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CIUDAD REPLEGADA.

Entre la intensidad imaginaria global y el acelerado


recambio material de la ciudad contemporánea

Globalización y Ciudad

Una de las características principales del período global en el que nos


encontramos es la percepción de que todo ha comenzado a suceder y cambiar
rápidamente, en donde la duración de nuestras referencias se hace cada vez más
breve y por lo tanto más difíciles de fijar. Dentro de esta condición generalizada, la
inscripción forzada de las ciudades al circuito económico global ha determinado un
proceso de reestructuración1 urbana que junto, con el desplazamiento de sus
límites, ha producido una desmesurada aceleración tanto en su construcción y
reconstrucción material como en la producción y circulación de su imagen tanto en
los medios masivos de comunicación como en los medios digitales en red. De esta
manera, la virtualidad de las comunicaciones globales ha permitido una
reconversión territorial a nivel planetario que ha comenzado a dibujar una nueva
“geografía internacional” solo posible de unir en la virtualidad de la red. El término
geografía variable que Castells utiliza para llamar a los modos de reubicar los
territorios de la economía global, en su recambio ha reconfigurado no solo las
propias cadenas productivas sino que, a partir de estas, los territorios y por lo tanto
sus ciudades. A partir de esta nueva relación, no solo se descomponen las
referencias urbanas tradicionales locales sino también la relación misma que
tenemos con la ciudad cifrada ahora en su mediación virtual.
La otra consecuencia del proceso de reestructuración urbana mundial ha sido
el crecimiento desmesurado de las ciudades liberado de la planificación y entregado
al mercado inmobiliario y de suelos. La noción moderna del desarrollo integral que
apuntaba a un crecimiento armonioso del total de la ciudad se ha invertido
privilegiando un proceso aleatorio y constante en base a proyectos urbanos

1
Según Edward Soja, en su libro “Postmetrópolis. Estudios críticos sobre ciudades y regiones”, el
reordenamiento económico global impulsó, desde la década del setenta del siglo XX, una nueva
estructuración posterior a la impulsada por la metrópolis Moderna de los CIAMs.
impulsados por el mundo privado que se aleja de la aspiración totalitaria e
integradora moderna. La metrópolis como modelo histórico de ciudad
imaginariamente unitaria y total ha devenido una ciudad que hoy puede entenderse
como sumatoria de fragmentos tipo mosaico o acumulación de partes yuxtapuestas,
culturalmente diversas, territorialmente disociadas entre sí pero que, a pesar de su
distancia, se encuentra funcionalmente unidas.

Como individuos contemporáneos, asistimos entonces a una producción de


sentido entendido como el resultado no proyectado que deviene de su “acelerada”
intensidad constructiva –y por lo tanto imaginaria- en que, tanto su desbordada
extensión como la novedosa aparición y reconversión de sus partes, envía a sus
ciudadanos hacia el trabajo de configurar una imagen imposible de terminar de
resolver. Si acaso, a final de siglo XX teníamos más representaciones de mundo
que el propio mundo hoy, este se ve desbordado por una abultada producción de
sus representaciones que dentro de la instantánea rapidez de la red, ha comenzado
a “pixelear” su propia materia – ahora mediatizada o informatizada- a partir de cada
una de sus imágenes. La extensión ilimitada de las grandes capitales del mundo, la
altura de sus edificios principales o la casi inentendible proximidad de los sectores
más ricos con los más miserables -en especial las ciudades tercermundistas del
hemisferio sur-, si bien refieren a una realidad abismante y vertiginosa, su
composición significantes se ha articulado de tal manera que, a pesar de su
aparente despropósito, aún poseen pleno sentido evitando así que esa realidad se
disemine o descalce de la percepción y por lo tanto del imaginario de los
ciudadanos. Es decir, la ciudad nos parece plena de sentido a partir de sus signos,
de sus articulaciones significantes o de sus tropos urbanos, no así de un confuso
relato posible: entendemos sus pedazos pero su total nos excede. La ciudad se
empieza a hacer cada vez más desconocida incluso, alguna de sus partes,
inexistentes para las realidades locales, obviamente segregadas unas de otras,
precisamente allí en donde la acumulación de los signos urbanos se hace excesiva,
nublando la continuidad de aquello que imaginariamente aún llamamos “ciudad”
pero que la convierten en un gigantesco artificio cuyo significado aún no llega.
Pérdida Espacial, Ganancia Imaginaria

La anestésica relación que Leach (2001) identifica como propia de la fase


inicial del proceso de re estructuración capitalista, si bien impediría una experiencia
real a partir de la propia ciudad, deja el camino marcado para que sean otros los
guiones urbanos que permitan habitarla. La pérdida de la exclusividad de la
experiencia espacial ante la imaginaria, acentuada hoy por su puesta en circulación
virtual, igualmente permitiría la articulación de un relato posible para experimentar
la ciudad pero ciertamente producido en un lugar extra-urbano. En este sentido, la
ciudad comportaría un primer “repliegue” en el sentido de su retroceso ante la
potencia imaginaria on line.
Este sería posible gracias a la existencia de un consenso validado en un
extenso catálogo de imágenes que el consumo global ofrece hoy en las redes.
Habitamos entonces, más a partir de la narración producida y reproducida a partir
de las imágenes de la ciudad que desde la construcción misma de ella. Amendola
lo define así: “Cada vez más, con una estrategia definida “de la apariencia”, se
tiende a crear una ciudad imaginaria que preceda, está por encima y se adhiera a
la ciudad real y material." (Ibid. p. 299).
Este abultamiento imaginario, al contrario de lo que se podría creer, nos
expone hoy a un desborde representacional imposible de incorporar. Es decir, la
relación entre el mundo que vivimos y sus representaciones supera toda posible
inscripción simbólica exponiéndonos a una intemperie llena de una urbanidad que
se hace opaca. Para Sergio Rojas, la cultura como articulación de las ideas (lo q
debe ser) y lo que realmente es (la material): "es una elaboración simbólica de esa
dolorosa e incomprensible distancia entre ellas”, para nuestro caso, entre ciudad y
el nuevo relato global. La crisis más profunda de la ciudad hoy está en el
agotamiento de esta relación producto de la pérdida o capacidad de representar un
mundo que hoy, en su extrema rapidez y complejidad, sobrepasa los límites de su
comprensión, haciéndose "inimaginable" y por lo tanto ilegible e irrepresentable.

Salir del horizonte de relaciones tangibles que el territorio ofrece para entrar
en la fantasía virtual, produce un conflicto clave que invierte la procedencia de la
“realidad producida” por un Otro, en tanto que no solo difumina sus límites físicos y
transparenta su imagen, sino que instala ideológicamente una ubicuidad virtual
irrealizable, soportada en vacíos urbanos plegados que solo la ficción global puede
urdir.

La Ciudad en Red

Imaginemos la siguiente escena: Para llegar a mi destino solicito un taxi


mediante una aplicación en mi celular, en donde las coordenadas ya han ingresado.
Una vez dentro del taxi reviso mis redes sociales mientras el conductor revisa el
weiss o su gps, maneja y conversa por celular. Otro ciudadano podría entrar en el
metro y la escena sería exactamente la misma: la supresión del intervalo urbano
entre el inicio y el término del trayecto.

En su asomo, ha aparecido una especie de ciudad de procedencia imaginaria


que literalmente ha comenzado a “hacerse espacio” entre la existente. Lo sugerente
hoy a mi parecer, no está tanto en las nuevas modalidades urbanas producto del
diseño a gran escala que esto supone, (o diseño urbano entendiéndolo como
modalidad que supera al diseño arquitectónico pero no alcanza a la planificación),
sino en aquella ciudad que comienza a verse atrapada, haciendo del límite entre
“ambas ciudades” una particular “forma de habitar” como si el límite mismo fuese su
territorio. Dentro de la desmesurada extensión urbana, la ciudad ha borrado sus
límites físicos y urbano-imaginarios (reemplazados por los virtuales), poniendo en
juego entonces la relación interior exterior de la propia ciudad ¿Cómo se daría
entonces esa relación en que el afuera pareciera ya no existir, o en otras palabras,
si sólo habitáramos en un continuo afuera? De repente nos encontramos en medio
de la intemperie material de un re-articulado territorio en la ciudad.

Vivir “en línea”, implicaría entonces una paulatina sensación de infamiliaridad


con la ciudad que queda entre los puntos que la red define, pero lejos de generarnos
ese terror de estar extraviados en la ciudad o estar expuestos a la intemperie, al
salirse de su trama simbólica cualquier pérdida o hiato urbano-imaginario es
repuesto rápidamente, como un recurso defensivo para continuar aquellas
imbricadas cadenas simbólicas que permiten vivir la ciudad. El terror a la
fragmentación y a la desorientación que Olalquiaga describe en “Megalópolis” ya no
acontece, pero si un “conocido extravío”. Recordando el caso del documental Home
de Yves Beltrand, una especie de “sospechosa”” alta definición de la catástrofe
(ambiental) nos acerca la insubordinada materialidad de la ciudad que aparece una
vez apagada la pantalla de nuestros celulares: “como si de repente los suburbios,
[los barrios, las tomas de terreno, etc.], se hubiesen tomado por asalto la ciudad”
(Rojas, S. 2001. p.151), pues una vez regulado el deseo se acaba la búsqueda de
su imagen en la red, esa que llega diariamente a nuestros dispositivos. Ya no es
necesario salir al encuentro de su paisaje, el viene a nosotros pues nos hemos
convertido en su objeto. La perversión de la fantasía global está en precisamente
en jugar o gozar con la desorientación en red que provoca la ciudad fuera, para
proveernos, ella misma, del trayecto ya confeccionado, de camino a casa,
articulando imbricadas cadenas o sintagmas que se cruzan con las referencias
tradicionales de la ciudad, que poco a poco han ido perdiendo su espesor y su peso.
La ciudad como alteridad sobre la cual se construyó la subjetividad moderna,
comienza a desaparecer en el flujo.
Este desplazamiento hacia un constante estado de movimiento, J.L. Brea lo
compara con la memoria RAM o de proceso, utilizada por los dispositivos
personales, que antes que precisar o archivar algo moviliza la información. Como
opuesto a la ciudad tradicional, la Ciudad RAM, es pleno movimiento, velocidad de
proceso o de conexión, lo que implica desestimar aquello memoria tradicional o de
archivo (ROM), esa que se encarga de registrar y archivar la información lo que
implicaría el cambio de la realidad por el acontecimiento, de la normalidad por lo
extraordinario y de la arquitectura y la ciudad identitaria por la espectacular. Brea la
define así:

“Una memoria que no se posiciona y formaliza en singularidades únicas, irrepetibles,


que ya no se dice en definitivos monumentos, en lugares o escenarios de privilegios. Sino
al contrario, se dispersa y clona en todas direcciones, se reproduce y distribuye vírica a
toda su red de lugares… deslocalizada en un multiplicidad de no-lugares, hacia los que
fluye (…) activamente y en tiempo real” (Brea, J.L. 2007. P.13-14)

Inevitablemente, tal como la literalidad de su metáfora, una memoria, en


nuestro caso urbana, que se convierte en mera energía de movimiento implica ya
desestimar el valor simbólico de la propia ciudad en tanto que suprime cualquier
intento de la memoria por articular cualquier posible sentido de lo que hasta hace
un tiempo había sido el imaginario urbano, en función de utilizar su energía para
conectar los infinitos puntos dispuestos en red.

Escalando entonces la percepción de su magnitud, la condición de global no


solo sería una propiedad de las grandes capitales del mundo, como podría
pensarse, sino que un modo de hacer ciudad propiamente contemporáneo que se
definiría por la creación de circuitos tanto globales como flujos entre edificaciones o
“artefactos urbanos” propios de esta etapa del desarrollo transnacional del capital.
Un caso muy común de esto es el circuito establecido desde la casa, la autopista,
el mall o entre aeropuerto, centro comercial internacional, hotel, etc. Las ciudades
comportarían así una especial condición que localiza puntos nodales (de consumo,
globales) conectados, como una especie de grilla mega-estructural y laberíntica,
llena de una funcionalidad universal en que, al igual que en la red digital, cualquier
lugar puede ser reemplazado por otro, totalizando así los sistemas productivos en
tanto se fragmenta selectivamente la ciudad existente. Estas edificaciones han
aparecido ahí para cumplir también la función de polos de conexión entre puntos o
nodos para el consumo a escala local, como consecuencia del reordenamiento
estratégico-global del territorio urbano. Si miramos hacia el centro de Santiago,
elevados como murallones, aparecen hileras de edificios de vivienda colectiva que
precisamente están hecho para la estadía transitoria de estudiantes, inmigrantes, o
trabajadores comunes y corrientes que han optado por vivir “en el centro”, así como
el encajonamiento de extensas avenidas convertidas en mero fluir de un punto a
otro. La vida en general se convertiría en ese “tránsito” desde el propio “interior” del
hogar hasta cualquier ciudad, país, continente o parte del orbe.
La Ciudad Plegada.

Aquellos signos urbanos comunes que orientaban nuestro desplazamiento


por la ciudad, ya no solo se han atomizado o individualizado como unidades
territoriales, como es el caso de los barrios tradicionales, o sea, por su continuidad
o colindancia territorial o geográfica, sino que, tal como en la “Metápolis” de Archer,
aquel suelo común por los cuales se constituye la identidad urbana contemporánea
hoy es materialmente discontinuo. Convertidas en regiones, las grandes urbes ya
no solo son “…resultado de la fusión de áreas metropolitanas colindantes, sino por
la incorporación a su funcionamiento de zonas lejanas no limítrofes.” (García
Vásquez, 2017. P142), lo que implica por cierto, sistemas de transporte y
desplazamiento de alta velocidad o de uso exclusivo, en donde el principal efecto
es precisamente la supresión del intervalo por el tiempo de desplazamiento.

Formado por nodos locales y extraurbanos, estos se conectan entre sí


mediante arterias de libre flujo como las carreteras concesionadas o las avenidas
principales convertidas en largos cajones de edificios departamentos tras los que
se esconde una ciudad que ahora pareciera quedar de espalda. Grandes zonas
ocultan como si cada localidad se plegara por sobre sus áreas vecinas, tal como si
doblásemos un plano o un mapa. Las ciudades entonces cooperan con un modo
particular de construir y constituir una ciudad que materialmente nunca se ha
desunido pero que imaginariamente es fragmentaria, en base al vaciamiento de su
pasado ahora incorporado en los nuevos circuitos globales y por lo tanto
resignificado al interior de la cultura virtual, mediática, y hegemónica. La alteridad
entonces no se produciría con el astillamiento identitario de zonas o barrios
tradicionales o el descalce de su historia lineal sino que en la imposibilidad de
subjetivar o hacer ingresar al universo simbólico por un lado aquella narración
imaginaria de la discontinuidad material y por otro su propia inacabada gravedad
material.

Dentro de la desmesura global, se produce una espacialidad como


consecuencia de una intensidad urbana que pliega grandes zonas no continuas que
no se incluyen en el mapa mental que tenemos sobre la ciudad. No se trata d un
evento nuevo sino que se da cada vez con mayor rapidez en la medida que la
intensidad material de las ciudades se acelera. Los desplazamientos en tanto flujos
pliegan el tiempo de tal manera que hoy solo la conexión en línea logra una
continuidad de sentido, haciendo que la experiencia espacial urbana se reduzca y
retroceda ante la vida en red.

Recordemos que Santiago, al igual que muchas ciudades latinoamericanas


el proceso de modernización iniciado con el PRI de1960, se corta abruptamente con
el decreto 259 del Plan Nacional de Desarrollo Urbano iniciado en 1979, provocando
una especie de montaje entre un proceso modernizador inacabado y las nuevas
transformaciones promovidas por el financiamiento privado, lo que generó no solo
un crecimiento hacia la periferia de Santiago sino que principalmente endopolitano
o desde su interior. Entonces si a la velocidad del crecimiento que traspasa los
límites físicos le sumamos el acelerado recambio al interior mismo de la ciudad,
cualquiera noción o paradigma urbano anterior queda desmontado dejando llano el
campo a la irrupción de la redes de comunicación urbana a gran escala. En su
revolucionaria aparición, su potencial transformador obligadamente altera y
destruye los códigos presentes por los cuales se inscriben al mismo tiempo que en
su aceleración no alcanza a fijar su propia historicidad, o sea, antes de poder
objetivar sus cambios estos ya han desaparecido, clausurando cualquier futura
significación y haciendo desaparecer cualquier anterioridad que pueda darle lugar
como acontecimiento. Si las ciudades en su hipertrofia globalizante han
desarrollado un funcionamiento “más allá de los propios límites físicos de la
ciudades”, como galaxias de ciudades interconectadas entre sí o como red, cada
punto dentro de ella se constituye en inicio y término. He aquí el problema temporal
a desarrollar.

En este sentido, la noción contemporánea de ciudad se ha acercado a


entenderse como un “gran artificio visual” articulado a partir los dispositivos digitales
de comunicación más que al imaginario urbano construido a partir de la experiencia
presencial de la ciudad, lo que podría hacernos pensar –al igual que en la película
Matrix o se predecesora “Dark City”- que la ciudad pudiese haberse esfumado,
transparentado o gasificado como una especie de software (o aplicación) ubicado
en la nube: en una Ciudad Nube. Pero no, lo cierto que a pesar de que poco a poco
las aplicaciones han ido acortando la experiencia de la ciudad y ordenado tramos o
circuitos que resumen nuestra idea de ciudad, esta sigue estando allí presente con
la gravedad de su materia, como el revés de la apariencia que las pantallas digitales
han logrado construir. La pregunta que no enuncia Brea respecto a la ciudad RAM
o ciudad de los procesos, es acerca de ¿qué le sucede a la subjetividad si aquello
otro desde lo que se recorta y por lo que se constituye como tal, comienza a hacerse
inestable producto de su constante transformación? ¿Qué sucede entonces cuando,
en estos nuevos sistemas de redes comunicacionales urbanas, el inicio de cada
centro o punto de conexión coincide con su propio término? La ciudad real se ha
plegado tal como cuando doblamos los planos, los trípticos o un mapa, haciendo de
ella antes que un cuerpo unitario un sistema red de conexiones dirigidas por un
imaginario globalizante que guía y anticipa su uso.
BIBLIOGRAFÍA

- Amendola, G. (2000). La Ciudad Postmoderna. Madrid: Celeste Ediciones.


- Brea, José Luis. (2007). Cultura_ RAM. Mutaciones de la cultura en la era de su
distribución electrónica. Barcelona: Gedisa.
- García Vásquez, C. (2017). Teorías e Historia de la Ciudad Contemporánea.
Barcelona: Gustavo Gili.
- Olalquiaga, C. (2014). Megalópolis. Santiago: Metales Pesados.

- Rojas, S.

- (2012). El Arte Agotado. Magnitudes y Representaciones de lo


Contemporáneo. Santiago: Sangría Editora.

- (2001). El Desastre del Lugar. En Otras Miradas Otras Preguntas. Ciudad


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- Soja, E. (2008). Postmetrópolis. Estudios críticos sobre las ciudades y las


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DOCUMENTAL

- Arthus-Bertrand, Yann. (2010). Home. Francia.