euforia física era destruida por la ciudad. La ración de aire y espacio era pequeña. Los
pulmones se contraían. La sangre se aguaba. El apetito quedaba ahito y corrompido.
La visión, el esplendor, el ritmo del cuerpo se rompían instantáneamente. El tiempo del reloj, las
máquinas, las bocinas de los automóviles, los pitidos, la congestión atrapaban al hombre en sus
engranajes, le ensordecían, le atontaban. El ritmo de la ciudad se imponía al hombre; la orden
imperiosa de mantenerse vivo significaba, en realidad, convertirse en una abstracción.
La protesta de Rango consistía en lanzarse a negar y destruir al enemigo. Decidió negar el tiempo
del reloj y, al principio, todo cuanto ambicionaba se le escapaba. Daba tales rodeos para obedecer
a su propio ritmo y no al de la ciudad, que cosas tan sencillas como afeitarse y comprar un filete le
llevaban horas enteras, y la carta de vital importancia quedaba siempre por escribir. Si pasaba
junto a un estanco, su costumbre de autodisciplinarse era más fuerte que sus necesidades, y se
olvidaba de comprar los cigarrillos que anhelaba, pero luego, cuando estaba a punto de entrar en
casa de un amigo para almorzar, daba un gran rodeo para comprar cigarrillos y llegaba demasiado
tarde al almuerzo, encontrándose con que su amigo se había ido, enojado, y así, una vez más, el
ritmo y el modelo de la ciudad quedaban destruidos, el orden se quebraba, y Rango se rompía con
él, Rango que se quedaba sin comer.

A veces intentaba dar con el amigo dirigiéndose al café, pero una vez allí encontraba a otra
persona y se ponía a hablar de encuadernaciones y, entretanto, otro amigo le esperaba en la
embajada de Guatemala, le esperaba porque necesitaba su ayuda, que le presentase a alguien, y
Rango jamás aparecía, y al mismo tiempo Zora le estaba aguardando en el hospital, y Djuna le
aguardaba en la barcaza, y la cena que había preparado se echaba a perder junto al fuego.
En ese instante Rango se encontraba contemplando un grabado en las paradas de libros, o
echaba los dados sobre el mostrador de un café para jugarse una copa, y ahora que la rutina de la
ciudad había sido destruida, hecha añicos, Rango regresaba y le decía a Djuna: «Estoy cansado».
Y reclinaba su cabeza abatida, apesadumbrada, sobre sus senos, su cuerpo robusto sobre su
cama, y todos sus incumplidos deseos, sus momentos abortados, se acostaban con él, como
piedras en los bolsillos, hundiéndole, de modo que el lecho crujía con la inercia de sus palabras:
«Quisiera hacer esto, lo de más allá, quiero cambiar el mundo, quiero ir y pelear, quiero...».

Pero ya es de noche, el día ya se ha esfumado, ya se ha desintegrado en sus manos, Rango está


cansado, tomará otra bebida del pequeño tonel, comerá un plátano y empezará a hablar sobre su
infancia, sobre el árbol del pan, el árbol de las sombras que matan, la muerte del negrito que su
padre le había regalado para su cumpleaños, un muchachito negro nacido el mismo día que él,
pero en la selva, destinado a convertirse en su compañero de cacerías, pero que falleció casi
inmediatamente a causa del frío de las montañas.
Así, en la penumbra, cuando Rango había destruido todo el orden de la ciudad porque la ciudad
destruía su cuerpo, y el día yacía como un cementerio de negaciones, de rebeliones y abortos,
cuando el día yacía como una red gigante en la que él mismo se había enredado como un niño se
enreda en un orden que no puede comprender, hasta correr peligro de autoestrangularse..., Djuna,
temiendo que pudiese asfixiarse, o quedar aplastado, procuraba ir desenredando aquella madeja
humana con todo cariño, de modo parecido a como recogía los trozos de sus vasos rotos para
volverlos a componer...

Habían alcanzado un momento perfecto de amor humano. Habían creado un momento de


comprensión y de acuerdo perfectos. Ese momento culminante iba a quedar ahora como punto de
comparación para atormentarles posteriormente, cuando todas las imperfecciones naturales lo
desintegrasen.
Al principio, los desajustes eran sutiles y no hacían prever la futura destrucción. Al principio la
visión era nítida, como un cristal perfecto. Cada acto, cada palabra quedaría grabado en él para
proyectar luz y calor sobre las raíces crecientes del amor, o para distorsionarlo lentamente y
corroer su expansión.
Rango encendiendo el farolillo ante la llegada de Djuna, para que viese la luz roja desde lejos, para
que se tranquilizara, para que se sintiese incitada a caminar más aprisa, aliviada por ese símbolo
de su presencia y su fervor. Rango preparando el fuego para que Djuna se calentase... Rango era
incapaz de mantener esos ritos, porque no podía aguantar el esfuerzo de llegar puntual, ya que su
costumbre inveterada había acabado por crearle el hábito contrario: eludir, esquivar, dar al traste
con todos los anhelos ajenos, con todos los compromisos, con todas las promesas, con todas las
realidades.
La mágica belleza de la simultaneidad, el ver al amado corriendo hacia ti en el instante en que tú
corres hacia él, el poder mágico de reunirse a las doce en punto de la noche para alcanzar la
unión, la ilusión de un ritmo común logrado superando obstáculos, abandonando amigos,
rompiendo otras ataduras... todo eso quedó pronto disuelto a causa de su pereza, por su
costumbre de faltar a todos los momentos, de jamás cumplir su palabra, de vivir perversamente en
un estado caótico, de nadar con mayor naturalidad en un mar de intenciones fracasadas, promesas
rotas y deseos abortados.
Para Djuna la importancia del ritmo era tan fuerte que, estuviera donde estuviese, incluso sin reloj,
notaba que se aproximaba la medianoche y tomaba un autobús, con tal exactitud instintiva que, a
menudo, cuando se apeaba, el gran reloj de la estación daba las doce sonoras campanadas de la
medianoche.
Esta obediencia a la puntualidad correspondía a su conciencia de lo rara que resulta la unión
completa entre los seres humanos. Era total y dolorosamente consciente de que, en dos
corazones, la medianoche sólo suena al unísono en contadas ocasiones, de que muy raramente la
medianoche despierta dos deseos iguales, y de que cualquier desajuste en ese aspecto, cualquier
indiferencia, representa un indicio de desunión, de las dificultades, las imposibilidades de fusión
entre seres humanos.
Su propia ligereza, su libertad de movimiento, su costumbre de súbitas desapariciones hacían que
sus escapadas fuesen más factibles, mientras que Rango, por el contrario, jamás se había ido, que
se supiese, hasta que las botellas, la gente, la noche, el café, las calles quedaban completamente
vacías.
Pero, para Djuna, la torpeza de Rango en superar los obstáculos que le retrasaban disminuía el
poder de su amor.
Poco a poco comprendió que Rango tenía que encender dos fuegos, uno para Zora, en su hogar, y
otro en la barcaza. Cuando llegaba tarde y empapado, Djuna se sentía conmovida por su
cansancio y porque comprendía las cargas que él soportaba en su hogar, y empezaba a
encenderle el fuego.
A Rango le gustaba dormir hasta avanzadas horas, pero ella se despertaba con el paso de las
gabarras de carbón, con sus sirenas antiniebla y con el denso tráfico que cruzaba por el puente.
De modo que se vestía quedamente, corría al café de la esquina y regresaba con café y bollos
para sorprenderle cuando despertase.
–Eres tan humana, Djuna, tan humana y cálida...
–¿Qué esperabas que fuese?
–Oh, parece como si el día en que naciste hubieras dado un vistazo al mundo y hubieses decidido
vivir en cierta región entre el cielo y la tierra que los chinos llaman el Lugar de la Sabiduría.

El inmenso reloj de la estación del Quai d'Orsay, que enviaba a la gente de viaje, mostraba por la
mañana un rostro tan enorme y lleno de reproches: es hora de cuidar de Zora, es hora de cuidar de
tu padre, es hora de volver al mundo, hora hora hora...
Como Djuna sabía lo mucho que le había gustado ver el farolillo rojo titilando tras el ventanuco de
la barcaza cuando se acercaba a ella, al recaer Rango en su costumbre de llegar tarde, encendió
el farolillo para él, sobreponiéndose al miedo que le inspiraba la barcaza oscura, el vigilante
borracho, los vagabundos dormidos, las siluetas que se movían tras los árboles.
Cuando descubrió lo mucho que Rango necesitaba el vino, nunca dijo: «No bebas». Compró un
pequeño tonel en el rastro, lo hizo llenar de vino tinto y lo colocó junto a la cabecera de la cama, al
alcance de su mano, confiando que su vida juntos, sus aventuras juntos, y las historias que se
contaban para pasar el rato, no tardarían en ocupar el lugar del vino. Confiando que el calor de
ambos sustituiría al calor del vino, creyendo que todas las intoxicaciones naturales de las caricias
emanarían de ella y no del pequeño tonel...
Luego, un día, Rango apareció con unas tijeras en el bolsillo. Zora había ingresado en el hospital
por algunos días. Ella era quien siempre le cortaba el pelo. Rango odiaba a los peluqueros. ¿Le
gustaría a Djuna cortarle el pelo?
Su pelo espeso, brillante, rizado, negro, que no podía dominar el agua ni el aceite. Se lo cortó tal
como él deseaba y sintiose, por un momento, como su verdadera esposa.
Luego Zora regresó a casa, y siguió cuidando del pelo de Rango.
Y Djuna lloró por primera vez, y Rango no comprendió por qué lloraba.
-Me gustaría ser yo quien te cortase el pelo.
Rango hizo un ademán de impaciencia.
-No veo por qué tienes que dar importancia a eso. No significa nada. No te comprendo lo más
mínimo.
De no ser por la música, podríamos olvidarnos de la propia vida y nacer de nuevo, limpios de
recuerdos. De no ser por la música podríamos deambular por los mercados de Guatemala, por las
nieves del Tibet, subir los peldaños de los templos hindúes, podríamos cambiar de costumbres,
desprendernos de nuestras posesiones, no retener nada del pasado.
Pero la música nos persigue con cierto aire familiar y el corazón ya no late en un bosque anónimo
de latidos, ya no es un templo, un mercado, una calle como un decorado teatral, sino que se ha
convertido en escenario de una crisis humana inexorablemente repetida en todos sus detalles,
como si la música hubiese sido la propia partitura del drama y no su acompañamiento.

La última escena entre Rango y Djuna hubiera podido diluirse en el sueño, y ella tal vez habría
olvidado la negativa de Rango a dejarse cortar el pelo una vez más, pero ahora el organillero del
muelle hacía girar la manivela maliciosamente, despertando en ella la evocación de otra escena.
No se habría sentido tan turbada por la evasividad de Rango, o por su defensa del derecho de
Zora a cortarle el pelo, si eso no se hubiera sumado a otras escenas que el organillero había
presenciado con tonadas similares, recreados ahora para ella, escenas en las que Djuna no había
satisfecho su deseo, no había obtenido respuesta.
El organillero que tocaba Carmen la devolvía inexorablemente, como un mago maligno, a aquel día
de su infancia en que había pedido un huevo de Pascua tan grande como ella, y su padre le había
replicado, impaciente: «¡Qué deseo tan tonto!». O a otra ocasión en que le había pedido que le
dejase besarle los párpados y él se había burlado de ella, o todavía a aquella otra en la que ella
había llorado porque su padre se iba de viaje y él le había dicho: «No comprendo cómo puedes dar
tanta importancia a eso».
Ahora Rango decía lo mismo:
-No comprendo por qué te entristece que no puedas seguir cortándome el pelo.
Por qué no había abierto sus grandes brazos hacia ella, protegiéndola un instante mientras le
decía: «No puede ser, este derecho pertenece a Zora, pero comprendo lo que sientes, comprendo
que te sientas frustrada en tu deseo de cuidarme como esposa...».
Ella quería decir: «Oh, Rango, cuídate. El amor nunca muere de muerte natural. Muere porque no
sabemos cómo volver a colmar su fuente, muere de ceguera, y errores y traiciones. Muere de
enfermedades y heridas, muere de cansancio, de envejecimiento, de rutina, pero nunca de muerte
natural. Todo amante podría ser juzgado como asesino de su propio amor. Cuando algo te duele,
te entristece, me apresuro a evitarlo, a alterarlo, a sentir lo que tú sientes, pero tú te vuelves con un
gesto de impaciencia y dices: "No lo comprendo".»

Jamás hubo una escena que se desarrollase entre seres humanos, sino múltiples escenas
convergiendo como grandes afluyentes fluviales. Rango creía que aquella escena no contenía
nada que no fuera capricho de Djuna, un capricho que debía serle negado.
No supo ver que contenía, en uno solo, todos los deseos que a Djuna le habían sido prohibidos, y
que esos deseos habían confluido en todas direcciones para encontrarse en esa intersección y
suplicar, una vez más, un poco de comprensión.
Durante todo el tiempo que el organillero estuvo desgranando las canciones de Carmen en el foso
orquestal de esa escena, lo que se conjuró no fue aquella estancia en una barcaza, y aquellas dos
personas, sino una serie de piezas y una procesión de gentes, acumulándose hasta alcanzar
proporciones inmensas, acumulando analogías y repeticiones de pequeños fracasos hasta
contenerlos a todos, mientras la continuidad del acompañamiento del organillero los soldaba, los
comprimía en una amplia injusticia. Al ensanchar el corazón oprimido, la música creaba una marea
de injusticia para la que jamás se había construido Arca de Noé alguna.

El chisporroteo del fuego subía por los aires; sus ojos reflejaban alegremente todas sus danzas.
Djuna miró a Rango con una premonición de dificultades, porque a menudo ocurría que su alegría
despertaba en él un súbito impulso por destruir su placer compartido. Las alegrías de ambos nunca
eran una isla luminosa en el presente, sino un acicate para que él recordara que Djuna había
estado viva anteriormente, que su conocimiento de las caricias se lo habían enseñado otros, que
había sonreído otras noches, en otras habitaciones. En cada momento álgido de satisfacción,
Djuna temblaba ligeramente y se preguntaba cuándo empezarían a deslizarse hacia el tormento.

Esa noche el peligro apareció insospechadamente mientras hablaba de sus pintores preferidos, y
Rango dijo de repente:
–¡Y pensar que considerabas a Jay un gran pintor!
Cuando Djuna defendía a un amigo de la ironía y los sarcasmos de Rango, él siempre se ponía
celoso, pero defender una opinión sobre un pintor, pensó Djuna, era algo que podía hacer sin el
menor peligro.
–Naturalmente, tú defenderás a Jay –dijo Rango–. Él formaba parte de tu vida anterior, de tus
antiguos valores. Eso jamás podré cambiarlo. Quiero que pienses como yo.
–Pero, Rango, cómo podrías respetar a alguien que cambiara de opinión simplemente por
complacerte. Eso sería hipocresía.
–Admiras a Jay como pintor sencillamente porque Paul le admiraba. En pintura era el gran héroe
de Paul.
–¿Qué quieres que diga, Rango? ¿Qué puedo hacer para demostrarte que te pertenezco? No sólo
Paul está muy lejos, sino que además sabes que nunca volveremos a vernos, que no éramos el
uno para el otro. Le he abandonado por completo, y podría olvidarle si tú me lo permitieses. Tú
eres lo único que constantemente me recuerda su existencia.

En tales momentos Rango dejaba de ser el Rango ferviente, adorador, cálido, corpulento y
generoso. Su rostro se ensombrecía a causa de la ira, y gesticulaba violentamente. Su
conversación se hacía vaga e informe, y Djuna apenas era capaz de captar la frase reveladora que
podía esconder la clave de la tormenta, permitiéndole abatirla o desviarla.
Ante la injusticia de la situación sintió que se apoderaba de ella una creciente cólera. ¿Por qué
tenía Rango que emplear el pasado para destruir el presente? ¿Por qué buscaba el tormento
deliberadamente?
Djuna abandonó la mesa con rapidez y subió a cubierta. Tomó asiento cerca de la cadena del
ancla, en la oscuridad. La lluvia caía sobre ella, pero no la notaba; se hallaba perdida y confusa.
Y entonces le sintió a su lado.
–¡Djuna! ¡Djuna!
La besó, y la lluvia y las lágrimas y su aliento se confundieron. En su beso había tal desesperación
que Djuna se ablandó. Era como si la pelea hubiese arrancado una capa y dejado un núcleo cual
un nervio al descubierto, de modo que el beso quedó magnificado, intensificado, como si el dolor
hubiese producido una aguda incisión para una más honda penetración del placer.
–¿Qué puedo hacer? –murmuró ella–. ¿Qué puedo hacer?
–Estoy celoso porque te amo.
–Pero, Rango, no tienes motivos para estarlo.
Era como si ambos compartiesen su enfermedad de duda y, juntos, buscaran un remedio.
A ella le parecía que si decía: «Jay era un mal pintor», Rango comprendería claramente aquella
retractación, aquel absurdo. Sin embargo, ¿cómo podía volver a ganar su confianza? Todo su
cuerpo exigía seguridad, y si todo su amor no bastaba, ¿qué otra cosa podía darle Djuna para
disipar sus dudas?
Cuando volvieron a la habitación el fuego languidecía.
Rango no se relajó. Dio con algunos libros que Djuna iba a tirar, amontonados junto a la papelera.
Los recogió y los estudió, uno por uno, como un detective.
Luego dejó los que ella había apartado y se dirigió a los que se hallaban alineados en el anaquel.
Eligió uno al azar y en la sobrecubierta leyó «De Paul».
Era un libro sobre Jay, con reproducciones de sus cuadros.
Djuna dijo:
–Si eso te hace feliz, lo puedes tirar con los otros.
–Los quemaremos –dijo él.
–Quémalos todos –añadió ella con amargura.
Para Djuna aquello no era tan sólo una oferta de paz ante los atormentadores celos de él, sino una
súbita cólera ante aquel montón de libros cuyo contenido no la había preparado para momentos
como aquél. Todas aquellas novelas ocultaban cuidadosamente la verdad sobre el carácter, sobre
las oscuridades, los enredos, los misterios. Palabras palabras palabras palabras y ninguna
revelación de las trampas, de los abismos en que caían los seres humanos.
Que Rango los quemase todos; se lo tenían bien merecido.

(Rango cree que está quemando momentos de mi vida con Paul. Sólo está quemando palabras,
palabras que rehuían todas las verdades, que rehuían lo esencial, que rehuían el diablo desnudo
que hay en los seres humanos, y que se sumaban a la ceguera, a los errores. Novelas que
prometen experiencia, y que luego se quedan en la periferia, reseñando sólo el parecido, las
ilusiones, el ropaje y las falsedades, sin abrir pozos, sin preparar a nadie para las crisis, los
fracasos, las guerras y las trampas de la vida humana. Sin enseñar nada, sin revelar nada,
estafándonos la verdad, la inmediatez, la realidad. Que los queme todos, que queme todos los
libros del mundo que han evitado el conocimiento descarnado de las crueldades que ocurren entre
hombres y mujeres en la sima de las noches solitarias. Sus abstracciones y evasiones no sirvieron
de coraza contra los momentos de desesperación.)
Se sentó junto a él, frente al fuego, compartiendo aquella hoguera primitiva. Un ritual para
introducir una nueva vida.
Si él seguía destruyendo malévolamente tal vez alcanzasen una especie de isla desierta, una
mutua posesión final. A veces aquel absoluto que Rango exigía, aquel despojarse de todo lo
exterior para tallar una única figura de hombre y mujer unidos, le parecía a Djuna algo deseable,
quizás un término, un final irrevocable para todas las fiebres e inquietudes del amor, una especie
de unión finita. Quizás existiese una fusión perfecta para los amantes dispuestos a destruir el
mundo que les rodeaba. Rango creía que la simiente de la destrucción residía en ese mundo, por
ejemplo en esos libros que le revelaban demasiado descaradamente la diferencia entre la
mentalidad de ambos.
Por eso, para fundirse, era preciso, al menos para Rango, destruir las diferencias.
Que quemasen el pasado, si querían, pues él lo consideraba como una amenaza a su unión.

Rango estaba situando la imagen de Paul en otro compartimiento del corazón de Djuna, un
compartimiento aislado, sin pasillos que comunicasen con el que él habitaba. Un lugar en algún
oscuro cobijo, por el que fluye el amor eterno, un reino tan distinto del habitado por él que jamás se
encontrarían o tropezarían en aquellas vastas ciudades interiores.
«El corazón... es un órgano... dividido en cuatro cavidades o compartimentos... Un tabique separa
los compartimientos de la izquierda de los de la derecha y entre ellos no es posible ninguna
comunicación directa...»
La imagen de Paul fue perseguida hasta el compartimento de la afabilidad y ocultada en él,
mientras Rango la rechazaba con el holocausto de los libros que había leído con Djuna.
(Paul, Paul, éste es el derecho que nunca reclamaste, el fervor que jamás mostraste. Eras tan frío
y ligero, tan evasivo, y nunca te sentí rodeándome y exigiendo poseerme. Rango está diciendo
todas las palabras que yo te hubiera querido oír. Nunca te acercaste a mí, ni siquiera cuando me
hablabas. Me hiciste tuya como los hombres hacen suyas a las mujeres extranjeras, de lejanos
países, cuya lengua desconocen. Me hiciste tuya con silencio y reserva...)
Cuando Rango se quedó dormido, cuando el farolillo afrodisíaco hubo consumido su aceite, Djuna
siguió despierta, sacudida por los ecos de la violencia de Rango y por el descubrimiento de que la
confianza de él tendría que ser ganada nuevamente cada día, de que ninguna de aquellas
enfermedades del espíritu se curaría con amor o devoción, porque el mal estaba en las raíces, y de
que quienes se abocasen a paliar los síntomas obvios asumirían una tarea interminable, una tarea
sin esperanzas de curación.

La palabra que Rango tenía con más frecuencia en los labios era dificultades.
Rompía el vaso, derramaba el vino, quemaba la mesa con cigarrillos, bebía el vino que debilitaba
su voluntad, se pasaba las horas hablando de sus planes, se desgarraba los bolsillos, se le caían
los botones, rompía los peines.
Solía decir: «Pintaré la puerta. Compraré aceite para el farolillo. Repararé la gotera del techo». Y
transcurrían meses y meses: la puerta seguía sin pintar, la gotera sin reparar, el farolillo sin aceite.
Decía: «Daría mi vida por unos meses de plenitud, de éxito, de algo de lo que pudiera sentirme
orgulloso».
Y luego bebía un poquito más de vino tinto, encendía otro cigarrillo. Dejaba caer los brazos; se
tumbaba junto a Djuna y hacía el amor con ella.

Al entrar en una tienda, Djuna vio una cerradura que necesitaban para la puerta de la escotilla y
dijo:
–Comprémosla.
–No –repuso Rango–. He visto otra más barata en otro sitio.
Ella desistió. Y al día siguiente le dijo:
–Voy cerca del sitio donde dijiste que vendían cerraduras más baratas. Dime dónde está y
compraré una.
–No –respondió Rango–. Hoy voy a ir allí. Yo la compraré.

Pasaban semanas, pasaban meses, y sus pertenencias iban desapareciendo porque no tenían
cerrojo en la puerta de la escotilla.
En el útero de su amor no se engendraba ningún hijo, ningún hijo, sólo múltiples promesas rotas,
cada día un deseo abortado, un objeto perdido, un libro sin leer colocado fuera de lugar,
desordenando la habitación como una buhardilla de objetos desechados.
Rango sólo quería besarla con frenesí, hablar con vehemencia, beber copiosamente y dormir hasta
bien avanzada la mañana.
Su cuerpo siempre estaba febril, sus ojos encendidos, como si, con el alba, fuese a vestir una
pesada armadura de acero y emprender una cruzada como un amante de mitos.
La cruzada era el café.
Djuna deseaba reír y olvidarse de sus palabras, pero él no le permitía reírse ni olvidar. Insistía en
que ella debía retener aquella imagen de sí mismo creada en sus conversaciones nocturnas, la
imagen de sus intenciones y aspiraciones. Cada día le entregaba de nuevo una telaraña de
fantasías, y quería que Djuna hiciese con ella una vela para que condujera su barcaza a un puerto
de grandeza.
No le permitía reír. Cuando, a veces, estaba a punto de sucumbir a aquella fantasía, de aceptar al
Rango que no creaba nada, y decía alegremente: «Al principio de conocerte querías ser un
vagabundo. Déjame ser la esposa de un vagabundo», entonces él fruncía el ceño con severidad y
le recordaba la existencia de un destino más austero, reprochándole que se rindiese y rebajase sus
objetivos. Era inflexible en su deseo de que Djuna le recordase las promesas que le había hecho a
ella y a sí mismo.

Esa insistencia en su sueño de otro Rango despertaba la compasión de Djuna. Sus palabras y su
ideal de sí mismo la decepcionaban. La había nombrado no sólo ángel de la guarda, sino memento
de sus ideales.
En ocasiones, a Djuna le hubiera gustado descender con él a regiones más humanamente
accesibles, a un mundo despreocupado. Le envidiaba por las horas atolondradas que pasaba en el
café, por sus alegres amistades, por su antigua vida con los zíngaros, por sus temerarias
aventuras. La noche en que él y sus compañeros de bar robaron un bote y remaron Sena arriba
cantando, en busca de suicidas a los que salvar. Su despertar, algunos días, en lejanos bancos de
barrios desconocidos de la ciudad. Sus largas conversaciones con extraños al amanecer, lejos de
París, en algún camión que se había parado a recogerle. Pero le estaba vedada la entrada a aquel
mundo con él.
Su presencia había hecho despertar en Rango a un hombre repentinamente vapuleado por sus
antiguos ideales cuya perdida madurez quería afirmarse en la acción. Con su conquista de Djuna,
Rango consideraba que había reconquistado su antigua personalidad antes de que se
desintegrase, puesto que había reconquistado su primer ideal femenino, aquel que no había
alcanzado la primera vez, aquel al que había renunciado por completo en su matrimonio con
Zora... Zora, polo opuesto a lo soñado en primer lugar.
Qué gran rodeo había significado su elección de Zora, una elección que le había llevado al
nomadismo, el caos y la destrucción.
Pero este nuevo amor encerraba la posibilidad de un nuevo mundo, el mundo que intentara
alcanzar, sin lograrlo, al principio, el mundo no había podido alcanzar con Zora.
A veces decía: «¿ Es posible que hace sólo un año fuese un bohemio?»
Ella había tocado inconscientemente los resortes de su verdadera naturaleza: su orgullo, su
necesidad de mando, su primera ambición de jugar un papel importante en la historia.

Había ocasiones en las que Djuna sentía no que su vida pasada le hubiese corrompido –porque, a
pesar de su anarquía, de su destructividad, su núcleo había permanecido humano y puro–, sino
que quizá los resortes de Rango, los resortes de su voluntad, se hubiesen roto a causa del
tumultuoso curso de su vida.
¿Qué podía lograr el amor? Tal vez pudiese extraer de su cuerpo los venenos del fracaso y la
amargura, de las traiciones y humillaciones, pero ¿sería capaz de reparar un resorte roto, roto por
años y años de disolución y rendiciones?
El amor por lo incorrupto, lo intacto, por la bondad básica de otro, podía dar una suavidad al aire,
una acariciante oscilación a los árboles, un regocijo a las fuentes, podía desterrar la tristeza podía
originar todos los síntomas del renacer...

Rango era como la naturaleza, bueno, agreste, y a veces cruel. Tenía todos los estados de la
naturaleza: belleza, timidez, violencia y ternura. La naturaleza era el caos.
–En lo más alto de las montañas –empezaba una vez más Rango, como si continuase contándole
historias del pasado que amaba, jamás del pasado del que se avergonzaba–, en una montaña dos
veces más alta que el Mont Blanc, hay un laguito dentro de un cobijo de rocas volcánicas negras,
bruñidas como mármol negro, en medio de cumbres de nieves perpetuas. Los indios subían a
visitarlo, para ver sus espejismos. Lo que yo vi en el lago fue una escena tropical, opulentamente
tropical, palmeras y frutas y flores. Eso es lo que tú eres para mí, un oasis. Me envenenas y al
mismo tiempo me das fuerza.
(La pócima del amor no constituía escapatoria, porque en sus anillos yacen latentes sueños de
grandeza que despiertan cuando hombres y mujeres se fecundan profundamente. Siempre nace
algo del hombre y la mujer que yacen juntos e intercambian las esencias de sus vidas. Siempre es
arrastrada alguna semilla que se abre en el suelo de la pasión. Los vapores del deseo son la matriz
del nacimiento del hombre, y a menudo en la embriaguez de las caricias se forja la historia, y la
ciencia, y la filosofía. Una mujer, mientras cose, cocina, abraza, cubre, calienta, también sueña que
el hombre que la posea será más que un hombre, será la figura mitológica de sus sueños, el héroe,
el descubridor, el constructor... A menos que sea una furcia anónima, ningún hombre penetra
impunemente a una mujer, porque allí donde se mezcla la semilla de hombre y mujer, dentro de las
gotas de sangre que se entremezclan, los cambios que ocurren son los mismos que los de los
grandes y caudalosos ríos de la herencia, que, además de transmitir los rasgos físicos, transmiten
los rasgos del carácter de padre a hijo y a nieto. Recuerdos de experiencias son transmitidos por
las mismas células que repitieron la forma de una nariz, una mano, el tono de una voz, el color de
un ojo. Esos grandes y caudalosos ríos de la herencia transmitieron rasgos y llevaron sueños de
un puerto a otro hasta su realización, y dieron a luz a personalidades nunca nacidas antes... No
hay hombre ni mujer que sepa lo que nacerá en la oscuridad de su entreveramiento; tantas cosas
además de niños, tantos partos invisibles, tantos intercambios de alma y carácter, tantos
florecimientos de personalidades desconocidas, tantas liberaciones de tesoros ocultos, de
fantasías soterradas...)
Entre ellos existía esta diferencia: que cuando esos pensamientos salían a la superficie de la
conciencia de Djuna, ella no se los podía comunicar a Rango porque se reía de ella. «Tonterías
místicas», decía.

Un día, mientras Rango se dedicaba a cortar madera, encender el fuego, traer agua desde la
fuente con energía y exaltación, sonriendo con una sonrisa de fe y placer absolutos, Djuna sintió:
nacerán cosas maravillosas.
Pero al día siguiente Rango estaba sentado en el café y reía como un pícaro, y cuando Djuna pasó
tuvo que habérselas con otro Rango, un Rango que se apoyaba en el mostrador con la
bravuconería de un borracho, riendo con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados,
olvidándose de ella, olvidándose de Zora, olvidándose de la política y la historia, olvidándose del
alquiler, el marketing, las obligaciones, las citas, los amigos, médicos, medicinas, placeres,
olvidándose de la ciudad, de su pasado, de su futuro, de su personalidad actual, en una amnesia
temporal que al día siguiente le dejaba deprimido, inerte, envenenado con sus propias cóleras
consigo mismo, enojado con el mundo, enojado con el cielo, la barcaza, los libros, enojado con
todo.
Y al tercer día era otro Rango, turbulento, excéntrico, oscuro, como Heathcliff, dijo Djuna,
destruyéndolo todo. Ése fue el día que siguió a las borracheras: una disputa con Zora, una pelea
con el vigilante. A veces regresaba con la cara marcada por una reyerta en el café. Las manos le
temblaban. Sus ojos brillaban, con un destello amarillo. Djuna apartaba la cara de su aliento, pero
su voz cálida, profunda, hacía que volviese de nuevo el rostro al decir: «Me he metido en un lío,
una mala cosa...».

Las noches de viento, los postigos golpeaban contra las paredes como alas huesudas de un
albatros gigante.
La pared a la que estaba arrimada la cama era furiosamente lamida por las pequeñas olas del río y
podían oír su lap lap lap contra los costados mohosos.
En la oscuridad de la barcaza, con las cuadernas de madera gruñendo y la lluvia cayendo en la
estancia por el techo sin reparar, los pasos resonaban más fuertes y siniestros. El río parecía
temerario y colérico.
Contra el humo y la neblina de sus caricias, se levantaban aquellos bruscos cambios de
temperamento, cuando la barcaza dejaba de ser la célula de una misteriosa vida nueva, un refugio
encantado; cuando se convertía en emplazamiento de iras reprimidas, como una carga de cajas de
dinamita esperando la explosión.
Porque la cólera y las batallas de Rango con el mundo se tornaban veneno. El mundo tenía la
culpa de todo. El mundo tenía la culpa de que Zora hubiera nacido pobrísima, de que su madre
estuviese loca, de que su padre las hubiese abandonado. El mundo tenía la culpa de su
desnutrición, de su falta de salud, de su matrimonio precoz, de sus problemas. Los médicos tenían
la culpa de que no se pusiera buena. El público tenía la culpa por no comprender sus bailes. El
casero hubiera debido permitirles no pagar el alquiler. El tendero no tenía ningún derecho a
reclamar lo que le debían. Eran pobres y tenían derecho a ser compadecidos.
El ruido de la cadena amarrando y largando el bote de remos, la furia invernal del Sena, los
suicidas del puente, el viejo vigilante golpeando sus cubos cuando saltaba por encima de la
pasarela y escaleras abajo, el agua calando demasiado aprisa en la sentina de la barcaza sin ser
bombeada, la humedad acumulándose y pintando zapatos y vestidos de moho. Agujeros en el
suelo, por tapar, a través de los cuales el agua relucía como los ojos del río, y por donde las patas
de las sillas caían una y otra vez como patas de animales presos en una trampa.
Rango comentó:
–Una vez mi madre me dijo: «¿Cómo quieres llegar a tocar el piano? Tienes manos de salvaje».
–No –replicó Djuna–, tus manos son exactamente como tú. Tres dedos son fuertes y salvajes, pero
los dos últimos, los más chicos, son sensibles y delicados. Tu mano es igual que tú; el corazón es
tierno pero está envuelto por una naturaleza sombría y violenta. Cuando te confías eres tierno y
delicado, pero cuando dudas eres peligroso y destructivo.
–Siempre me he puesto del lado de los rebeldes. En una ocasión me nombraron jefe de policía de
mi ciudad natal y me mandaron con un pelotón a capturar a un bandido que había estado asolando
a los pueblecitos indios. Cuando llegué al sitio me hice amigo del bandido y estuvimos jugando a
cartas y bebiendo toda la noche.
–¿Qué es lo que mató tu fe en el amor, Rango? Nunca fuiste traicionado.
–No acepto que pudieses amar a alguien antes de conocerme a mí.
Djuna permaneció callada, pensando que los celos del pasado no tenían fundamento alguno,
pensando que las posesiones y caricias más profundas quedaban almacenadas en las buhardillas
del corazón, pero que no tenían poder para resucitar y penetrar en las estancias iluminadas del
presente. Permanecían envueltas en penumbra y polvo, y si una vieja asociación hacía revivir una
sensación añeja, ésta sólo duraba un instante, como un eco, intermitente y transitoria. La vida
arrastra, apaga y acalla las más indelebles experiencias hacia la laguna Estigia de mundos
desvanecidos. El cuerpo tiene sus núcleos y sus periferias y un modo muy misterioso de mantener
a los intrusos en la orilla exterior. Un millón de células protegen el núcleo de un amor profundo de
las invasiones fantasmales, de las reapariciones de amores pretéritos.
Un presente intenso, vivido, era el mejor exorcista del pasado.
De modo que cada vez que Rango iniciaba sus exploraciones inquisitoriales de los recuerdos de
Djuna, esperando dar con algún intruso, batirse con Paul, Djuna se echaba a reír:
–¡Tus celos son necrofílicos! ¡Te dedicas a violar sepulturas!
–¡Pues menudo tu amor por los muertos! Estoy convencido de que cada día les llevas flores.
–¡Hoy no he ido al cementerio, Rango!
–Cuando estás aquí sé que eres mía. Pero cuando subes esas escaleritas, fuera de la barcaza,
caminando con tu pasito rápido rápido, entras en otro mundo y dejas de pertenecerme.
–Pero, Rango, cuando subes las escaleras tú también entras en otro mundo, y dejas de
pertenecerme. Entonces perteneces a Zora, a tus amigos, al café, a la política.

(¿Por qué se muestra tan rápido en denunciar la traición? Dos caricias jamás se parecen. Cada
amante abraza un cuerpo nuevo hasta que lo llena con su esencia, y no existen dos esencias
idénticas, ni hay sabor que se repita...)
–Me encantan tus orejas, Djuna. Son pequeñas y delicadas. Toda la vida he soñado con unas
orejas como las tuyas.
–¡Y buscando unas orejas diste conmigo!
Rango rió de buena gana, cerrando los ojos como un gato, juntando ambos párpados. La risa
hacía que sus pómulos altos fuesen todavía más plenos, y a veces parecía un nobilísimo león.
–Quiero llegar a ser alguien. Vivimos encima de un volcán. Tal vez necesites mi fuerza. Quiero ser
capaz de cuidar de ti.
–Rango, comprendo tu vida. En ti existe una gran fuerza, pero hay algo que te frena, que te
bloquea. ¿Qué es? Esa gran fuerza explosiva que hay en ti está completamente desperdiciada.
Finges ser indiferente, despreocupado, temerario, pero noto que en el fondo te afecta. A veces te
pareces a Pedro el Grande, construyendo una ciudad sobre un pantano, rescatando a los débiles,
cargando en la batalla. ¿Por qué ahogas en vino la dinamita que llevas dentro? ¿Por qué tienes
tanto miedo a crear? ¿Por qué colocas tantos obstáculos en tu propio camino? Ahogas tu fuerza, la
desperdicias. Deberías construir...
Le besó, buscando y esforzándose en comprenderle, por besar al Rango secreto, para que saliese
a la superficie, para que se hiciese visible y accesible.
Y entonces él le reveló el secreto de su comportamiento con palabras que hicieron que su corazón
se estremeciera:
–Es inútil, Djuna. Zora y yo somos víctimas de la fatalidad. Todo cuanto he intentado ha sido un
fracaso. Tengo mala suerte. Todo el mundo me ha hecho daño, empezando por mi familia, mis
amigos, todos. Todo ha sido distorsionado, es inútil.
–Pero, Rango, yo no creo en la fatalidad. Existe una pauta interior del carácter que puedes
descubrir y modificar. Sólo los románticos creen que somos víctimas del destino. Y tú siempre
hablas en contra de los románticos.
Rango denegó con vehemencia, impaciente.
–No hay que meterse con la naturaleza. Se nace con un carácter determinado y si ése es tu
destino, como tú dices, bueno, no hay nada a hacer. El carácter no puede ser modificado.
Rango tenía esas iluminaciones instintivas, destellos de intuición, pero eran intermitentes, como
relámpagos en el cielo tempestuoso, y luego, entre unos y otros, volvía a quedarse ciego.
Además, la bondad que a veces resplandecía en él con tanto brillo carecía de profundidad; ni
siquiera era consciente de que pasaba de la bondad a la cólera, y no podía conjurar ningún tipo de
comprensión contra sus estallidos de violencia.

Djuna temía aquellos cambios. El rostro de Rango, en ocasiones bello, humano y próximo, era en
otras retorcido, cruel y amargo. Ella quería saber qué provocaba aquellos cambios para evitar los
estragos que causaban, pero él eludía todo esfuerzo de comprensión.
Djuna hubiera deseado no haberle contado nunca nada sobre su pasado. Recordaba lo que la
había llevado a hablar. Fue durante la primera parte de su relación, cuando una noche Rango se
inclinó sobre ella murmurando: «Eres un ángel. No acabo de creer que puedas ser tomada como
una mujer». Y vaciló un instante antes de abrazarla.
Djuna se había apresurado a mostrarle todo lo contrario, negándoselo con ahínco. Tenía tanto
miedo a que le dijeran que era un ángel como otras mujeres a ver revelado su demonio. Notaba
que no era cierto, que, como todo el mundo, ella también tenía su demonio, aunque lo controlase
rígidamente, sin permitirle que jamás causara el menor daño.
También albergaba el temor de que aquella imagen del ángel eclipsara a la mujer que había en
ella, a la mujer deseosa de un lazo terrenal. ¡Para ella un ángel era el compañero de cama menos
codiciable!
Hablar sobre el pasado había sido su modo de decir:
–Soy una mujer, no un ángel.
–Un ángel sensual –concedió él entonces. Pero lo que le quedó grabado fue la obediencia de
Djuna a sus impulsos, su capacidad de amor, el modo como se entregaba, y en ello basó, a partir
de entonces, las dudas sobre su fidelidad.
–Y tú eres un Vesubio –dijo ella riendo–. Cada vez que hablo de comprensión, de dominio, de
cambio, te enojas como un terremoto. Tú no crees que el destino se pueda cambiar.
–El indio maya no es místico, es panteísta. Su madre es la tierra. Sólo tiene una palabra para
madre y tierra. Cuando un indio moría, en su tumba colocaban comida de verdad y seguían
alimentándole.
–¡Una comida simbólica no sabe tan bien como la comida de verdad!

(Es celoso y posesivo porque se halla sobre la tierra. Sus cóleras son terrenales. Su cuerpo
fortachón es de la tierra. Sus rodillas son de hierro, fortalecidas de tanto apretar ijadas de caballos
salvajes. Su cuerpo tiene todos los aromas de la tierra: especias, jengibre, almizcle, pimienta, vino,
opio. Tiene el cuello suave de una estatua, la arrogancia española de la cabeza, y también la
sumisión india. Tiene la gracia torpe de un animal. Sus manos y pies son más bien patas. Cuando
agarra un gato que se escabulle, es más rápido que él. Se sienta en cuclillas como un indio y luego
brinca con sus robustas piernas. Me encanta el modo como sus altos pómulos se mueven al reír.
Dormido muestra las lujuriosas pestañas de carbón de una mujer. La nariz tan redonda y jovial;
todo poderoso y sensual excepto su boca. Su boca es pequeña y tímida.)
Lo que Djuna creía era que su fuego y fuerza entrarían en erupción, como un volcán, brindándoles
la libertad a él y a ella. Creía que el fuego que había en Rango abrasaría todas las cadenas que le
ataban. Pero también el fuego debe seguir una dirección. Y su fuego era ciego. Pero Djuna no lo
era. Ella le ayudaría.

A pesar de su vitalidad física, Rango se encontraba desvalido, estaba atado y amarrado. Podía
pegar fuego a una habitación, destruir, pero todavía no podía construir. Estaba ligado y cegado
como lo está la naturaleza. Sus manos podían romper lo que sostuvieran por pura fuerza, por una
fuerza que él no podía mesurar, pero era incapaz de construir. Su caos interno era la cadena que
rodeaba su cuerpo, la convicción de que nacemos esclavos de nuestra propia naturaleza, de que
nuestros impulsos ciegos nos llevan inevitablemente a la destrucción.
–¿Qué quieres que sea tu vida?
–Una revolución diaria.
–¿Por qué, Rango?
–Me gusta la violencia. Quiero servir a las ideas con mi cuerpo.
–Cada día hay hombres que mueren por ideas que les traicionan, por jefes que les traicionan, por
ideales falsos.
–Pero el amor también traiciona –dijo Rango–. No tengo fe.
(Oh, Dios mío, pensó Djuna, ¿tendré fuerzas suficientes para ganar esta batalla contra la
destrucción, este combate particular en favor de un amor humano?)
–Necesito independencia –añadió Rango–, como la necesita un caballo salvaje. No puedo
someterme a nada. No puedo aceptar una disciplina. La disciplina me descorazona.

Su cuerpo se mostraba inquieto, pesado, febril, incluso cuando dormía. Tiraba todas las mantas,
permanecía desnudo y, por la mañana, la cama parecía un campo de Agramante. ¡Tantos eran los
combates que había librado en sueños; tan tumultuosa la vida, incluso dormido!
A su alrededor el caos, su ropa siempre desgarrada, sus libros manchados, sus papeles
extraviados. Sus efectos personales, que de vez en cuando recordaba por echar alguno de menos,
o por querérselo mostrar a Djuna, estaban esparcidos por todo el mundo, en sótanos para
huéspedes donde eran custodiados como rehenes de los alquileres por pagar.
Todas las llamitas quemaban en él al mismo tiempo, excepto la de la sabiduría del santo espíritu.

A Djuna le entristecía que Rango estuviese tan dispuesto a ir a la guerra, a luchar por sus ideas, a
morir por ellas. Le parecía que estaba dispuesto a vivir y morir por errores emocionales, como
hacían las mujeres, pero que, como la mayoría de los hombres, no los llamaba errores
emocionales; los llamaba historia, filosofía, metafísica, ciencia. Su yo femenino estaba triste, pero
también sonreía ante aquel juego consistente en otorgar a creencias personales y emotivas la
dignidad de nombres impersonales. Sonreía ante eso como los hombres sonríen ante la
exageración femenina de las tragedias propias cuando son llevadas a un punto que ellos no
consideran aplicable a las vidas personales.
Mientras Rango optaba por guerras y revoluciones, ella optaba por Rango, optaba por el amor.
Los partidos cambiaban a diario, las filosofías y la ciencia se transformaban; para Djuna, lo único
que subsistía era el amor. Grandes modificaciones en los mapas del mundo, pero ninguna en
aquella necesidad de amor humano, en aquella tragedia de amor humano balanceándose entre la
ilusión y la vida, rompiéndose a veces en el peligroso paso entre ilusión y la vida, rompiéndose
otras totalmente. Pero el amor en sí es continuo, como la vida.
Sonrió ante la gran necesidad masculina de construir ciudades cuando es mucho más difícil
construir relaciones; ante su necesidad de conquistar países cuando es mucho más difícil
conquistar un corazón, satisfacer a un niño, crear una vida humana perfecta; ante la necesidad
masculina de inventar, de circunnavegar el espacio, cuando es mucho más duro superar la
distancia existente entre dos seres humanos; ante la necesidad masculina de crear sistemas
filosóficos cuando es mucho más duro comprender a un ser humano, cuando las grandes
profundidades del carácter humano se hallan sólo a medio explorar. –Debo ir a la guerra –dijo él–.
Debo actuar. Tengo que servir a una causa.

Rango le producía la sensación de alguien que repitiese en la vida gestos y escenas y ambientes
ya grabados en su recuerdo. ¿Dónde le había visto anteriormente a caballo, llevando botas de piel
blanca, pieles y panas, con sus ojos ardientes, su rostro sombrío y el negro pelo revuelto?
¿Dónde había visto anteriormente el rostro de Rango con una pasión adoradora como el hombre
que recibe la comunión, la oblea profana en la lengua?
Verle tendido a su lado era como uno de esos recuerdos que nos asaltan al viajar por tierras
extrañas con las que no tenemos ningún lazo consciente, aunque a cada paso reconozcamos su
familiaridad con la exacta presciencia de la escena que nos espera al doblar la esquina de la calle.
¿Memoria, o recuerdos raciales, o influencia de cuentos, cuentos de hadas, leyendas y baladas
oídas durante la infancia?
Rango provenía de la España del siglo XVI, la España de los trovadores, con su severidad, su
rigidez, el dominio de la Iglesia, la clausura de las mujeres, el esplendor de las ceremonias
católicas, y un río de sensualidad vasto, secreto, tumultuoso discurriendo bajo la superficie,
incontrolable, detectable solamente a través de esas persistentes muestras de culpabilidad y
expiación comunes a todas las razas.
Rango recreaba para Djuna un paraíso natural de carne y hueso muy distinto de los paraísos
artificiales creados en el arte por los hijos de la ciudad. En su infancia, vivida en ciudades y no en
bosques, Djuna había creado paraísos de invención propia, con un lenguaje suyo, exterior y
alejado de la vida, como algunos pájaros crean un nido en la rama inaccesible, inaccesible al
desastre pero a la vez difícil de preservar, de un árbol.
Para Rango, sin embargo, el paraíso de la vida no tenía nada que ver con el arte, consistía en
bosques, montañas, lagos, espejismos, poblado por extraños animales y extrañas flores y árboles,
todo ello cálido y accesible.

Djuna había sido una niña de ciudad y, en consecuencia, el paraíso de su infancia se había creado
a partir de cuentos de hadas, leyendas y mitología, enmascarando la fealdad, las estancias
hacinadas, los patios miserables.
Rango no había tenido necesidad de inventar. Había poseído montañas de magnificencia
legendarias, lagos de proporciones fantásticas, animales extraordinarios, una casa de gran belleza.
Había asistido a fiestas que duraban una semana, carnavales, orgías. Había extraído sus éxtasis
del aire enrarecido de las alturas, sus drogas de las ceremonias religiosas, sus placeres físicos de
combates, su poesía de la soledad, su música de las danzas indias, y se había nutrido de las
historias que le contaba su ama india.
Para visitar a la primera muchacha a quien había amado tuvo que viajar toda la noche a caballo,
saltar muros, y arriesgarse a sufrir las iras de su madre y una posible muerte a manos de su padre.
¡Todo eso estaba escrito en el Romancero!
El paraíso de la infancia de Djuna estuvo bajo una mesa de biblioteca que, cubierta hasta el suelo
por un paño rojo con flecos, le servía como morada donde leía los libros prohibidos de la gran
biblioteca de su padre. Le habían dado un trocito de hule en el que se limpiaba ostentosamente los
pies antes de entrar en aquella tienda, en aquella cabaña esquimal, en aquella casa de barro
africana, en aquel reino del mito.
El paraíso de su infancia había residido en los libros.
La casa en la que había vivido de niña era la mansión del espíritu que no vive ciegamente sino que
siempre, por su apasionada experiencia, construye y adorna su corazón cuarteado –extensión y
expansión del cuerpo– con múltiples y delicadas afinidades. Como las que vinieron a establecerse
entre ella y las puertas y pasadizos, las luces y sombras de su morada exterior, hasta quedar
incorporada a ellas con la expresividad total de lo que es externo en contraposición con el
significado interno, hasta que no hubo más distinción entre exterior e interior.

(Estoy luchando contra una fuerza oscura en Rango, amando en él, a través de él, la naturaleza y,
sin embargo, estoy luchando también contra las destrucciones de la naturaleza. Cuando mi vida
culmina en un cielo de pasión es cuando más peligrosamente se balancea al borde del abismo.
Cuanto más intento remontarme hacia el sueño, hacia la esencia, rozando ya las bóvedas del cielo,
mayor es la fuerza con la que se aprieta sobre mi cuello el dogal de la realidad. ¿Me desmoronaré
intentando rescatar a Rango? Hastío de corazón y cuerpo... De modo intermitente veo y siento
humedad, pobreza, una Zora enferma, la comida sobre la mesa manchada de vino, ceniza de
cigarrillos y migajas de pan de antiguas comidas. Sólo de vez en cuando advierto la herrumbre del
fogón, la gotera del techo, la lluvia sobre la alfombra, el fuego que se ha apagado, el vino amargo
en una taza. Y así desciendo por trampillas, sin caer en ninguna trampa, pero sabiendo que existe
otro Rango al que no puedo ver, el que vive con Zora, el que espera para mostrarse bajo la luz
adecuada. Y tengo miedo, miedo a sufrir... Ahora comprendo por qué amaba a Paul: porque Paul
tenía miedo.
Cuando nos acostábamos y acariciábamos, estábamos acariciando, bajo la manta, este mismísimo
temor, el temor a la violencia, y lo comprendíamos. Lo reconocíamos en la oscuridad, con nuestras
manos y nuestras bocas. Lo tocábamos y nos emocionaba, porque era nuestro secreto, y lo
compartíamos a través del cuerpo. Todo el mundo dice: debes tomar partido, hacer una opción
política, elegir una filosofía, decidirte por un dogma... Yo elijo el sueño del amor humano. Si me
hago aliada de algo es para hallarme cerca de mi amor. Con él espero derrotar la tragedia, derrotar
la violencia. Bailo, coso, remiendo, cocino por ese sueño. En ese sueño nadie muere, nadie
enferma, nadie se separa. Amo y bailo con mi amor desplegado, confiando en la penumbra,
confiando en el laberinto, en los hornos del amor. Hay quien dice: el sueño es huida. Hay quien
dice: el sueño es locura. Hay quien dice: el sueño es enfermedad; te traicionará.
El Rango que yo veo no es el que ve Zora, o el que ve el mundo. Ése es el embrujo del amor. Uno
puede tomar partido en religión, puede tomar partido en historia, y otros están a su lado, no está
solo. Los médicos llaman síntoma a ese sueño, los historiadores huida, los filósofos droga, y ni
siquiera tu amante recorrerá ese peligroso camino contigo... Cuelga ese sueño de amor del mástil
de esta barcaza de caricias... una bandera de fuego...)

El enemigo no se hallaba fuera, como creía Rango.


Por encima de cualquier otra cosa, él quería evitar que Djuna recordase sus días con Paul, o
desease el regreso de Paul, o anhelase su presencia, pero ése era precisamente el sentimiento
que a la postre despertaba su violencia. Porque su violencia hacía que Djuna se apartase de él. La
sensación de desolación que dejaban sus palabras coléricas, o sus distorsionadas interpretaciones
de los actos de Djuna, sus dudas, provocaban tal clima de ansiedad que, a veces, para escapar de
aquella tensión, Djuna pensaba en Paul, como una niña en busca de paz y dulzura...
Entonces Rango cometió un segundo error: quiso que ella y Zora fuesen amigas. Djuna nunca
llegó a saber si Rango creía que, con eso, lograría recomponer su vida desgarrada y dividida, si
estaba pensando sólo en sí mismo o en compartir su carga con ella, o si tenía tanta fe en la
capacidad de Djuna para crear seres humanos que confiaba que ella podría curar a Zora y
ganarse, quizás, el afecto de ésta, poniendo fin a la tensión que experimentaba cada vez que
regresaba a casa.
Para ella las oscuridades y laberintos de la mente de Rango siempre permanecieron envueltos en
el misterio. En su naturaleza había recovecos y deformidades que Djuna no podía aclarar. No sólo
porque él mismo jamás sabía lo que ocurría en su interior, no sólo porque estaba lleno de
contradicciones y confusiones, sino porque se afligía y rebelaba ante cualquier examen, prueba o
cuestionamiento de sus motivos.
De modo que llegó el día en que dijo:
–Me gustaría que visitaras a Zora. Se encuentra muy enferma y tal vez podrías ayudarla.
Hasta aquel momento apenas si la había mencionado. En la mente de Djuna se habían agolpado
algunas palabras de Rango. Se había casado con Zora cuando él contaba diecisiete años. Seis
años antes de conocer a Djuna habían empezado a vivir juntos sin que existiese entre ellos ningún
contacto físico, «como hermanos». Ella siempre estaba enferma y Rango sentía gran compasión
ante su desamparo. Djuna no sabía si lo que les ligaba era simple compasión, sólo el pasado.
Sabía que aquella llamada estaba dirigida a su yo bondadoso y que, para responder a ella, debía
refrenar sus propios deseos para no entremeterse en la vida de Rango y Zora, o para evitar una
relación que sólo podía causarle dolor. Rango le estaba pidiendo que, de sus varias facetas,
pusiese en primer plano una de ellas, como a otros se les pide que vistan un determinado atuendo
de su abundante guardarropía.
Se la invitaba, tan sólo, a poner de manifiesto aquella faceta bondadosa de su personalidad en la
que Rango creía a ciegas, pero ella se rebelaba contra aquel yo bondadoso al que otros recurrían
demasiado a menudo, que era solicitado con excesiva frecuencia en detrimento de sus otras
personalidades, semejantes, ahora, a múltiples alhelíes: la Djuna que deseaba reír, mostrarse
despreocupada, tener un amor para ella sola, una vida integrada, una tregua en sus problemas.

A menudo había soñado secretamente en sus otras personalidades, en la personalidad agreste, en


la libre, la caprichosa, la extravagante, la maliciosa. Pero la constante demanda de su personalidad
bondadosa estaba atrofiando las demás.
Porque hay invitaciones que son como órdenes.
Existen mundos heráldicos de aristocracia espiritual y emotiva que no guardan la menor relación
con la moral convencional, que dan a ciertos actos una cualidad de noblesse oblige, una fidelidad a
las más elevadas capacidades de una persona, una especie de vida en las alturas, una devoción a
la personalidad idealizada. Los artistas que habían roto con los convencionalismos se sometían a
ese código y conocían la tristeza y la culpabilidad producidas por cualquier fallo de ese modelo
voluntario. Todos ellos sufrían, a veces, esa culpabilidad parecida a la culpa de religiosos,
moralistas y burgueses, aunque aparentemente viviesen en oposición a ellos. Era la culpabilidad
incurable del idealista que intenta alcanzar una imagen de sí mismo con la que sentirse orgulloso.
Simplemente habían creado hermandades, deberes, tabúes comunitarios de otro tipo, a los que sin
embargo se adherían a costa de grandes sacrificios personales.
Djuna no sabía cómo había llegado a alcanzar tanta preeminencia aquella faceta bondadosa de su
personalidad. Ni siquiera sabía cómo había nacido, pues consideraba que se la habían arrojado
encima, que no era ella quien la había elegido. Se sentía mucho menos bondadosa de lo que
esperaban de ella, y eso le daba una sensación de traición, de fraude.
No tenía la valentía de decir: preferiría no ver a Zora, no conocer tu otra vida; preferiría mantener
mi ilusión de un amor único.

Recordaba haber practicado, durante la infancia, juegos peligrosos. Buscaba aventuras y


dificultades. Confeccionó unas alas de papel y saltó desde una ventana del primer piso, no
lastimándose por puro milagro. En charadas y juegos no quería ser la heroína dulce y amable, sino
la oscura reina de la intriga. Prefería Catalina de Médicis a las princesas insípidas e inocentes. A
menudo quedaba enzarzada en sus propias y encumbradas rebeldías, en sus devastadoras
rabietas, y en mentiras.
Pero sus padres repetían machaconamente: Debes ser buena. Conserva el vestido limpio. Sé
simpática, da las gracias a la señora, si te caes oculta el dolor, no abras la mano para tomar lo que
quieres, no llames la atención, no presumas por la cinta del pelo, pasa desapercibida, sé callada y
modosa, cede a tus hermanos los juegos que ellos quieren, doblega tus impulsos, no hables
demasiado, no todo el mundo inventa historias sobre cosas que jamás han ocurrido, sé buena o de
lo contrario no te querrán. Y cuando la acusaban de alguna de estas ofensas, sus padres le daban
la espalda y le negaban el beso de buenas noches o de buenos días, esencial para su felicidad. Su
madre llevaba a cabo sus amenazas de abandono con juegos que la niña Djuna vivía como
tragedias: en una ocasión, mientras nadaba en un lago ante los ojos ansiosos de Djuna, hizo ver
que desaparecía y se ahogaba; cuando reapareció en la superficie, Djuna ya estaba histérica. En
otra ocasión, en una enorme estación de ferrocarril, cuando Djuna tenía seis años, su madre se
escondió tras una columna y Djuna encontrose sola entre el gentío, perdida, y de nuevo lloró
histéricamente.
Su personalidad bondadosa se había formado bajo esas amenazas: un florecimiento artificial. En
aquella incubadora de temores, su bondad florecía meramente por tratarse del único camino
conocido para atraer y conservar el amor.

Había otros tipos de personalidad que a ella le interesaban más, pero que había aprendido a
ocultar o reprimir: su personalidad inventiva, tejedora de fantasías, amante de los cuentos, su
personalidad temperamental centelleante como un rayo de calor, su personalidad violenta, las
mentiras que no eran mentiras sino meros retoques de la realidad.
El lenguaje rudo le gustaba tanto como llevarse el jengibre a los labios. Pero sus padres habían
dicho: «No esperábamos eso de ti, precisamente de ti». Y la nombraron guardiana de sus
hermanos, pidiéndole que hiciese cumplir sus normas, de igual forma como, ahora, Rango
acababa de nombrarla guardiana de sus desmoronamientos.
De modo que aprendió la única reconciliación que pudo encontrar: aprendió a mantener el
equilibrio entre crimen y castigo. Ocupó su sitio junto a la pared, de cara a la pared, y entonces
masculló: «Maldición maldición maldición maldición», cuantas veces quiso, puesto que se
castigaba a sí misma y, simultáneamente, se sentía absuelta, sin perder tiempo en
arrepentimientos.

Pero ahora aquella personalidad bondadosa ya no podía ser dejada de lado. ¡Tenía una vida
ineludible, su leyenda, sus fieles! Cada vez que cedía a su impulso aumentaban sus
responsabilidades, pues aparecían nuevos devotos que solicitaban una atención constante. Si hoy
Rango le pedía que cuidase de Zora era porque había oído y sabía de múltiples ocasiones en las
que ella, en el pasado, había cuidado de otros.
Esa indestructible personalidad bondadosa, ese yo bueno, falso y agobiante, que respondía a los
rezos de: Djuna, te necesito; Djuna, consuélame; Djuna, tú tienes remedios (¿por qué habría
estudiado el arte de curar, todos los filtros contra el dolor?); Djuna, trae tu varita mágica; Djuna, te
llevaremos hasta Rango, no el Rango de la guitarra alegre y las canciones cálidas, sino Rango el
esposo de una mujer siempre enferma. Te destrozará el corazón, Djuna la del corazón frágil, tu
corazón se romperá con un sonido de viento sibilante, y los fragmentos serán iridiscentes. Allí
donde caigan crecerán al instante nuevas plantas, y si tu corazón a menudo se quiebra será una
bendición para una nueva cosecha de corazones frágiles, porque el artista es como el religioso,
cree que la renuncia a las posesiones mundanas, el dolor y los conflictos no conducen a la
santidad sino al arte, que hacen nacer lo maravilloso.
(Esa bondad es un personaje que me viene demasiado estrecho; un vestido que no puedo seguir
llevando. ¡Hay otras facetas de mi personalidad que intentan nacer, que exigen que se les
escuche!)

Tu historia pasada ha influido en tu elección, Djuna; has demostrado que eres capaz de aliviar el
dolor y por eso no te invitan a las fiestas.
Irrevocable extensión de papeles pretéritos, sin reversión posible.
Hay demasiados testigos de compasiones pasadas, de antiguas abdicaciones: parecerán
escandalizados por cualquier cambio de tu carácter y volverán a despertar tus antiguas
culpabilidades. ¡De cara a la pared! Esta vez de modo tal que Rango no vea la rebeldía en tu
rostro. La esposa de Rango está mortalmente enferma y vas a llevarle tus filtros.
Pero había efectuado un importante descubrimiento.
Aquel lazo con Rango, aquella paciencia con su temperamento violento, aquella fraternidad tácita
entre la amabilidad de ella y la aspereza de él, aquella colaboración de luz y sombra, aquella
responsabilidad que sentía hacia Rango, su obligación de rescatarle de las consecuencias de su
cólera ciega, se debían a que Rango exteriorizaba, por ella, aquella personalidad que Djuna había
enterrado durante la infancia, todo lo que había negado y reprimido: caos, desorden, capricho,
destrucción.
¿La razón de su indulgencia? Todo el mundo se maravillaba (¿cómo eres capaz de soportar sus
celos, sus iras?) por el modo como Rango destruía lo que ella creaba, obligándola cada día a
comenzar de nuevo: a comprender, a ordenar, a reconstruir, a apedazar; lo que explicaba su
aceptación de los conflictos provocados por la ceguera de él era que Rango era la naturaleza
incontrolada, que el día que ella había enterrado su propia pereza, sus propios celos, su propio
caos, aquellas personalidades atrofiadas que esperaban su liberación habían empezado a respirar
gracias a la acción de Rango. Esa complicidad en la oscuridad le obligaba a compartir con él las
consecuencias.
El reino que había intentado eludir: oscuridad, confusión, violencia, destrucción, entraba
secretamente en erupción a través de su relación con Rango. El peso descansaba sobre los
hombros de él. Por eso Djuna también debía compartir los sufrimientos. No había aniquilado su
personalidad natural; ésta se reafirmaba en Rango. Y ella era su cómplice.

El Rango de rostro sombrío que abrió la puerta de su estudio, situado por debajo del nivel de la
calle, no era el guitarrista alegre y despreocupado que Djuna había visto por primera vez en la
fiesta, ni el Rango fervoroso de las noches en la barcaza, ni el Rango oscilante del café, el
narrador irónico, el aventurero temerario. Era otro Rango, desconocido para ella.

En el lúgubre recibidor, apareció recortado su cuerpo, su alta frente, la caída de su pelo, su ceño,
llenos de nobleza, de magnificencia. Inclinó con gravedad la cabeza en el estrecho recibidor, como
si aquella morada cavernícola fuese su castillo, él el señor y ella una visitante distinguida. Rango
emergió de aquella pobreza y esterilidad más orgulloso, más alto, más silencioso también, puesto
que él las había elegido. Si no hubiera sido un rebelde, ahora la estaría saludando en la amplia
entrada de su rancho.
Escaleras abajo, hacia la penumbra, su mano tocó, vacilante, las paredes, para orientarse, pero las
paredes tenían una superficie tosca y parecían pegajosas al tacto, de modo que la retiró y Rango
le explicó: «Una vez hubo un incendio. Me quedé dormido fumando y el piso se incendió. El casero
jamás ha reparado los daños porque llevamos seis meses sin pagarle el alquiler».
Desde el estudio situado a nivel inferior llegaba un ligero olor a humedad, que era el olor
característico de los estudios pobres de París. Era una mezcla de niebla y de la añeja ciudad
respirando su fétido aliento a través de los suelos de los sótanos; era olor a anquilosamiento, a
ropa lavada con poca frecuencia, a cortinas salpicadas de moho.
Djuna volvió a dudar hasta que, por encima de su cabeza, divisó las claraboyas; pero estaban
recubiertas de hollín y dejaban pasar una macilenta luz nórdica.
Entonces Rango se hizo a un lado, y Djuna vio a Zora acostada en la cama. Su pelo negro estaba
despeinado y se desparramaba en torno a su piel de color pergamino. No tenía sangre india, y su
rostro contrastaba casi absolutamente con el de Rango. Sus rasgos eran duros, pronunciados, la
boca ancha y llena, con una amplia mueca, de tristeza, y un sesgo hacia abajo, de derrota, que
sólo cambió cuando levantó los párpados; entonces los ojos revelaron una inesperada astucia de
la que Rango carecía.
Llevaba una de las camisas de él, y encima un kimono que había sido teñido de negro. Los
cuadros rojos y negros de la camisa de colores asomaban por el cuello y los puños. Las rayas,
otrora amarillas, todavía podían distinguirse bajo el tinte negro del kimono.
En los pies llevaba un par de grandes calcetines, pertenecientes a Rango, embutidos en las puntas
con algodón, lo cual daba a su pequeño cuerpo el aspecto desproporcionado de unos pies de
payaso.
Tenía los hombros ligeramente encorvados, y sonreía con la sonrisa del jorobado, del inválido. La
inclinación de sus hombros le daba aspecto de haberse encogido a fin de ocupar un espacio más
pequeño. Era el encogimiento del miedo.
Djuna presintió que, aun antes de caer enferma, no podía haber sido bella, aunque tuviera una
fuerza de carácter que debía de haber sido sorprendente.
Sus manos, sin embargo, eran infantiles y agarraba las cosas sin firmeza. Y en su boca se advertía
la misma falta de control. Su voz también era infantil.
El estudio estaba ahora en una semipenumbra, y la lamparilla de aceite que Rango sostenía
proyectaba largas sombras.

En la estancia, la neblina de humedad parecía el aliento de los sepultados, hacía sollozar las
paredes, desprendía el empapelado en largas tiras marchitas. El sudor de siglos de vida
melancólica, la humedad de raíces y cementerios, el moho de la agonía y la muerte que se
filtraban por las paredes parecían adecuarse a la piel de Zora, de la que habían desaparecido todo
brillo y toda vida.
La sonrisa de Zora y su voz lastimera conmovieron a Djuna. Zora decía:
–El otro día fui a la iglesia y recé desesperadamente para que alguien nos salvase y ahora tú estás
aquí. Rango siempre está desorientado, y no hace nada.
Luego se volvió hacia Rango:
–Tráeme mi caja de costura.
Rango le dio una caja de galletas, de hojalata, que contenía agujas, hilos y botones en cajitas
rotuladas con nombres de medicinas: inyectables, gotas, píldoras. El paño que Zora sacó para
coser parecía un harapo. Sus manos diminutas lo alisaron mecánicamente y, sin embargo, cuanto
más lo alisaba más se marchitaba en sus manos, como si su tacto fuese demasiado ansioso,
demasiado apremiante, como si transmitiese a los objetos un detestable aliento de marchitez
emanado de su carne enfermiza.
Y cuando empezó a coser lo hizo con puntadas pequeñas, superponiéndolas apretujadamente, tan
próximas que era como si estuviese sofocando el último hálito de color y vida del harapo, como si
lo cosiera para hacerlo marchitar.
Mientras conversaban terminó el cuadro que tenía empezado y, entonces, Djuna la vio rasgarlo y
empezar de nuevo, silenciosamente.
–Djuna, no sé si Rango te lo ha dicho, pero él y yo somos como hermanos. Nuestra relación
física... terminó hace años. Nunca fue muy importante. Sabía que pronto o tarde querría a otra
mujer, y estoy contenta de que seas tú porque eres amable y no le apartarás de mí. Le necesito.
–Espero que podamos ser... amables la una con la otra, Zora. Es una situación difícil.
–Rango me ha dicho que jamás has intentado, ni siquiera de palabra, que me abandonase. ¿Cómo
no ibas a gustarme? Tú me has salvado la vida. Cuando apareciste estaba a punto de morir por
falta de cuidados y comida. No quiero a Rango como hombre. Para mí es un niño. Me ha hecho
mucho daño. Sólo le gusta beber, y charlar, y estar con amigos. Si tú le amas, me alegra por la
clase de mujer que eres, porque tienes muchas cualidades.
–Eres muy generosa, Zora.
Zora se inclinó para musitar:
–No sé si sabes que Rango está loco. Tal vez no te lo parezca porque se apoya en ti. Pero si no
fuese por ti yo me hallaría en la calle, sin un techo. A menudo nos hemos encontrado sin casa, y yo
me sentaba en las maletas, afuera, en la acera, y Rango se limitaba a agitar los brazos,
desamparado, sin saber nunca qué hacer. Permite que ocurran las cosas más terribles, y luego
dice: «Es el destino». Con un cigarrillo prendió fuego a nuestro piso. Estuvo a punto de morir
abrasado.
A los pies de la cama había un libro, y Djuna lo abrió mientras Zora descosía meticulosamente lo
que acababa de coser.
–Es un libro sobre enfermedades –dijo Zora–. Me encanta leer cosas sobre enfermedades. Voy a
la biblioteca y busco descripciones de los síntomas que tengo. He señalado todas las páginas que
me afectan. Fíjate en todas esas señales. ¡A veces pienso que tengo todas las enfermedades
posibles! –Se echó a reír. Luego mirando lastimeramente a Djuna, casi suplicándole, dijo–: Se me
está cayendo todo el pelo.

Cuando Djuna se fue aquella noche, Rango y ella ya no eran un hombre y una mujer en una
cámara de amor mutuo y aislado. De repente se habían convertido en una trinidad, con las
necesidades inexorables de Zora guiando todos sus movimientos, dirigiendo el tiempo que
pasaban juntos, dictando las horas de separación.
Rango había colocado a Zora bajo la protección de Djuna, y el amor de ésta por Rango tuvo que
ampliarse para poder incluir a Zora.

Zora habló con Djuna. Aunque era Djuna quién había planeado acercarse a Zora y mostrar la
devoción más ejemplar, la amistad de ésta la hacía sentirse meramente pasiva.
Era Zora quien hablaba, con la mirada en lo que cosía y descosía.
–Rango es un hombre distinto, y soy tan feliz, Djuna. Es amable conmigo. Antes era muy infeliz y
quien se las cargaba era yo. Un hombre no puede vivir sin amor, y no era fácil satisfacer a Rango.
Todas las mujeres le deseaban, pero las veía quizás una vez y volvía abatido, y no quería volver a
verlas. Siempre les encontraba algún defecto. Contigo está contento. Y soy feliz porque sabía que
algún día tendría que ocurrir, aunque si lo soy es gracias a ti, porque confío en ti. Temía que
viniera alguna mujer y se lo llevase donde yo no volviera a verle. Y sé que tú no harías eso.
Djuna pensó: «Amo tanto a Rango que quiero compartir sus cargas, amar y servir lo que él ama y
sirve, compartir su convicción de que Zora es una víctima inocente de la vida, merecedora de todo
tipo de sacrificios».
Para Rango y Djuna aquello era la propiciación de las maravillosas horas en la barcaza. Todas las
grandes huidas de la vida le postran a uno en lugares de propiciación como esa estancia, con Zora
cosiendo harapos y hablando sobre la caspa, sobre insuficiencia ovárica, sobre gastritis, sobre
tiroides y neuritis.
Djuna le llevó un vestido indio, estampado en vivos colores, y Zora lo tiñó de negro. Y ahora se lo
estaba arreglando y ya parecía ajado y triste. Llevaba un chai sujeto con un broche que antaño
había lucido piedras en su engarce y que ahora estaba vacío, exhibiendo desnudas ramas de plata
como si fuesen el mismísimo símbolo de la desolación. Llevaba dos abrigos cosidos el uno al otro,
el de debajo deshilachado.
Mientras permanecían sentadas, juntas, Zora se quejó de Rango:
–¿Por qué tiene que vivir siempre con tanta gente a su alrededor?
Sabiendo que a Rango le gustaba pasar horas a solas con ella, Djuna temía decirle: «Quizá tan
sólo esté buscando cariño y olvido, huyendo de la enfermedad y la lobreguez».
Cuando Rango se hallaba con Djuna, parecía dominante, lleno de dignidad y orgullo. Cuando
entraba en la habitación de Zora, parecía achicarse. Cuando acababa de llegar, en su rostro había
un destello de cobre; al cabo de un momento, el destello se desvanecía.
–¿Por qué viven los hombres en grupo? –insistió Zora.
Djuna contempló a Rango encendiendo el fuego, calentando el agua, empezando a cocinar. En los
movimientos de su cuerpo había algo tan desolado, que concordaba tan bien con la enumeración
que Zora había hecho de sus faltas, algo tan rebajado, que Djuna se sentía incapaz de observarlo.

Zora estaba en el hospital. Ahora Djuna cocinaba para Rango, y también preparaba una sopa
especial que Rango debía llevar a Zora al mediodía.
Mientras pasaba por las varias salas para ver a Zora, Djuna observó a una mujer sentada en la
cama, peinándose y atando una cinta azul alrededor de su cabello. Su rostro estaba totalmente
desencajado y, sin embargo, se había empolvado y pintado los labios, y en él se distinguía no sólo
la sonrisa de una mujer agonizante sino también la sonrisa de una mujer que quería morir con
gracia, desplegando su último destello de coquetería femenina para su cita con la muerte.
Djuna sintiose conmovida por aquella valentía, la valentía de enfrentarse a la muerte con el pelo
arreglado, y por aquella amable sonrisa derivada de siglos de convicción de que una mujer debe
ser agradable a todos los ojos, incluso a los de la muerte.
Cuando llegó a la cama de Zora tuvo que enfrentarse con algo totalmente opuesto, con una
absoluta falta de valentía, aunque Zora estaba menos enferma que la otra mujer.
–La sopa no es lo bastante clara –dijo Zora–. Tenía que colarse más –y la apartó y meneó la
cabeza mientras Djuna y Rango le rogaban que la tomase, aunque sólo fuera para recuperar
fuerzas.
Su rechazo de la comida provocó ansiedad en Rango, y Zora contempló aquella ansiedad en su
rostro y la saboreó.
Rango le había llevado un pan especial, pero no era el que ella quería.
Djuna le había comprado extracto de hígado en frascos de vidrio.
Zora los contempló y dijo: –No están buenos. Son demasiado oscuros. Estoy segura de que no
están frescos y me envenenarán.
–Pero, Zora, la fecha viene en la caja, la farmacia no puede venderlos si han caducado.
–Son viejísimas, lo veo. Rango, quiero que me compres otros en la farmacia de La Muette.
La Muette estaba a una hora de camino. Rango salió a cumplir el encargo y Djuna se llevó la
medicina.
Cuando se encontraron por la noche, Rango dijo:
–Dame el extracto de hígado. Lo devolveré a la farmacia.
Pasearon juntos hasta la farmacia. El farmacéutico estaba exasperado y señaló la fecha reciente
de la caja. Lo que sorprendía a Djuna no era que Zora se entregase a los caprichos de una mujer
enferma, sino que Rango estuviese tan profundamente convencido de su racionalidad.
El farmacéutico no quería aceptar la devolución.
Rango estaba enojado y colérico, pero Djuna se rebelaba contra la ceguera de Rango y, cuando
regresaron a la barcaza, abrió uno de los frascos y se lo tragó ante los propios ojos de Rango.
–¿Qué haces? –preguntó Rango sorprendido.
–Te estoy demostrando que la medicina es buena.
–¿Crees en el farmacéutico y no en Zora? –dijo enfadado.
–Y tú crees en el capricho de una persona enferma –replicó ella.

Zora siempre estaba hablando de su próxima muerte. Empezaba todas sus conversaciones
diciendo: «Cuando muera...». Rango se mantenía en un estado de pánico, temiendo su
fallecimiento, y vivía a diario según esa regla: «Zora está en inminente peligro de muerte», decía
para disculpar las exigencias de ella sobre su tiempo.
Al principio, Djuna se sintió alarmada por el comportamiento de Zora y participó de la ansiedad de
Rango. Los gestos de Zora eran tan vehementes, tan exagerados, que Djuna pensó que podían
ser los de una mujer agonizante. Pero a medida que dichos gestos fueron repitiéndose día tras día,
semana tras semana, mes tras mes, año tras año, Djuna dejó te temer la muerte de Zora.
Cuando Zora decía: «Parece como si tuviese fuego en el estómago», ejecutaba los ademanes de
alguien retorciéndose en la hoguera.
En el hospital, adonde Djuna la acompañaba algunas veces, las enfermeras y doctores ya no la
escuchaban. Djuna captó destellos de ironía en los ojos del doctor.
Los ademanes de Zora para describir sus dolores se convirtieron, para Djuna, en un teatro especial
de exageración que al principio causaba terror y luego aturdía los sentidos.
Era como el Gran Guiñol, donde, sabiendo que cada escena es exagerada a fin de provocar horror,
al final se produce el distanciamiento y la risa.
Pero lo que ayudó a Djuna a superar su terror fue otro hecho que sucedió aquel invierno: una
epidemia de infecciones de garganta asoló París y la pilló a ella misma.
Era dolorosa, pero no le causó fiebre, por lo que no precisaba guardar cama.
Aquel mismo día Rango llegó corriendo a la barcaza, desolado y vehemente. No podía quedarse
con Djuna porque Zora estaba terriblemente enferma.
–Puedes volverte conmigo, si lo deseas. Zora tiene un ataque al corazón, el cuello inflamado, y se
ahoga.
Cuando llegaron, el médico estaba allí, examinando la garganta de Zora. Zora estaba tendida de
espaldas, pálida y rígida, como si hubiese sonado su última hora. Sus gestos, sus manos sobre la
garganta, su rostro tenso, eran una representación de angustia asfixiante.
El médico se incorporó y dijo:
–Es la infección de garganta que ahora tiene todo el mundo. No hace falta que guarde cama.
Abríguese bien y coma sólo sopas. Y Djuna, que tenía la misma infección de garganta, había
salido con Rango.

El primer año, Djuna sufrió a causa del pánico de Rango. El segundo por compasión; el tercero
alcanzó el distanciamiento y la sabiduría. Pero la ansiedad de Rango jamás disminuyó.
Una mañana Djuna se despertó preguntándose: «¿Quiero a esa mujer que exagera mil veces su
enfermedad sin preocuparse por curarla, saboreando sus efectos en los otros? ¿Por qué se
retuerce Zora, con un dolor desorbitado, para que todo el mundo la vea y la oiga?».
En muchas ocasiones Djuna se había sentido confusa ante el hecho de que Zora no se alegrara
cuando alguien le decía: «Tienes mejor aspecto, mucho mejor aspecto». Fruncía el entrecejo con
una expresión de desencanto.
Un día, en el hospital, el doctor no se detuvo mucho tiempo junto al lecho de Zora y, cuando se
alejó, Djuna le colocó la mano en el brazo:
–Por favor, dígame qué le ocurre a mi amiga.
–Es un caso clínico –respondió él.

Djuna vio el segundo rostro de Zora. Era una expresión que había visto anteriormente, pero que no
podía localizar. Y entonces recordó.
Era la expresión que había en el rostro de los mendigos profesionales. Su enumeración de los
padecimientos que había soportado aquel día era como el sortilegio lastimero moldeado
demasiado perfectamente por el tiempo y la repetición.
Bajo el tono de aflicción se escondía la práctica de ese tono de aflicción.
Y, sin embargo, Djuna se sentía avergonzada por dudar de la sinceridad de las quejas de Zora,
como uno se siente avergonzado por dudar de la pobreza de un mendigo. Aun así percibía, como a
veces ocurre ante un pordiosero, que el dolor estudiado con demasiada frecuencia para su
exhibición pública se convertía, para el mendigo, en un dolor necesario, en su medio de vida, en su
demanda de existencia, de protección. Al verse privado de él, se veía privado de su derecho a la
compasión.
Era como si la verdadera compasión debiera quedar reservada a problemas no explotados,
ocurridos recientemente y profundamente sentidos. La pobreza del plañidero profesional, más que
una tragedia, era un capital.
Djuna deseaba olvidar su intuición en favor de la tradición que disponía que las necesidades de un
mendigo no pueden ser juzgadas, porque existe una noblesse oblige que dice: «Su taza está vacía
y la tuya repleta», de modo que sólo hay una acción posible; e incluso si una investigación revelara
que el mendigo no es ciego y ha amasado una fortuna bajo su jergón, incluso entonces, tales
vacilaciones ante una taza vacía resultarían tan desoladoras que es más fácil adoptar el papel del
crédulo, más fácil dejarse engañar que dudar...
A veces Djuna se sentía desconcertada por la astuta mirada de Zora mientras pormenorizaba los
sufrimientos del día; se sentía tan sorprendida de hallarse ante aquella expresión como de ver que
un ciego que cruza la calle solo, que se dirige hacia el peligro –acción que provoca en uno
profunda compasión–, se vuelve súbitamente hacia tus ojos, completamente consciente del peligro
que le acecha.
Pero Djuna quería creer, porque Rango creía. Descartó ese primer atisbo del segundo rostro de
Zora, como la gente descarta a menudo sus primeras intuiciones hasta que llega el final de una
amistad, el final de un amor y, entonces, esa primera impresión, largo tiempo enterrada, reaparece
para demostrar sólo que los sentidos animales en los seres humanos, claramente alertados de los
peligros, de las asechanzas, pueden ser exactos, pero que, con frecuencia, son arrinconados en
favor de un impulso ciego, contrario al de la autoconservación. Demostrando que los seres
humanos tienen sentido del peligro pero que algún otro deseo, algún otro impulso, les encandila y
atrae precisamente hacia esas añagazas, hacia la autodestrucción.
Djuna sentíase ahora como una marioneta. Sentía la necesidad de ofrecer a Rango una mujer
perpetuamente sana, perpetuamente animada, porque en el hogar tenía a una esposa
perpetuamente enferma, deprimida. Las necesidades de Rango marcaban el tono, humor y
actividades de sus jornadas. Djuna obedecía ciegamente los hilos que tiraban de ella. Permitía que
las ansiedades de Rango la emponzoñasen, simplemente para que él no se quedara a solas con
su carga. Los hilos estaban en manos de Zora. La jerarquía se hallaba firmemente establecida: si
Zora tenía un resfriado, un dolor de cabeza, Rango debía quedarse en casa (incluso si el resfriado
se debía a que Zora se hubiera lavado el pelo un día invernal y luego hubiera salido con el pelo
todavía mojado). Estaba prohibido rebelarse o poner en tela de juicio el origen del conflicto, o
sugerir que Zora también podía tener alguna consideración para con los otros, preocuparse por
prevenir esas dificultades.
Zora no podía cocinar, no podía comprar, no podía limpiar, no podía quedarse sola por las noches.
Si los amigos iban a visitarla, Rango debía permanecer en casa para poner su orgullo a salvo.

Cuando Djuna conoció a Rango, éste pasaba la mayoría de las noches fuera, en el café. A menudo
no regresaba a casa hasta el amanecer y, todavía más a menudo, cuando pasaba la noche con
una de sus fulanas, no regresaba a casa para nada.
Al principio Zora dijo:
–Estoy tan contenta de saber que Rango no bebe, que está contigo en lugar de estar en el café.
Pero al cabo de cierto tiempo nacieron en ella nuevos temores. Rango decía:
–Pobre Zora, por la noche tiene tanto miedo. La otra noche alguien llamó a su puerta durante
mucho rato y se limitó a permanecer allí, esperando. Zora estaba tan asustada ante la idea de que
aquel hombre entrase y la violara que amontonó todos los muebles contra la puerta y no durmió en
toda la noche.
Rango pasaba la mitad de las noches en la barcaza, y luego sólo iban dos noches por semana,
pues las quejas de Zora habían aumentado, y finalmente una noche a la semana.
Y esa noche Zora vino y llamó a la puerta.
Sentía dolores, dijo. Rango salió corriendo y la llevó a casa. Tenía espasmos de dolor. Avisaron al
médico, pero no pudo encontrar la causa. Sólo confesó de madrugada: había oído que el líquido
que utilizaba para limpiar era bueno para el estómago, y había bebido un vaso.
Rango dejó a Djuna vigilándola mientras él iba a comprar las medicinas aconsejadas por el
médico.
Djuna cuidó de Zora, y ésta le sonrió con inocencia. ¿Era posible que fuera tan inconsciente de las
consecuencias de sus actos?
Siempre que se quedaban a solas establecían, con toda naturalidad, una relación sincera. Una vez
más la compasión de Djuna despertaría y Zora se mecería en ella con seguridad. En tales
ocasiones Djuna creía que estaban construyendo una relación a la que Zora permanecería fiel, una
relación de entrega mutua. Sólo más tarde iba a descubrir Djuna lo que el comportamiento de Zora
había logrado, y eso, a fin de cuentas, siempre tenía que ser algo que dañase y sofocara la
relación entre ella y Rango.
Pero todo se llevaba a cabo con tanta sutileza que Djuna jamás pudo detectarlo.
Cuando Zora hablaba de Rango, parecía que se tratase, al principio, de la queja natural e
inofensiva de una mujer enferma; no parecía que quisiera lastimar a Rango ante los ojos de Djuna,
sino más bien que solicitase su comprensión ante las dificultades de su vida con él. Sólo después,
cuando estuvo sola, comprendió Djuna las zozobras y dudas que Zora había logrado deslizar en
sus monótonas lamentaciones contra Rango.
Djuna se preparaba para esas conversaciones, que la herían, pensando: «Habla de otro Rango, no
del que yo conozco. El Rango a quien yo amo es distinto. Ése es el Rango nacido de su vida con
Zora. Ella es la responsable de lo que él ha sido con ella».
Aquella noche, tranquilizada por las solicitudes de Djuna, Zora empezó a hablar:
–Amas a Rango de modo tan distinto a como yo lo amo. Yo nunca lo he amado físicamente. Nunca
he amado físicamente a ningún hombre. No sé qué es responder a un hombre... Mira, a veces,
cuando me dan esas lloreras, pienso para mis adentros: «Quizá sea porque no puedes unirte
físicamente». No siento nada, y por eso llorar es un alivio, de modo que lloro...
Djuna sintiose conmovida por aquello, y luego consternada. Rango no sabía nada de la frialdad de
Zora. ¿Cuál era el secreto de su destructividad hacia él?
Djuna deseaba no tener que convertirse en una parte íntima de la vida de ambos. Anhelaba poder
escapar a las garras de la dependencia de Zora.
Permaneció callada. Zora iniciaba su acostumbrada cantinela, larga y monótona, sobre las faltas
de Rango. Era Rango quien la había hecho enfermar. Era Rango quien había arruinado su carrera.
Era Rango quien tenía la culpa de todo.
Zora echaba las culpas a Rango, y Rango culpaba al mundo. Respecto al conocimiento de su
propio carácter y responsabilidades ambos eran igualmente ciegos. Sin conocerla, Djuna presentía
la causa de su hundimiento.
Se rebelaba contra el ciego sometimiento de Rango al desamparo de Zora y, sin embargo, se
encontraba en una situación idéntica: incapaz de escapar a la esclavitud.
Zora jamás pedía un favor. Exigía, y luego criticaba el modo como se llevaban a cabo sus órdenes,
creyendo tener derecho a ser servida, sin el menor reconocimiento y sin ni siquiera dar las gracias.
Ahora Zora hablaba sobre su carrera como bailarina:
–Fui la primera en presentar bailes guatemaltecos ante el público de París. Tuve mucho éxito,
tanto que vino un agente de Nueva York y me preparó una gira. Gané dinero, hice muchos amigos.
Pero en el espectáculo que me acompañaba había una mujer que quería matarme.
–Oh, no, Zora.
–Sí, y sin ningún motivo. Me invitaba a comer todos los días y me ofrecía tomates y huevos. Me
puse muy enferma. Estaban envenenados.
–Quizá no lo estuviesen; quizá los huevos y los tomates no te sientan bien.
–Lo hizo ex profeso, te lo digo yo. Tenía demasiado éxito.
(«Pura locura –pensó Djuna–. Bastaría con que Rango lo comprendiese para que pudiéramos vivir
en paz. Si fuese capaz de distanciarse y admitirlo: Zora está muy enferma, está desequilibrada.
Podríamos cuidar de ella pero sin dejar que destruyese nuestra vida juntos. Pero Rango lo ve todo
tan distorsionado como ella. Con tal que fuese capaz de ver... Sería la salvación de todos.»)
–Zora, lo que no puedo comprender es por qué, teniendo tanto éxito como bailarina, habiendo
llegado tan arriba, pudiendo viajar y hacer todo lo que querías... ¿Qué ocurrió? ¿Qué es lo que
provocó la ruina de tu vida? ¿Tu salud?
Zora titubeó. Djuna se hallaba en una dolorosa tensión, esperando una respuesta a su pregunta,
sabiendo que si Zora respondía la vida de los tres se vería modificada.
Pero Zora jamás respondía a preguntas directas.
Djuna lamentó haber empleado la palabra ruina. Para Zora y Rango ruina era una palabra
inadecuada, puesto que todos sus problemas provenían de un mundo abyecto, de una agresión
hostil del mundo.
Zora quedó postrada en la apatía. ¡Si al menos se fuese por las ramas como hacía Rango, si al
menos eludiese, contestase tan elípticamente que la pregunta quedara perdida en un laberinto de
inútiles disquisiciones!
Volvió a abrir los ojos y prosiguió su narración en el punto donde se había interrumpido:
–En Nueva York dejé el espectáculo. El agente vino a verme con un contrato larguísimo. Habría
podido ganar todo el dinero que hubiera querido. Tenía abrigos de pieles y hermosos trajes de
noche, podía viajar...
–¿Qué ocurrió entonces?
–Entonces lo dejé todo y volví a mi casa en Guatemala.
–¿Tu casa en Guatemala?
Zora rió, histéricamente, sin poder contenerse, durante tanto rato que Djuna se asustó. Un ataque
de tos la interrumpió.
–Habrías tenido que ver la cara del agente cuando no le firmé el contrato. La cara de todo el
mundo. Aquello me gustó. Disfruté más con la expresión de sus rostros que con el dinero. Les dejé
a todos plantados y me fui a casa. Quería volver a ver Guatemala. Estuve riendo durante todo el
viaje, pensando en la expresión de sus rostros al largarme.
–¿Ya estabas enferma?
–Siempre he estado enferma, desde niña. Pero no era eso. Soy independiente.
Djuna recordó que Rango le había contado la anécdota de una amiga que estuvo luchando por
obtener un contrato para Zora en París, un contrato para bailar en una casa particular. Rango
había prometido encontrarse con esa amiga en el café. «Llegué con cinco horas de retraso, y
estaba hecha una furia.» Siempre que contaba esa anécdota, Rango se echaba a reír. El recuerdo
de aquella amiga esperando, iracunda y furiosa, sentada en el café, despertaba su hilaridad.
–Permanecí seis meses en Guatemala. Cuando se me acabó el dinero volví a Nueva York. Pero
nadie quería contratarme. Todos contaban lo del contrato roto...
Rango llegó con la medicina. Zora se negó a tomarla. El bismuto le habría calmado el dolor y el
ardor, pero se negó a tomarlo. Se volvió de cara a la pared y quedose dormida, apretando las
manos de Djuna y Rango, ambos encadenados a sus caprichos.
La cabeza de Djuna se hallaba inclinada. Rango dijo:
–Debe de estar rendida. Más vale que te vayas a casa. A veces pienso...
Djuna levantó una mirada implorante hacia él, esperando con todas sus fuerzas que
permaneciesen unidos por el común sentimiento de que Zora era una niña enferma, inestable, que
precisaba cuidados, pero a la que no se le podía permitir que dirigiese, que infectara sus vidas con
su destructividad.
Rango la miró, aunque sus ojos no veían lo que ella veía.
–A veces pienso que tienes razón a propósito de Zora. Hace locuras... –y eso fue todo.
La acompañó hasta la puerta... Djuna contempló la calle desierta y vacía. Faltaba muy poco para el
amanecer. Necesitaba calor, necesitaba dormir. Necesitaba ser tan ciega como Rango para seguir
viviendo de aquel modo. Lo que sabía era inútil: sólo representaba una carga más, saber que tanto
esfuerzo, tantos cuidados y devoción caían en saco roto, que Zora jamás se pondría bien, que no
se podían dedicar dos vidas a un ser humano retorcido... Esta certeza la alejó de Rango, cuya fe
ciega era incapaz de compartir. Aquélla era una carga que recaía sobre ella, que la aislaba.
Aquella noche, en medio de su fatiga, anhelaba tanto poder reposar la cabeza sobre el hombro de
Rango, adormecerse en sus brazos..., pero en su hombro ya había otra cabeza, una pesada carga.
Como si temiese que Djuna le pidiera que la acompañase, él dijo:
–No puede quedarse sola.
Ella permaneció callada. No podía divulgar lo que sabía.
Cuando protestó contra las exigencias y caprichos excesivos de Zora, incluso con suavidad, Rango
le había dicho: «Estoy entre dos fuegos, de modo que tienes que ayudarme».
Ayudarle a él significaba ceder ante Zora sabiendo que, al final, ella destruiría su relación.
Djuna reprimía cada día su certeza, su lucidez; Rango las habría considerado un ataque contra su
Zora indefensa.
Su nobleza la obligaba a callar, y su conciencia de la destructividad que amenazaba su relación –
relación de que Zora era la mayor beneficiaria– servía tan sólo para aumentar su sufrimiento.
Zora había ganado misteriosamente todas las batallas; Rango y Djuna jamás podían pasar toda
una noche juntos.

Lo más destructivo para un amor son los secretos.


Esa duda sobre la cordura de Zora que Djuna no se atrevía a comunicar a Rango, que hacía inútil
todo sacrificio, creó una fisura en la intimidad de ambos. Una comprensión sencilla, imparcial, de
esa situación hubiese hecho de Rango una persona menos sojuzgada, menos ansiosa, y las
hubiera acercado más a ambos, pero su lealtad a todas las irracionales exigencias de Zora, a la
interpretación distorsionada que ella hacía de sus actos y de los de Djuna, era un constante
resquemor para la inteligencia y la conciencia de Djuna.
El silencio con que ella llevaba a cabo sus deberes convirtiose en gradual aislamiento de sus
emociones.
Resultaba extraño estar cocinando, hacer recados, buscar nuevos médicos, comprar ropa,
amueblar una nueva habitación para Zora sabiendo siempre que ella trabajaba contra ellos y que
jamás se curaría porque su enfermedad era su mejor tesoro, su arma más poderosa contra ellos.
Pero Rango necesitaba creer, desesperadamente. Creía que cada nueva medicina, cada nuevo
doctor restablecería la salud de Zora.
Djuna se sentía como se había sentido de niña, cuando repudió sus dogmas religiosos pero tuvo
que seguir yendo a misa, a las ceremonias, arrodillándose para rezar, para contentar a su madre.
Rango consideraba que cualquier desviación de lo que él creía, era una traición del amor que le
profesaba Djuna.
Zora lograba salir siempre derrotada en aquella batalla por su restablecimiento. Cuando consiguió
una nueva habitación soleada, mantuvo las persianas cerradas para que no penetraran el aire ni la
luz. Cuando fueron a la playa, río arriba, el traje de baño que Djuna le había regalado no estuvo a
punto. Lo había descosido a trozos para mejorar la forma. Cuando fueron al parque se puso un
vestido demasiado ligero y se enfrió. Cuando fueron a un restaurante tomó la comida que sabía le
sentaría mal, y predijo que al día siguiente tendría que guardar cama las veinticuatro horas.
Llevó a cabo tímidos intentos de dedicarse de nuevo al baile, pero jamás cuando se hallaba sola,
sólo cuando Djuna y Rango estaban allí para presenciar sus patéticos escarceos; y cuando el
esfuerzo hacía que el corazón le latiese más aprisa, decía a Rango:
–Pon la mano aquí. Mira cómo me late el corazón cuando intento volver a trabajar...
En algunas ocasiones el distanciamiento de Djuna, el torpor derivado de su autodefensa, era
aniquilado por Rango, como cuando él, un día, dijo:
–La estamos matando.
–¿La estamos matando? –repitió Djuna, sorprendida y pasmada.
–Sí, una vez dijo que lo que la había enfermado era mi infidelidad.
–¿Infiel a qué, Rango? No era tu esposa, era tu niñita enferma, y eso mucho antes de que yo
apareciera. Entre vosotros teníais convenido que vuestra relación era fraternal, que antes o
después necesitarías el amor de una mujer...
–A Zora no le importaba que simplemente sintiese deseo por una mujer, un deseo pasajero... Pero
a ti te he dado más que eso. Esto es lo que Zora no puede aceptar.
–Pero, Rango, si ella me ha dicho que se siente feliz y segura con nuestra relación, porque se
siente protegida por ambos, sabe que no te alejaré de ella, me dijo que había ganado dos amores
y que no había perdido nada...
–Se pueden decir esas cosas y sentirse traicionado, sentirse herido...
Rango convenció a Djuna de que debían expiar su amor. Aunque Zora hubiese estado siempre
enferma, incluso de niña, aunque la estuviesen protegiendo con su amor, aun así debían expiarlo...
expiarlo... expiarlo. Jamás existiría devoción alguna que estuviese a la altura del dolor que le
habían causado. .. No bastaba con levantarse a primera hora de la mañana para ir a comprar
suculentos manjares para Zora, no bastaba con vestirla, con responder a cada capricho, con
entregar a Rango una y otra vez. Djuna cayó postrada en una devoción a Zora anonadante, ciega,
embrutecedora. Convirtiose en la soñadora durmiente que no buscaba más que un breve instante
de orgullosa alegría con Rango, para luego expiarlo durante el tiempo restante.
Rango llamaba a su puerta y la hacía bajar a medianoche para que vigilase a Zora mientras él iba
a buscar medicinas.

Djuna, la soñadora durmiente, subió por una colina enfangada hasta el hospital, una tarde lluviosa,
para llevar a Zora su abrigo de invierno. Había quedado tan desprovista y esquilmada de sus
pertenencias que su padre empezaba a advertirlo y le había pedido explicaciones.
–¿Dónde está tu abrigo?
–¿Por qué no llevas medias? Últimamente empiezas a vestirte como una pordiosera. ¿Es debido a
la influencia de tus nuevos amigos? ¿Con quién sales?
Los besos agradecidos de Rango sobre sus párpados eran la hipnosis cegadora, estupefaciente, y
Djuna hizo creer a su padre que ahora le gustaba «dárselas de bohemia», que jugaba a ser pobre.
Por la tarde Rango la dejó sola con Zora en el hospital. En cuanto él abandonó la habitación, Zora
dijo:
–Alcánzame ese frasco de la repisa. Es un desinfectante. Echa un poco aquí, en la jofaina. La
enfermera lo echa con tacañería. Sólo vierte unas
gotas. No quiere que me ponga buena. Y sé que con un poco más me curaría...
–Pero, Zora, es un producto muy fuerte. Te quemará la piel. No puedes poner mucho. La
enfermera quiere ahorrar...
En los ojos de Zora apareció una expresión de redomada malicia:
–¿Quieres que me muera, verdad? Así podrás vivir con Rango. Por eso no quieres darme la
medicina.
Djuna le entregó el frasco y contempló cómo Zora vertía el fuerte líquido en la jofaina. Se iba a
quemar la piel, pero al menos así creería que ella estaba de su parte.
Los ojos rasgados y orientales de Rango, abriéndose y cerrándose como los de un gato, sus ojos
oscuros y sesgados no tardarían en cerrar los de ella a la realidad, a todo razonamiento.
Rango no veía las coincidencias, como hacía Djuna inconscientemente. Cada vez que ella se
ausentaba durante algunos días, Zora experimentaba una ligera mejoría; cuando regresaba, Zora
sufría una recaída, y así Djuna y Rango no podían verse por la noche.
Djuna sabía instintivamente que eso era tan seguro e inevitable que ya se hallaba dispuesta a
tolerarlo. De regreso de algún viaje se decía: «No te excites ante la idea de ver a Rango, porque
probablemente Zora se pondrá muy enferma en cuanto llegues y Rango no estará libre...».
Y, además, como Rango no podía explotar ni rebelarse contra una enfermedad (que él
consideraba genuina e inevitable), como era incapaz de percibir que su curso obedecía a la
voluntad destructora de Zora, se rebelaba, injusta e inoportunamente, ante otras situaciones. Djuna
aprendió a detectar la causa de la rebeldía, a saber que se trataba de la rebeldía abortada en su
hogar, desviada y encauzada hacia otras escenas o circunstancias. Rango estallaba con violencia
discutiendo de política, criticaba las enfermedades de otras mujeres, incitaba a otros maridos a
rebelarse e iba a buscarles y les llevaba al café casi a la fuerza, de modo idéntico a como, de vez
en cuando, Djuna lanzaba una diatriba contra las mujeres desvalidas o infantiles en general,
porque no se atrevía a criticar abiertamente el infantilismo de Zora.
Rango evitaba todas esas escenas en su hogar, tomando a Djuna por refugio. Colocaba todo el
peso de su cabeza y de sus brazos sobre las rodillas de Djuna, y si por casualidad ella estaba
cansada, no se atrevía a confesarlo por miedo a sobrecargar aún más a un hombre que ya
soportaba demasiadas cargas. Disfrazaba sus propias necesidades, sus debilidades, sus
ambivalencias, sus propios temores o conflictos. A Rango le ocultaba todas esas cosas. Y así se
fue formando en él la imagen de su energía infinita, de su infinito poder para superar obstáculos.
Cualquier mácula en ese aspecto lo irritaba como una promesa incumplida. Necesitaba la fuerza
de Djuna.

Puesto que Rango parecía amar a Zora por su debilidad, mostrándose indulgente con sus
insuficiencias, con su desmañada incapacidad para abrir una puerta, para comprar un sello y
enviar una carta, para visitar sola a una amiga, Djuna sintió un profundo desequilibrio, comprendió
que se estaba produciendo una profunda injusticia. El extraordinario infantilismo de Zora quitaba
toda naturalidad a su relación con Rango. Hacía que ambas mujeres fuesen polos opuestos, no
como rivales, sino como contrarios, destrucción contra construcción, debilidad contra fuerza,
posesividad contra desprendimiento.
Hubo ciertos hechos que por su impacto hubieran podido romper aquella hipnosis, pero Djuna
estaba perdiendo su capacidad de interpretarlos.

Después de haber dado a Zora la mayor parte de sus pertenencias, y todas sus joyas –hasta el
extremo de tener que renunciar a ir a ciertos lugares o a verse con ciertos amigos ante los que no
podía presentarse vestida con tanta dejadez–, un día llegó inesperadamente a casa de Zora y la
encontró sentada en medio de seis baúles abiertos.
–Estoy haciéndome un vestido para un nuevo baile –dijo Zora.
Los baúles estaban repletos de vestidos. No sólo vestidos de teatro, sino abrigos, trajes, medias,
ropa interior, zapatos.
Djuna estaba asombrada, y Zora empezó a mostrarle todo lo que contenían los baúles,
explicándole:
–Todo esto lo compré en Nueva York cuando las cosas me iban bien.
–¡Pero sí podrías ponértelos ahora!
–Sí, podría, pero son demasiado bonitos. Me gusta tenerlos guardados y sacarlos de vez en
cuando para mirarlos.
Y pensar que durante todo este tiempo había llevado zapatos gastados, medias remendadas,
vestidos demasiado ligeros para el invierno... cuando no aquello que había podido arrancarle a
Djuna.
Este descubrimiento dejó a Djuna pasmada. Ponía de manifiesto lo que había presentido
oscuramente durante todo ese tiempo, que la dramatización por parte de Zora del papel de mujer
pobre, fría, mal vestida, patética, era algo voluntario que se amoldaba a sus más profundas
conveniencias; que aquella mediocridad, que constantemente suscitaba la compasión de Rango,
era deliberada, que en cualquier momento hubiera podido vestirse mejor que Djuna.
Aquella noche Djuna no pudo contenerse y preguntó a Rango:
–Cuando di a Zora mi abrigo de pieles para que lo llevase durante el invierno, ¿sabías que siempre
había tenido otro guardado en un baúl?
–Sí –respondió Rango–. Zora tiene mucho de zíngara.. Los zíngaros siempre guardan lo mejor
para ocasiones excepcionales, y les gusta mirarlo de vez en cuando, pero casi nunca se lo ponen.
«¿Me estaré volviendo loca? –se preguntó Djuna–. ¿O es que Rango está tan loco como Zora? No
se da cuenta de la absurdidad, de la crueldad de esta situación. Le parece natural que me
desprenda de algo para dárselo a una mujer obsesionada por el deseo de despertar compasión.»
Pero como ese incidente ponía en entredicho su fe en Rango, no tardó en cerrar nuevamente los
ojos.

Un actor jamás sufre calambres, porque sabe que el papel que interpreta quedará arrinconado en
determinado momento, y que volverá a caminar libremente, para ser él mismo.
Pero el papel de Djuna en la vida parecía inevitable. Estaba destinada a entregarse a una causa en
la que no creía. Zora jamás se curaría; Rango jamás sería libre. Padecía dolores que eran como
calambres porque, en todas aquellas posturas tan poco naturales que adoptaba, en aquellas
contorsiones de dar, de entregarse, llevaba a cabo un esfuerzo excesivo a sabiendas de que,
mientras amase a Rango, jamás volvería a ser libre ni a ser ella misma.
A veces escapaba por puro agotamiento físico.

En una ocasión, para ocultar a Rango su cansancio, tomó el barco de Calais a Dover, intentando
ocultarse en Londres, en casa de una amiga, durante algunos días.
Sentada en cubierta, una tarde brumosa, sintiose tan profundamente rendida y desanimada que se
quedó dormida. Cansada cansada cansada, su cuerpo se sumió en un profundo sueño en la
butaca de cubierta. Dormir. Un sueño profundo profundo... hasta que sintió una mano sobre el
hombro, como si la llamasen. No quería abrir los ojos; no quería responder. Tenía miedo a
despertar. Fingió estar totalmente dormida y volvió la cabeza, apartándola de la mano que la
solicitaba...
Pero la voz insistió:
–Mademoiselle, mademoiselle...
Una voz suplicante.
Sintió salpicaduras en la cara, el balanceo del barco, y empezó a oír voces a su alrededor.
Abrió los ojos.
Un hombre estaba inclinado sobre ella, su mano seguía sobre el hombro de Djuna.
–Mademoiselle, perdóneme. Sé que debería dejarla dormir. Perdóneme.
–¿Por qué me ha despertado? Estaba tan cansada, tanto...
Todavía no estaba totalmente despierta, o no lo bastante como para sentirse enojada, o cuando
menos ceñuda.
–Perdóneme. Si me lo permite se lo explicaré. No intento cortejarla, créame. Soy un grand blessé
de guerre. No puedo explicarle la gravedad de mis heridas, pero mi estado es tal que no soporto la
niebla, la humedad, la lluvia o el mar. Dolores. Tremendos dolores por todo el cuerpo. Tengo que
hacer este viaje a menudo, por razones de trabajo. Y es una tortura, imagínese. Ahora regreso a
Inglaterra... Cuando empiezan los dolores, lo único que puedo hacer es charlar con alguien. Tenía
que hablar con alguien. He mirado por todas partes. He observado todos los rostros. Y la he visto
durmiendo. Sé que he tenido muy poca consideración, pero me he dicho: «Ésa es la mujer con
quien puedes hablar. Me ayudará». ¿Le importa?
–No me importa –dijo Djuna.
Y estuvieron hablando, durante todo el viaje, y también en el tren, hasta llegar a Londres. Cuando
llegó a la capital estaba a punto de desmayarse. Tomó la primera habitación del hotel que encontró
y durmió durante doce horas. Luego regresó a París.

No más preguntas, no más interpretaciones, no más exámenes de su vida. Estaba resignada a su


destino. Era su destino. El grand blessé de guerre del barco había hecho que se diera cuenta, la
había convencido.
De modo que efectuó una pirueta llena de tristeza sobre los escenarios giratorios de la conciencia,
y volvió a interpretar aquel papel para el que había sido modelada, incluso en el rostro, aun
dormida.
Sin embargo, cuando la gente interpreta un papel movida por falsos impulsos, movida por
obligaciones debidas al temor, por distorsiones, y no por una necesidad profunda, el único síntoma
que revela que se trata de un papel y que los actos no corresponden a su verdadera naturaleza es
la sensación de una tensión insoportable.
Pocos son los modos que tenemos para juzgar nuestras falsedades, pero Djuna sabía de uno
infalible: la tristeza. Cualquier tarea efectuada sin alegría era un engaño, una estafa hacia su
verdadera naturaleza. Cuando Djuna se permitía un regalo extravagante para Zora, no
experimentaba alegría alguna puesto que tanto Rango como Zora lo interpretaban mal. Si existía
en ella una bondad natural no era ciertamente esa aniquilación exagerada, auto-destructiva, de
todo su ser.
Pero ese papel podía durar toda la vida, ya que Rango negaba la posibilidad de cambiar por pura
clarividencia, la posibilidad de un cambio lúcido de dirección. Estaban a la deriva y a merced de la
locura de Zora.
Djuna ni siquiera obtuvo el prestigio otorgado al actor profesional, pues nadie suele engañarse con
los papeles que se interpretan en la vida. La gente más obtusa, la más insensible, advierte una
disonancia, percibe una impostura y, mientras el actor es respetado por crear una ilusión en el
escenario, nadie es respetado por querer crear una ilusión en la vida.

Planeó otra escapada, esta vez con Rango y Zora. Le parecía que si los llevaba a la costa, a la
naturaleza, tal vez se curasen, quizá Zora saliese fortalecida y ellos alcanzaran la paz.
Convencer a Zora para que preparase las maletas y liberar a Rango de todos sus embrollos fue
muy arduo. No se les escapó un tren, sino varios. Zora llevaba dos baúles con sus cosas. Rango
tenía deudas y sus acreedores recelaban que abandonase París. Se pasaban las mañanas
durmiendo.
Rango pidió prestado algo de dinero y le compró un regalo a Djuna, un elegante cinturón de cuero
blanco, de Marruecos. Era su primer regalo, y Djuna se sintió inundada de alegría y se lo puso con
orgullo. Pero cuando los tres se encontraron en la estación descubrió que Zora llevaba un cinturón
idéntico, de modo que el suyo perdió su encanto y lo desechó.

El puerto pesquero adonde llegaron por la mañana estaba bañado por el sol. El muelle, en forma
de media luna, albergaba yates y barcas de pesca de todo el mundo. Los cafés estaban
arracimados en la orilla, y mientras tomaban sentados un café vieron despertarse los barcos, y
marinos y viajeros salieron de sus camarotes. Vieron abrirse los pequeños ojos de buey, levantarse
las escotillas y desplegar las velas. Vieron cómo los marinos empezaban a bruñir los metales y
lavar las cubiertas.
A sus espaldas se levantaban las colinas salpicadas de casitas blancas, construidas durante la
invasión de la costa mediterránea por los árabes.
El lugar estaba animado, como un perpetuo carnaval. Los destellos, el centelleo y la movilidad del
puerto y los barcos se reflejaban en cafés y visitantes. Los pañuelos de las mujeres parecían
responder al coqueteo de las velas. Ojos, pieles y sonrisas relucían tanto como los metales. Los
collares de conchas marinas de las mujeres reflejaban el cielo y el mar.
Rango encontró un alojamiento para Zora y para él en lo alto de una colina, en medio de un
bosque. Djuna tomó habitación en otro hotel algo más abajo, en la misma colina, más cerca del
puerto. Cuando Rango bajó la colina en su bicicleta para encontrarse con Djuna en uno de los
cafés del puerto, el sol comenzaba a ocultarse.
La noche y el mar eran aterciopelados y acariciantes, como abriendo un capullo de suavidad. A
medida que las plantas mostraban una floración más misteriosa, la gente también ocultaba su más
brillante personalidad diurna para vestirse de colores y perfumes más acordes con secretas
florescencias. Las hojas, las sombras y la proximidad de la noche les animaban.
Los automóviles que cruzaban ostentaban, desplegadas en audaces sonrisas, en insolentes
pañuelos, todos los estandartes del goce.
Todas las voces habían adquirido un tono de intimidad. Mar, tierra y cuerpos en busca de alianzas,
vestidos con sus plumajes de aventura, coral y turquesa, añil y naranja. Corolas humanas
abriéndose en la noche, invitando a la persecución, buscando la captura en todas las expansiones
que permiten que la savia suba y circule. Entonces Rango dijo:
–Tengo que irme. Zora tiene miedo de la oscuridad.
Para facilitarle las cosas a Rango, Djuna lo acompañó en bicicleta, pero cuando regresó sola a su
habitación todas las exhalaciones del mar la volvieron a tentar para que saliese, y regresó al
puerto, sentose a la misma mesa en donde se había sentado con Rango, y contempló la alegría
del puerto como de niña contemplara aquella primera fiesta desde su ventana, sintiendo de nuevo
que, para ella, todo placer era inalcanzable.
En la plaza, la gente bailaba al son de un acordeón que tocaba el jefe de Correos del pueblo. El
cartero la invitó a bailar, pero durante todo el rato sintió sobre ella la mirada celosa, condenatoria,
de Rango. Cada portañola, cada luz, parecía observar su danza con reproche.
De modo que a las diez abandonó el puerto y sus festejos y regresó en bicicleta a su habitacioncita
del hotel.
Mientras subía la última curva de la colina, empujando la bicicleta delante de ella, vio un rayo de
luz que caía sobre su ventana, situada en la planta baja. Djuna no podía ver quién sostenía la luz,
pero presintió que se trataba de Rango y le llamó alegremente, pensando que tal vez Zora se
hubiese dormido y que él estaba libre y había acudido para estar con ella.
Pero Rango respondió a su salutación con enojo:
–¿Dónde has estado?
–Oh, Rango, eres demasiado injusto. No iba a quedarme en mi habitación desde las ocho. Sólo
son las diez, he vuelto pronto, y sola. ¿Cómo puedes enfadarte?
Pero estaba enfadado.
–Eres demasiado injusto –dijo ella, y pasando junto a él, corriendo casi, penetró en su habitación y
cerró la puerta con llave.

Las pocas veces que se había enfrentado a Rango, como el día que llegó a medianoche en vez de
llegar para la cena, como había prometido, había notado que la furia de él menguaba, y que la
llamada de sus nudillos a la puerta no era imperiosa, sino amable y tímida.
Y eso fue lo que ocurrió. Su timidez desarmó la cólera de Djuna.
Abrió la puerta. Y Rango se quedó con ella y de nuevo ambos buscaron la intimidad, como si
pretendieran unir otra vez todo lo que la violencia de él había roto.
–Eres como Heathcliff, Rango, y algún día todo se romperá.
Rango sentía celos incurables de los amigos de Djuna, porque, para él, los amigos eran cómplices
de la vida que Djuna llevaba fuera de su territorio. Eran posibles rivales, testigos y, tal vez,
instigadores de infidelidades. Eran los que conspiraban secretamente por separarles.
Pero todavía más graves eran sus celos de los amigos que evidenciaban un aspecto de la
personalidad de Djuna no reflejado en su relación con Rango, o revelador de facetas de Djuna no
comprendidas en el amor, facetas de una Djuna desconocida que ella no podía entregarle. Y ésa
era una Djuna juguetona, ligera, apacible, la Djuna que gustaba de la armonía, no de la violencia,
la Djuna que encontraba, fuera de la pasión, luminosos estados de ánimo y regiones desconocidas
para él. O incluso la Djuna que creía que la comprensión podía alcanzarse mediante el esfuerzo,
mediante el examen del propio comportamiento, que el destino podía ser remodelado, y el
accidentado camino de cada cual nuevamente orientado con lucidez.
Djuna atraía a quienes sabían cómo huir del reino de la aflicción gracias a la fantasía. Aparecieron
otras facetas de Paul, y sobre todo una de la que Rango estaba tan celoso como si hubiera sido
una reencarnación de Paul. Sabía que se trataba de una amistad inocente, pero no por ello dejó de
armar un gran escándalo. Sabía que el muchacho podía brindar a Djuna un clima que su violencia
e intensidad destruían.
Se trataba, por parte de Djuna, de su antigua búsqueda de un paraíso, de una región ajena al
sufrimiento.
Tumbados en la arena con el segundo Paul (mientras Rango y Zora se pasaban durmiendo la
mitad del día), construían juegos de bolos con pedazos de madera arrastrados por el mar, cavaban
laberintos en la arena, buceaban en busca de plantas marinas y se narcotizaban con cuentos.
El único momento en que existía un nexo era cuando él buscaba el dedo meñique de Djuna con el
suyo, como Paul hiciera en otro tiempo, porque eso constituía una especie de eco de su relación
con Paul, un nexo frágil, un nexo parecido a un juego, pero que proporcionaba vida gracias,
precisamente, a su ligereza y delicadez.
Horas iridiscentes, efímeras horas exentas de tinieblas.

Cuando Rango apareció, torpe, mancillado por su vida estancada con Zora, por las peleas, Djuna
sintiose más fuerte para encararse con la resaca de su amargura.
Llevaba un vestido de brillantes colores, añil y azafrán; se cepilló el pelo hasta sacarle brillo, y
proclamó con todos sus gestos una alegría que deseaba contagiar a Rango.
Pero, como había ocurrido a menudo, esa misma alegría lo alarmó; sospechó su causa, y se
propuso rescatarla de aquella región que no había atravesado con él, de aquella región de paz, de
fe y amabilidad que él jamás podría darle.
Era cierto que el segundo Paul sólo se había apropiado de su dedo meñique y no quería nada más
de ella, cierto que el peso de Rango sobre su cuerpo era como la tierra, más fuerte y cálido, cierto
que cuando sus brazos caían abatidos junto a los costados de Djuna eran tan pesados que ella no
hubiera podido levantarlos, y cierto, también, que quienes sólo estaban hechos de tierra y fuego
jamás eran iluminados, jamás se levantaban o elevaban por encima de la tierra, jamás se libraban
de ella, quedando irremediablemente atrapados en sus venas.
Su sueño de liberar a Rango se desintegraba día a día. Les había brindado el sol y el mar, y sin
embargo dormían. Zora había descosido su traje de baño y lo estaba cosiendo de nuevo. Lo
cosería durante años.
Djuna, ahora, veía con claridad que el corazón cuarteado no representaba un acto de traición, sino
que existían regiones necesarias para la vida a las que Rango no tenía acceso. No era que Djuna
quisiese albergar la imagen de Paul en un cuarto y la de Rango en otro, ni que para amar a Rango
tuviera que destruir el cuarto habitado por Paul: era que en Djuna existía el anhelo de un paraíso
que Rango era totalmente incapaz de darle, o de alcanzar con ella.

Si en el hermano de Paul buscaba un momento de descanso, un momento de olvido, por la noche


también buscaba, en la oscuridad, a alguien sin mácula, alguien que la protegiera y se lo
perdonase todo.
Quien careciera de mácula, quien comprendiera, quienquiera que fuese el poseedor de un venero
inagotable de amor, sería el dios padre perdido en su infancia.
Por la noche, sola, después de los tormentos de su vida con Rango, después de sus rebeliones
contra ese tormento que en vano había intentado dominar comprendiéndole a él, derrotada por el
propio amor de Rango hacia ese infierno –real, según él, equiparable a la vida, a la vida intensa,
mientras que la felicidad era un ideal mediocre, despreciado por poetas, románticos y artistas...–;
sola, por la noche, cuando reconocía para sus adentros que Rango estaba condenado y que jamás
volvería a ser un hombre entero, que su inclinación al dolor le había arruinado, que le había
corrompido su creencia de que la guerra y los problemas aumentan el sabor de la vida, de que los
conflictos son necesarios, como el fuego, para alcanzar el clímax del deseo, tocando de pronto el
fondo de la soledad abismal a la que ambas relaciones la habían precipitado, Djuna volvía a sentir
la presencia de dios, como la había sentido siendo niña, o en otra ocasión, hallándose próxima a la
muerte.
Volvió a sentir a ese dios, quienquiera que fuese, tomándola tiernamente, sosteniéndola,
adormeciéndola. Sintiose protegida, sus nervios se distendieron, sintió la paz. Cayó dormida, todas
sus ansiedades se esfumaron. Cómo le necesitaba, quienquiera que fuese, cómo necesitaba
dormir, necesitaba paz, necesitaba al dios padre.

Bajo la luz anaranjada del puerto pesquero, la extensión añil del mar, el fuerte sabor de las pastas
matutinas, la alegría de las primeras horas de la mañana en el muelle, las escenas con Rango se
hicieron cada vez más parecidas a alucinaciones.
Rango, avanzando por los cañaverales con su piel morena y los ojos resplandecientes, parecía un
balines.
Cuando se sentaban en la playa, avanzada la noche, alrededor de una hoguera y la carne asada,
Rango, sentado sobre sus robustas piernas, vivaracho con las manos, parecía tan armónico con la
naturaleza. Cuando regresaban de largas excursiones en bicicleta, tras horas pedaleando contra
un viento fresco, cansados y sedientos pero pletóricos de regocijo y euforia física, la reaparición de
sus obsesiones se asemejaba más a una enfermedad.
Djuna conocía todos los preámbulos de los conflictos. Si durante la excursión había cantado al
compás de otros, o reído, o asentido, Rango empezaba:
–Esta mañana he encontrado tu bicicleta y la del muchacho apoyadas en la pared del café, tan
juntas como si hubieseis pasado la noche juntos.
–Pero, Rango, él ha llegado más tarde, simplemente ha dejado su bicicleta al lado de la mía. Todo
el mundo desayuna en el mismo café. Eso no significa nada.
A veces Djuna creía que Rango se había contagiado de la locura de Zora. Sentía compasión hacia
él, y respondía con paciencia, como se le responde a un enfermo.
Ella sabía que, en los otros, amamos a algún yo reprimido. Consolando a Rango, tranquilizándole,
¿consolaba acaso a una Djuna secreta que en alguna ocasión se había sentido celosa sin
atreverse a revelarlo?
(«En los otros amamos las sombras de nuestra naturaleza soterrada, de nuestros yos escondidos.
Alguna vez debo de haberme sentido tan celosa como Rango, aunque sin manifestarlo, sin
manifestármelo ni siquiera a mí misma. Debí de experimentar esos celos en un reino tan oculto de
mi propia naturaleza que ni siquiera fui consciente de ello. De otro modo no hubiera sido tan
paciente con Rango. No hubiera sentido compasión. Sus celos nos están destruyendo. Quiero
protegerlo de sus consecuencias... Me está alejando de él. Ahora debería escapar, pero siento mi
responsabilidad. Cuando vemos a otra persona que se atreve a ser lo que nosotros no nos
atrevimos a ser, nos sentimos responsables por ella...»)
Pero un día despertó tan cansada a causa del demonio de Rango que decidió asustarle, escapar,
confiando en que aquello le curase.
Hizo las maletas y se dirigió a la estación. Pero no había tren hasta la noche. Se sentó a esperar,
desconsolada.
Y apareció Rango. Parecía aturdido.
–¡Djuna! Djuna, perdóname. Debía estar loco. No te he contado la verdad. Un amigo mío ha estado
haciendo absenta en su sótano y cada día, al mediodía, hemos ido a probarla. Debo de haber
bebido bastante durante estos días.
Djuna le perdonó. Y también, siempre en un esfuerzo por absolverle, pensó: «Su esclavitud ante
las necesidades de Zora es tremenda, pero no se atreve a rebelarse. Ella tiene el don de hacerle
creer que nunca hace bastante, le llena de culpabilidad, y tal vez por eso, cuando viene a mí, tiene
que rebelarse y enojarse por algo, tiene que explotar. Yo soy su cabeza de turco».
Se hallaba ligada a Rango por ese tubo respiratorio, se hallaba ligada a sus estallidos. Tal vez
algún día terminaría creyendo, como Rango, que la violencia es necesaria para hundirse en las
profundidades de la experiencia.
En esos escenarios giratorios del inconsciente, últimas junglas ocultas de nuestra naturaleza,
controlado y enjaezado hasta cerca de su exterminio, todos los pozos se hallan sellados y no es de
extrañar que, cuando de nuevo intentamos abrirlos, esperando hallar un caudal de vida,
encontremos en su lugar un veneno de cólera.
Así, cuando montaba en cólera, Rango lanzaba ese veneno de la naturaleza como un geiser, y
luego se negaba a admitir cualquier responsabilidad por las tempestades. Sus iras caían como el
rayo, y cada vez que eso ocurría, Djuna se veía librada de las que ella escondía.

Pero el sol negro de los celos de Rango eclipsó el sol mediterráneo, agitó la apacibilidad turquesa
del mar. Algunas veces Djuna se tumbaba a solas sobre la arena e intentaba recordar qué había
querido alcanzar a través del cuerpo de Rango, qué era lo que la primera visión de él, tocando la
guitarra y recordando su vida de zíngaro, había despertado en ella.
Abrirse, a través de él, a la pura naturaleza. En ocasiones recordaba su primera sonrisa, la sonrisa
irónica del indio que venía de lejos, como un eco de una antigua sonrisa india en el albor de los
mundos mayas; como el paso terrenal procedente de los pies descalzos que abren senderos en las
montañas más altas del mundo, en los lagos menos hollados y los bosques más impenetrables.
Al soñar en Rango volvió a los orígenes del mundo y oyó en él pasos que eran ecos de los
prehistóricos pasos de caza.
Recordó, ante todo, historias, como la que Rango le había contado sobre aquella ocasión en que,
hallándose sentado encima de una roca, en lo alto de un glaciar, ¡había sentido girar la tierra!
Djuna había besado ojos repletos de recuerdos esplendorosos, ojos que habían visto a los mayas
sepultar sus tesoros de oro en el fondo de los lagos, inasequibles al pillaje de los españoles.
Había besado a los príncipes indios de los cuentos de hadas de su infancia.
Se había sumergido con amor y deseo en las simas de antiguas razas, y había buscado cimas y
abismos y magnificencia.
Y encontrado... Había encontrado desiertos en donde los buitres perpetuaban su vuelo circular, sin
distinguir ya entre vivos y muertos.
Había encontrado una ciudad muda descansando sobre columnas ruinosas, cúpulas
resquebrajadas, tumbas, con lechuzas que ululaban como mujeres parturientas.
A la sombra de los volcanes había fiestas, orgías, bailes y guitarras.
Pero Rango no la había llevado allí.
Al amor, él sólo aportó sus impetuosas ansiedades; Djuna había abrazado, besado, poseído un
espejismo. Había caminado y caminado, pero sin entrar en las fiestas y la música, sin penetrar en
la risa, sino sólo en el corazón de un volcán indio...

La trampa era visible de día.


La trampa era una red de deberes sin sentido. En cuanto Djuna abrió los ojos vio vívidamente a
Zora, acostada, pálida, que con sus manos blandas y lacias lo tocaba todo con torpeza infantil.
Zora, que no alcanzaba su objetivo, que dejaba caer lo que sostenía, que intentaba abrir
desmañadamente una puerta y se movía con lentitud tan anormal y gestos tan nebulosos e
inseguros que tardaba dos horas en vestirse.
La compasión era la excusa con la que Djuna disfrazaba, a sus propios ojos, su repulsión ante la
voz lastimera de Zora, ante su cuerpo descuidado, su mirada astuta, ante sus vestidos de
pordiosera que eran un disfraz para ganarse la indulgencia ajena, ante su cabello enmarañado que
no peinaba por pura pereza, ante la piel mortecina que dejaba transparentar su sangre estancada.
De saber lo que albergaba la mente de Zora, uno se hubiera alejado, asqueado. En algunas
ocasiones Djuna la había oído acusar monótonamente, en el duermevela, a los médicos, al mundo,
a Rango, a ella misma, a los amigos, de todo cuanto le había acaecido.
Asco. Se siente culpabilidad no sólo por actos cometidos, sino también por los pensamientos.
Ahora que la trampa se había tornado tan grotesca, fútil, asfixiante, Djuna deseaba cada día que
Zora falleciera. Una vida inútil, haciendo acopio de comida, devoción, servicio, y sin dar
absolutamente nada, menos que nada.
Una vida inútil, que destilaba veneno, envidia, una tiranía estranguladora.

Si fallecía, la vida de Rango podía volver a salir a flote, como una hoguera, con su cuerpo fuerte y
exuberante y su imaginación impulsándole hacia todos los rincones del mundo. En sus peores
momentos en él siempre había fuego. Y, en Zora, frialdad. Sólo trabajaba la mente, deformando,
denigrando, acusando.
En ella sólo quedaba la artista circense. «Mirad mi llaga, mirad cómo sufro. Amadme.» Pero no se
ama por esas razones. La trampa no tiene escapatoria. El rostro macilento de Zora y su falta de
valor provocan pesadillas en Djuna. Se despierta temprano para ir a comprar un pan especial, una
carne especial, una verdura especial. Tienen hora para hacerle unos rayos X del pecho, pues esta
semana Zora cree tener tuberculosis. Horas perdidas así, sólo para oír decir al doctor:
–No tiene nada. Síntomas histéricos. Deberían llevarla al psiquiatra.

Hacen una visita al prestamista, porque hay que pagar al otro médico, al que hizo la prueba inútil,
dramática, del cáncer. La paga mensual de Djuna se ha acabado.
No hay escapatoria. El día se desmorona al poco de haber nacido. El único árbol que ella verá es
el árbol anémico del jardín del hospital.
Un sacrificio inútil, abortado, que produce tristeza.
El día es la trampa, pero no se atreve a rebelarse. Si quiere su media noche con Rango, ése es el
único camino para conseguirla. Al declinar del día vendrán sus besos fervientes, su emoción, su
deseo, los mordiscos hambrientos en el hombro, las vibraciones de placer agitando el cuerpo, los
gemidos guturales de hombres y mujeres retornando a su origen primitivo...
A veces no les da tiempo de desvestirse. Otras el clímax queda pospuesto entre bromas,
despertando un frenesí. La escoria del día es consumida por el fuego.
Cuando Djuna piensa durante el día: «Debo escapar, debo abandonar a Rango al tormento que ha
elegido», lo que la retiene es el recuerdo de ese punto de fuego.
¿Cómo puede Rango admirar la descomposición de Zora... que ni siquiera es un noble suicidio,
sino una obsesión fija por morir lentamente, arrastrando a otros con ella? Una vida fea y
monstruosa. Si lava un plato, se queja. Si cose un botón, se lamenta.
Tales son los pensamientos de Djuna, pero también ella tiene que expiarlos. Zora, toma este pan
que he tardado una hora en encontrar, no te alimentará, tienes demasiado veneno en el cuerpo.
Las primeras palabras que me dirigiste –tu conversación rogando que te ayudasen y mostrándote
contenta de que fuese precisamente yo, sí, porque yo era alguien a quien resultaba fácil apresar en
la trampa de la compasión–, fueron hipócritas. Sabías que actuaría contigo como tú jamás lo
habrías hecho conmigo. He intentado imaginarte en mi lugar, sin lograrlo. Sé que tú hubieras sido
absolutamente cruel.

De vuelta a la barcaza, Djuna compró velas nuevas y una alfombra de piel sobre la que tumbarse,
porque Rango creía que era demasiado burgués dormir en una cama como hacía todo el mundo.
Dormían en el suelo. Tal vez la piel, lecho de los esquimales, resultase apropiada.
Cuando Rango llegó, contempló las velas y la piel como un león contempla una hoja de lechuga.
Pero, una vez tumbado en ella, su deseo broncíneo va despertándose y el lecho primitivo es
bautizado en recuerdo de moradas cavernícolas.
En este momento los niños están leyendo los mismos cuentos de hadas de los que Rango y Djuna
llegaron a esperar tantas maravillas, a esperar lo imposible. Rango había imaginado una vida sin
trabajo, sin responsabilidades. Djuna había querido una vida de deseo y libertad: no la comodidad,
sino la suavidad de sucesos mágicos, no el lujo sino la belleza, no la seguridad sino la plenitud, no
la perfección sino un instante perfecto como éste... pero sin que Zora estuviese al acecho para
interponerse entre ellos, como una pesadilla...

Djuna no estaba preparada para que Rango fuese al primero en intentar librarse de la trampa.
Ocurrió inesperadamente, a medianoche, cuando estaban a punto de separarse. Su voz llegó
desde las arrulladoras caricias de la niebla:
–Estamos llevando una vida egoísta. En el mundo ocurren muchas cosas; deberíamos participar
en ellas. Eres como todos los artistas, con tus grandes focos apuntando al cielo, sin pisar jamás la
tierra en donde ocurren las cosas. Se está produciendo una revolución, y quiero tomar parte activa
en ella.
Djuna no creía que el mundo o la revolución necesitasen de Rango, con su indisciplina bohemia,
su amor al vino tinto, su pereza. Presentía que Rango se alejaba a causa de las persecuciones de
Zora. ¡Se hallaba atrapado entre una mujer que deseaba morir y otra que anhelaba vivir! Había
esperado amalgamarlas a ambas para suprimir la tensión entre sus dos personalidades. Sólo
había pensado en su propia tranquilidad emotiva. Había infravalorado la egoísta ferocidad de Zora
y la clarividencia de Djuna. Aquella alianza, era un fracaso. Ahora sentíase impelido a arriesgar su
vida por alguna causa impersonal.
Djuna permaneció callada. Contempló el rostro de Rango y se fijó en su boca, que parecía infeliz,
lastimada, reveladora de su desesperación. La mantenía cerrada con fuerza, como hacen las
mujeres cuando no quieren sollozar: una boca que desentonaba con su cabeza de león, porque
era la boca de un niño, pequeña y vulnerable; una boca que despertaba la indulgencia de Djuna.
Al separarse, en la esquina de la calle, se besaron desesperadamente, como si fuesen a
emprender un largo viaje. Un mendigo comenzó a tocar su violín, y luego se detuvo, pensando que
eran amantes que no volverían a verse nunca más.
Mientras Djuna se alejaba, la sangre latió en sus oídos, porque su cuerpo se separaba de Rango
con anticipación, sus cabellos se separaban de otros cabellos, sus manos se desasían, sus labios
se cerraban contra el último beso, entregándolo a una amante más exigente: la revolución.
La tierra giraba velozmente. Las mujeres no pueden abandonar las trampas del amor, pero los
hombres sí; ellos tienen guerras y revoluciones en las que participar. ¿Qué ocurriría ahora? Lo
sabía. Había que firmar cinco hojas y responder a un cuestionario minucioso, extremadamente
preciso. Djuna había visto el cuestionario. Había que decir si la esposa o el marido creían en la
revolución; había que contarlo todo. Rango rellenaría esas hojas lentamente, con su escritura
nerviosa, fluida y oscilante. Todo. Probablemente diría que su esposa era una inválida, pero el
partido no aprobaría que tuviera una amante.
Entonces, repentinamente, la tierra dejó de girar y la sangre cesó de latir en sus oídos. Todo
permaneció en una inmovilidad mortal porque Djuna recordó los peligros... Recordó el amigo de
Rango encontrado con un agujero de bala en la sien cerca del café donde se reunían. Recordó la
historia que le había contado Rango sobre uno de los hombres entregados a la revolución en
Guatemala: había sido encerrado en una mazmorra medio llena de agua hasta que se le pudrieron
las piernas en jirones de carne mohosa, hasta que sus ojos se volvieron absolutamente blancos.
A la noche siguiente Rango llegó tarde. Djuna olvidó que siempre se retrasaba. Pensó: «Ha
firmado todos los papeles y le han dicho que un miembro del partido no puede tener una amante».

Eran las nueve. Djuna no había comido. Llovía. Al café llegaron unos amigos, charlaron un poco y
se fueron. Las horas se hacían interminables debido a la ansiedad. Así iba a ser la espera, sin
saber jamás si Rango seguía vivo. Le descubrirían tan fácilmente. Un extranjero, de tez oscura,
pelo revuelto; su apariencia correspondía exactamente a lo que la policía esperaba de un hombre
que trabajase para la revolución.
¿Qué le había ocurrido a Rango? Abrió un periódico. En una ocasión él había dicho: «Cogí un
periódico y en primera página vi la foto de mi mejor amigo, asesinado la noche anterior».
Así era cómo ocurriría. Rango la besaría como la había besado la noche anterior en la esquina de
la calle, al son de aquel violín, luego el violín se detendría, y esa misma noche...
Djuna interrogó a su instinto. No, Rango no estaba muerto.
Le hubiera gustado ir a la iglesia, pero también eso estaba prohibido. Estaba prohibida la
desesperación. Había llegado el momento del estoicismo.
Tenía celos de la admiración que Rango sentía por la madre de Gauguin, una heroína
sudamericana que había luchado en revoluciones y matado a su propio esposo cuando éste
traicionó al partido.
Pasó frente a la iglesia y entró. No podía rezar porque estaba intentando convertirse en la
compañera idónea de un revolucionario. Pero siempre había sentido que tenía un acuerdo
humorístico y privado con Dios. Sabía que él siempre sonreiría irónicamente ante sus actos más
alocados. Vería sus contradicciones, y se mostraría indulgente. Entre ellos existía un pacto, aun
cuando la mayoría de los tribunales la considerase culpable. Era como su amistad con los policías
de París.
¡Y ahora Rango avanzaba hacia ella! (¡Vean qué pacto tenía con Dios, que éste le concedía
deseos que nadie más hubiera esperado que concediese !)
Rango había estado enfermo. No, no había firmado los papeles. Se había quedado dormido.
Mañana. Mañana.
Djuna había olvidado aquella divinidad latina: Mañana.

Rango y Djuna se sentaron a tomar un café en el Café Martiniquaise, próximo a la barcaza.


El lugar estaba repleto de humo, voces, rostros, respirando y balanceándose como una ola sonora
y compacta, que a veces les arrollaba y arrastraba, y otras se retiraba, aplacada, sólo para volver
de nuevo a apagar sus voces con mayor estrépito y sofocación.
Djuna jamás hubiera podido identificar aquella marea de rostros disueltos por luces y sombras, sus
contornos ligeramente difuminados a causa de la bebida. Pero Rango podía decir de inmediato:
«Aquél es un chulo, aquel otro un boxeador profesional. Aquél un drogadicto».
Entraron dos amigos de Rango con las manos en los bolsillos, y le saludaron de reojo, los pesados
párpados semicaídos sobre sus ojos vidriosos. Bajo los ojos tenían profundas y amoratadas ojeras
y Rango dijo:
–Me sorprende ver con qué rapidez se desintegran mis amigos por culpa de las drogas. Algunos
incluso han muerto. Este tipo de vida ya no me atrae.
–Antes sí que sentías atracción por la destrucción, ¿verdad?
–Sí –dijo Rango–, pero no era real. De joven, en casa, lo que más me gustaba era la salud, la
energía física y el bienestar. Sólo más tarde, aquí, en París, los poetas me enseñaron a no valorar
la vida; era más romántico desesperarse, más noble rebelarse, y morir, que aceptar lo que la vida
ordinaria podía ofrecernos. Pero ya no me siento atraído hacia eso. Quiero vivir. Aquél no era mi
verdadero yo. Zora dice que me has cambiado y, sin embargo, no se me ocurre que hayas dicho o
hecho algo por lograrlo. Pero cada vez que estamos juntos deseo conseguir algo, algo grande. No
quiero seguir comulgando con ese credo literario, con la belleza romántica de vivir desesperada,
peligrosa, destructivamente.
Djuna pensó con ironía que no había pretendido forjar un rebelde. También ella había cambiado a
causa de Rango. Había adquirido algunos de sus hábitos zíngaros, algo de su despreocupación,
de su indisciplina bohemia. Se había precipitado con él en el desorden de los vestidos
desparramados, de las colillas esparcidas, de meterse totalmente vestida en cama, durmiéndose
tal cual, en el desorden de la indolencia, de la falta de horarios... Una región de caos y luz lunar.
Aquello le gustaba. Era la atmósfera del útero de la tierra, donde la conciencia no podía penetrar e
iluminar todos los trágicos aspectos de los deseos incumplidos. En la oscuridad, caos, calor, una
olvidaba... Y el silencio. El silencio era lo que más le gustaba. El silencio en el que el cuerpo, los
sentidos, los instintos, se muestran más avizores, más poderosos, más sensibilizados, viven una
vida más ricamente perfumada e intoxicante, sin transmutarse en pensamientos, palabras, en
exquisitas abstracciones, en matemáticas de emoción sino en impacto violento, en volcánicas
erupciones de fiebre, lujuria y goce.
Ironía. Ahora Rango se proyectaba a sí mismo fuera de ese reino, y quería acción. Ya no quedaba
tiempo para la guitarra que la había embrujado, ni para visitar a los zíngaros como él había
prometido en una ocasión, ni para dormir por la mañana como Djuna había aprendido a hacer, ni
para adquirir por osmosis su arte de desentenderse de toda responsabilidad, su autocomplacencia,
su temeridad...
Sentados en el café, Rango condenó su vida pasada. Estaba lleno de arrepentimiento por las
horas desperdiciadas, la energía desaprovechada, los años perdidos. Deseaba una vida más
austera, acción y realización.
De improviso Djuna miró su café y sus ojos se llenaron de hirientes lágrimas; las lágrimas de la
ironía abrasan la piel con más fuerza. Sollozó por haber despertado en Rango el deseo de servir a
un fin que no era el suyo, de vivir ahora por otros cuando ya vivía por Zora, y sollozó por lo poco de
sí mismo que él podía ofrecerle. Sollozó porque, a pesar de lo próximos que se hallaban en aquella
penumbra terrena –próximos en la atracción magnética entre su piel, su cabello, sus cuerpos–, sus
sueños jamás coincidían en ningún punto, como no coincidían su visión de la vida, sus actitudes.
Sollozó por los múltiples desajustes de la vida que impedían la unidad absoluta.
Rango no comprendía.
En la esfera de las ideas siempre había sido inquieto, impaciente, como un animal salvaje que
temiese verse acorralado. A menudo describía cómo acorralaban en su rancho a los caballos y
toros. Le encantaba el ardor del combate. Para él, examinar, comprender, interpretar era también
un modo de acorralar que despertaba sus sospechas.
Pero, de momento, Djuna aspiraba el aroma de su cabello. De momento existía entre su piel y su
carne aquella corriente, aquella armonía de colores, peso, calidad y olores contrastantes. En él
todo era penetrante y violento. Eran, eso decían sus amigos, como Otelo y Desdémona.
Mañana Rango sería miembro del partido.

Djuna pensó: «Así es cómo se vive cuando pierdes las alas. Compras velas para la reunión de los
amigos de Rango, pero no dan una luz que te satisfaga porque no crees en lo que estás
haciendo».
Para ella, la tristeza nunca fue un lastre; la sorprendía en pleno vuelo, mientras bailaba en
espirales, desplazando remolinos de aire, como una flecha que disparada contra un ave, no la
hace caer sino que simplemente acelera su aleteo.
Cada día sentía mayor aprensión a descender a la vida familiar y cotidiana, porque el dolor, el arco
del cazador, provenía de la tierra y, por tanto, la huida a una distancia segura se hacía cada vez
más apremiante.
Su única defensa contra nuevos peligros era, ahora, su movilidad. Mientras permanecemos en
movimiento ofrecemos un blanco más difícil, resulta más problemático que nos hieran. Había
adoptado la estructura básica de los nómadas.
Rango había dicho:
–Esta noche prepara la barcaza para una reunión. Será el sitio ideal. Sin vigilantes que le vayan
con el cuento a la policía. Sin vecinos.
Había firmado todos los papeles. Debían andarse con más cuidado.
La gabarra iba a resultar más útil.

Ahora existen dos reinos en los que vivir. (¿Estoy en posesión de la droga secreta que me permite
mantener los éxtasis mientras penetro en la vida del mundo, en las actividades del mundo, en sus
contingencias? Siento que se apodera de mí mientras paseo. Es una sensación extraña, como de
embriaguez. Me sorprende en mitad de la calle, como una tremenda ola y, a través de mis venas,
discurre un entumecimiento que es el torpor de lo maravilloso. Lo conozco por su poder, por su
modo de elevar mi cuerpo, por el aire que pasa bajo mis pies. La habitación fría que he
abandonado por la mañana, el cubrecama amarillento, la estufa llena de cenizas, el vino agrio en el
fondo del vaso, todo ello estaba iluminado por la fuerza del amor de Rango. Era como si hubiera
aprendido a volar por encima de la calle y me hubiesen permitido hacerlo por un instante...
tornando cada color más intenso, cada caricia más penetrante, cada momento más espléndido...
Pero la ansiedad me decía que no podía durar. Es un estado de gracia amorosa que algunos
alcanzan por medio del vino y otros rezando y ayunando. Es un estado de gracia, pero no puedo
descubrir por qué podamos perderlo. El peligro estriba en volar bajo, en despertarse.» Djuna sabía
que ahora que Rango tenía que actuar en el mundo ella volaba más bajo. El aire de la política
estaba lleno de polvo. La gente aspiraba a alcanzar planetas, pero era un viaje superfluo; había
cierto modo de respirar, de caminar, de mirar, que transportaba a los seres humanos al espacio, a
la transparencia. La extraordinaria brillantez de los juegos a los que la gente jugaba más allá de sí
misma, los juegos de sus personalidades estelares...)
Compró leña para el fuego. Barrió la barcaza. Ocultó la cama y el barril de vino.
Rango se encargaría de guiar a los recién llegados hasta la barcaza, y permanecería en el puente
para orientarles.

Los guatemaltecos fueron llegando poco a poco. Los más morenos, de sangre india, en silencio
indio; los de sangre española, más pálidos, con volubilidad española. Pero todos quedaron
intimidados por el lugar, la madera crujiente, la gran estancia parecida a los primeros lugares de
reunión de los revolucionarios, las sombras alargadas, los ruidos fluviales, las cadenas y remos del
río, las inquietantes luces del puente, el vaivén producido por el paso de otras barcazas. Para los
conspiradores era un lugar abrumador. En ocasiones, la vida supera la ficción, el drama. Ésta era
una de ellas. El escenario era más dramático de lo que deseaban. Estuvieron paseando
torpemente de un lado a otro. Rango todavía no había llegado. Esperaba a los que se habían
retrasado.
Djuna no sabía qué hacer. No estaba preparada para aquel papel. La educación o la conversación
insulsa parecían fuera de lugar. Mantuvo la estufa cargada de leña y contempló las llamas, como si
su vigilancia fuese a avivarlas.
Cuando te han cortado las alas y, para pasar desapercibida, vistes un traje oscuro, comprado en la
tienda más barata de París; cuando has descartado los pendientes, y el esmalte de las uñas,
deseando manifestar una abdicación del yo, una dedicación al servicio impersonal, y aun así no te
sientes sincera, te sientes sólo como una especie de actriz, porque esperas que en ti la conversión
se produzca como por ensalmo, por amor y gracia de un miembro del partido...
Saben que finjo.
Así interpretó su silencio.

A los propios ojos de Djuna ellos la juzgaban y condenaban. Era la única mujer presente, y ellos
sabían que estaba allí sólo por ser mujer, una mujer enmarañada en su propio amor, no
comprometida con la revolución.
Entonces llegó Rango, jadeante y ansioso:
–No hay reunión. Tenemos orden de dispersarnos. No hay más explicaciones.
Podían irse y se sintieron aliviados. Salieron en silencio. Sin mirarla.
Rango y Djuna se quedaron solos.
Rango dijo:
–Tu amigo el policía estaba de servicio en lo alto de las escaleras. Han encontrado asesinado a un
vagabundo. De modo que cuando los guatemaltecos han empezado a llegar, les ha pedido la
documentación. Era peligroso. –Había cometido su primer error al creer que la barcaza era buen
sitio. El cabecilla del grupo había sido severo. Le había llamado romántico...–. También sabe de tu
existencia. Ha preguntado si eras del partido. He tenido que decirle la verdad.
–¿Quieres que firme los papeles? –preguntó ella, con una docilidad tan parecida a la de un niño
que Rango quedó conmovido.
–Si lo haces por mí, no. Tienes que hacerlo por ti misma.
–Oh, lo hago por mí. Ya sabes lo que creo. Hoy en día el mundo está podrido; es como un bosque
con las copas de los árboles en tierra y las raíces gesticulando con fuerza en el aire,
marchitándose. El único remedio es empezar un mundo a partir de dos; en dos existe la esperanza
de la perfección y eso, a su vez, puede extenderse a todos los demás... Pero hay que empezar por
abajo, por la relación entre hombre y mujer.
–Te daré libros para que leas, para que estudies.

¿Cambiaría su nueva filosofía su complacencia y su servilismo hacia Zora, la vería con nuevos
ojos, contemplaría la desolación, la criminalidad de su ensimismamiento? ¿Le diría también: «En el
mundo hay cosas más importantes que tus insignificantes dolores. Hay que olvidar la vida
privada»? ¿Se vería alterada su vida privada como Djuna no había sido capaz de hacerlo? ¿Se
clarificarían sus confusiones y errores?
Djuna comenzaba a sentirse esperanzada. Empezó a estudiar. Advirtió analogías entre la nueva
filosofía y lo que inútilmente había estado exponiendo a Rango.
Por ejemplo, el partido no aprobaba una muerte romántica, temeraria, poco inteligente. Desolación.
Confusión. Indisciplina. El partido desarrollaba una especie de estoicismo, una armadura, una
forma de comportarse y de pensar.
Djuna fue aliándose poco a poco con la esencia de la filosofía o, mejor dicho, con sus resultados,
pasando por alto los rígidos dogmas. La esencia era la construcción. Eso era algo que, a grandes
rasgos, Djuna podía adoptar porque casaba con su obsesiva batalla contra la destrucción y el
negativismo. No estaba sola contra la influencia desmoralizante, disolvente, de Zora. Tal vez la
trampa estuviese abriéndose ligeramente, en una dirección imprevista. Lo que Rango no podía
hacer por ella (porque ella era su goce, su autocomplacencia, la amante que lo llenaba
sensualmente, y eso le hacía sentirse culpable), tal vez pudiese hacerlo por el partido y por una
masa de gente inmensa y anónima.
La trampa era la fijación en lo imposible. Un cambio en Zora, no un empeoramiento. Un cambio en
Rango, no un gradual estrangulamiento.
La simple pasión no le había convertido en un hombre total, aunque sí en un hombre lo bastante
completo para ser útil al mundo.

Al no servir la barcaza como lugar de reunión de los trabajadores camaradas de Rango, se vio
súbitamente transformada en todo lo contrario: en cobijo para soñadores en busca de un paraíso.
Cuanto más amarga era la atmósfera de París, cuanto más intensas las divergencias, la creciente
ola de antagonismos, peligros y temores políticos, más eran los que acudían a la gabarra como si
se tratase de un arca de Noé contra un nuevo diluvio.
Ya no era el bajel secreto para el viaje de una pareja. Las noches unicelulares habían llegado a su
fin. Rango no era más que un visitante-amante de paso.
La divergencia entre ambos se exteriorizó agudamente: mientras Rango acudía a reuniones,
hablaba febrilmente en cafés, intentaba convencer, enseñar, organizar, trabajaba entre los pobres
que había conocido, entre los artistas, los amigos de Djuna llevaban a la barcaza los valores que
creían a punto de desaparecer, una apasionada adhesión a la creación estética y humana.
Rango contaba casos de crueldad y sacrificio personal: Ramón había pasado cuatro años sin ver a
su mujer y a su hijo, trabajando en Guatemala. Ahora su esposa estaba gravemente enferma en
París, y él quería abandonar sus obligaciones allí y volver, a cualquier precio:
–Imagínate, un hombre que olvida la lealtad a su partido, simplemente porque su esposa y su hijo
le necesitan. Dispuesto a sacrificar el bien de millones, quizá, por sólo dos personas.
–Rango, eso mismo es lo que tú harías, y lo sabes. Eso es lo que has hecho con Zora. Has
entregado veinte años de tu fuerza a un solo ser humano, cuando hubieras podido hacer cosas
más importantes...
En otra ocasión, cuando Rango llegó, le dieron náuseas en brazos de Djuna y vomitó toda la
noche; sólo al alba, débil y febril, confesó: habían tenido que arrestar a un traidor. Un antiguo
amigo de Rango. El grupo se había visto obligado a juzgarlo. Rango había tenido que interrogarle.
En realidad el hombre no era un traidor. Era débil. Había necesitado dinero para su familia. Estaba
cansado de trabajar para el partido sin cobrar. El partido jamás se preocupaba por la familia de un
hombre, o por lo que ésta necesitaba mientras él se hallaba lejos, cumpliendo su deber. Había
entregado toda su vida y, ahora, a los cuarenta años, había tenido una debilidad. Se había sentido
tentado por una buena posición en la embajada. Al principio había intentado sacar provecho de su
posición, en beneficio del partido. Pero al cabo de un tiempo se cansó del peligro. Dejó de servir a
la causa... Rango había tenido que hacer un esfuerzo para entregarle al partido. Y aquello le hizo
sentir náuseas. Era su primer acto cruel, difícil, disciplinado. Pero pasó una semana sin dormir, y
cada vez que recordaba el rostro del hombre al contar su historia repetía: simplemente cansado,
muy cansado, agotado, a los cuarenta años, demasiadas veces en la cárcel, demasiadas
dificultades, no podía soportarlo por más tiempo. Llevaba en el partido desde los diecisiete años,
había sido útil, valiente, pero ahora estaba cansado.

Cada día volvía con una historia parecida. Cuando el conflicto se le hizo insoportable, empezó a
beber. Djuna no tenía esa escapatoria. Cuando los casos la herían y quemaban, se apartaba y
volvía al sueño, como había hecho durante su infancia. Para ojos habituados a ello, existía otro
mundo visible, un mundo en el que era fácil entrar y morar, otra estancia a la que sólo podían
pasar los iniciados.
(Estados de ánimos fluyendo como el río que busca su camino hacia el mar, y amplitud y
profundidad. En ese mundo, el río era el fluir; había que buscar el secreto de ese fluir en el ritmo
adormecedor de sus olas, en la continuidad de su corriente. El amor es una locura compartida por
dos, el cristal en el que la gente halla su unidad. En ese mundo, Rango era capaz de entregarse a
un sueño de amor, que es una ciudad con sólo dos habitaciones. En ese mundo, Rango compra
zapatos duros y resistentes que parecen cascos de centauro, cascos de hierro, cuya cabeza está
en los cielos pero cuyas pezuñas han de hollar los campos de batalla.)
Existen drogas para huir de la realidad, los vómitos de Rango ante el espectáculo de la crueldad,
su aspereza hacia los sentimientos de Djuna. De haber querido ser exacto, hubiera debido
enojarse ante su propia emotividad, ante su falibilidad humana. Pero, debido a su ceguera, se
enoja ante el rostro vuelto de Djuna y ataca su rauda huida de todo horror. Bebe, pero no
considera que eso sea una trampilla abriéndose al infinito, una droga inferior para disipar el dolor...
Pero ante las incursiones de Djuna en el campo de la astronomía, ante el cobijo que da a los
artistas en la barcaza... Rango se muestra implacable, implacable con esa especie de droga suya
para transformar la realidad en algo soportable...
–Para mí, lo loco, traicionero y lleno de contradicciones es el mundo de la historia –dijo Djuna.
–En Guatemala –dijo Rango, con una irónica mueca de los labios que no agradó a Djuna–
colocaban a los locos a orillas del río, y eso les curaba. Si tus locos no se curan, excavaremos un
hoyo en el suelo y los hundiremos.
–Pero tal vez me hunda yo con ellos.

Paseando a lo largo del muelle vieron a un vagabundo sentado bajo un árbol, un vagabundo con
una gorra escocesa, una manta a cuadros y una pipa retorcida. Rango imitó el acento escocés lo
mejor que supo y dijo:
–Bieeen, ¿y uté de onde viene, amigo?
Pero el vagabundo levantó la mirada, azorado, y dijo en el mejor francés de Montmartre:
–Mon Dieu, no soy extranjero, señor. ¿Por qué supone que lo soy?
–La gorra y la manta –dijo Rango.
–Oh, esto, señor, es simplemente porque siempre rebusco en las basuras de la Opera Comique, y
he encontrado este equipo. Era el único que podía llevar, ¿comprende? Los otros eran demasiado
fantasiosos, y la mayoría bastante indecentes, a decir verdad –entonces sacó del bolsillo un bolso
escocés de un descolorido pelo gris–: ¿podría decirme usted para qué sirve esto?
Rango se echó a reír:
–Eso es una peluca. En Escocia el empleo de la falda ha provocado una calvicie prematura de un
tipo muy especial. Guárdesela bien, quizás algún día le resulte útil...

Sabina caminaba con los pies planos sobre el suelo, lo cual daba a su cuerpo macizo un porte de
aguadora bíblica. Djuna creía que Rango y ella se hallaban compuestos de los mismos elementos,
y presentía que tal vez llegaran a amarse. Imaginaba una escena de despedida con Rango,
entregando el pelo negro de él a la cabellera lisa y abundante de Sabina, su piel de un siena
tostado al dorado incandescente de ella, sus manos toscas y resecas a las manos fuertes y
campesinas de ella, la risa de Rango a la de ella, su astucia india a la mentalidad semítica y
laberíntica de ella. Cada uno reconocería el clima enfebrecido y caótico del otro, y se abrazarían.
Pero sorprendiose al ver que sus predicciones no se cumplían. Rango huía de la intensidad y la
violencia de Sabina. Se enfrentaban como dos guerreros armados, y aquella parte de Rango que
anhelaba la entrega, que anhelaba el cariño, encontraba en Sabina una coraza inflexible. Sabina
sólo se entregaba en el último momento, simplemente en el momento del abrazo sexual e,
inmediatamente después, volvía a aprestarse a la batalla. No había resquicio alguno en donde la
ternura pudiera encontrar cobijo, hacia donde la secreta timidez de Rango pudiera fluir como fluía
hacia el pecho de Djuna. No era una mujer en la que uno pudiera hallar morada.
Buscaban terreno apropiado para un duelo. Rango odiaba la presencia de Sabina, junto a Djuna, y
le hubiera gustado alejarla de la barcaza.
En una ocasión, hallándose sentados en un restaurante con Djuna y otros dos amigos, decidieron
poner a prueba cuál de los dos podía comer más chiles rojos.
Comieron los chiles rojos con ostentosa insolencia, sin dejar de mirarse. Primero los tomaron con
arroz y verduras, después con la ensalada, y por último solos.
Ambos hubieran podido morir en la prueba, puesto que ninguno de los dos quería darse por
vencido. Cada diminuto chile rojo era como un concentrado de fuego que les abrasaba.
De vez en cuando abrían con fuerza la boca y respiraban rápidamente, como si desearan enfriar
sus entrañas.
Al igual que en los antiguos mitos, permanecían sentados como devoradores de fuego
compartiendo un banquete ígneo. Los intensos ojos negros de Sabina se llenaron de lágrimas. Las
sonrientes mejillas de Rango se iluminaron con un rubor sepia, pero ninguno de los dos quería
ceder, aunque hubiera podido desgarrarse las entrañas.
Por suerte el restaurante estaba cerrando ya, y los camareros, maliciosamente, fregaron el suelo
bajo sus pies con amoníaco, amontonaron las sillas sobre la mesa y por último pusieron fin al
maratón apagando las luces.

No una, sino múltiples Djunas descendieron la escalerilla de la barcaza, una capa formada por los
padres y la infancia, otra moldeada por su profesión y sus amigos, otra nacida de la historia,
geología, clima, raza, economía, y de todos los medios ambientes y telones de fondo, el cielo y la
naturaleza de la tierra, las puras fuentes del nacimiento, la influencia de un árbol, una palabra
pronunciada descuidadamente, una imagen vista y todas las fuentes corruptas: libros, arte,
dogmas, amistades impuras y todos los lugares en los que un ser humano se siente herido,
derrotado, inválido y que supuran...
La gente suma todas sus desgracias físicas, los dedos del pie deformados, el dedo cortado, la
cicatriz cauterizada, la fiebre, el cáncer, los microbios, la infección, las heridas y los huesos rotos.
Nunca suma las magulladuras y cicatrices acumuladas en la capa interior, que forman un completo
universo de reacciones, un mundo reflejo en el que todo suceso se halla sujeto a una interpretación
privada y personal; sujeto, por obra y gracia de ese calidoscopio de la memoria, por obra y gracia
de la peculiar formación de las sensibles placas fotográficas de la psique, a ese conglomerado de
productos químicos emocionales a través del cual toda palabra, todo acontecimiento, toda
experiencia se filtra, digiere y deforma antes de proyectarse de nuevo sobre la gente y las
relaciones.
El movimiento de las múltiples capas del yo descrito por Duchamp en el Desnudo bajando la
escalera, los múltiples yos nacidos en proporciones varias, no singular ni armónicamente
desarrollados, ni siquiera moviéndose en una dirección única, sino compuestos por múltiples
yuxtaposiciones que revelan espirales caracterológicas inacabables al igual que la tierra revela sus
estratos, compuestos por una infinita constelación de sentimientos que se expanden tan
misteriosamente como el espacio y la luz en el reino de los planetas...
El hombre ha vuelto su telescopio hacia lo exterior y lejano, sin advertir que el carácter surge en el
extremo opuesto del telescopio mediante sutiles acumulaciones, fragmentos, sedimentos e
incrustaciones.
La mujer ha vuelto su telescopio hacia lo próximo, hacia lo cálido.
En ese momento Djuna experimentaba una crisis, una mutación, una necesidad de despojarse de
aquella personalidad suya nacida de su relación con Rango y Zora, una necesidad de resucitar
bajo otra forma. Era incapaz de seguir a Rango en su fe, incapaz también de vivir tranquila en el
sueño, o de pilotar con pericia la barcaza a través de un Sena tempestuoso.
Se halló defendiendo a Sabina contra las implacables burlas de Rango. Defendió la filosofía de
Sabina, la filosofía de los múltiples amores contra el amor único.
(Rango, tu ira no debería dirigirse contra Sabina. Sabina sólo se está comportando como se
comportan todas las mujeres en sus sueños, por la noche. Me siento responsable de sus actos,
porque cuando paseamos juntas y me cuenta sus aventuras, hay una porción de mí que no
escucha a Sabina contándome una historia, sino que reconoce escenas familiares para una parte
secreta de mí misma. Reconozco escenas que he soñado y que, por tanto, he vivido. Vivimos lo
que soñamos. En sueños, yo he sido Sabina. He escapado de tu amor atormentado, he acariciado
a todos los amantes posibles del mundo. Sabina no puede cargar con toda la responsabilidad de
haber llevado a la práctica los sueños de tantas mujeres, simplemente porque las otras se
arrellanan en su asiento y sólo participan con una parte secreta de su yo. Mediante secretas e
ínfimas vibraciones de la carne, admiten ser cómplices silenciosas de los actos de Sabina. Todas
hemos sentido la fiebre del deseo hacia extraños por la noche. Durante el día escarnecemos a
Sabina, y nos burlamos de ella. Te enojas con ella porque lleva todos sus deseos a la práctica,
abiertamente, como tú has hecho. Amar la fiebre de Sabina, la impaciencia de Sabina, su evasión
de las trampas de los juegos amorosos, era ser Sabina. Ser sólo de noche lo que Sabina osaba ser
durante el día, soportar la responsabilidad de nuestro secreto sueño de escapar a los tormentos de
un amor en favor de muchos amores.)

Sabina se hallaba sentada a horcajadas en la silla, echándose el pelo hacia atrás con ambas
manos y riendo. En ese instante siempre daba la impresión de estar a punto de sincerarse.
Sobresalía en esta preparación para la confesión, en esta construcción de un clima propicio a
revelaciones íntimas. Pero sobresalía igualmente en la evasión. Cuando lo deseaba, su vida era
como una pizarra en la que escribía velozmente, apresurándose a borrarla casi antes de que
alguien hubiera podido leer lo que había escrito. En tales ocasiones, sus palabras no parecían
palabras sino humo que le saliese de la boca y la nariz, una espesa cortina de humo contra
cualquier posible indagación. Pero, en otras ocasiones, cuando se sentía a salvo de toda crítica,
iniciaba la narración de un incidente con una entereza directa y apabullante...
–Nuestro affaire duró... ¡duró lo que dura un viaje en ascensor!¡Y no lo digo de manera simbólica!
El flechazo mutuo fue tan violento, que era una de esas cosas que no pueden durar, pero que
tampoco pueden esperar. Fue un acto de canibalismo, sin ninguna importancia, pero teníamos que
llevarlo a cabo. Las circunstancias nos eran desfavorables. No teníamos dónde ir. Vagamos por las
calles, deseosos el uno del otro. Nos metimos en un ascensor, y él empezó a besarme... Primer
piso, segundo piso, y seguía besándome, tercer piso, cuarto piso, y cuando el ascensor se paró, ya
era demasiado tarde... No podíamos parar, sus manos estaban en todas partes, su boca... Apreté
el botón frenéticamente y seguimos besándonos mientras el ascensor bajaba... Cuando llegamos
abajo todavía fue peor... Él pulsó el botón y estuvimos subiendo y bajando, subiendo y bajando,
alocadamente, mientras la gente no paraba de llamar solicitando el ascensor...
Volvió a reír, con todo el cuerpo, incluso con los pies, llevando el ritmo de su alegría, pateando el
suelo como un espectador enfervorizado, mientras sus recias caderas mecían la silla como si fuese
el potro de madera de una amazona.

Una noche, mientras Djuna esperaba a Rango en la barcaza, oyó unos pasos que no eran de él ni
del vigilante.
Las sombras de las velas sobre las paredes recubiertas de papel embreado interpretaron una
escena de teatro balines mientras ella avanzaba hacia la puerta y gritaba:
–¿Quién está ahí?
Reinaba un silencio absoluto, como si el río, la barcaza y el visitante se hubiesen puesto de
acuerdo para callar en el mismo instante, pero había una tensión en el aire y Djuna la sintió como
una vibración a través de todo su cuerpo.
No sabía qué hacer, si quedarse en la habitación y cerrar la puerta con llave, a la espera de
Rango, o explorar la barcaza. Si se quedaba en la habitación sin hacer ruido y vigilaba su llegada,
podría advertirle gritando por la ventana y luego, juntos, tal vez pudieran reducir al intruso.
Esperó.
Las sombras sobre las paredes permanecían inmóviles, pero los reflejos de las luces sobre el río
jugueteaban en su superficie como un fantasmagórico carnaval. Las velas titilaban más que de
costumbre, ¿o era sólo su ansiedad?
Cuando las cuadernas de madera dejaron de crujir, volvió a oír los pasos que avanzaban
cautelosamente hacia la habitación, pero no lo bastante ligeros como para impedir que crujiesen
las tablas.
Djuna sacó su revólver de debajo de la almohada, un pequeño revólver que le habían regalado y
que no sabía cómo funcionaba.
Gritó:
–¿Quién está ahí? Si da un paso más, disparo.
Sabía que tenía que quitar un seguro. Deseaba que llegara Rango. Él no tenía miedo físico. Temía
la verdad, temía enfrentarse a sus motivaciones, temía dar la cara, comprender, examinar el reino
de los sentimientos y el intelecto, pero no temía la acción, no temía el peligro físico. Djuna era
intrépida en su despierta conciencia, en las dolorosas exposiciones del yo, y superaba a muchos
en cuestiones de cirugía emocional, pero temía la violencia.
Esperó otro largo rato, pero de nuevo el silencio fue total y quedó en suspenso.
Rango no llegaba.
De pura fatiga, se tumbó con el revólver en la mano. Las puertas y ventanas estaban cerradas.
Aguardó, a la espera de oír sobre la cubierta las pisadas desiguales de Rango.
Las velas fueron consumiéndose, una a una, ahogando su última llama, proyectando un postrer y
agónico esqueleto sobre la pared.
El río mecía la gabarra.
Transcurrieron horas y Djuna quedó sumida en un duermevela.
El pestillo de la puerta fue levantado poco a poco de su quicio mediante algún instrumento, y Zora
apareció en el umbral.
Djuna la vio cuando se inclinaba sobre ella, y chilló.
Llevaba en la mano una larga y antigua aguja de sombrero e intentó clavársela a Djuna. Al
principio, ésta la agarró por las muñecas, pero la ira daba mayores fuerzas a Zora. Su expresión
estaba deformada por el odio. Liberó sus manos y golpeó varias veces a Djuna, a ciegas,
hiriéndola en el hombro, y luego, una vez más, con los ojos abiertos de par en par, intentó clavarle
la aguja en su pecho,
pero no lo logró. Entonces Djuna pudo apartarla, agarrándola.
–Zora, ¿qué daño te he hecho yo?
–Obligaste a Rango a entrar en el partido. Ahora intenta llegar a ser alguien en política, y lo hace
por ti. Quiere que te sientas orgullosa de él. Conmigo eso jamás le preocupó; no se avergonzaba
de su pereza... Tú tienes la culpa de que nunca esté en casa... de que cada día corra peligro.
Djuna contempló el rostro de Zora y volvió a experimentar lo mismo que sentía con Rango, la
desesperada inutilidad de hablar, de explicar, de clarificar. Zora y Rango eran fanáticos.
Zarandeó a Zora por los hombros, como para obligarla a escuchar, y dijo:
–Matándome no cambiarías nada, ¿lo entiendes? Somos dos caras del carácter de Rango. Si me
matas, esa cara quedará libre y otra mujer pasará a ocupar mi lugar. Él mismo se halla
interiormente dividido entre sus impulsos destructivos y constructivos. Mientras esté dividido
siempre habrá dos mujeres. Hasta que comprendí esto también yo deseé que murieras. Pensé que
Rango podía salvarse si morías. Y ahora eres tú quien está aquí, pensando que yo le arrastro al
peligro. Es él mismo quien lo busca. Está avergonzado de su inutilidad. No puede soportar el
conflicto de su yo dividido que, a sus ojos, se patentiza en nosotras dos. Está buscando un tercer
camino para alcanzar la totalidad de su ser. Para su paz de espíritu hubiese sido más fácil si
nosotras hubiéramos podido ser amigas. Pero él no nos tuvo en cuenta, no tuvo en cuenta el
hecho de que pudiéramos llegar a gustarnos mutuamente, con toda sinceridad. Lo intentamos y
fracasamos. Tú has sido demasiado egoísta. Estamos en extremos opuestos. Ni tú me gustas, ni
yo te gusto; aunque Rango no existiera, jamás llegaríamos a gustarnos. Zora, si me haces daño
serás castigada, te mandarán a un lugar sin Rango... Y Rango se enfadará contigo. Y, si tú
murieras, ocurriría lo mismo, él tampoco sería mío, porque yo no puedo llenar su amor, su ansia de
destrucción...
Palabras, palabras, palabras... Todas las palabras que Djuna había acariciado en su mente por la
noche, a solas, las pronunció con agresividad, ciegamente, sin esperar que Zora las comprendiese,
pero con tal ansiedad y vehemencia que, prescindiendo de su sentido, Zora pudo captar la súplica,
los acentos de verdad que hicieron desaparecer su odio, su violencia.
Su antagonismo siempre desaparecía en presencia de la otra. Zora, enfrentada a la tristeza del
rostro de Djuna, de su voz, de su esbelto cuerpo, fue incapaz de nutrir su cólera. Y Djuna,
enfrentada al rostro macilento de Zora, a su cabello lacio, a sus labios febriles, abandonó su
rebeldía.
Fueran cuales fueran las escenas que se desarrollaran entre ambas,, la sinceridad existente en la
tristeza de la otra era algo que también las ligaba.
En ese instante llegó Rango y contempló desolado a ambas mujeres.
–¿Qué ha ocurrido? ¡Djuna, estás sangrando!
–Zora ha intentado matarme. Las heridas no son nada.
Una vez más, Djuna esperó que Rango diría: «¡Zora está loca!», y así cesaría la pesadilla.
–Querías que fuésemos amigas, porque eso te hubiese facilitado las cosas. Lo hemos intentado.
Pero es imposible. Veo que Zora destruye todos mis esfuerzos por crear algo contigo, y ella cree
que soy yo quien te ha metido en los peligros de la política... Jamás nos entenderemos.
Rango no supo qué decir. Contempló la sangre que se veía a través de la ropa de Djuna. Ella le
mostró que las heridas no eran profundas y que sólo le habían tocado la carne, sin mayores daños.
–Voy a llevar a Zora a casa. Volveré.
Cuando regresó seguía callado, abatido, sometido.
–Zora tiene momentos de locura –dijo–. Últimamente le ha dado por amenazar a la gente en la
calle. Tengo mucho miedo de que la policía la prenda y la interne en una institución.
–¿Y no te preocupa la gente a la que puede matar?
–Sí, me preocupa, Djuna. Si te hubiera matado, creo que jamás hubiese podido perdonarla. Pero
tú, aun teniendo motivos para estar enojada, no lo estás. Eres generosa y buena...
–No, Rango. No puedo permitir que te lleves esa impresión. Es falsa. A menudo he deseado la
muerte de Zora, pero sólo he tenido el valor de desearla... Una noche tuve un sueño en el que la
mataba con una larga y antigua aguja de sombrero. ¿Comprendes de dónde sacó la idea de la
aguja? De mi propio sueño, porque yo se lo conté. Al atacarme ha sido más valiente y más honesta
que yo. Rango apoyó la cabeza entre las manos y se balanceó adelante y atrás, como si sufriese.
De su pecho salió un apagado sollozo.
–Oh, Rango, no puedo soportarlo por más tiempo. Me iré. Así vivirás en paz con Zora.
–Djuna, hoy ha ocurrido algo más y que me ha recordado algunas de las cosas que dijiste. Algo tan
terrible que esta noche no quería verte. No sé qué instinto del peligro me ha hecho venir, a pesar
de todo. Pero lo que ha ocurrido esta noche es peor que el ataque de locura de Zora. Ya sabes
que una vez al mes los obreros del partido pertenecientes a cierto grupo se reúnen para formular lo
que ellos llaman autocrítica. Forma parte de la disciplina. Se hace con amabilidad, gran objetividad
y mucha justicia. He asistido a esas reuniones. Se analiza el modo de trabajar de un hombre, los
rasgos de su carácter. Esta noche me tocaba el turno. Estaban sentados en círculo los hombres
que veo cada día, el carnicero, el cartero, el tendero, el zapatero de mi calle. El dirigente de
nuestra sección es el conductor del autobús. Al principio, como ya sabes, habían tenido sus dudas
sobre mi afiliación. Sabían que era un artista, un bohemio, un intelectual. Pero les gustaba... y me
aceptaron. Ahora llevo dos meses trabajando para ellos. Y esta noche...

Se detuvo, como si no tuviera coraje suficiente para revivir la escena. La mano de Djuna entre las
suyas le calmó. Pero mantuvo la cabeza agachada. –Esta noche han hablado, tranquila y
moderadamente, como suelen hacer los franceses... Me han estado analizando mi forma de
trabajar. Me han dicho algunas de las cosas que tú solías decirme. Han analizado mi carácter. Lo
han observado todo, lo bueno y lo malo. No sólo la pereza, el desorden, la falta de disciplina, el
poner la vida privada por delante de las necesidades del partido, las noches en el café, la
conversación desmedida, la irresponsabilidad; también han mencionado mis capacidades, y eso ha
sido peor, porque han mostrado cómo me saboteo a mí mismo... Han analizado mi capacidad de
influir en otros, mi elocuencia, mi fervor y entusiasmo, mi pasión y energía contagiosas, mi facilidad
para impresionar a las masas, el hecho de que la gente se sienta inclinada a confiar en mí, a
elegirme como jefe. Todo. También conocían mi fatalismo. Han hablado de cambio de carácter,
como haces tú. Incluso han aludido a la posibilidad de que Zora fuese internada en una institución,
porque conocen su comportamiento.
Seguía manteniendo la cabeza agachada.
–Cuando tú me decías estas cosas amablemente, no me dolía. Era nuestro secreto y podía
enojarme contigo, o contradecirte. Pero cuando las han dicho delante de todos los camaradas he
comprendido que eran ciertas y, lo que todavía es peor, he comprendido que si no he podido
cambiar con todo lo que tú me has dado, con años de amor y devoción, tampoco cambiaría con el
partido... Cualquier otro hombre, tomando lo que tú dabas, habría hecho enormes progresos...,
cualquier otro, pero yo no.

La barcaza no navegaba hacia ningún puerto, permanecía anclada en el puerto de la


desesperación. Rango se desperezó y dijo:
–Estoy rendido..., cansado, tan cansado... –y se quedó dormido casi al instante en la actitud de un
niño grandullón, con los puños firmemente cerrados y los brazos por encima de la cabeza.
Djuna avanzó de puntillas hasta la estancia delantera, miró fugazmente por una de las pequeñas
aberturas con barrotes, como ventanucos de prisión, inclinose sobre el suelo mohoso y arrancó
una de las tablas del suelo, invitando a que el diluvio hundiera aquel Arca de Noé que no llevaba a
ningún puerto.

Como la madera era vieja y estaba medio podrida, Djuna no tuvo dificultad en arrancar la tabla allí
donde, anteriormente la barcaza había sido calafateada, pero la entrada del agua se vio
parcialmente bloqueada por la capa exterior de moluscos y filamentosas algas marinas a la que no
podía llegar. Regresó a la cama dispuesta en el suelo y se acostó al lado de Rango, esperando
pacientemente la muerte. Contempló el río que fluía hacia el mar y se preguntó si flotarían hacia el
océano, a la deriva, sin encontrar obstáculos.
Por debajo del nivel de la identidad corre un océano, un océano del que los seres humanos sólo
llevan una gota en las venas; pero para aquellos que se hunden por debajo del nivel cognitivo, la
gota se convierte en una gran ola, en marea de la memoria, en resaca de la sensación...
Bajo las ciudades interiores discurrían muchos ríos portadores de multitud de imágenes...
Todas las mujeres que Djuna había sido soltaban sus cabelleras sobre la superficie del río, en un
halo, extendían múltiples brazos como ídolos indios, su esencia penetraba y rezumaba en los
sueños zigzagueantes de los hombres...
Djuna, tendida boca arriba como un nenúfar de lagos amnióticos; Djuna, flotando río abajo al
compás de la pavana del organillero por una difunta infanta española, la infanta que jamás accedió
al trono de la madurez, que fue siempre simple pretendiente. ..
En cuanto a Rango, estallarían los tambores y todos los caballos decorados del carnaval girarían al
son de una polka...
Djuna vio una y otra vez sus vidas, hasta que captó una verdad que no era sencilla y divisible sino
fluctuante y evasiva; pero la vio con nitidez desde los lugares sumergidos en donde se había
acostumbrado a existir: todas las mujeres que había sido eran como múltiples ríos que nacían en
ella y que, con ella, fluían hasta el océano...
A través de aquella cortina de agua les vio, a todos ellos, como personajes de tamaño mayor que
el natural, más perceptibles para los corazones estacionarios que se hallaban a un paso de la
muerte, estadio en el que no hay pasajes borrosos ni entradas fallidas...
Ahora que había salido de la niebla de las relaciones imprecisas, con la luz más intensa de la
muerte sobre aquellos rostros que habían provocado su desesperación, vio que aquellos mismos
rostros pertenecían a cariñosos payasos. Zora, vestida con aderezos cómicos, con los calcetines
demasiado grandes de Rango, los quimonos teñidos, con trapos sofocantes y broches
desmembrados, una farsa para suscitar la culpabilidad ajena...
... en ese escenario, discurriendo Sena abajo, hacia la muerte, los actores iban siendo
transportados y el amor ya no parecía una trampa... la trampa era la pausa estática del
crecimiento, el yo inmovilizado, prendido en su propia red de obstinación y obsesión...
... una crece, al igual que las algas se hacen más altas y gruesas en el agua y son arrastradas por
su propio peso a distintas corrientes....
... tenía miedo de crecer o alejarme, Rango, tenía vergüenza de abandonarte a tu tormento, pero
ahora sé que tu elección es sólo tuya, como lo fue la mía...
... la fijación es la muerte... la muerte, fijación. ..
... en esta precaria embarcación, desprovista de adornos y autoengaño, el viaje puede continuar
hacia el mañana...
... lo que ahora veo es la inmensidad, y los lugares en donde no he estado y los deberes que no he
cumplido, y los usos de esta insólita carga de penas pretéritas, maduras todas para la
transmutación...
... el mensajero de la muerte, como todos los aventureros, acelerará tu corazón hacia la mutación y
el cambio...
... si Djuna se hundía a suficiente profundidad y luego a profundidad todavía mayor, todas esas
mujeres que la habían llenado cada noche, perdiendo su identidad individual, le enseñarían:
Sabina a hacer el amor riendo, y Estela a morir sólo durante un ratito y a volver a nacer, como
mueren y renacen los niños ante el menor estímulo...
... desde el final en el agua al principio en el agua, Djuna completaría el trayecto, del origen al
nacimiento y del nacer al fluir...
... abandonaría su cuerpo para que discurriese hacia otro más amplio que el suyo, como fue al
principio, y volvería con otras muchas vidas que desplegar...
... con ella flotaría la muñeca rota de su infancia, el huevo de Pascua más pequeño que el que ella
había pedido, detritus de ficciones...
... volvería a la vida por encima de las aguas del inconsciente y vería la intensificación del dolor
que se había producido, verdadera causa del diluvio...
... había países que todavía no había visto...
... esta imagen produjo una pausa en su deriva...
... también debían quedar amores que todavía no había encontrado...
... mientras la barcaza se deslizaba rauda por la corriente de la desesperación, vio a gente que
desde la orilla agitaba desoladamente los brazos: eran los que habían contado con su Arca de Noé
para salvarse. ..
... llevaba a cabo un viaje egoísta...
... había deseado que la barcaza sirviera para otra cosa que para depósito de cadáveres...
... la guerra se aproximaba...
... cuanto mayor era la agitación, la confusión, mayor había sido su esfuerzo por mantener un
mundo individualmente perfecto, un capullo de fe, símbolo y refugio...
... la cortina del alba se alzaría sobre un río desierto... sobre dos desertores...
... ante la inminencia de la muerte, Djuna hizo suya esa región intermedia de nuestro ser donde
ensayamos nuestras aflicciones futuras y aliviamos las pasadas...
... en ese teatro exaltado, sus vidas aparecían bajo su verdadero color porque no había testigo
alguno que pudiese distorsionar las admisiones privadas, las pretensiones más absurdas...
... en el último papel Djuna logró inmunizarse del pasadizo de la pretensión, de una existencia
suspendida en la reflexión, de las imposturas...
... y vio que lo que le había parecido inmensamente real no eran más que juegos...
... en el teatro de la muerte, la exageración lleva a la desesperanza...
... de niña deseé que el huevo rojo de Pascua fuese grandísimo, pero si hoy pasase flotando en su
tamaño real, mucho menor que el imaginado, no podría por menos de echarme a reír ante su
empequeñecimiento. ..
... había elegido la muerte porque estaba avergonzada de ese empequeñecimiento y esa
difuminación, de lo que el tiempo haría con nuestra ficción de magnificencia; el tiempo, que como
el río borraría el dolor de las derrotas y las promesas rotas; el tiempo y el río borrarían el rostro de
Zora como si se tratase de una gigantesca pesadilla; el tiempo y el río acallarían las vibraciones de
la voz de Rango en mi corazón...
... el organillero tocará siempre, aunque no siempre su música sonará a acompañamiento trágico
para separaciones...
... el organillero tocará siempre, pero las imágenes cambiarán, como cambiarán los sentimientos,
los gestos de Rango parecerán menos violentos, y las penas caerán como hojas para fecundar el
corazón de un nuevo amor...
... el organillero acelerará su ritmo con arabescos de goce para emparejarse con los gritos de la
vendedora: «¡Mimosa!¡Mimosa!», a los acordes de Duerme, angelito, duerme de Grieg.
... «.Couteaux! Couteaux a, éguiser!i», a los acordes de Madame Butterfly.
... aPommes de teñe! Pommes de terre!i», a los acordes del Bolero de Ravel.
... «Bouteilles! Bouteilles!», a los acordes de Tristán e Isolda.
Se echó a reír.
... mañana la ciudad fermentará con nuevos desastres, los vendedores de periódicos levantarán la
voz hasta extremos histéricos, la muchedumbre se amontonará para discutir la noticia, los trenes
se llevarán a los cobardes...
... los cobardes...
... flotando río abajo...
... con la barcaza no sólo destinada a albergar a un amor único sino a servir de refugio a la fe...
... estaba hundiendo una fe...
... en lugar de solidificar el reino flotante con su carga de valores eternos...
(«Un mundo individualmente perfecto –había dicho Rango– es destruido por la realidad, la guerra,
las revoluciones.»)
–Rango, ¡despierta, despierta, hay una vía de agua!

Le costó despertar. Sus sueños de magnificencia y de grandeza pesaban sobre su cuerpo como
atuendos reales, pero el rostro que abrió al alba era el rostro de la inocencia, la inocencia con la
que todo hombre se enfrenta al nuevo día. Djuna leyó en él lo que se había negado a ver, la otra
cara de Rango, el niño, alojada ahora en el cuerpo de un hombre corpulento mediante un simple
truco.
Había sido un juego: «Djuna, estate ahí y mira cómo hago de rey y salvador. Cuando te lo diga, me
admirarás». Y ella reiría y diría: «No sé si sabes que, a decir verdad, prefiero a un vagabundo que
toque la guitarra».
Se echaría a reír cuando Rango se negase a ver la locura de Zora, porque sería como su negativa
a ver la propia locura de él, sus personificaciones, sus ficciones, sus ilusiones...
Ante la muerte la barcaza resultaba más pequeña, Rango no se erguía tan inmenso, Zora había
empequeñecido. ..
Ante la muerte se entretenían jugando, Zora absurdamente revestida con los adornos de la
tragedia, ensuciando, abortando, confundiendo, encantada con los colores púrpuras de la
catástrofe, como los niños se extasían ante los coches de los bomberos. Cuando su falta de
sabiduría y valor la atormentaba, tomaba venganza descendiendo a su reino y creándoles
dificultades.
En una ocasión dijo a Rango que el padre de Djuna tenía que irse a vivir al Sur de Francia por
razones de salud, y que deberían separarse. Desvalidos como se encontraban, habían creído que
ella permitiría que aquello sucediera, ya que estaban acostumbrados a rendirse ante lo inevitable.
Rango había saltado, retorciéndose de dolor. Zora le había dicho, no sin antes añadir una sutil
pizca de veneno:
–Antes o después tenía que suceder... Djuna te abandonará.
Entonces Djuna fue a ver a Zora, que movía de un modo raro y laborioso sus manitas fláccidas,
que parecía desvalida aun cuando Djuna supiera que era la más fuerte de los tres, porque había
aprendido a explotar su debilidad. Zora le dijo que Rango, aquel día, no había comido. No había
parado de caminar de un lado a otro de la estancia, y se había mostrado muy cruel con ella. Le
había dicho:
–Si Djuna se va al Sur de Francia, te voy a mandar a casa de tus padres.
–¿Sola? Y tú, ¿qué?
–Oh, yo –respondió él encogiéndose de hombros.
Zora añadió:
–Se suicidará.
Pero en esa ocasión su juego la había divertido bastante. Volvía a sentirse madura. Tras una
semana de tormento, el escenario estaba dispuesto para una gran escena de amor; ahora sabía
que, si abandonaba a Rango, él no se conformaría con Zora. Eso era todo cuanto necesitaba
saber. Tal vez no fuese mucho más juiciosa que ellos..., quizá no tuviera una fe excesiva en el
amor... Tal vez en su interior se cobijase una Zora necesitada de protección y un Rango
desbocadamente ansioso, necesitado de seguridades. Tal vez ésa fuese la razón por la que los
amaba, y quizá Zora tuviera razón al creer en el amor de ella, como le ocurría en sus momentos de
lucidez...
Ante la muerte, Rango parecía menos violento, Zora menos tiránica, Djuna menos prudente. Y
cuando Zora la miró por encima de la montura de sus gafas, recogidas de un cesto de desperdicios
en un portal cualquiera y nada adecuadas para sus ojos..., fue como uno de esos niños que,
aspirantes al trono de la madurez, miran y fruncen el ceño por encima de la montura de las gafas
de sus padres...
–¡Rango!¡Despierta despierta despierta despierta despierta! ¡Hay una vía de agua!
Rango abrió los ojos y dio un brinco:
–Oh, ayer me olvidé de bombear el agua.
La segunda cara de Rango, visible tras el rostro sorprendido e inocente revelado en el momento de
despertar, evidenciaba aquella expresión de total y absoluto desánimo, común a niños y
adolescentes, que denota una visión exagerada de la realidad, la impresión de que la magnitud de
esa realidad es amenazadora, desproporcionada. Sólo los niños y los adolescentes conocen esa
desesperación total, como si toda herida tuviera que ser fatal e irrevocable, todo momento el
último, como si la muerte y los peligros acechasen, inmensos, como habían acechado durante la
noche en la mente de Djuna...

Rango reparó la vía de agua con tenacidad y salieron a pasear por el muelle. Aunque faltaba un
instante para la salida del sol, ya había algunos pescadores apostados porque el río bajaba
tranquilo, ideal para la pesca. Uno de ellos acababa de coger algo sorprendente y, riendo, lo alzó
para que Djuna lo viese.
Era una muñeca.
Era una muñeca que se había suicidado durante la noche. El agua había borrado sus rasgos. Su
pelo le aureolaba la cara con un resplandor cristalino.
El Arca de Noé había sobrevivido al diluvio.

FIN DE "CORAZON CUARTEADO"


Un viaje a Marruecos

[Fragmento de Los Diarios, 1934-39, volumen publicado en 1967. El


pasaje corresponde a abril de 1937]

Un viaje a Marruecos. Corto pero intenso. Me enamoré de Fez. Paz,


Dignidad. Humildad. Dejo el balcón donde estaba escuchando la oración
del anochecer que sube desde la ciudad blanca. Una emoción religiosa
que se despierta por la vida de los árabes, por su simplicidad, su belleza
fundamental. Pisar el laberinto de sus calles, calles como intestinos,
apenas dos yardas de ancho, hasta dentro del abismo de sus ojos
oscuros, hasta dentro de la paz. Es el ritmo que afecta primero. Lento. Mucha gente por las calles.
Los codos se rozan. Ellos se respiran en la cara pero con un silencio, una profundidad, un
ensueño. Sólo los niños gritan, ríen y corren. Los árabes son silenciosos. El pequeño cuarto
cuadrado abierto a la calle donde se sientan en el piso, en el lodo, con su mercancía alrededor.
Están tejiendo, están cosiendo, horneando pan, cincelando joyas, arreglando cuchillos, fabricando
pistolas para los beréberes en las montañas. Están tiñendo lana en amplios calderones, grandes
calderones llenos de tinte verde esmeralda, violeta, azul oriente. Están haciendo alfarería de tierra
de Siena, tejiendo tapetes, afeitando, lavan cabellos y escriben documentos ahí mismo, debajo de
mis ojos. Un árabe está dormido sobre su bolsa de azafrán. Otro reza con cuentas y vende hierbas
al mismo tiempo. Más lejos, un gran estruendo, la calle donde se trabaja el cobre. Los niños están
martilleando charolas de cobre con pequeños martillos, martilleando un diseño, martilleando
lámparas de cobre, lámparas de Aladino. Son los niños y los viejos quienes hacen el trabajo.
Mantienen la bandeja entre sus piernas. Los hombres más jóvenes pasan por la calle con sus
túnicas, camino a quien sabe dónde, algunos tan bellos que se piensa que son mujeres. Las
mujeres llevan velo. Ellos probablemente van a la mezquita. A cierta hora, todos los negocios,
todos los trabajos cesan y todo el mundo se dirige a la mezquita. Pero primero se lavan la cara en
la fuente, los pies, los ojos irritados, la nariz leprosa, la piel picada de viruela. Se quitan las
babuchas. Algunos de los viejos, hombres y mujeres, nunca se van de la mezquita. Ahí se quedan
para siempre hasta que la muerte se los lleve. Las mujeres tienen su propia entrada. Besan la
pared de la mezquita al pasar. Para dejar el paso a un asno cargado de leña, me meto en un portal
oscuro. Un olor apestoso y sofocante me aplasta. Esta peste está por todos lados. Cuesta un día
para acostumbrarse. Al principio da asco. Es un olor a excremento, a azafrán, a cuero que se está
curtiendo, a sándalo, a aceite de olivo frito, a aceite de nuez en los cuerpos, a incienso, a ratón; al
principio es tan fuerte que no se puede comer nada. Hay lodo en los vestidos blancos de los
hombres, en las piernas árabes. Cabezas rapadas de niños, con sólo un mechón. Las mujeres de
caras descubiertas y tatuadas son primitivas beréberes de las montañas, mujeres de guerreros,
incivilizadas. Vi a las esposas de un árabe, eran cinco sobre un diván, como montañas de carne,
enormes, con varios mentones y varios estómagos y diamantes en la frente.

Las calles y las casas están indescifrablemente entrelazadas por puentes que van de una casa a
otra, pasillos cubiertos de celosías que crean sombras en el piso. Parece que se cruzan adentro de
las casas; uno nunca sabe si está en la calle, en un patio, o en un pasillo, porque todas las casas
dan a la calle, y uno se pierde de inmediato. Las mezquitas invaden la casa del comerciante, las
tiendas las mezquitas, ahora estás bajo un techo emparrado cubierto de rosales trepadores, ahora
te encuentras caminando en la oscuridad de un túnel, detrás de un asno esquelético que sangra
por los golpes recibidos, y ahora atraviesas un puente construido por los portugueses. Admira
ahora el enrejado de encaje hecho por los andaluces y observa la plaza junto a la mezquita donde
los pobres pueden quedarse a dormir sobre esteras.

En todas partes los árabes se instalan y esperan. Donde sea. Un viejo árabe le enseña a un joven
un canto religioso. Otro está defecando cuidadosamente, concienzudamente. Otro está pidiendo
limosna y enseña todas sus heridas abiertas, al lado del panadero que hornea panes en hornos de
tierra.

La atmósfera es tan clara, tan blanca y azul que uno siente que puede ver el mundo entero tan
claramente como ve Fez. Los pájaros no pían como lo hacen en París, cantan, gorjean con un
fervor operístico y tropical. Los pobres se visten de harapos, los menos pobres de sábanas y
toallas, las mujeres ricas de seda y muselina. Los judíos llevan un vestido negro. En las calles y en
las casas de los pobres el suelo es de tierra batida. Las casas están construidas de tierra roja de
Siena, a veces encaladas. El aceite de oliva también se exprime en la calle, bajo enormes ruedas
de madera.

Tenía cartas de presentación. Primero visité a Si Boubekertazi. Se sentó en su patio, sobre cojines.
Una hermosa mujer negra, una concubina, trajo una bandeja de cobre cubierta de dulces. Té
servido en minúsculas tazas sin asas.

En casa de Driss Mokri Montasseb me dejaron visitar el harem. Siete mujeres de diferentes
edades, pero todas gordas, se sentaron alrededor de una mesa baja a comer dulces y dátiles.
Platicamos de esmalte de uñas. Querían el mío, nacarado. Me explicaron cómo se pintaban los
ojos. Compran polvo de kohl en el mercado, y se llenan los ojos con él. Les pican los ojos, lloran y
el kohl negro marca los bordes que da ese efecto tan profundo.

Pasha El Glaoui de Marrakech me ofreció una escolta militar para visitar la ciudad. Dijo que era
absolutamente necesario. Le hizo una señal al soldado que guarda su puerta y a partir de ese
momento nunca me dejó salvo cuando iba a dormir al cuarto de hotel.

De Sidi Asan Benanai me recibió bajo unas columnatas finamente hiladas de oro. Apenas había
empezado un periodo de cuarenta días de ayuno y oraciones, así que se sentó en silencio,
pasando las cuentas de su plegaria; sirvieron el té en silencio, siguió rezando, a veces me sonreía
e inclinaba la cabeza, hasta que me retiré.

Desde afuera, las casas son uniformemente simples, de paredes altas cubiertas de flores. No se
puede saber si uno está entrando a un domicilio lujoso. La puerta puede estar bellamente ornada
con hierro. Quizás habrá dos, o cuatro, o seis guardas en la puerta. Pero adentro, las paredes son
de azulejos o están pintadas, y el estuco trabajado como encaje, los plafones pintados de oro. Las
almohadas son de seda. Las mujeres negras están vestidas de manera simple pero siempre
hermosa. No se ven ni a los niños ni a las esposas.

El vestido blanco se llama jelabba.


Misterio y laberinto. Calles complejas. Paredes anónimas. Lujo secreto. El secreto de estas casas
sin ventanas a la calle. Las ventanas y la puerta dan sobre el patio. El patio tiene una fuente y
bonitas plantas. Hay un diseño de laberinto en el arreglo de los jardines. Unos arbustos forman un
rompecabezas para que podamos perdernos. Adoran la impresión de perderse. Se interpretó como
un deseo de reproducir el infinito.

Fez. Tarde o temprano, uno se encuentra con una ciudad que es una imagen de sus ciudades
interiores. Fez es una imagen de mi yo interior. Esto podría explicar mi fascinación por ella. Al
llevar un velo, lleno e inagotable, laberíntico, tan rico y variado, yo misma me perdí. Pasión por el
misterio, lo desconocido, por lo infinito y lo inexplorado.
Con mi guía, visité el Quartier Réservé. Reposa entre paredes medievales, cada puerta es vigilada
por un soldado francés. Las casas estaban llenas de prostitutas. Sólo los árabes pobres van allá
porque los demás tienen suficientes esposas para satisfacer su necesidad de variedad. Calles
oscuras, dramáticas, tortuosas. Sótanos vacíos que se han transformado en cafés. Árabes que
entran y salen furtivamente. Negros. Limosneros. Música árabe que se escucha de vez en cuando.
Paredes, plafones cubiertos de alfarería y tapetes desarrapados. Sirven Thé à menthe o cerveza.
No se toma vino pero hay un gran tráfico de drogas. Cuartos como de sótano, vacíos. Puertas
cubiertas de cortinas musulmanas o cortinas de cuentas. El cuarto de la entrada es un bar o un
café donde se sientan los hombres y tocan los músicos. El cuarto de atrás es para las prostitutas.
Se abrió la cortina musulmana y me encontré frente a Fátima, reina de las prostitutas.

Fátima tenía una hermosa cara, una nariz griega, unos enormes ojos negros de terciopelo, una piel
morena suave, llena pero firme, y los atributos árabes de siempre, varios pliegues de estomago,
varios mentones. Sólo podía moverse con dificultad sobre sus piernas enormes. Era a la vez regia
y magnífica, opulenta y voluptuosa. Llevaba puesto un vestido de novia, un vestido de gasa rosa
bordado de lentejuelas doradas colocadas sobre varias capas de fondos de gasa. Un cinturón de
oro pesado, pulseras, anillos, una cinta dorada sobre la frente, enormes pendientes de oro. Sobre
su cabello brillante, un turbante de seda coloreada en la parte posterior de su cabeza descubría
sus rizos negros. Tenía cuatro dientes de oro, algo que las mujeres árabes consideran hermoso. El
delineado negro carbón exageraba el tamaño de sus ojos como en las pinturas egipcias.

Se sentó en medio de cojines en un cuarto largo y estrecho como muchos cuartos en Fez. En cada
extremo del cuarto había una cama de latón, signo de lujo y de éxito. No se usan como camas, son
sólo un símbolo de riqueza. Entre las dos camas de latón se colocan todos los cojines, tapetes y
sofás bajos (en las casas ricas se azulejan los suelos pero también lucen las camas de latón).
Fátima no sólo coleccionaba camas de latón sino también relojes de cuco suizos. Cubrían una
pared, cada uno dando una hora diferente. Las otras paredes estaban cubiertas de cretona
floreada. El ambiente se cargaba de perfume, encerrado y voluptuoso, el vientre mismo. Una joven
entró con un vaporizador y levantó mi falda para vaporizar ligeramente mi ropa interior con agua de
rosa. Entró otra vez para esparcir pétalos de rosa alrededor de mis pies. Regresó con una bandeja
que llevaba vasos de cristal con asas de cobre para el té. Nos sentamos con las piernas cruzadas
sobre inmensos cojines, Fátima en el centro. Nunca hizo un gesto vulgar. Invitaron a pasar a dos
músicos ciegos y encorvados que tocaron con monotonía, pero con tal ritmo que mi excitación
creció como si hubiera tomado vino. Fátima empezó a preparar el té en la bandeja. Luego nos
pasó una botella de agua de rosas y nos perfumamos las manos. Luego encendió un brasero de
sándalo y lo colocó a mis pies. Me estaba perfumando generosamente como se debía y el aire se
hizo más pesado. El soldado árabe se recostó sobre las almohadas. El guapo guardaespaldas con
su túnica blanca, su turbante blanco y su uniforme militar azul empezó a conversar con Fátima que
no hablaba francés. Tradujo mis cumplidos sobre su belleza. Ella le pidió que tradujera una
pregunta sobre mi esmalte de uñas. Le prometí mandárselo. Mientras estábamos sentados allí
soñando entre cada frase, afuera estalló una pelea. Un joven árabe entró corriendo, la cara
ensangrentada. Gritaba, "Aii, Aii, Aiii". Fátima envió a su criada a ver qué podía hacerse por el
joven árabe. Nunca perdió la calma. Los músicos tocaron más fuerte y más rápido para que yo no
me diera cuenta de la agitación y para que mi placer no fuera interrumpido. Permanecí dos horas
con Fátima, pues aquí es incorrecto apresurarse. Es un insulto mortal irse demasiado rápido o
mostrar prisa. Se ofenden profundamente. La amistad no depende tanto de una conversación o de
un intercambio, sino de la creación de un ambiente favorable, soñador, meditativo, contemplativo,
un modo de ser. Finalmente, cuando estuve lista, mi escolta pronunció unas palabras de
despedida.

Era pasada la medianoche. La ciudad, tan llena de gente e intransitable durante el día, estaba
silenciosa y vacía. El vigilante nocturno duerme en el umbral. Hay puertas entre los diferentes
barrios. Nos abrieron seis puertas con unas llaves enormes. No está permitido circular de noche
salvo con permiso especial y con un pase que el soldado debió enseñar a cada vigilante.

Las ranas croaban en los estanques de los jardines tras de las paredes, los grillos anunciaban el
calor del día siguiente. El olor a rosas ganó la batalla de los olores. De pronto una ventana se
abrió, una vieja se asomó en lo alto y, maldiciendo, aventó una rata enorme que acababa de
atrapar. Cayó a mis pies.

Fez es una droga. Enreda. La vida de los sentidos, de la poesía (hasta los pobres que van a ver a
una prostituta se encuentran con una mujer vestida de novia como una virgen), la vida de la ilusión
y de los sueños. Me volví apasionada, sólo por estar sentada ahí en los cojines, con la música, los
pájaros, las fuentes, la infinita belleza del diseño de los azulejos, el canto de la tetera, las
numerosas y brillantes bandejas de cobre, las doce botellas de perfume de rosa y el sándalo
humeando en el incensario, los relojes de cuco que suenan a destiempo, cuando quieren.

Las capas de la ciudad de Fez son como las capas y los secretos de la vida interior. Uno necesita
un guía.

Adoré la nobleza intrínseca de los árabes, la soberbia, el gusto por los dulces en vez del alcohol, la
suavidad, la paz, la hospitalidad, la reserva, el orgullo, el amor a los colores turquesa y coral, el
porte digno, sus silencios. Adoro como los hombres se abrazan en la calle con soberbia y nobleza.
Adoro la expresión de sus ojos, pensativa o ardiente pero profunda.

El río bajo el puente estaba asqueroso. Los hombres se tomaban de la mano mientras
conversaban en la calle. Condujeron a un árabe muerto en una camilla, iba envuelto en vendas
estrechas y blancas como una momia egipcia. Habían echado una estera roja sobre sus pies.
Silencio y quietud. Contemplación y letanías. Música. Té servido de un samovar sobre una bandeja
de cobre. Los bordes de los vasos son coloridos. En otra bandeja, una gran caja de plata llena de
generosos trozos de azúcar candi. Bandejas de botellas de perfume. Bandejas de pasteles de
almendras cubiertos con un pañuelo de seda o con tapas de cobre pintadas.

Me encontré con las mujeres árabes que se dirigían al baño. Siempre iban en grupos y llevaban un
cambio de ropa en una canasta sobre la cabeza. Caminaban con sus velos y se reían, enseñaban
solamente sus ojos y las extremidades de sus manos, decoradas con hena, sostenían sus velos.
Parecían pesadas y llenas por sus faldas inmaculadas y sus cinturones cargados de bordados,
como las almohadas en las que les gustaban sentarse. Eran carnes pesadas que se movían en
telas blancas, nutridas de dulces y de inercia, de miradas pasivas detrás de las ventanas con reja.
Era uno de sus pocos momentos de libertad, una de las pocas veces en que aparecían en la calle.
Caminaban en grupos con sus sirvientas, sus hijos y sus bultos de ropa limpia, se reían y
platicaban y arrastraban sus pies en babuchas bordadas.

Las seguí. Cuando entraron en el edificio cubierto de azulejos junto a la mezquita, entré con ellas.
El primer cuarto era amplio, cuadrado, todo de piedra, con bancas de piedra y tapetes en el suelo.
Aquí las mujeres dejaron sus bultos y empezaron a desvestirse. Era una ceremonia larga por
tantas faldas y camisas, cinturones que parecían vendas, tanto percal blanco, lino, algodón que
desenrollar, desplegar y plegar otra vez en la banca. Luego había que quitarse las pulseras, los
aretes, las ajorcas de tobillo y luego desenrollar el largo cabello negro de las cintas trenzadas en el
pelo. Tanto algodón blanco caído en el suelo, un campo de pétalos blancos, hojas, cintas que se
habían quitado estas mujeres carnales, y mientras las estaba viendo sentí que nunca podrían estar
realmente desnudas, que todo lo que llevaban puesto tenía que adherirse a ellas para siempre,
crecer con sus cuerpos. Yo ya me había desvestido y esperaba de pie, porque no deseaba
sentarme desnuda en la banca de piedra. Ellas aguardaban a que las criadas africanas luego de
desvestir a los niños hicieran lo mismo.

Nos esperaba una vieja, totalmente arrugada y con un solo ojo. Sus senos eran dos calabazas
vacías que colgaban hasta la mitad de abdomen. Llevaba una arpillera alrededor de la cintura. Me
dio un golpecito de aprobación en el hombro y sonrió. Señaló mis uñas y dijo algo que no entendí.
Sonreí.

Abrió la puerta del vapor, otro cuarto cuadrado, amplio, todo de piedra gris. Pero allí no había
bancas. Todas las mujeres estaban sentadas en el suelo. La vieja llenó varias cubetas de agua en
una de las fuentes y a veces vertía una sobre las que se habían enjabonado. El cuarto se llenó de
vapor. Las mujeres se sentaron en el piso, tomaron a sus hijos entre sus rodillas y los tallaron.
Luego la vieja echó una cubeta de agua sobre ellos. Esa agua corría por todos lados a nuestro
alrededor, y era sucia. Estábamos sentadas sobre arroyos de agua sucia, jabonosa. Las mujeres
no tenían prisa. Usaron el jabón, luego un pedazo de piedra pómez, y luego utilizaron cera
depilatoria con mucho cuidado y concentración. Todas eran enormes. La carne se ondulaba, se
doblaba, se plegaba en unas tremendas y pesadas olas. Parecían sentadas en almohadas de
carne de todos los colores, desde la pálida piel de los árabes del norte hasta la piel africana. Yo
estaba asombrada de ver que podían levantar esos brazos tan pesados para peinar sus largos
cabellos. Vine a verlas porque la belleza de sus rostros era legendaria y en nada exagerada.
Tenían rostros realmente hermosos, enormes, ojos como joyas, narices rectas, nobles, un espacio
amplio entre los ojos, bocas llenas y voluptuosas, piel perfecta y un porte siempre majestuoso. Sus
rostros asemejaban a una estatua mas que a una pintura, por sus líneas tan claras y puras. Me
senté a admirar sus rostros, y de pronto me di cuenta de que me miraban. Se sentaron en grupo,
me observaron y sonrieron. Me explicaron con mímica que debía lavar mi cara y mi pelo. Era difícil
explicarles que deseaba apresurar el ritual porque no me agradaba estar sentada sobre aguas
sucias. Me ofrecieron la piedra pómez después de haberla usado largamente sobre sus cuerpos
voluminosos. Lo intenté pero me irritó la cara. La piel de las mujeres árabes era más dura. Las
mujeres platicaban en círculos mientras se lavaban y lavaban a sus hijos. No pude lavarme la cara
con el jabón que todas habían usado para sus pies y axilas. Se burlaron de una mujer europea que
desconoce las reglas de la limpieza.

También quisieron quitarme vellos superfluos de las cejas, las axilas, y rasurar mi pubis. Al final
logré escaparme al siguiente cuarto donde me rociaron cubetas de agua fresca.

Quería ver a las mujeres árabes vestidas otra vez, escondidas en metros de algodón blanco.
Cabezas tan preciosas habían emergido de esas montañas de carne, cabezas de una perfección
increíble, ojos deslumbrantes, fuertemente orlados, rasgos sensuales. A veces unos ojos verde
musgo en una piel oscura de Siena, a veces unos ojos negro carbón en una piel pálida como claro
de luna, y siempre el largo y pesado cabello negro, las trenzas onduladas. Pero esas cabezas
emergían de masas de carne amorfa, flotando como plantas en el mar, hinchadas, oscilantes, los
senos cayendo como anémonas, los estómagos boyantes de mujeres siempre embarazadas, las
piernas como almohadas, las espaldas como cojines, las caderas estriadas como un colchón.

Todas me veían e inclinaban la cabeza de manera amigable al comentar mi figura. Contaban con
los dedos y preguntaban si yo era adolescente. Yo no tenía grasa. Tenía que ser una niña. Se
acercaron y comparamos los colores de piel. Parecían asombradas por mi cintura. La podían
encerrar entre sus manos. Querían lavar mi pelo. Enjabonaron mi cara con ternura. Me tocaban y
cotorreaban. La vieja llegó con dos cubetas y las volcó sobre mí. Estaba lista para irme pero las
mujeres árabes me enviaron todo tipo de mensajes con sus ojos, sonrisas, pláticas. La vieja me
llevó al tercer cuarto que era más fresco, me roció agua fría y luego me condujo de regreso al
tocador.

Anaïs Nin

“A veces siento deseos de descansar, estar en paz, elegir un refugio, un amor, hundirme en él:
hacer una elección final. No puedo.”

FUEGO

Introducción

Fuego es el tercer volumen de la serie "Diario amoroso", continuación de Henry


and June e incesto.
Desde 1931, cuando empezó su aventura amorosa con Henry Miller, Anaís Nin empeñó
toda su vida en la búsqueda del amor perfecto y confió esta búsqueda a su diario.

(...) En la década de 1920, después de que John Erskine y otros dijeran a Anais que su
diario contenía lo mejor de su obra, ella buscó la manera de publicar el diario sin dañar a
nadie. Más adelante, henry Miller, le dijo que lo publicara íntegro y que cada palo
aguantara su vela. Anaís planeó la publicación del diario en diversas formas:
transformándolo en ficción, manténiendolo como diario, pero con nombres ficticios, y
mezclando nombre reales y nombre ficticios. Ninguna de estas formas satisfizo la
necesidad de Anáis de proteger a su esposo y a otras personas y se dedicó a escribir
novelas.

(...)Mucho antes del principio de nuestras relaciones, Anaís me dijo que no quería que yo
leyera los diarios inéditos. Respeté su deseo. Pero, a principios de los años setenta, cuando
preparabamos los diarios para entregarlos a la UCLA, Anaís me dijo " Ha llegado el
momento que leas mis diarios. Quiero que los leas todos".

Y me senté cinco días para leer 35.000 páginas.


-¿Me Juzgas?-me preguntó Anáis.
-No. Has tenido el valor de vivir tus sueños y de escribir sobre ellos. Algún día deberían
publicarse.
-Muy bien, ésa es tu tarea.Quiero que publiques los diarios tal como los escribí.

La publicación del "diario amoroso", el diario íntegro de Anáis Nin, se inició en 1986 con
Henry and June.
(Extracción del prólogo de Fuego,
Rupert Pole
Albacea, Legado de Anais Nin
Los Ángeles, enero de 199

Diciembre de 1934

Mi barco batió la marca de velocidad en la travesía a Nueva York. Era de noche y no de


mañana cuando llegué-cosa muy adecuada, porque ahora la noche es para mí el comienzo y
la raíz de todos los días-. Tocaba una banda y los rascacielos parpadeaban con un millón de
ojos aparentemente suspendidos en el aire oscuro. Y un hombre susurraba "Escucha,
dulzura, eres maravillosa, te quiero,escúchame, dulzura, te quiero. Dulzura, eres
maravillosa. ? No es grande, dulzura, llegar a Nueva York, mientras hago el amor contigo?
¿ verdad que no me engañarás, que no me olvidarás, dulzura?Me gusta tu pelo, dulzura.
Escúchame".
-La música suena demasiado fuerte-dije-.Sólo puedo oír la música.
Pero buscaba a Otto Rank, al otro; miraba las luces, la ciudad babilónica, los muelles, la
gente, no la palabra "dulzura", sino la palabra "querida", unos ojos brillantes como el
charol, con un amor más alto que los rascacielos, un amor incrustado de un millón de ojos,
de ventanas y lenguas.
Sus ojos.
-!Oh, querida!.
Pero era un sueño.Estábamos envueltos en algodón, en hilos de seda, en telas de araña, en
musgo, en niebla, en el mar, el sabor de una distancia que ha de aniquilarse.
Mi habitación.Que, dice él, ha sido su sala de espera. Las risas empiezan a florecer y a
tintinear como una hucha llena de monedas. Las hemos ido ahorrando, céntimo a céntimo,
para gastarlas hoy.Es lo que iba a ser la textura, el perfume y el color de nuestra alianza: el
humor y una risa largo tiempo ahorrada.
Muy lentamente, con manos, lenguas y bocas, nos desenvolvemos y nos desanudamos,
como regalos abiertos para ser vistos. Volvimos a darnos nacimiento el uno al otro, como
cuerpos separados que gozan con la colisión. Ya no éramos los amantes de París, cuyas
caricias no podían prolongarse indefinidamente en el espacio, sino la vida de todos los días,
los movimientos y los actos de todos los días.
He encontrado a la persona con quien puedo representar mi papel, hacer realmente mi papel
de mujer;representarlo todo con mi cabeza o mi cuerpo al ritmo de la sangre. No la
representación de las ideas, donde el instinto se rebela contra la comprensión. Dice : "tengo
una idea". E inventa, crea-fantástica y mágicamente-la vida. Cada detalle de la vida.
No estoy sola haciendo retoques. Él salta, dirige, comprende. Es más hábil en la
comprensión, más diestro en los detalles; puede ser criminal o puede ser detective.
Huckleberry Finny Tom Sawyer, Don Quijote, June y Louise, o el Dr.Rank analizando en
su extraña manera, la cual genera su propia entidad, nacida en nuestro amor.

Diciembre de 1934

Nuevos amantes. Con toda Nueva York apuntando hacia arriba, a clímax, a lo más
intenso.Nueva York, el gigantesco y luminoso juguete de bisagras bien engrasadas. En
nuestras manos, en sus manos nerviosa y rápìdas. Tengo una idea y, con nuevo y repentino
ritmo, empezamos a nadar: réplicas, respuestas, contestaciones, interacción ... mi mundo
compartido.
Conocía la identidad del sentimiento, pero no la identidad del pensamiento. El amor de lo
entretejido, de la complejidad, por el amor del desenredo.
Me lee Huckleberry Finn. La liberación del negro, subrayando el espíritu aventurero.Lo
absurdo en la literatura. Las adiciones, las complicaciones, lo tortuoso. Encontramos allí
nuestro" escudo de armas", el espíritu del juego, las creaciones, las invenciones.
Una de las primeras cosas que me llevó a ver fue la "puerta mágica" [en la estación de
Pennsylvania]. Toda de metal, se abre cuando tu sombra la toca. Le gustó ver como me
deslizaba a través de ella.

No he conocido nunca una alegría parecida. Vivo continuamente en la fantasía, aunque


también en la realidad humana, Mis instintos se han apaciguado. No hay control, rebelión,
disgusto ni conflicto. Y mi imaginación es libre. Soy yo misma. Su fe me da alas.
En un día claro y soleado me llevó a Empire State Building.
Para que fuera consciente de Nueva York, porque es nuestra ciudad y encaja con nuestro
talante, y también para que la poseyera completamente. Sin intimidar, insolentemente
amistosa, la complicidad de Nueva York propicia nuestros placeres y alegrías. Su acústica
es buena para la risa.
El Teatro. Era deficiente y empezamos a reelaborarlo de muchas maneras. Yo dije
"escríbelo". Reescribimos las obras. Nos inventamos la obra. Y mencioné mi admiración
por Ferdinand Bruckner.Coincidencia. Alguien ha escrito en un periódico de Viena que
creía que Bruckner era el seudónimo de Rank. ^Por eso puse a Rank el apodo "el
dramaturgo".
Nos sentamos impacientes ante el telón que se levantaba.sólo ahora el mundo mágico no
está detrás del telón.Se ha extendido en una vasta sinfonía:nuestras charlas, nuestras ideas,
nuestro amor, su trabajo, en todos los niveles a la vez, como siempre he deseado vivir.Vivir
en cada célula. Desplegando miles de identidades nuevas.
Broadway.Baño de electricidad.Sinfonía de celofán.Luminosa transparencia sobre todos los
objetos.Textura irreal.
Desayuno en el lúgubre restaurante del hotel.Le digo lo más importante de las noticias del
día.Es decir, yuxtaposiciones humorísticas en frases cortadas y dispuestas de un modo
inesperado, con un efecto hilarante.Lo escribo en un papel y lo paso por debajo de la puerta
mientras analizaba a un paciente.Tan pronto como éste se va, lo lee. Viene riendo a mi
habitación.

Con él he descubierto la zona del humor, nacido de la conmoción del viaje. Un viaje es
como lanzar los dados.Los días son aquí claros y soleados. Una siente que cada día es
nuevo. la poesía del movimiento suave, no todos tus deseos se cumplen, no todas sus
necesidades se adivinan y satisfacen.
No me atrevo a mirar a las personas demasiado de cerca. Parecen un poco
deficientes.También son de celofán, una especie de perpetua mañana navideña.No lo
sé.Estoy realmente enamorada de Él y de los edificios, granito, electricidad, 6.400 ventanas,
survoltaje, presión, calles y multitudes. No escucho a los americanos. Juego con Él en la
ciudad del mañana.! Una buena acústica para la risa.

Diciembre de 1934

Dije en una carta a Rank que no quería bailar;eso era actuar para el mundo.Preferí
interpretar todos los papeles para él.
Empezamos en broma con "la secretaria". La secretaria no era tan buena al principio a
causa de la maldición severa de su padre y su "tu n´as pas l´esprit scientifique". Por eso
temblaba, se agitaba y cometía errores provocados por el pánico. pero cuando vió que había
encabezado una carta con la fecha de salida del barco, él no sólo lo encontró divertido, sino
que se sintió complacido.Mi cabeza estaba evidentemente en nuestra propia historia. La
secretaria estaba sorprendida, conmovida y mágicamente afectada por la risa, la tolerancia y
la ternura de él.Es decir, que se convirtió en una buena secretaria. Al día siguiente se
mostró fría y empleó vigorosamente su capacidad de orden y rapidez en el trabajo bajo la
hábil orientación de él.
La secretaria dejó su trabajo a las seis. Una hora más tarde estábamos en el restaurante
intercambiando las más asombrosas respuestas y réplicas. Es como las maravillosas charlas,
que una mantiene consigo mismo lamentando luego que no resulten tan brillantes en
público.
Oleadas y oleadas de humor e ironía.
El teatro.
Broadway.Bebidas cremosas.Harlem.
Sentarse bajo las luces tenues con negros liberados.
Nunca imaginé que no supiera bailar.
Nunca imaginé que el Dr.Rank hubiera llevado una vida tan seria y no hubiera bailado
nunca.Pero no es el Dr.Rank. Es un hombrecito cuya sangre puede palpitar locamente.
- Baila conmigo.
Hago que olvide su miedo y su torpeza.Sólo bailo.Al principio está rígido, tropieza, está
fuera de lugar, perdido.Pero al final de aquel primer baile empezó a bailar.Mágico.Y la
alegría que le produce.
-Un mundo nuevo... Oh, querida, me has introducido en un mundo completamente nuevo.
Me contagia su alegría.El primer paso de su baile con todo el sentido que yo le doy al
baile.Y, alrededor de nosotros, los negros, salvajes, bailando salvajemente.Y él moviéndose
despacio , torpemente, como si aprendiera a andar.
No le di instrucciones. Bailé y él bailó conmigo.Le asombraba mi alegría. Yo quería bailar
con los negros, libre y salvajemente, secretamente, pero esto era tan extraño, llevarlo a una
libertad casi onírica de movimientos, después de que él me diera la libertad de moverme
para vivir.Devolviéndole, a cambio de todo cuanto me había dado, el placer, la música y el
olvido de sí mismo. Ningún pensamiento más. Ningún pensamiento más. Lo embriagué.
De vuelta a casa. Radio en el taxi. Más música.Risa en sus ojos.Gardenias en el ojal de su
solapa y en mi estola de piel. Gardenias, orquídeas salvajes, violetas blancas de Georgia,
papel de plata y alfileres de perlas falsas.
Una noche orgiástica."baile en la noche callada", dijo. Amar como un baile. Salvaje
abandono

Diciembre de 1934

Se despierta a las cinco de la mañana, muy consciente;está excitado como yo lo estaba con
Henry [Miller], incapaz de dormir a causa del milagro.Despierta apasionado, rebozante de
ideas. Yo tengo más ganas de dormir, estoy más relajada.Como si hubiera disipado una
cierta viveza. Gozo estando echada de espaldas, balanceándome, arrullada por la felicidad,
tengo la sensación de que me está dando el nuevo amor, grandioso y penetrante, que yo le
dí a Henry, el amor activo, el amor saltarín, inalcansable, muy despierto, en el cual yo
descansaba como Henry descansaba en el mío. Sueño, duermo, recibo. Él está despierto,
consciente, lleno de actividad, iniciativa e inspiración.
Harlem.Él no podía olvidarlo. Impaciente por volver.Soñaba con ello.Parecía como si
nunca terminara el duro trabajo de el día.
Trabajaba en la habitación 905 [del hotel Adams], donde hay un salón y un dormitorio.Mi
habitación está al lado de la suya y es como una sala de estar.
Pronto hablamos de la necesidad de que yo fuera a otro sitio.No quería otro ni siquiera
fragmentarme otra vez.No.Pero no había otra solución.Volví a bromear sobre los dos
cepillos de dientes. Resistí.Pero todo el tiempo pensaba que, si debía tener otra habitación,
está tenía que estar en el hotel de Barbizon Plaza.Necesitaba ver el antiguo sitio con nuevos
ojos, recordar a Jhon [Erskine] para asegurarme de que lo había olvidado.Rank me ayudo a
tomar la decisión, en primer lugar por su carácter resuelto, pero también por la idea de que
yo estuviera ocasionalmente en otro lugar que para él fuera nuevo, lejos de su despacho y
del Dr.Rank. Busca escapar de ese papel tanto como yo trato de escapar de la señora de
Hugh Guiler.
Fuimos juntos y elegimos la habitación más pequeña, tan ancha como la longitud de la
cama, con una mesa diminuta y un escritorio, todo de color marrón rojizo, muy parecido al
interior de una maleta o de un joyero.
Me trasladé parcialmente, lejos de Rank, el lunes siguiente a mi llegada.Decidimos que me
ayudara en los detalles de mis juegos engañosos, porque él puede ser más preciso y más
realista y porque dice que la mujer que hay en mí siempre deja una pista, necesita que la
descubran, que la dominen, necesita perder.
Ahora, al atardecer, estoy sola en está habitación.Él tenía que asistir a una cena y no ha
querido salir con nadie más. Necesitaba mi diario, porque, por primera vez, mi juego, el
más hermoso de todos, se ha vuelto mi tragedia.Por error envíe una carta para Hugh a
Henry, y otra para Henry a Hugh. (con el deseo de hacerles saber, de escapar, diría después
Rank). A la misma hora que recibí el telegrama de Henry diciendo: "Anáis ten cuidado
Hugh recibió primera carta con cheque en sobres cambiados olvida Bremen carta ahora
Ok". Rank ha escrito entre dos análisis : "Se lo dice a todos, necesita que todos lo
sepan.Secreto imposible".

3 de enero de 1935

Una sensibilidad y una intuición extraordinaria.No puedo ocultarle nada.Puede leer cada
matiz de mis estados de ánimo.Llora con facilidad, ríe.Oh,estar vivo, estar vivo.Lloro y
río.Es maravilloso.

La vida es una vorágine vertiginosa.Rank me conquista con su comprensión, con su


imaginación, que es infinita.Con su mente intrincada y deslumbrante; con Huck, el Huck
que hay escondido dentro de Rank-pecoso, hogareño, harapiento, payaso, tallado
groseramente-.Luego, Henry, despertando lentamente a mis supercherías, reveladas en mis
cartas equivocadas,y despertando a su pasión por mí, sufriendo,escribiendo
demencialmente,telegrafiando, tratándome como trató a June.Me convierto en June y
entonces su amor por mí es omo fue su amor por June:pasión.Y siguen llegando las cartas
enloquecidas, y los telegramas.Y Huck empieza a sufrir exactamente igual que yo sufría
cuando me enamoré por primera vez de Henry, cuando aún estaba lleno de June y yo
trataba de evitarlo, de ahorrarle mis confidencias, pero él no me evitaba.Pero no puedo
engañar a Rank.hablamos y hablamos.Sabe todo, excepto que mi amor por Henry no ha
muerto del todo, no morirá.Sabe todo, salvo que las cartas de amor de Henry me
conmueven.Una vida loca.
Se despierta pronto, a las seis.No puede dormir por el asombro que lo embarga, que a mí
me hace más humana, más hambrienta, más dormilona,más natural.Se despierta a las seis y
viene a mi habitación.Amo ese momento en que viene a mis brazos.Es entonces Huck, no el
Dr.Rank, un Huck natural, espontáneo, impulsivo, con los ojos brillantes, que repite su
eterno " Tengo una idea".La luminosidad, la conciencia despierta que yo tenía por Henry,
que estaba dormido.Ahora me siento muerta de sueño.Río con las nuevas travesuras de
Huck, con sus ideas, pero vuelvo a caer dormida.Es inalcansable y esta alerta.Toma un
baño.Siente como yo sentía cuando esperaba el despertar de Henry.También ha definido el
sueño: "hija de la naturaleza.Perteneces a la noche.He de hacer que renuncies a la noche".
Un universo perpetuamente intensificado, embellecido.Creí de verdad que eran sus
ronquidos los que me mantenían despierta y que para poder dormir tenía que alejarme y
encontrar otra razón.Dije que estaba tan pendiente de él que no podía dormir. Temió que
fuera su exceso de amor, su atención obsesiva, su adoración abrumadora.Pasamos una
noche infame.Creía que yo lo esquivaba porque me amaba demasiado.Es cierto que había
encontrado extraño y espantoso este no poder esta nunca sola, después de haberme quejado
de mi soledad.Imposible la soledad con este conocimiento atento, agudo y sensible allí,
todo tentáculos, todo adivinación.
Telegramas:"Amor eterno, Henry".Cartas:"Anáis, telegrafía inmediatamente que eres mi
mujer, que no me traicionas, que vivirás conmigo, que estaremos juntos...Estoy
desesperado.Dime algo que me tranquilice...".Telegrama a Henry:"Soy tu mujer
siempre.Henry.Pronto estaremos juntos.Trabajo para nuestra libertad.Ten confianza en mí."
Huck y yo empezamos un borrador, desordenado y divertido.Huck me da una casita de
madera.Imprimo en la puerta:Huck y Puck-No molesten.Le doy a Huck unas zapatillas
nuevas y con lo que quería gastarse en una máquina de escribir nueva para mí, le compro
una radiogramola.Nos regalamos sobre todo engaños.Engaños y contraengaños.Recortes de
periódicos, del New Yorker, tarjetas postales del acuarium.Inventamos, exageramos,
hacemos juegos de palabras y bromas.Sin fin.DE pronto nos volvemos agudos,
profundamente serios.Entonces él está agradecido, tartamudeando su agradecimiento por la
vida que le doy, la vida humana, el baile, la alegría, la materialización, la concreción, la
sensualidad.De espectador y analista pasa a ser actor.Un actor por entero.

7 de Enero de 1935

Henry en el mar.Viene con palabras de amor grande y eterno.Le envío un radiograma: "
Has vuelto a subir al barco mágico".
Bailé para huck, espontáneamente,vestida de española, y se emocionó porque dijo que yo
era su creación, bailando, y también que era su baile dentro de mí.
Llamadas telefónias.flores.Rosas rojas, cortejo, halagos, adulación.Claveles.Henry sufre
porque ahora es real. Nuestro amor se ha hecho real para él. Compro cigarrillos, revistas,
pequeñas cosas, ropa, para su habitación, la 703 [en el Barbizon Plaza].Le preparo la
habitación.La preparo para envolverlo. En su última carta me súplica: " sé tierna conmigo,
sé amorosa, te necesito tanto. Me he entregado a ti". Este nuevo amor para mí, para el Mí
que se aleja, que lo olvidó, que ha sido cruel: lo necesito. Me he convertido en June. Él
emplea las mismas frases, pero suenan más sinceras. Sufrimiento. Sufrimiento auténtico.
Lágrimas auténticas.
Hugh, también, corre tras el freu follet, tras una quimera.Obsesionado, solícito, insistente.
El núcleo de mi vida pasar por uan situación trágica y profunda que no puedo arrastrar. No
puedo abandonar a Hugh. No puedo herir a Henry. No puedo herir a Huck. Pertenezco a
todos ellos. Pienso en orquídeas. Envío a [mi hermano] Joaquín un telegrama porque esta
noche da un concierto en La Habana. Escribo a Madre, que está en Mallorca.
Erskine telefoneó una hora después de ver a Joaquín y saber que estoy aquí.No le contesté.
Dejé una nota diciendo que me iba. Me lo he quitado de encima.
El núcleo: Henry, mi Henry. Loco, como Knut Hamsun, falso, lleno de literatura y falto de
comprensión. Henry.
Huck, Huck, de sentimientos tan sinceros y profundos, tan profundo en sus pensamientos,
riendo y llorando.
Nada de tragedias.No queremos una tragedia. Ojalá pudiera continuar con las mentiras, las
ilusiones, oh, las mentiras a Hugh, que no todas son mentiras. Cuando recibí sus rosas rojas
la noche de Año Nuevo, las odié, pero me sentí conmovida.
Conmovida.guardé una bajo la almohada. Lazos inalterables. Lazos indisolubles. Sólo
puedo añadir, crecer. No puedo romper, disolver, alejar.
Orquídeas.Mi paciente, la señorita X, la bailarina. Burla de la neurosis. Como una partida
de ajedrez. Huck viene a verme entre las visitas a sus pacientes, siempre corriendo. Nuestro
día de tiendas. Ropa interior de tul negro y zapatillas de bailarina. Nuestras charlas. Nuestro
cuento de hadas. Nuestras creaciones. Demasiado bellas, demasiado frágiles, dice él.
Demasiado sutil. Almas gemelas. Impulsividad, emoción. Abandono, absolutismo. Damos,
damos. Huck me devuelve todo lo que alguna vez di. Todo. Dado, envuelto, adorado. "Te
adoro". Pero somos humanos, el uno para el otro. Él es Huck y yo soy Puck, no dioses.
Dice que soy tan sincera de sentimientos. Las mentiras están solamente en la cabeza. Los
sentimientos están en el diario. En éste apenas me refiero a las mentiras. Sólo me importa el
sentimiento. Allí nunca miento. Sólo miento a los demás.
Henry en el mar. Tengo que preparar la habitación. Tengo que atraerlo de nuevo a mis
brazos. No sé por qué.
Cuando Huck y yo nos fuimos a New Haven, me puse enferma. Tan enferma como cuando
abandoné a mi padre para encontrarme con Henry en Avignon.

26 de Enero de 1935

Henry llega en el barco varado por la niebla, con retraso, avanzando lentamente.
Un hombre cambiado, un hombre tembloroso, pero entero, resuelto,despierto. ha
escrito : "Miedo, miedo, he sido presa del miedo.El gran miedo de perderte.El
miedo de no haber vivido según la imagen que tienes de mí.Casi me ha
destruido.He estado tan cerca de perderme que temí volverme loco".
Tan pronto como lo beso, sé que lo amo con un instinto ciego que sobrepasa la
razón, aún con todos sus defectos. A pesar de todo, parece nuevo, fuerte,
diferente. Sí. Y Rank, el analista, interpreta : "Cambió porque te perdió, sólo
cambió por eso, pero nada puede cambiar en vuestra relación.Es demasiado
tarde".

Demasiado tarde para cambios, demasiado tarde quizá para explicaciones y


tejidos ideológicos, pero el amor continúa, ciego a las leyes y sordo a las
advertencias, e incluso a la prudencia y a los temores. Y sea lo que sea ese amor,
quizá la ilusión de un nuevo amor, lo necesito, no lo puedo resistir, todo mi ser se
funden en un sólo beso, mi conocimiento se funde, mis miedos se funden, mi
sangre baila y mis piernas se abren. Henry. Su boca. Sus manos. Todo él, su
conciencia.Está lleno de mí ahora, lleno de mí, consciente.Lo llevo ala pequeña
habitación que Rank y yo elegimos y quisimos emplear para bailar.La radio estaba
puesta. Había flores, pequeños regalos, libros, revistas. Era pequeña, cálida,
encendida. Henry estaba aturdido, aturdido, pero enteramente vivo, vivo de dolor y
de celos, haciendo preguntas, besándome. Nos metimos en la cama. Todo como
antes, pero nuevo. Cómo entra en mi ser por todos los poros y células, con su voz,
sus ojos azules, su piel, con todo.
Una invasión.Leí la carta que me escribió en el barco. habló desordenadamente
de que no quería que yo trabajara más, de querer protegerme, casarse conmigo,
alejarme definitivamente de todo el mundo. Lloramos de alegría. "Oh Anis, Anis,
Anis, te necesito más de lo que nunca he necesitado un ser humano. Te necesito
como a la vida misma".
Yo estaba llorando, negando una traición, llorando por una vida que no entendía,
porque después de haber herido a Henry, de haberlo dejado,de torturarlo, me
amaba mucho más, me amaba locamente, y yo recibía mucho más que June -su
cuerpo, su alma, su creación -. Ahora odiaba lo que había escrito, los sacrificios
que hizo para escribir, odiaba haber dejado que yo hiciera de puta para él, tal
como lo hizo con June.
A pesar de todo esto, tuve el valor de irme, de decirle que estaba con la familia de
Hugh para calmar sus dudas y evitar que viniera. Me fui a medianoche,
preguntándome temerosa cómo me sentiría con Huck y si volvería a sentirme
dividida y destrozada como antes.

26 de Enero de 1935

Debo estar acostumbrada a los sentimientos dobles, a los amores dobles, a la vida doble,
porque me encontré con Huck sin cambiar mis sentimientos, aunque sabía que mi amor por
Huck era mucho menos fuerte; pero pude aceptar sus caricias, pude dormir en su cama,
pude llorar un poco, compadecida por Henry, pude actuar como si no hubiera nada, salvo
compasión, pude ser tierna sin que me temblara el pulso; pero estaba actuando, haciendo
comedia, y ansiaba estar con Henry.
Al día siguiente encontré a Henry todavía roto, con la voz apagada, herido, feliz, agitado.
Había tomado notas de su despertar, deseando desesperadamente cavar un surco en
cualquier parte y hundirse en él conmigo. Dolido porque lo dejé sólo anoche.Dolido, aún
sabiendo que se había salvado por su fortaleza la venir, salvándonos los dos. Echados en la
cama, desvariamos hablando de mitos y leyendas, de Tristán e Isolda, de su lucha para
alcanzarme, de su lucha a través de la niebla. En París había sufrido agonías.No había
comido ni dormido bien desde la confusión de las cartas, se gastó todo el dinero que tenía
para comer en telegramas, indiferente a todo, solitario, , desesperadamente celoso,
advirtiendo de pronto todas las mentiras que yo le había dicho, mentiras gratuitas, mentiras
innecesarias,como decirle que Hugh vendría en el barco conmigo aunque yo estuviera
enferma, cuando yo supe siempre que viajaría sola. Pero por esto yo quería que Henry
supiera lo difícil que me era dejarlo, cómo me resistía, poniéndome enferma y subiendo al
barco.Analizó mi rostro, mis expresiones, mi apariencia de profunda sinceridad. Henry ha
vuelto cambiado, resuelto a que yo no me sacrifiqué más por él, que deje de mendigar por
él. Quiere luchar por mí. La habitación era tan pequeña y tan cálida, y se ha traído consigo
el chal español y la colcha de terciopelo de color naranja, las tazas de café de color naranja,
símbolos de Louveciennes y del estudio. Sus lágrimas, su sensibilidad, sus estremecimiento
todavía por la violenta conmoción que le produje, su temblor todavía por el nuevo y
violento nacimiento. ¿ Había dado yo por fin nacimiento a Henry Miller como hombre?.
Le había dicho que me alojaba con los Guiler para tranquilizarlo. A la mañana siguiente
otra vez desesperado. Tenía en las manos cinco o seis mensajes telefónicos. El teléfono
había estado sonando constantemente. Hombres. Voces de hombres. Llamando
repetidamente. Henry haciendo preguntas, rebosante de odio por Rank. Su voz
envolviéndome, fluyendo dentro de mí,sus ojos tan intensos, su piel tan tierna.
Sólo mi amor por él no dice mentiras, ninguna mentira, tan abierto, tan entregado, hasta el
punto de perder la felicidad que Huck me dio, perder y renunciar a todo, a Huck también, a
Henry, al amor ciego ....
Celos y caricias, caricias más profundas, un deseo mayor y más intenso. Oscuridad, dolor,
perversidad, tragedia y más y más amor humano.
Pérdida de prudencia, de heroísmo, de sigilo. Amor humano. Soy más real a medida que
soy menos y menos buena, más mujer,más anormal, más pecadora, más mujer y más amor,
más deseo, más dolor y mayor gozo.

26 de Enero de 1935

Vuelvo a Huck. Huck, a quien no puedo mentir porque es tan parecido a mí. Sabe todo lo
que me ocurre. Él sabe que Huck terminará perdiendo porque es demasiado bueno. Lo veo,
Huck es tan noble como yo lo fui cuando Henry luchaba por su amor por June. Noble,
heroico, verídico-a costa de su felicidad-lleno de comprensión y perdón.

Hago trampas para ver a Henry. Pequeños engaños. Analizar a mi primera paciente, escribir
cartas para Huck, visitar a Lucrezia Bori con Joaquín, ver dos veces a { Theodore}Dreiser y
negarme a dormir con él, acostarme con {George}Turner porque Huck está en la habitación
de al lado, trabajando y quiero traicionarlo allí, en el sofá donde nos acostamos, en la
habitación que guarda para mí, destruyendo todo lo sagrado, profanando, engañando, sólo
para que Huck entre y lo vea, porque es la habitación de Huck, y porque cuando Huck
venga tendré que hacer la comedia otra vez, simulndo inocencia y enfado por el acoso de
Turner. Para olvidarlo todo inmediatamente y correr a Dreiser, y luego, a medianoche, a
Henry; llego tarde junto a Huck, que está llorando. Me invento fines de semana en el
campo,porque Huck quiere sus sábados y domingos, y luego, en realidad, paso el fin de
semana con los Perkins, me invento una noche en el campo para pasarla sola con Henry y
vuelvo con una maleta en la que llevo el camisón de dormir que me regaló Hugh para que
sólo me lo pusiera con él, pero que sólo me pongo para Henry, al igual que el vestido ruso
de color rojo que Huck me regaló para los fines de semana, en el que Henry derramó su
copa de oporto durante la fiesta en que conocimos a los amigos de Emil {Schnellock}.
Interceptar mis últimas cartas a Henry, devueltas a París, porque en ellas le digo que Hugh
iba a venir para explicarle porque no tengo las noches libres, luego decido decirle a Huck
que Hugh va a venir, para que Huck se vaya a hacer su gira por California y yo pueda estar
a solas con Henry durante tres semanas. Simulo que voy a encontrarme con Huck en Nueva
Orleáns, para que termine de irse, cuando no tengo la menor intención de hacerlo. Simulo
que Hugh está al llegar. Simulación, simulación. Henry descubre todos los días una nueva
mentira y vuelven a despertarse sus sospechas, a pesar de lo cual nuestras caricias son tan
completas que le digo que me maravilla que pueda dudar de mí; ¿cómo puede imaginarse
que vaya a dejarlo para irme con otro después de pasar con él aquellas horas,
intercambiando sangre y aliento?- que es exactamente lo que hago-Mi rostro nunca
traiciona mi mentira, porque mi rostro y mis sentimientos son de amor ciego y profundo
para Henry.

26 de Enero de 1935

La noche en que Henry y yo salimos, insistió en acomparme a casa, cosa que nunca hace.
Le digo claramente que no deseo que me acompañe a la casa de los Guiler.Como insistió
mucho, le di una dirección falsa en la calle 89 Este.Pero mientras trataba de convencerlo de
que no me acompañara, me vi obligada a admitir que había mentido al decirle el número,
porque temía que subiera al apartamento a hablar con los Guiler e insultarlos. "Maldita
seas", dijo Henry. "Eres incurable". Y volvió a perder toda su confianza, y eso que dos
horas antes habíamos estado en su cama, acariciándonos en pleno delirio.

Finalmente nos bajamos en la calle 57, donde le engatusé para que nos tomáramos una
soda, pensando que me dejaría seguir sola a casa, y seguimos andando hasta la parada del
autobús de la Quinta Avenida. Pero viendo el tormento y la duda en su cara, le dije: "Esta
bien, vente conmigo. Quiero que vengas, eso te tranquilizará.Subimos al autobús y,
mientras hablabámos, pensaba rápidamente que ahora tendría que encontrar un casa de dos
entradas. Pero como nunca había estado antes en la Calle 89, no sabía lo que iba a
encontrarme al doblar la esquina, quizá un club o una casa privada, una mansión
Vanderbit.Sí, fue algo así,porque no había nada, salvo un enorme solar vacío a la derecha y
casas a la izquierda.Caminamos por la acera cubierta de nieve en medio de la noche helada,
hablando dulcemente de otras cosas, con la voz de Henry tan vulnerable, hasta que ví una
casa de apartamentos en la esquina de la calle 89 con la Avenida Madison, donde bien
podrían vivir los Guiler. Henry me dio el beso de las buenas noches allí mismo, un beso
cálido y pegajoso que me conmovió profundmente. Y luego, añadí algo increible a las
dificultades del juego. le dije: " Ya ves que te estoy diciendo la verdad, los Guiler viven en
la sexta plaza.Cuando llegue, encenderé y apagaré la luz como señal de que estoy allí.
Como Ethel {la hija} duerme allí, quizás no me asome a la ventana, pero la luz te avisará".
Y dejé allí plantado a Henry, delante del edificio. Primero me encontré con que la puerta
estaba cerrada con la llave y tuve que llamar al timbre del portero, cosa con la que no había
contado. Cuando me abrió, le pregunté: ¿Hay una puerta que de a la Avenida Madison?, por
decir algo, porque él me había dicho en tono desabrido: "¿Dónde va usted? ¿Qué
apartamento busca?" y luego añadí: "No busco a nadie. He venido tan sólo porque hay un
hombre que me sigue y me está molestando.Creí que podría entrar aquí, salir por la otra
puerta y coger un taxi que me llevara a casa".

- La otra puerta está cerrada durante la noche. No puede ir hasta allí.

- Bueno, entonces me quedaré aquí un rato, hasta que se vaya el hombre.

Y me senté en un sillón tapizado de felpa roja que había en aquel vestíbulo, oscuro y
alfombrado. Pensé en Henry, esperando afuera que apareciera mi señal de luz, y en Huck,
esperándome desde la medianoche, esperándome con su peculiar impaciencia, porque la
noche anterior no aparecí por su casa, la había pasado con Henry (telefoneé a Huck "desde
New Caan" diciendo que el coche se había atascado en la nieve, cosa que él sabía que no
era verdad, así que no pudo dormir en toda la noche y a la mañana siguiente me lo encontré
amarillo de dolor e ira). Sentada allí, con el corazón palpitándome, martilleándome en la
cabeza y pensando sin parar. Me levanté y fui hasta la puerta para mirar cautelosamente a la
calle y vi que Henry seguía esperándome en mitad del frío, mirando por la ventana. Dolor y
risa, solor físico por mi amor a Henry, risa por alguna razón demoniaca que desconozco.

- El hombre sigue allí-dije al portero- Escuche, tengo que salir de alguna manera. Tiene que
hacer algo.

Llamó al muchacho de los ascensores. El chico me condujo hasta el sótano a través de un


laberinto de pasillos grises. Otro ascensorista se unió a nosotros. Les expliqué lo del
hombre que me seguía. Subimos unas escaleras y abrieron la puerta de servicio. Los cubos
de basura llenaban todo aquello. Uno de los chicos fue en busca de un taxi. Les di las
gracias.Dijeron que lo hacían con mucho gusto, que Nueva York, era un infierno para las
señoras. Subí al taxi. Me tumbé en el asiento para que Henry no pudiera verme pasar por
Avenida Madison.

26 de Enero de 1935

Huck estaba sollozando. Yo sólo podía pensar en Henry, en Henry de pie en medio del frío,
esperándome.En su beso.En su boca.Huck sollozba, patético,pero yo sólo pensaba en
Henry.Henry con aquel frío y atormentado.Me eché a llorar.Y hablé con Huck, tratando de
apaciguarlo con cosas terribles y ciertas.

- No eres precisamente tú el que debe llorar. he venido a ti.He luchado para estar aquí
contigo. Y aquí estoy.Y Henry está afuera, esperando en medio del frío ¿ Por qué lloras?.-

Y pensaba y pensaba mientras el maquillaje de los ojos se corría con las lágrimas, ¿cómo
puedo hablar con Henry, cómo puedo saber de él, qué pensará, habrá vuelto a la habitación
del hotel?

- Escucha, Huck, sobre todo lo que no quiero es que Henry sepa de ti.Sólo quiero que crea
que es una ruptura normal.No quiero que sufra.Si me obligas, será como cuando acudí a ti
en busca de ayuda.-

A los pocos minutos había conseguido despertar su compasión, sobre todo cuando me referí
al pasado, cuando fui a él cuando me sentía atrapada entre Padre y Henry, pero sobre todo
cuando lo amenacé con alejarme de los dos, de él y de Henry.
Y así gané un momento de respiro y el permiso para telefonear a Henry. Me fui a mi
habitación.Henry ya había vuelto.Durante la escena con Huck estuve pensando en lo que
iba a decirle a Henry para explicar por qué no había funcionado lo de las luces. "Me
equivoqué con las ventanas.Cuando llegué estaban encendidas todas las luces y Ethel y la
madre de Hugh estaban levantadas. Tenían visita y no podía ir a su ventana sin llamar la
atención".
Pero a Henry no le preocupaban las razones.Estaba muy agradecido porque había querido
tranquilizarlo, por haber telefoneado, por intentar hacer la señal con las luces, agradecido y
conmovido por-no-sé-que-más, por el amor que sentía.De todas maneras, después de oír su
voz, me serené inmediatamente.Ninguna tragedia.No me había descubierto.Y volví para
consolar a Huck.Empecé a gastarle bromas, hasta que conseguí que se riera con la historia
del edificio de apartamentos.Estaba en mitad de mi habitación, con mi camisón negro de
encajes, contando la historia y riendo, y Huck estaba maravillado,lleno de dudas y
sonriendo.
Pero no pude soportar sus caricias.Sofoqué sus deseos.Ambos estábamos
exhaustos.Totalmente exhaustos.

26 de Enero de 1935

Mentir, eludir la tragedia.No puedo ser yo misma sin causar una tragedia.Pero la tragedia es
vivir.Huck dijo anoche: " Nunca he vivido tan intensamente, nunca".Risas, sollozos;éxtasis,
delirio, paz, agotamiento,pasión, dolor, gozo, paz, iluminaciones, dolor, vida humana.A las
seis de aquella mañana, después de pasar la noche con Henry, cuando Huck supo que yo
estaba con Henry, escribió una nota en la cual, entre otras cosas, decía que seguir sólo los
propios instintos es humano, que la fidelidad en el amor no es natural, que la moral es un
artificio del hombre,que la autonegación, necesaria para ser bueno, es la negación del
instinto de conservación y lo más egoísta de todo.
Fue parte del combate entablado durante toda la noche para vencer la ira y los
celos.Necesitaba escapar, necesitaba perdonar, e hizo y sintió todo lo que yo hice y sentí la
debilidad de Henry.
Ahora, para Huck, soy June y Henry a la vez. Actúo, hago, molesto, causo enfado,creo
tragedia.Soy natural, engaño, hago trampas,soy perezosa, colmo su indulgencia.Pero me
ama por lo que soy.Ahora soy los dos, June y Henry. Y Huck es lo que yo había sido en
otro tiempo, cuando actuaba heroica y prudentemente, sobrenaturalmente con respecto a
Henry. Hoy me siento sobre todo humana.Lloro, río, hago escenas.Lucho.Miento.Me
defiendo.No trato de ser buena.Me he rendido a mi amor por Henry.Engaño a Huck.Le digo
que no puedo ir a California con él porque espero la llegada de Hugh, cuando sé que Hugh
no va a venir y lo que hago es prepararme para vivir con Henry hasta que Hugh veng. Le
pido prestado el anillo que he regalado a Huck para que me hagan otro igual para Henry,
con el pretexto que me hagan un sello-Siempre estoy a punto de que me descubran por un
mensaje telefónico, por el correo que Henry recibe en Barbizon, porque me olvidé del
sostén en la habitación de Henry, él que me regaló Huck y que sé que echará de menos, por
los deslices involuntarios que se me escapan cuando hablo, porque cuento que Huck, al ver
mi cepillo de cabello roto, me ha regalado un juego en laca negra en un bello estuche.En
cada frase una mentira.Para tranquilizar a Huck cuando salgo con Henry, para tranquilizar a
Henry.
01 de Febrero de 1935

Las cosas son sutiles con Huck, tan delicadas, tan psiquícas que es imposible
escribirlas.Está dotado de una intuición extraordinaria, todo lo percibe, y me resulta muy
penoso engañarlo.Hay veces en que puedo esquivar sus interpretaciones.Como no sabe la
verdad, se pierde en explicaciones.Por ejemplo, ahora se dispone a viajar a
California.Quiere que nos encontremos en Nueva Orleàns.Antes de que viniera Henry
teníamos planeados pasar unos días de vacaciones allí.Ahora no quiero. Huck me ha
comprado una preciosa maleta para el viaje a Orleáns y la ha grabado con las letras
"N.O".Jugamos con ella y él mismo llena los estuches lacados con los polvos, las cremas,
etc. Todo el tiempo sé que hago la maleta para irme con Henry, para estar con Henry.Pero
le digo a Huck: " ¿Ves? Preparo el equipaje para Nueva Orleàns.Hago como si fuera a irme
de viaje contigo".Esto le hace feliz.También le digo que hasta que venga Hugh
permaneceré en la habitación 906, pero el mismo día en que se vaya me iré a vivir con
Henry, a una habitación doble de cualquier sitio.De modo que las maletas están sobre la
silla y Huck me compra ropa interior, ropas que sólo he de ponerme para él, pero que
llevaré para Henry.
Ayer nos hicimos unas fotos.Las mías eran para Henry, porque en París todas las que me
había hecho Henry se las di a Huck.Desde que llegué, el tiempo transcurrido ha sido tan
enorme, tan fántastico, tan lleno de cosas, que nunca podré revivirlo.Perseguida.Como
mujer, he sido perseguida como nunca antes, constantemente, por todos los hombres que
veía.Al principio me gustó.Ahora me cansa.No puedo descansar en parte alguna.Los celos
de Henry.Y Huck, tan posesivo, tan intenso, tan absorbente. !Demasiado, demasiado amor!.
Es como un ahogo.Acudo al diario porque me siento devorada, desmembrada, por el
amor.Me gusta y le temo.Ninguna intimidad, ninguna libertad.Todo y todo yo volcada
hacia afuera, enredada, entregada.

01 de febrero de 1935

Notas. Visita a Dreiser. Mecedora en su habitación. Charlas sobre mis manos "como tallos
de apio". Filosofía materialista. Nada de almas ni de creencias. "Quédate esta noche. Estás
tan exquisitamente formada. Una individualidad que no se interpone." Luz de Broadway en
el gran ventanal. "La gente viene a llevarse algo.". Cree que fui a dar, pero se equivocó en
la naturaleza del regalo.

Después de la escena con George Turner sentí el temor de la persecusión. Turner, y despues
Dreiser. Aburrimiento de ser mujer. Quizá sea el miedo inexplicable que surge de ser una
mujer apasionante, lo cual te impide ser mujer. Aquel día me sentí acosada.

Qué maravilla, el amor de Henry. " Sólo son las diez de la mañana y ya estoy locamente
enamorado." June está anulada. Me da la misma clase de amor enloquecido. Salvaje,
demencial y cargado de celos. Un mes de torturas en París, sin dormir ni comer. Telegrama
de Hugh dirigido al Barbizon después de decir que Hugh me había obligado alojarme con
su familia. Díficil de explicar. Henry dice: " te necesito más que a ningún otro ser humano
en el mundo. Como a la vida misma. Dime, dime que ha sucedido." Mendigando la verdad.
El mismo Henry que era con June. El amor sensato se convierte en pasión por culpa del
dolor. Y siento el peligro, su perversidad. El encuentro a la llegada del barco, rodeados por
la niebla. Dándome cuenta de que, sin que importe cómo ame yo a los demás, cuando llega
Henry siento un anhelo y un estremecimiento en las entrañas como no lo siento con nadie
más. Ha vencido miles de obstáculos para estar conmigo. Conociendo su pasividad y su
desvalimiento, su esfuerzo para venir y no perderme ha sido una gran muestra de su amor.
La habitación del Barbizon preparada con la radio puesta. El lujo de una nueva experiencia
para Henry. Mostrando su abrigo al camarero. Sin saber cómo actuar. Qué paralizado
estaba, en contraste con aquella noche, cuando fuimos a ver la " calle de las primeras
penas", donde actúo como un chiquillo. Noche en Brooklyn. Nieve. Casa de ladrillos rojos.
Pueblo Holandés. Casas y calles pequeñas. Su escuela. Su ventana. Sus amigos. La fábrica
diminuta. Fondo de la primavera negra. Todo está en las primeras páginas escritas de
Louveciennes. Una noche tan vívida, pero que no dejaba de ser un sueño. Calle que llegaba
al transbordador por la que él iba "con su mano en el manguito de la madre". Al llegar a
este pasaje lloré y reí histéricamente.
Aquella noche mentí a Huck para poder pasar toda la noche con Henry. Todo el tiempo
relacionándola con Louveciennes, donde revivío su niñez al calor de mi ínteres, hasta
convertirse en la poesía de Primavera negra.

Me traslado el 2 de febrero al 28 Este de la Calle 31, habitación 1.202. con Henry, como
"señora Miller". Emil telefonéo preguntando por la señora Miller y escribió una carta
dirigida a la señora Miller: "Querida señora Miller ¿es usted feliz en su nuevo hogar?. Aquí
estamos dispuestos a servirle. No tiene más que descolgar el télefono y decir: "esposo". El
hombre que la adora. ¡adivine quién!.
Paseo con Henry hasta la calle de Henry, en Brooklyn, al sótano donde vivió con June y
Jean. Ahora es una carnicería. Atravesamos el puente Brooklyn, donde él sentó. Mórbido y
terrible. Paseo por Chinatown. Tardes con los amigos de Henry. Henry se vuelve loco en
cuanto un hombre se me acerca y se fija en mí. Despotrica y desvaría sin apartar de mí su
mirada. Obsesionado conmigo. Larga conversación una noche, después de una escena
burlesca. De cómo habia canalizado todos sus deseos en mí. Sólo me necesita a mi. Quiere
saber si yo siento lo mismo. Noche emotiva que acaba en orgía. Digo que no tengo otros
deseos. Pero: "Fuiste tú quien me empujó a la vida. Ahora que estoy plenamente dentro de
ella, te sientes herido porque me gusta. Antes, no quería nada salvo a ti. En Clichy me
sentía desgraciada si no podía estar a solas contigo." Todo al revés. Ahora necesito a la
gente y no me basta con Henry. Henry, terriblemente apasionado. Erección cada noche. Me
agota. También tengo poderosos orgasmos, como nunca antes, sólo comparables a las
noches de Clichy, cuando creía que me volvía loca de placer.
No echo de menos en absoluto a Huck. Pero Huck sabe y me escribe que sabe que no
habría ido con él incluso si Hugh no fuera a venir. Hago como si Hugh fuera a llegar el
jueves. Cuando Huck venga el 21 de febrero (para mi cumpleaños), estallará en conflicto
cuando vea que Hugh no ha venido.
Telefoneo el 2 Este de la calle 86 el domingo por la mañana para saber si no hay telegrama
de Huck que tuviera que contestar, porque sé que no volveré a la habitación 906 antes del
lunes por la mañana. La muchacha me contesta que no. Digo a Henry: "Ningún telegrama
(soi-disant de asuntos de trabajo). Si hubiera habido alguno, le habría dicho que me lo
leyera y así me ahorraba el viaje".
Henry: "¿Leertelo? ¡Entonces no habría ningún amor en él!. A no ser que ésta sea una de
sus mentiras especialmente preparadas para hacerme creer que no había palabras de amor
en el telegrama". (Exactamente.)